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JOSEPH E. EL LIBRE MERCADO Y EL HUNDIMIENTO aU EM Le A Toet-3 0) ee Late itd ea eee ste a eon Cele era eel org Nese oleh ait ae oley sw Ret ad cera CRG ELON Mla Clea nerd Ne esse) eral Lar Mntasele)} Lee pele oN ye Ele OL tO) oe elt Re og MEAN cle Sony Deh Xe Gee Roo alaTe ) eT eeme Natt ane ReclelC eee a oem etn Ran RUa I aesco Re Reon RAIN en Nueva York. ‘Titulo original: Freefall. America, Free Markets, and the Sinking of the World Economy, publicado por W. W. Norton & Company, Ine. © Joseph Stiglitz, 2010 © De esta edicion: Santillana Ediciones Generales, 8. 1., 2010 Torrelaguna, 60. 28043 Madrid Teléfono 91 744.90 60 Telefax 917449924 www.taurus.santillana.es © De la traducci6n: Alejandro Pradera y Ntiria Petit Disefio de cubierta: Pep Carri ISBN: 978.84:306.0788.9 Dep. Legal: M5230-2010 Printed in Spain -Impreso en Espana Queda prohibida, salvo excepcin, prevista en la ley, cualquier forma de reproduccisn, distribucion, comunicaci6n piibliea y tranaformiacién dé ‘esta obra sin contar con la autorizacién de los titulares de la propiedad intelectual. La infracci6n de los derechos mencionadas puede ser constitutiva de delito ‘contra la propiedad intelectual (aris. 270 y sgts, del Cédigo Penal), A mis alumnos, de los que tanto he aprendido, en la esperanza de que aprendan de nuestros errores. INDICE PrefActObws teanedsary ge ya alien! Bi duds nttiSierens ll Agradecimientos 27 1. LA GESTACION DE UNA CRISIS Si 2. LA CAIDA LIBRE Y SUS REPERCUSIONES, 59 3. UNA RESPUESTA FALLIDA ......0004 93 4, EL FRAUDE DE LAS HIPOTECAS 113 5. EL GRAN ATRACO ESTADOUNIDE! 149 6. LA AVARICIA ROMPE EL SACO ... 191 7. UN NUEVO ORDEN CAPITALISTA . . . 229 8. DE LA RECUPERACION MUNDIAL A LA PROSPERIDAD MUINDIAN arinrtaniarnsarssecsssisaae beni Baal atiaaas aerbarte town 255 9. REFORMAR LAS CIENGIAS ECONOMICAS 10. HACIA UNA NUEVA SOCIEDAD . . . Notas PREFACIO E, la gran recesi6n que comenzé en 2008, millones de personas en Estados Unidos y en todo el mundo perdieron sus hogares y sus empleos. Muchos otros padecieron la angustia y él miedo de que les ocurriera lo mismo, y casi todos los que habian ahorrado dinero para su jubilacién o para la educacién de un hijo vieron como esas. inversiones menguaban hasta reducirse a una fraccién de su valor. Una crisis que comenz6 en Estados Unidos muy pronto se hizo glo- bal, a medida que decenas de millones de personas en todo el mun- do perdian sus empleos —20 millones s6lo en China— y decenas de millones cafan en la pobreza!. No es eso lo que cabia esperar. La teoria econédmica moderna, con su fe en el libre mercado y en la globalizacion, habia prometido prosperidad para todos. Se suponfa que la tan cacareada Nueva Eco- nomfa —las sorprendentes innovaciones que marcaron la segunda mitad del siglo xx, incluyendo la desregulaci6n y la ingenieria finan- ciera— iba a hacer posible una mejor gestién de los riesgos, y que traerfa consigo el final de los ciclos econémicos. Si la combinacién de la Nueva Economia y de la teorfa econémica moderna no habia eliminado las fluctuaciones econémicas, por lo menos las estaba moderando. O eso nos decfan. La Gran Recesién —a todas luces la peor crisis econémica desde la Gran Depresién de hace setenta y cinco aiios— ha hecho aiicos esas ilusiones. Nos esta obligando a replantearnos unas ideas muy asentadas. Durante un cuarto de siglo han prevalecido determina- das doctrinas sobre el mercado libre: los mercados libres y sin trabas son eficientes; si cometen errores, los corrigen rapidamente. El me- jor gobierno es un gobierno pequeiio, y la regulacién lo tinico que 11 hace es obstaculizar la innovacion. Los bancos centrales deberfan ser independientes y concentrarse tinicamente en mantener baja la inflacion. Hoy, incluso ¢l guri de esa ideologia, Alan Greenspan, presidente de la Junta de la Reserva Federal durante el periodo en que prevalecicron esas ideas, ha admitido que habéa un fallo en su