HIJO DE MACHEPA

(Adiós, Caribe, adiós)

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NOTAS:
Este libro se puede leer como una novela, de principio a fin, o leyendo los
capítulos independientemente.
Por otra parte, no utilizo la raya para marcar el inicio del turno de palabra en un
diálogo deliberadamente. Mi intención es darle al texto frescura, y tanto en el estilo
como en la forma de presentarlo, me parece importante que la obra parezca poco
artificiosa, nada planificada (aunque lo está, y mucho).

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SINOPSIS DE HIJO DE MACHEPA
Un hijo de machepa en argot dominicano es el garbanzo negro de la olla, el gafe,
el pupas, todo a la vez.
Stelvin de las Casas vino de Santo Domingo a Cataluña con su mujer embarazada
y con la intención de prosperar como abogado en Barcelona. Ahora vive con Altagracia
y sus tres hijos en L’Hospitalet, a una acera de distancia de Barcelona. De familia rica y
licenciado en derecho, Stelvin nunca ha podido ejercer de abogado en España y dedica
su tiempo a explorar los barrios y a expandir su filosofía minimalista, casi zen, sobre la
vida, aunque él no es consciente de ser un filósofo.
Ajeno al dinero y alérgico a las prisas, Stelvin recibe el ultimátum de Altagracia,
su mujer. O encuentra un trabajo o ya se puede ir despidiendo de vivir bajo el mismo
techo. Enfundado en su viejo traje de los domingos, el escuálido y torpe Stelvin se
presenta a su primer empleo como estibador del puerto. En cuanto llega al punto de
encuentro, se le mete entre ceja y ceja conducir una grúa. Ni siquiera se plantea la
posibilidad de descargar cajas de un barco. Nadie sabe cómo, pero Stelvin se las arregla
para salirse con la suya casi siempre, aunque también muerde el polvo cuando fuerza
mucho las situaciones.
No sabe que le esperan hasta veintitrés empleos más en el curso de un año. Casi
siempre desde la perspectiva del fracaso anticipado, se desenvolverá como animador
turístico, espeleólogo, guardia jurado, portero de discoteca o Papa Noel.
Las desventuras de Stelvin son, aparte de un divertimento, una visión ácida sobre
las vicisitudes de toda una generación de inmigrantes y trabajadores no cualificados a

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los que, de la noche a la mañana, les negaron el derecho a trabajar para vivir con la
excusa de una crisis económica.

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Hijo de machepa: Dominicanismo. Vulgarismo.
Persona animal o cosa que no tiene a nadie en la vida, que to el mundaso hace lo
que quiera con ellos y se le pega to lo malo. También le pegan to lo robo del barrio,
mujere preñás, vainas que se rompen en un sitio […], si juega cualquier juego y su
equipo pierde dicen que fue él, etc.

Fuente: diccionariolibre.com

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1. Estibador

Nada. Seguía sin nevar. Sería el fin de año más aburrido de la vida de Stelvin y su
esposa desde que llegaron a Barcelona, pero también el de sus hijos. La verdad es que ni
el día 31 de diciembre ni el 1 de enero siguiente destacaron para la familia de las Casas.
Hasta el frío resultaba anodino. Sólo molestaba porque se internaba por las paredes, por
la ropa y por los huesos, pero no era frío de verdad (la humedad aumenta la sensación
de frío, eso es todo).
Papá, en el paro. Mamá, de los nervios. Los tres pequeños jugaban con la mosca
tras la oreja sabiendo que había un riesgo importante de que Stelvin o Altagracia
pagaran su furia con ellos.
Sólo una reflexión de Huguito, en la cena de Nochevieja, les hizo sonreír: ¿Cómo
es que se celebran dos días tan importantes tan seguidos? Luego sólo hay cole y
deberes.
Los otros dos nenes, más mayores, no estaban para bromas. Se quejaron del
menú, que era lo mismito de cada día. Stelvin había conseguido manipular, como de
costumbre, al mediano, Julio José: fíjate en las servilletas de colores, ahí está la
novedad. Luego, menos mal, se habían animado un poco.
La noche del cambio de año, de madrugada, Stelvin trataba de pensar en positivo
mientras Altagracia dormía con sus ronquidos de ratita y un antifaz enorme,
despatarrada en mitad de la cama y obligando a su escuálido esposo a hacer equilibrios
para no caer por el filo del colchón.
“De acuerdo que la cena de Nochevieja fue una repetición de las otras cien en
España. Y si no fuera porque hemos pescado una conexión WiFi, no habríamos
disfrutado del saludo de los abuelitos… Claro que sólo querían hablar con los niños,
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porque para mis suegros y para mi madre sigo siendo un hijo de machepa. A los niños
les ha encantado quedarse hasta tarde viendo la tele. La ceremonia de las uvas les ha
hecho reír. Hice bien en ir a buscarlas antes de que cerraran en el supermercado
pakistaní. Altagracia siempre insiste: no compres nada allí, que está todo más caro y a
saber de dónde lo traen. Exagerada, me gustaría decirle, ¿de dónde van a sacar un
yogurt Danone? ¿Y una Coca-Cola? Si fuera chinos… capaces de inventarla, ¿pero los
moros? Son pobres y no se matan a trabajar. Son como nosotros, los latinos, pero sin
música”.
El día 1 fueron a comer a un McDonald’s. También por los niños. Todo por ellos.
Pero a Altagracia no le bastó que Stelvin pagara con un billete de cincuenta, como si no
estuvieran pobrísimos (una deuda más con el bueno de Francis). En mitad del hallazgo
del juguete del Happy Meal le hizo prometer que al día siguiente buscaría trabajo y que
no sufrirían más las penurias del año que había muerto casi por inanición.
Stelvin levantó la mano derecha en señal de juramento como había visto en los
telefilmes de juicios y lo prometió por sus hijos. A los peques les hizo mucha gracia el
gesto de su padre y se partieron de risa. Sí, tener un papá escuálido con cara de sufrir el
golpetazo de un bate de béisbol cada mañana en la cocorota tenía sus ventajas.
Las cosas no fueron sencillas: el día 2, los sabios del paseo le cobraron 10 euros
por una información. Tuvo que ir al locutorio de Baba y pedírselo prestado. De paso, le
pidió veinte euros más para pagarle a Francis en el bar. Luego, obtuvo el soplo, que
consistía en rellenar una solicitud en la empresa de trabajo temporal de la esquina. La
buena noticia es que, después de todos los abusos, al día siguiente empezaba a trabajar.
No entendió nada del acento catalanizado de la empleada. Sólo sabía que iría al puerto y
se encargaría del tráfico. Ni siquiera sabía que hubiera guardias de tráfico en mitad del

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mar. Quizá sea para los camiones que cargan y descargan en los barcos, se lo repensó de
vuelta a casa, en la frontera entre Barcelona y L’Hospitalet.
Altagracia se puso tan contenta que pidió a Helena, la vecina, unos langostinos
que no sabía si tirar o comerse esa misma noche porque estaban caducados desde
Navidad y, además, el ácido úrico se le disparaba. La señora Helena accedió, pero la
tuvieron que invitar. No importaba: todos felices se hicieron fotos con el móvil mientras
bebían una botella de cava que Helena tenía en su casa desde la última vez que sus hijos
vinieron a celebrar su cumpleaños: unos doce años.
Era noche cerrada. Stelvin salió del barrio con ánimo positivo: sin gente
sospechosa pululando por las calles, sin contenedores a rebosar y gente metiendo la
cabeza dentro, la verdad es que para ser las afueras de Barcelona no vivían tan mal.
Cuando los demás lo vieron asomar en la dársena del puerto a las cinco de la
mañana creyeron que se trataba de un inspector de aduanas. Stelvin era así: sólo tenía un
traje, pero le gustaba ponérselo cuando estrenaba un trabajo. Ni de lejos creyeron que
aquel hombre enclenque, con la mitad izquierda del cuerpo más larga y temblorosa que
la otra, fuera a incorporarse como estibador del puerto.
A simple vista, y mucho menos tras un examen detallado de su casa, sus comidas
y sus hábitos, nadie habría podido imaginar que Stelvin de las Casas venía de una
familia importante, una de las más ricas y, por supuesto, blancas de República
Dominicana. Un hombre que se quería hacer a sí mismo, disgustado por los desmanes
de su padre, triunfador en todos los congresos de medicina y sin corazón para nadie, que
un buen día se vino a España atraído por el perfil en Internet de una española que ni se
parecía a la de la foto, ni le iba a dar tantos mimos como prometía por e-mail, ni en
realidad era española.

