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Gombrowiczidas
Juan Carlos Gómez

2010

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WITOLD GOMBROWICZ Y LAS NOVELAS SENTIMENTALES.

En colaboración con su amigo Tadeusz Kepinski, compañero de aventuras en el instituto


Kotska, Gombrowicz inició la redacción de una novela inspirada en las novelas
sentimentales de inferior calidad, pero este intento quedó inconcluso pues Kepinski
abandonó el trabajo. Es posible que Gombrowicz retomara en “Los hechizados” los temas
de esta novela.
“En el segundo curso de derecho, comencé a escribir una nueva novela. Esta obra se
diferenciaba mucho en cuanto a su concepción de aquella historia de un contable concebida
por mí en el silencio del bosque de Potoczek. Creo que mi nueva aventura literaria definía
igualmente mi modo personal de vivir los acontecimientos y la crisis cultural polaca en
general (...)”

“Todo empezó cuando con Tadeusz Kepinski, mi ex compañero de escuela, decidimos


escribir a cuatro manos una novela sensacional para ganar un montón de dinero. Poníamos
en duda que a los intelectos superiores, como los nuestros, les pudiera resultar difícil
fabricar una obra de este género, fácil y a la vez apasionante. Sin embargo, horrorizados por
la torpeza de nuestros garabatos, no tardamos en tirarlo todo al canasto (...)”
“Este problema de escribir una novela sentimental para las personas inferiores empezó a
interesarme. Escribir una buena novela para diez mil o cien mil espíritus superiores, en fin,
eso siempre se ha hecho, es banal y aburrido. Pero escribir una buena novela para ese lector
menor, inferior, a quien le gusta otra cosa que no es la que denominamos buena literatura...
hmm (...)”

“Una novela destinada a las masas, una novela que verdaderamente sea suya, ha de ser
elaborada con lo que, en realidad, gusta a las masas, con lo que ellas experimentan,
debiendo penetrar sus instintos más bajos. Debe ser una liberación de la imaginación más
sucia, turbia, mediocre... debe basarse en sentimentalismos, en codicia, en estupidez... debe
ser oscura y baja. Hoy estoy dispuesto a admitir que aquella mala novela era la cumbre de
mi carrera literaria; nunca, ni antes ni después, he concebido una idea más creativa (...)”
“Mi proyecto era extraordinariamente radical: entregarse a la masa, rebajarse, convertirse
en un ser inferior. Quienes conocen, gracias a “Ferdydurke” y sobre todo a mi “Diario”, lo
que podríamos llamar mi teoría de la forma, que no se limita a la problemática artística
sino que abarca la totalidad de las manifestaciones humanas, entenderán entonces la
audacia y el extremismo de mis intenciones de aquella época (...)”

“Si hubiese logrado ese libro escrito por un estudiante, se habría convertido probablemente
en el punto de partida de una nueva literatura revolucionaria y, quién sabe, tal vez hubiera
abierto campos desconocidos a la expansión espiritual, realizando algo así como la creación
simultánea de dos fases distintas del desarrollo. No pudo ser porque la tarea sobrepasaba
cien veces mis fuerzas y, además, porque yo no me daba cuenta entonces de su magnitud.
Ni de su peligro”
El proyecto de Gombrowicz no terminó bien, era una tarea gigantesca y peligrosa, diez
años después se dio cuenta que había estado jugando con fuego, algo enfermizo que llegó a
sus manos le hizo tomar conciencia. Un joven llegó a su casa con un manuscrito bajo el
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brazo pidiéndole que lo leyera, que la obra tenía un gran impulso erótico para excitar a los
lectores.

De verdad resultó un libro erótico y sucio que se complacía en la porquería, era malo y
barato. Leyendo ese manuscrito Gombrowicz recordó su propia novela olvidada hacía
tiempo, escrita en la misma época de “El bailarín del abogado Kraykowski” y de “El diario
de Stefan Czarniecki”. Unos días después de que el autor del manuscrito llegara a la casa de
Gombrowicz se pegó un tiro en la sien.
Gombrowicz no podía imaginar que la causa del suicidio de ese autor malogrado hubiera
sido la novela, pero esa obra era la expresión de un estado de ánimo que condujo al joven a
la catástrofe. Diez años atrás, a pesar de las apariencias y de una existencia de aspecto casi
despreocupado, Gombrowicz no había estado lejos él mismo de tomar una decisión
parecida, debía estar muy desesperado.

A pesar de que Gombrowicz no pudo escribir esa novela en la que se propuso realizar la
creación simultánea de dos fases distintas del desarrollo, lo inferior y lo superior, lo
espiritual y lo instintivo, mantuvo siempre latente en toda su obra este punto de partida
revolucionario. Entre 1926 y 1929 Gombrowicz escribe cuatro novelas cortas: “Crimen
premeditado”, “El festín de la condesa Kotlubaj”, “La virginidad” y “En la escalera de
servicio”.
Era la época de su práctica no rentada en los Tribunales, trabajaba en el despacho de un
juez de instrucción en el que tuvo la ocasión de tratar con un hampa de diversas clases.
Gombrowicz tenía la convicción absoluta de la inocencia del hombre, de que el hombre era
inocente por naturaleza, no era una convicción que dedujera de alguna filosofía sino un
sentimiento espontáneo que no podía combatir.

Esta convicción lo predispuso al disparate y al absurdo y nada le satisfacía más que ver
nacer bajo su pluma una escena verdaderamente loca y ajena a los estándares del
razonamiento común, una irracionalidad que, sin embargo, estaba sólidamente establecida
dentro de su propia lógica. Sus primeras tentativas literarias manifestaban, y él se daba
cuenta de eso, una fuerte oposición rebelde y universal.
Lo devoraba una rabia sorda contra todo lo que le facilitaba la existencia: el dinero, el
origen, los estudios, las relaciones, todo aquello que, en fin, hacía de él un sibarita y un
holgazán. Pero la locura era un asunto que preocupaba realmente a Gombrowicz, la sangre
enfermiza de los Kotkowski que había heredado de su madre pesaba sobre él como una
amenaza de posibles perturbaciones psíquicas.

Ese temor fue más intenso en los años en que su imaginación estaba desbocada y oscilaba
entre la neurosis y la psicosis. La neurosis estaba radicada en la zona consciente de sus
complejos a los que transformaba en un valor cultural escribiendo. La esfera de la psicosis
le ocultaba, en cambio, sus trastornos psíquicos y el control era menor. Debemos clasificar
a “La virginidad” como perteneciendo a esta segunda clase de sus creaciones.
Algunos detalles insignificantes y aparentemente incoherentes introducen a una pareja
inocente en las más oscura entraña de la sexualidad. Es un relato donde el erotismo más
refinado se entrevera y confunde con la obscenidad total. Las descripciones que hacen los
jóvenes de algunas partes del cuerpo son artificiosas: la boca es una cereza, los senos son
botones de rosa.
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Alicia era hija de un mayor retirado y estaba educada por una madre que la adoraba. Como
las demás jóvenes de vez en cuando se acariciaba el codo y enterraba los pies en la arena.
La vida de una muchacha en flor es distinta a la de un abogado o una madre. Debe ser
difícil proteger a una joven cuya razón de existir es seducir a los demás. Pero Alicia estaba
protegida por el canario Fifí, por el perrito Bibí y por la madre.
Una tarde la joven paseaba por los senderos del jardín y un vagabundo, acostado sobre el
muro que lo rodeaba, le arrojó un ladrillo que le dio en la espalda, la muchacha trastabilló y
estuvo a punto de caer, sin embargo, sonrió con unos labios que le temblaban de dolor.
Mientras el vagabundo bajaba del muro y desaparecía Alicia se repetía a sí misma que
había sonreído.

Cuando llegó a la casa entró en un estado de ensoñación y medio distraída le preguntó a la


madre mientras tomaban el té por qué los hombres usaban pantalones, tenían cabello corto
y se afeitaban. La joven escondió en la manga la cucharita de plata con la que había tomado
el té, salió al jardín, se dijo a sí misma que la había robado y la enterró al pie de un árbol.
Volviendo a casa pensaba que si el vagabundo no le hubiera arrojado el ladrillo ella no
hubiera robado la cucharita.
El padre le dijo que el día siguiente su prometido regresaba de China, el compromiso había
tenido lugar cuatro años atrás cuando Alicia cumplió los diecisiete años. El día en que el
novio le pidió la mano Alicia le respondió que sí, que deseaba ser su prometida pero no
quería desprenderse de un miembro de su cuerpo.

Pablo era un muchacho encantador que estaba enamoradísimo de su inocencia. La mayor


virtud, según pensaba él, residía en la virginidad, este valor condicionaba su espíritu y en
torno a él se situaban sus instintos superiores. “Vemos, pues, que la virginidad asciende del
ser más bajo en la escala biológica y llega al hombre, y del hombre salta a los ángeles y de
los ángeles a Dios, para perderse en el infinito (...)”
“Dios mismo es un gran solitario en el universo, es la eterna juventud del Cosmos”. De una
pequeña particularidad puramente corporal nace el inmenso mar del idealismo y de los
milagros, en evidente contraste con nuestra triste realidad. Pablo amaba a Alicia por su
virginidad inocente y estaba convencido de que quien desee adorar dignamente a una
virgen él mismo debía ser virgen e ignorante, de otra manera el idilio sería una trampa.

Han transcurrido cuatro años y Pablo nuevamente pasea con su prometida por los senderos
del jardín. Pablo la recrimina porque ha cambiado mucho pero ella, distraídamente, le dice
que lo ama como siempre. El joven insiste, protesta otra vez porque en otra época no
hubiera usado la frase impúdica de que lo amaba, que ahora la veía inquieta y excitada.
Alicia, con toda la calma, le pide que le explique lo que era el amor y lo que era ella, pero
con seriedad y si reírse.
Pablo le cuenta cómo los hombres habían perdido el Paraíso al probar del fruto del árbol del
conocimiento tentados por Satanás. Le suplicaron al Todopoderoso que les concediera un
poco del candor y la inocencia perdidos, entonces Dios creó la virgen, el recipiente de la
inocencia, la selló y la envió a vivir entre los hombres que sintieron de inmediato una
nostálgica languidez..
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Cuando Alicia le pregunta por las casadas le responde que son una pura patraña, una botella
abierta y evaporada. Alicia no entiende por qué, siendo ella virgen, el vagabundo le había
arrojado un ladrillo, y por qué, luego, ella había sonreído a pesar de que le había dolido
mucho. De regreso a casa Pablo pensaba que la virginidad y el misterio son la misma cosa y
que había que cuidarse de no desgarrar el sagrado velo.
Al día siguiente la joven le dice que se extasiaba contemplando su codo, que tenía unos
deseos realmente locos, y entonces Pablo le responde que adora su candor irracional. Alicia
le pregunta si había robado alguna vez, Pablo le contesta que no, que ella no podría amar a
un hombre sin dignidad. La joven está confundida y le sigue preguntando si engañó,
mordió o golpeó a alguien alguna vez, si caminó desnudo o comió inmundicias.

Pablo le pregunta si se había vuelto loca y le ruega que reflexione. Para entonces la joven
había empezado a temer que las vírgenes eran educadas en la inocencia para que después
todo les resultara más perturbador. Regresaron a casa y ya en la cocina Alicia señala un
hueso que, seguramente, había abandonado Bibí. En ese momento Pablo le dice que hay
muchos olores de cocina y que es mejor irse de allí.
Alicia le observa que Bibí no ha terminado de roerlo, ambos pronuncian unas palabras
cariñosas, y entonces la joven le manifiesta que le gustaría mucho que royesen el hueso
juntos, al mismo tiempo que lo abraza y le pide que no la mire de ese modo. Le implora que
lo haga porque, de lo contrario, morirá joven. Pablo se había inmovilizado por el terror, qué
importancia podía tener un hueso para ella.

Si por lo menos fuera un hueso limpio, un hueso de caldo, pero Alicia gritó con
impaciencia que quería roerlo a escondidas de la cocinera. Entonces se produce un
altercado, él le reprocha que le está pidiendo inmundicias y ella le replica que las
inmundicias le producen apetito, e insiste en que lo roan y lo coman juntos sin que nadie
los vea.
Pablo le pregunta si era posible que el ladrillazo le hubiera despertado el deseo malsano de
roer un hueso, que ése no puede ser el instinto de una virgen, que no son más que patrañas
insensatas. Alicia le dice que todos lo hacen salvo ellos, que eso es el amor. Pablo,
abrumado por tanta locura, empieza a pelearse por el hueso. En ese momento se oyen detrás
del muro un golpe y un lamento.

Se asoman encima de los rosales y ven una joven descalza lamiéndose una rodilla. Cuando
se estaban preguntando qué cosa habría ocurrido, una piedra silba en el aire y golpea la
espalda de la muchacha, a lo lejos alguien vocifera que es una ladrona. “¿Lo has visto?; –
¿Qué sucedió?; –Apedrean a las muchachas, las apedrean para divertirse, sólo por placer; –
¡No, no,… no es posible!; –Tú mismo lo has visto (...)”
“Ven, que el hueso nos espera, volvamos a nuestro hueso, lo roeremos juntos… ¡Quieres?...
¡Juntos! ¡Yo contigo, tú conmigo! Mira, lo tengo ya en la boca. ¡Ahora te toca a ti!
¡Tómalo!”. Con este cuento de “La virginidad” hemos perdido un poco de vista la suerte
que corrió el primer intento de Gombrowicz de escribir una novela sentimental para las
personas inferiores.

“Pero veamos cuál fue la suerte de mi obra maestra. Tras varios meses de trabajo alcancé a
duras penas el final. Resultó una mezcla asquerosa de vivir plenamente la vida en la
sensualidad, la brutalidad, los éxitos fáciles, en una mitología de segundo orden; una
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historia no más sórdida y excitante que el novelón del joven malogrado. ¿Qué hacer con
esto? (...)”
“Me moría de vergüenza al pensar que tendría que mostrárselo a alguien, pero no había otra
solución; si escribía para el lector tenía que ser consecuente. Pasaba algunos día en
Zakopane donde hice amistad con la señora Szuch, una persona inteligente que leía mucho,
me estimaba y creía en mi talento. Me devolvió el manuscrito sin mirarme y dijo de
soslayo: Quémelo (...)”

“Corrí enseguida a mi habitación, saqué de la maleta las demás copias, tiré todo sobre la
nieve, detrás de la pensión, y le prendí fuego... En nuestro país el que se llama hombre culto
no está protegido de la presión de la masa por instituciones y tradiciones sólidas, por la
jerarquía y el orden social como lo está en Occidente. En nuestro país la inteligencia, la
sutileza, la razón, el talento, están indefensos ante toda clase de inferioridad (...)”
“Esta inferioridad proveniente de los bajos fondos de la sociedad, la miseria, las
extravagancias, el salvajismo, las desviaciones y desenfrenos, el embrutecimiento y la
brutalidad; por eso a quien llamamos intelectual ha estado siempre y sigue estando en
nuestro país algo atemorizado... Lo único que quizá haya cambiado es que hoy en día esa
violencia del inferior sobre el superior está mejor organizada”

WITOLD GOMBROWICZ Y EL MARISCAL PILSUDSKI

“Cursaba el cuarto curso de Derecho en el año 1926 cuando Pilsudski arremetió armas en
mano contra el orden estatal vigente. El dichoso Pilsudski no me gustaba, quizás debido a
que era un hombre de izquierdas mientras mi ambiente era conservador y desconfiaba de
aquel masón que, al parecer, había organizado atracos a los vagones de correos durante la
revolución de 1905. La propaganda que le hacían, los pomposos adjetivos que le añadían,
todo ese lenguaje exagerado y a la vez ingenuo de sus partidarios me disgustaban (...)”
“No os olvidéis que yo guardaba todavía algo de esa buena educación política que
caracterizaba a la época que se aproximaba a su fin. La gente de aquel tiempo se expresaba
con mayor moderación y seriedad, la mentira saltaba demasiado a la vista, la
grandilocuencia, la exageración y el servilismo eran aún algo chocante, no como hoy
cuando ya nada puede sorprendernos (...)”

“Es necesario añadir que la idolatría que manifestaban los pilsudskistas por Pilsudski no fue
nada en comparación a los cultos posteriores ante el altar de Hitler, Mussolini o Stalin. Los
pilsudskistas eran, sobre todo, soldados sinceramente enamorados de su „Abuelo‟; pero
fueron también a menudo románticos impregnados de los vapores malsanos de la tradición
y el arte polacos. Y, precisamente, eso fue para mí lo más difícil de tragar (...)”
“Pilsudski era un romántico que declamaba a Slowacki, era un representante típico del
misticismo de los confines orientales de Polonia, que siempre me ha parecido peligroso y
sospechoso. Hasta que llegó aquel día de mayo cuando los cañones sonaron. Como siempre
ocurre en los momentos históricos, no se sabía nada, nadie tenía idea de lo que pasaba. La
Historia no sólo trata a la gente con crueldad, sino que también se mofa de ella (...)”
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“Esta conmoción del mes de mayo que hizo temblar a todo el Estado no consiguió sacarme
de mi aislamiento. Seguía sin poder, y esa incapacidad era más fuerte que yo, vivir la vida
colectiva polaca, tanto política como cultural. La miraba de lado, a veces con interés, a
veces con pasión, ¿pero participar? No. No y no. ¿Por qué? Era demasiado joven para
tomar claramente conciencia de mis razones, pero ya comenzaba a tener una vaga idea
sobre ello (...)”
“El estado se consolidaba, se suprimían los anacronismos, nuestro orden antiguo,
aristócrata, dejaba su sitio, poco a poco, a un orden democrático, mientras las clases
trabajadoras crecían en importancia. Se debía ser un lunático para exigir que este Estado
que acababa de nacer entre los cadáveres de tres imperios se convirtiera de la noche a la
mañana en un modelo de organización social (...)”

“No estaba ciego y veía que, de alguna manera y a pesar de todo, avanzábamos, sólo que
esa organización seguía siendo muy débil. No se podía emprender nada fundamental, todo
tenía que ser provisional, cauteloso, había que conformarse con remedar y esperar, ninguna
iniciativa audaz, radical, podía ser realizada en esa condiciones, y hombres inminentes
como Pilsudski, estaban condenados a la insignificancia (...)”
“Precisamente por esta razón ponía yo mala cara a la vida polaca, política, social y cultural,
porque no daba lugar a desplegar las alas. Había en ella algún germen de la futura
catástrofe que distorsionó completamente nuestras posibilidades de desarrollo
condenándonos a vegetar”. La grandeza del Mariscal Pilsudski contrastaba con la debilidad
de Polonia, y esta debilidad de la nación, a juicio de Gombrowicz, lo condenaba al Mariscal
a la insignificancia.

Gombrowicz anduvo dando vueltas desde joven alrededor del punto débil que debía tener la
grandeza, y en algunas de sus obras traspone esta búsqueda al lenguaje literario. “La rata”
es coetánea de “Ferdydurke” e ilustra todos los fermentos del alma de Gombrowicz, su
talante de demonólogo de la forma y su carácter de demiurgo de la inmadurez. Cuando le
preguntaron a Gombrowicz sobre el significado de “La rata” respondió que era una historia
escabrosa de extroversión e introversión.
Un malhechor llamado Huligan asolaba con sus fechorías una comarca de Polonia. Tenía
un carácter exuberante y no admitía restricciones de ninguna especie. Odiaba a los ladrones
de carteras y de cosas pequeñas, si tenía que elegir entre pellizcar a alguien o despacharlo al
otro mundo con un golpe violento, lo liquidaba y seguía caminando y cantando a pleno
pulmón.

Nadie podía atribuirle un asesinato vil o hecho a traición, todos sus asesinatos tenían un
aspecto noble y los realizaba al son de una tonada: –Ay, María, María, Mariíta mía. Amaba
a María más que a nadie en el mundo, la amaba con amplios gestos, entre bailes, saltos y
vodka en abundancia. No concebía el silencio ni la falta de lenguaje tan común en los
hombres de nuestro tiempo.
A veces le pesaba la nostalgia, entonces toda la comarca escuchaba los lamentos sonoros y
lánguidos de Huligan. Los perros aullaban dentro de los corrales y su aullido contagiaba a
los hombres mientras el bandido cantaba: –Ay, María, vida mía. Poco a poco se convirtió
en una leyenda y se compusieron canciones en su honor con el estribillo: –Ay, ay, ay, vida
mía.
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En una villa solitaria vivía un soltero encallecido que había sido juez y detestaba la fantasía
exuberante de la región. Se quejaba en secreto a las autoridades locales por la tolerancia
que tenían con los asesinatos y los escándalos de Huligan a pleno día, pero la policía se
mostraba impotente porque la población lo protegía. Además sólo mataba a unas pocas
personas y a la gente le gustaba presenciar sus asesinatos.
Mientras el comisario conversaba con el ex juez volaba por los aires un cadáver y llegaba a
sus oídos un grito magnífico, como si miles de bisontes hollaran los campos sembrados y
los prados. La conversación que mantuvo no lo satisfizo y el juez jubilado se propuso
detenerlo con sus propias manos y encerrarlo en una jaula para limitar su naturaleza
exuberante.

Le ordenó a su mayordomo que se colocara debajo de un árbol en la colina y lo encadenó a


su tronco. Excavó con sus propias manos un hoyo en el que puso una trampa de hierro y
regresó a su casa. Llegó la noche y el juez miraba a la colina desde un balcón. Huligan se
encaminó hacia el sirviente a grandes zancadas para despedazarlo a la luz de la luna pero
cayó en la trampa.
El juez llega a la carrera y con mucho trabajo lo transporta al sótano de su vieja casa. En los
días siguientes el jubilado se regocijaba de tener en el sótano al bandido amordazado para
evitar que aullara y provocara escándalos. Durante meses enteros reinó en la comarca un
gran silencio. Huligan soportaba las vejaciones del juez en silencio, y su silencio crecía,
crecía y se agigantaba en las tinieblas, digno de sus hazañas más gloriosas.

Con la meticulosidad de un ratón de biblioteca el viejo buscaba el punto flaco del bandido
para transformarlo en un ser de naturaleza estrecha, tan estrecha como la de él. Cuando le
quitaba la mordaza para darle de comer Huligan estallaba en aullidos y de esa manera la
población de las aldeas se daba cuenta de que estaba vivo. El juez seguía buscando el punto
de menor resistencia, el punto débil, y finalmente lo encontró: la rata.
En una ocasión una rata entró en la celda y en ese momento el malhechor se contrajo. El
juez le quitó la mordaza pero Huligan permaneció en silencio, el asco y el miedo lo
paralizaron. Cuando la rata se acercó a sus pies, sujetos al cepo, se rió nerviosamente. No se
había conmovido ante los tormentos a que lo sometía el juez pero le tenía miedo a una rata,
matar a una rata con sus propias manos se le aparecía como una acción inaccesible.

El viejo jubilado se convirtió finalmente en el amo de Huligan, y a partir de entonces, sin la


menor piedad, le propinaba rata. Pasaron los años y el mayordomo, hastiado de todas las
tareas que tenía que realizar para maltratar a Huligan, empezó a maldecir a la rata, al amo, a
la casa y al bandido. La tensión crecía y crecía. Una noche la rata rompió la cuerda que la
tenía sujeta, el sirviente bajó la cabeza y la persiguió.
El juez también persiguió a la rata con la cabeza baja, ambos habían perdido los estribos y
se envistieron violentamente. Se oyó un estruendo enorme en el sótano y los cerebros del
juez y del mayordomo volaron por el aire. Después de once años Huligan finalmente se
halló libre. Lo obsesionaba el pensamiento de qué habría ocurrido con la rata, pero la rata
no aparecía.

Había conocido demasiado bien el aspecto horroroso de la rata al punto que su sola
ausencia era más importante para él que los sonidos más dulces y que todas las brisas del
mundo. El oído del bandido era empleado para captar el rumor más ligero semejante al que
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hace una rata, pero la rata no aparecía. Era increíble que el roedor, durante tantos años
unido a su persona por relaciones tan estrechas y espantosamente profundas, hubiera
podido separarse de él, desaparecer y renunciar a él de buenas a primeras.
La rata no aparecía. Un día la vio, la rata deslumbrada por la luz buscaba refugio, y las
cavidades de la ropa y el cuerpo de Huligan eran los escondites más a mano que tenía la
rata. Huligan empezó a correr seguro que detrás de él galopaba la rata, estaba confundido y
sin darse cuenta se metió en la cabaña de María, la muchacha dormía con la boca abierta.

De pronto apareció la rata y empezó a remolonear cerca de las faldas de María. El bandido
había descubierto la madriguera y hacía maniobras silenciosas para que el roedor se metiera
en ella, pero, repentinamente, algo atrajo a la rata hacia la rodilla derecha de la joven, y
Huligan se quedó paralizado. El terror que le produjo el contacto de la rata con María hizo
que el bandido aullara.
Aulló como en el pasado para despertar al mundo entero, y se lanzó aullando contra la rata,
ya no tenía miedo, la atacó de frente, tenía la convicción de que estaba acorralada, pero
ocurrió algo terrible. La rata, ciega de terror, sintió la necesidad de meterse en un agujero,
se dirigió rápidamente a la boca de María y saltó dentro de la cavidad abierta de la
muchacha dormida.

María, semidormida, se despertó sorprendida, cerró las mandíbulas mecánicamente pero de


manera implacable y puso fin a la máquina del horror: la rata terminó con la cabeza
guillotinada. Un mordisco en el cuello consumó la muerte de la rata. La rata dejó de existir.
Huligan tuvo que enfrentase a la espantosa muerte de la rata en la adorable cavidad oral de
su amada María. Y con esa visión en los ojos desapareció.
“Da un paso y otro paso y otro paso, pero lo sigue aquella rata muerta. Paso tras paso, paso
tras paso, y en la boca de María sigue la rata muerta”. Pero Gombrowicz no podía
despachar a Pilsudski con una rata y el Mariscal siguió dándole vueltas en la cabeza. Los
protagonistas de la obra artística de Gombrowicz no son grandes, ninguno de ellos tiene
nobleza, valentía ni siquiera dignidad, y la grandeza para ellos vendría a ser algo así como
una pasión fracasada.

La grandeza del hombre clásico se expresa en su voluntad de dominio, es una postura en la


que el hombre trata de ser dueño y señor. La postura romántica, en cambio, se expresa en el
sometimiento del hombre, en el aguante y en el sufrimiento, la grandeza del hombre
romántico recién aparece cuando se convierte en víctima de un mundo que lo supera.
Mickiewicz tiene la postura romántica del aguante y el sufrimiento.
Su grandeza proviene de su lucha contra una fuerza que lo somete, pero el mariscal
Pilsudski tiene una postura ambigua. La fiereza de su expresión se corresponde con la
grandeza del hombre clásico, pero el mariscal estaba aplastado por la dimensión histórica
de Polonia y por la misión que se le imponía, entonces su grandeza se volvió romántica
como la de Mickiewicz, ambos fueron víctimas de un mundo que los superaba.

La figura del mariscal Józef Pilsudski era demasiado imponente como para que le pasara
desapercibida. Lo que realmente le disgustaba a Gombrowicz del mariscal Pilsudski no es
que fuera un hombre de izquierdas, sino la propaganda pomposa e ingenua que le hacían
sus partidarios, y también la actitud de Pilsudski hacia su propia grandeza. El mariscal
estaba aplastado por la dimensión histórica de Polonia y por la misión que se le imponía.
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“Puede ser que fuera grande, no lo niego. A mí lo que me enervaba no era su grandeza sino
la pequeñez de los que se sometían a ella con tanta facilidad. No le reprochaba en absoluto
a las masas que lo siguieran ciegamente; sin embargo, me preocupaba la ligereza con la que
la capa social más avanzada de la nación renunciaba a su derecho a la crítica, al
escepticismo y, ésta es la palabra precisa, al control. (...)”

“Mientras la fuerte personalidad del mariscal dominó el panorama de la vida política e


incluso espiritual, las cosas se sostuvieron bastante bien, tanto más porque Pilsudski se
alejaba de toda teoría, nadie sabía a ciencia cierta cuáles eran sus principios, no obstante
infundía la confianza que puede dar un hombre altruista y capaz, acaso genial o incluso
providencial”

WITOLD GOMBROWICZ Y HENRI BERGSON

Gombrowicz emprendió su peregrinación a Francia como un estudiante sin mundo,


provinciano y, no obstante, profundamente ligado a Europa. En París caminaba por las
calles y no tenía curiosidad por nada, sin embrago, su indiferencia no era más que una
apariencia que ocultaba en el fondo una guerra implacable. Como polaco, como
representante de una cultura más débil, tenía que defender su soberanía, no podía permitir
que París se le impusiera.
La necesidad de preservar su independencia y su dignidad le impedía gozar de París, no
podía admirar a París. “Por aquel entonces escribía cuentos a escondidas y en mi cabeza no
entraba otro proyecto. Pero mi familia había tomado la decisión de enviarme a París a
continuar mis estudios y yo no estaba tan loco como para resistirme (...)”

“Por supuesto, podía ir a París, tanto más cuanto que esos estudios me permitían aplazar ese
servicio militar al que temía con verdadero pánico. En el Instituto de Altos Estudios
Internacionales donde estaba matriculado, había muchos jóvenes interesantes llegados del
mundo entero, pero de nada me servía porque iba muy poco la célebre escuela y me había
hartado de estudiar (,...)”
“En París no visité nada y toda mi estancia allí se limitaba a andar tontamente por las calles
parisienses. Cuando se lo cuento a los argentinos que durante años han guardado dinero en
el calcetín para poder permitirse una peregrinación la Ville Lumière sus dientes crujen. Sin
embargo mi indiferencia por París no era más que una apariencia. El chino Chou, a quien
cariñosamente llamaba Mon chou, me arrastró a uno de los cafés cercanos al Panteón y me
presentó a sus amiguetes (...)”

“Era una juventud con estímulo, vivaz, violenta, incisiva, que poseía una notable capacidad
para la formulación. Venían también unos cuantos curas, sospecho que más bien por el
placer de discutir que para luchar contra los incrédulos. Yo me comportaba con extrema
reserva. Mi instinto me aconsejaba no ponerme a la vista y no llamar la atención. Estaba
contento cuando se me tomaba por un inglés, pero una noche tuve con ellos un pequeño
altercado (...)”
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“¿Le gusta París?; –Así, así. A decir verdad no he visitado nada; –¿Por qué?; –No me gusta
levantar la cabeza delante de los edificios y, en general, las visitas turísticas me aburren y
deprimen; –¿Así que París no ha tenido la suerte de caerle en gracia?; –Bueno... más o
menos... no mucho; –Pero, cómo, ¿no le gustan las perspectivas de la Place de la
Concorde?; –Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico y por el Renacimiento. Lástima
que la población no esté a la altura... Para ser sincero los parisinos son más bien feos y
carecen de encanto (...)”

“Mis comentarios fueron recibidos con regocijo. Les apasionaba discutir, frecuentemente
nos enredábamos en las marañas de la filosofía de Bergson o en la cuestión anarquista”.
Gombrowicz pensaba que uno es joven hasta los veinticuatro años, pues bien, el fue joven
entonces hasta 1928, año en que se encuentra en París, un momento de la historia en el que
ya habían fermentado todas las revoluciones del pensamiento.
Estas revoluciones tuvieron lugar en los cien años que van entre la mitad del siglo
diecinueve y la mitad del veinte, y aunque Gombrowicz no era científico ni filósofo quedó
muy afectado por todo esto. Kant tiene que vérselas con el empirismo de Hume y con la
ciencia fisicomatemática de Newton, y su pensamiento termina oliendo a mecánica
racional. Un siglo después las cosas se habían puesto bastante turbias con el historicismo de
Hegel y el positivismo de Comte.

Gombrowicz tuvo las manos libres desde joven para ponerle distancia al realismo y al
positivismo, pues el realismo y el positivismo son maneras pesadas e ingenuas de ver la
realidad. Los positivistas polacos pusieron el acento en realismo del nosotros y de las cosas,
mientras que Gombrowicz lo puso en el realismo de su yo sin dejar por eso de ser un
camaleón.
Poco a poco Gombrowicz fue desarrollando una naturaleza camaleónica para despistar y
afirmar su yo. En él existen tres personas distintas: el inferior, el hijo de buena familia, y el
de la obra, tres naturalezas que no se mezclaban ni en su persona ni en su obra, como
líquidos que no se diluyen en otros. Hay personas que sueñan con desaparecer, otras que
sueñan con ser invisibles... en fin, hay muchos sueños.

Henri Bergson era el filósofo que apasionaba a los franceses en el tiempo en que
Gombrowicz hace su peregrinación a París, y era el tema de discusión más importante en la
mesa del café donde discutía con los amiguetes del chino Chou. Aunque Gombrowicz no se
plegaba a la maraña de filosofemas de Bergson, sin embargo el filósofo era para él de gran
utilidad en su reacción contra el positivismo de Comte y en su combate con la ciencia.
Bergson buscó la solución a los problemas metafísicos en el análisis de los fenómenos de la
conciencia. En el terreno filosófico, actualizó la tradición del espiritualismo francés y
encarnó la reacción contra el positivismo y el intelectualismo de finales de siglo diecinueve.
Se entrega al estudio de todos aquellos modos de ser que escapan a la medida y a la ciencia,
y que exigen un modo de conocimiento distinto. Se separaba así del positivismo para
adentrarse en la filosofía de la intuición.

Henri Bergson se propone hacer una descripción de los estados de conciencia aprehendidos
directamente mediante la introspección, y contra la psicología experimental positivista, que
pretende poner en relación los datos internos de la conciencia con los hechos físicos
12

externos. El filósofo pone bien en claro que los hechos psíquicos se viven en una dimensión
distinta a los hechos físicos.
El tiempo vivido por la conciencia es una duración real en la que el estado psíquico
presente conserva el proceso del cual proviene y es a la vez algo nuevo. Todos los estados
de la conciencia se compenetran y dan vida a una amalgama en continua evolución. La
ciencia y el sentido común chocan en cambio contra dualismos irresolubles: materia-
espíritu, extensión-pensamiento, necesidad-libertad.

La metafísica penetra en el fondo, invirtiendo la dirección natural del pensamiento con un


acto de conocimiento interior que Bergson llama intuición. La intuición es esa simpatía
mediante la cual uno se inserta en la interioridad de un objeto para coincidir con lo que éste
tiene de único. Con la intuición, Bergson encuentra un método cognoscitivo contrapuesto al
método científico y adaptado a un objeto que la ciencia, por su propia naturaleza, deja
fuera.
Bergson rechaza el modelo determinista así como también rechaza el evolucionismo
finalista, ya que ambos niegan la espontaneidad y la novedad del proceso real. La evolución
de la realidad es un ímpetu vital (élan vital), acción que continuamente se crea y se
enriquece. La vida natural crece como un haz de estrellas, como un fuego de artificio que se
bifurca al estallar en varias direcciones.

El principal aporte de Henri Bergson al arte lo constituye la doctrina de la intuición, pues


gracias a la intuición el hombre es capaz de plasmar en imágenes, no menos que en
pensamientos, la esencia profunda, indivisible y, como tal, inefable, de la realidad. El
artista, así como el filósofo, se expresa no tanto mediante el lenguaje, cuanto a pesar del
lenguaje.
Enlazando con el ímpetu vital que ha llevado al mundo a su evolución, Bergson constata
que la naturaleza ha orientado al hombre hacia la evolución social, lo mismo que a las
hormigas o a las abejas. Pero los logros del hombre no están predeterminados como los de
aquéllas, sino que dependen de su inteligencia y de su voluntad. Lo que más acerca al
hombre al impulso creador, es precisamente la moral y la religión.

Pero hay que distinguir una doble moral: la cerrada, que es una moral de hábitos, que la
comunidad inculca en sus miembros para su autosupervivencia, y que rige solamente para
los miembros de esa comunidad, y una moral abierta, incluso de amor, que no conoce
límites, que se extiende a todos los hombres, e incluso a todo lo creado. El positivismo y las
ciencias no mantienen su compromiso de fidelidad con los hechos.
El tiempo de la experiencia concreta escapa a la mecánica, que trata el tiempo como una
serie de instantes, uno junto a otro; un tiempo espacializado y reversible (se puede dar
marcha atrás y repetir el experimento); los instantes son externos e iguales, es el tiempo
isocrónico de Newton. Pero el tiempo de la conciencia no es así, su rasgo básico es la
duración.

El yo vive el presente con el recuerdo del pasado y la anticipación del futuro, que sólo
existen en la conciencia que los unifica. Los instantes valen de diferente modo, un
momento penetra en otro y queda ligado a él. Es inútil ir a la búsqueda del tiempo perdido:
no hay reversibilidad del tiempo. El tiempo es nuevo a cada instante y requiere un método
específico.
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A Gombrowicz le tocó polemizar con los pensamientos más importantes de nuestro tiempo,
el existencialismo y el marxismo, sin el apoyo de las creencias ni de la iglesia católica, a las
que también combatía. La época de Gombrowicz sucedía a otra en la que había triunfado el
intelecto con una violenta ofensiva en todos los campos, parecía entonces que la ignorancia
podía ser erradicada por el esfuerzo tenaz de la razón.

Este impulso intelectual creció hasta alcanzar su apogeo después de la segunda guerra
mundial, cuando el marxismo y el existencialismo se desparramaron por toda Europa
ampliando explosivamente los horizontes de los hombres dedicados al pensamiento.
Gombrowicz empieza a darse cuenta de que, si bien la vieja ignorancia estaba
desapareciendo, aparecía una nueva engendrada, justamente, por el intelecto, una estupidez
desgraciadamente intelectual.
La vieja visión del mundo que descansaba en la autoridad, sobre todo la de la Iglesia, estaba
siendo remplazada por otra, en la que cada uno tenía que pensar el mundo y la vida por
cuenta propia, porque ya no existía la vieja autoridad. El mundo del pensamiento empezó a
caracterizarse por una extraordinaria ingenuidad, a la que animaba una juventud
sorprendente, los intelectuales nos exhortaban a que pensáramos nosotros mismos, con
nuestra propia cabeza.

Las ideas podían tener un salvoconducto si se las comprendía personalmente, y no sólo eso,
teníamos que experimentarlas en nuestra vida, había que tomarlas en serio y alimentarlas
con nuestra propia sangre. “Los resultados funestos no se hicieron esperar. Empezaron a
proliferar pensadores fundamentales que se remontaban hasta las fuentes para construir
mundos nuevos. La filosofía se hizo obligatoria (...)”
“Pero el acceso al pensamiento más elevado y más profundo, jalonado de grandes nombres,
no es fácil, y henos aquí hundidos en la horrible ciénaga del pensamiento aproximado, no
digerido, en el lodo, en el barrizal de la cuasi profundidad”. El aumento de este exceso de
responsabilidad tuvo consecuencias paradójicas: el conocimiento y la verdad dejaron de ser
la preocupación principal del intelectual, una preocupación que fue remplazada por otra,
por la preocupación de que descubrieran su ignorancia.

El intelectual, atiborrado de conocimientos que no termina de asimilar, anda con rodeos


para no dejarse pescar, entonces toma algunas medidas de precaución bastante ingeniosas:
enmascara la formulación de los pensamientos, utiliza nociones pero no las desarrolla,
dando por sentado que son perfectamente conocidas por todo el mundo, y todo esto lo hace
para ocultar su ignorancia.
“Ha nacido una destreza particular que consiste en esgrimir hábilmente unas ideas no
asimiladas poniendo cara como que todo está perfecto orden. Ha surgido un arte particular
de citar y utilizar los nombres”. La omnipresencia de Sartre en la segunda mitad del siglo
XX termina por cerrarle el cerco a los intelectuales, Sartre les exige que se comprometan y
que elijan, que se pongan en pro o en contra.

Cuando expone los postulados de su exhortación en “Situations”, los pobres burgueses


pensantes toman conciencia de que para entender la idea de la libertad, había que leer antes
la setecientas páginas de “El ser y la nada”, y de que, como el fundamento de esta obra es
una ontología fenomenológica, había que leer antes a Husserl..., y antes a Hegel..., y antes a
Kant, y antes Descartes.
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“Pregunto: ¿cuántos de los que discutieron las tesis de Sartre se habrían atrevido a
presentarse ante una comisión de examen para mostrar cuánto sabían? Y (teniendo en
cuenta el trabajo incansable del vientre femenino), todos los elementos de esta mascarada
tienen que multiplicarse y aumentar de día en día. Ah, la sociabilidad ha adquirido de
pronto un aspecto inesperado (...)”

“Estamos ya tan hartos de esas verdades últimas y profundas que hay que alimentar con la
propia sangre que, no sabiendo finalmente cómo conciliar nuestro bostezo con la
importancia de nuestra empresa, empezamos a preocuparnos únicamente por guardar las
apariencias”. Sartre va acumulando poco a poco toda la patología de nuestra época, pone en
crisis la grandeza de la literatura y la convierte en una literatura funcional.
La voz más categórica de su espíritu desciende al terreno llano para desempeñar el papel de
un maestro pedante y moralista. Como no consigue unir el dominio de la verdad esencial
con los asuntos cotidianos, le asigna al escritor una función social. Sus instrucciones
positivas sobre el papel del escritor en la sociedad contienen todas las debilidades propias
de los sermones, sean religiosos o marxistas, y son ajenas a los filósofos más antiguos,
menos producidos y más naturales.

