ESCRITORAS QUE CUENTAN HISTORIAS DE MUJERES

RECOPILACIÓN DE RELATOS Y FRAGMENTOS DE OBRAS
ESCRITAS POR MUJERES QUE HABLAN DE MUJERES.
PROYECTO:

“MUJERES EN TU HISTORIA”

NADA. CARMEN LAFORET.
" Quizá me ocurra esto porque he vivido siempre con seres
demasiado normales y satisfechos de ellos mismos. Estoy
segura de que mi madre y mis hermanos tienen la certeza
de su utilidad indiscutible en este mundo, que saben en
todo momento lo que quieren, lo que les parece mal y lo
que les parece bien… Y que han sufrido muy poca angustia
ante
ningún
hecho.
(...)
Me compensaba el trabajo que me llegaba a costar poder ir
limpia a la Universidad, y sobre todo parecerlo junto al
aspecto confortable de mis compañeros. Aquella tristeza de
recose los guantes, de lavar mis blusas en el agua turbia y
helada del lavadero de la galería con el mismo trozo de
jabón que Antonia empleaba para fregar sus cacerolas y que
por las mañanas raspaba mi cuerpo bajo la ducha fría.
(...)
De todas maneras, yo misma, Andrea, estaba viviendo entre
las sombras y las pasiones que me rodeaban. A veces
llegaba
a
dudarlo.
Aquella misma tarde había sido la fiesta de Pons. Durante
cinco días había yo intentado almacenar ilusiones para esa
escapatoria de mi vida corriente. Hasta entonces me había
sido fácil dar la espalda a lo que quedaba atrás, pensar en
emprender una vida nueva a cada instante. Y aquel día yo
había sentido como un presentimiento de otros horizontes.
Mi amigo me había telefoneado por la mañana y su voz me
llenó de ternura por él. El sentimiento de ser esperada y
querida me hacía despertar mil instintos de mujer; una
emoción como de triunfo, un deseo de ser alabada,
admirada, de sentirme como la Cenicienta del cuento,
princesa por unas horas, después de un largo incógnito. Me
acordaba de un sueño que se había repetido muchas veces
en mi infancia, cuando yo era una niña cetrina y
delgaducha, de esas a quienes las visitas nunca alaban por
lin- das y para cuyos padres hay consuelos reticentes.
Esas palabras que los niños, jugando al parecer absortos y
ajenos a la conversación, recogen ávidamente: «Cuando
crezca, seguramente tendrá un tipo bonito», «Los niños dan
muchas sorpresas al crecer»... Dormida, yo me veía
corriendo, tropezando, y al golpe sentía que algo se
desprendía de mí, como un vestido o una crisálida que se

rompe y cae arrugada a los pies. Veía los ojos asombrados
de las gentes. Al correr al espejo, contemplaba, temblorosa
de emoción, mi transformación asombrosa en una rubia
princesa —precisamente rubia, como describían los cuentos
—, inmediatamente dotada, por gracia de la belleza, con los
atributos de dulzura, encanto y bondad, y el maravilloso de
esparcir generosamente mis sonrisas… Esta fábula, tan
repetida en mis noches infantiles, me hacía sonreír, cuando
con las manos un poco temblorosas trataba de peinarme
con esmero y de que apareciera bonito mi traje menos viejo,
cuidadosamente planchado para la fiesta. «Tal vez —
pensaba yo un poco ruborizada— ha llegado hoy ese día.» "
NADA. CAPÍTULO 1.
Por dificultades en el último momento para adquirir billetes,
llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del
que había anunciado, y no me esperaba nadie.
Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba
asustada; por el contrario, me parecía una aventura
agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche.
La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba
a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de
asombro miraba la gran Estación de Francia y los grupos
que estaban esperando el expreso y los que llegábamos con
tres horas de retraso.
El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre
tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía
todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por
fin a una ciudad grande, adorada en mis sueños por
desconocida.
Empecé a seguir –una gota entre la corriente- el rumbo de la
masa humana que, cargada de maletas, se volcaba en la
salida. Mi equipaje era un maletón muy pesado -porque
estaba casi lleno de libros- y lo llevaba yo misma con toda la
fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectación.
Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones con
la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de
casas dormidas, de establecimientos cerrados, de faroles
como centinelas borrachos de soledad. Una respiración
grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada.
Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las callejuelas

misteriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón
excitado, estaba el mar.
Debía parecer una figura extraña con mi aspecto risueño y
mi viejo abrigo que, a impulsos de la brisa, me azotaba las
piernas, defendiendo mi maleta, desconfiada de los
obsequiosos “camàlics”.
Recuerdo que, en pocos minutos, me quedé sola en la gran
acera, porque la gente corría a coger los escasos taxis o
luchaba por arracimarse en el tranvía.
Uno de esos viejos coches de caballos que han vuelto a
surgir después de la guerra se detuvo delante de mí y lo
tomé sin titubear, causando la envidia de un señor que se
lanzaba detrás de él desesperado, agitando el sombrero.
Corrí aquella noche, en el desvencijado vehículo, por anchas
calles vacías y atravesé el corazón de la ciudad lleno de luz
a toda hora, como yo quería que estuviese, en un viaje que
me pareció corto y que para mí se cargaba de belleza.
El coche dio la vuelta a la plaza de la Universidad y recuerdo
que el bello edificio me conmovió con un grave saludo de
bienvenida.
Enfilamos la calle Aribau, donde vivían mis parientes, con
sus plátanos llenos aquel octubre de espeso verdor y su
silencio vívido de mil almas detrás de los balcones
apagados. Las ruedas del coche levantaban una estela de
ruido, que repercutía en mi cerebro. De improviso sentí
crujir y balancearse todo el armatoste. Luego quedó
inmóvil-Aquí es- dijo el cochero.
Levanté la cabeza hacia la casa frente a la cual estábamos.
Filas de balcones se sucedían iguales con su hierro oscuro,
guardando el secreto de las viviendas. Los miré y no pude
adivinar cuáles serían aquellos a los que en adelante yo me
asomaría. Con la mano un poco temblorosa di unas monedas
al vigilante, y cuando él cerró el portal detrás de mí, con un
gran temblor de hierros y cristales, comencé a subir muy
despacio la escalera, cargada con mi maleta.
Todo empezaba a ser extraño en mi imaginación; los
estrechos y desgastados escalones de mosaico, iluminados
por la luz eléctrica, no tenían cabida en mi recuerdo.
Ante la puerta del piso me acometió un súbito temor de
despertar a aquellas personas desconocidas que eran para

mí, al fin y al cabo, mis parientes y estuve un rato
titubeando antes de iniciar una tímida llamada a la que
nadie contestó. Se empezaron a apretar los latidos de mi
corazón y oprimí de nuevo el timbre. Oí una voz temblona:
“¡Ya va! ¡Ya va!”
Unos pies arrastrándose y unas manos torpes descorrieron
cerrojos.
Luego, me pareció todo una pesadilla.

ENTRE VISILLOS. CARMEN MARTÍN GAITE.
«Ayer vino Gertru. No la veía desde antes del verano.
Salimos a dar un paseo. Me dijo que no creyera que porque
ahora está tan contenta ya no se acuerda de mí; que estaba
deseando poder tener un día para contarme cosas. Fuimos
por la chopera del río paralela a la carretera de Madrid. Yo
me acordaba del verano pasado, cuando veníamos a buscar
bichos para la colección con nuestros frasquitos de boca
ancha llenos de serrín empapado de gasolina. Dice que ella
este curso por fin no se matricula, porque a Ángel no le
gusta el ambiente del Instituto. Yo le pregunté que por qué,
y es que ella por lo visto le ha contado lo de Fonsi, aquella
chica de quinto que tuvo un hijo el año pasado. En nuestras
casas no lo habíamos dicho; no sé por qué se lo ha tenido
que contar a él. Me enseñó una polvera que le ha regalado,
pequeñita, de oro.
–Fíjate qué ilusión. ¿Sabes lo que me dijo al dármela? Que
la tenía guardada su madre para cuando tuviera la primera
novia formal. Ya ves tú; ya le ha hablado de mí a su madre.
Que si no me parecía maravilloso. Me obligaba a mirarla,
cogiéndome del brazo con sus gestos impulsivos. Se había
pintado un poco los ojos y a mí me parecía que se iba a aver
gonzar de que se lo notase. Luego me contó que se pone
de largo dentro de pocos días en una fiesta que dan en el
aeropuerto, que ella ya sabe cómo lo van a adornar todo,
porque Ángel es capitán de aviación y uno de los que lo
organizan; que han estado juntos comprando bebidas, faro
lillos y colgantes de colores. Me explicó con muchos detalles
cómo es su traje de noche; se soltaba de mí entre las expli
caciones y daba vueltas de vals por la orilla, sorteando los
árboles y echando la cabeza para atrás. Se paró en un
tronco
y me fue haciendo con el dedo una especie de plano de la
entrada al aeropuerto y de los hangares donde van a dar la
fiesta. Quería que me lo imaginara exactamente para que
le diera alguna idea original de cómo lo adornaría yo, por
si le sirve a Ángel lo que yo diga. No comprendía que no
hubiera convencido a mis hermanas para ir yo también, tan
fantástico como será. No le quise contar que he tenido que
insistir para convencerlas precisamente de lo contrario. Le
dije sólo que soy pequeña todavía. Quería que hablara ella

