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6. —MarEes 7 de Agosto de 1917

I,A VANGUARDIA

e s el único diarto

eihe de Barcelona el auxilio que concedido no ha aceptado por el Gobierne ni per* * la prensil eos motivo á» 1* carestía 4el papel*

ACTUALIDAD

LA

CEMSÜSA

Nuestro querido amigo don Leopoldo Matos y Massieu, gobernador d© Barcelo- na, nos permitirá que dediquemos.unas lí- neas á la censura. No tenga miedo nues- tro amigo áe aue vayamos á desmandar-

nos; escribimos — hace tiempo, mucho tiempo — en forma circunspecta y mesu- rada. Nuestros artículos podrán parecer fríos; pero, aun admirando los juegos del ingenio y los cabrilleos del estilo que aho- ra se usan (¡cuánto daño ha hecho Gani- vet!) no nos entregaríamos á tales depor- tes por nada del mundo. Hablemos mode- radamente de la censura. Cuenta Luis Veuillot en su libro Los olores de Pa- rís, que cuando fue suspendido el periódi- co que él dirigía. El Universo, se marchó

á

Roma. En Roma le fue persiguiendo un

policía francés. Cuando regresó Veuillot á París, al entrar en su casa, se le presenta- ron tres correctos caballeros, abrieron su equipaje y se apoderaron de sus papeles.

Se le acusó á Veuillot de manejos en el extranjero contra la seguridad del Estado francés. No tenían gran importancia los papeles cogidos; no se le podía intentar un proceso á Veuillot; pero había lo bastante para haeef pesar sobre él una amenaza y tenerle así reducido al silencio.

No se conformó Luis Veuillot y pidió

que se le devolvieran sus documentos. No

conseguía. El ministro del Interipr era

lo

un prestigioso abogado. Veuijlot le escri-

bió pidiéndole una consulta. El ministro

la concedió.

—Quiero consultar á usted, sefior letra- do—le dijo Veuillot—cómo he de hacer pa- ra que se me devuelvan unos papeles que me han sido confiscados,

—Lo que procede es que usted pida au- torización al Consejo de Estado para pro- ceder contra el Prefecto de policía. —Pero, ¿cree usted que yo podré obte-

ner tal

•—Yo creo que no—dijo sonriendo fría

é irónicamente el ministro. —Eso creo yo tanibién—^eplicó sonríen- do del mismo modo Vemílot.

Y el gran periodista, ^rue sin querer

se había comprometido en Roma., se dedi-

có ahora á comprometerse efueriendo. De- seaba escribir contra el gobierno y no po- día. Los directores de periódicos no que- rían publicar artículos peligrosos, ni en las imprentas querían imprimirle folletos aventurados. Y Luis Veuillot sacaba de ta- les andanzas las siguientes conclusiones:

es fácil comprometerse sin querer; pero .es difícil* comprometerse queriendo. Y sa- •quemos nosotros también nuestra enseñan- za: los periodistas españoles, ¿quieren comprometerse cuando se les die© que no se puede escribir? La censura es desagra- dable; pero, pío hay casos en que sería más desagradable—para el periodista-—el ,que no hubiera censura? No está la cues- tión en que no se pueda decir una cosa, sino en que haya que decir. A nosotros no

,nos asusta la censura. La censura está en

todas partes. ¿No la -tiene el redactor en la persona del director de un periódico? "El mismo redactor, ¿no la tiene en el pú- "blico para quien escribe? Aun contando ocn absoluta libertad por parte del direc- tor de un periódico, un periodista escru-

impone

siempre limitaciones y dice las cosas— cuando las dice—en una forma suave y

autorización?

puloso y de algún prestigio se

y

Y

'decorosa. La censura está en el ambiente,

la prohibición temporal de un gobierno

n o es" má s qu e un o d e lo s aspecto s d e l a general prohibición.

