ENTRE MORERA

Y
CURANIPE

José Carlos Torró Casanova

© 2013 José Carlos Torró
1ª edición
ISBN:
Impreso en España / Printed in Spain
Impreso por Bubok

Si tienes sueños
Ten cuidado porque
Un día pueden
Convertirse en realidad

INDICE
Prólogo
PRIMERA PARTE
Capítulo 1 – 1850 El nacimiento
Capítulo 2 – 1862 Las dudas de Pepet
Capítulo 3 – 1864 El tío Sebastián
Capítulo 4 – 1865 La marcha
Capítulo 5 – 1865 Villanueva del Grao
Capítulo 6 – 1865 El barco
Capítulo 7 – 1865 El desembarco
Capítulo 8 – 1865 Buenos Aires
Capítulo 9 – 1865 Navidad
Capítulo 10 – 1866 1868 Corrientes
Capítulo 11 – 1869 Viaje a España
Capítulo 12 – 1869 - 1873 Mendoza
SEGUNDA PARTE
Capítulo 13 – 1873 Antofagasta
Capítulo 14 – 1873 Morera
Capítulo 15 – 1879 La guerra del Pacífico
Capítulo 16 – 1880 Valentina
TERCERA PARTE
Capítulo 17 – 1888 - 1890 La casa Sazie
Capítulo 18 – 1906 Alcoy
Capítulo 19 – 1906 1910 Sociedad Estannífera Totoral
Capítulo 20 – 1915 El vizconde de Morera
Capítulo 21 – 1929 Navidad en Curanipe
Epílogo

Prólogo
1890
La niña miraba a su madre a través del cristal esperando a
que ésta se levantara de la cama. A su lado, una enfermera
posaba su mano sobre su hombro intentando consolarla.
- ¿Hoy tampoco se levanta mi madre?
A la enfermera se le rompía el corazón al oír a la pequeña.
Su madre tenía tuberculosis y estaba aislada en una sala
por temor al contagio. Su tos, cada vez más frecuente, le
golpeaba la cabeza y los esputos que sacaba eran cada vez
más oscuros, como si los intestinos se le fueran por la
boca. Su tez era blanquecina y los labios apenas se
distinguían del resto de la cara.
Qué más quisiera ella que levantarse, pero no tenía
fuerzas, se le escapaban a cada minuto que pasaba.
Pobre hija, pensaba la mujer, viene a verme todos los días
sin fallar uno. Hasta la semana pasada estuvieron las dos
en casa pero notaba que la vida se le escapaba entre las
manos y la tuvieron que internar. ¿Qué era lo que tenía?
Nadie le decía nada pero no hacía falta, sabía que se
moría, por eso pidió a la enfermera que redactase una carta
y luego ella la firmaría. Si muriera, se la entregaría a su
hija con unas instrucciones. La enfermera accedió y ahora
la carta estaba en su poder por si era necesario.
La mujer cerró los ojos, le pesaban demasiado, le dolía la
cabeza, no tenía fuerzas para pensar en nada más.
Al verla así, la enfermera pensó lo peor.
- ¿Qué le pasa a mi madre? – gritó la niña.
- No lo sé. Espera, voy a llamar al médico.
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Éste auscultó a la mujer y no oyó ningún latido. Los dos
miraron a la pequeña. Ahora viene lo peor, pensó la
enfermera
Fuera, la niña lloraba. La enfermera intentó calmarla sin
conseguirlo. Cuando se apaciguó le dio la carta.
- ¿Qué es eso?
- Es una carta. Se la tienes que entregar a este hombre –
dijo señalando el nombre que figuraba en el sobre.
- También me dio dinero. Irás a Santiago en tren a esta
dirección y preguntarás por él.
- ¿Ese hombre es mi papá?
- Eso no me lo dijo. Pero él se hará cargo de ti. Eso sí me
lo dijo.
La niña recogió sus cosas de casa acompañada por la
enfermera y juntas fueron a la estación. El tren no tardaría
en salir.
- Si no lo encuentras, vuelve al hospital.
- Bien.
La niña subió al tren y se sentó en uno de los bancos de
madera. A su lado, una mujer oronda acompañada de sus
hijos, cargada con sus canastos. La niña se sentó al lado de
la ventanilla y saludó a la enfermera que le devolvió el
saludo. Adiós pequeña, que Dios te acompañe.
El trayecto era largo pero ella no lo sabía. Era la primera
vez que subía en tren y su carita pegada al cristal devoraba
el paisaje. Su madre se había muerto y ahora ella quedaba
sola en el mundo. ¿Sería su padre ese hombre? ¿Y si no lo
encontraba?
El traqueteo del tren la durmió.

Después de varias horas de trayecto, el tren llegó a la
estación y se paró. La enfermera le había dicho la calle por
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la que tenía que preguntar. Tienes que ir recto en aquella
dirección, niña, le dijo una señora. Al final tuerces a la
izquierda y después pregunta por allí.
La enfermera le había dicho que era una casa grande y al
verla pensó que ya había llegado. Se dirigió a la puerta
principal y llamó.
- Busco al señor Pastor.
- El señor no está, niña. Toda la familia está en
Cauquenes.
- Tengo que verlo señora.
- Has de volver a la estación y coger el tren a Parral y de
allí a Cauquenes tendrás que ver a alguien que te lleve.
- Gracias señora.
La niña estaba muy cansada, se sentó en una esquina y se
durmió. Anda entra niña, le dijo la criada al verla en la
calle. Esta noche podrás dormir aquí.
Al día siguiente emprendió la marcha. La enfermera le
había dado dinero.
- Un billete a Parral.
- Por la vía 5, por allí niña.
- Gracias señor.
En dos días había tenido que subir a dos trenes. Le gustaba
viajar en tren. Veía los animales, las montañas, los ríos,
los árboles. Cuando paraban en una estación miraba a la
gente que subía y bajaba. ¿Dónde iban?
Se acordaba de su mamá. ¿Estaría en el cielo mirándola?
Ya en Cauquenes preguntó. “¡Ah!, la quinta Pastor, espera
que te indico, no te preocupes”.

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Valentina respiraba hondo para soportar la siguiente
contracción. Todavía tenía en la memoria sus anteriores
partos. Era lo que más temía pero la satisfacción de ver
después al bebé, al guagua en sus manos, era superior al
dolor que tenía que sufrir ahora.
- Grite todo lo que quiera señora – le decía la comadrona.
- Ich kann nicht mehr Charo, yo no puedo más – dijo con
su característico acento.
- Un esfuerzo más, ya falta poco.
Su marido esperaba impaciente en el salón. ¿Dónde estaría
ese medico? No es que hiciera falta pero él se sentía más
tranquilo si estaba don Melquíades.
Valentina seguía gritando cada vez más fuerte. Don José
fue a la habitación a ver a las pequeñas Amelia y Marta.
La criada estaba con ellas por si se despertaban.
- ¿Han preguntado algo?
- No, desde aquí no se oye nada.
- Mejor así. Buenas noches.
- Buenas noches señor.
Al salir oyó que llamaban a la puerta. Era el doctor. ¡Ya
era hora!
Don José abrió y se encontró de bruces con la niña. Al
principio su reacción fue la de cerrar la puerta, no quería
pedigüeños ahora, pero después de mirarla unos segundos
se fijó en esos ojos y la impresión fue grande porque... No
puede ser, pensó. El corazón empezó a golpearle la
cabeza. No sabía qué hacer. Miró dentro de la casa, ya no
se oían los gritos de Valentina. ¿Pero esa niña? Era
imposible. Intentó decir algo pero no le salía la voz.
Fueron unos segundos de gran desconcierto. Entonces la
voz que se oyó fue la de la comadrona. ¡Una niña!, dijo.
Claro que era una niña, eso ya lo sabía él, la tenía delante.
Pero ¡Era imposible!
- ¿Es usted el señor don José Pastor? – preguntó la niña.
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- Sí – acertó a decir.
- Yo soy Rosa Aravena.
- ¿Y tus padres?
- Mi madre murió ayer y me dio esta carta para usted.
No cabía duda de que era ella. Recordaba esa letra
inconfundible ¿Cuántos años habían pasado? Los
recuerdos se le agolparon en la mente, todos querían salir
de repente. Se acordaba de su madre, de las historias que
le contaba de cómo nació. Y se acordaba de los primeros
años. Toda la vida le pasó por delante en un segundo.

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PRIMERA PARTE

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Capitulo 1

1850 – El nacimiento

Cuando llegó la carta, Lola se puso histérica. Algo
pasaba en la familia, no cabía duda. Si no ¿a qué una
carta? Pepe intentaba tranquilizarla, no debía alterarse así
y menos en su estado.
- Rogelio, anda, léenos la carta, no te quedes ahí “pasmao”
como si no hubieras visto una parturienta histérica en
“toa” tu vida – le dijo al cartero mientras seguía dando
vueltas a la mesa sin parar de gritar seguida de su marido.
Rogelio, algo nervioso, rasgó el sobre y se dispuso a leer
la carta.
Granada, 12 de febrero de 1850...
- Madre mía, ya han pasado tres semanas.
La letra era de redondilla, bien equilibrada y por tanto
fácil de leer. Se notaba que la habría escrito algún cura o
alguien letrado.
Querida hermana:
- Ese es mi hermano, el Sebastián, que es maestro - le
explicó a Rogelio - Es el único que sabe escribir de “toa”
la familia.
- Pero quieres dejar de interrumpir – la increpó Pepe – “A
este pas no s’enterarem de res”
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- Ay hijo, no me hables en “valensiano” que no me entero
de “na”.
- No sé cóm em vaig fixar en tú – farfulló entre dientes –
Perque estás ben bona que si no...
Rogelio esperaba paciente a que lo dejaran seguir y
cuando los dos quedaron callados, mirándolo, prosiguió.
Espero estés bien. Nosotros aquí andamos preocupados
por madre...
- ¡Hay mi “mare”!. Mira que me lo imaginaba.
Rogelio volvió a detenerse pero esta vez Lola se calló
enseguida, mordisqueándose los dientes.
... que no anda muy bien estos últimos días. El médico
dice que debe descansar pero yo no le veo buena cara. Ya
sabes como es ella, siempre animada, pero tiene los labios
muy blancos y no me gusta nada. Igual se le pasa dentro
de unos días, ya te escribiré.
Padre está bien, mayor, pero bien. En los últimos días
llora mucho, dice que no sabe qué hará sin su Doloritas.
A ver si te decides un día y me escribes una carta y me
cuentas cómo estáis todos por ahí. ¿Qué tal el Ricardín?
El pobre, dile que su tío se acuerda mucho de él. ¿Y
Antoñito? estará hecho todo un hombretón. Lolita debe
estar muy cambiada. Dile a Pepe que si viene algún día
nos echaremos unas buenas partidas al dominó con unos
chatitos de vino.
Esperando que todo vaya muy bien, se despide, este que lo
es:
Tu hermano Sebastián Rodríguez
- Mi “mare” se muere, mi hermano no me lo ha querido
decir, pero ésta se me muere. Pepe, tenemos que ir a
“Graná”, quiero estar a su “lao”.
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- Pero ¿cómo vamos a ir a Granada en tu estado? Parirás a
mitad camino. No, no.
- Pues si tú no vienes me voy yo sola.
- ¡Dimoni de dona!
Rogelio dejó la carta encima de la mesa, cargó la saca y
salió a seguir su ronda por los caminos de Alcoy.
Aunque el genio se le iba por la boca, Lola en realidad era
una mujer muy cariñosa, enamorada de su marido y de sus
hijos.
Azuzados por el hambre, los Rodríguez, tres hermanos con
parte de sus familias, decidieron salir hacia tierras
valencianas y catalanas. Más de veinte almas
emprendieron el camino en busca de algo mejor. Algunos
subieron más arriba pero cuando los padres de Lola vieron
la sierra de Alcoy, pensaron que su viaje había terminado.
Cuando Lola se casó con Pepe, se fueron a vivir todos a la
finca de los Gisbert, en la casa para los medieros.
Dos años después, sus padres se volvieron para Granada.
Estaban muy mayores para andar por esos mundos de
Dios. Ahora su hija estaba en buenas manos y a ellos les
tocaba retirarse.
Su hermano Sebastián se había quedado en Granada
estudiando hasta que obtuvo plaza de maestro en una de
las escuelas. Para la boda fue a verlos y después también
dos o tres veces, en verano, para las vacaciones. Los niños
estaban enamorados con el tío Sebastián. El mayor,
Antoñito, ya tenía seis años, Lola tenía cuatro y Ricardín,
que tenía problemas con la vista, tenía dos años. Cuando
empezó a caminar se daba golpes, parecía que no veía lo
que tenía delante. El médico lo examinó en el hospital
civil y dijo que tenía muy poca visión en los ojos, pero que
fuera de vez en cuando para hacerle un reconocimiento.
Y ahora, lo que les mandara el Señor.
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Pepe había nacido en Alcoy, igual que toda su familia. Su
padre ya llevaba la finca de los Gisbert y cuando murió, él
la siguió llevando. No tenía estudios ni falta que le hacían.
Lo que debía saber lo sabía y bien. Los campos estaban
bien abonados con guano, los árboles bien podados y el
trabajo siempre bien hecho. Vivían de lo que les daba el
campo, así que ya procuraba que fuera lo máximo posible.
Al principio le ayudaba su mujer, pero ahora con todos los
niños, no tenía tiempo para nada.
Los señores Gisbert vivían en Valencia y solo aparecían
para las fiestas de San Jorge y en los meses de verano,
para pagarle a Pepe lo que había sacado de la venta de la
recolecta. Lola, unos días antes, abría la casa y la limpiaba
a fondo. Cuando se marchaban, lo cerraba todo hasta el
año siguiente. El señor Gisbert era un importante abogado
que tenía su bufete en la capital. A veces iba a Alcoy por
asuntos de trabajo. Lola siempre tenía una habitación
preparada por si venía el señor.
El mes de febrero era la época de menos trabajo, aunque
no debía descuidarse lo más mínimo. Sabía que si su
mujer se empeñaba en ir a Granada, allá tendrían que ir.
Pepe calculó el tiempo que les llevaría y, yendo rápidos,
con dos buenos caballos, en dos semanas podrían hacer el
viaje de ida y vuelta. Esperaba que al señor no se le
ocurriera ir ningún día porque se encontraría con todo
cerrado. Le dejaría una nota que le escribiría don Froilán,
el cura de la parroquia. Un asunto familiar, diría.
Por otra parte, tendría que llevar los niños a casa de su
hermana Rosa, ella los cuidaría bien. Si se los llevaban
con ellos tardarían mucho más. Era mejor así.
Después de dos semanas en las que Lola no dejó de darle
la lata a Pepe con que tenían que ir a ver a su madre, éste
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cedió por fin y le pidió que lo preparara todo, pero que los
niños se quedaban con su hermana.
- Por lo menos a Ricardín nos lo llevamos.
- No, el pequeño se queda, es el que más trabajo nos daría.
- Tu hermana no podrá con todos.
- Tu verás, o nos vamos solos o nos quedamos.
Lola resopló aguantando la flema que siempre llevaba
dentro, dio un golpe encima de la mesa y por fin dijo:
- Tú mandas.
- Aixó está millor
A Pepe le costaba dominarla pero sabía que no podía ceder
ni un milímetro en nada porque en cuanto se descuidaba,
se le subía a la cabeza.
Rosa era la hermana menor de Pepe. Hacía unos años se
quedó viuda y ahora vivía sola en la casa con su hijo
pequeño. Ella se alegraba de ver a sus sobrinos cuando
iban a visitarla pero ahora, dos semanas con ellos, eso era
demasiado.
- Ya se lo he dicho a tu hermano, pero él “dise” que te
tienes que quedar con ellos, “eah”.
- Bueno, ya me las arreglaré. El Antoñito es mayor y
cuidará de sus hermanos ¿verdad que sí?
Pero Antoñito no quería saber nada de niños. A ellos los
cuidaba su madre, él se pasaba el día detrás de su padre.
Solo había que verlo, los mofletes rojos y la frente blanca
por la boina, igual que su padre. Lola se ponía enferma al
ver al niño con la azada que le hizo Pepe, pero no podía
hacer nada para evitarlo.
- A Ricardín no lo pierdas de vista.
- Lola, tú no te preocupes por mí y mira más por tí. No sé
cómo se te ocurre marcharte en tu estado.

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- Pues cuando volvamos, ves pensando en ayudarme – le
dijo Lola – Te necesitaré más que antes Rosa. Con cuatro
niños y la casa no voy a poder con “tó”.
- Bueno ya lo hablaremos.

Desde Alcoy, primero cruzaron el barranco de la Batalla,
después bajaron el puerto de la Carrasqueta hasta Xixona
y Alicante. De allí a tierras murcianas y después, las
andaluzas.
Lola decía que vivían en un agujero en mitad de las
montañas y que para salir de allí hacía falta la ayuda de la
Virgen.
- Dios mío cuántas vueltesitas que da el dichoso caminito.
¡Con lo bien que estaba yo en mi casa de “Graná”!
- Lola – advirtió Pepe pacientemente – No em fases parlar
- Tú “parla” lo que quieras, mi “arma” – dijo ella riendo.
Lola estaba muy contenta porque iba a su tierra. Más de
diez años hacía que salió y desde entonces no había
vuelto. ¿Cómo estaría todo? ¿Y su madre? ¿Estaría bien?
Seguro que sí. Estarían unos días con ella y después se
volverían a casa.
Después de tres días de camino llegaron a Granada, al
barrio de San Ildefonso, en la calle Pernaleros Alto, una
calle muy estrecha con las casas pintadas de cal y la ropa
tendida al sol. Un jazmín señalaba la casa de los
Rodríguez.
Era media mañana. La puerta estaba cerrada, algo inusual.
- Qué mal fario me da esto Pepe.
La verdad es que no era normal. No había nadie por la
calle. Llamaron a la puerta de al lado y tampoco les
abrieron.
- Que la están enterrando Pepe, que mi madre se ha
muerto.
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Pepe empezó a ponerse nervioso también. Algo grave
debía haber pasado de lo contrario alguien habría en las
casas.
Lola empezó a ponerse más nerviosa de lo normal y se
tuvo que apoyar en la pared.
- Ay Pepe que viene el niño. Ay Pepe que no me aguanto
más. “Empieso” a tener dolores.
Lo que faltaba. Después de tres días tranquilos, solo
faltaba que se pusiera a parir allí.
- ¡Socorro! – gritó Pepe. Veía a su mujer cada vez más
pálida. Empezaba el parto, no cabía duda. ¡Y no había
nadie! Per el amor de Deu, que vinga algú.
Con los gritos alguien se asomó a un balcón y al ver a la
mujer a punto de parir, bajó a la calle. Era una mujer
mayor a la que apenas se le entendía lo que decía, pero
con los gestos parecía invitarlos a entrar en la casa.
- Tú eres la hija de la Dolores. ¿”Sus” habéis “llegao ora”?
Lola no podía responder y Pepe adivinó lo que preguntaba.
- Sí señora, venimos de tierras de Alicante, pero no hay
nadie en la casa.
Entraron los tres. Lola iba cogida de su marido. Las
habitaciones estaban arriba, había que subir la escalera. Un
último esfuerzo. La puerta de la derecha. Lola se dejó caer
de bruces y la mujer sacó al hombre casi empujándolo.
- Están todos en el cementerio – le dijo la mujer cuando
salieron.
- ¿Entonces se ha muerto la madre? – preguntó Pepe en
voz baja.
- ¿La madre? No, el padre.
- ¿El padre? ¿Pero qué ha pasado?
- Luego, luego. Espere bajo, el niño no tardará.
Se había muerto el padre. ¿Cómo podría haber sido?

