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UNA

(1IIRIS WICKHAM

HISTORIA NUEVA DELA

ALTA EDA D MEDIA

Europa y el mundo mediterráneo, 400-800

Traducción castellana de Tomás Femández Aúz y Beatriz Eguibar

CRÍTICA

BARCELONA

J

12

UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA

luyar cuando se compara la literatura secundaria de una región con la de otra. En los próximos nueve capítulos continuaremos ocupándo­ IIOS de problemas relacionados con la temática comparativa, y estas diez regiones serán sus elementos fundamentales: el objetivo de esos capí­ tulos consiste en mostrar de qué modo puede establecerse entre dichas regiones, en cada caso, bien un paralelismo, bien una diferencia. En el t.•npftulo 11 se ofrecerá un resumen de cada una de las regiones, y en los capítulos 11 y 12 se concretarán las conclusiones generales de nues­ t ru comparación.

Capítulo 3

LA FORMA DEL ESTADO

El estado ofrecía un marco para las actividades de los terratenientes

y los campesinos, asunto este en el que se centra el grueso de este libro.

Los recursos y la capacidad de asociación política de cada sistema gu­ bernativo, la esfera pública que ofreciera, determinaban en todas partes las preferencias de los aristócratas, y de hecho su identidad misma. El protagonismo local de cada organización política --esto es, el grado en que los gobernantes y sus funcionarios fueran capaces de intervenir en los asuntos locales, junto con su interés en hacerlo, ya fuera a través de la detección y la eliminación de problemas o mediante una acción legal formal- configuraba de igual manera, y también en todas partes, la

conflictiva relación entre señores y campesinos (y, de hecho, las recípro­ cas entre señores y señores por un lado, y entre campesinos y campesi­ nos por otro). Sin embargo, lo que debe señalarse desde el principio son los modos en que los estados pueden diferir unos de otros. Son dema­ siados los textos dedicados al análisis político de la alta Edad Media que hablan de unas estructuras políticas homogéneas y que presentan

a los reyes como si fuesen muy parecidos -ya gobernaran en un único

condado inglés o en toda Francia, o ya dominaran Francia en el siglo VI

o en el siglo x-, o que ún icamente encuentran diferencias en los cam­

bios de actitud de los clérigos en relación con la política laica. Una de las a f i rmac iones fundamentales de este capítulo es que el elemento dia­

crftico determinante se encuentra en las fuentes. En este capflulo distinguiremos tres tipos de organizaciones políti­ cas. En J ll lltll:r luga1, las dl' los l'stados fuertes, el imperio romano y sus Sllt'l'SOH'S tulliW y IHt.lultlllo, qur Vtl'IOill'lld rvginlt'll fiscu l v t•n l'l t· iér

tulliW y IHt.lultlllo, qur Vtl'IOill'll d rvginlt'll f i s c u l v t•n l'

(111 1 IIH 1 1 11111111 1 1 Jl('f'IIISII llllll' l 'l'lllll\ 1111' 11 111 ti ' l llt � ' llllllll l/111 1'1 p11d11

p1 1IIIH'Il 1�11 .'i1'g11 nd1 1 lugr11, l11�; d1· 11 1

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111 ltuliu lonthmdn y la Espnll:l visi�odu. pmv1s1os lodos el los de un ejer·

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II H'IIIIIII' t'llll 111 Sl'llll'JIIIIh', 1 �11 t'IIIINl'l'lll'llllll, pn'Nl'lltll llllil Sl'l l l' dl' p11

l'(lllll'ti'IIN pum dl'l'inil' 1111 tipo ideul d1• •<eHtndo)), insp1ntdo, 1'1111 nlgun11

va1 iat'i()ll, t'll los que Sl'llHitllt l lcnri Clacsscn y W. < i. R u 1H.:imun: lu l'l'll

lr:dii'.aci<'m de la legflinw autoridad ejecutuhle (justicia y ejercito); u1111

ll:ÍIIIll'l 1'1 111111110 �l'l l l ltlllll'OS 11111

lll l¡llll tlllltl'" l'l liiiO 111 ( J:d111

lnlllt'

llllt•prudo por terratenientes pero lalnhit•n dt· unn s1 ílnoción del especialización de los roles guhenwmentales unida a una jcmrqufu oli

l'll'l ' l' lt'io del poder publico como fuente de kgitimaci6n política, una

IIIWiún heredada del mundo romano. En tercer lugar, las de los sistemas

p1 1'l'stntales del ámbito norteño que en este libro son los reinos de In­

p lnl l'll a, (lales, 1 rlanda y Dinamarca , en los que la condición central

dr l11 nmnarquía tuvo durante largo tiempo un carácter mucho más ad

l11w y lll llt : más personal, pese a que los reyes y los jurisconsultos

de

personal, pese a que los reyes y los jurisconsultos de l n glntc1 rae Irlanda t

l n glntc1 rae Irlanda t u vieron al menos la posibilidad de promulgar guías

ll'gnles en las que se estipulaba el modo en que la sociedad debía regu­

lmsc a sí misma. Para el año 800, en Inglaterra, y posiblemente también l'll Dinamarca, algunos reyes eran ya lo suficientemente ricos y pode­ msos como para reclamar un espacio político más amplio que éste, pero 111111 sigue siendo raro que podamos decir gran cosa sobre sus recursos, o sobre cómo actuaban en la práctica. Por esta razón, este capítulo no someterá a debate la tercera categoría de los sistemas políticos: sus pro­ hkmas se comprenden mejor en el contexto de las más amplias con­ tmversias relacionadas con la riqueza, el poder y la acción política de la nnstocracia, y se examinarán con más detalle en el capítulo 6. Aquí, nos l'OIIt'enlraremos en las diferencias existentes entre los estados fuertes y h1s d�hiles, cuya distinción fundamental reside en el papel desempeñado

p1 11 el sistema tributario.

;,Qué es un estado? No es una cuestión que haya preocupado gran­ lll'lllente a los historiadores romanos, ya que cualquier definición del 1111perio decretaba que éste era una unidad. Sin embargo, los estudiosos de la alta Edad Media se inquietan por este asunto, puesto que son cons­ cientes del carácter informal y personal de las relaciones que constitu­ yen lo esencial del ej ercicio de todo tipo de poder en la época que les ocupa -es decir, son conscientes de que el proceso político que condu­ t·e al estado se halla fundamentalmente falto de institucionalización, in­ l'luso en tiempos de gobernantes tan poderosos como Carlomagno-. El mero hecho de que se utilice la palabra «estado» parece implicar, a ojos de algunos eruditos, una teleología encaminada al establecimiento o restablecimiento de estructuras burocráticas de corte «moderno», o, ul menos, de una escala de valores en la que el estado moderno ocupa la cúspide y los simples sistemas políticos la base. ' Lo que aquí me pro­ pongo es diferente: consiste en establecer criterios para comparar lo se-

cial que sobrevive a las personas que ocuparon algún cargo oficial en

cualquier momento dado; la noción de un poder público, esto es, de u11

sistema de gobernación ideológicamente distinguible de la población go

bernada y de los propios individuos gobernantes; la existencia de recur­

sos independientes y estables en manos de esos gobernantes; y un siste­

ma de extracción y estratificación de excedentes basado en las c l ases sociales. 2 Estos elementos nucleares caracterizaron tanto a las formas de gobierno fuertes de la época romana y del Mediterráneo OJiental de la alta Edad Media como a las organizaciones políticas débiles del Occi­ dente romano-germánico. Así, por ejemplo, pese a que en el Occidente altomedieval el poder local se encontrase en la práctica en manos de las élites locales, que poseían una cierta autoridad legítima, todas estas éli­ tes (o casi todas) se hallaban en esta época legitimadas por sus vínculos con la esfera pública del poder. Dado que los principales reinos roma­ no-germánicos pueden de hecho definirse de esta forma, los l lamaré «estados» sin más. É ste es un ej emplo del tipo de debate que sustentan los parámetros indicados. No obstante, el hecho de que dichos paráme­ tros puedan aplicarse de modo general a los dos primeros conjuntos de organizaciones políticas señaladas más arriba implica que no es necesa­ rio someterlas aquí, una por una, a un examen detallado. En el capítulo 6 (páginas 435 y 436), cuando observemos los sistemas políticos de la Europa septentrional, que en la época que nos ocupa no tienen en abso­ luto un fácil encaje en el modelo estatal, volveremos a ocuparnos del modo en que se interrelacionan dichas organizaciones. Con todo, cons­ tituyen la médula de los análisis que realizamos en este capítulo. Ya he abordado la importancia del sistema tributario en artículos anteriores de los años 1984 y 1 985 centrados en la caída del imperio ro­ mano de Occidente y en la relativa estabilidad de los imperios de Asia. 3 Sugerí entonces que el principal cambio concreto que se produjo cuan­ do se desmembró el imperio de Occidente fue la descomposición del sistema tributario, ya que un sistema político basado en la exacción de impuestos posee una estructura básica fundamentalmente distinta a la de un sistema político sustentado en otros cimientos. En un estado que responda al tipo ideal de estado de base fiscal, en el que la riqueza se obtiene (prácticamente) de todo el mundo, el sistema fiscal proporciona

l,

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IINI\ III'.IClltl¡\ Nlll VI\ 111

