Está en la página 1de 2

El hombre responde a la agresión porque es hombre.

Pretender lo
contrario sería hacer del hombre un pequeño dios (pusilánime y, por lo
demás, débil). Y parece que esto no ha sido jamás posible. ¿Qué fuerza
habríamos de precisar, quién o qué nos la tendría que inculcar o grabar a
fuego, para conseguir que lo que por nuestra misma consustancial
naturaleza nos impele a actuar, reniegue de sí propio y de su ser, y acabe
por otrificarse en una dudosa, insegura y utópica glorificación? Ni siquiera
constatamos la certeza absoluta de que esa misteriosa potencia, a nosotros
externa, exista de por sí y en pro de nuestras aherrojadas vidas sufrientes
(“Si así fuera, quizá, otro gallo cantaría”, exclamarían todas las voces
unánimes). Y, aun en ese caso, tampoco sabemos incuestionablemente –es
más, casi apostaríamos por lo contrario- que su probable pensamiento iba a
acercarse, al menos, al que constituye el paraíso idealizante de algunas
mentes con divinas pretensiones vacías de sentido común.
Por eso es tarea ardua pretender apurar los cielos. De ahí que los que
dicen que saben nos ofrezcan una concepción ctónica del ideal del mundo
tangible, como reflejo indubitable de la ley imperante en la lejana ciudad
santa (por otra parte, inasible) que su arbitrario pensamiento concibe sin
dudarlo.
Mas a pesar de ello, aun en contra de esa carismática autoridad que
procede del estatus o del trono, del consenso o sin-senso de una democracia de blancas humaredas supuestamente álmicas, ciertas palabras con
aureolas benditas resuenan con ecos maléficos en las cavidades ocultas de
los entresijos espirituales del que, otrora, fuera una vez niño auténtico,
exento de mácula y, por ello, en verdad bendito.
Es a este inocente sin mente, descerebrado de la praxis, viviente de un
país sin destino ni rumbo, a quien repugnan aquellas caricaturas de la ética
mundana, siendo como es, él mismo, simple querubín sin dolor con amor.
Este paria desahuciado de la civilización correcta, entonces, rechaza las
palabras de ira que se amparan tras el disfraz de la legítima supervivencia,
se horroriza al contemplar el beneplácito razonamiento (por descontado, no
ghandiano, desde luego aquiniano) disculpativo del terror que equilibra con
gentil hermosura los desmanes de quienes, aún todavía, demuestran si
cabe mayor espanto y descaro.
La verdad suele asomársenos esquiva e inaprehensible. Especialmente
cuando se trata de aplicar sus postulados a la vida concreta, liberada de
sueños ausentes, que transcurre nietzscheanamente sin concesiones al
padecimiento. Sobre todo –y en ese caso no alcanzamos siquiera a entrever
su nariz- cuando no sabemos de qué clase de verdad estamos hablando.
Sólo al afirmar categóricamente la palabra mayúscula, adherida a otra con
sentido omniabarcante e indiscutible, remisible a todos y cada uno de los
aconteceres que configuran al hombrecillo sapiente, es posible condenar el
pecado que la osada perorata ignorante de su puesta en escena supone y
propone.

1

pues también el escándalo de la palabra puede llegar al corazón de la inocencia. tal vez. y más escandalosas que cualquier enfrentamiento agresivo. consiga mancharlo. Y entonces. del bello y gentil querubín sin razón.A veces las palabras son más obscenas que cualquier hecho nefando. hasta entonces activa. Iñigo López de Gordoa 2 .