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Cait London

3º MacLean

e e p p e e r r f f e e c c t t

El padre perfecto (1994) Título Original: The daddy candidate (1991) Serie: 3º MacLean Editorial: Harlequin Ibérica Sello / Colección: Tentación 471 Género: Contemporáneo Protagonistas: Max Van Damme e Irish Dalton

Argumento:

Un momento de pasión con Max Van Damme cambió la vida de Irish.

No entraba en sus planes tener un hijo, pero se alegró cuando supo que estaba embarazada, aunque el niño nunca llegaría a conocer a su padre.

Lo malo era que Max no pensaba de la misma manera. Cuando se enteró de que iba a tener un hijo, se fue a vivir con Irish a la posada que ella regentaba en Colorado. Y no solo eso, también quería casarse.

Pero Irish no podía aceptar, él era un hombre inquieto, no podía permitir que destrozase su vida solo porque había cometido un error.

Cait London – El padre perfecto – 3º MacLean

CapítuloCapítuloCapítuloCapítulo 1111

—Maxwell Van Damme… ¡Vaya individuo! Seguro que la señora Abagail LaRue Whitehouse no lo habría invitado a su burdel para que se divirtiera —dijo entre dientes Irish Dalton antes de colgar el teléfono.

Se obligó a respirar con calma, aspirando el aire fresco que entraba por la ventana abierta. Esperaba que la brisa de Colorado la tranquilizara, cosa que no había logrado el aroma de los panecillos integrales de canela que llegaba de la cocina.

Irish tamborileó con los dedos en el antepecho de la ventana. Van Dame no tardaría en llegar. Estaría allí exactamente dentro de una hora y veinticinco minutos.

A juzgar por su voz, Irish supuso que Van Damme era muy parecido a Mark, su exprometido. Inquebrantable, incluso en momentos emotivos, tenía cables en lugar de venas, impulsos electrónicos en lugar de latidos cardíacos. Un niño que jugara con perritos no podría alegrar su corazón. Sin duda, los gatitos huían para ponerse a salvo al verlo.

Irish frunció el entrecejo y juró proteger su balneario y posada. Originalmente un burdel, durante años la posada y el terreno que la rodeaba habían proporcionado descanso y atención a aquellos que tenían preocupaciones. Ciento treinta años antes, los mineros de Colorado sabían que podían ir al burdel de madame Abagail en busca de comprensión. Abagail se había interpuesto entre sus dos amantes durante un duelo, recibió las balas mortales y expiró en su elegante boudoir de terciopelo rojo. Pero Irish estaba segura de que, ni siquiera Abagail, con su amoroso corazón, habría podido conmover a Maxwell Van Damme.

A Irish le gustaba pensar que la señora todavía vivía en la posada y que se paseaba por las habitaciones restauradas envuelta en una nube de perfume.

—Un hombre acostumbrado a ganar; se quedará aquí una semana, no más de dos —dijo Irish, repitiendo las palabras de Van Damme—. Cree que puede sistematizar y aplastar mi negocio. Mi hermana está detrás de todo esto —agregó, impaciente, mientras miraba por la ventana—. Katherine MacLean, abogada de los desvalidos —murmuró—. Siempre he tenido la impresión de que quiere vengarse de mí porque le busqué novio… y ahora cree que ha llegado el momento de pagarme con la misma moneda.

Hacía seis años que Irish decidió que Katherine y J.D. MacLean, con quien su hermana había tenido una desastrosa aventura muchos años antes, se necesitaban mutuamente. Iris llamó a J.D. para que la ayudara a salir de un apuro financiero y Katherine se puso furiosa con su hermana cuando se enteró. Ahora los MacLean tenían dos hijos: Travis y Dakota, una hermosa niña de cuatro años.

J.D., un hombre moreno que hacía resaltar la elegancia de la rubia Katherine, era también socio comercial de Irish. Dos semanas antes, J.D. la había llamado para decirle:

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—El negocio ha crecido mucho y tu sistema de contabilidad se ha quedado anticuado. La temporada invernal de esquí está registrando tanto beneficio como el verano. Tienes huéspedes que han vuelto y una larga lista de espera.

—¿Y? —preguntó ella—. Siempre hemos logrado salir adelante ¿no? Además, ahora Jeff está mejorando las cosas…

El nombre del administrador de la posada permaneció suspendido en el silencio un momento, antes de que J.D. respondiera.

—Me parece que el negocio se encuentra ahora en un momento crucial. Yo no puedo ocuparme de todo. Necesitamos un experto, de manera que he llamado a Maxwell Van Damme.

—Entonces vas a mandar a un profesional ¿verdad?

—Max o Katherine. Elige.

—Vaya

elección.

Manda

al

profesional.

Katherine

no

tiene

ni

idea

de

contabilidad.

Ahora, mientras esperaba que Van Damme llegara, Irish murmuró:

—El pensar que… que ese hombre invadirá mi casa, que meterá su nariz en mis asuntos y que se meterá en todo lo que hagan mis empleados, me pone mala. Asentir con la cabeza y sonreír, eso es lo que haré. Luego, después de que se haya ido, volveré a poner las cosas en su sitio. Él no va a poder mejorar absolutamente nada — dijo Irish, refunfuñando y mirando por la ventana—. No pienso dar a mis huéspedes comida preparada ni verduras congeladas.

Irish volvió a mirar por la ventana. Granny, encorvada a causa de la edad, caminaba lentamente por los campos de maíz, examinando los brotes verdes. Granny y su esposo, Link, habían escapado de un asilo de ancianos y llegaron a la posada un día después que Irish.

—Venimos a trabajar, señorita —había dicho Granny—. Link y yo somos demasiado jóvenes para vivir en un asilo. Además, no es correcto que una mujer soltera viva aquí sola —dijo ella, mirando a Irish de arriba abajo. Luego sonrió—:

Trabajaremos para ganarnos el sustento. ¿Podemos quedarnos?

Ahora la posada era su hogar. Nadia fue la siguiente nueva integrante de la familia de Irish. Era una adivina, exalcohólica, antigua artista de cabaret. Estaba destrozada cuando Irish decidió darle una oportunidad. Ahora, Nadia comía una manzana mientras charlaba agradablemente con una pareja de mediana edad acerca del divorcio. Nadia sabía lo que calmaba a los corazones compungidos, de manera que aplicaba su trabajo como un bálsamo.

Irish apretó los labios y se preguntó si los profesionales como Van Damme eran capaces de sonreír.

—Van Damme —murmuró—. Parece un perro danés. Seguro que no tiene sensibilidad, que piensa que el dinero es más importante que el amor.

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La imagen del hombre calculador fue sustituida por la de otro hombre. Irish pensó en Mark. Suspiró y cerró los ojos, haciendo caso omiso del resoplido del nuevo calentador de agua que amenazaba con explotar.

Hacía siete años y medio que había roto con Mark, tras cinco años de relaciones. Existían demasiadas diferencias entre los dos, aunque Irish había intentado con todas sus fuerzas adaptarse a él. El título en economía doméstica que ella tenía no la había preparado para el empleo de oficina que él insistió en que aceptara. Mientras Irish se encargaba de los archivos y la mecanografía, Mark era feliz. Pero cuando él le ordenó que se sometiera a una operación que la volviera estéril, ella decidió que prefería una casa llena de niños. Recogió sus cosas favoritas, sus tarros de hierbas y se fue.

Irish legó a Mark su colchoneta y sus cintas de ejercicios para adelgazar caderas. Pero recogió su título en economía y se fue en busca de trabajo.

Se enamoró de la casa de Abagail desde el momento en que la vio por primera vez. Abandonada y con las ventanas rotas, la posada brillaba bajo el sol de Colorado.

Echó mano de sus escasos ahorros, obtuvo un préstamo bancario y compró la casa. Ahora, las habitaciones restauradas estaban llenas de muebles antiguos y la «Posada de Abagail» figuraba entre las principales en los catálogos de balnearios.

Olvidando su sombrío estado de ánimo, Irish sonrió al ver a un matrimonio, ambos ejecutivos, besándose y hablando en voz baja como adolescentes enamorados por primera vez. La pareja estaba sentada en un banco de madera, cogidos de la mano.

Sonrió pícaramente al ver a otra pareja besarse a la sombra de un sauce llorón. En el verano la posada se llenaría de parejas de enamorados. Cuando los Romaine llegaron a la posada, la señora Romaine le dijo que necesitaban tiempo para estar solos, lejos de sus tres hijos, pero tenían poco dinero y solo podrían quedarse una noche. Llevaban más de una semana porque, cosas de la vida, la posada les ofrecía quince días gratis por ser los clientes número mil.

La gente necesitaba cariño y comprensión, pensó Irish, y decidió pensar después en Maxwell Van Damme.

Maxwell Van Damme echó un vistazo por el espejo retrovisor de su automóvil; luego, aceleró para adelantar a una camioneta. Una vez en la curva ascendente y sinuosa, se permitió disfrutar de la potencia del Porsche que se deslizaba por la carretera y cruzaba las Rocosas de Colorado. Volvió a cambiar de velocidad.

Mientras deslizaba la mano por el volante, Max saboreó la respuesta del potente motor. Le encantaban los coches potentes y disfrutaba manejando todo tipo de máquinas y artilugios mecánicos, cuanto más sofisticados, mejor.

Una cierva y su cervatillo observaron al automóvil desde la protección de un matorral. Max sonrió. La cierva, que parecía proteger a su cría, le recordó la descripción que Katherine MacLean había hecho de su hermana.

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—Irish es tan cariñosa que no se da cuenta de que la gente que ha reunido en la posada está aprovechándose de ella. Tiene treinta y tres años, pero se comporta como una niña.

Max metió una cinta de Bach en el sofisticado sistema de sonido del Porsche. Llegaría a Kodiac y a la «Posada de Abagail» dentro de veintidós minutos exactamente. Se acomodó en el asiento y dejó que la música clásica llenara sus sentidos.

Le gustaba la buena música, el buen vino y la comida sabrosa. Pensaba disfrutar de las tres cosas después de modernizar las ventas y los sistemas de reservas de una popular cadena de apartamentos en Tahoe. Había descubierto el sistema de alquiler perfecto; además, los apartamentos estaban magníficamente equipados, sobre todo en la cocina, con todo tipo de electrodomésticos. A Max le encantaba preparar sus recetas favoritas y cocinar sus platos preferidos.

Pero J.D. le pidió un favor y Max accedió. Sonrió. J.D. era lo más parecido a una familia que él había tenido. Años atrás, él se había visto envuelto en una pelea brutal, y J.D. había luchado a su lado, espalda con espalda, contra ocho hombres.

Echó un vistazo a un letrero que indicaba: «Posada de Abagail. Balneario. Nos encargamos de usted». Torció una curva que se deslizaba bajo la sombra de majestuosos abetos.

Max pensó en la tarea que le esperaba. Al parecer, Irish Dalton manejaba su posada con todo el aplomo de una niña chupándose el dedo y cogiendo tulipanes. Preocupados por ella, J.D. y Katherine le habían pedido a Max que estructurara un sistema de contabilidad para la posada. Los MacLean le advirtieron que no sería fácil. Irish tenía unas ideas muy particulares acerca de la gente que había acogido bajo su protección.

Hizo una inspiración profunda y puso atención a la melodiosa música mientras pensaba en Irish Dalton, socia y propietaria del balneario y la posada. Recordó el tono animado de ella cuando contestó al teléfono. Pero ese tono agradable cambió de repente una vez que él le informó que era Max Van Damme.

—Sé quién es usted y a qué se dedica, Max —había dicho ella—. Lo esperamos. Puede quedarse aquí. Incluso puede curiosear un poco. Tenemos unos cuantos huéspedes, así que supongo que no causará muchos problemas. Pero no le comente, repito, no le comente a ninguno de mis empleados la razón de su estancia aquí. Si lo hace, lo despido —terminó alegremente antes de colgar.

Max redujo la marcha del automóvil al llegar a los límites de Kodiac y enseguida advirtió el ambiente típicamente del oeste. Vio la gasolinera, el café y la tienda, así como algunas casas rodeadas de amplios jardines y cercas de postes. Aminoró todavía más la velocidad del Porsche cuando un niño atravesó a caballo la calle, seguido por dos niños más pequeños, que lo miraron con cautela.

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Mientras contemplaba las montañas que rodeaban el valle, confió en que hubiera tranquilidad en la posada y en que no hubiese niños.

Una mariposa revoloteó por un arriate de flores, lo cual le hizo recordar a Dakota, que nunca se quedaba mucho tiempo en un sitio. Los hijos de los MacLean reflejaban el amor que les profesaban sus padres, de manera que daban abrazos y besos sin reserva. Al principio Max se sentía incómodo, pero ahora le encantaba visitar la casa de los MacLean.

Aunque disfrutaba de los hijos de J.D., a Max no le gustaba el papel de padre. Hacía años que no veía a sus propios padres. Elena y Franz Van Damme, científicos, se olvidaron de su hijo el mismo día en que nació.

Volvió a sonreír al recordar la época dorada en que aprendió a amar, a los diecinueve años, en los brazos de una mujer mayor. Después de una serie de encuentros amorosos, logró madurar. Deseoso de afecto, pensó que había encontrado el amor. Sin embargo, Natalie solo buscaba un esposo, y el joven Max no satisfacía los requisitos.

Por despecho, y decidido a tranquilizar su masculinidad dañada, Max se casó con Jennifer, una agente de Bolsa. Durante siete años ella apoyó sus estudios y su carrera. Las necesidades de él parecían ser las de ella y ninguno de los dos deseaba tener hijos. Ella era la esposa perfecta y, además, una mujer de negocios. Max pensaba que el matrimonio duraría para siempre.

Pero las necesidades de Jennifer eran mayores. Una noche en que Max regresó a casa de improviso, encontró a su esposa en los brazos de su amante, el mejor amigo de él. En la escena que siguió, Neil resultó con la clavícula rota y dos costillas astilladas. Max quedó aturdido a causa de las emociones que experimentó… no le gustaron. Pasó un año sobreponiéndose al dolor, tratando de olvidar lo sucedido.

Al torcer una curva, Max divisó la posada, rodeada por una cerca blanca de postes que necesitaba pintarse. La imagen borrosa de Jennifer y Neil, envueltos en las sábanas, apareció un instante en el momento en que contempló la propiedad de Irish.

Los cien acres de campos y laderas para esquiar se extendían alrededor de la posada, rodeándola como una casa de muñecas sobre una manta de trozos de varios colores. Luego de fijarse, distraído, en las mecedoras alineadas a lo largo del porche principal y en la pareja de edad avanzada que ocupaba dos de ellas, Max aparcó su automóvil junto a la puerta principal.

A través de la ventanilla del Porsche, vio a un hombre vestido con ropa de trabajo apoyado en el tronco de un arce. El hombre echó un vistazo a Max y luego continuó mirando a una mujer arrodillada en un jardín recientemente arreglado. El hombre dijo algo y la mujer se puso de pie. Se limpió las manos en los pantalones sucios que llevaba y miró a Max. La joven encajaba en la descripción que Katherine le había hecho de Irish.

Irish dijo algo al hombre; luego, con cuidado, se abrió camino por entre el laberinto de senderos del jardín hacia Max. Se detuvo de pronto, echó un vistazo a un nuevo macizo de plantas y se inclinó para ocuparse de ello.

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Max guardó sus gafas en el bolsillo de su camisa. Ella no parecía contenta; parecía una tigresa acechando a un depredador que se había acercado demasiado a su cachorro.

Parecía muy apasionada.

La idea sorprendió a Max. Irish le recordaba los acordes apasionados de Tchaikovski, antes que la música suave de Bach. Se movió, inquieto, no sabía por qué había comparado a Irish con la música de sus compositores favoritos.

Pero mientras ella caminaba hacia la puerta principal, el sol de la tarde produjo chispas rojizas en su pelo rubio, rizado y corto. Max tuvo ante sus ojos una imagen de animación y luz, luz del sol y sonrisas, todo al mismo tiempo. La camiseta y los pantalones vaqueros que ella llevaba estaban gastados, aunque Max admiró de mala gana sus suaves curvas.

Luego volvió a mirarla a la cara. Irish tenía un rostro típicamente estadounidense, con ojos grandes y azules y mandíbula fuerte. Su nariz impertinente hacía juego con sus pecas, y sus labios suaves y vulnerables hicieron a Max pensar en las fresas de California.

Intranquilo, apartó la vista de la camiseta de ella cuando Irish saltó la hilera de peonias que bordeaban el camino, el cual, a su vez, conducía a la casa. Avanzaba como una atleta y el logotipo de la posada ondeaba sobre sus senos. Distraído por un momento, Max pensó que eran unos senos bonitos. No demasiado grandes, ni demasiado pequeños.

Apretó el volante. Esos senos cabrían perfectamente en sus manos…

Sorprendido por el rumbo que habían tomado sus pensamientos, Max tragó saliva para humedecerse la garganta seca. Siempre existían razones que explicaban sus emociones. De pronto, recordó que llevaba algún tiempo sin mantener relaciones sexuales y se tranquilizó por haber encontrado una explicación razonable a su extraña reacción. Pero entonces ella levantó la mano para apartarse un rizo dorado de la cara. El movimiento provocó que la camiseta que llevaba se deslizara un poco hacia arriba, poniendo al descubierto una estrecha cintura que acentuaba sus redondeadas caderas.

Max frunció el ceño y descendió del automóvil. Se movió con desasosiego y estiró los acalambrados músculos. Percibió una clara tensión sexual. La idea lo inquietó. Desde que dejó a Jennifer, había ejercido un perfecto control sobre sus emociones y su cuerpo.

Apretó los labios. Era evidente que el cansancio estaba afectándole.

Irish Dalton tenía ese aspecto apacible que los padres de él clasificaban como un buen potencial para convertirse en una buena madre. Luego, a Max se le ocurrió otra idea: se preguntó, con emoción intensa, si Irish Dalton tendría un amante que le besara las pecas y que probara la luz del sol atrapada en las puntas plateadas de sus pestañas rubias.

Con su acostumbrada disciplina, Max se obligó a prestar atención de nuevo a la posada.

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* * *

Irish apretó los labios al ver cómo ese intruso contemplaba su querida posada.

«Van Damme no despedirá a ninguno de mis empleados. No cambiará ni una losa del suelo, ni una sola cortina de las ventanas».

Irish sonrió y echó un vistazo al automóvil de él, inmaculadamente pulido, que se encontraba bajo la sombra de un árbol. Si Van Damme dejaba su vehículo allí, toda la tarde, los pájaros se encargarían de decorarlo.

El Porsche negro representaba a Maxwell Van Damme. El «Caballero Negro» en una misión. Tenía un aspecto impecable, cejas negras y gruesas y unos labios que no sonreían. Cuando fue al encuentro de ella, a Irish no le gustó nada su estatura, su presencia; tampoco la seguridad que caracterizaba todos sus movimientos.

Irish apretó los puños. El propósito de Van Damme era entrometerse en su negocio, de manera que ella pensaba que debía centrar todos sus esfuerzos en impedírselo.

Él parecía exactamente lo que era; un hombre de negocios en cuya vida no existían la cordialidad ni el afecto. Examinó el rostro bien afeitado, los despiadados ojos marrones que juzgaban y examinaban detenidamente todo lo que veían. Parecía tenso, como si estuviera desesperado por cumplir su misión y marcharse en su reluciente automóvil.

Irish echó un vistazo al vehículo. Tal vez lo quería tanto como ella quería a su posada. Después de todo, también los profesionales merecían tener sus pasiones.

Pero algo le decía que ese hombre no tenía ninguna pasión, que Maxwell Van Damme nunca había conocido el verdadero amor.

Dudaba que alguna vez el viento hubiera despeinado su pelo castaño; dudaba que riera con naturalidad o que alguna vez hubiera llorado de emoción.

Se preguntó quién y qué lo hacía sonreír.

—Hola, Max —dijo ella, tranquila, sin dejar de mirarlo a los ojos—. ¿Tiene hambre?

Él la miró con cautela, como si Irish fuera una arruga que tuviera que hacer desaparecer de su traje. Max requería atención, pues parecía un muchachito perdido, pensó ella. Esbozó una sonrisa.

Instintivamente, Irish colocó su mano limpia sobre el antebrazo de Max y sintió que sus músculos se contraían. Él se apartó un centímetro y entonces Irish supo con certeza que era ella quien debía hacerse cargo de Maxwell Van Damme… aunque él fuera a cumplir una misión devastadora.

—Estoy bien, gracias —respondió él, inclinando la cabeza. Irish notó la textura áspera de su voz. Max vaciló un poco, luego extendió la mano. Era un hombre cauteloso que iba por la vida dando cada paso con cuidado.

Ella le sonrió.

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Cuando Irish se acercó, percibió el olor masculino de la loción y el jabón caros.

Y cuando la mano de él envolvió la suya, más pequeña, ella se sintió segura. Max le

soltó la mano inmediatamente. Irish retrocedió, metiendo los dedos de los pies en la

hierba calentada por el sol y apretando las manos a su espalda, con inocencia. La mano de Van Damme era grande y se acoplaba perfectamente a la suya.

Traviesa, Irish se preguntó si Van Damme se permitía alguna vez perder el control de sí mismo. Echó una ojeada al estómago de él y decidió que Van Damme nunca excedía los límites de nada.

Max miró la palma de su mano y frunció un poco el ceño; luego sacó del bolsillo un pañuelo cuidadosamente doblado. Irish se sintió culpable por haberle manchado

la mano.

—Espero que disfrute de su estancia aquí, Max. Lo llevaré a su habitación para que pueda descansar antes de la cena. Tendremos pastel de manzana como postre y uno de los huéspedes está preparando ahora el helado. Según la receta, se utiliza leche fresca y huevos de granja. Si sigue usted algún régimen alimenticio, hágamelo saber por favor —dijo ella, mientras él contemplaba la posada y se limpiaba la mano.

—Eso me parece bien —dijo él con el mismo tono despectivo.

Mientras Max se dedicaba a instalar un sistema eficiente de contabilidad para ella, Irish le proporcionaría la cordialidad que tanto necesitaba. Le trataría bien, le diría que sí a todo, y procuraría que se marchase lo antes posible y cuando él se fuera en su elegante automóvil, ella se quedaría en la posada, manejando el negocio como siempre lo había hecho.

—El servicio de lavandería es gratuito —dijo ella, cogiendo el pañuelo que él tenía en la mano—. Espero que le guste la comida sana. Es nuestra especialidad en la posada.

—Cualquier cosa que esté en el menú me parecerá bien —dijo Max, dirigiéndole una mirada sombría; luego echó un vistazo, suspicaz, a las ramas de los árboles. Irish lo miró y, repentinamente, sintió deseos de acariciarle las cejas, el cuello…

Tragó en seco, alarmada por su reacción ante ese hombre. Desde luego, era muy apuesto…

Cuando Max se volvió para contemplar el balneario y los campos que lo rodeaban, Irish contempló su espalda.

Desde los amplios hombros hasta la bien proporcionada cintura, Maxwell Van Damme parecía… provocar deseos de tocarlo. Meditó sobre esa idea y luego miró sus largas piernas. No dudaba de que en el primer momento que tuviera libre, Max limpiaría con esmero sus zapatos italianos para quitarles el polvo.

A pesar de su profesión, el cuerpo de Max parecía fuerte y en forma. Eso no significaba que estuviera interesada en él como hombre. Ya había tenido bastantes problemas después de su separación de Mark.

Irish se encogió de hombros y pensó en los hombres por los que había sentido afecto. Le gustaba ir a cenar o al cine de vez en cuando y después despedirse con un

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inocente beso de buenas noches. Le gustaba el olor de la loción para después de afeitar y bailar en las discotecas.

Max parecía más bien de la clase de los que preferían bailar el vals en un salón; refinado, elegante, imperturbable. Sin embargo, algo latía debajo de la superficie, quizás fuera más apasionado de lo que aparentaba.

Max relajó los músculos, con lo cual la tela de la camisa se puso tensa. Irish sintió el deseo de acariciarlo.

Mimi, una gata que había sido madre varias veces, caminó desde el porche hacia Max. Se detuvo y se apoyó en él. El felino frotó el cuerpo contra las piernas de Max y ronroneó como si hubiera quedado satisfecha.

Max dirigió a Mimi su típica mirada con la que parecía decirle que se fuera. La gata le miró y movió la cola. Max la apartó un poco y Mimi volvió a apoyarse contra él sin dejar de ronronear.

Max vaciló, se inclinó y rascó al animal detrás de la oreja. Mimi es muy amistosa —dijo Irish, divertida, mientras Max seguía con la mirada a la gata—. Venga conmigo, Max. Le he preparado una bonita habitación.

Max se sintió como si hubiera recibido una bofetada. No estaba acostumbrado a que lo trataran con condescendencia; tampoco a que le dieran órdenes.

Irish se volvió y empezó a caminar por el sendero de ladrillo hacia la posada, dejando que él la siguiera. Saludó con la mano a un niño que pasaba y trató de no sonreír. Maxwell Van Damme no tocaría su negocio, pero disfrutaría de su estancia allí, se prometió ella. J. D. y Katherine le habían enviado alguien a quien cuidar, pues si alguna persona necesitaba que ella la cuidara, esa persona era Max.

Max caminó detrás de Irish, atraído por los pasos seguros de ella y la intrigante suavidad de sus caderas. De mala gana, disfrutó contemplando los seductores movimientos de Irish, como si estuviera escuchando la música de Bach. Un olor conocido la seguía: el de la canela y el pan recién horneado, así como un seductor y evasivo olor femenino y cálido.

Sorprendido por el curso de sus pensamientos, se obligó a alzar la vista, y entonces se fijó en las estrechas caderas de ella y en la delicada curva de sus hombros.

El sol de la tarde jugó con sus abundantes rizos, de modo que Max tuvo la impresión de ver polvo de oro sobre su cabeza.