“Ellos no experimentaban esos deseos de autodestrucción y de autodescrédito propios del


intelectual de hoy que, no confiando en sí mismo, se esfuerza por adoptar un tono brutal
prestado de una esfera inferior. La protagonista de una de las novelas de Thomas Mann,
tras acostarse con un ascensorista del hotel exclama extasiada: „¡Caray, yo, madame de no
sé cuánto, poeta, persona mundana, con un botones desnudo en la cama! (...)”
“Para mí esta anécdota encaja muy bien con Sartre, no tanto por la dialéctica de
infraestructura y de superestructura que contiene, cuanto por el ascensor. Porque incluso en
nuestra época ocurre a veces que un escrupuloso, asustado por la idea de que lo que lo ha
llevado tan alto no es su propia esencia sino un mecanismo, aprieta el botón de la misma
máquina para descender cuanto antes”

WITOLD GOMBROWICZ Y EL ABATE BARCELOS

“Mi situación no tenía nada de envidiable, estaba solo frente a una banda de gente muy
segura de sí misma y que no paraba de burlarse de todo cuanto podía, totalmente solo con
mis ideas provincianas y con mi francés que, sin ser un desastre, no podía compararse a la
fluidez y agilidad de su lenguaje. Comprendí que tenía que obrar con sensatez, que no
podía permitirme ni una pizca de estupidez (...)”
“Que mi inteligencia tenía que reflejarse no solamente en mis palabras, sino también en el
mismo modo de hablar, escuchar, en la mirada... Había llegado la hora de poner a prueba
toda mi sabiduría polaca que crecía lentamente. Este juego se volvía cada vez más serio,
hasta que al final íbamos a ese café como a un campo de batalla para librar un combate que
duraba varios días y estaba muy lejos de concluir (...)”

“Para mí, todo eso tenía una importancia capital. Como polaco, como representante de una
cultura más débil, tuve que defender mi soberanía, no podía permitir que París se me
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impusiera. Y durante esas batallas me di cuenta de que lo que hasta entonces me había
impedido gozar de París fue justamente eso: la necesidad de preservar mi independencia,
dignidad y orgullo (...)”
“Tenía que evitar a toda costa convertirme en un alumno, imitador, acólito, admirador y
mirón. Atribuyo una importancia enorme a aquellas discusiones enconadas que tuvieron
lugar en la pequeña cafetería del Boul‟Mich, en aquella mesa del rincón; fue allí y entonces
cuando por primera vez cogí por los cuernos a un toro con el que luego me enfrentaría en
numerosas ocasiones, el toro de la superioridad occidental (...)”

“Veo la escena como si hubiera ocurrido ayer: junto a la pared había un sofá de cuero
donde estaban sentados unos hombres, al parecer dependientes de la tienda, que se reían de
nosotros y se inmiscuían en nuestra conversación; de lado, aunque en principio sentado en
otra mesa, participaba también un poeta catalán, el padre Barcelos, mientras nosotros, seis o
siete con el chino Mon chou, discutíamos arduamente gritando como desesperados (...)”
“La dialéctica es la madre de la ciencia. Fue entonces cuando descubrí el método apropiado
para polemizar con París”. A Gombrowicz le gustaba discutir con los curas, acerca del
catolicismo, el existencialismo y el marxismo sobre todo. El abate Barcelos y el padre Jan
Parsieb son religiosos que se ponen en contacto con Gombrowicz en distintos momentos de
su vida por razones diversas: la cárcel y su despedida de la Argentina.

Unos meses antes de su partida de la Argentina, el padre Jan Pasierb le hace una entrevista
a Gombrowicz en la que se interesa por algunas cuestiones: cuándo y por qué había perdido
la fe; quiénes era sus escritores católicos favoritos; cómo definiría la cultura. “Me resulta
difícil mantener una relación con el catolicismo, porque me cuesta grandes esfuerzos y
sacrificios intelectuales. En principio, el catolicismo está en contradicción con mi visión del
mundo (...)”
“Sin embargo, con el tiempo, he ido adoptando una postura cada vez más desconfiada y
crítica frente el intelectualismo contemporáneo y esa desconfianza tiende a reconciliarme
con el catolicismo. En primer lugar, el catolicismo le ofrece al creyente una visión
coherente del hombre, lo cual le permite no tratar de resolver los problemas por su cuenta,
intento que, por lo general, da resultados catastróficos (...)”

“Por eso, mi actitud hacia el catolicismo es positiva, aunque no sea creyente. Fui creyente
hasta los catorce años y dejé de serlo sin el menor trastorno. Nunca he tenido necesidad de
una fe. Sin embargo, no soy ateo, porque para un hombre que se enfrenta al misterio de la
existencia, cualquier solución es posible. Pascal es mi escritor católico favorito, no me
gustan los novelistas, a Mauriac por ejemplo no lo puedo soportar (...)”
“Sí, a medida que envejezco me hago cada vez más partidario de las temperaturas medias.
Es una postura dialéctica. La cultura tiende a los extremismos, pero mi espíritu de
contradicción me lleva en la dirección contraria. Mi actitud intelectual presente es crítica de
los extremismos. Por otra parte, al adoptar esta actitud centrista me convierto en un
representante típico de la cultura polaca, que ha sido siempre una cultura mediadora (...)”

“En cuanto a la cultura, yo pienso que la cultura es una violación, la violación de un débil
por un poderoso”. El cortocircuito de Gombrowicz con el pensamiento se le produce
cuando mira a la razón desde las ventanas de sus narraciones y de sus piezas de teatro. No
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es tanto el Gombrowicz filósofo el que se ríe de la conciencia, de la angustia y de la nada,


son los personaje de sus obras, ese Gombrowicz irresponsable el que se ríe a carcajadas.
El Gombrowicz filósofo no desacredita ni se burla del Gombrowicz artista, pero el
Gombrowicz artista no se cansa de desmontar las plantaciones que hace el Gombrowicz
filósofo, ni de reírsele en la cara. “El existencialismo no es una moda, ni una locura, ni algo
decadente, sino una de las más serias necesidades del desarrollo humano actual, una
corriente creativa que se proyecta en el futuro (...)”

“El existencialismo es uno de los factores más esenciales que conforman la mentalidad, si
no de América, cuando menos de Europa, y los marxistas, por su propio interés, deberían
mirar, algo que está más allá de sus narices marxoidales”. Gombrowicz encontraba en los
polacos una resistencia sistemática que se oponía a la asimilación del existencialismo, y no
sabía bien a qué se debía esta aversión.
Era quizás la aversión tipo sármata que tienen los polacos a pensar demasiado, o causada
por un pasado cultural algo pueblerino, o con origen en el aislamiento del pensamiento libre
en el que había caído Polonia desde el advenimiento del comunismo. Esta falta de
orientación de los polacos respecto al existencialismo los separaba de Occidente más que el
corte de los pantalones o la cantidad de coches.

A los católicos polacos no les interesaba el existencialismo porque consideraban a la


filosofía como una especialidad de los ateos. Se olvidaban que sus verdades reveladas
debían ser tratadas a un nivel de profundidad acorde con un desarrollo mental al que habían
contribuido durante siglos muchos sabios laicos. Al católico no debiera resultarle
indiferente el nivel mental del hombre ni los límites de su conciencia
Es justamente en esta dirección que el existencialismo ha profundizado la sensibilidad
religiosa del hombre y enriquecido la fe con contenidos nuevos. A los marxistas polacos
tampoco les interesaba demasiado el existencialismo porque se consideraban poseedores de
un conocimiento supremo de la vida, cometiendo el mismo pecado que los católicos, ellos
le encargaban al materialismo dialéctico la solución de los misterios, así como los católicos
se la encargaban a Dios.

“Pero a los marxistas se les debería decir que la humanidad no se acaba en Marx y que ese
orgulloso aislamiento detrás de la muralla china de cualquier pensamiento posterior al
comunismo, poco a poco va convirtiendo al marxismo teórico en una sabiduría cada vez
más estéril, caduca y aburrida, como puede ser aburrido repetir siempre la misma cosa. La
presente crisis intelectual por la que atraviesa esta doctrina, que hoy en día no puede
vanagloriarse de contar siquiera con un nombre ilustre, se debe precisamente a la
incapacidad de asimilar ideas nuevas”
Gombrowicz quiere darles una lección a los polacos que piensan que las abstracciones no
sirven para nada y que sólo lo concreto y la realidad son verdaderos, y quiere darles una
lección pues resulta que justamente el existencialismo piensa la misma cosa.

Kierkegaard, el petimetre danés que inventó el existencialismo, anunció urbi et orbi que el
razonamiento hegeliano era impotente, y era impotente porque se vale solamente de
conceptos. La diferencia entre un concepto y el objeto del que se lo abstrae es la de que el
objeto existe y el concepto no existe, por esta razón las filosofías no tiene utilidad en la vida
concreta pues sólo elaboran fórmulas y sistemas lógicos de conceptos.
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“Si para el polaco el existencialismo no se personifica en la figura de un anarquista con


barba y pelo largo, de todos modos comienza y termina en Sartre, quien también, según esta
versión, es un bobalicón ateo e inmoral que predica que todo lo que se nos antoje está
permitido. En realidad, este Sartre, aunque ateo, es precisamente un moralista y trata de
servirnos un nuevo alimento ético (...)”

“De todas formas, con Sartre no termina esta nueva escuela del pensamiento sobre la vida,
sino que también existe la riquísima variante del existencialismo cristiano, en el que
descuellan nombres célebres”. Cuando se tomó unas largas vacaciones en Santiago del
Estero, Gombrowicz dio una conferencia sobre la ciencia y la filosofía a los estudiantes de
la Universidad de Tucumán.
Dígame, señor Gombrowicz, ¿qué es la existencia?; –La existencia es lo que no es y no es
lo que es. El estudiante creyó que le estaban tomando el pelo, se levantó y se fue. Lo que
Sartre intenta decir en este trabalenguas es que la existencia, contrario sensu a las cosas, es
un movimiento, y mientras los objetos inanimados son idénticos a sí mismos, son lo que
son, la vida es cambio.

Hasta la llegada del existencialismo la lógica de las cosas era la lógica de la filosofía, pero
cuando Kiekegaard escoge como objeto de su pensamiento, no el mundo de las cosas, sino
la existencia misma, pone al universo patas para arriba. El desideratum del pensamiento
existencialista es, por un lado, su rechazo a la abstracción y a los sistemas teóricos, y por
otro, el intento de aprehender todo lo que se mueve para atrapar al mundo en su desarrollo y
en su movimiento.
Algunos filósofos creen que la dialéctica hegeliana puede hacerse cargo de este segundo
deseo vehemente del existencialismo, pero la diferencia que existe entre la visión dialéctica
y la visión existencialista, es la misma que existe entre las sensaciones de una persona que
observa un coche moviéndose a toda velocidad y las sensaciones de otra que va sentada
dentro de ese mismo coche.

El existencialismo va más allá del rechazo a la abstracción y del intento por aprehender el
movimiento, sostiene también que el hombre, en el curso de su desarrollo crea su propia
ley, de lo que deviene un ser imprevisible sujeto a un proceso continuo de formación, tanto
la de él como la de sus normas.
Pero no sólo los pensadores y los filósofos laicos han sido tomados por el sentimiento
angustioso de que todo le estaba desapareciendo bajo los pies. En el café Boul‟Mich cerca
del Panteón en París, Gombrowicz sostuvo en su juventud discusiones interesantes sobre
este punto con el abate Barcelos y con los amiguetes del chino Chou. La iglesia desea que
el hombre haga el uso más completo de la razón, ya que la razón utilizada con propiedad
también nos conduce a Dios.

Pero los sacerdotes deben tener en cuenta las dificultades originadas en el hecho de que el
desarrollo de la razón es cada vez más acelerado, por lo que la interpretación racional de las
verdades reveladas sufre continuamente en el tiempo nuevas transformaciones, y cada
decenio es más profunda y rica en descubrimientos. El abate Barcelos le tenía aprecio a
Gombrowicz.
Lo consideraba una oveja descarriada pues ese joven de buena familia había llegado a
relacionarse con algunos tratantes de blancas, y por el aprecio que le tenía tuvo que
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intervenir en una mediación importante y providencial que lo salvó de la cárcel. El alma


sigue luchando con los demonios indomables de la abstracción y del movimiento, es la
misma lucha que había emprendido Kierkegaard ciento cincuenta años atrás.

“Y cuando llega a nuestros oídos un gemido porque la humanidad rompe todas las normas,
porque está creciendo la dinámica de nuestros tiempos, la relatividad y el carácter funcional
de todo cuanto nos rodea, todo ello no es más que la expresión del miedo ante ese segundo
demonio cuyo nombre es movimiento, desarrollo, devenir (...)”
“El existencialismo se encuentra a cien millas de la solución de estos problemas, consiste
más bien en dar la cabeza contra el implacable muro que ellos forman. Pero al menos tiene
la ventaja de formular nuestras inquietudes más profundas, tanto las de Europa Occidental,
como las inquietudes que tiene origen en los menos conscientes dolores nuestros, los
dolores polacos”

WITOLD GOMBROWICZ Y GABRIELA ZAPOLSKA

“Mis compatriotas de París me gustaban cada vez menos. Me los encontraba de vez en
cuando, más bien poco, un puñado de estudiantes y unas cuantas familias polacas ya medio
afrancesadas. También acudí una o dos veces a la embajada y saqué de esas visitas una
lección para toda la vida: que hay que huir de las ostras de esas recepciones en dichas
embajadas, así como del tedio (...)”
“Asimismo asistí, quizás dos veces, a las celebraciones de la colonia polaca en París. Salí
enfadado, furioso, lleno de una malicia rencorosa... era mucho peor de lo que se podía
esperar, era peor de lo que ya me había disgustado en mi país. ¡Esos bailes cracovianos, ese
Kosciuszko, ese Copérnico, esos sentimientos, esos discursos... ese terrible farolear ante
Europa de nuestro méritos culturales! (...)”

“Por supuesto no pretendo aseverar que no tengamos méritos, ni tampoco que no haya que
revelarlos, me refiero a la forma en que se hace, que demuestra precisamente ese terrible
complejo de inferioridad nuestro y nuestra falta de dignidad e incluso de sentido del humor.
Tengo la costumbre desde hace siete años de anotar en mi diario de escritor todo lo que me
ha molestado o consternado (...)”
“Fijaos que frente a Dios los polacos se comportan en la iglesia de manera normal y
correcta mientras delante de Polonia se sienten perdidos, es algo a lo que todavía no se han
acostumbrado. Yo quisiera que los polacos adorasen a Polonia de forma menos ingenua,
menos provinciana, que no se traicionasen tanto con el sentimiento de inferioridad que los
devora cuando están en el extranjero. ¡Oh, Dulska! ¡Egeria inmortal de Polonia, incluso
marxista!”

“La moral de la señora Dulska” de Gabriela Zapolska, simboliza la hipocresía y mojigatería


burguesas. Gabriela Zapolska, fue una novelista polaca, dramaturga, escritora naturalista,
folletinista, crítica de teatro y actriz. Autora de narraciones naturalistas en las que denuncia
el antisemitismo, defiende posiciones feministas y evoca la miseria humana y la vulgaridad
de la vida cotidiana, suscitó polémicas que rozaron el escándalo.
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“La moral de la señora Dulska” nos devela un mundo perfumado, donde la dignidad, el
respeto y el amor propio se ven aplastados por la doble moral que impera en una sociedad
de apariencias en la que la mujer impone su punto de vista y el hombre se resigna. La
dotación estándar a la que echaban mano los polacos en el extranjero para hacerse el
autobombo era la tradicional: Kosciuszko, Copérnico, Chopin, Curie y Mickiewicz.

Gombrowicz estaba hasta la coronilla con la pleitesía que le rendían los polacos a sus
héroes, pero a los días de pisar Buenos Aires se encuentra otra vez con ellos, es decir, se los
encuentra el Gombrowicz de “Transatlántico”, y se los encuentra justamente en ese lugar
del que había que huir como del tedio, se los encuentra en la embajada. Fue a la embajada,
se echó a llorar y se puso a los pies del embajador.
Le besó la mano, le ofreció sus servicios y su sangre, y le rogó que en ese momento
sagrado, según fuera su santa voluntad y entender, dispusiera de su persona. El embajador
le pidió que escribiera artículos para celebrar la gloria de los genios polacos, que por ese
servicio le podía pagar setenta y cinco pesos mensuales. Era necesario ensalzar a la patria
en momentos tan difíciles.

Pero Gombrowicz le contestó que no podía hacerlo porque le daba vergüenza, entonces el
embajador lo empezó a tratar de comemierda, y le recordó que la embajada le había rendido
homenaje y que lo iba a presentar a los extranjeros como el Gran Comemier… Genio
Gombrowicz. Cada nación pasa por tener un campeón de campeones, el campeón de
campeones de Polonia es Nicolás Copérnico.
Desde los primeros escarceos literarios de Gombrowicz con el mundo de la inmadurez y de
la forma hasta el Premio Internacional de Literatura pasaron muchos años. Cuando
finalmente recibió ese premio Gombrowicz golpeó a los polacos de muy buena gana, como
siempre lo hacía, para que sintieran en carne viva los errores que habían cometido con su
persona.

“¡Oh, literatura polaca! Yo, el andrajoso, el desplumado, el maltratado, yo, el presumido, el


renegado, el traidor, el megalómano, deposito a tus pies este laurel internacional, el más
sagrado desde los tiempos de Sienkiewicz y de Reymont! ¡Lo veis palurdos! Qué fácil es
permanecer con Copérnico, resulta más difícil adoptar una actitud inteligente y honesta con
los valores vivos de la nación”
Desde Copérnico hasta el presente los polacos han tenido la costumbre de poner el mundo
patas para arriba o, para decirlo de una manera más apropiada, de cambiarle el centro a las
cosas. Los medios de comunicación internacionales han dando la vuelta a la tierra con la
noticia de que un polaco se despertó después de veinte años de estar en coma. El pobre
hombre se había dormido cuando Polonia era todavía comunista y se despertó en medio de
una Polonia copada por los ultranacionalistascatólicos.

La condición de personas que se acuestan en una cama comunista y se despiertan en una


cama no comunista es la condición de la mayoría de los polacos. La diferencia con el
polaco que durmió durante veinte años es la de que los polacos no duermen porque no los
dejan dormir. A pesar de que no duermen tiene una resistencia natural a cambiar, de hecho
se comportan como personas que estuvieran dormidas.
Gombrowicz ha escrito palabras memorables sobre los polacos y, aunque en este caso es
más difícil elegir páginas, en casi todas ellas pone de relieve una naturaleza polaca atada al
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pasado. “Sois como un pobre que presume de que su abuelita tenía una granja y viajaba a
París. Nada de lo que le es propio al hombre debe impresionarlo; de tal modo que si nos
impresiona nuestra grandeza o nuestro pasado, ésa es la prueba de que aún no lo llevamos
en la sangre”

A pesar de todo Gombrowicz pensaba que hay un alter ego polaco que estaba pidiendo a
gritos el derecho a la palabra, para destacar el hecho de que el rasgo más característico del
pueblo polaco, producido por la historia, es la exageración. La virilidad, la violencia
psíquica, el amor a la patria, la fe, la honradez, el honor tienen en Polonia un quantum de
exceso.
El alter ego que existe dentro del polaco, ahogado por las costumbres y el pasado, intenta
negar esta exageración, pero le resulta muy difícil rebelarse contra ella. Hay pueblos que
alcanza la grandeza conquistando naciones, hay otros que la alcanzan con el romanticismo,
pero en uno o en otro caso nos encontramos con problemas. Frederic Chopin es
considerado uno de los más importantes compositores y pianistas de la historia.

Su perfección técnica, su refinamiento estilístico y su elaboración armónica han sido


comparadas con las de Johann Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart y hasta de
Ludwig van Beethoven por su perdurable influencia en la música de tiempos posteriores.
La obra de Chopin representa el romanticismo musical en su estado más puro. Si por su
situación geográfica y por su historia Polonia se veía condenada a estar eternamente
desgarrada, entonces había que cambiar algo en los polacos para salvar su humanidad.
Los artistas y los intelectuales polacos fueron también responsables de no ajustar las
cuentas con ese pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica y por
su situación especial en el mundo, para que la leyenda polaca del romanticismo y del
idealismo, de la que Chopin y Mickiewicz eran los campeones, se extinguiera.

“Un día tuve ocasión de participar en una de esas reuniones de polacos dedicadas a darse
ánimos mutuamente..., donde, tras haber cantado la Rota y bailado un krakowiak, todo el
mundo se puso a escuchar a un orador que exaltaba a nuestro pueblo porque había dado al
mundo a Chopin, porque teníamos a Curie-Sklodowska y a Mickiewicz, y además porque
fuimos el último baluarte del cristianismo (...)”
“También porque la constitución del 3 de mayo había sido muy progresista. Explicaba a sí
mismo y a todos los asistentes que éramos una gran nación, lo cual tal vez ya no despertaba
el entusiasmo en los oyentes (conocían ese ritual y participaban en él como en un acto
religioso del que no se debían esperar sorpresas), que, sin embargo, lo recibían con cierta
satisfacción por haber cumplido con un deber patriótico (...)”

“Pero yo veía esa ceremonia como venida directamente del infierno; esa misa nacional se
me antojaba un espectáculo diabólicamente sarcástico y malignamente grotesco. Porque
ellos al exaltar a Curie-Sklodowska y a Mickiewicz se humillaban a sí mismos, y cuando
glorificaban a Chopin demostraban que no eran dignos de él, y, deleitándose con su propia
cultura, dejaban al descubierto su barbarie”
Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski son los tres poetas profetas de
Polonia, y a partir de estos guías espirituales de la nación Gombrowicz empieza a recorrer
un largo camino que culmina cuando pronuncia su conferencia "Contra los Poetas", una de
las piezas literarias más analizadas por los hombres de letras hispanohablantes. La grandeza
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del hombre clásico se expresa en su voluntad de dominio, es una postura en la que el


hombre trata de ser dueño y señor.

La postura romántica, en cambio, se expresa en el sometimiento del hombre, en el aguante


y en el sufrimiento, la grandeza del hombre romántico recién aparece cuando se convierte
en víctima de un mundo que lo supera. Mickiewicz es la postura romántica del aguante y el
sufrimiento, su grandeza proviene de su lucha contra una fuerza que lo somete y lo hace
víctima de un mundo que los supera.
“Empezaba a crecer en mí un espíritu de resistencia frente a nuestra obstinada e incansable
propaganda y frente a las inclinaciones patrióticas que nos incitaban siempre a pregonar a
Polonia en el extranjero. Pero en aquellos años, en París, no me sentí capaz todavía de
tomar una postura clara con respecto a la nación, cosa que no sucedió hasta después de la
última guerra, cuando me puse a escribir „Transatlántico‟ (...)”

“De cualquier forma, París contribuyó mucho en el año 1928 a intensificar mis relaciones
con ella. La vi desde afuera. Desde el extranjero. Fue muy instructivo”. “Transatlántico” es
una ajuste de cuentas que hace Gombrowicz entre el individuo y la nación, un pedido de
cuentas a ese pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica y por su
situación especial en el mundo.
El propósito de Gombrowicz es reforzar y enriquecer la vida del individuo haciéndola más
resistente al abrumador predominio de la masa. Esta presión contra la patria va creciendo
hasta que Gombrowicz pronuncia la blasfemia increíble del comienzo de “Transatlántico”.
Pasados diez años de escritas estas páginas sacrílegas en las que maldice a Polonia, pone en
el diario que en ese barco, en "Transatlántico", había regresado a su patria.

“¡Volved, compatriotas, marchad, marchad, marchad a vuestra nación! ¡Marchad a vuestra


santísima y tal vez también maldita nación! ¡Volved a ese santo monstruo oscuro que está
reventando desde hace siglos sin poder acabar de reventar! ¡Volved a ese santo engendro
vuestro, maldito por la naturaleza, que no ha dejado un solo momento de nacer y que, sin
embargo, continúa nonato! ¡Marchad, marchad para que él no os deje ni vivir ni reventar y
os mantenga siempre entre le ser y la nada! (...)”
“!Marchar a esa santa babosa para que os vuelva más moluscos! ¡Volved a vuestra
demente, a vuestra loca y santa y ay, tal vez maldita aberración para que con sus saltos y
sus locuras os torture, os atormente, os inunde de sangre, os ensordezca con sus gritos y
rugidos, os martirice con su suplicio, así como a vuestros hijos y a vuestras mujeres, hasta
la muerte, hasta la agonía, y que ella misma en la agonía de su demencia os enloquezca, os
perturbe!”

WITOLD GOMBROWICZ Y NAPOLEÓN BONAPARTE

“Un día, andando por no sé calle de París, entré en una iglesia para refugiarme de la lluvia.
Para mi sorpresa, vi algo que se parecía a un pozo, en cuyo fondo había un catafalco. Miré
y me marché porque había dejado de llover. Años más tarde me enteré de que era la tumba
22

de Napoleón. Debo reconocer que para el futuro artista o el llamado intelectual era una
dosis de ignorancia bastante considerable por no decir escandalosa”
Condicionado social y políticamente por un período particularmente conflictivo en la
historia de Polonia, Stefan Zeromski, escritor muy comprometido con los movimientos
libertarios y patrióticos polacos de finales del siglo XIX y principios del XX, dedicó gran
parte de su esfuerzo literario a defender un punto de vista nacionalista, exaltando la
conciencia nacional polaca y el patriotismo.

“Cenizas” es una novela de Zeromski dedicada a narrar la historia de los soldados polacos
que lucharon y murieron como miembros de la Grande Armée durante las campañas
napoleónicas. Los protagonistas, dos oficiales de la entonces inexistente Polonia, recorren
la Europa destrozada por la ambición del corso y en su peripecia aparece la carga de la
caballería polaca contra las fuerzas españolas en Somosierra en el momento en que
Napoleón se dirige hacia Madrid.
Cuando después de varios intentos los franceses entran en Zaragoza, convertida en despojo
humeante y ruinoso, los dos polacos resumen el cansancio del empeño en una amarga
reflexión: “¿Qué hacemos nosotros aquí, luchando contra la libertad de los españoles
cuando lo que tendríamos que hacer es batallar para obtener la nuestra, la de Polonia, la de
todos nuestros compatriotas?”

Su objetivo de libertad e independencia para Polonia marcó la literatura de Zeromski, tanto


para señalar virtudes como defectos; incluso la enorme contradicción de aquellos patriotas
polacos que, creyendo defender el ideal de libertad, contribuyeron, junto a Napoleón, a
sojuzgar a un pueblo, el español, que luchaba por defender los mismos ideales.
Gombrowicz siguió otro camino, bastante distinto al de Zeromski.
Pensaba en los roles que podía desempeñar y que no le resultaban inaccesibles: abogado,
juez, comerciante, profesor, filósofo, artista, lugareño..., pero ninguno le gustaba
demasiado. A pesar de la confusión que tenía en la cabeza y de que la actividad de escribir
no estaba bien vista entre los miembros de su familia, poco a poco se fue convirtiendo en
un escritor, apuntando siempre al mismo norte: “la vida es la vida”.

Con el cambio de siglo, del XVIII al XIX, volvieron a surgir las esperanzas para los
polacos de recuperar la independencia gracias a los éxitos militares de Napoleón. Las tropas
de las Legiones Polacas, creadas en Italia, lucharon en numerosas batallas de las campañas
napoleónicas. Napoleón realizó, en parte, las esperanzas de los polacos. Después de haber
vencido a Austria y Prusia creó el Gran Ducado de Varsovia.
Este Gran Ducado lo creó sobre una parte de los territorios de la antigua República de
Polonia, y ayudó también a los polacos en la creación de un ejército propio, encabezado por
el sobrino del último rey polaco, el príncipe Józef Poniatowski. Las tropas polacas
participaron en todas las campañas y grandes batallas: las de Borodino, la Leipzig, donde
murió el príncipe Poniatowski.

Pero la derrota de Napoleón en la guerra contra Rusia, y la posterior caída del emperador
cambiaron el destino de Europa y de Polonia. En el año 1808 tuvo lugar en el Puerto de
Somosierra una famosa batalla que enfrentó al ejército español, mandado por el general San
Juan, y a la "Grand Armeé" francesa, al frente de la cual se encontraba el mismísimo
emperador Napoleón Bonaparte.
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Dada la abrumadora superioridad númerica y la calidad de las tropas francesas presentes en


el campo de batalla, era previsible una rápida conquista de este estratégico paso de
montaña, el último obstáculo que se interponía en el camino hacia la ciudad de Madrid,
objetivo final de Napoleón. Diversas circunstancias determinaron que el esfuerzo principal
del combate recayera finalmente en algunos escuadrones de caballería ligera polaca.

Aquel día protagonizaron una mítica carga de caballería que decidió el signo de la batalla,
proporcionando con su esfuerzo una brillante victoria a Napoleón. Algunos ilustres
hombres franceses estaban deslumbrados con la aristocracia polaca, especialmente con la
belleza de sus condesas. Honoré de Balzac se enamoró perdidamente de Evelina Hanska,
una condesa polaca que se casó con el escritor el mismo año de su muerte.
La condesa Maria Walewska pasó a la historia como la esposa polaca de Napoleón
Bonaparte. Para la bella María la esperanza de salvar a su país se renovó cuando el
conquistador de Europa invadió Polonia. Sólo él podía vencer a los eternos enemigos de la
Rusia de los zares y a los aristocráticos austríacos que no cejaban en su intento por
anexionar el territorio polaco.

Sólo Napoleón podía hacer que Polonia fuera otra vez un país independiente, fuerte y
próspero. El emperador de los franceses quería verla a solas, había quedado prendado de
ella y si la joven sintió culpa por serle infiel a su casi anciano esposo, es algo que nadie
sabe. Alentada por un grupo de nobles compatriotas, acepta la invitación del francés. Sabe
que el destino de su patria depende de aquel hombre.
Pero nada resultaría como lo habían imaginado. Napoleón, para evitar una nueva guerra,
pacta un acuerdo con el zar de Rusia, el acuerdo no contempla que Polonia renazca,
Tayllerand y Fouché lo convencieron que para conseguir esa paz que buscaba, era necesario
sacrificar a Polonia e incumplir la palabra entregada a la condesa Maria Walewska, madre
también de un hijo suyo.

La devota y enamorada María, la polaca de piel de leche y miel, la hermosa jovencita que
se entregó al invasor para salvar a su patria, murió muy joven, cuando sólo contaba treinta y
ocho años, profundamente amargada por tener que padecer el chismorreo desaprobatorio de
una nobleza hipócrita, con Napoleón desterrado y prisionero en Santa Elena, y sabiendo
que su amor por ese hombre ya nunca más sería correspondido.
Mientras tanto Gombrowicz en la Argentina repetía con nosotros la misma falta de
consideración que había tenido en París con la tumba de Napoleón. “Me limito a decirle
que por el momento mi estada en París parece todo un éxito, la prensa ha demostrado gran
interés por mi persona, di ocho entrevistas de las cuales cinco fueron muy importantes, ya
aparecieron dos, en „Arts‟ y en „Le Monde‟, grandotas y hasta diría sensacionales (...)”

“Alrededor de mí se formó un revuelo de proporciones, tuve que correr de un lado a otro,


como dice „Le Monde‟ se forma alrededor de mí una maçonnerie intenacional. Las damas
mas distinguidas gritaban „ah, que felicidad, la suya!‟ cuando Leonor Fini (la mujer del
Príncipe Bastardo) les anunciaba mi presencia en su casa. Yo insulté por las dudas bastante
a los franchutes en las entrevistas, comparándolos con los perros de Pavlov (...)”
“Ay, Goma, ¿qué hago aquí, por qué, cómo, hasta cuándo? Calculo que ya gané treinta mil
pues estoy cinco días en Berlín, no vi ni un solo centavo, en cambio vivo como un rey.
Berlín es impresionante, archimoderno, una ciudad jardín, el clima es de suspenso, me
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tratan con una hospitalidad conmovedora pero „ojala dure‟ como decía la madre de
Napoleón (...)”

“Mi vida se vuelve cinematográfica, ayer en Wahnsee (lago) sacaban una película de mí y
la poetisa Ingeborg Bachmann (joven y bella) y yo meditaba que me volví actor de mi vida,
todo es como de una película de Hitchkock, ojalá dure como decía la madre de Napoleón”

WITOLD GOMBROWICZ, VALERY LARBAUD Y ANDRÉ GIDE

“Uno de mis nuevos amigos en París era un joven de una cultura artística muy refinada.
Escribía poemas y se movía con una gran facilidad en los círculos literarios, conocía bien a
Gide e, incluso, iba a visitarlo a Cuverville, aunque no se sabía bien a qué debía ese honor,
si a su catolicismo, a su talento literario o a su tez melocotón, ya que Gide poseía una
naturaleza tan universal como sorprendente (...)”
“En una ocasión trajo a nuestro café a varios literatos, entre ellos a Valery Larbaud. Pronto
llegué a ser el objeto principal de admiración del joven Jules. Sin embargo Jules no podía
soportar mi indiferencia en relación con el arte, el pensamiento y la cultura. Al igual que
Gide abrigaba un vivo entusiasmo por los asuntos del espíritu, no faltaba a ninguno de los
conciertos de calidad y a ninguna exposición importante (...)”

“Jules presentía que había en mí material de artista y eso era precisamente lo que le
enervaba: exigía mi participación en todo ese culto, no admitía que la poesía, la pintura y la
música, podían no agradarme, él afirmaba que tenían que gustarme. Me acusaba de
falsedad, amaneramiento, pose. Como Valery Larbaud era también un ferviente corifeo de
Gide empecé a burlarme de Gide y de Larbaud, al fin y al cabo no era la primera vez (...)”
“Jules se ofendió y entonces tuvo lugar entre nosotros un intercambio de réplicas incisivas,
y luego una conversación seria en la que me confesó cuánto le dolía e indignaba mi
aversión hacia el arte y lo que él llamaba mi manía de camuflaje. Los sufrimientos de Jules
me hacían reír y me enternecían un poco, era muy francés, muy parisino, desprovisto del
pudor y la discreción que reclamaba mi temperamento más nórdico (...)”

“Para hacer las paces, acepté realizar con él una peregrinación al Louvre, donde aún no me
había asomado”. Valery Larbaud es más conocido por el nombre que le dio su padre un
famoso manantial termal, que por sus escritos. Obtuvo una licenciatura en letras, y gracias a
la fortuna familiar, su padre era propietario de la fuente de agua de Vichy Saint-Yorre, gozó
al principio de una vida sin malestares económicos.
Esta condición le permitió viajar por toda Europa con todo tipo de lujos. Llevó además una
vida de dandy a través de numerosas estaciones termales ya que se resentía de una precaria
salud. Hablaba a la perfección y traducía alemán, inglés, italiano y español, y en cada uno
de estos idiomas propició la recuperación de escritores olvidados y fomentó el intercambio
entre los distintos dominios.

Aquejado de hemiplejía y afasia terminó sus últimos veintidós años de vida recluido
después de haber dilapidado toda su fortuna pues tuvo que vender sus propiedades y su
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biblioteca de quince mil volúmenes. Fue amigo de Gide y su actuación fue decisiva para
que se conocieran en Francia las obras de James Joyce, cuyo “Ulises” tradujo en
colaboración con el autor.
La cuestión de Gide es muy importante para Gombrowicz, quizás sin el “Diario” de Gide
no hubiese existido el “Diario” de Gombrowicz.. André Paul Guillaume Gide fue un
escritor francés, defensor de los derechos de los homosexuales y Premio Nobel de
Literatura. A los veintiséis años contrajo matrimonio con una prima, pero el vínculo no fue
consumado.

Posteriormente, Gide utilizó el trasfondo de su matrimonio no consumado en su novela “Et


nunc manet in te”. Entabló amistad con Oscar Wilde en Argelia y posteriormente comenzó
a reconocer su orientación homosexual. En la década de 1920 Gide se convirtió en
inspiración de escritores como Albert Camus y Jean-Paul Sartre, sin embargo, al defender
la homosexualidad en una edición de “Corydon” recibió malas críticas.
Poniéndose en contra de las malas críticas, más tarde, él mismo consideró que “Corydon”
había sido su mejor obra. Durante la década de 1930 se convirtió en comunista, pero quedó
desilusionado luego de su visita a la Unión Soviética. Sus críticas al comunismo le
ocasionaron que perdiera varios de sus amigos socialistas. Los efectos de una educación
rígida y puritana condicionaron el principio de su carrera literaria de orientación simbolista
y cierto tono decadente.

Se ganó el favor de la crítica con sus observaciones sobre disciplina moral, en las cuales
afirmaba el triunfo de los instintos y la superación de antiguos prejuicios y temores. Esta
exigencia de libertad adquirió posteriormente expresión narrativa en varias de sus obras.
Hizo reflexiones sobre la libertad individual, obstaculizada por los remordimientos de
conciencia.
Su preocupación por la moral y la gratuidad, el acto gratuito, aparecen en “Corydon”, un
diálogo en defensa de la homosexualidad que produjo un auténtico escándalo. “Los
monederos falsos” es una de las novelas más reveladoras del período de entreguerras y gira
en torno a su propia construcción y a la condición de escritor, aunque su obra más
representativa es su “Journal”, que constituye una especie de Bildungsroman, un
aprendizaje del novelista.

La actividad más importante de Gombrowicz en su vida, y casi única, fue escribir. Sin
embargo no fue un escritor prolífico, le costaba trabajo pasar de una obra a otra, le costaba
también terminarlas, el final de sus escritos siempre le parecía siempre arbitrario. Esta
dificultad que tenía Gombrowicz para asomar la cabeza con sus escritos lo hacía sufrir, no
tenemos que olvidarnos que Gombrowicz era más un hombre de ágora que un hombre de
claustro.
Cuando empezó a colaborar en “Kultura”, la revista más importante de la emigración
polaca publicada en París, con algunos fragmentos de “Transatlántico”, se le dio por
escribir unos artículos en forma de diario que le gustaron al redactor: –Este género le va
bien, ¿no querría usted continuar? “Un amigo me había prestado el „Diario‟ de Gide en
francés. Witold se mostraba desdeñoso con respecto a Gide (...)”

“Ese francés y sus historias de homosexuales. Como no había leído casi nada de él, hablaba
más bien de la idea que se había hecho. Insistí para que leyese el „Diario‟, y al final fui yo
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el que no pudo terminar el libro porque Witold no quería separarse de él. Sus comentarios
se referían a la significación de diario como género literario. Descubrió un nuevo modo de
expresión, un instrumento, y reflexionaba sobre el modo de utilizarlo (...)”
“Leyó el „Diario‟ de Gide en la posición de escritor, es así como él leía siempre, como
creador, como artista. Esta lectura le despertó la idea de escribir su propio „Diario‟, tan
distinto, sin embargo, al de Gide” Este relato del Esperpento pone al descubierto que los
inconvenientes que tenía Gombrowicz para cerrar la obras y André Gide dieron nacimiento
a sus diarios.
Dos de los reproches más frecuentes que suelen hacerle a Gombrowicz son los de su falta
de sinceridad y su histrionismo, cargos que son más bien aplicables a sus diarios que a su
obra artística. Sin embargo, hay que decir que los diarios de Gombrowicz tienen una
génesis particular. En efecto, los empieza a escribir porque, según lo sentía él, su empleo de
bancario le impedía emprender proyectos literarios de mayores alcances.
Comienza a publicarlos cuando todavía no había alcanzado la celebridad pero,
lamentablemente para Gombrowicz, la gente sólo compra diarios de escritores famosos.
Tuvo que vencer inconvenientes importantes para continuar el desarrollo de este género
literario durante diecisiete años (1953-1969), diez años en la Argentina y siete años en
Europa.

“Además yo..., con mi vida... Si se suprimiera del „Diario‟ de Gide toda la parafernalia de
nombres ilustres, imagino que perdería buena parte de sus clientes. Yo me veía en el café
Rex con Eisler, a quien conseguía sacar algunas monedas ganándole al ajedrez. Mi vida
secreta no poseía la fuerza ni el color que nutren las memorias de los vagabundos
auténticos”
Las cosas cambiaron radicalmente cuando se mudó a Europa, allá empezó a comportarse
como un mutante, como esos vegetales que adquieren el tamaño del lugar donde los
transplantan. Quizás lo que ocurrió fue que se convirtió en una persona seria, en un adulto,
en un inmaduro viejo. “Hoy, por ejemplo, me levanté a las nueve, me levanto temprano,
desayuné y me puse a escribir una nota política, pues ahora la grandeza me obliga a tomar
la palabra en asuntos de excepcional importancia”

De apuro, también, se tuvo que construir un pasado familiar, un árbol genealógico


(dibujado ya lo tenía, lo había desarrollado en sus horas de ocio mientras que fingía que
trabajaba en el Banco Polaco), pues la fama lo obligaba a esclarecer su pertenencia a una
familia de linaje noble, según lo imaginaba Gombrowicz.
En el Rex nos decía que no podía comprender cómo Gide podía hacer tantas cosas en el
mismo día: –Yo apenas tengo tiempo de escribir un par de renglones y comerme un
sandwichito. Las historias de Gombrowicz sobre Gide comenzaron en el año 1928, con su
primer viaje a París, cuando se hizo amigo de Jules, un joven de una cultura muy refinada
que conocía a Gide y lo visitaba en la casa que tenía en la isla de Cuverville. Treinta y seis
años después Gombrowicz vuelve a visitar con su imaginación a André Gide.

“En Royaumont, cerca de París, pasé tres meses. Después huí del otoño, primero a la
Messuguier, en la proximidades de Cannes. Alquilé la habitación donde antaño había
vivido Gide. Mi senda sigue por fin la huella de los hombres que conozco bien desde hace
años, como si los alcanzara físicamente post mortem, y siento en mí una voz que dice:
estabas desterrado”
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En el año 1960 un diario de Berlín Oeste, el “Tagesblatt”, publicó una encuesta


internacional a la que respondieron treinticinco grandes maestros de la literatura. Le
preguntaron a los grandes maestros cuáles eran los cinco escritores que más habían influido
en ellos. Entre los interrogados estaban Herman Hesse, André Breton, John Dos Passos,
Georg Lukácz.

