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CHICHO Y PABLO son ces heranes proverente de no famiiomuy pobre, | Sis vidas estén edeodas de increbles: ventures, ods lls cone producto ek necesidad de cesenpefr cver: os ofc pora poder superar po brean vender superachs, confor en buses. lng y milarso se uren antele presencia de fry Andrés: quien parece cunds tos nds necesita VICTOR CARVATAL es ctor ys criter, Enel dmbito de le literatura in {ently ven ha escrito nuneroses rarracione de gran oeptactn, Mu chat de sus obras presentan proble maéticas sociales relacionadas con el mundo dea infonceen nesta sen sibley enotia VR 5 | A partir de 9 afios | | oT 416 /4/08 Fray Andrés, otra vez ©Victor Carvajal @Ediciones SM. Chile S.A. General Salvo 68 Providencia, Santiago Fono; 2351224 ISBN. 956-264-022-1 InscripciénN? 73,406 Tlustraciones: Patricia Alvarez Portada: Natacha Campos O. Impresién: Salesianos INDICE 1 Fueron despertados muy de mafiana... 2 Elmercado dela ribera norte del rio... 3 Trepados en las pisaderas de los buses.. 4 Misterioso estuvo quel despertar... 5 Fray Andrés al borde dela mafiana.. 6 Apenas unos minutos con sus padrez..... 7 Fray Andrés no asoma su sotana.... ul | | Fueron despertados muy de mafiana Fueron despertados muy de mafiana por los remezones de una pesada mano. Chicho y Pablo dormian en el suelo, en plenacalle Recoleta, tapados con pape- les y cartones. -(No vais a levantaros? -la voz profun- dade fray Andrés, les recordé un deber. Los nifios vieron la figura de un fraile franciscano, con ampliasotanahastael sueloyunacapucha muy anchasobrela cabeza. Elreligioso calzaba sandalias, isin calcetas!, y llevaba una sogaatada alacintura. -4Por qué nos despierta? -protestaron los muchachos. ,Qué hemos hecho de malo? Fray Andrés, con voz célida, se inclino para hablarles: -Pues, si queréis ir por la limosna, de- béis hacer como yo y levantaros muy temprano. Es menester caminar toda la ciudad hasta conseguir lo necesario de estas almas reacias a dar algo. -(Qué tenemos que ver con usted, pa- dre?-protestd muy serio, Pablo. El fraile se quedo pensando; reconocié el sacrificio de esos nifios, durmiendo bajo un cielo desnudo, sin abrigo, desvalidos.Sedisculp6, respetuosamen- te, y se marché por la calle Recoleta en direccién a la ribera norte del rio. Pablose habia despertado casi porcom- pleto. La pequefia panaderia en la es- quina de la calle, habia abierto ya sus puertas y un agradable olora pan recién salido del horno se apoderaba del aire. ~iQué rico olor! -dijo Pablo. Y selevan- t pensandoen iralnegocioy pedir pan, sabiendo que no tenfan un peso para comprarlo. Chicho también se incorporé del suelo de un salto. -Vamonos de aqui. El olora pan fresco meestématando. Recogieron los papeles y cartones y marcharon. Chichoy Pablo eran hermanos. Habian salido de su casa decididos ano regre- sar a ella sin dinero. Tenfan todas las esperanzas de triunfar; de hacer lo que fueranecesario para ganarse el sustento diario y tener algo que ofrecerles a sus padres y hermanitos. La vidadeestepar de muchachos, como los hay tantos en las grandes ciudades, no era facil. 2 El mercado de la ribera norte del rio El mercado de la ribera norte del rio estaba en todo suesplendor. Los ven- dedores Ilenaban el aire con sus gritos; ofrecian sus productos con frases inge- niosas y divertidas. Las compradoras, principalmente, sesentian siempremuy halagadas. Chicho y Pablo llegaron tempranito al mercadoysemezclaronconla gente, un verdadero rio humano, que bajaba y subja, deun ladoal otro, sin cesarniun instante. Unasefiora, con sendas bolsas de géne- To, vinoal encuentro de los muchachos. -jLe llevamos las bolsas, sefiora? -No, nifio. No son muy pesadas - respondié la mujer, dispuesta a conti- nuarsucamino. 13 -Por favor, sefiora -insistié, Chicho-. No hemos tomado desayuno. Estamos muertos de hambre. Lamujerse detuvo; se los qued6 miran- do. Un golpe de compasién se apoderé de su pecho. Ella era madre y pensé en sus hijos; si ellos tuvieran que pedir como lo hacen estos nifios: "|Qué ho- tror!. Ni Dios lo permita." -Estd bien, nifios-acepté lamujer-. Aun me quedan muchas cosas que comprar. Pablo cogié la mas pesada y Chicho la otra, porque era el mas pequefio de los dos. Lasefiorademor6 bastante en com- pletar sus compras; los nifios, siempre detras de ella, comprobaron que las fuerzas se van agotando a medida que pasa el tiempo y no hay descanso. Felizmente, la sefiora, dio por termina- das sus compras y se dirigié a la salida del mercado; su intencién era llamar un taxi. El mismo Chicho,solicito y des- pierto, dejé la bolsa juntoasu hermano ycorrié unos cuantos metros en direc- cién contraria al trafico de vehiculos; conseguir un taxi libre, al mediodia, era aveces imposible. Después de cruzarla calle, arriesgando su vida, entre los cientos de automdviles que rugianenel transito, Chichoconsiguié untaxi. Tro- tando junto a la portezuela del conduc- tor, lo condujo hacia el sitio donde esperaba lasefiora. Los nifios laayuda- ronasubir, pusieron las pesadas bolsas enel piso delvehiculo y Pabloestiré la mano pararecibir unas monedas peque- fias. El taxi emprendié la marcha y Pablo conté las monedas: cuarenta y