“Me dijeron que estaba loco y luego dijeron que mi

teorema demostraba la existencia de Dios”.
Kurt Gödel

Si los pensadores del mundo antiguo pudieran contemplarnos seguramente se
echarían las manos a la cabeza al ver como hemos olvidado sus principios. De todo su
legado nos hemos concentrado casi exclusivamente en sus resultados lógicos, que
consideramos el origen de la ciencia “moderna” y a los que otorgamos rango de “leyes
universales”. Pero, al mismo tiempo, hemos desplazado (o arrinconado) los
pensamientos en que se basaban al terreno de la mística.
La ciencia representa el criterio de veracidad, y la mística algo de lo que siempre se ha
de dudar. La primera ofrece resultados ciertos y determinados, mientras que la
segunda nunca ofrece un resultado concluyente. La ciencia dice ser independiente
mientras que la mística o la metafísica siempre depende del punto de vista.
Si yo te preguntara que método es más correcto sin lugar a dudas responderás que el
primero. Pero… considera esto: la ciencia se basa en las matemáticas y éstas (a su vez)
se basan en principios, axiomas o condiciones de inicio que damos como ciertos, que
hemos dejado de razonar sobre ellos. Por lo tanto, en último término la ciencia
matemática se basa en creencias. Por otro lado, el principal postulado del “lado”
místico o metafísico afirma que nada puede ser determinado, que es tan cierto que
existe un plano material de la realidad, como otro inmaterial.
De acuerdo con el método científico nunca se podrá demostrar la existencia de un
plano inmaterial (o virtual) de la realidad, simplemente porque ésta posibilidad
siempre entrara en contradicción con su criterio de veracidad, que no es más que una
forma mayoritaria de pensar. Pero nada impide que lo que consideramos imposible
pueda hacerse algún día realidad. Lo cierto es que olvidamos la historia con facilidad.
¿Qué es el método científico en realidad?
Como intentaré demostrar el método científico no es más que un inmenso
contrasentido, un razonamiento circular, un dogma que determina nuestro criterio de
lógica, pero que no es más que una opinión contradictoria. Algo tan absurdo, p.e,
como hablar de la “inteligencia militar”.
(……..)

El método científico establece lo siguiente: cualquier presunción acerca de cómo
funciona la realidad tiene que ser confirmada a base de experimentos reiterados: es lo
que se conoce como “falsabilidad”. Dichos experimentos, por otro lado, tenemos que
ser capaces de poder llevarlos a cabo. Si esto no es posible, sea cual sea la hipótesis o
la teoría su recorrido habrá acabado. A menos ¡Claro! que seamos capaces de
encontrar una forma original de demostrarlo.
Actualmente dicho método, a nivel algo más genérico (o… más aplicado al terreno
matemático) le llamamos “revisión por pares” y, básicamente, consiste en dos
opiniones independientes que acaban confirmando un mismo resultado. De hecho
este sistema de pensamiento tiene sus raíces en el método matemático, pues tiene el
mismo funcionamiento que un Teorema. Como es sabido cualquier teorema establece
simplemente una manera de llegar a un mismo resultado por dos caminos distintos.
El método científico parece seguir incluso una ley universal, la que establece que
siempre y en todo momento para conocer nuestra posición necesitamos una
referencia.
Este método nos cuenta que se basa en el mismo criterio doblemente independiente,
dado que… no sólo los resultados de los experimentos físicos han de ser correctos, sino
que además, (y de forma alternativa) han de ser susceptibles de poder ser
demostrados matemáticamente. Según este método, por tanto, los experimentos y
su resultado agrupado (bajo la forma de un teorema) son dos caminos distintos de
llegar al mismo resultado. Ahora bien…. ¿Es esto cierto o no se trata más que de un
razonamiento circular?
Para entenderlo déjame primero introducir algún que otro concepto previo. La lógica
“subyacente” (o menos aparente) al método científico es la siguiente: podemos hacer
muchos o muchísimos experimentos, pero esto nunca será suficiente. Si todos los
experimentos que realizamos dan el mismo resultado esto nos indica que una
conjetura o hipótesis determinada tiene muchas “papeletas” para ser correcta, aunque
esto no asegure que siempre lo sea. Si compras (por ejemplo) más y más decimos de la
lotería de navidad aumentas las probabilidades de ganar pero, a menos que compraras
todas las papeletas, siempre existirá la posibilidad de que no te toque nada.
Por lo tanto no es suficiente la medición reiterada o el experimento. Tenemos que ser
capaces de sintetizar un patrón de comportamiento en una regla matemática, de
manera que la hipótesis siempre se cumpla para cualquier variable dada. Si somos
capaces de hacer esto la teoría será verdadera y dejará de estar en el terreno de la
conjetura. En ese momento… ¡cambia el procedimiento! La teoría adquiere la forma de
un teorema y pasa a ser “indudablemente” cierta; Siempre que no encontremos ¡Por
supuesto! un contraejemplo. En todo caso ahora la responsabilidad cambia, ahora la
carga de la prueba recae en quien diga que dicha teoría es falsa.

