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ANDREA CARANDINI HISTORIAS EN LA TIERRA Manual de excavaci6n arqueolégica Traducci6n castellana y prologo de XAVIER DUPRE RAVENTOS CRITICA GRIUALBO MONDADORI BARCELONA Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorizaci6n escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproduccién total o parcial de esta obra por cualquier medio 0 procedimiento, comprendidos la reprografia y el tratamiento informético, y la distribu- cin de ejemplares de ella mediante alquiler 0 préstamo ptblicos. ‘Titulo original: STORIE DALLA TERRA Manuale di scavo archeologico Cubierta: Enric Satué ustraciGn de 1a cubierta: Templo de los Castores y Macellum, Népoles. Muestra del Proyecto Eubea en el Museo Nacional de Napoles. Reconstruccién del Proyecto Eubea (Campi Flegrei, 1990, y Eubea, 1990). Contracubierta: dibujo de Giancarlo Moscara, Dibujos de GIANCARLO MOSCARA © 1991 y 1996: Giulio Einaudi editore s.p.a., Turin © 1997 de la traduccién castellana para Espafia y América: CRITICA (Grijalbo Mondadori, S. A.), Arag6, 385, 08013 Barcelona ISBN: 84-7423-764-5 Depésito legal: B. 1282-1997 Impreso en Espafia 1997—HUROPE, 5. L., Recared, 2, 08005 Barcelona PROLOGO A LA EDICION ESPANOLA La traduccién espafiola de Storie dalla terra. Manuale di scavo archeolo- gico aparece, aparentemente, con algunos afios de retraso ya que la primera edicién italiana vio la luz en 1981. En realidad, el lector se halla frente a la traduccién de una nueva edicién, de 1991, ampliamente renovada y que con- lev6 no sélo una actualizacién de sus contenidos, sino el volver a escribir el original, la eliminacién de los apéndices finales de la primera edici6n y la in- corporacién de una serie de nuevos textos del autor. También hay que tener en cuenta que la primera versién de esta obra no es desconocida para los ar- quedlogos de nuestro pafs, mas bien al contrario: muchos somos quienes la lefos hace ya bastantes afios en su versi6n original. Pero también es cierto que la riqueza y profundidad de las reflexiones del autor y, especialmente, su perfecto uso de la lengua italiana —Carandini no utiliza un italiano facil, sino que hace gala de un dominio extremadamente culto del mismo— dificultan al lector extranjero que no tenga un 6ptimo conocimiento del idioma de Dante la comprensién total, en profundidad, de los conceptos en este texto expresados. A través de las paginas de este libro se da respuesta a todos 0 casi todos los temas sobre los que el investigador se interroga al afrontar el trabajo de campo y por ello su lectura, necesaria para los estudiantes universitarios, es, en mi opinin, imprescindible para aquellos arquedlogos que no se plantean muchas preguntas, que no dudan, y se convierte en especialmente recomen- dada para aquellos, por suerte cada vez menos, que ven en la arqueologia de campo y en las cuestiones estratigréficas un mero divertimento que, aunque a veces pueda ser ttil, poco afecta a los verdaderos problemas de la «Histo- ria». Este manual, que es fruto de y, al mismo tiempo, incorpora las experien- cias y los progresos de la arqueologia anglosajona, se enriquece gracias a la experiencia personal del autor al que, aparte de otros méritos, hay que reco- 1, Esta segunda edicién ha sido publicada recientemente, en un formato mas econdmico, en la coleccién «Biblioteca Studio» (ntimero 25) de Einaudi, Turin, 1996. 2. Los errores en el titulo de este manual (Storia della terra, Storie della terra en vez de Sto- rrie dalla terra), observados en diversas referencias al mismo en la bibliografia espafiola, son una buena prueba de lo dicho. vu HISTORIAS EN LA TIERRA nocerle el de haber creado una verdadera escuela que ha revolucionado la arqueologia italiana. La simple comparacién entre la edicién de 1981 y la de 1991 permite observar cémo, durante la década de los ochenta, una parte de la arqueologifa italiana, aglutinada en torno a Carandini y al departamento de ar- queologfa de la Universidad de Siena y més tarde al de la Universidad de Pisa, ha sido capaz de desarrollar muchos de los aspectos metodoldgicos que, en 1981, habfan sido s6lo meramente esbozados. A esta labor progresiva, fru- to de un intenso debate teérico —atin en curso— y de una experimentacién constante en el trabajo de campo, hay que sumar algo tan importante como el haber luchado para que la arqueologia oficial —siempre con tendencia al inmovilismo— incorporase a sus procedimientos los resultados obtenidos por la practica. Los progresos de la interdisciplinaria escuela de Carandini, quien actualmente es catedratico de la Universidad de Roma «La Sapienza», se reflejan en una rica serie de publicaciones que se hallan incorporadas en la bibliografia final de este volumen.‘ En esta ocasién creo que debe desta- carse, por su cardcter de ejemplo de aplicacién de los presupuestos expues- tos por el autor en la primera edicién (1981) de Storie dalla terra, la publica- cién de sus excavaciones en la villa romana de Settefinestre.* Sin duda alguna dicha experiencia de trabajo de campo contribuyé a la gestacién de la edicién (1991) que ahora se traduce al espafiol y cuya aplicacién practica se ha ma- terializado en las excavaciones realizadas por Carandini y su equipo en la ladera septentrional del Palatino; la inminente publicacién de esta nueva ex- cavacién experimental, de gran importancia para el conocimiento de los ori- genes de Roma, sin duda perfeccionaré y completar4, desde una 6ptica me- todolégica, los contenidos de este manual.