¿no le convendrá, de tarde en tarde,

al escritor el tener que luchar con la téc- nica del estilo para poder decir lo que abiertamente no se puede decir? Todo en la vida social depende de la manera como se dice. En el Parlamento un orador há- bil puede expresar las mayores enormida- des sin que nadie proteste; en cambio, un inexperto se verá atajado por clamorosas interrupciones cada vez que intento expo-

ne r la centésima parte de lo dicho por el

otro. Las dificultades, los peligros, la ne- cesidad de, decir una cosa sin que se note que se dice, hacen progresar el estilo y lo perfeccionan extraordinariamente. Evo- cando Renán (ya que hemos citado á Veuil- lot, citaremos á Renán; detrás de la cruz, el diablo); evocando Renán los recuerdos de la redacción del Difirió de los Debates, habla de las conversaciones, de las amis- tosas controversias que mantenía con el director del periódico. Renán le leía sus cuartillas al director, y éste indicaba los pasajes que había que modificar ó supri- mir. «El señor Uatarade—dice Renán— revisaba mis artículos con el mayor cui- dado. Yo se los leía, y él me hacía obser- vaciones que para mí han sido las mejores lecciones de estilo que yo haya recibido. Mientras yo leía, de cuando en cuando le miraba a hurtadillas, al llegar á ciertos pasajes, para ver si pasaban sin obstácu- lo. Yo cedía siempre cuando la fe religio- sa de este excelente maestro se sentía he-

LA VANGUARDIA

rida. A propósito de un pasaje ligeramente irónico que yo había escrito sobre el dia- blo, el director se mostró inflexible y me sostuvo que, en el estado actual de nues- tra legislación religiosa, el diablo tiene derecho á nuestra consideración». Y Re- nán añade: «Debo decir que yo, con mi su- tilidad de teólogo, había encontrado me- dios de expresión que le desorientaban; yo sonreía algunas veces de las heregías que le hacía autorizar». x Gomo periodistas, como escritores, ha- gamos lo posible por procurarnos esta su- tileza aue permite decir las cosas cuando

está vedado el decirlas. ¿Que las entende- rán unos pocos no más? Conforme; pero

que habremos de-

las habremos dicho

sarmado al poder público, á las autorida- des, cosa desagradable, sobre todo cuando estas autoridades son tan simpáticas y afa- bles como nuestro querido amigo don Leo- poldo Matos y Massieu.

Saa

Sebastián, &g«sto 1917

AZORÍK

Cotidianas

No está muy bten, averiguado todavía si

que como tal tiene su técnica, únicamente

la política, en la noble y verdadera acepción

de egla platónica palabra, es la ciencia ó el arte de gobernar los pueblos. Algunos afir-

man que no es ciencia ni arte sino industria,

y

conocida de los iniciados en el manejo de las palancas y muelles gubernativos, cuyo mue- üe más elástico es el de la poltrona ministe- rial. Los profanos en la técnica política no en- tendernos de muelles ni palancas, y á lo su- mo notamos la presión de los tornillos, cuan- do los iniciados en la mecánica social los aprietan con muelles y palancas, á riesgo d rebasar el límite de elasticidad.

Pero con tanta presión de tornillos, pare- ce que no estamos muy seguros, porque has-

ta los guardias de seguridad se soliviantan,

y

muchas piezas están desencajadas en el me- cam.ismc social. Pero sea ciencia, arte 6 industria la polí- tica, cabe la ¿egvtridad, sin guardias que la celen, de que para gobernar á un pueblo y regir á una nación, no basta ser orador elo- ciwmte ni sabio académico ni profundo ju- rista, porque los políticos científico-artístico- industriales que al desastre nos llevaron y en sus consecuencias nos precipitan son to- dos eüos oradores elocuentísimos, según com- prueba el Diario de Sesiones después de co- rregido el estilo y revisado el texto; todos ellos son lumbreras del foro que por el foro se escapan cuando algún pataleo con derecho 6 sin él suspende la representación de la co- media política; todos ellos son individuos de alguna academia, y los más de la de Cien- cias morales y políticas, de lo cual se colige que para, ellos es la política una ciencia y no un arte como dicen los que no entienden de política, ni mucho menos tena industria, co- mo aseguran sin ton ni son los que no en- tran en clientela industrial.