razonamiento; pero su confesién legaba demasiado tarde para los muchos que han sufrido a consecuencia de ello. Este libro trata sobre una batalla de ideas, sobre las ideas que condujeron a las politicas fracasadas que precipitaron la crisis, y so- bre las lecciones que extraemos de ella. Con el tiempo, toda crisis se acaba. Pero ninguna crisis, sobre todo una de esta gravedad, pasa sin dejar un legado. El legado de 2008 incluird nuevas perspectivas acerca del inveterado conflicto sobre cl tipo de sistema econdémico que con mayor probabilidad proporciona los maximos beneficios. Puede que la batalla entre el capitalismo y el comunismo haya termi- nado, pero las economias de mercado tienen muchas modalidades, y lacompeticion entre ellas sigue siendo feroz. Yo creo que los mercados son la base de cualquier economia préspera, pero que no funcionan bien por si solos. En ese sentido, estoy en la tradicion del celebrado economista briténico John Ma- ynard Keynes, cuya influencia domina el estudio de la teoria eco- nomica moderna. Es necesario que el gobierno desempeie un pa- pel, yno sdlo rescatando la economia cuando los mercados fallan y regulandolos para evitar el tipo de fracasos que acabamos de expe- rimentar. Las economias necesitan un equilibrio entre el papel de los mercados y el papel del gobierno, con importantes contribu- ciones por parte de las instituciones privadas y no gubernamenta- les. En los tltimos veinticinco afios, Estados Unidos ha perdido ese equilibrio, y ha impuesto su perspectiva desequilibrada en paises de todo el mundo. Este libro explica cémo las perspectivas erréneas condujeron a la crisis, dificultaron que los principales responsables de la toma de decisiones en el sector privado y los responsables de la politica del sector puiblico pudieran ver los acuciantes problemas, y cémo contribuyeron al fracaso de los responsables de la politica a la hora de gestionar eficazmente las catastréficas consecuencias. La dura- cién de la crisis dependera de las politicas que se apliquen. De he- cho, los errores ya cometidos tendran como consecuencia que la crisis cconémica sea ms prolongada y profunda de lo que habria 12 PREFACIO sido en otras circunstancias. Pero gestionarla es solo mi primera preocupaci6n; también me preocupa el mundo que surgira des- pués de la crisis. No volveremos ni podemos volver al mundo tal y como era anteriormente. Antes de la crisis, Estados Unidos, y el mundo en general, afron- taban muchos problemas, de los que la adaptacion al cambio clima- tico no era precisamente el menor. El ritmo de la globalizacién estaba imponiendo rapidos cambios en la estructura econémica, forzando al maximo la capacidad de adaptacién de muchas economias. Esos desafios permancceran, aumentados, después de la crisis, pero los re- cursos de que dispondremos para afrontarlos se veran enormemente teducidos. La crisis llevara, espero, a cambios en el Ambito de las politicas y en el Ambito de las ideas. Si tomamos las decisiones adecuadas, no unicamente las convenientes desde el punto de vista politico 0 so- cial, no sdlo haremos mas improbable otra crisis, sino que tal vez in- cluso consigamos acelerar el tipo de innovaciones reales que mejo- rarfan la vida de la gente en todo el mundo. Sitomameos las decisiones equivocadas, saldremos con una sociedad mds dividida y con una economia mas vulnerable a otra crisis, y peor equipada para afron- tar los desafios del siglo xxl. Uno de los cometidos de este libro ¢s ayudarnos a comprender mejor el orden mundial posterior a la cri- sis que finalmente surgira, y que lo que hagamos hoy ayudaré a dar le forma para bien 0 para mal. Cabria pensar que con la crisis de 2008 él debate sobre el funda- mentalismo de mercado —la noci6n de que los mercados sin trabas pueden por si solos asegurar la prosperidad y el crecimiento econd- mico— se habria terminado. Cabria pensar que nadie, nunca mas —o por lo menos hasta que los recuerdos de esta crisis se hayan