Está en la página 1de 7

LA HISTORIA DE LOS HOMBRES – JOSEP FONTANA

En sus orígenes la historia tuvo la función de servir de testimonio de la alianza entre un pueblo y sus
dioses, con la mediación de sus reyes y sacerdotes. Se laicizó entre griegos y romanos, pero volvió a
interpretarse en clave religiosa con el cristianismo. La era feudal, en que la historia se transformó en
crónica de los príncipes y sobre todo el renacimiento, le dieron una nueva entidad civil y la ilustración le
aportó una dimensión crítica, a la vez que se producía un hecho nuevo y trascendente que determinaría
su importancia futura: los historiadores escribirían desde este momento para un público amplio y
contribuirían a configurar el fenómeno de la opinión pública.
Los nuevos estados nacionales promovieron la tarea de los intelectuales que descubrieron que los
hechos históricos eran polivalentes y podían encajar en una pluralidad de interpretaciones distintas.

1-Los orígenes: la historiografía de la antigüedad clásica

Los mitos históricos nacen de las incertidumbres e inseguridades de los primeros estadios de esta
historia. La transmisión de este pasado compartido se realiza sobre todo a través de la épica oral. Las
primeras representaciones de intención histórica que conservamos son las que figuraban en los templos
y monumentos de las civilizaciones del mundo antiguo.
Los inicios de la historia escrita están ligados a la justificación del estado monárquico por el doble
camino de señalar su origen sagrado e identificarlo con el pasado de la comunidad. Los textos más
antiguos que se conocen son las listas y las crónicas de los reyes. El más importante es la “Crónica de
la monarquía una” (lista sumeria de los reyes). En el mundo mesopotámico existe toda una serie de
ellos, como las denominadas “Crónicas de Babilonia”, diarios sacerdotales en los que se anotaban los
sucesos astronómicos y metereológicos más destacados. También hay anuarios asirios, la “Historia
sincrónica” que relaciona los sucesos acaecidos en Asiria y en Babilonia durante los siglos que
estuvieron separaos y que han sido comparada con el “libro de los reyes” de la Biblia. La historiografía
hitita era del mismo estilo y se limitaba a textos narrativos “oficiales”: anales encargados por diversos
reyes para recordar sus conquistas y algunos textos biográficos.
La historia y el mito están también unidos en el antiguo Egipto. Se habría producido una
mitologización de la historia destinada a la legitimación del soberano como intermediario entre los
dioses y los hombres. Un objetivo aún más inmediatamente político es el de las inscripciones, que
glorificaban al faraón como defensor ante los invasores extranjeros. También tienen una finalidad
política, dirigida a un público más restringido. Todos estos textos corresponden a una idea legitimadora
de la monarquía: la suposición de que en los momentos en que falta una autoridad central vigorosa, el
desorden se difunde por la sociedad y llega incluso a la propia naturaleza.
Estas tradiciones historiográficas del Próximo Oriente, a las cuales es necesario añadir la de Israel, se
han desarrollado en un mundo de elementos culturales compartidos. Existen otras tradiciones
independientes, como la de China, donde la historia tenía un carácter didáctico y moralizador.
En el caso de la historiografía griega es preciso tener en cuenta que surgió en un contexto político muy
distinto al de las monarquías de Oriente. Era lógico que sus crónicas se preocuparan menos de las
genealogías de los reyes y más de los acontecimientos de los ciudadanos. Tiene sus raíces en el
cambio de conciencia política que se produjo en lagunas ciudades-estados con al difusión de una
economía monetaria. Las monarquías dieron paso a las tiranías, a las revoluciones que permitieron
establecer democracias.
