Está en la página 1de 156

COLECCIÓN FREUD 0 LACAN

Dirigida por Roberto

Harari

Gérard Guillerault

Dolto, Lacan y el estadio del espejo

Ediciones Nueva Visión Buenos Aires

Guillerault, Gérard ·

Do!to,

Visión, 2005.

Lacan y el estadio del espejo

304 p.;

19x13 cm. (Freud O Lacan)

Traducción de Irene Agoff

l.S.B.N. 950-602-509-6

1. Psicoanálisis. l. Título CDD 150.195

1ª ed. - Buenos Aires: Nueva

Prohibida la venta en España

Título del original en francés

Le miroir et la psyché. Dolto, Lacan et le stade du miroir

© Éditions Gallimard, 2003

J'raducción Irene Agoff

Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d'Aide a la Publica-

tion Victoria Ocampo, bénéfice du soutien du Ministere frani;ais des Affaires Etrangéres et du Service 'de coopération et d'action culturelle

de l'Ambassade de France en Argentine.

Esta obra se publica en el marco del Pr.ograma Ayuda a la Pu- blicación Victoria Ocampo, con el apoyo del Ministerio Francés de Asuntos Extranjeros y del Servicio de cooperación y acción cultural de la Embajada de Francia en Argentina.

Toda reproducción total o parcial de esta obra por cualquier sistema ~incluyendo el fotocopiado-- que no haya sido expresamente autorizada por el editor constituye una infracción a los derechos del autor y será reprimida con penas de hasta seis años de prisión (art. 62 de la ley 11. 723 y art

172 del Código Penal).

© 2005 por Ediciones Nueva Visión SAIC. Tucumán 3748, (1189) Buenos

Aires, República .Argentina. Queda hecho el depósito que marca la ley

11.723. Impreso en la Argentina / Printed in Argentina

Vanamente tu imagen llega a mi encuentro Y no entra en mí donde soy quien solamente

la muestra

Tú volviéndote hacia mí sólo podi;ías hallar En el muro de mi mirada tu sombra soñada

Soy ese desdichado comparable a los espejos Que pueden reflejar pero no pueden ver Como ellos mi ojo está vacío y como ellos habitado Por la ausencia de ti que lo deja ciego

Aragon, Le fou d'Elsa, Gallimard, 1965, pág. 73, citado dos veces por J. Lacan en S XI.

ABREVIATURAS

Por comodidad, las obras de Jacques Lacan serán mencio- nadas con abreviaturas:

El y E2 Escritos 1 y 2, Buenos Aires, Siglo veintiuno editores, 1975-1985.

Los libros del Seminario serán indicados por S seguida del número romano correspondiente a cada uno. Se trata de:

SI El Seminario, I, Los escritos técnicos de Freud (1953-

1954), Barcelona, Paidós, 1981.

S II El Seminario, II, El yo en la teoría de Freud y en la

técnica psicoanalítica (1954-1955), Barcelona, Paidós,

S

S

1983.

VIII El Seminario, VIII, La transferencia (1960-1961),

Buenos Aires, Paidós, 2003.

XI El Seminario, XI, Los cuatro conceptos fundamentales

del psicoanálisis (1964), Buenos Aires, Paidós, 1987.

Asimismo, se indicará por:

IIC, Fran9oise Dolto, La imagen inconsciente del cuerpo,

Buenos Aires, Paidós, 1986.

Agradezco a Danielle Guillerault por su fundamental sostén y su asistencia técnica. Los esquemas fueron realizados por Yves Guillerault.

NOTA LIMINAR El presente trabajo parecería componerse y organizarse mientras se va desplegando, según distintos

NOTA LIMINAR

El presente trabajo parecería componerse y organizarse mientras se va desplegando, según distintos ejes de orienta- ción y búsqueda. Parecería ocuparse de diferentes objetos, atraer sobre la marcha diferentes problemáticas, puesto que aborda, uno tras otro, temas en apariencia distintos que de- berían mantener sin embargo la suficiente cercanía o co- nexión como para garantizar una exposición homogénea, un proyecto consistente y coherente en su conjunto. Proyecto que, por otra parte, nos esmeraremos en indicar de entrada, precisando tanto su contenido como sus miras. Todo esto no impedirá descubrir, desde el principio, en orden sucesivo y en función de lo que será la culminación del trabajo-pero, digámoslo, con grados de elaboración, profun- dización y dilucidación que podrán parecer también marca- damente variables-:

•Una reconsideración del importante asunto del espejo y sus efectos, cuya investigación fue reabierta por J acques Lacan en el campo del psicoanálisis en el momento de iniciar su propia trayectoria de pensamiento y enseñanza. Y, correlativamente:

•El intento de establecerlo que constituyó, en el transcur- so, una especie de diálogo (directo o indirecto) entre este mismo Lacan y su colega Francoise Dolto, si se admite que ambos sobresalen como las dos grandes figuras, en Francia, del psicoanálisis contemporáneo después de Freud.

•A su vez, el examen de este acercamiento dará ocasión de examinar -mediante una elaboración centrada en el tema de lo especular- aquello que representó para F. Dolto el concepto eminente de su propio pensamiento teórico, esto es, la imagen del cuerpo; más exactamente, lo que ella misma

vino a designar corno imagen inconsciente del cuerpo.

•Por último, y en el horizonte de nuestra exposición, la confrontación de marras deberia llevarnos a poner en pers- pectiva el modo en que estos dos eminentes practicantes del análisis concibieron la orientación de éste, y ello indicando, cada cual con su estilo, lo que da sentido a su práctica y constituye la finalidad de su ejercicio. Para lanzarnos a una empresa semejante elegirnos un recorrido que debería imponer, por fuerza, un repaso minu- cioso de lo que el propio Lacan elaboró sobre la especularidad durante sus años de enseñanza: ¡vasto programa! Y explicar además que, en este punto, los más avisados y eruditos po- drán comprobar cierto desequilibro en el planteQ, obligándo- nos a reconocer de entrada una disparidad confesa mientras que, en trabajos anteriores, nuestra intención, nuestra incli- nación (o capacidad) nos habían conducido a dirigir más la atención hacia el estudio circunstanciado de las tesis de F. Dolto, y no a intentar presentar una reseña exhaustiva de todo cuanto Lacan produjo corno esfuerzo de profundización teórica de su antiguo estadio del espejo. Con todo, reabrir este dossier será ineludible para nosotros, puesto que ocupa una posición estratégica de primer plano en el programa de confrontación que anunciarnos. Por lo demás, si quisiéramos limitarnos a una presenta- ción global de este trabajo en modalidad descriptiva, podría- mos indicar que se tratará, en suma, de reunir en un en- cuentro a estos dos protagonistas del psicoanálisis después de Freud, y ello alrededor de un tema-lo especular-que, por razones que la continuación contribuirá ampliamente a poner en claro, revela contarse entre los más oportunos y propicios para situar el marco de dicho encuentro y determi- nar su contenido; por si fuera poco, ofrecerá con ello un medio para ir a dar a una reflexión de conjunto s.obre el

psicoanálisis mismo, en sus orientaciones teórica y práctica (y por lo tanto ética). Así las cosas, perrnítasenos dejar constancia de una pri- mera impresión -que es ya retrospectiva- en el punto donde cabía esperar la apertura de una temática nada simple en su mecanismo, pero al menos lo bastante circunscripta en su objeto, tal como lo indica, al fin y al cabo, nuestro subtítulo:

Dolto, Lacan y el estadio del espejo. ¿Diríamos que existe

algo más simplemente determinado?. Y sin embargo, lo que se nos revela a posteriori es la amplitud del material que sale así a la luz, con la ayuda, por cierto, de múltiples estudios ya producidos en estos terrenos, pero también frente a todo lo que queda aún por reconsiderar y elaborar; y esto vale, aun con sus diferencias, tanto para la enseñanza de Lacan como para, en su medida, la obra de F. Dolto. También de esto es nuestro intento una puesta a prueba. Pero debernos decirlo: cuando creíamos despejar sin de- masiadas dificultades una via de acceso facilitada a priori por la precisión de su trazado y de su objeto, al final nos sentimos más bien al pie de un macizo cuyo ascenso, a lo sumo, apenas habíamos iniciado abriendo en él algunas ren- dijas y practicando algunos senderos. Lo señalo, sabiendo que en distintos puntos de esta pro- gresión no dejarán de descubrirse zonas de sombra o de incompletitud. Pero, aun cuando este trabajo esté inevita- blemente cargado de deficiencias o de desarrollos inconclu- sos, preferí producirlo en estas condiciones porque, de ese modo, debería conducir (corno un esbozo, corno una introduc- ción) a un mayor despliegue ulterior y suscitar la profundi- zación de algo cuya trama programática dicho trabajo se esfuerza al menos en producir. En efecto, nuestra elaboración responde a la ambición extra de promover toda una serie de interrogantes cuya importancia ya no puede desconocerse pues conciernen so- bre todo al cuerpo, la imagen y la visibilidad (en relación con el psicoanálisis tanto en su práctica corno en su teoría y su ética). He aquí temas que es imposible descuidar puesto que se revelan capaces de alimentar la reflexión sobre lo que el

psicoanálisis formula en cuanto a su doctrina y su finalidad, a condición de no considerar a éstas uniformes y estableci- das de una vez para siempre, sino abiertas a la vitalidad de un pensamiento dinámico.

l. LACAN, DOLTO Y LA IMAGEN

Será tarea de los historiadores del psicoanálisis esclarecer, llegado el momento, es decir, pasado el tiempo suficiente, lo que fue el tenor de la relación entre J acques Lacan y Fran9oise Dolto. De quienes, en cualquier caso, no es posible discutir que sean hoy, lo repetimos, dos de las grandes figuras representativas del auge del psicoanálisis en Fran- cia, después de Freud. Casi no hace falta recordar cuánto se han regodeado muchos en acoplarlos, en aparearlos, en tono más o menos bromista y fantasioso y hasta, llegado el caso, "edípico" (!), considerándolos respectivamente como padre y madre del psicoanálisis a la francesa, conjugados en un tándem dilecto del movimiento psicoanalítico posterior a la Segunda Gue- rra. O cuán resueltamente se los asoció en una escena pri- mitiva -y fecunda- de la que luego habría nacido nuestro psicoanálisis contemporáneo hexagonaL* Y el hecho es que resulta sorprendente y notorio hasta qué punto su camaradería -aunque no haya por qué repasar aquí cada una de las vicisitudes que la caracterizaron- fue efectivamente duradera (¡cosa ya no tan frecuente en las parejas contemporáneas!), hasta qué punto atravesaron juntos los momentos más cruciales, más tensos e intensos de la historia psicoanalítica de su tiempo, tal como E. Roudi-

* Suele aludirse a Francia como el '~exágono", por la forma aproxima- da de su territorio. (N. de la T.)

nesco se ocupa de relatar en sus trabajos de referencia.' Nos quedamos cortos si decimos

nesco se ocupa de relatar en sus trabajos de referencia.' Nos quedamos cortos si decimos que, en todas las etapas sensi- bles y decisivas-que no faltaron-, el tándem Lacan/Dolto se mantuvo incólume para atravesar de concierto difíciles pruebas y tensiones y terminar, tras ellas, más juntos aún. Esto vale en particular para 'todo lo que condujo, con sus pormenores, a la escisión de 1953, así como para los aconte- cimientos que presidieron la creación, en 1964, de la Escuela freudiana de París. En cada uno de estos momentos neurál- gicos, y al cabo de tantos años agitados (¡pero cuán ricos!), Lacan y Dolto mostraron haber sido, en lo esencial, insepa- rables. Y sólo al final de todo, en el torbellino confuso y en las rupturas artificiales y mortíferas de las últimas horas de la Escuela freudiana (cuya disolución se produce en 1980), sus caminos divergirán, por decirlo así, in extremis; J. Lacan, deteriorado físicamente, morirá al año siguiente, en 1981. Esta rápida panorámica manifiesta, sin discusión, el vi- gor del lazo relacional confirmado por su permanencia y su perennidad más allá de las épocas, hasta el punto de que nos sentimos llevados a preguntar: ¿cómo entender la solidez de ese lazo? Y en primer término, ¿qué es, exactamente, lo que los unía? ¿En qué se fundaba, específicamente, su relación? ¿Sobre qué base se había edificado? ¿Cuál 'era, propiamente hablando, su contenido? En particular: ¿qué compartían de veras Lacan y Dolto en esa común referencia al psicoanáli- sis? ¿Había en este aspecto entre ellos-y, en caso afirmativo, cómo- una articulación de pensamiento que explicara su proximidad? Para resumir: ¿en qué punto se habían encon- trado, qué cosa produjo el encuentro entre ellos? ¿Se trató, además, de un verdadero encuentro, o sólo de una relación de hecho dictada por las circunstancias y por las vicisitudés de la historia del psicoanálisis en Francia, relación formal simplemente facilitada y reforzada por un juego de co.Ytm- turas?

1 Véase en particular E. Roudinesco, Jacques Lacan vie, histoire d'un syst€me de pensée, Fayard, 1995,_donde

,

EsqJ4~,~:s~

d'une

~_~di~i(fOdoun

307-321- capítulo a "Destins croisés: Jacques Lacan et Fran~Oise_Dol_t6", págs.

De lo contrario, ¿qué sustento podría invocarse que cons- tituya sin discusión un auténtico fundamento para la soli- dez de su vínculo de colegas? Después de todo, ¿qué cosa permitiría articular este lazo y fundar esta relaCión sobre una base no aleatoria, no azarosa de su historia interperso- nal, o sobre el juego imprevisible y confuso de las institucio- nes analíticas? Porque no se necesita ir a buscar muy lejos para recoger fácilmente otros elementos, capaces de sugerir, a la inversa, que, bien mirado todo, esa relación no era tan intensa y tampoco se sustentaba en la evidencia de un basamento tan verdadero y profundo. No faltarían argumentos -ya iremos a ellos- cuyo sentido sería acentuar y subrayar, por el con- trario, la disparidad. Sin embargo, no es posible descuidar lo que se cuenta, lo que se propala -fundado sólo en el rumor o en comentarios de pasillo (que además tienen su valor)-, por ejemplo en cuanto al gran respeto mutuo, dicen, que se manifestaba y expresaba entre uno y otro, sobre todo con referencia al ejercicio de la práctica clínica. Fuera de lo que F. Dolto dijo

y señaló en cuanto a la calidad clínica de los analistas formados por Lacan, es también de notoriedad pública que

él mismo se sintió varias veces aliviado por poder derivar

casos difíciles y espinosos a su colega.2 Y tampoco podría desconocerse que el nivel de comunicación entre ambos al- canzó concretamente el grado de un auténtico intercambio conceptual, cosa que trataremos en abundancia más adelan- te. ¿No relata F. Dolto haber sido interrogada sobre el Edipo

por un Lacan deseoso de conocer su opinión sobre el asunto? 3

Y, de manera coherente con esta primera información, ¿no se

citan manifestaciones similares' en las que se insinúa que

2 Sobre estos dos puntos (entre otros); puede consultarse "L'épopée

lacanienne: l'hydre a deux tetes", entrevista reproducida en F. Dolto, Le féminin, edición establecida por M. Djeribi-Valeritin y É. Kouki, Galli- matd, 1998. 3 Dolto menciona esto en la entrevista filmada que concedió a J,wP, Winter; cf_ Les images, les mots, le corps, Gallimard, 2002, págs. 67-68. 4 Atribuidos a S. Faladé.

fue· F. Dolto quienhabría inspirado a Lacan su concepción de la "metáfora paterna"? Sin hablar de que, según otro testigo de esta gran época, el propio objeto a ~que evocaremos asi- mismo más adelante- le habría sido también inspirado, sugerido en cierto modo a Lacan, al menos indirectamente, por cierto desarrollo imaginativo (¿la "muñeca-flor"?) de R Dolto Podríamos multiplicar así las especies y los rumores, so- bre todo cuando resulta difícil, por cierto, verificarlos o cotejarlos para reconocerles validez(!). Esto no impide que, más allá de apariencias y especulaciones -fundadas o no- haya razones para registrar, a la inversa, tratándose de estos dos psicoanalistas importantes y renombrados, aque- llo que los diferencia y hasta los opone de manera contras- tada, para no decir la disparidad, la discordancia o, como mínimo, digamos, lo que desde un principio parece manifes- tar entre ellos alguna variación. Y no pensamos por fuerza en lo que además sólo tendría valor anecdótico y que en algún momento F. Dolto se vio llevada a precisar: que, aunque existiera proximidad entre ambos, ella jamás llegó a mantener con Lacan relaciones propiamente amistosas, en todo caso en la esfera privada. Pero, considerado más seriamente, si nos referimos a aque- llo que los distanciaba, sería fácil destacar la desenvoltura con que F. Dolto decía a veces no haber "entendido nada" de determinado concepto de él (el objeto a, por ejemplo, de nuevo), e incluso su firme oposición alvalor supuestamente irreduc- tible de algún otro (forclusión). Es verdad que, de manera general, ella alegaba-lo cual tiene el mismo sentido separa- tivo- que lo esencial de su formación se hallaba ya amplia- mente cumplido cuando Lacan inició su enseñanza pública, en la época de sus primeros grandes seminarios (1953); de modo que, en consecuencia, no pudo haber aprovechado esa enseñanza, señalaba, en lo que atañe a las bases mismas de su propia formación como analista.

5

. ¡;Véase al respecto F. Dolto y J.-D. N asio, L'enfant du miroir, Rivages, 1987, págs. 42-45.

Ahora bien, sin perjuicio de estos azares de la cronología, ¿no basta atenerse de manera más amplia a impresiones de conjunto para que de inmediato salte a la vista, de manera esta vez contrastada y masiva, lo que diferencia a nuestros dos personajes y que en definitiva parece proceder de lo que constituye, y justamente en la disparidad, aunque más no sea la vastedad de sus obras respectivas? En efecto, ¿cómo no estaríamos tentados de insistir sobre el contraste y la distancia -que parece incluso aplastante~ entre todo lo que aportó Lacan, el carácter propiamente monumental de su obra-que exigirá muchos lustros todavía para poder ser ver- daderamente pensada, si no asimilada-, y lo que resalta para el caso como la contribución muchísimo más modesta, diríamos, de F. Dolto, incluso por el aspecto tal vez menos sistematizado, menos formalizado de su aportación? Se podría argumentar, sin duda, que, planteada de ese modo, la comparación tiene forzosamente algo de ocioso y de inadecuado, ante todo porque los aportes de uno y otra no pueden medirse por completo con la misma vara pues no se manifestaron exactamente con el mismo nivel de repercu- sión o de audiencia. ¿Cómo negar, por ejemplo, el valor de lo que introdujo F. Dolto en cuanto a promover el psicoanálisis de niños, así como por su modo de haber hecho oír y resonar el mensaje psicoanalítico ante la sociedad toda e incluso a través de las ondas(!) con los afortunados efectos psicosocia- les que esto determinó y que continúan transmitiéndose por esa vía? Pero a su vez esto te valió a F. Dolto-incluso por parte de sus colegas más cercanos- ser restrictivamente considerada como una mera practicante del análisis, así se revelara excepcional; y, lo que es más, como una practicante de orientación educativa, demasiado singular como para con- ducir a nada esencialmente válido en tanto contribución mayor al psicoanálisis o. que en este aspecto pudiera dar lugar a una transmisión doctrinal. En distintas oportunida- des me esforcé en disipar los malentendidos y estereotipos que puede haber detrás de esto, y lo hice suficientes veces como para considerar innecesario volver sobre ello en este

libro. 6 Pues cuando se pretende reducir a F. Dolto a sus posturas pragmáticas de

libro. 6 Pues cuando se pretende reducir a F. Dolto a sus posturas pragmáticas de clínica -o incluso de consejera pedagógÍca para familias en dificultades-, se descuida for- zosamente el hecho de que toda su obra -incluyendo sus actos más concretos- está sustentada sin embargo por la consistente armazón de una conceptualización psicoanalíti- ca formalmente elaborada. ¡Con toda seguridad, este sucinto repaso no impedirá per- cibir la enorme diferencia de estilo que puede subsistir entre Lacan y Dolto, sus dispares sistemas de pensamiento o hasta la muy diversa amplitud, digamos, de sus elabora- ciones teóricas! Pero aunque esto se encuentre fuera de discusión, tampoco puede velar, a la inversa, lo que es ca- paz empero de patentizar la proximidad de sus conceptua- lizaciones, la vecindad de sus búsquedas y aún hasta cierta profunda intimidad en cuanto a los fundamentos comunes del pensamiento; sean cuales fueren, una vez más, las diferencias que todavía queden por resaltar, por sacar a la luz. Nada de ello impide que, a priori, y bajo reserva de inven- tario -del que nuestro trabajo va a emprender aquí-, tenga fundamento al menos la hipótesis de que, lejos de ser azaroso, fortuito y de escasa consistencia, el acercamiento a la camaradería que se perennizó entre Dolto y Lacan resulte de una auténtica proximidad de puntos de vista, de una verdadera comunidad de pensamiento. Más allá de lo que parecerá diversificarse después, e incluso dar materia a divergencia, la certidumbre formal de su vecindad puede ser planteada como un punto de partida muy bien cimentado; en cualquier caso, a partir de esto entendemos que vamos a proceder, aunque sólo sea para ponerlo a prueba de inmedia- to. Si quisiéramos formularlo de entrada en forma un tanto provocativa y sintética, podríamos hasta sostener que, a pesar de los violentos ataques polémicos de que pudo ser blanco (sobre todo en el momento de disolución de la Escuela

6 Véase, por ejemplo, Le corps psychique, 1ª edición, Éditions univer- sitaires, 1989; reed., L'Harmattan, 1995, págs. 7-15.

freudiana de París), sigue siendo admisible considerar· a. F. Dolto como intrínsecamente, como fundamentalmente "la-

caniana"

sabiendas abrupta) que deberemos someter aquí a examen. Y, digámoslo a manera de incursión, aunque sin pensar-pa- ra justificar esa supuesta identidad de las orientaciones respectivas- en limitarnos a lo que podría acreditar sin embargo en su común referencia-más o menos directa, más o menos explícita (de modo clarísimo en F. Dolto, un tanto más críptico en Lacan)- al discurso cristiano, a la inspira- ción cristiana, para no decir a la religión católica; una referencia común cuya importancia no podríamos subesti- mar y a la que nos sería imposible no volver en este trabajo.

Por lo menos, éste es el tipo de formulación (a

Pero no es necesario que nos precipitemos tan rápidamen- te hacia un registro metafísico, pues disponemos de suficien- tes elementos cruciales y convincentes como para sugerir y destacar lo que constituye, desde el principio, la proximidad de los fundamentos de sus discursos. Nos contentará, por ejemplo, remitirnos a una terminología que les es común y que acredita el encuentro efectivo entre sus dos pensamien- tos, conjugados aquí sobre las mismas nociones de base. Bástenos en este aspecto mencionar dos términos que están presentes en el léxico de F. Dolto y Lacan, términos esenciales por sí mismos en cuanto a expresar, de la mejor manera posible, su común fondo conceptual: ambos, Dolto.y Lacan, articularon sobre todo sus desarrollos en torno, por un lado, a la temática del sujeto y, por el otro, a la noción fundadora de deseo. El valor constitutivo de estas nociones para la doctrina analítica nos eximirá de recalcar más su importancia. Simplemente, tales nociones confirman que, si Dolto y Lacan les dan el mismo empleo extensivo, la comu- nidad de este vocabulario de base es suficiente para confir, mar una verdadera proximidad de pensamiento, toda vez que se trata de apuestas conceptuales mayores del psicoaná- lisis en su articulación teórica primordial. Esta primera determinación -y a partir sólo de estos tér- minos eminentes (sujeto, deseo, e incluso "sujeto del de-

seo")- sería sin duda idónea para relanzar de inmediato la interrogación. ¿O acaso no es posible ver en ellos la prueba, el indicio, no tanto de la comunidad del terreno doctrinario investido parejamente por Dolto y Lacan. o sus similares contribuciones, sino más bien la confirmación del .ascen- diente conceptual de este último?: basta recordar, con razón, que el término deseo, por ejemplo, es en sí mismo represen- tativo y paradigmático de toda la relectura del psicoanálisis freudiano efectuada por él. Y otro tanto podríamos decir de la noción de sujeto, que fue para Lacan el sello conceptual que le permitió librar al psicoanálisis de sus derivas psico- logizantes, centradas erráticamente en el yo. !)e tal modo que esta doble referencia al vocabulario vendría a significar más bien, de modo contundente, la marca de aquello en que F. Dolto es deudora de Lacan, al ser tributario de su aporte. No cabe duda de que la cuestión debe ser examinada con más detenimiento. Pero, en cualquier forma, lo que no pue- de discutirse es que la propia Dolto dio a esa doble temática -que destacamos aquí por ser absolutamente significativa- un desarrollo específico considerable; del que encontramos huellas, entre. otros trabajos, en el tenor mismo de una compilación que ella tituló precisamente -de modo más que explícito-En el juego del deseo.7 Tal es el título de una obra que testimonia, en efecto, el modo en que la dimensión del deseo orienta (y reorienta) toda su comprensión clínica y teórica de .la libido freudiana, referida a la "función simbó- lica'¡. 8 Sospechamos no obstante que si F. Dolto se ubica plena- mente en las posiciones conceptuales de Lacan, esto no equi- vale a un puro y simple alineamiento. Y más bien esperamos llegar a descubrir entre ellos, al avanzar nuestro trabajo, la eventualidad de la oscilación e incluso del disenso o del antagonismo. De modo que en el fondo de la fuerte comuni- dad de vocabulario que acabamos de señalar, sería por

1 Le Seuil, 1981. [Hay edición castellana: Eneljuegodeldeseo,.Buenos

Aires, Siglo XXI, 198;3.] 8 !bid., págs. 268-275.

entero posible observar cómo se instala y se inscribe lo que sin embargo viene a separar diferencialmente a F. Dolto de las estrictas consideraciones lacanianas homólogas. Para dar tan sólo una idea, digamos que podríamos evidenciarlo volviendo en particular al término sujeto, evocado poco antes. Porque parece implicar en F. Dolto, digámoslo para ir (muy) rápido, prolongamientos "humanistas" -a partir, por ejemplo, del tema del "niño-sujeto"-, consideraciones todas ellas para las que sería trabajoso hallar un equivalente, un exacto correlato directo en lo que caracteriza al respecto la culminación del pensamiento de Lacan. En este caso, el tema del sujeto se orienta, en Lacan, más hacia el álgebra significante que hacia su supuestarealización encarnada en el niño. Así pues, no podríamos evitar volver sobre estos puntos de interrogación, a todas luces capitales; a la altura de lo que, como presentimos, implica. finalmente el sentido

mismo del análisis. Pero lo que podemos afirmar, si queremos atenernos a lo que en todo caso constituye el zócalo más sólido sobre el que asentar el acercamiento Dolto I Lacan, dicho de otro modo, el punto en que F. Dolto demuestra plenamente, digamos, su "lacanismo" de siempre -y casi hasta podríamos atrevernos a decir, desde antes de Lacan (!),si tomamos en cuenta datos presentes ya en sus primeros trabajos e incluyendo su tesis, fechada en 1939-, 9 aquello que pudo llevarnos a calificarla de, en cierto modo, más lacaniana que Lacan, tiene que ver con lo que ella misma jamás cesó de afirmar del modo más expreso en cuanto a la primacía del lenguaje y la palabra, lenguaje y palabra inscriptos en el corazón de la experiencia analítica, constitutivos de su esencia e impulsores centrales de su operatividad. Digamos que, en ese carácter, era previ- sible y en un sentido inevitable que F. Dolto concordara fun- damentalmente en este punto con Lacan, que se hallara en la frecuencia de su colega, del Lacan presentador del discur-

so de Roma (de 1953). 10

9 Reeditada luego varias veces bajo el título de Psychanalyse et

pédiatrie, Le Seuil, 1971.