Gombrowicz también figuraba en esa lista, aún vivía en Buenos Aires, acababan de
traducirlo al alemán y su fama europea crecía semana a semana, en medio de la más ciega
indiferencia argentina. Gombrowicz incluyó en el quinteto de los grandes maestros de la
literatura a Dostovieski, Nietzsche, Thoman Mann, Alfred Jarry y André Gide. “André
Gide (...)”
“El “Diario”. Tal vez porque yo también escribo un “Diario”... y sólo Gide ha emprendido
con seriedad la elaboración de este género tan amplio y tan existencial, que habrá de
prevalecer, sin duda, sobre el relato contemporáneo”. A mí me parece que entre Gide y
Gombrowicz hay algo más, algo más que pasa por el camino de Sartre: las cuestiones del
acto gratuito y de la representación de los sentimientos.

Para Sartre, sea como fuere, siempre hay que elegir, y si no se elige también se elige. Sartre
tiene la costumbre de poner ejemplos, es una costumbre que tienen todos los pensadores
que comprenden claramente lo que dicen y se sienten seguros aunque simplifiquen las
expresión de sus ideas. El hombre es un ser sexuado que puede tener relaciones con seres
del otro o del mismo sexo, puede tener hijos o no tenerlos, la elección que haga lo hace
responsable y lo compromete con la humanidad entera.
Aunque ningún valor a priori determina al hombre, su elección no tiene nada que ver con el
capricho. Gide teoriza sobre el acto gratuito porque no sabe lo que es una situación tal
como la entiende Sartre, él obra por simple capricho. Y aquí Gombrowicz se pone de parte
de Gide, el acto de elegir es para él una nebulosa de la que no puede surgir ninguna
responsabilidad.

Pero la cuestión más importante era la de la representación de los sentimientos, y en esto


estaban de acuerdo los tres: Gide, Sartre y Gombrowicz. Cuando un discípulo le pide
consejo a Sartre durante la guerra sobre si tenía que quedarse con la madre o enrolarse en la
Resistencia, el filósofo hace una serie de reflexiones. El hijo puede saber si quiere más a la
madre sólo si se queda junto a ella, no lo puede saber antes.
No puede determinar el valor de este afecto sino con un acto que lo ratifique y defina. Pero
el hijo le pide al afecto que justifique el acto, entonces se encuentra encerrado en un círculo
vicioso. “Gide ha dicho muy bien que un sentimiento que se representa y un sentimiento
que se vive son dos cosas casi indiscernibles: decidir que amo a mi madre quedándome
junto a ella o representar una comedia que hará que permanezca con mi madre, es casi la
misma cosa (...)”

“Dicho de otro modo, el sentimiento se construye con actos que se realizan; no puedo pues
consultarlo para guiarme por él. Lo cual quiere decir que no puedo ni buscar en mí el estado
auténtico que me empujará a actuar, ni pedir a una moral los conceptos que me permitirían
actuar”. Quien conozca bien a Gombrowicz sabe que podría haber puesto su firma debajo
de estas palabras de Sartre, la idea de la representación de los sentimientos es el centro de
gravedad alrededor del cual giran todas las ideas de Gombrowicz. Gide le dio entonces más
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que un modelo para escribir los diarios, él también creía que los sentimientos empiezan a
existir cuando se representan.

WITOLD GOMBROWICZ Y LAS ARTES PLÁSTICAS

“Yo en aquel entonces estaba efectivamente en mala disposición con el arte. Me saturaba
de Schopenhauer y de su antinomia entre la vida y la contemplación, y de Mann en cuya
obra este contraste toma un aspecto aún más doloroso. El arte era para mí el fruto de la
enfermedad, la debilidad, la decadencia; los artistas no me gustaban, por decirlo así,
personalmente, yo prefería al mundo y a la gente de acción (...)”
“Estas fobias, a mi edad, eran apasionadas, yo tenía entonces veinticinco años, una edad en
la que aún no se ha renunciado a la belleza. El mundo artístico me atraía por su libertad y su
esplendor, pero me repudiaba física y moralmente. Así que esa excursión al Louvre no era
tan inocente como pudiera parecer. Escaleras. Estatuas. Salas. Al franquear el umbral de
ese templo, empezaron a ocurrir cosas raras, aunque en cada uno de diferente manera (...)”

“Jules de repente adoptó un aire místico como si su sensibilidad, aumentada súbitamente, le


hubiera dado alas, se acercaba a los cuadros y a las estatuas en un estado de tensión, se
notaba que lo vivía apasionadamente y eso me enfurecía, ya que sospechaba que él lo vivía
así para mí, para atraerme a su culto. Entonces, cuanto más se exaltaba, yo me volvía más
flemático y apático (...)”
“Con la expresión de un perfecto campesino echaba unas miradas descuidadas a aquellas
salas llenas de la monotonía infinita de las obras de arte, aspiraba ese olor a museo que da
dolor de cabeza, mientras mis ojos se deslizaban de un cuadro a otro con esa expresión
mezcla de aburrimiento y menosprecio que produce el exceso. Eran demasiado numerosas
esas obras maestras y la cantidad mataba la calidad. Y también la mataba esa disposición
tan uniforme sobre las paredes”

Desde muy joven la admiración constituyó para Gombrowicz una actitud absolutamente
impracticable. No sé que es lo que habrá hecho en Polonia pero aquí, en Buenos Aires,
entraba a las exposiciones renqueando apoyado en alguno de nosotros; si le preguntaban
por qué renqueaba, en algunos ocasiones alegaba que lo hacía para compensar alguna falta
de balance de la propia exposición.
En otras ocasiones decía que renqueaba porque le dolía mucho una pierna, y que era una
lástima que la belleza de la pintura calmara menos el dolor que una aspirina. Cuando en la
quinta de Hurlingham me presentó las esculturas metálicas de Giangrande evitó que me
pusiera en pose de admiración: –Vea, son unos pluviómetros muy especiales que se
fabrican aquí para una empresa agrícola. En París, en una de esas tardes de vagabundeo,
acompañó a su amigo Jules al Louvre.

“Cuando se me ocurre ir a un museo me preocupo mucho más por los rostros de los
visitantes que miran las pinturas que por los rostros pintados. Mientras los rostros pintados
miran con una tranquilidad soberana, en los rostros vivientes y reales se nota algo
29

convulsivo y desesperado, falso y ficticio que hasta puede asustar a una persona poco
acostumbrada (...)”
“Ah, por Dios, estas miradas piadosas o conocedoras, ese esfuerzo para estar a la altura, esa
pseudo profundidad que se junta con todo un mar de pseudo impresiones, pseudo
sentimientos, pseudo juicios. La Gioconda es una hermosa tela, pero si Leonardo da Vinci
hubiese podido presentir las convulsiones que originaría su cuadro, es posible que hubiese
aniquilado el rostro pintado para salvar los rostros reales”

Jules se había transportado: –¿Por qué me haces reproches, Jules?, no comprendes que yo
no miraba los cuadros, sino otra cosa; –¿Qué cosa?; –La gente, tu miras los cuadros y yo
miro a la gente que admira los cuadros, tienen una expresión estúpida, ¿entiendes?, un
hombre al admirar un cuadro pone cara de imbécil, ¡es un hecho! La belleza de la pintura
afeaba la cara de los admiradores.
El cuadro era hermoso, pero lo que había delante del cuadro era esnobismo y un esfuerzo
torpe para advertir algo de esa belleza de cuya existencia se estaba informado. El
sentimiento de admiración que aparece de vez en cuando en las obras de Giombrowicz, es
un sentimiento de admiración derrumbado, enfermizo y teatral. Con una expresión de
perfecto campesino Gombrowicz echaba unas miradas aburridas.

La expresión de Jules rayaba entre la histeria y el odio: –Estoy harto, Jules, basta.
¡Vámonos! Salimos al mundo, ¡qué delicia!: sol, mujeres. “Cuando hombres normales e
inteligentes en todas las demás realidades se pierden de modo tan lamentable frente a cierta
clase de fenómenos, esto quiere decir que hay algo de falso y de malo en su relación misma
con esos fenómenos (...)”
“Y, por cierto, en el terreno artístico se acumuló una cantidad tan grande de absurdos,
paradojas, falsedades, que eso no se puede explicar sino por algún error básico en nuestro
modo de tratar el asunto. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que delante de un cuadro firmado
por Rafael nos muramos de entusiasmo y la copia del mismo cuadro aunque perfecta nos
deje fríos?”

El escritor debe obligarse a desarrollar una política frente a la cultura, no puede dejarse
subyugar, debe conservar su soberanía y no tan sólo en atención a su yo. La atracción que
produce la belleza en el arte no tiene lugar en una atmósfera de libertad, una voluntad
colectiva que pertenece a la región interhumana de la que no tenemos conciencia nos obliga
a admirar.
De modo que somos puestos en el trance de tener que admirar, la relación que surge
entonces entre el que admira y la belleza que admira es falsa. En esta escuela de
tergiversaciones se ha formado un estilo, no sólo artístico sino también de pensar y de sentir
de una elite que se perfecciona y consigue la seguridad de su forma de una manera
inauténtica.

“¿Cómo es posible reducir todo eso a la pura estética y a una retórica estéril y vacía sobre la
grandeza del arte? ¿Cómo se puede de tal modo enseñar la literatura y el arte a los niños en
las escuelas acostumbrándonos desde pequeños a una pura ficción? Nuestra vida artística se
desarrolla en un clima de perpetua mentira, y es por eso que la clase culta no tiene ningún
real contacto con la cultura (...)”
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“En verdad, todas nuestras actuaciones culturales recuerdan mucho más un rito solemne
que una auténtica convivencia espiritual. Mientras no tengamos el valor necesario para
dejar las ilusiones, mientras no lleguemos a una mejor conciencia de las fuerzas que nos
dominan, siempre el rostro pintado de la Gioconda va a transformar nuestro propio rostro
en algo... algo... en fin, en algo bastante dudoso”

Leonardo da Vinci es un personaje histórico que tiene para Gombrowicz el atractivo de ser
archinteligente y de conocimientos completos, unas cualidades que debieron ejercer sobre
él una enorme sugestión en su juventud. Leonardo da Vinci, arquitecto, escultor, pintor,
inventor, músico, ingeniero y el hombre más representativo del Renacimiento, es
considerado como uno de los más grandes pintores de todos los tiempos y la persona con
más variados talentos de toda la historia de la humanidad.
Leonardo se revela grande sobre todo como pintor. Regular y perfectamente formado,
parecía, en las comparaciones de la humanidad común, un ejemplar ideal. Del mismo
modo que la claridad y la perspicacia de la vista se reflejan más apropiadamente en el
intelecto que en los sentidos, así la claridad y la inteligencia eran propias de Leonardo da
Vinci.

No se abandonó nunca al último impulso de su propio talento originario e incomparable y,


frenando todo impulso espontáneo y casual, quiso que todo fuese meditado una y otra vez.
Siempre atento a la naturaleza, consultándola sin tregua, no se imita jamás a sí mismo; el
más docto de los maestros es también el más ingenuo, y ninguno de sus dos émulos, Miguel
Ángel y Rafael, merece tanto como él ese elogio.
El interés por Leonardo da Vinci nunca se ha satisfecho, a través de los siglos ha llegado
hasta nosotros. Las multitudes aún hoy hacen cola por ver sus obras y sus dibujos más
famosos se divulgan en camisetas. Los escritores actuales, siguen maravillándose de su
enorme genio. Especulan sobre su vida privada y, particularmente, sobre lo que alguien tan
inteligente pensaba realmente.

La archiinteligencia, los conocimientos completos y el humanismo eran cuestiones que


subyugaban su conciencia, por lo tanto Leonardo da Vinci debió ser en su juventud algo así
como el Norte de Gombrowicz. “Corrió mucho agua bajo el puente hasta que conseguir
establecer una base y sólidas razones a mi contienda contra las artes plásticas iniciada aquel
día delante del Louvre, en París (...)”
“Sólo después de la guerra, en la Argentina, empezó a cristalizar en mí esa hostilidad hacia
la pintura. Mi primera declaración pública sobre este tema, un artículo en el diario
argentino „La Nación‟. Llevaba por título „Nuestra cara y la cara de la Gioconda‟ y hacía
referencia a mis experiencias en París. Hoy veo hasta qué punto mis reacciones son
polacas: de un hidalgüelo polaco, de una campesino polaco, polacas de carne y hueso (...)”

“Mi polonidad incurable, que experimento a cada paso cuando estoy en el extranjero, casi
hace reír a un hombre como yo, aparente liberado de todos sus lazos. Llevo en la sangre esa
desconfianza polaca hacia el arte y, sobre todo, hacia las artes plásticas. El hombre no está
hecho para la pintura, sino la pintura para el hombre. En aquel momento yo aún no sabía
que estaba estableciendo una de las fórmulas más importantes en todo mi desarrollo
ulterior”
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WITOLD GOMBROWICZ Y EL PUERTO DE BANYULS

“Poco a poco me iba integrando en París y es posible que hubiese terminado siendo un
verdadero parisino, pero las cosas se complicaron. No estudiaba nada, no pasaba los
exámenes, ni me asomaba por el Instituto de Altos Estudios Internacionales. ¿Cómo
justificarlo ante mi padre quien en sus cartas preguntaba por mis progresos? Por suerte, los
vértices de mis pulmones que parecían curados volvieron a dar señales de vida (...)”
“Apareció la febrícula acompañada de un debilitamiento general, Janek Balinski se ocupó
de mí y me mandó al médico. Llegué a la conclusión de que esa enfermedad me caía del
cielo como la mejor justificación de mi holgazanería y me puse a quejarme delante del
matasanos, quien enseguida sentenció que debía partir inmediatamente hacia el sur, hacia
las montañas”

“De este modo, una noche cualquiera me encontré en un tren que me llevaba a la región de
los Pirineos Orientales, a un paso de España, allí donde los Pirineos se lanzan al
Mediterráneo. Viajaba con el espíritu en estado de ebullición, lleno de los fermentos
acumulados durante mi estancia en París y justamente aquella noche se me hizo claro y
evidente que sería artista, escritor (...)”
“Al sumergirme en esa noche tuve la sensación de estar penetrando en mi propio futuro. En
el transcurso de ese viaje no sucedió nada extraordinario y, sin embargo, todavía hoy
cuando viajo en tren de noche y centellean detrás de las ventanas luces misteriosas y formas
inexploradas, vuelve a golpearme la fortísima impresión de aquel viaje colmado de intensos
presentimientos, casi lindantes con la evidencia”

En el tren que lo llevaba de París a los Pirineos Orientales entabló conversación con una
joven escocesa bastante feucha durante gran parte de la noche. Cuando la joven se enteró de
que sus caminos se separaban en Perpignan supuso que después no se volverían a ver,
entonces, sin pensarlo dos veces, le hizo unas confidencias realmente monstruosas: en la
casa familiar ocurrían cosas indecentes en las que la escocesa participaba activamente. Se
despidieron cariñosamente en Perpignan. Gombrowicz llegó a su destino y se hizo
compinche de unos lugareños que jugaban al billar. El domingo del primer fin de semana se
fueron en bicicleta a Banyuls, un pequeño puerto cercano. En se trayecto tuvo su primer
deslumbramiento con el Sur.

Pedaleaba hacia abajo con ese grupo de meridionales desenfrenados, de pronto se le


apareció a lo lejos la superficie inmóvil y resplandeciente del mar latino como si se
levantara un telón. Lo que no habían podido las catedrales y los museos de París lo lograba
ese camino vertiginoso que apuntaba al mar. Comprendió el Sur, Francia, Italia, Roma,
todo eso se le apareció por primera vez en forma hermosa.
Y se le apareció justamente a él, que hasta entonces había considerado a la gente de tez
morena como un tipo humano inferior. La blancura de las piedras, el noble gris ceniza de
los plátanos, el azul al frente, la nitidez de las líneas y la plenitud de la forma. Toda la
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cultura francesa, que hasta entonces le había parecido burguesa y repugnante, se le apareció
como algo elemental y salvaje.

Nunca más sintió aversión hacia el Sur, el Mediodía lo atrapó con una dureza refulgente, un
deslumbramiento que preparó el camino para ese viaje increíble y milagroso que hizo más
tarde a la Argentina. No estoy seguro de esto, porque era una persona culta, pero yo creo
que en un principio Gombrowicz se imaginó a la Argentina como un país tropical lleno de
palmeras, de pájaros multicolores, de papagayos.
Un país sin miras de guerras, rico, enorme, despoblado, en contraste con una Polonia que
había sido independiente durante veinte años antes de la guerra y que había estallado en
llamas junto con toda Europa. El sueño tropical todavía lo tenía cuando conoció a Piñera en
el Rex: –Así que usted viene de la lejana Cuba. Todo muy tropical por allá, ¿no es cierto?
¡Caramba, cuántas palmeras!

“Acerca de lo que ocurrió a bordo de la goleta Banbury” es la novela corta más larga de
Gombrowicz, y sin saber que siete años más tarde desembarcaría en la Argentina, sueña
con ella: “Bajo el hermoso cielo de Argentina, los sentidos gozan gracias a una niña”. Y
comienza la narración en forma premonitoria: “Mi situación en el continente europeo se
hacía día a día más penosa y más equívoca”.
Gombrowicz decidió quedarse algunos días en la playa del puerto de Banyuls, pero en la
mañana del cuarto día vio a la escocesa que le había confesado acontecimientos indecentes
en los ella participaba, sentada en la arena. “Banyuls es un puerto diminuto con cuatro
casas acurrucadas en los escondrijos multicolores de una orilla abrupta; un paisaje
encantador, dulzón, estilo bombón, como una tarjeta postal; no me agrada esa belleza tan
ostentosa (...)”

“Sin embargo, la pureza del entorno, la inmaculada austeridad de los claroscuros, la


blancura de las casitas planas y el azul solemne, eran tan patéticos que me reconciliaban
con el paisaje. Decidí quedarme allí, aunque fuera contra la voluntad del médico quien me
aconsejaba la montaña, y, al día siguiente, traje mi maleta y busqué una pensión”. La
situación era más embarazosa para la escocesa que para Gombrowicz.
Sea como fuere ambos se ponían como un tomate cuando se veían. Gombrowicz decidió
mudarse a un pueblo vecino. El día después de la llegada, cuando salía del hotel a la
mañana, vio a la escocesa bajando del autobús, a ella también se le había ocurrido la idea
de mudarse. Gombrowicz consideró a estas circunstancias como un exceso de realidad y
nunca se atrevió a ponerlas en una novela.

“Yo he conocido varias veces en mi vida aquello que se llama concursos de circunstancias,
tan asombrosos que no me atrevería jamás a introducir algo semejante en una novela. Pasa
lo mismo con las puestas de sol, cuando alguien dice: „Si un pintor pintara esto, dirían que
exagera‟”. Sea exceso de realidad, concurso de circunstancias o irrealidad la cuestión es
que la falta de realidad era un asunto muy complicado para Gombrowicz.
Tanto era así que podríamos decir que una buena parte de las historias que cuenta en sus
novelas no es real, y no sólo porque no relate acontecimientos que hayan ocurrido
verdaderamente, sino porque son historias que no pueden ocurrir en el mundo real. Todas
sus narraciones tienen elementos fantásticos, y estos productos de la imaginación son los
que le hacen posible la actividad de escribir.
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El defecto de realidad es entonces el que pone en marcha su obra, pero no su desarrollo y su


término, pues todas ellas tienen, como quien diría, una moraleja. Si el defecto de realidad es
el motor de su literatura, se podría decir que el exceso de realidad obraría como un palo en
la rueda. Hay que decir que la idea de realidad se escurre a Gombrowicz entre las manos
como una anguila. La realidad se define a veces de modo negativo y a veces de modo
positivo.
En el primer caso se afirma que el ser real sólo puede entenderse como un ser contrapuesto
al ser aparente, o al ser potencial, o al ser posible. En el segundo caso se afirma que es real
sólo lo que existe, y no es real sólo lo que es. La realidad surge de asociaciones de una
manera indolente y torpe en medio de equívocos, a cada momento la construcción se hunde
en el caos, y a cada momento la forma se levanta de las cenizas.

Es como una historia que se crea a sí misma a medida que se escribe, introduciéndose de
una manera ordinaria en un mundo extraordinario, en los bastidores de la realidad. Las alas
de Gombrowicz vuelan en sus sueños hacia el Mediodía y el Poniente. La Primera Guerra
Mundial despertó en Gombrowicz una nostalgia incurable por Occidente. Seguía con
vehemencia los cambios en el frente.
Gombrowicz iba más allá todavía, marcaba solemnemente sobre un mapa cada pueblecito
tomado como si de eso dependiera el resultado de la guerra. Al otro lado de aquel frente
estaba la Europa que le despertaba la nostalgia, mientras los rusos y los alemanes eran para
él una realidad de segunda categoría. En 1918 esa barrera se rompió y Occidente comenzó a
infiltrarse en Polonia poco a poco, un cambio que significó tanto para Gombrowicz como la
recuperación de la independencia.

Del Oeste le llegaban los vientos de la historia y de la cultura, al Sur accedió más tarde,
cuando estaba en Francia, en un trayecto que recorre en bicicleta entre un pequeño
balneario montañoso y la playa de Banyuls, un puerto diminuto en los Pirineos Orientales.
Gombrowicz se toma unas largas vacaciones, unas vacaciones argentinas que se prolongan
casi veinticuatro años.
Las playas de Mar del Plata y de Necochea le despertaban a Gombrowicz ocurrencias un
poco diferentes a las que le habían sobrevenido en la playa del puerto de Banyuls. En
Necochea, por ejemplo, tuvo un deslumbramiento súbito y, por la aplicación de una
determinada ciencia infusa, supo de repente cómo se había realizado en la Argentina la
reforma agraria.

“Santiago Achaval, Juan Santamarina, Paco Virasoro y Pepe Uriburu, son jóvenes de la
oligarquía argentina, ricos y de buenos modales. ¿Cuántos hermanos y hermanas tienen?
Paco es el que tiene menos, sólo tiene seis. Entre los cuatro, juntan un total de cuarenta
hermanos. Niaki Zuberbühler tiene ochenta primos de primer grado. La reforma agraria se
lleva a cabo en la cama”.
Pero en nuestra pampa ilimitada no hay océano ni sal ni vientos, después de la agitación de
las playas, ahora la tranquilidad, el silencio y el relajamiento. En el campo argentino no hay
campesinos como los hay en Polonia, aquí no hay nadie. Unos cuantos peones cuidan los
campos y la enorme cantidad de vacas y de caballos, pero sin prisa. Un hombre con un
tractor labra, siega, trilla y embolsa los granos.
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Gombrowicz caminaba por las avenidas de eucaliptos en medio de la inmensidad de la


pampa húmeda, y de nuevo lo asaltaba el presentimiento de una agonía solitaria en un
sótano asfixiante. Gombrowicz sabía que Dios no sería un asilo para su vejez, y menos aún
la trascendencia que le prometían los existencialismos de Sarte y de Heidegger con sus
borracheras de sentimientos trágicos.
El tiempo del deshielo comunista presionaba sobre su conciencia y se preguntaba si su
regreso a Polonia, si su regreso a la patria no podría darle lo que Dios y la filosofía no
podían darle. Pero en ese caso se tendría que enfrentar con una libertad relativa, una
libertad que debía presentarse dos veces por semana en la oficina de control para poder
vivir una semivida y una semiverdad.

A través de estas cavilaciones se estaba definiendo respecto a la ética del catolicismo, del
existencialismo y del marxismo, pero la moral es sólo un fragmento de la vida, y los otros
fragmentos lo seguían presionando por todas partes pues la realidad es inagotable. Esa
contradicción entre el ser y el existir lo llevaba de la mano al mundo palpable de los
eucaliptos y de la tierra
Éste era el único mundo amigable y creíble, un mundo que se le había diluido en esa pampa
inmensa bajo la bóveda celeste, un mundo que se le había borrado. Ni siquiera la totalidad
del globo terrestre, suspendido él mismo en el espacio, podía asegurarle un terreno firme
para los pies. Ese abismo sin fondo podría enloquecernos si es que no estuviéramos tan
acostumbrados a él.

“Y al mismo tiempo estoy allí, en el seno del universo. Todas las contradicciones se dan un
rendez-vous en mí; la calma y la locura, la sobriedad y la embriaguez, la verdad y la
patraña, la grandeza y la pequeñez, pero siento que en mi cuello se posa de nuevo la mano
de hierro, que poco a poco, sí, de manera imperceptible..., se va cerrando”

WITOLD GOMBROWICZ Y LAS CARAS

“Se acercaba el verano. Volví de mis largas vacaciones en Francia y así terminaron mis
estudios en París. A decir verdad, nunca habían comenzado: no sé si durante toda mi
estancia fui más de dos veces al dichoso Instituto de Estudios Internacionales. A pesar de
ello, mi confrontación con Occidente fue extremadamente importante: agudizó mi
especificidad polaca y me introdujo en Europa (...)”
Polonia, vista tras una estancia bastante larga en el extranjero, resultó ser menos instructiva
que París, pude comprender por primera vez con una mirada más amplia las cosas en medio
de las cuales crecí y que, debido a eso, nunca habían llamado mi atención. Un recuerdo
desagradable me ha quedado grabado en la memoria, no sé exactamente por qué éste y no
otro (...)”

“Al día siguiente de regresar de París, subí a un tranvía en Varsovia... ¡Las caras! Caras
apáticas, abúlicas, apagadas, míseras... esa indigencia paralizadora, como un sueño... esa
pesadez eslava... Y esa raras vestimentas, no europeas, exóticas”. A decir verdad
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Gombrowicz, con el tiempo, llegaba a querer los lugares donde vivía pero no se sentía bien
en ninguna parte.
Decir que no se sentía bien en Polonia es casi una perogrullada. Un tarde, en un café de
Varsovia se sentó a la mesa de Tadeuz Boy Zelenski, un escritor y traductor de literatura
francesa, y le dijo que él, en Polonia, se sentía como un pasajero sentado sobre una silla,
que la silla estaba sobre una caja, la caja sobre unas bolsas, las bolsas sobre un carro, el
carro sobre un barco, el barco sobre el agua, pero no sabía dónde estaba la tierra firme: –
Como todos nosotros, le respondió Boy.

Consigo mismo tampoco se sentía bien porque, según le parecía a él, en Polonia no se
daban cuenta de las relaciones que existen entre el arte y el mundo espiritual con la
enfermedad. Para los polacos el artista no es un neurótico que se cura a sí mismo como dice
Freud, sino un creador con un exceso de fuerza vital y salud llamado talento. Mientras tanto
Gombrowicz andaba penando con las perturbaciones psíquicas de su herencia.
También penaba con sus anormalidades, y esta falta de valor y estas anormalidades eran
justamente las que le permitían ubicar su obra en un clima más real y más trágico. Le
permitían también adquirir una distancia en relación a su debilidad y un sentido más agudo
sobre la salud y la normalidad. Pero los polacos no entendían que un enfermo sabe mejor
que un sano lo que es la salud, al igual que un hambriento sabe mejor lo que es el pan.

Y tampoco se sintió bien en París cuando fue a completar sus estudios: “¿Le gusta París?; –
Así, así. A decir verdad no he visitado nada; –¿Por qué?; –No me gusta levantar la cabeza
delante de los edificios y, en general, las visitas turísticas me aburren y deprimen; –¿Así
que París no ha tenido la suerte de caerle en gracia?; –Bueno, no mucho; –Pero, cómo, ¿no
le gustan las perspectivas de la Place de la Concorde? (...)”
“Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico y por el Renacimiento. Lástima que la
población no esté a la altura... Para ser sincero los parisinos son más bien feos y carecen de
encanto...”. Sobre el aspecto y el encanto de los polacos tampoco estaba muy seguro. Su
amigo, Tonio Sobanski, uno de los hombres más característicos de la Varsovia de preguerra
y de las transformaciones que se producían en Polonia, no confiaba demasiado en las caras
de los polacos.

Sobanski era un conde terrateniente, un bohemio que detestaba el campo, que había roto
con las tradiciones y que había asimilado todos los fermentos intelectuales y artísticos de
Europa. Gombrowicz estaba deslumbrado con ese aristócrata extraordinariamente
inteligente, un europeo de una gran cultura y de modales perfectos. No era snob ni un
pedante amanerado, era un hombre de elite, pero su terreno de acción se limitaba a la clase
superior.
Más que nadie sabía que el encanto de una nación, su capacidad de fascinar y seducir, eran
armas más poderosas que los cañones, y que el mundo trataba de un modo totalmente
diferente a un pueblo que lo impresionara por su estilo y por su encanto. “Veía en el país un
material de primera categoría, los polacos estaban llenos de temperamento, de fantasía, eran
sensibles al arte (...)”

“Los polacos hubieran podido seducir al mundo si no fuera por una terrible combinación de
esclerosis, de provincialismo, de falsa vergüenza, de pathos y de una virilidad militar
forzada, una mezcolanza que les confería una rigidez atroz: –¡Qué horror!, dijo
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inesperadamente una tarde mientras caminábamos; –¿Qué cosa?; –¡Las caras!”. La cuestión
de las caras llegó a tener mucha importancia para Gombrowicz.
En muchos pasajes de sus obras hizo todo lo posible por desacreditar a esas caras e intentó
reemplazarlas con el culo. La cara y sus habitantes: los ojos, la boca, la nariz y la orejas; el
culo y sus proximidades: las manos, los dedos, los muslos y las espaldas se convirtieron en
los representantes plenipotenciarios de la forma y de la inmadurez, una estructura con la
que Gombrowicz procuraba ordenar todos los desbordes de su imaginación.

En “Ferdydurke” desmonta la mistificación de los ideales recurriendo a un duelo de muecas


entre estudiantes que termina en una violación que se hacen por las orejas, y desmorona a la
modernidad en un amasijo de cuerpos en el que un profesor trata de mantener su dignidad
utilizando los orificios de su nariz mientras los juventones, la colegiala y el colegial se dan
bofetadas, se agarran de los mentones y de las rodillas.
También se muerden las costillas y enloquecen en un montón hormigueante. En otras
ocasiones se refiere a las caras como un soporte de partes. En uno de los primeros intentos
que hizo en los diarios, al que podríamos considerar al margen de la literatura, se las
arregla para desvincular a la forma de sus ataduras y darle vida propia echando mano a
Creta y a las caras.

Todo ocurre un día en que va almorzar a la casa de un ingeniero que tiene una industria en
la localidad de Acassuso. A medida que ponía atención se iba dando cuenta que la casa, la
mesa del comedor y los platos eran demasiado renacentistas, mientras la conversación se
centraba también en el Renacimiento, una adoración por Grecia, por Roma, por la belleza
desnuda y la llamada del cuerpo.
La conversación giró alrededor de una columna de Creta, y a Gombrowicz se le pegó el
cretino, leitmotive de toda la narración, pero no de una manera renacentista, sino totalmente
neoclásica y cretínica. Llegado a este punto del relato le advierte al lector que él sabe muy
bien que no debería escribir sobre esto. De vuelta en la ciudad se dirigió al café Rex pero,
de repente, desde el café París, le hicieron señas.

Son unas señoras conocidas que aparentemente estaban sentadas a la mesa comiendo
bizcochos que mojan en la crema. Pero era una mistificación, la verdad es que estaban
sentadas a un tablero cubierto de esmalte apoyado sobre cuatro barras de hierro torcidas, y
la acción de comer consistía en meterse una cosa u otra por un orificio practicado en la
cara, al tiempo que sus orejas y sus narices despuntaban también sobre la cara.
Cháchara va, cháchara viene, Gombrowicz pide disculpas y se marcha alegando falta de
tiempo. El hecho de que estuvieran ocurriendo cosas demasiado cretinas como para ser
reveladas, era la razón que lo obligaba a relatarlas pues tenían un exceso de cretinismo. Al
salir del café París se dirigió al café Rex. En el camino se le acerca una persona
desconocida, le dice que hacía tiempo que quería conocerlo, lo saluda, le da las gracias y se
va.

Cuando iba a ponerlo de vuelta y media al cretino, se da cuenta que no es cretino, puesto
que sólo quería conocerlo y lo había conocido. Se empiezan a encender las luces de la
noche, pasan los coches, caminan los transeúntes, mientras tanto Gombrowicz mira las
casas. En el balcón de un séptimo piso le están haciendo señas Henryk y su mujer. Él
también les hace señas.
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Henryk y su mujer hablan y hacen señas. Coches, tranvías, gente, bocinazos, Gombrowicz
les responde con señas. De pronto repara en que Henryk, más que hacer señas, enseña...,
¿pero qué es lo que enseña? Se está enseñando a sí mismo como si fuera una botella.
Gombrowicz hace señas. De repente ella, pero no, Gombrowicz no puede hacer él mismo
de cretino, sin embargo, si tiene que desenmascarar al Cretino debe hacer él mismo de
cretino.

Entonces ella le enseña a Gombrowicz, hasta que Henryk se asoma y ella le enseña con
saña a Henryk, ¿pero qué es lo que enseña?, después de lo cual los dos se ensañan
ligeramente, y uno hacia aquí, el otro hacia allá. Esto sí que Gombrowicz ya no puedo
decirlo, está por encima de sus fuerzas. Estas aventuras que tiene Gombrowicz en Acassuso
y en el café París son como una réplica de aquel otro París.
“Largo tiempo después de mi estancia en París rastreaba en Polonia las huellas de esa falta
de europeísmo. Trataba de describir en qué consistía esa condición fronteriza de Polonia
respecto a Europa. Lo que saltaba a la vista era el proletariado, el pueblo, comenzaba a
comprender: en Occidente no existe el proletariado, al menos no en el sentido polaco del
término (...)”

“Había trabajadores intelectuales y trabajadores físicos, pero, por lo general, la miseria no


alcanzaba un estado tan grave como para crear de verdad una nueva categoría de hombres,
otra clase. Unas criadas descalzas por las calles de París era algo inconcebible. Pero mi
europeísmo no me impedía de ninguna manera permanecer en Polonia, ni tampoco me
empujaba a realizar un nuevo viaje (...)”
“Era demasiado perezoso y no cabía duda que vivir en el regazo de la familia resultaba
mucho más agradable que vagabundear por los hoteles. No presionaba, pues, a mis padres,
quienes, por otra parte, no se hacían ilusiones en cuanto mis estudios en el Instituto.
Renuncié a continuar allí mis estudios y comencé mis prácticas de pasante con el juez de
instrucción Myszkorowski”

WITOLD GOMBROWICZ Y SUS PRIMEROS GARABATOS

Stanislaw Balinski despertó el primer interés de Gombrowicz en la literatura y los


tribunales de Varsovia fueron testigos de sus primeros garabatos literarios. Este miembro
de una familia aristocrática conoció a un Gombrowicz niño. Poeta, novelista y traductor,
miembro del grupo Skamander, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores en París y
en Londres durante la guerra, no volvió a Polonia.
Cuando tenía siete años la familia de Gombrowicz se mudó a Varsovia. Witold prosiguió
sus estudios en un curso particular organizado por la señora Balinski para uno de sus hijos.
La casa aristocrática de la familia Balinski era por entonces uno de los centros intelectuales
más importantes de Varsovia, una casa aristocrática que Gombrowicz frecuentó durante
mucho tiempo.

Los primeros contactos de Gombrowicz con los hijos de los aristócratas varsovianos lo
deprimieron. Se sentía torpe, y el saberse diferente de los demás lo llevó a distanciarse de
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su familia, de la escuela y de sí mismo. Creyendo que su mundología dejaba mucho que


desear se preocupaba constantemente de los modos de comportarse en sociedad y de su
falta de modales.
Gombrowicz envidiaba de los aristócratas la facilidad que tenían para imponerse y una
desenvoltura en los modales que parecían innatas, así como un espíritu que, por esencial,
debía dominarlo todo. En sus relaciones con los adultos se sentía paralizado por sus
defectos, a menudo imaginarios, lo cual aumentaba todavía más su timidez, su torpeza y su
distancia.

Este sentimiento de inferioridad consolidaría uno de los rasgos de su carácter: una timidez
externa ligada a una seguridad interior. Consciente de la superioridad de ciertos adultos de
su entorno, evitaba las discusiones con ellos por miedo a parecer ridículo. Gombrowicz
pasaba las tardes en casa de Ignacy Balinski, el padre de Stanislaw, una mansión que se
consideraba ilustrada, rica en contactos con París y Londres, abierta al arte y a la literatura.
Por supuesto no tenía acceso a unos desayunos solemnes en cuyo transcurso Ignacy
Balinski recibía al nuncio apostólico y a otros personajes del cuerpo diplomático.
“Stanislaw Balinski se dignaba de vez en cuando a iniciar a los mocoso en las hazañas de
los poetas de los grupos „Pikador‟ y „Skamander‟, que inauguraban su ofensiva poética. Fue
mi primer contacto con la literatura (...)”

“Escuchaba con admiración aquellos rumores ceremoniosos sobre diversas locuras,


excentricidades, provocaciones de Tuwin, Lechon, Slonimski y absorbía las palabras de sus
primeros poemas sin entender casi nada. Creo que Stanislaw jamás habrá imaginado que
este tímido y torpe joven se transformaría un buen día en el enemigo número uno del grupo
„Skamander‟ y de muchas más cosas que el propio Stanislaw apreciaba: ignoraba que
estaba criando cuervos (...)”
“Pienso que, todavía hoy, le debe resultar difícil creer que el Gombrowicz de „Ferdydurke‟
y del „Diario‟ es el mismo dócil Gombrowicz de antaño que recibía sus revelaciones
poéticas con una piedad casi religiosa”. Gombrowicz había terminado sus estudios en París
y vuelto a sus vacaciones de Polonia, sólo había pisado dos veces el Instituto de Estudios
Internacionales y, en realidad, los estudios nunca habían comenzado.

Para calmar la irritación que tenía el padre a raíz de su holgazanería inició sus prácticas de
pasante con un juez de instrucción en los tribunales de Varsovia. En esa época escribe
cuatro novelas cortas, eran los años de su práctica no rentada en los tribunales, trabajaba en
el despacho de un juez de instrucción en el que tuvo la ocasión de tratar con un hampa de
diversas clases.
Gombrowicz tenía la convicción absoluta de la inocencia del hombre, de que el hombre era
inocente por naturaleza, no era una convicción que dedujera de alguna filosofía sino un
sentimiento espontáneo que no podía combatir. Esta convicción lo predispuso al disparate y
al absurdo y nada le satisfacía más que ver nacer bajo su pluma una escena verdaderamente
loca y ajena a los estándares del razonamiento común.

Esta irracionalidad, sin embargo, estaba sólidamente establecida dentro de su propia lógica.
Sus primeras tentativas literarias manifestaban, y Gombrowicz se daba cuenta de eso, una
fuerte oposición rebelde y universal. Lo devoraba una rabia sorda contra todo lo que le
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facilitaba la existencia: el dinero, el origen, los estudios, las relaciones, todo aquello que, en
fin, hacía de él un sibarita y un holgazán.
El juez le entregaba expedientes con la investigación policial preliminar, lo distinguía con
los asuntos interesantes porque sabía jugar al ajedrez. Cuando terminó las cuatro novelas
cortas que había escrito ese año no se las mostró a nadie, por vergüenza. El trabajo literario
le parecía un poco ridículo, ser artista era para él una falta de tacto, y las iniciativas que
tomaba en ese sentido le parecían condenadas a una afectación incurable.

Se divertía jugando al tenis, escribiendo cuentos, no consideraba a sus prácticas de pasante


como un trabajo verdadero, se sentía como un verdadero parásito. Le confesó a una joven
las tribulaciones en las que se encontraba por tener una vida fácil. Ella lo escuchó con
atención y le respondió que era claro que tenía una vida fácil, pero que para él su vida fácil
era más difícil que lo que podía ser para otros su vida dura.
Se le estaba presentando la posibilidad de realizar una operación que tiene una gran utilidad
en el arte, la transformación de los propios defectos en valor. Por el momento se dedicaba a
elaborar cuentos fantásticos dejando para más adelante su ajuste de cuentas con la vida, con
la suya y con la de los demás. El tribunal llegó a ser para Gombrowicz una especie de
agujero por el penetraba en la miseria de la existencia.

Pero los jueces, los fiscales y los abogados, aunque mejores que los propietarios
terratenientes, se hallaban lejos de la perfección, ellos también eran caricaturas. La vida
miserable deformaba al proletariado, las comodidades y el ocio deformaban a los
terratenientes. Pero esa intelligentsia urbana también estaba desfigurada por su modo de
vivir.
Había que destruir esa forma, había que imponer otra que permitiera a la superioridad
acercarse a la inferioridad para establecer con ella una relación creativa, pero no sabía
cómo realizarlo. Gombrowicz se sintió desde muy joven como actor de una mala obra
teatral, con un papel estrecho y banal, y sin ninguna posibilidad de lucirse. Es así que se fue
preparando poco a poco con la conciencia de esta inferioridad esperando tiempos mejores.

Lo que sí sabía, sin ninguna duda, es que él no era culpable de nada, la culpable era la
situación. A pesar de la confusión que tenía en la cabeza y de que la actividad de escribir no
estaba bien vista entre los miembros de su familia, de a poco se fue convirtiendo en un
escritor, apuntando siempre al mismo norte: “la vida es la vida”. Había una paradoja, sin
embargo, en esa convicción de sus tíos del campo.
Esta paradoja despertaba la perplejidad de Gombrowicz, si sus acciones iban a influir en el
futuro, era responsable, por lo menos en parte, de lo que ocurría en el mundo. Pero si su
propia vida estaba regida por circunstancias que escapaban a su control, entonces no era
responsable de sus acciones. Y esta paradoja nos lleva de la mano, porque una cosa que
siempre le anduvo dando vueltas en la cabeza a Gombrowicz era saber cuánto de loco
estaba.

