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PORNO Y POSTPORNO

Roberto Echavarren

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PRÓLOGO

El término pornografía deriva etimológicamente de los vocablos griegos porné y graphos, por lo que su transcripción vendría a ser algo así como “escritura de la puta”. No otra cosa pretenden ser prácticamente todas las obras fundacionales de la pornografía. Trátese de los Raggionamenti de Pietro Aretino o de Fanny Hill de John

Cleland, las historias pornográficas tienen como sostén las pretendidas confesiones de una puta, y una que disfruta su profesión y es capaz de gozar con sus clientes. El discurso de la puta es una puesta en marco de relatos que tienen por fin excitar al lector, hacerlo pasar bien con episodios de encuentros eróticos en su campo autónomo de placer, fuera de las preocupaciones o miserias de las prostitutas reales. El goce de la prostituta es hipotético, pero un seductor como Casanova lo exigía de sus partenaires amorosos. Casanova siempre insiste en este punto particular en sus Memorias, de modo que si alguna amante tan sólo consiente en ser fornicada, Giacomo se disgusta en grande. De acuerdo a Jordi Claramonte dos modos de relación sostienen la pornografía en la edad moderna. La pregunta que cabe hacer a toda pornografía es de qué modo opera:

si como “fantasía de dominio” o como “fantasía de aceptación”. (1)

El coronel retirado Sade impone a las relaciones eróticas la autoridad de la disciplina militar y el poder de dominio del oficial sobre el soldado, una visión mecanicista en que no interesa el placer del subalterno porque no es considerado persona. Ésta será la

“fantasía de dominio”, ejemplarizada por las novelas de Sade y en términos generales por el modelo S/M. El segundo modo de relación sería (desde el punto de vista del superior, o del

cliente) la “fantasía de aceptación”. El superior supone, imagina o tiene la experiencia del gozo del inferior y se lo atribuye a la puta, en un relato que no es de ella, pero simula serlo. Este segundo modo aflora en Fanny Hill. La protagonista prostituida del relato contado en primera persona lleva a su criterio una vida estupenda en que alternan los placeres de la cocina y los del sexo. Tanto la “fantasía de dominio” como la “fantasía de aceptación” son modos legítimos para la pornografía, que afirma un ámbito autónomo con respecto a la moral,

a las costumbres y a lo real múltiple de la vida corporal. De cualquier modo, son

fantasías: la pornografía no opera sobre el consumidor de un modo directo, como tampoco lo hace la literatura, que no tiene efecto directo sobre las condiciones sociales, como pretendía el realismo socialista. Ambas, junto con las otras artes, alcanzan una esfera de autonomía, escapan al servicio de la iglesia o de la corona, cada cual dentro

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de sus propios términos (lo cual no significa independencia en relación a un contexto). Lo que aparece bajo el filtro de la lente pornográfica son convenciones de una puesta en escena teatral y no es de suponer que los consumidores vayan a transferir todas esas prácticas a sus vidas, como tampoco el lector de una novela se identificará con un personaje hasta confundirse con él. El “eso era y no era” de la fantasía coloca sus contenidos en una esfera discontinua, autónoma. Aunque autónoma, la pornografía ha estado históricamente marcada por un conflicto sostenido con respecto a la moral social y religiosa. Peter Wagner la define como “presentación visual o escrita realista de cualquier conducta sexual o genital concebida como una violación deliberada de los tabúes sociales y morales más ampliamente aceptados.” (2) Los escritos e imágenes pornográficos, desde un comienzo y hasta hace pocas décadas, se enfrentaron a la intolerancia de los teólogos, de los jueces y de la policía, si bien esta vigilancia y persecución puede considerarse hoy fenecida o atenuada. La censura está siendo demolida en muchos lugares del mundo y en otros se encuentra en crisis. Puede sostenerse que el proceso de construcción de autonomía de lo pornográfico ha cumplido en cierto modo su primera fase, consistente en nombrar y hacer concebible esa misma autonomía frente a lo que parecían las incontestables imposiciones de los sistemas morales y religiosos durante siglos, hasta hace bien poco. Parecería que el derecho a determinar autónomamente la propia erótica, sin someterla necesariamente a las servidumbres de los mecanismos de reproducción biológica - ni mucho menos a los protocolos de instituciones como el matrimonio religioso o civil - se ha vuelto un derecho plenamente asentado y poco menos que indiscutible. Ahora quizá sea el momento de extraer consecuencias modales de esa asentada autonomía de lo pornográfico, el momento en que la autonomía puede pasar a desplegarse bajo las más diversas formaciones relacionales, estableciendo pautas posibles de vida y relación a fin de que toda una paciente labor dé forma a la impaciencia por la libertad.

Prefiero las transformaciones muy precisas - escribe Michel Foucault - que han podido tener lugar desde hace veinte años en cierto número de dominios concernientes a modos de ser y de pensar, a relaciones de autoridad, a relaciones entre los sexos o a la manera de percibir la locura o la enfermedad. Prefiero más bien esas transformaciones, incluso parciales, que se han producido en la correlación del análisis histórico y la actitud práctica, que las promesas del hombre nuevo que los peores sistemas políticos han repetido a lo largo de siglo XX. (3)

Si bien autónomo, el porno es concreto y ejemplar en cada una de sus manifestaciones y forma parte de esas “transformaciones parciales” de que habla Foucault. Vale decir, no es independiente del contexto de donde nace y sobre el cual repercute, jalón o aspecto de una empresa libertaria de la ilustración. Por más que la estética formuló en la tercera crítica de Kant (Crítica del juicio) su reclamo libertario, de autonomía de las artes, del libre juego de facultades - sin preocuparse de las opiniones prevalecientes y ni siquiera de la moral práctica - de todos modos el juicio estético, en su pretensión universal emancipatoria, articula una experiencia crítica específica de impresiones sensibles episódicas que se plasman en una obra. Cada obra es ejemplar, aunque no sea fácil determinar de qué. Una obra, un ejemplo. El juicio estético las sitúa en un horizonte de otras realizaciones concretas en

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la misma línea y valora su destreza, inventiva, diferencia. En el ámbito estético comparamos y deducimos la calidad de los productos. Aborrecemos lo torpe, secundario, trillado, buscamos lo nuevo y eternizamos lo que multiplica nuestro impulso de vida. De acuerdo a esto, la autonomía de la literatura o de la pornografía no significa independencia sino situación, respuesta a un contexto y efecto sobre él. La pornografía por lo tanto recae sobre políticas de ganancia y de monopolio. Cabe preguntarse por su razón social y su modo de funcionamiento, lo que podríamos calificar como “la responsabilidad social de la pornografía”. “El perfecto laissez faire con que sueñan los libertarios no es real en un mundo en que los medios de comunicación, así como las editoriales o las productoras de cine tienden a funcionar en un régimen de quasi monopolio.” (4) Se trata de ampliar el horizonte de las prácticas, de multiplicar las relaciones y los contactos para mantener el impulso de la libre expresión. En la actualidad, las redes de internet tienen ese efecto. Se plantea un terreno internecino de ofertas, de desequilibrios de poder. Partiendo del mismo enfoque de la responsabilidad social de la pornografía, grupos feministas y queer han preconizado un contraataque con las mismas armas y han estimulado la formación de productoras cinematográficas como Femme Productions, iniciativas como la de Annie Sprinkle (reseñada más abajo), o revistas feministas con contenido de sexo explícito como Eidos, en las que las mujeres o los queers, a veces ex actrices o actores porno, pueden dirigir su propia producción pornográfica siguiendo sus criterios y prioridades. A fin de que no se trate simplemente - según Foucault - de la afirmación o del sueño vacío de la libertad, este trabajo realizado en los límites de nosotros mismos debe aprehender los puntos en que el cambio es posible y deseable, así como determinar la forma precisa que haya que darle a ese cambio. El presente volumen se inscribe en ese punto de inflexión y crítica cuando la esfera autónoma del porno es reexaminada y recreada de acuerdo a pulsiones minoritarias erráticas. A esta tarea se ha dado en llamar postporno. La industria pornográfica resultaba económicamente marginal y apenas viable debido a las restricciones legales. Los productos ocultos o de circulación clandestina libraron una batalla sostenida contra la censura, hasta que la Segunda Guerra mostró que nada podía ser peor de lo que ya había ocurrido durante las hostilidades. Se aflojó gradualmente un cordón de tolerancia y los productos porno se difundieron a través de las nuevas tecnologías. La industria tal como la conocemos hoy es consecuencia del fin de la censura, que se procesa en Europa y en los Estados Unidos en el pasaje de los cincuenta a los sesenta, así como de la Revolución Sexual que vino después. A partir de entonces cada salto tecnológico (del cine al casete de video y de ahí a Internet) significó un incremento prodigioso en el tamaño del negocio pornográfico y por consiguiente en su nivel de visibilidad e influencia. La explosión del mercado porno y la nueva tolerancia trajeron consecuencias sobre las artes a partir de manifestaciones tempranas y en particular desde mediados del siglo, cuando la industria comenzó su proceso de crecimiento y hasta la actualidad, cuando la omnipresencia del cuerpo porno llega al colmo de impregnar los medios masivos de difusión. Las artes mantuvieron con la imaginería porno un intercambio donde se planteó la necesidad de asumirla en sus términos - de explicitación ante todo - para superarla, para ir más allá.

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El porno es un aspecto soberano de nuestro devenir ilustrados, y cumple, o puede cumplir, diversas funciones. Es un instrumento político de cambios, rescata escamoteadas posibilidades de disfrute, postula una reversión de valores, como Fanny Hill o Sins of the Cities of the Plain, que discuto más abajo. Es también un incalculable mercado de consumo, acerca de cuyos productos y distribución podemos tomar apercibimiento y formar juicio. Es en fin un campo de acción, una posibilidad de intervenir, o de criticar. El postporno, como otros post, es un pre, una vuelta atrás a fin de entender lo que ya se hizo, trabajo o labor paciente, las estrategias, los recursos humanos puestos en juego para vehicular, equilibrar, juzgando hasta qué punto y de qué modo se armonizan, en nuestras vidas, el deseo y la economía. Y es también un campo de fuerzas y de acciones que construyen, o reconstruyen, las pulsiones y los modos de presentación del relacionamiento erótico.

R. E.

Notas.-

1

Jordi Claramonte, Lo que puede un cuerpo, ensayos de estética modal, militarismo y

pornografía, Murcia, Cendeac, 2009.

2 Peter Wagner, Eros Revived: Erótica of the Enlightenment in England and America, Londres,

Secker and Warburg, 1988.