* Pero la verdadera aportacién de este libro consiste en no ser solamente un manual de excavacién arqueolégica. El lector se halla frente a un texto 3. Un reciente congreso celebrado en Roma (J materiali residui nello scavo archeologico, Roma, 16-III-1996), fue un excelente ejemplo de cémo aquella arqueologia italiana que se sien- te discipula de Carandini, sigue debatiendo acerca de los més diversos aspectos relativos a la comprensién de los procesos de formacién de los depésitos estratigraficos, del valor de los ma- teriales arqueoldgicos estratificados y de los caminos que deben seguirse para llegar a su co- rrecta interpretacién. La masiva participacidn de los integrantes de los equipos, italianos y ex- tranjeros, que excavan en Roma contrastaba con importantes ausencias de un sector del mundo universitario, mas interesado en una arqueologia quespodriamos definir tradicional, 4, Véanse ademés las obras recientes de Franco Cambi y Nicola Terrenato, Introduzione all'archeologia dei paesaggi, «La Nuova Italia Scientifica», Roma, 1994, y de Tiziano Mannoni y Enrico Giannichedda, Archeologia della produzione, «Biblioteca Studio», 36, Einaudi, Tu- rin, 1996. Los autores de este tiltimo ¢ interesante libro pertenecen a un instituto de la Univer- sidad de Génova, significativamente llamado «Instituto de Historia de la Cultura Material de Génova». 5. Andrea Carandini, ed., Settefinestre. Una villa schiavistica nell’Etruria romana, Méde~ na, 1985, 2 v. Reflejo de las expectativas despertadas en Espafia por la publicaci6n de esta obra fue el seminario «Estrategia i Analisi Estratigrafica en I’ Arqueologia del anys 80>, impartido por Andrea Carandini en la Universidad de Lleida (Estudi General de Lleida) en 1985. 6. Andrea Carandini, ed., Palatium e Sacra Via I, monografia del Bollettino di Archeolo- gia, Roma (en prensa), PROLOGO A LA EDICION ESPANOLA Ix que afronta también aspectos tan necesarios como la interpretacién de los indicios y la reconstrucci6n de las diversas historias. Historias cuyos pocos in- dicios, contenidos en los estratos, tan s6lo pueden captarse a partir de una ex- cavacién metodoldgicamente correcta y de una justa lectura de la secuencia estratigrafica. Carandini ilustra un modo concreto de pensar la arqueologfa, un modo de reflexionar sobre las cosas y, en la parte final del libro, expone con gran profundidad los fundamentos intelectuales de este nuevo modo de afrontar el estudio de los restos del pasado. La estratigraffa arqueoldgica y la cultura de los indicios constituyen, para el autor, una unidad.” Para comprender en su justa medida el texto de Andrea Carandini, el lector espafiol debe ser consciente de algunas de las muchas diferencias que existen entre el panorama arqueol6gico italiano y el de nuestro pafs. Deseo por ello, someramente, ilustrar mi opinién —por lo tanto, subjetiva— sobre algunos de los aspectos que distinguen la arqueologia espajiola de la italiana. En lo que respecta a la administracién del patrimonio arqueolégico hay que tener en cuenta que la realidad italiana es, por ahora, muy distinta de la es- pafiola. La competencia exclusiva, de derecho y de hecho, del Ministero per i Beni Culturali e Ambientali contrasta claramente con la estructura del lla- mado Estado de las Autonomias y con la capacidad normativa y ejecutiva de las diecisiete regiones y nacionalidades espafiolas en materia de cultura y, consecuentemente, en el campo de la gestién y proteccién del patrimonio ar- queoldgico. La omnipresencia de las soprintendenze archeologiche, estruc- turas estatales de 4mbito regional adscritas al ministerio,§ tiene defensores y detractores? pero, sin duda alguna, contrasta con la realidad espafiola por el reconocimiento social, en tanto que autoridad en la materia, de que dispone la figura del soprintendente y, en muchos casos, por su prestigio cientifico.!° Pero, al margen de lo dicho, el elemento més significativo es la existencia de un Estado central que gestiona directamente su patrimonio y que dispone de instrumentos para coordinar aspectos tan importantes como el inventario del patrimonio arqueolégico (Istituto Centrale per il Catalogo e la Documenta- 7. Tlustran esta cuestiGn los tres ensayos finales («Lo ordinario y lo importante» / «Proce- der hacia atras» / «Anélisis de lo sumergido»), incorporados en la edici6n italiana de 1991. 8. En algunas regiones como el Lacio coexisten diversas soprintendenze arqueol6gicas (Lacio, Etruria Meridional, Roma, Ostia) mientras que en las regiones auténomas (Sicilia, Va- lle de Aosta...) las competencias son regionales. 9. El monopolio casi total que sobre la arqueologia de un determinado territorio ejercen ciertos soprintendenti es justamente criticado por aquellos profesionales, muchas veces prove- nientes de la universidad, que ven como se les niega el acceso a determinados conjuntos de ma- teriales, cerrados bajo llave incluso durante decenios, o se les impide con falsas excusas interve- nir en ciertos yacimientos. 