de recepción en las

academias y los de brega parlamentaria des- de el banco azul, maravilla aquel portento de elocuencia y pasma tan evidente don de la sabiduría oculta.á que alude San Pablo en una de sus epístolas, mucho más adecua- das á la gobernación de los pueblos, que las cruzadas sin sellos amarillos entre los liti- gantes del pleito liberal. ¡Qué magnífica exposición de los proble- mas sociales! ¡Qué de reformas, qué de pro- yectos, qué de orientaciones, qué de prome- sas! Pero no hay de qué en cuanto, con pa- lancas y mueMes en la mano, los pone el tur- no pacífico en pacífica posesión del podfr eje- cutivo. Tienen á su alcance los brazos de la palanca; pero tes falta el punto de apoyo, el sentido común, la conciencia social mejor dicho, porque e¿ sentido común es una frase sin sentido que comunmente empleamos por desconocimiento de su verdadera significa- ción, de la propia suerte que los alquimistas llamaban flogisto al agente para ellos desco- nocido de las oxidaciones, antes de que La- voisier analizara el aire, y así como hoy se- guimos llamando instinto á la rudimentaria conciencia de los brutos animales.

éste

es

un

síntoma

de

que

no

una

sino

t

Al

leer los discursos

Los

políticos

industriales,

los

de

oficio,

como

los concejales

de antaño,

carecen

de

conciencia

charachero y su dialéctica

social,

y

con todo

su

sofística

talento

y sus

di-

dis-

cursos académicos

más

quina

y

de apretar

social, porque

allá

parlamentarios

no

la

los tornillos

no saben

de

ajustar

cada

van

má-

pieza

en

el sitio

que por ley natural

le

co-

rresponde.

ALFEÑIQUE.

TEMAS

ACTUALES

La agricultura y la guerra

En todas las grandes guerras, cuando

son. invadidas las naciones, el payés, el labriego, el hombre que vive de la tierra, arraigando en ella, son los firmes defen- Bores de la patria, los que más resisten la invasión y los que resueltamente ayudan

á la liberación del suelo invadido y apri- sionado, porque es cosa suya. Más tarde, al llegar la paz, son ellos también los que con su trabajo fecundo

cicatrizan las heridas sangrientas, repa- ran los daños, y poco á poco redimen con sus ganancias la pesadumbre que agobia

el

y

terreno para esta labor restauradora y pródiga de la agricultura así que se con- siga la ansiada paz. Lo mismo los ingleses que los franceses tienen la persuasión de que intensificando la producción agrícola daratí un gran pa-

en Francia se trata de preparar ya el

presupuesto nacional. Precisamente estos días en Inglaterra

!

I mica y financiera.

so para la mejora de su situación econó-

]

En la Academia de Agricultura de Pa- j rís se ha discutido este vital problema, i proclamando quo ia industria capital de ¡ Francia es el cultivo de la tierra, esa tie- ; rra privilegiada, siempre generosa que la provee de sustento y nutre su^ahorro, acu-I

rnulando siempre nuevas riquezas. En los momentos más críticos de su historia, ha conseguido Francia por medio de la pro- I ducción agrícola su equilibrio económico. Según allí se ha dicho, la movilización j

y

sagradas á la defensa nacional han absor- ¡

bido más de las dos terceras partes de los ¡

el trabajo intensivo de las fábricas con-

del campo, causando una

|

j

1 trabajadores

enorme carestía en la mano de obra agri- j cola, agravada por la falta de abonos. Asi ¡ se explica el déficit de producción maní- ! Se8to en 1913 y 1916, todavía más sensible j sn 1917. Por ello se supone que por todos los medios se venga en ayuda de la industria agrícola, el primer manantial de la rique- za, pública y la garantí a de una segur a alimentación nacional. M. Edmond Tery, ansiando llegar á este resultado, propuso algunos medios que estima eficaces para lograr el abono necesario de las tierras, y la suficiencia de la mano de obra. En primer término indica la posibilidad de que los agricultores tengan á su dispo- sición superfosfatos bastantes, organizan- do el Transpórtele los fosfatos de Argel y Túnez, utilizando los buques que retornan con lastre de Oriente, después de haber aprovisionado la flota y los ejércitos alia- dos de aquella zona.

