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La taza

Título
La taza

Autor
Sergio José Martínez Primiani
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Edición
Febrero de 2010 (Primer borrador)

Derechos
Esta obra está bajo una licencia Reconocimiento-No
comercial-Sin obras derivadas 3.0 España de Creative
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Índice

LUCÍA ................................................................................................................................................ 5

BRUNO Y CARLOS ......................................................................................................................... 7

MAR................................................................................................................................................. 11

LETICIA Y CARMEN....................................................................................................................16

XIN....................................................................................................................................................21

ANA.................................................................................................................................................. 23

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Lucía

El segundo trueno de la tarde hizo vibrar levemente los cristales mientras repasaba con el
rotulador las ofertas del día. Eran casi las cinco de la tarde y a lo largo de una hora la cafetería
se llenaría de clientes. Parecía mentira lo rutinario y previsible que eran este tipo de negocios,
situados en cualquier calle céntrica de cualquier ciudad mínimamente poblada.

Cuando terminó de remarcar los precios le dio la vuelta al cartel y lo colgó de la puerta. De
momento en el local sólo había tres clientes. No eran de los habituales: una pareja de mediana
edad con pinta de estar tomándose un descanso en su gira vacacional por la "gran ciudad" y
una mujer con vestido ejecutivo que parecía estar haciendo tiempo antes de una reunión de
trabajo o, más probable, una entrevista. De vuelta al mostrador, la joven camarera repasó
mentalmente las cosas que había que hacer antes de que empezara el lío, mientras su vista
repasaba las mesas en busca de algún plato o taza vacía pendiente de ser recogida.

Miró su reloj de pulsera que marcaba en ese momento las cinco en punto. Era raro que su
compañera no estuviera ya allí, teniendo en cuenta lo puntual y maniática que era.

La mujer vestida para una entrevista alzó su vista del móvil cuando un nuevo rayo iluminó
fugazmente la calle al otro lado del cristal. Se revolvió en su silla y vio caer fuera las primeras
gotas, mientras la camarera se acercaba. En la solapa de su ropa de trabajo figuraban tres
letras: Ana.

-¿Desea algo más? - le preguntó dulcemente mientras hacía ademán de recoger su taza
vacía.

-No gracias, ya me voy. ¿Me puedes traer la cuenta, por favor? - sería mejor ponerse en
camino antes de que la tormenta se desatara del todo.

-Puede recogerla en el mostrador cuando salga.

Automáticamente le dio de nuevo las gracias y se levantó de la silla, recogiendo su abrigo


y abriendo la bolsa para intercambiar el móvil por la cartera. Mientras Ana trasteaba en la
pantalla situada detrás del mostrador para obtener el importe de la consumición, ella pensaba
en el tipo de entrevistador (o entrevistadora) con el que tendría que verse en un rato. El
trabajo parecía prometedor y la empresa sólida, aunque las condiciones no habían quedado
demasiado claras en la conversación que habían mantenido por teléfono el día anterior.

Cuando Lucía Freixas entregó su tarjeta de crédito para pagar el café que se había tomado,
no sabía todavía que la entrevista terminaría, felizmente, con su contratación. Pasaría los
próximos nueve años con ese trabajo, rutinario pero estable, teniendo que trabajar sólo unas
pocas horas extras durante todo aquel tiempo y sin tener nunca un sólo problema relativo al
cobro de sus nóminas o a la relación con sus compañeros de trabajo. Esa estabilidad le ayudó
a comprarse su primer coche y, tres años después, contratar una modesta hipoteca, a la que
sólo tuvo que enfrentarse ella sola durante año y medio; el tiempo que tardó en proponerle a
su pareja de pocos meses irse a vivir con ella.

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-Gracias, que tenga un buen día - otra chica, ésta con rasgos asiáticos, había entrado en
local, presumiblemente como refuerzo de la que le había cobrado el café.

Cuando Lucía Freixas salió a la calle apenas se fijó en los dos hombres que habían bajado
de una ambulancia aparcada a pocos metros y que, por educación, habían abierto la puerta y le
dejaban espacio para que saliera del local. A uno de ellos, el más joven, lo volvería a ver por
segunda vez nueve años después.

Ninguno de los dos reconoció al otro cuando, tendida sobre una carretera secundaria, sus
dañados pulmones exhalaron por última vez al tiempo que, a pesar de los esfuerzos de aquel
hombre de expresión triste, su corazón dejó de obedecer a los golpes que intentaban
mantenerlo en movimiento.

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Bruno y Carlos

-Hola, Xin, ¿cómo te va?

-¿Cómo crees que estoy después de esperar toda la noche a que me llamaras? Tenía frío y
estaba tan sola...

Los tres conocidos sonrieron ante la ocurrencia, aunque la expresión de la camarera y del
mayor de los dos hombres fue bastante más relajada que la del más joven.

-Como te pasas, Xin - Bruno le guiñó el ojo derecho a la chica - ¿No ves que Carlos aún no
sabe nada de estas cosas? Tienes que ser más cariñosa y amable, tratarlo con cariño... Ya
sabes, enseñárselo todo y...

-Venga, va. Ya está bien de reírse a mi costa. No tenemos mucho tiempo, Xin, así que, por
favor: dos cafés con leche y dos sándwiches vegetales.

-Bueno, bueno... No hay porque ponerse así - la expresión de la cara de la camarera se


endureció levemente. Mientras tecleaba el pedido en la máquina, lanzó una mirada
interrogativa al otro hombre. A Bruno siempre le había encantado la "versión seria" de la cara
de Xin. No tenía más amigos asiáticos, así que desconocía si aquella expresión era algo
propio de la chica o una característica natural de todos sus compatriotas, dados sus rasgos
orientales.

-No le hagas caso - le dio un codazo a su compañero y abrió su cartera para pagar - Está un
poco nervioso porque no sabe si tendrá que coger un trabajo de verdad o podrá continuar la
fiesta haciendo turnos conmigo.

-Anda. ¿Y eso? - cuando la joven recogía del lavavajillas dos de las tazas habituales se dio
cuenta de que una de ellas estaba dañada: una fina y casi imperceptible raja la cruzaba en
diagonal de arriba a abajo. Con la intención de tirarla luego, la dejó a un lado y colocó la que
parecía estar intacta sobre el mostrador.

-Perdona, nos lo llevaremos - el tono del joven fue ahora algo más suave. La chica apartó
dos vasos de cartón y, tras comprobar que no había ningún otro cliente esperando su turno, se
inclinó sobre el mostrador sin dar muestras de querer esperar un mejor momento para
enterarse de todo.

-Así me gusta más. Venga, dime: ¿qué es lo que entristece al hombre que siempre me da
calabazas?

-Digamos que - Bruno habló rápido, antes de que Carlos pudiera evitarlo - su novia le ha
dado un ultimátum: o la buena vida en casa de papá y mamá, solo, o irse a vivir una vida de
pareja como Dios manda.

-Muchas gracias por tu inestimable falta de sensibilidad - Carlos dio media vuelta y se
encaminó hacia la puerta - ¡Te espero en el coche!

Cuando la puerta del local se cerró a espaldas del joven, Xin resopló, recogió los vasos de
cartón y se dispuso a servir los dos cafés - ¿Se ha mosqueado de verdad? - le preguntó a

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Bruno desde la zona dónde preparaban los pedidos - No sé los detalles, claro, pero no parece
que la cosa sea sólo una tontería más de su novia.

-No, si "tontería" no es, pero es que me tiene ya frito quejándose todo el rato de que si ella
lo trata así, que piensa asá de las cosas que hace, que si esto, que si lo otro... Yo no quiero
decir nada, ni meterme en medio, que luego ya sabemos quién tiene la culpa. Pero joder, que
ya llevan casi un año, y los últimos seis meses han sido una queja constante.

-¡Ay, Brunito! Es lo que tiene el amor. Tú ya eres demasiado viejo para recordar qué es
eso.

-Perdona, pero creo que te confundes de hombre - adoptó una pose con la que pretendía
expresar un aire interesante - Por si no lo recuerdas, con éste son ya 25 los años que llevo
felizmente casado. Teniendo en cuenta que apenas tengo ahora 49, eso quiere decir que, con
suerte, podré llegar a celebrar al menos mis bodas de oro.

