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Historia Social Argentina
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Luis Alberto Romero

Carpeta de trabajo

Diseño original de maqueta: Hernán Morfese Procesamiento didáctico: Adriana Imperatore Primera edición: junio de

Diseño original de maqueta: Hernán Morfese Procesamiento didáctico: Adriana Imperatore

Primera edición: junio de 2002

ISBN: 978-987-1782-64-2

© Universidad Virtual de Quilmes, 2002

Roque Sáenz Peña 352, (B1876BXD) Bernal, Buenos Aires

Teléfono: (5411) 4365 7100

| http://www.virtual.unq.edu.ar

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Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723

Impreso en Argentina

Esta edición de 500 ejemplares se terminó de imprimir en el mes de junio de 2002 en el Centro de Impresiones de la Universidad Nacional de Quilmes, Roque Sáenz Peña 352, Bernal, Argentina.

Íconos

Íconos Lectura obligatoria Es la bibliografía imprescindible que acompaña el desarrollo de los conteni- dos. Se
Íconos Lectura obligatoria Es la bibliografía imprescindible que acompaña el desarrollo de los conteni- dos. Se

Lectura obligatoria Es la bibliografía imprescindible que acompaña el desarrollo de los conteni- dos. Se trata tanto de textos completos como de capítulos de libros, artícu- los y "papers" que los estudiantes deben leer, en lo posible, en el momento en que se indica en la Carpeta.

en lo posible, en el momento en que se indica en la Carpeta. Actividades Se trata

Actividadesen lo posible, en el momento en que se indica en la Carpeta. Se trata de

Se trata de una amplia gama de propuestas de producción de diferentes ti- pos. Incluye ejercicios, estudios de caso, investigaciones, encuestas, elabo- ración de cuadros, gráficos, resolución de guías de estudio, etc.

cuadros, gráficos, resolución de guías de estudio, etc. Leer con atención Son afirmaciones, conceptos o

Leer con atencióncuadros, gráficos, resolución de guías de estudio, etc. Son afirmaciones, conceptos o definiciones destacadas y

Son afirmaciones, conceptos o definiciones destacadas y sustanciales que aportan claves para la comprensión del tema que se desarrolla.

Para reflexionarclaves para la comprensión del tema que se desarrolla. Es una herramienta que propone al estudiante

Es una herramienta que propone al estudiante un diálogo con el material, a tra- vés de preguntas, planteamiento de problemas, confrontaciones del tema con la realidad, ejemplos o cuestionamientos que alienten la autorreflexión, etc.

Lectura recomendadao cuestionamientos que alienten la autorreflexión, etc. Es la bibliografía que no se considera obligatoria, pero

Es la bibliografía que no se considera obligatoria, pero a la cual el estudian- te puede recurrir para ampliar o profundizar algún tema o contenido.

recurrir para ampliar o profundizar algún tema o contenido. Pastilla Se utiliza como reemplazo de la

Pastilla

Se utiliza como reemplazo de la nota al pie, para incorporar informaciones breves, complementarias o aclaratorias de algún término o frase del texto principal. El subrayado indica los términos a propósito de los cuales se in- cluye esa información asociada en el margen.

Índice

Introducción 11

1. La historia social: totalidad, dimensiones, coherencia 11

2. Estructuras, procesos y actores 12

3. El proceso social de la política democrática

14

Bibliografía

17

Objetivos

19

1. La democracia política en una sociedad nueva: la reforma electoral de 1912

21

1.1. Democratización de la sociedad y democracia

política en el mundo occidental durante el siglo XIX

21

1.1.1. Los principios democráticos en el mundo occidental

21

1.1.2. El avance de la ciudadanía: conseguida o concedida

23

1.1.3. El caso argentino

25

1.2. La prosperidad económica

26

1.2.1. Antes de 1880

26

1.2.2. El Estado, las inversiones y la inmigración

26

1.2.3. Agricultura y ganadería

28

1.2.4. Derivaciones: ciudades, industria, economías regionales

30

1.3. La nueva sociedad

31

1.3.1. Los chacareros

31

1.3.2. Los trabajadores urbanos

32

1.3.3. La aventura del ascenso

33

1.3.4. Viejas y nuevas clases altas

33

1.3.5. Una sociedad abierta y móvil

34

1.4. El Estado y el gobierno

35

1.4.1. El proyecto de construir el Estado

35

1.4.2. Avances y resistencias

36

1.4.3. El gobierno elector

36

1.5. Enfrentar la protesta social

37

1.5.1. La protesta rural

38

1.5.2. La protesta urbana

38

1.5.3. Enfrentar la cuestión social

40

1.6. La querella de la nacionalidad

41

1.6.1. El Estado construye la nacionalidad

41

1.6.2. Definir la nacionalidad

42

1.7. La impugnación política y la reforma

43

1.7.1. La revolución del Noventa

43

1.7.2. La reforma política

44

1.7.3. El triunfo radical

48

1.7.4. La nueva democracia: un balance

48

Referencias bibliográficas

49

2.

La democracia radical (1916-1930)

53

2.1. El arraigo de la democracia

53

 

2.1.1. La máquina y el caudillo

54

2.1.2. Los ciudadanos educados

57

2.1.3. Política, movilidad e integración

59

2.2. La democracia en un mundo que cambia

59

 

2.2.1. La Guerra y la economía triangular

60

2.2.2. La crisis social de la posguerra

62

2.2.3. La callada transformación de la sociedad y la cultura

65

2.3. La democracia radical

68

 

2.3.1. El gobierno democrático del Estado

69

2.3.2. La práctica de la democracia republicana

71

2.4. Críticos de la democracia radical

75

Referencias Bibliográficas

79

3.

Entre golpes y fraude, 1930-1946

81

3.1. De Uriburu a Justo. El fracaso del corporativismo

81

3.2. El justismo

93

 

3.2.1. El estado y la economía

94

3.2.2. Oficialismo y oposición

97

3.2.3. La Iglesia y el Ejército

98

3.3. El Frente Popular

101

 

3.3.1. Democracia o fascismo

101

3.3.2. Los intelectuales

102

3.3.3. Los trabajadores

103

3.3.4. Las fuerzas políticas

105

3.3.5. Los límites del Frente Popular

106

3.4. El Frente Nacional

108

 

3.4.1. Conservadores, nacionalistas y autoritarios

108

3.4.2. La movilización católica

111

3.4.3. El Ejército, la Guerra y el neutralismo

112

3.4.4. La sensibilidad nacionalista

113

3.5. Polarizaciones cambiantes: el advenimiento de Perón

115

 

3.5.1. El triunfo del Frente nacional

115

3.5.2. Perón cambia los componentes de la polarización

116

3.5.3. De octubre de 1945 a febrero de 1946

118

3.5.4. Dos versiones de la democracia

127

Referencias bibliográficas

128

4.

El primer peronismo, 1946-1955

131

4.1. El Estado y la sociedad

131

 

4.1.1. La economía: estatismo y distribución

132

4.1.2. El Estado y los trabajadores

133

4.1.3. Los desheredados y las clases medias

134

4.1.4. La Comunidad Organizada

135

4.2. Una sociedad nacional y de masas

138

 

4.2.1. La democratización de la sociedad

138

4.2.2. Integración social y nacional

141

4.2.3. Un conflicto cultural

142

4.3. El conflicto político

145

Historia Social Argentina

 

4.3.2. La unidad de mando y las instituciones republicanas

149

4.3.3. La “peronización” de la sociedad y de la política

150

4.3.4. La oposición

151

4.4. Crisis y final

153

 

4.4.1. La crisis económica

153

4.4.2. La crisis política

155

4.5. Un balance

156

Referencias Bibliográficas

157

5.

Pretorianismo militar y gobiernos constitucionales, 1955-1966

159

5.1. La Revolución Libertadora, 1955-1958

159

 

5.1.1. El nuevo rumbo de la economía

160

5.1.2. Las implicaciones sociales

163

5.1.3. La proscripción del peronismo

164

5.2. Dos intentos constitucionales fallidos

167

 

5.2.1. Frondizi y La política del desarrollismo, 1958-1962

167

5.2.2. La oposición a Frondizi

169

5.2.3. La crisis, 1962-63

171

5.2.4. La experiencia de Illia y su anunciado final

175

5.3. Sociedad y política

180

 

5.3.1. Modernización de la sociedad

180

5.3.2. La política: el descrédito de la democracia

181

Referencias Bibliográficas

184

6. La movilización revolucionaria, 1966-1976 187

6.1. El gobierno autoritario del general Onganía 187

187

6.1.2. El tiempo económico 194

6.2. La oleada revolucionaria 196

6.2.1. Mentalidad en revolución 196

6.2.2. La movilización

6.2.3. Del movimiento social a la expresión política: las organizaciones armadas 201

210

6.3.1. La hora de los negociadores 210

199

6.1.1. La dictadura

6.3. La salida electoral

6.3.2. Las elecciones de marzo de 1973

216

6.3.3. El país que recibió Perón

218

6.4. Los gobiernos peronistas

219

6.4.1. ¿Una experiencia democrática?

219

6.4.2. Las negociaciones corporativas

220

6.4.3. El conflicto interno del peronismo

226

6.4.4. El final 228

Referencias bibliográficas 228

7.

La dictadura militar, 1976-1983

231

7.1. La Represión

 

231

 

7.1.1. El Estado clandestino

232

7.1.2. El blanco

233

7.1.3. la corrupción del Estado

239

7.2. La reorganización

240

 

7.2.1.

Diagnóstico y solución del problema argentino

240

239 7.2. La reorganización 240   7.2.1. Diagnóstico y solución del problema argentino 240 9

9

239 7.2. La reorganización 240   7.2.1. Diagnóstico y solución del problema argentino 240 9

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7.2.2. La fórmula

241

7.2.3. Ganadores y perdedores

242

7.3. El lugar del Proceso en la tradición política argentina

244

7.4. La sociedad ante el proceso

248

7.4.1. El fin del silencio

248

7.4.2. La Guerra de Malvinas y la movilización de la sociedad

252

Referencias Bibliográficas

256

8. La experiencia democrática, 1983-1989

257

8.1. La construcción de la democracia 257

8.2. La democracia en obra: Alfonsín 263

8.2.1. La civilidad: su fuerza y sus límites 264

8.2.2. La economía: postergar el problema

273

8.2.3. La transformación del peronismo

275

8.2.4. La crisis de 1989

276

8.3. La democracia en obra: Menem 277

8.3.1. Caudillismo reformista 277

8.3.2. La reforma y sus límites 281

8.3.3. Nuevo estilo político y formación de una alianza opositora 283

8.4. La democracia en la nueva Argentina 285

Referencias bibliográficas 288

y formación de una alianza opositora 283 8.4. La democracia en la nueva Argentina 285 Referencias

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y formación de una alianza opositora 283 8.4. La democracia en la nueva Argentina 285 Referencias

Introducción

A diferencia de otros países latinoamericanos, la Argentina se caracterizó en el siglo XX por el carácter democrático de su sociedad, en la que la movilidad ha sido la norma antes que la excepción. Por otra parte, ha experimentado grandes dificultades para constituir un sistema político democrático y republicano, un proceso en el que se han experimentado avances y retrocesos, alternándose gobiernos civiles y militares. En las últimas dos décadas aproximadamente, de manera que quizá resulte paradójica, se ha consolidado la democracia republicana, en un contexto de empobrecimiento generalizado y de polarización social. Este curso de Historia Social de la Argentina contemporánea se estructura alrededor de esta cuestión: cuál ha sido el desempeño de las formas políticas democráticas, en relación con los aspectos democráticos de la sociedad argentina. A través de este problema nos proponemos examinar el proceso de la sociedad argentina del siglo XX “largo” (esto es, desde 1880), y observar con más detalle una de sus dimensiones fundamentales: la política; a ella corresponde principalmente, pero no de manera exclusiva, el proceso social de construcción de la democracia. Es necesario, pues, plantear en primer lugar qué entendemos por “historia social”, y luego cuáles han de ser las dimensiones específicas del análisis de la política democrática.

1. La historia social: totalidad, dimensiones, coherencia

La expresión “historia social”, que se ha usado en sentidos diversos, sirve aquí para caracterizar, antes que un campo temático particular, una perspectiva de análisis, Se subraya, en primer lugar, la dimensión de totalidad del pasado histórico: toda experiencia humana es en principio relevante y de interés para el conocimiento histórico, y no hay campo en ella –por más trivial que parezca- sobre el que el historiador no pueda plantear un problema, una pregunta. Tal reconocimiento lleva inmediatamente a otro: la complejidad de la realidad histórica. Para conocerla, es necesaria una primera etapa de índole analítica en la que se distingan sus distintas dimensiones, las problemáticas específicas de cada una de ellas, así como las herramientas y conceptos históricos adecuados para considerarlas. Se partirá entonces de una clasificación, una taxonomía. Es necesario aclarar que en el campo de la investigación histórica no existe una taxonomía única, ni tampoco es posible distinguir de manera tajante sectores de la realidad, que permanentemente se superponen. Sin embargo, para entendernos, es útil mencionar una clasificación que nos servirá como guía en este curso.

Sin embargo, para entendernos, es útil mencionar una clasificación que nos servirá como guía en este

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Sin embargo, para entendernos, es útil mencionar una clasificación que nos servirá como guía en este

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Conviene distinguir, por una parte, la dimensión socioeconómica de la realidad, vinculada con la organización social de los procesos de producción e intercambio, la distribución de los beneficios, las cuestiones del crecimiento y, finalmente, las relaciones básicas de la sociedad. A partir de estas relaciones básicas se puede explorar el campo de lo social:

los actores sociales y sus formas de vinculación e interacción, los conflictos, en sus diversas formas y manifestaciones, los mecanismo de regulación y control. Por otra parte, el campo de lo político incluye en primer lugar lo que tiene que ver con el Estado y la organización jurídica e institucional de la sociedad; luego, las políticas desarrolladas desde el Estado para dirigir la sociedad, consideradas en relación con los actores sociales y con los beneficiados y afectados. Finalmente, la política misma, que incluye las formas de competencia por el poder, los marcos institucionales e ideológicos de la disputa, los actores de la vida política y las formas de la competencia. Aquí se inscribe, más específicamente, la cuestión de la democracia. Por último, la dimensión de lo mental, tanto en lo referido a las ideas sistemáticas, a las ideologías, como al campo más vasto y flexible de las “mentalidades” o los “imaginarios colectivos”.

las “mentalidades” o los “imaginarios colectivos”. Digámoslo una vez más: estas son distinciones analíticas

Digámoslo una vez más: estas son distinciones analíticas dentro de un proceso social único, donde cada uno de estos aspectos existe siempre asociado con otro. No hay economía sin institu- ciones políticas que la regulen, sin ideas acerca de ella –por ejemplo, “el mercado” corresponde plenamente al campo de las ideas sistemáticas y de los imaginarios colectivos-, así como sin actores sociales en concurrencia y actores políticos operando. No hay ideas o cultura que existan sin una base material –la in- dustria editorial, por ejemplo-, o un universo de receptores, in- merso en una trama de relaciones sociales. En rigor, la parte principal del análisis histórico comienza luego de la distinción taxonómica, cuando se trata de buscar y explicar las correlacio- nes, las articulaciones, las determinaciones, que nunca operan en un sentido solamente, ni vienen nunca de una sola de esas dimensiones analíticas. En ese sentido, puede decirse que el his- toriador social busca la coherencia de una realidad compleja.

2. Estructuras, procesos y actores

La reconstrucción del historiador apunta a la totalidad –que como tal, es una aspiración nunca realizada completamente- y observa su movimiento, los factores que llevan a su transformación, en juego con los que sustentan su estabilidad; dicho de otro modo: las continuidades y las rupturas. Para esto ha sido decisiva la noción de estructura, el gran aporte de la sociología clásica, de Marx, Weber o Durkheim. Al adoptarla, la ciencia histórica superó la etapa del simple establecimiento lineal y cronológico de los hechos. La estructura ayuda a aprehender en una única perspectiva todas las dimensiones de la realidad, y a descubrir sus articulaciones principales, sus relaciones determinantes. Al incorporar esta mirada estructural la historia se convirtió en ciencia social.

sus relaciones determinantes. Al incorporar esta mirada estructural la historia se convirtió en ciencia social. 12

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sus relaciones determinantes. Al incorporar esta mirada estructural la historia se convirtió en ciencia social. 12

Historia Social Argentina

Una variante de esta mirada estructural, el “estructuralismo”, ha tenido amplio desarrollo entre las ciencias sociales –particularmente la antropología y la lingüística-, pero resulta poco adecuado para la perspectiva del historiador. No se trata de establecer un juicio de valor sino del reconocimiento de diferentes perspectivas y distintos problemas que cada ciencia quiere explicar. El estructuralismo –en realidad una familia de corrientes interpretativas- suele privilegiar en la estructura los mecanismos que llevan a su reproducción: por ejemplo, cómo una sociedad forma nuevas camadas de individuos adecuados para desempeñar las funciones de sus predecesores. En esa misma línea, las grandes estructuras son presentadas de modo tal que parecen imponerse a los actores, que en una versión extrema son considerados meros portadores de esas relaciones estructurales.

meros portadores de esas relaciones estructurales. Los historiadores, en cambio, estudian estructuras en movi-

Los historiadores, en cambio, estudian estructuras en movi- miento, es decir procesos. La pregunta del historiador apunta a explicar cómo se constituyen esas estructuras, y de qué mane- ra, en el momento mismo en que han madurado comienzan a desestructurarse, para ser remplazadas por otras. Ello lo lleva a examinar las tensiones y contradicciones, antes que los me- canismos funcionales. Sobre todo, conduce a considerar a los sujetos sociales no sólo como portadores de estructuras sino como actores actuantes, que están siempre modificándolas, aún en el mínimo acto de reproducirlas.

De ahí que una herramienta central del análisis histórico sea la identificación de los sujetos de los procesos históricos, o para decirlo de una manera sencilla, los sujetos de las oraciones que escriben los historiadores, aquellos que años atrás solían reconocerse en el análisis sintáctico preguntando “¿quién es el que?”. No hay un repertorio único de sujetos sociales disponible para los historiadores: estos dependerán del tipo de problema que se está analizando, y su construcción es parte del trabajo de investigación. Cuando se trata de procesos de larga duración, relacionados con las estructuras básicas de la sociedad, es útil referirse a actores que en realidad son grandes categorías sociales: los capitalistas, los campesinos, la burguesía. No “actúan” sino de manera figurada. Cuando se trata de examinar procesos sociales concretos, es necesario probar que los sujetos a los que se hace referencia poseen la suficiente identidad y unidad de criterios como para afirmar que actúan, que son sujetos posibles de verbos de acción. En ese sentido, siguiendo el análisis de E.P. Thompson sobre la clase obrera inglesa entre 1760 y 1830, no basta con que haya fábricas y obreros para que exista la “clase obrera”; ésta surge como fruto de un complejo proceso de construcción de su identidad –con y contra otros- en el que importan los ámbitos reales o simbólicos de interacción, los mensajes ideológicos, las tradiciones culturales, la acción de mediadores, las experiencias compartidas. En suma, todo lo que apunta a la conformación de un “nosotros”, que presupone un “ellos”.

compartidas. En suma, todo lo que apunta a la conformación de un “nosotros”, que presupone un

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compartidas. En suma, todo lo que apunta a la conformación de un “nosotros”, que presupone un

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La polisemia, o acu- mulación de sentidos, es característica de todas las palabras importantes o larga- mente usadas. Para los historia- dores, es de suma utilidad reali- zar una investigación sobre esos sentidos sucesivos y acu- mulados. A la vez, es imperioso acordar sobre el sentido que en cada texto se le da a la palabra. Un análisis ejemplar de esta “ar- queología” de las palabras lo realiza Raymond Williams en Palabras clave.

palabras lo realiza Raymond Williams en Palabras clave . Estas construcciones identitarias son transitorias, se arman
palabras lo realiza Raymond Williams en Palabras clave . Estas construcciones identitarias son transitorias, se arman

Estas construcciones identitarias son transitorias, se arman y desarman, se recrean o se reconstituyen, y todo ello no cons- tituye un supuesto a desarman, se recrean o se reconstituyen, y todo ello no cons- tituye un supuesto a priori sino que debe ser explicado. Final- mente, cada tipo de proceso requiere individualizar un tipo de actor determinado: lo que vale para los procesos sociales con seguridad no funciona para los políticos, aunque segura- mente, alguna relación existe entre ellos.

3. El proceso social de la política democrática

Examinemos ahora ese aspecto de la dimensión política que es la política democrática. En el mundo occidental, ésta tiene una fecha precisa de nacimiento: la Revolución francesa de 1789, aunque como en todos los nacimientos, los insumos son anteriores, y el individuo maduro puede diferir bastante de la criatura. En todo caso, la democracia es un producto complejo, en el que aparecen en juego todas las dimensiones de la realidad histórica. Eso explica la cantidad de sentidos que se han ido acumulando en esa palabra.

de sentidos que se han ido acumulando en esa palabra . En primer lugar, el sentido

En primer lugar, el sentido más general es ideológico y valorativo: la voluntad popular es la única fuente de legitimidad política. legitimidad política.

En el contexto de 1789, reemplaza a otro criterio igualmente general: el derecho divino de los reyes. Como criterio, la “expresión de la voluntad popular” es categórico, y desde entonces no se ha formulado otro capaz de sustituirlo. A la vez, es muy genérico: todas las formas políticas concretas –hasta las más detestables- terminan enmarcándose en él.

Veamos sus términos. “Popular” y “pueblo” remiten a definiciones diversas, desde “el pueblo de la nación argentina” de nuestra Constitución hasta “el pueblo ale- mán” de Hitler, o “el pueblo miserable y humillado” de los anarquistas. “Voluntad”, aplicada a “pueblo”, remite a su vez a las distintas maneras como ese “pueblo” puede expresarse: una asamblea, una elección, un líder carismático. Finalmente, los modos de operar y los límites de esa “voluntad” son susceptibles de distintas in- terpretaciones, sobre todo si, de acuerdo con la fundante tradición de Rousseau, se considera que dicha voluntad es, además, una manifestación unívoca de la Razón. Frases comunes como “este es el verdadero pueblo” o “el pueblo nunca se equivo- ca” recogen estas ideas en el sentido común.

se equivo- ca” recogen estas ideas en el sentido común. 14 En un segundo sentido, la

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equivo- ca” recogen estas ideas en el sentido común. 14 En un segundo sentido, la democracia
equivo- ca” recogen estas ideas en el sentido común. 14 En un segundo sentido, la democracia

En un segundo sentido, la democracia suele referirse a reglas institucionales para el buen funcionamiento del gobierno, ex- presadas en los textos constitucionales.

Historia Social Argentina

La tradición republicana las relaciona con el poder: división de poderes, periodicidad de funciones, publicidad de los actos de gobierno, y otras, mientras que la tradición liberal se centra en los derechos naturales de los individuos, que deben ser protegidos de las tendencias naturalmente avasallantes del poder. Estas tradiciones concurrentes son anteriores a la Revolución francesa y la democracia, y muchos pensaron que había una contradicción profunda entre ellas, y que la libertad era incompatible con la democracia. Desde otra perspectiva, las corrientes populistas o revolucionarias del siglo XX llegaron a una conclusión parecida. Esa tensión se manifestó de manera extrema en el período entre las dos Guerras Mundiales, pero desde entonces ha habido una tendencia a la fusión entre ambas tradiciones.

habido una tendencia a la fusión entre ambas tradiciones. En tercer lugar, la democracia se refiere

En tercer lugar, la democracia se refiere a los criterios y pro- cedimientos para designar autoridades y hacer efectivo el principio de la voluntad popular. Las formas cedimientos para designar autoridades y hacer efectivo el principio de la voluntad popular. Las formas prácticas en que esto se realizó son variadísimas.

