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Derroteros del viaje en la cultura:

mito, historia y discurso

Sandra Fernández
Patricio Geli
prohistoria Margarita Pierini
ediciones editores
Universidad
Nacional
de Quilmes
Universidad Universidad Nacional
Nacional de Tres de Febrero
de Rosario

Agencia Nacional de
CONICET Promoción Científica,
Tecnológica y de
Innovación

Agencia Española
de Cooperación
Internacional
para el Desarrollo
Derroteros del viaje en la cultura:
mito, historia y discurso

Sandra Fernández
Patricio Geli
prohistoria Margarita Pierini
ediciones editores

Rosario, 2008
Fernández, Sandra
Derroteros del viaje en la cultura : mito, historia y discurso / Sandra Fernández ; Patricio Andrés Geli ;
Margarita Pierini ; compilado por Sandra Fernández ; Patricio Andrés Geli ; Margarita Pierini - 1a ed. -
Rosario : Prohistoria Ediciones, 2008.
366 p. ; 23x16 cm. (Actas; 6 dirigida por Elisa Caselli)
ISBN 978-987-1304-16-5
1. Ensayo Argentino. I. Geli, Patricio Andrés II. Pierini, Margarita III. Fernandez, Sandra, comp. IV.
Geli, Patricio Andrés, comp. V. Pierini, Margarita, comp. VI. Título
CDD A864

Fecha de catalogación: 28/02/2008

colección actas – 6
ISSN 1668-5369
dirigida por Elisa Caselli

Composición y diseño: Liliana Aguilar


Edición: Prohistoria Ediciones
Ilustración de Tapa: Mariana Nemitz
Diseño de Tapa: Te pido perdón por el color de mi sangre

TODOS LOS DERECHOS REGISTRADOS


HECHO EL DEPÓSTIO QUE MARCA LA LEY 11723

© Sandra R. Fernández, Patricio Geli, Margarita Pierini –


prohistoria
ediciones
Tucumán 2253 (S2002JVA) – ROSARIO, Argentina

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, incluido su diseño tipográfico y de portada, en
cualquier formato y por cualquier medio, mecánico o electrónico, sin expresa autorización del editor.

Este libro se terminó de imprimir en los talleres de Cromográfica, Rosario, en el mes de abril de 2008.
Se tiraron 500 ejemplares.

Impreso en la Argentina

ISBN 978-987-1304-16-5
Índice

INTRODUCCIÓN .................................................................................................. 13
Sandra Fernández, Patricio Geli y Margarita Pierini

PRIMERA PARTE: Pensar el viaje ........................................................................ 19

Sobre fuentes históricas y relatos de viaje ........................................................ 21


Alejandro De Oto y Jimena Rodríguez
La literatura de viajes en perspectiva, una comprensión del mundo ............... 33
Sandra Fernández y Fernando Navarro
Los relatos de viajes como intertextos.
Aportes de una escritura con códigos inéditos a la formación
de la novela moderna y al discurso postmoderno
de la disolución del sujeto ................................................................................. 47
Sofía M. Carrizo Rueda
Los volúmenes del tránsito.
Antiguos y modernos en el camino del pensar ................................................. 61
Carina Mengo
Las máscaras del movimiento
(Hacia una moral del viaje o itinerarios por la inmensidad íntima) ............... 73
Christian Kupchik

SEGUNDA PARTE: La tradición clásica en la literatura de viajes ..................... 81


El pensamiento utópico y la metáfora de viaje en la literatura
griega clásica .................................................................................................... 83
A. M. González de Tobia
Caminos peligrosos. El didactismo del episodio de Dédalo e Ícaro ................ 97
Gustavo Daujotas
El viaje a Beocia que Calímaco soñó: el poeta y las Musas
en el monte Helicón. Comentario sobre el fr. 2 de los Aitia ........................... 111
Daniela Antúnez
El crucero del amor: pasión, viaje y escritura en la didáctica
erótica de Ovidio ............................................................................................ 119
Alicia Schniebs
Los caminos del desierto: extranjería y anakhôresis
en el monaquismo antiguo ............................................................................. 131
Flavia Dezzutto

TERCERA PARTE: El relato y la fuente: su encrucijada en la historia ............. 151


Viajes occidentales. Crítica ilustrada y literatura oriental
en Francia, Inglaterra y España (1721-1789) ............................................... 153
Rogelio C. Paredes
Imágenes de una frontera en el corazón de la América del Sur.
De las Partidas Demarcadoras hispanoportuguesas
a las vísperas de la Guerra del Paraguay ...................................................... 165
Nidia R. Areces
Viajeros afincados. Tadeo Haenke y Pedro Cerviño
en los primeros periódicos rioplatenses ......................................................... 183
Nancy Calvo y Rodolfo Pastore
América a través de sus viajes. El expansionismo como empresa
de civilización. Los relatos de viajeros en el siglo XIX .................................. 195
Andrea Reguera
Razones para un exilio.
Los viajes de Fray Boisdron, un camino interior ........................................... 205
Cynthia Folquer
La roja Moscú desde la negra Roma:
un fascista en el país de los soviets ................................................................. 221
Patricio Geli
La experiencia y la búsqueda: Benjamin en Moscú ....................................... 235
Rut Pellerano

CUARTA PARTE: Itinerarios y representaciones ................................................ 247


Mirando otros mundos para comprender el propio.
Una lectura filosófica de las Cartas Marruecas .............................................. 249
Amanda Susana Mabellini
El juego entre El gaucho Martín Fierro y La vuelta de Martín Fierro
de José Hernández: deixis y adversación en función de una frontera ........... 261
Laura Lifschitz
Un viajero del siglo XIX: Ignacio Manuel Altamirano.
Las crónicas de ferrocarriles .......................................................................... 269
Edith Negrín
Miguel Cané y Paul Groussac tras las huellas
de los viajes de Sarmiento ............................................................................... 281
Paula Bruno
Un mago inglés de paso por el México porfirista .......................................... 291
José Ricardo Chaves
Los imprevistos caminos que la literatura le abre al campo:
viaje y extravío en el novecientos ................................................................... 297
Laura Cilento
Viajeros europeos en el Buenos Aires del Centenario .................................... 307
Margarita Pierini
Desde los balcones. La crónica de Amado Nervo en Madrid ........................ 319
Yólotl Cruz Mendoza
“Bella sin estética”: Amado Nervo frente a los Estados Unidos .................. 327
Eliff Lara Astorga
El periplo de una viajera incómoda:
1937. Memorias de España de Elena Garro .................................................. 337
Margarita León Vega
Un viaje por las tinieblas. De Joseph Conrad
a Francis Ford Coppola .................................................................................. 351
Lilian Diodati
Introducción