y me dejara a mí.
–Tú me llevas dos meses, Natalia. ¿Es que ya no te acuer
das? –dijo. Y se reía–. ¿Tan mayor te parezco ahora?
Estábamos en el sitio de las barcas y hacía una tarde muy
buena. Yo quise que remáramos un poco, pero Gertru tenía
prisa por volver a las siete, y además no quería arrugarse el
vestido de organza amarilla. Yo me senté en la hierba contra
el tronco de un árbol, y ella se quedó de pie. Se agachaba
a recoger piedras planas y las echaba al río; brincaban dos
o tres veces antes de hundirse, parecían ranitas, y a mí me
gustaba mirar los círculos que dejaban en el agua. Me dijo
que por qué estaba tan callada, que le contase alguna cosa,
pero yo no sabía qué contar...»
NUBOSIDAD VARIABLE. CARMEN MARTÍN GAITE.
Fragmento 1
“Ayer no la había visto en todo el día. Me desperté muy
temprano y cogí un coche de línea que lleva a Cádiz. Estuve
deambulando por la Caleta, por el barrio de la Viña y por
distintas calles y plazas que me traían el recuerdo
idealizado de Manolo. Me quedé un rato apoyada en el
mirador de Santa Elena, viendo los trenes desde arriba,
todo ese laberinto de vías que se cruzan, con la bahía al
fondo. Tiene una hermosura desolada, de postal antigua.
«Es un sitio adonde vengo desde pequeño siempre que
tengo ganas de llorar», me confesó Manolo en el último
paseo que dimos juntos aquel verano, poco antes de que
saliera mi tren. No habíamos hablado mucho. Él había
quedado en que me iría a visitar a Madrid, pero yo sabía que
ya todo iba a ser distinto, que se estaba consumiendo un
verano irrepetible. «Márchate –le dije ya en la estación,
adonde habíamos llegado con mucho tiempo-. No me gustan
las despedidas. No sabe uno qué decir.» No dijo nada.
Acababa de ayudarme a poner los bultos en la red de mi
compartimiento de Wagon-lit, y estábamos sentados allí, en
el borde del sofá, como dos tontos. Todavía recuerdo el beso
que me dio antes de levantarse y salir corriendo, como alma
que lleva el diablo. Un beso de fuego líquido, de los que
dejan cicatriz. Poco después, cuando el tren emprendió la
marcha, iba yo asomada a una de las ventanillas del
descansillo, y reconocí, a la luz del ocaso, el murallón donde
viene pintado con letras enormes el nombre de la ciudad.