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Menos mal que estaba esa mujer, de lo contrario ya se veía
con Lola en la calle pariendo en mitad de la nada. ¡Qué
susto por Dios!
Lola gritaba con cada contracción. En qué mala hora se les
había ocurrido hacer el viaje, total para nada. Pero Lola
era cabezota. ¿Saldría el niño así de cabezota? Esperaba
que no. Los otros no lo parecían, habían salido más a él.
Antoñito era el que más mal genio parecía tener, Ricardín
tenía el problema de la vista y Lolita todavía era muy
pequeña.
Pepe salió a la calle desde la que sólo se oían los gritos de
su mujer, se sentó en el suelo y esperó.
No tardó en oír murmullos de gente, cada vez más
cercanos. Cuando empezaron a aparecer los primeros, se
levantó y se acercó a la casa de sus suegros hasta que
apareció Sebastián del que iba cogida su madre del brazo,
vestida de negro.
- ¿Pepe, eres tú? ¿Y mi hermana?
Dolores lo miraba en silencio esperando su respuesta
cuando oyeron otro grito de Lola.
- A punto de parir – les dijo – Vamos.
Los tres entraron en la casa de la vecina. Sebastián
acompañó a su madre hasta la habitación donde estaba su
hija y luego bajó.
Fuera, cada uno explicó al otro los últimos
acontecimientos. Ellos habían recibido la carta de
Sebastián y Lola se empecinó en hacer el viaje a pesar de
su estado.
- De eso hace casi dos meses – dijo Sebastián.
- Es posible.
- Lo de mi madre no fue nada. Lamento haberla alarmado
así. Lo peor fue lo de mi padre.
- ¿Qué le ha pasado?
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- Un cólico miserere. Ayer no se levantó, vino el médico y
certificó su muerte.
- Pero ¿estaba mal?
- Nada Pepe, como una rosa. Haciéndose mayor, ya sabes,
pero nada. Anoche lo velamos y esta mañana a San
Ildefonso y al cementerio. No somos “ná”.
- Nosotros, al llegar y no ver a nadie, hemos pensado lo
peor y por lo visto eso ha puesto en marcha el parto de
Lola. Lo que no sé es qué habrá pensado al ver entrar a tu
madre.
- Espero que no le diga lo de mi padre todavía.
- Algo le tendrá que decir.
Todavía pasaron dos horas hasta que oyeron el débil llanto
del niño. Bajó la mujer y anunció el nacimiento de su hijo.
- Un niño, ha “sío” un niño.
Los dos hombres se felicitaron y subieron a ver a Lola.
- ¿Cómo se encuentra, Dolores?
- La vida es un “mistirio” – dijo la abuela -¿No será este
niño mi “marío”?
La habitación era tan pequeña que apenas cabía la cama.
Lola estaba sudando todavía. Había cerrado los ojos,
estaba agotada, primero por el viaje y después por el parto.
- ¿Le ha dicho usted algo? – le preguntó entre susurros a
su suegra.
- No me he “podío” aguantar. Qué quieres. Las mujeres
“semos asín”.
- Sí, es mejor así – dijo Pepe.

Esa tarde la pasó Lola en la cama y al día siguiente, entre
todos la llevaron a la casa de sus padres agradeciéndole a
la mujer lo que había hecho por ellos.
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- Los vecinos estamos para lo que haga falta. Vaya, vaya a
cuidar de su mujer.
Todavía se quedó Lola en cama otro día antes de que
pudiera levantarse. Pepe sabía que no estaba para viajar y
que por lo menos tendrían que quedarse una semana más.
- Entonces hay que preparar el bautizo – dijo la señora
Dolores – El chico no puede quedarse sin bautizar. Ahora
voy a hablar con el párroco y que lo prepare “tó pal”
domingo.
- Cómo es la vida – dijo Sebastián – Apenas hemos tenido
tiempo de llorarle a mi padre y la verdad es que no nos
apetece hacerlo. La alegría de ver a ese pequeño por aquí
nos ha quitado las penas.
Pero Pepe no estaba para monsergas. ¡Una semana! Lo
que le faltaba. Su hermana con los niños y al señor Gisbert
que no se le ocurriera ir por la finca. Estaba que no le
tocaba la ropa en el cuerpo.
- ¿Tú qué dices cuñado? – le preguntó Sebastián.
- ¿Yo? Que tengo mucho trabajo allá y que nos tendremos
que quedar más tiempo de lo que pensaba.
- ¿Pero no te alegras de tener a otro hijo?
- Hombre, sí, me alegro. Ya sabía que lo íbamos a tener,
así que, no nos viene de nuevo.
- Cómo se nota que no es el primero.
Como estaban de luto, no podían ir a la cantina a tomarse
unos vinos ni a jugar al dominó. Así que Pepe se tuvo que
quedar en la casa todo el día y todos los días sin nada que
hacer.
Después de unos días, Lola estuvo repuesta y deseó ir al
cementerio a ver a su padre. Tenía sentimientos
encontrados. La alegría de haber parido un niño era
inmensa, pero que su padre no pudiera ver a su nieto le
daba mucha pena.
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Lola y Pepe se arrodillaron frente a la tumba de su padre.
- Si hubiéramos venido antes, todavía lo habríamos visto
en vida.
- Y posiblemente, a la vuelta él hubiera muerto y me
habrías echado la culpa también por no poder haber ido al
entierro – respondió Pepe.
Lola miró a su marido y calló porque sabía que tenía
razón. Contra los designios de Dios no se podía hacer
nada.
- Todavía tenemos que dar gracias porque el parto ha ido
bien.

El luto les impedía hacer ninguna celebración pero al
menos invitaron a algunos de sus familiares y vecinos.
Lola quería que hubiera alguien con ellos.
- Hija, que estamos de luto.
- Pero algo haremos ¿no? Por lo menos un chocolate.
Tenemos que hacer pan y unos pasteles madre. Vaya a
comprar harina y huevos.
- Tú no te muevas que tienes que recuperar fuerzas.
- Eso, eso – dijo Pepe – que el lunes nos vamos.
- Bueno hombre, parece que no quieras estar con mi
familia.
- No es eso mujer, pero los niños...
- A los niños no has querido traerlos y ahora te aguantas.
- ¡Esta dona!
A las ocho de la mañana de domingo 14 de abril estaban
todos delante de la iglesia. Lola llevaba al pequeño en
brazos y con ella la familia y los vecinos. La mayoría de
familiares se habían ido a Valencia y a Barcelona y eran
pocos los que quedaban en Granada. En total no eran más
de quince los que se habían congregado con ellos.
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Entraron en la iglesia de San Ildefonso donde el párroco
los estaba esperando y les preguntó por el nombre del
niño. Lola y Pepe se quedaron mirándose. Todavía no
habían pensado en ello. ¿Qué nombre le pondrían?
Antoñito llevaba el nombre de un abuelo y Ricardín el del
otro.
- No me mires así – dijo Lola – Pepe no me gusta nada
para un niño.
Pepe respiró hondo y, desviando la mirada de su mujer, se
dirigió al cura y le dijo.
- El niño se llamará José Pastor Rodríguez.
- Pero...
Pepe se giró mirando a su mujer y con la mirada la hizo
callar. Lola apretó los puños y golpeó una silla.
- Tu mandas – resopló.
- Aixó está millor.

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Capítulo 2

1862 – Las dudas de Pepet

Tras una noche de lluvia del mes de abril, las hojas de
los árboles recién estrenadas asomaban tímidas queriendo
adornar la primavera. Pequeños puntos de colores
empezaban a aparecer y el olor y el polen de las flores,
impregnaba el ambiente. El invierno era crudo en Alcoy.
Muchos eran los años en los que la nieve mostraba su
fuerza y los Pastor tenían que permanecer en la casa al
calor del fuego, esperando que el clima fuera más
propenso para el trabajo.
Después de comer, Lola y su hija limpiaban la cocina. Era
el momento de silencio en la casa, pero esa tarde lo
rompió la llegada de los coches de caballos a la casa del
amo: eran las fiestas del pueblo, las fiestas de San Jorge.
Pepe estaba sentado debajo de una higuera intentando
dormir la siesta y Antonio andaba dando de comer a las
gallinas. Pepet y Ricardo estaban sentados en silencio a la
puerta de la casa cuando llegó su amigo, el negro Juano.
Ricardo lo olió al instante.
- ¿Dónde vas Juano? – le preguntó Ricardo antes de que
éste hablara.
- ¿Cómo sabes que soy yo si no he dicho nada? Algún día
me lo explicarás.
- Los ciegos tenemos los otros sentidos más desarrollados
– dijo sonriendo.
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Juano era el hijo de la señora Juana, la vecina que tenían
más próxima. Tenía la tez morena, mucho más de lo
normal, lo cual daba pábulo a habladurías porque nunca
conoció nadie a su padre y se comentaba si sería un negro
que pasó por el pueblo y dejó embarazada a su madre.
El chico no tenía con quién hablar, por eso, cada dos por
tres estaba en la casa de los Pastor.
Lola, al verlos a los tres juntos se temió lo peor y les
advirtió que no se acercaran a la casa del amo. No madre,
contestó Pepet levantándose. Ricardo apoyó la mano en la
espalda de su hermano y se fueron a dar una vuelta.
Cuando sabían que su madre no los veía, se agazaparon y
se encaramaron a una de las ventanas de la casa del amo.
Dentro se veía el salón con una gran mesa en el centro,
varios cuadros colgados por las paredes, jarrones, sillones,
una pequeña biblioteca y en definitiva, todo aquello que
los chicos nunca habían visto de cerca y que, cuando
tenían oportunidad, se embelesaban en su contemplación.
Seguían llegando amigos de los señores. Los hombres, con
elegantes trajes y las señoras, con sombreros y vestidos
largos de vistosos colores. Qué envidia tenía Pepet de ese
boato y ostentación.
- Explicadme lo que veis – les pidió Ricardo por recrear en
su imaginación todo aquello que le pudieran contar.
- Vemos a mucha gente muy elegante.
- Dime cómo van vestidos.
- No sé cómo explicártelo Ricardo. Imagina unos zapatos
duros que brillan, imagina una telas finas y bonitas,
imagina a las mujeres con grandes sombreros y a los niños
bien peinados.
Ricardo se acordaba de las cosas. Fue perdiendo la vista
paulatinamente y desde hacía unos meses ya veía muy
poco, solo sombras y luces. Todavía podía acordarse de
las caras de sus padres y hermanos, de los colores, de las
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formas, de todo. El hecho de ir perdiendo la vista
gradualmente le había permitido habituarse a su entorno y
sabía en todo momento donde estaba.
- Yo no sé si podría ir con esos vestidos, Pepet. Prefiero ir
así – contestó Juano.
- No digas tonterías – dijo Ricardo - Cuando uno tiene
dinero puede vestir bien y no trabajar en la tierra.
- Pero en alguna parte tendrás que trabajar para ganar
dinero.
- Sí, pero no en la tierra todo el año pasando frío y calor a
las órdenes de un hermano que te quiere reventar.
- No digas eso de Antonio hombre.
Los tres chicos estaban sentados pegados a una de las
paredes de la casa. Mientras hablaban, no se dieron cuenta
que el señor Gisbert los estaba mirando hasta que Ricardo
oyó algo extraño y advirtió a su hermano.
- ¿Qué pasa Ricardo?
- Creo que hay alguien por aquí cerca.
Pepet se giró y vio al amo.
El señor Gisbert era un hombre serio, nunca lo habían
visto sonreír. Su barba siempre bien afeitada lo hacía
parecer muy mayor. Llevaba un reloj de bolsillo entre las
manos mirando la hora. Pepet se levantó lentamente
esperando una buena reprimenda y se acercó al amo.
- Pepet, ¿cuántos años tienes?
- Doce señor.
- ¿Sabes leer y escribir?
- Sí señor.
- Obedeces a tus padres ¿verdad?
- Sí señor.
- Pues no lo parece. Eres un chico educado pero siempre
andas por donde no debes. Id a jugar por ahí, no os quiero
ver rondando por la casa.
30

Desde la cocina, Lola miró a la casa del amo y vio la
escena. Dejó todo y salió corriendo a su encuentro.
- Perdone señor – dijo Lola – Vamos, levantaos y no
volváis por aquí – les ordenó a los chicos.
- Tenlos más atados Lola, que dan mal ejemplo.
- Sí señor, lo que usted diga señor.
Pepet cogió a su hermano de la mano y empezaron a
correr antes de que su madre les diera una buena paliza y
cuando vieron que su madre llegó a la casa se sentaron a
descansar en la pinada.
- Siempre nos pillan – dijo Ricardo.
- Qué ganas tengo de marcharme de aquí.
- ¿Qué dices? – dijo Juano - ¿Dónde vas a ir?
- No lo sé, pero lejos de aquí.
Desde allí oían a su madre gritarle a su padre. Éste se
levantó y siguieron discutiendo. ¿Sería por ellos? Seguro
que sí.
Pepet cogió unas piedras y las lanzó contra los árboles.
Las tiraba con rabia, como si quisiera talarlos con cada
piedra.
- ¿Vamos a ver chicas? – propuso Ricardo.
- ¿Dónde?
- Al pueblo. Son las fiestas de San Jorge y hay muchas
chicas en la plaza.
- Está muy lejos.
- Dile a madre que nos vamos.
- Ni pensarlo. No nos dejarían ir sin ellos. A lo mejor
vamos mañana todos juntos.
- Entonces iré con vosotros - dijo Juano entusiasmado.
A Ricardo le gustaba el olor de la resina de los pinos y el
ligero viento que soplaba hacía hablar a los árboles a sus
oídos.
- ¿Los oís? – preguntó.
- ¿A quién?
31

- A los árboles. Están hablando y silbando.
- Qué imaginación tienes.
- No tengo otra cosa.
La tarde languidecía y los chicos seguían con su
conversación medio infantil, medio adolescente.
Cuando Juano se marchó, los hermanos entraron en la
casa. Todos estaban sentados a la mesa esperándolos.
- ¿De dónde venís? – preguntó su madre.
- De la pinada.
- No quiero volver a veros rondando por la casa del amo.
¿Entendido?
- Sí madre.
Cuando su madre terminó con la reprimenda, su hermano
Antonio le dijo que mañana tenía que trabajar.
- ¿No vamos a las fiestas del pueblo? – preguntó Pepet
mirando a sus padres, buscando su protección.
Siempre iban a las fiestas, por lo menos un día. Los padres
miraron a su hijo mayor sin entender lo que le decía a su
hermano pequeño. Claro que iban a ir a las fiestas.
- Por lo menos que dé de comer a los animales. Después
nos iremos todos – propuso Antonio.
- Está bien – respondió Pepet resignado.
¿Por qué tenía que obedecer siempre a su hermano? ¿Sus
padres no tenían nada que decir? Parecía que le tenían
miedo. Pero Pepet no era así y algún día se iba a acordar
su hermano de él.
Por esas fechas, Pepet cumplía años, aunque no lo
celebraba nunca. Él sabía que cuando eran las fiestas de
San Jorge, él cumplía los años. Eran unas fiestas
especiales que procuraba no perderse nunca. Hacía dos
años, se escapó toda una tarde al pueblo. Sus padres
estuvieron buscándolo hasta que apareció por la noche. Su
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madre estaba tan alterada que empezó a darle golpes y
empujones mientras lo increpaba por la fechoría que había
hecho. En cambio su padre no le puso la mano encima
nunca. Pero lo que son las cosas, tenía más respeto a su
padre que a su madre.
Al día siguiente, Pepet se levantó a las seis, cuando oyó el
canto del gallo. Dio de comer a los animales y a las siete
estaba sentado a la mesa para desayunar. Su madre lo oyó
y se levantó también para prepararle el desayuno.
Demonio de crío, cuánto la hacía sufrir y cuánto lo quería.
Era el más pequeño pero el más espabilado. La verdad es
que no tenía mucha competencia. ¿A quién habría salido?
A ella, estaba claro. El parto que había tenido era el
culpable del genio que tenía. A cada uno de sus hijos lo
quería de una forma diferente. Antonio era el mayor, el
que iba a heredar la mediería, Lolita era la única niña que
tenía y Ricardo necesitaba de un cariño especial. Pero
Pepet, eso era harina de otro costal. Tal vez el pequeño se
daba cuenta que debía espabilarse para ganarse el pan
cuando fuera mayor porque en la finca no podría quedarse
aunque todavía era pronto. Tiempo al tiempo.
Pero como si fuera una premonición, el pequeño pareció
adivinarle los pensamientos.
- Madre.
- Dime Pepet.
- Cuando sea mayor me tendré que marchar de la finca
¿verdad?
La madre se quedó paralizada. Tan descolocada quedó que
por un momento no supo qué contestarle. Cuando pudo
reaccionar le preguntó quién le había dicho eso. Los
demás dormían todavía y tal vez por eso el chico
aprovechó para hablar con su madre.
- Nadie madre, pero siempre es así ¿verdad?
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- Anda, termínate la leche.
Pepet miró con sus grandes ojos a su madre mientras
apuraba el vaso de leche. Lola estaba de lo más nerviosa.
Algo de lo que no debían hablar hasta pasados por lo
menos diez años, aparecía de repente en la conversación
de su hijo como si fuera todo un hombre.
Pepet estaba esperando una respuesta de su madre.
- Primero buscarás casa, te casarás y tendrás una familia.
No pienses en eso ahora – intentó calmar a su hijo –
Además, hoy son las fiestas y tenemos que estar contentos.
¿Conoces el nombre de las “filaes”?
Pepet desconectó de sus pensamientos con esa pregunta de
su madre.
- Claro eso es fácil: La Llana, segunda de Llana, tercera de
Llana, cuarta de Llana....
- Ja, ja, ja. ¿Y de los Cristianos?
- Solo me acuerdo de los Andaluces, porque son como tú:
andaluces.
- Eres un demonio de crío. Venga, despierta a tus
hermanos que nos vamos a misa y después a ver las
entradas.