10 No es casual entonces que un tiempo fuerte de su diálogo se haya

Sabemos, en efecto, de qué modo habrá dado luego a esta afirmación del primado de la palabra su pleno desarrollo y realización, aunque más no sea bajo la forma del célebre "hablar con los niños"; recomendación que, sin embargo, dio lugar también a muchas incomprensiones y contrasentidos. Esto correspondía de todos modos, en cuanto al principio, al hecho de posicionar el análisis en la perspectiva del lengua- je, fundamentalmente orientada por la palabra; o sea, en plena y total conformidad con aquello sobre lo cual Lacan, por su lado, habrá abierto y fundado toda su enseñanza. De suerte· que; dicho sea como discreta resonanc:ia de una ma- nifestación,alusiva que precede, no es casual, por cierto, que se los .encontrara a .uno y otra concordar sobre el alcance y el valor inaugural deLenunciado, en e!Evange- liosegúnSan Juan, de "En el principio fue el verbo", aun- que de i.nmediato se le ·pueda ~o deba- aportar algún matiz (por ejemplo, si se considera además lo que es en F. Dolto la referencia primordial al cuerpo en la instauración del.sujeto). Pero todo estojustamente es harto significativo. Hablába- mos de oscilación. Vemos cómo esta oscilación implica también la nuestra puesto que, a partir de una base que quisiéramos sólidamente establecida -la de una comunidad de pensa- miento-, los pocos elementos que hemos inventariado reve- lan ya la relativa complejidad del dossier. Ello, desde el mo- mento en que, tratándose de caracterizar con rigor el tenor de la camaradería Lacan I Dolto, hemos podido exponer, una tras otra, las diferencias posibles entre los caminos tomados por ambos, indicando no obstante el fundamento de acuerdo manifiesto en cuanto a las orientaciones primordiales; lo cual tampoco es óbice a diferencias de estilo y de envergadu- ra ni excluye lo que uno podía deber al otro, etc. ¡Vaya si, con todo esto, no íbamos a temer encontrarnos ante una tarea peliaguda! Y en este conjunto enmarañado de elementos dispares y

anudado públicamente durante la realización de ese famoso congreso. El nº 1 de la revista La Psychanalyse da testimonio de ello.

contradictorios-pero capaces sin duda de dar cabida a cierta dialéctica-, no habría que descuidar otro aspecto esencial del cuadro, a saber, lo que convirtió además a estos dos maestros en actores fundamentales de la vida del movi- miento analítico, de su vida" política" podríamos decir, y por lo tanto también de la dinámica de transmisión del psicoa- nálisis, constituyendo en suma uno y otro, en el tándem que formaban, los representantes eminentes de una "escuela francesa" de psicoanálisis: aquella que terminó marginada de la oficial Asociación internacional CIPAJ. Sea como fuere, repetimos que no nos será posible consi- derar en forma sistemática todos los elementos de la con- frontación que, sin embargo, inauguramos aquí. Es preferible, decíamos, dejar su examen exhaustivo a los historiadores. En definitiva, nuestra ambición no es otra que aportar una contribución específica acerca de una sola pieza del dossier. Pero entendiendo, por supuesto, que se trata de una pieza (de convicción) lo bastante importante como para encuadrar del mejor modo posible aquello que justifica, pese a todo, la pertinencia del acercamiento diferencial Dolto I Lacan. Y en este aspecto, tal como ya se ha dado a entender, el objeto teórico que revela más capacidad para cumplir esa función no es otro que la temática especular, o sea, la puesta enjuego del espejo. El hecho de que Dolto y Lacan se hayan, como mínimo, interesado en él muy de cerca, explica que sólo alrededor de este punto sensible pueda desplegarse la pro- blemática manifiestamente presente en el nódulo de su relación de colegas, y que alcanza al acto psicoanalítico que esto compromete, según las miras con que cada uno de ellos, al final, lo habrá considerado. Esta perspectiva concuerda por entero con lo que consti- tuye el sentido mismo de nuestro proyecto en su propósito inicial, que consiste en emprender una suerte de confronta- ción doctrinal entre, por un lado, lo que F. Dolto elaboró bajo el título de la imagen inconsciente del cuerpo 11 y, por el otro,

n Cuyos datos y principios fundamentales tendremos por conocidos. Cf. por ejemplo Le corps psychique, op. cit., sin perjuicio de retomar

puntualmente los elementos requeridos por nuestro desarrollo.

lo,que,Lacan estableció de manera fundamental a partir de.lo que,élmismo .designó como estadio del espejo. Así pues, si quisiéramos -al menos por el momento- dejarle a la cosa su aspecto de simetría equilibrada, podríamos decir también que se trata de promover la confrontación o el encuentro de dos temáticas, de dos concepciones doctrinales contemporá- neas mayores en el campo del psicoanálisis al que pertene- cemos, lo que implica hacerlas entrar en diálogo e instaurar el debate.

implica hacerlas entrar en diálogo e instaurar el debate. Y al respecto, no podemos sino observar

Y al respecto, no podemos sino observar y señalar de en- trada lo siguiente: que están aquí en juego dos concepciones vinculadas una y otra a la imagen, dos puntos de vista a priori diferenciados pero que, sin embargo, giran ambos alrededor de la imagen. Por un lado, 10 que F.· Dolto elaboró como una perspectivacque le es altamente específica, a sa- ber, la imagen.delcuerpo.asíllamadainconsciente, noción a la que consagra el libro-síntesis recapitulativo que aparece en 1984, después de múltiples vicisitudes y avatares sucesi- vos.12 Por el otro lado, lo que introdujo a su vez Lacan en carácter. de imagen escópica, óptica, producida como reflejo especular, através.de lo. que.élidentifica-hay que decirlo- y teoriza como "estadio del espejo", tema que, si nos atene- mos a su primera aparición oficial, se puede datar en el ve- rano de 1936 (en el congreso de Marienbad). 13 Nos vimos llevados, pues, a enfatizar lo que nuestra exposición presenta, dentro de este mismo campo psicoana- lítico contemporáneo -y, es necesario aclararlo, en relación con las determinaciones primordiales del ser humano-, co- mo dos concepciones referidas a la imagen, como dos teori- zaciones distintas que conceden manifiestamente un lugar de elección a esta temática de la imagen. La primera se

12 L'image inconsciente dZJ, corps, Le Seuil, 1984. 13 Recordemos que la primera producción de Lacan sobre este tema ha,

en cierto modo, desaparecido. El texto publicado en los Escritos es una "remake" fechada-en 1949 bajo el título de" El estadio del espejo como _formador de-la función del Yo [Je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica" (El)_

presenta en Lacan enla vertiente óptica, a partir·de lo.que el espejo reenvía como reflejo, o sea, la imagen en-su esencia escópica y que corresponde en todo caso a lo visible. La se- gunda se muestra de algún modo más enigmática, aunque sólo sea por esa referencia explícita a lo inconsciente -pues, ¿cómo hablar de unaimageninctmsciente?-implicada poda denominación, un tanto desconcertante, de imagen incons- ciente delcuerpo. De ahí que nuestro trabajo pueda aparecer regido por la estructura simétrica de un diálogo conceptual en el que se trataría de hacer comparecer dos perspectivas, dos nociones distintas pero no carentes de cierta manifiesta resonancia común, inherente al solo término imagen: la imagen escópi- ca según el estadio del espejo de Lacan, y la imagen incons- ciente del cuerpo de Dolto. En los dos casos se trata de un cuestionamiento similar de la imagen, y digamos, para pre, cisar la problemática: como imagen de sí. Pero, en este aspecto, ya hemos aludido a lo que amenaza- ba desequilibrar la simetría del debate, toda vez que nuestro propio progreso anterior nos inclinaba más en el sentido de profundizar la conceptualización doltiana. Sobre todo si a lo que podemos aspirar, incluso en este acercamiento dialoga- do, es a que nos ofrezca el medio de precisar mejor aún la noción de imagen del cuerpo y,justamente, basados en aque- llo que conduce a distinguirla formalmente de la imagen escópica. Sea como fuere, esto va a imponer un inevitable recentra- do sobre la noción de estadio del espejo y sobre el tema de la especularidad. ¿Podría ser de otro modo, cuando la noción doltiana de imagen del cuerpo debe clarificarse, a contrario, por el contraste con lo que atañe diferencialmente a la

14 Que durante todos estos años fue el meollo de nuestro programa de investigación acerca de los pormenores de la enseñanza de F. Dolto. Véase en último lugar Liimage du corps selon Fran<;oise Dolto. Une philosophie clinique, Les empecheurs de penser en rond, 1999. 15 Tema· que ya hemoi3 tenido ámplia ocasión de encarar. Cf. nuestra contribución en el coloquio "Leer a Dolto hoy" (Estrasburgo, noviembre de 1999), de la que el presente trabajo es prolongamiento y extensión.

14

15

imagen escópica tal como ésta aparece, reflejada en el espejo? Esto es también necesario por cuanto toda profundización requerida para esclarecer la compleja noción de imagen inconsciente del cuerpo pasa por la constatación, o la recor- dación, de que la propia F. Dolto tomó en cuenta lo especu- lar lacaniano en sus propuestas. De modo que deberemos prestar consideración -y hasta será una pieza esencial del dossier a lo que constituye su propia lectura específica, diferencial, del "estadio del espejo" de Lacan. Se tratará de examinar el modo en que F. Dolto aborda el estadio del espejo de Lacan y reformula sus datos o al menos los interroga. Es obvio que se trata de un punto cuyo interés -po- dríamos decir histórico y doctrinal- está fuera de dudas. En efecto, no es posible desatender el hecho de que una psicoa- nalista de su importancia, una practicante de su renombre, haya creído correcto integrar a su propia elaboración, incor- porar en su propia conceptualización esta temática especu- lar que es, después de todo, uno de los aportes puntuales más importantes y fecundos del pensamiento psicoanalítico de ese momento, por estar en el fundamento de toda la teoriza- ción lacaniana sucesiva. Todo esto tiene el mérito incidental de restringir, al pa- recer, en un palmo el .abanico de nuestro programa de trabajo, programa de algún modo reducible a ese único elemento privilegiado situado en el centro de nuestra inves- tigación, esto es, lo que podemos designar como el caso del espejo, el dossier especular. Esto es, en suma, lo que acaba- mos aislando, despejando como soporte privilegiado y debi- damente calificado para examinar y apreciar de viso cuanto atañe a la relación formal Dolto / Lacan. Esto equivale a encarar la confrontación partiendo de un único punto de in- terrogación -pero que demuestra ser crucial-, a saber:· de qué modo se situaron precisamente uno y otro con respecto a esa concepción (forjada por Lacan) designada como estadio del espejo. Equivale también a examinar el modo en que la propia F. Dolto-directa oindirectamente- interpeló a Lacan sobre este punto, en relación con la formalización del espejo.

Dicho esto, tendremos oportunidad de advertir -tal como lo hemos anticipado- que lo que podría parecer una compre- sión restrictiva de nuestro objeto alrededor del punto focal de lo especular, volverá a aflorar y a irradiarse en muchas otras direcciones.

Y ahora volvamos por un instante a lo que revela el simple posicionamiento de nuestra temática de conjunto, esto es, al hecho de que uno y otro, Dolto y Lacan, tanto Lacan como Dolto, hayan ambos basado, apoyado una parte esencial, literalmente fundamental de sus desarrollos, de sus contri- buciones doctrinales mayores al psicoanálisis, en este tema de la imagen: Lacan, con la imagen escópica, cuyo reflejo él juzga decisivo en el advenimiento subjetivante del estadio del espejo, y F. Dolto, con lo que ella cree apropiado aislar en tanto imagen del cuerpo llamada (en una etapa segunda de su elaboración) imagen inconsciente del cuerpo. Esto conduce a subrayar la comprobación, más bien ines- perada, del lugar eminente que ocupa la noción de imagen para estos dos artesanos de primer plano del psicoanálisis, noción que uno y otro vienen a inscribir en el propio centro de la conceptualización analítica, lo que no puede sino sor- prender cuando simplemente se recuerda que la imagen no posee, que sepamos, semejante estatus privilegiado en el dispositivo teórico freudiano. Pero de inmediato es preciso matizar lo que precede, si no revisarlo. Pues, opuestamente, he aquí ocasión para recor- dar que, también para Freud, la imagen fue un soporte pri- mordial desde el inicio, e incluso constitutivo de lo que se convertiría en el psicoanálisis como tal; dicho sea esto, desde luego, por referencia a la imagen onírica, imagen del sueño (Traumbild), de. la que Freud produjo para siempre el desencriptado significante y deseante al poner en evidencia, en suTraumdeutung, las leyes de los procesos fundamenta- les de lo inconsciente. Desde este punto de vista, el psicoanáli- sis habrá comenzado cabalmente por un trabajo semiológico singular sobre la imagen, centrado en el sentido mismo de lo que significa, en este caso, la imagen en el sueño, y de lo que

n~

ésta vehicula en cuanto al deseo; 16 y al poner en evidencia, por consiguiente, lo que ello implica en cuanto al lugar de la imagen en relación con el psiquismo humano. Así las cosas, son sin duda estos tres grandes nombres del psicoanálisis, Freud, Lacan y Dolto, los que habrán llegado, cada cual en su medida, a poner el énfasis sobre (e incluso habrán llegado al psicoanálisis por) cierto tratamiento de la imagen y de lo imaginario; esto, más allá del destino diferen- te que veremos a cada uno de ellos otorgarles después, cada cual al elaborar su propia teorización. Sin duda, tampoco aquí podemos evitar preguntarnos si más allá de la conver- gencia, más allá de la comprobada conjunción de un mismo término (la imagen), en estas diferentes situaciones se trata de un mismo sustrato conceptual. Esto no es seguro, cues- tión que consideraremos también más adelante. Pero, por lo pronto, señalaremos que si hubo en suma un terreno de pensamiento original común a Dolto y a Lacan, sabido o insabido, tendría que ver no tanto, o al menos no solamente, con la primacía del lenguaje-del que conocemos, empero, el valor primordial que uno y otro le concedieron-

sino más bien con

subrayar el efecto de sorpresa, sería tentador decir que, en definitiva, uno y otro partieron de ella. Oportunidad ésta para observar en todo caso que la imagen no es-como podría

pensarse, a las apuradas- sólo un tema de moda, ligado meramente a la actualidad más reciente o al devenirposmo- derno del pensamiento de hoy.17

¡la primacía de la imagen! A fin de

16 Pero además, si quisiéramos tirar de este hilo temático, habría que tomar en cuenta la suerte más relevante que Freud concede al. término representación (Vorstellung), que se distinguirá de lo que es, estricta- mente hablando, la imagen (Bild).

17 Cabe señalar más bien que ocupó un lugar por entero decisiVó en lo que

podemos llamar escuela de psicología francesa, inaugurada· a pártir de Ribot. Así pues, la imagen estaba en la atmósfera de la. reflexión· y el pensamiento de los años 30, según lo acreditaria muy bien el repaso de los primeros escritos del joven Sartre filósofo sobre lo imaginario y la iíriagina- ci.ón (Sartre, L'imagination, PUF, "Quadrige", 1989; L'imétgihair~.·Galli- mard, "Folio", 1986). También puede consultarse, a título informativo, G. Dumas, Traité de psychologie, F. Alean, 923 (cap. N: "Les im·ages").

Dicho esto, tratándose de Dolto, apenas si sorprenderá

que la imagen aparezca como un fondo conceptual. Con ra- zón o sin ella, puede parecer que existe en efecto una relativa continuidad en el hecho de que, habiendo partido de un recurso inaugural a la imagen -por lo menos si pensamos en

la utilización que hace Dolto del dibujo y el modelado (en su

práctica con niños)-, 18 se haya seguido quedando en la imagen, por decirlo así, incluyendo la puesta en juego de su conceptualización específica de la imagen del cuerpo; que seguramente no carece de relación con los procedimientos de visibilidad utilizados en la técnica psicoterapéutica, puesto

que Dolto encuentra en ésta uno de sus lugares de emergen- cia concreta y ello aunque no se limite en exclusividad a tales procedimientos. E incluso cuando esto tampoco implica pre- juzgar sobre la espinosa y problemática cuestión del motivo por el que esa imagen inconsciente del cuerpo tiene derecho

a ser llamada imagen; o sea, el motivo exacto por el que es merecedora de esta denominación. ¿Qué hace de la imagen inconsciente del cuerpo una imagen? Pregunta que merece ser guardada en reserva. En todo caso, puede parecer mucho más inesperado des- cubrir que Lacan habría partido también de este mismo tema de la imagen, convirtiéndolo en el primer sostén de su pensamiento. Si es así (si esto se confirma), habría que insistir más aún en la importancia (entonces desconocida) de su relación inaugural con la imagen. Por un lado, porque es siempre instructivo detectar el punto exacto en que los teóricos iniciaron su reflexión, el lugar del que procedió la movilización de su pensamiento en su elaboración, en su impulso primero. Por otro lado, porque en este caso está muy claro el modo en que las cosas quedaron ampliamente ve- ladas, y después tapadas, toda vez que la doxa lacaniana (o "lacanista") dominante no quiso retener, de las propuestas de Lacan sobre este punto, sino la denuncia feroz de la

18 Y en su referencia siempre marcada en este aspecto al aporte para ella inaugural de S. Morgenstern. Véase por ejemplo su "Ma reconnais- sance a Sophie Morgenstern", en Le silence en psychanalyse, d.ir. J. D. Nasío, Payot y Rivages, 1998.

imagen; ello, a través del repudio de lo imaginario, supues- tamente defectuoso en sí y responsable de los atolladeros del deseo en el humano. 19 Por el contrario, sobran recursos para explicar que la limitación por principio a esta orientación exclusiva de con- dena de la imagen, combinada con una recusación de lo imaginario, sería ignorar que durante toda una primera época Lacan la consideró -al introducirla por referencia a la imago- como el concepto fundamental del pensamiento y la práctica psicoanalíticos, siendo cuestión, en cierto modo,

de restaurar entonces su insigne valor, de rehabilitar toda la

importancia que la psicología le habría restado

sible desplegar aquí este punto, esencial sin embargo para una justa comprensión de los resortes primeros del lacanis- mo (y de los malentendidos que pudieron venir a continua- ción). Ahora bien, para hacerse una idea a su respecto no hay más que releer un texto publicado en los Escritos y que no por casualidad fue redactado en 1936, a la vuelta del famoso congreso de Marienbad. Este texto se titula "Más allá del 'principio de realidad"' (El, pág. 67). Lacan emprende aquí, en efecto, una verdadera (re)ha-bilitación de la imagen, convirtiéndola en el soporte doctrinal que le permite encarar (ya) su trabajo de reorientación de las apuestas del psicoa- nálisis. Bástenos señalar de qué modo podemos distinguir varias etapas en la andadura del texto. Al destacar la importancia (epistemológica) del problema, Lacan denuncia primero la

No es po-

concepción asociacionista que dominaba entonces en psico- logía, erróneamente empeñada en reducir la imagen a lo ilusorio (El, págs. 71-74). Puede sostener luego, por contras- te, todo lo que da valor a la "revoluciónfreudiana". Ylo hace

19 Es necesario reconocer a este tema toda su relevancia en la doctrina lacaniana pues por 'sí solo exigiría una completa reconsideración, incluso

por haber orientado toda una concepción de la cura que podría resumirse

en conducir al sujeto de lo imaginario a lo simbólico, y que terminó haciéndose dogmática. Y por otra parte, obsérvese que el propio Lacan

se elevó contra los excesos generados por esta lectura reductora y

despretiativa al máximo de lo imaginario (cf. El saber del psicoanalista, seminario inédito).

nn

indicando de entrada (o sea, a partir de esta fecha) la di- mensión del lenguaje que sin duda debe operar en el análi- sis, pero justamente a través de un recorrido -el de la cura- donde la imagen (imago) recibe una función decisiva en aquello que dirige su conducción, incluso para soportar y elaborar el registro de la transferencia. Lacan da cuenta, en efecto, en estos términos de lo que funda el nervio motor de la cura: "Su acción terapéutica se debe definir esencialmen- te como un doble movimiento mediante el cual la imagen, primero difusa y quebrada, es regresivamente asimilada a lo real, para ser progresivamente des asimilada de lo real, es decir, restaurada en su realidad propia. Una acción que da testimonio de la eficiencia de esa realidad" (El, pág. 79). Esto le da ocasión para justificar el homenaje que rinde a Freud: por "el uso genial que supo hacer de la noción de imagen" (El, pág. 81). O sea, como dice a continuación, sabiendo discernir en ella el soporte de la identificación, la cual se basa en la pregnancia informativa de una forma (imagen) que adquiere efecto de estructura. Es verdad que todavía no se ha llegado a una definición rigurosa de los registros y modalidades identificatorios di- ferenciados, cosa que ocurrirá después. ¡Pero esto no impide al joven y audaz Lacan seguir en sus trece y atreverse a criticar a Freud por privilegiar la noción de libido, desacer- tada, a su juicio, y factor de confusión! En cualquier caso, el final del texto nos hace lamentar que el autor lo haya dejado inconcluso pese a anunciar allí su intención de profundizar, a modo de prolongación del traba~ jo, las investigaciones referidas -juntamente con la disci- plina freudiana- a la "realidad de la imagen" (El, pág. 85). Así se confirma hasta qué punto, en ese momento, el enfoque de Lacan-el de ese "primer Lacan", si se prefiere- se basa en semejante evaluación positiva de la imagen (o imago), puesto que se ve llevado a considerarla como la palanca conceptual mayor de la cura, así como a dar cuenta de su eficacia. 20 Y con esto, no nos engañemos, el estadio del espejo mismo

20 Y, en consecuencia, no se puede considerar una simple anécdota e1

va a cobrar sentido en relación con esta primacía, explicita- da y sostenida, del valor heurístico de la imagen. Al revés de lo que podría pensarse, lejos de ser este estadio el que con- duce secundariamente a tanto énfasis sobre los poderes de ésta, Lacan individualiza y distingue la relación frente al espejo porque, a su juicio, y tal como acaba de leerse, la imagen es para él lo que orienta la "revolución" psicoanalí- tica; y esta relación frente al espejo constituye una experien- cia que le aporta, por su estructuración misma, el tipo de confirmación concreta que estaba buscando. Los fenómenos ligados al comportamiento del niño ante el espejo (desde la edad de seis meses) le parecieron, dirá, "manifestar uno de los hechos de captación identificatoria por la imago que [él) procuraba aislar" (El, pág. 175). Más claro, imposible. De ahí que todo esto sea apropiado para hacernos percibir mejor el interés no sólo conceptual, sino también casi de alcance histórico, de confrontar los puntos de vista, las orientaciones de Lacan y Dolto sobre esta cuestión del es- pejo. Pues aunque luego sus posiciones se volverán sensible- mente distintas, cuando no divergentes, debemos tener muy en cuenta que, inicialmente, uno y otra toman el camino de sus elaboraciones específicas a partir de todo un haz de preocupaciones comunes donde la dimensión de la imagen aparece colocada en primer plano. 21

Paradójicamente, el estado de cosas inaugural, el punto de partida al que nos estamos remitiendo parece estar mejor despejado, parece presentarse de manera más simple en Lacan que en el caso de F. Dolto. Esto no implica prejuzgar

que Lacan diera como segundo nombre a su hija, nacida en esa época'(en

jlmage! [N. de la T.: sustantivo común correspon-

enero de 1937), él de

diente al español "imagen"_] (Cf. E. Roudinesco, op. cit., pág. 189.) 21 En resumen, ya vimos que esta referencia a la imagen es pq.tente en

Lacan desde 1936. F. Dolto lo hará de manera explícita -y conceptual-

más tarde. En todo caso, encontramos particularmente en 1956 una

comunicación caracterizada sobre la imagen del cuerpo (cf. Le sentiment de soi, Gallimard, 1997, balance sobre este tiempo inicial de su· elabora-

ción).

nn

que tal impresión por el lado de Lacan persistirá luego (¡es de temer que no!); pero lo seguro es que, si podemos tener una idea clarificada de lo que es su propia entrada en el terreno de la imagen, ello se debe a que dicha entrada va a enfocarse, en esos años primeros (digamos 1936, año del estadio del espejo, primera molienda), según una modalidad exclusivamente escópica, especular, tal como resulta en lo concreto del aparataje del espejo, del niño frente a su reflejo. Esto quiere decir que, aun aislada en sus incidencias sub- jetivas, la imagen se capta entonces sólo en su esencia eminentemente óptica. Es importante señalar esto porque significa que en Lacan, de punta a punta y en lo esencial, nunca se tratará más que de la imagen escópica, de la imagen en el sentido óptico, visual del término, de la imagen exclusivamente considerada bajo las especies de lo visible. He aquí un punto sensible y que, lo anticipamos, podrá dificultar el diálogo con las concepciones de F. Dolto que queremos instruir, por lo mismo que resulta ser más bien un elemento de tensión capaz de alimentar y de avivar la pro- blemática, e incluso el antagonismo. Por otra parte, tampoco arreglará las cosas el que también Lacan pueda hablar en esta época de "imagen del cuerpo". 23 Aquí habría riesgo de mantener la confusión y de volver incierto igualmente el intercambio con las concepciones ulteriores de F. Dolto, por cuanto la imagen del cuerpo a la que alude en este caso Lacan es exclusivamente de esencia visual. En este sentido, la imagen del cuerpo se reduce para él a la imagen en tanto reflejada en el espejo. 24 Según esta perspectiva lacaniana -ya que el punto será recogido y confirmado por los comentadores-, no hay otra imagen del cuerpo (así designada) que la especular, la escópica, aquella, digamos, que es objeto de mirada, en lo visible. Conviene recordarlo para evitar los contrasentidos, ¡o

22 Esto vale para Lacan y también para aquellos de sus seguidores y alumnos con qUienes vamos a encontrarnos más adelante.

22

23 Una mención, entre otras, en El, pág. 175.

2 · 1 Así se trate --de una manera que puede resultar momentáneamen- te opaca- de ese espejo interno que constituye el córtex (ibid., pág. 90).

QQ

para comprender qué cosa puede producirlos! En este caso, por cuanto nos pareció posible oponer esa "simplicidad" (¡muy relativa!) del punto de partida en Lacan -simplici- dad al menos sensorial- a lo que sería entonces, por con- traste, la mayor complejidad que aparecería del lado de Dolto. Porque, en este aspecto, es verdad que los datos van a presentarse en F. Dolto de una manera más enigmática, de un modo más mezclado, menos unívoco, digamos (que el que creímos hallar en Lacan y su espejo). En efecto, y digamos sólo un par de cosas, cuando F. Dolto habla de imagen del cuerpo, no entiende el término imagen en su acepción visual dominante o privilegiada. Incluso ésta es la razón por la que aconsejo ponerse en guardia cuando se trata de introducirse en esta noción. A saber, que, lejos de concebirla como una imagen en el sentido visual del término -que tiene no obs- tante tanta incidencia en nuestros entendimientos de hoy, básicamente referidos a la imagen visible-, F. Dolto abre esta "imagen" a otras sensorialidades. E incluso podremos considerar hasta cierto punto-volveremos a esto-que ella edifica la noción de imagen inconsciente del cuerpo para contraponerla justamente, para que ponga coto a una con- cepción exclusivamente visual de la imagen (del cuerpo), para que haga contrapeso a la dominante (visible) de la representación corporal. Es cierto que esto se hallará siem- pre en juego cuando se trate de lo especular. Pero, por ahora, quedémonos simplemente aquí: la imagen del cuerpo, la imagen que recibirá el nombre de imagen inconsciente del cuerpo, no debe ser pensada primero bajo el registro de lo visual, en relación con lo escópico. A la vez, éste es otro modo de entender la denominación de inconsciente, otro modo de introducir el fundamento de su pertinencia. Y es también uno de los elementos capaces entonces de relanzar la interrogación sobre el uso que da F. Dolto al término imagen. Sintetizando, podríamos formularlo de la manera siguiente -a la que ya hemos aludido-: la imagen del cuerpo, esa imagen del cuerpo que ella promueve (para llamarla finalmente inconsciente), ¿por qué puede ser lla-

mada imagen? Y esto, en particular cuando se nos señala, como ahora, que la noción no puede ser reducida a su acep- ción visible, ¿quiere decir que el término imagen funcionaría en cierto modo como una antífrasis, al llamarse imagen a lo que no es imagen (en el sentido corriente)? Por su agudeza, estas cuestiones son, como mínimo, una manera de confirmar decididamente la complejidad del problema por el lado de Dolto; una complejidad que también podríamos ilustrar recordando, cosa bienvenida en este contexto, el hecho de que la imagen del cuerpo en el sentido en que ella la promovió -es decir, cuya génesis se arraiga en un tiempo primordial y hasta arcaico de la existencia de un ser humano- no puede proyectarse sobre (o reducirse a) esa definición trivializada que encontramos en los manuales, como sucedía ya en el pionero Paul Schilder, 25 según la cual se trataría simplemente de la "representación que tenemos de nuestro cuerpo". He aquí una definición demasiado psico- logizante y reductora como para satisfacernos. Y el hecho de que F. Dolto le haya pegado resueltamente la estampilla de lo inconsciente confirma que, a su vez, tampoco pudo ate- nerse a ella.

En cuanto a organizar el encuentro entre Dolto y Lacan que el presente trabajo se propone establecer en el terreno de la imagen (y de lo especular) -con las distancias (¡y acercamientos!) que ya se han manifestado-, hay otro punto histórico que debemos evocar en esta etapa y que no pode- mos reducir a su apariencia anecdótica. Pues confirma, de hecho, por si hiciera falta, la realidad tangible del diálogo Dolto / Lacan alrededor de la cuestión del espejo, un diálo- go al que proporciona en cierto modo el recuerdo de una escena originaria (¡otra vez ella!) que nos permite plantar mejor aún el decorado del encuentro (¡realizado!) vuelto así memorable. Resulta que, en efecto, enjunio de 1936-el 16 a la noche, para ser precisos- el tal Lacan presenta una comunicación sobre el tema del espejo ante la Sociedad psicoanalítica de

25 L'image du corps, Gallimard, 1968.

o~

París (en ese momento la única sociedad de psicoanálisis en Francia), comunicación que, dirigida a sus pares parisinos, es manifiestamente preparatoria de la conferencia que debía pronunciar (y que tuvo lugar efectivamente, aunque se vio interrumpida) en el congreso de Marienbad, pocas semanas después. 26 Pues bien, ¿adivinen quién llevaba la pluma de relator en esta sesión de preestreno referida al estadio del espejo? ¡Sí, claro, F. Dolto! Apellidada todavía Marette y joven impe- trante de la Sociedad psicoanalítica, puesto que estaba en análisis (con R. Laforgue). ¡Nunca se dirá cuán bien hace el azar las cosas! Esta circunstancia inesperada justifica ya que precisemos (en lo que precede) la fecha de esta sesión que Marette consignó esmeradamente en su agenda, con la siguiente nota perso- nal contrastada, y cito:

"muy seductoras teorías Lacan un tanto encandilado por la magia de las palabras." 27 Y, por si fuera poco, esto nos permite disponer -gracias al fondo de los Archivos Fran~oise Dolto- de algunas notas indicativas que se han conservado de ese informe y que E. Roudinesco menciona en su trabajo sobre Lacan. 28 Estas notas -que el lector encontrará en el anexo- dicen mucho sobre la amplitud de la temática que Lacan quería abarcar en su exposición y hacen comprender su despecho por el fre- nazo asestado (en Marienbad) a su impulso. Esto no hace más que subrayar la singular importancia de ese encuentro preparatorio, conmovedor por la coyuntura excepcional en que se produjo y, según lo que podemos extraer de él, rico en contenido. La ocasión es propicia sobre todo para constatar que F. Dolto pudo, pues, tomar muy temprano conocimiento -¡lo más temprano que era posi-

26 La exposición de Lacan se realizó exactamente el 3 de agosto. En varias ocasiones, incluidos los Escritos, Lacan relata el modo en que fue interrumpido (por Ernest Jones); Lacan se negó luego a presentar el texto de su comunicación, irremediablemente perdido desde entonces.

:z 7 Agradezco a Colette Percheminier, directora de los Archivos Fran1;oi- se Dolto, por haberme próporcionado esta información.