10. Si tomamos como ejemplo la ciudad de Roma, veremos que al frente de las soprinten- denze arqueolégicas de la antigua Urbs se encuentran Adriano La Regina (Ministerio) y Euge- nio La Rocca (Ayuntamiento). La figura equivalente en la estructura administrativa espafiola seria un jefe del Servicio de Arqueologfa de una Comunidad Auténoma. Salvo pocas —poqui- simas— excepciones estos puestos se hallan ocupados por funcionarios con incipientes carreras en el campo de la investigacién, en ningtin caso catedraticos, y cuyas opiniones tienen poca in- cidencia en la sociedad. x HISTORIAS EN LA TIERRA zione). Este instituto fue el que, en colaboracién con el equipo de Carandini, elaboré los diversos tipos de fichas de registro que, desde 1984, utilizan todas las administraciones italianas. En Espajia, el Ministerio de Cultura —ahora ya englobado en un nuevo Ministerio de Educacién y Cultura— ha dejado desde hace mucho tiempo de ejercer buena parte de las pocas pero necesa- rias competencias que le reserva la Ley del Patrimonio Histérico Espafiol (Ley 16/1985) y, en el ejemplo concreto del inventario, no existe una verda- dera colaboracién y complementacién entre las diversas Comunidades Auté- nomas para catalogar nuestro patrimonio arqueolégico."' La realidad de la gestion del patrimonio arqueolégico hispanico es muy heterogénea y existen grandes diferencias entre los planteamientos y las medidas adoptadas por las diversas comunidades. Destaca en este panorama la labor desarrollada por la Junta de Andalucfa —en mi opini6n, la tinica regién espafiola que cuenta desde hace mas de diez afios con una verdadera politica de patrimonio— a la que Carandini dedica las tnicas referencias a nuestro pafs en este manual.!? Sirva como ejemplo de lo dicho el Programa Especial de Arqueologia Urba- na, promovido por la Junta de Andalucia en colaboracién con las universi- dades de dicha comunidad, para el que se ha disefiado y desarrollado un sis- tema de documentacién especifico.3 Otro factor de diversidad entre los ambientes arqueol6gicos italianos y espafioles reside en el elevado espiritu critico y la predisposicion al debate de la comunidad cientifica italiana. Uno de los primeros preceptos que la uni- versidad de aquel pajs inculca al estudiante de arqueologfa es el escepticismo y el espfritu critico con el que debe analizar todas las noticias que se le trans- mitan. No basta que un insigne profesor dictamine que la interpretacién de un determinado ntimero de indicios sea x: debe demostrarlo.'4 Esta situacién generalizada es la causa del rico debate cientifico, a veces exagerado, exis- tente en Italia y cuyos resultados son altamente positivos para el mundo de 11. Pienso que, sin menoscabar las competencias de las diversas Comunidades Auténo- mas, el Ministerio deberia promover, como hacia en los afios ochenta, foros de discusién enca- minados a la coordinacién de critetios y Iineas de actuacién. A propésito de los inventarios: A. Jimeno Martinez, J. del Val Recio y J. J. Fernandez Moreno, eds., Inventarios y cartas arqueo- légicas (Soria 1991), Valladolid, 1993; AA.VV., Catalogacién del Patrimonio Histérico, Instituto Andaluz del Patrimonio Histérico, Junta de Andalucta, Sevilla, 1996. Véase también M.A. Que- rol y B. Martinez, La gestién del Patrimonio Arqueologico en Espafa, Alianza Editorial, Ma- drid, 1996. 12. Véanse los trabajos de Fernando Molina y Fernando Contreras en la bibliograffa final de este volumen. A propésito de la opinién de Carandini sobre la situacin de la arqueologfa en Andalucia, que en este libro califica de «Paraiso cientifico e institucional...», véase también La laurea non fa Varcheologo (Tavola rotonda, Roma, 8 maggio 1992), Padus s.c.a., Padua, 1993, es- pecialmente las intervenciones de A. Carandini (pp. 106-107) y X. Dupré (p. 108). 13, Fernando Molina et a., «Un sistema de informacién arqueol6gica para Andalucia», en Catalogacién del Patrimonio Hist6rico, Instituto Andaluz del Patrimonio Histérico, Junta de Andalucfa, Sevilla, 1996, pp. 76-85. 14. Quien haya tenido la oportunidad de ensefiar una excavaci6n a un arquedlogo italiano recordaré una serie interminable de preguntas que pueden llegar a sorprender. En realidad no es més que una consecuencia de este, en mi opinién positivo, espiritu eritico. PROLOGO A LA EDICION ESPANOLA XI la investigacién, De la misma manera que Nino Lamboglia tuvo que sufrir los. duros ataques que personajes como Giuseppe Lugli —el hombre de la técni- ca edilicia— hacian al método estratigrafico, Andrea Carandini y los repre- sentantes de su escuela han sido objeto de criticas por parte de aquellos que creen que la obsesin por la metodologia lleva a olvidar los objetivos finales de una intervencién arqueolégica o por aquellos que dan més valor al cono- cimiento de las fuentes clasicas que a la utilizacién de una adecuada meto- dologia en el trabajo de campo. Una correcta lectura de este libro permite observar como Carandini defiende la realizacién de excavaciones metodolé- gicamente correctas sin por ello menospreciar, mas bien lo contrario, nia los autores clasicos nia las otras muchas fuentes de informacién histérica. A pe- sar de ello, los detractores de la llamémosle «cultura material» han llegado a acusar al propio Carandini —creo que injustamente— de haber traicionado a Ranuccio Bianchi Bandinelli, el gran maestro de una generacién de impor- tantes arquedlogos italianos —incluido el propio autor de este libro—. Ca- randini y su escuela no han