La historia de Grecia era mucho más compleja y contradictoria de lo que se pensaba: estaba más
ligada a ese ámbito del Próximo Oriente de lo que se quería admitir y no se manifestaba como un
ascenso continuado hacia el apogeo clásico, sino que estaba constituida por un conjunto de etapas
variadas y distintas que tenían características propias. No se trata meramente de una crónica de
acontecimientos del pasado, sino de una investigación “histórica” de hechos que tienen que ver con el
presente. Esta historia ha nacido en la encrucijada de las influencias de tres tradiciones diferentes. El
método expositivo de los historiadores griegos, con una narración de sucesos en que los discursos
directos de los protagonistas se emplean para crear un sentido de viva inmediatez, son los mismos que
se usan en los poemas homéricos.
Según los filósofos jonios, la palabra “historia” deriva del verbo “explorar, descubrir” y se refiere a una
práctica de investigación sistemática que los pensadores jonios habían aplicado, un sigo antes de
Heródoto y de Tucídides, al estudio de la naturaleza. El más destacado logógrafos fue Mileto que
escribió una descripción de la tierra y una genealogía o mitología. Se propuso analizar racionalmente
los mitos del pasado.
La obra, “Historia” de Heródoto de Halicarnaso tenía como propósito central relatar los enfrentamientos
entre griegos y persas basándose en testimonios orales. También describe el mundo conocido por los
griegos, basado en los conocimientos adquiridos en los viajes que había hecho a Egipto, Fenicia o el
Mar Negro y en las conversaciones con viajeros. Ofrece distintas versiones. Es el “historiador de la
humanidad”
Tucídides describe la guerra entre Atenas y Esparta. Contó la historia desde el bando opuesto. Su
“Historia de la guerra del Peloponeso” es un libro muy distinto al de Heródoto, ya que se concentra en el
presente y en los asuntos internos (poca importancia de las instituciones democráticas atenienses). El
tiempo era el único en que el historiador podía usar su condición presencial como criterio de veracidad,
pero también aquel en que se planteaban los problemas que importaban realmente a sus lectores. La
historiografía greco-latina es “historia contemporánea”.
El más conocido de los continuadores de Tucídides es Jenofonte que escribió acerca de las más
diversas materias. Fue discípulo de Sócrates y participó en los últimos momentos de la guerra del
Peloponeso. Era de ideas políticas conservadoras, no se sentía a gusto en Atenas. Abandonó Grecia en
401 a. C. para unirse al ejército de mercenarios que iba a luchar a favor de Ciro el joven. “Anábasis” era
una narración vivida, de una aventura en que el autor tiene la virtud de no ocultarnos que está al frente
de una horda de saqueadores en tierra extranjera y que la razón no está de su parte sino de la de los
bárbaros. “Ciropedia”, algunos calificaron como la primera novela histórica interesó a los gobernantes
europeos de la época del absolutismo por lo que tenía de reflexión sobre la naturaleza del poder y sobre
su técnica, ya que Jenofonte argumenta que “gobernar a los hombres no ha de figurar entre las cosas
imposibles ni difíciles, si se sabe hacer”. El “Económico” es una rara y estimable fuente sobre la vida
económica y social de Atenas y en especial sobre la gestión doméstica, sobre la familia y sobre el
matrimonio.
Las “Helénicas” relata los acontecimientos que tuvieron lugar entre 411 y 362 a. C. es poco estimada y
se ha comparado desfavorablemente con los escasos fragmentos que se conservan de otra
continuación de Tucídides. Se ocupa de los años finales de la guerra del Peloponeso, el resto nos habla
de una época turbulenta que vio el ascenso y la caída de Esparta para acabar con la batalla de
Mantinea.
La historiografía griega de los dos siglos que van de Jenofonte a Polibio pueden decirse que nos es
desconocida. Para completar el cuadro hay que añadir el conjunto de los cronistas de Alejandro y las
obras de la llamada “historia trágica” que acentuaba los efectos dramáticos de la narración y recurría a
las fábulas y a los elementos maravillosos para conquistar a un público lector más extenso.
