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Botella en el mar

EL COLMADÓN DE LOS FURUFOS


(Del libro inédito Los ritos ancestrales)
Pedro Conde Sturla

A la grata memoria de Joselín Miniño.

El Filósofo adopta un aire entre ecuménico y paternalista y


pide calma y pide moderación y pide orden y pide una soda amarga
y pide hielo frío, bien frío, con una voz rasgada y cordial que quiere
ser autoritaria, pero el dependiente del colmadón no se da por
enterado y el Filósofo vuelve a reclamar hielo frío, bien frío, por
favor hielo frío, y una silla y un vaso para el ingeniero que acaba de
llegar. Siéntese, por favor, ingeniero, y toma un respiro y toma un
trago corto y toma de nuevo la palabra y reanuda el tema de la
revolución francesa, el papel de los furufos en la revolución
francesa. Robespierre, por ejemplo, era un furufo, un don nadie, un
carajo a la vela, un descastado. Y Marat otro furufo. Y Danton más
furufo. Furufos todos y fusiladores.
En todo caso –corrijo- eran guillotinadores.

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Terroristas, dice el Filósofo con su vozarrón canónico, no más
que terroristas, y vuelve a pedir hielo frío al dependiente del
colmadón de la Avenida Italia que no se da por enterado.
En esos términos –insisto-, Napoleón era más terrorista que
nadie, más furufo que nadie y más guillotinador y fusilador que
nadie. Ahí está la tragedia de España y las ejecuciones del 2 de
mayo. Allí están las pinturas de Goya.
No es verdad, no es verdad, dice el vozarrón del Filósofo,
mentira, dice el vozarrón del Filósofo, Napoleón era un noble o por
lo menos un notable y Goya otro furufo. Y la Maja desnuda otra
furufa. Hielo frío, por favor, hielo frío.
Me parece que noble o notable en una isla de cabras da por
resultado una nobleza, una notabilidad cabrona y él siempre fue un
cabroncito, le petit cabrón como dice Pérez Reverte, o por lo menos
un cabruno, un cabrejo. El hijo de Leticia Ramolino no brilló en su
isla más que como independentista de relumbrón, independentista y
oportunista. Fue la revolución de los furufos que lo llevó al poder.
Pero la familia siguió siendo un conjunto de furufos. Emparentaron
con la nobleza que es la forma más furufa y parásita de la existencia
y siguieron siendo furufos. Y a Napoleón al final los ingleses lo
furufiaron en Santa Helena.
Agustín pide la palabra y empieza a palabrear, pero Barón lo
interrumpe como de costumbre, coño, y Agustín se desespera, coño,
déjenme hablar. Empieza de nuevo a hablar pero esta vez es Gustavo
quien lo interrumpe, coño, y pide excusas y Agustín sigue hablando
y el Filósofo vuelve a pedir hielo frío, coño, déjenme hablar. Se para
indignado y sale afuera a fumar.
El ingeniero Barón apenas acababa de llegar en una yipeta
Lexus del año, pero en contraste con el vehículo vestía una ropa de
pobre, una gorra de pobre y una cara de pobre de solemnidad que
daban pena. Daba la impresión de ser un hombre que había agotado
todos sus recursos y no le quedaba dinero ni para la cena. Pedí que
hiciéramos una colecta para aliviar su condición de indigente y se
quedó mirándome torcido. Gustavo dijo que él se vestía así para
disimular y confundirse con un mecánico en caso de que quisieran

