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Aquelarres en la cueva de san IgnacioSan Ignacio de Loyola, fundador de la orden de los jesuitas, fue patrono de este lugar antes de ser canonizado, allá en los principios del siglo XVII.Una vez declarado santo por la iglesia, con mayor razón, de modo que se organizan festejos en su día.A este santo consagraron las dos grutas o cuevas que hay en el cerro de La Bufa. La cueva vieja que se halla detrás de ese peñón y la nueva que cada año frecuenta la gente, el 31 de julio, constituyendo la más típica romería que tiene nuestra población.Casi desde la fecha que nos referimos, se dijeron oficios religiosos en dicha cueva, no sabemos por cuánto tiempo, pues allí hay una imagen del santo pintada en la roca. Vino luego el olvido que bien aprovechó un grupo de hechiceros para realizar allí sus cabalísticas reuniones, especialmente la noche del día 30 para amanecer al 31.Y no fueron simples reuniones, sino lo que pudiéramos llamar misas negras, verdaderos aquelarres.Hechiceros y brujos, gente de la que dicen que está en íntima relación con el demonio y todos los poderes del averno, llegan a Guanajuato desde la víspera del día de San Ignacio, trayendo consigo con más cuidado que sus alimentos y ropas para pasar esa noche, orejas y alas de murciélago, picos y patas de tecolote, colas de zorrillo, espinas de huizache, ojos de venado y uñas de gato montés, cueros de camaleón, zurrones y dientes de víbora, hierbas, que tienen mil usos en brujería, muñecos de trapo y de cera claveteados de alfileres, cabos de cirios que alumbraron algún cadáver, y quién sabe cuántos objetos más de superchería.No faltan por supuesto, las conchas de armadillo, flautas de carrizo y un tamborcillo, instrumentos favoritos sin los cuales no podían celebrarse estas misas diabólicas, a una de las cuales vamos a referirnos.Nosotros estuvimos allí por invitación que no hizo un amigo. Fue necesario un disfraz para confundirnos entre ellos.De otro modo no hubiera sido posible presenciar sus ritos maléficos.Aproximadamente a las diez de la noche, cuando ya estábamos allí reunidos, el oficiante mayor apareció nada más con una camisa verde, sin mangas y unos calzones negros hasta la rodilla. En la mano derecha llevaba una vela encendida y en la izquierda una lagartija viva, que se retorcía frenéticamente.Dos ayudantes le seguían tocando la flauta, y detrás de éstos, otros dos con sus conchas. Así en formación marcharon describiendo círculos. El principal de ellos levantó en alto la vela e hizo un ademán de introducirse la lagartija a la boca. Sentados en el suelo, formando un semicírculo, todos los presentes
nosotros entre ellos-, a manera de oyentes, observamos los rostros de estas gentes: casi todos sin rasurar, los cabellos hirsutos, semblantes pálidos unos, rojizos o amarillentos otros, no sabríamos decir si estaban pintados o no, pues en el interior había muy poca luz, la que provenía de la vela y la que entraba por la boca de la cueva, que no era sino el pálido reflejo exterior de la luna. Mientras el sacerdote, llamémosle así, musitaba unas frases ininteligibles que le contestan los que están sentados, a intervalos se escuchaban los cánticos de otros más que se hallaban de pie en la puerta a manera de vigilantes.Así transcurrió, no sabemos si una hora o poco más. De pronto se oyó un ruido extraño, como relincho de bestias en celo y luego un zumbido semejante al que produce una tabla atada a un cordel con que juegan los niños haciéndola girar con violencia.Las flautas exhalaron una tonada más fuerte y del tamborcillo salió un redoble como en el circo cuando se presenta el número de mayor riesgo.Aullando, de un saldo cayó en el centro de la cueva una mujer alta y corpulenta, descalza, sin más ropa que una blusa roja que apenas le cubría el busto y una faldita holgada que le llegaba hasta la mitad de los muslos.Los que estaban de pie se acercaron al muro para dejar espacio a la posesa que inició una danza lenta, al compás monótono de esa música ritual.Sus movimientos se volvieron cada vez más y más ágiles, hasta confundirse con los saltos que diera un demente en el paroxismo de la furia.Giraba y gritaba al mismo tiempo, como si el cuerpo estuviera recibiendo una fuerte corriente eléctrica.