per- dido en un pasado remoto— argumentaria que los mercados se co- trigen por si mismos y que podemos confiar en el comportamiento en interés propio de los participantes en el mercado para asegurar- nos de que todo funciona bien. Aquéllos a quienes les ha ido bien con el fundamentalismo de mercado ofrecen una interpretacién diferente. Algunos dicen que nuestra economia ha sufrido un «accidente», y los accidentes suce- 13, Capa ure den. A nadie se le ocurrirfa sugerir que dejemos de utilizar el coche sélo porque de vez en cuando se produzca una colisién. Quienes sostienen esa posicién desean que volvamos al mundo anterior a 2008 lo mas rapidamente posible. Los banqueros no hicieron nada malo, afirman®. Démosles a los bancos el dinero que piden, afine- mos un poco la normativa, démosles a los reguladores unas cuantas charlas severas para que no permitan que personas como Bernie Madoff vuelvan a cometer fraudes impunemente, afddanse unos cuantos cursos mas sobre ética en las escuelas de negocios, y saldre- mos de ésta en buena forma. Este libro argumenta que los problemas estén mds profunda- mente asentados. A lo largo de los tltimos veinticinco aiios, este instrumento supuestamente autorregulador, nuestro sistema finan- ciero, ha sido rescatado en repetidas ocasiones por el gobierno. De la supervivencia del sistema extrajimos la lecci6n equivocada: que funcionaba por si solo. De hecho, nuestro sistema econémico no habia estado funcionando demasiado bien para la mayoria de estadounidenses antes de la crisis. A algunos les iba bien, pero no al estadounidense medio. Un economista examina una crisis de la misma manera que un médico enfoca una patologia infecciosa: ambos aprenden cémo funcionan las cosas normalmente observando lo que ocurre cuando las cosas no son normales. Cuando me centré en la crisis de 2008, sentia que tenfa una clara ventaja sobre otros observadores. Yo era, en cierto sentido, un «veterano de las crisis», un «crisisélogo». Esta no era la primera crisis importante en los tiltimos afios. Las crisis en Jos paises en vias de desarrollo se han producido con una regulari- dad alarmante —de acuerdo con un recuento, ha habido 124 entre 970 y 2007°—. Yo era el economista jefe del Banco Mundial en la €poca de la ultima crisis financiera global, en 1997-1998, Fui testigo de cémo una crisis que comenzé en Tailandia se extendfa a otros paises de Asia oriental y posteriormente a Latinoamérica ya Rusia. Fue un ejemplo clasico de contagio —el fallo de una parte del siste- ma econémico mundial que se extiende a otras partes—. Puede que las consecuencias plenas de una crisis econémica tarden afios en manifestarse. En el caso de Argentina, la crisis comenzd en 1995, como parte de las repercusiones de la crisis de México, y se vio exa- cerbada por la de Asia oriental en 1997 y por la brasilefia de 1998, pero el colapso completo no se produjo hasta finales de 2001. 14 PREFACIO Tal vez los economistas se sientan orgullosos por los avances de las ciencias econémicas a lo largo de las siete décadas transcurridas des- de la Gran Depresién, pero eso no significa que haya habido unani- midad respecto a cémo gestionar las crisis. En 1997 contemplé con pavor c6mo respondian el Tesoro estadounidense y el Fondo Mone- tario Internacional (FMI) a la crisis de Asia oriental, al proponer un conjunto de politicas que se inspiraban en las desencaminadas politi- cas asociadas con cl presidente Herbert Hoover durante la Gran De- presi6n, y que estaban abocadas al fracaso. Asi pues, habia una sensacién de dga-vu cuando vi que el mundo se deslizaba de nueyo hacia una crisis en 2007. Las semejanzas entre lo que vi entonces y lo que habia visto hacia una década eran incre bles. Para mencionar slo una, la negacién publica inicial de la cri- sis: diez aos atrds, el Tesoro estadounidense y el FMI habjan nega- do en un primer momento que hubiera una recesién/depresion en Asia oriental. Larry Summers, a la sazon subsecretario del