Frunció el ceño al recordar la descripción que Katherine había hecho de su hermana: «Irish es mágica, pues le cae bien a la gente y los hace sentirse bien».

Frunció más el ceño. Nadie le había caído realmente bien desde su infancia Casi podía sentir que lo envolvía con sus brazos.

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¿Por qué deseaba apretar sus labios contra los de ella y tomar todo lo que Irish pudiera darle?

¿Por qué deseaba que su suavidad lo envolviera, abrigándolo y aliviando la tensión?

¡Maldición!

Durante una fracción de segundo, Max necesitó lo que ella podía darle…

Luego Irish se detuvo, lo miró por encima del hombro y abrió los labios para decir algo. Sus ojos azules parecían reír. Max se hundió en ellos.

Se miraron a la cara un momento, luego Irish abrió desmesuradamente los ojos. Max se acercó, deseando inhalar el olor a flores, deseando…

Podía sentir que la pasión se deslizaba por su cuerpo como una serpiente. Hacía años que no experimentaba ese deseo tan intenso.

Irish palideció. Parpadeó un poco. Max supo que ella sentía la intensidad, el calor que lo envolvía.

Ella se pasó la punta de la lengua por el labio inferior para humedecerlo y la oleada de deseo paralizó a Max. Deseaba tenderla sobre la hierba y…

En ese instante, supo que la piel de ella estaría tan tersa como los pétalos de una rosa. Olería como el dulce aire de la montaña y las sensuales y exóticas brumas. En ese mismo instante, supo que la deseaba como nunca había deseado a otra mujer.

A pesar de que hacía un día muy caluroso, ella se estremeció y se apartó de él. El sol se reflejaba en su pelo y tenía las mejillas encendidas. Max la miró con avidez.

Irish le dirigió una mirada de majestuoso hastío.

—No, Max —dijo, tranquila, y se alejó.

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CapítuloCapítuloCapítuloCapítulo 2222

Esa noche, sentado a la mesa del comedor, Max contestó a todas las preguntas que le hicieron. La curiosidad en torno a él duró hasta el postre. Luego, pudo dejar de participar en la conversación y empezar a examinar a los huéspedes y empleados. Pero solo se fijó en uno, un vaquero que daba muestras de tener derechos territoriales sobre Irish.

A Max le encantó el pan integral recién horneado y el pollo con arroz. La cocina sencilla, sana y sabrosa iba bien con el ambiente del campo.

Sí, todo estaba muy bueno y Max prefirió no hacer un examen detenido del arte culinario de Irish. Por ser la primera noche, no haría preguntas. Aunque le pareció muy raro que no hubiera ni un olla de cobre, ni un cuchillo en la cocina. En una tienda de San Francisco había visto un hermoso cuchillo, que tenía una hoja ancha apropiada para triturar dientes de ajo… pero él siempre viajaba con pocas cosas. Miró a su alrededor… La gran mesa de roble de la cocina era magnífica…

Max frunció el ceño, pues se dio cuenta de que el ambiente amistoso y los aromas sabrosos lo habían seducido momentáneamente.

Decidió ordenar sus pensamientos mientras saboreaba la fruta del pastel de manzana. Un pedazo de manzana le recordó la caja de zapatos que encontró sobre la cama de su habitación.

La caja de zapatos, que contenía el famoso sistema de contabilidad de Irish, le produjo dolor de cabeza. Irish guardaba pedazos de papel que sin duda habían pasado por una lavadora. Las sumas borrosas de los recibos parecían sacadas de una película de terror.

Varias cartas de distintos bancos, casi todas sin abrir, le indicaron que Irish había aceptado alegremente tarjetas de crédito como si fueran galletas.

Max reprimió el estremecimiento y dejó que la conversación girara en torno suyo mientras ordenaba sus pensamientos. Con malicia, Irish le había entregado también una enorme caja de cartas. Éstas, tan desgastadas y sucias como las facturas, rebosaban agradecimiento. Max consideró que esas cartas estaban destinadas a preparar el terreno para posteriores visitas no pagadas.

Echó un vistazo a los papeles y luego decidió dar un paseo antes de emprender el proyecto con la ayuda de violines y oboes clásicos. Mimi se reunió con él en cuanto abrió la puerta posterior. Con la gata siguiéndolo de cerca, frotándose contra él cuando se detenía, Max dio un rápido paseo por la posada.

Al principio el administrador de la posada se mostró amigable, dando respuestas rápidas e imprecisas a las preguntas de Max. Luego, cuando se vio obligado a hablar de puntos específicos, Jeff cerró la boca y se alejó. Después de tomar unas notas, Max regreso a la posada.

Cortó el segundo pedazo de pastel que Irish colocó delante de él. Era un pastel delicioso con pasta de hojaldre.

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Miró a su alrededor. Veintitrés personas estaban precisamente donde deseaban estar: sentados alrededor de la enorme mesa de madera de la cocina. Irish trataba a cada uno de ellos con una sonrisa y un comentario personal. Aunque no existían lazos de parentesco, ella había formado una familia.

A pesar de que hacía una temperatura muy agradable, Max sintió frío. Así que terminó su pastel. Durante la cena había estudiado a los comensales y había hecho una división entre los huéspedes que pagaban y los que no; luego estaban los que Irish llamaba su «gente». Eran personas sin recursos económicos. Tenía dudas de que la pareja de avanzada edad, Granny y Link, que ayudaban sirviendo la comida, justificaran realmente los buenos sueldos que Irish les pagaba.

Junto a él estaba Nadia, moviendo el brazo para que sonaran sus pulseras. Nadia tenía unos cincuenta años, era regordeta, llevaba ropa de gitana, un chal y pañuelo. Max no le simpatizaba. Ella jugueteó con las cartas del tarot que tenía en el bolsillo y lo miró de manera amenazadora. Invitó a Max a una sesión de tarot, pero él rechazó el ofrecimiento.

Hacía poco que Nadia había sufrido una operación que, por supuesto, había pagado Irish, que también había pagado el audífono de Link.

Max bebió un sorbo del excelente café recién molido y volvió a poner con cuidado la taza en el platito de porcelana rosa. Miró a Jeff, quien, además de ser el administrador, era el que se encargaba de las reparaciones. La finca de Jeff se encontraba en las facturas de reparaciones y en compras discutibles de maquinaria. Max había tomado nota de cifras por el pago de cosas tales como sueldos, notas del taller y una diversidad de trabajos.

Irish extendía cheques para pagar las cuentas, lo cual indicaba dibujando una cara sonriente sobre los recibos. Al recordar el talonario de cheques, de una cuenta indistinta con J.D., Max se estremeció. Él prefería fechas, números de cheque, beneficiario y la cantidad a… «Tubo de azul celeste para Jonathan».

Jonathan, el artista de la posada, miró fijamente a Max. Los lienzos de Jonathan, amontonados en un salón lateral, eran buenos y capturaban las Rocosas con la suavidad de colores de un Renoir. Bajo la protección de Irish, Jonathan no tenía que esforzarse, ni preocuparse por las ventas. En opinión de Max, lo que Irish hacía era estorbar lo que podría ser una brillante carrera.

Irish sirvió más café en la taza de Max y Boonie Riggs le dirigió una mirada sombría. Al parecer, el vaquero estaba un poquito celoso, se dijo Max sonriendo para sí, clavando una fría mirada en el rostro de su rival. Sin soltar el palillo de dientes que tenía en la boca, Boonie echó una mirada de soslayo a Irish, a quien dijo:

—Estás animada esta noche, encanto. Vamos a pasear en la camioneta del buen Boonie. ¿Quieres venir a mi casa a ver la televisión? Estaríamos solos —añadió con un tono sugerente que irritó a Max.

Cuando la mano de Boonie se deslizó alrededor de la cintura de Irish con ademán posesivo, Max pensó por un momento en darle un golpe doloroso de karate en la muñeca. En vez de ello, deslizó el pulgar por el mantel y trituró una miga de pan.

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Los demás huéspedes no captaron la insinuación de Boonie, pero Max sí. Irish sonrió y se inclinó para decir en voz baja:

—No vengas aquí cuando hayas estado bebiendo, Boonie. Sé que lo has pasado muy mal últimamente, pero tendrás que portarte mejor…

—¡Caramba! Podría hacerlo si pasaras algún tiempo conmigo. ¿Es ese fulano, que está allí… —señaló con la cabeza a Max—. La razón de que me evites?

Max echó un vistazo a la mandíbula de Boonie y decidió que el vaquero comprendería mejor las cosas con un puñetazo que con un golpe de karate. Imaginarse el cuerpo de Irish acurrucado contra el del ranchero lo puso tenso. Tratando de alejarse de emociones tan inquietantes, Max miró por la ventana el ganado que pastaba tranquilamente en los campos. Pensó en la música de Bach…

—¿No quiere dar un paseo después de la cena, Max? Ya ha visto los campos, pero me encantaría mostrarle nuestras instalaciones. Es muy divertido enseñar la granja a un huésped que viene por primera vez —dijo Irish, sorprendiéndolo con esos vulnerables ojos azules.

Durante un instante, Max se imaginó un lago cubierto de nieve en la montaña; luego advirtió la mirada amenazadora de Boonie. Miró tranquilamente al otro hombre e hizo una mueca burlona. Boonie frunció más el ceño, pero Max aceptó el desafío inclinando la cabeza. Le agradaba dar al vaquero una impresión equivocada.

Irish le dio unas palmaditas en el hombro. Max se puso tenso y la chica pensó que él se comportaba como si jamás lo hubieran tocado con afecto.

—Se ha portado como un buen chico, Max —le dijo ella al oído—. Me alegro mucho de que haya reconocido la sensibilidad de Jonathan. Nadie aquí conoce su verdadera misión. Excepto quizás Nadia, que es una magnífica adivina —añadió, besándolo en la mejilla—. Gracias. Solo por eso le dejaremos servir el helado.

Max reprimió el deseo de poner la mano sobre su mejilla para atrapar el beso.

El crepúsculo cayó sobre «La posada de Abagail» como un delicado manto. El frío de la montaña se deslizó hacia el valle, llevando consigo los sonidos nocturnos y los fuertes olores de la tierra recién cultivada y los pinos. A lo lejos, los perros ladraron y las vacas llamaron a sus terneros.

Max caminaba al lado de Irish, contemplando los campos y la ladera para esquiar. Guando se fijó en la cerca rota que rodeaba a las vacas, su expresión era indescifrable. Irish llegó a la conclusión de que estaba calculando las pérdidas.

Luego Max alargó el brazo para dar palmaditas a Morticia, la mula. El ademán resultó más un golpecito que una caricia, como si él no estuviera acostumbrado a entregar nada de sí mismo. Guando Morticia alzó la cabeza, Max extendió la mano para rascarle las orejas. El animal parpadeó y levantó el hocico para recibir una caricia. Por supuesto, Max se vio obligado a acariciarla. Irish había observado que era un hombre de muy buenos modales, aunque distante.

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Ella se obligó a dejar de pensar en el pecho de Max. El que ese hombre fuera muy atractivo no era asunto suyo.

Aunque estaría más guapo si sonriera alguna vez, pensó ella mientras Max contemplaba el granero. Miró la construcción unos minutos, y luego dijo:

—Necesita un tejado nuevo —señaló con un movimiento de cabeza una silla de montar cubierta de polvo que estaba sobre una cerca sin pintar—. ¿No tienes un cuarto de aparejos?

—¡Caramba, Max! No sabía que fuera una autoridad en graneros —dijo Irish, bromeando. Max no sonrió.

Morticia lo empujó, pidiéndole otra caricia. Sin duda Max era un caballero atento cuando se trataba de mulas.

Era muy guapo, pensó Irish cuando atravesaban los jardines de peonias. Ella miró hacia otra parte, pues sintió el deseo de acariciarle la mandíbula, el cuello.

Se acordó de Mark.

Sintió que se ponía tensa, apartando los recuerdos de su aventura amorosa. En el moderno apartamento en que vivían, Mark programaba sus encuentros de la misma manera sistemática en que preparaba sus informes.

Nadie podía acusarla de no tratar de enamorarse. Había salido con varios hombres y probado una diversidad de besos. Disfrutaba del baile y de sentirse femenina. Lo que sucedía era que no había tenido éxito.

—Es necesario reparar los edificios anexos, Irish —dijo Max como un adulto que habla con un niño—. J.D. tenía razón al preocuparse. Por cierto, no puedo encontrar los recibos de facturaciones adicionales. ¿Dónde están?

—No existen. La gente viene aquí a descansar no a hacer negocios. Trato de ofrecerles lo mejor, de manera que solo tienen que pedírmelo —Irish volvió a enfurecerse al recordar por qué razón se encontraba Max allí—. Estoy segura de que no dejarás de buscar hasta llegar al fondo ¿verdad, Max? Supongo que tu verdadero nombre es el «Triturador», ¿no? —preguntó, sorprendida de hablarle con enojo a un hombre que acababa de conocer—. Tomarás toda la belleza de aquí y la meterás en una computadora. Piensas en los números y no en las personas.

Alzando las cejas con expresión arrogante, Max la miró con tranquilidad.

—¿De veras? Qué interesante. ¿En qué términos piensa el señor Riggs? ¿O es que el señor Riggs piensa? —corrigió con frialdad.

Irish lo miró fijamente a los ojos y advirtió que no estaba de buen humor. Se inclinó, cogió unas flores silvestres y se las llevó a la nariz.

—Ten cuidado, Max —le advirtió—. Podría despedirte. Soy socia con los mismos derechos.

Irish rara vez discutía, de manera que no le gustó la idea de tener que hacerlo. Se dio cuenta de que su amenaza no lo había asustado.

Él esbozó una sonrisa, burlón.

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—Debes despedir al administrador —continuó Max, imperturbable. Alargó el brazo y le rascó las orejas a Mimi—. Comenzaré a estudiar sus cifras esta noche y te tendré un informe por la mañana. También le pediré un informe que incluso un niño podría hacer. Quizás tú misma puedas hacerlo.

Mientras Irish trataba de dominar la ira, Max señaló hacia los Romaine con un movimiento de cabeza.

—Dudo que ellos puedan pagar su estancia. Había otra pareja y la anciana con artritis…

—Los Smythe y Edith Milway —dijo Irish entre dientes, mirándolo airadamente—. Tienen vacaciones gratuitas… ya sabes, con propósitos publicitarios. Me ha ido bien en el negocio, Max. La posada siempre está llena, excepto cuando el tiempo es muy malo y la gente no se siente segura para hacer el viaje…

—La caridad no es igual a los beneficiarios —afirmó Max—. Por cierto ¿tienes la capacidad necesaria para dirigir este lugar?

Irish apretó los puños, entrecerró los ojos y lo miró.

—Es una posada en la que hay zumo de zanahoria y muchas sonrisas, abrazos y besos. Ofrecemos amabilidad, no caridad. Además, yo tengo un título en economía doméstica —no le gustaba que Max la pusiera furiosa—. ¿Tienes algún problema con eso?

Max cruzó los brazos y la miró con paciencia desconcertante.

—Es evidente que no asististe a las clases de contabilidad. ¿Sabes utilizar un ordenador? —Irish tuvo la impresión de que Max estaba dirigiéndole pullas como castigo por haber cometido un delito—. Por cierto, debes llamar a un veterinario — continuó con el mismo tono indiferente—. Morticia tiene problemas dentales y varios caballos necesitan herraduras nuevas. El cereal que se les da no es de calidad y hay que limpiar el abrevadero.

—Los hombres de Jeff se encargan de esas cosas… —empezó a decir Irish acaloradamente; luego vio a Max alzar con arrogancia las cejas—. ¿No lo hacen? — preguntó. Respiró hondo y dijo—: Me haré cargo de ese asunto.

—Procuraré que lo hagas. Dejar de hacerlo también es crueldad contra los animales. No tolero la dejadez —afirmó Max mientras caminaba hacia el tractor que se encontraba cerca del granero.

Irish lo siguió tras dirigir una mirada comprensiva a Morticia. En dos minutos Max había insinuado que ella no era apta para manejar el negocio y la había acusado de crueldad con los animales. Ahora estaba examinando meticulosamente el tractor de la posada.

Max olió el indicador de nivel de aceite.

—Este aceite es viejo. Comienza a solidificarse. Si se le da mantenimiento, el equipo dura más, Irish —dijo, volviendo a meter el indicador de nivel—. Quiero el programa de mantenimiento de cada pieza de maquinaria.

Irish parpadeó.

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—¿Programas?

—Para tu nuevo sistema computarizado —dijo él, sonriente, pagado de sí mismo—, en un dos por tres te instalaré un sistema eficiente. Claro que tendrás que aprender a manejar los ordenadores…

Irish estaba tumbada en su cama, hojeando una revista y murmurando:

—Bancos de datos… sistemas… computadoras…

Por lo general a las once de la noche ya se encontraba dormida, pero Van Damme se había metido por la fuerza en su reino. Respiró profundamente, se acomodó la camiseta que cubría su cuerpo y apagó la lámpara que estaba a un lado de su cama. Le hubiera gustado meter a Van Damme en un armario para que Abagail lo torturara hasta el amanecer.

Dio un puñetazo a la funda de la almohada y luego se cubrió con las sábanas hasta la barbilla. Con el ceño fruncido, miró las sombras de la habitación.

Max recorrió la casa después del paseo. Luego regresó del sótano con una botella como si fuera un premio. Acercándose a ella, levantó la botella y alzó las cejas con expresión burlona.

—Mi favorito. Si no vas a guardarlo, lo añadiré a mi cuenta por un buen precio.

Ella no resistió la tentación de lanzarle pullas.

—¿Has visto algo que te guste?

La sonrisa de él no fue simpática.

—Me gustan las cosas buenas de la vida, y este vino es una de ellas. Me prometí un regalo después de examinar tu tarro de galletas y la caja de zapatos. Por cierto, algunas tarjetas de crédito estaban vencidas.

Él se había instalado en su habitación con la botella de vino y los recibos de ella para sistematizar el negocio.

Irish dio patadas a la cama. Se acostó boca abajo y sintió que el elástico de su pantalón del pijama se rasgaba. Se lo quitó y contempló la noche, iluminada por la luna de Colorado. Descubrió que pensaba en Max mientras él dudaba de su capacidad para dirigir la posada y el balneario.

Cuando Max la hostigaba sus ojos negros parecían divertidos.

—Está decidido a ponerme en un aprieto —dijo al búho que remontaba el vuelo

y atravesaba la luna plateada. Aspiró el aire fresco que olía a lavanda y trató de alejar

a Van Damme de sus pensamientos.

El tejado junto a la ventana abierta crujió. Luego el cuerpo de un hombre penetró en la habitación.

—Hola, señorita —dijo Boonie con voz áspera, olía a whisky—. ¿Me esperabas?

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—¡Boonie, sal de aquí! —dijo Irish, tratando de no alzar la voz cuando él se acercó lentamente a la cama. Aunque sabía que podía arreglárselas con él, no deseaba molestar a los huéspedes.

—Ningún fulano de la ciudad se llevaría a la mujer de Boonie Riggs —dijo él—. Me fijé en la manera en que te miraba. Supongo que ese paseo al granero tuvo un buen motivo.

Irish respiró hondo. Van Damme la había mirado como si ella fuera incapaz de dirigir una posada. Pero sus huéspedes necesitaban silencio. Trató de recordar que el ranchero era un hombre simpático que había tenido algunos problemas económicos y personales.

Ella se levantó de la cama.

—Boonie, siempre has sido bien recibido en la posada. Pero no soy tu mujer.

Boonie se lanzó sobre la cama. Cuando trató de acercarse a ella, Irish retrocedió hacia la puerta.

—Boonie Riggs, domínate —logró decir ella—. Voy a abrir esta puerta y tú vas a salir de la posada. Regresarás cuando te sientas mejor. Te prepararé tu pastel favorito.

Boonie avanzó hacia ella.

—Se me ocurre un postre mejor, encanto.

Cuando llegó hasta Irish, ella abrió la puerta y salió de la habitación. Cerró la puerta y cogió el pomo con las dos manos mientras Boonie intentaba abrirla.

—Silencio, Boonie. Vas a despertar a los huéspedes.

Max miró con el ceño fruncido la puerta cerrada de su habitación. No permitiría que los ruidos que se oían afuera le impidieran escuchar a Rachmaninoff. Subió un poco el volumen de su aparato de música. Quería hacer caso omiso de todo menos del excelente aroma del buen vino y de los saludables olores del aire nocturno de Colorado. La música de Rachmaninoff lo envolvió.

Max miró el vino tinto y pensó en Irish. Una rapsodia de sonrisas y luz del sol, una personalidad optimista que atraía a la gente involuntariamente.

Irish Dalton era un elemento que Max no quería que entrara en su vida. Quizás a eso se debía que la hubiera hostigado tanto.

Acostado y vestido con su bata de casa, Max dejó que el aire refrescara su cuerpo. Pensativo, agitó un poco el vino y luego puso el vaso sobre su pecho desnudo. No le gustaba la tensión sexual que experimentaba su cuerpo, ni tampoco saber que había sido Irish quien la había provocado. No le gustaba recordar cómo la había criticado, tampoco le gustaba recordar la expresión vulnerable que advirtió en su rostro cuando habló de crueldad contra los animales.

Tal vez Irish no tenía idea de cómo cuidar a los animales, aunque era obvio que los amaba.

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Max bebía a sorbos el vino ácido, saboreándolo. Echó un vistazo a su ordenador portátil, que estaba sobre la mesa antigua de madera de cerezo que utilizaba como escritorio, y aspiró profundamente. Había clasificado las facturas y recibos de Iris en una caja que había metido debajo de la cama. Con un poco de suerte, no tendría que volver a abrirla.

Se oyó otro ruido en el pasillo y luego la voz apagada de Irish.

—¡Boonie, hablo en serio! ¡Cállate! Vas a despertar a los huéspedes. ¿Qué me dices del pobre señor Essery, que está recuperándose de un ataque al corazón?

Boonie dijo algo, enojado. Al parecer sus problemas eran mayores que los del señor Essery.

Max suspiró y trató de mantener a distancia a los amantes que peleaban mientras disfrutaba de la sensualidad del aire fresco.

¿Amantes? Repitió la palabra mientras la riña en el pasillo continuaba oyéndose cada vez más fuerte. Max frunció el ceño, tragó el vino que había estado saboreando y rápidamente se ató la bata.

Sorprendido de abrir de golpe la puerta de su habitación, Max salió al pasillo y descubrió a Irish de espaldas a él.

Mientras sujetaba con las dos manos el pomo de la puerta de su dormitorio, Irish volvió la cabeza y lo miró por encima del hombro. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos. Max reaccionó al instante. Sujetó el pomo con una mano. Hacer eso y proteger a Irish resultó instintivo. Con ademán posesivo, con el brazo que tenía libre la envolvió y la atrajo hacia sí, tratando de protegerla.

El pomo se movió mientras se oían las maldiciones de Boonie del otro lado de la puerta. Desde la habitación de Max llegó la música de Rachmaninoff.

Pero Max no podía moverse.

No podía respirar.

No podía pensar en nada, excepto en que Irish lo miraba. Una sombra entristeció sus ojos azules. «¡Qué inocente es!», pensó Max.

Las manos de ella abrieron la bata y se acercaron al pecho desnudo de él.

Los violines vibraron y la música de Rachmaninoff los envolvió.

Irish necesitaba protección y atención, amabilidad y comprensión. Sin embargo, al mismo tiempo advertía cierta pasión en ella.

Instintivamente, la apretó más contra sí. Abrió la mano y la tomó de la cintura, saboreando el momento, acariciándola.

—¡Oh! —exclamó ella, extendiendo los dedos sobre el pecho de Max.

Abrazados como estaban, Max sintió el ascenso y descenso de los senos de Irish sobre su estómago; se sintió absorbido por el olor a lavanda y flores de ella; de luz del sol y calor.

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Apretado íntimamente contra los muslos femeninos, Max se olvidó del ruido. Poco a poco, acercó los labios a los de ella, abiertos ya, y le pareció que entraba en un campo verde de tréboles y margaritas.

favorito, Max mordisqueó los delicados labios

femeninos, saboreándolos.

Ella se apretó un poco contra él. Max hizo lo mismo y deslizó una mano por debajo de la camiseta que ella llevaba hasta que encontró uno de sus senos.

El pezón respondió a la caricia de sus dedos. Ella estaba dispuesta a entregarle todo. Pero él le daría más.

Max la besó con mayor pasión. Bajó la mano para tomarla de las caderas y apretarla más contra sí. Distraído, soltó el pomo de la puerta.

Como

si

probara

su vino

En ese momento Boonie abrió la puerta de golpe.

mirando

maliciosamente a Irish, que estaba sonrojada y confusa—. ¡Oye! ¿Qué música es ésa?

Max estaba sorprendido por el deseo que se había apoderado de él. Necesitaba evitar que Boonie siguiera mirándolos con malicia…

Max vaciló durante una fracción de segundo. No sabía si golpear a Boonie o quedarse en los brazos de Irish.

—¡Vamos!

¿Se

puede

saber

qué

hacéis?

—preguntó

Boonie,

Pero se movió rápidamente, agarrando a Boonie por la muñeca.

—Ven —dijo al otro hombre, apretando los dientes—. Cualquiera que no reconozca a Rachmaninoff necesita despedirse.

Boonie logró decir:

—¡Oye! —antes de que Max le tapara la boca. Sin hacer ruido, llevó al vaquero por el pasillo, lo hizo bajar la escalera y salir por la puerta principal.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Irish, colocando los dedos sobre sus labios, mientras veía a Max llevarse a Boonie por el pasillo. Los labios de él le habían sabido a vino fuerte. La había besado con avidez y ternura, como si la boca de ella fuera un delicado aperitivo.