1

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1111,\1 1

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1111

fllrHLIIII<' Iltll lll<kjll'lldll•llll' 111 p1 11l· 1 polltÍlll, 1111 llllldiiiiH'IItii/H'flll

1 ndo dt• lo hm'llll voluntml d<• 111 IIIINtoclllt'lll, yu qut• 111 pngu dt· l cjercito P' oct•<k dircct:Hm·utt• de las un.·11s puhlicns, y es 111111 co111pleja hu mera < 1 11, hnhitunlmente asalariada 11 su vez. la que maneja el proceso de la ll'<' llllduci6n de los impuestos {asf como otros aspectos de la adminis­

tmnon y del derecho, que, en consecuencia, también pueden operar en

p rr uc ipio al m arge n de los interese s aristocráticos) . Esta separación enlre

l'l t·stndo y la aristocracia es rara vez completa, ya que la aristocracia llunhlt'll tiende a dominar la administración fiscal y militar, aunque no M'll IIIHS que por el hecho de que todo cuanto guarde relación con el sis­ t<'llla tributario es una fuente extremadamente fiable de enriquecimiento, lt•gnl o ilegal; ade más, el desempeño de un cargo público puede ser igual­ IIH'Ille. y de hecho acostumbra a serlo, un importante elemento de la rondieión aristocrática misma. No obstante, la complejidad del estado t•s tal que existen muchos niveles de mediación entre el interés del go­ lwlnante y los intereses de los aristócratas; además, la riqueza del esta­ do es tan grande que logra conservar durante largo tiempo la lealtad y la illlplicación de los aristócratas. Los gobernantes que re caudan impuestos también cuentan con una crucial ventaja respecto a aquellos que tie­ lll'll a su cargo: en caso de que falle su fiabilidad, ya sea como re sultado dt· la deslealtad, la corrupción o la simple ineptitud, pueden sencilla­ lltt•nte destituirlos y dejar de pagarles su salario. Este procedimiento l uul'iona, por mal que operen los demás mecanismos de control cruza­ do tll' los poderes, en todo sistema que se asiente en la fiscalidad. Los ., u hd i tos no cuentan, en cambio, más que con un único re curso práctico: el dt• la su sti tución de l gobernante, mediante rebelión o golpe de mano. Las 1111t onomfas re gionales, en parti cular, resul tan difíciles de crear, a me­

uos que las propias estructuras del estado puedan regionalizarse, ya que todo cabecilla re gional ambicioso consi derará que apartarse de los po­ deres encargados de la re caudación de impuestos sería un empeño ca­ rente de sentido. En la práctica, es un hecho que en la historia de todo sistema de re caudación fiscal, desde el imperio roman o al califato abasí y a ulteriores gobiernos, se ha producido el derrocamiento de determi­ nados gobernantes y se ha asistido a la fragmentación de algunas pro­ vincias. Sin embargo, la maquinaria estatal siguió radicada en el centro, incluso en el caso de que sus gobernante s fueran reemplazados o hubie­ ran de enfrentarse a actos de desobediencia. Comparemos esta situación con la del tipo ideal de un estado basado en la propiedad de tierras (o en la renta de los terratenientes): en este cuso, el grueso de la riqueza de que dispone un gobernante no deriva

grueso de la riqueza de que dispone un gobernante no deriva l lllhlllliCIII, HIIIU IIIIIUIIlll'llll' dl•
grueso de la riqueza de que dispone un gobernante no deriva l lllhlllliCIII, HIIIU IIIIIUIIlll'llll' dl•
l lllhlllliCIII, HIIIU IIIIIUIIlll'llll' dl• ft11> fluhitlllltl'l'l tJIIl' p11 IIIIHH
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HIIIU IIIIIUIIlll'llll'
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p11
IIIIHH ll�'lrtiS qut•l'l (IIHIY
llll'llllll'lltl'
l'lfll) l'OII(IIllil
dl'
también el
principal sostén de
toda uso­
polfticu.
Lu administración es
más simple,
pues
no
existe
siste

dt•l (.'lliiJIIIItU dt•lll

g1111 llllllll'lltll por

l'otma direelu, y esu riqueza es

l'im:i(m

IIHt

tributario

o éste es

muy rudimentario.

Los

principales funcionarios

del gobernante son

sus

representantes

locales y

los

capitanes

de su

e:jército,

y

también el

los

fundamentan

su posición en

la propiedad de

t1er ras, como de

hecho sucede con

la totalidad del ej ército. To das las

recompensas políticas están dominadas por

una

«po lítica de tierras»

-cesiones de tierras y de sus rentas a funcionarios

o a otros

aristócra­

tas

poderosos, en trueque de su

lealtad

.

En este caso

los gobernantes

se nfrenta�

la

dos problemas fundamentales. El primero estriba

política:

en que

tierra es firnta, excepto en ]as épocas de expansión

en esencia,

cuanto más posea yo, menos poseerás tú. Los gobernantes

pueden con­

seguir la lealtad de sus seguidores mediante la realización de

una ronda

de concesiones de tierras, pero el re sultado es que después es ya menos

lo que pueden dar, lo que quizá los vuelva menos atractivos con

el paso

del tiempo. Además, la tierra, una vez dada, sean cuales sean los ténni­

nos legale s de la donación, es difícil de re cuperar, excepto por

la fuerza.

Los gobernante s han descollado, con mucha frecuencia,

en el uso de la

fuerza -las sociedades de este tipo tienden a estar muy militarizadas

y a profes ar un notable respeto a la crueldad. Con todo,

a largo

plazo,

.

en ausencia de guerras de conquista, o de ese tipo de guerra civil en el

que uno de los bandos obtiene una victoria tan

abrumadora que queda

en posición de confiscar tierras a gran escala y de volver a iniciar

el ci­

clo, estas organizaciones políticas corren el riesgo de debilitarse. El se­

gundo problema radica en la fragmentación regional:

en ausencia

de

una red capilar de controles administrativos, y

a menos

que

el centro

sea particularmente poderoso y eficaz, es poco lo que puede impedir que los funcionarios regionales incrementen su autonomía y declaren quizá,

al final, completamente rotos sus lazos anteriores. De nuevo, esto puede

con frecuencia

con trarre starse por medio de la fuerza, y así ha ocurrido

a lo largo de los

siglos. Aún más frecuente ha sido

neutralizarlo me­

diante la generación de

una

cultura política,

es decir, de

un conjunto

de supuestos relacionado con la definición de la acción política legíti­

ma así como con el modo de caracterizarla y de simbolizarla, que favo­

rezca más al poder central que al regional -ya

puestos en la posición social atribuida al hecho de ser agasajado por

descansen dichos su­

el

rey en

los banquetes que ofrece o en las celebraciones

de Pascua que

convoca, ya en la importancia ideológica asociada a la lealtad política

11 H

1 1 H IINA I II S ' HI H I A NllltVA 1 11 '

IINA I IIS'HIHIA NllltVA 1 11 ' I.A Al lA 111 1Ail MI'IIIA

incondidonal, o aún �n la eoncesión de u11 l ' lll lgo muyor ni hl·cho d� ser

uno d e los aetores de la polfliea del gob ie rn o central que al d� ser uno

de los dirigentes regionales (los sistemas políticos han mostrado dife

rendas respecto a cuál de estos elementos, junto con ot ros, resultaba

más importante, pero todas las formas de gobierno han tenido que ope­

rar con uno o más de ellos para tratar de evitar un tot al fracaso). Con

lodo, los riesgos corrientes de un sistema basado en la posesión de tie­

"''" son, caso de no intervenir otros factores, la debilidad estructural y

lus tl·ndencias centrífugas.4

A<.:ubo de presentar estos dos sistemas como tipos ideales: en la reali­

dud histórica, son muchas las formas de gobierno que han manifestado

p< lseer elementos de uno y otro. Incluso los emperadores romanos eran al

mismo tiempo grandes latifundistas, y las rentas que percibían eran sig­

nificativas, pese a que sus ingresos fiscales las hayan eclipsado siempre.

Y lo que es más importante, la mayoría de los sistemas basados en la

posesión de tierras se las han ingeniado para recaudar cuando menos

algunos impuestos, aunque no fuese más que a través de los aranceles

aduaneros y de las sanciones judiciales; han pagado al menos a algu­

nos de los funcionarios a su cargo (a los mercenarios, por ejemplo); y

han sido asimismo capaces de negociar el intercambio de dádivas de jo­

yas, una práctica que constituía una parte relevante del ritual cortesano.

