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El Diablo y Haití

Arturo von Vacano

Un notable ejemplo del cristianismo estadounidense, Pat Robertson, estrella de “Club 700”,
el programa de televisión mediante el que maneja a un millón de fanáticos tan canallas y
falsarios como él mismo, recibió hace días millones en publicidad gratuita cuando dijo
sonriendo como una grosera imitación de Santa Claus que “Haití se mereció el terremoto
porque ha jurado un pacto con el Diablo”.
Apenas dijo tal cosa este falso “pastor” ultra millonario, la prensa gringa se rasgó las
vestiduras para defender su cristianismo “que es piedad en este mundo y redención en el
siguiente”, para afirmar que miles de haitianos creen que hay “fuerzas sobrenaturales”
responsables de “la horrible mala suerte” de Haití y que es cosa sabida que los esclavos
negros que fundaron ese país “hicieron una ceremonia vudú, sacrificaron un cerdo e
hicieron un pacto con el diablo” para darle su independencia.
En realidad, las causas principales de las tragedias que sufre Haití desde su nacimiento son
el imperialismo norteamericano y el placer insano que gozan los gringos al ver a un país de
negros reducido al destino más triste posible. Pero esa es otra historia.
La que quiero contar hoy comienza el día en que Banzer perdió a un hijo en un accidente de
aviación y, experimentado también en estas lides, mandó a buscar a un exorcista que vivía
en Tucumán y que le había servido años antes en coyunturas similares. Temía, tal vez, a
brujos locales y odios políticos que podrían, en potencia, provocarle mayores males. Más
que nada, temía embrujamientos, maldiciones, males de ojo y otros medios de dañar, cegar,
herir, lastimar y matar a seres humanos mediante oscuras ciencias.
Dueño de Bolivia en ese tiempo, Banzer alojó a su amigo exorcista en el Hotel Sucre de La
Paz y el renombre de este sacerdote cristiano (nunca se dijo católico) creó un eco de
murmullos y chismes que no tardó en llegar a mis oídos porque todos los taxistas paceños
eran mis amigos por esos días, llevándome a pedir una entrevista con este brujo de grande
fama.
Yo vivía en San Miguel, accidente que me ayudó a ganarme la simpatía del brujo apenas lo
conocí. Había oído a otro de sus clientes un relato del que no tengo por qué dudar:
conocedor como era de su poder y su fama, mi amigo se apresuró a visitarlo para
agradecerle viejos favores y prebendas; lo abrazó, según su cuento, y sintió una descarga
eléctrica inequívoca. “Alguien te quiere mal, amigo”, le dijo el exorcista, “y es mejor que
veamos quién y cómo quiere hacerte daño”. Le tomó las manos, cerró los ojos y se dispuso
a salir al Prado. “Veo un ángel enorme en un templo”, le dijo, refiriéndose sin duda al ángel
de la iglesia de San Miguel.
“Sé donde está”, le contestó mi amigo.
Bajaron en su auto hasta Calacoto y treparon por la avenida principal hasta un cementerio
que está justo tras esa iglesia; el extraño sacerdote caminó con paso seguro hasta situarse
ante una tumba y, señalándola sin vacilar, le dijo: “Cava y encontrarás la razón de tus
últimos pesares”.
Mi amigo le obedeció y, tras trabajar muy duro durante media hora, encontró un atado
pestilente dentro del que descubrió cabello y uñas humanos, sangre, un sapo seco y más
muerto que Nostradamus, un pedazo de jabón y varias otras menudencias. El exorcista
atrapó el paquete con la mano izquierda y utilizó un moderno encendedor a chispa para
reducirlo a ceniza que dispersó a los cuatro vientos.
“Ahora dormirás más tranquilo”, dijo a mi amigo. “Volvamos al hotel.”
Allí lo encontré una hora más tarde y me di tiempo para escuchar este último incidente que
agregó interés a mi intento de ver a tan poderoso personaje.
La mayoría de sus visitantes agradecía a este vidente la exactitud con que les relataba su
vida pasada y la abundancia de detalles con que les predecía su futuro. No sólo era capaz de
ver su pasado sino que les preparaba para lo que harían y sufrieran durante lo que les
restara de vida. No era raro, pues, que salieran del Hotel Sucre con una mirada de alucinado
que impresionaría a todo lector de ciencia ficción.
Yo, por el contrario, creía saber ya lo que sería el resto de mis días y no tenía interés alguno
en que alguien me contara lo que habían sido los anteriores. Creía que mi vida acabaría sin
grandes sobresaltos entre las alegrías y sorpresas que dan tres hijos menores y una esposa
excepcional.
Lo que me interesaba en verdad era la oportunidad de interrogar a este exorcista sobre su
mundo y sobre la visión que tenía del universo todo. No podía creer yo que alguien tuviera
el poder de destruir una vida ajena sin más arte que el de enterrar el cadáver de un sapo y
otras porquerías en una tumba anónima. No podía creer en un universo poblado de
demonios, ángeles buenos y malos, súcubos e íncubos, un mundo, en fin, liberado
totalmente de la razón, la lógica y la inteligencia tal como entendemos esos poderes la
mayoría de los seres humanos.
Le pregunté, pues, cómo era el universo en que vivía, si era diferente del universo que el
nombre de Jesús permite concebir, si los seres humanos no somos más que juguetes en la
batalla eterna entre el bien y el mal.
Mi exorcista, y por eso le llamo así, me contó en términos sencillos aunque arcaicos, en un
español que parecía venirnos desde los siglos de la Inquisición, que visitaba Haití cada año
en busca de zombis y otros humanos muertos cuyos activos cadáveres quedaban en poder
de brujos y otros entes malévolos que los usaban como esclavos para alquilarlos al mejor
postor.
Me dijo que cada visita consistía en pasearse por ese país durante un mes o dos, ubicar a los
desgraciados que iban por allí cumpliendo sus labores de zombi, lanzarles encima una
oración cristiana y dos o tres bendiciones y verlos reducirse allí mismo en un puñado de
polvo.
Me dijo que se pasaba el año entero deshaciendo entuertos de este tipo, brujerías,
posesiones y sabe el Diablo qué otras operaciones que olvido mencionar, y me contó que
apenas le alcanzaba el tiempo para continuar esta su batalla infinita en todos los países del
globo. Me dijo en fin, y vi en sus ojos la tristeza de toda la eternidad, que moriría antes de
ver algún cambio en ese feroz combate, y que la historia del universo es esa guerra
monstruosa.
Cuando concluyó ese resumen de su vida me vi como lo que en esencia soy, un descreído, y
afirmé que nunca podría creer en un universo tal y como lo sufría él, ante lo cual tuvo una
sola palabra: “Mejor”.
Conversamos luego sobre mi patria y no se equivocó al adivinar las características de mi
familia, aunque hizo como que las trataba como yo, con indiferencia.
“Harás mejor, sin embargo”, me dijo mirando al techo, “en prepararte para un largo viaje”.
Semanas después salí del país en el primero de varios exilios al que me despachó Banzer.
Sólo años después até los cabos necesarios para entender que este hombre extraño me
estaba anunciando el viaje que me llevaría con mi familia a un exilio del que sólo
retornaríamos como accidentales visitantes.
En cuanto a esta historia, no quito ni pongo rey, como dijo el lidiador medieval, ni tengo
interés alguno en que se me crea a o no. Simplemente anoto un recuerdo porque hoy nieva
sobre mi casa y no puedo salir a pasear.

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