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Historiografía como meta-historia: Si la Historia es una ciencia (cuyo objeto es el pasado de la

humanidad), se tiene que someter, como toda ciencia, al método científico, que aunque no pueda
aplicársele en todos los extremos de las ciencias experimentales, sí puede hacerlo a un nivel
equiparable a las llamadas Ciencias Sociales (ver metodología y metodología en las ciencias sociales).
Un tercer concepto confluyente a la hora de definir la Historia como fuente de conocimiento es la
«Teoría de la Historia», que puede llamarse también «historiología» (término acuñado por José Ortega y
Gasset). Su papel es estudiar la estructura, leyes y condiciones de la realidad histórica (DRAE);
mientras que la «historiografía» es el relato mismo de la historia, el arte de escribirla (DRAE).
Es imposible acabar con la polisemia y la superposición de estos tres términos, pero simplificando al
máximo: La historia son los hechos del pasado, la historiografía es la ciencia de la historia y la
historiología su epistemología.
La Filosofía de la Historia es la rama de la filosofía que concierne al significado de la historia humana, si
es que lo tiene. Especula un posible fin teleológico de su desarrollo, o sea, se pregunta si hay un
diseño, propósito, principio director o finalidad en el proceso de la historia humana. No debe confundirse
con los tres conceptos anteriores, de los que se separa claramente. Si su objeto es la verdad o el deber
ser, si la historia es cíclica o lineal, o existe la idea de progreso en ella, son materias ajenas a la historia
y la historiografía propiamente dichas, que trata esta disciplina. Un enfoque intelectual que tampoco
contribuye mucho a entender la ciencia histórica como tal es la subordinación del punto de vista
filosófico a la historicidad, considerando toda la realidad como el producto de un devenir histórico: ese
sería el lugar del historicismo, corriente filosófica que puede extenderse a otras ciencias, como la
Geografía.
Una vez despejada la cuestión meramente nominal, queda para la historiografía por tanto el análisis de
la historia escrita, las descripciones del pasado; específicamente de los enfoques en la narración,
interpretaciones, visiones de mundo, uso de las evidencias o documentación y métodos de presentación
por los historiadores; y también el estudio de estos mismos, a la vez sujetos y objetos de la ciencia.
La historiografía, más llanamente, es la manera en que la historia se ha escrito. En un amplio sentido, la
historiografía se refiere a la metodología y a las prácticas de la escritura de la historia. En un sentido
más específico, se refiere a escribir sobre la historia en sí.

Historiografía y perspectiva: el objeto de la Historia: La historia no tiene más remedio que seguir la
tendencia a la especialización que tiene cualquier disciplina científica. El conocimiento de toda la
realidad es epistemológicamente imposible, aunque el esfuerzo de un conocimiento transversal,
humanístico, de todas las partes de la historia, es exigible a quien verdaderamente quiera tener una
visión correcta del pasado.
Así pues la historia debe segmentarse no sólo porque el punto de vista del historiador esté contaminado
de subjetividad e ideología, como habíamos visto, sino porque necesariamente debe optar por un punto
de vista, al igual que un científico, si quiere observar su objeto, debe optar por utilizar un telescopio o un
microscopio (o, de forma menos grosera, qué tipo de lente va a aplicar). Con el punto de vista se
determina la selección de la parte de la realidad histórica que se toma como objeto, y que sin duda dará
tanta información sobre el objeto estudiado como sobre las motivaciones del historiador que estudia.
Esa visión sesgada puede ser inconsciente o consciente, asumida con más o menos cinismo por el
historiador, y es distinta para cada época, para cada nacionalidad, religión, clase o ámbito en el que el
historiador quiera situarse.
La inevitable pérdida que supone la segmentación, se compensa con la confianza en que otros
historiadores harán otras selecciones, siempre sesgadas, que deben complementarse. La pretensión de
conseguir una perspectiva holística, como pretende la Historia total o la Historia de las Civilizaciones, no
sustituye la necesidad de todas y cada una de las perspectivas parciales como las que se tratan a
continuación:
Los sesgos temporales van desde las periodizaciones clásicas Prehistoria, Historia, Edad Antigua, Edad
Media, Edad Moderna o Edad Contemporánea, hasta las historias por siglos, reinados, etc. La
periodización clásica (ver su justificación en División del tiempo histórico) es discutible tanto por la
necesidad de periodos de transición y solapamientos, como por no representar periodos coincidentes
para todos los países del mundo (por lo que ha sido acusada de eurocéntrica).
Los Anales fueron uno de los orígenes de la fijación de la memoria de los hechos históricos en muchas
culturas. Las crónicas (que ya en su nombre indican la intención del sesgo temporal) son usadas como
reflejo de los acontecimientos notables de un periodo, habitualmente un reinado (véase en su artículo y
más abajo en Historiografía de la Edad Media e Historiografía española medieval y moderna). La
arcontología sería la limitación del registro histórico a la lista de nombres que ocupaban determinados
cargos de importancia ordenados cronológicamente. De hecho, la misma cronología, disciplina auxiliar
de la historia, nace en muchas civilizaciones asociada al cómputo del tiempo pasado que se fija en la
memoria escrita por los nombres de los magistrados, como ocurría en Roma, donde era más corriente
citar un año por ser el de los cónsules tal y cual. En el Antiguo Egipto, la datación del tiempo se hizo por
años (Piedra de Palermo), años, meses y días de reinado del faraón (Canon Real de Turín), o dinastías
(Manetón). Es muy significativo que en las culturas no históricas, que no fijan mediante la escritura la
memoria de su pasado, es muy frecuente no plantearse la duración concreta del tiempo pasado más
allá de unos pocos años, que pueden ser incluso menos que los que dura una vida humana. Todo lo
que ocurre fuera de ello sería hace mucho tiempo, o en tiempo de los antepasados, que pasa a ser un
tiempo mítico, ahistórico.
El tratamiento cronológico es el más usado por la mayor parte de los historiadores, pues es el que
corresponde a la narración convencional, y el que permite enlazar las causas pasadas con los efectos
en el presente o futuro. No obstante, se emplea de distinta manera: por ejemplo, el historiador siempre
tiene que optar por un tratamiento sincrónico o diacrónico de su estudio de los hechos, aunque muchas
veces hacen sucesivamente uno y otro.
• El tratamiento diacrónico estudia la evolución temporal de un hecho, por ejemplo: estudiaría la
formación de la clase obrera en Inglaterra a lo largo de los siglos XVIII y XIX)
• El tratamiento sincrónico se fija en las diferencias que el hecho histórico estudiado tiene al
mismo tiempo pero en diferentes planos, por ejemplo: compararía la situación de la clase obrera en
Francia e Inglaterra en la coyuntura de la revolución de 1848 (ambos ejemplos están tomados de E. P.
Thompson)
Periodos o momentos especialmente atractivos para los historiadores terminan convirtiéndose, por la
intensidad del debate y el volumen de la producción, en verdaderas especialidades, como la Historia de
la Guerra Civil Española, la Historia de la Revolución Francesa o la Revolución Soviética, la Historia de
la Independencia Americana.
También son de consideración las diferentes concepciones del tiempo histórico, que según Fernand
Braudel van desde la larga duración al acontecimiento puntual, pasando por la coyuntura.