Irish tragó en seco al recordar cómo el cuerpo de él se había amoldado de inmediato al suyo. Envuelta por sus brazos, Irish se había sentido como si estuviera en los brazos del hombre amado…

—¡Oh, Dios mío! —repitió mientras ponía la otra mano sobre su estómago para controlar el calor que sentía. Cerró los ojos, tratando de descartar el recuerdo.

El camión de Boonie arremetió contra la tranquila noche mientras Irish entraba en su habitación y cerraba la puerta. Se metió en la cama, se cubrió con la sábana y cruzó las manos sobre el pecho. En algún momento su corazón volvería a latir con normalidad.

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Se volvió para mirar fijamente los rayos de luna que atravesaban las ramas de pino fuera de su ventana.

Max la había deseado con desesperación. Con ternura. Con pasión.

Volvió a vivir cada caricia de Max. Recordó el calor de sus manos cuando exploraba sus curvas como si la encontrara excitante. Se tocó los senos con la punta de los dedos, recordando cómo él los había acariciado. Descubrió que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Aspiró por la nariz y se secó los ojos con la sábana.

La puerta de su habitación se abrió. Desde el pasillo, Max le preguntó con voz ronca:

—¿Estás bien, Irish?

—Estoy bien —logró decir ella, deseando que su voz se oyera más firme.

—Muy bien —dijo él, cerrando la puerta y caminando hacia la cama—. Boonie ya se ha marchado. ¿Te ha hecho daño?

La voz de él le recordó a Irish la expresión violenta de Max cuando se llevó a Boonie.

—¿Te ha hecho daño a ti? —preguntó ella, secándose la mejilla con la funda de la almohada.

—Digamos que le di algo en qué pensar —respondió él, sentándose en la cama. Alargó la mano y tocó le hombro de ella en la oscuridad—. No regresará. ¿Te ha hecho daño? —volvió a preguntar, con mayor urgencia esta vez.

—No —contestó ella. De pronto se sorprendió al descubrir que deseaba el calor de los brazos de Max.

Él le frotó el hombro torpemente como si no estuviera acostumbrado a ofrecer consuelo. Cuando Irish se volvió hacia Max, la luz de la luna que penetraba por la ventana perfiló la expresión severa de él.

Parecía tan preocupado, tan enfadado y primitivo.

—Estoy bien —volvió a decir ella, después de un momento de tensión, cuando los dedos de Max tocaron su cuello, deslizándose por la tersa piel.

Él aspiró y las puntas de sus dedos temblaron cuando pasaron por encima del brazo de ella.

—¿Llamo a Granny o a Nadia?

—En realidad estoy bien, Max. Ya puedes irte —no quería que la viera llorar.

—Supongo que tendremos que hablar de lo sucedido —comenzó a decir él, buscando el rostro de Irish—. Mira, Irish, no abrazo a las mujeres en medio de la noche…

Irish puso la mano en la nuca de él. Por un momento Max se resistió, pero luego permitió que ella lo atrajera hacia sí. Irish sonrió.

—No te preocupes tanto, Max.

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Max volvió un poco la cabeza hasta que sus labios apenas se tocaron. Ninguno de los dos podía moverse.

—Mira, Irish… estaba fuera de control —dijo él con voz ronca después de un largo momento.

—Deja de pedir disculpas, Max —dijo ella, acariciándole la nuca. No era tan frío como parecía. Irish se estremeció. Max no tenía precisamente el dominio de sí mismo.

Irish sonrió y lo besó con delicadeza.

—¿Y tú no vas a besarme? —preguntó ella, bromeando.

Max se estremeció.

—Pobre Max —dijo ella mientras frotaba su mejilla contra la de él—. Has tenido un mal día ¿verdad?

Él tragó en seco.

—Debería salir de aquí antes de que sea demasiado tarde…

Como necesitaba que la acariciara, Irish lo envolvió con los dos brazos y lo atrajo hacia sí. Le encantaba tocar el pecho desnudo de él. Le encantaban los acelerados latidos de su corazón y la manera en que sus labios le besaron la sien.

Ella le frotó los músculos de la espalda, de los hombros.

Luego Max la besó con pasión. Cuando el momento de sensualidad terminó, él puso las manos a cada lado de la almohada y dijo en voz baja:

—Deberíamos…

instante

permaneció tenso y tembloroso.

—Eres tan amable, Irish —dijo él, acostándose en la cama. Deslizó las manos por el cuerpo cubierto por la sabana.

Max

pareció

distraído

y

apasionado.

Y

la

deseaba.

Durante

un

—Ven aquí —dijo ella.

—Irish —protestó él, antes de besarla en los labios.

Max hizo a un lado la sábana y con manos temblorosas la atrajo hacia sí.

Cuando la bata de él cayó en el suelo junto a la camiseta de Irish, Max supo que

no podría detenerse. Las relaciones eran peligrosas; era doloroso querer ser deseado

y acariciado. Pero el calor de ella se enredó como luz del sol en el dolor que había

soportado durante años, y descubrió que buscaba más.

Max encontró lo que deseaba, lo que había necesitado durante toda su vida. Ella

lo tomó, envolviéndolo con sus brazos y sus piernas.

Max se entregó, llevado por la necesidad de amarla, de atarla a él.

Cuando su pasión aumentó, él descubrió que las exclamaciones de Irish lo atrapaban. Así que se entregó a ella.

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Un instante después, con el cuerpo de Irish estremeciéndose debajo del suyo, se dio cuenta de que ella había encontrado ese mismo placer desesperado.

La segunda oleada de pasión lo tomó desprevenido. Supo que ninguna otra cosa importaba, solo ese momento.

El último pensamiento de Max antes de quedarse dormido, enredado en el calor y la fragancia de Irish, fue que había entrado en un reino mágico de ternura y fuego.

En los brazos de ella, había experimentado un momento tan frágil que no quería examinarlo.

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CapítuloCapítuloCapítuloCapítulo 3333

Justo antes del amanecer, el suave arrullo de una paloma entró por la ventana abierta del dormitorio de Irish.

La mañana flotaba alrededor de Max como una pluma, quitando el polvo, atormentándolo. El aire fresco jugueteaba en los pliegues de la cortina de encaje y se deslizaba por el vello que cubría su pecho. Con los ojos cerrados, Max disfrutó del momento y de los olores de pino y lavanda de la montaña. Cuando despertaba, por lo general su cuerpo estaba tenso, listo para comenzar el día. Pero esta mañana especial una satisfacción indolente se extendía por sus músculos.

Deslizó la mano para acariciar al cuerpo de piel tersa acurrucado junto a él debajo de la sábana. La noche y la mujer se habían convertido en una sola cosa, y él se había visto envuelto en un éxtasis que nunca antes había experimentado.

Max se desperezó, y sonrió cuando su mano encontró el muslo femenino. Poco a poco, sensualmente, siguió los contornos de éste.

Quería deleitarse con el dulce sabor de la noche… ahora que había encontrado lo que deseaba.

Satisfecho de sí mismo, Max volvió la cabeza sobre la almohada. Aspiró los seductores olores mientras su mano exploraba sin prisa las suaves curvas que se movían a su lado.

Max se volvió un poco, acomodándose a los senos que se apretaban delicadamente contra su pecho. Sus cuerpos se acoplaban con naturalidad, a la perfección.

Se aferró al encantamiento y supo que nunca había estado más satisfecho que en ese momento. Sonriente, le acarició la cintura a Irish. Ella movió el muslo y con el pie le acarició a Max la pantorrilla.

Él suspiró y sonrió un poco mientras recordaba, con deleite, lo sucedido la noche anterior. Su sonrisa se amplió. Volvería a suceder.

Los dedos de ella juguetearon con el vello de su pecho, como si estuviera acariciando a un gatito. Max recordó el sueño juvenil de pasar una semana en la cama con una mujer. Nunca lo había hecho. Ahora la posibilidad parecía…

Su corazón empezó a latir más deprisa. Los dedos de ella se deslizaron por sus hombros. El aliento de Irish llegó hasta él provocando otras sensaciones mientras suspiraba, dormida.

Él se estremeció, consciente de que Irish era la mujer más apasionada y sensible que hubiera conocido. Le había entregado sinceridad, una seducción que lo había atrapado y lo tenía ahora en su poder.

¿Irish?

Max abrió los ojos, pero la luz del sol lo deslumbró.

¿Quién demonios era Irish? La había conocido el día anterior.

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Completamente despierto ahora, Max obligó a sus dedos a detenerse antes de que se cerraran, posesivos, sobre el seno. Frunció el ceño y apartó la mano cuando un pezón endurecido y seductor le rozó la palma. Trató de calmarse.

Tragó en seco. Luego aspiró los olores de Irish. Habían hecho el amor tres veces y él no había usado ninguna protección. Había actuado como un muchacho apasionado, ávido y despreocupado.

La miró, pero hizo una mueca al contemplar sus labios. En su cuello tenía diminutas huellas causadas por la barba de él. Su aspecto era delicado… y seductor. Sintió un fuerte deseo de despertarla con un beso.

La brisa matutina le refrescó la frente. Cerró los ojos mientras rechazaba un plan extraño para la próxima vez que hicieran el amor; todo tenía que ver con cambiar de posición sobre las sábanas que olían al sol de Colorado; con encontrar ese punto sensible detrás de la oreja de ella y esperar que se estremeciera…

Comenzó a dolerle la nuca cuando recordó las exclamaciones jadeantes de Irish, mezcladas con las risas de él.

Apretó los puños. Irish no era un sistema de oficina bien integrado. Era mágica

y delicada.

Una relación sería desastrosa para ellos.

Lenta, cuidadosamente, Max se apartó de ella. Luego permaneció de pie solo, y cuando sintió el aire frío de la mañana se estremeció.

Mientras colocaba los panecillos de canela sobre la bandeja del horno, Irish evitaba las miradas curiosas de Nadia. Irish se sonrojaba cada vez que la adivina miraba hacia donde ella estaba.

Esa mañana no estaba llena de promesas amorosas ni de dulces besos. Las cosas no marchaban como deberían después de una noche maravillosa. A Irish le dolía el vacío que sentía desde que Max se apartó de su lado.

Boonie la había llamado antes para pedirle disculpas. Con un solo golpe, Max le puso al ranchero un ojo morado, le hinchó la nariz y le partió el labio. De acuerdo con Boonie, Max no tenía clase.

Max…

Se mordió el labio. Max había permanecido de pie al amanecer, observándola durante una eternidad mientras ella fingía dormir. La mano le tembló cuando le acarició la mejilla. Ella tuvo el deseo de volverlo a abrazar.

Deseó sentir los fuertes brazos de Max alrededor de su cuerpo, el sonido ronco

e íntimo de su voz tranquilizándola. Avergonzada, Irish esperó el momento en que la besara. Los besos de Max eran sorprendentes: reverentes, mágicos, apasionados y ávidos.

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En vez de ello cubrió el hombro desnudo de ella con la sábana, le apartó un rizo de la mejilla y salió de la habitación, como un fantasma nocturno que escapara de la realidad del amanecer.

En la cocina, Irish abrió la puerta del horno para comprobar la temperatura. Satisfecha, cerró la puerta y pensó en la expresión ceñuda de Max.

¿Cómo pudo Max amarla con tanta ternura esa mágica noche y luego mirarla con expresión severa por la mañana, mientras tomaba café? Max se fijó en su rostro sonrojado cuando pasó junto a él con una bandeja de panecillos. Apoyado en la puerta de la cocina, él había recuperado su imagen calculadora y su expresión dura le causó dolor.

—Tengo que lavar mi coche, supongo que ya lo sabes —dijo él de manera inquietante. Al recordar el calor y la ternura de la noche anterior, ella tuvo el deseo de abrazarlo y ofrecerle su ayuda para lavar su automóvil. Pero Max la miró con expresión severa—. Tenemos que hablar.

El tono impersonal de él la inquietó. Encontró un pretexto para apartarse de

Max.

Se dedicó a preparar el desayuno, molesta por la charla que se desarrollaba a su alrededor. Granny y los huéspedes se movían cómodamente entre la cocina y el comedor, sirviéndose panecillos y fruta.

Irish estaba enfadada.

Un tintineo de brazaletes anunció la llegada de Nadia. La adivina le dio un codazo.

—Ah, el caballero negro que defendió tu honor llega con su libreta. Parece que está enfadado.

—No necesitaba que me defendieran de Boonie —dijo Irish, haciendo caso omiso de la expresión divertida de Nadia cuando se fijó en las huellas que tenía en el cuello.

Max entró en la cocina en el momento en que Irish estaba poniendo azúcar moreno en un azucarero. Se animó a mirarlo. Se estremeció al recordar cómo la había apretado contra su cuerpo.

Volvió a estremecerse al recordar cuando la lengua de Max tocó un punto que había descubierto detrás de la oreja de ella.

—Interesante —dijo Nadia alegremente antes de alejarse—. Le pediré a la señora Abagail su opinión al respecto…

Max gruñó, impaciente.

—¿Cuándo podemos tener una entrevista? ¿A las nueve?

El tono formal de Max la enfureció. Quizás él podía olvidar la mágica noche que habían pasado, pero ella no.

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A Irish no le gustaba enfadarse. Tampoco le gustaba la manera en que Max

revisaba su nombre en la lista de su libreta. ¿Por qué no la abrazaba, le daba esos besos ávidos y tiernos, y la tocaba con manos temblorosas, y le hablaba al oído, y…?

Una nueva oleada de ira la golpeó. Su exprometido no llegó a descubrir el punto detrás de la oreja que Max había encontrado. Ella no sabía que existía. Si Max iba a descubrir sus puntos sensibles, lo menos que podía hacer era sacarles partido…

—Tengo bastantes notas para establecer un sistema sensato —dijo Max—. Si dispones de… —echó un vistazo a su reloj de pulsera—, veinticinco minutos, podemos hablar de un sistema eficiente. Necesitas un dispositivo de alarma. Contrataremos a alguien que lo instale. Puedo señalarte algunas discrepancias en los recibos de Jeff, luego tú misma podrás encontrar los demás errores —apretó los labios un instante antes de continuar con expresión severa—: También necesitamos aclarar la otra cuestión.

Él fijó la vista en la camiseta que ella llevaba. Irish lo miró con frialdad y, con

ademán protector, cruzó los brazos sobre el pecho. Su cuerpo ansiaba echarse en brazos de Max. Pero la actitud de éste se lo impedía.

Algo sombrío y peligroso rondaba en la profundidad de sus ojos, acusándola de seducción. Irish se sintió traicionada. Max no tenía derecho a arruinar algo tan hermoso.

—Te refieres a lo sucedido anoche ¿verdad? —preguntó ella—. ¿Eso también está en tu lista de verificación?

Max pareció apretar los dientes antes de decir:

—Vas a ponerte difícil ¿no?

Irish alzó las cejas y su sonrisa indiferente ocultó las emociones que experimentaba. Podía ser que Max tuviera dos personalidades: tierno y amante por las noches, y una bestia por la mañana.

—Quieres acabar con mi negocio, Max. ¿Qué esperas?

—Sé razonable, Irish —dijo él, irritado, después de hacer una inspiración. Echó un vistazo a Nadia, que estaba mordisqueando una naranja. Cuando la adivina le sonrió, Max bajó la voz—. Eres emotiva, y eso no está bien…

—Fuera —le ordenó ella. Se secó las manos con un paño de cocina y lo arrojó sobre la mesa. Max echó un vistazo a su reloj.

—¿Dentro de veinte minutos? —preguntó él.

—¿También tu corazón funciona según un reloj, Max? Cuando los panecillos estén listos, los sacaré —dijo ella, irritada.

AI salir, Irish se dio cuenta de que nunca había estado tan enfadada. Rechazó la mano de Max cuando él la agarró del brazo, pero descubrió que entonces la cogía de la muñeca.

—Irish —dijo Max en voz baja—, con emotividad no se solucionan las cosas.

Irish hizo que la soltara de la muñeca y lo miró airadamente.

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—¿Emotividad? ¿Por qué habría de ser emotiva? ¿Porque me acuesto con todos los hombres que se hospedan aquí?

Max se sonrojó.

—No digas eso —le ordenó él.

Pareció incómodo mientras Irish seguía mirándolo con ira. Era difícil hacerlo cuando las lágrimas le quemaban los ojos y sentía un nudo en la garganta.

Max la miró a la cara en el momento en que una lágrima brotaba de los ojos de ella. Él tragó en seco, apartó la vista y contempló las estribaciones cubiertas de hierba de las montañas. Se movió, inquieto, y luego fijó la vista en ella.

—Si te sirve de consuelo, yo tampoco esperaba lo que sucedió anoche. El sexo no es algo que me tome a la ligera. Pero hacía mucho tiempo… eso y el vino… y porque acababas de tener una experiencia aterradora… quizás se debió a una reacción de los dos.

—¿Sexo? —repitió Irish con la mirada vacía.

De manera que él quería racionalizar y examinar detenidamente todos los hermosos momentos de la noche anterior. Ella sabía exactamente lo que iba a hacer:

cuidarlo. Él, en cambio, necesitaba a alguien como aperitivo de medianoche. Parpadeó, tratando de contener las lágrimas que le empañaban los ojos.

—Así que tuve una experiencia aterradora —repitió cuidadosamente, con los dientes apretados—. Y por supuesto me acuesto con todos…

No estaba preparada para la ferocidad de la expresión de él, ni para la rapidez con que la llevó a las sombras del sauce llorón, lejos de las miradas curiosas.

de los dos —dijo Max

ásperamente—. Sucedió y eso es todo.

—No

estás

facilitando

las

cosas

para

ninguno

—Casi le rompiste la nariz al pobre Boonie —lo acuso ella.

—Ese idiota —dijo Max, irritado—. Tuvo suerte de que no le rompiera las piernas.

—¡Boonie es un amigo! —exclamó Irish, acalorada. Él miró con los ojos entrecerrados las huellas que ella tenía en el cuello—. No vas a entrometerte en mi negocio. Y no dejaré que difames a la gente por no haber pagado las cuentas. Así que no habías tenido sexo desde hacía algún tiempo y decidiste…

—Irish, si quieres discutir, hazlo con lógica. Deja de pasar por alto los puntos principales. Tienes una casa llena de gente que no paga. Jeff te está engañando y es necesario poner a Jonathan de patitas en la calle. Nadia podría usar sus ratos libres trabajando como criada. Necesitas un sistema de ordenadores para llevar los archivos. Necesitas una oficina con un contable permanente para manejar las facturas y una conexión telefónica con empresas que cuentan con servicio de tarjeta de crédito para comprobar el crédito de tus huéspedes.

corazón ahí dentro —lo interrumpió Irish, irritada,

golpeándolo en el pecho.

—Y

necesitas

un

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—Tengo corazón —dijo Max con cuidado—. Eres demasiado sensible.

—No me asustas —dijo Irish antes de clavar las manos abiertas en el abdomen. Max abrió los ojos desmesuradamente, sorprendido. Trató de mantener el equilibrio, pero cayó de espaldas en el barro.

Irish se sacudió el polvo de las manos y le sonrió a Max.

—Estás despedido, Max. Puedes lavar tu coche en otra parte —dijo ella alegremente y, en su opinión, con mucha elegancia. Luego otra lágrima se deslizó por su mejilla. Aspiró por la nariz.

De regreso a la posada, Irish se pasó el dorso de la mano por las mejillas húmedas y dijo en voz baja:

—No lo sé, Abagail. Los hombres ya no son como antes. ¿Qué pasó con la poesía, los ramos de flores, los piropos, los abrazos?

Irish no se dio cuenta cuando Max se acercó a ella, pero de pronto las manos de él, cubiertas de lodo, la agarraron de los brazos, sujetándola.

Max sonrió de una manera que no tenía nada que ver con la ira que había en sus ojos. Una gota de lodo se resbaló por su mejilla.

—Si después de hacerme caer en esa porquería te sientes mejor, me alegro. Ha sido un gesto muy infantil, pero conociendo tu manera de razonar, resulta comprensible —dijo él, apretando los labios—. Me lavaré y tendré preparado un resumen dentro de una hora y quince minutos. Trata de concentrarte en las facturas que Jeff ha firmado… se está quedando con un buen pellizco. Le enviaré una copia a J.D., y él podrá llamarme a Tahoe si tiene preguntas —hizo una pausa; frunció más el ceño y añadió—: Si tienes problemas por lo sucedido anoche…

Orgullosa, Irish estalló.

—No tendré problemas por lo sucedido anoche… soy una mujer adulta. Puedo arreglármelas con una aventura de una noche lo mismo que tú.

—Te he dicho que fue un momento causado por circunstancias especiales… no una aventura de una noche —afirmó él con ira—. No usé protección, Irish. Por lo general soy muy cuidadoso, pero las circunstancias…

—¿Por lo general? —repitió ella con la mirada vacía—. De modo que como hacía tiempo que no practicabas, metiste la pata ¿verdad?

Max apretó los labios.

quedado

embarazada. De acuerdo con mis padres, que son expertos en genética, las probabilidades de embarazo son de cincuenta a uno.

Max la soltó y alargó el brazo para quitarle una hoja del pelo. Se quitó los zapatos italianos y, un momento después, entraba en la posada con ellos en la mano.

Cuando al fin Irish se recuperó del comentario hecho por Max de que podría haber quedado embarazada, se dijo:

—No

te

preocupes,

Irish.

Lo

más

probable

es

que

no

hayas

—¡Qué habilidad! ¡Cincuenta a uno!

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* * *

Irish se levantó de la cama. No había dormido bien desde la semana anterior, después de la instructiva experiencia reveladora con Max y después de que éste le dijo que podría estar embarazada. Sentía los senos sensibles y había estado toda la noche dando vueltas en la cama, inquieta. Una vez de pie, oyó cantar al gallo.

—Oh, cállate —dijo en voz baja mientras caminaba hacia el cuarto de baño.

De regreso a la cama, echó un vistazo al sobre que contenía el informe de Max y que se encontraba sin abrir sobre el tocador.

Max no había llamado, pensó mientras se ponía los pantalones vaqueros. Tal vez Maxwell Van Damme estaba en Tahoe.

Cerró los ojos, tratando de borrar la imagen que aparecía en el espejo de la cómoda. Se veía tal como se sentía: afligida y cansada, con el alma herida.

Mientras se ponía el sostén, Irish frunció el entrecejo y observó su imagen en el espejo. Había perdido peso en los dos últimos meses. Sin embargo, su busto…

—No es posible —dijo con firmeza, moviendo la cabeza y regresando al cuarto de baño.

Después, Irish se encontraba junto a la ventana de la cocina, examinando una telaraña. Tenía un plato hondo en las manos y estaba batiendo la mezcla con una cuchara de madera.

Echaba de menos a Max.

Distraída, Irish siguió el camino de la araña. Sin una mirada hacia atrás, Max se fue de Kodiac en su fulgurante automóvil.

Apretó el plato con fuerza, mientras pensaba en la posibilidad de tener un bebé… un pequeño que le recordara a Max.

—De ninguna manera —dijo en voz baja, inquieta, poniendo el plato hondo sobre la encimera.

Pero entonces recordó aquella noche y la manera en que Max la amó… repetidas veces. Como si él la necesitara para vivir. Contó los días en el calendario de la cocina.

En la seguridad de su habitación, tres semanas después, Irish miraba los

ensayo y

resultados positivos de parpadeó.

su prueba

de

embarazo.

Inclinó

el tubo

de

—Bueno, quizás —dijo—. Quizás.

A la semana siguiente, Irish marcó con una línea la segunda semana en el calendario de junio. La posada estaba llena, y mientras se ocupaba de las necesidades de sus clientes, pensaba en la realidad de tener un hijo. Deseaba uno con desesperación, y quizás ahora tendría uno de Van Damme.

—¿Mami? ¿Mamá? —dijo, sonriendo a los niños que jugaban en el jardín.

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El bebé era solo suyo, decidió con firmeza. Max, que se había marchado de allí a toda prisa, le había otorgado la posibilidad de un hijo. En la intimidad de su habitación, permaneció en la cama soñando con el pequeño ser humano que llevaba dentro. Max había participado en la concepción, pero no era necesario que lo supiera, ni que se sintiera obligado hacia ella.

Deseaba mucho tener el bebé. Deseaba amarlo y verlo crecer. Sonrió y se pasó la mano por el abdomen por centésima vez.

Entonces Irish sintió náuseas por primera vez.

Max aparcó el automóvil lejos del árbol que servía de especie de gallinero a los pájaros. A las siete de la mañana, el aire de julio era fresco. Se pasó la mano por el pelo y dijo en voz baja:

—¿Qué demonios hago aquí de nuevo?

Llevaba dos meses pensando en Irish y no le gustaban los cambios que se habían producido en él desde que la conoció. Estaba cansado. Había conducido toda la noche mientras escuchaba la música apasionada de la obertura Romeo y Julieta, de Tchaikovski.

Max deslizó la mano por la mandíbula, sin afeitar. No estaba acostumbrado a las noches en blanco, ni a soñar con rubias cariñosas. Irish le impedía concentrarse y estaba presente en sus proyectos. Su último encargo había sido todo un éxito, pero no volvería a trabajar en otro proyecto de alta tecnología hasta que alejara a Irish de sus emociones.

Si pudiera dejar de ver sus ojos azules llenos de lágrimas…

Mimi salió corriendo, ronroneando y acurrucándose contra las piernas de él hasta que Max se detuvo para frotarle detrás de las orejas.

Cuando entró en el vestíbulo, Nadia sonrió ampliamente, como si estuviera enterada de algo que él no supiera, y señaló hacia el comedor. Max saludó con la cabeza a Granny y Link, que lo miraron como si fuera un sospechoso que volviera a la escena del crimen. Luego divisó a Boonie, sentado a la mesa del comedor y untando mantequilla en un bollo.

Max se detuvo, reprimiendo la ira, mientras el gallo cantaba afuera. Pensó en la satisfacción que tuvo cuando se enfrentó a Boonie.