Al respecto cabe una aclaración: cada uno puede considerar que algunas de esas formas no pertenecen plenamente a la democracia; aquí se señala otra cosa: los protagonistas se creían incluidos en esta tradición que, como un historiador puede ver, es cambiante.

La Revolución francesa prestigió la variante que proviene de Rousseau acerca de las bondades de la democracia directa; valoraró la acción decisiva del “pueblo” (esto es los manifestantes de París) en las jornadas decisivas o en las deliberaciones de las secciones. Luego de la Revolución francesa predominó el criterio representativo. Según este criterio, la soberanía del pueblo es trasladada a los representantes electos, que la tienen plenamente mientras dura su mandato. En el siglo XX se populariza otra forma de representación, cuando se afirma que un dirigente político, un líder, encarna los intereses del pueblo, más allá de los mecanismos formales de representación. En este caso la legitimación puede ser meramente discursiva –alguien afirma ser tal representante- o basarse en otros mecanismos, como por ejemplo una multitud aclamando a alguien en una plaza. La realización de un plebiscito, donde se ratifica lo actuado por un dirigente, se acerca a esta forma, que por ello suele llamarse plebiscitaria. Esta variante de la democracia ha tenido gran importancia en nuestra historia política

ha tenido gran importancia en nuestra historia política Esto nos introduce a un cuarto problema, alrededor

Esto nos introduce a un cuarto problema, alrededor del acto electoral para designar autoridades. En el momento de la re- presentación es cuando el “pueblo”, electoral para designar autoridades. En el momento de la re- presentación es cuando el “pueblo”, un principio abstracto, adquiere forma política e institucional.

Valga un par de ejem- plos cercanos. La polí- tica estudiantil universitaria conserva muchos elementos, prácticas y valores de la demo- cracia directa revolucionaria. tica estudiantil universitaria conserva muchos elementos, prácticas y valores de la demo- cracia directa revolucionaria. Por otra parte, nuestra Constitu- ción afirma, de manera algo po- lémica, que “el pueblo no deli- bera ni gobierna sino por medio de sus representantes”; en 1853 parecen oírse aún los ecos de la cultura política revolucio- naria.

por medio de sus representantes”; en 1853 parecen oírse aún los ecos de la cultura política

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por medio de sus representantes”; en 1853 parecen oírse aún los ecos de la cultura política

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Aunque todas las formas conocidas en la época democrática giran en torno de la noción de pueblo como un conjunto de individuos iguales, indeterminados y equivalentes, suelen filtrarse otros criterios, que arraigan en las formas colectivas de organización de la sociedad. En las sociedades tradicionales, suelen emerger la dimensión estamentaria, por ejemplo cuando se califica el sufragio según los impuestos que se pagan; en las modernas surge la dimensión corporativa, como cuando se habla de representantes obreros. Si no están presentes en la ley, pueden aparecer en la normativa sobre el sufragio, o en la práctica electoral; allí, las distinciones sociales, negadas en la legislación, pueden reaparecer. Contra esto se montó, precisamente, el dispositivo de la ley Sáenz Peña. Por eso, el examen de las elecciones permite examinar la relación entre la dimensión institucional de la democracia y la dimensión social.

institucional de la democracia y la dimensión social. Esa relación se manifiesta también cuando se examina,

Esa relación se manifiesta también cuando se examina, no ya el proceso electoral de designación de representantes sino el largo período entre elecciones, en el que sin embargo las opi- niones o voliciones de la sociedad continúan manifestándose políticamente.

Un actor cubre plenamente ambas instancias: el partido político llamado moderno, una creación de fines del siglo XIX. Se caracteriza por la afiliación formal, la red de comités, la elección democrática de autoridades, con mandatos de la base a la cima, la carta orgánica, el programa, y además un conjunto de elementos simbólicos identitarios. Los partidos son una creación moderna de la democracia. Desde 1870, a medida que se amplía la representación política, el partido de masas ya caracterizado aparece como la forma más eficaz.

Hasta entonces, los “partidos” tenían mala fama. En Rousseau, tan influyente en toda la cultura democrática a través de la Revolución francesa, no sólo se descalifica la re- presentación; también se considera que un partido es una facción espuria, que de- fiende un interés particular y no ayuda a la constitución del bien común. Durante la Revolución francesa se aceptaron, con desconfianza, los clubes, como el de los jaco- binos, y durante la Restauración los partidos fueron prohibidos en Francia y otros muchos países, pues se los consideraba ámbitos de la subversión. Durante ese perío- do existieron los “partidos de notables”, es decir los agrupamientos no formales de los representantes electos, que formaban núcleos de opinión más o menos estables. También había partidos de opinión, organizados principalmente por los periódicos.

La quinta cuestión está relacionada con la anterior. Los intereses de distintos sectores de la sociedad –derivados de la condición de sus miembros o de sus ideas- suelen expresarse a través de asociaciones conformadas para defenderlos de distintas maneras, incluyendo la participación política: hay así ligas agrarias, clubes industriales o asociaciones en defensa de la templanza, que confrontan públicamente, principalmente por medio de la prensa.

o asociaciones en defensa de la templanza, que confrontan públicamente, principalmente por medio de la prensa.

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o asociaciones en defensa de la templanza, que confrontan públicamente, principalmente por medio de la prensa.

Historia Social Argentina

Historia Social Argentina Ese ámbito de debate –en el que se opina en defensa de un

Ese ámbito de debate –en el que se opina en defensa de un interés específico pero a la vez en nombre de un interés más general- constituye un interés específico pero a la vez en nombre de un interés más general- constituye un escenario de la política complementa- rio del político representativo, con el que tiene muchas inte- racciones.

Llegamos a la sexta y última cuestión. Ya se trate de elecciones, partidos o asociaciones civiles, lo político se tiñe fácilmente de una dimensión social, y todo conduce a preguntarse por las relaciones entre estas dos grandes esferas. Más arriba hemos señalado los límites que tienen los intentos de establecer una correlación directa entre grandes actores sociales, que se identifican en los procesos de larga duración, y los actores políticos. Como en el ejemplo citado anteriormente, es importante preguntarse cuáles son los procesos reales que llevan a un conjunto de personas a conformar una identidad política: dónde se reúnen, qué leen o discuten, si se trata de grupos de base local, o bien qué otros procedimientos pueden servir para construir identidades en grandes conjuntos sociales. Esta es una pregunta pertinente para el caso de la política democrática de masas, que tiene que ver, sobre todo, con cuestiones ideológicas, simbólicas o discursivas –tales las bases de una identidad política- y con cuestiones de organización o maquinaria política.

y con cuestiones de organización o maquinaria política. Por otra parte, cabe preguntarse sobre las características

Por otra parte, cabe preguntarse sobre las características rela- cionadas, homólogas o contradictorias, de los procesos socia- les y los políticos. Precisamente sobre una cionadas, homólogas o contradictorias, de los procesos socia- les y los políticos. Precisamente sobre una de ellas –la rela- ción entre la democratización de las relaciones sociales y la democracia política- girará este curso.

Bibliografía

Obligatoria

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Mora, México. B OBBIO , N ORBERTO (1989), Liberalismo y democracia. Fondo de Cultura Económica, Buenos

Objetivos

1. Introducir a los estudiantes en la problemática de la historia social y, en particular, en una de sus dimensiones, la historia política.

2. Presentar un panorama del desarrollo de la sociedad argentina en el siglo XX “largo”.

3. Plantear los problemas relacionados con la cuestión de la construcción de la democracia en la Argentina, considerados desde una perspectiva histórica. Y, a la vez, con las preguntas que se plantean desde el presente.

considerados desde una perspectiva histórica. Y, a la vez, con las preguntas que se plantean desde

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considerados desde una perspectiva histórica. Y, a la vez, con las preguntas que se plantean desde

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La democracia política en una sociedad nueva: la reforma electoral de 1912

Objetivos

1. Encuadrar el proceso de la reforma electoral de 1912 en el contexto de la democratización política del mundo occidental antes de la Primera Guerra Mundial.

2. Caracterizar las transformaciones de la sociedad, la economía, la política y la cultura en la Argentina entre 1880 y 1912.

3. Explicar las distintas raíces de la reforma electoral de 1912.

1.1. Democratización de la sociedad y democracia política en el mundo occidental durante el siglo XIX

En 1912, la ley Sáenz Peña estableció en la Argentina el sufragio universal masculino, secreto y obligatorio, por padrón militar. Esa reforma, que cam- biaba sustancialmente las reglas del juego político y fundaba la moderna de- mocracia, fue la culminación de un rápido y profundo proceso de transforma- ción de la sociedad, su economía, sus ideas, y también sus prácticas políticas. La relación entre los cambios de la sociedad y las prácticas políti- cas democráticas a lo largo del siglo XX ha de ser el eje de nuestro curso. Pero los cambios políticos –tanto o más que otros- están en relación directa con los procesos políticos e ideológicos más generales del mundo occiden- tal, y en especial los de los grandes estados europeos. Por ello parece con- veniente encuadrar estas transformaciones políticas en dicho contexto.

1.1.1. Los principios democráticos en el mundo occidental

Pese a que las historias de sus sociedades son tan distintas, en la Argenti- na se llega a la instauración del sufragio universal masculino obligatorio ca- si al mismo tiempo que en los principales estados europeos donde, desde la década de 1870, los procesos de ampliación electoral avanzaron de ma- nera sostenida. Esta ampliación es hija y heredera de los grandes cambios jurídicos e institucionales que, desde fines del siglo XVIII, fundaron el capita- lismo y la sociedad burguesa. Se trata del principio de la igualdad ante la ley, que terminó con el criterio del privilegio propio del “Antiguo Régimen”, el principio de legitimidad fundado en la voluntad popular, y la equivalencia en- tre individualidad y derecho político, sintetizada en la fórmula “un hombre, un voto”.

y la equivalencia en- tre individualidad y derecho político, sintetizada en la fórmula “un hombre, un

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y la equivalencia en- tre individualidad y derecho político, sintetizada en la fórmula “un hombre, un

Universidad Virtual de Quilmes

Desde los orígenes de la democracia moderna, se asoció el ejercicio de los dere- chos políticos con la existencia de individuos racionales y autónomos. De acuerdo con las creencias de la época, se consideraba “natural” excluir a los locos, por no ser racionales, a los monjes, por haber hecho renuncia a su autonomía, a los “sir- vientes” (una categoría muy amplia, que incluía quizá la tercera parte de los varo- nes adultos), por carecer de esa autonomía, ya que dependían de sus patrones, y a las mujeres, que por vivir en el ámbito doméstico también carecían de autonomía. Sobre esa “naturalidad”, que se modificó lentamente a lo largo de los siglos XIX y XX, véase el capítulo “El individuo autónomo” en Pierre Rosanvallon, La consagra- ción del ciudadano.

Buena parte de la fami- lia de Tocqueville pere- ció en la guillotina durante el Te- rror, de modo que debemos ver en Tocqueville no sólo al inteli- gente analista sino al testigo participante, que expresa las ex- pectativas que en las elites so- ciales generó, durante toda la primera mitad del siglo XIX, la Revolución francesa y sus pro- mesas democráticas.

XIX, la Revolución francesa y sus pro- mesas democráticas. Alexis de Tocqueville caracterizó otra consecuencia de

Alexis de Tocqueville caracterizó otra consecuencia de los procesos revolu- cionarios iniciados por la Revolución francesa: el deseo de la igualdad so- cial, esa pasión democratizadora que arrasó con las diferencias y privilegios propias de las sociedades de Antiguo Régimen y que él encontraba más ate- nuado y con menos pasión en la sociedad norteamericana, que no conoció el feudalismo. Para Tocqueville, esa pasión democrática impedía que la de- mocracia política conviviera armónicamente con los principios liberales, que se fundaban en los derechos del individuo y la limitación del poder del Esta- do. Era corriente por entonces pensar en “masas sedientas de sangre”, y en los peligros que acarrearía extender efectivamente los derechos políticos.

❘❚❚ “De todos los efectos políticos que produce la igualdad de condiciones, el

amor a la independencia es el primero que hiere la imaginación, y el que más

terror infunde a los espíritus tímidos. No puede decirse que no hay razón para

esto, porque la anarquía es más horrorosa en los pueblos democráticos que en

cualquiera otra parte. Como los ciudadanos no tienen ninguna acción sobre

los otros, en el mismo instante en que falta el poder nacional que los contiene

a todos en su lugar, parece que el desorden debe llegar a su colmo y que, se-

parándose cada ciudadano, el cuerpo social va a reducirse a polvo de repente.

En efecto, la igualdad produce dos tendencias: la primera conduce directa-

mente a los hombres a la independencia, y puede de repente impelerlos a la

anarquía; la otra los lleva por un camino más largo, pero más seguro, hacia la

esclavitud” ❚❚❘

Por otra parte, más allá de Francia o Inglaterra, en vastos sectores de Euro- pa la sociedad tradicional cambió muy lentamente a lo largo del siglo XIX, y los criterios de distinción, fundados en el privilegio de los señores y la de- ferencia de los campesinos no se modificaron mayormente, de modo que las apelaciones políticas basadas en la igualdad y la ciudadanía no suscita- ban mayor entusiasmo. Por una y otra causa –combinadas de diferente ma- nera según los momentos y los lugares- la participación política de los po- tenciales ciudadanos avanzó muy lentamente, aun cuando los estados, casi sin excepciones, tuvieron que asumir formalmente el nuevo criterio y establecer regímenes constitucionales, con sus respectivas cámaras legis- lativas.

formalmente el nuevo criterio y establecer regímenes constitucionales, con sus respectivas cámaras legis- lativas. 22

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formalmente el nuevo criterio y establecer regímenes constitucionales, con sus respectivas cámaras legis- lativas. 22

Historia Social Argentina

1.1.2. El avance de la ciudadanía: conseguida o concedida

Esta situación se modificó en la segunda mitad del siglo XIX, de manera len- ta al principio, y acelerada hacia el fin de la centuria y vísperas de la Prime- ra Guerra Mundial. Concurrieron a esto muchos factores. La urbanización, sumada al desarrollo industrial, movilizaron las masas campesinas, las sa- caron de su medio tradicional y las pusieron en contacto con las nuevas for- mas de vida y las nuevas ideas. Los sistemas de escolarización masiva, adoptados por la mayoría de los estados que se proponían modernizar sus sociedades, generaron vastos contingentes de alfabetos lectores, y a la vez de ciudadanos que conocían sus derechos civiles y políticos y estaban en condiciones de reclamar por ellos; es cierto que lo hacían de manera más moderada, con menos explosiones de furia ciega, pero su acción resultaba más eficaz debido a que conocían las reglas del juego, la forma de funciona- miento del sistema político. Sobre todo, estaban convencidos de la legitimi- dad de sus demandas.

estaban convencidos de la legitimi- dad de sus demandas. H OBSBAWM , E RIC J. (1990),

HOBSBAWM, ERIC J. (1990), “La política de la democracia”, en:

La era del Imperio (1875-1914). Labor Universitaria, Barcelona.

Muchos autores subrayan la acción disciplinadora de la escuela, y suponen que esa disciplina destruye una rebeldía natural y positiva. Pero toda realidad social tiene siempre dos dimensiones, y todo conflicto tiene dos actores. Aquí se subraya que, además de disciplinar, la escuela moviliza y genera demandas. Por otra parte, la educación pública básica y masiva fue parte esencial del programa de los republi- canos y demócratas. Pierre Rosanvallon, en la obra citada, explica la importancia del programa educativo, que acaba con las dudas, como las expresadas por Toc- queville, acerca de la capacidad de los votantes.

En el mismo sentido operaron los sindicatos, que organizaron a los obreros industriales y les enseñaron formas eficaces de acción, entre las cuáles se contaba la presencia política por medio del sufragio. Finalmente, los esta- dos nacionales debieron reclamar la solidaridad activa de sus miembros –“el pueblo”, en forma genérica- movilizándolos con la bandera del naciona- lismo, lo que también contribuyó a incorporarlos a la política.

lo que también contribuyó a incorporarlos a la política. En suma, este conjunto de procesos crearon

En suma, este conjunto de procesos crearon masas de ciuda- danos que demandaban por sus derechos políticos, que que- rían conseguirlos. danos que demandaban por sus derechos políticos, que que- rían conseguirlos.

Por otra parte, en el mundo moderno, urbano e industrial se desarrollaron nuevas formas de conflictividad social, y en especial la que enfrentó a los empresarios con las masas obreras. Las huelgas, con su secuela de re- presión, manifestaciones, muertos y heridos, crecieron y se hicieron más

obreras. Las huelgas, con su secuela de re- presión, manifestaciones, muertos y heridos, crecieron y se

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obreras. Las huelgas, con su secuela de re- presión, manifestaciones, muertos y heridos, crecieron y se

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En el Partido Socialde- mócrata alemán, el más importante de los partidos socialistas, hubo una importan- te discusión, protagonizada por Karl Kautsky y Eduard Berns- tein. Para Kautsky, el PSD debía concentrar sus esfuerzos en la clase obrera, y prepararla para el futuro e inevitable derrumbe del capitalismo. Para Bernstein, el PSD debía esforzarse en ga- nar las elecciones –puesto que estaba compitiendo en ellas-, y ampliar su base, estableciendo alianzas con otros sectores po- pulares. Posteriormente, Rosa Luxemburg sostuvo que el PSD debía dedicarse activamente a generar las condiciones para la revolución. Además de las cuestiones de táctica o estrate- gia, había en juego diferentes in- terpretaciones del futuro del ca- pitalismo.

diferentes in- terpretaciones del futuro del ca- pitalismo. intensas. Distintos grupos de activistas encauzaron esa

intensas. Distintos grupos de activistas encauzaron esa acción agitativa. Uno muy exitoso fue el de los anarquistas, que renegó simultáneamente de los patrones y del estado, y rechazó participar en los nuevas sistemas políticos fundados en el sufragio. Su acción fue considerada una amenaza para el orden público –especialmente en el caso de los terroristas- y tam- bién para el orden social. Los llamados “sindicalistas” eran menos violen- tos, pero descreían tanto como los anarquistas de elecciones, partidos y democracia y cifraban sus esperanzas en la acción de los sindicatos. El caso de los socialistas es más complejo, pues estaban convencidos de la importancia de la organización política de la clase obrera, y de las posibi- lidades que ofrecía la democracia para preparar una futura sociedad socia- lista. Los partidos social demócratas concurrían a elecciones, y llegaron a ser una fuerza poderosa, sobre todo en Alemania, aunque en el seno de los socialistas siempre se discutió sobre las bondades de la política de- mocrática, y del peligro de disolver en ella el potencial revolucionario de los trabajadores. Consideradas en conjunto, las distintas alternativas ofrecidas a las ma- sas obreras constituían una fuente de conflictividad social. Muchos estadis- tas hicieron sus cuentas y llegaron a la conclusión de que las políticas con- ciliadoras eran preferibles a las de enfrentamiento. Comenzaron tímidamente los ensayos de políticas sociales estatales, pero la preferida fue la apertura democrática, la incorporación de ciudadanos al ejercicio de los derechos cívicos. Primó la necesidad de los estados de legitimarse y ac- tivar el consenso en torno de los gobiernos. Pero también fue importante otro razonamiento: los conflictos sociales se procesan mejor cuando la ne- gociación tiene lugar dentro de marcos institucionales. Los parlamentos eran uno de ellos, y probablemente uno de los más adecuados. Era bueno que allí hubiera diputados que defendieran los intereses de los obreros. Mo- vidos por esa manera de pensar, los estados concedieron los derechos polí- ticos, y hasta se adelantaron a hacerlo, anticipándose incluso a las deman- das efectivas de los ciudadanos.

incluso a las deman- das efectivas de los ciudadanos. De modo que la ampliación del sufragio

De modo que la ampliación del sufragio masculino estuvo im- pulsada por dos fuerzas concurrentes pero de naturaleza dis- tinta: el reclamo de quienes querían conseguir esos derechos, arrancárselos al poder, y la decisión, quizá maquiavélica, qui- zás iluminista, de las elites gobernantes de conceder la ciuda- danía, reformar los sistemas políticos para aumentar su inclu- sividad, e incluso empujar a los remisos hacia la ciudadanía. Por una y otra vía, la política empezó a funcionar de manera diferente, y pronto sus protagonistas fueron los partidos polí- ticos de masas, llamados “modernos”.

Ciudadanía conseguida o concedida. Sobre esos dos parámetros se desa- rrollaron los distintos casos nacionales, cada uno con su especificidad, re- ferida a las peculiaridades de su sociedad y a la singularidad de su tradi- ción política. No fueron procesos simétricos. En un extremo, en Inglaterra el electorado se amplió de manera gradual y muy controlada, pero a lo lar- go del siglo XIX la participación política fue muy intensa e incluyó también

y muy controlada, pero a lo lar- go del siglo XIX la participación política fue muy

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y muy controlada, pero a lo lar- go del siglo XIX la participación política fue muy

Historia Social Argentina

a quienes no votaban. En el otro extremo, en España en 1890 se estable-

ció el sufragio universal, mucho antes de que hubiera una mayoría de ciu-

dadanos dispuesta a ejercer sus derechos, de modo que las elecciones

eran verdaderas ficciones, en las que el gobierno de turno diseñaba a prio-

ri el resultado electoral.

1.1.3. El caso argentino

Este largo excursus viene a cuento de formular esa pregunta para el caso argentino. En 1912 hubo una ampliación masiva de la ciudadanía. ¿Fue conseguida o concedida?a prio- ri el resultado electoral. 1.1.3. El caso argentino Para los historiadores, contestar la pregunta

Para los historiadores, contestar la pregunta requiere apartar la densa maraña de interpretaciones acumuladas por los actores de la política democrática, que tienden a narrar su pasado en términos heroicos. En nuestro caso, la versión inicialmente elaborada por el radicalismo se ro- busteció con la relectura hecha por el peronismo, que en ese aspecto se presentó como heredero de la gesta radical. Según ellas, las “clases medias” reclamaron participar en la política, y lo hicieron a través del ra- dicalismo.

en la política, y lo hicieron a través del ra- dicalismo. Despojada de sus elementos míticos,

Despojada de sus elementos míticos, la pregunta nos llevará a examinar el caso de una sociedad tan profundamente renova- da en las décadas finales del examinar el caso de una sociedad tan profundamente renova- da en las décadas finales del siglo XIX que fácilmente puede ser considerada como una sociedad “nueva”. A la vez, se verá el caso de un país que se adapta de manera eficaz al mercado mundial y experimenta un crecimiento notable. Impulsada por los firmes vientos de la prosperidad, la sociedad renovada fue abierta y móvil y ofreció oportunidades con liberalidad aunque –bueno es recordarlo- en los procesos de movilidad social se suele percibir más fácilmente el éxito que el fracaso, y casi con seguridad hubo tanto de uno como de otro. Socie- dad móvil y de oportunidades, fue también una sociedad de- mocrática, en el sentido que Tocqueville daba al término: sal- vo en su parte superior, donde se conformó una “oligarquía”, las diferencias sociales no cristalizaron, no se transformaron en estamentos, no se asociaron con prelaciones y deferencias, como en cambio fue frecuente en la mayoría de las socieda- des latinoamericanas. Fue una sociedad conflictiva, como sue- len serlo las sociedades dinámicas, pero en ella abundaron los habitantes y escasearon los ciudadanos; dato significativo, so- lo una porción ínfima de los inmigrantes se naturalizó. Sin embargo, la democratización política, que se materializa con la reforma electoral de 1912, fue la consecuencia final de su modernización. Esto es lo que se analizará en las secciones si- guientes.

de 1912, fue la consecuencia final de su modernización. Esto es lo que se analizará en

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de 1912, fue la consecuencia final de su modernización. Esto es lo que se analizará en

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Sobre los cambios an- tes de 1880 puede ver- se los libros de Hilda Sabato y Ezequiel Gallo citados en la bi- bliografía general.

y Ezequiel Gallo citados en la bi- bliografía general. 1.2. La prosperidad económica 1.2.1. Antes de

1.2. La prosperidad económica

1.2.1. Antes de 1880

La transformación social de fines de siglo, que permite hablar de “una socie- dad nueva”, se fundó en un espectacular crecimiento económico. Desde me-

diados de siglo, la región pampeana del flamante estado argentino se bene- fició con su estrecho contacto con las dinámicas economías capitalistas, por entonces en plena expansión. La revolución de los transportes –los fe- rrocarriles y los buques de vapor- estrechó los contactos comerciales y la Ar- gentina se fue construyendo un lugar en el mercado mundial, adecuándose

a sus posibilidades y requerimientos. De mediados de siglo data la llamada

“revolución del lanar”: la expansión de la cría de la oveja en las tierras de la provincia de Buenos Aires hasta entonces ocupadas por el vacuno criollo,

destinado a producir cueros y carne salada. La producción de lana atrajo in- migrantes, en su mayoría vascos e irlandeses, intensificó las actividades productivas y pobló los campos, donde empezó a circular el Ferrocarril del Oeste y crecieron los nuevos pueblos y pequeñas ciudades. La exportación de lana multiplicó el comercio exterior y posibilitó expandir las importacio- nes, con las que se renovó la vida urbana y se afianzaron los hábitos de con- sumo propios de los grandes centros europeos. Simultáneamente, en la pro- vincia de Santa Fe, escasamente poblada y con gran disponibilidad de tierras, el gobierno provincial lanzó un experimento de colonización dirigida:

se trajeron inmigrantes, agricultores calificados de Suiza o el norte de Italia,

a los que se concedieron tierras en propiedad. El ensayo tropezó con innu-

merables dificultades pero finalmente arraigó. Fue el primer paso de la “re- volución del trigo”.