El primer gran hombre que aparece después de este período es el de Polibio, que escribió sobre Roma
y para los romanos. Entabló amistad con Escipión Emiliano, se convirtió en su consejero. Su obra
fundamental fue “Historia”. Su propósito era escribir una especie de historia universal que acabara
explicando “el cómo, cuándo y porqué de la sujeción de toas las partes conocidas del mundo al dominio
de los romanos”. Su historia pragmática implica tres componentes: 1-estudio de los documentos, con el
fin de establecer los hechos con veracidad, 2-investigación sobre el terreno (autopsia) para estudiar el
escenario y 3-conocimiento directo de las prácticas políticas. La finalidad de este método es ir más allá
de la simple narración de los hechos.
Arriano usa fuentes perdidas. El judío Favio Josefo en su Guerra de los judíos, escrita en arameo
y luego al griego, explica la historia del pueblo judío desde la creación hasta el inicio de la revuelta del
año 66. Plutarco escribió Vidas Paralelas. Es de escaso interés histórico, excepto como fuente de
informaciones puntuales procedentes de sus inmensas lecturas o recogidas personalmente, pero
reproducidas con poco sentido crítico. Luciano se caracteriza por burlarse de Tucídides, es antirromano
y objetivo. La historia en lengua griega no desaparecería sino que rebrotaría en los siglos III y IV, bajo la
influencia de lo que se ha denominado "la segunda sofistica" con autores como Herodiano. La
historiografía en lengua latina nació hacia el siglo II a. C. La historia escrita empezó de forma
diferente, con la voluntad de no parecerse a la analística sacerdotal, como podemos ver en los
escasos fragmentos que se han conservado de Fabio Pictor, que sería el primero en escribir
historia en latín. Carecia de aliento y la profundidad de los viejos modelos griegos, que no
satisfacían a los romanos.
Los "Comentarios" de Julio César sobre la guerra de las Galias y sobre la guerra civil contra Pompeyo
son textos literalmente valiosos, que interesan al historiador como fuente de información sobre la forma
de llevar a cabo una campaña militar, pero no son importantes desde el punto de vista del desarrollo de
la historiografía de su tiempo.
Todo lo contrario sucede con Salustio de quien se puede decir que es el auténtico fundador de la
nueva historia romana: de un género que se escribe para defender puntos de vistas políticos y
sociales. En "La conjuración de Catilina", sostenía que la corrupción de la república era la causa de la
crisis social. Lo que Salustio pretendía con esta obra era denunciar el peligro que representaría la crisis
social de la república, preparando el camino para la solución pacificadora que ofrecía a los romanos, a
cambio de la libertad, el imperio. "La guerra de Yugurta" se refería a sucesos anteriores, pero tenían
como objetivo escensial atacar a la aristocracia senatorial que traicionó los intereses del pueblo romano.
Titio Livio sería el primero de los historiadores del Imperio. Escribió "Historia de Roma desde su
fundación" donde relata los hechos de los romanos desde los orígenes hasta el presente (su presente,
es obvio). Los diez primeros libros se ocupan de los orígenes de la ciudad y del estado partiendo de
unos materiales que él mismo reconocía que tenían más que ver, pero racionalizando en lo posible los
mitos y explicando los acontecimientos con economía de los medios y con una constante intención
moralizadora y patriótica. El texto de Livio coincidía con esta política de creación de una conciencia
histórica que usaba gran variedad de medios, desde la restauración de monumentos hasta el apoyo
dado a la elaboración de un mito nacional con la Eneida de Virgilio. Livio era un hombre que no cumplía
las condiciones que Polibio pedía para un historiador: con una educación provinciana, escaso
conocimiento del mundo y ninguno de la política o de la milicia, escribió basándose en fuentes librescas
que no siempre entendió bien, de forma que comente errores.