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Orgulloso, Stelvin había empezado su vida en pareja en Barcelona con
Altagracia, de Santo Domingo como él, recién embarazada, y no le iba a pedir ni un
peso a su papá, aunque su madre se lo rezara a todos los santos y a la virgen, excepto a
su marido y al terco de su hijo, que para algo los dos tenían el mismo carácter. Lástima
que Stelvin no le hubiera sacado ninguna de las cualidades del progenitor y sí, todos sus
defectos, más otros que nadie en su familia adivinaba de dónde procedían.
Fue durante el parto que hacía mucho calor. La polio, la polio. Alguna
enfermedad rara. Habida cuenta de que su otra hija se comportaba como estaba previsto,
Jeremías de las Casas llegó a pensar se trataba de la más rara mutación genética,
obcecada en fabricar un individuo único, un Stelvin, crédulo ante el horóscopo,
comprensivo con los ladrones por vicio e incapaz de aceptar un enchufe para vivir con
desahogo.
Menudo médico, le acusó un paciente, cuando lo vio paseando con su hijo por el
malecón.
Menudo paciente que todavía no se ha dado cuenta de que hay cosas que no
tienen solución ni personas que merezcan la pena, le respondió el doctor de las Casas,
con la cabeza bien alta.
Había pasado el tiempo y la gente seguía prejuzgando a Stelvin por su físico, pero
el chico-hombre lo llevaba bien, vestía ropa ancha para aparentar más hombrura y jamás
dejaba de mirar a los ojos a su interlocutor.
Como era parco en palabras, la empleada de la empresa de trabajo temporal vio
en aquel hombre esmirriado, descoordinado en todos sus movimientos pero con una
seguridad en sí mismo sorprendente, un potencial de rudo mozo de almacén que
también valdría para estibador en el puerto.

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Igual de serio y de firme estaba, pero con su traje ajado, frente a aquellos
tiarrones del Pleistoceno que le miraban con extrañeza. ¿El jefe? ¿Un auditor? ¿Un
friqui? El negrote colombiano tenía buena vista para la gente, pero los demás, porque no
tenían ni la mitad que su fuerza, lo tomaban por tonto.
Con paso firme vino un tipo no menos bruto que los otros. Más pálido, sin
embargo, y sin rasgos de nativo americano. A todas luces, español. Por lo demás,
apenas se distinguía por la camisa a rayas casi limpia, abierta hasta el pecho a pesar del
frío. Los demás se callaron y se reunieron formando un semicírculo de espaldas al
puerto. Stelvin se quedó descolocado en mitad de aquella nave a la que le faltaba media
parte del techo y que, igualmente, tenía una altura ideal para que las gaviotas se
sintieran como en la intemperie, pero algo más calentitas.
El jefe observó a Stelvin con los brazos en jarras esperando a que se diera por
aludido y reculara con sus compañeros. En lugar de eso, Stelvin se le quedó mirando
atentamente, con el mentón apuntando al techo. Las gafas gigantes milagrosamente en
su sitio a pesar de la asimetría.
¿Y tú de qué vas?
¿Esta reunión es para el trabajo?
No, hemos quedado a las siete de la mañana para contarnos chistes…
¿Y a dónde es para trabajar?
Míralo, qué gracioso: tira pa’tras con los compañeros, ¡coño!
¿Con éstos?
¡Si no te importa!
Con tal de trabajar…
El capataz se puso morado de ira, ¿de dónde habrían sacado al tipejo nuevo?
Mientras maldecía y respiraba hondo, todo a la vez, Stelvin caminaba despacio hacia la
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fila de operarios, se abrió paso en un hueco porque uno de los hombres lo dejó (el otro,
moreno, protestó pero acabó dejándole espacio).
Entonces Stelvin se giró y vio por una de las ventanas el conglomerado de toros,
los convoyes frente a los barcos y una grúa que sobresalía pugnando con los barcos de
más envergadura por adueñarse del cielo púrpura.
…Cada cual ya sabe qué tiene que hacer y el que no, que me siga.
Yo quiero llevar la grúa.
¿La grúa? ¡Nombre y apellidos! Los demás, al tajo.
Antes de quedarse a solas con el jefe, respondió:
Stelvin de las Casas.
El hombre revisó un papel de impresora antigua, de las que mordían la celulosa,
mientras los mozos de almacén demoraban a propósito su marcha para mirar de reojo la
escena.
Algunos reían por lo bajo, otros parecían francamente malhumorados.
Aquí pone que empiezas como mozo de almacén.
Mozo de almacén incluye grúas.
Aquí no, chaval. Así que ya sabes… O te pones a cargar y descargar cajas como
tus compañeros o sales de aquí cagando leches.
Pues un cochecito de ésos –señaló uno de los toros.
¿Pero tienes el carné?
No, pero lo sabré manejar.
El hombre se acercó a Stelvin con los ojos desorbitados, los labios torcidos,
muelas con muelas: oye, tío rarito, no sé qué haces en esta lista ni por qué vienes
vestido de boda.
No es de boda el traje, es de trabajo.
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Mira: te doy cinco minutos para que te cambies y te pongas a trabajar ya. Ponte
un mono de aquellos (señaló un rincón donde había cuatro taquillas viejas) y ve dónde
el camión… Si luego vuelvo y no estás al tajo, se me acabará la paciencia y a ti el
currele, ¿me explico?
El capataz se fue por uno de los pasillos y dejó a Stelvin con la respuesta en la
boca.
Stelvin, que sabía entrever el peligro, se quedó con la primera parte de la
amenaza y fue a ponerse precisamente uno de los monos de capataz que había colgados
cerca de los aseos, que hacían las veces de apestosos y encharcados vestuarios.
En el pecho derecho lucía el nombre del jefe, Suárez, y su cargo, coord.
(coordinador, aunque Stelvin no lo supo interpretar). Pero Stelvin tenía casi tan mala
vista como oído y, además, estaba entusiasmado con llevar los colores que había visto
anunciados a la entrada, rojo y verde, cuando llegó en taxi después de recorrer varios
kilómetros haciendo círculos en un autobús de línea, cuyo trayecto era P. de A- P. de B,
por lo que Stelvin creyó que el puerto se dividía en dos letras como las clases de los
colegios cuando era escolar.
Así, cambiado, se acercó a dónde descargaban cajones enormes unos muchachos
a todas luces inmigrantes como él. Pero, como eran de un turno anterior, se creyeron
que estaban ante un coordinador.
¿Qué se le ofrece?
Estoy para ayudarles.
Usted dirá.
Y como terminaban de descargar, Stelvin dijo:
Carguen.
Esperó a que lo hicieran y luego dijo:
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Descarguen.
Carguen.
Descarguen.
Aquella pantomima duró más de diez minutos. Los cuatro hombres, bastante más
corpulentos, se sintieron humillados, pero no se atrevieron a dejar salir por la boca los
insultos que se acumulaban.
De pronto, uno de ellos miró el reloj y dejó de obedecer a la voz de “carguen”. El
resto hizo lo mismo y desapareció maldiciendo al falso coordinador.
Ya clareaba el día, y completamente perdido por uno de los muchos muelles de
aquel puerto inmenso, Stelvin resolvió descansar sobre una caja y observar el vuelo de
las gaviotas.
Son inmensas, pensó. Yo pensaba que serían como las palomas. ¿Picarán? Seguro
que sí. Tienen que ser peligrosas, porque no se ve otro pájaro en el cielo.
Él creía escuchar a las gaviotas, pero el ruido procedía de varias fuentes: las
sirenas de los barcos sonaban mezcladas con los pitidos de las grúas, los toros y los