cinco pesos. Eran las primeras ganancias del diayya se habia pasado la mafiana. -{Qué hacemos, Pablo? Podian adquirirunoscuantos paquetitos con calugas de leche y venderlos en los buses; peronoeramucholo que podian comprar con ese dinero. Una pareja de carabineros los observa- badesde haciarato; los nifios, al notarlo, optaron por alejarse del lugar. -Ahora mismo nos agarran por sospe- chosos -advirtié Pablo a su hermano. Asi llegaron a la playa de estaciona- miento, junto ala extensa avenida que subia hacia la parte alta de la ciudad. Varios cuidadores de automéviles co- rrian deun lugar aotro, orientandoalos conductores para estacionar sus vehi- culos. -Aquino hay nada que hacer -coment6 Chicho. -Estuculpa-rezong6 Pablo. Y trond, en contra de su hermano: -Dormis tanto, que siempre Ilegamos tarde a todas partes. Sorpresivamente, Chicho seabalanzéa unautomévil que ingresaba al estacio- namiento, buscando un sitio desocupa- do. -4Se lo cuido, sefiora? 16 -{Se lo lavamos? -agreg6, Pablo. Por cincuenta pesos se lo dejamos como nuevo. -Vuelvo en media hora -advirti6 la se- fiora. -En media hora se lo tenemos listo - confirmé Pablo. Los hermanos se miraron un largorato. {Dénde conseguir los implementos ne- cesarios para realizar el trabajo? El problema no era tan sencillo de resol- ver. -Voy donde las pergoleras -grité Chicho, y se disparé corriendo en direccién a los puestos de flores. Chicho ibaen buscade untarroconagua limpia; faltaba un trapo para lavary otro para secar. La tienda de géneros era la solucién. Pablocruzé lacalzaday entré decidido enel negocio que vendiatelas por kilos. Lacajerade la tienda se horroriz6 cuan- do Pablo le hizo el ruego. -No estamos autorizadas para regalar nada -dijo la joven. Pablo no se dio por vencido; no podia hacerlo. Se pase6 varias veces por el interior dela tienda, buscando un trozo de tela que por su mala calidad, nadie quisiera comprar. -(Y sileregalamos este? -pregunté una de las vendedoras que habia estado hurgueteando en un cerro de telas. -Tu sabes que el patr6n tiene prohibido que regalemos la mercaderia -se discul- po la cajera. Seguramente Pablorogaba con lamira- da; la desesperaci6n se escapaba a tra- vés de sus ojos. La joven vendedora eligié un trozo de género barato, lo puso en la balanza y lo pagé con su dinero. -Toma-ledijoal nifio-. Ojala tesirvade algo. -jClaro que si! -respondié Pablo. Y salié disparado hacia la calle. 19 Enlosestacionamientos Chicho espera- bacon un tarro de lata oxidada, llenode agua. Dividieron el trapo en dos y se entregaron a la tarea de lavar el vehicu- lo, con entusiasmo y energia. Mientras uno quitaba el polvo con el trapo mojado, el otro secaba. jSipudie- ran hacer ese trabajo con diez, veinte automéviles! Seria conveniente. Por desgracia, los estacionamientos esta- ban siempre ocupados; los cuidadores y lavadores de autos ya se habian repar- tido la ciudad y cada cual cuidaba lo suyo. Chichoy Pablo comprendian que esta oportunidad no era mas que eso: unaexcepcién. No podian quedarsealli para siempre; los otros cuidadores se- guramente los echarian o tendrian forzo- samente que pagar un derecho para tra- bajar alli. La duefia del automévil regresé mas tarde de lo anunciado y los muchachos esperaronjuntoal vehiculocontemory 20 nerviosismo; felizmente, nadie fue a exigirles que se marcharan. Llegé la dama y les dio cincuenta pesos. -,Qué podemos comer? -pregunté Chicho. -Nada -determin6, secamente, Pablo. Los planes de Pablo consistian en inver- tir aquel dinero para doblarlo o tripicarlo. Regresar con sélo algunas monedas era un fracaso; querian tener algo que ofrecer. Se dirigieron al puesto de dulces y galletas ubicado junto a la parada de buses. Alli compraron diez barras de chocolate "Superocho". Es lo que hacia lamayoria de los vendedores ambulan- tes, muchos de ellos, tan nifios como Chichoy Pablo. -Los vendemos a diez pesos y nos gana- mos casi el doble por cada barrita. Prohibidocomerselos chocolates. Has- taque los hayamos vendido todos. jHe- cho? 21 -Hecho - respondi6, Chicho. -Dame tu palabra de hombre. Y Chicho se la dio. Sabia que estaba haciendo un acto de verdadero sacrifi- cio, pues el hambre le perforaba el estémago. 3 Trepados en las pisaderas de los buses oo ”lU ee Pablo trepé agilmente en la pisadera de unbus. -A diez los Superocho. Superocho a diez -ofrecié su mercancia. Chicho hacia lo mismo enel interior de otro bus. Sin hablarse casi, como dos perfectos desconocidos, se cruzaronen repetidas oportunidades, subiendo y bajando de los buses que paraban, para dejar o recibir pasajeros. Hasta que lograron vender casi todos los choco- lates; rendidos, hambrientos, compro- baron quenadie se hacerico delanoche alamafiana. Pabloconsideré llegado el momento de haceruna pausa. -Tienes permiso para comerte un Superocho. 