En la vida corriente no era tan extravagante ni tan loco como en la literatura, pero él quería
experimentar en su gran laboratorio, sacar consecuencias formales extremas de las ligeras
alteraciones que sufría su imaginación. En un estudio realizado por una famosa psiquiatra
ginebrina se cuenta como la doctora escuchó de la boca de una de sus pacientes relatos de
sus experiencias mentales.
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Estas experiencias coincidían en muchos aspectos con las experiencias que describen los
existencialistas y, especialmente, con las experiencias vividas por ciertos héroes de las
novelas y del teatro de Sartre. “El menor gesto se extiende a todo el universo. La piedra que
arrojé al agua hace un momento en este río rebotó en la superficie y dejó atrás una estela de
ondas; siento que puede ser la causa remota de un naufragio en el océano (...)”

“En consecuencia, yo seré la causa de ese naufragio, y tendré que asumir la responsabilidad
total... ¡Soy culpable de todo, absolutamente de todo! Por mi mera existencia soy culpable
y complico al mundo entero en mi ignominia... ¡Qué terrible es esta carga eterna sobre
nuestros hombros humanos! No estar segura de nada, no poder confiar en nada, y no
obstante verse obligada a comprometerse siempre de manera total”.
La paciente, que verdadera y sinceramente intentó vivir según los rigurosos principios
existencialistas del compromiso y la responsabilidad, finalmente, perdió por completo la
razón. Imaginemos por un momento que en el mismo instituto psiquiátrico en el que se
encontraba internada la paciente, hubiera estado también internado Gombrowicz, un asunto
nada improbable pues durante buena parte de su vida le anduvo dando vueltas por la cabeza
la idea de que estaba loco.

¿Qué hubiera estado haciendo nuestro amigo?, tirando piedras al agua, seguramente.
Gombrowicz no soportaba el compromiso y la responsabilidad existencialistas, los
consideraba una enfermedad que producía una deformación en el hombre, era una carga
muy pesada para la naturaleza humana. La idea de una conciencia cada vez más profunda
para alcanzar la existencia auténtica debía conducir a la locura.
El compromiso y la responsabilidad tientan al hombre a resolver con su propia cabeza los
problemas del mundo, una tentación que, por lo general, produce resultados catastróficos.
Gombrowicz comienza entonces a tirar piedras en el agua, se presenta como un paseante
pequeño burgués que sólo por azar y jugueteando se pone en contacto con causas supremas
y poderosas.

Gombrowicz es un representante ejemplar de una vida que huye del compromiso y de la


responsabilidad, esas categorías que condujeron a la paciente a la locura, su metafísica
intenta soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel, una metafísica
que abarque todos los tipos de existencia, tan irresistible arriba como abajo. De este rechazo
que hace Gombrowicz del compromiso y la responsabilidad excesivos nacen algunos
reproches que se le hacen a su falta de sinceridad y a su histrionismo.
Pero hay que recordar que la literatura es escurridiza y lo obliga al escritor a rebotar con las
paredes del lenguaje y del objeto. El bufón que todos llevamos dentro del alma nos habla
muy claramente de las ganas que tenemos de divertirnos y del deseo de una mayor
flexibilidad y de una forma menos definida.

Si alguna cosa en el mundo, sea la cosa que fuere, no le permite al hombre pensar, reír y
sentir libremente, puede que no alcance para volverlo loco, pero lo pone en el camino de la
locura. “Los jueces de instrucción ejercían sus funciones en un edificio de la calle Nowy
Zjazd, a orillas del Vístula. Mi jefe, el juez Myszkorowski, tenía asignados dos cuartos que
daban a un largo pasillo atestado de presos y de policías (...)”
“En el primer cuarto, nosotros, los pasantes, teníamos tres escritorios, el otro escritorio
estaba ocupado por el juez. Nuestra tarea consistía básicamente en instruir los expedientes
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penales dirigidos al tribunal de primera instancia. Se trataba de asuntos judiciales bastante


serios, el juez me entregaba el dossier de la investigación preliminar llevada a cabo por la
policía (...)”

“Durante el año y pico que trabajé en el despacho del juez tuve ocasión de tratar con un
hampa de diversas clases: autores de asesinatos, crímenes políticos, eróticos, robos, estafas.
Tratábamos a veces con algún loco o teníamos que asistir a autopsias, lo cual no podía ser
incluido entre las cosas agradables. Pudiera parecer que de este contacto con la miseria y el
crimen debería haber sacado enseñanzas de suma importancia (...)”
“Sin embargo, no fue así, sucedió lo contrario. Había constatado desde hacía tiempo que el
hombre no se habitúa a nada tan rápidamente como a ese bajo fondo de la existencia, sobre
todo si contacta con ellos profesionalmente, como médico o como juez. El trabajo en el
tribunal no me ocupaba demasiado tiempo, en total unos dos días por semana, el resto del
tiempo lo ocupaba leyendo (...)”

“Devoraba al azar una cantidad considerable de libros. Volví también a otra de mis
ocupaciones abandonada hacía tiempo: escribir. Esta vez, sin embargo, ya no se trataba de
obras abortadas en su propia concepción, sino de un trabajo sagaz y calculado para dar un
resultado concreto. Me puse a escribir obras cortas, es decir, cuentos, con la idea de que si
no salían bien esos cuentos los quemaría y empezaría de nuevo a escribir otra cosa (...)”
“A pesar de vivir en Varsovia, a pesar de mi trabajo presente de pasante, seguía siendo un
muchacho de campo, un producto típico de mi universo terrateniente, pero aún así me iba
introduciendo poco a poco en el mundillo artístico. En un comienzo, exceptuando a
Stanislaw Balinski, en quien no confiaba demasiado en esta materia, no conocía a nadie del
mundo literario (...)”

“Proseguía mi práctica de pasante, era un trabajo que me convenía, me dejaba tiempo


suficiente para la literatura y, además, había adquirido tal destreza en la redacción de los
protocolos que, en los momentos menos tensos de la sesión, garabateaba a escondidas mis
pequeñas obras literarias”

WITOLD GOMBROWICZ Y LAS MEMORIAS DEL TIEMPO DE LA INMADUREZ

“La generación a la cual yo pertenecía se encontraba en una situación poco habitual para las
generaciones polacas, entrábamos a la vida en una Polonia libre e independiente, un idilio
que iba a durar veinte años completos. Se generalizó entre nosotros un gran pudor respecto
a la noción de patria, en ese sentido mis colegas se parecían a mí, les resultaba cada vez
más difícil volcar su efusiones patrióticas en prosa o en verso (...)”
“Defendían su sensibilidad con cinismo, preferían bromear antes que declamar. Esta
Polonia recién creada se apartaba de los grandes descubrimientos en la filosofía, en la
ciencia, en el arte, nosotros estábamos condenados al papel del discípulo, cuyo mayor
mérito podía ser como mucho, asimilar cuanto antes los logros ajenos, y esa desesperante
calidad de ser secundarios nos imposibilitaba acceder a la vida y a la realidad (...)”
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“En medio de esta realidad polaca yo luchaba con mis cuentos. Ocultaba esos tesoros en un
cajón cerrado, puesto que era muy púdico en todo lo que se refería a mi literatura
incipiente”. Gombrowicz escribió doce cuentos a los que conocemos con dos títulos
diferentes: “Memorias del tiempo de la inmadurez” y “Bacacay”, nombre este último de
una calle del barrio de Flores en la que vivió durante unos meses en el año 1940.
Adoptó desde el principio un tono fantástico y cortó de inmediato con la realidad normal
para entregarse a las manías, a las locuras y al absurdo. El absurdo de Gombrowicz tiene,
sin embargo, la lógica ceremoniosa de los rituales y las celebraciones. Fue su madre, según
nos cuenta, quien lo empujó al desatino y a las sandeces, el deporte de las conversaciones
disparatadas que mantenía con ella lo iniciaron en los misterios del arte y de la dialéctica.

El snobismo también jugó un papel importante en la formación de su estilo, aunque tenía


perfecta conciencia de la vanidad y de la estupidez de esa actitud. Como esos líquidos que
están en el mismo recipiente pero que no se mezclan, convivían en Gombrowicz su clase
social y una conciencia penetrante y agnóstica que buscó muy pronto conocer los estilos
fundamentales del pensamiento universal, la independencia, la libertad y la sinceridad.
Y en el mismo recipiente se arremolinaban también las aguas turbias de sus anormalidades
psíquicas y eróticas. Ninguna de esas realidades tenía predominio sobre las otras,
Gombrowicz se encontraba entre ellas y tenía que fingir para no ser descubierto. El estilo
de estas novelas cortas es brillante, humorístico e irónico pero los componentes de las
narraciones son, la más de las veces, morbosos y repulsivos.

Esos componentes repugnantes, no obstante, pierden mucho de su carácter repulsivo porque


los utiliza como elementos de la forma, tienen un papel funcional y obedecen a un objetivo
superior: la creación artística. El plasma sombrío que existía dentro de Gombrowicz está
metido en estos cuentos, pero no desparramado como una marea hedionda, sino chispeante
de humor y ennoblecido de poesía para alcanzar por el absurdo la inocencia.
Gombrowicz intenta cancelar su deuda moral, quiere que la obra lo absuelva. Dentro de él
existían elementos abominables, pero si él podía utilizarlos como componentes de la forma,
entonces, a través de este procedimiento, se convertía en su dueño y señor. El ser confuso,
indolente e inseguro que era quería ser de otra manera en el papel, un ser brillante, original,
triunfador y purificado.

No estaba en condiciones, pues, de hacer otra cosa más que la parodia de la realidad y del
arte. La sensación de irrealidad lo ponía entre las cosas y no dentro de ellas, pero
Gombrowicz buscaba la realidad y sabía que se la podía encontrar tanto en lo que es normal
y sano como en la enfermedad y en la demencia. Los sondeos que estaba haciendo
alrededor de la anormalidad y de la locura no llegaron a tocar fondo, por consiguiente sólo
estaba en condiciones de escribir parodias.
Si esas novelas hubieran sido sinceras Gombrowicz hubiera estado engañando a los lectores
por la sencilla razón de que él no era sincero. La parodia a la que se vio obligado le
permitió liberar a la forma desvinculándola de su pesantez y convirtiéndola en reveladora.
Con este aparato formal paródico fue penetrando en un mundo que con posterioridad sacó a
la superficie en sus novelas y en sus piezas de teatro.

Hay en estas novelas cortas situaciones y visiones que no le van en zaga a lo que escribió
después. Las reflexiones que estamos haciendo sobre sus comienzos artísticos tienen como
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inspiración los propios recuerdos de Gombrowicz. Pero el pasado no se recuerda


tranquilamente, se recuerda con pasión. La memoria sólo recupera del pasado aquello que
puede serle útil al presente para alimentar con lo que fuimos ayer lo que somos hoy.
“Mis cuentos eran cada vez más audaces en cuanto a la técnica, me atrevía con todo mi
ardor a escribir de una forma no solamente fantástica, sino totalmente despegada de la
realidad. En poco tiempo recogí bastante material para hacer un libro, en total eran siete
cuentos, algunos de ellos, sin duda alguna, me salieron diferentes a lo que se escribía por
aquel entonces en Polonia (...)”

“Pero yo me encontraba en esa época muy lejos de considerarme un innovador. Algunos


amigos me animaron a editarlos, aunque en realidad la idea no me divertía en absoluto; la
veía como una operación muy desagradable, que sin embargo no podía eludir, ya que era
una consecuencia inevitable del hecho de escribir. Me obstiné en ponerle al volumen el
título de “Memorias del tiempo de la inmadurez” (...)”
“Pensaba que un título así podía despertar curiosidad, demostrando a la par que yo mismo
no consideraba esos cuentos como un logro definitivo. En aquel momento se decidió la
orientación de toda mi literatura ulterior, porque mi modestia e ingenuidad se vengaron de
mí cruelmente. Los críticos me atormentaron con esa inmadurez hasta tal grado, que llegó a
ser el punto de partida de mi libro siguiente, “Ferdydurke” (...)”

“De esta forma me fui convirtiendo poco a poco en un especialista de la inmadurez y en su


sacerdote. Fue así que comenzó mi primera escaramuza con la literatura en el mundo.
Algunas críticas eran muy entusiastas y otras terriblemente negativas o, peor aún,
despreciativas. Me dejó de piedra Juliusz Kaden-Bandrowski al escribir que era una obra
joven, inmadura, llena de pose y amanerada. ¿Qué era por fin? (...)”
“¿Una obra maestra o una liviandad? Me retorcía de rabia bajo el fuego de esos juicios
frívolos, y no hubiese sido de extrañar que hubiese llegado a perder totalmente la confianza
en mí mismo. No obstante, si el artista está íntimamente convencido, aunque sea de manera
semiconciente, de que lo que hace es bueno e importante, basta que una o dos personas
expresen su reconocimiento para que el artista adquiera la seguridad de que su obra puede
ser interpretada en la forma que él deseaba”

Julius Kaden-Bandrowski le dio más de un dolor de cabeza a Gombrowicz. “Kaden, que


poseía nervio de estilista, una agresividad brutal y el germen de una visión creadora, podía
haber extraído de su tiempo una verdad kandeniana. Pudo haber sido un creador, porque el
destino lo había arrancado de la normalidad polaca. Sin embargo, sucumbió al
amaneramiento y perdió su batalla por la expresión, su derrota fue la repetición de las
derrotas de la generación anterior (...)”
“Kaden desaprovechó su talento, igual que Zeromski, al renunciar voluntariamente a su
soberanía artística y sumergirse hasta las orejas en la vida polaca. Hombre de Pilsudski,
escritor polaco, combatiente, padre de la patria o hijo suyo, conciencia de la nación,
director de teatro, redactor, maestro, profesor y guía. La prosa de Kaden se vistió con una
toga y se puso a hacer muecas, se convirtió en la celebración de la literatura antes de ser
literatura (...)”

“Todo amaneramiento es el resultado de la incapacidad de oponerse a la forma; cierta


manera de ser se nos contagia, se convierte en vicio, se hace, como suele decirse, más
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fuerte que nosotros, y no es de extrañar, pues, que estos escritores muy poco asentados en
la realidad, o más bien asentados en la irrealidad polaca o en la realidad incompleta, no
supieran defenderse de la hipertrofia de la forma (...)”
“En la obra de Kaden su amaneramiento era forzado y laborioso, como él mismo. Lo que se
destaca en él es de nuevo la impotencia frente la realidad. También es digno de resaltarse la
suciedad de su imaginación; las tripas de Witkiewicz, el mascujar de Kaden, no son sólo el
resultado de la irrupción del arte europeo en estos terrenos de lo asqueroso, sino la
expresión ante todo de nuestra impotencia ante la suciedad que nos devoraba en una casa de
campesinos, en el camastro judío, en las fincas carentes de retrete (...)”

“Los polacos de esta generación ya percibían con toda claridad la suciedad como algo
extraño y horrible, pero no sabían qué hacer con ello, era un forúnculo que llevaban encima
y cuyas ponzoñas los envenenaban. De este modo, la prosa más agresiva se precipitó hacia
la excentricidad o al barroquismo, mientras que la que latía en las novelas legibles y
artísticamente correctas carecía del dinamismo y, como una hiedra, se enredaba fielmente
alrededor de la vida polaca”
Juliusz Kaden-Bandrowski, periodista y novelista polaco, trabajó como ayudante de Jozef
Pilsudski y como cronista de la Primera Brigada de la Legión de Polonia durante la Primera
Guerra Mundial. Participó en la enseñanza de la clandestinidad en la Segunda Guerra
Mundial. Murió en agosto de 1944 durante la sublevación de Varsovia contra los nazis.

La novelas de Kaden muestran penetrantes ideas y la fidelidad a los hechos, elementos


conductistas y expresionistas, e inusuales combinaciones de diversos estilos y técnicas
literarias. Con esa manía de no parecerse a nadie y de atacar a todo el mundo Gombrowicz
se convirtió en una extraña criatura incubada por la vanguardia polaca en la primera mitad
del siglo pasado.
El primer golpe es siempre el que más duele y Gombrowicz recordaba con amargura el
primero que le había dado Kaden. Gombrowicz habla en los diarios los sueños de
Kierkegaard. La pérdida del amor, de su novia, los ruegos que le hace a Dios para que le
devuelva todo lo perdido. El petimetre danés espera la repetición de una vida que no vivió,
la recuperación de la novia perdida.

Quiere que le sea devuelta Regina, tal como era en los tiempos de noviazgo. A este sueño
de Kierkeggard Gombrowicz le encuentra un parecido con “El casamiento”, pero Regina
sigue siendo pura cuando el más elegante de los filósofos le ruega a Dios que se la
devuelva, en cambio Margarita estaba pasada de vueltas cuando Henryk le ruega al padre
que se la devuelva virgen e inocente.
Quizá Regina fuera más parecida a otra novia de la que Gombrowicz habla en los diarios. A
los cincuenta años Gombrowicz recuerda que, veinte años atrás, en una fiesta de vecinos se
encontraba una joven que lo transportaba a estados de embeleso. Quería lucirse y brillar
ante ella, en aquel entonces esto era absolutamente necesario para él. Pero al entrar al salón,
en lugar de señales de admiración, se encontró con la compresión de las tías.

También se encontró con las bromas de sus primas y la ironía vulgar de todos los nobles de
la vecindad. Juliusz Kaden-Bandrowski se había ocupado de uno de sus cuentos con unas
palabras llenas de indulgencia, pero dando a entender que le faltaba talento. La publicación
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había caído en las manos de los presentes y todos conocían su contenido. Y le daban más
crédito al crítico, naturalmente, porque era un escritor de mucho éxito.
Esa noche Gombrowicz no sabía dónde esconderse, se sentía impotente, pero no porque la
situación le viniera grande, sino porque era irrefutable, no merecía refutación. Igualmente
sufría, sufría y tenía vergüenza de su sufrimiento. A pesar de que ya, por aquel entonces,
sabía arreglárselas con demonios más peligrosos, en este asunto se hundía descalificado por
su propio dolor.

Al Gombrowicz cincuentón le hubiera gustado ponerse detrás de aquel otro veinteañero


para que se sintiera completado por el sentido futuro de su vida, para ayudarlo a lucirse y
brillar frente a esa joven virgen. “Pero yo –tu realización– estoy a mil millas, a muchos
años de distancia de ti, y estoy sentado aquí, en esta orilla americana, tan amargamente
retrasado, con la mirada fija en el agua que brota por encima del parapeto de piedra,
colmado por la distancia del viento que llega velozmente de la zona polar”
Estaba en la Costanera mirando el Río de la Plata. La moraleja de este cuento es que al
Gombrowicz viejo le hubiera gustado ayudar al joven completándolo con su madurez, pero
se sentía incompleto, distante, amargado y retrasado a orillas de la costa americana, tan
distante, amargado y retrasado como se sintió con la Regina de su cuento.

WITOLD GOMBROWICZ Y ADOLF RUDNICKI

“La publicación de „Memorias del tiempo de la inmadurez‟, junto a esas críticas y notas de
la prensa no significaban todavía que hubiera entrado en el mundillo literario de Varsovia y
que hubiese echado raíces en él. Sin embargo, poco a poco, empezaban a aparecer personas
con las que iba a unirme el momento del debut por la comunidad de destinos literarios. Me
sentía raro al entregar un ejemplar fresco a mi respetable familia (...)”
“Ser artista no es nada serio, no es una profesión ni una posición social, además, una obra
de arte, posee casi siempre un carácter confidencial, es en cierto modo una especie de
confesión, lo cual hace difícil que pueda ser asimilada por los familiares y amigos del autor.
Aparte de eso, un artista incipiente siempre resulta un fenómeno bastante pretencioso. Es
un poco como si alguien propusiese su propia candidatura para ser un gran hombre (...)”

“Por otra parte mis cuentos no eran unos cuentos corrientes, escritos según el modelo del
género, sino algo que huía de la norma. La verdad es que yo mismo, siendo el autor,
tampoco sabía lo que había escrito. Suena el teléfono: –¿El señor Witold Gombrowicz? Soy
Adolf Rudnicki. Sabe, acabo de publicar un libro al que titulé „Ratas‟. Somos colegas,
¿verdad? Podríamos charlar un poco (...)”
“Hoy, Adolf es uno de los escritores más destacados de Polonia, no será pues gratuito
hablar de la impresión que me causó entonces, cuando lo vi por primera vez. Delgado,
moreno, vivo, de tipo semita no demasiado marcado, efusivo, cordial”. Con una mezcla
contradictoria de modales y de miseria Gombrowicz se acercó a dos de los artistas de
origen proletario más importantes de Polonia.
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Gombrowicz no estaba acostumbrado a tipos como Rudnicki o Unilowski, eminentes en


ciertos aspectos y en otros completamente incultos. Las tradiciones de la generación
anterior de literatos gentlemen, compuesta por unos señores educados y pulidos, estaba aún
muy arraigada en Gombrowicz. Adolf Rudnicki no era especialmente distinguido, provenía
de un suburbio y, además, no era demasiado limpio.
A partir de estos antecedentes Gombrowicz intentó hacer lo de costumbre, aplastarlo con su
manera aristocrática. A él le parecía que esta manía suya no estaba dictada por la estupidez,
sino al revés, era precisamente la inteligencia la que lo impulsaba a este comportamiento
descarriado. Había que buscar lo contrario, más aún en ese tiempo en el que las consignas
eran absolutamente populares.

Unas consignas en las que sobresalían la democracia, la igualdad, el progreso y la negación


de la nobleza, especialmente en los ambientes intelectuales. Decidió mostrarse delante de
Rudnicki como un personaje disfrazado conscientemente de anacronismo. “Nos
observamos con curiosidad. Schopenhauer considera conmovedora la curiosidad con la que
dos jóvenes de sexo diferente se miran (...)”
“Están buscando en el otro la madre o el padre de sus futuros hijos; del mismo modo la
mirada crítica con la que se analizan dos jóvenes artistas en su primer encuentro, tampoco
está desprovista de un significado profundo e íntimo. Cada uno ve en el otro su rival y
desea comprobar las ventajas que tiene sobre él, averiguar si su valor espiritual y su forma
son suficientes para no sucumbir (...)”

“Sabía que mi primer libro no le había gustado mucho, era para él demasiado flojo,
demasiado pulido. En una ocasión me dijo: –Tú eres tan fino... tanto, que se te ve sólo de
perfil... Su opinión en este sentido expresaba un malentendido que poco a poco se iba
creando entre mí y la mayor parte de la intelligentsia polaca”. A Gombrowicz le echaban en
cara que carecía de la fuerza que Polonia le exigía a los escritores.
Que por no haber estado presente en su país durante la guerra apenas tenía una débil noción
de cómo había sido la transición en Polonia del capitalismo al comunismo, entonces
Gombrowicz elige a Andrzejewski y a Rudnicki para hacer su descargo. A Jerzy
Andrzejewski lo conocemos sobre todo por “Cenizas y diamantes”. Esta obra es un
estremecedor fresco sobre los últimos días de la ocupación nazi en Polonia y la inmediata
llegada del comunismo al poder.

El verdadero horror de la vida se revela no a quien lo busca sino más bien a quien se
defiende de él y lo experimenta contra su voluntad. A juicio de Gombrowicz Andrzejewski
necesitaba de una ideología para escribir, era un moralista de principios. “Ese hombre tenía
realmente necesidad de Dios, ya que no estaba hecho para vivir en un mundo desordenado.
Pero la falta de espontaneidad tomó venganza en él, haciendo que su arte fuera demasiado
rígido, algo artificial, restándole originalidad”.
En los diarios Gombrowicz analiza algunas de las protestas de los escritores polacos,
especialmente las de Adolf Rudnicki, su compinche. Se estaban quejando de que la
literatura de postguerra no había sido capaz de agotar el tema de la guerra, que de ese
abismo infernal no se había extraído todo lo que sobre el hombre se podía extraer.

Estos escritores se pusieron a hablar de los cuerpos torturados creyendo que la inmensidad
del sufrimiento los proveería de alguna verdad, de un nuevo saber sobre nuestros límites,
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pero sólo descubrieron que la cultura de los estetas intelectuales no es más que espuma.
“Constatemos de entrada que ellos han pasado por dos enormes experiencias: la guerra y la
revolución (...)”
“Y digamos que sólo pueden ser alguien, significar o crear algo hoy, en la medida en que
lleven estas experiencias en la sangre. Ya han dejado de ser hombres del año 1938, son
hombres modelo 1956. Si tras perder aquella realidad, no han asimilado suficientemente la
nueva, si no son con suficiente intensidad ni una cosa ni la otra, ¿qué son entonces? No son
nada (...)”

“Estos escritores, entre otros y sobre todo Adolf Rudnicki, se pusieron a hablar de los
cuerpos torturados y sangrantes creyendo que la inmensidad del sufrimiento les proveería
de alguna verdad, alguna moral, o al menos de algún saber nuevo sobre nuestros límites
humanos. Pero han encontrado muy pocos elementos que hayan resultado fecundos y
creativos”.
Hay un contraste vergonzoso entre la montaña de cuerpos sangrantes y el endeble
comentario que no ha ido más allá de los deseos piadosos contenidos en las declaraciones
del Santo Padre. A veces hay dosis demasiado fuertes que el organismo ya no acepta,
Gombrowicz piensa que los temas demoníacos y gigantescos hay que tratarlos con una
prudencia excepcional o, al menos, con una excepcional astucia.

Los cuatro millones de judíos asesinados en los campos de concentración son enormes
como el Himalaya. Del doble lenguaje de la guerra y de la literatura Gombrowicz deduce
las condiciones a las que debe ajustarse el escritor. Debe encantarse con su objeto y tomar
una distancia fría frente a él; sentirse coautor de la cultura y no venerarla; expresar su
espíritu individual.
De la inobservancia de estas condiciones devino una literatura que no expresó la realidad, sí
en cambio las fantasías colectivas, las abstracciones estéticas e históricas, la misión social,
el satanismo. En las cumbres no hay nada, sólo nieve, hielo y rocas, en cambio hay mucho
por ver en el propio jardín. Las montañas de sufrimiento, el horror, el vacío, son objetos
que la literatura no debe abordar por la vía directa.

Sólo nos podemos aproximar a estos objetos a través del mundo entero y a través de la
naturaleza humana en sus aspectos más profundos y fundamentales. La inobservancia de
estos límites llevaron al fracaso a los escritores, pues los objetos no fueron alcanzados. Al
fracaso le sucedió un sentimiento de culpa, y cuando se sintieron ruines cayeron en la
frivolidad.
“Cuando te acercas con la pluma en la mano a las montañas de sufrimientos de millones de
seres, te invade el miedo, el respeto, el horror, la pluma te tiembla en la mano, y tus labios
no son capaces de emitir más que un gemido”. Pero ni con los gemidos ni con el vacío se
hace literatura. La actitud honesta es no esforzarse en vivir algo que no se puede vivir, es
preguntarse por qué esas vivencias nos resultan inaccesibles.

Los polacos no han experimentado la guerra. Han experimentado únicamente el hecho de


que la guerra no se puede experimentar, experimentar plenamente, agotarla como
experiencia. Sartre dice que durante la ocupación alemana la elección que cada uno hizo de
su vida fue una elección auténtica. Era auténtica porque estaba hecha cara a cara con la
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muerte, a pesar de que los agonizantes y los vivos no hablaban el mismo lenguaje y poco
podían hacer para comunicarse los unos con los otros.
El problema del doble lenguaje es un rasgo que Gombrowicz tiene en común con los
existencialistas, en la forma del pensamiento y en el carácter de la literatura. Los escritores
polacos se sentían demandados por la nación, tenían que ser fuertes. Este reclamo crecía a
medida que se sucedían las guerras y la violencia. La generación de Gombrowicz fue la
más demandada.

“Polonia le reclamaba fuerza a sus escritores. Esa demanda de fuerza, incluso de brutalidad,
demostraba en el fondo debilidad, significaba sencillamente que los polacos, aún inseguros
de sí mismos y de su futura existencia, buscaban en los libros lo que les faltaba: la fuerza.
Lo que pasa es que en la literatura, en el arte, ocurre a menudo lo contrario de lo que pasa
con la vida (...)”
“Cualquier blandengue puede rugir como un león sobre el papel, donde las grandes
declaraciones cuestan muy poco, mientras que la delicadeza, como por ejemplo la de
Chopin, perseverante hasta el final, tensa, elaborada, exige un gran esfuerzo y un carácter
excepcionales. Adolf también anhelaba esta literatura... fuerte, inmediata, que hiere y
fustiga... aunque naturalmente sus gustos fueran mucho más refinados (...)”

“Cuando me puse a leer sus „Ratas‟, advertí de pronto algo que me hizo adoptar una actitud
bastante escéptica. Era un libro extraño, un delirio, un balbuceo, desde la primera a la
última página, una especie de monólogo interior, feroz, desgarrador, abismal... El talento
saltaba a la vista, esa prosa tenía nervio y garra... lo único es que era demasiado genial, se
notaba demasiado que el autor daba un codazo al lector y le guiñaba el ojo: ves, soy un gran
escritor, tal vez un genio, no todo el mundo lo hubiera escrito (...)”
“Era una obra que no tenía en cuenta a nadie, en especial al lector, y que sorprendía
precisamente por ese menosprecio. Confieso que me aburrí leyendo „Ratas‟, habría
apostado algo que a Adolf le había pasado lo mismo leyendo „Memorias del tiempo de la
inmadurez‟. Las conversaciones que manteníamos nosotros, los jóvenes literatos, tenían
siempre el mismo corte (...)”

“Nos reconocíamos mutuamente el talento, después venía algún pero, que remitía nuestra
grandeza a un futuro indefinido y la colocaba ligeramente bajo un signo de interrogación.
Sin embargo, era curioso: en mi pequeño volumen de „Memorias del tiempo de la
inmadurez‟ también latía el mismo anhelo de genialidad, de grandeza, aunque su expresión
difiriese de la de Adolf. Era un fenómeno característico de mi generación. Estábamos
hartos de ese carácter secundario o subalterno de la literatura polaca y deseábamos algo a
gran escala”

WITOLD GOMBROWICZ Y EL TEATRO

“En el mismo año de 1933, en que se publicó „Memorias del tiempo de la inmadurez‟,
murió mi padre. Hacía meses que estaba enfermo, pero su empeoramiento se produjo de
forma repentina, de modo que sólo mi madre y yo asistimos a su muerte. Mis hermanos
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llegaron del campo al día siguiente. Nuestra familia se extinguía a pesar de las apariencias,
a pesar del hecho de que mis hermanos se habían casado y tenían hijos, era una familia en
plena decadencia (...)”
“La sangre enfermiza de los Kotkowski, que habíamos heredado de nuestra madre y que
pesaba sobre nosotros como una amenaza de posibles perturbaciones psíquicas, debía ser
seguramente la causa directa de la crisis. Mi padre fue el último de los Gombrowicz en
gozar del respeto general e infundir confianza (...)”

“Nosotros, la siguiente generación, éramos unos excéntricos incorregibles de quienes se


decía: qué lástima que no hayan salido al viejo Gombrowicz. No me hacía ilusiones en
cuanto a mi propia persona, sabía que era una especie de minusválido psíquico, para quien
una existencia normal era inaccesible, un ser que se veía obligado a buscar su propio
camino (...)”
“Mi sensibilidad, mi imaginación, mis complejos, mis temores, mis obsesiones, cuanto más
disimulados, con más fuerza me perseguían y quizá, si estaba tan mal, era precisamente
porque parecía un ser bastante sano y contento de sí mismo. Pero lo cierto es que no existía
para mí un camino recto y sabía que si no me justificaba ante mí mismo y los demás con
alguna obra de orden superior no me quedaba más que hundirme y convertirme en un
simple degenerado (...)”

“Eran pensamientos incisivos, hirientes, duros, que me invadían también en otras ocasiones
y a quienes atribuyo una importancia enorme a lo largo de todo mi desarrollo. Después de
la muerte de mi padre, el piso de la calle Sluzewska, de ocho habitaciones, se hizo
demasiado grande para mi madre y mi hermana. Se mudaron, pues, a un piso más pequeño
y agradable y yo me instalé al lado, en el mismo edificio (...)”
“De esta forma podía comer en casa de mi madre, lo cual tenía ventajas indudables.
Trabajaba entonces en mi obra número dos, „Ivona, princesa de Borgoña‟. No sé si puede
interesar a mis futuros biógrafos el hecho de que escribiera gran parte de „Ivona‟ tumbado
sobre la alfombra de la sala de la calle Sluzewska; esa extraña posición se explica por la
necesidad de vigilar a mi padre, quien estaba acostado en la habitación contigua ya
semiinconsciente y sufriendo una gran excitación nerviosa (...)”

“Escribí „Ivona‟ con pena y desgana. Decidí aprovechar para el teatro la técnica que había
elaborado en los cuentos, esa capacidad de seguir un tema abstracto y a veces absurdo, un
poco como un motivo musical. Nacía, bajo mi pluma, un absurdo virulento que no
guardaba parentesco alguno con las obras de teatro que por entonces se escribían. Luchaba
encarnizadamente con la forma (...)”
“Pasaba horas terribles inmóvil sobre el papel, la pluma inactiva y mi imaginación
buscando desesperadamente soluciones, mientras que el edificio que estaba construyendo
crujía y amenazaba con derrumbarse”. Ivona carece de los atributos de las otras afroditas de
Gombrowicz, hasta el labio deforme de la Katasia de “Cosmos” tiene características
sexuales.

Ivona no tiene naturaleza sexual en ninguna de sus variantes. Esta pieza de teatro es una
transición entre “Memorias del tiempo de la inmadurez” y “Ferdydurke”. “Ivona, princesa
de Borgoña”, fue un juego humorístico y una forma de ganar tiempo. Se convirtió en la
obra de teatro más atractiva para el público por su humor ligero y cruel y porque su puesta
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en escena le permite al regisseur la libertad de movimientos en todos los niveles y planos


dramáticos.
Una de las ocupaciones principales que tenía Gombrowicz en la época en la que escribió
Ivona era decir sandeces en forma reiterada, sandeces que, sin embargo, le permitían
mantener y desarrollar lo que siempre fue para él la ley suprema: el estilo. La risa y el estilo
son pues los dos cánones de Ivona.

La rebelión del príncipe contra la ley de la naturaleza que lo obliga a gustar tan sólo de
mujeres atractivas introduce un factor de descomposición que se manifiesta en vicios y
degeneraciones de todo tipo al punto que la corte se convierte en una incubadora de
monstruos. “Cuando terminé de escribir „Ivona, princesa de Borgoña‟ tuve una sorpresa
desagradable. Publicada, si no recuerdo mal, en 1935 en „Skamander‟, no atrajo en absoluto
la atención, y los teatros polacos de la preguerra no mostraron ningún interés por ella.(...)”
“Contraje entonces la manía de despreciar a las actrices, y para humillar a las más célebres,
siempre que me encontraba frente a ellas, me presentaba como si fuera la primera vez. Un
día en que, durante una recepción, me presentaba graciosamente por quinta vez a una figura
muy en boga, ésta cogió un vaso lleno de agua y me lo tiró a la cara: „Ahora sí que se
acordará de mí‟ (...)”

“Puede que no escogiera la mejor manera de hacerme admitir en los medios teatrales. En
resumen, „Ivona‟ pasó inadvertida en la Polonia de preguerra, y por mi parte, cuando la
guerra me sorprendió en la Argentina, casi la había olvidado. Cuando muchos años más
tarde se representaba en París, en Estocolmo y en otros sitios, sus éxitos cayeron sobre mí
como una fruta madura de un árbol (...)”
“Era un socorro inesperado y milagroso en la dura batalla que mantenían mis novelas en el
mundo entero”. La acción de “Ivona, princesa de Borgoña”, comienza en una época
indefinida en la que hay reyes, reinas, damas de compañía, príncipes y chambelanes. Los
reyes, Ignacio y Margarita, y su hijo Felipe entran a un paseo arbolado anunciados por el
son de las trompetas.

La reina y el chambelán se complacen con la belleza del crepúsculo mientras el rey piensa
en la partida de bridge que jugará a la noche. Un mendigo pide limosna y el rey ordena que
le den cinco centavos para que el pueblo sepa que no es indiferente a sus problemas, la
reina duplica la limosna inspirada en la puesta de sol, y el rey la sube a quince para que el
pordiosero sienta todo el peso del presente regio; los cortesanos hacen gestos de
admiración.
Los reyes se retiran, el príncipe Felipe se queda en el paseo con dos amigos y entre los tres
consultan el horóscopo del que el príncipe deduce que las horas eran favorables para una
aventura galante. Cipriano los anima a que desempeñen la función de la alegre animalidad
juvenil como muchachos jóvenes, para que los curas tengan trabajo y funcionen como curas
según el principio de la división del trabajo.

Felipe siente que empieza a recorrer el camino de siempre, buscar unas buenas piernas y la
dulzura de unos labios diciéndole que sí. Cada uno representa un papel en la corte, su padre
forja el alma de los súbditos y él seduce el corazón de las súbditas. Los amigos miran a una
rubia que pasa y él a Ivona que entra al paseo con dos tías. Como la joven carece de gracia
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uno de los amigos empieza a burlase y el otro a ladrar, el príncipe los interrumpe y se
presenta a las tías como el hijo del rey.
Las tías le cuentan que están fastidiadas con Ivona, que la pobre tiene una tara fisiológica,
en el invierno se hincha, en el verano se congestiona, en el otoño le salen los sabañones y
en la primavera le vienen los flujos, que se podría curar si la sangre le circulara más rápido
pues se pondría más alegre, pero no se puede poner alegre porque tiene la sangre espesa, un
verdadero círculo vicioso.

El príncipe se dirige a Ivona y le dice que le vienen ganas de pincharla con una aguja para
burlarse de ella, que le ha puesto los nervios de punta, y como la joven se calla Felipe
empieza a construir a partir de ese callar el porte y la conducta soberbia de una reina
ofendida, en ese momento decide que será de él y se la presenta a sus amigos. Cipriano se
anuncia como el conde de la mierda y Cirilo como el marqués de la colitis mientras la dama
de honor de la reina les pide a los jóvenes piedad para la pobre muchacha.
Y „pobre muchacha‟ es el disparador final de la rebeldía de Felipe, decide casarse con ella y
pedirle el consentimiento a las tías. ¿Una broma?, si ella misma es una broma, si ella puede
bromear, él también puede bromear, sí él es príncipe ella es una reina orgullosa y ofendida
a la que le pide el honor de que le conceda la mano.

Cuando las tías le están agradeciendo la generosidad y la filantropía y los amigos, que no lo
pueden creer, lo maldicen, las trompetas anuncian la llegada del rey, la tías se escapan. El
rey se complace con la naturaleza donjuanesca de su hijo que según el piensa había
heredado del padre, y la reina lo reprende. El rey le pregunta al príncipe qué clase de bicho
es esa doncella a lo que Felipe le responde que es su prometida.
El chambelán y la dama de honor le aclaran a Ignacio que es un chiste del príncipe y el rey
lo acepta como broma, esa broma lo hace sentir más joven. El príncipe le explica que tiene
bastante fortuna como para someterse a los peores sacrificios, que no está obligado a elegir
la belleza, puede también elegir un mamarracho, no acepta nada que pretenda esclavizarlo.

El rey le recuerda que si una chica es linda, está bien, y si es fea, buenas noches. Es una ley
de la naturaleza, pero el hijo le responde que es una ley vulgar e injusta. El chambelán
comenta que es vulgar pero sabrosa; al rey todo eso le parece un síntoma del hastío que le
producen a Felipe los estudios universitarios en el Instituto Oficial de Construcción de
Altos Hornos y sus ocupaciones en el dominio cívico y social.
Para el chambelán el hastío proviene de la facilidad que existe en los tiempos que corren
para la práctica de juegos eróticos. La reina le recuerda al príncipe que si sus juegos
juveniles han dejado de gustarle y el bridge y el polo no tienen atractivo para él le quedan
todavía el fútbol y el dominó. El príncipe exclama que se casa y listo, el rey se ofende y lo
trata de mocoso insolente.

Como lo está ofendiendo en su propia casa se verá obligado a lanzarle el anatema; la reina
le ruega a Ignacio que no lo haga porque es el buen corazón del Felipe el que lo arrastra. El
chambelán le observa al rey que, necesariamente, la acción del príncipe debe ser noble pues
si no fuera noble el casamiento sería un escándalo. El rey aprecia la nobleza
desproporcionada de la acción pero Felipe le aclara que no es por nobleza que lo hace.
La reina Margarita le ruega a su Fitito que no los contradiga, que ella lo autoriza a que les
presente a la prometida; el chambelán y los cortesanos lanzan suspiros de admiración. En el
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momento que el príncipe presenta a Ivona el chambelán le pide a la joven en voz baja que
haga una reverencia, como no la hace se lo pide Felipe, después se lo pide la madre,
después el rey y otra vez el príncipe, pero Ivona permanece callada.

La reina le manifiesta al príncipe que están en el cenit de la emoción y a la joven que en


adelante serán padres para ella, que el espíritu evangélico los colma de felicidad y que la
belleza se encuentra en la cimas más elevadas del espíritu. El rey, a solas con Margarita y el
chambelán, se desespera, fueron ellos los que tuvieron que hacerle la reverencia al
monstruo horrible y no ella a los reyes, la reina le recuerda que a pesar de esa falta de
modales la acción es bella.
El chambelán concluye que cuanto más horrible es la novia más bella debe ser la acción,
que él tratará de descubrir las verdaderas intenciones del príncipe y que no conviene
exacerbar su rebeldía. Felipe entra a su aposento con Cirilo, Ivona y un criado, echa al
criado y le dice al amigo que habría que atarla a la pata de la mesa para que no se escape.