camiones, que en sus maniobras, prevenían a los viandantes y vehículos de sus
peligrosas marchas atrás.
En éstas que se acercó un mozo con una especie de mando a distancia enorme en
la mano. Se quedó mirando a Stelvin, tan solitario sobre la caja aislada. Tras llamarlo a
voces, el hombre tuvo que rodearlo y ponerse en frente de él para que Stelvin captara su
presencia.
¿Está usted bien?
Sí, sólo estaba descansando. Sin novedad –hizo una pausa, pero el otro no supo
qué decir-. Aquí sentado.
¿Entonces me voy?
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Ni hablar: estamos aquí para trabajar. Cargue, haga el favor.
¿Está usted seguro?
¿Y usted? Cargue inmediatamente.
Como quiera, jefe.
El hombre se alejó y, apuntando a la grúa de la que pendían los cables a los que
estaba atada la caja, debió de pulsar un botón en el mando. El caso es que la caja
empezó a elevarse con el dominicano encima.
Si parece que floto- se dijo Stelvin- qué bien sienta trabajar.
El operario lo subió tanto como para encararlo al puente de un buque amarrado,
pues era el único lugar donde podía cargar la caja y él estaba siguiendo las órdenes.
Unos veinte metros sobre la dársena.
Se está bien, pero hace aire de repente. Igual bajó la marea, porque me veo muy
alto y no querría molestar a los pájaros.
A pesar de que las gaviotas no acostumbran a atacar a seres humanos, pareciera
que una, de unos quince kilos de peso, le leyó el pensamiento a Stelvin y fue directa,
con el aleteo a su máxima potencia, contra él.
Diablos. Ese águila marinera, la gaviota gigante, me va a comer vivo.
Entonces, Stelvin se hizo un ovillo, y el operario siguió trasladando la caja hacia
el vuelo acelerado de la gaviota. Detrás venían más aves oliéndose que algo interesante
se estaba cociendo cuando el viejo ovíparo ponía todo su empeño en llevarse el premio.
Desde abajo, el operario, que estaba dirigiendo la maniobra, no vio llegar al
capataz que andaba buscando a Stelvin como un loco. Bastante tenía con toquetear el
mando suavidad para que Stelvin no cayera al vacío y, al mismo tiempo, evitar a las
gaviotas, unas aves que normalmente se portaban bien y dejaban en paz a los
estibadores.
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¿Se puede saber usted qué hace con ese hombre? Descárguelo, inmediatamente.
El operario perdió de vista la lucha que se entablaba en los cielos y se cuadró ante
el capataz, al que temían como al demonio, y que le recordaba a un sargento que tuvo
cuando le tocó ingresar en la milicia de su país, allá en El Salvador.
A sus órdenes, capataz, pero es que el señor capataz, el del cielo, me ordenó que
lo cargara en el buque.
¿Ése que va sobre la caja es su capataz?
Eso dijo, lo llevaba escrito en el mono y se… (fijándose en el nombre bordado)
llamaba como usted.
Muy bien, con que ésas tenemos… Acelere la maniobra, a ver si se le quitan las
ganas de broma.
Por los cielos, la caja con Stelvin encima en forma de oruga, alcanzó una
velocidad de varios nudos marineros. Entonces, con los ojos semicerrados como cuando
hacía trampas en el juego del escondite (la memoria de la infancia le fallaba menos que
cualquier otra), vio que algunas gaviotas se apartaban, pero no la primera, que le pasó a
un centímetro escaso de los pelos de la coronilla.
Cobarde, si yo pudiera volar… -exclamó Stelvin.
Y habiendo perdido la noción espacio-tiempo, Stelvin pensó que era mejor
erguirse y lanzarse contra las gaviotas en una especie de lucha de pájaros destructores.
Abajo lo veían de otra manera.
Pero, jefe, ¿qué hace ese loco? ¿Se creerá que va a levantar el vuelo?
Usted dele rápido al cacharro y estampe al idiota ése contra la barandilla del
barco.
Jefe, que ese tipo se tira…
Sin rechistar. ¡Obedezca!
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Así lo hizo el salvadoreño, y por suerte, cuando la vieja gaviota vengativa se
colocaba de nuevo enfrente de Stelvin, aislada, porque el resto vio que allí no había
vianda ni victoria significativa, la caja basculó a menos de un metro del último puente, a
estribor. Viéndose tan cerca de un suelo, Stelvin vino a saltar justo en el momento en el
que la caja se deslizaba sobre el puente.
Lo que ocurre es que no fue a parar a ese buque, sino a otro, que había
directamente detrás, y se disponía a salir del puerto.
El capataz y el operario se quedaron de piedra al no ver a Stelvin y sí, la parte
superior de la caja sobre el puente del buque amarrado.
¿Dónde está ese loco?
Virgencita que se nos ahogó.
Pero si apenas cubre el puerto… Espero que sepa nadar al menos.
Alguien debió de avisar a la policía de la maniobra extraña y enseguida se
personó un coche de la portuaria. El capataz se fue corriendo detrás de los contenedores
en cuanto vio el morro de la patrullera y el operario se dio también a la fuga dejando la
grúa dando bandazos de una parte a la otra de la dársena.
Mientras tanto, Stelvin se intentaba recuperar del golpe tremendo, pero en la parte
del barco donde había ido a estrellarse sólo había aparejos de pesca que le habían
salvado la vida. Al lado de las redes había maquinaria suficiente como para haberle roto
la crisma.
Las gaviotas gritaban como locas. Quizá habían hecho apuestas entre ellas y la
mayoría había dado por muerto a Stelvin.
Los tripulantes noruegos hablaban su extraña lengua en el puente de abajo, y
Stelvin, inconsciente durante unos segundos, creyó que había llegado a un país
extranjero.
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Tan confundido le había dejado el golpe y, viéndose rodeado de agua por todas
partes, pensó que estaba en una isla.
Debe de ser africana. Oigo una lengua que me recuerda a lo que chapurrean los
haiteños.
Las gaviotas tardaron todavía unas cuantas millas en cansarse de perseguir el
atunero, salmonero y lo que le echaran, con bandera de Puerto Príncipe, capitán y
segundo de a bordo noruegos, y algunos suecos, un filipino, y otros de muy diverso
pelaje entre la tripulación, pero ninguno que hablara pizca de español.
Luego dicen que la Tierra no se mueve -reflexionaba Stelvin-. A la vista está. Y
por eso mismo, porque es esférica y da vueltas, no por la forma del ojo, es que se ve
todo circular, sin esquinas, y sin fin.
El vahído vino después. Su sueño de volar vino recompensado al poco tiempo
cuando el barco tuvo que dejarlo en las Baleares y alguien de aduanas pensó que un
hombre tan inocente, perseverante y soñador –y pesado, vaya si le pareció pesado
queriendo abrir todos los contenedores de los chinos en busca de consolas piratas (para
sus hijos)– que lo envió hacia el aeropuerto de Mallorca, donde lo llevaron gratis a
Barcelona en calidad de oficial de la marina accidentado.
Al día siguiente volvió a presentarse en el puerto, pero a pesar de llevar un mono
azul que su mujer le compró en un bazar chino, nada más asomar la nariz en la nave
varios de los hombres empezaron a increparlo y, especialmente, el jefe al que le habían
amenazado con despedirlo el día anterior. El muy bestia lo persiguió por la dársena con
la amenaza de lanzarlo a un contenedor con destino a Singapur. Convencido de que el
capataz español se había vuelto loco y quería matarlo por envidia, se paró enfrente de un
coche de la policía portuaria, que casi se estrelló contra una pila de containers para no