Tesoro, y actualmente el principal asesor econémico del presidente Obama, se puso furioso cuando Jean-Michael Severino, entonces vicepresi- dente del Banco Mundial para Asia, utilizo la palabra con R (Rece- sion) y la palabra con D (Depresién) para describir lo que estaba ocurriendo. Pero de qué otra forma podia describirse un desplome que dejé en el paro al 40 por ciento de los trabajadores de Java, la isla central de Indonesia? De modo que también en 2008 la administracion Bush negé al principio que hubiera un problema serio. Simplemente habiamos construido unas cuantas casas de mas, sugirié el presidente*. En los primeros meses de la crisis, el Tesoro y la Reserva Federal viraban de un rumbo a otro como conductores ebrios, salvando a algunos ban- cos mientras dejaban que otros se hundieran. Era imposible discer- nir los principios que habia detras de su toma de decisiones. Los funcionarios de la administraci6n Bush. argumentaban que estaban siendo pragmaticos, ya decir verdad, estaban. pisando territorio des- conocido. Amedida que los nubarrones de la recesion empezaron a cernerse sobre la economia estadounidense en 2007 y principios de 2008, a menudo se preguntaba a los economistas si era posible otra depre- sin, o incluso una recesién profunda. La mayoria respondia instinti- vamente: jNO! Los avances en las ciencias econémicas —como los conocimientos sobre cémo gestionar la economia global— suponian 15 CAtDa ure que una catastrofe asi parecia inconcebible a juicio de muchos exper- tos. Sin embargo, hace diez afios, cuando se produjo la crisis de Asia oriental, habiamos fallado, y habfamos fallado estrepitosamente. No es de extrafiar que las teorfas econdémicas incorrectas conduz- can a politicas incorrectas, pero, obviamente, quienes las defendian pensaban que iban a funcionar. Estaban equivocados. Las polfticas erréneas no sélo habian fomentado la crisis de Asia oriental de hace una década, sino que también exacerbaron su profundidad y su du- racién, y dejaron un legado de economias debilitadas y montafias de deuda. El fracaso de hace diez afios fue en parte también un fracaso de la politica mundial. La crisis golpeo a los paises en vias de desarro- Ilo, a veces denominados la «periferia» del sistema econdmico glo- bal. Quienes gobiernan el sistema econémico global no estaban pre- ocupados tanto por proteger las vidas y los ingresos de la poblacion de las naciones afectadas como por preservar a los bancos occiden- tales que habjan prestado dinero’a esos paises. Actualmente, cuan- do Estados Unidos y el resto del mundo se afanan por devolver asus economias a un crecimiento sélido, vuelve a haber un fracaso de las politicas y de la politica. CAIDA LIBRE Cuando Ja economia mundial entré en cafda libre en 2008, tam- bién lo hicieron nuestras creencias. Las inveteradas ideas sobre teoria econémica, sobre Estados Unidos y sobre nuestros héroes también han entrado en caida libre. Tras las repercusiones de la tiltima gran crisis financiera, la revista Time publicé, el 15 de febrero de 1999, una cubierta con la imagen del presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, y del secretario del Tesoro, Robert Rubin, a los que du- rante mucho tiempo se les atribuyé el mérito del auge de los afios no- venta, junto con su protegido, Larry Summers. Se les etiquetaba como el «Comité para salvar el mundo», y en la mentalidad popular se les veia como superdioses. En 2000, el periodista de investigacion y autor de best sellers Bob Woodward escribié una hagiografia de Greenspan titulada Maestro’. ‘Tras presenciar directamente la gestion de la crisis de Asia orien- tal, yo estaba menos impresionado que la revista Time o que Bob 16 PREEACIO Woodward. Para mi, y para la mayorfa de la gente de Asia oriental, las politicas que les habian endosado el FMIy el Tesoro estadounidense a instancias del «Comité para salvar el mundo» habian provocado que las crisis fueran mucho peores de lo que habrian sido en