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Capítulo 3

1864 – El tío Sebastián

Pepet y Ricardo eran carne y uña. Después del duro
trabajo diario en el que Pepet se dejaba la piel para su
hermano Antonio, porque era quien heredaría la mediería,
se sentaba al lado de su hermano Ricardo a descansar. Era
el único momento del día que esperaba con verdaderas
ganas. Y charlaban de lo que les preocupaba, de sus
inquietudes, de sus pensamientos en general. El pobre
Ricardo poco podía aportar al trabajo diario y mal le sabía
ser una carga para todos.
- No te preocupes, yo trabajo por los dos.
- Eso es verdad. Padre, Antonio y tú lleváis la finca y por
eso no nos falta la comida en casa.
- Algún día se acordará de mí – amenazó Pepet - Aunque
no haya nada que hacer, me hace que labre, que coja el
hacha para cortar leña, que repase las herramientas. Hay
días que no puedo moverme por la noche.
- No hablemos de eso ahora. – Ricardo se tumbó en el
suelo con los brazos detrás de la cabeza mirando el cielo Imagina que nos vamos de viaje y no volvemos más. Que
tuviéramos todas las chicas que quisiéramos, que no
trabajáramos.
- ¡Qué imaginación tienes! Siempre te lo digo pero es
verdad. A mí me gustaría marcharme de aquí, ya lo sabes,
35

pero no sé dónde ir. A otra finca no podría, a trabajar en el
pueblo, no sé dónde. Estoy hecho un lío Ricardo.
Después de unos minutos de silencio Ricardo recordó
algo.
- Pronto vendrá el tío Sebastián. El año pasado no vino y
no me extrañaría que pronto apareciera por aquí.
- Sí, es verdad. Con el tío lo pasamos bien. Nos cuenta
historias del colegio, de Granada, de la Alhambra. ¿Te
acuerdas? Nos trajo un libro que se llamaba Cuentos de la
Alhambra.
- Sí y sabe leer muy bien. Cada noche nos contaba una
historia. Nos hacía cerrar los ojos, aunque a mí no me hace
falta, e imaginar los salones de la Alhambra, los jardines.
Pepet cerró los ojos y se acordó de esas noches de verano.
Le parecía oír la característica voz andaluza de su tío.
Lola los estaba escuchando desde la cocina, zurciendo los
pantalones de los hombres y sin querer se trasladó a los
años de su infancia en los que se iba con su hermano al
Albaicín, al lado del barrio de San Ildefonso. Desde allí
veían toda la ciudad y se imaginaban ser los Reyes
Católicos. Estaba claro que sus hijos habían heredado su
imaginación y estaban encantados con Sebastián. Cómo
quería a su hermano. Eran tan diferentes y en cambio
tenían los mismos gustos. Sí, le había escrito anunciando
su llegada pero esta vez no les dijo nada a los chicos para
que no se impacientaran. Ella sí que estaba impaciente por
verlo y darle un gran abrazo.
Todavía pasó una semana con sus siete días. Lola pensaba
que ya no vendría cuando una tarde oyó llegar una carreta.
Se asomó a la ventana de la cocina y vio la figura
inconfundible de su hermano. Pero. ¿Quién iba a su lado?
Los hombres estaban acabando su trabajo, Lolita ya no
vivía con ellos, se había casado y se había ido a vivir al
36

pueblo. Y Ricardo hacía su paseo habitual por la finca, la
conocía de memoria. Todavía veía luces y sombras y eso
le bastaba para moverse como pez en el agua. El pobre no
podía hacer nada y eso le servía de tranquilizante. En el
hospital hacían todo lo que podían y cada año iba para que
le hicieran una revisión.
Lola se secó las manos y salió a la puerta de la casa a
esperar que llegara con los brazos en jarras, conteniendo la
emoción y las ganas de abalanzarse a sus brazos, pero esta
vez no podía hacerlo. Era una mujer la que iba a su lado.
El muy bribón. ¿Se había casado y no les había dicho
nada? Cuántas veces le había dicho que se casara y
cuántas había dicho él que no habría mujer que lo
aguantara. Pero si era un encanto, si podría tener todas las
mujeres que quisiera. Y ahora por fin, se había casado, no
tenía la menor duda.
Mientras pensaba todo eso, la carreta avanzaba y las
figuras de sus ocupantes se hacían más claras. Sebastián
sonreía, la mujer también. Caramba, qué guapa era. Sí que
la había escogido bien.
Bajó Sebastián, ayudó a bajar a la mujer y se acercaron a
la casa.
- Hermana, ven a mis brazos.
Pero Lola no se movió ni un centímetro. Estaba seria.
Sebastián se paró al verla así.
- ¿Pasa algo hermana?
- Tú dirás – dijo dirigiendo la mirada a la mujer mientras
daba golpes en el suelo con el pie, como si estuviera
impaciente.
Sebastián sabía que le sentaría mal y no le extrañó aquel
recibimiento.
- ¡Ah, sí! – dijo Sebastián dándose un golpe en la frente
como si de repente se acordara de algo - Mira, esta es
Micaela.
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Lola seguía sin moverse del sitio.
- ¿Y quién es Micaela? ¡Bribón! Te has casado y no me
has dicho “ná”.
- ¿Cómo sabes que es mi mujer? – preguntó Sebastián en
tono burlón con una leve sonrisa en los labios pero con
cara de asombro.
- Eres un desagradecido. Ven a mis brazos Micaela.
Lola apartó de un codazo a su hermano y se abrazó a su
cuñada.
- ¿Cómo ha “sío”, cuándo os habéis “casao”?
- El mes pasado – contestó Micaela - Nos conocimos en la
escuela y ya sabes.
- ¿Eres maestra?
- Sí.
- Ah, claro. Con la maestrita ¿eh? – le dijo dirigiéndose a
su hermano y, ahora sí, los dos se fundieron en un gran
abrazo hasta que a Lola se le saltaron las lágrimas de
alegría.
- Qué contenta estoy hermano.
Entonces, como una explosión se oyó un grito a lo lejos
¡Tío!
Los tres se giraron y vieron a Pepet que corría a toda
velocidad hacia ellos.
Las mujeres preparaban la cena mientras los hombres
charlaban fuera al fresco de la higuera, aunque solo se
escuchaba la voz de Sebastián. Todos querían saber
novedades: cómo, cuándo, por qué, cómo era ella, desde
cuándo la conocía, estaba contento, dónde vivían. Todo
eran preguntas que salían disparadas de las bocas de los
chicos. Pepe y Antonio se mantenían al margen de la
conversación. Antonio parecía tener la cabeza en el trabajo
porque de vez en cuando se levantaba y volvía al cabo de
unos minutos. “Guardar las azadas; dar de comer a los
38

animales; dar un vistazo al caballo”. Se notaba que no
estaba a gusto con ellos. Pepe en cambio, aunque no
hablaba, disfrutaba viendo a sus hijos acribillando con una
batería de preguntas a su tío.
Lola por su parte, se enteraba también de todo a su
manera. Entre mujeres se cuentan más cosas.
- ¡A cenar! – gritó Lola desde dentro.
- Podíamos preparar la mesa aquí fuera hermana. Estamos
más frescos – propuso Sebastián.
Esa noche había luna llena y esa luz difusa daba un
aspecto de irrealidad a la reunión familiar.
Entre todos prepararon una mesa improvisada, sacaron
taburetes, bidones, sillas y entre porrones, hogazas de pan
y carne a la brasa se escuchaban las risas de los chicos y
los comentarios que seguía aportando la pareja.
- Un brindis por los novios – dijo Lola.
- Ay qué refinada hija – dijo Micaela.
Cuando los ánimos se apaciguaron, Sebastián cambió de
tema.
- ¿Te gusta mi familia, Micaela?
- Sí, es como me habías contado. Sebas me contaba de
todos vosotros, ya tenía muchas ganas de conoceros.
- Uy, Sebas – dijo Pepet en tono de burla – Mira los
novios, ja, ja, ja.
Acabada la cena, Sebastián se levantó, entró en la casa y
salió con un pequeño libro. Era Cuentos de la Alhambra.
- Hasta yo tengo ganas de escucharlo – dijo Micaela.
Tan a disgusto estaba Antonio que se brindó a quitar la
mesa y retirar las sillas mientras el resto se acomodaba
alrededor del tío Sebastián que a la luz de una vela estaba
dispuesto a empezar.
Se hizo el silencio. Pepet y Ricardo se sentaron en el suelo
al lado de su tío esperando sus historias. Éste respiró
hondo y después de elegir la página empezó a leer.
39

...”El antiguo reino de Granada, en el que íbamos a
entrar, es una de las regiones más montañosas de España.
Vastas sierras, desprovistas de árboles y veteadas de
granitos y mármoles matizados, alzan sus crestas
quemadas por el sol hasta el azul intenso de los cielos...
... Para el viajero imbuido de sentimiento por lo histórico
y lo poético, tan inseparablemente unidos en los anales de
la romántica España, es la Alhambra objeto de devoción
como lo es la Caaba para todos los creyentes
musulmanes. ¡Cuántas leyendas y tradiciones, ciertas o
fabulosas; cuántas canciones y baladas, árabes y
españolas, de amor, de guerra y de lides caballerescas,
van unidas a este palacio oriental!...”
Hasta la cigarra calló. El silencio era absoluto. Antonio,
después de retirar la mesa no salió y se acostó sin decir
nada. Nadie lo echó de menos. El resto estaba sentado
alrededor de Sebastián que cuando levantaba la vista de
las páginas, veía cómo todos, sin excepción, tenían los
ojos cerrados. ¿Qué imágenes pasarían por sus mentes?
¡Qué a gusto estaba con aquella familia en la que él era
siempre el centro de atención! Muchas veces había
pensado trasladarse a vivir a tierras alicantinas, pero su
puesto estaba allá y tanto echaría de menos un lugar como
otro.
- A veces se escuchan voces y hay quien dice que ha visto
el fantasma de un rey moro – continuó Sebastián sin leer.
Tenía que forzar mucho la vista y además estaba cansado
del viaje. Cerró el libro de un golpetazo y todos abrieron
los ojos al unísono.
- ¿Qué ha “pasao”?
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- Basta por hoy. Estamos muy cansados y mañana hay que
madrugar.
- ¿Cuántos días os quedaréis? Por lo menos una semana.
- Ya veremos hermana.
Tuvieron que cambiar camas para que la pareja se pudiera
quedar pero Micaela se tuvo que acostar con Lola y
Sebastián con Pepe.
- ¿Cómo va todo Pepe? – le preguntó Sebastián a solas en
la habitación.
- Bien. Esa hermana tuya sigue siendo un diablo pero así
nos mantiene a todos firmes.
- ¿Y Ricardo? ¿Se puede hacer algo?
- No, los médicos ya nos han dicho que nada se puede
hacer, aunque nunca perderá la vista completamente.
- Eso es importante. Bien, buenas noches Pepe.
- Buenas noches Sebastián.
Al día siguiente Sebastián y Pepe aprovecharon para ir al
pueblo después de comer, tomarse unos chatos de vino y
jugar unas partidas al dominó en la cantina. Por la tarde,
cuando el sol ya no castigaba tanto, Pepet y Ricardo los
esperaban sentados debajo de la higuera. Por su parte,
Lola aprovechó el día para estar con Micaela que aunque
era mujer instruida, no aparentaba ser maestra ni corregía
a Lola en el habla. De todas formas, se interesaba por la
educación de los chicos. Ricardo había ido a la escuela
pero poco tiempo, el pobre no veía y los maestros no
podían hacer nada por él. Estaba en la clase oyendo lo que
decían pero poco más. Pepet estuvo hasta los diez años,
después se puso a trabajar en la finca, necesitaban ayuda y
como Ricardo no les podía ayudar y Lolita tampoco por
ser mujer, solo quedaba Pepet.
- Parece espabilado – dijo Micaela.
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- Y lo es. Aprendió a leer y escribir y como sabe de
cuentas, ya tiene bastante.
Micaela miró a Lola comprendiendo sus argumentos pero
con impotencia porque chicos como Pepet se malograban
porque sus padres no querían que fueran a la escuela.
Cuando llegaron los hombres se sentaron con los chicos
para acabar de pasar la tarde.
- Cuéntanos alguna historia tío – propuso Ricardo.
Sebastián no tenía ganas de sacar el libro. Pensó un
momento en qué les podía contar y enseguida encontró un
tema.
- Ahora se cuentan muchas historias de gente que se va a
las Américas.
Los chicos abrieron mucho los ojos, ciertamente era un
buen tema de conversación aunque ellos no sabían nada de
eso. Sebastián los miró a todos y comprendió que el tema
era interesante para ellos.
- Se cuenta que hay mucho oro, que todo el mundo tiene
trabajo y que se marchan familias enteras para encontrar
una nueva vida. Cada día salen barcos llenos de gente
desde todos los puertos de España, sobre todo de Galicia y
de Cádiz, también de las Canarias.
- ¿Y de Valencia también? – preguntó Pepet cuya
imaginación empezó a ponerse en marcha.
- Claro, de Valencia también. Hace unos años acabó una
guerra en Argentina y ahora están pidiendo que vaya gente
de toda Europa para trabajar, necesitan mucha gente.
- ¿Dónde está Europa tío?
- ¿No sabéis dónde está Europa? Pepe, debes mandar a
estos chicos a la escuela.
- Deja, deja, Sebastián. Pepet ya sabe leer y escribir y con
eso tiene bastante.
- También sé sumar y las tablas de multiplicar.
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- ¿Sí? A ver, ¿siete por ocho?
- La del siete me cuesta un poco más pero mira: dos por
una es dos...
Sebastián rió y acarició suavemente la cara de su sobrino.
- Eres un bicho.
Tres días más se quedaron Sebastián y Micaela pero era
hora de partir.
- Madre tiene ganas de veros a todos. A ver cuándo venís
por allí.
- Ya sabes que es difícil para nosotros, la finca, ya sabes.
- Sí, lo sé, no te preocupes.
Un abrazo, un beso, un corazón oprimido, una lágrima,
tristeza y alegría al mismo tiempo. Lola se cogió de sus
dos hijos cuando su hermano y su mujer subieron a la
carreta. Era su única conexión con su familia, con su
pasado. Quería ir a ver a su madre, pero nunca había
posibilidad.
Lola lloraba, se quedaba en esas tierras que ya eran parte
de ella, donde habían nacido todos sus hijos, bueno, todos
menos uno.
Cuando desapareció, vieron la llegada de otra carreta, pero
esa era muy diferente. ¡Era la del amo! Ya no se acordaba.
Pero, lo esperaban para mañana ¿Qué había pasado?
Todos se pusieron manos a la obra, Lola se fue corriendo a
la casa y empezó a abrir ventanas, Pepe se fue tras ella
para ayudarla y los chicos fueron a esconderse y a mirar
para ver qué pasaba. Antonio por su parte se fue al campo,
a seguir con su trabajo.
El señor Gisbert bajó delante de la casa grande y llamó a
Pepe que andaba por dentro.
- Ya voy señor.
- ¿Qué haces tú por ahí?
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- Ayudaba a Lola señor.
- Eso es cosa de mujeres. Ven, vamos a sacar cuentas.
Pepet y Ricardo estaban apostados cerca y cuando oyeron
lo de las cuentas, a Pepet le picó la curiosidad.
- Vamos Ricardo, vamos a ver si oímos lo que dicen.
Se acercaron un poco más pero los hombres entraron en la
casa. Como su madre había abierto todas las ventanas, los
chicos se apostaron debajo de una de ellas y fue a esa a la
que se acercaron y así pudieron oírlo todo.
- Este año la cosecha no ha sido muy buena – dijo el señor
Gisbert.
- ¿No, señor? Pensaba que sí. Hemos sacado muchos kilos.
- A eso me refiero. Como ha habido muchos kilos, no nos
han pagado a buen precio.
Pepe nunca cuestionaba lo que le decía el amo aunque no
lo entendiera. Como ahora. ¿Si había mucha cosecha era
malo y si había poca era bueno?
El señor Gisbert sacó un papel y leyó las cuentas que
había sacado: “Tanto por el aceite a tanto hace cuanto;
tanto por las almendras, tanto por la uva...”
- En total estos reales. La mitad para cada uno. Ese es el
trato.
- Claro señor, lo que usted diga señor.
- Menos lo que te has quedado tú para comer. Esta es la
diferencia.
Tampoco entendía que tuviera que pagar por lo que comía
si todo lo plantaba él, muchas veces de las semillas que
guardaba del año anterior, por lo que al amo no le costaba
nada.
Desde fuera a Pepet no se le escapaba ni una. Cuando
acabaron salieron corriendo antes de que los pillaran y
cuando estuvieron a salvo, Pepet empezó a repetir lo que
habían oído.
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- Veinte céntimos por el aceite y diez por las almendras.
Tengo que enterarme a cómo están en el mercado.
Hablaremos con Juano que conoce a un tratante, seguro
que sabrá precios.
No era habitual que los Pastor fueran a ver a Juano pero la
ocasión lo merecía. Pepet estaba ansioso por saber los
precios. Las casa de Juano estaba a más de un kilómetro
de distancia y era la más cercana que había. Ricardo se
tenía que coger bien de su hermano, aquel camino apenas
lo conocía.
La madre de Juano estaba recogiendo manzanas y cuando
los vio llegar llamó a su hijo. No era una mujer de muchos
saludos y mucha charla.
- Iba a ir esta tarde – dijo el negro Juano cuando llegó ¿Todavía está tu tío?
- No, se han marchado esta mañana.
- ¿Se han marchado? ¿Quiénes?
- Mi tío ha venido con su mujer. Se ha casado.
- Vaya sorpresa. Quería oír sus historias de primera mano.
¿Han sido bonitas? – preguntó dando por sentado que sí
que había habido historias.
Pepet no quería irse por las ramas y fue al grano. Quería
saber dónde podía encontrar al tratante que les compraba
la cosecha. Juano no lo sabía y fue a preguntarle a su
madre.
- Mañana lo espera mi madre – les dijo cuando volvió ¿Por qué quieres hablar con él?
Pepet le explicó que quería saber unos precios para ver si
el amo Gisbert los estaba engañando.
- Ese hombre es abogado – respondió Juano - ¿Cómo va a
engañaros?
- No me fío nada de ese hombre.