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arrollarlo. Tras la declaración de Stelvin, la policía portuaria le dio una vuelta en coche
hasta la parada de autobús más próxima.
Cuando llegara a casa, Stelvin le diría a Altagracia que le habían expulsado del
trabajo por llevar un uniforme no reglamentario. O sea, que la culpa era de los dos: de
él, por no cambiarse a tiempo, y de ella, por comprarle un mono de los chinos, que todo
lo hacían deprisa y de poca calidad. Así, Altagracia le haría una buena cena para
compensar o, por lo menos, le dejaría dormir en la cama con ella. Ya no es que echara
de menos el roce sensual de su piel femenina, medio africana y algo áspera, sino que en
el sofá se dormía fatal.

2. Portero de discoteca latina

Después de las vacaciones de Navidad, seguía sin asomar el invierno tal y como
se lo habían contado a Stelvin. Ya habían pasado cinco, ¿seis años? Y el invierno feroz
del que la gente mayor hablaba se parecía a un cuento de niños. El cielo, eso sí, los más
de los días asomaba gris y los plataneros parecían garras pardas en mitad del asfalto. A
pesar de que no se veía el mar ni desde la azotea del bloque, la humedad seguía calando
en los huesos de los De las Casas. Ningún caribeño pasaba una hora sin quejarse.
Además, el tiempo libre daba para esta y otras observaciones.
Lo peor es que nadie, absolutamente nadie, encontraba trabajo después de Reyes.
El país se paraba el 24 de diciembre. Y el 7 de enero la gente volvía a sus trabajos.
Toda la gente no, replicaba Stelvin sin descanso a los sabios del parque. Yo veo
mucha gente que no se va de vacaciones a ninguna parte.
Precisamente. Los que se quedan no pueden irse a ningún lado. No tienen dinero
ni trabajo que dar, ¿o es que no lo entiendes?
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Stelvin no decía ni que sí ni que no. Quizá fuera cierto. El Puma, jefe del clan, al
que Stelvin llamaba por error el Pupa, siempre solía acertar. Sin embargo, Stelvin había
notado que los tenderos abrían sus negocios, igual que los camareros atendían a sus
clientes, y las chicas de los centros comerciales deambulaban por los probadores. Lo
mismo pasaba con los supermercados, las zapaterías y no digamos los locutorios y los
súper de los pakistanís. Éstos no cerraban ni el día de Navidad.
Según los sabios, sentados como casi siempre en el banco junto a la fuente seca
del parque sin flores, los jefes llegaban de las vacaciones navideñas el día ocho o el
nueve. Y tenían tantos mensajes que responder, tantas llamadas que hacer, y tan pocas
ganas, que como mínimo hasta el día 20 de enero no pensaban en si hacía falta contratar
o despedir a alguien.
Además, la cuesta de enero… -recordó el Puma-. No hay peor época para pensar
en gastos. Los españoles se quedan sin un céntimo después de las Navidades y hasta
finales de febrero no recuperan.
Allí de pie, sin el refugio de unos árboles con hojas, en mitad del vendaval, a
Stelvin le tocaba asentir la decisión del comité de sabios. Pero sólo en apariencia.
Luego, cuando los dejara allí helados de frío iría a ver al verdadero club de dominicanos
de la zona.
En el restaurante dominicano Miraflor, que de madrugada se convertía en un club
de dudosa reputación y, los domingos por la mañana en una iglesia católica
presbiteriana, había un espacio trastero que los oriundos del país caribeño usaban como
punto de encuentro para sentarse en torno a una mesa vieja, jugar a cartas y, sobre todo,
aclarar las cuentas. Stelvin llegó justo en el momento en el que un policía conocido del
barrio hablaba con el Tío Braulio, el jefe:
Ya no es cosa de regalitos. Es que si no hay portero, no hay discoteca.
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Pero si no tenemos licencia.
Pues por eso. Tiene que parecerlo.
Una vez, sin querer, nada más llegar a Barcelona, el mismo agente le preguntó a
Stelvin dónde vivía un atracador colombiano que se escondía en los bloques cercanos.
Stelvin, como no sospechaba ni que uno fuera policía ni el otro ladrón, lo acompañó
hasta la puerta exacta del atracador, pues pensaba que era un vecino bien informado. Así
que el agente, agradecido, en cuanto lo reconoció, lo propuso como portero.
¿Stelvincito? Pero si no tiene ni media bofetada… Es un hijo de Machepa -objetó
el tío Braulio.
Stelvin quiso protestar: un hijo de Machepa era un don nadie, pero el policía le
interrumpió exagerando su emoción.
Pues más barato cobrarás, ¿verdad Stelvin?
Sí, si no hay que pegar, cobro menos.
Y así es como Stelvin consiguió trabajo.
Aquella tarde, los asistentes a las reuniones de la nostalgia (de tres a cinco)
insistieron en que el puesto de portero de discoteca le venía grande a Stelvin.
Muchos protestaron pensando que los otros se referían a las pocas luces de
Stelvin: ¿pero qué inteligencia necesita un gorila de discoteca?
Algunos fueron más positivos: La disco es latina y a Stelvin le gusta el merengue
y la salsa, ¿verdad Stelvin?, le preguntó uno de los viejos dominicanos al salir a tomar el
aire. Stelvin asintió como un perrito y el anciano, para convencer al resto, lo invitó a
pasar a la trastienda. Una vez allí, sin mediar palabra, una especie de espasmo le
recorrió el cuerpo y empezó a mover las rodillas como si se le quisieran escapar del
cuerpo. Lo que en la mente de Stelvin era un movimiento sexy, a los demás les sugirió
el desmantelamiento de un robot por aplastamiento entre dos trenes.
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Eso sí, se contoneaba con energía. Stelvin podía estar haciendo la cacerola loca
durante media hora o más.
Como aquel espectáculo hipnotizaba a los presentes, Stelvin no tenía intención de
parar.
OK, de acuerdo, pero el consejo no quiere saber nada, advirtió el segundo de
Braulio, un tipo con cara de indio apache y barba de chino. Le llamaban Papi Rudo.
Es un sí, Stelvin, para ya, que te desmiembras, dijo alegre María Emilia, una
dominicana negra como la noche, tan gruesa como vital, que estaba amancebada con el
tío Braulio.
¿Y voy como bailarín, al final?, preguntó Stelvin.
Nadie había visto al jefe Braulio reírse antes, pero la pregunta iba en serio.
Ay, Stelvin, le estrechó la gordísima María Emilia entre sus pechos, qué grande
eres.
¿Sólo merenguito o algo de salsa también? Stelvin empezó a moverse como si
unos monjes diabólicos de la Santa Inquisición tiraran de cada extremidad
aleatoriamente.
Todos volvieron a reír, y el Papi Rudo se atragantó hasta el punto que a punto
estuvieron de llevárselo al hospital. La gorda María Emilia no podía contener su euforia
y llenó la frente de Stelvin de carmín. El tío Braulio le dijo que se marchara, que ya
había pasado suficientes pruebas, algo celoso.
Al llegar a casa, Stelvin tuvo que pasar la noche en el sofá porque no hubo
manera de convencer a su mujer de que no se había acostado con un harén de golfas
españolas (la obsesión de Altagracia con el peligro de las españolas para con su maridito
era de aúpa. Hay que recordar que ella se hizo pasar por gallega cuando lo conoció
online y él picó al instante).
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Como había pasado una noche de pena por culpa del mecanismo del sofá cama,
Stelvin se levantó, desafiando a sus principios, a las ocho de la mañana, y se dispuso a
desayunar con su prole para reivindicar su puesto como cabeza de familia. La queja
lejana de los niños lo frenó en el último momento. “Es que me insultan; sí, de mí
también se burlan; dicen que pai es raro... Pero eso es normal, respondió Altagracia,
tenéis que acostumbraros”. A Stelvin le pareció que ya era hora de ganarse el respeto de
los suyos con un trabajo de macho latino, así que se presentó en la puerta de la disco
latina, luego de equivocarse de metro en dos ocasiones (la primera vez, de línea; la
segunda, de dirección).
Por supuesto, no encontró luces de neón ni farolillos de fiesta ni un solitario
anuncio de nada. La persiana echada. ¿Y quién iba a estar un viernes a las nueve y
media de la mañana en la discoteca, centro social o casino encubierto? Ni las
limpiadoras venían tan temprano (Braulio no se fiaba y no les dejaba las llaves: ¿y si
conseguían averiguar su secreto para sacarse cinco euros de un cubata que no valía ni un
euro?).
Stelvin se quejó en voz alta delante de unos turistas que sólo querían ubicarse en
la ciudad.
La informalidad. Typical Spanish y ahora Dominican también.
Los guiris, galeses para más señas, prefirieron seguir perdidos en dirección
opuesta al Camp Nou en lugar de preguntarle a aquel loco que iba vestido con un
chándal gris con capucha, tan retro que parecía sacado del vestuario de la primera parte
de Rocky.
A Stelvin le pareció buena idea aporrear la persiana no fuera a ser que se
hubieran dormido los trabajadores en su interior. Por influencia de las películas, cargaba
con todo el hombro sobre la persiana metálicas y las dos veces cayó al suelo tras rebotar
21

como una bola del millón. A la tercera, medio mareado, lo intentó de nuevo, pero
apuntó mal y aterrizó en la entrada de una tienda de animales en la que tenían la
costumbre de dejar un loro volando libremente. El loro se escandalizó, pero su voz de
alarma no sirvió para que alguien frenara el aquaplanning de Stelvin, que resbalándose
por el piso de la tienda, fue a parar a la cárcel de cristal donde se exhibían los perros
más grandes y fieros. Stelvin, que siempre se adaptaba a los peligros nuevos, se puso a
cuatro patas a jugar con los cachorros. Mientras, el loro sacó al gerente de la tienda de
su sueño matutino y, sin querer salir de su estado catatónico, ordenó a la chica de la
limpieza que echara un vistazo a los perros, o que matara al loro, lo que prefiriera.
La chica, que además de limpiar arreglaba los animales, pensó que les había
visitado un ladrón porque no eran formas de entrar abriendo de golpe la puerta y correr
como una exhalación por el pasillo: la puerta todavía se tambaleaba, las huellas eran
evidentes y, al fondo, un hombre canijo estaba enredado entre los perros. En un acopio
de valentía, la mujer decidió cerrar a Stelvin con los canes y llamar a la policía. Cuando
por fin se espabiló el gerente de la tienda, no se podía creer lo que estaba viendo.
Hecho un amasillo de persona, Stelvin se arremolinaba en un rincón y el resto de
perritos hacían como si mamaran de sus ubres, que eran los descosidos del chándal.
Aunque la escena era conmovedora, y el gerente quiso sacar unas fotos, la chica
insistió en llamar a la policía y no alterar nada del escenario (viviente) del crimen. Al
gerente, la chica le parecía guapa. En realidad, toda mujer que pesara menos de ochenta
kilos y se maquillara los ojos se presentaba ante sus ojos como una belleza prodigiosa.
Por eso le hizo caso y se quedó con las ganas de inmortalizar la escena. En cuanto a
Stelvin, se sentía querido por los animales y estaba, la verdad, muy a gusto.
A la guardia urbana, en cambio, aquel conato de zoofilía le pareció de muy mal
gusto, pero como el dueño de la tienda vendía varias especies ilegales y la mujer hizo
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migas con un sargento, a pesar de que trabajaba en negro, lo arreglaron entre ellos a
condición de que no se supiera nada del truculento asunto.
No se supo el mismo día ni al día siguiente, pero fue inevitable que trascendiera
el extraño caso de Stelvin y los animales. En el barrio se corrió la voz de que Stelvin se
había enfrentado a una jauría de pitbuls amaestrados. En algunas versiones posteriores,
los sucesos habían ocurrido en el zoo y Stelvin había conseguido ganarse el respeto de
una familia de osos.
Mientras estos desmanes iban de boca en boca, Stelvin cogió alguna enfermedad
exótica, que para él no lo era tanto, porque ya la había pasado en algún lugar del Caribe
de pequeño. Altagracia, sin embargo, lo cuidaba como al héroe que se enfrentó a un
león que se había escapado de un circo ambulante.
En menos de una semana ya estaba recuperado, pero se vivía bien en la cama.
Fue el propio Papi Rudo, enviado por el jefe Braulio, el que sacó de la cama a
Stelvin para que se convirtiera en su principal agente de seguridad, lo que le convirtió
en portero de discoteca con todas las de la ley, porque el tío Braulio raramente se movía
de su centro social.
Aquella noche no pudo empezar: le dijo que tenía un compromiso, pero la
realidad es que estaba muerto de miedo y necesitaba que su Altagracia querida lo
abrazara y los niños buscaran su protección.
Cuando Altagracia supo la verdad, le echó en cara que no buscara trabajo y
amenazó con pedirle dinero a su suegro, el papá de Stelvin. Por primera vez, a los niños
les pareció mal que Stelvin sufriera el ataque iracundo de su mujer y se pasaron la noche
aullando como lobos y rugiendo como leones en honor a la gesta de su padre, que a esas
alturas ya había defendido a un puma de un águila real, o eso rezaba la leyenda. A su

