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¡México, conviértete!

+ Felipe Arizmendi Esquivel


Obispo de San Cristóbal de Las Casas

VER
La violencia y la inseguridad en
el país no se detienen. El
narcotráfico nos invade y genera
corrupción, miedo y
desesperanza. La pobreza no se
elimina y la migración causa
estragos en los pueblos. El
campo se ha hecho improductivo
y no se generan empleos
suficientes; los campesinos
lamentan su suerte y el
alcoholismo es su refugio.
Muchos hogares se destruyen y
la familia pierde cimientos, tanto
por la violencia en el hogar y por
los falsos modelos de felicidad
que presentan la televisión, el
cine y el teatro, como por las
leyes anti-vida y anti-familia. El
relativismo moral y la increencia
imperan en muchos ambientes y
se difunden con fuerza incisiva
en medios de comunicación, para
que cada quien haga y piense lo
que le dé la gana, sin referencia
a valores absolutos que le
inquieten y detengan.

De cuanto negativo pasa,


echamos la culpa a los demás.
Se desconfía de toda autoridad y
se ridiculiza a quienes van por
caminos distintos a los nuestros.
Cualquier medida que se tome,
se juzga inadecuada. Hay
especialistas en condenar todo y
a todos. Los innegables y
dolorosos anti testimonios
eclesiales, que se difunden
ampliamente para regodeo de
quienes rechazan nuestra fe, le
restan credibilidad al Evangelio y
le quitan fuerza a nuestras
denuncias proféticas. En ellos se
escudan quienes tienen la meta
de imponer un laicismo que
implique prescindir de criterios
religiosos, como si éstos fueran
lo más dañino para un país.
¡Quieren que Dios desaparezca!

JUZGAR
¿Qué hacer ante esta
preocupante realidad? Tenemos
una respuesta confiable: La
Palabra de Dios. En esta
Cuaresma que estamos
iniciando, nos dice: “Todavía es
tiempo. Conviértanse a mí de
todo corazón… Vuélvanse al
Señor su Dios, porque es
compasivo y misericordioso,
lento a la cólera, rico en
clemencia, y se conmueve ante
la desgracia” (Joel 2,12-13). Es
la misma invitación con que
Jesús inicia su predicación:
“Conviértanse y crean en el
Evangelio” (Mc 1,15; cf Mt 4,17).

“Mira: hoy pongo delante de ti la


vida y el bien, o la muerte y el
mal. Si cumples lo que yo te
mando hoy, amando al Señor tu
Dios, siguiendo sus caminos,
cumpliendo sus preceptos,
mandatos y decretos, vivirás y te
multiplicarás… Pero si tu corazón
se resiste y no obedeces…, yo te
anuncio hoy que perecerás sin
remedio… Elige la vida y vivirás”
(Deut 30,15-19).

Los obispos de México, en un


documento que acabamos de
publicar sobre la violencia que
sufre el país, invitamos a una
conversión de todos, para que
llegue la paz que anhelamos:
“¡Qué significa ser cristiano en
estas circunstancias? ¿Qué
palabra de esperanza podemos
dar los pastores de la Iglesia?
¿Cómo vencer la sensación de
impotencia que muchos
compartimos y al mismo tiempo
ofrecer a este grave problema
una solución que se aparte de la
sinrazón de la violencia?
Estamos ante un problema que
no se solucionará sólo con la
aplicación de la justicia y el
derecho, sino fundamentalmente
con la conversión. La represión
controla o inhibe temporalmente
la violencia, pero nunca la
supera” (111). “Dios nos llama a
la conversión, es decir, a
orientar la vida por el amor y la
misericordia. Esta exigencia
forma parte del núcleo mismo
del mensaje de Jesús y
constituye la esencia del modo
de ser y vivir según el evangelio”
(143).

El Papa Benedicto XVI, en su


Mensaje de Cuaresma, advierte
la “tentación permanente del
hombre: la de identificar el
origen del mal en una causa
exterior… Esta manera de pensar
es ingenua y miope. La
injusticia, fruto del mal, no tiene
raíces exclusivamente externas;
tiene su origen en el corazón
humano”.

ACTUAR
Con humildad y sencillez de
corazón, en vez de sólo culpar a
los demás, revisemos nuestras
actitudes. Pidamos perdón a Dios
y a los demás. Evitemos hacer
daño a los otros, y más bien
procuremos hacerles felices.
Compartamos con los pobres.
Enderecemos lo torcido de
nuestras vidas y tengamos el
valor de creerle a Dios, de
dejarnos interpelar por su
Palabra, y no contagiarnos con
criterios de quienes parecen
triunfar en este mundo, pero
tienen cimientos de barro y se
derrumban estrepitosamente. La
salvación de México depende de
nuestra conversión.

+ Felipe Arizmendi Esquivel


Obispo de San Cristóbal de Las
Casas