-Pues lo que yo digo: demasiado cómo para acordarte - Xin le dedicó una pícara sonrisa y
le devolvió el guiño mientras le entregaba una áspera bandeja de cartón reciclado con los dos
vasos y una bolsa de cartón con los dos sándwiches - A lo mejor entonces debo dejar mis
insinuaciones y lanzarle una ofensiva en toda regla.

-Xin, sabes que cualquiera que dijera que no a una propuesta tuya, estaría loco, pero yo que
tú esperaría un poco.

-¿Hasta que él también cumpla 25 años de casado? Venga, Bruno, sabes cómo es: con tal
de...

-Tú hazme caso. Dosifica tus fuerzas y espera a emplearlas en los momentos clave. Y este
aún no lo es. Como se suele decir, esto es una carrera de fondo, no un sprint.

El símil de la carrera de fondo era algo que a Bruno siempre le gustaba utilizar. Daba igual
la situación: a la mínima que veía la ocasión, sus consejos sobre cómo efectuar una buena
carrera de fondo salían a relucir en la conversación.

De niño le había cogido gusto a correr. Una de las pocas cosas buenas, opinaba, que le
había inculcado su padre. De joven le dedicaba todos los ratos libres que le dejaban sus
estudios, sus amigos, sus novias, su familia... Según fue creciendo fue pasando por diversas
etapas: en unas se lamentaba de la falta de tiempo o exceso de obligaciones que le impedían
salir a correr; en otras, apenas terminaba un entrenamiento, ya estaba pensando en el
siguiente. A partir de los cuarenta había asumido una rutina de salir 3 veces por semana,
manteniendo un kilometraje moderado: terrenos llanos, sin excesos ni exageraciones. De vez
en cuando alguna carrera popular, para no olvidar el cosquilleo de la competición y el reto
personal de superar a otros y no ser superado. Y lograría mantener esta costumbre sin muchas
excepciones durante toda su vida.

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Cuando su único nieto había tenido edad suficiente empezó a llevárselo de vez en cuando
al parque a "rodar" (ése era el término habitual, entre los entendidos, para designar un
entrenamiento ligero), en un intento de transmitirle su pasión, empresa en la que empezó
teniendo un éxito moderado. Para hacer la prueba, sus padres lo apuntaron a uno de los clubes
de atletismo de la ciudad cuando cumplió los 11 años y, al margen del discreto éxito que
consiguió en algunas competiciones infantiles, la práctica habitual de deporte le sirvió para
desarrollar un físico saludable y unas prácticas de consumo en general sanas. Bruno apenas
podía esconder su alivio cuando veía que su nieto, con 16 años, sentía un especial rechazo al
tabaco.

Una lluviosa tarde Bruno recibió un mensaje de su nieto avisándole que no le esperara para
salir a correr: le había salido un imprevisto en el instituto y no llegaría antes de la cena. Por un
momento dudó en si salir solo o dejarlo para el día siguiente, pero finalmente optó por
hacerlo. Media hora o así: correr bajo la lluvia siempre le había gustado.

Cuando su reloj indicaba que llevaba 12 minutos corriendo, un infarto en mitad de un


parque desierto y mojado lo mató en el acto. Justamente 12 años después de aquella tarde en
que hablaba con Xin y a 12 años de celebrar las bodas de oro.

Probablemente Bruno habría sufrido mucho si hubiera sabido que, por culpa de su muerte
y los remordimientos, su nieto ya no volvería a correr más. Pero su nieto decidió honrar la
memoria de su abuelo de 61 años haciendo lo que sabía que a él más le hubiera gustado:
seguir corriendo.

-¡Déjate de rollos de carreras! - Xin se fijó en que su compañera de trabajo le hacía señas
para que se acercara a ella cuando estuviera libre - Vas a ver tú como voy a espabilarlo cuando
lo pille por banda. Y ahora vete, anda, que se enfadará más aún si ve que estás aquí de
cháchara.

-Vale, vale. No te enfades tú ahora también. Ya nos vemos mañana - el hombre le lanzó una
última sonrisa mientras ella le daba la espalda y se dirigía a ver qué quería su compañera.

-Espero que te hayas quedado a gusto - Carlos estaba de pie, apoyado en el lateral de la
ambulancia - Seguro que no has podido callarte nada, ¿eh?

-Venga, hombre, no seas rancio. Sólo le he dicho lo que has oído: que estabas pasando un
pequeño bache con tu novia y que no tuviera en cuenta tus borderías de antes. Anda, coge esto
y nos lo comemos en la central.

La radio emitió un suave chirrido apenas Bruno puso la ambulancia en marcha. Mientras la
voz de una operadora de la central emitía el aviso: una mujer embarazada, en su propia casa y
acompañada de su marido (que fue el que llamó al número de emergencias), se había puesto
de parto. Carlos guardó la bolsa con los sándwiches en la guantera y colocó los vasos de
cartón en dos soportes situados en el salpicadero del vehículo. Su compañero activó el canal
de comunicación y confirmó la recepción indicando el código que les identificaba. Carlos
pulsó el botón que ponía en marcha la estruendosa sirena. Ambos habían reconocido las
señas: una zona residencial llena de viviendas unifamiliares, a unos pocos minutos de dónde
estaban ahora.

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-Bueno, a ver si la mujer aguanta un poco más y el marido no se caga en los pantalones -
Bruno se concentró en esquivar el tráfico - Y tú cambia esa cara.

Al cabo de 9 minutos, médico y asistente entraron en la casa desde la cuál se había


recibido el aviso. Un hombre, delgado y pálido, les había abierto la puerta. En los brazos
llevaba un montón de toallas y gasas con los que parecía envolver un lloroso bebé. Carlos lo
recogió de los brazos del hombre con la intención de echarle un vistazo y comprobar que todo
fuese correcto, mientras Bruno pasaba a su lado en busca de la mujer.

-Tiene buen peso y tamaño, señor - el joven examinaba a la criatura mientras hablaba: El
peso y el tamaño eran correctos y, salvo una pequeña marca de nacimiento en uno de los
deditos de su mano izquierda, ninguna señal de que hubiera habido ninguna complicación -
Espero que cuando me toque el turno a mí, tenga tanta suerte como ustedes.

Dos semanas después de aquel día, Carlos y Bruno dejaron de ser compañeros y, a pesar de
las habituales promesas de llamarse y quedar de vez en cuando, nunca más volvieron a verse.
Justo dos días después de que eso ocurriese, Xin llamó en dos ocasiones a Carlos; llamadas
que el joven nunca contestó. Tras habérselo pensado, Carlos había decidido complacer a su
novia y no mirar atrás: dejó de colaborar en el servicio de ambulancias y accedió a buscar un
piso de alquiler en la capital para irse a vivir con ella, así como a buscar un empleo a tiempo
completo.

Dos años después ella le propuso que se casaran y organizó la boda en un tiempo récord.
Tras otro par de años Carlos ya había dejado de proponerle tener un hijo, e inició un periodo
de paciente espera a que el reloj biológico de su mujer marcara finalmente la hora de tener
descendencia. Cuando con 57 años le diagnosticaron un agresivo cáncer de hígado, pensó por
primera vez si, quizás, no tenía que haber esperado. Como siempre, los recuerdos que se
almacenan en el subconsciente afloran de maneras y en los momentos más inesperados: Una
semana antes de morir, Carlos recordaba más que nunca a aquella camarera de la cafetería
dónde solían a tomar un café en los tiempos en que colaboraba con el servicio de
ambulancias. Y por alguna razón que nunca pudo entender, la imagen que más claramente
conservaba en su cabeza era la de la pantalla de un móvil, con un nombre de tres letras
parpadeando en ella.

-Gracias - El hombre, que casualmente también se llamaba Carlos, le sonrió


nerviosamente.

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Mar

-Quédate tú en caja hasta que termine de traer los suministros del almacén, ¿vale? - El
llavero con todas las llaves del local tintinearon en la mano izquierda de Ana. En la otra le
ofrecía a su compañera una tarjeta de crédito - Y pon también esto para que se vea, que la
clienta a la que le cobré se la dejó olvidada.

