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Este artículo se escribe en vísperas de una crisis, a diez años de otra crisis, a unos

veinte años de otra, y así se podría continuar por más de siete décadas.

Tenemos hoy un gobierno que dice habernos sacado del desastre del modelo
económico de la década anterior, aquel modelo que nos habían dicho ser necesario para
sacarnos del desastre del modelo económico que le precedió. Un gobierno que dice
solucionar los problemas del país re-estatizando lo que el anterior gobierno había
privatizado, también para solucionar los problemas del país.

El actual gobierno construye un estado de bienestar sustentado en subsidios a la
actividad industrial y de consumo. Gracias a estas políticas activas, más un buen
contexto internacional para la colocación de nuestras materias primas, se logró una
rápida salida de la debacle económica del ciclo anterior. Algo parecido había sucedido
en el período anterior donde gracias a una agresiva política de privatizaciones y de
promoción de la inversión extranjera, se había logrado una rápida salida de la debacle
económica de fines de los ochenta.

En los primeros años del presente modelo económico, la gravedad de la recesión del
ciclo anterior, la heredada tasa de desempleo y una enorme capacidad industrial ociosa,
permitieron a la economía nutrirse de los subsidios y fortalecerse, sin que dicho
fortalecimiento derive en inflación. Sin embargo, el exceso de estas políticas de
subsidios, aun después de finalizada la emergencia, nos llevaron como no podía ser de
otra manera a un escenario de alta inflación. Para explicar esta causalidad necesaria,
imaginemos un ejemplo tan simple como que en una villa todos los vecinos pasen a
duplicar sus ingresos en forma permanente. Inevitablemente el kiosquero, la parrilla y
el almacén del barrio, aumentarán proporcionalmente sus precios.

La inflación es una enfermedad que acarrea un sin número de síntomas. La
expectativa de desvalorización de la moneda nacional frente al valor de los demás
bienes y servicios, lleva a las personas a intentar desprenderse de sus pesos adquiriendo
bienes, o adquiriendo otras monedas como el dólar cuyo valor adquisitivo se encuentra
inmune de la inflación nacional. Como sé que el auto me saldrá mañana más pesos que
hoy, o lo compro hoy o compro dólares para que cuando decida comprar el auto, esos
dólares sigan siendo suficientes. Para atacar este síntoma el gobierno nos impone el
cepo cambiario.

El aumento de los precios internos de bienes y servicios transforma a la economía
nacional en anticompetitiva frente a las economías de los demás países. Por un lado,
este síntoma restringe nuestra capacidad de exportar porque nos volvemos caros. Por el

otro, nos induce a importar productos más baratos. Para atacar ese síntoma, el gobierno
impone las restricciones a las importaciones, y se ve forzado a continuar con los
subsidios para mantener la rentabilidad de las empresas y el poder adquisitivo de la
clase trabajadora.

Como la droga, la inflación obliga a cada vez más subsidios y restricciones para
ocultar sus síntomas. A la medida que continua la política de subsidios, la inflación
continuará aumentando haciendo cada vez más difícil los ataques contra sus síntomas.
Además, la continuidad de la política de subsidios exige la continuidad de su
financiamiento a través de la política de apropiación de riqueza, ya sea vía los derechos
de exportación sobre los commodities, la pesificación y congelamiento de tarifas
energéticas, la nacionalización de los fondos privados de nuestras jubilaciones, la
expropiación de YPF, la intervención en el mercado de capitales y de seguros, etc.

Todas estas apropiaciones de riqueza conllevan un alto precio a pagar en el futuro.
El congelamiento de tarifas energéticas, nos dejará sin reservas hidrocarburíferas. La
nacionalización de los fondos privados de jubilaciones, comprometerá dolorosamente
las obligaciones impositivas de nuestras generaciones futuras. La intervención de las
empresas de seguros llevará al Estado (o sea nuestros bolsillos) a hacerse cargo de sus
pasivos.

¿Qué es lo que hace a nuestro gobierno insistir con una política inflacionaria de
subsidios, limitándose torpemente a atacar sus síntomas y continuar apropiando riqueza
en perjuicio de nuestras generaciones futuras?