28 E. Roudinesco, op. cit., pág. 159.

"

ble!- de ese estadio del espejo lacaniano prometido a un futuro tan brillante. Ocurre, en efecto -no podemos mini- mizarlo-, que F. Dolto se cuenta entre quienes tuvieron el raro privilegio de captar lo que concernía al estadio del espejo desde las primicias de su elaboración por Lacan, de aprehenderlo para tomar conocimiento de él en su estado casi naciente. ¡Podríamos decir que ella asistió al parto, si es que no fue la partera! La historia no dice si, traído ya al mundo este bebé pro- lífico, pudo ella prever su floreciente futuro, y predecir el futuro de la prometedora temática. En todo caso, no podría- mos decir que desconoció su sentido y su tenor, puesto que . pudo hacerse al respecto una idea precisa y de primera ma- no, de entrada. Lo cual reaviva más aún el interés de ·••· descubrir aquí su propio punto de vista sobre una cuestión • de la que fue tan precozmente advertida. Por otra parte, hay cierta ironía en esto de poder percibir con precisión minuciosa de historiador el modo en que F. Dolto tomó directo conocimiento del espejo, puesto que po- demos sorprenderla sin mediaciones en el instante mismo de esa captación; mientras que (ahí está el toque irónico) sabemos finalmente mucho menos, con mucha menos certe- za, cómo llegó en lo concreto a apoderarse de la noción de ·imagen del cuerpo que luego puso a su servicio. Todavía hoy debemos limitarnos al respecto a un escaso número de . conjeturas más omenos fundadas, una vez recordado que, en su origen, la noción de imagen del cuerpo es de esencia neurológica (vinculada a los trabajos de Weir-Mitchell, Head, •:y luego Schilder, entre otros). Para quedarnos a fines de los años treinta, época a la que todo esto nos remite, no puede ,dudarse sin embargo de que una de las fuentes posibles y hasta probables de F. Dolto haya sido el libro publicado en esta época por el neurólogo francés Lhermitte, a quien

•Lacan

menciona además en este contexto. 29

Sea como fuere, esta evocación del pasado histórico viene

29 Cf. El, pág. 175. La obra de Lhermitte, L'image de notre corps, fue

-;: reeditada

por l'Hartmattan, 1998. Véase tambien F. Dolto, Le féminin,

· op. cit., p. 295.

oportunamente a completar el marco que queremos dar a nuestro trabajo. Nos abre toda una perspectiva en la que

viene a inscribirse la discusión de fondo que anhelamos em- prender--0 transmitir- entre Lacan y Dolto, ocupados uno

y otra, como los vemos, desde el principio, en una investiga-

ción que pasa por la imagen. No basta decir que la simple instauración de ese debate nos devuelve, por más de una razón, a la experiencia especular inauguralmente formali- zada por Lacan. Sobre este tema tendremos que focalizar sin duda nuestra empresa así como el diálogo entre nuestros dos "contendientes": sobre ese estadio del espejo con el que uno

y otro se vieron tan precozmente confrontados.

2. DOLTO: IMAGEN, INCONSCIENTE E (IN)VISIBLE

En el momento de emprender esa especie de confrontación dialogada que sugiere nuestro proyecto de conjunto, hay una cuestión que debemos remarcar de entrada y que atañe a la imagen del cuerpo según F. Dolto -pues es como una ca- racterística, como un rasgo distintivo suyo-, y que lleva a apartarla formalmente de la visibilidad, del registro de lo visible. Mencionamos esta cuestión ya en el capítulo ante- rior, pero es necesario insistir por cuanto condicionará poco más o menos todo nuestro desarrollo siguiente, del que va a representar una suerte de pivote. Y en particular porque, tal como hemos entrevisto, el punto debería introducir necesa- riamente un primer nivel de disparidad entre las perspecti- vas de Dolto y Lacan, una distancia que se hará sentir a lo largo del debate entre ambas perspectivas y que podemos caracterizar, pues, con referencia a la visibilidad, por una manera diferente de aprehender la relación de la imagen con lo visible e incluso, de manera más fundamental todavía, considerando el lugar de principio otorgado a la visibilidad en el marco de la teorización. En efecto, así como, para ir rápido -sobre un punto que exigiría no obstante una circunspección mucho mayor-hay motivos para discernir en Lacan la intervención de cierta "primacía de lo visible" (igualmente localizable en determi- nada orientación del propio Freud), es decir, un predominio en el humano de lo que él mismo llegará a designar como

"pulsíón escópíca" (&L1 cuestionar por ello la prímací otorgada al significante lingüístico), digamos que, por ef contrario, F. Dolto adopta una orientación de principio muy distinta, que manifiesta y expresa intrínsecamenté "su" imagen del cuerpo, su concepción de la imagen in~ consciente del cuer-po. Sobre esto querríamos insistir de entrada, dejando explícito el modo en que es posible encontrar en Lacan una suerte de favor, de prioridad concedida a lo vinculado con lo visible, y que orienta así sus desarrollos en una dirección de la que no podremos encontrar ningún equivalente en F. Dolto. ya lo he mencionado: cuando se trata de introducir esta noción compleja de imagen inconsciente del cuerpo, creo necesario lanzar sistemáticamente una primera alerta, una, advertencia destinada a evitar cualquier malentendido y cualquier contrasentido. A saber, que si no queremos extra, viarnos de entrada, y gravemente, respecto de esta noción, me parece esencial empezar por desprenderse todo lo posi- ble de lo que en nuestras mentes conduce, por lo general, a percibir el término imagen en la modalidad óptica, visual, es decir, la misma que llegó a ser dominante para nosotros. Tan cierto como que la imagen, en el sentido en que la entende- mos habitualmente-hasta el punto de desconocer sus otras· . acepciones y resonancias-, es ante todo la imagen óptica, la imagen de la visión, la imagen reducida a la mera sensoría- lidad de lo visible. Por otra parte, habría razones para pre- guntarse por esa suerte de "colonización" del término ima- gen que la somete a esta exclusividad de lo visual. Domina- ción que confirman sin duda, a su manera rampante, los progresos de la civilización tecnológica, que mantienen o refuerzan nuestro sometimiento a la imagen en tanto visi- ble. Hasta el grado de que ya no admitimos para este término ningún otro significado -término cuya extensión es demostrada, sin embargo, por los diccionarios-, olvidan- do por ejemplo, dicho sea esto trasladándonos de inmediato a la otra punta de la cadena asociativa que nos importa, que "imagen" es una palabra deudora igualmente de la retórica, en el sentido de que también la poesía procede por imágenes.

Lo cierto es -y de aquí debemos volver a arrancar- que, uando se piensa imagen, se piensa primero óptica, visión er). Y así ocurre, en efecto, a lo largo de los desarrollos del opio Lacan; casi no lo veremos hablar de imagen de otro odo que en este sentido de lo visual, de lo visible totalitario, n la sola referencia a lo escópico. Pues bien, insistamos aun más; de esto, exactamente, hay 1ue apartarse sí se quiere poder seguir de un modo correcto que implica la conceptualización de la imagen (del cuerpo) ~n F. Dolto. Pues esta imagen -imagen inconsciente del cuerpo- debe ser comprendida en tanto procede de otra ·esencia, y en tanto interviene de manera característica, por ·definición misma, en un registro que no es el del reinado ':'exclusivo de la visibilidad. En cualquier caso, esta dímen- 'Síón de lo visible, aunque F. Dolto no se sustraiga a ella, no goza de ningún trato preferencial y se ve relegada más bien a una posición que habrá que llamar segunda, cuando no secundaría. En síntesis, sin perjuicio de defraudar a aquellos o aque- llas que esperarían de esta concepción algún esclarecimien- to presuntamente psicoanalítico sobre el aspecto formal del cuerpo, sobre la belleza y sus vicisitudes más o menos do- lorosas en el humano, debemos insistir en que no se trata de esto: de ninguna manera, no se trata del "look", de lo que el cuerpo ofrece como manifiestamente visible; en otras pala- bras, no está en juego nada de lo que podríamos llamar imagen del cuerpo en el sentido corriente del término. De ahí el malentendido que se instaura con tanta frecuencia con los que esperaban obtener en este terreno algunos consejos profundos (¡o cutáneos!), algunas indicaciones relativas a los cuidados de la estética corporal. Porque en este aspecto F. Dolto nos deja más bien con las ganas sí la cosa era explicar, cuando no tratar (de) lo que concierne a la relación (por insoslayable que sea) de cada cual con la estética del cuerpo propio. Este no es su propósito. En este asunto, Dolto no se ocupa de lo que el cuerpo da a ver. Por lo tanto, no se trata de la imagen del cuerpo en el sentido común -y do- minante- tal como se le manifiesta al otro, cuando no a uno

mismo, en la mostración de lo visible. Esta imagen del cuerpo es tributaria, en efecto, de otros registros que no pertenecen de modo exclusivo al orden de. la visibilidad, sino que en realidad conciernen a un nivel de sensorialidad que debemos llamar más fino o más primordial, cuando están en juego otras dimensiones menos dominantes (que lo visible), aspec- tos menos totalitarios (y más sutiles) de la corporeidad.

Para que todo esto resulte comprensible es preciso, ade- más, llevar el despliegue de la imagen del cuerpo al sitio en el que tiene lugar concretamente, aquel que autoriza a F. Dolto a calificar a esta imagen de inconsciente, por lo mismo que ella inscribe su marco en los inicios más lejanos de la existencia de la cría humana. A modo de recordatorio, di- gámoslo así: 1 la imagen del cuerpo no es, al fin de cuentas, otra cosa que aquello mediante lo cual F. Dolto nos restituye en teoría (clínica) su propia lectura de lo infantil, el viático que le permite explicarnos de qué modo ella entiende y des- cifra efectivamente la vivencia del infans en las etapas de su construcción original, el modo en que se realiza para éste la elaboración primera de su subjetividad. En este sentido, la imagen del cuerpo es en cierta forma, para F. Dolto, el equivalente de lo que es, para Freud, el desarrollo de la sexualidad infantil. 2 Y en este ascenso a las fuentes prime- ras del ser, llegado el momento Dolto deberá pasar también, como es lógico, por la temática lacaniana del estadio del espeJo. Pero seamos aún más precisos en el encuadramiento relacional de esta arqueología infantil -por la cual cuerpo y sujeto se determinan conjuntamente a través del lengua- je- y digamos que la imagen del cuerpo puede ser conside- rada como el fruto subjetivado de lo que se elabora, de

1 Para un mayor desarrollo, me permito remitir al lector al conjunto

de mis trabajos. Cf., por ejemplo, Le corps psychique, op. cit. , cap. 2: "Le

réel de l'infanS".

2 Ya he tenido ocasión de trabajar en particular este acercamiento concurrencial con Freud, una manera de reanudar el debate sobre la

cuestión de los "estadios".

manera primigenia, en la relación del bebé con la persona tutelar, con el Otro primordial (para utilizar ya las palabras de Lacan), general o clásicamente figurado por el personaje de la madre. Todo cuanto se afirma de las características de la imagen del cuerpo, en particular las que constituyen su tenor, re- mite de manera esencial a la forma en que ella se fabrica, se construye, se elabora en el contexto de esa vivencia infantil <que F. Dolto insiste en llamar eminentemente relacional y ,lingüística: se trata de lo que ella designa como "comunica- ' ción interpsíquica" entre el niño y su madre, y por lo cual, podríamos decir, ésta da sentido al mundo y al ser mismo del •niño, para el niño. Por lo demás, la apuesta de toda esta árqueología primordial relacional -y nótese que F. Dolto indica la dimensión del lazo jugando con el prefijo "ca-": co-

- es lo

que debe determinarse respecto de la subjetividad del niño en el propio seno de esa relación de "díada", como se la llama, con la madre; pero de una díada que, en Dolto-lo mismo que el1 Lacan-, está siempre ternarizada, siempre abierta a ,\superación por intervención de un tercero. Si F. Dolto habla aquí en términos de imagen del cuerpo, • si en principio se trata, pues, del cuerpo, es para enfatizar el hecho de que está en juego la corporeidad del niño, conjunta a la de la madre. La imagen del cuerpo en este sentido de-

signa la matriz corporal de la subjetividad. Pero ello, debido a 'que el cuerpo mismo está sometido a-y es portador de- la dimensión significante del lenguaje. No hay cuerpo propia- mente humano que no esté encajado de modo fundamental en el dispositivo del lenguaje y de la palabra. y tampoco hay lenguaje ni palabra sino referidos a un ser de carne, hablan- te entonces en un cuerpo que da carne (el "Leib" de la fenomenología). La imagen del cuerpo es lenguaje y es cuerpo, está inserta en la carnalidad urdida por ese entre- cruzamiento del uno al otro, del uno por el otro. Esa imagen es cuerpo llevado al lenguaje, sublimado por ély deviniendo, en este sentido, soporte de la subjetividad hablante. Al "hablaser" de Lacan, Dolto le adjunü1 el fundamento de

nacimiento, ca-corporeidad, e incluso ca-narcisismo

cuerpo que el hablar requiere y que la imagen del cuerpo asegura de manera primordial. Ningún hablaser lo sería sin el cuerpo que también lo hace hablante humano. La imagen del cuerpo se determina por la puesta enjuego de los procesos que operan en la red sutil de estas primeras relaciones con la madre, procesos donde entre cuerpo y len.- guaje intervienen las nociones de identificación, proyección o introyección. Una primera manera de comprender lo que lleva a F. Dolto a designar esa imagen del cuerpo como. inconsciente, es considerar precisamente que esta imagen se construye, se teje, podríamos decir -metáfora textil que F. Dolto utiliza con frecuencia-, por la mediación implícita de estos diferentes procesos relacionados que actúan de ma- ·· nera tangible, en lo insabido de lo que no se percibe (pero se experimenta, se siente) en el tejido de la relación madre- niño. E insabido, no tanto por pertenecer a lo psíquico inefable sino, más que eso, porque pone en juego la sutileza de las modalidades también corporales de la comunicación, moda" lidades corporales cuyo detalle F. Dolto se dedica a recons" truirnos. La "imagen" designa aquí lo que queda, lo que permanece, el cociente de lo que se simboliz.a de y en esa relación pri- mordial, por la incidencia de lo que opera de y en la relación inconsciente con la madre. De ahí que no se trate solamente de la imagen producida por lo escópico, sino asimismo del efecto de cualquier otra recepción o percepción, incluso en lo que ella tiene (¡para nosotros!) de imperceptible. Esto con- duce a F. Dolto a hablar, por ejemplo, en esta formalización de la imagen inconsciente del cuerpo, de imagen olfativa o, para ser más precisos, en lo que ella considera como lo más original que existe respecto de lo que "carnaliza" sutilmente el ser del niño: una imagen olfativo-respiratoria. 3 La deno- minación muestra hasta ·qué punto, en este contexto, se descarta por entero la exclusividad de lo visual, toda vez que, en el sentido aquí entendido, la imagen ya no tiene nada que

3 Cf. Le sentiment de soi, op. cit., pág. 183.

la reduzca a su supuesto lazo dilecto y privilegiado con el registro del ver. Es más bien una imagen-resto, una imagen- huella corporal, 4 pero de valor subjetivo. A todo esto, lo importante es observar que todos los sentidos están convo- • cados en esta carnalización primera señalada por la imagen inconsciente del cuerpo. Y esto se comprende advirtiendo que, en el marco primor- dial de relación diádica con la madre desde el cual F. Dolto despliega toda su elaboración, nada asegura que hubiese que dar algún privilegio a lo visual. Por el contrario, F. Dolto no se cansará de encontrar aquí la influencia posible y hasta predominante de todas las diferentes sensorialidades: olfa- tiva, respiratoria-como hemos visto-, pero también visce- ral, intestinal, todo lo vinculado al sostén [portage] del niño, al ritmo, etc. Podemos decir que todas las manifestaciones de cuerpo, de co-corporeidad, son convocadas para dar cuen- ta de lo que constituye desde entonces la multiplicidad sin- fónica de los componentes de la imagen del cuerpo: donde lo visual es, a lo sumo, una determinación entre otras, de algún modo más fundamentalmente esenciales puesto que son tanto o más estructurantes que lo visual. 5 De aquí resulta asimismo -y, en este contexto, tal es el punto en el que debemos insistir-que la imagen del cuerpo no debe ser concebida como la imagen que un tercero obser- vador podría percibir desde afuera, de la que podría tomar conocimiento por cuanto ella se daría a ver, se ofrecería a su mirada; sino más una imagen en el sentido de una interio- ridad -ampliamente insabida, por otra parte, ya que se la llama inconsciente- que simboliza las vicisitudes psicocor- porales primordiales de la vida del sujeto. En este sentido, no tanto imagen objetiva, por decirlo así, como imagen subjetiva en el sentido fuerte del término, interiorizada, íntima.

4 En un sentido cercano al uso vigente al comienzo en el discurso de

los neurólogos. 5 Como se lo podría ilustrar siinplemente recordando el caso prínceps

del niño de la sábana, donde no hay nada visual en juego. Cf. Le corps

psychique, op. cit., pág. 26.

Es decir que, lejos de ser una imagen producida pasiva- mente y que se pueda materializar, exteriorizar-jo captar sobre una pantalla!-, designa más bien el efecto mismo de la relación primordial en su dinámica estructurante, la ima- gen que el sujeto niño se hace ser,y deviene.No una imagen que habría que mostrar (visualmente), sino una imagen que contiene el modo en que el ser se moldea.

No ignoremos la claridad que esto nos aporta, de paso, en cuanto al porqué de la denominación de inconsciente que F. Dolto cree adecuado -y en una segunda etapa de su elabo- ración, además- adjuntar al término imagen del cuerpo para proporcionarle su calificación característica. Presenté ya en otro lugar un inventario de las diferentes maneras de responder a esta pregunta: ¿por qué la imagen del cuerpo es llamada inconsciente? Tendremos luego ocasión de volver sobre una de las modalidades esenciales de respuestas po- sibles. Pero a esta altura podemos presentar una doble primera respuesta. Según hemos dado a entender, la ima- gen del cuerpo se especifica como inconsciente porque está enteramente situada-en su despliegue estructurante- en aquellos tiempos primeros de la arcaicidad subjetiva. Y en- contramos entonces, en su nivel, esa afinidad de principio que existe entre lo arcaico y lo inconsciente (en el propio sentido mismo de Freud). Para F. Dolto, inconsciente es la denominación apropiada para designar lo que de primordial sejuega para el niño-para el infans- en la relación con su madre, lo que implica igualmente el basamento corporal de esa relación. Es decir que lo inconsciente es, en este sentido, un inconsciente-cuerpo, un inconsciente corporal; y la ima- gen del cuerpo llamada inconsciente designa, en este carác- ter, aquello que lo inconsciente debe al cuerpo. Pero, como corolario -y éste es el segundo punto que habíamos anunciado-, puede considerarse que esta especi- ficación de inconsciente se debe también a lo que esto im- plica de invisible, a lo que hace de ella una suerte de imagen invisible, por decirlo así; en el sentido, al menos, de que no toma lo esencial de sus rasgos, de su figura, de su configura-

ción, en la dimensión de lo visual, de lo escópico, que a lo sumo es un elemento más entre muchos otros -los hemos mencionado (del orden de lo sensorial, de lo sentido, de lo experimentado)- cuya importancia es similar y que son constitutivos, también ellos, de lo que viene a ser la "made- ra" de esa imagen, su materia. Puesto que esa imagen es cuerpo, cuerpo de lenguaje, y encarnado en una palabra (de vida). 6 Para ser más precisos, habría que distinguir dos cosas. Por un lado, los elementos que forman dicha imagen (cuya naturaleza heteróclita se ha mencionado). Por el otro, el propio tenor de esta imagen en su esencia manifiesta. En cuanto al primer punto, no se trata de negar el papel cum- plido por el registro de la visión. F. Dolto no desconoce la intervención relevante del circuito de la mirada, del inter- cambio de miradas entre la madre y el niño, ¿acaso sería posible? Volveremos sobre el punto más adelante. Pero sí relativiza de modo considerable esta dimensión al conside- rar lo visual como una dimensión inserta en la serie de todas las otras múltiples sensorialidades, de todos los otros aspec- tos de la relación psicocorporal primordial. Nos recuerda, y de manera decisiva, que "en la constitución de la imagen del cuerpo, las pulsiones escópicas ocupan un lugar muy modes- to, incluso totalmente ausente para la organización del

narcisismo primario". 7

En cuanto al segundo punto, y en lo referido al propio tenor de esa imagen del cuerpo, ahora se entiende mejor que pueda llegarse a calificarla de no visible. Porque su esencia no está ahí, desde el momento en que se ha tejido, tramado en el trasfondo de todas las modalidades de la comunicación corporal inefable en el seno de la díada; esa imagen no se ve, no se muestra, permanece inaccesible a cualquier "observa-

dor" tercero.

Y sin embargo, llamarla no visi.tile no impide tener que considerarla como figurable. Toda la clínica de F. Dolto, en

13 Cf. C'est la parole qui fait uivre, dir. W. Barral, Gallimard, 1999.

7 IIC, pág. 121.

particular lo referido a las representaciones plásticas del niño, está basada en eso, en una modalidad interpretativa que con- siste en encontrar algo de la figurabilidad en el sentido freudia- no. del término; por lo menos, si es así como debe traducirse la Dasterllbarkeit hecha presente en el sueño. Pero al mismo tiempo, y aprovechemos para señalarlo, esa referencia a la técnica psicoterapéutica del dibujo, aun siendo lógica, terminó siendo fuente de confusiones. Pues en algunos casos indujo la idea de que la imagen del cuerpo según F. Dolto no era otra cosa que la imagen así producida por los niños, especialmente en el marco de la situación ana- lítica, y de manera entonces casi psicotécnica. Ya tuve ocasión de destacar el contrasentido que esto encerraba, atento el hecho de que no puede considerarse que la imagen figurada del dibujo del niño indique la imagen del cuerpo como tal, aun cuando sea una representación posible de ella producida proyectivamente por calco y/o por transferencia. 8 Razón de más para no ceder a las seducciones de la imagen, en tanto equivaldría a representación. Pues la representa- ción figurada, lejos de ser asimilable en sí misma a la imagen del cuerpo, es a lo sumo un retoño figurativo de ésta, una re- presentación. Distingo que confirma concretamente el he- cho en el que insistimos: el de que, así concebida, la imagen del cuerpo no es de esencia visible aunque pueda, no tanto darse a ver como figurarse, representarse, dar lugar a re- presentación, como cuando media la transferencia, que la vuelve así expresable, figurable en la producción plástica (modelado o dibujo). A su vez, esto autoriza a comprender la imagen del cuerpo en sí misma como lo que se modela similarmente, por decirlo así, como lo que se "dibuja" a flor de cuerpo en un movimiento figurativo, expresivo -e impresivo- que procede del cuer- po para, a flor de cuerpo, hacer aparecer en esta imagen (no percibida) el ser íntimo del sujeto. La imagen del cuerpo es calificada de inconsciente por

8 Me dediqué a explicitar esta distinción en Le corps psychique, op. cit., cap. 4. Véase también el prólogo a Le sentiment de soi, op. cit., págs. \7J

a IX.

•·(:arecer de un estatuto que sea inmediatamente representa- tivo. Y se cae en un grueso error al restaurar en ella una imaginería que, de hecho, esta concepción problematiza al 'tratar de una imagen que no es directamente plasmable en :imágenes. Porque ella es, ante todo, aquello por lo cual el cuerpo se modela relacionalmente, subjetivamente, para de- terminar la identidad de sí a través de la relación hablada bon el otro y con el mundo. Así concebida, la imagen del cuerpo es, antes de poder eventualmente (re)presentarse, figurarse, un dibujo del :••cuerpo, por decirlo así. Ella es el cuerpo en tanto éste es, en el humano, dibujo (¡designio!)* que habrá sido "dibujado" por las relaciones primordiales -aprobatorias o reprobato- .rías- de la vivencia del niño. Sería un error, pues, buscar la imagen del cuerpo en los elementos visuales que pueden producirse, se trate de la representación figurada o de vaya a saber qué imagen "men- tal"; pues todas apuntan a devolver a la imagen el estatus ·•del tener-"tener una imagen"-, mientras que con F. Dolto estamos más bien en el registro de una búsqueda del ser movilizada por la representación indelimitable y mediata. Nada lo expresa mejor que designar a esta imagen como inmanente al cuerpo. Hay una inmanencia de la imagen y esto es precisamente lo que la asigna al inconsciente. La inmanencia nos pone en la pista de una inaccesibilidad de la imagen del cuerpo, o sea, de aquello por lo que el cuerpo es también cuerpo del sujeto, para el sujeto, que él sostiene y que subyace en su advenimiento. Para ser más precisos, sólo por la puesta en juego relacional y simbólica -"simbolíge- na", dirá F. Dolto--de la corporeidad de la cría humana, se produce de manera entonces inmanente lo que emerge de ella como su subjetividad. Y el resultado, la entidad imagen del cuerpo (inconsciente), designa aquello por lo cual el ~uerpodeviene soporte (¿hábitat?) del Yo [Je].** No hay Yo [Je] sin un cuerpo que lo anime.

* Juego de palabras basado en la homofonía entre dessin, dibujo~ y

dessein, designio (y también diseño). (N. de la T.) ** Alo largo de este libro, sólo las referencias al yo en tanto traducción

Así pues, la imagen del cuerpo debe ser llamada no visible"

por naturaleza, y ello aunque sea figurable o expresiva. Est último, por cuanto F. Dolto le asigna la función de la co, municación en su totalidad, incluida la comunicación lin-

güística: "gracias a nuestra imagen del

) podemos

entrar en comunicación con el otro" (IIC, pág. 21) De ahí la importancia de distinguir, tal como lo hemos

hecho, estos dos niveles: por un lado, la imagen del cuerpo en su constitución, en su "fabricación" (relacional, lingüística),

y por el otro, sus manifestaciones (figuradas, expresivas) o

su captación. Esta doble descripción permite comprender mejor que, de todas formas, la imagen del cuerpo no es una imagen escópica; que si no se ve, podríamos decir, si no (se) da a ver, es porque corresponde más al ser-íntimo, insabido:;' inconsciente- que a la exterioridad manifestada en el apac recer del ver. Y justamente por eso F. Dolto nos conduce en su conceptualización a despegar la imagen de su seducción

o subducción por el encantamiento de lo visible. Para resumir, si se constituye algo así como una imagen del cuerpo-lo que en esta teorización implica una posición subjetiva identitaria de la corporeidad, indicando esto lo que la subjetividad debe al cuerpo-,9 si cierta entidad designa-· da como imagen del cuerpo cobra forma para u,1 sujeto, y a través de la especie de morfogénesis o de embriología (sim- · bólica) que esto supone, no podría hacerlo únicamente por la vía óptica del lazo corporal de comunicación en la díada, sino otro tanto, o aun más, según los registros mucho más tenues pero más profundos e inmediatamente vivaces para el niño, para el infans-y hasta para el embrión-que son las múl-

tiples percepciones* y trances sensoriales de su ser en el mundo.

de je están acompañadas por el término francés entre corchetes. Las

de1nás corresponden siempre al yo como traducción de moi. (N. de la T.)

9 Cf. mi presentación en el coloquio de la Unesco,. eri Franqoise Dolto, aujourd'hui présente, Gallimard, 2000, "Du corps ·comme· identité a l'Inconscient comme dynamique", págs. 381-392.

*En el original, ressentis. El término es empleado usualmente por F.

Dolto con referencia a lo experimentado por el bebé, a lo que esi:e "siente"

En esta línea debe comprenderse, por ejemplo, que F. Dol- forje un término como imagen "batestésica", indicativa para el sujeto de la huella corporal (el "engrama", dice Dolto "¡;rveces) ligada a la presión que el niño siente y que acompaña su manera de encontrarse o sentirse portado, y en que esto se inscribe en él, para él. También con esto el niño se determina, y con esto, de manera más general, el sí mismo ogra determinarse corporalmente: en la relación de lengua- é, según lo que de la imagen del cuerpo se vea en ésta apro- ,ado o, a la inversa, reprobado, sancionado, y entonces i'eprimido. En la imagen del cuerpo y por ella, también la ley l!e inscribe en el ser, en la carne:

: Pues aquí está, a todas luces, lo esencial. Si la imagen

);nultiplica las sensorialidades, no es porque F. Dolto haga Valer aquí una suerte de etología generalizada del lactante en el marco de esa primera relación con la madre. Es sobre ;.todo porque ella asigna a esta relación una naturale~aesen- cialmente lingüística, relación tejida en y por la textualidad •significante, relación simbólica con valor y alcance simboli- ~adores; a través de un proceso que excede otro tanto y 'fa·asciende a toda la captura en la sensorialidad múltiple a 'fo que sin embargo esto remite en la inscripción corporal. Lo cual nos confronta simplemente con la engañosa paradoja de \¡ue la palabra "imagen" -en la fórmula "imagen incons- ·ciente del cuerpo"- tiene valor de símbolo, de que este término es aquí portador de simbolicidad identitaria para el sujeto mientras que sólo designa, y recuerda, su anclaje en

el cuerpo.

No

es necesario retomar ahora desarrollos que ya tuvie-

---

en su cuerpo según la fase_ de des8.rrollo libidinal en que se encuentre.

Gramaticalmente, se trataría de un participio pasivo sustantivizado; y su cbrrespondiente literal en castellano, ' 1 sentido", no siempre es posible de utilizar por riesgo obvio de equívoco semántico o por razones de coherencia sintáctica. En concordancia con la versión castellana de La imagen inconsciente del cuerpo) se encontrará en general "sentido", y también "lo sentido de", con el término francés insertado entre corchetes. Cuando utilizamos el término "vivencia", corresponde al francés vécu. (N. de la T.)

ron su espacio en otra parte; limitémonos a mencionar qu este primer estado de la cuestión -a propósito de lo visibl y de su presunto reinado exclusivo- nos da ocasión par. efectuar algunos repasos fundamentales en cuanto a l noción de imagen del cuerpo, repasos que sin duda será necesarios para lo que sigue. Incluso presentimos que est. anticipa la posición de F. Dolto respecto del estadio de espejo de Lacan. En efecto, es apropiado para dejarno advertir -y digámoslo en calidad.de hipótesis premonito. ria- que la imagen (inconsciente) de F. Dolto pudo se forjada por ella para contrarrestar esa suerte de dominació implícita de ló visible en los aparatos de pensamiento de psicoanálisis (de los que el estadio del espejo es una especi de paradigma). También constituiría para ella una manera de promover,; otra modalidad de arraigo fundamental del narcisismo,; distinto del meramente óptico, visual, especular -lo que. significa un narcisismo que no sería exclusivamente el del yo'. en sus gesticulaciones de prestancia-; dicho en otras palfü> bras, desamarrar el narcisismo de aquello que lo somete al yo, mientras que Lacan, con el estadio del espejo, hunde el clavo del narcisismo en tanto yoico, en tanto esencialmente yoico y alienado. El sentido mismo del estadio del espejo es· certificar el modo en que el narcisismo es encadenado al yo, En todo caso, no hace falta insistir en la importancia de estas consideraciones diferenciales de las que ofrecemos ahora una primera localización. En este contexto, lo que confirma la audacia de F. Dolto, el golpe maestro de su conceptualización, es que pese a todo haya elegido (y conservado) el término imagen justamente para hacer oír y resonar contradictoriamente -como en una suerte de antífrasis- un modo de entender este término distinto del que pretenderí;> reducirlo a la exclusividad de lo visible. 10 Decir que la imagen del cuerpo no es de naturaleza óptica

10 Y sin remitir tampoco la imagen a la categoría de "imagen mental" utilizada por los psicólogos, por más interés que- ofiezca examinar en es-

te aspecto la relación entre ambos campos.

implica que tampoco se trata de la imagen del cuerpo en el sentido de lo visible, es decir, del aspecto estético, de la mos- tración estética del cuerpo, toda vez que, como hemos seña- lado, lo que esta imagen resalta es más la textura relacional y lingüística que constituye su esencia. Conviene apuntar que estas precisiones aclaran, de paso, otro aspecto esencial de lo que caracteriza a la empresa conceptual de F. Dolto, un aspecto que nos hace palpar lo que constituye la orientación -ética- de esta obra y de este pensamiento; puesto que implica, por lo pronto, separarse de lo visible marcando distancia respecto de un privilegio al que se juzga inmerecido oforzado, y esto haciendo valer una puesta en juego del cuerpo totalmente distinta, más íntima, más interiorizada, más intrínseca, en la determinación es- tructural de la subjetividad. Con esto queremos indicar que aquí reside, sin discusión, una de las dimensiones cardina- les del pensamiento doltiano y que compromete en este sentido, podríamos decir, una crítica de la visibilidad desde el momento en que ésta implica la alienación del sujeto bajo el imperio de las vanidades de la apariencia. Punto crucial que, sin la menor duda, tenemos que destacar por lo que significa en cuanto a la característica intrínsecamente ética del pensamiento de F. Dolto. Y que no dejará de reaparecer más tarde, cuando arribemos a los fundamentos de este pensamiento. Pero ya lo habíamos sugerido poco antes: bien pudiera ser que tal orientación tenga una contrapartida, la de que, en resumen, la clínica de F. Dolto -en todo caso cuando pre- tende fundarse sobre esa articulación primera de la imagen del cuerpo- dejaría de lado todo cuanto atañe a la dimen- sión propiamente visual de la imagen corporal, todo cuanto está ligado al narcisismo del "look" y que no obstante tiene incidencias tan desastrosas en los seres humanos, ya sea en la relación con ellos mismos o en sus vínculos, los amorosos incluidos, con el otro, ¡lo que no es poca cosa! 11

11 Pero, apuntémoslo, nada indica que, sobre este punto, Lacan (¡el

Lacan del espejoD le conceda mucha más atención(?).