Tácito escribió "Germania", la única monografía etnolográfica latina conocida, pero, sobre todo,
sus dos grandes obras históricas. La primera son las "Historias" donde se ocupa de la historia
reciente y los "Anales", donde se habla objetivamente de la etapa inmediatamente anterior, desde la
muerte de Augusto a la de Nerón. Tácito no se limita a narrar sucesos como Livio. Quiere hacer una
obra de reflexión a la manera de Salustio, destinada a la lectura y no a la recreación. Lo que debe
explicar no son hechos históricos, sino acontecimientos en apariencia insignificantes. Realiza un retrato
poco halagador de la sociedad romana, con un profundo desprecio por la plebe que aclamaba a un
emperador por puro servilismo. Las dos grandes figuras dominantes de su relato son Tiberio, de quien
realiza un retrato negativo y Nerón cuya corrupción nos describe en un marco en que se produce el
incendio de Roma y en un tiempo "manchado por tantos crímenes".
Suetonio escribió biografías, al igual que Cornelio Nepone. "Vidas de hombres ilustres" es un libro
muy diferente, más cercano a la biografía griega que tenía como objeto el de hacer una valoración
moral de las personas. El continuador de la tradición de la historiografía clásica sería Amino Marcelino
"el último de los grandes historiadores del imperio romano", quien escribió unas "Historias" que
continuaban las de Tácito a partir del punto en que éste las había dejado. Se le criticó su estilo literario.

2-La ruptura de la tradición clásica

Existe un vínculo que enlaza de la del mundo clásico con la edad media inventada a fin de hacer
encajar en el esquema evolutivo. La corriente más rica e innovadora de la historiografía medieval no ha
nacido de la herencia clásica sino que se ha desarrollado en los países musulmanes. La historiografía d
de los pueblos islámicos no tenía más antecedentes autóctonos que la poesía, las genealogías y los
relatos de batallas conservados.
La búsqueda histórica propiamente dicha comenzaría como consecuencia de la necesidad de recoger
los hechos y dichos de Mahoma y de sus primeros seguidores para alimentar las colecciones de hadths.
El primero de los grandes historiadores musulmanes fue al- Tabari que ordena cronológicamente, no
introduce razonamientos propios ni inferencias. Recopilaba lo que decían las fuentes escritas
musulmanas y lo enriquecía con unas tradiciones trasmitidas oralmente. El segundo de los grandes
nombres es al-Masudi quien se ha comparado con Heródoto por la amplitud de sus intereses científicos
y por el hecho de combinar geografía, etnología e historia. Se dijo que ha sido el primer historiador
musulmán árabe que aplicó los principios del método científico y del razonamiento filosófico al estudio
de la historia.
Se estaba comenzando a producir la asimilación del pensamiento griego, al-Biruni escribió una
Cronología de las naciones antiguas donde trataba de sistematizar y unificar las cronologías de las
diversas tradiciones históricas. El punto más alto se alcanza con Ibn Jaldun quien dice que la historia
tiene como objeto de estudio la sociedad humana, es decir, la civilización universal. Versa sobre lo que
se refiere a la naturaleza de la civilización musulmana, esto es: la vida salvaje y la vida social. La
historia se interesa por las profesiones lucrativas y por los modos de ganarse la vida que forman parte
de las actividades y los esfuerzos del hombre, así como por las ciencias y las artes. Este autor
representa a la vez la cima y el momento final de evolución del pensamiento historiográfico musulmán.
La historiografía islámica permanecerá sin más avances hasta el siglo XIX, cuando comenzó a recibir
influencia de la occidental.
La mayor continuidad con el mundo clásico helénico había de darse en teoría en Bizancio. Los
bizantinos tenían a su alcance una amplia literatura en lengua griega. Por más que buscaran a Heródoto
o a Tucídides, los historiadores bizantinos se limitaban a narrar los acontecimientos de su tiempo en
forma de crónica o de biografía. Cesaria escribió “Las guerras” que tienen un evidente interés como
fuentes de información sobre unos pueblos de los cuales apenas si se conservan más noticias, pero
también lo tienen por su calidad literaria, enriquecida por elementos narrativos, y por interesantes
retratos personales.