despreciado en nada la tradicién de estudios so- bre lo bello de la antigiiedad, simplemente los han complementado con el estudio y el andlisis de lo menos bello, de lo cotidiano, incluso de lo sérdido pero igualmente importante para la comprensién del pasado, para la com- prensién de las historias conservadas en la tierra. Sin embargo, la propensi6n a la critica y al debate de nuestros colegas ita- lianos, tan positiva en ambitos cientificos, se convierte en un factor negativo cuando las discusiones se centran en aspectos de tipo practico u organizati- vo. Pongamos un ejemplo. A pesar de lo mucho que —creo— se ha discuti- do al respecto, todavia no se ha encontrado una férmula para articular unos mecanismos de coordinacién entre el mundo de la gestién del patrimonio ar- queoldgico, representado por las soprintendenze, y los estamentos universi- tarios que, a parte de sus tareas docentes, se dedican fundamentalmente a la investigacién: la colaboracién generalizada entre los profesionales de ambos campos de actividad representaria un avance importante en el buen gobier- no del extraordinario patrimonio arqueolégico italiano." Contrasta con esta realidad el poco debate existente en Espafia'® y que, en el caso que nos ocupa, explica la escasez de una critica metodoldgica o que las sucesivas ediciones italianas de Storie dalla terra no hayan sido objeto de 15. Evidentemente se dan algunas excepciones, debidas a la existencia de una buena rela- cin a nivel personal. En la propia ciudad de Roma, por ejemplo, no existe un marco institucio- nal en el que los representantes (ministeriales y municipales) de la gestin del patrimonio ar- queoldgico, de la universidad y del mundo de la investigacin puedan debatir conjuntamente los problemas que afectan al patrimonio arqueol6gico de la capital del Imperio. 16. «Arqritica nace como consecuencia de una reflexién sobre el panorama de las publica- iones arqueolégicas en Espaia, que advierte dos hechos claros: por un lado, la escasa atencién que las revistas especializadas dedican a la recensin ... Por otro lado, la falta de critica en las escasas publicaciones que se consagran a esta parcela tan importante de la divulgacién cientifi- ca... Ante el patente vacio de la discusién arqueol6gica espafiola...», Editorial de Argritica, 1, Madrid, 1991. Una buena prueba de lo dicho ha sido el fracaso editorial de Argritica que no ha superado los 5 afios de vida, x1 HISTORIAS EN LA TIERRA recensiones —al menos yo las desconozco— en revistas espafiolas especiali- zadas. Tenemos que aceptar que, en el campo de la arqueologia clésica y me- dieval, la escasa bibliografia peninsular sobre aspectos metodoldgicos gene- rada a partir de la generalizacién en el uso del llamado método Harris se limita a la difusién del mismo, sin aportaciones criticas y, mucho menos, me- todolégicas."” El panorama arqueolégico hispdnico no ha sido ni es especial- mente rico en trabajos de tipo tedrico o metodolégico y, si nos referimos con- cretamente a manuales de excavacidn, resulta claro que los tinicos textos aut6ctonos que el arquedlogo espafiol ha podido utilizar son la Introduccion al estudio de la prehistoria y de la arqueologia de campo de Martin Almagro y la aportaci6n de Manuel Riu al manual de arqueologfa medieval de Michel de Bouard.!® Ambas obras dan su justa importancia a las cuestiones estrati- grdficas, siguiendo aquella linea que empezé a abrirse camino en nuestra pe- ninsula en el perfodo de la posguerra partiendo de dos hechos concretos: la apertura en Madrid de una sede del Instituto Arqueolégico Aleman (1945) y la participacién de Nino Lamboglia en los cursos de Ampurias (1947). Desconozco, aunque seria interesante investigar al respecto, cudles fue- ron las repercusiones en Espafia de la publicacién en 1954 de la primera edi- cién de Archaeology from the Earth de sir Mortimer Wheeler, traducido al castellano en 1961.!° Pero creo no equivocarme al pensar que el llamado mé- todo Wheeler empezé a difundirse en nuestro pais filtrado por la experien- cia y enriquecido por las aportaciones personales de Nino Lamboglia, a quien Carandini define como poswheeleriano. La presencia de Lamboglia, durante m4s de veinte afios, en Ampurias hizo que dicho yacimiento, por las especiales caracteristicas de los cursos allf organizados, se convirtiera en el nucleo de irradiacién de una nueva preocupaci6n por el valor de los estratos en la excavacién arqueoldgica y, también, por la importancia de los estudios tipolégicos cerémicos como instrumento para el mejor conocimiento de la cronologfa a atribuir a la formacién de dichos estratos. Los cursos de Ampu- rias, nacidos en el momento en que Europa queria olvidar su trégico pasado inmediato y en el que se volvian a poner en marcha los mecanismos de coo- 17. Victor M. Fernéndez Martinez, Teoria y método de la arqueologia, Editorial Sintesis, ‘Madrid, 1989; Marti Mas Cornella, «La aplicacién del método Harris», en Gisella Ripoll, ed.,Ar- queologia, hoy, Madrid, 1992, pp. 61 ss; Germén Prieto Vazquez, «Sobre el Método Harris de ex- cavaci6n arqueolégica», en Carpetania, pp. 145 ss.; Juan Zozaya, «AproximaciGn a una metodo- logia de la arqueologia medieval», en Actas del I Congreso de Arqueologia Medieval Espaitola (Huesca 1985), Zaragoza, 1986, 1, pp. 67 ss. Especialmente interesante el prologo a Miquel Barcel6 etal., Arqueologia medieval. En las afueras del «medievalismo», Critica, Barcelona, 1988, pp. 9s. Una situacién similar a la espafiola se da también en Portugal: Amilcar Guerra, «Escavar?... Sim Obrigado! a resposta de Harris», en Almadan, 0, Almada, 1982, pp. 8-10; «Alguns aspectos de uma escavagao: método, técnica e registo», en Almadan, 2, Almada, 1984, pp. 8-10; Métodos e Téc- nicas de escavacdo: contribuitos para um debate, «Clio/ Arqueologia», 2 (en prensa). 