La puerta principal se abrió y un ruido de conversaciones y risas les llegó a los oídos - Ok,
pero date prisa, que aquí llega la marabunta. ¡Ah! Y coge algunas tazas más, que he visto una
en el lavavajillas que está rota.

Ana se dio la vuelta en dirección al almacén y Xin volvió a su sitio delante del mostrador,
dónde una fila de cuatro personas esperaba que les tomara nota. Según le iban encargando los
cafés, colocaba a su lado las tazas que necesitaría, teniendo cuidado de no mezclarlas con la
que estaba rota: "Poco te queda", pensó ella durante un instante antes de concentrarse en sus
clientes.

Cuando su compañera regresó del almacén, casi todas las mesas del pequeño local estaban
ocupadas: una pareja de chicas adolescentes riendo mientras una mostraba a la otra algo en un
móvil; dos hombres de corbata; una mujer sola, con unas flores y una libreta sobre la mesa,
con la mirada fija en algo más allá del cristal; y la misma pareja de mediana de edad, que
ahora parecía consultar un aparatoso mapa, desplegado sobre la mesa.

-Veo que no has perdido el tiempo - dijo la recién llegada con una sonrisa, descargando la
caja que llevaba sobre el mostrador - Me voy un rato y mira la que has montado.

-¡No me hables, que las niñatas esas me han liado de mala manera! - la otra joven había
bajado la voz y señaló disimuladamente a la pareja de chicas - Que si el café con leche
desnatada, que si con leche de soja, con un poco más de nata, un poco menos de café... Y
cuando una pareció decidirse, la otra empieza a preguntar que cuántas calorías tenía el
chocolate, que si mejor sería un té con leche, que si podía llevarles el pedido a la mesa... ¡Me
dejaron ya de mala hostia y luego no me di cuenta y a la mujer aquella de la ventana le serví
lo suyo en la taza que estaba rota!

-¿Y por qué no se la cambiaste?

-Joder, porque me di cuenta ahora y veo a la pobre ahí sentada con esa cara de triste... Que
a lo mejor está contenta y es su cara normal, de acuerdo, pero, ¿y si es de esas locas
depresivas que se toma cualquier cosa como si fuera el fin del mundo? Ya me la imagino: se
le cayó el cepillo con la pasta de dientes esta mañana, luego se manchó la blusa mientras
comía y ahora: "¡oh, Dios! ¡Me sirven el café en una taza rota! ¡Quiero morirme!"

Ana terminó de colocar los suministros y algunas tazas que traía de repuesto: "Tú sí que
estás loca".

-Pero soy TAN encantadora, ¿eh? - una amplia sonrisa se dibujaba en el rostro de Xin.

-No: TAN como una cabra. Ya voy yo a hablar con ella. Tú vete preparándole otro de lo
que haya pedido en una taza en condiciones.

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-¡Lo que faltaba! ¿Ahora te da pena? Será por locos que vienen aquí cada día a hincharse a
café y bollos.

Ana sacó la lengua en una mueca a su compañera mientras se dirigía a la mesa de la


desconocida. La mujer no es que pareciera triste, sólo... Tranquila y... Melancólica. Es verdad
que en aquel trabajo veían de todo a diario, pero no sabía por qué, aquella mujer le había
caído bien. Aunque tenía que reconocer que el detalle de las flores era extraño y un poco
tétrico: ¡Qué diablos! Luego nos quejamos de que ya no hay hombres románticos que nos
regalen flores y, luego, cuando vemos a alguien con ellas, pensamos mal.

-Disculpe, señora - la mujer giró la cabeza y la miró directamente a los ojos. Tenía un
rostro que, enmarcado en una mata de pelo negro y bien peinado, no parecía llegar a los
cuarenta - Creo que le hemos servido su café en una taza que no está en muy buen estado, así
que, si nos permite, podemos servirle de nuevo su bebida en otra taza.

-Oh... Gracias, pero ni siquiera me había dado cuenta.

-Es una pequeña raja, pero con el calor del líquido nunca se sabe - Ana se fijó brevemente
en las flores blancas que había en la mesa. A su lado vio una pequeña libreta abierta, bastante
gruesa, que parecía haber conocido tiempos mejores.

-Gracias otra vez, pero no hace falta. Si me tocó esta taza, por algo sería, ¿no? Todo ocurre
por algo.

-No, señora, perdone, es que...

-¡Oh! Perdóname tú a mí: No quise decir que lo hicieseis a propósito, claro, sólo que yo no
creo en las casualidades. Todo ocurre por algo, incluso las cosas más extrañas. Es más, las
cosas más extrañas son las que precisamente luego se descubren como las menos casuales.

La mujer la miraba con una intensidad que hizo a Ana sentirse incómoda, así que optó por
dejarla en paz - Si en cualquier momento desea que le cambiemos la...

-Claro. Gracias otra vez, ha sido muy amable de tu parte - después de una tímida sonrisa, la
mujer volvió a centrar su atención en algún punto de la calle.

En el mostrador, Xin esperaba a su compañera con una taza humeante en la mano - ¿No se
la vas a cambiar? ¿Qué te dijo?

-No-sé-qué del destino y las casualidades...

-Te dije que estaba loca - tiró el contenido de la taza por un desagüe y metió la taza de
nuevo en el lavavajillas - Mira, ahora coge una libreta y se pone a escribir. ¡Cuidado no sea
que es una vieja de esas que va lanzando maldiciones!

-Déjate de tonterías, anda - Ana miraba de lejos como la mujer primero parecía leer algo y
luego empezaba a escribir lentamente - A lo mejor es que se le ha muerto a alguien. Las flores
esas no tienen pinta de que sean para regalar a nadie.

-O a lo mejor son para ti porque... ¡Morirás cuando haya terminado de escribir tu nombre
en esa libreta! - Ana se sobresaltó ante el grito y el empujón de Xin.

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Desde la mesa al lado de la ventana, la mujer miró por un momento a las dos camareras,
tan despreocupadas y joviales. Una lánguida sonrisa se dibujó en su rostro y volvió su
atención de nuevo hacia la libreta que tenía en su regazo.

-¡Joder, Xin! Cállate o se va a dar cuenta que estamos hablando de ella - la puerta del local
volvió a abrirse y el ruido de la calle les llegó con toda su intensidad - Ya está bien de hacer el
ganso, ¡venga!

Aquella libreta, como tantas otras que vinieron antes y que conservaba en su casa, tenía la
primera y última hoja en blanco, mientras en la segunda siempre estaba la misma inscripción:

Propiedad de Mar Blunetti

La siguiente hoja, la tercera, sólo tenía escrita una fecha que incluía el día de la semana
además del resto de datos. En aquella libreta en concreto, a la que ya no le quedaba mucho
para ser relevada por una nueva, figuraba un martes de hacía aproximadamente año y medio.

El resto de hojas estaban escritas siguiendo la misma estructura: un nombre con una
anotación y una referencia; debajo, unos párrafos. En total: Decenas de nombres, decenas de
referencias y decenas de párrafos. A veces dejaba espacios en blanco al final de lo que había
escrito, antes de escribir un nuevo nombre, por si acaso en el futuro, al releerlo, se le ocurriera
algo nuevo.

Mientras nueva clientela iba entrando en el local, Mar respiró profundamente y se


concentró en el nombre que tenía escrito en la libreta, debajo del cuál un gran espacio en
blanco esperaba ser rellenado:

Ana Gutiérrez Alonso


"Tu marido y tu hija nunca te olvidarán"
Cementerio Norte: bloque 1B

Extraña coincidencia que la camarera tenga el mismo nombre - pensó mientras, en su


cabeza, volvía a ver la tumba que, en el bloque 1B del cementerio Norte, guardaba los restos
mortales de una tal Ana Gutiérrez Alonso.

¿Cuál podría haber sido tu vida, Ana? ¿Por qué tu tumba dejó de respirar tan rápido? -
Mar experimentó la ya habitual sensación de dejar la imaginación volar, con sólo un nombre y
una dedicatoria como ancla.