Miguel Psellos escribió “Cronología” donde narra los sucesos de los años que van desde 975 al 1078,
en un relato ordenado por reinado que se basa en su propia experiencia y donde los acontecimientos se
explican en términos de los intereses y las pasiones humanas. Razona su voluntad de escribir
limitándose a los hechos más importantes.
El legado de los historiadores bizantinos dejarían al despertar de la nueva historiografía del
Renacimiento sería sobre todo la aportación de informaciones y de manuscritos que enriquecen el
escaso conocimiento directo que se tenía en el occidente medieval de la literatura griega. En occidente
se produjo una ruptura con la cultura clásica. Se mantendría el latín. Tras el renacimiento carolingio se
volvería a una lengua artificial. En el siglo IV conviven las últimas muestras de una historiografía
“pagana” con las primeras de la cristiana. En la cultura cristiana los historiadores clásicos serían
olvidados. La historia antigua servía todo como fuente de anécdotas que se usaban como ejemplos
morales.
Los escritores de las historias cristianas no creían en hallarse en una nueva edad, sino que pretendían
absorber y asimilar la vieja: cristianizar el conjunto de la historia humana insertándola linealmente en la
tradición bíblica. Esto exigía la fijación de una cronología única con un tiempo universal, una tarea que
empezó Eusebio.
Lo que distingue sobre todo los nuevos esquemas de la historiografía cristiana de los de la clásica es
el hecho de que no busca la explicación de los fenómenos históricos en el interior de la propia sociedad,
en causas naturales o como consecuencia de los actos de los individuos, sino que supone que existe un
designio divino que determina por completo el curso de la historia. La nueva concepción global del
hombre en que se basaba esta visión de la historia iba a ser desarrollada por San Agustín. El estudio de
la historia le había de servir al cristiano como lección moral y para confirmar su fe con la secuencia de
los milagros y de las profecías.
Establecer la veracidad de los hechos era de un interés secundario para los cristianos. Los
acontecimientos prodigiosos abundaban “naturalmente” en la historiografía cristiana. Si la historia no
servía para entender al mundo, servía para indagar el futuro. La preocupación por la cronología tenía
otras finalidades relacionadas con la práctica litúrgica. También los monjes fueron los que empezaron a
preocuparse por la determinación más exacta de las horas del día, para poder cumplir con las normas.
Así se construyeron los primeros relojes mecánicos y la instalación de campanas.
Los siglos VI al IX vieron la aparición de los primeros historiadores de los pueblos germánicos. Los
vikingos, pese a que usaban la escritura rúnica para las inscripciones, conservaban el recuerdo de los
hechos de los antiguos héroes en poemas trasmitidos oralmente. Cuatro grandes nombres: Jordanes,
Gregorio de Tours, Beda y Pablo el Diácono.
La historia que explica Gregorio es un entramado de guerras, devastaciones, asesinatos,
envenenamientos y maldades de todo tipo, en medio de una naturaleza en que abundan los desastres,
anunciados casi siempre por signos celestiales o por prodigios. Se lo llamaba “Heródoto de la barbarie”,
escribió en latín precario las cosas que ha visto, oído o vivido y nos habla de unos tiempos llenos de
crímenes de los magnates o de los clérigos.
En Inglaterra la historia comenzó con Gildas, un monje del siglo V y de cuya persona y vida no
sabemos nada. Exhortaba a sus dirigentes a la reforma moral. La más importante de las figuras de la
historiografía medieval británica sería Beda que escribió tratados sobre cronología y sobre la fecha de la
Pascua. No realiza una crónica del mundo, sino que solamente habla de Inglaterra. Después de Beda la
historiografía británica, reducida a poca cosa más que a crónicas monásticas y anales, vivirá una
decadencia hasta ser recuperada como elemento de propaganda política hacia finales del siglo XIII.
Con el auge del feudalismo surgiría en la Europa occidental una nueva historiografía caballeresca
puesta al servicio de las monarquías y de la aristocracia feudal: una historiografía que no se escribe
exclusivamente en los monasterios que se dirige a un público más amplio y que adopta para ello las
lenguas vulgares. El resultado serán las historias de las cruzadas.