L
ucio Mansilla decía en su Excursión a los indios ranqueles que “viajando suce-
de lo mismo que leyendo”. Buena comparación a la hora de inaugurar un texto
que tiene como leit motiv el viaje, los viajeros y la obra del viaje. De alguna
manera este libro es un viaje, viaje que al fin tuvo varias etapas. Quizás trayectos
encontrados para fortalecer el encuentro, la escritura y la lectura. El encuentro pro-
puesto desde un par de jornadas académicas que abrieron la puerta a la sistematiza-
ción de la reunión de colegas de distintas disciplinas con un norte común corporizado
en la literatura que rodea al itinerario del viaje y los viajeros. La escritura materializa-
da en los trabajos de esos mismos colegas en busca de interlocutores, igualmente
cautivados por el mismo objeto. La lectura compuesta como un ancho mapa de artícu-
los que abiertos sobre las páginas se transforma paradójicamente en un nuevo viaje.
El viaje conocido de todos los lectores cuando enfrentan el libro, cuando abordan las
palabras, cuando atacan el texto para discernir, olvidar o glosar las voces de otros.
La reunión y la escritura se encontraron dos veces, en sendos encuentros titula-
dos “Las metáforas del viaje y sus imágenes. La Literatura de Viajeros como Proble-
ma”. La segunda reunión tuvo como objetivo principal consolidar un espacio acadé-
mico inaugurado en el año 2002. En agosto de ese año, y a pesar de las dificultades de
la coyuntura que nos tocaba atravesar, fue posible organizar el Primer Encuentro so-
bre el tema. El Grupo de Investigación sobre la problemática del Viaje y los Viajeros,
conjuntamente con las Escuelas de Historia y Filosofía de la Facultad de Humanida-
des y Artes de la Universidad Nacional de Rosario llevaron adelante la reunión. Los
resultados fueron tan positivos que en poco menos de tres años pudo volver a realizar-
se el encuentro. En esa oportunidad el evento coordinado nuevamente por el grupo de
investigación rosarino y por la Escuela de Historia de la citada universidad contó con
la inapreciable colaboración de colegas de las universidades nacionales de Quilmes y
Tres de Febrero respectivamente. La organización conjunta por parte de las tres uni-
versidades no sólo permitió que en mayo de 2005 se pudiera realizar este encuentro
internacional sino que finalmente ha hecho posible que parte de la producción volca-
da en sus mesas, simposios y talleres pueda ver la luz hoy como libro.
La excusa de tales encuentros fue el viaje; la provocación fue puesta en juego
por los organizadores pero fue respondida por los numerosos participantes de nuestro
país y del extranjero que desde distintas disciplinas, desde diferentes aproximaciones
encontraron en la literatura de viajes un área fértil de diálogos interdisciplinarios.
Como el viaje mismo, o mejor aún como la narración del viaje, el encuentro significó
una experiencia que implicó un desplazamiento desde un espacio conocido hacia un
14 Derroteros del viaje en la cultura

espacio ajeno –de los otros–; el resultado de este camino emprendido es este libro,
que refleja la transposición de una escritura que articula el relato de esa experiencia
con la obra de los colegas convocados en este texto.
Los objetivos de esa propuesta original fueron el estímulo de esta publicación.
Así el reforzamiento de los vínculos de investigación y discusión en torno a las
preguntas derivadas de los diferentes marcos conceptuales que sostienen la escritura
individual y colectiva sobre el viaje, así como la construcción de un espacio que po-
sibilitara la difusión de las producciones teóricas vinculadas al tema, pasando por la
ampliación de las perspectivas teóricas de análisis y abordaje interdisciplinar de este
objeto de estudio, se constituyeron como una de las aspiraciones centrales de esta
compilación.

II

“Se narra un crimen o se narra un viaje.


¿Qué otra cosa se puede narrar?”

“El relato de viaje –sostienen Sandra Fernández y Fernando Navarro glosando la afor-
tunada cita de Piglia– es el relato por antonomasia, y por lo tanto el viajero, el arque-
tipo del narrador”. Un recorrido por los trabajos que integran este volumen confirma
esta perspectiva.
Espacio y tiempo, trayecto y discurso, identidad y alteridad, son algunos de los
hilos de la trama que entretejen estos textos que pueden abordarse y recorrerse desde
diferentes enfoques disciplinares pero cuya lectura, en el diálogo entre las distintas
voces, nos lleva a la percepción de la unidad que subyace a las variantes.
Así, los trabajos teóricos que abren el volumen, a la vez que revisan la bibliogra-
fía más reciente, ofrecen un campo conceptual que otorga nuevas dimensiones y enri-
quece con nuevos enfoques los estudios puntuales que se presentan a continuación
sobre los viajes clásicos, los itinerarios de la Ilustración, los constructores de naciona-
lidades del XIX o los testigos de las revoluciones del siglo XX.
Siguiendo a Ana M. Tobia, en el principio está la Odisea: paradigma del viaje,
paradigma del discurso narrativo, cabal metáfora de la trayectoria existencial de los
seres humanos. Desde ese periplo convertido en mito fundador hasta el viaje a las
tinieblas conradianas, a las que Coppola da una nueva y definitiva vuelta de tuerca
hacia el horror (Diodati), nuestros viajeros atraviesan treinta siglos, en los cuales pue-
den modificarse los objetivos del traslado, los medios de transporte, la percepción del
mundo recorrido, la retórica de la narración.
Pero permanecen como tópicos constitutivos “el camino a recorrer, las meta-
morfosis ineludibles, los riesgos del desconocimiento, la necesidad de cartografiar el
territorio avizorado y el límite exacto que demarca lo propio respecto de lo abismal”
Introducción 15

