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E
n lo mío nada como un buen puente a las dos de la madrugada. Por tres razones:1.
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 A esa hora no circula ni Dios.2.
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Una vez despachado el cliente, al agua con él y si te he visto no me acuerdo.3.
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En un puente las balas corren más deprisa  y los hombres más despacio.Que conste que no me gusta nombrar a los muer-tos, pero algo tengo que decir de Tom Wallace. Era un hombre menudo. Por algo decían «menudo tío el Boquilla». Y es que le apodaban así, el Boquilla, porque tenía la indiscreta pequeña y porque se iba de la ídem. Se iba tanto que un día apareció en la comisaría y cantó de plano. Todo un elemento el Boquilla. Entendámonos: un elemento perturba-dor. Había que quitarlo de en medio y ahí es donde entro yo. No voy a decir quién me encargó la fae-na. Yo no soy el Boquilla. Me largaron un buen fajo  y me dijeron dónde y cuándo. Y la noche de marras yo estaba allí. Era una de esas noches como a mí me gustan: sin viento, sin luna, sin testigos. Y estaba el puente. Y el río Hud-son, negro como una mala intención. Y eran las dos. Y como no hay dos sin tres, pasó una hora
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antes de que se presentara el Wallace.Lo vi venir desde lejos, haciendo más eses que una culebra. Tenía una botella en la mano y no sé cuántas dentro y el hipo se oía a más de un kilóme-tro a la redonda. No un hipo agudo, sino un hipo grave, como el del que sabe que va a palmarla.De pronto se paró en medio del puente y se aso-mó a la balaustrada. No sé qué coño estaría mi-rando, pero se quedó así sus cinco minutos, con la mirada fija en las negras aguas del Hudson. Y entonces pasó aquello. De un salto subió a la valla  y se arrojó al agua.Reaccioné cuando oí el PLASH. Dejé el escon-dite y corrí a la orilla. Me quité la ropa en un san-tiamén y me tiré al agua, sin pensarlo. Me pasa lo que a los gatos, que no soporto “el hachedoso”. Por tres razones:1.
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Porque es incolora.2.
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Porque es inodora.3.
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Porque es estúpida.Mi fuerte no es la natación, pero me las arreglé para darle alcance. Se resistió un poco al principio. Tuve que persuadirlo con la izquierda, luego con la derecha,  y vuelta a la izquierda. Me costó lo suyo y lo mío lle-
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 varlo a la orilla. Queen tierra, boqueando, como un guiñapo. Me sequé con la camiseta que tiré al agua acto seguido, como dicen los del teatro. Me vestí. A todo esto el Boquilla seguía hecho un trapo. Encendí un cigarrillo para darle tiempo. Como seguía sin dar señales de vida, lo puse bocabajo y le apreté las clavi- jas, digo la barriga, para aligerarlo de líquido. Era un grifo el tío. Le salía espuma hasta por el cogote. Al fin se incorporó, tambaleándose y resopló:
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Mi mujer me ha... me ha...
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¿Y quién no?
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¿Eh?Le entró un ataque de tos. Cuando dejó de casti-gar a las cuerdas “bucales” volvió a la carga:
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Mi mujer me ha dejado...
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¿Cuánto?
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¿Eh?
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Mujeres sobran
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le dije.
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Eso es... lo que suele decirse en estos casos..., pero como mi Mary, ninguna.
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