—Hola —dijo con calma, complacido de que Boonie palideciera y se tocara la

nariz.

Los huéspedes nuevos sonrieron, dándole la bienvenida en el momento en que Irish entró con una fuente de galletas.

—¡Max! —exclamó ella.

Max miró a Boonie, que se disculpó y se fue, y luego le sonrió a Irish. Vestida con pantalones vaqueros y una camiseta ajustada, su aspecto era seductor.

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—Irish. He vuelto para ver cómo van las cosas por aquí. ¿Cómo estás?

Ella había cambiado, pensó Max cuando la miró. Sus ojos grandes y azules eran más oscuros. Sus labios, que esbozaban una amplia sonrisa, necesitaban ser besados. La mirada de Max se deslizó por su cuerpo, deteniéndose en los senos. Parecían más grandes ahora.

—Creo recordar que te despedí —comenzó a decir ella, acalorada, un momento antes de que las galletas cayeran al suelo y ella se desmayara en los brazos de Max.

Granny cogió la fuente del suelo y dijo:

—A veces pasan estas cosas. Es la primera vez que ella… No te quedes ahí… llévala a la planta alta, Max. Creo que los dos necesitáis estar solos.

—Llamen a un médico… —ordenó él.

—Eres tú quien va a necesitar un médico. Irish está bien.

Nadia guiñó el ojo cuando Max pasó junto a ella con Irish en sus brazos.

—Ah, el amor —dijo la mujer, suspirando.

Max subió corriendo la escalera. Luego de depositarla en la cama, le puso un trapo húmedo y frío sobre la frente en el momento en que ella empezaba a moverse.

—¿Irish? —se oyó a sí mismo decir cuando ella abrió los ojos y le dirigió una mirada vacía.

—Max ¿qué haces aquí? —preguntó con voz ronca.

Él le apartó un rizo de la mejilla, fijándose en su palidez y en el sudor que tenía sobre la frente.

—No estás bien, Irish. ¿Has ido al médico?

Ella lo miró fijamente un momento. Luego gimió y se volvió hacia otro lado. El trapo que tenía en la frente se le cayó, de modo que Max se sentó en la cama para sujetarlo.

—¿Irish?

—Vete —dijo ella—, vete… los pájaros deben estar decorando tu coche… Adiós.

—Intenta engañar a Boonie con esas tonterías. Es lo bastante torpe para creerlo —dijo Max, preguntándose cuándo su corazón comenzó a latir de nuevo. Le frotó la espalda a Irish y descubrió que tenía tensos los músculos—. Irish ¿has visto a algún médico? —repitió.

—No estoy en condiciones de hablar con Maxwell Van Damme ahora —dijo ella con la voz quebrada, y Max sintió una sacudida en el estómago—. Ve a molestar a algún ordenador o algo por el estilo.

Después de llamar a la puerta, Granny entró en la habitación con un vaso de leche y un plato con galletas. Puso las cosas sobre la mesilla de noche, luego miró con expresión ceñuda a Max.

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—Estos hombres… salen del apuro fácilmente. Somos nosotras, las mujeres, quienes llevamos la responsabilidad. Haz que se coma las galletas y que permanezca acostada un momento. Por lo general las náuseas desaparecen rápidamente.

—¿Náuseas? —espetó Max y miró a Irish—. ¿Náuseas como si estuvieras embarazada?

Irish se quejó, se puso una almohada sobre la cabeza y volvió a quejarse.

—Deberías saberlo, joven —dijo Granny; luego miró airadamente a Max y salió de la habitación.

Max fijó la vista en las galletas, luego en Irish.

—Granny quiere que te comas las galletas —dijo, sintiéndose un poco mareado, lo cual atribuyó al largo viaje y a la música apasionada de Romeo y Julieta.

Encontró la mano flácida de Irish.

—¿Náuseas? —repitió con voz temblorosa al tiempo que el sudor le cubría la frente.

Max hizo cálculos rápidamente mientras sentía de nuevo una sacudida en el estómago.

—Irish, estás embarazada…

—Eso es cosa mía —dijo Irish, volviendo la cabeza hacia él; abrió los ojos desmesuradamente—. ¿Max? ¿Estás enfermo?

—Solo tengo un poco revuelto el estómago… no… tengo, frío —respondió él, volviendo la cabeza hacia ella.

Irish era hermosa, pensó mientras se quitaba con un pañuelo el sudor del rostro. Había preocupación en los ojos azules de ella. Si al menos no tuviera revuelto el estómago… Distraído, Max se preguntó qué haría.

—Estás embarazada —dijo con calma, dejando que las sombras frías de la habitación absorbieran el asombro que comenzaba a experimentar.

—Max, voy a tener un hijo. Un bebé que será solo mío —dijo Irish en voz baja, cogiendo una galleta.

Él se estremeció.

—Deja de mover la cabeza —ordenó; luego intentó sonreír mientras le daba una explicación a ella—. Llevo conduciendo toda la noche, de manera que estoy un poco desequilibrado… Serás una madre perfecta, por cierto.

Irish no sonrió. Lo miró airadamente mientras mordisqueaba la galleta.

—No te hagas ilusiones, Max.

Él parpadeó. Notó con satisfacción que su momento de debilidad había pasado.

—Por ser el padre, tengo un cierto interés en el asunto. ¿Ya has ido al médico?

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—Max —le advirtió ella, frotándose el estómago—. Cuando escoja un médico, no estarás incluido en la decisión. Nadie va a pedirte nada. No tienes obligaciones. Puedo arreglármelas sola.

Max puso su mano en lugar de la de ella y la deslizó por debajo de la camiseta y los pantalones vaqueros. Aquella noche, entre los dos habían creado a un nuevo ser humano; un ser vulnerable que ahora dormía dentro del cuerpo de Irish. Ella lo cuidaría mientras él… Max frunció el ceño al pensar en su infancia. ¿Podría él darle a un niño el amor que necesitaba?

Sonrió tímidamente, sintiéndose como si pudiera saltar por encima de las Rocosas como Superman.

—Prepararé una tabla genética. Necesitaré algunos datos acerca de tu familia. Haré cálculos de probabilidad con la nueva computadora…

—Detente, Max —le ordenó Irish furiosamente, levantándose de la cama para mirarlo.

Max deseaba acostarse con ella, estrecharla entre sus brazos y probar el sabor a fresa de sus labios. Deseaba decirle las palabras apropiadas que la calmaran, hablarle de sus propios temores, pero en ese momento no tenía la fuerza necesaria para hacerlo. Volvió a ponerse el pañuelo sobre la frente.

—Hablaremos después, Irish.

—Quizás lo hagamos y quizás no. Puedes quedarte hasta que te sientas mejor, Max, luego te irás. ¿Entiendes?

Max tomó la mano cerrada de ella y se la llevó a los labios. Tenía otros planes, pero ahora Irish no se sentía bien. Se preguntó por qué la cama se balanceaba como una hamaca.

—Quizás me vaya, quizás no.

—¡Ohhh!

—Lo que sí sé, Irish —dijo Max, solemne, cerrando los ojos y sujetándole la mano como si fuera una cuerda de salvamento—, es que no tengo intenciones de irme. Soy responsable del bebé, y tú lo sabes. Además, pienso estar aquí cuando suceda todo.

—Max… —Irish había palidecido; se sentó sobre la colcha—. No estás invitado a la fiesta. No es necesario…

Pero ella apretó los dedos, lo cual le sirvió un poco de consuelo a Max.

—¿Te pones enferma todas las mañanas? ¿Cuándo empezó eso? —preguntó él—. Llamaré a Katherine. ¿Te sientes mal de nuevo?

Irish volvió a acostarse junto a él. Tomó el pañuelo y se lo puso en la frente.

—Cállate, Max.

Max se llevó la mano de ella al pecho y sonrió con serenidad.

—Papá —dijo en voz alta.

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Irish gimió a su lado y Max sonrió.

—Papá —volvió a decir.

—Max… —protestó Irish, débil.

Él le dio palmaditas en la mano. De pronto tuvo ganas de contárselo a alguien. Deseaba… sentía… Incapaz de examinar sus emociones, Max se conformó con una amplia sonrisa y con abrazar a Irish.

—Estoy muy contento —dijo con humildad.

Ella se puso rígida al instante. Max luchó contra el pánico que se apoderaba de él. Las palabras le supieron amargas cuando preguntó:

—¿Quieres el bebé, Irish?

Ella deslizó amorosamente la mano por su estómago.

—Más que a nada en el mundo. Gracias, Max.

Max sonrió encantado.

—De nada, Irish —dijo él—. Pero no estás dándome las gracias con cortesía si luego me das con la puerta en las narices. Max se levantó de la cama. Ella tuvo el fuerte presentimiento de que no iba a ninguna parte.

Durante el resto del día, esperó que Max volviera de la cita que tenía en Denver. Al anochecer, el Porsche negro salió de la oscuridad y entró en un cobertizo vacío.

Mimi salió de la casa y corrió hacia el cobertizo.

Irish dejó de regar las plantas del porche trasero cuando Max surgió de las sombras del edificio. Max llevaba un suéter de algodón de color crema y pantalones vaqueros desgastados. Al mirarlo, Irish pensó que estaba guapísimo. Él comenzó a sacar bolsas del coche para llevarlas a la casita de madera que estaba detrás de la posada, sin hacer caso de Irish.

—¡Oye! ¿Qué crees que estás haciendo?

La casita había servido de nido de amor a Abagail, y J.D. la utilizó mientras perseguía a Katherine. De vez en cuando había sido usada por recién casados, pero ahora Max pensaba hacer valer su derecho. Abrió con llave la puerta, volvió a echarle un vistazo a Irish, levantó la llave y esbozó una sonrisa.

—¡Oh, no! —exclamó Irish, sacudiéndose el polvo de las manos sobre los pantalones—. Van Damme, está ocupando ilegalmente mi propiedad.

—Hazte a un lado, por favor, Irish —ordenó Max cuando ella se acercó a la puerta. Atravesó las habitaciones y regresó a donde estaba ella. Metió las manos en los bolsillos posteriores del pantalón y la miró con atención—. La ira no es buena para el bebé.

Ella extendió la mano.

—La llave, Max. Luego haz tus… —echó un vistazo a la variedad de chucherías electrónicas que sobresalían de las cajas—, maletas y vete. No vas a quedarte.

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—Por supuesto que no lo haré —dijo él con calma, entregándole a Irish una nota. Max tenía una barba incipiente y estaba un poco despeinado. Parecía muy decidido.

Irish desdobló el papel y leyó los garabatos de J.D.:

Irish,

Max acaba de alquilar por un año la casita de campo.

Si hay problemas, llámame.

J.D.

—Llamaré a J.D. —dijo ella, volviendo a doblar el papel y metiéndoselo en el bolsillo de su pantalón—. ¿Cómo le has convencido para que te la alquile?

Max arqueó una ceja.

—Te lo diré algún día, cuando no me mires con expresión ceñuda. Pienso ser un verdadero padre para nuestro hijo, Irish. Si luchas contra mí, armaré un escándalo. Existen cosas como los derechos paternos.

—No te atreverías, Van Damme —comenzó a decir ella, acalorada, protegiendo la vida que se iniciaba dentro de su cuerpo.

Antes de que pudiera moverse, Max la atrajo hacia sí y la contempló un instante; luego, con cuidado, con ademán posesivo, colocó sus labios sobre los de ella.

El largo y dulce beso la dejó ávida, derritiéndose en brazos de él. Cuando Max levantó la cabeza, sus facciones se habían suavizado.

—Te dije que hacía mucho tiempo que no sentía deseo por una mujer, de manera que ahora tendrás que sufrir las consecuencias por haber abierto la puerta. A mi edad, no es probable que tenga otra oportunidad de ser padre, así que pienso disfrutar cada minuto de nuestro embarazo —sonrió irónicamente—. Voy a establecerme aquí, cariño —murmuró, imitando a Humphrey Bogart.

Mientras ella trataba en vano de replicar, Max volvió a besarla.

—Te aconsejo que te acostumbres a tenerme aquí. Para cuando llegue el bebé, debemos conocernos muy bien. No te preocupes, seré adorable y comprensivo — recalcó su afirmación con un beso que acabó con el último intento de Irish por poner en orden sus pensamientos—. Es inútil negar que vas a tener un hijo mío, Irish.

La besó y ella se estremeció.

Un momento o un siglo después, le acarició los senos y volvió a rozar con sus labios los de ella.

—Acabo de darme cuenta de que llevaba toda la vida esperándote, a ti y a nuestro hijo.

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CapítuloCapítuloCapítuloCapítulo 4444

—Papá —repitió Irish a la mañana siguiente, cuando entró en la cocina y vio a Maxwell Van Damme en su nuevo papel.

Se había quedado dormida más de la cuenta otra vez, tratando de olvidar el hecho de que Max se había instalado en el escondite de Abagail. Cuando se sintiera en condiciones de hacerlo, llamaría a J.D. Era necesario que Max se fuera de la casa.

Él se encontraba en la cocina batiendo una pasta vaporosa. Alineados sobre la mesa de la cocina, los frascos de especias parecían soldaditos de plomo listos para jugar a la guerra.

Granny estaba sentada en el porche posterior, meciéndose y hablando entre dientes mientras tejía. De vez en cuando miraba con expresión ceñuda a Max. Link se hallaba sentado junto a ella, dando cabezadas mientras leía el periódico y bebía café a sorbos.

Vestido con una camiseta en la que se leía «Bach es magnífico» y pantalones vaqueros desgastados, Max caminaba tranquilamente por la cocina.

Sonriente, la miró por encima del hombro.

—Tengo todo bajo control —dijo con tono serio—. He preparado crêpes de frambuesa. Todo lo que tienes que hacer es descansar y acudir a la cita con el médico. Por cierto, tenemos una cita con el mejor ginecólogo de Denver a la una. Katherine me lo recomendó.

—¿Mi hermana sabe…? —preguntó Irish, pero luego no supo qué decir.

—Maldición, Irish. Tienes que comprar más sartenes…

—A propósito, no me tienes bajo control —dijo Irish con firmeza. El hecho de que Maxwell Van Damme estuviera en su cocina resultaba algo alarmante. Kat se había pasado de la raya enviándole a ese hombre. Irish frunció el entrecejo. Katherine quería vengarse.

—Fuera, Max —logró decir ella.

—¿Mmm? —Max observó el crepé, lo puso sobre un plato y vació más pasta para otro en la sartén—. Oh… no puedo. Lo lamento. He alquilado la cabaña. No podría irme antes del nacimiento de mi primer hijo.

—Te dije anoche —señaló Irish—, que esta mañana quería panecillos de salvado, ciruelas pasas y pastelillos de frambuesa…

Max se volvió hacia ella como si acabara de recordar algo.

—Ah, por supuesto, las ciruelas pasas. Empecé a marinarlas anoche con clavo y naranjas… Irish, no tienes un juego decente de tazas de medir.

—No las necesito —dijo Irish. Hasta ese momento nadie, ni siquiera Granny, había puesto en duda sus derechos en la cocina, así que no pensaba dejar que Van

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Damme se metiera en su territorio—. Utilizo cucharas y tazas comunes y corrientes para medir, Max.

Él asintió con la cabeza, distraído, luego volvió al refrigerador para sacar una cazuela. Vació las ciruelas pasas en una fuente, en la que metió una cuchara. Entregó las ciruelas a un huésped que pasaba por allí para que las colocara en el aparador. Luego siguió preparando los crêpes.

—Así que para corresponder a la imagen de salud que tiene la posada —dijo él por encima del hombro—, ofrecemos ciruelas pasas todas las mañanas. Por cierto, la relación de Jeff con el repartidor de la tienda es asombrosa. Tiene que ver con el cobro y repartición del precio de la entrega… Tendré que refrescar mis conocimientos sobre ciruelas pasas.

—Yo sirvo ciruelas sencillas. Max —insistió ella—. Y deja de lanzar acusaciones contra Jeff. No existía ningún problema hasta que apareciste.

Irish caminó hacia los «soldados especias».

—Las especias que más uso las coloco delante y las menos usadas, detrás. Ésta es mi cocina.

—Aja —convino él, distraído, tomándola del mentón y mirándola a la cara. Con paciencia, la hizo sentarse en una silla—. Tienes mejor aspecto que anoche.

—No —dijo ella, echando un vistazo a los cascarones de huevo—. Aquí hay huéspedes que cuidan su consumo de huevos…

—Ah, harina de avena, entonces —dijo Max, volviéndose hacia las latas como si planeara un ataque.

—… y usamos los cascarones de huevo como cal —terminó de decir Irish mientras Max seleccionaba una cacerola para calentar agua. Con cuidado, midió cuatro tazas de agua, tapó la cacerola y puso dos tazas de harina de avena en un tazón. La cocina de Irish había sido invadida, violada, por un fanático—. Max, lárgate de mi cocina —dijo mientras él empezaba a lavar los cascarones de huevo. Los secó y los apiló en grupos de cuatro.

—No puedo —contestó él—. Vas a necesitar un cocinero de manera que estoy estudiando el terreno.

—Trataremos de arreglárnoslas sin ti. ¿Por qué no te vas en ese coche tan discreto que tienes?

Él la miró fijamente, esforzándose por no sonreír.

—¿Te refieres al Porsche? Lo lamento, pero no puedo. Nunca dejo un trabajo sin acabar.

—Supongo que ese trabajo es mi hijo —dijo Irish, con deseos de arrojarle algo.

—Yo comencé todo esto. Yo. El padre de tu hijo. No existe ninguna razón para que te disgustes conmigo, Irish.

«¿Disgustarme?» repitió ella en silencio.

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Cuando terminó otra bandeja de crêpes, le indicó con la mano a un huésped que la llevara al aparador. Luego puso la harina de avena en el agua hirviendo, tapó la olla y colocó ésta sobre un quemador.

Después se volvió hacia ella. La miró mientras se secaba las manos con un paño.

—Irish —dijo con su tono paciente de voz—, anoche establecí un enlace por medio del ordenador con una biblioteca médica y eché un vistazo a los bancos de datos sobre el embarazo. Estás en el primer trimestre. Te enfadas fácilmente y quizás duermas más de lo normal. Anoche dormiste nueve horas y quince minutos. Además de las náuseas, también actúas de forma más emotiva. Necesitas que se te cuide.

—¿Echaste un vistazo a qué? —preguntó ella. Max se había atrevido a invadir su vida privada. Se preguntó qué castigo se merecía.

Max apoyó las caderas en la encimera y cruzó los brazos sobre el pecho. Se encogió de hombros.

—Nunca he tenido un hijo, de manera que necesitaba informarme. Es necesario ofrecerte comprensión y afecto durante el embarazo. Si necesitas apoyo, lo tendrás. Yo te lo daré. Quiero que quede claro que de ahora en adelante no aceptaré que salgas con Riggs.

—Estás metiéndote en lo que no te importa, Max.

—Boonie Riggs no va a hacer el papel de padre de mi hijo —afirmó Max—. He hablado con él esta mañana. Lo comprende muy bien.

—Lo que yo no entiendo es que estás entrometiéndote en mi vida, Max —lo acusó. A pesar de la ira que sentía, deseaba echarse en brazos de él y borrar con besos su expresión ceñuda. Recordaba haber leído algo acerca de que las mujeres se volvían más sensuales cuando estaban embarazadas. Gimió y cerró los ojos.

—Siguiendo con tus necesidades ¿te sentiste enferma esta mañana y encontraste las galletas y la leche junto a tu cama? —preguntó él. Mientras Irish se enteraba de que Max se había metido en su dormitorio y la había visto dormir, él añadió—: Yo mismo corté las flores. Espero que reciban tu aprobación.

—Soy yo quien corta las flores aquí, Max.

Él deslizó la punta de los dedos por la piel caliente de ella.

—Muy bien. Pero mereces que alguien te cuide. Tal como han estado yendo las cosas, es fácil darse cuenta de que eres tú quien se encarga de todo. De ahora en adelante, escatimarás tus fuerzas —levantó la mano al tiempo que Irish abría los labios para discutir—. Debes tener flores junto a tu cama todas las mañanas. El hecho de que vayas a tener un hijo mío no significa que no puedas disfrutar de los privilegios que te mereces —echó un vistazo a Granny, que los estaba mirando y bajó la voz—. Queremos que la madre de nuestro hijo se sienta amada y mimada ¿no?

Antes de que ella pudiera identificar a Max, la «bestia de la cocina», con Max, el padre de su bebé, él se sentó y la hizo colocarse sobre sus rodillas, sujetándola con cuidado. Después de un segundo, durante el cual Irish luchó contra el deseo de apretarse contra él, Max la abrazó.

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—Estoy decidido a mimarte, a hacer que te sientas segura. ¿Qué te parece?

Irish apoyó la mejilla en el pecho de él; en realidad, le parecía muy bien.

—¿Qué?

Max le acarició el pelo. Se inclinó para hablarle en voz baja al oído.

—Quizás no te parezca bien, Irish, pero pienso ayudarte durante el embarazo; y convertirme en parte de tu vida.

—No tienes ninguna obligación…

—Lo que necesitas saber, Irish, es que soy bastante torpe para mostrar afecto. Pero nuestro hijo debe sentirlo ahora. ¿No estás de acuerdo?

Max se puso tenso y Granny les dio la espalda. Irish lo miró a la cara.

Max le besó la punta de los dedos antes de fruncir el ceño y murmurar:

—No pude encontrar buena información en la computadora acerca de cómo dar consuelo a un bebé, dentro o fuera de la matriz. Pero tiene que haber algún manual que hable de ello —hizo una pausa, tragó en seco y respiró a fondo—. Tengo cuarenta y dos años, Irish. Y no quiero que mi hijo carezca de nada. En este momento me gustaría poner la mano sobre nuestro bebé. ¿Puedo?

—¿Nadie te abrazó nunca, Max? —preguntó Irish. Sintiendo pena por él cuando Max le tocó el abdomen—. Pobre Max —dijo Irish, besándolo en la mandíbula y deslizando la mano por su pecho.

Max la miró fijamente un momento; luego metió la mano debajo de la blusa que ella llevaba y le acarició uno de los senos. Se estremeció y la atrajo más hacia sí mientras deslizaba el pulgar por el sensible pezón.

Irish se dio cuenta de que Max se ponía tenso. Aspiró de pronto cuando los dedos de él se metieron por debajo del sostén.

—¡Oh, Max! —exclamó ella, recordando la noche apasionada que habían compartido.

—¿Hmm? —preguntó él, distraído con el otro seno—. ¡Oh, Dios, eres perfecta, Irish…! —se echó hacia atrás en la silla para mirarla con atención—. Sí. Tal vez seas demasiado cariñosa, y aquí estoy…

Irish lo besó en los labios.

El beso estaba destinado a alejar los temores de Max, pero los labios de él acariciaron los suyos. Luego volvió a deslizar la mano sobre un seno desnudo.

—Max —protestó ella—. Max, esto no puede ser…

—¿Mmm? —él observó su mano un momento, luego apoyó la frente en la de ella. Tenía la piel tibia. Cuando Irish comprobó, con el dorso de la mano, la temperatura de Max tocándole la mejilla, él palideció e intentó sonreír—. Todavía no estoy acostumbrado a la altura. Me sorprende.

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—Max, tienes prohibido entrar en mi cocina —le ordenó ella con amabilidad mientras le acariciaba la ceja—. Terminaré de preparar el desayuno si quieres —dijo, poniéndose de pie.

Él palideció y puso una botella de leche fría contra la mejilla de ella.

—Ah… está bien. Vamos a desayunar.

Max cerró los ojos. Irish se preguntó si lo habría visto estremecerse o había sido solo una ilusión.

—Ah… bueno, puedes terminar tú… solo por esta mañana. Todavía tengo que revisar algunos planos.

Caminó hacia la puerta y luego ordenó a Irish:

—No se te olvide apuntar lo que desayunes en el cuaderno que está junto a tu bolso. Esta mañana puedes tomar media taza de zumo de naranja, media taza de harina de avena y una taza de leche.

Max parecía un hombre bondadoso, de manera que ella no tuvo corazón para acabar con sus ilusiones de ser padre. Incluso tuvo ganas de darle palmaditas en la cabeza cuando Max comenzó a instalar un sistema de computadoras en un cuarto grande. Cuando él se fuera, cerraría la puerta clavándola.

A media mañana, Irish estaba trabajando en el jardín, tramando cómo echar a

Max de su posada y de su vida. Era necesario demostrarle a su hermana mayor que podía manejar su vida. Irish acababa de poner el cesto con las hierbas recién

cosechadas sobre la barra de la cocina cuando sonó el teléfono.

—¿Qué hay de nuevo? —preguntó Katherine con ese tono frío de abogada que Irish reconoció de inmediato.

—Nada —respondió alegremente Irish y escuchó el profundo silencio que se

hizo.

—¿Nada? —preguntó Katherine.

—Bueno, los Romaine se van hoy. Ya te hablé de ellos. Ya sabes, la joven pareja que necesitaba un respiro…

—¡Irish! Quiero saberlo todo acerca de ti y Max, y quiero saberlo ahora.

—¿Max? ¿Max qué? —preguntó Irish, sonriendo.

—Max, el padre de tu hijo. ¿Quieres que vaya allá y te obligue a contármelo? Ya sabes que puedo hacerlo. Además tengo que poner a Max en su sitio…

—J.D. es el culpable de todo.

—J.D. no tiene nada que ver con esto. Max me llamó anoche porque quería saber el nombre de mi ginecólogo. No tenía la menor idea de que fueras tú la futura madre hasta que me dijo que iba a irse a vivir a la posada para pasar más tiempo contigo y con su hijo. De acuerdo que J.D. tuviera algo que ver con el hecho de que

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Max se te insinuara, pero Max necesitaba relajarse… este… ah… —Katherine se esforzaba por encontrar la frase apropiada—. Eres muy cariñosa. Ah… Irish… supongo que reconocerá legalmente al niño. ¿Verdad?