(Mengo). Especialmente, para el lector de hoy, interesa un elemento que marca con un
signo u otro la condición del viajero: la tensión entre la conciencia del Yo y el enfren-
tamiento con la alteridad. De ese enfrentamiento, como ha señalado Todorov en un
texto clásico, se desprenden objetivos y conductas, que los estudios aquí presentados
exponen en diversas circunstancias: el viaje como dominación, el viaje en aras de la
curiosidad científica y afán “civilizador”, el viaje que analiza y enjuicia –ya sea desde
la ironía ilustrada, ya sea desde la pregunta contemporánea por la ética del viajero-
turista. Si el viaje por el espacio exterior es un cronotopo privilegiado, como atestigua
la literatura del género, que se revela casi infinita –parafreasando a Piglia podría de-
cirse que el viaje y la batalla son los temas que condensan toda la literatura occidental,
desde sus orígenes clásicos, la Iliada y la Odisea– el viaje interior es también un
motivo recurrente en esta literatura. La ascesis monacal como camino de purificación,
en la Edad Media (Dezzutto) tiene su correlato en los textos de viajeros más cercanos
a nuestro tiempo, donde el Yo entabla un diálogo entre la realidad exterior vivida en
periodos especialmente cruciales de la historia del siglo XX y la pregunta por su ser-
en-el mundo. Frente al escepticismo que resuena en la afirmación de un clásico
–“Cambian los cielos, pero no las almas de los que surcan los mares”– los testimonios
que se adentran en la autobiografía (Folquer, León) revelan la función transformadora
que tiene todo camino para quien lo recorre con los ojos y los oídos abiertos.
Ya se trate de los viajeros europeos que recorren el mundo conocido a lo largo
de cinco siglos, los viajeros americanos que trasponen fronteras –las de su propio
territorio para asomarse al “desierto”, como Martín Fierro, o al campo atravesado por
nuevos caminos y extravíos– cuando no se trata del Viaje Mayor, el que inviste al
viajero como hombre civilizado: el más allá siempre habrá de asumir el carácter de lo
exótico, en su sentido etimológico, ya se trate del Madrid de Alfonso XIII, el Buenos
Aires del Centenario, el México porfiriano o los Estados Unidos que irrumpen en la
modernidad.
“Navegar es necesario, vivir no es necesario”. Frente al paradigma del hombre
sabio –que para Catón se encarna en el campesino arraigado en su terruño (Schniebs)–
el aforismo clásico habla por quienes encarnan el otro paradigma. En torno a ellos y a
sus discursos caben nuevos viajes, nuevos trayectos. Este volumen propone recorrer
algunos de ellos.

III

Si el armado de toda compilación supone indefectiblemente el ejercicio de un princi-


pio de arbitrariedad a la hora de establecer un cierto orden en el interior de un conjun-
to de textos dispares, la disposición de artículos aquí ofrecida, aun cuando asume la
fragilidad propia de una tentativa de organización, no deja de ofrecer sesgos que po-
16 Derroteros del viaje en la cultura

drían ser cuestionables. Pero es justamente esta índole provisoria controvertible la


que constituye el revés de un problema, dado que cualquier intento de poner orden
conlleva la necesidad de encontrar, si no criterios analíticos comunes, al menos un
espectro de ideas consensuado entre las diferentes disciplinas interesadas en el campo
del viaje y los viajeros. En continuidad con los congresos realizados que han procura-
do una reflexión plural sobre la materia, este libro se propone aportar a ese diálogo
interdisciplinario, sugiriendo, entre otras cosas, diversas vías de aproximación capa-
ces de problematizar el objeto en cuestión, la existencia de subgéneros en el relato de
viajes que poseen sus propias reglas de estructuración y aperturas temáticas a profun-
dizar.
Los primeros intercambios en este espacio que se va paulatinamente configuran-
do nos invitan a repensar y enriquecer los enfoques tradicionales. En ese sentido,
nuevos desplazamientos son advertibles en la materia. La reducción de la obra de los
viajeros a la mera condición de fuente, la perspectiva estrictamente etnográfica y el
confinamiento de la dimensión ficcional a un status de autonomía absoluta han ido
dejando paso a nuevas producciones que se han hecho eco del impacto del giro lin-
güístico, la irrupción de los estudios culturales, los aportes de la renovada historia
intelectual, las nuevas orientaciones de la crítica literaria y la inclusión del enfoque de
la antropología simbólica. No se trata sólo de la convergencia de diversas disciplinas
en un área compartida de interés, sino también de una tendencia a entrecruzar en el
interior de los mismos textos abordajes y nociones provenientes de diferentes territo-
rios del saber. De este modo, hoy en día asistimos a una progresiva erosión de las
apropiaciones parcelarias en pos de aproximaciones que, sin dejar de ponderar una
óptica portadora de las peculiaridades de cada disciplina, resultan permeables a las
exploraciones emprendidas por las demás. En tanto experiencia in fieri, los instrumen-
tos analíticos se van construyendo al tiempo que se va delineando el objeto de estudio,
de allí que todavía no haya terminado de constituirse un “léxico” común que permitiría
ganar en precisión conceptual y tornar todavía más productivo el intercambio.
Finalmente dos últimas observaciones generales merecerían ser apuntadas. En
primer lugar, tal como se prefigura en ciertas líneas de indagación presentes en varias
de las contribuciones promovidas por esta compilación, los artículos aquí reunidos
hacen un elogio de la complejidad al recuperar desde una perspectiva renovada un
conjunto de obras –varias incluso bien conocidas– que muchas veces fueron relega-
das al desván de lo meramente anecdótico. Si en cierta manera conocer es comparar,
en el caso de los viajeros esa comparación suele derivar en una traducción que se
realiza, ya sea al descodificarse una cultura extraña en términos de la propia, o bien, al
descifrarse los estados del yo profundo a través de un abordaje impresionista del pai-
saje natural o social. Leemos, entonces, lecturas, es decir interpretaciones, inevitable-
mente mediadas por estrategias discursivas que siempre conllevan un eco
autorreferencial. Por consiguiente, como advierte LaCapra, para evitar incurrir en
tesituras ingenuas es necesario distinguir entre los aspectos documentarios y el “ser-
Introducción 17

obra” de los textos. Para decirlo con engañosa simplicidad: lo documentario nos remi-
te a dimensiones fácticas o literales que refieren a la realidad empírica y transmiten
información sobre ella, mientras que el “ser obra” alude a una transformación crítica
del texto que desconstruye y reconstruye lo dado. Obviamente ambos términos guar-
dan una relación de tensión. La excesiva ponderación del primero en detrimento del
segundo es un desequilibrio que las nuevas investigaciones se proponen reparar.
En segundo lugar, y en conexión con lo dicho anteriormente, no habría que sos-
layar que frecuentemente el relato de viajes es un acto de memoria donde el narrador
suele adoptar la forma de testigo para validar su relato. La memoria supone operacio-
nes de inclusión y exclusión pero también la articulación de procesos autobiográficos
y sociales poblados por sentidos. Los recuerdos personales, entonces, sumidos en
narraciones colectivas habitualmente normalizadas y fortalecidas por rituales, cobran
opacidad al metamorfosearse en representaciones que deben ser develadas por vía
interpretativa. “Como todos los grandes viajeros, –decía Disraeli– yo he visto más
cosas de las que recuerdo y recuerdo más cosas de las que he visto”. Este libro intenta,
en definitiva, adentrarse en los mundos que los viajeros han avistado pero, más aún,
en aquellos que han imaginado.