26 Tendidos sobre el césped dela plazole- ta, rasgaron los envoltorios plateados de dos barritas de chocolate y las co- mieron con verdadero placer. Unos metros mas alla, dosnifios, discu- tian acaloradamente. -iMés teatro! -decia uno de ellos-. éCémo vas aconvencera los Pasajeros sino le pones mas empefio? Habia que contar la triste historia de la madre queabandonabaasus hijos, por- que no tenia como alimentarlos; en su desesperacién, alguien tenia que hacer- se cargo de ellos. Porque esos nifios que cantan en los buses no lo hacen por gusto, sino para mendigar de un modo masdigno. Chicho y Pablo se interesaron por la conversacién delos nifios y observaron atentamente la escena que se desarroll6 a continuaci6n; era evidente que esos nifios pasaban por la mismas desventu- Tas. 27 Chicho y Pablo habian visto muchas veces cantores ambulantes, con guita- Tras, flautas y charangos; Pero, jamasa un duo tan singular como éste. Uno de los chiquillos sacé desu bolsillounpar de cucharas Pequefias, las junté, una contra laotra, formando unacastafiuela, El ritmo no se hizo esperar; la voz del chiquillo salié fuerte, Poderosa, chillo- na, encrespaba los nervios: era una canci6n.con una historia conmovedora, Acto seguido, el mas pequefio de los dos, seadelanté ‘unos pasos ycomenzéa hablar; "Sefiores Pasajeros, no quere- mos molestarlos en su largo viaje; no queremos cansarlos, porque sabemos que vienen del trabajo. Nosotros no cantamos para gastarnos el dinero en vicios y pecados; la plata que ustedes nos dan, se ladamosa nuestra madre que no tiene para alimentarnos. Por eso, Sefiores pasajeros, les agradecemos mucho lo que nos puedan dar. Muchas gracias". 28 -Les deseamos mucha: Suerte y que Dios selos pague -completé, el ‘Mayor, mien- tras el pequefio estiraba la mano simu- lando recibir muchas monedas de un PUblico queséloexistiaensumente. Los muchachos se abrazaron; estaban con- tentos; el mayor, satisfecho con el dis- Curso del pequefio. Recogieron sus bar- tulos y se marcharon, a conquistar su publico. Chicho y Pablo guardaron silencio, Quiza ambos pensaban lomismo: con- seguir una Suitarra, una flauta ysalira cantar; pero ellos no eran artistas. El dia se habia ido definitivamente. Se hizo fresca la tarde y se Ilené la plazo- leta de sombras misteriosas, amenaza- doras. Los muchachos abandonaron el lugar, antes de tener una mala experien- cia. Fray Andrés los speraba; como siem- Pre, el franciscano, luciasu largohabito, sandalias, soga atada a la capucha, Al 29 verlo, Chicho y Pablo, trataron de huir, pero fray Andrés se las arreglé para salirles al encuentro; noera facil escapar de él. -¢Por qué nos persigue?- murmur6 ape- nas, Chicho. -Os equivocais, rapazuelos- respondid el fraile. Fray Andrés tenia larara virtud deescu- char a todo el mundo, pero acudia sdlo junto a aquellos que de verdad lo nece- sitaban. -Nosotros no lo necesitamos a usted - dijo, Pablo. -Pero, si me Ilamais a cada instante. Los muchachos lo miraron como si se tratara de un loco. {En qué momento lo habjan llamado? El fraile teniael rostro lleno de picardia. -Nos toma el pelo -protest6, Chicho. El fraile caminé entre los dos nifiosy los cogid, amigablemente, de los hombros. 31 i a | Asi les hablo: "Vosotros pedis la limos- na al igual que yo. Cada vez que lo hacéis, sin desearlo, estais pensandoen mi. Estamos en los mismos trabajos pero nadaes sencilloy vosotros lo sabéis. No todos los hombres estan dispuestos a sacrificar lo propio para darnoslo. De modo, pues, es menester dar algo de nosotros cada vez que solicitamos lo ajeno. {Me vais siguiendo?". Chicho y Pablo respondieron que si, aun cuando ensuinterior sabian que el fraile habla- ba de un modo muy extrafio. Fray An- drés, que adivinaba hasta los pensa- mientos, sonrié y prosiguié: "Vosotros ofrecéis vuestra fuerza y capacidad de trabajo; yo, encambio, hago verdaderos milagros; aunque no lo creais. Saco de la cama a un enfermo; le devuelvo la razon aun demente; le doy la vidaa un mortal que la ha perdido; le arranco la rabia a un perro; cambio muletas por piernas, como si fuera lo mas sencillo 32 del universo. A cambio de esto, exijo que se tenga fe en mis servicios; de lo contrario, ningun milagro es posible. Asiconsigo mis limosnas, y puedo ase- gurarnos que la gente, después de cono- cerme, se vuelve generosa y COMEDI- DA." Losmuchachos no supieron qué respon- der. Era dificil entenderse con un fraile que se creia santo. Fray Andrés hundié sus manos en las anchas mangas del habitoy sacé de ellas dos pequenes calientitos, como recién sacados del horno, y se los regalé a los muchachos. Fuetal el embrujo que oca- sionaron los pequenes en los nifios, que nicuentase dieron queel fraile yahabia desaparecido de su vista. Los pequenes, rellenitos con cebollas, estaban sabrosos. Fue aquella una me- rienda inesperada; se sentian satisfe- chos y encantados, porque el fraile es- taba resultando todo un misterio. 33 Prepararon la cama en el suelo y se metieron en ella, entre papeles y carto- nes. Enel cielohabian estrellas y nuba- rrones, pero ninguna luna que les hicie- Ta compaiiia. 