La visión elaborada por la Iglesia y por la nobleza, que establecieron la teoría de los 3 órdenes o
estados (caballeros, clérigos y los que trabajan) para justificar su situación de privilegio con una
pretensión de “división social” de las responsabilidades colectivas, tenían su fundamento en la
interpretación de la historia escrita en los monasterios y las cortes.
En el terreno civil una cultura popular de sátira y degradación expresada en la literatura y en la fiesta,
ponía en duda la validez del ideal caballeresco. Fue en Italia, en un país en que coexistían las
monarquías con las ciudades – estado republicanas, donde habría de surgir una visión del mundo que
se expresaría en innovaciones culturales como el primer humanismo de Padua, el pensamiento político
de Dante, etc.

3-Renacimiento y renovación de la historia

Se habla de humanismo como contraposición del escolasticismo. En origen aparece sobre todo la
filología. Hablamos de Lorenzo Valla. Su fama se debe a haber al aplicado un método de investigación
histórico-filológico al análisis de “La falsa donación de Constantino”, gracias a la cual pudo denunciar la
falsedad de la imaginaria donación por la cual el emperador habría transferido el poder temporal sobre
Italia y sobre todas las pcias. occidentales del imperio al papa Silvestre I. Él confirmó que el documento
era inaceptable desde un punto de vista histórico, utilizaba argumentos arqueológicos e historiográficos
para poner en evidencia que nadie había hablado de él durante siglos, y señalaba los anacronismos y
las incoherencias del texto, al lado de unos inexplicables errores del lenguaje que tenía una intención
política y religiosa.
La crítica filológica se aplicó sobre todo a la edición de textos. La mayoría de los humanistas no tenían
una buena preparación filológica e intervenían en los textos con interpretaciones poco fundamentadas.
Los métodos críticos tardaron bastante en aplicarse. Los avances más interesantes en el campo de la
historia no vendrían de la vertiente retórica del humanismo que buscaba escribir relatos literarios
acomodados estilísticamente a los modelos clásicos. El uso de fuentes documentales y el análisis de las
conexiones causales entre los sucesos eran cosas subsidiarias respecto del objetivo central de una
historia verdadera. El renacimiento de los estudios literarios estuvo asociado a las necesidades
derivadas del ascenso de la autonomía de las ciudades, que exigía que se formaran cancilleres, jueves
y funcionarios.
Sería sobre todo en Florencia donde se desarrollarían las nuevas ideas. Florencia sufriría una serie de
crisis políticas entre 1402 y 1527. En 1434 los Médicis habían conseguido controlar el gobierno y lo
dirigieron durante sesenta años, sin abolir de hecho las instituciones republicanas. Su régimen se
hundió en 1494, antes de la invasión francesa, y entonces se estableció una nueva constitución
republicana que otorgaba una mayor participación política a las capas medias y populares. Este
momento confuso se produjo la aparición de una conciencia política que expresaría en nuevas formas
de escribir la historia, anunciadas ya por Leonardo Bruni.
Maquiavelo dio su apoyo a la república contra la aristocracia, de manera que los Médicis lo
destituyeron del cargo que desempeñaba en la Cancillería, lo encarcelaron y torturaron. Luego fue
perdonado. Su libro “el príncipe” se nutre de experiencia de su vida política y se presenta como un
tratado de conducta política para un “príncipe nuevo” en las condiciones peculiares de la Italia de aquel
momento.
En los “Discorsi” la lección de los hechos de la antigüedad griega y romana (la historia como fuente de
conocimiento a través de la acumulación de las experiencias del pasado) se asocia a los comentarios
sobre la política italiana o francesa de su tiempo para extraer unas consecuencias generales de alcance
universal. Maquiavelo asocia historia y política, no al estilo de los humanistas sino a la manera
pragmática usando la historia para explicar el presente.
