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Julia Latham – El engaño del caballero Julia Latham El engaño del caballero Thrill of the Knight 1º La liga de la Espada 2 Julia Latham – El engaño del caballero Argumento El engaño de una mujer… Lady Elizabeth Hutton jamás sucumbirá a las ambiciones de su vecino, ni siquiera después de que sus soldados recluyan en su recámara a la heredera que recientemente se ha quedado huérfana. Siempre ingeniosa, la orgullosa beldad ha concebido una estrategia para escapar del demonio que está decidido a poseerla a ella y a su gran riqueza: cambiará los papeles con su fiel doncella para poder salvarse a sí misma y a su gente. El éxtasis de un caballero… El amor de sir John Russell por la aventura siempre le ha llevado a lejanos lugares y a correr peligros… y ahora debe acudir al rescate de la aristócrata a la que no ha visto desde la infancia. No obstante, no es su futura novia sino su fascinante doncella quien inflama sus pasiones. Y el deseo de sir John por la vivaz beldad amenaza con minar su sagrado juramento, forzando a un noble caballero a tomar la decisión más devastadora de su vida: elegir entre el deber y el honor… o el éxtasis y la desgracia. 3 Julia Latham – El engaño del caballero Para Lisa Hilleren, compañera de trabajo en Packeteery amiga en la aventura de escribir: tienes el increíble don de ir a lo esencial de un asunto, y ya sabes lo mucho que confío en ti. Te estaré muy agradecida siempre. Y ahora emprendes un nuevo capítulo en tu vida, dándonos así un ejemplo maravilloso de coraje y seguridad en sí mismo 4 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 1 Castillo de Alderley Gloucestershire, Inglaterra, 1486 Lady Elizabeth Hutton entreabrió los ojos. Estaba en la cama, hecha un ovillo. El sonido de unos pasos que subían apresurados la escalera de caracol que conducía a su dormitorio la había despertado. Con el cejo profundamente fruncido, abrió los ojos por completo y vio a su doncella, Anne Kendall, abrir y cerrar rápidamente la puerta de golpe, nada más entrar. La joven se apoyó contra la madera, respirando entrecortadamente. Estaba pálida. Elizabeth se sentó en la cama y la sábana se le deslizó hasta la cintura. —¿Anne? ¿Qué pasa? —El vizconde Bannaster. Elizabeth gimoteó. —¿Todavía está aquí? Esperaba que cuando ayer fingí estar enferma para librarme de que me lo presentaran, se daría cuenta de que no deseaba que me cortejase. —Pues fingiste demasiado bien, porque no se ha ido. —¿Es que no le importa quedar como un idiota? ¡Ya estoy comprometida! Aunque no lo sintiera así. No veía a su prometido desde los once años. Él entonces tendría trece. En realidad, con quien se suponía que tenía que casarse era con William, su hermano. Pero al morir éste a consecuencia de un accidente de equitación, y fallecer también el hermano siguiente, con quien le tocaba casarse era con el tercero, John Russell. John había pasado toda su vida adulta en Normandía. ¿Se habría enterado siquiera de que disponía de una reciente y suculenta herencia y de una prometida? Ese compromiso, a Elizabeth le había servido de protección. Hasta el momento presente. Anne se sentó en el borde de la cama. Tenía la piel muy clara y los ojos y el pelo negro hacían que lo pareciera aún más, pero verla aún más pálida que de costumbre hizo que Elizabeth se asustara de verdad. —Al parecer, sus soldados estaban ocultos en el bosque. Han asaltado el castillo. —Oh, Dios mío. ¿Ha muerto alguien? —exclamó, apartando el cubrecama y poniéndose en pie. Su fino camisón no le ofrecía demasiada protección contra el aire frío de la mañana. Anne le cogió la mano. —Nadie, gracias a Dios. La joven se estremeció llena de alivio. No podría soportar otra muerte. Anne le tendió la bata y Elizabeth se envolvió en ella de buena gana. —Todo ha ocurrido de repente mientras los guardias hacían el cambio de turno — continuó Anne—. Nadie había previsto semejante maniobra. Los han encerrado en las dependencias de la tropa hasta que lord Bannaster decida cuál es su «deber». —Vaciló un momento antes de proseguir—. Todavía no ha asignado guardias a vigilar esta torre, por eso he podido pasar sin que me vieran. Pero he oído que va a subir, dentro de una hora. —¿Cree que le dejaré entrar en mis aposentos? —dijo Elizabeth, con una forzada risa de incredulidad. 5 Julia Latham – El engaño del caballero Ella había estado al mando del castillo de Alderley desde que sus padres murieron, a causa de unas fiebres, seis meses atrás, y no tenia intención de renunciar a lo que era suyo. Pero Santo Dios, cómo deseaba que su padre estuviera allí. El dolor, que nunca la abandonaba por completo, iba mucho más allá de las lágrimas. Nada de todo aquello estaría ocurriendo si el conde de Alderley viviera, o si Elizabeth hubiera tenido hermanos que heredaran el condado. Pero la única familia que le quedaba eran dos hermanas menores, de dieciséis y quince años, que en esos momentos convivían y estaban siendo educadas por otros parientes, igual que le había ocurrido a ella. Tenía amigos y sirvientes, gente que la ayudaba, pero la responsabilidad de todos ellos recaían sólo en Elizabeth. Por un momento, se sintió desorientada, débil; una mujer atrapada en una situación ajena a sus deseos. Sus padres estaban muertos; su primer prometido, un hombre al que adoraba desde que era una niña, estaba muerto. Así que ahora tenía que soportar el trato abusivo de un noble que ansiaba su condado. Pero Elizabeth no era una de esas mujeres que se dejan abrumar por las adversidades. Al contrario, buscaba siempre el lado práctico para hacer frente a los retos que le planteaba la vida. Tras la muerte de sus padres, a través de una misiva había informado a su prometido de la situación en que se encontraba. En ella le decía que, aunque no entrara en sus planes inmediatos, debía volver para casarse. Tenía un vago recuerdo de él, un chico que no resaltaba en comparación con su deslumbrante hermano mayor. Pero ahora era el barón, y no había recibido noticias suyas. Elizabeth estaba considerada una de las mayores herederas del reino, ¿acaso no era aliciente para él? —Escucharemos a ese ser sin escrúpulos y después ya tomaré la decisión más conveniente —dijo Elizabeth con determinación—. Estoy segura de que el rey no tolerará semejante ultraje. —Lord Bannaster es primo del rey Enrique —le recordó Anne en tono lúgubre. Elizabeth irguió los hombros. —No me importa. Estoy en mi derecho y no puede obligarme a casarme con él. Estar prometida a otro hombre desde la niñez tiene un valor tan inapelable como la ceremonia de los esponsales. —A menos que el rey decrete lo contrario. Elizabeth elevó las manos al cielo. —¡Anne, lo último que necesito en estos momentos es tu pesimismo! —Perdóname. Yo sólo sé lo que tú me dices; que no puedes seguir soltera, porque el rey se está impacientando. Le preocupa mucho la situación del condado. Su señora la miró con el cejo fruncido, mientras ella se levantaba para llenar la jofaina de agua. —Deja que te ayude —dijo. Pero mientras cogía el jabón y los paños de lino que le servirían para secarse, se detuvo de golpe y se volvió hacia Elizabeth. Con expresión abstraída al principio, y luego llena de determinación. —¿Qué estás pensando? —preguntó su señora. —Lord Bannaster nunca te ha visto en persona —respondió la doncella muy despacio—. Ni a mí tampoco. Mandaste a otra criada a informar de tu enfermedad. —Está claro que no captó el desaire —dijo Elizabeth con amargura. —No es a eso a lo que me refiero. Tengo una idea. Si se adueña de Alderley, te quedarás aquí atrapada; estarás a su merced. —El rey no lo permitiría... Anne levantó una mano. —El rey aún tardará un tiempo en enterarse de lo que está ocurriendo aquí. ¿Y crees que lord Bannaster permitirá que alguien informe a su poderoso primo? No, él es consciente de que 6 Julia Latham – El engaño del caballero lo que está haciendo es ilícito. Seguro que sabe que es fundamental llevar su plan en secreto, sea éste el que sea, por lo menos durante unos días. —Qué suerte que nos educaran juntas —observó Elizabeth con ironía—. Una de las dos tenía que demostrar alguna inteligencia. —La única forma de frustrar sus planes es hacerle creer que todo marcha según sus deseos. Entonces se confiará. Los demás criados dicen que parece un hombre muy pagado de sí mismo. —¿Me estás diciendo qué debería hacerle creer que me siento intimidada? —dijo la joven, horrorizada. —No, lo que digo es que tú te vas a ir, y yo ocuparé tu lugar. Elizabeth se quedó mirando a su amiga boquiabierta. —¿Cómo dices? —Tú te harás pasar por mí y saldrás del castillo sin llamar la atención. Nos aseguraremos de que todos los criados estén al corriente del engaño; nadie te delatará. —¿Quieres que os deje a todos aquí, sometidos a su ira? —Pero ¡si no se enterará! No te ha visto nunca. —Anne sonrió con determinación—. Creo que podré hacer una imitación bastante decente de tu testarudez y tu hábito de controlarlo todo. En una situación más relajada, Elizabeth le habría tirado juguetonamente una almohada, pero en aquel momento lo único que se le ocurrió fue negar con la cabeza. —No puedo hacerlo, Anne. ¿Y qué pasará si Bannaster se entera? ¿Crees que yo permitiría que mi gente se sacrificase así por mí? —Pero Elizabeth... —Chiss, espera un momento. —Elizabeth abrió las contraventanas y miró hacia d patio interior del castillo, justo debajo de su ventana. Estaba en exceso tranquilo. La gente iba y venía como si estuviera asustada. Todos dependían de ella, y no los abandonaría. Recuperó la calma al darse cuenta de que podía manejar aquella situación. Se volvió hacia su doncella—. Anne, eres brillante. —No entiendo, acabas de decirme que no ibas a... —He dicho que no abandonaría el castillo. Pero sí, nos haremos pasar la una por la otra, de manera que yo pueda moverme libremente mientras se me ocurre una forma de solucionar este dilema. La otra parpadeó varias veces. —Oh, entiendo. Y así también podrías escapar si tuvieras que hacerlo. —No voy a escapar. —Pero... —Tenemos que darnos prisa. ¡Gracias a Dios que somos igual de altas! Una hora después, Elizabeth y Anne bajaban la escalera de la torre hasta la planta inferior, a la cámara privada de Elizabeth. Era donde solía sentarse a bordar junto con las damas de compañía de su madre. Ahora, todas estaban casadas mientras que ella tenía que seguir valiéndose por sí misma. Anne parecía incómoda vestida con la ropa de Elizabeth. El corpiño le apretaba un poco el busto, más generoso que el de su amiga, pero el suntuoso brocado de color rojo contrastaba de manera impresionante con su pelo negro, que llevaba suelto sobre los hombros, en señal de que era una joven soltera. Elizabeth se había cubierto el suyo cobrizo con un griñón, que contribuía a ocultar mejor su rostro al cubrirle el mentón y parte del cuello. Llevaba un sencillo vestido de color marrón sin más adornos que un escote cuadrado que dejaba a la vista el canesú de la camisola interior, y subía hasta unirse con el griñón en el cuello. Elizabeth se sentía invisible debajo de aquella ropa. El plan funcionaría, siempre y cuando les diera tiempo a poner en antecedentes a los demás habitantes del castillo antes de que alguno revelara su identidad sin darse cuenta. En un intento de insuflarse valor, le sonrió a Anne. 7 Julia Latham – El engaño del caballero —Me conoces de toda la vida; sabes lo que diría. Tal vez consigas hacer entrar en razón al vizconde. Tiene que comprender que lo que está haciendo es reprobable. —Sí, pero ten en cuenta que estamos a muchos días de viaje de Londres —le advirtió la otra—. Bien puede sentirse en libertad de hacer lo que le plazca. —Tú te encargarás de que no lo haga —respondió ella con dulzura—. Eres capaz — añadió, rodeando a su amiga por los hombros. No tuvieron que esperar mucho. Al poco, oyeron unas fuertes pisadas que se acercaban. El vizconde era puntual. Recordando su papel, Elizabeth se colocó detrás de Anne, tal como haría una doncella con su señora. La puerta se abrió y por ella apareció un desconocido sobriamente vestido, que se hizo a un lado para dejar paso a un segundo hombre, el vizconde Bannaster con toda seguridad, puesto que sus ropas eran de tejido más noble. Bajo el jubón corto asomaban unos calzones ajustados que exageraban sus atributos masculinos. Sobre la cabeza llevaba un bonete blando y bajo, adornado con una pluma que se curvaba hasta casi rozarle el hombro. Elizabeth observó que la tensión de su rostro se tornaba en alivio al ver a Anne. Debía de haber temido que su cautiva y futura esposa no fuera lo bastante hermosa. Lord Bannaster se quitó el sombrero y se inclinó cortésmente delante de Anne. —Lady Elizabeth, es un placer conoceros al fin. Anne guardó silencio un momento, y ella le dio un golpecito por detrás, asustada. —Pero, señor, esto no es conocerse. ¿Quién os creéis que sois para invadir así los aposentos privados de una dama? —le espetó al fin con voz gélida. Elizabeth casi se atragantó al contener la risa. ¿De dónde había salido aquella valiente y fría Anne? El hombre que acompañaba a lord Bannaster entornó los ojos, y él enrojeció. Pero en su honor hay que decir que lo único que mostró fue una sonrisa tensa. —Lady Elizabeth, soy Thomas, vizconde de Bannaster. Estoy aquí en nombre del rey para procuraros protección. —¿El rey... os ha enviado? —preguntó Anne. Lord Bannaster vaciló sólo un segundo. —No, pero habida cuenta de que soy su primo y me hallaba no muy lejos de aquí, me he tomado la libertad de venir a proteger vuestros intereses. Se sabe de la existencia de facciones en esta zona del país que no apoyan al rey Enrique. Por eso es necesario que las cosas estén seguras en Gloucestershire. ¿Os han informado de las incursiones vandálicas ocurridas en vuestras propiedades? Elizabeth contuvo el aliento. ¿Habría estado Anne presente cuando el capitán la informó de esos actos? Su amiga inclinó la cabeza. —Si os referís al robo de unas pocas ovejas de una cabaña que cuenta con miles, entonces sí, estoy al corriente. Mis hombres se están ocupando de ello. Pero no veo por qué eso habría de ser asunto vuestro, milord. —Lo es, en la medida en que considero que necesitáis un hombre que esté al cargo para que no vuelvan a ocurrir estas cosas. —¿Es que a los hombres no les roban nunca ganado? —replicó la joven con ironía. «¡Bien dicho, Anne!», pensó Elizabeth. Lord Bannaster le miró con desaprobación. —Sí, pero aquellos que pretenden apoderarse de vuestras posesiones no se atreverán a meterse en trifulcas con otros hombres. Voy a solicitar al rey que me nombre vuestro guardián. «Guardián», pensó Elizabeth con involuntaria admiración. Lord Bannaster no era tan estúpido como para atreverse a exigir casarse con ella. Claro que no. Lo que pretendía era abrirse paso con todo sigilo. ¿El motivo? Cualquier cosa, desde un súbito empobrecimiento hasta la 8 Julia Latham – El engaño del caballero avaricia pura y dura. Alderley era la propiedad más grande y rica del reino, y su compromiso matrimonial era raro, pues incluía el condado. Tenía que ser un hombre muy ambicioso. —Agradezco vuestra oferta —contestó Anne con frialdad—, pero no necesito guardián alguno. Mi prometido ha sido alertado de mi situación. —Perdonadme si os parezco cruel, pero que vos sepáis, milady, él no sabe siquiera que es el actual heredero. Podría ser que nunca regresara de los peligros de Europa. La protección de un castillo es algo demasiado importante como para descuidarlo. Anne enlazó las manos a la espalda y Elizabeth observó, con preocupación, que le temblaban. —Los hombres que componen mis tropas defensivas están perfectamente entrenados — respondió. —Pero como vos misma habéis admitido, estos bosques están repletos de ladrones. Vuestros hombres tendrán que ocuparse de ellos y, mientras, los míos estarán encantados de defender el castillo de Alderley de pretendientes ambiciosos y peligrosos. Como si él mismo no lo fuera. —Explicaré la situación a vuestra gente —continuó él. —¿Soy vuestra prisionera? —preguntó Anne. Lord Bannaster soltó una profunda risotada. —¡Pues claro que no, milady! Pero los pretendientes han empezado a pelearse por vos. Por toda la riqueza que poseéis. —Hizo un amplio gesto con el brazo señalando a su alrededor—. Y que vuestro esposo heredará. Elizabeth no se había equivocado respecto a los motivos del vizconde. —Sólo el heredero Russell —le susurró a Anne. Ésta se irguió antes de contestar: —Sólo el heredero Russell heredará el condado, tal como decretó el rey. —El rey Eduardo fue quien redactó el documento, y él hace mucho que murió. Ahora sois una mujer indefensa. Dejaros corretear libremente por el castillo sería peligroso; cualquiera podría seduciros con palabras bonitas, o sacaros de aquí para poneros en una situación comprometida. Considero que será más seguro que permanezcáis en vuestras confortables habitaciones hasta que se solucione esta precaria situación. —¿Y durante cuánto tiempo pretendéis mantenerme prisionera, milord? —Esa es una palabra muy fuerte. En cuanto llegue a Londres, no creo que me lleve mucho tiempo convencer a mi soberano primo de que puedo ayudarlo a solventar esta situación convirtiéndome en vuestro guardián. Mientras eso sucede, viviréis aquí, en un ambiente agradable y familiar para vos, y haréis lo que sea que hacen las damas para entretenerse. Vuestra doncella se ocupará de que no os falte de nada, y os mantendrá informada de todo cuanto ocurra en el castillo. —Hizo una pausa—. En cuanto al hombre que estaba al cargo, lamento informaros de que vuestro alcaide se ha puesto muy furioso al ver que mis hombres entraban tranquilamente en el patio esta mañana. Aunque he tratado de explicárselo, ha desenvainado su espada contra mí. Debía de tener algún problema de corazón, porque ha muerto antes siquiera de que entabláramos combate. Permitid que os exprese mis condolencias. Elizabeth hizo un gran esfuerzo para no perder la calma, habida cuenta de que la situación acababa de cobrar tintes verdaderamente dramáticos. Su alcaide, el sirviente más leal y el amigo más querido de su padre, ¿muerto? Era un hombre de mediana edad, robusto y desbordante de vitalidad. Bannaster lo había asesinado, o uno de los suyos. ¿Quién más perdería la vida en su intento por protegerla? —Era un buen hombre —susurró Anne. Lord Bannaster asintió con gravedad. —Sin duda. Y me siento responsable. Por eso os ofrezco los servicios del alcaide de mi propio castillo, Arthur Milburn. 9 Julia Latham – El engaño del caballero Señaló con la cabeza hacia el otro hombre, alto y delgado, de expresión impasible y ataviado con colores sobrios. Este hizo una leve inclinación. Elizabeth sintió crecer su temor. Nada iba según lo previsto, y a su mente acudieron las antiguas pesadillas en las que alguien la perseguía por oscuros corredores. Por el momento, el castillo estaba fuera de su control. Era imperativo descubrir qué estaba ocurriendo abajo, ver con sus propios ojos lo vulnerables que eran, y tenía que hacerlo sin dilación. —Milady —continuó lord Bannaster—, me temo que incluso mis propios soldados podrían sentirse tentados de apropiarse de las riquezas que conllevaría la unión con vos. A fin de que eso no ocurra, he dispuesto dos guardias al pie de vuestra torre, para que os protejan a todas horas; uno de mis hombres y uno de los vuestros. —¿Y vais prohibir que reciba visitas? —preguntó Anne, dejando por primera vez que la furia asomara a su voz—. ¿Ni siquiera podré ver al sacerdote? ¿Cómo puedo no asistir a misa? —Cuando regrese de Londres, valoraremos si vuestra situación es segura —dijo, encogiéndose de hombros con expresión compungida—. Mientras, leed la Biblia. En ella está muy bien explicado el lugar de una mujer. Elizabeth se estremeció de profundo disgusto. —Hasta entonces, podéis contar con que Milburn velará por vuestros intereses y vuestra seguridad —prosiguió él—. Que tengáis un buen día, milady. Y salió de la estancia, seguido por su alcaide, que lanzó una última mirada gélida por encima del hombro antes de cerrar la puerta tras ellos. Elizabeth corrió a la puerta y pegó el oído a la misma. No se oía nada más que los pasos alejándose y a continuación unas voces masculinas que llegaban de la planta baja. Se imaginó que debían de ser los guardias que Bannaster había mencionado. Entonces se volvió y miró a Anne con expresión lúgubre. —Lo tenía bien planeado. Me quiere encerrada bajo llave, y ha matado a mi leal Royden, como advertencia para todo aquel al que se le ocurra detenerlo. —Pese a estar lívida de rabia, las lágrimas afloraron a sus ojos y rodaron por sus mejillas al pensar en lo innecesario de esa muerte. Anne abrazó a su amiga y lloraron juntas. Finalmente, Elizabeth se apartó y se enjugó las lágrimas. —No tenemos tiempo para llorar más su pérdida. Hay demasiadas personas a las que proteger. Iré a comprobar la situación general abajo en el salón. —Pero ¡los sirvientes te reconocerán! Si lord Bannaster descubre que lo has engañado... —Te aseguro que no lo hará. Iré primero a las cocinas, pondré al corriente a la cocinera y a sus ayudantes y les pediré que informen al resto antes de entrar en el salón. Nuestra gente es inteligente y orgullosa, no permitirán que un hombre como ése decida nuestro futuro. —¿Y después qué? —preguntó Anne en un susurro. —Después tendré que idear un plan. Me niego a creer que mi prometido esté muerto. Está bien vivo, por ahí, en alguna parte. 10 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 2 John, el barón Russell, estaba sentado, con cara de pocos amigos, en un banco de una desvencijada taberna, a un día de viaje del castillo de Alderley, hogar de lady Elizabeth Hutton, la mujer con quien, según acababa de enterarse, estaba prometido. El ruido de carcajadas y el griterío de los ebrios parroquianos lo rodeaba; el fuego chisporroteaba en el hogar, pero él no estaba prestando atención a nada, inmerso como estaba en buscar una solución a sus problemas. Como el menor de tres hermanos, se había pasado los últimos años en pos de aventuras, obligado a abrirse camino por sí mismo. A los dieciséis años se había ido a Europa como escudero de su primo, y allí pasó de ser un muchacho necesitado, invisible bajo la sombra de su hermano mayor, a convertirse en un hombre seguro de sí mismo. Había sido muy feliz en el continente, donde sus habilidades en el campo de batalla le habían reportado los únicos elogios que había deseado escuchar. Allí había participado en torneos y aceptado trabajos como mercenario, orgulloso de ser capaz de mantenerse a sí mismo sin ayuda de los demás, sin pedir nada a su familia, que estaba claro que nunca había esperado que saliera tan bien adelante solo. Y, de repente, tras la muerte de sus dos hermanos mayores, se encontraba con un título y una esposa de noble alcurnia. Dio un sorbo a la insípida cerveza, sujetando el asa con fuerza. Todos muertos: sus padres, su hermano mediano, Robert, un estudioso, y su hermano mayor, William, el epítome del caballero. Apuesto, poeta y encantador, William se había ganado la admiración de docenas de jovencitas con sus habilidades de seductor, pese a estar prometido a lady Elizabeth. Para John, que de niño era torpe y andaba sobrado de peso, William había sido siempre su modelo inalcanzable, comparado con el cual siempre salía perdiendo, sobre todo a ojos de su padre. Pero ahora había pasado a ser su deber contraer matrimonio. Había regresado de Normandía hacía tan sólo unos días, esperando encontrar Rame aguardando a su nuevo señor. Sin embargo, el castillo, el orgullo de su padre, la reciente herencia de John, llevaba mucho tiempo desatendido; las cosechas habían sido abandonadas y la mayoría de los soldados y los arrendatarios se habían ido. Su hermano mayor había vivido despreocupado en Londres, malgastando a mansalva, mientras llegaba el momento de celebrar la boda que haría de él un hombre rico. —Sigo sin dar crédito a lo que William hizo con el buen nombre de la familia —masculló John a la jarra de cerveza. A su derecha, sir Philip Clifford, caballero también y su amigo, se volvió hacia él. —Tu hermano desaprovechó el legado que le correspondía como primogénito. No tiene nada que ver contigo. —Pero era mi familia, y ahora yo soy el responsable —dijo él, dejando con fuerza la jarra contra la mesa. Parte del líquido se derramó sobre su mano. Antes de hablar de nuevo, bajó la voz—. Mi propio hermano dilapidó toda nuestra fortuna y ahora yo tengo que tirar mis propiedades adelante sin apenas medios para ello. El administrador le dijo a todo el mundo que yo necesitaba dinero para vivir en Europa, y que William se veía obligado a mantenerme —acabó, casi atragantándose con cada palabra. 11 Julia Latham – El engaño del caballero —No tuvo por qué ser William quien iniciara esa mentira, John. El Administrador era un hombre desesperado que tenía que justificar de alguna manera su mala gestión y la de su señor. John quería creerlo. ¿Albergaría siempre esas dudas? —Dejando eso a un lado, todo el país, incluida la corte del rey Enrique, deben de creer que soy tan inútil como mi hermano. —Apuró la cerveza de su jarra—. Tendré que invertir hasta la última moneda que poseo en poner de nuevo en pie el castillo de Rame. —Tienes que comer algo —le dijo Philip, con una media sonrisa—. Al fin y al cabo, tienes que estar presentable para tu prometida. ¿Es hermosa? —Sólo he recibido una carta; no poseo ningún retrato de ella. La última vez que nos vimos fue hace más de diez años, por entonces era una niña. Podría negarse a casarse conmigo. A fin de cuentas, se suponía que iba a contraer matrimonio con mi hermano, un hombre que, a ojos de todos, encarnaba los ideales del perfecto caballero. —Tus padres concertaron el matrimonio hace mucho tiempo, y ella no va a deshonrarlos —objetó Philip con firmeza—. El rey quería que vuestras familias se unieran, por eso accedió a entregar a lady Elizabeth en matrimonio al heredero Russell. Posees un castillo que defiende la costa de Cornualles, y ofreces tu persona, un magnífico caballero de Inglaterra, el actual conde de Alderley, tal como deseaba el rey. ¿Qué mujer no caería rendida a tus pies? Pero te lo preguntaré de nuevo, ¿es hermosa? —Sí, era hermosa. Los recuerdos lo inundaron de golpe. Se vio a sí mismo observando a la joven del pelo cobrizo, pero ella sólo tenía ojos para William, cuya apostura las atraía a todas. Por entonces, John lo veía normal. Sabía que Elizabeth siempre estaría muy por encima de él, pero aun así, la seguía a todas partes, observándola como si fuera una pintura poco común colgada en una iglesia. Se había comportado como un estúpido y un soñador, y que sus padres hubieran acogido a Elizabeth bajo su techo durante un año, no lo había ayudado en nada, al contrario. —Me gustaría que me prestaras atención —oyó decir a su amigo con un suspiro—. Es el momento perfecto para pedir ayuda a la Liga del Acero. John gruñó. —No empieces otra vez con tus cuentos de hadas, Philip. Te pasas todo el tiempo libre indagando sobre esa banda e informándote de las proezas que se le atribuyen, y ¿qué has conseguido? —Más pistas sobre las que indagar —respondió el otro obstinado. Pero se había puesto rojo y terminó por apartar la mirada. —Más mitos, más leyendas. Más nada —replicó John con más dureza de la que pretendía. Philip lo miró con expresión impasible. —Sólo porque se cuiden bien de ocultar sus hazañas no significa que no existan. Mi propia abuela juró y perjuró hasta el día de su muerte que la habrían asesinado para robarle su dinero de no ser por que un miembro del Acero la salvó. ¡Yo ni siquiera habría nacido! John suavizó el tono de su voz. —N o dudo de la palabra de tu abuela, Philip, pero no deseo que me rescate ningún ser de leyenda cuando yo mismo puedo ocuparme de mis problemas. Le demostraré a lady Elizabeth que puedo ser un buen esposo. El otro sonrió. —Ya has empezado a hacerlo. Has entregado hasta tu último penique a la fortuna familiar. El párroco lo administrará bien hasta que nombres a alguien para el puesto. Tus padres murieron hace seis años. Aunque te estuviesen observando desde el Cielo, no podrían culparte de nada. John permaneció en silencio. Su hermano había permitido que se hiciera burla de todo aquello por lo que sus padres habían luchado. Él no estaba dispuesto a permitir que la gente pensara que iba a hacer lo mismo con su propia vida o con su matrimonio. Había llegado a gustarle la excitante vida de aventuras que llevaba en Europa, sin imaginar que algún día tendría la 12 Julia Latham – El engaño del caballero oportunidad de hacer un buen matrimonio. Ahora, si en algún momento se preocupaba ante la posibilidad de que el matrimonio y la vida de noble le pudieran resultar aburridos, se apresuraba a quitarse rápidamente ese pensamiento de la cabeza. El alborotador grupo de hombres toscamente vestidos reunido en torno a una mesa junto al fuego prorrumpió de nuevo en ruidosas carcajadas. Hablaban en un tono muy alto. —No te creo —dijo uno de ellos, inclinándose tanto hacia atrás que a punto estuvo de volcar el banco en el que estaban sentados. Tenía restos de comida en la barba. —¿Qué es lo que no crees? —quiso saber otro de ellos, poniéndose en pie y tratando de mostrarse ofendido, aunque empezó a tambalearse, lo que redujo considerablemente el efecto deseado—. Ahora vengo de allí. Lord Bannaster se ha adueñado del castillo de Alderley y ha echado a los soldados. John prestó atención. Alderley era el hogar de su prometida. ¿Estaba siendo atacado? Se puso en pie seguido por Philip. Con la mano apoyada en la empuñadura de su espada, se acercó al fuego. El grupo de alborotadores lo miró, y sus sonrisas ebrias desaparecieron en cuanto se percataron de que superaban en número a John y a Philip. —Métete en tus asuntos —dijo el de la barba sucia, escupiendo a los pies de John. Éste se limitó a enarcar una ceja, pero lo ignoró y dirigió su atención al hombre que tenía problemas para guardar el equilibrio. —¿Qué más sabes acerca del castillo de Alderley? El hombre dio un trago más a su cerveza y señaló a John en el pecho con la jarra. —¿Y por qué te interesa? —Eso no necesitas saberlo. Sólo te estoy preguntando por algo que hace un momento estabas contando libremente. El de la barba sucia se levantó de repente, echando mano torpemente hacia su espada, pero John desenvainó más rápido y cortó limpiamente el cinturón del hombre, que cayó al suelo con gran estruendo. Los otros cinco que formaban el grupo a esas alturas ya se habían puesto de pie, listos para enfrentarse a John y a Philip. —No queremos problemas —dijo John con tono pausado—. Sólo respuestas. Si queréis conservar la espada, y la vida, será mejor que respondáis. Y ahora contadme lo que sepáis del castillo de Alderley. El de la barba sucia y el que no se sostenía en pie intercambiaron una mirada de cautela, mientras los otros cuatro se removían incómodos. Estaban todos borrachos, pero parecían ser conscientes de que pese a ser sólo dos, John y Philip les llevaban ventaja. Sin soltar el arma, el del precario equilibrio eructó ruidosamente y a continuación contestó de mala gana: —El vizconde lo ha asaltado en nombre del rey. —¿Y por qué ha hecho eso? —Lady Elizabeth sigue soltera, y sus propiedades requieren la mano de un hombre. —Aunque ella no lo crea —gruñó el de la barba sucia, observando su espada—. Se cree que puede ocuparse de todo sola. Ya es hora de que un hombre le enseñe lo que es bueno. El que se tambaleaba se inclinó hacia adelante, y explicó, como si John y él de pronto fueran amigos: —La tiene encerrada en una torre. Y ahí la ha dejado, mientras él viaja a Londres a pedir permiso al rey para... La panda de brutos estalló en carcajadas en señal de que entendían perfectamente las intenciones del vizconde. John sintió un sudor frío al pensar que alguien pudiera tratar a una joven de esa forma, y en lo culpable que se sentía por no haber llegado a tiempo. Retiró la espada y lanzó una moneda a la mesa. —Gracias por la información. 13 Julia Latham – El engaño del caballero El hombre que no se tenía en pie no respondió, y en vez de eso, se dirigió al tabernero a voz en cuello. —John —dijo Philip mientras regresaban a su mesa—. Conozco esa expresión. No te culpes. Como quien dice, te acabas de enterar de que estás prometido. Él levantó una mano. —Ahora no importa si creo que podría haberlo evitado o no, pero tengo que solucionarlo. Mi castillo y mis tierras están en un estado lamentable, y como único ejército cuento contigo, con Ogden y con Parker. Y no tengo intención de pediros que me acompañéis a lo que será una muerte segura. —Pero tú eres su prometido por derecho propio. Iremos a ver al rey y... —Aunque fuésemos a Londres, seguro que los falsos rumores me han precedido. No puedo presentarme en el castillo de Alderley por las buenas y exigir que lady Elizabeth me sea devuelta, y aún menos exigírselo a un vizconde emparentado con el monarca. Yo sólo soy un barón sin ejército. Podría perder todo el derecho que tengo sobre ella. Pero pese a lo negro que pudiera parecer su futuro, John ya no era aquel muchacho pusilánime que se dejaba dominar por unos y otros. —No permitiré que eso ocurra —añadió finalmente. Apartó la jarra de cerveza y se puso en pie. Un hombre que estaba sentado a una mesa cercana, a solas, levantó la vista y lo miró, para acto seguido dedicarse de nuevo a su cerveza. John sabía que su propósito contenía dosis suficientes de aventura y peligro como para satisfacerlo. —Philip, demostraré que soy digno de ser su esposo. Cuando le diga que lamento lo ocurrido y la convenza de mi sinceridad, sé que estará a mi lado cuando vaya a hablar con el rey en nombre de ambos. Su amigo se levantó. Ya salían de la taberna cuando le preguntó a John: —¿Y cómo vamos a hacerlo? Ogden y Parker, que se habían quedado con los caballos, se acercaban a ellos desde el otro lado del patio de la taberna. —Milord —empezó Ogden, masticando los bordes de su largo bigote—, hemos oído algo que creemos deberíais saber... —Si se trata de lady Elizabeth, ya estoy al tanto. Partimos de inmediato hacia Alderley. Id a cenar algo y daos prisa. Los dos soldados se dirigieron a la taberna sin perder un segundo. John miró a Philip y dijo: —Quieres saber cómo nos las vamos a apañar para rescatar a lady Elizabeth. Primero, tenemos que encontrar a su ejército. Luego necesito pensar un rato, seguro que se me ocurrirá algo. Siempre se me ocurre algo. Intercambiaron sendas sonrisas de anticipación. Partieron en cuanto los dos soldados terminaron de cenar. Habida cuenta de las pocas horas de luz que les quedaban, John marcó un paso extremo. Cuando la noche cayó sobre ellos, los caballos sudaban profusamente y las cabezas les colgaban de puro agotamiento. Acamparon en un bosquecillo, a pocos metros del camino principal. Comieron carne seca de buey acompañada con tortas de pan. John apenas dijo nada, dedicado como estaba a pensar una forma de ayudar a lady Elizabeth. Un plan comenzaba a formarse en su cabeza, pero antes de que pudiera decir nada, los caballos empezaron a relinchar inquietos. Parker, que montaba guardia por los alrededores del camino principal, apareció entre les árboles. Era un hombre de hombros anchos y más bien achaparrado. Puede que su estatura fuera inferior a la de la mayoría de los hombres, pero poseía extraordinarias habilidades como guerrero. John los había tomado a él y a Ogden a su servicio cuando nadie más los quería, y ni una sola vez lo había lamentado. Parker echó un vistazo por encima del hombro hacia el camino. 14 Julia Latham – El engaño del caballero —No oigo nada, milord, pero los caballos no mienten. Un hombre envuelto en una túnica emergió de las sombras, con las manos levantadas en señal de paz. John echó mano de la espada, pero sin desenvainarla. —¿Quién sois? El hombre se bajó la capucha de la túnica muy despacio, para que pudieran verle bien el rostro. Estaba recién afeitado y sonreía afablemente. —Buenas noches, caballeros. ¿Me permitís que comparta vuestro fuego? No podía decirse que fuera una noche fría, pensó John, pero tal vez un hombre solo se sentiría más seguro cerca de un grupo. —Podéis, señor, pero debo preguntaros vuestro nombre a cambio. El desconocido adoptó una expresión contrita. —Lo lamento mucho, pero no puedo decíroslo, lord Russell. John se envaró. —¿Vos me conocéis, pero a mí no se me permite saber quién sois? —Sólo he oído hablar de vos, milord, que es algo muy distinto a conoceros. —El hombre miró a los demás—. ¿Podríamos hablar en privado? —preguntó. —Yo no me iré de aquí —intervino Philip con voz tensa. El desconocido lo observó un momento. —De vos no he oído hablar, señor. Lord Russell, ¿deseáis que esté presente? —Lo deseo. Es sir Philip Clifford. Y, tras decirlo, John hizo un gesto con la cabeza a los otros dos soldados, que desaparecieron en la espesura del bosquecillo. Acto seguido, se acercó al fuego. El desconocido se sentó y se frotó las manos. —Qué bien le sienta el calor a estos viejos huesos. John lo observó detenidamente. —No parecéis muy mayor. —Es que lo disimulo bien —contestó el otro sonriendo—. Y, sin embargo, hay días en que todos nos sentimos más viejos que el mundo, ¿no es así? —Su sonrisa se desvaneció—. Estoy aquí en representación de mis hermanos, lord Russell. Nos llamasteis la atención hace muchos años, y hemos venido siguiendo vuestras proezas desde entonces. John frunció el cejo, pero para su sorpresa, Philip se inclinó hacia adelante, sumamente interesado en las palabras del hombre. —¿De qué hermanos habláis, señor? —preguntó John. —La Liga del Acero —susurró Philip con auténtico respeto. El desconocido lo miró con vaga diversión, pero John no estaba de humor para tonterías. —Mi amigo espera que la ayuda nos llegue en forma de milagro —explicó con brusquedad—, pero yo sé bien que los milagros no existen. ¿A quién representáis, señor? —¿No creéis en la Liga? —preguntó a su vez el hombre con voz queda. —Tanto como en el resto de historias que se les cuenta a los niños —respondió él—. Sólo que ésta no está dirigida a los niños, sino a escuderos y jóvenes caballeros. No veo bien alentar ese tipo de esperanzas. —Los hombres escépticos son buenos guerreros —replicó el desconocido. La sonrisa de Philip flaqueó un poco, mientras John se limitaba a negar con la cabeza. —Me temo que he de pediros que os expliquéis o, si no, que guardéis silencio y me dejéis descansar. —Habéis recorrido una gran distancia a lo largo de este último mes, y al llegar habéis descubierto que las cosas no son como cuando os marchasteis. John sintió que la sangre se le helaba en las venas. Las noticias sobre el estado de abandono en que se encontraba el castillo de su familia estaban empezando a extenderse. 15 Julia Latham – El engaño del caballero —Si sabéis algo así —interrumpió Philip con expresión tensa—, sabréis también que no se le puede achacar a John. —Hay quien dice lo contrario —respondió el otro. —Pues ¡es mentira! ¡Eso es lo que van diciendo por ahí los hombres de su hermano! —se exaltó Philip. John levantó una mano en demanda de calma. —Tranquilo, Philip. Deja que hable. —Aún no se ha decidido sobre el comportamiento de vuestra familia —dijo el hombre con tono solemne. —¿Y sois vos y vuestros hermanos quienes habéis de juzgarme? —preguntó John con los dientes apretados. —No, no somos nosotros —contestó el desconocido—. Pero sí juzgamos a quien prestamos nuestra ayuda. Philip sonrió de oreja a oreja nuevamente y abrió la boca para decir algo, pero el hombre prosiguió: —Y, por el momento, nos reservamos la opinión —añadió. John le sostuvo la mirada sin pestañear. —Así que me habláis de una ayuda que no vais a ofrecerme. ¿A qué habéis venido entonces? —A alertaros de nuestra presencia, a haceros comprender que, aunque aún no hayamos decidido si vamos a ayudaros, comprendemos la difícil situación que está atravesando lady Elizabeth. Es una mujer sola, y merece nuestra ayuda. —Ella es responsabilidad mía. Y si está sola es porque no he vuelto de Normandía a tiempo. El otro se encogió levemente de hombros. —No es vuestra toda la culpa. Vos no podíais predecir la muerte de sus padres, o la de vuestro hermano, así como tampoco la arrogancia de lord Bannaster. —No puedo confiar en que ayudéis a lady Elizabeth —dijo él—. No sé nada de vos ni de vuestros hermanos. —Pero John... —comenzó Philip. —No dejaré que nadie controle mi destino —continuó John, mirando al desconocido—. Por la mañana, podéis volver con vuestros hermanos y decirles que yo me encargaré de mis asuntos. El desconocido asintió una vez con la cabeza. —Respeto vuestra postura, lord Russell. Estaremos observando. —No puedo evitar que lo hagáis —respondió él—. Que durmáis bien. Y dicho esto, se tumbó sobre su manta y se durmió. Ogden y Parker montarían guardia toda la noche y John confiaba en ellos. Por la mañana, al despertar, el desconocido ya no estaba, por más que los dos soldados juraron que no habían oído nada. —Pues claro que no —dijo Philip mientras doblaba su manta—. Los miembros del Acero son conocidos por su habilidad para aparecer y desaparecer en absoluto silencio. —Son los hombres como tú los que extienden esos rumores que luego se convierten en leyendas —replicó su amigo de buen humor. —¿Qué rumores? ¡Es la verdad! John negó con la cabeza con resignación y continuó recogiendo sus cosas. Cuando los otros hubieron terminado, se quedaron mirándolo, expectantes. —Tengo un plan —empezó a explicar con calma—. Sin ejército no podemos exigir que se me entregue a lady Elizabeth, de modo que, Ogden y Parker, vosotros dos os encargaréis de encontrar a los soldados de Alderley Con ellos, podremos rescatar a su señora. Pero tenemos que 16 Julia Latham – El engaño del caballero saber cuál es la situación exacta, para saber cómo intervenir con más seguridad. Así que tendremos que disfrazarnos para poder entrar en el castillo. Philip enarcó una ceja. —¿Y cómo vamos a conseguir que nos dejen entrar y que, además, permitan que nos quedemos allí? Los hombres de Bannaster sospecharán, por fuerza, de cualquier desconocido que aparezca por el castillo, puesto que tienen a una mujer encerrada en una torre. —Pero no querrán que parezca que se trata de un asalto. Estoy seguro de que lord Bannaster quiere demostrarle al rey que, con él al mando, el castillo de Alderley estará en buenas manos. —Entonces nos haremos pasar por viajeros —sugirió Philip con una amplia sonrisa—. Pero en ese caso, lo máximo que nos permitirán será quedarnos a comer algo y después deberemos reemprender viaje. —Sí, de modo que tendremos que asegurarnos de que vean que no nos podemos ir. Los otros tres lo miraron con el cejo fruncido. John suspiró como si lo hubiesen decepcionado. —Fingiremos estar heridos después de haber sido atacados por una banda de ladrones. Philip parpadeó sin comprender. —¿Un ataque? —No sería de buenos cristianos echarnos estando heridos. —Pero... John miró a Ogden y a Parker. —Os quiero acampados cerca, y procurad localizar al ejército de Alderley cuanto antes. Si algo malo nos ocurriera a Philip y a mí, id a ver al rey. Seréis la última esperanza de lady Elizabeth. Los dos soldados asintieron solemnes. —Y tú y yo fingiremos unas falsas heridas —añadió Philip no sin escepticismo—. ¿Cuánto podremos aguantar la farsa? —Tienes razón —dijo John tratando de contener la risa—. Con unas heridas falsas no engañaríamos a nadie. Así que tendrán que ser reales. —Miró nuevamente a Ogden y a Parker—. Es necesario que se nos vea bien magullados. Debería tener la pierna tan hinchada que no levante sospechas cuando afirme que me la han roto. Pero que no sea verdad, puesto que es posible que tengamos que pelear. Los tres hombres se quedaron mirándolo boquiabiertos. John se echó a reír. —¿Es que nunca habéis tenido ganas de emprenderla a golpes conmigo? Pues ahora tenéis la oportunidad. —Pero ¡yo no os he hecho nada! —protestó Philip. —Que te lo crees tú —refunfuñó Ogden. 17 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 3 El segundo día de su nueva identidad, Elizabeth se despertó envuelta en una manta. Tenía frío y se sentía dolorida y desorientada. Se sentó con el cuerpo rígido y oyó el crujido de la paja con que estaba relleno su jergón. Nada que ver con el mullido colchón de su cama. Tardó unos segundos en darse cuenta de dónde había pasado la noche; en la cocina, caliente delante del fuego, lejos de todos los demás, que dormían diseminados por el gran salón. Se le había ocurrido a Adalia, la cocinera, cuando Elizabeth descubrió que no la iban a dejar dormir junto a Anne. Muy preocupada, ella quería acostarse en la planta baja de la torre, al pie de la escalera, por si a Bannaster se le ocurría raptar a Anne, pero Adalia había insistido en que los soldados de Alderley se enfrentarían a todo aquel que intentara entrar allí. Elizabeth dobló las rodillas contra el pecho y se reclinó contra la pared. Por un momento, el miedo amenazó con invadirla, avanzando sigilosamente en el interior de su mente, debilitando su confianza en sí misma. Se sentía tan sola... Apenas había tenido tiempo de llorar la pérdida de sus padres o su prometido como era debido. Todo lo que creía que la vida le daría se había desvanecido. Pero aún le quedaba su ingenio para salir de aquel trance. No podía contar con nada más, ni siquiera con el siguiente hermano Russell en la línea de sucesión, su actual prometido. Se levantó, se estiró las faldas y se recolocó el griñón, asegurándose de que no se le viera el cabello. Tenía que seguir, debía recordar que su gente la necesitaba. Anne la necesitaba. El día anterior, sólo habían podido verse durante las comidas, pero le había parecido que no se desenvolvía mal. Adalia entró en tromba en las cocinas y comenzó a dar órdenes a sus ayudantes. Era baja y delgada, de un aspecto muy escuchimizado para ser cocinera, pero rebosaba energía, y tenía el control absoluto de sus dominios. Cuando todos los fogones estuvieron encendidos y en cada uno de ellos empezaron a calentarse los calderos con el agua de cebada, Adalia se acercó a Elizabeth y le rodeó los hombros con un brazo. —Y dime, Anne —dijo guiñándole un ojo—, ¿has dormido bien? —Sí, Adalia, muchas gracias. Esta cocina es un lugar cálido y confortable —contestó ella, y luego susurró—: ¿Crees que la voz sobre mi nueva identidad ya habrá corrido lo bastante? Tengo que ir al gran salón, debo buscar los puntos débiles del enemigo. —Todos los sirvientes han sido informados, Anne. Ese... vizconde ha salido muy ufano en dirección a Londres nada más terminar la misa. No debes temer por él. —¿Me he perdido la misa? —exclamó Elizabeth sin dar crédito. —Me ha parecido mejor no despertarte. Le he dicho a Milburn que no te sentías muy bien. Elizabeth asintió con la cabeza en señal de agradecimiento. —El alcaide de Bannaster parece un hombre difícil de engañar. ¿No ha sospechado nada? —Bastante ocupado estaba con los preparativos para la marcha de su señor —respondió Adalia—. Deja que te ayudemos a llevar la carga, Anne. Royden, que Dios lo tenga en su gloria, no querría que te ocurriera nada malo. Pensar de nuevo en su alcaide hizo que los ojos le escocieran a causa de las lágrimas. Pero, por lo que había logrado averiguar, el pobre hombre había muerto tal como Bannaster había dicho: su corazón había dejado de funcionar delante de un montón de testigos, en el gran salón. 18 Julia Latham – El engaño del caballero Sin embargo, que Bannaster no lo hubiera asesinado no significaba que no pudiera hacerlo si alguien se interponía en su camino. Una joven sirvienta entró en la cocina corriendo y se detuvo en seco. —El nuevo alcaide quiere ver a Anne, señora Adalia. —La muchacha miró a Elizabeth asustada y en seguida apartó la vista—. Han dejado entrar a dos viajeros. Al parecer, los han atacado no muy lejos de aquí. —¿Ha dicho para qué me necesita? —quiso saber Elizabeth. La chica negó con la cabeza. —Será mejor que borres de tu voz ese tono autoritario, Anne —le advirtió Adalia. Ella asintió con la cabeza. —Prepara el desayuno de lady Elizabeth. En seguida vendré a recogerlo. Todos los presentes la miraron con cierta aprensión a medida que se dirigía a la sala. El día anterior no se había dejado caer por allí más de dos o tres veces, dando tiempo a que la servidumbre conociera el ardid que estaban llevando a cabo Anne y ella. Ahora se iba a poner a prueba su lealtad. Elizabeth rogó que nadie fuera castigado en caso de que se descubriera la mascarada. Entró entonces en el gran salón, y, como siempre, la inmensa estancia la dejó sobrecogida con la sensación de que formaba parte del destino. En lo alto de los muros de piedra, la luz entraba a raudales a través de unas magníficas vidrieras. Una enorme chimenea, más alta que un hombre, ocupaba toda una pared, y a ambos lados, enmarcándola con todo su poderío, dos escalinatas conducían hacia las cámaras privadas del piso superior. Vio a dos desconocidos tendidos sobre jergones delante del fuego. Elizabeth avanzó con paso vacilante. El nuevo alcaide estaba de pie junto a uno de ellos, haciéndole algunas preguntas. —¿Y cómo os llamáis? —preguntó Milburn. —Sir John Gravesend —respondió el hombre con voz profunda, velada por el dolor. Elizabeth no podía verle bien la cara. Aunque sentía curiosidad, se mostraba reticente a acercarse hasta que el alcaide no se dirigiera a ella. —Yo me llamo Milburn, y soy el alcaide de este castillo. Lo dijo como si siempre hubiera sido así, pensó Elizabeth con amargura. —¿Y cómo se llama vuestro compañero de viaje? —continuó Milburn. —Philip Sutterly, es mi secretario. —¿Y para qué habrías de necesitar un secretario? —Me he formado para trabajar como administrador, señor; estaba de viaje en busca de un nuevo empleo. —¿Y os atacaron en el camino? —Cinco hombres nos asaltaron. Aparecieron de repente entre los árboles. Se llevaron todo mi dinero y nos dieron una paliza. Ha sido providencial que lográramos llegar hasta aquí. Me parece que tengo la pierna rota. Elizabeth lo escuchaba atentamente, sintiendo la extraña necesidad de verle el rostro. Avanzó varios pasos hasta quedar de pie detrás de los soldados que habían acompañado a los hombres heridos al interior. Junto al jergón, vio una rama de árbol que, sin duda, había sido utilizada como improvisada muleta. Desde allí podía ver también el cuerpo de ese tal sir John, aunque seguía sin distinguir su cara. Se lo veía fuerte, de anchas espaldas, como correspondía al caballero que su título proclamaba que era. Tenía los puños apretados, tanto, que se le habían puesto los nudillos blancos de la tensión. Elizabeth tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no ordenarle a Milburn que cesara el interrogatorio y se ocupara de que lo curasen. Poco acostumbrada a guardar silencio, tuvo que morderse el labio, y se concentró en buscar un lugar de observación más ventajoso. Por alguna razón, quería ver como fuera el rostro de sir John. Finalmente lo consiguió, cuando él alzó la vista hacia Milburn, con el cejo fruncido y un rictus de dolor. Su cabello, que le llegaba hasta la mitad del cuello, era castaño claro. Poseía las 19 Julia Latham – El engaño del caballero facciones angulosas y bien formadas de un hombre en su plenitud, con una cicatriz que le atravesaba la mejilla izquierda, desde la sien hasta la mandíbula. No era reciente, ya que se veía que estaba curada, y, más que conferirle un aspecto temible, lo hacía parecer peligroso. No podría decirse que fuera apuesto, pero sí bien proporcionado y muy masculino. Tenía moratones por toda la cara, una mancha de sangre seca de un corte en el labio y una inflamación que empezaba a deformarle las facciones. ¿Y aquel hombre era sólo alguien dispuesto a servir a un señor? No era la primera vez que se daba el caso de que un caballero lo hiciera, pero ¿por qué no poseía sus propias tierras? ¿Y de qué color tenía los ojos? Al percatarse del ridículo cariz que estaban tomando sus pensamientos, se reprendió en silencio. Cosas más importantes que la aparición de un desconocido que sólo estaba de paso por Alderley requerían su atención. —Yo también soy nuevo en el castillo —explicó Milburn sin ambages—, pero he sido informado de varios robos en la zona boscosa. Con el fin de poner remedio a la situación, hemos enviado una partida de soldados, pero me temo que no hemos llegado a tiempo con vos, sir John. Nos ocuparemos de vuestras heridas. —Levantó la vista—. ¿Dónde está la criada a la que he mandado llamar? Elizabeth carraspeó y salió de detrás de los dos soldados, que le hicieron sitio. Antes de volver la vista apresuradamente, «Dios mío, te ruego que hagas que mi gente actúe con cautela», se fijó en las miradas de aprensión que le lanzaban algunas de las sirvientas. —Maese Milburn, estoy aquí. Me disponía a llevarle el desayuno a mi señora. ¿Qué puedo hacer por vos? El hombre se volvió y la escrutó con la mirada. —Hablas muy bien para ser una criada. Elizabeth bajó los ojos. Estaba casi temblando. —Fui criada y educada con lady Elizabeth, señor. Soy su doncella y dama de compañía. —Pero no tienes su rango —replicó el alcaide—. Tu señora puede esperar a tomar su desayuno. Estos hombres heridos necesitan tu ayuda. —Pero yo no soy curandera, maese Milburn. —Tengo entendido que el castillo de Alderley carece de físico que resida aquí de forma permanente. —Así es, señor. —He mandado llamar a la curandera de la villa. La ayudarás cuando llegue. —Pero lady Elizabeth... —Puede esperar —repitió el hombre con gesto impasible. Elizabeth mantuvo la vista fija en el suelo. Era dolorosamente obvio que Bannaster quería que la señora del castillo se sintiera sola, y tan desesperada por tener compañía, que terminaría accediendo a hacer lo que le pidiera. Pero Anne estaba hecha de un material más resistente que eso. —Quédate aquí con los heridos hasta que llegue la curandera, y ayúdala en cuanto necesite —continuó Milburn—. Tráeles cerveza, pero nada de comida hasta que la curandera lo diga. —Sí, señor. Él y los soldados regresaron a sus quehaceres, dejándola sola junto con los dos desconocidos. Su mirada recayó entonces en el segundo hombre, el secretario, Philip Sutterly, cuyo rostro estaba tan magullado e inflamado como el de su señor. Tenía el pelo castaño pringado de sangre, sudaba profusamente y la manga de su túnica estaba rota. Permanecía tendido, con los ojos cerrados, y su respiración era tenue, como si hasta eso le doliera. Desvió nuevamente la vista hacia sir John, y se encontró con que éste la estaba contemplando con fijeza. Tenía unos ojos increíblemente azules, como los huevos de la torda o un cielo de verano, rodeados de pestañas oscuras y unas pequeñas arruguitas causadas por el sol y 20 Julia Latham – El engaño del caballero el viento, y podía ser que también por la risa. Debido a la cicatriz, se le levantaba ligeramente la comisura del ojo izquierdo, lo que le daba el aspecto de estar siempre a punto de guiñarlo, como si estuviera bromeando. Había algo en aquellos ojos que le resultaba vagamente familiar, a pesar de que no creía haberlo visto antes. Él la observaba con descaro, y ella se habría mostrado ofendida, en su verdadera identidad, claro. Pero en esos momentos no era más que la sirvienta de la señora del castillo, y cualquier hombre podía mirarla como quisiera. —¿Tomaréis un poco de cerveza? —preguntó a los dos hombres. Sutterly se limitó a asentir levemente con la cabeza, como si le costara demasiado decirlo. Sir John, por el contrario, sí habló: —Os lo agradecemos mucho, señorita... —Anne, señor. Soy la doncella de lady Elizabeth. —Ah, entonces es a ella a quien debo mi gratitud —prosiguió—. ¿Me permitiría darle las gracias personalmente? —Lo haría, sir John, si pudiera. Pero por el momento permanece recluida en su cámara. —Entiendo. —Se removió un poco, como si no lograra dar con una postura cómoda. —Dejad que os traiga la cerveza para que así podáis calmar la sed —dijo ella. Encontró a Adalia en las cocinas, moviéndose entre los calderos. —¿Cómo están tus pacientes, Anne? —preguntó la cocinera con una sonrisa. —No son mis pacientes, sólo una distracción de lo realmente importante, la torre de mi señora. —Elizabeth suspiró frustrada—. He de esperar con ellos a que llegue la curandera y ayudarla en lo que necesite. —¿Y dices que sólo son viajeros? —Un administrador y su secretario. Parecen estar en muy buena forma, pero cinco hombres se les echaron encima y no pudieron con ellos. ¿Tienes algún pellejo de vino por aquí? Creo que así beberían mejor que de una jarra. —No, pero tengo por algún lado vasos de cuerno. Elizabeth suspiró. —Eso servirá. Regresó al gran salón y se dirigió a sir John. —¿Podéis incorporaros para beber? Él se apoyó sobre un codo. El movimiento le debió de doler, pero lo único que hizo fue inhalar profundamente y después le sonrió. Elizabeth percibió la fuerza de su personalidad, su confianza, tan patente como la asombrosa blancura de sus dientes. Con cierta torpeza e incomodidad, le acercó el cuerno. Él lo miró, la miró a ella y luego le dedicó una amplia sonrisa. —¿Podrías quitar el tapón? Elizabeth se sonrojó. —Sí, por supuesto. Pero ¿qué le estaba pasando? Había estado prometida a un hombre mucho más apuesto que aquél y, sin embargo, había algo tan... sincero y directo en la forma en que la miraba. Le resultó en extremo inusual. Y entonces se dio cuenta de que, como hija que era de un conde, siempre habían mantenido las distancias y se habían dirigido a ella con respeto, incluso los hombres que albergaban la esperanza de hacerla su esposa en caso de que no apareciera su prometido. Pero aquél la miraba con visible interés, con franqueza, y eso la dejó... azorada. Quitado el tapón, le entregó el cuerno y sir John se lo llevó a los labios. Elizabeth vio que tenía más moratones y los dedos hinchados. Se preguntó si tendría roto algún hueso. —Por favor, permitid que os ayude —se ofreció, tendiendo la mano para coger el cuerno. Él la miró con gesto inexpresivo y finalmente asintió. 21 Julia Latham – El engaño del caballero Le acercó el cuerno a la boca y le dio de beber poco a poco. Tal como estaban situados, se encontraba muy cerca de él, justo un poco por encima. El hombre bebió sin dejar de mirarla en ningún momento con un interés evidente. Ella lo miró también. Se fijó en la manera en que fruncía la boca al beber, en cómo su garganta subía y bajaba al tragar. Una gota de cerveza resbaló por su mandíbula y fue a perderse en su cuello. Elizabeth bajó el cuerno, y, por un momento, siguieron mirándose. Fue algo de lo más extraño: estar en aquel inmenso salón rebosante de actividad y compartir una mirada que se le antojó tremendamente íntima. —¿Puedo beber algo yo también? —dijo una voz grave que sonaba divertida. Elizabeth desvió la mirada de sir John y agitó la cabeza a un lado y a otro como para escapar del inesperado trance. Se había puesto roja, y, por alguna razón, eso le pareció un signo de debilidad. Se acercó sin dilación al otro jergón. —¿Queréis que os sostenga el cuerno para que podáis beber, maestro Sutterly? El hombre tenía un rostro franco y afable, pero ella no sintió la poderosa necesidad de mirarlo, como le había ocurrido con sir John. No sabía muy bien si sentirse aliviada o terriblemente preocupada. —Te aseguro que no soy un maestro, Anne. Te ruego que me llames Philip. A continuación, tomó el cuerno en la mano y, tras mirar a sir John con una sonrisa de superioridad, se dispuso a beber. Ella los miró divertida, percibiendo que entre ambos había más una fuerte amistad que una mera relación entre amo y sirviente. Se obligó a concentrarse en lo que de verdad importaba: su amiga estaba prisionera en la torre de su castillo. ¿Cómo habría pasado la noche? ¿Tendría hambre? ¿Creería que la habían descubierto? Si tan sólo pudiera ir a verla y tranquilizarla... pero lo único que podía hacer era esperar a que llegara Rachel, la curandera. Afortunadamente, la villa no estaba lejos, por lo que Rachel no tardó en llegar, cargada con su bolsa de cuero. Elizabeth contuvo el aliento cuando sus miradas se cruzaron, pero Rachel se limitó a asentir con la cabeza. —Te agradezco mucho que te hayas quedado cuidando de los heridos, Anne —dijo. Elizabeth empezó a toquetearse con nerviosismo el griñón que le cubría los cabellos, agradecida por la protección que le confería. Su gente estaba siendo fiel a su palabra, y hasta los habitantes del pueblo estaban al tanto de su mascarada. Pero ¿hasta dónde se extendería el rumor antes de llegar a oídos equivocados? Elizabeth se quedó a un lado mientras Rachel sacaba sus tarros de ungüento y sus trozos de tela. Los hombres la observaban con recelo, y Elizabeth sabía que su juventud y su hermosura siempre sorprendían a la gente, que esperaban encontrarse con una anciana arrugada. Su madre, la anterior curandera, murió siendo muy joven, y le desveló a su hija sus secretos. Ésta los había aprendido bien, y todos en el castillo y sus alrededores confiaban en ella. Rachel puso los brazos en jarras y miró a los hombres. —Me han dicho que os atacaron unos ladrones. Sir John asintió. Su rostro se crispaba de dolor al menor movimiento. —Eran cinco. Philip y yo les dimos también lo nuestro, pero nos superaban en número. —¿Y dónde estáis heridos? Elizabeth se sintió incómoda mientras los hombres describían, por turnos, lo que tenían, señalándose el estómago y el rostro. Sir John mencionó que le preocupaba haberse roto la pierna. Rachel hizo que la moviera en varias direcciones y, a juzgar por lo blancos que se le pusieron los labios de tanto apretar, Elizabeth estaba segura de que le debía de doler mucho. —Tengo que determinar la gravedad de las heridas —dijo Rachel finalmente. Miró a su alrededor y vio que Milburn los observaba desde el otro extremo del salón. Entonces miró a Elizabeth una vez más y ésta creyó ver en ella una leve vacilación. 22 Julia Latham – El engaño del caballero —Anne, necesitaré que me ayudes a quitarles la ropa —dijo finalmente. Elizabeth tragó con dificultad, pero por lo demás, no hizo nada que pudiera traicionarla. Era evidente que a una simple criada se le podía pedir algo así. Si no estuvieran bajo la inquietante vigilancia de Milburn, tal vez hubiese podido librarse de ello. —¿Quieres que busque una cámara vacía en la que tengas más intimidad para trabajar? Rachel asintió. —Eres muy amable, Anne. Sir John sonrió un tanto tímidamente. —Me parece bien. No teníamos intención de exhibirnos delante de todo el mundo. Con los párpados todavía cerrados, Philip soltó: —Habla por ti. Elizabeth abrió mucho los ojos con gesto de asombro, pero sir John se limitó a reír. —Perdona a mi secretario por su impertinencia —dijo—. Crecimos juntos y, en ocasiones, se le olvida mostrar el respeto debido al que posee una educación y un estatus superiores. El otro abrió los ojos y rezongó algo ininteligible antes de volver a cerrarlos. Tras consultar al chambelán —y mostrarse absolutamente sumisa con aquel hombre que normalmente la consultaba a ella—, Elizabeth se aseguró de que llevaran a los heridos a una cámara desocupada. Uno de los sirvientes del salón las acompañó, y se quedó en la puerta por si los desconocidos demostraban ser peligrosos. Elizabeth fue en busca del sebo que Rachel necesitaba para mezclar con sus hierbas y atendió solícita sus órdenes, mientras intentaba no quedarse mirando a los hombres cuando éstos comenzaron a desnudarse. Preservada siempre en su calidad de gran heredera, no había visto muchos cuerpos masculinos, y lo cierto era que sentía curiosidad. Rachel, muy cuidadosa, les iba quitando las prendas de una en una. Elizabeth vio gran número de moratones en diversos estadios de coloración, y no pudo evitar fijarse en la impresionante musculatura que se ocultaba debajo. Aunque no se ganaba la vida como tal, estaba claro que sir John era un caballero; un hombre que se movía con facilidad en el terreno de la tuerza y la violencia. Estaba segura de que se había defendido, como evidenciaban las magulladuras y despellejamiento de sus nudillos. Con sumo cuidado, Rachel aplicó su ungüento a base de sebo y agrimonia sobre cada uno de los golpes. No había mucha sangre, a excepción del corte en el labio de sir John, un largo arañazo que recorría todo el brazo de Philip y las heridas defensivas en las manos de ambos. Una vez satisfecha su curiosidad, Elizabeth sintió la imperiosa necesidad de ir a ver a Anne para ponerla en antecedentes de la situación. Sin embargo, no podía dejar sola a Rachel, eso hubiese sido muy impropio de una sirvienta. Pero sir John no dejaba de mirarla con fijeza y ella no lograba concentrarse con aquel interés que el hombre demostraba. 23 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 4 John permanecía tendido en una cama mientras comprobaban el estado de sus golpes y magulladuras y aliviaban su dolor con ungüento. Se sentía aliviado de no estar en el gran salón, rodeado de soldados. Había necesitado de toda su fuerza de voluntad para no echar mano de la espada al saberse rodeado de enemigos. Tenía que recordarse constantemente que sólo era un administrador herido. Agradecía los cuidados de la joven curandera, excepto cuando le bloqueaba la posibilidad de ver a la criada, Anne. La muchacha llevaba el cabello cubierto con un griñón que le envolvía el mentón y el cuello, como si fuera una anciana que quisiera cubrir las arrugas de su cuello. Pero no era anciana. Tenía una piel cremosa que parecía muy suave al tacto, sin manchas ni marcas de viruela, como muchas de las mujeres que había conocido en su vida. Tenía una boca generosa, hecha para reír y para besar. Era tan delicada como las nobles damas que había visto de lejos, alta, esbelta y con un porte regio, y sus movimientos evidenciaban las bonitas curvas que se ocultaban bajo los plieguen del sencillo vestido. Tenía los ojos castaños de una cierva, de mirada suave y cristalina y muy, pero que muy, femenina, con espesas pestañas que inclinaba continuamente hacia abajo, como si quisiera ocultar sus pensamientos. El alcaide Milburn había dicho desde el primer momento que Anne era la doncella de lady Elizabeth, y, sin embargo le había ordenado que se ocupase exclusivamente de los viajeros malheridos. ¿Por qué? La única respuesta que se le ocurría era que quería mantenerla alejada de sus otras obligaciones, es decir, que no se ocupase de atender las necesidades de su señora. ¿Tal vez se estaba sometiendo a lady Elizabeth a algún tipo de castigo? A Anne no le habían dejado que le subiera el desayuno. ¿Pretenderían dejar que se muriera de hambre? Pero no, no debía apresurarse en sacar conclusiones. Tenía que averiguar qué pasaba en realidad. Lady Elizabeth llevaba prisionera sólo unos días, y si verdaderamente estuvieran dejándola morir de hambre, su doncella se mostraría más asustada. Por otra parte, si Bannaster quería desposarse con lady Elizabeth, sería estúpido por su parte hacerle daño. Desde el momento en que habían hecho llamar a Anne para que se ocupase de atenderlos, John la había estado observando. Era la mujer más cercana a su prometida. Anne había dicho que lady Elizabeth estaba «recluida», lo que no tenía por qué significar, necesariamente, que fuera una prisionera. Si la intención de Bannaster era mantener sus propósitos en secreto, no lo estaba haciendo muy bien. A menos que, siendo como era el primo del rey, no le importara quién pudiera enterarse de sus planes. Y eso podía convertirlo en un hombre peligroso. En el tiempo que había pasado en el gran salón, esperando a que llegara la curandera, John se había fijado en la visible inquietud de la muchacha y en el silencio con que el resto de la servidumbre se ocupaba de sus tareas. Nadie sonreía ni reía, pero tampoco se mostraban claramente asustados, lo que constituía una buena señal de que el estado de lady Elizabeth no podía ser muy malo. John se dio cuenta casi de inmediato de que tal vez Anne fuera la clave. ¿Era ella la única que tenía acceso a la torre? Tendría que averiguarlo lo antes posible. 