(Este intercambio también revistió importancia en las organizaciones

políticas anteriores a la existencia de los estados.) No obstante, la distin­

ción básica entre ambos sistemas, el de tributos y el de terratenientes,

me parece fundamental, y es en este marco en el que quisiera proceder

a indagar el detalle de los diferentes protocolos y procedimientos adop­

tados por diversos estados en la época comprendida entre los años 400

y 800, a fin de poder compararlos. En particular, el poder adquisitivo, y

la escala geográfica, de los estados de base fiscal era, en la mayoría de los

casos, muy superior al de los estados fundamentados en la posesión de

tierras, lo que, a su vez, tuvo un considerable impacto en los intercam­

a su vez, tuvo un considerable impacto en los intercam­ bios, como veremos más adelante en

bios, como veremos más adelante en este libro.

Este capítulo es más empírico que teórico. Respecto a las implicacio­

nes teoréticas de la distinción aquí indicada, el lector puede remitirse a

los artículos anteriormente citados. Sin embargo, es preciso añadir que

hoy, veinte años después, y a pesar de que seguiría manteniendo los plan­

ll'Uillicntos básicos de mi argu ment ación, me gustaría matizar la forma

t'll que entonces desnrrol ll' lu oposieión entre los impuestos y las tie-

rus en t r�s as¡w<.·tos pt in l' l pu lt· N . Hn primer lug ar, sos lu w l'lll<>n<.·es

1
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ten1 1 i nos 1 1 ' 1 lllitrxistas. que opo11111 pos¡· 111ko dl•l sisll:111a sociul.

pos¡·

111ko dl•l

sisll:111a

sociul. l'llll�-tldnudo l'll

los siste111as de base l rihul:u iu u

sistemas futH.lamentados en la

ston de

tierras,

sistemas que

definí,

respectivamente,

como

los ntodo:-.

de producci<>n antiguo (o tributario) y feudal. lloy

me

relrael aríu

de l':-.:1

posici6n,

como consecuencia de las

críticas de 1

Jalil Berktay

y

dt· .Jolln

l

l a ldon:

mi parecer actual es que los dos

son

subtipos de

un

mismo 1 1 1odo

de

producción,

ya

la fuerza

que ambos

en caso

se basan en

de la

el excedente agrario

mayoría

ollll'

En Sl'

nido, por

gundo lugar,

nec e sario,

campesina.

postulé entonces que

el mo m ento de cambio

en Oc<.:idl' llll'

se

produjo principalmente en

el siglo

v, cuando en

la crisis de

las invu

siones y divisiones del imperio occidental, las aristocracias locales dej a ron de mostrar interés
siones y
divisiones
del imperio occidental,
las aristocracias
locales dej a
ron
de
mostrar
interés
en recaudar -o
en pagar-
unos
impuestos ton
los que
ya no
se financiaba
una
cumplida
defensa militar, y
en coiiSl'
cuencia
se adaptaron
a las
nuevas estructuras
políticas germánicas. li
bres ahora de
toda dependencia
tributmia:
«la
causa de que los
ej ércitos
germánicos
terminaran fundamentándose en
la posesión
de t ierras
Sl'
debió a que
los mecanismos
imperiales de recaudación de impuestos
w1
estaban fallando».5
Hoy creo que
este planteamiento es,
en térmi11os
empíricos y
en el
mejor de
los casos,
cierto
sólo
a
medias: en
su muyor
parte,
los ejércitos
germánicos
terminaron
fundamentándose
efectivo
mente
en
la posesión de
tierras,
pero
la recaudación de impuestos w1111
nuó
también durante
algún
tiempo,
como
veremos;
en
su
conjunto,
l'l
proceso
era
muy similar, pero
duró bastante
más
de
lo que yo
mis 111o
creía
en
el año
1 984. En
tercer lugar,
la oposición
entre
un régimen
th:
salarios o de posesión de tierras en el. ejército, oposición
en la que se sus
tenta la
intensidad
de
ese cambio,
es
demasiado
abrupta. Hay
mucltus
formas de
financiar
un ejército,
y
son
relativamente pocas las
que dd1
nen
un ejército basado únicamente en las tierras o únicamente
en
los s:1
!arios. Los
ejércitos «feudales»
de
la Inglaterra del siglo XII
estab an
n:
plctos
de mercenarios;
y a
la
inversa,
el imperio
romano
daba
tierras
a
los
veteranos,
y de
hecho
a varios
tipos diferentes de
tropas en
activo.
De todas
las organizaciones políticas que se examinan en
este libro, tan
sólo
los estados omeya
y
abasí confiaron
en
un ejército
enteranwnll'
asalariado.6 Lo que sucedió en Occidente en los siglos
v
(y
Vl) fue
qul:
t•l
�qu ilih rio entre
el dinero
y las
t
i
erras
experimentó
un
vuelco:
d� 1111
l'j� rcito que se
sostenía
IHísimlllellt<'
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la
paga (aunque
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Kllplllll' 1111 l'lllllhio 1111H ho llll'IIWI lliiiHl'll, jll'Nl' 11 Hl'l.f.llll NII'IHio, 1111 ohH llllllt•, 111111 ulhll'lll'iflll dl• siguilkudo L'l lll'iul. Bll l'l prti'I'UI'o 111\(l'lilll' lw ulilizudo In pnlnhm c<f'L'Ildlll>> de dos f'l>lllHIS tli�o�tiutus: pura dcliuir un sistc1nu ccon6mko en su conjunto, en tanto que 11todo dL· producción, y pura caracterizar los ején.:itos de la Inglaterra del Hlglo XII. En realidad, puede discernirse en la práctica histórica la atribu­ l inn tiL' tres significados principales a este vocablo: el feudalismo en t1111to que modo de producc i ó n; la sociedad fe udal entendida como «po-

característico de las organi zacio nes po-

1ftll'll

dl.! tierras», un rasgo más

1 ll'IIH husadas en la posesión de tierras que de las sostenidas por un siste- 11111 11ihutario, tal como acabamos de ver; y lo que a veces se denomina 1111 •dcudalismo militar», o un tipo de relaciones de «feudo-vasallaje», dl•liuidus por un sistema de recompensas basado en posesiones militares l ondicionadas (feudos) y en unas complejas normas de lealtad.7 Cada tttHI de estas tres acepciones ha sido sancionada por la tradición, y care­ l'L' de sentido plantear argumentos respecto a cuál de ellas deba tenerse po1· el «auténtico» significado; de hecho, en distintos trabajos, he utili­ 'l,mlo los tres. No obstante, en este libro, emplearé en lo sucesivo la pala­ hm en su primer sentido. No hay ciertamente lugar aquí para el tercer signilicado, ya que sus ejemplos concretos pertenecen todos, por su cro­ nologfa, a tiempos posteriores a la época que aquí consideramos. Y en Cllnnto al segundo significado, debo decir que el hecho de que yo mismo 111c haya retractado respecto de la existencia de una distinción modal t'llln· las organizaciones políticas de base fiscal y las sustentadas en la po­ I'H'Hi6n de tierras no me ha llevado a concluir que las diferencias estruc­ tumlcs entre ellas sean menores, como se expone claramente en las pá­ f'itltls precedentes, pero me atendré, como forma abreviada de referirme 11 IIIIH y a otra, a los respectivos rótulos definidos por la palabra «Ímpues­ tmm y por la palabra «tierras», ya que esas voces bastan para establecer lu oposición con claridad. Sin embargo, en los capítulos 6 y 9 adquirirá relevancia la distinción entre un sistema económico y político dominado por los campesinos, en una sociedad jerarquizada, y el dominado por los aristócratas y por una posesión aristocrática de las tierras, en una so­ ciedad de clases, así que utilizaré aquí las expresiones de «feudalismo» y de «modo feudal» para caracterizar a este último sistema. Como ya se ha dicho, este capítulo trata principalmente de los recur­ sos: de cómo se financiaban los estados, de cómo operaba el sistema liscal (caso de que existiera) en el plano local, y de cómo se gastaban, y en qué, los recursos públicos. Estas cuestiones resultan cruciales si nos interesa analizar el alcance geográfico de las economías, una preocupa-

el alcance geográfico de las economías, una preocupa- 1 A f'flllMA llJll llSTAilfl 1 " 1