45

Al día siguiente Pepet acabó pronto su trabajo para poder
ir a la casa de Juano. No sabía cuándo llegaría el tratante y
fue solo. Lo estuvieron esperando hasta casi mediodía.
Esperó a que tratara con su madre la venta y cuando
acabaron, Pepet lo abordó.
- Señor, yo soy Pepet, el hijo de Pepe y Lola, de la finca
del señor Gisbert.
- Ah, sí. Hola chico. ¿Eres amigo de Juano?
- Sí señor.
- Yo también le compro la mercancía al señor Gisbert –
dijo el tratante.
Vaya sorpresa, se dijo Pepet para sí. Pensaba que la vendía
en Valencia y resultaba que tenían al comprador al lado de
casa.
- Sí ya lo sé – mintió Pepet – Este año a treinta céntimos el
aceite, no está mal – se atrevió a decir para ver por dónde
salía el tratante.
- Hombre no tanto, pero casi.
- Ja, ja – rió Pepet - ¿No tanto? Seguro que más de
veinticinco.
- Sí, eso sí. Pero ¿qué hago yo hablando de negocios con
dos mocosos? Dejadme que me tengo que ir.
La rabia que sintió Pepet al enterarse de lo que suponía
que pasaba le hizo dar un fuerte golpe a una piedra con el
pie que salió disparada por los aires.
- ¿Qué pasa Pepet? – le preguntó Juano.
- ¿Qué pasa? Que el amo está engañando a mi padre y él
ni se entera. Ya imaginaba que algo así estaría pasando. El
amo hace el trato con este hombre y después le dice a mi
padre que ha cobrado menos por la venta. ¡Menut fill de
puta! ¿Todos los ricos serán iguales? – se preguntó –
Cuando sea mayor no quiero ser como ellos, los ricos
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deben ayudar a los pobres como nosotros. Cuando sea
rico...
- Bla, bla, bla – se burló Juano – tú no serás nunca rico.
¿Cómo lo harás? ¿trabajando para tu hermano en la finca?
- ¡Collons!

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Capítulo 4

1865 – La marcha

Pepet y toda su familia, se levantaban cada día con el
canto del gallo y dejaban de trabajar a la puesta del sol. De
sol a sol, como tantos y tantos obreros de la tierra en
tantos lugares de España.
Siempre había algo que hacer: la leña, el carbón, la
compra, las hortalizas, podar los árboles, recoger las
cosechas, los animales. No había un día de descanso, ni el
domingo que, antes de ir a misa, debían repasar los
frutales y podar las ramas que estuvieran mal en verano y
en invierno, si el tiempo lo permitía, al menos dos olivos
había que recoger.
Solo los domingos por la tarde eran de descanso total. Fue
una costumbre que implantó el abuelo Antonio, la siguió
Pepe y Antonio la vio como algo natural.
Aquel domingo de verano por la tarde, después de comer,
los tres amigos bajaron al río. Lola ya los dejaba ir solos
porque no había mucho tajo de agua donde sabía que iban.
Ricardo era feliz entre las ramas de los árboles y el sonido
tranquilizador del agua. Para el negro Juano era como su
refugio particular. Se imaginaba que nadie más que ellos
sabía llegar y que los imaginarios soldados que los
perseguían pasarían de largo sin que los vieran. Allí
mandaba él y hacía lo que quería sin que nadie pudiera
decirle nada.
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Para Pepet era todo más prosaico. Era el único lugar donde
se podían bañar desnudos sin ser vistos.
Sus cuerpos púberes se sumergían en un pequeño remanso
del río y así en cuclillas, reían y se salpicaban sacando la
energía que todo chico lleva a flor de piel.
- Un día de estos me iré de casa – dijo Pepet de repente.
Los otros no le hicieron caso y siguieron con sus juegos.
- ¿Te acuerdas de lo que nos dijo el tío? – le preguntó
serio a Ricardo, pero éste no sabía a qué se refería.
- ¿Qué os dijo vuestro tío? – preguntó el negro Juano.
Pepet le contó que en América poco más que ataban a los
perros con longanizas. Juano se interesó inmediatamente
por el tema. ¿Era eso verdad? A Ricardo no le interesaba
el tema y salió del agua para regalarse los oídos con la
sinfonía que le ofrecía allí la naturaleza.
Los otros dos se quedaron contando y preguntando
historias que poco a poco se fueron haciendo más grandes.
- La gente va allí y casi no tiene que trabajar. Hay esclavos
que trabajan para uno y además hay mucho oro.
- Entonces iremos con nuestros barcos a buscar esas tierras
mi capitán – dijo el negro imitando el saludo militar
Poco a poco se fueron animando mutuamente e incluso
pensaron un plan para marcharse de casa.
- Mañana por la mañana me levantaré antes y saldré de
casa, tú me esperas en el camino y nos vamos al pueblo.
Allí veremos si sale alguien para Valencia y si no,
caminamos un rato. Después nos volvemos.
El negro Juano acababa de caer de un guindo. ¿Hablaba en
serio Pepet? Pensaba que estaban jugando a los soldados y
los barcos.
- ¿Para qué?
- Tenemos que estar preparados, si lo ensayamos antes
todo irá mejor. Una cosa es hablar y otra hacerlo.
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- ¿Por qué mañana? – preguntó Juano todavía reticente ¿No puede ser otro día?
- ¿Qué más te da? Algún día tiene que ser.
Pepet quería comprobar si su amigo se lanzaría o solo era
hablar por hablar. Cada vez se le hacía más pesado
quedarse en casa y levantarse cada día para trabajar en el
maldito campo que un día se quedaría su hermano.
El negro todavía estaba imbuido del ambiente en el que
estaban, como si no fuera dueño de sus actos.
- De acuerdo – aceptó Juano, para el cual Pepet era lo más
grande.
Salieron del agua y se sentaron al lado de Ricardo el cual
había escuchado perfectamente toda la conversación. No
quería haberlo hecho pero es que estaban casi gritando y
no le dejaron que su imaginación le llevara a mundos
desconocidos.
- ¿Es verdad que os vais? – les preguntó.
- ¿Nos estabas espiando?
- Yo no espío a nadie, sois vosotros los que gritabais.
- No le digas nada a madre.
- No le diré nada, tranquilo.
Ricardo estaba triste porque no lo habían tenido en cuenta
para esa locura. Le hubiera gustado que hubieran contado
con él, aunque reconocía que estaba mejor en casa. Solo
estarían fuera una mañana.
Esa noche, Pepet apenas pudo dormir y la pasó pensando
qué pasaría si realmente se marchaban y no volvían. O si
se iban hasta Valencia y después volvían por la noche. No,
no podían hacer eso porque entonces su madre no lo
dejaría ni a sol ni a sombra durante mucho tiempo.
No sabía qué hora era pero se levantó, se vistió y salió de
casa. Fue al camino donde había quedado con Juano y lo
esperó.
50

- ¿Qué hora es? – preguntó Pepet cuando apareció el
negro.
- No lo sé pero no podía dormir.
- Yo tampoco. Bueno, vamos.
Emprendieron el camino al pueblo y llegaron todavía de
noche. No había nadie por las calles.
- ¿Ahora qué hacemos Pepet?
- No lo sé.
- Pues nos volvemos – propuso Juano.
- Espera. ¿Por dónde se irá a Valencia?
- No lo sé, pensaba que lo sabías.
- Yo no. Esperaremos a que pase alguien y le
preguntamos.
Los dos amigos se sentaron en una esquina frente al
ayuntamiento y esperaron hasta que, sin querer, se
durmieron.
El sol estaba alto, la gente y los carros pasaban y el ruido
los despertó. Estaban tan cansados que no se dieron cuenta
de la hora. ¡Sus padres! ¡Los estarían buscando!
Empezaron a correr y no pararon hasta llegar a la casa de
Juano y Pepet siguió hasta la finca. Nada, no se veía nada.
Pepet entró en el establo, cogió una azada y se fue al
campo. Vio a su padre y su hermano a lo lejos. No se
habían dado cuenta de nada. ¡Menudo susto!
Desde ese día, la conversación sobre las Américas fue algo
diferente. Ya no hablaban tanto del oro sino de cómo iban
a llegar a Valencia. Después de todo había sido una buena
idea la del ensayo pero ahora había que pensar mejor las
cosas. Juano ya no pensaba en soldados imaginarios, ahora
veía que la cosa iba en serio y que Pepet tenía metido entre
ceja y ceja marcharse un día.

51

Una tarde, estando los dos en la pinada con Ricardo, Pepet
dijo que también les haría falta dinero.
- Habrá que pagar el barco.
Juano lo miró extrañado. Algo tan básico y no se les había
ocurrido. ¿Cuánto valdría el barco? Tal vez no habría que
pagar. Su tío había dicho que necesitaban gente en
América. ¿Encima había que pagar?
- Y pagar para ir a Valencia y para comer.
- ¿Para todo hace falta dinero? – preguntó Juano.
Ellos nunca habían manejado dinero y por eso era algo con
lo que no contaban.
- Sí claro.
- Entonces no podemos marcharnos. Nosotros no ganamos
dinero – respondió algo aliviado al ver que el dinero les
imposibilitaba marcharse.
- ¿No le podrías coger algo a tu madre? – le preguntó
Pepet.
- Mi madre no tiene dinero. ¿Y la tuya?
Pepet agachó la cabeza. Eso era algo insalvable. No tenían
acceso al dinero. Los dos se quedaron callados. Era un
fuerte mazazo que hacía imposible la marcha.
- ¿Qué vais a hacer ahora? – preguntó Ricardo esperando
que eso les impidiese seguir con sus aspiraciones.
Al cabo de un buen rato Pepet dijo:
- No sé cuánto dinero hará falta pero creo que sé cómo
conseguir algo.
Juano sabía dónde vivía el tratante en el pueblo y una
tarde, después del trabajo, fueron a visitarlo, a la otra parte
del pueblo, en unas casas que daban al río. Preguntaron
por él, no estaba en casa. Esperaremos por aquí, dijeron.
Lo vieron llegar montado en una burra. Saludó a Juano y
se extrañó verlo por allí.
- Queríamos hablar con usted.
- Vosotros diréis.
52

Pepet tomó aire y empezó a exponer su plan.
- Verá, es que tenemos posibilidad de tener mercancía a
buen precio y estamos buscando un tratante.
- ¿Vosotros mercancía? ¿No será robada.?
- No, no. Hace tiempo que usted le compra al señor
Gisbert.
- Sí, hace años.
- Pero el trabajo lo hacemos nosotros.
- Pero la finca es de él. Por eso sois medieros. Es el trato.
- Exacto. Pero el trato también es la mitad para cada uno.
- No te entiendo chico.
Pepet ya había tomado fuerzas, había hecho la
introducción y ya no quería parar. Debía lanzarse.
- Mire usted, yo sé que están engañando a mi padre.
- ¿Qué dices chico? Eso no es verdad.
- Yo puedo ir a los civiles y contarles lo que sé.
Manuel pareció asustarse.
- ¿Qué es lo que sabes chico?
Pepet imaginó lo que hacían y se aventuró. Le dijo que
sabía que se repartían la diferencia y a su padre le daban la
mitad del resto.
- El señor Gisbert me obliga a hacerlo – se defendió el
tratante.
- Y usted lo hace de buena gana.
- Te daré lo que quieras si no dices nada.
- Y además, a la próxima vez, la diferencia se la da a mi
padre, o al menos una parte, que aquí nos conocemos
todos.
Manuel entró en la casa y salió con una pequeña bolsa.
- Toma, cien reales.
- ¿Cien reales? No me haga reír. Quiero por lo menos
doscientos.
- ¿Doscientos? Ahora no los tengo. Te daré ciento
cincuenta.
53

- Trato hecho.
Juano miraba la escena embobado. No se atrevía a decir
nada. Cuando sacó los cien reales no se lo podía creer pero
cuando sacó cincuenta más fue el colmo. Vámonos ya, se
decía para sí, antes de que se arrepienta. Pepet se dio por
satisfecho y marcharon contentos.
Demonio de críos, se dijo Manuel. No te puedes fiar de
nadie.
Ahora ya no había vuelta atrás. Lo tenían todo planeado,
tenían dinero, habían hecho un ensayo y estaban
dispuestos a marcharse. Pero todavía pasarían unos meses.
Estaban en pleno invierno y el tío Sebastián le había dicho
que a veces los barcos naufragaban por las fuertes olas del
invierno.
Una vez al año, Lola iba con su hijo al hospital para
hacerle una revisión y esta vez Pepet quiso acompañarlos.
Era en el hospital civil, un viejo hospital que se caía a
pedazos. Cuando llegaron, vieron que estaba en obras.
Preguntaron en la entrada y les dijeron que un empresario
había donado dinero para tirar el viejo hospital y hacer uno
completamente nuevo.
- Sí, es don Agustín Oliver, el famoso empresario – les
dijo una mujer – Ahora llamaré al doctor y les atenderá.
A Pepet se le quedó grabado ese nombre para siempre y el
hecho de que alguien donara dinero para hacer un hospital
le pareció lo más grande. Unos sisan en los negocios,
pensó, y otros dan para que otros puedan tener.
El viejo hospital estaba en el barrio de Santa Rosa y
ocupaba una manzana entera. Decían que lo querían
derribar todo pero todavía era un proyecto. De momento
los albañiles andaban arreglando los desperfectos más
54

graves como goteras y paredes en mal estado hasta que se
decidiera qué iban a hacer.
Mientras esperaban, los dos hermanos se perdieron por los
pasillos. A Ricardo le gustaba que su hermano lo llevara
por sitios desconocidos para él, estaba aburrido de andar
siempre por los mismos caminos.
- No os perdáis que pronto vendrá el médico – les dijo la
madre.
Bajaron por unas escaleras por las que el olor a humedad
era muy fuerte y la iluminación deficiente.
- ¿Dónde vamos Pepet?
- No lo sé. Caminemos un poco más.
De repente Pepet vio a lo lejos una mujer con una bata
blanca, parecía una enfermera. Se escondieron para que no
los viera. Cuando pasó por delante de ellos Ricardo la
pudo ver perfectamente. ¿Cómo era posible? Apenas había
luz pero esa mujer despedía una especie de destello
luminoso.
- Cómo brilla esa mujer – dijo Ricardo cuchicheando.
- ¿Brillo? Yo no veo ningún brillo – respondió Pepet.
La mujer, más que caminar parecía flotar. Siguió
avanzando y los chicos salieron de su escondite. Entonces
vieron algo insólito. La mujer se giró pero no se le veía la
cara. Se detuvo un momento, se volvió y como si hubiera
atravesado la pared desapareció.
- ¿Has visto lo mismo que yo? – le preguntó Pepet a su
hermano sin pensar que él no podía ver nada.
- Clarísimamente – respondió Ricardo visiblemente
asustado.
- ¿De veras que la has visto? – preguntó incrédulo.
- Sí, sí. Ahora solo veo sombras pero a esa mujer la he
podido ver bien. ¿Por qué Pepet?
- No lo sé – le dijo mirándolo a los ojos.
55

Avanzaron por el pasillo hasta el lugar en el que la mujer
desapareció. Efectivamente no había ninguna puerta.
- Pepet, vámonos de aquí.
- Sí, será lo mejor.
Subieron las escaleras y vieron a su madre que los estaba
buscando.
- ¿Dónde estabais? El doctor os está esperando.
- Es que hemos visto... – empezó a decir Ricardo.
- Chhsst. Calla.
En el reconocimiento, el médico observó que Ricardo
estaba muy nervioso, le templaban los párpados y estaba
como si tuviera frío.
- ¿Te pasa algo Ricardo? ¿Cómo van los ojos?
Ricardo no sabía qué decir. Su hermano lo había atajado
antes para que callara pero el médico notaba que le pasaba
algo.
- Es que he visto a una mujer antes...
- ¿Has visto a una mujer? ¿La veías borrosa?
- No, no. La he visto muy clara.
- ¿Y ahora? ¿Me ves a mí?
- No, ahora no.
El médico miraba a Lola por si le daba alguna respuesta.
- Han estado jugando antes por los pasillos – le dijo Lola –
Cosas de chicos.
- Bueno, de todas formas veo que no pierdes el buen
humor. A ver ¿ves mi mano ahora?
El doctor siguió con el reconocimiento y los emplazó para
el años siguiente aunque ya sabía que poco se podría
hacer. Le dio unas gotas para los ojos, para calmarlo y le
recomendó que siguiera alentándolo para que se valiera
por sí mismo, era lo mejor.