18 Martin Almagro Basch, Introducci6n al estudio de la prehistoria y de la arqueologta de campo, Barcelona, 1960; Michel de Bouard y Manuel Riu, Manual de arqueologia medieval. De la prospecci6n a la historia, Barcelona, 1977. 19. Mortimer Wheeler, Arqueologia de campo, México, 1961. PROLOGO A LA EDICION ESPANOLA Xi peraci6n cientffica,”’ reunieron en los meses de verano, en un marco medite- rréneo de excepcidn, a arquedlogos espafioles, italianos, franceses y de otros paises. El Istituto Internazionale di Studi Liguri, organismo desde el que Lamboglia realizaba su intensa labor, fue desde 1947 una de las instituciones organizadoras. Martin Almagro Basch, director del curso de Ampurias junto con Lluis Pericot durante veinte afios, rendia homenaje, afios mas tarde, a la aportacién de Lamboglia a dichos cursos y explicaba cémo sus preocupacio- nes por la estratigraffa y por la tipologfa hicieron mella en los asistentes a los mismos;2! fruto de ello fue el primer estudio de una estratigraffa ampuritana, publicado por Almagro y Lamboglia.” El propio Lamboglia, a partir de esta experiencia hispdnica, realiz6 otros sondeos estratigraficos en otros yaci- mientos espajioles.* Aquellos cursos ampuritanos estaban plenamente aso- ciados al concepto de cata estratigrafica y buena muestra de ello era el énfa- sis que se ponfa en las cr6nicas de los mismos, al indicar el lugar en el que se habia hecho la cata y quién habfa sido el director de la misma.* Recuerdo que cuando asistf por primera vez al curso, en 1973, todavia se mantenfa lo que entonces ya era sélo un ritual: el primer dia se procedia a la eleccién de los puntos en los que se abrirfan las diversas catas estratigraficas. Lo limita- do y puntual de las mismas, hacia que los resultados de dichas excavaciones fuesen también limitados y no contribuyesen a un progreso en el conoci- miento de la evoluci6n de la antigua ciudad. Las caracteristicas de los cursos, con profesores invitados que impartian sus lecciones teéricas por la tarde y con alumnos de muchas universidades espafiolas y algunas extranjeras,>> pro- movieron en gran manera que lo que de nuevo se hacia en Ampurias se di- fundiese répidamente por todo el territorio peninsular. 20. Son los mismos afios en los que, en Roma, se crean la Associazione Internazionale di Archeologia Classica (1945) y la Unione Internazionale degli Istituti di Archeologia, Storia ¢ Storia dell’Arte in Roma (1946). Massimo Pallottino, en Speculum Mundi. Roma centro inter- nazionale di ricerche umanistiche, Roma, 1992, pp. 9-13 y 47-52. 21. Martin Almagro Basch, «El recuerdo desde Espafia del profesor Nino Lamboglia», Ri- vista di Studi Liguri, 43, Bordighera, 1977, pp. 17 s8. 22. Martin Almagro Basch y Nino Lamboglia, «La estratigrafia del decumano A de Am- purias», Ampurias, XXI, Barcelona, 1959, pp. 1 ss. 23. La excavacién estratigréfica realizada por Lamboglia, con la colaboraciGn de José Sén- chez Real, en el relleno interno de la muralla republicana de Tarraco, a principios de los afios cincuenta, suministré las pruebas definitivas de la plena romanidad del recinto defensivo de aquella ciudad, demostrando la validez de la tesis de Joan Serra Vilaré. Nino Lamboglia, «ll pro- blema delle mura e delle origini di Tarragona», Misceldnea Arqueologica, 1, Barcelona, 1974, pp. 397 ss. 24. Véase, por ejemplo, «Cronica de los Cursos Internacionales de Prehistoria y Arqueo- logia en Ampurias», Misceldnea Arqueoldgica, I, Barcelona, 1974, p. xvi. 25. En los afios sesenta, el propio Andrea Carandini participé como alumno. 26. Un buen ejemplo en Joan Maluquer, El yacimiento hallstéutico de Cortes de Navarra. Estudio erttico, «Excavaciones en Navarra», 4 y 6, Institucién Principe de Viana, Pamplona, 1954 y 1958 (en especial el tomo segundo), y Joan Maluquer, Cata estratigréfica en el poblado de «La Pedrera» en Vallfogona de Balaguer, Lérida, «Publicaciones Eventuales», 2, Universidad de Bar- celona, Barcelona, 1960. xiv HISTORIAS EN LA TIERRA La instalacién en Espafia del Deutsches Archéologisches Institut, con la apertura de una sede en Madrid, creo que no incidid, en los primeros afios, en la difusién en nuestro pafs del valor del andlisis estratigrafico. Pero sf es cierto que, en un segundo momento, cuando las excavaciones del Instituto se extendieron por diversas zonas de la peninsula y empez6 a publicarse Ma- drider Mitteilungen (1960), buena parte de la comunidad arqueolégica hisp4- nica quiso emular la pulcritud de las excavaciones «de los alemanes», exca- vaciones en las que se aplicaba el método Wheeler y en cuyas publicaciones se podian observar secciones y cortes estratigréficos dibujados con gran ma- estria. No se trata aqui de hablar de la influencia, claramente positiva, que en la arqueologfa espafiola ha tenido el Instituto Arqueolégico Aleman; deseo solamente destacar que, durante