Guicciardini y Maquiavelo eran amigos íntimos. Tenían diferencias políticas porque el primero era
contrario a cualquier forma de democracia republicana. El realismo crítico de Guicciardini no entraba en
las causas de las conmociones sociales. Se basa en la experiencia y rehuye el recurso a los ejemplos
antiguos, lo cual lo sitúa fuera del humanismo, en plena modernidad. La influencia de Guicciardini se
dejaba sentir en las historiografías nacionales de los países absolutistas.
El más influyente de los teóricos franceses de la historia en estos tiempos fue Bodin, que tiene una
ambición reflexión teórica sobre la interpretación de la historia. No le interesa la forma de escribirla, sino
por su uso como herramienta de una visión global de la política, que lo conduciría a su obra
fundamental, “los seis libros de la república”, donde propone un arte de la política basado en su filosofía
de la historia. Bodin dividía lo que él llamaba historia en tres campos: la natural, que estudia las causas
que operan en la naturaleza, la sagrada, que se ocupa de las manifestaciones divinas y la historia
humana, que expone las gestas del hombre a través de las sociedades.
La aparición de la “historia de España” del jesuita Juan de Mariana cambiaría el panorama: su libro
estaba destinado a ser la obra de referencia para los lectores españoles durante mucho tiempo lo que
sirve para mostrar la escasa entidad de la historiografía castellana de los siglos XVI y XVII. En Castilla
se produjo una eclosión de la historiografía indiana, que transmitía a un mundo conmocionado por los
“descubrimientos” de gestas de los conquistadores y las maravillas de las nuevas tierras.
El interés por la evangelización llevó a un estudio de la cultura misma que se quería destruir que hizo
de los misioneros unos precursores de la antropología moderna. Todo ello abrió un mundo nuevo de
conocimiento. Lo que se salvó sobre todo de la herencia del Renacimiento fue el conjunto de los
métodos de crítica filológica y el trabajo arqueológico. La erudición crítica de los reformistas obligó a la
iglesia católica a depurar sus textos de la carga de mitos que se les había ido agregando y eso estimuló
una actividad de la que son un buen ejemplo los bolandistas y los benedictinos maurinos.
Los métodos eruditos que usaba esta escuela de religiosos estaban siendo desarrollados también por
aquellos que se dedicaban a la defensa de los derechos de los príncipes. Leibniz llevó a plantearse una
evolución geológica.
Los científicos del Renacimiento comenzaron la demolición de la cosmología aristotélico-tomista que
explicaba el mundo natural y que se completaba con una visión teológica del mundo humano,
avanzando en dos direcciones distintas: la de la magia natural y la de la filosofía mecánica, proponían
unos elementos que habrían de integrarse a la larga en sistemas alternativos que explicaran
conjuntamente el macrocosmos físico y el microcosmos humano.

4-La ilustración

La expresión “las luces” se ha usado para hablar de los conocimientos adquiridos por la humanidad.
El concepto de Ilustración nace en la Alemania de mediados del siglo XVIII y designa el acto de
“iluminar” y no la ilustración resultante. El cristianismo se basa en la revelación y en la tradición y no en
la razón.
Una de las asociaciones más frecuentes y más equívocas es la que se establece entre la Ilustración y
el absolutismo en el llamado “despotismo ilustrado”, un concepto inventado por los prusianos en el siglo
XIX. A mediados del siglo XX, nace una crítica de la Ilustración que la acusa de haber construido una
visión abstracta y universalista del hombre, y sostiene que su racionalismo y la búsqueda de
explicaciones totales, han llevado a los ilustrados a una concepción mecanicista del hombre y de la
sociedad. Todo en el universo está determinado y que lo único que es necesario para conocer un
acontecimiento es tener todos los datos sobre sus antecedentes.
La Ilustración sería pensamiento crítico, desconfianza hacia el saber establecido y el consentimiento
universal: la defensa de la razón contra la convicción, del saber transformador contra la tradición. Los
propios historiadores que vivían en un tiempo “lleno de noticias” y que obligó a los gobiernos a tomar
historiadores a su servicio para combatir los efectos de la crítica. Esto pasaba en unas sociedades
conmocionadas por los debates políticos que enfrentaban a las monarquías absolutas con las
demandas de representatividad política.