Si podemos decir, en definitiva -llevando la paradoja al

extremo-, que la imagen del cuerpo en el sentido de F. Doltc¡' (es decir, lo que ella trata como imagen del cuerpo incons.-'

ciente) no es

la imagen del cuerpo (!) tal como nos in-'

dinamos a entenderla en el sentido corriente, o sea, óptico o. especular del término, tal vez ella nos deje entonces muy> poco abastecidos para explicar y tratar esta dramaturgia, narcisística, la cual, a juzgar por la experiencia analítica;>, dispone sin embargo de un lugar nada superfluo en lo que>' ocupa y preocupa por lo menos a los humanos.

Pero quedar así desabastecidos no nos impedirá tener que reconocer en este punto un rasgo típico de cierta manera de pensar el psicoanálisis, rasgo que orienta su acción en el· sentido, formulémoslo así, de privilegiar la ética del sujeto sobre la estética: si es la del yo. Esta conceptualización doltiana de la imagen del cuerpo, al implicar por fuerza una postura crítica frente a la relación yoica con la imagen corporal, lleva a separar muy bien esta imagen de aquello que podría condenarla a las seducciones mortíferas de la apariencia. Apariencia del yo, pues, y com- placencia yoica alienada en el juego de una prestancia a la que se opone aquí, resueltamente, la exigencia ética de un . compromiso del sujeto en el deseo. No complacencia en los i fulgores yoicos de la apariencia, de la imagen que aparece (que se ve), sino exigencia del deseo más allá del principio de la realidad falaz y mentirosa de la imagen -dicho sea esto parafraseando el título del artículo de Lacan anteriormente citado-. Hay aquí sin discusión una orientación de principio. ¿Sig- nifica que estamos frente a un aspecto que deberíamos llamar constitutivo de la orientación de conjunto del pensa- miento de F. Dolto, y que se caracterizaría entonces por esa recusación de lo visual, por ese distanciamiento de la cate- goría de lo visible? Dicho en otras palabras, ¿debe esto con- ducirnos a caracterizar el conjunto del pensamiento doltia- no por lo que habría que llamar, en cierto modo, su orienta-

ción "iconoclasta"?

No nos apresuremos a descartar esta eventualidad, evi-

º'

'-cientemente extrema. 12 Porque existe también otra manera >de responder por la afirmativa a esta pregunta, y que se >]aciana con el modo en que F. Dolto respondió al ser in- rpelada sobre el porqué del término imagen (en imagen consciente del cuerpo), sobre el porqué de esta denomina- ón tan enigmática para muchos, e incluso, hasta cierto punto, inoportuna. ¿Con qué se correspondía este uso de la ;noción de imagen, tan cargada de (demasiado) sentido? Ante este tipo de preguntas, F. Dolto decidió casi siempre, n forma característica, no responder con largos desarrollos .,,ormenorizados y académicos sobre el tema de la imagen; prefirió más bien, aun a riesgo de defraudar al interlocutor, ;jugar con la descomposición semántica del significante ima·

ge (imagen)

verticalidad, designa el eje de la identidad (y, por qué no, el

Donde "I'', con su

en sus tres sílabas:

sujeto en inglés concretamente

dre ("moi-ma maman")* y donde "Ge" es el soporte-tierra sobre el cual se afirmará asimismo el Yo [Je] gramatical de

la subjetividad.

· Este pequeño juego semántico (que aquí me limito a evo-

-car) tiene por cierto su interés y no se lo puede considerar como la pirueta que en un principio parecería constituir. Por el contrario, nos parece totalmente significativo en el pre- sente contexto por su manera de fracturar la imagen en su materia misma, o al menos de descomponer su denomina- ción haciendo volar literalmente en pedazos su visibilidad para que entonces reaparezca, o mejor dicho resurja, la le- gibilidad del significante en plena actividad. Todo el sentido de la acción de F. Dolto, incluida su acción clínica, no podría

), donde

"Ma" recoge lo que se formula

del yo infantil todavía ca-enlazado asuma-

13

*En castellano, "yo-mi mamá". (N. de la T.)

12 Aunque esto pueda convertir a F. Dolto en alguien que impugna el

poder inmerecido del ícono (!), dicho sea esto sin desconocer su apego (¡conyugal!) a la liturgia ortodoxa, pero apuntando a la posibilidad de

una interesante conexión -en cuanto a lo (no) visible de la imagen- con

el trabajo insoslayable de M. J. Mondzain, Image, icóne, éconon? Le

Seuil, 2000. 13 Cf. nuestros trabajos L'image du corps selon F. Dolto, op. cit., págs.

133-137, y L'enfant du miroir, op. cit., pág. 13.

ie,

resultar mejor indicado que por esta transformación que·· metamorfosea el ver de lo visible de la imagen en lo oído significante de la palabra. Podríamos hallar además otros casos, multiplicar las re- ferencias que testimonian, en la obra desplegada de F. Dolto, lo que es como mínimo su tendencia a mantenerse (y man- tenernos) a distancia de los señuelos o anzuelos de la visibi- lidad, de las facilidades o complacencias de la reducción a lo visible. Daremos aquí tan sólo un ejemplo suplementario, muy representativo sin embargo y que ocupa, en verdad, un lugar eminente en el sistema conceptual de F. Dolto. Me refiero al modo en que trabaja la temática freudiana de la así

llamada escena primitiva.

Lo capital en F. Dolto a este respecto es el hecho de que, a diferencia de Freud, quien concibe en efecto esta noción y la presenta como el imperio mismo de lo visual, movilizado por la circunstancia de asistir el niño a un coito de los pa- dres14 -cosa que por otro lado podría conducir a variados desarrollos en cuanto a la relación de Freud con lo visi-

15

F. Dolto transforma por completo el sentido mis-

mo de la experiencia y del término, haciendo de ellos el complejo representativo, ideativo, por el cual un sujeto llega

a tener un acceso más o menos problemático a su propia concepción de ser humano vivo; es decir, aquello por lo cual puede representarse o no, simbolizar o no el enigma de su propia concepción. Lejos de reducirse al ver de una relación sexual, se trataría, pues, y en un nivel muy diferente, de lo que remite a todo sujeto a las coordenadas simbólicas que lo constituyen en su origen de ser viviente. Hay aquí, pues, una auténtica modificación doctrinal que hace algo más que ilustrar lateralmente la noción de imagen del cuerpo incons- ciente. Señala también, en efecto, el punto umbilical origi- nario por lo que, de paso, desprende la concepción del sujeto de su amarra en lo visible. ¿Basta esto para dar por sentada la pendiente "iconoclas-

ble-,

14 El caso prínceps es, obviamente, el del "Hombre de los lobos", en S. Freud, 15 Cinq psychanalyses, PUF, 1954, pág. 325. Cf. H. Huot, Du sujeta l'image, Éditions universitaires, 1987.

\ta" que acabamos de señalar y que llega al extremo de re- ·cusar el reinado de la visibilidad en las determinaciones .\primeras del sujeto? Si bien se trata de una concepción do- .minante en el pensamiento de F. Dolto-incluso por cuanto lo funda como ética-, ¿representa la totalidad de su pensa- miento? Lo que sigue mos mostrará la conveniencia de distinguir aquí algunos matices. Es ciertamente indudable que lo que acabamos de categorizar como crítica de una imagen que estaría sometida por entero al imperio de lo visual, constitu- ye un aspecto fundamental de la obra de F. Dolto y ello en tanto orientación de principio que tendría su culminación, Ssegún hemos dado a entender, en la noción de imagen in- consciente del cuerpo. Pero con esto no se agota la totalidad "de lo que se halla en juego. Corresponde, por cierto, a un movimiento dominante de ese pensamiento que en el fondo apunta a instaurar-a causa de su orientación clínica (y éti- ca)- una concepción distinta del narcisismo, a hacer valer en cierto modo un narcisismo diferente. No ya un narcisismo del yo capturado en las rimbombancias complacientes de la visibilidad que se muestra, se exhibe y se sufre (por no ser tan "lindo" como esto o por encontrarse tan "feo" como aquello, para valernos de ilustraciones un tanto toscas), sino lo que se puede llamar un narcisismo del sujeto, es decir, un narcisismo que, más allá de las capturas en las cadenas del ver y del mostrar, de las capturas en la apariencia ilusoria, se consuma en la trayectoria misma donde se realiza el deseo. Esto es exactamente lo que F. Dolto describe conio aquello "que va-deviene'',* clara definición de todo un pro- grama -programa clínico- destinado a sacar a Narciso de su fascinación mortal. 16 Anunciamos sin embargo una posición más compleja: la de F. Dolto, en efecto, cuyo pensamiento en esta materia no podría reducirse por entero a la dominante que acabamos de señalar, es decir, a la denuncia de la imagen-trampa de lo

*En el original, l'allant-deuenant. Véase JIC, pág. 43. (N. de la T.) 16 Y éste será también todo el problema del espejo en Lacan: ¿cómo salir de él?

visible. No encontraremos en ella ese exclusivismo cuya insistente huella hemos señalado en la marea lacaniana de una condena sin remisión de las zozobras de lo imaginario. Pues F. Dolto no se contenta con estigmatizar la parte visible de la imagen -discerniendo su parte sumergida-, 17 por la simple y buena razón, al fin y al cabo, de que ella misma la utiliza, como hemos dicho, en su técnica psicoterapéutica con niños; e incluso conectándola entonces básicamente, también en este caso, con el lenguaje (por lo que el niño dice de esa parte visible de la imagen). Pero así concebida y de- terminada, la imagen (visible) es cabalmente una vía de acceso eminente, cuando no una vía regia, a la expresividad del sujeto; en todo caso valorada como lo es, en medida si- milar, el sueño en Freud (a título de reconocimiento, de deseo de reconocimiento). Tampoco es casual que F. Dolto haya podido producir un "elogio de lo imaginario". 18 Lo cual se corresponde con su manera de incitar a "poner en imagen", digamos, aquello con lo que el niño puede hallarse confrontado -y, en particular, psíquicamente doloroso- y que él no sabría simbolizar de otro modo que mediante esta puesta en imagen figurativa que se lo permite, que le abre así el camino. De este modo recomendaba, por ejemplo, hacer dibujar al niño su pesadi- lla a fin de poder metabolizar la angustia que le había cau- sado. Y la invención clínica de la famosa "muñeca-flor" 19 sigue en todo el mismo sentido de una traducción simbólica por las vías mediadoras de lo imaginario (reencuadrado en el hablar y por el hablar). A su vez, también de esta manera se explica la elección del nombre imagen del cuerpo. En el sentido de que, por intan- gible que sea -puesto que se la llama inconsciente-, se presta de todos modos, como hemos recordado, a la figurabi-

17 Véase en este aspecto mi esquema tipo iceberg, en Les deux corps du moi, Gallimard, 1996, pág. 248. "Véase Solitude, Gallimard, 1994, pág. 255. 19 Véase Aujeu du désir, op. cit., "Cure psychanalytique al'aide de la

poupée-fleur", pág. 133, así como Lejeu de poupées, Mercure de France,
1999.

lidad de la imagen dibujada o modelada. De ahí que la ima- gen del cuerpo sea también una imagen visual (o visualiza- ble), toda vez que al menos puede acceder a la figuración, sea alegórica o proyectada. Aun habiendo situado el surgimiento primero de la ima- gen inconsciente del cuerpo donde convenía, esto es, en la relación diádica primera, es legitimo volver a encontrar aquí la influencia decisiva de lo visual, ya que el niño logra tam- bién constituirse, identificándose, por la vista y la mirada que él "intercambia" con su madre. F. Dolto lo dirá sin

por

cierto, otra manera más de reconocer en este punto la im- portancia constituyente de lo visual. En este aspecto, F. Dolto confirma las propuestas similares de Winnicott,2 1 tan conocidas, aun cuando podamos distinguir ciertos matices

ambages: él se ve en ella, se ve como ella. 20 Lo cual es,

en el detalle de sus respectivas formulaciones. Pero esto nos bastará para evidenciar que la concepción de F. Dolto no está totalmente dirigida contra la imagen en tanto ésta manifestaría vaya a saber qué embrujamiento de lo visual (demonizado). 22 Su posición de conjunto es mucho más equilibrada. Mucho más equilibrada que en alguien de .la importancia de Denis Vasse, el cual-en la firmeza de sus enunciados- no es para nada proclive a abogar en modo alguno por la causa de la imagen, ya que indica en ella, fundamentalmente, todo lo que somete y aliena al humano por fuera de la vía asumida del deseo, de un deseo que, a contramano de la identificación imaginaria, supone la alte-

ridad de un "nosotros" fundado, para "cada uno", en una

palabra dicha como verdad. F. Dolto está lejos de ser tan radical, y su posición -que

20 ¡Esto es lo que se me ocurrió formular, antes del otro, como "stade du meroir". [Juego de palabras intraducible, donde meroir es condensación

de mere, "madre'', y miroir, "espejo". N. de la T.] 21 Cf. Jeu et réalité, Gallimard, 1975, cap. IX, al igual que H. Lichtens tein, en Nouvelle Revue de Psychanalyse, n 2 13, Gallimard, 1976.

22 Observemos que F. Dolto produjo además todo un trabajo centrado justamente en la figuración imaginaria del demonio en La difficulté de

uiure, Gallimard, 1995, pág. 177.

recordamos aquí abreviándola mucho-, al ser más equili- brada, permite el juego de una suerte de conciliación dialéc- tica. Porque, en efecto, las dos direcciones en apariencia antagónicas tienen cabida. Y en primer término, aquella dimensión que el contexto presente nos condujo a destacar y que se expresa en ese discurso de dominante "iconoclasta", por decirlo así, que estigmatiza la influencia de lo visual y los artificios que éste impone. Se trata de una corriente que ya no podría considerarse paradójica respecto de la terminolo- gía de la imagen (inconsciente del cuerpo). Pues ahora he- mos comprendido bien que ésta se caracteriza ante todo por su constitución relacional, por su construcción simbólica, y ello gracias a la intervención del Otro "castrador'', que determina, en suma, los lineamientos autorizados de la cor- poreidad en relación con la ley simbólica. Ahora bien, esto no conduce a F. Dolto por el camino de la iconofilia: puesto que, más allá de cualquier imaginería, lo que permanece activo es el poder de lo simbólico. Esto no podría enrolarla en la iconodulia.* Y ya nos percatamos de ello por las razones globales que hemos enunciado y pasado en revista, pero también, de manera más sutil, más local, en algunos pasajes de sus escritos a los que podríamos asignar un tenor escatológico y que testimonian sin duda que, para ella, lo que haría las veces de fines últimos se combina por fuerza con algo que está más allá de la imagen, con una superación de la captura en la imagen, del imperio de la imagen. Encontramos aquí ciertas escapadas "metafísicas" que confirman la misma tonalidad de algo situado más allá de la representación, cuando no de la aspiración a algo que está más allá de la imagen. Y esto finalmente se aúna a lo que no ha cesado de ejercerse en esta conceptualización de F. Dolto, y que privilegia el verbo frente a la imagen, la palabra frente al ver. Pero, una vez más, cuidémonos de deducir que esto es

* Movimiento religioso partidario del culto a las imágenes, contrario a los iconoclastas, adversarios de ese culto. (N. de la T.)

".suficiente para anexar a F. Dolto a una postura que remite 'én este punto a un dualismo irreductible. Sería demasiado · puesto a lo que implica, en efecto, la valoración conceptual 1término imagen (del cuerpo). La cual impone reconocer la imagen lo que podríamos llamar su dignidad, puesto que imagen es, después de todo, el vector heurístico por donde e ejerce la operatividad misma del análisis, análisis que rocede (con el niño) mediante el recurso ciertamente rela- ionado, "lenguajizado", a la representatividad visible del odelado y el dibujo. La imagen es así reconocida como po- tivamente activa en el propio centro de lo que hace posible eficacia del trabajo analítico; hasta el punto de autorizar acercamiento a lo que Freud supo discernir igt.:almente en vertiente del sueño. Después de todo, F. Dolto no dice otra sa cuando afirma, ahora de un modo que no podía ser más laro: "En el niño, es lo imaginario quien conduce a lo im.bólico. " 23 Se reconoce así el valor y el alcance que conviene otorgar lo imaginario, y se considera que hay un tiempo para lo aginario como modalidad expresiva singular, tiempo sub- tivo que se debe respetar aun cuando no debería prolongar- e fuera del lenguaje sin cerrarse de nuevo, entonces, para Iienarlo sobre la verdad deseante del sujeto.

Atengámonos por ahora a esta posición a la vez determi- ada, resuelta (por el lado del verbo) y equilibrada (en cuan- . a la imagen), con miras a abordar lo que implican las :rientaciones de principio de F. Dolto respecto de la imagen, · ·visible y lo imaginario. Y en particular, desde luego: ¿qué a implicar esto, cómo va a reecontrarse en su lectura del tadio del espejo? Tal es el punto que debemos examinar ora. Lo que está fuera de dudas es que justamente ella, F. olto, nos brinda aquí los elementos de una problemática ofundizada de la imagen en relación con la visibilidad. Es a quien nos suministra, a priori, los datos que obligan a

23 Tout est langage, Gallimard, 1995, pág. 100.

ahondar en esta temática. En cualquier caso, no encontr mas al principio nada tan exigente en Lacan, quien, si bi~, parte también de la imagen, y a su manera, como hem\ señalado-para subrayar su valory su alcance-, de ningú modo se pregunta por su esencia. Lacan parece contentar con un uso corriente de la imagen -presente en la reflexi' de los años treinta- refiriéndola a lo sumo a la noción imago, de ascendencia más bienjungiana, pero sin desarr.• llarlo ni examinar más en detalle su tenor. Así pues, las cosas se muestran de entrada mucho má. complejas en F. Dolto en lo que atañe a su referencia a r, imagen, manifiestamente esencial para ella y que la cond1 ce a edificar el concepto de imagen inconsciente del cuerp Lo cual inducirá por fuerza toda una problemática-que de]:, ser llamada clínica- de la imagen. La introducíamos pla teando la pregunta: ¿por qué esa imagen del cuerpo llamada imagen? Y especialmente, ¿qué es lo que hace llama.· imagen a la imagen inconsciente del cuerpo? Para responder a estos interrogantes no alcanza co remitir al uso que se da a la imagen inconsciente del cuerp· en la técnica psicoterapéutica con niños. Por cuanto -y 1 hemos reiterado- la imagen inconsciente del cuerpo n< puede ser directamente reducida a esa imagen que el ni - produce en su dibujo o modelado. A lo sumo, esta última n es otra cosa que su figuración proyectada. Otra acepción del término imagen (en imagen inconscie te del cuerpo) podría asimismo conducir al papel que cumpl aquí la identificación -sobre lo cual F. Dolto no deja d insistir-, a saber: lo que hace que el infans se construya, s subjetive "a porfia", de manera primero imitativa de quiene lo tienen a su cargo, pero en una dinámica que se vuelv· identificatoria (y que llevará directamente a la conflictivi.:

dad edípica). La imagen (del cuerpo) se juega, pues, primer. en el hecho de que el niño pretende igualar a aquellos d quienes depende primordialmente. En este sentido, pode.-' mos decir que el niño se edifica "a imagen" de ellos. Para continuar con estos muy sucintos y harto apresura- dos recordatorios, señalemos por fin que, dentro de las

DO

últiples maneras en que F. Dolto utiliza implícitamente te término imagen en su noción de imagen inconsciente l cuerpo, tampoco puede excluirse la "imagen" tal como es sible entenderla en el sentido de la retórica, si convenimos . que es aquello por lo que el cuerpo puede tener que vér- las con la imagen poética. Incluso estamos tentados de nsiderar que es precisamente en este punto donde toca- s más de cerca lo que designa la noción de imagen in- sciente del cuerpo, en lo que constituye su tenor, su tura intrínsecamente significante, forjada en el crisol de guaje de la relación primordial en la palabra. La imagen cuestión no se podría caracterizar mejor que como una agen poética, en el sentido de una poética corporal trama- !ten lo relacional primero, al edificarse el niño como sujeto ala "poyética" del cuerpo producida por su relación simbó- Ca con el otro. :La noción de imagen inconsciente se presenta de entrada mo muy difícil de comprender debido al modo en que escubrimos, sintetizada, la gran densidad de su conteni- ' de su definición, definición en la que F. Dolto quiere can- gar (¡sin miramientos!) todas las diferentes acepciones. ara ella, decir imagen del cuerpo inconsciente implica, en ii'rticular, aquella referencia primera a la esencia signifi- ante actualizada en una relación de lenguaje originaria y onstituyente. Pero lo repetimos: en cuanto a lo que nos importa, esta oción es sobre todo una manera de romper con aquello que, e lo contrario, somete la imagen del cuerpo al reinado de lo · S'visible, como lo será la imagen del cuerpo consciente referida ¡mtonces al yo. F. Dolto no se privará de acentuar este dis- :tingo entre la imagen inconsciente del cuerpo y lo que se le opone secundariamente -llegado el momento- como ima- gen consciente, yoica, del cuerpo visible. Esta calificación de inconsciente contiene y potencializa, 'en última instancia, toda la problemática de lo visible que 'ih~mos venido despejando. Una problemática dialectizada, en el sentido de que F. Dolto no le niega -o en todo caso no ·¡e niega en forma absoluta- a la visualidad de la imagen el

valor de referencia posible, y lo hace cu.ando se sirve de ell con fines (encuadrados) de expresividad. Pero se dedica superar esta dimensión restrictiva de la imagen someticJ. a lo visible, para que se destaque mejor su tenor potenciá mente lingüístico, portador y constitutivo del deseo subjet· vado. De modo que no podemos limitarnos a esta idea de u balance superficialmente equilibrado, indeciso. Pues lo qW nos parece llamativo al término de este rápido sobrevue (recordatorio) de la imagen inconsciente del cuerpo es has qué punto vemos a F. Dolto tomar de entrada posicion extremadamente firmes, adoptar orientaciones teóricas ma. cadas y sostenidas. Esto vale sobre todo para lo que conviene destacar co una postura más radical, y que atañe a la manera en q termina disociando el concepto de imagen, su concepción la imagen, de cualquier tipo de amarra en la dimensión d' minante de lo visible. Tenemos aquí la singularidad de acto inaugural, fundador, que consiste. en desamarrar imagen respecto de lo visible. 24 Pues su elaboración.de la im gen del cuerpo es también esto, y quizás es igualmente intención secreta (e insabida) introducir de ese modo u auténtica subversión semántica del término imagen. Quiz sea también la razón por la que F. Dolto, a despecho de l. observaciones y objeciones que se le hacían, se aferró porfi <lamente a su término imagen (inconsciente del cuerpo), • Yjustamente: por la suerte de antífrasis que implica. -de una imagen que no es imagen, de una imagen de la q· · no pueden hacerse imágenes, o más bien, digámoslo: ¡de u imagen-verbo!- que permite contrarrestar el privilegio "'; elusivo de la visibilidad. Y esto en lo clínico, por un la pero también en lo teórico, en el plano mismo de los prin pios de la doctrina analítica, si resultara que a ésta, tanto.¡ Freud como en Lacan, puede llamársela comprometida

24 No sin conexión formal posible, cúmo hemos dicho, con el disC de los neurólogos de la gran época cuando lanzaban la noción de im3.~

del cuerpo. Cf. Schéma corporel et image du corps; dir. J. Corraze, PriV\

1975.

··

lado de lo visible al otorgársele de manera indebida (e inad- vertida) una importancia temática exagerada. Guardando las proporciones, el paso dado por F. Dolto con su concepción de la imagen del cuerpo afirma y realiza una especie de ruptura que podría recordar -y seguro que no sería casual- la manera en que el propio Freud tuvo que sacarse el fardo de la hipnosis, tomar sus distancias con ella. Podríamos decir que, del mismo modo, F. Dolto recusa en su pensamiento (y en su práctica) la hipnosis de lo visible, de la imagen como visible, forjando a su respecto una muy distin- ta acepción que abre la imagen a su resonancia simbólica intrínseca (o inmanente).

. Y otra circunstancia que da a esta operación epistemoló- gicamente fundadora una densidad formidable, es la que tal ruptura en relación con lo visible-y éste es su aspecto más 'patente, más espectacular-, también se efectúa porque F. Dolto le da (a la imagen, a "su" imagen) un anclaje corporal inédito que, al mismo tiempo, desamarra a lo inconsciente delo exclusivamente psíquico. Y ello cuando rechaza asimis- mo para la imagen el calificativo de "mental", al tratarse de ,. hacer valer por fin la idea de un psiquismo que no sea so- .lamente mental (sino también corporal). Para F. Dolto, que no teme a las paradojas, la referencia •a lo inconsciente no debe ser pensada en el sentido de una categorización apriorística de lo psíquico (que el término parece sin embargo recubrir, en todo caso en Freud), sino mucho más en el sentido de un anclaje corporal primigenio; anclaje corporal del que la categoría de lo psíquico podrá eventualmente desprenderse, sublimarse. 25 Se advierte entonces la amplitud de las opciones así afir- madas, y la manera en que son capaces de poner sobre el i. tapete los fundamentos del pensamiento analítico.

· A todo esto, lo esencial es que, al liberar a la imagen de su sometimiento a lo visual, F. Dolto la hace rebotar y vuelve a .lanzarla del lado de su valor significante. Éste es todo el sentido del pequeño juego en que se complace cuando nos

25 Cf. Les deux corps du moi, op. cit., conclusión.

presenta la descomposición de 1-ma-ge, cuyo alcance es ma- nifestar la emergencia del "je" (ge)* a partir de la dinámic identificatoria (I) y que pasa por la relación de proximidad corporal con la madre (ma). 26

Disponemos ahora de suficientes elementos como par apreciar la existencia aquí de una dialéctica que, al ser ta descomunalmente amplia, no dejará de reaparecer en el cene tro de lo que será luego confrontación con la teoría def estadio del espejo; el cual nos lleva entonces directamente, sin rodeos, al imperio de lo visual. Y ello, por cuanto Lacau disGierne explícitamente en el espejo la confirmación patenc'; te, en el humano, de tal imperio (de lo visual). 27 Es en este terreno, pues, donde podrá entablarse el diálogo entre La,, can y Dolto. Dicho esto no sin abordarlo con la impresión de que, s~' Lacan debe pasar por la imagen (visible) para acceder, dÍ- remos nosotros, secundariamente al símbolo, a lo simbólico; F. Dolto, en cambio, habría afirmado de entrada esa supre-:· macía significante del lenguaje y de la palabra al romper desde el comienzo, desde los orígenes, las amarras de la relación con la imagen. A lo sumo, ésta es utilizada cuando se materializa (en un dibujo o en un sueño) nada más que' como un instrumento para la comunicación.

*En efecto,je y ge son homófonos. (N. de la T.) 26 Cf. L'image du corps selon Fran9oise Dolto, op. cit., págs. 134-137~--S

"El, pág. 153.

