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Los fósiles contra Darwin

(Santiago Escuain)

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árboles filogenéticos, Boletín de SEDIN

11 diciembre 2009 — ¿Qué mejor icono de la evolución que los dinosaurios y la


serie de los caballos? A menudo, los museos exhiben esqueletos de estos seres
como prueba de evolución. Pero es frecuente que los artículos científicos cuenten
una historia muy diferente. Dos recientes estudios presentaban unos desafíos
fundamentales, graves, a la teoría de Darwin.

La serie del caballo sigue


campeando como icono de la evolución en muchos libros de texto de
instituto y en publicaciones dirigidas al gran público. Su confección fue
realizada sobre criterios discutibles y discutidos ya desde el principio, y en
la actualidad ha quedado clara la ausencia de respaldo desde los criterios
del análisis del ADN. Los saltos repentinos que el registro demanda no son
compatibles con una transición gradual de tipo a tipo. La realidad son
apariciones repentinas, como se encuentra constantemente en el registro
fósil.

1. La serie del caballo: La vieja gráfica lineal de la evolución del caballo a partir
de un pequeño animal del tamaño de un perro hasta el moderno pura
sangre ha quedado desacreditada. En la década de 1870, Othniel Charles
Marsh y Thomas Henry Huxley estaban poseídos por una perspectiva de una
evolución en línea recta conocida como ortogénesis. Se sabe desde hace
mucho tiempo que la icónica serie que se presenta en museos y libros de
texto es errónea. La mayoría de evolucionistas académicos actuales se dan
cuenta de que la teoría de Darwin no demanda una sola línea de
descendencia progresiva, sino un árbol o matorral ramificado. Con todo, si la
teoría de Darwin fuere cierta, debería prevalecer el gradualismo, con
numerosas formas intermedias progresando desde antecesores a
descendientes. Darwin mismo enseñó que «la selección natural opera sólo
aprovechando ligeras variaciones sucesivas; nunca puede dar un gran
salto repentino». En relación con esto se publicó un artículo esta semana
en PNAS.1

Un equipo de 22 investigadores internacionales dirigidos por Ludovic Orlando


de la Universidad de Lyon, Francia, realizaron una de las primeras
comparaciones realizadas de ADN antiguo (aDNA) de équidos fósiles
(incluyendo caballos, asnos y cebras). Estos especímenes procedían de 4
continentes. Los resultados fueron totalmente pasmosos, y exigen rehacer
casi por completo la serie del caballo. Para empezar, concluyeron que
muchos especímenes que habían sido considerados como especies
separadas son en realidad variedades de la misma especie. Por otra parte,
descubrieron que para que la evolución fuese cierta tuvo que haber
repentinos estallidos de diversificación —explosiones del tipo de la cámbrica,
pero dentro de la familia de los caballos—, en contra de la prohibición de
Darwin de grandes saltos repentinos. Así es cómo comienzan:

El rico registro fósil de la familia Equidae (Mammalia: Perissodactyla) de


los últimos 55 millones de años se ha constituido en un icono de los
patrones y procesos de la macroevolución. A pesar de esto, muchos
aspectos de las relaciones filogenéticas y de la taxonomía de los
équidos quedan sin resolver. Recientes análisis genéticos de équidos
extintos han desvelado inesperados patrones evolutivos y una
necesidad de revisiones fundamentales a los niveles de género, de
subgénero y de especie. Para investigar esta cuestión procedemos a
examinar 35 especímenes de équidos procedentes de cuatro regiones
geográficas (América del Sur, Europa, Sudoeste Asiático y Sudáfrica), de los
que 22 proporcionaron de 87 a 688 bp de secuencia de aDNA mitocondrial
reproducible. Los análisis filogenéticos dan respaldo a una revisión
fundamental de la reciente historia evolutiva de los équidos y revelan
dos nuevas especies, un hippidion sudamericano y un descendiente de un
linaje basal potencialmente relacionado con los équidos del Pleistoceno
Medio. Las secuencias extraídas de especímenes asignados a la extinta
cebra gigante de El Cabo, Equus capensis, formaron un clado separado
dentro de la moderna especie de cebra vulgar, un grupo fenotípicamente
flexible que también incluía al extinto quagga. Además, procedemos a
revisar las dataciones actualmente reconocidas de extinción para dos
grupos équidos relacionados con el onagro. Sin embargo, está claro que
los actuales conjuntos de datos no pueden resolver todos los
interrogantes taxonómicos y filogenéticos pertinentes a la evolución
de Equus. A la luz de estos resultados, proponemos un rápido método de
código de barras ADN para evaluar la posición taxonómica de las muchas
especies fósiles de Equidae del Pleistoceno Superior previamente
descritas en base a análisis meramente morfológicos.

