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‘| CUENTOS PARA |TIRITAR DE MIEDO 2 eR | ya ms me as Satil Schkotnik AO 925° "ELV. ewriADO BE .-~- Cuentos para Satil Schkolnik Rove Iustraciones de (CARMEN CARDEMIL. Delfin de Cofor ISBN. 956-12-1488-1 ‘Predicion: febrero del 2007, Obras Bscogidles 1SBN:956-12-15160, 8" edicion: febrero del 2007 {© 2003 por Sail Sehkolnik Bendersky: Inseripcidn N° 17.606, Santiago de Chile Derechos exelusivos de edicién reservados por Empresa Editora Zig-Zag, S.A, Estado por Empresa Editora Zig-Zag, S.A. Los Conquistadores 1700, Piso 10, Providencia, ‘Teléfono 8107400, Fax 8107455. Ecmal:zigaag@zigzag.cl Santiago de Chile. El presente libro no puede ser reproducido ni en todo nen parte, ni archivado ai transmitido por ningin medio meeinico, ni electrénico, de prabacién, CD-Rom, fotocopia, ‘microfilmacién u otra forma de reproduccién, sin la autorizacign de su editor. Impreso por RR Donnelley Antonio Escobar Williams 590, Cerilles Santiago de Chile RNoh.2e BIBLIOTECA EL? Trer indice + UN AUTO 7 + EL GLOBO OCULAR 21 + LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO 33 + ESA CASA DEL TIEMPO 49 + LOS COLLECTIO ONISTAS 59 *CASL... 69 + MANCHA EN EL CIELO RASO 9 + LOS NUEVOS FLAUTISTAS DE HAMELIN 89 +EL MICROSCOPIO 7 + SAUL SCHKOLNIK VISTO POR Si MISMO 109 Un auto PES OF Bota un modelo no demasiado modemo, aunque no tenfa més de seis aiios. Roberto lo vio y se apasioné por él. Ese co- lor psicodélico... ese no sé qué en el parabrisas delantero... ese aire deportivo... pero, por sobre todo, ese tapiz de los asientos: un listado tigre amarillo y café moro... jfascinante! Un pago inmediato al alcance de sus posibili- dades y varias ~hartas~ cuotas no muy dificiles de cancelar lo terminaron por convencer. Lo llevo -exclam6 satisfecho. Sali6 de la compraventa de automéviles ma- UNAUTO. SS J UN AUTO aS, nejando su flamante adquisicién. Aquella misma tarde decidié ir a mostrarle el nuevo auto a su novia. Clarita no estaba sola, Su mejor amiga habfa ido a visitarla y ambas charlaban animadamente cuando Heg6 Roberto. —jBueno! ~acepté éste algo frustrado por la forzada compaiifa de la amiga, pero contento pues asi podria presumir frente a alguien més. Abundaron las exclamaciones de asombro... ~{Qué Iinea!... ~iY mira el color!... ~iY el tapizi... ~sefial6 la amiga acariciando el dibujo atigrado mientras se trepaba en el asien- to trasero. Estuvieron mucho rato dando vueltas y mas vueltas. Clarita apoyaba su cabeza en el hombro de Roberto y éste, imitando a cualquier buen ga- lan de cine, la rodeaba con su brazo. En cada cale- tao frente a cada playa del camino entre Vifia del Mar y Concén se detenfan, olvidéndose de la ami- ga, para acariciarse. Recién como a la hora de andar vagabundean- do con el auto, Clarita se acord6é de su amiga. —{, Quieres que te vayamos a dejar a tu casa? le pregunt6 sin cambiar su grata posicién. No obtuvo respuesta. ~jTe pasamos a dejar? —insistid. jCompleto silencio! Soltdndose del abrazo de Roberto, Clarita se dio vueltas para encarar a su amiga... El asiento trasero estaba desocupado. {Ni se- fas de su ocupante! —jRoberto! ,Qué pasé con ella? {Qué pasé con ella? -repitié el joven aun embelesado por el paseo-. Debe haberse bajado en una de esas paradas que hicimos... —jTi crees? —jSeguro! Nos vio tan acaramelados que no quiso molestar. Mafiana la lama Sin embargo, al dia siguiente Clarita no lo- ‘gr6 hablar con su amiga. Pee —___wauto gy Tres dias mds tarde, Roberto, que atin no ha- bia salido de su casa, recibié muy temprano la Ila- mada de un compajiero de trabajo. —Roberto le pidid-. ;Puedes pasarme a bus- car para ir a la oficina? Sabes, tengo que llevar una plata que recogt ayer de la sucursal de Quillota. Mi casa te queda en el camino... —iSi, claro! Claro que puedo. Digamos como ete cuarenta y cinco. Media hora més tarde su amigo subfa al auto. (Te importa si me voy atris? Tengo que ordenar estos billetes y las monedas. No alcancé a hacerlo en la casa. -No, para nada. Sube no més... El intenso trafico, los _ inevitables atochamientos, frenazos imprevistos, bocinazos insolentes, luces brillantes, choferes impetuosos, peatones descuidados... en fin, esa jungla calleje- ra a las ocho de la mafiana impidieron que Rober- to pudiera conversar con su compafiero, Es més, como éste no habl6 durante todo el trayecto, hasta se olvidé por completo de él. al. 10 fos UN AUTO AR Al llegar a la entrada del estacionamiento de la empresa, el joven detuvo el auto, abrié el por- t6n electronico, buscé un lugar desocupado y alli se instal6, Recién entonces recordé a su pasajero. —jUE, por fin! -exclamé aliviado-. ;Termi- naste de ordenar? Su compaiiero no respondié. Roberto descendié del auto y miré al inte- rior. jNo habfa nadie! Seguramente, pens6, se bajé a la entrada del estacionamiento. Parece que estaba apurado. ;Po- dria haberme dado las gracias por lo menos! Ya en la empresa, se olvidé totalmente del asunto. Esa misma tarde Ilev6 el auto para revisarle los niveles de aceite, Lo dejé en manos de un me- cénico, se fue a hacer unas compras, y volvi6. —Pensamos que tenia algo roto —le informé el jefe; venia chorreando aceite. ~si? IL J UN AUTO. BX ~Pero no era asf. Lo revisamos bien y no tie- ne nada. Debe tener cuidado, al Ilenarlo, de que no le pongan aceite en exceso. iY Ia bencina? -El estanque estaba leno, sefior, ~¢Si? -repiti6 extrafiado el joven, pero no hizo ningtin comentario. Las obligaciones de Roberto en el departa- mento de ventas de su empresa le exigfan viajar a Santiago al menos una vez por mes. Generalmen- te lo hacfa en una camioneta de la empresa. Ahora aproveché de hacerlo en su flamante auto nuevo. Venia de regreso cuando vio unos jévenes “haciendo dedo’. {Por qué no?, pensé, y sin més detuvo el vehiculo. Vamos a Valparaiso ~dijo uno de ellos aso- méndose por la ventanilla. ~jBien! Yo también me dirijo hacia alld. {Nos lleva? —iPor supuesto! ;Arriba! Subieron -por lo menos eso fue lo que supu- 12 UN AUTO RX P= UNAUTO By so- dos muchachos. Uno adelante junto a él y el otro atrés, EI viaje fue entretenido pues se fue conver- sando animadamente con el joven que ibaa su lado. Un poco antes de Hegar a Valparaiso éste le pidid, que parara. Aqui me bajo. —cY tu compafiero? -1Yo viajo solo! —fue la inesperada respues- ta. El viene.. Pero no completé la frase. Ambos miraron —tecién— al asiento trasero. No habfa nadie. ~jHubiera jurado que el muchacho que esta- ba contigo subié atrés!... —iNo me fijé!, lo siento ~se excus6 el joven bajandose del auto-. jGracias! Roberto se dirigié entonces a la bomba de bencina. Tenfa por costumbre, en estos viajes, Ile- nar el estanque de bencina al salir y luego al llegar de vuelta. La diferencia se la pagaba, por supues- to, la empresa. El ‘bombero’ que lo atendié, luego de hacer 14 lo que se le pedia le entregé la boleta. —4Cémo paga, sefior? —pregunté. Roberto la revis6. {Seguro que est bien? ~{Por qué, sefior? —Acabo de hacer un viaje de ida y vuelta a Santiago. -jSefior! {Usted no creera que le estoy co- brando de menos? Eso es lo que marcé. Roberto volvié a quedarse callado. Le esta- ban cobrando sélo un litro de bencina. jE] auto ha- bia consumido nada més que un litro de bencina! Pago y se fue. Miré el marcador. Indicaba Hleno. {Qué bien!, pensé contento, este autito esta bien carburado. Casi no gasta bencina. ‘Como una semana mas tarde, estando de vi- sita en la casa de su novia, en Playa Ancha, a Ro- berto le robaron el auto. La cosa sucedié ast: El joven habfa ido a ver a su novia. Apurado 15 J UN AUTO y pensando en jvaya a saber qué!... dejé la puerta sin seguro. Fue ese momento el que aprovecharon tres tufianes que merodeaban por alli, buscando, jus- tamente, un auto para robar. Lo vieron salir del vehiculo, esperaron a que se alejara y en menos de lo que canta un gallo abrieron el auto y se lo llevaron. El jefe de la banda se ubicd, como corres- ponde a un jefe, en el asiento trasero, mientras sus dos secuaces ocupaban los de adelante. —iQué tipo tan descuidado! —comenté el que hacia de chofer-. No le eché bencina. Vamos a te- ner que hacerlo nosotros. ~iYa!, pero alejémonos de aqui primer No Ilevaban andando ni una cuadra cuando el jefe comenzé a sentir que le ardfan los pantalo- nes y la espalda. —Apaga la calefaecin —fue lo nico que al- canz6 a decir. ~iNo, jefe! Si esta apaga... -traté de explicar el que iba de acompafiante del piloto, déndose vuel- 16 x | = UN AUTO RX, ta mientras hablaba. Eh, Pelus6n, para! El jefe se est derritien- do... —grit6. El otro compinche detuvo el auto y miré a su jefe en el asiento trasero. Lo que vio fue que éste se iba esfumando. Y en vez del hermoso tapiz atigrado habia aparecido en el lugar en que se ha- bfa encontrado el jefe, un asqueroso agujero de color rojo sanguinolento, que se tragaba Ia aluci- nante mancha en que se habia convertido el pobre hombre. Los restos de lo que habia sido su jefe no tardaron en desaparecer por completo y la nausea- bunda abertura se cerré —casi como esbozando una sonrisa— dando paso nuevamente al tapiz rayado café amarillento. Los dos hombres se miraron horrorizados. Sin que fuera necesario intercambiar una sola pa- labra, abrieron sus respectivas puertas y huyeron despavoridos hasta perder de vista el auto. Cuando Roberto, no mucho rato después, bajé en busca de su vehiculo, no lo encontr6. 