Piensa que su novia es un monstruo al que hay que cazar del mismo modo que los
cazadores solitarios y nocturnos cazan a los búfalos; Cirilo protesta pues no se puede
entender con él, entonces Felipe le dice que es justamente por el hecho que ella no tiene
derecho a gustarle a nadie que se siente príncipe hasta la médula de los huesos, que uno
nunca conoce su propia superioridad hasta que encuentra a alguien inferior, que ser príncipe
para los demás no vale nada, que él quiere ser príncipe para él.
Ivona responde con el silencio a todas las preguntas que le hacen probablemente porque
está asustada y ofendida, pero como les dice que no está asustada ni ofendida empiezan a
investigar cómo funciona ese mecanismo. Es apática porque es dejada y es dejada porque
es apática, una dialéctica monstruosa, un sistema cerrado; tiene miedo porque es tímida y es
tímida porque tiene miedo, mientras tanto Ivona permanece impávida.

Le buscan desesperadamente una virtud, por más pequeña que fuere, cuando le preguntan si
cree en Dios les responde que sí con un gesto de desprecio. Se les ocurre que utiliza a Dios
como una pantalla para ocultar sus enfermedades, es una pena que no se la pueda curar con
vitaminas pues no asimila los remedios. El príncipe descubre que lo está devorando con los
ojos con una debilidad libidinosa y desvergonzada y decide asarla al fuego como si fuera
una babosa.
El chambelán les pide a los cortesanos y a las damas que no se rían. El príncipe Felipe les
presenta a Ivona, los miembros de la corte le responden con admiración y asombro, le ruega
a su prometida que les dirija la palabra y le advierte a los invitados que es delicada,
orgullosa y tímida.

Cuando la invita a que se siente ella hace un ademán para sentarse en el suelo, una de las
damas le susurra al príncipe que se han dado cuenta de que el golpe teatral que está dando
es contra ellas, que se compromete con esa infeliz para ponerlas en ridículo, a Yolanda con
sus ungüentos y máscaras faciales, y sigue luego una cadena interminable de los reproches
que se hacen unas damas a otras sobre las dentaduras y sobre los pechos postizos, sobre las
espaldas torcidas, sobre los zapatos ortopédicos.
Se ríen de los defectos de las damas, el chambelán le advierte al príncipe que ha hecho
cundir el pánico entre el bello sexo. Un cortesano, después de muchas dudas, les confiesa
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que ama a Ivona, que todo lo que estaba ocurriendo le parecía una infamia, que en un
principio tenía ganas de protestar pero después le pareció mejor desistir de la protesta.

Felipe se atormenta, de golpe el momento se vuelve sagrado, le pide perdón a su prometida


pues de repente descubre que puede despertar amor. Ivona llora. Inocencio confiesa que las
chicas mejores le resultaban terriblemente difíciles mientras que con ella no había
problemas.
Ni ella ni él podían encontrar algo peor, basta de remates al mejor postor, que de esa
manera se respira tranquilidad, pero está celoso y le habla con pasión. Ivona le grita que se
vaya. A partir de ese momento el príncipe siente que Ivona está enamorada de él, a pesar de
que la humilla y la atormenta ella lo ama, lo ama porque él no la puede tolerar. Ivona calla.
Si es su bienamado Felipe no podrá ya dejar de quererla, es necesario que la ame y la
amará.

Le pide a Ivona que se ponga el sombrero para ir de paseo, y mientras caminan intentará
amarla. El chambelán le dice a Cirilo que una mujer joven realmente desagradable puede
obligar al joven que se le acerque confiado y entusiasmado a llevar por delante las cosas, a
realizar actos horriblemente atroces que un gentleman no debiera conocer, pues si los
conociera no sería gentleman.
Entran Ignacio y Margarita, el rey se está cagando en Dios y se pregunta qué mierda habrá
inventado Felipe para que todas las damas estén tan alborotadas y se le quejen a la reina de
que su hijo se comprometió con ese mono para burlarse de los dientes y de los senos
postizos de las señoras, y la reina se queja de que los caballeros estén haciendo bromas
fuera de lugar.

El chambelán les advierte que es mucho más que eso, que el príncipe ama a Ivona, que el
hecho tiene algo de explosivo, que hay que desconfiar y tener cuidado, que puede provocar
un estallido general. En una sala del palacio el príncipe habla con Cirilo, está susceptible,
piensa que ahora es él el hazmerreír de la gente, no está acostumbrado a que la chusma se
burle de él. El rey y la reina le preguntan a Ivona si está satisfecha, si le gustan las peritas
con azúcar y crema fresca. Ivona calla.
El criado anuncia la llegada del médico que va a revisar a la novia antes del compromiso.
La reina le dice al hijo que la decencia exige que Ivona salga del mutismo absoluto en el
que ha caído, que le ha brindado su corazón de madre y pasado por alto sus defectos, el
príncipe le responde amenazante que debe amarla, que nadie puede atreverse a dejar de
amarla.

La reina y el chambelán le insinúan al rey que, quizás, en vez de inspirarle amor a Ivona le
inspira miedo; el rey no encuentra motivos para que le tenga miedo pero sí los encuentra
para el hastío que le deben producir a la joven los cargoseos de Margarita. La reina y el
chambelán insisten, le piden que se familiarice con ella para que se habitúe a la corte, que
se la van a mandar con cualquier pretexto.
El chambelán le aconseja al rey que le sonría a Ivona, el ir y venir de las sonrisas traerá la
afabilidad. Ignacio se imagina que tendrá que sonreírle y hacerle las reverencias, y la tarada
estará cagada de miedo, le pide la chambelán que no lo deje solo. Empieza la conversación
preguntándole por las novedades, Ivona le contesta que hay un ovillo de lana y se calla.
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El rey se acerca unos pasos y le pregunta si tiene un poco de julepe, ella retrocede, se le
aproxima más aún y le dice que es padre como un hombre cualquiera, ella retrocede
bruscamente y deja caer el ovillo de lana, el rey aúlla de rabia y el chambelán le dice que
así no. El rey empieza a putear y la joven se escapa. El chambelán comenta que Ivona no
sabe asustarse de una manera elegante y picante como algunas damas, tiene un miedo
desnudo, un miedo en pelotas.
El rey se acuerda que hace mucho tiempo, cuando todavía no era rey, en ese mismo desván
que están mirando ahora tuvieron una aventura con una costurera, también tenía miedo,
después se suicidó, tenía el mismo aire de maltratada, la asociación se le apareció con una
fuerza infernal.

Entra la reina y el rey le pide que no se le acerque, que tiene derecho a tener un capricho,
que si no salió bien la cosa es porque se acordó de algo que le concernía a ella, que cuando
miraba la forma de moverse, de temblequear y de rumiar de la tarada pensaba en cierto
abandono de ella, en su dejadez, en su descuido y en su asquerosidad. La reina le pide que
no le falte el respeto.
Cuando el rey se va la reina sermonea a la dama de honor por hacer monerías frente al
espejo como lo estaban haciendo todas las señoras desde que la desdichada apareció en la
corte. Intrigada por lo que le dijo el rey se le ocurre que alguien puede haberle mostrado el
cuaderno donde escribe poesías, que pudiera ser que exista una relación entre el abandono y
la asquerosidad de Ivona y sus poemas demasiado líricos, y entonces empieza a maldecir
sus propias ensoñaciones, sus éxtasis, sus delirios y sus confesiones.

El príncipe le pregunta a la madre por qué el rey espanta a su prometida, por qué se
abalanza sobre su novia para injuriarla, por qué Ivona le recuerda al padre algunos pecados
de ella. Felipe está confundido, ¿así que el padre se arroja sobre Ivona porque la madre
tiene pecados? Entra el rey y otra vez le pide a la reina que no lo mire, la madre le dice al
hijo que no haga tonterías
Entonces el príncipe termina confesando que no la ama, que se siente estúpido y que se
comporta de una manera idiota con Ivona. Felipe empieza a saludar a los padres, el rey le
pregunta qué bicho lo picó, el príncipe le dice que con Ivona uno puede permitirse
cualquier cosa, y lo saluda al chambelán que retrocede disgustado, que todo el mundo
puede tocarla y hacer lo que quiera porque ella no va a protestar.

Cuando se retira la dama de honor el príncipe le besa la nuca y después le besa la boca,
Isabel le dice que es un atrevido, él la abraza y la besa otra vez, tiene el propósito de
hacerla sufrir a Ivona y pide que se la traigan mientras le declara su amor a Isabel. Le
confiesa a Ivona que la engaña con Isabel, que ya no es más su prometida, le besa la mano a
la dama de honor, le pide a Ivona que no se quede plantada delante de él y le comunica a
Isabel que anunciará de inmediato su compromiso con ella.
Como Ivona no se mueve le pide a Cirilo que traiga de inmediato a Inocencio, su amante
anterior, le dice a Ivona que no tiene ningún remordimiento, que es frívolo y no tiene
piedad, que si no se va ella se pueden ir ellos. Ivona se inclina y levanta del suelo un pelo
de Isabel.

Inocencio protesta pero el príncipe lo obliga a callarse y la pide a Ivona que le devuelva el
pelo, Isabel le recuerda que tiene otros pelos. Felipe insiste en que le devuelva el pelo
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porque tiene el presentimiento que es a ellos a quienes lleva en ese pelo. Da órdenes de que
no la dejen salir del palacio y demora el anuncio de la ruptura de su compromiso. Cirilo
sospecha que todo va a empezar de nuevo pero el príncipe le asegura que la historia terminó
haciéndole un gesto con la mano de que la va a decapitar.
Cuando el amigo le dice que devolviéndola a su casa ella desaparece le contesta que
prefiere matarla, está enamorado de Isabel, no le preocupan los sufrimientos de Ivona, pero
sí le preocupa que si se va los lleva con ella, a él y a Isabel, tiene que matarla y le pide
ayuda a Cirilo.

El canciller le pregunta al rey qué vestimenta debe llevar el embajador en su viaje a


Francia, el rey le contesta que vaya en pelotas, pide disculpas y le da libertad para que se
vista como a él le dé la gana pero que pague de su bolsillo. El mariscal le pregunta que
desearía comer en el compromiso del príncipe con Ivona, le responde que cagadas y
escupidas, se disculpa enseguida.
Cuando el juez supremo le pide gracia para un viejo servidor, vocifera que nada de
indultos, que le corten la cabeza, les exige a todos que no lo miren y los echa. El rey
escondido detrás de un sillón le dice al chambelán que le gustaría saber qué cosas hace
Margarita cuando nadie la ve, está empezando a sospechar que lo engaña. Le habla de la
prosperidad de la inmoralidad, el cinismo y la desvergüenza, de que si pasara por ahí Ivona
podría matarla, que ya otra vez lo habían hecho.

El chambelán lo previene de que es necesario, debido a los momentos que se viven,


conservar la urbanidad y el tacto pero que en el banquete se podría servir un plato de
pescado con muchas espinas como la corvina. Ivona se pone nerviosa delante de la gente,
casi se ahoga con una papa, la corvina es un pescado difícil. El rey lo aprueba, esa idiotez
es tan grande que no puede despertar sospechas.
Entra la reina y el rey se esconde tras el sillón otra vez. Margarita saca un cuaderno de
poemas de amor y recita. Se siente humillada por la semejanza que encontró el rey entre sus
escritos e Ivona y está decidida a matarla con un veneno volcando unas gotas en su
medicina. Pero la tiene que matar con otro aspecto, se desordena el cabello, se pintarrajea y
cuando está por entrar al cuarto de Ivona el rey se le echa encima y la detiene.

Le dice que es un monstruo, una infame y ella se desmaya. Cuando Margarita se despierta
el rey le dice que ellos saben como matarla, que hace mucho tiempo habían ahogado a otra
tarada. La reina no está de acuerdo, el rey le dice que la asesinará con estilo y majestad y de
una manera tan idiota que nadie podrá pensar mal, que en el banquete de la noche se iba a
manducar una corvinita a la crema exquisita.
Margarita le dice que ni loca piensa servir corvina, entonces el rey furioso le pide al
chambelán que le alcance la corona, la reina retrocede aterrada mientras Ignacio la amenaza
con pegarle y le exige que prepare y sirva la corvina. El rey se tranquiliza y le ruega que
invite a los dignatarios más snob, a los viejos profesionales de la arrogancia capaces de
paralizar a cualquiera.

No quiere ver más emociones ni éxtasis, le pide que termine con su poesía, que ella es más
que esos versitos, que es la reina. A la noche todas sus chicas deberán exhibir su elegancia
hasta reventar, quiere una recepción brillante, le ordena que vaya a cocinar. El rey y el
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chambelán escuchan pasos y se esconden, entra el príncipe con un cuchillo en la mano y


Cirilo con una bolsa.
Desde fuera del cuarto ven como Ivona bosteza y caza moscas, Felipe aprieta el cuchillo y
se prepara, cuando Ivona se queda dormida le pide a Cirilo que lo haga por él porque es tan
fácil como degollar un pollo, Cirilo no se anima, entonces le pide que se vaya, que lo hará
solo. Ivona suspira, entra Isabel, se espanta del aspecto que tienen los jóvenes y les
recrimina a los dos de que se estén preparando para ser asesinos.

El rey escondido desea que la mate, Isabel le dice qué es de él en cuerpo y alma, que se
ocupe de ella, pero el príncipe siente que todos están en el interior de Ivona, que los arrastra
por el barro y hace de ellos lo que quiere. Isabel le ruega que la bese, el príncipe la observa
a Ivona que ronca y traga saliva, Cirilo le pide a Felipe que bese a Isabel, el rey en silencio
también lo anima, Isabel ofendida se niega a mendigar besos.
Felipe le implora que se quede, que no quiere perderla, que el beso será la salvación, la
abraza y le pide que le diga que lo ama, Isabel se niega. Ivona aparece en la puerta
restregándose lo ojos. El rey sale de su escondite y lo azuza al hijo para que la mate, le dice
que hay que darle duro a la tarada, el chambelán lo contiene e Isabel los convoca a una
huida general mientras el rey lo exhorta al hijo para que la degüelle viva con ánimo y valor.

Entra la reina vestida de gala con los invitados, los criados traen las mesas del banquete,
entonces el rey se acuerda de la corvina y le pide al hijo que se detenga, que se arregle la
corbata y que se pase un peine, y al chambelán le pide que le alcance la corona. El rey le
ruega a todos los invitados que se ubiquen y que sienten frente a los reyes a la futura nuera.
Los invitados hacen reverencias, el rey les explica que se celebra la comida en honor a
Ivona a la que condecora con el título de Princesa de Borgoña.
Los invitados aplauden y se deleitan con la corvina. El rey y el chambelán la estimulan a
Ivona para que coma, Ivona comienza a comer, Ignacio le dice que tenga cuidado con las
espinas. Ivona se ahoga. La reina y los invitados se lamentan de la pobre desdichada y se
van retirando poco a poco mirando el cadáver de Ivona.

Mientras el príncipe y el chambelán constatan que se murió atragantada con una espina la
reina piensa en el luto, acaricia los cabellos del príncipe y le dice que está con él. El
chambelán le ordena a los criados que la preparen para las pompas fúnebres y se pone de
rodillas, todos se arrodillan excepto el príncipe. El chambelán y la reina le piden a Felipe
que se arrodille. El príncipe se arrodilla.
Los contactos de Gombrowicz con las actrices en Polonia dejaban mucho que desear.
Cuando se propone llevar al teatro a “Ivona, princesa de Borgoña”, lo consulta a Tadeusz
Boy-Zelenski. “¿Qué debo hacer con esta obrita?; –Muéstrasela a Mira Ziminska, es la
actriz más inteligente que conozco y entiende de teatro. Ella te dirá si esto es representable,
y a quién hay que dársela”

Mira Ziminska, la actriz que le había recomendado Tadeusz Boy-Zelenski para la


representación de “Ivona”, a más de ser una mujer bella e inteligente, tenía un gran sentido
del humor, pero Gombrowicz se llevaba mal con los actores, especialmente con las actrices,
consideraba que los intérpretes pertenecían a una clase inferior de artistas. “Mira Ziminska,
por suerte, no me guardaba rencor, pero sus horizontes teatrales no eran tan amplios como
57

para poder apreciar una obra tan innovadora como „Ivona‟. Me dijo que el principio no
estaba mal, pero que el resto no valía nada”

WITOLD GOMBROWICZ Y ADAM MAUERSBERGER

Las observaciones que se pueden hacer en un laboratorio tienen una diferencia insalvable
con las que se pueden hacer en la vida, en el laboratorio se pueden repetir más o menos
exactamente las condiciones iniciales, en la vida no se pueden repetir ni siquiera
aproximadamente. Es por esta razón que no podemos saber cómo hubiese sido la obra de
Gombrowicz y aún Gombrowicz mismo, si no hubiera venido a la Argentina, pero en todo
caso podemos suponer que algo distintos hubieran sido.
El primer conocimiento que tenían sus amigos de cómo se vino a la Argentina aparecía en
un relato que él mismo hacía en el café Rex. El relato de su viaje transatlántico era el
primer plato de la conversación con Gombrowicz y fue escuchado por todas las personas
que se acercaban al autor de “Ferdydurke” en aquellos años.

Contaba que en el barco era invitado de honor, que almorzaba en la mesa del capitán con el
que sostenía conversaciones filosóficas y al que le daba consejos místicos. Repetía hasta el
cansancio que no le había gustado Río de Janeiro porque su vegetación era demasiado
verde y porque los morros eran muy dudosos.
Y tantas veces como lo hacía con la vegetación, repetía hasta el cansancio que no había
regresado a Polonia por los intensos estudios del alma sudamericana que había emprendido
justamente el día anterior a la partida del Chrobry, el barco que lo había traído a Buenos
Aires. Por qué se fue Gombrowicz de Polonia y por qué se quedó tantos años en la
Argentina es un misterio que nadie sabe explicar bien, ni el mismo Gombrowicz lo entendía
con claridad.

“Jeremi Stempowski, director de la línea marítima Gdynia-América en la que viajé a


Buenos Aires, se ocupó de mí; fue él quien me presentó a Manuel Gálvez, uno de los
escritores argentinos más conocidos. Gálvez había sido amigo de Michal Choromanski,
quien había pasado aquí una temporada el año anterior a mi llegada, ganándose muchas
simpatías (...)”
“Gálvez me brindó una generosa hospitalidad y me auxilió en algunas dificultades, pero su
sordera lo relegaba a la soledad... Poco después me traspasó al no menos conocido poeta
Arturo Capdevila, también amigo de Choromanski: –Ah –me dijo la señora de Capdevila–,
si es usted tan encantador como Choromanski, llegará a conquistar muy fácilmente nuestros
corazones. Desgraciadamente no fue así. (...)”

“Cuando en el Chrobry pasaba frente a las costas alemanas, francesas e inglesas, todos esos
territorios de Europa inmovilizados por el pavor del crimen aún por nacer, en el clima
sofocante de la espera, parecían gritarme: ¡sé ligero, nada te es posible, lo único que te resta
es la ebriedad! Me emborrachaba, pues, a mi modo, es decir, no necesariamente con
alcohol. . . pero estaba borracho, casi totalmente embotado”
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Gombrowicz se emborrachaba muy de vez en cuando, no sabía divertirse de esa manera. El


alcohol le producía tristeza y en vez de estimularle la sociabilidad lo alejaba de la gente y lo
ponía sombrío. Esa tendencia a la melancolía que le provocaba el alcohol ejerció una
influencia decisiva y perjudicial en su destino literario, pues en Polonia es más fácil
imaginarse un escritor sin pluma que sin una copa en la mano.

Cuando llegó a la Argentina y estalló la guerra, Gombrowicz, en vez de emborracharse con


los tragos, jugó al ajedrez, el ajedrez lo ayudó más que ninguna otra cosa a matar los
recuerdos. Pero aquellos borrachos de Polonia se quedaron al acecho, y un año antes del fin
de la guerra le tomaron otra vez la mano y llegaron a tener un papel estelar mientras
escribía “El casamiento”.
En esta pieza de teatro los borrachos se burlan de todo, de lo secular y de lo sagrado, de la
familia y del honor, también de sí mismos, y no le dan lugar a una tragedia que ellos
mismos provocan con una beodez premeditada. A pesar de su mal alcohol incurable
Gombrowicz tenía compañeros y amigos borrachos en Polonia, era una amistad con
algunas reservas y un poco forzada.

Las características especiales que traía Gombrowicz desde Europa confundieron a los
Capdevila, no pudieron hacer pie en él ni con la guerra ni con la literatura. “Arturo
Capdevila, poeta, profesor y redactor del gran diario La Prensa, vivía con su familia en una
casa de Palermo. Recuerdo la primera vez que fui a cenar a su casa. ¿Cómo debía
presentarme a los Capdevila? (...)”
“¿Como el trágico exiliado de una patria invadida? ¿Como un literato extranjero que sabe
discurrir sobre los „nuevos valores‟ en el arte y desea informarse sobre el país? Capdevila y
su señora esperaban que apareciera en una de esas encarnaciones, además estaban llenos de
una simpatía potencial hacia el amigo de Choromanski. Pero pronto se sintieron
confundidos al encontrarse ante un muchacho enteramente joven que sin embargo, no era
ya un muchacho tan joven (...)”

“Los Capdevila tenían una hija, Chinchina, de veinte años. Así fue, pronto tanto él como su
mujer me pusieron en manos de ella, quien me presentó a sus amigas. Imaginad a
Gombrowicz en ese año mortal de 1940 flirteando sutilmente con esas señoritas... que me
hacían conocer los museos... con las que iba a comer pastas... para quienes dicté una charla
sobre el amor europeo (...)”
“Una mesa grande en el comedor de los Capdevila, detrás doce jovencitas y yo –¡qué
idilio!– hablando de L'amour européen. Sin embargo, aunque esta escena parezca un
contraste infame con otras escenas de verdadera destrucción, en realidad no estaba tan lejos
de serlo, era más bien la otra cara de la misma catástrofe, el principio de un camino también
descendente. Advino una especie de absoluta bagatelización de mi ser. Me volví liviano y
vacío”

Michal Choromanski es el primer colega polaco que a Gombrowicz la hacen recordar


cuando llega a la Argentina, y Adam Mauersberger es el último que él recuerda cuando se
va de la Argentina. “Turbiedad del agua, continúa la navegación, colores y resplandor,
calma, hace más calor, mucho más calor; el resplandor dormita sobre la penumbra v los
vapores, nubes desmadejadas por el sol, peces voladores, fantásticos crepúsculos solares
(...)”
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“Tras de nosotros la estela espumante; ellas se divierten, juegos y pasatiempos, hamacas,


reposo, un aparato en un zapatito, el brillo molesta comienza a funcionar la piscina, saltan,
salen salpicando de agua a su derredor, saltan, charlas, conversaciones, un industrial suelta
sus ¡Ja, ja, ja! en tono grave, ella extrae una agenda, aquél se rasca, ja, Bitte Sehr, Buon
Giorno, parece ofendida, se ha ido, tal vez, él le hizo una señal, ¿de quién es esto? (...)”

“Resplandece el bronce, saltó bien, qué hora es, oh, no, cómo fue aquella vez, con quién...
aquél por fin... la perdiz, por qué no lo sabia él, oh, coyuntura de ganso en la espalda qué
seria si... la locomotora... la locomotora... por ejemplo... Por ejemplo es una locución
excelente, cómoda, facilitadora; hace ya bastante tiempo Adancito Mauersberger, creo que
en Konstancin, en una terraza, me hacía reflexiones sobre este asunto (....)”
“Términos como „por ejemplo‟ o „adecuadamente‟ facilitan... Con su ayuda se puede
expresar todo, aun lo que no esté acorde con la verdad. Se puede decir: „el pan con
mantequilla preparado adecuadamente sabe igual que el chocolate‟, o el „azul extenso y
apático‟. ¿No seria quizás mejor dejar, no tocar, permitir que se aleje flotando y Adiós…
¡Argentina, Argentina, Argentina!”

Adam Mauersberger, historiador polaco, crítico literario, ensayista y traductor fue también
director del MuseoAdam Mickiewicz en Varsovia. Humanista, amigo de escritores y
artistas, fue uno de los prototipos que Gombrowicz utilizó en “Historia”, como protagonista
de esa pieza teatral. “Para despedir el año 1934 organicé en la Noche Vieja una fiesta
artística en el piso de mi madre (...)”
“Mi madre y mi hermana se hallaban entonces en el campo y podía hacer en la casa lo que
me diera la gana. La fiesta, que duró hasta las seis de la mañana, era un signo manifiesto de
mi sólida posición en el mundillo literario de Varsovia. No faltaron Tadeusz Breza, Zofia y
Adam Mauersberger, Antoni Sobanski, Adolf Rudnicki, Stanislaw Ignacy Witkiewicz,
Bruno Schulz, Swiatopelk Karpinski, Michal Choromanski, Janusz Minkiewicz (...)”

“Yo estaba borracho como todos, y disimulaba que me divertía, lo cual no me impidió
constatar una vez más que era por naturaleza muy extraño a este tipo de placeres. Tenía mal
alcohol, como me dijo el gran conocedor de mundo Swiatopelk Karpinski; el alcohol
provocaba unos pésimos efectos en mi hígado y me volvía hipocondríaco, no me acercaba a
nadie, al contrario, me alejaba”
Los borrachos estaban organizados en un club en el que había un cuarteto sobresaliente en
el que Karpinski se dedicaba a poner peceras en el ascensor para divertir a los peces, y
Minkiewicz a pedir limosna para una vodka en los colegios de señoritas. Eran los borrachos
más destacados, Karpinski, el único poeta verdadero, escribía textos para cabarets y
afirmaba que un buen chiste era solamente cuestión de técnica y que él disponía de un
método para fabricar chistes en cualquier cantidad.

Minkiewicz, también poeta, pero de más ligero calibre, era un cantautor al estilo parisiense,
adoptaba una pose indolente, era pesado, lento, semejando a un gato murmurando sus
chistes. Esta cofradía de borrachos fue una de las característica de Varsovia de antes de la
guerra. “Hoy quizás los calificaría de precursores, puesto que esos sabios parecían leer
claramente en el libro del destino y ahogaban en vodka el absurdo de la situación polaca, su
trágico callejón sin salida, que a cada esfuerzo honrado ponía un signo de interrogación”
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Ese grupo de poetas beodos estaba unido bajo el signo de la broma y de la burla, y aparte de
la vodka y las mujeres no tomaba nada en serio, ni siquiera el dinero. El verdadero Dios de
ese gremio era el sentido del humor, fue por eso que “Memorias del tiempo de la
inmadurez” se ganó la aprobación de esos bromistas borrachines.

Y fue por eso también que después de “Ferdydurke” lo empezaron a admirar. Si bien es
cierto que lo trataban con mucho afecto y ternura Gombrowicz no se dejaba comprar por
sus alabanzas, tenía una reserva con ellos. Era un fenómeno social vergonzoso, ningún
miembro de ese grupo era un artista de gran envergadura y su producción literaria no se
caracterizaba por la decencia que distingue a un hombre con el gusto formado y la
imaginación disciplinada.
Su mundo era desordenado y anárquico, le faltaba el reflejo de las personas cultas que con
la herencia, la educación y la tradición sustituyen con éxito la ausencia de ideología, de
moralidad y de fe. Se fueron hundiendo en la lujuria y en las pequeñas porquerías unidas a
ella, de año en año fueron más infelices, más borrachos y más desesperados. Hasta que
llegó la guerra.

“Pronto me hice amigo de Bereza, nuestra relación se estrechó en Varsovia, y terminé


entrando en su círculo en el que se destacaban Antoni Sobanski y los hermanos Zofia y
Adam Mauersberger. Estos hermanos aportaban mucha vida a las reuniones, la casa de sus
padres llegó a ser rápidamente nuestro lugar de reunión. En el círculo de mis amigos
Tadeusz Breza, Adam y Zofia Mauersberger, Antoni Sobanski, mis cuentos fueron
acogidos calurosamente, lo que me animó a editarlos”
A Gombrowicz le encantaba el humor de Breza, envidiaba la facilidad que tenía para
relacionarse con las mujeres, mientras él iba de mal en peor. Finalmente, como los fracasos
de Gombrowicz no cesaban de repetirse, llamaron la atención de Tadeusz. Le presentó a
una joven actriz, hermosa, sana, simpática, amante de la lectura y del arte con la esperanza
de haber encontrado para él la unidad ideal de cuerpo y de espíritu, de cultura y naturaleza.

Pero el hecho de que esa joven apareciera sobre un escenario en el teatro, que se dejara
contemplar por el público, que tuviera una actitud profesional hacia su propio encanto y sus
propias gracias, hizo que no se le despertara ningún interés por ella. Iba de fracaso en
fracaso y los escritores seguían mofándose de Gombrowicz por las dificultades que tenía
con las mujeres.
Janusz Minkiewicz, un poeta satírico, presente en aquella reunión de borrachos de la Noche
Vieja de 1934, famoso en el ambiente artístico por sus conquistas en el mundo de la
galantería, le dijo a Gombrowicz una tarde en el café: –Ahora regreso a casa porque espero
una llamada de Lala... A las cinco he quedado con Cela, y a las once me espera una locura
con Fila. ¡Hasta la vista!

“La Polonia de entreguerras era para mí un país que transformaba poco a poco su cultura
erótica femenina en masculina. Tuve oportunidad de constatarlo con mis propios ojos
cuando, poco antes de la guerra, unas colegialas del séptimo curso me invitaron a una
pequeña fiesta. La invitación se debía a que acababan de poner en escena, con su propio
esfuerzo, mi cuento „Filidor forrado de niño‟, después de haberlo adaptado para el teatro, y
daban una fiesta con tal motivo (...)”
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“Alguna vez había tenido ocasión de participar en fiestas raras y atrevidas, pero una cosa
así, tanto ímpetu encaminado a la diversión, el vodka y la locura, no lo había visto jamás.
Recepciones como ésta demostraban una militarización bastante importante de las
costumbres de las jovenzuelas, lo defino así porque era el estilo de los jóvenes de las
academias militares, el estilo de vida militar (...)”

“Sin embargo, este desenfreno social que se había apoderado de los menores, que tanto
escandalizaba a los adultos, recobraba entonces, al menos en los últimos años de
entreguerras, un sentido dramático: la guerra. Su sombra se sobreponía a todo, su aciaga
proximidad daba a entender que había que precipitarse a disfrutar de la vida antes que se
mezclase demasiado con la muerte (...)”
“Esas chicas poseían ya algo de ese desprecio por lo convencional que unos años después
caracterizó a los jóvenes que lucharon en las calles de Varsovia. „Vivimos como si
fuéramos a morir‟, me gritó al oído en el curso de una borrachera Swiatopelk Karpinski
completamente bebido, y esta constatación reflejaba muy bien un ambiente que pesaba
sobre Polonia más aún que sobre el resto de Europa”

WITOLD GOMBROWICZ Y EL CAFÉ ZIEMIANSKA

Gombrowicz desconcertaba tanto a los polacos como a los argentinos, el deseo permanente
de descolocar a los demás lo fue convirtiendo poco a poco en un actor. El café Zemianska
de Varsovia fue su lugar preferido para realizar estas maniobras. “Bien, señor Stefan
Otwinowski, díganos qué impresión le causa el señor Jerzy Andrzejewski; –Jerzy es muy
inteligente, tiene un gran simpatía y es sincero (...)”
“No, por favor, Stefan, ahórrenos las virtudes, y concéntrese en los defectos de Jerzy,
suelen ser mucho más interesantes”. Andrzejewski, en lugar de contestar con una broma, se
ensombreció y se puso rígido, entre él y Gombrowicz se estableció una distancia glacial, el
sentido del humor no era desde luego su fuerte, aunque hay que reconocer que Gombrowicz
era un provocador profesional.

Gombrowicz se manejaba tranquilamente en el café Ziemianska con estos dos colegas, él


ya había hecho su debut en su carrera literaria con “Memorias del tiempo de la inmadurez”,
mientras Otwinowski y Andrzejewski lo hicieron unos años después. “Cada tarde me
encaminaba hacia el café Ziemianska. Me sentaba en una de sus mesas, pedía un café y
esperaba a que se reuniera el grupo de mis compañeros de café (...)”
“Frecuentar un café puede convertirse en un vicio, igual que el vodka. Para un verdadero
adicto, el no acudir a su café a una hora determinada significa sencillamente sentirse
enfermo. Hay que decir que los cafés de Varsovia, y el café Ziemianska en particular, no se
asemejaba a los demás cafés del mundo: se entraba directamente de la calle de la oscuridad,
a una especie de terrible sopa de humo y de tufo, desde cuyo fondo se asomaban unos
semblantees estrafalarios ululando y haciendo gestos en un intento de hacerse entender en
medio del bullicio general (...)”
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“Mi actitud en el café Ziemienska se caracterizaba por una desenvoltura que demostraba
claramente que no tenía necesidad de ganarme la vida con la pluma ni apresurar
nerviosamente mi carrera de escritor. Supongo que la cantidad de tonterías, absurdos e
idioteces proferidas por mí en el Ziemianska debía alcanzar unas cifras astronómicas y, sin
embargo, a través de todas esas locuras, se transparentaba mi natural sentido común y esta
lucidez, este realismo que siempre ha estado alerta en mí (...)”
“Necesitaba víctimas. Me sentía feliz cuando caía en mis manos un interlocutor cándido y
apasionado con el que podía jugar como el gato con el ratón. Hoy en día, al leer algunas de
las obras polacas, tropiezo a veces con fragmentos que probablemente no habrían nacido
sin aquellas conversaciones (...)”

“Relacionarse conmigo siempre ha sido y sigue siéndolo hoy, bastante difícil, debido a que
por principio tiendo a la discusión, al conflicto, intento llevar la conversación de modo que
sea arriesgada, a veces incluso desagradable, incómoda, indiscreta, ya que eso atrae al
juego y pone en entredicho a las personalidades. Una conversación afable, serena, delicada,
como suelen ser las que se mantienen en los círculos literarios, me han parecido siempre
algo mortalmente insípido e indigno de la gente un poco despierta espiritualmente”
Cuando uno cree haberlo ubicado en algún asunto, por ejemplo el de los cafés,
Gombrowicz toma la palabra y cambia de riel. Sartre pasa gran parte de su vida y escribe la
mayoría de sus obras en la atmósfera impersonal del humo del cigarrillo, el olor de café, el
entrechocar de tazas, los fragmentos de conversaciones, y el ir y venir de un café parisiense.

El Café Flore y el Café Pont Royal se convirtieron con el tiempo en la Meca de la filosofía
existencialista. La atmósfera del café está tan arraigada en la mente de Sartre que incluso
explica las teorías de la metafísica en el más erudito de sus libros con ejemplos tomados de
la vida de café. Doscientos años antes ya decían que en París sabían como preparar esa
bebida de tal manera que engendrara el ingenio en aquellos que la tomaban.
Por lo menos cuando salían de allí, todos ellos se consideraban cuatro veces más
inteligentes que cuando entraban. Los cafés vendrían a ser algo así como la Palas Atenea de
los griegos, entonces, Gombrowicz, prepara las armas y empieza a cañonear a los cafés.
Según su parecer algunos escritores son terriblemente charlatanes. Sus libros son como su
prensa literaria, y su prensa literaria como sus cafés, todo revienta de charlatanería.

Las obras de estos autores no nacen del silencio, se escriben en los cafés, tienen el rasgo
particular de la sociabilidad, una característica de las personas que no tienen su propio
hogar espiritual. En estos cafés todas las voces tienen más o menos la misma intensidad y el
mismo color. El hombre se siente diferente según esté en un bosque sombrío, en un jardín
podado a la francesa, o en el piso cuadragésimo de un rascacielos.
Los escritores que escriben en los cafés tienen los límites de su personalidad a la distancia
que los separa de las mesas vecinas. No hay en ellos ni rastros del empeño dramático de un
pensador solitario, les falta la angustia metafísica nacida del silencio, el método y la
disciplina de los laboratorios científicos. Cada uno de ellos acaba allí donde comienza su
vecino; muy cerca.

Algunos se dan cuenta y hacen lo posible para no parecer escritores de café, pero sus
convulsiones espirituales sólo van dirigidas a no parecerlo; por lo que se convierten de
nuevo en escritores de café, pero al revés. Un verdadero círculo vicioso. Hay un solo
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remedio para esto, partir espiritualmente sin moverse del sitio. Para cultivar el arte los
hombres de letras deben apoyarse en el arte, deben partir en busca del arte más alto para
encontrar en su naturaleza la propia naturaleza.
Gombrowicz alcanzó en “Pornografía” una de sus creaciones artísticas más logradas con el
tema de la guerra, y Jerzy Andrzejewski la alcanzó con el mismo tema en “Cenizas y
diamantes”. Gombrowicz estaba rompiéndose la cabeza con una novela a la que primero
llamó Acteón y después “Pornografía”. Cuando ya llevaba a cuestas una buena parte de las
páginas del libro hace unas reflexiones en los diarios.

“Esta novela (es difícil llamar a mis obras novelas) se me da mal. Su lenguaje, demasiado
rígido, me paraliza. Me temo que todo lo que llevo escrito hasta ahora –ya va por las cien
páginas– sea una terrible porquería. No soy capaz de apreciarlo, porque cuando se trabaja
duramente largo tiempo en un texto, se pierde el sentido crítico, pero tengo miedo..., algo
me pone sobre aviso (...)”
“¿Tendré que tirarlo todo a la papelera, todo el trabajo de meses, y empezar de nuevo?
¡Dios mío! ¿Y si he perdido el talento y ya nunca más nada..., al menos nada a la altura de
mis obras anteriores? Me he inventado un tema fascinante, excitante, una realidad cargada
de terribles revelaciones, y la obra está ya en estado de ebullición, estimulada por
numerosas ideas, visiones e intuiciones (...)”

“Pero hay que escribirlo. Me falla el lenguaje. Me he metido en un lenguaje de un género


demasiado tranquilo, demasiado poco enloquecido”. Ésta es una novela en la que
Gombrowicz recuerda el café Ziemianska como un representante de la ex-Varsuvia. “Voy a
contarles otra de mis aventuras, y justamente una de las más fatales. Por entonces, era en el
año 1943, me encontraba yo en la ex-Polonia y en la ex-Varsovia, en lo más hondo del
hecho consumado (...)”
“Silencio. El desmantelado grupo de mis compañeros y amigos del ex-café Ziemianska, se
reunía todos los martes en cierto pisito de la calle Krucza, y allí, mientras bebíamos,
procurábamos seguir siendo artistas, escritores, pensadores... reanudando nuestras viejas
conversaciones, nuestro ex-debates sobre el arte (...)”

“Dale, dale, dale, todavía hoy nos veo sentados o tumbados, en el cuarto lleno de humo,
todos charla que charlarás y grita que gritarás. Uno chillaba: Dios, otro: arte, un tercero:
nación, un cuarto: proletariado, y así discutíamos ferozmente y venga darle vueltas y
vueltas. Dios, arte, nación, proletariado, pero un día llegó Fryderyk, un hombre de mediana
edad, oscuro y reseco, de nariz aguileña, y se presentó a todo el mundo con todos los
requisitos de la cortesía”
Gombrowicz y Fryderyk se van a la casa de campo de Hipolit para escaparse del drama
colectivo de la ex-Polonia, de la ex-Varsovia y de las discusiones interminables sobre la
nación, Dios, el proletariado, el arte. En el primer domingo de misa Gombrowicz observa a
su compañero que arrodillándose y actuando de una manera particular le va quitando
importancia a la ceremonia religiosa.

Con una mirada obsesiva y penetrante Fryderyk establece un contacto sensual entre las
nucas de dos jóvenes, ese hombre se volvía temible y, de repente, esa misa celebrada en un
lugar de la Polonia abandonada a los alemanes, cayó fulminada por un rayo, como si el
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absoluto de Dios hubiera muerto. Pero cada nuca estaba sola, no estaban juntas, eran la
nucas de Henia, la hija de Hipolit, y de Karol, un auxiliar de la finca.
Y la novela termina a lo Shakespeare, en una verdadera tragedia. Cómo es que se pasa de la
descomposición del ritual religioso y de las nucas a semejante carnicería, sólo Dios lo sabe.
El estallido de las monstruosidades señoriales y campesinas que confluyen en el gesto del
sacerdote celebrando la misa, y la nihilización de la iglesia, preparan el camino para el
reemplazo de Dios por una nueva deidad.

Las nucas de Henia y Karol se asocian en la conciencia de Gombrowicz de una manera


lasciva, le nace el pensamiento de que los jóvenes deben consumar con el cuerpo la
atracción que él había descubierto, y es alrededor de este elemento erótico cómo se empieza
a desarrollar la historia. Henia y Karol son representantes de la tentación y del pecado;
Waclaw, el prometido de Henia, y su madre Amelia, de la corrección y de los principios
religiosos.
De qué son representantes Fryderyk y Gombrowicz es más difícil saberlo. Por ahora
digamos que son dos adultos mirones y lascivos que planean, en principio, que los dos
jóvenes se presten atención y consumen una atracción que grita al cielo, salvo para los
jóvenes mismos. Karol es atractivo con una juventud violenta que lo arroja en los brazos de
la brutalidad y la obediencia.

Sensual, carnal y con una sonrisa que lo ata a una inferioridad superficial, Karol no puede
defenderse. Esta mezcla explosiva en la conciencia de Gombrowicz se le echa encima a
Henia como si fuera una perra, arde por ella, un deseo que nada tiene que ver con el amor,
un enamoramiento becerril con toda su degradación. Pero la joven señorita tiene con el
muchacho un diálogo desembarazado y confiado, los jóvenes no se comportan según el
contenido de la conciencia de Gombrowicz.
En este punto Gombrowicz se pregunta cuánto sabe Fryderyk de todo esto: de la
descomposición de la misa, de la atracción de las nucas, del llamado del cuerpo de los
jóvenes a la consumación. Henia es una colegiala cortés, cordial y muy atractiva. Cuando
Fryderyk tenía apartes con Henia a solas Gombrowicz pensaba: se la lleva para hacer cosas
con ella o ella se va con él para que él le haga cosas.