1 A

f'flllMA

llJll

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1" 1

l'ion qw: HostÍl'llt.: la totulidml dt.:l libro, y que, en pmti<.:tlfur, constituirá lu lliHtt.:I'Ía que uhor<.le el cupflulo 1 l. Con todo, el propósito dcJ presente cupftulo no consiste en describir la generalidad de la estructura pública de cada una de las unidades políticas de los mundos romano y posro­

mano. Hay ya muchas monografías y manuales que se proponen ofre­ cer precisa mente ese tipo de visión general, y someter aquí a examen las cuestiones institucionales con algún detalle desequilibraría terri­ blemente el libro. 8 Aún así, el mero repaso del modo en que operaba el sistema fi scal (o de cuáles fueran las alternativas que pudieran oponér­ sele) implica en ocasiones la necesidad de unas exposiciones dilatadas , en particular en los casos en que contamos con una buena cantidad de material, como sucede, de manera muy especial, en la Galia y en Egip­ to. Más problemática resulta la cuestión de lo que antes se denomina­ ba cultura política, esto es, el conjunto de los supuestos relacionados con los parámetros de la acción legítima a que se atienen los actores po­ líticos, lo que no sólo incluye las ideologías rivales respecto a la legiti­ midad, sino también los discursos y las representaciones que encarnan dichas ideologías. Estas cuestiones resultan tan cruciales para cual­ quier comprensión del modo en que los actores toman las decisiones como puedan serlo los recursos de los estados; y a pesar de que quepa suponer que la enorme riqueza pública del imperio romano, por ejem­ plo, haya logrado que la acción política resultase atractiva para las éli­ tes con independencia de los detalles que definiesen sus valores, no puede decirse lo mismo de los estados más débiles del Occidente pos­ romano, cuyo carácter central en la vida de las aristocracias locales ve­ nía determinado en grado sustancial por las ideas que estas últimas se hiciesen respecto de la posición, la lealtad, el deber, la legítima con­ ducta regia, y otras cosas similares. No obstante, este capítulo se preo­ cupa más de investigar las infraestructuras del estado: los elementos transaccionales de la edificación del poder político se examinarán en otro lugar. Y debe recalcarse que el objetivo que aquí se persigue no radica en ofrecer una crónica de los éxitos y los fracasos de cuales­ quiera actores o sistemas políticos. Lo que se busca es más bien el esta­ blecimiento de un conjunto de parámetros que permita proceder a reali­ zar comparaciones entre las estructuras económicas de los sistemas políticos, al menos en el marco de las amplias categorías integradas por los estados fuertes, por los basados en los impuestos, y por los débiles, fundados en la posesión de tierras.

122 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA

LA FORMA DEL ESTADO

123

1,

H1. IMPI!RIO ROMANO TARDÍO

1 ksde luego, no surgen demasiadas polémicas respecto a si el impe­

vas exacciones ilegales, forzaban a los terratenientes pobres a some­ terse a sus redes de protección, primero en calidad de clientes y des­ pués como arrendatarios, y -lo que tal vez fuera lo peor de todo- re­ negaban incluso de las promesas por las que se habían comprometido a proporcionar a los pobres amparo respecto de sus obligaciones fisca­ les, provocando que estos últimos, despojados finalmente de sus tie­ rras, llegasen a perder su libertad. 10 Añadamos a esto las severas y con frecuencia feroces leyes imperiales relativas a los propios curiales, a quienes ha de impedirse por todos los medios posibles que abandonen sus deberes, unos deberes que, según parece, trataban de eludir deses­ peradamente (pues los curiales no sólo organizaban la tributación, sino que también la respaldaban), y tendremos un escenario en el que prác­ ticamente todo el mundo, desde la cúspide al arroyo, se veía oprimido por el sistema fiscal. 11

de ser la única

fuente que señala el carácter opresivo del

mano. Un emperador en persona, Valentiniano III, promulgó una ley en

desenfrenado terrorismo

el

sistema impositivo tardorro­

Como ya ha quedado implícito, Salviano

año 450 en la que se castigaba el injusto y

está lejos

desencadenado por sus propios

discussores

fiscales,

trabajaban para el

gobierno central.

1

2 Sin embargo,

por

ejemplo, que

la mayoría de las

fuentes se centran en el terror que se producía en el instante de la recau­

en Salviano es el cuidadoso segui­

dación; lo que resulta poco habitual

IIO m1nano era o no un estado fuerte. Es cierto que, en los últimos años,
IIO m1nano era o
no un estado fuerte. Es cierto que, en los últimos años,
ll1111
sido
bastantes
los autores
que
han
restado importancia a
los ele­
IIH'Illos más totali zadores de la imagen tradicional del Zwangstaat, el
"l'stmlo coercitivo» de la época posterior a Diocleciano: !a �o.cracia
dt•l imperio tardío fue mucho más reducida de lo que a menudo se cree,
In list.:ulidad estatal no tuvo un efecto gravemente negativo, lQ§ e�
ws del gobierno por restringir la movilidad social constituyeron un
lr'IH.'nso, etcétera. Estos argumentos revisionistas tienen cierta consis-
lt•ncin: sin embargo, no alteran el hecho de que las dimensiones d clSlSte ­
IIIH polftico tardorromano eran mayores que las de cualquier otro esta­
do posterior de Europa y del Mediterráneo, y de que su unidad interna
110 volvió a igualarse en la Europa latina hasta la baja Edad Media. Como
punto de partida de todo cuanto sigue, es preciso ilustrar aquí breve­
llll'lttc el impacto ej ercido por el estado romano, ya que el efecto de su
<ksintcgración constituye un punto de inflexión capital en todas las sec­
l'iones de este libro. Voy a considerar aquí que el imperio de la época
entre, aproximadamente, el año 400 y el 600 constituye
11n todo. No obstante, en Occidente, el material con el que ilustro el tex­
to rwrtenece en su mayoría al inicio de esta época, antes de que comen­
-
Hio VI, ya que es el último período duradero de estabilidad antes de que
1\t' produzc.;Hn las conquistas persa y árabe.
l.rt lll.'l'c.;epción de quienes los vivieron juzgaba gravosos los impues­
to" m1nanos . Las quejas relacionadas con su pesada carga son intermi­
u.thk•s:'1 se han creado sistemas retóricos enteros para calificar su opresi­
VII
naturaleza. El que más carga las tintas es el de Salviano, que escribe
t'll
lu < lnliu de la década de 440 y que consideraba que los «grilletes tri­
hut:ll ios» c.;onstituían las principales causas, junto con las invasiones
lu11 haras , de la «muerte» del estado romano. Salviano ofrece un retablo
lllltahlcmcnte c.;olorista del modo en que operaba el sistema fiscal, que
pan't:ln haber sido concebido para garantizar que todo el mundo opri­
lllll'l'll n tod o el mundo y crear una
sit ua ci ó n en la que los curiales, los
t'Oill't'.i:lles de las ciudades investidos ele las máximas responsahilida­
dt·N l'll llllltl'l'in de rec.;audación de impuestos, hicieran méri tos rarn que
t'l1111tm los tocham dl' 1\'l'fllllli, ti m 11os. y de latmllc's, o hundidos . J ,os
!111/t'llft',\', ¡•sto l'S, los pott'lllndo� o pmnd
ll'r mtt·nit·ntt·s. cr :111 111ms dt•

lo� g111Vl'� rulp11hlt·

tdt·llllllltlllll" por Snlvinno. ya qut· IIIVt'llt.thlllltllll'

miento que hace de los efectos de la opresión fiscal, desde la cúpula del

I'.IIS<.'lu disgregación, mientras que en Oriente se da preferencia al si­

sistema hasta sus

peldaños inferiores. En consecuencia, la lectura lite­

ral de los textos de Salviano aval a un buen porcentaje

de los más nega­

tivos análisis del

estado tardorromano.13 Pero Salviano era sobre todo

un

sacerdote,

del más encumbrado

estilo:

su ataque

contra

el sistema

fiscal encuentra paralelismos en arremetidas punto por punto similares

contra los

espectáculos públicos y

las desviaciones

sexuales,

asuntos

ambos a los que los historiadores prestan poca atención; con todo,

ve con claridad por qué hemos de mostrarnos menos cautos con

sideración que lleva a

no se

la con

Salviano a opinar que los

pobres quedaban des­

que con la

importante de la po

rclaci6n dt•

modo

en

que

travestidos Ctl ( 'urtu

pojados de sus propiedades para enriquecer a los poderosos

creencia que le empuja

blación

a mantener que una parte

Casi con

las penalidades

tnmpoc.;o c.;ahe

dudar de qul'

de Cartago estaba compuesta por homosexuales y travestidos.''

toda seguridad, Salviano está describiendo,

en su

de

los

robres,

un proceso real,

del

mismo

hubiese efcctivalllCIItC

go;

sin

c rnhurgo .

scr(a

ingt'tllltl

otorpur rn(is

l'redito

11

su n.'lato,

por in­

ditHIIIHlS ll

l'OllSitil'mrlo

111111

IH 11h11d11 Ohl'll

IIc.'

sol' iologfll ohj

t¡IH'