17 / 2 426 MATTE? , Je UNAUTO, UN AUTO ee Un muchachito que habia presenciado el robo le indic6, entonces, lo que habia sucedido. —Lo raro —le dijo es que aqui subieron tres hombres y all4, en la otra cuadra, pararon el auto y se bajaron, pero sélo bajaron dos. Aquello extrafié sobremanera a Roberto, Record6 algunos hechos més o menos recientes, Evocé a la amiga de su novia. No se habfa sabido de ella desde aquel dia. A su compafiero de oficina, del que nada més se habia podido saber. {Se habria escapado con todo el dinero que Heva- ba? Y ese muchacho que, suponia, habia trafdo de Santiago.. Todos ellos habfan bajado del auto sin que él lo notara. Y ahora este nifio afirmaba que habfan subi- do tres hombres, pero que habian bajado sélo dos. Intrigado, se dirigio a su casa. Alli decidié averiguar cudn silenciosamente podia uno descen- der desde el asiento posterior. Subi6 al auto y se senté en el asiento trasero. Esper6, meditando unos momentos. 18 | Pero entonces... comenz6 a sentir que sus piernas y también su espalda se calentaban jms, mucho mas allé de lo normal! Intent bajar. El pantalén parecfa como ad- herido al tapiz. Le era imposible moverse. Miré el asiento. En vez del recubrimiento atigrado de rayas amarillas y café moro descubrié una aterradora y malévola abertura de un color rojo carne, que se abria enorme bajo él y lo succionaba... lo succionaba... lo succionaba... mientras el estanque de bencina aunque él no lo vefa~ se Ienaba de un nuevo y econémico combustible. Después de un par de semanas de haber desaparecido Roberto sin dejar rastros, su fa- milia decidié vender el auto. iT, que quieres comprar un auto usado! {Cuidado! ; En alguna parte de la ciudad ese terrorifico vehiculo anda suelto. Lastima que nada més te puedo decir, pues no recuerdo su marca, el afio de 19 J UN AUTO fabricacién ni el color. El Globo Ocular Puede ser cualquiera de los queestinen venta | 7S por ahi... E Globo Ocular aparecié una noche cual- quiera en la interseccién de dos importantes ave- nidas de Santiago. Claro que no era un globo ocu- lar gigantesco —media casi dos metros de diémetro— sino ‘algo’ parecido. Los periddicos, la television y la holovisién, acogieron la aparicin de este artefacto fotogra- licindolo desde todos los angulos posibles y no falté cl periodista ingenioso que lo bautizé con el nom- bre de El Ojo, debido, justamente, a su parecido con un globo ocular, con un ojo humano. Tenia, en todo caso, algo que podria haber 20 21 ELGLOBO OCULAR sido un iris de un sombrio color verdoso, una pupi- Ja de una negrura total adheridos a un globo —pare- cido al globo ocular-, recortido por finos y lébre- gos conductos ~{serfan venas?— sanguinolentas, violetas y rojas. Por supuesto que a nadie le Hamé especial- mente la atencidn. Casi todos supusieron que era otro artefacto para controlar la velocidad de los vehiculos, Ya los santiaguinos se habfan acostumbrado a las cdmaras ocultas de television que vigilaban sus movimientos. Mas que seguro, ésta era una de tiltima generacién. Aunque habia un detalle esencial, por su- puesto, como todos los detalles— el Globo Ocular no era algo s6lido. Era algo asf como una figura de tres dimensiones. Algo que podria ser, 0 bien una imagen de realidad virtual, 0 bien un holograma. Por ello algunos afirmaron que se trataba de una nueva e ingeniosa propaganda... (Y cada dia Ja propaganda era més ‘ingeniosa’, en el peor sen- 22 ELGLOBO OCULAR tido de la palabra). La verdad es que para el affo 2015 la gente se habfa acostumbrado a tantas novedades que ya nada le extrafiaba. En todo caso, casi podrfamos decir que, aun- que no pasé desapercibido, a nadie le import6 gran cosa, aunque ni los vehiculos ni los peatones osa- ron acercarse a menos de diez metros del ‘objeto’. Lo tinico cierto es que alli estaba ‘el Ojo’, inmévil y silencioso. Hasta que... (pero esto casi nadie lo supo). Hasta que una noche de invierno, alrededor de las tres de la mafiana, una noche frfa como el aliento de una serpiente, una noche en la que soplaba un estremecedor ventarrén que hubiera calado los huesos de cualquier transetinte que a esa hora hu- hiera osado desafiar la oscuridad, una noche sobrecogedora y siniestra... la pupila del Ojo co- menz6 a exudar unos ligubres destellos. Después de unos momentos, desde alguna ate- rradora profundidad comenzaron a brotar unas sa- bandijas del tamafio de un lobo, parecidas a babosas, 23 P= ELGLOBO OCULAR amarillentas, resbaladizas y casi transparentes, que Se arrastraron por el pavimento segregando una nauseabunda supuraci6n verdosa, que desaparecta casi de inmediato. Los bicharracos reptaron sigilosamente por las calles cercanas, como si estuvieran tratando de ubicar algo... De vez en cuando tres de ellos se acoplaban y se enroscaban y se ergufan formando una espi- ral de masa pegajosa y repulsiva. Bra como si for- maran una especie de antena que, al parecer, les servfa para comunicarse con... ‘algo’... allé afue- ra, en el espacio sideral. No obstante, como al parecer esa noche las alimafias no encontraran lo que habfan venido a buscar -{o sf?-, retrocedieron hasta el ‘Globo Ocu- lar’ y volvieron, siempre en el més completo si- lencio, a penetrar en su insondable oscuridad. Al amanecer, en la ciudad todo segufa igual: ahi estaba El Ojo, inmévil, silencioso y hermético. Sin embargo, como a media maitana todo 24 Qe re EL.GLOBO OCULAR SS cambié. Y no para mejor, por el contrario... cuan- do el trdnsito estaba mas denso que nunca, la pu- pila del ‘Globo Ocular’ comenzé6 a brillar de nue- vo (étricamente. Todo el mundo se detuvo. De inmediato Ilegaron las fuerzas del orden cmpuiiando sus armas en previsién de cualquier contingencia. Entonces comenzaron a aparecer las resba ladizas babosas de color bilioso, sembrando el pa- nico entre transetintes y automovilistas. La policia ordend despejar el area, colocé barreras formando un cfrculo de unos cien metros de diémetro alrededor del Globo Ocular y se dis- puso a detener a aquellos repugnantes cspecimenes. —jAlto! -ordené el oficial a cargo del pelotén. Pero las babosas parecieron no escuchar la orden 0 no la comprendieron, 0 simplemente no | respetaron— y continuaron desparramandose por ambas avenidas, dejando un olor nauseabundo a su paso. ox EL GLOBO OCULAR By En vista de esto el oficial ordené atacar. Las rifagas de metralletas, los disparos de las pistolas, los potentes chorros de agua lanzados por los camiones cisternas, el silbido de las bom- bas lacrimégenas llen6 el aire de estridencias, agua, gases y balas. Cualquier ser vivo que hubiera estado en aquel lugar habria suftido las consecuencias de las bombas, del choque del agua y hubiera perecido de inmediato bajo el impacto de las balas... ;pero nada de eso sucedié! Las tétricas babosas continuaron avanzando sin que nada las detuviera. Parecfan ser s6lo una. imagen tridimensional, una imagen de realidad vir- tual... Ninguno de los elementos disuasivos o mor- tales disparados por los policfas surtié efecto. Las balas las atravesaron sin causarles el menor daiio. Es mas, pronto los bichos alcanzaron las va~ llas que deberfan haberlos detenido y las cruzaron como si estuvieran hechas de mantequilla. De tanto en tanto, tres de ellos se enrosca- ban elevaindose levemente del suelo, permanecian 26 = EL GLOBO OCULAR XB = ELGLOBO OCULAR XM asf durante un buen rato y luego se separaban y volvian a reptar, Tiempo después se supo que desde cada una de esas ‘antenas’ era enviado un mensajéa miles de naves, semejantes al Globo Ocular, que cit- cunvalaban nuestro planeta, “Fuerza de choque a nave nodriza, Fuerza de choque anave nodriza, Pueden descender. Pue- den descender. Esté demostrado que estos seres biodegradables son incapaces de defenderse de nosotros, La invasién puede comenzar en cual- quier momento. La invasién puede comenzar en cualquier