Coronándolo, está el mirador de Santa Elena. Alcé los ojos
con una súbita corazonada. Había allí un hombre agitando
un pañuelo.”
Fragmento 2
“Querida Sofía:
A pesar de los años que hace que no te escribo una carta,
no he olvidado el ritual a que siempre nos ateníamos. Lo
primero de todo, ponerse en postura cómoda y elegir un
rincón grato, ya sea local cerrado o al aire libre. Luego, dar
noticia un poco detallada de ese lugar, igual que se describe
previamente el escenario donde va a desarrollarse un texto
teatral, es de día, en primer término sofá, por el lateral
derecha puerta que da al jardín, lo que sea, para que el
destinatario de la carta se oriente y pueda meterse en
situación desde el principio. Son pautas que sugeriste tú –lo
recordarás-, como marcabas, casi sin que se diera uno
cuenta, las reglas de todos los juegos.
Pues bueno, ya me he puesto cómoda, y además he
descorchado una botella de champán francés que tenía en la
nevera desde Navidades. Con taponazo hasta el techo. Ha
habido motivo, y no pequeño. Si supieras el milagro que es
para mí volver a tener ganas de escribir una carta no de
negocios, no de reproches, no de consejos, no para resolver
nada. Una carta porque sí, sin tener de antemano el
borrador en la cabeza, porque te sale del alma, porque te
apetece muchísimo. Me había olvidado. Es lo más urgente
del mundo, pero también lo menos obligatorio. De eso que
dices, bueno, son las once y tengo toda la noche por
delante, salga el sol por donde quiera, no voy a mirar la
agenda de mañana y que se hunda el mundo, yo a lo mío, y
te la pena de la gente que está cenando en restaurantes de
cinco tenedores o se ha sentado a mirar la televisión o a
eternizarse hablando por teléfono.”
[…]
“Ya vendrás a verme algún día, espero. Aunque mejor no
proyectar nada. De momento, a lo escrito se contesta por
escrito. Era otra de tus reglas de oro, y lo debe de seguir
siendo, porque no me mandas el teléfono. Claro que yo
podría buscarlo, y de hecho lo he buscado mirando en la

guía de calles. Mi primer impulso ha sido llamarte para
decirte que vinieras, luego me he dado cuenta de que no, de
que aún puede ser quebradizo el suelo que pisamos. Esta
cautela previa de lo epistolar me parece saludable. Queda
mucho hielo que romper.”

JANE EYRE. CHARLOTTE BRÖNTE.
Fragmento 1
«A la señorita Ingram le faltaba algo para provocar mis
celos: era demasiado imperfecta para despertarlos. Perdona
esta aparente paradoja: sé lo que me digo. Era muy
llamativa, pero no era auténtica. Tenía un bello cuerpo y
muchos talentos deslumbradores, pero su mente era
mediocre y su corazón yermo por naturaleza. No florecía
nada de manera espontánea en esa tierra; ningún fruto
natural deleitaba por su lozanía. No era buena, no era
original: acostumbraba a repetir citas altisonantes de los
libros, pero nunca ofrecía, ni tenía, opinión propia.
Preconizaba sentimientos elevados, pero desconocía los
sentimientos de compasión y piedad, carecía de ternura y
sinceridad. Demostraba esto con demasiada frecuencia,
descargando la antipatía malévola que albergaba contra la
pequeña Adèle, rechazándola con algún epíteto ofensivo
cuando se acercaba ésta, a veces echándola de la
habitación, y tratándola siempre con frialdad y acritud.
Otros ojos, además de los míos, observaban estas
manifestaciones de carácter; las observaban de cerca, con
agudeza y perspicacia. Sí, el futuro novio, el señor
Rochester mismo, ejercía una vigilancia constante sobre su
pretendida; y fueron su sagacidad, su recelo, su conciencia
perfecta y diáfana de los defectos de su amada, la evidente
ausencia de pasión de sus sentimientos por ella, lo que me
causaban un sufrimiento incesante.
Me di cuenta de que se iba a casar con ella por razones de
familia o, quizás, políticas, porque le convenían su rango y
sus conexiones. Me parecía que no le había entregado su
amor y que ella no tenía las cualidades necesarias para
ganar ese tesoro. Ésta era la cuestión, esto era lo que me
exasperaba y torturaba los nervios, aquí residía mi
sufrimiento: ella no era capaz de enamorarlo.
Si ella hubiera conseguido una victoria inmediata y él
hubiera depositado su corazón a sus pies, yo me habría
tapado la cara, me habría vuelto hacia la pared y
(metafóricamente) habría muerto para ellos. Si la señorita
Ingram hubiese sido una mujer buena y noble, dotada de
fuerza, fervor, bondad y sentido, yo habría librado una