Sandra Fernández - Patricio Geli - Margarita Pierini


Pensar el viaje
Sobre fuentes históricas y relatos de viaje

ALEJANDRO DE OTO
JIMENA RODRÍGUEZ

L
a pregunta inicial sobre el estatuto de la literatura de viajes como fuente histó-
rica debe volver las cosas a un lugar diferente del que partieron. Es decir, debe
volver las cosas diferentes en el orden de la fuente histórica y no tanto en la
literatura de viajes en sí. Con esto queremos decir que una fuente histórica se vuelve
pensable cuando es capaz de constituirse en documento, por un lado en la dimensión
morfológica de los mismos –en la huella que ellos producen en el espacio de la cultu-
ra de una época– y por otro en la práctica que lo acuña como actividad intelectual y
social.
Entonces, lo que importa es el estatuto de la práctica que produce el relato de
viajes,1 y cuál es el uso del mismo cuando se lo considera como fuente histórica. El
relato de viajes moderno es una forma textual comúnmente aceptada como
historiográfica, es decir, es una forma que presenta narrativamente sucesos o eventos,
y que por su carácter empírico se la considera una narratio vera (Ette, 2001: 32). Esto
se apoya en la figura del viajero, sujeto fuertemente centrado, que pone en movimien-
to lo pre-sabido, sus interpretaciones y sus sistemas semánticos para la presentación e
interpretación del mundo que describe en su relato.
En este sentido, al esbozar una definición genérica, una de las características del
relato de viajes es el uso de la primera persona, es decir, la identificación del autor del
viaje, el viajero, con el narrador del relato, y éste con el autor del texto. El viajero se
presenta como narrador, personaje y autor, y esta característica es clave para la pre-
gunta sobre cómo se da la aprehensión de lo real en términos historiográficos en el
relato de viajes, y es clave porque el texto se compone con una retórica de testigo
presencial: digo porque vi, vi porque ahí estuve, y porque estuve ahí soy la voz auto-

1 Usamos la noción de relato de viajes –frente a la de escritura de viaje o literatura de viaje– porque nos
parece que resulta más adecuada con relación al concepto de fuente histórica. En primer lugar, porque
parece sostener mejor cierta materialidad de la fuente, es decir, como material de investigación (aunque
somos conscientes de que esto implica una suspensión de otras significaciones sobre el relato) y porque
parece también sostener mejor la posibilidad de imaginar que un relato es una fuente histórica que se
vuelve pensable como tal cuando puede constituirse en los rastros de los documentos que parece ateso-
rar. Uno de esos rastros es la figura del viajero, ya que ella permite delimitar todo lo que entra en el
campo de la mirada y que se traduce en el texto.
22 Derroteros del viaje en la cultura

rizada para hacerlo. Es el caso, por ejemplo, de los expedicionarios al Nuevo Mundo
en el siglo XVI, cuya conciencia del “estuve ahí y doy cuenta de ese mundo” es cons-
titutiva de sus textos, y tan es así, que es uno de los elementos que permitieron leer las
crónicas del descubrimiento y conquista como relatos de viajes. Da cuenta de ello la
antología que realizó el geógrafo italiano Giovanni Battista Ramusio hacia mediados
del siglo XVI (1556), titulada: “Delle Navigazioni e Viaggi al Mondo Novo”.2 Este
libro incluye todo un conjunto nutrido y diverso de textos referentes al descubrimien-
to y la conquista de América, presentándolos, por primera vez en la historia, como
relatos de viajes en una época en la que el género no había llegado aún a su plena
definición. Esto es posible porque, aunque las crónicas de la conquista no fueron
concebidas como relatos de viajes, son textos que reconstruyen un itinerario y narran
una experiencia que implica un desplazamiento geográfico (espacial-temporal) para
dar cuenta de geografías, naturaleza, gente y costumbres ajenas para la sociedad re-
ceptora del texto.
Ahora, si bien en el relato de viajes se construye y presenta una realidad, no se
puede afirmar que se presente y describa tal cual el viajero la vio; de hecho, no se
puede afirmar que el viajero hable sólo de lo que ha visto, ya que los relatos de viajes
compendian diversidad de temas y, muchas veces, esa realidad desconocida es sólo un
motivo para hablar de lo consabido. Esta es otra de las características del género, que
siempre tiene dos vertientes: una producida por la observación –la empírica– y otra
recibida de la tradición –lo “ya sabido” o lo supuesto. Estas dos vertientes son clave a
la hora de pensar en la formas de aprehensión de lo real en el relato de viajes y su uso
como fuente histórica.
La vertiente empírica se compone de una retórica de testigo presencial, de esta
forma, aunque todo relato de viajes gire en torno a las descripciones y conceptuaciones
de las regiones que el viajero visita –regiones transitadas y transcriptas, traducidas al
relato, traducidas en el texto al lenguaje de lo propio– “el protagonista es el viajero”3
(Gotta y Dávilo, 2000: 13), ya que se presenta como un testigo y observador privile-
giado. El testigo observador es el que legitima la realidad presentada en el texto y para
ello se narra la experiencia del viaje, se reconstruye un itinerario y se hace la crónica
cotidiana de sucesos y escenarios para dar a entender la experiencia del viaje en su
totalidad y, al mismo tiempo, esta crónica de sucesos valida la información que pre-