momento”. Y recibfan de inmediato la respuesta: “Nave nodriza a fuerza de choque. Nave no- driza a fuerza de choque, Procederemos at des- censo. Procederemos al descenso. Indicar luga- res especificos. Indicar lugares especificos,” Entonces las espirales enviaron los datos re- 28 queridos: “Deben elegirse areas con gran densidad de elementos inertes. Gran densidad de elementos inertes. En ellos se concentra la mayor cantidad de seres bipedos biodegradables. La mayor can- lidad de seres bipedos biodegradables”. Desconociendo absolutamente estas comu- nicaciones —ya que ningtin instrumento terrestre le los que existian en ese momento, aunque que- daron debidamente registrados-, hubiera sido ca- paz de interpretarlas-, el oficial, frustrado en sus intentos por detener a aquellas repugnantes alima- fas, decidi6 que era hora de acudir a instancias superiores e hizo llamar a las fuerzas especiales. Sin embargo, antes de que éstas Ilegaran, extrafiamente y sin ningtin motivo evidente, las \isquerosas sabandijas comenzaron a retroceder y icrminaron por refugiarse dentro del Globo Ocu- lur, dejando tras de sf s6lo un olor inaguantable. Algunos valientes agentes de seguridad se 29 os EL GLOBO. OCULAR XL EL GLOBO OCULAR = AX acercaron para mirar hacia el interior del Globo Ocular. iNo lograron ver nada, absolutamente nada! Lo tinico que pudieron pereibir fue un vacfo tenebroso y pestilente, del cual se alejaron lo mas rapidamente posible. ~Bueno —opiné el oficial a cargo— parece que, después de todo, los asustamos. Ya no seré nece- Saria nuestra presencia. Y sin més ordené el retiro de las vallas y, con, sus hombres, abandon6 la esquina de las dos ave- nidas. Pero esa misma noche... miles de naves extraterrestres comenzaron a descender solapada- mente en el lado oscuro de la Tierra y, a medida que el planeta giraba y otras grandes ciudades fue- ron quedando en el lado oscurecido del planeta, Jas naves invasoras fueron descendiendoen ellas, Asi, en cada una de las grandes urbes terres- tres apareci6 una nave Ojo, pero eso no fue lo peor. Lo mis horroroso fue que desde cada uno de 30 esos Globos Oculares, luego de brotar el extrafio y maligno fulgor, comenzaron a descender miles y miles de fétidas babosas. Los habitantes de las ciudades dormfan ino- contes, totalmente desprevenidos. Las alimafias extraterrestres esta vez no ieptaron, desplegando unas sutiles alas tefiidas de un escalofriante rojo sangre, volaron penetrando a (ravés de los vidrios de las ventanas e incluso atra- vesando las sélidas murallas de las casas y edifi- cios hasta situarse justo encima de sus moradores. Lo que debia seguir era sencillo para ellas: \enfan que penetrar en el interior de los humanos y devorar sus cerebros; luego se instalarfan alli y los controlarfan. Flotando sobre las indefensas mujeres, hom- bres y-nifios, los pardsitos espaciales esperaron unos momentos como si estuvieran aguardando una orden escalofriante. Cuando ésta Ileg6, las ba- hosas plegaron sus alas e introduciéndose por las bocas de las personas dormidas se dispusieron a devorar sus cerebros. 31 Pe EL GLOBO OCULAR Pero entonces, algo fall6... algo que los re- pulsivos invasores no habfan considerado... Los nauseabundos especimenes Iegados de otra dimensién, no s6lo parecfan ser una imagen de realidad virtual 0 de holograma... jLo eran! Eran entes tridimensionales incorp6reos, ho- rrendos, impalpables. Tan etéreos, tan tenues, que penetraron por las bocas de los humanos pero continuaron, jinvoluntariamente, claro!, atravesando cuerpos —asi como habjan atravesado murallas, pisos y ven- tanas~ y luego traspasaron la ropa de cama y los colchones y catres y suelos hasta llegar al primer piso en donde, al parecer, la tierra los detuvo. Lo intentaron varias veces. El resultado fue siempre el mismo. jLa gloriosa invasi6n al planeta Tierra habia fracasado! 32 y=_Las piedras caidas del cielo. E a noche una Iluvia de meteoritos cayé sobre la pequefia aldea en las cercanfas de Putre. Nadie se dio cuenta porque a las dos de la majiana los pobladores y sus familias dormfan. Cayeron los meteoritos y quedaron esparci- dos por los patios de las casas. Por Ja mafiana, los nifios fueron los prime- ros en verlos. Parecfan bolones de cristal, de unos dos a tres centimetros de didmetro, de esos llama- dos ‘ojo de gato’ por la semejanza de la Figura que puede apreciarse en su interior. Las piedras eran hermosamente transparen- J LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO tes y el ‘ojo’ podfa ser de cualquier color. En ver- dad habia piedras con ‘ojos de gato’ de todos los colores imaginables. -iMiren, miren! -le dijo el Lalo a sus her- manos- a alguien se le cayeron sus bolitas... Recogi6 una, la miré e inmediatamente le dieron ganas de hacerla/rodar entre las palmas de sus dos manos, casi como haciéndole carifio. Asf permanecié un largo rato, ‘Sus tres hermanos, al ver la cara de contento que ponfa el Lalo, recogieron cada uno una bolita y comenzaron a hacer lo mismo. En ese momento aparecié en el umbral la madre y viendo que sus hijos permanecfan quie- tos y casi con las bocas abiertas, los ret {Qué hacen, flojos? ;Acaso no los mandé a traer lefia? En vez de responder, uno de los nifios reco- gié otra piedra y se la pas6 a su madre: —Mira, mamé. Mira qué linda. La madre tomé la piedra y la miré con cu- riosidad. En el acto sintié un fuerte impulso de 34 5] LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO BS frotarla entre ambas manos. Todos permanecieron frotando las piedras hasta que el padre se asomé a la puerta gritando: —7Ya pu’ Rosi! ,Qué fue con el desayuno? ~Ya voy, ya voy, José... -dijo la mujer sin dejar de frotar la piedra. {Qué estén haciendo? —pregunté entonces cl padre al ver que también sus hijos permanecian inméviles haciendo girar unas bolitas de cristal en- (re sus palmas. Se agaché y recogié uno de los meteoritos. Lo observé cuidadosamente. Le parecié, por unos instantes, que eso que habia en su interior ~y que era igual que el ojo de un gato— habfa brillado. Sentandose en los escalones de la entrada de su casa frot6 con placer la piedra. Nunca José se habia sentido tan contento como en ese momento. Asfestuvieron, al menos, durante tres horas. Y no sdlo ellos, todo el pueblo hacfa exactamente lo mismo. Los meteoritos habfan cafdo casi por igual en todas las casas. LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO Al cabo de esas tres horas cada hombre, ca mujer y cada nifio dej6 su piedra ‘ojo de gato’ buen resguardo y, recién entonces, partié a traba- Jar, cada cual en lo suyo los adultos, y a la escuel los nifios. A mediodia todos volvieron a sus hogares almorzaron con demasiado apetito, A la hora de la siesta -aunque es important aclarar que antes de que cayeran esas piedras del cielo, no todos en el pueblo acostumbraban a to- mar una-, vale decir, como a las dos de la tarde, cada uno de los habitantes del poblado tomé nue- vamente su piedra y comenzé a frotarla con sus dos manos sintiendo una satisfaccién interior in- creible. Tres horas més tarde, se dirigieron a sus que- haceres habituales, para terminar el dia comiendo. con un exagerado apetito y acostandose de inme- diato mucho més agotados que de costumbre. Esa noche no hubo tertulia en ninguna casa ¥; Cosa curiosa, tampoco nadie hizo un comenta- rio acerca de los extrafios meteoritos, 36 LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO Pe S Entretanto, las piedras permanecieron sobre mesas y repisas. Aunque no habfa luces, si alguien hubiera despertado habrfa notado que despedian un raro fulgor. Como a medianoche, en medio de un silen- cio sepulcral, los ‘ojos’ de algunas de las piedras transparentes comenzaron a vibrar cada vez con mayor fuerza y a alargarse hasta que... ;plof!, se dividieron en dos. En ese momento el guijarro también se partié en dos mitades quedando, cada uno, con su respectivo ‘ojo de gato’. El dia siguiente fue idéntico al anterior, sal- Vo por el hecho de que a cada forastero que lleg6 © cruz6 por el pueblo, alguno de sus habitantes se encargé de darle varios meteoritos. —Pa’ que usté los reparta alla por su pueblo... —fue la confidencia que acompaiié al regalo. Por supuesto que todos quienes recibieron algunas ‘bolitas’, en algtin momento se dedicaron a frotarlas con las palmas de ambas manos, sintién— dose tremendamente contentos pero con una sen- sacion de agotamiento extremo. 