—Kat, J.D. y tú lo enviasteis aquí para instalar un sistema de contabilidad. Tendréis que tragaros las consecuencias. Tu sobrina o sobrino y yo podemos prescindir de… la intromisión de Max.

—¿Un sistema de qué? ¿Dónde está Max? Si está ahí, quiero hablar con él —dijo Katherine, acalorada.

Irish respiró hondo y se pasó la mano por el estómago. El entusiasmo de Max por el bebé la había sorprendido. No sabía que él pudiera conmoverse, ni que fuera tan cariñoso, o que estuviera tan solo. Si ella no tuviera la impresión de que era como un huérfano que necesitaba un hogar…

—Max se irá dentro de poco. Ahora está instalando unos ordenadores. Le dejaré que acabe; no permitiré que moleste a los demás huéspedes y luego se irá de aquí.

Al otro extremo de la línea, Katherine guardó silencio. Irish esperó. Al fondo, Dakota gritó y Travis llamó a su perro. Pero el silencio de Katherine continuó. Al fin dijo:

—Irish, Max no sufre tensión nerviosa. La crea. Es infalible y tan decidido como

J.D.

—He llamado a J.D. esta mañana para preguntarle por qué le ha alquilado la cabaña a Max. Dice que creía que Max necesitaba descansar. J.D. es muy amable — dijo Irish.

—Max no lo es.

Cuando Irish colgó el teléfono, descubrió a Max fisgoneando en el cesto de hierbas.

—¿Dónde está la salvia? —preguntó él. Luego, volviéndose hacia ella, se fijó en el gastado sombrero de paja, adornado con margaritas, que ella llevaba.

de su piel la hizo

estremecerse. Olía exactamente como aquella noche en que…

Ella parpadeó, tratando de mantenerse donde estaba y no ir hacia él. A lo lejos, el viento silbó y un becerro llamó a su madre. El corazón le latió aceleradamente.

La mirada de Max descendió y recayó en la blusa amarilla de algodón. Buscó la hendidura entre sus delicados senos.

Irish no estaba preparada para la sonrisa indolente de él, ni para el dedo que se deslizó por su pecho.

La mirada de Max llegó más abajo, enardeciéndole la cintura antes de seguir adelante. Sin poderse mover, ella se obligó a respirar. La mirada de él se detuvo al llegar a los pantalones cortos y su dedo se deslizó por el seno hasta detenerse en el cinturón. Max la atrajo hacia sí.

Irish

permaneció

inmóvil.

Max

se

acercó

y

el

olor

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Él metió el dedo en el bolsillo de los pantalones de ella. Guando la miró, el

brillo de sus ojos hizo que Irish se estremeciera y que le subiera la temperatura.

Luego, él sonrió, sensual, resueltamente. Irish se preguntó con frialdad por qué no se apartaba de ese hombre. Se preguntó si Abagail tendría algo que ver con la manera en que Max la impresionaba.

Max volvió a tirar. Parecía muy sensual y ávido.

—Max… —se oyó a sí misma protestar, sin aliento, cuando Max la tomó de las caderas. La apretó contra sí. Irish se estremeció cuando Max le frotó la mejilla con la nariz.

—¿Sabes que nunca había abrazado así a una mujer? —dijo él en voz baja.

Irish se preguntó por qué no podía alejarse. Max continuaba abrazándola, acariciándole la espalda con las manos tibias.

—Es una sensación muy agradable —dijo él—. Eres tan delicada, Irish. Sabrás exactamente cómo darle a nuestro bebé lo que necesita ¿verdad?

—Max, no debemos… —logró decir ella después de obligarse a tragar en seco.

—Podríamos ir arriba y acostarnos —propuso él en voz baja. Le besó la sien mientras su mano se deslizaba por la espina dorsal y luego le acariciaba la nuca—. Irish, por favor. Estoy buscando afecto —murmuró con voz ronca—. Necesitaré alguien para practicar antes de que llegue el bebé. Tú eres la candidata apropiada. Podrías ayudarme si me abrazaras —sugirió, acariciándola.

—Max… —dijo ella en un susurro, obligándose a permanecer inmóvil, lo cual no era fácil—. Tú no eres buen candidato para padre.

—Ya pasé la prueba ¿no lo recuerdas? —dijo él, sonriente—. Podrías cooperar más, Irish.

Ella se estremeció. Cuando se volvió para protestar, Max la besó con ternura en los labios.

Le mordisqueó los labios. Luego, tomándola por la nuca, acomodó sus labios a

los de Irish como si pudiera probarla durante una eternidad.

A ella se le cayó el sombrero al suelo cuando los besos resultaron más

apasionados.

Cuando terminaron de besarse, Max la miró a los ojos, soñolientos, y sonrió, sensual. Le dio unas palmaditas en el trasero, emitiendo un gemido de frustración y dijo en voz baja:

—Ponte algo cómodo para ir a Denver. Nos iremos a las once. Debemos estar en el consultorio del doctor a la una menos cinco.

Todavía envuelta por el deseo de abrazar a Max, Irish le dirigió una mirada vacía.

—¿Denver?

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—Mmm. Es tu primera cita en él médico —enroscándose un rizo en el dedo meñique, Max examinó con atención los mechones brillantes—. Me encantaría tener una niñita con el cabello de color oro. Y unos ojos grandes y azules como el cielo.

Le besó la nariz a Irish.

—No tuve la oportunidad de averiguarlo… ¿esas pecas cubren todo tu cuerpo? —preguntó él con voz ronca.

Como ella no respondió, Max volvió a darle palmaditas en el trasero. Sonrió tímidamente cuando Irish lo miró airadamente.

—Me gusta esta demostración de afecto.

—No te acostumbres a ello, Max —dijo ella, exaltada, apartándose—. No estarás aquí mucho tiempo. No necesito que instales más computadoras.

Max dejó de sonreír y frunció el ceño.

—¿Crees que solo estoy aquí por eso? Estamos juntos en esto, Irish. Recuerda que una mujer embarazada necesita atención. Yo voy a darte esa atención.

—No deberías sentirte obligado —comenzó a decir ella, sorprendida por la violencia de la expresión de Max.

—¿Obligado? No soy tan noble —hizo una pausa—. Eres maravillosa, Irish, estés embarazada o no. Mi honor no tiene nada que ver con lo que siento por ti.

—Max, estás confundiendo el papel de padre, que te sientes obligado a desempeñar, con lo que sientes por mí.

Desistió de discutir cuando Max se acercó más a ella. Deseaba que la abrazara. Deseaba que la besara y la calmara. Asustada, Irish se puso la mano sobre los delicados labios y huyó de la habitación.

La ira que le quedaba a Max parecía envolverlo como una capa, a pesar de que había intentado varias veces iniciar una conversación durante el viaje a Denver. Irish no sabía cómo tranquilizarlo. ¿Acaso los futuros padres también necesitaban cuidado y afecto?

A Irish le preocupaba haber ofendido a Max y dejó que le tomara la mano. Para reparar el daño, podría permitirle que organizara otro sistema de contabilidad… antes de marcharse.

Miró la mano de él, entrelazada con la suya sobre sus rodillas. Los dedos de Max le rozaban la piel ligeramente. Él jugueteaba con el tercer dedo de la mano izquierda de ella.

—He estado casado —admitió él con cautela—. Pero el afecto no formó parte de esa relación. Quiero que sea una parte de la nuestra, Irish.

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Sin poder responder, Irish miró hacia otro lado. Ella había entregado el corazón una vez; ahora necesitaba protegerlo por el bebe. Max la miró. Tenía los nudillos blancos mientras apretaba el volante. Fijó la vista en la sinuosa carretera.

En el aparcamiento del consultorio, Max ayudó a Irish a descender con cuidado del automóvil. Antes de entrar en el elegante edificio, Max se detuvo y la hizo volverse hacia él. Echó un vistazo a la blusa de algodón y los pantalones que Irish llevaba.

—Estás realmente hermosa hoy… mi amor.

Mientras Irish pensaba en la frase cariñosa, Max la condujo hasta el consultorio del médico.

En la sala de espera, paseando de un lado para otro, inquieta, y hojeando una revista, se encontraba Katherine MacLean. La elegante rubia alzó la vista cuando los vio entrar. Estaba furiosa.

dientes

apretados; luego se volvió hacia su hermana—. Irish, no sé qué decir.

—Di que te alegras por mí —replicó Irish, inquieta, dándose cuenta de que Max se ponía tenso. Katherine era terrible cuando trataba de impresionar con su imagen de hermana mayor. De pronto, Irish se dio cuenta de que no quería que Max resultara lastimado. Le apretó la mano y le dijo en voz baja—: No tengas miedo, Max. Te protegeré.

—Max,

deberías

sentirte

avergonzado

—dijo

Katherine

con

los

Katherine miró airadamente a Max.

—Quiero verte en mi oficina, Van Damme. Pide una cita. No vas a salir de esto tan fácilmente. Entablaré un pleito sobre paternidad…

—No voy a abandonar a Irish —respondió Max con calma.

Katherine no quedó satisfecha. Echó un vistazo a Irish, luego volvió a mirar airadamente a Max.

—¿Por qué Irish?

—Porque ella es especial —respondió Max—. Quiero que forme parte de mi

vida.

—Sí, quizá un hijo te haga sentar cabeza —dijo Katherine, pensativa. Miró a Irish a la cara—. Tenía que oírselo decir a él.

De pronto Katherine se acercó a Irish y la abrazó.

—J.D. se pondrá furioso conmigo cuando sepa que he estado metiéndome en vuestros asuntos. Tú lo tranquilizarás ¿verdad? —dijo Katherine en voz baja—. Hazle un pastel muy dulce y envíaselo a su oficina.

Irish besó a su hermana en la mejilla y susurró:

—Deja de tratar de casarme, Kat.

Max se inclinó y besó a Katherine en la otra mejilla.

—Yo la cuidaré.

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Como Max parecía muy incómodo y Katherine estaba avergonzada, Irish sonrió y exigió:

—¡Vaya! Creo que podéis llegar a entenderos. Muy bien, Max. Kat, abrázalo y haz las paces con él. Suceda lo que suceda, no le hagas daño. No lo permitiré.

Katherine alzó las cejas, sorprendida.

—¿Estás protegiendo al implacable Maxwell Van Damme? ¿El profesional que te enviamos para que te molestara, según tus propias palabras?

—Bueno… —Irish echó un vistazo a la enfermera que la esperaba—, también es eso. Pero no ofendas a Max, Kat. Dale un abrazo para que podamos entrar en la consulta. No me moveré hasta que lo hagas. Abraza a Max, Kat.

—Nadie abraza a Max. Solo Travis y Dakota —dijo Katherine, pero sonrió y abrazó a Max, que también sonrió tímidamente.

Después de ser sometida a un reconocimiento preliminar, Irish volvió a la sala de espera y encontró a Max charlando con tres mujeres, que se encontraban en distintas etapas del embarazo y lo instruían sobre el papel del futuro padre. Max asentía con solemnidad, hacía preguntas y tomaba notas.

Irish refunfuñó en silencio al reconocer la expresión absorta de Max. Advirtió a las mujeres:

—No le den ideas. Ya tiene suficientes.

—¡Mira! ¿Es suyo? —pregunto, una rubia que se hallaba en el noveno mes del embarazo.

Max sonrió, devastador.

—Sí, soy de ella —dijo—. ¿Verdad, cariño? —luego se puso resplandeciente—. Katherine ha tenido que marcharse. Me ha dicho que me porte bien contigo. Piensa que necesitas que te mimen.

—Sí, lo necesita. Desde luego —convinieron las tres mujeres al unísono mientras Max barajaba los folletos que contenían información acerca del embarazo y el parto.

Irish apretó los labios, guardando silencio, y luego sonrió forzadamente. Logró mantenerse en calma mientras Max escuchaba con atención las instrucciones del médico. Después, se mostró paciente cuando él guardaba los juguetes en el Porsche.

—Katherine me ayudó a escogerlos en la tienda que está abajo mientras te encontrabas con la enfermera. Pensó que estaba nervioso, pero volvió a amenazarme… me dijo algo acerca de la cárcel. Pero tú me protegerás ¿verdad? — preguntó antes de subir al automóvil.

Mientras conducía, Max echó un vistazo a Irish.

—No has dicho nada desde la consulta con el médico. ¿Qué pasa? No te preocupes. Estaré contigo hasta el final. No puedo esperar a que comiencen las sesiones de parto… Me gusta la idea de ayudar a mi hijo a venir al mundo.

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Irish frunció el entrecejo. No le gustaba que Max se mostrara tan satisfecho de su papel de padre. Apartó la mano y luego cruzó los brazos.

—Max, la consulta ha sido entre el doctor y tú. A mí no me habéis dejado hablar.

—Oh. ¿Tienes alguna duda? —preguntó Max, realmente preocupado—. Irish, el primer trimestre es muy peligroso. Katherine me dijo que tu bisabuela, que también tenía ojos azules y pícaros, se puso de mal humor en las primeras etapas del embarazo, al igual que tú.

—¿Yo? ¿De mal humor? ¿Ojos pícaros? —preguntó ella, susceptible—. Max, todo el mundo me quiere. Soy adorable. Sin duda te pasa algo…

—Irish, una vez que pasemos esta etapa…

—¡Maldición, Max! ¿Quieres dejar de hablar de nosotros?

Él le dirigió una mirada fría.

—Estoy en esto, Irish —dijo, colocando una mano sobre el abdomen de ella y acariciándolo un momento—. Estamos juntos en esto. Los tres —añadió, de nuevo con ternura—. Yo me ocupo de los detalles —ordenó con suavidad antes de que Irish refunfuñara, cerrara los ojos y se acomodara en el lujoso asiento.

Max le cogió la mano.

—Eso es, cariño. Necesitas descansar. ¿Sabías que todas las mujeres que se encontraban en la sala de espera estaban casadas? Podríamos empezar a pensar en… —decía él cuando Irish se quedó dormida.

En los días siguientes Irish no tuvo la energía necesaria para hacer frente a Max. Pero cuando se sintiera mejor, Maxwell Van Damme iba a enterarse.

Al menos Max se ocupaba en fruslerías, compró electrodomésticos nuevos y cocinaba para los huéspedes. De algún modo él tenía tiempo para mimar a Irish, cosa que a ella empezaba a sacarla de sus casillas.

Mientras ella dormía la siesta, Max ponía ramos de flores, leche y galletas en su mesilla de noche. Parecía saber al instante cuándo Irish tenía náuseas. Le pedía que descansara y luego se acostaba junto a ella.

—¿Dónde te parece que deberíamos poner la habitación de los niños?

En las tardes calurosas Max conseguía hábilmente que Irish pusiera en alto las piernas cuando estuviera acostada mientras dormía la siesta. Sentado en la mecedora que estaba cerca de la cama, él examinaba los folletos del médico. Luego él también se acostaba junto a ella para dormir la siesta, y cuando Irish despertaba…

Deseaba hacer el amor con él. Deseaba sentir las manos temblorosas y suaves de Max moviéndose sobre su cuerpo.

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De mala gana, se obligaba a apartarse, luchando contra el deseo de colocarse sobre el cuerpo de Max. Después de todo, ella no era Mimi.

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CapítuloCapítuloCapítuloCapítulo 5555

—Esta vez tu hombre está construyendo una pista para helicópteros, Irish — dijo Jeff, apoyándose en la pared de la lavandería. Le arrojó un largo rollo de papel— . Revisa esto. Van Damme tiene planes para construir un aeropuerto en el mismo centro del campo norte. Parece que también tiene planes para construir un hangar. Lo que quiero es saber quién manda aquí. ¿Tú o él?

—¿Dónde conseguiste esto? —preguntó Irish, extendiendo la copia sobre las sábanas. Al cuarto mes de embarazo, Irish languidecía bajo el calor de agosto y debido al hecho de que estaba perdiendo el control sobre su vida.

Tenía que llamar a sus padres para decirles que iba a tener un hijo. ¿Pero qué les diría acerca del padre? No quería atrapar a Max y que él se sintiera obligado a llevar un estilo de vida aburrido; que se sintiera forzado a fingir que era feliz cuando podía estar trabajando en Tahoe o en Suiza. O hablando de música clásica con otros entusiastas en lugar de leer libros sobre embarazo y cuidado de bebés.

Sonrió forzadamente al recordar la presencia de Jeff.

—¿Entonces? ¿Dónde encontraste los planos?

Él pareció inquieto.

—Los encontré… Van Damme ha estado registrando todo el lugar. Me ha agredido a mí y a mis hombres una o dos veces, pero lo he controlado. Le entregué las facturas, tal como me dijiste.

Irish recordó la nariz rota de Boonie y se preguntó cómo había logrado Jeff arreglárselas tan fácilmente.

—¿Cómo lo controlaste?

—Sencillamente le dije que no estaba bien que tú te preocuparas y que él estaba molestándote mucho. Cualquiera puede ver que no estás de buen humor como antes de que él llegara. Lo mandé al diablo.

—¿Y lo dejó así, sin hacer nada?

Jeff se puso furioso.

—Es un insolente. Parece que me tiene manía. Me dijo que él no puede hacer nada porque eres tú quien dirige este lugar, pero me pidió que resolviéramos nuestros desacuerdos entre nosotros, lejos de ti. Y me advirtió que tuviera cuidado.

Irish echó un vistazo a los planos y pensó en los nobles esfuerzos de Max como el futuro padre satisfecho. Él la protegía.

Frunció el entrecejo y pensó en la personalidad detallista de Max. Sin duda le era difícil evitar una confrontación con Jeff, quien no se iría tranquilamente.

Pero ella no se sentía capaz de discutir con Jeff. No quería perjudicar a un hombre que mantenía a su madre y a una hermana inválida. Cuando se sintiera capaz de tratar el asunto con él, lo haría.

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A pesar de la situación, se alegró. Max reconocía que era ella quien dirigía ese lugar.

—Dice que volverás a estar al frente de todo cuando puedas y que tiene confianza en ti —hizo una mueca, furioso—. Podemos arreglárnoslas sin él, no me fío.

—Ya está bien, Jeff —dijo Irish con suavidad, mirándolo mientras él enrollaba los planos. Jeff había estado fastidiándola desde la llegada de Max y no le gustaba estarse defendiendo ni estar defendiendo a Max—. Quizás la posada sea pequeña, pero a nuestros huéspedes les damos atención de calidad. Recuérdalo. Y por cierto, mientras trabajes aquí no cobres a los huéspedes por reparaciones de poca importancia o por cualquiera de los servicios que deben tener gratis. A los Oberson les cobraste cincuenta dólares por llevarlos en automóvil al aeropuerto, y eso no está bien.

Jeff apretó los labios y la miró con los ojos entrecerrados.

—Son ricos. Pueden permitirse ese lujo. Van Damme ha estado haciéndote pasar las de Caín. Cualquiera puede darse cuenta de ello. Antes de que él llegara, me dejabas hacer mi trabajo como lo juzgaba conveniente. No es necesario que te metas conmigo porque estás quisquillosa, Irish.

Ella arqueó una ceja y lo miró.

—Asegúrate de que los trabajadores rieguen a sus horas. Pronto recogeremos la miel y el sabor a trébol se vende bien. Las zanahorias y los tomates necesitan más agua… y también las frambuesas —continuó dando órdenes, aunque no le gustaba su mal genio—. Y por cierto, no llames a Max «mi hombre».

—Vas a tener un bebé de ése… —Jeff miró el rostro encendido de Irish, luego apretó los labios—. Irish, Van Damme solo causa problemas. Está metiéndose en mis asuntos. Me pide recibos y comprueba cada centavo. Sea cual sea la relación que tiene contigo, no es mi jefe ¿verdad? —preguntó, malhumorado.

—Él no tiene ninguna relación conmigo ahora —dijo Irish, titubeante, pensando en la manera en que Max la había mirado.

Iris no estaba dispuesta a ocuparse de Jeff, pero Max era harina de otro costal. Se despidió del hombre y se fue a buscar al señor Van Damme.

—¿Dónde está Max? —preguntó Irish unos minutos después a Link. El calor de agosto ya había llegado a la posada y era intenso, de manera que los huéspedes estaban metidos en sus habitaciones con aire acondicionado esperando el postre que Max les había prometido para esa tarde.

Link alzó los ojos del periódico y dirigió una mirada de apreciación a Irish.

—Max está trabajando en el granero. Después de haber instalado el sistema de calefacción solar, está construyendo un dispositivo automático para distribuir el alimento, de Morticia y los caballos. Parece un buen sistema: el grano baja por el conducto principal, luego entra en cada departamento cuando los animales lo necesitan…

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Tenía que detener a Max, pensó Irish.

Atravesó el granero y saludó con una inclinación de cabeza a Morticia. Luego divisó a Max.

Sobre una paca de heno se encontraba una caja de cartón vacía y una lata de aceitunas. Mimi estaba echada encima de otra paca, mirando con atención a Max. La gata estaba embarazada y reclamaba la atención de Max, que él le daba frotándole la barriga y halagándola hasta que el animal ronroneaba. La música tranquilizadora de Bach circulaba por el granero. Irish recordó la afirmación de él de que la música también era buena para los animales.

Irish tragó en seco, tratando de no mirar la espalda amplia y bronceada de Max. Pero no pudo evitarlo.

Esforzándose por dominar sus emociones, Irish le dio un golpe ligero en el hombro con el rollo de los planos.

—Eres un dictador —le dijo.

Max dejó el martillo y se volvió lentamente hacia ella. Llevaba una margarita detrás de la oreja. Tomó los planos que Irish tenía en la mano y los colocó junto al martillo. Luego la miró con expresión arrogante.

—¿Hay algún problema… cariño? —preguntó con frialdad.

—¡Vaya! ¡Lo sabes! —exclamó Irish, examinando el efecto de los frágiles pétalos blancos sobre la piel morena. Luchó contra la oleada de sensualidad que la envolvió. Su cuarto mes de embarazo no era el momento oportuno para descubrir lo mucho que deseaba a Max. Se estremeció, tratando de no recordar su primer encuentro—. ¿Qué haces con una margarita en la oreja? —preguntó.

—Nadia me dijo que debía ponérmela hoy… es un amuleto de la buena suerte. Cálmate y dime qué es lo que te preocupa.

¿Calmarse? no quería que el brillo caliente de los ojos de Max hiciera saltar minúsculas cargas eléctricas y provocar un deseo instantáneo en lo profundo de su cuerpo.

No quería desear a Max, llevara una margarita detrás de la oreja o no.

Pero Max ya le estaba frotando la nuca. La suave caricia la tranquilizó. El cuerpo de Irish se fusionó al instante con el de él, sorprendiéndola. No estaba preparada para la pasión que sentía, el deseo reflejado en la expresión atenta de Max. Apretado contra ella, el cuerpo de él se endureció.

Mientras ella lograba aspirar, Max la recorría con la mirada, deteniéndose en los senos. Le apartó los rizos del cuello y permitió que la brisa le refrescara la piel. Apretó los mechones sin dejar de mirarla con atención.

—¿Tienes idea de lo mucho que te deseo? —preguntó Max. Deslizó los dedos debajo de los pantalones cortos que ella llevaba—. ¿Por qué me has llamado dictador? —deslizó las puntas de los dedos por las redondeadas caderas.

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Irish trató de recordar por qué razón estaba enfadada. De algún modo Max había disipado su ira.

—Piensas construir una pista para un helicóptero, Max.

Max la llevó a la sombra, de manera que no podían verlos desde la posada.

—Jeff ha estado fisgoneando donde no debería. Tendrá que dejar de hacerlo. La pista es una idea práctica, pues Colorado es famoso porque sus carreteras están cortadas por la nieve en invierno sobre todo a principios de febrero… que es cuando será el parto. Un helicóptero sería un medio de transporte seguro.

Max se apretó contra ella y buscó ese punto sensible que tenía Irish detrás de la

oreja.

—Max…

—Eres excitante, Irish —murmuró él—. ¿No tienes idea de lo mucho que me excitas?

¡Por supuesto que lo sabía! ¡Ella misma se sentía excitada! Cerró los ojos y trató de mantenerse firme. El brazo de Max la rodeó. La abrazó y se dejó caer de espaldas sobre el heno.

Tendida encima del cuerpo excitado de Max, el deseo de abrazarlo la hizo estremecerse. No quería alargar la mano y acariciarle la mejilla. Si al menos no la mirara con tanta intensidad, como si necesitara que ella lo tocara. Max necesitaba ser acariciado y amado, pensó, besándolo en los labios.

Lo besó en todo el rostro. ¿Tenía Max el mismo punto sensible detrás de la oreja? ¿Lo encendería ella con sus besos?, se preguntó.

Debajo de ella, Max permanecía inmóvil.

—¡Oh, Dios, Irish! —dijo él—. Eres encantadora. ¿Te he dicho alguna vez cuánto me gustan las caderas? —preguntó él con voz ronca, sin dejar de acariciarla.

—¿Mis caderas? —logró preguntar Irish con la mirada vacía.

—Mmm —Max tiró con los dientes de la blusa.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Irish cuando él encontró las puntas de los senos a través del sostén de algodón. Deseaba a Max y eso la asustaba. Mientras su cuerpo quería responder, Irish luchaba por mantener claros sus pensamientos—. Entiendo que quieras que todo marche bien, y entiendo que quieras que nuestro bebé tenga la mejor atención, la mejor alimentación, la futura madre más feliz. Eres un hombre honorable, Max. Pero no nos parecemos nada. En realidad me vuelves loca. Pero no quiero que la lástima o el sentido del honor te tenga aquí. Y no quiero que actúes como si… —no pudo mirarlo a los ojos—. No tienes que fingir que me quieres, Max.

Irish cerró los ojos, impotente, cuando Max encontró ese punto traidor detrás de la oreja.