24 Julia Latham – El engaño del caballero Su rostro se crispó de dolor cuando la curandera le movió la pierna para apoyársela en una tabla, que comenzó a sujetar envolviéndola con largas piezas de tela. Tendría que moverse a la pata coja para hallar las respuestas que buscaba. Ogden y Parker habían hecho un buen trabajo con su fingida paliza. Mientras guardaba sus tarros y sus paños, Rachel miró a Anne. —Volveré mañana por la mañana para ver cómo siguen. ¿Me necesitarás para algo hasta entonces? Era una pregunta extraña para hacérsela a una criada, claro que era normal que todos los habitantes del castillo se sintieran algo inquietos al tener a su señora «recluida». Anne negó con la cabeza. —Estaré bien. ¿Se los puede dejar solos o su estado es demasiado delicado? —Podrías preguntárnoslo a nosotros —intervino John amablemente. Anne lo miró preocupada. Rachel sonrió. —No estáis muy malheridos, aunque vuestras magulladuras tardarán un tiempo en curarse. Quedaos aquí y descansad todo lo que podáis. Dejad que los sirvientes os traigan lo que necesitéis. —¿Crees que podrían cenar en el gran salón si se sienten con fuerzas? —preguntó Anne, sonrojándose. ¿No quería quedarse a solas con dos desconocidos? John no podía culparla. Rachel suspiró. —Si os sentís bien, sir John, haced como os apetezca. No quiero que creáis que sois un prisionero. Mientras la curandera hablaba de los alimentos apropiados para una buena recuperación, él se encontró mirando de nuevo a la criada. Aunque hijo de un barón, al ser el menor de tres hermanos, hacía mucho que se había percatado de que jamás podría aspirar a despertar el interés de una dama noble y refinada. Había tenido que abrirse camino en el mundo él solo, aprender cosas que nadie pensó que llegaría a saber, y relacionarse con el tipo de mujeres que estaban encantadas de ganarse unas monedas haciéndole pasar una noche agradable. Anne no era así. Aunque era una criada, le había dicho a Milburn que se había criado como dama de compañía de lady Elizabeth. Pero aun así, debía hacer la voluntad de su señora, y, por lo que John recordaba de lady Elizabeth, debía de mantener a Anne muy ocupada. Ya de jovencita, la futura condesa conocía el lugar que ocupaba en el mundo, y se había mostrado siempre segura de sus sirvientes, aunque amable con ellos. Sin embargo, ¿inspiraba lealtad? ¿Querrían los criados de Alderley ayudar a liberar a su señora? ¿Querría hacerlo Anne? Le llevaría su tiempo averiguar todas esas cosas, un tiempo que no quería desperdiciar. No era hombre acostumbrado a aguardar sentado, de brazos cruzados. Si quería rescatar a lady Elizabeth necesitaría aliados. Tendría que empezar por aquella joven. Para gran desazón suya, casi estaba deseando llegar a conocer un poco mejor a la criada. Era demasiado atractiva. Seguía sin acostumbrarse a considerarse un hombre comprometido. Pero «sir John» era libre. Tan sólo un administrador que podía flirtear con una sirvienta. Y, aunque detestaba esa clase de tácticas, tendría que utilizarlas. —Debo ir a ver cómo se encuentra mi señora, pero pediré que os traigan algo de comer — explicó Anne una vez que Rachel se hubo ido. —Eres muy amable al preocuparte así por nosotros —dijo Philip, incorporándose un poco sobre un codo en su jergón—. Pero estar aquí todo el día va a ser muy aburrido, estando como estamos poco habituados a permanecer sin hacer nada. Ella asintió aunque con evidente reticencia. 25 Julia Latham – El engaño del caballero —Haré lo que pueda. Pero todos los sirvientes del castillo son personas alegres y buenas que estarán encantadas de cuidaros. Alguien vendrá a veros con regularidad. —Nadie parece muy alegre —intervino John, volviendo la cabeza para verla mejor conforme ella se acercaba a la puerta—. ¿Va todo bien? Con la mano en el pomo, Anne vaciló un instante. —Por ahora, sí. Descansad. Los dos criados que se habían quedado en la puerta se fueron con ella y John y Philip se quedaron a solas. —Bueno, espero que no nos pongamos enfermos y muramos —dijo Philip con una sonrisa—; porque con la preocupación que demuestra Anne... —Tiene cosas más importantes de las que ocuparse —lo interrumpió John—. Acércate y comprueba si hay alguien de guardia ahí fuera. —Ahora entiendo por qué querías que te rompieran la pierna —se quejó Philip al tiempo que se levantaba trabajosamente y atravesaba la estancia en dirección a la puerta. Se mantuvo a la escucha unos minutos, con la cabeza apoyada en la madera—. No creo que haya nadie. ¿Quieres que abra y eche un vistazo? —No, no quiero que nadie sospeche. Ven aquí. Su amigo cogió un taburete y se sentó junto a la cama. —¿Qué te parece el castillo en sí? —preguntó, bajando la voz—. Son tantas las defensas con que cuenta que se necesitaría un gran ejército para derrotarlos. Esperemos que Ogden y Parker encuentren a los hombres de Alderley. Y que estén dispuestos a cooperar con nosotros. —Querrán ayudar a su señora. Es una fortaleza impresionante, mucho más grande que tu castillo. ¿Crees que podrás gobernarla? —Sí. El castillo de Alderley era el rico patrimonio de un conde. Si las cosa iban según lo previsto, John podría convertirse en uno. Él, que una vez había sido un hombre sin recursos. Todo el mundo pensaba que tendría que depender de la generosidad de sus hermanos para sobrevivir. Pero su hermano mayor, William, había mostrado muy poca generosidad al pensar que era su obligación entrenarlo con toda severidad con el fin de hacer de él un hombre. Y sin embargo, ahora era el barón Russell, y tenía una prometida que lo necesitaba y un castillo que tomar. —Anne se ha referido al encierro de lady Elizabeth como reclusión —continuó Philip—. ¿No se supone que es un secreto? —No lo sé, pero los hombres de la taberna hablaban como si lo ocurrido aquí hubiera sido algo planeado por Bannaster. —Y los soldados que nos han traído a esta cámara no parecían sentir mucho respeto por la familia de la señora del castillo, como si sólo sirvieran al vizconde. John movió un pie muy despacio y se sintió satisfecho de sentir sólo un dolorcillo. —Está claro que sólo pondría hombres suyos en los puestos importantes. Necesito que te encargues de averiguar si Bannaster ha enviado a los soldados de Alderley a algún lugar específico. —Eso simplificaría mucho las cosas a la hora de encontrarlos —comentó su amigo. Alguien llamó a la puerta con los nudillos, y Philip se apresuró a regresar a su jergón. Un joven sirviente entró con una bandeja. —Os traigo esto, según órdenes de la cocina —dijo, haciéndoles una reverencia con la cabeza al tiempo que colocaba una pequeña mesa entre los dos y depositaba encima la bandeja—. ¿Necesitáis ayuda para comer? —preguntó con cierto recelo. Philip se incorporó con movimientos lentos. —Si mi señor precisa algún tipo de ayuda, yo lo atenderé. Gracias. 26 Julia Latham – El engaño del caballero Cuando el muchacho se hubo marchado, levantó el paño que cubría la bandeja descubriendo sendas tablas de trinchar con estofado acompañado de pan y dos jarras de cerveza. Olió apreciativamente los alimentos y después ayudó a John a ponerse unos cojines detrás de la espalda para poder comer sentado. Philip puso su plato directamente sobre la mesa y le cedió la bandeja a John, que se la colocó en el regazo. Comieron en silencio durante unos minutos, hasta que John dijo: —Mientras averiguas dónde están los soldados de Alderley, yo me quedaré en el gran salón, con aspecto de no sentirme muy bien, para que no nos echen. Me enteraré de si el alcaide es quien está al cargo mientras Bannaster está fuera. Y veré también quién tiene acceso a lady Elizabeth. Necesitaremos ganarnos su confianza para que nos ayuden. —Ya has empezado a hacerlo —dijo Philip, esbozando una enorme sonrisa—. Sospecho que no te resultará difícil ganarte la confianza de Anne. —Ella es la dama de compañía de lady Elizabeth. —John no estaba acostumbrado a sentirse azorado, pero así era como se sentía. —Y también es una muchacha preciosa. —Eso no importa. —John mojó un trozo de pan en la salsa del estofado y se lo metió en la boca, masticó y tragó—. A ella se le permite visitar a lady Elizabeth, lo que la convierte en un objetivo para nosotros, porque nos puede ayudar. Si se pone de nuestro lado, podría llevarle mensajes a su señora de nuestra parte. —Arriesgando la propia vida. John frunció el cejo. —La vida de lady Elizabeth también corre peligro. —¿Estás diciendo que vas a decirle a Anne quiénes somos? —Aún no. Primero tengo que asegurarme de su lealtad. —Lo que significa que piensas pasar mucho tiempo con ella. John no estaba haciendo nada malo, pero sólo pensar en la joven ya hacía que se sintiera culpable. ˜s– Pasaba del mediodía cuando Elizabeth se acercó a la base de la torre circular, custodiada por dos soldados vestidos con los colores de su señor. Deseaba sonreír con orgullo al único soldado que había allí de su propia guarnición, Lionel, un joven que aún no había sido armado caballero. Era obvio que los hombres de Milburn lo habían elegido por su falta de experiencia. Alguien inexperto no perpetraría un ataque, ni trataría de rescatar a su señora en solitario. Pero ella sabía que Lionel era el más joven de cuatro hermanos, todos caballeros, y que en realidad tenía mucha experiencia. Su deseo era sonreírle, pero en vez de ello se inclinó con deferencia, con la bandeja en la mano. El chico la miró algo incómodo un segundo, y en seguida fijó la mirada impasible en la pared del otro lado del corredor. El soldado de Bannaster levantó el paño de lino que cubría la bandeja y cogió un pedazo de pan. Elizabeth le lanzó una mirada hosca a la que él respondió levantando la mano como si fuera a darle una bofetada. Ella se encogió. No le gustaba la sumisión ciega, pero sabía que con ese tipo de brutos era eficaz. —¿Puedo pasar? —preguntó con voz queda—. Mi señora aún no ha desayunado. —Pasa —dijo Lionel, mirando a su compañero con los ojos entornados mientras abría la puerta. —Sirve a tu señora y vuelve con la bandeja. Si te retrasas mucho ahí dentro, yo mismo entraré a buscarte —añadió el soldado de Bannaster. Elizabeth irguió los hombros y asintió, pasando a continuación entre los dos al interior de la torre. Una escalera de caracol construida contra el muro ascendía hasta la cámara que había 27 Julia Latham – El engaño del caballero arriba del todo. Unas antorchas colocadas en unas abrazaderas en la pared proporcionaban la luz, pues carecía de ventanas. Subió de prisa, acostumbrada a la estrechez de aquellos escalones, desgastados después de generaciones de uso. Hubo un tiempo que sólo los soldados pasaban por allí, pero los castillos se iban convirtiendo gradualmente en hogares más lujosos. Aquella torre había sido una de las muestras de indulgencia de su querido padre hacia ella. A Elizabeth siempre le había gustado la soledad, para poder aclarar su mente y concentrarse en su arte. Allí dibujaba elaborados diseños, los bordaba y luego los regalaba, a veces enmarcados, a veces cosidos en forma de tapices, cojines o cubrecamas. Era una ironía que, con lo que le gustaba la soledad, hubiese dejado que fuera Anne, que adoraba a la gente, las conversaciones y los entretenimientos nocturnos, y que se aburría cuando estaba sola, quien la soportara. Apretó el paso y entró en la cámara privada. Las contraventanas estaban abiertas para que entrara la luz. Había sillones, taburetes y cojines apilados en el suelo, y la mesa de trabajo estaba cubierta de piezas de tela e hilo. —¿Lady Elizabeth? —llamó en voz alta, mientras cerraba la puerta. Anne bajó los escalones que separaban el saloncito de su dormitorio, situado encima, y el alivio de su rostro hizo que Elizabeth se sintiera tremendamente culpable. —Perdonad mi tardanza, milady —dijo, indicando a Anne por gestos que fuesen arriba. Ella subió detrás y cerró la puerta del dormitorio. En cuanto dejó la bandeja que llevaba sobre una mesa, Anne se lanzó a sus brazos. —¿Qué está ocurriendo? —le preguntó luego en un susurro, apartándose de su amiga, aunque sin soltarla—. Anoche no subiste a dormir. Estaba muerta de preocupación. Por un momento, pensé que te habían descubierto, pero nadie vino a buscarme. Entonces pensé que si esos soldados te creían una simple sirvienta, tal vez hubieran intentado... Al oír que Anne terminaba su barboteo con un sollozo, Elizabeth supo el miedo que la pobre habría pasado. —Lo siento mucho —dijo con voz suave—. Sólo me dejarán subir a traerte la comida. Es evidente que Milburn ha recibido órdenes de mantenerte, mejor dicho, mantenerme, aislada. —¿Y dónde has dormido? —Delante de la chimenea de la cocina. —¡Oh, Elizabeth! —Anne la tomó de la mano y la condujo hacia un sillón situado delante de la mesa—. ¿Estás cansada? —Lo estaba anoche, tan cansada que he dormido bien, y me sentía segura en la cocina de Adalia. Tendrás que comer mientras hablamos, porque se supone que tengo que bajar con la bandeja, y que no debo demorarme mucho rato. Anne suspiró mientras descubría la bandeja. —Creía que íbamos a tener una larga conversación. —Yo también, pero en realidad no hay mucho que contar. Bannaster ha salido hacia Londres esta mañana, lo cual es un alivio. Adalia se ha comprometido a controlar a toda la servidumbre para asegurarse de que nadie olvida que se supone que yo soy tú. —Seguro que todos están muy confundidos —dijo Anne, mordiendo un trozo de pan con mantequilla. —Así es. Al final me he decidido a dejarme ver más rato en el gran salón. Todos se comportan con cautela y silenciosamente, pero nadie ha cometido ningún error. —Pero ¡hay tantas personas de las que preocuparse! —Lo sé, pero por lo menos he podido comprobar que el rumor de nuestro intercambio de identidades ha corrido por la villa. Rachel, la curandera, ha venido hoy a atender a dos viajeros malheridos y conocía nuestro secreto. —¡Gracias a Dios! —exclamó Anne mientras se comía las gachas de avena. —Ya sé cuáles son los planes de Milburn para mí. 28 Julia Latham – El engaño del caballero Anne ahogó un grito de sorpresa. —Pero creía que habías dicho... —No es tan espantoso —la interrumpió Elizabeth al punto, con intención de tranquilizarla—. Busca cualquier excusa para mantenerme lejos de ti, por eso he llegado tan tarde. Me ha ordenado que me ocupara de los viajeros, y que ayudara a Rachel. —¿Viajeros? —Un administrador y su secretario. —Elizabeth vaciló un momento, y se dio cuenta de que había cometido un error al ver cómo el interés avivaba los ojos de su amiga. —¿Y qué tienen de interesante esos dos viajeros? —le preguntó Anne. —Fueron atacados por unos ladrones —respondió ella, tratando de mostrarse indiferente—. El administrador tiene una pierna rota, de modo que creo que se quedarán en Alderley hasta que Rachel considere que están en condiciones de viajar. —Repito: ¿qué tienen de interesante esos dos viajeros? Elizabeth notó que se sonrojaba. —El administrador me... mira con gran interés. —Como si no lo hicieran todos los hombres —contestó la otra, con un atisbo de sonrisa asomando a sus labios. —No, no es lo mismo. Los nobles me miran con codicia, como el premio que soy para ellos. De ahí el comportamiento de lord Bannaster. —Elizabeth —dijo Anne dulcemente. —Sé que es insensato por mi parte pensar en ello. Estoy prometida e interesarme por otros hombres es lo último que tendría que hacer, pero sir John... —¿Es un caballero? —preguntó la doncella. —Sí y tiene el cuerpo de un guerrero. Anne se reclinó en su asiento. —¿Y cómo sabes tú eso? —Tuve que ayudar a Rachel —se justificó Elizabeth—. He tratado de no mirar. —Pero él te estaba mirando a ti —insistió su amiga. Ella asintió con reticencia. —Él me mira como si yo... fuera sólo una mujer; no una heredera, ni un premio. —Siempre me ha preocupado que un día apareciera un hombre así y llamara tu atención. —William también me trataba como a una mujer —susurró Elizabeth, sorprendida al notar que estaba al borde de las lágrimas—. Las cartas tan románticas que me escribía, la forma en que me miraba cuando estábamos juntos. La hermosura de su rostro... Anne vaciló un momento antes de hablar. —Sólo lo veías una vez al año, Elizabeth. Sé que ahora está muerto y que jamás podrá mostrarse cómo era, pero... —Ya lo hizo —insistió ella—. Jamás olvidaré lo que era sentirme adorada por mi feminidad, por mi elegancia. Pero así no es como me hace sentir ese administrador. —Entonces, ¿cómo? —Siento... una excitación extraña que tiene que ver con la carne. —Se cubrió la cara con las manos—. No puedo creer que te esté diciendo estas sandeces. ¿Cómo estás tú, Anne? Su amiga sospechó del drástico cambio de tema, pero lo aceptó sin quejas. —Sola, sí, pero no es algo tan terrible como los peligros que acechan a una sirvienta común. —Dime qué te puedo traer para que el día se te haga más corto y entretenido. —Bueno, he hecho caso del consejo de lord Bannaster y estoy leyendo la Biblia. Elizabeth gimoteó. —¡Que no llegue a oídos de ese hombre! Está tan henchido de orgullo que no pasa por las puertas. 29 Julia Latham – El engaño del caballero Anne se echó a reír y ella se alegró de ver que su amiga recobraba el buen humor. —Tráeme algo de la sala de costura para remendar —respondió luego—. Aunque sé que no opinas lo mismo, las horas que tiene el día son demasiadas para pasárselas bordando. —Tienes tu laúd —le sugirió Elizabeth. —Pero ninguna voz a la que acompañar. —Lo siento mucho —susurró, tomando a Anne de las manos—. Todo esto es por mi culpa. Si no hubieras estado aquí conmigo cuando nos invadieron, estarías a salvo, en casa. —En la granja, esperando a que mis padres encontrasen al hombre adecuado para mí según ellos. El molinero fue el último que tomaron en consideración, y supongo que debería estar contenta, porque sólo es viudo de una esposa, tiene dos hijos y casi todos los dientes. No — continuó, levantando una mano cuando Elizabeth intentó interrumpirla—, me alegro de poder ayudarte, mi querida amiga. Ella la abrazó. —Volveré lo antes que pueda a traerte la comida. Anne esbozó una media sonrisa. —Te lo agradezco. Y, dime, ¿qué harás tú hasta que volvamos a vernos? —Observar detenidamente cómo dirige Milburn mi castillo, comprobar la obediencia de sus soldados, ah, y cuidar de dos viajeros. —Entonces te deseo suerte, aunque no la necesitarás. Tú siempre triunfas, Elizabeth. Y ahora que sé que Bannaster no está, no me preocupa tanto tu seguridad. Con la bandeja tapada en las manos, ella miró a su amiga por encima del hombro y dijo: —Ojalá estuviera tan segura como tú de eso. En cambio me siento expuesta y vulnerable, y terriblemente preocupada por mi gente. Pero me llevo tu coraje conmigo, Anne. Cuando Elizabeth atravesaba el gran salón de camino a las cocinas para dejar la bandeja, sintió que alguien la observaba. Pero en vez de las afables miradas de su gente, vio a varios soldados sentados a una mesa, contemplándola con sonrisitas lascivas. Cuando se dieron cuenta de que los había visto, empezaron a llamarla y hacerle gestos de que se acercara, mientras se reían a carcajadas. Ella siguió hacia las cocinas tan rápido como pudo, sin salir de su asombro: tenía miedo en su propio castillo. Milburn la miró con el cejo fruncido. —Ven aquí, Anne —la llamó después de despedir al soldado con quien estaba hablando. Elizabeth se aproximó y le hizo una reverencia. —¿Sí, maese Milburn? —¿Se encuentra bien lady Elizabeth? —Sí, maese Milburn. —Imagino que debe de haber utilizado las lágrimas, como hacen todas las mujeres, para pedirte que me convenzas para que la suelte. —No ha hecho tal cosa —contestó ella—. Sabe que servís a lord Bannaster y no pretende desobedecer. El hombre asintió. —Muy bien. Pero comprende que no aceptaré más tu desobediencia. Elizabeth se quedó mirándolo boquiabierta. —Pero yo no... —¿Te atreves a contestarme? Milburn avanzó unos pasos hacia ella, pretendiendo dejarle bien claro con su altura y su expresión ceñuda que él era quien daba las órdenes. —Te ordené que te ocuparas de las necesidades de nuestros invitados. ¿Ahora eran «invitados» y no sólo viajeros apaleados?, pensó Elizabeth con recelo. —Si no puedes ocuparte de tu señora con más presteza, asignaré un guardia para que te acompañe a la torre, ¿entendido? 30 Julia Latham – El engaño del caballero Ella bajó la vista al tiempo que asentía. Para su absoluta sorpresa, Milburn le quitó la bandeja de las manos y la tiró por los aires; fue a estrellarse con estruendo contra el suelo desparramando su contenido por doquier. Los pocos sirvientes que estaban presentes se quedaron mirando atónitos, mientras que los soldados se reían a carcajadas. La asustaba ser el centro de tanta atención, sentirse tan vulnerable. Había creído que intercambiar su puesto con Anne sería una idea inteligente, pero ahora veía que, como sirvienta, estaba aún más a merced de los otros. Milburn se cruzó de brazos sin regodearse siquiera. —Ahora, limpia eso y ve a ver a sir John —ordenó impasible—. Con su formación, es un hombre valioso. Tal vez pudiese encontrar un lugar para él. —Sí, maese Milburn. Elizabeth comprendía exactamente lo que el alcaide estaba haciendo. Utilizaría cualquier medio a su alcance para mantenerla alejada de la torre. ¿Y si asignaba a otra persona para que sirviera a Anne en su lugar? Elizabeth no podía permitirse volver a enfurecerlo. 31 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 5 Cuando esa misma tarde alguien llamó a la puerta con los nudillos, John intercambió una mirada con Philip, que volvió raudo a su jergón. Éste había estado observando el patio interior desde la ventana, y narrándole a John lo que veía; el joven se sentía inquieto y aburrido, algo a lo que no estaba acostumbrado. Era una suerte que desde la ventana pudieran divisar la liza, de modo que podían valorar el estado de forma de los caballeros y calcular el número que había de ellos. Cuando Philip estuvo preparado, John dijo: —Adelante. Era la criada, Anne. John la observó mientras ella atravesaba la estancia, y admiró la elegancia con que se movía. La muchacha mantenía la mirada baja, y a John le pareció ver que un ligero rubor teñía sus mejillas. Deseó que se le soltara un mechón de cabello de aquel griñón que llevaba puesto, para así poder hacerse una idea de ella más exacta, pero lo llevaba bien ceñido. Portaba dos jarras de cerveza, que depositó en la mesa situada entre ambos. Cuando por fin lo miró, él le sonrió. Elizabeth abrió mucho los ojos y se tapó la boca para contener la risa. John parpadeó, sorprendido. —No es el saludo que esperaba. —Si pudierais ver la inflamación de vuestro rostro, sir John —contestó ella con una voz melodiosa en la que la risa pugnaba por escapar—, lo entenderíais. Él frunció el cejo y miró a Philip, que se encogió de hombros y dijo: —No iba a ser yo quien te lo dijera. —Pues tú tienes los dos ojos morados —señaló entonces él. —Y tú no sabes la pinta que te dan tus moretones hinchados y coloreados como el arcoiris —respondió Philip. Luego, éste miró a Anne, que le devolvió una mirada curiosa. —Os tomáis muchas libertades con vuestro señor —comentó. —Yo le he dado permiso —explicó John—. Hemos viajado mucho juntos, y las constantes muestras de cortesía y seriedad empezaron a parecemos aburridas. —¿Es capaz de comportarse con seriedad? —preguntó Anne, con una leve sonrisa, refiriéndose a Philip. —Pues sí. En realidad soy un hombre bastante solemne —insistió éste. John notó que había conseguido distraerla un momento, pero no duró, porque vio que ya estaba pensando en el dilema al que se enfrentaba su señora. Miraba hacia la puerta con preocupación. —¿Te obligan a estar aquí con nosotros? —le preguntó. Ella desvió la mirada de la puerta y la dirigió hacia él como un dardo, sorprendida, y luego, en seguida, con cólera y una pizca de miedo. —Perdóname, Anne —dijo sin darle tiempo a responder—. No creas que voy a irle con el cuento al alcaide de Alderley. Es a él a quien temes, ¿verdad? 32 Julia Latham – El engaño del caballero decir. —Él no es nuestro alcaide. —Elizabeth palideció al darse cuenta de lo que acababa de Miró a Philip, que se excusó y salió de la estancia. John se quedó a solas con ella; quería aprovechar la intimidad de la situación para descubrir más cosas sobre lo que estaba ocurriendo allí. John frunció el cejo. —¿Maese Milburn no es vuestro alcaide? Elizabeth suspiró. —El nuestro, Royden, murió de repente. —Lo siento. —No es culpa vuestra. —¿De quién entonces? Ella abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero se limitó a suspirar y negó con la cabeza.. —Lord Bannaster nos dejó a su alcaide. —¿Porque se sentía culpable? —preguntó él. Ella se encogió de hombros. —Pero tú quieres estar con tu señora. —Es mi lugar. —Y alguien te lo prohíbe. La joven lo observó detenidamente un momento. John vio la aguda inteligencia que brillaba en sus ojos y supo que no le resultaría tan fácil convencerla. Las mujeres a las que él estaba acostumbrado se mostraban sumisas con los hombres a cambio de dinero. —Porque lady Elizabeth está recluida —añadió. Anne asintió con evidente impaciencia. —Entonces, supongo que hoy puedo entender cómo se siente —dijo John. Los ojos de la chica parecieron cobrar vida. —Vos estáis aquí por vuestras heridas, no por deseo de otros. —A continuación, se mordió el labio como si lamentara haber dicho eso, y retrocedió—. Disculpadme, tengo cosas que hacer. John decidió presionar un poco más. —No has dicho nada que no se rumoree ya por los alrededores. Ella se detuvo y lo miró con evidente sorpresa. —¿La gente está hablando de... mi señora? —Oímos que lady Elizabeth estaba prisionera ayer por la mañana. —¿Y por eso estáis aquí? —preguntó desconcertada. —No —contestó él. Aún no le parecía oportuno revelarle a nadie su verdadera identidad. Sonrió y se señaló la pierna herida—. Estoy aquí por esto. Al fin y al cabo, no soy un hombre influyente, al mando de un gran ejército. Admito que no me lo creí cuando lo oí. Pensé que sería muy atrevido por parte de un hombre hacer nada contra la hija de un conde. —Es primo del rey —contestó ella quedamente. —¿Y eso le da derecho a mantener prisionera a una heredera? —Eso cree. —Se puso tensa—. Pero no es asunto que deba preocuparos, sir John. —Es evidente que no podré viajar en un futuro próximo, por eso, he pensado que sería mejor comprender qué estaba pasando aquí. —¿Y creéis que ya lo sabéis? —preguntó la chica con un asomo de mofa. Estaba claro que no era una mujer acostumbrada a estar bajo la autoridad de un hombre. ¿Le ocurriría como a Philip; su señora la trataría como si fueran iguales? —No, confieso abiertamente mi ignorancia —respondió él. Cuando hizo ademán de marcharse, John supo que no debía presionarla más. 33 Julia Latham – El engaño del caballero —Espera, Anne. Sé que no estoy en situación de ofrecer consejo, pero si necesitas hablar con alguien... Sin embargo, había calculado mal. La mirada de la joven se endureció, y de sus ojos desapareció toda emoción. —Os conozco desde esta mañana, sir John —dijo, impasible—. El hecho de que estéis tan interesado en un asunto de naturaleza tan personal como lady Elizabeth... —¿Es que no quiere ayuda? —¿Y cómo va a saber ella en quién confiar? —exigió saber Anne—. Al fin y al cabo, el primo del rey se sintió con todo el derecho de venir aquí y abusar de sus privilegios como invitado. ¿Estáis tratando de hacer lo mismo? Sabía que no podría granjearse su confianza en sólo unas horas, pero había algo en aquella muchacha que le hacía creer que ya lo había conseguido. Era demasiado orgullosa para mostrar sus miedos, había aprendido bien que no se podía confiar en los hombres. Tendría que empezar de nuevo. —Perdóname, Anne —se disculpó—. Es sólo que siempre he querido ayudar. Forma parte de mi naturaleza. —Pues eso sólo no me sirve —respondió ella, levantando la barbilla—. Maese Milburn dice que tal vez encuentre un puesto aquí para vos. ¿Creéis que algo así debería inspirarme confianza? Puede que no seáis más que otro secuaz del vizconde. —Anne, eso no es verdad. Pero la joven ya se había dado la vuelta y se dirigía hacia la salida, impresionante con su actitud colérica y desdeñosa. Cuando la puerta se cerró tras ella, volvió a abrirse casi de inmediato, pero John sabía que era mejor no hacerse ilusiones. En efecto, fue Philip quien entró, cerrando tras de sí. —A juzgar por la expresión del rostro de la chica, adivino que no te ha ido muy bien. —Estoy más lejos de ganarme su confianza de lo que lo estaba esta mañana, cuando era un completo desconocido. —Se dejó caer en su almohada con disgusto y un intenso dolor en la pierna. —¿Por qué la presionas tanto? —Porque no sabemos de cuánto tiempo disponemos antes de que regrese Bannaster, tal vez con un acuerdo firmado por el rey. Y porque... —John se quedó mirando la puerta con cierta incomodidad—... hay algo en esa joven que me impulsa a querer trabar amistad con ella. Philip resopló divertido. —¿Trabar amistad? ¿Así es como lo llamas? John frunció el cejo. ˜s– Elizabeth estaba tan furiosa que tuvo que obligarse a aminorar el paso y caminar de forma vacilante mientras atravesaba el salón, tal como correspondería a una sirvienta. Había perdido los estribos; había perdido el control sobre la persona que fingía ser. Había discutido con un hombre del que apenas sabía nada, arriesgándose a ser descubierta. ¿Qué le importaba a ella que sir John supiera de su encierro en la torre? En un lugar del tamaño de Alderley, era normal que la gente hubiera oído hablar del asunto. ¿Significaría eso que había posibilidades de que alguien acudiera en su ayuda? Notó que se le tensaba el estómago y los ojos se le llenaban de lágrimas. ¿Es que no había nadie entre sus vasallos dispuesto a plantarle cara a lord Bannaster? Todavía era pronto, se dijo. No habían pasado ni dos días y sólo porque las noticias hubieran llegado a algunos hombres en una taberna, no significaba que hubieran alcanzado al más acaudalado de sus vecinos, lord Selby, que vivía a medio día de viaje de distancia. Además, si el 34 Julia Latham – El engaño del caballero Parlamento estaba reunido en sesión, era posible que éste estuviera en Londres, con el resto de los nobles del reino. Elizabeth bajó la vista para ocultar las lágrimas. Afortunadamente, se encontró sólo con un criado ocupado en atender el fuego y una sirvienta poniendo los manteles sobre las mesas de caballetes para servir la comida. Tras un rápido vistazo, los dos jóvenes ignoraron su presencia, algo que ella agradeció de veras. Se preguntaba dónde estaría Milburn; tal vez inspeccionando sus propiedades y calculando su valor. Elizabeth se sentó delante del fuego y se abrazó la cintura. Sentía como si no pudiera volver a entrar en calor. No, lord Selby no se apresuraría a ayudarla. Su hijo había sido uno de los últimos petimetres que la habían pretendido. Por lo que ella sabía, lord Selby le había robado sus ovejas para tratar así de obligarla a aceptar la protección de su hijo. Puede que sus vecinos la consideraran una mujer demasiado segura de sí misma; tal vez pensaran que no le vendría mal que un hombre la tuviera custodiada. Tenía que poner fin a tanta autocompasión, se dijo, mientras se enjugaba los ojos con furia. Estaba en su salón, rodeada de los suyos, y tenía que hacer balance de la situación, no lloriquear como una niña porque deseaba que las cosas hubieran sido de otra manera. Saldría a pasear por el patio a ver cómo trataban los soldados de Bannaster a su gente. No pensaría más en la expresión solidaria que había visto en los ojos de sir John. No era más que un hombre sin posesiones. Él no podía ayudarla; pensó que quizá sólo lo estuviera intentando porque quería estar más cerca de ella. Pero Elizabeth no estaba de humor para dejarse cortejar por un administrador. Ella era la futura esposa de un barón, un hombre destinado a convertirse en conde. Apenas recordaba nada de John Russell, excepto su torpeza y las veces que lo había pillado mirándola. ¿Estaría muerto, como sus dos hermanos? ¿Era verdaderamente una mujer a la que cualquier hombre con un ejército podía intentar reclamar? El derrumbe de sus sueños le dolía en lo más hondo de su alma. Ella siempre había creído que tendría una vida como la que habían llevado sus padres, que habían sido amigos en la niñez y luego habían compartido un matrimonio rebosante de amor y comprensión. Pero su padre no tenía por entonces el condado; no poseía una gran fortuna que proteger. Con William, Elizabeth había creído que podría conocer la misma felicidad. Pero ahora debía buscar otra forma de resolver el asunto de su seguridad, y para ello necesitaba un poco de suerte. Tras comprobar que tenía el griñón en su sitio, atravesó de nuevo el gran salón y dejó que el ujier le abriera una de las puertas dobles. Se quedó de pie en lo alto de la escalera de la entrada y trató de sentirse satisfecha de que su gente se comportara con absoluta normalidad en sus quehaceres. Oía un martillo golpeando contra un yunque en la casa del herrero, una de las criadas llamaba a otra desde la despensa y los perros perseguían a las gallinas a través del patio de tierra compactada. Los soldados salieron de las dependencias de la tropa en dirección a la liza, dándose manotazos en la espalda en señal de amistad, o alardeando de sus hazañas. Entonces fue cuando la fantasía de su antigua vida se hizo añicos. No eran sus soldados. Los suyos estaban por ahí fuera, en los bosques, cumpliendo órdenes de perseguir a bandas de ladrones, y tal vez no volviesen nunca más. Los soldados de Bannaster miraban a su gente y sus propiedades con una codicia que a Elizabeth le pareció aterradora. Conforme bajaba los escalones, notó que había atraído la mirada de más de uno de ellos y deseó haber llevado consigo la túnica para taparse, sintió que necesitara protección. Cuando sus padres y su primer prometido murieron, se sintió vulnerable, pero no tanto como en aquel momento. No había protección que valiera cuando se estaba haciendo pasar por una simple criada. Así como sir John la había mirado con genuino interés, aquellos soldados la miraban con... lascivia. Un escalofrío la recorrió. Había creído que podría controlar su vida haciéndose pasar por Anne, pero la indefensión que sentía era abrumadora. 35 Julia Latham – El engaño del caballero Quería refugiarse en el interior del castillo, pero si mostraba miedo la considerarían una presa fácil. De modo que se obligó a caminar en dirección al jardín, un retiro privado con senderos flanqueados de árboles y flores, separado del resto del patio por un murete. A medida que avanzaba, levantó la vista y la dirigió hacia la ventana de la habitación que ocupaban sir John y su secretario. Había alguien allí, mirando hacia el patio. Seguro que sería Philip, el sirviente, pero por alguna razón, verlo avivó su determinación. No se dejaría dominar por el terror. Había manejado al administrador y a su secretario, y lo mismo haría con aquellos soldados. Su presencia demostraría a su gente que no se había olvidado de ellos, que perseveraría y ganaría. Aunque nadie acudiera a su rescate a tiempo. ˜s– El gran salón se fue llenando para la cena, y Elizabeth fue a la habitación de sir John para preguntar si quería que le llevase una bandeja. Cuando oyó que éste le daba permiso para entrar, ella abrió la puerta, pero se detuvo en seco. Philip no estaba, y sir John se encontraba de pie, apoyado sobre una nueva muleta de madera en vez de en la rama que había estado usando como muleta improvisada. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo alto que era, y de lo pequeña que parecía aquella habitación con su presencia. Él al verla, sonrió, y Elizabeth se sonrojó de nuevo. Si le hubieran hablado de un hombre que tenía una cicatriz que le atravesaba todo un lado de la cara, ella habría imaginado un hombre feo, pero a aquél esa peculiaridad lo hacía parecer más hombre si cabía. La herida que le había dejado esa cicatriz no podía habérsela hecho encorvado sobre sus libros de cuentas. A Elizabeth no le molestaban ni siquiera los moretones de su rostro. Llevaba una túnica hasta las corvas, probablemente para ocultar que tenía descubierta la pierna entablillada, y botas acordonadas que le cubrían toda la pantorrilla; imaginaba que, al sentarse, se le verían las rodillas. ¿Por qué demonios estaba pensando esas cosas? Tenía que recordar que estaba enfadada por la astuta manera en que la había interrogado sobre asuntos que no eran de su incumbencia. Carraspeó y trató de mostrarse afable aunque distante, no quería alentar ningún tipo de intimidad. —Sir John, había venido a preguntaros si queríais que os trajese una bandeja con la cena, pero parece que tenéis deseos de aventuraros fuera de los confines de esta cámara. —Las horas se han hecho muy largas, Anne —dijo él, acercándose a ella cojeando—. He mandado a Philip a buscarte, pero debéis de haberos cruzado por el camino. —Al principio, cuesta acostumbrarse a estos corredores. Lo miró con creciente nerviosismo a medida que se iba aproximando. Tenía el torso ancho y fuerte de un caballero que se entrena con regularidad; seguro que todavía hacía prácticas con la espada. Tan distraída estaba contemplando el físico de John que no se percató de que éste abrió mucho los ojos al topar la muleta con la cama. —¡Apártate! —ordenó. Lo dijo con tal apremio y autoridad que ella obedeció sin pensarlo. Pero ¿cómo iba a dejar que un hombre herido cayera al suelo? Vio que John trataba de agarrarse a uno de los postes de la cama, sin éxito. Entonces dio un paso y lo sujetó por la parte superior de los brazos. El torso de él chocó con dureza contra el hombro de ella, pero Elizabeth era una mujer fuerte, y soportó su peso hasta que recobró el equilibrio sobre la pierna buena. En el intervalo, pudo notar la calidez de su cuerpo contra el suyo. Los músculos de sus brazos eran grandes y duros como el mármol. Una vez de pie, John quedó muy cerca de ella, y ambos se miraron. Él con una mirada intensa, curiosa, y la joven se maravilló de lo que había sentido. «Oh, maldición», pensó en seguida, retrocediendo varios pasos. 36 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Estáis bien? —preguntó. Él sonrió. —Lo estaré cuando aprenda a usar esta muleta. Por favor, disculpa mi torpeza. —Me alegro de que el chambelán os encontrara una cámara en el primer piso, de este modo podéis entrar en el gran salón sin tener que subir y bajar escaleras. Aunque tendréis que hacerlo si queréis salir al exterior. —¿Ya me estás echando? —preguntó John dulcemente—. ¿Tanto te he ofendido esta tarde? Ella vaciló. —No estaba ofendida. —Sí lo estabas. Elizabeth se mordió el labio, pero le sostuvo la mirada. —De acuerdo, lo estaba. Y lo he estado todo el rato, aunque sé que sólo pretendíais ayudar. Pero no os conozco y no puedo confiar en vos. Él asintió. —La confianza requiere tiempo. Yo soy paciente. —¿Por qué queréis mi confianza? —preguntó con suspicacia. —Me preocupáis tú y tu señora. Ella apartó la vista. Elizabeth avanzaba lentamente por el corredor junto a él, relajándose al comprobar que la cojera de John era cada vez menos vacilante. Trató de imaginarse confiando en él, pero no pudo. ¿Cómo iba a ayudarla un simple administrador, y encima herido? Él y su secretario estaban solos en el mundo. Las mesas de caballetes del gran salón se iban llenando de sirvientes, los que se ocupaban de las tareas del interior del castillo y también los que lo hacían fuera, en los distintos edificios construidos dentro del recinto amurallado. Elizabeth vio con preocupación que todos guardaban silencio al verla entrar, pero entonces alguien rió con gran estrépito, y el zumbido de las conversaciones se reanudó. Tratando de relajarse, permaneció junto a sir John, comprobando su avance sobre juncos nuevos, en vez de fijarse en la gente. Philip les hizo señas con el brazo desde una de las mesas y se acercaron a él. Justo cuando ella pensaba dejar allí al hombre para subirle a Anne una bandeja, oyó que Milburn la llamaba. Estaba sentado presidiendo la mesa del estrado, como si él fuera el conde de Alderley. Elizabeth se le acercó. —¿Sí, maese Milburn? —No estarías pensando en abandonar el salón, ¿verdad? —le preguntó él con tono reprobatorio. —Iba a subir a cenar con mi señora. El alcaide apretó los dientes. —No, me he estado fijando en el mucho trabajo que tienen los sirvientes durante las comidas y considero que se necesitan más manos. Ve a la cocina y ayuda a servir. Elizabeth asintió y se dio la vuelta, pero no le pasaron inadvertidas las miradas de estupor de su gente. Les sonrió con la esperanza de poder darles a entender que no le importaba hacerlo, que debían mantener la calma. Pero cuando salió con una bandeja y empezó a servir trozos de cordero asado en la mesa más cercana a la cocina, los murmullos fueron en aumento y las risas cesaron. Entre susurros, trataba de tranquilizar a los mozos de cuadra y a las lecheras cada vez que le era posible, pero las miradas que dirigían al alcaide eran cada vez más feroces. Elizabeth no quería que la descubrieran. Sonrió y alentó a su gente a servirse de su bandeja. Vio que sir John fruncía el cejo mientras miraba a su alrededor primero y luego a ella. Hasta Milburn parecía un poco sorprendido ante esa reacción. 37 Julia Latham – El engaño del caballero Se acercó entonces a una mesa ocupada por soldados de Bannaster y uno la agarró de un brazo. Tenía una espesa barba y el pelo largo parecía unírsele al vello del pecho. —Me has pasado de largo —dijo furioso. Ella trató de zafarse, pero el hombre la apretó aún más. —Iba a las cocinas a buscar más cordero. ¿No preferís una carne tierna y caliente? —Sí la prefiero —contestó él, riéndose obscenamente con sus compañeros de mesa. Tiró de ella hacia sí, hasta obligarla a inclinarse sobre él. ¿Es que aquel bruto no se daba cuenta del silencio rebosante de cólera que se había hecho al ver cómo la trataba? Aunque también podía ser que lo hubiese percibido pero no le importara. —No eres una vieja para llevar eso —prosiguió el soldado, haciendo gestos hacia el griñón—. Quítatelo para que pueda ver el color de tu pelo. Varios mozos de cuadra se pusieron en pie, lo mismo que el herrero, que flexionaba los brazos, preparándose para la pelea. Un soldado situado detrás del agresor también se había levantado, con una feroz expresión en el rostro. Entonces, alguien le tocó el hombro por detrás y Elizabeth gritó. ¿Es que iban a atacarla por todos los flancos a la vez? 38 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 6 John sintió cómo el grito de pavor de Anne reverberaba a través de su tenso cuerpo al tocarla. La chica luchaba denodadamente por desasirse del hombre que la agarraba del brazo, al tiempo que echaba un vistazo hacia atrás por encima del hombro. Al verlo a él pareció relajarse un poco. —Suelta a la muchacha —le dijo John al hombre con frialdad. El soldado barbudo se puso en pie y tiró de ella todavía más fuerte. La bandeja se le cayó de las manos y el contenido se derramó sobre juncos esparcidos por el suelo mientras Anne se tambaleaba sobre él. John no podía permitir que le hicieran daño. Le rodeó la cintura con un brazo desde atrás para ayudarla a recuperar el equilibrio. Deseó poder utilizar una espada, o incluso la muleta, pero no podía si no quería levantar sospechas. Anne era suave y cálida, y temblaba violentamente, pero el hombre se negaba a soltarle el brazo. John se balanceó sobre la muleta y utilizó la mano libre para sacar su daga. —¿Vas a pincharme con esa espinita? —preguntó el soldado, riéndose a mandíbula batiente—. Acabaré contigo antes de ocuparme de la criada. Reinaba tal silencio en el salón que la ruidosa fanfarronada resonó por toda la estancia, atrayendo la atención del alcaide. —Basta —ordenó Milburn con su habitual sequedad—. Anne, siéntate y encárgate de que no le falte nada a nuestro invitado. Aquí no conoce a nadie más que a ti y a su secretario. El soldado la soltó lentamente, dejando que sus dedos se deslizaran con rudeza a lo largo de todo su brazo. —Otra vez será —gruñó, en un tono bastante bajo que sólo ella y John pudieron oír. Elizabeth estaba ansiosa por desasirse, pero la presa del hombre se demoró todavía un poco más. John sintió que lo invadía una inusual cólera que amenazaba con anular su buen juicio y sentido común. Se hizo una idea mental del daño que podría hacerle al rostro de aquel soldado con una sola cuchillada. Pero por fin Anne quedó libre, y él se apartó de ella con cierta reticencia. La joven dio media vuelta y, con la cabeza bien alta, se dirigió a la mesa donde estaba Philip. Una mujer valiente. Y resultaba obvio que estaba poco acostumbrada a que la trataran de manera tan burda, especialmente al haber sido educada con la hija del conde. John miró a los ojos a su atacante mientras enfundaba la daga. Y, con deliberada intención, le dio la espalda y se alejó cojeando. Oyó silbidos y abucheos detrás, pero no se volvió. Si el soldado hubiera ido tras él, lo habría notado. No obstante, se había ganado un enemigo. Anne se sentó en un banco y miró hacia atrás, tratando de sonreír a John con cortesía, aunque lo único que logró fue esbozar una mueca. —Os lo agradezco, sir John. Pero no deberíais poneros en peligro estando convaleciente como estáis. Él se sentó frente a ella, frustrado por haber tenido que retroceder en el enfrentamiento. —Creías que me iba a quedar sentado viendo cómo ese hijo de... —comenzó a decir con voz ronca. 39 Julia Latham – El engaño del caballero —Anne —lo interrumpió Philip—, ¿me permites que te sirva un plato de carne? John ahogó la cólera como pudo. Ella lo estudió detenidamente con los ojos entornados y luego dijo: —Algún criado se acercará en seguida. Al cabo de unos minutos, su gente llevó a la mesa bandejas de carne, queso y frutas troceadas. Elizabeth se ruborizó al verse obsequiada con aquel despliegue de atenciones. —No hay necesidad de avergonzarse —dijo John, recobrada ya la calma—. Es obvio que los residentes del castillo te son muy fieles. Sorprendentemente, eso hizo que aún se sonrojara más. —Es a mi señora a quien honran, no a mí. Están preocupados por ella. Nunca la habían separado así de ellos. A John lo sorprendió ver que la joven sacaba el tema por propia voluntad, después de lo mucho que se había enfadado con él horas antes. Probablemente se encontrara aún demasiado azorada. —Se preocupan por ella —repitió Philip. —Igual que yo —dijo ella con apenas un hilo de voz. John dejó que comiera tranquila unos minutos mientras los demás hablaban a su alrededor. Se fijó en que se limitaba a picotear con desgana, como si no tuviera demasiada hambre. También se dio cuenta de que no se cansaba de mirarla. Él siempre había pensado que el pelo era uno de los atributos más hermosos de una mujer, pero Anne le había demostrado que la verdadera belleza iba mucho más allá. La chica poseía unas manos elegantes, de dedos largos que sostenían el pan como si fuera la varita de un mago. Sus labios formaban dos delicados arcos redondeados, hechos para acoplarse... Philip le dio una patada por debajo de la mesa, pero demasiado tarde. Anne ya se había dado cuenta de que la estaba mirando embobado. ¿Por qué era incapaz de recordar que aquella muchacha sólo era para él un medio y no un fin? No quería hacerle daño. ¡Por todos los santos, estaba allí para rescatar a la mujer que a todas luces era la amiga más querida de ella! Y, sin embargo, cuando se quedaba mirándola prendido en su belleza, aunque ella le devolviera una mirada suspicaz con el cejo fruncido, como en aquel momento, lo único en lo que podía pensar era en besarla. Para distraerla, dijo: —¿Has vivido siempre en el castillo de Alderley, Anne? Ella negó con la cabeza. Tendría que hacerle unas preguntas que requiriesen una respuesta más elaborada. —¿De dónde eres? La joven engulló un trozo de queso. —De una próspera granja, a unas horas de viaje del castillo. —¿Y eres una de las damas que hacen compañía a lady Elizabeth? Ella abrió los ojos desmesuradamente y su sonrisa se relajó un poco. —No, no soy de alta cuna. Sólo soy su doncella, no una dama de honor de familia noble. Como administrador, seguro que habéis trabajado con familias nobles, ¿cómo es que no conocéis la diferencia? John oyó la tos atragantada de Philip y le dio una palmada en la espalda, pero Anne no se dejó distraer. No podía decirle que las mujeres con las que él estaba acostumbrado a relacionarse eran demasiado vulgares hasta para ser criadas en un castillo. Hacía muchos años que no vivía en una casa noble, y los recuerdos que tenía de entonces eran vagos, amargos e incómodos. —Es que eres tan elegante y educada —contestó—, que se me olvida tu estatus. —Pues a otros no —respondió ella brevemente, mirando hacia los soldados por encima del hombro. 40 Julia Latham – El engaño del caballero Los hombres bebían más que comían, y eso no auguraba una noche tranquila. John había juzgado más adecuado dejar la espada en su cámara, pero ahora deseaba no haberlo hecho. —Lady Elizabeth tenía varias damas de compañía que vivieron aquí con nosotras un tiempo —explicó la joven, con la mirada perdida mientras recordaba el pasado—. Pero todas se fueron casando. —Menos tu señora, motivo por el que ahora corre peligro. Ella asintió con un suspiro. John nunca había prestado demasiada atención al acuerdo de esponsales firmado entre su familia y la de lady Elizabeth. Al fin y al cabo, por entonces era un niño, y no tenía nada que ver con él. Haciendo un cálculo mental rápido, pensó que conocía a su prometida desde hacía veintidós años. —Pero lady Elizabeth estará prometida —dijo él—, siendo como es la hija de un conde. Elizabeth mostraba más interés en las natillas del postre del que había mostrado por la comida, pero aun así asintió. —¿Y por qué no se ha casado? Seguro que eso habría resuelto el problema mucho antes de que lord Bannaster se interesara por el castillo. Ella le echó un rápido vistazo, con tal furia en los ojos ante la mención de lo que le sucedía a su señora, que John quedó muy impresionado por su lealtad. Elizabeth miró a su alrededor como si hubiese decidido marcharse en respuesta a su osadía, pero los soldados se habían levantado y no dejaban de incordiar a los sirvientes mientras trataban de recoger las mesas. John detestaba verla asustada. Le parecía demasiado fuerte para eso. Finalmente, con un suspiro, la joven apoyó la barbilla en una mano. —La razón de que mi señora haya permanecido soltera tanto tiempo ha sido... una combinación de acontecimientos inesperados —explicó lentamente—. El conde y su esposa querían mucho a su hija mayor, y se resistían a perderla tan pronto. Tengo que admitir que a lady Elizabeth... le encantaba esa situación. Todos pensaban que aún tenía mucho tiempo por delante. Su prometido disfrutaba de la vida en Londres y tampoco tenía prisa. Y ahora todos están muertos —concluyó con una voz llena de dolor y amargura. —Lo siento —dijo él, mirando a Philip para ver su reacción, pero su amigo parecía interesado sólo en su comida, dándoles así cierta intimidad. Aunque John conocía el resto de la historia, fingió ignorancia. —¿De modo que tu señora no cuenta ya con la protección de un prometido? —Sí, las dos familias lo planearon bien —contestó ella con tono cansino ahora, como si ya no le importara demasiado—. Lady Elizabeth tiene que contraer matrimonio con el heredero, da igual el hermano que sea. —Pero seguro que la entristece haber perdido al hombre con el que durante tanto tiempo pensó que iba a casarse. —Yo solía ser su carabina —murmuró la chica con un suspiro—. Era un hombre apuesto y romántico, que hacía feliz a mi señora con sus poesías. —¿Poesías? —repitió John, preguntándose cómo podría competir contra semejantes recuerdos. Era consciente de que su rostro jamás sería tan hermoso como el de William, y menos aún, marcado con aquella cicatriz. Pero ¿poesía? Él era un hombre de caballo y armadura, acostumbrado a vagar por el mundo desde los dieciséis años. ¿Qué sabía de los anhelos de las mujeres nobles? —Ahora sólo queda el hermano menor —continuó ella—. Está en algún lugar de Normandía, y lo más probable es que no haya recibido la carta que mi señora le envió hace meses. ¡Puede que ni siquiera sepa que está prometido! —Estoy seguro de que regresar a Inglaterra lleva su tiempo —dijo él, tratando de reconfortarla—. Tal vez esté en camino. —Eso también es de temer —dijo la joven sin demasiado entusiasmo. 41 Julia Latham – El engaño del caballero John se puso tenso. —¿A qué te refieres? —Si viene con un ejército, habrá derramamiento de sangre. Lady Elizabeth no podría sobrevivir a que su gente resultara herida por defenderla. —¿Y cómo espera que la rescate su prometido? —¡Casándose con ella! ¿De qué otro modo? Demostrando delante de todos quién es. El nombre de los Russell es un nombre de tradición y honor. «Ya no», pensó él con amargura. Era evidente que en Alderley nadie se había enterado todavía del estado de abandono en que se encontraba el castillo de Rame. Una vez más, recordó lo traicionado que se había sentido por William. Este siempre había sido perfecto a ojos de sus padres. Y ahora era él quien quedaba en entredicho por los actos de su hermano, y quien tenía que arreglar el desaguisado. ¿Cómo iba a presentarse ante lady Elizabeth con las manos vacías? Su orgullo no lo resistiría. El rey Enrique requeriría una prueba de que era capaz de gobernar un patrimonio tan vasto. Y la prueba sería, llegado el caso, reunir a los soldados de Alderley y convencerlos de que se unieran a él para ayudar a su señora. Era un hombre que sabía dirigir un ejército; podía hacerlo, pero ¿y si eso volvía a lady Elizabeth en su contra? —Tal vez John Russell no tenga el mismo honor que tenía su hermano mayor —oyó decir a Anne con tristeza—. Después de todo, hace años que no pisa Inglaterra. Es como si hubiera olvidado a su familia. Él inspiró profundamente y trató de controlar su furia. Aquella chica desconocía todo lo sucedido; igual que la pobre lady Elizabeth, atrapada en su torre. —Recuerda que lord Russell es el hijo menor —dijo John—, y que probablemente no esperaba heredar propiedades ni riquezas familiares. Tal vez haya tenido que valerse por sus propios medios. Ella frunció el cejo, indecisa. Y finalmente se levantó. —Le contaré a mi señora lo que me habéis dicho. Disculpadme. —Claro. Cuando se alejó, Philip se inclinó sobre él y susurró: —Parece que ha llegado el momento de rescatar a lady Elizabeth. Al menos, no tienes que preocuparte por no ser bienvenido. —Si pudiera hablar con ella directamente y ver el tipo de mujer que es. —Tal vez pudieses confiar en su doncella. John frunció el cejo, escéptico. —¿En alguien a quien conozco hace sólo un día? Y además está atrapada en una situación arriesgada. No le daré una información que pueda ponerla, ponernos, en un peligro aún peor. John observó a Anne cuando ésta salía del salón en dirección a las cocinas, y se fijó en que no era el único. Tendría que ocuparse del soldado barbudo. Philip miró alrededor del salón, expectante. —¿Sabes?, puede que la Liga esté por aquí. Su amigo puso los ojos en blanco. —Si es que hay una Liga, y no unos cuantos hombres que se quieren dar importancia. El otro se quedó mirándolo boquiabierto. —¿Cómo lo puedes dudar? —Por favor, no cuentes otra vez la historia del rescate de tu abuela. —No me hace falta —respondió Philip, ofendido—. Ya sabes lo de la redada contra el contrabando. Después de todo, eres de Cornualles. —Sí, se supone que la Liga ayudó a liberar a un pequeño grupo de contrabandistas del puño de hierro de un tirano. —Que los usaba como esclavos. 42 Julia Latham – El engaño del caballero —Eso he oído. Philip movió la cabeza a uno y otro lado. —Y aun así tienes dudas. El mismo Cristo podría aparecer en persona y tú seguirías... John lo dejó que siguiera con su monserga. —Ni siquiera me escuchas —se quejó Philip con el cejo fruncido—. Bueno, esos soldados de allí, los que están jugando a dados, me parece que necesitan un compañero jovial. John lo miró ansioso. —A ver qué descubres. Philip se puso de pie, sonriendo. —Puede que te lo diga, y puede que no. De todos modos seguirás dudando. Él le dedicó una amplia sonrisa y negó con la cabeza. Le alegraba tener un amigo como él, capaz de buscarse sus propias aventuras además de ayudarlo. Al día siguiente, John tendría que enviar a Philip al bosque a buscar a Ogden y a Parker e intercambiar información con ellos. Tal vez hubieran tenido suerte y ya hubiesen encontrado a los hombres de Alderley. John se quedó en el gran salón, observando tanto a los residentes del castillo como a los soldados de Bannaster. .Los músicos tocaron durante varias horas, y hasta disfrutaron con la actuación de un bufón ambulante. Pero la diversión parecía forzada; excepto por parte de los soldados, que montaban más escándalo a medida que avanzaba la noche. Y Philip estaba entre ellos. John no sabía si estaba borracho o sólo lo fingía. Tenía el rostro tan enrojecido de tanto reír como el vecino. Era extraño, pero la marcha de Anne parecía haber sido como una señal para los residentes del castillo de que podían relajarse. Aunque hablaban en tono quedo, y no dejaban de mirar con recelo a los soldados, no se apresuraron a sacar sus jergones sino que se quedaron despiertos, contemplando la diversión. Era como si sin Anne, les resultara más fácil olvidar el difícil momento que estaba atravesando lady Elizabeth, atrapada en su torre. Varias personas se acercaron a él y se presentaron, y John los recibió con cordialidad. Necesitaba conocer a la mayor cantidad de gente posible, con vistas a ganarse su lealtad en caso de que necesitara contar con ellos para rescatar a su señora. Cuando John se quedó a solas de nuevo, Philip se acercó a él a trompicones y se dejó caer en el banco, donde estaba sentado, de tal modo que a punto estuvo de hacer que los dos cayeran al suelo. John se sujetó a la mesa y lanzó a su amigo, que lo miraba contrito, una mirada de reproche. —¿Queda algo de cerveza? —preguntó Philip de forma casi ininteligible. Él le pasó su jarra en silencio. Al otro lado del salón, dos soldados se encorvaban jugando a las tabas y armando bastante bullicio, rodeados por muchos espectadores. —Todos son hombres de Bannaster, al menos los que están aquí esta noche —dijo Philip en voz baja. —Entonces es cierto que han enviado fuera del castillo a los soldados de Alderley. ¿Queda alguno por el patio o los alrededores? —No muchos —respondió el otro, inclinándose para apurar la cerveza y derramando parte, que le cayó por las mejillas y el cuello—. La mayoría fueron enviados a los bosques en busca de ladrones. Parece que los residentes del castillo ya estaban asustados, pero nuestro «ataque» ha terminado de convencerlos de que tienen un problema serio. —De modo que Bannaster quiere tenerlos lejos de aquí por tiempo indefinido. —Al menos no los mató —señaló Philip. —Pero no están en el castillo, para cumplir con su deber —insistió John. —Dejaron aquí a cuatro soldados, que se turnan para vigilar la entrada de la torre de lady Elizabeth. John echó un vistazo a su amigo sin dar crédito. 43 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Milburn permite que soldados de Alderley vigilen a su prisionera? —Hay un soldado de Bannaster y otro de Alderley montando guardia en todo momento. —Philip se detuvo para dirigir una beoda sonrisa a dos criadas que pasaban junto a su mesa. Cuando consideró que ya estaban bastante lejos, continuó—: Parece que lord Bannaster no quiere confiar su codiciado premio ni siquiera a sus propios hombres. —¿Y te has podido enterar de quién tiene permiso para ver a lady Elizabeth? —No he llegado a tanto —contestó el otro entre hipidos—. Demasiadas preguntas. Y, además, eso te correspondería a ti, ¿no crees? John sonrió. —Así es. Empezaré a pasearme por los corredores para no perder fuerza en las piernas. Y, casualmente, la torre será el destino que escogeré con más frecuencia. —Entonces, ¿he terminado ya con los soldados? —Me parece que no. Quién sabe lo que podrías descubrir. Philip suspiró. —Es difícil fingir estar borracho y al mismo tiempo dar la sensación de que no dejas de beber. —A mí me parece que lo estabas haciendo estupendamente. —Gracias —contestó su amigo, que se puso de pie y se dirigió de nuevo hacia la partida de tabas. Anne regresó por la misma puerta por la que se había ido y John supo que por allí sería por donde tendría que comenzar su exploración al día siguiente. La chica se sentó cerca del fuego. Parecía cansada y sola. Su primera reacción fue acercarse a ella, pero sabía que eso sería demasiada presión para un solo día, y John no quería que creyera que quería obligarla a revelarle nada contra su voluntad. La observó disimuladamente. Le sorprendió comprobar que no mucha gente le hablaba. ¿Por qué no querrían ayudarla a que se distrajera de sus preocupaciones? También podía ser que acostumbrase a pasar casi todo el tiempo con lady Elizabeth, por lo que no conociera mucho a los demás. ¿Tan exigente sería su prometida? La soledad de Anne no auguraba nada bueno sobre la disposición de la joven condesa. Cuando finalmente llegó la cocinera y se sentó con ella, John se relajó. ˜s– Elizabeth alzó la vista con una sonrisa cuando Adalia se le acercó y se sentó a su lado. Agradecía la compañía, la distracción. —¿Qué tal está nuestra señora esta noche? —preguntó la mujer. Ella suspiró. —Está bien. El tedio empieza a ponerla de mal humor, pero le he subido algunas prendas para remendar, así que la he dejado contenta. —¿Contenta de tener que remendar? ¿La misma chica a la que le encanta hablar? Elizabeth se encogió de hombros. —No tiene a nadie con quien hablar excepto yo. —Miró a su alrededor, pero dado que todo el mundo parecía distraído con el juego de tabas, podía decirse que la cocinera y ella estaban solas—. A Anne y a mí se nos ha ocurrido un plan —añadió en voz baja. Adalia se le acercó más en el banco. —¿De qué se trata? —Voy a enviar una misiva al rey para decirle lo que está tramando su primo. La cocinera la miró dubitativa. —Pero lord Bannaster llegará a Londres antes que tu misiva. 44 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Y tú crees que él le dirá al rey la verdad, que mantiene a una dama, y heredera de un condado como éste, cautiva en su propio castillo? —Estoy segura de que lo dirá de tal forma que parezca que lo que hace es protegerte. —Pero las dos sabemos que lo único que está protegiendo son sus propios intereses. Puedo decirle al rey que mi prometido está camino de Inglaterra... —Pero no lo sabes. —Tiene que ser así —se empecinó Elizabeth. —¿Y si el rey decide que le estás causando demasiados problemas? Tal vez considere que le es mucho más sencillo entregarte a su primo. Así se asegurará de que el nuevo conde se cuida de ti como es debido. —Pero tiene que oír primero mi versión —susurró ella, apretando los puños—. ¿Cómo lo sabrá si no se lo digo? Tengo que correr el riesgo. De otro modo, tendré que quedarme aquí sentada, esperando. —¿Y quién llevará esa misiva, Anne? —Es un viaje peligroso para que lo haga un hombre solo. Por otra parte, no quiero apartar a ninguno de sus granjas, ni elegir a alguien que sea demasiado visible, porque Milburn notaría su ausencia. —¿Y el hijo del molinero, Harold? Además, ya ha estado antes en Londres. —¡Perfecto! Escribiré la misiva cuando suba a la torre por la mañana, y me aseguraré de lacrarla y estampar el sello con el escudo de armas de mi padre. —Pero el anillo estará en la cámara privada del conde —señaló Adalia—. Y Milburn utiliza más esa estancia que la de alcaide. —Vigilaré y esperaré a que salga. No tardaré mucho en hacerlo. —Anne, si de verdad estás dispuesta, puedo decirle a Harold que necesito una remesa de grano del molino. —Llegado el momento, te avisaré para que lo hagas. De pronto, se oyeron gritos y risas, y las dos mujeres levantaron la vista. Un niño se acercaba corriendo hacia ellas, sonriendo feliz. La muchacha encargada de fregar los platos corría detrás de él. —¡Mamá! —gritó el niño al ver a Adalia. Ésta se puso en pie de un salto. —¡Santa Madre de Dios! Le dije a esa chica que lo mantuviera lejos del salón. Elizabeth trató de encogerse y pasar desapercibida, pero era demasiado tarde: Joseph la había visto. No tenía más que cuatro años, y no comprendería por qué no podía llamarla por su nombre para que le diera un abrazo. El pequeño empezó a gritar: —Lady... —No está aquí, Joseph —dijo Adalia, cogiendo al niño en brazos al tiempo que lo distraía haciéndole cosquillas. Él reía, y se retorcía, y entonces se echó hacia atrás para que su madre lo sujetara. Le gustaba el juego. Elizabeth los miró con cariño, con el corazón latiéndole aún desaforadamente mientras Adalia se llevaba a su hijo de nuevo a las cocinas. Echó una mirada furtiva al salón. Los soldados estaban más pendientes del juego que de otra cosa, mientras que los criados o bien habían ido a buscar los jergones para dormir, o bien estaban ya arrebujados entre las mantas, ocupando los espacios libres del suelo. Pero sir John estaba todavía despierto y la estaba mirando. ¿Cuánto habría visto... u oído? Elizabeth sabía que tenía que apartar la vista y fingir una despreocupación que estaba lejos de sentir. Pero no podía. Los ojos de aquel hombre, azules y profundos, seguían mostrándole compasión e interés. No podía hacer como que no lo había visto y esperar que la suerte la acompañara. Con un suspiro, se levantó y atravesó el salón en su dirección. 45 Julia Latham – El engaño del caballero —Sir John, no esperaba encontraros despierto —dijo, tratando de mostrarse agradable. Él observó su rostro con detenimiento, pero se limitó a sonreír y contestar: —Estaba esperando a que viniera Philip, pero parece que gana a las tabas. Elizabeth echó una mirada al grupo de soldados, pero no vio al secretario entre la multitud. —Puede que tarde un poco entonces. John asintió. —¿Queréis que os acompañe de vuelta a vuestra cámara? Él no lo pensó dos veces. —Si no es mucha molestia —contestó, levantándose lentamente, como si le dolieran mucho las magulladuras. —No, estaba a punto también de ir a buscar mi jergón. —¿Duermes en la habitación de tu señora? —No me lo permiten —contestó ella con gran pesar. John frunció el cejo. —Entonces, ¿está sola? —Menos cuando subo a llevarle la comida. —Debe de estar resultándole muy difícil. Elizabeth se encogió de hombros. —Es una mujer fuerte. —Me alegra oírlo. Rezaré para que la situación se resuelva cuanto antes. —Yo también, sir John. Atravesaron en silencio los corredores iluminados con antorchas. Ella se sentía reconfortada estando a su lado. Desde la muerte de su padre, nadie la había hecho sentir tan a salvo. Y nunca había sido tan consciente de la presencia de un hombre. Aquél emanaba virilidad, potente y descarnada, haciéndole muy difícil ignorarlo. Dado que estaba prometida a otro, se sentía culpable. Pero si sir John parecía ser de fiar, tal vez necesitara su ayuda. ¿Cómo podría rechazarlo sólo por sus miedos? Tenía que confiar en que podría mantener la tentación a raya. Debía de ser ella quien controlara la situación. Conforme se acercaban a la puerta de la habitación, John se volvió con torpeza y le bloqueó el paso. Elizabeth se detuvo en seco y levantó la cabeza para mirarlo. Estaban tan cerca que sus cuerpos se rozaron, y la conciencia física que sintiera antes se incrementó, como un manantial que brotara de sus pechos y descendiera luego hacia sus entrañas con un fuego desconcertante, embarazoso y... tentador. Justo detrás de él había una antorcha colgada de una abrazadera en la pared, de manera que todo su rostro quedaba sumido en las sombras, a excepción del brillo de sus ojos y sus dientes. No estaba sonriendo, pero sí tenía los labios entreabiertos, y Elizabeth se dio cuenta de que ella también. Fue sir John quien retrocedió primero, dejándose ver a la luz de la antorcha, y ella se sintió agradecida y decepcionada al mismo tiempo. ¿Cómo era que no había visto el peligro y se había anticipado? —Todavía no estoy acostumbrado del todo a esta muleta. Perdóname, Anne. Lo único que pudo hacer Elizabeth fue asentir mientras se lamía los labios, que se le habían quedado secos de repente. John la vio hacerlo, y entornó los ojos; en ellos había una mirada intensa que provocó en la joven un extraño estremecimiento de deseo. —Quiero que sepas que si un soldado, o cualquier otro hombre, te molesta, puedes acudir a mí. Yo te protegeré. Su tono le pareció tan sincero que Elizabeth no pudo por menos de sonreír. —¿Y qué haréis, lo golpearéis con la muleta? 46 Julia Latham – El engaño del caballero Él sonrió. —Es una buena arma. Permanecieron así de pie unos minutos, atrapados en una extraña burbuja de intimidad. ¿Cómo podía sentirse tan atraída por aquel hombre cuando sólo hacía un día que lo conocía? Era posible que tuviera que recurrir a su ayuda, pero no se engañaba: eso era lo único que podía haber entre los dos. Al tiempo que retrocedía, Elizabeth murmuró: —Buenas noches, sir John. —Que tengas dulces sueños, Anne. Ella se dio la vuelta y se alejó a buen paso, consciente en todo momento de que él la estaba observando hasta que tomó el recodo. 