otras circunstancias. Las politicas mostraban una falta de comprensi6n de los fundamentos de la macroeconomia moderna, que recomiendan unas politicas monetarias y fiscales expansionistas ante un desplome de la economia®. Como sociedad, ya hemos perdido el respeto por nuestros tradi- cionales guns de la economia. En los tiltimos afios habfamos recu- rrido a Wall Street en su conjunto —no sdlo a los semidioses como Rubin y Greenspan— para que nos aconsejara sobre como gestio- nar el complejo sistema que es nuestra economia. Ahora, 7a quién podemos recurrir? En su mayoria, los economistas no han sido de més ayuda. Muchos de ellos han proporcionado el blindaje intelec- tual que invocaban Jos responsables de la politica en el movimiento hacia la desregulacién. Desgraciadamente, a menudo la atencién se desvia de la batalla de las ideas hacia el papel de los individuos: los villanos que crearon Ja crisis, y los héroes que nos salvaron. Otros escribirén libros (y de hecho ya los han escrito) que sefialan con el dedo a este 0 a aquel responsable politico, a este 0 a aquel directivo financiero, que con- tribuyeron a encauzarnos hacia la crisis actual. Este libro tiene una intencién distinta. Su punto de vista es que esencialmente todas las politicas cruciales, como las relacionadas con la desregulacion, fue- ron una consecuencia de «fuerzas» politicas y econémicas —intere- ses, ideas ¢ ideologias— que van més alld de cualquier individuo en particular, Cuando el presidente Ronald Reagan nombro a Greenspan pre- sidente de la Reserva Federal en 1987, buscaba a una persona com- prometida con la desregulacion. Paul Volcker, que habia sido ¢l an- terior presidente de la Reserva Federal, se habia ganado una buena reputacién como responsable del banco central por haber reducido la tasa de inflacin de Estados Unidos desde el 11,3 por ciento en 1979 hasta el 3,6 por ciento en 19877. Normalmente, una hazaiia seme- jante le habria supuesto automaticamente la renovacién de su man- dato. Pero Volcker comprendia la importancia de la normativa, y Reagan queria a alguien que trabajara para desmontarla. Si Greens- pan no hubiera estado disponible para el cargo, habria habido mu- 17 Cafpa uisre chos otros capaces y dispuestos a asumir la tarea de la desregulacién. El problema no fue tanto Greenspan como la ideologia desregulado- ra que habia acabado imponiéndose. Aunque este libro trata sobre todo de las creencias econémicas y de cémo afectan a las politicas, para apreciar la relacién entre la crisis y dichas creencias es preciso desentrafiar lo que ha ocurrido. Este li- bro no es una novela policiaca, pero hay importantes elementos de la historia que son parecidos a un buen misterio: ¢cémo entré en caida libre la mayor economia del mundo? plantean un problema atin mayor. El dinero que podria haberse gastado para reestructurar la economia y para crear empresas nuevas y dindmicas se ha donado para salvar a firmas viejas y fracasadas. Otros aspectos de la politica econémica de Obama han sido decididamente movi- mientos en la direccién correcta. Pero estaria mal que yo haya criti- 24 PREFACIO cado a Bush por determinadas politicas y que no hiciera ofr mi voz cuando su sucesor prosigue con esas mismas politicas Escribir este libro ha sido dificil por otra raz6n. Yo critico —algu- nos podrian decir que denigro— a los bancos, a los banqueros y a otros responsables del mercado financiero. Tengo muchos, muchos amigos en ese sector, hombres y mujeres intcligentes y dedicados, buenos ciudadanos que piensan cuidadosamente en cémo contribuir a una sociedad que les ha recompensado tan ampliamente. No sélo dan generosamente sino que también trabajan duro en favor de las causas en las que creen. No reconocerian las caricaturas que describo aqui, y yo no reconozco en ellos esas caricaturas. De hecho, muchas personas que trabajan en el sector sienten que son tan victimas como quienes no pertenecen a él. Han perdido gran parte de sus ahorros