· S. EL ESPEJO:

PRlMER ESTADIO

Etapa siguiente en la evolución del diálogo Dolto/Lacan que intentamos instaurar: examinar ahora la posición que va a adoptar F. Dolto respecto del estadio del espejo de Lacan. Estadio que ella descubre, como hemos indicado, desde el momento en que surge, desde su acto de nacimiento. Esto supone hacernos previamente una idea lo más preci- . sa posible de lo que designa, con exactitud, la concepción del :estadio del espejo una vez puesto en primer plano por J. La- can, quien luego lo someterá a una rica elaboración. No es nuestro propósito escribir todo un tratado sobre este tema fundamental, pero al menos exige volver a lo que Lacan in- tentó decir y enseñar con su famoso estadio del espejo, y ,considerar al mismo tiempo lo que se transmitió secundaria- .mente sobre él. ¿De qué se trata exactamente en este asunto del espejo?' Pues bien, créase o no, no es tan sencillo responder de entrada a la pregunta. Seguro que cada cual tiene su propia idea al respecto -¡y por otra parte esto es lo que puede ·resultar problemático!-, cada cual en particular, en nues- tro campo psicoanalítico y tal vez fuera de él, parece no ignorar de qué se trata en esta denominación ya célebre de ' "estadio del espejo". Pero, en general, resulta más difícil ob- ''lc:ier una respuesta un tanto circunstanciada, y la mayoría

1 El propio Lacan se lo pregunta en este tono de ironía (El, pág. 176).

de las veces no se consigue nada que guarde proporción con los desarrollos ciertamente considerables que el propio Lacan · dedicó a la cuestión. Hasta el locutor presuntamente enterado se muestra en un serio aprieto cuando se trata de poner en orden los ingredientes que, sin embargo, él sabe son convocados por Lacan en la comunicación de esa experiencia inaugural. 2 No hay duda de que, en principio, estamos suficientemente informados hasta el punto de considerar establecido que la·• cosa gira, por decirlo así, alrededor de lo que se presenta· como un hecho de experiencia, esto es, que, llegado el mo•

mento, el pequeñín, confrontado con

el espectáculo de.su

imagen en el espejo, reconoce como su imagen el reflejo que selereenvía. Por lo menos así es como Lacan describe "el aspecto del comportamiento del que partimos", en el hecho de que ''lacría dehombre, a una edad en que se encuentra por. pocotiempo, pero todavía un tiempo, superado en inteligen• · ciainstrumental por el chimpancé, reconoce· ya sin embargo su imagen en el espejo.como tal" (El, pág. 86). ¿Podrá ser que este meneado asunto del espejo -del que• tanto se habla- se reduzca a algo aparentemente tan sim- ple? Si la respuesta es afirmativa, ¿por qué sin emba~go hay quienes afectan (o fingen) esgrimir una complejidad tan grande? ¿Será tan sólo el signo de una tendencia sin duda frecuente en nuestro medio (el del así llamado hombre del común) a querer complicarlo siempre todo, incluso lo que sería en cierto modo naturalmente luminoso o, hay que decirlo, infantil?A menos que la dificultad comprobada resida preci- samente en el hecho de que el asunto puede presentarse -¿y entonces de modo engañoso?- como algo evidente y

hasta como una conjetura banal en su presentación, cuando no pobre en su formulación. En su relevante estudio sobre el sujeto,3 Guy .Le Gaufey iría de algún modo en la dirección de subrayar primero, de

2 ¡Vamos! Para no quedar pegados a la dificultad, lancemos aquí algunos de esos elementos esenciales: yo, narcisismo, forma, imagen,

cuerpo 3 Le lasso spéculaire, EPEL, 1997 (estudio de fondo en el que nos respaldaremos muchas veces a continuación).

poner también él en primer plano esa falsa simplicidad. Y él mismo lo anuncia: "La.CO'l>l.P.Oclrja.resumirse·endoscMneas:•a· una.edad.quelos•psicólogosespecialistas·en•la infanciafijarán con más precisión, el.niño·muy.pequeño advierte,•gracias•al· espejo.o alacontemplación de un alter ego, laexistenciade una

unidad

corporal que hasta ese momento le faltaba'' . 4

Si la simplicidad de esta presentación puede ser engañosa,

al menos tiene el mérito de advertirnos -¡y la advertencia no

es inútil!- de que, si nos lanzamos a comprender a toda costa de qué se trata y creemos prematuramente haberlo conseguido, corremos serios riesgos de que se nos escape lo esencial, es decir, de equivocarnos sobre la significación y el alcance verda- dero de la experiencia. Conviene insistir en este riesgo desde el principio, y además observemos que no deja de evocar las pre- cauciones similares a las que apelábamos respecto de la ima- gen del cuerpo en F. Dolto: ¡no apresurarse a creer que se ha comprendido (demasiado rápido)! De modo que ahora, para zafarnos de un contexto posible-

mente pernicioso y embustero -que casi convertiría el estadio del espejo en una malajugada de que nos habría hecho víctimas el genio (¡ciertamente, y maligno!) Lacan-, podríamos pensar en arrancar de nuevo, a fin de situar su surgimiento, del mo- do en que esto "se le ocurrió", por decirlo así; y determinaríamos también lo que representa haber convertido esta temática del espejo en el punto de despegue para el progreso de su pensa- miento y de toda su enseñanza ulterior. 5 Dicho esto, en cuanto

a la manera en que aquello "se le ocurrió", al final no sabemos gran cosa, 6 lo que deja abierta la puerta a no pocas conjeturas~

7

4 !bid., op. cit., pág. 21.

5 Esto es sólo aproximativo. Porque el estadio del espejo no brotó de una tabula rasa y J. Lacan, de treinta y cinco años entonces, tenía ya en su activo, entre otras cosas, la monumental tesis sobre la paranoia (1952): De la psychose paranofaque dans ses rapports avec la personna- lité, Seuil, 1975. 6 Podríamos decir que, guardando todas las proporciones, es como con F. Dolto y "su" imagen del cuerpo. 7 Para apreciarlo, consúltese sobre todo E. Jalley: Freud Wallon La- can, l'enfant au miroir, EPEL, 1998.

En realidad, hay razones para pensar que el hallazgo de Lacan no se presta a ser vinculado con ningún dato formal previo, sea el que fuere. y lo cierto es que chocamos en particular con la imposibilidad de hacer concordar de modo plenamente satisfactorio su invención específica con las. consideraciones experimentales de los psicólogos, o de ene·:

contrar con toda precisión los rastros del padrinazgo de Wallon, por inevitable que sea la referencia a este último. Lq importante es sobre todo comprender que, entre las formuc laciones de Lacan y lo que puede parecer su equivalente o. esbozo desde un enfoque psicológico, surge la distancia de un salto característico irreductible. De modo que, ·hasta cierto punto, es perder el tiempo querer enmarcar la elaboración lacaniana en tal o cual. ascendencia académica, desmentida ésta por el efecto de. puro arranque inventivo puesto aquí al descubierto. Sin excluir, y con motivo, que esta tematización de lo especular

tentador percibirla como unai

haya tenido sus pródromos, 8 es

especie de relámpago inmotivado, inspirado a Lacan en un · movimiento conceptual espontáneo. Y que quizás lo deja a él mismo, quién sabe, como el primer encandilado por esa •. apertura de pensamiento y de trabajo, lo que explicaría, por··•·

ejemplo, que no haya podido adivinar o anticipar la fortuna conceptual que conocería después este tema surgido al principio ex abrupto, si no ex nihilo, de su inspiración. Imaginar una aparición semejante -si no caída del cielo (!),al menos no balizada con anterioridad-puede explicar la especie de efecto de estupefacción o embarazo que es capaz de producir la formalización del espejo cuando tomamos conocimiento del tiempo primero de su elaboración. Y esto corresponde asimismo a la mezcla o contraste de impresio- nes que puede producir. Porque, tal como hemos señalado, se

8 Como se dedica a demostrar con esmero en su seminario Michel Guibal, quien recorre y describe todo un plano de fondo en la historia de

lo especular -incluso en esferas culturales ajenas a la nuestra- para despejar mejor lo que Lacan promovió y que M. Guibal designa y conceptualiza como "estructura especular". Trabajo considerable desdi-

chadamente inédito hasta hoy.

~n

presenta como un asunto de lo más simple (¿quizás por ser familiar?), pero percibimos -o presentimos- que si así ocu- !Te es porque desconocemos las dificultades que permane- ·cen ocultas en un primer nivel de presentación y compren- •/sión del proceso. De ahí el riesgo que destacábamos: el de que, si nos 'quedamos en esto, es decir, en apresurarnos a creer que

comprendemos el resorte de esta confrontación del niño con el espejo, podamos ceder a todos los contrasentidos y malen- tendidos posibles. En particular, dejándonos llevar forzosa- .mente -según lo especifica G. Le Gaufey- a considerar obvios o a tomar por datos de base aquello que se trata justamente de establecer (confusión, es verdad, de las más clásicas). Esto es lo que sucede con el tenor del yo (del niño)

que la instancia respectiva aún no

·ha sido despejada -cosa que sólo hará posible la experien- cia-; o igualmente en cuanto a ese "él mismo" concedido al niño a priori,1° -esto es, suponiendo resuelto el delicado problema de la reflexividad (del reflejo de "sí mismo") que se trataría precisamente de postular antes de pretenderlo ya

La misma crítica de principio es

aplicable al lugar correlativo y a la función otorgados al

·aquí enjuego, 9 mientras

resuelto ipso facto-

observador, pues se supone que el tercero está presente, que asiste a la confrontación del niño con el espejo. Como lo indica Le Gaufey: "La aparente 'cientificidad' del observador revela de inmediato, no bien puesta al descubierto, una ingenuidad exorbitante puesto que describe el advenimien-.

] de lo que necesariamente ya ha advenido para él; esto

es, la posesión de la reflexividad." 11 Por el contrario, esto confirma ya esa especie de desajuste que se insinúa entre lo que aspira a la pretendida simplici- dad y lo que corresponde a una complejidad todavía inadver- tida. El mismo autor confirma de este modo lo que puede manifestarse como una alternativa perturbadora. A propó- sito de ese cara-a-cara del chiquillo con el espejo, Le Gaufey

to[

9 G. Le Gaufey, op. cit., pág. 67. 10 Ibid.

n !bid., pág. 68.

indica que, obien "es un hecho observable por cualquiera por poco que eche una mirada advertida a un niño de determina:' da edad", o bien "es de una complejidad insondable si deb verse en ello la emergencia de esa reflexividad que, sabemo'l está en el fundamento de la representación y de la concierL

cia". 12

¡Nada menos que esto, en efecto! Aunque, a decir verdad~. el primer punto de la alternativa -que el hecho sea simplE\l de observar o interpretar (y que el propio Lacan lo describa} con esa misma simplicidad)- quedará rápidamente cues tionado. Y conducirá entonces a tener que adherir en cam bio, lo tememos, al segundo tiempo de la opción citada: ¡l que nos deja anticipar una "insondable complejidad"! Preparándonos para ello, podemos recordar ya mism, algunos elementos formales del encuadre global. En parti cular, la mayoría de los autores y comentadores entendido manifiestan de entrada que el estadio del espejo constituyi una suerte de amplificación, de desarrollo de la temátic. freudiana del narcisismo; con el espejo, Lacan se dedica situar la actualización primordial de dicha temática en re ferencia al yo. Es decir que, con el espejo, Lacan vendría aportar al edificio freudiano la piedra que le faltaba par anudar el narcisismo con el yo. Y justamente así cree con. veniente Philippe Julien, en su estudio, 13 presentar la avaw zada capital de Lacan: "el paso que él dio fue ligar el Y' freudiano al narcisismo". 14 Además, y conviene insistir en esto, aquí está la razón poc,, la que la elaboración de Lacan se afirma de entrada com profundamente psicoanalítica en su intención y sus miras; sin corresponderse en forma alguna con lo que reivindicarí la condición de experiencia psicológica o pudiera reducirse un protocolo de ese orden. Por cuanto se trata claramente d:

fundar, así sea de manera renovada, las bases mismas -m' tapsicológicas- de la instancia freudiana del yo.

u lbid., págs. 69-70.

13 Otra obra importante para el tema que nos ocupa: Le retour aFreu,

de Jacques Lacan, EPEL, 1990. 14 !bid., pág. 27. Véase también G. Le Gaufey, op. cit., pág. 69.

Lo cual implica, en efecto -y esto es sin duda fundamen- tal- revisar la concepción según la cual Freud habría sido deudor de los prejuicios de su época al asignar al yo una función de conocimiento, por intermedio del sistema llama- do percepción-conciencia. 15 En cambio, con su protocolo del espejo, Lacan se dedicará a fundar y a caracterizar al yo esencialmente como una instancia de desconocimiento, 16 abierta, en su punto extremo, a la locura (paranoia), presen- tán,dose como una figura posible de la locura en el humano. Este es, a todas luces, el paso decisivo por el que se explica que esta caracterización del yo en tanto condenado al desco- nocimiento, cuando no a la mentira (de la Verneinung), está en el fundamento de toda la enseñanza de Lacan. De aquí parte él, y precisamente en la medida en que el espejo le proporciona una ilustrativa confirmación concreta. Decir entonces, como aventuramos poco antes, que el espejo sería también para Lacan -¡como lo es para el niño!- un momento de "insight configurante", sólo es posible si se exa- gera su repentina inventiva. Porque de hecho concentra - así sea de manera implícita- todo un haz de datos y observaciones cuya convergencia Lacan percibe y cuya com- plementariedad actualiza, y entre las cuales conviene citar:

17

En primer término, todo el trasfondo de una teoría de la imagen (o imago) cuya pregnancia para el Lacan de la época ya hemos señalado, una pregnancia, una preeminencia que se exalta en su artículo "Más allá del 'principio de realidad"', donde llega a considerar la imagen como el fenómeno "más importante de la psicología por la riqueza de sus datos con- cretos [y] la complejidad de su función" (El, pág. 71). Lacan convierte entonces la imagen en concepto mediante el cual dar cuenta incluso de lo que se resuelve en la experiencia analítica, y aun debemos apuntar que la genialidad que concede a Freud procede de ese "uso que supo hacer de la

15 Véase El, pág. 168. "Ibid., pág. 101.

n No consideraremos superfluo el que, según acabamos de referirlo,

esto constituya en realidad un punto de ruptura inaugural con Freud,

por lo menos con la deriva yoica del freudismo.

imagen" (El, pág. 88). Cree, pues, disponer así del concepto esencial en cuanto a lo que intenta promover formalmente con respecto a la experiencia analítica. Y enuncia entonces sin reservas: "Creemos poder designar en la imago el objeto propio de la psicología, exactamente en la misma medida en que la noción galileana del punto material inerte ha fundado la física" (El, pág. 178). O sea que tenemos aquí un elemento de base esencial para Lacan en esta época, y le encuentra un sustento conceptual suplementario en lo que plantea la teoría de la Gestalt al hacer posible reconocer un poder "morfógeno" de la ima-

gen.18

Pero de una imagen, no dejemos de subrayarlo -esto es un recordatorio-, que aquí se presenta primero sólo bajo las especies de lo visible. Incluso cuando Lacan parece hacer

referencia a una concepción más global, por ejemplo al citar · de manera explícita los trabajos de Lhermitte, 19 esto no lo aparta de la exclusividad que sigue otorgando a la imagen visual. En segundo lugar van a ser convocados, en apoyo de esta fenomenología del espejo, todos los elementos de la experiencia relativos a lo que se designa en el niño como

transitiuismo: 20 se da el ejemplo del niño

haber sido pegado, etc. Esto quiere decir -es importante reconocerlo desde el comienzo- que la experiencia del espejo no se reduce a la mera confrontación del niño con su reflejo es-pecular (aun cuando sea la más. patente). Ella apela también -lo mismo en su principio que en su inter- pretación- a todas esas formas de captación ambivalen- cia! que intervienen en la relación primordial de la cría de hombre con su semejante. Las apuestas del estadio del

espejo encuentran así su motor en la. puesta en paralelo, si no en equivalencia, de esas dos situaciones elementales

.

que pega y dice

"El, pág. 181. 19 Que sin duda debemos incluir entre las fuentes posibles de F. Dolto (cf. El, pág. 175). "!bid., pág. 105 y sig., 170 y síg.

que son la confrontación reflejada con la imagen (que uno ignora) de sí en el espejo y la relación de captura fascinada con el semejante. 21 Este segundo aspecto explica que el registro de la agresi- vidad esté igualmente presente en el conjunto del cuadro, incluso cuando se trata de la imagen escópica de uno mis- mo.22 Y también es un punto a subrayar sobre el que tendre- mos que volver en detalle pues constituye una dimensión de fondo. P. Julien insiste, con razón: "El narcisismo y la agre- sividad son correlativos en este momento de formación del yo por la imagen del otro. El narcisismo, en efecto, según el

cual la imagen del cuerpo propio se sostiene de la imagen del otro, introduce una tensión: el otro, en su imagen, a la vez me atrae y me expulsa; en efecto, yo no soy sino en el otro y al mismo tiempo éste se mantiene alienus, extraño; ese otro

que soy yo mismo, es otro, distinto de mí

No dejaremos escapar la aparición del término "alienado" en este contexto. Porque cuando Lacan, en su época, forje el de "conocimiento paranoico" para designar una proclividad del humano que él puede discernir como estructural, lo vin- culará también a esa alienación radical, constitutiva. 24 Por último, sin estar seguros de ser exhaustivos en cuanto a los ingredientes que componen de manera conjunta la sutil cristalización del estadio del espejo, conviene men- cionar también la contribución causal que Lacan insiste en

mismo"*. 23

21 Estas dos relaciones reaparecen con la misma denominación de relación imaginaria, que La can escribe a-a', en el esquema L; véase infra,

pág. 152 y sig.

22 Lo que Lacan llama "tendencia suicida"_ *En el original, "cet autre qu'est moi-méme est autre que moi-m€me". Esta frase no admite traducción literal, que implicaria vulnerar la

gramática castellana. Se pierde así el juego retórico por el que un mismo

término, autre, aparece en acepciones distintas; y tampoco es posible

traducir los dosest de la misma manera, ni los dosmoi-méme. (N. de la T.)

~ 3 P. Julien, op. cit., pág. 50. Lo que podemos destacar de nuevo, al

pasar, es de qué modo en el comentador de Lacan como para éste, lo que

se designa como imagen del cuerpo no remite a ninguna otra cosa que a lo visible.

24 El, pág. 104.

reconocer a una prematuración biológica tenida por él como:

característica de la cría humana, explicando que la hacei precipitarse aún más sobre la relación identificatoria con I¡t imagen del reflejo especular. Señalemos también al pasar lo que este dato específico de la prematuración introduce en el conjunto del proceso y que atañe a la dimensión del tiempo;' y que en este caso adopta la modalidad de la anticipación temporal (es decir, como anticipación de un desarrollo veni• dero). Estos son tres de los componentes mayores que destaca" mos aquí a fin de presentar lo que realiza el estadio del espejo. Sólo añadiremos -siempre con miras a establecer un mínimo conceptual común- la definición que proponen al respecto Laplanche y Pontalis en su Diccionario de referenc\ cia: "Según J. Lacan, fase de la constitución del ser humano{ situada entre los 6 y 18 primeros meses; el niño, todavía en un estado de impotencia e incoordinación motriz, anticipa' imaginariamente la aprehensión y dominio de su unidad' corporal. Esta unificación imaginaria se efectúa por identi- ficación con la imagen del semejante como forma total; se ilustra y se actualiza por la experiencia concreta en que el niño percibe su propia imagen en un espejo. La fase del · espejo constituiría la matriz y el esbozo de lo que será el yo". 25 ••; Con todos estos primeros elementos a nuestra disposi- ción, con todos los que contiene igualmente la definición precedente que, aun en forma condensada, expone lo que sustenta la ambición de la temática especular -osando hablar de una "constitución del ser humano"-, con todos estos datos, ¿pretenderemos estar seguros de poseer, así fuese de manera elemental, un buen enfoque de base, diga- mos, de esta concepción lacaniana del espejo que en todo caso contendría lo esencial de un primer estado de la cues- · tión? ¿Basta esto para brindarnos un punto de vista sufi- cientemente claro sobre lo que se ha convenido en llamar estadio del espejo en el sentido de Lacan?

25 J. Laplanche y J.-B.- Pontalis, Diccionario de psicoanálisis, Barce- lona, Editorial Labor SA, 1974.

No cabe duda de que sería abusivo pensarlo; y sobre todo si se le agrega la idea de que la noción de estadio del espejo podría quedar producida y definida de una vez por todas y para siempre en el momento de su concepción por Lacan. Porque ceñirse a ello equivaldría a desconocer que Lacan mismo, en cambio, no lo hará, no se quedará en un primer · estado de la cuestión. En efecto, el tema del espejo, además de inseminar a distancia toda su enseñanza, sigue siendo para él objeto de una considerable elaboración conceptual, la apuesta de todo un desarrollo, y de hecho va a constituir un soporte esencial de su pensamiento durante los veinte o veinticinco años de avance del Seminario. 26 Y lo que va a hacer compleja esta andadura (¡y muy difícil de reconstruir de manera fiel y exhaustiva su recorrido!) es el hecho -indiquémoslo ya mismo, en este nivel de genera- lidad en que estamos- de que el estado ulterior de lo que pasará a ser el espejo en Lacan se mostrará sensiblemente diferente de la presentación inaugural; lo que, después de todo, se corresponde con el hecho de haber sentido Lacan la necesidad de precisar su pensamiento perfeccionando a la vez -y muy rápidamente- el dispositivo inicial.2 7 Ello hasta el punto de que causa asombro la ligereza con que los analistas se permiten hablar -como nosotros mismos no hemos dejado de hacer desde el principio-del es-tadio del espejo, atreviéndose a decir ingenuamente el estadio del espejo dejando así de lado la diversificación, la multiplicación que conocerá esta temática con el paso de los años y esto en cierta cantidad de reconsideraciones, de re- visiones, de reelaboraciones más o menos radicales que el propio Lacan subraya cuando, contentísimo, anuncia al público de su seminario: "Le añado un pedacito más todos los días". E indica algo que confirma lo que decíamos: "No lo traigo ya listo, como Minerva saliendo del cerebro de un

26 En cualquier caso, hasta comienzo de la década del 60, señala G. Le

Gaufey, op. cit., pág. 9.

27 Al cual muchos analistas han permanecido (y es un error) indebida- mente fijados. Volveremos sobre el punto.

Júpiter que no soy. Lo seguiremos, día a día, hasta el momento en que empiece a cansarnos, entonces lo dejare-

mos."28

Así pues, no va a sorprendernos que P. Julien haya proé puesto en su ensayo una recuperación de toda la enseñanza de Lacan según la trayectoria que él encuentra propia de ese hilo temático continuo del estadio del espejo, un hilo que corre, según él, a lo largo de dicha enseñanza. Para ser más precisos, P. Julien cree incluso discernir diferentes tiempos, diferentes etapas en la conceptualización lacaniana deL• estadio del espejo, y llega a despejar efectivamente tres· tiempos cronológicos, tres períodos específicos fechados del siguiente modo: antes de 1953 /de 1953 a 1960 /después de 1960. Tres períodos, pues, cada uno de los cuales correspon, dería además, en esta sucesión, a la aplicación de las tres categorías lacanianas fundamentales, respectivamente la imaginario, y luego lo simbólico y lo real. Como puede verse, esta diacronía pone también en evi" dencia que el tema del espejo, lejos de ser tan sólo un. acompañamiento adyacente a las propuestas capitales, es · por sí mismo anunciador, portador y revelador de la estruc- tura interna de las orientaciones de Lacan en sus el procesos de despliegue. Tomemos en este aspecto la descripción de esa estratificación tripartita que pretende establecer P. Julien:

"1) De

1938 [

]

a 1952, Lacan expone en cada artículo

publicado la especificidad del modo imaginario [

].

2) De 1953 a 1960, Lacan, describiendo el efecto de lo simbólico sobre lo imaginario, modifica la presentación del

estadio del espejo en sus artículos y seminarios y lo relativi-

za en tanto está sometido al orden simbólico [

3) Pero de 1961 a 1980, da del estadio del espejo una escritura distinta -topológica- con la introducción de la mirada como objeto a minúscula, en el lugar del Otro. En- tonces, lejos de relativizarse, el espejo adquiere su dimen- sión irreductible en tanto imaginario." 29

].

"Sl, pág. 240. 29 P. Julien, op. cit., pág. 58.

Además de descubrirnos y confirmar ciertas compleji- dades ulteriores que conocerá en el futuro esta concep- tualización -hasta el punto, decididamente, de tener que abandonar sobre la marcha la idea primigenia de un estadio pretendidamente acreditado y estampillado como tal, en forma definitiva-, se percibe en todo caso lo que semejante recorte sugiere y confirma en cuanto a la posibilidad de reencontrar la huella efectiva del espejo en todas las etapas de la enseñanza de Lacan, y hasta el final. Para resumir, semejante recorte cronológico no consiste solamente en detectar los que serían distintos puntos de vista o ángulos de ataque yuxtapuestos, reelaboraciones sucesivas de Lacan sobre "el" estadio del espejo. Pues condu- ce a considerar -y en efecto, todo el ensayo de P. J ulien está regido por esta perspectiva-que, lejos de ser solamente una temática de esa enseñanza, así sea decisiva y constante, la conceptualización del espejo es también lo que permite se- guir el lineamiento mismo de las avanzadas de Lacan. Ella aparece en cierto modo como lo que dirige o sustenta su curso. Y en forma duradera. Dicho de otro modo, este tema del espejo sería aquello en lo cual se refleja, por una vez, toda una parte sustancial del pensamiento de Lacan, en lo que constituye su despliegue progresivo. Podemos leer entonces su trazado a través de las vicisitudes y modificaciones experimentadas, unas tras otras, por la temática del espejo, y con las que se confirma, por decir poco, su valor eminente. Pero esta diversidad, esta lujuria tiene un reverso, un reverso que podríamos llamar metodológico y que es capaz de alterar la discusión ulterior. Más vale mencionarlo ahora si queremos resguardarnos de él después, en la medida de lo posible. Pues si el espejo, tal como es tematizada por Lacan, presenta ese tenor variable en el correr de las elaboraciones sucesivas -tripartitas, según P. Julien-, esto tendrá ine- vitablemente el efecto de dificultar mucho la posibilidad de una comprensión clara, directa y estable a su respecto, y que por lo menos esté determinada de un modo unívoco. ¿Cómo podrá darse esto si la cosa, sometida a las vicisitudes de la teorización, debió padecer reequilibramientos y ajustes?

Esto implica que si creemos poder hablar de la cuestión -y sobre todo en un dispositivo de interlocución del tipo que deseariamos instaurar aquí-, será siempre corriendo el riesgo de que se nos objete lo siguiente: que estamos tratan- do un solo "tiempo" de la elaboración del espejo, uno solo de sus aspectos, una sola de sus dimensiones (si las otras sólo aparecieron después), desconociendo por lo tanto las rees- tructuraciones ulteriores y descuidando los momentos de profundización en los que la noción llegó a ser pensada de otra manera. Y sobre todo si resulta que las modificaciones apor- tadas corresponden, llegado el caso, a una rectificación, a un vuelco más o menos radical. 30 Evoco adrede esta posible dificultad polémica por cuanto cabe temer que surja luego como objeción con respecto a las posiciones de F. Dolto. En realidad, con ella sucede lo mismo que con cualquiera: la comprensión que podemos tener del estadio del espejo corre peligro de ser calificada de errónea al desconocer que las sucesivas elaboraciones ponen en entredicho la formalización primigenia; es decir, precisac mente aquella en la que tenderíamos mayoritariamente a quedarnos, quizás justamente por ser la más fácil de enten- der (sin perjuicio entonces de que se nos acuse más aún de ceder a la equivocación del contrasentido). Vale decir que, con la cuestión del espejo, rozamos un problema de transmisión que surge no bien se trata de determinar más de cerca lo que significa exactamente y cuál es, según Lacan, su verdadero alcance, ¡sobre todo si fue cambiando! En cierta forma, uno de los intereses suplemen- tarios de esta conjetura de lo especular es movilizar, más allá de su contenido propio, la problemática de su transmi- sión, es decir, el modo en que la temática respectiva fue transmitida (y comprendida).

Tratemos de identificar mejor esta dificultad (si es que consiste en localizar el error). Ella reside, podríamos decir,

3 ? Y los lacanianos son a veces altivos y feroces en lo que respecta al saber pretendidamente exhaustivo del pensamiento del Maestro.

en que, a pesar (¿o a causa?) de la suerte de extensión que hemos mencionado, o sea, el hecho de que "el" estadio del espejo haya conocido toda una serie de prolongaciones y complementos en la elaboración de Lacan, ello no es óbice para que cierta forma de comprensión única tienda sin em- bargo a imponerse en las mentes, una comprensión, una interpretación de la que no obstante conviene cuidarse si resulta que es simplemente parcial o francamente defectuo- sa. Todavía hace falta calibrarla, sobre todo por cuanto, en efecto, a menudo sólo de ese modo (se) habría transmitido el estadio del espejo en su significación. Y entonces la com- prensión que domina comúnmente a su respecto podría ser llamada defectuosa, errónea. ¡Es algo que puede ocurrir ! · Puesto que el asunto tiene importancia, tratemos de considerar con detenimiento esa interpretación o esa lectu- ra que podemos llamar dominante, preponderante. Consis- te, en lo esencial, en entender que lo que realiza el estadio del espejo captado en la confrontación efectiva del niño frente a éste -pero que también podría observarse en los juegos de confrontación entre el niño y algún semejante-, es, para la cría humana, la adquisición del sentimiento de unidad (de su yo) mediante la percepción de su imagen al serle reenvia- da. Al atravesar esta etapa (¿esta prueba?) del espejo, el niño adquiriría una unidad corporal que pondría fin a la fase anterior en la que habría prevalecido, por el contrario, la vivencia de un cuerpo sin constituir, fragmentado. He aquí, esquemáticamente descripta, la manera en que circula y es recibida una lectura de lo que el estadio del espejo realiza y que no vacilamos en llamar dominante. Dominante de manera global en el nivel de lo que podemos llamar la doxa del mundo analítico. Y que tiene la caracte- rística de presentar el espejo como una transición salvadora, como el medio para superar la fase primordial de una experiencia de fragmentación, al suministrar el soporte de integración (yoica) que asegura, por medio de la imagen reflejada, las bases de la unidad de la persona. Así referido, este enfoque de la experiencia especular no presenta nada que pueda ser chocante o capaz de molestar

al lector prevenido, bien al tanto de estos datos del psicoaná- lisis. Después de todo, se los encuentra, por ejemplo, en la definición formal de Laplanche y Pontalis citada más arri- ·

31

Y en otra presentación autorizada del estadio del es-

pejo32 se nos describe un proceso similar, el de "una experien-

en cuyo transcurso el niño efectúa la conquista de la

imagen de su propio cuerpo", o sea, "lo que va a promover la es- tructuración del 'Yo [Je]' en tanto pone término a esa vivencia psíquica singular que Lacan designa como: fantas- ma de cuerpo fragmentado". "De hecho -prosigue el autor-, antes del estadio del espejo el niño no hace inicialmente la experiencia de su cuerpo como de una totalidad unificada, sino como algo disperso". 38 Y al fin y al cabo es el propio Lacan, citado porJoel Dor, quien evoca a propósito del espejo el paso "de una imagen fragmentada del cuerpo a una forma

que llamaremos ortopédica de su totalidad". 34 En

ba.

cia[

]

conse-

cuencia, J. Dor se ve llevado a enunciar lo siguiente: "Al re- conocerse a través de esa imagen [especular], el niño recu- pera la dispersión del cuerpo fragmentado en una totalidad unificada que es la representación del cuerpo propio. La imagen del cuerpo es estructurante, pues, para la identidad

del sujeto [

]".