muchos afios, sus excavaciones y, especial- mente, sus publicaciones han sido un modelo a seguir.” La arqueologia clésica espafiola de los afios setenta, en lo que a exca- vaciones arqueolégicas se refiere, era, en parte, fruto de estas influencias y continuaba su evolucién perfeccionandose en la aplicacién del método Whee- ler/Lamboglia y rellenando los mds o menos casticos diarios de excavacién. La arqueologfa urbana apenas habja hecho acto de presencia y, en conse- cuencia, no se habfan producido aquellos cambios que, en otros paises, esta- ban poniendo en cuestién la utilidad del método vigente. La verdad es que poco se ha escrito en Espajia acerca de la introduccién y difusién en nuestro pais del uso de los nuevos sistemas de registro de datos arqueolégicos com- pletados con la elaboracién del diagrama estratigr4fico de Harris.* Pero todo parece indicar que, paralelamente a cuanto habfa ocurrido, afios antes, con el método Wheeler/Lamboglia, introducido en Espafia a través de Ampurias de la mano de un italiano (Nino Lamboglia), fue de nuevo gracias a la expe- riencia italiana (excavacién de Andrea Carandini en Settefinestre) que el método Harris lleg6 a la peninsula a través de Ampurias, esta vez gracias a un briténico (Simon J. Keay) que habia participado en la excavacién de Set- tefinestre. Recordando aquellos carteles que bajo la dictadura llenaban las carreteras de la provincia de Girona y que rezaban «Ampurias puerta de griegos y romanos en Espafia» podriamos decir que Ampurias también fue la puerta de entrada de los métodos Wheeler/Lamboglia y Harris/Carandini en la peninsula ibérica. Para ser exactos, la primera excavacién espafiola en la que se utilizaron fichas de registro arqueoldgico fue la excavacién de la villa 27. Una visién de los cincuenta afios del Instituto Arqueol6gico Alemén en Espafla en José Maria Luz6n, «Arqueologia alemana en Espaia y Portugal. Una vision retrospectiva», Ma- drider Mitteilungen, 36, Maguncia, 1995, pp. 1 ss. 28. Véase el prologo de Emili Junyent a Edward C. Harris, Principios de estratigrafia ar- queoldgica, Critica, Barcelona, 1991, pp. vit ss.; en lo que respecta a Catalufa, véase Isabel G. ‘Trécoli y Rafel Sospedra, eds., Harris Matrix. Sistemes de registre en arqueologia / Recording Sys- tems in Archaeology, «Col. E1 Fil d’Ariadna. Historia», 9, Publicacions de I'Estudi General de Lleida, Lleida, 1992, 2 vols. Mi gratitud por las informaciones facilitadas en relacién a esta cues- tin por Luis Caballero (Madrid), Alberto Lépez (Barcelona), Fernando Molina (Granada), Ju- lio Nuijez (Vitoria), Raquel Vilasa (Coimbra) y Juan Zozaya (Madrid). PROLOGO A LA EDICION ESPANOLA xv romana de Vilauba en 1979” e inmediatamente en las excavaciones del ve no conjunto ampuritano, El mismo afio, gracias a la participacién del brita- nico Phil Banks, Juan Zozaya aplicaba el nuevo método en el yacimiento me- dieval de Gormaz.” Los primeros afios de la década de los ochenta, marcan el periodo en el que una parte de la arqueologia espafiola, el sector mds dindmico y sensible a los progresos metodoldgicos, asistié a la aparicién de los conceptos de dia- grama estratigrafico (Harris Matrix) y de excavacién en extensién (Open Area) y en el que, especialmente, se vivid una especie de fiebre que, en algu- nos ambientes arqueoldgicos, llevaba a una multiplicacin de fichas.*' Quien tenfa acceso a la ficha tipo de un yacimiento determinado, la copiaba inme- diatamente, modificéndola en su formato, para adaptarla a las necesidades de su excavacién. Estos primeros reflejos de la revolucién que, en los sistemas de registro arqueolégico, se habfa producido en otros paises europeos, estu- vieron, afortunadamente, acompafiados por un proceso serio de implanta- cin del llamado sistema Harris en una parte significativa de las excavacio- nes que se realizaban en nuestro pais. Aparecieron publicadas las primeras intervenciones en las que se habjan utilizado fichas de registro, se habian rea- lizado diagramas estratigrificos y habfan sido planteadas bajo los criterios de la excavacién en extensidn, siendo pionera en este sentido la publicacién de las excavaciones realizadas en 1982 en el conjunto forense de Ampurias, yaci- miento que habia recuperado ya para usos oficiales y cientificos su topénimo catalan: Emptries.*? De nuevo esta vez, los ya citados cursos de Ampurias, sirvieron de instrumento de difusién del nuevo método que, al mismo tiem- po, se difundfa también en el centro de la peninsula y que, a partir de expe- riencias en yacimientos de época medieval, arraigaba en el Pais Vasco en la segunda mitad de la década de los ochenta.* Pero esta conversién al «harrisianismo» adolecia de una falta de refle- 29, Assumpta Roure, «La primera experincia amb l'escola anglesa: Vilauba», en Harris Matrix. Sistemes de registre..., 1, pp. 19 ss., AA.VV., La vil-la romana de Vilauba (Camés), «St- rie Monografica», 8, Girona, 1988, pp. 12-13. 30. Phil Banks y Juan Zozaya, «Excavations in the Caliphal Fortress of Gormaz (Soria), 1979-1981: a summary», en Papers in Iberian archaeology, «B.A.R, International Series», 193, 1984, pp. 674 ss.; Juan Zozaya, «Evolucién de un yacimiento: el castillo de Gormaz (Soria)», en André Bazzana, ed., Castrum 3, Guerre, fortification et habitat dans le monde méditerranéen au moyen dge (Madrid, 24-27 novembre 1985), Madrid-Roma, 1988, pp. 173 ss. 31. Una parte del colectivo profesional, desinteresada en los progresos metodolégicos apli- cados al trabajo de campo, sigue todavia pensando que «excavar en extensiGn» significa afectar grandes superficies de un yacimiento. 