Sesgos metodológicos: las fuentes no escritas: Para el caso del periodo prehistórico, la radical
diferencia de fuentes y método (así como la división burocrática de las cátedras universitarias) la hacen
ser una ciencia muy distante de la que hacen los historiadores, sobre todo cuando tales fuentes y
método se prolongan, dando primacía al uso de las fuentes arqueológicas y el estudio de la cultura
material en periodos para los que ya hay fuentes escritas, hablándose entonces no de la Prehistoria,
sino propiamente de la Arqueología con sus propias periodizaciones Arqueología clásica, Arqueología
medieval, incluso Arqueología industrial. Menor diferencia pude hallarse con el uso de las fuentes orales
en lo que se conoce con el nombre de Historia oral. No obstante, hay que recordar lo ya dicho (véase
más arriba sesgos temporales) sobre la primacía de las fuentes escritas y lo que éstas determinan la
ciencia historiográfica y la propia conciencia de la historia en su protagonista -que es toda la
humanidad-.

Sesgos espaciales: Como la Historia continental, Historia nacional, Historia regional. El papel de la
Historia nacional en la definición de las propias naciones es innegable (para España, por ejemplo,
desde las Crónicas medievales hasta la Historia del Padre Mariana (véase nacionalismo, nación
española). Puede también verse, en este mismo artículo (Historia de la Historia), cómo se agrupan
separadamente los historiadores por nacionalidad, además de por época o tendencia.
La Geografía dispone de conceptos no más potentes pero sí menos arbitrarios, que han permitido
edificar la prestigiosa rama de la Geografía regional. La Historia local es sin duda la de más fácil
justificación y validez universal, siempre que supere el nivel de la simple erudición (que al menos
siempre servirá como fuente primaria para obras de mayor ambición explicativa).

Sesgos temáticos: Son los que darían paso a una historia sectorial, presente en la historiografía
desde muy antiguo, como ocurre con
• la Historia política, reducida a historia evenemencial o categorizada en la Historia de las
instituciones, la Historia de los sistemas políticos, la Historia del Derecho o la Historia militar;
• la Historia económica, a veces hermanada con la Historia social, que no obstante, puede
también entenderse como Historia del movimiento obrero o una más universal Historia de los
movimientos sociales;
• la Historia de la Iglesia, tan antigua como ella misma, o la Historia de las religiones, nacida por la
necesidad de hacer su estudio comparado;
• la Historia del Arte, nacida en la misma Antigüedad Clásica con la valoración de su producción
artística y la de su pasado;
• más reciente que éstas, pero englobándolas en cierto modo, la Historia de las ideas, que puede
incluir las creencias, las ideologías o la Historia de la ciencia y de la técnica y con ellas subdividirse
hasta el infinito: la Historia de las doctrinas económicas, la Historia de las doctrinas políticas;
Una manera de preguntarse cuál es el objeto de la Historia es elegir qué merece ser conservado en la
memoria, cuáles son los hechos memorables. ¿Lo son todos, o lo son sólo los que cada historiador
considera trascendentales? En la lista anterior tenemos las respuestas que cada uno puede dar.
Algunas de estas denominaciones encierran no una simple parcelación, sino visiones metodológicas
opuestas o divergentes, que se han multiplicado en el último medio siglo. La historia es hoy más plural
que nunca antes, escindida en multitud de especialidades, tan fragmentada que muchos de sus ramas
no se comunican entre ellas, sin ver sujeto ni objeto común:
• la microhistoria, que se interesa en la especificidad de los fenómenos sociales desde una
perspectiva que ha sido comparada con la lupa de aumento;
• la historia de la vida cotidiana, que desde una selección similar del objeto, abre después el
campo de visión buscando la generalización;
• la historia de las mujeres o los llamados estudios de género, como muchas historias
transversales, que a veces pueden englobarse como historia de las minorías, o disgregarse
temáticamente como la historia de la sensibilidad, la historia de la sexualidad;
• modificaciones de la historia económica como la cliometría o la historia de la empresa;
• la historia cultural, que registra un nuevo impulso tras varios decenios;
• la historia del tiempo presente, creada en los años 1980 y que se interesa en las grandes
rupturas de nuestra época;
• la climatología y la genética junto a otras disciplinas, se están dejando notar más recientemente
en el debate historiográfico, a través de la historia ambiental o ecohistoria, los cada vez más utilizados
estudios de genética poblacional;

Géneros historiográficos: Puede señalarse que hay géneros historiográficos que participan de la
Historia pero pueden llegar a alejarse más o menos de ella: un extremo lo ocuparían los
terrenos de la ficción que ocupa la novela histórica, cuyo valor desigual no empaña su
importancia. Otro extremo lo ocuparían la Biografía y un género anejo, sistemático y
extraordinariamente útil para la historia general como es la Prosopografía. Vinculada con la
historia desde el comienzo del registro escrito, una de las principales preocupaciones a la hora
de fijar los datos fue lo que hoy llamamos Arcontología (listas de reyes y dirigentes).