1.2.2. El Estado, las inversiones y la inmigración

Hasta 1880, estos ensayos renovadores tropezaron con una serie de limita- ciones que, de una u otra manera, derivaban de la escasa consistencia del Estado, por entonces en plena organización. Nos referiremos a esto ense- guida. Por ahora simplemente recordemos que los malones indígenas eran una realidad habitual tanto en el sur de Buenos Aires como en el norte de

Santa Fe. Luego de 1880, la consolidación del Estado facilitó considerable- mente la expansión de las fuerzas productivas, que se produjo en el sentido

y al ritmo de los impulsos provenientes de las economías europeas.

de los impulsos provenientes de las economías europeas. 26 En las tres décadas y media hasta

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de los impulsos provenientes de las economías europeas. 26 En las tres décadas y media hasta
de los impulsos provenientes de las economías europeas. 26 En las tres décadas y media hasta

En las tres décadas y media hasta la Primera Guerra Mundial

la Argentina fue uno de los países que más creció en el mun-

do, donde consolidó un lugar propio y definido. Fue un cre-

cimiento espectacular, que se inició en el agro pampeano y se proyectó a las ciudades, impulsando el desarrollo industrial, y

a algunas regiones del interior tradicional, que en conjunto participó de una manera mucho más limitada de los benefi- cios del crecimiento pampeano.

Historia Social Argentina

Por entonces, el “desarrollo industrial integrado” y la autarquía económica, funda- da en un sólido mercado interno, no constituían valores evidentes, como lo fueron entre aproximadamente 1930 y 1980. Cuando éstos se instalaron en el sentido co- mún colectivo, sobre todo después de 1930, se tendió a considerar este ciclo pre- vio a 1914 en términos negativos y se construyó sobre la expansión económica del período una verdadera “leyenda negra” que es necesario examinar críticamente.

El Estado tuvo un papel decisivo en esa transformación. Sus gobernantes la siguieron atentamente, desarrollaron las instituciones económicas y finan- cieras básicas –la moneda, el crédito- y como veremos, actuaron positiva- mente allí donde aparecía un nudo o una traba.

positiva- mente allí donde aparecía un nudo o una traba. En ese sentido, deben reconsiderarse las

En ese sentido, deben reconsiderarse las afirmaciones habi- tuales sobre el “estado liberal”; aunque lo fue en muchos sen- tidos, esto no incluía desentenderse de la transformación eco- nómica. Puede encontrarse un gran número de ejemplos sobre las discusiones políticas de cuestiones económicas en el período en el volumen de Natalio Botana y Ezequiel Gallo, De la Repúblicas posible a la República verdadera (1880-1910).

El principal motor de la expansión fueron las inversiones de capitales extran- jeros. Los había franceses, alemanes e italianos, pero la masa principal pro- vino de Gran Bretaña, el principal imperio de la época, que en realidad esta- ba comenzando una lenta decadencia. Gran Bretaña era por entonces el principal mercado para nuestras exportaciones y también el principal provee- dor de bienes manufacturados, aunque en uno y otro rubro empezaba a sen- tir la presencia de nuevos competidores, particularmente los Estados Uni- dos. De hecho, la Argentina fue un miembro informal de ese imperio. Las inversiones se dirigieron en buena medida a financiar al Estado, y a través de él, a buena parte de las obras públicas, que en muchos casos eran vitales para la transformación productiva. En otros casos las inversio- nes se destinaron directamente a ellas, y particularmente a los ferrocarriles. Para facilitarlas, el Estado concedió exenciones, privilegios y garantías de rentabilidad; por ejemplo cedió una legua de tierra al costado de las vías fé- rreas construidas, que naturalmente se valorizó mucho. Para seguir crecien- do la economía argentina dependió del flujo de inversiones, que fue constan- te en el largo plazo, aunque osciló según las coyunturas. El Estado fue acumulando una cuantiosa deuda, que en el largo plazo se saldaría con los frutos del crecimiento económico pero que a corto plazo aparejaba comple- jos problemas para el pago de los servicios, que se solucionaban con nue- vos endeudamientos. Debido a su vulnerabilidad, la economía argentina se hizo muy sensible a los ciclos y fluctuaciones de la economía mundial, que solían reproducirse de manera ampliada. El segundo gran factor de crecimiento fue la inmigración, que proveyó la mano de obra necesaria para la expansión de una región que en el pasado había sido concebida –no sin razones- como un “desierto”. El Estado la pro- movió activamente, convencido de la relación entre la continuidad y magni-

como un “desierto”. El Estado la pro- movió activamente, convencido de la relación entre la continuidad

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como un “desierto”. El Estado la pro- movió activamente, convencido de la relación entre la continuidad

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tud del flujo migratorio y el crecimiento económico. Aprovechó la disponibili- dad de posibles migrantes, debido al secular crecimiento demográfico de Eu- ropa y a la crisis agraria de la zona meridional. A su vez, las mejoras en la navegación abarataron sensiblemente los costos del traslado, al punto que muchos venían cada año al país, para trabajar en la cosecha. La política in- migratoria fue un éxito, y la Argentina se convirtió en el segundo receptor mundial, detrás –aunque lejos- de los Estados Unidos. El flujo se aceleró en la década de 1880; entraron por Buenos Aires unos 80.000 inmigrantes por año, que se triplicaron desde 1887, cuando el presidente Juárez Celman, en una apuesta arriesgada, hizo que el estado financiara los pasajes. La crisis económica de 1890 acabó con los pasajes subsidiados y se inició un perío- do de retracción, pero el flujo recobró su pujanza desde 1903 hasta 1914:

en esos años llegaron a entrar hasta 300.000 inmigrantes por año. Los dos grupos nacionales más importantes fueron los italianos y los españoles. Hacia 1910 los primeros representaban un 45% y los segundos un 35%; luego de 1905 aumentó la proporción de los españoles, que supe- raron en número a los italianos. En general creció la presencia de migran- tes de las zonas agrícolas más pobres: Galicia y Andalucía en España, Sici- lia, Calabria, Nápoles en Italia. Los otros grupos nacionales o étnicos tenían una presencia numérica menor, aunque se hacían notar, por ejemplo los judíos o los llamados “turcos”. Se instalaron sobre todo en la llanura pampeana y en sus grandes ciudades, como Buenos Aires (que entre esos años pasó de 180.000 a 1,6 millones de habitantes) o Rosario. En la déca- da de 1880, la mayor demanda de trabajadores se produjo en las grandes ciudades, donde se construían los puertos, los ferrocarriles y los tranvías, las obras de salubridad, los edificios públicos y las grandes residencias pri- vadas. Luego de la crisis de 1890, las obras urbanas se retrajeron y mu- chos inmigrantes se dirigieron a las zonas rurales, donde protagonizaron la “revolución del trigo”.

La mayoría de los inmigrantes eran varones jóvenes, en edad de trabajar, y lo hicieron duramente, adecuándose a las de- mandas del mercado. Estuvieron donde se los requería, dis- puestos a hacer lo que fuera necesario, y conformaron una oferta de mano de obra flexible, adecuada para la expansión.donde protagonizaron la “revolución del trigo”. Sobre este y los restantes aspectos de la economía, véase

de mano de obra flexible, adecuada para la expansión. Sobre este y los restantes aspectos de

Sobre este y los restantes aspectos de la economía, véase el siguiente texto: siguiente texto:

GERCHUNOFF, PABLO Y LLACH, LUCAS (1998), “La generación del progreso (1880-1914)”, en: El ciclo de la ilusión y el desen- canto. Un siglo de políticas económicas argentinas. Ariel, Bue- nos Aires.

políticas económicas argentinas . Ariel, Bue- nos Aires. 1.2.3. Agricultura y ganadería Por entonces se había

1.2.3. Agricultura y ganadería

Por entonces se había incrementado de manera notable la disponibilidad de tierras aptas para la agricultura y la ganadería. La “conquista del Desierto”

manera notable la disponibilidad de tierras aptas para la agricultura y la ganadería. La “conquista del

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manera notable la disponibilidad de tierras aptas para la agricultura y la ganadería. La “conquista del

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resolvió el problema indígena en el sur y abrió una amplia extensión de tie- rras para la explotación, mientras que la construcción de los ferrocarriles, que recorrieron densamente la llanura pampeana, permitió acercar sus pro- ductos al mercado. El Estado se desprendió rápidamente de las tierras de su propiedad, entregándolas a bajo costo y en grandes extensiones a parti- culares, en muchos casos cercanos a los gobernantes por razones políticas

o financieras. La consolidación de una clase terrateniente fue otra contribu-

ción decisiva al rumbo que tomaba la economía. Esa cesión masiva de tie- rras no significó que se las apartara del mercado; por el contrario, la tierra se compró y vendió intensamente, y subió de valor, a cuenta de futuras ren- tabilidades. Ese incremento, en buena medida especulativo, alejó a los inmi- grantes de la propiedad de la tierra y clausuró el ensayo de colonización ini- ciado en el centro santafesino. En el sur de esa provincia, la construcción del ferrocarril a Córdoba incre- mentó el valor de las tierras del sur, y los propietarios prefirieron retener su propiedad y cederlas en arriendo; la propia empresa ferroviaria inició este camino con sus tierras. El procedimiento fue muy exitoso: miles de inmigran- tes se trasladaron a las tierras nuevas y en diez años se triplicó la superfi- cie sembrada. Pronto la Argentina comenzó a exportar trigo y a competir con los Estados Unidos y Rusia. La explotación cerealera se consolidó cuando alcanzó la provincia de Buenos Aires, donde el vacuno, refinado por el mes- tizaje, había desplazado al lanar hacia las tierras del sur patagónico. La exi- gencia por parte de los frigoríficos de carne más adecuada para el enfriado

o chilled, una técnica novedosa, obligó a los ganaderos a disponer de prade- ras alfalfadas. Así se consolidó la agricultura, a la vez que la ganadería, aso- ciada con los frigoríficos, se convirtió en un producto de gran importancia en las exportaciones.

En el libro El progreso argentino, de Roberto Cortés Conde, puede encontrar- se un minucioso estudio del mercado de tierras, que des- miente una opinión sólidamente arraigada en el sentido común y en bibliografía más tradicional; según ella, la “oligarquía terrate- niente” habría monopolizado el poder de la tierra, por razones de poder y prestigio, e impedido el acceso a ella de los inmigrantes.

y prestigio, e impedido el acceso a ella de los inmigrantes. Jorge Jinkis (1994) supo decir

Jorge Jinkis (1994) supo decir que no se trata de venerar la racionalidad por sí misma. Escribe: “Quienes supo decir que no se trata de venerar la racionalidad por sí misma. Escribe: “Quienes viven en este país no necesitan leer a Hegel para saber a qué atenerse en cuanto a la razón de Estado, o a la racionalidad del liberalismo económico”.

Un procedimiento rápido y sobre todo poco costoso para el terrateniente, consistía en arrendar parcelas a agricultores inmigrantes, que luego de acondicionarlas para la siembra y explotarlas con trigo o lino durante dos o tres años, la reintegraban sembrada con alfalfa. El terrateniente la usaba como pradera, y el chacarero inicia- ba un ciclo similar en otra tierra.

En este proceso de acelerada expansión productiva, es significativa la seme- janza de las conductas empresariales de los terratenientes y los chacare- ros. Los terratenientes podían decidir cada año cuánta tierra dedicarían a la agricultura o a la ganadería, y prefirieron aquellas formas de explotación que no los fijaran firmemente a una de esas opciones. Por otra parte, dedicaban una parte importante de su capital a inversiones urbanas –casas de alquiler, por ejemplo- o industriales, lo que aumentaba sus posibilidades de movili- dad. Los chacareros, para quienes la tierra era costosa, prefirieron utilizar los recursos de que disponían para arrendar extensiones mayores de tierra, antes que comprar una pequeña parcela. Apostaban a lograr dos o tres co- sechas buenas, coincidentes con años de precios altos y obtener así el ca- pital que les permitiera establecerse adecuadamente, o bien volver enrique- cidos al país de origen.

así el ca- pital que les permitiera establecerse adecuadamente, o bien volver enrique- cidos al país

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así el ca- pital que les permitiera establecerse adecuadamente, o bien volver enrique- cidos al país

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Universidad Virtual de Quilmes Terratenientes y chacareros tuvieron una gran flexibilidad pa- ra orientar su actividad

Terratenientes y chacareros tuvieron una gran flexibilidad pa- ra orientar su actividad según la coyuntura del mercado mun- dial, cambiante e ingobernable. dial, cambiante e ingobernable.

1.2.4. Derivaciones: ciudades, industria, economías regionales

En suma, la llanura pampeana dejó de ser el “desierto” para convertirse en “la pampa pródiga”. El volumen del comercio exterior argentino creció de manera sostenida. Los inversores extranjeros obtuvieron buenos beneficios, pero una parte significativa de ellos quedó en manos de los productores lo- cales, y circuló por otros espacios de la vida económica. Por muchos cami- nos se volcó en las ciudades: las residencias de los terratenientes, empeña- dos en construir un pequeño París en Buenos Aires, daban trabajo a albañiles, artesanos y domésticos, mientras que en las obras públicas cons- truidas por el Estado o las empresas se empleaba una enorme cantidad de trabajadores a jornal. Todos ellos necesitaban que hubiera almaceneros, za- pateros, grandes tiendas, empleados públicos, y también fábricas que prove- yeran de buena parte de los productos de consumo cotidiano. El impulso agrario estimuló vigorosamente la instalación de los frigoríficos y molinos, o la fabricación de instrumentos agrícolas. Pero también impulsó a la industria de alimentos, calzado y ropa, y a otras muchas en la que la disponibilidad lo- cal de materias primas, o el costo de transporte significaban importantes ventajas comparativas.

R OMERO , J OSÉ L UIS (2000), “La ciudad burguesa”, en R OMERO ,

ROMERO , J OSÉ L UIS (2000), “La ciudad burguesa”, en R OMERO , J OMERO, JOSÉ LUIS (2000), “La ciudad burguesa”, en ROMERO, JOSÉ LUIS Y ROMERO, LUIS ALBERTO (directores) (2000), Bue- nos Aires, historia de cuatro siglos. 2da ed. ampliada, Altamira, Buenos Aires.

Contra una idea tradicional y sólidamente establecida en el sentido común, el primer y vigoroso

Contra una idea tradicional y sólidamente establecida en el sentido común, el primer y vigoroso tramo del desarrollo in- dustrial estuvo posibilitado por el crecimiento agropecuario.A LBERTO (directores) (2000), Bue- nos Aires, historia de cuatro siglos . 2da ed. ampliada, Altamira,

Es cierto que este crecimiento se concentró en la región pampeana. Es igualmente cierto que la construcción de los ferrocarriles, al poner en estre- cho contacto las economías regionales con los productos importados acele- ró la decadencia de muchas manufacturas regionales. Pero a la vez, por dis- tintos caminos una parte no despreciable de esos beneficios se volcó hacia las provincias del Interior. Los casos más notables son los de Tucumán y Mendoza y el desarrollo de las industrias del azúcar y el vino, asociadas con la explotación de recursos agrícolas locales. En ambos casos, y sobre todo en el del azúcar, los costos locales de producción hacían difícil competir con los productos importados, de modo que fue decisiva la reserva del mercado interno, y en particular el expansivo mercado litoral, mediante fuertes gravá- menes a la importación. A esta protección se sumó la instalación de las vías férreas, en las que el Estado tuvo participación decisiva, y también la

se sumó la instalación de las vías férreas, en las que el Estado tuvo participación decisiva,

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se sumó la instalación de las vías férreas, en las que el Estado tuvo participación decisiva,

Historia Social Argentina

política de apoyo crediticio a los empresarios azucareros. Es decir que, a tra- vés del Estado, una parte de los ingresos originados en la “pampa pródiga” se volcó hacia dos provincias que de manera espontánea no se beneficia- ban con las condiciones derivadas de la división internacional del trabajo. En otros casos esta derivación de fondos se hizo a través del presupuesto nacional, como veremos enseguida.

a través del presupuesto nacional, como veremos enseguida. 1. En función de lo expuesto y de

1.

En función de lo expuesto y de sus conocimientos previos, elabore una reflexión acerca de la relación entre las caracterís-

ticas del crecimiento económico en el período y el posterior desempeño de la economía argentina.

1.3. La nueva sociedad

El censo de población levantado en 1914, cuando comenzaba la Primera Guerra Mundial, revela los profundos efectos de la expansión económica. La población total cuadruplicaba largamente la de 1869 y duplicaba la de 1895. El crecimiento se concentró especialmente en la zona moderna del Li- toral, y también en las ciudades: Buenos Aires, Rosario, La Plata. Pero ade- más, tres capitales provinciales -Córdoba, Santa Fe y Tucumán- ya rondaban los 100.000 habitantes. Pese a que el impacto inicial se iba atenuado por la presencia de los hijos argentinos, los extranjeros seguían siendo una por- ción importante de la población, sobre todo en el Litoral: en Buenos Aires, uno de cada dos habitantes era extranjero. Según la clásica caracterización de José Luis Romero, fue una sociedad aluvial, constituida por sedimentación, en la que los extranjeros aparecían en todas partes, aunque naturalmente no en la misma proporción. ¿Cómo les fue? Como con muchos otros problemas de la historia, existen versiones contrapuestas, parcialmente ciertas. Hay una leyenda rosa de la inmigra- ción, y otra negra. Puede suponerse que a los que se volvieron -alrededor de la mitad, a lo largo de todos los años- no les fue bien. ¿Que pasó con los que se quedaron?

1.3.1. Los chacareros

¿Que pasó con los que se quedaron? 1.3.1. Los chacareros Tal caracterización aparece en su obra

Tal

caracterización

aparece en su obra Las ideas políticas en la Argentina, publicada en 1946; se trata del primer libro de historia argenti- na que colocó la cuestión de la inmigración en el centro de los problemas de la sociedad ar- gentina contemporánea.

Pocos de ellos fueron al Interior, con la excepción de Mendoza, donde los atrajo la expansión del cultivo de la vid, aunque en muchas de esas provin- cias ya comenzaban a prosperar los comerciantes “turcos” (en realidad, si- rios o libaneses). En Tucumán, la producción azucarera se basó en la mano de obra local. En el resto del Interior, proporcionalmente cada vez más despo- blado, no hubo en general grandes transformaciones, ni enriquecimientos ni movilidad, y la sociedad conservó hasta 1914 mucho de su aire tradicional. La mayoría fue al Litoral. Muchísimos se dirigieron al campo. La masa de chacareros arrendatarios cubrió toda la pampa y posibilitaron el gran creci- miento de la agricultura cerealera. El chacarero y su familia fueron protago- nistas de una sacrificada y azarosa empresa. Todo un año de esfuerzo podía perderse por la sequía, la langosta o una caída de los misteriosos e impre-

empresa. Todo un año de esfuerzo podía perderse por la sequía, la langosta o una caída

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empresa. Todo un año de esfuerzo podía perderse por la sequía, la langosta o una caída

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visibles precios internacionales. Asociados a los beneficios de los chacare- ros, pero sin participar de sus riesgos, estaban el terrateniente que arrenda- ba la tierra, y el bolichero local, que compraba la cosecha, le fiaba las provi- siones que necesitaba y le adelantaba el capital necesario, generalmente por cuenta de alguna gran organización acopiadora. Estos chacareros venían dispuestos a prosperar en poco tiempo, a sacrificarse y arriesgarlo todo en una apuesta muy fuerte: una buena cosecha, precios altos, ganancias im- portantes; por eso prefirieron vivir en rudimentarios e inhóspitos ranchos, sin las comodidades mínimas, sobre todo cuando al cabo de los tres años de arriendo, muy probablemente dejaran la tierra y buscaran otro destino. Toda la familia trabajaba duramente, y se recurría en la menor medida posi- ble a los jornaleros, que eran muy caros; en cambio contrataban las moder- nas maquinarias segadoras y trilladoras.

La discusión sobre la historia “negra” y “rosa” de los inmi-

grantes y los trabajadores a principios de siglo ha girado so- bre dos cuestiones: las condi- ciones de vida de los chacare- ros y la de los obreros urbanos, y particularmente los problemas de vivienda y salud. Como en muchos problemas de la historia, la perspec-

tiva varía de acuerdo con el término de comparación que se elija.

de acuerdo con el término de comparación que se elija. Los inmigrantes “ita- lianos” en realidad

Los inmigrantes “ita- lianos” en realidad provenían de Nápoles, el Pia- monte, Sicilia o cualquiera de las regiones de una Italia toda- vía mal integrada. El italiano es- taba poco difundido entre los in- migrantes, que hablaban en sus dialectos, al punto que tenían dificultades para entenderse en- tre ellos. Un dato significativo es que sacerdotes de origen italia- no, decían misa para italianos utilizando el castellano, única lengua común entre ellos.

utilizando el castellano, única lengua común entre ellos. 32 Los chacareros se jugaron al ascenso económico
utilizando el castellano, única lengua común entre ellos. 32 Los chacareros se jugaron al ascenso económico

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el castellano, única lengua común entre ellos. 32 Los chacareros se jugaron al ascenso económico rápido,
el castellano, única lengua común entre ellos. 32 Los chacareros se jugaron al ascenso económico rápido,

Los chacareros se jugaron al ascenso económico rápido, que algunos lograron y muchos no. Lo que es seguro es que, unos y otros, contribuyeron a los gruesos beneficios de terratenien- tes y casas comerciales exportadoras.