de toda una vida. Dentro del sector, la mayoria de los economistas que intentaron pronosticar hacia dénde iba la economia, los finan- cieros que intentaban hacer mas eficiente nuestro sector empresarial, y los analistas que intentaron emplear las técnicas mds sofisticadas para predecir la rentabilidad y para asegurar que los inversorés obtu- vieran los rendimientos mas altos posibles no participaron en las ma- las practicas que le han granjeado al sector financiero una reputacion tan negativa. Como al parecer sucede tan a menudo en nuestra sociedad mo- derna y compleja, «son cosas que pasan». Hay malos resultados que no son culpa de un individuo en concreto. Pero esta crisis ha sido el resultado de actos, decisiones y razonamientos de los responsables del sector financiero. El sistema que fracas6 tan estrepitosamente no se matecrializ6 simplemente por sf solo. Fue creado. De hecho, muchos trabajaron muy duro —y gastaron mucho dinero— para asegurarse de que adoptara la forma que adopté. Quienes desempe- Aaron un papel en crear el sistema y en gestionarlo —incluides aquellos que fueron tan bien recompensados por él— deben consi- derarse responsables. eke Si conseguimos comprender lo que produjo la crisis de 2008 y por qué algunas de las respuestas politicas iniciales fracasaron tan claramente, podemos hacer que las futuras crisis sean menos proba- bles, mas cortas y con menos victimas inocentes. Podemos incluso Calva unre preparar cl camino para un crecimiento continuado basado en cimien- tos sdlidos, no el crecimiento efimero, basado en el endeudamiento, de los afios recientes; € incluso podemos ser capaces de garantizar que los frutos de ese crecimiento se compartan entre la inmensa ma- yorfa de los ciudadanos. La memoria es limitada, y dentro de treinta afios surgira una nue- va generaci6n, confiada en que no sera presa de los problemas del pasado. El ingenio del hombre no conoce limites, y cualquiera que sea el sistema que diseiiemos, siempre habré quienes idearan cémo eludir las regulaciones y las normas establecidas para protegernos. El mundo, ademas, cambiaré, y la normativa disehada para hoy fun- cionar4 de forma imperfecta en la economia de mediados del si- glo XxI. Pero tras la Gran Depresién sf que logramos crear una es- tructura reguladora que nos ha sido de gran utilidad durante medio siglo, y que ha promovido el crecimiento y la estabilidad. Este libro se ha escrito con la esperanza de que podamos volver a hacerlo. 26 AGRADECIMIENTOS Discante Jos tiltimos afios me he visto absorbido por la crisis, mien- tras veia cémo se creaba y posteriormente cémo se gestionaba mal. Miles de conversaciones con cientos de personas en paises de todo el mundo me ayudaron a dar forma a mis ideas ya mi comprensién de lo que ha ocurrido. La lista de las personas con las que estoy en deuda Ilenaria un libro de este mismo tamafio. Al mencionar a algu- nas de ellas, no es mi intenci6n ofender a las demas, y las personas a las que menciono no deberfan relacionarse con las conclusiones a Jas que llego: sus conclusiones pueden perfectamente ser distintas. En los aiios anteriores a la crisis, las discusiones con Steven Roach, Nouriel Roubini, George Soros, Robert Shiller, Paul Krugman yRob Wescott —que compartian todos ellos mi pesimismo acerca de lo que estaba por venir— fueron inestimables. Pasamos largas jorna- das conversando sobre la crisis econémica global y lo que deberfa hacerse al respecto, con los miembros de la Comisién de Expertos del Presidente de la Asamblea General de Naciones Unidas sobre Reformas del Sistema Monetario y Financiero Internacional, que yo presidia’. Estoy profundamente agradecido por las ideas que mani- festaron, y por la comprensi6n que me aportaron sobre cémo esta- ba afectando la crisis a todos los lugares del mundo. Ademds, me encontré cn la afortunada posicién de no sélo ver directamente cémo estaba afectando la crisis a los paises de todos los continentes, sino también de