3 Michel Foucault, “¿Qué es la Ilustración?”

4 Claramonte, ibid.

CAPÍTULO I

LA INVENCIÓN DEL PORNO

El siglo XIX europeo, con su estricta moral victoriana, mantuvo sin embargo dos regímenes paralelos, el de la esposa en el seno del hogar y el de la prostituta. La cuarta parte de las mujeres empleadas en Londres a mediados del siglo eran prostitutas. El hombre pasaba de un mundo a otro, a veces en el mismo día, según alternaban sus ocupaciones y sus deberes. Siempre que cumpliera con sus responsabilidades familiares, se le consideraba autorizado para frecuentar otros círculos, un régimen paralelo de relaciones, vida de juego y prostitución, de amantes, familias bastardas, compartimientos estancos.

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No puede decirse que los burdeles tuvieran bibliotecas de obras lascivas, pero las narraciones pornográficas proliferaron con diversos niveles de calidad. Sins of the Cities of the Plain, de Jack Saul, publicada privadamente de 1881, es la supuesta (auto)biografía de un prostituto, la memoria de sus encuentros y aventuras. Es la primera novela inglesa que trató de las relaciones homoeróticas. Apareció once años antes de Teleny, la novela anónima, supuestamente escrita en colaboración entre Oscar Wilde y Robert Ross. Teleny es la contracara de El retrato de Dorian Gray, del cual Wilde había eliminado los pasajes más francamente homoeróticos. Sins of the Cities of the Plain tiene al parecer una base biográfica auténtica, aunque sin duda retocada, para volverla salaz y atractiva. El protagonista, Jack Saul, escribe sus memorias para un mentor, uno de sus amantes, que le paga veinte libras por su obra y la corrige, tanto en la gramática como en el estilo. Sin traicionar el fondo anecdótico, la transforma en literatura porno, notablemente bien escrita, un compendio de las oportunidades homoeróticas en el ambiente inglés del campo y la ciudad. La novela es un documento intercalado entre dos escándalos relativos a la sodomía.

En 1870, Ernest Boulton y Frederick Park - conocidos como “Fanny” y “Stella” - fueron arrestados en el West End de Londres por la felonía de solicitar sexo a otros hombres. Resultaron absueltos, en parte, porque el jurado consideró que su tendencia a travestirse era un signo inofensivo de espíritu fiestero. “Ambos eran de clase media alta y conocidos por lucirse en los teatros y mercados de Londres en ropas de mujer,” escribe Morris Kaplan en Sodom on the Thames. (1) “Finalmente, ofendieron las costumbres lo suficiente para terminar ante el juez por mala conducta”. Después de un juicio extendido ante los Magistrados de Bow Street (que atrajo a una multitud de curiosos) fueron acusados no sólo de mala conducta sino además del delito mayor de “conspirar para cometer sodomía”. “Esto ya era mucho más serio” dice Kaplan. “Hasta 1862 la sodomía era una ofensa capital en Inglaterra y en ese momento todavía estaba penada por varios años de prisión.” Un médico de la policía llevó a cabo un examen físico para probar que Boulton y Park habían practicado el sexo anal. “La idea era que actos repetidos de sodomía dejarían trazas físicas.” Esta premisa positivista resultó tan combatida por la defensa que al fin la prueba médica fue considerada inadmisible. La policía registró las habitaciones de Boulton y Park y confiscó una gran cantidad de ropa de mujer, joyería, cosméticos y cartas personales. Los acusados se defendieron describiendo fiestas, bailes de disfraz, como evidencia de que el travestirse era una actividad inofensiva y que no implicaba ninguna falta al decoro.

La madre de Boulton testificó que él siempre había disfrutado usando ropas de mujer. Contó una anécdota acerca de la abuela de Boulton llegando a la casa cuando él era niño. Boulton respondió a la puerta vestido de mucama. La abuela comentó a la madre: ‘¿Estás segura de que quieres que esta muchacha procaz ande alrededor de tu hijo?’”

Boulton vivía con Lord Arthur Clinton, un joven miembro del Parlamento (conocido por muchos como Lady Arthur Clinton). Lord Clinton murió antes de que empezara el

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juicio, no se sabe si a causa del colapso físico debido a la tensión producida por el escándalo, o por haberse suicidado.

Mucha gente que vio a Boulton y Park los tomó por prostitutas atractivas, pero su construcción de género era más complicada que eso. A veces se vestían de hombre, pero usaban polvos y cosméticos. Algunos estaban convencidos que eran mujeres disfrazadas de hombre.

El caso capturó la atención pública. “El primer día que fueron llevados a juicio vestían de mujer, pero la segunda vez aparecieron como hombres. Los diarios dijeron que la gente silbó y protestó porque se había perdido el show de drag.” Cuando resultaron absueltos, salvo de un delito menor (de mala conducta por trasvestirse), el público gritó vivas de aprobación y Fanny Park se desmayó. Un detalle curioso: Park fue el primer homosexual en utilizar la palabra camping en una carta a Lord Clinton, en un sentido que anuncia la sensibilidad camp de ciertos homosexuales en el siglo XX.

El segundo escándalo por sodomía, en 1889, dio forma a las nociones y discursos victorianos acerca de la atracción y la práctica sexual entre varones, y preparó el camino para la condena a Oscar Wilde en 1895. Un tal Charles Hammond gerenciaba un burdel clandestino de varones ubicado en 19 Cleveland St. de Londres. La pesquisa se inició el 4 de julio de 1889, cuando un muchacho de nombre Charles Swinscow fue encontrado en posesión de la suma de dieciocho chelines. La Policía Metropolitana llevaba a cabo en ese entonces una investigación acerca de los robos de dinero en el Correo, y Swinscow era empleado como mensajero de telégrafo. Cuando la policía le preguntó cómo había obtenido los dieciocho chelines, Swinscow confesó que había sido reclutado por Charles Hammond para trabajar en el establecimiento de la calle Cleveland. Identificó a varios jovencitos empleados en la misma casa y eso llevó al arresto de tres muchachos más. El policía a cargo del caso obtuvo del juez una orden de arresto para Charles Hammond, acusado de conspirar para cometer el abominable crimen de sodomía (buggery). Pero Mr. Hammond había desaparecido. Uno de los clientes sin embargo fue identificado por los prostitutos. Se trataba de Lord Arthur Somerset, hijo del duque de Beaufort, un mayor de los Guardias Reales y administrador de los establos de Eduardo, Príncipe de Gales (después Eduardo VII). Somerset puso el asunto en manos de su abogado, que contactó a la policía para mencionar el hecho de que su cliente, si fuese llevado a juicio, podría nombrar a Albert Victor, Duque de Clarence, hijo mayor de Eduardo, y segundo en la línea de sucesión del trono, como un eventual cliente del burdel. Es claro que el gobierno no deseaba asociar el nombre de un personaje real a la investigación de Cleveland Street. Las autoridades vacilaron acerca de llevar a juicio a Arthur Somerset, dándole tiempo para huir al extranjero. Somerset permaneció toda su vida en el exilio y murió en la Riviera francesa en 1926. Los tres prostitutos, que también fueron acusados de indecencia, recibieron penas sorprendentemente leves, de cuatro y nueve meses. Éste podría haber sido el fin del asunto - que el gobierno no tenía interés en ventilar - salvo que Ernest Park, un periodista en busca de notoriedad, escribió en el North London Press que “el heredero de un duque y el hijo menor de otro duque” habían

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frecuentado Cleveland Street. Llegó tan lejos como para nombrar a Arthur Somerset y

a Henry James Fizroy, Conde de Euston, como clientes del burdel, insinuando además

que alguien “más distinguido y de mayor jerarquía” - se entiende un miembro de la familia real - estaba implicado también. A Ernest Park le pareció prudente nombrar a dos jóvenes aristócratas que habían huido del país, pero se equivocó en cuanto al Conde de Euston, que no se encontraba en el Perú, como él creía, sino en Inglaterra. Para defender su reputación, el Conde de Euston se sintió obligado a denunciar a Ernest Park por difamación. El juicio tuvo lugar en Old Bailey en enero de 1890. Mientras el Conde de Euston admitió que había estado en 19 Cleveland Street, declaró

que había sido por error. De acuerdo a su propio testimonio, concurrió porque le

dieron en la calle una tarjeta para ver un tableau plastique (presumiblemente femenino)

y al darse cuenta de la naturaleza del establecimiento, se excusó y se fue. Ernest Park,

sin embargo, hizo comparecer a un testigo, llamado John Saul, que relató en detalle el

tipo de servicios que había provisto para el Conde de Euston en Cleveland Street, pero

dado que Saul, según propia confesión, era un prostituto (presumiblemente con

mujeres) su evidencia resultó fácilmente desacreditada por la defensa. Por lo tanto el periodista Ernest Park fue encontrado culpable de difamación y sentenciado a un año

de

trabajos forzados. Tal vez esta sentencia, favorable al Conde de Euston, sospechoso

de

sodomía, decidió a Oscar Wilde, cinco años más tarde, a proceder del mismo modo

y

acusar al duque de Queensbery por difamación. Su juicio sin embargo tuvo el

resultado inverso. Arthur Newton, el abogado de Arthur Somerset, fue acusado a su vez de pervertir el curso de la justicia al arreglar la desaparición de testigos a Francia. Recibió una pena leve, seis semanas de cárcel; le permitieron incluso restablecer su práctica. Newton resultó más conocido en 1895, al representar a Oscar Wilde en sus juicios.

Boulton, Park, y Lord Arthur, que protagonizaron el escándalo de 1870, aparecen como personajes en Sins of the Cities of the Plain. El protagonista memorialista, Jack Saul, concurre a un baile en el Hotel Haxell en el Strand, donde todos son varones, la mitad disfrazados de mujer. Entre los invitados figuran Lord Arthur y Boulton (aquí bajo el apodo de Lady Laura), quizá los organizadores del evento, dado que tienen acceso exclusivo a cierto cuarto privado, donde se retiran a copular. Jack los sigue y desde el cuarto vecino los espía por el agujero de la cerradura. “Me recordó – cuenta – la escena del coito entre dos muchachos que la notoria Fanny Hill relató que había visto a través de un agujero de cerradura en un hostal de carretera.”

Memorias de una mujer de placer, o Fanny Hill, de John Cleland (publicada en 1748-49)

es el primer ejemplo inequívoco de pornografía, creando el género de narración que siguió Sins of the Cities of the Plain y la novela pornográfica en el siglo XX, con sus repetidas descripciones de los genitales y de coitos candentes y detallados. La novela

de Cleland tiene un final feliz. Fanny Hill reencuentra a Charles, el hombre que la

desfloró en su primer establecimiento de prostitución, y se casa con él. Sin embargo todas las cópulas relatadas en la novela ocurren fuera del matrimonio. Cleland hace que sus parejas felices busquen un paraíso sexual, pero no los conduce a uno cristiano. Los lleva a una isla del Támesis, transformado por la imaginación de los amantes en Citera, el santuario de Venus, la diosa pagana del amor.