—Estás deliciosa —dijo él en voz baja, áspera.

—No soy ningún trozo de pastel… —se quedó sin aliento cuando el cuerpo de Max se inclinó sobre el suyo.

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—A mí me lo parece.

Después regresaron a la posada. Con su margarita un poco marchita detrás de la oreja, Max caminaba junto a ella silbando. En el porche posterior, Irish trató de no estrujar el ramo de margaritas que Max había cortado para ella.

Max era el primer hombre que recogía flores para ella. Cuando se sonrojó y apartó la vista, Max la besó en la nariz. Él sonrió.

—He cambiado el Porsche por una camioneta. Llegará mañana. Después de todo, necesitaremos más espacio cuando amplíes el negocio ¿no? —le tomó la mano a Irish y se la llevó a los labios; luego la mordisqueó en el centro. Sonrió maliciosamente, con aire satisfecho—. ¿Quieres casarte conmigo?

Irish le dirigió una mirada vacía. Experimentaba emociones confusas. Abrió los labios para decir que no, pero su corazón dijo que sí y dio una alegre voltereta.

Mientras él aguardaba, la expresión segura de Max la afectó profundamente. Entonces Irish empezó a llorar.

—No pongas esa cara de asustado, Max. Yo… solo… quiero… llorar…

—Mira, Irish —comenzó a decir Max, incómodo—. Quizás no he elegido el momento oportuno.

Irish levantó la vista hacia él con desasosiego.

—No puedo… dejar… de llorar. No has hecho nada malo… pero no puedo casarme hoy —logró decir entre sollozos—. Lora Canfield va a llamarme para decirme cuánto dinero le dejó debajo de la almohada el ratoncito Pérez… se le cayó un diente y espera que el ratón sea generoso.

Max metió los dedos en el pelo de ella y cerró los ojos un momento. Parecía un nadador atrapado en una contracorriente. Irish intentó mostrarse digna, pero no lo consiguió. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

—Oh, Max, llévame a mi habitación, por favor.

Max dijo algo inquietante en voz baja antes de levantarla en sus brazos.

Junto a ellos, Link sacudió el periódico.

—No te quedes ahí muchacho. Llévala a la cama. Nadia puede llevar las aceitunas y el yogurt de arándano.

—No me gusta nada llorar —dijo Irish débilmente. Como Max era muy capaz, ella dejaba que la atendiera. Cuando estuviera mejor, le convencería de que en realidad él no quería casarse con ella.

Tres semanas después, la música de Rachmaninoff envolvía a Max mientras permanecía acostado. Incómodo debido al deseo que experimentaba, deslizó una mano por el pecho desnudo. Hubiera querido que los dedos de Irish sustituyeran a

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los suyos. ¡Maldición! Le encantaba la sonrisa radiante de Irish, que pronunciara su nombre. Pero ella lo mantenía a distancia.

Arrojó la almohada contra la pared. Durante años, se había negado a establecer relaciones, y ahora que deseaba realizar los trámites necesarios, no lograba convencer a Irish.

Quizás ella tenía razón.

Quizás no valía la pena correr el riesgo por él. Se estremeció un poco al recordar la manera en que su padre le estrechaba la mano cuando, de niño, necesitaba un abrazo.

Max examinó la fotografía que Nadia le entregó como un premio por haberla dejado que le adivinara el futuro con el tarot. Descubrió que la mujer quería escribir la historia de su vida desde Rumania hasta Nueva York y luego hasta Kodiac. La sesión había durado cuarenta y cinco minutos y, al final, Nadia lo recompensó con una fotografía de Irish.

De pie delante de una espaldera de rosas, Irish le sonreía mientras la luz del sol le daba un tono dorado a su cabello. A cambio de la fotografía, Max le permitió a Nadia que utilizara su computadora en la cabaña. En esos momentos, la adivina estaba frente a la pantalla, demasiado ocupada para entrometerse en los planes de Max.

Irish nunca rechazaba a los huérfanos, de manera que Max contaba con la presencia de Nadia en la cabaña para apoyar la idea de que él carecía de hogar.

Volvió un poco la cabeza para mirar el cuadro que colgaba sobre la repisa de la chimenea. Jonathan había capturado perfectamente la dulce inocencia de Irish.

Jonathan era el favorito de Irish. Pero el artista se alimentaba con sus temores y acudía a Irish en busca de consuelo. Jonathan recibía más que los otros huéspedes por sus paisajes y retratos, y le encantaba representar el papel de artista muerto de hambre.

Max miró con el ceño fruncido el retrato de Irish, por el que había pagado muy bien al pintor. Deslizó la mano por su abdomen, que frotó con indecisión. Tenía los músculos tensos. Continuó frotando mientras pensaba en cómo arrancar a Irish de las garras de Jonathan. Los cuadros del joven artista deberían estar colgados en las galerías de arte de todo el mundo. Pero el temor lo mantenía bajo la protección de Irish.

Max pensó en Jeff, que llevaba años robando a Irish. Al principio las cantidades eran pequeñas, pero el año anterior habían llegado a los miles de dólares.

Pagado con exceso y holgazán, el administrador del rancho contaba con la compasión de Irish. De acuerdo con ella, Jeff mandaba por correo todos los cheques que le pagaba a su anciana madre y su hermana inválida. De acuerdo con la investigación de Max, Jeff no tenía familia aparte de una novia a la que le gustaba acompañar a Cancún. Faltaban varias herramientas agrícolas, y Max sospechaba que Jeff había sacado provecho de eso.

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Era necesario tratar a Jeff con tacto. En ese momento Irish necesitaba confianza, de manera que poner al descubierto las actividades de Jeff podía hacerle daño.

Max levantó la garrafa que estaba junto a su cama y se sirvió más vino en la copa. Alzó ésta, brindando, hacia los muchos espejos que reflejaban su solitario lecho, luego la bebió de un trago. Cuando se servía otra copa pensó en su hijo. Los bebés necesitaban amor, no niñeras ni laboratorios. Irish sería una madre perfecta. ¿Y él?

El malestar de ella resultaba más evidente cada día que pasaba. ¿Cómo podía él hablarle del sentimiento de culpa que lo atormentaba?

¿Y cómo podía encontrar las palabras apropiadas para decirle que tenía miedo de que algo saliera mal? Se estremecía cada vez que pensaba en las complicaciones del parto. Como el bebé debía llegar a principios de febrero, las contracciones de Irish podrían empezar cuando la nieve hubiera obstruido los caminos…

Ella había llenado el vacío de su vida, de manera que él deseaba protegerla y cuidaría. ¿Por qué no podía decirle cómo se sentía?

Irish estaba de pie delante del espejo de su dormitorio, examinándose el abdomen.

El aire del final de la tarde había dejado de correr, lo cual presagiaba una tormenta más tarde. Los huéspedes acamparían esa noche en el enorme granero de un vecino. Granny y Link se encontraban en Denver, visitando a su bisnieto más pequeño, y Nadia estaba encerrada en la cabaña, escribiendo frenéticamente. Jonathan había recibido de repente un ofrecimiento para presentar sus cuadros en una galería de arte. Max sabía todo acerca de cómo enviar cuadros y participó en los preparativos.

Jeff, frunciendo el entrecejo y gruñendo, se había tomado dos días de descanso para recuperarse del reciente descubrimiento de Irish. El administrador había escogido pintura barata para la posada, la cual, después de un mes, empezó a desconcharse. Él culpó al vendedor, pero cuando Irish llamó a la tienda, le informaron que el pedido de Jeff había sido despachado debidamente.

Irish frunció el entrecejo mientras pensaba en Jeff. Un hombre mayor como él no encontraría empleo fácilmente. Como el único soporte de su madre anciana y su hermana inválida, Jeff necesitaba comprensión. Además, Irish no se creía las cosas que Max le había contado de él. Jeff podía ser algo dejado, pero no era un delincuente.

Con el fin de hacerle un favor a Nadia, que necesitaba estar sola durante la redacción final de su novela, Max se había mudado a una habitación vacía, que pensaba convertir en cuarto de los niños, y se encerró allí junto a su computadora para trabajar.

El puntapié del bebé sorprendió a Irish, quien se puso la mano sobre el costado, asombrada.

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Recordó la primera vez que el bebé se había movido. Irish se quedó sin aliento y miró con desasosiego a Max, quien de inmediato se acercó a ella.

—¿Qué pasa, Irish? —preguntó con urgencia, tenso.

—El bebé acaba de moverse —respondió ella. Max la levantó en sus brazos y la llevó hasta las escaleras.

Se detuvo a medio camino, miró los escalones y preguntó:

—¿Se ha movido?

Ella asintió con la cabeza y sonrió.

—Nuestro bebé se ha movido —repitió él, poniéndola de pie. Le acarició suavemente el abdomen mientras empezaba a esbozar una amplia sonrisa.

Sin embargo, el examen que Max hacía no siempre era bien recibido, concluyó Irish con firmeza.

Ahora Irish frunció el entrecejo y deslizó la mano por su abdomen.

—Será mejor que no seas tan metódico como tu padre —dijo al bebé, dándose

palmaditas en el abdomen—. Ya he tenido bastante miedo, pesando, siguiendo dietas

y estudiando tu crecimiento. Estoy harta de gráficas genéticas y cromosomas.

Descubrir los mejores hospitales de maternidad no era una idea divertida —escuchó los acordes melodiosos de Bach—. Podría vivir sin la música clásica, y más vale que

la primera palabra que digas no sea «computadora».

El aroma de los panecillos de media luna que Max acababa de hornear se mezclaba con el perfume de lavanda de la posada.

—Quizás Max sufra una tensión nerviosa a causa del trabajo, pero muchas de las obligaciones que se impone son innecesarias, yo podría vivir sin un jefe de cocina permanente.

¿Pero podría vivir sin Max?

Irish negó con la cabeza. Había estado demasiado ocupada luchando contra Max y sus menús y planes para el bebé, de modo que no se había fijado en cuánto había cambiado. Tenía el pelo más largo, y su aspecto ya no era impecable.

Se miró en el espejo. Pensar en Max la hizo ponerse colorada. Envuelto en su papel de futuro padre, Max hacía listas de nombres para el bebé en su computadora. Instaló un sistema de intercomunicación en la habitación de los niños y probó el sistema de sonido con cintas de música clásica.

Llamaron a la puerta, lo cual señaló la llegada de Max.

—¿Cariño? —dijo él en voz baja, íntimo, lo cual hizo que ella sintiera un hormigueo en la piel y que sus senos se endurecieran.

Irish echó un vistazo a los pezones.

—Traidores —dijo.

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Miró airadamente a la puerta que había causado todo. Si ella no hubiera estado rechazando las insinuaciones amorosas de Boonie sujetando el pomo de la puerta, Max no se encontraría allí.

—Vete, Max.

—Amor mío —murmuró Max al otro lado de la puerta. Irish hizo una mueca. Él había estado leyendo novelas románticas y ensayando palabras cariñosas en todos los idiomas. Cada vez que lo intentaba en algún otro idioma, todo el cuerpo de Irish se ponía flácido. Excepto sus sensibilizados senos.

Irish levantó las manos y luego abrió la puerta lentamente. Apoyado en la pared y con una caja de cartón en los brazos, estaba Max, mirándola.

—Hola, preciosa.

Más largo y agitado por el viento de otoño, el cabello suavizaba los rasgos del rostro de Max. Acababa de tomar una ducha, de modo que diminutas gotas de agua estaban pegadas a su pelo y su pecho.

Tenía la camisa desabrochada, quedando al descubierto una excitante porción de su pecho cubierto de vello. Irish reprimió el deseo de acariciarlo y sujetó con dedos temblorosos el pomo de la puerta.

Max sonrió. En respuesta, el bebé de Irish volvió a patalear. Sin poder apartar la vista de los brillantes ojos cafés de él, Irish se puso la mano sobre el costado.

Max la besó en la frente.

—¿Te sientes bien?

Ella percibió el olor seductor a un cuerpo masculino recién bañado y a loción para después de afeitar. Irish cerró los ojos para reprimir los impulsos que la empujaban a apretar la nariz contra el pelo húmedo de él.

—Es la hora de mi siesta ¿lo recuerdas?

Max se apartó de la puerta y entró en la habitación. Dejó caer el contenido de la caja, una colchoneta para hacer ejercicios, libros y sus pantalones cortos de boxeador, sobre la cama. Luego sacó un tubo de plástico de su bolsillo posterior y también lo arrojó sobre la cama.

—Tenemos que empezar a trabajar juntos, Irish. Hay que hacer los ejercicios de preparación al parto.

Irish cogió el tubo y miró fijamente a Max.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Una crema hidratante —respondió él, mirando el abdomen de Irish—. La próxima vez que vayamos al médico aprovecharemos para ir de compras… —su mirada se detuvo en los senos y añadió en voz baja—: Quizás quieras probar ahora la crema hidratante.

Irish levantó la mano y señaló hacia la puerta.

—Ya basta. Sal. Tengo una conferencia con mi bebé. Mi… pecho es asunto mío.

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—¿Y qué me dices del ejercicio? Necesitas prepararte para el parto.

—No estoy flácida. Además, he estado haciendo ejercicio.

Él alzó las cejas.

—¿Acaso he dicho que estés flácida? Irish, si vamos a trabajar juntos, tienes que dejar de ser tan susceptible.

Su mirada se detuvo en el pecho de Irish. Ella se ruborizó y Max le entregó los pantalones cortos.

—Con esto basta. Póntelos.

Irish se puso la mano en la cintura. Los ojos de Max brillaban, retadores.

—Max, no me gusta que me acosen o me apremien; de verdad, no tienes que cuidarme…

Max le acarició la mejilla.

—Tendrás que aprender a aceptar que alguien te cuide, Irish. Por cierto, Katherine está preocupada. Tus padres no han sido informados de que volverán a ser abuelos. ¿No te parece que ya es hora…?

Irish retrocedió y lo miró airadamente.

—Ya basta —dijo.

—Si quieres que me calle, tendrás que hacer ejercicio —dijo Max con aire satisfecho y echó un vistazo a los libros que estaban sobre la cama—. También tenemos que ir pensando en nombres para el niño. ¿Qué te parece Shawnee o Sasha? ¿O Abagail, Tyree, Sloan, Sam…?

Irish levantó el mentón, sensible a la mirada penetrante de Max, que siempre volvía a su pecho.

—No quiero jugar hoy, Max. Ve a fastidiar a algún otro. Tienes padres… explícales lo sucedido.

—Esto no es asunto de ellos —dijo Max, tenso.

Más allá de la ventana, los relámpagos iluminaban las nubes que atravesaban el cielo. Max frunció el ceño de inmediato. Su mirada siguió a las nubes que estaban sobre las Rocosas y su rostro se endureció.

—Odio los relámpagos —dijo en voz baja—. En Missouri, las tormentas pueden resultar terribles para un niño.

Una ráfaga de viento de otoño entró en la habitación. Max echó la cabeza hacia atrás, como si hubiera recibido un golpe. Irish le tocó la mejilla. Al instante él le agarró la mano y se la llevó a los labios. Cerró los ojos.

—¿Max?

Cuando abrió los ojos, el miedo y la desesperación que había en ellos la conmovió. Max tragó en seco. Sus hombros se pusieron tensos mientras la miraba con cautela, vulnerable. Instintivamente, ella alargó la mano hacia él.

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Como afligido por algo que Irish no podía entender, Max la levantó en sus brazos y la llevó a la cama.

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CapCapítuloCapCapítuloítuloítulo 6666

Abrazada a Max, Irish se dio cuenta de cuánto lo afectaba la tormenta. Los truenos retumbaban a lo lejos y el corazón de Max latió con violencia debajo de la mano de ella. Enmarcado por la ventana, su rostro se perfilaba contra las nubes grises que atravesaban el cielo vespertino. La brisa le agitaba el pelo, y cada vez que veía un relámpago, abrazaba con fuerza a Irish.

Otro rayo dibujó el rostro duro de Max contra las sombras de la habitación. Su soledad la conmovió.

Había cautela en sus ojos cuando ella le acarició la cara.

—Max —dijo Irish en voz baja—. ¿Qué pasa, Max? —él cerró los ojos—. Cariño —murmuró ella, acercando los labios a los de él; le acarició la mejilla.

—Éste no es el momento oportuno, Irish —le advirtió Max cuando ella deslizó los labios por su mejilla.

—Cariño —insistió ella.

—Nadie me había llamado así —dijo él con voz temblorosa, mientras la emoción le entristecía la mirada.

Irish estaba dispuesta a luchar con él contra la tormenta. Le desabrochó la camisa y le acarició el pecho.

Más allá de la posada, el viento golpeaba contra las esquinas del edificio y doblaba los árboles a su paso. La lluvia le humedeció la mejilla cuando Irish abrazó a Max.

—Ven —dijo ella en voz baja.

—Irish, te lo advierto. Éste no es el momento para juegos de descubrimiento — dijo Max.

Pero sus brazos habían envuelto a Irish, y parecía que nunca la dejaría ir.

Ella lo besó en el mentón.

—Vas a contármelo después ¿verdad, Max? Pero en este momento quiero todo lo que tú quieres.

—Lo que quiero… —dijo él con urgencia—. ¡Oh, maldición…! —se estremeció, colocándola sobre la cama. La agarró de la muñeca, uniéndola a él. El ademán simbolizaba la nueva vida que se desarrollaba dentro de ella y el fuerte lazo que existía entre los dos. Irish deseaba eso: saber que Max lucharía por formar parte de su vida. No era de los que huyen en los tiempos difíciles.

Max metió los dedos entre el cabello de ella. La pasión apareció en su expresión cuando la hizo levantar la cara hacia él.

—Ahora, Max —dijo ella mientras la bruma fresca penetraba en la habitación y agitaba las cortinas. Sin apresurarse, Irish se quitó la camiseta y la dejó caer al suelo.

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Max fijó la vista en sus hombros.

—Iris —dijo con voz ronca—. El bebé. Éste no es el momento, Irish. No sabes lo que me pides.

Ella se desvistió lentamente. Max siguió con la vista sus movimientos.

Las sombras del anochecer se deslizaron hacia ellos. El ruido de los truenos distantes penetró en la habitación. Max se puso rígido y se estremeció. Algo espantoso pasó rápidamente por su expresión, una desesperación que la conmovió.

—No pienses en nada; solo en el presente, Max —susurró ella, mirándolo a la

cara.

—Solo el presente —repitió él, mirándola a los ojos mientras se quitaba la ropa.

Brilló otro relámpago en el cielo, pero esta vez Max no se dio cuenta.

Los labios de él se deslizaron, ávidos, por el cuerpo de Irish. Guando volvió a los labios, ella los abrió para él y lo envolvió con sus brazos.

Max se movió rápidamente sobre ella. Irish respondió a sus demandas. La urgencia de él se fundió con la de ella. El deseo y la pasión se apoderaron de los dos con la intensidad de la tormenta que rugía afuera.

No se mostró tierno. Pero Irish solo esperaba sinceridad.

Guando él exigió, ella otorgó. Enredadas con el pasado, nuevas pasiones y nuevos descubrimientos cobraron vida entre ambos.

Irish entregó a Max su orgullo, su pasado.

Él le ofreció su dolor, su desesperación, su necesidad de ser devorado por ella.

Mientras dominaba la violenta pasión, Irish lo abrazó con fuerza, lo absorbió…

La desesperación de Max la invadió y la hizo suya.

En la cresta de la ola, él la esperó. Entonces, cuando ella lo encontró en ese lugar especial, Max le entregó todo y pronunció su nombre en voz baja. Irish trató de disfrutar de la alegría que encontraron. Escuchó la distante voz de Max repitiendo su nombre mientras ella se estremecía.

Max la besaba en los labios. Por encima de los sonidos del viento que se colaba entre los pinos, murmuró palabras que resultaron poco claras, pero reconfortantes. Irish, indolente, devolvió los besos y deslizó las manos por la ancha espalda de Max. Trató de abrir los ojos, pero no pudo. Quería permanecer donde estaba, calentita y cómoda, debajo del fiable Max.

Max se movió un poco para cubrir sus cuerpos con una sábana. Haciendo un enorme esfuerzo, Irish le cubrió los hombros. Sonrió, soñolienta, al ver al nuevo Max. Él le había entregado una parte de sí mismo cuando hicieron el amor. Era un hombre cariñoso.

La lluvia golpeaba suavemente la ventana y penetraba en la habitación en forma de brisa ligera. Irish sintió un placer que nunca había experimentado; quería que Max se quedara con ella para siempre.

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Sonriéndole con malicia, le acarició los hombros y luego los brazos.

—Max. Cariño —dijo ella en voz baja. Max siguió besándola. Encontró el punto sensible detrás de la oreja de ella. Irish volvió a estremecerse, excitada—. Max… ese punto —él deslizó las manos hacia abajo para tomarla de las caderas. Irish probó el punto detrás de la oreja de Max y él se puso tenso—. ¿Otra vez? —preguntó ella.

—Esta vez lo haremos lentamente —respondió él.

Más tarde, Max la abrazaba. Observaban los relámpagos que brillaban a lo lejos.

Él se puso la mano de Irish sobre el pecho y dijo en voz baja:

—Nadie me había visto así, Irish. Desde que era niño. Mis padres no podían soportar que a su hijo perfecto, el producto de genes perfectos, le dieran miedo las tormentas.

Entonces ella comprendió.

—Así que luchabas solo contra las tormentas.

—Llorando y huyendo de los ruidos. Cuando tenía ocho años, el ama de llaves me dijo que la molestaba, así que me encerró en un armario mientras duraba la tormenta —volvió la cabeza sobre la almohada para mirarla intensamente—. No quiero que nuestro hijo esté solo o tenga miedo.

—No lo estará, Max —dijo ella, tranquilizándolo.

—¿Qué pasará si no puedo darle el amor que necesita, Irish? —preguntó él con dolor—. Mis padres tenían la edad que ahora tengo yo cuando nací. Antes de que llegara, ellos ya habían hecho su vida. En una familia de médicos, yo era el único niño. Al parecer fui un experimento que mis tías y tíos no quisieron realizar. La familia Van Damme no se inclina hacia los abrazos y besos. Los niños pueden darse cuenta cuando un padre no los quiere. Sienten… no quiero que mis padres se acerquen a ti o a nuestro hijo.

Irish pasó la mano sobre un mechón de la sien de Max.

—Después, cuando tuviste edad suficiente ¿no les dijiste cómo te sentías?

Max se puso tenso.

—Estaba demasiado ocupado tratando de no desilusionarlos, sobresaliendo en colegios privados.

—Podrías invitarlos a venir aquí y…

—No —dijo él, categórico—. No van a entrometerse en mi vida. Sobre todo ahora —hizo una pausa; luego añadió—: Tienes un corazón tierno, Irish. Pero no entiendes a mis padres. No me pidas que los invite a venir. Los quiero lejos de aquí y de ti. Ya me encargaré de ellos… pero quiero que estén lejos de aquí.

Irish colocó la punta de los dedos sobre los labios de él.

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—Chist. No te preocupes, Max. Todo estará bien. Nuestro bebé tendrá todo lo que necesite… —titubeó, sorprendida por los movimientos del bebé.

—He sentido la patada —dijo Max con orgullo. Extendió la mano sobre el abdomen de Irish. Aguardó y, como recompensa, recibió otro delicado puntapié—. Hola, bebé. Estoy esperándote.

—Papi —murmuró Irish. Vio que a él le brillaban los ojos de gusto y que sonreía.

Max apoyó la barbilla en la cabeza de ella. Continuó mirando hacia la tormenta que amainaba, buscando los relámpagos que morían en las montañas.

—Llámalos, Max —insistió Irish—. O ve a verlos. Deben saber…

—Déjalo así, Irish —le ordenó Max, lacónico—. Ellos no tienen nada que ver en

esto.

Irish permaneció callada, aguardando.

Después de un largo rato, Max volvió la cara de la ventana y la miró.

—Voy a quedarme esta noche —dijo en voz baja—. Mañana regresaré a la cabaña.

Apretada contra el pecho de Max mientras dormitaba, a Irish le pareció oírle decir:

—Nunca me gustó ser hijo único. Disponemos de tiempo para tener dos…

Unos días después, Irish y Katherine contemplaban cómo Max empapelaba por segunda vez la pared de la habitación de los niños.

—Max es un encanto —dijo Katherine—. Diseñó la habitación de los niños y está dando los últimos toques a la mecedora favorita de la abuela. Además cocina. ¿Qué más podías pedir, hermanita?

—Es un príncipe —respondió Irish, mirando los juguetes del bebé y luego a Max, que llevaba unos pantalones raídos y una camisa de franela—. Kat, no estoy acostumbrada a que me estén abrazando y protegiendo… Max puede ser bastante opresivo.

—Lo sé. Es a ti a quien le gusta estar protegiendo. Quizás deberías aprender a aceptar que alguien te proteja. No es fácil aprender a compartir… pero es maravilloso que alguien te cuide. Y Max sabe cómo cuidarte. Después de comer te ha traído un yogurt. Y esta mañana, cuando pensó que ni J.D. ni yo estábamos observando, te preparó unos huevos revueltos. Max está mimándote y tú lo sabes.

—Lo que pasa es que se siente obligado —contestó Irish—. Piensa que tiene una deuda conmigo o algo así.

—Ah, por eso no puede quitarte los ojos de encima. Por supuesto. Por eso no deja de tocarte, abrazarte y besarte.

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Irish se sonrojó y apartó la vista.

—Lo hace porque ha leído en algún sitio que el afecto que siente la madre se transmite al feto. Por eso lo hace, para dar cariño a su hijo.

Katherine se echó a reír y pasó la mano por la mejilla sonrosada de Irish.