A partir de ese momento Fryderyk se convierte en el operador del drama mientras


Gombrowicz le sigue los pasos y trata de interpretar el significado de sus maniobras.
Fryderyk maniobra con los pantalones de Karol cuando le pide a ella que se los remangue,
es como si les estuviera diciendo: vengan, háganlo, gozaré, lo deseo. Gombrowicz quería
averiguar cuánto de ingenuos eran los jóvenes respecto de los propósitos de Fryderyk.
Pensaba más o menos así: Henia remangaba los pantalones para que Fryderyk gozara, de
modo que estaba de acuerdo con que él gozara con ella y también con Karol, ella se daba
cuenta de que entre los dos podían excitar y seducir, y también Karol lo sabía porque había
colaborado en aquel juego. No eran tan ingenuos, entonces, conocían su propio sabor. La
situación no tenía vuelta atrás, los cuatro eran cómplices en el silencio pues el asunto era
inconfesable y vergonzoso.

Después de que Karol le levantara la falda a una vieja fregona y asquerosa haciéndole
brillar la blancura del bajo vientre y la mancha de pelo negro, le dice a Gombrowicz que le
gustaba Henia pero que le gustaría más hacerlo con doña María, la madre de Henia. El
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joven estaba actuando para los adultos porque quería divertirse con ellos, y no con Henia,
porque los adultos, aún dentro de su fealdad, podían llevarlo más lejos al ser menos
limitados.
Pero esto no es lo que quería Gombrowicz, Karol era demasiado joven para Dios y para las
mujeres, era demasiado joven para todo. El sueño de los dos adultos de que los jóvenes
consumaran su atracción innegable se venía abajo. Era una pareja adulta de enamorados en
la frustración, desdeñada por la otra pareja de amantes, el fuego de su excitación no tenía
nada en qué descargarse.

Llameaba entre ellos, estaban asqueados el uno del otro y se juntaban en una sensualidad
irritada. Pero Fryderyk continuaba con sus maniobras calculadas para juntarlos
obligándolos a pisar una misma lombriz hasta partirla. Quería que Henia y Karol causaran
tormentos con sus suelas, con toda calma Fryderyk había transformado en un verdadero
infierno la existencia de esa pobre lombriz.
Un pecado común cometido para los adultos que penetraba la intimidad fundiendo a unos
con otros. En la virtud los jóvenes se le presentaban a Fryderyk y a Gombrowicz cerrados,
herméticos, pero en el pecado podían revolcarse con ellos. Era un sistema de espejos,
Fryderyk lo miraba a Gombrowicz y Gombrowicz lo miraba a Fryderyk, hilaban sueños por
cuenta del otro y de ese modo llegaban hasta la idea que ninguno de ellos se habría atrevido
a dar por suya.

Por su parte Henia les hacía saber que era creyente, que si ni lo fuese no se confesaría ni
comulgaría, que sus principios eran los mismos que los de su futuro marido. Su futura
suegra era como si fuera su madre, era un honor para ella entrar en esa familia, era seguro
que si se casaba con Wlacaw no haría nada con ningún otro. Un comentario de Henia que
parecía severo pero que era también una confiada y seductora confesión de su propia
debilidad, excitaba, precisamente, por su virtud y no por su pornografía.
Y también les decía que Karol no quería a nadie, que lo único que le interesaba era
acostarse un poquito, que ella ya lo había hecho con un guerrillero, que sus padres lo
sospechaban porque los habían sorprendido juntos, pero que no querían sospecharlo.
Amelia, la madre de Waclaw, era cortés, sensible y espiritual, sencilla y de una rectitud
ejemplar.

En Amelia regía el Dios católico, desprendido de la carne, era un principio metafísico,


incorpóreo y majestuoso que no podía atender a todas las majaderías que tramaban los
adultos con Henia y Karol. Parecía enamorada de Fryderyk, estaba subyugada con ese ser
terriblemente reconcentrado que no se dejaba engañar y distraer por nada, un ser de una
seriedad extrema.
En la finca de Amelia tiene lugar la segunda caída de Dios después del derrumbe de la misa
en la iglesia. Un ladronzuelo de la edad de Karol entra en la casa para robar, según todo lo
hace parecer la señora descubre al ladrón, toma un cuchillo y lucha con Joziek, transcurren
unos minutos y llega a la mesa donde están su hijo y los invitados, se sienta y cae muerta
con el cuchillo clavado mirando un crucifijo.

La situación no estaba clara, nadie sabía lo que había pasado porque Amelia no pudo contar
nada y Joziek decía que sólo se habían revolcado, que había sido un accidente. Fryderyk era
mal psicólogo porque tenía demasiada inteligencia y por lo tanto era capaz de imaginarse a
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doña Amelia en cualquier situación. Una sospecha terrible flotaba en el aire de la casa de
campo.
Sospechaban que esa mujer tan espiritual y guiada por los principios de Dios había
prologado demasiado la lucha con Joziek revolcándose en el suelo de puro placer y, por
accidente, se le había clavado el cuchillo. Si esto fuera así no podían entregar a Joziek a la
policía. A la casa de Hipolit llega Semian, un jefe de la resistencia que se había vuelto
cobarde.

Sus compañeros temen que se convierta en delator y le piden a Hipolit que lo mate. Semian
actualiza el sentimiento de que todos estaban atados a la patria, todos eran instrumentos de
todos los demás, y a cada cual le estaba permitido servirse del instrumento con la mayor
temeridad, para la causa común. La presencia del recién llegado convirtió a Karol en un
soldado, preparado a dispararse como un perro al oír la orden.
Pero no era sólo él, la miseria romántica tan repelente unos instantes atrás cedió de pronto,
y todos en la mesa, como si fueran una patrulla, esperaban la orden para entregarse a la
lucha. Mientras tanto Fryderyk seguía maniobrando para juntar a Henia con Karol, esta vez
utilizando al prometido. Le dio unos papeles en un teatro escrito por él y los hacía actuar en
el parque, participaban de una escena extraña.

Los jóvenes, según desde dónde se los mirara, recitaban con ademanes poéticos o caían en
el pasto para revolcarse. Lo único que atinó a decir el pobre Waclaw, que observaba la
escena desde el lugar en que lo había puesto Fryderyk, es que eso de caer tan pronto y
luego levantarse era raro, que así no se hacía, que le parecía que ella no se había entregado
a él.
Esto le resultaba peor que si hubieran vivido juntos, que si se le hubiera entregado él podía
defenderse, pero así no, porque entre ellos ocurría de otro modo, y al no habérsele
entregado Henia era todavía más de Karol. Llegando al final de la novela hay un
intercambio de mensajes escritos entre Gombrowicz y Fryderyk, es un intento que hacen
los adultos por saber qué pasa.

Fryderyk confiesa que no tiene un plan determinado, que actúa siguiendo las líneas de
tensión y del apetito. Él piensa que los jóvenes no se juntan porque sería demasiada
plenitud para los otros, que se les acercan y flirtean porque quieren hacerlo gracias a los
otros, a través de los otros y también de Waclaw, por los otros. Lo peligroso de todo esto es
que Fryderyk siente que ha caído en manos de unos seres frívolos.
Unas manos apenas crecidas empujaban, en la plenitud de su desarrollo intelectual y moral,
a su propio pensamiento y pasión a hacer todo lo que estaba haciendo, se sentía como un
Cristo crucificado en una cruz de dieciséis años. Y llegamos al final. Los adultos no se
animan a matar a Semian y le piden a Karol que lo haga con la irresponsabilidad de la
juventud para quitarle gravedad a un crimen tan siniestro.

Waclaw, que está preparando su propia muerte entra al cuarto de Semian y lo mata. Apaga
la luz y se enmascara con un pañuelo para que no lo reconozca Karol cuando le abra la
puerta. Karol no lo reconoce y lo mata creyendo que es Semian. Queda un cabo suelto,
Joziek, el joven al que no se lo puede entregar a la policía porque es inocente, entonces,
Fryderyk lo mata.
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Y no se sabe si lo mata para guardar sin mancha la memoria de doña Amelia que había
caído en el pecado original, o para ponerle el punto final a la no consumación de los
jóvenes. Hania y Karol sonríen. “Sonríen como sonríe la juventud cuando no sabe cómo
salir de un apuro. Y durante unos segundos, ellos y nosotros, en nuestra catástrofe, nos
miramos a los ojos”.

WITOLD GOMBROWICZ Y FERDYNAND GOETEL

“Nunca he encontrado a nadie menos envidioso y de más generosa magnanimidad que la de


Bruno Schulz. Sin lugar a dudas, la envidia es una de las características de los escritores,
pero su inteligencia hace que sobrepongan una buena dosis de civismo a sus eventuales
salvajadas, y lo que ocurre generalmente es que no se hacen daño, pero tampoco mueven un
dedo para ayudar al rival a trepar a la cima del Parnaso (...)”
“Sin embargo, el primer contacto que Schulz tuvo con “Ferdydurke” no fue muy agradable
que digamos. Le di un manuscrito que no estaba terminado, al cabo de unos días me dijo
con dulzura: Yo le aconsejaría que lo dejara... vuelva a aquel otro género, el de las
“Memorias del tiempo de la inmadurez”, que maneja tan maravillosamente... yo creo que
esto no debe ser publicado (...)”

“Me quedé helado, estuve a punto de tirarlo a la basura, pero tomé la decisión heroica de
seguir empujando mi carretilla. Después de un año el libro estaba listo y envié uno de los
primeros ejemplares a Schulz. Se produjo un milagro. Recibí varios telegramas de Schulz
en un mismo día; mientras lo estaba leyendo corría al correo para obsequiarme cada vez
con una nueva alabanza (...)”
“Y después, al llegar a Varsovia, el amilanado y taciturno Schulz pronunció en la Unión de
Escritores una conferencia en la que sin levantar especialmente la voz, comunicó a todos
los artistas allí reunidos que acababa de levantarse un sol que hacía palidecer a todas las
estrellas. Los escritores se pusieron a protestar y faltó poco para que se produjera un
escándalo (...)”

“Con Schulz respirábamos el aire de Europa y del mundo, al contrario de los académicos y
ases locales como Kaden o Goetel, cien veces más polacos y adaptados al lector del país y
por eso más famosos. Nosotros éramos más incisivos, más fríos, más severos y dramáticos,
y así mismo infinitamente más libres, ya que habíamos renunciado a muchos amores que
podían atarnos (...)”
“Ésta era nuestra fuerza y a la vez nuestra debilidad, puesto que sobre el fondo de los
grandes objetivos que nos proponíamos Schulz y yo, nuestros defectos también destacaban
con más nitidez. Tal vez no sea demasiado difícil llegar a ser un valor literario dentro del
marco de una nación, pero para llegar a ser alguien en el mundo, hace falta un esfuerzo
inusitado”

Kaden y Goetel eran para Gombrowicz representantes de las pelucas polacas. Podían haber
sido creadores porque el destino los había arrancado de la normalidad polaca. Sin embargo,
sucumbieron al amaneramiento y perdieron la batalla por la expresión, su derrota fue la
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repetición de las derrotas de la generación anterior. Desaprovecharon su talento al renunciar


voluntariamente a su soberanía artística y sumergirse hasta las orejas en la vida polaca.
“Todo amaneramiento es el resultado de la incapacidad de oponerse a la forma; cierta
manera de ser se nos contagia, se convierte en vicio, se hace, como suele decirse, más
fuerte que nosotros, y no es de extrañar, pues, que estos escritores muy poco asentados en
la realidad, o más bien asentados en la irrealidad polaca o en la realidad incompleta, no
supieran defenderse de la hipertrofia de la forma”

En “Ferdydurke” Gombrowicz rompe para siempre con las pelucas polacas y corona las
aproximaciones que había realizado en “Memorias del tiempo de la inmadurez” e “Ivona,
princesa de Borgoña”. La novela relata los sinsabores de un joven que ronda los treinta
años y es sometido a las ordalías de tres colapsos: el de la escuela, el del amor y el de la
familia.
El clima de la narración es siempre jovial, sarcástico y de un humor penetrante. Es también
la obra de Gombrowicz en la que aparece con más claridad su pertenencia a los dos
mundos, el del rango social y el de la intelligentsia, mientras a la inmadurez le encarga el
trabajo más difícil, mantener la frescura del relato sin que se vuelva infantil, y actuar como
mensajera entre los dos mundos.

Se propuso escribir una sátira que le permitiera sobresalir por el humor, pero la obra se le
inclinó hacia lo grotesco y le empezó a nacer un estilo que iba a absorber sus sufrimientos y
sus rebeliones más esenciales. A pesar de un llamado a la profundidad que aparece en los
prefacios de “Ferdydurke”, la obra mantiene un curso ligero que a duras penas puede
ocultar la actividad de su conciencia agudísima.
Esta conciencia malogra el desempeño social y psicológico de sus personajes cuyas
acciones desembocan la más de las veces en comportamientos hilarantes. Las discusiones
que Gombrowicz mantenía con su madre lo iniciaron en las burlas a unos principios
morales y a un estilo demasiado rígidos. Marcelina Antonina participaba de la vida social,
durante un tiempo presidió la Asociación de Mujeres Terratenientes, una institución
terriblemente devota que se caracterizaba por una incurable grandilocuencia de estilo.

Gombrowicz experimentaba un salvaje placer haciendo caer esos altos vuelos del cielo a la
tierra, más aún, le gustaba escuchar detrás de la puerta el contenido de esas sesiones para
obtener material satírico. La nobleza terrateniente vivía una vida fácil y no conocía la lucha
esencial por la existencia y sus valores. Jan Onufry, su padre, sólo muy de vez en cuando se
daba cuenta de lo anormal de su situación social.
Para el padre de Gombrowicz un lacayo era algo absolutamente natural, se comportaba
delante de él como un señor, relajadamente, con gran desenvoltura. Su madre también
aceptaba su posición social como algo completamente lógico, pertenecía a una generación
que no había experimentado lo que Hegel llama la mala conciencia. Pero la generación
joven empezó a sentir el peso de este problema.

Estas reflexiones nos llevan de la mano a “La fachalfarra o el nuevo atrapamiento”.


“Ferdydurke” termina cuando la fraternización con el peón del amigo del protagonista va
descomponiendo poco a poco las formas del señorío a pesar de los esfuerzos que hace el tío
por encontrarle alguna analogía a esa aparente perversión sexual con la conducta del
príncipe Severino a quien también le gustaba de vez en cuando.
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Después de que el peón rompe la bisagra mística con un soberbio cachetazo que le da al
señor en medio de la facha, la servidumbre y el pueblo asaltan la casa señorial mientras el
protagonista intenta raptar a su prima de un modo maduro y noble. El deseo de Polilla de
entrar en contacto con un peón de la casa de campo de los tíos del protagonista empieza a
descomponer el estilo de los terratenientes.

El tono altanero y aristocrático del tío tenía sus raíces en un fondo plebeyo, y era de la
plebe de donde obtenía sus jugos. Vivían un sistema según el cual la mano del amo
quedaba al nivel del rostro del criado, y el pie del señor llegaba hasta el medio del cuerpo
del campesino. Se trataba de un ley eterna, un canon, un orden. Después de que Pepe le da
un sopapo en la cara a Quique y el peón le da otro a Polilla a su pedido, se empiezan a
producir acontecimientos irregulares que provocan la confusión de los roles.
Pepe descubre que el misterio del caserón campestre de la nobleza rural es la servidumbre.
El comportamiento de los tíos quería distinguirse de la servidumbre, estaba concebido
contra la servidumbre para conservar el hábito señorial. El orgulloso señorío racial del tío
crecía directamente del subsuelo plebeyo. Sólo a través de la servidumbre se puede
comprender la médula misma de la nobleza rural.

El hecho perverso de que el sirvientito pegara con su mano en la cara de Polilla, un huesped
de señores y un señor, tenía que provocar consecuencias también perversas. La tía estaba
conmovida en su interior por una ola que le venía de las profundidades: –El mayordomo me
dijo que, según parece, ese compañero tuyo se comunicaba ayer con el servicio. Me
imagino que no será un agitador.
El primo Alfredo piensa que no es nada más que un teórico: –¡No te preocupes mamá, un
teórico no sabe nada de la vida! Llegó a la campaña con teorías, es un demócrata urbano; –
¡Alfredo, él no es un teórico, es un práctico! Dice el mayordomo que le daba la mano a
Quique, nuestro peón. El tío Eduardo después del almuerzo tomó del brazo a Pepe y lo
llevó al fumoir.

Tu amigo, pede... pede... ejem... ¡Persigue a Quique! ¿Has visto? Bueno, ojalá las damas no
se enteren. ¡Al príncipe Severino también le gustaba de vez en cuando!; –No es lo que
piensas tío, él sólo fra... terniza con él, así no más; –¿A lo mejor quieres decir que agita a la
servidumbre? ¿El bolchevismo, eh?; –No, fra... terniza como muchacho con muchacho. La
tía les ofreció bombones: –No te irrites Eduardo, él seguramente fraterniza en Cristo,
fraterniza en el amor al prójimo; –¡No!, el fraterniza desnudo, sin nada.
El tío encendió un cigarrillo, cruzó las piernas y se mesó el bigotito: –Así que, sin embargo,
es un pervertido; –No, de ningún modo. Fra... terniza sin nada, sin perversión tampoco.
Fraterniza como muchachón; –¿Con Quique y en mi casa? ¿Con mi criado? ¡Yo le mostraré
al muchachón!

El mayordomo comenta que Quique se había tomado confianza con el joven señorito y
ahora la servidumbre chismea de los señores y contra los señores, sin ningún respeto. Los
tíos sabían sin duda lo que se decía de ellos en la antecocina, y cómo los veían los ojos
airados de esos patanes; lo sabían pero no permitían que esa idea se desarrollara, sino que
por orgullo la inhibían, la rechazaban hacia los oscuros sótanos del cerebro.
Eduardo temblaba por dentro, pero redobló su amabilidad con Polilla: –Veo que la
compañía de Quique le complace a usted: –Me complace; –Parece que usted fra... terniza
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con Quique; –Fra... ternizo; –Quique será despedido. Lo lamento, pero no tolero a un criado
desmoralizado. Polilla se puso furioso y empezó a hablar con Pepe con el leguaje del peón:
–¡Dejate de eso, ese no es tu lenguaje! ¿Cómo hablas? ¿Cómo me hablas así?; –Mío, mío...
¡No daré! ¡Mío! ¡Déjelo! ¡Quieren echar a Quique! ¡No permitiré! ¡Mío!

Alfredo le comunica a Pepe que se deben ir de la casa al día siguiente, que iba a abofetear a
Polilla porque había ofendido a la familia, quería eliminar su cara de la lista de las caras
honorables y señoriales. Pero el padre no admite la idea de que Polilla sea otra cosa que un
mocoso, a pesar de que durante el almuerzo lo trataba de igual a igual y le festejaba su
supuesto homoerotismo brindando con vino.
El señor, a quien la historia en su marcha inexorable, quitaba los bienes y el poder, se
quedó, sin embargo, con su raza espiritual y corporal. Podía soportar la reforma agraria
pero no una fra... ternización de personas: –Hay que darle una paliza en el culeíto. Pero la
servidumbre ya se acercaba a la casa, chillaba y tiraba piedras: –¡Eh, dieron al señorito en
la facha, dieron en la facha!

En las mejillas de Eduardo aparecieron manchas rojas y en silencio sacó la pistola. Pero la
tía echó sobre él toda la redondez de su persona, que emanaba un suave calorcito materno y
envolvía como un algodón. Se volvían frívolos, el tío por orgullo y la tía por miedo, y sólo
a ello se debía que todavía no hubiera disparo, que ni Alfredo disparase su mano contra la
facha de Polilla, ni el tío disparase la pistola. Pepe pensaba con alivio en la despedida.
Me moriré antes de irme sin Quique mío. Polilla lloraba e imploraba en la pieza. En ese
momento una colosal bofetada estalló detrás de la ventana, en el patio. Los vidrios
temblaron. Delante de la casa se delineaba a la luz de la luna el tío Eduardo con la escopeta
en la mano y con los ojos hundidos en la oscuridad. Otra vez echó el arma a la cara y
disparó, el estampido resonó en la noche y se fue lejos por las regiones oscuras.

Después de alguna confusión en medio de la noche Eduardo recuperó su normal y señorial


trato con el peón, junto con toda la seguridad en sí mismo: –¡Quieres robar! Ven aquí, ven
te digo. El peón estaba tan cerca que casi lo tocaba, entonces lo sopapeó y lo moqueteó. –
¡Yo te enseñaré a robar! Alfredo, siguiendo el ejemplo del padre, le dio un sopapo en los
dientes: –No robé; –¿No robaste?
Eduardo se inclinó en la silla y le aplicó una azotaina en el hocico, y Alfredo también le
dio. Terminaron por fin. Se sentaron. El peón tomaba aire, la sangre le corría por la oreja,
tenía la facha y la cabeza golpeadas hasta lo último. El padre y el hijo lo hacen servir, lo
hacen obedecer órdenes y lo humillan a fondo, estaban amaestrando a un peón campestre
para convertirlo en criado.

Apareció Polilla en la puerta: –¡Lárgalo! ¡Lárgalo! Detrás de las ventanas había una
muchedumbre de peones, de lugareños y aldeanos, atraídos por el bochinche todos miraban.
–¡Mocoso! ¡En el culeíto te daré, mocoso!, y junto con Alfredo se arrojó sobre él. Polilla
empezó a chillar lleno de furia y saltó detrás del peón. Quique, como si hubiera recuperado
el atrevimiento frente a los señores por efecto de la fra... ternización con Polilla, le dio en la
facha a Eduardo: –¡Qué quieres!
Se había roto la bisagra mística, la mano del servidor cayó sobre el semblante del señor.
Eduardo estaba desprevenido y se desplomó. La inmadurez se derramó por todas partes.
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Cedieron las ventanas, el pueblo se impuso y empezó a penetrar lentamente, la oscuridad se


pobló con partes de cuerpo campesinales.

El pueblo, animado por la excepcional inmadurez de la escena, perdió el respeto y también


deseó la fra... ternización. “Oí todavía el chillar de Alfredo y el chillar del tío Eduardo,
parecía que los tomaban de algún modo entre sí y empezaban con ellos lerda e
indolentemente, pero ya no veía por la oscuridad... Salté detrás de la cortina. ¡La tía! ¡La
tía! Recordé a la tía. Corrí descalzo al fumoir, atrapé a la tía que, sobre el canapé, trataba de
no existir.
Y ¡a tirarla, a empujarla en el montón! para que se mezclara con el montón. –Niño, niño,
¿qué haces? –suplicaba y pataleaba y me convidaba con bombones, pero yo justamente
como niño tiro y tiro, tiro al montón a la tía, ya la tienen, ya la agarran. ¡Ya la tía en el
montón! ¡Ya en el montón!”

WITOLD GOMBROWICZ METE LA PATA CON GALILEO

Considerado como el padre de la física moderna, las investigaciones experimentales de


Galileo Galilei son complementarias a los escritos de Francis Bacon en el establecimiento
del moderno método científico. Su trabajo se constituyó en una ruptura de las asentadas
ideas aristotélicas y su enfrentamiento con la Iglesia Católica Romana suele tomarse como
el mejor ejemplo del conflicto entre la autoridad y la libertad de pensamiento en la sociedad
occidental.
El Santo Oficio condenó al sistema copernicano como falso y opuesto a las Sagradas
Escrituras, y Galileo fue condenado por enseñar públicamente las teorías de Copérnico. Las
concepciones del tiempo y del espacio del modelo magistral desarrollado por Galileo
pasaron a la mecánica racional de Newton a la que Einstein pone en cuestión aplicándole el
efecto semita del metro, un metro que los tenderos judíos alargan cuando tienen que
comprar las telas y acortan cuando tienen que venderlas.

Esta mecánica se basa en cuatro principios fundamentales: el principio del movimiento


rectilíneo uniforme, el principio de acción y reacción, el principio inercial que vincula a la
fuerza con la masa y la aceleración, y el principio de la atracción de las masas. En el
modelo de Galileo hay que sumar o restar las velocidades cuando existe más de un sistema
de referencia.
Para calcular la velocidad que tiene una persona que camina sobre un tren respecto a la
tierra, hay que sumar la velocidad que tiene respecto al tren a la velocidad que tiene el tren
respecto a la tierra. Si la persona que camina sobre el tren fuera la luz, el modelo de Galileo
sería inválido pues cualquiera fuera la velocidad del tren la luz mantendría una velocidad
constante.

A Gombrowicz, igual que a Galileo, le costaba trabajo mantener relaciones cordiales con el
catolicismo porque esa doctrina estaba en contradicción con su visión del mundo. Pero
Gombrowicz tuvo mala suerte con Galileo. Un editor alertó a los lectores con un (sic) sobre
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que Gombrowicz creía que el principio de la palanca era de Galileo y no de Arquímedes


como en realidad lo es.
“Tenía miedo en Polonia. Aunque a decir verdad, no existía entonces una amenaza
concreta, la fronteras del país estaban aseguradas, la política exterior era tranquila, los
asuntos interiores estaban más o menos puestos en orden, el poder del Pilsudski apoyado
sobre bases sólidas iba para largo, y sin embargo uno se sentía como sentado sobre un barril
de pólvora. Estoy hablando de mí mismo (...)”

“La única razón de mi zozobra era indudablemente el que sintiera que pertenecíamos a
Oriente, que éramos Europa oriental y no occidental. Sí, ni el catolicismo, ni nuestra
aversión hacia Rusia, ni las uniones de nuestra cultura con Roma y París, nada podían hacer
contra esa miseria asiática que nos devoraba desde abajo... toda nuestra cultura era como
una flor pegada a un piel de cordero (...)”
“Respecto a la revolución comunista era difícil hacerse ilusiones, habría significado la ruina
de todo cuanto se había conseguido, la pérdida de nuestra independencia y la llegada al
poder de fuerzas incontrolables, desprovistas de todo respeto por el hombre, crueles. Aún
existía la esperanza de que el país se recuperara poco a poco y se adhiriese al sistema del
bienestar occidental (...)”

“Esta atmósfera de espera reinaba también en la literatura, era como si los escritores
polacos no quisieran pronunciarse de forma más contundente hasta no estar seguros del
destino de la nación. Yo me rebelaba, por nada del mundo quería aceptar la postura de
espera y, al ver que era la comunidad quien la imponía, por nada del mundo quería ligar mi
destino al de la comunidad (...)”
“„Dadme un punto de apoyo y moveré la tierra de sus fundamentos‟. Aplicaba estas
palabras de Galileo (sic) a las condiciones polacas y se me ocurría que para mover algo en
Polonia hacía falta tener un punto de apoyo fuera de ella”. Quizás Gombrowicz haya
confundido a Arquímedes con Galileo por la atracción que el modelo de este último ejercía
sobre su imaginación, una atracción que pone al descubierto Milan Kundera.

Sesenta años después que Rimbaud hiciera el llamado a la modernidad Gombrowicz no


estaba tan seguro de que este llamado fuera necesario. En el medio de un mundo de
hombres paralizados a Gombrowicz se le ocurre ponerse en contra del lema del
romanticismo polaco que convocaba a los jóvenes a medir las fuerzas por las intenciones y
no las intenciones por las fuerzas.
Entonces escribe “Ferdydurke” con un propósito restringido, pero la obra se le va de las
manos, le sale el tiro por la culata y se pone en línea con la “Oda a la juventud” de Adam
Mickiewicz. Kundera contabiliza algunos elementos de “Ferdydurke” que están
relacionados con la familia y con una transformación del mundo que sigue el modelo de
Galileo, a la que se llamó modernidad.

La idea de Kundera es que Gombrowicz captó en “Ferdydurke” el giro fundamental que se


produce en el siglo XX. Hasta entonces la humanidad se dividía en dos, los que defendían
el statu quo y los que querían cambiarlo. En el pasado el hombre vivía en el mismo
escenario de una sociedad que se transformaba lentamente, de repente la historia se empezó
a mover bajo sus pies como una cinta transportadora sobre la que también viajaba el statu
quo.
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Por fin se podía ser a la vez conformista y progresista, equilibrado y rebelde. El sillón de la
historia empieza a ser empujado hacia delante por todo el mundo. Los colegiales modernos,
sus madres, sus padres, así como todos los luchadores contra la pena de muerte y todos los
miembros del comité para la protección de los recién nacidos y, por supuesto, todos los
políticos.

Los políticos, mientras empujaban el sillón, volvían sus rostros sonrientes al público que
corría tras ellos, y que también reía, a sabiendas de que sólo el que se alegra de ser moderno
es auténticamente moderno. Fue entonces cuando una parte de los herederos de Rimbaud
comprendieron algo inaudito: hoy, la única modernidad digna de ese nombre es la
modernidad antimoderna.
“¿Un punto de apoyo como el de Galileo fuera de Polonia? Pero ¿dónde? ¿En qué podía
apoyarme? Sólo podía apoyarme en mí mismo, debía buscar en mi yo a mayor profundidad,
allá donde ya no era polaco sino simplemente humano. Después de haber acabado mi
comedia „Ivona, princesa de Borgoña‟ que, si bien había sido publicada en „Skamander‟, no
tenía ninguna probabilidad de llegar al escenario en razón de su modernidad, me puse a
trabajar sobre una novela que jamás soñé que llegaría a titularse „Ferdydurke‟ (...)”

“Empecé a escribirla en un estado de ánimo extraño, como de desdoblamiento. Se


arremolinaban en mí ambiciones, rencores dolorosos, me sentía irritado y vengativo, así
como deseoso de probar mis posibilidades, pero al mismo tiempo, mi sentido común que
por suerte nunca me abandonaba, me dictaba que no debía medir mis fuerzas por mis
intenciones, sino más bien mis intenciones por mis fuerzas. (...)”
“Comencé pues el esbozo de algo que yo concebía como una simple sátira, nada más que
me permitiera sobresalir por mi humor y tal vez, ése era mi sueño, igualar a Antoni
Slonimski, cuyo sentido del humor admiraba. Éstas eran mis perspectivas al escribir las
primeras treinta o cuarenta páginas. Pero algunas escenas me salieron más fuertes... o tal
vez más estrafalarias (...)”

“La sátira se inclinaba hacia lo grotesco, a lo desenfrenado hasta más no poder, hacia lo
enloquecido e insólito y eso nada tenía que ver con el humor de Slonimski. Decidí
mantener toda la obra en este espíritu, volvía a comenzarla desde el principio y de este
modo, poco a poco, empezó a nacer un cierto estilo que iba a absorber mis sufrimientos y
rebeliones más esenciales (...)”
“Menciono estos detalles porque en la mayoría de los casos sucede así: „elevando‟ el texto
al nivel de los fragmentos más logrados, se crea la forma de la literatura”. Antoni
Slonimski, poeta, dramaturgo, publicista, crítico teatral, uno de los fundadores del grupo
“Skamander”, autor de unas famosas crónicas semanales, es pues el origen del universo
gombrowiczida, es el punto de apoyo inicial en la escritura de la primera novela de
Gombrowicz.

“Solonimski, éste sí que nos salió bien, por fin había un escritor de verdad, plenamente
realizado. Los versos de Slonimski no me seducían, para mí su poesía eclosionaba en la
prosa, en sus crónicas: allí es donde se largaba contra todo y contra todos y donde se
divertía, un maestro en organizar comedias de las que él mismo era protagonista. Yo afirmo
que con él se educó una generación; no necesariamente hay que ser un dios para tener
adeptos (...)”
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“Pero lo que considero importante y curioso es que la prosa de Slonimski, probablemente la


única prosa eficaz de la Polonia independiente, consistía en arrastrar las alturas hacia abajo,
hacia el terreno del sentido común y del pensamiento realista. Su fuerza consistía en
pinchar globos, pero eso no requiere mucha fuerza”.

El sentido del humor que Gombrowicz admiraba en Slonimski fue apagándose poco a poco
con el paso del tiempo a medida que Europa se encaminaba inexorablemente al desastre
total. En el año 1947 Antoni Slonimski escribe un poema: “Elegía por los pequeños pueblos
judíos de Polonia” en el que no quedan ni rastros del sentido del humor que había tenido
hasta entonces.
“Han desaparecido esos pequeños pueblos/ Donde el viento unía los cánticos bíblicos/ Con
las tonadas polacas y el lamento eslavo/ Han desaparecido esos pequeños pueblos/ Donde
el zapatero era poeta, el relojero un filósofo/ Y el peluquero un trovador”. Gombrowicz
explica en los diarios el por qué Slonimski cambió de humor de una manera tan amarga y
fundamental.

Cuando Gombrowicz empieza a garabatear “Fedydurke” todavía sigue en el riel de


Slonimski pues no encuentra ese punto de apoyo que, según creía él, buscaba Galileo. La
novela comienza cuando el protagonista treinteañero es raptado de su casa en una forma
infantil por un profesor que lo lleva a una escuela de adolescentes, a pesar de los lamentos
de la criada que no lo puede impedir porque el profesor la pellizca en las nalgas y la criada
pellizcada tiene que mostrar los dientes y estallar en una risa pellizcada.
En el medio de la narración el protagonista tiene unas aventuras en la escuela que culminan
con un duelo de muecas entre dos adolescentes líderes de dos agrupaciones que expresan su
antagonismo con intentos de violación por los oídos mediante la utilización de palabras
sublimes y obscenas, que caen en la vulgaridad y el anacronismo, y que no pueden darle el
triunfo a sus ideas.

En el colegio se habían formado dos bandos irreconciliables, el de los muchachones que


representaban ideales bajos, y el de los adolescentes que representaban ideales sublimados.
Si Polilla, el líder de los ideales bajos, realizaba su plan de violar la inocencia de Sifón, el
líder de los ideales sublimados, la realidad se convertiría en una pesadilla y el protagonista
ni siquiera podría soñar con la huida.
Pepe le está comentando en voz baja a un compañero que sería mejor disuadirlos de la
violación, pero Polilla se da cuenta: –¿Por qué te metes? ¿Quién te permitió chismear de
nuestros asuntos con Kopeida? ¡A él eso no le interesa! ¡No te atrevas a hablar de mí con
él!; –Polilla, no hagas eso con Sifón; –¿Por qué no?; –Porque no; –¿Sabes dónde te tengo
con Sifón?

¡Te tengo en el ... ¡Perdón! ¡En mi mejor estimación!; –No hagas eso, no se metan en eso.
¿Acaso no te ves haciendo eso? Oye, ¿tú te has imaginado eso?, ¿tú te has visto?, Sifón
atado en el suelo y tú violado su inocencia a la fuerza y por las orejas. ¿No te ves en eso?; –
Veo que tu también eres un digno adolescente. Sifón te ha influido, ¿no es cierto? Mientras
estaba diciendo esto le dio un punta pie.
¿Acaso porque Sifón es inocente tú tienes que ser indecente? Polilla se sumergió en
dolorosos pensamientos dejando por un momento la trivialidad y la vulgaridad y el rostro
se le descongestionó, pero cambió inmediatamente: –¡Cuculeíto! ¡Cucucaleíto! ¡No, no
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puedo permitir que consideren a los colegiales unos inocentes! ¡Tengo que violar por las
orejas a Sifón!

Cuando Pepe le propone la huida, Polilla empieza a soñar con el peón, la fraternización con
el peón es su ideal bajo. Pero de repente un rugido sarcástico estalló a dos pasos de ellos.
Sifón y Conejo, con algunos otros, se agarraban sus barrigas inocentes carcajeando y
rugiendo: –¡Te felicito, Polilla, te felicito! ¡Por fin sabemos qué se oculta en ti! ¡Sueñas con
el peón! ¡Finges ser un muchachón brutal, pero en el fondo eres nada más que un
sentimental soñador peonal!
Polilla se daba cuenta que la balanza se estaba inclinando peligrosamente a favor de Sifón,
entonces se le ocurre desafiarlo a un duelo de muecas. Eligen la hora, el lugar y las árbitros.
En el momento que lo están designando a Pepe como superárbrito, suena el timbre, se abre
la puerta y un hombrecito barbudo entra a la clase y se sienta sobre la tarima.

Pasa una hora, termina la clase y los alumnos profieren un rugido salvaje. El viejito
pestañeó y salió. El duelo de muecas iba a ser un duelo a muerte y no un palabrerío vano.
Conejo lo aconsejaba a Sifón: –¡No te asustes, piensa en tus principios! Teniendo
principios puedes en nombre de ellos fabricar fácilmente todas las muecas que quieras,
mientras él carece de principios y deberá fabricarlas, no en nombre de ningún principio sino
por su propia cuenta.
La cara de Sifón resplandecía pues los principios le daban el poder de poder siempre y con
cualquier intensidad. Los amigos de Polilla le aconsejaban que no se expusiera a la derrota:
–No te eches a perder, ni a ti ni a nosotros, mejor ríndete enseguida, finge que estás
enfermo y te excusaremos; –No puedo, ya están echados los dados. ¡Fuera! Pero la cara se
le alargó y dio muestras de un malestar pronunciado.

Los árbitros castañetearon los dientes: –¡Podéis empezar! Parecía que Polilla dominaba,
pero de pronto Sifón replicó alzando un dedo, hacia arriba, era un golpe poderoso. Polilla
alzó el mismo dedo, lo puso en la nariz, se rascó y escupió sobre él, se defendía atacando,
pero el dedo invencible de Sifón permanecía en las alturas. La situación de Polilla se volvía
terrible porque ya había gastado todas sus asquerosidades y el dedo de Sifón siempre
indicaba hacia lo alto.
De repente Polilla rompió el silencio con un grito espantoso; –¡A él! ¡A él! Se arrojó sobre
Sifón y le aplicó un flor de sopapo. Los muchachos se arrojaron sobre los adolescentes y
los maniataron con los tiradores. –¡Ah, mi adolescentucho inocente, tú creías vencerme!
Polilla estaba sentado sobre Sifón: –Dame tu orejita.

Por suerte se puede todavía penetrar en el interior por vía de las orejas. Se inclinó sobre él y
empezó a soplar. Sifón chilló como un chancho, viendo que no podía zafarse, rugió para
tapar las mortíferas palabras de Polilla que lo iniciaban y lo enteraban. Era increíble que los
ideales pudieran emitir semejante rugido, pero el verdugo rugió también: –¡Mordaza!
¡Métele mordaza! ¿Qué esperas?
Se lo estaba pidiendo a Pepe, era él quien debía ponerle la mordaza. “Justo en el momento
culminante de la atroz violación psicofísica que efectuó Polilla sobre Sifón, se abrió la
puerta y entró en la clase, como caído del cielo, Pimko, siempre infalible en toda su
personalidad excepcional: –¡Qué bien, los niños juegan a la pelota! ¡A la pelota, a la pelota
juegan! ¡Con qué gracia uno tira la pelota al otro, con qué soltura la agarra el otro! (...)”
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“Y viendo los rubores sobre mi cara, pálida y crispada por el pavor, añadió: –¡Oh, qué
colorcitos! Se ve que la escuela te resulta saludable y la pelota también, mi Pepito. Vamos,
te llevaré a la casa de la señora Juventona, donde alquilé una pieza para ti”

WITOLD GOMBROWICZ Y SALVADOR DALÍ

Los medios rudimentarios de expresión de la pintura y su vinculación ostensible con el


comercio y con el dinero eran las causas, según lo manifestaba el mismo, del desprecio
olímpico que Gombrowicz le tenía a la pintura, pero en el caso de Salvador Dalí, le
agregaba un desprecio más, lo despreciaba a él mismo. Y no lo depreciaba por que se hacía
el loco, también se hacía el loco Jarry, y a Jarry lo amaba.
Alfred Jarry montaba en bicicleta y le gustaba pescar, era muy diestro en el uso de la
espada y llevaba casi siempre dos pistolas descargadas con las que disparaba
simbólicamente contra todo pseudo artista o impostor intelectual que se cruzaba en su
camino. Muere alcoholizado y no llega a ver la publicación de “Gestas y opiniones del
doctor Faustroll, patafísico”.

Una cosa que siempre le anduvo dando vueltas en la cabeza a Gombrowicz era saber cuánto
de loco estaba, la sangre de los Kotkowski daba vueltas por su cabeza. En la vida corriente
no era tan extravagante ni tan loco como en la literatura, pero él quería experimentar en su
gran laboratorio, sacar consecuencias formales extremas de las ligeras alteraciones que
sufría su imaginación.
Dalí es conocido por sus impactantes y oníricas imágenes surrealistas. Sus habilidades
pictóricas se suelen atribuir a la influencia y admiración por el arte renacentista. También
fue un experto dibujante. Los recursos plásticos dalinianos también abordaron el cine, la
escultura y la fotografía, lo cual le condujo a numerosas colaboraciones con otros artistas
audiovisuales.

Dalí tuvo la habilidad de forjar un estilo marcadamente personal y reconocible, que en


realidad era muy ecléctico y que utilizó sistemáticamente innovaciones ajenas. Una de sus
obras más célebres es el famoso cuadro de los “Relojes blandos o La persistencia de la
memoria”. Como artista manifestó una notable tendencia al narcisismo y la megalomanía,
cuyo objeto era atraer la atención pública.
Esta conducta irritaba a quienes apreciaban su arte y justificaba a sus críticos, que
rechazaban sus conductas excéntricas como un reclamo publicitario ocasionalmente más
llamativo que su producción artística. Dalí atribuía su “amor por todo lo que es dorado y
resulta excesivo, y su pasión por el lujo y su amor por la moda oriental” a un
autoproclamado “linaje arábigo”, que remontaba sus raíces a los tiempos de la dominación
árabe de la península ibérica.

Lo peor que pudo ocurrírsele a Gombrowicz respecto a Stalisnaw Ignacy Witkiewicz es


compararlo con Salvador Dalí. “La casa de Zofia Nalkowska era uno de los centros de la
vida literaria de Varsovia. Inmediatamente después de la publicación de „Memorias del
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tiempo de la inmadurez‟ fui introducido en aquel salón cuyo adorno principal era una
palmera puesta en una inmensa maceta, cultivada con una ternura maternal por la señora
Zofia a quien le encantaban las formas extrañas de la naturaleza (...)”
“La señora Zofia, el único miembro femenino de la Academia de Literatura, se sentaba en
el sofá y guiaba las conversaciones a la manera de las distinguidas matronas de antes de la
guerra. Su talento mundano fracasaba únicamente en presencia de Witkiewicz; cuando
hacía su aparición ese gigante con cara de astuto esquizofrénico, la señora Zofia lanzaba a
sus confidentes unas miradas desesperadas, porque desde ese mismo momento se
malograba la conversación y Witkacy tomaba la palabra (...)”