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madre le dio lo mismo que Stelvin fuera una leyenda o una piltrafa y los persiguió
descalza por toda la casa hasta que les dejó un recuerdo de sus pantuflas en los traseros.
Bien mirado, aunque al final no fuera a trabajar, hacía tiempo que no dormía tan a
gusto. Nada como tener a un héroe a su lado. A la mañana siguiente, con los niños en el
cole, la dominicana se empeñó en llevar a su marido a uno de esos establecimientos
especializados en uniformes y ropas de trabajo. De entre todos los de cuerpo de
seguridad, le gustó mucho el de guardia civil antiguo. No se sabe si por el tricornio o
por la capa.
Stelvin se negó en redondo: no pensaba ir vestido de torero al trabajo, pero
Altagracia se burló de su poquísima cultura y, al final, adquirieron el traje de guardia
civil made in China.
Al acercarse la noche, Stelvin se presentó cual número de la benemérita en la
puerta del centro social Miraflores. Allí se plantó con una falsa carabina apostada en el
suelo. Si los gitanos de los poemas de García Lorca lo hubiesen visto de esa guisa
habrían excavado en la tierra hasta dar con la mesa del rey Salomón.
Con tal reclamo, la gente, la mayoría latinos, no sólo dominicanos, se acercaba
hasta los reflejos de los luces de neón, observaba al falso guardia civil con su capa y
tricornio y salía disparada hacia otro sitio. Lo mismo le ocurrió al Papi Rudo, que a
pesar de las apariencias era muy leído, y, en cuanto Stelvin le sujetó la puerta para salir
del Miraflores, lo miró de soslayo y, al no reconocerlo, se largó a su casa como un
cohete temeroso de acabar en el garrote vil o fusilado. No volvió más por allí. Ni
siquiera hay pruebas de que siga en España.
Dentro del pub (recordemos que en horario nocturno, el centro social se
transforma), las camareras culonas se aburrían de bailar solas, el DJ ponía música

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evangélica para estar a buenas con el Altísimo. El que preparaba los mojitos se los tenía
que beber de tres en tres para dejar espacio en la barra de tantos como había hecho.
Entretanto, el responsable del Miraflores, el tío Braulio, había salido a una de
esas cenas de mafiosos que tanto odiaba, pero al regresar, le pidió a su chófer, Domingo
el Salvaje, que se pasara por el local, a ver qué tal le iba a Stelvin.
Conforme se acercaban, a Braulio se le escaparon dos bostezos seguidos y le dijo
a su chófer que pasara de largo. Sin embargo, en cuanto vio que no había ni un solo
latino haciendo cola, se le metió un moscardón en la oreja y le ordenó a Domingo el
Salvaje que parara inmediatamente. Se bajó del auto y sólo cuando tuvo a dos metros a
Stelvin adivinó que se trataba de él y no era una mala reacción del vino turbio que tanto
gustaba a sus compadres. Se le quedó mirando, y como Stelvin no se movía y
permanecía erguido como un olmo viejo, se enervó de repente.
¿Y usted qué hace, payaso, con ese traje de torero antiguo?
Llevo el uniforme de la autoridad española y su sala de fiestas está en España por
más salsa que pinchen, Tío Braulio –dijo Stelvin sin mirar al mandamás del Miraflores.
Pues ahora mismo se cambia o se queda en la calle -ordenó el jefe mientras
intentaba arrimarse a la puerta poniéndose de perfil.
Estuvieron los dos frente a frente un buen rato como si se tratara de un partido de
baloncesto. En cuanto el Tío Braulio intentaba colarse por la derecha, allá que se
trasladaba Stelvin con las piernas abiertas y los brazos en cruz. Lo mismo, por el otro
lado.
Pese a su longevos setenta años, el jefe engañó a Stelvin con un amago y se le
ocurrió. Entonces, lo agarró por la camisa como si se tratara de una prenda recién
sacada de la lavadora (si Stelvin estaba esmirriado, el Tío Braulio se había encogido
desde un tamaño pequeño incluso para ser caribeño).
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Un momento, son 10 euros. A no ser que tenga ya la entrada.
No digas idioteces. Quítame las manos de encima. Ahora te vas a enterar cuando
avise a Guzmán y los otros.
El Tío Braulio se revolvió y lo empujó con todas sus fuerzas, pero seguramente
las botas de militar sostenían a aquel pusilánime al suelo y fue imposible moverlo.
Además, los huesos del codo de Stelvin, al notar el peligro, se clavaron como las púas
de un puercoespín en el cuerpo de peluche del anciano.
Harto de darle empellones, sin que se moviera, el jefe sacó la pistola y como
quiera que Stelvin hacía oídos sordos a sus amenazas disparó al aire.
Entonces sí que se asustó Stelvin y entró en el local para guarecerse. No se quitó
la capa y el tricornio porque todos los empleados se le quedaran mirando, sino por el
calor. De normal siempre le sobraba la ropa, pero los sustos le subían la temperatura
unos grados de más. Oculto tras un pilar, se quedó en camiseta, pantalón de camuflaje y
botas.
Mientras, una unidad de los mossos d’esquadra acudió a la llamada de una vecina
con especial odio por los latinoamericanos y se llevó al tío Braulio por escándalo
público y, ya que sostenía la pistola en mitad del Miraflores lanzando maldiciones, por
presunta posesión ilegal de armas de fuego. En la comisaría se pusieron muy contentos,
pues andaban tras de él por tráfico de drogas y no había forma de pillarlo.
Había más, pero el buen mestizo conocía sus derechos y esto, en la práctica,
significaba que conocía a algún mosso de haberse pasado por alguno de sus negocios de
luces rojas. Además, era un maestro en autoinfligirse lesiones. Antes de abrirse un buen
corte el brazo con las uñas filadas, posó delante de una cámara de vigilancia en
comisaría y al ponerle las manos encima un agente fingió una agresión. Luego, se
cortaría las uñas con los dientes. Sus abogados ya harían el resto.
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Con todo el escándalo, dentro del club Miraflores no quedaron más que una
camarera y tres go-gos. A Stelvin no le costó mucho convencerlas de que era el nuevo
encargado de seguridad y de que el Tío Braulio le había ordenado camuflarse por el
bien de los dominicanos, de su reputación y, finalmente, para no llamar la atención. Las
chicas, agradecidas, lo trataron a cuerpo de rey y le sirvieron todos los mojitos que
había preparados, que eran muchos. Por si fuera poco, bailó con las chicas más guapas y
se dejó besuquear cuanto quiso. Al regresar a casa, Altagracia lo dejó durmiendo en el
descansillo de la escalera más por las nuevas marcas de pintalabios que por la enorme
borrachera, que a fin de cuentas era lo habitual entre sus hermanos y su propio padre,
que en paz descanse.
El Tío Braulio encontró el camastro del calabozo tan incómodo como las
anteriores veces. Sólo le animaba la idea de cobrarse justa venganza contra Stelvin.