56

Pepet y Ricardo estuvieron varios días comentando la
aparición de aquella mujer, aquel hecho tan extraño que
no tenía explicación para ellos.
- Es el fantasma del hospital, que no quiere que lo
derriben y camina para asustar a la gente. Seguro que
alguien más la ha visto – dijo Ricardo.
- Sí, es posible. Debió ser una enfermera que trabajaría en
el hospital. Pero ¿por qué no quiere que lo derriben? ¿por
qué se nos apareció a nosotros?
- ¿Te diste cuenta que no tenía cara.?
- Sí, lo vi. Pero no entiendo cómo la pudiste ver tan bien.
- Ahora, si cierro los ojos muy fuerte también la puedo
ver.
El caso es que con fantasma o sin él, Ricardo no
empeoraba de la vista y eso distrajo a Pepet de su obsesión
por marcharse a América, aunque no lo olvidaba
completamente.
Pronto llegaron las fiestas de San Jorge. El señor Gisbert
apareció como siempre y esta vez, cuando sacó cuentas
con su padre, Pepet estuvo al tanto para ver en qué
quedaba todo esta vez. Cuando el señor Gisbert se marchó,
apareció un día el tratante con la excusa de que el señor
Gisbert se había equivocado en las cuentas y le tocaban
algunos reales más.
- Nunca había pasado algo así – dijo Pepe.
- Es que me equivoqué. Por favor no le diga nada al señor
Gisbert, pero ese dinero es suyo.
- Bueno pues muchas gracias.
El tratante miró a Pepet que le hizo una señal de
afirmación, todo había salido bien.
Después de las fiestas el tiempo empezaba a calmarse.
Cesaron las lluvias, los días alargaban y las temperaturas
57

subían. A Pepet se le ocurrió bajar al pueblo con el negro
Juano a la iglesia de San Jorge, para pedirle protección en
la aventura que iban a empezar dentro de poco. La iglesia
estaba en obras. Parecía que ese año todo estaba en obras.
Dentro encontró al señor Gisbert con alguien que parecía
su hermano. Se escondieron para que no los vieran.
Estaban con otros hombres y todos lo llamaban señor
Jorge Gisbert, por tanto debía ser su hermano y parecía
dirigir las obras.
- Igual vemos un fantasma también – dijo Juano en tono
de burla.
- De momento ya hemos visto uno: el señor Gisbert. Es la
primera vez que lo vemos fuera de la finca y la verdad que
me ha parecido como un fantasma. Y además, su hermano
es casi como él, así que dos fantasmas.
Con risas contenidas se acercaron al altar y rezaron para
que San Jorge los protegiera.
El momento había llegado. Fue una noche de viernes.
Como algunos sábados Pepet bajaba al pueblo con su
amigo Juano, no le extrañaría a su madre no verlo por la
mañana.
Pepet despertó a su hermano y se despidieron
- Volveré a por ti, no te preocupes.
- Te estaré esperando. Que os vaya muy bien.
Juano ya se había hecho la idea de marcharse con su
amigo. Si él se iba, ¿qué iba a hacer él solo en el mundo?
Le sabía mal por su madre pero ella se valía sola, era
joven, más que la madre de Pepet. Además, no se iba para
siempre. Cuando tuviera suficiente dinero se volvería para
estar con ella.
Hubo un momento en el que pensó contárselo todo a su
madre pero Pepet lo disuadió.
58

- Si se lo cuentas, se lo dirá a mi madre y no nos dejarán
ir.
Sí, tenía razón, era mejor así.
Juano salió de noche de la casa pero esta vez lo oyó su
madre. ¿Dónde iba Juano a esas horas? Miró por la
ventana y vio que se marchaba cargado con un atillo de
ropa y comida. La mujer se quedó mirándolo. Hacía
tiempo que se recelaba algo, tantas charlas con su amigo
Pepet, ese Pepet, ese maldito Pepet. Una noche, su hijo
Juano le contó las aventuras que les contó el tío Sebastián
a sus sobrinos y desde entonces se temió lo peor.
La mujer seguía mirando a su hijo hasta que desapareció.
¿Qué iba a hacer? ¿Llamarlo? ¿Impedirle que se
marchara? Su hijo había tomado una decisión y no lo haría
cambiar. Aunque era joven, le serviría la experiencia. Sí,
más valía dejarlo marchar. Ahora solo le quedaba rezar
cada día para que el Señor se lo devolviera algún día.
Que te vaya bien, hijo, pensó y se acostó, aunque ya no
concilió el sueño.
Igual que la otra vez, se encontraron en el camino por la
noche, llegaron al pueblo y allí esperaron a que alguien les
indicara. Al cabo de una hora, pasó una carreta.
- Yo voy en esa dirección pero luego me quedo en
Albaida, si queréis subir os llevo un trecho.
- Gracias, señor.
Por la mañana, en la casa de Pepet todos se fueron a sus
tareas y, como la otra vez, nadie advirtió la ausencia de
Pepet. Hacia mediodía seguía sin aparecer y Lola le
preguntó a Ricardo.
- No sé, se habrá ido al pueblo. No me dijo nada.
- Este hijo mío...
59

Pasó todo el día y Pepet no apareció. Lola no sabía ya qué
pensar y cuando entró en la habitación se encontró con la
carta que le había dejado Ricardo hacía un momento.
- ¿Qué es esto? ¿Una carta? ¿De quién es? ¡Ay que es de
Pepet, ay que le ha “pasao” algo, ay que se ha “marchao”
de casa. Como si lo viera!
Salió de casa gritando y Pepe fue a su encuentro.
- Una carta Pepe, seguro que es de tu hijo.
- Cálmate mujer, no sabemos nada. Mañana bajaremos al
pueblo a que nos la lea alguien, o el párroco o el cartero.
Tampoco apareció Pepet durante la cena, la noche la pasó
Lola en vela y al día siguiente salieron temprano al
pueblo. Entraron en la iglesia, era domingo y cuando el
párroco los vio llegar con una carta en la mano y la
angustia en la cara, se temió lo peor.
- ¿Qué os pasa?
- Esta carta estaba ayer en mi mesita de noche.
El párroco la cogió, la abrió y empezó a leer.

Querida madre:
En este momento ya estaré lejos del pueblo para llegar a
Valencia desde donde saldrá un barco en dirección a las
Américas.
M’en vaig fart de llaurar per al germá major.
Me voy harto de labrar para el hermano mayor.
Él pronto se casará y todos tendremos que marcharnos.
Creo que ha llegado mi hora. Un barco sale para mí y no
lo voy a dejar escapar. Es mi oportunidad, espero que me
comprendas, pero volveré algún día y mientras os
escribiré en cuanto pueda. Dile a padre que lo quiero y
que pronto nos veremos.
Un beso madre de tu hijo José Pastor Rodríguez.
60

P.D. Me voy con Juano.
Lola se tuvo que sentar porque las piernas le flaqueaban.
Cerró los ojos y dos lágrimas se le escaparon sin poder
evitarlas.
- Siempre ha querido marcharse. Desde muy pequeño tuvo
la idea en la cabeza. Yo pensaba que se le pasaría, pero
ahora veo que no.
El cura le dio la carta y Lola la cogió como quien coge un
tesoro.
- Es verdad – dijo Pepe – siempre buscaba excusas para no
trabajar, pero no le dábamos importancia.
- Dios lo ha querido así Lola, debemos aceptar los
designios del Señor.
Lola no podía abrir los ojos, la pena que recorría su cuerpo
se lo impedía. Acababa de perder un hijo
- Que Dios te proteja hijo. Ahora no podemos hacer nada.
Que seas muy feliz

61

Capítulo 5

1865 – Villanueva del Grao

La carreta avanzaba trabajosamente por las cuestas y
curvas del puerto de Albaida. Pepet y Juano se habían
sentado en la parte de atrás con las piernas fuera del carro,
mirando en dirección contraria a la marcha.
Nunca habían salido del pueblo y no sabían qué les
deparaba el camino. Cuando llegaron a la parte más alta, el
caballo pareció dar un respiro y aceleró un poco más la
marcha. Una hora más tarde llegaron a Albaida y el
hombre les dijo que siguieran el camino, no había pérdida,
todo estaba indicado.
- ¿Falta mucho para el puerto, señor?
- En carro cuatro o cinco horas. A pie unas cuantas más.
Ni uno ni otro habían imaginado nunca cuán lejos estaría
el puerto pero ahora que ya sabían lo que faltaba, parecía
como si estuviera mucho más cerca. Siguieron andando
durante dos horas hasta que sintieron hambre. Los dos
llevaban algo de comida y se sentaron debajo de un árbol
para comer.
Aunque apenas habían empezado el viaje, los dos estaban
cansados, no habían dormido en toda la noche y después
de caminar un buen rato necesitaban descansar. Se
tumbaron en el suelo y quedaron dormidos.
El paso de una carreta los despertó. Era media tarde.
- ¿Vais a alguna parte? – dijo el carretero.
62

- Al puerto de Valencia.
- Os puedo llevar un rato si queréis subir.
- Gracias señor.
Y así, entre una y otra carreta llegaron a Valencia por la
tarde. Llegando, el ajetreo de gente era grande y ya
después de pasar la cruz de entrada a la ciudad, que
llevaba a la calle San Vicente, el bullicio era mayor
todavía.
Preguntaron por el puerto y les dijeron que siguieran el
río, que así seguro que llegaban. Y eso hicieron, seguir el
río, un río mucho más grande que el que pasaba por
Alcoy. Todo en Valencia era más grande.
El puerto estaba en la ciudad llamada Villanueva del Grao.
- ¿Qué hacemos ahora? – preguntó Juano cuando vieron
que llegarían de noche.
- Buscar una posada o quedarnos a dormir por alguna
esquina. Mejor lo segundo. No hace frío y seguro que no
seremos los únicos.
El olor del mar para ellos era algo extraño, era un olor
indefinible, nada parecido a lo que hasta ahora conocían.
El puerto no era muy grande y la oscuridad de la noche les
impidió ver nada.
Por la mañana Pepet se despertó pronto, justo en el
momento del amanecer. El espectáculo que veía era
indescriptible para sus ojos, unos ojos que nunca habían
visto algo así. Tenían el mar delante de ellos y el sol, rojo,
empezaba a asomar por el horizonte. El agua, tranquila,
parecía un manto de colores. Las barcas de los pescadores,
las redes, los marineros, todo aquello era un mundo aparte,
completamente nuevo para ellos.
Cuando captó toda esa belleza, despertó a su amigo que
seguía roncando a pierna suelta.
- Juano, Juano.
63

- ¿Qué pasa?
- Despierta y verás.
El negro se restregó los ojos y cuando los tuvo lo
suficientemente abiertos para mirar, también quedó
sorprendido.
- ¿Lo ves Juano?
- Sí, lo veo.
- Es bonito ¿verdad?
- Ya lo creo.
- Solo por eso ha valido la pena venir hasta aquí.
- Y que lo digas.
Estaban extasiados y les costó volver a la realidad, una
realidad que se presentaba en forma de incógnitas por
todas partes. ¿Qué les deparaba el destino?
- Señor – preguntó Pepet – ¿Dónde están los barcos que
salen para América?
El hombre miró a los dos chicos con compasión. Otros que
decidían marcharse. Seguramente sus padres andarían
cerca.
- Tenéis que ir a ese edificio y preguntar. Allí os dirán.
- Gracias señor.
Efectivamente, en ese edificio entraba y salía gente.
Dentro un letrero anunciaba: “Oficina de emigración” y
delante una cola de varias personas esperando su turno.
Se situaron al final, detrás de una mujer con la que debía
ser su hija. Cuando le tocó el turno a la mujer, escucharon
lo que le decía el funcionario.
- ¿Para Argentina? Necesita presentar esta documentación
si está casada: cédulas personales de cada una,
autorización del marido, certificado de buena conducta,
certificado de no estar procesada ni cumpliendo condena y
certificado de conocimiento de algún oficio.
- Pero es que mi marido murió.
64

- Entonces el certificado de defunción.
- Lo tengo aquí, mire.
El funcionario inspeccionó el papel, le estampó un sello y
le dijo que en ese caso necesitaba el resto de documentos.
- Pero señor, no tengo nada, mi marido murió, estamos
solas mi hija y yo y vamos a América a buscar trabajo.
- Sin esa documentación no pueden salir. Por favor,
apártese para dejar paso al siguiente.
Pepet se acercó y pidió billete para los dos.
- ¿Cuántos años tienes?
- Quince señor.
- Necesitarás permiso de tus padres y certificado de
hallarte libre de toda responsabilidad de quintas o de haber
pagado el depósito correspondiente.
- ¿Y eso qué es?
El funcionario miró a los dos chicos por encima de las
gafas y les ordenó que se apartaran para dejar paso al
siguiente.
- Pero señor, queremos ir a América. Todo el mundo se va.
- Sí, pero con certificados.
No había forma de convencer a aquel hombre y viendo el
trato que había dado a la mujer, seguro que no iban a
conseguir ellos nada mejor. Pepet y Juano se apartaron de
la ventanilla y se acercaron a la mujer que se había
sentado en un banco con su hija.
- Tampoco os han dado permiso para salir – les dijo la
mujer.
- Tampoco señora. ¿Qué van a hacer ustedes?
- No lo sé, marcharnos a casa supongo. Al menos lo
hemos intentado.
- ¿Pero no se pueden conseguir esos documentos?
- Es muy difícil y se tarda meses. En vuestro caso es
imposible porque no podéis salir sin haber hecho el
servicio militar.
65

- De todo esto no me dijo nada mi tío Sebastián – dijo
Pepet mirando a Juano.
- ¿Qué vamos a hacer ahora madre? – preguntó la niña.
- No lo sé hija, no lo sé.
- ¿Entonces nos volvemos a casa? – preguntó Juano.
La mujer al oír la pregunta de Juano les preguntó si se
habían escapado de casa.
- Es una larga historia, señora.
- Sí, cada uno tiene sus motivos. Vosotros sabréis lo que
hacéis.
El abatimiento cayó sobre todos y quedaron en silencio sin
saber qué decir, sin saber qué hacer ahora. Todos querían
ir a América pero habían pensado que sería mucho más
fácil. Los chicos pensaban que lo habían planeado todo,
incluso el dinero, pero nadie les dijo nada de documentos.
- ¿Sabe cuánto valen los billetes, señora?
- En tercera, cien reales.
- ¿Cien reales cada uno?
Sí, asintió la mujer abatida, pero ahora ya daba igual.
- Nosotras nos vamos a casa – dijo la mujer muy triste –
Ya pensaré en algo.
- ¿Vive cerca?
- No, tenemos que ir hasta Cullera.
Mientras hablaban alguien los estaba escuchando y antes
de que la mujer se marchara se acercó a ellos.
- Oiga señora – el hombre le hizo señales para que saliera
de la oficina y cuando estuvieron fuera continuó - Yo le
puedo arreglar los papeles en dos días.
- No le entiendo ¿Y cómo es eso?
- Influencias – le contestó haciendo una mueca con la boca
sin parar de sonreír, como burlándose de la ocasión.
- ¿Influencias? Sigo sin entender.
- Vamos allá – les invitó a todos a separarse un poco más
de las oficinas.
66

Cuando estuvieron lo suficientemente alejados, alguien
más se les acercó y entre los dos les explicaron la
situación.
- Como ve, hay mucho papeleo que cumplimentar, eso
lleva tiempo y no siempre es posible. En América
necesitan gente y nosotros facilitamos las cosas.
- Pero ¿Cómo?
Ni los chicos ni la mujer sabían a qué se refería el hombre
y la niña tampoco dijo nada.
El hombre hizo un esfuerzo por decir la palabra pero al ver
que eran de pocas entendederas, no tuvo más remedio.
- Falsificamos los documentos señora.
- Pero eso es delito y nos pueden encerrar a todos. ¡Ni
hablar!
- No se preocupe. El capitán del barco está con nosotros y
una vez lleguen a destino, ya no les pueden hacer nada.
La mujer miraba al hombre sin acabar de convencerse
Mientras, Pepet había captado completamente la idea y
tomó la palabra.
- ¿Y cuánto nos costará la, digamos, operación?
- ¿Papeles para los cuatro?
- Sí.
- Treinta reales por barba, aparte los billetes.
- ¿Cuánto en total?
- Cien reales cada uno.
- Espere, ahora le decimos algo.
Pepet los cogió a todos y se dispusieron a hablar. Era
posible que fuera todo verdad pero había que andar con
cuidado con gente así.
- Nosotros no nos fiamos de ellos – dijo Pepet - y ellos
tampoco de nosotros. Quieren el dinero. Nos ofrecen los
billetes a mitad de precio. Deben tener de verdad un
acuerdo con el capitán, de lo contrario no podrían hacerlo.
Si no nos unimos a ellos no saldremos de aquí.
67

- No, yo no me fío – dijo la mujer.
- ¿De cuánto dinero disponemos entre todos?
- Nosotras tenemos trescientos reales, era lo que contaba
para el pasaje y algo para luego.
- Nosotros tenemos ciento cincuenta. A nosotros nos
faltarían cincuenta reales. ¿Me los prestaría usted señora?
A cambio tomaré la iniciativa en la negociación, ese será
mi precio: cincuenta reales.
La mujer miraba al chico. Estaba entre la espada y la
pared. ¿Qué hacer? El chico le inspiraba más confianza. Ir
de su mano le parecía más tranquilizador. Lo máximo que
podía pasar es que perdiera todo el dinero, pero era una
buena oportunidad de salir del país. Sí, su compañía no le
disgustaba.
- No es mal trato – dijo la mujer por fin.
Juano y la niña asentían sin saber por dónde iban los tiros,
dejándose llevar por ellos.
Una vez aclaradas las cosas con los suyos, se dirigió a los
hombres.
- Está bien. ¿Qué hay que hacer?
- Necesitamos vuestros nombres y parentesco. El resto lo
arreglamos nosotros. Pero antes de empezar necesitamos
todo el dinero. Nos veremos aquí en dos días a la misma
hora.
Pepet soltó una fuerte carcajada que dejó perplejos a
todos.
- Esta es nuestra propuesta – dijo cuando dejó de reír – Os
damos nuestros nombres y parentesco. Os damos veinte
reales por los documentos y treinta por los pasajes. Es
decir, la mitad y el resto mañana a estas horas.
- No, no nos interesa, así no trabajamos.
Pepet aceptó el órdago y no se amilanó.
- Bueno, pues en ese caso buscaremos a otros, que seguro
que habrá.
68