Ciertamente es difícil de hacer esto porque, a lo largo de la historia de la civilización,
nadie nunca y en ningún momento ha podido contradecir la lógica de un teorema
matemático. De hecho, si algún día fuéramos capaces de hacer esto, todo nuestro
sistema de lógica se derrumbaría. Hay que tener en cuenta que no tenemos más
sistemas de lógica, que no tenemos un “plan B” para evitar este potencial
contratiempo.
Nuestra lógica es lógica matemática y no hay más. Nos cuesta imaginar un sistema
diferente de entender el Universo que no se adapte a la lógica que nos han enseñado,
aunque esto no implica que no podamos hacerlo. Y… ¡de hecho! a lo largo de la
historia encontramos varios ejemplos. La ley de la relatividad quizás sea el mejor de
todos ellos, advirtiéndonos de que tuviéramos cuidado, porque todo es cierto
únicamente dependiendo del contexto.
Pero… ¡Bueno!, nos quedamos con la idea de que tenemos que ser capaces de
sintetizar múltiples experimentos en un patrón matemático, ya que es inviable pensar
que podemos hacer infinitos experimentos (dado que necesitaríamos infinito tiempo)
Si bien es cierto que no podemos hacer millones o billones de intentos de un mismo
experimento, si que podemos hacerlo cuando en vez de una conjetura física
intentamos demostrar la validez de una conjetura matemática. Por ejemplo, en el caso
de algunas importantes conjeturas matemáticas se han realizado informáticamente
billones de intentos que confirman sus enunciados. A pesar de esto seguimos diciendo
que se trata de simples conjeturas, que no es concluyente hacer más o menos
experimentos. Por lo tanto, no sólo queremos tener una importantísima probabilidad
de que lo decimos es cierto, sino que en realidad lo que decimos es que queremos
entender el patrón de funcionamiento, utilizando una lógica “adecuada”.
En física aplicamos nuevamente el mismo razonamiento. Múltiples experimentos pero
conociendo el patrón de funcionamiento, conociendo cuales son los parámetros
subyacentes, o las reglas inherentes a dicho comportamiento.
Por lo tanto, el método científico consta de dos partes: la primera (la del experimento)
es importante, básica o necesaria y todo lo que tú quieras, pero no resulta concluyente
de ninguna manera. Según este procedimiento el teorema matemático tiene un rango
más elevado o es de un orden superior en este criterio de verificación. Este método,
por tanto, está jerarquizado o, en otras palabras, uno de sus elementos no es
independiente.
Lo que tenemos que preguntarnos no es tanto por qué son tas efectivas las
matemáticas para describir la naturaleza, sino más bien todo lo contrario…. ¿Por qué la
naturaleza tiene que expresarse siempre con la forma de un teorema matemático (que
por definición es estático)? ¿Por qué tiene el Universo que adaptarse a nuestro criterio
de lógica?

La mecánica cuántica nos dice claramente que: a nivel fundamental las reglas del juego
no se adaptan a nuestro criterio racional. Y quizás por este motivo, después de más
100 años de su descubrimiento continuamos desconociendo su funcionamiento. Pero…
a pesar de ello, seguimos pensando que tiene que ser el Universo el que se adapte a
nuestra forma de pensar; Que sólo es cuestión de tiempo que lo podamos “doblegar”.
Cuando hacemos experimentos, en el fondo lo que estamos haciendo es confrontando
resultados, que son derivados o dependientes de nuestras escalas o sistemas de
medida. Medimos, tomamos datos, los “cruzamos” y los clasificamos… y… cuando
encontramos un patrón que siempre se repite, justo en ese momento, tenemos un
candidato a convertirse en una ley física.
El problema de este procedimiento es que los propios datos que tomamos ya se basan
en un criterio matemático, dado que seguimos una regla lógica para llegar a ellos; No
se basan en el puro azar, sino que se basan en el mismo tipo de razonamientos. Lo que
estamos haciendo no es más que duplicar el procedimiento.
El mismo hecho de tomar datos ya implica un filtro matemático, justamente porque
seguimos un criterio ordenado. Incluso cuando tomamos datos de forma aleatoria
siempre hay un patrón subyacente de comportamiento para interpretarlos; Si no fuera
así nunca llegaríamos a validar ningún resultado. Normalmente nos referimos a este
proceso como algoritmo, que podemos definir vagamente como una secuencia
ordenada. Pondré varios ejemplos para entenderlo.
La ley universal más representativa es la Ley de la Gravedad. Para llegar a ella Newton
siguió el método científico. Basándose en los resultados de Kepler (o sus leyes de
movimiento planetario), en las leyes de movimiento de Galileo, así como en sus
propios experimentos dedujo que existía un patrón matemático capaz de unificar el
movimiento tanto en la Tierra como en el resto del Universo. Por este motivo a la Ley
de la Gravedad también se la conoce como la “Ley de los inversos de los cuadrados”.
Dado que puede expresarse bajo la forma de un teorema matemático dicha Ley es
Universal. Como he dicho, en teoría, no hay nada que contradiga a un Teorema,
prácticamente es “inmortal”.
La Ley de la Gravedad nos dice que la fuerza de atracción entre dos masas guarda una
relación inversa con el cuadrado de la distancia que las separa. Se trata de una regla
subyacente e inmutable y, también por este motivo, podemos decir que el “orden
matemático” está un escalón por encima del “orden físico”. Pero existe además un
tercer motivo que establece claramente la superioridad de la regla lógica y es el
siguiente: la ley de la gravedad siempre se cumplirá para cualquier par de masas dada
y para cualquier distancia. En consecuencia la física depende del orden matemático,
pero el orden matemático es independiente del orden físico, no depende de ningún
criterio de medida.