discutir los impactos con los presi- dentes, con los primeros ministros, con los ministros de finanzas y de economia, y/o con los gobernadores de los bancos centrales y sus asesores econémicos en muchos paises, grandes y pequefios, desa- rrollados y en vias de desarrollo (como Reino Unido, Estados Uni- 27 Cafoa unre dos, Islandia, Francia, Alemania, Surdfrica, Portugal, Espana, Aus- tralia, India, China, Argentina, Malasia, Tailandia, Grecia, Italia, Nigeria, Tanzania y Ecuador) Llevo escribiendo sobre el tema de la regulacién financiera des- de Ja debacle de las cajas de ahorros en Estados Unidos a finales de los aos ochenta, y la influencia de mis colaboradores en esta 4rea, tanto en la Universidad de Stanford como en el Banco Mundial, de- berfa quedar clara: Kevin Murdock, Thomas Hellmann, Gerry Ca- prio (actualmente en el Williams College), Marilou Uy y Patrick Ho- nohan (actualmente gobernador del Banco Central de Irlanda). Estoy en deuda con Michael Greenberger, actualmente profesor de derecho en la Universidad de Maryland y director de la Division of Trading and Markets of the Commodity Futures Trading Com- mission [Division de comercio y mercados de la Comisién de tran- sacciones de futuros de materias primas], durante el periodo critico en que hubo un intento de regular los derivados, y con Randall Dodd, actualmente en el FMI, pero anteriormente en el Financial Policy Forum and Derivatives Study Center [Foro de politica finan- ciera y Centro de estudios de los derivados], por mejorar mi com- prensién de lo que estaba ocurriendo en el mercado de los deriva- dos. Quisiera mencionar a algunos otros que han contribuido a dar forma a mis ideas: Andrew Sheng, anteriormente en el Banco Mun- dial, y antiguo director de la Hong Kong Securities and Futures Commission [Comisién de titulos y futuros de Hong Kong]; Dr. Y. V. Reddy, antiguo gobernador del Reserve Bank of India; Arthur Le- vitt, antiguo presidente de la U.S. Securities and Exchange Commis- sion [Comision de titulos y transacciones de Estados Unidos]; Leif Pagrotsky, que desempefié un importante papel para resolver la cri- sis bancaria sueca; el gobernador Zeti Aziz del Banco Central de Ma- lasia, que jug6 un importante papel a la hora de gestionar la econo- mia de Malasia durante su crisis financiera; Howard Davies, antiguo director de la U.K. Financial Services Administration [Administra- ci6n de servicios financieros del Reino Unido], y actualmente en la London School of Economics; Jamie Galbraith, de la Universidad de Texas, Austin; Richard Parker y Kenneth Rogoff, de Harvard; An- drew Crockett y Bill White, ambos anteriormente en el Bank for In- ternational Settlements; Mar Gudmundsson, que como economista Jefe del Banco Central de Islandia me llevé por primera vez a aquel pais, y que ahora es su gobernador; Luigi Zingales, de la Universi- 28 AGRADECIMIENTOS dad de Chicago; Robert Skidelsky, de la Universidad de Warwick; Yu Yongding, del Instituto de Economia y Politica Mundial de Pekin; Da- vid Moss, del proyecto Tobin y de la Facultad de Derecho de Harvard; Elizabeth Warren y David Kennedy, también de la Facultad de Dere- cho de Harvard; Damon Silver, director de politica de la AFL-CIO; Ngaire Woods, de Oxford; José Antonio Ocampo, Perry Merhing, Stephany GriffithJones, Patrick Bolton y Charles Calomiris, todos ellos de la Universidad de Columbia; y Keith Leffler, de la Universi- dad de Washington. Afortunadamente, hay algunos periodistas excelentes, y valien- tes, que han contribuido a indagar en lo que estaba ocurriendo en el sector financiero y a sacarlo a la luz. Me han sido particularmente Utiles los escritos de Gretchen Morgenson, Lloyd Norris, Martin Wolf, Joe Nocera, David Wessel, Gillian Tett y Mark Pittman, y en al- gunos casos mis prolongadas conversaciones con ellos. Aunque soy critico con el Congreso de Estados Unidos, hay que hacer mencin de la congresista Carolyn Maloney, copresidenta del Comité Econémico Conjunto, por