38 LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO. P= s Una semana més tarde todos los habitantes de la ciudad de Putre, asi como de otros pueblos vecinos, frotaban dos veces al dfa las piedras ‘des- cendientes’ de aquellas que habfan cafdo del cie- lo, Todos se sentian felices y satisfechos al hacer- lo, aunque luego experimentaran cierta debilidad. -Es que el placer agota —afirmaban los ex- pertos. Al mes, todo el norte de Chile frotaba las piedrecillas. Lo que nadie sabfa atin, era que los primeros pobladores que habfan recibido los gui- jarros con ‘ojos de gato’ estaban al borde de la muerte por agotamiento fisico, aunque se alimen- taban mucho mis de lo que antes lo hicieran. Fue entonces cuando en los observatorios del Tololo con sistemas para captar los sonidos que pudieran provenir del cosmos se obtuvieron fuer- sefiales, que partian de la tierra hacia el espa- cio y otras que retomaban. Obviamente no pudieron o no se interesaron, preocupados como estaban de frotar bolitas ‘ojo tes 39 = LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO de gato’, en traducir dichos mensajes. Jaime trabajaba en uno de estos observato- rios. El era uno de los astrénomos ayudantes en- cargados. Pero Jaime tenia un problema. Siendo atin muy joven habfa perdido un brazo. Los médi- cos habfan logrado reemplazércelo por uno ortopédico, pero él advertfa que no era lo mismo. Se sentia rechazado por sus compafieros, por las muchachas... en fin, no era feliz. Y para aliviar su pena se dedicaba con ahinco al trabajo. Ahora, todo el personal del observatorio rea- lizaba algo para él incomprensible: frotaban con las palmas de ambas manos, al menos durante unas seis horas diarias, pequefios pedruscos —muy lin- dos, por cierto— con dibujos de colores en su inte- rior. Ninguno de ellos le habfa podido dar una ex- plicacién de por qué hacfan aquello. —jNo sabes lo que te pierdes! —Me encanta hacerlo. —Me siento feliz... ~eran las respuestas. Tomaban las bolitas de cristal con sus ma- nos y las frotaban. 40 3) LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO S Pero si una de sus manos era metillica, ;c6mo podrfa frotar las piedras? Molesto, una vez més, por estar imposibili- tado de hacer lo que todos los demiés realizaban, me se dirigié a la sala de traductores. Consi tian éstos en poderosos computadores capaces de traducir cualquier lenguaje o cualquier clave por dificil que ésta pareciera. Y estas sefiales que iban y venian desde la tierra al espacio estaban en uno de esos lenguajes. Jaime habia logrado graficar ambos mens jes. Ese ya era un gran adelanto. Se senté frente a un escritorio y contempls la hoja con los extrafios signos: Las sefiales que viajaron desde la tierra eran asf: DOM orempSmpXeom 2M ess MeCN MP«M, xmeMOXOD HOOMeM+S2S +X OMOMmsmpm< NOES PISOSSAS GS mole 400 S estar Am ro OxMOQAN +@OMA*XOOM+ m+ Mesa onmemt st $S5e MOO wON-oOOe Sax oOe 4 = LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO Doornexesoomes ons SMe One LOOMOX2KSOOs B moe O¢eeKDexmSonr st Y éste era el mensaje que Hegé de vuelta: FNaSerM ONLMKQKeoah oO xMLexmXe SOO ROO memos osoen =Mone Momesmeseo oeao Oesmes ooosemeno am MeL OYLS QNOOe YX Iwan ODOM mANOOe semen om xmOme axSeos Atin después de un dfa de trabajo, la traduc- ci6n de aquellas comunicaciones entregada por las maquinas fue muy parcial; s6lo obtuvo algunas pa- labras sueltas: Primer mensaje: Domesticacién 2m ess especie inferior MOonemesas xm OMomssmch MM #6) Energia traspasada S eOeOeoos & eOGem An + 42 SE LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO aS miembros superiores M+ MGUMpnL en mem eGe MOOU mem-ooO+ Seen oOe DOOM} xeSOOms OMS eM OF AOOMeHeXMSOOr y multipli- camos. Mensaje de retorno: Mensaje OMLMXQ¥2O0 ens AMLexMmXOSODe a POO meneos Osoem =xmon- mOsesmese2o oO¢+00 planeta OOO2e¢meco =m energia biolb- gicast) ~ODTMmaMoos vuelode xHoOmaKs ooa Jaime escribié las palabras que apare- cian en castellano: 1 Domesticacién — especie inferior ~ ener- fa traspasada — miembros superiores — y multi- plicaremos. 2 Mensaje — planeta ~ energia biolégica vuelo de — LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO aS Laconclusién en la primera comunicacién era clara, Quienes transmitfan el mensaje pertenecian a una especie biolégica que se sentia superior y que estaba ‘domesticando’ ala ‘especie inferior’. Lue- go estaban las palabras ‘energia traspasada’, que podria relacionarse con los ‘miembros superiores’, las manos. ¥ todos los seres humanos, al parecer, usaban sus ‘miembros superiores’ para j‘traspa- sar energia’ a esa especie superior? -Entonces ~se dijo elaborando sus propias deducciones-, fueron las piedras las que enviaron el mensaje. La conclusi6n en el segundo mensaje no era tan manifiesta: La ‘energia bioldgica’ podia ser la humana, pero gel planeta mencionado era la Tie- rra? {volarian aquellos seres que respondian ha- cia la tierra completando una invasién? £0 la in- vasién ya habia ocurrido? Cualquiera que fuera la respuesta, habfa que hacer algo... {Eran aquellas extrafias piedras las que esta- 44 LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO XB res ions catnas pee. _ag ban domesticando a los hombres y extrayendo sus energias? {.Estarfan todos los terrestres ya sometidos? Bueno, la respuesta a la segunda interrogan- te la daba él mismo: quienes carecfan de una o de ambas manos no habfan sido dominados atin. Para responder a la primera pregunta, sim- plemente sacé un martillo de Ia caja de herramien- tas, tomé una piedra que uno de sus compafieros habfa dejado sobre el escritorio y jpuf!, la rompié en mil pedazos. Esper6 un rato y como nada sucediera, aga- 1r6 las otras bolitas que encontré en el observato- rio -nadie se habia preocupado de ocultarlas— y las hizo aiticos. ‘Al llegar la hora en que tod ban frotar las piedras tampoco sucedié nada. A lo sumo una mirada de extrafieza o un levantarse de hombros. El personal del observatorio sencilla- mente siguié adelante con sus labores como si nada hubiera sucedido. Ya mas seguro de qué era lo que debfa hacer, s acostumbra- 45 Je LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO BR J LAS PIEDRAS CAIDAS DEL CIELO XS Nota: Puedes entretenerte descifrando tti los mensajes. Si no logras hacerlo, busca las respuestas en cl anexo de la pégina 107 del libro. Jaime buscé una guia de teléfonos y averigué el niimero de la Asociacién de Lisiados a la cual él pertenecia: —jAl6! ;Juan? ¢Hay piedras ‘ojo de gato’ cer- ca tuyo?... Esto es lo que ti y el resto de los man- cos deben hacer... mientras tanto me comunicaré con lisiados de otras ciudades, Si alguien se hubiera detenido a traducir un. Ultimo mensaje enviado desde la tierra hubiera podido leer: eM mM, a2moxoo OM Qmenm2orm LOS COLLECTIO ONISTAS x ron sus palabras textuales— a la totalidad de los presentes, representantes de todos y cada uno de los estados, paises, regiones, pueblos, razas y tri- bus del mundo, que habfan acudido -en total algo més de mil doscientas personas-, repletando el im- ponente salén de honor del edificio de las Nacio- nes Unidas, a fin de mirar y escuchar, e incluso conseguir algtin autégrafo, de estos primeros extraterrestres llegados al planeta Tierra. Por supuesto que ninguno de los humanos quiso perderse la invitacién. El griterfo y el tu- multo en el elegante salén de honor de las Nacio- nes Unidas fue maytisculo. Las peleas ~a golpes en algunos casos~ entre los delegados, intentando conseguir una invitacién, fueron descomunales. Algo se calmaron los espfritus de los Homo Sapiens cuando los Collectios les indicaron que no se requeria de invitacién: -La visita se hard en este mismo momento ~anunciaron. Asf es que, de inmediato, las naves esféricas se repletaron de hombres y mujeres que forcejeaban 62 = L08 COLLECTIO ONISTAS Ry y vociferaban intentando penetrar en ellas para no perderse la visita, Es necesario reconocer, desgraciadamente, que el espectéculo que los humanos brindaron a los Collectios fue por decir lo menos— bastante lamentable. Cuando todos —porque finalmente cupieron los mas de mil doscientos delegados—hubieron en- trado en las esferas, éstas, volando nuevamente a la misma increfble velocidad con que habfan Ile- gado, se alejaron en direccién a la Luna. Alli, disminuyendo su velocidad, se acerca- ron al mayor artefacto espacial que los hombres jamés hubieran imaginado. Era una embarcacién de forma también esféri- ca, muchisimo —pero muchisimo~ mayor que aque- llas que en realidad no eran tan pequefias— que in- tegraban la flota que habia descendido en la tierra. Esta nave estaba rodeada, segtin pudieron ver los terricolas a medida que se fueron acercando, por un tubo circular junto al cual atracarfan las mas chicas. 