Prólogo

Individuar.
De cristales, esponjas y afectos
por Pablo Esteban Rodríguez
(Prólogo a la primera edición en castellano de La individuación, 2009)

He aquí un libro a partir del cual hay que pensar todo de nuevo –pretensión que han tenido no
pocos filósofos– y hay que actuar de modo diferente –consigna aún incumplida. Pero, fundamentalmente, este es un libro a partir del cual hay que replantearse las relaciones entre pensamiento y acción
–anquilosadas por tanto manoseo– hasta llegar a disolverlas. Gilbert Simondon, que vivió en la más
absoluta discreción durante la edad de oro del pensamiento francés del siglo XX, transita esta ambición
con mucha paciencia y nos exige una gimnasia y una digestión inactuales. Entre los muchos que están
redescubriendo su obra a través de congresos, libros y exhumación de sus cursos, hay quienes dicen
que estamos ante una suerte de Heráclito, a quien llamaban «el Oscuro». En realidad, la vocación de
Simondon por la claridad está fuera de duda, pero es cierto que se adentra en una «zona oscura» del
pensamiento occidental a través de una serie de bifurcaciones.
La primera bifurcación que realiza Simondon se refiere a la tan mentada separación entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu. Ni el viejo enciclopedismo de la Ilustración ni la inter
o transdisciplinariedad de la que se habla hoy han podido abolir la división del trabajo por la que el
filósofo es el filósofo, y el científico, científico. En El modo de existencia de los objetos técnicos, que es la
continuación de este libro (es su tesis de doctorado secundaria, y esta obra la tesis principal), Simondon
es muy enfático al atacar aquello que Charles Peirce Snow formuló célebremente como el «problema
de las dos culturas», la humanística y la científica, que se acusan mutuamente de los peores defectos
y, cuando se aproximan, sólo lo hacen por hereje necesidad de legitimación. Para Simondon, Tales,
Anaxímenes o Anaximandro no son sólo «filósofos presocráticos», sino también «fisiólogos jonios», y
más aún, «los primeros técnicos». Lucrecio es puesto a discutir con la física atómica actual sobre la base
del vínculo entre individualidad y singularidad en la materia. Un episodio de Zaratustra se transforma
en un caso emblemático de superación de las trabas impuestas por nuestras maneras de entender la
tensión entre individuo y sociedad. Filósofos y científicos comparten un mismo plano de composición.
No se explican ni se sirven el uno al otro. La física atómica, potestad de la Big Science moderna, debe
enfrentarse con los atomistas del siglo VII a.C., potestad de la historia de la filosofía, no como pirueta
conceptual ni como una concesión bondadosa a la mentalidad precientífica, sino porque habitan el
mismo terreno. En definitiva, uno de los padres de la ciencia moderna, Isaac Newton, no era en su