4 Misterioso estuvo aquel despertar Misterioso estuvo aquel despertar; amanecié como todos los dias del Se- fior, pero fray Andrés no se presenté. -Es que no aguanto la curiosidad -re- vent6, Pablo- . Vamos a buscarlo. YY se marché, seguido de su hermano Chicho, alaiglesiadelaCalleRecoleta. Alli los recibié el portero. Era una persona con muchos affos sobre los hombros. Lucia muchas canas en la cabeza, pero sus cejas eran negras. Caminabaa pasos lentos y cortitos, con lacolumna vertebral encorvada. Cuan- dolos muchachos preguntaron por fray Andrés, el viejo les cerré la puerta en las narices y salié corriendo hacia el interiordel edificio. Alcabo deun rato regres6 el portero con dos pequenes tibios, igualitos a los de fray Andrés. -Son de ayer -les dijo-, pero no estan aflejos. Los muchachos comprobaron que los pequenes habian salido de la misma ais cocina; tenian el mismo sabor que los del fraile. No cabia duda. El teligioso misterioso viviaen ese convento, Pero, ¢Por qué razén el portero no permitié que lo visitaran? Decidieron no darle més importancia al asunto y volver al diario combate por el sustento, Ese dia resulté mas complicado que el dia anterior. La ventadelos’ "Superocho" sobrantes, no reporté mayores ganan- Cias; apenas recuperaron el dinero in- vertido. Elenvoltorio delos chocolates se habia estropeado, se notaban queno eran "frescos" y tuvieron que bajarlos de precio: dos pesos menos por cada barra. Chicho estaba desolado. El negociono habia resultado, Pensaba ymirabaasu alrededor; buscaba en su mente: alguna solucién. De; ‘pronto not6, que unadelas esquinas estaba llena de gente yal mis- mo tiempo, vacia. -iPablo! En la esquina no hay nadie. -Cémo que no hay nadie? -Trond, Pa- blo. -Quiero decir -prosiguié, Chicho-, que no hay nadie vendiendo. Entonces comprendié Pablo lo que su hermano queria decir. Reunieron el di- nero ganado con las ventas de los cho- colates, cruzaronlacalley se dirigieron ala tienda de telas. Alli compraron un trozo de franela amarilla y con las mis- mas tijeras de la vendedora, la partie- ron y dividieron en trozos mas peque- fios; diez, en total; cinco paracada uno. Y salieron a venderlos de inmediato. En el cruce de las Calles Recoleta y Bellavista, esperaron la detencion obli- gada de los vehiculos, para abordar a los conductores y ofrecerles las franelitas por la ventanillas. -jA cien pesos! {Para la limpieza de su automévil! En los mil vehiculos que pasaron se fueron los diez pafiitos amarillos y de- 39 Jaron unos pesos en las manos deChicho y Pablo. Sentados en lacunetacontaron y contaron las monedas. Un grupo de muchachones los estaba observando. Cuando Pablo y Chicho lo notaron, ya era demasiado tarde: los cuatro joven- Zuelos estaban junto a ellos. -Hola, compadre -dijo uno de los muchachones a Pablo. Y agreg6, muy sonriente: "Ustedes tienen lo que noso- tros queremos y nosotros tenemos lo que ustedes quieren." {Qué cosa? -respondid Pabloy traté de levantarse para escapar con su herma- no. El muchachén loatrapé de un hom- bro y lo obligé a permanecer sentado. -Dinero, amigo -susurré el grandulén con cara de dormido-. Dame lo que hay 41 5 Fray Andrés al borde de la mafiana Fray Andrés se Presento al borde de la mafiana, en la comisaria Primera de la ciudad; alli esperé a los nifios, que salian del calabozo que los mantuvo detenidos por algunas horas, Chichoy Pablo fueron liberados; nunca se explicaron cémoy por qué los deja- ron en libertad, mientras los cuatro muchachones permanecian enlacarcel, Nadie dio ninguna explicacion; gqué sabjael fraile del asunto? Lo cierto era que fray Andrés, los esperaba al otro lado de la calle, cuando salieron de la comisaria. Fue como un milagro. Fray Andrés eché a: caminar ; los nifios lesiguieron, cruzandoel puente, entran- doenlacalleRecoleta. Atravesandoel barrio El Salto para seguir caminando mas alla de la iglesia de los Recoletos. -iOiga , padre! - advirtié, Pablo. Este camino nos lleva derechito a nuestra poblacién. -Asi es- respondio el fraile. Y no dio lugara més preguntas cuestionamien- tos. Pero, los nifios no querian regresar a casa; no todavia. Pablo se atolondré al tratar de detener al fraile y explicarle que no tenian motivos para volver al hogar, miserable, de sus padres; ade- mas, {por qué se tomaba el fraile tales atribuciones? Por qué lo hacia? Eran menores de edad. "{No es eso?", Pregunto fray Andrés. Pidiendo limosna Por las calles, expuestos a todos los peligros y riesgos de laciudad, metién- dose en problemas, durmiendo en el suelo como animalitos sin duefio. -Todo eso lo entendemos, padre. Pero, Por favor, no queremos regresar a la poblacién -rogé, Pablo. 49 -Pues, no comprendo que no deséis tor- nar al sitio al que pertenecéis. -No queremos volver con la cola entre las piernas. Hasta el momento, todos sus esfuerzos por triunfar, por no ser una carga para sus padres, era un rotundo fracaso. -{Fracaso? -se tom6 la barbillael fraile. -Yo os mostraré donde esta vuestro éxi- to y vuestro lugar. Dificil era alcanzarlo. Fray Andrés ca- minabacomounrayo, entre las humildes casitas de la poblacién. Enla parroquia, el padre Jacques, hacia los arreglos necesarios para el desayu- nocomunitario. Como una trombaentré fray Andrés en el galpén de madera que cobijaba una larga y estrecha mesa, muy parecida a esas que se ven en las pinturas de la "Ultima Cena", la de Cristo con sus apéstoles. El padre Jacques, un sacer- dote francés venido a estas tierras leja- 50 nas a ejercer su misién cristiana, se sorprendio: el fraile era muy singular; hacia tiempo que no veia algo similar: ciertos frailes de provincia, deesos que yanoexistian. Porque el padre Jacques eraunreligioso modermo; vestia panta- lon de