13
Mar Blunetti siempre había querido, desde niña, ser escritora.

Tuvo lo que podía considerarse una infancia normal, seguida de una adolescencia y una
juventud igual de normal, con todo lo bueno y lo malo que conlleva la normalidad. Cuando le
llegó el turno, consiguió un trabajo normal y una pareja que la quería y respetaba. Lo normal.
Cuando le volvió a tocar, tuvo un hijo, que creció sano y normal como ella misma había
hecho. Con el paso del tiempo, su hijo también encontró un trabajo normal y una pareja que le
quiso y respetó. Y muchos años más tarde, de la manera más normal posible, murió
apaciblemente en su cama, rodeada de sus familiares y amigos.

Mar Blunetti siempre había querido, desde niña, ser escritora.

Los cementerios siempre le habían gustado: Lugares apacibles donde poder pasear en
calma y dejar vagar la vista entre las tumbas que guardaban celosamente el secreto de tantas
vidas. Historias que, si te detenías un momento y prestabas atención, podías sentir como iban
desapareciendo. Al igual que si apoyas el oído en el pecho de un hombre moribundo, podías
escuchar como el aire vital de esas tumbas, las historias de sus moradores, se deslizaba por las
grietas de las piedras y el mármol: un casi imperceptible siseo que, poco a poco, se va
apagando hasta desaparecer por completo. Cuando el siseo desaparece, tanto el hombre como
la tumba se enfrían. Tiempo después, las flores que periódicamente parecían rejuvenecer,
terminaban marchitas. Después de aquello las flores no volvían nunca más.

Mar Blunetti siempre había querido, desde niña, ser escritora.

Así fue como empezó su colección de libretas: buscando aquellas tumbas ya frías, cuyas
grietas hacía tiempo que ya no emitían ese siseo al que muy pocos prestan atención. La
miraba detenidamente y apuntaba el nombre y la dedicatoria grabada en la lápida, así cómo su
localización aproximada. Pero en lugar de buscar o investigar la historia que su dueño había
vivido, pensó que sería mejor escribir la historia que en realidad hubiera querido vivir. Más
allá de la dedicatoria y el nombre, eran los pequeños detalles los que daban testimonio de lo
que, en vida, aquella persona soñaba ser: la expresión de su cara y sus ropas en las fotos, el
tipo de tumba, qué partes de la misma estaban más degradadas y cuáles menos, los materiales
utilizados...

Mar solía visitar aquellas tumbas dos veces.

La primera era cuándo la descubría porque algo de ella le llamaba la atención. Escuchaba
atentamente y, si no podía oír nada, se entristecía un poco y la daba definitivamente por
"muerta". Tras esto, Mar reflexionaba y escribía luego la historia que ella creía le haría
justicia al que reposaba en aquellas tumbas. Cuando terminaba la historia volvía a la tumba y
dejaba alguna flor sobre ella. Si tiempo después volvía a aquella historia, intentaba volver al
cementerio para dejar una nueva flor.

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Su hijo siempre había encontrado muy curiosa y entretenida la afición de su madre, pero le
bastaba con leer de vez en cuando alguna de sus libretas. A pesar de ello, Mar quería estar
segura.

El día que murió, y tal y cómo ella misma había indicado en su testamento, Mar fue
incinerada y sus cenizas fueron enterradas junto a uno de los árboles del que había sido su
jardín.

Mar Blunetti siempre había querido, desde niña, ser escritora. Y nunca había dejado de
serlo.

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Leticia y Carmen

-Te digo que no, tía, que se lo curra mogollón. Que mucho dice que no toca un libro y se
pasa el día en el gimnasio y de fiesta, pero es imposible.

-Pues yo creo que dice la verdad. ¿Tú has visto cómo está? Eso no se consigue quedándose
en casa estudiando - la joven volvió a pasarle el teléfono móvil a su amiga para que pudiera
ver de nuevo la fotografía anterior.

-Bueno, venga, lo que tú digas - con un gesto cansado la segunda chica rechazó el móvil -
¿Alguna otra novedad en clase?

Sin darle importancia a este último comentario, su amiga bloqueó su móvil y lo colocó
sobre la mesa con un gesto despreocupado. Cuando levantó su taza se dio cuenta de que
estaba vacía, así que la volvió a bajar.

-Pues aparte de lo que te dije antes del "bola" y la reunión de padres, creo que no. ¿Y tú
qué? Carmen, tía, ya sé que tienes que ir y tal, pero es que te estás perdiendo lo mejor y yo ya
no sé qué decir a la peña. Primero fue el cumpleaños de Rubén (que ya te dije que fue la
leche), y la semana pasada que quedamos todos en casa de Paula te perdiste la mejor fiesta del
año. La Paula anda diciendo ahora que si vas de guay y que qué te crees, pero yo le he dicho
que no se monte historias y que...

-Ya os dije que tengo que ir al médico ese un par de veces o tres al mes. Según lo que yo le
diga cuando hablamos y lo que él crea, me llama cuando le da la gana. Si por mí fuera no iría,
ya lo sabes, pero es al acuerdo que llegué con mi padre desde lo de mi madre.

-Sí, sí, todos los sabemos, tía, no te creas que no nos importa y eso. Por eso es que nadie te
da la brasa ni duda de ti, pero claro, llevas más de dos años con lo del médico y todo sigue
igual, ¿no? Quiero decir, que tú realmente no tienes nada y es tu padre el que se ha puesto
tonto con que vayas a verlo. Y encima tienes la mala suerte de que últimamente siempre
tienes que ir cuando hay algún fiestón importante. ¿Y además por qué cojones tienes que irte a
ver un médico que está a tomar por culo y que siempre te avisa uno o dos días antes para que
vayas? ¿Qué tiene de especial?

Carmen miró a su compañera mientras daba el último sorbo a su bebida. Ella le había
hecho esa pregunta a su padre cientos de veces, y cientos de veces él contestó de la misma
manera: "Es el mejor médico que conozco para estos temas, Carmen. Acordamos que yo
hablaría con tus profesores y te daría algo más de libertad, a cambio de que sólo colaboraras y
hablaras con él."

-¿Pedimos otro?

-Por mí vale, pero mejor nos cambiamos a aquella mesa, ¿no? La vieja aquella creo que se
va y me gusta más estar al lado de la ventana.

-Vale, pues llévate las cosas para allá que yo voy a la barra a pedir. ¿Otro igual?

-Sí, pero sin nata - Su amiga ya se había alejado unos pasos.

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Carmen sonrió al levantarse de la mesa mientras veía como su compañera se dirigía a la
mesa que la señora con las flores había dejado libre y que una de las camareras ya había
terminado de limpiar.

-La dejo aquí, así no la vuelvas a meter en el lavavajillas - Ana sacó de la bandeja la taza
sucia de la mesa que había recogido, mientras su compañera le hacía una rápida mueca,
concentrada en escuchar al primero de los clientes que habían formado una nueva cola delante
del mostrador. Eran poco más de las seis y el local estaba tope. Integrantes de dos de los
grupos de adictos más extendidos por el mundo y que, al salir del trabajo, se pasaban por allí
a recoger su dosis: Ocho de cada diez tazas que servirían aquella tarde serían de café,
mientras sólo una sería de té. La taza restante serviría a unos pocos para quedar satisfechos de
su diferenciación del resto, trucando cafeína (que al fin y al cabo, como cualquier estudiante
de química sabía a estas alturas, era lo que realmente se servía en los nueve casos anteriores)
por un número de calorías aún mayor.

Durante los veinte minutos siguientes se despacharon 14 cafés, 1 té, 5 chocolates calientes,
8 magdalenas grandes y 7 pedazos de tartas diversas, la mayoría para llevar. Los dos últimos
pedidos habían supuesto el uso del doble de vasos e ingredientes, pues un malentendido
provocó que Ana tuviera que volver a prepararlos. Cuando le tocó el turno a Carmen, Ana
acumulaba en su zona tres vasos de los pedidos erróneos; las cuatro tazas sucias de los
correspondientes clientes que, en un acto de amabilidad, las habían retirado de las mesas que
dejaban libres; 3 tazas limpias que la camarera había apartado para los futuros pedidos y
algunas otras que ya no recordaba de dónde habían salido, pero que irían directas al
lavavajillas cuando tuviera tiempo.