1 24

UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA

el que concedemos a cualquier sermón o discurso político de hoy. Por consiguiente, en los últimos tiempos, los historiadores han reacciona­ do frente a este tono sombrío y argumentado que el sistema tributario del stglo IV presentaba pocos cambios respecto del vigente durante el prin­ cipado de Octavio, y que en el imperio de Oriente tampoco experimen- 16 éste variaciones mucho mayores en el transcurso de los dos siglos sig uientes; también han sostenido que dicho sistema nunca se encon­

t ró tan f�a de control como para plantear unaameííaza al conjuntOde la economía del
t ró
tan f�a de control como para plantear unaameííaza al conjuntOde
la economía del
im_perio,
como ha llegado a pensar incluso un
hom-=:­

hrc tan ponderado como A. H. M. Jones. 1 5 De hecho, podría decirse que era relativamente suave: «Pese a que la remota Antigüedad ha ad­ t l u i rido fama (junto con la inmerecida reputación de hallarse sepulta­ da por la burocracia) de tener unos elevados impuestos, la realidad es

llllty disti nta». 16

Esto, en mi opinión, es ir demasiado lejos en la dirección opuesta. No es preciso creer que Salviano sea un cronista exacto para quedar im­ presionado por el hecho de que, para él, al igual que para otros autores, �o• l si stema fiscal definiera y estructurara la opresión ruralY Comparé­ l lloslo con lo que ocurre en las sociedades medievales, en las que, hasta hien entrado el siglo XIV, una abrumadora mayoría consideraba que l' SU opresión era obra de señores injustos, no de funcionarios estatal es. St los campesinos huían de las tierras, también esto se consideraba una cvnshíu de las obligaciones fiscales; situación que debe compararse con In qm· existfa en la España visigoda de finales del siglo vn, en la que eh- lo que se huía era de la condición servil, no de los impuestos (véan­ M' t l lil" adelante las páginas 745 a 746). Por regla general, el sistema fis- ' nl 1•1 11 visto en tiemp�s del imperio, junto con el sistema legaf,Comoª­ pt l ndpal punto de contacto entreeJ estado y el ciudadano, y asimismo l O IIIU t'l más importante punto de fricción. 'l ' illllhién hay que decir g_ue los impuestos eran verdaderamente ele­ vados. Aquf me concentraré en los tributos que gravaban la tierra, es dt•cir, en el impuesto que predomina de forma abrumadora en esta épo­

·

- -
-
-

. h i nrapié en dos textos, ambos de mediados del siglo VI: el registro de Atlll ltúpolis (lrmaniya) re lativo al Egipto Medio (actual mente fechado 11111 .lcnn ( iuscou en torno al aílo 540) y un otorgamiento del estado a la 1gh•siu de l{uwna en Ital ia, t'l'<.:ién n'<.'onquistadu por el imperio romt�no dl· Otil'llle, datudo nprox itl llldlltl ll'lllc 1.'11 el llt)o ))). Esll' t'tltimo docu lll l' ttlo nos I H' t ttlll l' uht l l llll <JI Il' lo¡, ittl plll'Sios upw I n dos al l' Siudo JHll 111 I L dUdll l ' IIIIÍ'II lllllllll d Lllll.lll'lllll V l.¡l('(l' 1101 lll'llltl dt• l¡l �1111111 dl· ,,¡

rn

.Iones, en su determina nte estudio sobre el s istema tributario, hace

LA FORMA DEL ESTADO

1 25

butos y rentas que la Iglesia recibía de sus arrendatarios
butos y rentas que la Iglesia recibía de sus arrendatarios

El primer tex­

to establece un vínculo entre un determinado conjunto de impuestos y

las zonas con fincas, y permite argumentar a Jones, de acuerdo con un

cálculo que no ha sido impugnado con éxito por otros eruditos, que en el siglo VI los impuestos venían a representar unas 3,2 artabai de trigo por aroura de tierra. (En Egipto, el trigo era, de lejos, el producto agrícola más importante.) Ambos términos corresponden a medidas egipcias y

su relación estriba en que basta aproximadamente con una artaba para sembrar una aroura. Las cifras de los arriendos del siglo VI tienden a su­ poner rentas comprendidas entre las cuatro y las seis artabai por aroura, mientras que de acuerdo con los cálculos más optimistas, el rendimi ento

dcl d�
dcl
d�

campo egipcio se situaba entre las diez y las doce artabcu por arou­

��!!re una cuarta y una tercera parte de dichos rendimientos, por tª'nto, se .ib an en impuestos, quizá un cuarenta por ciento debía desti­

nar.s�-al _pago de la renta, y una artaba se gastaba en la siembra, lo que

la subsistencia de los campesinos de dos a cuatro artabai,

éstos fuesen arrendatarios, y de seis a ocho artabai si eran p_roeietarios, todo ello en torno al año 540 en Antaiópolis. Unos i mpues­

tos de este tipo, a diferencia de los de Ravena, no llegaban a equipararse

a la cuantía de las rentas , pero venían a representar, en esencia, una can­

tidad muy similar. 18 Se ha argumentado que no estamos aquí más que ante una única cifra, cosa que sin duda es cierta, aunque los datos de P. Cair. Masp. 67057, el papiro que contiene el registro de Antaiópolis, han sido confirmados últimamente en lo esencial por las cifras globales que aparecen en un texto ligeramente anterior perteneciente a la misma ciudad: P Freer 08.45 c-d, publicado por Gascou (y en el que se enumera parte del pre­ supuesto fiscal con el que contó Antaiópolis en dos períodos compren­ didos entre las décadas de 520 y 530), y los órdenes de magnitud enea jan aproximadamente con otras cifras tributarias egipcias de la misma época. Es probable que después del siglo rv se hubiera producido un in cremento de los impuestos en Egipto, ya que Roger Bagnall ha pro puesto, para dicha época, unas cifras fiscales globales de 2, L artabai por aroura (pese a que, en la práctica, fuesen a menudo 2,6 artahai), es de

cir, en torno a un quinto de la cosecha. No obstante, i ncl uso admitiendo que los i mpuestos hubieran subido entre un vei nticinco y un cincuenta

por ciento, no puede deci rse

tes.19 La imagen que pn:sentu Bagnull, respecto de la levedad de los im p11estos �o·gipcios, purl'<.:l' tk ht•rst• 111(1s al hecho de que en d sistl'llHI tri hllllll io IOll\11110 la Wl'lt'dlld 111 hllllll IIJWIIIIS SC VÍl'l"ll Sll jl'IH al fl �.¡l'O (d

en ningún caso que fuesen insign i ficau

111 hllllll IIJWIIIIS SC VÍl'l"ll Sll jl'IH al fl �.¡l'O (d en ningún caso que fuesen
1 '0 I I NA lll lfl f l i( IA NI WVA nn 11\
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dt''llll tOIIo 111 hllllll PII'NI'IIIIIIlll 111111 dt•tlhldlld dt•Nwlldll t'll nHiptn, Vl,IIIIM'
J l lll'l lldi•lnll tl' lns pH¡tlllllN H1l1l
ll H·IH) <Ji ll' u lus t:dt'IIN dl· t tthutul'ion r u rul
q111.' ¡·l rnisrno pt�SL'IIIII.
Mus prohkln(lt il.'o t L·su ltu l:l hed10 de qlll' �stus c.:i l'rns pcllcnl.'zcan
11 Eg r pto. No compallo lu opinion de que Egipto seu estr ucturalmente
dist i nto del resto del Mediterr�íneo, y en l!Ste libro nos hemos de rererir
--

l' ll vmios puntos al modelo egipcio. Sin embargo, si hay un aspecto en 1'1 que Egipto sí que di fiere, y radical mente, de la práctica totalidad del Í I I I JWt io es en el de sus rendim ientos agrícolas. Lllii t.i.crras de regadío Stl'tl tpre producen mayores cosechas que las de secano, y ésta era la for­ lllll ik cult ivo normal en el resto del imperio, dejando aquí a un lado las l' Sit ihuciones desérticas de África y de Palestina, así como algunas zo­ tiiiS de España. En los cultivo�de �ecano era común obtener entre tres y l.' UUlro cosechas de trigo hasta la revolución agrí�: en Egipto puede calcu larse una producción tres veces superior, y sin períodoete-b-ar­ h�cho, gracias al limo que se deposita con el desbordamiento anual del Nilo, siendo la única incertidumbre el volumen de la inundación misma (que no era más incierta que la precipitación de lluvia en otros luga­ tl'S) .l0 Para el imperio de Oriente, Egipto era la fuente de trigo por ex­ cdencia, y los tributos que debieron imponérsele tuvieron que acercarse al máximo practicable. Sin embargo, no podemos hacer extensivos los dikulos basados en datos de Egipto a las regiones con cultivos de seca­ r H 1, ni rnenos no sin tener que recurrir a manifiestas conjeturas. El propio .Iones argumenta que los impuestos egipcios en tiempos de Justinia­ tHI l't'an, según parece, seis o siete veces superiores por área de super­ lki c.� u los que se estima debieron gravar la Numidia un siglo antes, en tomo al año 450. Las cifras de Numidia no son correctas, y los niveles in1posilivos fluctuaban considerablemente, pero esto no parece mostrar que Egi pto tuviese que soportar unas cargas fiscales superiores a las de otros 1ugares.21 Pese a que no podamos vincularla de manera directa con la producción, la cifra de Ravena de, aproximadamente, el año 550, según el otorgamiento ya citado, pertenece también a una región con cu ltivos de secano, y tal vez constituya una mejor referencia. Podría in­ dicar, si se hubiera exigido la mitad del excedente de la producción, y si se hubiera destinado una cuarta parte a la subsistencia de los campesi­ nos y otra cuarta parte a la siembra, una carga fiscal situada -como en Antaiópolis, de hecho- entre el veinticinco y el treinta y tres por ciento, y todo ello en unas tierras que eran episcopales y que estaban por tanto amparadas por privilegios, ya que no se hallaban sujetas a im­ puestos extra. Aquí volvemos a enfrentarnos a estimaciones aproxima-