Lo que están diciendo es que la serie de los caballos había sido construida
sobre la base de análisis morfológicos —comparando las características
externas de los esqueletos. Los datos moleculares que han estudiado (ADN
antiguo) no concuerdan. En dos ocasiones en la introducción hablan de
«diversificación explosiva», y luego de «radiación rápida» una vez para los
caballos, y otra vez para los elefantes y los osos. La única vez que
mencionan el término «gradual» es para desacreditarlo: «El modelo lineal
original de modificación gradual de animales del tamaño del zorro
(caballos Hyracotheros) hasta dar las formas modernas ha quedado
sustituido por un árbol más complejo, que expone períodos de
diversificación explosiva y extinciones de ramas a lo largo de 55 millones
de años». De modo parecido, el único ejemplo de la palabra «transición»
denota otro estallido: «El final del Mioceno Inferior (hace entre 15 y 20
millones de años) marca una transición particularmente importante,
que separa una fase inicial de pequeños ramoneadores desde una segunda
fase de animales más diversos, exhibiendo una tremenda flexibilidad en
el tamaño corporal y modificaciones en la morfología dentaria. Esta
explosiva diversificación ha ido acompañada de diversas etapas de
extensión geográfica desde América del Norte hasta el resto del Nuevo
Mundo y del Viejo». Lo que esto significa es que estos animales aparecieron
repentinamente en el registro fósil sin las transiciones graduales que Darwin
esperaba, y que luego aparecieron rápidamente por todas partes del mundo.

Sin embargo, probaron de introducir los datos en un árbol evolutivo. El


resultado fue confusión, incoherencia e irresolución. Como muestra, damos
una cita: «La falta de resolución queda complicada por el corto tiempo
de divergencia entre los caballinos y los caballos del Nuevo Mundo (circa
0,5 millones de años; nodos A y B/B1/B2; Tabla S4) y por la falta de un
grupo externo cercano, como se ha observado con los mamuts (30, 31).
Cuando se usó el rinoceronte como grupo externo, los datos se
codificaron en RY para reducir los posibles artificios de saturación de
mutaciones resultantes de esta profunda divergencia (55 millones de años),
pero esto eliminaba el respaldo para la mayoría de los nodos». Y no
sólo esto, sino que su mejor concordancia se enfrentaba a las teorías
anteriores. La siguiente cita da la sensación de frustración que sentían:

Según nuestras estimaciones de datación molecular, los diferentes linajes


équidos (hippidiformes, NWSL, caballinos, y no caballinos) se originaron
hace 3,7 a 4,3 millones de años (intervalo de confianza 95%: 2,8–6,2
millones de años; Tabla S4). Esto contrasta de forma directa con los
modelos paleontológicos clásicos del origen de los hippidiformes
como descendientes de los pilohippinos (tiempo de divergencia con el
linaje del Equus ~10 millones de años.) (19) o como un linaje que diverge a
partir de un clado (Dinohippus, Astrohippus, and Equus) hace ~7–8 millones
de años (32), y reduce considerablemente el intervalo de tiempo
entre la supuesta divergencia de los linajes hippidiformes y su primera
aparición en el registro fósil hace 2,5 millones de años (20).

El equipo tuvo que dejar la resolución de estos y otros problemas a una


futura investigación. Una de las principales lecciones que podemos aprender
es que los paleontólogos se apresuraron demasiado en dispersar
especímenes en diferentes grupos. Los datos del ADN están desvelando que
équidos que parecen morfológicamente diferentes son en realidad sólo
variaciones de los mismos tipos. El último párrafo de su comunicación
exponía que su impactante descubrimiento podría tener consecuencias en
muchos otros árboles evolutivos —incluyendo los de los supuestos
antecesores del hombre:

Este patrón de excesiva división taxonómica no parece estar


limitada a los équidos, sino que está extendida entre otras
megafaunas del Cuaternario [es decir, en el Pleistoceno Superior el
bisonte (49); los leones de cuevas holárticas (50); los osos pardos del
Nuevo Mundo (51), y las moas entre los Ratites (52, 53)]. Tomados en
conjunto, estos resultados sugieren que la plasticidad morfológica
de grandes vertebrados terrestres a través del espacio y del tiempo
ha sido generalmente subestimada, lo que ha abre la puerta a
estudios detallados acerca de los factores medioambientales,
ecológicos y epigenéticos involucrados. Cosa interesante, a este
respecto el linaje humano exhibe un rico registro fósil a lo largo de los
últimos 6 millones de años y extendiéndose a través de unos posibles siete
géneros y 22 especies (54). La cantidad exacta de grupos taxonómicos
que deberían reconocerse sigue bajo debate, incluso dentro de
nuestro propio género (55), y en este contexto es pertinente
considerar el grado de excesiva división taxonómica, desde el nivel
de las especies hasta el de los géneros, que el aDNA ha revelado en
los équidos y otras megafaunas del Pleistoceno Superior. Una
importante implicación adicional de este descubrimiento es que la
cantidad de extinciones de megafaunas y la pérdida de diversidad
taxonómica desde el Pleistoceno hasta nuestros días puede que no
sea tan grande como se solía creer, al menos al nivel de las especies o
de las subespecies. Recíprocamente, a nivel molecular, los estudios de aDNA
sobre una amplia gama de grandes taxones de mamíferos (49, 50, 56, 57)
han desvelado que la pérdida de diversidad génica durante este período de
tiempo ha sido mucho mayor de lo que se había reconocido previamente,
con implicaciones fundamentales para la biología de conservación de las
poblaciones supervivientes (58).

En contraste a lo anterior, así es como apareció sesgado en los medios de


comunicación de masas: Science Daily publicaba un feliz titular: «El ADN
aporta una nueva luz sobre la evolución del caballo». Aunque
mencionaba algunos de los anteriores problemas, el artículo pasaba de
puntillas sobre el desafío que estos descubrimientos plantean a la teoría de
la evolución. Además, el comunicado de prensa usaba la última línea del
artículo acerca de la pérdida de diversidad para sugerir que esto tiene llevar
a los humanos a preocuparse más por el calentamiento global. «Esto tiene
graves implicaciones para la biodiversidad y los futuros efectos del cambio
climático.» Por cuanto no había humanos construyendo fábricas cuando la
mayor parte de estas líneas se extinguieron, la vinculación de esta noticia
con los actuales debates acerca del clima no parece más que un burdo non-
sequitur. Como mucho, es un intento de distraer de las verdaderas
consecuencias que comporta el descubrimiento.

2. Los dinosaurios: ¿Quizá podría rescatarse el gradualismo de Darwin con


fósiles de dinosaurios? No, nada de esto; PhysOrg informaba: «Los fósiles
sacuden el árbol geneaológico de los dinosaurios». Un fósil bien
preservado que se encontró en Nuevo México, llamado Tawa por un dios
solar de los Hopi, está suscitando una canción y un baile parecidos a lo que
acabamos de ver en el caso de la serie del caballo: «... un interesante
dato acerca de la evolución de los dinosaurios: después que aparecieron,
se diversificaron muy rápidamente formando los tres linajes
principales de dinosaurios que persistieron durante más de 170
millones de años».

El término operativo es aparecieron. Esto deja colgando unas cuestiones


muy importantes: ¿Aparecieron — cómo y desde qué? La teoría de Darwin
de una descendencia común exige respuestas. El nuevo fósil es
aproximadamente parecido al Herrerasaurus, considerado por algunos como
el supuesto antecesor de los dinosaurios. Pero el Herrerasaurus, por su
parecido con Tawa, resulta ser un terópodo. En resumen, que «apareció» un
terópodo totalmente formado, a lo que siguió una aparición explosiva de
todos los tres tipos principales de dinosaurios, que luego cambiaron poco
durante 170 millones de años en la línea de tiempo evolutiva. Aquí está la
manera en que Sterling Nesbitt (U de Texas en Austin) lo explicaba: «Tawa
empuja al Herrerasaurus dentro del linaje de los terópodos, de modo que
esto significa que todos los tres linajes están presentes en América del
Sur muy para cuando los dinosaurios evolucionaron». Esto tiene que
incluir a los torpes y pesados saurópodos con sus caderas como de lagartos,
¿y qué de los reptiles marinos y de los pterosaurios? También «aparecieron»
como si desde la nada.