tiempo un científico, sino un «filósofo natural». Simondon ha vuelto a plantear la importancia del
naturalismo en un tiempo en que la naturaleza está demasiado cargada de significaciones, no sólo por
la física sino también por la biología y la ecología, y esto supone derribar las fronteras impuestas por
las usinas educativas modernas. Con Simondon hemos vuelto a ser contemporáneos de Newton, de
Galileo, de Lucrecio y de Anaximandro.
La segunda bifurcación de Simondon con su tiempo es la importancia que le otorga a la noción
científica de información. Pocos pensadores, con la excepción de Raymond Ruyer y Martin Heidegger,
fueron capaces de realizar tan tempranamente ya en los años 50 (ambas tesis de Simondon fueron defendidas en 1958) una crítica integral del mundo que aparecía con una nueva entidad, la información,
que según los científicos de esa época es inmaterial –­ dado que no es materia ni energía–, que tiene
propiedades organizacionales, que posee una estructura matemática y que reúne a seres vivos en general, seres humanos en particular y seres artificiales en un mismo grupo. Según Simondon, para captar
la potencia de estas definiciones es preciso desembarazarse del esquema hilemórfico (hýle, materia, y
morphos, forma) que desde Aristóteles considera que la actividad técnica consiste en dar una forma a
una materia inerte según una finalidad conocida por el hombre. Esta idea de información muestra que
las cuatro causas aristotélicas están condensadas en la materia misma y que dar forma, in-formar, es una
operación que se da tanto en el plano de lo vivo como en el de lo artificial, sin que la conciencia y la
fuerza del hombre sean necesarias. La teoría de la información, rodeada de la cibernética y la teoría de
los sistemas, también postula que el establecimiento de fines para la acción no es privativo del hombre,
sino que se extiende a lo vivo y lo artificial. Por lo tanto, si dar forma o tener un fin no son hechos
exclusivamente humanos, se abre la puerta para el surgimiento de un nuevo humanismo, un humanismo no moderno. De todos modos, el determinismo sigue siendo demasiado fuerte en Occidente
y la información fue convertida rápidamente en una nueva sustancia, tratada como tal, convertida en
una nueva megaforma que condiciona toda materia, asignadora de todos los fines, origen único de una
transformación científico-técnica inversa a la deseada por Simondon.
Los artículos prêt-à-porter de propaganda hablan de la «revolución digital», pero las reflexiones más
serias, que usan como escudo la figura tradicional del intelectual que enuncia verdades, también quedan
atrapadas en esta economía simbólica de la información. Más que asumir el mundo digital como cierto y
condenarlo o celebrarlo, hace falta cuestionar su procedencia, qué es lo que expresa y qué impide que se
exprese. Cualquiera que esté al corriente de los problemas que, por ejemplo, ha planteado para las ciencias
biológicas el predominio de la idea de información, se sorprenderá al encontrar en este libro un análisis
agudo de los límites de la analogía entre el procesamiento artificial de la información y la evolución de
lo vivo, de la complicación que presenta la distinción tajante entre individuo y medio ambiente y del
carácter relativo de la importancia de la transmisión genética en el desarrollo de un ser viviente, a partir
de abordajes que hacen de la información una propiedad emergente, tanto en la biología como en la
teoría de la comunicación. Y se sorprenderá porque no hay casi referencias al ADN, los linfocitos y las
neuronas, las grandes estrellas informáticas de la biología actual, ni a sistemas digitales complejos que
alumbran una nueva e improbable «sociedad de la información» por la hemorragia de símbolos, señales
y signos. Simondon nos vuelve contemporáneos de nosotros mismos, despejando todo lo que atrasa.
La tercera bifurcación corresponde a la imagen del pensamiento, que se convierte ahora, según
la fórmula que Gilles Deleuze toma de Antonin Artaud, en un pensamiento sin imagen. Pensar no
significará, para Simondon, partir de una posición como la del cogito, que tiene asegurada la verdad
por la buena voluntad del pensador. No será adecuarse al sentido común ni mucho menos oponerse
a él. No reconocerá la importancia de un modelo ni de la elaboración de una representación, porque
no hay nada que «volver a presentar». No tendrá como objetivo alejarse del error con la guía de la
lógica, que engendra sistemas paranoicos y autoflagelantes. No apuntará más a señalar un lugar de
saber o a proponer soluciones a problemas planteados con anterioridad al mundo para explicarlo.
Pensar es estar atento al devenir, para el cual no hay imagen. El pensamiento debe ser fiel a ese devenir y captar el movimiento no de modo objetivo, para decir la verdad de lo que ocurre, sino como