47 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 7 John pasó una noche inquieta, soñando que se encontraba a oscuras, envuelto en el calor que desprendía la tersa piel de una mujer. Cuando despertó al amanecer se maldijo por su debilidad. Tenía que recordar que pronto estaría casado, y que podría tener a su esposa en su cama siempre que quisiera. Pero no conocía a lady Elizabeth; era a Anne a quien veía, era con ella con quien soñaba, y a ella a la que seguía como un corderito a su pastor. Esa mañana, la vio en misa, y después durante el desayuno, pero no se le acercó, resuelto a no asustarla para que así no quisiera rehuirlo. La joven le sonrió una vez, con cierta vacilación; por el momento tendría que conformarse con eso. La curandera regresó y dijo que ambos hombres; estaban mejorando, aunque tenía la impresión de que los golpes que lucían en el rostro podría asustar a los niños. John recibió permiso para empezar a andar un poco más, y de inmediato comenzó a pasear por los corredores con gran alivio, mientras Philip salía a observar el entrenamiento de los caballeros y de los soldados. John tenía que memorizar la distribución del castillo y, además, estaba más que harto de estar sentado sin hacer nada. Se perdió más de una vez y los sirvientes tuvieron que indicarle la dirección correcta. Como la suerte nunca acude cuando se la necesita, justo cuando decidió explorar la entrada de la torre de lady Elizabeth, se encontró allí a Milburn, conversando con los dos guardias. El alcaide lo miró arqueando las cejas con curiosidad. John le sonrió y pasó de largo, diciendo por encima del hombro: —Estoy acostumbrándome a usar la muleta. Pero al menos ahora ya sabía dónde estaba la torre. Sacar a lady Elizabeth del castillo sería muy complicado. ˜s– Cuando Elizabeth le subió una bandeja a su cámara, encontró a Anne mordisqueando un pedazo de pan mientras leía. La joven levantó la vista y sonrió. —¡No sé cómo te las has ingeniado, pero te lo agradezco muchísimo! Elizabeth frunció el cejo. —¿Ingeniármelas para qué? ¿Para subirte la comida? —Pero si ya me la han traído. ¿A quién le has pedido que escalara la torre? ¡Dime que no te has puesto en peligro! Ella dejó la bandeja sobre la mesa y se fijó entonces en una cesta que no le resultaba familiar. Dentro había varios libros, una selección de quesos, frutos secos y hasta una botella de vino. Y también un trozo de pergamino que decía: «Paciencia». —La estoy poniendo en práctica —dijo Anne casi a la defensiva, mientras levantaba el lino que cubría la bandeja—. Pero ¿cómo voy a ser paciente con lo bien que huele esto? 48 Julia Latham – El engaño del caballero —Yo no te he enviado esa cesta —explicó Elizabeth con el estómago contraído a causa de los nervios—. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? Boquiabierta, Anne respondió: —Alguien la ha bajado con una cuerda desde lo alto de la torre. ¿No ordenaste tú que lo hicieran? Elizabeth negó con la cabeza. —¿No se te ha ocurrido asomar la cabeza para ver quién era? —¡Lo he intentado! Pero mirar hacia arriba me mareaba, y no me ha parecido ver a nadie. ¿No crees que habrían firmado la nota si hubieran querido que conociera su identidad? Aterrorizada, su amiga le preguntó: —¿Te encuentras bien? —Le puso la mano en la frente—. ¿Sientes calor o sudores fríos? ¿Retortijones de estómago? —¡No! —exclamó Anne, apartándola de un manotazo. Estaba pálida—. ¡No puede ser... veneno! Llevo comiendo más de una hora. Elizabeth asintió con la respiración acelerada a causa del alivio. Cerró los ojos. —Gracias a Dios. Si fuera veneno ya tendrías síntomas. Oyó que Anne se dejaba caer encima de la cama. —¡Menudo susto! —gimoteó—. Y la comida estaba deliciosa. —Debería haber imaginado que tú no dejarías pasar una comida. Anne le tiró un cojín. —Compartiré esta segunda comida contigo. —No tengo tiempo, ¡hay mucho que hacer! Pero primero pensemos, parece que hay alguien que quiere ayudarnos. Si se manifestara de nuevo, tal vez pudieses pedirle que se identifique a través de una nota. Anne se rió con nerviosismo. —No te creerías lo atónita que me he quedado al oír el golpe de la cesta en las contraventanas. Ha sido mientras estabais en misa. —Tiene sentido. —¿Quién querría ayudarnos? Los residentes del castillo saben que te estás haciendo pasar por mí. —No todos —contestó Elizabeth, pensando en sir John. Aunque ese hombre estaba demasiado magullado para andar bajando cestas desde lo alto de una torre. ¿Y por qué iba a hacerlo además, cuando sabía que ella le subía comida a «lady Elizabeth» todos los días? —¿Crees que los soldados de Bannaster quieren hacerme llegar comida? —preguntó Anne sin dar crédito. Entonces observó a su amiga con más detenimiento—. Piensas que podrían ser el administrador y su secretario. ¿Por qué habría de...? A menos que le hayas hablado a un extraño de nuestras cuitas. Pero aun así ¿por qué habría de hacerlo en cualquier caso? —Porque quiere... ayudar —contestó Elizabeth con un estremecimiento—. Pero no ha podido ser él. Está demasiado maltrecho. —¿Que quiere ayudar? —repitió la otra, incrédula. —A veces me sorprendo hablándole de la situación en que nos encontramos, pero es demasiado inteligente como para no imaginárselo por sí solo. —Es inteligente además de apuesto. —¡Yo nunca he dicho que fuera apuesto! Anne sonrió de oreja a oreja. —No hacía falta. —Bueno, no lo es tanto como William, eso seguro. Si estuviera vivo... —Si William estuviera vivo, ya estarías casada con él. Elizabeth suspiró, sintiendo cómo de nuevo la invadía la pena, haciendo que todo su esfuerzo pareciera en vano. 49 Julia Latham – El engaño del caballero —Perdóname —dijo Anne, sentándose junto a ella en el banco, al tiempo que le rodeaba los hombros con un brazo. —No, no hay nada que perdonar. Últimamente no hago más que autocompadecerme. —En mi opinión, si hay alguien que pueda sentirse de esa forma, eres tú. —Es duro estar ahí abajo, ver a todos... seguir con sus tareas, con sus vidas, sin mí. —Pero ¡si estás entre ellos! —Tratan de evitarme a toda costa, no sea que se les escape por accidente quién soy en realidad. Milburn y Adalia son los que dirigen el castillo. Creo que yo sólo sirvo para poner las cosas más difíciles. Tal vez fuera mejor para todos si yo... —¿Aceptaras tu destino? ¿Si te casaras con el hombre que te ha secuestrado, que sólo te quiere por tu dinero, por este castillo y por tu título, para que pueda controlar a tu gente e ir en contra de los deseos de tu padre? Elizabeth esbozó una leve sonrisa. —Tienes una manera muy persuasiva de hacer que me olvide de mi autocompasión. —Eso está mejor. —Deja que te cuente una cosa que te tranquilizará. Les he dicho a los guardias que llevas varios días sin bañarte, y que necesitaré la ayuda de varias sirvientas para subir agua. Trataré de que puedas darte tu baño esta noche. —Qué considerado por tu parte. ¿Has podido bañarte tú? —Una vez en estas dos últimas noches; en la habitación de Adalia, junto a la cocina. Algo muy rápido. —Debes de echar mucho de menos tus aposentos —dijo Anne, echando un vistazo a los refinados alrededores con un aguijonazo de culpa. —No, te estoy muy agradecida por haber aceptado cargar con la soledad por mí. Venga, vamos a escribir esa carta para el rey y a confiar en que ponga fin a tu confinamiento. — Elizabeth sacó un pergamino y su pluma. No le llevó mucho tiempo; había estado dándole vueltas toda la noche. No acusó a las claras a Bannaster de ser un ladrón, pero dejó bien claro que su comportamiento era impropio, y que ella deseaba esperar a que llegara su prometido. Mientras se secaba la tinta, dijo: —Ayer envié a varios de los mozos de cuadra de más edad a internarse en el bosque en busca de mis caballeros y soldados. Han regresado esta mañana sin noticias. Es como si todos se hubieran desvanecido. Anne palideció. —No creerás que... —No, incluso Bannaster tendría que enfrentarse a la ira del rey si se le ocurriera pasar por las armas a toda una tropa; son más de cien hombres. Esperaré unos días más y enviaré a otro grupo. Tal vez se hayan alejado del castillo. Una. vez la tinta estuvo seca, Elizabeth enrollo el pergamino cuidadosamente y se lo metió en el corpiño. —Me tengo que ir. Te mantendré informada —añadió antes de marcharse. —Ten mucho cuidado, Elizabeth —le pidió Arme, siguiéndola hacia la puerta. —Y tú también, señora mía. Recuerda que tienes que intentar averiguar la identidad de la persona que te ha hecho llegar la cesta. —Si es que vuelve a aparecer. Elizabeth cogió la bandeja y le hizo un gesto de asentimiento a su amiga conforme ésta cerraba la puerta. Pasó junto a los soldados sin decir nada y, al tomar un recodo, dejó la bandeja en la escalera y salió disparada hacia la cámara privada de su padre. Se detuvo a escuchar fuera de la puerta durante unos minutos y, al no oír nada, se coló en el interior. 50 Julia Latham – El engaño del caballero La luz entraba por una única contraventana abierta, pero no necesitaba demasiada. Sabía dónde estaba el cofre que contenía todos los artículos personales de su padre; había tenido que usar el anillo en más de una ocasión desde que el conde muriera, para sellar su correspondencia oficial con el rey. Pero no se demoraría allí calentando el lacre, sino que regresaría a la habitación de Adalia y... El pestillo de la puerta se levantó tan repentinamente que el intruso la pilló en el centro de la estancia, sin darle tiempo a reaccionar. Milburn se paró en seco al verla. —¿Qué estás haciendo aquí? —Me han mandado que venga a limpiar —respondió ella, agradecida de que se le hubiera ocurrido algo que decir. —No veo trapos ni balde. ¿Qué es eso que tienes en la mano? El corazón le dio un vuelco. De nada le serviría resistirse; él ganaría. En silencio, le mostró el lacre. El alcaide se acercó con el cejo fruncido y le agarró la otra mano, que Elizabeth mantenía cerrada. —Ábrela. Ella se mostraba reticente a enseñarle el anillo, pero Milburn le clavó los dedos más y más en la muñeca hasta que ella dejó escapar un grito ahogado de dolor. ¿Por qué no la acusaba de ladrona y llamaba a los guardias? Se le ocurrieron todo tipo de situaciones en las que era encerrada y su gente trataba de rescatarla. Muertos y heridos por su culpa... Milburn cogió el anillo y el lacre y se quedó mirándolos. —Nadie que quisiera robar el valioso anillo de un conde robaría también lacre. Tras observarla detenidamente, le soltó el brazo. Elizabeth se frotó la muñeca magullada. —Querías sellar algo con el anillo del conde. —No, maese Milburn. A mi señora le preocupaba que pudieran robarlo. Quería que estuviera en un lugar seguro. —Enséñame lo que has escondido. Hablaba con tono calmado, sin ira ni inflexión alguna, y Elizabeth supo que aquel hombre obtendría lo que quisiera. —No tengo nada, señor. —Llevas el corpiño suelto. ¿Qué ocultas ahí? Ella se sonrojó de rabia y humillación y, finalmente, sacó la misiva, consciente de que, de no hacerlo, él la desnudaría hasta encontrarla. Milburn desenrolló el pergamino y leyó inexpresivo el rostro. Entonces levantó la vista y dijo: —Tu señora es una estúpida. Lo único que ha conseguido con esto es quedarse un día sin comer. Y en cuanto a ti... El sonido de unos golpes de llamada en la puerta hizo que el alcaide lanzara una mirada impaciente en aquella dirección. —¿Quién es? La puerta se abrió dando paso a sir John, que entró cojeando, apoyándose pesadamente en su muleta. Se detuvo en seco al ver a Elizabeth. Ella agradeció la interrupción, aliviada de poder contar con alguien que fuera testigo de su paradero. Milburn podía mandarla a cualquier sitio con tal de quitársela de en medio y que dejara de molestar. Sir John hizo una inclinación con la cabeza. —Perdonad mi intromisión, maese Milburn. Me habéis dicho que pasara a veros para hablar sobre un posible empleo. —También os he dicho que vinierais después del mediodía. El administrador se encogió de hombros. —Pasaba por aquí y he decidido venir a ver si estabais. 51 Julia Latham – El engaño del caballero —Sí, veo que hoy habéis andado mucho —dijo Milburn, reflexionando. Elizabeth miraba al uno y al otro, tratando de no demostrar el interés que sentía. Sabía que el alcaide tenía planes para sir John. Esperaba que se pusieran a hablar del asunto y que se olvidaran de ella. Pero Milburn le lanzó una mirada especulativa. —Sir John, llegáis en el momento oportuno. Iba a pediros ayuda con una de las fincas pertenecientes al castillo y cuyo administrador se ha puesto enfermo. Elizabeth se moría de ganas de preguntar quién se había puesto enfermo, pero guardó silencio. No tenía ni idea de por qué el alcaide hablaba de eso en aquel preciso instante, mientras ella aguardaba, presa de los nervios, a que dictaminara su castigo. —No puedo ofreceros un puesto permanente en este momento, pero ¿consideraréis la posibilidad de supervisar esa finca de la que os hablo de manera temporal? Sir John sonrió. —Maese Milburn, acepto encantado. Aunque sólo sea temporal, me dará la oportunidad de recuperar las ganancias que me robaron esos salteadores. —Bien. Discutiremos las condiciones económicas en otro momento. Necesitareis un ayudante. —Philip Sutterly... —No podrá ser. Pienso asignárselo al capitán de la guardia como secretario. Necesita a alguien que se ocupe de la contabilidad y de las provisiones para la tropa. El capitán me ha dicho que vuestro secretario ha hecho buenas migas con los soldados, así que podrían trabajar bien juntos. A vos —prosiguió con evidente sarcasmo—, os ofrezco a la doncella Anne en calidad de ayudante. Elizabeth se quedó mirando a sir John totalmente confusa. ¿Su castigo sería trabajar como ayudante de un administrador? No, en realidad, el castigo consistía en mantenerla lo más lejos posible de la torre. Un castigo muy eficaz. —Maese Milburn —empezó a decir—, mi señora necesita... —Las necesidades de tu señora serán convenientemente atendidas. Pero lo que desde luego no necesita es a alguien que la ayude en su particular rebelión. —Pero ¡yo no... ni siquiera sé lo que dice esa misiva! —Sé que tú no tienes culpa, muchacha —le interrumpió el alcaide con brusquedad—. Tu señora tendrá que aprender a aceptar las consecuencias de sus actos. Su castigo debe ser mayor, ¿no crees? —¿Puedo ir a decirle lo que ha ocurrido? —No. Me parece que dejaremos que se quede en ascuas todo el día. Sir John, la finca de la que os hablaba es Hillesley, en una pequeña aldea a pocos kilómetros de aquí. Mientras Milburn le contaba a sir John lo que había logrado averiguar a través de los sirvientes, Elizabeth trató de recordar quién era el administrador de esa propiedad en particular. Se trataba de maese Wilden, un hombre anciano, viudo desde hacía años, y cuyos hijos se habían casado ya. Solía darle a Elizabeth manzanas de su propio huerto cuando ésta acompañaba a su padre a visitar la finca. —De momento sólo necesito un informe de cómo están las cosas por allí —dijo el alcaide. —Maese Milburn —lo interrumpió Elizabeth—, ¿sabéis si el actual administrador vivirá? —La curandera ha ido a verlo y parece que no va a poder seguir trabajando —respondió el hombre escuetamente. Es lo único que necesitaba saber. —Os agradezco la oportunidad que me brindáis —intervino sir John—. Os mantendré informado de lo que averigüe —añadió, al tiempo que abría la puerta—. ¿Anne? 52 Julia Latham – El engaño del caballero Ella vaciló un instante. Milburn escondería el anillo de su padre en otro sitio y tal vez no volviera a verlo. ¿Lo habría estado buscando Bannaster y con sus actos ella le había facilitado las cosas? El alcaide la miró con una ceja levantada y los labios apretados en una delgada línea. No había nada que ella pudiera hacer. Le hizo una reverencia y salió de la estancia seguida por sir John. Una vez en el corredor, giró en dirección a la torre con actitud resuelta. —Anne —la llamó sir John a su espalda. Ella lo ignoró y siguió andando. Para su sorpresa, él la cogió del brazo. —Soltadme —dijo con rabia, tratando de liberarse—. Aún no se lo ha dicho a los guardias. Me dejarán subir a ver a mi señora. Puedo explicarle... John la rodeó por la cintura desde atrás y Elizabeth contuvo el aliento de asombro al notar que él la atraía hacia su cuerpo. —No cometas más estupideces —le susurró al oído—. Sólo conseguirás causarle más problemas a tu señora y a ti misma. —Pero ¡no quiere que le lleve comida! —¿Durante cuánto tiempo? —Hoy. —¿Se va a morir de inanición? —No —susurró ella con reticencia. —Entonces no te preocupes. Tu señora lo comprenderá. —Se asustará y se preocupará —susurró Elizabeth, notando ya el escozor de las lágrimas en los ojos. Él le apretó la cintura con suavidad un momento y luego la soltó. La joven sintió que la tibieza del cuerpo masculino desaparecía dejándola con una sensación de frío. Se abrazó a sí misma con los brazos. —Tal vez, pero seguro que preferirá que tú, su más querida amiga, estés a salvo. Ella se volvió y lo miró. —¿Cómo sabéis que me considera su amiga? —Por la manera en que hablas de ella. Os criasteis juntas. ¿Cómo no darme cuenta? Había tanta ternura en su mirada que Elizabeth sintió ganas de llorar. Quería poder derrumbarse y contárselo todo, apoyarse en él en busca de consuelo y ayuda, lo cual no dejaba de desconcertarla, porque no sabía nada de aquel hombre. Se puso rígida y lo miró con recelo. —¿Y por qué os ha dado por entrar en la cámara privada justo en ese momento? Él esbozó una enorme sonrisa. —Te estaba siguiendo. —¿Me estabais siguiendo? —repitió ella, retrocediendo un paso. —Practicaba con la muleta, recorriendo el castillo. En ese momento, has pasado por el corredor en el que yo me encontraba y has dejado la bandeja en un rincón en vez de llevártela a las cocinas. —Se encogió de hombros—. He sentido curiosidad. —¿Y qué más os ha empujado a hacer esa curiosidad vuestra? —preguntó ella con sarcasmo. —Me he detenido a escuchar detrás de la puerta y he oído que te estaban riñendo. Tu lealtad hacia tu señora es encomiable, pero... —Vuestra opinión no me interesa —lo interrumpió Elizabeth y, dándose media vuelta, echó a andar. Podía oír los pasos de John tras ella, el sonido alternativo de su fuerte pisada y el crujido de la muleta contra el suelo de madera. Parecía que no le costase nada avanzar. —Ya te acostumbrarás a mi franca manera de opinar sobre las cosas —dijo él—. Vamos a pasar mucho tiempo juntos. 53 Julia Latham – El engaño del caballero Ella apretó los dientes, pero no dijo nada. —No será un castigo tan terrible, ya lo verás. No soy un señor tan malvado. Elizabeth se volvió y se encaró con él. —No sois mi señor. Y esto no es tanto una forma de castigo para mí como para lady Elizabeth. La intención del alcaide es aislarla de tal manera que se desespere y se muestre dispuesta a aceptar cualquier cosa; no sólo la vigilancia, sino el matrimonio con ese... ese... —Yo en tu lugar bajaría la voz, ahora que el vizconde tiene el control temporal de Alderley. Un profundo suspiro escapó de la boca de Elizabeth y se cruzó de brazos. —No es matrimonio lo que dice querer ese vizconde, según tengo entendido —comentó él, ladeando la cabeza. —Existe un acuerdo de esponsales firmado con el heredero de la familia Russell. De momento, lord Bannaster quiere solicitar la tutela de lady Elizabeth, pero mi señora sabe bien lo que pretende en realidad: eso es sólo el primer paso. Una vez obtenga la tutela, tendrá control legal sobre ella y sus bienes. Si lord Russell no regresa pronto, el vizconde utilizará su ausencia como prueba de que está muerto, demostrándole a la vez al rey Enrique que en esta parte de Inglaterra aún persiste la inestabilidad que tanto quiere evitar. Sobornará a un arzobispo y... —El compromiso quedará anulado —acabó sir John en voz baja. Dirigió a Elizabeth una mirada valorativa y ella se sintió confusa. Entonces tomó aire, abrió la boca y negó con la cabeza. —Ojalá pudiera ayudar a tu señora a resolver todos sus problemas —dijo finalmente, acompañando sus palabras de un suspiro. —Un hombre solo no puede. —¿Y ella ha creído que una misiva sí la ayudaría? —Al menos habría servido para poner al rey sobre aviso del peligro —contestó Elizabeth con determinación. —Pero en lugar de eso, lo que ha conseguido ha sido alertar a Milburn de que no es tan dócil como cabía esperar. Ella se alejó de él con un gemido. —Procura estar lista para salir después del almuerzo —dijo John—. Debemos ir a Hillesley. Elizabeth estaba furiosa consigo misma, porque su estupidez le había dado al alcaide la excusa para darle una tarea que la mantuviera lejos del castillo gran parte del día. ¿Y si alguien intentaba entrar en la torre mientras ella no estuviese? No, no era tan ingenua como para engañarse pensando que su presencia fuera a servir de mucho en caso de que ocurriera algo, lo que en realidad le preocupaba era quedarse a solas con sir John. Él estaba demasiado interesado por ella, y ella por él. Pensaba utilizar su interés en caso de necesidad, pero lo cierto era que empezaba a tener la impresión de que la situación estaba escapándosele poco a poco de las manos. En cuanto lo tenía cerca sólo pensaba en él, y no en su misión, es decir, salvarse a sí misma y a su gente. Y ahora iban a tener que pasar casi todo el día juntos. Tenía que demostrarse que era más fuerte que el aliciente que aquel hombre representaba por el mero hecho de tratarla como a una mujer. Elizabeth no estaba destinada a vivir esa vida. El legado que su padre había iniciado y continuado recaía sobre ella; no tenía intención de restarle valor fingiendo que podía ser una mujer normal y corriente. Aunque esas sensaciones la hicieran comprender, por primera vez en su vida, lo que era sentirse deseada por sí misma. 54 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 8 Elizabeth se pasó el resto de la mañana inquieta y sintiéndose como una inútil. Su intención era haber llevado las prendas sucias de Anne a las lavanderas, pero con la excitación de la carta se las había olvidado en la torre. No estaba acostumbrada a no tener nada que hacer. Finalmente, Adalia le permitió cortar zanahorias. Cuando entró en el gran salón para la comida del mediodía, vio las miradas asustadas y confusas de varios sirvientes. Se detuvo, asustada y confusa a su vez, hasta que vio a uno de sus pretendientes, sir Charles. Estaba sentado a la mesa del estrado, junto a Milburn. Elizabeth giró sobre sus talones y trató de retroceder y buscar refugio en las cocinas. —Siéntate aquí conmigo —la llamó sir John desde una de las mesas más alejadas—. Tenemos mucho de que hablar. Ella fingió un ataque de tos mientras caminaba hasta el extremo más alejado del salón, la cabeza gacha y vuelta todo el tiempo, dándole gracias a Dios por llevar el griñón. Iba a sentarse frente a sir John, pero éste se movió un poco en su banco al tiempo que le hacía gestos para que tomara asiento a su lado. Dado que no podía llamar ya más la atención sobre sí misma, se sentó junto a él, aunque manteniéndose lo más cerca del extremo del banco que le fue posible. Sabía que su capacidad de razonar se nublaba en cuanto lo tenía cerca. Él se inclinó hacia ella. —Estar recluida por Bannaster le ha servido a tu señora para librarse de algún que otro problema. —¿Qué problema es ése? —preguntó Elizabeth con la mirada fija en el plato vacío, tratando de fingir que no sentía el roce de su manga contra la de ella. —¿No es ése uno de sus pretendientes? —Sí. Es sir Charles, hijo de lord Selby. —He oído a Milburn decirle en términos categóricos que Bannaster pronto será nombrado tutor de lady Elizabeth y que no vuelva hasta entonces. —Estoy segura de que mi señora agradecería saber que por lo menos hay un hombre decidido a luchar por ella, pero sigue encerrada, muriéndose de hambre. —¿De verdad se está muriendo de hambre? —preguntó sir John con preocupación—. ¿No tiene nada de comida o bebida en la torre? Ella vaciló un momento, recordando la cesta. —Me parece que tendrá suficiente para lo que queda de día. —Entonces será mejor que tú no te metas en más líos, ¿de acuerdo? —dijo él, sonriendo. La joven no le devolvió la sonrisa. —Era una broma —dijo John, golpeándola suavemente con el codo. —Me parece que no tenía gracia —respondió ella. —Cuando esto termine, prometo darte cosas más agradables en que pensar. Elizabeth lo miró totalmente confusa. Él recuperó la sonrisa. —Ah. ¿Tan protegida has estado con tu señora que nunca ha jugado contigo ningún hombre? 55 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Jugar conmigo? —repitió ella con un hilo de voz. —El coqueteo entre hombres y mujeres. —Sir John esbozó una enorme sonrisa—. Sé que éste no es el mejor momento para bromear, pero cuando te miro me resulta muy fácil olvidar que no debo hablar de «cosas agradables». Eres una mujer muy hermosa; deberías estar acostumbrada a que los hombres pierdan el control estando contigo. Sabía que se estaba sonrojando, y se despreció por ello. Cuando los hombres perdían el control con lady Elizabeth, le recitaban un poema romántico o le sostenían la mano un momento más de lo debido al terminar un baile. Ella no sabía nada de comentarios insinuantes relacionados con intimidades poco apropiadas. Pero había oído que los hombres solteros nunca esperaban a llegar al matrimonio, de manera que era con las sirvientas con quienes vivían sus... experiencias. Y Elizabeth era ahora una sirvienta. Tenía que hacerle comprender que no estaba interesada en coquetear con él. —Sir John, no soy mujer dada a los juegos —dijo sin alzar la voz, con la esperanza de que nadie la oyera—. Tengo una obligación hacia mi señora y hacia este castillo, y eso es lo único que me interesa. Él se inclinó hacia ella aún más. —Sólo estoy disfrutando de tu compañía. Tu belleza y tu actitud esquiva hacen que pierda... —¿Y ahora me estáis echando a mí la culpa de vuestro comportamiento? —susurró Elizabeth. Él se echó a reír, atrayendo hacia ambos la atención de muchos de los que estaban sentados cerca. Adalia los miró con sorpresa. —Anne, sería muy agradable jugar contigo, pero haré lo posible por contenerme. —Sí, hacedlo, por favor —replicó ella apretando los dientes. Elizabeth le dirigió la palabra lo menos posible durante la comida. Philip llegó de la liza y se sentó un momento con ellos. Debió de notar la tensión, porque al poco se quedó mirándolos con expresión de absoluta confusión. Pero se limitó a mover la cabeza sin decir nada. Luego, cuando se levantó para irse, sir John le dijo: —Parece que estás disfrutando mucho con tus tareas como secretario del capitán. Philip sonrió de oreja a oreja. —Estaba haciendo el inventario de los pertrechos de la tropa cuando alguien ha dicho que un simple secretario no resistiría una pelea frente a un soldado bien adiestrado. —Y tú les has demostrado que se equivocan. —Estoy en ello. Que pases buena tarde, Anne. Ella frunció el cejo, pero no dijo nada. Philip miró a su amigo. —Me parece que no entiendo lo que está pasando aquí hoy. —Pues que me han sido asignadas vuestras obligaciones —explicó Elizabeth. —Y a mí nuevas obligaciones —añadió sir John—. Así aumentaré mi bolsa mientras me recupero. —Eso está bien —comentó Philip y, a continuación, dijo observando a la joven detenidamente—: Y dime, Anne, ¿se te da bien la escritura? Sir John es un amo muy exigente. Antes de que Elizabeth pudiera decir nada, sir John se le adelantó: —Oh, seguro que ahora te dirá que no soy su amo. Que sólo vamos a trabajar juntos temporalmente. Ella no se veía capaz de seguir conteniendo la risa, de modo que se levantó para marcharse. —Anne, ve a los establos cuando estés lista —le dijo John. —¿Vais a poder cabalgar con esta pierna rota? —preguntó ella. —No, tenía pensado pedir una carreta. Puedes sentarte a mi lado. 56 Julia Latham – El engaño del caballero —¿No detrás de vos, como una sirvienta sumisa? —preguntó Elizabeth con dulzura. —A mi lado estará bien —dijo él con suavidad—. Aunque algún día me gustaría enseñarte otras maneras de montar. Cuando los dos hombres prorrumpieron en risas, ella los miró, confusa. Supuso que se trataba de algún comentario subido de tono que no comprendía. Enfurruñada, giró sobre sus talones y echó a andar en dirección a la mesa principal, donde sir Charles estaba repantigado en su silla, como si fuera el señor del castillo; lugar que sin duda codiciaba. Se escondió en el primer corredor que encontró, deseando poder escapar de todos los hombres. Cuando Anne los dejó solos, la sonrisa de John se esfumó. —Sea lo que sea lo que estás haciendo —comentó Philip—, me parece que no está funcionando. —Yo no estaría tan seguro. —Parece muy enfadada. —Yo creo que lo está porque le gusto demasiado. —Y tú estás enfadado porque... ¿también ella te gusta demasiado? —Cuando rescate a lady Elizabeth, ¿cómo voy a permitir que Anne siga siendo su doncella después de la manera en que la estoy utilizando, después de cómo me hace sentir? La chica no podrá volver a confiar en mí. —No es ella quien debe confiar en ti, sino lady Elizabeth. Y te estará tan agradecida de que la hayas rescatado, que te perdonará el método utilizado. —Pero Anne sufrirá —dijo John en voz baja, mirando en dirección al arco por donde la joven había desaparecido—. Me temo que coquetear con ella empieza a resultarme demasiado fácil. Pero no puedo parar. ˜s– Elizabeth iba sentada en el banco de la pequeña carreta mientras sir John llevaba las riendas y atravesaban al paso el rastrillo de la torre de entrada. El sol le daba en la cara y, por un momento, cerró los ojos y se dejó llevar por el placer de sentir cómo su cuerpo iba entrando en calor después del frío húmedo que reinaba en el interior del castillo. La carreta se tambaleaba con fuerza entre las piedras del camino, y tuvo que agarrar la muleta para que no saliera despedida. La colocó entre los dos, como si fuera una línea que ninguno de ellos debía cruzar. Sir John la miraba de vez en cuando con ojos inquisitivos y divertidos. El sol arrancaba destellos dorados a su cabello castaño y se reflejaba en sus ojos azules, y Elizabeth se sintió como si le faltara el aire. Se dijo que la cicatriz seguramente representaba a un hombre marcado también por dentro, pero no podía creerlo. Acababa de sacarla de la prisión en que se había convertido su castillo para llevarla a la libertad y, sólo por un momento, imaginó que era una simple doncella cortejada por un apuesto caballero. Pero con frecuencia, ni siquiera las simples doncellas eran libres de elegir su destino, y si huía con su apuesto caballero, la verdadera Anne podría morir asesinada cuando se descubriera el engaño. No, la carga del castillo de Alderley le correspondía a Elizabeth. Ella la soportaría y liberaría a su gente. Doblaron por un recodo del camino y el castillo desapareció de su vista. Elizabeth se reclinó en el asiento, enlazó ambas manos contra una rodilla y miró a sir John. —Por el título que lleváis, imagino que sois caballero —dijo, con la esperanza de que hablar los ayudara a no pensar en otras cosas. Los labios de él se curvaron esbozando una leve sonrisa que a ella se le antojó traviesa. —Así es —contestó, dando un pequeño tirón a las riendas. —¿No poseéis tierras? —No. Soy el hijo menor, igual que el prometido de tu señora. 57 Julia Latham – El engaño del caballero —Ah, por eso creéis entenderle. —No, yo sólo conozco mi situación. Las propiedades de mi padre sólo alcanzaban para uno de sus hijos, y le correspondieron a mi hermano. En su voz y en sus ojos había seriedad y Elizabeth percibió que en su historia había mucho más de lo que estaba diciendo. Él no apartó la vista del camino, lo que le dio a ella la oportunidad de estudiar detenidamente su perfil. —¿Y creéis que vos podríais haberlo hecho mejor que vuestro hermano? —le preguntó. —Sí, no me cabe la menor duda. Pero es inútil hablar del pasado, puesto que no puedo hacer nada por cambiarlo. —De modo que estudiasteis para convertiros en administrador al tiempo que os adiestrabais como caballero. —Antes. A mi padre se le ocurrió que sería buena idea que aprendiera un oficio, y siempre se me dieron bien los números. De pequeño era un niño bajito y torpe. No parecía que pudiera llegar a ser un buen caballero. Así que acompañaba a nuestros administradores de finca en finca, formándome. —¿Y eso os hacía feliz? Él esbozó una gran sonrisa. —No, era algo que me ponía furioso, pero era mejor que meterme a monje, a lo que me negaba de plano. Yo sabía que podía ser un buen caballero, y me daba rabia que mi padre no pudiera ver que mi cuerpo iría creciendo con el tiempo. Mi hermano, sin embargo, fue un chico activo y bueno en todo casi desde el momento en que nació. —De manera que os resultaba difícil seguirle. —Difícil, pero tal vez resultó ser también el acicate que necesitaba. Aprendí todo lo necesario sobre libros de contabilidad y métodos agrícolas, lo bastante para enterarme en caso de que nuestro administrador nos engañara. Pero después de eso, empecé con la espada. —Y resultó que se os daba bien. Él arqueó una ceja. —¿Tan fácil te resulta creer eso de mí? Ella echó una ojeada a sus amplias espaldas y se sonrojó. —Es sólo que parecéis... perfectamente capaz de blandir una espada con facilidad. —Pero no fue así desde el principio. Incluso las espadas romas de entrenamiento me parecían difíciles de manejar. —Suspiró—. Mi padre perdió las esperanzas y murió antes de que pudiera demostrarle que al final lo había conseguido. —Pero se lo demostrasteis a vuestro hermano. —No, ni siquiera eso. A él le interesaban bastante poco mis logros. Y aunque fui nombrado caballero, el mantenimiento de la armadura y un buen caballo de combate es muy costoso. Elizabeth se dio cuenta de que la falta de dinero había truncado los sueños de aquel hombre, y lo lamentó mucho por él. —Menos mal que mi padre insistió en que aprendiera un oficio —añadió John. —El mío también lo hizo —dijo ella, hablando como si fuera Anne. —Y has triunfado. —Si me caso bien, entonces sí que habré triunfado. —¿Y con quién aspira a casarse una doncella? Elizabeth abrió la boca, pero vaciló antes de contestar. —Una doncella aspira a casarse con un hombre que tenga tierras propias, un pequeño propietario rural con posibilidades de avanzar en la vida. —A eso lo llamo yo tener aspiraciones. Ella le echó una mirada de reojo, preguntándose si se estaría burlando, pero no era así. —¿Y con quién aspira a casarse un administrador? —le preguntó a su vez. 58 Julia Latham – El engaño del caballero Él se echó a reír. —Soy un administrador pobre. Hasta que no gane lo suficiente como para estar en condiciones de mantener a una esposa, me temo que estoy condenado a estar solo. —No puedo imaginar que un hombre como vos esté nunca solo —replicó ella con sequedad, pensando en lo rápidamente que se había sentido atraída por él. —¿Un hombre como yo? —repitió John, sonriendo. Elizabeth carraspeó y fijó la vista en el camino. Gracias a Dios, la pequeña aldea de Hillesley ya se divisaba sobre una pequeña colina. —Un hombre que se dedica a coquetear con todas las sirvientas que encuentra. Estoy segura de que, al final, alguna mujer accederá a recibir vuestros halagos. —¿Acaso me has visto coquetear con todas las sirvientas? —preguntó él sumamente interesado—. ¿Tanto te interesan mis movimientos? Ella estaba azorada y se sentía totalmente fuera de su elemento. No estaba acostumbrada a que los hombres la trataran con tanta familiaridad, y le resultaría muy fácil caer bajo el influjo de aquel... coqueteo. —He dado por hecho que lo hacíais con todas, sir John, dado que lo estáis haciendo conmigo. —¿Y no crees que es posible que te encuentre digna de dedicarte toda mi atención? Elizabeth lo miró con el cejo fruncido. —No sé qué pensar de vuestras motivaciones. Ya hemos llegado. Él la miró con sus sagaces ojos azules y de pronto tiró de las riendas e hizo que la carreta se detuviera cerca del prado central de la aldea. En el centro había un pozo, y varias ovejas y vacas pastaban no lejos de allí. Edificios de piedra se apiñaban en los cruces de caminos y, a cierta distancia, en lo alto de una colina se divisaba la mansión Hillesley, construida con piedra caliza de Cotswold. Elizabeth se preguntaba si maese Wilden, el administrador enfermo, estaría siendo atendido. Sir John bajó torpemente de la carreta con ayuda de la muleta y le presentaron al ayudante de maese Wilden, Hugh, el alguacil de la aldea. Hugh se compadeció de sir John al ver lo magullado que tenía el rostro. Elizabeth trató de mantenerse en un segundo plano, fingiendo no tener nada que decir. Lo cual no resultaba difícil, puesto que sir John parecía muy interesado y le hacía a Hugh preguntas inteligentes. Ella se rezagó un poco de ellos y sintió la paz que se respiraba en el lugar. Había estado allí antes, pero siempre de camino a otro sitio, como si su vida fuera mucho más importante que la de los habitantes de aquella aldea. Pero ahora se quedó mirando a un hombre y una mujer que trabajaban juntos en el jardín de la cocina, detrás de su pequeña casita de piedra de dos habitaciones. Un niñito gateaba cerca de ellos. Tenían poco, pero lo compartían todo, hasta el trabajo. Había un cariño en las miradas que se dirigían que hablaba del amor y la lealtad que se profesaban. Aquel hombre no consideraba que su esposa estuviera por encima de él, la consideraba un objeto de suprema devoción, como afirmaban tantos poemas románticos. Elizabeth sabía que así, con esa adoración, sería cómo William la habría tratado. Echaba de menos la familiaridad de aquello. Pero aun así, había algo en la forma en que aquel sencillo campesino miraba a su esposa... A medida que avanzaba la tarde, John se dio cuenta de que, cuando se olvidaba de su creciente atracción por Anne, disfrutaba teniéndola a su lado. Sabía muchas cosas de la aldea y de la finca, aunque al principio había tenido que insistirle para que hablara. Se empeñaba en agachar la cabeza tímidamente y en mirar a los habitantes del lugar de refilón, como si le faltara seguridad en sí misma fuera del castillo. Y eso que él habría jurado que Anne era una mujer segura en cualquier circunstancia. Hugh habló con John sobre el trabajo de cada uno de los habitantes de la aldea, y le aseguró que ninguno estaba causando problemas. Se reunieron con el mayoral para tratar sobre las cercas que evitaban que las ovejas se alejaran. Al parecer, los cultivos se estaban dando bien. 59 Julia Latham – El engaño del caballero Por fin, John hizo una pausa, balanceándose con la ayuda de su muleta y levantó la vista hacia la mansión. —¿Y cómo está maese Wilden? Hugh, un hombre de tez pálida y cabello rubio, se pasó el antebrazo por la frente húmeda y frunció el cejo. —Maese Wilden ha tenido fiebre durante varios días, pero la curandera cree que se recuperará. Sin embargo, es un hombre anciano y le llevará tiempo. John asintió, aliviado al oír que el hombre viviría, y aliviado también al saber que él tendría trabajo durante algo de tiempo. —¿Sabes si querría hablar conmigo? Hugh negó con la cabeza. —Se pasa la mayor parte del tiempo durmiendo, milord. Tal vez la próxima vez que vengáis. ¿Os quedaréis a cenar? Al oír la pregunta, Anne pareció inquieta, incluso preocupada. —Es muy amable por tu parte, Hugh —dijo John, sin dejar de mirar a la joven—, pero queremos estar de vuelta antes de que anochezca. Nuestra cocinera nos ha dado comida para el camino. Anne apartó la vista, aunque John habría jurado que la veía suspirar aliviada. Cuando retomaron el camino de vuelta al castillo en la carreta, varios habitantes de la aldea los saludaron con la mano al regresar de los campos después de un largo día de trabajo. La muchacha pareció animarse, y les devolvió el saludo. Finalmente, dirigió la vista al frente, suspiró y cerró los ojos. —¿Te ha resultado difícil? —le preguntó John. Ella negó con la cabeza. —Es sólo que me siento incómoda como vuestra ayudante. Todos me conocen. —¿Incómoda? Si ni siquiera te he pedido que escribas nada en el libro de cuentas. Lo único que tenías que hacer era escuchar y aprender. —Entonces debo de haber cumplido vuestras expectativas —respondió Elizabeth. Parecía un poco demasiado satisfecha de sí misma. John dejó que el silencio los envolviera durante un kilómetro aproximadamente. Entonces dijo: —Ah, ahí está el arroyo que recordaba. Nos detendremos aquí. Ella no tardó en abrir los ojos. —¿Detenernos? Pero tenemos que estar de vuelta antes de que anochezca. —Y también tenemos que comer. Adalia nos ha metido una bolsa con comida en la carreta. —Puedo comer mientras seguimos avanzando. —Pues yo no. Con tanto bache, la comida se me caerá de las manos. Nos detendremos aquí. Condujo el cochecito detrás de un pequeño bosquecillo. De nuevo, bajar le resultó complicado y hasta peligroso, pero una vez de pie en el suelo, miró a Anne. Ella seguía sentada en la carreta, y lo miraba con el cejo fruncido. 60 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 9 Elizabeth permanecía sentada en el borde del banco de la carreta, mirando a un confuso sir John. Aquel bosquecillo era una zona demasiado aislada. Los árboles crecían de manera protectora alrededor de un pequeño riachuelo. Podía oír el alegre borboteo del agua. Estaban solos. Totalmente solos. Nadie a la vista a quien pudiera alertar con gritos, nadie a quien pedir ayuda en caso de que él... ¿Qué? ¿Qué pensaba que iba a hacerle? No sabía bien. Al fin y al cabo, sólo le conocía desde hacía unos días, y la frágil confianza que se había ido fraguando entre ambos podía no ser más que una ilusión. Tal vez pararse allí formara parte de un malévolo plan por su parte. ¿Un plan para seducir a una doncella? ¿Por qué iba a molestarse un hombre con su aspecto y su buen carácter, alguien que podía , conseguir a cualquier mujer que se le antojara? —¿Anne? —reclamó su atención sir John, tendiéndole la mano—. ¿Me permites que te ayude a bajar? Era él quien estaba herido, era él quien llevaba la pierna entablillada. Elizabeth hizo ademán de volverse para apoyar el pie en la rueda de la carreta, pero él la sujetó por la cintura y la levantó en brazos. Atónita, ella se agarró a sus hombros como si le fuera la vida en ello, mientras la depositaba suavemente en el suelo. Por un momento, ambos permanecieron así, apoyados el uno en el otro mientras se miraban a los ojos. Elizabeth había sentido su fuerza, la manera en que los músculos de sus brazos se contraían y se distendían con cada movimiento. Sentía sus manos, grandes en comparación con las suyas, en la cintura, haciéndola sentir delicada. Era una mujer alta para lo que era habitual, pero aun así no le llegaba a los hombros. Elizabeth retrocedió un paso, mirando a cualquier parte menos a los ojos de sir John. —¿De modo que habéis traído comida para los dos? —Por supuesto —respondió él, sacando una bolsa bien repleta de la carreta. —Podríamos comer aquí mismo —sugirió ella, mirando alrededor del claro cubierto de hierba. El hombre sonrió con gesto cómplice. —Yo sugiero que mejor que nos sentemos detrás de los árboles, junto al riachuelo. La comida nos dará sed. Y no querrás quemarte esa tez tan clara que tienes. Ve sacando la comida de la bolsa mientras yo me ocupo del caballo. Elizabeth apretó los dientes y, girando sobre sus talones, se encaminó hacia el agua. —Cualquiera diría que marchas a una batalla —le gritó él, con tono divertido. Elizabeth ignoró su comentario. La temperatura era mucho más agradable detrás de los árboles. El arroyo caía sobre unas rocas y continuaba su camino colina abajo. Por todas partes brotaban flores silvestres entre los helechos y al pie de los árboles. En aquel lugar se respiraba paz y notó que se le iba pasando el enfado, y cómo la consternación inicial se tornaba en resolución. Comerían y reanudarían la marcha. Les quedaban suficientes horas de luz como para llegar al castillo. Adalia había pensado en todo. Había incluido un mantel que Elizabeth extendió arrodillándose encima. Sacó a continuación una hogaza de pan redonda, queso, almendras y 61 Julia Latham – El engaño del caballero fresas. También dos cuernos con cerveza. Una comida sencilla, pero se le hizo la boca agua al ver el festín. Oyó entonces la cadencia irregular de los pasos de sir John y levantó la vista justo cuando se acercaba. Le pareció ver en su rostro un gesto de determinación, pero al momento lo vio sonreír y dejó de lado el absurdo pensamiento. —Bonita mesa has preparado, Anne —dijo él tirando la muleta al suelo. Entonces se inclinó y, apoyando las manos en el mantel, se dio media vuelta y se sentó justo a su lado, en vez de enfrente, como Elizabeth pretendía. En lo que llevaba de día, nada había salido como ella había planeado y se temió que fuera a peor. —¿Almendras? —se extrañó él—. Tu cocinera debe de tenerte en alta estima para incluir un manjar tan refinado en una comida de viaje. Ella asintió, ocultando una mueca de contrariedad ante el desliz de Adalia. Partió el pan y le pasó un trozo con dedos temblorosos. Él también lo vio y su sonrisa se desvaneció al tiempo que la miraba. —¿Anne? ¿Tienes miedo de algo? ¿Estás nerviosa? Dime que no soy yo la causa. —Por supuesto que no —se burló ella, troceando el pan en pedazos más pequeños para mantener las manos ocupadas—. No me había apartado del lado de mi señora desde que la hicieron prisionera, y me preocupa lo que pueda estar pasando en Alderley. —Si te sirve de consuelo, le he dicho a Philip que vigilara la torre tanto como le fuera posible. Ya ha trabado amistad con los soldados y estoy seguro de que podrá evitar cualquier percance antes siquiera de que llegue a ocurrir. —Pero... ¿por qué habría de querer él trabar amistades, o arriesgarse a contrariar a los soldados? Sir John se encogió de hombros mientras atacaba un trozo de queso con excesivo entusiasmo. —¿Lo está haciendo... por mi señora? —preguntó ella con suavidad. —Hasta que el administrador de Hillesley y nosotros dos estemos recuperados, Philip y yo permaneceremos en Alderley. Ayudar es lo menos que podemos hacer. —Fijó en ella sus ojos azules—. Porque tu señora sólo te tiene a ti para ayudarla. Bannaster parece decidido a mantenerla aislada y llevarla a la desesperación. Elizabeth asintió, deshaciendo un trozo de pan entre los dedos. —¿Y habéis encontrado alguna manera alternativa de echarle una mano? —preguntó de sopetón. John se puso rígido. —¿Qué quieres decir? —Alguien bajó una cesta con comida desde lo alto de la torre hasta la ventana de su alcoba. —Pues no fui yo ni mi secretario —respondió él con el cejo fruncido. Elizabeth se sintió un poco decepcionada, porque, si hubiera sido sir John, al menos sabría quién era su benefactor. Pero así... —Pareces triste —murmuró él. Cuando ella lo miró, se dejó caer sobre un codo, de manera que su cabeza quedó un poco por debajo de la suya. Y demasiado cerca. John alargó la mano y Elizabeth se quedó inmóvil a causa del asombro, al notar que le acariciaba la mejilla; sin embargo, dejó que sus dedos la exploraran con delicadeza. Pero en vez de una sensación tranquilizadora, la caricia la incendió por debajo de la piel, como si le quemara allí donde la tocaba, aunque no era una sensación dolorosa, sino algo más concreto y peligroso. Un estremecimiento la recorrió por dentro y contuvo la respiración. John buscó de pronto su mirada mientras ahuecaba la palma de la mano contra su mejilla y permaneció así un momento. Elizabeth 62 Julia Latham – El engaño del caballero pudo sentir la calidez que emanaba de su tacto, de piel encallecida, y, de alguna manera, ese detalle lo hacía aún más atractivo a sus ojos. Con el punto de presión exacto, John deslizó los dedos hacia su cuello, tirando levemente de ella hacia adelante, acercándole el rostro al suyo, hasta que Elizabeth tuvo que apoyarse en el torso de él para no caérsele encima. Su mundo quedó reducido a sus ojos azules, sus labios entreabiertos, su mano sujetándola. Su resistencia fue simbólica, fugaz, hasta que, definitivamente, se esfumó. Quería saber qué se sentía, ser deseada como la mujer que era. Era una sensación embriagadora, extraña, vertiginosa. Cerró los ojos cuando sus labios se rozaron, y lo besó suavemente, absorbiendo el sabor a fresas y el calor que emanaba de su cuerpo. Tenía unos labios sorprendentemente suaves y experimentados, que se movían sobre los suyos de una manera que hizo que se derritiera por dentro, fusionándose hasta ser una con él. Sir John seguía sosteniéndola con la mano detrás del cuello, aunque a Elizabeth no le molestaba esa exhibición de control; de hecho, dejarse llevar por la seducción se le antojaba emocionante y escandaloso. Fue tal su sorpresa cuando notó que la lengua de él se abría paso con atrevimiento entre sus labios, que cedió sin pensarlo, acogiendo de buen grado el incremento de placer que experimentó. John giró la cabeza de manera que ambos pudieran abrir más la boca y acoplarla mejor a la del otro. Tras una leve vacilación, también ella empezó a acariciarle la lengua con la suya, hasta que se enzarzaron en una batalla por la supremacía. Lo oyó gemir contra su boca antes de estrecharla aún más fuerte contra su cuerpo. Elizabeth sentía una mezcla de dolor y placer que se concentró en una especie de palpitación sorda en sus pechos. Por alguna razón, en su fuero interno sabía que sólo él podía darle lo que necesitaba. Y, con eso, sus dudas empezaron a aflorar de nuevo a la superficie. Cuando los dedos del hombre empezaron a ascender por su cuello y a introducirse en el griñón, Elizabeth se retiró, interrumpiendo así el beso. Él seguía en la misma postura, la cabeza más baja que la de ella, la boca húmeda, la respiración tan agitada como la suya. —Aún no he visto tu hermoso cabello —susurró. Se apartó de él y se sentó en los talones. Contemplar la posibilidad de descubrirle sus cabellos le recordó los otros muchos secretos que ocultaba. —No. ¿En qué estaba pensando para permitiros estas confianzas? Sir John inspiró profundamente. Tenía los ojos cerrados y en el rostro un gesto de dolor. —¿No volverás a besarme? —Se hace tarde —dijo Elizabeth con firmeza, señalando hacia el oeste—. No quería parar a comer, y mucho menos a... —Se detuvo, abochornada—. No volváis a intentar intimar conmigo. Él se quedó mirándola, atónito ante la vehemencia de su reacción. La vio recoger a toda prisa los restos de la comida. Nunca antes había topado con una doncella que rechazara sus besos, aunque tenía que admitir que detrás de ellos había la promesa de un pago. Siempre le había pasado lo mismo: cada vez que se sentía atraído por una muchacha virgen, el aliciente de la aventura y del camino lo apartaban de ella antes de que pudieran tener una relación seria. El enfado de Anne lo tenía perplejo. Le había dicho que sus padres querían que se casara pronto, ¿y acaso no era mejor partido un administrador que un vulgar granjero? Había creído que respondería con agrado a sus insinuaciones, aunque al final sería ella la que terminaría sufriendo. Pero había algo que no encajaba en el enfado de la joven, lo que lo llevó a pensar en los otros detalles que había captado y que tampoco encajaban. Para ser una sirvienta que había crecido y se había educado en el castillo de Alderley, parecía sorprendentemente distante del resto de los habitantes, como si tocios se apartaran de su camino e intentaran evitarla. Anne parecía una persona de buen corazón, así que lo único que a John se le ocurría era que el tratamiento que recibía de los demás se debía a su relación con la señora del castillo. Cada 63 Julia Latham – El engaño del caballero vez recelaba más de la mujer con quien se suponía que tenía que casarse, la mujer que había traicionado al besar a su doncella. No, estaba intentando rescatar a lady Elizabeth, y sólo Anne tenía acceso a la torre. Anne, que era dueña de una boca deliciosa y unos lozanos pechos que se habían apretado contra él, aunque sólo fugazmente. Se sentía próximo a ella, tal vez porque era alguien corriente, como lo había sido él antes de heredar el título. «Tal vez haya llegado el momento de contarle la verdad», pensó. Sólo que entonces tendría que dejar sus coqueteos. Era una joven muy valiente. La única persona que se interponía entre su señora y Bannaster. Había hecho frente a la ira de Milburn para tratar de enviar una misiva al rey. Pero en esos momentos, con quien estaba furiosa era con él. Tras lavarse la cara y las manos en el arroyo, se mojó un poco la nuca, como si estuviera acalorada. ¿Estaría enfadada con él o consigo misma por haber olvidado a su señora durante un momento de placer? ¿Y cómo podía saber John si podía confiarle sus secretos cuando la propia gente del castillo guardaba las distancias con ella? Lo que estaba claro era que entonces no podía pensar en una respuesta; hablaría con Philip en busca de una opinión racional, porque mucho se temía que él ya no fuera objetivo en lo que a la joven se refería. Se apoyó en la rodilla buena con la pierna entablillada estirada hacia un lado. Apenas le dolía ya, pero no podía quitarse la tabla porque levantaría sospechas. Se colocó la muleta bajo el brazo y se puso en pie. Cuando salió del mantel, Anne se arrodilló, lo dobló y lo metió en la bolsa. Aunque sabía que no debería, John permaneció cerca de ella, observándola, deseando poder tumbarla en la hierba y... Tenía que controlar su deseo antes de que su lado primitivo tomara las riendas y estropease todo el plan. ˜s– Elizabeth hizo caso omiso de todos los esfuerzos de sir John por entablar conversación de camino al castillo. Estaba furiosa con él, pero sobre todo lo estaba consigo misma y con la manera en que había dejado que sedujera sus sentidos, besara sus labios. Le costaba mucho no pensar en cómo había notado que latía el corazón de él bajo la mano apoyada en su pecho, o en el sabor de su boca... Definitivamente, estaba furiosa consigo misma. No podría seguir trabajando como administrador en sus propiedades, independientemente de con quién tuviera que casarse ella finalmente. ¿Cómo iba a mirarlo a la cara todos los días sabiendo lo que habían hecho? Cuando la carreta se detuvo en el patio de armas, ni siquiera esperó a ver si él necesitaba ayuda para bajar. Cogió la bolsa y corrió al interior del castillo. Ya habían terminado de cenar, y los soldados se abandonaban a la cerveza, como todas las noches. Uno o dos quisieron agarrarla a su paso, pero ella se zafó y se dirigió a las cocinas. Adalia no estaba, sólo había dos mozos, limpiando espetones y morrillos. A buen seguro, Adalia estaría con su hijo, y Elizabeth no quería molestarla. La cocinera era viuda, y no tenía mucho tiempo para estar con su pequeño. Pero ella necesitaba desesperadamente hablar con otra mujer. Estaba obsesionada con su primer beso. No dejaba de imaginar una y otra vez cómo habría sido con William, un hombre de sensibilidad poética. Él jamás se habría atrevido a meterle la lengua en la boca. ¡Aquello estaba mal... era indecente! Pero entonces, ¿por qué le había gustado tanto? Con un gemido de confusión salió de las cocinas y se dirigió hacia la torre. Seguro que la dejarían pasar, aunque no llevara una bandeja de comida. 64 Julia Latham – El engaño del caballero Elizabeth hizo una reverencia a los dos guardianes. El joven Lionel, el soldado de Alderley, se puso colorado, como si pensara que su señora no debería rebajarse así ante él. —¿Podría ver a lady Elizabeth esta noche, Lionel? Pero el soldado de Bannaster colocó su lanza atravesada en la puerta, prohibiéndole la entrada. Lionel hizo una mueca de dolor. —Mi... Anne, maese Milburn nos ha dado órdenes explícitas de no dejarte pasar en todo el día de hoy. —Pero ¡lady Elizabeth no lo sabe! —exclamó ella—. Estará muy asustada. Sólo quiero decirle que... —Lo sabe —la interrumpió el soldado de Bannaster, impasible. Ella dirigió a Lionel una mirada suplicante. —Bajó hasta aquí hace menos de una hora —explicó el chico—. Estaba preocupada por ti. Le hemos dicho a través de la puerta que te habían dado órdenes de no venir a verla en todo el día, pero que volverías mañana por la mañana. Elizabeth se reclinó contra la pared más alejada, aliviada, y cerró los ojos. —Mi señora descansará tranquila entonces —murmuró. Ya que no podía hablar en persona con Anne, al menos podía estar tranquila—. Muchas gracias, Lionel. Giró sobre sus talones y se alejó, sin prestar atención a la dirección que tomaron sus pasos. Estaba cansada y muy confusa, y su único consuelo eran sus pensamientos, cuando le faltaban las sabias palabras de una amiga. Su plan de pedir ayuda al rey se había visto frustrado, lo que sólo había propiciado aún más castigo para Anne, que era quien más estaba sufriendo con aquel terrible asunto. El de Elizabeth había servido para darle a sir John acceso a ella, que había respondido a su beso como... Una mano le tapó la boca, amordazando así su grito, al tiempo que un brazo la sujetaba por la cintura y tiraba de ella con tanta fuerza que la dejó sin respiración. —Ya te dije que te encontraría —le susurró una voz bronca al oído. Notó la barba del hombre contra el cuello mientras hablaba y supo sin lugar a dudas de quién se trataba. Era el soldado que la había agarrado del brazo en el salón. Luchó por desasirse, pero el hombre la sujetaba con fuerza por ambos costados. Empezó a darle patadas, pero él sólo se rió al tiempo que la levantaba del suelo. Elizabeth miró a su alrededor enloquecida, no tenía ni idea de dónde estaba. De pronto, notó que le apretujaba un pecho con brusquedad y gritó. A continuación, le mordió la mano con saña y fue él quien gimió de dolor. Elizabeth pataleó denodadamente, doblando las rodillas para alcanzarlo por detrás. Para su sorpresa, oyó otro gemido de dolor y el hombre se dobló sobre la espalda de ella, que alcanzó a tocar con los pies el suelo, pero el soldado seguía sujetándola con fuerza. Con una mano, agarró el escote de su vestido y tiró. El tejido se rasgó y Elizabeth pudo notar la corriente de aire que le rozaba los pechos. El miedo se apoderó de ella hasta provocarle náuseas. —¡Suéltala! Casi no reconoció la voz de sir John, de tan grave y áspera como sonaba, además de muy peligrosa. El soldado se volvió para afrontar la nueva amenaza, manteniendo a la joven como escudo. Con una mano le sujetaba ambas muñecas, apretándose con firmeza contra ella. Sir John emergió de un oscuro corredor, enarbolando en una mano la muleta como si fuera una arma y en la otra una daga. El pelo, húmedo de sudor, le caía sobre la frente. La sombra de la barba del día le confería un aspecto amenazador, efecto que completaba eficazmente la cicatriz. Había dejado de ser un administrador para convertirse en guerrero; uno con una pierna rota, pensó Elizabeth con profunda consternación. El soldado soltó una risotada burlona. 65 Julia Latham – El engaño del caballero —He visto cómo la miras, tullido, pero yo he llegado primero. —Déjala en paz y no te haré daño —le advirtió sir John, acercándose poco a poco, cojeando, hasta cubrir la distancia que los separaba. El otro no retrocedió, sino que alzó a Elizabeth como si fuera un premio. —¿Que no me harás daño? ¿No crees que me sería muy fácil matarte? —No, mientras sostienes un rehén. Sir John no la miró siquiera. Tenía la mirada fija en su oponente. Tampoco desvió la vista cuando el soldado le hizo bajar las manos y Elizabeth se dio cuenta de que sus pechos desnudos asomaban entre el corpiño roto. —¿No quieres ver lo que he ganado? —dijo el hombre de la barba con regocijo. John blandió la muleta por encima de la cabeza de Elizabeth. Esta se agachó y oyó el crujido de la madera al chocar contra el cráneo de su agresor. El soldado la soltó y retrocedió a trompicones, momento que ella aprovechó para pasar corriendo por debajo del brazo de sir John. Cayó de bruces y rodó sobre su espalda a tiempo de ver cómo el hombre sacaba su espada. Ahogó un gemido, pero vio que aún se tambaleaba a causa del golpe que sir John le había asestado con la muleta. Alzó la espada, pero éste se agachó y le clavó el codo en el estómago. El otro se tambaleó, aullando indignado, y empezó a dar golpes a diestro y siniestro mientras sir John los evitaba todos con facilidad. Luego, blandió de nuevo la muleta, y esta vez golpeó al soldado debajo de la mandíbula. Éste se arqueó hacia atrás y cayó de espaldas en el suelo, donde se quedó inmóvil. —El tullido ha ganado —dijo sir John con satisfacción, cerniéndose sobre el cuerpo del hombre caído. Elizabeth se irguió sobre las dos manos y vio cómo se le ahuecaba el corpiño. Giró entonces la cabeza al tiempo que una serie de puntitos blancos empezaban a danzar ante sus ojos. —¡No era necesario que vinierais a rescatarme! —exclamó, cayendo hacia atrás sobre el suelo, que acudía a su encuentro. 