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3. Informador de trenes

El 21 de enero salió un día de invierno en plena regla. Por un momento, la fina
lluvia parecía que se convertiría en nieve, pero Stelvin comprobó que los copitos se
licuaban entre sus dedos y al explotar contra el suelo del patio interior apenas daban
para charquitos que se diluían por el desagüe.
Llevaba varios días encerrado, pues en el parque se rumoreaba que el Tío Braulio
quería darle un escarmiento, y un día de nieve habría sido una excusa perfecta para
seguir en el piso. Sin embargo, andaban escasos de víveres. Las ofrendas de Helena no
daban para tanto. Altagracia, por su parte, le había planteado un ultímatum. Si no
conseguía trabajo antes del final de la semana, pediría ayuda a sus padres y si éstos no
podían, no dudaría en recurrir a sus suegros. Stelvin recogió el guante de la amenaza y
se largó de allí con la excusa de hacer una quiniela.
Una vez en la calle se extrañó de que, a pesar de la lluvia, el consejo de sabios de
la plaza se encontrara reunido. Qué disgusto se llevó Stelvin cuando el Puma pronosticó
que no nevaría. Cuatro gotas y a correr, dijo un ex presidiario que había sido agricultor.
El cielo, a pesar de que descargaba gotas frías como témpanos, tenía ese color plomizo
con el que solía amanecer, según el Puma, por la contaminación del cinturón industrial,
que Stelvin no sabía dónde estaba, pero que debía de ser muy amplio puesto que el cielo
de Barcelona estaba igual de pardo que el de l’Hospitalet.
Después de un día realmente infructuoso, las palabras del loco Cabrera en el
locutorio latino (más caro que el del indio Baba, pero en español), se le repitieron como
una señal de televisión por cable en su cerebelo.
“Éste no puede ser un día más”.

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“No”, le había respondido Stelvin. Pero no sabía por qué le había respondido así.
Por cortesía, supuso. Por no decirle que no sabía de qué carajo hablaba.
Luego, en la calle tuvo una falsa intuición cuando una pizca de nieve le cubrió los
hombros. ¡Estaba nevando! Al mirar al suelo descubrió que, por desgracia, la nieve
regresaba al agua de donde partía. Corrió hacia casa y, por el portero automático le dijo
a su mujer que dejara bajar a la calle a los niños, pero Altagracia puso el grito en el
cielo… ¡Pues claro que saben que nieva. ¿Y por qué te crees que no los dejo salir? ¿Tú
quieres llevarlos al hospital con tu carro imaginario?
Pronto, como si la nieve también le temiera a Altagracia, los frutos del cielo se
conformaron con ser agua. Entonces le vino a la mente que el loco Cabrera estaba
casado con una dominicana. Por eso, pensó Stelvin, había sugerido que sería un día
especial. Porque en República Dominicana el 21 de enero era un día festivo (feriado,
que diría Stelvin). Y no era una fiesta cualquiera. Se celebraba desde el siglo XVI. Por
algo era la virgen más milagrosa de la cristiandad, según le escuchó al Obispo de Santo
Domingo una vez que le llevaron a Higüey sus padres de pequeño. Probablemente el
único viaje que hicieron juntos aparte de la habitual estancia de veraneo en cualquier
apartamento con piscina de la costa del Este.
Era el día de la Virgen de Altagracia. El santo de su mujer y de casi todas las
mujeres dominicanas que conocía, pero eso entonces importaba un pimiento.
Lo importante es que había salido por la mañana a por una quiniela y no volvería
hasta la noche (eso no lo sabía, claro). No la había felicitado por la mañana y no tenía
más que un euro en el bolsillo para la quiniela y con eso pocos regalos podría
comprarle.

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Le salía más a cuenta robar en una tienda que llegar a casa con las manos vacías.
Pero, aunque en su cuenta había menos fe que dinero, ¿y si la virgencita se le
manifestaba expresamente para castigarlo?
De entrada, hizo tiempo para encontrar un local de apuestas del estado que
tuviera el número 21 para echar la quiniela. Luego, se las ingenió para que entre las
combinaciones 1-x-2 de cada una de las dos columnas el resultado fuera 21. Y así se le
esfumó la tarde, muy lejos, por la quimbamba, como decían en su país. Ni siquiera sabía
en qué pueblo estaba pues en cuanto menos te lo esperas una sola rotonda te coloca en
tres de los municipios que rodean Barcelona.
En cuanto vio el nacimiento del crepúsculo del sol, trazó un ángulo de unos
cincuenta grados contra dirección y al cabo de una hora, con el peso del color plomo del
cielo sobre el asfalto, se situó en los alrededores del barrio.
Justo asomó por una zona que había explorado poco y le gustó encontrarla,
porque en ella había hierba protegida por setos opulentos y, de vez en cuando, jardines
con flores.
Flores de jardín. Nadie les hace caso hasta que se secan, se pudren, y el viento
esparce sus restos mohínos por la calle. Estaba a punto de infringir la norma número
uno según la asistenta social, la colombiana Gertrudis: hacerse notar, pero era gratis y
no pensó en que fuera a cometer un delito, ya que en su país lo normal era llevarse a la
solapa o la boca, si tenía buen sabor, cualquier planta de la calle. Así que fue bajo la
tenue lluvia hasta uno de los pocos jardines de flores que se encontraba en su trayecto
habitual hacia el bar de Francis, se metió por entre los setos y empezó a arrancarlas de
tres en tres. En mitad de la carretera vacía, a la que Stelvin no podía dejar de mirar,
aparecieron las luces de un coche. Uno blanco con letras azules en el lateral. La sirena
resplandecía en el techo. ¡La policía!
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Entonces, sin saber por qué empezó a correr en dirección a su casa. El agente que
iba al lado del conductor no se lo podía creer. Con una miríada de flores y hierbajos
encima, siendo Stelvin esmirriado, daba la sensación de que un duende estaba
atravesando la oscuridad de la calle.
El hombre se tomó otra pastilla ansiolítica y no se atrevió a decírselo al conductor
que hablaba del partido de fútbol de la noche, el que verían alargando un poco el tiempo
de la cena en el bar de Francis, su favorito en la zona, porque no había ni moros ni
sudacas.
Stelvin seguía corriendo como un poseso. Muerto de miedo por si le habían
reconocido, a pesar de que estaba calado hasta los huesos y tenía un frío de muerte,
decidió dar un rodeo y, justo cuando doblaba la esquina por la calle de Felipe IV, el
coche patrulla se presentó en dirección contraria dispuesto a aparcar enfrente del bar de
Francis en un vado en el que estaba prohibido y sólo estacionaban ellos porque les daba
la gana y sabían a ciencia cierta que el garaje era de un viejo que apenas tocaba el
coche.
El pobre agente no se lo podía creer: otra vez el duende que corría bajo la lluvia.
Carraspeó antes de hablar.
Mira, Jordi, llévame a casa, que no me siento bien.
Pero con las ganas que tenías de ver el Barça… ¿a qué viene ese cambio ahora?
Mientras los dos policías hablaban, Stelvin aprovechó para cobijarse en el bar de
Francis. El local estaba a reventar. Nunca lo había visto así. A más de uno le llamó la
atención la entrada a toda prisa de un hombrecito cargado de flores y hierbas. Bartolo,
culé hasta la muerte y gran cervecero, pensó que un nomo se había colado en el bar,
pero decidió inclinar el vaso de cerveza y engullirse la espuma de un trago.
Francis lo detuvo por el pescuezo, cuando ya se metía por detrás de la barra.
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“Ven aquí, hombre”, y lo metió en la cocina donde su mujer Mercé trataba de dar
abasto con las comandas de patatas bravas de los hombres hambrientos.
¿Pero qué haces con esas flores? ¿Las has robado?
No, las he cogido de la calle.
Eso es robar, Stelvin, y ahora mismo vendrá una pareja de policías a ver el
partido. Tienes que tirar esas flores a la basura.
Nunca. Prefiero la cárcel al enfado de Altagracia.
Porque Mercè, a la que consideraba una santa española, no se quedara con una
mala impresión, Stelvin le explicó que se le había olvidado comprarle un regalo.
Francis, que sabía cómo se las gastaba Altagracia, le pidió a Mercé que hiciera un
ramito decente con todas esas flores. La mujer no se lo podía creer, ¡con todo el trabajo
que tenían!, pero la cara de Stelvin era un poema y su marido ya se estaba haciendo
cargo de las bravas.
Con Francis en los fogones, la mujer hizo un bello ramo. El resto de flores y
hierbas acabó en el cubo de la basura. Para evitar el peligro, Francis acompañó a Stelvin
a la calle. El sargento Jordi García le saludó desde una de las mesas.
Stelvin lo reconoció al instante: era el policía que conducía el coche. Lejos de
mostrarse receloso, el sargento se le presentó muy amable y le explicó a Francis que su
compañero se había puesto enfermo.
En casa, los niños habían apostado: el mayor, que ya estaba al tanto de los
cambios de lecho conyugal, opinaba que Stelvin dormiría en el sofá; el mediano, que
mai le daría una colleja a pai, y el pequeño, que Altagracia sólo le gritaría. “Eso no
vale”, se quejaron los dos hermanos al unísono. “Tienes que arriesgar más”. Entonces,
Huguito apostó a que su madre lo mataría a insultos.