1.3.2. Los trabajadores urbanos

Al principio, la mayoría de los inmigrantes fue a las grandes ciudades, donde estaba la mayor demanda de empleo. Sus ocupaciones y condición laboral eran diversas: había jornaleros sin calificación, buscando cada día su concha- bo, en el puerto o el frigorífico; había artesanos calificados, vendedores ambu- lantes, sirvientes y también obreros de las primeras fábricas. Al principio vi- vían todos juntos. En Buenos Aires, estaban hacinados en los conventillos del centro de la ciudad, próximos al puerto, donde muchos trabajaban. Compar- tían también las difíciles condiciones cotidianas: la mala vivienda, el costo del alquiler, los problemas sanitarios, la inestabilidad en los empleos y los bajos salarios, la enfermedad y la muerte, sobre todo entre los niños. Todo confor- maba un cuadro muy duro, del que muy pocos escapaban al principio, pero no es seguro que fuera más duro que la vida en la mísera aldea de origen. La sociedad popular de las grandes ciudades, esas “Babel”, como se las llamaba frecuentemente, tenía a principios de siglo un aire magmático: todo estaba en formación. Los extranjeros eran además extraños entre sí. Lenta- mente, estos trabajadores extranjeros fueron conformando los primeros nú- cleos asociativos. Primero se juntaron los de la misma nacionalidad, quizá los del mismo pueblo, pues muchas veces habían venido al país llamados por sus parientes o amigos. Surgieron así las asociaciones mutuales, tanto en las ciudades como en los pueblos de la “pampa pródiga”, para proteger- se en caso de enfermedad, o para asegurar a sus miembros un entierro dig- no. Luego surgieron las sociedades de resistencia, cuando empezaron a aparecer los problemas laborales. Otras veces, la integración se daba de manera más espontánea: el patio del conventillo servía de lugar de inter- cambio, y allí se mezclaban lenguas, danzas y costumbres. Así nacieron dos hablas mixtas: el cocoliche y el lunfardo, y también el tango, una danza con algo de fado, habanera y milonga. De esta manera, espontáneamente, fue organizándose la nueva sociedad.

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LOBATO , M IRTA Z AIDA (2000), “Los trabajadores en la ‘era del progreso’”, en OBATO, MIRTA ZAIDA (2000), “Los trabajadores en la ‘era del progreso’”, en Mirta Zaida Lobato (dirección del tomo), El pro- greso, la modernización y sus límites (1880-1916), tomo V de Juan Suriano (Director), Nueva historia argentina, Sudameri- cana, Buenos Aires.

1.3.3. La aventura del ascenso

cana, Buenos Aires. 1.3.3. La aventura del ascenso Para quienes vivían en ella parecían abrirse dos

Para quienes vivían en ella parecían abrirse dos caminos. Unos procuraban agruparse y desarrollar formas de solidari- dad y acción conjunta; algunos eran militantes Unos procuraban agruparse y desarrollar formas de solidari- dad y acción conjunta; algunos eran militantes gremiales o políticos, y promovieron organizaciones de todo tipo. Otros en cambio, impulsados por el afán de “hacer la América” y quizá volver ricos y respetables a la aldea de donde habían salido miserables, concentraron sus esfuerzos en la aventura del ascenso individual, o más exactamente familiar. Eran ca- minos diferentes, pero no excluyentes.

El primer paso consistía quizás en abandonar la condición de asalariado

e instalarse por cuenta propia, en un pequeño negocio o taller, o simple-

mente como trabajador independiente, por ejemplo plomero o vendedor ambulante. Luego, estaba la casa propia, tal vez en uno de los nuevos barrios de las ciudades. La instalación de los tranvías eléctricos, que co- menzó a principios de siglo, dio un gran impulso al loteo de quintas o te- rrenos baldíos, y muchos pudieron adquirir en “cómodas cuotas” el lote

propio. Lentamente, y con la ayuda de parientes y amigos, empezaron a levantar allí la vivienda que les permitiría salir del conventillo. Al principio bastaba con una única habitación, cocina, dormitorio y sala a la vez. Lue- go, era posible seguir ahorrando, completar la vivienda, quizás comprar algunos terrenos más y, sobre todo, dar una educación a los hijos, sin de- jar de trabajar. La educación era para todos el gran camino del ascenso y la integración: ella permitiría superar la barrera que el idioma ponía a los mayores y luego, quizá, acceder a un empleo público, o en la culminación,

al título de doctor. Tal la aventura del ascenso, a través de la cual fueron

desgranándose del conglomerado inmigratorio y trabajador los nuevos sectores medios.

1.3.4. Viejas y nuevas clases altas

Aunque a principios de siglo esa capa intermedia ya tenía consistencia, una clara brecha separaba a la nueva sociedad inmigratoria de las clases altas. Pese a la imagen que querían dar de sí mismas, también ellas eran parte de la sociedad nueva y móvil. Es cierto que su núcleo fundamental provenía del viejo patriciado criollo, aquel que se enorgullecía de haber hecho el país; pero siempre habían sido receptivas para con los extranjeros próspe- ros o educados, como el padre de Carlos Pellegrini, o más recientemente el banquero Ernesto Tornquist. Para pertenecer a la alta sociedad, tampoco era indispensable tener riqueza antigua o “plata vieja”: entre ellos había

pertenecer a la alta sociedad, tampoco era indispensable tener riqueza antigua o “plata vieja”: entre ellos

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pertenecer a la alta sociedad, tampoco era indispensable tener riqueza antigua o “plata vieja”: entre ellos

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muchos advenedizos o “rastacueros”, como se decía entonces, e inclusive muchos carecían de verdadera fortuna. Algunos se enriquecieron con me- dios dudosos, gracias a los favores del poder, y otros apenas podían con- servar la decencia.

Las obras literarias registran estos cambios en las elites. Los nuevos ricos pueblan las páginas de La Bolsa, novela de Julián Martel, y aparecen retratados en Mauricio Gómez Herrera, protagonista de la novela Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira, de Roberto J. Payró. Las viejas familias criollas venidas a menos, que ha- cían esfuerzos inauditos para conservar la decencia, están presentes en muchas de las estampas de “Fray Mocho” (José S. Álvarez).

Viejas o nuevas, enriquecidas o empobrecidas, las clases altas se sintieron fundamentalmente criollas, algo así como las dueñas de casa, o mejor las dueñas del país donde los inmigrantes habían venido a trabajar. Frente a la masa de extranjeros, y sobre todo frente a los que comenzaban a tener éxi- to en su aventura del ascenso, manifestaron una cierta voluntad de cerrar- se, subrayar sus antecedentes patricios y su uso correcto del idioma, ocu- parse de los apellidos y la prosapia. Quienes podían, agregaban a la prosapia la exhibición de un lujo ostentoso, que quizá sus modelos euro- peos consideraran vulgar y chabacano pero que resultaba útil para marcar las diferencias. Más aún, ante las primeras señales del ascenso de “gringos platudos”, reforzaron su decisión de cerrar su acceso a los círculos privile- giados, y también al poder político. Tales conflictos eran ajenos a las clases altas del Interior tradicional: fal- taba mucho tiempo para que los inmigrantes cuestionaran sus posiciones. Su problema era, más bien, cómo participar de la prosperidad del Litoral. Pa- ra la mayoría de los hijos pobres de familias decentes, la solución fue el em- pleo público, esa parte del presupuesto que el Estado volcó en provincias, a través de oficinas, juzgados o colegios nacionales. Para algunos, la carrera política fue el camino de una fortuna personal -tierras, negocios-, acuñada en el próspero Litoral.

1.3.5. Una sociedad abierta y móvil

el próspero Litoral. 1.3.5. Una sociedad abierta y móvil 34 Así fue conformándose una sociedad singularmente

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próspero Litoral. 1.3.5. Una sociedad abierta y móvil 34 Así fue conformándose una sociedad singularmente abierta
próspero Litoral. 1.3.5. Una sociedad abierta y móvil 34 Así fue conformándose una sociedad singularmente abierta

Así fue conformándose una sociedad singularmente abierta y móvil, en su realidad como, sobre todo, en su imagen, pues la memoria colectiva conservó el registro de los éxitos antes que el de los fracasos. Pero indudablemente fue una socie- dad de oportunidades, para el talento o la fortuna. También fue una sociedad escindida, y por partida doble. Por una par- te, entre un Litoral moderno y un Interior tradicional; esta es- cisión no generó conflictos graves, pero constituyó un rasgo fuerte de la nueva nación. La segunda escisión separó a las clases altas, que querían cerrarse en sus privilegios, y las nuevas fuerzas de la sociedad que, precisamente por su éxi- to, aspiraban a coronarlo alcanzando los lugares que aún se les vedaban.

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1.4. El Estado y el gobierno

1.4.1. El proyecto de construir el Estado

Decíamos antes que un factor decisivo para esta vasta transformación ha- bía sido la consolidación del Estado. Su construcción formal, que se inició en la década de 1850 y sobre todo después de 1862, estuvo limitada has- ta 1880 por varios problemas de importancia: el lento desarrollo de las ins- tituciones estatales; la falta de definición de las fronteras territoriales, tanto con otros estados soberanos como respecto de los aborígenes; la confron- tación con el Paraguay y –relacionado con ella- la falta de control efectivo so- bre los estados provinciales, que fueron sometidos gradualmente. La Cam- paña al Desierto de 1879 y la derrota del levantamiento porteño de 1880 son hitos en la victoria militar del Estado sobre sus competidores. Luego de 1880 todo se aceleró y marchó en un mismo sentido: la definición de la soberanía territorial, la consolidación del orden jurídico y el asentamiento de un gobierno que en su práctica acentuó y desarrolló el presidencialismo pro- pio de la Constitución, por ejemplo con un liberal uso de la facultad de interve- nir las provincias. Según ha señalado Natalio Botana, se trataba de la “repúbli- ca posible” imaginada por Alberdi (quien inspirado en la experiencia chilena había propuesto “una monarquía vestida de República” ). A la vez, se abrían amplios espacios, formales e informales, para la coparticipación en el poder de las elites políticas de las provincias, con cuyo acuerdo, en definitiva, gobernaba el presidente. Con ello que el Estado tuviera una unidad de propósito. Ese propósito no constituía un “proyecto”, en el sentido de una planifica- ción deliberada, ni mucho menos fue obra de una “generación”, cerrada y definida. Pero ciertamente la obra de gobierno se apoyó en algunas ideas generales ampliamente compartidas por la elite dirigente, que formaban par- te del espíritu de la época y que, un poco abusivamente, han sido califica- das como “positivistas”: la tarea del gobierno era lograr el “progreso”, y es- te consistía en el crecimiento material, en un funcionamiento eficiente de las instituciones y en todo aquello que hacía a una convivencia civilizada. Un rasgo característico de esos años –que se perdió en parte hacia el fin del si- glo- fue el optimismo. Como afirmó el general Roca en 1880, una vez logra- da la “paz”, era la hora de la “administración”. El Estado debía acabar con el atraso y llevar el progreso. Para lograrlo, tenía que desarrollar sus institu- ciones, de modo de alcanzar con su acción hasta los rincones recónditos de la sociedad. La “larga mano” del Estado incluía la organización monetaria y financiera, la educación, la justicia, la salud pública o la defensa armada. Instituciones típicas de ese eficiente gobierno de la sociedad fueron los Tri- bunales de Justicia, el Departamento Nacional de Higiene, el Registro Civil, encargado de los nacimientos y defunciones y del matrimonio civil, el Conse- jo Nacional de Educación o el sistema de Servicio Militar Obligatorio.

de Educación o el sistema de Servicio Militar Obligatorio. G ALLO , E ZEQUIEL (2000), “La

GALLO, EZEQUIEL (2000), “La consolidación del Estado y la re- forma política”, en ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA, Nueva historia de la nación argentina, vol 4, La configura- ción de la república independiente (1810-c.1914). Planeta, Buenos Aires.

nación argentina , vol 4, La configura- ción de la república independiente (1810-c.1914). Planeta, Buenos Aires.

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nación argentina , vol 4, La configura- ción de la república independiente (1810-c.1914). Planeta, Buenos Aires.

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1.4.2. Avances y resistencias

Había mucho de “obligatorio” en este progreso. Los niños debían ir a la es- cuela, los jóvenes debían hacer el servicio militar y los adultos tenían que vacunarse, y eventualmente abandonar sus viviendas, expulsados por la po- licía, si los médicos descubrían que en ellas anidaba la peste. Se trataba del avance decidido del Estado sobre una sociedad que, como se dijo, esta- ba en proceso de organización, de modo que inicialmente las resistencias fueron débiles. La más visible fue la de la Iglesia católica, que sin embargo era por entonces una institución relativamente débil, con escasa capacidad para movilizar y galvanizar a los católicos, atraídos en buena medida por el proyecto progresista. El Estado avanzó sobre zonas que la Iglesia solía con- siderar propias, como el control de nacimientos, matrimonios y defunciones; se estableció el matrimonio civil pero no el divorcio vincular, ni tampoco la separación de Iglesia y Estado, como ocurrió en Uruguay o Chile. En el caso de la educación pública, que fue laica, gratuita y obligatoria, el Estado compitió con las escuelas religiosas, pero sobre todo con las de co- lectividades extranjeras. Algunas de estas instituciones eran fuertes, en es- pecial las de los italianos, protegidas y promovidas por su gobierno. Uno de sus propósitos era “educar italianamente”, conservar la lengua madre y la tradición de la patria lejana. Lilia Ana Bertoni ha mostrado cómo, a los ojos de los gobernantes, no sólo estaban en juego los aspectos didácticos de la educación sino otros relativos a la efectiva soberanía del Estado, en compe- tencia con otro Estado, el italiano. Para éste, el conjunto de connacionales instalados “all estero”, en el Plata, eran en realidad una “colonia”, la avan- zada de un hipotético avance colonialista. Según Bertoni, impulsar la escue- la pública formó parte de un proyecto más amplio de construcción de la na- cionalidad, sobre el que volveremos más adelante.

1.4.3. El gobierno elector

Pese a que la Constitución de 1853 establecía el sufragio universal mascu- lino como instrumento para designar representantes, quienes gobernaron el país desde 1880 no pretendían ser la expresión prístina de la voluntad po- pular. De hecho, los ciudadanos que aspiraban a ejercer sus derechos a tra- vés del sufragio tampoco eran muchos: pocos extranjeros hicieron los trámi- tes para naturalizarse, y pocos nativos se interesaban activamente por los comicios. No se trataba de desinterés por las cuestiones públicas. Distintos actores de la sociedad se expresaban sobre ellas por otras vías, como los periódicos, donde la discusión sobre los temas políticos ocupaba un lugar importante; distintos tipos de asociaciones –incluyendo las de las colectivi- dades- hacían saber a gobernantes y legisladores por ese u otros medios cuál era su opinión. Había elecciones regulares, pues en ese acto ritual descansaba la legiti- midad de los gobernantes, pero normalmente éstas eran manipuladas, de modo que su resultado era “producido” por el “gobierno elector”. Había un único partido oficialista, el Partido Autonomista Nacional o PAN, montado en 1880 por el general Roca, que sobrevivió sin mayores fisuras hasta aproxi- madamente 1904. Los integrantes de este partido fueron luego identifica- dos como “la oligarquía”, subrayando su identificación con el programa ge-

este partido fueron luego identifica- dos como “la oligarquía”, subrayando su identificación con el programa ge-

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este partido fueron luego identifica- dos como “la oligarquía”, subrayando su identificación con el programa ge-

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neral de transformación del país y con los intereses de los sectores propie- tarios. Pero lo cierto es que la política se convirtió en la actividad particular de un grupo específico, y también en un camino por el que era posible, a partir de orígenes mediocres, llegar a hacer fortuna. Su jefe natural era el presidente –por eso se habló, en tiempos de Juárez Celman, de “unicato”-, y por debajo de él estaban los gobernadores de pro- vincia. El Senado de la Nación –muchos ex gobernadores recalaban allí, a la espera de poder ser reelectos- era además un ámbito adecuado para la ne- gociación. El PAN tenía una estructura piramidal donde las fuerzas circula- ban en los dos sentidos: la decisión del superior se hacía efectiva en tanto combinara autoridad con consentimiento, y tuviera en cuenta los derechos juzgados legítimos de sus subordinados. La máquina electoral estaba enca- bezada por el presidente y formaban en ella los grupos dirigentes de las dis- tintas provincias; en cada una de ellas el esquema se repetía hacia abajo. Finalmente, la ejecución directa estaba en manos de las autoridades políti- cas locales, el juez de paz y el comisario, y de los ejecutores locales, los pe- queños caudillos o “punteros”, que manejaban un grupo de votantes segu- ros o, mejor aún, tenían sus libretas de enrolamiento. Aunque predominaban los acuerdos preelectorales, en ocasiones había competencia, y ésta a ve- ces desbordaba los controles partidarios. El recurso último del presidente para disciplinar a los díscolos era la intervención federal a la provincia, una facultad constitucional de excepción, que se usó discrecionalmente. Así funcionó este régimen oligárquico. Como se verá, fundó una tradición política que no desapareció con la reforma democrática. La confluencia de todas las redes políticas en un partido único, y la posibilidad de que el pre- sidente lo condujera de manera más o menos ordenada facilitó el desarrollo de un conjunto de políticas públicas sobre las que existía amplio consenso dentro y fuera de la clase dirigente. Otras repúblicas oligárquicas, como Bra- sil, Colombia, o también España, cuyo régimen político era para muchos un modelo, compartieron varios de estos rasgos de funcionamiento pero exis- tían dos partidos que se alternaban en el gobierno, en general de manera pacífica y concertada, como es el caso del “turno” español. Ese modo de funcionamiento, algo menos eficiente, tenía una ventaja: facilitaba la renova- ción de la elite política y combatía los efectos perniciosos del esclerosa- miento. Estos se hicieron notar progresivamente, a medida que el régimen oligárquico debió enfrentar nuevos desafíos, que fueron en realidad la con- secuencia natural de sus éxitos.

1.5. Enfrentar la protesta social

natural de sus éxitos. 1.5. Enfrentar la protesta social Con el comienzo del siglo comenzaron a

Con el comienzo del siglo comenzaron a emerger distintos con- flictos sociales. Pasada la etapa en que los inmigrantes consti- tuían una masa amorfa, la nueva sociedad se fue estructurando y los diferentes grupos definieron su fisonomía. Entonces, los reclamos sectoriales cobraron forma y pudieron expresarse. Quienes reclamaban, ya habían decidido quedarse en el país y luchar por su futuro en la nueva patria. En cada caso, se cues- tionaba algún aspecto de la nueva sociedad y se proponía una reforma, con el supuesto -salvo en algunos casos- de que el conjunto era aceptable y, por eso mismo, mejorable.

una reforma, con el supuesto -salvo en algunos casos- de que el conjunto era aceptable y,

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una reforma, con el supuesto -salvo en algunos casos- de que el conjunto era aceptable y,

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1.5.1. La protesta rural

En 1912 estalló la protesta rural, protagonizada por los chacareros que al frente de pequeñas empresas familiares, y con enorme sacrificio, pudieron a veces prosperar y consolidar su posición. Pero no bastaba el trabajo duro, o postergar las satisfacciones inmediatas. Además de los frecuentes acciden- tes -la langosta o la sequía-, estaban atenaceados por presiones permanen- tes. Los propietarios ajustaban periódicamente sus arriendos, estimulados por la sostenida demanda de tierras, pues siempre había nuevos inmigran- tes dispuestos a tomarlas. También presionaban los comercializadores, una cadena que empezaba en el bolichero del lugar y terminaba en las grandes empresas exportadoras, como Dreyfus o Bunge y Born, que se movían con facilidad en el complejo mundo de los mercados internacionales, absoluta- mente desconocido para el chacarero. En épocas de buenos precios, los chacareros podían mantener un aceptable equilibrio, y aún mejorar, pero cuando estos caían se revelaba la precariedad de su situación. Así ocurrió en 1910 y en 1911, y como los arriendos se mantenían altos, la situación se hizo crítica. Por otra parte los chacareros habían echado raíces, en el país y en el lu- gar. Se habían nucleado -cada pueblo tenía su Sociedad Italiana y sus clu- bes- y empezaban a delinear lo que eran sus intereses. En 1912 estalló una huelga, conocida como el Grito de Alcorta, nombre de la localidad santafesi- na donde se organizaron por primera vez. Los chacareros se negaron a le- vantar la cosecha a menos que los propietarios satisficieran ciertas condi- ciones: contratos más largos, rebajas en los arriendos, y cosas sorprendentemente pequeñas, pero que hablan del tipo de explotación a que eran sometidos, como el derecho a contratar libremente la maquinaria para la cosecha o a criar animales domésticos.

maquinaria para la cosecha o a criar animales domésticos. 38 No eran los reclamos desmedidos de

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para la cosecha o a criar animales domésticos. 38 No eran los reclamos desmedidos de quienes
para la cosecha o a criar animales domésticos. 38 No eran los reclamos desmedidos de quienes

No eran los reclamos desmedidos de quienes se consideraban ajenos a la sociedad sino las reivindicaciones moderadas de quienes querían mejorar su participación en ajenos a la sociedad sino las reivindicaciones moderadas de quienes querían mejorar su participación en un negocio co- mún. Los resultados obtenidos fueron parciales y la protesta siguió, con intermitencia, en los años posteriores. El saldo más importante fue el inicio de un movimiento cooperativo entre los productores, y la constitución de una entidad gre- mial: la Federación Agraria Argentina.

1.5.2. La protesta urbana

la Federación Agraria Argentina. 1.5.2. La protesta urbana La protesta también apareció en las ciudades. Al

La protesta también apareció en las ciudades. Al igual que los chacareros, los trabajadores urbanos oscilaron entre embarcar- se en ella o apostar sus cartas al chacareros, los trabajadores urbanos oscilaron entre embarcar- se en ella o apostar sus cartas al ascenso individual. Las posi- bilidades de mejorar de situación eran muchas, en una socie- dad que era básicamente abierta y permeable, y esto nutrió el individualismo de muchos. Otros optaron por organizarse pa- ra hacer frente en común a las duras condiciones de vida.

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La formación de sindicatos obreros arranca de la última década del siglo XIX y madura al comenzar el siglo XX. En 1901 hubo una huelga general impor- tante, y desde entonces el movimiento huelguístico fue en aumento, hasta culminar en la huelga general de 1910, que enturbió los festejos del Cente- nario y fue seguida de las primeras expresiones de represión indiscriminada sobre extranjeros por parte de grupos de la elite. En buena medida, la ola de agitación se fundaba en las duras condicio- nes de vida: la desocupación cíclica, la mala vivienda, el hacinamiento y los elevados alquileres. Pero también en la capacidad organizativa y movilizado- ra de grupos políticos, como el anarquismo, el socialismo y el “sindicalis- mo”, y también de los grupos católicos, que organizó el padre Grote. Inicial- mente los más exitosos fueron los anarquistas, quienes encontraron el lenguaje adecuado para dirigirse a una masa trabajadora dispersa, extranje- ra, y en buena medida analfabeta. Con ellos resultaban efectivas las gran- des consignas movilizadoras, más emotivas que racionales, aquellas que ofrecían deshacer una sociedad injusta y volverla a construir, libre y pura, sin patrones que exploten y sin Estado que reprima. El camino de lucha era la huelga general y el levantamiento espontáneo. Con esas propuestas, los anarquistas obtuvieron un éxito singular, y recibieron también una atención especial por parte del Estado, que los reprimió duramente. Los socialistas, en cambio, se dirigían preferentemente al sector más ca- lificado de los obreros, el más letrado, y también a muchos otros sectores populares pero no obreros, ya integrados en la sociedad urbana. Ofrecían, con un lenguaje más racional que emotivo, una mejora gradual de la socie- dad, por la vía de pequeñas conquistas. Estas deberían lograrse, como en Europa, por la acción de los diputados y senadores elegidos por los trabaja- dores, que lucharan por sus derechos en el Congreso. Por eso los socialis- tas incitaban a los trabajadores, casi todos extranjeros, a que se naturaliza- ran. Si bien los socialistas no renunciaban a su aspiración última a una sociedad diferente, proponían una serie de medidas y de reformas inmedia- tas, que concitaban el apoyo de sectores relativamente amplios de la pobla- ción, lo que les permitió obtener muy buenos resultados electorales en la ciudad de Buenos Aires: en l905 Alfredo L. Palacios fue elegido diputado por el distrito de La Boca -era el primer diputado socialista de América Latina- y después de 1912 disputaron por la mayoría con los radicales. Sin embargo, no tuvieron éxito en encauzar las reivindicaciones específi- cas de los trabajadores que, cuando no siguieron a los anarquistas, prefirie- ron a los sindicalistas. Estos también eran partidarios de las reformas gra- duales, se desinteresaban de la lucha política y los partidos -tema preferido por los socialistas- y afirmaban que los reclamos fundamentales de los tra- bajadores podían ser satisfechos a través de la organización gremial y la lu- cha sindical. Ganaron especial predicamento entre los grandes gremios, co- mo los ferroviarios o los trabajadores navales, y también entre los portuarios, de modo que controlaron las actividades claves para una socie- dad que vivía del comercio de exportación.

para una socie- dad que vivía del comercio de exportación. Esta lectura también se ha indicado

Esta lectura también se ha indicado a propósito del punto 1.3.2. LOBATO, MIRTA ZAIDA (2000), “Los trabajadores en la ‘era del progreso’”, en Mirta Zaida Lobato (dirección del tomo), El pro-

(2000), “Los trabajadores en la ‘era del progreso’”, en Mirta Zaida Lobato (dirección del tomo), El

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(2000), “Los trabajadores en la ‘era del progreso’”, en Mirta Zaida Lobato (dirección del tomo), El

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greso, la modernización y sus límites (1880-1916), tomo V de Juan Suriano (Director), Nueva historia argentina, Sudameri- cana, Buenos Aires.