Por lo tanto, cuando medimos o tomamos datos siguiendo el mismo criterio lógico o
matemático (es decir, siempre) no aportamos nada nuevo. Incluso, como hacemos hoy
día, la toma de datos por ordenador ya implica, para su introducción, el acatamiento
de las reglas algebraicas que determinan el código binario. Por lo tanto podemos decir
que la toma de datos siempre estará sesgada por nuestro criterio matemático.
Siempre enfocaremos nuestra mirada hacia un tipo de datos que posteriormente
podamos traspasar al lenguaje matemático. Por ejemplo, si todos nosotros hiciéramos
un programa de ordenador utilizando el mismo sistema operativo, el programa sería
mejor o peor, pero estará sujeto siempre a las posibilidades que el sistema operativo
nos permite.
Veamos un ejemplo más al respecto. Las matemáticas dependen de los números con
los que trabajan. Si fuera cierto que los números siguen algún tipo de patrón en su
comportamiento (como p.e. indica la presencia de los números primos gemelos) esto
sería equivalente a decir que únicamente son aspirantes a teoremas matemáticos,
aquellas conjeturas que no contradigan este patrón que podríamos definir como
“innato”, o independiente de nuestro criterio. En consecuencia lo que podemos hacer
en matemáticas, de forma equivalente a la toma de datos, sólo sería cierto si no
incumpliera este criterio (numérico) que (por otro lado) sería independiente de ellas.
Se trata, por tanto, de una cuestión de creencias, algo que podemos denominar “sesgo
lógico o conceptual” y es considerar que las matemáticas, aún siendo una creación
humana, no dependen de otros conceptos aún más trascendentes. En terminología
física fundamental haría la analogía referente a que el observador modifica el
experimento, introduciendo también un “sesgo” inevitable.
Esto sucede porque jamás hemos podido concluir que una idea o regla matemática no
se adapte al mundo real. En ocasiones no sabemos de qué manera adaptarla, como
ocurre hoy día con las dimensiones matemáticas, pero eso no impide que podamos
crear modelos teóricos. La teoría de cuerdas sería un ejemplo perfecto, a pesar de no
ser aceptada por los defensores del método más tradicionales.
Y es que… ¡Claro! todos damos “por sentado” que nuestro mundo es tridimensional o,
como mucho, tetradimensional. No damos ninguna veracidad a que no puedan existir
más dimensiones adicionales, principalmente por el absurdo que supone una “toma de
datos” en otras dimensiones. Si existieran, por tanto, dimensiones superiores, esto
implicaría que en este “campo inmaterial” la física, como tal, no sólo no serviría, sino
que ni existiría. El método científico sólo existe en el mundo real, nunca será capaz de
traspasar a un potencial mundo inmaterial, que no podemos observar.