32

Camilo se hundió en la miseria cuando vio que sus hermanos menores le ganaban
la partida. En cuanto asomó Stelvin por la puerta, Altagracia le llamó de todo, entre
otras cosas mal padre y mamagüevo (el peor insulto entre dominicanos), le dio una
colleja, y no siguió porque Stelvin le mostró el ramo de flores. De inmediato, ella se
quedó muda, se dirigió a la cocina y dijo con voz grave que esperaran a la cena.
Después, todo fue como en una película romántica. Los niños volaron a sus literas y
Altagracia se alargó sobre la barriguita de su esposo. ¿Por las flores? Exactamente, no.
Lo que más le hizo cambiar de talante fue encontrarse con el ramo dentro de un jarrón a
mitad de agua sobre la mesa del salón. Faltó ponerle algo debajo para no estropear la
madera, pero le hizo feliz el gesto.
Entre caricias castas, pero cariñosas, Altagracia le pidió a Stelvin que hiciera algo
por ella si quería tener una noche de amor:
Lo que se te antoje.
Stelvin, cariño, tienes que plantarle cara a la vida. Para buscar trabajo y
mantenerlo, hasta para que te den el periódico que no está mal impreso, hay que ser
vivo. Habla, que tú puedes.
Y bien. Hablaré.
Pero no así como un robot. Eres latino, caribeño, además. Piensa en Cantinflas.
¿Te acuerdas de las películas del mexicano del bigotito raro?
Sí, y de Cantiflas también.
Pues eso: habla, exprésate. Con la voz, los gestos, con los pelos de la cabeza, con
lo que sea…
¿Pero con los pelos?
Ahora, cállate, y hazme unos buenos preliminares.

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La noche fue bastante bien, dadas las circunstancias. De todas maneras, el
verdadero milagro de la Señora de Altagracia se obró al día siguiente. Ocurrió el día 22,
después de que la Generalitat anulara varios servicios de tren mediante un decretazo
publicado a última hora del martes. De golpe y porrazo, veinte trenes menos en un
trayecto regular desde Girona, Tarragona, Granollers y Manresa a la capital (todas las
direcciones excepto la intocable costa, aunque estuvieran en invierno, fuera de la
temporada turística). Para evitar una tormenta de críticas, salió publicada en prensa una
convocatoria de empleos basura una semana antes. La compañía de ferrocarriles, en
contubernio con el gobierno central y el de Catalunya, pensó que pararía el golpe
contratando a una decena de indocumentados para que anduvieran por la estación
central con una I, de información, impresa en un chaleco reflectante.
Por algún motivo, no tuvo la repercusión esperada entre los parados más pobres y
la Generalitat mandó una circular a los servicios de empleo y a las ETT. Sólo
inmigrantes. Sin explicar por qué.
Stelvin se preparaba a pedir empleo directamente a Jaume, el director de la
oficina, cuando éste le salió al paso. Enseguida pensó que le interesaría la oferta y le
propuso empezar como informador de RENFE al día siguiente.
Estás de suerte, Stelvin. Por fin un trabajo para ti. ¿Te apetece informar de
trenes?
Los trenes.
Sí, los trenes.
¿Qué les ha pasado a los trenes?
No sé, eso se lo dirán allí.
¿Dónde?
En la estación.
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En la de trenes.
Sí, claro que en la de trenes. ¿Te interesa o no te interesa?
¿Los trenes?
El trabajo, Stelvin. ¿Te interesa empezar mañana mismo a informar en la estación
de Catalunya sobre los trenes?
Por supuesto.
Ah, muy bien, por fin… Mira, en la mesa 22, Lali te dará la información.
¿Sobre los trenes?
Tú ve a la mesa de Lali cagando leches, le hablas de los trenes y, a continuación
te callas la boquita, y haces todo lo que ella te diga –contestó de mala gana el director,
ya harto de Stelvin.
Como la tal Lali salió despavorida a almorzar, pues sus treinta minutos eran
sagrados, la novata del grupo de orientadores de empleo tuvo que vérselas para que
Stelvin firmara el contrato. La chica, aplicada y ciertamente resolutiva a pesar de la
corta y deficiente formación, intentó por todos los medios que Stelvin memorizara los
datos más importantes. Con Stelvin todavía en la oficina, dando la mano a la bedel con
voz cascada y al guardia de seguridad, la chica comentó en voz alta que no había visto a
un sudaca más terco en su vida. Ni siquiera a un argentino. Hubo varios ojos que se le
clavaron como alfileres. Por suerte, también había llegado su media hora ampliable para
almorzar.
El sábado de autos, cuando ya había explotado la noticia del corte de servicios
ferroviarios en Internet y las radios (en televisión y prensa vetaron el tema), la estación
de Plaça Catalunya de trenes de cercanías se había convertido en una máquina de hacer
palomitas a punto de explotar.

35

Al llegar al punto convenido del enorme vestíbulo, los formadores de la
subcontrata de RENFE encerraron a los nuevos empleados en una sala escueta de
paredes prefabricadas. Allí, un tipo disfrazado de jefe de estación les dio tres consignas
a los trece inmigrantes que empezarían su trabajo de alrededor de quince días en menos
de una hora (finalmente, le enviarían más carne fresca, porque el escándalo era de aúpa,
y total, les pagaban cuatro perras).
1) Amabilidad: el ciudadano tiene razón siempre.
2) Paciencia: el ciudadano, a menudo, es torpe.
3) Firmeza: los horarios son los que son.
Allá que salieron veinte informadores de uniforme fluorescente (los trece
extranjeros, más siete infiltrados de la compañía), la mayoría latinos, con un plano de
las líneas del ferrocarril y varias hojas con los horarios nuevos.
El hombre que quería ser el nuevo Eliot Ness, y por eso había escogido un traje
solemne, como de película de época, tuvo a bien ubicar a Stelvin en la primera línea de
batalla, puesto que el dominicano no había pestañeado durante su presentación y le dio
la impresión de ser un trabajador atento y despierto. Luego salió a tomarse una cerveza
en la terraza soleada que había a doscientos metros, porque no soportaba esas cafeterías
de veinte metros cuadrados que ponen en las estaciones subterráneas.
Lógicamente, Stelvin tuvo que enfrentarse a las consultas más variadas. Y desde
el principio intuyó que Hércules habría preferido enfrentarse a un león que a un español
cabreado.
Un anciano que no sabía utilizar la máquina automática. “Si no sabe, lo mejor es
hacer cola en la taquilla. Siempre es mejor que te engañe una persona que una
máquina”.

