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En principio, no me opongo a la candidatura de Las Palmas de Gran Canaria para ser

capital europea de la cultura. Seguramente me encontraría entre quienes la disfrutarían.


Pero también pienso que le sería más provechoso postularse como capital europea de la
incultura: acumula muchos más méritos.

Hace poco más de treinta años esta ciudad era un erial: un teatro, cuatro o cinco cines,
tres o cuatro museos (o museítos), y para de contar. Actualmente, el CICCA, el auditorio
Alfredo Kraus, el teatro Cuyás, el Museo Élder, la Regenta, y el CAAM (y alguna otra “no-
vedad” que se me queda en el tintero), hacen más difícil calificarla de esa manera. Pero
tampoco la convierten precisamente en un “vergel cultural”: basta comprobar la duración
de la temporada y la frecuencia semanal de apertura de nuestros escenarios.

Luego está el asunto de los grandes eventos: eso también es nuevo. El Festival de Músi-
ca de Canarias, el Festival de Jazz, el WOMAD…de los que “algo queda”. Pero todos sa-
bemos que jalonan nuestro calendario, como las navidades y el carnaval, para mantener
durante todo el año un cierto volumen de visitas foráneas y de consumo interno: dinero.

Mientras tanto, el Museo Canario con la crisis se ha quedado prácticamente sin trabajado-
res, lo que supondrá la clausura casi total de sus instalaciones, que aún están por ampliar.
El Guiniguada, presunta sede la de Filmoteca Canaria, continúa cerrado sin que sepamos
cuándo reabrirá. Y el Centro Insular de Cultura del Cabildo se ha convertido en un apar-
camiento (aunque se haya salvado su sala de teatro).

Por su parte nuestro menguado, y aún menguante, casco histórico de Vegueta y Triana ha
vivido un cierto lavado de cara en la última década. Sólo que sus edificios neoclásicos y
(supuestamente) modernistas están “muy unidos” por un hilo conductor, nunca mejor di-
cho: el cableado eléctrico y telefónico que alguien sigue olvidando soterrar. Así, decenas y
decenas de hermosas fachadas están atravesadas por gruesos cables forrados de negro
que se retuercen y entrecruzan entre sí. Y también saltan la calle, incluso a tres niveles
distintos simultáneamente, dando a los dos barrios (uno señorial y otro burgués) un as-
pecto de auténtico barrio popular napolitano: tan sólo falta la ropa tendida.

De cualquier modo, ese lavado de cara ha revitalizado ambos barrios. Los restaurantes y
bares de copas han proliferado como hongos, lo que, como sabemos, es una tendencia
global en muchas ciudades europeas. Pero ya no es tan global que, en ese mismo perío-
do de tiempo, no hayamos visto abrir ni una sola infraestructura cultural nueva en la zona.
Y sería al menos un consuelo que, entre tanto tenedor, se pudiese degustar algo de nues-
tra cultura gastronómica. Pero no; la poca que puede encontrarse sigue siendo de dudosa
calidad, y lo demás puede calificarse (mejor o peor) como “internacional”, aparte de los
omnipresentes huevos estrellados con chistorra.

Además, ¿cuántos vecinos del municipio visitan nuestros centros culturales anualmente?
¿Los mismos que están inscritos como usuarios de las bibliotecas capitalinas? Las Pal-
mas de Gran Canaria es la novena capital de provincia más poblada de España. Pero
Canarias (no he sabido encontrar datos más desagregados) es la decimotercera comuni-
dad autónoma por las personas registradas en sus bibliotecas públicas, la decimoprimera
por la cantidad de éstas, y la decimosegunda por su producción editorial.
Los anteriores datos no parecen muy negativos. Sin embargo, la provincia de Las Palmas
(otra vez la desagregación de datos) es la vigésimo sexta por su proporción de titulados
universitarios, en principio la población más activa culturalmente. Aunque lo peor es que 1
de cada 3 vecinos del municipio es analfabeto funcional, y otro tercio sólo concluyó la en-
señanza obligatoria. Aunque cada persona es un mundo, no cabe esperar que las inquie-
tudes culturales de esa gran mayoría (el 61%) puedan saciarse con una supuesta capitali-
dad cultural de LPGC.

Y se nota en sus calles. Decenas de miles de palmenses siguen desconociendo la utilidad


de las papeleras. Y otros tantos demuestran su educación estacionando sus vehículos
sobre las aceras, en doble fila, en los pasos de peatones, o en cualquier otro lugar prohi-
bido. Aquí celebramos igual la Nochebuena que la Nochevieja, y que la de Reyes. Y todas
como cualquier otra fiesta de guardar, tanto da que sea la Romería del Rosario o la Fiesta
de La Naval. Y el barrio agraciado por esa celebración, como premio añadido, termina
convertido en un inmenso y nauseabundo mingitorio.

Todo esto sucede en un contexto de franco retroceso de la cultura canaria. Sufrimos una
dolorosa debilidad cultural: no hay más que escuchar a tanto canarito emplear con devo-
ción la segunda persona del plural, ¿porque es “más culto”? Ahora encendemos el fuego
con “cerillas” y compramos “globos” a nuestros hijos. Y los engordamos como cochinos,
porque hemos abandonado nuestra comida casera tradicional.

Pero eso sí, todos muy guapos, menos los obesos, claro. El hedonismo se ha adueñado
de nuestras gentes, que tienen una pinta fantástica…hasta que abren la boca. En eso, los
palmenses se parecen a su ciudad: una fachada estupenda, pero si nos adentramos en
sus barrios…

Lo que no ha cambiado desde hace siglos es el absoluto desinterés de los grupos de po-
der por desarrollar culturalmente la sociedad canaria en general y la palmense en particu-
lar. Y su reiterado desprecio por la cultura local. Por ejemplo, en LPGC hay un “museo del
puerto”, bien escondido por cierto, pero ninguno dedicado a la pesca: ¿merece el cada
vez menos marinero barrio de San Cristóbal aunque sea un centro de interpretación sobre
la pesca artesanal? ¿Reforzaría su actual interés turístico-gastronómico? Pero, antes que
nada, ¿valorizaría su cultura tradicional, el origen mismo de su ser, y a sus personas? ¿A
quién le interesa sentirse orgulloso de ser “cachalote”?

Nuestra ciudad vive un claro dualismo entre la ignorancia hedonista de la mayoría y el


elitismo cultural de las minorías rectoras, sociales y políticas. Ambos, el elitismo y el
hedonismo son una misma cosa y actúan en el mismo sentido: ni promueven un auténtico
desarrollo cultural de la ciudad, de sus vecinos, ni aprecian sus valores intrínsecos. No
hay peor clase de incultura que esa, porque sólo produce una cosa: la nada, el páramo. Y
la candidatura de LPGC a la capitalidad cultural europea es harina de ese costal.

Domingo Marrero Urbín

Las Palmas de Gran Canaria, 15 de febrero de 2010.

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