Otra complicación por lo que respecta a Tawa es lo que sugiere acerca de la


ubicación del origen del antecesor perdido, y de cómo migraron los
descendientes. En el emplazamiento de Nuevo México, «se encontraron
esqueletos de Tawa al lado de otros dos dinosaurios terópodos de
alrededor del mismo período», proseguía el artículo. «Nesbitt observó que
cada uno de los tres está más estrechamente relacionado con un
dinosaurio conocido de América del Sur que entre sí. Esto sugiere que
estas tres especies descendieron individualmente de un linaje
separado en América del Sur, en lugar de evolucionar de un antecesor
local, y que luego se dispersaron a América del Norte y a otras regiones del
supercontinente Pangea. También sugiere que hubo múltiples
dispersiones desde América del Sur». La propuesta de tres líneas
ancestrales no es una gran solución: lo que hace es multiplicar por tres el
problema del antecesor perdido.

Nature News daba más información acerca de Tawa. Jeanna Bryner en Live
Science imponía un sesgo positivo sobre la noticia, con el titular de «Se
determina el origen geográfico de los dinosaurios». Incluso impuso
unas imaginarias plumas (06/13/2007) sobre este ser: «Igual que el
Velociraptor, el dinosaurio estaba probablemente cubierto con
estructuras parecidas a las plumas y poseía garras y dientes serrados
para atrapar sus presas». Si el antecesor de este ser se arrastraba como un
cocodrilo o un anfibio, tenemos aquí una espectacular transformación de la
estructura corporal. ¿Y qué sucedió con los torpes saurópodos, si esto es
cercano al antecesor de todos los dinosaurios? Éste ya parece como un
terópodo avanzado. Bryner no explica cómo estos espectaculares cambios
de morfología sucedieron mediante un proceso evolutivo. Sólo sugiere que el
clima fue un factor: «Creen que la respuesta reside en el clima. Por
alguna razón, sólo los dinosaurios carnívoros encontraron favorables las
temperaturas de América del Norte, según sugieren los investigadores» (y
todo esto a pesar de que el título de su publicación es «Ciencia Viva», no
«Especulación Salvaje»).

Este mes, en la revista Creation Research Society Quarterly, el creacionista


con múltiples doctorados Dr. Jerry Bergman examinaba la cuestión de la
evolución de los dinosaurios.2 Expone él que la cuestión del linaje de los
dinosaurios es un batiburrillo de especulaciones sin datos. Demuestra esto
para todo el clado de los dinosaurios, y luego de forma específica para los
ceratópsidos (como el triceratops) y los tiranosáuridos (como el T. rex). La
escena que tenemos, dice, es de aparición repentina, estasis y extinción.
«Se han identificado más de 30 millones de huesos y miembros de
dinosaurios, algunos de ellos en un excelente estado de conservación, y
aunque hay especulación a raudales, no se ha identificado todavía ni un
solo antecesor directo verosímil», decía. «Todos los dinosaurios
conocidos aparecen plenamente formados en el registro fósil». La
reciente noticia confirma claramente esta descripción.

El artículo aparecido en Science Daily contenía esta ilustración acerca de


cómo opera la especulación evolutiva: «Basándose en un análisis de las
relaciones entre Tawa y los demás dinosaurios primitivos, los investigadores
plantean la hipótesis de que los dinosaurios se originaron en una parte
de Pangea que es ahora América del Sur, divergiendo a terópodos (como el
Tyrannosaurus rex), sauropodomorfos (como el Apatosaurio) y los
ornitisquios (como el Triceratops); y luego se dispersaron hace más de
220 millones de años por regiones de Pangea que posteriormente llegaron a
ser continentes separados». No se dio ninguna base para tal análisis —
aparte de una previa creencia en la evolución. La reconstrucción que hace el
artista de Tawa no se parece en nada a un Apatosaurio ni a un Triceratops.
El artículo no menciona ninguna prueba física de ningún antecesor ni
ninguna ubicación del mismo. No da ninguna ruta verosímil para la
«originación» o «divergencia» de ningún supuesto antecesor hacia tres
planes corporales muy diferentes. Sin embargo, de alguna manera, este fósil
«proporciona un fantástico atisbo de la evolución del esqueleto de los
primeros dinosaurios carnívoros», a decir del artículo. En cuanto a las
causas para tales cambios, el estudio atribuía toda la evolución al clima y a
la capacidad del antecesor perdido para desplazarse. No se defiende ninguna
teoría evolutiva ni genética, y no se presentan ningunos fósiles para
respaldar el «planteamiento de la hipótesis». Lo mismo sucede en el caso de
la breve noticia en National Geographic, que financió parcialmente la
investigación. Allí se pretende que el nuevo fósil «da apoyo a la teoría» de
que los dinosaurios «surgieron» y que luego «se diversificaron
formando tres linajes y migraron al resto del mundo, dicen los
científicos». Si cualquiera en cualquier otra disciplina, o un padre que
contase a sus hijos un cuento a la hora de ir a la cama, se acogiese a una
especulación tan exenta de datos, ¿se designaría a esto como «ciencia»?
Pero BBC News incluso permitió que un científico pontificase, sin plantearle
ninguna objeción, que este fósil «cubría un vacío en el registro fósil».