—Date por vencida. Ese hombre tiene lo que tú necesitas. J.D. me ha dicho que Max ha estado haciendo planes y cree que podríais tener otro hijo dentro de dos años. Está buscando una iglesia para la boda…

—¿Otro hijo? —preguntó Irish, haciendo caso omiso de la risa de Katherine, y entró en la habitación de los niños. Tenía que acabar con los actos autoritarios de Max.

Apartando una tira de papel de empapelar decorado con diminutos osos sonrientes, Max la besó en la nariz.

—Tenías razón. Los ositos con las cintas rosas están mejor que los patos…

—No me trates con condescendencia, Max. Kat me ha dicho que quieres que tengamos otro hijo… —se detuvo y vio que Max se sonrojaba—. No puedes salirte con la tuya todo el tiempo.

—Aunque algo tarde, estoy haciendo realidad mis objetivos en la vida, amor mío. Sencillamente mi reloj biológico necesitaba que tú le dieras cuerda —dijo Max con sonrisa tímida—. Un segundo hijo sería perfecto. Cuando nos casemos, podríamos…

—Vamos, Max —lo interrumpió Irish—. Estás yendo demasiado de prisa ¿no te parece?

Orgulloso, Max le dio palmaditas en el abdomen.

—Todo está bajo control.

—Matrimonio —repitió ella con cuidado—. Max, que yo sepa, no hemos hablado de casarnos, ni de tener un segundo hijo. Bastante tengo con atenderte a ti.

—Lo sé —dijo él—. Pero lo haces muy bien.

Max la besó en la nariz.

—Mis estudios indican que estamos en la mejor edad para tener hijos.

Irish miró fijamente a Max y se preguntó si estaría en sus cabales. Entonces él frunció el ceño.

—¿Qué pasa, Max?

—¿Eh? No pasa nada.

Al fondo, J.D. y Katherine rieron. Dakota entró corriendo en la habitación y se echó en brazos de Max. Cuando la levantó para darle un beso, la niña sonrió.

—Mi tío Max dice que mi tía Irish va a tener un bebé con pelo negro como el mío. Dice que Travis y yo podremos cuidarlo cuando mi tío salga con mi tía Irish.

Irish miró, por encima de la niña, a Max.

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—¿Salir conmigo? —preguntó ella con voz ronca—. ¿Por qué?

—Imagínatelo —dijo Max en voz baja, inclinándose para rozar con sus labios los de ella.

—Está en el quinto mes de embarazo —dijo Max a la enfermera que atendía la recepción del hospital—. Tenemos cita con el doctor Williams.

La enfermera miró a Irish.

—Sí, el doctor Williams me dijo que, como viven a menos de una hora de Kodiac, quizás ustedes prefieran este hospital al de Denver. La clínica es más pequeña, pero tenemos todo el equipo necesario y un personal muy competente. La señora Dalton contará con la mejor atención.

—No estamos casados —dijo Max, apretando un poco los dedos alrededor de la cintura de Irish.

La enfermera alzó las cejas.

—Ah, comprendo. Entonces procederemos sobre la base de que solo se considerarán los deseos de la señora. Usted comprende que ella puede exigir que le impidan entrar en la sala de partos —miró a Max con expresión desafiante—. ¿Sí, señor…?

—Van Damme. Soy el padre del bebé. Y estaré al lado de la señora Dalton en todo momento.

—Hmm, ya veremos. El doctor Williams me pidió que organizara la sesión para varias parejas. ¿Me acompañan? —preguntó, adelantándose a Irish y Max.

Max tomó de la mano a Irish y dijo entre dientes:

—Me gustaría decirle cuatro palabras a esa…

—Max, sé amable —le pidió Irish—. No nos invitará al té después, de manera que no tendrás que hablar con los demás padres.

—No es eso lo que me preocupa, es que no soporto a esa antipática —murmuró él. Pero le sonrió a la enfermera. Era una sonrisa devastadora a la que la mayoría de las mujeres correspondían sin vacilar.

Impasible, la otra mujer lo miró por encima del hombro.

—Cuatro parejas más realizarán la visita con ustedes, y después participarán en una reunión. Dentro de dos meses comenzarán las clases a las que podrán asistir, si lo desean. No hablen durante la visita, solo para hacer preguntas. En la reunión pueden hablar libremente.

Cuando entraron en una sala llena de parejas de diversas edades, Max se detuvo y miró a las demás mujeres. Apretó la mano de Irish.

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—No me gusta esto —dijo como si acabaran de entrar en una guarida de tigres—. Todos llevan anillos de compromiso. Eres la única que no viste ropa de maternidad y la única que no está casada.

A su lado, la enfermera le sonrió con cordialidad a Irish. Luego miró a Max con dureza.

Max sujetó a Irish de la muñeca durante toda la visita como si ella pudiera escapar. En la sala de partos palideció cuando la enfermera describió las operaciones de cesárea. Cuando llegaron hasta donde se encontraban seis bebés envueltos en mantas de franela y en cunas, Max empezó a sudar.

Apoyó la frente en el cristal de la sección de cunas y cerró los ojos, tras explicar que tenía un poco revuelto el estómago. La enfermera le dio unas palmaditas en el hombro y sonrió.

—Aún no he perdido a ningún padre —le entregó a Max un folleto y le ordenó—: será mejor que estudie. Yo soy la instructora, así que cuando yo diga «salte», usted salta, señor.

Irish sonrió, pensando que al fin conocía a alguien que podía intimidar a Max.

Irish estaba subida a una escalera, lavando las ventanas de la posada y pensando en la mirada ceñuda que Max dirigió a la diminuta enfermera.

—Oh, no —dijo Max, cerca de ella. Tiró suavemente de la holgada blusa de franela que Irish llevaba—. Bájate ahora —le ordenó con un tono de voz que le crispó los nervios a ella.

—Estoy muy contenta aquí, ocupada con mis propios asuntos. Pero gracias — respondió ella, haciendo caso omiso de él, echando limpiador sobre el cristal.

—¿Estamos de mal humor hoy, mi amor? —preguntó Max—. Tú no debes hacer estas cosas.

—Es octubre, Max. Es la época en que hago limpieza general. No tengo quién me ayude, pues Granny no puede hacerlo y tú estás ocupado en tus proyectos…

—Estoy estableciendo conexiones con el mercado de valores. Granny está revisando el informe de la bolsa pues Link y ella han invertido en la industria de la alimentación. ¿Dónde está la gente de Jeff? Ellos pueden encargarse de las ventanas, y si no pueden, lo haré yo.

—Eres un pendenciero —le dijo ella, estremeciéndose de ira—. Viniste aquí a entrometerte en mis asuntos, a hacer que todo el mundo se convierta en mi esclavo… —Max no dejaba a Irish un momento de respiro, preocupado porque hiciera algo peligroso. La chica se sentía cada vez más agobiada por él.

Irish frunció el entrecejo. Las cosas no marchaban bien para ella, y eso era culpa de Max.

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Le había pedido a Jeff que pintara el porche principal de la posada, pues solo quedaban dos días para que llegara un grupo de parejas de gente mayor que viajaban a la posada todos los años por esa época; los maridos se quedaban en el porche con navajas y trozos de madera, mientras las esposas se metían en la cocina de Irish para preparar mermeladas y jaleas para los regalos de Navidad.

Irish no le había hablado a Max acerca de las esposas, diez mujeres a quienes no les gustaba tener hombres en la cocina. Durante su estancia, darían a Irish listas de comestibles y la ahuyentarían de su reino.

—¿Te das cuenta de lo peligroso que sería que te cayeras ahora? —preguntó Max—. Irish, Jeff tiene un equipo de mantenimiento muy bien pagado.

Irish apretó los dientes.

—Si algo le pasara al bebé, realmente te sentirías obligado conmigo ¿verdad? Max, dentro de una semana llegará un montón de gente para asistir al festival de otoño.

Max apretó los labios.

—¿No deberías haberte puesto ropa premamá?

—No la necesito, voy bien con camisas y faldas anchas.

Max alzó la ceja y luego echó un vistazo al pecho de ella.

—Has cambiado, corazón mío. Aunque siempre has sido deliciosa.

—Max…

Entonces Max se sentó lentamente y ayudó a Irish a hacer lo mismo en la mecedora de madera de cerezo de la abuela de ella.

—Chist —dijo él, atrayéndola hacia sí y comenzando a mecerse.

Mimi pasó por delante de ellos con la cola en alto. Sacudió la punta y una procesión de gatitos que maullaban la siguió. La gata se dejó caer, maulló, se puso de costado y ofreció la cena a los gatitos. En un instante, éstos encontraron la leche.

Mimi lamió a los gatitos mientras ellos mamaban.

Irish dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas. El bebé pataleó y ella aspiró por la nariz.

—No me gusta nada ser llorona —dijo, dirigiéndose a Mimi, no a Max.

Max

la

hizo

apoyar

la

cabeza

sobre

su

hombro

y

continuó

meciéndose

lentamente. Irish aceptó la seguridad que él le ofrecía.

Max murmuró:

—Si alguien te llama «llorona», yo me encargaré de él.

Irish tragó en seco y aspiró por la nariz. Hizo un esfuerzo por no sonreír, al recordar lo cohibido que se sentía Max ante la enfermera que los había atendido durante su visita al hospital.

—¿Le has pedido que se case contigo? —le preguntó la enfermera.

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Guando él asintió, ella le dio palmaditas en la cabeza.

—Buen chico. Lo lograrás.

Él pareció encantado y la enfermera dijo a Irish:

—A eso lo llamamos el «rubor del nuevo padre».

Mientras se mecía en los brazos de él, Irish se limpió la mejilla con el cuello de la camisa de Max. Él cogió la mano de la chica y se la llevó a los labios.

—Deja de apremiarme, Max. Las bodas rápidas no son mi tema favorito —dijo Irish. No se sentía cómoda con la situación. No podía contárselo a sus padres, pues una vez que lo supieran, Max estaría en peligro de extinción. En realidad él no había hecho nada equivocado, solo había llegado en un mal momento.

—Una boda rápida… —dijo Max—, no me gusta cómo suena eso. Nadie está obligado a hacer nada.

Absorto en sus pensamientos, Max la meció lentamente. Irish quería saber más acerca de él. Su cordialidad contradecía lo poco que sabía de su pasado. Tuvo una visión breve de ello durante la tormenta, y no le gustó lo que descubrió.

Max se movió un poco, para que ella pusiera las piernas en alto. Irish se tranquilizó. El momento de tranquilidad se extendió, como si nunca fuera a terminar.

Entonces él dijo:

—Cásate conmigo, Irish —así Max destruyó el primer momento de calma que Irish había tenido desde que él entró en la sala del hospital donde se encontraban los futuros padres.

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CapítuloCapítuloCapítuloCapítulo 7777

La luz de octubre se filtraba a través de la ventana de la pequeña habitación. Max ajustó la repisa que había hecho en la pared de la habitación de los niños. Los músculos para coordinar los movimientos de los ojos se fortalecerían cuando él mirara los objetos que Max pensaba poner sobre la repisa. Sonrió al darse cuenta de que había usado la palabra él al referirse al bebé. Irish no quería conocer el sexo de su futuro hijo; tampoco Max.

Volvió a medir la distancia que había desde la cuna hasta la repisa. Desde que llegó el autobús con los nuevos huéspedes, Max buscó la soledad en el invernadero y en el taller de carpintería de Link. La repisa de arce era su primer proyecto, su regalo para el bebé. Con la instalación de los controles de humedad y temperatura, la habitación de los niños sería perfecta.

El aroma a tartas de manzana y mermelada de ciruela subió por la escalera. Desde el aparato de música que estaba sobre la cómoda, los violines de Brahms flotaban en la habitación. De pronto unos sonidos de ametralladora procedentes de la impresora de Granny en el cuarto de computadoras, interrumpieron los movimientos clásicos. Max subió el volumen de la música y oyó que Granny murmuraba algo acerca de los «malditos corredores de bolsa».

—¿Cuál es el problema? —preguntó él.

—La alimentación ha bajado y las acciones de comunicaciones están subiendo de precio. ¿Es que la gente no sabe lo que es importante? —preguntó Granny.

Granny se había aficionado a la sala de computadoras de Max. Bajo la dirección de éste, estaba entusiasmada con los índices de la bolsa. Aunque no tenía estudios, la mujer era muy lista, y ahora parecía tener un prometedor futuro el mando de la bolsa. Link la llamaba «La Maga». También Link tenía un futuro prometedor. Max y él habían hablado con la gente de una emisora de radio local, de manera que ahora las noticias sobre pesca de Link eran transmitidas después del noticiario matutino.

Siguiendo el manual de Max sobre contabilidad, «La Maga» había comenzado a anotar pagos y recibos.

Granny podía convertirse en una pesadilla cuando quería expulsar a los huéspedes de Irish que no pagaban. Mientras se recuperaba de su fracaso matrimonial, Liz Fredell no le pagaba hospedaje a Irish. Un día, cuando Liz se encontraba en un paseo por la montaña, Granny hizo sus maletas y limpió la habitación.

—Fredell se va —dijo Granny a Max, cruzándose de brazos.

Max pensó que Irish diría que él había influido en el comportamiento de la anciana, así que sobornó a Granny con la promesa de enseñarle un nuevo programa de ordenador.

Granny continuó refunfuñando, pero aceptó la propuesta de Max.

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—Oye, Max, tengo una pista sobre algunas acciones. Ven cuando tengas tiempo. He echado un vistazo a las cifras de Jeff sobre reparaciones a la cosechadora; no concuerdan con la factura del mecánico. Parece que los números fueron falsificados.

Max apretó los labios. Una confrontación con Jeff ahora no ayudaría a Irish.

—No te preocupes —dijo Granny—. Recuerdo lo que dijiste acerca de no mortificar a Irish, pero ella sabe que se prepara una estafa… Nadia dejó un mensaje para ti diciendo que la llamaras a la casita de campo…

Max llamó a la cabaña y esperó que Nadia respondiera.

—¿Sí?

—¿Querías hablar conmigo? —preguntó él, al tiempo que algo más allá de la ventana llamó su atención. Apartó la cortina para ver a Irish.

Mientras Irish caminaba hacia el granero, el viento de otoño agitaba su pelo. La cabellera dorada atrapó al sol y jugó con él. El abrigo que llevaba perfilaba la suave elevación de su vientre.

Vestida con vaqueros y con una pequeña cesta de manzanas para los caballos, la madre de su hijo encajaba hermosamente en el eterno paisaje campestre, bajo la sombra de las majestuosas Montañas Rocosas.

Pero a él se le estaba acabando el tiempo.

«La madre de mi hijo», repitió Max en silencio. Irish era algo más que eso. Era lo que daba calor a su vida, una combinación de luz del sol y flores.

Los corazones sin amor de los Van Damme no la tocarían a ella ni a su hijo.

El destino les había entregado un hijo, y eso alegraba y preocupaba a Max. Él no había conocido el amor. ¿Cómo lo reconocería? ¿Cómo lo daría?

Irish y el bebé merecían recibir amor, ofrecido por un hombre que supiera amar. ¿Podría hacerlo él?

El miedo, espontáneo y violento, se apoderó de él. Max era un intruso en el dominio de Irish.

Nunca había esperado nada, sino que a lo largo de su carrera había actuado precipitadamente, ordenando los hechos y obteniendo resultados. Experto en su trabajo, Max nunca había confiado en el amor y ahora Irish le necesitaba.

Nunca se había sentido vulnerable, ni impotente.

A la luz del sol otoñal, Irish se pasó la mano por el vientre y sonrió mientras hablaba con el bebé… el hijo de Max.

Éste apretó los labios. Tuvo un fuerte deseo de abrazar a Irish, de compartir con ella la ilusión por el niño.

Cerró los ojos y no prestó atención al ardor que sintió detrás de los párpados. La emoción lo invadió y le temblaron las manos. Se apoyó en la pared y escuchó los

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latidos irregulares de su corazón. Nunca antes los había escuchado, nunca había oído ese ruido sordo y duro en su pecho.

No quería volver a estar solo.

Pasó la mano por el tocador antiguo que acababa de barnizar. Sonrió un poco, animado por el regalo del pasado.

Sentado en la mecedora, Max se puso a escuchar los reconfortantes chirridos de ésta. Luego apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y pensó en Irish.

En su sexto mes de embarazo, era más deseable que cuando la conoció. Su belleza dulce había sido reemplazada por una belleza excitante y sensual. Debajo de una masa de rizos, sus ojos habían adquirido un color azul luminoso y sus labios una suavidad fresca. Max no quería que ella asombrara a los hombres sin él a su lado. Imaginarse a otro hombre como padre de su hijo hizo que Max empezara a sudar. Pero si las predicciones de Nadia resultaban ciertas, Irish pronto se sentiría débil.

Inquieto, se frotó el estómago. Últimamente había experimentado una sensación incómoda, como si hubiera comido demasiado. Quizás era que llevaba demasiado tiempo reprimiendo sus deseos sexuales.

Había guardado las distancias, concediéndole a Irish el respiro que ella necesitaba. Y había tenido que sacrificar muchas cosas. Dormir solo en la cabaña no era fácil, pero no podía culpar a Irish de sus sacrificios, ella también había transigido bastante.

Situado entre los espejos del dormitorio de la cabaña, el retrato de la señora Abagail le recordó a Irish: sensual, cordial y conocedora de! amor. Envuelta en un pañuelo transparente, la patrona se burlaba de su soltería.

Como propietaria de la posada, Irish podía echarlo en cualquier momento. Esta idea lo aterraba. Pero sí le parecía bien la de casarse cuanto antes. Escribir a los padres de Irish para decirles que pensaba casarse con su hija era un rasgo de ingenio.

Ida y Ruben Dalton, dos jubilados de Florida, habían sido propietarios de un pequeño viñedo. Una vez, Katherine le había dicho que sus padres simpatizarían con cualquier hombre que supiera cómo elaborar vino.

Según su investigación, era posible instalar un pequeño lagar cerca de la posada. Gracias a Granny había comprado un terreno a muy buen precio y hacía días que daba vueltas a la idea de construir allí el lagar.

Mientras se mecía lentamente, Max se imaginó que tenía al bebé en los brazos, en medio de la noche; que abrazaba a Irish cada vez que pudiera.

Ella encajaba en su vida con una suavidad que llenaba su corazón.

En la habitación junto al cuarto de los niños, Irish se desnudó delante del espejo de cuerpo entero. Según el diagrama de Max, había engordado ocho kilos.

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Deslizó la mano por encima de la pequeña elevación y fue recompensada por un débil pataleo. Poniéndose de lado, Irish examinó su cuerpo. Siempre había sido… de formas redondas, concluyó, benevolente.

—Gordita —se dijo en voz baja, volviendo la espalda al espejo. Sus senos hinchados sobresalían por encima del sostén.

Nunca había estado interesada en la moda o en invertir tiempo y energía en cuidar su aspecto. Pero parecía que a Max eso no le importaba. Por supuesto, estaba obligado a ser amable con ella, pues era bueno para el bebé que la madre estuviera contenta. Esas cariñosas palmaditas en su trasero cuando nadie miraba estaban destinadas a hacerla sentirse femenina y formaban parte del programa elaborado por Max. Como padre responsable, él cuidaba de ella, le ponía un termómetro en la boca

si estornudaba y le tomaba las medidas a su cintura cada dos semanas.

Pero Irish necesitaba algo más que amabilidad. Le volvió la espalda al espejo e intentó adoptar la pose más sensual. Se humedeció los labios, los abrió y echó la cabeza hacia atrás mientras parpadeaba. Pensó en ponerse unos ligueros y un sostén de encaje negro para seducirlo, para lograr de él algo más que galantería y buenas maneras. En realidad, él estaba guardando las distancias.

Max había dicho que quería casarse con ella. El buen Max trataba de hacerla

sentirse hermosa. La acompañaba en sus paseos de veinte minutos todas las mañanas

y le decía cosas bonitas, pero ella sabía que, en el fondo, solo lo hacía para halagarla.

A ella le gustaban esos paseos y el estar junto al pecho de él y el olor de su loción la hacía estremecerse un poco de excitación… ¿o eran acaso sus hormonas alteradas? Deseaba despertar todas las mañanas junto a él, percibir esos olores, experimentar esos estremecimientos y acariciarle a Max la espalda. Cerró los ojos y recordó su espalda: hombros anchos, musculosos…

Había descubierto que no era fácil dormir en lo que alguna vez fue un burdel.

Las huellas de los amantes que estuvieron allí se encontraban adheridas a las paredes

y entraban en sus inquietos sueños. Antes de que Max llegara al valle en su Porsche

ella dormía muy bien. Pero ahora las noches eran interminables… incluso con los

pataleos consoladores del bebé. Había empezado a pensar en cómo seducir a Max y llevarlo a su cama… solo para tenerlo cerca de ella.

—Oh, Irish… ¿En qué estás pensando?—preguntó a su imagen reflejada en el espejo—. Nunca has hecho el papel de vampiresa y ahora no estás precisamente en forma. Echo de menos dormir boca abajo —se dijo.

No le dejaban hacer todas las cosas que le gustaban: cocinar platos especiales, servir zumo de manzana a los huéspedes, limpiar las habitaciones. Todas esas pequeñas cosas que le encantaba hacer para sus huéspedes le habían sido prohibidas.

—Pon los pies en alto, descansa un rato —repitió. Los comentarios de Link siempre eran muy importantes—. Quítales un poco de peso a tus pies y deja de quejarte.

Irish se miró en el espejo con el entrecejo fruncido. No podía aceptar que Max se sacrificara por ella.

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Un largo rizo se deslizó por su mejilla. Irish lo apartó soplándolo. Quería cortarse el pelo, pero nunca tenía tiempo. Se hizo una cola de caballo y la ató con una cinta azul; luego se miró otra vez en el espejo. No parecía una mujer que le conviniera a Max. Parecía una joven pecosa con enormes ojos y labios delicados y vulnerables… Solo eso, muy poca cosa para Max. Por supuesto, él trataba de hacerla sentirse hermosa y deseable. Pero ahí estaba el problema, él se sentía obligado.

Max se había convertido en una persona amable y con sentido del humor. Esos rasgos risueños de su rostro eran ahora más profundos.

Cuando el niño naciera, Max empezaría a escapársele de las manos. ¿Cómo iba a retenerlo? ¿Qué pasaba si él encontraba a otra mujer?

Una mujer delgada, elegante, sofisticada… Todo lo contrario a ella.

Irish volvió a aspirar por la nariz y miró hacia la cama, sobre la que había un montón de vestidos premamá, algunos informales, otros elegantes.

Empezó a probarse la ropa. Katherine le había enviado cajas de las tiendas exclusivas de Denver. Aunque Irish prefería las camisetas, las camisas de entrenamiento y los vaqueros a Katherine le gustaban los suéteres y los trajes elegantes.

Irish levantó uno de los vestidos para examinarlo, pero frunció el entrecejo. Definitivamente, su hermana y ella no tenían las mismas preferencias en cuanto a ropa.

Irish cogió otro vestido, uno blanco de encaje. Katherine le había prendido con alfileres una etiqueta en donde había escrito: De mí para ti.

Otra etiqueta se deslizó de los dobleces de la siguiente caja procedente de una tienda de ropa interior con el siguiente mensaje de Katherine: No lo dejes ir, hermana.

Cuidadosamente envuelto en papel de seda, encontró un osito de felpa de color azul pálido.

—Katherine, estás muy equivocada —dijo Irish en voz alta—. Max ni siquiera se ha acercado a mí.

Levantó un enorme sostén que se colocó sobre el pecho.

—Fabuloso. Precisamente lo que necesitaba…

Luego cogió un vestido.

Los diminutos botones de color perla de las mangas combinaban con los botones del cuello. El cuerpo de la prenda se pegaba a su pecho.

Max solo le daba palmaditas afectuosas en la espalda. Parpadeó para contener una lágrima. No podía culparlo por no desearla.

No quiso ir a ver quién llamaba a la puerta.

—Cariño —dijo quedamente una voz de mujer.

—¡Mamá! —exclamó ella cuando la puerta se abrió de par en par y aparecieron sus padres.

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—¡Mi pequeña! —exclamó su padre.

—Niña —dijo su madre, quien abrió desmesuradamente los ojos al ver a Irish— . Mi pequeña niña inocente…

Max entró en la habitación. En las sombras del pasillo, su expresión era ceñuda

y su cuerpo estaba rígido.

—Yo soy el padre…

El padre de ella se volvió lentamente.

—Usted envió la carta. Usted es Van Damme. Soy Ruben Dalton, padre de Irish —dijo con tono lúgubre—. Irish Serene es mi hija.

—Ella es mi niña —añadió Ida, dirigiéndose al seductor de su hija.

Max esbozó la sonrisa más afectuosa, más devastadora.

—Quiero casarme con ella. Pero ella no me cree.

Varias parejas se habían reunido en el pasillo.

—Cásate con él —dijo un caballero entrado en años que se apoyaba en un bastón.

—Tu hijo necesita un apellido —añadió una mujer gigantesca.

—El niño tendrá un apellido —dijo Max, sonriendo, seguro de sí mismo—. El

mío.

abogado jubilado,

señalando con un movimiento de cabeza hacia Irish—. Acabarás convenciéndola.

—Mi nieto merece lo mejor —comenzó a decir Ruben de mal talante, volviéndose hacia su esposa—. Ida, tendremos que mudarnos a vivir aquí. Mi nieto necesita que alguien lo críe y supongo que tendré que hacerlo yo —ordenó, mirando airadamente a Max—. No basta con traer un niño al mundo. Hay que saber pescar y jugar al béisbol…

—Sé pescar y jugar al béisbol —dijo Max entre dientes, devolviendo la mirada airada.