1.5.3. Enfrentar la cuestión social

cana, Buenos Aires. 1.5.3. Enfrentar la cuestión social Hasta 1910, en época de una intensa agitación

Hasta 1910, en época de una intensa agitación social en las grandes ciudades, fueron los anarquistas quienes dieron la tó- nica del movimiento obrero. Desde entonces, comenzaron a predominar los sindicalistas, y en lo político los socialistas, y los conflictos de la sociedad tendieron a formas más pacíficas y transaccionales.

Así lo entendieron los grupos dirigentes, aun cuando entre ellos hubo actitu- des diferentes. Muchos sintieron que la sociedad estaba enferma, tal como enseñaban, en otros contextos, los autores europeos en boga, y supusieron que la raíz de los males estaba en los extranjeros indeseables, los que no habrían venido con espíritu generoso a aprovechar las oportunidades que se les brindaban. Frente a la inmigración, sacaron a relucir un nacionalismo agresivo que se tradujo, en ocasión de algunos conflictos, en la persecución de grupos extranjeros. Así, en 1902 se sancionó la Ley de Residencia, que autorizaba a deportar a los indeseables; estos fueron generalmente los anarquistas, en quienes se concentró la política represiva, sobre todo des- pués de algunos episodios notables, como el asesinato en 1907 del jefe de la Policía, coronel Ramón L. Falcón. Pero en otros primó la actitud conciliadora, la búsqueda de una manera de canalizar las tensiones y de solucionar la “cuestión social”. Joaquín V. González impulsó en 1904 la sanción de un Código del Trabajo que recono- cía la existencia de los sindicatos, pero los controlaba estrictamente, y aun- que el Congreso finalmente no lo aprobó, en 1912 se creó el Departamento Nacional del Trabajo. Dentro de ese mismo espíritu, el Congreso empezó a sancionar algunas leyes que mejoraban la condición obrera, impulsadas si- multáneamente por diputados católicos y socialistas. Fueron avances mo- destos, pero por otra parte esos conflictos estaban lejos de ser dramáticos y en general se encaminaban a una resolución transaccional.

y en general se encaminaban a una resolución transaccional. 40 Fruto de este espíritu reformista fue

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general se encaminaban a una resolución transaccional. 40 Fruto de este espíritu reformista fue el amplio

Fruto de este espíritu reformista fue el amplio estudio de Juan Bialet Masse El es- tado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo, publicado en 1904, en el que estudia la totalidad de los trabajadores del país. Bialet Masse, junto con otros intelectuales destacados, asesoró al ministro González en la preparación del Código del Trabajo. En su libro se lee:

“El Congreso no ha tenido a bien ocuparse este año de la ley del trabajo ¿quién sabe si no ha sido para bien? Las huelgas pasadas y presentes no han tenido ni tie- nen quien decida equitativamente entre las pretensiones de obreros y patrones; la

que se prepara

que se manifiesta por la concesión de mejoras antes de que los hechos se produz- can. Pero de seguro las concesiones van a reducirse a los salarios, y acaso algún poco en la jornada; las demás se acallarán por lo pronto; la mujer y el niño segui-

está produciendo el despertamiento del instinto de conservación,

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rán siendo víctimas de la codicia, muchos accidentes no serán indemnizados, pero volverán con más fuerza luego, para demostrar que no basta ni la buena voluntad de los obreros y patrones, que es necesaria la legislación total y los medios de ha- cer la efectiva, dando a las aspiraciones legítimas del obrero el arbitraje como me- dio pacífico y legal de llenarlas”.

1.6. La querella de la nacionalidad

La “cuestión social” no preocupó a los gobernantes tanto como la cuestión de la nacionalidad, que dio lugar a un debate complejo y no resuelto. El de- bate local se vinculó con otro más general, propio de todo el mundo occiden- tal, donde a lo largo del siglo XIX la “nación” se convirtió en el fundamento legitimador del estado, llamado precisamente “nacional”. Eric Hobsbawm planteó la diversidad de concepciones alrededor de tal concepto, y señaló dos variantes principales: la nación de ciudadanos copar- tícipes de un pacto político, que deriva de los principios de la Revolución francesa, y la nación “cultural”, que se fundamenta en remotas raíces comu- nitarias, expresadas en la lengua, la historia y las tradiciones, la literatura y la música, y en algunas versiones, en la raza. Según la primera concepción, la pertenencia era optativa y revocable; según la segunda, era natural e irre- nunciable. Pero se tratara de una u otra –pues en la práctica se combinaron de distintas maneras-, un estado que aspirara a ser considerado una “po- tencia” debía ser la expresión de una nación homogénea, que asegurara la solidaridad del pueblo con el estado y los gobernantes.

1.6.1. El Estado construye la nacionalidad

Uno de los desafíos que todo estado debió enfrentar en la segunda mitad del siglo XIX fue cómo nacionalizar a las masas, máxime cuando, simultá- neamente, estaban adquiriendo sus derechos políticos, como se planteó al comienzo de esta unidad. Lilia Ana Bertoni ha señalado que en el caso de la Argentina ese problema era particularmente grave pues su sociedad incluía masas heterogéneas de extranjeros, que -para quienes pensaban en térmi- nos de unidad e integración- componían una Babel, una verdadera cacofo- nía. Para los gobernantes, se trataba tanto de un problema de orden interno como de su imagen exterior: para ser reconocida en el mundo, la Argentina debía exhibir la existencia de una nación homogénea e integrada. Bertoni ha puntualizado la singular coyuntura de la década final del siglo XIX, cuando al latente conflicto con Chile por la definición de las fronteras se sumó la ame- naza –supuesta o real- de un intento italiano de “colonizar” el Plata apoyán- dose en la existencia de una amplia colonia italiana.

dose en la existencia de una amplia colonia italiana. Por eso los gobernantes adoptaron un programa

Por eso los gobernantes adoptaron un programa sistemático de “construcción de la nacionalidad”. La escuela tenía un lu- gar importante, pero también se insistió en la formulación de una tradición histórica, la definición de un panteón de héroes, el afianzamiento de los símbolos patrios, la valoración de los festejos, y finalmente el servicio militar obligatorio.

afianzamiento de los símbolos patrios, la valoración de los festejos, y finalmente el servicio militar obligatorio.

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afianzamiento de los símbolos patrios, la valoración de los festejos, y finalmente el servicio militar obligatorio.

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Inquietaba sobremanera la masa de extranjeros; éstos eran reacios a natu- ralizarse, pues así perderían su nacionalidad originaria, y las ventajas y privi- legios que ella conllevaba. En 1890 se presentó en el Congreso un proyecto de naturalización automática, que fue vigorosamente rechazado por las co- lectividades, y la cuestión quedó pendiente, hasta que finalmente, luego de mucho tiempo, se solucionó de manera natural.

BERTONI , L ILIA A NA (1997) “¿Para qué una nacionalidad? El surgimiento del nacionalismo ERTONI, LILIA ANA (1997) “¿Para qué una nacionalidad? El surgimiento del nacionalismo en la Argentina de fines del si- glo XIX”, en Cuadernos Americanos, Nueva Época, Año XI, vol 6, n. 66, UNAM, México.

La figura del “intelec- tual” se construye por entonces. Es común ubicar su nacimiento en las discusiones sobre el “caso Dreyfus” en Francia luego de 1898. Su emergencia en la Argentina es caracterizada por Tulio Halperin Donghi en Vida y muerte de la República verdadera. Se trata de figuras reconocidas por su ca- pacidad y méritos personales, que participan en nombre pro- pio y con independencia de inte- reses sectoriales, en el debate sobre el “bien común”.

reses sectoriales, en el debate sobre el “bien común”. 42 1.6.2. Definir la nacionalidad La política
reses sectoriales, en el debate sobre el “bien común”. 42 1.6.2. Definir la nacionalidad La política

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sectoriales, en el debate sobre el “bien común”. 42 1.6.2. Definir la nacionalidad La política nacionalizadora

1.6.2. Definir la nacionalidad

La política nacionalizadora no generó resistencias por parte de los extranje- ros pero desató intensos debates entre la elite dirigente, que se agudizaron en la primera década del siglo XX. José Luis Romero ha caracterizado el “es- píritu del Centenario” –pues en 1910 se celebraron con pompa los cien años de la Revolución de Mayo- como un período de fuertes dudas acerca del rumbo tomado por la Argentina y de marcado escepticismo acerca de su futuro. Probablemente esto correspondió al clima de ideas predominante en todo el mundo, antes que a una reflexión original sobre las circunstancias lo- cales. Una parte de esas dudas giró alrededor del problema de la nacionali- dad. Según sus críticos, la nacionalidad argentina no era suficientemente original, homogénea y vigorosa. El debate, que hasta entonces había circula- do por los ámbitos de la elite gobernante, el parlamento y los periódicos, en- contró nuevos voceros entre los “intelectuales”.

en- contró nuevos voceros entre los “intelectuales” . Personajes como Ricardo Rojas, José María Ramos Mejía,

Personajes como Ricardo Rojas, José María Ramos Mejía, Car- los Octavio Bunge, José Ingenieros, Leopoldo Lugones o Al- fredo Palacios aportaron sus opiniones sobre los Octavio Bunge, José Ingenieros, Leopoldo Lugones o Al- fredo Palacios aportaron sus opiniones sobre cuál era la esen- cia de la nacionalidad argentina, pues la opinión había ido girando hacia ese punto, descartando la versión plural e inte- grativa proveniente de la tradición liberal.

Ninguno de los elementos con que habitualmente se definía la nacionalidad resultaban satisfactorios para el caso argentino. La lengua no servía para di- ferenciarnos de los otros países hispanoamericanos. Por otra parte ¿qué lengua? La “argentina” realmente hablada era considerada una lengua de segunda, indigna de ser exhibida, y notoriamente inferior a la española. És- ta fue enaltecida, y se impuso el uso del “tú” y el “vosotros”, aunque por otra parte José Hernández, autor de Martín Fierro, era consagrado por Lugo- nes como el fundador de la literatura nacional. La raza era igualmente equí- voca, pues la mezcla era evidente y la apelación al “crisol de razas”, la uni- dad por constituirse a partir de la mezcla, carecía de ese elemento fundante necesario para una buena doctrina nacional. La historia era otra fuente de

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querellas: ¿quiénes eran dignos de figurar en el panteón? La querella empe- zaba con Rivadavia, y hasta con Moreno, y se hacía tensa con la figura de Rosas. A ello se sumó un problema adicional: quiénes definían los rasgos de la nacionalidad. A los intelectuales se sumaron pronto dos actores institucio- nales: el Ejército y la Iglesia. Desde 1902, el Ejército hizo pasar por sus fi- las a todos los varones de veinte años, y además de instrucción militar les dio “lecciones de argentinidad”, pues como empezaban a afirmar sus voce- ros, el Ejército nació con la patria, en 1810, mucho antes que sus institucio- nes jurídicas y políticas, relativamente nuevas. En 1910, en medio de un propicio clima patriótico, el joven monseñor Miguel De Andrea, un orador muy apreciado por la elite, señaló la presencia de la Iglesia católica en la fundación de la patria, y dedujo que el centro de la identidad argentina esta- ba en su catolicismo.

centro de la identidad argentina esta- ba en su catolicismo. Oscar Terán ha dicho que la

Oscar Terán ha dicho que la Argentina padeció durante el si- glo XX de un “nacionalismo traumático”. Reflexione sobre la pertinencia de ese comentario a la luz de lo expuesto.

1.7. La impugnación política y la reforma

El desafío más notable que enfrentó el régimen oligárquico fue de naturale- za política, y consistió en un fuerte cuestionamiento de su legitimidad, tan vigoroso que llevó a un grupo de sus dirigentes a lanzar una audaz reforma, cuya culminación fue la ley Sáenz Peña.

1.7.1. La revolución del Noventa

El momento fundacional de ese desafío fue la revolución de 1890. Coincidió con una fuerte crisis económica; en medio de denuncias sobre corrupción gubernamental, se organizó un movimiento de ciudadanos, la Unión Cívica, que exigió una profunda reforma política. Esta consistía, simplemente, en hacer efectivo el espíritu de la Constitución y crear las condiciones para que el sufragio fuera transparente y eficaz. Inicialmente se sumaron al movimien- to Bartolomé Mitre, ex presidente y figura consular, algunos dirigentes cató- licos, resentidos por la política laica del gobierno, algunos veteranos de la política porteña, como Leandro Alem, que venía del autonomismo, o Bernar- do de Irigoyen, y muchas figuras nuevas, destinadas a una larga carrera po- lítica, como Marcelo de Alvear, Juan B. Justo o Lisandro de la Torre. La agita- ción ciudadana se continuó con una revolución cívico-militar, encabezada por Leandro Alem, que estalló en julio de 1890. En poco tiempo el movimiento fue sofocado, pero poco después renunció el presidente Juárez Celman y lo remplazó el vicepresidente Carlos Pellegrini. Allí se inició un prolongado pe- ríodo de inestabilidad política, que se prolongó hasta 1896. Hilda Sabato se ha preguntado si esa revolución fue el principio de una nueva etapa de la política, o el final de una historia anterior. Por una parte, la revolución del Noventa se desarrolló en el interior de una elite dirigente donde la renovación más importante fue la generacional: los jóvenes que-

en el interior de una elite dirigente donde la renovación más importante fue la generacional: los

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en el interior de una elite dirigente donde la renovación más importante fue la generacional: los

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rían hacerse su lugar, lo reclamaron con vehemencia y se calmaron cuando lo lograron. Sin embargo, una vez cumplido ese proceso, quedó un remanen- te: un grupo que fundó la Unión Cívica Radical. Lo encabezaba Leandro Alem y su consigna fue la “intransigencia”: no aceptar ningún acuerdo si no se re- formaba el sistema electoral para asegurar la transparencia del comicio. Una de sus armas fue la abstención electoral, una estrategia de largo plazo para erosionar la legitimidad del régimen, aunque en lo inmediato le facilita- ra las cosas. La otra era la acción revolucionaria, conjugando a civiles y mi- litares. En 1893 la UCR produjeron dos intentos revolucionarios. En Santa Fe contó con el apoyo de los colonos extranjeros, que participaron en las ac- ciones militares; en la provincia de Buenos Aires fue organizado por Hipólito Yrigoyen, sobrino de Alem y figura ya prominente en la UCR. Ambos movi- mientos fueron espectaculares, pero lo cierto es que fracasaron.

Como ocurre habitualmente en estos casos, ambas perspectivas no se excluyen. Sa- bato encontró en este movimiento mucho del espíritu, las ideas y las prácticas que caracterizaron la vida política porteña entre 1852 y 1880, sobre todo la participa- ción y expresión callejera y la convicción de que la política se sustentaba en una fe cívica compartida. Es muy probable que veteranos de esa experiencia, como Mitre o Alem, se inspiraran en ella, sobre todo porque ambos, y muchos otros, habían criticado severamente el estilo político “roquista” (es decir, el inaugurado por el ge- neral Roca), donde la “administración” conducía al predominio de políticos medio- cres y corruptos.

En los años siguientes, la fe cívica que animaba las movilizaciones decli- nó y la agitación decreció. En 1896 Hipólito Yrigoyen declaró a la UCR en re- ceso. Por entonces Juan B. Justo fundaba el partido Socialista, y unos años después Lisandro de la Torre constituía en Santa Fe la Liga del Sur. En 1902 la UCR se reorganizó y en 1905 ensayó un nuevo movimiento cívico militar, que fracasó pero dejó buenos réditos políticos, pues desde entonces co- menzaron a crecer en todo el país sus cuadros dirigentes.

menzaron a crecer en todo el país sus cuadros dirigentes. De ese modo, a principios de

De ese modo, a principios de siglo había tres partidos organi- zados según los cánones “modernos”, con afiliados, carta or- gánica, programa y dirigentes electos por el voto de los afilia- dos. Es necesario, sin embargo, no exagerar su dimensión:

eran todavía partidos pequeños, que se esforzaban por con- cientizar y ciudadanizar a una masa relativamente indiferente respecto de la política.

1.7.2. La reforma política

Había pues una protesta política, de una envergadura similar o mayor que la de la protesta social. Pero resulta insuficiente para explicar por si misma el vasto movimiento reformista lanzado por la elite política, que culminó con la sanción de la ley Sáenz Peña. Este movimiento surgió inicialmente entre un grupo reducido, que sólo gradualmente fue ganando el consenso del conjun-

movimiento surgió inicialmente entre un grupo reducido, que sólo gradualmente fue ganando el consenso del conjun-

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movimiento surgió inicialmente entre un grupo reducido, que sólo gradualmente fue ganando el consenso del conjun-

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to. Encabezaban el grupo reformista Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña, Joaquín V. González e Indalecio Gómez. En 1902 González, ministro del Inte- rior del general Roca, impulsó una reforma electoral que estableció el sufra- gio uninominal por circunscripciones –con él fue electo el socialista Alfredo Palacios en el barrio de La Boca en Buenos Aires- y también un Código del Trabajo destinado a reconocer y regular la conflictividad social, pero ambos proyectos se detuvieron durante la presidencia de Manuel Quintana. Luego de 1906 el presidente José Figueroa Alcorta, que resultó ser un acérrimo enemigo de Roca, se dedicó a desmontar su maquinaria política y a abrir el camino a Roque Sáenz Peña, electo presidente en 1910, que impulsó con firmeza la propuesta reformista. Natalio Botana, que ha estudiado la reforma, señala tres motivaciones de los reformistas. En primer lugar, devolver al Estado y a su gobierno una legi- timidad seriamente erosionada por la crítica opositora, que afectaba las pro- pias creencias de los dirigentes. El gobierno debía surgir de un sufragio creí- ble. Con ello habría de lograrse la lealtad de la ciudadanía, y de la población en general, al Estado y a la nación. Este era un objetivo a tono con las in- quietudes de la época y del mundo, al que también apuntaban, desde otras perspectivas, la educación patriótica y el servicio militar obligatorio.

Carlos Pellegrini, figura dominante del PAN, se convirtió al fin de su vida en un crí- tico acérrimo del régimen político y en un impulsor de la reforma electoral. En pa- labras dirigidas al partido Autonomista, decía en 1905: “Hemos presenciado en los

últimos tiempos la lenta desorganización de todos los partidos del pasado

masa de opinión retraerse y alejarse de la vida pública; la acción política entregada

por completo a círculos más o menos pequeños

asentar sólidamente un Gobierno con todos los prestigios de la autoridad y las

todo esto explica la intranquila vida de nuestros gobiernos,

que se creen o se sienten perpetuamente amenazados”. Concluía exhortando a “iniciar una propaganda activa en toda la República, sin ningún fin electoral inme- diato, al solo objeto de llamar al pueblo a la acción política, a la vida cívica (para) la resurrección del pueblo a la vida institucional”.

Sobre esta base no es posible

la gran

fuerzas de la opinión

;

Por otra parte, la reforma electoral debía abrir las puertas para la inclusión de los partidos nuevos, y apartarlos del camino de la revolución. Esto tam- bién permitiría canalizar los conflictos sociales, de modo que se expresaran a través de estas fuerzas políticas y se dirimieran dentro del marco parla- mentario. Se apostaba así a los voceros y dirigentes más conciliadores, y al aislamiento de los más contestatarios. La creación de la Dirección Nacional del Trabajo, en 1910, muestra que a la vez se pensaba en un segundo cam- po de negociación, en el que los protagonistas fueran los sindicatos. Finalmente, había una preocupación por la renovación de la clase políti- ca. Los reformistas recogían la crítica interna, que emergió en el Noventa, a los dirigentes del ciclo roquista, profesionales ambiciosos, sin tradición ni grandeza, así como al funcionamiento electoral de la “política criolla”, que alejaba a los mejores hombres, incapaces de competir con los caudillos y “punteros” que manejaban la máquina electoral. El éxito de éstos se basa- ba en la reducida participación, de modo que una ampliación masiva de los ciudadanos achicaría su poder, y abriría el camino a los auténticos ciudada-

modo que una ampliación masiva de los ciudadanos achicaría su poder, y abriría el camino a

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modo que una ampliación masiva de los ciudadanos achicaría su poder, y abriría el camino a

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nos notables. En suma, se confiaba en el buen criterio de los nuevos votan- tes, la mayoría silenciosa, que serviría también para acotar la influencia, en el campo de la oposición, de los activistas y agitadores.

Contra una opinión asentada en el sentido común, ni se los excluía ni exis- tía la voluntad de hacerlo, pero tampoco se hizo nada por obli- garlos a naturalizarse. En rigor, las ideas originarias de Alberdi seguían vigentes: lo primordial era asegurar la afluencia de in- migrantes, y se evitaba cual- quier medida que afectara su flujo.

y se evitaba cual- quier medida que afectara su flujo. Para todos estos problemas, la solución
y se evitaba cual- quier medida que afectara su flujo. Para todos estos problemas, la solución

Para todos estos problemas, la solución de los reformistas era ampliar sustancial y rápidamente la masa de ciudadanos res- ponsables y leales al Estado. Si ampliar sustancial y rápidamente la masa de ciudadanos res- ponsables y leales al Estado. Si la mayoría era indiferente a las elecciones, ya sea por descreimiento o porque la indiferencia es un estado más normal y natural que la fe cívica, el Estado debía empujarlos, por un acto de autoridad, a asumir sus res- ponsabilidades. “Quiera el pueblo votar”, afirmó Sáenz Peña, utilizando una forma verbal que, antes que subjuntivo deside- rativa, era imperativa. Por ello, en un país donde el sufragio universal masculino ya estaba instituido, la primera gran no- vedad de la ley sancionada en 1912 fue la obligatoriedad del sufragio. A ello se agregó su carácter secreto, que ayudaba decisivamente a su credibilidad, y la utilización como padrón electoral del padrón militar, con lo que se anulaba todo un ca- pítulo de la corrupción del sufragio: el empadronamiento vo- luntario, que permitía la arbitrariedad de las juntas empadro- nadoras.

Fue una reforma trascendente, aunque incompleta en dos sentidos. Por una parte, se limitó a las elecciones nacionales, y se dejó que las provincias se adecuaran a estos criterios. Luego de la muerte del presidente Sáenz Peña en 1914, su sucesor Victorino de la Plaza dejó de impulsar la reforma, de modo que en 1916, cuando la UCR ganó las elecciones presidenciales, en la mayoría de las provincias se siguió votando con el antiguo sistema. Por otra parte, la reforma electoral no solucionó el problema de la exclusión de un vasto contingente de varones adultos y extranjeros, reacios a naturalizar- se, que siguieron al margen del sufragio. En este sentido, la ley no ayudó de- masiado a instalar en la esfera parlamentaria los conflictos sociales, que discurrieron por otros ámbitos.

conflictos sociales, que discurrieron por otros ámbitos. 2 . Analice el sentido del discurso de Roque

2.