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raptarlo y Barón lo miró torcido. Saqué la cartera y le ofrecí cien
pesos, y cuando el Filósofo imitó mi gesto todos se echaron a reír,
menos Barón que se quedó mirándome torcido, pero esta vez no se
iba a quedar callado y acremente me recordó una película italiana de
los años sesenta, la escena de antología en que Vittorio Gassman,
desairado por un amigo de infancia le dijo a grito pelado lo que le
dijo: faccia di culo.
A Lamborghini le salió la criada respondona, dijo Luís,
celebrando la ocurrencia en medio de un coro de carcajadas que me
dejaba mudo y acontecido, y César Félix, que no cabía en su asiento,
víctima de las convulsiones de un ataque de euforia, parecía a punto
de derrumbarse. Agustín regresó en ese momento y preguntó qué
pasó, qué pasó, seguro que están relajando conmigo. Las risas
redoblaron y Agustín hizo un gesto despectivo y se dio por ofendido
y salió de nuevo a fumar. Regresaría al rato echando humo por la
nariz como un dragón cansado.
Sólo Pereyra se mantenía completamente ajeno a la
conversación y a las bromas. Tenía la vista fija en un grupo de
culinarias, intensamente fija. Una de ellas en particular llamaba su
atención y le había producido un absceso de fijación, un trance
hipnótico. Luís le pasó una mano frente a los ojos y Pereyra no
reaccionó. Ahora no siente ni padece, está convertido en estatua de
sal y toda su atención se concentra en aquel trasero monumental que
realizaría sus más felices fantasías.
Déjenlo tranquilo, dice el Filósofo, déjenlo que sueñe sus
sueños de sueños, como dice Tabucchi, el gran escritor italiano. Es
la manera más barata de vivir.
Y también de viajar, dice Gustavo.
Para viajar románticamente están los trenes, aunque la mayoría
prefiere los aviones o los cruceros. Pero el avión es siempre un
imponderable y los cruceros una pérdida de tiempo. En ambos casos
es siempre cielo y mar. El tren en cambio es siempre una metáfora
cargada de despedidas y nostalgias, alegoría del viaje único e
irrepetible que es la vida. También me seducen los andenes, porque
estos son la imagen traslaticia y espacial de las despedidas y de las

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lágrimas, pero también de los regresos repletos de alegrías, coño,
qué pasa con el bendito hielo y con la soda.
Esta vez el Filósofo puso ojos de huevos fritos y se encaró con
el dependiente y preguntó por la soda y por el vaso y el hielo frío,
bien frío y limón agrio, bien agrio, un momento ingeniero que ya
viene, y ponme este disco de Chavela, ahora mismo, ingeniero.
Al minuto estaba la hielera llena de hielo, los vasos rebosantes,
las condiciones propicias para el brindis a ritmo de bolero, Agustín
reintegrado de mala gana y Chavela Vargas maltratando el bolero,
todos los boleros. Sólo Pereyra no cede, no se distrae, permanece
fiel a sus cavilaciones y permanece ajeno, enajenado.
Los quiero con carácter retroactivo, dice el Filósofo alzando el
vaso como una antorcha y en ese momento llega Willians y la
atmósfera se torna incendiaria, incandescente. A ti también te quiero
con carácter y efecto retroactivo, un vaso y una silla para el
ingeniero, dice el Filósofo. Willians llega feliz como una pascua,
hablando mal del gobierno, de todos los gobiernos y los funcionarios
de los gobiernos. Willians habla por los codos, habla por señas y por
telegrafía. Es un tipo tan expresivo que a una cuadra de distancia
puede uno saber de qué está hablando, sobre todo cuando habla de
sexo y al poco rato, en efecto, se le olvida el gobierno y comienza a
hablar de sexo, del encuentro con una enfermera posiblemente
imaginaria. Comienza a describir con las manos su anatomía, su
cuerpo de guitarra, la acaricia, la besa, emite unos sonidos guturales
y finalmente la desnuda a la enfermera imaginaria y la tiende sobre
la mesa imaginariamente desnuda y se la empieza a comer por el
ombligo como un pastel de cumpleaños, comete relaciones
imaginariamente sexuales y raudo como vino se marcha, hablando
mal del gobierno, de todos los gobiernos.
Sería bueno que cambiáramos la mesa, dice Gustavo, esta está
llena de semen.
Barón dice que no, que el vio cuando Willians hizo el ademán
de ponerse un preservativo, y además creo que ni siquiera se bajó los
pantalones.