—No me lo creo. Es usted un maldito forastero en el grandioso estado de Colorado. Un estafador de la ciudad al que hay que echar. Un patán…

—Papá —lo interrumpió Ida en voz baja al mismo tiempo que las lágrimas brotaban de los ojos de Irish—. Mira lo bonita que está con ese vestido y el pelo atado con una cinta. Nuestra niña…

—Es la mujer más hermosa del mundo —dijo Max, enfático. Luego amenazador, apretó los dientes un momento antes de decir con mucha calma—. ¿Podríamos continuar esto después? Los huéspedes no han venido a la posada para presenciar discusiones familiares.

—No —dijeron tres de las mujeres que parecían abuelas—. Sigan adelante. Sé

mucho de esta situación… A mi hija le sucedió algo parecido; al fin acabó casándose

y ahora es muy feliz. Ida sonrió a Irish.

—Inténtalo de nuevo, hijo —afirmó tranquilamente un

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—Hola, cariño —dijo, apartando un rizo de la mejilla de su hija.

Los dos hombres, que mantenían una cautelosa distancia entre ellos, entraron en la habitación y cerraron la puerta.

Max dirigió una mirada evaluatoria a Irish; luego se acercó rápidamente a ella y la levantó en sus brazos. Demasiado cansada para protestar, Irish apoyó la cabeza en el hombro de Max cuando éste la cogió. Se puso tenso y la apretó contra sí. Luego la besó en la mejilla una vez y en los labios dos veces, lo cual calmó sus alterados nervios. Max caminó hacia una vieja mecedora y se sentó en ella, todavía con Irish en los brazos. Sin prestar atención a los padres de ella, la besó por tercera vez, más despacio, con mayor ternura.

Irish descubrió que respondía a los besos de él. Le acarició la mejilla.

—Te protegeré —ofreció ella, besándolo en la mejilla.

Al fondo, su padre se movió, inquieto.

—¿Protegerlo? ¿Tú a él?

La madre de Irish apartó con la mano la ropa que había sobre la cama y se sentó para observarlos con atención.

—Me encanta organizar bodas, Max —dijo—. Podría preparar una en medio día… un día a lo sumo… con la ayuda de todos.

Irish se dejó atrapar por la mirada afectuosa de Max. Se vio en los ojos de él mientras Max miraba su cara y su pelo. Los labios de él empezaron a esbozar una sonrisa.

Un instante después se quedaron a solas, pues Ida y Ruben Dalton salieron de la habitación.

—Nos ha encerrado. Solía hacernos eso a Katherine y a mí cuando peleábamos. Hacíamos las paces para ver la luz del día.

Ella se sonrojó cuando Max encontró el cierre del vestido y jugueteó con él.

—Me encantaría verte —dijo él con picardía—. No seas tímida, Irish.

—Estoy muy gorda.

—Mmm, excitante —dijo Max, poniéndose de pie y llevándola hacia la cama.

—Max… —protestó Irish débilmente mientras la ponía sobre la cama y se tumbaba junto a ella—. Max… —los dedos de él juguetearon sobre su pecho, atormentando sus sensibles senos.

—Cásate conmigo, Irish —murmuró él, bajando la cabeza y besándola en los labios.

Mientras Irish trataba de volver a la realidad, los labios de Max se deslizaron por sus mejillas y su cuello. Ella tragó en seco, esforzándose por mantener el equilibrio.

—Eres muy hermosa —dijo él, acariciándole el muslo. Volvió a besarla en los labios.

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Entre besos, Irish alzó la vista y miró a Max.

—No tienes que hacer esto, Max —dijo en voz baja—. Mis padres regresarán a Florida cuando vean que no pueden salirse con la suya.

Mientras respiraba con dificultad, Max deslizó la mano por el muslo y por el vientre, para sentir las pataditas del bebé. Max acarició el vientre de Irish hasta que cesó el pataleo del ser que ella llevaba dentro.

—Se ha dormido —dijo él, orgulloso—. Podría hacer que se durmiera todas las noches si te casaras conmigo —la besó detrás de la oreja.

Pero Irish deseaba que la besara en los labios. Max le permitió que lo hiciera acostarse, que le mordisqueara los labios mientras le desabrochaba el vestido.

—Cásate conmigo —insistió él.

—No, Max. No es necesario que te cases conmigo —logró decir ella con voz ronca.

—Es necesario para mí —afirmó él antes de volver a besaría.

El beso resultó devastador.

—Cásate conmigo —volvió a pedirle él.

—Sí, Max.

Después de un intenso beso que sació su deseo, Max se obligó a apartarse de ella. Irish se acurrucó a su lado. Cuando ella lo besó en el pecho, Max gimió, estremeciéndose.

—¿En cuánto tiempo dijo tu madre que podía organizar una boda?

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CapítuloCapítuloCapítuloCapítulo 8888

—¿Qué estoy haciendo? —se preguntó Irish una semana después, mientras se agarraba al pasamano de la escalera con la mano izquierda, en la cual llevaba el anillo de compromiso de Max. El diamante en forma de corazón recibió la luz de la tarde que penetraba por la vidriera y emitió innumerables colores. A través del velo de novia descubrió que las expresiones de su familia y amigos, que entonces la miraban, iban de la ansiedad al regocijo. Del órgano antiguo de la posada salían las notas de la Marcha Nupcial.

Irish oyó latir su corazón aceleradamente. Apretó el ramo de rosas y margaritas blancas y tragó en seco. El movimiento hizo que se levantara el collar de zafiros que Max le había regalado justo antes de la boda. Parpadeó, conteniendo las lágrimas. Los zafiros y las rosas no eran su estilo; sin embargo, las piedras preciosas hacían juego con el color de sus ojos, mientras que las rosas eran exactamente del color de sus mejillas… debajo de las pecas. Sus largos rizos bailaban cada vez que volvía la cabeza. Después de haberse mirado por última vez en el espejo de cuerpo entero, se había dado cuenta de que estaba resplandeciente. En la semana anterior la habían mimado más que en toda su vida. Katherine, su madre, Granny y Nadia entraron en acción, invitando a los vecinos, a los parientes y a un grupo de sus huéspedes favoritos. Durante la ajetreada semana, Max permaneció sereno, siempre con sus listas de verificación y sus ojos tras ella. Su padre se quejaba de que se hubiera empezado la casa por el tejado. Pero simpatizaba con Max.

Los dos hombres llegaron a un acuerdo para que la ceremonia fuera como ambos querían. Su padre se mostró inflexible en cuanto a acompañar a su hija por el pasillo de la iglesia y fue imposible convencer a Max de que aceptara solo una ceremonia civil. Quería una boda tradicional con cintas, cestas de rosas y margaritas, velas y champán francés servido en copas de cristal.

Esa noche compartiría la cabaña con Max y sus padres utilizarían la habitación de ella durante su visita. Sin duda, Max había sido amenazado por su padre y Katherine. Todo había sido planeado meticulosamente.

No había manera de retroceder.

Pobre Max. Presionado por su propio código del honor, se había visto obligado a casarse con ella. No la amaba, pero era un hombre atento y deseaba protegerla de los chismes, a ella y al niño.

Pero eso no era amor.

Max

estaba

actuando

exactamente

como

pensaba

que

debía

hacerlo

un

caballero.

¿Cuándo descubriría él su error? Una mañana despertaría y se preguntaría por qué había sido tan estúpido.

Al menos, él no le había mentido hablándole de un amor que no existía. Max era demasiado noble para mentir, demasiado honrado para abandonarla.

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Irish se estremeció y miró a su padre, que aguardaba al pie de la escalera. Ella podría habérselas arreglado sin Max… ¿Qué estaba haciendo?

El pastor esperaba en el salón. La dama de honor, Katherine, y el padrino del novio, J.D., se encontraban junto a él.

Max necesitaba alguien a quien amar realmente. No una trampa matrimonial.

No podía decir que la amaba… porque no era así y lo peor era que podría acabar odiándola…

Irish volvió a tragar en seco.

El bebé pataleó, impaciente. Luego Irish empezó a descender lentamente la escalera.

Max esperaba junto al pastor, Katherine y J.D. La madre de ella aspiró por la nariz y su padre la sujetó con fuerza de la mano. De esmoquin gris, Maxwell Van Damme vestía con elegancia. Al verlo, el corazón de Irish latió más a prisa. Max la miró y sus rasgos duros parecieron suavizarse. Ella lo miró a los ojos.

Se pronunciaron los votos nupciales. Ella habló con voz ronca cuando contestó las preguntas del pastor. Luego Max le levantó el velo, la tomó en sus brazos y la besó dulcemente como si Irish fuera su amor.

Tenía que hacerlo para salvar las apariencias… Cuando él la atrajo hacia sí, Irish experimentó un dolor agridulce. Max tenía que fingir. Casi sollozó cuando la besó.

La fiesta fue muy animada. Mac, el hermano de J.D. y su esposa, Diana, ayudaron a Granny y a Link a atender a los invitados en la recepción.

Después, solos en la cabaña, los besos de Max se transformaron y se llenaron de deseo, al que ella respondió.

—Al fin —dijo él en voz baja, quitándole a Irish los capullos de rosa del pelo. Luego hizo lo mismo con las horquillas que le sujetaban los rizos.

Durante esa larga y excelente noche, Max no dejó de abrazarla ni de secar sus lágrimas con besos.

Dos días después, Irish puso en orden la cabaña, dejó una nota para Max y luego se dirigió hacia su lugar favorito para pensar, en medio de un bosque de álamos. Max, Ida y Ruben habían ido a los viñedos. Irish necesitaba estar a solas.

Cubierta con su abrigo, caminó entre la maleza seca. Las nubes atravesaban el cielo, arrojando sombras sobre las escarpadas montañas. Un ciervo saltó por encima de un riachuelo. Un halcón voló muy alto.

Max estaba actuando como un recién casado… Pero Irish sabía que solo lo hacía para guardar las apariencias y tranquilizar a sus padres.

Pronto comenzarían las nevadas y los trabajadores estaban acondicionando la pista de esquí.

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Era necesario instalar cables nuevos en los telesillas. Irish se detuvo y observó la penosa ascensión de los asientos vacíos por la pista.

Irish se dirigió hacia el pequeño cobertizo en donde se encontraba el motor. Jeff la recibió en la puerta.

—Hola, Irish.

La miró de la cabeza a los pies. Irish recordó de pronto la expresión furiosa de Jeff en la boda. Parecía que era el momento oportuno para hablar con él.

—Hola, Jeff. ¿Cómo van las cosas?

—Van

bien.

Los

trabajadores

acaban

de

instalar

el

cable

nuevo…

—se

interrumpió cuando Irish miró el mohoso cable.

—¿Un cable nuevo? —repitió ella.

Jeff se sonrojó y sus ojos brillaron de ira.

—Mira, encárgate de tener contento a Van Damme y que no se meta en mis asuntos —gruñó él, poniéndose a la defensiva—. Te quedas embarazada… y desde luego el tipo se siente obligado a quedarse hasta que nazca el niño. ¡Demonio! Incluso cumple con su obligación y se casa contigo, pero esa no es ninguna razón para que tenga que soportarlo. Ha estado metiendo la nariz en mis asuntos. Lo sé porque he visto sus informes de contabilidad.

—¿Cómo los has visto? ¿Acaso has entrado en la cabaña?

—Por supuesto. Van Damme no debió meterse conmigo, pero hace maniobras extrañas. El tipo no es humano, excepto cuando se trata de ti. Es una verdadera máquina. Mantenlo lejos de mí.

—No debiste meterte en la cabaña sin el permiso de Max.

Ella sintió un viento frío en el cuello, lo cual la hizo estremecerse. La acusación de Jeff reflejaba sus pensamientos mientras caminaba. Max se había casado con ella por obligación. La boda había resuelto los problemas de todo el mundo, menos los suyos.

Apretó el tallo de un cardo que tenía en la mano, sin prestar atención a las diminutas espinas que pinchaban su piel. Sometido a su código personal, Max se vio obligado a ponerse delante de un pastor y prometer que la amaría.

¿Pero qué sentía realmente?

Max no había dicho que la amaba. Ella no esperaba que lo hiciera.

Irish se estremeció al darse cuenta de con cuánta profundidad se había metido Max en su corazón.

El cable chirrió ruidosamente, haciendo que volviera a pensar en Jeff. Miró al hombre a la cara y no le gustó su expresión.

Tocó el cable, y cuando levantó la mano, el color de la herrumbre resultó evidente. Jeff frunció el entrecejo y dejó el trapo.

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—Sí ¿y qué? —preguntó, agresivo—. Llevo muchos años trabajando para ti y nunca te habías quejado.

—Estás despedido —dijo ella con calma, mirándolo—. Deja tu dirección a Granny… ella se encargará de enviarte lo que se te debe.

sombra

cruzó la cara de Jeff y Max apareció.

—Ya está bien —dijo Max con tranquilidad, colocando el brazo en torno al hombro de Irish y apartándola.

—¡Demonios!

—murmuró

él,

intentando alcanzarla.

Entonces una

Irish se escabulló.

—No te metas en esto, Max —dijo ella entre dientes, mirando airadamente a

Jeff.

—Muy bien. Cuando te calmes, podrás seguir tu discusión con Jeff, ahora no — respondió Max, echando un vistazo a Jeff. Tomó la mano de ella y miró al otro hombre. El aire dejó de soplar. Max adquirió un aspecto amenazador. Parecía un pistolero—. Ya la has oído. Vete.

Irish tragó en seco, recordando los momentos agradables. Los mismos ojos que la miraban a ella con ternura, miraban ahora a Jeff con un brillo amenazador.

Jeff murmuró algo incomprensible y se marchó a toda prisa. Irish se estremeció, pues de repente comprendió la peligrosa posición en que había puesto al bebé y a ella misma.

—Has venido a buscarme —dijo ella, abrazándolo por la cintura.

—Siempre te busco —respondió él, tomándola en sus brazos—. Amor mío, prométeme que no harás frente a nada ni a nadie en una situación como ésta sin mí. No podría soportar perderte…

Después de un largo rato, la tomó del mentón y la hizo alzar el rostro.

—Oye, somos una pareja ¿lo recuerdas? Como el gordo y el flaco, como los hermanos Marx… Ella no pudo evitar sonreír y lo abrazó.

—Esos eran tres.

—También nosotros somos tres —dijo él en voz baja antes de besarla.

de

intercomunicación.

Max abrió un ojo y atrajo hacia sí el cuerpo tibio de Irish. Se prometió que la próxima vez que tuviera a Irish en sus brazos, no habría un sistema de intercomunicación ni ningún teléfono en la habitación.

Irish murmuró algo acerca de obligaciones y buscó una almohada para cubrirse la cabeza.

—Oye,

Max

¿estás

ocupado?

—preguntó

La

Maga

por

el

sistema

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—Oye —insistió La Maga—, hay un fallo en el sistema de comunicaciones. No puedo saber si mis acciones están subiendo o bajando. ¿Tienes un minuto para venir aquí?

Max cerró los ojos.

—¿Es que tengo alternativa?

—No, porque voy a prometerte un trato que no podrás rechazar. Cuando el bebé haya nacido e Irish se vuelva a sentir animada, Link y yo nos ocuparemos de la posada durante un mes, para que podáis iros de vacaciones. Cuando el bebé tenga la edad suficiente, nosotros lo cuidaremos mientras…

En la posada, Max respondió rápidamente a las preguntas de la Maga; luego empezó a preparar el desayuno para Irish. El primer día después de la boda, le había llevado el desayuno a la cama, pero no había vuelto a hacerlo pues ella prefería desayunar en la posada con los huéspedes y con su familia.

Su familia. Irish tenía una familia muy cariñosa. El amor de Ida y Ruben llenaba la habitación cuando entraban. Irish y Katherine bromeaban, reían y se abrazaban.

Mientras movía la cuchara de madera en la olla de cobre, Max recordó lo que Irish habría gritado en sueños esa noche… «Oh, Max, te amo… te amo… te amo».

La exclamación apasionada lo llenó de miedo. No quería lastimarla. Pero podía hacerlo si no tenía cuidado. Irish necesitaba todo el cariño que un hombre pudiera darle.

La voz de Granny sonó por el sistema de intercomunicación, interrumpiendo sus pensamientos.

—Llamada personal desde Ginebra, Max. Parece importante.

Cogió el teléfono de la cocina.

—Habla Van Damme.

sorprendió,

recordándole que antes de Irish su mundo era frío y doloroso.

—Estoy bien. ¿Cómo estáis papá y tú? —preguntó Max, pasándose la palma de la mano por encima del estómago. No guardaba rencor a sus padres, pero sí Irish supiera cómo era la familia Van Damme…

—Muy bien. Nuestro informe genético sobre asociaciones familiares fue bien recibido. ¿En qué proyectos estás trabajando? De acuerdo con tu centro de mensajes en Nueva York, has estado ocupado en algún proyecto rural en Colorado —Max frunció el entrecejo.

Una suave fragancia le indicó que Irish había entrado en la habitación. No podría soportar que sus padres arruinaran la única relación que necesitaba en el mundo.

Los Van Damme no eran gente malintencionada, pero su falta de cordialidad podía cortar en tiras un corazón sensible. Nadie mejor que él lo sabía. Acercando la

—Max,

soy

Elena.

¿Cómo

estás?

—la

voz

de

su

madre

lo

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mejilla a la cabellera rubia, atrajo a Irish hacia sí, protegiéndola. ¿O se protegía a sí mismo?

Los brazos de Irish lo envolvieron mientras él terminaba de hablar. No dijo nada acerca de ella y el bebé. Luego, cuando colgó, se dio cuenta de que estaba temblando.

—No vas a contárselo —dijo Irish con calma y lo miró a la cara.

—No. Ahora no.

—Max —dijo Irish, apoyándose en él—, todo va a salir bien.

—No quiero tenerlos cerca de ti, o del bebé —dijo él al fin.

—Cariño. ¿No te he protegido contra los Dalton?

Él quiso sonreír, pero el pasado rondaba demasiado cerca del tesoro que acababa de encontrar. Irish echó la cabeza hacia atrás y sus brillantes rizos cayeron sobre el brazo de Max. Deslizó la mano por la mejilla de él, acariciándolo.

—No puedo permitirme el lujo de que se metan en mi vida ahora —logró decir él con voz ronca—. Ni siquiera por ti.

Una vez que los padres de ella partieron para Florida, Irish se encontró de nuevo a merced de Max. Su padre había sido una gran ayuda al mantener a Max ocupado con los trabajos del viñedo. Además, sus padres habían convencido a Max de que debía ir a pescar más a menudo, con lo que le habían proporcionado a Irish algunas tardes de soledad.

Pero de nuevo él estaba a cargo de la situación, acompañándola a las consultas con el doctor Williams y asegurándose de que todo estuviera en orden.

Un día, en la clase de preparación al parto, Max discutió con la enfermera MacMannis:

—No, no voy a ahogar al bebé. A mí me parece que lo hago bastante bien y no necesito sus consejos sobre cómo bañar y cuidar a los bebés.

—Ya te acordarás de mí —se jactó MacMannis, dirigiendo a Irish una sonrisa de complicidad mientras Max fruncía el ceño; dio un codazo a éste—. Es noviembre… ella se encuentra en su séptimo mes, Max. Dentro de dos meses tendrás que empezar a practicar todo lo que yo te estoy enseñando… Entonces me lo agradecerás.

Max murmuró algo y la enfermera le sonrió.

—¡Me encanta tener a tipos machistas como tú en mis clases de parto!

Max dirigió a Irish una mirada furiosa. Ella le respondió enviándole un beso. MacMannis mantuvo la presión sobre Max durante la sesión de orientación. Irish no dejó de enviarle besos. Atrapado entre las lacónicas demandas de la pequeña y estirada enfermera y la promesa de los besos de Irish, Max estaba agradablemente confundido.

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Más tarde, esa noche, Max arrojó el programa de ejercicios sobre la cama.

—MacMannis es un animal. Mañana voy a pedir informes sobre ella. Me parece que deberíamos alquilar un apartamento en Denver antes de que nazca el bebé. Debemos estar bien preparados por si se cortan las carreteras.

Irish estaba sentada en la cama, apoyada en la almohada y disfrutaba viendo a Max, quien, molesto, iba y venía por la habitación.

Deslizando la mano por la barba incipiente que cubría su mandíbula, Max se detuvo. Miró a Irish a la cara y sonrió.

—Ella te cae bien ¿verdad?

—No es tan mala como tú crees.

Mientras caminaba lentamente hacia la cama, sin dejar de mirarlo, Max dijo:

—Irish, no quiero que nada te ocurra. Digo en serio lo de alquilar un apartamento en Denver. También podríamos quedarnos en casa de tu hermana. Hay un hospital a tres kilómetros de allí.

Le cogió de la mano y lo hizo sentarse junto a ella. Max se había vuelto muy necesario en su vida, pensó, colocando su mejilla sobre el corazón de él y escuchando los latidos regulares. Max metió los dedos entre los cabellos de Irish.

Los coyotes aullaron en la noche. Irish cerró los ojos y se dejó llevar por la sensual caricia.

—Todo saldrá bien, Max. Ya lo verás. Y no hará falta que alquilemos un apartamento en Denver si construyes esa pista de aterrizaje para un helicóptero… ya no me opongo a que lo hagas, por el contrario, me parece una idea muy práctica.

—Gracias.

El bebé le dio un puntapié a Max, cuando colocó la mano sobre el abdomen de Irish. Ella le acarició el pelo.

—El doctor dice que el bebé es bastante pequeño pero sano, Irish. Piensa que será un parto muy fácil —dijo Max con calma—. No quiero que nada os suceda a ninguno de los dos.

—Nada va a suceder, Max. Estarás allí ¿lo recuerdas?

Max la miró.

—Eso puede ser peor… ¿Y si me desmayo?

—Entonces MacMannis te sacará de allí.

Max le mordisqueó el dedo.

—¿Te dije alguna vez lo mucho que esos ejercicios me excitan?

—No, imposible.

—¿Quieres apostar? —murmuró Max, tomándola en sus brazos.

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* * *

Max la siguió a la cocina y le mostró una lista de alimentos.

—No, Max —dijo Irish mientras revisaba su lista de comestibles—. No vamos a comer pollo con trufas el día de acción de gracias. Vamos a comer pavo. Pavo con pastel de calabaza y nata batida. Con puré de patatas.

la miró con

tranquilidad.

Vivir

con Max no era fácil. Él alzó la ceja izquierda. Luego

—¿Pavo… con ostras?

Irish se apoyó en la barra y se puso la mano en la cintura.

—Con menudillos —dijo, apretando los labios.

—¿Qué te parece pavo con trufas? O podría… —Max examinó una enorme colección de recetas—. Aquí está. Podríamos asar un cochinillo.

Revisó de nuevo las recetas y encontró otra que le pareció bien.

—Gallinas rellenas. A los huéspedes les encantarán… —se detuvo a media frase, pues se frotó la espalda y se estiró con dificultad—. ¡Maldición! Me duele la espalda. Es una herida que me hice jugando al fútbol.

Irish lo miró con el entrecejo fruncido.

—Max, sabes lo que pasa ¿verdad?

Él también la miró con el ceño fruncido mientras se frotaba la herida.

—Sí, maldición. No te interesa nada de lo que digo. Quiero pollo relleno para el día de acción de gracias.

Ella lo miró fijamente y suspiró hondo.

—Me niego a discutirlo. Habrá pavo y pastel de calabaza. Si sirves otra cosa en mi mesa no seré responsable de la reacción de los huéspedes.

Irish juró que se vengaría de Max si él osaba cambiar el menú.

Esa noche, Max se arrodilló junto a Irish en la habitación del hospital. Según él, la tranquila música de fondo carecía de técnica, pero era el estilo de MacMannis.

Max sujetó la mano de Irish, y comenzaron a hacer los ejercicios de respiración, como todas las noches.

—Respira profundo. Aspira por la nariz y luego deja escapar el aire… despacio… déjalo escapar todo —concentrándose en su reloj de pulsera, Max frunció el ceño y luego la miró—. Respira, Irish. No es momento de ponerse a jugar.

Irish lo miró.

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—Max ¿estás seguro de que quieres cambiar el menú de la cena? —preguntó ella con cuidado.

—Hay algunas cosas que un hombre tiene que hacer. Respira… Así.

—Pavo —dijo ella.

—Pollo. Shist. Todo va a salir bien. Será pan comido. Los monitores seguirán los latidos del bebé y tus contracciones. Un equipo quirúrgico estará cerca… pero no lo necesitarás… no hay nada de qué preocuparse —Max acomodó la almohada debajo de la espalda de ella y le frotó el abdomen distraídamente—. Respira. Te recuerdo que mañana tenemos hora con el doctor y me arruinaré si no haces bien los deberes.

Al día siguiente, cuando volvían a casa después de la consulta, Irish seguía dándole vueltas al asunto de la cena. Si Max quería cenar pollo, tendría que detenerse en «Big Jakes», la taberna local.

Por supuesto, a Max no le importó detenerse en «Big Jakes». Se mostraba siempre muy comprensivo y paciente en cuanto a las frecuentes visitas de ella al lavabo.

Delante del letrero de neón, Max abrochó el abrigo de ella antes de ayudarla a salir de la camioneta. Irish lo besó y luego, dándole palmaditas en la mejilla, sonrió.

—Solo tardaré un momento —dijo.

«Big Jakes» era una taberna clásica. Max protegió a Irish con su cuerpo cuando un hombre fornido que llevaba un sombrero de vaquero se tambaleó junto a ellos. En el lugar había un apetitoso aroma a comida.

Después de su visita a los servicios, Irish divisó a Max apoyado en una pared. Él llevaba un abrigo de piel de cordero y vaqueros, de manera que su ropa armonizaba con la de los parroquianos.

Irish se acercó a él y lo tocó en el brazo. Max la condujo hacia la puerta con ademán protector.

—Oh, Max —dijo ella, deteniéndose—. ¿No te encantaría una salchicha de «Big Jakes»? —se agarró del respaldo de una silla—. Quiero una, cariño.

—Una salchicha. Te prepararé un perrito caliente en la posada. Vamos.