66 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 10 Elizabeth se dio cuenta de pronto de que sir John la llevaba en volandas, aunque no recordaba que la hubiera recogido del suelo. Eso la enfadó aún más. —¡Sir John! —exclamó llena de indignación. —¡Chist! —le chistó él mirando hacia atrás y después a ella con gesto severo—. ¿Acaso quieres que te vean así? Elizabeth notaba el calor y la fuerza de los brazos del hombre sujetándola. Si alguien lo viera llevándola en brazos... Pero entonces se fijó en su corpiño, y en la cantidad de carne que dejaba a la vista. Con un jadeo de mortificación, agarró los extremos de la tela y se cubrió como pudo. —¿Adonde me lleváis? —susurró. —A mi habitación, donde nadie nos moleste. Elizabeth abrió la boca para protestar, pero entonces se dio cuenta de que sir John la sostenía con ambos brazos y que no estaba utilizando la muleta. La llevaba sujeta debajo del brazo y le iba rozando las piernas a cada zancada que él daba. No cojeaba. Lo miró con suspicacia, consciente de que no podía haberse curado en un día. Pero en ese momento él empujó la puerta con el hombro para abrirla y un segundo después estaban dentro de la habitación. Philip no había llegado. La dejó sobre la cama y Elizabeth se puso en pie como pudo, sujetándose el corpiño. Sir John la miró arqueando una ceja. —Para haber sufrido un desmayo, estás muy ágil. —¡No me he desmayado! —Tenías los ojos cerrados y no contestabas. —Le puso la mano en el hombro y añadió—: Estaba muy preocupado. La calidez y la comprensión que había en sus ojos la conmovieron profundamente. Se sintió desconcertada e indefensa; detestaba sentirse a merced de los hombres. Había pateado a su agresor, podría haberse zafado ella sola, pero sir John había vuelto a arriesgarse por ayudarla. —Os agradezco mucho vuestra ayuda —se obligó a decir—. No me había fijado por dónde iba. —Lo sé. Te iba siguiendo. —¡Otra vez! —exclamó Elizabeth, notando cómo se enfadaba nuevamente. —Sentí la necesidad de hacerlo. Estabas muy atribulada cuando me has dejado en el patio de armas y me preocupaba lo que pudieras hacer. Pero no necesito que me des las gracias por mi ayuda, sólo quiero tu silencio. —¿Mi silencio? —repitió ella, empezando a fruncir el cejo. Y entonces, sir John lanzó la muleta sobre la cama y comenzó a andar de un lado para otro. Sin cojear, igual que había hecho por los corredores del castillo. Elizabeth notó una sensación incómoda en el vientre. —¿Mentisteis sobre vuestra pierna rota? 67 Julia Latham – El engaño del caballero —Tuve que hacerlo. Para asegurarme de que Bannaster, y ahora Milburn, no pudieran obligarme a marcharme. Ella estaba más intrigada que asustada. Era una locura seguir sintiendo que podía confiar en él. —Si queréis que guarde silencio sobre vuestra falsa lesión, tendréis que decirme por qué. Era obvio que os dieron una paliza. —Obligué a mis propios hombres a que me pegaran —contestó, sonriendo con ironía. Elizabeth frunció el cejo con incredulidad, pero él levantó una mano. —Espero que cuando oigas mi historia completa, y cuando se lo expliques todo a tu señora, entiendas que todo lo hice por una buena causa. —¿Y qué es lo que habéis hecho? —quiso saber ella. —No me llamo John Gravesend. Mi nombre es John Russell y he venido a rescatar a lady Elizabeth, mi prometida. Ella no recordaba haberse sentado en la cama, pero así se encontró, además de atónita y abrumada. Su mente se empeñaba en tomar en consideración tan sólo la parte más banal de aquel asunto, que el hombre que tenía delante no se parecía en nada al chico que recordaba, un niño bajo y regordete, dominado por su madre. ¿Y no tenía entonces el cabello más claro? —Yo... no sé si puedo creeros —consiguió decir con apenas un hilo de voz, contemplando el sólido cuerpo de alguien que, además, tenía una voluntad de hierro—. No sois en absoluto como... os había descrito mi señora. —Lady Elizabeth me conoció cuando yo sólo era un niño —respondió él—. Como ya te he contado esta tarde, y la mayor parte de mi historia era verdad, mi padre perdió toda esperanza de hacer de mí un caballero. ¿De modo que, al final, había ido a rescatarla? Ella creía que se estaba salvando sola y, en vez de eso, la estaban rescatando; y nada menos que su propio prometido. Su prometido... el mismo que la había besado creyéndola la doncella de la señora del castillo. Elizabeth sintió que una ira irracional empezaba a bullir por debajo del desconcierto. Hasta hacía un momento había estado tentada de confesarle su propia identidad, pero entonces lo pensó mejor. ¿Cómo iba a confiar en alguien como él? Era posible que todo fuera una gran mentira. Al fin y al cabo, ella era la heredera del mayor condado de Inglaterra, y los hombres estaban dispuestos a cualquier cosa por conseguir su fortuna. John hizo una mueca al ver la expresión de su cara. —Sé lo que estás pensando, que te he mentido desde que llegué. Pero tienes que entender que no sabía en quién podía confiar. Vi que eras la persona más cercana a mi señora, la manera más sencilla de llegar hasta ella. ¿Pensaba que era fácil utilizarla? —¿Por qué no vinisteis como lo que sois y exigisteis hablar con vuestra prometida? — preguntó en tono cortante. —Ahí está el problema —contestó él, empezando a recorrer la estancia nuevamente—. Cuando recibí la carta de lady Elizabeth informándome del fallecimiento de sus padres, yo estaba en Normandía. Ni siquiera sabía que mis dos hermanos habían muerto hasta que ella me lo dijo. Pasar de ser el hijo menor y solo en el mundo, a un barón con una prometida aguardándolo... Me quedé asombrado. —Lamento mucho que no supierais lo del accidente de vuestro hermano —dijo con rigidez, tratando de buscar mentalmente excusas que justificasen su comportamiento, aunque fuera John Russell. —Hay muchas cosas que no sabía de William —replicó él con amargura. Ella sintió la necesidad de defender al hombre al que había amado toda su vida. —No comprendo vuestro tono de voz. 68 Julia Latham – El engaño del caballero —Él es la razón por la que he tenido que venir a buscar a lady Elizabeth con subterfugios. Llegué al castillo de Rame hace casi dos semanas y lo encontré en un grave estado de abandono. La mayoría de los arrendatarios se habían marchado, y sus campos se han convertido en tierra yerma. Las ovejas y el resto del ganado habían sido vendidos, y los soldados abandonaron el lugar en busca de otro señor que pudiera pagarles. Mi contingente lo formamos tres hombres de armas y yo mismo. No precisamente un ejército con el que vencer y defender Alderley —terminó con sarcasmo. Esas duras palabras sobre William no podían ser verdad. —Lo que decís no tiene sentido. Yo misma conocí a lord Russell y me pareció un hombre encantador y sincero. No es posible que deliberadamente perjudicase a su gente. —Yo también quise creerlo así —dijo él con calma. Cuando se sentó a su lado en la cama, ella se levantó como un resorte y se apresuró a poner distancia entre los dos, sin dejar de cerrarse el vestido rasgado. —Pero la prueba es el castillo de Rame —continuó John—. Más de un criado me aseguró que William prefería Londres a sus propiedades. Y hace falta mucho dinero para vivir en la corte y mantener un estilo de vida adecuado, o así lo pensaba mi hermano en cualquier caso. No me sorprendería que hubiera pensado que, como pronto se convertiría en conde, tendría el dinero suficiente para devolver a nuestro hogar la gloria perdida. Pero nuestra gente... —Se pasó la mano por el rostro, ensombrecido por la barba incipiente. —De manera que no tenéis dinero —dijo ella lentamente, no entrando en la forma en que estaba difamando a su hermano—, ni ejército, ni manera alguna de demostrar que sois el prometido de lady Elizabeth. —Oh, una prueba sí tengo, aunque para lo que me va a servir... Tengo el anillo. Pero no lo mostró, y ella recordó justo a tiempo que no era más que una sirvienta, y que no estaba en situación de hacerle según qué tipo de preguntas. Recordaba bastante bien el anillo, aunque no lo había visto desde la niñez. Con él quedó sellado su acuerdo de esponsales. Elizabeth era muy joven e inocente por entonces, y lo tomó por una señal de libertad. Por el momento, el anillo la había librado de los hombres que sólo querían aprovecharse de ella. Representaba la promesa de un esposo apuesto y sonriente, y algún día llevaría esa joya en el dedo... Y ahora el anillo la ataba a otro hombre; un mentiroso, un hombre que utilizaba a las mujeres. Alguien capaz de manchar la memoria de su propio hermano. Se quedó mirándolo y, para su consternación, se dio cuenta de que el azul de sus ojos la había atraído desde el principio porque era el mismo color de los ojos de William. No era de extrañar que le hubiera resultado tan familiar cuando lo vio por primera vez tendido en un jergón del gran salón, malherido. No poseía la belleza de su prometido, pero tenía el pelo del mismo color que su otro hermano, Robert. ¿Sería de verdad John Russell? Y ella que siempre había creído que el día del reencuentro sería un día de gozo. Pero en vez de eso, lo único que quería era echarse a llorar viendo cómo se desvanecían sus últimas esperanzas de tener un matrimonio romántico y feliz. Aquel hombre no trataba a las mujeres con la veneración que merecían. —¿Me crees? —le preguntó él. —No me corresponde a mí creeros o no —respondió Elizabeth inexpresiva—. Es a mi señora a quien debéis convencer. —No, también debo convencerte a ti, Anne. En su voz resonaba el eco de la sinceridad, pero ella no podía creerle. —Te he utilizado sólo porque me vi obligado a hacerlo. No se me ocurrió ninguna otra forma de llegar a lady Elizabeth más que enviándole un mensaje a través de ti. No te conocía; no podía saber si podía confiar en ti. 69 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Y por eso sentisteis la necesidad de... jugar con mis sentimientos? Él se puso rígido. —No era mi intención llegar tan lejos. Milburn nos ordenó ir juntos y yo creía que sería capaz de dominar la situación. Estoy acostumbrado a tener el control. Estaba acostumbrado a tener el control, pensó Elizabeth con amargura. ¿Y acaso lo que quería ella no era un esposo a quien pudiera controlar, para poder vivir como se le antojara? Pero en vez de eso tenía a John Russell, un hombre que la había manipulado para que hiciera cosas que jamás se había imaginado capaz de hacer. ¿Qué había ocurrido con el muchacho maleable que recordaba? —Debes perdonar mi comportamiento —continuó él. —¿Debo olvidar aquel beso? —susurró—. ¿Debo olvidar los actos de un hombre capaz de hacerme daño deliberadamente? —Anne, no puedo explicarlo, jamás tuve intención de que... —Suspiró—. Nunca he conocido a nadie como tú en todos los años que llevo recorriendo mundo. Las mujeres que se han cruzado en mi vida sólo querían placer y el dinero que les pagaba por él. No estoy acostumbrado a tratar con jóvenes con una educación exquisita, como tú o lady Elizabeth, libres e inteligentes, que actúan siguiendo los dictados de su corazón, no a cambio de una recompensa. Pero tú has sufrido por mis actos, así que te ruego que le digas a tu señora lo que creas oportuno. No voy a pedirte tu silencio por mi indiscreción. —Le dirigió una mirada valorativa—. Pero he venido a ayudar; dile eso. Te juro que arreglaré la situación, para las dos. Elizabeth sentía que le escocían los ojos. No podía seguir escuchándolo. —Yo... trasladaré a mi señora vuestras palabras y os traeré la respuesta. Trató de pasar rápidamente a su lado, pero él le rozó el brazo. —Anne... —¡No volváis a tocarme! —susurró, mortificada al notar que se le escapaban las lágrimas. Salió corriendo de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. John se inclinó hacia adelante y apoyó las manos en las rodillas. Las cosas habían ido como esperaba, mal. Cuando la puerta se abrió de nuevo, levantó la vista, aliviado, pero sólo era Philip. —La he visto correr pasillo abajo —dijo su amigo—. Ha apartado la vista al ver que era yo. Creo que estaba llorando. John asintió. Le dolía el corazón por el daño que le había causado. —Le he contado la verdad. Philip se sentó en su jergón, frente a él. —¿Y qué te ha llevado a hacer algo así? —Es obvio que debo de confiar en ella, porque esta tarde la he besado. Philip lo miró con los ojos abiertos como platos. —¿Que la has besado? ¿Has pasado de coquetear a besarla? John se encogió de hombros. —No tenía intención de hacerlo, pero... no he podido evitarlo. —Y ahora irá corriendo a contárselo a lady Elizabeth. —Le he pedido disculpas, le he dicho que las cosas habían ido demasiado lejos. No sé qué es lo que le contará a su señora. Lo justo es dejar que ella misma decida. —Pues lady Elizabeth te va a guardar rencor por varios motivos; entre ellos por la mentira sobre el patrimonio que sustentaba tu estancia en Europa. —A Anne no le he contado nada de eso. Ni siquiera quiere creer que mi hermano fuese capaz de desatender el patrimonio familiar como lo hizo. ¿Cómo podía contarle aún más cosas negativas de él? »Nosotros sabemos que es mentira que me mantuviesen mientras estaba en el continente —continuó John—. Después de haberle explicado la verdad a mi agente, tal vez no se haya extendido más allá de Rame. 70 Julia Latham – El engaño del caballero —Eso contando con que te crean a ti en vez de al administrador de tu hermano. —¿Cómo no iban a hacerlo? Él se llevó todos sus bienes y rentas en concepto de arrendamiento, mientras que yo les he dado todo mi dinero para que empiecen con las reformas. —Podrían pensar que lo has hecho llevado por tu sentimiento de culpa. —Tengo la intención de explicárselo todo a lady Elizabeth en cuanto nos veamos. No quiero que nada se interponga entre nosotros. —Pues Anne ya lo ha hecho —respondió Philip moviendo la cabeza de un lado a otro. John se sentó en la cama, frente a su amigo. —Dejemos eso por el momento. Cuéntame qué sabes de Ogden y Parker. —Las noticias que tengo no son buenas. Llevan días buscando a los soldados de Alderley y aún no los han encontrado. Van a empezar a preguntar a los habitantes de las aldeas cercanas para ver si consiguen alguna pista de por dónde seguir la búsqueda; pero ya sabes cuánto les puede llevar, teniendo en cuenta que es necesario preguntar con sutileza para no levantar sospechas. John soltó una maldición; no podía evitar sentirse frustrado. —Poco podemos hacer mientras no contemos con el apoyo de un ejército. —Y eso suponiendo que, una vez los encontremos, se fíen de nosotros. —Créeme, haré que lo hagan —aseguró John con denuedo—. ¿Has quedado en volver a ver a Ogden y Parker? —No, porque van a estar recorriendo el condado, y probablemente tengan que alejarse mucho. Me han prometido que se pondrán en contacto con nosotros cuando obtengan la información que necesitamos. John asintió en silencio, y se descubrió pensando nuevamente en Anne. —Cuando he visto que ese soldado la atacaba —murmuró—, ha sido como si una parte de mí se alegrara de poder luchar con él. ¿Te has sentido... impaciente por entrenar, por coger una espada? —¿Qué crees que he estado haciendo para no perder de vista a los soldados? —Entonces tienes suerte. Yo estoy inquieto; me siento como si estuviera perdiendo mi habilidad a cada minuto que paso sentado porque se supone que tengo la pierna rota. —Miró a su amigo con preocupación—. ¿Y si es aventura lo que necesito? Jamás pensé que algún día me casaría. Tal vez no sea buen esposo, un buen conde, limitado a mandar mientras otros hacen el trabajo físico con el que siempre he disfrutado. —No eres el primero a quien le han preocupado esas cosas. Y siempre han terminado encontrando la solución. —¿Cómo? —Tal vez meterse en la cama con sus esposas fuera el verdadero reto. Philip se rió de su propia ocurrencia, pero John no le encontró la gracia. ¿Y si cuando por fin viera a lady Elizabeth no sentía por ella la atracción que sentía por su doncella? 71 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 11 Elizabeth pasó la noche arrebujada en una manta, delante de la chimenea de la cocina, ataviada con un camisón de Adalia. Tenía la sensación de que jamás volvería a entrar en calor. Había llorado tanto que tenía los ojos rojos y la visión borrosa, y sentía como sí su cerebro flotara. En misa, había rezado con fervor, y no había mirado si sir John, si lord Russell, estaba en la capilla. Ni siquiera le preguntó el verdadero nombre de su amigo, que la había visto pasar corriendo por el pasillo llorando la noche anterior. Menos mal que ya había pasado el día de castigo y que esa mañana podría ir a ver a Anne. Cuando cogió la bandeja con manos temblorosas, se dio cuenta de que ella no había desayunado. Pero no se veía capaz de tragar bocado. En la torre, los soldados se hicieron a un lado para dejarla pasar. Elizabeth suspiró aliviada y prácticamente subió corriendo la escalera. Anne debía de haberla oído, porque abrió la puerta de su cámara privada sin esperar a que ella llamara. Posó la bandeja en la mesa y, a continuación, se volvió y se lanzó a los brazos de su amiga. Creía que no le quedaban lágrimas, pero se echó a llorar otra vez. —No pasa nada —la tranquilizó Anne, dándole cariñosas palmaditas en la espalda—. Los soldados me dijeron que te habían prohibido subirme comida en todo el día. ¿Milburn descubrió la carta? Elizabeth no pudo hacer más que asentir y abrazarla más fuerte. —¿Pasaste mucha hambre? —No, tuve suficiente con la comida de la cesta, aunque no he recibido ninguna otra. Eras tú quien me preocupaba. Yo soy una heredera —dijo con sarcasmo—, por lo que Milburn no podía castigarme con demasiada severidad. Pero tú... Elizabeth retrocedió un paso y aceptó un pañuelo, con el que se sonó la nariz. —No me pegaron ni me dejaron sin comer. —Le contó entonces cómo el alcaide la había pillado con el anillo. —¿Qué te hizo? Seguro que te hizo algo. Siéntate y cuéntamelo. Estás pálida como un fantasma. ¿Has desayunado esta mañana? Elizabeth soltó una carcajada temblorosa y negó con la cabeza. —No tengo muchas ganas de comer —contestó, sentándose en una silla almohadillada, colocada delante de la chimenea, apagada. Anne se sentó en otra y le tomó la mano. —Cuéntame lo que pasó. —Es obvio que quiere mantenerme alejada de ti, de modo que me ordenó que fuera con sir John en calidad de ayudante. —Ah, sir John, el mismo que te mira con interés —comentó la otra, levantando las cejas. Elizabeth suspiró. Le dolía el pecho de tanto llorar. —Ayer descubrí que no es quien dice ser. Anne se irguió en la silla, sorprendida. —¿No es sir John, el administrador? —No —susurró Elizabeth—. Es John, lord Russell, mi prometido. 72 Julia Latham – El engaño del caballero Su amiga se quedó boquiabierta. —¿Estás segura? —Dice que tiene el anillo —contestó ella, desanimada—, aunque, como doncella, no podía exigirle que me lo mostrara. Tiene los ojos de William y el cabello de Robert. —Bueno, yo... yo no sé qué decir. Eso es bueno, ¿no?, conoce nuestros problemas. —Habría sido bueno —la contradijo Elizabeth, levantando el tono de voz—, ¡si no me hubiera besado ayer, horas antes de decirme la verdad! —Oh, Dios mío —musitó Anne y, cogiéndola del brazo, añadió—: Subamos. Ella la siguió sin mucho entusiasmo y dejó que la otra cerrara la puerta tras de sí. Anne la miró con preocupación mientras la guiaba hasta otra silla. —Pero a él le gustas; a mí me parece que eso es algo bueno entre dos personas que van a casarse. —¿Es que no lo entiendes? —exclamó Elizabeth—. Él me besó; a la doncella. A sabiendas de que yo no era su prometida, de que me estaba engañando. —Pero es que resulta que sí eres su prometida, y que tú también lo estabas engañando a él —replicó Anne confusa. —Pero ¡yo no le besé! Bueno, sí, le devolví el beso, y me sentí terriblemente culpable. Pero después admitió que me había estado utilizando para llegar hasta ti. —Querrás decir que te ha estado utilizando para llegar hasta ti. —¡Basta, Anne! Ya sabes lo que quiero decir. Se fijó en mí sólo porque soy tu doncella. —¿Está intentando rescatarme, digo, rescatarte? —Eso dice. —Tú eres la única que tiene acceso a la torre. ¿No te parece lógico su razonamiento? —Lo único que tenía que hacer era trabar amistad conmigo, Anne —susurró Elizabeth—. Hacer que confiase en él y decirme la verdad. Pero en vez de eso se ha dedicado a flirtear y a jugar conmigo y... —Y te besó. Ella asintió. —Me dijo que no tenía intención de llegar tan lejos, pero que no pudo evitarlo. —Vuelvo a insistir en que lo mires desde el ángulo correcto. Estoy segura de que estará muy contento ahora que sabe quién eres. —No se lo dije. Anne gimió y se recostó en su silla. —¿Cómo iba a hacerlo después de lo que me dijo? ¡Me utilizó, Anne! Si yo fuera una simple doncella, habría pensado que sentía algo por mí, y mis sentimientos habrían quedado hechos trizas. Y no digas que estaba desesperado. No me importa. Él no es como William, que me trataba con veneración, con amor; John utiliza a las mujeres. ¡Llegó a admitir que tenía que pagar a las mujeres que frecuentaba para que estuvieran con él! —Bueno, he oído que los hombres... —¡Y no tiene dinero, ni ejército! —la interrumpió Elizabeth—. ¡Trató de convencerme de que su propio hermano desatendió sus obligaciones hacia Rame, y que sus soldados se han ido y su gente es pobre! —¿Crees que miente? —preguntó su amiga con cautela. —No sé si miente o alguien le ha mentido a él, pero no puede ser verdad lo que dice. William jamás perjudicaría a su propia gente. —Pero lord Russell no tiene ejército. —Sólo tres hombres de armas, uno de ellos, Philip Sutterly, o como quiera que se llame en realidad. No le pregunté quiénes eran los otros. De modo que no parece contar con la fuerza necesaria para poderme rescatar. 73 Julia Latham – El engaño del caballero —Creía que no querías que trajera un ejército. Te preocupaba que nuestra gente pudiera resultar herida o muerta. —¡Lo sé! —Elizabeth se puso en pie de un salto, incapaz de seguir sentada—. Quería que mi esposo fuera un hombre respetable. Pero John... me necesita por mi dinero —dijo con un susurro entrecortado, abrazándose a sí misma—. Hace que me sienta... una mujer que no vale nada. —El hombre que se case contigo recibirá tu dote, sea quien sea —insistió Anne—. Así son las cosas. Es absurdo que te lo tomes de manera tan personal. Su patrimonio ha perdido valor, desconocemos los motivos exactos. Y si fuera William en vez de John el que necesitara el dinero, ¿sentirías lo mismo? —Sí, no... ¡No lo sé! William está muerto, y la vida que esperaba tener ha muerto con él. Lo peor es... que aunque me sentí culpable, por primera vez en mi vida me sentí una mujer deseada. Pero no era cierto; John me estaba utilizando para acceder a ti. A mí. ¡Oh! —Se dejó caer de nuevo en la silla. —¿Y se sentía culpable por haberte besado? —Dice que sí, pero ¿qué demuestra eso? No sé si miente o no. ¡Tal vez haya robado el anillo! —chilló. —No obstante, dices que se parece a sus hermanos. —Un poco —respondió ella, resentida. —¿Y qué vas a hacer? Elizabeth la miró con desesperación. —¿Qué crees que debería hacer? Anne levantó las manos. —No, no soy yo la que tiene que decidir. Se trata de tu vida, de tu futuro. Yo no conozco a lord Russell, así que no puedo darte mi opinión. —Tú me dirías que le confesase la verdad, que le dijera que soy su prometida. La otra se encogió de hombros asintiendo. —Pues no puedo hacerlo. No, hasta que sepa que puedo confiar en él. Decírselo sería concederle demasiado poder. Estamos a solas constantemente... podría aprovecharse, como hizo ayer. —¿Besarte fue aprovecharse de ti? —preguntó Anne un tanto vacilante. —No quiero recordarlo. —Pero... a ti te gustó. Elizabeth gimió sintiéndose culpable. —Sí, me gustó, pero ¡eso no importa! ¡Podría comprometerme, y entonces perdería cualquier opción! —Pero si resulta ser tu prometido... —Tú lo has dicho, si. El rey Eduardo creía que estaba uniendo a dos familias poderosas, y ahora, al parecer, la familia de John se ha empobrecido. Tal vez la nueva situación sirva para anular el acuerdo. —¿Serías capaz de contrariar los deseos de tu padre? ¿No eran muy amigas tu madre y la madre de lord Russell? ¿Y acaso no te dejaría eso en una situación de total vulnerabilidad frente a lord Bannaster o quienquiera que el rey elija como esposo para ti? —¡Oh, Anne, la cabeza me da vueltas! No sé qué voy a hacer con lo del compromiso. Sólo sé que, en este momento, lo que necesito es averiguar si puedo confiar en ese hombre. Puede que sea nuestra única oportunidad de salir de este embrollo. O puede que tal vez sea lo peor que me ha ocurrido. Tengo que averiguarlo. —Está bien, lo entiendo, y hasta te doy la razón. Pero no puedes ocultarle la verdad demasiado tiempo. Sería tan injusto como lo que él te ha hecho a ti. —Pero se lo tiene merecido, en cambio yo no me lo merecía. 74 Julia Latham – El engaño del caballero anillo. —Oh, Elizabeth, espero que te salga bien. Me parece una empresa peligrosa. —Puede. Pero tengo que saber la verdad. Tal vez pueda persuadirle para me enseñe el —¿Qué le dirás que he, bueno, que has dicho sobre su revelación? —Que no sé si puedo confiar en él. Que estoy confusa y preocupada por mi gente. Y todo eso es cierto. —¿Por qué no le preguntas cómo tiene pensado rescatarte? Elizabeth inspiró profundamente. No podía perder de vista lo que realmente importaba en aquel asunto, en vez de centrarse tanto en cómo todo aquello la afectaba. —Tienes razón. Tengo que oír sus planes, aunque no creo que esté en condiciones de llevarlos a cabo. No sé a qué se ha dedicado mientras vivía en Europa, ni por qué tiene tan poco dinero... —¿Porque es el menor de tres hermanos tal vez? —sugirió Anne. —Además de eso. Supongo que... tendré que seguir relacionándome con él. Puede que, cuando nos conozcamos un poco más, le revele mi identidad. —¿Puede? Cuando Elizabeth fijó en ella una mirada hostil, Anne sonrió. —Lo siento. Pero no te lo digo en broma. Estamos ante un dilema, y no envidio tu lugar. —¿Estás bien aquí arriba? —le preguntó Elizabeth con preocupación. —Sí, aunque preferiría que el rescate se demorara semanas en vez de meses. —Se levantó—. Párteme un trozo de pan mientras te cuento lo que estoy leyendo. Necesito que me subas más prendas para remendar. Ah, y tengo algunas ideas para ese último bordado que estabas diseñando. —¿No podemos limitarnos a comer tranquilamente? ˜s– John se tomó su tiempo para desayunar mientras esperaba a Anne. El éxito o el fracaso podría depender de la reacción de lady Elizabeth al conocer su verdadera identidad. Podía ser que lo juzgara por los defectos de William, o por los suyos propios, que también eran muchos. Cuando la joven salió por fin de las cocinas, John se levantó con torpeza, maldiciendo la dichosa tablilla de la pierna. Algunas personas a su alrededor los miraron y se rieron por lo bajo. Estaba claro que por fin se habían dado cuenta de que su nuevo administrador estaba cortejando a la doncella de su señora. Cuando Elizabeth se le acercó, él le dedicó una sonrisa de bienvenida, como si no pasara nada. Ella frunció el cejo con recelo, pero en seguida pareció recordar quién era quién, y le devolvió una pequeña y nerviosa sonrisa. —He intentado esperarte para desayunar, Anne —dijo—, pero tenía hambre. Ella se quedó mirándole el pecho. —Necesitáis comer mucho para manteneros en forma. Él sonrió. —A veces empiezo y no sé el momento de acabar. ¿Quieres acompañarme? Elizabeth intentó sentarse enfrente, pero él se adelantó y, tomándola de la mano, hizo que se sentara a su lado. John notó la rigidez de sus dedos, percibió su lucha interna. Detestaba hacerle daño, pero los dos tenían que seguir adelante con su particular mascarada. —Perdóname —le susurró, inclinándose hacia ella. Se inclinó tanto, que el griñón le rozó la cara, y se descubrió deseando que fuera su pelo. ¿Cómo iba a controlar el deseo cuando tenía que fingir que la cortejaba?—. Tenemos que mantener las apariencias. La vio asentir levemente, y luego coger un pedacito de pan de la escudilla de él y comenzar a desmigarlo, como hiciera el día anterior, cuando estaba nerviosa. 75 Julia Latham – El engaño del caballero —He desayunado con lady Elizabeth —dijo con cierta incomodidad. —Suponía que lo harías. Debíais de tener mucho de que hablar. Ella se limitó a asentir. John deseó poder preguntarle sobre la conversación, pero allí había demasiada gente, la mayoría sirvientes, limpiando las mesas del desayuno. Y, para su sorpresa, no parecían ansiosos por irse. ¿Es que de pronto todos ellos, que hasta el momento habían parecido ignorar a Anne, habían decidido convertirse en sus protectores? —Tenemos que volver a Hillesley —continuó él—. Maese Milburn me ha dicho que es hora de cobrar los arrendamientos. —Me parece extraño que confíe tanto en vos conociéndoos desde hace tan poco — respondió ella, impasible. John se preguntó si lo diría en nombre de su señora. —Por eso hoy iremos escoltados por sus soldados —prosiguió él—. Me ha dicho que es para protegernos contra los ladrones. —Necesitáis dinero —dijo Elizabeth con sequedad. John pensó que no se andaba por las ramas. Su falta de fortuna no debía de haber impresionado demasiado a su prometida. —Hablemos fuera. Para su sorpresa, Anne se inclinó sobre él y hasta le tocó el brazo. La reacción de su cuerpo no se hizo esperar. —¿Seguís cortejándome? —le preguntó en un íntimo susurro. —Debo hacerlo. —No os lo pondré fácil. —Lo sé. Y no lo hizo. Fuera, se ofreció a ayudarlo a bajar los escalones de entrada, pero él la rechazó. Entonces esperó pacientemente al pie de los mismos, observándolo con un deferente interés que no hizo más que aumentar las sospechas de John. Atravesaron el patio de armas hombro con hombro, dejando atrás las dependencias de la tropa y los establos. Él era consciente en todo momento de que todos los observaban con curiosidad, y se preguntaba qué dirían cuando se enteraran de que era en realidad su futuro señor y no un mero administrador cortejando a una criada. Pero como si Anne supiera lo que estaba pensando, le cogió la mano libre como haría una amiga, y al mismo tiempo con demasiada intimidad. Se detuvieron al llegar a la liza y contemplaron los ejercicios de entrenamiento de los caballeros y de los soldados de Bannaster. Vieron a un joven soldado haciendo lo imposible por defenderse del ataque de dos hombres. —¿Es necesario? —preguntó Elizabeth, consternada. —Es un método de entrenamiento habitual. —Pero no están usando espadas romas. —Ya me he dado cuenta —dijo John con tono crispado. —Ese pobre chico es de Alderley. Eso explicaba la vehemencia de lo que únicamente debería ser un ejercicio de entrenamiento. —Sólo han dejado a cuatro de nuestros hombres aquí —continuó ella—. ¿Es necesario que soporten este «entrenamiento»? Vieron salir a Philip de una sólida construcción aneja a las dependencias de los soldados. John sabía que iba a estar trabajando en la armería. Llevaba puesta una gastada cota de placas, aunque no por ello se había olvidado de coger el libro de cuentas. Se dirigió a ellos en cuanto los vio. —Sir John —saludó, con un leve gesto de asentimiento—. Buenos días, Anne. A Philip no le pasó desapercibida la rigidez que se apoderó de ella y su mirada llena de recelo. Aparentemente, él también era el enemigo. 76 Julia Latham – El engaño del caballero Pero él siguió sonriendo. La joven señaló el ejercicio de entrenamiento de su soldado. —Philip, mira a esos dos hombres de Bannaster contra uno de Alderley. John vio, aliviado, que Anne le había soltado la mano. Philip miró por encima del hombro y todos vieron cómo el soldado de Alderley caía de rodillas en tierra, aunque manteniendo el escudo levantado sobre la cabeza y con la espada deteniendo los golpes. —Hum. —Philip frunció el cejo y miró a John—. ¿Quieres que me ocupe? —Si puedes —respondió John, pensando que su amigo podría juzgar por sí mismo hasta dónde podía interferir sin que ello repercutiera en el éxito de su mascarada. Pero Philip debió de tomárselo como un desafío, porque desenvainó la espada y se volvió hacia Elizabeth: —No temas, Anne. Yo lo arreglaré. John vio cómo ella se mordía el labio, casi como si se estuviera conteniendo para no sonreír. Con un grito y una carcajada, Philip se lanzó hacia los tres combatientes, dando al soldado de Alderley oportunidad de recuperarse. Elizabeth observaba cómo luchaba el hombre de John y se preguntó si éste sería igual de bueno. Era más fácil concentrarse en Philip, o en quienquiera que fuera, que pensar en su prometido. El amigo de éste era divertido y obviamente compasivo. Y él no era quien se había acercado a ella fingiendo querer cortejarla para tener así acceso a la torre. Varios soldados se habían congregado alrededor de los cuatro contendientes para contemplar la pelea, y, de pronto, Anne recordó al soldado que la atacó la noche anterior, aunque no lo veía por allí. ¿Querría vengarse? ¿Habría empeorado las cosas John al vencerlo con tanta facilidad mientras fingía estar herido? —¿Creéis que el soldado de la barba estará aquí? —le preguntó. No le gustó que su voz sonara tan vacilante. —¿El que te atacó anoche? He tenido una charla con él esta mañana. —¿Y? —Le he convencido de que sus atenciones no son bien recibidas, porque soy yo quien te interesa. Y le he recordado además que cuento con la confianza de Milburn. —Entiendo —dijo ella. Había sido una delicadeza respecto a ella no recordárselo. Pero no se veía capaz de darle las gracias. Lo miró de reojo—. Así que sois vos quien me interesa. —Debe parecer que sí. —Y si el interés fuese mutuo, vos querríais estar a solas conmigo. Venid. Lo tomó de la mano nuevamente y sintió que se ponía rígido, aunque no dijo nada. Elizabeth se estaba dejando llevar por el enfado, y no se sentía capaz de detenerse, aunque su parte racional la instaba a comportarse con precaución. Condujo a John hasta el jardín privado de la señora del castillo. Estaba separado del resto del patio de armas por un murete, lo que lo convertía en un remanso de paz rebosante de plantas y flores. Un sendero de gravilla lo recorría y Elizabeth lo siguió hasta llegar a la parte más íntima, allí donde los árboles y arbustos los ocultaban de miradas ajenas. —Por favor, sentaos y dejad que descanse vuestra pierna, sir John —dijo ella cuando llegaron a un banco de piedra. —Ya sabes que no me hace falta... Pero la joven le dio un fuerte empujón que a punto estuvo de hacer que perdiera el equilibrio, y John se vio obligado a sentarse. —Así que me estáis cortejando —comenzó, observándolo—. ¿No debería entonces sentarme en vuestro regazo? 77 Julia Latham – El engaño del caballero Con las rodillas juntas, se aposentó sobre las piernas de él, la cadera apoyada contra su estómago, el hombro contra su pecho. John se separó cuanto pudo, apoyando las manos en el extremo de atrás del banco, y la miró con los ojos entornados. —¿Por qué actúas así? —exigió saber. Respiraba con más dificultad que un momento antes. —¿No se supone que es esto lo que debemos hacer si me estáis cortejando? —Yo no intimé tanto contigo. —Hizo una pausa durante la cual recorrió el cuerpo de ella con la mirada. Furiosa e indignada, Elizabeth se inclinó todavía más hacia John, tratando de ignorar el calor que emanaba de su cuerpo. Como no tenía otro sitio donde apoyarse, posó el puño en él. —¿Y cómo llamaríais a aquel beso? —Un error por el que ya me he disculpado —respondió, mirándole los labios—. No creo que tú quieras tener que disculparte ante mí. Por un momento, Elizabeth se quedó mirándolo a los ojos y, finalmente, se dio cuenta de que su traicionero cuerpo estaba disfrutando en aquella postura. Se puso en pie. —Jamás. John también se puso en pie. —Tienes todo el derecho a estar furiosa conmigo, Anne. Oírse llamar con el nombre de su doncella la incomodó un poco. ¡Vaya tontería! Él aún no había demostrado que mereciera conocer su verdadera identidad. 78 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 12 John se sentía frustrado, culpable y furioso cuando, por fin, estuvieron en la carreta en dirección a Hillesley. Delante de ellos iban dos soldados a caballo, inmersos en una conversación y sin prestarles ninguna atención. El cielo estaba cubierto y había empezado a extenderse una leve bruma, pero ni eso servía para calmar la fiebre que le hacía hervir la sangre en las venas. ¿Cómo podía seguir sintiéndose tan atraído por Anne? Estaba enfadada y herida, y tenía todo el derecho a castigarlo. Hasta donde él sabía, bien podría ser que lady Elizabeth le hubiera dicho a la chica que lo atormentara; una manera de hacer que demostrara que era quien decía ser. Había pasado la primera prueba, por lo menos en lo que a Anne concernía. No la había tocado, ni besado. Pero por dentro, donde realmente contaba, había fracasado. Los dedos le hormigueaban de lo mucho que deseaba acariciarla; se había excitado tanto antes con ella sentada encima que no sabía cómo había conseguido que la joven no lo notara. Apartarse un poco lo había ayudado algo. Albergaba la esperanza de que las cosas fuesen más fáciles una vez que Anne supiera la verdad, pero no había sido así. Seguía deseándola. Si al menos pudiera ver a lady Elizabeth una vez. De niña era tan preciosa que sólo eso había bastado para que la siguiera a todas partes como un perrito, hasta que ella lo había ahuyentado riéndose de él. Pero el recuerdo se iba borrando poco a poco bajo el asedio a que lo estaba sometiendo Anne y su cremosa piel, sus evocadores e inquietantes ojos oscuros, sus labios... John tironeó de las riendas disgustado consigo mismo por sus pensamientos al tiempo que le decía a Anne en voz baja: —Los soldados no pueden oírnos, estamos solos. ¿Qué te dijo lady Elizabeth cuando le hablaste de mí? La chica se había puesto una capa para protegerse de la lluvia y la capucha le ocultaba gran parte de la cara, a excepción de la punta de la nariz y la barbilla. Estuvo a punto de pedirle que se bajara la capucha para poder ver la expresión de su rostro, pero tendría que conformarse con juzgar a partir de su tono de voz. —¿Anne? —repitió. —Os he oído. Lady Elizabeth se quedó consternada al enterarse de los métodos que estabais utilizando para acceder a ella. John estaba harto de pedir disculpas, de modo que optó por guardar silencio. —Se niega a creer vuestra insistente afirmación de que la desgracia que ha caído sobre Rame sea culpa del anterior lord Russell. —Es la verdad. —Tal vez vos penséis así, pero ella está segura de que debe de haber otra razón. Él no siguió presionando. Era evidente que lady Elizabeth estaba enamorada de William. Jamás se le había pasado por la cabeza que el fantasma de su hermano muerto le impidiera conquistar el afecto de su prometida. Y eso lo puso furioso. —No sabe si puede confiar en vos —prosiguió Anne con voz queda—. Está confusa. —Pero estoy seguro de que querrá que la rescate. ¿No es eso más importante que la opinión que pueda tener de mí? 79 Julia Latham – El engaño del caballero cara. —¿No están ambas cosas relacionadas? —preguntó la joven, volviéndose para mirarlo a la Él vio la tristeza y la resignación en sus ojos. —No se trata sólo de lady Elizabeth —continuó ella—. Le preocupa el destino de Alderley, pero sobre todo, le preocupa su gente. —Creo que para todos sería un alivio saber que su señora está a salvo. —No pensarán así si lord Bannaster lo paga con ellos. Es un hombre que cree que sus lazos de sangre con el rey le dan todo tipo de derechos sobre el resto de las personas. A mi señora le preocupa lo que sea capaz de hacer. —Está bien —dijo John, mirando al frente en el momento en que coronaban una pequeña elevación desde la que ya se veía Hillesley—. Entonces tendré que convencerla de que soy sincero. ¿Le entregarás una misiva de mi parte? Pero sólo si no supone ningún peligro para ti, claro. —Sí, estoy segura de que le agradará recibir noticias vuestras. Él inspiró profundamente. —¿Se enfadó cuando le dijiste que nos besamos? —Aún no se lo he dicho. John le dirigió una mirada de reproche. —Debes hacerlo. No quiero que tengas secretos con ella por mi culpa. —¿Queréis que sepa que deseabais a su doncella? John giró la cabeza y la encontró mirándolo atentamente. Sería mejor decirle que sólo había fingido desearla. La chica tendría una mala opinión de él, pero eso pondría fin a todo el dichoso asunto. —Debe conocer la verdad —dijo al fin—. Tiene que saber que todo fue producto de la situación. La vio contraer la cara con un rictus de dolor y asentir. —Muy bien. Le alegrará saber que tenéis un plan para ayudarla. —Por ahora, estoy esperando el momento oportuno. Pero aún no puedo decirte nada. —¿Y por qué no? —preguntó ella, evidentemente ofendida. —Porque no está bien definido. —Pero... —Una alternativa implicaría quitar a los dos centinelas de la torre, algo que no resultaría difícil. Lo más complicado sería sacar a lady Elizabeth del castillo. —Y ella no se irá. —¿Cómo dices? —preguntó, mirándola a los ojos. —Como ya os he dicho, teme por su gente. No los abandonará. Intentó enviarle una misiva al rey, pero como ya sabéis, Milburn la interceptó. ¿Por qué no acudís vos a ver al monarca? John captó verdadera excitación en la voz de Anne por primera vez desde que la conociera, y sabía que tenía que hacer algo para que se olvidara de la idea. Para colmo, la humedad del ambiente le había calado la camisa, y el constante golpeteo contra el irregular camino hacía que le doliera la pierna lesionada. Pero ¿cómo implicar a lady Elizabeth en su plan para conseguir el apoyo del ejército de Alderley si ésta estaba tan preocupada por su pueblo que no quería que se utilizara la fuerza? ¡Dios, para eso estaban los ejércitos! —Consideré la posibilidad de ir a ver al rey antes de venir a Alderley, pero no soy más que un barón pobre sin ejército que lo respalde. «De momento», pensó. —Tenéis el anillo, o eso decís. —Lo tengo. Pero ¿quién me dice que el rey me creerá, especialmente si le han llegado los rumores? Eso llamó la atención de Anne. 80 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Qué rumores? —Pensaba contárselo a lady Elizabeth cuando la viera, pero empiezo a pensar que la cosa es demasiado importante como para esperar más. Mientras estaba en Europa, se empezó a decir entre la gente de Rame que yo no dejaba de pedir dinero, debido a lo cual el castillo y las tierras terminaron en el estado de abandono en que están. Era una excusa mucho más conveniente que explicar qué había pasado en realidad con el dinero. Imagino que él nunca pensó que yo regresaría algún día, de modo que no le importaría a nadie —musitó. —¿De quién estáis hablando? John la miró de refilón. —De mi hermano. Ella ahogó un gemido, evidentemente ofendida, tal como él suponía. Lady Elizabeth estaba muy confundida respecto al tipo de hombre que era William, y le había transmitido a Anne sus ideas. —¿Cómo podéis lanzar semejante acusación contra un hombre tan bueno? Que Dios lo tenga en su gloria. Ese «hombre tan bueno» había intentado que su hermano pequeño se convirtiera en un hombre a base de golpes y humillaciones. —El administrador me contó que William le ordenó que dijera eso. ¿Y quién si no podía ordenar algo así? Mi hermano usó el dinero para sus cosas, y no quiso aparecer como culpable. Ella abrió la boca, como si fuera a discutírselo, pero en el último momento dijo: —Le contaré a mi señora lo que me acabáis de decir. —¿Le llevarás también mi misiva, siempre y cuando no te suponga ningún problema? —¿Os preocupáis por mí? —preguntó la joven, vacilante. —Sí —contestó él sin apartar la vista del camino—. No mereces encontrarte en esta situación entre lady Elizabeth y yo. —Muy bien, se la llevaré. ˜s– En Hillesley, sobre una mesa de caballete montada para la ocasión, bajo un toldo, en el prado central de la aldea, se iba a llevar a cabo el pago de las rentas. Se había decidido hacerlo así para no molestar al administrador, que se recuperaba en la mansión. Elizabeth se sentó junto a John, con un libro de cuentas abierto delante de ella, pluma y tinta. Él le había señalado la columna con las anotaciones del mes anterior y le había dicho que escribiera lo correspondiente al mes en curso en la siguiente columna. Hugh, el alguacil, charlaba con John, interesándose por el último lugar donde éste había trabajado. Mientras, Elizabeth escuchaba atónita y furiosa al tiempo que lord Russell tejía lo que ella sabía que era una absoluta mentira. No podía olvidar que lo estaba haciendo por su bien, para rescatarla. .. y para quedarse con su dote y el título de conde. Oh, cómo odiaba las idas y venidas de su propia mente. ¡Y pensar que aquel hombre culpaba a su pobre y difunto hermano de otra mentira! ¿Es que no comprendía que alguien, probablemente el administrador de su castillo, había robado el dinero y luego no le había importado enemistar a los hermanos? En defensa de John había que decir que la aliviaba ver cómo había insistido en que le contara a su señora lo del beso. Un hombre de menor talla moral se habría alegrado de que se lo hubiera ocultado. Sin embargo, una parte de sí misma deseaba que él hubiera preferido mantener el desliz íntimo en secreto, como si fuera un preciado tesoro. 81 Julia Latham – El engaño del caballero Se sentía tremendamente confusa y como si fuera a perder la cabeza de tanto interpretar dos papeles. En el curso de la tarde, más o menos una treintena de arrendatarios se acercaron a presentar sus respetos al administrador temporal y a pagar las rentas. La cosecha del año anterior había sido buena, y la del presente prometía serlo también. Hubo varias personas que hicieron algún tipo de reclamación respecto a la porción de tierra que poseían, y Elizabeth escuchó con reticente respeto el cuidado con que John les preguntaba, consultaba las cuentas pagadas en años anteriores y tomaba decisiones. Al menos en un caso iba a tener que explicar a Milburn por qué había permitido que un arrendatario se retrasara en el pago, pero él no parecía preocupado. Era un hombre seguro de sí mismo, acostumbrado a llevar el mando. Y era con quien ella estaba destinada a casarse. Mirar a aquel a quien se suponía que tendría que entregarse tuvo un sorprendente efecto de realidad. Había pasado los últimos once años de su vida imaginándose casada con otro, uno perfecto en forma, rostro y comportamiento. John Russell en cambio tenía muchos defectos, demasiados engaños lo rodeaban. ¿Se habría quedado con el dinero de su familia? Y, de ser cierto, ¿cómo podría ella casarse con él? Los invitaron a cenar en la taberna local y esta vez John aceptó sin siquiera mirarla. Al parecer, no quería que volvieran a comer a solas. Como si ella pudiera volver al claro junto al riachuelo sin recordar... ¿El placer de su beso? ¿O lo traicionada que se había sentido al final del día? La taberna se llenó con los granjeros que habían ido a la aldea a pagar las rentas, y hacía calor. Elizabeth, que a pesar de haber estado en la corte del rey en Londres jamás había entrado en un sitio así antes, sentía curiosidad. Se fijó en el techo de vigas descubiertas, de las que colgaban jamones y ristras de cebollas, y observó cómo John los esquivaba con toda naturalidad. Elizabeth se descubrió deseando saber hasta qué punto su comportamiento formaba parte del papel que representaba. Hugh los condujo hasta una mesa cerca de la pared. Había pocas mujeres, a excepción de las camareras, de modo que Elizabeth se quedó de pie, sin saber qué hacer mientras los hombres se iban sentando en los bancos. John tendría que quedarse en el extremo debido a su pierna «rota», así que ella tomó asiento junto al alguacil de la aldea, y John se deslizó a continuación, muy cerca de ella. La sorprendió sobremanera la facilidad con que la gente parecía no acordarse de que era la hija del conde. Tal vez tuviera un aspecto tan distinto con aquellas sencillas prendas y el pelo cubierto con el griñón, que se les había olvidado su verdadera identidad. Acostumbrada como estaba a que la trataran con deferencia, más de una vez estuvo a punto de dar una orden, especialmente en lo que a los asientos se refería. Trató de no acercarse demasiado a Hugh, de modo que tuvo que quedarse casi pegada a John, cadera con cadera. También tenían muy juntos los hombros, y cada vez que se movían, se rozaban. Las camareras llevaron jarras de cerveza para todos y los hombres brindaron por que mejorara la salud de su administrador. Elizabeth intentó dar pequeños sorbitos, pero aquella cerveza era muy potente, y pronto se dio cuenta de que la situación le parecía más agradable. —Sir John —dijo Hugh, limpiándose la espuma del labio—, ¿de qué parte del país sois? —De Cornualles —contestó él. Al responder se inclinó hacia adelante para ver a su interlocutor y, con el movimiento, rozó levemente uno de los pechos de Elizabeth. Ella se quedó inmóvil, pero él pareció no darse cuenta. Estaba mirando al hombre con toda atención. —¿Es muy diferente de nuestras verdes colinas? —preguntó Hugh. Siempre y cuando John no la tocara de nuevo de manera tan íntima, podía prestar atención. Y la conversación le interesaba. Hacía mucho desde que pasó aquel año en el castillo de Rame. La entristecía imaginárselo descuidado. 82 Julia Latham – El engaño del caballero —La aldea en que nací está en unos acantilados, sobre el mar —explicó John—. Allí, gran parte de nuestra vida transcurre a bordo de nuestros barcos, pescando para alimentar a nuestras familias. En su caso no era exactamente cierto. —Siempre sopla el viento, y las tormentas son frecuentes, pero es un lugar hermoso. Aunque el mar despierta en uno el deseo de viajar y, en mi juventud, viajé mucho persiguiendo mi sueño de convertirme en caballero. —Y aun hoy seguís viajando con vuestro oficio de administrador —dijo Hugh, sonriendo. John se inclinó hacia él como si fuera a revelarle un secreto, y Elizabeth contuvo el aliento al notar que, con el gesto, su brazo se apretaba contra su pecho y allí se quedaba. —Viajar siempre me ha atraído —dijo. Ella apenas podía concentrarse en sus palabras, con aquel calor que emanaba del cuerpo de él junto al suyo y con el hormigueo que le recorría la piel con el contacto. Pero percibió que estaba diciendo la verdad. —Cada día es diferente —continuó John—. Cada lugar es nuevo y exótico, algo digno de ser explorado y conocido. Y las mujeres nunca son iguales. Todos los hombres de la mesa se echaron a reír. A continuación le dio a ella un codazo juguetón abiertamente, y todo el mundo se rió aún más, pero al menos así no tenía ya aquel brazo contra su cuerpo. Tal vez él ni siquiera se hubiese dado cuenta. Recordó que John había abandonado su hogar a los dieciséis años. ¿Sería Alderley bastante para un hombre como él? ¿O tal vez lo que verdaderamente quería era su dinero para financiarse los viajes? Se dijo a sí misma que siempre había querido un esposo que tuviera que ausentarse del castillo con regularidad para ir a la corte, de forma que fuera ella quien dirigiera sus propiedades. William habría sido ese hombre. Lo extraño era que imaginar a John haciéndolo la incomodaba y entristecía. Seguro que sólo se debía a que echaba de menos la vida que había planeado y que se había desvanecido. ˜s– Regresaron al castillo con un cofre repleto de monedas, de modo que los guardias cabalgaban ahora uno delante y otro detrás, vigilando las laderas, los setos que bordeaban el camino y las zonas boscosas que de vez en cuando se encontraban, por si aparecía algún ladrón. La lluvia había amainado y el sol poniente empezaba a ocultarse entre las nubes bajas justo por delante de ellos. Elizabeth se protegió los ojos con la mano y vio que John parpadeaba un poco, molesto, pero condujo sin queja. Una vez más, se sintió incómoda al tenerlo tan cerca. Aún se notaba los nervios alterados después del interminable contacto durante la cena en la taberna, y la enfadaba que a él no pareciera haberle molestado en absoluto. Allí tenía la prueba de que en realidad nunca la había deseado, que sólo había coqueteado con ella por necesidad. Pero entonces se dio cuenta de que iba sentado al borde mismo del asiento, como si quisiera evitar el contacto. Trató de no sentirse rechazada. Seguro que aquellos pensamientos se debían a la cerveza que había bebido. —¿Cómo es lady Elizabeth? —le preguntó John de repente. La pregunta la cogió por sorpresa y no pudo evitar que el fantasma del engaño se erigiera entre ambos. Tuvo que recordarse que se lo tenía merecido. —Pasasteis un año viviendo en el mismo castillo —respondió, remilgada. —Lady Elizabeth tenía apenas once años. Casi no tuve trato con ella. —¿Y por qué no? 83 Julia Latham – El engaño del caballero —Porque no tenía tiempo ni ojos para mí. William era el dechado de virtudes de la familia. Su voz rebosaba ironía y Elizabeth recordó las mentiras que John contaba sobre su hermano. ¿Acaso estaba celoso porque ella no le había prestado atención por entonces? ¿O sólo la deseaba porque era de su hermano? —¿Os habría apetecido compartir vuestro tiempo con una niña de once años? —le preguntó despacio. —Me parecía... divertida —suspiró él—. Y encantadora. Tengo la absoluta certeza de que se habrá convertido en una mujer muy hermosa. La joven bajó la vista un momento. —¿Tanto os importa la belleza? —No, y perdóname si te he ofendido, pero ¿a ella le importa? Elizabeth se puso rígida. —No comprendo. —Lady Elizabeth no sabía nada de William. Él le llevaba ocho años y las niñas pequeñas no le importaban en absoluto. Pero bastaba con que le sonriera... —Su voz se desvaneció en el aire, y entonces continuó más animado—. Pero yo no soy perfecto. Y me temo que también a ella se lo puede parecer. «Cualquiera podría decir algo así con el fin de ganarse el afecto de una mujer», pensó. Probablemente esperaba que corriera a contárselo a su señora y facilitarse así el camino. Pero no pudo evitar el azoramiento que sus palabras le provocaron. —Conmigo, lady Elizabeth no tendrá que preocuparse de que las mujeres se desmayen a mi paso ante la belleza de mi rostro —concluyó, y se echó a reír con suavidad. ¿Acaso quería que le hiciera un cumplido? No comprendía sus motivos, de modo que no respondió a eso. —Lady Elizabeth es una mujer adulta —dijo en cambio—. Sabe que el valor de una persona está en sus actos y en sus palabras, no en la belleza. Aunque se sintió un poco culpable al hacer esa declaración, porque a menudo se había embobado con la belleza de William. Aunque había sido con su alma romántica y sensible con lo que más había disfrutado. —No le importará vuestra cicatriz —añadió. —Me alegro. No quiero que piense que podría asustar a nuestros hijos. «Hijos.» Elizabeth sintió un escalofrío. Se había criado en el campo, rodeada de animales, y tenía cierta idea de lo que había que hacer para engendrar un hijo. No podía ni mirarle; imaginar semejantes intimidades, su cuerpo desnudo... Para distraerse, le preguntó: —¿Cómo os hicisteis esa cicatriz? —Participando en una carga compacta durante un torneo. Una multitud de hombres con cota de malla persiguiéndose entre sí para disfrute de los espectadores. —Siempre me ha parecido un entretenimiento bárbaro del que muchos hombres buenos salen malheridos. —Me arrancaron el yelmo, y tres hombres a los que siempre vencía en enfrentamientos individuales decidieron tomarse la revancha. La joven hizo una mueca de dolor y disgusto. Él sonrió de oreja a oreja. —Me alegro de que no me acertaran en el ojo. —¿Os importa el hecho de estar... desfigurado? —¿Te importa a ti que lo esté? Ella retrocedió. —¿Por qué debería importaros lo que yo opine? 84 Julia Latham – El engaño del caballero —He aprendido a que no me afecte cómo me vean las mujeres, al menos las pertenecientes al pueblo llano. Y tú eres una de ellas. —¿Queréis decir que las mujeres nobles suelen reaccionar peor que éstas? —preguntó Elizabeth, ofendida. —A veces, sí. —Por eso me habéis preguntado por mi señora. Él se encogió de hombros. —Estáis dando demasiadas cosas por supuestas —continuó ella con frialdad—. Mi señora no os debe nada, y menos aún después de la manera en que me habéis tratado. —Le escribiré. Te juro que la haré cambiar de opinión sobre mí. —Será más difícil de lo que creéis —replicó Elizabeth. De pronto, se oyó un sonido extraño detrás de ellos y ambos se volvieron a tiempo de ver la expresión atónita del soldado que cubría la retaguardia mientras miraba fijamente la flecha clavada en su pecho. Antes de que se cayera del caballo, John ya estaba empujando a Elizabeth de cabeza al suelo de la carreta al tiempo que gritaba «¡Nos atacan!» al soldado que abría la comitiva. Elizabeth escupió la paja que se le había metido en la boca, mientras se asomaba al borde del asiento con el corazón latiéndole desbocado. El soldado que cabalgaba delante hizo girar a su caballo justo cuando una segunda flecha le pasaba rozando y se clavaba en el tronco de un árbol. —¡Anne, quédate aquí! —ordenó John con un tono que no admitía réplica. Se sacó la daga que llevaba en la cintura y se la entregó. —Pero ¿no la necesitaréis vos? —preguntó asustada. Él la ignoró. Se oían gritos procedentes del interior del bosque, pero ella sólo tenía ojos para John, que cruzó hasta la parte de atrás de la carreta y se abalanzó sobre el caballo sin jinete. Elizabeth ahogó un gemido de dolor al verlo aterrizar bruscamente sobre la silla de montar. Pero en vez de caerse, se sentó erguido y, en un mismo movimiento, desenvainó la espada de la funda que había a un costado de la silla. Pese a que el animal estaba muy asustado y bregaba por deshacerse de su jinete corcoveando frenético, John consiguió dominarlo y, finalmente, se inclinó sobre su cuello mientras corría hacia el otro soldado. Varias flechas erraron su objetivo mientras ambos hombres se lanzaban al galope en dirección a la zona boscosa de donde procedía el ataque. Sin dejar de aferrarse al borde del asiento y a la daga, Elizabeth trató de distinguir lo que ocurría entre los árboles. Oía a los dos hombres y a sus monturas, y rezó una plegaria para que no le ocurriera nada malo a John. Éste emergió de entre los árboles al galope, persiguiendo a un ladrón que corría desesperado para salvar la vida. Con la empuñadura de la espada, lo vio golpearle la cabeza, con lo que el ladrón cayó de bruces al suelo y se quedó inmóvil. La luz del día se iba debilitando, pero aun así pudo contemplar, sobrecogida, cómo John hacía girar a su caballo apoyándose en las patas traseras y se lanzaba de nuevo hacia el interior del bosque. En su rostro no había miedo, sólo determinación, exultación y una expresión de triunfo tan feroz que le hacía parecer un extraño a sus ojos. En ese momento, lo vio como el caballero que era, un campeón en torneos y campos de batalla, un hombre seguro de sus habilidades. Se sintió como si la zarandearan, agitada, incapaz de saber qué pensar de él o de cómo un hombre con sólo tres soldados a su servicio creía poder rescatarla del cautiverio a que la tenía sometida Bannaster. Sin embargo, ahora ya comprendía de dónde le venía esa confianza en sí mismo. La carreta se estremeció de repente y ella se dio la vuelta justo a tiempo de ver que uno de los ladrones subía a la parte trasera. Era bajo y enjuto, de aspecto desaliñado, con una mata de pelo sucio y revuelto. Elizabeth se encogió sobre sí misma y lo amenazó con la daga, como si supiera cómo utilizarla. Él se limitó a mirarla con una amplia sonrisa desdentada sin detener su avance. 85 Julia Latham – El engaño del caballero Elizabeth ahogó un grito. No sabía qué hacer, si debía lanzarse al pecho, las piernas o las manos del ladrón. ¿Y dónde estaba John? Pero antes de que pudiera tomar alguna decisión, dos hombres más aparecieron a ambos lados del vehículo, como si hubieran estado agachados debajo. Ella gritó de nuevo, consciente de que de ninguna manera podía enfrentarse a tres asaltantes. Pero para su asombro, los recién llegados agarraron al primero y lo lanzaron fuera de la carreta. El ladrón aterrizó de cabeza, partiéndose el cuello con un desagradable crujido, y así se quedó, inmóvil. Elizabeth se quedó mirando boquiabierta a los dos hombres mientras los amenazaba con la daga. Ellos se miraron el uno al otro con una ancha sonrisa, mientras uno de los dos masticaba despreocupadamente uno de los extremos de su bigote. —Señora, soy Ogden —dijo el del bigote—, y éste es Parker. Somos hombres de sir John. Parker echó un vistazo hacia el bosque, donde el sonido de pelea sonaba cada vez más lejos. —Venga, dáselo. Nos tenemos que ir. Elizabeth se puso tensa, pero lo único que Ogden hizo fue enseñarle un rollo de pergamino. —Hemos estado esperando el momento adecuado para ver a sir John. ¿Podríais darle esto? —No te acerques —le ordenó ella—. Déjalo en el suelo de la carreta. El soldado hizo lo que le pedía, asintiendo con la cabeza. —Lo habéis hecho muy bien, señora. Nos quedaremos vigilando desde aquellos árboles para asegurarnos de que estáis a salvo hasta que sir John regrese. Elizabeth no se relajó ni siquiera cuando ellos se fundieron con la maleza del bosquecillo y desaparecieron. Se volvió al oír cascos de caballos que se acercaban al galope por detrás de ella y sacó la daga ante la nueva amenaza. John y el soldado de Bannaster se detuvieron sorprendidos. —¿Hay más? —quiso saber, disgustada por la forma en que le temblaba la voz. —No, Anne —respondió John, esbozando una media sonrisa—. Milburn está en deuda contigo por haber defendido el cofre de las rentas con tanto coraje. Elizabeth miró el cofre y parpadeó sorprendida. Se había olvidado por completo de que era el dinero y no a ella lo que querían los ladrones. Se dejó caer en el banco y agachó la cabeza contra el pecho mientras trataba de recuperar el ritmo de su respiración. John y ella estaban a salvo. Sentía el estómago revuelto, y se puso la mano encima como queriendo contener la marea de sentimientos que giraban en su interior. Se fijó en que, aunque a regañadientes, el soldado de Bannaster, miraba a John con respeto. —Os agradezco lo que habéis hecho, sir John —dijo el hombre—. Es una pena que hayáis dejado atrás la vida de caballero. Él desmontó, perdiendo un poco el equilibrio al caer sobre la pierna «rota» y se sujetó a la silla. Elizabeth observó con una ceja levantada su representación. El soldado desmontó también para ayudarlo a recobrar el equilibrio. John, con el rostro sucio y húmedo de sudor, la miró por encima del hombro del otro y le dedicó una enorme sonrisa. —Sentaos, sir John —dijo el hombre—. Yo meteré al pobre Baldwin en la carreta. Dejaremos a los demás para los lobos. —El del camino sólo está inconsciente —contestó él—. Átalo y llévaselo a tu capitán. Tal vez pueda daros más información sobre la operación que iban a realizar. Al cabo de poco, reanudaban el camino de vuelta a Alderley. Cuando el castillo apareció ante ellos, y el soldado se adelantó para abrir la comitiva, Elizabeth se las ingenió para darle a John el pergamino por la manga. Él se quedó mirándolo con el cejo fruncido mientras se enjugaba el sudor de la frente con el dorso del brazo. —¿Qué es esto? 86 Julia Latham – El engaño del caballero vos. —Dos hombres llamados Ogden y Parker me han salvado la vida y me han dado esto para Él ignoró la misiva y fijó en ella una mirada llena de preocupación. —¿Estás herida? Elizabeth negó con la cabeza. —Aunque estaba a punto de apuñalar a un ladrón cuando llegaron. —Estoy seguro de que lo habrías hecho —dijo John, sonriendo nuevamente—. Eres una mujer muy valiente. Estaban casi a las puertas del castillo. Él se guardó la misiva en la túnica sin leerla mientras ella maldecía en silencio por no haber podido satisfacer su curiosidad. 87 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 13 A la mañana siguiente, mientras John se reunía con Milburn, Elizabeth bajó a la liza. No vio al hombre de armas de John entrenando, así que fue a la armería y lo encontró allí, solo, catalogando los pertrechos. Al ser una construcción sin ventanas, la estancia estaba a oscuras, a excepción de la veía que reposaba en una estantería. —Discúlpame... ¿Philip? —dijo Elizabeth. Él levantó la vista de los libros y le sonrió. —Hola, Anne —la saludó, y a continuación miró por encima de su hombro—. ¿No viene sir John contigo? Ella se puso rígida. —Está hablando con el alcaide de la recaudación de las rentas en Hillesley. Philip le dirigió una enigmática sonrisa. —Me dijo que todo fue bien, excepto por el ataque, claro está. Elizabeth se encogió de hombros. —¿Podemos hablar en algún sitio sin que nos molesten? Él arqueó una ceja, pero asintió y dejó a un lado el libro de cuentas. —Aquí estamos tranquilos de momento, pero podría entrar cualquiera. Vamos a dar un paseo. Podemos ver cómo se entrenan los caballeros. Caminaron hacia el extremo más alejado de la liza, hasta un banco situado cerca de la muralla. Ella estaba decidida a averiguar algo más sobre John que lo que éste pudiera contarle, pero ahora, sentada junto a su compañero y amigo, casi no sabía por dónde empezar. —Sé que te haces llamar Philip —comenzó lentamente—, pero ¿es así como te llamas de verdad? Él le sonrió con expresión divertida. —Soy sir Philip Clifford. —¿Y no te importó hacerte pasar por otra persona por culpa de John? La sonrisa del hombre se debilitó ligeramente y la miró con gesto serio. —Él puede pedirme lo que sea. Tiene toda mi lealtad. —Luego sonrió de oreja a oreja—. Y le debo mi vida, varias veces. —Y ahora yo también —murmuró ella, e inspiró profundamente antes de continuar—. ¿Habéis viajado juntos? —Durante cuatro años. —Philip ladeó un poco la cabeza—. ¿Acaso estás entrevistándome en nombre de tu señora? Elizabeth bajó la vista. —Yo no lo llamaría entrevista... —¿Investigación quizá? —Le está resultando difícil, encerrada como está en una torre, convencerse de que el hombre con quien ha de casarse está aquí. —Y que le ha mentido sobre su identidad —añadió Philip con sagacidad. Ella se encogió de hombros. 88 Julia Latham – El engaño del caballero —Comprende la necesidad, pero... —dejó la frase en el aire y, para su gran sorpresa, Philip se quedó mirándola con gesto a la vez compasivo y comprensivo. —Pero tal vez tú no entiendes el porqué de todos los actos de John —dijo él. Elizabeth notó que se ruborizaba. No era una conversación que le apeteciera tener con un extraño, por muy amable que éste fuera. —Philip, sir John me ha dicho que viajó por Europa trabajando como mercenario o compitiendo para ganar dinero. ¿A eso se dedicaba? Él le sonrió con gesto de complicidad. —Ah, ya empezamos con los rumores de que recibía regularmente dinero procedente del castillo de Rame. Con toda honestidad te digo que jamás recibió nada de su casa, y menos aún dinero. Y hubo más de una vez en que estuvimos tan cortos de fondos que nos vimos obligados a hospedarnos en posadas de reputación más que dudosa, y hasta en la habitación libre de encima de alguna taberna. Ésas son las peores. —Negó con la cabeza—. Pero lady Elizabeth sólo tiene mi palabra, y la de él. Tendrá que decidir si quiere creernos o no. Al menos, era evidente que su prometido inspiraba lealtad en aquel hombre. —Sir John también me ha contado que le gusta viajar. —Nunca he conocido a un hombre al que le guste tanto. A mí sí me importaban las noches en vela en una apestosa habitación encima de una taberna, pero a él no. John era feliz hasta durmiendo al raso, bajo las estrellas. —Pero ¿no echaba de menos su hogar, a su familia? Philip vaciló. —Era el hijo menor, Anne. No se esperaba gran cosa de él, y creo que sentía la necesidad de demostrar su valía. También tuvo que procurarse el sustento, porque a la muerte de sus padres, su hermano lo heredó todo. —Percibo la desaprobación en tu voz, pero sólo tienes su versión sobre su hermano. —Eso es cierto. Y no es que sir John esperara recibir nada. Lo que lo decepcionó enormemente fue ver lo poco que le importaba a su hermano. Elizabeth apretó los dientes. —Tú no sabes... —Tu señora debía de estar tremendamente enamorada de William si lo defendía con tanta pasión delante de ti. A Elizabeth no le gustó nada el tono amable de la voz de Philip. Era como si sintiera lástima de ella. —No he venido aquí a hablar del primer prometido de mi señora. —No, de lo que quieres hablar es de mi amigo. Y no te crees nada de lo que digo — respondió él, desaparecido todo rastro de diversión en su voz—. Lo único que puedo decirte es que yo estaba a su lado cuando vio el estado del patrimonio familiar, y el odio injustificado en los ojos de su gente cuando lo miraba. —Eso sólo demuestra que no se había dado cuenta de hasta qué punto sus actos afectaban al castillo de Rame. —O que a William no le importaban en absoluto las consecuencias de sus actos. John, sir John, dio todo lo que poseía a su gente para que empezaran a restaurar lo que tenían. —¿Sentimiento de culpa? —Sentido del honor y la obligación —respondió Philip con frialdad. —Lo siento si te he ofendido. —Sólo obedeces órdenes de tu señora —respondió el hombre, relajándose visiblemente. —¿Conociste al hermano de sir John? —No, te repito que sólo sé lo que me han contado. No le voy a servir de mucho a tu señora. —Tu lealtad dice mucho. 89 Julia Latham – El engaño del caballero vez. —Hum, una respuesta diplomática. ¿Seguro que sólo eres una doncella? Ella asintió, tratando de no sentirse culpable por intentar protegerse. —¿Te ha dicho sir John que tal vez recibamos ayuda de otra parte? —preguntó él. Elizabeth se irguió, repentinamente interesada. —¿Qué quieres decir? Philip bajó la voz. —¿Has oído hablar alguna vez de la Liga del Acero? —La he oído nombrar, pero nada muy concreto. Puede que mi padre la mencionara alguna La excitación de él era palpable. —¿Alguna vez recibió su ayuda? Ella frunció el cejo, recordando que se suponía que su padre era un granjero. —No que yo sepa. ¿Ellos ayudan... a las personas? —Es una organización secreta que se dedica a impartir justicia. Yo he oído hablar de ellos toda mi vida y, por fin, hace un tiempo sir John y yo conocimos a uno de sus miembros. —Philip —dijo una voz profunda. Sobresaltada, Elizabeth se dio la vuelta y vio a John a sólo unos pasos de ellos, apoyado en su muleta. Había estado tan inmersa en la conversación que ni siquiera se había dado cuenta. Cualquiera podría haberlos oído. Sintió que se le revolvía el estómago. Entonces se preguntó si le habría molestado encontrarla a solas con su amigo, aunque estuvieran en medio del patio de armas. Cuando la miró, ella sintió su mirada como si fuera una caricia física. Se recordó sus sospechas y la desesperación de él. Desde un punto de vista lógico, su cabeza sabía todo eso, pero su cuerpo parecía seguir negándose a obedecer. Todavía deseaba sus besos. Philip se cruzó de brazos. —Buenos días, sir John. —No deberías estar llenándole la cabeza de fantasías —contestó él con voz calmada. —¿Es que la Liga no existe de verdad? —preguntó Elizabeth, mirándolos alternativamente. —Pues claro que existe —respondió Philip—. Hace unos días, cuando veníamos hacia aquí, conocimos a uno de sus miembros. Podías habérselo contado —le dijo a su amigo. John puso los ojos en blanco. —¿Y dejar que su señora albergue esperanzas de que la rescaten milagrosamente? —Dijeron que a ella iban a ayudarla —replicó el otro enfadado—. Era tu... Cuando Philip se detuvo a mitad de la frase, John suspiró. —Sí, era el nombre de mi familia lo que aquel desconocido cuestionaba. —Echó un vistazo a la joven—. Ahora entenderás por qué me preocupaba presentarme ante el rey; si hasta un desconocido que afirma formar parte de una leyenda cree los rumores que circulan sobre mí. Presenciar aquel desacuerdo entre los dos hombres la sorprendió, pero Elizabeth era una mujer práctica, y esperar que la ayuda llegara de aquella misteriosa Liga era absurdo. Philip se dirigió nuevamente a ella. —Se enterarán de lo digno de confianza que es sir John, no temas. Al fin y al cabo, la Liga ayudó al rey a ascender al trono frente al rey Ricardo. —O puede que lo hiciera su propio ejército —apuntó John con tono afable, como resignándose a que aquél fuera el desacuerdo eterno entre los dos. Philip sonrió y negó con la cabeza. —Algún día obtendré las pruebas. Hasta entonces, el hecho de haber conocido a un miembro me basta para creer en su existencia. John se volvió hacia Elizabeth. —Un desconocido nos dijo que ofrecerían su ayuda a tu señora. ¿Lo han hecho? Ella miró alternativamente a un John escéptico y un Philip expectante. 90 Julia Latham – El engaño del caballero —Yo no sé de nadie que... Oh, esperad, sir John, me dijisteis que lo de la cesta no fue idea vuestra. Philip se levantó y se dirigió a él. —No me habías dicho nada. ¡Pues claro que se trata de la Liga! Él otro gimió. —Por eso no te lo dije. Seguro que todo se limita a que algún sirviente de lady Elizabeth quería ayudarla, y tú estás haciendo una montaña de un grano de arena. —Pero ¡sólo un miembro de la Liga arriesgaría su vida para hacer algo así! —Tú estás arriesgando tu vida por sir John y por mi señora —señaló Elizabeth. —Eres tan escéptica como él —contestó Philip, aunque no parecía ofendido—. Os dejaré solos para que podáis reíros de mí. John negó con la cabeza y siguió con la mirada a su amigo cuando se alejó del banco. —¿Y cómo está lady Elizabeth esta mañana? Ella bajó la vista. —Tan bien como cabría esperar. —Tengo escrita la misiva. Miró a su alrededor, manteniéndose en todo momento entre la joven y los caballeros que entrenaban en la liza. A continuación, sacó de su túnica un trozo de pergamino doblado, no el mismo que sus hombres le habían dado a ella para él, y se lo entregó. A Elizabeth la irritó comprobar que se había fijado en que estaba tibio de haberlo llevado guardado contra su piel. —Se la llevaré —murmuró, metiéndosela en la pequeña bolsa que le colgaba del cinturón, impaciente por que llegara la hora de la comida del mediodía para poder leerla. Pero tendría que aguantar hasta entonces, y esperar que la misiva contuviera una explicación de por qué sus hombres se habían puesto en contacto con él. John permanecía de pie frente a ella. —¿Estás bien? —preguntó. Elizabeth frunció el cejo. —Ya veis que sí —respondió ella, pero sabía perfectamente que no era a eso a lo que se refería. John quería saber si lo había perdonado. Pero ella jamás llegaría a ser su «amiga», así que no tenía sentido empezar nada. —Yo... —comenzó a decir él, pero de pronto las palabras murieron en sus labios al tiempo que una expresión extraña aparecía en su cara. Retrocedió cojeando—. Me alegro. No vamos a tener que volver a Hillesley. Estoy ansioso por recibir respuesta de tu señora. Que tengas un buen día. Y se alejó reprendiéndose por su estupidez. Ver a Anne y a Philip juntos, a solas, hablando seriamente, le había retorcido las entrañas de forma verdaderamente dolorosa. El comportamiento de Anne era lógico: sabía que se limitaba a hacer averiguaciones en nombre de lady Elizabeth. Se dijo que la joven no le pertenecía, que Philip y ella bien podían convertirse en... No quería imaginar nada más. Anne era su conducto para llegar a lady Elizabeth, nada más. Además, lo había sido también de Ogden y Parker. Y su mensaje eran buenas noticias: habían localizado al ejército de Alderley. Aunque abatidos, los soldados estaban llevando a cabo la tarea que se les había encomendado, combatir a los ladrones que poblaban las áreas más alejadas de Alderley. Ogden y Parker deberían decirles que el camino entre Alderley y Hillesley necesitaba protección, pensó John con ironía. Pero el capitán de la guardia de Alderley no parecía inclinado a creer la historia que los dos hombres de John le habían relatado sobre lo que éste se traía entre manos. El capitán quería una prueba de que su señora creía en él; sólo así le diría a la tropa que obedecieran sus órdenes. 