2 Una edición de este texto se encuentra en formato electrónico gracias a la asociación cultural Liber
Liber que publica y difunde obras literarias. Un estudio reciente sobre la antología de Ramusio es el de
Blanca López de Mariscal (2004), que considera la reagrupación que hace la antología y la resignificación
que les confiere a los textos bajo la categoría de navigazioni e viaggi.
3 Susan Stewart en Crimes of Writing. Problems in the Containment of Representation señala que: “…el
viaje como la transversal de un espacio, evoca nociones impulsadas por el deseo y el movimiento de un
cuerpo a través de un paisaje que es convocado para significar” (1991: 175). El cuerpo y la escritura en
el relato de viaje no son dos dimensiones que se disocien. El cuerpo evoca el yo del narrador y la
escritura es la certidumbre de su existencia por sobre lo que es convocado para significar. Con respecto
al viajero como protagonista véase también De Oto (1996).
Sobre fuentes históricas y relatos de viaje 23

senta el texto gracias a que la experiencia es percibida como una forma de conoci-
miento confiable. Por ello, en el relato de viajes, el narrador se presenta como el que
ha sufrido fatigas y peligros y como aquel que tiene información de primera mano. Así
autoriza su palabra y ello implica una dimensión meta-textual de la escritura, ya que
para legitimar el relato se explican las condiciones de su producción textual: el texto
narra las dificultades y los sufrimientos del viaje para dar cuenta de la veracidad de la
información que se presenta.
Ahora bien, si una de las vertientes del relato de viajes es la empírica, producto
de un conjunto de saberes derivados de la observación; la otra vertiente es la recibida
de la tradición, producto de todo el conjunto de saberes y prácticas sociales recibidos
de la herencia en la que se inserta cada relato de viajes. Esta vertiente afirma y se
afirma en la matriz cultural que se configura en el ojo del viajero y en el peso de la
tradición. Ésta se dispone en el relato de viajes en el orden de lo ya sabido, de lo ya
dicho, pero también en el orden de lo que va a ser dicho. Es decir, es la vertiente que
proporciona las relaciones que se van a dar dentro del texto.
Así, si por un lado el viajero es un sujeto de la experiencia sensible, también es
un sujeto de la lectura. En otras palabras, la tradición es, en un sentido amplio, un
conjunto de saberes trasmitidos por diversos medios que cruza y conforma el imagi-
nario del viajero. Ese imaginario puede ser pensado como un conjunto de lecturas de
cualquier tipo o naturaleza que el viajero haya realizado –se entiende “lectura” no en
el sentido restringido de descodificar signos gráficos sobre la página, sino como una
forma de ver, aprehender e interpretar el mundo. En otras palabras, la vertiente tradi-
cional presente en todo relato de viajes es la que da cuenta de las relaciones discursivas
que componen la matriz o cuadrícula desde donde el viajero ve el mundo por el que
transita y es, a la vez, la que le confiere un conjunto de certezas para explicarlo y
evaluarlo. Dichas relaciones discursivas se conforman, al menos en la modernidad, en
lo que Edward Said llamó “estructura de actitudes y referencia”. Con estas palabras
Said implicaba el carácter sistemático de la cultura imperial que se desarrolló desde la
segunda mitad del siglo XIX con Inglaterra y Francia y luego con Estados Unidos
(1996: 27). La noción se vuelve útil para pensar el modo en que la tradición se con-
vierte en un marco sistematizado de discursos y opciones culturales, que están dis-
puestas tanto a la hora de evocar el territorio recorrido para producir equivalentes
culturales pensables para la audiencia del texto como a la hora de disponer a dichos
territorios en el contexto de una episteme que le es anterior y exterior.
En casi todo relato de viajes hay una oscilación entre un sujeto de la experiencia
que se enfrenta a “lo real” y un sujeto de la lectura que se enfrenta a un espacio
presupuesto o pre-sabido. Esa oscilación abre un intersticio en el relato de viajes:
entre “lo que se ve” y lo que “se presupone” hay muchas veces una zona “no dicha”
que necesita de un esfuerzo de la palabra; ya que “lo que se ve” durante el viaje no
encuentra en la tradición, en el conjunto de herramientas que proporciona la tradición,
su lugar. En tal caso, es allí donde se asiste a un desplazamiento de fronteras de cono-
24 Derroteros del viaje en la cultura

cimiento o una ruptura de límites. En el relato de viajes, el viajero describe lugares,


gente y costumbres y, aunque el universo con el que se entra en contacto es caracteri-
zado y evaluado con sus parámetros, siempre se puede leer una dialéctica, un movi-
miento pendular entre lo desconocido y lo conocido que muestra un grado de apertura
en el horizonte de posibilidades.
Al respecto resulta útil referir el relato del viaje de exploración de Richard Francis
Burton en el libro Primeros pasos en el Este de África. Burton escribe desde la “es-
tructura de actitudes y referencias” que constituyen el suelo positivo desde el cual se
articula su mirada sobre el este africano y el mundo musulmán, es decir, desde el
conocimiento producido en el contexto de la expansión imperial británica. Sin embar-
go, el texto está en permanente tensión entre el “hogar” de esa estructura de actitudes
y referencia –mayoritariamente definido en términos de colonialismo, de la supuesta
superioridad cultural y militar británica que hace que se representen los espacios a
recorrer en el viaje de exploración como espacios dispuestos al ojo de Burton– y lo
que podríamos llamar un referente minoritario en el texto, articulado también por una
noción de hogar que ya no se dispone en las tramas del discurso colonial sino que se
desplaza hacia el espacio cultural del este de África en la segunda mitad del siglo
XIX. Burton explícitamente anuncia en un pasaje que se siente en casa cuando escu-
cha el canto del muecín en el atardecer, la hora de la oración:
“Los familiares ecos del Islam surgieron de nuevo en mi recuerdo.
Una vez más el melodioso canto del muecín –ninguna campana
vespertina puede comparársele en solemnidad y belleza y, en la
cercana mezquita, las llamadas a la oración […]. El cañón de los
campamentos militares […] lanzó su toque de queda a las siete de
la tarde… [T]ras espiar la escena a través de la ventana abierta me
sumí en un profundo sueño, sintiéndome como en casa una vez
más”.4
De este tipo de situaciones se puede suponer que se trata de fenómenos no centrales
en cuanto a la dirección que los relatos asumen, pero también es cierto que más allá de
las consideraciones sobre el peso relativo que tengan en el discurso que delimita al
relato, son un aviso de que el conocimiento que los relatos despliegan está en tensión
en la figura doble del viajero como escritor y como sujeto de la lectura. Porque si bien
Adén, la ciudad a la que Burton alude, es inscripta en el relato en concordancia con la
“estructura de actitudes y referencias” mencionada, también es cierto que una dimen-
sión de la experiencia sensible abre un espacio insospechado de constitución del rela-
to y de sus fundamentos.