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Eso me recuerda un pasaje de El amante de Lady Chaterley,
dice el Filósofo, sólo que ocurre en el bosque y en un universo
poético.
Además no había tanta gente presente, le digo, estaban solos y
el guardabosque la depositó sobre un tronco y le dio leña
confidencialmente, no en público.
A mi me parece que desde ese punto de vista, dice Agustín, me
parece que desde ese punto de vista Barón, por favor, no jodas,
déjame hablar.
Pero si yo no he dicho nada.
Te conozco las intenciones.
Mudo estoy.
Me parece que desde ese punto de vista, repite Agustín, se está
acabando el hielo, dice el Filósofo, desde ese punto de vista, coño,
déjenme hablar.
Déjenlo hablar, dice Luís, déjenlo hablar, dice César Félix,
pero Agustín ya se estaba parando y salio afuera otra vez a fumar y
rumiar su indignación.
Oscar Wilde, dice el Filósofo, igual que el autor de Lady
Chaterley, fue un crítico terrible de la sociedad de su época, y la
sociedad se vengó, lo condenó como quien dice a la hoguera…
¿La hoguera de las vanidades?
No, la inmunda cárcel. A la cárcel lo arrojaron. No podían
encarcelarlo por sus críticas a la sociedad y lo encarcelaron por
homosexual en una sociedad de homosexuales, esa fue su gran
tragedia.
Sólo en parte, le digo. La gran tragedia de los homosexuales es
que a menudo se ven obligados a darles la espalda a sus seres
queridos. Casi igual que las noviecitas de la juventud que luego se
casaban vírgenes.
Lamborghini, por favor, dice Luís, no rebajes el nivel de la
conversación.
¿Cuántas mentiras dije?
Ya se me fue la idea, dice el Filósofo, entornando los
párpados. Suban la música.

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Pereyra seguía en la luna soñando con la culinaria y nadie
parecía reparar en Chavela Vargas que maltrató durante media hora
el bolero, todos los boleros. Y ahora, para peor, canta Julio Iglesias.
Le digo al Filósofo que yo también soy una víctima del bolero,
de la seducción del bolero, el maldito bolero que me hierve en la
sangre, pero Chavela Vargas lo trata como al enemigo, igual que
Julio Iglesias parece que canta siempre la misma balada con esa
vocecita electrónica de mierda que le ha dado tantos millones.
Eso no es verdad, no es verdad, dice el Filósofo. Se trata de un
estilo único, de un sentimiento puro, inigualable.
Puro desafinar y puros gallos, inigualablemente igual al de
cualquier cantante de merengue o bachata.
Mentira, dice el Filósofo, no es verdad, no es verdad. Chavela
es al bolero lo que Newton a las matemáticas. La intensidad de su
interpretación excusa todas sus imperfecciones. Y además Julio
Iglesias no es un mal cantante.
Hay docenas de discos que demuestran lo contrario.
Eso es una infamia, dice el Filósofo, dramatizando cada
palabra con un tono de convencimiento que tiene el don de la
autoridad irrefutable.
Cuestión de época y de gustos y de circunstancias, le digo al
Filósofo. En el cono sur, decía Borges -recuerdo bien que lo decía-,
brilló alguna vez un bolerista de abolengo y de renombre, un tal
Antonio Prieto, un chileno de mierda con voz suave y pausada,
mejor dicho melódica, al cual admiraba y con razón Julio Iglesias, y
al final resultó ser un travesti que cantaba mejor como mujer que
como hombre.
Alto ahí, dice Agustín, regresando de su exilio, no calumnies a
mi cantante favorito. ¿De dónde sacaste esa invención?
Es puro Borges, respondo. Antonio Prieto cantó más de mil
baladas que a las mujeres alborotaban el hormonamen, según el
decir de Carlos Fuentes y a los hombres provocaban reminiscencias.
En México, sin embargo, cantaba disfrazado de mujer y se hacía
llamar Toña la Negra. Fijate, pibe -decía Borges-, Antonio Prieto y
Toña la Negra significan la misma pavada.

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Está buena esa ocurrencia, dice Gustavo, ¿pero tiene algo de
cierto?
Pura invención, Gustavo.
La invención es una débil membrana entre la cordura y el
desatino, dice el Filósofo. Y la invención poética en particular es
más delgada aún. Ahí están Rubén Darío y César Vallejo, en los
extremos opuestos, la diferencia entre un poeta y un poetiso.
Yo diría más bien que la imaginación poética es una forma de
locura, una membrana entre la imaginación y la alucinación, y creo
que la alucinación está más cerca de la poesía. Vallejo era un
alucinado, un loco y un poeta auténticos, Rubén Darío, en cambio,
con su infatuación de la palabra, su infantil preciosismo, sus
arabescos idiomáticos y la inútil elongación del texto es un poeta
sobrevalorado. En algunos de sus poemas más famosos incurre en
flatulencias nostálgicas, ñoñerías, lloriqueos:

Juventud divino tesoro


Ya te vas para no volver
Cuando quiero llorar no lloro
Y a veces lloro sin querer.