91 Julia Latham – El engaño del caballero De modo que John tenía que convencer a lady Elizabeth de que le diera esa prueba. Pero no en la primera carta que le escribía. La joven necesitaría un tiempo para perdonarle su comportamiento con Anne. Anne. Sólo pensar en su nombre bastaba para que se sintiera culpable. Sería mejor para todos que ella encontrara su propia vida, su propio hogar, porque le resultaría de lo más extraño que permaneciera en el castillo una vez que él se hubiera casado. ¿Una vida con Philip tal vez? Oyó pasos antes de que se hubiese alejado del todo. —Sir John —llamó la chica. Él se volvió y vio que la tenía muy cerca. Elizabeth entrelazó las manos en actitud comedida, aunque él percibió que sólo lo hacía para mantener los nervios bajo control. —Sir John, no me habéis preguntado si le he contado a mi señora lo de nuestro beso. Lo he hecho. Pese a estar solos, John miró a su alrededor y dio un paso hacia la joven. Tal vez debería ser él quien estuviera nervioso, sin embargo, su actitud era más bien de recelo. —Agradezco tu sinceridad. ¿Qué dijo ella? Para su sorpresa, Elizabeth avanzó un paso más y le puso la mano en el pecho. John notó el peso de su mirada, suave y reticente, el calor que emanaba de su palma pese a las capas de ropa que la separaban de su piel. Y aunque intentó controlarse, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Seguro que Anne tuvo que sentirlo también. Ella lo observaba detenidamente. —Quiere saber si puede confiar en vuestra lealtad, si seréis capaz de controlaros en cualquier situación. Aunque tenía la respiración agitada, se obligó a no pensar en su mano en su pecho. —Ayer por la mañana me pusiste a prueba, Anne, y me castigaste. No reaccioné entonces y tampoco lo haré ahora. Mis disculpas deberían bastarte, y si tu señora quiere saber algo más, lo único que tiene que hacer es preguntarme lo que quiera cuando nos veamos en persona. ¿Sigue queriendo considerar mi ayuda? —La considerará. Leer lo que tengáis que decirle la ayudará. —Entonces aguardaré su respuesta. Retrocedió un paso y se alejó. Sintió que una gota de sudor le caía por las sienes y se alegró de que ella no lo hubiera visto. No la culpaba por poner a prueba su determinación reiteradamente; hasta donde él sabía, bien podría ser que su señora la hubiera animado a hacerlo. Pero cuando llegó a su dormitorio, llenó una jofaina con agua y se mojó la cara. ˜s– Elizabeth subió el almuerzo a la torre y encontró a Anne mirando por la ventana de su cámara privada con aire taciturno. No parecía haberse dado cuenta siquiera de su presencia. —¿Anne? —la llamó, posando la bandeja en una mesa. La doncella dio un respingo y esbozó una sonrisa que se veía a la legua que era falsa, pero tan sincera en su deseo de animarla que Elizabeth sintió que se le hacía un nudo en la garganta. —Ah, la comida —exclamó Anne—. Me muero de hambre. —¿No ha llegado ninguna otra cesta? —No, probablemente porque me he pasado el día con la cabeza asomada a la ventana, mirando hacia arriba, y mi benefactor no habrá querido correr riesgos. —Imagino que también miras por la ventana porque desearías estar libre —dijo ella con apenas un hilo de voz. Anne suspiró y la cogió de la mano. 92 Julia Latham – El engaño del caballero —No me arrepiento de nada. Y es asombroso lo que una puede ver desde la ventana. Por ejemplo, te he visto esta mañana, cerca de la liza. —¿Cómo sabías que era yo desde tan lejos? —Llevas uno de mis vestidos, ¿recuerdas? —respondió con sequedad—. Y ese horrible griñón. No me explico cómo lord Russell te besó. Elizabeth se rió sin demasiado entusiasmo. —Le estaba haciendo unas preguntas al amigo de John. Es sir Philip Clifford. John nos pilló juntos, pero pareció entender el porqué. —Ah, ojalá pudiera verles la cara —se lamentó Anne, agarrándose al alféizar de la ventana—. Me paso el día aquí sentada, contemplando las idas y venidas de los demás ahí abajo, imaginando cómo será el día de cada uno, la cena en el gran salón, una charla con un compañero, incluso ir a misa. Me ayuda a pasar el rato. —Ya sabes que si todo esto te resulta demasiado duro, yo... —¡No! —se apresuró a decir Anne con indignación—. Esto es lo más importante que he hecho en mi vida. Juntas conseguiremos que salga bien. Elizabeth sacó la misiva de John. —Pero ¿podremos contar con ayuda? —añadió la joven doncella pensativa—. ¿Se trata de un mensaje de lord Russell para ti? Elizabeth asintió. —¿Vas a leerlo? —Tengo que hacerlo. —Miró la misiva y suspiró. Anne se le acercó. —Te estás cansando de esta mentira. ¿Por qué no le cuentas la verdad? —Porque... —Se puso rígida y se obligó a hablar con firmeza—. Porque no lo conozco lo suficiente. —En su mente lo vio defendiéndola de los ladrones. Había arriesgado su vida, pero tal vez sólo lo hubiera hecho para persuadirla—. Hablar con su amigo no me ha servido de nada. ¿Cómo sé que no miente también? Aunque a Philip le gustó lo de la cesta misteriosa. Al parecer, busca una prueba que le dé la razón en su afirmación de que la Liga del Acero existe, y cree que son ellos quienes nos están ayudando. John, lord Russell, no está de acuerdo. Él se muestra escéptico. —Entonces lee la carta y decídete —exclamó su amiga con entusiasmo—. Yo comeré y te dejaré sola para que la leas en privado. —No puede haber nada en ella que tú no puedas oír. La leeré en voz alta. —Elizabeth rompió el lacre y abrió el pergamino. John tenía una caligrafía clara y vigorosa—. «Para lady Elizabeth: Supongo que a estas alturas conoceréis ya el extremo al que he llegado para ofreceros mi ayuda. Habría preferido acudir con un gran ejército con el que convencer a lord Bannaster de que desafiarme sería un grave error, pero he creído entender por vuestra doncella que no deseáis enfrentamiento violento para no dar ocasión a que vuestro pueblo pueda resultar herido. Vuestro deseo de que reine la paz es encomiable, aunque optimista, y revela una feminidad dulce que admiro en una mujer.» Elizabeth se detuvo y puso los ojos en blanco. —Sólo quiere elogiarte —dijo Anne alegremente. —Las palabras no se le dan tan bien como a su hermano —comentó ella. Anne abrió la boca, pero antes de que pudiera decir nada, Elizabeth la interrumpió: —Sí, ya sé que no recibieron el mismo tipo de educación. —Imagina lo que es irte de tu propio hogar con dieciséis años y viajar a otro país. —Yo me fui del mío a los diez para escapar de la persecución a que me sometían los hombres que ansiaban mi herencia —le recordó. 93 Julia Latham – El engaño del caballero —Pero tú eras una hija querida, adorada incluso. Y sólo estuviste fuera un año, acogida en otro hogar, como suele ocurrir con muchas niñas. A mí me parece que a lord Russell lo abandonaron a su suerte, para que se sacara las castañas del fuego él solo. —Así es —convino Elizabeth a regañadientes. —Y es un hombre de honor, capaz de arriesgar su propia vida para cumplir una promesa que su padre le hizo al tuyo. —De resultas de la cual percibirá mi dinero, mi castillo, el título de mi padre y me tendrá a mí en su cama —replicó ella con amargura. Anne sonrió. —No creo que ésa sea una perspectiva tan horrible para ti. Te gustó su beso, aun sabiendo que no debería. ¿Acaso no le ocurrió a él lo mismo? —No puedo soportarte cuando tienes razón —dijo su amiga con un suspiro—. Deja que termine de leer. «Aunque mi patrimonio y posesiones no están en su mejor momento, os juro que lo levantaré de nuevo hasta convertirlo en una joya preciosa al borde del océano que os entregaré como regalo de bodas. Os ruego perdonéis el comportamiento negligente de mi hermano. Siempre fue un hombre al que sólo le importaba vivir en la corte, pero estoy seguro de que pensó que tendría la oportunidad de arreglar las cosas antes de casarse con vos.» —Elizabeth levantó la vista—. ¡No puedo creer que el pobre William se comportara así! —Pero al menos lord Russell lo defiende y te jura solucionar las cosas. Sigue leyendo. —«Para terminar, milady, os ruego que creáis que he venido con la mejor de las intenciones. Os pido disculpas por no haber podido llegar antes y libraros de las maquinaciones de lord Bannaster. Os prometo que, con la ayuda de mis hombres, haré todo lo posible por liberaros y cumplir los deseos de nuestros padres. Vuestro humilde servidor, John Russell.» — Elizabeth miró a Anne—. Tiene un plan, pero no quiere contarme de qué se trata todavía, hasta que tenga atados todos los cabos. ¡Y no quiere decirme lo que contenía el mensaje de sus amigos! —Te está protegiendo. Elizabeth dejó con cuidado la carta sobre una mesa y la miró con indecisión. John esperaba su respuesta, pero ella no sabía qué decirle. En su carta no había poesía, ni elogios, ni intento alguno de cortejarla, ninguna declaración de afecto. No sabía qué pensar. Y, pese a todo eso, las palabras de la carta contenían la esencia del hombre que estaba empezando a conocer, uno de férrea determinación, dispuesto a hacer bien las cosas; alguien que se había hecho apalear para tener así una excusa plausible que le permitiera quedarse en Alderley. —¿Qué le vas a decir? —preguntó Anne—. Parece que quiere ganarse tu aprobación. —Ya lo sé —replicó ella con tristeza—. Lo está internando con sus actos y ahora por escrito. Pero no sé sí puedo confiar en él, Anne. Sólo hace unos días que lo conozco. ¿Cómo sabré cuándo puedo fiarme? —Mi madre siempre decía que observar el comportamiento de un hombre cuando no sabe que lo estás haciendo revela su carácter. —Pero él sabe que lo estoy observando. Estamos juntos todo el tiempo. Ordenes de Milburn. Seguro que empezaría a confiar si supiera con certeza que es quien dice ser. —¿Aún no lo crees? —Tal vez, pero no puedo seguir fiándome de mi intuición. Me hizo dudar de mí y ahora no puedo recuperar la confianza en mis percepciones. Si viera el anillo, si supiera sin ningún género de dudas que es mi prometido, tal vez pudiese empezar a aceptar un futuro con él. —Entonces pídele que lo enseñe. Si te preocupa hacerlo desde tu situación de doncella, dile que tu señora te lo ha pedido. Aunque el anillo podría hacer que creyera en él, no podía pedirle que se lo enseñara. John sospecharía y aún no estaba lista para revelarle su identidad. —Entonces, ¿vas a escribirle una carta? —preguntó Anne. 94 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Debería? ¿Y si lo pillan con ella en su poder? Eso lo convertiría en enemigo de lord Bannaster. Su amiga sonrió de manera cómplice. —Creo que no sabes qué decirle. —Tengo que explicarle que he hablado conmigo. Créeme, eso es aún más difícil. Pero ella sólo pensaba en cómo comprobar con sus propios ojos que tenía el anillo; como si eso fuera a solucionar por arte de magia todos sus problemas. 95 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 14 John estuvo esperando a que Anne regresara de su visita a la torre, pero transcurrida una hora, salió en su busca. Empezó por las cocinas, preguntando a su amiga Adalia, que le dijo que le había pedido que, cuando terminara con lady Elizabeth, fuera al huerto de detrás de las cocinas a ayudar a sus compañeras a quitar malas hierbas. John se dio cuenta de que la chica había estado evitándolo deliberadamente, y eso no era buena señal. La cocinera se mostró vacilante e indecisa, incluso suspicaz, lo que no dejaba de parecerle extraño. ¿Por qué le disgustaba que quisiera cortejar a Anne? ¿Acaso Adalia no quería que una doncella tuviera la oportunidad de casarse con un administrador? Atravesó las cocinas en dirección al huerto del que se proveía el castillo y, aunque había allí varias criadas acuclilladas entre los surcos arrancando malas hierbas, no le costó trabajo reconocer a Anne. Era la única que se cubría con un griñón. No entendía por qué se empeñaba en llevarlo, teniendo en cuenta que era una mujer soltera. Pero no podía hacerle una pregunta tan personal cuando estaba intentando guardar las distancias. Los cuidados surcos representaban todo un desafío para su muleta. Sólo llevaba unos pocos días con ella y ya estaba más que harto. Terminó colocándose con un pie a cada lado de una hilera de matas de judías y avanzó cojeando hacia la joven con sumo cuidado. Anne levantó la vista al verlo y se cubrió los ojos con una mano para protegerse del sol. Lo miró impasible y, tras dedicarle una leve inclinación de cabeza, siguió con su trabajo. —¿Es esto lo que hace la doncella de la señora? —preguntó, deteniéndose a su lado. —Una doncella a la que se ha privado de sus obligaciones habituales. Esperó a que Anne dijera algo más, mientras observaba desde su altura la esbelta nuca y la estrecha espalda, pero ella permaneció en silencio. John se fijó en que las demás sirvientas los miraban con curiosidad, y trataban de ocultar la risa nerviosa. Al menos, las miradas de desconcierto de los días anteriores empezaban a convertirse en miradas divertidas. Como Anne continuara ignorándolo, le preguntó: —¿Has hablado con tu señora? —Sí. —¿Y tiene algo que decirme? —dijo en voz baja. Ella se sentó sobre los talones y se limpió el sudor de la cara con el dorso de la mano. El movimiento le dejó un reguero de suciedad que John encontró entrañable, y al momento se puso furioso consigo mismo por haberse fijado siquiera. —Teme que pudiera comprometeros a uno de los dos si os encontraran en posesión de una carta suya —respondió Elizabeth—, de modo que me ha pedido que os diga que ha leído vuestra misiva y que considerará vuestras palabras. —¿Eso es todo? —quiso saber él con el cejo fruncido. —¿Qué más habría de decir? —se extrañó la joven, con expresión de perplejidad. 96 Julia Latham – El engaño del caballero Pese a su enfado, John se sentía profundamente frustrado con toda aquella situación: la incapacidad para ayudar de forma inmediata a su prometida; la negativa de ésta a abandonar el castillo en caso de que él lograra acceder a la torre; y, sobre todo la arrebatadora atracción que sentía hacia su doncella y su creciente preocupación por que no le resultara fácil olvidarse de ella. Jamás una mujer había ocupado su mente tanto como aquélla. El mero hecho de verla trabajar en la tierra le recordaba lo ágil y fuerte que era, y cuánto deseaba tenerla en su cama. De su boca escapó un suspiro de cansancio. —Gracias por entregarle la carta. Eres una criada muy leal. Ella inclinó nuevamente la cabeza y prosiguió con su tarea, como si fuera un desafío tanto físico como mental. O como si le sirviera como excusa para ignorarlo. ˜s– Esa misma noche, justo después de la cena, Elizabeth se quedó observando detenidamente los movimientos de John. Cuando lo vio que se disponía a echar una partida de tabas con Philip y varios otros caballeros, salió a hurtadillas del gran salón y corrió al dormitorio de él. Una vez allí, cerró la puerta aliviada y miró a su alrededor sin saber por dónde empezar a buscar. Abrió las contraventanas para aprovechar la poca luz natural que aún había y cogió una bolsa que encontró en su cama. Aunque merecía conocer la verdad, se sintió culpable por espiarlo y por continuar con el engaño pese a que él ya le había confesado la verdad del suyo. Rebuscó en la bolsa, pero allí no encontró nada más que ropa. Había otra bolsa en el jergón de Philip, pero no la tocaría a menos que fuera absolutamente necesario. En un arcón que vio contra una pared, no había más que ropa de cama. Pasó los dedos por la repisa, incluso buscó alguna piedra suelta tras la que se pudiera ocultar un tesoro. A medida que pasaba el tiempo y empezaba a hacerse patente la necesidad de escapar de allí, se le iba acelerando la respiración y el ritmo cardíaco. Estaba buscando debajo del colchón cuando la puerta se abrió y se cerró casi en un solo movimiento. Verse sorprendida le hizo abrir desmesuradamente los ojos y contener el aliento. Justo cuando trataba de ocultarse debajo de la cama, John dijo: —Sé que estás aquí. A estas alturas, lo debe de saber ya todo el castillo. Parecía enfadado, algo que no había visto en él. Pero antes de darse cuenta siquiera, John estaba a su lado, levantándola por los brazos y poniéndola en pie. La miraba desde su altura, con el rostro ensombrecido por la furia. —¿Qué creías que ibas a conseguir con esto? —quiso saber, haciendo un expansivo gesto con el brazo indicando el dormitorio. —Yo... —Un soldado te ha visto y se lo ha dicho a otro, que a su vez me ha dicho a mí, delante de los demás caballeros, lo afortunado que soy de tenerte esperándome en la cama. Ella jadeó mortificada. —Yo no quería... —Esto llegará a oídos de tu señora algún día y ella supondrá que yo... que nosotros... — Con un gemido la soltó, se apartó, y empezó a pasarse las manos por el pelo—. Y el resto de los habitantes del castillo no tardarán en pensar que su señor se llevó a la cama a la doncella de su esposa. Ella alzó la barbilla. —Les contaré la verdad. Todos me creerán. —Apenas te hablan. ¿Por qué piensas que te van a creer? ¿Y qué estabas haciendo aquí, por cierto? Ella se mordió el labio y no dijo nada. John miró a su alrededor y vio su bolsa abierta. 97 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Ahora te manda que registres mis cosas? —dijo en voz baja. —Necesita saber con seguridad que sois quien decís ser. —El anillo —murmuró él, avanzando hacia la joven. —Sí, el anillo —contestó ella, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared. —Mi palabra no le basta. —Muchos hombres le han dado su palabra —replicó Elizabeth, indignada, mirándolo—. Y, a veces, eso no ha significado nada. John se metió la mano por el escote de su camisa y levantó una cadena de la que colgaba un anillo enorme, con una esmeralda tallada. Ella se quedó mirando, paralizada, cómo reflejaba los últimos rayos del sol que se colaban por la ventana. —¿Necesitas tocarlo para asegurarte de que es real? —preguntó con acusado sarcasmo. Se habría negado si de ella hubiera dependido, pero él le cogió la mano, le puso la joya en la palma y luego la obligó a cerrar el puño. Lo notó tibio por el contacto con su cuerpo; y sentía la fuerza de su mano alrededor de la suya. El brazo del hombre le rozaba un pecho. Debería estar furiosa, o nerviosa, arrinconada contra una pared, a solas con él en su dormitorio, pero en vez de eso lo que sentía era una tremenda excitación, un hormigueo que le recorría todo el cuerpo desde la punta del dedo meñique hasta la nuca. Le pesaban los párpados, tenía la boca seca y no pudo evitar quedarse mirándole los labios, recordando la magia que había provocado en ella con un solo beso. John la miraba con gran intensidad y entonces se inclinó un poco más sobre ella, como si fuese a besarla. A Elizabeth no le importaba el engaño que se alzaba entre los dos, ni la desconfianza. Lo único que su cuerpo deseaba era que él la hiciera sentir completa, que terminara lo que su fingida seducción había comenzado. En ese momento, una miríada de pensamientos atravesaron a toda velocidad la mente de John. Lady Elizabeth no confiaba en él, probablemente preferiría a cualquier otro hombre por esposo. Sin embargo, Anne... Anne lo deseaba tanto como él a ella, aunque ambos sabían que estaba mal. Si el rey Enrique rompiera el acuerdo de esponsales, John podría tener a Anne, y entonces... De pronto inspiró, soltó la mano de la chica y retrocedió. El anillo quedó colgando y él se lo guardó nuevamente debajo de la túnica. ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo podría él deshonrarse a sí mismo y a su familia de esa manera? Y todo por el deseo que le despertaba una doncella. Él era el único que podía recuperar el honor de los Russell y demostrar a sus padres que era capaz de cumplir sus deseos. —Vuelve con tu señora y dile que ya tiene su prueba —dijo con dureza. Ella se humedeció los labios y cuando habló pese a estar temblando, lo hizo con un frío distanciamiento. John, que se dio cuenta, no pudo evitar admirarla, aunque con reticencia. —¿Y cómo sabrá que no lo habéis robado? No necesitaba más pruebas de lo poco que confiaba en él la señora del castillo, después de todo lo que había arriesgado por salvarla. Antes de que le diera tiempo a responder, oyeron que alguien llamaba a la puerta con los nudillos. Anne abrió los ojos como platos y John vio que estaba preocupada. —Demasiado tarde —dijo—. Todos saben que estás aquí. Pero aun así fue a ver quién era, no sin antes coger la muleta y colocársela bajo la axila. En el corredor, se encontró con Adalia, que lo miraba fijamente. —Yo... he oído que la doncella Anne estaba... con vos aquí —titubeó la mujer—. Necesito hablar con ella. John abrió la puerta un poco más y le hizo un gesto para que entrara. Sin dudarlo, ella avanzó hasta el interior. La rigidez de sus hombros pareció suavizarse un poco cuando vio que la cama no estaba deshecha y que Elizabeth estaba totalmente vestida. 98 Julia Latham – El engaño del caballero En vez de darle el recado desde donde se encontraba, Adalia se acercó a ella y le susurró algo al oído. John observaba el intercambio con curiosidad, y, aunque la joven trató de recuperar la compostura, la vio abrir mucho los ojos con expresión consternada. —Gracias, Adalia —dijo. Miró entonces a John, aunque no directamente a los ojos—. Debo irme. Buenas noches, sir John. Pasó a su lado mientras la cocinera le hacía una rápida reverencia y salía detrás de Anne. Él las siguió con la mirada mientras ambas se alejaban con paso ligero corredor abajo. ¿Se creía Anne que se iba a quedar allí, después de presenciar tan curioso encuentro? Las siguió a una prudente distancia. Cuando Elizabeth consideró que se encontraban lo bastante lejos del dormitorio de John, le susurró a Adalia: —¿Cómo se les ha ocurrido a mis hermanas presentarse sin avisar? —Al parecer, les han llegado rumores de vuestro secuestro. Sé que no tenían intención; tal vez querían sorprender a lord Bannaster. —¿Dónde está su padre adoptivo? —preguntó Elizabeth, exasperada. Adalia se encogió de hombros con impotencia. —¿Qué ha hecho Milburn al verlas aparecer? —Les ha dicho que no podían veros, y que las devolvería a su hogar mañana con una nutrida escolta. Creo que habrían organizado un alboroto, pero les he hecho una señal para que guardaran silencio. Se han portado como dóciles jovencitas y he hecho que las escoltaran hasta sus aposentos. —Tu presencia obra maravillas —replicó Elizabeth con sequedad—. ¿Dóciles jovencitas? No las veo desde el funeral de nuestros padres, hace seis meses, pero no creo que hayan cambiado tanto desde entonces. Tras subir por una escalera de caracol situada en un rincón del castillo y que comunicaba con la segunda planta, llegaron a la habitación que compartían las dos jovencitas. Elizabeth llamó con los nudillos y, cuando una de ellas preguntó quién era, contestó: —Soy Anne, la doncella de vuestra hermana. La puerta se abrió de par en par y al otro lado apareció una atónita Sarah. A sus dieciséis años, era la mayor de las dos hermanas menores de Elizabeth. —¡Me ha parecido reconocer tu voz! —¡No hagas ruido! —siseó Elizabeth, empujándola hacia el interior del dormitorio. Adalia aprovechó para retirarse. —Tengo que ir a ocuparme de mi hijo —dijo con una gran sonrisa—. Buenas noches, jovencitas. Con la puerta bien cerrada, las dos chicas, de cabello cobrizo, como Elizabeth, aunque no tan altas como ella, abrazaron a su hermana y empezaron a hablar las dos al mismo tiempo. —¡Ese hombre nos ha dicho que estabas recluida! —¿Has dicho que eras Anne? Ella dio unas cariñosas palmaditas en la espalda a las dos jóvenes y, finalmente, se apartó de ellas. —Estoy bien. Sí, creen que me tienen prisionera, pero lo cierto es que Anne y yo hemos intercambiado los papeles. —Entonces, ¿por qué no te has escapado? —quiso saber Sarah. Era la más práctica de las dos. —Porque lord Bannaster castigaría a nuestros amigos y a nuestros sirvientes. No puedo permitir que eso ocurra. Encontraré la manera de arreglar las cosas. —Así, ¿te estás haciendo pasar por una criada? —preguntó Katherine con un gesto de horror—. Pero ¡si eres la hija mayor de un conde! 99 Julia Latham – El engaño del caballero —Por eso estoy haciendo lo que me parece necesario. Tampoco es que tenga mucho que hacer, porque el alcaide sólo me deja subir a la torre a la hora de las comidas. —¿Y es Anne la que está prisionera? —preguntó Sarah—. ¿Cuánto tiempo lleva ahí metida? —Hoy es el quinto día. —Oh, Liz, qué horror —susurró Katherine—. Estoy tremendamente asustada. Elizabeth rodeó los hombros de su hermana pequeña. Puede que Katherine tuviera edad suficiente para casarse, pero en verdad era una niña que había estado siempre muy protegida en el seno de su cariñosa familia, igual que la propia Elizabeth en su día, antes de que murieran sus padres. —Sí, sé que suena aterrador —dijo ésta, dándole un beso en la frente—, pero lord Bannaster no quiere hacerme daño. Lo que busca es convertirse en mi tutor, o tal vez en mi esposo. Y eso es ilícito, puesto que ya estoy comprometida. Sarah las rodeó a las dos con sus brazos. —Tienes que prometerme que si no consigues liberarte, nos lo harás saber. Nuestra familia adoptiva acudirá gustosa en tu ayuda. —Lo prometo —respondió ella, aunque era incapaz de involucrar a más gente, y menos aún a una familia que no era especialmente rica y poderosa, en lo que podría convertirse en una situación violenta. La puerta se abrió con un golpetazo repentino y las tres dieron un brinco, asustadas. Elizabeth sintió por un momento el terror de haber sido descubierta y, al darse la vuelta, comprobó que ya no podía ocurrir nada peor. John estaba allí, de pie, y nunca lo había visto tan furioso. Debía de haber estado escuchando detrás de la puerta. Cerró dando un portazo y entró en la habitación sin apoyarse en la muleta. —Miladys, no temáis por vuestra hermana —dijo. El tono bajo que empleó resultaba tan afable como aterrador. —No os ha contado toda la verdad. Yo soy lord Russell, su prometido, y me ocuparé de que no le ocurra nada. Pero la expresión que se veía en sus ojos no era precisamente afectuosa, ni siquiera cordial. Tenía la vista fija en ella, como si ella fuera Eva y acabara de pillarla hablando con la serpiente en el Jardín del Edén. Como si lo hubiera traicionado. Elizabeth alzó la barbilla y le dirigió una gélida mirada en respuesta, aunque tenía un nudo en el estómago que le estaba provocando náuseas. Se recordó que él también le había mentido, que la había utilizado. Pero en vez de concentrarse en ello, deseó haberle contado antes la verdad. Esperó que John la culpara de haberlo engañado, pero éste se limitó a dirigirse hacia sus hermanas, que lo miraban aliviadas, como si ya las hubiera puesto a todas a salvo. Elizabeth se descubrió pensando, rabiosa, que podría haberse salvado por sí misma sin necesidad de su ayuda. —Miladys —dijo dirigiéndose a las hermanas de la joven—, he venido aquí disfrazado con el fin de ayudar a vuestra hermana. Aunque me temo que será necesaria una buena dosis de discreción para sacarla de la situación en que se encuentra, os prometo que ambos encontraremos una solución. Ella se puso aún más furiosa al incluirla en sus planes, como si ella fuera su compañera. No confiaba en sus palabras. Le sonaba a excusa para tranquilizar a sus asustadas hermanas. Y para tratar de hacerse con el mando. ¡Además, todavía no le había contado en qué consistían esos planes! 100 Julia Latham – El engaño del caballero Pero Sarah y Katherine lo miraban como si se tratara de un caballero que había acudido al rescate de su dama a la cabeza de un ejército. ¿Cómo iba a decirles que ni siquiera podía permitirse una tropa? —Pero nos resultaría aún más difícil si tuviéramos que preocuparnos por vosotras — continuó John—. Por eso os pido que regreséis a casa y aguardéis allí noticias nuestras. —Lo haremos —prometió Sarah, con una resplandeciente sonrisa llena de esperanza—. Nos alegra haberos conocido por fin. —Y lamentamos mucho la muerte de vuestros hermanos —añadió una compasiva Katherine. John aceptó las muestras de pésame con un asentimiento de cabeza. —Os lo agradezco, miladys. Y, ahora, si nos disculpáis, tengo que hablar con lady Elizabeth. Ésta percibió el ligero énfasis con que pronunció su nombre, y su rostro se crispó en un rictus de dolor. —Si me veis por la mañana, antes de que partáis —añadió él—, será mejor que no os dirijáis a mí. Debe parecer que no me conocéis. Y tampoco podéis hablar con vuestra hermana como tal, excepto si lo hacéis en calidad de sirvienta. —Como le hablaríamos a Anne —asintió Katherine alegremente. —Es mejor no correr riesgos —dijo Elizabeth—. Tal vez deberíamos evitar encontrarnos por la mañana. —Abrazó a cada una—. Cuidaos mucho, y gracias por venir a ver cómo estaba. ¿Saben vuestros padres adoptivos dónde estáis? —Les dijimos que íbamos a visitar a lady Louisa —contestó Sarah, avergonzada. —Entonces tenéis que regresar de inmediato, antes de que descubran el peligro que habéis estado a punto de correr. Katherine miró alternativamente a John y Elizabeth con gran interés. —¿Queréis hablar aquí? Podemos dejaros... —No será necesario —contestó él—. Que paséis buena noche miladys. Una vez en el corredor, John se colocó la muleta de nuevo bajo la axila y retomó su fingida cojera al tiempo que cogía a Elizabeth con fuerza por la parte superior del brazo. Un sirviente que habitualmente servía las mesas en el gran salón se quedó mirándolos al pasar junto a ellos. Cuando el chico estuvo lo bastante lejos, Elizabeth le susurró: —No hace falta que me agarres así. Él se limitó a mirarla. —¿Adonde me llevas? —A mi dormitorio —respondió con voz de hielo—. No creo que te importe demasiado. En todo caso, todo el castillo piensa que eres mía. Por los clavos de Cristo —añadió con una áspera carcajada—, cuando descubran quién soy en realidad, agradecerán que me fijara en ti y te mantuviera a salvo. Ella apretó los dientes, pero no dijo nada, consciente de que no le quedaba más remedio que capear el temporal de su cólera como fuera. Bajaron un tramo de escalera, demasiado rápido como para tener supuestamente rota la pierna, pero John no parecía conducirse con su habitual cautela. Cuando por fin llegaron al dormitorio, encontraron una vela encendida, como si Philip hubiera estado allí y se hubiese marchado. Elizabeth esperó a que cerrara la puerta y entonces se volvió hacia él, preparada para oír sus acusaciones. Pero él tiró la muleta sobre la cama, la agarró por ambos brazos, la apoyó contra la pared y la besó. No fue un beso delicado y romántico, como el que habían compartido junto al riachuelo. No, éste podía considerarse un asalto en toda regla, ardiente, invasivo y muy poderoso. Ella tenía la cabeza vuelta hacia arriba y el cuerpo pegado a la pared por la fuerza que emanaba del de él. 101 Julia Latham – El engaño del caballero John le recorrió los labios con la lengua, dejando constancia de su posesión, allí y en aquel momento. Con una de sus grandes manos le sostenía el rostro, como si temiera que ella pudiese volver la cabeza en señal de rechazo, mientras que con la otra le recorría el cuello y seguía descendiendo hasta ahuecarla contra uno de sus pechos. A Elizabeth el acto en sí le resultó tan íntimo que la sorprendió y encolerizó a un tiempo. Aquella necesidad desesperada de tocarla le hizo darse cuenta de lo mucho que John había tenido que contenerse desde que le confesara su verdadera identidad. Y de lo furioso que parecía estar. En el calor del momento, se vio asaltada por sentimientos que iban desde la pasión hasta la cólera, y le devolvió el beso con avidez, metiendo la lengua en su boca y peleando por la supremacía. Estuvieron así mucho tiempo, en un intento por fundirse el uno con el otro. Elizabeth no podía apretarse más contra el calor y la fuerza del varonil cuerpo. Le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí, presa de una desesperación que la convertía en una insensata. La rabia y la pasión se hicieron una y, de pronto, se convirtieron en algo que Elizabeth no era capaz de reconocer; algo más animal que humano. 102 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 15 Mientras la besaba, la furia de John se fue disolviendo hasta dar paso a la pasión que había sentido nada más conocerla. Era como si no se hartara del sabor de su boca, de la suave turgencia de su pecho contra la palma de la mano. Y ella no lo estaba rechazando, en absoluto, sino que se estaba mostrando tan agresiva como él, hasta el punto de que lo tenía agarrado de la túnica con ambos puños, tratando de atraerlo hacia sí lo máximo posible. Necesitó de ambas manos para quitarle el griñón sin dejar de besarla en ningún momento, pero finalmente consiguió soltárselo, y una cascada de rizos cobrizos cayó sobre sus hombros. Él enterró el rostro en ellos, consciente de algo que lo llenaba de pura satisfacción: aquella mujer era suya. Pero era alguien que había permitido que siguiera sintiéndose culpable por desear a «Anne», cuando en realidad se trataba de la mujer con quien tenía que casarse. Se separó de ella con dificultad y se secó la boca con el antebrazo al tiempo que la furia retornaba. Envuelta en la luz de la vela, Elizabeth permanecía contra la pared, con el pelo sobre los hombros, el pecho subiendo y bajando debido a su jadeante respiración, y los ojos resplandecientes, sosteniéndole la mirada. Aquella niña se había convertido en una hermosa mujer, aunque no le extrañaba que no la hubiera reconocido, con el pelo tapado de esa forma. —No has cambiado tanto desde que éramos niños —dijo en voz baja—. Sigues haciendo las cosas a tu manera. Ella entornó los ojos. —No puedes culparme por tratar de protegerme y de proteger mi castillo. —¡Yo estoy aquí para protegerte a ti y a tu castillo! Debería echarte ahora mismo de aquí y... —Y demostrar que no eres mejor que Bannaster. —Esa es la opinión que tienes de mí, ¿verdad? —respondió él con tono gélido. —¿Que me quieres por mis propiedades y mi título? Sí, ¿por qué habría de pensar otra cosa? Es cierto, ¿no es así? John se apartó de ella. —Quiero cumplir el acuerdo que sellaron nuestros padres, un voto que hicieron con el fin de unir a nuestras familias. Era lo que los míos querían que hiciera. —No, lo que ellos querían era desposarme con tu hermano William. Mientras que tú no has dejado de difamarlo desde que llegaste, pese a que no lleva más que unos pocos meses enterrado. Él cerró los ojos, tratando de controlarse, lamentando que la joven siguiera amando a William. —Lo que te he contado sobre el castillo de Rame es cierto. —Y yo digo que tal vez no conozcas toda la verdad. Y el hecho de que me mintieras sobre tu identidad... —¡Tú hiciste lo mismo! —la interrumpió él. 103 Julia Latham – El engaño del caballero —Sí, los dos mentimos porque nos pareció lo más oportuno. —Pero tú seguiste adelante con tu mentira incluso después de que yo te confesara la verdad y te pidiera ayuda. Elizabeth ignoró el comentario. —Y tus intentos de seducirme... —¡Yo no hice tal cosa! —se defendió John, cerniéndose sobre ella y sujetándole la cara para obligarla a mirarlo—. De haber querido seducirte, lo habría hecho. Ella lo apartó de un manotazo y, agachándose por debajo del brazo extendido, se colocó en el centro de la habitación. —No es culpa mía si no puedo saber con seguridad si debo confiar en ti o no. Ambos se miraron lanzando chispas por los ojos un momento, en silencio, los dos con la respiración entrecortada y rebosantes de desconfianza. —Puedes decir lo que quieras —dijo finalmente John—, pero te casarás conmigo. Tal vez creas que hubieras preferido a mi hermano, pero tu cuerpo y tus labios no opinan lo mismo. —Eres un hombre grosero. —Y algún día admitirás que disfrutas. ¿Sigues queriendo escapar de lo que quiera que lord Bannaster tenga planeado para ti, aunque eso signifique que será a mí a quien tendrás que someterte? John vio el respingo de la joven al escuchar sus palabras, pero en seguida alzó la barbilla y contestó: —Nuestro acuerdo de esponsales es vinculante. No deshonraré a mis padres incumpliéndolo. Casi sonaba como si le hubiese gustado poder hacerlo, y John se sintió repentinamente agotado. —Entonces necesito una misiva de tu puño y letra —dijo. Elizabeth entornó nuevamente los ojos. —Explícame para qué, por favor. —Mis hombres, los dos que te entregaron ayer el pergamino, han encontrado a tu ejército. Ella inspiró profundamente, y John vio el alivio que se reflejó en sus ojos. —Pero el capitán de la guardia es un siervo leal, y no acepta la palabra de dos vulgares soldados de que yo soy tu prometido. Quiere que le des una prueba fehaciente de que puede confiar en mí. La joven apartó la vista y John supo que todavía vacilaba. Estaba claro que no confiaba en él, de lo contrario, no le habría seguido ocultando la verdad tanto tiempo. —Es necesario sacarte de aquí —añadió con frialdad. —Pero no mediante el ataque de un ejército. —Soy un caballero. Te doy mi palabra de que atacaré sólo en última instancia. Pero necesito soldados, Elizabeth. —¿Y qué harás con ellos? —Entrenarlos. Mis hombres son expertos en el arte de la guerra, conocen técnicas procedentes de Europa que sólo ahora empiezan a conocerse en Inglaterra. —¡El arte de la guerra! —exclamó ella. Con una potente zancada, John cubrió la distancia que los separaba y le tapó la boca con la mano. —Calla —murmuró contra su oído—. ¿Es que quieres que alguien oiga esta conversación? Cuando forcejeó, él la soltó de buena gana. Tocarla sólo servía para confundirlo. Le hacía olvidarlo todo excepto que ella lo estaría aguardando en el lecho nupcial. Por un momento, consideró la posibilidad de sugerirle tomarla en aquel mismo momento y sellar su unión, privando así a Bannaster de toda posibilidad. Pero los dos seguían demasiado 104 Julia Latham – El engaño del caballero enfadados y no quería comenzar así su relación. Además, si al vizconde sólo le interesaba el título, no le importaría que su esposa no fuera virgen. ˜s– Anne rasgueaba su laúd en su dormitorio de la torre, tratando de dar con una melodía alegre, pero lo único que sus dedos conseguían tocar eran tristes y nostálgicas baladas. Por alguna razón, esa vez la soledad se le hacía más insoportable que nunca. Cada noche tenía que enfrentarse a ella, y detestaba tener que apagar la vela, con lo que quedaba envuelta en la oscuridad, en la que sus miedos parecían estirarse y crecer. Cada día se quedaba despierta hasta más tarde, de modo que el sol de la mañana la encontraba cada vez más cansada. De pronto, oyó un ruido procedente del exterior de la ventana. Los dedos se le paralizaron sobre las cuerdas y levantó la cabeza. Seguro que sólo era un pájaro que se había posado en el alféizar, como había ocurrido en otras ocasiones en los últimos días. Ella intentaba persuadir al animalillo para que entrara, como si fuera posible tener como mascota a un animal salvaje. Oyó el sonido de nuevo, esta vez como si algo muy grande golpeara las contraventanas. ¿Estarían tratando de dejarle otra cesta? Se puso en pie de un salto, dejó el laúd sobre la mesa y corrió a abrirlas. Al principio, no vio nada más que oscuridad. De pronto, algo entró despedido desde el exterior y Anne retrocedió. Pero no era más que el extremo de una soga, con nudos realizados a intervalos, y parecía vibrar. Al cabo de un segundo, un pie enfundado en una bota se deslizó hasta apoyarse en el alféizar seguido del otro. Un hombre se acuclilló y miró hacia el interior. —¿Lady Elizabeth? Anne sabía que debería estar asustada, quién sabía lo que lord Bannaster sería capaz de hacer para conseguir casarse con Elizabeth, pero aquel hombre tenía un rostro tan afable que no pudo hacer más que asentir con la cabeza. —Perdonad mi intrusión —dijo él, sujetándose aún al alféizar de forma precaria—. ¿Puedo entrar? Ella se cubrió la boca con la mano para ocultar una risilla nerviosa. Su cabeza no dejaba de susurrarle que podía ser peligroso, pero estaba desesperada por hablar con alguien. —Podéis, señor —contestó—, pero tengo una daga, y os advierto que sé cómo usarla. Él bajó un poco más hasta quedar sentado en el alféizar con las piernas hacia dentro de la estancia, y, a continuación, metió la cabeza y se puso en pie. Era un hombre alto, esbelto y enjuto, de músculos fibrosos. Tenía el pelo de un castaño entreverado con cabellos cobrizos, y los ojos más verdes y sinceros que Anne había visto en su vida. El hombre se inclinó ante ella con una fioritura. —Lady Elizabeth, soy sir Philip Clifford. El nombre le resultaba familiar, pero no recordaba por qué. —¿Pertenecéis a la Liga del Acero, sir Philip? Me han hablado de esa organización secreta. ¿Fuisteis vos quien me bajó la cesta de comida? —No a todas vuestras preguntas, milady —respondió él con sincero pesar—. Pero he oído hablar de los legendarios miembros de la Liga y también de vuestra cesta de comida. Tenía que poner a prueba mi teoría sobre cómo llegaron hasta vos y, antes de pensarlo dos veces, estaba bajando por la cuerda. —¿Sabéis lo de la cesta? —preguntó Anne, pensativa—. Sólo se lo he dicho a mi doncella. —Y ella se lo contó a mi señor. —Lord Russell —exclamó entonces con un hilo de voz, entendiéndolo todo—. Vos sois su amigo. 105 Julia Latham – El engaño del caballero —Y vos la mujer con la que está prometido —respondió él, mirándola admirativo—. Le diré a John que es el hombre más afortunado del reino. Vuestra belleza no tiene parangón. Anne se sonrojó, porque nunca había recibido un elogio tan romántico de un hombre. En sus pocas visitas a la casa de sus padres, los vecinos de éstos sólo habían hecho comentarios sobre sus caderas, que si eran lo bastante anchas para traer al mundo más hijos que añadir a los huérfanos que ya tenían. Si no se andaba con ojo, podría ponerse a suspirar ante la admiración que veía en aquellos hermosos ojos verdes. Trató de recuperar la compostura. —Sir Philip, ¿creéis a ciencia cierta que la Liga trata de ayudarme? Tengo entendido que lord Russell no lo cree. —Él es un hombre acostumbrado a dar órdenes, a sopesar sus decisiones basándose en los hechos de que dispone. —Sir Philip le guiñó un ojo—. Todavía está esperando a tener todas las pruebas. —¿Y vos no necesitáis «pruebas»? —preguntó ella con una sonrisa. —He llevado a cabo una investigación exhaustiva. Ya dispongo de todo lo que necesito. Y hace unos días recibimos la visita de un miembro de la Liga, que nos dijo que os ayudaría. Para mí, son pruebas suficientes. Miró hacia la ventana. —Me alegra haber comprobado que ésta es una buena manera de acceder a vos. Anne pasó junto a él de camino a la ventana y miró hacia la oscuridad que reinaba en el exterior. Las antorchas eran puntitos de luz a lo largo de la galería de las almenas y el patio de armas. —Parece muy peligroso. Él sonrió de oreja a oreja. —Ha sido emocionante. Y con la luna llena se ve bastante bien. Si tuviéramos que sacaros de la torre por aquí, creo que podríamos hacerlo sin problema. Ella retrocedió y negó con la cabeza. —No, no me iré arriesgándome... —A que vuestro pueblo reciba el castigo en vuestro lugar —la interrumpió él con un pesaroso suspiro—. Lo sé. —Una amplia sonrisa le iluminó el rostro de nuevo—. Tendré que ir a contárselo a John. Puede venir a visitaros. —No, por favor. ¿Y si se cae y muere? No podría vivir con la culpa. —Entonces quedaríais a merced de lord Bannaster —apuntó sir Philip. Anne se encogió de hombros. Él echó un vistazo alrededor y vio el laúd. —Os he oído tocar. Se os da muy bien. De hecho, creo que ya os había oído tocar antes, pero no estaba seguro de dónde procedía el sonido. —Algo tengo que hacer para entretenerme. —Y también leéis —dijo con gran admiración, mirando el montón de libros que había sobre la mesa—. Yo estoy pensando en escribir las crónicas de la Liga para futuras generaciones. —Sois un gran admirador suyo por lo que veo —observó la joven—. Pero dado que son una organización secreta, tal vez no quieran que se conozcan sus hazañas. Él frunció el cejo. —Eso ya lo veremos. Anne lamentó al punto haberle aguado la fiesta, porque poco después decidió que tenía que marcharse. —¿Consideraréis la posibilidad de volver a visitarme? —preguntó Anne con demasiada presteza. Philip la miró con curiosidad. —¿Queréis que yo os visite, pero no queréis que venga vuestro prometido? 106 Julia Latham – El engaño del caballero Ella notó cómo el calor ascendía hasta su rostro. Había cometido un terrible error. Pero él sonrió rápidamente con gesto comprensivo. —Os sentís muy sola, lo entiendo. —Perdonadme por mi impulsiva petición —murmuró—. No me encuentro en peligro inmediato. Cualquiera pensaría que debería ser capaz de soportar unos días de reclusión, pero es que esto resulta sorprendentemente... enloquecedor. —Lo comprendo. Os gusta hablar con la gente. —Así es —murmuró ella, intentando no mirarlo fascinada. —Debéis de echar mucho de menos las veladas en el salón, después de la cena. La mención hizo que las lágrimas brotaran en sus ojos y se sintió ridícula, pero la emoción le provocó un nudo en la garganta y sólo pudo asentir con la cabeza. Afortunadamente, sir Philip no pareció darse cuenta. —Pronto terminará todo —le dijo, sacando la mano por la ventana para coger la cuerda. Dio unos cuantos tirones, como si quisiera poner a prueba su resistencia—. Valor, lady Elizabeth. Os prometo que John lo arreglará todo. Ya veréis. —Tened cuidado —le pidió Anne cuando lo vio encaramarse al alféizar y sacar la parte superior de su cuerpo por la ventana. De un salto, Philip encajó los dos pies a ambos lados de uno de los nudos de la soga, y se impulsó hacia arriba, desapareciendo de la vista.´ ˜s– John miraba a Elizabeth con manifiesta hostilidad cuando la puerta se abrió y Philip entró en la habitación. Se detuvo en seco al verlos y reparó en el griñón en el suelo. —¿Queréis que me vaya? —preguntó con inseguridad. —Quédate y cierra la puerta. John se dio cuenta de que su voz sonó brusca, pero su amigo hizo lo que le pedía, aunque no pudo evitar arquear una ceja. —Philip, quiero que conozcas a lady Elizabeth. El otro se quedó boquiabierto, y no hizo intento alguno de ocultar su estupor. Ella se cruzó de brazos y le dirigió una breve inclinación de cabeza. —Milady, yo... —Sus palabras se apagaron en sus labios, al tiempo que una expresión extraña aparecía en su rostro—. De modo que intercambiasteis vuestros papeles. Muy inteligente. John le lanzó otra mirada cargada de hostilidad. —Y un embuste —añadió Philip, sonriendo. Elizabeth inspiró profundamente. —Tuve que... —No lo repitas otra vez —la interrumpió John—. Baste decir que no confía en mí y que desearía que mi hermano estuviera vivo. Ella frunció el cejo y apartó la vista, pero guardó silencio. —Bueno, puedo decir que vuestra doncella está haciendo un excelente papel como lady Elizabeth —dijo Philip—. Acabo de estar en sus aposentos. John y Elizabeth se quedaron mirándolo con la boca abierta, pero él levantó una mano para evitar que sacaran conclusiones apresuradas. —He decidido comprobar en persona si resultaba fácil descender desde lo alto de la torre, como debió de hacer el hombre de la Liga. —Y dado que no te has roto el cuello —replicó John con sarcasmo—, entiendo que has conseguido tu propósito. —Ha sido muy emocionante. Y la pobre muchacha estaba ansiosa por que alguien le hiciera compañía, pero en ningún momento me dejó creer que no fuera lady Elizabeth. —Se 107 Julia Latham – El engaño del caballero frotó la barbilla—. Conque una doncella, ¿eh? Parece que ella y yo tenemos muchas cosas en común: hacemos lo que sea por nuestros amigos. Yo me dejé apalear y ella se dejó encarcelar. —Y los dos tendréis nuestra gratitud cuando aclaremos este embrollo —apuntó John. —Este embrollo, como tú lo llamas, es mi vida —respondió Elizabeth, furiosa. Agarró de un manotazo el griñón y, con la habilidad que proporcionaba la costumbre, se cubrió el pelo y se encaminó hacia la puerta—. Y, ahora, si me disculpáis, tengo que ir a ocupar mi jergón. John se interpuso en su camino. —Recuerda la misiva. La necesitaré mañana. Notó su vacilación; sabía que estaba preocupada. Intentó suavizar su tono, pero así y todo le salió demasiado áspero. —Tu ejército quiere defenderte, quiere cumplir el juramento de honor que le hicieron a tu padre. No seas tan cruel de negarles la oportunidad. La joven inspiró hondo y cerró los ojos. —No quiero que nadie resulte herido —susurró. —Y yo haré todo lo que esté en mi mano para que así sea. Elizabeth asintió finalmente. —Tendrás tu misiva y el sello de mi anillo en el lacre. Y ahora deja que me vaya. El alivio reemplazó el enfado del hombre. —¿Dónde me has dicho que duermes? —En las cocinas. —Ése no es lugar seguro para la hija de un conde. Deberías quedarte aquí. Todo el mundo cree que duermes en mi cama. —Menos mi gente —lo contradijo ella en voz baja—. Ellos confían en mí. —No me extraña que apenas te dirigieran la palabra. Tenían miedo de revelar tu identidad. Son muy leales. —Y no puedo traicionar esa lealtad. Deja que me vaya. Al ver que John no hacía ademán de moverse, Elizabeth lo miró con ojos implorantes. —Por favor. Él la miró a su vez y vio a una mujer atrapada en unas circunstancias ajenas a su voluntad, cuyos padres y prometido habían muerto. Era responsable de un castillo lleno de gente mientras dos hombres se la disputaban. Y, por primera vez, se compadeció de ella. Se hizo a un lado y Elizabeth salió de la habitación con el porte regio de una condesa. Philip cerró tras ella y apoyó la espalda contra la puerta mientras sonreía a John de oreja a oreja. —He de decir que no te ha salido mal el juego. Ya no tendrá que preocuparte desear a la mujer equivocada. —Sí, eso es lo único bueno de este dislate. Aunque ensombrecido por la perspectiva de un largo matrimonio lleno de desconfianza, y una esposa que desearía estar casada con otro hombre. Su amigo le puso una mano en el hombro. —Sólo han pasado unos días. Dale la oportunidad de que la pasión se convierta en algo más. Eres un buen hombre, John. Y pronto se dará cuenta. Asintió con la cabeza, aunque tenía sus dudas. Se sentía como un imbécil, como si fuera otra vez el niño del que no se esperaban grandes cosas, y él menos que nadie. Se había convertido en un hombre seguro de sí mismo y con muchas habilidades, pero entonces, ¿por qué le resultaba tan fácil a Elizabeth hacer que se sintiera un fracasado? Se ganaría su confianza y su respeto; conseguiría que se diera cuenta de que a él le importaba más el honor de su familia que un título. Se convertiría en un hombre de su pueblo en vez de dar rienda suelta a su afán de aventura. Desde luego, podía decir que ya había viajado bastante para toda su vida, se dijo. 108 Julia Latham – El engaño del caballero Sin embargo, nada de eso importaba ante la realidad de que necesitaba el dinero de Elizabeth. Desear que la situación fuera diferente no hacía que se sintiera menos culpable. 109 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 16 A la mañana siguiente, mientras Sarah y Katherine montaban en sus caballos para regresar a su hogar adoptivo, Elizabeth las observó sin ser vista, oculta tras un arbusto de su jardín privado. Eran muy jóvenes, y tenían toda la vida por delante. Estaban aprendiendo lo que implicaba ser la señora de un castillo, al tiempo que disfrutaban del cariño de otra familia. Ninguna de las dos estaba prometida; la obligación de buscarles marido recaía sobre el hombre que se casara con ella. John. Y probablemente acogería lleno de orgullo sus obligaciones como cabeza de familia. Elizabeth sólo deseaba poder tener algo que ver con una decisión tan importante como aquélla. No pudo dejar de llorar mientras observaba partir a sus hermanas y a los soldados que las escoltaban a través de la torre de entrada. Deseó ser ellas; jóvenes, aunque seguras de que todo iba a solucionarse, mientras que Elizabeth no sabía cómo preferiría que concluyera aquella oscura conjura. Le subió a Anne la bandeja del desayuno y dejó que le hablara presa de la excitación sobre el hombre que se había colado por su ventana. Al final, la joven se percató de lo callada que estaba su amiga. —¿Qué ha ocurrido? —quiso saber, con los brazos en jarras—. Me estás dejando cacarear como una... —Mereces poder charlar un rato. No tienes a nadie con quien hablar. —Ya, pero verte preocupada me hace sentir como si fuera la peor amiga del mundo. ¿Qué ocurre? Elizabeth dejó escapar un suspiro y trató de sonreír, aunque no consiguió más que un remedo de sonrisa. —John me ha descubierto. Anne contuvo la respiración. —¿Cómo? —Me oyó mientras trataba de convencer a mis hermanas de que tenían que marcharse. —¿Están aquí? —preguntó Anne. Elizabeth le explicó lo ocurrido y cómo se había comportado John con las niñas. A regañadientes, tuvo que admitir que no le había recriminado nada delante de ellas. —¿Quiso que hablarais a solas? —Por supuesto. Estaba furioso. —Pero ahora debe de sentirse aliviado. —¿Aliviado? —repitió ella, confusa. —Se había... enamorado de ti, ¿no? Elizabeth trató de no sonrojarse. —Estaba interpretando su papel. Pero entonces recordó el apasionado beso que le había dado y se preguntó si habría reaccionado así en parte porque se sentía aliviado. Tal vez sólo fuera tranquilidad al darse cuenta de que su posición entre los residentes del castillo no se vería en entredicho cuando éstos descubrieran quién era en realidad. 110 Julia Latham – El engaño del caballero Había algo... fastidioso en ser el objeto de sus atenciones, cuando ella seguía amando el recuerdo de su hermano. Seguro que de haber tenido oportunidad de intimar con William, habría sentido mucho más deseo por su primer prometido. Cuando William sonreía, era como si el sol brillara más y ella había disfrutado mucho con la calidez que desprendía. Sin embargo, cuando John la miraba con aquella ardiente mirada suya, era como si una oscura nube se apoderase de su mente, impidiéndole todo pensamiento racional. Perdía el control de sí misma por completo. ˜s– John no había dormido mucho esa noche. La había pasado dando vueltas y vueltas pensando qué hacer respecto a Elizabeth. Después de misa, se sentó a desayunar en el gran salón, a solas con sus pensamientos. Seguía sin poder creer que la mujer a la que conocía como Anne fuera su prometida. Y pese a que ésta desconfiaba profundamente de él, al menos no había exigido la anulación del acuerdo de esponsales. Lo que significaba que, o lo consideraba una perspectiva mejor que Bannaster, o estaba decidida a honrar los deseos de sus padres a toda costa. Aunque le costaba olvidar los motivos por los que estaba furioso con ella, darle vueltas y más vueltas no facilitaría las cosas. Había llegado el momento de convencerla de que casarse con él no sería tan terrible. Tendría que dejar a un lado la rabia y esperar que Elizabeth hiciera lo mismo. Al parecer, un cortejo puramente físico no era lo que ella quería, al menos por el momento. Aunque lo deseaba, tenía la sensación de que le costaba digerirlo mentalmente, como si se resistiera a sentir lo que sentía por él. Seguramente quería un romance de amor cortés tradicional: un hombre que le profesara su admiración y afecto con galanterías y versos en vez de con pasión. John podía hacerlo, pero tenerlo que hacer le crispaba los nervios. Claro que, bien mirado, a la larga, prefería una esposa contenta que una esposa furiosa. Aprendería a vivir con sus dudas y decepciones. Y si el matrimonio no resultaba como esperaba, pensaría en las personas a las que estaba ayudando. Aunque su ser no se sintiera completo. ˜s– Cuando Elizabeth entró en el gran salón, después de dejar la bandeja con los restos del desayuno de Anne en las cocinas, vio que John estaba hablando con Milburn. Ambos la miraron. El alcaide hizo un gesto de asentimiento y John se dirigió cojeando hacia ella, apoyado en su muleta. —Anne —dijo cortésmente—, maese Milburn quiere que volvamos a Hillesley. Desea que inspeccionemos los huertos en previsión de la cosecha del otoño, para asegurarnos de que habrá suficiente para cubrir las necesidades de Alderley. —Siempre hemos tenido bastante con las cosechas de las aldeas vecinas. John siguió sonriendo, aunque con demasiada cortesía. —Quiere que vayamos de todas formas. —Está bien. Elizabeth se preguntó si John no estaría utilizando aquello como excusa para quedarse a solas con ella. Pero una vez en la carreta, fuera del castillo, escoltados por un soldado delante y con Philip detrás, él se limitó a conducir. Ni siquiera hizo comentario alguno cuando ella le entregó la carta que le había pedido como prueba para su capitán de la guardia. Se limitó a guardársela y darle las gracias. 111 Julia Latham – El engaño del caballero —¿No quieres saber lo que dice? —le preguntó. —Confío en ti —respondió John, mirándola de reojo. Elizabeth no pudo evitar poner los ojos en blanco. No le pareció percibir rastro alguno de enfado, como si lo tuviera todo bajo control. Pero ella no podía estar tan tranquila. Sentada a su lado, se descubrió pensando en la sensación de estar en sus brazos, en la mortificante manera en que se había pegado a él, apretándolo contra su cuerpo. Sintió calor a pesar del aire fresco de la mañana. No podía olvidar la manera en que John le había tocado un pecho, ni el dolor sordo de placer que había despertado en ella o la forma en que se le habían erizado los pezones contra su cuerpo. Pasaron junto al arroyo a cuya orilla se besaron por primera vez, pero él no sugirió que se detuvieran. Elizabeth detestaba la decepción que sintió. ¿Ahora que la tenía bajo su dominio ya no sentía deseos de seducirla? ¿Acaso la consideraba un artículo que acabara de adquirir? —Háblame sobre William —dijo John súbitamente. Ella lo miró sorprendida. —¿Por qué querrías oír hablar del hombre con el que estuve prometida durante tantos años y al que acusas de tantas maldades? —Porque hacía ocho años que no lo veía. —Yo sólo lo veía una o dos veces al año, pero recibía muchas cartas suyas. —Casi deseó no haber seguido con el tema. Le resultaba incómodo hablar de su primer prometido con el actual. —Tal vez hubiera cambiado —musitó John. —¿A qué te refieres? Desde el primer momento en que se firmó nuestro compromiso, cuando yo no tenía ni once años, siempre se mostró muy atento conmigo. Y su actitud no cambió con los años. —¿Cómo puedes decir que se mostró atento contigo cuando tienes veintidós años y aún no estás casada? —Eso fue cosa de mi padre —atajó ella resueltamente. —No me digas. ¿No deseaba ver asegurada tu situación casándote? Ella suspiró. —Como mis dos hermanas ya estaban viviendo con una familia adoptiva, mis padres decidieron que me echarían demasiado de menos si me casaba. Estaba aprendiendo a dirigir Alderley, y William estaba ocupado en Londres. Pensamos que quedaba mucho tiempo por delante —añadió con tristeza. —¿Qué hacía él allí? Ella frunció el cejo. —Pasaba en el Parlamento parte del año, en la Cámara de los Lores. —Pero ¿cómo se las arregló para jurar lealtad a un rey nuevo cuando Enrique volvió a Inglaterra y consiguió la corona? —No lo sé. No me hablaba de esas cosas en sus cartas. John no se sorprendió. Estaba seguro de que William tomaba siempre el camino más fácil para todo. Aunque en ese caso, se las había apañado para proteger el castillo de Rame de las represalias del nuevo rey por haber apoyado al anterior. Eso había sido algo positivo, y se alegró de poder tener algo bueno que recordar de su hermano. —¿De qué hablabais? —preguntó—. Puede que esto parezca demasiado personal, pero al fin y al cabo, era mi hermano. —Nuestras cartas estaban repletas de planes para Alderley. Era el futuro lo que importaba, nuestro matrimonio, no el presente. 112 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Nunca hablaba de sí mismo? ¿De lo que hacía en la corte? —No. Solía hablar de... mí. —Apartó la vista, abochornada. —Ya veo, la poesía —dijo él con desaliento, aunque procuró que no se le notara. —Él sabía cómo hacer que una mujer se sintiera especial —murmuró la joven. —¿Y cuando estaba contigo? Aunque John detestaba la idea de escuchar los detalles, a la vez deseaba oír lo que había habido entre ellos, para al menos saber a qué tipo de recuerdos se enfrentaba. Y cómo hacer que Elizabeth cambiara de opinión acerca de él. —Normalmente, estaba con mi padre, claro, pero nunca se olvidaba de mí, aunque sólo lo demostrara con una sonrisa cuando yo aparecía en la habitación, o dedicándome una canción. A John no le gustó la nostálgica tristeza que vio en el rostro de ella, y, además, él no sabía cantar. Pero se dijo a sí mismo que William había hecho bien prestándole atención a Elizabeth. —¿No sabías estas cosas de tu hermano? —le preguntó la joven. —No estábamos muy unidos. —Ya me he dado cuenta —respondió con sequedad. —Era mucho más joven que él y, además, yo representaba un motivo de vergüenza, porque era bajito y... —¿Regordete? Él le lanzó una mirada casi conmocionada. —Iba a decir torpe, pero sí, también eso. —¿Y William no intentó ayudarte? Parecía muy considerado con los demás. —Él pensaba que yo debería ser mejor de lo que era. Así que cuando cumplí quince años, decidió que su misión en la vida era entrenarme. —Entonces sí que intentó ayudarte —dijo ella alegremente. Por un momento, John vio auténtica felicidad en su rostro, en vez de aquella omnipresente preocupación, o la máscara de su disfraz. Se preguntó si alguna vez sonreiría así por él. ¿Tenía Elizabeth razón? ¿Había intentado William ayudarlo a su estúpida manera? —Y qué hacía, ¿entrenaba contigo todos los días? —preguntó. Si le decía la verdad, ¿creería que estaba intentando difamar a su hermano otra vez? —Así es —respondió John con seriedad—. Y yo acababa magullado y ensangrentado todas las noches. —Te hizo trabajar duro. Demasiado, había pensado siempre él. Pero ¿era cierto? ¿Se lo habría tomado como algo personal por el mero hecho de que era su hermano? ¿Acaso no terminaban igual de apaleados los demás escuderos? Para él había sido muy humillante, y el hecho de que su padre no interviniera para detenerlo había sido lo que más le había dolido. —Tal vez... aunque yo no lo veía así —comenzó a decir muy despacio—. Ellos creían que me estaban ayudando. —¿Ellos? —Mi padre y mi hermano. Tras la humillación de defraudarlos tantas veces, me alegré mucho de marcharme a servir como escudero con mi primo. De hecho, tal vez me entrené luego con tanta dureza sólo para demostrarle a mi familia de lo que era capaz. Algo muy profundo y perturbador se removió dentro de él y no supo cómo reaccionar. De repente, la perspicaz mirada de Elizabeth le pareció demasiado personal. Todavía no estaba preparado para olvidar las traiciones cometidas por William. Allí estaba él, intentando limpiar la memoria de su hermano. Probablemente, aquella conversación no hubiera hecho sino convencer aún más a Elizabeth de que tenía razón. Ella miró hacia adelante de nuevo, y dijo con tono de resignación: —William era un buen hombre que no merecía morir tan joven. Él guardó silencio mientras consideraba sus palabras. 113 Julia Latham – El engaño del caballero Elizabeth se pasó el resto del camino pensando en John. Éste había abandonado a su familia movido por la necesidad a temprana edad, y ahora veía con claridad algunos de sus motivos. Trató de imaginar cómo se habría sentido ella si su padre hubiera sido un hombre frío y estricto. Tal vez hubiera deseado casarse cuanto antes para poder escapar de él. Pero quizá William no hubiese querido que se casaran antes. Elizabeth siempre había pensado que el hecho de permanecer soltera hasta tan tarde había sido cosa de su padre, pero puede que éste sólo hubiese retrasado la boda para evitar que ella se enterase de que William aún no estaba dispuesto a contraer matrimonio. ¿Tan bien lo había estado pasando en Londres? Elizabeth creía que John había abandonado a su familia en su personal búsqueda de la gloria. Sin embargo, cuando se enteró de que los padres de ella habían muerto, había abandonado la vida que llevaba para acudir a su llamada, pese a su vulnerable situación al carecer de ejército. Aunque lo que había en el horizonte era mucho más que la felicidad de ella: la reconstrucción del castillo de Rame, el acceso a un poder y unas riquezas que un caballero mercenario no podía tener jamás. Todo ello sin necesidad de doblegarse a las exigencias de su familia. Cuando llegaron a la aldea, se pasó el resto de la tarde observándolo. Vio cómo le entregaba la misiva a Philip, que salió al galope tras sonreírle. Una niñita le dio a John un dulce y él se agachó apoyándose sobre una rodilla para poder hablar con ella a su misma altura mientras se lo comía. Después de examinar las frutas tempranas en los huertos, se quedaron a ver cómo un grupito de niños jugaba a combatir con palos que fingían que eran espadas. John les había dado unos consejos con toda dedicación; no le había importado retrasar la reunión que tenían con Hugh por enseñar a unos niños la técnica más apropiada para sujetar una espada. Elizabeth recordó de pronto el trato impaciente que William daba a su escudero, y se preguntó si habría tratado igual a su hermano pequeño. No le gustaba pensar en los defectos de William, pero ahora comprendía que había sido humano, como los demás. Jamás había sido capaz de verlo así. ¿Sería verdad que había descuidado su propio castillo? No, eso era demasiado. Pero en todo caso, no había vuelto a su hogar para verlo con sus propios ojos. Había estado demasiado ocupado con las diversiones que Londres le proporcionaba. Tiempo atrás, un acuerdo de esponsales había establecido que ella se casaría con el heredero de Rame, con el barón, no con William en particular. ¿Significaba eso que incluso sus padres habían albergado dudas? Pero ¿no estaría dirigiendo ahora parte de su rabia contra William, por haber muerto de una manera tan estúpida, dejándola sumida en aquel caos y viendo cómo se derrumbaban todos sus sueños románticos de infancia? Elizabeth siempre había querido que todo fuese perfecto, y ahora todo se había desvanecido. ¿Estaría descargando su frustración en John? De vuelta a Alderley, decidió que tenía que solventar aquella confusión. —John, ayer estabas furioso conmigo. ¿Qué ha cambiado en esta noche? Esperaba que me dieras un viaje horrible y, en vez de eso, me has hablado como si tú y yo nunca hubiéramos discutido. Él no la miró, pero a Elizabeth le pareció ver que apretaba la mandíbula. —Sencillamente, me he dado cuenta de que discutir contigo no servirá de nada. —De modo que aún estás enfadado. Lo vio mirarla de refilón. —¿Y tú no? ¿No te pone furiosa estar en una situación ajena a tu voluntad? Ella apoyó los codos en las rodillas. —Sí, estoy enfadada —contestó en voz baja. 114 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Con quién? Dímelo. Sé que estás enfadada conmigo. El método que elegí para acercarme a ti te dolió; y, si no a ti, sí le habría dolido a Anne. De nada te han servido mis disculpas. La joven apretó los labios y negó con la cabeza. Le preocupaba que, si empezaban a hablar, fuese a echarse a llorar. —Me he pasado el día intentando tratarte como quieres ser tratada —añadió él. —Yo nunca... —Aprovechas la más mínima ocasión para restregarme la deferencia con que te trataba William. Parece que lo que quieres es un hombre abstracto, en vez de uno de carne y hueso con necesidades humanas. —Creía que me estabas tratando de una manera tan distante porque ahora ya tienes todo lo que querías de mí. —¿Todo lo que quería? —repitió él sin dar crédito y aflojando las riendas—. No dejo de debatirme entre poner fin a este cautiverio a mi manera y encontrar una solución que te satisfaga. Hasta estoy empezando a albergar esperanzas de que de verdad exista una Liga del Acero, sólo porque podrían sernos de ayuda. Pero sobre todo, si tuviera todo lo que quisiera, estaría tocándote, en vez de esforzarme por mantener las manos quietas, como ese hombre ideal y romántico que al parecer quieres que te corteje. La carreta se detuvo en mitad del camino, y el caballo aprovechó para agachar la cabeza y comer hierba. Elizabeth se quedó mirando a John con la boca abierta. ¿Decía que estaba tratando de comportarse como creía que ella quería que se comportara? Como si ella lo supiera. Había descubierto tantas cosas en los últimos días que la cabeza no dejaba de darle vueltas. Se sentía confusa e insegura, y tan voluble que cambiaba según soplara el viento. El soldado que abría la comitiva miró hacia atrás, se encogió de hombros y siguió cabalgando. —Sí, estoy enfadada —volvió a decir ella—. Estoy furiosa porque todos mis planes se han derrumbado. Estoy furiosa porque tu hermano fue lo bastante zopenco como para morirse y porque, tal vez, no fuera el hombre que yo creía que era. Hasta estoy furiosa con mis padres, que Dios los tenga en su gloria, por no haber encontrado una manera de casarme hace tiempo. —Eso es lo único que me alegra que no ocurriera. Lo dijo en voz baja, feroz y ronca. Pero el deseo que él demostraba era algo que asustaba a Elizabeth. Le parecía demasiado descarnado, demasiado primitivo, demasiado repleto de unas sensaciones que ella no comprendía. Mirarlo a los ojos la afectaba lo indecible. Tuvo que apartar la vista y abrazarse a sí misma, de lo mucho que temblaba. Oyó que John retomaba las riendas e instaba al caballo a reiniciar el trote, dejándola a solas con sus caóticos pensamientos. Necesitaba a aquel hombre en más de un aspecto; ella que no estaba acostumbrada a necesitar a nadie. 