36

Un energúmeno con traje y corbata que estaba indignado con la supresión de
trenes. “Sí, han eliminado trenes, pero sabemos los horarios y eso, al menos, nos da una
seguridad. Además, si hay menos tráfico, más puntualidad”.
Un magrebí cargado con un saco al que el torno no le admitía su billete. “Eso
significa que no es válido. Las máquinas no se equivocan nunca. Las personas sí, pero
ese torno de ahí sabe muy bien qué billetes valen y cuáles no. Fíjese que no hace otra
cosa en todo el día”.
Unos turistas japoneses que hablaban mal inglés. “Chino no sé. Inglés, francés y
español latino y un poco del de España”. “¿Catalán tampoco? Ni yo. Tenemos un
problema, pero lo bueno es que los horarios (señaló un panel electrónico que colgaba
del techo) van explicados con números y los números son iguales en todos los idiomas”.
Un borracho que balbuceaba que quería viajar gratis. “¿Qué vaina de gratis? Aquí
nada es gratis, señor. Mi tiempo vale dinero. ¿Ve usted el chaleco que llevo? Pues
también vale dinero. Todo. Ah, claro, se queja. ¿Y qué le voy a hacer yo? El sistema
tiene sus inconvenientes, pero al final unos por otros, lo comido por lo servido como
dicen acá, y justos por pecadores”.
Estaba fatigado, pero le llamó la atención una chica muy guapa, con aspecto de
extranjera, que miraba los horarios de los diferentes anuncios y letreros. Stelvin se le
acercó sin que ella requiriera su ayuda: “No sea tímida. No hay por qué. Mire usted
alrededor: hay gente de todas las clases y quién más y quién menos hace alguna
preguntita tonta. Dígame lo que sea, que en algo tendré para servirle, pero no piense mal
que mi Altagracia me mata si me ve hablando aunque sea por motivos profesionales con
una mujer como usted…” “¿Ah, sólo necesita saber por dónde se baja al andén? Pues sí,
iba bien encaminada: por la única escalera mecánica que baja. Si me quiere preguntar
algo más, utilice la que sube”.
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Una pareja de cincuentones también le vino con quejas. La señora le echó en cara
que no fuera español y su marido agravó la disputa asegurando que no importaba la
partida de bautismo: todos los de RENFE eran unos inútiles. Stelvin tomó aire:
Nosotros no tenemos la culpa ni de ser latinos ni de que desaparezcan veinte
trenes según ustedes. Sí, sí, según ustedes, porque no es tan fácil robar un tren así como
así. Imagínense veinte.
Los dos catalanes, clase media alta, no daban crédito. Estaban que mordían, pero
Stelvin se los quitó de encima:
Ahora mismo sale un tren. Corran antes de que alguien se lo robe.
Por desgracia, cuando bajaron al andén, el tren, que ni siquiera iba al destino que
ellos querían, se perdía por el túnel.
Durante el tiempo que los cincuentones formularon su queja en el tablero de
información del dúo RENFE-Trenes de la Generalitat, Stelvin siguió desviando a la
gente como bien le pareció sin que ninguno pudiera rebatirle sus diatribas con
argumentos sólidos ni tampoco quedara contento con el trato recibido ni, por supuesto,
averiguara algo que no supiera antes.
De tanta gente descontenta, y siendo los cincuentones tan obstinados, sus quejas
llegaron al capataz. El hombre del traje de jefe de estación fue a por Stelvin cuando
convenció a los cincuentones de que era mejor coger el último tren hasta su pueblo que
quedarse a ver cómo despedía al “pequeñajo con acento de cubano”.
Cuando lo tuvo enfrente, Stelvin intentó prestarle sus servicios. El jefe pensó que
estaba bromeando, pero el dominicano no tenía una vista de lince que digamos.
Creyendo que iba de simpático, lo tomó como un halago a su autoridad y se lo llevó a
un lado para hablar con él en lugar de echarlo a la calle directamente:
¿Qué punto no ha entendido de los que les he explicado en la sala de reuniones?
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¿En el guardamuebles aquél?
En la sala de reuniones, si no le importa.
No, a mí no me importa.
Pues entonces, no me vacile: amabilidad, paciencia, información. ¿Cuál de los
tres puntos no entiende?
Entiendo todos.
¿Y por qué ha tratado con tanto desdén a aquellos señores?
¿Y cuáles?
Pues los que se me han quejado hace cinco minutos. No se haga ahora el tonto.
A mí se me han quejado bastantes.
Miré la hoja de reclamación (se la puso en las narices), esto es intolerable.
Yo no sé qué papel es ése.
Ésa es una queja contra Stelvin De las Casas.
Soy yo.
Claro que eres tú, graciosillo. No me torees, chaval, no me torees.
Ni pensarlo. Eso sí que no.
Entonces, nos entendemos, ¿no?
Sí, nos entendemos.
Pues que sea la última vez o amonestación al canto. ¿Entendidos?
Lo que usted mande.
Así me gusta. Ya decía que te veía espabilado. Espero no equivocarme.
Espero que no, jefe.
Antonio.
Jefe Antonio, pues.
Vale, vale. Que no se repita.
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Sea. ¿Entonces no necesita información?
Qué bromista. Ay, no sé por qué me caes bien con el disgusto que me he llevado
por tu culpa.
Aquí estoy para servirle (se le cuadró como en el ejército).
Al jefe Antonio le dio la risa, pero cuando se alejó se quedó con la duda: ¿le
estaba vacilando, o es que era un cachondo?
Decidió darle otra oportunidad, pues. Sin embargo, Antonio Palomares era un
profesional de los pies a la cabeza y no se mantuvo muy lejos de Stelvin. Durante la
hora que lo estuvo observando, descubrió que la gente que se le acercaba salía
escopeteada hacia otro informador o incluso daba marcha atrás y salía de la estación.
Por eso, a los sesenta minutos justos del seguimiento, Antonio Palomares decidió
intervenir. Stelvin acababa de contestarle a un señor mayor que él no sabía nada sobre la
máquina, que eso era cosa de informáticos. Allí, junto a la expendedora de billetes le
tocó el hombro. Stelvin se dio la vuelta y no se inmutó ante la presencia del jefe. Con el
mentón hacia afuera, subió levemente la cabeza para superar la diferencia de altura,
¿Necesitas que te vuelva a explicar cómo funciona la máquina?
Ni hablar. La máquina no miente.
Me gusta esa respuesta: es convincente y ahorra conflictos.
A sus órdenes, jefe Antonio (el coordinador no pudo evitar marcharse con otra
sonrisa larga en los labios).
Luego pasó lo que suele ocurrir con todos los cacharros.
Una familia echó varias monedas de dos euros para conseguir tres billetes que,
entre los tres, no llegaban a los cuatro euros. Y no les devolvió el cambio. El padre,
celoso de su economía, fue a buscar a Stelvin.
Pero ese dinero que sobra es mío.
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¿Y cuánto ha echado?
No lo sé. He metido todo lo que tenía suelto.
Pues si usted no sabe restar, no le pida a la máquina que le lleve su contabilidad.
Oye, chico, que tú lo has visto, que no me he devuelto ni un céntimo.
La máquina no se equivoca.
Mira, porque tenemos el tren ahora… Si no te iba a dar cuatro lecciones.
¿De qué?
¡MStelvincito sudaca! Pues no se está burlando…
Vamos, Enrique, que te pierdes.
Y gracias a la mujer que el señor se quedó con las ganas de dejarle la marca de
sus nudillos a Stelvin.
Unos diez minutos después:
¿Y cómo hago para ir de Barcelona a Sant Climent de Taüll?
Pues lo mismo que para ir de Tarragona a Gerona, pero cambiando las ciudades.
Oiga, que es lo que estoy haciendo, pero no me aparece Sant Climent de Taüll.
La máquina no miente: si no está, a lo mejor no existe.
Pero, ¿cómo no va a existir?
Señora, no me diga que sabe usted más que una máquina que lleva un ordenador
dentro.
Deje de decir tonterías, ¿a usted le pagan por eso?
Trabajar gratis no le gusta a nadie.
¿Y para quejarme de usted?
Ya se acabaron las hojas ésas… las de exclamaciones…
Dirá de reclamaciones.
También ésas. Vuelva usted mañana, pero bien temprano.
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¿Y si le dijera que soy inspectora del servicio que usted debería estar dando?
No me lo creo.
Pues créaselo. Y ya le digo que puede abandonar su puesto.
Yo sólo me pongo firme ante mi jefe Antonio.
¿Antonio Palomares es tu encargado?
Sí, él me ha enseñado todo lo que sé.
Pasaron unos minutos hasta que una pareja de guardias de seguridad con un perro
enorme entre ellos los acompañó a la salida de la estación.
El jefe Antonio estaba tan disgustado que no sabía por dónde empezar para
insultar a Stelvin:
¡Buena me la has hecho! ¿Ahora cómo le digo a mi mujer que por culpa de un
novato me han suspendido un mes de empleo y sueldo? ¿Te das cuenta de que
tendremos que volver a meter a la niña en la escuela pública? ¡Qué vergüenza! ¿Qué
diremos en el consejo escolar?
Yo puedo invitar a su familia a pasar el domingo en casa. Altagracia traerá algo
de Cáritas y los niños son de poco comer. Además, nos gustará tener invitados: Helena,
la vecina, nos dejará alguna silla si no cabemos.
Antonio Palomares no tuvo otro remedio que irse dando un rodeo para no acabar
dándole un billete de cincuenta euros al tipo que le había metido en semejante lío.
Stelvin, por su parte, salió de la estación en dirección a la oficina de empleo a ver
si le conseguían un contrato de medio día para llevar alguna buena noticia a casa. Les
explicaría que, a pesar de no haber podido con el cliente número setenta y tres, se había
enfrentado a tres pumas del zoo y gracias a él se habían salvado las vidas de los
parlamentarios catalanes. Al menos, esa es la historia que sus hijos contaban en el

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colegio y aunque no sabía de dónde se la habían sacado, a fuerza de escucharla, cada
vez le sonaba más convincente.
Como era sábado, la oficina estaba cerrada. Después de un largo día de trabajo lo
último que le apetecía era vérselas con Altagracia. Tampoco tenía el ánimo para niños.
Así que se sentó a la puerta de la oficina y se quedó dormido. Al despertar, tenía catorce
euros entre las rodillas.

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