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Tal utopía, que glorifica los placeres sexuales, resulta incongruente con el destino común de las rameras en ese tiempo. Fanny Hill describe los deleites picantes de la prostitución pero ninguno de sus inconvenientes y desilusiones. En otros relatos de la época, de tipo moralizante, una puta era compadecida y temida no sólo porque con ella llegaban los peligros de la enfermedad y la traición, sino también por la decadencia rápida del cuerpo ofrecido. Se consideraba que era además venal, que fingía el placer por el negocio. Cleland, en cambio, descartó drásticamente este acercamiento al asunto.

Su argumento desplegó un propósito ideológico. Si la segunda parte de la novela hubiera seguido la pauta previsible de la biografía de una puta, tanto en la prosa de la época como en la serie de cuadros de Hogarth, habría continuado con su arresto, prisión y muerte por enfermedad. En lugar de eso, el libro se vuelve lírico y arcádico. Su principal escena describe el viaje a Citera organizado por los jóvenes que esperan restaurar el placer sexual a su condición original, libre de dolor y culpa. Las parejas van a la isla de Venus para venerar el amor a través del ayuntamiento de sus cuerpos. El sexo se vuelve el sacramento del amor, el signo exterior y visible de la gracia interna. (2)

La novela empleó nuevas técnicas de realismo narrativo, y por este medio logró

mucho de su atracción. Pero no describe de un modo especialmente realista la vida de

Fanny no queda encinta, evita la enfermedad y el alcohol, se casa

con el primer hombre que la desfloró al principio de sus aventuras. Y lo más importante: comparte plenamente el placer de sus clientes. Sin embargo nunca practica la penetración anal. La sodomía habría acarreado la destrucción del libro. Hay una única escena entre dos varones, un adolescente mayor que penetra a uno más joven, descrita con vívido detalle. Por esta razón en concreto el libro fue censurado y la escena omitida en subsiguientes ediciones, salvo las últimas, cuando el movimiento de liberación homosexual hizo posible imprimirla de nuevo. En Sins of the Cities of the Plain, quien observa a través de la mirilla no es la prostituta Fanny, sino el prostituto Jack Saul, narrador protagonista. Quienes copulan son

la prostituta común

varones jóvenes. Sins es una exaltación del sexo entre hombres. Jack Saul goza tanto o más que sus clientes, y además goza contándolo, así las historias picantes transmiten disfrute al lector.

Jack Saul opina que la sodomía está muy extendida en Londres. La mayor parte de los regimientos de Foot Guards y aún los de Horse Guards están integrados por hombres que han sido sodomizados por su superiores o por sus camaradas. Después de un episodio corto de dolor al inicio de la penetración, han aprendido a disfrutar del placer anal. Estos soldados buscan clientes civiles que les paguen por sus servicios, pero si no les pagaran, señala Saul, igual lo harían, por fruición. La sodomía, castigada según la ley, es practicada por muchos y es un secreto a voces. Los burdeles masculinos, nota Saul, abundan. En Londres hay seis.

Sins es un himno triunfante al homoerotismo. Los encuentros están optimados para excitar al lector. El libro es una guía de placeres. Su visión positiva tiene un propósito equivalente al de Fanny Hill. La novela de Cleland exalta a la prostituta y a los placeres vaginales, mientras Sins exalta la sodomía entre varones. Éste es el propósito político,

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que podemos llamar ético, y profético, también, ya que bulle en las catacumbas como profecía del presente, la tendencia de las nuevas oportunidades urbanas de encuentros prohibidos y clandestinos según un impulso imparable hacia el futuro, culminando un siglo más tarde en la tolerancia legal.

El pretendido autor de las memorias, Jack Saul, presenta materiales que suenan auténticos, aunque trastrocados y embellecidos. La pornografía es un género fantástico, porque exagera el vigor de los cuerpos y suprime lo desagradable. Al incluir a individuos históricos, Boulton y Park, como personajes, el libro agrega un efecto de verosimilitud. Según todos los indicios, el Jack Saul “autor” de la memorias es real y tiene un nombre parecido, John Saul, que declara incriminando al Conde de Euston en

el juicio por libelo vinculado al escándalo de la calle Cleland.

La prédica venusina de Fanny Hill ha sido acogida. Y los horizontes del sexo se han ampliado. El sodomita ya no es visto en Sins de modo peyorativo, según el cliché generado a partir del siglo XVIII, de un varón femenino que odia a las mujeres. Y otra novedad: ningún personaje de los muchos que aparecen en el libro, tanto si se travisten como si no, tiene un rol exclusivamente pasivo, ni tampoco exclusivamente activo. El descubrimiento del placer anal en cada uno no elimina el placer del pene. Penetran y son penetrados, según una fórmula igualitaria, libertaria, que levanta las disyunciones del régimen binario esencialista (o masculino o femenino). El vestirse de mujer, por parte de algunos, sean prostitutos o consumidores, es apenas un ingrediente que contribuye al atractivo, a la excitación. El varón no se vuelve femenino, sino hermafrodita. Puede gozar alternativamente o al mismo tiempo como activo y como pasivo. Lo fascinante es reunir esas dos prácticas, esas dos fuentes de placer, en un solo cuerpo. Este igualitarismo libertario es demasiado perfecto para ser realista. Pero puede ser real. Sins es un documento precioso, único para su época. No sólo describe el intercambio sexual entre varones, sino el ambiente específico, la sensibilidad y el vocabulario relativo a esos encuentros y esas prácticas. Reconstruye una vida de grupo, un habla y una subcultura clandestina particular. Cumple una función estratégica dentro de lo que podríamos llamar “guerras de estilos”.

La condena a ciertas formas de la sodomía, por parte de griegos y romanos, fue tan sólo social. Ni siquiera estaba encarnada en la ley; resultaba negociable, vale decir, relativa. San Pablo transformó esta posible reprensión social en una condena teológica. En el reino único verdadero, las relaciones sexuales deben ser llevadas a cabo por el vaso natural, la vagina, y no por el contranatural, el ano, según orden directa de dios. La Iglesia, a partir de Pablo, se volvió inflexible en este punto, al menos de labios para afuera. La sodomía era - y es - para los cristianos un crimen teológico. Los juristas la consideraron un vicio tan horrendo que no debería ser siquiera mencionado, a fin de no contaminar a las almas inocentes con sugerencias depravadas. El mal teológico sólo podía ser combatido con la pena de muerte en la hoguera. Los leños se llamaban faggots, y los sodomitas carne para la hoguera, leños, faggots.

En la Edad Media y después, el castigo se dejaba a un tribunal eclesiástico. Pero el rey Enrique VIII de Inglaterra – que se encontraba en el proceso de repudiar a su mujer

y a la Iglesia Católica Romana que no le concedía el divorcio - presionó al Parlamento

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para que pasara una serie de leyes que limitaban la autoridad eclesiástica. Antes de

Enrique, las cuestiones de sodomía (buggery) eran juzgadas por tribunales de la Iglesia y no del rey. Una de las nuevas leyes (de 1533) condenaba “el vicio abominable de la sodomía con hombre y bestia”, poniendo en claro que los clérigos acusados de sodomía pasaban a ser juzgados por la autoridad civil. Ya no podrían esconderse, o refugiarse en los tribunales de la Iglesia. Los convictos eran condenados a muerte por ahorcamiento.

El lenguaje de la ley parece claro, pero su interpretación cambió con el tiempo.

Sodomía se refiere al comercio anal (que a partir de León Hebreo y otros pasó a ser

considerado como el pecado de las “ciudades de la planicie”, Sodoma y Gomorra, que dios castigó con el fuego). Durante el juicio al Conde de Castlehaven en 1630, la penetración anal no fue

probada, pero hubo prueba de “emisión”. El solo eyacular, concluyó el juez, constituía prueba suficiente de sodomía. El Conde fue decapitado. La jurisprudencia a partir del caso de Castlehaven hizo punible el contacto sexual, de cualquier clase que fuere, aunque no incluyese la penetración anal tradicionalmente prohibida.

A fines del siglo XVIII la ley fue reinterpretada una vez más por los jueces,

significando que la relación con el mismo sexo no era criminal en sí, excepto cuando hubiera eyaculación durante el enclavamiento anal. Esta interpretación restrictiva descriminalizó el sexo oral, la masturbación mutua y el contacto interfemoral (un caso de sodomía liviana, cuando el activo coloca el pene entre los muslos del pasivo). El cambio de la jurisprudencia hizo el delito muy difícil probar. Y los fiscales debieron esforzarse para obtener testigos que relataran sus testimonios acerca de puntos tan intrínsecamente difíciles de observar. A partir de entonces las condenas se hicieron raras, aunque ocurrieron.

Hasta el siglo XVIII, la vieja bisexualidad era tolerada y cultivada en cierta medida; volvía equivalentes al adolescente y a la mujer, ya que ambos podían ser penetrados. Pero hacia 1730, la bisexualidad dio lugar a una heterosexualidad compulsiva.

La religión libertina, y el nuevo género pornográfico que representó Fanny Hill, fueron producto de una nueva distribución en el sistema de género y de las relaciones sexuales que emergía en Inglaterra y el resto de Europa noroccidental a partir de la primera mitad del siglo XVIII. Lo que significaba ser mujer u hombre y la conexión de los roles de género con la conducta sexual experimentaron una revolución. (3)

Tanto el status como la conducta de las mujeres cambiaron a través de nuevos ideales de matrimonio por amor, compañerismo conyugal, y atención tierna a los niños. En conexión con lo cual el status y conducta de los hombres fueron limitados en un respecto. Se otorgó un nuevo sentido a las relaciones sexuales entre varones.