115 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 17 Al día siguiente, después de la comida del mediodía, el vizconde Bannaster regresó con su tropa de guardias armados. El rumor de su llegada se propagó antes de que llegara a entrar en el salón, y Elizabeth se descubrió buscando a John instintivamente, pero éste no estaba allí. Corrió a las puertas dobles que daban al exterior justo a tiempo de ver el patio de armas envuelto en el caos con la llegada del vizconde. Los perros ladraban y correteaban entre los caballos, la gente se apartaba de los cascos mortíferos de los animales descontrolados, y en el centro de todo, lord Bannaster. Con aspecto profundamente ufano, pensó Elizabeth, y sintió náuseas. Buscó a John, esta vez con verdadera ansiedad, y al final vio que se dirigía al castillo cojeando desde la liza, seguido por Philip. Santo Dios, ¿tanto dependía ya de su presencia? Miró hacia la torre y se preguntó si Anne estaría también observando desde la ventana. ¿Sería ya demasiado tarde? Elizabeth no había dado con la manera de liberarse y evitar que alguien pudiera resultar herido. Bannaster había tardado muy poco en volver de Londres. No le debía de haber costado mucho convencer al rey Enrique. ¿Y si éste había pasado por alto lo de la tutela y directamente había acordado el matrimonio para solventar así los problemas relacionados con ella y su dote? El vizconde bajó de un salto de la silla. Su capa forrada de piel revoloteó a su alrededor y se la apartó de los hombros. Dejó que sus soldados se ocuparan de los caballos y subió de dos en dos los escalones que conducían al gran salón. Elizabeth retrocedió tambaleándose, pero para su gran alivio, Bannaster no se percató de su presencia cuando pasó a su lado. Al fin y al cabo, no era más que una doncella a la que sólo había visto una vez. —¡Traedme una cerveza! —gritó—. Viajar me seca la garganta. Una docena o más de caballeros lo acompañaron al interior de la estancia, riéndose a voz en cuello, dándose codazos juguetones como si fueran crios y mirando a su alrededor como si buscaran una presa. Mujeres. Elizabeth se sintió muy vulnerable donde estaba, junto a la pared. Justo en ese momento, John entró por la puerta, y su enorme corpachón quedó entre ella y el resto del salón. —¿Estás bien? —le preguntó en voz baja. Asintió, absurdamente agradecida de tenerlo allí, aunque sabía que él nada podría hacer en caso de que los hombres de Bannaster decidieran divertirse a expensas de ella. —¿Así es que éste es el hombre que quiere arrebatarme lo que es mío? —susurró John muy cerca de su oído. El comentario la enfureció y provocó que le lanzara una mirada airada. —Todavía sigue siendo mío —replicó. Él puso los ojos en blanco. —¿Ha dicho algo? —No, ¿aunque no te parece que se muestra extremadamente ufano? John hizo que Elizabeth pasara su mano por el hueco de su cálido brazo y se volvió para mirar de nuevo al vizconde. Ella se descubrió aferrándose con fuerza a su brazo. 116 Julia Latham – El engaño del caballero —Está exultante —dijo John—, aunque no me parece el tipo de hombre que guste de mostrar incertidumbre. Y no ha podido pasar en Londres más de una noche, para haber vuelto tan pronto. —Creía que tendríamos más tiempo —le susurró ella. A él lo sorprendió que hubiera usado el plural para referirse a los dos y trató de convencerse de que a quien estaba incluyendo en realidad era a Anne. La miró, pero no dijo nada al respecto. —Paciencia —murmuró en cambio. Eso le recordó a Elizabeth que lo mismo decía la nota contenida en el interior de la cesta. —No puedo creer que el rey haya roto un compromiso matrimonial con tanta ligereza — continuó él. —Tal vez se haya limitado a nombrarlo mi tutor. —Pues averigüémoslo. Aunque todos habían terminado ya de comer, Bannaster y sus hombres estaban hambrientos. Un montón de sirvientes salieron de las cocinas con unos entrantes a base de pan y queso para entretener su hambre voraz, mientras la pobre Adalia trabajaba frenética, recalentando las sobras de la comida. Milburn saludó a su señor cortésmente y se sentó a su derecha al tiempo que le daba su personal informe de la situación. John y Elizabeth recorrieron con despreocupación el perímetro de la estancia esperando poder acercarse lo bastante como para oír algo. Pero Milburn levantó la vista y, al verlos, lo llamó. —Sir John, por favor, acompañadnos. Cuando Elizabeth lo soltó, Milburn le hizo un gesto para que se fuera a las cocinas. —Tráenos más comida, Anne. Conforme se alejaba, Elizabeth volvió la vista y vio que el alcaide presentaba a John a su señor. Cuando regresó con una bandeja llena de cuencos de ensalada para la mesa principal, Milburn estaba contando la enfermedad del administrador de Hillesley, y lo hábil que había sido John, que se había hecho cargo de la situación sin problemas. Bannaster parecía distraído mientras partía pan y lo untaba con mantequilla. Cuando Elizabeth le colocó delante un cuenco con ensalada, el hombre levantó la cabeza y se detuvo. Ver que la había reconocido le heló la sangre en las venas. —¿No eres la doncella de lady Elizabeth? —preguntó. —Así es, milord. —¿Y cómo está tu señora? —Está bien. —¿No pide a gritos que la saquen de su torre? —No, milord. El hombre suspiró. —Es una mujer valiente. Tal vez se alegre de verme. Elizabeth tuvo que contenerse para no mostrarle con un resoplido airado lo que opinaba al respecto. —¿Ha recapacitado sobre su situación? Al fin y al cabo, fue lo bastante estúpida como para pensar que podía gobernar todo su patrimonio ella sola. —Lo estuvo haciendo así durante seis meses, milord —respondió ella sin pensar. Milburn abandonó su habitual expresión impasible y se quedó mirándola boquiabierto. Pero Bannaster se limitó a soltar una carcajada. —Sí, tal vez. O quizá su gente la estuvo ayudando más de lo que ella se figuraba. Elizabeth hizo una reverencia y siguió sirviendo al hombre de al lado antes de seguir hablando y meterse en un verdadero lío. 117 Julia Latham – El engaño del caballero John no fue invitado a comer con el vizconde. Por el rabillo del ojo, Elizabeth lo observó retirarse hacia la chimenea y poner la pierna en alto, como si le doliera. Su forma descarada de hablar había hecho que lord Bannaster se fijara en ella; mientras comía, la fue mirando de vez en cuando. A la joven no le gustó nada el interés que captó en su mirada. El vizconde bebió demasiado con la comida, y no dejó de hacerlo a medida que avanzaba el día. En ningún momento mencionó su audiencia con el rey. Estuvo más que jovial durante la cena y trató de entretener a los ocupantes del gran salón con las grandes hazañas de los nobles de la corte. A Elizabeth todos éstos le parecían unos auténticos idiotas, pero se guardó para sí sus pensamientos, consiguiendo al tiempo ocultarse de la vista de Bannaster. Trató de no albergar demasiadas esperanzas respecto a que si éste se mantenía lejos de la torre era porque no había tenido demasiado éxito en su audiencia con el rey. Pero al anochecer, mientras se encendían las antorchas y se retiraban los platos de la cena, el vizconde dejó en la mesa su jarra de cerveza con un golpe y se levantó. Se tambaleaba de manera precaria, pero una vez recuperó el equilibrio, anunció a los presentes: —Y ahora, voy a hacer una visita a vuestra señora. Tras intercambiar una mirada con John, Elizabeth salió corriendo para llegar a la torre antes de que lo hiciera el hombre. Los soldados de guardia fruncieron el cejo. —¿Es que no le traes la comida a lady Elizabeth? —preguntó el de Bannaster. Se le había olvidado. Y ya era demasiado tarde para darse la vuelta, porque ya oía unos silbidos desafinados y chillones de Bannaster. —Había pensado que podría subir a preguntarle si le apetecía algo especial. ¿Me permitís hacerlo? Pero el soldado miró por encima de la cabeza de ella y se puso firme. El soldado de Alderley, aunque reticente, lo hizo también. Era demasiado tarde para avisar a Anne. Elizabeth se volvió de cara al vizconde, pero éste tan sólo miró a los soldados por encima de la cabeza de ella. —¿Ha osado alguien desafiar a los guardias que coloqué aquí durante mi ausencia? — preguntó. —No, milord —contestó su soldado. —Me alegro. Subiré a hablar con ella. —Milord —dijo Elizabeth, atrayendo su mirada—, debo subir con vos. —No, lo que ocurra entre mi señora y yo es privado —contestó él con una sonrisa nublada por el alcohol. —Pero, milord, no podéis estar a solas con ella. ¿Qué pensará su gente... vuestra gente? — añadió también para satisfacer su ego. —Eso a mí me importa un carajo... —E hizo un gesto con el brazo, como queriendo incluir a todo el castillo, pero de pronto se detuvo a media frase al ver a media docena de personas, algunas que pasaban por el corredor y otros, como John, que se habían acercado por pura curiosidad. El vizconde suspiró. —Muy bien, muchacha. ¿Cómo habías dicho que te llamabas? —Anne, milord. —Sube conmigo, pues, Anne, pero tú sola. —Os lo agradezco, milord. Cruzó la puerta ella primero, seguida muy de cerca por el hombre. La puso nerviosa subir la escalera de acceso a la torre con él detrás, observando la parte inferior de su cuerpo. Tenía la sensación de que le faltaba el aire. Al llegar a la puerta de la cámara privada, Elizabeth tocó con los nudillos y dijo: 118 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Milady? Soy yo, Anne, con lord Bannaster. Por un momento, no oyó nada. Ahogó un grito de sorpresa cuando el vizconde le puso una mano en la cadera y dijo: —Apártate, yo llamaré más fuerte. Pero la puerta se abrió de pronto, y una cálida luz inundó la escalera. Anne estaba allí, de pie, con aspecto apagado pero regio con su vestido de seda azul. —Buenas noches, lord Bannaster —dijo suavemente al tiempo que se hacía a un lado para dejarlos entrar. Elizabeth entró primero y, aunque probablemente debería haberse situado detrás de Anne, optó por quedarse a su lado, y enfrentarse juntas al hombre. Como si la subida por la escalera de caracol lo hubiera mareado, después de todo el alcohol ingerido, Bannaster se dejó caer de cualquier manera sobre un escabel y sonrió. —Estáis igual, lady Elizabeth; hermosa e intocable. —Os he visto llegar, milord —contestó Anne—. Parecíais muy satisfecho de vos. Elizabeth pensó por un momento que estar confinada había vuelto a su amiga increíblemente atrevida. Él sonrió de oreja a oreja. —¿De modo que esperabais ansiosa mi regreso? —¿Ansiosa? No, milord. Pero ¿qué otra cosa puedo hacer sino mirar por la ventana? Sonreía mientras lo decía, pero la intención de su comentario era clara. Sin embargo, Bannaster estaba tan bebido que sólo acertó a soltar una carcajada. —Tenéis un carácter tan refrescante, lady Elizabeth... Jamás me aburriré con vos. Anne inspiró. —Vayamos al grano, milord. ¿Os ha concedido el rey mi tutela? Elizabeth contuvo el aliento. El vizconde apoyó la cabeza contra la pared y de pronto pareció como si se le nublaran los ojos. —Está considerando la decisión y me avisará cuando la haya tomado. Elizabeth bajó la vista al suelo, temerosa de que su expresión traicionara el gran alivio que sentía. —No hace falta que os alegréis tanto —dijo él agriamente. Elizabeth levantó la vista a tiempo de ver cómo se desvanecía la sonrisa del rostro de Anne. —¿Acaso podéis culparme? —preguntó la joven con suavidad—. Mi prometido vendrá pronto y no me gustaría que os entrometierais. —Al rey le pareció buena mi idea de ofreceros protección. Creo que es sólo cuestión de tiempo que me haga con el mando de vuestro futuro. Recorrió el cuerpo de Anne de una manera que hizo que Elizabeth se sintiera compelida a acercarse más a ella y protegerla. Pero ni siquiera las dos juntas podrían impedir que un hombre de su tamaño hiciera lo que se le antojara. —De hecho —continuó Bannaster, levantándose con paso inseguro—, si os tomara ahora mismo, el rey no me negaría el derecho a desposaros. Por fin habían salido a la luz sus verdaderas intenciones. Elizabeth jamás había pensado que sería tan estúpido como para violarla para conseguir su objetivo. Anne retrocedió un paso. —No, señor, no podéis forzarme. —No utilizaré la fuerza, muchacha. Puedo ser muy persuasivo. Elizabeth se interpuso entre su querida amiga y él. No permitiría que le sucediera nada a Anne, aunque tuviera que confesar su verdadera identidad. El vizconde agarró a Elizabeth del brazo con impaciencia, pero antes de que pudiera empujarla a un lado, Anne empezó a gritar. Sus 119 Julia Latham – El engaño del caballero gritos resonaron tremendamente potentes, y tan llenos de terror que cualquiera que no estuviera muy lejos podría oírlos y acercarse corriendo. —¡Chiss! —hizo Bannaster, lanzando a Elizabeth a un lado—. ¡No iba a haceros daño, muchacha! Elizabeth se tropezó y cayó al suelo. —¡Sólo pido un beso! —gritó el hombre. Anne continuó gritando. —¡Un beso y comprobaréis que puedo ser el mejor de los maridos! Mientras se levantaba, Elizabeth oyó el eco de pasos que subían a la carrera la escalera. La puerta se abrió de golpe y los dos soldados entraron en la estancia. Anne empezó a sollozar, mientras Elizabeth le rodeaba los hombros con sus brazos. Bannaster se tambaleó y colocó una mano en el pecho de su soldado. —Un malentendido —dijo—. Ya me iba. Anne fue calmándose, hasta que sus sollozos dieron paso a unos hipidos. La otra continuó dándole tranquilizadoras palmaditas en la espalda mientras el vizconde abandonaba cualesquiera que hubieran sido sus intenciones. Sin embargo, no estaba satisfecha del todo porque podría volver a intentarlo. ¿Y quién podría evitar que hiciera lo que verdaderamente quería hacer? Cuando el vizconde y los soldados se fueron, Anne y Elizabeth se abrazaron. Esta última le dio un pañuelo a su amiga para que se enjugase las lágrimas. —Sabes que jamás le habría dejado tocarte. Esto se está volviendo cada vez más peligroso. Deja que vuelva a ser yo. —¡No! Sabía que lo dirías. ¡Por eso me he echado a llorar, para que se fuera antes de que cometieras una estupidez! Elizabeth suspiró. —Pues lo has hecho muy bien, porque lo has asustado. Anne sacudió la cabeza, mirándola con expresión preocupada. —Por el momento, Elizabeth, por el momento. Su reunión con el monarca no le salió como él planeaba. Parece un poco desesperado. —Tal vez haya sido por todo el alcohol que ha bebido. Si hubiera querido tomarte por la fuerza, podría haberlo intentado hace dos semanas. Te prometo que haré que nuestra gente lo vigile, a él y la torre. Nos aseguraremos de que no pueda colarse sin ser visto. Anne asintió, pero no parecía muy convencida. ¡Qué vulnerable se sentía! Elizabeth experimentaba una terrible culpabilidad, pero sabía que la otra se negaría a cambiar el puesto. —Te subiré una bandeja con la cena —dijo—. La comida siempre te anima. Anne sonrió temblorosa. —Cualquiera diría que soy una glotona. —Tonterías. Pero seguro que tienes hambre. En seguida vuelvo. Abandonó la cámara privada, cerró la puerta tras de sí y se dirigió volando escaleras abajo. Apenas había descendido unos cuantos escalones cuando algo emergió de entre las sombras justo delante de ella. Ahogó un grito y cayó hacia atrás contra la pared. Lord Bannaster le dirigió una sonrisa, y la luz de la antorcha se reflejó en sus dientes. Oh, Dios, ¿qué habría oído? ¿Y si había estado pegado a la puerta y ahora sabía quién era ella en realidad? —Anne, eres una muchacha muy hermosa —dijo. Elizabeth se obligó a calmarse, diciéndose que no sabía la verdad, pero algo en su mirada hizo que la embargase el pánico. —Y esta noche quiero compañía —continuó el hombre con tono dulce. Hablaba como si fueran a pasar la velada jugando una partida en el gran salón, pero ella sabía que no era a eso a lo que él se refería. Sin decir una palabra, Elizabeth se dio media vuelta y 120 Julia Latham – El engaño del caballero trató de subir hasta la cámara privada, pero el hombre la agarró por un brazo haciéndola caer de rodillas sobre las frías losas de piedra. —Ten cuidado, te vas a hacer daño —dijo él—. Deberías ser más cuidadosa. Hay una importante distancia hasta abajo. No había barandilla. La escalera de caracol de la torre había sido construida sin ésta con el fin de facilitar el combate a espada en caso de defensa, de forma que un caballero podía lanzar al oponente por el hueco. Bannaster la ayudó a ponerse de pie. —Vamos, deja que te enseñe los aposentos que ocupo. Eran las habitaciones del conde, una estancia muy lujosa. Pensar en Bannaster arrastrándola a la cama de sus padres le provocaba náuseas. Pero se encontraba en una situación demasiado precaria para defenderse. El vizconde hizo que se diese la vuelta, la rodeó con un brazo y comenzó a bajar la escalera con ella. —Así no bajaremos tan despacio —dijo él, riéndose suavemente para sí. Elizabeth soltó un grito cuando el vizconde la cogió por la cintura y la levantó del suelo como si fuera un saco de grano, lanzándose escaleras abajo cada vez más de prisa. Su cuerpo quedaba suspendido sobre el hueco que formaba la escalera espiral, entre la oscuridad y las antorchas que no dejaban de girar a su alrededor. El miedo le impidió reaccionar hasta que no estuvieron más cerca del suelo firme. Bannaster se tambaleó un poco cuando llegaron al final de la escalera y Elizabeth cayó al suelo y rodó lejos de él. Respiraba de manera entrecortada y se dio cuenta de que tenía el rostro húmedo a causa de unas lágrimas que no recordaba haber derramado. Clavó la mirada en el hombre, sin ocultar la ira y el miedo que sentía. El vizconde le devolvió la mirada con el cejo fruncido. —He tenido mucho cuidado de no dejarte caer. ¿Qué haces en el suelo? Vamos, levántate, muchacha, no quiero que alarmemos a los soldados. Le tendió una mano y ella no tuvo más remedio que aceptarla y permitir que la ayudara a ponerse en pie. Cuando él abrió la puerta de la torre, Elizabeth se coló entre los dos soldados y echó a correr. —¡Qué divertido! —dijo Bannaster—. ¡Una persecución! Puede que estuviera borracho, pero era rápido; la joven no lograba quitárselo de encima. Pese a conducirlo a propósito por tortuosos corredores, no conseguía zafarse. Elizabeth no se detuvo en ningún momento. Los pocos sirvientes que se encontraron se pegaron contra la pared para dejarla pasar, pero el hombre era incansable. Cada vez que ganaba terreno y se le acercaba, se reía como si se tratara de un juego infantil; para ella era más bien el regreso de una pesadilla infantil. Cuando era niña, antes de que se firmara su compromiso, Alderley recibía siempre muchas visitas. Hombres que se peleaban por ella, o que le azuzaban a sus hijos, que la hacían sentir acorralada. Empezó a tener pesadillas que le impedían dormir y perdió el apetito, hasta que sus padres se la llevaron del castillo... Y la enviaron con la familia de William, el primer lugar donde recordaba haberse sentido en paz. El compromiso la había protegido, había conseguido que se sintiera otra vez a salvo, pero ahora ya no quedaba nada de eso. ¿Podría dejar de correr alguna vez en la vida? De pronto, necesitó a John de forma perentoria; lo sintió como un intenso dolor sordo en el pecho, pero no quiso conducir al vizconde hacia él, porque éste la defendería, aunque con ello consiguiera que lo hicieran prisionero, o aún peor, que lo mataran. Y ella no quería que eso sucediera. Los pulmones le ardían a causa del esfuerzo, pero no podía detenerse en medio de un corredor ella sola, porque sabía lo que ocurriría. Lo único que podía hacer era acudir al gran salón con la esperanza de que algo distrajera al vizconde. 121 Julia Latham – El engaño del caballero Pasó por debajo de un arco y se dirigió a la chimenea de la estancia. Los soldados estaban bailando con las sirvientas al son de una gaita y un laúd. Milburn estaba jugando una partida de tabas. Levantó la vista y la miró con el cejo fruncido. Elizabeth ni se imaginaba el aspecto que debía de tener. Estaba sudando y se moría de ganas de arrancarse el griñón y lanzarlo al fuego. Aunque respiraba de forma irregular, trató de atravesar el salón andando en vez de corriendo, pero le temblaban las piernas. John estaba allí, sentado con Philip en un banco, pero se levantó de inmediato al verla. Frunció el cejo ominosamente y dirigió la mano a la daga que llevaba a la cintura. No, ella no había tenido intención de involucrarlo. ¿En qué estaba pensando? Negó frenética con la cabeza, y la tranquilizó ver que, detrás de él, Philip lo agarraba del brazo. —¡Anne! —gritó Bannaster—. Ya has tenido suficiente diversión. Estaba justo detrás de ella. Hizo que se diera la vuelta, la atrajo hacia sí y la besó. Aunque el acto arrancó los vítores de sus soldados, hasta Elizabeth pudo oír el inusual silencio que cayó sobre el resto del salón. El vizconde levantó la cabeza y miró a su alrededor con una vacilante sonrisa ebria. —¿Por qué se ha parado la música? Quería bailar con Anne. —¡Fuego! —gritó alguien. El vizconde la soltó de inmediato y se volvió. Elizabeth lo imitó. No vio señales de fuego por ninguna parte, pero Adalia, que era quien había gritado, se dirigía frenética hacia las cocinas. Todo el mundo echó a correr. Muchos soldados huyeron al exterior, pero su gente, benditos todos ellos, salieron en busca de cubos. Bannaster, probablemente por miedo a perder su tan ansiado premio, siguió a los demás hacia las cocinas. Elizabeth también lo habría hecho de no ser porque alguien la sujetó por detrás. Gritó por instinto. —¡Soy yo! —susurró John. Un escalofrío la recorrió entera y a continuación dio media vuelta y lo rodeó con los brazos. El la estrechó entre los suyos, elevándola un poco del suelo. —¿Te ha hecho daño? —le preguntó al oído. —No, sólo estoy asustada y agotada de llevarlo corriendo detrás de mí por todo el castillo. ¡Incluso borracho es rápido! John la dejó en el suelo y ella se apartó con torpeza. —¿De verdad hay fuego? —preguntó, repentinamente tímida ante la manera en que había reaccionado al sentirlo cerca. Se dijo que estaba tan asustada por lo de Bannaster que habría hecho lo mismo con cualquier otra persona. —Lo dudo mucho —respondió él—. Pero vamos a cerciorarnos. Se oían gritos procedentes de la cocina y divisaron una pequeña columna de humo. Bannaster estaba bajo el dintel, mirando el caos que reinaba dentro, y justo antes de que Elizabeth y John llegaran, un cubo de agua lo empapó por completo. El vizconde retrocedió tambaleándose y mirándose las prendas de seda y brocado totalmente empapadas. John ciñó la cintura de Elizabeth con el brazo y ella no protestó. A su alrededor, la gente del castillo, criados, ayudantes y mozos, habían formado un tupido grupo alrededor del vizconde, que farfullaba de indignación, el rostro chorreándole agua. —Mis ropas están estropeadas —dijo, escurriéndose la faldilla del jubón—. Anne, necesitaré que... Dejó la frase en el aire al verse rodeado de gente. Nadie sonreía ni se ofrecía a ayudar. El hombre fijó la vista en ella y no le pasó inadvertido cómo John le ceñía la cintura con su brazo en un gesto protector. 122 Julia Latham – El engaño del caballero —Milord —dijo un joven que se abrió paso entre el grupo y lo miraba con vacilación—. He deshecho el equipaje de vuestros arcones en el dormitorio principal. ¿Queréis que os ayude a cambiaros de ropa? Sin duda era su escudero. Bannaster miró una vez más a su alrededor, sonriendo como si la situación lo divirtiera, y, por fin, asintió: —Sí, Henry. Iré contigo. Es extraño, pero estoy muy cansado. Creo que he bebido demasiado. Elizabeth pestañeó sorprendida mientras el hombre se daba media vuelta y salía detrás de su escudero. La gente le dio las buenas noches, aliviados, y se prepararon para irse a la cama. Ella sólo pudo dar las gracias a todos con una sonrisa mientras trataba de contener las lágrimas. —Lo volverá a intentar. —No lo creo. Ha visto a todas las personas que lo han rodeado. Pero Elizabeth sabía que no podía contar con ello. —Anne... —Chiss. —Elizabeth se dio la vuelta entre sus brazos y le dio unas palmaditas tranquilizadoras en el torso. Después retrocedió—. Tengo que subirle la cena a lady Elizabeth. —Subiré contigo. —No. Hablaré con Adalia y le daré las gracias por lo que ha hecho. Seguro que ella me acompañará. —Pero si os encontráis con Bannaster... —Si tú estuvieras a mi lado, intentarías resolver el problema por la fuerza. —¡Soy un caballero! —se quejó él en un áspero susurro. —Y así sólo conseguirías que te mataran o que te echaran del castillo. ¿Crees que es eso lo que quiero? John abrió la boca para decir algo, pero estaba tan sorprendido que no fue capaz de hablar. —Ahora deja que me vaya. Te prometo que iré con escolta. —Mientras ese hombre esté aquí. —Sí, lo prometo. Después tengo que hablar contigo. Iré a tu dormitorio. Elizabeth trató de ignorar la expresión especulativa que apareció en los ojos de él mientras asentía. Iría a verlo para contarle el desesperado plan que había empezado a cobrar forma en su cabeza desde que Bannaster tratara de forzarla. Era la única manera que se le ocurría de poner fin al dilema y evitar al mismo tiempo el ataque de su propio ejército. 123 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 18 John paseaba arriba y abajo de su dormitorio evitando la bañera llena de agua caliente. Se le había olvidado cancelar la petición. El agua se iba a quedar fría. Philip metió varias cosas en una bolsa. —Lamento mucho tener que echarte —se disculpó John. Philip le dirigió una amplia sonrisa y se encogió de hombros. —Lady Elizabeth te necesita. —Sólo porque tiene algo urgente que contarme —insistió él. —Sí, claro —respondió su amigo con tono despreocupado—. ¿Y cuál será la excusa mañana por la noche? John no pudo poner ninguna objeción. Quería que Elizabeth estuviera a salvo y eso significaba quedarse con él, si es que conseguía convencerla. Pero no fue eso lo que le dijo a Philip: —No puedo pensar más allá de esta noche. ¿Adonde irás? —Dormiré en el gran salón. He dormido en sitios peores, como bien sabes. —Te lo agradezco mucho. Philip se echó a reír y negó con la cabeza. —Tal vez le pida dormitorio propio al capitán de la guardia. Ahora soy su ayudante. John se descubrió deseando no ser él el de la pierna «rota». Y no era la primera vez. Echaba mucho de menos la excitación del entrenamiento, medir sus fuerzas con un digno oponente. A veces deseaba poder desafiar a Bannaster y poner fin a todo aquello. Pero al rey no le gustaría, y a Elizabeth tampoco. Ella quería que Alderley fuera lo más importante de sus vidas. Y lo era, por el momento. ¿Qué ocurriría cuando la paz reinara nuevamente y todos los días transcurrieran sin novedad, uno detrás de otro? John decidió concentrar toda su atención en Philip y dijo: —¿Y esa nueva posición tuya entre los soldados te ha permitido averiguar algo que nos pueda servir de ayuda? —Algún día. Por el momento, lo único que he sacado en claro es que cualquier tropa está formada, en su mayoría, por buenos hombres que se limitan a cumplir con su obligación, y unos cuantos que disfrutan creando problemas. —¿Has visto al ejército de Alderley? Philip negó con la cabeza. —Parker me dijo que lo componen unos cien hombres. Si consigues que se pongan de tu parte, podrías tomar el castillo. —Si consigo que se pongan de mi parte, tú lo has dicho. En cuanto a lo de tomar el castillo, tendría que hacerlo sin el permiso de su señora. No creo que mi noche de bodas sea muy feliz entonces. Pero te agradezco tu ayuda. El otro se dirigió a la puerta. —¿Y qué iba a hacer si no estuviera aquí contigo? ¿Ofrecer mi espada al mejor postor? —En vez de eso, me la has ofrecido a mí a cambio de nada —replicó su amigo. 124 Julia Latham – El engaño del caballero Philip puso los ojos en blanco, le hizo un gesto de buenas noches y salió. John continuó paseando arriba y abajo. Sabía que Elizabeth se demoraría un rato con su doncella, contándole lo que había ocurrido. Ya le empezaba a parecer que había pasado demasiado tiempo cuando oyó la suave llamada con los nudillos. Abrió y la encontró allí, sola. —Me has prometido que dejarías que te escoltaran —dijo al tiempo que tiraba de ella hacia el interior y cerraba la puerta. —Y lo he hecho, pero le acabo de decir a Adalia que podía irse. John, Bannaster no podría despertarse de tan borracho como estaba. Él cerró los ojos tratando de no perder los estribos. —Elizabeth, todos los soldados que hay aquí dentro están a su servicio. Le bastaría dar una orden para que cualquiera de ellos te llevara a su presencia. Me disgusta lo poco que te preocupa tu seguridad. A partir de ahora, dormirás aquí; donde yo pueda protegerte. Se preparó para las protestas, pero ella sólo irguió los hombros. —La verdad es que lo que acabas de decir me viene de maravilla para lo que tengo planeado. —¿Lo que tienes planeado? —repitió él con recelo. —Te dije que pensaría en algo, y lo he hecho. —Tragó saliva y lo miró a los ojos con gran seriedad. Para su sorpresa, Elizabeth se quitó el griñón y lo tiró sobre una mesa. La mata de rizos cayó como una cascada sobre su pecho y sus hombros. Entonces se retiró todo el cabello a un lado y, llevándose las manos detrás del cuello, empezó a soltarse los lazos del vestido. El oscuro rincón donde John había sepultado el deseo para poderlo controlar comenzó a despertar. El calor le subía por todo el cuerpo. —¿Qué estás haciendo? —preguntó con voz ronca, incapaz de dejar de mirar cómo el corpiño del vestido empezaba a ahuecarse conforme Elizabeth iba soltando los lazos. —No puedo arriesgarme a seguir siendo virgen —contestó ella, impasible—. Tienes que llevarme a la cama, de modo que Bannaster deje de ser una amenaza. Él había pensado que la joven necesitaría consuelo esa noche, después del susto que le había dado el vizconde, pero era una mujer muy fuerte. Y, con su ofrecimiento, dejaría bien claro que él era el hombre más débil del mundo, porque no se imaginaba cómo podría rechazarla. Se quedó inmóvil como una estatua. Elizabeth salió de su vestido sin mostrar emoción alguna, dejando al descubierto la camisola de lino de manga larga y cuello alto. Se sentó en un taburete para quitarse las botas y las medias. Él tragó con dificultad mientras observaba las satinadas y largas piernas. Después, se dirigió a la cama y se encaramó a ella, tapándose con el cobertor hasta la cintura, pero dejando un extremo levantado invitándolo a acompañarla. Una parte de John deseó poder desprenderse de toda la ropa y meterse en la cama; demostrarle cuánta pasión aportaría a su matrimonio. Pensaba que nunca se cansaría de ella, de su espíritu de lucha y su coraje, ni siquiera de su necesidad de llevar siempre la voz cantante. Haría cualquier cosa que le pidiera... en la cama. Por fin tendría la prueba de lo mucho que lo deseaba. Se acabarían esas sandeces del cortejo distante y romántico. Recorrió con la vista las elevaciones de sus pechos cubiertos por la delicada camisola de lino, ascendió por su garganta y se detuvo en su pálido rostro. De pronto, sus oscuros ojos le parecieron asustados, vulnerables, pero fue sólo un momento, al cabo del cual se llenaron nuevamente de determinación. ¿Cómo podría permitir que su futura esposa empezara a conocer las intimidades del matrimonio sintiéndose obligada, capitulando, sintiendo que eso era el último recurso? John dejó escapar un profundo suspiro, consciente de que tenía que ignorar la dolorosa llamada de su sexo. El baño de esa noche iba a ser un baño frío. Se sentó en el borde de la cama y trató de pasar por alto la tensión que sobrecogió a la joven ante su cercanía. 125 Julia Latham – El engaño del caballero —No, Elizabeth, cariño, así no. Ella lo miró con el cejo fruncido. —¿Qué quieres decir? ¿Tanto te molesta que haya sido idea mía? Él sonrió. —No, tu sugerencia me parece perfecta y te la agradezco mucho, puedes estar segura. Pero buscaremos otra forma. Se quedó pasmada. —Pero... los hombres siempre me han deseado, y codiciado lo que casarse conmigo les proporcionaría. —Créeme, Elizabeth, este hombre en concreto te desea con locura, y me importan bien poco tus posesiones, pero quiero encontrar una solución honrosa, no algo que te sientas obligada a llevar a cabo. La joven apartó la mirada y hundió los hombros. —Sentirme tan deseada no siempre ha sido bueno. Él no dijo nada, porque quería que continuara hablando. —Cuando tenía diez años —prosiguió ella en voz muy baja—, justo antes de ir a Rame, un viejo amigo de mi padre nos visitó y trajo consigo a su hijo. Yo estaba acostumbrada a que me presentaran a todos los buenos partidos jóvenes, y no me importaba saber que mi padre elegiría uno para mí. Confiaba en su buen juicio. Pero... durante aquel año, los padres que venían de visita se mostraban más insistentes, y los hijos no hacían más que intentar quedarse a solas conmigo para jugar. Y aunque eso era lo único que hacíamos, era como si... lo hicieran porque sus padres se lo ordenaban. El condado era un señuelo poderoso, aunque el rey todavía no había tomado la decisión de lo que ocurriría una vez que faltara mi padre. Pero en aquel viejo amigo de la familia podíamos confiar. Era un alivio estar con él y con su hijo. John quiso abrazarla, porque percibió que la historia no tendría final feliz, pero Elizabeth parecía perdida en sus recuerdos. —Un día, iba a llevarnos a su hijo y a mí de excursión hasta un lago cercano. Yo estaba muy contenta, porque así podría exhibir mis habilidades de amazona y escapar un poco de la tensión que se vivía en el castillo. Continuamente nos visitaban hombres con el único objetivo de convencer a mi padre de que me desposara con alguno de ellos. Pero antes de subir a mi caballo, me di cuenta de que algo no iba... bien. Yo sólo tenía diez años, pero hasta una niña de mi edad podría ver que las alforjas estaban demasiado llenas para una simple excursión de unas horas. John asintió. —¿Se proponían raptarte? —Jamás lo admitió ante mi padre —contestó con un hilo de voz—, ni siquiera cuando le registraron las alforjas. Insistía en que él y su hijo se iban a marchar después de la excursión, y que lo había dejado todo preparado para no perder tiempo, pero nadie lo creyó. —¿Qué pensaba tu padre que el hombre se proponía hacer contigo? —¿Chantaje? —Un escalofrío le recorrió el cuerpo—. O algo aún más siniestro que nada tenía que ver con su hijo. Su esposa había muerto hacía poco. —Elizabeth, debiste de pasarlo muy mal. Eras sólo una niña. Ella intentó sonreír. —Eso fue lo que acabó de decidir a mis padres a enviarme con tu familia. —Y apuesto a que hay días en los que no te alegra que eso ocurriera —observó él con sequedad. —No, el resultado inmediato fue maravilloso. Regresé a casa y, durante largo tiempo, Alderley fue un remanso de paz. Viví tranquila durante muchos años. —Hasta que tus padres murieron. Ella asintió. —Y ahora, de nuevo, todo el mundo quiere adueñarse de mí. 126 Julia Latham – El engaño del caballero Elizabeth sintió el dolor sordo en lo más profundo de su corazón que nunca desaparecía por completo, por mucho que se esforzara. Sus padres habían intentado protegerla del mundo exterior, y ahora no había nadie entre ella y los hombres que se la disputaban. Estaba cansada de sentirse indefensa y había creído firmemente que esa noche podría tomar las riendas de la situación. Pero John se estaba comportando como un hombre noble y honrado, aunque la tensión que veía en su rostro le dijera que le estaba costando horrores. Él había vuelto a casa para cumplir con su obligación hacia su familia y se había encontrado solo y con pocos recursos. El respeto hacia el nombre de su familia se había extinguido, sin importar quién hubiera tenido la culpa. Se había pasado años construyéndose una reputación en Europa para nada. Pese a ser alguien que sabía ocultar el dolor, sus ojos dejaban entrever una mirada de angustia y determinación que la atraía indefectiblemente. Deseaba ayudarlo a cumplir sus deseos. Se descubrió levantando una mano y tocándole el rostro. John se quedó totalmente quieto. Cerró los ojos y torció el gesto a causa de la tensión. Pero fue algo momentáneo, porque en seguida sus facciones se suavizaron al comprender. Cuando Elizabeth se inclinó y lo besó, él entreabrió los labios y todo su cuerpo se estremeció. —Elizabeth —dijo contra la boca de ella, su voz repleta de sutiles advertencias. —Sólo un beso —murmuró la joven, besándole el labio superior primero, después el inferior, que succionó suavemente—. ¿Cómo podré aprender si no a no temer lo que ocurre entre los esposos? Elizabeth sabía que John la estaba dejando llevar el mando y se estremeció sólo de pensarlo. Ladeó la cabeza y profundizó el beso, dejó que su lengua trazara círculos alrededor de los labios de él antes de introducirla en su boca y sacarla a continuación. Posó las manos sobre las suyas y notó que tenía los puños apretados sobre la ropa de la cama. Se las acarició con suavidad con la esperanza de levantarle el ánimo, pero era un hombre, y ella estaba empezando a comprender que no se parecían mucho a las mujeres. Lo único que pareció conseguir fue encender su pasión, porque, con un gemido, John le cogió la mano y la presionó con la palma extendida contra su propio pecho, donde Elizabeth pudiera notar el latido de su corazón. Un recuerdo como un fogonazo le aturdió el alma; él la había tocado a ella en el mismo sitio, y un escalofrío la recorrió entera. John deslizó la mano por su cadera, por encima de las mantas. Y luego ascendió, resiguiendo el contorno del cuerpo femenino, que se estrechaba al llegar a la cintura, siguió por encima de las costillas y más arriba, rozándole el lado del pecho. Ella interrumpió el beso y lo miró a los ojos interrogativa, incapaz de controlar su desbocada respiración. —Deja que te muestre parte de lo que habías venido a buscar aquí esta noche, cariño — murmuró él, besándole la mejilla y mordisqueándole el lóbulo de la oreja—. Sigo creyendo firmemente que deberíamos esperar para hacer lo que hacen los esposos, pero, Dios mío..., tu sabor hace que desee enseñarte ya. Pero te prometo que me controlaré. Elizabeth asintió en silencio, segura de que él cumpliría su palabra. Pero conforme el poder de su atracción iba creciendo en su interior, comenzó a preguntarse si eso importaba comparado con la llama de deseo que ardía en su interior. No podía resistirse a él y eso la asustaba; pero John la aturdía con sus profundos besos, con la danza de apareamiento que su lengua parecía llevar a cabo, tironeando mientras de los lazos que le cerraban la camisola. Ella también lo deseaba a él; quería fundirse con su cuerpo, quería olvidar. La prenda se le aflojó y comenzó a desrizársele por los hombros. Él siguió besándola, sosteniéndola por la espalda con la palma abierta, instándola a pegarse aún más a él. Trazó con su boca un tortuoso sendero cuello abajo, a base de mordiscos y lametones, acariciando con la punta de la lengua el hueco que se le formaba en la base de la garganta. Entonces la tomó con ambas manos y la levantó hasta dejarla de rodillas sobre el lecho, aunque él seguía sentado. En esa 127 Julia Latham – El engaño del caballero postura, no le hacía falta siquiera inclinarse, y podía mirarla a los ojos al mismo nivel. La camisola se sujetó unos segundos sobre los pezones de Elizabeth y seguidamente cayó hasta su cintura. John inspiró profundamente, sin dejar de mirarla. —Eres perfecta —murmuró. Ella no sabía qué sentir, ni qué hacer, lo único que sabía era que estaba en la gloria sabiéndose adorada por él, como demostraban los ojos del hombre. La besó entre los pechos y Elizabeth sintió, con una mezcla de placer y dolor, el roce de su cabello y la áspera barba incipiente contra su sensible piel. Luego la rodeó con los brazos sin abandonar la postura, y la joven hundió los dedos en el suave pelo de él, algo que llevaba tiempo deseando hacer. John relajó visiblemente los hombros y gimió de placer. Entonces comenzó a moverse, a saborear su piel, trazando un reguero de leves besos a lo largo de la elevación que formaban sus pechos. Elizabeth sintió que su anhelo crecía sólo para amainar, con gran frustración por su parte, cuando los provocativos besos variaban el rumbo desviándose del pezón. Estuvo atormentándola así varios minutos, hasta que de los labios de ella escapó un gemido. Sólo entonces pareció satisfecho, porque ahuecó la palma contra uno de sus pechos con dulzura y, a continuación, se lo lamió largamente. La caricia la hizo convulsionarse con un sobrecogedor escalofrío, pero él la sostuvo y prosiguió inexorable, lamiéndola como si fuera un trozo de mazapán. Cuando su boca pasó a dedicar sus atenciones al otro pecho, utilizó los dedos con el que acababa de dejar, y las sensaciones simultáneas que le sobrevinieron no se parecían a nada que hubiera sentido antes. Dentro de su vientre ardía un fuego intenso, alimentado por todas las caricias que él le dispensaba. Quería deshacerse de la camisola y darle lo que deseaba. Pero ¿sería decisión suya o la voluntad de él? John empezó a succionar el pezón con los labios, metiéndoselo muy dentro de la boca hasta que, por fin, le levantó la ropa por detrás. Elizabeth notó que una pequeña corriente de aire le acariciaba las nalgas y, acto seguido, los ansiosos dedos de él, mientras deslizaba la otra mano por delante y empezaba a acariciar su centro femenino por encima de la prenda. Cuando notó que Elizabeth se ponía rígida, John susurró su nombre con suavidad, como si ella fuera un gato montes y quisiera tranquilizarlo. La estaba acariciando, mimando, sujetándola. Porque se habría caído desmadejada si él no hubiera estado allí para aguantarla. No acertaba a comprender cómo se las arreglaba para controlarla, ni tampoco de dónde partían aquellas sensaciones que le recorrían el cuerpo. Y entonces John empezó a subir la mano por su muslo, por debajo de la camisola, y la tocó sin barrera alguna que se interpusiera entre ellos. Sus dedos la acariciaron sin esfuerzo, como si conociera todos sus secretos. Se sintió perdida, inexperta; notó que una ola de pánico se abría paso entre las capas de calor y pasión. Los dedos del hombre se adentraron un poco más en su interior y Elizabeth notó cómo se humedecía, lista para dejarse invadir. John seguía lamiendo sus pechos mientras con los dedos trazaba provocativos círculos y asediaba su pubis. Se descubrió tensándose, esperando, casi suplicándole que le diera lo que necesitaba. Y de pronto la embargó algo que la obligó a arquear la espalda, perdida en una sobrecogedora convulsión. Tan sólo era consciente de él, de sus manos y su boca reclamándola, poseyéndola, proporcionándole aquella liberación de portentoso placer. John la depositó sobre la cama y ella se quedó inmóvil, mirándolo con curiosidad y creciente incomodidad. Lo que había pasado entre los dos había sido algo muy poderoso. Se preguntaba qué sería capaz de hacer para volver a sentirlo. Era como si su mente ya no le perteneciera. ¿Habría seducido John su voluntad? Él la observó y Elizabeth vio la silenciosa comprensión en sus ojos. Sin decir nada, la cubrió con la camisola y, a continuación, le subió el cobertor hasta la cintura. Por alguna razón, 128 Julia Latham – El engaño del caballero ese gesto lo empeoró todo, porque ella era consciente de que él había sacrificado su propio placer para iniciarla en los secretos de la intimidad conyugal. —Duerme —le susurró. Y de pronto quiso sentirse cansada, cerrar los ojos y no ver más su rostro. Perdía el control cuando lo miraba y eso le daba miedo. Bajó los párpados. Pero en realidad no tenía sueño. Más bien se sentía... llena de energía, distinta, y su mente daba vueltas en espiral tratando de comprender el significado de aquellas nuevas sensaciones que su cuerpo había experimentado. Oyó que John se movía por la habitación, y se dio cuenta de que no se había parado a pensar dónde iba a dormir él, si en el jergón de Philip o tal vez con ella. La idea la hizo estremecer de nuevo. Tenía que saberlo. Entreabrió los párpados un poquitín y recorrió la habitación con la mirada. Vio a John de pie junto a la bañera. Para su completa sorpresa se estaba desnudando. Se dijo que era normal. No iba a meterse en la cama con la ropa puesta. Pero entonces pensó que tal vez planeaba darse un baño. Cerró los ojos de golpe, mortificada ante la idea de estar presente en un momento tan privado. Pero ¿acaso no acababa él de acariciar las partes más íntimas de su cuerpo? Miraría un rato, nada más. Abrió los ojos de nuevo. John se estaba quitando la camisa. No era la primera vez que veía su cuerpo, lo había visto antes, cuando ayudó a Rachel a curarle las heridas. Pero al comprobar la amplitud de su torso no pudo controlar un nuevo estremecimiento que la sacudió hasta lo más profundo. Era agradable, aunque se sentía algo violenta. Y sin embargo, no podía dejar de mirar. Sus músculos sobresalían en partes donde en el cuerpo de ella había redondeces y elevaciones. Tenía el pecho cubierto de vello, y se estrechaba al llegar al abdomen, todo él puro músculo. Aquí y allá, las cicatrices del combate se dejaban ver en forma de honoríficas líneas blancas. Y entonces recordó que no llevaba medias a causa de la pierna entablillada. Vestía sólo los calzones interiores, confeccionados con suave lino que cubría sus partes íntimas. Se los quitó de espaldas y se quedó completamente desnudo. Sus nalgas se veían firmes y tan perfectas que Elizabeth experimentó un deseo incontenible de tocarlas; la escandalizaron esos pensamientos tan indecentes. Pero dado que había obtenido un gran placer gracias a las caricias de él, se descubrió deseando tener la oportunidad de explorarlo de idéntica forma. Ya se había acostumbrado a lo que veían sus ojos, pero lo que vino a continuación bien podría haberla cegado. Lo vio inclinarse para comprobar cómo estaba el agua de la bañera, fría lo más seguro, y cuando se puso de perfil, contempló cómo su pene erecto sobresalía de su cuerpo. Su instinto de mujer se puso alerta, deseoso, como si lo necesitara para sentirse completa. Sabía que la cópula entre hombre y mujer tenía lugar de esa forma; su madre no había querido que llegara a la noche de bodas completamente ignorante de lo que allí ocurriría, y aunque por entonces no había sido capaz de imaginarlo, ahora se le hacía del todo evidente. John seguía deseándola. Le había proporcionado el mayor de los placeres y se lo había negado a sí mismo. ¿Habría mostrado tan poco egoísmo otro hombre? Lo vio meterse en la bañera, donde se hundió con un gran suspiro, aunque el agua no debía de llegarle más arriba de la cintura. Era un hombre grande que necesitaba una bañera grande, pero la única de su tamaño estaba en el ala familiar del castillo; era una que su padre había mandado construir a propósito. Tendría que pedir que se la enviaran a John y... Ya se estaba comportando como una esposa, pensó maravillada, considerando la comodidad y las necesidades de él. ¿Significaba eso que por fin había aceptado que se iban a casar? 129 Julia Latham – El engaño del caballero Continuó observando cómo se bañaba, acunada por los lentos movimientos del hombre, que se lavaba concienzudamente con un paño. Elizabeth se dijo que John era su última esperanza, aunque en lo más profundo, una parte de su ser le advirtió que se estaba dejando llevar más y más hacia él. 130 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 19 Por la mañana, Elizabeth dejó a Anne inspeccionando una nueva cesta que le habían entrado por la ventana durante la noche, llena de dulces y libros, y hasta una flauta. ¿Acaso el hombre misterioso la había oído tocar el laúd? Al pie de la torre, John la esperaba. Ella se sorprendió al sentirse aliviada y contenta de verlo. Sabía que estaba decidido a quedarse en el castillo, pero aun así... Él volvió para caminar a su lado, cojeando, y Elizabeth recordó lo considerado que había sido la noche anterior, al dormir en el jergón de Philip en vez de compartir la cama con ella. Aunque casi la había decepcionado despertarse sola. Milburn les salió al paso haciendo que se detuvieran. La joven notó una oleada de pánico de lo más inusual en ella. ¿Habrían descubierto la verdadera identidad de John? ¿Se habrían dado cuenta de que había dormido en su habitación? El alcaide le quitó la bandeja que llevaba en las manos y se la dio a él. —Lord Bannaster quiere verte, Anne. En ese momento, sus muchos años de aprendizaje salieron a la superficie, y sintió que se tranquilizaba. Estaban rodeados de gente por todos lados, el día estaba comenzando y el vizconde ya no estaba borracho. Pero John avanzó un paso con la mano en la daga y Milburn arqueó una ceja en su dirección. Ella lo tranquilizó tocándole suavemente el brazo. —No, está bien —repuso con calma—. No saldré del salón. Vio la manera en que él apretaba la mandíbula, aunque asintió una vez con la cabeza. En el fuero interno de Elizabeth, el alivio dio paso a la gratitud, porque John confiaba en que sabría tomar sus propias decisiones. ¿Cuántas mujeres podían decir lo mismo de sus futuros esposos? Experimentó un cálido sentimiento al mirarlo. Milburn, normalmente impasible, parecía casi divertido. Elizabeth se obligó a ocultar sus pensamientos tras una máscara severa y se dirigió al estrado, donde Bannaster estaba sentado presidiendo la mesa, desayunando. El vizconde la miró sin mostrar un ápice de vergüenza. Por supuesto que no. Era el tipo de hombre que creía que podía tener a cualquier criada que se le antojara y cuando se le antojara. —Anne —dijo, después de tragar un trozo de pan—, dile a lady Elizabeth que oí hablar de su prometido cuando estuve en Londres. Ella se tensó, sorprendida, pero se limitó a asentir con la cabeza, esperando que continuara. —Para mi sorpresa, el rey ha estado recibiendo informes sobre él de forma regular durante muchos años. Parece que es un hombre famoso en toda Europa. —Lady Elizabeth había oído hablar de su talento con la espada —apuntó la joven con cautela. —Ha ganado la mayor parte de los torneos más importantes y, al parecer, sus servicios como mercenario son requeridos asiduamente. Un hombre con talento —convino el hombre. Elizabeth no entendía el propósito de Bannaster al contarle aquello. 131 Julia Latham – El engaño del caballero —Pero lamentablemente, aunque con talento, es obvio que las obligaciones para con su familia le preocupan tan poco como le preocupaban a su hermano, puesto que no veo que haya venido a reclamar a tu señora. Ella se limitó a bajar la vista, pues no quería que su expresión reflejase nada, pero se sentía abatida al ver que ni siquiera Bannaster tenía buena opinión de John. El vizconde suspiró y siguió hablando: —Sin embargo, William era un hombre agradable, y debo admitir que lo echo de menos. Nadie podía encandilar a toda una sala llena de muchachas con sus gallardas miradas como él. Siempre sabía qué decir. Cuando murió, me preocupó pensar en el futuro de las posesiones de su familia. Lo justo es que, en calidad de amigo suyo, me asegure de que alguien se ocupe de ellas. Hablaba como si creyera en lo que estaba diciendo; como si el matrimonio y una impresionante dote fueran una enorme carga que nadie quisiera sobrellevar. Bannaster la escrutó con la mirada. —Asegúrate de contarle a tu señora todo lo que te he dicho. —Por supuesto, milord. —Le hizo una reverencia y se alejó de él. John la esperaba junto a la chimenea, apoyado en su muleta. Había estado en lo cierto respecto a su hermano todo el tiempo y ella no había querido creerlo. Se acercó y él le sonrió. Hasta la forma en que se le contraía la cicatriz al hacerlo la enternecía. —Milburn me ha pedido que haga un recuento de las ovejas que pastan en Hillesley —dijo John cuando ella se le acercó. —Estoy lista para partir. Él arqueó una ceja. —Hacia Hillesley quiero decir —aclaró Elizabeth. John bajó la voz antes de preguntarle: —¿Estás bien? ¿Qué quería? Ella miró a su alrededor, pero el salón se había quedado ya medio vacío, a excepción de unos cuantos mozos que se afanaban en limpiar y retirar las mesas de caballete. —Estoy bien. Quería difamarte. Sorprendido, John miró al vizconde, pero éste iba hablando con Milburn mientras ambos se dirigían hacia las puertas dobles que conducían al exterior. —¿Difamarme? —repitió, divertido. —Al parecer, el rey ha estado siguiendo tus famosas hazañas. Creía que el interés del monarca por tu persona molestaría a Bannaster, pero me parece que se siente demasiado seguro de sí mismo. —¿En qué consistían esas difamaciones? Inspiró profundamente antes de contestar. —Te ha comparado con tu hermano y ha dicho que es evidente que te preocupas tan poco por tus obligaciones familiares como él. John la observé en silencio, con tal expresión de cálido entendimiento que Elizabeth podría haberse echado a llorar. Estaba harta de no poder controlar aquellas emociones. Suspiró. —Así pues, parece que el rey es gran admirador tuyo. Podría resultarnos de ayuda en un momento dado. No quiero que me pille por sorpresa, de modo que dime en qué estado se encuentra el castillo de Rame realmente. —¿Sabes?, he llegado a creer que tal vez William no supiera en realidad lo que estaba pasando. Es posible que el administrador lo estuviera engañando. —John, no tienes que protegerme. Da igual si lo sabía como si no. William debería haber visitado regularmente las posesiones de su familia para evaluar su estado con sus propios ojos. Y no lo hizo. 132 Julia Latham – El engaño del caballero —Te diré todo lo que quieres saber, cariño —murmuró él—. Rame también será tuyo, y sé lo mucho que te preocupas por todo lo que te pertenece. Elizabeth se dio cuenta entonces de que, con su matrimonio, no sólo no estaría cediendo sus posesiones, sino que John le estaba ofreciendo que compartieran las suyas. —Vamos, me lo contarás todo de camino a Hillesley. Conforme salían del castillo, Elizabeth sintió como si, por fin, estuviera dejando a un lado el fantasma de William. Aunque el joven había intentado complacerla de la manera que le gustaría a una niña, había sido una persona con defectos. Y podría haber arruinado el castillo de Alderley y todas sus propiedades de haber llegado a tener el control. Pero John no lo haría. Él entendía que ella siempre actuaba teniendo en cuenta los intereses de su pueblo, y parecía valorar su ayuda y su opinión. Si lo único que quisiera fueran sus posesiones, no le preocuparía lo más mínimo lo que ella pensara. De pronto se preguntó si aquello podría ser amor, si finalmente estaría creciendo y dándose cuenta de lo que era verdaderamente importante en su vida. El día continuó su curso y Elizabeth se sintió mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo. Haría que aquello funcionara. El rey querría oír la versión de John de la historia. Lo único que le hacía falta era tener paciencia. ˜s– Después de la cena, Adalia se acercó vacilante a Elizabeth cuando ésta entró en la cocina en busca de una bandeja para subírsela a Anne. —¿Puedo hablar contigo un momento? —preguntó la mujer. —Por supuesto —contestó ella con preocupación. La cocinera no parecía tan alegre como de costumbre. ¿Acaso iba mal algo más? Elizabeth se volvió en busca de John. Él le hizo un gesto de asentimiento y ella se dijo que, al mirarlo, no le estaba pidiendo permiso, lo había hecho sólo para que no se preocupara si la veía marcharse. Siguió a la mujer a su habitación, al otro lado del pasillo que se abría detrás de las cocinas. Adalia cerró la puerta. Entonces se acercó a Elizabeth y le cogió la mano. —Anoche no dormiste en la cocina. —Perdona que no te avisara. No sabía lo que iba a pasar. —Bannaster no... volvió a por ti, ¿verdad? —¡No! —se apresuró a contestar, dándole unas palmaditas tranquilizadoras en la mano—. Dormí sana y salva. —¿Estabas con sir John? La joven la miró con recelo. —Pero no haciendo lo que tú crees. Él no... Sólo me estaba protegiendo. La otra cerró los ojos aliviada. —Oh, gracias a Dios. Sé que ha estado dando vueltas a tu alrededor. Pobre hombre, cree que eres una sirvienta. Elizabeth deseaba contarle a Adalia la verdad, pero ¿cómo podía darle una información que debía mantener en secreto? Sólo serviría para complicar las cosas. —Él entiende... cómo están las cosas entre nosotros —dijo finalmente. —Y aun así quiere protegerte. Es un buen hombre. ¡Después tal vez debiera coquetear yo con él! Adalia se echó a reír, pero Elizabeth se dio cuenta de que tuvo que forzar una sonrisa. ¿Tenía celos de las atenciones que John pudiera dispensar a cualquier otra persona? De ser así, no le gustaba el tipo de mujer que eso hacía de ella; una mujer insegura de sus propias capacidades. 133 Julia Latham – El engaño del caballero ¡Unos meses antes, jamás había dudado de sí misma! Aunque también podía ser que nunca hasta ese momento la adversidad la hubiera puesto verdaderamente a prueba. ˜s– John pasó una velada tensa, vigilando constantemente a Bannaster. Aunque Elizabeth se había quedado a su lado cuando él se lo había pedido, seguía sospechando que el vizconde volvería a fijarse en ella. Pero éste no estaba bebiendo tanto como la noche anterior. De hecho, parecía casi... melancólico, como si hubiera estado seguro del éxito de su plan al visitar al rey, pero se hubiera dado cuenta de que el monarca no se dejaba influenciar por nadie, aunque fueran primos. Y cuando una persona veía que un asunto se le escapaba de las manos, buscaba un método más arriesgado para conseguir su objetivo. John había advertido a los cuatro soldados pertenecientes a la tropa de Alderley que se mantuvieran vigilantes cuando estuvieran de guardia en la torre. Se suponía que Philip iba a hacer lo mismo entre los hombres de Bannaster, con el fin de comprobar cuáles estaban dispuestos a proteger a la señora del castillo, sin importar quién fuera su superior. Finalmente, John recibió la confirmación de que el vizconde se había ido a la cama. Philip, que estaba jugando a los dados con los soldados, cruzó la mirada con la de él desde el otro extremo del salón como quien no quiere la cosa, y le hizo una leve inclinación con la cabeza en dirección al corredor. ¿Significaba que su amigo tenía que hablar con él? John sintió que se ponía tenso de nuevo. Primero, escoltó a Elizabeth hasta su habitación. Cuando él no entró detrás de ella, la joven lo miró interrogativa. —Tengo que hablar un momento con Philip —explicó—. No tardaré, y además me quedaré cerca del corredor. Ella frunció el cejo. —No tienes que preocuparte por mí constantemente. Bannaster no me ha hecho ni dicho nada en todo el día. —No deberías dar por supuesto que se haya olvidado de ti. Los hombres desesperados recurren a actos desesperados. Y uno que anhela a una mujer puede ser un peligro. —¿Es una insinuación? —preguntó ella con dulzura—. ¿O una amenaza? A John le dieron ganas de soltar una carcajada, y le pareció una sensación maravillosa. ¿Por qué seguía dejando que lo atenazaran los nervios al pensar en la vida que le aguardaba con Elizabeth? Era una mujer divertida, y eso le gustaba. —Yo no necesito valerme de amenazas —le susurró, retrocediendo. —Oh, ya veo. Crees que sucumbiré sin más —respondió ella. John esbozó una amplia sonrisa. —Eras tú la que quería sucumbir. Y la dejó allí, totalmente perpleja mientras se alejaba pasillo abajo. Giró y encontró a Philip apoyado con despreocupación contra la pared. —¿Y bien? —le preguntó con voz queda. —Como ya te había comentado, hay hombres buenos entre los soldados de Bannaster a los que confiaría mi vida si luchara de su parte —empezó Philip. —Pero ¿están de acuerdo en que no se debería dejar que el vizconde subiera solo a la torre? —Sí, pero él es su señor. ¿Cómo van a detenerlo? —Tendrán la ayuda del soldado de Alderley de guardia. Sin embargo, ¿qué detendría a Bannaster de ordenar a su hombre que matara al otro por desobedecerlo? —reflexionó en voz alta. 134 Julia Latham – El engaño del caballero —Y, una vez más, llevado por la cólera de haber sido rechazado, podría tomarla con la verdadera heredera. Aunque Philip hablaba en voz baja, John hizo una mueca de disgusto. —No deberías hablar de estas cosas en voz alta. —No me han seguido. —¿Tan seguro estás de ti mismo? —le preguntó, mientras se obligaba a relajarse. —Tú me enseñaste. De pronto, su amigo echó la cabeza hacia adelante y cayó en los brazos de John, inconsciente. Éste vislumbró levemente la maza que alguien blandía contra él. Dejó el cuerpo de Philip en el suelo mientras alzaba la muleta, pero demasiado tarde. El golpe lo alcanzó en la sien y, a continuación, sintió un intenso dolor. El oscuro corredor se volvió negro cuando perdió la conciencia. ˜s– Cuando despertó, no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados. A su alrededor sólo había negra oscuridad y olor a húmedo y viejo. Oía también el leve sonido de agua corriente en la distancia. Y dolor; su rostro se crispó por la manera en que le retumbaba la cabeza. Le llevó varios minutos aclararse los pensamientos. Recordó que Philip había caído sobre él y, acto seguido, había recibido el impacto de una maza en la cabeza. Todo había ocurrido tan de prisa que no pudo ver al hombre que la empuñaba. Yacía sobre una superficie dura e irregular, húmeda en algunos sitios. Se incorporó lentamente, protegiéndose la cabeza por si había algo encima de él, pues no le apetecía volver a golpearse. El dolor fue tan atroz que tuvo que pararse un momento hasta que se le pasaron las náuseas. Entonces se tanteó la cara con las manos; no llevaba los ojos vendados. Se tocó algo húmedo en la sien y supo que estaba sangrando. Siguió examinándose y pasó del rostro a la ropa. No detectó que el tejido estuviera húmedo, lo que significaba que no estaba herido de gravedad. A continuación, recorrió con la mano la superficie en la que estaba sentado y notó que se trataba de fría piedra, rugosa en los tramos en que había sido agujereada o tallada por algún motivo. Alguien gimió de dolor cerca de él. John se quedó inmóvil. —¿Philip? —preguntó. ¿Tendría la suerte de haber sido encarcelado junto a su amigo? Por un momento, lo único que pudo oír fue una respiración profunda e irregular. —¿John? —respondió finalmente el otro con voz ronca. —Estoy aquí. Acabo de despertarme. —¿Ves algo? —No. Pero al menos no nos han vendado los ojos. —A no ser que nos los hayan vendado a los dos juntos. —Estoy tumbado encima de un saliente de piedra —gruñó John. —Yo también. ¿Has explorado algo? —Iba a hacerlo cuando te he oído. —¿Tienes idea de lo que ha ocurrido? Recuerdo que estaba hablando contigo y después de eso, nada. —Te golpearon por detrás, caíste sobre mí y entonces me atizaron con la misma maza en la cabeza. A juzgar por la forma en que resuena nuestra voz, yo diría que no estamos en una habitación grande. Seguiré la pared que tengo detrás para ver hasta dónde llega. ¿Puedes ponerte de pie? 135 Julia Latham – El engaño del caballero —Creo que sí. —Entonces tú ve a tu izquierda y yo iré hacia mi derecha. Con suerte, nos encontraremos a mitad de camino. No les llevó mucho. Fueron arrastrando los pies sobre la superficie irregular, pisando de vez en cuando pequeños charcos. La pared era áspera, como si la hubieran tallado, húmeda y cubierta de moho. Se encontraron en cuestión de minutos y entonces retomaron el camino de vuelta. Palparon varios «bancos» más excavados en la roca. Antes de reencontrarse, John tocó algo que parecía ser de madera. De hecho se clavó algunas astillas en los dedos a medida que exploraba. —Aquí hay una puerta. Philip estaba detrás de él al momento. —Lo que me temía. —Estamos en una mazmorra. —¿Alderley tiene mazmorras? —preguntó Philip, sorprendido. —No tengo ni idea, claro que yo sólo soy un administrador. ¿No las mencionó ninguno de los soldados? —Para ellos este lugar es tan desconocido como lo es para mí. Trataron de echar la puerta abajo, pero no cedió ni un ápice. —Entonces, lo único que podemos hacer es esperar —convino John finalmente, frotándose el hombro dolorido. —Estoy pensando —dijo Philip con voz lúgubre—. ¿Crees que deberíamos gritar? —Una mazmorra suele estar excavada muy profundo, precisamente para evitar que se oiga sonido alguno, pero puedes intentarlo si quieres. Su amigo así lo hizo hasta quedarse ronco. No tenía sentido conversar, dado que no querían tratar temas privados por miedo a que hubiera alguien escuchando. Intentaron dormir. John no lo consiguió. Tenía los ojos abiertos como un búho cuando notó el atisbo de luz. —¿Ves eso, Philip? —¿Es luz a través de las rendijas de la puerta? —Así es. Se mantuvieron en silencio, a la espera. La luz cobró mayor intensidad, hasta bordear los cuatro ángulos de la sólida madera. Se colocaron cada uno a un lado con la esperanza de que, quien estuviera detrás, fuera lo suficientemente estúpido como para entrar solo. —Sir John —bramó entonces una voz que resonó por todo el corredor. —¿Quién eres? —exigió saber él—. Deja que veamos quién nos atacó por equivocación. El hombre se echó a reír. —No se trata de equivocación alguna. Hace días que sospecho de vuestro ayudante. Nuestro capitán confía demasiado en él. —¿Codiciabas mi puesto? —preguntó Philip con sequedad. «¿Lo conoces?», le preguntó John sin sonido, articulando con los labios. Philip hizo una mueca al tiempo que negaba con la cabeza. —Tenéis demasiado talento en la liza para ser el secretario de un administrador, Sutterly — dijo el hombre—. Empecé a seguiros ayer y esta noche he obtenido la recompensa por mi paciencia. —¿Qué recompensa? —preguntó Philip—. Me has visto hablar con mi primer señor, nada más. —He oído de lo que hablabais. Habéis dicho que lord Bannaster podría tomarla con la verdadera heredera si se le negaba el acceso a la torre. Philip hizo una mueca de angustia y a la tenue luz, John lo vio mover los labios en un «Lo siento» silencioso. Él se encogió de hombros. Era demasiado tarde para recriminaciones. 136 Julia Latham – El engaño del caballero —He estado esperando la oportunidad de demostrar mi lealtad —prosiguió el soldado—. Cuando os lleve ante lord Bannaster, reconocerá mi valía. —¿Nadie sabe que estamos aquí? —preguntó John con recelo. —Sois mis prisioneros. Cuando lord Bannaster se despierte por la mañana, os llevaré ante su presencia. Decidme quién es la verdadera heredera y me aseguraré de que se os perdone la vida. Como si un soldado raso tuviera control sobre algo así... —No tengo ni idea de qué hablas —contestó Philip—. Yo me refería a que temo por la seguridad de la heredera encerrada en su torre si Bannaster decidiera hacerle algún daño. —No, eso no es lo que dijisteis —replicó el otro. Había tanta frustración en su voz que John casi esperaba que abriera la puerta, pero no fue así. —Por vuestras palabras, se entendía que lord Bannaster está siendo objeto de engaño — continuó el hombre—. Y si sabéis algo así, es que tampoco vos sois lo que aparentáis. Será un placer obtener la verdad de vosotros dos. —Me gustaría ver cómo lo intentas —replicó Philip—. Vamos, entra y demuéstranoslo. —No soy tan estúpido. Vuestra confesión puede esperar hasta mañana. Que durmáis bien. —¿Quién eres? —gritó John—. Tu inteligencia me ha impresionado. Pero la luz se fue apagando. —El premio que obtendrá mañana bien vale la espera —comentó Philip. —Nosotros somos dos, podemos reducirlo —dijo John—. Intentemos dormir un poco. Pero los pensamientos se atropellaban en su mente. Estaba acostumbrado a aquella sensación expectante, a que sus músculos se preparasen para la batalla. Por la sangre de Cristo, ¿no estaba ansioso por entrar en acción, por deshacerse de aquella maldita muleta y luchar como sabía hacerlo? Pero por mucho que se repitiera que Philip y él podían salir airosos, estaba agitado, preocupado. Y el motivo era Elizabeth. Por primera vez en su vida, alguien dependía verdaderamente de él. Como hijo menor, nunca había tenido que responder más que de sí mismo. Cada día había sido una aventura. ¿Acaso había utilizado eso para reemplazar a su familia? Ahora el peso de un título, dos vastas posesiones consistentes en tierras, castillos y otras propiedades más pequeñas, y una mujer, vulnerable pero muy fuerte, dependían de él. ¿Qué le ocurriría a Elizabeth si él no sobrevivía? Lo más probable era que Bannaster la reclamara. O tal vez ella luchara con tal denuedo por sus intereses que consiguiera que el rey la desposara con un hombre más fuerte que pudiera controlarla. John se sentía impotente, y ahora comprendía cómo se había estado sintiendo Elizabeth al no tener control sobre su vida. Aunque al principio pensó que la desconfianza que le demostraba se debía a la negligencia de su familia y a los falsos rumores que corrían sobre él, se lo estaba tomando todo como algo demasiado personal. Elizabeth tenía que aprender a confiar en alguien de nuevo. Tal vez al haber rechazado su ofrecimiento de compartir la cama con ella había dado el primer paso para demostrarle que él podía ser esa persona. 