63 Ml LOS COLLECTIO ONISTAS x Los terrestres estaban abismados. ~{Cudnta tecnologia... —iCudinto avance cientifico!... —(Cudnta potencia industrial! j ~jCunto trabajo y esfuerzo!... ~jCuantos délares!... —o su equivalencia en moneda collectiana. Uno a uno fueron penetrando los delegados oficiales y extraoficiales -representantes de todos: y cada uno de los pafses, regiones, razas y pueblos del mundo-, por una manga —igual que en los aero~ puertos— extendida desde cada nave de acarreo hasta. el tubo que circundaba la esfera principal. Una vez dentro los invitaron a subir, en gru- pos de a diez, en unos carritos descubiertos que los fueron Ilevando a sus puntos de destino. Al parecer, segtin pudieron apreciar quienes tuvieron que recorrer una mayor distancia, la cir- cunferencia de la nave era de aproximadamente unos cuatro kilémetros. Cuando el carrito llegaba a su destino, se les pedfa a los visitantes que descendieran y que se 64 LOS COLLECTIO ONISTAS a aa encaminaran a sendas puertas. Un humano por cada una. Los terrfcolas penetraron por estos accesos, que se fueron cerrando recia y herméticamente tras ellos. Al ingresar se encontraron en unas habita- ciones todas idénticas~ de unos tres metros por lado; el muro en el que estaba la puerta y los dos laterales, asi como el piso y el cielo, estaban acol- chados; la cuarta pared era vidriada y permitia ver a través de ella el interior de la gran nave. La palabra estupor es insuficiente para des- cribir lo que percibieron los humanos al penetrar en los recintos. Aquellos que esperaban observar grandes maquinas exéticas y complejas, se desilusionaron. Los que suponfan un puente de mando con astronautas de brillantes uniformes sentados fren- te a extrafias pantallas, quedaron defraudados. Quienes esperaban ver un despliegue de tecnolo- gia, se frustraron. Lo que todos los terrestres por igual pudie- 66 LOS COLLECTIO ONISTAS oe BK ron ver fue una enorme plaza rodeada por mas de mil doscientos ventanales, tras cada uno de los cua- les habfa un humano que, apoyado en los crista- les, miraba estupefacto hacia la gran explanada. Por ésta circulaban, como quien da un paseo un domingo por la tarde, algunas decenas de collectios, ancianos, adultos, jévenes y nifios que observaban con bastante curiosidad y algo de re- celo estos especimenes recién llegados. Nos queda por agregar que en cada ventanal —por el lado de la plaza, por supuesto— habfa un letrerito que decfa: BOLOTEORS etD SH SHAOLOCO Ke COX BOBO Fi.%OoR+ lo que traducido a nuestra lengua querrfa decir: HOMOTECA. Individuo en exhibicién: Especie Homo Sapiens 67 y= LOS COLLECTIO ONISTAS Ss Mientras los representantes de todos y cada uno de los estados, pafses, regiones, tribus, razas y pueblos del mundo, delegados oficiales y extra- oficiales a las Naciones Unidas, que estaban en el interior de la nave intentaban explicarse qué era lo que les habfa sucedido, ésta volaba ya fuera del sistema solar en direcci6n a... Casi... Contrariamente alo que se cree, no todos aquellos j6venes y muchachas que estudian Teo- logia desean ser sacerdotes, rabinos, monjes 0 pas- tores. No. Muchos estudian Teologia porque de- sean investigar acerca de las religiones y sus creen- cias, acerca de libros sagrados como la Torah, el Popol-vuh, el Coran, la Biblia, los textos budistas u otras escrituras... Este era el caso de Enrique. A él le interesaba conocer acerca de la Bi- blia y, més especfficamente, todo lo referente al Apocalipsis. En resumen, lo que querfa saber era 69 ma CASI cuando seria ‘el fin del mundo’. Qué siglo, qu aiio, qué da... Por eso habia estudiado Teologia. Cursé todos los afios como un brillante alum: no y al llegar el momento de tener que realizar s tesis de grado eligié como tema “El dia del fin del mundo”, con un subtitulo no menos atractivo: “In: terpretacién moderna del Apocalipsis”. Pero no trabajé solo. Logré convencer a José, un estudiante del ramo de Historia que se educaba, no para ser pro fesor, sino para ser historiador, o sea, para investi gar acerca de hechos ocurridos en el pasado. Entre ambos fueron colocando datos y mas tos extrafdos del tiltimo de los libros de la Biblia en programa especialmente preparado del computador. El Apocalipsis, como todos saben, es el li bro biblico en donde San Juan, el teélogo, relat como dice textualmente el libro en su capitulo pri: mero, versiculo uno, “las cosas que deben suce der pronto”. = XB Enrique se habia interesado en este tema, jus- tamente al leer aquella frase y otra del mismo ca- pitulo, pero del versiculo tercero, que decia, tam- bién textualmente: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecta, y guar- dan las cosas en ella escritas: porque el tiempo esté cerca”. Y se habia sentido atraido mas que nada por estas tiltimas palabras, que incluso habia escrito y colocado sobre la cabecera de su cama: “ Porque el tiempo esté cerca” Pero, como todos saben también, el Apoca- lipsis no entrega directamente los datos necesa- rios para saber cudndo ser el ‘acabe de mundo’. Los trae en forma tal que deben ser descifrados, {Qué significa, por ejemplo: “y tenia a su diestra siete estrellas” ? O la otra frase que dice: “Después de estas cosas miré y he aqui una puer- ta abierta en el cielo”... Pero quizas una de las expresiones que mas 71 pm ASL. a J cast By inquietaban a Enrique era aquella en que se afir- maba que hab/a un libro escrito de dentro y de fue- ra, sellado con siete sellos... a la que se agregaba, dos versiculos mas adelante, otra: “Y ninguno po- dia, ni en el cielo, ni en la Tierra, ni debajo de la tierra, abrir el libro, ni mirarlo”. Indicaba también el Apocalipsis que los se. llos se irfan abriendo uno a uno causando tremen- das catéstrofes y desastres en la Tierra... {Qué pasaria al ser abierto el tiltimo sello? En ese momento, las desgracias serfan mot truosas, terrorificas, espeluznantes, inimaginables... La gran pregunta que le surgfa al joven in. vestigador era, entonces, ,cudndo?, gcudndo su: cederia aquello? Ese cuando estaba también indicado, per habia que descifrar las sefiales que la Biblia ent gaba y luego hacer los célculos correspondientes, Se hablaba, por ejemplo, de cuarenta y do’ meses, luego de mil doscientos sesenta dias. Mas adelante, en el Capitulo 20, se decfa: “y reinaron con Cristo mil afios”’... Por otra parte, se hablaba del fuego que ha- bia de caer sobre la Tierra y Enrique recordaba las bombas atémicas lanzadas sobre las ciudades de Nagasaki e Hiroshima a fines de la Segunda Gue- rra Mundial, Asimismo se decfa que el cielo se abriria... LY no podia ser aquello el famoso y espeluznante ‘hoyo en la capa de ozono’ que dejaba entrar el calor ardiente del sol quemando a los humanos? Fueron muchos los indicios y muchas tam- bign las noches que Enrique y José pasaron en vela intentando —con éxito, jsi, con éxito!-descifrar los misteriosos mensajes del Libro del Apocalipsis. Finalmente, al bordear el mediodia del 31 de diciembre del 2033, completaron su estudio. No obstante, més que la alegria por haber (erminado, fue una profunda angustia y un recén- dito temor lo que se reflejé en sus rostros. {Angustia? ;Temor? Si... porque la con- clusién de su investigacién les advertia que ese mismo —sf, ese mismo- 31 de diciembre del aiio 2033, exactamente a las 23 horas y 59 minutos, es 73 Pe—___—_SS org decir, al llegar la medianoche, era la fecha y el momento exactos en que se acabaria el mundo. ¥ faltaban sdlo doce horas. {Caerfa acaso desde el cielo un fuego que lo arrasarfa todo? ¢Serfan los monstruosos drago- nes, una plaga de langostas, o animales Ilenos de ojos los que devorarian a la humanidad? 