simple participación en lo que el mundo es, y no en lo que necesitamos que sea. Y esto no debería
ser entendido como un etéreo «dejarse fluir», sino exactamente lo contrario, como aquello que funde
pensamiento y acción. Colocarse fuera del devenir para describirlo es perder lo único característico
del devenir que merece ser descripto. Interpretar, por el contrario, que el devenir es una corriente en
la que no interviene voluntad alguna es ingenuo y estéril. Por lo tanto, más que hablar del devenir,
tenemos que ser capaces de un pensamiento del devenir, o de un devenir pensante. Así, liberado de la
imposición de una autoimagen, el pensamiento se vuelve contemporáneo de su propio movimiento.
Finalmente, la cuarta bifurcación, directamente derivada de la anterior, implica a las ideas corrientes
de ética, de moral y de acción. Alguien dijo en alguna ocasión que no hay nadie más esclavo que aquel
que lo es de sus principios. Según Simondon, la ética está relacionada con la afectividad y la emoción,
es decir, no depende de prescripciones universales válidas para cualquier sujeto, pues ese sujeto, en esa
instancia, no puede imponerse una «regla de conducta» que lo caracterizaría en su singularidad, dado
que nunca es el mismo sujeto. Los valores trascienden a las normas que pueden ser válidas en un espacio
y tiempo dados, pero trascendencia no equivale a eternidad, sino más bien a la posibilidad de continuar
el devenir, de dejar abierta la acción a lo inesperado sin tratar de reducirla a lo esperable. Un ser moral
es aquel que conoce esta diferencia entre normas y valores y no intenta convertir a unas en otras. «La
voluntad de encontrar normas absolutas e inmutables corresponde a este sentimiento verídico según el
cual hay algo que no se debe perder y que, al superar la adaptación al devenir, debe poseer el poder de
dirigirlo. Pero esta fuerza directriz que no se pierde no puede ser una norma; semejante búsqueda de una
norma absoluta no puede conducir sino a una moral de la sabiduría como separación, retraimiento y ocio,
lo que es una manera de imitar la eternidad y la intemporalidad en el interior del devenir de una vida».
Y más adelante: «Una verdadera ética sería aquella que tuviera en cuenta la vida corriente sin entregarse a la corriente de esta vida, que supiera definir a través de las normas un sentido que las supere [...]
Haría falta que los valores no estén por encima de las normas sino a través de ellas, como la resonancia
interna de la red que forman y su poder amplificador». Hay muchos sistemas de normas, que derivan
de la fuerza plástica de los valores, y esa plasticidad anula la posibilidad de que la pluralidad normativa
sea comprendida como contradicción. Ello sólo podría producirse si la rectitud fuera comparable a la
lógica, o sea, si la eticidad estuviera ligada al pensamiento considerado como un árbol de derivaciones
que crece a partir de una verdad inmutable. En definitiva, el sujeto ético y moral de Simondon es aquel
que es capaz de deshacer todo lo que haga falta para hacer lugar al devenir, para hacer ese mismo devenir,
y su signo distintivo es la potencia para valorar las fuerzas que operan en cada situación más allá del
deber ser. «Normas y valores no existen antes que el sistema de ser en el que aparecen; son el devenir,
en lugar de aparecer en el devenir sin formar parte de él; hay una historicidad de la emergencia de los
valores como hay una historicidad de la constitución de las normas. No se puede rehacer la ética a partir
de las normas o a partir de los valores, como tampoco se puede rehacer el ser a partir de las formas y
de las materias a las cuales el análisis abstractivo reduce las condiciones de la ontogénesis». La ética y la
moral pasan a ser contemporáneas del devenir actual.
*

*

*

Después de todas estas bifurcaciones, ¿qué mundo ha quedado al descubierto? Un mundo que necesita
ser vivido a partir de una nueva ontogénesis, una reconstrucción completa de los modos de comprensión
vinculados a los modos de existencia. En El modo de existencia…, por ejemplo, Simondon dice que los
prejuicios de varios intérpretes de la cultura occidental frente a la explosión tecnológica de los últimos
tres siglos obedecen a que no pueden captar la procedencia de la división entre cultura y técnica, que
deriva de la distancia creada entre técnica y religión, entre mundo y hombre, entre teoría y práctica, etc.
La ontogénesis de la técnica no debería ceñirse a la técnica sino a todas estas distinciones, a partir de las
cuales se recupera el sentido profundo de lo estético, confinado ahora al dominio del arte como esfera
autónoma. De la misma manera, tanto la ciencia como el pensamiento y la ética deben ser habitados a