Analice el sentido del discurso de Roque Sáenz Peña del 28 de febrero de 1912 que concluye con la exhortación “Quiera vo- tar”. El fragmento de discurso se que reproduce a continuación

está transcripto en LUCIANO DE PRIVITELLIO y LUIS ALBERTO RO-

MERO, Grandes discursos de la historia argentina, pág. 162-168:

❘❚❚ La nueva ley aporta a nuestro derecho positivo, dos innovaciones sustancia-

les: la lista incompleta y el voto obligatorio. A raíz de los debates, consideraría

superfluo explicar sus objetivos. Diré sólo que el sistema, rompiendo la unani-

midad y el monopolio, consagra las minorías, dando razón y existencia a los

partidos permanentes. De hoy en más habrá, naturalmente, vencedores, pero

ya no habrá vencidos, porque los más y los menos serán parte en la función gu-

bernativa. El sufragio obligatorio es un reactivo contra la abstención. El voto se-

serán parte en la función gu- bernativa. El sufragio obligatorio es un reactivo contra la abstención.

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serán parte en la función gu- bernativa. El sufragio obligatorio es un reactivo contra la abstención.

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creto mata la venalidad, y al desaparecer el mercenario, los ciudadanos llega- rán a posiciones por el concurso de las voluntades libres. Los candidatos se harán tales por sus títulos y méritos, y no por concesión de nadie, sino por re- solución de todos. Y habrá sanciones políticas, porque en lugar del favor del go- bernante, será la opinión pública la requerida, lisonja ésta última que no depri- me porque se traduce en servicios y en virtudes. No nos equivoquemos, sin embargo. Ni la ley ni el sistema que ella crea es una finalidad: es apenas un medio que ha de realizar obra viviente por el calor y el aliento de los ciudadanos. Si hubieran de mantenerse impasibles, mos- trándose extranjero en el propio hogar, el país tendría que volver al régimen co- nocido, retroceso que no se operaría sin complicaciones. No tomo en cuenta la decepción moral del gobernante, ante la renuncia neta de los sujetos acti- vos del derecho que sustenta. Prescindo de ella, porque si bien no tengo la satisfacción del mando, me anima la pasión del bien: me debo a mi país y he de agotar mis últimos esfuerzos para sentir nivelada su grandeza material con su probidad política: índices de concordancia que señalan la estatura de la so- ciedad civil. Los pueblos son respetables por virtualidad de sus afanes y por la armonía de rasgos que perfilan su carácter; y están llamados a prevalecer por el vivo sentimiento de sus derechos. [ ] Las agrupaciones gubernistas las reputo tan legítimas como las oposito- ras. El defecto no radica en que los partidos apoyen a los gobiernos, sino en que los gobiernos derroten a los partidos con los vastos elementos de la ad- ministración. Esta influencia no debe pesar. Los partidos de opinión deben juz- garla innecesaria. Los partidos de principios deben sentirla incompatible. Los gobiernos deben calcular la intensidad de sus complicaciones. ¿Pero cuál es la divisoria de lo lícito y lo ilícito en la expansión de los ejecutivos? La fronte- ra es difícil de descubrir, pero indudablemente hay una línea. Ni el gobierno ha de ser el comité, ni el comité se ha de vaciar en la administración. Yo espero de los señores gobernadores, no sólo el cumplimiento de la ley, sino la influen- cia moral que me coloque con ellos en la misma comunión patriótica. Tengo confianza en sus declaraciones, y no creo que haya faltado a mi palabra fuer- za comunicativa ni virtudes convincentes, por lo mismo que se inspira en un real desprendimiento. La representación nacional no puede ser la expresión de los gobernadores, sino la de los partidos libremente manifestada. [ ] Mis conciudadanos me tienen acreditada su confianza y no dudan de mi imparcialidad. Es y será la conducta invariable que ha de inspirar a los miem- bros del Ejecutivo Nacional, obligados por sus convicciones y su pública adhe- sión a mi programa. El gobierno nacional prescindirá; pero pido a mis conciu- dadanos que mediten la nueva situación. En el orden político, no cabe suprimir fuerzas sin crear inmediatamente las sustitutivas. La reforma de la ley electoral, previniendo ese vacío, obliga el voto, y la abstención de los Eje- cutivos invita y hace posible la disciplina partidaria. Sea la posibilidad un anti- cipo de los hechos consumados. Sean los comicios próximos y todos los co- micios argentinos, escenarios de luchas francas y libres, de ideales y de partidos. Sean anacronismo de imposible reproducción tanto la indiferencia in- dividual como las agrupaciones eventuales, vinculadas por pactos transitorios. Sean, por fin, las elecciones la instrumentación de las ideas. He dicho a mi país todo mi pensamiento, mis convicciones y mis esperan- zas. Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su primer mandatario. Quiera votar. ❚❚❘

y mis esperan- zas. Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su primer

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y mis esperan- zas. Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su primer

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1.7.3. El triunfo radical

Los reformistas tenían un segundo designio. Con el sistema de lista incom- pleta, mayoría y minoría -ésta tenía asegurado un tercio de la representa- ción- se alentaba la formación de partidos modernos, que agregaran y suma- ran intereses y figuras, nucleados en torno de un programa. Los reformistas querían conformar un partido de ese tipo, que renovara la vieja y despresti- giada estructura del PAN. Confiaban en reunir las personalidades políticas más notables, y que el peso de sus figuras y antecedentes resultaran deci- sivos en la elección. Ha señalado Botana que, en este aspecto, la confianza de los reformadores era llamativa: en los debates parlamentarios se discu- tió si acaso un tercio de la representación no resultaría excesivo para los “partidos nuevos”, el radical y el socialista. El resultado de las primeras elecciones acabó con estas ilusiones. Los radicales ganaron en Santa Fe y en la Capital, seguidos aquí por los socia- listas. Aunque en otras provincias los partidos del PAN resistieron mejor, apelando a las viejas técnicas, el crecimiento de la UCR fue desde enton- ces notable. La certidumbre de que el triunfo estaba cercano dio preemi- nencia dentro del partido a quienes apostaban a la carta electoral, aunque Yrigoyen trató de retardar esta aceptación de las reglas del juego. A la vez, muchos fragmentos de los viejos partidos políticos –quizá los que consti- tuían minorías u oposiciones en las situaciones provinciales- se incorpora- ron a la UCR, que completó su organización nacional, aunque, como se ve- rá, al precio de perder su militante homogeneidad. Por otra parte, el proyecto de constituir un partido moderno, que recogiera la herencia de Sáenz Peña y fuera una alternativa al radicalismo no llegó a concretarse. Li- sandro de la Torre aportó su Liga del Sur, fuerte en el sur de Santa Fe, al nuevo Partido Demócrata Progresista, al que en principio se sumaron los veteranos dirigentes del PAN. Pero la escasa convicción de muchos de ellos respecto de la reforma política, sumada a las reticencias del presidente De la Plaza –un dato significativo es la dependencia respecto del Presidente que el PDP conservaba- hicieron naufragar el proyecto. En las elecciones presidenciales de 1916, De la Torre enfrentó a Yrigoyen, pero además hubo una fórmula propiciada por el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Marcelino Ugarte. El triunfo de Yrigoyen fue claro, pese a que en el Colegio Electoral la votación fue ajustada.

1.7.4. La nueva democracia: un balance

fue ajustada. 1.7.4. La nueva democracia: un balance 48 Un balance de esta transición a la

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fue ajustada. 1.7.4. La nueva democracia: un balance 48 Un balance de esta transición a la
fue ajustada. 1.7.4. La nueva democracia: un balance 48 Un balance de esta transición a la

Un balance de esta transición a la democracia, puesta en el contexto de lo planteado al comienzo de este capítulo, mues- tra que se trató de una variante dentro de un desarrollo nor- mal. Nos preguntábamos al principio en qué medida fue “conseguida” o “concedida”. He tratado de mostrar que este segundo aspecto pesó mucho más que el primero: el vuelco hacia las elecciones y el entusiasmo cívico fueron posteriores a la ley, y no anteriores, y todavía faltaba recorrer un trecho para poder asegurar que la ciudadanía estaba constituida.

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Recientemente Tulio Halperin Donghi ha señalado que en estos años existió la convicción generalizada de que la reforma democrática era la culminación de un ciclo exitoso de modernización económica, social e ideológica: era la expresión acabada de la Argentina liberal. De acuerdo con la vieja fórmula de Alberdi, la “República verdadera” había reemplazado finalmente a la “Re- pública posible”. También observa un cambio importante de matiz entre 1910, cuando se lanza el proyecto, y 1916, cuando comienzan a aflorar las dudas acerca del futuro de la “República verdadera”. La más importante, fue la que recogía la desilusión de los autoproclamados “notables”. José In- genieros escribió El hombre mediocre, dirigido contra el presidente Sáenz Pe- ña, pero su argumento aludía a un problema que empezaba a instalarse en el sentido común: la democracia, el voto popular, no servía para elegir a los más aptos para gobernar; llevaba al gobierno a los buenos políticos de ma- sas, los demagogos, los mediocres.

buenos políticos de ma- sas, los demagogos, los mediocres. Se reitera como lectura imprescindible el siguiente

Se reitera como lectura imprescindible el siguiente texto que también fue señalado en el punto 1.4.1. GALLO, EZEQUIEL (2000), “La consolidación del Estado y la re- forma política”, en ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA, Nueva historia de la nación argentina, vol 4, La configura- ción de la república independiente (1810-c.1914). Planeta, Buenos Aires.

Referencias bibliográficas

Bibliografía obligatoria

Esta idea está amplia- mente desarrollada en la primera parte de Vida y muer- te de la República verdadera . Vida y muer- te de la República verdadera.

BERTONI, LILIA ANA (1997) “¿Para qué una nacionalidad? El surgimiento del nacionalismo en la Argentina de fines del siglo XIX”, en Cuadernos Americanos, Nueva Época, Año XI, vol 6, n. 66, UNAM, México. GALLO, EZEQUIEL (2000), “La consolidación del Estado y la reforma política”, en: ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA, Nueva historia de la nación argentina, vol 4, La configuración de la república independiente (1810- c.1914). Planeta, Buenos Aires. GERCHUNOFF, PABLO Y LLACH, LUCAS (1998), “La generación del progreso (1880-1914)”, en: El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de po- líticas económicas argentinas. Ariel, Buenos Aires. HOBSBAWM, ERIC J. (1990), “La política de la democracia”, en: La era del Im- perio (1875-1914). Labor Universitaria, Barcelona. LOBATO, MIRTA ZAIDA (2000), “Los trabajadores en la ‘era del progreso’”, en MIRTA ZAIDA LOBATO (dirección del tomo), El progreso, la modernización y sus límites (1880-1916), tomo V de Juan Suriano (Director), Nueva historia argentina, Sudamericana, Buenos Aires. ROMERO, JOSÉ LUIS (2000), “La ciudad burguesa”, en ROMERO, JOSÉ LUIS Y RO- MERO, LUIS ALBERTO (directores) (2000), Buenos Aires, historia de cua- tro siglos. 2da ed. ampliada, Altamira, Buenos Aires.

A LBERTO (directores) (2000), Buenos Aires, historia de cua- tro siglos . 2da ed. ampliada, Altamira,

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A LBERTO (directores) (2000), Buenos Aires, historia de cua- tro siglos . 2da ed. ampliada, Altamira,

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Referencias generales

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Historia Social Argentina

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Los orígenes de la Unión Cívica Radical y la política argentina en los años ’90 .

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Los orígenes de la Unión Cívica Radical y la política argentina en los años ’90 .

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La democracia radical (1916-1930)

Objetivos

1. Comprender los aspectos salientes de la primera experiencia democráti- ca de gobierno

2. Explicar el proceso de constitución de la ciudadanía y la consolidación de un imaginario democrático.

3. Caracterizar las orientaciones del radicalismo en relación con la democra- cia, el republicanismo y la nación.

Entre 1916 y 1930 se desarrolló la primera experiencia democrática en la Argen- tina, bajo el gobierno sucesivo de dos presidentes de la Unión Cívica Radical: Hi- pólito Yrigoyen (1916-1922), Marcelo T. De Alvear (1922-1928) y nuevamente Hi- pólito Yrigoyen (1928-1930). La experiencia concluyó con el golpe de estado del 6 de setiembre de 1930 y dejó abundantes temas de reflexión acerca de las po- sibilidades, méritos e inconvenientes de tal fórmula política. Analizaremos en pri- mer lugar las características que tuvo el arraigo de la práctica democrática en esos años, para considerar luego el contexto en que se desarrolló -tan diferente del existente antes de 1912 y aun de 1916- y las características de los gobier- nos radicales. Finalmente, consideraremos cómo crece y se consolida la resis- tencia al gobierno de Yrigoyen, y la diversidad de los argumentos con que se lle- ga a una conclusión común: la necesidad de que cese su gobierno.

2.1. El arraigo de la democracia

Habíamos señalado en la unidad anterior el escaso peso que tuvieron las de-

mandas para ampliar la participación electoral antes de 1912. Fue la ley Sáenz Peña la que, al hacer creíble el sufragio, incentivó la participación. Su evolución puede graficarse con una línea curva en U. Fue importante en las primeras elecciones, hasta las presidenciales de 1916. Luego la concurrencia

a los comicios disminuyó, pese a ser obligatoria e implicar algunas sanciones

a los desertores. Aunque no se han estudiado en detalle las cifras de todo el

país, diversos indicadores permiten señalar que el número de votantes llegó a representar en 1924 alrededor del 50% del padrón, o menos. Pero desde la elección siguiente la participación repuntó, alcanzó una cota importante en 1928, cuando Yrigoyen fue electo por segunda vez, y desde entonces se man- tuvo en un nivel de algo más del 80%, que se convirtió en normal. Aunque imprecisas, estas cifras indican algo importante: ni la aspiración

a la ciudadanía estaba firmemente arraigada antes de la ley, ni bastó con la sanción de la ley para que floreciera. Los habitantes se convirtieron en ciu- dadanos luego de un proceso de aprendizaje y de constatación de las venta-

Los habitantes se convirtieron en ciu- dadanos luego de un proceso de aprendizaje y de constatación

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Los habitantes se convirtieron en ciu- dadanos luego de un proceso de aprendizaje y de constatación

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jas de este tipo de participación. Lo que ocurrió a partir de 1912 fue un pro- ceso de arraigo gradual de la democracia, que resultó enormemente exitoso, al punto que, luego de las vacilaciones iniciales, la democracia se afirmó en el imaginario colectivo como un bien preciado, y logró remontar más de un mentís de las prácticas políticas. Como mostraremos a lo largo de las unida- des siguientes, esta sólida base de convicción democrática se fue ensan- chando, y perduró por lo menos hasta mediados de siglo.

chando, y perduró por lo menos hasta mediados de siglo. 1. Escriba un informe breve a

1.

Escriba un informe breve a partir de las siguientes consignas, para iniciar un debate con sus compañeros.

a. ¿Cuál cree usted que es la importancia de la existencia de un conjunto de creencias compartidas acerca de la legiti- midad y utilidad de la democracia, para el funcionamiento de un sistema político democrático?

b. A partir de sus conocimientos actuales, busque casos en la historia política argentina en que la democracia política existió jurídicamente pero careció de esas creencias socia- les compartidas.

El sociólogo ruso M. Ostrogorski escribió a fines del siglo XIX un minuicio- so estudio sobre los por enton- ces novísimos partidos de ma- sas en Inglaterra y los Estados Unidos. Su perspectiva era críti- ca, lamentaba la pérdida de las antiguas virtudes de la política liberal y criticaba tanto la “dicta- dura” de los comités partidarios como las características dema- gógicas de los nuevos dirigen- tes. Su obra fue ampliamente utilizada por todos los que refle- xionaron sobre la democracia al comienzo del siglo XX, como Max Weber o G. Mosca. Puede consultarse una selección de esta extensa obra:

OSTROGOSRSKI, MOISES (1979),

La democratie et les partis poli- tiques. Textes choisis et présen- tes par Pierre Rosanvallon, Edi- tions du Seuil, París.

tes par Pierre Rosanvallon , Edi- tions du Seuil, París . 54 2.1.1. La máquina y
tes par Pierre Rosanvallon , Edi- tions du Seuil, París . 54 2.1.1. La máquina y

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par Pierre Rosanvallon , Edi- tions du Seuil, París . 54 2.1.1. La máquina y el

2.1.1. La máquina y el caudillo

Varios factores convergieron en el arraigo democrático. El primero fue la for- mación de aparatos partidarios sólidos y consistentes, al estilo de los que por entonces caracterizaban en Europa y los Estados Unidos a los grandes partidos de masas. El más completo y perfeccionado de ellos fue la Unión Cívica Radical, que desde 1912 o antes respondió a las características de los llamados parti- dos modernos u orgánicos.

PERSELLO , A NA V IRGINIA (2000), “Los gobiernos radicales. De- bate institucional y práctica ERSELLO, ANA VIRGINIA (2000), “Los gobiernos radicales. De- bate institucional y práctica política”, en: FALCÓN, RICARDO (dir.), Democracia, conflicto social y renovación de ideas (1916-1930). Nueva historia argentina, Tomo VI, Sudameri- cana, Buenos Aires, pp. 59-100.

La UCR tenía un conjunto de principios, un Programa, y una Carta Orgánica, que daba forma a la vez a esos principios y a las normas de funcionamiento del partido. De ese modo, la adhesión de sus miembros se fundamentaba en algo más que el liderazgo de una figura. Por otra parte, la UCR organizó una extensa red de comités, ubicados en cada pequeña ciudad, o en cada barrio de las grandes ciudades, cercano al lugar donde vivían y votaban los simpatizantes, que eran invitados a afiliarse. Estos comités debían ser la cé- lula básica del partido, y combinar las tareas estrictamente electorales con otras relacionadas con las necesidades cotidianas de la gente, desde ofre- cer instrucción o capacitación a vender, por ejemplo, carne o pan baratos en

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tiempos de precios altos: el pan radical o la carne radical. A partir de los co- mités de base se desarrollaba una organización piramidal, con comités pro- vinciales y luego el Comité Nacional; éste regía al partido conjuntamente con la Convención o el Congreso, donde se establecían y ajustaban las orientaciones programáticas y tácticas generales. Por cierto ésta es una versión idealizada del funcionamiento partidario, de acuerdo con las expectativas de la política moderna. En la práctica, esta organización dio cabida a fragmentos enteros de la vieja política, la de los caudillos y las clientelas, pues muchos dirigentes provenientes de la política tradicional supieron insertarse en la UCR, sobre todo en el momento inicial de la expansión partidaria, cuando era necesario llenar las nuevas estructu- ras. Los caudillos locales siguieron cumpliendo su función tradicional de me- diación entre los amigos políticos y las instituciones públicas, gestionando favores, excepciones o pequeños repartos de los bienes que administraba el estado, ya sea una cama en el hospital, un puesto en la administración pública, un poco de vista gorda en algún garito donde se practicaba el juego clandestino o hasta la tolerancia policial o judicial con algún correligionario descarriado. En suma, pequeños favores a cambio del voto. Al igual que en la política tradicional -que los socialistas llamaban criolla, aunque era univer- sal- alrededor de los dirigentes locales se organizaban redes de parientes, amigos y amigos de los amigos, y se generaban formas de identidad política que no tenían tanto que ver con los principios programáticos como con esas lealtades personales, transmisibles de padres a hijos. Finalmente, las auto- ridades nacionales también operaban a su manera como caudillos, que ar- maban sus clientelas de pequeños caudillos locales y las hacían jugar en las elecciones internas. Pero simultáneamente el programa, o más bien el ideario, le daba una di- mensión ideológica a estas redes. El programa funcionaba como estímulo y como límite: el ideario era amplio, y podía traducirse de muchas maneras distintas, pero había cosas que en el radicalismo, o en el socialismo, no se podían decir ni hacer. La UCR organizó de manera muy eficiente esta máquina partidaria, y pa- ra ello Hipólito Yrigoyen desplegó sus mejores talentos. En otro estilo, me- nos caudillesco y más principista, lo hicieron el Partido Socialista en la Capi- tal Federal, y el partido Demócrata Progresista en Rosario y el sur de Santa Fe. También ellos tuvieron sus grandes referentes nacionales, cuya autori- dad estaba más allá de la decisión de una Convención partidaria: entre los socialistas Juan B. Justo y Nicolás Repetto (quienes eran cuñados), y Lisan- dro de la Torre entre los demoprogresistas. Las fuerzas políticas herederas del PAN, genéricamente llamadas conservadoras, mantuvieron su dimensión provincial y no pudieron articular un partido nacional, lo que redujo notoria- mente su eficacia. Es que la apertura democrática les planteó opciones difí- ciles de superar: había entre ellos algunos demócratas y liberales auténti- cos, otros que eran defensores cerriles del viejo estilo político y también devotos de la nueva derecha, que empezó a florecer luego de 1920.

Obsérvese la preocupación programática de Lisandro de la Torre, y su desliza- miento desde el ámbito del liberalismo conservador hacia el reformismo socialis- ta. En una carta de 1920 al dirigente conservador Robustiano Patrón Costas, dice refiriéndose a una propuesta programática:

Véase este discurso de Jacinto Oddone, dipu- tado socialista, en 1926, donde denuncia la persistencia de lasCostas, dice refiriéndose a una propuesta programática: formas tradicionales de la políti- ca: “Me comunican del

formas tradicionales de la políti- ca: “Me comunican del Carmen:

‘El comité de los oficialistas se estableció hace más de tres me- ses en el almacén y despacho de bebidas de Roque Rosillo, don- de se jugaba a la taba y al mon- te día y noche. En dicho comité había guitarra y armónica para que bailaran y se divirtieran los jugadores. En la noche se orga- nizaron bailes entre los ciudada- nos, para que bailaran a la vista del público, gatos, zambas, cue-

El vino casi siem-

cas y tangos

pre lo pagaban los caudillos. Llegado el día de las elecciones, los oficialistas y los yrigoyenis- tas tenían acaparadas todas las

libretas de sus electores’” (Cita-

do por HALPERIN DONGHI, TULIO

(2000), “Estudio preliminar: I, VI, VIII, X, XII, XV, XVI”, en: Vida y muerte de la República verda- dera, 1910-1930, Ariel, Buenos Aires, p. 548).

VIII, X, XII, XV, XVI”, en : Vida y muerte de la República verda- dera, 1910-1930

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VIII, X, XII, XV, XVI”, en : Vida y muerte de la República verda- dera, 1910-1930

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“A mí me parece que tal programa no corresponde a estos tiempos; la opinión no se satisface ya con enunciados genéricos. Las clases media y proletaria no se conforman con quedar libradas a beneficios que pueden derivarse del ‘bienestar ge- neral’. Quieren saber concretamente qué propósitos tienen los partidos políticos so- bre cuestiones que a ellas les interesan: participación de los obreros en utilidades de las fábricas, limitación de las grandes ganancias y de las grandes fortunas, pensiones a la vejez, a la invalidez, etc., seguro contra la desocupación, impuesto a la renta, impuesto al mayor valor del suelo y otros puntos semejantes. No caben ya equívo- cos sobre las cuestiones sociales y del trabajo, por más que los conservadores ar- gentinos no lo comprendan todavía.” (Citado por HALPERÍN DONGHI, op.cit., p.549)

WEBER, MAX (1918),

“Parlamento y go- bierno en una Alemania reorganizada”, en: (1991), Escritos políticos, Ed. de Joaquín de Abellán. Alian- za, Madrid. — (1993), El político y el científico (1919), Alianza, Madrid.