En Europa, antes de 1700, los hombres adultos tenían relación a la vez con mujeres y

Esta conducta inmoral podía sin embargo resultar honorable cuando

mostraba a los hombres como poderosos. Las relaciones entre varones eran ilegales, por

supuesto, también inmorales, y sin embargo resultaban honorables si eran llevadas de tal

modo que desplegaran el poder masculino

transición entre el hombre y la mujer. Todo hombre supuestamente capaz podía cometer tal

En ese entonces, la

Los adolescentes existían en un estadio de

varones adolescentes

acto con los muchachos, que aún no habían asumido su rol masculino

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relaciones entre hombres y adolescentes no implicaban - éste es el punto clave - el estigma del afeminamiento o de conducta masculina impropia, como en cambio empezó a suceder después de 1700 hasta hoy día. (4)

Anteriormente, los varones adultos eran considerados afeminados sólo cuando

Ahora, en cambio, se suponía que los varones

debían desear sexualmente sólo a las mujeres. Este deseo en concreto era básicamente lo que les confería status masculino. Debía ser internalizado desde el inicio de la pubertad. Los adolescentes ya no podían experimentar un período de pasividad sexual con otro hombre

admitían ser penetrados, en exclusiva

La sodomía fue estigmatizada como el comportamiento de una minoría afeminada, sin tener en cuenta si el partenaire sexual era adulto o adolescente, o activo o pasivo en el coito. Esos hombres afeminados se imaginaba que deseaban ser mujeres y odiaban a las mujeres reales. Eran descritos como moviéndose con el balanceo de las mujeres, hablando y vistiéndose como ellas, ocupándose de tareas femeninas. No hay duda de que, en grados variables, el nuevo sodomita afeminado hacía todas esas cosas, a veces en la calle, a veces en la cervecería. Molly era el nombre callejero de esos individuos. El término había sido empleado inicialmente para nombrar a las prostitutas. El molly, tanto como la prostituta, pasó a ser un individuo enteramente definido por su conducta sexual. La prostituta y el sodomita demostraban los límites condenables del comportamiento de género. La nueva homosexualidad era monolíticamente masculina. Floreció en secreto, y los lazos de afecto formados en las escuelas de varones tendieron a durar de por vida. Se vivía bajo el terror cotidiano de ser denunciado y chantajeado. La designación de sodomita adquirió un tinte inexorablemente peyorativo. Aunque la prueba exigida de penetración con emisión hacía difícil la condena a la pena capital por sodomía, se hizo claro a mediados del siglo XVIII que llevaba a la deshonra pública y al cepo. La gente, fanatizada por las nuevas sectas y religiones fundamentalistas, igualaba la más leve sospecha de conducta impropia con el diablo, la bestia. A pesar de su mala fama, el “vicio” abundaba, como también demostró la literatura que, uniendo alegoría, sátira política y comentario social, lo atacaba con frecuencia.

También resulta relevante, en este contexto, la nueva ficción gótica. Las conexiones entre la sodomía y la sensibilidad gótica son difíciles de mostrar, pero existen. El contenido de la experiencia gótica es el terror. Castillos encantados, monstruos, vampiros, Frankensteins. ¿Cuál terror es el peor de todos? ¿La sexualidad perversa que no podía ser nombrada? Sólo el canibalismo, la devoración de carne cruda, podía ser considerado peor. No se trata de que los autores góticos inventaran criminales sodomitas, sino que los mismos sodomitas, Horace Walpole, William Beckford, Matthew (el Monje) Lewis, pródigos en travestimientos y ambiguación de género, inventaron y fantasearon acerca de este tipo de ficción gótica, porque servía como metáfora de su propio status de parias.

A partir de 1800, en el período llamado de la Regencia, hubo un agudo incremento de ejecuciones a sodomitas convictos. Entre 1805 y 1815, 28 de 42 convictos por sodomía fueron ahorcados. En 1806 hubo más ejecuciones por sodomía que por

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asesinato. Sin embargo, ciertos factores de la vida inglesa, como el sistema de las escuelas secundarias y los colegios universitarios, donde estudiaban y eran pupilos sólo varones, donde se formaban lazos de afecto que duraban para toda la vida, Eton y Harrow, Oxford y Cambridge, produjeron grupos de amigos cuyas relaciones resultaban incomprensibles fuera de los encaprichamientos eróticos adolescentes. Por otro lado, en tanto contrafigura del homosexual femenino, el soldado fue idealizado como la encarnación de la belleza masculina, de un cuerpo diestro y bien formado. El comportamiento homoerótico en los cuarteles nutrió de jóvenes apuestos y proclives al placer el mercado ciudadano del sexo. Bajo el recrudecimiento de la vigilancia anti sodomita, el Parlamento remedió (en 1828) el fastidioso problema de la prueba de “emisión” (que había sentado la juriprudencia en el siglo XVIII, y que obstaculizaba las condenas), cambiando la exigencia de prueba a través una ley. La ley retenía la pena capital sentada por Enrique VIII, pero ya no requería la prueba de emisión. Sólo la penetración era suficiente. Lo cual hizo más fáciles las condenas, pero no criminalizó otras formas de sexo no convencional. Las acusaciones por sodomía se volvieron más fáciles de establecer. Aunque después de 1838, ya no se dictaron sentencias capitales, la pena de muerte siguió en los libros hasta 1861, cuando fue reemplazada por diez años de prisión.

La novela de Jack Saul es un jalón - tras Fanny Hill - en la lucha por la tolerancia y el aprecio del placer como justificativo del sexo. Un punto de vista contrario a la teología cristiana, que justificaba el sexo sólo en virtud de la reproducción. En este sentido, el porno se volvió un instrumento político de los derechos humanos para explorar el cuerpo en compañía, para aprender el placer. Sins es un porno especializado, que presenta un panorama desconocido antes de su aparición. Descubre un mundo clandestino al margen de las instituciones. Un mundo sin lugar oficial, aunque dotado de enclaves, periplos urbanos, zonas de encuentro en la calle y en el burdel, visitas, reuniones y bailes. Una socialidad homoerótica oculta a la policía y al público en general. Esta novela es una lección que enseña a hacer y también a hablar. Da voz a una minoría perseguida, particularizada. Una minoría definida exclusivamente a partir de una preferencia sexual. La pornografía de Sins es la respuesta irónica a una tipificación de la policía de las costumbres a partir del siglo XVIII. Sus personajes no son en modo alguno el afeminado pasivo que se suponía, sino hombres capaces de un disfrute doble. El libro tiene una vocación de instruir y deleitar a la vez, realizando una fantasía óptima y sin contratiempos, situándola en un contexto cotidiano y veraz, del coito entre varones fogosos, maestros del placer, propagandistas de un desempeño exagerado o fantástico.

Jack contrasta su destino con el de Jerry, uno de sus amantes, un joven de inclinaciones homoeróticas, aspecto andrógino, delicado, que no se atreve a asumir su sexualidad. Mientras él valora el placer más que ninguna otra cosa, Jerry cree que el dinero y el verse libre de preocupación es lo que más importa, y se casa con una mujer fea, mayor que él y rica. Pusilánime, sacrifica el placer en aras de las seguridad. Jack en cambio se arriesga, explora, encuentra gente de condiciones varias que lo ayudan en la vida, al par que le procuran gratificaciones.

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El prostituto vende las historias a un mentor, que las edita bajo el subtítulo “Los recuerdos de una Mary-Ann”, apodo de los muchachos de placer. En Sins ya no hay Mollys (sodomitas afeminados del siglo XVIII) sino Mary-Anns, un prostituto urbano que suele ser soldado, y que vive de sus protectores. Incluso Boulton, que es un miembro de la clase media alta y se viste de mujer por vocación, al copular con Jack - en tanto personaje de Sins - es tanto pasivo como activo. El Mary-Ann no es un penetrador exclusivo, ni un exclusivo penetrado. Los clientes siempre solicitan ambas cosas. El Mary Ann se amolda a ese gusto doble porque él mismo ha descubierto que puede disfrutar de dos maneras. El editor busca aguijonear su propio apetito y satisfacer la curiosidad del lector acerca de los individuos y ambientes que frecuentó Saul. Esta busca traduce un cuidado de sí y fomenta asimismo el cuidado de sí de los lectores. Afirma un criterio, a fin de realizar el placer. La novela evita en lo posible la repetición de un mismo tipo de encuentro, para no aburrir ni perder su elocuencia. “Con cada una de sus sucesivas visitas tuvimos, por supuesto, sesiones de sexo anal, pero considerando que el relato del mismo tipo de cosa una y otra vez empalidecería ante mis lectores, omitiré la repetición de nuestras numerosas orgías, todas similares a la anterior.” Aunque Jack no busca extorsionar a sus protectores, algunos camaradas prostitutos sí lo hacen. Estas anécdotas sirven de advertencia y son un aspecto del propósito didáctico de la novela, que busca cubrir el espectro de experiencias de ese mundo particular.

No sólo es perfecto cada encuentro sexual en sí, sino las condiciones optimadas del entorno. Cualquier gratificación está a la mano. “Tan pronto como el mantel de la cena hubo sido levantado, nos acomodamos confortablemente con brandy y cigarrillos, ante el fuego, porque fuera hacía un día helado. ‘Mi muchacho, espero que hayas disfrutado de la cena,’ dije, mezclando un par de buenos vasos calientes de brandy.” El placer se cifra en formas y manejos óptimos; vale decir fantásticos; el otro siempre es dócil, ya sea para poseer como para ser poseído. Los roles son reversibles, el disfrute siempre doble, no sólo porque ambos gozan, sino porque cada participante goza alternativamente de dos maneras. El varón no se define ni como hombre ni mujer, sino como hermafrodita. Mr. Inslip, el dueño del burdel, presenta a Jack Saul travestido como Eveline. Tanto el vestirse de mujer, como el cambio ocasional de nombre, son un juego para duplicar el atractivo. Lo primero que hacen los clientes es palpar el pene del travestido, constatar el prodigio hermafrodita. De este modo Sins rompe la matriz de género.

Una vara, que usan los maestros ingleses para castigar a los alumnos, es vehículo de sensación intensa, un recuerdo de las experiencias infantiles que los adultos incorporan a su desempeño erótico. El maestro, con poder de crear disciplina, dar órdenes que no pueden ser discutidas, castigar físicamente, produce una cancelación de la dignidad de la persona. Esa experiencia infantil de sometimiento incondicional, de pérdida del honor, es recuperada como excitante erótico. Los personajes azotan y son azotados, a veces con saña, hasta verter sangre. Este procedimiento de intensificación extrema teatraliza la subordinación, el sometimiento, dándole un cariz gozoso. El castigo y la falta que lo justifica son inventados para aumentar la excitación. Y el dolor produce un

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cambio cualitativo de la experiencia. Al mezclarse con el dolor, el placer se intensifica, alcanza la plenitud del gozo. El relato teatraliza la fantasía de aceptación (el prostituto disfruta tanto como el cliente) así como la fantasía de dominio (la humillación y el dolor de los azotes). Esas fantasías alternan para lograr el gozo más intenso de los participantes. Desde el punto de vista de la escena porno, en tanto procedimientos para realzar el placer, ambas fantasías equivalen. Y ambas son pactadas. La fantasía de dominio está aquí avalada por el consentimiento del que juega el rol de víctima.

Uno de sus protectores lleva a Jack Saul a una fiesta en los jardines del Príncipe de Gales. Un integrante de la comitiva del Príncipe se interesa en Jack, le propone un recorrido por los jardines y terminan copulando en un rincón recoleto. Más tarde un diplomático alemán le propone llevárselo a Alemania, pero Jack decide permanecer en su tierra. Sins aparece - ya lo señalé - entre dos escándalos que tocan las altas esferas. En la novela, además, se menciona un tercer escándalo contemporáneo a su publicación:

“En el momento en que esto va a la imprenta surge un caso, publicado por el London Daily Telegraph del 9 de julio, 1881, referente a un cabo de los Guardias Escoceses, que ha sido sorprendido en el acto de cometer una ofensa antinatural dentro de una cafetería de Lower Sloane Street. Fue arrestado para comparecer ante el juez, mientras su compañero, que tiene la suerte de ser Secretario de la Embajada Alemana en Londres, ha sido reclamado por el Gobierno Alemán y enviado a su Vaterland, y es sin duda todo lo que le sucederá.” En la Inglaterra victoriana, Sins funciona como una pieza de combate político. Muestra que, a pesar de las prohibiciones, los sodomitas impregnan la fábrica entera de la sociedad y pertenecen a todas las clases, desde la más baja hasta la más encumbrada.