Aquí volvemos a enfrentarnos a estimaciones aproxima- 1 (\ 1 1 11'1\1'\ 1 1 1'1 1'"1

1

(\

1 1 11'1\1'\

1

1 1'1

1'"1

1 1\ 1 11 1

1

1

d11 s, y i'SI IIN Sllll las IIH 'J illl'S l' i i i'IIS q m• li'lli'IIIOS. Y l.' ll l'l l' IISil dl• lllt iiS pttlV IIIl' IIIS, y ¡ l' olt'ON s1glos, 11\ ll'SI I':I l.'l.'lkZII L' S 111111 l l lL'tlor. No ohN

tlllltl', f lildt f11 arp.UillellllliSe qm: l'l'll l t eCIIelllt; lJUC las L'X:l

tll•l si�lo VI su pL·mran el vcinti�.:inco por ciento de lu pro<.luL·t.:ion hlllll. y 11 I IL'Sar d que estas ci f ' ras resu lten at ípicas, por lo menos no parL'l'l' ll

ukjurse demasiado de la horquilla que i mp l ican otras cant idades tk l':t

meter más general, como las de los excedentes imperiales. Si rucse val1 do upli�.:ar la cifra de Ravcna a una zona más amplia, cosa que 110 pucdl' lwcerse con propiedad, podría considerarse una indicación de que, L' ll todo el imperio, las cargas fiscales podían presentar una estabilidad nw

yor que las rentas, cuya variación dependía más de la fertil idad del t:a111

po. Sin

que J os impuestos fuesen otra cosa que un pesado lastre, lo que just ili ca plenamente la gran cantidad de legislación sobre el particular ( por ejemplo, la mayor parte de los libros XI y XII del Código Teodosiano ) y la retórica política asociada a ella. No es fácil recaudar impuestos en una sociedad agraria. En rl!a l i dad, tampoco es demasiado fácil cobrar las rentas, debido a que, en t:1111l quier sociedad, los campesinos que viven en el nivel de subsistencia \.'N tán, comprensiblemente, poco dispuestos a detraer de sus propios t:XL'l' dentes cantidades con las que pagar a un poder exterior, o a que, si lo hacen, albergan siempre un notable resentimiento. No obstante, los tl!

rratenientes tienden por lo menos a saber quién tiene el usufructo de sus tierras, y sus adversarios estructurales son los propios campesinos, que rara vez disponen de una fuerza de choque suficiente o de determina· ción bastante para asumir los riesgos que se hacen necesarios si se pro ponen desafiar a la aristocracia (véanse más adelante las páginas 820 a 836). Sin embargo, los recaudadores de impuestos cobran los ingresos a ricos y a pobres por igual, esto es, se ven obligados a exigírselos tan to a los «poderosos como a los humildes», pues tal era la denominación de las clases a lo largo de toda la época que aquí estudiamos.23 Sin em bargo, los ricos y los poderosos son unos adversarios más peligrosos. tanto si se supone que deben pagar los impuestos en persona (tras ha­ bérselos arrancado previamente a sus campesinos, cosa que no tenían problema en hacer), como si se limitan simplemente a dejar pasar a los recaudadores para que éstos cobren los impuestos directamente a quie­ nes dependían de ellos, con lo que veían disminuir el excedente que pu­ dieran reclamar para sí mismos. Estas dos últimas pautas de recauda­ ción eran ambas parte integrante de las prácticas fiscales tardorromanas -consistentes, grosso modo, en que los arrendatarios (coloni) que de- ------ --

1

11

liSl'll li's

embargo, ninguna de estas

cifras nos muestra signo alg u n o dt·

-
-

l

t

r

1!

lll 111\

bfan todas sus

mediaciónsu

y

ª"

propias los

rronzar a los

lierras

u un

uuko lt'

II Hit'lllL'llh'

pngunut IoN

qul' pwwfun

relativallll'tltt'

textos que

ill lpttl'liiW• po1

rd�tutas I H.'t l'lls

SL'ndllo

11tt•

hcntos citado

mientras que los inquilinos

1

Eru

los

abonaran directamente.l'

campesmos,

cofuo�e"'en

anteriormente, pero sus señores eran piezas más

dil'f<.:iles de

cobrar.

Por

eso apenas puede extrañamos que los recaudadores

de

impuestos viaja­

sen acompañados por una escolta armada, tanto en el imperio

romano

como en la mayoría de los demás estados

fuertes. A menos que real­

mente tuviera uno necesidad de recaudar impuestos,

que sus rituales pudieran haber logrado prevalecer

migos estructurales.25

es difícil imaginar

frente a tantos ene­

las pruebas que tenemos indican igualmente que

el proceso de la recaudación de impuestos se verificaba con periodici­

La tablilla

de Trinitápoli, recientemente descubierta en Apulia, al sur de Italia, y

de partida.26

I que aparentemente res­

ponde a los «fraudes» perpetrados por los funcionarios de provincias,

confabulados con las autoridades locales responsables de la recaudación

eran las comarcas ru­

rales) y

Se indica que el proceso de re­

caudación

mensuales,

sobre los

les encomienda, en lo sucesivo, la tarea

de coordinar dichas cuentas con las del territorio urbano así como la de remitirlas al gobierno provincial. A su vez, el gobernador ha de ocupar­

se de

para ello

efectuar un control que en este caso recibe el nombre

término utilizado habitualmente para aludir a la llegada de los empera­

dores),27

nadas con la marcha del proceso, y a cotejar después sus declaraciones

con las cuentas.

de lo

sido

y se hace recaer

de las ciudades (notarios que actuaban en nombre

De todas formas,

dad notablemente regular y que estaba rodeado de rituales.

fechada en torno al

año 369,

nos proporciona un punto

Esta inscripción es un decreto de Valentiniano

de los impuestos, los

los tabularii

prcepositi pagorum

(los

pagi

del concejo municipal,

el ordo o curia).

de impuestos debe estar

más controlado,

prcepositi

la responsabilidad de

elaborar cuentas

mientras que a los

tabularii se

hacer reconocimientos puntuales

sobre el terreno,

a realizar un recorrido formal por la provincia

procediendo (así como a

de adventus, un

a hacer a los terratenientes (possessores) preguntas relacio­

De haber funcionado realmente,

este sistema habría

más

incluso

que preveían otras leyes

cuatrimestrales, lo

que refleja el

hecho

impe­

riales, ya que éstas tendían a hacer hincapié en la consignación por es­

crito de

de que

364 los impuestos se pagaban tres veces al año, mien­

tras que las cuentas mensuales de las que ahora hablamos habrían per­

mitido seguir también la pista de los pagos atrasados, como observan

después del año

muy estricto:

unas

cuentas

lllH

l

l'tlllljlt llldllll'S

dt•l tl'XIII,

l1cll HIIJ!IIl'SICI, IHI \' 1 1 1 ll'lllllll'lltl'

uqul

:t

llll lado

recorridos

Cjl ll'

las dtl tc:ultutks ptnl't tl'll'l

dcscunsahu pOI'

eotllo

j lWIIhlt•

l tm Hllllll ll, ponl lll'

tk

n· �tlizm

t'lltl'IO en

dL'J IIItdo

pl!riód icanteutt•

la rectitud

de los

l!ste tipo de

propios gobemadores,

cuando éstos,

t'S

bien

sabido, se

contaban

entre

los funcionarios

más corruptos dd

pcdodo

tardorromano.

Sin embargo, la

medida instituida

por Valen

tiniano,

que obligaba al

gobernador

a

real izar toda

una serie

de pes

quisus,

no consti t

uyó una práctica temporal, ya que aún se la invoca en

una ley

del

año 458?8

La

t

ab

l i lla de Trinitápoli muestra tanto

la complejidad del

p roce so

de

lo.