35

Si bien un examen más amplio mostrará el carácter par- cial de esta lectura del estadio del espejo que estamos destacando, ello no la hace menos conforme con lo que encontramos en mejores fuentes interpretativas, en los comentadores más autorizados. Y además Lacan mismo insiste en esta evidenciación de imagos arcaicas de cuerpo fragmentado. 36 Es él quien, basado en esto, subraya de modo

31 Aun cuando los autores se es:rheran en referir la fragmentación a un efecto de aprCs-coup (op. cit., pág. 43). Véase asimismo G. Le Gaufey, op. cit., pág. 75. · 32 La de J. Dor enlntroduction a la lecture de La.can, t. 1, Denoel, 1985.

"'!bid., pág. 99.

34 El, pág. 90, citado por J. Dor, ibid., pág. 100.

:J 5

J. Dor, op. cit., pág. 101.

36 En una página donde vuelve a expresar Ja riqueza de la noción de imagen (cf. El, págs. 97 y 98).

expreso el valor de unidad individuante que debe otorgarse a lo que produce la experiencia especular, cuando habla, refiriéndose al niño, de "la conquista de la unidad funcional de su propio cuerpo", 37 que desemboca en la realización de "una unidad ideal, imago salvadora" 38 a la que en consecuen- cia, y nadie podrá sorprenderse, "responde una satisfacción propia". 39 Esto se corresponde con lo que Lacan expone en otro lugar como la famosa reacción de júbilo, como él la denomina, del niño frente al espejo.'º Por otra parte, esta manera de entender las apuestas de lo que realiza el estadio (o la fase) del espejo no podría

reducirse a la presentación mínima que acabamos de efec- tuar. Pues otros aspectos están en condiciones de completar su descripción y de reforzar su validez. En efecto, otras for- mulaciones anexas o complementarias siguen el mismo sentido, la misma orientación positivamente interpretativa de la experiencia. Por ejemplo, deberemos insistir en que lo que realiza esa operación especular corresponde a la identi- ficación estructurante puesto que ella precipita -sobre el fondo de la prematuración del infans-y anticipa una unidad de la persona en su yo, designado por eso como yo ideal. Todos los términos que estamos utilizando -identificación, -

los

precipitar, prematuración, anticipación, yo ideal

hemos tomado de los propios enunciados de Lacan y cada uno de ellos suministra un componente esencial de la experiencia del espejo. En particular, podríamos insistir sobre la nota de temporalidad que es aquí ostensible y a la que corresponde la "anticipación" presente en el proceso. Pues es en este tiempo en que no ha adquirido aún los

1

medios efectivos de la motricidad voluntaria, cuando el niño "se precipita", dice Lacan, de manera anticipatoria hacia la identificación con una imagen, con la imagen especular precisamente, que constituye su yo (y es cons-

"!bid., pág. 105. 38 !bid., pág. 105. 3' !bid., pág. 108.

'°!bid., pág. 87.

tituida por éste), 41 en calidad, podríamos decir, de "avance" identitario. Esta temporalidad se funda en particular-ya lo habíamos indicado- sobre un elemento de la realidad fisiológica al que Lacan concede entonces una importancia decisiva, esto es: la prematuración biológica que caracteriza al ser humano en el momento de nacer, y que lo convierte en un ser prema-

aparece bajo

la pluma de Lacan- en relación con la cual le toca precisa- mente a la identificación especular aportar la salida de una solución integrativa salvadora. Lo mejor es citar in extenso el pasaje decisivo en el cual Lacan puntualiza como conviene el conjunto de esta presentación general: "Lo que he llamado el estadio del espejo tiene el interés de manifestar el dina, mismo afectivo por el que el sujeto se identifica primordial- mente con la Gestalt visual de su propio cuerpo: es, en relación con la incoordinación todavía muy profunda de su propia motricidad, unidad ideal, imago salvadora; es valori- zada con toda la desolación original, ligada a la discordancia intraorgánica y relacional de la cría de hombre, durante los seis primeros meses, en los que lleva los signos, neurológicos

y humorales, de una prematuración natal fisiológica". 43 Están reunidos así todos los elementos -condensados- para indicar el modo en que el estadio del espejo viene a ofrecer la salida de su respuesta en imágenes (anticipada) al dar estatuto identificatorio a ese ser prematuro que todavía es el niño en esta etapa. Y en cuanto a tal prematurez de hecho (biológico) -telón de fondo orgánico que suscita y justifica la solución especular-, es crucial apuntar que constituye para Lacan una manera de comprender y expli- car la preponderancia que él otorga con esto a lo visual, del

turo. 42 Discordancia, pues, nativa -el término

41 Aparecen aquí coordenadas de una dinámica temporal que sin duda deben ser vinculadas a lo que Lacan introduce en materia de tiempo

lógico; y donde la dimensión de lo visual vuelve a estar, además, di-

rectamente en juego. Cf. "El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada", en El, pág. 187. "Ibid., pág. 176. "Ibid., pág. 105.

que no alcanza con decir que, en todo este proceso de es- tructuración primordial, constituye un dato sensorial exce- sivamente enfatizado. Para Lacan, esa estructuración del sujeto humano pasa de modo dilecto por la visualidad, y ello en tanto ligada a la prematuración. Porque "en función de ese atraso de desarrollo adquiere la maduración precoz de la

percepción visual su valor de anticipación funcional" .

de Lacan que resulta de esto "la marcada prevalencia de la

estructura visual en el reconocimiento, tan precoz, [

la forma humana ". 45

dar hasta qué punto el esy.adio del espejo testimonia lo que constituye en Lacan el valor esencial, paradigmático, que se otorga a la dimensión de lo visible. No nos cansaremos de insistir: en esta etapa, la experiencia del espejo se desenvuelve por entero en la sola categoría óptica de lo visual, y no es pensada sino en ella. Sólo se habla aquí del registro del ver 46 sin referencia a ningún otro parámetro, ni siquiera al simbólico, que cobrará después tanta rele- vancia. Pero en este primer nivel de presentación todo el asunto es el ver, todo ocurre en el ver: ver la imagen especular y (re)conocerse en ella; tal es la apuesta de un proceso que podríamos calificar de etología del ver, en una suerte de mimética entre ver y creer introducida entonces

44

Aña-

l de

La oportunidad es propicia para recor-

47

por De Lacan. paso, se adivina que esta manera de acentuar, de otorgar semejante exclusividad a la categoría de lo visible -subyacente en el disparador mismo de la experiencia espe.- cular- no dejará de aparecer como un elemento de discusión odisenso frente a las orientaciones de F. Dolto, que ya hemos podido considerar. Por el momento, del lado de Lacan, en el que nos sitúa esta

44 Ibid., pág. 176.

"Ibid.

46 Aunque sin lograr resolver del todo el enigma de saber qué es exactamente lo que el niño ve en el espejo. 47 Dicho sea esto para aludir a una dualidad esencial presente en las propuestas de G. Didi-Huberman. Cf. Devant l'image, Ed. de Minuit,

1990.

exposición, lo visual se presenta como el soporte identifica" torio, para el niño, de su integración psicológica y psicocorc para!. Ignoramos por qué, pero G. Le Gaufey desconfía de este término "integración'', entendiendo que tiene sólo mi valor psicológico verificado en Wallon. 48 Sin embargo, es e[ término que parece adecuado para designar este aconteci, miento (y advenimiento) especular, y además el que el pro, pio Lacan utiliza explícitamente al evocar en este contexto·' "la integración en el organismo de una relación psíquica'',49 y definirlo como el proceso por el cual "toda una situación, por habérsele vuelto al sujeto a la vez desconocida y tan esencial como su cuerpo, se manifiesta normalmente en efectos homogéneos al sentimiento que él tiene de su

cuerpo".

Lo cierto es que, más allá de cuestiones de vocabulario, se afirma que, en esta etapa infans del humano, el proceso · especular realiza una verdadera transformación de la perso- na -pues Lacan caracteriza la identificación especular co- mo "la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen"-,' 1 una transformación cuyo alcance también indica al llamarla "resolu tiva de una fase psíquica"52 (en este lugar habla incluso de metamorfosis); a su respecto señala- ·. remos que, en tanto superación, realiza una integración afortunada y oportuna, representando el atravesamiento de una etapa resolutiva, decisiva para el ser. Además, este aspecto conduce a Lacan a compararlo con lo que de modo similar establece el complejo de Edipo en el plano de la

50

48 ¿O tiene también relación con las mordaces expresiones que el tér-

mino inspira a Lacan respecto de Henri Ey (cf_ El, pág. 149)?

19 !bid., pág. 172.

su !bid. Esto nos da ocasión de señalar algo que, pese a ser evidente, suele no ser tenido en cuenta (¿tampoco por Lacan?): que el estadio del

espejo es un asunto de cuerpo, que se trata de una movilización corporal de efectos psíquicos, efectos casi siempre hipostasiados a expensas de aquélla. Punto que convendria desarrollar mucho más pero que nos pro-

ponemos no perder de vista.

51 !bid., pág. 87. "lbid., pág. 178.

estructura, 53 en tanto

al humano del caos de desmantelamiento corporal subjetivo en el que de algún modo se hallaba, se habría hallado, y donde corría más bien el riesgo de perderse. Así pues, no sería del todo insensato leer esta descripción del estadio del espejo (insistamos: en su estado primigenio) como contrapuesta a la fábula de Narciso (según Ovidio):

aquí, por el contrario, Narciso se salva y se (re)constituye por mirarse, escapando a la suerte de desmembramiento frag- mentado, de disgregación que esa unificación en una imagen

efectuada por su reflejo viene a resolver y a superar

correría riesgo, si no de pérdida, al menos de dilución corporal, no es Eco sino Narciso quien, sin la imagen, no alcanzaría la confirmación identitaria de su ser. Al exami- nar el narcisismo freudiano a raíz de su elaboración sobre el estadio del espejo, Lacan parece discernir el disparador de una afortunada rectificación. Y llega incluso a otorgarle cierta generalización cuando afirma: "Es en todas las fases genéticas del individuo, en todos los grados de cumplimiento humano en la persona donde volvemos a encontrar ese momento narcisista en el sujeto, en un antes en el que debe asumir una frustración libidinal y un después en el que se trasciende en una sublimación normativa". 54 Es comprensible, en todo caso, que la operación descripta de ese modo en la coyuntura del espejo deba ir acompañada de cierto efecto de satisfacción por parte del interesado, y que éste, con bastante lógica, salude su cumplimiento con una exclamación de júbilo. Podemos concebir asimismo que toda esta descápción idílica, en cierto modo casi eufórica del estadio del espejo, se haya impuesto en los espíritus en calidad de lo que seguimos designando como la comprensión dominante: después de todo, se basa en los datos mismos de lo que propone Lacan. Pero además, lo que vuelve tan seductora esta lectura del espejo sobre la que nos inclinamos, es el hecho de constituir,

solución de valor salvador que extrae

El que

"lbid., pág. 172.

54 lbid., pág. 111.

en definitiva, la realización de un "progreso" en el estatus

personal del niño,

cosa a la que no podemos permanecer ' 0

insensibles. Dicha lectura constituye -hay que decirlo-- una "buena forma", en su aspecto descriptivo. La experien- cia del espejo es descripta aquí, en efecto, con una orienta- ción (también temporal) que le da el sentido y el alcance de . acompañar y hasta de adelantarse a la progresión en el< devenir individual del sujeto humano, en ese tiempo alta-' mente evolutivo de la asunción de la cría de hombre. Casi podríamos decir, si nos atreviéramos, que Lacan, al concebir de esta manera el estadio del espejo, da pruebas -aun contra su voluntad- de progresismo genético(!) pues- to que él mismo provee los datos (especulares) de aquello que confiere al humano su estructura identitaria, de aquello que le hace posible la realización (por lo menos yoica) de su· identidad. Interpretado y leído como lo acabamos de presen- · tar -una vez más, no haciendo otra cosa que recoger las formulaciones de Lacan-, podemos tener el sentimiento (¡reconfortado en cuanto al destino del niño!) de que el estadio del espejo, y por otra parte en consonancia con toda teoría que se presente organizada en estadios, corresponde sin discusión al cumplimiento de una progresión subjeti- va -"sublimación normativa", dice Lacan-; que el estadio del espejo viene a signar un punto de advenimiento de la personita en formación, a indicar un tiempo decisivo de resolución estructurante del sujeto. Desde este punto de vista, existe algo así como un movi" miento de antes / después entre los cuales se produce la. interposición oportuna del espejo. Oportuna, en efecto, si· con ello se cumple la salida identificatoria que hace posible poner término a los atolladeros discordanciales anteriores, a la indeterminación existencial del sujeto confirmada por su sometimiento primordial. Antes, capturado en la dependencia absoluta a la que lo asigna su estado de prematuración, el niño padece sin remedio . una vivencia fragmentada, una fragmentación subjetiva cuya confirmación clínica y teórica Lacan encuentra en Melanie Klein (pero también en la ilustración figurada por la obra de

Jerónimo Bosco). 55 Después, y gracias al reconocimiento iden- titario realizado en principio por el espejo-y el término recono- cimiento es aquí fundamental-, 56 el niño demuestra haber conquistado y adquirido una posible relación estabilizada consigo mismo, en el nivel de lo que desde ese momento podrá venir a enunciarse en tanto determinación unificada de un "Yo [Je]", esbozo individual de lo que asegura la permanencia de los objetos del mundo, de los objetos y del mundo. ¡Cómo íbamos a subestimar el valor de semejante muta- ción, constitutiva del ser (incluso en la relación con el otro y con el mundo)! Ahora se justifica mucho más lo que en un principio parecía una audacia formal del Diccionario de psicoanálisis cuando hablaba sin más trámite de la "consti- tución del ser humano". Y si lo especular consuma tamaña salida venturosa, tampoco podría sorprender el que ésta sea saludada por esa reacción jubilosa del niño que Lacan destaca especialmente. Por lo menos en cuanto al principio, 58 es comprensible, en efecto, que el niño reaccione de manera exultante al librarse del aprieto en que lo ponía un caos corporal y subjetivo en el que, de otro modo, corría peligro de permanecer sin fin. Tiene de qué estar satisfecho aquel-el infans humano-que, en definitiva, vuelve de lejos, de la lejanía de lo ante- especular, un "antes del espejo" que no nos. asombrará si puede ser, por el contrario, el lugar donde se determina la psicosis en el niño; siempre y cuando sea, para éste, la falta del espejo la que tiene capacidad de enloquecer. A la inversa, se entiende que el júbilo pueda ser la marca expresiva del cruce decisivo, de esa asunción-y este término (fuerte) tam- bién es pronunciado por Lacan- que, se presume, el estadio del espejo hace cumplir al niño en el camino ascendente de su subjetivación.

57

;.; !bid., pág. 90. "'!bid., pág. 86. "!bid., pág. 104.

58 Pues en los hechos, los psicólogos experimentales tienen cierta dificultad para co1nprobar siempre ese estallido de alegría. Consúltese

sobre todo R. Zazzo, Reflets de miroir et autres doubles, PUF, 1993.

I!

!' ¡;

PJ

11

,,

1

¡·:

¡';

1 ¡,

1

1

¡

1

!!

~i

w

ff

'

fi'¡ '~

!' il

11

De algún modo, el niño surge de esto -así lo decimos· como un sobreviviente que se ha salvado de esa especie d~ noche fragmentadora que es lo ante-especular, en una espe cíe de re-travesía de la Laguna Estigia que lo ha hecho sali. del tenebroso Hades de la inhumanidad. Lacan emple:

efectivamente acentos de este género para destacar la am plitud de lo que está en juego -¡llega a hablar de triunfo!-, :¡\ encontramos una prolongación de sus palabras en el propig saludo que P. Julien dirige a esta salvación especular. Julierr recarga más aún la valoración de la experiencia: "El espejqé consuma la victoria sobre la fragmentación de los miembros disociados y asegura la coordinación motriz: unidad, domi~. nio y libertad de la estatura". 59 Y encima, para explicar ese "¡Ah!'', exclamación jubilosa del niño: "La imagen del seme.:

jante alegra a] niño -dice- porque la ama; encuentra en ella";

unidad, dominio, libertad motriz". 60 ·.

Este es el tipo de concepción que podríamos llamar gené, tico -en el sentido de que se trata también, no lo olvidemos, de la génesis del yo-al que conduce cierta lectura del esta- dio del espejo en su primera presentación. 61 Una lectura que presentimos, sin embargo, es preciso llamar, sin titubeos,

demasiado

do no idílica y hasta euforizante!), por más fiel que sea a la manera en que Lacan relata el proceso. Es indudable que el

lo que le falta:

confortable, o demasiado reconfortante (¡cuan-

cuadro resultante, en el que domina de algún modo la ar- monia plasmada por semejante adecuación a la imagen -¡la imagen (especular) salvadora'- tendrá que ser rápidamente matizada y retocada. Lo cual va a ser especialmente fácil toda vez que muchos de los elementos que habrán de permi- tirlo y de necesitarlo estén presentes desde el comienzo, aun cuando hasta ahora hayamos podido minimizarlos en la

59 P. Julien, op. cit., pág. 47. (JO Ibid.

61 Es decir, como lo hace notar E. Porge en su Jacques Lacan, un psychanalyste, Eres, 2000, hasta 1949 inclusive, estado primero en el

cual E. Porge cree necesario distinguir dos tiempos cronológicos, de

los cuales sólo el segundo (a los tres años) plantea el problema de la relación con el otro (cf_ pág. 66) .

tarea de exponer esa versión dominante (orientada) del

espeJO. Llegado el momento, no tendremos que ir a buscar muy lejos los enunciados capaces de mitigar el valor de aconteci- miento progresivo -¡o progresista!- del que en un primer momento parece disfrutar la experiencia especular, hasta el punto de poder ser descripta como una verdadera parusía subjetiva, si no como un segundo nacimiento, como el adve- nimiento de la persona individuada en su humanidad. Pe- ro no podemos seguir desconociendo que aquí se trata sin · embargo, en este asunto de lo especular, de algo que co- rresponde a una adoración idolátrica dirigida al yo que Lpor él se constituye, pero a un yo que, con todo, por su · coherencia y su consistencia identificatoria, es una instan- cia de salvación (¡lo que después de todo es para el niño humano!). Más allá de estas consideraciones, (nos) será fácil estimar que hemos producido hasta aquí una presentación orienta- da, selectiva, de lo que realiza la fase del espejo, proporcio- nando de ésta una lectura simplificada, 62 una lectura que se daría por contenta con contribuir incidentalmente a la rehabilitación del yo, cuando no a su restauración. No anticipemos lo que pasará con esto. Y limitémonos a recordar que, de este modo, sólo estamos consignando los parámetros que alimentan una comprensión dominante y corriente del hecho especular, sin perjuicio de ir advirtiendo que, si nos quedáramos en eso, contrayendo el conjunto en una grilla que al final sería -falazmente- psicologizante; dejaríamos escapar lo esencial. Pero no por ello se trata aquí de una versión y espuria del estadio del espejo, y tampoco se la concibe de manera

62 Hagamos un paréntesis para aventurar la idea de que si esta presentación presuntamente simplificada es sin embargo posible, esto se debe quizás, en parte, a la manera en que en este contexto inaugural los autores (y Lacan el primero) se sacaron un tanto rápidamente de

encima el aporte de Wallon, pretextando que se trataba de psicología.

Sin embargo, Wallon continúa en pie, y se mantiene constantemente a

la altura de la complejidad del fenómeno.

puramente tendenciosa: de esto encontraremos una indic ción suplementaria en el hecho de haber advertido el propi Lacan lo que sus más originarias formulaciones sobre)

libreto especular podían tener de insuficientemente explÍ< · to o de simplificador. Hasta el punto de poder prestarse confusión y contrasentido por suponer, precisamente, u ·

armonía excesiva. 63 No es casual que,

con pocos años

intervalo, Lacan haya sentido la necesidad de aportar pr< cisiones consecuentes, de poner los puntos sobre las íes. Todo se presentacomo si, con el paso del tiempo, él mis pudiera apreciar que aquello a lo que intentó dar una form equilibrada -donde la idea de pérdida y hasta de daño deja de venir a contrabalancear lo que sería ganancia de U' completitud colmante y estructurante- de todos mod; corría peligro de ser malinterpretado en forma unilateral el sentido de una redención salvadora (¡por la gracia dE espejo!). Esto mismo lo obligará efectivamente, a continri ción, a aportar lo que no son sólo aclaraciones o precisione sino también correctivos necesarios de los cuales no tard, remos en ocuparnos. Ellos certifican lo que puede haber <;! insuficiente y de todavía inelaborado en las primeras pr sentaciones que él mismo produjo (sobre todo en el famos texto de 1949). Porque, además de que la presentación del estadio d espejo a la que esto nos ha conducido puede parecer simpl ficada y hasta atrofiada -aunque más no sea por lo que 1 vuelve forzosamente incompleta, y sobre todo si le falta bu na parte de lo que vendrá a relativizar su embellecimien~( su sublimidad, su elevación-, no debemos dejar de menció nar que, en esta etapa primera en la que Lacan simplementi echó las bases, muchos enigmas subsisten. 64 Después de todo, atrevámonos a indicarlo: todaYía no saf hemos muy bien, en esta etapa, lo que se realiza exactameri) te en la relación con el espejo ni de qué manera. ¿Cómc

63 Éstas son las palabras que utiliza en la especie de enmienda q~· agrega en 1966, cuando están por publicarse los Escritos (cf. "DenuestrO;'-'.

antecedentes", El, pág. 63).

.

.

. :·:.:~,

64 Como por su lado hace notar G. Le Gaufey, op. cit., pág. 77 y sig.~·

reconoce allí el sujeto precisamente su imagen (¡y además habría que indagar en cada uno de los términos de la pregunta!)? Por otra parte, ¿qué nos asegura de poder responder mejor al problema de saber lo que el niño ve en el espejo, suponiendo que esto sea lo único que importa? En realidad, Lacan da aquí la impresión de contentarse con postular una operación llamada de identificación, cuyo modo operatorio todavía no está en condiciones de producir; operación que se limita a referir de manera intrínseca al poder "(in)formativo" de la imagen, que era, según hemos recordado y subrayado, el leitmotiv de sus primeros escritos. Pero, ¿cómo podríamos conformarnos con que Lacan en-

cuentre este poder igualmente activo en el animal, y que por lo tanto el asunto especular valga lo mismo para el humano :que para la paloma o el saltamontes? Pues, en efecto, lejos de investigar lo que el humano pudiera tener de específico, La-

cesa de recurrir a la etología, que le parece lo más opropicio para convencer al público de sus aseveraciones. 65 · Pero entonces, ¿qué produce Lacan, exactamente, que pueda {>valer de manera singular para el sujeto humano, tal como él rnismo afirma? Y por otro lado, si el humano se sumerge, lo mismo que el animal y con idénticos deleites estructurantes, en los refle- :.jos centelleantes (imaginarios) del espejo, ¿qué cosa podrá sacarlo de allí al ser él, cual vulgar volátil, un palomo fas- cinado? ¿Cómo podría entonces abrirle, acondicionarle el espejo una salida específica? En este punto es donde la cosa se complica, en el momento de aflorar estos interrogantes cruciales que por ahora que- dan en suspenso, pero de lo;; que Lacan no tardará en (volver a) ocuparse.

can no

l'i

Pero antes, ha llegado el momento de retomar los datos del diálogo iniciado con F. Dolto. Consideramos, en efecto, que precisamente aquí se instaura ese diálogo, eneste punto

65 EniosEsc1itos1, pág. 178 y sigllientes, se consagran a esta cuestión no menos de tres a cuatro páginas.

(histórico) en que Lacan presenta el primer estado de s conceptualización sobre el estadio del espejo. F. Dolto -qu~ como hemos visto, se hallaba en primera fila- no dejará d, reaccionar con respecto a ese estado inicial produciendo s propia perspectiva sobre las apuestas del espejo así presen tado. Y comprendemos que el debate se organice en torno estos datos de partida: enterada como estaba de los desarro llos originales de esta concepción lacaniana del espejo, e lógico que sea en relación con estas primicias, con esto fundamentos, con estos principios de la teorización, como Dolto llega a su vez a situarse, a pronunciarse. Pero entrevemos con ello en qué forma ese tipo de diálog, que intentamos desplegar corre el riesgo de verse frenad por una posible parasitación polémica (que ya hemos men cionado): eventualidad que es preciso tomar en cuenta formar parte del debate para, pese a todo, darle su pertinerY cia. El punto litigioso es el siguiente: que si bien la posició eventualmente crítica (o simplemente distinta) de F. Do]t, recae esencialmente sobre el estadio del espejo en sus pri meras versiones -que por otra parte nos parecieron suscep,_o tibies de perennizarse en carácter de concepción dominan(así sea de manera falaz)-, vemos delinearse la objeción según la cual F. Dolto procedería, en su propia elaboración, de un conocimiento parcial y trunco de ese especular laca niano que ella tomará por objeto. De modo que Dolto tendrí sólo una visión fragmentaria y reducida, parcial, digamos; que por fuerza le haría perder los puntos verdaderamente. nodales, aquellos a los que al menos la enseñanza de Lacan habría finalmente llegado. ¿Hay que considerar entonces que el asunto fue muy mal encarado de entrada y que generó un debate sesgado sin remedio desde el comienzo? No lo pensamos así. Primero, porque justamente, si hay diálogo, quiere deci que las cosas, lejos de haberse coagulado formalmente dé una vez para siempre, son susceptibles de progresar al come pás del desarrollo efectivo de un intercambio vigoroso. En este caso, si Lacan desarrolló y modificó en profundidad el primer estado de su concepción, ¿cómo excluir que se deba

también a las críticas que pudieron oponérsele, esgrimírsele sobre tal o cual punto, conduciéndolo a advertir las lagunas de su elaboración original (por más original, en el otro sen- tido del término, que haya sido de entrada)? Y en este carácter, ¿cómo no quedar satisfechos si, en una segunda etapa, el debate conduce a poner en evidencia ele- mentos que al principio, y con motivo (si es motivo cronoló- gico), F. Dolto no habría integrado ni tomado en cuenta en sus desarrollos pese a corresponderse con la atención pres- tada por Lacan a las objeciones que ella misma había planteado? Tampoco excluimos el alcance de lo que esto podría reve- lar -¿y por qué no?- en cuanto a lo que habría que con- siderar también como lagunas o imposibilidades de F. Dolto respecto de la enseñanza de Lacan. 66 ¡Ella misma está lejos de excluir semejante comprobación! Y podría ser entonces una manera extra (aunque crítica y polémica) de enriquecer nuestra perspectiva sobre la conceptualización de F. Dolto. Incluso en el sentido de hacernos percibir mejor, llegado el caso, por qué su concepción del análisis se orienta en una dirección eventualmente distinta, in fine, de la desplegada por Lacan a partir de su apertura especular. No estamos en eso. Para despejar lo que hemos de tratar ahora en lo referido a la perspectiva de F. Dolto -con el riesgo de que su posición sea juzgada parcial, por limitarse a una comprensión abreviada del espejo (riesgo asumido, sin embargo)-, intentemos poner en evidencia, para terminar, aquello a lo que arriba Lacan en esta etapa. Nos parece entonces que deben ser muy particularmente mencionados dos puntos temáticos de conjunto (presentes en la concep- ción que llamamos dominante):

- la preeminencia de lo visual, que reaparece aquí como

una temática de conjunto, pero que interviene de manera

preponderante en la experiencia especular; 67

66 Un ejemplo prometedor de este trabajo critico y constructivo a la vez es proporcionado por A. Vanier en su presentación durante el coloquio Unesco de 1999. Véase F. Dolto, aujourd'hui présente, op. cit., págs. 490-498.

67 A título indicativo, recordemos otras dos incidencias de lo visual en

- que esta última, la experiencia del espejo, cobra valo

estructural por cimentarle al sujeto el reconocimiento salva:, dor, identificatorio del yo. 68

Por lo menos, he aquí dos elementos que volveremos encontrar en el centro de la discusión venidera.

Lacan, una y otra en puntos clave y cruciales de su enseñanza: lo que gii

alrededor de la Carta robada en el Seminario I, y el apólogo de 1t

prisioneros en el texto sobre el tiempo lógico, op. cit. 68 Dicho sea esto para descorrer el velo sobre una distinción esenc ·

que vendrá a elaborarse -ello tanto en Lacan como para Dolto- erj· el sujeto y el yo.

M

4. DOLTO: LAS DOS CARAS DEL ESPEJO

Llegamos ahora al momento de tener que precisar, en fun- ción de lo que precede, la posición que toma F. Dolto sobre lo que ella percibe de la concepción lacaniana del estadio del espejo, y que conoció -ya hemos dicho cómo- desde el prin- cipio. Lo cual no implica que integrase de entrada en sus elaboraciones el aporte original de esta concepción de Lacan, ni siquiera para desmarcarse de ella. En sus primeros trabajos -y particularmente en su tesis de 1939 (reeditada luego varias veces)- 1 no encontramos huella alguna, y con motivo, de una mención cualquiera del estadio del espejo. F. Dolto pone en esta época en primer ' plano la terminologia freudiana, a la que se remite de ma-

no toma en cuenta los elemen-

nera explícita y exclusiva, 2 y

i

. tos de lo que, en verdad, está aún en germen en las propues- tas primeras de Lacan. Y está muy claro que durante todo un · .tiempo no prestará mayor atención al estadio del espejo, tema a cuyo respecto no se considera obligada a pronunciar- se en sus propias avanzadas fundamentales. Hasta podría-

. mos decir que parece poder prescindir de él por completo. La primera impresión sería que, al comienzo, no tiene necesi-

1 Psychanalyse et pédiatrie, op. cit. z En la tesis, sobre todo el complejo de castración. Véase al respecto "'.nuestro artículo publicado en Le Coq Héron, n!! 168, 2002,."Dolto, Freud:

du complexe de castration a la castration symboligene", pág. 37.

dad de esta concepción para desplegar sus propias elabor{ ciones, que en ese momento no deben nada a la mediación d, espejo lacaniano. Como buena freudiana de estricta obse vancia, F. Dolto se satisface entonces ampliamente con l que le aporta la nomenclatura clásica vigente y en particulá con la diacronía de los estadios libidinales. Y pese a si empeño -tendencia que será constante en ella- de acentua.¡ el eje y el alcance de dichos estadios freudianos en el sentid! regrediente de lo arcaico, esto no la conduce a adoptar · estadio del espejo de Lacan, que más bien constituiría u "plus" del que parece dispensarse, y esto durante una larg época. Es así como en los primeros grandes textos capitales pr' sentados por F. Dolto y que conducirán a su concepció específica de la imagen del cuerpo -se trate de la exposició primordial de 1956, 3 de su artículo sobre la regresión d 1957 4 o del texto que sucede a una intervención en el coloquir de Royaumont de 1958-, 5 todavía no se hace ningún tipo d mención del estadio del espejo. Y si no obstante el tema 'e tratado en las versiones ulteriores de esos textos, 6 es prec samente porque se trata de reelaboraciones, de reescritura; efectuadas con posterioridad, en la década de 1970. De ahí que, dando un gran salto en el tiempo, para en contrar un texto en el que F. Dolto tome posición directa, l además en forma expresa y desarrollada, respecto de r temática lacaniana de lo especular, haya que esperar casi,i la publicación, en 1984, de su libro capital sobre la imagei inconsciente del cuerpo. 7

3 "A la recherche du dynamisme des images du corps et de leur in· vestissement symbolique dans les stades primitifs du développeme11· infantile", publicado en La Psychanalyse, nº 3, reproducido en Le sent

ment de soi, op. cit. 4 "Cas cliniques de régression", L'Evolution psychiatrique, 1957, r producido en Le sentiment de soi, op. cit. 5 "Personnologie et image du corps", enAujeu du désir, op. cit.