La Teoría de Cuerdas es una teoría capaz de reproducir de forma matemática y con
exacta fidelidad las leyes físicas que determinan el mundo real. El problema es que es
un modelo matemático que se presenta en 10 ò más dimensiones espacio-temporales.
Es difícil de asimilar, pero matemáticamente es una teoría impecable y de sus
ecuaciones surgen con naturalidad la teoría de la luz, la teoría de la relatividad e
incluso la propia teoría de la gravedad e incluso una característica de “holografía”. Si
dicha teoría fuera cierta implicaría que podríamos describir el Universo simplemente
en términos matemáticos.
Para entendernos, una teoría unificada implicaría que todo el técnico y sofisticado
lenguaje físico que usamos para referirnos a tantos conceptos, podría ser en su
totalidad simplificado al lenguaje matemático: un lenguaje simbólico pero mucho más
eficiente. Además implicaría que lo que denominamos leyes físicas, en realidad sólo
serían reglas matemáticas. Además esta conclusión estaría en sintonía con la idea que
tenemos de que siempre hemos podido expresar todo lo que pasa en el Universo
utilizando patrones matemáticos. La irrazonable efectividad de las matemáticas para
describir la naturaleza sería precisamente, no que la describa, sino que en realidad sea
ella misma.
Existiría, por tanto, un mundo matemático que no puebla el mundo material de los
sentidos, sino que puebla un mundo inmaterial; Como decía Platón, el mundo del
alma. De hecho, existe una corriente matemática denominada “Platonismo” que
considera la existencia de este mundo inmaterial y que considera que los teoremas
matemáticos son las verdaderas leyes universales. Platón no sólo defendía la
existencia de lo imposible, sino que además pensaba que, en algún momento, se haría
realidad, como simboliza en su “alegoría de la caverna”.
El avance en física, por consiguiente, únicamente depende de nuestra capacidad de
crear nuevos patrones matemáticos, aunque la observación nos pueda proporcionar
los primeros indicios. Así pues, el método científico, como “cuerpo” lógico de
conocimiento o criterio de veracidad es una creencia en sí mismo, un razonamiento
circular. Este sería el pensamiento: “Creo en el procedimiento porque considero que
nadie puede demostrar que no es cierto. Es más, ni siquiera considero que pueda
existir tal posibilidad. Aun cuando todo se reduzca a las matemáticas éstas no se
pueden equivocar” Ahora bien todo esto, como planteamiento magistral, dista mucho
de ser una verdad intemporal.
A finales del siglo XIX los físicos estaban convencidos de que tenían un conocimiento
casi perfecto del Universo y que, a partir de ese momento, el avance científico tan sólo
consistía en incorporar (de forma progresiva) el conocimiento a la tecnología. Sin
ninguna duda esta forma de entender el mundo se basaba en el método científico y la
idea simplemente consistía no en pensar en nuestra incapacidad de detectar nuevos
patrones en el Universo, sino en dar por supuesto que no podían existir más.

Lamentablemente este pensamiento estaba muy lejos de ser correcto. Al cabo de muy
poco tiempo, Max Planck detectó patrones de comportamiento que no se
correspondían con las leyes establecidas. De esta manera, con el nacimiento de la
mecánica cuántica las leyes de la gravedad fueron puestas en “cuarentena”. Hoy día,
no obstante, debido a que nunca se ha podido demostrar el incumplimiento de la regla
matemática subyacente (“los inversos de los cuadrados”) damos por correcto de que
existen otros patrones de comportamiento aunque no los hayamos podido sintetizar,
como es el caso de la mecánica cuántica. Todo esto vuelve a confirmar que un teorema
matemático es una ley universal e intemporal, algo que va más allá de un simple lapso
de tiempo en el que podamos hacer más o menos experimentos.
Unas pocas décadas antes, no obstante, los matemáticos, también se adelantaron a
este pensamiento relativo a la veracidad del conocimiento. De la mano del gran
matemático Bertrand Rusell, algunos de ellos aseguraron que podían establecer un
sistema de condiciones o axiomas iniciales que fueran siempre ciertos y universales: un
verdadero método matemático que todo el mundo usaría como referencia. Pero esta
alegría duró justo tiempo de que otro matemático utilizará sus mismos planteamientos
para demostrar la absurdidad de dicha creencia.
Aún a costa de desechar la supremacía de la lógica humana, Gödel creo uno de los que
se consideran “teoremas fundamentales” de las matemática. Dicho teorema establece
simplemente, que es absurdo pensar que un sistema matemático o cualquier
“método” en general tengan siempre todas las respuestas. El método matemático
como garante absoluto de la verdad duró un suspiro, aunque hoy día muchos sigan
(inconscientemente) sin estar convencidos. A este teorema se le denomina “Teorema
de incompletitud”: “Nada es completo por sí mismo”. Incluso a nivel matemático
siempre necesitamos una referencia. Las matemáticas antes que deterministas son
relativas.
La mecánica cuántica dio origen al concepto de “unidad”, un concepto que, en
términos físicos lo llamamos “Cuanto de Planck”. De acuerdo con esta teoría, a nivel
fundamental, el Universo se presenta de forma cuantificada, es decir, en forma de
unidades discretas y no sólo de forma continua como se había supuesto hasta el
momento. La mejor representación de esta cualidad es que podemos aislar un fotón
de luz, que es una partícula “sin masa ¿?” y “fundamental” y, de hecho, la más básica.
Ahora bien, nunca nos planteamos que un fotón de luz o una unidad pueda ser
también un patrón de comportamiento, de la misma forma que pueda serlo la ley de la
gravedad o la relatividad. Y esto precisamente es lo que da lugar a una paradoja
espectacular, algo que es contrario transversalmente a todo nuestro criterio lógico de
pensamiento. Este es el razonamiento:

De acuerdo con la ley de la gravedad, a medida que reducimos la distancia entre dos
partículas (independientemente de su masa) aumenta la fuerza de atracción entre
ellas. Esto implica que existe algo inherente en la naturaleza que hace que entre dos
partículas que están muy cerca se genere una inmensa fuerza. Para dos partículas
cualesquiera (aunque su masa sea infinitamente pequeña) si ambas están
infinitamente cerca, la fuerza de atracción crecerá de forma exponencial, de manera
que en el límite de dicha distancia (“cero”), esta fuerza tenderá a infinito. Ahora bien…
¿Qué implica que exista una “infinita” fuerza subyacente entre dos partículas tan, tan
pequeñas que ni siquiera podemos apreciar con nuestros elementos ópticos más
avanzados?
Desde el punto de vista de la física tradicional esto no implica nada, se trata de una
singularidad, una incongruencia, algo que no podamos explicar de forma racional. Pero
si ahondamos en esto podemos observar a donde nos conduce esta forma de pensar.
La fuerza de la gravedad no deja de ser una fuerza uniformemente acelerada y, como
tal, puede ser descrita genéricamente. Como cualquier fuerza es una relación entre
espacio y tiempo. Por lo tanto, podemos hablar de fuerza o referirnos simplemente a
una relación espacio-temporal. Si la fuerza que une dos partículas es infinita esto
implica que existe entre ellas (de forma literal) un infinito de espacio y tiempo. Esto es
lo que da lugar a la singularidad… ¿Cómo puede un sistema compuesto de dos
partículas, albergar un infinito universo en su interior? ¿Cómo puede ser esto posible si
nos han enseñado que matemáticamente un punto no tiene dimensión?
Si una unidad puede comportarse como un Universo, esto implica que una unidad
tiene un patrón de comportamiento ¿Cuál, te preguntarás? Pues exactamente el
mismo que podría tener nuestro infinito Universo. Me refiero al Universo “real”, el que
podemos contemplar. Lo único que estoy diciendo con esto es que un patrón de
funcionamiento de nuestro universo es su capacidad de presentarse de forma fractal u
holográfica, es decir, de forma puramente virtual. Puedes definir esta relación diciendo
que el Todo está incluido en la parte y no cambiaría nada. También la podrías definir
como “entrelazamiento”.
Esta infinito potencial de la dualidad que contemplamos a nivel fundamental (abajo) es
equivalente a la dualidad universal que, por ejemplo, nos indica la ley de la relatividad
(arriba): algo que hoy sabemos que es más que una posibilidad. Como indica la teoría
de Cuerdas, la única candidata potencial a ser una teoría unificada, la holografía o la
fractalidad es una característica más de un universo que podemos describir tan sólo de
forma matemática.

Es más, si podemos describir el Universo de forma exclusivamente matemática esto
implica que el universo puede ser descrito como si fuera una simulación de sí mismo
dado que, potencialmente, sería susceptible de ser reproducido en un ordenador. Un
universo virtual sería independientemente de cualquier unidad física de medida. Este
es un motivo más de lo absurdo de la demostración empírica que implica el método
científico, dado que algo “virtual” no es más que una simple concepción mental.
Pero aún podemos ir más allá. Si hemos llegado hasta aquí, como diría Forrest Gump
porqué no continuar.
¿Te imaginas poder condensar infinita información en un bit de ordenador? Pues,
bueno, esto parece ser lo que hace el Universo. A este concepto podemos referirnos
como entrelazamiento, o la capacidad que tiene el universo de conectar dos partículas
aunque entre ellas exista una distancia infinita, o computación instantánea: que no
sería más que la capacidad que tendría el Universo de procesar infinita información en
un lapso de tiempo. Como es evidente parece quedar lejos el momento en que
físicamente podamos hacer esto.
Si el Universo, de acuerdo con el criterio de muchos físicos, siguiera un patrón
determinado por el puro azar, éste habría tenido que darse de una forma muy
adecuada, para dar lugar a un Universo que parece utilizar, incluso, una inteligencia
más elevada, una inteligencia que quedaría muy por encima de nuestro limitado
método de veracidad. Y es que, todos estos conceptos que acabo de citar
matemáticamente son imposibles de realizar, dado que constituyen una imposibilidad
lógica, una imposibilidad que posteriormente incorporamos al mundo real.
Si hubiéramos seguido el método científico al pie de letra jamás hubiéramos
descubierto la ley de la relatividad. Y es que esta Ley “no” pertenece a nuestro mundo
habitual, no es algo que a nadie se le hubiera ocurrido nunca observar, y mucho menos
experimentar. ¿A quién se le ocurriría la idea de ponerse a tomar datos subido en un
avión supersónico y sincronizando dos relojes atómicos, para ver si por casualidad el
tiempo fuera maleable dependiendo de la velocidad?
Antes de su descubrimiento nadie en su sano juicio hubiera admitido que el tiempo
fuera relativo dependiendo de la velocidad. De hecho, tuvieron que transcurrir varios
años antes que los experimentos pudieran confirmar su veracidad. En el caso de la
teoría de la relatividad, un resultado matemático fue el encargado de revelarnos un
patrón de comportamiento totalmente inesperado en el Universo. Desde ese
momento ya nada volvió a la normalidad. Einstein no hizo ningún caso del método
científico, aún cuando sea reverenciado por toda la comunidad.