El político y el científico (1919), Alianza, Madrid. 56 Lo que diferenció estos aparatos partidarios de
El político y el científico (1919), Alianza, Madrid. 56 Lo que diferenció estos aparatos partidarios de

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El político y el científico (1919), Alianza, Madrid. 56 Lo que diferenció estos aparatos partidarios de

Lo que diferenció estos aparatos partidarios de las viejas organizaciones fue precisamente esa dimensión nacional, y el impulso ciudadano a acercarse a ellos o a convalidar con el voto sus propuestas. Para algunos, ese impulso tuvo causas relacionadas con el clientelismo, la amistad y el contacto cara a cara. Pero sería difícil explicar la constitución de una identidad política po- derosa y movilizadora con la sola suma de amigos de los amigos. La Unión Cívica Radical logró decir algo que resonó de manera similar en todo el país, que movilizó a gente que no se conocía, y así generó una mística. En buena medida se debió a sus consignas sobre la regeneración de la sociedad mediante el sufragio. Esta confianza en las virtudes de la democra- cia y en la capacidad regenerativa del pueblo fue característica, a lo largo de todo el siglo XIX, de distintos movimientos democráticos. Las miserias del pueblo, las desigualdades, la opresión, tenían causas políticas y una cura que también era política: que el pueblo gobierne. El radicalismo se hizo car- go de esa consigna democrática, popular y regeneradora que, planteada en términos simples, cosechó adeptos en todo el país; fueron muchos más que los convocados con mensajes más abstractos y sofisticados, como el de los socialistas y demoprogresistas (mientras que los conservadores, de momen- to, carecían de todo mensaje). Con el correr de la década del ‘20, con Yrigo- yen en la oposición, ese mensaje se hizo más amplio y complejo, e incluyó temas de índole económica, como la nacionalización del petróleo, pero en- marcados en la misma lógica discursiva: se trataba de un privilegio del que injustamente algunos se apropiaban y que el gobierno del pueblo recupera- ría, para utilidad de la nación. Pero la apelación al pueblo fue más consistente en tanto la regeneración se asoció con una persona: Hipólito Yrigoyen. Como dijimos en ocasiones anteriores, se trataba de procesos conocidos en la experiencia política del mundo occidental, desde que en la década de 1870 el político liberal Wi- lliam Gladstone se convirtió en un dirigente popular en toda Inglaterra, a fuerza de recorrerla en tren, pronunciando un discurso en cada estación, desde la escalerilla del vagón. Sobre la experiencia de Gladstone, los estu- diosos de la política construyeron por entonces la teoría del dirigente popu- lar. Max Weber habló del líder carismático de masas y señaló que tal dirigen- te era capaz de insuflar una renovada legitimidad en el sistema político. Lo curioso es que Hipólito Yrigoyen, que habría de ser el caudillo popular por antonomasia hasta la aparición de Perón -quien siempre procuró presen- tarse como su continuador-, prácticamente no hablaba en público, y se ex- presaba por escrito en una prosa hermética, llena de abstrusas referencias filosóficas difícilmente comprensibles. Pero aunque las palabras eran confu- sas, la idea era clara y transparente: regenerar el sistema político, y a través

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de él, regenerar la sociedad. Se ha escrito mucho sobre la capacidad de se- ducción personal de Yrigoyen, con la que habría organizado y consolidado una vasta red de dirigentes partidarios. Pero a la vez, esa red sirvió para di- fundir una imagen singular de Yrigoyen: el apóstol, el santón, con una cierta dimensión religiosa, una suerte de Jesús expulsando a los mercaderes del templo. La imagen se apoyó en una abundante imaginería, un recurso nuevo por entonces: por ejemplo, se distribuían profusamente mates o ponchos con la imagen del jefe del movimiento (una práctica que, según estudió Sergio Be- rensztein, también usaron los socialistas, que regalaban cajitas de fósforos o caramelos con la imagen de sus jefes). De modo que el mensaje y la figura de Yrigoyen sustentaron una exitosa interpelación, que permitió nutrir las filas de la UCR, le dio al partido consis- tencia y vigor y le posibilitó sobrevivir a los permanentes conflictos, realinea- mientos y fracturas de sus dirigentes. Finalmente, ser radical -o antirradical- resultó ser un rasgo identitario, unos de los pocos, más allá de los patrios, que funcionaban en una nación mal integrada y de tradiciones heterogé- neas. La figura o el perfil de Yrigoyen era una de las pocas cosas que po- dían reconocerse desde La Quiaca a Río Gallegos.

que po- dían reconocerse desde La Quiaca a Río Gallegos. 2. A continuación transcribimos un párrafo

2.

A

continuación transcribimos un párrafo de un discurso de

Al respecto, véase el trabajo de Marcelo Pa- doán por aparecer en la revista Prismas.

de Marcelo Pa- doán por aparecer en la revista Prismas . B ERENSZTEIN , S E

BERENSZTEIN, SERGIO

(1990), “Un partido para la Argentina moderna. Organización e identidad del partido Socialista (1896- 1916)”, CEDES, Buenos Aires.

del partido Socialista (1896- 1916)”, CEDES, Buenos Aires. Horacio Oyhanarte, en el que presenta un perfil

Horacio Oyhanarte, en el que presenta un perfil de Hipólito Yrigoyen. Reflexione acerca de las características de su lide- razgo y del tipo de ciudadano que se delinea a partir de este texto. Resuma sus conclusiones en un texto breve. “El presidente actual es todo, somos todos, sin exclusiones y sin rivalidades; tengo la firme convicción de que su mente es serena y en la tranquilidad olímpica y augusta de sus racioci- nios, de sus ideas y de sus sentimientos, está interpretada la nacionalidad como nunca lo ha estado más alto. Están res- guardados todos los ciudadanos, y podemos estar frente a los conflictos venideros de la república con la misma serenidad

con que se altivan hacia arriba las montañas

¡Guay de noso-

tros si no tuviéramos en los actuales momentos el pensamien-

to y la dirección del presidente Yrigoyen!”

(Horacio Oyhanarte, discurso en la Cámara de Diputados,

1917. Citado por Halperin Donghi, op.cit., p. 569)

2.1.2. Los ciudadanos educados

En esta adhesión a algunos principios muy generales, encarnados por un lí- der, consistió la base común de la ciudadanización en la década de 1920. Hubo un segundo proceso, más complejo y profundo, que tuvo lugar en las zo- nas más modernas: las grandes ciudades, y las regiones agrarias de coloni- zación. Con Leandro H. Gutiérrez hemos estudiado en detalle el caso de Bue- nos Aires. Como hemos visto en el punto 1.3.3. de la Unidad 1, desde 1910 se produjo una expansión del espacio urbano efectivamente ocupado: mucha gente que vivía hacinada en los conventillos del centro o de La Boca comen-

urbano efectivamente ocupado: mucha gente que vivía hacinada en los conventillos del centro o de La

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urbano efectivamente ocupado: mucha gente que vivía hacinada en los conventillos del centro o de La

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El apoliticismo de las sociedades de fomento era más declarativo que real. En- tre sus dirigentes casi siempre había socialistas y radicales, y éstos últimos, sobre todo, solían vincular sus actividades con las del comité político. Sobre este punto, véase DE PRIVITELLIO, LUCIANO (1994), “Sociedad ur- bana y actores políticos en Bue- nos Aires: el ‘partido’ indepen- diente en 1931”, Boletín del Instituto Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravigna- ni”, núm. 9, 3ª serie, pág. 75.

“Dr. Emilio Ravigna- ni”, núm. 9, 3ª serie, pág. 75. G UTIÉRREZ , LEANDRO y R

GUTIÉRREZ, LEANDRO y RO- MERO, LUIS ALBERTO,

(1995), “La construcción de la ciudadanía, 1912-1955”,

en: Sectores popula-

res, cultura y políti- ca. Buenos Aires en la en- treguerra, Sudamericana, Buenos Aires, pp. 153-172.

en- treguerra , Sudamericana, Buenos Aires, pp. 153-172. 58 zó a mudarse a los nuevos barrios,
en- treguerra , Sudamericana, Buenos Aires, pp. 153-172. 58 zó a mudarse a los nuevos barrios,

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treguerra , Sudamericana, Buenos Aires, pp. 153-172. 58 zó a mudarse a los nuevos barrios, más

zó a mudarse a los nuevos barrios, más distantes y apenas poblados toda- vía, aprovechando que la red tranviaria, que por entonces se electrificaba, fa- cilitaba el transporte rápido y barato a los lugares de trabajo. Con la casa pro- pia, construida por partes, surgió la necesidad de transformar el fragmento de pampa donde estaba instalada en un espacio urbano: había que ocuparse del empedrado de la calle, el farol, la escuela, el vigilante, y también de orga- nizar actividades recreativas para quienes vivían en cierto modo aislados. Esa tarea fue asumida por una multitud de sociedades de fomento, anima- das por los vecinos más activos. En ellas, además de lograr la civilización del barrio, se formaron sus ciudadanos, educados y conscientes. En efecto, quienes militaban en las sociedades de fomento recibieron allí un curso intensivo de ciudadanía. En primer lugar, sobre cómo ejercer sus derechos y hacerse cargo de sus responsabilidades: discutir, ordenar las ideas y exponerlas, escuchar las de los otros, debatir, proponerse como líde- res, aceptar el liderazgo de otros. Todas las habilidades necesarias para la práctica política se ensayaron en estas sociedades fomentistas y en mu- chos casos se trasladaron al comité, otro infaltable protagonista de la nue- va vida barrial. Por otra parte, muchas de estas necesidades sólo podían ser satisfechas por las autoridades, es decir, por un funcionario de la lejana y providente administración municipal, a quien había que interesar y conven- cer. Por eso, en esas sociedades de fomento también se aprendió a gestio- nar ante el estado. Finalmente, las distintas sociedades comenzaron a inte- ractuar, a presentar a las autoridades los problemas comunes de los vecinos de la ciudad y a constituir un colectivo urbano, independiente de los partidos políticos o entrelazado con éstos.

Así, el ciudadano se formó y educó en estas sociedades barria- les, y podemos suponer que ocurrió algo similar en las colonias agrarias. Pero además, estos ámbitos sociales y políticos desple- garon una importante actividad cultural, pues se entendía que el progreso consistía también en la educación. En todos ellos hubo siempre una biblioteca popular, y esa biblioteca organiza- ba habitualmente todo tipo de actividades, hubo siempre una biblioteca popular, y esa biblioteca organiza- ba habitualmente todo tipo de actividades, algunas recreativas - compitiendo con los clubes sociales y deportivos-, otras de ca- pacitación -como los cursos de dactilografía- y otras estrictamente culturales, como las conferencias. Conferencias y libros baratos -de los que en seguida hablaremos un poco más- configuraron una manera de ver el mundo preocupada por lo que pasaba e interesada en mejorar en lo posible las condicio- nes de vida, y más en general la sociedad, en términos de una mayor justicia y equidad. El ciudadano educado en estos ámbi- tos fue también un ciudadano progresista y reformista. Así se comprende que -al menos hasta 1930- progreso y reforma ha- yan sido la tónica común de los distintos partidos populares.

dades barriales y bibliotecas populares”, en: Sectores popula- res, cultura y política. Buenos Aires en la entreguerra , Suda- mericana, Buenos Sectores popula- res, cultura y política. Buenos Aires en la entreguerra, Suda- mericana, Buenos Aires, pp. 69-107.

GUTIÉRREZ, LEANDRO y ROMERO, LUIS ALBERTO, (1995), “Socie-

Historia Social Argentina

Historia Social Argentina 3. Luego de leer la bibliografía indicada arriba (el segundo texto es optativo):

3.

Luego de leer la bibliografía indicada arriba (el segundo texto es optativo):

a. Escriba un texto sobre la relación entre vecino y ciudada- no.

b. Intercambie el texto con sus compañeros de modo de ini- ciar un debate en el que se analicen y critiquen los dife- rentes aspectos que cada uno señale.

2.1.3. Política, movilidad e integración

Sobre aquella base general de ciudadanos con una creencia básica en la de- mocracia, y esta otra base más específica de ciudadanos activos y moviliza- dos se conformó la experiencia democrática y la democracia arraigó como un valor: era buena, útil y progresista. Hay otra dimensión: en una sociedad móvil, en la que se exploraban distintos caminos para el ascenso y donde se premiaba a los más meritorios, la política constituyó un canal más de mo- vilidad. Los políticos profesionales, a sueldo, no existían por entonces, salvo alguna excepción, pero en la política había una carrera por recorrer, desde realizar las tareas básicas de movilización y propaganda en el comité barrial hasta el ejercicio de algún cargo representativo. Para muchos rangos de la política y la administración, había un camino de ascenso, fundado en el mé- rito, la lealtad o la eficacia, que operó como un mecanismo más de incorpo- ración social. También hubo incorporación simbólica: ¿qué mejor manera de sentirse parte de esa sociedad, de ese estado y esa nación, que la perte- nencia al partido de gobierno, a aquel que se proponía renovar, mejorar, re- generar? En ese sentido, la democracia política terminó de afirmar los rasgos igua- litarios de una sociedad abierta y móvil. La sociedad argentina se caracteri- zaba por tener en su parte superior una capa endurecida y rígida, un autode- nominado patriciado al que solía llamarse oligarquía; por eso, tal movimiento de la sociedad, que se manifestaba en la renovación del perso- nal político, produjo escozor. La chusma radical abundaba en el Congreso y hasta llegaba a los ministerios, según denunciaban indignados muchos polí- ticos opositores, que señalaban la presencia en la Casa de Gobierno de gen- te de alpargatas. Era una exageración, propia del clima faccioso, que se con- virtió en una muletilla política no bien se agregó que tal chusma carecía de las capacidades y talentos de quienes habían sido educados para gobernar. Pero contrario sensu, muestra la intensa movilidad y recíproca alimentación de la sociedad y la política

2.2. La democracia en un mundo que cambia

El radicalismo, principal agente impulsor de esta ciudadanización democráti- ca, pudo luego sustentarse ampliamente en ella. La conjunción de un parti- do organizado con eficiencia y un dirigente carismático hicieron que la UCR fuera imbatible en las contiendas electorales. Pero su llegada al gobierno coincidió con un cambio fuerte, y a la larga profundo, de la Argentina, de mo-

Pero su llegada al gobierno coincidió con un cambio fuerte, y a la larga profundo, de

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Pero su llegada al gobierno coincidió con un cambio fuerte, y a la larga profundo, de

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do que las expectativas y planes con que llegó al gobierno -por cierto, ni mu- chos ni muy elaborados- resultaron inadecuados. En suma, Yrigoyen y quie- nes lo acompañaron tuvieron que dar respuestas a situaciones para las que no estaban preparados. Un indicio de las nuevas complicaciones lo dio la guerra misma. Al asu- mir Yrigoyen en 1916, el conflicto llevaba ya dos años, y estaba por sufrir un vuelco importante, con la guerra naval indiscriminada desatada por Alema- nia y con la subsecuente entrada de Estados Unidos. Algunos buques argen- tinos fueron hundidos por los alemanes. En la opinión pública cobró forma una corriente que era partidaria de la entrada en la guerra del lado de los aliados, y la presión ejercida sobre Yrigoyen, que sostenía el neutralismo, fue grande. Fue uno de los primeros temas sobre los que que se construyó la oposición de los sectores políticos de derecha, que encontraron eco en una buena parte de los dirigentes radicales y fueron apoyados por los dia- rios más prestigiosos. Simultáneamente, y al calor de la Reforma Universitaria -un movimiento del que nos ocuparemos en seguida- cobró amplio impulso el antiimperialis- mo, referido particularmente a Estados Unidos. No era nuevo, pero con la guerra salió del ámbito de los intelectuales, en el que había transcurrido hasta entonces. Ganó adeptos entre los estudiantes universitarios, se cons- tituyó en un tema para muchos socialistas, como Alfredo Palacios, y ensam- bló con corrientes similares en Hispanoamérica, sacudida por fenómenos como la revolución mexicana o la constitución en Perú del APRA de Víctor Raúl Haya de la Torre. En suma, el tema del antiimperialismo quedó firme- mente instalado en la cultura política, y dividió las aguas de una manera di- ferente de la de los alineamientos políticos.

2.2.1. La Guerra y la economía triangular

políticos. 2.2.1. La Guerra y la economía triangular G ERCHUNOFF , P ABLO y L LACH

GERCHUNOFF, PABLO y LLACH, LUCAS, (1998), “Últimas imáge- nes de un modelo, 1914-1929”, en: El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de políticas económicas argentinas, Ariel, Buenos Aires, pp. 61-106.

La Guerra trajo aparejadas dificultades crecientes en el comercio exterior, que agudizaron un dato ya conocido: la economía argentina era extremada- mente vulnerable a las oscilaciones del mundo europeo, pues dependía del flujo continuo de mano de obra y capitales y de la disponibilidad de los mer- cados compradores de los productos exportables. Todo eso se deterioró con la Guerra; la inmigración se detuvo, los flujos de capitales se redujeron y las exportaciones sufrieron fuertes oscilaciones. Los problemas continuaron luego del fin de la Guerra, pues Inglaterra, nuestro principal cliente, inició por entonces un claro proceso de decadencia. Sus deudas de guerra, sobre todo, afectaron la corriente de inversiones; desde entonces, los ingleses se dedicaron a defender, lo mejor posible, la posición de sus empresas y a or- ganizar una retirada que no fuera un desbande. La inmigración europea se reanudó en la década de 1920, y alcanzó niveles similares a los de la pre- guerra, pero los mercados europeos siguieron siendo erráticos para las ex- portacionea argentinas. En los años centrales de la década, los años dora-

siguieron siendo erráticos para las ex- portacionea argentinas. En los años centrales de la década, los

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siguieron siendo erráticos para las ex- portacionea argentinas. En los años centrales de la década, los

Historia Social Argentina

dos entre 1924 y 1927, hubo una bonanza que pareció augurar la vuelta a los buenos tiempos, una ilusión que se derrumbó en 1929. Excluida Alemania, que fue derrotada en la Guerra, el lugar que Inglaterra dejaba disponible empezó a ser ocupado por Estados Unidos, cuyo avance impetuoso data de los primeros años del siglo. Fue por entonces, cuando los frigoríficos del beef trust de Chicago comenzaron a desplazar a los ingle- ses en la exportación de carne a Europa, y su predominio se consolidó con el desarrollo de la técnica del chilled. Luego de la Guerra, los bancos nortea- mericanos fueron las principales fuentes de crédito, mientras que los pro- ductos industriales norteamericanos, como los automotores, los aparatos eléctricos, los dentífricos, los cosméticos o los discos, empezaban a pesar entre las importaciones argentinas. En el mundo del imperialismo informal en que hasta entonces se había desenvuelto la Argentina, una nueva metró- poli empezaba a desplazar a la vieja, que sin embargo conservaba importan- tes posiciones. La nueva situación tenía un elemento que la hacía particularmente com- pleja: Estados Unidos proveía de capitales y productos industriales, pero no compraba las exportaciones argentinas tradicionales; su política comercial defendía a sus propios productores agrarios, de modo que la carne y los ce- reales siguieron vendiéndose en Europa, de donde también provenía la ma- no de obra. Se organizó así una relación económica triangular: la Argentina vendía en Europa y compraba en los Estados Unidos. Lo complicado residió en la novedosa tendencia de cada uno de los países, acosados por proble- mas en su balanza de pagos, a abandonar el patrón oro, instrumento que aseguraba la fluidez de las transacciones. En todas partes, antes o des- pués, se establecieron controles de cambio y tipos de cambio fijados por la autoridad política, que gradualmente condujeron a la inconvertibilidad de las monedas fuertes y a la formación de áreas cerradas: era difícil gastar las li- bras fuera del área de la libra, es decir el Commonwealth. Con este largo excursus por temas de política económica quiero llegar a este punto: después de la Primera Guerra, manejar la economía se convirtió en una tarea compleja, que requería conocimientos especializados, y proba- blemente dosis mayores de flexibilidad y pragmatismo. Hasta entonces, só- lo se esperaba del gobierno que manejara correctamente el presupuesto, los ingresos y los gastos. Con la posguerra, surgieron cuestiones mucho más complejas, de tipo técnico y también político, pues cada decisión mone- taria implicaba beneficiarios y perjudicados. Y el partido Radical, cuyo pro- grama era la regeneración, carecía para ello de experiencia, de administrado- res entrenados y de ideas acordadas. En cuestiones económicas, su horizonte era el de la bonanza de preguerra. Dos datos nuevos se agregaron a la cuestión económica, referidos a la industria y a la producción agropecuaria. La Primera Guerra afectó fuerte- mente a la industria instalada; ésta tenía una envergadura considerable, pero dependía de materias primas combustibles y maquinarias importadas. La conciencia de esta debilidad, sumada al deterioro de las exportaciones tradicionales, impulsó a algunos miembros de la elite dirigente, como Ale- jandro Bunge, que dirigía la Revista de Economía argentina, a sostener que el futuro de la Argentina residía en su desarrollo industrial. No hubo políti- cas estatales significativas que innovaran en esto -más adelante se hará un comentario específico sobre este punto-, pero en cambio en la década de 1920 muchas empresas norteamericanas instalaron sus filiales en la

sobre este punto-, pero en cambio en la década de 1920 muchas empresas norteamericanas instalaron sus

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sobre este punto-, pero en cambio en la década de 1920 muchas empresas norteamericanas instalaron sus

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Entre otras empresas, se instalaron en la dé- cada del 20 Refinerías de Maíz, Burroughs, Chrysler, General Motors, IBM, Sylvania, RCA Victor, Good Year, Colgate Pal- molive. Sobre este aspecto pue- de verse JORGE, EDUARDO F. (1971), Industria y concentra- ción económica, Siglo XXI, Bue- nos Aires.

y concentra- ción económica , Siglo XXI, Bue- nos Aires. La incidencia de los sa- larios

La incidencia de los sa- larios en el presupues- to nacional pasó del 20,1% en 1920 al 28% en 1922. Además, entre esos años, el gasto estatal aumentó un 24%. Los datos han sido tomados de REMMER, KAREN L. (1984), Party Competi- tion in Argentina and Chile, Uni- versity of Nebraska Press, Lin- coln and London.

, Uni- versity of Nebraska Press, Lin- coln and London. R OMERO , J OSÉ L

ROMERO, JOSÉ LUIS (1998), “La revolución de posgue- rra”, en: El desarrollo de las ideas en la sociedad argen- tina del siglo XX, AZ, Bue- nos Aires, pp. 103-160.

FALCÓN, RICARDO y MONSE- RRAT, ALEJANDRA (2000),

“Estado, empresas, trabaja- dores y sindicatos”, en: FAL- CÓN, R. (dir), Democracia, conflicto social y renova-

ción

(1916-1930). Nue-

de

ideas

conflicto social y renova- ción (1916-1930). Nue- de ideas va historia argentina, Tomo VI, Sudamericana, Buenos

va historia argentina, Tomo VI, Sudamericana, Buenos Aires, pp. 59-100.

argentina, Tomo VI, Sudamericana, Buenos Aires, pp. 59-100. 62 Argentina. En algunos casos se trató simplemente

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Tomo VI, Sudamericana, Buenos Aires, pp. 59-100. 62 Argentina. En algunos casos se trató simplemente de

Argentina. En algunos casos se trató simplemente de beneficiarse de la protección aduanera, pero en conjunto robustecieron y diversificaron el sec- tor industrial. Por otra parte, la expansión agropecuaria pampeana, basada en la pues- ta en cultivo de nuevas tierras, se detuvo hacia 1910; desde entonces, mientras muchos empresarios agrarios se ocupaban de intensificar la pro- ducción, el estado apoyó la apertura de una nueva frontera agraria, en tie- rras no pampeanas, alentando la inmigración y la colonización: en Chaco, con el algodón, en Misiones con la yerba y en el Valle del Río Negro con la producción frutícola. En la discusión pública, así como en las preocupaciones del propio go- bierno, estas cuestiones preocupaban menos que las referidas al presu- puesto. Los ingresos del Estado dependían directa y absolutamente del gra- vamen a las importaciones, de modo que las oscilaciones del comercio exterior los afectaron de manera directa e inmediata. Para los planes del go- bierno radical esto era grave, pues aspiraba a usar los recursos fiscales más libre y ampliamente, con dos propósitos. Uno, general, dirigido a bene- ficiar a distintos sectores de la sociedad y a mejorar su participación en los beneficios de la prosperidad. Otro, más específico, dirigido a los correligio- narios, que esperaban ver premiada su fidelidad y militancia con empleos en el Estado. La evolución de la planta de personal confirma lo que en la épo- ca era un comentario generalizado: el enorme aumento de los empleados públicos, sobre todo entre 1919 y 1922. De modo que esta tendencia al au- mento de los gastos del estado coincidió con la reducción y condicionalidad de los ingresos. El presidente Yrigoyen propuso una solución que a la larga se iba a impo- ner: crear un nuevo impuesto, sobre las ganancias personales o réditos, de modo de independizar al estado de los vaivenes del comercio exterior. Esta propuesta, como muchas otras, fracasó en el Congreso: los opositores a Yri- goyen no querían concederle más recursos para que beneficiara a sus parti- darios y alimentara la maquinaria electoral. Desde 1922, el presidente Al- vear, que tenía ideas más ortodoxas sobre las cuestiones financieras, se propuso limitar el uso del presupuesto para alimentar la maquinaria política,

y chocó con la vigorosa oposición de los dirigentes radicales, muchos de

ellos antiyrigoyenistas, que sólo veían una manera de reducir la influencia del ex presidente: crear una clientela política alternativa.