4 BURTON, R. F. Primeros pasos en el Este de África, introducción de Alberto Cardín, traducción de


Marta Pérez, Editorial Lerna, Barcelona, 1987, p. 52.
Sobre fuentes históricas y relatos de viaje 25

Para decirlo de otro modo, la geopolítica del texto de Burton no parece sostener-
se todo el tiempo en una situación central. Un hiato se abre, el cual, si lo miramos con
cuidado, es el que permite producir una política de lectura desde la historiografía que
discuta no sólo el problema empírico –si los datos son relevantes, si confirman alguna
hipótesis producida con otros materiales– o el problema del discurso cultural y políti-
co mayoritario en el texto –como lo hacen muchos trabajos sobre el discurso colonial,
por ejemplo– sino que también muestre el momento en el que esos relatos se convier-
ten en testimonio de una tensión histórica no resuelta que no debería cerrarse en la
fuente sino precisamente avanzar sobre el espacio escriturario de la historiografía y,
claro está, en un debate sobre los fundamentos de nuestra organización de los materia-
les y de nuestras preguntas político-teóricas, en tanto también sujetos de la lectura.
Hay muchos ejemplos posibles de esta tensión en el relato de viajes, pero se
podría agregar que la experiencia de lugares extraños y diferentes culturas genera en
el viajero mucha información y estímulos que se proyectan en la descripción de nue-
vas opciones. De ello hablan no sólo las “suposiciones” que todo relato de viajes
presenta, sino también las explicaciones de lo maravilloso y las alternativas inespera-
das. La exposición y divulgación de nuevos conocimientos es el resultado de una
ruptura de límites aceptados como inamovibles y, también, es el resultado de la am-
pliación de información que en el imaginario produce el viaje. Los casos abundan
pero es posible que los viajes americanos y africanos5 de muchos europeos también
hayan aportado –además de contribuir a la formación de una profunda red discursiva
sobre la otredad cultural– una inestabilidad a las asunciones corrientes del imaginario
de sus sociedades de origen y de los saberes que fungieron el papel de organizar las
lecturas disponibles en términos de tradición.

II

En este contexto, es necesario señalar algunos problemas. Uno de ellos tiene que ver
con el estatuto que se le asigna al viajero. En cierto sentido el “viajero” es un indica-
dor teórico desde el cual se pueden rastrear los distintos modos de constitución de la
fuente. Si tomamos el ejemplo de una utilización del relato de viajes como indicación

5
No se trata sólo de viajeros europeos. Habría que agregar a este mismo proceso a los viajeros explorado-
res de los estados nacionales en sus propios territorios y a los viajeros latinoamericanos que hicieron
viajes a África o Asia y que describieron el mundo desde el mismo complejo de actitudes y referencia de
los europeos que les eran contemporáneos. Tal vez, el caso emblemático sea el de Domingo Faustino
Sarmiento o el de Francisco Pascasio Moreno a la Patagonia, claro que en la clave del colonialismo
interno. Con esta perspectiva ver Jimena Rodríguez (2002); Beatriz Colombi (2004), en particular el
capítulo número 1: “Las escenas norteamericanas (entre otras escenas)” y el apartado “Sarmiento, Martí
y la polémica por el relato”, (2004: 32-51); Hernán Taboada (1998: 285-306).
26 Derroteros del viaje en la cultura

concreta de una realidad pasada (un uso extremadamente extendido aunque no de


manera explícita en numerosos trabajos contemporáneos), en el sentido señalado en la
primera vertiente, es muy probable que la fuente que se constituye ya esté definida de
entrada: el relato de viajes es testimonio de una realidad pasada dispuesta para el ojo
del viajero. La operación es simple pero los resultados complejos. A la par que se
atenúan los riesgos de que lo real pasado sea representado en el texto como verdad
hasta un grado imperceptible, se habilita un procedimiento que homologa casi sin
transición la dimensión escrituraria del relato, en tanto verdad, con la dimensión polí-
tica y cultural de la escritura de la historia. Digamos que para un caso de esta natura-
leza se refuerzan a sí mismas las dos puntas de la escritura de la historia: el relato de
viajes devenido en fuente, con la escritura de la historia que utiliza ese relato de viajes
como fuente. Lo que esto asegura es que no se traslada al espacio escriturario presente
una cuestión epistemológica sobre su estatuto, sino que se la define y concibe deposi-
tada en el relato y en la centralidad del viajero con su ojo observador. No se discute
epistemología alguna en tanto ya está afirmada en el relato de viajes. De otra manera,
la operación historiográfica clausura cualquier significación discordante al proponer
que la estabilidad de la fuente en lo que hace a las verdades contenidas en ella no es el
resultado de una operación propia sino una condición externa a ella situada en el
pasado –ya sea en el momento de la notación en pleno viaje, ya sea en el momento de
la integración de recuerdos y notas por parte del viajero. La noción de clausura, no es
más ni menos que una cesura de la significación de manera tal que ella no se disperse.
La clausura opera tanto en la figura del viajero como testigo clave, como en la opera-
ción historiográfica que convierte al relato de viaje en fuente que contiene su propia
justificación.6
Ahora bien, el problema no es que exista tal clausura, el problema es analizar los
modos en que ella se produce, ya que el desafío es dar cuenta de cuáles son las clausu-
ras que están en juego. En este sentido, se puede iniciar el análisis desde un punto de
vista que describa y explique cuáles pueden ser las clausuras en determinada escuela
historiográfica o, desde el punto de vista más técnico, de la investigación concreta y
sus materiales. Esta diferencia es importante porque con frecuencia podemos conser-
var el marco general que define un campo intelectual, el de una escuela historiográfica,