Culmina en tres pequeños ensayos, que revelan que su ghost writer (corrector/editor) es un hombre cultivado, conocedor de los clásicos e informado acerca de otras culturas. Ha leído a Suetonio, a Marcial, a Juvenal, a Catulo y a través de ellos está familiarizado con el eros romano, con las exquisiteces de placeres extravagantes: de Calígula a Nerón, de Tiberio a Vitelo o a Galba, que amaba las ostras podridas y penetraba a los hombres ancianos. Sin olvidar las prácticas lesbianas: “Nadie puede leer a Juvenal sin estar convencido de que en época de Marcial el lesbianismo florecía en Roma. Sus descripciones de la fiesta de la Bona Dea no dejan dudas acerca de eso.” En Roma, la relación entre varones era admitida. Sólo era despreciado el hombre adulto exclusivamente pasivo. El editor/corrector de las anécdotas de Jack concuerda con este criterio, y dignifica el placer doble (activo y pasivo) que experimentan todos los personajes de la novela. En cuanto al mundo contemporáneo, el editor tiene información de primera mano acerca de las costumbres del Sultán de Bujara, que mantiene un doble harén, uno de mujeres, otro de muchachos. Su confidente, un viajero que parece haber sido testigo presencial en el dormitorio del sultán, lo entera de los detalles de esas prácticas y de la laxitud que adquieren los anos de los muchachos. El último breve ensayo del libro se refiere al “tribadismo” (lesbianismo). A través de estos materials eruditos Sins ubica la sodomía en un horizonte geopolítico amplio de civilizaciones pasadas y presentes y de este modo relativiza, quita valor, a la prohibición puntual de la ley inglesa.

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La moral victoriana no fue asunto exclusivo de Inglaterra. Tuvo consecuencias mundiales que todavía experimentamos hoy. El colonialismo británico criminalizó la sodomía en Iraq después de la Primera Guerra Mundial. El edicto fue parte de un vasto cuerpo de leyes coloniales creado por los administradores británicos sobre todo a partir de mediados del siglo XIX, al que los ingleses llamaron “El Código Penal Hindú”. El código no era autóctono de la India. Fue el sistema legal que los colonizadores británicos impusieron al país en 1860. El artículo 377 de ese código colonial hizo del “comercio carnal contra natura” un delito castigado con hasta veinte años de exilio o hasta diez años de prisión. Al expandirse el imperio colonial británico, sus administradores impusieron y aplicaron el artículo 377 y edictos similares contra la sodomía en Nigeria, Kenia, Uganda, Tanzania, Pakistán, Bangladesh, Myanmar, Singapur, Malasia, Brunei, Penang, Malaca, Hong Kong, Fiji, la Península Malaya, Birmania, Sri Lanka, las Seichelles, Papua, Nueva Guinea, British Honduras (hoy Belice), Jamaica, las Islas Vírgenes Británicas, las islas Caimán, Montserrat, Bahamas, Tobago, Caicos, Santa Lucía, Nueva Zelanda, Canadá y Australia. En el Oriente Cercano, los británicos hicieron del “Código Penal Indio” la ley del lugar en Aden, Bahrain, Kuwait, Muscat, Oman, Quatar, Somalia, Sudan y lo que es hoy los Emiratos Árabes Unidos. Cabe preguntarse hasta qué punto la homofobia actual de musulmanes e hindúes, y de otros pueblos de África, Asia y América no fue reforzada, o aún creada, por esta ley colonial británica, siendo la reina Victoria cómplice del integrismo musulmán y de la intolerancia a la sodomía de los pueblos colonizados. Mientras en Gran Bretaña la sodomía entre adultos consintientes fue descriminalizada en 1967, la ley de 1860 del “Código Penal Hindú” fue levantada por la Corte Suprema de Nueva Delhi recién el 2 de julio de 2009, afirmando que las relaciones homosexuales entre adultos ya no pueden ser consideradas un delito en India. Esta ley colonial sujetó al subcontinente a una prohibición que duró 150 años. El movimiento de liberación sexual hindú ha solicitado a Gran Bretaña una disculpa por haber sujetado su país a una policía de costumbres foránea.

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Notas.-

1

Morris Kaplan, Sodom on the Thames, Ithaca, New York, Cornell University Press, 2005.

2 Randolph Trumbach, “Erotic Phantasy and Male Libertinism in Enlightenment England”, en Lynn Hunt, The Invention of Pornography, New York, Zone Books, 1993.

3

Trumbach, art. cit.

4

Trumbach, art. cit.

CAPÍTULO II

EL NEGOCIO DEL PORNO

Pasado un siglo, en el contexto de la democracia mediática, el juez y la policía ya no controlan la circulación del porno. Han sido sustituidos por la censura “blanda” de los medios de comunicación. Las empresas estatales y privadas determinan y regulan el flujo de las informaciones, ya no en nombre de la ley, sino de la decencia y el buen gusto. Lo que vetan los medios va a caer en los subsistemas de comunicación destinados a públicos especializados y marginales. En los setenta el porno literario perdió toda relevancia. Las palabras impresas ya no eran consideradas pornográficas, o al menos ya no valía la pena prohibirlas. Las agencias de censura no podían ocuparse de abrir juicios a libros y revistas, ni tampoco tenían ganas de hacerlo. Pornografía pasó a significar imágenes, preferiblemente imágenes en movimiento. El porno, como empresa comercial de imágenes, fue atacado cada vez menos por las agencias de censura, pero pasó a ser atacado por ciertas feministas. Women Against Pornography (WAP), un grupo fundado en 1976, consideraba que la pornografía heterosexual estimulaba la violencia contra las mentes y los cuerpos de las mujeres.

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Tanto el porno como la violación es un invento masculino, un producto hecho por los hombres para los hombres, diseñado para deshumanizar a las mujeres. (Andrea

Dworkin, Pornography, Men Posessing Women, 1980)

Dworkin trató al porno como un fenómeno ahistórico y como una basura sin valor. Propuso una lectura mítica; desde ese ángulo, las conclusiones eran inevitables y siempre las mismas. Pero parece incongruente trazar una violencia que se considera endémica en la cultura occidental a unas imágenes de films, que habían estado prohibidas décadas antes. Dworkin y Catharine McKinnon, una profesora de Derecho, intentaron, sin éxito, modificar la legislación para prohibir, no sólo la exposición del sexo genital, sino cualquier situación o conducta que llevase a degradar la dignidad de la mujer.

Se ha dicho que el porno es la desnudez - sin alma –; el alma está en otra parte: el vestido, los accesorios, la conjugación de la persona, el fetiche que habita los calzones; la cara antes que nada, esa puerta del alma. La cara en la pornografía es lo que menos importa, a no ser que se trate de un “facial”, vale decir una eyaculación sobre el rostro de la pareja. En tanto producto comercial que apela a cierto mercado, el porno no se preocupa por la forma o por el estilo, sino por la eficacia. Cumple. Entrega lo que se le pide, una visión del coito. ¿Quién la pide? El voyeur, un cliente. El porno lleva a la pantalla tomas parciales del cuerpo, los genitales, las nalgas. Una pantalla, no habitada por el alma, presenta una acción robótica, de diálogo chato, escaso, muchas veces ridículo. El pudor no existe para el porno. El pudor sirve de mediación entre las personas, tanto la vestimenta como el velo de las palabras. Los repliegues, el misterio de la intimidad, no cuentan para el porno.

En tanto negocio, es una franja considerable de la industria fílmica. “En mayo de 2001 Frank Rich publicaba en el New York Times un artículo – ‘Naked Capitalists’ – lleno de datos sobre la implantación comercial del porno: frente a las cuatrocientas películas manufacturadas anualmente por los grandes estudios de Hollywood, la industria de cine porno (llamémoslo ‘cine’ aunque su distribución y su técnica hayan dejado atrás lo tradicionalmente cinematográfico hace mucho) pone en circulación de diez a once mil títulos nuevos. Setecientos millones de videos o devedés porno se alquilan anualmente en Estados Unidos. Los ingresos de la industria en su conjunto – incluyendo revistas, páginas web, canales por cable y películas para circuitos privados como hoteles y sex- shops – ascendían a catorce mil millones de dólares anuales: una cifra que superaba en Estados Unidos, desde luego, los ingresos de la industria cinematográfica tradicional, pero también los del negocio del deporte profesional: béisbol, fútbol americano y baloncesto juntos.” (1)

Cabe preguntarse: ¿dónde está el eros? ¿En el porno que cumple sus promesas con una mecánica? ¿O en otros registros? ¿En la polinización de las superficies y del aire? La industria del porno es un componente insoslayable del consumo en nuestra cultura. Sin embargo, ¿qué es, o puede ser, erótico? ¿Aurático? En la red podemos elegir entre dos vertientes del interés sexual. Por un lado hay un servicio gratuito de

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porno, porn tube, y por otro está you tube, una pecera, un laboratorio de estilos. En mi caso, no tengo dudas: me parece más erótico you tube, que no acepta el porno, vale decir la desnudez, el coito, el sexo explícito. Acepta el beso, el baile, la presentación de estilos, la argumentación, la música, cualquier tipo de documento visual y sonoro, en un contexto inclusivo de prolijidad enciclopédica, pero no indiferente, porque está transitado por derivas interactivas.

El porno, su desnudo público, su reducción de cualquier intercambio al coito, a partes extra partes, o intra partes, oblitera a la persona, oblitera el conjunto atmosférico de un sujeto. Al costado de su función como excitante, puede producir, y de hecho produce, en algunos, asco, desazón, tedio. Al recortar tal función fisiológica, trucada o no, oblitera el carisma de la persona, nos empobrece, nos deja desahuciados, reducidos

a una forma pública, limitada, pedestre, de la fantasía. Es una masturbación en

caliente que acaba en frío. Los límites precisos de la gratificación la vuelven banal, sin

estilo. Borra todo lo demás, malo o bueno. Habita una tierra de nadie donde no hay dolor de muelas. Tampoco obligaciones de trabajo o responsabilidades. O afectos. Un paraíso mecánico, robótico, vacío. Una isla que funciona por sí misma. No nos necesita. Se reduce a planos de cuerpos fragmentados y el money shot, la toma de la eyaculación. Aunque la masturbación del voyeur, ver porno en compañía, nos “integren” hasta cierto punto.