Corrientes historiográficas: el sujeto de la Historia: De una manera más declarada, las corrientes
historiográficas suelen explicitar su metodología de forma combativa, como el Providencialismo de
origen cristiano (no hay que olvidar, que además de la tradición historiográfica griega de Herodoto o
Tucídides, el origen de nuestra historiografía es la Historia sagrada), o el Materialismo histórico de
origen marxista (que triunfó en los ambientes intelectuales y universitarios europeo y americano a
mediados del siglo XX, quedando adormecido al menos desde la caída del muro de Berlín).
A veces las etiquetación de las corrientes es obra de sus detractores, con lo que los historiadores en
ellas encasillados pueden o no estar conformes con la manera en que quedan definidos. Tal cosa
podría decirse del mismo providencialismo, pero sería más propio para corrientes más modernas, como
el positivismo burgués, la historia evenemencial (de los acontecimientos), etc.
Interpretar la historiografía como parte del ambiente intelectual de la época en que surge es siempre
necesario. Toda producción cultural es dependiente del modelo cultural existente, llámese a esto la
moda, del estilo o el paradigma dominante en arte o filosofía; y es evidente que el registro de la historia
es una producción cultural. La de construcción, el pensamiento débil o la posmodernidad, conceptos de
finales del siglo XX, han sido la incubadora de la presente de construcción de la historia, que para
algunos sólo es una narración. Una buena manera de distinguir la interpretación de la historia que tiene
una corriente historiográfica es preguntarse a qué considera sujeto histórico o el protagonista verdadero
de la historia.
Agrupaciones de historiadores: Grupos de historiadores que comparten metodología (y se
autopromocionan conjuntamente con el potente mecanismo publicación-cita) surgen a veces
en torno a revistas, como la francesa Escuela de Annales (ver en este mismo artículo), la
inglesa Past and Present o la italiana Quaderni Storici; grupos de investigación o las propias
cátedras universitarias, que son la cúspide de la reproducción de las élites historiográficas, a
través del clientelismo y el reconocimiento entre pares (peer review).

Historia de la Historia: La aparición de la historia es equivalente a la de la escritura, pero la conciencia


de estudiar el pasado o de dejar para el futuro un registro de la memoria es una elaboración más
compleja que las anotaciones de los templos sumerios. Las estelas y relieves conmemorativos de
batallas en Mesopotamia y Egipto ya son algo más aproximado.
El resto de las civilizaciones asiáticas alcanzan la escritura y la historia a su propio ritmo, compilan sus
fuentes teológicas en forma de libros sagrados -en ocasiones con partes históricas (la Biblia hebrea) o
sofisticaciones cronológicas (los Vedas hindúes)-, registran sus propios Anales y finalmente su propia
historiografía

Grecia: Los primeros cronistas griegos, que se interesaron sobre todo en los mitos de origen (los
logógrafos), practicaban ya el recitado de acontecimientos. Su narración podía apoyarse en
escritos, como era el caso de Hecateo de Mileto (segunda mitad del siglo VI adC.). En el siglo V
adC., Herodoto de Halicarnaso se diferencia de ellos por su voluntad de distinguir lo verdadero
de lo falso; por ello realiza su "investigación" (etimológicamente: "historia"). Una generación
después, con Tucídides, esta preocupación se transforma en espíritu crítico, fundado sobre la
confrontación de diversas fuentes orales y escritas. Su Historia de la guerra del Peloponeso
puede ser vista como la primera verdadera obra historiográfica.
Los continuadores del nuevo género literario de Herodoto y Tucídides fueron muy numerosos en la
Grecia Antigua y pueden contarse entre ellos Jenofonte (autor de la Anábasis), Posidonio, Ctesias,
Apolodoro de Artemisa, Apolodoro de Atenas, Aristóbulo de Casandrea... (ver literatura griega e
historiografía helenística)
En el siglo II adC., Polibio, en su Pragmateia (traducido también como "Historia"), tratando quizá de
escribir una obra de geografía, aborda la cuestión de la sucesión de los regímenes políticos para
explicar cómo su mundo ha entrado en la órbita romana. Es el primero en buscar causas intrínsecas al
desarrollo de la historia más que evocar principios externos. En esas alturas del periodo helenístico, la
Biblioteca y el Museo de Alejandría representaban la cumbre del afán griego por preservar la memoria
del pasado, lo que implica su valoración como herramienta útil para el presente y el futuro.