-Dos "mokas" pequeños, uno sin nata y otro normal con extra de leche de soja - anunció la
camarera colocando dos tazas en el mostrador.

-Perdona - Carmen levantó la mano derecha - El que va sin nata era grande, no pequeño. Y
ambos iban con extra de soja.

-Vale, sin problema - por el rabillo del ojo Ana vio como Xin, desde la caja, movía
rápidamente los labios en un intento de decirle: "te lo dije"

Apartó junto con las demás las dos tazas llenas, dudó un momento, y seleccionó del
montón que estaba aún sin usar dos tazas más: una pequeña y otra grande. Repitió el proceso
y las colocó en la barra: "Moka" grande sin nata y con extra de soja; "moka" normal pequeño
y extra de soja.

Carmen le dio las gracias y, con una bebida en cada mano, se dirigió a la mesa dónde la
esperaba su amiga, que otra vez estaba mirando fijamente a su teléfono móvil. Leticia, como
la gran mayoría de adolescentes, no concebía vivir sin su teléfono móvil. Pero en su caso, esa
pasión iba algo más allá de la moda o la inventada necesidad del imparable ansia consumista.

Cuando aún no sabía andar, sus padres le dejaron un móvil ya en desuso para que la niña se
entretuviera. De verlos tantas veces jugar con ese extraño objeto en casa, ella no podía evitar

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querer cogerlo con sus manos y unirse al juego. Las primeras veces resultaba incluso
divertido hablar por teléfono mientras había que apartarla delicada pero constantemente del
aparato. Cuando dejó de serlo, le dieron el suyo propio para que no molestara más.

El resto de su infancia no se diferenciaba de la de sus actuales compañeras de instituto.


Acostumbradas desde los 8 años a discutir periódicamente con sus padres por la factura
correspondiente, con 16 ya nadie tenía ganas de pelear: Notas no demasiado malas, un nuevo
modelo al año y mantener la factura por debajo de unos generosos límites eran parte del
precio que las jóvenes tenían que pagar para que sus padres las dejaran en paz.

Con 20 años, el bachiller recién terminado y un bombo de casi 3 meses, Leticia usó su
teléfono móvil más que nunca: Para pedir consejo a centros de planificación familiar y
solicitar consultas en clínicas abortistas. Para discutir con el padre de su hijo y con los que
serían sus futuros suegros. Para reír y llorar con sus mejores amigas. Para, indignada, dolida y
frustrada, gritarle desesperadamente a sus padres en las tres ocasiones qué se fue de casa. Para
inscribirse en la próxima edición de "Gran Hermano" y, de madrugada, participar en algunos
concursos televisivos (además de, en un par de ocasiones, bajarse algún politono). Para
preguntar a su banco que significaba el concepto "intereses por descubierto", indignarse con
su operadora de telefonía por facturas en la que figuraban 70 euros en una sola llamada y
solicitar puestos de trabajo que nunca tuvo oportunidad de conseguir.

Cuando Carmen terminaba con 26 años su carrera de biología, Leticia era la vendedora
estrella de una tienda de barrio de una importante empresa de telefonía móvil. Todavía se
enviaban mensajes la una a la otra de vez en cuando, sobre todo en Navidad y Año Nuevo,
pero hacía tiempo que el ritmo de vida de ambas era demasiado diferente como para ser
compatibles.

Unos pocos años después, Carmen dejó de recibir aquellos mensajes anuales deseándole un
nuevo año cargado de deseos que de seguro se cumplirían. Y después de mantener la inercia
durante cuatro años más, Carmen también dejó de escribir.

Unas semanas después de decidir aquello, en el ascensor del edificio dónde vivía, una
vecina le recordaba lo frágil que era el ser humano y que, lo que Dios daba, Dios lo quitaba:

-Una tragedia cómo la que nos puede pasar a cualquiera de nosotros en cualquier
momento, hija - la anciana recitaba aquello como si fuera un mantra que alejaría de ella las
malas vibraciones - Una amiga mía, que va a mucho a ese centro comercial, me lo contó ayer.
Un día estaba allí sonriente y atendiendo a los clientes y al siguiente...

Carmen miró el panel y calculó los pisos que aún le quedaban hasta su casa - Pobre mujer:
tan joven y dejando un hijo tan pequeño huérfano. Al principio no me lo podía creer porque
esta amiga mía no está muy bien de la cabeza, Dios la guarde. No es que esté loca ni sea mala
persona, ¡qué va! Es que siempre ha sido un poco... extraña, ya me entiendes. Tiene un hijo
que es una ricura: guapo, educado, siempre bien vestido... Se nota que lo educan bien, no
como a los niños de ahora, tú sabes. Pero, ¡ay! No sé yo si será que está bien educado o es que
también le meten cosas raras en la cabeza. No sé si me entiendes - La mujer bajó un poco la
voz e inclinó un poco la cabeza - Me ha dicho la del 3ºB que más de una vez la ha visto
paseando sola por el cementerio. ¡Pero si no tiene a nadie enterrado allí! Incluso me ha dicho

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que una vez la vio allí con el niño. ¡Pobre criatura, tan joven y teniendo que estar en ese tipo
de sitios! Yo creo que...

Cuando el timbre avisó que habían llegado, Carmen mantuvo la sonrisa mientras se
despedía y abría rápidamente la puerta del ascensor.

-Te dejé el sofá dónde estaba sentada la vieja porque se hunde demasiado para mi gusto -
Leticia no levantó la vista de la pantalla del móvil mientras Carmen tomaba asiento - Mira: le
había dicho a Rubén que no organizara nada para el sábado, que ya habíamos quedado todas
para irnos de compras y va el gilipollas y manda un mensaje a todos diciendo que si...

-¿Has quedado este sábado? - Carmen la miró a los ojos con un aire de sorpresa.

-Claro. Lo estuvimos discutiendo después de que os enviara a todas un mensaje al móvil en


el que...

-No recibí nada.

-¿Cómo que no? Si hasta respondiste dando tu opinión.

-No. Te envié un mensaje para recordarte que este sábado tenía que quedarme en casa con
mi padre, pero no quería que estuviésemos solos, y que si podías venir a dormir a mi casa.

-¿No era sobre lo de ir de compras?

-¿No leíste el mensaje? - Carmen ya suponía la respuesta.

-Hostia, tía, creía que era sobre eso. Es que como todas se pusieron a responder con sus
chorradas no me iba a poner a leerlo todo, sino que leí sólo los últimos para ver si al final
quedábamos o no. Total, siempre hacen lo mismo: se ponen a desvariar y hasta que alguien al
final no dice si sí o si no. ¡Puf! ¿Y por qué lo de dormir en tu casa? ¿Estás castigada o algo?

-No, pero se cumple el dichoso aniversario y a mi padre le gusta que estemos juntos en
casa, pero a mí me parece, no sé... tétrico.

-Joder, tía, perdona, pero a estas ya les dije que sí y si al final no voy me van a llamar de
todo porque ya lo he hecho un montón de veces. Me da palo, tía, pero es que tampoco quiero
que empiecen a dar por culo hablando de mí y esas cosas. Y si sólo fuera ir de compras, pues
me iba a tu casa después y listo, pero es que luego quieren ir a cenar y...

-Vale, vale. No te preocupes. Lo entiendo - Carmen suspiró resignada. No es que tuviera


muchas esperanzas en su casi única amiga, pero al menos en las cosas importantes nunca le
había fallado. En otras muchas cosas, sí, pero en lo importante...

-¡Jo, tía! No me hagas sentir mal ahora, que no es mi culpa. Si me lo hubieras recordado
antes hubiera intentado cambiar el día con estas, pero ahora es imposible. Imagínate que...

Carmen había dejado ya de prestar atención a su amiga y tenía la vista fija en una larga raja
que tenía su taza. Tendría que resignarse a pasar el sábado con su padre en uno de sus
patéticos intentos de, creía ella, no traicionar el recuerdo de su madre. Nunca entendería por

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qué su padre se empeñaba en cosas como aquella a la vez que se negaba rotundamente a ir al
cementerio.