sus esfuerzos, y le estoy agradecido por las discusiones sobre muchos de los temas de este libro. Cualquier legislacion que se apruebe Mevard el sello del congresista Bamey Frank, presidente del Comité de Servicios Financieros de la Camara de Representantes, y he apreciado las muchas conversaciones que mantuve con él y con su economista jefe, David Smith, asi como las oportunidades de testificar ante su comité. Y aunque este libro es cri- tico con algunos de los enfoques de la administraci6n Obama, estoy agradecido a su equipo econdémico (incluyendo a Timothy Geithner, Larry Summers, Jason Furman, Austan Goolsbee y Peter Orszag) por haber compartido conmigo sus puntos de vista y por ayudarme a com- prender su estrategia. También quisiera dar las gracias a Dominique Strauss-Kahn, director ejecutivo del FMI, no sélo por las numerosas conversaciones a lo largo de los afios, sino también por sus esfuerzos por remodelar esa instituci6n. Tengo que destacar a dos personas por su influencia a la hora de dar forma a mis ideas sobre el tema en cuesti6n: Rob Johnson, un an- tiguo estudiante de Princeton, aporté sus nitidos puntos de vista so- bre la crisis, al haber estado a caballo entre los sectores privado y pu- blico, prestando servicio como economista jefe del Comité Bancario de] Senado durante la crisis de las cajas de ahorros, asi como trabajan- do en Wall Street. Y Bruce Geenwald, mi coautor durante un cuarto 29 CADDA ure de siglo, y profesor de finanzas en la Universidad de Columbia, que, como siempre, me proporcion6é ideas profundas y creativas sobre to- dos los temas que abordo en este libro, desde el sector bancario ylas Teservas mundiales, hasta la historia de la Gran Depresién. Se han publicado versiones anteriores de partes de este libro en Vanity Fair, y estoy especialmente agradecido a mi editor de alli, Cu- llen Murphy, por su papel ala hora de ayudar a dar forma y editar esos articulos («Wall Street’s Toxic Message», Vanity Fair, julio de 2009, y «Reversal of Fortune», Vanity Fair, octubre de 2008). En la produccién de este libro he tenido la particular suerte de gozar de la ayuda de un equipo de asistentes de investigacién de pri- mer orden: Jonathan Dingel, Izzet Yildiz, Sebastian Rondeau y Dan Choate; y de asistentes editoriales, Deidre Sheehan, Sheri Prasso y Jesse Berlin, Jill Blackford no s6lo supervis6 todo el proceso, sino que también realizé inestimables contribuciones en todas las fases, desde la investigacion hasta la edicién. Una vez. mas, he tenido la suerte de trabajar con W. W, Norton y Penguin: los detallados comentarios y la edicién por parte de Bren- dan Curry, Drake McFeely y Stuart Profitt fueron de inestimable va- lor. Mary Babcock realizé un soberbio trabajo de copiado-edicién en unos plazos extraordinariamente apremiantes. Por tiltimo, como siempre, mi mayor deuda es con Anya Schi- ffrin, desde la discusion de las ideas en la etapa de formacién hasta la edicién del manuscrito. Este libro no habria sido posible sin ella. 30 CaPITULO | LA GESTACION DE UNA CRISIS Ll. unica sorpresa respecto a la crisis econémica de 2008 fue que resultara una sorpresa para tanta gente. Para unos cuantos observa- dores se trataba de un caso de libro que no sélo era predecible, sino que habia sido previsto. Un mercado desregulado, inundado de li- quidez y con unos tipos de interés bajos, una burbuja inmobiliaria mundial, y unos créditos de alto riesgo en vertiginoso aumento cran una combinacién peligrosa. Afiddase el déficit ptuiblico y co- mercial de Estados Unidos, y la correspondiente acumulacién en China de ingentes reservas de délares —una economia global dese- quilibrada— y resultaba claro que las cosas estaban terriblemente torcidas. Lo que era distinto en esta crisis respecto a las numerosas que la habfan precedido durante el ultimo cuarto de siglo era que esta cri- sis Ilevaba la etiqueta «made in USA», Y mientras que las anteriores crisis habian sido contenidas, esta crisis