Roma: La civilización romana dispone, a semejanza de los griegos Homero y Hesiodo, de mitos de
origen que recogió Virgilio poetizados en la Eneida como un elemento del programa ideológico
diseñado por Augusto. También al menos desde la República, mantuvo un cuidado especial
por la recopilación de hechos en Anales, la legislación escrita y los archivos vinculados al
sagrado de los templos. Hasta las guerras púnicas la recopilación de los principales sucesos
acaecidos estaba a cargo de los pontífices, en forma de crónicas anuales.
La primera obra histórica completa latina es Los Orígenes de Catón (siglo III adC.).
El contacto de Roma con el mundo mediterráneo, primero Cartago, y sobre todo Grecia, Egipto y
Oriente fue fundamental para ampliar la visión y utilidad de su género histórico. Los historiadores (sean
romanos o griegos) acompañarán en las campañas militares a los ejércitos, con el declarado fin de
preservar su memoria a la posteridad, recopilar información de utilidad y justificar sus acciones. La
lengua culta, el griego, se utilizará para este género a la par que la más sobria latina.
Salustio, el Tucídides romano, escribe De Coniuratione Catilinae (la Conjuración de Catilina, de la que
es contemporáneo, 63 adC.). Realiza un relato extenso de las causas lejanas de la conjuración, así
como de la ambiciones de Catilina, retratado como un noble degenerado y sin escrúpulos. En Bellum
Ingurthinum (guerra de Yugurta rey de los númidas, 111 adC. a 105 adC.), denuncia un escándalo
colonial. Historiae era su obra más ambiciosa y madura, conservada parcialmente, que abarcaba en
cinco libros los doce años transcurridos desde la muerte de Sila en el 78 adC. hasta el 67 adC. No es la
precisión histórica lo que le interesa, sino la narración de unos hechos con sus causas y consecuencias,
así como la posibilidad de esclarecer el desarrollo del proceso de la degeneración en que la República
se vio inmersa. Aparte del individuo, el objeto de su observación se centra en las clases sociales y las
facciones políticas: idealiza un pasado virtuoso, y detecta un proceso de decadencia que atribuye a los
vicios morales, a la discordia social y al abuso del poder por parte de las distintas facciones políticas.
Julio César con su Commentarii Rerum Gestarum, acerca de dos de las más grandes acciones bélicas
que llevó a cabo: la guerra de las Galias (58 adC.-52 adC.) (De Bello Gallico) y la guerra civil (49 adC.-
48 adC.) (De Bello Civili).
Tito Livio (59 adC.-17 dC.), con los 142 libros de Ab Urbe Condita, divididos en grupos de diez libros
que se conocen con el nombre de "décadas", que se han perdido en su mayor parte, escribe una gran
historia nacional, cuyo único tema es Roma ("fortuna populi romani") y cuyos únicos actores son el
Senado y el pueblo de Roma ("senatus populusque romanus" o SPQR). Su propósito general es ético y
didáctico; sus métodos fueron los del griego Isócrates del siglo IV adC.: es el deber de la Historia decir
la verdad y ser imparcial, pero la verdad debe presentarse con una forma elaborada y literaria. Utiliza
como fuente a los primeros analistas y a Polibio, pero su patriotismo le lleva a deformar la realidad en
detrimento de lo exterior y a un escaso espíritu crítico. Es historiador de gabinete, no viaja ni conoce
personalmente los escenarios de los hechos que describe.
Publio Cornelio Tácito (55-120 dC.), el gran historiador del Imperio bajo los Flavios, es sobre todo un
investigador de las causas.
La nómina de historiadores de época romana es extensísima, tanto en lengua latina (Plinio el Viejo,
Suetonio...) como en griega (Estrabón, Plutarco).
En la decadencia de Roma, el cristianismo vendrá a dar un cambio metodológico radical, introduciendo
el providencialismo de Agustín de Hipona. Es ejemplo Orosio, presbítero hispano de Braga (Historiae
adversum paganus).

Edad Media: La historiografía medieval se escribe principalmente por hagiógrafos, cronistas,


miembros del clero episcopal cercanos al poder, o por monjes. Se escriben genealogías,
anales áridos, listas cronológicas de acontecimientos sucedidos en los reinos de sus soberanos
(anales reales) o sucesión de abades (anales monásticos); vidas (biografías de carácter
edificante, como las de los santos merovingios, o más tarde de los reyes de Francia), e
Historias que cuentan el nacimiento de una nación cristiana, exaltan una dinastía o, al contrario,
fustigan a los malvados desde una perspectiva religiosa. Esta historia, de la que son muestra de
Beda el Venerable (Historia eclesiástica del pueblo inglés, siglo VIII) o Isidoro de Sevilla
(Etimologías e Historia Gothorum), es providencialista, de inspiración agustinista, e inscribe
las acciones de los hombres en los designios de Dios. Hay que esperar al siglo XIV para que los
cronistas se interesen por el pueblo, gran ausente de la producción de este periodo, por ejemplo
la del francés Froissart o el florentino Matteo Villani.

Edad Moderna
Durante el Renacimiento, el humanismo aporta un gusto renovado por el estudio de los textos antiguos,
griegos o latinos, pero también por el estudio de nuevos soportes: las inscripciones (epigrafía), las
monedas (numismática) o las cartas, diplomas y otros documentos (diplomática). Estas nuevas ciencias
auxiliares de la época moderna contribuyen a enriquecer los métodos de los historiadores: en 1681 Dom
Mabillon indica los criterios que permiten determinar la autenticidad de un acta por la comparación de
fuentes diferentes en De Re Diplomática. En Nápoles, más de doscientos años antes, Lorenzo Valla al
servicio de Alfonso V de Aragón había conseguido demostrar la falsedad de la pseudo-Donación de
Constantino. Giorgio Vasari con sus Vidas de artistas nos ofrece a la vez una fuente y un método
historiográfico para la Historia del Arte.
En esta época la historia no se diferencia de la geografía ni siquiera de las ciencias naturales. Se dividía
en dos partes: la historia general (la que hoy llamaríamos historia) y la historia natural (ciencias
naturales y geografía). Este sentido amplio de historia se explica por la etimología del término (ver
Historia).
La cuestión de la unidad del reino que plantean las guerras de religión de Francia en el siglo XVI dan
origen a trabajos de historiadores que pertenecen a la corriente llamada historia perfecta, que muestra
que la unidad política y religiosa de la Francia moderna es necesaria, al derivarse de sus orígenes galos
(Etienne Pasquier, Recherches de la France). El providencialismo de autores como Bossuet (Discurso
sobre la historia universal, 1681), tiende a devaluar la significación de cualquier cambio histórico.
En paralelo, la historia se muestra como instrumento de poder: se pone al servicio de los príncipes,
desde Maquiavelo hasta los panegiristas de Luis XIV, entre los que se cuenta Jean Racine.