De hecho, la teoría de la relatividad (en global) es totalmente incompatible con la idea
de un Universo regido por principios físicos, es incompatible de forma radical con la
idea de una realidad cierta y objetiva, dado que todo depende siempre del punto de
vista. En el fondo, nada diferente a lo que también nos indica la mecánica cuántica
(que no física) y que tan sólo se basa en la misma regla primordial, sólo que en este
ámbito no la llamamos relatividad, sino probabilidad.
La teoría de la relatividad puso de relieve la existencia de un plano superior de la
realidad que no podemos observar (la 4ª dimensión espacio-temporal), un plano que
se sitúa exclusivamente dentro del mundo conceptual de las ideas matemáticas. Dicha
teoría no parte del experimento, sino exclusivamente del más puro razonamiento.
La magia de su idea consiste en encontrar un patrón matemático de comportamiento
que siempre se cumplirá. En este caso podríamos denominarlo la “Ley de los
cuadrados directos” (para la relatividad especial). Para llegar a ella Einstein
simplemente necesitó como herramientas unos ejes opuestos de referencia, un
compás, marcar un punto de referencia, un punto de observación, vectores de
movimiento y algo de imaginación. Nunca necesitó ninguna medida física como
herramienta, aunque simbólicamente hiciera referencia a ellas.
Actualmente, como pasó a finales del siglo XIX, volvemos a dar por sentado que
tenemos un conocimiento total de los patrones que rigen el universo. Por lo tanto,
ahora la idea es tratar de unificar los dos principales patrones de comportamiento que
hemos descubierto, la ley de la gravedad y la ley de la relatividad en uno solo: en una
teoría unificada.
Como es normal, a nadie se le pasa por la cabeza que falte por descubrir algún otro
patrón de comportamiento. Pero… quizás no se trate de llegar a una solución final en
que condensar gravedad/relatividad… ¿Quién puede decir que el código fuente del
Universo no es una relación triangular, algo similar a una especie de “Trinidad”? Claro
que… Si así fuera ¿dónde lo buscamos? Si la teoría de la relatividad ya implicó la
necesidad de medidas galácticas y velocidades siderales para poder ser verificada
¿dónde más podemos buscar si hay “algo” más que nos hayamos olvidado?
Si existiera, para encontrarlo tendríamos que seguir un procedimiento deductivo, que
es justo lo que estamos haciendo en este momento. La idea es la misma que en su día
expresó Sherlock Holmes: “Cuando hayas eliminado lo imposible, lo que quede por
improbable que parezca, debe de ser la verdad”.