batalla con dos tigres: los celos y la desesperación. Después
de que éstos me hubieran arrancado y devorado el corazón,
la habría admirado, habría reconocido su perfección y me
habría callado durante el resto de mis días. Cuanto más
absoluta su superioridad, más profunda habría sido mi
admiración y más serena mi resignación. Pero, tal como
estaban las cosas, observar los intentos de la señorita
Ingram de fascinar al señor Rochester, ser testigo de sus
constantes fracasos sin que ella se diese cuenta de ello,
creyendo, en su vanidad, que cada flecha disparada daba en
el blanco y vanagloriándose de su éxito, cuando su orgullo y
engreimiento repelían cada vez más lo que ella pretendía
atraer; ser testigo de aquello era hallarse bajo una
excitación sin fin y una despiadada represión.»
Fragmento 2
-¡Y yo le digo que me iré! -exclamé con vehemencia-.
¿Piensa que me es posible vivir a su lado sin ser nada para
usted? ¿Cree que soy una autómata, una máquina
sin sentimientos humanos? ¿Piensa que porque soy pobre y
oscura carezco de alma y de corazón? ¡Se equivoca! ¡Tengo
tanto corazón y tanta alma como usted! Y si Dios
me hubiese dado belleza y riquezas, le sería a usted tan
amargo separarse de mí como lo es a mí separarme de
usted. Le hablo prescindiendo de convencionalismos, como
si estuviésemos más allá de la tumba, ante Dios, y nos
hallásemos en un plano de igualdad, ya que en espíritu lo
somos.

-¡Lo somos! -repitió Rochester. Y tomándome en sus brazos
me oprimió contra su pecho y unió sus labios a los míos-.
¡Sí, Jane!
-O tal vez no -repuse, tratando de soltarme-, porque usted
va a casarse con una mujer con quien no simpatiza, a quien
no puedo creer que ame. Yo rechazaría una unión así. Luego
yo soy mejor que usted. ¡Déjeme marchar!
-¿Adónde, Jane? ¡A Irlanda!
-Sí, a Irlanda. Lo he pensado bien y ahora creo que debo

irme.
-Quédese, Jane. No luche consigo misma como un ave que,
en su desesperación, despedaza su propio plumaje.
-No soy un ave, sino un ser humano con voluntad personal,
que ejercitaré alejándome de usted. Haciendo un esfuerzo,
logré soltarme y permanecí en pie ante él.
-También su voluntad va a decidir de su destino -repuso-. Le
ofrezco mi mano, mi corazón y cuanto poseo.
-Se burla usted, pero yo me río de su oferta.
-La pido, que viva siempre a mi lado, que sea mi mujer.
-Respecto a eso, ya tiene usted hecha su elección.
-Espere un poco, Jane. Está usted muy excitada. Una ráfaga
de viento recorrió el sendero bordeado de laureles, agitó las
ramas del castaño y se extinguió a lo lejos. No se percibía
otro ruido que el canto del ruiseñor. Al oírlo, volví a llorar.
Rochester, sentado, me contemplaba en silencio,
con serenidad, grave y amablemente. Cuando habló al fin,
dijo:
-Siéntese a mi lado, Jane, y expliquémonos.
-No volveré más a su lado.
-Jane, ¿no oye que deseo hacerla mi mujer? Es con usted con
quien quiero casarme.
Callé, suponiendo que se burlaba.
-Venga, Jane.
-No. Su novia nos separa.
Se puso en pie y me alcanzó de un salto.
-Mi novia está aquí -dijo, atrayéndome hacia sí-: es mi igual
y me gusta. ¿Quiere casarse conmigo, Jane?