Historiografía española medieval y moderna: No era esto ninguna novedad, y la historiografía


española es quizá el ejemplo más completo de un secular esfuerzo por mantener la continuidad
de la memoria escrita del pasado, que tan buen servicio dio desde las Crónicas medievales que
justificaban la Reconquista, para afianzar el poder de los reyes en los distintos reinos cristianos.
Las crónicas: Para Asturias, León y Castilla se encadenan sucesivamente en un conjunto muy
completo, que comienza realmente con dos crónicas redactadas en territorio andalusí: la
Crónica bizantina-árabe (741) y la Crónica Mozárabe (754), que preceden a una crónica
perdida del reinado de Alfonso II y establecen su continuidad con las de Alfonso III a finales
del siglo IX (Crónica Albeldense, Crónica Rotense, Crónica Profética y Crónica
Sebastianense); la de Sampiro (del reinado de Bermudo II, cercana al año 1000); las del siglo
XII (Crónica Silense o del monje anónimo de Santo Domingo de Silos, en torno al 1110, la de
Pelayo, obispo de Oviedo, la Crónica del Emperador Alfonso VII y la del monje anónimo de
Nájera, estas tres de finales del siglo); las del reinado de Fernando III el Santo (Chronicon
mundi de Lucas, obispo de Tuy, Crónica latina de los Reyes de Castilla de Juan, obispo de
Osma y De rebus Hispaniae del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada); las de
Alfonso X el Sabio (Estoria de España, editada por Ramón Menéndez Pidal con el título de
Primera Crónica General, y la Grande e General Estoria); llegando a las del siglo XIV, en que
destacan las Crónicas de Pedro López de Ayala (Crónica del rey don Pedro, la de Enrique II,
la de Juan I y la inacabada de Enrique III), más sobrias y pegadas a los hechos que las
contemporáneas europeas, aunque su fin primordial fuera la la autojustificación de su autor,
Canciller de Castilla, que también compuso un Rimado de Palacio donde describe a sus
contemporáneos.
En el siglo XV la recopilación cronística se multiplicó: Suma de crónicas de España, de Pablo García de
Santa María (hasta 1412); Crónica de Juan II (sobre hechos de 1406 a 1434) por Álvar García de Santa
María (h.1370-1460), hermano de Pablo (es reanudada con el nombre de Crónica del Halconero por
Pedro Carrillo de Huete, siendo refundida por Lope de Barrientos); Alfonso Martínez de Toledo
(Arcipreste de Talavera) escribió en 1443 una Atalaya de las Crónicas; la Crónica de Álvaro de Luna
(1453) es atribuida a Gonzalo Chacón; Diego de Valera escribe la Crónica abreviada de España o
Crónica Valeriana (1482), que concluye en el reinado de Juan II, el Memorial de diversas hazañas para
el de Enrique IV (1486-1487) y la Crónica de los Reyes Católicos (hasta 1488).
En los otros reinos cristianos peninsulares, la literatura cronística es algo más tardía, pero produce la
primera historia general de España en una lengua romance: el Liber regum, redactado entre 1194 y
1211 en aragonés, que cuenta la historia de los distintos reinos cristianos desde los orígenes míticos de
la historia peninsular. El Condado de Aragón produce en 851 la Passio beatissimarum birginum
Nunilonis atque Alodie. Y del posterior reino contamos con los Anales de San Juan de la Peña, del siglo
XII, que fueron copiados en la Crónica homónima. Del mismo siglo data una Breve historia ribagorzana
de los reyes de Aragón.
Para la Corona de Aragón, tras las Gestas veterum Comitatum Barcinonensium et Regum
Aragonensium (iniciada el siglo XII y continuada hasta el XIV), se destacan el Llibre dels feyts o Crónica
de Jaime I el Conquistador; la Crónica de San Juan de la Peña o de Pedro el Ceremonioso; la de
Ramón Muntaner, que cubre el periodo 1207-1328, incluyendo la famosa expedición de los
almogávares, en la que participó; y la de Bernat Desclot Llibre del rei En Pere d'Aragó e dels seus
antecessors passats (segunda mitad del siglo XIII).
Completan el panorama peninsular la Crónica de los Reyes de Navarra (1454) del Príncipe de Viana
(compuesta para justificar su aspiración al trono) y los Annales Portugaleses Veteres (987-1079).

Siglo XVI: Después de la unificación de los Reyes Católicos, ya en la Edad Moderna, continúa
explícitamente con esa misma función la monumental Historia de España del Padre Mariana
(De Rebus Hispaniae libri XX, 1592, aumentada a treinta libros en su propia traducción al
castellano en 1601), célebre por otro lado por su defensa del tiranicidio en De Rege et regendi
ratione escrita para la educación de Felipe III. Otros cronistas del siglo XVI son Florián de
Ocampo y Ambrosio de Morales (continuando este la Crónica General en cinco libros iniciada
por aquel); Jerónimo Zurita (Anales de la Corona de Aragón) y Esteban de Garibay
(Compendio Historial de las Chronicas y Universal Historia de todos los reynos de España).

Siglo XVII: La historiografía barroca incluye fantasiosas manipulaciones históricas, como los plomos
del Sacromonte o los falsos cronicones de Ramón de la Higuera. Fray Prudencio de
Sandoval continúa la crónica de Ocampo y Morales y redacta una Historia de la vida y hechos
del Emperador Carlos V; Pedro de Salazar y Mendoza un Origen de las dignidades seglares
de Castilla y León, y Bartolomé Leonardo de Argensola los Anales de Aragón.
A finales del siglo XVII, la reflexión sobre la historiografía misma surge en España como necesidad
derivada de la acumulación de tan ingente corpus cronístico, siendo su primer intento la Noticia y juicio
de los más principales historiadores de España, de Gaspar Ibáñez de Segovia, Marqués de Mondéjar
(publicado tras su muerte en 1708).