pafio oscuro, chalecoy casaquilla deportiva. -Os traigo un par de bellaquitos -dijo el fraile. Se volvié hacia la puertay les dio una orden a los nifios: ";Adelante! Es- tais en vuestro hogar". Chicho y Pablo entraron, arrastrando los pies, sin saber donde meterse, para escapara la mirada juzgadoradel padre Jacques. -Me alegro verlos de regreso -expreso con acento francés, el padre Jacques. Los chicos se sintieron peor que aque- llos momentos amargos en el calabozo de la comisaria. Fray Andrés los arrin- coné contra la pared y les puso en el pecho una charla de media hora; esa 51 52 charla fue como una espada, era lo que se llamaestar entre la espaday lapared. -jEs que no véis, como este sacerdote organiza las comidas diarias de esta poblacién? -Trono el fraile. Era muy cierto. El padre Jacques, doli- do por las grandes dificultades econd- micas de los vecinos, se vio forzado a organizar una gran ollacomun. Es decir, un comedor comunitario, para que los que no tenian un pan que Ilevarse ala boca, lo pudieran haceren la parroquia. -Eneste preciso instante observo que el padre Jacques prepara el desayuno para sus hijos desposeidos -concluyé su dis- curso el fraile. Chicho y Pablo pudieron comprobar como algunas madres, acompafiando a sus hijos mas pequefios, colaboraban con la parroquia, poniendo tazones de plastico sobre la mesa. -{No es esta vuestra mesa? -fray An- drés, radiante, les indicé el comedor de 53 charla fue como una espada, era lo que sellamaestar entre laespaday la pared. -(Es que no véis, como este sacerdote organiza las comidas diarias de esta poblacién? -Troné el fraile. Era muy cierto. El padre Jacques, doli- do por las grandes dificultades econé- micas de los vecinos, se vio forzado a organizar una gran ollacomun. Es decir, un comedor comunitario, para que los que no tenian un pan que llevarse ala boca, lo pudieran haceren la parroquia. -Eneste preciso instante observo que el padre Jacques prepara el desayuno para sus hijos desposefdos -concluy6 su dis- curso el fraile. Chicho y Pablo pudieron comprobar como algunas madres, acompafiando a sus hijos mas pequefios, colaboraban con la parroquia, poniendo tazones de plastico sobre la mesa. -{No es esta vuestra mesa? -fray An- drés, radiante, les indicé el comedor de 53 la parroquia. Y se esfumé, ahi mismo, sin quenadiese percatara; porque Chicho yPablo se volvieron amirarlamesay el padre Jacques se dedicé a observarlos con profundaatencion. 6 Apenas unos minutos con sus padres Habian estado con sus padres apenas unos minutos, durante el desayuno, enel comedor comunitario de la parroquia. Ahi, Chicho y Pablo, refirieron lo mal que les habia ido en su salida fuera de casa para "buscar" fortuna. El padre de los muchachos guardé silencio y la madreles acaricié tiermamente la cabe- za a ambos; quedaba claro, que ellos preferian a sus hijos en el hogar y no en las calles. Sin embargo, los muchachos selasarreglaron para partir una vezmas; en esta ocasién ambos lo prometieron, permanecerian solamente la mitad del dia fuera de casa. Ademas, el padre Jacques, deseaba integrarlos a la es- cuela. Debian llegar al centro delaciudadyde ahi, dirigirse al sector de los barrios altos donde la bondad tenia que ser mas robusta, puesto que estaba mejor ali- mentada. S7 Eramuy temprano todavia; enlaparada del bus habia un considerable grupo de personas que esperaba movilizarsealas calles y sitios principales. Pablolehablé aunhombre corpulentoy bajito, con apariencia de obrero. ",Ca- ballero, no tiene diez pesos que nos dé parael bus? Mihermanito y yotenemos queiral centro". El hombre negé conun movimiento de cabeza. Chicho andaba en lo mismo, ante una sefiora vestida con sencillez, que lo miraba sonriendo; al parecer, no tenia ningunamoneda que dar. Luego, Pablo, frenteaotro hombre; Chicho, frenteauna sefiorita, la que buscé en su cartera y le dio una moneda de cinco pesos. Asi, entre las veinte 0 mas personas que esperaban en la parada, lograron reunir treinta pesos. El pasaje costaba mucho mas y ellos eran dos, 0 medios que sumados, hacian uno; pero, sacdranse las cuentas que se sacaran, lo cierto era, 58 que no les alcanzaba el pasaje. El bus tan esperado Ilegé a la parada y sedetuvo con brusquedad. Mientras los pasajeros subian a la maquina, Pablo medité: "Imposible pedir que les lleva- ran hasta el centro de la ciudad por treinta pesos solamente; erademasiado lejos y los conductores no se arriesgan, porque sube un inspector y encuentraa los nifios sin los boletos correspondien- tes". Chicho preguntaba al conductor si los Ilevaba hasta el centro. El hombre nada respondia. Entonces intervino Pablo. -No vamos al centro. Vamos hasta el cementerio, no mas. {Nos puede llevar por treinta pesos? El conductor asintié a regafiadientes y solté el pedal del embrague para que el motor del bus se pusiera en marcha. ~{Por qué le dijiste que bamos hasta el cementerio? -Porque hasta ahi vamos -concluy6, Pa- blo. 59 al frente alas puertas del cementerio, A Pablonolequed6. mas remedio quesalir detras de su hermano. Enel interior del bus, Chichose parden medio del pasillo, dispuesto a cantar. Pablosemetié lasmanosalos bolsillos; estaba muerto de vergiienza. El bus se puso en