6 Nos referimos a un procedimiento que se ve con frecuencia aunque se admite menos en la historiografía.
A saber, al hecho de creer que porque hay un relato de un testigo, entonces la verdad (vía el procedimien-
to empírico que la avala) está más cerca. En general, el problema está vinculado a las nociones de fuente
histórica que se usan, por ejemplo, a una noción de fuente histórica como documento o como resto del
pasado. Nosotros tratamos de pensar a la fuente histórica como un lugar marcado por la historicidad y
también por la operación intelectual presente que la vuelve fuente. No somos novedosos en esto pero
vale la pena recordarlo. Es el pasaje de la fuente como algo dado a la fuente como algo construido que se
puede leer tanto en el Foucault de La arqueología del saber como en Historia y Psicoanálisis de Michel
De Certeau. En ese sentido, entonces, las vertientes que presentamos en el texto principal deben ser
tomadas como grandes indicadores y no como espacios que resuelven todas las prácticas de la historiografía
a la hora de concebir el relato de viaje como fuente histórica.
Sobre fuentes históricas y relatos de viaje 27

pero con frecuencia también nos enfrentamos a problemas concretos con los materia-
les de investigación que poco responden a esta filiación general. Un ejemplo que
ilustra esto se puede leer en Orientalismo de Edward Said con respecto a los relatos
de viaje de Richard Francis Burton y su figura histórica y literaria. Said entiende que
en Burton hay prácticas y textos que son discordantes con el discurso y las prácticas
del orientalismo pero no puede resolver esa diferencia en términos teóricos o políti-
cos, entonces la subsume en una cuestión de peculiaridad personal de Burton, a saber,
él era más abierto, más comprensivo, etc. (1990: 238-239). En ese sentido se ha pro-
ducido una clausura de la significación en cualquier otro orden que no sea el de las
peculiaridades de una persona. Pues bien, las lecturas literarias, historiográficas, nues-
tras lecturas, no hacen sino procedimientos muy parecidos. Lo que creemos que está
en juego en la reflexión sobre los modos de constitución de la clausura es, precisa-
mente, una política o teoría.

III

Ahora bien, considerando nuevamente el tema de las vertientes se puede decir que
ambas parecen acuñarse en dos tiempos distintos y aludir a dos universos discursivos
que no necesariamente coinciden en la figura del viajero y en la consideración del
relato de viajes como fuente histórica. Coinciden en el momento en que se despliega
sobre ellos el ojo historiográfico. El tiempo de la vertiente empírica alude entonces a
la inmediatez con la que el viajero se presenta en el relato, como el viajero real de la
historia y como el personaje central de la misma, pero elude las mediaciones en juego
entre el ojo inmediato y la realidad relatada. Por otra parte, esta vertiente por lo gene-
ral no hace explícitos los tiempos concretos de la escritura, es decir, si se escribió
durante el viaje o después de él. La diferencia está en la base de todas las discusiones
de algunas corrientes, por ejemplo, de la etnografía contemporánea.7
La escritura durante el viaje es una escritura asediada y al asedio. Es una escritu-
ra asediada en tanto ella deviene posible en relación con una audiencia que oficia de
espacio cultural legitimado para su ocurrencia que limita la representación.8 Se podría
también decir que la nota tomada en el viaje, el libro de bitácora, el cuaderno resultan
escritos asediados por el contexto cultural en el que físicamente se produce la nota-
ción porque siempre se instituyen como diferencia con lo que es descrito. El referente
es exterior de manera radical a la escritura. No se trata de dar cuenta del lugar desde

7 Un buen ejemplo de este debate se puede leer en Clifford y Marcus (1986).


8
Para un argumento similar ver de Sofía Carrizo Rueda (1997: 1-15). Según esta autora los rasgos que
definen al relato de viajes son la actividad descriptiva del relato y las referencias a las inquietudes
propias de la sociedad receptora del mismo. Ver en especial el capítulo: “Cuestiones teóricas: la defini-
ción del género”.
28 Derroteros del viaje en la cultura

parámetros que el lugar concibe como propios sino de anotarlo desde su extrañeza.
Esto funciona tanto para el viajero del siglo XIX en alguna región no europea del
mundo como para el relato del viaje urbano actual. Siempre hay una interioridad del
relato que se diferencia de la exterioridad del referente. En ese sentido se puede pen-
sar entonces que la escritura es fundamentalmente asediada por una audiencia que se
presupone constituida y estable. Digamos que el asedio es producido por una visión
sobre integrada de la audiencia que en el caso de los viajeros es la sociedad de origen
de su tiempo (con todas las caracterizaciones necesarias que esta noción implica, sean
sociedades científicas o público de un sector social específico que lee sus relatos, etc.)
y en el nuestro, específicamente, el de la historiografía.
No obstante estas figuras del asedio, es posible pensar que la escritura de viaje
es, ante todo, una escritura al asedio de las personas, eventos y objetos que describe.
Ellas están definidas desde una exterioridad que es radical. Tal exterioridad es en sí
misma una forma de la articulación social que no se vincula sino de manera jerárquica
con las personas, eventos y objetos que describe. Ella es, después de todo, la que
produce la perspectiva, la función del ojo del viajero como un fenómeno en el que
convergen las dimensiones de clase, de género, étnicas, lingüísticas, etc.9 En este
movimiento la escritura de viaje asedia desde la fortaleza cultural en la que enuncia.
Sin embargo, la imagen del asedio contiene una fuerte inestabilidad, en sí mismo el
asedio es un lugar no marcado sino por prácticas fugaces porque por más que su
duración sea extensa no se ofrece como espacio para identificación alguna. No obs-
tante, allí, en la figura de esa fugacidad, se cuelan imágenes que no siempre respetan
el orden y la jerarquía cultural. En la medida que el tiempo entre el viaje realizado y la
escritura se amplía dicha inestabilidad se reduce y se restituye toda distancia.
En ese sentido de lo que se habla es de la diferencia entre el relato de viaje
cuando éste es llevado a cabo ex post facto y las notaciones en terreno. Otra vez es útil
el ejemplo de Burton. Él tomaba notas en cada ocasión que se hacía posible. Aunque
dichas notas se inscribían en un contexto de prejuicio sobre las sociedades, grupos
humanos y eventos descritos por las mismas, ellas tenían un doble valor en el relato
posterior. Aseguraban el lugar prominente del viajero para dar a conocer lo descono-
cido y afirmaban el carácter de verdad de lo dicho en tanto hubo para poder decirlo un
riesgo de vida. Dicho riesgo era asumido como la función heroica del viajero. Pero
éste es el efecto homogeneizador que produce el relato escrito después del viaje don-
de la segunda forma de asedio se diluye. Con todo, es posible pensar que en las ano-
taciones marginales de los textos de viaje o en ciertos argumentos sobreviven las
condiciones para imaginar el mundo que reconstruyen esas notas antes de su integra-
ción en el relato.
La escritura post viaje es de otro orden. Por lo general nos encontramos con esta
situación en la inmensa mayoría de los casos. El viaje y todas sus figuras son la mayo-