“Ese hombre se moría si por un instante dejaba de ser el centro de interés, se tenía que
hablar de él, a él, o bien era él quien hablaba, no soportaba ninguna otra situación y cuando
a veces, gracias a los obstinados esfuerzos de la dueña de casa, se conseguía organizar una
segunda conversación al margen, empezaba a aburrirse tan intensamente y a callar de forma
tan manifiesta, que todos los presentes se sentían como en estado de pecado mortal (...)”
“Hay que añadir que Witkacy no era alguien que se expresara con sencillez, no había nada
más retorcido, estrafalario y difícil que su modo de hablar, calculado para producir estupor,
rayando en la patraña, en la payasada. Lo que decía era sin duda inteligente, pero
terriblemente frío, cínico, monótono; por su tipo de locura se asemejaba a un payaso de
hoy: Salvador Dalí”

Gombrowicz veía a Witkiewicz a menudo en su juventud, pero tenía que utilizar alta
diplomacia para mantener una cierta armonía con una naturaleza tan diferente de la suya.
Hay que decir que Witkiewicz también le tenía paciencia a él. Gombrowicz, que conocía el
egocentrismo agresivo de ese gigante pesado, estaba dispuesto a romper las relaciones con
él en cualquier momento, así que no le importaba que para diferenciarse de Witkiewicz
tuviera que insistir en la representación del papel de un terrateniente snob y amanerado.
Witkacy se daba cuenta que le respondía con su propia pose a su pose, pero el séquito de
tontos que lo rodeaba, en cambio, lo consideraba a Gombrowicz como a un verdadero
idiota. Hay que decir, no obstante, que este hombre endemoniado luchaba contra el
fanatismo nacionalista, contra los delirios de grandeza polacos, contra la misión de Polonia
“Semper fidelis” en los confines de Europa.

Despreciaba a los intelectuales polacos mediocres. El elemento que lo hace a Witkacy tan
familiar a nuestro presente es el demonismo, un demonismo al que Gombrowicz califica de
monstruosidad. Su objetivismo inhumano se transformó en algo escandalosamente humano,
se transformó en cinismo, y el cinismo se metamorfoseó en brutalidad sexual. A las
monstruosidades del cinismo del intelecto y de la brutalidad del sexo Witkiewicz le agregó
otra monstruosidad más: el absurdo.
Impotente y desesperado frente la insensatez del mundo lleva el absurdo al punto de
convertirse él mismo en un absurdo, un sin sentido que utiliza para vengarse de los hombres
en todos los planos de la existencia. “Finalmente llega a la monstruosidad metafísica.
Quiere alcanzar el escalofrío metafísico que nos arranca de lo cotidiano, colocando a la
naturaleza humana en contacto inmediato con su insondable misterio (...)”

“Por otra parte, esta metafísica no eleva al hombre, al contrario, lo desfigura. Witkiewicz
tiene algo de un ser fantástico por su deforme y convulsa capacidad de excitarse frente al
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abismo de su propia persona. El frío sadismo con el que este autor trata los productos de su
imaginación no se apaga jamás, ni siquiera un segundo. La metafísica es para él una orgía,
en la que se abandona con el enfurecimiento de un loco”
Gombrowicz era el benjamín de un grupo que recibió el nombre de los tres mosqueteros:
Stanislaw Ignacy Witkiewicz, Bruno Schulz y Witold Gombrowicz. Sin embargo, ninguno
de los tres tenía un sentimiento marcado de pertenencia a ese clan de escritores cuyo
horizonte era bastante diferente al del nivel medio de la literatura polaca. Bruno Schulz
llevó a Gombrowicz a la casa del más loco de los mosqueteros: Stanislaw Ignacy
Witkiewicz.

De ese modo esos tres hombres que trataban de orientar la literatura polaca hacia nuevos
caminos, que tuvieron una gran influencia en el arte polaco y que fueron apreciados en el
mundo, se encontraban por fin juntos. Si dejamos un poco de lado el entusiasmo de Schulz
por Gombrowicz se podría decir que el escepticismo y la frialdad reinó siempre entre ellos.
Gombrowicz no creía en el arte de Witkacy, y Witkacy pensaba que Gombrowicz era
demasiado hijo de mamá, no esperaba de él nada extraordinario. Desde el primer encuentro
Witkiewicz lo cansó y lo aburrió, se atormentaba a sí mismo y a los demás con una
actuación teatral incesante para sorprender y centrar la atención de los demás en él. Sus
defectos eran también los de Gombrowicz que los observaba en Witkacy como en un espejo
deformante, monstruoso y de proporciones apocalípticas.

Cuando le mostró su “museo de los horrores” en el que lucía la lengua seca de un recién
nacido Gombrowicz lo detuvo con una actitud de hidalgo polaco: –¡Pero no nos enseñe
cosas semejantes! ¡Eso es incorrecto! Fue el instinto de conservación, Gombrowicz sabía
que si no se le oponía de inmediato lo iba a dominar e incluir en su séquito.
A pesar de los antagonismos y animosidades de los tres mosqueteros tenían en común el
deseo de sobrepasar los límites del provincianismo polaco y salir a aguas más abiertas
respirando el aire de Europa y del mundo, al contrario de los ases locales que eran cien
veces más polacos. Los tres mosqueteros conocían el valor de la originalidad en una
medida universal más que local, y abordaban el arte formados en técnicas y conceptos
extranjeros de vanguardia decididos a tomar a la literatura polaca por los cuernos.

Renunciaron a muchos amores que podían atarlos y fueron más libres e incisivos, más
severos y dramáticos. La inteligencia y la intransigencia de Witkiewicz eran espléndidas
pero exageraba su actitud de teórico endemoniado y no se daba cuenta de que aburría, su
incapacidad de tratar con un hombre vivo sin considerarlo una abstracción era irritante y lo
convirtió en un hombre seco y farsante.
Witkacy, el demonio, acabó consigo de una manera demoníaca. Huyendo de los
bolcheviques en la última guerra se mató en un bosque. Witkiewicz no creía en la
casualidad. Se creyó un profeta. Cuando comenzó la guerra intentó entrar como oficial de la
reserva, pero a causa de su edad no recibió la orden de movilización. En diciembre de 1939,
al conocer que el Ejército Rojo había invadido Varsovia, salió de su casa en busca de un
buen árbol a cuyo pie matarse.

Una hora después encontró una encina en medio del bosque. Comenzó a inyectarse en el
brazo una droga para que la sangre le circulara más rápidamente y la perdiera de prisa, y
luego ingirió bastante luminal. Se hizo un tajo en una vena con una hoja de afeitar. Al día
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siguiente lo encontraron muerto al pie de la encina, las bellotas seguían cayendo sobre su
cuerpo.
Stanislaw Ignacy Mitkiewicz quiso tener más de un nombre, como también los tiene el
diablo, y adoptó el seudónimo de Witkacy para distinguirse de su padre, Stanislaw
Witkiewicz, pintor y escritor como él. “La derrota que sufrió Witkacy era inteligente: el
demonismo se convirtió para él en un juguete, y ese payaso trágico estuvo muriéndose
durante su vida (...)”

“Se estuvo muriendo como Jarry, con un palillo entre los dientes, con sus teorías, con la
forma pura, sus dramas, sus retratos, sus 'tripas', su 'panza' y sus colecciones porno-
macabras. Lo que se destaca en él es la impotencia frente a la realidad y la suciedad de su
imaginación, que no era sólo el resultado de la irrupción de lo asqueroso en el arte europeo,
sino también la expresión de nuestra impotencia ante la suciedad (...)”
“Era una suciedad que nos devoraba en una casa de campesinos, en el camastro judío, en
las casas sin retrete. Los polacos de nuestra generación ya percibían con toda claridad la
suciedad como algo extraño y horrible, pero no sabían qué hacer con ello, era un forúnculo
que llevaban encima y cuyas ponzoñas los envenenaban (...)”

“Witkiewicz, desenfrenado y perspicaz, cuya inspiración provenía del cinismo, era


suficientemente degenerado y loco como para salir de la normalidad polaca hacia unos
espacios ilimitados, y al mismo tiempo lo bastante sensato y consciente como para devolver
la locura a la normalidad y unirla a la realidad. Sin embargo, desaprovechó su talento
seducido por su propio demonismo, sin saber unir lo anormal a lo normal y fue víctima, por
lo tanto, de su propia excentricidad”

WITOLD GOMBROWICZ Y WIADOMOSCI LITERACKIE

Mieczyslaw Grydzewski, periodista y redactor, fue jefe, antes de la segunda guerra


mundial, del semanario Wiadomosci Literackie y de la revista poética Skamander. Durante
y después de la guerra fue jefe del semanario Wiadomosci en Londres. “Wiadomosci
Literackie, era una revista redactada según el espíritu masónico y liberal, como se decía en
aquellos tiempos (...)”
Diré francamente que, según mi opinión, la inteligencia de Grydzewski aunque aguda y
viva, no era lo suficientemente sagaz y profunda como para percibir el significado de una
literatura tan difícil como la mía. No quiero decir con esto que mis obras fuesen geniales,
sino que por su voluntad de novedad y originalidad eran mucho más difíciles de juzgar que
las obras standard”

“Si yo me hubiese hecho amigo de los Skamandritas, si hubiese divulgado sus chistes, si
hubiese visitado la redacción de Wiadomosci y si me hubiese prosternado ante Tadeuz Boy
Zelenski, las cosas habrían seguido probablemente otros derroteros, porque Grydzewski se
regía por simpatías y antipatías personales. Las cotizaciones en la bolsa literaria eran
resultado de un juego político, de intrigas, de camarillas que se combatían mutuamente, de
todo menos del arte y de la literatura (...)”
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Las espinas que a Gombrowicz le habían clavado en la garganta tanto Boy Zelenski como
Grydzewski tenía un cierto parentesco pero eran diferentes. “Voy a contar alguna que otra
cosa de mi viaje a Italia; fue mi última confrontación con Europa antes de la guerra, aquella
primavera italiana era espléndida”. Gombrowicz se había entregado al vagabundeo, el gran
esfuerzo que le había demando “Ferdydurke” había quedado a sus espaldas.

En ese año el jurado de “Wiadomosci Literackie” debía fallar sobre el mejor libro de 1937,
Gombrowicz empezó a gastar zlotys a cuenta, pero el premio se lo dieron a Boy Zelenski.
“No me importó mucho, con premio o sin premio sabía que había entrado en la literatura
polaca para siempre. Descansaba”. Hacia el año 1930 había empezado a frecuentar los
cafés literarios y seguía escribiendo novelas cortas.
Decide permanecer en Radom pero choca con la hostilidad de los abogados locales que en
su gran mayoría pertenecían al Partido Nacional, una agrupación política de derecha. Los
partidarios de esa agrupación se escandalizaban por las relaciones que tenía Gombrowicz
con centros de izquierda y, particularmente, por las que tenía, aunque no tan buenas, con
Wiadomosci Literackie. Desde ese mismo momento renunció a la continuación de su
carrera jurídica.

“Alguien de quien se tuviera la más ligera sospecha de antisemitismo no podía estar


apoyado por Wiadiomosci y yo tuve la mala suerte de que el protagonista de „El diario de
Stefan Czarniecki‟ naciese de padre aristócrata polaco y madre judía, y esto bastó para que
Wiadomosci enfriara sus relaciones conmigo. No había ninguna razón para ello, ya que en
ese cuento las cuestiones raciales, en el sentido corriente de la palabra, no me interesaban
en absoluto (...)”
“Tenía muchos amigos judíos y nunca me había entregado al antisemitismo, pero ¿qué
podía hacer la inocencia del artista frente a la furia política de los redactores? Wiadomosci
jamás se ocupó de mi literatura, limitándose a escribir críticas favorables pero moderadas,
por lo cual, creo, Grydzewski debe estar hoy royendo sus puños, cuando mis libros han
alcanzado prestigio en Europa”

Cuando la guerra destruyó a toda Polonia y a buena parte de Europa los polacos trasladaron
su actividad literaria a “Wiadomosci” en Inglaterra y a “Kultura” en Francia. El redactor de
Wiadomosci Literackie, Mieczyslaw Grydzewski, no gozaba de la simpatía de
Gombrowicz, pero sí empezó a gozar de mi simpatía después de haber leído un relato muy
llamativo que aparece en “Recuerdos de Polonia”
Gombrowicz le había echado el ojo a una joven que lo miraba con cierto interés; un día
Gombrowicz se animó y la invitó a tomar un té en su casa: –De acuerdo, ¡pero que no nos
vea nadie!; –Bien, mañana a las cinco la espero en casa. Al día siguiente, mientras
aguardaba a la joven, lo llamó por teléfono Grydzewski, el redactor era un arrogante obtuso
que se daba aires con tono de comandante en esa revista de espíritu masónico liberal.

En ese momento llegó la joven vergonzosa, Gombrowicz decidió hacer esperar al redactor
Grydzewski para que juntara toda la rabia posible, finalmente levantó por segunda vez el
tubo: –¿Por qué hay que esperarlo tanto tiempo a usted Gombrowicz?; –Disculpe, señor
Grydzewski, me he demorado un poco en el water– esto se lo dijo vocalizando lentamente
cada palabra.
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La joven escuchaba esta conversación y se le acrecentaban las preocupaciones: –¡Usted


seguramente se imagina Dios sabe qué cosas! ¡Pero yo no soy de esa clase de mujeres! He
venido para hablarle seriamente, quiero ayudarle, veo que usted se atormenta; –Bueno,
pero, ¿no considera usted que me ha engañado?; –¡Por quién me toma usted! Sí, es verdad
que usted me interesó, ¡pero sólo porque usted es un hombre descarriado!

La rabia que tenía Gombrowicz contra algunos personajes de Polonia de antes y después de
la guerra se actualizó cuando recibió el Premio Internacional de Literatura. “¡Oh, literatura
polaca! Yo, el andrajoso, el desplumado, el maltratado, yo, el presumido, el renegado, el
traidor, el megalómano deposito a tus pies este laurel internacional, el más sagrado desde
los tiempos de Sienkiewicz y de Reymont!”
Especialmente se complacía en atormentar a los polacos residentes en Londres, miembros
de la revista Wiadomosci cuyo redactor era Grydzewski, a los que trataba como si fueran
un nido de víboras. “¡Lo veis palurdos! Qué fácil es permanecer con los Copérnicos.
Resulta más difícil adoptar una actitud inteligente y honesta ante los valores vivos de la
nación”

Los amigos de Gombrowicz le reprochaban que se pusiera a discutir con cualquiera de los
que escribían en Wiadomosci, pero a él le gustaba aporrearse con el primero que se le
cruzaba. De esta manera se disipaba la superioridad artificial del escritor, desaparecía la
distancia que lo protege de los lectores, y se manifeestaba con crueldad la superioridad
esencial y la inferioridad real. El juicio del inferior hiere y duele, y no es verdad que a los
escritores no les importe en absoluto.
“Debo precisar aquí, que según mis juicios de aquella época, lo que se llama falta de tacto
era, en el arte, un factor altamente creativo, consideraba que un artista que temía cometer
una incorrección, producir un disgusto, no valía gran cosa, y que no debería someterse a las
formas mundanas quienes creaban la forma. Así pues, me daba perfecta cuenta de que lo
escribía era inconveniente y que por esta razón lo había escrito (...)”

“Mi comportamiento desde el punto de vista del decoro ordinario, revestía para mí un
carácter de un sentido más profundo, era un experimento, una infracción consciente de la
forma”. Cuando Gombrowicz llega a la Argentina empieza a realizar experimentos con su
comportamiento, estas maniobras las sigue realizando hasta que se vuelve a Europa, es
decir, sigue poniendo a prueba su idea de que el artista debe producir disgustos.
Cuando a fines de 1945 Gombrowicz anuncia en el café Rex que va a regresar a la literatura
con la traducción de “Ferdydurke”, sus amigos se proponen ayudarlo. Era preciso
asegurarle la subsistencia para que se dedicara exclusivamente a la traducción; Adolfo de
Obieta se ocupa de organizar a los amigos. “En lugar de buscar un mecenas habíamos
tenido la idea de reunir a una docena de amigos de buena voluntad (...)”

“Su contribución sería de cien pesos cada uno, lo que nos permitiría reunir mil doscientos
pesos, o sea era una subvención de trescientos pesos por mes. Se precisaba que no se
trataba de un regalo sino de un préstamo, pues los cien pesos les serían devueltos a cada
contribuyente cuando se cobraran los derechos de autor. Era una especie de fondo nacional
para las artes (...)”
“Pero en esta ocasión, como en tantas otras, la solución vino de parte de Cecilia Benedit de
Debenedetti a quien Gombrowicz dedicó la primera edición argentina de „Ferdydurke‟”.
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Adolfo de Obieta había publicado, antes de que Gombrowicz emprendiera la traducción de


“Ferdydurke”, un cuento que forma parte de esta novela: “Filifor forrado de niño”. A pesar
de la buena voluntad que le manifestaba el hijo de Macedonio Fernández Gombrowicz no
hacía excepciones con él.

“Hubiera podido escribir un libro sobre el arte de caer en desgracia. Creo que González
Lanuza ha dado cátedra acerca de las cien maneras de hacerse querer; Gombrowicz hubiera
podido describir las cien maneras de resultar desagradable. A parte del hecho de que diera
vueltas en torno a su órbita solitaria, era capaz, en el momento de sus apariciones, de dar
pruebas de un talento único para desagradar (...)”
“No hacía como algunos aristócratas que se muestran groseros durante dos minutos para
liberarse para siempre de una persona molesta, sino que a veces se entusiasmaba con sus
maniobras de autodefensa y era capaz de alienarse a personas que podrían admirarle y
ayudarle. Ese demonio nunca lo abandonó. Me gustaría añadir, para rendirle un homenaje,
que nunca lo he oído quejarse (...)”

“Este hombre que había escrito „Ferdydurke‟, que se había quedado sin nada, que no podía
regresar a Polonia, encontraba probablemente más gracia y más lógica que nosotros en su
propia vida. El aristócrata podía ser incisivo, excesivo, antipático, pero no podía ser
amargo. Su respuesta no era el gruñido, ni la irritación, ni la resignación, su respuesta era
Gombrowicz”
Eduardo González Lanuza padeció el exceso de antipatía que despertaba Gombrowicz más
que ningún otro hombre de letras argentino. Cuando apareció el “Diario argentino” escribió
una nota excelente para la revista “Sur”, un texto que la Vaca Sagrada le pidió como
testimonio para su “Gombrowicz en Argentina”, pero no lo publicó. De igual modo le
mandó un ejemplar dedicado a través de Alicia Giangrande, la Finada.

“Debo agradeceros los trabajos que os habéis tomado para enviarme el tomo del repelente
Gombrowicz, o como sea, aunque acaso hubiese sido mejor que directamente se lo
hubierais entregado a alguno de sus admiradores. No sé por qué la señora Rita se tomó el
trabajo de pedir mi autorización para publicar mi artículo de „Sur‟ y, a última hora, decidió
prescindir de él (...)”
“Pero la señora no prescindió de alguna carta de ese caballero en la que me alude con su
habitual insolencia.: „Está aquí González Lanuza que huye de mí tal un conejo ante un león
embravecido, pero no tiene donde escaparse así que lo agarro y lo jodo‟ (carta desde
Piriápolis, 14 de febrero 1963 a Mariano Betelú a quien en otras cartas le llama
„cariñosamente‟ con el significativo sobrenombre de „Flor de Quilombo‟!!!) (...)”

“En verdad, cuando veía llegar a Gombrowicz con su estampa de antipático profesional, de
haber sido ello posible, mi primer deseo hubiera sido desaparecer, no por el insensato temor
conejil que me atribuía en esa carta, sino por liberarme de la presencia de su presuntuosa y
presunta superioridad, que me producía, no temor, sino algo muy distinto y molesto:
aburrimiento (...)”
“La pedantería siempre me ha resultado insoportable: era bastante sintomática su
preferencia por la inmadurez juvenil, no del todo desprovista de cierto matiz pederástico”.
Hay que decir, sin embargo, que González Lanuza escribió hace más de cuarenta años un
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buen texto sobre el “Diario argentino”, una pequeño ensayo que aventaja con holgura
muchas intervenciones posteriores de los escritores hispanohablantes.

Algunos de sus pasajes nos muestran cuánta era la paciencia que tenía con Gombrowicz.
“Erguido, con el aire de quien se ha tragado un asador y se siente feliz al no acabar de
digerirlo, sentado frente a su interlocutor, pero no del todo de frente, sino de modo tal que
su mirada formara un ángulo, no excesivo pero evidente, digamos de unos quince grados
aproximadamente (...)”
“Con esa pequeña pero significativa desviación señalaba las diferencias entre el ser y el no
ser, accediendo al reconocimiento del semiser ajeno, no por caridad, sino por necesidades
intelectuales imprescindibles para no confesarse que estaba hablando a solas. Nos dice que
durante un tiempo se hizo pasar por conde. En realidad habría que reprocharle la excesiva
facilidad del embuste, pues su natural empaque lo hace de una verosimilitud abrumadora
(...)”

“Padecí el flagelo de su inteligencia, tan lúcida como inaguantable por su inmisericorde


falta de intermitencias, durante las largas tardes arruinadas por ella, de un verano entero en
mi retiro piriapolitano. Llegaba con el confesado propósito de discutir conmigo. Ver
disminuir la numerosa soledad de mis pinos marítimos por la condescendiente presencia de
un caballero polaco que venía a imponerme su personal necesidad de training intelectual
(...)”
“Me adjudicaba una hipotética, y desde luego provisoria, existencia, sin otra finalidad que
la de cerciorarse de la indiscutible seguridad de la suya, no era para mí, ni desde luego para
mi mujer, un especial motivo de deleite (...) No soy un excesivo cultor de lo que se llama
„urbanidad‟. Lo declaro antes de referir una anécdota reveladora de que a todo hay quien
gane (...)”

“Una de esas tardes estaba en casa nuestro amigo Franco de Segni que preparaba una
exposición de „móviles‟, y que había hecho con algunos de sus modelos, unos graciosos
dijes de oro. Mi mujer tenía uno puesto cuando apareció el inevitable Gombrowicz. El
encuentro entre Franco y Witold no era de los fáciles. Para tratar de facilitarlo, mi mujer se
sacó el dije y se lo alargó al recién llegado, diciéndole: –Es obra de nuestro amigo (...)”
“Gombrowicz se limitó a tomarlo entre sus dedos con la asqueada curiosidad con que
podría haberlo hecho con un bicho poco interesante, y tras muy breve silencio emitió su
inapelable veredicto al tiempo que devolvía el cuerpo del delito: –Inmoral. Una de sus
fobias de entonces era Borges, que acababa de recibir el premio Formentor, poco después
adjudicado al propio Gombrowicz (...)”

“Como conocía mi admiración por su obra, procuraba estimular mi indolencia polémica


con sus ataques ingeniosamente malévolos de divertida arbitrariedad. De pronto se me hizo
sospechosa cierta actitud reticente que en vano trataba de ocultar lo ya inocultable: –
Gombrowicz –le dije– ¿Ud. ha leído a Borges?; –Naturalmente que no –respondió
imperturbable– ni pienso, con la pobre opinión que tengo sobre su obra (...)”
“Nunca he oído dicterio más borgiano contra Borges, cosa nada extraña, pues en materia de
arbitrariedad es más lo que les asemeja que lo que les diferencia entre sí”. Puede ser que en
la naturaleza de las provocaciones que realizaba Gombrowicz esté presente el conflicto
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sartreano de la lucha de las trascendencias en la que cada uno trata de exceder al otro con la
suya... puede ser.

“El Gran Dictador” es una película de Chaplin en la que Hitler y Mussolini, sentados en los
sillones de una peluquería, levantan sus asientos con una palanca buscando ambos elevarse
sobre el nivel del otro y sobrepasarlo, un símbolo de la lucha entre dos trascendencias. La
casa de González Lanuza en Piriápolis fue un lugar de maniobras en el que Gombrowicz se
introdujo cuanto quiso sin que nadie lo llamara.
Acostumbraba a caracterizar estas intrusiones estrafalarias en la correspondencia que
mantenía con nosotros. “Está aquí González Lanuza que huye ante mí tal un conejo ante un
león embravecido, pero no tiene donde escaparse así que lo agarro y lo jodo”. El pobre
González Lanuza, miembro ilustre de la Academia Argentina de Letras, que quería parecer
una persona respetable, de repente se dio cuenta que a esa augusta sociedad de escritores
había entrado un mono por la ventana.

El mono saltaba de un lado a otro y no lo podían atrapar. El cuadrumano, nacido en


Polonia, con el tiempo llega a tenerles cariño y confianza a esos pobres escritores
desgraciados y los empieza a morder. Y los pobres hombres de letras tranquilizados a duras
penas después de muchos años de lucha con su neurastenia y con sus infortunios, no saben
qué hacer.

WITOLD GOMBROWICZ Y LAS MUJERES DE ANTES

“Debo hablar también un poco de las mujeres de esa época lejana... Mi madre y mi
hermana eran virtuosas, creyentes, con principios, como se solía decir entonces, por lo tanto
las representantes del bello sexo que frecuentaban nuestra casa se caracterizaban más por
sus virtudes que por su coquetería. Las distintas amigas de mi hermana Rena, que
pertenecían a la Asociación de Mujeres Terratenientes o a la Acción Católica, se dedicaban
generalmente a actividades filantrópicas y no se mostraban nada dispuestas al flirteo (...)”
“Mis hermanos, mayores que yo, se sentían perjudicados, ya que por lo general las amigas
de la hermanas son un coto de caza natural para los hermanos; por esta razón su actitud
hacia esas amigas y hacia los principios que ellas practicaban era bastante hostil y maligna
Pero había mucha ponzoña en las familias piadosas, lo cual demostraba la virulencia con
que se producía el proceso de maduración en el seno de la sociedad (...)”

“Polonia era por aquel entonces un país de estilos agonizantes, de las formas que se
remataban como a un animal enfermo... ¿Pero acaso esos chirridos formales no eran para
mí una verdadera ganga en el momento de escribir „Ferdydurke‟? No siempre el deseo de
venganza de la generación que prosperaba tomaba una forma dramática. Uno de mis
amigos se llevaba mal con una de sus tías (...)”
“Esta tía, que actuaba como guardiana y protectora, había condenado públicamente sus
esponsales con una señorita no lo suficientemente bien. Entonces mi amigo se buscó una
mujer conocida como callejera, que no se presentaba nada mal, le enseñó en unas cuantas
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lecciones de las llamadas maneras de los salones y la introdujo con un nombre falso en el
salón de la tía (...)”

“La cortesana se comportó al parecer, perfectamente, bebía el té y comiscaba los bocaditos


de una manera irreprochable, pero resultó que tenía demasiados conocidos entre los señores
allí presentes, lo cual provocó pavor, el pavor pánico, y el pánico escándalo, terminando de
patitas en la calle no solamente la pobre prostituta sino también mi amigo”. Las polacas de
su generación tuvieron un verdadero maestro en Tadeusz Boy Zelenski.
Médico, poeta, escritor, crítico literario y teatral, traductor de más de cien títulos de
literatura francesa, desmitificador de las tradiciones nacionalistas de la nobleza y de la
iglesia, fue asesinado por la Gestapo en 1941. Pertenecía a la generación anterior a la de
Gombrowicz, inteligente y talentoso dedicó buena parte de sus energías a achicar la brecha
que existía entre Polonia y Occidente.

Gombrowicz se veía poco con Boy, apenas tenía contacto con las mujeres que lo rodeaban,
un séquito de segunda mano, mujeres de letras entradas en años que constituían el estado
mayor femenino del maestro. También había mujeres jóvenes y hermosas, actrices, poetisas
o a veces simplemente muchachas atraídas por un ambiente donde su belleza podía
resplandecer si correr riesgos.
Pero estas jóvenes que venían a buscar la vida fácil en la órbita de Boy, tenían una actitud
deliberada, y su deseo de emancipación era demasiado estereotipado, entonces, no
resultaban atractivas y hasta llegaban a ser irritantes. La vieja generación de las mujeres de
la intelligentsia cargaba con los lugares comunes que había heredado de la tradición y de la
literatura de la época anterior.

Eran unas mujeres que estaban dispuestas a cumplir una misión y hablaban en nombre de
principios superiores. Eran unas señoras un tanto exageradas, poco flexibles, ingenuas y
casi infantiles frente al papel glorioso que habían elegido. Las hijas de estas señoras ya
ejercían un mayor control sobre sí mismas.
Una señorita normal, que no rehuía ni a la diversión ni al flirteo, que deseaba casarse, no se
sentía cómoda en la armadura de su madre que no estaba hecha a su medida, a menudo
perdía el sentido de la proporción, comprendía mal lo que se le pedía y cuáles eran sus
deberes. A todo esto se agregaba una contradicción más entre el ambiente de los
establecimientos de enseñanza donde reinaba el liberalismo y el espíritu de austeridad que
alimentaba su casa.

Boy estaba acercando el modelo de la femineidad polaca al modelo francés, pero entonces
vino la guerra y el comunismo y la historia dejó descalzos a los hombres. Polonia se estaba
transformando lentamente pero, de pronto, la historia empezó a moverse otra vez bajo sus
pies. A Gombrowicz le empezaron a molestar las damas de la sociedad ya desde joven, la
más de las veces le resultaban insoportables por su grandilocuencia ingenua y
supercómoda.
El programa sublime de estas mujeres era conseguir un marido que ganara dinero o que
sacara beneficios de sus dominios, mientras ellas desempeñaban el papel de guardianas de
unos ideales a los que no les miraban los dientes porque les venían de unos padres y
abuelos venerados.
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La nueva generación estaba irritada con esta falsedad de su actitud y de su tono, cada vez
más evidente. Pero Gombrowicz no sólo remataba como a un animal enfermo las formas de
las mujeres de antes, también remataba las formas de las mujeres modernas. El protagonista
de “Ferdydurke” se propone descubrir el talón de Aquiles de los Juventones y decide
espiarlos.
“Agucé los sentidos. ¡Bestializado espiritualmente, era como un salvaje animal civilizado
en el Kulturkampf! Cantó el gallo. Primero apareció Juventona en una robe de chambre a
medio peinar”. La Juventona entró al closet-water y salió de allí más orgullosa que al
entrar. De este templo sacaban su poder las modernas esposas de los ingenieros y los
abogados.

Salían de ese lugar más perfectas y culturales, llevando en alto la bandera del progreso, de
ahí provenían la inteligencia y la naturalidad con las que la Juventona atormentaba al
protagonista. Enseguida apareció el Juventón trotando en pijama, carraspeando y
escupiendo ruidosamente. Al ver la puerta del closet-water risoteó y entró jugueteando.
Salió desmoralizado, con una cara lujuriosa y vil, parecía un tonto.
A Pepe le extrañó que mientras el clost-water ejercía una influencia constructiva sobre la
esposa, sobre el esposo actuaba destructivamente. Mientras tanto la doctora se había
bañado, se secaba y hacía ejercicios. . Hizo doce cuclillas hasta que los senos sonaron, al
protagonista le empezaron a bailar las piernas en un bailoteo infernal y cultural. La
intranquilidad de los perseguidos aumentaba porque se sentían mirados.

La doctora trataba de organizar a ciegas una defensa y toda la tarde se dedicó a la lectura de
Russell, mientras al esposo se le dio por leer a Wells. No conseguían ubicar su desasosiego,
no podían permanecer sentados pero tampoco podían permanecer de pie, el Juventón
buscaba la complicidad de Pepe guiñándole un ojo. Se acercaba la noche y con ella la hora
decisiva.
Los Juventones entraron al dormitorio y el protagonista corrió para escuchar detrás de la
puerta y mirar por el ojo de la cerradura. El ingeniero en calzoncillos y sumamente risueño
le contaba a la doctora anécdotas del cabaret: –¡Basta, cállate!; –Espera, chinita, enseguida
terminaré; –No soy ninguna chinita, me llamo Juana, sácate los calzoncillos o ponte los
pantalones; –¡Calzoncillitos!; –¡Cállate!; –Enciende la luz, vieja; –No soy ninguna vieja.

Juana se preguntaba qué les estaría pasando, le pedía al esposo que volviera en sí, que
juntos iban hacia los tiempos nuevos como luchadores y constructores del mañana: –Así es,
una gorda, gorda langosta conmigo se acuesta. A pesar de su gordura es muy soñadura.
Pero a él no se le antoja porque ya es muy floja. La doctora lo convoca a que piense en la
abolición de la pena de muerte, en la época, en la cultura, en el progreso.
Victorcito trotando pega brincos; –¡Víctor! ¿Qué dices? ¿Qué te picó? ¡Hay algo malo!
¡Algo fatal en el aire! La traición; –La traicioncita; –¡Víctor! ¡No uses diminutivos!; –La
traicionzuelita. Empezaron a manotearse, uno prendía y otro apagaba la luz, la Juventona
jadeaba y el ingeniero jadeaba y chillaba de risa: –¡Espera que te dé una palmadita en el
cuellito!; –¡Jamás, suelta o morderé! Víctor echó de sí todos los diminutivos amorosos de
alcoba.
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El infernal diminutivo que tan decisivamente había pesado en el destino del protagonista
ahora le hacía sentir sus garras a los Juventones. El paso de Pepe para descalabrar a la
modernidad estaba dado, había preparado todo para el derrumbe final.

WITOLD GOMBROWICZ Y LOS DANCINGS VARSOVIANOS

“Casi no frecuentaba locales nocturnos. El alcohol no me llamaba demasiado la atención, el


baile tampoco, y los asiduos de esos diversos dancings, tanto los hombres como las
mujeres, me parecían poco interesantes. Esa vida dorada sobre el fondo de la miseria
varsoviana era demasiado chocante, más de una vez percibí un sentimiento de odio en los
ojos de los obreros que reparaban el pavimento en la madrugada (...)”
“Ese odio aparecía cuando nosotros, vestidos con nuestros abrigos de pieles salíamos de
esos locales y llamábamos a unos taxis. Aunque también era verdad, que si esos obreros
hubieran podido mirar en nuestros bolsillos vacíos y, más aún, en nuestros estómagos
vacíos, habrían comprendido enseguida que esas orgías no eran tan orgiásticas como
pudiera parecer (...)”

“Pero las apariencias debían ser hirientes: por un lado el obrero, trabajando a la intemperie
y por otro unos burgueses saliendo de una juerga en compañía de chicas. Sospecho que en
la Polonia de antes de la guerra existía más apariencia de agravios e injusticia que una
verdadera explotación social. A simple vista, el abismo que separaba a un conde, un
terrateniente, un señorito, un fabricante o un intelectual de un obrero parecía inmenso (...)”
“En realidad hasta ese propietario, terrateniente, fabricante o conde estaban en ocasiones en
las últimas y les faltaba dinero para cubrir sus gastos indispensables. Las apariencias eran
aún altivas y orgullosas: reverencias, títulos, obsequiosidad, pero, a decir verdad, nadie
vivía en la opulencia y cada uno se rompía la cabeza para que, dentro de su nivel, le
alcanzara el dinero (...)”

“También pasaba a veces que cuanto más fortuna tenía uno, tantas más penas. Mi miserable
ingreso de intelectual me permitía salir al extranjero cuando me daba la gana, mientras mis
diversos tíos, grandes terratenientes, no se podían mover de su sitio vigilando los impuestos
y los pagos, y corriendo detrás de los préstamos. Fue en uno de esos dancings varsovianos
que conocí a Zbigniew Unilowski”
Los modales en la Polonia del joven Gombrowicz habían llegado a un punto extremo. En
esa época un caballero, después de haber entrado a un baño público, se dio cuenta de que
no tenía papel. Trepó el tabique que lo separaba del baño contiguo: –Permítame que me
presente. Soy el señor X. ¿Puede darme un trozo de papel? El otro caballero trepó también
la pared: –Encantado. Soy el señor Y. Aquí tiene papel.

Lamentablemente, la pobreza polaca también tenía características extremas. “Lo que sí


saltaba a la vista era el proletariado. El pueblo comenzaba a comprender: en Occidente no
existía el proletariado, al menos no en el sentido polaco del término. Había trabajadores
intelectuales y trabajadores físicos pero, por lo general, la miseria no alcanzaba un estado
tan grave como para crear de verdad una nueva categoría de hombres, otra clase (...)”.
88

“Unas criadas descalzas como las veíamos en Varsovia era algo inconcebible en París”.
Con esta mezcla contradictoria de modales y de miseria Gombrowicz se acercó a uno de los
artistas de origen proletario más importante de Polonia. Él no estaba acostumbrado a tipos
como Unilowski, eminente en ciertos aspectos y en otros completamente inculto. Las
tradiciones de la generación anterior de literatos gentlemen, compuesta por unos señores
educados y pulidos, estaba aún muy arraigada en Gombrowicz.

Mientras Gombrowicz pasaba unas vacaciones sin un término definido en la Argentina, los
polacos no se ponían de acuerdo sobre si era un escritor apegado a las antiguallas del
pasado, a la clase terrateniente y a la genealogía o si, en cambio, en tanto que amoral y
ahistórico, era un escritor vanguardista. En “Veinte años de vida” de Zbigniew Unilowski
el prologuista intenta ubicar a Gombrowicz en el panorama de la literatura.
“En el período en que Unilowski apareció en el campo de la literatura, las tendencias
progresistas se vieron de nuevo contrastadas por el implacable culto a la separación entre la
literatura y la vida. Fue el tiempo en que Gombrowicz quería „cuculizar‟ la literatura
polaca, ejerciendo por desgracia una gran influencia sobre sus contemporáneos con su
literatura dominada por el infantilismo y el subconsciente (...)”

“En su novela, cuyo título constituía ya de por sí un programa, puesto que „Ferdydurke‟ no
significa nada, quiso reducir la vida humana a unos reflejos infantiles. Unilowski deseaba
mostrar el desarrollo y la maduración de un niño en un mundo severo y malo. Gombrowicz,
todo lo contrario: quiso reducir las cuestiones de la vida, las cuestiones sociales, a la época
de la niñez, a la esfera de los reflejos subconscientes... Unilowski era un escritor que iba en
la dirección opuesta a Gombrowicz y sus adeptos (...)”
Gombrowicz combate al prologuista con sus recuerdos en un pasaje de los diarios
oponiéndole la propia opinión de Unilowski. “Añadiré, remontándome al tesoro de mis
recuerdos, que cuando le di a leer el original mecanografiado de „Ferdydurke‟ a Unilowski,
éste se derritió de gusto. No ocultaba que esta obra había tenido en él un efecto liberador.
En señal de agradecimiento, me invitó al Adria y me emborrachó”

Desde muy joven Gombrowicz meditaba sobre cuál podría ser la causa que lo obligaba a
oscilar entre el valor y el disvalor en una forma tan pronunciada. Un snobismo bobalicón al
lado de un espíritu crítico y un gran sentido del humor, un snobismo que lo ponía al borde
de la demencia. En el momento en que los combates contra los bolchevique del año 1920
llegaban a su fase decisiva muy cerca de Varsovia, Gombrowicz se entretenía mostrándole
de refilón una foto a su jefe en la oficina donde trabajaba de voluntario enviando paquetes a
los soldados.
La foto era la de un edificio público de Lublin bastante conocido, sin embargo, le dijo al
jefe, que para su desgracia había visitado el edificio un par de veces: –Es el palacio de mi
prima Tyszbiewicz. Sus artificios se volvían indigeribles y eran inexplicables en un hombre
de su posición social y de su cultura.

Pero al mismo tiempo discutía en el colegio en forma madura con su profesor de polaco, el
señor Cieplinski, el Enteco (el Flaco en la edición de Sudamericana) de “Ferdydurke”,
sobre un contenido de la educación en Polonia que le daba más importancia a sus poetas
profetas que a Shakespeare y a Goethe. Gombrowicz le reprochaba que se ocuparan más de
las guerras polacas contra los turcos que de la historia europea y universal.
89

Y cuando Cieplinski le respondía que había que tener en cuenta que eran polacos, que hasta
no hacía mucho tiempo habían sido perseguidos por hablar polaco en las escuelas,
Gombrowicz le replicaba que por eso no tenían que ser ignorantes. Dejó la adolescencia,
entró en la juventud, escribió “Ferdydurke”, pero Gombrowicz seguía ocupándose de
tonterías en forma premeditada y provocadora.

A Zbigniew Unilowski, un novelista reportero proveniente de una familia muy humilde,


Gombrowicz lo conoció en un dáncing varsoviano. En esa época se lo veía a Unilowski
como el mayor escritor polaco del futuro, y hasta el mismo mariscal Pilsudski lo admiraba.
Aunque Gombrowicz lo apreciaba como persona y como artista no tenían gran cosa en
común, estaba frente a un proletario que había ascendido en la escala social gracias a su
talento e inteligencia.
Desde muy joven había entrado a un ambiente totalmente diferente, nada fácil para alguien
que debía comenzar por aprender todas esas conversaciones, esas formas, esas finuras. Si
no se entendían era más bien por diferencia de caracteres y no de cultura y educación.
Gombrowicz era un hombre de café, le gustaba contar frivolidades durante horas enteras
sentado a una mesa entregado a diversos juegos psicológicos.