Otros géneros historiográficos: Otros géneros historiográficos también se cultivan desde la Edad
Media, como el tratamiento de una figura aislada (ciclo de el Cid), y ya en el siglo XV las
memorias (Leonor López de Córdoba, circa 1400), la biografía (El Victorial de Gutierre Díez
de Games, Generaciones y Semblanzas de Fernán Pérez de Guzmán) y la relación de un
hecho puntual, como el Libro del paso honroso de Suero de Quiñones, de Rodríguez de
Lena. Los libros de viajes como el de Pedro Tafur o el de Ruy González de Clavijo (que fue
embajador ante Tamerlán), proporcionan informaciones muy valiosas.

Ilustración: En el siglo XVIII, tuvo lugar un cambio fundamental: los planteamientos intelectuales de la
Ilustración de una parte, y de otra el descubrimiento de la alteridad en otras culturas ajenas a
la europea (el exotismo, el mito del buen salvaje), suscita un nuevo espíritu crítico (aunque de
hecho, son parecidas circunstancias a las que se podían ver en Herodoto). Se ponen en
cuestión los prejuicios culturales y el universalismo clásico.
El descubrimiento de Pompeya renueva el interés por la Antigüedad clásica (Neoclasicismo) y
proporciona materiales que inauguran una naciente ciencia de la arqueología. Las naciones europeas
alejadas del Mediterráneo buscan sus orígenes históricos en mitos y leyendas que a veces se inventan
(el Ossian de James Macpherson, que simuló haber encontrado al Homero celta).
También se interesan en las costumbres nacionales los franceses Fenelon, Voltaire (Historia del imperio
de Rusia bajo Pedro el Grande y El siglo de Luis XIV, 1751) y Montesquieu, que teoriza sobre ello en El
espíritu de las leyes. En Inglaterra, Edward Gibbon escribe su monumental Historia del Declive y Caída
del Imperio Romano (1776-1788), donde hace de la precisión un aspecto esencial del trabajo del
historiador.
Los límites de la historiografía del siglo XVIII son la sumisión a la moral y la inclusión de juicios de parte,
con lo que su objeto permanece limitado.
En España destaca la España Sagrada del padre agustino Enrique Flórez, recopilación de documentos
de historia eclesiástica, expuesta con criterio ultraconservador (1747 y continuada tras su muerte hasta
el siglo XX) y la Historia crítica de España del jesuita desterrado Juan Francisco Masdeu; desde una
perspectiva más ilustrada tendríamos al regalista Melchor Rafael de Macanaz, al crítico Gregorio
Mayans y Siscar (uno de sus discípulos, Francisco Cerdá y Rico, intentó emular a Lorenzo Valla
discutiendo la veracidad del medieval voto de Santiago), y más avanzado el siglo al propio Gaspar
Melchor de Jovellanos, Juan Sempere y Guarinos, Eugenio Larruga y Boneta (Memorias políticas y
económicas), y el espléndido documento recopilatorio que es el Viaje de España de Antonio Ponz.
Intermedio entre ambas tendencias se encuentra el caso de Juan Pablo Forner, casticista en su famosa
Oración apologética por España y su mérito literiario (1786) y reformista en otras obras, publicadas
después de su muerte.