 
Sus ademanes eran realmente grotescos, inverosímiles, pero sujetos rigurosamente al ritmo de las flautas y de las conchas.Su boca semiabierta mostraba dos hileras de dientes increíblemente blancos y por la frente hasta el cuello se le veía transpirar de agotamiento.El oficiante encendió varias velas que colocó sobre un cajón que hacía las veces del alatar, al centro del cual ardía un bracerillo que despedía los humos de quién sabe qué hierbas o resinas que saturaban fétidamente el ambiente.La
danza
 de aquella mujer, que fue, según supimos después, la diosa en esas ceremonias, tomó tales excesos que se diría que era una condenada en vida.Sus anchas y voluminosas caderas ascendían a alturas inconcebibles o descendían hasta casi tocar el suelo, o bien iban y venían de un lado a otro para luego describir un movimiento concéntrico que cada vez se cerraba más hasta girar en un solo punto.De cuando en cuando llegaba hasta nosotros
hablo por todos los presentes- una oleada de hedor inconfundible que despedía el cuerpo jadeante de la mujer, un olor aceitoso, como de almizcle, de harina recién amasada o de vinagre.Como sus movimientos eran cada vez más frenéticos, tuvo que llegar el momento en que, extenuada, casi desnuda, se desplomó al suelo.El bochorno no ahogaba; las sienes estallaban y debajo de la espalda, en la región lumbar, sentíamos que dos grandes zarpas no arañaban por dentro, obligándonos a contraer las entrañas
Así sufrimos terriblemente ante aquel espectáculo, cuando, de repente, sin haber visto cómo ni de dónde, salía una cabra en el centro de la cueva, seguida de uno de los hombre y detrás de éste otros más.Nosotros no pudimos soportar más y salíamos de allí sintiendo desmayarnos, tanto así que fue necesario apoyar las manos en la roca, ya fuera de la cueva, para no caer
El aire fresco nos restableció y lentamente descendimos por la vereda del cerro hasta llegar a la ciudad
Esa noche y otras más difícilmente conciliamos el sueño. Desde entonces, el recuerdo de la noche de los brujos es una terrible pesadilla.El diablo en visitaTal como me lo contaron te lo cuento, amable lector.Fue en el vecino mineral de San Juan de Rayas, descubierto en el año de 1550, y aún sigue dando las bonanzas de Valenciana. Primeramente, de 1760 a 1815 y posteriormente has los tiempos actuales.El relato trata de un niño de precoz inteligencia y de intachable conducta. Hijo de rica familia que resolvió enviarlo al seminario con la idea, justa por cierto, de que realizara intensivos estudios. Pasó, pues, nuestro personaje, a la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán.Apresuraremos esta brevísima biografía e imaginémoslo ya ordenado sacerdote y de regreso al hogar paterno, cumpliendo devotamente con todos los deberes de su ministerio Pero aquí viene lo raro: sin saber porqué, nuestro personaje, que fue más tarde el meritísimo historiador Don Lucio Marmolejo, se inscribió en el colegio de la Purísima, actualmente Universidad para estudiar la carrera de Derecho.Naturalmente que dejó la sotana y su porte circunspecto, para lucir la chistera y la levita, prendas masculinas propias de aquellos tiempos.Terminada la profesión se dedicó empeñoso a la aplicación de las leyes y -¡sorpresa!- descolló en las lides de la política, pues si anteriormente había sido buen predicador, ahora era un notable orador.Sin embargo, ¿Qué es lo que aconteció en el interior de Lucio? ¿Qué luchas había en su espíriu o qué inquietudes dominaban su vida?Lo cierto es que, de pronto, viene en él otro cambio y lo vemos nuevamente en la Iglesia de San Juan de Rayas.Aclaremos que el mineral de Rayas fue descubierto allá por mediados de los siglos XVI y que el hallazgo de la veta se debió a un arriero llamado Juan de Raya, y que cuando llegó a su mayor apogeo, pasó a ser propiedad de Sardaneta y Legaspi, tercer
 