6 Que hemos reunido en Le sentiment de soi, op. cit.

,.

7 Y sin que por entonces F. Dolto hubiese tenido vasto conocimiento dé los desarrollos ulteriores (después de 1953) de Lacan sobre el espejo. Siñ.>

QA

Todo esto explica que cuando F. Dolto llegue a otorgar su lugar al espejo -y lo hará entonces plenamente (así sea de manera crítica)-, esto no deje de presentar dificultades de ajuste debido a que su preocupación es insertar el estadio correspondiente dentro de un conjunto teórico que, en apa- riencia, había prescindido de él durante mucho tiempo. Es así como muchas veces tendremos una impresión de inciden- cia recíproca entre lo que se imputa a esta nueva concepción (del espejo), y lo que previamente se había atribuido al Edipo, por ejemplo. 8 Digamos que entre los dos tiempos de la formalización podrá evidenciarse cierta fluctuación o cierto

"frotamiento".

Este atestado de tenor cronológico, que patentiza la dis- tancia entre la perspectiva teórica abierta por Lacan (la que incidentalmente pasa también por una intervención -capi- tal- en el mismo coloquio de Royaumont ya citado)' y las propias elaboraciones fundamentales de F. Dolto, es ade- cuado para sugerir que, en su formalización de la imagen del cuerpo, esta última no se determina a priori -en todo caso, de ninguna forma directa, clara- en relación con el estadio del espejo de Lacan. En primera instancia nada indica, ni si- quiera en un sentido formal, que F. Dolto haya podido simplemente concebir, formular al principio su noción de imagen del cuerpo por referencia al espejo lacaniano. Puesto que, una vez más -y con reserva de verificarlo más deteni-

---

embargo, podemos hacer referencia a otro momento preciso en el que F Dolto se interesó de cerca en la cuestión del espejo. Incluso me inclinaré a pensar que de allí data, precisamente, su preocupación entonces manifiesta por la cuestión. Son los años 1964-1965, momento en el que elabora su propia noción de imagen del cuerpo con l. Roublev y C. Guillemet, con miras a un próximo congreso de la Escuela freudiana. Este trabajo dio lugar a una publicación parcial en los primeros números de las Lettres de l'Ecole freudienne. 8 Pero esta conexión no deja de ser admisible. J. Dar la efectúa en su lntroduction a la lecture de Lacan, op. cit., t. 1, cap. 12: "Le stade du miroir et l'<Edipe". 9 Se trata del famoso texto "Observación sobre el informe de Daniel Lagache'', publicado en Escritos 2, pág. 627.

CICI

damente-, las primeras formulaciones suyas al respectl prescinden de toda referencia a la temática especular. Si de todos modos hubiera razones para considerar (y¡, ello nos inclinamos) que este, el estadio del espejo, no · ajeno a la elaboración de la imagen del cuerpo, al paree sólo podría serlo de una manera críptica, implícita, sub rránea (¿o inconsciente?). En cambio, de lo que no caben dudas es de que, a partir momento en que F. Dolto integra y toma en cuenta en propia elaboración la idea del espejo, del estadio del espej

-y esto habría podido ocurrir mucho antes, dado el cono miento precoz que tuvo ella de dicho estadio-, no bien le su sitio al espejo, no bien lo inserta en un andamiaje doctt nal que hasta entonces había sido eminentemente freudii' no, lo asimila en forma plena, le otorga su pleno estatuto, El., sea para objetarlo. Este tema abarcará, en efecto, toda una sección de la ob recapitulativa sobre la "imagen inc.onsciente del cuerpo"¡ conducirá entonces, en forma circunstanciada, a consider. ciones explícitas que deberemos tomar como base para e poner la posición doltiana sobre el espejo; posición que, p lo tanto, se expresa en dicha obra de un modo extensivo Ya hemos hecho mención de lo que se presentaba en Lacan y Dolto como una disparidad manifiesta y fundam tal en lo atinente al modo en que uno y otra consideraban lugar de lo visible (de lo escópico) dentro de sus respectiv conceptualizaciones, y que tenía incidencia, además, sob' los principios mismos de sus respectivos pensamientos. hecho, en los momentos primeros de su enseñanza, pese que la primacía absoluta del lenguaje ha sido ya plante

da -y no sólo en el famoso discurso de Roma 11

bién en el primer año del Seminario-, 12 Lacan otorga lugar bien específico y crucial al registro de lo escópico. 13 D"

10 ¿En 1964-1965? Cf. supra, nota 7; momento de inflexión en el q- Lacan mismo, como veremos, reformula la cuestión de la mirada.

sino ta ·

11 "Función y campo de la palabra y del lenguaje", en El, pág. 227 12 SI, 1953-1954.

13 Habría que examinar de qué modo esto es también, en parte, u'

herencia de Freud.

cual el espejo es, obviamente, la manifestación temática más tangible. Pero el tema del espejo procede a su vez, como hemos dicho, de aquello que en el Lacan de entonces, en el "primer Lacan", es fundamentalmente una valorización de la ima- gen, imagen que orienta para él toda la concepción del tra- bajo analítico. 14 E imagen que, como también hemos señala-

11

li

,¡,

i:

i

do, se concibe aquí presentándose por esencia bajo las especies de lo visual, conforme el registro casi exclusivo de lo visible. 15 La preponderancia de lo visual es justificada aquí por Lacan hasta en el nivel orgánico, cuando la vincula de

explícita con el hecho de la prematuración 16 -punto

manera

sobre el que no puede ser más categórico-, llegando a considerarla como "una estructura constitutiva del conoci- miento humano" 17 que consiste, pues, en "ese soporte que el simbolismo del pensamiento encuentra en la percepción visual". 18 En este mismo lugar, Lacan reivindica incluso el padrinazgo conceptual de Husserl cuando habla de la Fun- dierung, fundamento o fundación. No se lo podría decir me- jor: lo visual de la imagen tiene valor fundador para el . humano, y de aquí procede Lacan. Y el espejo será en todo sentido su eminente concreción primordial, que concede a lo visible un alcance en efecto estructurante, fundacional para la subjetividad. Ya hemos remarcado lo suficiente hasta qué punto las cosas son distintas para F. Dolto, cuya conceptualización entera se aleja, se desmarca, va como a contrapelo de se- . mejante hipóstasis de lo visible. Por más contrastada, por más equilibrada sin embargo que sea su posición -cuyas grandes líneas hemos expuesto-, es patente que la conduce •a relativizar, a reducir el lugar constituyente de lo visible,

14 Como P. Julien no deja de destacarlo. Véase Le retour a Freud de Jacques Lacan, op. cit., por ejemplo en la pág. 101. 1¡; Aun cuando la referencia, aplicada al término "imago", podría hacer ;<_,mucho más complejas las cosas. "El, pág. 176. "!bid., pág. 153. 18 Ibid.

incluyendo en esto hasta lo que es propio de la vivencia , niño (que sin embargo ella describe valiéndose del térmi~ por eso mismo paradójico, de imagen del cuerpo). Tal to de distancia respecto de la categoría de lo escópico podría,c muy bien ilustrada, entre otras cosas, por su diferencia éi las posturas de Spitz (en la interpretación, por ejemplo, dé; pretendida angustia del octavo mes). 19 Pero en cuanto a nosotros, no nos sorprenderá que, p tiendo de estos datos disyuntivos iniciales sobre la visib dad, !aposición de principio de F. Dolto respecto del esp se encuentre.marcada a priori por una toma de distan·

crítica. Por más que esto no vaya a excluir -lo anuna mos~ alguna dialectización ulterior, la suya es una decisj,, oposicional, de conflicto, y la llevará a sostener. una postl.[ antagónica respecto de la noción del espejo lacaniano. F. Dolto afirma y subraya de entrada su oposición profl da, teórica y clínica, al uso doctrinal del estadio del es]J promovido por Lacan, y ello en razón de que éste lo consid~ como un tiempo de estructuración privilegiado en el adver. miento subjetivo humano, y hasta como un pasaje, comO·J tiempo de (re)solución obligado para el sujeto. Si se quié" exponer la posición de principio de F. Dolto, lo menos qij puede decirse es que ella no comparte este punto de vista;~ concede nada de ese valor estructurante que Lacan primé" establece y luego exalta en el encuentro del reflejo especul

y en la confrontación con la imagen respectiva. Por cuan

a la inversa -y no se puede desconocer el aspecto tajan

categórico de su oposición al principio irreductible-, es~. lejos de otorgar a esta interposición del espejo y al encuent. con la imagen especular el menor valor positivamente e tructurante para el niño; está lejos, pues, de considerar. como un "estadio" (o una fase). ¡Por el contrario, Dolto :ri salta sus posibles efectos destructores y hasta devastadore'

y refrenda su alcance intrínsecamente traumático! La devastación a que alude puede llegar al extremo de desrealización o la despersonalización, e incluso a la caí

19 IIC, pág. 71.

en la psicosis. Se ve, pues, cuán seriamente alarmista es la .observaeión de Dolto, que sigue como mínimo una. dirección contraria a todo cuanto hemos hallado al respecto en la pers- pectiva de Lacan. Cuando F. Dolto abre el dossier espejo, es para inscribirlo, en un principio, en el registro del riesgo de las más graves patologías, en el de una etiología traumática potencial. El espejo tendría en sí esta potencialidad enloque- cedora, es decir, el poder de enloquecer.

· Y es un hecho a todas luces significativo el de que, cuando trata formalmente la cuestión del espejo en su libro, lo hace de entrada para presentar el espectacular caso clínico de Una niña a quien la confrontación solitaria con el espejo traumatizó efectivamente en una modalidad generadora de psicosis-'° He aquí una ilustración brutal, masiva, de hasta qué punto el espejo, lejos de ser estructurante por sí mismo, puede tener sobre todo semejante efecto mortífero de deses- tructuración radical. ¿A qué se debe esto? ¿Cómo explica F. Dolto tan irritante ·potencialidad traumatógena? Hay distintas maneras de responder a esta pregunta y vamos a encontrar en F. Dolto diferentes vías de explicación complementarias. Pero lo pri- mero que debe señalarse en cuanto a lo que puede estar aquí faltando y producir semejantes efectos catastróficos, es cuando falta la mediación (de una presencia tercera) suscep- .tible de moderar el efecto de conmoción ligado directamente al espejo. Punto a todas luces esencial que no tardaremos en , retomar y sobre el cual F. Dolto pone de entrada el acento:

"No basta con que haya realmente un espejo plano. De nada· sirve si el sujeto se confronta de hecho con la falta de un

espejo de su ser en

Este comentario parece aun más fundamental y valioso porque acentila de manera contradictoria la impresión que pudieron dejar las primeras presentaciones ofrecidas por

20 IIC, pág. 119. Véase también el caso de gemelos de la página 125, reproducido en L'enfant au miroir, op. cit., pág. 56. l. Roublev· habla también de gemelos tratados por F. Dolto en este contexto de lo especu- lar. ' 1 IIC, pág. 119.

el otro. Porque esto es lo importante." 21

Lacan sobre el estadio del espejo, y que hemos referido co anterioridad; vale decir, la impresión de que, hasta ciert' punto, la experiencia especular podría tener lugar para 'e, niño incluso en un relativo "desierto": ello, si el niño pued, encontrarse allí, en efecto, solo en su trota-bebé (sic), sin qu se aclare concretamente que otro humano deba estar en s' compaüía y (para) sostenerlo con su presencia. 22 Es llamativo, por otra parte, que en el texto prínce consagrado por Lacan en 1949 al estadio del espejo, nada diga de alguna presencia de otro junto al niño." La úni alusión presente en la descripción pormenorizada de la e periencia sitúa a las personas que puedan encontrarse al en el mismo rango de los objetos circundantes, pndien unos u otros aparecer de modo similar en su virtual realid reflejada. Pero esto sigue siendo aleatorio. Así las cosas, 1 propias "personas" (eventuales) quedan virtualizadas; y niño es dejado solo en cierto modo frente a su doble espec· lar, en aquellas condiciones que F. Dolto -según decíamo caracteriza como enloquecedoras. ¿Será esta la razón por, que Lacan llegará a reconocer, por este rodeo, lo qt constituye la cara negativa de la experiencia del espej punto en el que confina con aquello que exterioriza l< resortes (imaginarios) de la locura en el humano? En to( caso, por esta vía se percibe de qué manera llegaránt. vez ulteriormente a aproximarse las posiciones distint de Lacan y Dolto. Sea como fuere, si queremos comprender lo medular de· posición de F. Dolto, debemos indicar en segundo térmií que, si toma en cuenta el espejo, y no sin esfuerzo, lo há~. para señalar de manera radical su dimensión de prueba, · conmoción, de choque, motivada -aquí está lo esencial' por el hecho de que la pantalla del espejo hace surgir bru) camente un mundo que rompe de manera brutal con;l

,

22 Sea cual fuere la i:r;nportancia -i::sta vez formal- que se otorguf:}, "observador", tal como lo discute G. Le Gaufey (op. cit., pág. 61). "",

z.~Y sabemos que este punto justamente no tardará en ser reexaini'

do por Lacan (en el Seminario I).

sensorialidad preponderante hasta entonces para el niñ0. De este modo se concibe y explica la incidencia traumatizan- te aquí imputada al espejo, al mismo tiempo que la reti~~n­ cia, como mínimo, a celebrar su surgimiento. · Para expresarlo con más claridad, convi ·~1e referirse al modo en que la propia F. Dolto formula el relato circunstan-

de lo que, según ella, la situaci An de confrontación con

ciado

el espejo produce. Nos describe entonces a un bebé manifiestamente cor.mo- vido por el reflejo que le aporta su imagen en el cspe0o, imagen que él no sabe es la suya y que tampoco sabe es "imagen", pues lo que más lo conmueve es lo que ve en ella:

los movimientos de un pequeño congénere que espontánea- mente lo atrae, esto en correspondencia, además, con lo que ~ahora según otra convicción de F. Dolto- sabemos es la socialidad espontánea y alegre de los bebés cuando se los pone en contacto recíproco. Y entonces, si ha alcanzado ya la capacidad de emisión lingüística, frente a1 espejo nuestro niño llegará a interpelar a ese otro ficticio. de su reflejo me- diante la exclamación vigorosa y tónica de un "¡Bebé!". Es ' decir que, lejos de reconocerse él mismo a priori, cuando se encuentra frente al espejo el niño comienza por considerar que tiene ante sí a un congénere, a un pequeño otro semejan- te al que querría acercarse, con el que desearía manifiesta-

; mente entrar en contacto, iniáar una relación. 24 Más aún · cuando, por otro lado, nada lo prepara para que haya ahí lo que fuere de "él mismo", ya que todo su sistema de percep- ción, de lo sentido, de sensación, se hallaba hasta ese mo- mento centrado de otro modo, orientado de· otro modo; en la dirección, digamos, de una interioridad difusa (¿e indiferen-

ciada?). Lo que él considera que tiene frente a si es, por lo tanto, un otro, según lo confirma su llamada exclamativa. Para resumir, en el "sistema" del pequeño -.-dicho sea esto para evocar algunas de las pertinentes cuestiones formula- das en otro tiempo por H. Wallon-, el otro prima, por decirlo

24 Y no forzosámente, parece, con una intención agresiva, como gusta

de afirmarlo Lacan

así, sobre el "sí mismo", un sí mismo todavía inadvertido

inconstituido. Desde luego, en F. Dolto esto remite a toda, una manera de pensar que considera primordial la relación;

alteridad. 25 ¡En definitiva, esto conduciría a afirmaf

que el pequeño humano es cualquier cosa menos narcisista Si por ventura-prosigue ahora F. Dolto en la descripció que ella misma hace de la experiencia especular-el niños dirige como es preciso hacia ese "bebé" que él percibe, lejd de recoger entonces las emociones (cualesquiera sean) que podría procurarle el contacto del intercambio comunicaci nal con el pequeño prójimo (cualquiera sea entonces su t, nor, forzosamente liminar), la única respuesta que recibe la frialdad impersonal, y para él asombrosamente inerte, di la superficie reflectante. Queda entonces sumido en u desasosiego desrealizante, pues su expectativa de interca bio y encuentro interhumano se ha visto defraudada, eng ñada. En vez de entrar en contacto con un pequeño semeja te, el encuentro se para en seco y tropieza con la frialda, helada del espejo, que deja al niño desencantado, perdi Tanto, que puede terminar maltrecho y en una total de orientación. ¡Estamos lejos del júbilo! Y debemos decir que este testimonio es ampliamente co firmado por las experiencias formales comunicadas por 1 psicólogos, como R: Zazzo, por ejemplo, 26 en las que verifica esa especie de derrota, de despecho entristecido q se produce como efecto del encuentro (o del no encuent mejor dicho) con el inefable e inhumano reflejo; reflejo P' ductor de la imagen de otro que justamente no es otro, nó'~ conduce como otro (¡pues, en efecto, no lo es!). De modo qi¡ lo conmocionante -o alienante- no se debe al hecho que sea otro el que sumiría al pequeño humano en la tram de la fascinación cautiva. ¡Porque, justamente, no lo hay Insistamos sobre el punto esencial que surge en este rri mento, y que es el siguiente: mientras que Lacan asimila

con la

2.·; En cierta época propuse designar esto como principio (fundamentf

de comunicación (cf. Le corps psychique, up. cit., cap. I). 26 R. Zazzo, op. cit.

·

espejo al encuentro con el otro, haciéndolo incluso para-vol- veremos a ello- destacar sobre todo efectos de hostilidad celosa, de agresividad mortífera, F. Dolto interpreta, por el contrario, el posible alcance patógeno del espejo por el hecho justamente de que no produce nada de tal encuentro con un prójimo, puesto que, a la inversa, el espejo finge, sesga y defrauda el deseo intrínseco de encuentro con el otro. Pero debe señalarse aquí otro punto capaz de acentuar el desasosiego de la experiencia. La discordancia traumatóge- na que F. Dolto nos invita a corroborar en la clínica se con- firma o refuerza, encuentra su sentido en el hecho de que, hasta el momento de la experiencia del espejo, el mundo del infans -mundo ya relacional, relacionado en el vínculo diá- dico con la madre y, por lo tanto, comunicacional y lingüís- tico- no se centraba de modo preferencial en la sensorialidad visible, la cual aparece de pronto en el momento del espejo y se hace dominante. Éste es otro modo de apreciar en qué forma F. Dolto se ve llevada, por lógica, a desmarcarse de esa especie de centra- ción por lo visible (y por lo especular), haciendo valer y oponiéndole -según hemos indicado- toda una gama ex- tensiva de sensorialidades precoces a las que considera mucho más (o muy distintamente) determinantes para la estructuración primordial del sujeto. No le queda entonces más que recusar por abusiva la dominación de lo visible que Lacan induce (o ratifica), y que estaiia en el centro de esa operación supuestamente subjetivante que cumple en su resorte óptico el estadio del espejo. Al que, por su lado, F. Dolto imputa más bien efectos clínicos de desrealización. Y en la medida, justamente, en que el niño no puede reencon- trar en él las otras sensaciones (táctiles, etc.) a las que está (estaba) acostumbrado hasta entonces pues constituían su mundo y su habitus de vida. Esto es lo que tiene valor traumático, toda vez que el predominio de lo escópico, focalizado en forma exclusiva en el momento del espejo, se verá contradicho y conflictivizado de manera discordante con todo lo que prevalece anterior- mente y que está hecho de todas esas múltiples y finas sen-

sorialidades movilizadoras de la corporeidad primordfa del ser "corporado" inicial del niño: olfato, oído, respiració~ ritmo, a lo que se suma todo lo ligado a las modalidades. d. sostén (portage), de la deambulación, así como a las sen.s ciones internas viscerales de repleción, tensión, tránsito incluso de presión (barestesia); todas esas franjas sensori les que componen el mundo multiforme de lo sentido [resse( ti] del niño que determinan su ser en el mundo (y en · prójimo)ydelasqueF. Dolto extrae, en suma, elmovimien de constitución identitaria, subjetivante que ella lla imagen del cuerpo, inconsciente: pues está tejida en e inefable textura corporal relacionada. Por supuesto, no es que lo visible esté ausente de es calidoscopio -¡aunque entonces mal denominado, al no s esencialmente escópico!- de fina sensorialidad precoz. ¿Podría estarlo, si consideramos esa especie de vitalid<'í,' pulsional escópica testimoniada de entrada por el pequeñ humano en su manera de aprehender el mundo con su m.i rada siempre al acecho? 28 Si la concepción de la imagen d · cuerpo pone el acento en las otras sensorialidades y no en.I:

visión, no es porque la ignore sino para situarla dentro et todo un conjunto y sin minimizar su importancia; y esto mí1 mo implica hablar de la dimensión de lo visible ya e,, ejercicio, precisamente, desde antes del espejo (desde ant• ··· del estadio "homologado" como tal). Pero lo cierto es que el niño permanece durante cierj;( tiempo en la ignorancia de esa imagen visual de sí que El espejo vendrá a revelarle, a manifestarle (salvo alguna sí metría). Porque-ytal es el sentido mismo, preespecular, d\ la imagen del cuerpo- si hay imagen "de sí'', está hecb'¡

27 Examinar el detalle de estas sensorialidades podría conducir a posible paralelo con las investigaciones prínceps de H. Wallon. C:.

1 'Comment se développe chez l'enfant lanotion

1963.

28 Véase el modo en que la propia F. Dolto toma en cuenta esto par

determinar las primeras "atracciones heterosexuales" (también olfat

de corps propre", Enfand

vas, es verdad) del pequeño(!), en Sexualité féminine, Gallimard, 199

pág. 79.

primero (también) del juego de esa sensorialidad (relacio- nal) precoz que hemos evocado. En este aspecto, ella es inmanente a la dinámica relacional, comunicacional de toda esa corporeidad primordial que, por lo tanto, no es sólo es- cópica; y que sobre todo no funciona sin la mediación del lenguaje. Y además, cuando lo escópico está en juego lo está en la manera en que el niño se mira, podríamos decir, en quienes son sus seres cercanos, la madre en particular. Él se hace, pues, a su imagen. 29 Esto es lo que en algún momento me atreví a llamar -previamente al estadio del espejo versión .Lacan- "estadio del madrespejo"*No hay aquí sólo un Witz, sino un modo de indicar la forma en que el niño, tal como observa F. Dolto, se ve como (es) su madre, con el rostro de ella -al serle el suyo propio, de hecho, invisible-,'º conforme esa suerte de confusión indiferenciada de los cuerpos (pero que en principio van diferenciándose) en la que se arraiga la ; imagen inconsciente del cuerpo, tramada en la indistinción -¡también escópica!- él/ su madre. En este aspecto, se justifica considerar que lo escópico pertenece a un registro sin duda más confuso-menos distin- tivo- que las otras sensorialidades. De hecho, y forzando ,'apenas las cosas, podríamos decir que si el infans tuviera un rostro, si se supiera teniendo un rostro -cuando todavía no tiene acceso al suyo propio, antes del espejo-, sería entonces por excelencia el rostro de su madre. Transitivismo por transitivismo -si podemos elevarlo a este nivel (del Otro primordial)-, también aquí él se ve como quien lo mira. Y no alcanza con decir que se ve entonces con los ojos de su madre. 31 Esto contribuirá también a incrementar la discordancia desconcertante (término de escaso alcance) que F. Dolto juz-

2 9 Otra manera de caracterizar la imagen del cuerpo como inconscien- te. Cf. Les deux corps du moi, op. cit., cap. 10. * Este neologismo intenta acercarse al creado por el autor: méroir, condensación de mere, madre y miroir, espejo. (N. de la T.)

30 ¡Como sucede directamente para cualquiera, y para siempre!

111

¡:

:,í

1¡·

11
"'

I ¡:¡

31 Lo cual tampoco deja de poder ocasionar algún estrago.

ga de maligna y hasta traumatizante operatividad en el; momento de la confrontación con el espejo. Porque al descubrir en éste la imagen que él no sabe ni podría saber que es la suya-pues nunca se vio más que en (o por) una' mirada distinta, de otro- descubre, llegado el momentof una imagen que ignoraba tener puesto que no era 1 imagen que se le reenviaba, digámoslo así, "imagen' inmanente más bien a su ser, en y por su sentido [ressenti' corporal multisensorial en relación. Como imagen visual, é no sabía que veía ni que tenía otro rostro que el de sumad~ (y de los seres cercanos). De ahí el efecto de ruptura discordancia! producido por e, reflejo del espejo. Pues esa imagen especular, supernumera ria en cierto modo, inédita -¡que le reenvía o le (re)da un mirada que él no "sabía que tenía"!-,* no tiene ningú correlato en él, para él (un él todavía inconstituido). corresponde a nada de su sentido [ressenti] interior (¡y ai terior!), y en este carácter tiene motivos para parecer anuI dora, literalmente anonadadora; de ahí su posible implic·:

ción traumática. Y cuesta entender que Lacan -en todo caso hasta artículo de 1949- pueda decir, no sin ligereza, que en es·· imagen escópica el niño se reconoce, tan claro resulta que realidad es para él portadora de desconocimiento hasta cer de él, que no puede sino des-conocerse en ella, · desconocido para sí mismo. Este surgimiento de la imag' especular se mostraría, pues, apta más bien para transf1 mar el espejo en una suerte de experiencia primera dei Unheimlich, tal como Freud no dejó de señalarlo con genio. 32 En toda la descripción de la experiencia del espejo re zada por F. Dolto -donde la reconsidera a su maner comprobamos hasta qué punto lo que domina para ella e.

* Il ne "s'auait" pas: juego de palabras con los verbos savoir, sabé avoir, tener. (N_ de la T.) 32 Freud (la "inquietante extrañeza"), que G. Didi-Huberman deSf con sagacidad. Cf· L'inquiétante étrangeté et autres textes, Gallim "Folio bilingüe", 2001.

.·.··

·

hecho de que el espejo instaura -arriesga instaurar- una línea de fractura, una verdadera quebradura que no puede sino des-caminar al niño, apresado así en una inasimilable conflictividad entre lo inédito que descubre y un antes que no se corresponde con este y donde él ya no se ubica (lo cual representa el prototipo del esquema de experiencia traumá- tica infantil para F. Dolto: que constituye al niño como "per- dido"). Queda así expuesta la manera en que F. Dolto se opone a la idea que, a su juicio (con razón o sin ella), es la de Lacan -y, en espera de la continuación, parece tener fundamentos para creerlo-, idea según la cual la confrontación con el espejo adquiere valor estructurante para el infans al ser apta para construir, para laborar en la construcción subje- tiva del pequeño humano. Al júbilo que Lacan resalta, ella opondría más la pavorosa extrañeza. Respaldada en su clínica y en su reflexión, durante toda una época F. Dolto no cesará de impugnar las posiciones consideradas "especularistas", podríamos decir, de Lacan. Lo cual alcanza incluso a lo que alguna vez designamos como tonalidad "anti-espejo" de sus puntualizaciones, expuestas (en su libro) contra la valoración por Lacan de la pretendida estructuración especular. De hecho, habla más bien de ésta como de un verdadero "Trafalgar" (así lo dice: ¡estamos lejos del "triunfo"!), susceptible de dejar al niño completamente perdido frente a lo que puede manifestarse sobre todo como una catástrofe especular desvitalizante, cuando no deshu-

manizante.

Y por otra parte, habida cuenta de toda esa descripción circunstanciada de la lectura del estadio del espejo que F. Dolto ofrece en primera instancia, nos es difícil comprender de qué modo G. Le Gaufey 33 puede denunciar en ella a la que habría promovido una concepción "mimética" del espejo, sig- nificando esto, si lo hemos entendido bien, que el espejo "realizaría de entrada la semejanza oportuna y adecuada en-

33 Cuyo importante trabajo hemos señalado por cuanto nos guía en la xégesis de lo especular lacaniano.

tre el sujeto y su imagen, sin plantear ya ningún otrQ

problema

presentar así el punto de vista de F. Dolto, 34 es decir, co

siderando que para ella la imagen escópica ofrecería d

entrada el buen reflejo de lo mismo y que la "mismidad" de

y de la imagen reflejada estaría en cierto modo asegurad

siempre. "La Mímesis, dice, gana por knock-out en el prim round." No lo podemos creer, tanto se ha insistido en la m nera patente con que F. Dolto objeta la aparente euforia d1 semejante mímesis pacificada. Ella señala, por el contrario}

las incidencias más o menos discordantes que produce § reflejo escópico, sospechoso de inducir sobre todo al sujeto:

no poder reconocerse en él; y a perderse en él como en ú abismo. ¡Qué poca atención se presta a la elaboración del. Dolto para desconocer hasta tal punto que ella no cesó, en u' principio, de hacer manifiesto el efecto posiblemente tra matizante y demoledor del espejo, en la disemejanza disru tiva que puede causar en el pequeño humano confrontad indefenso, con su frialdad! 35 Mejor dejemos esto y tomémoslo sólo como un ejempl más de esos malentendidos y contrasentidos que, lo hemo avisado, no faltaban en este terreno. Despejaremos otr• que además no dejarán indemne a ninguno de los protag. nistas. Pero la importancia del malentendido reside aqufe

el hecho de que puede en cierto modo redoblarse: si el aut

no ha percibido que es mucho más F. Dolto quien imputa Lacan una concepción mimética del espejo, al denunciarpr1 cisamente la idea de un espejo que sería supuestamert estructurante por el simple hecho de que, confrontado con en soledad, un niño pueda adquirir el reconocimiento de·url' imagen clara y distinta de él mismo; como lo pretende Lacá cuando declara, en efecto, que la cría de hombre, aunque "ti

34 De modo expeditivo, es cierto, en una nota a pie de página (op. -e pág. 232). 35 Y además la crítica expeditiva -y expedita- Por este autor,

escrupuloso por otro lado, es sorprendente por cuanto en esas mis

breves líneas menciona lo que F. Dolto subraya precisamente en cua

a los posibles efectos patógenos del espejo.