Como iconos del evolucionismo darwinista, parece que los caballos y los dinosaurios
no dan el peso. Y para demostrar que este no es un problema aislado, otros dos
artículos aparecidos esta semana proclaman el mismo tema antigradualista de la
aparición repentina. Un comunicado de prensa del Instituto Médico Howard Hughes
[HHMI] del 10 de diciembre se refería a experimentos realizados sobre peces
espinosos. «Los biólogos han estado debatiendo desde los tiempos de
Darwin sobre si la evolución puede proceder en una sola y gran etapa o si se
precisa de numerosos cambios individuales pequeños», decía el comunicado de
prensa. «El nuevo estudio, comunicado en el número de 10 de diciembre de 2009
de Science Express y dirigido por el investigador del HHMI David Kingsley, de la
Universidad de Stanford, proporciona pruebas de que la evolución puede saltar
en lugar de arrastrar los pies». Incluso en tal caso, el artículo trata
primordialmente de pérdidas y alteraciones de genes en la regulación de genes ya
existentes —no de aumentos en la información genética que exigiría una evolución
de las moléculas al hombre. La mejor manera en que pudieron vestir el estudio fue
decir: «Estamos consiguiendo los primeros y tentadores atisbos acerca de cómo
surgen nuevas variantes». Bien, que vuelvan cuando puedan ver más que unos
pretendidos atisbos.

Finalmente, Ken Smith, escribiendo para Nature News, decía: «Las nuevas
especies evolucionan a estallidos». PhysOrg lo decía de forma aún más
elocuente: «La evolución puede realizar saltos gigantescos». ¿A qué se
refiere? Mark Pagel comparaba cuatro modelos de especiación, usando «más de
100 grupos de especies del reino animal y vegetal, incluyendo los abejorros,
las tortugas, los zorros y las rosas». Su análisis refuta la «hipótesis de la Reina
Roja» de una evolución gradual y constante, y sugiere más bien que «podrían
surgir nuevas especies como resultado de sucesos singulares y excepcionales,
en lugar de mediante la acumulación gradual de muchos y pequeños
cambios a lo largo del tiempo, según un estudio realizado sobre miles de
especies y sus árboles filogenéticos». Aunque él mismo es un firme evolucionista,
Pagel se da cuenta de cuán antidarwiniana es su conclusión, y cómo puede herir la
susceptibilidad de los darwinistas: «Esto realmente va a contrapelo, porque la
mayoría de nosotros tenemos esta perspectiva darwiniana de la
especiación», decía. «Lo que estamos diciendo es que pensar acerca de la
selección natural como la causa de la especiación sea quizá un error».

Quizá el nuevo lema de los evolucionistas debería ser: «Un pequeño paso para un
modelo; un salto gigantesco para la evolución». ¿O se tratará de un voluntarista
salto de fe carente de todo fundamento?

1. Orlando et al, «Revising the recent evolutionary history of equids using ancient
DNA», Proceedings of the National Academy of Sciences publicado el 9 de diciembre
de 2009, doi: 10.1073/pnas.0903672106.

2. Disponible para el público en formato PDF en CRS. Bergman, Jerry, «The


Evolution of Dinosaurs: Much Conjecture, Little Evidence», Creation Research
Society Quarterly (Vol. 46, No. 2), Otoño de 2009.

«Sucesos singulares y excepcionales» —¿podría esto incluir algo así


como seis días de creación? A fin de cuentas, los darwinistas nos piden de
todos modos que creamos en milagros («saltos gigantescos» repentinos, y
animales que «surgen» de ninguna parte). Mientras los darwinistas se echan
las manos a la cabeza, meditemos: ¿cuál es el mensaje que nos dan los
datos fósiles?

Fuente: Creation·Evolution Headlines - Darwin vs. the Fossils 11/12/2009


Redacción: David Coppedge © 2009 Creation Safaris - www.creationsafaris.com
Traducción y adaptación: Santiago Escuain — © SEDIN 2009 - www.sedin.org

Fuente bibliografica:
http://sedin-notas.blogspot.com/2009/12/los-fosiles-contra-darwin.html