He ahí la gran vaina, la gran obra que todos celebran. Uno de


nuestros gloriosos merengues tradujo en seis palabras lo que al
tarado de Darío le tomó veinte: “Plátano maduro no vuelve a verde”.
Eso es una herejía, dice el Filósofo, una doble herejía, un
sacrilegio. ¿Cómo te atreves a comparar unos versos divinos con un
vulgar merengue? Además, Vallejo era un panfletario, un arbitrario
que retorcía la lengua y no obedecía al sentido común de las
palabras.
Las palabras son para retorcerlas, para desdoblarlas y
descalabrarlas y despalabrarlas, incluso para mamarlas, para sacarles
el jugo, la quintaesencia. El escritor no obedece a las palabras, las
palabras obedecen al escritor o no es escritor.
Yo sostengo que no hay comparación posible entre Darío y
Vallejo.

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Yo estoy de acuerdo contigo, pero en sentido viceversa.
Es más, en última instancia Vallejo era un furufo.
Y Rubén Darío un cortesano, un lambefuiche al servicio de
dictadores.
Hielo frío, por favor, hielo frío, dice el Filósofo.
Eso no es propio de ti, Lamborghini, dice Luís. Tú
generalmente transitas los caminos de la lengua con elegancia y
distinción, como corresponde a tu condición lamborghinesca, pero a
veces te internas por caminos vecinales indignos de tu prosapia e
incurres en expresiones innobles.
Roque Dalton decía más o menos que diferenciar entre
palabras nobles e innobles que no se pueden pronunciar de ninguna
manera significa establecer un hecho gravísimo. Las palabras están
hechas para ser dichas, aunque suenen mal. Tú hablas bonito y te
celebro, pero tú nunca paras de hablar en parábolas, Luís, mira que
no eres Jesucristo.
Bueno, menos mal que a mi todavía se me parábola.
En ese momento pensé decirle a Luís que había caído en el
gancho, que la respuesta era brillante pero innoble en sus propios
términos. No me dio tiempo.
César Félix dio un brinco en su asiento y soltó una carcajada
que se escuchó en el otro mundo y los demás lo secundaron. Tan
grande fue el alboroto que Pereyra salio de su letargo y se incorporó
al grupo, aunque sin entender lo que pasaba.
Yo me contagié de la risa, por supuesto y me reí con ganas,
pero ese no era mi papel. Frecuentemente mis amigos se convierten
en literatura y a veces, por esa misma causa, en enemigos. Pero se
supone que yo soy el narrador y no el narrado, soy yo el que debe
burlarse y no el burlado, sin embargo los amigos toman vida propia
como personajes y a veces me salen malcriados, respondones y
taimados. La soledad acompaña al escritor y es la mejor compañera
del escritor, pero escribir no es un ejercicio de soledad, es un acto
regocijante muchas veces y a veces muy doloroso, y es siempre una
forma de compartir con amigos o conocidos reales o imaginarios,

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vivos o muertos. La literatura, como la vida, sirve sobre todo para
vivirse y compartirse. Hielo frío, por favor hielo frío.
Lamborghini se quedó sin habla, dice Barón.
Estoy reflexionando sobre el sentido de la literatura y mis
personajes y he llegado a la conclusión de que estamos viviendo en
una escena de Pirandello. Estamos en un callejón sin salida. Alguien
tiene que terminar la obra, y yo, que soy el autor, me he convertido
en personaje y no sé cómo terminarla. Necesitamos otro autor.
No te preocupes por eso, dice el Filósofo. Recuerda que un
escritor inglés dijo que hay que escribir para divertirse. Y Ortega
decía que ser es ser lo más feliz posible. Ponle un punto y seguido a
esta vaina y deja que los lectores se masturben buscándole un
sentido.

PCS jueves, 28 de septiembre de 2006

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