Algunos de los representantes esenciales de la Ilustración procedían de las formas de libre
pensamiento y de la crítica del siglo XVII francés. El fruto más importante de esta corriente sería la obra
de Bayle. Admiraba cada vez más los escépticos y los libertinos, la ciencia de lo concreto, la historia y la
erudición. Bayle criticaba los milagros, el argumento de autoridad y la tradición con opiniones tan
arriesgadas como el “ateísmo no conduce necesariamente a la corrupción de las costumbres”.
En 1697 apareció en Rótterdam su Diccionario Histórico de la Crítica, con un fuerte componente
crítico, muy especialmente respecto de materias de historia eclesiástica con una defensa constante de
la tolerancia de la libertad de conciencia. Criticó en lo que se refiere a materias eclesiásticas, no entra
nunca en cuestiones teológicas.
Su diccionario enseñó a razonar a los ilustrados y está en el origen de muchas crisis de conciencia.
Desde el punto de vista de la historia, además, Bayle, ha fundamentado, con el desarrollo del arte de las
notas como herramienta crítica, un modelo de trabajo erudito que será universalmente aceptado y que
ha llegado hasta nosotros sin demasiados cambios.
Las corrientes de la historiografía de la Ilustración pasarán en Nápoles por las figuras de Muratori que
aplicará los métodos críticos de la historiografía eclesiástica, de Mabillon a temas civiles en sus “Anales
de Italia”, y sobre todo de Giannone que publicó una “Historia civil del reino de Nápoles” que quería
hablar “del orden político de este noble reino, de sus leyes y costumbres”.
Vico quiso crear una ciencia nueva y global de la historia. Acepta la cronología de la Biblia que
reducía el curso de la historia a 5000 años, lo desacreditaría ante los hombres de fin de siglo
conocedores de la geología. Los herederos directos del estilo crítico de Bayle serán los “ilustrados”
franceses del siglo XVIII. Estos hombres rechazan de entrada el tipo de la historia erudita “monástica”
que consideran insegura.
Mostesquieu es el menos revolucionario de los hombres que revolucionaron el mundo. En sus “Cartas
persas” nos muestra el mundo a través de los ojos de unos viajeros orientales. Investigó los
fundamentos de las formas de gobierno y de las leyes. Por eso escribió “El espíritu de las leyes”. En el
estudio de las leyes feudales de los francos propone “iluminar la historia con las leyes y las leyes de la
historia”.
Voltaire escribió “Historia de Carlos XII”, iniciando la carrera que lo había de convertir en un escritor de
moda en Francia. Creía en el poder transformador del conocimiento y en la tolerancia. Todos sus libros
fueron prohibidos. No acepta ni la idea de que los hombres sean iguales, que la civilización los haya
pervertido y que estén hechos para vivir naturalmente, “aislados como bestias salvajes”. Fue él quien
escribió el artículo “Historia” para la Enciclopedia, donde comienza diciendo que “es el relato de los
hechos que se consideran verdaderos, al contrario de la fábula, que es el relato de los que se considera
falsos”. Distingue entre la veracidad y la acumulación de datos concretos propios de la erudición. Su
programa histórico se mostraría con toda claridad en “El siglo de Luis XIV”, un libro que no se ocupa de
Luis XIV, sino “del espíritu de los hombres en el siglo más ilustrado que nunca haya habido”, con
ambición auténtica de historia universal (contrastando con Bossuet, que había llamado “historia” a la de
cuatro o cinco pueblos y “sobre todo la de la pequeña nación india”. La historia del mundo se dividía en
4 siglos o épocas: el de Alejandro, el de César y Augusto, el de los Médicis y este siglo de Luis XIV. Su
objetivo no es explicar todo, sino solamente aquello que merece ser conocido.