El día que Ana Gutiérrez Alonso había muerto, su hija y su marido formaron un nuevo
mecanismo que inmediatamente se puso en marcha. Eran como dos cilindros girando en
sentidos diferentes y unidos por un cordón elástico: al principio, mientras el cordón colgaba
entre ellos, ambos giraron libre e independientemente. Con el tiempo, el cordón se fue
tensando y el giro fue encontrando, poco a poco, más resistencia; pero la inercia del
movimiento y la elasticidad del propio cordón posibilitó que, aunque con una tensión cada
vez mayor, ambas partes continuaran sus caminos.

Ninguno de los dos cambió su sentido de giro, así que finalmente aquello que los unía se
rompió y padre e hija tuvieron que aprender a vivir cada uno con sus propios restos de un
elástico dado de sí.

Él nunca reconoció haber visitado la tumba de su esposa muerta, mentira que Carmen
nunca entendía por qué mantenía de forma tan testaruda. En las dos ocasiones que ella,
armándose de valor, fue al cementerio, comprobó cómo su padre (quién si no) había dejado
una flor fresca sobre la lápida.

La tercera y última vez que Carmen entró en aquel cementerio, mucho antes de su propia
muerte en otro país, fue tiempo después del entierro de su padre. Su tumba (todavía se podía
considerar reciente) destacaba en aquel mar de piedra sucia y gris. A su lado, la de su esposa,
también llamaba la atención: igual de sucia y gris que la mayoría, pero con una llamativa flor
blanca apoyada en ella.

20
Xin

El reloj marcaba casi las ocho y media de la tarde cuando Ana terminó de limpiar y ordenar
la zona dónde preparaban las bebidas. Las últimas dos horas del día solían ser tranquilas, por
lo que las dedicaban a ir dejándolo todo listo para que cuando dieran las diez ya estuvieran
listas para cerrar la cafetería. Ana buscó a su compañera con la mirada y se dirigió a la mesa
dónde limpiaba rápidamente los restos del anterior cliente.

-He dejado todo listo ahí detrás y ya en breve me marcho.

-Vale, ya me encargo yo - Xin le sonrió y le hizo un gesto con la mano.

-Que te sea leve.

Mientras Ana caminaba hacia el almacén a recoger sus cosas, Xin miró el reloj - ¡Joder!
Hora y media todavía. Y por cierto... - metió la mano en un bolsillo y sacó su teléfono móvil -
Este inútil no me ha confirmado todavía lo de esta noche.

Aquella noche Xin había esperado media hora en la cafetería cerrada hasta que tomó una
decisión y, finalmente, se fue para su casa sin que su novio llegara a aparecer. Al día
siguiente, y tras una breve charla por teléfono, volvía a ser una mujer soltera y comenzaba de
nuevo uno de los que ella llamaba "ciclos post-noviazgo": una firme promesa de no volver a
estar con nadie, entre dos y cuatro semanas en las que se cuidaba de no perderse una sola
fiesta y, finalmente, un nuevo amante de duración impredecible. Cuando una noche de sábado
se disponía a salir de uno de sus bares favoritos, Johan la saludó cortésmente cortándole el
paso, y mientras se esforzaba por hacerse oír sobre el estruendo de la música, ella canceló la
llamada en curso y guardó su teléfono móvil en un bolsillo de su abrigo: "Puede esperar un
poco más", pensó.

Un día después, con el alto y rubio estudiante de intercambio roncando plácidamente en su


cama, Xin miraba por la ventana de su apartamento mientras marcaba el teléfono de Carlos
por segunda y última vez. Un minuto después colgó, dejó el móvil sobre la mesa y decidió
que ya era de despertar a aquel vago.

-Bueno, lo dicho: que te sea leve.

-Sí, claro. Ten cuidado y no te canses - Xin despidió a su compañera y notó que llevaba
algo en la mano - ¿Ya estás robando de nuevo? Joder, al menos roba algo que no esté roto.

-Es lo que tiene ser pobre - Ana sonrió y agitó la taza que tenía en la mano - Cuando la
recogí de la mesa de las niñas aquellas la tiré sin pensar para no volver a servirla por error,
pero luego me acordé que necesito una para casa y esta no está tan mal, ¿no? Creo que
aguantará.

-No me seas "Diógenes" y coge una nueva del almacén.

21
-No hace falta. Esta me vale. Pásalo bien, hasta mañana.

Xin suspiró sonoramente fingiendo desaprobación y agitó también la mano. Miró de nuevo
el reloj para comprobar que sólo habían pasado 5 minutos desde la última vez.

-A ver qué hago yo ahora hasta las diez - su voz retumbó un poco en el local vacío.

Diez años, muchos kilómetros y dos cambios de trabajo más tarde, Xin se casó. Fue una
boda sencilla, con apenas 20 invitados y que duró lo justo para que todos los presentes
olvidaran por unas horas la realidad con la que convivían a diario en el campo de refugiados.
Aquella noche, mientras veía a su esposo dormir, pensaba que parecía imposible que, después
de todo lo que habían pasado, ahora estuvieran allí juntos.

Desde el día en que se habían conocido, Johan siempre había estado disponible cuando ella
lo necesitaba. Daba igual la distancia o las personas que los separaran. A pesar de los años de
idas y venidas, su larga estancia en Estados Unidos y discusiones como la de cuando se enteró
de que se había unido a una facción Iglesia Metodista; nunca habían perdido el interés uno por
el otro. El día que le había dicho que se iba a Sierra Leona y le ofreció a ir con él, ella decidió
finalmente que los pros de aquel estudiante austríaco con un pésimo acento español
superaban, con mucho, a los contras.

El centro sanitario-maternal de la Iglesia Metodista Unificada del barrio de Kissy en


Freetown era el único en toda la zona, y Xin formaba parte del equipo encargado de los planes
de prevención del VIH. Durante más de 15 años, ella y su marido trabajaron por mejorar en
una ínfima parte las condiciones de vida de una población en constante guerra civil. Cuando
Johan murió a causa de un agresivo brote de malaria, mezclado con un cierto desprecio por su
propia salud, y muchos de sus amigos y compañeros le aconsejaron "retirarse", ella no quiso
escucharles: Todo lo que ella amaba quedaba dentro de aquella barriada y, por lo tanto, nunca
saldría de ella.

Poco tiempo después, una milicia local atacó el centro en busca de drogas y medicamentos.
Lo que se suponía que sería incursión rápida y sin problemas, se acabó convirtiendo en una
matanza. Cuando las tropas internacionales llegaron al hospital tras recibir el aviso, los
milicianos habían actuado con dureza ante la resistencia de los miembros de la institución
sanitaria a abrir las puertas y colaborar con ellos.

En los medios de comunicación internacionales las cifras variaban a cada hora y la lista de
víctimas definitiva tardó varios días en hacerse pública. En un colegio a miles de kilómetros
de allí, Ana leía la noticia en la portada del periódico del día. El bullicio de la sala de
profesores dejó de importarle cuando leyó el nombre de su amiga.

22
Ana

Si no pasa el autobús ya mismo, llegaré tarde seguro - Ana miró nerviosa su reloj por
segunda vez mientras salía de la cafetería - Y ya lo llevo bastante justo como para encima
tener menos tiempo para la dichosa prueba.

Aunque reconocía pasarlo bien con Xin, Ana sabía que aquel no era el trabajo de su vida.
No estaba segura de cuánto tardaría, pero lo que sí sabía es que tarde o temprano sacaría esas
malditas oposiciones y obtendría la plaza de profesora. No en vano se estaba gastando parte
de su sueldo y mucho de su tiempo en aquella academia: "Este año seguro que sí", pensó.

Ana salió de la cafetería mirando nerviosa su reloj y no vio venir a la persona que tropezó
con ella:

-Disculpa, pero creo que me dejé olvidada aquí mi tarjeta de crédito esta tarde y...

-No se preocupe - miró por encima del hombro de la mujer que le hablaba para ver la
parada del autobús en la otra acera - No cerramos hasta las diez. Mi compañera está dentro,
así que pregúntele a ella.

Lucía le dio las gracias a la que sería su mejor amiga, mientras se alejaba apresuradamente.