partir de una ontogénesis que revele todo lo que ellos ocultan cuando se definen como modos separados
de ser. Ha quedado así un mundo captado a partir de una teoría del devenir ofrecida por una particular
paleta de conceptos: disparidad, metaestabilidad, transducción, información, resonancia interna, teoría
de las fases, modulación.
Esta es la teoría de la individuación, en la que, además del devenir, es fundamental la idea de singularidad. El llamado «principio de individuación» tiene una larga tradición filosófica que se remonta
a Aristóteles hasta llegar a Schopenhauer y a Nietzsche, y que apela justamente a aquello que hace de
un individuo algo absolutamente único. Pero Simondon inquiere sobre las condiciones en que un
individuo se individúa, y sobre lo que ocurre con aquello que no ha logrado individuarse, siempre en
el sentido de una ontogénesis que observa la totalidad de las relaciones, y no sólo el producto supuestamente singular. Por lo tanto, para la individuación no existen los individuos, sólo existen realidades
preindividuales, transindividuales o interindividuales, y es allí donde reside la singularidad, no en el
individuo que sería la interrupción del devenir. En este sentido, Simondon considera que la dialéctica,
desde los tiempos de Hegel, fue el único modo de pensar que recorrió los meandros de la singularidad
y el devenir, aunque quedó luego atrapado en la distinción entre esencia y accidente. No hay ser sino
devenir, o devenir del ser.
En este nuevo mundo no hay hombres, animales ni máquinas, se evaporó el sujeto enfrentado a
un objeto, se disolvió la materia en el espíritu y se fundió el alma en la naturaleza sin realizar por ello
idea alguna. Lo que hay son individuaciones: física, vital, psíquico-colectiva, técnica. En el nivel físico
la forma mantiene relaciones con la materia, la energía y la búsqueda permanente de la sustancia. Y
aunque hable de los temas clásicos de la física, como la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica y
el electromagnetismo, con un detalle poco frecuente para los pensadores del siglo XX atrapados en una
de «las dos culturas», Simondon se detiene en la tecnología de la adquisición de forma de la materia
a partir de un molde, que le permite observar la particularidad de la electrónica y por consiguiente la
de la información; en la cristalografía, que pone en escena el problema de los límites de los individuos
físicos y su apertura a la singularidad; y en la escasa distancia que debería tener la biología respecto de
la física a la luz de todos estos desarrollos, anticipando con precisión las teorías contemporáneas en
biofísica. El personaje conceptual clave aquí no son Max Planck, ni Niels Bohr, ni Alfred Einstein, sino
Louis de Broglie, que estableció que los electrones son tanto ondas como partículas, dependiendo del
caso, o más bien del tipo de individuación, según Simondon.
En el nivel de lo viviente, la noción de información obliga a repensar la ontogénesis de la vida más
allá de las disposiciones de la biología oficial, y más particularmente de la alianza entre la teoría de la
evolución y la hoy omnipresente genética. El punto nodal son los vínculos permanentes entre procesos
de integración y diferenciación, que llevan a lo biológico no sólo a una proximidad con lo físico, sino
también con lo psíquico. Simondon somete a crítica conceptos tomados hoy por evidentes como la
adaptación y la homeostasis, así como la distinción entre individuo y medio ambiente. Para ello, en lugar
de referirse a los seres vivos superiores en la escala de la evolución, o a los logros de la biología molecular
–que aún no eran evidentes en 1958, pero que el propio Simondon tuvo oportunidad de agregar en las
ediciones sucesivas de este libro y no lo hizo–, estudia los líquenes, las algas, los hongos y las esponjas,
con especial énfasis en la formación de las colonias. Por lo tanto, los personajes conceptuales no serán
Charles Darwin, ni James Watson, ni Francis Crick, sino Étienne Rabaud, un zoólogo neolamarckiano,
y el psicólogo norteamericano Arnold Gesell, que estudió la correlación entre el desarrollo físico y el
desarrollo mental de los niños.
Las individuaciones psíquica y colectiva son separadas sólo por razones de exposición, pues para Simondon la separación entre ambos niveles es superficial, y con ello invalida como al pasar la distinción
moderna entre psicología, sociología y antropología. Los procesos de individuación psíquica se construyen
incesantemente junto con los procesos de individuación colectiva sobre un fondo de individuación vital
que, a su vez, se construye sobre un fondo de individuación física. Sería erróneo pensar que se trata de
una escala explicable por grados crecientes de complejidad, conforme a las teorías actualmente están