El porno fantasea un poder absoluto que transforma al otro en objeto. Calma la calentura, pero el eros es la llave de las intimidades. Nada es obsceno; el desnudo no es obsceno. Lo obsceno es el procedimiento, la actitud, el recorte, el presentar los genitales aislados de todo el resto. En las relaciones entre las personas, hay revelaciones paulatinas, mutuas o no, recíprocas o no. Coqueteo, distancia, rechazo, entrega. Cuando alguien confiesa su dependencia sin condiciones, si el apego no es recíproco, la confesión se vuelve indigna, resulta patética. Produce fastidio, vergüenza ajena, lástima. Necesitamos al otro autónomo; su misterio, su intimidad, su secreto. Proyectamos sobre él un espectro de nuestras fantasías. Deseamos ver, sobre esa pantalla del otro, un soporte de nuestra expectativa de disfrute. En tanto dimensión de la mente, la fantasía es solitaria. Pero se refiere a otro, a una plataforma de aterrizaje, a una pantalla de otro planeta donde se desliza y encuentra predicamento, un ejemplar preciado. Esa fantasía culmina en el tacto, el calor animal, por donde pasa el afecto. El porno en cambio es una tierra de nadie. Un nicho especializado, pero genérico. Una vía más, y una vía robusta, de consumo. Su dinámica pulsional de ayuntamiento

es ofrecida al voyeur gracias a las proezas acrobáticas de los actores para que la cámara

pueda filmar la cópula sin obstáculos; incluso, se diría, el interior de los órganos. Si el deseo abre el teatro porno, se desvanece aún antes de terminar (la función, el film). Nos han chupado el alma. Cuando lo íntimo se hace público sin afecto, sin mundo, sin circunstancia, nos roba el alma. Quedamos desolados, aburridos. Sin conjunción. Los cuerpos conjuntos se diferencian de los cuerpos conectados. Los cuerpos conectados por internet al porno, se ha dicho, están sujetos a una progresiva incapacidad de sentir placer. La simulación del placer, más allá de la estética de las películas, o de las imágenes, está dada por el interfase. ¿Es real lo que sucede en la pantalla? ¿Es real - en definitiva - para el consumidor?

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La conducta autista puede ser descrita como la incapacidad de captar la emoción del otro, o proyectar en el cuerpo del otro el placer y el dolor que sentimos en el nuestro. Falta de empatía parece ser un efecto epidémico de la mayor exposición de la mente a la infoesfera

La pornografía llama tu atención rápido, no es necesario hacer un gran

virtual acelerada

esfuerzo, no es necesario sentir empatía, uno solo observa; un estado de mente casi autista. No es necesario tratar de entender los sentimientos de otra persona, no es acerca de ellos;

son sólo objetos o instrumentos para una satisfacción

El tiempo, una dimensión

El

indispensable del placer, se divide en fragmentos que ya no pueden ser disfrutados porno se vuelve un acto de ver repetitivo, que no cumple un propósito emocional. (2)

El porno existe como existen los casinos, las apuestas, las loterías; existe como una rama, o una racha del consumo, en la vida de cada cual. Es una oferta del mercado. ¿Quién no se asomó a esos registros, a veces áridos, a veces áridos y ásperos del porno? ¿Quién no se asomó a las nalgas breves de los muchachos? A las formas, por lo general abruptas, mal encaradas, de los fetiches fabricados como disfraces de halloween, de factura pobre. Los fetiches, ropa, maquillaje, peinado, joyas, crean el aura de la persona. Los fetiches, en tanto formas de la vestimenta, tienen su lugar en el porno especializado, pero suelen carecer de la magia del estilo. El fetichista que se prueba botas puede aparecer en un porno. El fetiche inorgánico proyecta un resplandor de emanación delegada. Es la cifra del misterio de la persona. En la vida corriente, en la fotografía artística, el fetiche ilumina la persona; surge e ilumina el cuerpo, lo dota de un resplandor, que está en los zapatos, el vestido, la cofia, el maquillaje, la música que alguien produce o escucha.

Aparte del porno están las formas del erotismo y se encuentran en el arte, cine, literatura, youtube y dondequiera. Destellan aquí y allá, en el terreno de la fantasía y de las relaciones entre las personas. El eros es psíquico tanto como físico. En youtube nos atrae el pequeño teatro, la existente palpitación real, la impresión de que penetramos - hasta cierto punto - el secreto de cada uno, y por eso nos conmueve. ¿Y el porno por telefóno? ¿Y el porno on line? ¿Y el chat? A medida que nos comunicamos nos vamos apartando del porno. El porno actual - salvo el porno infantil - no está definido desde fuera por la censura; sino desde dentro de la industria a partir de sus productos. Ya no hablamos del porno como lo prohibido, o una forma de lo secreto, sino del porno como producto. Ya no se discute si el arte, un cuadro o un relato, son pornográficos y deban por lo tanto ser prohibidos. Arte y porno circulan muchas veces en circuitos diferentes, ocupan nichos diferenciales de preferencia.

La crítica al porno no implica una defensa de la censura. La existencia del porno como ingrediente de internet y de los medios implica libertad de comunicación, explorar los registros posibles de nuestra sensibilidad, realzar las experiencias con que se combine. Es un derecho de la persona. También es un rubro dentro de una economía de mercado. Como el aprendiz de hechicero, el porno crece y prolifera indetenible, sorprendente, planteando preguntas acerca de nuestro deseo y su relación con la ética y la política. En el porno medran los intereses de la industria, al par que los intereses del consumidor.

21

22

Notas.-

1

Andrés Barba, Javier Montes, La ceremonia del porno, Barcelona, Anagrama, 2007.

2

Franco Berardi, “The Obsesión of the Vanishing Body”, en Click Me, A Netporn Studies

Reader, edited by Katrien Jacobs and others, Institute of Network Cultures, Amsterdam, Paradiso, 2008.

CAPÍTULO III

EL PORNO GONZO

Al costado del porno californiano de los cuerpos perfectos y el sexo optimado, a partir de los noventa del siglo pasado surgió un porno sucio, que se llamó porno gonzo. El término gonzo fue aplicado a un tipo de periodismo en los sesenta, iniciado por Hunter S. Thomson, que lo definió como “compromiso total, concentración total y una loca suerte de desenvoltura y brío”. El periodista es parte del evento que está ocurriendo. Por extensión, gonzo es una manera de hacer películas en que el trabajo de cámara es una representación de los sentidos del cameraman, una prótesis y un punto de vista, igual que un arnés o un dildo son prótesis del cuerpo para erotizar el coito. La cámara es un participante reconocido de la escena. El hombre que filma no necesariamente toma parte, pero muchas veces sí. Gonzo se refiere a cierto tipo de porno intencionalmente de bajo presupuesto, sin vestuarios ni sets elaborados. Está lleno de close ups y tiene más sexo y menos argumento de pacotilla que el porno convencional. Siempre tuve la impresión de que el gonzo es el equivalente de una cogida fuerte en un callejón trasero con los valores de producción más bajos y documentando el punto de vista del cameraman. Siempre es subjetivo, íntimo, y personal, por lo tanto en esencia cuenta una historia, aunque sea mínima. Algunos, como el director John Stagliano, el gran propulsor gonzo en los noventa a través de su serie de películas Buttman, afirman que es un error asumir que al gonzo

le falta argumento.

Eso es lo que fue Buttman: sin guión, sólo escenas flojamente anudadas para mayor diversión y para filmar el mejor sexo que pudiéramos. La gente que dice que el gonzo no

tiene trama no ha visto mis películas. No aprecian mi dedicación para montar el inicio de

cada escena. Trato de crear expectativa y erotismo para empezarlas

Buttman son tomas de exteriores historia.

No es gente diciendo líneas de un guión, pero es una

Muchas de las escenas

El gonzo manifiesta la tendencia hacia un desempeño sexual íntegro, en vez de la

actuación requerida para las películas que habían dominado la industria en los setenta

y ochenta. Implica una diversificación, líneas especializadas de videos que presentan

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diferentes tipos de cuerpo, modalidades del coito, o razas humanas (negra, latina, asiática, caucásica). El gonzo produjo un nuevo tipo de estrellato. Puede ser el trampolín para actrices que quieren actuar en producciones más grandes, porno o no. Debido a su extrema popularidad a partir de mediados de los noventa, el gonzo se volvió mainstream, con la ventaja, para los productores comerciales, de rebajar el costo de inversión para entrar en el mercado. La estrella porno Mika Tan comentó en 2008 que producir un DVD gonzo promedio cuesta 16.000 dólares. Hay distintos modos de filmar. Hoy las compañías producen gonzo con excelente iluminación y sonido, despliegue de lencería y filmado en residencias lujosas. Un trazo que comparten todos los films gonzo es el énfasis mayor en un desempeño intenso, casi hiperactivo; tiende a incluir más sexo hardcore que el porno tradicional o el amateur anterior. Más allá del grado de involucramiento o participación del director y el cameraman en las escenas del film, el gonzo contiene “más sexo”, las secuencias resultan más largas. Los participantes suelen ser descarados, entusiastas, y actúan para la cámara. El ángulo de la cámara con frecuencia corresponde al punto de vista masculino. Una evolución del porno gonzo es que se ha vuelto irrespetuoso y notoriamente violento hacia las actrices. La actriz porno Mika Tan declara en una entrevista:

Las líneas DVD, o cada título de porno, se producen para satisfacer diferentes nichos en el mercado. Nadie filma un DVD a menos que su investigación de mercado le muestre que podrá venderlo. El porno no crea los fetiches, sino que los abastece. Incluso si pienso que hay un mercado para cierto tipo de film, aún así debo convencer a la compañía de distribución

El porno nunca será ciego al color, porque los hombres que

de que ese mercado existe

compran buscan cierto tipo de mujer. A quienes prefieren las latinas, no les vendas un DVD que tenga negras.

Por otra parte, Mika Tan niega que en todas estas líneas especializadas las víctimas sean siempre las mujeres:

Trabajo en un sitio web llamado meninpain.com, y en otro meanbitches.com. Los hombres son sujetos a humillación en esos lugares. Por favor métanse en la cabeza que el porno no se

¿Cuáles son los estereotipos? Yo misma he sido varias

veces dominatrix, prostituta, niña de escuela, mujer de negocios, doctor, nurse (

me llaman para una escena, sólo me comunican el género (por ejemplo fetiche, asiática, niña de escuela) para que sepa qué tipo de ropa llevar. Los estereotipos exceden las razas. Puedes tomar esos mismos personajes que representé y dárselos a una rubia, a una mejicana o a una negra. Todas las chicas porno que conozco representaron diversos roles de fantasía en un momento u otro. Yo tuve roles muy fuertes y también muy subalternos.

dirige sólo a un sexo o a un género

) Cuando

¿Cuál es la función del porno según Mika Tan?