0 quizds fueran fenémenos naturales, terre- motos, erupciones, marejadas, huracanes, tormen- tas o inundaciones los que devastarian la Tierra? {0 tal vez un cataclismo de todo el universo? Ninguna de estas preguntas, y de tantas otras, _ tenia respuesta, solamente sabfan que el tiltimo dia de aquel aiio del siglo veintiuno era el definitivo, _ Ni siquiera tenfan la posibilidad de entregar su trabajo ese dia: era viernes vispera de Afio Nue- — vo y todos los profesores se habfan tomado la tar- _ de libre. Cabizbajos, se retiraron a sus respectivos hogares. Ahora, slo cabfa esperar... Enrique leg6 a su casa. No quiso almorzar. Se recosté a dormir una siesta y luego se baiié y__ 14 CASI comié. Cualquiera que fuese la manera como el mundo se iba a terminar, él estaria listo, descansa- do, limpio y bien alimentado. Estaba invitado a una fiesta de Afio Nuevo pero, por supuesto, no irfa, Aso de las diez toms los papeles de la tesis, Ilenos de célculos y citas, y comenz6 a revisarlos. Como a las once y media, le parecié haber encontrado un error... -Obvio ~exclamé esperanzado-. {No es el 31 de diciembre del 2033, sino el 31 del aito si- guiente, del 2034. éC6mo no se habjan dado cuenta? Tomé el teléfono y llamé a José. ~Al6, (José? ¢Sabes? Estoy casi seguro de que tenemos un error en nuestros célculos. ~Y, en- tusiasmado, comenzé6 a explicar cual podrfa ser la equivocaci6n que habfan cometido. ~iCasi seguro?... -dud6 su amigo. El reloj del comedor comenzé a dar las doce... Pm ASL S Mientras Enrique hablaba, afuera, en el cie- lo comenzaron a desaparecer las estrellas. Una a una, miles, millones de soles y galaxias fueron apagdndose hasta dejar el firmamento mas negro que nunea. Entonces empez6 a desvanecerse la luna... 77 Mancha en el cielo raso Jee en ter FASO sg Rosy no tenia suefio, Ese dia se habia despertado tarde y, flojeando, se habfa quedado dormitando en Ja cama hasta casi media mafiana. En fin, el resultado fue que recién como a las once se estaba comenzando a levantar. Durante el dia no sucedié nada digno de mencionarse. El problema surgié por la noche, cuando Roby no logré dormirse. Sin embargo, como sus padres no aceptaban que se quedara va- gabundeando por la casa, a eso de las nueve y media lo enviaron directo ala cama, sin derecho a reclamo. 719 Je MANCHA EN EL CIELO RASO Ry A Roby no le gustaba mirar libros aunque sf tenfa revistas de dibujitos, por lo que se llev6 va- rias para hojear. Como a las diez ya las habia mirado todas. Suspirando, se dio unas vueltas con los ojos cerrados en un intento de encontrar una posicién confortable que le permitiera dormirse. Pero no lo logré. Decididamente estaba desvelado... y aburrido.. Entonces se le ocurri6 mirar las manchas que habfa, en gran cantidad, en el muro de madera fren- te a su cama y también en parte del techo del dor- mitorio, producidas ya fuera porque la pintura se habia descascarado, por una gotera 0 por los nu- dos de la madera misma. Siempre le habia gustado encontrar en elas caras de animales y figuras extrafias, pero ahora parecia que los animales estaban enojados y las formas caprichosas le parecfan repulsivas. Un estremecimiento recorrié su espalda. El farol de la calle, cercano a su ventana, alumbraba con una luz mortecina, verdosa, casi 80 Fs MANCHA EN EL CIELO RASO S perversa, provocando espeluznantes sombras en el interior de la pieza, lo que aumentaba el horror que comenzaba a experimentar. Empez6 ademés a sentir frfo, un frfo sinies- tro y callado que subfa, implacable, desde sus pies hasta invadirlo por completo. Angustiado intenté levantarse, pero al mirar hacia las pavorosas manchas observé con horror que lo amenazaban. Decidié entonces que era pre- ferible permanecer en la cama, allf por lo menos no podrian hacerle dafo. Se cubrié con el cobertor y con las sdbanas hasta envolver sus orejas, en un intento por abrigarse y pro- tegerse de aquellas aterradoras figuras, pero enton- ces... aunque con los ojos entrecerrados constat6, ate- rrado, que aquellas alucinantes manchas comenzaban a resbalar por el muro y a arrastrarse desde el techo hacia el suelo, casi hasta tocarlo. Un grito ahogado escapé de su reseca gar- ganta: -{No!, jno!, ;no més! Por fortuna, casi de inmediato sintié pasos 81 — J MANCHA EN EL CIELO RASO. j 2 fuera de su pieza. —jPapd!... ;Mamil... —Ilam6 desesperado. ‘Su padre entr6 primero y encendié la luz. La pieza recobré su apariencia normal, las manchas sobre el muro y aquellas del techo slo eran eso: manchas. =jRoby? {Qué sucede nifio? ~|Papal!, las manchas... -dijo, éste intentan- do con dificultad incorporarse en Ia cama. —jLas manchas? -se extraii6 el padre. La madre, que venia entrando, aleanz6 a oft las tiltimas palabras. ~{Qué manchas? {De qué manchas estas ha- blando? i -No sé -se defendié el padre-. Este nifio dice algo de unas manchas. ; La madre miré enojada al muchacho, Roby =o ret6=. Nos has despertado. ,Sa- bes que son las dos de la maftana? ¢ Qué invento es ése de las manchas? —Son las de la muralla, mama; estaban ba- jando y... -aleanz6 a decir Roby. 82 MANCHA EN EL CIELO RASO —Eso te pasa por dormirte tan tarde —Io inte. rrumpié muy enojado su padre-. Tuviste una p sadilla. Majiana te levantas a las siete, como costumbre. ;Ofste? -Si, papa -respondié Roby. ~Y ahora date media vuelta y vuelve a dor mirte. —Si, mamda —acepté obediente. Los padres apagaron la luz.y salieron, cerran- do tras de ellos Ja puerta. La pieza volvié a quedar sumida en la pe- numbra. Una penumbra, sin embargo, que hizo que todo volviera a ser de un repulsivo color griséceo, El nifio experimenté nuevamente un escalo- frio que lo hizo estremecerse. Trat6 de no mirar hacia el muro ni hacia el techo. Lo mejor serfa cerrar los ojos y dormirse, pen- 86, pero no pudo hacerlo, Una fuerza més podero- saque su voluntad lo oblig6alevantarla vista hacia el muro y hasta el techo. | Las manchas. 84 MANCHA EN EL CIELO RASO. jAlli estaban! Revolviéndose tétricas y repelentes. Formando figuras tan repugnantes y macabras que ni la imaginacién desvelada de Roby ni sus ojos desorbitados hubieran podido crear. iY el frio! Horrendo, sepulcral. Sintié cémo_ subfa por sus piernas inmovilizandolo. Un frio li- gubre y sigiloso que le obligaba a refugiarse in- tentando intitilmente combatirlo. Y otra vez la malévola amenaza. Trat6 de levantarse, pero sus mtisculos no quisieron responder. Las manchas comenzaron lentamente a descolgarse desde el techo. Intenté gritar, pero ningiin sonido broté de su garganta. Las repugnantes manchas reptaron por el muro de madera hasta el piso de tablas. El se acurrucé temblando, despavorido, bajo las sébanas, deseando no ver mas. Las manchas verdinegras, dejando, como las babosas, una estela htimeda y rutilante, se fueron acercando hasta el borde de la cama; lograron tre- 85 MANCHA EN EL CIELO RASO. = par sin hacer el menor ruido por las patas; lueg comenzaron a penetrar bajo la frazada hasta al canzar... Ala mafiana siguiente, cuando el padre fue despertar al nifio, encontré el cobertor en extrem arrugado. ‘ jUf!, pensé levantindolo, parece que Robs tuvo una mala noche. Bajo la colcha, impresa en la sébana, s6lo ha bfa una repulsiva mancha de color verde griséceo, 86 MANCHA EN EL CIELO RASO = S Epilogo La familia de Roby, después de la misteriosa desaparicién de su hijo, deci Los nuevos inquilinos llegaron un mes mas tarde. Claudia, una de las hijas del matrimonio, ocupé el dormitorio que habia sido de Roby. Por la noche, al acostarse, se fij6 en las manchas que habia, en gran cantidad, en el muro de madera fren- te asu cama y también en parte del techo del dor- mitorio, producidas por una gotera, por los nudos de la madera misma o porque la pintura se habfa descascarado. {Qué raro!, pens6, al ver una gran mancha sobre el muro, parece la silueta de un nifio acu- rrucado... 87 Los nuevos flautistas de Hamelin. ooo eer Aunque nos sorprendimos por su inespe- rada aparici6n, todos nos refmos de la facha de los marcianos cuando éstos recién Iegaron a la tierra. Lo curioso fue que las sondas espaciales en- viadas desde nuestro planeta desde hacfa ya un montén de afios no hubieran percibido absoluta- mente nada de su presencia, y menos de su armo- niosa cultura. En parte, claro, eso se debfa, segiin se supo después que Hegaron, a que ellos no requerfan de bienes materiales para sobrevivir: ni casas, ni ves- tidos, ni maquinas, ni vehiculos, ni alimentos... 