Siglo XIX: la historia, ciencia erudita: Es un periodo rico en cambios, tanto en la manera de concebir
la historia como en la de escribirla.
En Francia se la considera como una disciplina intelectual distinta de otros géneros literarios desde el
comienzo del siglo, cuando los historiadores se profesionalizan y fundan los archivos nacionales
franceses (1808). En 1821 se crea la Ecole nationale des Chartes, primera gran institución para la
enseñanza de la historia.
En Alemania, esta evolución se había producido antes, y estaba presente en las universidades de la
Edad Moderna. La institucionalización de la disciplina da lugar a vastos corpus que reúnen y transcriben
sistemáticamente las fuentes. El más conocido es Monumenta Germaniae Historica, desde 1819. La
Historia gana una dimensión de erudición, pero también de actualidad. Pretende rivalizar con las demás
ciencias, sobre todo con el gran desarrollo que están teniendo éstas. Theodor Mommsen contribuye a
dar a la erudición las bases críticas, en su Römische Geschischte (Historia de Roma) 1845-1846,
además de colaborar en el citado Monumenta Germania Histórica y Corpus Inscriptionum Latinarum.
En Francia, desde los años 1860, el historiador Fustel de Coulanges escribe la historia no es un arte, es
una ciencia pura, como la física o la geología. Sin embargo la historia se implica en el debate de su
época y está influida por las grandes ideologías, como el liberalismo de Alexis de Tocqueville y François
Guizot. Sobre todo se deja influir por el nacionalismo e incluso el racismo. Coulanges y Mommsen
trasladan al debate historiográfico el enfrentamiento de la guerra francoprusiana de 1870. Cada
historiador tiende a encontrar las cualidades de su pueblo (el "genio"). Se fundan las grandes historias
nacionales.
Los historiadores románticos, como Augustin Thierry y Jules Michelet, manteniendo la calidad de la
reflexión y la explotación crítica de las fuentes, no recelan de explayarse en el estilo y la mantienen
como un arte. Los progresos metodológicos no impiden contribuir a las ideas políticas de su tiempo.
Michelet, en su Historia de la Revolución Francesa (1847-1853), contribuye igualmente a la definición de
la nación francesa contra la dictadura de los Bonaparte, así como al revanchismo antiprusiano (murió
poco después de la batalla de Sedán). Con la III República, la enseñanza de la historia se conforma
como un instrumento de propaganda al servicio de la formación de los ciudadanos, y continuará
siéndolo durante el siglo XX.
Otro de los fundadores de la historiografía en el siglo XIX fue Leopold Von Ranke, que era muy crítico
con las fuentes usadas en historia. Estaba en contra de los análisis y las racionalizaciones. Su adagio
era escribir la Historia tal como fue. Quería relatos de testigos visuales, enfatizando sobre su punto de
vista.
El papel epistemológico de la ciencia de la historia se ve sujeto a los grandes esquemas intelectuales
que se construyen a partir de corrientes filosóficas como el positivismo y el historicismo.
Hegel y Marx introducen el cambio social en la historia. Los historiadores anteriores se habían centrado
en los ciclos de auge y decadencia de gobernantes y naciones. Una nueva disciplina emergente aporta
el análisis y la comparación a gran escala: la sociología. Desde la Historia del Arte, estudios como el de
Jacob Burckhardt sobre el Renacimiento se convierten en la referencia para entender los fenómenos
culturales. La Arqueología pone en contacto el mito con la realidad histórica, tanto en Egipto como en
Mesopotamia y Grecia (Heinrich Schliemann en Troya, Micenas y Tirinto, y más tarde Arthur Evans en
Creta); todo ello en un ambiente romántico y aventurero que se va depurando para hacerse científico,
aunque no desaparece, como prueba la tardía aportación de Howard Carter (Tutankamon) y la imagen
popular de los arqueólogos que perpetúa el cine (Indiana Jones). La Antropología aplicada a la
explicación de los mitos produjo el monumental trabajo de James George Frazer (La rama dorada), a
partir del cual la historiadores pudieron replantearse su punto de vista sobre la relación de las
sociedades humanas de todas las épocas con la magia, la religión e incluso la ciencia.
Durante el siglo XIX, España mantiene al menos su patrimonio documental con la creación de la
Biblioteca Nacional y el Archivo Histórico Nacional, pero no se distingue por una gran renovación de su
historiografía que, aparte del arabismo de Pascual de Gayangos o de la historia económica de Manuel
Colmeiro, aparece escindida entre una corriente liberal (Modesto Lafuente y Zamalloa, Juan Valera), y
otra reaccionaria, cuya cumbre, el erudito y polígrafo Marcelino Menéndez y Pelayo (Historia de los
heterodoxos españoles), es una digna continuación de la tradición que nace con San Isidoro y pasa por
la Historia del Padre Mariana y por la España Sagrada del Padre Flórez.

Siglo XX: La historia va asentándose como una ciencia social, una disciplina científica implicada en la
sociedad. A principios del siglo XX, la historia había adquirido una dimensión científica
incontestable.

La historia, entre el positivismo y el ensayismo: Instalada en el mundo de la esnseñanza, erudita, la


disciplina se influencia por una versión empobrecida del positivismo de Auguste Comte.
Pretendiendo objetividad, la historia limita su objeto: el hecho o acontecimiento aislado, en el
centro del trabajo del historiador, se considera como la única referencia que responde
correctamente al imperativo de objetividad. Tampoco se ocupa de establecer relaciones de
causalidad, sustituyendo por retórica el discurso que se pretendía científico.
Simultáneamente y en contraste, se desarrollan disciplinas anejas que tienden a la generalización,
como historia cultural o la historia de las ideas, con Johan Huizinga (El otoño de la Edad Media) o Paul
Hazard (La crisis de la conciencia europea) entre sus iniciadores. Ensayistas como Oswald Spengler
(La decadencia de Occidente) y Arnold J. Toynbee (Un estudio de la Historia) en famosa controversia,
publican profundas reflexiones sobre el concepto mismo de civilización que junto con la Rebelión de las
Masas o España invertebrada de José Ortega y Gasset se divulgaron extraordinariamente, al ser el
reflejo del pesimismo intelectual de entreguerras. Más cercano al método del historiador, y no menos
profundo, es el trabajo de sus contemporáneos el belga Henri Pirenne (Mahoma y Carlomagno), o el
australiano Vere Gordon Childe (padre del concepto Revolución Neolítica).
No obstante, la principal transformación de la historia de los acontecimientos viene de aportes
exteriores: Por un lado el materialismo histórico de inspiración marxista, que introduce la economía en
las preocupaciones del historiador. Por otro lado, la perturbación causada en la historiografía por los
desarrollos políticos, técnicos, económicos o sociales que conoce el mundo, sin olvidar los conflictos
mundiales. Nuevas ciencias auxiliares aparecen o se desarrollan considerablemente: arqueología,
demografía, sociología y antropología, bajo la influencia del estructuralismo.
La Escuela de Annales: Una corriente de pensamiento llamada Escuela de Annales en torno a la
revista Annales d’histoire économique et sociale, fundada por Lucien Febvre y Marc Bloch en
1928, agranda el campo de la disciplina, solicita la confluencia de otras ciencias, en particular
la sociología, y más generalmente transforma la historia ampliando su objeto más allá del
acontecimiento e inscribiéndola en la larga duración (longue durée). Tras el paréntesis de la
segunda guerra mundial, Fernand Braudel continúa la revista y recurre por primera vez a la
geografía, la economía política y la sociología para elaborar su tesis de economía-mundo
(ejemplo clásico es El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempo de Felipe II).
El papel del testimonio histórico cambia: permanece en el centro de las preocupaciones del historiador,
pero ya no es el objeto, sino que se le considera como un útil para construir la historia, útil que puede
ser obtenido en cualquier dominio del conocimiento. Una constelación de autores más o menos
próximos a Annales participan de esa renovación metodológica que llena las décadas centrales del siglo
XX (Georges Lefebvre, Ernest Labrousse)
La visión de la Edad Media cambia completamente tras una relectura crítica de las fuentes, que tienen
su mejor parte justo en lo que no mencionan (Georges Duby) .
Privilegiando la larga duración al tiempo corto de la historia de los acontecimientos, muchos
historiadores proponen repensar el campo de la historia desde Annales, entre ellos Emmanuel Le Roy
Ladurie o Pierre Goubert.
La Nueva historia es la denominación, popularizada por Pierre Nora y Jacques Le Goff (Hacer la
Historia, 1973), que designa la corriente historiográfica que anima la tercera generación de Annales. La
nueva historia trata de establecer una historia serial de las mentalidades, es decir, de las
representaciones colectivas y de las estructuras mentales de las sociedades.
Otros historiadores franceses, fuera de Annales, Philippe Ariès, Jean Delumeau y Michel Foucault, este
último en las fronteras de la filosofía, describen la historia de los temas de la vida diaria, como la
muerte, el miedo y la sexualidad. Quieren que la historia escriba sobre todos los temas, y que todas las
preguntas se respondan.
Desde una orientación completamente opuesta (la derecha católica), Roland Mousnier realizó una
aportación decisiva a la Historia Social del Antiguo Régimen, negando la existencia de lucha de clases e
incluso de estas mismas, en beneficio de lo que describe como una sociedad de órdenes y relaciones
clientelares