Una teoría unificada implica necesariamente que no puede depender de explicaciones
posteriores. Si pudiéramos hacer esto no sería una teoría final pues implicaría que a
nivel aún más subyacente podríamos decir lo mismo, pero de forma más simplificada.
Sin importar que tuviéramos que cambiar de lenguaje para hacerlo. Por lo tanto, como
hemos visto, una teoría unificada no puede basarse en la demostración experimental,
ya que siempre podemos descender al nivel matemático, que será siempre su nivel
subyacente.
Si no tiene fundamento el método experimental, como consecuencia de la inexistencia
de un sistema de medida para determinar lo que es o no real… ¿Qué pasa con la
demostración matemática? ¿Es cierto que nunca “falla”?
Como hemos visto, el gran matemático Gödel, en contra de la creencia generalizada de
que las matemáticas contenían todas las respuestas, demostró que las matemáticas
son un sistema de pensamiento y, como tal, tan sólo podrán demostrar lo que está
“dentro” de ellas, pero no podrán decir nada sobre sí mismas.
En un nivel físico este teorema nos indica que siempre habrá respuestas que queden
fuera de nuestro criterio lógico de pensamiento, sea el que sea. De aquí la
imposibilidad de poder conocer los aspectos más esenciales de nuestro universo.
Nunca habrá respuestas a porqué hay algo en lugar de nada, por qué se atraen dos
cuerpos o qué sentido tiene el Universo. La idea es que un sistema no puede decir
nada sobre su propia existencia. Si yo digo… “pienso, luego existo” establezco una
premisa lógica, pero en ningún momento puedo responder a la pregunta de por qué
pienso, o porqué existe el pensamiento.
El sistema matemático puede proporcionar infinitas respuestas, pero tampoco puede
decir nada acerca de su existencia. Por ejemplo, todo lo que es cierto
(matemáticamente hablando) lo podemos asimilar a la superficie de una
circunferencia, y todo lo que es falso fuera de ella. Pero… en el contorno de dicha
circunferencia no sabemos lo que pasa, no tenemos manera de saber si en el infinito
que (como concepto) representa el contorno de la circunferencia podemos encontrar
soluciones que sean correctas aún cuando no podamos acceder a ellas.
Para la física el infinito no es respuesta, pero según Gödel este planteamiento es
incorrecto, no sabemos lo que pasa en los límites del sistema; De hecho, esto es
exactamente lo mismo que pasa en física cuando nos remontamos, por ejemplo, al BigBang, esa unidad imaginaria (el punto inicial de la Creación) que, como en el caso del
cuanto de Planck, representa un límite universal. Esto pasa porque cuesta asimilar que
el cambio de estado no es más que un movimiento del Universo y, en consecuencia,
eliminamos la posibilidad de un universo cíclico o curvado; Un universo donde el
futuro depende del pasado, pero también sucede lo contrario.

Einstein introdujo como una restricción arbitraria en su teoría de la relatividad, que
consistía precisamente en no aceptar la existencia del plano irracional.
Matemáticamente este concepto únicamente representa la respuesta imaginaria (no
real) dada por una raíz cuadrada negativa.
Pero… admitiendo, incluso, estas autolimitaciones que representan nuestros axiomas o
condiciones aún persiste la pregunta… ¿existe algún otro nivel subyacente incluso más
básico que el nivel matemático? Si esto fuera cierto el “método científico” perdería
absolutamente todo su sentido. Pues bien, esto no sólo es cierto sino que además es
una consecuencia del propio conocimiento matemático.
Normalmente damos por sentado que las matemáticas son el lenguaje (aunque sea
genérico) de los números. Pero esto es absolutamente incorrecto. Tal y como nos
indican todos los teoremas relacionados con la teoría de números así como todas sus
conjeturas matemáticas, los números siguen un orden propio en su disposición, un
orden que incluso es capaz de entrelazarlos a nivel dimensional. Un ejemplo de esto
sería el Teorema de Pitágoras. Según este razonamiento las matemáticas no son el
lenguaje de los números, sino que son un lenguaje “sobrepuesto”, el lenguaje
simbólico que tenemos para entender cómo se relacionan los números entre ellos.
Pero, además, las matemáticas nos indican, a través de unas sencillas reglas
algebraicas, que cualquier formulación numérica que podamos imaginar (siempre que
no suponga una referencia circular) la podemos sintetizar en código binario, un patrón
de comportamiento que (a nivel fundamental) podemos asimilar con la probabilidad, a
nivel galáctico con la relatividad y, a nivel global, incluso con la propia Ley de la
Gravedad (dualidad masa-distancia). Todo esto indico que el nivel más básico en que
puede expresarse la realidad puede ser reducido a una relación dual, nada más.
Si la ley de la Gravedad nos indica que una unidad (como sistema dual) puede contener
un infinito en su interior, matemáticamente también es cierta dicha visión. Se trata de
la escala decimal, que podemos descomponer en su escala más básica a la distancia
(siempre) relativa entre un 0 y un 1. Aunque, de hecho, siempre podremos hacer esto,
sin importar que sistema de cuenta (decimal o no) empleemos para ello. Los números
incluso son independientes de la forma que tengamos de agruparlos para formar
nuestras escalas. Los números, por sí solos, son perfectos para expresar el Universo o,
cuanto menos, podemos conjeturar sobre ello.
Partir de la unidad y contemplar esta dualidad universal fundamental implica un
funcionamiento del Universo al que nos podemos referir como la “Unidad de los
Opuestos”, aunque también podrías llamarlo “Ying-Yang”. De hecho, con esto
retrocedemos a conceptos que ya fueron inventados por los antiguos. Los pitagóricos,
por ejemplo, siempre pensaron que los números eran el Universo.