9 Aludimos a la metáfora del ojo en razón del libro de Mary Louis Pratt, Ojos Imperiales.
Sobre fuentes históricas y relatos de viaje 29

ría de las veces mundos evocados que inevitablemente se mezclan con los elementos
de la tradición. Ahora bien, este cruce no ocurre en el mismo nivel ni es de la misma
naturaleza del que produce el ojo historiográfico, en tanto este último es operación
conciente sobre todas las dimensiones en juego. En otras palabras, la historiografía
por defecto restituye el contexto pero dicha restitución implica que a la dos vertientes
se le suman otras instancias performativas, como por ejemplo, el lugar de producción
del discurso historiográfico, la técnica que lo ordena (su metodología) y la audiencia
(en términos sociales) a la que está dirigido.
Sin embargo, más allá de la distinción que podamos establecer con la historiografía
como saber técnico, lo que irrumpe en uno y otro escenario (relato de viajes e
historiografía) es la relación entre la nota como registro parcial y la escritura como
totalidad. Del mismo modo que la historiografía reordena el texto ordenado por el
viajero escritor y produce una poética y una política concretas de la escritura de la
historia, el relato de viajes es el resultado de una operación sobre los recuerdos y las
notas del viajero. En suma, es una integración similar pero en otro registro. Por ejem-
plo, en el prefacio que hace Humboldt a la primera edición de Vistas de la Naturaleza
se puede leer:
“[C]on cierta modestia, presento al público una serie de trabajos
que se originaron ante la presencia de los más nobles objetos de la
naturaleza [...] Algunos fragmentos separados, escritos en esos
precisos lugares, han sido desde entonces elaborados en un todo”.10
En la cita se plantea el problema de la nota y la escritura. Esto es, el fragmento y el
todo, o el tema de “la escritura durante el viaje” y la escritura post viaje. También la
cita muestra dos momentos, el in situ, donde habría una simultaneidad entre la percep-
ción y la escritura (momento de la notación) y el momento de darle forma al relato de
viaje. Es aquí donde opera una praxis de tipo historiográfica,11 si la historiografía
reordena el texto del viajero produciendo un tipo de escritura de la historia; el relato
de viajes es el resultado de una operación organizadora de los fragmentos del viaje.
Por fragmentos entendemos todo tipo de notas y apuntes de datos, el diario o el libro
de bitácora, las referencias científicas, las anotaciones geográficas y el material
cartográfico, los registros de tradiciones populares o leyendas, los dibujos o cualquier
tipo de material gráfico, la recuperación de discursos ajenos, etc. El relato de viajes es
una integración de todos estos materiales y fragmentos a un tipo de registro que les
confiere unidad y sentido. Esta es una operación historiográfica –si se entiende

10 VON HUMBOLDT, A. Views of nature: or contemplations on the sublime phenomena of creation,


George Bell and Sons, Londres, 1985.
11 La diferencia con la historiografía es que el viajero es quien anota y quien relata. Una ocasión raramente
encontrada en la historiografía salvo si aceptamos que la construcción de la fuente tiene el mismo
carácter.
30 Derroteros del viaje en la cultura

historiografía como la tarea de articular estos materiales en un discurso coherente


tanto temporal como culturalmente– ya que, entre otras cosas, se restituye el contexto,
es decir, se da una argumentación al viaje. El viaje real se recupera en el texto median-
te un dispositivo de escritura que tiene una poética y una retórica, es decir, mediante
un relato del viaje, el cual tiene un argumento que normalmente conlleva una tesis, un
conjunto de supuestos y su demostración expandidos a lo largo del texto.
La operación historiográfica estaría entonces en la constitución de la fuente y
estaría amarrada más al momento de la totalidad, al momento de la escritura del rela-
to, que al momento del viaje y de la notación de impresiones y datos. Así, lo que se
podría decir es que el relato de viajes es ya una historia en sí, que la historiografía,
dependiendo de la escuela o epistemología en juego, hace hablar por sí misma. En
este sentido, el uso que la historia puede hacer de un relato de viajes es producto antes
que nada de la concepción que se tiene de fuente. Pero también es necesario tener en
cuenta que el relato de viaje antes que “algo dado” o “algo atemporal” ha sido acuña-
do en una producción, en tanto que como relato nada indica que de manera inherente
sea una fuente histórica. Así, considerar un relato de viajes como fuente es imprimirle
un sentido –más allá o más acá de que sea un tipo de relato ligado íntimamente a lo
real. En otras palabras, aquí opera nuevamente la noción de clausura antes expuesta,
pero ahora no sólo en el sentido de una cesura de la significación de manera tal que
ella no se disperse, sino como una mediación que desde la disciplina transforma el
sentido comunicativo originario del texto en cuestión. Se podría pensar en un texto
como el de Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva
España, y cómo fue utilizado por la historiografía de Indias. Aunque la crítica coinci-
de en que fue su germen, la Historia verdadera... no es una “probanza de méritos” –el
tipo de documento jurídico que comúnmente la Corona, a través del Consejo de In-
dias, solicitaba a los soldados que habían participado en las expediciones de conquis-
ta. La Historia verdadera... está atravesada por toda una serie de codificaciones lite-
rarias que ciertamente ponen en jaque las nociones de verdad o realidad que la inten-
tan constituir como fuente despejada de la poética y la política del texto. La restitu-
ción del texto al escenario de la noción de fuente por parte de la historiografía es
posible a partir de la mediación que transforme, como dijimos arriba, su sentido co-
municativo y su eficacia performativa a partir de su ingreso a regímenes discursivos
diferentes a los que le dieron marco.

IV

Para terminar unas últimas anotaciones sobre el problema de la fuente y el relato de


viaje. Aquí hemos afirmado la similitud del relato de viaje con la operación
historiográfica. En ese sentido entonces el aprendizaje principal, a pesar de su obviedad
Sobre fuentes históricas y relatos de viaje 31

es que cuando consideramos al relato de viajes como fuente éste casi nunca es el
repositorio de datos que trascienden la esfera de la escritura, de la poética o de las
codificaciones literarias que se despliegan en los textos. Así entonces, más que inten-
tar evitar el relato en función de los datos es necesario comprenderlo desde esos regis-
tros. Comprender la naturaleza de la mediación es clave para entender qué es lo que se
está mediando. Al mismo tiempo, estar atentos a estas claves en la lectura de los
relatos de viaje implica revisar los modos en que opera el saber historiográfico. Mu-
cho menos desde la perspectiva de sus escuelas y mucho más desde sus prácticas
débilmente formalizadas, no dichas o, a veces, rutinarias.

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