Unilowski necesitaba del alcohol, de las luces filtradas, del jazz y de los camareros
serviciales, de ese modo sentía que había ascendido a un escalón superior. Había sido
camarero y contaba una historia que Gombrowicz nos repetía en el café Rex. Era una
historia en la que se mostraba cómo el esfuerzo mental de un camarero era infinitamente
más grande que el de un escritor.
Un camarero tenía que recordar los pedidos de cinco mesas sin equivocarse ni confundirse,
corriendo con platos, botellas, jugos, salsas y ensaladas, y a la noche durante horas
interminables quedarse desvelado recordando las voces de los pedidos. Gombrowicz tenía
una gran confianza en su inteligencia y en su gusto y por eso le dio a leer el manuscrito de
“Ferdydurke”, a pesar de todo lo que él sentía que los separaba que no era precisamente su
condición social.

Unilowski le dijo que le había robado la novela que le hubiera gustado escribir. Sin
embargo, lo seguía considerando un burgués acabado, un filisteo que por un curioso azar
era poeta y tenía aventuras extrañas como el señor Pickwick. Lo definía como a un
Pickwick, pero Gombrowicz no era así. “Temo mucho haber sido la causa de su muerte. Yo
tenía una gripe ligera, estaba en casa aburriéndome (...)”
“Lo llamé para que viniera a casa. Vino, se contagió, la gripe desembocó en una encefalitis
y murió. Tal vez no se contagiase de mí, tal vez la encefalitis se produjera por otras causas,
sin embargo no puedo quitarme de encima la sospecha de que si no me hubiera visitado
aquel día seguiría viviendo. Sí, era un talento, un hombre valiente, lúcido, capaz y sensato,
aunque quizás todavía lejos de superar sus enormes problemas. Lo estimaba mucho, pero
nunca estuve de acuerdo con quienes lo consideraban un gran escritor, un especie de Balzac
polaco”

WITOLD GOMBROWICZ Y LA CATEDRAL DE WAWEL


90

Después de contarnos una historia de vacaciones lejos de su casa familiar, llena de


misterios, de asesinatos, de masturbaciones, de locuras y de un amor enfermizo, termina la
narración en medio de una lluvia torrencial caída milagrosamente del cielo, y la cierra
comiendo pollo relleno con sus padres. Gombrowicz no podía consagrar por mucho tiempo
ninguna situación dramática.
Tampoco podía presentarse a los lectores como un hombre trágico ni como un admirador, y
las bromas no eran solamente literarias, ocupaban también un lugar destacado en su vida
corriente. “¡Qué poco conocía Polonia! Pertenezco a esa clase de gente a quien no le gusta
moverse, los viajes no me excitan. Si abandonaba Varsovia era para ir al campo, a
Maloszyce en la región de Sandomierz (...)”

“O bien con mis hermanos en la región de Ilza o de Radom, a veces a la montaña, o a la


costa o, por último, con menor frecuencia, al extranjero. Me daba vergüenza decirlo, pero
fui por primera vez a Cracovia cuando ya tenía cerca de treinta años y llevaba en la maleta
el manuscrito casi terminado de „Ferdydurke‟. En un viaje de paso decidí detenerme en
Cracovia a fin de confrontarme al Wawel y al pasado polaco en general (...)”
“Era una necesidad realmente vaga, quizá dictada por la congoja que sentía ya toda Europa
a causa del rearme de Alemania, quería contemplar ese corazón tan entrañable de la nación
polaca y averiguar cuales eran mis propias reacciones. Pero repito, no era nada claro ni
urgente, y si Cracovia no me hubiese quedado de camino yo no hubiese emprendido ese
peregrinaje”

En Wawel se encuentra el Castillo Real donde se coronaban los reyes polacos y la catedral
con el panteón nacional, sepulcro de reyes, héroes y grandes vates de la época del
romanticismo, es el lugar histórico más importante de Polonia. Pero Gombrowicz no estaba
haciendo un peregrinaje a esa ciudad legendaria en la que vivía un dragón en una cueva
situada al pie de la colina, sino una visita de control.
Ya sabemos que no tenía una buena predisposición para la admiración, vimos con qué
prudencia despectiva se había comportado en París, reconocía la belleza noble de Wawel
pero... Entró al castillo y comenzó esa peregrinación eterna de una sala a otra, siempre igual
en todos los castillos y en todos los museos. Un cicerone trataba de explicarles a dos
industriales belgas en un francés defectuoso el origen de los tapices de Arras.

Como Gombrowicz había soplado algunas palabras el cicerone le pidió ayuda, pero
enseguida le entraron las dudas: –¿Por qué dijo usted un hermoso tapiz de Arras y no la
obra maestra?; –Quieren saber si los tapices son belgas; –¡Dígales que Bélgica no existía en
aquella época! Gombrowicz traducía pero su compatriota estaba cada vez menos satisfecho:
–¿Qué son esas risitas?; –Estábamos bromeando porque este techo les hace recordar a no sé
qué tablas de planificación de la empresa en la que trabajan; –Le agradezco su ayuda pero,
basta, veo que usted no es una persona seria.
La veneración polaca por Wawel funcionaba más o menos bien entre polacos, pero cuando
había extranjeros se tornaba vergonzosa, hasta cómica se podría decir, pues se tropezaba a
cada instante con los italianos que la habían construido, pintado y esculpido, todo ese
esplendor demostraba que casi mil años atrás las artes plásticas polacas estaban en pañales.
91

¿De qué presumir entonces? Gombrowicz sintió la obligación de comportarse como un


ciudadano del mundo y controlar esa admiración polaca por Wawel, pero como su actitud
respecto a Polonia todavía no estaba elaborada se descargó burlándose y provocando a ese
lugar sagrado en un folletín que inmediatamente fue atacado por los nacionalistas. No era
para menos, estaba comparando su peregrinación con la que había hecho Zeromski cuarenta
años atrás, a la que el vate romántico había descripto en sus diarios como el minuto
maravilloso de la vida sólo equiparable al de la primera comunión.
Para combatir la sacralidad de la belleza de Wawel con un ojo italiano Gombrowicz se vale
de un recurso extraño. En el comienzo de sus diarios hay dos cosas que llaman la atención:
los cuatro yo que mete en la primera página y una frase de los diarios del yerno de
Mussolini que mete en la segunda. “Cracovia. Estatuas y palacios que a ellos le parecen
magníficos y que para nosotros, los italianos, no tienen mayor valor. Galeazzo Ciano”

Condicionado social y políticamente por un período particularmente conflictivo en la


historia de Polonia, Stefan Zeromski, escritor muy comprometido con los movimientos
libertarios y patrióticos polacos de finales del siglo XIX y principios del XX, dedicó gran
parte de su esfuerzo literario a defender un punto de vista nacionalista, exaltando la
conciencia nacional polaca y el patriotismo.
“Cenizas” es una novela de Zeromski dedicada a narrar la historia de los soldados polacos
que lucharon y murieron como miembros de la Grande Armée durante las campañas
napoleónicas. Los protagonistas, dos oficiales de la entonces inexistente Polonia, recorren
la Europa destrozada por la ambición del corso y en su peripecia aparece la carga de la
caballería polaca contra las fuerzas españolas en Somosierra en el momento en que
Napoleón se dirige hacia Madrid.

Cuando después de varios intentos los franceses entran en Zaragoza, convertida en despojo
humeante y ruinoso, los dos polacos resumen el cansancio del empeño en una amarga
reflexión: “¿Qué hacemos nosotros aquí, luchando contra la libertad de los españoles
cuando lo que tendríamos que hacer es batallar para obtener la nuestra, la de Polonia, la de
todos nuestros compatriotas?”
Su objetivo de libertad e independencia para Polonia marcó la literatura de Zeromski, tanto
para señalar virtudes como defectos; incluso la enorme contradicción de aquellos patriotas
polacos que, creyendo defender el ideal de libertad, contribuyeron, junto a Napoleón, a
sojuzgar a un pueblo, el español, que luchaba por defender los mismos ideales.
Gombrowicz siguió otro camino, bastante distinto al de Zeromski.

Pensaba en los roles que podía desempeñar y que no le resultaban inaccesibles: abogado,
juez, comerciante, profesor, filósofo, artista, lugareño..., pero ninguno le gustaba
demasiado. A pesar de la confusión que tenía en la cabeza y de que la actividad de escribir
no estaba bien vista entre los miembros de su familia, poco a poco se fue convirtiendo en
un escritor, apuntando siempre al mismo norte: “la vida es la vida”.
Había una paradoja, sin embargo, en esa convicción de sus tíos del campo, que despertaba
la perplejidad de Gombrowicz. Si sus acciones iban a influir en el futuro, era responsable,
por lo menos en parte, de lo que ocurría en el mundo. Pero si su propia vida estaba regida
por circunstancias que escapaban a su control, entonces no era responsable de sus acciones.
Y esta paradoja ya nos lleva de la mano, porque una cosa que siempre le anduvo dando
vueltas en la cabeza a Gombrowicz era saber cuánto de loco estaba.
92

En la vida corriente no era tan extravagante ni tan loco como en la literatura, pero él quería
experimentar en su gran laboratorio, sacar consecuencias formales extremas de las ligeras
alteraciones que sufría su imaginación. Gombrowicz no soportaba el compromiso y la
responsabilidad que habían desviado de su camino a Zeromski, los consideraba una
enfermedad que producía una deformación en el hombre, era una carga muy pesada para la
naturaleza humana.
La idea de una conciencia cada vez más profunda para alcanzar la existencia auténtica
debía conducir a la locura. El compromiso y la responsabilidad tientan al hombre a resolver
con su propia cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por lo general, produce
resultados catastróficos. Gombrowicz se presenta como un paseante pequeño burgués que
sólo por azar y jugueteando se pone en contacto con causas supremas y poderosas.

Él es un representante ejemplar de una vida que huye del compromiso y la responsabilidad,


su metafísica intenta soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel,
una metafísica que abarque todos los tipos de existencia, tan irresistible arriba como abajo.
De este rechazo que hace Gombrowicz del compromiso y la responsabilidad excesivos
nacen algunos reproches que se le hacen a su falta de sinceridad y a su histrionismo.
Sin embargo hay que recordar que la literatura es terriblemente escurridiza y lo obliga al
pobre escritor a rebotar contra las paredes del lenguaje que utiliza y del objeto literario. El
bufón risueño que todos llevamos dentro nos habla muy claramente de las ganas que
tenemos de divertirnos y de nuestro deseo de una mayor flexibilidad y de una forma menos
definida.

Puede ser que en la naturaleza de los combates que libraba Gombrowicz con la admiración
esté presente el conflicto sartreano de la lucha de las trascendencias en la que cada uno trata
de exceder al otro con la suya... puede ser. “El Gran Dictador” es una película de Chaplin
en la que Hitler y Mussolini, sentados en los sillones de una peluquería, levantan sus
asientos con una palanca buscando ambos elevarse sobre el nivel del otro y sobrepasarlo,
un símbolo de la lucha entre dos trascendencias.
Al ser vistos por otra persona, somos esclavos, mirando a la otra persona somos amos, este
imprevisible reverso de la realidad es la parte del diablo. Sería vano el esfuerzo del hombre
para escapar a este dilema, la esencia de las relaciones humanas no es la de ser-con, sino el
conflicto, y es por esto que el respeto por la libertad de los otros es una palabra hueca.

La alegoría de “El Gran Dictador” no está nada mal, el alemán trata de conseguir un nivel
que lo haga más grande que el italiano, y viceversa. Intentan convertirse en amos y exceder
al otro con su trascendencia, que es lo que también quiere Gombrowicz. Pero Gombrowicz
no levanta su sillón en la peluquería para conseguir este propósito, baja el que está al lado
suyo. Su especialidad fue empequeñecer lo que parecía grande combatiendo el disimulo y
el embuste.
Pasó por las armas a todas las autoridades, desde la de Dios hasta la de la historia, y con
este trabajo de desmitificación rebajó a las personas y al resultado de sus actividades,
especialmente en el terreno del pensamiento. “El tiempo que había pasado desde el
romanticismo de Zeromski era severo, difícil, yo no podía permitirme exaltaciones fáciles,
mis tiempos me exigían un sentido crítico, una lucidez rigurosa. Todo dependía del rasero
con que se midieran esos sarcófagos (...)”
93

“En nuestra pequeña escala casera Wawel era realmente el súmmum, pero a escala
universal esta catedral era una de muchas, esos jefes militares, reyes, poetas no eran más
que unos cuantos entre otros... ¿Debía, pues, olvidarme del mundo y encerrarme en mi
condición de polaco? ¿O es que precisamente aquí mi obligación era convertirme en un
polaco a escala mundial, consciente de la presencia del resto del mundo? (...)”
“Este problema se me planteó entonces de una forma muy nítida y comprendí que tenía
para mí una enorme importancia. Pero era todavía demasiado joven, no sabía verter mis
experiencias sobre el papel, y mi aversión hacia la clásica admiración polaca se descargaba
en burlas y provocaciones. Quién sabe, tal vez fuera instintivo que yo no buscara en mí
soluciones para estos problemas ni una forma de expresarlos, ¿para qué? (...)”

“En aquellos años no se podía hablar de este tema con franqueza, más aún, uno casi no
osaba tener sentimientos sinceros en esa Europa, que parecía estar al borde de la locura, en
esa Polonia desgarrada entre el comunismo y el nacionalismo, artificial, convulsiva...
¿Acaso no era tabú la palabra nación? Primero, todo eso tenía que descargarse... había que
esperar...”
Y ya que Gombrowicz no había ido a Wawel en santa peregrinación sino para efectuar una
visita de control es oportuno recordar que la función más importante de la policía es el
control, y sobre la policía, el control y la homosexualidad Gombrowicz escribe una página
memorable en los diarios. “La confección de estos recuerdos ha estado influida por el
hecho de que la policía de Buenos Aires ha llevado a cabo una gran purga en el
Corydonismo local (...)”

“Han sido arrestadas centenares de personas. ¿Pero qué puede hacer la policía contra una
enfermedad? ¿Es capaz de arrestar un cáncer? ¿O multar el tifus? Sería mejor, pues,
descubrir al sutil bacilo de la enfermedad que sofocar los síntomas. Pero, ¿quién está
enfermo? ¿Acaso sólo los enfermos? ¿O también los sanos? No comparto la estrechez
mental que no ve en ello más que un degeneración sexual (...)”
“Degeneración, sí, pero que tiene su origen en el hecho de que las cuestiones de la edad y
de la belleza no son suficientemente transparentes y libres en la gente normal. Es una de
nuestras debilidades e impotencias más graves. ¿No sentís que en este campo también
vuestra salud se vuelve histérica? Estáis encorsetados, amordazados: sois incapaces de
confesar (...)”

“Por eso quiero hablar. Pero tengo que puntualizar algo sobre lo que estoy diciendo: nada
de esto es categórico. Todo es hipotético... Todo depende –¿por qué iba a ocultarlo?– del
efecto que vaya a producir. Es el rasgo que caracteriza a toda mi producción literaria.
Intento diferentes papeles. Adopto diferentes posturas. Doy a mis experiencias diferentes
sentidos, y si uno de estos sentidos es aceptado por la gente, me establezco en él (...)”
“Es lo que hay de juvenil en mí. Placet experiri, como solía decir Castorp. Pero supongo
que es la única manera de imponer la idea de que el sentido de una vida, de una actividad,
se determina entre un hombre y los demás. No sólo yo me doy un sentido. También lo
hacen los demás. Del encuentro de estas dos interpretaciones surge un tercer sentido, aquel
que me define”
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Gombrowicz estaba preocupado porque su prontuario en la Policía Federal estaba un poco


sucio con estas cosas del Corydonismo, así que le pidió ayuda al Esperpento a ver si
conocía a alguien que se lo pudiese limpiar. Ya se sabe que los argentinos somos medio
fanfarrones al momento de hablar de las medidas: cuando se habla de longitud, la más larga
del mundo la tenemos nosotros por la calle Rivadavia; cuando se habla de anchura, la más
ancha del mundo la tenemos nosotros por la avenida 9 de Julio; y cuando se habla de la
policía, la mejor del mundo la tenemos nosotros por la Policía Federal.
El Esperpento concertó una reunión con un comisario que era miembro de su familia en un
café cercano al Departamento Central de la Policía Federal. Las cosas iban más o menos
bien hasta que Gombrowicz, para hacerse el simpático, empezó a canturrear en voz baja: –
La mejor del mundo... la mejor del mundo... El comisario le contó después al Esperpento
que Gombrowicz le había parecido una persona poco seria, así que no había hecho nada por
él.

WITOLD GOMBROWICZ Y LA UNIVERSIDAD JAGUELLÓNICA

“En total pasé bastantes meses del invierno en Zakopane. Ni mi trabajo de pasante en el
tribunal, ni mis ocupaciones literaria ulteriores me lo impedían y mi salud me lo exigía.
Debía hacer reposo en una tumbona sobre la terraza, arropado con un saco de piel, con la
vista clavada en una montaña del Tatra occidental y sus alrededores. La monotonía de esta
ocupación era interrumpida de vez en cuando por diversas atracciones, que variaban con las
estaciones (...)”
“Durante dos temporadas la atracción estuvo constituida por las llamadas „manoseadas‟,
eso es, un puñado de señoritas de quince a dieciocho años, inocentes como ángeles, venidas
de no sé qué provincias, a las cuales manoseábamos yo y mi confidente y aliado de
pensión: –¿No deberíamos manosear un poco a la señorita Jolanta?; –Es cierto, podríamos
manosear un poco a la señorita Jolanta”

“Nos poníamos entonces a manosear a la señorita Jolanta quien, por miedo a que la oyera
su tía, se limitaba a lanzar un grito silencioso que se convertía en un chillido estridente pero
ahogado. El aburrimiento de largas horas de reposo en las tumberas suscitaba en nosotros
un ansia de sensaciones fuertes, lo cual a veces conducía a tensiones dramáticas, sobre todo
cuando llegaba de Cracovia el sabio grupo de profesores de la Universidad Jaguellónica”
La Universidad Jagellónica está situada en Cracovia y es la mejor universidad de Polonia.
Fue fundada por Casimiro III el Grande con el nombre de Academia de Cracovia, nombre
que perduró durante siglos, hasta ser renombrada con su actual denominación para
conmemorar a la dinastía de los Jaguellón bajo cuyo mecenazgo se destacó entre las
grandes universidades del renacimiento y el humanismo. Es una de las mayores
universidades de Europa.

Quizás la Universidad Jaguellónica no sea el mejor lugar para hacer observaciones sobre el
comportamiento polaco pues de allí partían los profesores que llegaban a la pensión de
Zakopane donde vivía Gombrowicz. Las despreocupadas comidas de Gombrowicz se
95

convertían entonces en una especie de celebración, cuya pesada pedantería lo enervaba


increíblemente.
Los profesores mantenían entre ellos unas conversaciones sabias que los demás comensales
escuchaban con devoción. Nunca había sentido simpatía por los profesores, pero esos
diálogos filosóficos o históricos, le parecían pesados como un hipopótamo y no mucho más
lúcidos. En los momentos más solemnes los interrumpía con cortesía con algún disparate: –
¿Por qué no prueban estos pastelitos?

En un almuerzo les sirvieron unas pastas indigestas e insípidas, entonces Gombrowicz


protestó alzando la voz: –Pasta para el estómago, pasta para el alma, es realmente
demasiado. Se produjo un escándalo y uno de los sabios intentó romperle una silla en la
cabeza. Situada al pie de los Tatras, a cien kilómetros de Cracovia hacia el sur, Zakopane es
la capital de los deportes de invierno de Polonia y la cuna del turismo polaco.
Durante el invierno Zakopane es un destino ideal para los amantes del esquí. En el verano,
gente de todo el país va allí para relajarse o hacer caminatas por las montañas de Tatra.
“Tales eran mis diversiones aunque en años posteriores me comporté más seriamente. Es
curioso, pero a pesar de haber estado tantas veces en Zakopane, nunca eché raíces allí, tal
vez porque no frecuentaba sistemáticamente los locales de diversión (...)”

“En cuanto a literatos y artistas sólo a Witkiewicz lo veía más a menudo, no porque buscara
su compañía sino porque me unía una amistad con su gran amiga, la señora Wandowska,
una persona inteligente y de una gran sensibilidad artística, a quien su enfermedad la
obligaba a permanecer siempre en la montaña. La señora tenía que utilizar alta diplomacia
para mantener más o menos una armonía entre naturalezas tan diferentes como la de
Wiykacy y la mía (...)”
“Yo, para diferenciarme de él, insistía mucho más que en otras circunstancias en
representar el papel de terrateniente o incluso de snob. Si Witkacy no me borró a primera
vista colocándome en el último lugar de su lista de amigos, fue seguramente porque ella le
informaba que yo no siempre era tan tonto (...)”

“Aparte de Witkacy, mantenía pocos contactos con el Parnaso de Zakopane, pero de vez en
cuando participaba de unas borracheras artísticas; una de ellas me quedó grabada en la
memoria: fue con Witold Malkuzynski y Colette Gaveau, su esposa, por entonces novia
suya. Jamás en ningún lugar he visto fiestas como las que solían estallar en la madrugada
en los locales nocturnos de Zakopane (...)”
“También es verdad que no soy un gran experto en materia de fiestas. Vagando por aquí y
por allá, generalmente apartado, en calidad sólo de mirón, poco conocido por la gente, no
podía dejar de observar, sin embargo, el proceso que se desarrollaba ante mis ojos durante
esos años que yo pasaba en Zakopane, lo definiría como la extinción progresiva de
ambientes y estilos”

Aunque Gombrowicz no era alcohólico participaba de algunas borracheras artísticas, no le


quedaba más remedio, a los polacos les gusta mucho el trago. Tomando vodka calman sus
contratiempos históricos y personales, además de combatir las inclemencias del tiempo. Se
ha llegado a decir de los escritores polacos que es más fácil imaginárselos sin pluma que sin
una copa en la mano.
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Era muy amigo de Witold Malcuzynski, el último de los pianistas románticos, con el que
tomaba copas después de los conciertos. Malcuzynski bebía mucho después de sus
interpretaciones, le temía al público y de esta manera se relajaba. En una oportunidad se le
fue la mano y le echó tanto vodka al cuerpo que se puso blanco como un papel, se fue
tambaleando al baño mientras Colette y Gombrowicz con malos presentimientos corrían
detrás de él.

Cuando la novia de Malcuzynski entró al baño de hombres estaba repleto de gente. Cundió
el pánico, la aparición de un león embravecido no hubiera provocado un sálvese quien
pueda tan general, todo el mundo huía abrochándose lo que tenía que abrocharse. El estilo
de Witod Malcuzynski, lleno de virtuosismo y fuerza pero a la vez de vitalidad y
romanticismo, fascinó al mundo entero y le hizo ser calificado como el último romántico
del piano.
En el mismo año en que Gombrowicz publica “Ferdydurke”, Malcuzynski gana el premio
de la “Chopin International Piano Competition” que se celebraba en Varsovia., obteniendo
además una gratificación inesperada: entre los participantes conoció a una joven pianista
francesa que se llamaba Colette Gaveau, ambos se enamoraron casi a primera vista,
contrajeron matrimonio al año siguiente y se radicaron en París.

“La aristocracia de la Argentina, es decir, lo que llaman la oligarquía, son unas quince
familias cuyo árbol genealógico empieza con un bisabuelo repentinamente enriquecido.
Pero nadan en millones. La influencia que ejerce el dinero sobre la gente es tan poderosa
que bastan unas pocas generaciones de riqueza para que las diferencias entre esa gente y,
por ejemplo, los Radziwill, se vuelvan mínimas (...)”
“Su aspecto es bueno, visten bastante bien y tienen maneras correctas, basadas en los
principios del hermetismo y de la inmutabilidad aristocrática”. Este fragmento de los
diarios de Gombrowicz describe cómo veía a la clase superior de la Argentina, y la historia
que viene ahora es un comentario de cómo veía un cierto aspecto de la diferencia de clases
en Polonia.

La historia de “Cosmos” transcurre en Zakopane, en cuya calle principal se encontraban los


cafés, los restaurantes, y los clubes nocturnos más distinguidos. En estos lugares
Gombrowicz vio con nitidez cómo en Polonia la superioridad y la inferioridad tenían una
incapacidad para convivir, se hundían mutuamente en la farsa. Observaba el proceso que se
desarrollaba ante sus ojos de la progresiva extinción de los ambientes y de los estilos.
La gente vagaba en libertad por sus calles y no era aplastada por las funciones ni por las
jerarquías. Hidalguillos, mafiosos, aristócratas, escaladores profesionales, escritores,
industriales y comerciantes, estudiantes, toda esa diversidad de tipos se mezclaba en la
calle. Cada uno andaba por su propio camino, a pesar de la facilidad aparente resultaba muy
difícil pasar de un grupo a otro, a veces se producían situaciones diabólicas y trágicas
cuando alguien lo intentaba.

En una pensión distinguida, en la que se alojaba gente del mejor tono de la aristocracia,
aterrizó un señor de apellido desconocido con unas maletas espléndidas y un traje sport
deslumbrante. El hombre se equivocó, confundió la pensión, pero como había una
habitación disponible lo alojaron. Se presentó con entusiasmo manifestando vivos deseos
de tomar parte en la conversación.
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Pero la conversación no lo quería, a pesar de que todos intentaban ser amables con el recién
llegado. Era un mundo pequeño que tenía sus propios argumentos, sus parientes y un estilo
propio de bromear y provocar. La reacción normal hubiera sido el aburrimiento o la
indiferencia, pero ese forastero quedó encantado precisamente por el hecho de que no
comprendía nada.

El deslumbramiento por el secreto ajeno es bastante conocido, el pobre hombre vivía con la
esperanza de que, finalmente, sería aceptado por los pensionados. Sin embargo cuando
empezó a inmiscuirse en los asuntos del grupo fue rechazado. Gombrowicz, en su
condición de escritor y oveja negra de ese pequeño círculo de gente respetable, se le acercó
a ese hombre recién llegado y amistosamente lo azuzó contra los demás pensionados.
La situación alcanzó unos límites de locura y ese pobre hombre miserable perdió la cabeza.
Lo convenció de que su ropa y sus maletas eran demasiado nuevas, y de que ésa era
precisamente la razón por la que lo trataban con malevolencia, como si fuera un
advenedizo. Pasaron toda una tarde revolcando su vestuario en la basura y raspando sus
maletas con un cuchillo para que parecieran viejos.

El pluralismo de lenguajes de aquella Polonia, de esos pequeños mundillos, parecían


inexpugnables como castillos de la Edad Media. Pero pasó el tiempo y todo cambió, un
conde ya no despertaba curiosidad, las jovenzuelas se sentaban a la mesa de los escritores
sin haber sido invitadas. El mito según el cual existían unos grupos cerrados poseedores del
monopolio de la cultura o el chic, estaba en vías de extinción.
Gombrowicz estaba de acuerdo con la evolución que iba destruyendo todos esos cultos y
veneraciones que le quitaban a los polacos la audacia y la libertad. Pero después de veinte
años de vida en la Argentina, donde la gente no hace tanto caso a los esplendores del otro,
empezó a añorar aquellas vergüenzas de otro tiempo, y aquella torpeza nacida de la
admiración.

“Tal vez era más interesante... Naturalmente, es agradable sentirse seguro de sí mismo y
cómodo con todo el mundo, no dejarse impresionar, no interesarse demasiado por nadie,
dedicarse a asuntos personales. Sin embargo, se produjo una especie de empobrecimiento
cuando el hombre dejó de sentir en el otro un secreto magnífico e inaccesible, y
desaparecieron las tensiones entre los diferentes medios. En la Polonia de hoy, ¿habrá
alguien que impresione o infunda respeto al otro? Lo dudo. Habéis ganado en razón, pero
quizá, perdido en poesía”. Un cierto parentesco de Polonia con la Argentina, una semejanza
del comportamiento de sus clase superiores, y la añoranza de los viejos tiempos, ponen
bastante cerca a estas dos naciones tan lejanas.

WITOLD GOMBROWICZ Y EL SEÑOR EISLER

“En 1928 partí de nuevo hacia Zakopane, esta vez para pasar el invierno, y me alojé en la
pensión de una amiga de mi hermana. Al llegar percibí que había caído en una trampa, se
encontraban allí unas cuantas personas pertenecientes a la buena sociedad, lo que me
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obligaba a hacer uso de buenos modales, tanto más cuanto que las damas eran católicas y
de una moralidad inquebrantable (...)”
“Unos días más tarde, cuando ya pensaba seriamente en mudarme, hizo su aparición un
joven alto, un poco encorvado, de semblante distinguido, rebosante de energía, moreno, con
un brillo en el fondo de sus ojos: Tadeusz Breza. Me temo que las personas que lo conocen
hoy, ahora es escritor y agregado cultural de la embajada polaca en Roma, no puedan
adivinar el géiser que era en su juventud (...)”

“Repatingado en un sofá entre esas mujeres, entre las que sobresalía por su belleza la joven
judía Krystyna Skarbek, con la aureola de quien frecuentaba los círculos literarios y se
codeaba con los Skamandritas, se convertía en seguida en el eje de la conversación. Breza
había elegido a la hermosa Krystyna como centro de sus maniobras: –En realidad no sirves
para nada (...)”
“No sé cómo utilizarte, en todo caso podrías servir para levantar cargas, pero tal vez fuera
mejor emplearte directamente como carga, o sea un lastre, sí, se te podría atar al extremo de
una cuerda y subir los muebles desde la calle a los pisos superiores, aunque, yo qué sé, eres
tan rústica que mejor te dedicases a plantar... por ejemplo, rábanos... pero quizá fuese mejor
utilizarte como suelo para plantar y plantarte rábanos en las orejas”

En un momento de esta conversación tan extravagante alguien hizo alusión a la cuestión


judía, pero Krystyna no abrió la boca. En el café llamaban a Gombrowicz “el rey de los
judíos” porque a su mesa concurría una gran cantidad de semitas, eran sus oyentes más
fieles. Pero no era solamente la libertad y la audacia el atractivo que tenían los judíos para
él, tardó algún tiempo en descubrirlo.
Finalmente, Gombrowicz se dio cuenta que tenía con ellos algo más en común: la actitud
frente a la forma. No era de extrañar que ese pueblo trágico, sufriendo a través de los siglos
enormes deformaciones, tuviera una forma grotesca: barbudos, con levitas, poetas en
éxtasis concurriendo a los cafés, millonarios en la bolsa, eran realmente unos personajes
increíbles.

Los judíos sienten en su propia carne la vergüenza de este ridículo, pero no saben liberarse
de la deformación que los oprime, por tal razón se perciben a sí mismos como una
caricatura, como una broma extraña del Creador. Esta actitud tensa de los judíos hacia la
forma que les impide ser del todo judíos, como son del todo campesinos o nobles, los
campesinos y nobles que tienen una forma heredada a través de las generaciones, lo
fascinaba a Gombrowicz.
Era eso precisamente lo que destacaba en sus creaciones: la pugna del hombre con la forma
para descubrir su tiranía y para luchar contra su violencia. “Eran entonces problemas casi
inconcebibles para la gente de mi medio, que se movía, pensaba y sentía según un modo
establecido de una vez por todas, heredado de sus antepasados (...)”

“Sólo cuando la guerra y la revolución vinieron a romper este ritual y se pusieron a modelar
a la gente como si fueran muñecos de cera, cuando todo lo que parecía eterno resultó ser
frágil y huidizo, entonces mis ideas adquirieron peso. Pero yo ya me había dado cuenta
antes de cómo, justamente respecto a los judíos, esas maneras soberanas y altivas de la
gente de mi esfera se derrumbaban penosamente (...)”
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“Los judíos parecían ser un elemento comprometedor ante el cual uno no podía
comportarse adecuadamente”. Gombrowicz tenía con los judíos una verdadera unión
espiritual, sin embargo, sus relaciones intelectuales con ellos no se extendieron nunca al
terreno de la amistad personal. No era tanto su frialdad intelectual lo que le chocaba, sino la
ingenuidad con la que se dejaban impresionar por el intelecto, una admiración confiada e
infantil por la razón científica, las teorías y la cultura en general.

“Esos terribles destructores, esos revolucionarios eran en su mayoría benévolos como


niños, bastaba rascar un poquito para descubrir su tendencia soñadora, impregnada de una
fe casi mística, su mordacidad se unía en forma extraña a la blandura. Yo torturaba cuanto
podía su ingenuidad, toda mi táctica se centraba en invertir los papeles a fin de que ellos y
no yo se convirtieran en románticos”
Algunos miembros de la nobleza polaca se unían a los judíos para darle un poco de aire
financiero a sus blasones, eran unas uniones desgraciadas pues sus hijos no llegaban nunca
a ser reconocidos en los salones. Los integrantes de la clase alta se comportaban como si
nada se supiera, la buena educación los obligaba a evitar en presencia de esas familias la
más ligera alusión a los judíos.

Krystyna Skarbek, una hermosa joven polaca que tuvo un desempeño heroico durante la
segunda guerra mundial, pertenecía precisamente a esa categoría de desgraciados mestizos.
Nacida de padre conde, su madre Goldferer era judía. La trataban según los cánones de
comportamiento que ya mencionamos, pero un día ocurrió una catástrofe. Krystyna se
hallaba sentada en la terraza de un hotel en compañía de personas con título.
De repente se detuvo delante del hotel una señora entrada en años, gorda y vestida de una
manera llamativa: –¡Krysia, Krysia! Todos se quedaron de una pieza, la joven, en lugar de
contestar, hizo como si no se tratara de ella: –¡Krysia Skarbek, Krysia Skarbek! En ese
grupito de gente tan mundana sólo había miradas clavadas en el suelo y caras tensas, como
si hubieran sufrido un ataque de parálisis.

“Que bendición si alguien hubiera dicho simplemente: Krysia, ¿no oyes?, una de tus tías te
está llamando. Pero nadie fue capaz de pronunciar esas sencillas palabras. En la actitud de
esos nobles no había nada de menosprecio ni de odio, solamente había un falta terrible de
sentido práctico, una incapacidad para superar lo convencional y adoptar un estilo más
moderno”
En el contraste con los judíos se le revelaba a Gombrowicz la torpeza de la formas
ancestrales polacas, su falta de adaptación a la vida. El modo judío incorporado al modo
polaco era un elemento explosivo que debía dar la oportunidad de elaborar un nuevo tipo de
polaco capaz de encarar el presente. Los judíos eran para los polacos un trazo de enlace con
los problemas más profundos y complejos del universo.

La polaca Krystyna Skarbek fue una de las mejores agentes enviadas por los ingleses contra
los nazis y una mujer excepcional que sobrevivió a los mayores peligros de la guerra para
morir, paradójicamente, acuchillada por un hombre que la acosaba. Valiente, vivaz y
encantadora, confiaba en sus dotes de persuasión y en las granadas de mano. Fue para
muchos la mejor agente de los servicios secretos británicos durante la Segunda Guerra
Mundial y uno de los personajes más arrebatadoramente románticos de la época.
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Capturada en 1941 por la Gestapo, la resuelta Krystyna logró que la dejaran libre tras
provocarse una hemorragia mordiéndose la lengua para hacer creer a sus captores que
padecía tuberculosis. Saltaba sin temor en paracaídas, atravesó los montes Tatra esquiando
para infiltrarse en Polonia.

Combatió codo a codo con la Resistencia francesa y burló varias veces a la terrible
Gestapo, arrebatando de las mismísimas fauces de la muerte en una de ellas a dos
importantes camaradas. En Digne, al sur de Francia, dos de los grandes jefes operativos
fueron detenidos en un control cuando viajaban camuflados en un vehículo de la Cruz Roja.
Estaban condenados a morir fusilados.
Ante la imposibilidad de montar un ataque de la Resistencia para liberarlos, Krystyna logró
una cita con un oficial de la Gestapo y, haciéndose pasar nada menos que por sobrina del
general Montgomery, lo convenció de que la llegada de los Aliados era inminente y de que
más le convenía al torturador granjearse su amistad con un gesto de buena voluntad. Fue
tan persuasiva con el oficial alemán, que durante toda la cita la estuvo apuntando nervioso
con una pistola a la cabeza, que accedió y liberó a los camaradas presos.

“Los judíos jugaron un papel tan particular y tan destacado en el desarrollo polaco de
aquellos años, que es imposible no hablar de ellos. A mí me atrajeron desde mi más
temprana juventud, me gustaba su vivacidad intelectual, su espíritu inquieto, su sentido
crítico y su racionalismo, y al mismo tiempo me proporcionaban a menudo alegrías
formidables, ya que abundaban en debilidades y ridiculeces (...)”
“Podría parecer que mis orígenes nobles y terratenientes deberían haberme inculcado el
virus antisemita, pero no fue así. Al menos en mi familia el antisemitismo estaba
considerado como una prueba de estrechez mental y ninguno de nosotros sentía hostilidad
hacia los judíos, aunque tal vez conserváramos algunos prejuicios de carácter social. En la
escuela tuve pocos contactos con los judíos, ya que era un establecimiento archicatólico y
conservador (...)”

“Los escasos judíos que la frecuentaban pertenecían a esa esfera plutócrata que se desvivía
por estar cerca de la aristocracia y demostraba un esnobismo desenfrenado. Tenía también
algunos tíos casados con esas judías de la plutocracia, pero los veía raramente, recuerdo que
a primera vista esas tías tenían un aspecto agradable e incluso distinguido. Sólo en la
universidad me aproximé verdaderamente al medio semita (...)”
“Allí descubrí de entrada esa particularidad suya, en la que podía moverme con una libertad
infinitamente más grande, ya que tenía en sí misma algo de locura y algo de incontrolable.
Cuando entré en la facultad de derecho en la Universidad de Varsovia en 1923, el
movimiento nacionalista y antisemita entre la juventud estaba todavía lejos de los tristes
récords alcanzados poco antes de la guerra (...)”

“Durante toda mi carrera universitaria nunca tuve ocasión de ser testigo de excesos
antisemitas, aunque también es verdad que pisaba poco el terreno universitario,
limitándome a estudiar los apuntes en casa. Mis colegas judíos me testimoniaron de entrada
una considerable simpatía. Creo que el secreto de mi éxito entre ellos consistía en que yo
no les hacía concesión alguna (...)”
“Al revés, con mi tendencia innata a llevar siempre la contraria, acentuaba en mí todas las
características arias, campesinas y nobles. Y como por mi parte, detrás de mi pequeño
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juego no se ocultaba ninguna antipatía ni orgullo, sino más bien consideración, comenzó
entre nosotros un maravilloso divertimento que consistía en deleitarnos mutuamente con
nuestra diversidad (...)”

“Y como los judíos tienen muy desarrollado el sentido del humor, no era difícil divisar que
en sus ojos se encendía una chispa de alegría cuando me acercaba a ellos. Jugábamos al
noble y al judío, y a través del juego superábamos ese problema candente mejor de lo que
lo habrían podido hacer unas declaraciones pedantes sobre la igualdad y otras
proclamaciones progresistas semejantes de la intelligentsia (...)”
“Pero congenié verdaderamente con ellos cuando entré en la literatura y empecé a
frecuentar cada noche los cafés artísticos de Varsovia. Ya entonces se vio nítidamente que
existía entre nosotros una unión espiritual que no tenía nada de superficial. ¿Quién me
apoyaba, quién luchaba por mí en el terreno literario, si no ellos? ¿Quién fue el primero que
se atrevió a poner todo su entusiasmo a mi favor durante la discusión creciente sobre
„Ferdydurke‟, si no mi gran y tan llorado amigo Bruno Schulz? (...)”

“¿Quién me abría el camino en la Polonia de antes y de después de la guerra sino Artur


Sandauer? ¿Y en la emigración? ¡Quién me apoyó aparte de Jozef Wittlin? Los judíos han
sido siempre y en todas partes los primeros en comprender y sentir mi trabajo de escritor.
Todo esto era tan manifiesto que a veces me preguntaba si no correría por mis venas alguna
gota de su sangre, pero no, soy rubio, tengo la nariz eslava (...)”
“Tampoco logré encontrar ningún antepasado israelita aún remontándome a las más lejana
genealogía de la familia de mi madre. Y, sin embargo, quizá porque por parte precisamente
de mi madre descendía de una semilla que se caracterizaba por diversas aberraciones
psíquicas, tenía algo de su decadencia y de su razón”. A pesar de todo su filosemitismo las
costumbres de su clase social le jugaban en algunas oportunidades malas pasadas.

Un compatriota le preguntó desde Londres si no sería antisemita un diplomático polaco que


había tildado a un judío de roñoso. “Se equivoca usted de plano. La injuria que se utiliza
contra un judío es “roña”. La palabra “roñoso” se usa en el leguaje coloquial igualmente
respecto a los arios, de modo que aunque ambas palabras tienen la etimología común, nada
nos autoriza a creer que haya sido usada a causa del origen hebreo de esa persona (...)”
“Hace unos días leí el texto al que usted se refiere y ni se me pasó por la cabeza sospechar
que el autor de esa frase fuese antisemita. Además debo confesarle que a mí también –
aunque es fácil deducir de mi literatura que tengo poco que ver con el antisemitismo– se me
escapa a veces la palabra “roña” cuando algún semita concreto me saca de las casillas. Y
sucede así porque no soy un filosemita estricto, forzado, sino un filosemita flexible, con
todos los atavismos propios de un, ¡ay, Señor!, noble de campo”

El único personaje judío de la obra artística de Gombrowicz que yo recuerdo es la madre de


Stefan, en “El diario de Stefan Czarniecki”, un prototipo de la monstruosidad y del poder
del dinero. En el “Diario” también metió un personaje judío, pero Eisler, a diferencia de la
madre de Stefan, tuvo que pagarle a Gombrowicz para que lo incluyera en sus escritos. “De
allí, alrededor de las doce, me fui al Rex a tomar un café. Se sentó a mi mesa Eisler, con
quien mis conversaciones suelen ser más o menos como sigue: –¿Qué hay de nuevo, señor
Gombrowicz?; –Pero, por favor, señor Eisler, entre usted en razón, se lo ruego”
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