Para suplir la carestía y la falta de mano de obra, propone que se proporcio- nen á los Sindicatos, Asociaciones de agri- cultores y grandes empresas agrícolas to- da ciase de útiles y maquinaria de culti- vo creyendo que debiera llegarse al me- nos á veinte mil para toda Francia. Para ello, así que hayan cesado las hostilidades y se restrinja la producción de municiones y armamento, las fábricas de la defecsa nacional: deben continuar movilizadas «n condiciones de producir rápidamente este utillaje por cuenta del

gobierno. En Inglaterra se estudia ya la manera de adoptar esta solución práctica y nece- saria, que permitirá transformar súbita- mente las fábricas de cañones y obuses en talleres fie arados y trilladoras, al ce- sar la guerra. En la Academia de Agricultura, la voz da Mons. Meline opuao algunas objecio- c.iones á este propósito, que la mayoría, estima que debe llevare© á cabo con pre- mura; pero el ministro de Comercio, mis- 1er Cleraentel, comprendiendo la trascen-

dencia de ia feliz iniciativa de Mr. The-

ry, se muestra dispuesto á anticiparse á los acuerdos de la Academia. En todo esto, además de la fe en la ac- ción restauradora de la agricultura, que

es

lo

zas futuras, palpita el espíritu de la nuo-

ya economía surgida de las enseñanzas de

la

mina á hacerlos completos en su produc- ción y utillaje económico, alejándose de aquella división del trabajo entre las na- ciones, que predicaba Bastial, que hoy se ha demostrado que es causa de inferiori- dad en los momentos críticos y constituye

an peligro para la,independencia de los Estados. La política subsiguiente á la gue- rra tenderá, se vislumbra claramente, á procurar que las naciones se basten á sí mismas en cuanto puedan, limitando la importación á lo estrictamente necesario

y asegurando en lo posible las primeras materia? indígenas.

Lloyd Georges, en uno de sus últimos discursos ha anunciado que Inglaterra, la libre-cambista, no tardará en subvenir á sus propias necesidades. Todo esto trae otra ventaja y es la de procurar á la población la mayor canti- dad de trabajo, pues cuanto más cosas aquí se produzcan tasto mayor suma d8 mano de obra invertiremos en provecho nacional. España viene obligada también á pen- sar en este problema, coa la ventaja de poder abordarlo inmediatamente. No sólo debe hacerlo para precaverse de los ma- jes de la competencia terrible que moti- vará la paz amo para evitar la carestía y

la carencia de medios de subsistencias

que podemos sufrir si ¡a guerra dura mu- cho tiempo y los medios de transporte lle- gan á escasear en forma que implique nna amenaza para la alimentación hu- mana. Algo ha aumentado nuestra producción agrícola durante la guerra, pero no ha si- do en la proporción que fuera de desear. Es lo cierto que nuestros gobiernos no han aplicado medio alguno para estimu- lar las iniciativas de ios agricultores ni para suplir las dificultades coa que lu- chan, procurando favorecer la baratura del producto por el mayor rendimiento de •la tierra. En algunos casos, con las prohi- biciones de exportar y con la confusa y contradictoria política aduanera, ha &ido más bien remora que acicate la acción gubernativa. En vísperaá de la guerra se descubrie- ron en Cataluña yacimientos de sales po- tásicas, y, á pesar do que se ha sentido

la base más resistente del crédito, por

mismo que ofrece interesantes rique-

guerra. El ideal de los pueblos se enca-

y

la falta de abonos nada se ha beeho para

acelerar la explotación de esos yacitmen- tos que reclama ávidamente ia exhausta

tierra. Quiz&s en Marruecos. d*niro de nuestra zona, como los franceses en Tu* nez y en Argelia, tengamos ignorados de- pósitos de fosfatos de igual modo qu© en nuestro subsuelo existen segorament© masas improductivas y ocultes de gustan» ciaa fertilizantes.