137 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 20 Elizabeth se despertó en mitad de la noche sin saber por qué. Se sintió decepcionada al encontrarse sola en la cama. ¿Es que había esperado que John se acostase con ella cuando ya había rechazado su ofrecimiento antes? Claro que no podía culparlo. Y, además, le había hecho un verdadero regalo totalmente inesperado en forma de placenteras sensaciones. Se irguió sobre un codo. El fuego se había apagado y casi no veía nada entre las sombras. Pero el jergón estaba vacío, y parecía como si nadie se hubiera tumbado siquiera en él. Apartó el cobertor a un lado y bajó las piernas al frío suelo. ¿Cuántas horas habían pasado? Abrió la puerta con mucho cuidado y asomó la cabeza al corredor, pero no se veía nada. Lo llamó en un susurro, pero no recibió respuesta. John le había dicho que no se apartaría de la habitación. No se le ocurría qué podría haber pasado para que él abandonara su vigilancia. Se vistió a toda prisa y se dirigió al gran salón a través de los pasillos iluminados por antorchas, pero tuvo buen cuidado de permanecer fuera de la vista, oculta tras el arco de entrada. Se asomó y vio que varias personas dormían en el suelo, envueltas en mantas, pero ninguno de ellos parecía John, ni tampoco Philip. No podía registrar todas las habitaciones, de modo que regresó a la de John. Él no la abandonaría. Aunque personalmente le atribuyera los peores de los motivos, jamás abandonaría Alderley, su poder y su riqueza. Pero John no era así. Tal vez sólo había acudido a su llamada para cumplir con un acuerdo que firmaron en su día sus familias, pero había empezado a sentir algo por ella, Elizabeth lo sabía. Era un hombre bueno y honrado... al que le había demostrado una y otra vez que no confiaba en él. ¿Lo habría apartado de su lado con su actitud? Tenía que dejar de pensar así. Cuando amaneciera, no descansaría hasta descubrir qué le había sucedido. Pero antes de llegar a la habitación, se percató de algo que no había visto antes. Su muleta estaba tirada en el suelo del pasillo, contra la pared. La cogió y miró a su alrededor, como si una súbita amenaza aguardara entre las sombras. Corrió hacia el cuarto, cerró la puerta de golpe y se apoyó contra ella, temerosa de que alguien intentase entrar. Pero transcurrieron unos minutos y no pasó nada. Se aferró a la muleta como si fuera el último recuerdo que tenía de él. Por un momento, ante ella se extendió un futuro interminable, solitario, desgraciado y aterrador sin él. ¿Dónde se había metido? ˜s– Cuando John se despertó de nuevo, la mazmorra seguía siendo un pozo negro, pero el instinto le decía que el amanecer estaba próximo, como también lo estaba su confrontación con Bannaster. Antes de que le diera tiempo a decir nada, Philip exclamó de pronto: 138 Julia Latham – El engaño del caballero —¡Ya lo sé! —¿Qué es lo que sabes? —Me alegro de que estés despierto. Me he pasado media noche esforzándome por recordar la identidad de nuestro captor. —Ya será menos. Empezaste a roncar casi en cuanto nos quedamos solos. —Entonces debo de haberme despertado hace horas. Pero por fin he conseguido ponerle cara a la voz. No sabría decirte su nombre, pero es un soldado raso de la tropa de Bannaster. Lo reconocería si lo viese. Me retó un día, y tal vez cometí el error de vencerlo con demasiada facilidad. —Muy inteligente por tu parte. —Lo sé. Te pido humildemente perdón. —Te lo concederé cuando estemos libres. —Al menos confías en ello. Los dos guardaron silencio durante lo que pareció una eternidad. —¿Crees que se ha olvidado de nosotros? —preguntó Philip. —No lo creo, no. John se descubrió imaginando a Elizabeth durmiendo en la habitación. Se sintió incómodo. Se removió un poco y finalmente se sentó en el saliente. Aunque el dolor de cabeza persistía, se sentía bien. La agitación que experimentaba tenía que ver con su insoportable necesidad de moverse, pero no podía ponerse a caminar por la celda y arriesgarse a caerse. Tal vez pudiese oír algo. Se acercó a la puerta y pegó el oído. Estaba entreabierta. —Philip, la puerta está abierta y no te has enterado. —Percibió a su amigo detrás de él mientras la abría del todo y salía al corredor—. Ya sabía yo que habías estado durmiendo. El otro sólo resopló. John tanteó y encontró rápidamente la pared, cerciorándose de que efectivamente estaban en un pasillo. Primero fueron hacia la izquierda, pero como no dieron con una salida, regresaron y tomaron el camino de la derecha. Encontraron otra puerta entreabierta y una escalera que ascendía. —¿Qué piensas? —le preguntó a Philip, vacilando antes de empezar a subir—. ¿Crees que podría ser una trampa? —Nos tenía perfectamente encerrados. ¿Para qué hacer esto? —Ojalá tuviera una espada —dijo John totalmente frustrado—. Vamos. Él subió primero, lentamente, lamentándose por la molestia de llevar todavía la pierna entablillada. Avanzaba con un brazo extendido hacia adelante y el otro siguiendo la línea de la pared. Al cabo de un rato, deseó haber contado los pasos, porque le parecía que llevaba ya mucho rato subiendo. Hasta que se golpeó con algo situado por encima de sus cabezas. —¡Ay! —¿Qué ha pasado? John alargó la mano hacia arriba y tanteó. Madera. —Creo que es una trampilla. —La empujó y ésta pareció moverse un poco—. Sube hasta aquí y ayúdame. Entre los dos la levantaron lo suficiente como para ver las sombras de lo que parecía un almacén, iluminado por una unid antorcha colocada en una abrazadera en la pared. —Es la bodega abovedada del sótano —dijo John al ver los arcos que soportaban el techo—. Si hay alguien ahí vigilando, no está demasiado atento. —Nos han dejado una antorcha para iluminarnos el camino —apuntó Philip. —Yo apartaré la trampilla mientras tú subes y la abres del todo desde fuera. 139 Julia Latham – El engaño del caballero Más que pesada, la trampilla era difícil de manejar por su rigidez, pero John consiguió retirarla lo suficiente para que Philip pasara. Éste trepó y echó un vistazo a su alrededor, pegado al suelo. —Todo despejado —confirmó. Cuando John estuvo junto a él, y colocaron la trampilla como estaba, descubrieron otro tramo de escalera que conducía a otra planta superior. —Alguien ha decidido ayudarnos —comentó Philip, guiñando los ojos al vislumbrar una nueva trampilla. John lo miró. —O se está divirtiendo a nuestra costa. —O se trata de la Liga del Acero —apuntó su amigo con solemnidad. —Dijeron que no me ayudarían. —¡Aja! ¡Así es que tú también crees en ellos! —Yo no he dicho tal cosa. Pero nuestro conocido del bosque dijo que no sabía si yo era merecedor de su ayuda. —Por entonces albergaba dudas. Pero parece que al final se han decidido. —Quieres decir que, de alguna manera misteriosa, unos extraños entran en el castillo, encuentran las mazmorras y abren las puertas sin que los oigamos, cuando podrían haberse limitado a decir lo que estaban haciendo. —No les gusta tratar directamente con las personas a las que ayudan. Tienes que ser lo bastante inteligente como para actuar tú solo; siguiendo sus planes aun sin saberlo. —¿O sea que se suponía que teníamos que despertarnos los dos en el momento justo? — preguntó John con tono lúgubre. —Así ha sido, ¿no? —Dejando a un lado quién nos liberara, tendremos que andarnos con mucho ojo hasta dar con el soldado que nos encerró. Puede que ya le haya contado su historia a Bannaster. Philip negó con la cabeza. —Creo que no. Sólo hablaba de la sorpresa, y la consiguiente recompensa que recibiría. —Así que lo que necesitamos es encontrarlo antes de que él nos vea. Philip lo miró de arriba abajo. —Estás hecho un asco. Tenemos que lavarnos antes de que nos vean así. —Lo mismo te digo. Tras salir a través de la siguiente trampilla, se encontraron en el pasillo situado detrás de las cocinas. Estaba oscuro, pero no tanto como para evitar que los pocos sirvientes con los que se cruzaron los miraran con curiosidad. John abrió la puerta de su habitación y entró seguido por Philip. Entonces vio a Elizabeth. La expresión de ésta fue de asombro y alivio, pero también juraría que sus ojos brillaban más que otras veces. Sin embargo, se limitó a ponerse en pie y dijo con voz relajada: —Estaba preocupada al ver que no regresabas. —Abrió desmesuradamente los ojos al percatarse del aspecto de los dos hombres—. ¿Qué os ha ocurrido? John se descubrió deseando que ella se hubiera arrojado a sus brazos y le hubiera rodeado el cuello con los suyos, pero la joven parecía tener un absoluto control de la situación. Él le explicó lo sucedido y, aunque ella no perdió la calma, notó que el pánico se abría paso en su interior. —Philip reconoció la voz del soldado —añadió John—. Lo localizaremos. —¿Y qué vais a hacer con él? —quiso saber—. No podéis matarlo. Él negó con la cabeza. —Tendremos que encerrarlo en las mazmorras, como hizo con nosotros, y confiar en que nadie se entere hasta que hayamos resuelto la situación. 140 Julia Latham – El engaño del caballero —Las cosas se complican cada vez más —susurró la joven—. Me siento fracasada, y vosotros cada vez corréis mayor riesgo. ¿Cuándo terminará todo esto? John trató de tocarle el brazo, pero ella se puso tensa y la soltó. —Elizabeth... —¿Crees que la Liga os ha ayudado? —preguntó con súbita esperanza. Él echó una mirada a Philip, que levantó ambas manos y no dijo nada. —No lo sé —contestó John—. Si estamos recibiendo ayuda invisible por alguna parte, no sé cuál es su intención, pero trataré de comunicarme con ellos para unir nuestras fuerzas. Elizabeth, una vez más, tengo que decírtelo: permite que te saque de aquí. Dejaremos un mensaje para Bannaster para que sepa que Anne no es la verdadera heredera. La muchacha ya estaba negando con la cabeza antes de que John hubiera terminado la frase. —No se lo creerá. Pensará que es un truco para hacerle abandonar el castillo en mi búsqueda. Ya ha dejado claro que se llevaría a la que cree que soy yo a la cama. No puedo arriesgarme. —Eres una mujer muy terca —contestó él enfadado, apretando los dientes—. Tu vida no te importa en absoluto. —Hay muchas personas aquí a mi cargo —insistió ella. John admitió para sí, aunque a regañadientes, que la lealtad y el coraje de Elizabeth formaban parte de lo que tanto lo atraía de ella. —Está bien. Primero tendremos que cerciorarnos de que el soldado que sospecha de nosotros no moleste. Ella miró alternativamente a los dos hombres con preocupación. —Ten cuidado. John le sonrió. —Siempre. Ahora date la vuelta mientras nos lavamos y nos cambiamos de ropa. La joven miró con intenciones de salir. —No, no quiero perderte de vista —añadió John. Ella puso los ojos en blanco, pero cogió un taburete y se sentó de espaldas a ellos. —¡Daos prisa! Veinte minutos después, cuando estuvieron listos para salir, Philip dijo: —Los soldados estarán en la liza. Deja que vaya yo solo en busca de nuestro captor. —De eso nada —replicó John, sintiendo la necesidad de cumplir con su deber de alguna manera—. Llevo días sentado viendo cómo tú te lo pasabas en grande entrenando. —¿En grande? —repitió Elizabeth. Él la miró. —No hay nada en el mundo como medir tus fuerzas con un buen oponente, utilizando sólo tus habilidades y tu cerebro para derrotarlo. —Y una espada —añadió Philip. —Y ser capaz de hacerlo otra vez al día siguiente —continuó John, orgulloso. Nada de eso habría ocurrido si su padre no lo hubiera forzado a abandonar el hogar familiar a los dieciséis años. ¿Lo habría ayudado, después de todo? —Pero, John, no tiene sentido que vayamos los dos —le hizo reflexionar Philip—. El riesgo de ser apresados será mayor. —¿Y si te apresan a ti? —preguntó Elizabeth. John frunció el cejo. —Ya nos preocuparemos de eso si ocurre. —Y no ocurrirá —afirmó el otro alegremente—. Soy muy sigiloso cuando quiero. Esperad aquí. Saldré por el jardín personal de la señora y así evitaré el gran salón. Volveré lo antes posible. 141 Julia Latham – El engaño del caballero Cuando Philip se hubo ido, John y Elizabeth se miraron el uno al otro, mientras la tensión crecía entre ellos. Ella se sentía azorada por el abrumador alivio que había sentido al ver que no le había pasado nada. Al verlo entrar en la habitación, había estado a punto de arrojarse a sus brazos, pese a lo sucio que estaba. Podría incluso haberse echado a llorar, lo cual la habría hecho parecer débil. Pero no era signo de debilidad preocuparse por alguien, y John pronto sería su esposo. La complacía en muchos aspectos, aunque había cosas que desconocía de él y de cómo se comportaría cuando estuvieran casados. Y quería pensar desesperadamente en otra cosa que no fuera el riesgo que estaba corriendo Philip. —John, cuando estemos casados... Él levantó la vista y sonrió de oreja a oreja. —Sí, soy optimista —confirmó ella. —Crees que siempre te saldrás con la tuya. —¿Te importará que siga siendo la misma después de casarnos? Él se cruzó de brazos con grandes aspavientos y frunció el cejo, como si estuviera meditando seriamente en ello. —¿Me harás la vida imposible si no te doy la razón? —No mientras tengas buenos motivos para ello —respondió Elizabeth, tratando de no sonreír. John se reclinó hacia atrás en la cama y a ella le pareció increíblemente cautivadora su postura, mientras recordaba lo que había sucedido en esa misma cama entre los dos. Y la escena que había tenido lugar a continuación, cuando lo había visto desnudo antes de meterse en la bañera. —¿Te quedarás absorta en tus pensamientos cuando nos casemos? —preguntó él. —Es que eres verdaderamente cautivador —respondió con remilgo. —Pues puedo serlo aún más. Su mirada vagó sobre ella a su antojo y Elizabeth se dio cuenta de que desearía llevar su propia ropa, que realzaba más su figura. Como si él no le hubiera acariciado todo el cuerpo ya. —¿Y qué querías saber de nuestro matrimonio? —preguntó John con una media sonrisa. Por un momento, mientras él la miraba, su mente se quedó completamente en blanco. —No puedo creer que me hayas hecho esto —murmuró—. Debería estar pensando en el peligro que corre Philip. Debería estar preguntándome cómo manejar a un hombre tan desesperado por recibir el reconocimiento de su señor como para ser capaz de encerraros... John se acercó a ella lentamente y le puso las manos en la cintura. —No, yo me ocuparé de todo eso. —¿Es eso lo que harás cuando estemos casados? ¿Protegerme de todo? —Si fuera del tipo de hombre que gusta de guardarse las cosas para sí, no sabrías nada del estado del castillo de Rame. —Si no recuerdo mal, no te diste mucha prisa en contármelo. Él le dedicó una amplia sonrisa. —Eso es porque creía que estaba hablando con Anne. Elizabeth frunció el cejo, consciente de que no podía protestar. —Cuando estemos casados, ¿prometes contármelo todo? —Todo. —¿Incluso si ocurre algo cuando estés en el Parlamento? —Sabrás lo mismo que yo. Te enviaré tantas misivas que el mensajero se hartará de nosotros. —Crees que soy demasiado controladora, ¿verdad? —dijo ella casi a punto de hacer un puchero, lo cual la enojó. 142 Julia Latham – El engaño del caballero —Puedes controlarme todo lo que quieras —respondió John suavemente—. Dime dónde quieres que ponga la mano. Elizabeth sintió que la recorría un estremecimiento de excitación, y al mismo tiempo se avergonzó de sí misma. Ningún hombre deseaba que lo anulara una mujer. Él iría a Londres y ella se quedaría allí, en Alderley, a cargo de todo lo que de verdad le importaba. Así era como siempre lo había querido. Y John también tenía sus propios sueños. Deseaba introducir en Inglaterra las técnicas que había aprendido en Europa. Pero siendo conde, no dispondría de tanto tiempo como antes para llevar a cabo sus aventuras. De pronto, se dio cuenta de que iba a echarlo de menos. Pero si sólo habían estado separados unas horas y ¡ya había sentido en su corazón el dolor de su ausencia! John todavía aguardaba la orden de ella, incitándola con una picara mirada en los ojos. —Pon la mano... en mi mejilla —le dijo, alzando la barbilla en señal de desafío. Él le agarró una nalga y se la estrujó. Elizabeth ahogó un gritito, y, al tratar de zafarse, lo único que consiguió fue pegarse aún más al resto de su cuerpo. Su excitadísimo cuerpo. John se inclinó como para besarla, pero ella se apresuró a decir: —No, yo no te he dado permiso para tal cosa. Puedes besarme. .. —Sopesó cuál sería un lugar seguro y, finalmente, se señaló la frente—... Aquí. John depositó un cariñoso beso entre sus cejas. Todo él emanaba calor y Elizabeth se sintió protegida. Una voz masculina los interrumpió diciendo: —Puedes besarme a mí también si quieres. Elizabeth intentó separarse de John, pero éste no se lo permitió. —¿Y por qué querría besarte, Philip? —Porque he solucionado nuestro problema. John dejó que Elizabeth se volviese dentro del círculo de sus brazos, pero siguió rodeándole la cintura desde atrás. Philip no pareció extrañarse de la actitud de su amigo, de modo que ella fue relajándose poco a poco. —¿Has encontrado al soldado? —preguntó. —No, pero he descubierto que se ha marchado. —¿Qué? —preguntó John. —Parece que nadie lo ha visto desde anoche. Al no presentarse para su guardia de esta mañana, los otros han ido a buscarlo. Sus pertenencias habían desaparecido, lo mismo que su caballo. —¿Se ha ido así, sin más? —preguntó Elizabeth, sorprendida. —No tiene sentido —comentó John. —A menos que lo hayan obligado a marcharse —señaló Philip, sonriendo—. Ya te dije que la Liga había decidido prestarte ayuda. —Si lo que dices es cierto, podrían ayudar un poco más. —Tal vez lo estén haciendo —respondió el otro. —Pero ¿cómo sabemos que ese soldado no le ha contado a nadie que tenía a dos prisioneros en las mazmorras? —No quería compartir la gloria —dijo Philip muy seguro—. Y, además, he atravesado el gran salón a la vista de todos, Milburn incluido, por cierto, y nadie ha dicho una palabra. —Has corrido un gran riesgo —comentó John en voz baja. —¿Y acaso ese tipo de emociones no nos da vida? Ambos se miraron con una amplia sonrisa, y Elizabeth se sintió fuera de lugar, incluso incómoda. 143 Julia Latham – El engaño del caballero —Tengo hambre —anunció, y los dos la miraron—. Adalia debe de habernos guardado algo de comer. Y aún no he subido a ver a Anne esta mañana. John suspiró y la soltó. —Sí, tienes que comer. Vamos, te acompañaremos. Ella le pasó la muleta y John se la colocó debajo del brazo con un suspiro de resignación. —Estoy harto de esta cosa. En las cocinas, en vez de sonreírles, Adalia los saludó con un profundo cejo de preocupación. Abrió la boca para decir algo y, a continuación, echó un vistazo a los dos hombres. —Esperaremos cerca del gran salón —determinó John. Cuando Philip y él estuvieron lo bastante lejos, Adalia se dirigió a Elizabeth: —Acaba de llegar un mensajero para Bannaster, y después de eso, ha duplicado el número de guardias en la torre. —¿Y te has enterado de por qué? —preguntó ella, notando que la preocupación que había disminuido mientras jugaba con John la embargaba de nuevo. —No. Me ha dicho que no preparara ninguna bandeja para la señora. Y lo peor es que quiere verte. —¿Dónde está? —En el gran salón. De un humor de perros, a juzgar por su cejo. Estaba entrenando con sus hombres en la liza cuando llegaron las misteriosas noticias. No se ha quitado siquiera la cota de malla ni ha dejado la espada. —Al menos no anda blandiéndola a diestro y siniestro. —Prométeme que tendrás mucho cuidado —le pidió Adalia, tocándole el brazo. —No saldré del salón. No me pasará nada. —No fue así la última vez. Tuve que prenderle fuego a mi cocina para detener a ese bruto. —Ese día fuiste toda una heroína. —Pues no lo olvides. —La mujer lanzó otro vistazo a los dos hombres—. ¿Y qué pasa con ellos? —Les pediré que se queden por aquí —dijo—. ¿Te importa? —Mira que los pongo a trabajar. —No te culparía —repuso Elizabeth mientras se acercaba a John y a Philip para ponerlos en antecedentes—. Necesito que os quedéis por aquí. —No pienso dejarte sola —respondió John, como era de esperar. —Pero ¿y si esto tiene algo que ver con vuestro captor? ¿Y si se asustó, y en vez de seguir adelante con su plan, le ha mandado una nota a Bannaster? —Eso es porque no oísteis cómo se regodeaba —intervino Philip—. Se ha ido, alguien lo ha hecho desaparecer. —Aun así, necesito que os quedéis por aquí. Podéis vigilar sin ser vistos, pero por favor, confiad en mí. Algo no va bien. Una vez más, miró a John esperando que éste le llevara la contraria, pero él se limitó a asentir con la cabeza y Elizabeth se sintió profundamente aliviada. —Gracias —murmuró—. Trataré de no mostrarme muy preocupada. —Pues yo sí me preocuparé —replicó John con suavidad—. Te gusta echarte demasiada carga sobre los hombros. Ella esbozó una leve sonrisa y se dirigió al salón. Bannaster estaba de pie junto a la chimenea, hablando con Milburn. Ambos se volvieron para mirarla y el vizconde le indicó que se acercara a él. Con la cota de malla que le cubría el pecho y la espalda tenía un aspecto más impresionante que con sus ropajes de cortesano. La funda de la espada que le colgaba del cinto parecía contener una intimidatoria arma. 144 Julia Latham – El engaño del caballero Para su sorpresa, Bannaster se sentó en una de las sillas almohadilladas situadas delante del fuego y le señaló que tomara asiento en otra. Un vago recuerdo se agitó en su memoria: sus padres allí sentados, sonriéndose mutuamente y sonriéndole a ella. Elizabeth hizo lo que el hombre le decía y esperó. —He recibido una misiva —comenzó Bannaster sin perder un segundo. Ella asintió gentilmente, tratando de no mostrar su perplejidad. —Alguien en el castillo de Rodmarton ha oído rumores muy interesantes. Elizabeth notó cómo un sudor frío le cubría el cuerpo, y rogó que no se le notara la incomodidad. Rodmarton era donde vivían sus hermanas. Bannaster sonrió con gesto siniestro. —Quiere que le pague bien por su información, y lo haré. —Milord, no comprendo por qué me contáis todo esto. —Me han dicho que en Alderley está lord Russell en persona, disfrazado, intentando ayudar a su prometida. Ella oró en silencio a Dios: «Que John permanezca oculto». ¿Tal vez sus estúpidas hermanas habían estado hablando alegremente de su aventura y alguien las había oído? Pensó que aquello era lo más difícil que había tenido que hacer en su vida. Elizabeth miró al vizconde con el cejo fruncido en señal de perplejidad. —Estoy segura de que el mensajero ha debido de entenderlo mal, milord. Él ignoró sus palabras. —Milburn y yo hemos estado hablando sobre quién podría ser Russell. Él cree que no puede tratarse de un sirviente llano. Al fin y al cabo, ese hombre es un caballero, y eso le será difícil de ocultar. Se moría por mirar en dirección a las cocinas, deseosa de poder hacerles a John y a Philip una señal para que desaparecieran de la vista. —Sólo hay un caballero que no reside normalmente en Alderley —continuó Bannaster. No podía fingir que no sabía de qué le estaba hablando sin parecer que estaba mintiendo descaradamente. —¿Os referís a sir John Gravesend? Él la miró detenidamente al tiempo que asentía con la cabeza. —Pero, milord, he estado acompañándolo en sus tareas todos estos días, y en ningún momento ha hecho nada que desmintiese su profesión de administrador. Cierto es que una vez fue caballero, pero tuvo que dejarlo porque no podía seguir permitiéndose los gastos que eso conllevaba. —Ha estado esperando el momento idóneo, utilizándote para llegar hasta lady Elizabeth. Y, en efecto, eso era lo que John había hecho al llegar a Alderley, pensó ella, sintiendo que una risa histérica amenazaba con ponerla en evidencia. —No puede ser cierto —insistió con firmeza. —Le hemos descubierto antes de que pudiera llevar a cabo su plan. Y ahora, por qué no nos dices dónde está. Creo que has pasado las últimas noches con él. —El hombre entornó los párpados con una expresión de sensual burla. —Milord, yo no... —¡Lo hemos encontrado, milord! —exclamó un hombre. 145 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 21 Elizabeth se volvió en su asiento a tiempo de ver cómo dos soldados arrastraban a John y a Philip delante de Bannaster. Sin darle tiempo a sucumbir al terror, John derribó al soldado que lo arrastraba y se hizo con su espada. El otro soldado dio a Philip un empellón y lo obligó a ponerse de rodillas. El salón se llenó de gritos y chillidos, y los presentes dejaron espacio libre al hombre armado. Con un giro de muñeca, John se cortó las vendas que le ceñían el entablillado de su pierna, que cayó en varias piezas al suelo. Bannaster se había levantado. Pero en vez de desalentarse por que John estuviera libre, esbozó una amplia sonrisa de triunfo al tiempo que desenvainaba su propia espada. —¡Atrás! —gritó a sus hombres. Elizabeth se preguntó, desesperada, cómo era que no había reparado en la gran cantidad de soldados que había en el salón siendo como era media mañana. Bannaster debía de estar aguardando el momento idóneo para coger a John por sorpresa. —Russell —gritó el vizconde, avanzando hasta el centro del salón—, qué alegría conoceros al fin. La gente dejó escapar exclamaciones ahogadas de sorpresa, y hubo quien se quedó mirando a Elizabeth con ojos desorbitados, traicionando así su identidad. Afortunadamente, Bannaster y Milburn sólo prestaban atención a John. Este se movió en círculo, muy despacio, la espada en alto, sin perder de vista nada de lo que lo rodeaba, ni desde luego a Bannaster, al que vigilaba con cautela. —Tranquilo, nadie os desafiará excepto yo —dijo el hombre—. Es lo lógico, puesto que vamos a pelear por una mujer. —No peleamos por una mujer —gritó John—. Peleamos por el tratamiento indigno de un caballero que le estáis dispensando a mi prometida. El vizconde cubrió la distancia que los separaba y se movió asimismo en círculo. —Sólo me limito a poner remedio a vuestra negligencia. Habéis dejado a lady Elizabeth sola durante meses. —Vine en cuanto me enteré —respondió él, amagando con su espada. Bannaster saltó con agilidad hacia un lado. —Ah, sí, ¿y qué tal os sentó descubrir que erais plato de tercera mesa? John sonrió. —Soy el menor de tres hermanos. Ser tercero me resulta natural. —Vais a perder, ¿lo sabéis? —dijo el vizconde, lanzando una estocada hacia las piernas del otro—. ¿Por qué no os conformáis con la sirvienta que al parecer os gusta tanto? —Me limité a utilizarla. Elizabeth ahogó una exclamación, y trató de mostrarse indignada. Adalia se le acercó y le rodeó los hombros con un brazo reconfortante. Los dos hombres cruzaron por fin las espadas en un tremendo encontronazo que resonó por todos los rincones del salón. Ambos saltaron hacia atrás, ilesos. En medio de los gritos y los vítores, Adalia le susurró a Elizabeth: 146 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Sabías quién era en realidad? Ella asintió levemente con la cabeza.. —¿Y él sabe quién eres tú? De nuevo, Elizabeth asintió. —Ah, menudo hombre —dijo la mujer con femenino aprecio. La joven la miró de refilón, sorprendida. Pero al oír el entrechocar del acero, dirigió toda su atención a la pelea de espadas, contemplando enmudecida la exhibición de la que John estaba haciendo gala. Se movía a tal velocidad que costaba verlo, lanzando estocadas, cortando y esquivando la espada de su oponente antes de que éste se le acercara siquiera. El regocijo inicial de Bannaster se fue difuminando gradualmente, conforme una expresión de intensa concentración se adueñaba de él. Retorciéndose las manos con nerviosismo, Elizabeth miró a Philip, que seguía de rodillas, con dos soldados sosteniéndolo por los codos. Los tres parecían absortos en el combate. John esquivó un nuevo ataque. Al vizconde le costaba trabajo respirar, pero el otro apenas parecía cansado. Se limitó a sonreír con satisfacción cuando Bannaster trató de ocultar su rabia. —Lleváis días en Alderley —dijo el vizconde—. Y aún no habéis visto a lady Elizabeth. —No necesito verla para saber que necesita mi ayuda —replicó él esquivando la espada del otro como si fuera el ataque de un niño—. ¿Es que no podéis conseguiros una mujer sin necesidad de hacerla prisionera? —Está custodiada para que no corra peligro, no está prisionera. John lanzó una carcajada desprovista de humor. —No creo que ella esté de acuerdo con eso. Una vez más, Elizabeth miró a Philip, pero éste había desaparecido, y los soldados que lo retenían yacían en el suelo, uno encima del otro, gimiendo de dolor. Nadie parecía haberse dado cuenta, así que devolvió su atención a la pelea. ¿Cómo terminaría aquello? John no podía matar a Bannaster; se trataba de un vizconde, primo del rey para más señas, que había apelado a su señor legalmente en un asunto en el que ambos hombres estaban envueltos. No podían luchar hasta la muerte, como dos salvajes incivilizados. Si Bannaster conseguía meter a John en las mazmorras, esta vez habría guardias custodiándolo. A la Liga no le resultaría tan fácil ayudarlo. Con todo, era evidente la superioridad de John, un hombre más fuerte y más hábil con la espada. Se descubrió deseando haber podido ver cómo ganaba sus premios en aquellos torneos por toda Europa. Tal vez en Alderley pudiera celebrarse un torneo. John podría... Pero ¿en qué estaba pensando? Su prometido podía morir en la pelea que estaba librando, o podía casarse con ella y abandonar la a continuación, para seguir disfrutando de su vida de aventuras Elizabeth se había convencido a sí misma de que eso era lo que John siempre había deseado. Sin embargo, ella no podría separarse de él, aunque significara tener que compartir el gobierno de Alderley. Sin embargo, ¿querría quedarse John? Pero ¿querría quedarse él con ella? Una vez que se acostaran, tal vez se cansara de ella. Elizabeth en cambio no podía imaginar que alguna vez llegara a cansarse de sus besos y sus caricias, pero él era un hombre de mundo, había tenido numerosas amantes antes. Tuvo que obligarse a centrar su atención. Dos hombros se enfrentaban a muerte para ser dueños de su persona. Cada uno quería la parte más grande del pastel para sí mismo. Sabía que para el vizconde no era más que su juguete nuevo, pero ¿qué era para John? El público prorrumpió en una tremenda exclamación al tiempo que se echaba hacia atrás para dejar espacio a Bannaster, que había empezado a perseguir a John. Éste saltó sobre una mesa 147 Julia Latham – El engaño del caballero y corrió por encima hasta llegar al extremo, desde donde saltó al suelo, cerca de las puertas exteriores. De pronto, Elizabeth vio allí a Philip, que parecía tremendamente sorprendido de verse en medio de un montón de soldados. Lo vio salir a escape hacia el centro del salón seguido por los hombres, a los que de ese modo condujo hacia el extremo más alejado de la estancia y aún más allá, a través de un pasillo, dejando desprotegido el gran salón de esa forma. De repente, John hizo una inclinación, dio media vuelta y salió del castillo. Había dejado a Bannaster en ridículo con su destreza con la espada, pero nadie había resultado herido. Ni un rasguño. —¡Cogedlo! —gritó el vizconde, mientras corría hacia las puertas. Pero muchos de los soldados habían ido en persecución de Philip, que probablemente se estaría divirtiendo jugando al gato y al ratón con ellos por todo el castillo. A los demás, la retirada de John los había pillado por sorpresa. Cuando quisieron salir al patio de armas con su señor, Elizabeth no dudaba de que John se habría marchado. Se dirigió hacia las puertas y se apoyó contra la jamba, observando el alboroto que tenía lugar en el patio mientras los soldados buscaban entre los carros y los caballos, los perros y los pollos. Dirigió la vista hacia la torre de entrada y se sintió perdida: John se había ido. ¿Cómo iba a volver ahora? Bannaster sabía quién era, todo el mundo reconocería su cara. Correría un grave peligro yendo al castillo. Elizabeth se abrazó a sí misma, sintiendo unas extrañas ganas de llorar. Adalia estaba allí de nuevo, de pie a su lado. —¿Estás bien? Elizabeth asintió. —Claro. John no se dará por vencido. Sólo espero que no lo maten. —Yo creo que sabe cuidar de sí mismo perfectamente. Pero al parecer no ha sabido cuidar de ti. Elizabeth miró a su alrededor y entonces dijo con un hilo de voz: —Quería sacarme de aquí, pero yo no le dejé. —¿Y por qué no? —No podía dejaros a todos sufriendo por mis actos. Dije que encontraría la manera de arreglar la situación y lo haré. Pero las cosas se ponían cada vez más feas. Jamás se le había ocurrido preguntar a John dónde podría encontrarlo en caso de que se viera obligado a abandonar el castillo. Adalia chasqueó la lengua y sacudió la cabeza al mismo tiempo. —Te esfuerzas demasiado por ser valiente. Ojalá te dieras cuenta de que no estás sola. —Pues me siento muy sola —susurró. Bannaster subió a la carga los escalones de entrada al gran salón y Elizabeth se echó hacia atrás, pero él se dirigió directamente hacia donde estaba. —Ya puedes ir diciéndole a tu señora que he espantado a Russell. Menudo cobarde. Es evidente que no la quiere lo bastante como para luchar por ella hasta el final. Elizabeth hizo una inclinación de cabeza. —Dile que pronto comprenderá que todo esto lo hago en su beneficio. Tengo hermanas, sé lo estúpidas que pueden ser las mujeres. —Pasó a su lado, gritando—: ¡Milburn!, tenemos que reforzar las defensas. Necesitamos más centinelas en las almenas y la torre de entrada. Ese hombre no volverá a entrar en este castillo. Elizabeth dio un profundo suspiro cuando los hombres se hubieron alejado. —Adalia, tengo que subir una bandeja a su señoría. —Sí, ve a verla, Anne. Seguro que ella sabrá cómo reconfortarte. La mujer tenía razón. Arriba, Anne la rodeó con sus brazos en cuanto oyó las noticias. —Tu prometido sabe cuidar de sí mismo —insistió la joven. 148 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Y lo sabes pese a no conocerlo? —le preguntó ella, tratando de que el pánico no se le notase en la voz. —Estoy convencida por todo lo que me has contado sobre él. Ten fe, volverá a por ti. —No dejo de repetirme que no lo necesito —susurró Elizabeth—. Pero es mentira. Creo que quizá estoy enamorada de él. Anne la llevó a un banco y se sentó a su lado. —Eso es bueno. —Pero ¿cómo va a ser bueno? —exclamó Elizabeth—. Tenía mi vida perfectamente planeada, y amar a alguien de manera tan desesperada no formaba parte de mi plan. Jamás tuve intención de darle a mi esposo tal poder sobre mí. Quería que mi corazón permaneciera libre, para así poder vivir mi vida independientemente de él. Ahora es posible que ni siquiera se me permita casarme con John, cuando deseo tanto que... —Sus palabras murieron en sus labios al sentirse al borde de las lágrimas. —Volverá a por ti —aseguró Anne con firmeza—. Ambas lo sabemos. —Y posiblemente lo maten si lo hace —replicó ella, abrazándose a sí misma. —No, Bannaster parece un hombre que se toma en serio la palabra de su rey. No pondrá en peligro su futuro haciéndole daño a otro noble. Cree que el monarca se inclinará a su favor, de modo que no tendrá que hacerlo. Pero yo creo que se mantendrá fiel al acuerdo de esponsales que se firmó entre vuestras familias. Seguro que el rey no se arriesgará a separar dos casas tan importantes como Alderley y Russell. Y lord Russell y tú podréis hablar de vuestro matrimonio y hacer que sea satisfactorio para ambos. —John es un hombre de aventuras, Anne. Me dejará sola gran parte del año, como siempre había querido que hiciera mi esposo. —Deja de preocuparte por esas sandeces y confía en ti. Elizabeth siempre lo había hecho, pero ahora no sabía si eso le bastaría. ˜s– John y Philip se reunieron en el bosque, en el punto que habían determinado antes de entrar en Alderley disfrazados. Philip llevaba consigo dos caballos. —Pese a no haberte entrenado no estás en mala forma para la batalla —dijo este último, sonriendo—. ¿Has disfrutado? —Me habría gustado más si hubiese podido despedazarlo con mi espada, pero soy un hombre paciente. —Seguro que los soldados te dan otra oportunidad, pues lo más probable es que nos estén buscando. —Que busquen. No nos encontrarán. —¿Estará bien lady Elizabeth sin nosotros? —Sería la primera en decirnos que sabe cuidar perfectamente de sí misma. Pero regresaré a su lado esta noche. Hasta entonces, muéstrame dónde está su ejército. Al cabo de unos kilómetros, pasaron la inspección de varios guardias antes de entrar en el campamento instalado en una pradera, en el corazón del bosque. Diseminados entre las numerosas hogueras se encontraban los pabellones para los caballeros de más alto rango. Unos cuantos soldados se afanaban sobre los calderos, preparando la comida del mediodía, y el resto se hallaba reunido en una zona despejada del claro, donde la hierba había desaparecido a causa de las botas de los soldados que allí se adiestraban. Sin desmontar, John y Philip observaron los ejercicios de entrenamiento durante unos minutos, ocultos tras los árboles. Ogden y Parker se reunieron con ellos en la espesura. Parker, bajo y fornido, echó una mirada a John. —Me alegro de veros, milord. 149 Julia Latham – El engaño del caballero Él esbozó una breve sonrisa. —Te agradezco mucho la ayuda cuando nos atacaron aquellos ladrones. Mi señora y yo no lo olvidaremos. Ogden sonrió de oreja a oreja. —Es una mujer muy guapa, milord. Tenía la daga lista para defenderse. John asintió y volvió la mirada hacia los hombres que se adiestraban en la pradera. —Creía que los soldados de Alderley estarían ansiosos por aprender nuevas técnicas. ¿Por qué no es así? Ogden escupió la punta de su largo bigote. —La misiva de lady Elizabeth los tranquilizó un poco, pero siguen sin confiar en nosotros ni en vos. Para ellos sólo sois un pretendiente más que intenta ganarse a su señora. Puede que seáis su última esperanza, pero no el hombre ideal. John arqueó una ceja. —Me limito a repetir sus palabras —dijo Ogden, sonrojándose. John consideró la posibilidad de acercarse a los soldados y presentarse, pero ¿cómo exigirles lealtad cuando sabía que no se fiaban de él? Entonces se le ocurrió una cosa. Miró a Ogden. —¿Habéis organizado algún tipo de torneo informal entre ellos con el fin de evaluar sus habilidades? El hombre frunció el cejo. —No, milord, aunque es una buena idea. —Me uniré a ellos. —¿No vacilarán en...? —No sabrán quién soy. Búscame un yelmo y una cota de entrenamiento. Parker puede distraerlos organizando el torneo. Diles que será algo informal. Sólo dos cargas compactas, pero se declarará al vencedor antes de que se derrame sangre. Los ganadores seguirán luchando entre ellos hasta que únicamente quede uno. Philip sonrió. —Y supones que tú serás uno de los ganadores. —No creo que vaya a ser fácil —respondió John—, suponiendo que hayan aprendido algo de la habilidad de Parker con la espada. Éste carraspeó. —Estoy con vos, milord. John aguardó en el bosque a que sus tres hombres de armas reunieran a los hombres de Alderley. La idea de un torneo fue recibida sin demasiado entusiasmo al principio, pero gradualmente, todos empezaron a animarse, en especial cuando se les ordenó que no se quitaran el yelmo. Los caballeros se reconocían, por supuesto, pero los soldados rasos no. Ogden formó un grupo heterogéneo con todos ellos y John se mezcló con ese grupo sin ser visto, en cuanto los hombres se acercaron a la fronda donde esperaba. Su primer oponente era un soldado raso a juzgar por su vestimenta, pero peleaba con un ímpetu y una habilidad impresionantes. Pero cuando John se movió en círculo para tantearlo, el hombre se mostró demasiado ansioso y se cansó tratando de perseguirlo. Ogden, que evaluaba al grupo, proclamó vencedor a John cuando hizo caer a su oponente de rodillas y lo desarmó. En el cuarto encuentro en que John tomó parte, apenas quedaban una docena de hombres, la mayoría caballeros. Más de uno había exigido de malos modos conocer su identidad, pero John se limitó a hablar a través de su destreza con la espada. Todos estaban exhaustos y sudorosos bajo las cotas calientes a causa del sol. Los vencidos se convirtieron en espectadores, tirados por el suelo, con las cabezas apoyadas en los yelmos. Cuando sólo quedaron dos hombres, uno de ellos John, éste percibió la curiosidad del público, consciente de que todos trataban de identificarlo. Aunque cansado, estaba dispuesto a 150 Julia Latham – El engaño del caballero pelear, sobre todo contra un oponente que trataba de fingir que podía sostener la espada en alto, pese a que él veía cómo le temblaba el brazo. No era momento de una aproximación cautelosa. John blandió la espada con denuedo, obligando al otro a saltar por encima de la hoja y a tambalearse. Pero el caballero consiguió levantar la espada lo suficiente para detener otra tremenda acometida. John sintió que la sacudida reverberaba en su interior hasta alcanzarle el hombro. Respiraba en un áspero jadeo; tenía tanto calor con el yelmo puesto que el sudor le caía a chorros haciendo que le escocieran los ojos. Pero no podía levantarse la visera para limpiárselo. Oyó los vítores de los soldados en la distancia. Golpeó el escudo de su oponente con la espada una y otra vez hasta que éste se quebró contra el cuerpo del caballero. El hombre soltó un gemido y trató de apartarse, pero él no se lo permitió. Sólo cuando hubo caído al suelo y no fue capaz de alzar la espada, Ogden y Parker declararon vencedor a John. Aunque tambaleándose, el otro consiguió ponerse en pie, y se quitó el yelmo. —Soy el capitán de la guardia. ¿Quién me ha vencido? John envainó su espada y se quitó el yelmo a su vez. Los vítores fueron sustituidos de inmediato por un tenso silencio. —No os conozco —dijo el capitán—. Soy sir Jasper. ¿Quién sois vos? John se metió la mano por el cuello de la camisola y sacó la cadena. Se puso el anillo en el dedo y dejó que la esmeralda captara los rayos del sol y refulgiera como fuego verde. —Me llamo John, soy el barón Russell, y mediante el acuerdo de esponsales firmado por vuestro anterior señor, soy el prometido de lady Elizabeth. El capitán abrió mucho los ojos. —Milord, ¿por qué no os habéis mostrado ante nosotros antes? —Vuestros soldados han estado poniendo en tela de juicio mi legitimidad y mis reclamaciones. —John giró en círculo lentamente, midiendo con la mirada a cuantos hombres veía—. Quería dejar claro que soy perfectamente capaz de luchar con vosotros para defender Alderley y a vuestra señora. No podemos permitir que Bannaster, después de haberos desterrado de vuestro propio hogar, se salga con la suya. ¿Responderéis a mi llamada cuando llegue el momento? Uno por uno, soldados y caballeros se pusieron en pie, con expresiones que se repartían entre la determinación y la exultación. Sir Jasper le hizo un gesto de asentimiento. —De buena gana os ofrecemos nuestro apoyo, milord. Marcharemos con vos si nos necesitáis. John sonrió al fin, mirando a todos y cada uno de los exhaustos soldados, que inflaron el pecho al tiempo que agarraban sus espadas. —No es aún el momento adecuado, sir Jasper, pero os estoy muy agradecido. De repente, todos empezaron a murmurar por lo bajo detrás de John, que vio la expresión de recelo de los soldados que tenía delante. Se volvió y vio a cuatro desconocidos que emergían de la espesura. Philip se puso al lado de su amigo con expresión concentrada. —¿Más invitados? John reconoció al hombre que se les había acercado en el bosque hacía semanas, el mismo que no negó su relación con la Liga del Acero. Pese a que los otros tres hombres que lo acompañaban no llevaban los mismos colores distintivos, todos se movían al unísono, con un dominio que indicaba a las claras que habían sido entrenados por el mismo maestro. —¿Los desarmamos, lord Russell? John negó con la cabeza. —Reconozco a uno de ellos. Estad atentos a mis órdenes. 151 Julia Latham – El engaño del caballero Juntos, John y Philip atravesaron la pradera y fueron al encuentro de los recién llegados. El que conocieron al llegar a Alderley saludó a John con una cortés inclinación de cabeza. En su rostro era patente la sabiduría y la experiencia que sólo se ganaría con la edad. Los otros tres lo miraban con interés, pero estaba claro que él era el líder. —Lord Russell, me alegro de que nos hayamos vuelto a encontrar —dijo el desconocido. John asintió con la cabeza. —Creo que no hemos estado muy distanciados uno del otro últimamente. Philip sonrió feliz. —Os gustan las dificultades. Tenéis que contarme cómo conseguisteis entrar en el castillo, liberarnos de las mazmorras y deshaceros de ese latoso soldado en una sola noche. El hombre se limitó a sonreír y se encogió de hombros. —Porque fuisteis vos quien nos liberó, ¿verdad? —Puesto que merecíais ser liberados, me alegra que así fuera —contestó el otro. —No se puede decir que sea una respuesta directa —opinó John—. Pero dado que «merecía» ser liberado, ¿significa eso que cuento ya con vuestra aprobación? —Habéis demostrado ser una fuente de fortaleza para lady Elizabeth Hutton. Hasta el momento, la habéis ayudado evitando al mismo tiempo que su gente resultara herida. —Echó un vistazo a los soldados de Alderley—. Me interesa ver cuál será vuestro próximo movimiento. —Entonces tal vez podríais ayudar a entrenar a los soldados de lady Elizabeth. Philip me ha contado que las leyendas afirman que nadie puede rivalizar con la Liga en cuestión de sigilo. Les vendrá bien todo cuanto podáis enseñarles, si es que vamos a invadir el castillo con la menor cantidad de muertes y destrucción posible. El desconocido miró a sus tres hombres. Aunque ninguno de ellos dijo nada, era como si se pudieran leer el pensamiento unos a otros. —Está bien —dijo el desconocido finalmente—. Os prestaremos ayuda en forma de herramienta que podréis utilizar según estiméis más oportuno. Lo dejaremos a vuestra elección. Podéis contar con mis hombres durante dos semanas, no más. —Será suficiente —contestó John—. Creo que las cosas alcanzarán el punto crítico antes de quince días. Os lo agradezco. Permitidme que os presente a sir Jasper, el capitán de la guardia. Trabajaréis con él, puesto que yo debo partir de inmediato. ˜s– El día pasó espantosamente lento mientras Elizabeth trataba de convencerse de que todo saldría bien. Evitó el gran salón porque veía a Bannaster demasiado ufano, como si el pronunciamiento del rey a su favor estuviera ya en su mano. Y también evitó a su propia gente, que la miraba con lástima. Tal vez se sintieran decepcionados, pensando que su prometido había estado allí, y había sido incapaz de vencer al vizconde. Se descubrió deseando recibir algún tipo de mensaje clandestino de John, pero no recibió nada. Esa noche, se retiró sola a la habitación que él había ocupado. Los soldados de Bannaster la habían registrado siguiendo órdenes de éste y se habían llevado sus pocos efectos personales. Aun así, la reconfortaba estar en su cama, sentir su aroma en las almohadas. Se durmió fingiendo que lo tenía a su lado, y cuando despertó, horas más tarde, lo encontró inclinándose sobre ella y cubriéndole la boca con la mano. Su cuerpo se envaró por completo, y atónita, nada más soltarla, Elizabeth le echó los brazos al cuello y se apretó contra él. Estaba caliente y olía a... heno. Elizabeth levantó la cabeza y lo miró a los ojos. 152 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Cómo has conseguido entrar en el castillo? —le susurró, frenética—. ¿Y si alguien te ha visto? ¿Y si...? —Nadie me ha visto —contestó él, acariciándole la mejilla y el pelo. —Has vuelto —murmuró la joven, contemplando su decidido rostro. Resiguió con el dedo la cicatriz que le atravesaba la mejilla izquierda sintiendo que la embargaban las emociones. John lo había arriesgado todo por ella, y ella quería arriesgarlo todo por él. Presionó los labios contra la cicatriz y notó que John se ponía rígido en sus brazos. Con su boca, quería exorcizar las heridas que había tenido que sufrir en la dura vida que había llevado, cuando se sintió rechazado por su familia, cuando creyó que estaba solo... No quería que volviera a estar solo nunca más. Él respiró de manera entrecortada cuando los leves besos de ella descendieron por su mandíbula ensombrecida por la incipiente barba. —Elizabeth... Ella lo silenció con un beso en la boca. Sus labios, tan firmes y tersos al mismo tiempo, terminaron amoldándose a la presión que la joven ejercía con los suyos. Le sostuvo el rostro entre las manos sin dejar de besarlo en la boca, memorizando su textura y su tacto. Y su sabor. Ladeó la cabeza y profundizó el beso. John gimió, pero no asumió el control, sino que le permitió hacer lo que quisiera. Elizabeth se lo agradeció mucho. Él la comprendía como ningún hombre había intentado hacerlo antes. Lo saboreó con la lengua, introduciéndosela en su boca para sacarla a continuación, una y otra vez, hasta que lo notó temblar. Hundió las manos en su cabello y le atrajo la cabeza hacia sí, aunque no hacía falta. John estaba ya sosteniéndola por la cintura, sentado a su lado en la cama. Sin embargo, aquello no era suficiente. Elizabeth necesitaba desesperadamente estar más cerca. Ataviada tan sólo con el camisón, se puso de rodillas y dejó que el cobertor se deslizase. Por fin rompió el interminable beso, los labios hinchados y temblorosos, para mirarlo a los ojos. Entonces se quitó la ropa por la cabeza y se quedó desnuda. Él tomó aire con brusquedad y su ávida mirada la recorrió entera, demorándose en los pechos, y, especialmente, en la maraña de rizos que ocultaban su feminidad. Elizabeth se soltó la cinta de cuero que sujetaba una trenza a su espalda y su pelo cayó en cascada sobre sus hombros. John habría tendido las manos para cogerla, pero ella extendió los brazos para poder acariciarle el torso. Había visto las maravillas que hacía con una espada y ahora quería ver mucho más. Le soltó el cinto que llevaba y con él se desprendió de la espada, que depositó con delicadeza en el suelo. Entonces lo hizo ponerse en pie junto a la cama y se levantó también. John llevaba un jubón y medias negras, probablemente para ocultarse entre las sombras. Pero había algo en su indumentaria que le confería un aspecto distinto al que había tenido cuando se había hecho pasar por un simple administrador con la pierna entablillada bajo la túnica. Ahora parecía un caballero, un barón. Y la excitaba saber que la deseaba tanto como ella a él. Desnuda, se movió a su alrededor, soltándole los lazos del jubón y ayudándolo a sacarse la prenda por encima de la cabeza. A continuación se dispuso a desprenderlo de la camisa; introdujo las manos por debajo y le acarició la piel de la espalda mientras él trajinaba intentando quitársela por la cabeza. —Te observé la otra noche, mientras te bañabas —le susurró ella, cuando tuvo delante aquel magnífico torso, adornado por el anillo que le colgaba justo a la altura del corazón. John le acarició los brazos y arqueó una ceja, sorprendido. —No estaba dormida —continuó Elizabeth—. Vi cómo te desvestías y observé detenidamente tu cuerpo con una enorme curiosidad. —Espero que estuviera a la altura —le murmuró él al oído. 153 Julia Latham – El engaño del caballero Ella suspiró conforme John dejaba un reguero de besos a lo largo de su cuello y la atraía contra sí. Notó los senos apretados contra la ardiente piel masculina, y un dolor sordo se apoderó de ella con una insistencia que la empujó aún un poco más hacia aquella descarada exhibición del anhelo que sentía. Deslizó las manos por los abultados músculos de su pecho, a través del vello suave como plumón, y fue descendiendo hasta el cinturón con que se sujetaban las medias. Se lo desabrochó de un tirón, y el hecho de que John se estremeciera en respuesta no hizo sino alimentar su deseo. Se sentía viva y ansiosa por unirse a él, por que fuesen un solo cuerpo. Una sensación de hormigueo le recorría la piel y consumía su mente. Cuando por fin logró arrancarle las últimas prendas de ropa, bajó la vista a su henchido pene, que, al rozarse contra ella, le provocó un escalofrío. John le levantó la barbilla y buscó sus ojos. —No tengas miedo, cariño. Ella lo miró con descaro. —Miedo es lo último que tengo en este momento. Cuando él le devolvió la sonrisa aliviado, Elizabeth lo volvió a besar, apretándose contra él, notando la promesa de su erección entre sus cuerpos. John la aplastó contra sí con sus poderosos brazos, como si necesitara tenerla más cerca. La besaba de forma salvaje y apasionada, y el roce que ejercía el vello de su pecho sobre los sensibles pezones contribuyó a alimentar aún más la creciente llama de deseo que rugía en su interior. Bajó la mano para tocar su miembro, pero él se lo permitió sólo un momento. —Ah, cariño, quiero que esta noche dure, y tus caricias no harían sino acelerar el desenlace. —No lo entiendo. Necesito tocarte. —Primero tengo que tocarte yo. Quiero que estés preparada para mí. Elizabeth frunció el cejo con perplejidad, pero no discutió. Y aunque hasta entonces había sido ella quien había llevado la voz cantante, John tomó el relevo en ese mismo momento. Y le encantó que lo hiciera. Desconocía sus intenciones, pero eso no hacía sino incrementar el placer. Estaban de pie en medio de la habitación, tambaleándose mientras se acariciaban con ansia. John hizo que se inclinase hacia atrás sobre su brazo, de manera que pudiera acariciar con los labios y la lengua sus deliciosos pechos. Para ella, hasta la sensación del anillo colgando sobre su cuerpo era erótica. Se recostó hacia atrás, sabiendo que John no la dejaría caer, y él empezó a chuparle los pechos, a mordisquearla, haciéndola estremecer y desfallecer en sus brazos. Le acarició la espalda con una mano y descendió hasta trazar la seductora curva de sus nalgas. La piel de Elizabeth hormigueaba de placer, en especial cuando notó cómo la provocaba introduciendo levemente la punta de los dedos en la hendidura entre sus nalgas. La mano de John continuó deslizándose hacia abajo hasta cogerle la pierna y levantársela del suelo para poder ahondar más entre sus muslos con su miembro erecto. Todo él estaba rígido y duro mientras la acariciaba de manera íntima con absoluta precisión, sabiendo exactamente dónde debía hacerlo. Al mismo tiempo usaba la boca para excitar sus pezones, lamiendo y succionando, sin dejar de estrecharla contra sí, mientras su pene se frotaba y buscaba. El creciente placer se convirtió en una absoluta locura que parecía no tener fin y Elizabeth gimió, tratando al mismo tiempo de hacer que se introdujera en su interior, aunque sin éxito. Perdió el contacto con el suelo, se abismó en las sensaciones y, a continuación, el último vestigio de contacto con la realidad desapareció cuando el placer explotó dentro de ella. Su cuerpo se estremeció impotente a merced de las sucesivas oleadas de placer que la recorrían. Con un gemido, John se volvió y la tendió en el borde del alto lecho. A continuación le levantó los muslos hasta tenerlos a la altura de su cintura y comenzó a penetrarla poco a poco. 154 Julia Latham – El engaño del caballero Elizabeth no podía dejar de moverse, no podía dejar de estrecharlo contra sí mientras el placer seguía palpitando en su interior. —Despacio, cariño —murmuró él, inclinándose sobre ella en la cama—. No quiero hacerte daño. Para una mujer su primera vez es... —No me importa —respondió Elizabeth, empujándole la espalda con los pies para que se introdujese del todo. John tenía la frente perlada de sudor y el rostro crispado en una mueca de concentración en su esfuerzo por no dejarse llevar; como si conociera el cuerpo de la joven mejor que ella misma. Y posiblemente fuera así, pero en aquellos momentos lo que Elizabeth necesitaba era unirse a él. Tocó todas las partes del cuerpo masculino a las que llegaba con las manos y arqueó las caderas para apretarse aún más. John ahogó un gemido cuando ella le tocó los pezones, de manera que ésta concentró allí sus esfuerzos, sabiendo las maravillas que habían hecho las atenciones de él en su propio cuerpo momentos antes. A John se le puso la piel de gallina bajo sus dedos. Finalmente, con un escalofrío que lo recorrió entero, se alzó sobre la mujer y se hundió por completo. Ella sintió una momentánea quemazón que rápidamente se esfumó dando paso a la excitación de saber que, al fin, se estaba uniendo al hombre que iba a ser su marido, su compañero. John comenzó a moverse en su interior. Un placer asombroso y totalmente desconocido hasta entonces empezó a desenroscarse dentro de ella, comenzando por la plenitud de sentirlo dentro, acariciándola de manera aún más íntima. Su cuerpo cobró vida y experimentó nuevas sensaciones, a notar el contraste de la piel suave del torso de John con la más áspera de sus piernas, allí donde sus muslos separados se apretaban contra ella. De pie en el suelo, John la mantuvo inmóvil sobre el lecho con su cuerpo, apoyándose sobre la cama con los brazos por encima de ella. Tenía los ojos cerrados y una expresión intensamente concentrada en su cópula. Elizabeth se alegró de poder ofrecerle el mismo placer que estaba recibiendo de él, mientras experimentaba de nuevo una arrolladora intensidad. Sujetó las caderas del hombre entre sus muslos, enlazando los pies por encima de su espalda, y dejó que arremetiese, atormentándola, hundiéndose profundamente y retrocediendo, cada vez más rápido, hasta que se vio tan perdida en sus sensaciones que la joven sintió pánico. El anhelo que sentía era ya salvaje y se abandonó al mismo, sin pensar en nada más, consciente únicamente de lo mucho que ansiaba aquella sensación que sólo él podía proporcionarle. 155 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 22 John estaba perdido. Jamás se había permitido fundirse con ninguna mujer cuando hacían el amor, hasta el punto de casi olvidar dónde terminaba ella y dónde comenzaba él. Pero es que aquella mujer era Elizabeth, ferozmente hermosa y valiente, por no mencionar lo exigente que se había mostrado pese a ser virgen. Había tanto fuego en aquellas profundidades femeninas que le parecía que estaba consumiéndose. Se sentía inmovilizado por el cuerpo de ella aferrado al suyo, pero retirarse para volver a hundirse segundos después era como estar en el mismo cielo. El sabor de sus pechos, los pequeños jadeos apasionados que le arrancaba con sus movimientos, el encuentro de sus cuerpos cada vez que arremetía, todo contribuía a lanzarlo a toda velocidad hacia su propio orgasmo, aunque trataba de retrasarlo lo máximo posible. Al final, cuando Elizabeth alcanzó un nuevo climax por su parte, arqueándose contra él, John se estremeció y se dejó llevar. Fueron volviendo en sí lentamente, sudorosos. La joven mantuvo una pierna alrededor de la cadera de él, acariciándole despreocupadamente el trasero con el talón del pie, en un vivo recordatorio de la manera tan desinhibida en que había aceptado los placeres del sexo. John seguía apoyado sobre los codos, mirándola a la cara, consciente de que no podría permanecer en aquella postura mucho más. Pero no quería abandonar la comodidad y el placer de estar en su interior. Elizabeth le dedicó una amplia sonrisa, respirando pesadamente y le acarició la cicatriz de la mejilla. Él volvió la cabeza y capturó la yema del dedo en su boca. Ella cerró los ojos y suspiró. —Es tan fácil olvidar que existe un mundo fuera de esta habitación. .. —murmuró. —Habrán de pasar muchos días antes de que te permita recordarlo una vez nos hayamos casado. La joven se rió de buena gana y sus pechos rebotaron agradablemente contra su torso. Con un gemido, se dispuso a salir de su interior, pero Elizabeth lo aprisionó con brazos y piernas. —No te vayas —susurró. —No lo haré. Sólo quiero que nos pongamos un poco más cómodos. Abandonar su cuerpo se le antojó lo más difícil que había tenido que hacer en su vida, pero a continuación la tomó en sus brazos, la depositó en el centro de la cama y se tendió a su lado. La estrechó contra él y se reclinó contra las almohadas, profundamente agradecido por el cálido peso de ella. El pelo le cubría el pecho y John le levantó un poco la cabeza para depositar un beso en sus labios, ahora enrojecidos e hinchados. Después de haber dejado que la poseyera, después de haber aceptado sus caricias. —Dime cómo has hecho para regresar —dijo Elizabeth—. ¿Te está ayudando por fin esa misteriosa Liga? Él sonrió. —Sí, contamos con su ayuda, pero lo de regresar a Alderley ha sido cosa mía, con la contribución de mis hombres y de tu amiga curandera, Rachel. 156 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Rachel? —Cuando Philip y yo abandonamos el castillo, nos encontramos con Ogden y Parker. Ellos me llevaron hasta tu ejército, y me quedé muy impresionado con la habilidad de tu capitán de la guardia en combate. —¿Sir Jasper? —exclamó ella quedamente—. ¿Están todos bien? —Sí, y se desviven por servirte. Se están entrenando muy duro en estos mismos instantes, mientras tú y yo hablamos, con ayuda de los hombres de la Liga. La sonrisa de Elizabeth se desvaneció. —¿Entrenando para qué? —Para el caso de que sea necesario. No estamos planeando ningún ataque, pero debemos estar preparados, cariño. —Aquello era la verdad, por el momento—. Bannaster no será lo bastante estúpido como para pensar que me ha ahuyentado. Tiene que saber que volveré a intentarlo. Ella lo besó en el pecho y se acurrucó contra su hombro. —Hoy había muchos centinelas. Han registrado a todo aquel que ha entrado en el patio. —Philip ha pensado que el disfraz más adecuado sería el de una mujer con un niño. Elizabeth se lo quedó mirando boquiabierta y luego se mordió el labio, probablemente para evitar reírse. —Oh, yo sabía que no funcionaría —continuó él—. No podríamos ocultar mi tamaño ni siquiera haciéndome pasar por una mujer embarazada. De modo que decidimos que entrase con algunos de los envíos de provisiones que llegan regularmente al castillo. —¡Los soldados han inspeccionando a todos los que han cruzado la torre de entrada! Me he pasado la tarde sentada en el patio observando, por ver si... Se detuvo y el corazón de John empezó a latir más de prisa al constatar que ella se preocupaba por él. —Por ver si daban contigo —continuó en un susurro—. Rezando por que te dieras por vencido en tu intento de ayudarme y optaras por ponerte a salvo en vez de arriesgarte a regresar aquí. La joven volvió la cabeza y John pudo ver su perfil; supo que seguía preocupada. ¿Y quién podría culparla? Aún no eran libres para poderse casar y John percibía que, en lo más profundo de su ser, Elizabeth seguía resistiéndose a una dependencia real en aquella relación. —Que te crees tú que voy a dejarte en sus manos —resopló, tratando de mantenerse relajado—. Me he escondido en un carro de heno para los establos. —¿Y no lo registraron? —Pues claro que lo han hecho, pero ahí es cuando recurrimos a la ayuda de Rachel. Nos llevó hasta el taller del herrero del pueblo, que clavó unos tablones encima de mí creando así un doble fondo en el carro. La admiración que vio en los ojos de Elizabeth lo reconfortó por dentro. Sería dichoso de hacerla feliz el resto de su vida. La idea lo sorprendió. ¿Dichoso de establecerse en Alderley y ver todos los días las mismas caras? —¿Un doble fondo? —preguntó ella, haciendo girar el anillo que colgaba del cuello de John alrededor de su dedo, mientras deslizaba un muslo a lo largo del de él. —Cariño, si sigues moviéndote así, no podré formar una frase coherente. Ella se apartó un poco con expresión de culpabilidad. —Perdona. John la atrajo hacia sí nuevamente. —¿Por dónde iba? Ah, sí, el doble fondo. Muy estrecho, casi no podía respirar. Estaba tumbado boca arriba, con el falso suelo literalmente sobre mi pecho. Se me ha hecho el trayecto más largo de mi vida, por no mencionar los baches. Debo de tener la espalda llena de moretones. Ella se incorporó y lo empujó. 157 Julia Latham – El engaño del caballero —Date la vuelta y déjame ver lo mucho que has sufrido en tu esfuerzo por llegar a mi castillo y a mí. John arqueó una ceja. —Yo ya tengo un castillo. No creas que he sufrido esas vejaciones por nada más que por ti. Elizabeth le sostuvo la mirada un momento demasiado largo, con expresión de repente seria. ¿De verdad seguía albergando dudas sobre los motivos de él? Como si se hubiera dado cuenta de lo que eso significaba, John trató de aligerar la tensión del momento poniendo los ojos en blanco. Ella le dio un empellón cariñoso y lo obligó a tumbarse boca abajo, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados. Apartó la sábana revelando su desnudez. Él notó el leve roce de sus dedos sobre los omóplatos. Y se estremeció. —Ah, ya veo los moretones —murmuró ella. Para su sorpresa, Elizabeth depositó un reguero de suaves besos por toda su espalda. Después, empezó a deslizar las manos hacia abajo, hasta llegar a las nalgas, que sujetó con las palmas. —Más moretones. No tienes carne suficiente para tantos. La joven lo besó también allí, y sentir su aliento en los muslos alejó de su mente cualquier pensamiento de incomodidad. —Continúa con la historia —pidió ella. Pero se quedó atravesada sobre sus piernas mientras lo decía. John podía sentir la caricia de su pelo encima. No recordaba de qué estaban hablando. —La incomodidad del carro —lo instó Elizabeth, dándole un cachete cariñoso en el trasero. Él tuvo que sacudir la cabeza para aclararse las ideas. Continuó hablando, con la frente apoyada en los brazos. —Ah, sí. Lo registraron al llegar a la torre de entrada. Un granjero asumió el riesgo de traerme hasta aquí. Ella detuvo las caricias. —Otro hombre que se arriesga por mi culpa. Él miró hacia atrás, por encima del hombro, y vio la tristeza en el rostro de la joven. —Elizabeth, no. ¿Crees de verdad que les gusta la idea de que los gobierne Bannaster? Prefieren responder ante un señor que ya conocen. —A ti no te conocen —replicó ella. John percibió el deje que había en su voz. Se habría dado la vuelta para mirarla, pero pensó que encontrarse cara a cara con su erección podría hacerle creer que sólo pensaba en el sexo. —Tú has estado al mando de sus vidas todos estos meses. Confían en ti y quieren ayudarte. Elizabeth le sonrió, pero su expresión era solemne. —Ven aquí —le dijo él, atrayéndola junto a sí de nuevo. Se quedaron tendidos el uno al lado del otro, pero John tuvo cuidado de no acercarse demasiado—. Estoy aquí. Al granjero no le ha pasado nada. Los soldados han inspeccionado el carro y oí que clavaban algo en el heno, como si creyeran que iban a encontrarme ahí. —Pero es que estabas ahí —dijo ella con un susurro, mirándolo asustada. John se encogió de hombros y acomodó la almohada bajo sus cabezas de forma que pudieran seguir mirándose a la cara. —No me han encontrado. Llevaron el carro a los establos y lo dejaron allí en espera de que alguien lo descargara. He esperado hasta que se ha hecho de noche. He oído muchas conversaciones desde allí, incluso algunas sobre mí. Ella sonrió y se acercó para darle un beso en la barbilla. —¿Y qué decían de ti mis mozos de cuadra? —Uno ha afirmado que todo el tiempo sabía quién era yo —respondió él, retirándole un mechón de cabello y sujetándoselo detrás de la oreja. 