En los cuatro años que Ana tardó en obtener la plaza que quería, ambas mujeres pasaron
muchos buenos ratos: Tanto en la cafetería dónde Lucía solía ir a tomarse un café al salir del
trabajo, como fuera de ella. Incluso cuando Ana tuvo que trasladarse a otra ciudad cercana,
mantuvieron su relación a base de verse al menos una vez por semana.

Fue una de esas veces cuando Lucía se ofreció a llevar a Ana a su casa, después de haber
pasado la tarde juntas hablando de pañales y noches de insomnio, y de haber efectuado una
rápida visita al cementerio local antes de que comenzase la tormenta.

Durante el trayecto de vuelta rememoraron viejas anécdotas de cuando se conocieron en la


cafetería y se preguntaron como le iría a Xin:

-Hace ya tiempo que no sabemos nada de ella - Las primeras gotas aparecieron en el
parabrisas.

-Ya sabes como es: siempre de aquí para allí. Desde que avisó de su boda apenas escribe
una vez cada dos meses o así.

-¿Te ha dicho si tiene pensado venir?

-No me ha dicho nada, no - Ana cerró su ventanilla y, a pesar de su embarazo, se abrochó


el cinturón de seguridad.

Cinco kilómetros después, la carretera apenas se distinguía más allá del muro de agua y el
parabrisas empezaba a empañarse. Lucía se desabrochó un momento el cinturón para poder
estirarse y limpiar el parabrisas.

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El coche golpeó lateralmente contra la protección del arcén izquierdo, lanzándolo en
sentido contrario y cruzando los cuatro carriles de la autopista tras dar dos vueltas de campana
y chocar contra dos vehículos más. Mientras los demás conductores detenían bruscamente sus
vehículos, vieron como en una de las vueltas alguien salía despedido por el parabrisas.
Segundos después el coche se detenía al chocar frontalmente contra un gran árbol, varios
metros más allá del arcén derecho.

Ana había cerrado los ojos cuando se dio cuenta de que el accidente era inevitable,
apoyando instintivamente la mano izquierda en su abultada barriga y la derecha contra el
salpicadero del coche. Cuando el movimiento cesó todavía pasaron varios segundos hasta que
se atrevió a abrir los ojos. Todo parecía borroso pero no se veía sangre. Le dolía todo el
cuerpo y había trozos de cristal por todas partes. Sintió pequeñas esquirlas clavadas en las
mejillas y en la frente cuando se pasó la mano por la cara, pero no parecía grave. Estaba viva
y el cinturón de seguridad la había mantenido anclada al asiento. Con gesto dolorido estiró el
cinturón de seguridad, y puso su atención en el bebé. En ese momento una cabeza asomó por
la ventanilla del puesto del conductor:

-¡Mierda! - la cabeza desapareció y oyó como alguien gritaba - ¡Avisen de que una está
embarazada!

Su puerta soltó un agudo chirrido cuando se abrió y un hombre apareció a su lado.

-¿Se encuentra bien? ¿De cuánto está?

-Sí, creo que estoy bien. De... De siete meses - Ana creyó sentir como el bebé se movía un
poco.

-No se mueva. La ambulancia llegará en breve. ¿Cómo se llama? - El hombre le


desabrochó el cinturón. Por la forma en que le observaba y palpaba su vientre parecía saber lo
que hacía. Ana estiró la espalda y se percató que su vista se iba aclarando.

-Ana.

-Encantado, Ana, yo me llamo Carlos. No se preocupe que parece que todo está bien y en
breve la sacarán de aquí.

Ana le dirigió una sonrisa cansada y entonces cayó en la cuenta:

-¿Dónde está Lucía?

-¿Quién? - el hombre acercó su oído.

-Mi amiga: la que conducía...

-No se preocupe. La están atendiendo fuera.

-¿Está bien? - A Ana no le gustó el tono con el que le había contestado. Se le escapó una
mueca de dolor cuando intentó girar el cuerpo para salir del coche.

-¡Le he dicho que no se mueva! - El hombre la sujetó.

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-Y yo le he dicho que estoy bien. Y no me voy a quedar aquí sentada a esperar que el coche
explote.

El hombre miró nervioso hacia la parte frontal del vehículo y, reacio, la ayudó a ponerse en
pie y alejarse del él. La autopista estaba tan llena de gente que apenas se podía ver el rastro de
goma, plástico y cristal que marcaba la trayectoria del coche. Un poco más adelante un
pequeño corro de personas rodeaba lo que parecía ser un cuerpo tendido en el suelo. Un
segundo antes de que alguien lo tapara con una chaqueta, Ana reconoció a su amiga.

El autobús dobló la esquina justo cuando llegó a la parada. Había al menos veinte personas
esperando, así que se puso a la cola y, mientras rebuscaba en su bolso el monedero, empezó a
sonar su teléfono. Con aquel tono característico, no le hacía falta mirar la pantalla para saber
quién llamaba.

-Hola, guapa. ¿Cómo estás?

-A punto de subir al autobús para ir a la academia.

-Bien, precisamente te llamaba para recordártelo, por si te habían liado en el curro.

-No, que va. Voy un poco justa, pero llegaré. ¿Tú qué tal? - El autobús había abierto sus
puertas y la cola de gente empezaba a avanzar.

-Pues aquí, en casa. Esperándote.

Ana sonrió - Pues anda que todavía te queda. Entre que haga el examen y voy para casa...

-Ya lo sé. Tú tranquila que aquí te estaré esperando. ¿Quieres algo especial para cenar?

-Algo caliente estaría bien, porque tengo un frío hoy...

-Vale, prepararé entonces un plato bien caliente para la profesora más caliente.

Ana reía mientras pagaba al conductor su billete y de nuevo guardaba su teléfono en el


bolso.

-¡¿POR QUÉ?! ¿Por qué? - Todos los asistentes al entierro miraban con tristeza como Ana,
abrazada a su marido, gritaba mientras cerraban la tumba. Debajo de los ojos de ambos se
podían ver unas grandes sombras negras, consecuencia de los días que llevaban sin dormir.
No podían quitarse de la cabeza la imagen de su hijo que, echado sobre su cama, parecía estar
todavía durmiendo.

Los médicos no habían sabido darles un motivo claro: al niño no se le había diagnosticado
nunca ningún problema de salud y en ninguna de las dos familias había antecedentes de
enfermedades importantes. La autopsia tampoco había revelado nada: No había rastro de
infarto, asfixia, ni causa alguna.

Con dos años, Julián murió mientras dormía. Así de simple.

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La gente se acercaba a darles el pésame antes de sumarse a la procesión que iba de camino
a la salida del cementerio. Cuando el último de los invitados se hubo despedido, alguien les
dijo que les esperaría en el coche y, finalmente, se quedaron solos. Ana se enjugó las lágrimas
mientras miraba fijamente la tumba que rebosaba de flores. La lápida, reluciente, destacaba
sobre las demás, ya muy desgastadas. Empezaron a caminar y cuando Ana levantó la vista
hacia el pasillo que comunicaba el bloque 1B con la puerta principal, se dio cuenta de la
presencia de una mujer algo más joven que ella, un par de tumbas más allá de la de su hijo.
Cuando pasaron a su lado, la mujer se apartó para dejarles paso y bajó la vista en un intento
de expresar silenciosamente sus condolencias. Ana la miró agradecida y se fijó en una gran
flor blanca que, sobre aquella lápida que hace unos segundos miraba fijamente aquella mujer,
desafiaba el monótono gris que lo cubría todo.

El autobús estaba lleno de gente, sobre todo niños y adolescentes de camino a sus casas
después de un día de clase. Ana los miraba y se preguntaba como iba a poder algún día
despertarles el interés por aprender. No sólo los hechos u opiniones que explicaban los libros
de texto, sino que fueran capaces de ver y sacar sus propias conclusiones de todo los que le
rodeaba. Como todas las personas con una fuerte vocación, Ana tenía sus dudas y le parecía
casi imposible que un día sus alumnos la respetaran como profesora y confiaran en ella.
Cuando pensaba en la responsabilidad que acarreaba ser una parte tan importante en el
desarrollo de un niño, no podía evitar sentir cierto vértigo.