Esta dependencia del presupuesto explica, al menos en parte, el entu- siasmo que produjo hacia 1927 la cuestión de la nacionalización de la ex- plotación petrolera, que fue el eje de la campaña electoral de Yrigoyen en 1928. Amén de otras razones, ideológicas o de alta economía, muchos pen- saron que las rentas petroleras suministrarían ese plus presupuestario in- dispensable para movilizar el partido y ganar las elecciones. Con la bandera del petróleo, Yrigoyen obtuvo un triunfo electoral excepcional en 1928. Poco después, cuando la crisis económica mundial de 1929 se tradujo en inme- diatas restricciones presupuestarias, su popularidad cayó estrepitosamente,

y de inmediato sobrevino el golpe del 6 de setiembre de 1930.

2.2.2. La crisis social de la posguerra

Así como antes de la Guerra no era imaginable que el manejo de la econo- mía podía convertirse en una cuestión compleja, tampoco se suponía que

Historia Social Argentina

los conflictos sociales podían llegar a desbordar la capacidad del gobierno. Entre 1900 y 1910, en las grandes ciudades y en especial en Buenos Aires, la movilización de los trabajadores y la confrontación habían sido muy fuer- tes, y los anarquistas impusieron allí su estilo duro e intransigente. Pero desde entonces, entre los trabajadores la confrontación fue dejando paso a la voluntad de negociación, y en 1915 los grupos sindicalistas, más modera- dos, tomaron la dirección de los principales gremios de la Federación Obre- ra Regional Argentina. En esa situación, Yrigoyen inició su gobierno con la expectativa de exten- der a los trabajadores y a la cuestión social la acción reparadora del ideario radical. El mecanismo fue simple y contundente: frente a una huelga, en lu- gar de apelar a la represión, dejó que el conflicto se desarrollara sin interfe- rencias; esto permitía a los trabajadores acumular fuerzas, hasta un punto en que el presidente comenzaba a actuar como mediador. En un sentido, de- sarrollaba una línea de acción ya presente en los gobiernos anteriores, ma- nifiesta en el proyecto de Código laboral o en la creación del Departamento Nacional de Trabajo; pero a diferencia de sus antecesores, tuvo efectos con- cretos en beneficio de los trabajadores, especialmente los de los grandes sindicatos urbanos: marítimos, trabajadores del puerto, ferroviarios. Es significativa la escasa institucionalidad de esa mediación, que se apo- yaba en la autoridad personal del presidente: el funcionario a cargo de las cuestiones laborales era, como en tiempos de la Colonia, el jefe de Policía. Lo cierto es que no tuvo inconveniente en recibir en la Casa de Gobierno a los principales dirigentes gremiales, y sobre todo al secretario de la podero- sa Federación de Obreros Marítimos Francisco García, que por entonces era el principal dirigente sindicalista. La acción sindical fue creciendo notablemente, en número e intensidad, hacia el fin de la Guerra, por obra de varios factores concurrentes. Uno de ellos, sin duda, fue el estímulo para plantear reivindicaciones derivado de la mencionada actitud tolerante o favorable por parte del gobierno. Fue uno de los principales argumentos de la derecha política para críticar al presidente, acusándolo de demagogo. Influyó también el deterioro de las condiciones la- borales provocado por la Guerra -sobre todo el aumento de los precios-, y luego la expectativa que su finalización generó entre todos los que querían recuperar lo perdido. También, sin duda, tuvieron importancia las noticias de la ola revolucionaria que desde Rusia sacudía a todo el mundo. En ese sen- tido, la Argentina no fue un caso excepcional: en todas las grandes ciudades

y en muchas zonas agrarias hubo movilizaciones, alentadas tanto por las ex-

pectativas del fin de la Guerra como por el anuncio de los nuevos tiempos y

el mensaje colmado de promesas que venía de Rusia. Debe notarse que ese mensaje fue más poderoso entre las clases propietarias que entre los

trabajadores: aquéllas creyeron que cualquier reivindicación gremial era sim- plemente la antesala de los soviets. Lo cierto es que la movilización sindical creció a lo largo de 1918 y 1919, se mantuvo alta en 1920 y solo empezó a declinar en 1921. Afectó las grandes ciudades, especialmente las actividades vinculadas con los puertos y la exportación -en ese sentido los trabajadores aprendieron dónde

y cuándo operar efectivamente- y también las agrícolas, pues los jornaleros

y braceros pampeanos se sumaron a la movilización. También se manifestó en las estancias laneras de la Patagonia o en el gran establecimiento azucarero de Las Palmas del Chaco Austral. Hacia

Ese año, en el IX Congreso de la Federación Obrera Regional Ar- gentina, ganó la conducción el grupo “sindicalista”, partidario de la negociación con el estado y los patro- nos. Los anarquistas se separa- ron y constituyeron otra FORA, que mantuvo su adhesión a los principios del comunismo anár- quico establecidos en el V Con- greso. Coexistieron así la FORA del V y la FORA del IX, que reu- nió los gremios más poderosos.

y la FORA del IX, que reu- nió los gremios más poderosos. David Rock ha señala-

David Rock ha señala- do que la preocupa- ción de Yrigoyen era mayor en el caso de los trabajadores de la Capital Federal, cuyo voto im- portaba en las elecciones donde la UCR competía con el Partido Socialista. En cambio, los recla- mos de los trabajadores radica- dos en la provincia del Buenos Aires -sobre todo los de los fri- goríficos- recibían menor aten- ción y con frecuencia sus huel- gas eran reprimidas. Falcón y Monserrat consideran que esa diferencia no es significativa. Véase ROCK , D AVID (1977), El radicalismo argentino, 1890- 1930 , Amorrortu, Buenos Aires. También OCK, DAVID (1977), El radicalismo argentino, 1890- 1930, Amorrortu, Buenos Aires. También Falcón y Monserrat, op.cit.

Buenos Aires. También Falcón y Monserrat, op.cit . A NSALDI , (comp.) W ALDO (1993), Conflictos

ANSALDI,

(comp.)

WALDO

(1993),

Conflictos obreros rurales

pampeanos

(1900-1937),

CEAL, Buenos Aires.

op.cit . A NSALDI , (comp.) W ALDO (1993), Conflictos obreros rurales pampeanos (1900-1937) , CEAL,

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op.cit . A NSALDI , (comp.) W ALDO (1993), Conflictos obreros rurales pampeanos (1900-1937) , CEAL,

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1918 los directivos de las grandes empresas ligadas a la exportación cons-

tituyeron la Asociación del Trabajo, cuyo propósito principal era reclutar rom- pehuelgas -carneros o crumiros, en el lenguaje sindical- y evitar los efectos del paro, sobre todo en los momentos pico de la exportación. En ese ciclo agitativo hubo un momento culminante: en enero de 1919 se produjo un motín urbano, de una gran violencia, y de una amplitud tal que desbordó cualquier intento de organización o planificación por parte de los grupos sindicales y políticos. La violencia se había ido acumulando en el jue- go clásico de la provocación, la represión y la reivindicación, que se desarro- llaron en un clima muy sensibilizado. Según ha mostrado David Rock, en Buenos Aires la situación escapó al control del gobierno, y el Ejército presen- tó una suerte de ultimátum: o se autorizaba su intervención para restable- cer el orden o el gobierno sería derribado. La intervención militar se produjo, a órdenes del general Dellepiane, un oficial de militancia radical, y la repre- sión fue muy fuerte. Mucho más porque se sumaron a ella contingentes ci- viles, organizados de urgencia en torno de una institución nueva, la Liga Pa- triótica. Esta institución realizó una convocatoria amplia en defensa del orden, la propiedad y la patria, contra los maximalistas y los judíos, un estereotipo nuevo, que en varias partes del mundo occidental era usado para denostar simultáneamente los males del capitalismo y del comunismo. En la Argenti-

na, la Liga Patriótica tuvo un éxito enorme y atrajo a gente sin filiación políti- ca, junto con conservadores y muchísimos radicales, como su presidente, Manuel Carlés, así como a oficiales del Ejército y la Marina: de hecho, la Li- ga comenzó a funcionar en el Centro Naval. Al igual que en 1910, se organi- zaron para apalear activistas, destruir sedes sindicales e imprentas de pe- riódicos, y atacar comercios judíos en el barrio de Once o en Villa Crespo. En

1921 desarticularon una huelga de conductores de coches de alquiler, com-

binando la golpiza de los huelguistas con el remplazo de trabajadores por jó- venes bien, que esos días trabajaron como cocheros. Por entonces, el Ejérci- to reprimió con excepcional dureza la huelga de la Patagonia.

ROCK , D AVID (1977), “1919”, en : El radicalismo argentino, 1890-1930 , Amorrortu, Buenos OCK, DAVID (1977), “1919”, en: El radicalismo argentino, 1890-1930, Amorrortu, Buenos Aires, pp. 187-204.

Analice el texto de D. Rock y señale cuáles son los factores de desestabilización del gobierno originados en la crisis social. desestabilización del gobierno originados en la crisis social.

4.

Los episodios de 1919, y el ciclo más amplio de movilización trabajadora, pusieron a los sectores propietarios y a la elite en estado de deliberación. La Liga Patriótica se dedicó a golpear a posibles disidentes -actuó con dure- za en la zona de las colonias judías de Entre Ríos-, pero además, se convir- tió en un foro de discusión sobre los problemas sociales del país. En el ám- bito de la Iglesia Católica surgió una iniciativa característica del momento de crisis: la Gran Colecta Nacional, impulsada por monseñor Miguel De Andrea, que se proponía recaudar fondos entre los propietarios para realizar obras sociales y apagar así el gran incendio que vislumbraban.

recaudar fondos entre los propietarios para realizar obras sociales y apagar así el gran incendio que

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recaudar fondos entre los propietarios para realizar obras sociales y apagar así el gran incendio que

Historia Social Argentina

Texto de la convocatoria del episcopado argentino a la Gran Colecta Nacional en 1919:

“El bien de los obreros y la seguridad del capital exigen, pues, como el orden pú- blico, que la iniciativa privada proporcione a los obreros honestos una defensa ac- tiva. Ella debe ser permanente, organizada, poderosa. Es preciso dar al obrero que

no quiere pertenecer a una sociedad de resistencia socialista, ácrata o sindical re-

volucionaria, dándole medios para arrancarse a su

Dime: ¿Qué me-

nos podrías hacer, si te vieras acosado, o acosada, por una manada de fieras ham- brientas, que echarles pedazos de carne para aplacar su furor y taparles la boca? ¡Los bárbaros ya están a las puertas de Roma!”

Un estado similar de inquietud y deliberación, que iba más allá del episodio coyuntural, se manifestó en otros foros animados por miembros de la elite y en publicaciones que dependían de ellos: el Museo Social Argentino, la Aso- ciación del Trabajo, que aspiraba a movilizar a los empresarios grandes y pe- queños, la Revista de Economía Argentina, que editaba Alejandro Bunge, o la Unión Popular Católica Argentina, que reunía a las organizaciones católicas laicas bajo la dirección de la jerarquía eclesiástica. En todos ellos se discutieron los problemas de la economía, las cuestio- nes del patriotismo, la moral y las costumbres, la situación de la mujer y

también los problemas de la democracia. En todos esos ámbitos comenzó a cobrar forma un diagnóstico: ni la grave conflictividad social ni la difícil situa- ción de la economía, ni otros problemas propios de lo que la Iglesia llamaba

el mundo moderno podrían solucionarse con los recursos de gobierno prove-

nientes de la democracia política. El entusiasmo general o la resignación

con que hacia 1912 fue saludado el advenimiento de la democracia empezó

a dejar paso a una recusación amplia: el sistema democrático sólo servía

para elegir y legitimar a aquellos políticos duchos en ganar elecciones, en halagar a las masas, a los demagogos en suma, que como gobernantes re- sultaban mediocres e ineficaces. Por otra parte, en un clima de conflictividad creciente, se consideraba que la sociedad necesitaba un gobierno fuerte, con mucha autoridad, que entablara negociaciones con los actores sociales interesados -las fuerzas del trabajo, los empresarios y otras corporaciones- de manera directa y no por medio de las instituciones parlamentarias, que quitaban transparencia a los conflictos. Este diagnóstico se hacía eco de otros que por entonces abundaban en el mundo occidental, donde era casi un lugar común denostar las instituciones liberales y democráticas. De momento no pasó de eso: desde 1923, la prosperidad recobrada, la calma en la conflictividad social y la presencia de un presidente proveniente de los círculos sociales más tradicionales, el doctor Alvear, calmaron las aguas. Pero en verdad, en el ámbito de los sectores propietarios es posible pensar que en ese momento la democracia fue sentenciada.

2.2.3. La callada transformación de la sociedad y la cultura

Junto con estos cambios profundos en las condiciones económicas y sociopo- líticas, la sociedad experimentó una transformación menos espectacular pero tanto o más significativa. A pesar de que la inmigración fue muy intensa en la

menos espectacular pero tanto o más significativa. A pesar de que la inmigración fue muy intensa

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menos espectacular pero tanto o más significativa. A pesar de que la inmigración fue muy intensa

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SAÍTTA, SYLVIA (1998),

Regueros de tinta. El diario Crítica en la déca- da de 1920, Sudamericana, Buenos Aires.

en la déca- da de 1920 , Sudamericana, Buenos Aires. Sobre el mundo de lectores en

Sobre el mundo de lectores en Buenos

Aires en la década de 1920 puede verse SARLO, BEATRIZ (1985), El imperio de los sen- timientos, Catálogos, Bue- nos Aires.

imperio de los sen- timientos , Catálogos, Bue- nos Aires. 66 década de 1920, e incluyó
imperio de los sen- timientos , Catálogos, Bue- nos Aires. 66 década de 1920, e incluyó

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de los sen- timientos , Catálogos, Bue- nos Aires. 66 década de 1920, e incluyó a

década de 1920, e incluyó a grupos provenientes de Europa oriental o el Le- vante, se avanzó en el sentido de reducir las diferencias de orígenes naciona- les o étnicos, hacia una mayor homogeneidad, en términos de argentinización. Influyó en primer lugar la propia dinámica generacional: si bien los inmi- grantes habitualmente no se nacionalizaban, sus hijos eran argentinos. El sistema educativo comenzó a operar con efectividad, y la comunicación es- crita en lengua española se fue haciendo predominante. Un dato de esta ar- gentinización lo da la aparición, junto con las asociaciones civiles fundadas en lazos étnicos u orígenes comunes, de otras asociaciones que recortaban sus adherentes según circunstancias e intereses locales: los sindicatos, las sociedades de fomento, las cooperativas, los clubes deportivos o los parti- dos políticos. En el mismo sentido concurrió la alfabetización, el gran logro del sistema de educación pública, cuyos resultados se advierten en el creci- miento del número y tirada de los periódicos o en la gran cantidad de revis- tas, que apuntaban a distintos sectores del público, con intereses definidos. En la década de 1920 comenzó a florecer la gran prensa popular, cuyo ejem- plo más saliente es el diario Crítica editado por Natalio Botana, ejemplo de la modernización de las técnicas periodísticas. El desarrollo de la cultura letrada es uno de los rasgos más característicos de esta transformación. Desde el punto de vista de los lectores, coincidieron el ya mencionado avance de la alfabetización, el aumento del tiempo libre -la jornada de trabajo fue descendiendo sostenidamente, hacia la generalización de las ocho horas- y el aprecio que se tenía por la cultura de los cultos o cul- tura erudita, como instrumento y mecanismo de incorporación social y de com- prensión y transformación de la realidad. Leer y conocer las obras consagra- das -de literatura, ciencia, filosofía, o referidas a problemas sociales- era una forma de incorporarse a la sociedad establecida y coronar el ascenso social. Desde el punto de vista de los editores, puede hablarse de un vasto em- prendimiento de edición y difusión de libros baratos y al alcance del pueblo, como solía decirse. Se editaron sistemáticamente las obras maestras de la cultura, presentadas de manera ordenada, formando bibliotecas, de modo tal que lectores con poco entrenamiento pudieran orientarse en el mundo del saber. Los editores insistían en solapas y contratapas: eran obras con- sagradas y a la vez accesibles. Junto con los clásicos del pensamiento -Pla- tón, Descartes, Darwin, un Freud al alcance de todos- se incluía la novela del siglo XIX, y especialmente aquella que se ocupaba de problemas sociales - de Dostoievski a Anatole France-, así como otras obras más bien orientadas al entretenimiento, como las novelas de Alejandro Dumas o Emilio Salgari. No se trataba de una acción concertada sino, más exactamente, de un espí- ritu común a estos editores, imbuidos de las ideas del progresismo, un po- co liberal y un poco socialista: el pueblo debía educarse para luchar más efi- cazmente por sus derechos; a la acción de la escuela pública, dirigida a niños, adolescentes y universitarios, debía sumarse esta otra, orientada a las personas que no habían podido completar sus estudios.

a las personas que no habían podido completar sus estudios. G UTIÉRREZ , L EANDRO y

GUTIÉRREZ, LEANDRO y ROMERO, LUIS ALBERTO (1995), “Socie-

dades barriales y bibliotecas populares”, en: Sectores popula- res, cultura y política. Buenos Aires en la entreguerra, Suda- mericana, Buenos Aires, pp. 69-107.

Historia Social Argentina

Conocemos uno de los lugares de cruce entre estos lectores y editores: las bibliotecas populares, instituciones anexas a las sociedades de fomento, cooperativas o escuelas, que facilitaban los libros y además organizaban distintas actividades culturales que reforzaban estas tendencias editoriales.

culturales que reforzaban estas tendencias editoriales. Quienes participaban activamente en las sociedades de fo-

Quienes participaban activamente en las sociedades de fo- mento o leían las colecciones de libros clásicos participaban de un espíritu común que incluía, por una parte, el deseo de incorporarse a la de un espíritu común que incluía, por una parte, el deseo de incorporarse a la sociedad establecida por la vía de la apro- piación de su cultura, y por otra, la idea de que esa sociedad podía mejorarse, por partes, de acuerdo con la enseñanza de esos mismos autores, a menudo críticos. Quienes así pensa- ban -por ejemplo los vecinos conscientes de los nuevos ba- rrios- estaba lejos del ideal anarquista, contestatario y violen- to, sin por eso participar de la mansa aceptación de la sociedad tal como estaba. Lo predominante era una combina- ción de deseo de incorporarse a la sociedad y de reformarla en un sentido más justo. La fórmula Justicia social, que empe- zaba a oírse en varios ambientes, en boca de distintas corrien- tes intelectuales, era también típica de este mundo, en el que los militantes socialistas se sentían muy a gusto.

Una actitud similar comenzó a generalizarse en las universidades. En 1917 se produjo en Córdoba la llamada Reforma Universitaria; se extendió luego a otras casas de estudio, alcanzó algunos éxitos y se convirtió en una manera

de entender la Universidad y vivir en ella: el movimiento apuntaba a un fin, y

a medida que culminaba en un logro se proponía otros. No era un fin claro y

distinto, y eso contribuyó precisamente a su fuerza. Por una parte se trató de una transformación académica, propuesta contra lo antiguo y anquilosa- do, de acuerdo con tendencias y directrices a menudo en tensión: en unos casos se trataba de impulsar la ciencia positiva, y en otros de superar el po- sitivismo anquilosado y abrir paso a las modernas corrientes idealistas.

Sobre la Reforma Universitaria véase el parágrafo VI del Estu- dio preliminar de H ALPERIN D ONGHI , T ULIO (2000), Vida y muerte de dio preliminar de HALPERIN DONGHI, TULIO (2000), Vida y muerte de la república verdadera, 1910-1930, Ariel, Buenos Aires, pp. 103-123. También el texto ya citado de José Luis Ro- mero, que es lectura recomendada.

A la vez, el propósito de la Reforma era democratizar las relaciones internas

de la Universidad, desplazar a las viejas camarillas académicas, conferir la responsabilidad del gobierno de las universidades a los profesores -exclui- dos por esas camarillas- y además dar una cierta participación a los estu- diantes. En ese sentido, la Reforma Universitaria se ubicó en línea con la re-

forma política. Luego, se aspiraba a flexibilizar las condiciones de funcionamiento, de modo que el contingente de jóvenes que ingresaran a

se aspiraba a flexibilizar las condiciones de funcionamiento, de modo que el contingente de jóvenes que

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se aspiraba a flexibilizar las condiciones de funcionamiento, de modo que el contingente de jóvenes que

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sus aulas fuera mayor. Así constituida, la comunidad universitaria debía go- bernarse a sí misma, decidir sus orientaciones académicas, y sobre todo proyectarse fuera de los claustros, hacia la sociedad y sus problemas: cono- cerlos, investigarlos y aportar soluciones útiles, y además extender su ac- ción a quienes no realizaban estudios regulares.

su ac- ción a quienes no realizaban estudios regulares. 5. A partir de la lectura del

5.

A

partir de la lectura del Manifiesto Liminar de la Reforma

Universitaria de 1918 que transcribimos a continuación, elabo-

re un informe que responda a la siguiente pregunta:

¿Qué relaciones puede establecer entre este manifiesto univer- sitario y las tendencias democráticas y reformistas de la socie- dad argentina de los años de posguerra?

Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria, 1918 “Nuestro régimen universitario -aun el más reciente- es anacró- nico. Está fundado sobre una especie de derecho divino: el de- recho divino del profesorado universitario. Se crea a sí mismo. En él nace y en él muere. Mantiene un alejamiento olímpico. La Federación Universitaria de Córdoba se alza para luchar contra ese régimen y entiende que en ello le va la vida. Reclama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse un gobierno pro- pio radica principalmente en los estudiantes. El concepto de autoridad que corresponde y acompaña a un director o a un maestro en un hogar de estudiantes universitarios no puede apoyarse en la fuerza de disciplinas extrañas a la sustancia mis- ma de los estudios. La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñan- do.” (reproducido en HALPERIN DONGHI, op.cit., p. 399.

Todo ello implicaba un cierto grado de contaminación con la política, pese a que los postulados reformistas procuraban marcar la diferencia de campos y actitudes. Pero lo cierto es que esta nueva Universidad fue el foro de dis- cusión de ideas y propuestas provenientes, en mayor o menor medida, del campo del progresismo y de la izquierda: las de los viejos maestros libera- les y de los nuevos voceros del latinoamericanismo o el antiimperialismo. También aquí, la justicia social comenzó a ser un lugar común. De modo que, ya sea en el ámbito de una biblioteca barrial o en el de la Universidad, el balance es similar: ampliación, democratización de las rela- ciones, incorporación a la cultura y desarrollo de formas de pensar progre- sistas. Más adelante veremos que no fue la única tendencia de la época, pero si la más afín con la construcción de la democracia.