L'uestiones.

recaudación de impuestos como lo sencillo que resultaba subvcrt it

Echemos un vistazo

a algunos de

los elementos relativos

a ambas

Cada año, los preie.ctos del pretorio (cargo que sólo ocupa

funcionarios en todo el imperio) d�an J�ba

1

hllll cuatro altos

de impuestos que debía recaudarse ese año, teniendo para ello en cuen

ta, sebre"tmioJg�

EstasS ü mas uestranüna

costes ae gilerra)apnnCipal partida

es1aDilidad

de'tpre StrptlC'Sto.

fUfidamental (cóñffecucncia,

impucs

los increment( ; s' circunstancíáles recibían laCoñsideración de

s' circunstancíáles recibían la Coñsideración de tos extra, esto es, de superindictiones), pero hay una

tos extra, esto es,

de superindictiones), pero hay

una amplia variedad

de fuentes que asumen que el nivel d la_c,Egajmp,g.sitiva pod�tm � biar periódicamente, una característica
de fuentes que asumen que el nivel d
la_c,Egajmp,g.sitiva pod�tm
biar periódicamente,
una
característica
que
COI!§tj.�un
ras
o cons
ae'Jleého,_
tapbi
é"i1Cre
t�o romano, y,
los
sí.o;tc

mas fiscales J2Q.Sr.QJll an.,Qs -efpnncipio de

que los

índices de

presión

el Egipto

fiscal debían publicarse anualmente aún puede encontrarse en

abasí.29 Los niveles

eran comunicados a los gobernadores provinciales, y después, mediante

fiscal, estipulados con gran detalle,

de presión

proclamación formal,

de garantizar

funcionarios del gobierno central, mediante un conjunto de protocolos

institucionales en permanente cambio, ya que los

rios, ideaban nuevas trampas o abusos, que debían ser corregidos por

la legislación posterior. A menudo,

una

cía en

responsabilidad personal, y en el que con frecuencia podían conduc ir

a las ciudades,

cuyos municipios tenían la

tarea

la recaudación, supervisada por otros municipios o por

los curiales

curiales,

o funciona

ej ercían su competen

un ámbito geográfico específico, ámbito que consideraban

se prácticamente a su antojo.30 Sin embargo, tenían que justificar documentos las exacciones que practicaban en la esfera local: de

a su antojo.30 Sin embargo, tenían que justificar documentos las exacciones que practicaban en la esfera

con

este

modo, por ej emplo, observamos que Símaco -un importante senador

aristócrata

año

de impuestos enviados por la ciudad se habían presentado en sus

tierras

debido a que, en su caso, los recaudadores

torno al

y

cultivador del

género

epistolar-

interroga

en

400 a un funcionario

1'111 r l ¡111/lltt ti' l'ttlttltfllfl\ 111111111/llt'llltt, 1''11 1 1 1'"1, 'lill ·• 111 11p1111 dtH 111111'1111 1

d1 • vol tdr/ ufH'ttd·•, lo q111' Htp,ni licllhll, t' tiiWII Iyt• Sftl ltH:u, qtH' cstnhun

p11 H l'llil'llllo 11 111111

olm s l' lllllr ihuyl'llll'S <k pnsil'inn no tun l' lllil lL'Ill c tuvi eran menos po .'lihll td adt·s dl' cuestionar los pmccsos dt: re caudaci6n, pero no hay la

1111'11111' d 1 1du I'L'spcc lo a lu cxisle11ciu del principio de prese ntac ión de d111 llllll' lltll l.'iOII. 1 )llflllltl' mucho tiempo, los curiales constituyeron el eje de este sis­ h'll lll Estos se quejaban constantemente de que la carga que suponía te-

111'1 q i iL' nsegurar los i m puestos les abocaba a la bancarrota, mientras q111' lodos los demás contribuyentes se dol ían de su conducta tiránica.

l . os histor i adores han subrayado uno u otro de Jos factores de esta ecua­

l' IOII, o um bos a la vez, en función de cuál fuera su punto de vista global sobre los equili brios internos de las estructuras políticas tardorromanas. 1��� gcnerul, las dos cosas parecen ciertas: tanto que algunos municipios perscgufan ansiosamente la oportunidad de recaudar los impuestos corno que otros la rehuían de modo sistemático. La principal división puede 11prcciarse, en palabras de Claude Lepelley, entre los curiales ricos y los ('liria/es pobres. En Antioquía, a finales del siglo rv, Libanio, en unos discursos bastante estándar sobre el declive de la posición y el nú­ ll ll'ro de los curiales (en el caso de Antioquía sus efectivos habían des­ l'l' tHii do, supuestamente, de los mil doscientos miembros a doce, pero

lt'llllldHL' I Illl f 1111tduk11111. 1 1 Pu�·dl' sttpont:r'SL' que

ll ot ra oración lo que se afirma es que habían pasado de seiscientos a 'W�'>L'IIt a), destaca que la principal causa de esta situación era que los 1 1 111s ncuudulados de los bouletai (la palabra griega con la que se desig­ llilha u los curiales) querían mantener bajas las cifras de estos funciona­ l lo:-: pura no tener que compartir los beneficios.32 El caso erague la re­

l'

l' llll dm;ión de im_puest�co�tuía un�ct �a.Q_qu� rnpre �e a s � 11 un t
l' llll dm;ión de im_puest�co�tuía un�ct �a.Q_qu� rnpre �e
a
s
11
un t iempo rentable
y arriesgada. Era rentable, por supuesto, debido a
los
enormes inceñiVí Os itegáies G con frecuencia incluso legales) que

el sistema podía generar. Pero resultaba arriesgada porque cuanto más pesada fuese la carga fiscal, más difícil se hacía recaudarla; porque los controles con los que el gobierno central, aunque sólo fuese de forma

i ntermitente, vigilaba la recaudación de los impuestos implicaban que los funcionarios estatales podían corregir los abusos (y desviar los be­ nclicios en su propio provecho); y porque resultaba considerablemen­ te más difícil recaudar los impuestos de las tierras de los aristócratas más poderosos, como los senadores, que eran mucho más ricos y más in­ fl uyentes que la mayoría de los curiales. El último de estos riesgos estaba sujeto a notables variaciones, en función de las distintas regio-

III'H, l l l lll'IIIHII dt• hiH dtlt'li'tlll'H t'illdtlllt•H, dt• 111 ( Olll'l'llll lll'iOII d1· l l llt'IIS ll' lllltor iuk•s qm· huhtcs�· L' ll 1111 dl'll'rr llilludo lug111, y, dl· lwrho, dl'l gm d11 tk uhm n.·l·iru icnto que i 11spiruran tus ll'ycs u cudu tcrrntcnicnlc l'll p111 t il'11lar. En cuulquicr caso. la capacidad de evasión de i mpucstos dc los pul ricios y de los propietarios poderosos est:'í bien acreditada, ya lu pr'HL'I icusen en sus propias t ierras o en las de sus c l ientes, ya Jo hicic·

Sl'll por medio

del fraude, el desafío d i recto o una actitud de parsi mo­

ll ill lo sufic ientemente prolongada como para que sus impuestos termi­

ll!ISell siendo perdonados en una de las intermitentes amnistías que se upl icaban a los morosos f1scales.33 Volveré sobre esta cuestión en el capí­

tulo 9 ( pág i nas 745 a 750).

Debido a todos estos problemas, � � ina:on quedan­ rn­
Debido a todos estos problemas,
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rn­

do efectivamente libres de la responsabilidad de la recaudac Tóilcíe1 ptrcsfos. Abordaremos este extremo desde llrpersp�ecCivacie ras--est;u c- 1'liñis de la sociedad y la política urbana en el capítulo 1 O (páginas 848 u 856); aquí, podernos limitarnos a presentar una breve exposición. En Oriente, Anastasio (491-5 1 8) recortó parcialmente el papel de los cu­ riales como recaudadores principales al crear unos funcionarios fisca­ les nuevos, dependientes del gobierno central y radicados en las ciu­ dades, a los que se dio el nombre de vindices (en Egipto el cargo que parece ser equivalente a éste era el de pagarca, un cargo que en las ciu­ dades egipcias siguió en manos del gobernador hasta bien entrado el siglo vrn). Desde luego, en ocasiones, los curiales siguieron recaudan­ do impuestos en época de Justiniano, ya que las Novelice de este último correspondientes al período comprendido entre las décadas de 530 y 560 los mencionan (además de legislar para salvaguardar su propiedad). En Palestina, un documento de Petra fechado en el año 538 habla de un

politeuomenos (esto es, del concejal de una ciudad) sobre el que recae la tradicional responsabilidad de la recaudación de los impuestos; por otra parte, un obispo de la región de Gaza que busca el consejo reli­ gioso del asceta Juan en la década de 530, y que hace nuevamente refe­ rencia a los politeuomenoi, supone lo mismo. No obstante, en fechas posteriores, la figura del recaudador se desvanece en nuestras prue­ bas fiscales, y lo que es más importante, no aparece en la amplia docu­ mentación egipcia del siglo VI relativa a las prácticas tributarias, una documentación de la que en breve nos ocuparemos con más detalle.34 En Occidente, las variaciones observadas son de carácter más regional:

hasta donde nos es dado saber, a principios del siglo vr los curiales ya ha­ bían dejado de recaudar impuestos en África oeraiUafia, y en E�ña la única prueba de que existían se encuentra en el breviario de Alarico,

en África oe rai Uafia, y en E�ña la única prueba de que existían se encuentra

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en

la Italia

osl rogod u,

y

en

lu

(

\·nk1lu uhundonudu por

los vándalos

ba sometida en teoría a las leyes

puestos incluso en fecha tan tardía como la

mismo proceso

de centralización que sustrajo las competencias fiscales a las élites loca­

les. Los impuestos de finales del siglo VI y principios del

tanto el Oriente como el Occidente experimentaron un

(que para

esta época era

ya nuevamente

ro mana y se ha

lla

im­

de Justi niano) se los asoc ia con los

del

año 594.15

No obstante,

vn que, según

dll•lltl',

1 '01

1111do,

llllllt

 

1

A

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tuhl illa

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podfan tener

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lodo lllOilH.!IliO

de

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1111

Además, no

hay duda

<.le

que

se

produjeron

revisiones en

/

1(1,\'

todo

l'l

i n1pc1

l

l iSI

io tardfo, y quizá con

cierto

detalle:

un texto

mil itar del

la calidad de la

Í II

ianeo supone que en ellos se valora incluso

( )l ll'llh'

l it'II H.