en boga. Lo que caracteriza a lo psíquico respecto de lo colectivo y lo vital no es la construcción del
psiquismo como forma específicamente humana, ya que los animales conforman también sociedades
y se encuentran ante situaciones psíquicas. La individuación psíquica procede por niveles como la percepción y la afectividad, a partir de los cuales es posible establecer la ontogénesis del sujeto en sociedad.
Simondon desplaza entonces el interés que podría haber, por ejemplo, en el psicoanálisis, para convocar
en su lugar a Spinoza y a Nietzsche, pero no con la pleitesía que hoy se les rinde en muchos círculos, sino
confrontándose con ellos en tanto contemporáneos de la problemática de la individuación. Lo mismo
ocurre con la individuación colectiva, en la que desaparecen de un plumazo las diferencias tradicionales
entre comunidad, sociedad e individuo, algo que entusiasma a muchos de quienes intentan refundar
la teoría y la práctica políticas, como el italiano Paolo Virno. Simondon habla de espiritualidad, del
papel de la técnica en la construcción de los lazos colectivos y de la naturaleza como lo indeterminado
que empuja la individuación, trayendo a Anaximandro a la actualidad y reafirmando la necesidad de
pensar al mismo tiempo el nivel físico y el nivel colectivo. Postula a la emoción y la afectividad como
los principales puntos de articulación de lo psíquico-colectivo. Ellos fundan lo transindividual, esto es,
la posibilidad de sucesivas individuaciones, y por lo tanto son el punto de partida de una nueva ética
y una nueva moral. Palabras como individuo, persona y sujeto no son más que pantomimas de individuaciones producidas en todos los niveles.
La individuación, como teoría de la singularidad en el devenir, es de este modo tanto una refundación
de los modos de pensar, percibir y existir como una alternativa, dentro de la filosofía contemporánea,
a las búsquedas de la crítica y de la ontología, como dice explícitamente Simondon. No por nada el
pensamiento simondoniano se emparenta con algunas filosofías de la diferencia y del acontecimiento
que florecieron sobre todo en su suelo, el francés, a partir de los 60, aunque él mismo se desentienda
del asunto. En los 80, ya retirado de la enseñanza, recibió una carta de Jacques Derrida invitándolo
a unirse al Colegio Internacional de Filosofía y adjuntado el programa de la institución. Simondon
respondió que para refundar la filosofía era necesario no excluir nada a priori y observó la falta de «un
pensamiento acerca de la técnica y de la religión» en los puntos del programa, utilizando a modo de
ejemplo una explicación detallada de las ventajas del funcionamiento de un motor marca Jaguar. Como
muchos eventos misteriosos de su vida, no se supo más de ese encuentro epistolar, pero el mismo Colegio Internacional de Filosofía incluyó un tiempo más tarde a la filosofía de la técnica dentro de sus
intereses. Y la curiosidad que despierta actualmente la obra de Simondon en los ámbitos humanísticos
no parece ampliarse a las ciencias naturales, a pesar de que más de la mitad de las páginas de este libro
estén consagradas a la física y a la biología. Quizás lo más original de Simondon se halle en esta manera
exasperada y apasionante de estar a contramano para llegar a ser otro, para pensar de nuevo, para actuar
como si cada acto fuera el primero y el último de este universo, y todo ello sin alzar nunca la voz.
Por eso es necesario hacer la advertencia: este libro es un viaje de ida.

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