Al oír la amenaza de Pepet, el hombre plantó las orejas.
No se esperaba esa respuesta. Además, los Revert andaban
pululando cerca por si su negociación terminaba mal.
Había que pensar algo rápido.
- Tranquilo chico. ¿La señora no tiene nada que decir? –
preguntó a la mujer, haciéndose el gracioso intentando
quitar hierro al asunto.
- No señor, se hará lo que diga este chico – respondió ella.
- ¡Collons! – dijo el hombre.
- Xe, ¿vosatros parleu valenciá? – preguntó Pepet.
Esa expresión cambió completamente el tono de la
conversación, que a partir de ese momento se desarrolló en
valenciano en tono mucho más cordial. Se hicieron las
presentaciones, ¿De dónde sois? ¿Por qué os marcháis?
Mucha gente pide nuestros servicios, esto es pan comido,
etc, etc. Al final llegaron a un acuerdo beneficioso para
ambas partes. El trabajo lo podían hacer en un día,
aceptaban cobrar la mitad ahora y el resto mañana pero el
precio, bueno, el precio ni para ti ni para mí. En lugar de
cien reales, ochenta. No se hable más.
Y dándose la mano sellaron el acuerdo, momento en el
cual los Revert desaparecieron porque se daba por hecho
que el trato estaba cerrado.
El otro hombre sacó papel y anotó los datos de cada uno,
lugar de nacimiento, edades, etc. Los tres chicos serían
hijos de la mujer que se quedó viuda y aportaba certificado
de defunción del marido. En cuanto a los billetes, ningún
problema, pero viajarían en la bodega.
Cuando los dos hombres se marcharon con el dinero,
Pepet les dijo a las mujeres que mañana se encontrarían
allí pero que ahora ellos se iban a seguir a los hombres, no
se acababan de fiar de ellos.
Los hombres salieron del puerto, recorrieron varias calles
y al cabo de varios minutos, entraron en una casa. Pepet y
69

Juano esperaron fuera durante una hora y después
llamaron a la puerta. Fue uno de los hombres, el que
llevaba la voz cantante, el que les abrió.
- Vamos, entrad, ya os habíamos visto seguirnos. Hacéis
bien en no fiaros de nadie – les dijo mirando a una parte y
a otra de la calle.
Dentro, el otro hombre, puesto de gafas y ante un arsenal
de documentos, escribía con mucho cuidado en papeles
que parecían oficiales.
- Esto requiere un trabajo cuidadoso y no podemos
equivocarnos en nada. Ya sabéis dónde estamos. Mañana
nos vemos ¿de acuerdo?
Pepet se dio por satisfecho y se despidieron de ellos. Si
pasaba algo ya sabía dónde los podían encontrar.
Ahora tenían un día por delante para ver el puerto y algo
de la ciudad. Tenían el mundo para ellos solos sin nadie
que les obligara a hacer nada. De repente, Pepet al menos,
sintió en sus carnes lo que significaba la libertad.
- Antes teníamos que haber hecho esto Juano. Ahora
vamos a tomarnos un vino, nos lo hemos ganado.
- ¿Un vino? ¿Dónde?
- En alguna cantina, hemos pasado varias viniendo hasta
aquí.
Desde que tuvo la necesidad de ganar dinero allá en
Alcoy, Pepet sentía que estaba aprendiendo de la vida y
eso le satisfacía. Sentía una agradable sensación, sentía
que, tal como pensaba, no todo era labrar la tierra y sentía
que una persona se podía ganar la vida si pensaba un poco.
Trabajando siempre para un amo no puede ser uno rico.
Nunca había ganado un real y en pocos días iba a ganar
unos cuantos. Hacía unos días no sabía cómo iba a llegar a
América pero ahora, ahora lo veía cosa hecha y eso bien
valía un vino.
70

En cambio Juano vivía al amparo de su amigo Pepet. Lo
que hiciera él, bien hecho estaba. Varias dificultades
habían tenido y a todas había sabido hacerle frente. Bien
es verdad que la fortuna estaba jugando en su favor. ¿La
fortuna o la valentía y el arrojo? Sí, Pepet era valiente,
reconoció Juano.
Después de pasar el día y la tarde disfrutando de su nueva
vida llegó la noche, pero no les importó pasarla al raso
otra vez. ¿Qué más daba? Eran jóvenes y sólo serían unas
horas más.
Entre risas y proyectos sobre qué iban a hacer en América,
llegó el día siguiente e, igual como el anterior, a Pepet se
le fueron los ojos detrás del amanecer.
- Nunca pensé que esto pudiera ser así Juano.
- Dios es grande.
La mañana transcurría entre el olor del mar, las voces de
los marineros y los transeúntes de todo tipo: señores
elegantes, niños jugando, braceros, carboneros y mujeres
con sus hijos.
- Buenos días señora Manuela, buenos días María. ¿Cómo
están esta mañana? – saludó Juano cuando llegaron las
mujeres.
- Bien José y ¿vosotros, dónde habéis dormido?
- Al raso, pero no se preocupe por nosotros. ¿Y tú, María?
¿Has dormido bien?
- No muy bien Pepet, pero es normal. Cuando uno no
duerme en su cama, le cuesta.
- Pues a partir de ahora no dormirás en tu cama ¿lo sabes
no?
- Ja, ja. Claro que lo sé. Sí, me tendré que acostumbrar. ¿Y
tú Juano, te cuesta dormir fuera de casa?
- Sí, a mí me pasa como a ti.
Los cuatro estuvieron charlando sobre sus situaciones
personales y sobre lo que se iban a encontrar en América
71

cuando aparecieron los hombres con los documentos.
Todo estaba correcto. Liquidaron el resto del dinero y les
explicaron que el barco era italiano y salía al día siguiente
por la noche.
- Es el Veloce. Atracará ahí delante y vosotros tenéis que
subir cuando os lo diga el capitán. De todas formas
nosotros estaremos aquí y os indicaremos.
Manuela dio un suspiro cuando se marcharon. No acababa
de estar segura de que volvieran. Pensaba que las timarían.
- Creo que esto es su negocio y les interesa quedar bien –
dijo Pepet.
Con las mujeres no podían ir a la cantina, así que fueron a
ver el pueblo, Villanueva del Grao. Era una ciudad aparte
de Valencia, completamente separada. Sus calles rectas,
paralelas al mar, estaban impregnadas de ese olor a sal y
pescado, de humedad y humildad, de pobreza y trabajo. Sí,
ahora sabía lo que era un pueblo marino, igual que sabía lo
que era un pueblo de montaña. Completamente diferentes
y al mismo tiempo iguales: en uno el mar era el medio de
vida, en el otro era la tierra, sí, pero las gentes
trabajadoras, vivían bajo un mismo cielo, bajo una misma
capa de honradez y fortaleza para levantarse cada día para
ganarse el pan.
- Hábleme del mar Manuela – pidió Pepet.
- Nosotras te hablaremos del mar si vosotros nos habláis
de la montaña.
Manuela se puso triste y las palabras le salieron
directamente del corazón.
- El mar es como un amo que se lleva a tu marido, a tu
hermano, a tu padre, con la libertad de hacer con ellos lo
que quiera. Sabes que el amo es un peligro, que un día no
te los devolverá y si lo hace, morirán pronto porque el
trabajo los mata cada día, poco a poco. ¿Verdad hija?
72

- Sí madre. Cuántas veces hemos llorado – dijo María hemos rezado para que ese amo nos devolviera a mi padre,
a mi abuelo, a mi tío. Cada vez somos más las mujeres
solas.
- La montaña también tiene un amo – dijo Pepet - pero
éste es de carne y hueso, mata lentamente y también hay
cada vez más mujeres solas. Por eso, nosotros hemos
decidido huir de ese amo, de esos amos que van apretando
hasta ahogar.
- ¿Tú qué dices Juano? – le preguntó María.
Juano los estaba escuchando y se sentía incapaz de
comentar nada, lo habían dicho todo.
- Sí, Pepet tiene razón. Yo voy donde vaya él.
- Sois buenos amigos – dijo María.
Todo un día de conversación dio para mucho y los males
comunes les ayudaron a sobrellevar las penas y vieron que
les servirían para apoyarse mutuamente.
El marido de Manuela murió dos meses atrás en un
naufragio. Una tarde no llegó a casa, había tormenta y
Manuela se temió lo peor. Salió al mar y se encontró con
las otras mujeres. El barco no volvió. Esperaron varios
días hasta que alguien dijo haber visto el barco volcado. El
mar era su vida, no sabían vivir de otra cosa. Ahora que no
estaba su marido ¿qué iban a hacer?
Manuela se abrió a ellos como si fueran hijos suyos y le
agradó tratarlos como a tales. Los chicos también se
sintieron un poco amparados por la mujer cuya sola
presencia les tranquilizaba. Sí, se estaban acoplando unos
con otros para convertirse en una verdadera familia, al fin
y al cabo, eso era lo que ponían los papeles.
A María le gustó tener dos hermanos de repente. No era lo
mismo ir sola con su madre que estar acompañadas por
dos chicos. Les hacía sentirse más fuertes y por la noche,
73

acurrucados en la misma esquina en la que estuvieron los
chicos, las mujeres cuchicheaban los comentarios que
habían tenido durante el día.
- Qué suerte hemos tenido con esos chicos ¿verdad madre?
- Sí, parecen buenos chicos.
- Vamos a viajar con ellos y estaremos juntos muchos días
¿verdad madre?
- Sí, hija. ¿te gusta la idea?
- Sí madre.
- Bien, ahora a dormir.
- Buenas noches madre.
- Buenas noches hija.

74

Capítulo 6

1865 – El barco

Cuando

llegaron al puerto vieron que una gran
muchedumbre se arremolinaba alrededor del barco en el
muelle. Pronto colocaron las escaleras y la gente comenzó
a subir. Bajo, los familiares se despedían de los que, como
ellos, iban a emprender un nuevo camino, pero a ellos, a
ellos no los despediría nadie.
Esperaron pacientemente que todos fueran subiendo. Unos
hombres que iban delante de ellos, cuando les vieron los
billetes se quedaron mirándolos. Manuela no pensó nada
bueno y les desvió la mirada pero entonces uno de ellos se
le acercó.
- Debemos esperar al final.
Pepet se acercó y le preguntó por qué.
- Son de contrabando ¿verdad?
- Verdad – respondió Pepet sin dudar.
- Háganme caso. Nosotros también vamos así.
Entonces se dieron cuenta que varias personas estaban
agrupadas un poco al margen y comprendieron que
estarían en sus mismas condiciones.
- Vamos allá con aquellos – propuso Pepet.
Allí, unos y otros se miraban sin decir nada, algo
nerviosos. Entonces vieron aparecer a uno de los hombres
que les hicieron los documentos, se acercó al capitán y
75

hablando con él miró hacia ellos. El capitán los miró y
asintió.
Era la señal, en cuanto todos subieran, les tocaría el turno.
Todavía tuvieron que esperar casi una hora hasta que
subieron todos. El grupo era de unas cincuenta personas,
todo eran familias con el padre, la madre y los hijos.
El capitán les hizo una señal y fueron subiendo. Les cogió
los billetes y un marinero les indicó por dónde debían ir.
Los primeros que iban delante llegaron casi al final del
barco y fueron bajando a la bodega, tal como les había
indicado el marinero. Conforme se iban acercando, fueron
notando el olor a madera y a sudor mezclado, olor que se
iba acentuando hasta que el aire libre pareció desaparecer.
Cuando entró el último, el marinero cerró la escotilla.
Todos se miraban unos a otros sin saber qué decir.
- Bueno, tampoco podemos pedir más – dijo Pepet –
Vamos de contrabando, tal como dijo ese hombre. Señor,
¿sabe cuánto tiempo durará el viaje?
- Por lo menos un mes – le contestó el hombre.
- ¿Treinta días? – repitió Manuela – Espero que podamos
salir en algún momento.
- Creo que sólo nos tendrán aquí por las noches. Es por
seguridad.
- Por seguridad y porque no tenemos derecho a nada más.
Poco a poco se fueron sentando todos y comenzaron a
charlar por grupos. Ellos se unieron a dos familias que
viajaban con dos muchachos cada uno algo mayores que
Pepet.
Entonces oyeron un fuerte ruido sordo y el barco se puso
en movimiento.
- Es un barco de vapor – dijo alguien como respuesta a ese
ruido.
- Sí pero tiene mástiles y velas – dijo otro.
76

- Claro que tiene mástiles, si no, no sería un barco –
contestaron riendo.
Pepet no entendía nada de lo que decían. No sabía qué era
un barco de vapor ni para qué servían los mástiles, pero
pronto lo aprendió todo, tenía treinta días por delante.
La mayoría de la gente pasó la noche en vela: el
movimiento del barco, el olor desagradable, los ronquidos,
la novedad, los nervios, todo se juntaba y todo sumaba.
Imposible dormir, tiempo habría.
En cuanto amaneció, alguien abrió la escotilla.
- Puó andare, é il giorno
Lo que faltaba, los marineros hablaban una lengua extraña
y nadie entendió pero suponían lo que había dicho, que era
de día y que podían salir.
Curiosamente, con el amanecer, a Pepet y a Juano, y
seguramente a varios más, les entró sueño, estaban
agotados, pero pudo más la curiosidad por ver el mar y el
barco que el cansancio que sentían.
- ¿Vamos Juano?
- Vamos.
Manuela y María estaban medio adormiladas todavía y
tardaron un poco en salir.
El olor, el viento húmedo, el cielo, el mar. Pepet respiró
hondo y sin querer sonrió.
- Nos vamos a América Juano. ¿Te lo crees?
- Ahora sí.
- Qué bonito es esto. Nunca imaginé nada igual.
Miraron arriba, a un lado, al otro, se acercaron al borde.
Aquello era un espectáculo, aunque viajaran de
contrabando. En realidad disponían de muy poco espacio,
cuando estuvieran todos fueran, tal vez podrían moverse
poco, pero daba igual. Los dos pensaron que había valido
la pena llegar hasta allí.
77

- Es bonito pero tengo hambre Pepet.
- Siempre pensando en comida. Ahora no tenemos nada,
nos tenemos que aguantar.
- ¿Treinta días?
La mañana iba llegando a todos los rincones de la bodega
y todos los pasajeros, de contrabando, fueron saliendo.
Algunos llevaban comida y la compartieron con todos.
Hacia mediodía, dos marineros se les acercaron con lo que
parecían restos de comida.
- Il mangiare di oggi
La dejaron a un lado y se marcharon.
- Es lo que les ha sobrado a los de primera clase – dijo
alguien.
- Pues que venga esa comida, para nosotros nos irá bien.
Aunque el barco tenía su encanto, aunque el mar también
lo tenía, ellos no estaban ni en tercera clase, el movimiento
del barco era fuerte y pronto aparecieron los primeros
mareos. Se veían sus caras blancas y después sus vómitos.
El espacio en el barco era el justo para poder estar todos
de pie, lo cual daba cierta sensación de agobio.
Así fue pasando el primer día, que si alguien no lo
remediaba, iban a ser todos iguales, si no peores.
A última hora del día, un marinero los invitó a entrar a la
bodega hasta el día siguiente.
Cuando apenas habían pasado cinco días, una mañana
avistaron tierra. Son las Islas Canarias, dijo el sabidillo de
Beltrán que ya era conocido por todos. Raro era el día que
no contaba las hazañas de su hermano que estaba en
Buenos Aires.
- En su última carta me dijo que había tierras para
explotar, que el gobierno se las da a los colonos a cambio
de nada, incluso regala las semillas. Me dijo que me fuera
con él, que había trabajo para todo el mundo.
78

- Eso no puede ser cierto – le contestaban.
- Cuando lleguemos veremos quién tiene razón.
- ¿Cómo puede ser que en un país no haya trabajo y en
otro den tierras a quien las quiera? – preguntó Pepet.
- Este mundo es cruel Pepet, ya te irás dando cuenta.
- Cruel sí, pero al mismo tiempo hay que aprovechar las
oportunidades que eso nos brinda.
- No hablemos tan pronto, ya veremos qué nos
encontramos cuando lleguemos.
La mujer de Beltrán le preguntó a Manuela si su marido
estaba en América, si iba a encontrarse con él.
- No. Mi marido murió, naufragó su barco y ahora nos
vamos a buscar trabajo porque en España no hay nada.
- Cierto Manuela, no hay nada.
Por la noche llegaron a Las Palmas. Todavía subieron diez
personas más. ¿Dónde se iban a meter todos si casi no se
podían mover ya?
- Ahora ya no paramos hasta llegar a Buenos Aires –
volvió a anunciar Beltrán que empezaba a ser molesto con
sus comentarios.
Conforme pasaban los días, los restos de comida eran cada
vez más asquerosos, las noches interminables y los días
agobiantes. Parecía que el tiempo no pasaba y lo que el
primer día era todo un espectáculo, ahora era un verdadero
martirio. Y todavía no habían pasado más que dos
semanas.
El primer día de la tercera semana, hubo algunos pasajeros
que no salieron de la bodega en todo el día. Beltrán en
cambio todavía tenía fuerzas, lo cual hacía el viaje todavía
más pesado. Pepet y los demás estaban hartos de escuchar
siempre las mismas historias. Lo malo es que no había
nada más de qué hablar. ¿Qué iban a decir? Al menos las
79

conversaciones de las mujeres eran más entretenidas,
aunque hablaran de desgracias, de lo dura que era la vida,
de los maridos, de los hijos, de todo un poco. Y como si la
naturaleza actuara, la gente hacía más corro entre las
charlas de las mujeres que entre las bravuconadas y
tonterías de Beltrán y algunos más.
Pepet escuchaba a Manuela y las demás mujeres y así se
daba cuenta de lo afortunado que había sido en la vida. Si
lo pensaba bien, él no había tenido ningún problema
nunca. En la finca tenían trabajo, comían todos los días, no
se les había muerto nadie. ¿Qué más quería? Mientras que
cuando estaba en la finca de los Gisbert no veía otra cosa y
solo pensaba en marcharse de casa, ahora, apenas unas
semanas después, empezaba a ver el mundo, a hablar con
otras personas y a darse cuenta de lo afortunado que era.
Pero cuando se quedaba solo pensando, se daba cuenta que
cada uno tenía sus problemas, y los suyos eran los más
grandes. Para él, a pesar de todas las ventajas que ahora
veía, se le hacía impensable volver a casa. Era imposible.
Había dado el paso y no se arrepentía de nada.
Una mañana se levantaron con un fuerte viento, el barco
se movía más de lo normal y un marinero les dijo en aquel
idioma que era mejor que no salieran de la bodega porque
iban a desplegar las velas.
- Noi dispiegare gli vele
- Claro – dijo Beltrán – así avanzaremos más y el capitán
ahorrará carbón.
Eso era el colmo. También entendía de barcos. Pepet se le
acercó y le preguntó.
- Entonces ¿Cómo funciona un barco?
Beltrán lo miró y pensó que había encontrado una mina en
aquel chico. Le estaba preguntando cómo funcionaba un
barco, a él, marinero de toda la vida.
80