“Lo dije antes y lo diré ahora, el porno no es necesariamente para hombres que ya están con una chica asiática. El porno es para quien ama a las asiáticas y no puede conseguir una. Para algunos, el porno es la única vía para obtener el tipo de sexo que les gusta.” En este sentido, representa una válvula de escape, un medio para concretar fantasías, aunque sólo en calidad de voyeur.

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Randy West, un actor porno que se volvió productor en 1993, dijo que uno de sus mayores placeres era observar el orgasmo femenino de sus parejas. Los episodios suelen tener un formato standard: empiezan con una corta entrevista a la actriz, para

establecer alguna información de fondo. Sea ficticia o no, esa charla inicial establece a

la joven como persona.

Una excepción para la falta de respeto a las mujeres es la nueva serie Chemistry que Tristan Taormino ha estado haciendo para una compañía porn mainstream, llamada

Vivid. Lo diferente es que Taormino elige a un grupo de actores, con los que simpatiza

a nivel personal, los pone a compartir una casa por 36 horas, y los deja tener sexo

bastante espontáneo, tan espontáneo como puede ser el sexo que hacen para ganarse la vida ante el personal del equipo de filmación haciendo close ups más cercanos que el examen de un ginecólogo. En homenaje a sus raíces gonzo, Taormino permite a los actores usar una “cámara perversa” con que filman mutuamente lo que les parece de las escenas respectivas, hasta discusiones, ya completamente vestidos, acerca de lo que les gustó o no les gustó acerca del sexo que acaban de tener.

CAPÍTULO IV

POSTPORNO

Annie Sprinkle ejerció de actriz fetiche del primer porno industrial de los setenta. Al retirarse en los ochenta, recicló su carrera como una comentadora irónica del porno comercial en películas, conferencias y performances. En el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba, junio 2003), clausuró el primer Maratón Postporno con una conferencia-performance en que repasó sus treinta años de dedicación a lo que ella llama “el arte sexual”. Annie se presenta como una estrella de porno, muy maquillada y ligera de ropas, cargada de lencería provocadora, de enormes senos casi sueltos y cabello adornado con una diadema. Su aspecto de ninfa pronta para la liza del goce sexual viene trastocada de inicio por su edad y porte. Ya no es una teenager, ni sus carnes guardan parecido alguno con la arquitectura corporal de una puta; más bien es de una lividez contrastante con su pelo muy negro. Pero las artes de seducción y conquista se despliegan ante una audiencia que reacciona como ante un paisaje teatral cuya representación es pura y evidente farsa. La vocecita templada y las miradas anhelantes ponen en escena un espécimen del género femenino dotado de las marcas previsibles para el consumo. El espectáculo es una autobiografía - entre lo kitsch, lo obsceno y lo cómico - que sirve para comprender

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cómo funciona el porno alternativo, así como los valores sexuales que defiende esta doctora, defensora de unos métodos pedagógicos, como mínimo, insólitos.

Mientras en una pantalla a su espalda se proyectaban explícitas escenas de sus películas de los setenta, Annie Sprinkle contaba que su ideología intenta ir más allá de un tipo de cine que sólo busca el placer masculino. De hecho, sus primeras obras postporno incidieron sobre el orgasmo femenino, la cópula con transexuales, el sexo colectivo e incluso la interactividad, teniendo contacto con los espectadores en un cine mientras se proyectaba su

propia película. (Javier Blanquez)

Mis treinta años de puta multimedia, título del espectáculo presentado, no alcanza el grado de provocación de obras antiguas de Annie Sprinkle, como Post porn modernism, en la que invitaba al público a contemplar la cérvix de su útero mediante un espejo situado ante sus órganos sexuales. Frente a la audiencia atónita, desnuda sus genitales y a medio acostar, coloca unos espéculos de modo que su cavidad vaginal quede bien visible; enseguida entrega una linterna a los participantes y los invita a mirar sin reservas. Exhibe las láminas del sistema reproductor femenino y profiere: “Conozca la vagina, es su amiga.” La fuente de placer mitologizada y difusa es despojada en un abrir y cerrar de ojos de su peso simbólico, mostrada en su carnalidad profana, sin atributos, más que ser aquella región del cuerpo femenino alrededor de la cual funcionan las convenciones y normas del género y la familia. Ese porno, más desnudo que el desnudo, nos fuerza a pensar en otra cosa, nos lleva a su revés, a un terreno que sobrepasa la mera literalidad de los órganos; nos lleva a tomar conciencia de un campo de intensidades corporales que no se refieren específicamente a éste o aquél órgano, un campo magnético en que Eros vuela con las alas de Psique. Justamente esas alas necesitan a veces la oscuridad de las imágenes, el apagón momentáneo, la suspensión del porno, para liberar un campo de intensidades más allá de las fronteras calculadas de un cuerpo fragmentado en que cada órgano tiene estrictamente una función. Sprinkle no ataca la existencia del porno comercial, más bien defiende a los actores y su valor como enseñantes, más allá de las convenciones del film porno. En su show hubo momentos para el humor hiperbólico; según Annie, sumando los centímetros de los penes con los que ha trabajado en las últimas tres décadas se podría superar la altura del Empire State Building. También hubo momentos para la parodia sobre el mercadeo de arte (sus cuadros, realizados con la marca de sus senos embadurnados en pintura, los vendía a treinta euros) o lo apoteósicamente cursi: una coreografía de danza mamaria sin pudor ni sentido del ridículo al compás de “El Danubio azul”, de Strauss. En “How to be a Sex Godess in 101 Easy Steps” escoge el papel de maestra de ceremonia, un mentor sexual sicodélico y amistoso que da clases privadas de forma juguetona dirigiéndose al espectador. Paralelamente, destaca su propia presencia en la pantalla, y reconoce la compañía del observador concreto mirando directamente al lente de la cámara. Freud define el voyeurismo como una forma sexualmente gratificante de la escopofilia, relacionada con el acto de mirar a personas que no pueden devolver la mirada, o que no saben que están siendo vistas. Al dirigirse directamente a quien observa, Annie devuelve la mirada y por tanto conquista el concepto de voyeurismo al eliminar la actividad sexual preferencial de espiar con

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astucia. Elimina la despersonalización de la mirada pornográfica, al transformar al voyeur en cazador cazado. Ziad Touma considera que este exhibicionismo autoconsciente de Sprinkle indica que “cansada de ser la fantasía de alguien más, ella utiliza su performance para desconstruir el objeto de deseo estándar”, lo cual supone “una estrategia mucho más militante que la simple reversión de los roles de género”.

En una entrevista para la revista Bright Light, la Sprinkle declara: “Pienso que, en términos de performance, de medios y de arte, cualquier exploración del sexo es

Los momentos de ser erótica, sensual, sexual con mi

intrínsecamente algo bueno

amante, son los más bellos, espirituales y curativos que experimento en mi vida. Cuando estuve en la prostitución, no siempre era como en las películas. Las prostitutas no siempre son asesinadas violentamente o salvadas por un multimillonario. En esas películas, nunca ves a la puta feliz, a la mujer enérgica que hace un buen trabajo.” Annie Sprinkle propone una pornotopía, una utopía:

Tengo una visión del futuro en el cual toda la educación sexual necesaria estará disponible para todos; no habrá necesidad de abortar ni transmisión de enfermedades por vía sexual El sexo es un arma curativa poderosa que será usada regularmente en hospitales y clínicas siquiátricas. Aprenderemos a usar el orgasmo para prevenir y curar enfermedades tal y como los antiguos tántricos y taoístas hicieron. Los trabajadores sexuales serán

y el deseo dejará de ser un crimen. Los hombres serán capaces de

tener múltiples orgasmos sin eyacular, por lo cual podrán mantener una erección cuanto

A nadie le importará con gente de qué sexo tiene sexo

cada quién. En el futuro, todos estarán tan satisfechos sexualmente que será el fin de la

violencia, la violación y la guerra.

quieran. Las mujeres eyacularán

ampliamente respetados

Alguien definió el post porno como “carne + política”. La aparición en internet de cientos de galerías de imágenes que subvierten los cuerpos “danone” como objeto de deseo y desde donde se reivindican identidades sexuales y prácticas vitales ninguneadas por la industria mainstream, junto con la gran difusión que han alcanzado artistas como Annie Sprinkle, nos sitúan en un momento de creciente interés hacia estas formas alternativas de representar nuestra forma de entender el sexo y de relativizar la ficción jurídica de una identidad o un rol cualquiera, a la vez que abren mil brechas en el discurso heteronormativo.

La actriz Belladona se destacó de los volúmenes de debutantes en muchas películas gonzo y participó en una serie reality de televisión, Family Business. Su carrera en el negocio de la pornografía fue seguida durante dos años por un equipo de ABC Television, culminando en una entrevista en prime time. Belladonna pasó a dirigir películas de sexo gonzo para una línea de huida del rol de objeto pasivo. Ya ha dirigido más de una docena de films lesbianos que de modo regular incluyen diversión y renegocian enfáticamente las relaciones de poder.

En Belladonna Fucking Girls Again (2005), la directora juega el rol de dominadora con la sumisa actriz Melisa Lauren. En cierto punto le pide a Lauren que se meta un dildo inflable en la boca, el cual, con el creciente influjo de aire, ya no recuerda a un pene en absoluto. Su rostro enrojece y se vuelve un centro (post-) vaginal de deseo; Lauren acaricia suavemente el tubo y lo besa sacándolo de la boca de Bela. (7).

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Por medio de nuevas tecnologías del cuerpo, el poder se vuelve una relación compleja de fuerzas. El pene ya no es, como quería abusivamente Freud, el referente al que se remiten todos los fetiches; al contrario, es un artículo más en la rueda de los fetiches, no más importante que ninguno; el pene, un mango de sartén, un dildo, un vibrador, son instrumentos intercambiables, en su función de dar placer. De hecho, un dildo es más ventajoso. Es más libre, separable (detachable) y los participantes del encuentro lo pueden usar alternativamente.

El postporno - según María Llopis (“Feminismo porno punk”) - “toma el dispositivo

pornográfico como lugar de entrecruzamiento de tres espacios políticos y de crítica cultural, al mismo tiempo conectados y discontinuos: el feminismo, como lenguaje y práctica de ampliación del horizonte de la esfera pública a partir de una crítica de la opresión de género; el movimiento queer, de minorías sexuales disidentes que critica la normalización heterosexual; el punk, como práctica de invención de nuevas técnicas baratas de intervención crítica (‘do it yourself’, ‘become the media’) apelando a su dimensión incorrecta, sucia, irrecuperable.”