marchay Pablo tuvo que sacar rapidamente las manos de los bolsillos Para buscar una barra de la cual aferrar- se. Chicho inici6 el ritmo golpeando las cucharitas. La cancién soné en su gar- ganta, vibrante, potente. A Pablo le Parecié eternoaquel momento; le pare- cié que Chicho se vengaba de él, repi- tiendo por lo menos dos veces las estrofas de la horrible cancién, Pero, el peor de los momentos vino mas tarde, una vezterminado el canto: letocabasu turno, decir el discurso de los cantores ambulantes; lamadre, lafaltade dinero, la miseria y el hambre. Silencio. Chicho se desesperaba. Quiso cantar de nuevo la cancién, pero su hermano se lo impidid. Pablo no dijo nada. No pudo decirlo, porque le pare- cid demasiado cierto y para los pasaje- ros aquello sonaba a cuento. Guardé silencio y recorrié el pasillo del bus, asiento por asiento, con lamano exten- dida. Durante la jornada de cantar y pedir dinero, habian cruzado el puente y se encontraban en el centro de la ciudad. -La proxima vez, ti vas aestirarlamano para pedir -se quejé, Pablo. Recaudaron sesentay un pesos. No ha- bia estado tan mal, después de todo. Discutieron mucho quien cantaria y quien pediria. Enlounico quelograron ponerse de acuerdo fue que lo harianen uno de esos buses relucientes, pintados de naranja y chocolate. Los buses que ibanal barrio de las casas lindas. Chicho y Pablo comprobarian que no siempre 63 viajar hacia lo lindo significa un lindo viaje. En plenamarcha, enel interior del bus, se dispusieron a cantar. Pero, antes de que lo hicieran, un muchachito alz6 la voz. Muy buenas tardes, sefiores pasajeros. Pablo pego un brincoy traté de ver, entre los pasajeros. - Lo quenos faltaba- dijo. Lacompetencia. Chicho también brin- c6, asu modo. ~Buenas tardes - murmurs apenas. {Es que se nos pasé otra vez el almuerzo? Pabloconsiguié vera los dos muchachi- tos enel pasillo. No eran como Chicho y tantos otros que cantaban en los buses; eran distintos, bien vestidos y de presencia. Se habian comprado un ins- trumento indigena, el que soplaban ha- ciéndolo sonar como una flauta. No trataban de burlarse de los nifios canto- res; deseaban divertirse y algunos pa- sajeros miraban con simpatiaeste show imprevisto. Cantaban y hacian sonar la flauta. Lo nico quenohicieron fue pedirlimosna; es claro, no la necesitaban. El bus se alejaba cada vez mas del centro de la ciudad y el plan de Chicho y Pablo se estaba esfumando. Natural- mente que la situacién no les hacia ninguna graciaalos hermanos. Entonces, Pablo, noaguanté mas. -Me gustaria darle un bofetén a ese payaso -rugié, Pablo. Chicho trat6 deapaciguarlo, peroelmal humor desu hermano echaba vapor por las ventanillas de la nariz. -{Qué no ves acaso cémo se rie de nosotros? Pablo se abrié, como pudo, camino entre los pasajeros que viajaban de pie y se dirigié al muchachito con la inten- cién de remecerlo. Chicho grité desde atras. Losmuchachi- tos se quedaron en silencio y algunos pasajeros trataron de intervenir. Elcon- ductor del bus, alertado del escandalo que estaba a punto de explotar, aprove- ché laluz roja del semaforo para dar por concluido el asunto. Chicho y Pablo se vieron forzados a dejar el bus. Y quedaron abandonados en unaaveni- da muy grande, con doble sentido de transito. El aire era mucho mas puro, los arboles hermosos y los prados interminables. Hasta sintieron un poco de frio. La cordillera se les venia enci- ma, como si las nubes la empujaran desde el cielo. Los dos hermanos caminaronen silencio un buen trecho. No sabian donde se encontraban; tampoco sabianadéndese dirigian. Estaban desorientados. Lore- comendable era rehacer el camino se- guido porel bus, asi encontrarian nueva- mente el centro de la ciudad. Necesita- ban abordar otro bus pararegresar, delo contrario, tendrian que caminar toda la noche para hacer la larga jornada a pie. Y, ,Cémo regresar con las manos vacias ala parroquia? {Qué sorpresa le darian al padre Jacques? ,Como explicaria Chicho el asunto de las cucharas? Se habian propuesto colaborar con el co- medor de la parroquia. Las casas hermosas de aquel barrio pa- recian vacias. Nadie en los jardines; apenitas una luzen el interior dealguna habitacién; luz que provenia de otro jardin, al centro del edificio. Siguieron caminando, desalentados, sin ‘Tumbo definido. Y encontraron una jo- ven muchacha que barria la vereda con una escoba; recogia las hojas secas caidas de los preciosos arboles. -Sefiorita, {No tiene algo de comer que nos dé? La joven no levanté la vista del sueloy siguié barriendo. Los nifiosno pudieron insistir, pues dos perros enormes se les echaron encimay deunsaltoespectacu- lar los tumbaron sobre el césped. Ahi quedaron los hermanos sin poder mo- verse. La joven dejé de barrer, calmé a 67 los perros con una voz, ‘Suave, pero auto- Titaria. Los Perros nocedieron, tampoco mordieron, jporsuerte! Finalmente, del interior del jardin, asomé un guardia vestido de azul y con revélver al cinto. -Voy a ver si encuentro algo que darles -dijo, lajoven, y desaparecié en lacasa. Entonces comenzé el interrogatorio. Los Petros, con sus lenguas humedas, obli- gabana estarse muy quietos. La vozdel guardia intimidé aun mas a Chicho y Pablo. -(Qué. hacenaqui? ;Porquéandanmen- digando? ;No: estarian pensandoentrara Tobar? (Qué hacen tus padres? ; Traba- Jan? (No? Por qué estan cesantes? Se- guramente es tan ladron como sus hijos. ¢Andanarmados? ;Concuchillos?;Con Piedras? Son peligrosos? ;Pensaban asaltar a la sirvienta cuando la vieron sola barriendo en la Puerta? ¢Creyeron que estaba indefensa? Pero, se equivo- can, par de bribones. 