-Debes tomártelo con calma. No hacía falta que vinieras hoy después de lo de ayer - Ana
miró fijamente a uno de sus mejores alumnos. No porque fuera el más listo o el que mejores
notas sacaba, que no era el caso, sino porque siempre había demostrado tener una fuerza de
voluntad a prueba de bombas.

-No se preocupe, Sra. Gómez. Estoy bien.

-Si tú lo dices me lo creo, Bruno, pero sabes que no pasa nada si quieres tomarte uno o dos
días para descansar. Cuando se pierde a alguien querido...

-¡He dicho que estoy bien! - El joven levantó la vista y la miró a los ojos.

-Vale, vale, no te enfades. Sólo quería oírlo de tu boca, a pesar de que ya me lo había dicho
tu madre.

El chico volvió a bajar la mirada sin decir nada.

-¡Venga! - dijo ella mientras se levantaba - Si todo está bien, pues hala, para casa. Tengo
que pasar por la guardería a recoger a mi hijo, que hoy mi marido me ha pedido tiempo para
él. No sé qué se le ha metido en la cabeza, pero me dijo que iba a empezar a correr, a hacer
algo de deporte. ¡Pero si todo el deporte que él ha hecho nunca ha sido jugar al "FIFA" en la
consola!

El chico se levantó a su vez y esbozó una tímida sonrisa - ¿Sabe? Mi abuelo también
corría. Fue él el que me enseñó a mí.

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-¿Ah, sí? - Ana dudó un momento si continuar, pero si el chico había sacado el tema, sería
porque necesitaba hablar de ello - ¿Y era buen deportista o era como mi marido?

-Siempre estaba diciendo que, cuando era joven, se le había dado bastante bien. Siempre
me repetía que lo importante era la continuidad, el ser constante. Más que pegarte una paliza
una vez al mes. A cualquier cosa siempre decía que había que tomárselo como una carrera de
fondo.

-Debería decírselo a mi marido, a ver si se le pega algo bueno - dijo ella mientras cerraba
la puerta del aula y miraba la hora en el reloj de su teléfono.

-¿Hola? ¡Ya estoy en casa! - Ana cerró la puerta y esperó unos segundos. En la casa, a
oscuras, no se oía ningún ruido. Se descalzó y se dirigió por el pasillo hacia el salón,
preguntándose qué podría haber pasado para que la casa estuviera vacía.

La puerta del salón estaba abierta y por la ventana entraba la suficiente luz como para
distinguir claramente los contornos de los muebles. Se quedó un segundo quieta, barriendo la
estancia con la mirada e intentado escuchar algo. Cuando creyó oír una especie de siseo, en la
calle un coche hizo sonar la bocina repetidas veces, tras lo cuál sus oídos ya no percibieron
nada más. Resignada estiró la mano hacia el interruptor y, de pronto, otra mano salió de la
oscuridad y agarró la suya. Ana tropezó y cayó al suelo gritando y revolviéndose contra lo que
fuera que la atacaba.

-Tranquila, tranquila, soy yo. No pasa nada, soy yo. Soy yo, cariño - Entre lágrimas, Ana
vio como su novio encendía la luz y se arrodillaba a su lado, abrazándola e intentando
calmarla - Sólo era una broma, cariño.

Ana gruñó y le dio un fuerte empujón - ¡¿Cuántas veces tengo que decirte que no me
gastes estas bromas?! ¡Que no me gustan! - Se enjugó las lágrimas mientras se levantaba,
despreciando la mano que él le tendía para ayudarla.

-No te pongas así, mi amor, que sólo fue una bromita - ella odiaba, no sólo que le gastara
estas bromas de mal gusto, sino que encima no pudiera aguantarse la risa.

-¡Joder, qué susto me has dado!

-Venga, que no ha sido para tanto - él se acercó con la intención de abrazarla de nuevo,
pero ella dio la vuelta y se dirigió a la cocina - Vamos, no te pongas así. Tómatelo como un
entrenamiento, por si algún te pasa algo malo de verdad. Así sabrás reaccionar.

-Pasa de mí - Ana encendió la luz de la cocina y vio como, lo que parecía una buena cena,
esperaba a ser servida.

-Mira - le dijo él desde la puerta - Te he preparado una cena como a ti te gusta. Vale que
me he pasado con el susto pero, no me dirás que no me lo he currado - Se notaba que
intentaba mantenerse serio, pero no lo conseguía - Lo de la cena, quiero decir.

-Me has pegado un susto de muerte - dijo ella, dándole la espalda.

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-Lo sé. Lo sé y lo siento - él se acercó por detrás y le abrazó - No volverá a pasar. Te lo
prometo.

Ana hizo un débil e infructuoso intento de separarse de él - ¡Pero si siempre dices lo


mismo y siempre vuelves a las andadas! - Sintió como unos labios la besaban en la nuca - Tú
me odias. Dilo claramente de una vez.

-¿Cómo te voy a odiar si eres lo que más quiero? - sintió como él la daba la vuelta y se
encontró mirándolo directamente a los ojos - Sólo fue una bromita, sólo eso. Te quiero y
siempre estaré contigo. Hasta el final.

Todavía con la impresión por el susto, pero cediendo finalmente a las palabras de su novio,
Ana lo abrazó y dejó que otra lágrima se escurriera por la mejilla.

-Bueno, pues ya está. Ya se han ido todos - El viejo dirigió a su hijo y a su nieto una
mirada triste - ¿Quieres que te esperemos fuera?

-Estará bien, ¿no, papá? - El hombre, rondando los cincuenta, ignoró la pregunta de su
padre al tiempo que dirigía una mirada a su hijo, unos metros más allá.

-¡Hum! Sí, claro que sí, hijo. Murió tranquila, sin dolores y a vuestro lado. Y ahora
descansa dónde quería - El viejo creía que lo mejor era dejarlo sólo - Mira, me llevo a Julio
conmigo y te esperamos fuera, ¿vale? Creo que este sitio no le conviene en estos momentos.

El hombre se quedó solo, mirando como su padre y su hijo se alejaban lentamente, para
luego volver a encarar la lápida dónde figuraban el nombre de su primer hijo, muerto hacía ya
tantos años, y el de su mujer, a la que habían enterrado aquella misma tarde. Por el rabillo del
ojo vio como otro hombre deambulaba por los pasillos cercanos, sin que pareciera buscar
nada en concreto.

Pasaron diez minutos hasta que finalmente bajó la cabeza y, despidiéndose en silencio de
ambos, empezó a caminar por el pasillo en dirección a la salida.

A unos metros, el otro hombre esperaba a que aquel extraño se fuese. Dos horas antes
había llegado al cementerio buscando una tumba. Había pensado evitar acercarse al pasillo
dónde parecía estar celebrándose un entierro, pero luego se dio cuenta de que era
precisamente en ese pasillo dónde estaba lo que buscaba. Así que decidió esperar dando un
paseo.

Ahora que por fin se había quedado solo, se acercó y volvió a consultar la libreta que tenía
en las manos:

Julián Gómez
"Con amor"
Cementerio Norte: bloque 1B

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Resultó ser la misma tumba dónde se había celebrado el entierro que él estaba esperando a
que terminara. La tumba frente la que aquellos tres hombres, sobre todo el de edad
intermedia, se habían quedado mirando tanto tiempo antes de irse. La lápida parecía haber
sido limpiada recientemente y se le había añadido otro nombre.

-También es casualidad - pensó en voz alta - Casi un año pensando en esto y cuando por
fin me decido, elijo este día para venir.

Dudó un momento, pero volvió a abrir la libreta. Aquella era la última anotación que
figuraba en ella. Debajo, sólo papel en blanco, esperando a ser escrito.

-Bueno, mamá - el hombre dobló las páginas de la libreta y sacó un bolígrafo del bolsillo
mientras intentaba darle un tono resignado a sus palabras - Sé cuáles son las reglas y que te
prometí escribir sólo esto y ya está, pero dadas las circunstancias, creo que no sería correcto
ignorarlo. Además - miró un momento al cielo - tú tenías tus reglas. Espero que no te enfades
si yo pongo las mías.

Esbozando una sonrisa empezó a escribir, justo debajo de la anotación anterior:

Ana Gómez
"Allá dónde estés, espéranos"

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