Del Lagrace Volcano es un fotógrafo que examina los modos por los cuales las subjetividades intergénero e intersexo construyen nuevos cuerpos. Los que fotografía no son objetos tenidos a distancia sino más bien celebrados; una cámara gonzo toma partido, no ya por la pornografía, sino por el arte de devenir transgénero. Celebra los cuerpos de dykes butch, de transexuales que rebasan el sistema binario. Descubre nuevas criaturas, al par que las inventa, o ayuda a inventarlas, al hacerlas públicas. Él mismo es una de esas criaturas. Expande la categoría para incluir cuerpos que no están necesariamente posicionados por la homosexualidad, pero que están marcados de un modo queer, desubicados, considerados “raros”. “Vemos cambiar la forma de nuestros cuerpos y de nuestras comunidades” (Jay Prosser). Se vislumbran las alteraciones prometidas, las mutaciones que parecían imposibles y que a la vista están, o visitan nuestros cuerpos. Las transformaciones que proyectamos con el ojo, esas profecías se cumplen en de un presente público, compartido.

En tanto artista visual - dice Del Grace Volcano - ofrezco ‘tecnologías de género’ para amplificar, más que restringir, las trazas hermafroditas de mi cuerpo. Me considero un abolicionista del género. Un terrorista part time. Una mutación intencional e intersex por definición (al contrario de por diagnosis), para distinguir mi ruta de los miles de individuos intersex que sufrieron una mutilación, fueron desfigurados en un intento erróneo de volverlos ‘normales’. Creo que hay que cruzar una y otra vez esa línea, tantas veces como sea necesario para construir un puente a través del cual podamos transitar.

Así entendido, “ser queer no es un derecho a la privacidad. Es acerca de la libertad de hacerlo público, combatiendo la opresión, la homofobia, el racismo, la misoginia, la

hipocresía de las religiones y nuestro propio auto odio

lugar. Pero cuando una cantidad de lesbianas y hombres gay se despiertan cada mañana, estamos enojados y disgustados, no gay. Por eso elegimos llamarnos queer. Usar el término queer es recordarnos cómo somos percibidos por el resto del mundo. Es un modo de decirnos a nosotros mismos que no tenemos la obligación de ser gente ocurrente, encantadora, que mantiene nuestra vida discreta y marginal en el mundo

Sí. Gay es estupendo. Tiene su

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Queer, a diferencia de gay, no significa varón. Y cuando es usado entre los

gays y lesbianas sugiere que cerramos filas, que olvidamos (provisoriamente) nuestras diferencias, porque enfrentamos un insidioso enemigo común. Queer puede sonar rudo, pero es un arma traviesa, irónica, que podemos robar de las manos del homófobo y usarla contra él. ” (Manifiesto anónimo Read This Queers, 1990)

hetero

No es esencial, aunque puede ser útil defender una identidad en tanto ficción jurídica, para reclamar los derechos de un grupo, de una minoría, defender un mazo de personificaciones grupales que se diversifican en líneas de estilo, en puntos de subjetivación, pulverizando la identidad molar. El ramalazo de las minorías hace multitud. Prolifera junto con el idioma. Un grupo español (Descontroladas) define sus identificaciones:

Somos brujas, putas, refugiadas, transexuales, gordas, freakys, mujeres, sodomitas, hadas, queers, sados, locas, inmigrantes, flacas, las que abortan, desviadas, marujas, bolleras, sin- papeles, ateas, travolakas, guarras, niñas, pobres, maricas, sin techo, viejas, santas viciosas, drag, reinas y reyes, rebeldes, precarias, piratas, zorras, presas, rabiosas, seropositivas,

amigas, bukkakes, madres

si tocan a una, tocan a todas.

La pornografía convencional vende roles de género y estereotipos de cuerpos colocando a la mujer en un estado de sumisión para complacer al hombre en sus posturas y necesidades. Está enfocada para los ojos del hombre (del cliente masculino). “El pene es su placer; la conquista de éste sobre los territorios (boca, vagina, ano), lo vuelve el principal personaje de la obra.” (Go fist foundation) Según Beatriz Preciado, “el mejor antídoto contra la pornografía no es la censura, sino las representaciones alternativas de la sexualidad.” Virginie Despentes conmocionó a muchos con su novela Fóllame (llevada al cine por Caherine Breillat) por su brutal desnaturalización del discurso pornográfico. “No escribo para honrar ni deshonrar mi femineidad, sino en un contexto preciso y sobre emociones que no poseen género.” (8). Otro modo de representar las prácticas sexuales, otro porno posible. “Hazlo tú misma.”

El post porno enfatiza la mayor tolerancia hacia los tipos de cuerpo alternativos y las identificaciones diferenciales, visiones de sexo y activismo punk. En la web grupos minoritarios, post feministas, queers, y minorías étnicas usan el porno como una contribución a sus redes sociales. Así establecen una posición contra las industrias que han producido el porno hasta hoy. En vez de aparecer como una división binaria entre hombre y mujer, el género, en el porno queer, se vuelve fluido, ambiguo y sagaz. El transexualismo evidencia en qué medida la persona sexuada normal es “una realización práctica contingente”. Somos criaturas históricas, pasajeras. “Mirando atrás después de tres años de hacer porno para Ssspread, me pareció más fascinante que nada el hecho de que hubiera muy poca diferencia entre el porno straight y el queer, salvo por una cosa: los cuerpos. Los cuerpos del porno queer son insubordinados, desobedientes, revoltosos, interesados sólo en desempeñar los tipos de actos sexuales que les parecen bien, y esta estrategia llevó en efecto a una muy

El porno queer es un lugar donde todo cabe, donde

interesante variedad de escenas

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todo es posible, donde cada cuerpo es objetivado y fetichizado porque quiere serlo. El porno queer es democracia ” La autora de estas líneas, Barbara De Genevieve, reconoce que el S/M, la dominación, son escenas justificadas de la relación si (como en el caso de los actores queer), hay un compromiso explícito de tomar los roles como en un juego, aunque sean roles “serios”. Los asumen por propia decisión o arbitrio, son pactados.

Fui una feminista anti porno - agrega De Genevieve - hasta 1988; estoy absolutamente

estupefacta (y entre paréntesis excitada) acerca del modo en que las cosas han cambiado

Por otra parte, la fantasía de estar a la merced de una fuerza

más allá de tu control, de renunciar completamente a tu propio control, que te hagan hacer algo que de otro modo no harías, y viceversa, volver a alguien totalmente sumiso a tu autoridad, es caliente. Creo que muchas mujeres tienen fantasías de que las violen. Crecemos con el miedo y la fascinación. Los queer no son inmunes a esa influencia de la cultura dominante. ¿Quieren que los violen en sentido criminal? No. Pero cuando la fantasía es controlada y todas las partes consienten en jugar sus roles, es de veras caliente.

completamente de dirección

(9)

Aún el porno mainstream puede hoy ofrecer cualquier cosa desde veinte, a más de cien categorías. El underground mucho más. “La variedad no es sólo asombrosa, sino también apabullante desde el punto de vista de la cantidad. Los que buscan porno mainstream ‘normal’ están en tren de volverse una minoría. Es notable que la busca no es sólo de la chica caliente común o las bellezas rubias de Playboy, sino que sitios extremadamente especializados son vistos por un igualmente especializado espectro de

usuarios. Aquí la busca no es por lo que una pareja constituida puede o suele ofrecer.

Sino sexo fetiche, sexo con animales

La mayoría de los usuarios busca sitios

especializados, sólo un diez por ciento busca sexo ‘normal’. No hay tema

En

suficientemente remoto, no hay fetiche demasiado exótico, que no sea buscado

conversaciones con hombres - esto le sucedió al autor - si mencionan en absoluto del tema del sexo en internet, discuten a veces el sitio X Fucking Machines, donde las

Las categorías de los

mujeres son cogidas por varias máquinas dotadas de dildos

catálogos X de los sitios web son variadas, pero no reflejan exactamente los intereses de los usuarios, porque son demasiados, y demasiados los fetiches específicos para que sean tomados en cuenta por los editores de un catálogo web. Lo cual no significa, sin embargo, que no hay sitios X que abastezcan esos deseos altamente individualizados, a veces sólo por accidente, a veces de hecho por especialización, por sorprendente

diferenciamiento.” (10)

A través de la interfase, el netporn se vuelve tanto o más caprichoso que el sexo practicado por un emperador romano. Resulta un juego electrónico más, aunque interpretado en clave sexual.

Una política inventa el porno queer, no menos que Sins of the Cities of the Plain lo inventó para el siglo diecinueve. Así cumple su rol histórico, ilumina las dimensiones nuevas de ver y practicar el sexo, incluyendo un pathos de realización personal, una cierta estrategia de convivencia.

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En este sentido, el postporno no se confunde apenas con la proliferación del porno. Tiende a formar redes interactivas, grupos virtuales y de convivencia actual. Reinventa el porno como reinventa la familia, críticamente; como reinventa la pareja, a través de tanteos y de personalidades móviles. Reinventa las inserciones alternativas en la sociedad. Dada la fragilidad de los cuerpos, la presencia animal de un afecto ayuda a sobrevivir. Beatriz Preciado, por ejemplo, propone “transformar el amor, la pareja y la filiación, como hemos transformado la masculinidad, la feminidad, y el sexo.” El deseo nómade, paseando por reflejos de pantalla, cae, como un donjuan, en la trampa de su propio ojo, recorre sitios y más sitios, pasa por encima de incontables imágenes. Es un flaneur, un cliente, un voyeur. Aprende, conoce referentes, protocolos, se desenvuelve. O interviene. “Hazlo tú mismo.” Mientras el amor, en secreto, da pábulo a las iniciativas y da magia a la flauta. El deseo sigue su camino, y no hay razón para detenerlo. Pero el amor tiene compromisos y responsabilidades. Annie Sprinkle y su compañera Beth ejecutan un ritual público de bodas con la tierra.

Tierra, nos comprometemos a ser tu amante. A través de estos pasos déjanos alcanzar tu amor.

Prometemos respirar todos los días en tu fragancia

y ser abiertos por ti.

No nos separemos de tu amor.

Prometemos disfrutar todo los días tus colores

y ser sorprendidos.

No seamos separados de tu amor. Todos los días con la oreja pegada al suelo, escuchamos, y somos cambiados. Prometemos amarnos hasta que la tierra nos reúna para siempre. Estamos consagrados a ti, Tierra, a través del barro en que nos convertiremos.

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Notas.-

1

Tim Stüttgen, “A Cartography of Postpornographic Politics”, en Click Me, ed. cit.

2

Virginie Despentes, en El País de Madrid, Babelia entrevista, 2007.

3

Barbara De Genevieve, “SSSpread.com, The Hot Bods of Queer Porn”, en Click Me, ed.

cit.

4 Manuel Bonik & Andreas Schaale, “The Naked Truth: Internet Eroticism and the Search”, en Click Me, ed. cit.