158 Julia Latham – El engaño del caballero —¿De veras? John adoraba cómo fruncía la nariz cuando sonreía. Un puñado de pecas se esparcían sobre el puente de la misma. —El otro tampoco lo creyó. En justicia, diré que uno de ellos me consideraba un cobarde por haber huido. —Como si un hombre solo pudiera vencer a Bannaster y todo su ejército. Elizabeth se mostró ofendida por él y John la estrechó con fuerza. Cuando sus caderas entraron en contacto, ella lo miró con suspicacia. —¿Te has excitado al ver cómo te defiendo? —le preguntó. John se inclinó y la besó detrás de la oreja, inspirando su dulce y femenino aroma. —Me excita todo lo que haces. —Meció las caderas contra las de ella—. Basta con que te pasees delante de mí en el gran salón con una bandeja, o te arrodilles en misa, o... Escandalizada, se cubrió la boca con la mano. —¡El párroco diría que eso es pecado! —Estamos prometidos, y el párroco dice que eso es casi como estar casados. Es de suponer que un hombre desee a su esposa, para que así puedan venir niños al mundo. ¿Cómo puedes decir que es pecado? Elizabeth se echó a reír y él la besó hasta dejarla sin aliento y mirándolo con anhelo. Aquello era lo que quería ver el resto de su vida. Quería que ella lo deseara, que lo amara, que lo mirase sin pensar que era la codicia lo que lo movía. Y se las arreglaría para conseguir que así fuera. Entre besos, John dijo: —Cuando todo estuvo en silencio... he salido del doble fondo... lo he dejado todo como estaba... y he venido derechito hacia aquí, en busca de mi recompensa. Rodó hasta ponerse encima de Elizabeth y se colocó suavemente entre sus muslos. Pero antes de que pudiera hacerle el amor de nuevo, ella lo detuvo poniéndole las manos en el pecho. —No, John, no podemos hacer un uso tan egoísta de nuestro tiempo. Él se incorporó un poco y se quedó apoyado en las manos, mirándola. Pese a que Elizabeth tenía el rostro azorado, y él podía notar el calor que se desprendía de su núcleo femenino, no iba a aprovecharse de esa ventaja. Se apartó y se dejó caer de espaldas con un gemido. Ella se apoyó en un codo. —No te puedes quedar. ¿Y si viniesen los soldados, pensando que tal vez hubieses intentado aprovechar la ventaja de tu relación conmigo? John le lanzó una mirada sonriente, cargada de lascivia. La joven le respondió con un empujón en el hombro. —Ya sabes lo que quiero decir. ¿Qué haremos ahora que estás aquí? La sonrisa de él se desvaneció. —No dejaré que te ocurra nada, cariño. Estaré aquí para protegerte. A veces me encuentro deseando que fuéramos dos personas normales, que pudieran casarse libremente. Te tomaría sin dote, sin título, sin preocupaciones sobre posesiones y dinero. Ella se sentó en la cama y se cubrió los pechos con la sábana, distanciándose así de él. —Pero no somos esas personas, John. Sé que eres un hombre de honor. Te has labrado un nombre cuando tu familia siempre pensó que no lo lograrías. Has honrado la promesa que tus padres hicieron a los míos, pese a que ello te apartará de la vida aventurera que te gusta. Un destello cruzó velozmente sus ojos, tan fugaz que John pensó que debían de haber sido imaginaciones suyas. —Lo has arriesgado todo por mí... —añadió suavemente. —Y volvería a hacerlo. Te quiero, Elizabeth. 159 Julia Latham – El engaño del caballero Pero en vez de dicha, lo que vio en los ojos de ella fue dolor. La joven desvió rápidamente la vista. Su intención había sido cortejarla, seducirla, mostrarle que podían amarse, y en vez de ello lo único que había conseguido era añadirle aún más presión. —Y yo sólo te he hecho sufrir —continuó ella en voz baja—. No sé cómo va a terminar todo esto de Bannaster. Me temo que la aurora se acerca ya y que nuestro tiempo se ha terminado demasiado pronto. —Elizabeth... —No, debes irte. No podría vivir con la culpa de lo que podría ocurrir si alguien te descubriera. John salió de la cama y se dio cuenta de que Elizabeth no era capaz de mirarlo a los ojos mientras se vestía. Sabía que no podía irse de allí sin dejar las cosas claras entre ellos. Ella estaba sentada en mitad del lecho, cubierta con la sábana a modo de escudo protector, y él lo único que deseaba era estrecharla contra sí y obligarla a decirle la verdad. —No me iré hasta que no me digas lo que estás pensando —dijo. La mirada de ella mostraba inseguridad, pero entonces recupero aquel brillo regio que la convertía en un ser aparentemente intocable, inalcanzable. —Me preocupa que el único plan que tenemos para salvar a mi pueblo pueda causar aún más daño. —No me refiero a eso, y lo sabes —dijo John—. Te he dicho que te quiero y, al oírlo, te has distanciado. Sí, tal vez no debería haber dado voz a mis sentimientos tan rápidamente. Tienes miedo y... —No tengo miedo —lo interrumpió Elizabeth con los ojos brillantes. —Entonces dime qué te pasa. No te estoy presionando para que me declares tu amor. Estás pasando un momento difícil, viendo cómo todo aquello por lo que tu familia luchó pasa a manos de un desconocido. —¡Y así es! —susurró ella con furia, apretando los puños alrededor de la sábana—. Me enfrento a una situación que no puedo resolver, y sin embargo, me ha resultado muy fácil... —Se interrumpió y apartó la vista. John quería tocarla, pero sabía que Elizabeth se enfrentaba a un dilema. —¿Qué te ha resultado muy fácil, Elizabeth? Tras una pequeña vacilación, la joven contestó en tono bajo, aunque firme. —No me gusta sentirme así, incapaz de... controlarme cuando estoy contigo. Aunque notó que la compasión lo ablandaba por dentro, sabía que no querría que John se lo demostrara en aquel preciso momento. —La pasión que une a dos personas puede resultar ciertamente abrumadora —dijo él con voz queda—. Tal vez te parezca algo peligroso, incluso forzado, pero eso es porque nunca antes habías experimentado el amor. —¿Y tú sí? —No, puedo decir que no. Tú eres la única mujer a la que he amado en mi vida. —O a la que has creído amar —se apresuró a corregirlo ella. —¿Sólo porque tú estés confusa crees que yo no conozco mí propio corazón? Puede que no haya amado a una mujer antes, pero sí he tenido relaciones íntimas con ellas, y siempre he disfrutado. Elizabeth se encogió de dolor, aunque lo aguantó sin rechistar. John detestaba hacerle daño. —Pero disfrutar con el sexo no es lo mismo que darte a la otra persona en todos los aspectos de tu persona. Lo que he tenido aquí contigo esta noche no lo había experimentado nunca. Entre nosotros existe una intimidad que me deslumbra y hace que me dé cuenta de que quiero compartir esto contigo durante el resto de mi vida. 160 Julia Latham – El engaño del caballero eres? —¿Y no te... asusta? ¿No te asusta el cambio? ¿No te asusta. .. dejar de ser la persona que —¿Te refieres a si no me asusta concederte ese poder sobre mí? Ella se mordió el labio. —Deseo esto, Elizabeth. Lo deseo más de lo que he deseado nada en mi vida. Estoy ansioso por abandonar las cosas que una vez pensé que eran lo que necesitaba para ser feliz. No me importa la vida que he llevado hasta ahora, los viajes, los combates. Si tú no estás conmigo, ¿de qué me servirían? —No puedo creer cómo algo tan importante para ti podría dejar de serlo de repente. —Yo no he dicho eso. Quiero decir que tú me importas más. Creo que utilicé el amor a la aventura para reemplazar el amor verdadero. Jamás creí que pudiera haber para mí esperanzas de encontrarlo, siendo como era el tercer hijo y con poco que ofrecer a mi posible novia. La joven lo miró con los ojos rebosantes de lágrimas. —Así que, si vuelvo a emprender viaje, quiero que tú me acompañes —continuó John—. Significas mucho para mi. Ella cerró los ojos y las lágrimas descendieron por sus mejillas. —Normalmente sé qué decir en todo momento —dijo—. Pero ahora, contigo, no es así. —Eres tú quien te exiges ser perfecta, Elizabeth, no yo. Tienes un castillo lleno de gente que depende de ti y yo soy uno más, lo sé. —No te considero como uno de mis sirvientes o amigos. Él esbozó una leve sonrisa. —Eso es lo único que puedo pedirte ahora mismo. Sé paciente. —Como tú lo eres —respondió ella—. Has vuelto y prácticamente me he lanzado sobre ti... —Ha sido maravilloso y me ha gustado ver tus sentimientos hacia mí. No necesito palabras, al menos por ahora. Elizabeth inclinó la cabeza. —Deberías irte. Escóndete. Si te encuentra aquí... —Pensará que has colaborado con el enemigo. Ella le cogió la mano. —¡No es eso lo que me importa! Serás tú quien se lleve el castigo, y no podría soportarlo. Le besó el dorso de la mano. John sintió sus lágrimas, sabía lo mucho que estaba sufriendo y le tomó la cabeza con suavidad. —Entonces me iré, cariño —murmuró, agachándose para darle un beso—. Volveré otra vez mañana por la noche. Quiero que sepas que no estás sola. —Lo sé —susurró la muchacha. John salió de la habitación y regresó al almacén subterráneo, donde había tantos lugares donde ocultarse. Se puso tan cómodo como le fue posible sobre unos sacos de grano y trató de dormir, pero no podía dejar de ver con los ojos de la mente la tristeza en los de Elizabeth. 161 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 23 A la mañana siguiente, Elizabeth esperó en la cocina a que Adalia le preparase la comida que había de subirle a Anne. Se sentía un poco mareada y se dijo que sin duda se debería a la falta de sueño. La cocinera la miró con preocupación, pero no dijo más que unos vacilantes «buenos días». No era la falta de sueño lo que la abrumaba. No sabía qué pensar de John, de su gentileza, de su actitud comprensiva. Se sentía indigna de sus atenciones cuando ella aún no sabía qué podía darle a cambio. Se le antojaba que tal vez podría haberle ofrecido una confesión, aunque titubeante. ¿Acaso no se había estado preguntando si lo amaba? ¿No debería haberla convencido el hecho de que hubieran hecho el amor? Pero en vez de convencerla, ese hecho la había apartado, y John no se lo merecía; sobre todo después de lo que había sacrificado por ella. Era una cobarde, y admitirlo la asustó y decepcionó. Pero ¿era cobardía querer alejarse en caso de que sus sentimientos no se correspondieran con los suyos? Mucha gente se había embarcado en buenos matrimonios pese a no compartir un amor verdadero. No fue el caso de sus padres, pensó con tristeza. Ellos lo habían compartido todo, hasta la muerte. Qué estúpida había sido al pensar que amaba a William. Con él no había sentido ese torbellino de emociones, ese miedo, ese éxtasis, esa desesperación. Ese terror. ¿Cómo podría seguir viviendo si le ocurriera algo a John? —¿Anne? Elizabeth abandonó sus ensoñaciones y se encontró a Adalia mirándola con gran preocupación. —Te he llamado por tu nombre dos veces —dijo la cocinera con suavidad—, pero no podía dejar una bandeja repleta en manos de una mujer que no está prestando atención. Ella trató de sonreír. —Perdóname. Estaba pensando en otra cosa. Ya estoy aquí. —Me alegro. —Miró a su alrededor y, a continuación, le susurró—: Ya verás cómo lo consigue. Elizabeth sonrió alegremente. —¿Quién? Adalia se limitó a negar con la cabeza y le entregó la bandeja. Ella atravesó el gran salón, ignorando las miradas compasivas que le dirigían. Lo que la sorprendió fue notar cuántos soldados la miraban también, y eso la incomodó. Al llegar a la torre, se encontró a Bannaster esperándola, y de golpe comprendió la curiosidad de los hombres de éste. Le hizo una reverencia sin soltar la bandeja. —Buenos días, milord. —Buenos días, Anne. 162 Julia Latham – El engaño del caballero La miraba con cara de absoluta inocencia, como si nunca la hubiera perseguido por todos los corredores del castillo tratando de llevársela a la cama. Pero ¿por qué la estaba esperando? —Hoy te acompañaré a hacerle una visita a lady Elizabeth —dijo. —Milord, permitid que vaya yo primero y prepare a su señoría para ello. Le gusta estar bien peinada... —Me resultan innecesarios tales actos de vanidad —contestó él—. La belleza de lady Elizabeth es más que evidente. Subiré contigo. Los guardias les abrieron paso sin mirarla siquiera. Ella inclinó la cabeza y pasó después del vizconde, que la precedió hasta el pie de la escalera. Seguía temiendo que la tocara en cualquier momento, por lo que subió a toda prisa y, cuando llegó, le costaba respirar. ¿Qué querría? ¿Querría hacerle daño diciéndole que John había sido ahuyentado del castillo? ¿Se preguntaría si «lady Elizabeth» habría estado ayudando de alguna manera a su prometido? Elizabeth llamó con los nudillos y gritó que iba acompañada por lord Bannaster. Oyó cómo el hombre se reía, pero permaneció a la espera sin decir palabra. Anne tardó bastante en acudir. ¿Habría recibido otra cesta y la estaba escondiendo? Al cabo de un rato, abrió y se hizo a un lado para dejarlos entrar. —Buenos días, lord Bannaster —dijo con suavidad. —Verdaderamente lo son —contestó él afablemente. Se mostraba insufriblemente pagado de sí mismo. Gracias a Dios que Elizabeth ya le había explicado a Anne que John le había revelado su identidad. Aunque lo que su amiga no sabía era que John había regresado y estaba oculto en el castillo. Tal vez fuera mejor así. —¿Me permitís que desayune con vos? Anne le indicó con un gesto que se acercara a la mesa y ambos se sentaron. Elizabeth repartió la comida en platos que dispuso entre los dos. Cuando empezaron a comer, Elizabeth se sentó en una silla en un rincón y cogió una labor de bordado con la que fingió entretenerse. Bannaster le pasó a Anne un pedazo de pan. —Estoy seguro de que vuestra doncella os habrá dicho que John Russell ha estado espiándonos. Lo de «espiar» era una curiosa manera de decirlo, pero Anne se limitó a inclinar la cabeza y a esperar. —Está decidido a teneros, aun cuando el rey ya sabe que no es un hombre adecuado para convertirse en conde. —¿Y cómo sabe eso el rey? —preguntó Anne. —Mi primo envió a un hombre para que investigara el castillo y las finanzas de Russell. No le debió de parecer bien. Dado que falta poco tiempo que el acuerdo de esponsales quede invalidado, he decidido que, para protegeros, será mejor pediros matrimonio y declinar la posibilidad de convertirme en vuestro tutor. Elizabeth se pinchó con la aguja, pero trató de no gritar. Anne dejó de fingir que comía. —Podéis pedirme matrimonio, milord, pero eso no significa que... Él la interrumpió y le sonrió con gesto que parecía forzado. —Pediros no es la palabra. Lo que os estoy diciendo es que tengo la intención de casarme con vos, lady Elizabeth. Russell es un sinvergüenza, indigno de servir a mi primo. Presentaré al rey nuestra decisión de casarnos. Él anulará el acuerdo de esponsales que negoció el difunto rey. ¿Qué obispo se opondría a ello? —No podéis obligarme a desposarme con vos —dijo Anne. 163 Julia Latham – El engaño del caballero La voz le temblaba. ¿Qué pasaría si la presionaban demasiado? ¿Se traicionaría al mirar a su señora en busca de consejo? Bannaster sonrió. —No tendré que obligaros. La joven se puso en pie. —¡Y yo no dejaré que... me toquéis, como si eso fuera a convencerme para que acepte! —Tampoco haré eso —contestó el vizconde con toda calma—. Russell está deshonrado, y el rey lo verá como el hombre indigno que es. Le he dicho al párroco de la aldea que queremos desposarnos mañana por la mañana, y que ya he conseguido la licencia especial para ello, aunque no se hayan leído amonestaciones. Elizabeth se dio cuenta con creciente pavor de que Bannaster lo tenía todo planeado desde hacía tiempo. El vizconde se puso en pie y Anne se quedó mirándolo con evidente miedo. —Os sugiero, milady, que os preparéis para una hermosa ceremonia. ¡Y que dejéis de mirarme como si fuera a haceros daño! —añadió con disgusto. Cuando hubo salido de la habitación, Elizabeth cerró la puerta y volvió con su amiga, que estaba sentada inmóvil, y pálida. —No dejaré que llegues a ese extremo —dijo Elizabeth con fiereza. —Sé que no lo harás. Lo que temo es lo que vas a hacer tú. —No está en mis manos —respondió ella suavemente—. Creo que sólo tengo una alternativa. —Elizabeth, me estás asustando. —Ya no tendrás que pasar más miedo. ˜s– Cuando cayó la noche, las noticias ya habían llegado a oídos de John: Bannaster planeaba casarse con lady Elizabeth a la mañana siguiente. Había ordenado que se preparara un gran banquete, y los sirvientes, silenciosos, iban y venían por el castillo. John tuvo que esperar a que los sonidos de la cena que se estaba sirviendo en el piso superior se hubieran calmado para poder subir a ver a Elizabeth. Tomó prestada una capa y se cubrió la cara con la capucha. Conocía los corredores a la perfección y sabía dónde esconderse cuando oía que alguien se acercaba. Por fin llegó a la habitación y llamó suavemente con los nudillos. Nada más abrirle la puerta, John se coló dentro y la tomó entre sus brazos. Para su sorpresa, ella se abrazó a él con fuerza, tomándole la cabeza para poder besarlo. John se quedó inmóvil, no muy seguro de entender qué estaba ocurriendo. Su pene empezó a endurecerse y su cerebro a enturbiarse, pero aun así rompió el beso. —Elizabeth, me he enterado de lo que Bannaster planea hacer. Tenemos que poner en marcha mi plan de inmediato... Ella dejó caer el camisón que llevaba revelando su desnudez, y él se quedó sin palabras. Le miró los pechos, que tan bien se adaptaban a sus manos, y su boca, cuyo sabor conocía. Tragó con dificultad. —No hables, John —le susurró Elizabeth—. Llevo pensando en esto todo el día. Te necesito. Él se despojó de sus vestiduras y la levantó del suelo mientras se besaban. Ella se retorcía y gemía entre sus brazos, rodeándole la cintura con las piernas. Entonces, John la llevó a la cama, se volvió y se la sentó en el regazo. Le acarició una y otra vez la espalda con las manos y al cabo le empujó suavemente los hombros hacia atrás para poder saborear sus pechos. 164 Julia Latham – El engaño del caballero Sus cuerpos quedaron unidos a la altura de las caderas, apretándose hasta lo imposible, y John dejó escapar un gemido al notar que su miembro erecto quedaba atrapado entre ambos. Elizabeth se irguió de pronto y se apoyó en los hombros de él. —¿Podemos hacer el amor de esta forma? Él asintió. —Considérame tu montura, mi pequeña capitana. Y, dicho esto, se reclinó hacia atrás, observando la expresión de asombro de la joven mientras consideraba las infinitas posibilidades que se abrían ante sí, sentada a horcajadas sobre su cuerpo. Empezó a frotarse a lo largo del miembro erecto de John, que cerró los ojos con un gemido. Elizabeth prolongó el juego hasta que él se sintió tembloroso y a punto de perder el sentido. Cuando ella le lamió los pezones, no pudo soportarlo más y la detuvo. —Te necesito —susurró—. Llévame a tu interior. Cuando Elizabeth lo tomó en su mano, John se estremeció. Y cuando notó que introducía su pene en su cuerpo húmedo y caliente, tuvo que recurrir a todo su autocontrol. Mientras todo lo demás se derrumbaba a su alrededor, John quería darle el control, aunque sólo fuera en aquella pequeña parcela de su vida. —Esto es maravilloso —susurró la joven. Se inclinó sobre él, apoyando una mano a cada lado. John le levantó las caderas y la empujó luego hacia abajo, mostrándole cómo tenía que moverse. Mientras ella experimentaba sus propias sensaciones, él le acariciaba los senos, amasando, tironeando, frotándole los pezones entre los dedos. Contempló la pasión que iluminaba el rostro de Elizabeth, la intensidad con que lo cabalgaba en busca de su propio climax. Se incorporó un poco sobre un codo para besarla y, acto seguido, cogió uno de sus pechos y se lo llevó a los labios como si fuera una fruta madura. A cada momento ella se iba tornando más atrevida y John arqueaba las caderas para introducirse más profundamente. Cuando la joven alcanzó la culminación de su placer, John se dejó caer sobre la cama de espaldas sujetándola por las caderas y empujándola contra él unas cuantas veces hasta que también se dejó llevar por su propio orgasmo. Elizabeth se derrumbó sobre su pecho, y él la abrazó, al tiempo que le apartaba el cabello húmedo de la cara y la besaba en la frente, la mejilla, la oreja. Su miembro todavía palpitaba en su interior, instándolo a girar, tumbarla de espaldas en la cama y tomarla de nuevo. —Gracias —susurró ella. Aunque John quería seguir abrazándola, Elizabeth se apartó y se sentó a su lado en la cama, escudándose una vez más tras la sábana. Aquello no era buena señal. —Así que ya lo sabes —dijo ella con voz suave. Él se incorporó y se sentó a su lado, furioso por momentos. —Sí y no permitiré que ese bastardo usurpe mi lugar. —John. —¿Cómo es capaz de hacerlo sin aguardar a que el rey tome su decisión? —John, por favor, escúchame. Cuando Elizabeth le tocó el brazo, él la miró y vio la determinación en su rostro, cosa que no le gustó nada. —No voy a seguir luchando. La voz queda con que habló lo dejó sumido en la confusión. —Elizabeth, ¿de qué estás hablando? Claro que vas a seguir haciéndolo. —No, ya he causado bastante dolor con todo ello. Mi alcaide murió... —Y no fue culpa tuya. Ella continuó como si no lo hubiera oído. —Anne lleva encerrada más de dos semanas. —¡Lo hace para ayudarte! 165 Julia Latham – El engaño del caballero —Y tú... John, tú has arriesgado tu vida por mí una y otra vez. Ahora eres un hombre perseguido. No puedo vivir con ello. Dejó escapar el aliento con un estremecimiento y él se dio cuenta de que con el pelo ocultaba sus lágrimas. —Eso es elección mía, Elizabeth. Estoy destinado a casarme contigo. La joven lo miró con ojos desorbitados. —¡No puedo arriesgarme a que te maten! —Elizabeth... —¿Es que no lo ves? Creía que podía ser distinta de las demás mujeres, que podía manejar mi propio destino. He aprendido la lección por las malas: no soy distinta a las demás. Demasiadas personas dependen de mí y no podría soportar que alguien muriese por defenderme. Voy a casarme con Bannaster. Él inspiró bruscamente, esforzándose por no perder los estribos. Ella no era una mujer que respondiera a la intimidación, pero sí era inteligente y tenía sentido común. Esperaba que su táctica funcionara. —Elizabeth, contigo todo se reduce al control. Vas a hacer esto sólo por no renunciar a tu poder de elección, aunque signifique elegir voluntariamente una condena perpetua de sufrimiento. —¡Eso no es cierto! —Sí lo es. Incluso esta noche has querido llevar la voz cantante durante el sexo que hemos compartido; y lo has hecho por pura desesperación. Ella negó con la cabeza y, pese a que sus lágrimas habían arreciado, John se obligó a afianzar su postura, por mucho que le doliera verla así. —Me estoy rindiendo, ¿es que no lo ves? —exclamó la joven casi sin alzar la voz. —Pero es tu elección, tu poder —dijo John—. No quieres dejar que yo también elija. Tengo un ejército a mi disposición. —Ésta es la única manera de evitar que se derrame sangre, ¿es que no puedes comprenderlo? ¿Cuántas personas más tienen que perder la vida para que yo pueda conseguir mis deseos? ¡Eso no está bien! Las mujeres de cierto estatus tienen que aceptar que no pueden elegir libremente a sus esposos... ¡si hasta me ocurrió contigo! Otros te eligieron por mí. Tal vez ésta sea la última vez que pueda ejercer mi derecho a elegir, pero es mi derecho y mi responsabilidad. —Ya habías tomado esta estúpida decisión antes de verme —dijo él en voz baja y furiosa. Ella se mordió el labio y asintió. —Entonces, ¿para ti esto ha sido nuestro último adiós? Elizabeth cerró los ojos mientras una nueva oleada de lágrimas rodaba por sus mejillas. John se vistió de prisa, mientras ella le daba la espalda y seguía llorando quedamente. Estaba demasiado furioso para compadecerse y facilitarle aquellos horribles momentos. Sencillamente, Elizabeth no confiaba en que él pudiera solucionar las cosas. Mucho tiempo atrás, también él habría dudado de sus posibilidades, pero las cosas habían cambiado. Ahora sabía que su padre sí había creído en él. Por la sangre de Cristo, si hasta había redactado el acuerdo de tal manera que él pudiera optar a la posibilidad de desposar a Elizabeth. La cólera que sentía se disipó al sentir el golpe del dolor ante la pérdida de su familia, a quienes no había podido llorar debidamente. No se molestó en tratar de persuadirla. La conocía demasiado bien y sabía que no cambiaría de opinión. Ella creía sinceramente que estaba haciendo lo correcto, y quién era él para decirle que no tenía derecho a elegir. Pues él era el hombre que la amaba. Y no renunciaría a su compromiso, pero si se lo decía, sólo serviría para que se preocupara aún más. Había un ejército esperando para acudir a liberarla y él haría todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que nadie resultara herido. 166 Julia Latham – El engaño del caballero Se detuvo junto a la cama, contemplando a la joven hecha un ovillo y desesperada. Había dejado de llorar, pero temblaba a cada respiración, como si el mero hecho de vivir le doliera. Le tocó suavemente el brazo y ella se encogió. De nuevo quería distanciarse de él, como si creyera que así se lo pondría más fácil. Finalmente se incorporó al tiempo que se limpiaba las lágrimas, recuperada ya su expresión pétrea e impasible. Quería que la odiara, para que así pudiera seguir con su vida sin pensar en ella. Pero lo amaba; John lo sabía, aunque ella no quisiera admitirlo ante él y puede que ni siquiera para sí misma. En su intento de salvarlo, lo único que le demostraba era la devoción que sentía hacia él. —Adiós, Elizabeth. Finalmente, ella le sostuvo la mirada y alzó la testaruda barbilla para responder: —Adiós. Lo observó mientras atravesaba la estancia y se dio cuenta de que estaba temblando. Lo que empezaron siendo leves temblores, se convirtieron espasmos de dolor cuando John cerró la puerta tras de sí. Pese a lo tensa que sentía la garganta de tanto contener las lágrimas, no lloraría más. Ya era hora de crecer, de comprender que la responsabilidad y el deber eran lo único que importaba. No se le ocurría ninguna otra forma de proteger a su gente, o a John, excepto casándose con Bannaster. Retrasarlo no serviría de nada. Pero se sentía tan frágil como el cristal, como si fuera a romperse en cuanto alguien la tocara. La última caricia de él casi la había puesto al límite. Quería rogarle que la llevara consigo, pero al final, su resolución había prevalecido y, por lo menos, podía sentirse orgullosa de ello. Sabía que lo amaba. Y se trataba de un amor real y adulto, no de la fantasía infantil que siempre había creído que era lo que quería. Tenía que ser real, porque renunciar a ello dolía como si le hubieran clavado una espada en el corazón. Pero lo que más lamentaba era no haberle dicho cuánto lo amaba. Se lavó con agua fría y a continuación se vistió con especial cuidado, deseando poder ponerse uno de sus vestidos. Quería mostrar su mejor aspecto. Porque sabía qué era lo que había que hacer. 167 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 24 Salir del castillo resultó mucho más fácil que entrar. El sol se estaba poniendo; los sirvientes regresaban a sus hogares en las aldeas circundantes, y una riada de personas fluía a través de la torre de entrada abandonando el castillo; los soldados no se molestaban en registrar a nadie. John se puso la capa y optó por salir a paso lento, con los hombros encogidos. En menos que canta un gallo, estaba fuera de los muros, en pleno campo, donde no le costó nada desaparecer en un bosquecillo y alejarse de los habitantes de la villa. Encontró un caballo aguardándolo en el prado de la casa de Rachel. Lo ensilló sin hacer ruido y se marchó. Cuando ya era noche cerrada alcanzó el campamento. La explanada estaba salpicada de hogueras. Al llegar a la linde del bosque, imitó la llamada de la alondra y al momento Ogden y Parker estaban a su lado. Lo condujeron hacia Philip, que daba cuenta de la última comida del día. Lo saludó con un alegre gesto de la mano mientras terminaba de mondar un hueso. John puso los brazos en jarras. —Elizabeth ha decidido casarse con Bannaster. Su amigo tiró el hueso al fuego y se levantó. —Lo que significa que tendrá a tu bebé en casa del enemigo. John frunció el cejo. Philip levantó las palmas de las manos. —¿Qué crees, que no me he dado cuenta del tiempo que has pasado a solas con ella? No pensarías que iba a creer que te estarías quietecito. John se volvió hacia Parker y Ogden. —Llamad a sir Jasper y sus hombres inmediatamente. Los esponsales están previstos para mañana por la mañana. —¿Quieres decir que vamos a atacar? —preguntó Philip, incrédulo—. Lady Elizabeth no quiere... —Por una vez, no es ella quien está al mando —contestó él con determinación. ˜s– Elizabeth llamó a la puerta de Bannaster, la puerta de los que habían sido los aposentos de sus padres. Le abrió su escudero, que se quedó mirándola un momento antes de hacerse a un lado para que el vizconde, repantigado en un sillón cerca del fuego, pudiera ver quién era. Bannaster le sonrió perezosamente. —Puedes decirle a tu señora que enviarte a que me supliques no le servirá de nada. Los esponsales tendrán lugar por la mañana. —He venido por decisión propia —se limitó a decir ella, confiando en que el misterio envolviera sus palabras. El hombre ladeó la cabeza. Acto seguido, le hizo una pequeña inclinación a su escudero, que salió al pasillo cerrando la puerta tras de sí. Ella se quedó totalmente inmóvil. Ni siquiera 168 Julia Latham – El engaño del caballero estaba asustada. Se sentía tranquila, dueña de sí misma. Aquello era lo único que necesitaba para seguir adelante día a día. Bannaster se levantó despacio y se acercó a ella. No era tan alto como John, pero era un hombre formidable, un hombre acostumbrado al poder. En vez de detenerse, la rodeó como si estuviera haciendo una inspección. De nuevo enfrente, le puso el dedo debajo de la barbilla y se la levantó. Ella retrocedió. —¿No quieres que te toque? —le preguntó con una media sonrisa—. ¿No has venido a eso? Ella se quitó el griñón, y la sonrisa de él se disipó cuando vio aquella mata de pelo brillante caer como una cascada de rizos sobre sus hombros. Cuando por fin recuperó el habla, su voz sonó ronca. —Seducirme no detendrá mi boda con tu señora. —No pretendo detener la boda —contestó la joven—. Pero no es con la joven que está encerrada en la torre con quien os casaréis, sino conmigo. El hombre se echó a reír, pero al punto dejó de hacerlo, confuso. —¿Por qué iba a pensar tu señora que yo aceptaría a una sirvienta en vez de a una legítima heredera? —Porque no soy una sirvienta: yo soy lady Elizabeth Hutton. —Buen intento —se burló Bannaster. Elizabeth continuó como si no lo hubiera oído. —Intercambié mi puesto con mi doncella con la esperanza de hallar una forma de frustrar vuestros planes. Pero no lo he conseguido, y ahora me rindo ante vos con el fin de salvar a mi gente. Él la miró sin creerla. —Dile a tu señora que no me dejaré engañar para casarme con alguien que no sea lady Elizabeth. —No es ningún truco, milord. Habéis ganado; me habéis vencido. Podéis preguntarme lo que queráis sobre mis padres o sobre el acuerdo de esponsales que habéis jurado ver anulado. —Es posible que os hayan instruido para hablar así. —Podéis confirmar mi identidad con quien queráis, en cualquier rincón de mis propiedades. He tenido que esforzarme mucho todos estos días para ocultároslo a vos y a vuestros soldados. Mis hermanas estuvieron aquí en vuestra ausencia y tuve que echarlas. ¿No dijisteis que el rumor de la verdadera identidad de lord Russell os había llegado del castillo de Rodmarton? Y ese día que, en estado de ebriedad, intentasteis llevarme a la cama a la fuerza... —Yo no intenté... —¿No os disteis cuenta de cómo se apresuró mi gente a defenderme? El fuego de la cocina lo inició mi cocinera. Él parecía confuso y preocupado. —¿No le preguntasteis a nadie qué aspecto tenía yo? —siguió preguntando ella. —Lady Elizabeth es conocida por su hermosura y su cabello claro. —¿Y de qué color es el pelo de la mujer que aguarda en la torre? A buen seguro que no es claro. Los ojos del hombre cobraron un extraño fulgor al tiempo que su rostro palidecía. —Si me estás mintiendo, no tardaré en descubrirlo por la mañana, antes de la boda. Se cernió sobre ella amenazador y Elizabeth se movió, interponiendo un mueble entre los dos. —Será un alivio para mi gente poder dejar de fingir que no me conoce. No estaba segura de cómo iba Bannaster a descubrir la verdad por la mañana, pero tampoco le importaba. Ahora tenía que evitar lo que pudiera hacer en su cólera. Él le tendió la mano, pero ella se movió a un lado, apartándose de la cama. 169 Julia Latham – El engaño del caballero —Debéis abandonar este acoso de inmediato, milord —dijo con firmeza. —¿Y por qué habría de hacerlo? Me habéis mentido y ridiculizado. Esa gente de ahí abajo se ha estado riendo en mis narices todo este tiempo. —Para ellos esto no es un asunto de risa, sino de vida o muerte, la mía, y también la suya, en caso de que alguien los hubiera pillado en su engaño. Me ofrecieron su silencio por la lealtad que me profesan. Y también os serán leales a vos, si el rey os nombra conde. —¿Si me nombra conde? —No hay garantía. El acuerdo de esponsales estipula que el próximo conde será el heredero Russell. —Y yo le he dejado bien claro lo indigno que es. Deberías alegrarte de que haya expulsado del castillo a semejante cobarde. Pero resultaba evidente que ni él se creía sus propias palabras. John había demostrado ser mucho mejor con la espada. El vizconde apartó de una patada el taburete que se interponía entre ambos. —Os pondré ciertas condiciones antes de casarme, lord Bannaster. El hombre echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. —Ah, nadie como vos para aliviar la tensión del momento. —Seré una excelente esposa. Gestionaré vuestros castillos, seré devota en público y os daré herederos. —¿Y a cambio yo... ? —preguntó él con sarcasmo. —No me tocaréis hasta nuestra noche de bodas. Y tendréis que prometerme que no tomaréis represalias contra mi gente, en especial contra mi doncella y lord Russell. —Ellos me engañaron. —Yo también os engañé. Si no estáis dispuesto a cumplir mis condiciones, me aseguraré de haceros la vida imposible. Frustraré vuestros planes siempre que pueda. Si tenéis intención de acudir a Londres para alardear de haberme conseguido, os convertiré en el blanco de todas las bromas del reino. Se me da bien actuar, como vos mismo habéis podido comprobar. Bannaster entornó los ojos. —¿Y lo único que tengo que hacer es prometeros que dejaré en paz a vuestros sirvientes y a Russell? —Sí, y también a los habitantes de las aldeas cercanas. Les pedí que guardaran mi secreto y ahora puedo convencerlos para que os sean fieles. —¿Y si Russell regresa a buscaros? —Ya estaré casada con vos. Él se apartó y regresó a su asiento delante del fuego. Sólo entonces pudo Elizabeth respirar tranquila, aunque estaba temblando. —Trato hecho —dijo Bannaster al fin, y la miró de arriba abajo—. No quiero vivir un matrimonio desgraciado. Juré que os haría feliz y así será. Empezando por nuestra noche de bodas. El hombre sonrió y Elizabeth necesitó de todas sus fuerzas para asentir y contener las lágrimas. Una vez fuera, en el pasillo, se apoyó contra la pared y dejó escapar un suspiro tembloroso. Bannaster se había mostrado sorprendentemente maleable, teniendo en cuenta cómo lo había engañado. Lo más irónico era que ella siempre había querido un marido al que pudiera manejar a su antojo. Sin embargo con John había mantenido acalorados desencuentros que, de alguna manera, la habían conducido a la relación más íntima que había vivido en toda su vida. Se había enamorado de un hombre fuerte e independiente, y ahora tendría que conformarse con sus sueños juveniles de un matrimonio en el que ella llevara la voz cantante. Una perspectiva que ya no la atraía en absoluto. 170 Julia Latham – El engaño del caballero El desafío que se le presentaba era ver qué se guardaba el vizconde en la manga, y cómo podría ella frustrar lo que quiera que fuera. Y si conseguía dar a luz a un bebé lo bastante pronto, su triunfo final, aunque secreto, sería saber que era muy posible que un hijo de John fuera el próximo conde. ˜s– John aguardaba junto a la torre de entrada, justo antes del amanecer entre una multitud de gente y envuelto en una capa con capucha. Conducía a la primera tanda de soldados, que se habían disfrazado de granjeros, comerciantes e incluso de soldados propiamente. Otro grupo llegaría en una hora. Era una suerte que Bannaster hubiera deseado unos esponsales con muchos invitados, porque una cincuentena de personas llevaba esperando desde antes de que saliera el sol para tener la oportunidad de ver una boda noble. No dejaba de llegar gente por el camino. Se hacían apuestas sobre lo que Elizabeth iba a hacer, pero ninguna de ellas implicaba la posibilidad de una invasión por parte de los propios soldados de Alderley. Cuando las puertas se abrieron por fin, todo el mundo se abalanzó dentro, como una marea humana, desbordando a los pocos guardias apostados a la entrada para controlar a los visitantes. Llevaron a cabo algunos registros aleatorios, pero al final decidieron unirse a la alegría general por los novios. Desde su sitio, cerca de la escalera que conducía a la puerta de acceso al salón, John podía ver cómo sus hombres se abrían paso entre el gentío para ir a ocultarse detrás o en el interior de los edificios situados dentro del recinto del castillo. A lo largo de las siguientes horas, uno a uno, los soldados de Bannaster fueron desapareciendo. Las enseñanzas que habían aprendido de los miembros de la Liga sobre cómo ocultarse y pasar desapercibidos no caían en saco roto, porque nadie pareció darse cuenta cuando alguien agarró a un soldado por detrás y se deshizo de él. Todos habían recibido órdenes de incapacitar en vez de matar, pero tenían que hacerlo rápido. ˜s– Elizabeth descendió de la torre ataviada con el vestido blanco y dorado que había mandado hacer para el día de su boda. Se había dejado el cabello suelto, como una doncella, y se sentía relajada y resuelta. Se negó a pensar en lo que no se podía remediar, por mucho que Anne hubiera tratado de hacer que desistiera de contraer aquel matrimonio. Ella sabía que no podía soportar considerar siquiera lo que jamás llegaría a convertirse en realidad, casarse con John y vivir felizmente con el hombre al que amaba. Anne caminaba detrás de su señora, con actitud sobria, conforme ésta entraba en el gran salón. Era la primera vez que estaba allí desde que fuera encerrada en la torre, quince días antes. Bannaster esperaba a Elizabeth sentado a la mesa del estrado. Se levantó al verla. Todos los ocupantes de las mesas cercanas guardaron silencio mientras la observaban boquiabiertos. Conforme atravesaba el salón, la gente le iba haciendo reverencias e inclinaciones de cabeza, con expresión resignada. Todos comprendían lo que estaba ocurriendo: No así los soldados, que hablaban entre ellos, confusos. La joven vaciló un momento al llegar a la mesa del soldado barbudo que intentara atacarla una vez. Tras quedarse mirándola con los ojos desorbitados un instante, el hombre le dirigió asimismo una inclinación de cabeza, pero no dijo nada. Ella prosiguió, sonriendo a su gente, dándole unas palmaditas en la cabeza al hijo de Adalia, que había echado a correr hacia ella gritando su nombre presa de la excitación. Elizabeth no se molestó en mirar a Bannaster a los ojos ante semejante confirmación le su verdadera identidad. Él no era ningún idiota. 171 Julia Latham – El engaño del caballero Esa mañana, el gran salón estaba más lleno de lo habitual para a primera comida del día. El vizconde debía de haber enviado mensajeros a las aldeas más alejadas con antelación a la boda, porgue no dejaba de entrar gente aun cuando las mesas ya estaban servidas y los presentes habían empezado a desayunar. Elizabeth sabía que debería saludar a todo el mundo, pero se sentía como entumecida... feliz de poder sentarse a solas en vez de tener que trabar conversación con nadie. Si levantaba demasiado la vista hacia los que la rodeaban, empezaría a buscar el amado rostro de John. Rezó por que se hubiera alejado de allí, por que no estuviera en el castillo para presenciar su rendición, porque seguro que los soldados de Bannaster seguían buscándolo. Al final, el vizconde se puso en pie y levantó las manos. Las voces se apagaron al momento, como si hubieran estado esperando aquella señal para hacerlo. Sonrió. —Hoy es el día perfecto para una celebración. Esta mañana, el sacerdote unirá las grandes familias de Bannaster y Alderley. Sólo sus soldados lanzaron vítores y, tras una momentánea mirada de impaciencia, Bannaster continuó: —La verdad ha salido finalmente a la luz y lady Elizabeth ha aprendido la lección. A aquellos de vosotros que conocían su verdadera identidad —hizo una pausa al oír los murmullos que se elevaban entre los presentes—, he de deciros que vuestra lealtad es encomiable, pero a partir de ahora, deberéis mostrarme esa misma lealtad a mí, puesto que hemos decidido unirnos en matrimonio. Trató de aligerar un poco el tono de su voz. —No son las únicas buenas noticias. Acabo de recibir la confirmación de que el propio rey Enrique llegará a tiempo para bendecir este matrimonio. Aunque aún se encuentra a una hora de camino. Elizabeth contuvo el aliento y paseó la mirada a su alrededor con creciente conciencia de lo que estaba ocurriendo. Anne y ella intercambiaron miradas de estupor. ¿El rey estaba en camino? Seguro que Bannaster lo había sabido todo el tiempo, pero no se lo había dicho la víspera. Porque eso lo habría cambiado todo. Elizabeth sintió calor primero, frío a continuación y por último se sonrojó. ¿Qué debía hacer? Hasta el momento, había tomado sus propias decisiones haciéndose pasar por una sirvienta, y también después, al decidir revelar su verdadera identidad, y negociar con el vizconde las condiciones del enlace. Como si hubiera percibido los pensamientos en conflicto de ella, Bannaster se mostró súbitamente atento y no se apartó de su lado mientras los sirvientes recogían las mesas de caballete. No había espacio para toda la gente que aguardaba fuera de la capilla donde se celebraría la boda, tal como decía la tradición. —Me habría gustado que me hubierais informado de la visita del rey —dijo Elizabeth—. Habría acondicionado el castillo. —¿Desde vuestra condición de sirvienta? —preguntó él con sarcasmo. Ella inclinó la cabeza. —Espero que el estado de mi hogar no vaya en descrédito de vuestra persona. Pero el castillo de Alderley era una verdadera joya, uno de los más grandes del tercio occidental del condado, y ambos lo sabían. El vizconde miró alrededor con orgullo, como si lo que veía fuera fruto de su propio esfuerzo. —El rey se sentirá muy complacido —dijo—. Como también e complacerá que hayáis aceptado lo inevitable. Elizabeth inclinó la cabeza. Finalmente, oyeron el sonido de un cuerno en la distancia. La gente salió en tromba al patio a contemplar la procesión de sollados y cortesanos, así como al rey en persona. Elizabeth aguardó 172 Julia Latham – El engaño del caballero en pie al lado del vizconde, junto a las puertas del gran salón, observando la alegre escena que se desplegaba ante sus ojos. El rey Enrique, alto y delgado, sonreía y saludaba con la mano. En él podía verse a un hombre cortejando a su pueblo, puesto que no hacía más que un año que había recibido la corona de su primo, Ricardo III. El monarca subió los escalones del salón y fue recibido por Elizabeth, que le hizo una reverencia, y Bannaster, que inclinó brevemente la cabeza. Enrique tomó la mano de ella y la invitó a levantarse. —Lady Elizabeth, me alegro de volver a veros. Os agradecemos mucho que nos hayáis recibido en vuestro hogar. Allí estaba la última prueba que Bannaster pudiera necesitar sobre su verdadera identidad. El vizconde se puso la mano de Elizabeth en el brazo y siguieron al rey al interior. El castillo se llenó aún más a medida que un nuevo contingente de soldados se mezclaba con los presentes. Ella nunca había visto tanta gente, excepto en las calles de Londres. La temperatura en el interior había aumentado antes aún de que la ceremonia hubiera dado comienzo. Aunque era obvio que Bannaster quería permanecer junto al rey, su capitán de la guardia entró justo en ese momento y lo apartó un poco para hablar en privado con su señor. El vizconde permaneció impasible mientras lo escuchaba, pero dirigió la vista hacia las gigantescas puertas del gran salón y luego de vuelta al rey. Le hizo una inclinación a éste y le dijo algo. El monarca le indicó con un gesto que podía ausentarse y se volvió a hablar con uno de sus consejeros. Bannaster se escurrió rápidamente entre la multitud y abandonó el salón. Elizabeth se quedó observando a Enrique. ˜s– Con el último cambio de la guardia, las ausencias se hicieron finalmente visibles. John había estado vigilando, a la espera de que se diera la alerta y el consiguiente alboroto que se originaría. Pero el capitán de la guardia no era estúpido, por eso, en vez de entrar en el salón dando la voz de alerta, había decidido actuar de manera más discreta. La confusión había aumentado con la inesperada llegada del rey y John deseaba tener una idea de en qué forma esa visita podría afectarlo, pero estaba demasiado ocupado dirigiendo el asalto al castillo. El patio estaba a rebosar con la comitiva tan amplia que acompañaba al monarca. Afortunadamente, la guardia real había seguido a su señor al interior. Ahora que el capitán de la guardia había entrado a comunicarle a Bannaster lo que estaba sucediendo, John sabía que tenía que actuar de prisa. Comenzó a correr la voz entre los residentes del castillo y los habitantes del pueblo de que se pusieran a salvo, bien dentro del castillo o en el pueblo de Alderley. Esperaba que eso aplacara un poco el ánimo de Elizabeth cuando se enterara de lo que estaba ocurriendo. El patio había empezado ya a vaciarse cuando Bannaster apareció en la puerta, con la espada en ristre. Como si ésa fuera la señal que esperaban, los soldados que quedaban desenvainaron las suyas y se agruparon en actitud de defensa, en busca del posible enemigo. El vizconde bajó corriendo los escalones de entrada, blandiendo la espada contra la primera persona que se cruzó en su camino. Era una mujer, que soltó un grito al tiempo que se quedaba paralizada delante de él. Aunque le hizo un gesto para que se apartara, John no podía arriesgarse a que la gente de Elizabeth pudiera resultar herida, de modo que salió de las sombras que le proporcionaba la escalera, con la espada en alto, y se quitó la capucha. —¡Por Alderley! —exclamó en voz alta. Un coro de gritos y vítores le respondió. Aunque Bannaster vio que los soldados de John se volvían en respuesta a la orden, eran muy pocos pata que las fuerzas de Alderley ganaran el enfrentamiento. Pero John se concentró en el vizconde, cuyo rostro se había iluminado a causa de la cólera y la determinación que le habían provocado sus palabras. 173 Julia Latham – El engaño del caballero Bannaster se le acercó corriendo, espada en ristre. Sin decir nada, cargó contra él, pero John contuvo el golpe con su propia arma. El otro arremetió de nuevo, y John lo detuvo, esta vez con su escudo. —Déjalo ya, Bannaster —gritó John—. Yo soy el prometido legítimo de Elizabeth. Pregúntaselo a tu primo el rey. —¡No eres digno de ella! El vizconde descargó varios golpes que John devolvió. Este estaba más que harto de la arrogancia del otro, de modo que optó por lanzarse a la ofensiva y lo condujo hacia atrás en dirección a la escalera. Cuando tropezó y cayó de espaldas, John aprovechó para amenazarlo poniéndole la punta de la espada en la garganta. —¿Pensáis matarme? —preguntó Bannaster con voz tensa, de espaldas sobre los escalones. —Me complacería infinitamente hacerlo, después de ver cómo habéis torturado a Elizabeth —contestó él con los dientes apretados. —¿Elizabeth o Anne? ¿A cuál de las dos queréis? Furioso, John apretó la espada con más fuerza, cortando un poco la piel del cuello del hombre. —¡Alto! —ordenó una voz imperiosa por encima de sus cabezas. John no levantó la vista; observaba atento a Bannaster. Pero reconoció la voz de Milburn, y permitió que el alcaide bajara los escalones. —¡No os acerquéis más! —ordenó entonces. Milburn se detuvo justo por encima de donde se encontraban ellos dos. —¡Señores, tenéis que poner fin a esto! El rey empieza a ponerse nervioso. ¿Querrá alguno de los dos explicarle por qué uno de sus nobles ha muerto asesinado? En una fracción de segundo, John repasó mentalmente todos los posibles finales de la situación, y en ninguno de ellos conseguía a Elizabeth. Matar a Bannaster enfurecería al rey, cuya llegada había arruinado todos sus planes de obligarlo a renunciar a Alderley. Apartó la espada y retrocedió. Bannaster se frotó el cuello con cautela, al tiempo que se incorporaba hasta quedar sentado. —No os he hecho sangre —le confirmó John—. Si os hubiera hecho un corte, lo sabríais. El vizconde se puso en pie y lo miró con agresividad. —¡Milord, el rey aguarda! —insistió Milburn con firmeza. —He ganado, Russell —dijo Bannaster—. ¡Guardias, a mí! Pero sólo dos soldados respondieron a su llamada. Al darse cuenta de lo inevitable, el vizconde subió de espaldas la escalera, muy lentamente, conforme los hombres de Alderley se iban agrupando ante él con miradas hostiles. —El rey se enterará de esto —dijo al llegar a las puertas. —Adelante. Contádselo —lo desafió él—. No tenéis el coraje de sacar a relucir mi nombre. Con una amplia sonrisa triunfal, Bannaster giró sobre sus talones y entró en el gran salón. ˜s– Cuando el vizconde entró, Elizabeth estaba mirando fijamente al rey Enrique, el hombre que podía decidir su futuro. Cualquiera diría que a Bannaster le faltaba el aliento, aunque sonreía cuando rodeó los hombros del monarca y lo hizo volverse para hablar con él en privado, o todo lo privado que se podía estando en presencia de varios de los consejeros reales. Los dos hombres la miraron como si fuera de ella de quien hablaban. El rey Enrique tenía el cejo fruncido mientras escuchaba a su primo, y Elizabeth supo que Bannaster estaba teniendo que luchar para conseguir el beneplácito para celebrar aquel matrimonio. 174 Julia Latham – El engaño del caballero El futuro de ella estaba siendo decidido por dos personas extrañas, cuando Elizabeth siempre había tenido voz en ello. Incluso su decisión de casarse con el vizconde había sido sólo suya. Tal vez el rey pudiera ayudarla, pero tendría que arriesgarse a aceptar otra decisión. La idea de desnudarle su alma y su corazón sin conocer el resultado era lo más aterrador que había tenido que afrontar en su vida. Pero el riesgo valía la pena. ¿De qué le serviría tener el control si nunca podría ser feliz? Despacio, Elizabeth se dirigió hacia el estrado. La multitud se iba retirando para dejarle paso y lo que quiera que vieron en su rostro hizo que el silencio se extendiera sobre la estancia como si fueran las olas de un lago. Vio que la expresión de Bannaster pasaba de la curiosidad a la preocupación y de ahí al terror puro. Trató de tomar al rey del brazo y apartarse de allí, pero demasiado tarde. Enrique también la había visto. Esperó pacientemente hasta que se detuvo delante de los dos, al pie del estrado, y se hincó de rodillas. Su vestido se extendió a su alrededor, resplandeciente a la luz de las antorchas. Las altas vidrieras decoradas también derramaban su luz sobre ella. Había elegido con gran acierto el lugar. Era lo último que podía hacer mientras aún tuviera el control. A partir de ese momento ponía toda su vida en las manos de un hombre. 175 Julia Latham – El engaño del caballero Capítulo 25 John, oculto entre la gente congregada dentro del salón, vio el momento en que Elizabeth echaba a andar de manera resuelta hacia el rey. Sintió como si hubiera fracasado. La gente de la joven había querido luchar por ella, liberarla y liberarse a sí mismos. Y John se había visto obligado a retroceder. Al verla ataviada con su vestido dorado como la legítima heredera que era, el corazón había estado a punto de detenérsele en el pecho. Le parecía que estaba muy por encima de él. Y aun así, la mujer que tan abiertamente le había ofrecido su cuerpo también estaba allí, atrapada en el papel que le había tocado interpretar en la vida, el que ella había decidido honrar. Casi había deseado que lo hubiera visto, para darle una última oportunidad de elegir entre Bannaster y él. ¿O tal vez fuera una última oportunidad para declarar él quién era? Cuando se hincó de rodillas ante el rey en medio de un silencio absoluto, fue como si el tiempo se hubiese detenido. ¿Estaba a punto de perderla en aras de la obligación? ¿O de ganarse su amor? —¡Majestad! —dijo Elizabeth con un tono de voz fuerte y claro. Bannaster trató de reírse de la situación. —Querida, si tan impaciente estáis por que empiece la ceremonia, no hay necesidad de ponerse dramáticos. Estoy seguro de que podemos... —Majestad —repitió ella—, apelo a vos. El rey dio un paso al frente. La pequeña corona de oro que ceñía su cabeza resplandeció a la luz. —Lamento mucho saber que vuestro prometido no ha aparecido, lady Elizabeth, pero es una buena noticia que hayáis decidido resolver la situación en que se encontraba esta gran herencia que habéis sabido llevar con dignidad. —Majestad, no deseo ser portadora de malas noticias, pero no puedo seguir guardando silencio. El vizconde trató de tomar al rey del brazo, pero éste miraba a Elizabeth con el cejo fruncido. —¿Qué es eso que tanto os atribula, señora? —Lord Bannaster afirmó que, con el objetivo de protegerme de otros pretendientes que habían empezado a pelear por conseguir mi mano, tenía que mantenerme recluida, lejos de mis amigos, de mi propio pueblo. Puede que tuviera buenos motivos, majestad, pero recluir es recluir. Los presentes ahogaron una exclamación de asombro y John se acercó más al centro del salón, la mano apoyada en la empuñadura de su espada, oculta bajo la capa. Elizabeth estaba arriesgando mucho al hablar así de Bannaster. —No estabais recluida —resopló éste. —No, pero solamente porque cambié mi identidad con mi doncella en un intento por liberarme sin causar daño a mi gente. Pero, majestad, mi prometido está vivo. Lo amo y deseo casarme con él. John casi perdió el equilibrio de lo atónito que se quedó ante sus palabras. Se estaba arriesgando a recibir la censura del rey, arriesgando su propia herencia, todo... por él. 176 Julia Latham – El engaño del caballero El pecho se le hinchó de orgullo al tiempo que temblaba de pánico por lo que el rey pudiera responder. Éste se volvió hacia su primo sin dejar de fruncir su formidable cejo. —Me dijisteis que no se había encontrado a Russell, que lo más probable era que estuviera muerto. —Es lo que todos asumimos, majestad —se apresuró a decir Bannaster en su defensa—. Es un hombre indigno de lady Elizabeth, que incluso ha sido capaz de abandonarla. Ésa fue la gota que colmó el vaso. John se quitó la capa y avanzó hacia el estrado, donde se arrodilló junto a Elizabeth. Ella lo miró atónita, pero su mirada se tornó maravillada y finalmente enamorada. John reconoció todos aquellos sentimientos en su rostro, porque eran idénticos a los suyos. —Majestad —dijo—, mi nombre es John Russell, noveno barón Russell. He venido a reclamar a mi prometida. Deslizó la mano en la de Elizabeth y le dio un suave apretón. Tenía la piel fría y húmeda, pero la sonrisa que le dedicó lo calentó por dentro. Antes de que el rey pudiera decir nada, todo el salón prorrumpió en vítores que tardaron varios minutos en calmarse. Bannaster se había puesto pálido, y estaba furioso, y la forma en que la miró no auguraba nada bueno para ella en caso de que a John no le concedieran lo que pedía. El rey Enrique levantó una mano y las últimas voces se fundieron en el silencio. A continuación, miró a John muy serio. —Lord Russell, ¿tenéis alguna prueba que demuestre vuestra identidad? Habéis estado fuera varios años y, aunque os parecéis a algunos de los varones Russell que he conocido, no puedo aceptar el parecido como prueba de peso. Él le mostró la mano en la que llevaba el anillo de la familia. Vio que Bannaster se encogía para, acto seguido, erguirse. La lucha no había terminado. —Y yo doy fe de lo que dice, majestad —dijo Elizabeth—. Lo recuerdo muy bien del año en que su familia me acogió en el castillo de Rame. Sir John me lo ha demostrado al recordarme cosas que sólo un Russell podría saber. El rey frunció el cejo y John sintió que la desesperación empezaba a cundir en su interior. No era prueba suficiente. Entonces, uno de los consejeros del rey dio un paso adelante. Era un hombre de baja estatura con una lustrosa barba, que miró a John con gesto de aprobación. —Majestad, yo estaba en París el año pasado por estas fechas, y vi a lord Russell ganar un torneo gracias a una actuación impresionante. Éste es ese mismo hombre. John le dio las gracias con un gesto de asentimiento. —Os lo agradezco, lord Fogge. —El rey distendió un poco el cejo, aunque su tono seguía siendo severo—. Lord Russell, ha llegado a mis oídos que la prosperidad del castillo de Rame ha venido a menos en los últimos años. —Así es, majestad —contestó él—. Y estoy dedicando todo mi esfuerzo a recuperarla, así como la unión de que mi familia disfrutó siempre con su tierra y su gente. —Sólo quiere a la heredera por su dinero —dijo Bannaster con furia. El rey arqueó una rubia ceja en dirección a él. —¿Y el dinero carece de importancia para ti, primo? Bannaster se sonrojó. —No estoy desesperado por conseguirlo. Este hombre ha actuado de forma negligente con sus propiedades, cogiendo dinero de los beneficios de éstas para financiarse sus aventuras por Europa. —Eso es mentira, majestad —se defendió John con firmeza—. En calidad de tercer hijo me vi obligado a vivir de mi espada. Hace no mucho me enteré de que, por una tragedia, me había convertido en barón y heredado una prometida. 177 Julia Latham – El engaño del caballero —He oído hablar mucho de vuestras hazañas —dijo el rey Enrique, mirando a lord Fogge. Ni siquiera a Bannaster le pasó desapercibido el interés presente en la voz del monarca. John hizo una inclinación con la cabeza. —Sabéis que estoy a vuestro servicio, majestad. Haré lo que ordenéis. —Le sostuvo la mirada al rey una vez más—. Pero concededme mi petición; honrar los deseos de nuestros padres. En el tiempo que he pasado en el castillo de Alderley he llegado a sentir por lady Elizabeth Hutton un amor tan profundo como jamás hubiera creído posible. —Mintió para entrar... —empezó a decir Bannaster. John lo interrumpió: —Porque había oído que teníais prisionera a mi prometida, motivo por el que decidí que sería más oportuno entrar de forma sigilosa, majestad. Me pongo a vuestra merced. He aprendido mucho de los errores del pasado, de la desconfianza que sentía hacia mi familia, que sólo había actuado con la mejor de las intenciones al alentar mi estancia en Europa. He aprendido a entender lo que a veces ha de hacer un padre para enseñar a su hijo a hacerse un hombre. Jamás creí que llegaría a ser gran cosa, pero no así mi padre. Por ese motivo redactó el acuerdo de esponsales de tal manera que fuera el heredero Russell, y no uno de sus hijos en particular, quien se casara con lady Elizabeth. Jamás comprendí sus intenciones. —Primo... —comenzó a decir Bannaster, con una brizna de desesperación en la voz. El rey lo hizo callar con una mirada. —Continuad, lord Russell. —Soy un hombre nuevo, majestad —prosiguió John. Volvió la mirada hacia Elizabeth y tomó fuerzas renovadas por el amor que vio reflejado en sus ojos—. Y todo gracias a esta mujer. Su coraje me deja sin palabras. Arriesgó su vida por su gente, mientras que, en el pasado, yo sólo arriesgaba mi vida por dinero. Creía que la aventura y los viajes podrían sustituir a mi familia, que podrían convertirse en mi futuro, pero ella me ha demostrado lo equivocado que estaba. He aprendido de mis errores y no necesito nada más que a ella. Lady Elizabeth gobernó este castillo y la infinidad de propiedades que de él dependen desde que murieron sus padres, mientras aguardaba mi llegada. Lamento profundamente no haber podido llegar a tiempo para ahorrarle la preocupación del encierro en la torre, su miedo por el futuro. Ganarme su amor es mi objetivo en la vida. Permanecer a su lado como su igual es lo único que pido. Elizabeth le tomó la mano libre y, arrodillada como estaba, lo miró. —Lord Russell, prometido mío, ya os habéis ganado mi amor, y lamento mucho que mi miedo al futuro me impidiera ofrecéroslo antes. El cerró los ojos lleno de gratitud. ¿Qué había hecho para merecerla, para merecer aquella dicha? Se llevó su mano a los labios y se la besó con reverencia. No había esperado volver a tocarla, ni imaginado que ella se le ofreciera tan libremente. —Majestad —dijo ella, sin dejar de mirar en ningún momento el rostro de John—, este hombre vino a Alderley sin ejército ni recursos por culpa de las desgracias de su hermano. Arriesgó su propia vida pese a que no nos habíamos vuelto a ver desde que éramos niños. El honor y el coraje que ha demostrado se ha ganado mi corazón. Jamás pensé que ningún hombre merecería mi devoción, pero de buen grado le ofrezco a John Russell mi amor, mi hogar y mi vida entera. Sé que sabrá cuidar de todo ello. Los vítores eran ensordecedores y el rey Enrique tuvo que levantar ambas manos para acallar a la multitud. Bannaster se dejó caer en un sillón, la barbilla apoyada en un puño con gesto de abatimiento. —Mandé que os investigaran, lord Russell, y ha quedado demostrado que no tuvisteis culpa alguna en los errores que cometió vuestro hermano. Vuestras órdenes para las labores de restauración del castillo de Rame son sensatas, y el dinero que ofrecisteis para ello más que generoso. —Sonrió ampliamente—. Bastante incluso para pagar los impuestos que debéis a la corona. 178 Julia Latham – El engaño del caballero Casi sin atreverse a albergar aún esperanzas, John se obligó a devolverle la sonrisa. —Por supuesto, majestad. —La experiencia que habéis adquirido en Europa no hará sino repercutir positivamente en las hazañas de mi ejército, por lo que teneros al mando de Alderley me parece de lo más oportuno. Elizabeth le apretaba las manos tan fuerte que seguro que debía de tener los dedos entumecidos. ¿Sería verdad? ¿Habían ganado el favor del rey? La voz del rey Enrique se alzó de pronto. —Doy mi permiso para que se lleve a cabo lo estipulado en el acuerdo de esponsales entre Russell y Alderley. Elogio a mi primo por haber mantenido a salvo a una gran heredera. Dijo esto último al tiempo que lanzaba una mirada divertida a Bannaster, que se limitó a sonreír con gesto tenso. —¿Celebramos la boda? —preguntó el rey. —Pero majestad, las amonestaciones... —comenzó John. —Podéis utilizar la licencia especial que compró mi primo. Mi firma bastará para verificar el cambio del nombre del novio. John ayudó a Elizabeth a ponerse en pie. —Contáis con toda mi gratitud, majestad. —Siempre y cuando yo pueda contar con vuestra espada cuando así lo requiera. —Por supuesto. Enrique se volvió a darle unas palmaditas en el hombro a su primo, dejando a John a solas con Elizabeth. Todos los presentes se prepararon para la boda. Una encantadora mujer de pelo oscuro sonreía a Philip mientras hablaban como si fuera viejos amigos. Debía de ser la doncella de Elizabeth, Anne, que tan valiente había sido al aceptar quedarse en la torre. John quería conocerla, pero dado que, por el momento, nadie los estaba molestando, decidió tomar a su prometida entre sus brazos. —Has sido muy valiente al enfrentarte al rey de esa manera y contarle la verdad. Ella se encogió de hombros. —No más que tú, al regresar al castillo por... ¿tercera vez ya? ¿Qué pretendías hacer? Entonces fue John quien se encogió de hombros. —Para serte sincero, no estaba solo. Tus soldados me han acompañado, disfrazados. Elizabeth se quedó mirándolo boquiabierta. —Pero te dije que... —Ya sé que no querías que hubiera violencia, pero contamos con la colaboración de la Liga del Acero para entrenarlos y querían ser útiles. Habíamos quitado de en medio a la gran mayoría de los hombres de Bannaster antes de que éste saliera. Les di órdenes expresas de que no mataran a nadie si podía evitarse. Ella abrió los ojos desmesuradamente. —¡Bannaster ha salido del salón un momento! Pero no ha dicho nada al regresar. —Eso es porque amenacé su garganta con mi espada hasta que Milburn nos interrumpió. No quería admitir su derrota. El plan era hacerle ver lo inútil que era luchar contra mí. La llegada del rey cambió las cosas. ¿Cómo iba a matar a su primo? Entonces sí que no habría tenido oportunidad de ganar tu mano. —¿Y habrías soportado estar delante cuando me casara con él? —le preguntó ella con suavidad. John esbozó una amplia sonrisa. —Me alegro de que no lleguemos a saberlo nunca. Philip carraspeó a su espalda. —John, hay alguien aquí que pregunta por ti. Él se obligó a soltar a Elizabeth y frunció el cejo. —Pero no... 179 Julia Latham – El engaño del caballero —Un miembro de la Liga os espera a ambos en vuestra habitación. John iba a decirle a Philip que la Liga podía esperar, pero su amigo lo miraba con un gesto de gran solemnidad, algo inusual en él. Elizabeth le dio unas palmaditas en el brazo y le sonrió. —Sólo será un momento. Vamos antes de que el rey se dé cuenta de nuestra ausencia. ¿Cómo podía negarse? Philip los acompañó hasta la habitación, pero sólo porque John insistió en ello. Dentro, el hombre de la Liga los esperaba delante del fuego, las manos enlazadas a la espalda. Sonrió a Elizabeth. John la miró. —Éste es el hombre que ayudó a entrenar a tus soldados. Me gustaría presentártelo, pero en realidad él no se ha presentado formalmente en ningún momento. El desconocido besó la mano de Elizabeth y ella se lo permitió, al tiempo que decía: —Os estoy muy agradecida, amable señor. —Me temo que de poco ha servido nuestra ayuda, dado que vosotros dos os ayudasteis solos. Lord Russell, esta situación podría haber sido una sangría, pero entre los dos habéis encontrado una solución satisfactoria para todos, excepto, tal vez, para Bannaster. —Su sonrisa se desvaneció, y contempló a John con solemnidad—. Lord Russell, hemos quedado muy impresionados con vos. Nos gustaría que formarais parte de la Liga del Acero. Elizabeth ahogó una exclamación. —Señor, no puedo aceptar vuestra oferta —dijo él. —¿Qué? —Philip avanzó un paso—. Por todos los santos, hombre, ¿es que eres tonto o qué? Este honor sólo se ofrece en circunstancias extraordinarias. —Observó al desconocido expectante, pero como éste no dijera nada, Philip dejó escapar un fuerte suspiro—. Ya que no puedo ser yo, me gustaría que fueras tú. —Pero es que me voy a casar dentro de un rato —contestó John—. No abandonaré a mi esposa. —Sólo se solicitan los servicios de los miembros dos veces al año —explicó el desconocido—, y nunca durante un período superior a dos semanas. —No podría... —John —intervino Elizabeth—. No tienes que demostrarme nada. Ya sé que tengo tu corazón y tu devoción. Pero ésta es una oportunidad para ti de ayudar a otras personas igual que me has ayudado a mí. Eres un guerrero del rey y la Liga está del lado de la justicia. Aunque no trabajen para el monarca, éste no querría que lo rechazaras. —Elizabeth, ¿cómo voy a dejarte aquí sola? —susurró John. —Igual que lo harás cuando tengas que asistir al Parlamento, yo me encuentre en avanzado estado de gestación y no pueda viajar. Todos aceptamos riesgos a diario. Tú eres un caballero, mejor entrenado que la mayoría. Confío en que sabrás cuidar de ti mismo y disfrutar de las aventuras que te correspondan. No está mal pedirle a la vida algo más que un matrimonio satisfactorio. Quiero que seas el hombre que eres. —Acepta —lo instó Philip. John miró a las tres personas que había a su alrededor, en último lugar al desconocido, que aguardaba pacientemente, como si ya. hubiera pasado por aquello incontables veces. —Está bien, acepto vuestra oferta. Pero ni se os ocurra venir a buscarme hasta que lleve casado por lo menos seis meses —le advirtió. —Entonces comenzará vuestro entrenamiento —contestó el hombre con una sonrisa. Dejó que Philip lo condujera fuera de la habitación, escuchando todas sus preguntas con suma paciencia. John abrazó a Elizabeth y la besó en la frente. —Te quiero. —Yo también te quiero. —Le tomó el rostro entre ambas manos y lo echó un poco hacia atrás—. Ese no ha sido un beso como Dios manda. 180 Julia Latham – El engaño del caballero —¿Ya me estás diciendo lo que tengo que hacer? —preguntó él, riéndose. —Sobre algunas cosas, tal vez —dijo ella, dándole un amoroso beso—. Yo podría haber sido la que hubiera estado encerrada en esa torre, con la cabeza en las nubes, pero tú me hiciste bajar a la Tierra y me mostraste lo que es el verdadero amor. John sonrió de oreja a oreja. —Me alegra que pienses así, cariño. Pero esta noche puedes darme todas las órdenes que desees. Elizabeth suspiró y dijo en un susurro: —Esta noche estaré más que feliz de que tú tomes las riendas. Fin 181