- ¿De dónde eres muchacho?
- De Alcoy, del interior de Alicante.
- ¿No habías visto nunca el mar?
- Nunca.
Beltrán inspiró y sacó fuerzas, preparándose para la
perorata que le iba a soltar sobre el viento, las velas y los
barcos de vapor. Le explicó que los barcos siempre habían
funcionado con la fuerza del viento pero que ahora, con el
invento del vapor, los barcos funcionaban con esa fuerza.
- ¿Entonces por qué tiene velas y vapor este barco?
- Los barcos de vapor son relativamente nuevos todavía.
No hay barcos que funcionen completamente con vapor.
Puede pasar cualquier cosa y acabarse el carbón. Entonces
¿qué hacemos? O días como hoy en los que el viento sopla
con fuerza y es mejor aprovecharlo.
- Claro, no había caído yo en eso.
Después le explicó cómo se hablaba de eslora, de babor y
estribor, de la velocidad en nudos, de los tipos de barcos.
Realmente Beltrán era como un libro abierto.
A partir de ese día, Pepet miró el barco con otros ojos. Ya
entendía para qué era esa gran chimenea, por qué los palos
tan altos, por qué tres palos y el del centro el mayor y
muchas cosas más.
Las
conversaciones entre Pepet y Beltrán fueron
menudeando y Juano, que hasta entonces iba con Pepet,
estuvo más con Manuela y María.
Estando con él solo, María se atrevió a preguntarle por su
color de piel.
- ¿Eres así porque te da mucho el sol?
- No María, nací así.
- ¿Tus padres son negros o morenos como tú?
- Mi madre no, a mi padre no lo conocí.
María se quedó mirando a Juano como si hubiera metido
la pata. Lo primero que pensó es que su padre debería ser
81

negro, dejó embarazada a su madre y después se marchó.
Todo eso lo pensó en un segundo sin dejar de mirar a
Juano y éste, le adivinó los pensamientos con aquella
mirada. Los dos sabían lo que estaban pensando y
desviaron sus miradas. No había sido buena idea hablar de
su color de piel.
- Perdona Juano – dijo María.
- No pasa nada.
Llegaba el final de la cuarta semana y los ánimos
empezaban a desmoronarse. Cada día, cuando se
levantaban, esperaban que fuera el último, pero todavía
pasó la semana entera sin novedades. El frío era cada vez
más intenso, lo cual Pepet no comprendía porque estaban
en verano, pero Beltrán le explicó que en Sudamérica las
estaciones iban al revés, algo que a Pepet le costó
comprender.
- En el mes de julio es invierno duro en Argentina y en
Enero es verano.
Pepet miraba a Beltrán con los ojos abiertos sin saber a
ciencia cierta si le decía la verdad o era una tomadura de
pelo pero claro, cada día hacía más frío.
Fue al principio de la quinta semana cuando avistaron
tierra y todo cambió en el barco. Los más enfermos
parecieron mejorar y las conversaciones fueron
animándose. La tristeza dio paso a la alegría, y el tedio al
alborozo. Habían cruzado el Atlántico, estaban a la otra
parte del mundo, en un mundo que los esperaba con los
brazos abiertos.

------

82

Don José se guardó la carta, luego la leería. Hizo pasar a la
niña y la llevó a la cocina con la criada. Atienda a esta
niña, le dijo, tendrá hambre. Luego volveré.
La comadrona estaba acabando de arreglar a la recién
nacida y cuando vio al señor, salió de la habitación.
- ¿Cómo estás Tina?
- Tú ves. Otra niña.
Los dos habían anhelado un niño con todas sus fuerzas
pero Dios no lo había querido. No por eso iban a estar
tristes. Ya lo habían decidido: fuera lo que fuera, sería el
último. Pero ahora no estaba para pensar demasiado. Sólo
quería estar con su mujer, con esa mujer tan extraordinaria
que sabía que sería suya en cuanto la vio por primera vez,
hacía ya casi diez años.
Se sentó en la cama y la besó en la frente. La pequeña
dormía a su lado en la cuna.
- Dios no quiere que “tenemos” ein Kind, un niño.
- No pienses en eso ahora, mujer.
Cuando Valentina vio la expresión de su marido, imaginó
que algo le pasaba.
- No se te escapa nada. Verás, antes ha llamado una niña y
ahora está en la cocina.
- ¿Otra niña? Siempre das de comer a todo el que viene a
pedir.
Don José era alma caritativa y los habitantes de
Cauquenes lo sabían. No podía resistirse a esas caritas de
hambre o de pena. Para todos tenía algo de comida, para
todos tenía unas palabras de consuelo, para todos tenía
unos minutos. Don José era feliz así, le salía del alma, la
vida lo había hecho así. Por eso, cuando le dijo a su mujer
que una niña había llamado, pensó que pedía comida.
- Sí, pero ésta no solo busca comida.
- ¿No? ¿Entonces qué busca?
83

¿Cómo le explicaba a Valentina quién era esa niña?
- Mañana te lo contaré, ahora es muy tarde.
Valentina reconoció que su marido tenía razón. Cerró los
ojos un momento y suspiró. Les esperaba una noche muy
larga con su nueva hija. Tiempo habría de hablar de
aquella niña.
- Está bien José. Buenas noches.

84

Capítulo 7

1865 – El desembarco

Todavía pasó más de un día entero hasta que atracaron
en el puerto. Pero su sorpresa fue que no los dejaron salir
de la bodega. Cuando llegó la noche, un marinero les abrió
y les indicó con el dedo que estuvieran en silencio,
mientras otro les hacía señas para que salieran rápido del
barco.
Una vez pisaron tierra, el desconcierto era general ¿y
ahora qué? Se preguntaban. Los que durante todo el viaje
huían de él, ahora no tuvieron reparo en acercarse a
Beltrán para que les dijera qué era lo que debían hacer y a
dónde ir.
- La verdad es que no lo sé. No esperaba esto.
- Bueno – dijo Pepet – venimos de contrabando y por eso
nos han hecho esperar y hacernos bajar por la noche.
Ahora no hay guardias y todo está cerrado.
- Pero ¿dónde vamos ahora? Aquí nadie nos espera, nadie
nos da tierras, nadie nos da trabajo. ¿Qué hacemos
Beltrán? ¿Dónde está tu hermano?
Claro, el hermano de Beltrán no sabía cuándo llegaba y no
estaba esperándolo, pero Beltrán tenía su dirección.
Mañana iría a verlo. Mientras, deambularon sin rumbo
hasta que alguien les indicó que había una especie de
albergue para los inmigrantes.
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No estaba lejos, era un edificio enorme, Pepet nunca había
visto nada igual. Dentro, una sala para hombres y otra para
mujeres. Habría más de cien camas unas al lado de otras,
la mayoría ocupadas por gente durmiendo. En silencio,
todos fueron acomodándose en las camas vacías. Manuela
y su hija se fueron a la sala de mujeres, Pepet y Juano a la
de hombres.
Estaban agotados, el viaje los había debilitado mucho y
apenas tenían fuerzas para nada. La sensación de pisar
tierra de nuevo era extraña pero esperada. Las expectativas
que tenían eran tan grandes que ahora, el panorama era
desolador. Tantos sueños, tantas ideas, tanto habían
hablado de cómo sería América y ahora, desembarcaban
de noche para que nadie los viera y dormían en un
albergue para cientos de personas hacinadas. ¿Esto era
América? Pero Pepet era optimista y pensó que, después
de tantos días durmiendo en el barco, aquello le sabría a
gloria. No quería pensar en nada más, se acostó, cerró los
ojos y tal vez el hecho de estar en tierra firme hizo que su
cabeza le diera vueltas.
- ¿Cómo te encuentras Juano?
- Extraño, no sé cómo explicarlo.
- Sí, así me siento yo también. Bueno, mañana será otro
día. Buenas noches Juano.
- Buenas noches Pepet.

86

Cuando el joven Zambrano les pidió los pasaportes en el
consulado español, lo tuvo claro: ninguno de ellos lo tenía,
éstos eran algunos de los que faltaban del barco de la
noche anterior.
- ¿En qué barco han venido ustedes? – le preguntó a
Manuela.
- En el Veloce
- ¿Sí? Pues no están en la lista de pasajeros.
Aquello empezaba a ponerse mal.
- ¿Tienen los billetes del barco?
Manuela los buscó en el bolso y Pepet se dio cuenta que
estaban atrapados.
- Estos billetes son falsos señora. ¿Cómo han llegado? Son
polizones. Han entrado de manera ilegal en Buenos Aires
¿se da cuenta?
Ninguno dijo nada porque el cónsul tenía razón pero ¿qué
iban a hacer?
- Tendré que encerrarlos en la cárcel y devolverlos a
España en el siguiente barco.
Al oír aquello, a Juano le temblaron las piernas. Nunca en
su vida había pasado tanto miedo como en aquel
momento. Cárcel y volver a España era lo peor que podía
haber escuchado. María no se pudo aguantar y rompió en
lágrimas.
- No llores hija, este señor no nos encerrará en la cárcel
¿verdad que no, señor?
Pero el cónsul no estaba para monsergas. Hizo una señal a
un guardia y les dijo que fueran con él.
- Pero señor – intentó decir Pepet – América necesita a
gente para trabajar y por eso hemos venido.
- Lo siento muchacho, yo tengo que hacer mi trabajo y no
puedo dejar pasar a nadie sin los documentos legales.
- Pero le hemos enseñado todos los documentos. Mi
madre...
87

- ¿Tu madre? Los tres tenéis la misma edad. ¿Qué sois,
gemelos? ¿Y el negro también es hermano tuyo? Venga, a
la cárcel todos.
Una losa cayó encima de ellos. Se hubieran esperado
cualquier cosa menos eso. Tanto esfuerzo para nada. Tanto
tiempo planeando, todo el dinero gastado, un viaje
repugnante, todo lo que habían tenido que soportar. Todo
se venía abajo en un segundo.
Bajaron por unas escaleras inmundas, el guardia abrió una
portezuela y metió a las mujeres, a la otra parte abrió otra
y entraron los muchachos.
- ¿Por qué a los demás no los han cogido? – pensó Pepet
en voz alta, pero pronto tuvo la respuesta. Al cabo de unos
minutos se volvió a abrir la puerta y vieron a varios de los
compañeros de viaje. Pero no estaba Beltrán.
- Beltrán dijo que no debíamos pasar por las oficinas de
inmigración, que como éramos ilegales nos encerrarían
enseguida.
- ¿Y por qué habéis venido vosotros?
- ¿Y vosotros?
- Nosotros no sabíamos nada – dijo Pepet.
- Pues nosotros pensamos que era mejor venir y estar
legales. Los documentos hacen falta para cualquier cosa.
- ¿Y ahora qué?
- Ahora nos volvemos otra vez a España.
Hacía unos meses que el joven Zambrano había sido
nombrado cónsul y tenía unas enormes ganas de hacer
bien su trabajo. Cuando llegó el Veloce la noche anterior,
supo que algo olía mal. Esperó a ver si bajaba alguien más
del barco pero después de esperar una hora, no vio a nadie.
¿Cómo lo hicieron? El caso es que los muy inconscientes
estaban llegando ahora como pollos al matadero. En cierta
forma le sabía mal. Esa mujer con esos chicos, a saber
88

quiénes eran. ¿Iba a reunirse con su marido? Y si era así,
¿por qué no se había ido directamente? Estos pobres
emigrantes, deberían tomar lecciones de todo lo que se
iban a encontrar.
Preparó un cable dirigido al ministro en España
anunciándole que mandaba de vuelta a varios emigrantes
ilegales. Eso sería un buen espaldarazo a su labor para que
siguieran confiando en él. El cable decía así:
“Encontrados emigrantes ilegales. Mando de vuelta
siguiente barco España.”
Lo firmó y lo mandó, esperando impaciente la respuesta
del ministro.
La pequeña se abrazó a su madre esperando su consuelo.
- ¿Por qué nos encierran madre?
- Porque somos pobres hija, por eso. Que si no, a buena
hora nos iban a encerrar.
- ¿Nos quedaremos aquí mucho tiempo?
- Hasta que salga otro barco para España.
- ¿Y ahora qué haremos allá?
Preguntas, preguntas sin respuesta. Era la primera vez que
su hija salía del pueblo y para ser la primera, tal vez se le
quitarían las ganas de volver a viajar.
- ¿Pepet y Juano vendrán con nosotras?
- Sí, ellos también vendrán.
Manuela miró a su hija.
- ¿Te gusta estar con ellos? – le preguntó, pero su hija solo
pudo sonreír sin atreverse a decir nada.
Manuela cerró los ojos para pensar en su negro futuro.
Gran parte del dinero que tenía se lo había gastado en el
viaje y ahora solo le quedaban unos pocos reales, los que
había guardado para los primeros días. Pero si se volvían a
España. ¿Por qué Dios lo ponía todo tan difícil?
89

Entonces se abrió la puerta y entraron varias de las
mujeres que viajaron con ellas en el barco. Bueno, por lo
menos no serían las únicas.

El armador Perea tenía una entrevista con el ministro,
sabía que debía tenerlo contento para que, digamos,
cerrara los ojos en ciertas ocasiones. Su negocio era
transportar pasajeros y cuantos más mejor. ¿Qué más daba
si tenían pasaporte o no? Lo importante era que viajaran.
El capitán del Veloce le dijo que habían subido más de
sesenta ilegales en todo el trayecto en el último viaje y
había que hacer lo posible para que se quedaran en Buenos
Aires.
- El señor ministro lo espera – dijo el ujier cuando abrió la
puerta.
Perea era alto, corpulento, más bien obeso, mientras que el
ministro no pesaría ni setenta kilos. Perea abrazó al
ministro como si fueran íntimos amigos y el ministro
pareció perderse dentro de sus brazos.
- Señor ministro, cuánto tiempo sin verle. Tome, estos
puros los he comprado expresamente para usted.
- Muchas gracias Perea, sabe lo que me gustan. ¿Y qué le
trae por aquí?
Los dos sabían cuál era el motivo de la visita. Perea
deslizó un sobre en la mesa y, sin dejar de hablar, el
ministro lo cogió y lo guardó en el primer cajón.
- Ya sabe, pasaba por aquí y quería saludarlo, solo eso.
- Es usted muy amable.
- Y recordarle que los tiempos son muy difíciles y que
todos tenemos que ayudarnos a superar esta situación. La
gente quiere marcharse a las Américas y ya sabe que los
papeleos, pues, no siempre son fáciles.
- Claro, claro, pero las leyes están para cumplirlas.
90

- Por supuesto señor ministro.
En ese momento alguien llamó a la puerta. Era un cable
del cónsul en Buenos Aires.
- ¿Qué quiere Zambrano ahora?
El ministro leyó el cable y al finalizarlo resopló y
dirigiéndose a su secretario le dijo:
- Contéstele y dígale que no me toque los cojones. Que
expida los pasaportes a todo el mundo y se deje de
zarandajas.
El ministro sonrió a Perea y éste suspiró aliviado. Había
llegado justo a tiempo.

El guardia abrió las puertas de las cárceles y les obligó a
todos a salir.
- ¿Nos vamos ya?
- Sí, salgan, se marchan todos.
Había llegado el momento fatídico, pensaron todos.
- El cónsul los espera.
Subieron y esperaron al cónsul Zambrano. Cuando salió
los fue llamando uno por uno. La primera fue Manuela.
- A ver, usted. Dígame su nombre verdadero y quién es su
hijo, si tiene alguno.
- Sí, ella es realmente mi hija.
Zambrano se puso a escribir y cuando acabó estampó
sellos por todos los papeles.
- Tome, su pasaporte. Ya pueden marcharse, no los quiero
volver a ver por aquí – les dijo en tono austero – A ver,
vosotros, muchachos ¿cómo os llamáis?
Manuela esperó fuera a los chicos. ¿Qué había pasado? De
repente les expedían los pasaportes y los dejaban marchar.
Dos días encerrados para nada. ¿y ahora qué?
91

- Por lo menos estamos libres – dijo Manuela – Ahora
tomémonos un tiempo para agradecer al Señor que nos
hayan dejado libres.
- Tiene razón Manuela – dijo Juano – Padre Nuestro que
estás en los cielos...