Muchos dirán la corrupción o la ideología. Sus defensores, dirán la defensa del
pueblo frente a los poderes económicos, el imperialismo y el capitalismo explotador.
Ninguno tiene razón. Somos nosotros los argentinos quienes recurrentemente forzamos
a los gobiernos a insistir en políticas de bienestar cortoplacista que nos llevan a los
recurrentes ciclos de súper bienestar seguidos de debacle.

Para entender esta difícil realidad analicemos por qué no aceptaríamos hoy tomar el
único remedio contra la inflación, y así evitar la próxima e inminente crisis. Este
remedio es terminar con la razón de la enfermedad: La política de exceso de subsidios.

Pero terminar con los subsidios implica dolor, un dolor que los argentinos no
estamos dispuestos a tolerar, salvo que lo tenga que sufrir otro que no sea uno. Un
dolor que ningún político está dispuesto a ofrecer porque sabe los argentinos no
estamos dispuestos a tomarlo, aún después de haber crecido por casi una década y
continuar en un escenario mundial que nos favorece. En la hipótesis descabellada que
este gobierno diga basta de subsidios, aun cuando lo hiciese distribuyendo justamente el
inevitable dolor asociado, lo botaríamos unánimemente al tacho como hicimos con
López Muphy después su discurso de marzo de 2001. Lo mismo le hubiera sucedido a

Menem si en 1998 hubiese abandonado la convertibilidad, o al menos aceptado una
devaluación de la paridad convertible, de forma tal de mantener la economía argentina
competitiva frente a la devaluación de Brasil de ese año.

Esta necesidad de bienestar inmediato e intolerancia al esfuerzo con miras al largo
plazo, es la razón que desde hace varias décadas nuestros políticos (incluyendo los
autoconvocados) se alternan en ciclos de bonanza transitoria que siempre terminan en
crisis. Somos nosotros los que pedimos a nuestros gobernantes recetas de bienestar
fácil e inmediato a costa de nuestro futuro, y el nuestros hijos y nietos.

Esta adicción llevó a los ciclos "neoliberales" a emborracharse de deuda externa,
sobrevaluando la moneda nacional para sostener un bienestar sustentado en el ingreso
de capitales. Un ingreso de capitales cuyo único fin fue sostener un bienestar
inmediato, para luego terminar en el default privado de 1981 o el default de la deuda
pública del año 2001. Un ingreso de inversión extranjera a quien no le exigimos que
impulse un proceso de industrialización que nos coloque en una posición competitiva
en el mundo, como planificó China cuando abrió su economía a la inversión extranjera.

De la misma manera, los ciclos de subsidios para la "inclusión social, fomento del
consumo interno e industrialización" se contentan con generar un bienestar de corto
plazo, que deriva en la inflación que nos llevó y nos llevará una vez más a una
devaluación que licuará todo el falso poder adquisitivo logrado con la magia de la
política de subsidios. Un régimen de subsidios a quien nadie le importa si se destina a
financiar el déficit de aerolíneas argentinas o Fútbol Para Todos, en vez de generar una
genuina industrialización, creando empresas que salgan a competir al mundo como lo
logró Brasil con la emblemática Embraer. Justamente usamos los subsidios para
comprarle a Brasil aviones Embraer, y para comprar gas natural importado impulsando
la exploración en otros países en vez del nuestro.

Los argentinos nos alternamos en distintos modelos económicos, que comparten el
mismo vicio. Están hechos para nuestro bienestar del corto plazo a costa de nuestro
bienestar de largo plazo. Pedimos y exigimos a nuestros gobernantes que seamos
permanentemente drogados con recetas que nos hagan sentir bien a través de un
bienestar artificial sin importar las consecuencias futuras. Y una vez que aparecen las
inevitables consecuencias de ese bienestar artificial, nos comportamos como un
drogadicto que solo cambia de proveedor y de substancia, pero que nunca acepta
enfrentar la cura.

Si es que queremos cambiar, tengamos bien presente que desde hace varias décadas
venimos empobreciéndonos en comparación con otros países latinoamericanos y que
nuestro diagnóstico es similar al de un drogadicto. Podemos saber y tener muchas ganas
de cambiar, pero si no asumimos el dolor inherente a la cura, seguiremos alternando
entre ciclos formalmente antagónicos, pero que en esencia comparten el mismo vicio:
son un carísimo calmante que nos hacen día a día más enfermos.

Noviembre, 2012

Pablo Rueda
Abogado
Autor del libro "Manifiesto Capitalista Revolucionario"