Incluso grandes científicos, como Newton fueron místicos. Este científico universal se
refirió a este concepto expresando que la unidad es la variedad y el fundamento del
Universo.
Los antiguos pensaron que los números eran el Universo y que nuestra mente era un
reflejo de su mismo comportamiento. Observaron, por ejemplo, como la armonía
musical que era agradable a los sentidos, seguía siempre de forma subyacente, un
patrón numérico organizado y basado en la combinación de determinados números
enteros. Ellos se refirieron a este concepto como la “música de las esferas” dando a
entender que nuestros sentidos y quizás nuestros pensamientos seguían la misma
armonía cíclica y universal. Ellos ya imaginaron una especie de universo virtual, en el
que todo está vinculado dentro de unos acordes determinados.
¿Tienen los números una existencia real o imaginaria? O quizás, como pasa con la
música, tienen ambas. Y es que… podemos hacer música combinando números
enteros, pero la distancia que hay entre cada uno de ellos también forma parte del
conjunto. En términos musicales diríamos que el “tempo” entre nota y nota forma
parte de la melodía. Pero… ¡Claro! entre medio de dos notas musicales no hay nada,
tan sólo silencio. El silencio sería la parte imaginaria, representada por una unidad
genérica de tiempo o distancia.
Los antiguos pensaron que los números eran el universo porque dieron sentido a la
existencia de una parte inmaterial de la realidad, exactamente lo mismo que pensaron
los antiguos egipcios.
Si los antiguos levantaran la cabeza seguramente nos dirían que hemos olvidado el
principal precepto en que ellos se basaban: “Sólo sé que no sé nada”, una de las pocas
ideas que siempre es cierta independientemente de que pueda ser o no demostrada.
Esta forma de pensamiento era consecuente con su idea de qué la física, las
matemáticas e incluso la ética realmente no eran ciencias (o un sistema de creencias)
sino que eran herramientas. Por este motivo todas ellas dependían de una visión más
elevada: la filosofía, la idea del pensamiento independiente por encima de cualquier
metodología. Como decía Einstein: “La mente intuitiva es un don sagrado y la mente
racional es un fiel sirviente. Hemos creado una sociedad que honra al sirviente y ha
olvidado el don sagrado”
Hemos seguido siempre y en todo momento un criterio lógico de pensamiento, pero
este criterio ha sido guiado por el instinto de la duda que, como la confianza o el amor
no se puede razonar. ¿Por qué tendría que creer en un método que no se aplica sus
propios principios?

“… No podemos solucionar el problema desde el mismo nivel de conciencia (…)” decía,
también Einstein. Gödel se refería a este principio estableciendo que todo problema se
comporta como un sistema, y como tal no tendrá su propia respuesta. Este principio
no sólo se trata de una ley matemática, también es el principal principio de la
mecánica cuántica (la indeterminación) y además el enunciado fundamental de
nuestra ley más universal: la ley de la relatividad. Según ella no podemos situarnos a
nosotros mismos en el espacio-tiempo si no tenemos una referencia. (Si no tuviéramos
un hermano gemelo esperándonos en la tierra no podríamos establecer una diferencia
en el paso del tiempo).
El método científico incumple su principal principio porque niega con total impunidad
que podamos entender la realidad desde una perspectiva opuesta a su forma de
pensar. Pero el Universo nos dice que todo se basa en la probabilidad, y que toda
verdad siempre tendrá su opuesta.
De hecho esta afirmación es el resultado del propio método matemático. Este principio
en particular se denomina “reducción al absurdo” y establece que un enunciado es
cierto si lo contrario de lo que afirmamos es algo que resulta absurdo pensar. La
reducción al absurdo establece que algo no es cierto si la probabilidad de que lo sea es
muy, muy pequeña. Pero no podemos olvidar que una solución opuesta es una
solución más. Por lo tanto, una respuesta opuesta, será absurda (o incluso ridiculizada)
pero eso no implica que no sea cierta. Nunca podremos afirmar su no-existencia.
De hecho, si llevamos este teorema hasta el extremo, y pensamos que el Universo se
comporta como un Todo organizado o como un sistema independiente, el Universo y
la “Nada” serían conceptos equivalentes (si no tenemos un punto de referencia). El
propio Universo sería independiente incluso de la existencia material.
Somos “viajeros del espacio-tiempo”, jamás podremos determinar algo con total
precisión porque siempre nos estamos moviendo. Si algo define al Universo es el
permanente “cambio de estado”.
Si existe un “orden natural” que es independiente de cualquier criterio humano es
lógico pensar que los números son perfectos para expresar este precepto. Ahora bien,
si esto fuera cierto querría decir, no sólo que los números son el Universo, sino que
además, su primera escala fractal serían los “10 mandamientos”. Incluso podríamos
referirnos a ellos como las 10 dimensiones que establece la teoría de cuerdas, dado
que (en todo el Universo) probablemente tan sólo los números son los únicos
conceptos que no tienen ningún tipo de problema para expresarse de forma
dimensional.
Es una ley universal tan válida como la gravedad o la relatividad: “A igualdad de
condiciones la respuesta más simple es la correcta” aunque, “en teoría”, no se pueda
demostrar.

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