No le contesté; luchaba para librarme de él. No le creía.
-¿Duda de mí, Jane?
-En absoluto.
-¿No tiene fe en mí?
-Ni una gota.
-Entonces, ¿me considera usted un bellaco? -dijo con
vehemencia-. Usted se convencerá, incrédula. ¿Acaso amo a
Blanche Ingram? No, y usted lo sabe. ¿Acaso me ama ella a
mí? No, y me he preocupado de comprobarlo. He hecho
llegar hasta ella el rumor de que mi fortuna no era ni la
tercera parte de lo que se suponía, y luego me
he presentado a Blanche y a su madre. Las dos me han
acogido con frialdad. No puedo, ni debo, casarme con
Blanche Ingram. A usted, tan rara, tan insignificante, tan
vulgar, es a
quien quiero como a mi propia carne, y a quien ruego que
me acepte por esposo.
-¿A mí? -exclamé, empezando a creerle, en vista de su
apasionamiento y, sobre todo, de su ruda franqueza-. ¡A mí,
que no tengo en el mundo otro amigo que usted, si es que
usted se considera amigo mío, y que no poseo un chelín, no
siendo los que usted me paga!
-A usted, Jane. Quiero que sea mía, únicamente mía.
¿Acepta? ¡Diga inmediatamente que sí!
-Mr. Rochester, déjeme mirarle la cara. Vuélvase de modo
que le ilumine la luna.
-¿Para qué?
-Porque quiero leer en su rostro.
-Bien; ya está. Creo que mi rostro no le va a parecer más
legible que una hoja tachada, pero en fin, lea lo que quiera,
con tal de que sea pronto.
Su faz estaba muy agitada. Tenía las facciones contraídas y

una extraña luz brillaba en sus ojos.
-¡Me tortura usted, Jane! -exclamó-. Por muy franca y
bondadosa que sea su mirada, me escudriña de un modo...
-¿Cómo voy a torturarle? Si dice usted la verdad y su oferta
es sincera, mis sentimientos no pueden ser otros que los de
una gratitud infinita. ¿Cómo voy a torturarle con ella?
-¿Gratitud? Jane -ordenó, perentoriamente-, dígame así:
«Edward, quiero casarme contigo.»
-¿Es posible que me quiera usted de verdad? ¿Qué se
propone hacerme su mujer?
-Sí; se lo juro, si lo desea.
-Entonces, señor, sí quiero casarme con usted.
-Señor, no. Di Edward, mujercita mía.
-¡Oh, querido Edward!
-Ven, ven conmigo -y rozando mis mejillas con las suyas y
hablándome al oído, murmuró-: Hazme feliz y yo te haré
feliz a ti.

HISTORIA DE UNA HORA. KATE CHOPIN.
Sabiendo que la señora Mallard padecía del corazón, se
tomaron muchas precauciones antes de darle la noticia de la
muerte de su marido.
Fue su hermana Josephine quien se lo dijo, con frases
entrecortadas e insinuaciones veladas que lo revelaban y
ocultaban a medias. El amigo de su marido, Richards,
estaba también allí, cerca de ella. Fue él quien se
encontraba en la oficina del periódico cuando recibieron la
noticia del accidente ferroviario y el nombre de Brently
Mallard encabezaba la lista de «muertos». Tan sólo se había
tomado el tiempo necesario para asegurarse, mediante un
segundo telegrama, de que era verdad, y se había
precipitado a impedir que cualquier otro amigo, menos
prudente y considerado, diera la triste noticia.
Ella no escuchó la historia como otras muchas mujeres la
han escuchado, con paralizante incapacidad de aceptar su
significado. Inmediatamente se echó a llorar con repentino y
violento abandono, en brazos de su hermana. Cuando la
tormenta de dolor amainó, se retiró a su habitación, sola.
No quiso que nadie la siguiera.
Frente a la ventana abierta había un amplio y confortable
sillón. Agobiada por el desfallecimiento físico que rondaba
su cuerpo y parecía alcanzar su espíritu, se hundió en él.
En la plaza frente a su casa, podía ver las copas de los
árboles temblando por la reciente llegada de la primavera.
En el aire se percibía el delicioso aliento de la lluvia. Abajo,
en la calle, un buhonero gritaba sus quincallas. Le llegaban
débilmente las notas de una canción que alguien cantaba a
lo lejos, e innumerables gorriones gorjeaban en los aleros.
Retazos de cielo azul asomaban por entre las nubes, que
frente a su ventana, en el poniente, se reunían y apilaban
unas sobre otras.
Se sentó con la cabeza hacia atrás, apoyada en el cojín de la
silla, casi inmóvil, excepto cuando un sollozo le subía a la
garganta y le sacudía, como el niño que ha llorado al irse a
dormir y continúa sollozando en sus sueños.
Era joven, de rostro hermoso y tranquilo, y sus facciones
revelaban contención y cierto carácter. Pero sus ojos tenían
ahora la expresión opaca, la vista clavada en la lejanía, en
uno de aquellos retazos de cielo azul. La mirada no indicaba
reflexión, sino más bien ensimismamiento.
Sentía que algo llegaba a ella y lo esperaba con temor. ¿De