89 (PED 105 NUEVOS FLAUSTISTAS DE HAMELIN iImaginense!, ni siquiera libros (lo que indica, en cualquier civilizacién, madurez, inctefble adelan- to espiritual, sicolégico, etcétera, etcétera, etcéte- ra, sobre todo cuando son libros de cuentos para nifios). Nos enteramos, cuando dieron ese programa por la televisiGn acerca de su forma de vida -que en realidad, como habitualmente lo hacen los pro- gramas de televisién, mostré de todo menos su forma de vida que lo nico que necesitaban para vivir era su finisimo y agraciado cuerpo, confor- mado curiosamente, al igual que el de los huma- hos, por un tronco, dos extremidades inferiores, dos superiores y una cabeza, pues con él, de ma- nera desconocida para nosotros, emitfan miisica. Lo que sucede ~y por eso nos reimos de ellos-, es que sus caderas eran iguales a esos tra- jes que usan las mujeres en el ballet clasico, lo que les conferia ~incluso a los varones de su espe- cie-, un aire de bailarina con tuté. Pero la miisica lo era todo para los marcianos. Vivian rodeados y protegidos por la mtisica. Se 90 Sy, = LOSNUEVOSFLAUSTISTASDEHAMELIN ag alimentaban de miisica. Su medio de transporte era la misica. Los nifios ~y también los grandes— ju- gaban con la miisica. Su arte era, obviamente, la mtisica. Incluso la medicina estaba basada en la misica, algo asf como la misicoterapia. Y a propésito de esto mismo, apenas los marcianos se enteraron del ciimulo de enfermeda- des incurables que los humanos sufriamos, se ofre- cieron —olvidaba decir que ademas eran muy bue- nos comerciantes— para curar a todos los enfermos asi como lo escuchan, a ‘todos’ los enfermos, cualquiera fuera su enfermedad o la gravedad de ésta-, por una cantidad de materiales radioactivos, coro y diamantes, que les encantaban por su lumi- nosidad y brillo... La propuesta, en un comienzo, parecié muy conveniente, por lo que las Naciones Unidas la aceptaron. Los extraterrestres —en realidad no eran marcianos, aunque les decfamos asf por comodi- dad, pues deberfan haber sido Hamados algo asi como ‘rstrgnpysxzkifios’ (la y se pronuncia Il) 91 LOS NUEVOS FLAUSTISTAS DE HAMELIN JE acercaron la enorme nave en que habfan llegado hasta unos pocos cientos de kilémetros de nuestro planeta y, aprovechando la presencia de los satéli- tes de comunicacién ubicados alrededor de la Tie= Tra, comenzaron a emitir una misica que se oy6 en todos los rincones de ella. Milagrosamente, a los pocos minutos, todos los enfermos de cancer, de SIDA, de enfermeda- des infecciosas, de tilcera, y de cuanta otra enfer- medad incurable hubiera, comenzaron a mejorar se, Incluso a los que estaban resfriados o con dolor de cabeza, se les pasaron sus achaques. Para resumir: en media hora, todas, sin ex- cepcién, todas las peores enfermedades -y tam- bién las otras~ que hasta ese momento habfan aso- lado la Tierra, desaparecieron. La alegria de los humanos fue delirante, en- tusiasta, apotedsica... jhasta que legé el momen- to de pagar! Entonces las autoridades comenzaron a revi- sar la propuesta, a estudiarla mas detenidamente. Si se calculaba, por una parte, el ahorro en 92 ee LOS NUEVOS FLAUSTISTAS DE HAMELIN XR hospitales y medicamentos —bastante considera ble, por cierto-, y por la otra, la enorme cantidad de médicos, enfermeras, personal administrativo, investigadores, auxiliares, ejecutivos de hospita- les, laboratorios y clinicas, que habfan quedado ce- antes y a los cuales debfa bonificarse, la conclu- sién no era alentadora. E] ahorro no era ni tanto. iY pensar que se habfa aceptado entregar una cantidad exorbitante de riqueza por media hora de miisica! jNo! Al parecer habia habido un mal entendi- do... y jhuay! que estamos acostumbrados los terr‘colas a los malos entendidos. De lo que se trataba, explicaron las autorida- des terrestres a los rstrgnpysxzkijos (la y se pro- nuncia Il), era que se les entregarfa una cantidad equivalente a lo que hubiera costado en la Tierra y bla, bla, bla... y bla, bla, bla... y bla, nada. Emitieron, en el salén de las Naciones Uni- oF LOS NUEVOS FLAUSTISTAS DE HAMELIN das, en donde se les habfa convocado para anun: ciarles que no se les pagarfa, un sonido bastante poco armonioso y se retiraron a su nave. A la mafiana siguiente, volvié a escucl una miisica en todos los receptores de radio 0 apa- ratos de television. 4 Se temi6, de inmediato, que volviera a enfer- mar a los enfermos —valga la redundancia-, pero no fue asf. En todo el planeta se oy6 una mtsica, que obviamente provenia de la gran nave de los rstrgnpysxzkilos (la y se pronuncia Il), que era muy alegre y que al escucharla la gente comenzaba a bailar. Aunque no tuviera ganas de hacerlo. ;Ha- bia que bailar! Y bailar y bailar y bailar... Y seguir bailando todo aquel dia y al siguien- te yal siguiente, hasta que la gente comenzé a caer agotada. Pero atin en el suelo, siguieron ondulan- do al compas de la mtisica. No hubo tiempo de comer ni de dormir ni de trabajar ni de jugar ni de estudiar ni de hacer ne- gocios ni de... jbueno, no hubo tiempo de nada _ 94 Pim _LOS NUEVOS FLAUSTISTAS DE HAMELIN x mas que de bailar! Las industrias paralizaron, las oficinas cesaron de atender, los hospitales no reci- bieron enfermos, los negocios dejaron de vender, hasta los colegios dejaron de ensefiar... El mundo dejé de vivir. 96 ye_____Flmicroscopio _as. Uhiimamene han sucedido cosas extrafias en el laboratorio del colegio. A primera vista pa- recieron totalmente no tener nada que ver con éste, ni siquiera con el colegio. El laboratorio es una sala mas de la escuela en la que se colocaron estantes vidriados cubrien- do dos de sus murallas. La tercera muralla contie- ne un gran ventanal y 1a cuarta el inefable piza- 1r6n, ahora blanco -y digo ahora porque antes los pizarrones eran negros- y de tres cuerpos. Las es- tanterfas estn llenas de frascos, calaveras de plas- tico, modelos de ojos, ofdos y narices, en fin, mul- 97 J EL MICROSCOPIO BS = EL MICROSCOPIO B titud de objetos que —segtin los profesores— sirven para ensefiar. Laminas con dibujos de esqueletos, de pulmones, coraz6n, sistema digestivo... la ta- bla periédica... por supuesto un extintor para el caso de que alguien inicie un incendio con su ex- perimento. Pues en este, al parecer, inofensivo labora- torio -y digo ‘al parecer’ pues siempre los labora~ torios son esos lugares en donde ocurren extrafios fenémenos— comenzaron, hace cosa de un par de semanas, a suceder exactamente eso: extrafios fe- némenos. Tres alumnos se desvanecieron en el trans- curso de un mismo dia. No estoy diciendo que se desmayaron, ;No! Estoy diciendo que ;puf!, desaparecieron, se disolvieron en el aire, se eva~ poraron... Se entiende? Aunque en un comienzo, es necesario admi- tir, no se pensé en que estas desapariciones hu- bieran sucedido en el laboratorio. Se pens6, mas bien, que habfan ocurrido fuera del colegio. Tanto el director como los profesores tuvie- 98 s sim- ron, ese dia, serias sospechas de que los ni plemente se habfan escapado del colegio. Pero cuando ya entrada la tarde legaron al establecimiento los padres para averiguar qué ha- bia sido de sus hijos, los que no habjan vuelto a sus hogares, la cosa se puso seria. Asi pues, Iuego de agotarse, con la inquieta y acusadora presencia de los padres aquella posi- bilidad, la atenci6n se centré en la escuela. Eso explica el hecho de que el colegio esté, ahora, Ileno de policias y detectives, los que pre- sumen —luego de realizar una exhaustiva investi- gaci6n— que la desaparici6n de los alumnos se pro- dujo en algtin momento posterior al que hubieron entrado al laboratorio. La verdad es que el enigma habrfa quedado ahi no mas, si no hubiera sido porque el sefior Montealbo, profesor de biologia —catedratico de Ja Facultad de Biodiversidad de la Universidad—, también desapareci6. Asi, también: hizo jpuf! y se hizo humo. Se 99 os BL MICROSCOPIO. as esfum6 en medio de aquella sala el laboratorio~ a vista y paciencia de todo el Segundo Ajio Medio D, Lo que sucedié fue lo siguiente: estaban en clase de biologia, estudiando algo de la célula, Usaban, como de costumbre, ademis de los diez: microscopios que posefa el colegio, uno un poco més sofisticado, reservado para el profesor, de un hermoso color plata. Para ser fieles a la realidad, es importante: dejar en claro que durante el desarrollo de la cla~ se, el sefior Montealbo no us6 su microscopio, pero... Pero... al sonar la campana, y mientras el curso —después de guardar, cada alumno, el mi- croscopio que habfa estado usando- salfa de la sala atropellindose como de costumbre, uno de los muchachos alcanz6 a ver al profesor inclinandose sobre dicho sofisticado microscopio, ése de un hermoso color plateado. El sefior Montealbo, pues, habia permaneci- do solo en Ia sala... jy nunca habia salido de ella! Esto era lo que habjan declarado el alumno } 100 EL MICROSCOPIO B y el jefe de los auxiliares, que nunca se movié de Ja puerta —por fuera, claro esté— esperando, justa- mente, a que el profesor Montealbo abandonara la sala, para hacer el aseo de ella. ~Lo vi agacharse sobre su microscopio —de- claré el alumno. —Nunca salié, capitén —atestigué el jefe de los auxiliares, aquella misma tarde. Ante estas declaraciones, y dada la gravedad de los hechos cuatro desapariciones en menos de una semana-, el capitén Barreza, de la Brigada de Homicidios de la Policfa, decidié, a la mafiana si- guiente, tomar la investigacién en sus propias manos, El colegio habfa sido evacuado la tarde an- terior y se habfan suspendido las clases hasta nue- Vo aviso. Lo primero que hizo el Capitén al llegar al establecimiento, fue ingresar al laboratorio -en cuya puerta hacfa guardia, ahora, un policia uni- formado-, e instalarse en él. 102 = EL MICROSCOPIO Entré solo y permanecié solo. Se dedicé a observarlo todo con especial cui- dado por si algo extrafio Ilamara su atencién. Sin embargo, no encontré nada, ni ocurrié nada fuera de lo normal. jTodo tranquilo!... ‘Comenz6, entonces, a examinar uno por uno los objetos a su alrededor. =A ver-se dijo-, aver. El profesor Montealbo, segtin sus alumnos, estaba sentado en este banquillo, en la cabecera de este mesén de trabajo. Frente a él se hallaba este microscopio, que, por cierto, posee un hermoso color plateado pero que segtin los mu- chachos no utiliz6, por lo menos mientras ellos estuvieron en la sala... -Sin embargo —continud discurriendo-, sin embargo... es posible que lo haya utilizado después que los muchachos. El microscopio que el desaparecido profe- sor habja tenido frente a él, atin conservaba la platina colocada en el portaobjetos, con una pre- paracién que, a simple vista, se notaba amorfa, oscura y, por alguna raz6n que el policfa no alcan- zaba a comprender, repulsiva. 