68 Aterrados los nifios Tespondian con la mayor velocidad Posible; el, sefior guar- dia podria enojarse y ordenar a los Perros que mordieran. Todo Parecia €spantoso, hasta que regresé la joven con unos paquetes: erasémolay fideos para lasopayunabolsa: desechablecon Pan afiejo. -Aqui tienen -les dijo la joven-. Ya, déjalos tranquilos, Norberto, Con esto Pueden irse. Los sefiores de lacasano demoran en llegar y no les gusta ver genteextrafia. Norberto, el guardia, se llevé los perros y la muchacha se encerré dentro de la casa. Los nifios se levantaron del suelo, Tecogieron los paquetes ‘Conalimentos y se alejaron rapidamente del lugar. A pesar del incidente, no se dieron cuenta por vencidos. En las casas si- guientes fue ms sencillo, Como las Tejas estaban cerradas, Ilamaban a gri- tos a los moradores Y a gritos pedian comida. Nosiempretuvieron éxito, pero re consiguieron recolectar mas alimentos. Regresaron a la Parroquia cuando la tarde cafasobrela ciudad. Les habiaido . bien. Dieron cuenta al padre Jacques, entregaron los alimentos Tecogidos y Chicho confes6 que habia tomado las cucharas, devolviéndolas en el acto al comedor comunitario. El sacerdote les agradecié de todo ‘Corazon, estaba muy complacido y emocionado, se sentia reconfortado. Pablo 'y Chichocompren- dieron lo que fray Andrés siempre les Tepetia: pedir limosna no sélo para vo- Sotros sino también para los demas, -También hemos ganado algo de plata - Teconocid, Chicho-. éSe la damos a usted padre? EI religioso la rechazé Y aconsejé llevarla a la casa de los nifios, ~Conseguridad tus padres la necesitan, 7 Fray Andrés no asoma su sotana Fray Andrés no asomaba su sotana por ninguna parte, lo que era muy extrafio. Siempre, al caer la tarde o al asomar el alba, aparecia Fray Andrés donde me- nos se le esperaba. -Me daria un gran placer conocer el fraile que vino con ustedes la otra vez- les confesé el padre jacques a los mu- chachos, ,Noesun pocoextravagante? -{ Qué es eso, padre? -pregunt6, Chicho. -Untanto extrafio. -Muy raro, padre -agreg6, Pablo. Y prosiguié: "Ahora que deseamos toparnos con él, no asoma la nariz. Antes, nos molestaba a cada rato". Comolos tres no deseaban otracosa que visitarle, muy de mafiana se fueron al convento de los recoletos; era preciso hablar con fray Andrés, antes de que saliera por sus limosnas. Eratan temprano, que ningun vehiculo de pasajeros transitaba todavia. Pero, silos carretones de los verduleros, que venian de las chacras vecinas. Vieron pasar varias carretas, en direccién al tio, chocando las herraduras de los ca- ballos contra las piedras de la calle. A Chicho se le ocurrié saludar a uno de los conductores de carretas y como éste lecontesté el saludo, le pidieron que los Ilevara hasta la iglesia Recoleta. El conductor detuvolacarretay les hizoun lugar en el pescante. -{Qué? gle hicieron unamandaal santo? -pregunt6, el carretonero. Los chicos no dieron respuesta; la sola presencia del padre Jacques los libera- ba de toda responsabilidad ante otras personas mayores. -No. Vamos a visitar a un paisano -dijo, el sacerdote. Y comoel conductor del carretén notara el acento extranjero del religioso, co- menz6 ahacerle pregunta tras pregunta. Asi se enteré el hombre de las afliccio- nes deaquella parroquia de gente pobre. -{Podria usté darnos unas verduritas pa’ Ja olla? -pregunté, Chicho. Pablo le dio un codazo a Chicho y le dijo: "{Qué tonto! El caballero va a pensar quesomos unos frescos ". ,Queri que nos eche de la carreta? -Podria, si, Claro que podria -dijo, el hombre. Y agreg6:"Esmuy buenolo que hacen con esa gente..." -{Y podria darnos todos los dias? - insistid, el pequefio. -Chicho, por favor -traté de tranquili- zarlo, el sacerdote. -Es que cuando usté no pueda, nos vende mas barato -insistié, Chicho. Elhombresemantuvoen silencio; ante lainsistencia del sacerdote y los nifios, bajé varias veces la cabeza, como si imitara el cabeceo de su caballo al trotar. Elconvento de los recoletos estabaa la vista; el conductor detuvo el caballo y los tres se bajaron. -Mafiana a las cinco,lo estaremos es- perando -grité Chicho- .Chao, caballe- To. Y gracias. 