Toda esta energía inaprovechada hay que sacarla prontamente á la luz y pres- tarle utilidad en beneficio de nuestra agri* cultura y de nuestro comercio. Por otra parte, yacen en España, gran- des extensiones de tierras yermas, suscep- tibles de cultivo, que son hoy semillero de langosta y que pudieran ser fuente de trabajo y factor de abundancia y barata- ra en la alimentación. Es necesario que

se roturen y se cultiven: el Gobierno no

puede permanecer con los brazos cruza- dos ante la iuactivid&d da los propietarios que constituye en estas circunstancias un daño social. Urge aplicar al mal de los latifundios las leyes ensayadas con éxiLo en otros países, sometiéndolos á la expro-

piación forzosa á favor de sociedades constituidas en forma que representen ei interés general, declaradas de utilidad pública. Es imperioso marchar por este camino que puede conducirnos á una mayor pro- ducción agrícola y por lo mismo á ia ba« ratura que reclama el consumidor, como así mismo al acrecentamiento del trabajo

á la elevación de los salarios agrícolas,

que es el único resorte que puede irope» dir que vayan saliendo de España lo"-¡ tra- bajadores dei campo, solicitados por el trabajo y los salarios de las naciones ne-

cesitadas de rehacer el suelo destruido y la agricultura deshecha.

y

FEDERICO RAHOLA

QUINCENAS MUSICALES

Langoroso Fado, cruel é triste Fado, pro-» düeto folk-lórico portugués que la? gentes del norte dol país no sienten como las del sur de la región donde germinó, y donde es considerado como la expresión del sen- timiento de fa íataiidad, del fatum ó des- tino que domina á la sociedad portuguesa, en fin como la buena ó mala suerte que quiere explicarnos ei buen ó nial resulta- do de nuestras acciones. Ya he dicho que el fado es portugués; toda una mentalidad; toda ana historia. Creen algunos que proviene del Brasil, Otros, que pica más alto sa origen. Como vivimos en tiempo3 de ceHofolia, según la oportuna calificación de Gastón Paiís, después de haber atribuido ai elemento celta en la formación del mundo intelec- tual y moral moderno, una influencia ex- cesiva que ha HegaJo entre loa críticos alemanes á poner en cuarentena el origen celta de la leyenda de Trisfan é heo, ha habido un busca-orígenes ¡jue ha imagi- nado colocar como Iproducto del alma cel- ta, nad a menos que 8=e vulga r aliado de

la música italiana, anárquica,, incalía, im- puesta al público portugués por la mcai- fcura,inutilizándolo para la comprensión de las formas superiores del arte¡ y de la

, ¡Si tiene detractores portugueses el

triste y cruel fado! El malogrado publicis- ta y profesor Rocha Peixoto, hombre del norte y del sur, como sa comprenderá, di- jo pestes del fado. Oigámosle: «Portugal tiene, después, y apenas, genuinamenie suyo, el fado: el fado para la folia; para el amor; para la amargura y hasta para

Y ¡añade:-—«¡Oh vergüenza!

Allá, por la calle, pasaban hombres arpe- giando, macilentos, la queja en eí pecho, ojos de besugo muerto, las greñas al vie.&»

ejecución musical.

la muerte

»

to.,. Uno cantaba:

Se vires a mulher

Ndo

a trates

con

perdida

desdem,

Porque Deus lamben castiga Nao diz quando nem á quem.

conocido mote de un fado típico, que en- traña todo el temperamento de un pueblo malandro (suprimo toda la restante adje-

tivación)

nica, melopea sin encanto, sin elevación, sin frescura, sin ingenuidad; modismo de desesperación, de conformación, da peni-

tencia y perdón, actitud y marcha, em- pleo de vida é ideal; todo da. al contem- plar estos grupos, una acción:—¡La pa- tria que pasa!» (Éocha-Peixoto, A Terra

Miseria social, misoria orgá-

Portuguesa,

1897).

Mi entrañable amigo, valiente mnsicói

grafo y crítico independiente y sesudo— Antonio Arroyo,—escribe invectivas so- bre invectivas cuando asoma en urn cues- tión de Mk-Jore ei fado como «expresión del más anárquico y el más inferior me- lodrama, de exagerado mal gusto román-
I

«Y ahora dejad que me pronuncie con-

tra el fado»—dice en una interesantísima Conferencia sobre El Canto Coral y su ac- ción social, pronunciada en los salones del Orfeón de Coimbra, 1909—«de todas nues- tras canciones la más inferior. Cuando yo oigo en una sala, cantada por una señora
i

I rísticas de estilo propio, esa emanación da

de fina educación, con todas la caracte-

tico».