qué se trataba? No lo sabía, era demasiado sutil y esquivo
para nombrarlo. Pero lo sentía surgir furtivamente del cielo
y alcanzarla a través de los sonidos, los aromas y el color
que impregnaban el aire.
Su pecho subía y bajaba agitadamente. Empezaba a
reconocer aquello que se aproximaba para poseerla, y
luchaba con voluntad para rechazarlo, tan débilmente como
si lo hiciera con sus blancas y estilizadas manos. Cuando se
abandonó, sus labios entreabiertos susurraron una
palabrita. La murmuró una y otra vez: «¡Libre, libre, libre!».
La mirada vacía y la expresión de terror que la había
precedido desaparecieron de sus ojos, que permanecían
agudos y brillantes. El pulso le latía rápido y el fluir de la
sangre templaba y relajaba cada centímetro de su cuerpo.
No se detuvo a pensar si aquella invasión de alegría era
monstruosa o no. Una percepción clara y exaltada le
permitía descartar la posibilidad como algo trivial. Sabía
que lloraría de nuevo al ver las manos cariñosas y frágiles
cruzadas en la postura de la muerte; que el rostro que
siempre la había mirado con amor estaría inmóvil, gris y
muerto. Pero más allá de aquel momento amargo, vio una
larga procesión de años por llegar que serían sólo suyos. Y
extendió sus brazos abiertos dándoles la bienvenida.
No habría nadie para quien vivir durante los años venideros;
ella tendría las riendas de su propia vida. Ninguna voluntad
poderosa doblegaría la suya con esa ciega insistencia con
que los hombres y mujeres creen tener derecho a imponer
su íntima voluntad a un semejante. Que la intención fuera
amable o cruel, no hacía que el acto pareciera menos
delictivo en aquel breve momento de iluminación en que
ella lo consideraba.
Y a pesar de esto, ella le había amado, a veces; otras no.
¡Pero qué importaba!. ¡Qué podría el amor, ese misterio sin
resolver, significar frente a esta energía que
repentinamente reconocía como el impulso más poderoso de
su ser!
"¡Libre, libre en cuerpo y alma!" continuó susurrando.
Josephine, arrodillada frente a la puerta cerrada, con los
labios pegados a la cerradura le imploraba que la dejara
pasar. “Louise, abre la puerta, te lo ruego, ábrela, te vas a
poner enferma. ¿Qué estás haciendo, Louise? Por lo que
más quieras, abre la puerta.”
“Vete. No voy a ponerme enferma”. No; estaba embebida en
el mismísimo elixir de la vida que entraba por la ventana

abierta.
Su imaginación corría desaforada por aquellos días
desplegados ante ella: días de primavera, días de verano y
toda clase de días, que serían sólo suyos. Musitó una rápida
oración para que la vida fuese larga. ¡Y pensar que tan sólo
ayer sentía escalofríos ante la idea de que la vida pudiera
durar demasiado!
Por fin se levantó y ante la insistencia de su hermana, abrió
la puerta. Tenía los ojos con brillo febril y se conducía
inconscientemente como una diosa de la Victoria. Agarró a
su hermana por la cintura y juntas descendieron las
escaleras. Richards, erguido, las esperaba al final.
Alguien intentaba abrir la puerta con una llave. Brently
Mallard entró, un poco sucio del viaje, llevando con aplomo
su maletín y el paraguas. Había estado lejos del lugar del
accidente y ni siquiera sabía que había habido uno.
Permaneció de pie, sorprendido por el penetrante grito de
Josephine y el rápido movimiento de Richards para que su
esposa no lo viera.
Cuando los médicos llegaron dijeron que ella había muerto
del corazón -de la alegría que mata.

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