11

No obstante, t enemos pruebas cl aras de que se efec tuaba un asil'nto

l111

111a

l de

cipales.

las ventas de

el los se

tierras

en los

gesta municipalia, o

registros 1\llllli

Magno,

al11

A

refiere en algunas de sus cartas Gregorio

los testimonios que tenemos,

se practicaban en

la Galia y

en España

diendo a

lo que ocurría en la Italia bizantina durante la

década

de 51)0, y

(véanse más adelante las páginas

1 66

a

1 90)

parecen haber sido recau­

de hecho

algunas

de

esas anotaciones

han llegado

hasta nosot ros

gt

11

y lo mismo

puede afirmarse con rotunda certeza en relación con el Mediterráneo oriental bizantino y árabe.

dotado de una

mínima precisión ha de confiar en gran medida en la documentación: la que indica las cantidades que han de exigirse, la que registra el montan­

te efectivamente abonado, y -sobre todo- la que consigna y mantie­ ne al día los legajos que señalan quién posee de hecho tierras. Sin estos datos, el sistema se transformaría rápidamente en algo arbitrario, en un sistema de pillaje legalizado, o de tributación aleatoria en el mejor de

De hecho, en�conceP.tuales, el�<tributo» pue_Q.e_Qi_s­

t�rse del «impuest

j global abonaQ.a pQ! una comunidad o por un individuo, viene determi­

a ca�d

dados directamente por funcionarios

del gobierno central,

Todo sistema fiscal basado en la posesión de tierras

y

los casos.

s

o_>>J

a

q_�

el_primero consiste en

f

uerzas- � ntre.ilér­

citós, yes��ñCldeñcTa resulte arbitraria o irr�gylar.J,&.s

impuestos, por el contrario,

nado eñe

encia por la existe�cia de una relación de

estaban basados �n

' )

. una estim:'!,ción.Jkla-.

riqueza

lo sucesivo, es trrra

�n importante para los recursos estatales, ya que espocoproba­

muebles. Esta distinción, que he de conservar en

en bienes

relativ !l
relativ !l

cont.!].buy�tes,

ya fuese en tierras o

relativ !l � cont.!].buy�tes, ya fuese en tierras o uiera resulte tan rentable como ble que

uiera resulte tan rentable como

ble que un sistema de_!!ibutación

ui!:sistemaO:di:iíñpÜ�s tasados con exactitud, PQL3. s1�zó� de

que sólo

Todo estad or ecaudador de impuestos ha tenido que luchar con­

pagar.3

tra estas limitaciones, con mayor o menor éxito. En el período imperial

tardío, la idea consistía ciertamente en que era preciso revisar periódi­

a esto

se añadía, en cualquier caso a partir del año 444 (en Occidente, aunque

también existan analogías en Oriente),

la noción de que las ventas de

tierras debían quedar formalmente consignadas en la ciudad correspon-

camente los censos de población y los registros de propiedad,

este último s�eíiala--eon precisión quién posee recursos para

cual

s�eíiala--eon precisión quién posee recursos para cual 6 y cías a los papiros italianos de Jos

6

y

cías

a los

papiros italianos de Jos siglos

v a vn (véanse

tamhi�n

IIHÍS

u<.lelante las páginas

recen

donación iban acompañados de una notificación formal

1 83

y

1 84); asimismo, en Egipto, pese

municipalia, los

documentos

a que no pu

de venta

o dt•

aut01 idndt'N

lisca ll's

h11

haber existido gesta

a las

públicas

mediante la cual se les comunicaba que las cargas

bían sido satisfechas junto con la transacción -de

notificaciones han llegado hasta nosotros. El caso es que

procedimientos eran esenciales si se quería calcular

fiscal. (Y también lo era la organización de unos adecuados sistemas dt•

referencia y consulta en los archivos en los que se conservaban

asientos,

podido

hay1111

estm.

hecho varias

1

de l.'Sll'l

ipo dt•

este

con rigor la pn·s1o11

aunque cueste aún más imaginar que dichos sistemas

funcionar muy bien.)38 Las pruebas

indican

que eran más o

menos operativos en todo el imperio romano. Y en realidad, también

se mantuvieron en vigor en el Egipto árabe. No obstante, lo

tico del Occidente posromano es que su vigencia se vio sujeta a nuevos

períodos de interrupción, corno veremos.

caraclerfs

Los papiros egipcios son

los que

más claramente indican

el modo

exacto en que se recaudaban los impuestos. La recaudación de impucs

tos en Egipto fue siempre violenta y coercitiva (es célebre

ción de Amiano en la que indica que los egipcios estaban orgu

los cardenales que les habían producido las palizas recibidas a de la evasión de impuestos); sin embargo, fue al mismo tiempo

por su sistematización. Por lo que hace

impuestos relativas

región, la ciudad de Oxirrinco (El Bahnasa) y

mo desde el punto de vista fiscal- de Afrodito (Kom Ishqaw).

serva también con claridad que en todas partes era normal elaborar estas listas, y que se compilaban de manera regular -aunque no se pusieran al día con la misma periodicidad.39 Basándose en esas listas, los runcio

la observa

l losos

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caus11

notahk

i stas

de

d l'

lu

al siglo VI, tenemos

l

a las dos localidades mejor documentadas

el pueblecito -autóno

Se oh

1

11

11111 1os loc11lt•s ( M'�llll lu co•nph•111 I<'IIIH J IIfll dt• Hll <'Nl'llllllon) s11 1 11 111 11 n· cuudu1 los IIII J Hicstos de cudu uldt·H, o hit•n ll'L'ihtllll IHN L'XIIL'<.:ionl!s qu1.' los terratenientes huhfan recaudado dirl'ctanlctltC de IIHIIIOS de sus pro píos inquilinos. Una de las caracter (sticas notables de las pruebas egip

cías estriba en el hecho de que en la mejor documentada de todas las grandes fincas del siglo VI y principios del vu, la propiedad de Apión en Oxirrinco (se trata de hecho, y con di ferencia, del latifundio mejor documentado de toda la época que aquí nos ocupa, y se aludirá a me­ nudo a él en los próximos capítulos), se considerara que la recaudación

y el pago de los impuestos fueran una cuestión por entero rutinaria; pese

a que las leyes de finales del siglo IV y principios del siglo v relativas

al patrocinio rural, las patrocinium vicorum, subrayen que en Egipto el resultado de las prácticas recaudatorias era la evasión de impuestos, esta fami lia de grandes terratenientes y patricios no veía necesidad de

eludirlos.40 En el momento de la entre a del impuesto lo e curría

tres veces al año,

bo (entagion), frecuentemente distinto para cada tipo de impuesto, en el que se especificaba la cantidad de trigo, de dinero, o de cualquiera

otra de las especies menores que también debían de abonarse. Cien­ tos de esos recibos han llegado hasta nosotros. También tenemos los re­ cibos entregados por los dirigentes de las ciudades a contribuyentes concretos o a funcionarios del gobiemo.41 Está claro que el pago de im­ puestos en Egipto se hallaba sujeto a reglamentos y a controles que se ocupaban hasta del más mínimo detalle (una carta procedente del Afro­ dita del siglo VI pide más dinero a los dirigentes de la aldea, porque los pequeños funcionarios que debían transferir el dinero de los impues­ tos se habían negado a entregarlo debido a que pesaba siete quilates me­ nos de lo debido). Desde luego, esto no impedía ni la corrupción ni la opresión ni la violencia: son ej emplos de ello el megaloprepestatos Teodosio, que se quedaba con los impuestos de Afrodito y los empleaba en sus asuntos personales (el pueblecito apeló al emperador), los fun­ cionarios de Antaiópolis que obligaron a un habitante de la aldea de Poukhis a pagar los impuestos de otra persona (el afectado recurrió al duque de la Tebaida), etcétera. Sin embargo, se trataba de una opresión inserta en un marco institucional reconocido, y era, hasta donde nos es dado saber, relativamente estable: ciertamente, el sistema sobrevivió hasta mucho después de la conquista árabe, como veremos (páginas 21 O

a 227). Probablemente, la situación de Egipto no era anómala en ningu­

no de estos aspectos, excepto por el hecho de que la documentación correspondiente haya llegado hasta nosotros (y excepto también por la

se proporcionaba s couyentes un reci­

1/1.

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con upto y v iolento, I K'I'O t a m h i t: n