74 er Lacarreta, cargada hasta los bordes de sus barandas con verduras diversas, prosiguié la marcha hacia el mercado. Ante las puertas del convento, los visi- tantes llamaron con el viejo pufio de hierro, puestoalli para quele golpearan bien fuerte. Unos pasos se acercaron. -{Qué desea? -dijo una voz menuda desde el otro lado. Y asomé su nariz, al abrir la puerta. Al ver a los nifios, el portero, exclamé: "jAh! ,Ustedes de nuevo?" Buenos dias -saludo, el padre Jacques. Deseamos vera fray Andrés, por favor. El viejo portero los condujo al comedor del convento; en ese momento, los frai- Jes desayunaban. -Buscan a fray Andrés -dijo, el viejo. "Este par de bribones se han conseguido. un sacerdote para poder entrar aqui" Un fraile se levanté de la mesay recibio a los visitantes. Era mucho mas viejo que el fraile que ellos buscaban; mas e alto y delgado, casi como un poste de alumbrado publico. -Noes él-exclam6, Chicho, en el acto. -Perdone usted, hermano- se disculpé el padre Jacques- .Parece que estamos equivocados. El fraile se sintié tan incomodo de no poder ser util a los visitantes, que les invité a desayunar; sisehabian equivo- cado deconvento, noencontrarian otro muy cerca, yajuzgar por las caras de los nifios, senotaba que nohab{an desayu- nado. Jamas habian saboreado dulcesdemem- brillo y albaricoque tan exquisitos; el pan era blando y sabia a fruta seca; la leche fresca y tibia, era un néctar inol- vidable para los nifios. {Qué importaba no haber encontrado al misterioso fray Andrés, si desayunaban cosas tan ri- cas? -{Por qué tenéis tanto interés en ubicar avuestro fray Andrés? -dijo, unodelos frailes. 16 dial ee Los muchachos refirieron la de veces que le habian encontrado en la calle y cémo les fastidiaba entonces. Pero, reconocieron que la ultima vez, los habia salvado de una situacién des- agradable y terrible, algo de lo que ni siquiera deseaban acordarse; aquello habia sido casi como un milagro. A la vozde milagro, los frailes del convento pusieron masatencién. -Y como luce el fray Andrés milagro- so? -insistié con cautela, otro de los religiosos. Mientras mas referencias daban los muchachos de fray Andrés, mas se iban asombrando los recoletos, levantandose desusasientos, muy aten- tos, con los ojos brillantes de gozo y admiraci6n. -Parece, hermanos -dijo el mayor de los religiosos-, que nuestro Andrés ha hecho otro de sus milagros. Einvitaronal padre Jacques y los nifios apasara la nave principal delaiglesia. El grupo derecoletos se detuvo ante un ie alto y delgado, casi como un poste de alumbrado piblico. -Noes él-exclam6, Chicho, en el acto. -Perdone usted, hermano- se disculpé el padre Jacques- .Parece que estamos equivocados. El fraile se sintié tan incomodo de no poder ser util a los visitantes, que les invité adesayunar; sisehabian equivo- cado deconvento, noencontrarian otro muy cerca, yajuzgar por las caras de los nifios, se notaba que no habian desayu- nado. Jamas habian saboreado dulcesdemem- brillo y albaricoque tan exquisitos; el pan era blando y sabia a fruta seca; la leche fresca y tibia, era un néctar inol- vidable para los nifios. ;Qué importaba no haber encontrado al misterioso fray Andrés, si desayunaban cosas tan ri- cas? -{Por qué tenéis tanto interés en ubicar avuestro fray Andrés? -dijo, unodelos frailes. 16 CC Los muchachos refirieron la de veces que le habian encontrado en la calle y cémo les fastidiaba entonces. Pero, reconocieron que la ultima vez, los habia salvado de una situacién des- agradable y terrible, algo de lo que ni siquiera deseaban acordarse; aquello habia sido casi como un milagro. A la vozde milagro, los frailes del convento pusieron masatencién. -{¥ cémoluce el fray Andrés milagro- so? -insistid con cautela, otro de los religiosos. Mientras mis referencias daban los muchachos de fray Andrés, mas se iban asombrando los recoletos, levantandose de susasientos, muy aten- tos, con los ojos brillantes de gozo y admiracién. -Parece, hermanos -dijo el mayor de los religiosos-, que nuestro Andrés ha hecho otro de sus milagros. Einvitaronal padre Jacques y los nifios apasara lanave principal dela iglesia. El grupo derecoletos se detuvo ante un ee cuadro imponente, que ensefiaba una vieja pintura con la imagen de fray Andrés, Eraél, sin. duda; asilo: Teconocieron los muchachos, -Pero, idénde esta? -quiso saber, el Padre Jacques, cada vezmas intrigado. -Enel cielo -fue la Tespuesta-. Esta es sutumba. Imposible de creer; es decir, casi. Los visitantes necesitaron salir desuasom- bro para enterarse de que fray Andrés habia vivido en el convento de los Tecoletos dedicado a la limosna, En mas de una oportunidad le habia salva- do la vida a alguien, sin contar otros tantos "milagritos" Mmenores. Pero, de eso, hacia yamucho tiempo. Otro de los Teligiosos se acercé al Srueso muro de la iglesia y abrié una Puertecita, dejando al descubierto una Pequefiacelda. Deallisacé un frasquito transparente, que contenia un liquido espeso de color ‘purpura. -Estaes su sangre: -dijo,simplemente. Y continué: "Jamas Sehacoagulado. Siem- Pre se ha mantenido asi, como si estu- viera fresca. Y les aseguro, que ha esta- do aqui ya varios siglos. Si -aseguré, con lagrimas de emocién-, estamos Seguros de que fray Andrés fue un San- to" Eltiempohabia Pasado; el padre Jacques debia regresar a sus deberes. Se despi- dieron agradecidos Y prometieron re- gresar con todos los vecinos dela parro- quia, apenas pudieran hacerlo. Alsalirdel convento, los tres sabian que nuevas energias los Ilenaban de con- fianza. Lamisadeese dia fue ‘algo especial para el padre Jacques; los nifios supieron cual era el sentimiento de los héroes, Porqueenel sermén, el. padre Jacques se Tefirié al suceso. La limosna para la olla comun de la Poblacién tiene ahora un significado mayor. Los muchachos salen cadadiaa cumplir su mision y esperan impacien- tesunnuevoencuentrocon fray Andrés,