32. AA.VV., El Forum roma d'Empiries, Barcelona, 1984; véase especialmente el aparta- do dedicado a metodologfa y al sistema de registro utilizado, pp. 25 ss. 33. Mercedes Urteaga, que habfa colaborado con el Deparment of Urban Archaeology del Museo de Londres, fue quien lo introdujo en Euskadi; generalizdndose a partir del Curso de Ar- queologia de Intervencién (San Sebastidn, 1987). Afios mAs tarde (1991), el propio Edward C. Harris participaria en las « esreao2 esteatoz Figura 65. Distincién de los estratos: (a) sencilla; (b) compleja (la flecha indica el plano de cambio, el paréntesis la zona de transicién y el corchete las zonas de homo- geneidad y la entidad total de los estratos). 72 HISTORIAS EN LA TIERRA MOMOGENEIDAD RELATIVA DE ESPACIO ‘ye TIEMPO bistinciow ESPACIO TIEMPO Ficura 66, El volumen de un estrato se caracteriza por una relativa homogeneidad y por la superficie o interfacies de la distincién. =e - ea Ficura 67. Posicién estratigraéficamente intercambiable (por lo tanto, equivalente) de los materiales de un estrato. tener (Amnoldus Huyzenvel-Maetzke, 1988; De Guio, 1988). Esto no quiere decir que las divisiones sean siempre subjetivamente arbitrarias. Los estratos aparecen, por lo tanto, desde el punto de vista estratigréfico, como porciones de materia relativamente homogénea e indivisible (figura 66), por lo que componentes como los materiales arqueolégicos son equivalentes y su posici6n se convierte en intercambiable en el seno de aquéllos. La opor- tunidad de determinar la posicién tridimensional de algunos materiales espe- ciales dentro de un estrato, para comprender mejor la naturaleza del mismo o para reconstruir la arquitectura de un edificio o el uso de sus salas, no se ha- lla en contradiccién con lo dicho, que se referia, mas que a la estratigraffa, ala dindmica de la formacién de un estrato o a la reconstruccién de un monumen- to, cuestiones, estas tiltimas, eminentemente topogrdficas. El volumen de un estrato puede pues compararse a una bolsa relativamente homogénea, en el sentido de que la posicién de los objetos que se hallan en su interior es estra- tigrdficamente equivalente, como la de la calderilla en un portamonedas. El interior de dicha bolsa es, por lo tanto, pobre de espacio y de tiempo signifi- cativos (desde el punto de vista estratigr4fico), mientras que su interfacies 0 superficie esta constituida por una pelicula plenamente distinguible en el es- pacio y en el tiempo. Lo que importa no es la disposicién de la calderilla en el portamonedas, sino el hecho de que ésta no salga para pasar, quizs, a otro monedero (figura 67). Pero si tomamos en consideracién los estratos desde el punto de vista de la geoarqueologia, en especial donde prevalecen los proce- sos naturales (yacimientos paleoliticos al aire libre, estratos de habitat y de abandono de tipo especial, etc.), en dichos casos incluso la realidad interior del estrato es significativa, ya que puede permitir elaborar un diagnéstico de los procesos de erosién, sedimentacién y pedogénesis que la han originado (Cre- maschi, 1990), pero se trata de un significado que no supera los limites del es- trato y no los cuestiona, motivo por el que ha sido identificado como tal, ni afecta a las relaciones ni a la secuencia estratigrdfica. DE LA ESTRATIFICACION A LA ESTRATIGRAFIA. B ‘ ore ae erenpacits set wet eS cies x FACIES. wrest! SS of Seas) cg * Ficura 68. (a) La distincidn de los estratos posteriores y la forma del estrato 3 vie- nen dadas por su interfacies, mientras que su volumen est4 comprendido entre su in- terfacies y parte de las de los estratos 4 y 5. (b) La formacién del volumen del estra- to 3 esté comprendida entre la superficie del estrato 4 y su propia superficie y ha durado aproximadamente un dia (31 de diciembre de 1980). (c) La vida del estrato 3 est4 comprendida entre su interfacies y la formacién del volumen de 2 y ha durado aproximadamente un dfa (2 de enero de 1981). La capacidad que tiene un estrato de tierra de ser distinguido de aquellos que lo cubren y su propia forma vienen determinadas por la interfacies 0 su- perficie, mientras que su volumen se halla comprendido entre dicha superfi- cie y la de los estratos que éste cubre fisicamente (figura 68a). El tiempo de formacién de un estrato es posterior a la superficie del estrato mas tardio de los que cubre y anterior a su propia superficie (figura 68b). El tiempo de la vida de un estrato es posterior a su superficie y anterior al inicio de la for- maci6n del volumen del estrato mas antiguo de los que lo cubren fisicamen- te (figura 68c). El estrato puede pues ser considerado como un ser vivo. Se puede hablar de su formacién como de una gestacién. Un estrato en forma- cién todavia no ha creado su superficie, que seria como su piel, pero puede ya sufrir malformaciones como ocurre con las patologias en los fetos. Com- pletada su superficie, el estrato ha culminado su fase prenatal. Después esta su vida, més 0 menos larga y afectada por rebajes y destrucciones. Llega fi- nalmente la muerte cuando el estrato es