La historiografía francesa repiensa su Revolución: Se ha dicho que cada generación tiene derecho a
reescribir la historia. En el ámbito académico, la revisión de las formas de entender el pasado
forma parte de la tarea del historiador profesional. Hasta qué punto esa revisión se plantea
científicamente, como un falseamiento de las certidumbres anteriormente establecidas (Karl
Popper) y no pseudocientíficamente, como haría lo que se denomina de forma peyorativa
revisionismo historiográfico es algo de difícil evaluación. Una prueba de toque sería detectar
si el revisionista es un outsider del mundo académico, que se dedica al uso político de la
historia, cosa que por otra parte es vicio común: la historia siempre se ha usado como arma
en la transformación social, y los medios académicos no han sido nunca una excepción. En
historiografía, ciencia social, es difícil ver si nos encontramos ante un cambio de paradigma
como los que estudió Thomas Kuhn para las ciencias experimentales(Historia de las
Revoluciones Científicas), fundamentalmente porque nunca hay un consenso tan
universalmente compartido como para entender que la desviación de él sea una revolución.
Una de las grandes polémicas revisionistas (en el buen sentido) vino con el segundo centenario de la
Revolución Francesa (1989). Autores de tendencia estructuralista, cercanos a Annales (François Furet o
Denis Richet), sintetizaron los estudios de las décadas de 1970 y 1980 en lo que pretendía ser un nuevo
paradigma interpretativo alternativo al marxista que había dominado la historia social del periodo: Albert
Soboul, Jacques Godechot, y más recientemente Claude Mazauric, Michel Vovelle o Crane Brinton
(Anatomía de la Revolución). Lejano de ambas tendencias, Simon Schama y los nuevos narrativistas
hacen una historia cultural de lo político y muy narrativa, anti-estrucutralista y de tintes tendencialmente
conservadores (iniciada por Richard Cobb ya en la década de 1970). También mantiene distancia frente
a la nouvelle Histoire Politique de René Rémond. Arno Mayer se lamenta de que la revisión haya dado
cancha a un uso político de la historia en el que se condenan a priori las revoluciones como
inherentemente perversas
Sin necesidad de conmemorar algo más concreto que su propia intemporalidad, pero con el mismo afán
justificativo (en el que tiene milenios de ventaja) la Iglesia Católica española ha realizado el conjunto de
exposiciones más notable: Las Edades del Hombre , repaso temático de asuntos religiosos ilustrado
sucesivamente con distintos soportes histórico-artísticos exquisitamente seleccionados y expuestos
(libros, música, escultura...) itinerante por las catedrales de Castilla y León, que en sí mismas ya
justificaban la visita. El mismo formato y comisario tenía Inmaculada, que conmemoraba el 150
anniversario del dogma (Catedral de la Almudena, Madrid, 2006) y que sirvió para compensar la
reciente inauguración del edificio, de gusto y decoración discutidos. Inspirada en ellas se realizó por el
gobierno navarro la exposición Las Edades de un Reino (Pamplona 2006, coincidiendo con la del
centenario de San Francisco Javier en Javier).
También es destacable el papel de Estados Unidos como receptor de intelectuales europeos antes y
después de la segunda guerra mundial, como fue el caso de Mircea Eliade, el mayor renovador de la
historia de las religiones o historia de las creencias (Lo sagrado y lo profano, El mito del Eterno
Retorno).
Pero las principales aportaciones de los historiadores ingleses, que disponen de publicaciones
comparables a Annales (Past and Present) están en el centro de la corriente principal de producción
historiográfica, para el caso de esta revista, de tendencia marxista, entre los que figuran autores de la
talla de E. P. Thompson, Eric Hobsbawm, Perry Anderson, Maurice Dobb, Christopher Hill, Rodney
Hilton, Paul Sweezy, John Merrington... que en modo alguno debemos entender como una tendencia
unitaria, pues, tras los años de la segunda guerra mundial y su posguerra (en que muchos de ellos
funcionaron como el Grupo de historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña) fueron alejándose
entre sí y de las posiciones marxistas ortodoxas, dando origen a lo que se ha venido en llamar
tendencia marxiana. Las polémicas entre ellos y con autores no marxistas, como H. R. Trevor-Roper, se
hicieron merecidamente famosas.
Cada autor debe verse a través de su posición personal, como el norteamericano Immanuel Wallerstein
(también en el campo de la historia económica y social, que ha desarrollado un concepto de sistema
mundial en la línea de Fernand Braudel), el británico Steven Runciman (medievalista imprescindible
para las Cruzadas), o los ya citados Arno Mayer, Richard Cobb, Crane Brinton o Simon Schama.