Nos frotamos los ojos cuando vemos a este auto

davía un tiempo superado en inteligencia instrumental por

el chimpancé, reconoce ya sin embargo su imagen en el espejo

como tal". 36 ¡Si G. Le Gaufey quiere denunciar, con razón, lo que sería una presentación mimética (simplificadora) del espejo, cabe preguntarse si no se equivoca de blanco al apuntar a esta autora! Lo indudable es que, si se quiere comprender el alcance de la posición crítica de F. Dolto tal como se la ha referido hasta aquí, conviene reubicarla en el conjunto de su propia concep- tualización de la imagen inconsciente del cuerpo, presente como trasfondo en los desarrollos que preceden. No sería por cierto una aberración -finalmente- considerar al respec- to, en la medida en que esto aparezca por lo menos en el apres-coup, que F. Dolto pudo concebir y elaborar "su" ima- gen del cuerpo para concretar, para ratificar doctrinalmente esa oposición al monopolio especular que ella juzgaba falaz o falazmente privilegiado. Y la imagen del cuerpo podría ser presentada entonces como portadora ella misma de tal oposición de principio a la imagen escópica; podría ser definida o al menos caracterizada por la manera en que contradice el pretendido advenimiento especular, si éste amenaza, de hecho, en producir sólo estragos. 37 Podría entenderse así que la imagen del cuerpo procede de lo que hemos creído poder caracterizar como orientación "anti-espejo". Un "anti-espejo" que apunta a cuestionar el primado de lo visible, cosa que F. Dolto asienta sobre todo -de manera a todas luces esencial en este contexto- en una perspectiva que debemos designar, en rigor, como ante- espejo. Dicho sea esto para indicar una antecedencia reivin- dicada con respecto a lo especular,justamente en el sentido de la pretensión de F. Dolto-que ella sostiene con su noción

JI

;¡f

1:1

1!1

1:1

:1

36 E2, pág. 86 (las bastardillas nos pertenecen). 3 j En una exposición oral efectuada en el coloquio de Estrasburgo (noviembre de 2000) organizado por la asociación ALDA ("Leer a Dolto

hoy"), me aventuré a sostener que F. Dolto busca de este modo arrancar a Narciso de su reflejo, mientras que Lacan le hunde la cabeza en el agua. Aunque esté dicho de la peor manera, volveré no obstante sobre esta escena "ovidiana".

de imagen del cuerpo-de remontarse siempre en el análisi,

a lo más lejano de lo arcaico, si la verdad se inscribe en I.o

tiempos más primordiales de la existencia de un human Para limitarnos aquí a esta indicación genérica, digam que la imagen (inconsciente) del cuerpo es, en efecto, aque por lo cual F. Dolto entiende designar el tiempo de constitU;

ción primordial de la subjetividad. Y ello, hasta considera' que esa imagen del cuerpo no podría concebirse, en su ese., cia y su despliegue, sino reubicada precisamente allí dond

ella opera y se construye: cm un antes del espejo, antes de qw se ~nstaure la prevalencia identitaria de lo visible. Este es, sin duda, el paso decisivo que aquí nos importa

A saber, que ese tiempo subjetivo primero del que pretendi

dar cuenta esta noción específica de la imagen del cuerpos~ sitúa, debe ser situado, en una anterioridad por lo meno lógica (si no cronológica) respecto de lo que consuma, segii Lacan, el encuentro con el espejo. Y se forzará muy poco l, enunciado por F. Dolto si se le hace decir que, cuando el ni:f\.p queda confrontado con (lo que él no sabe todavía que es)s· reflejo en el espejo, hace rato que su subjetividad estaba e marcha a través de lo que F. Dolto sitúa precisamente com1 constitutivo de la imagen del cuerpo (inconsciente). Lo cual lleva a sostener -si nos atrevemos a acusar e. rasgo en un sentido exageradamente cronológico (a lo cual:Fi Dolto no cede por fuerza)- que la imagen del cuerpo en.él sentido en que ella la entiende se establece y elabora yi antes del momento que se supone es el del espejo. Si la cosi puede decirse así, la imagen del cuerpo es de antes del espejq sin que se intente con esto ser demasiado presuntuosos e~

cuanto a las dataciones. 38 Porque, a decir verdad, esta aI1· terioridad debe entenderse desde un punto de vista d~ estructura, toda vez que se supone que la imagen del cuerp1 echa sus raíces, en su alcance constitutivo, antes de cuaI

38 Guardando siempre prudencia sobre lo que quiere decir exact~f:

mente "antes del espejo", recordemos que Lacan no vacila en datar_sl:

estadio del espejo desde los seis meses de] niño. También él propici:

la categoría de lo preespecular (mientras se aguarda la de lo no esp culariazable).

quier clase de experiencia especular. Y por otra parte, cómo podría esto no ser así, cuando se supone que la imagen del cuerpo como tal interviene de entrada en· la historicidad encarnada del sujeto, desde los instantes másremotos, más primordiales de su vida;Io cual, en F. Dolto, implica también el tiempo de la vida uterina, si no antes todavía, puesto que se origina en el instante mismo de la concepción. Lo que aquí nos importa es a qué conduce a F. Dolto tal oposición rampante de dos regiones temporales de la subje· tividad: antes y después del espejo. Limitémonos a destacar con este fin, y en forma apenas esquemática, que antes (del espejo) es propiamente para F. Dolto el tiempo en que se

39

despliega toda la arqueología fundamental de las modalidades de la imagen inconsciente del cuerpo. Un tiempo, obsérvese, al que ella es más proclive a otorgar la valoración de una autenticidad subjetiva (la del bebé), 40 autenticidad que, si le damos crédito, ya no volverá a aparecer ni siquiera cuando, con la interposición del espejo, se instaure el reinado para siempre dominante de lo visible. "La mímica afectiva de los ciegos es de una autenticidad tan conmovedora como la de los bebés antes de la experiencia del espejo." 41 En este aspecto, sin forzar mucho el carácter de dispari· dad descriptiva entre las elaboraciones de Lacan y Dolto, podríamos enunciar lo siguiente: que el estadio del espejo viene a funcionar para Dolto como una suerte de término último, de punto terminal asignado a lo que, según se en· tiende, se consumó ya antes en la historia primordial (de Ja imagen del cuerpo), mientras que en Lacan, por el contrario,

de partida. 42 Mientras

que, enLacan, el estadio del espejo se presenta como el punto original a partir del cual se establecerían los elementos de la

el espejo es un comienzo, un punto

:w Esto me condujo a aventurar en una publicación anterior un apla- namiento cronológico de este dispositivo, a la que me permito remitir para no tener que reiterar aquí todas sus implicaciones. Cf. Les deux

corps du moi, op. cit., cap. 9, págs. 242 y sig.

40 O del ciego de nacimiento. "IIC, pág. 124. ' 12 ¡En todo caso, para su enseñanza!

subjetivación, 43 F. Dolto los consideraría -como pude ya explicitarlo en otro lugar- 44 como una suerte de punto "úlc timo"que vendría a realizar y a materializar el equivalente de un tope, cuando no de un fin de la historia (al menos arcaica), un tiempo de resolución que corona el despliegue infantil, preespecular, de la imagen del cuerpo . Así aplanado, este quiasma es forzosamente simplifica, dor. De él no podría deducirse, por ejemplo, que Lacan desconozca la posibilidad de que exista un tiempo (lógico) anterior al espejo. ¿Acaso no despeja él mismo este registro en cierto momento al aislar la categoría de lo preespecular? Pero es verdad que lo hace para darle entonces un alcance completamente distinto del de F. Dolto. Si esquematizamos la manera en que puede describirse de modo diferente para cada uno de ellos ese tiempo histórico de "antes del espejo", nos tentará decir que Lacan hace de él (mediante la referen- cia sostenida a M. Klein) el tiempo, si no de un caos, al menos de una inorganización subjetiva, de un desorden que marca- ría el reino de lo parcial fragmentado y que hallará justa- mente un primer grado de resolución al producirse el adve- nimiento, así llamado ortopédico, del espejo -que aporta al sujeto "una forma ortopédica de su totalidad", 45 dice Lacan-, mientras que, para F. Dolto, ese tiempo primordial, lejos de estar abierto solamente a la discordancia de la fragmenta- ción, sería ya un tiempo esencial de organización subjetiva vectorizado justamente por la imagen del cuerpo. El caso es que, para ella, la estructuración subjetiva está en marcha desde antes de la confrontación con el espejo, a través -no vuelvo a esto ahora- de todo lo que se cumple y se trama de la imagen del cuerpo en la relación diádica con la madre, allí donde se engendra la imagen del cuerpo portadora de identidad (como lo ilustra F. Dolto con la I de 1-ma-ge).

43 Lo cual nos conducirá al temible problema (más aún por lo difícil de

formular) de aquello a lo que abre después el espejo, si se trata de "pasar a lo simbólico", y cómo, etc. Véase infra, págs. 183 y sig.

44 Cf. Les deux corps du moi, op. cit. "El, pág. 90.

Lejos de esperar todo cuanto se supone tiene que cumplir- se en ese afloramiento que Lacan remite al tiempo de sur- gimiento del estadio del espejo, la estructuración simbólica del sujeto está ya ampliamente puesta en acción para el infans en el marco de sus relaciones primordiales origina- rias:46 esto es exactamente lo que designa la imagen del cuer- po en lo que constituye su materia, la textualidad lingüísti- ca, y que opera, pues, ya antes de que sobrevenga, con el espejo, aquello que podríamos designar como el instante de ver (¿para creer?). A esta altura de nuestro desarrollo, ¿qué decir entonces en lo que atañe a nuestro proyecto inicial de hacer encontrarse

a Dolto y Lacan para un diálogo centrado primero sobre el

asunto especular? Habría razones para sentir que estamos lejos de lograrlo, por cuanto en realidad no hemos cesado de

poner al descubierto toda la distancia que se manifestaba entre ellos, y por motivos graves, serios, diríamos, en cuanto

a los principios esenciales. ¿Cómo podríamos siquiera su-

brayar aun más el supuesto valor de su camaradería -que calificábamos de fuerte y duradera- si aumentamos en esta forma, incitados al parecer por todo lo que precede, la dis- tancia que los separa y que hasta parece impedir de algún modo cualquier intercambio posible?

Hay no obstante-finalmente- un nuevo elemento para tomar en cuenta y que nos evitará pronunciar (con demasia- da prisa) el divorcio(!) con el pretexto de que el diálogo que esperábamos habría fallado. Ese elemento consiste en el hecho -y ahora volvemos a arrancar del lado Dolto- de que lo que vemos despejarse progresivamente para ella, así sea a través del fuego granea- do de su crítica de lo especular (que parece fundarse en una idea muy diferente de loquees una imagen), es la manera en

46 Aunque también esto deba ser matizado. Lacan tampoco descuidó la relación primordial con la madre. Cf. su "esquema R" en el texto de los Escritos y, por ejemplo, el comentario que hace sobre el punto J. Dor, op.

cit., t. 2.

que acaba sin embargo por integrar plenamente la temáti del espejo en su propia elaboración. Lo cual puede sorprender, seguramente; pues después todo, si F. Dolto, desde el punto de vista de su experiencia.

a partir de su reflexión clínica, considera -como podrí, parecer, a juzgar por la vehemencia de sus expresioné críticas- que el estadio del espejo es, en el peor de lo:' planteos, una inepcia cuyo valor positivo se ve desmentid• por los hechos, ¿por qué no recusa la noción lisa y llanamer te? ¿Por qué no se desmarca de ella hasta el final? El pr, blema subsiste por cuanto, en efecto, ésa está lejos de ser e. definitiva su posición. No cabe duda de que F. Dolto objetará siempre la posib lidad de considerar la experiencia especular como una etap estructurante de por sí; y que además pondría fin al supue

to caos anterior. Lo que ella recusa, en suma, es la concep

ción según la cual el espejo poseería semejante valor "ort· pédico" (para designar con la palabra que utiliza Lacan.1 que por otra parte hemos optado por llamar concepciór dominante). Pero partiendo de esto, es decir, de todo ese tra' bajo crítico sólidamente argumentado que hemos referido F. Dolto llegará a integrar la temática del espejo en su propi . conceptualización. Digamos incluso que hasta se lo apropiax y que esto la conduce a darle plena cabida en su formaliza-' ción propia. De modo que, al cabo de todo un trabajo crítico,

el espejo viene a tomar su puesto en la teoría de F. Dolto•

estableciéndose incluso en el propio nivel del desarron. atiibuido por ella al niño. Esta inscripción del espejo en e

movimiento de su pensamiento es patente sobre todo en el libro de 1984 sobre la imagen del cuerpo, donde el espej tiene rango propio en el desfile de esas "castraciones" qu~ son, para F. Dolto, estructurantes para el humano en tanto instauradoras del símbolo. Para resumir, una vez admitidas sus críticas -que ella. despliega esencialmente según dos ejes (complementarios):.· valoración incorrecta de la dimensión escópica y subevalua;' ción errónea de la necesidad de un acompañamiento signific cante-, una vez que, para poner remedio a esto, se toma en

cuenta aquello que, de lo contrario, podría hacer considerar "des-simbolígeno" al espejo, 47 entonces éste podrá recuperar todo su alcance promocionante. Lo recordamos otra vez: pa- ra F. Dolto, si el espejo puede ejercerse de lleno, incluso en su valor positivo, estructurante, es en la medida en que in- tervenga con él, junto al niño, la presencia aseguradora que va, simbólicamente-¡y no sólo de manera mimética!-, a darle sentido. Porque si hay algo susceptible de tener, en caso contrario, las consecuencias dramáticas que mencionába- mos, es el dejar al niño en soledad, 48 sin auxilio ni recurso frente a una experiencia que él no está pertrechado para tratar. "En este sentido esta imagen es alienante, si no hay, en el espacio, una persona por él conocida y que, con él, frente al espejo, le muestre que también ella responde a estas mis- mas curiosas condiciones de reflexión sobre la superficie plana y fría." 49 Por otra parte, este requisito (de una presencia) que se impone aquí aun más, pese a todo no hace otra cosa que prolongar lo que ya era exigible antes; y es lógico, puesto que en definitiva se trata de los mismos procesos que se ejercían precedentemente en la perspectiva identificatoria I intro- yectiva propia de la imagen inconsciente del cuerpo. En este aspecto, la presencia del tercero, requerida ya de entrada en la díada -donde la madre tiene valor de Otro-, no haría otra cosa que continuar valiendo más aún en la experiencia de la conmoción producida por el espejo. Pues de lo contrario, "he aquí una experiencia de ilusión del encuentro de otro" El papel de la persona aseguradora, en particular de lama- dre, papel que fue determinante en todo cuanto se consumó precedentemente para permitir la estructuración de la ima- gen del cuerpo, muestra ser de nuevo esencial en esta nueva prueba que constituye la experiencia especular. Tal es la

50

"IIC, pág. 120.

48 Un dejar en soledad (simbólico) que F. Dolto describe como suscep-

tible en general (no sólo en este contexto) de efectos traumatógenos

(ibid.). '"!bid., pág. 123. óO !bid.

condición para que dicha prueba pueda insertarse entone. en la serie de las "castraciones" anteriores, al exigir, · manera similar, una mediación simbolizadora. ¡Y es pi cierto una explicitación hablada lo que se requiere paf indicar al niño que, en reflejo, ahí está su imagen -design~ da como tal-, su imagen y no él! 51 G. Le Gaufey, al omitir mencionar esta dimensión signi ficante hablada, marra su blanco pues cree apuntar a un, supuesta concepción mimética del espejo en F. Dolto. Y pl'i otra parte, puesto que ella insiste en realidad -y lo ha desde un principio- sobre la necesidad de una presenc:. hablada acompañando al niño, esto es homogéneo a aquell[ que, según Le Gaufey, Lacan postulará más tardíamente;+/ sea, el gesto corporal por el cual el niño frente al espejo $• vuelve para buscar el asentimiento del Otro que lo sostien Excepto algún detalle de la configuración o incluso de resorte impulsor, F. Dolto no aporta nada que no sea e "pequeño" addendum cuya importancia Le Gaufey exhu cuando es Lacan quien lo descubre (ulteriormente). 52 Sin espíritu de polémica pero tampoco sin sustraernos•:

la especie de debate al que queremos más bien contribuü nos anticipamos simplemente en este punto a las correccio nes que Lacan mismo introducirá a partir de su primer di positivo. Pero, antes de tratar esto, aún debemos ver confirmada.• las modalidades según las cuales F. Dolto da cabida finá.l? mente al valor subjetivador del espejo. Una vez formulada las condiciones tenidas por simbólicamente exigibles, ya n, cesará de marcar, a su manera, la importancia de la aporta ción especular. El espejo, á.l que había situado de entrada

como "lo que permite la integración motriz por el sujeto de si]

propio cuerpo", 53 es reevaluado como lo

que constituye u

51 Cf. L'enfant du miroir, op. cit., pág. 50. 52 Dolto es incluso más radical en cuanto al valor significante de:

asentimiento, mientras que la cosa se reduce para Lacan a un intercall!? bio de miradas que permanece incre1blemente mudo. El Otro, lugar d, la palabra, aquí se calla.

"uc, pág. 119.

paso decisivo en el camino de la individuación, al favPrecer la autonomización corporal del niño, su toma de distancia con respecto al cuerpo de la madre, del cual el espejo la ayuda

a diferenciarse más. 54 El espejo alcanza entonces la dimensión de una experien- cia verdaderamente determinante cuyo valor positivo se re- fuerza por aportar un plus de saber en cuanto a la coherencia corporal del niño, en particular por lo que atañe a la insepa- rabilidad del rostro y el cuerpo. Y, en todo caso, el niño puede evaluar la imagen que da a ver al otro y que ignoraba tener:

¡sale así del "madrespejo"! En este sentido, el espejo - si se lo implementa de modo conveniente- constituye una prueba de realidad, de reali- zación subjetiva, cuyos valor y alcance F. Dolto celebra for- má.lmente: "A partir de la experiencia del espejo, las cosas ya no serán como antes. El niño sabe que ya no puede confun- dirse con una imagen fantasmática de él mismo, que ya no puede jugar a ser el otro que falta a su deseo." 55 E incluso:

"Tampoco puede confundirse en la realidad con los fantas- mas narcisistas que lo llevaban a imaginarse tal como desearía ser." 56 De hecho, el espejo introduce una modificación en lo que atañe al registro del fantasma. Adquiere valor liberatorio para el sujeto que encuentra en él los recursos ·para despe- garse de su sujeción a él, lo cual constituye en cierto modo un atravesamiento de dicho fantasma. De manera más general -y a su vez punto esencial (que no podremos desplegar aquí)-, se ve así modificado todo el estatuto representaciri- nal del sujeto, toda su relación con la representación. 57 Todo contribuye, pues, a hacer entonces de esta experien- cia del espejo á.lgo que va en la dirección de una revelación subjetiva. Esta es la palabra que utiliza además F. Dolto:

"La visión de su imagen en el espejo impone al niño la re-

" lbid., págs. 121-127 y sig.

'"Ibid., pág. 124. "Ibid.

57 !bid., págs. 130-131. Este punto de la representación fue considera-

da antes por F. Dolto a propósito del Edipo. Cf. ibid., pág. 27.

velación de que s~ cuerpo es una pequeña masa al lado 4.•

tantas otras [

].

El no lo sabía." 58

Y por una vez esto relanza lo que habíamos anuncia como una problemática dialectizada de la visibilidad, desp jando ahora lo que de ésta puede realizarse, pero de maner positiva. A saber: nada menos que la aparición del rost · como propio. He aquí una modalidad esencial de la experie cia especular, que instaura por lo tanto este descubrimienJ de la visibilidad, este descubrimiento extraordinario pero d que, alcanzada la edad adulta, se ha perdido la noción pr1' píamente pasmosa, si no alucinante: la de saberse visible, cual parece ir a la par con saberse/verse* en un cuerp separado. Tal es el sentido y el alcance que F. Dolto s propone despejar en el estadio del espejo y cuya dimensió ética, de paso, debemos destacar: lo que se pierde en aute ticidad carnalizada (de la imagen del cuerpo), se gana e visibilidad autonomizada (en la imagen especular). Y esto vale en particular para el rostro. El primero que s· le aparece al humano y que ofrece a F. Dolto -¡pero no sóI a ella'- el soporte para cierta evocación lírica es sin duda . rostro de la madre. 59 Pero es preciso decir que esto vuelv\ aun más espectacular el hecho de que la experiencia especu- lar conduzca a dotar al sujeto de un rostro, a que se sepi "rostrado". El espejo lo vuelve "rostrado" -le permite ros trarse/considerarse-,** lo dota de ese rostro que él ignora~·. ba tener, o a-ver,*** puesto que le era hasta entonces pr().;" ·

píamente invisible. Es en verdad el aspecto luminoso (¿numinoso?) de la.

*En el original, se (sa)uoir: juego de palabras entre se savoir, saberse,--_

y se voir, verse. (N. de la T.)

5 ~!bid., págs. 131-132 (página cuya importancia visionaria me esfuer.:.

zo siempre en resaltar).

'!'* En el original, s'en-visager: juego de palabras entre s'enuisager;

considerarse (entre otras vertientes semánticas) y se visager, neologismo que traducimos con otro: "rostrarse". (N. de la T.) ***En el original, juego de palabras entre auoir, tener, y ii.-voir, que-

traducimos por a-ver. (N. de la T.)

'"Ibid., pág. 124.

'

'

experiencia del espejo, resituada y reencuadrada positiva- mente en la conceptualización de F. Dolto, el sacar de la sombra en la que estaban sepultadas, no vistas porque aún

eran invisibles, las partes del cuerpo cuya manifestación subjetivada será hecha posible por el reflejo especular. Em- pezando por dotar al sujeto de un rostro, lo que no es una adquisición menor (aun cuando F. Dolto pueda deplorar el que esto conduzca al imperio de la máscara, de la apariencia, de la mueca). Ello no le impide decir que "hasta ahora, (él)

no se conocía rostro ni expresividad propia[

su rostro es visible para otro como lo es para él el rostro de los demás" . 60 Podríamos decir que esto hace presente para el niño lo que era la cara oculta de su ser en el mundo. Una cara oculta en la que también va a surgir, al mismo tiempo, la dimensión de la apariencia sexuada. F. Dolto desarrolla en efecto, en páginas de gran densidad, el modo en que el advenimiento en rostro de la apariencia corporal especularizada conduce de inmediato a la consideración simultánea de la forma sexuada, no sin una perturbadora dialéctica posible entre rostro y sexo. 61 Conquistarse un rostro, adquirir el (re)conocimiento de su rostro, el suyo, tal como está reflejado en el espejo, es lo que conduce al niño a explorar los sexos en su diferencia formal, fenómeno designado por F. Dolto con el término de "castración primaria". 62 Y esto viene a sumarse a la serie de adquisiciones del espejo: "Este descubrimiento de su cuerpo por referencia al de los otros niños no puede producirse", aclara F. Dolto, "antes del estadio del espejo" , promovido por ello mismo al rango de agente de lo que ella llama castración primaria; es decir, saberse de un solo sexo.

]; no sabía que

63

Llegados a este punto-al modo en que el estadio del espejo se inserta plenamente y hasta se armoniza con el conjunto

Ibid., pág. 127. 61 lbid., págs. 127-132.

62 Mencionado ibid., pág. 128, y tratado luego' con extensión a partir de la pág. 132. "Ibid., pág. 128.

~-)

de la conceptualización doltiana de la imagen inconsdeli\ te del cuerpo-, hay todavía una última cuestión a la q~! debemos atender pues tiene una importancia crucial, tanff, para la concepción de la imagen del cuerpo como para\• estatuto que finalmente recibe en ella el espejo. Y tal vez és sea el motivo que explica todo el reequilibramiento conc~ tual en el que estamos culminando. Se trata de un aspee básico por cuanto confiere a la teoria de la imagen del cuer¡ su coherencia de conjunto; y ello, sin perjuicio de que pod mos sorprendernos al comprobar que un dato mayor de teoria de la imagen del cuerpo se consuma y re-dond, precisamente en el nivel de lo especular. Se trata de lo q .,, F. Dolto formula" al decir que, en el momento de interveI1j el estadio del espejo, la imagen del cuerpo es reprimida. H'l aquí, pues, un punto más que considerable en el plano de•· teorización de la imagen del cuerpo así como de su relaci con la imagen especular: a saber, que la intervención & espejo se manifiesta en el hecho de que la ima-gen del cue cede entonces a la represión. Lo cual sería propicio pat, hacer pensar que sólo en ese momento esta imagen se vuely, -en esta concepción de F. Dolto--verdaderamente incon ciente. No basta decir que esto constituye un elemento cruci,, para apreciar la propia noción de imagen del cuerpo en tant¡ es llamada inconsciente. Pues lo que aparece aquí-y, por:!! tanto, con el espejo- viene a proporcionar la justificació¡ conceptual (una de las justificaciones posibles) para t, denominación de inconsciente, de la que es dedudora, el este caso, a la intervención de lo especular. La imagen d• cuerpo recibe entonces la calificación de inconsciente por l_, mera circunstancia de quedar reprimida en provecho, p('.). dríamos decir, de la imagen especular, que toma la delante'. ra al asegurar, con el cuerpo yoico, la preeminencia de le visible. "La imagen escópica del cuerpo, que empieza a ad~ quirir valor a partir de los dos años y medio o tres, reprinl• la imagen preexistente y toma entonces la delantera sobr,

"Por ejemplo, ibid., págs. 21, 149.

ella, porque el niño ha aprendido a saber que esta imagen escópica es la que él da a ver y que el otro sostiene con su pre- sencia, mientras que el otro no sostiene siempre las pregun- tas que el niño formula o los gestos que hace a propósito de los problemas que le plantea su imagen del cuerpo incons-

ciente."65

Esto habla del lugar mayor que el espejo adquiere final- mente en la conceptualización de F. Dolto, toda vez que re- vela ser el motivo de las resonancias a las que acompaña el devenir inconsciente de la imagen del cuerpo. F. Dolto lo formula de un modo que no podría ser más claro: "A partir de la imagen escópica de él mismo que el niño descubre en el

espejo, la imagen inconsciente de su cuerpo, en tanto imagen de sí en situación de relación y deseo presto a manifestarse,

e imagen narcisista en la soledad [

po en el sentido psicoanalítico del término es sometida a la

represión. Gracias a esta imagen inconsciente del cuerpo reprimida, el sujeto puede contar con un basamento narci-

sista para su

No tenemos que retomar aquí los desarrollos a que dará lugar este desenlace decisivo en la teoría de F. Dolto y al que en otro lugar ya hemos prestado toda la atención que re-

quiere.67

La importancia de lo que queremos destacar en este con- texto es que, sea como fuere, la experiencia especular se inscribe para F. Dolto en la continuidad de un proceso que ya se había desplegado ampliamente con anterioridad, que se había emprendido desde un comienzo, podríamos decir, des- de antes de esa comparecencia ante lo visible especular. He aquí el sentido de todo cuanto la temática de la imagen del cuerpo desarrolla y despliega. Quiere decir que el trabajo de estructuración personal, de identificación individualizado- ra al que ella corresponde, se inicia mucho "antes del espejo".

esta imagen del cuer-

],

lenguaje verbal." 66

65 Le sentiment de soi, op. cit., pág. 134. "Ibid., pág. 226. 67 Nos limitaremos a remitir de nuevo al esquema que produjimos entonces para indicar aquello que da finalmente al espejo valor de paso estructural resolutorio. Cf. Les deux corps du moi, op. cit., pág. 252.

Cuando el niño se confronta con su imagen especular, es~ trabajo ya estaba puesto en marcha y funcionando. Una ve. más, el sentido de la noción de imagen del cuerpo llamad:

inconsciente, lo que funda su valor, es que implica lo siguiep,; te: "el niño se siente cohesivo ya antes del espejo", 68 desde ej momento en que la madre es "realmente el garante del nar cisismo fundamental'' 69 del bebé (a través de lo que s:

elabora como imagen del cuerpo de base). Por otra parte, esta misma continuidad hace que se de~. taque con mayor contundencia hasta qué punto el espej ·· produce una quebradura, hasta qué punto instaura inclus' una suerte de ruptura, un tope terminal, algo así como u final de la historia, decíamos nosotros, para las imágenes d{ cuerpo, sometidas entonces a la represión. Si de esto recibe el espejo su estatuto, no por ello que puesta en entredicho la legitimidad de la distinción tempp ral entre un antes y un después (del espejo), distinción qu incluso se ve reforzada, acentuada por la diferenciacio inherente a ella, entre imagen especular (en Lacan) e im gen inconsciente del cuerpo (en F. Dolto). Esto nos dará ocasión para poner en evidencia lo q podemos aislar, al término de este recorrido, como esa é pecie de ambigüedad (¿o de ambivalencia?) de F. DoL respecto de lo especular, del cual manifiesta, según 1 veces, aspectos en apariencia contradictorios. Por lo prontc está el hecho notable de que su posición no cesó de modifica se, al parecer, y en forma considerable: en efecto, habien arrancado de un punto de partida francamente crítico, acaq mostrándose, por contraste, más que aprobatoria de le¡ beneficios del espejo. 70 Es indudable que en las páginas e· pitales que dedica al espejo, tras haberle aplicado el esti de traumatismo, F. Dolto acaba finalmente por enumet.

"IIC, pág. 127.

60 !bid. 70 ¡Llegó a mostrarse tan laudatoria, que la simetría del diáidg¡- requeriría de algún modo que esta vez sea el propio Lacan quien se pon(

.

crítico respecto de su estadio del espejo, por sus efectos funestos! ¿Es és una manera de encarar lo que sigue?

sus méritos: es el espejo el que individualiza al niño en cuanto a su cuerpo, 71 el que atestigua su calidad. de no fragmentable" al mostrar a rostro y cuerpo no separables entre sí y sin que puedan ya confundirse con el otro-" "Otro

interés, otro fruto [

el niño se sabe definitivamente distinto de la madre y su

y a distancia del de los otros." 74 ¡Sería im-

posible expresar mejor las virtudes de lo especular!

Y sin embargo, nada es tan simple: si bien F. Dolto enu- mera los efectos benéficos del espejo, está le