cubierto, total o parcialmente, por estratos més modernos, aunque ulteriores dafios pueden producirse tras la muerte, durante su sepultura. Dos estratos mezclados entre s{ pierden sus superficies originarias para adquirir una nueva, que configura un nuevo es- trato (figura 69). En la superficie de un estrato de tierra se concentra buena parte de su identidad. Cada estrato de tierra tiene una sola superficie, la su- perior, desde el momento en que la inferior coincide con la superior de los estratos que han sido fisicamente cubiertos por éste (figura 68a). Podriamos decir que un estrato de tierra horizontal se parece a un lenguado, que vive plano en el fondo del mar, con su piel que se mimetiza con la arena y los dos 4 HISTORIAS EN LA TIERRA a AGE EEE Fiaura 69. Mezclados y desplazados los estratos 1 y 2 pierden sus superficies y, por lo tanto, su identidad y se homogeneizan en el nuevo estrato 3, identificable gracias a su superficie. ojos hacia arriba, mientras su mitad inferior estd limitada por una membra- na clara que no es una verdadera epidermis. La metdfora del «nacimiento, vida y muerte» de un estrato no debe to- marse, como ya hemos visto, como una verdad absoluta, pues éste puede ser objeto de alteraciones (aportaciones, remociones, traslados y modificaciones fisico-quimicas) en cualquier momento sucesivo a una primera aportacién de materia y, por lo tanto, incluso durante su formacién. Los ciclos de deposi- cién y de posdeposicién no tienen que ser sucesivos en el tiempo y pueden combinarse entre sf: un topo no espera para cavar su madriguera a que un es- trato haya acabado de formarse, como ocurre frecuentemente en el humus. Desde esta dptica el suelo no debe verse como algo estatico, sino como una realidad en continua transformacién a causa de los procesos de alteracién de posdeposicién causados por la fauna, la flora, el hielo/deshielo, los movi- mientos de materiales en pendientes debidos a la gravedad, la expansién/con- tracci6n de las arcillas, los gases del suelo, el viento, los fenémenos artesia- nos, él crecimiento y rotura de cristales, la resoluci6n y precipitacion de sales en el suelo, los fenédmenos teltiricos, las formas de degradacién/cambio del es- tado fisico-quimico, la erosién natural, el corte/remocién por parte del hom- bre y el paso de animales y hombres (De Guio, 1988). Los materiales que aparecen sobre la superficie de un estrato y bajo el vo- lumen del que se le superpone son, con frecuencia, de dificil interpretacién. Se pueden atribuir al estrato superior con la ventaja de no contaminar con mate- riales posiblemente més tardfos el inferior, como pasa con las intrusiones. También se pueden atribuir a la vida y/o al abandono del estrato inferior y sim- bolizar, en si mismos, una especie de unidad estratigrdfica sin tierra. A veces los materiales correspondientes a la vida y/o al abandono se superponen y quedan englobados en el nivel superior de un estrato que ha cumplido las fun- ciones de un pavimento de tierra batida (pp. 186 ss.). En tal caso, lo mas pru- dente seria excavar el estrato en dos niveles, el primero con una limpieza enér- gica de la parte superior del volumen y el segundo retirando la parte mas baja (por lo tanto, no contaminada) del volumen del estrato (figura 70). Este es uno de los casos raros en los que un estrato arqueoldgico debe ser excavado en dos niveles por motivos que no son meramente practicos, porque es uno de los po- cos casos en que dos acciones radicalmente diferentes pueden confundirse en lo que parece una sola unidad estratigrafica, que no se puede dividir en dos es- tratos por la homogeneidad fisica de su composici6n. DE LA ESTRATIFICACION A LA ESTRATIGRAFIA 75 Ficura 70. (a) Las tres piezas dispuestas entre los estratos 1 y 3 pueden atribuirse al volumen del estrato 1 y, también, (b) a la vida y/o abandono del estrato 3 y, en dicho caso, determinan, incluso en ausencia de la tierra, el estrato intermedio 2. (c) Si pie- zas correspondientes a la vida y/o al abandono del estrato 3 (por lo tanto, originaria- mente, de un teérico estrato 2) han sido englobadas por apisonamiento en el nivel su- perior del estrato 3, este ultimo deberd ser excavado en dos niveles: 3a (que contiene las piezas del estrato teGrico 2) y 3b (la parte no contaminada de 3). ——_———. ; ] - A fl e d f FiurA 71. Tipos de estrato (unidades estratigréficas positivas): (a) horizontal; (b-f) verticales (rellenos unitarios de fosas, montones, terraplenes, empalizadas y muros). Hasta ahora hemos hablado de estratos horizontales y concretamente de los que son incoherentes y estén formados mayoritariamente por tierra. Pero si un estrato es cualquier acumulacion de materia, debemos aceptar también la existencia de estratos mas o menos coherentes y, por lo tanto, también mas © menos verticales: rellenos unitarios de fosas, montones, terraplenes, empali- zadas y muros (figura 71). Estos tiltimos con sus propias caracteristicas. Cuan- do se trata de muros, generalmente son compactos como piedras y tienen en los lados bordes expuestos que no interrumpen una original continuidad al ser superficies originales del estrato (figura 11). Su volumen dificilmente pue- de ser homogéneo dada la distribucién diferenciada de sus componentes en- tre cimentaciones y alzado, nticleo y paramento, adorno, adentellado y pa- nel, ete.