 Marqués de Rayas, dueño que fue del inmenso tesoro.Entonces fue cuando se construyó el hermoso templo que lleva el mismo nombre. Templo éste, por cierto, que, víctima de la incuria y el abandono hubiera desaparecido, de no ser porque un grupo de caballeros, ya en nuestro tiempo, costeó el precio para que fachada y torrecilla fueran trasladadas a esta capital y empotradas en el llamado templo de Pardo, donde son un verdadero recreo para la vista del visitante.Pero volvamos al relato. Una tarde de ejercicios se presentó en la casa de ejercicios de encierro un sujeto de porte misterioso, inquiriendo por el sacerdote.Le dijeron que no podían llamarle por hallarse en el retiro de los ejercicios.Empero y ante la tenacidad del visitante, el padre Lucio se vio obligado a recibir al misterioso sujeto que reclamaba su presencia.Era un hombre corpulento, correctamente vestido, un caballero por lo menos en la apariencia.Dirigiéndose al sacerdote le dijo
he aquí otra sorpresa, quizás la mayor- Acompáñeme a una fiesta que se da en Guanajuato, habrá baile, bebida, mujeres, y toda clase de diversiones.El padre Lucio, quedó más que sorprendido, estupefacto, pero rehaciendo el ánimo, contestó: Si para esto usted me mandó llamar, ya puede retirarse, de ningún modo podría yo aceptar la invitación: y sin más le volvió la espalda.Como no pudo evitarse que los demás ejercitantes se dieran cuenta de la extraña visita, su sorpresa no tuvo límites al ver que el padre se retiraba, pero no así el extraño personaje, que ante sus ojos se hizo invisible, con la consiguiente sorpresa y temor para todos los presentes.Más tarde vinieron los comentarios.Era el diablo en persona, decían unos que quería llevarse al padre Lucio.Cierto o no, el elegante caballero desapareció ante los ojos atónitos de quienes presenciaron este hecho que se antoja increíble y sobrenatural.Espantan en el puente de santa AnaTodos los automovilistas, cada quien de diferente manera cuentan que al pasar por el puente Santa Ana, a las 12 de la noche, han visto un abominable espectro.Por cierto que el puente de Santa Ana se encuentra a unos 20 kilómetros de esta población, sobre la carretera que va a Silao y atraviesa el arroyo del mismo nombre para dar paso a los vehículos y a los peatones.Hecha esta pequeña aclaración, vayamos al asunto:Los viandantes al cruzar el puente, a la hora que hemos mencionado, les sorprende una luz potentísima, a corta distancia, tanto así que les obliga a reducir la velocidad hasta casi detenerse y salirse de la carretera, pues en lo primero que se piensa es en la presencia de un camión, o de un autobús que no quiere hacer el cambio de luces.Pero al percatarse de que es sólo un faro y no dos y de que la luz no avanza, la sorpresa aumenta hasta llegar al asombro, pues de súbito aquel faro enorme que deslumbra por instantes, desaparece sin dejar huella.Los viajeros no aciertan a comprender tal fenómeno, ni nada que revele la presencia de objeto alguno.¿Qué significa entonces esa luz, a esa hora y de tan extrañas proporciones?Hay otros testigos que refieren sus impresiones de modo bien distinto:Afirman que en ese sitio y a esa hora, inmediatamente que pasan el puente, descubren a mitad de la carretera la sombra de una figura que corresponde sin duda a la de una mujer.Naturalmente que detienen la marcha y lo primero que sienten es el deseo de auxiliarla, al ver que está sola y a esas horas de la noche.Paran el auto, la mujer sube y cuando poco más adelante voltean hacia el asiento t
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