103 J EL MICROSCOPIO Y, ~Veamos -concluy6-, veamos lo que el pro- fesor Montealbo estaba observando. Acere6 sus ojos a los lentes del microscopio, Solo vio negro Pero no era cualquier negro... iNo!, éste era un negro total, absoluto, cate- g6rico, omnimodo, definitivo, un negro negro, duro, denso y sin embargo palpitante, como si aquella Preparacién estuviera viva, como si fuera un cora- z6n negro palpitando, latiendo acompasadamente, Poco a poco sintié que el negro iba expan- diéndose, aumentando de tamaiio lenta pero inexo- rablemente, Haciendo un enorme esfuerzo logré apartar su mirada de aquella siniestra oscuridad para mi- rar a su alrededor. iOjalé no lo hubiera hecho! Lo que vio, lo dejé paralizado. {Era mas ho- rrendo atin que el incalificable negro! Lo que vio... fue la sala —el laboratorio— con sus estantes vidriados, sus cuadros, los ban- quillos, los mesones Ilenos de objetos dejados 104 Je ___tvicrescono agg por los alumnos, todo aquello, de un tamafio des- comunal, gigantesco, abrumador... Como si él fuera un ser pequefito en una habitacién que crecia y crecia y crecfa haciéndose cada vez mas descomunal. jEntonces comprendié! Comprendié que no era el Laboratorio el que se agrandaba... jNo! jNo! jNo! Era él, el capitén Barreza de la Brigada de Homicidios de la Policfa el que se empequefiecfa. Ahora, ya cabia, de pie, sobre uno de los len- tes del microscopio y éste semejaba, cada vez mas, una laguna de aguas...no, de hielo, de hielo duro y negro. Pero demasiado rapidamente ya no vio los bordes del lente, ahora todo el universo a su alre- dedor era negro, negro, A lahora de almuerzo, el ayudante del capi- tin Barreza golpes la puerta del laboratorio, Sa- bia que su jefe, cuando se enfrascaba en una in- vestigacién, se olvidaba hasta de comer. 105 J FL MIcRosconio aS = ANEXO Habfa permanecido cerca de dos horas ha- ciendo guardia para que nadie molestara al Capi- ANEXO tan, Golpe6 la puerta y al no recibir respuesta penetré en la sala. Estaba absolutamente desocupada. El capi- tn Barreza hab{a desaparecido... Vio un microscopio sobre el mesén, un mi- croscopio sofisticado de un tétrico color plata. Curioso, se acereé y apoy6 sus ojos en los lentes. Sélo vio algo negro... negro... muy negro, Si no has podido descifrar los mensajes del cuento “Las piedras caidas del cielo”, aqui te los entregamos: Primer mensaje: Domesticacién de la especie inferior com- pletada sin percances. Energfa traspasada a nosotros a través de sus miembros superiores es excelente. Tal como nvestros antiguos profetizaron, una vez més fructificamos y nos multiplicamos. Mensaje de retorno: Mensaje recibido: los felicitamos. Por nues- tra parte hemos contactado otro planeta produc- tor de energia biolégica. Emprendemos vuelo de inmediato. 107 em ANEXO x Tercer y tiltimo mensaje: Especie inferior rebeléndose. No sabemos qué hacer. Por favor vuelvan a rescatarnos. 108 Satil Schkolnik visto por si mismo ES“ ee Satil Schkolnik se ve a si mismo como “escritor, par y abuelo barbén”. Y a la pregunta de cémo leg6 a ser es- citor, nos cuenta: “Habfa una vez un sefior que usaba ana gran barba y que era muy serio y bastante grufién, Tenia tres hijas muy amorosas, a las que cuando eran pequetias les. contaba cada noche un cuento para que se durmieran, Ellas gozaban con ellos y siempre querfan que se los con- taran igual. Pero el caballero de barbas, serio y grufién, se equivocaba, a las dulces nifiitas les daba una gran rabieta y 41 gruffa enojado. Un dia el barbudo seffor pens6 que seria mejor escribir los cuentos; asi no se equivocarfa, las cul- ces nifitas no Horarian y él no grufiria”. Y escribis los cuentos, Pero sucedié que estos empe- zaron a pasar de mano en mano, hasta que a alguien se le cocurtié hacer con ellos un libro. Y entonees aparecié un libro que se lamé Cuentos de por qué. Y asi surgié el escritor, amante de unicornios, elefantes, caballos, zoos y nifios, en especial de los pequeftos Demin Alei y Sergei Marcel, con quienes completé cinco hijos. Sus escritos para nifios y adultos proliferaron, hizo del escribir su profesi6n y publicé numerosas obras. 109 J TIRITANDO DE MIEDO TIRITANDO DE MIEDO aS Otras preguntas Le preguntamos a Saiil qué es para él escribir. “Es una profesién —nos contesta—, algo a lo cual uno se de~ dica y de lo cual vive”. Le pedimos que nos confiese por cual de sus obras siente algo especial. Por su novela Antai, nos dice, pues todo lo indigena nuestro lo toca mucho, lo admira, “También por La leyenda del octavo dia, un libro bastante desconocido y para adultos”. {Cuando escribes —le preguntamos— entras en el alma del nifio 0 escribes lo que te gusta? “Escribo pen- sando en lo que a mf me resulta atractivo y me entretiene —contesta—. Y eso, no porque piense que tengo alma de nifio. Yo rechazo eso, porque soy un adulto que no ha per- dido la capacidad de juego y asombro, Io que me coloca en igualdad de posicién con el nifio”. Curiosos, queremos saber a qué juega y cémo lo pasa. “Lo paso bien —responde—. Juego a escribir. Juego a via- jar por el espacio, a meterme dentro de los objetos, a hacer diabluras con los personajes. Juego a ser historiador, a ha- cer poesfas...’ También nos interesa saber cémo Hegé a los libros. “Desde muy pequeiio me estimularon a leer y me regala- ron muchos libros. A los 20 aifos tenfa ya una buena bi- blioteca de ficci6n e informacién” ,Y cuales eran los au- tores que més le gustaban? “Julio Verne, Alejandro Dumas y Jack London” —afirma, 110 BR Le preguntamos, ademas, por sus gustos y aficiones. “Me gusta coleccionar cosas —nos dice—: estampillas, barquitos, unicornios, elefantes y caballos. Me gusta comer y ser flaco. Me gusta la miisica clasica y los barrocos...” LY las otras artes? “Me gusta todo eso —nos infor- ma—, pero no soy un visitante de galerfas, precisamente, Soy muy sentimental, lloro con los finales felices o tristes de las peliculas. Me gusta mirar edificios; me gusta con- versar cosas interesantes...” Queremos saber cémo se proyecta hacia el futuro. “Con la necesidad de vivir hasta los 90 afios consciente y activo —responde alegre—. ¥ escribiendo siempre ‘También deseamos saber qué significa para sus hijos el tener un padre escritor. “Para mis hijas mayores nada especial —contesta—. Para Demin es entretenido, pero tiene serias dudas. Me pregunta por qué mejor no hago casas. No es facil responderle”. Finalmente le preguntamos que mas quiere que se sepa de él. “Que estoy muy contento —afirma—, que soy feliz. con lo que estoy haciendo y viviendo”. R456 TL Saiil Schkolnik nacié el 9 de octubre de 1929 en Santiago, en ei barrio Recoleta. Estudié en el Instituto Inglés y emia Universidad de Chile. En esta ‘ltima se recibié de arquitecto, y en su Instituto Pedagégico se licencié en Filosofia, espe- cializandose en Filosofia de Jas Ciencias, Aun cuando durante algunos afios Saéil proyecté mult casas y escuelas, su vocacién es la de,escribir. ¥ no sill cuentos para nifios y jévenes, en los que se ha distinguldi) especialmente, sino que también poesfa y novela para adlull tos, A lo que se agrega su gran amor y capacidad pill ensefiar, Asi, Satil ha mantenido y mantiene taller literarios, aparte de sus clases de Etica. Y en aquellay utiliza el juego como herramienta pedagégica. Sauil es casado, tiene cinco hijos y ha viajado por Europa, U.S.A. y América del Sur. Entre sus muchos libros, y en esta misma coleceién, Ziyy Zag le ha editado Cuentos del tio Juan, et zorro eulpea (1982), Cuentos para adolescentes roménticos (1989), Brave una vez un hermoso planeta llamado Tierra (1991), Cuentos para sonreir (1992), Cuentos de los derechos del niflo (1993), Cuentos transversales (2001).¥ Oneonta = le miedo (2002). Todos se reeditan pert