92

Capítulo 8

1865 – Buenos Aires

Salieron del puerto y entraron en una ciudad atestada de
gente por toda partes. Nada que ver con Villanueva del
Grao. En comparación, aquél puerto parecía vacío. Qué de
gente, qué de ruidos, coches de caballos y en el puerto
barcos entrando y saliendo, otros atracados, movimiento
de mercancías. Era increíble.
Caminando llegaron a las oficinas de inmigración repletas
de gente que entraba y salía sin parar. Se acercaron a una
mesa y preguntaron. Les indicaron dónde debían ir y
esperaron. La cola era de más de treinta personas. Cuando
les llegó su turno, el empleado empezó con las preguntas.
- “Mostráme” los pasaportes, pibe.
La forma de hablar de aquellas personas era muy peculiar,
nunca habían oído hablar así y eso les hizo gracia, pero
procuraron no reírse del funcionario.
- Son españoles. Che que bien. ¿Qué profesión tiené usted
señora?
- Soy viuda señor, mi marido era marinero.
- Pero sabrá hacer alguna cosa. Si “viené” acá a trabajar
algo tendrá que ofrecer. ¿Y ustedes pibes, qué “sabés”
hacer? ¿”Tenés” estudios, algo?
Todos se quedaron mirándose. Realmente no tenían nada
que ofrecer, solo las ganas de trabajar. Al verlos así, el
funcionario comprendió.
93

- Bueno, no os “preocupés”, no son los únicos.
Buscaremos algo por ahí.
El hombre abrió carpetas, revolvió papeles y al final sacó
un papel.
- Los chicos podrán trabajar en el almacén de Tadeo. ¿Les
“parecé” bien?
- Sí señor – dijo Manuela.
- Esta es la dirección donde deben presentarse a partir de
mañana. El alojamiento se lo tienen que buscar ustedes.
En la calle Socorro podrán encontrar algo seguramente.
¡El siguiente!
Pepet miró los papeles, eran una especie de permiso de
trabajo. Almacén de Tadeo. Bueno, no estaba mal. Cuando
acabaron los demás que habían ido con ellos en el barco se
comunicaron sus trabajos y se desearon suerte mutua.
Parecía que habían acabado las pesadillas y empezaba una
nueva vida para ellos.
La calle Socorro era una de esas en las que las casas viejas
no desentonaban con la gente humilde que vivía de forma
precaria. Los cuatro miraban a todos lados esperando una
señal de esperanza, señal que no apareció: todo era
pobreza y gentío en plena calle.
- Por favor, buscamos casa. ¿Sabe dónde podemos
encontrar algo? – preguntaron a uno de los hombres.
- Pregunten ahí dentro.
Entraron en la casa que les indicaba el hombre y al
traspasar la puerta vieron un patio interior en el que todas
las viviendas daban a dicho patio. Había viviendas en la
planta baja y en un primer piso. Miraron a su alrededor y
se encontraron con un hombre bien vestido sentado en una
mesa escribiendo. Se acercaron a él y le preguntaron. El
hombre los miró. Cuatro más que buscaban casa. Ahora
94

las tenía todas llenas pero en la de la esquina solamente
vivía una familia, podría meter a otra sin problemas. Les
explicó cómo funcionaba el alquiler. Compartirían la casa
con otra familia y se pagaba por adelantado todos los
meses. Eran doscientos Potosíes.
- Solo tenemos reales españoles.
El hombre calculó el cambio y les pidió cincuenta reales.
Manuela y los chicos se miraron. Entonces Pepet tomó la
iniciativa.
- Le pagaremos veinticinco.
- Cuarenta.
- Treinta
- Treinta y cinco.
- Trato hecho – cerró Pepet.
- Chico listo.
Acababan de ahorrarse quince reales si llegan a aceptar al
principio. Manuela pagó muy a gusto, sabía que Pepet y
Juano le devolverían el dinero en cuanto pudieran hacerlo.
El hombre los acompañó a la casa, abrió la puerta y ante
sus ojos apareció lo que iba a ser su hogar durante al
menos los próximos días, meses o quien sabe si años.
Era todo una pieza: la cocina a un lado y las camas al
fondo eran simples colchones en el suelo. Poco más.
- ¿No hay servicio?
- Sí, claro – dijo el hombre señalando una portezuela a la
otra parte del patio donde la gente hacía cola para entrar.
Era un servicio compartido para toda la comunidad. ¡Y
tener que pagar por aquello! Pero ahora no estaban en
situación de exigir nada sino de agradecerlo todo.
En la casa, dos niños jugaban mientras la madre cocinaba
algo en lo que parecían unos fogones. La mujer se quedó
mirándolos a todos esperando lo peor.
- Matilde, estos son vuestros nuevos compañeros de casa –
y diciendo esto se marchó.
95

Hacía más frío dentro de la casa que fuera en el patio
donde al menos lucía el sol. Manuela se presentó ella
misma y presentó a los chicos y a su hija.
- ¿Dónde dormiremos? – preguntó.
- Nosotros dormimos ahí – dijo la mujer señalando los
colchones – Ustedes no sé.
Manuela estaba agotada y se sentó en una silla medio
desvencijada. Los chicos se sentaron en el suelo, no
podían más.
La mujer les dijo a sus hijos que salieran al patio a jugar,
que tenía que hablar con esas personas.
- ¿De dónde son?
- De Valencia.
- Nosotros somos gallegos.
- ¿Hace mucho que llegaron? – le preguntó Manuela.
- Hace unos meses, no demasiados. Esto es una porquería
– dijo hastiada.
- ¿Y su marido? ¿Dónde trabaja?
- En el almacén de Tadeo.
- Qué casualidad, allí van a ir los chicos mañana.
- ¿De veras? – preguntó la mujer intentando sonreír sin
ganas – El trabajo no está mal, pero esta casa es lo peor.
Lo malo es que no nos podemos pagar otra casa con lo que
ganamos. Y ahora con ustedes...
- Lo sentimos mucho. Buscaremos otro sitio en cuanto
pasen unos días.
- ¿Otro sitio? La ciudad está a reventar. Todos somos
españoles e italianos. Allá en nuestros países no hay nada,
al menos aquí nos dan trabajo y aún tenemos que dar
gracias.
Manuela miraba a la mujer, resignada y pensó: calle
Socorro, qué ironía.

96

Por la tarde llegó Venancio, el marido de Matilde. Era un
hombre joven, animoso, más bien enclenque, muy poquita
cosa al lado de su mujer, pero con mucha más energía que
ella. Matilde los presentó y lejos de desanimarse, se alegró
de ver a compatriotas en su casa.
- Hay que preparar la casa, Mati. Iré a la casa de los
Pandiani a por unos colchones. Venga, acompañadme para
traerlos.
Matilde parecía agotada de no hacer nada en todo el día.
El agobio que sentía al tener que vivir fuera de España
podía con ella. En cambio Venancio estaba como una rosa.
A Manuela le llamó la atención esa diferencia de ánimos
entre el marido y la mujer.
- Es curioso el ánimo que tiene tu marido – le dijo
Manuela.
- Pero él está trabajando, ¿me comprende Manuela?
- Sí mujer. Ahora nos haremos compañía las dos con mi
hija mientras los hombres se van al trabajo.
- Sí, ahora estaremos mejor, pero más apretadas.
Cuando volvieron los hombres repartieron los colchones
por el suelo. Venancio tendió unas telas para que las
mujeres tuvieran una mínima intimidad. Él sacrificó
acostarse con su mujer para que ellas estuvieran juntas.
Los hombres y los niños tenían menos problemas.
- Vamos chicos, aquí estaréis bien, ya veréis como lo
pasamos bien. Mañana os presentaré al señor Tadeo, él se
encargará de los papeles y os dirá el trabajo que tenéis que
hacer.
- Gracias Venancio.
Hacía poco más de un mes que Pepet y Juano salieron de
casa. Desde entonces no habían dormido en una cama y de
momento no iban a poder hacerlo en algún tiempo. ¿Era
eso lo que esperaban cuando salieron?
97

Después de una cena frugal, todos se acostaron en los
desvencijados colchones. Pepet miraba al techo sin poder
dormir a pesar del cansancio que sentía.
- Pepet ¿qué piensas? – preguntó Juano en voz baja.
- En nada, intenta dormir.
Juano se dio media vuelta y cerró los ojos pero Pepet no
pudo. Veía a sus padres, a su hermano Ricardo, a su
hermano Antonio que aunque apenas hablaba con él, en
cierta forma empezaba a echarlo de menos también, con
sus silencios, sus órdenes, sus enfados. Echaba de menos
su casa, su vida anterior, las visitas del tío Sebastián, el
que, sin querer, le dio la idea de marcharse de casa. ¿Qué
estarían haciendo ahora todos? En Buenos Aires estaban
en pleno invierno cuando hacía apenas unos días estaban
sudando. Qué grande era el mundo. Aquellas personas
necesitaban gente para trabajar, en cambio en España se
iban porque no podía hacerlo.
Un mes, pensaba, en solo un mes le había cambiado la
vida completamente. ¿Estaba arrepentido? No, lo que más
mal le sabía es no haberlo previsto todo. Mil planes se
había hecho y ninguno había salido como pensaba. Ahora,
la cruda realidad seguía a su lado, golpeándole la cabeza.
Daba mil gracias a Juano por haberlo acompañado. El
bueno de Juano, que lo seguía allá donde fuera. Dios
también le había mandado a Manuela y a su hija para
acompañarlos, sin ellas tampoco podrían haber llegado
hasta allí. Bien mirado, había tenido mucha suerte.
Cuántas historias se escondían detrás de cada emigrante
fuera de donde fuera. Dejar su casa, su país, marcharse a la
aventura y buscar nuevas oportunidades. Aunque él tenía
trabajo en Alcoy, llegaría un día que lo tendría que buscar
y eso lo atormentaba. Tanto, que le dio fuerzas para
marcharse de casa.
98

Ahora veía que el mundo estaba lleno de lobos preparados
para aprovecharse a la más mínima oportunidad y debía
estar despierto para protegerse de ellos y proteger a los
que ahora eran su familia.
Las paredes parecían de papel porque los ruidos y las
voces no cesaban. ¿Qué hora sería? Venancio roncaba
como un condenado y sus pies olían a muerte.
Mañana empezaban una nueva vida, la travesía había
llegado a su fin. ¿Qué le depararía aquella ciudad?

99

Capítulo 9

1865 – Navidad
Alcoy

El sol empezaba a mostrar tímidamente sus rayos que
apenas calentaban en aquel inicio de invierno. Pronto
llegaría la Navidad, la primera que pasarían sin su querido
hijo.
Lola estaba con las gallinas y sin querer, le pareció ver a
Pepet, sonriéndole como hacía siempre. Pero era solo su
imaginación. Qué silencio había ahora en la finca. Cómo
notaba la ausencia de su hijo pequeño. Desde que se fue,
la calma cayó a plomo sobre ellos. Las conversaciones
eran mínimas, las justas y Ricardo, el pobre, se pasaba el
día acostado sin querer salir para nada.
Cómo habían cambiado sus vidas, cómo les influía a
todos. ¿Dónde estaría ahora? Cuánto deseaba tener
noticias suyas. Más de cuatro meses habían pasado desde
que se marchó y desde entonces no sabían nada.
Entonces oyó a sus espaldas el sonido que estaba
anhelando oír desde que Pepet se marchó. Era el timbre de
la bicicleta de Rogelio el cartero. Una corriente le recorrió
el cuerpo y empezó a temblar compulsivamente.
- ¡Ay Rogelio!, dime que traes carta de mi hijo.
Rogelio apoyó la bicicleta en la pared y sacó una carta de
la saca.
100

- A ver, a ver – empezó diciendo haciendo esperar a Lola,
sabiendo que eso la ponía todavía más nerviosa.
- Vamos hijo, no te quedes ahí “pasmao”, que pareces
“alelao”.
- Sigues igual que siempre Lola. La marcha de tu hijo no
te ha hecho cambiar.
- ¡Ay, si tú supieras! Pero léeme la carta.
- ¿No esperamos a Pepe?
- Ay, sí, con los nervios no me he dado cuenta.
Lola corrió unos metros hasta que divisó a su marido.
- ¡Pepe, Antonio, carta de Pepet, venid todos! Ricardo,
anda sal.
Pepe se giró e hizo una señal con los brazos, dejó todo y
fue hacia la casa. Antonio siguió con lo suyo, no le
interesaban las cartas de su hermano. Ricardo se levantó
de la cama y salió a la cocina donde estaba el cartero
preparado para leer la carta de Pepet.
Cuando estuvieron todos, Rogelio la abrió y empezó a
leer.
“Buenos Aires, 20 de noviembre de 1865...
- Casi un mes, ya hace casi un mes desde que la mandó. Y
yo pensando que no se acordaba de nosotros, pobre hijo.
Sí, sí, me callo. Anda continúa.
“Querida familia. Primero quiero pediros perdón por no
haber escrito antes pero no me ha sido fácil hacerlo...”
Lola tenía el corazón en un puño oyendo aquellas primeras
palabras de su hijo y las lágrimas empezaron a salir sin
contemplación, pero no eran lágrimas de dolor sino de una
inmensa alegría. ¡Cómo quería a aquel condenado!
101

...”Ahora ya estamos bien. Juano está aquí conmigo y
también le vamos a escribir una carta a su madre...”.
Rogelio asintió, la llevaba consigo y luego iría a llevársela
a su madre.
“...Del viaje en barco lo que más me gustó fue el mar,
nunca lo había visto madre. Me pasaba horas enteras
mirando las olas, las puestas de sol y los amaneceres.
Tampoco sabía nada de barcos y Beltrán, uno de los
pasajeros, me enseñó muchas cosas.
Ahora estamos en verano y será una Navidad extraña
para todos nosotros porque pensamos que siempre ha de
hacer frío, pero aquí es ahora cuando hace calor...”
Todos se miraron unos a otros con caras de asombro. ¿Qué
estaba diciendo Pepet?
“...Es verdad que hay trabajo para todo el mundo. Juano
y yo estamos en un almacén donde se vende de todo y todo
el mundo compra, cada día más. Al principio estuve
acarreando sacos pero el señor Tadeo, el dueño, vio que
sabía contar y ahora estoy de encargado del almacén. Las
gentes de aquí no saben leer y por eso buscan personas
que sepan. Como Juano no sabe contar, se ha quedado de
mozo.
Padre, hay que saber contar, mira bien los dineros que te
da el señor Gisbert porque ese hombre cuenta demasiado.
Bueno madre, no te preocupes porque en cuanto tenga
oportunidad haré un viaje para veros y contaros todo lo
que hay por aquí. Y a ti también te lo contaré Ricardo.
Estamos viviendo con una familia en una casa muy bonita
y todos nos tratan muy bien.
102

Me podéis escribir a esta dirección, de momento seguimos
aquí.
Ahora se despide de vosotros vuestro hijo y hermano:
José Pastor Rodríguez.”
Lola estaba hecha una magdalena. Rogelio dejó la carta
encima de la mesa y se despidió de todos.
Los tres se sentaron alrededor de la mesa para acompañar
a Lola y comentar la carta. Qué hijo más valiente tenían,
cuántas cosas nuevas había visto y cuánto estaba
aprendiendo. Ahora por lo menos podrían dormir
tranquilos sabiendo que Pepet estaba bien.
Lola dijo que estaba tan lejos que no llegaba el frío ni en
navidades.
- Se lo tengo que contar a la Lucía y a la Mariana. Mi hijo
sabe de barcos y es encargado en un almacén de América.
Poco a poco se le pasaron las lágrimas de pena y se
convirtieron en risas y comentarios alegres.
- Y un día vendrá hecho todo un señorito y nos llevará a
América para enseñarnos aquellas tierras. Pero que chico
más inteligente que tengo.
Y mirando a Ricardo le dio un beso y le dijo que él
también se iría con ellos, todos marcharían a América.

-----Buenos Aires
Aunque las posibilidades eran escasas, había costumbre,
según les dijeron, de celebrar la nochebuena todos juntos
en el patio. Cada uno aportaba lo que podía. Montaban las
mesas, sillas y la comida y entre las mujeres decidían qué
llevaba cada una. Ese año nochebuena era domingo y la
fiesta tenía que ser grande.
103

El almacén de Tadeo estaba en el área de Ituzingó, a varias
cuadras de distancia de la calle del Socorro y a más de una
hora andando. El sábado 23, el revuelo de gente era más
del doble del habitual, Pepet, Juano y Venancio no veían
la hora de marcharse a casa, pero Tadeo insistía que había
que servir a todos los clientes.
- Mañana es Nochebuena señor Tadeo – le dijo Pepet – Es
la primera que pasaremos fuera de casa y nos gustaría
marcharnos cuanto antes.
- Todavía son las seis de la tarde, dos horas más Pepet, no
podemos dejar pasar esta oportunidad. La gente se ha
vuelto loca y compran más que nunca.
No había forma de convencerlo. Al señor Tadeo, hombre
barrigudo y bonachón, se le hacían los ojos como platos al
ver el afán de compra de la gente. ¿Se acababa el mundo?
No, era la alegría general de unas navidades en las que se
veía al país reflotando, recobrándose de las últimas
guerras, un país independiente de España y en el que la
gente empezaba a ver la luz, después de años de penurias.
Todos querían comprar algo, un regalo, una fruslería, pero
algo. El señor Tadeo se había aprovisionado bien viendo
en los primeros días de diciembre, que las compras iban en
aumento. Incluso compró golosinas para los niños porque
una mujer entró un día pidiendo azúcar para su hijo. Sí, se
palpaba en el ambiente.
Hasta entonces la navidad era época para la reflexión, para
el recuerdo de los que ya no volverían y aunque también,
ahora había tiempo para la diversión. Incluso el señor
Tadeo le había dicho a Pepet que animara a los clientes a
comprar algo más de lo que necesitaban, y para eso a
Pepet solo le faltaba el aire.
Recordaba un día que entró una mujer a comprar unas
telas. El señor Tadeo la recordaba como si la estuviera
viendo.
104

- ¿Le gustan estas señoras? – le ofreció Pepet, el cual le
sacó las telas más caras y vistosas que tenían.
- ¿Cuánto valen?
- ¿Qué más da cuánto valgan señora? Si a usted le gusta,
¿qué más dan unos potosíes más o menos?
Pepet la desplegaba, hacía que la señora la tocara y la
hacía imaginarse con un vestido largo y un bonito
sombrero.
- Mire señora, mire qué sombreros tenemos. Y para pasear
seguro que necesitará una sombrilla ¿verdad?
- Bueno, no había pensado en eso, pero...
- ¿Y zapatos, había pensado en ellos?
Al final la mujer se fue con el lote completo y encima
contenta.
- Esperamos que pase por aquí un día cuando vaya con
todo puesto. Seguro que no la reconocemos.
- Qué adulador eres muchacho.
Esa semana, el señor Tadeo le dio veinte potosíes de más a
Pepet, se los había ganado.
En cambio Juano y Venancio eran otra cosa. Sólo valían
para acarrear material, igual que los otros cinco operarios
que tenía. Hasta el momento no había visto a nadie igual
como Pepet vendiendo y llevando las cuentas. Qué suerte
había tenido con él, pensaba el señor Tadeo.
Cuando cobraban, Pepet cogía su paga, la de Juano y la de
Venancio, las juntaba todas y se las daba a las mujeres
para que administraran la casa, ellas eran las que tenían
que tener el dinero, sin mirar quién había puesto más o
menos. Tenían que ser como una gran familia, así no
habría problemas.
Manuela regañaba a Pepet porque ellos jugaban con
ventaja. Eran más y aportaban menos.
- No quiero que se fije en eso Manuela. Ya vendrán
tiempos mejores.
105

Cuando sonaron las siete en el reloj de pared del almacén,
Pepet dijo que hasta ahí habían llegado. Ellos tres se
marchaban. Los otros que hicieran lo que quisieran.
- Una hora más, Pepet.
El señor Tadeo sabía que le podía exigir a Pepet que se
quedara pero también sabía que si no tenía a Pepet de cara,
podría ser peor, ya lo conocía bastante.
- Nada señor. El martes volveremos. Que pase unas felices
navidades.
- Eres el demonio en persona Pepet. Venga un abrazo y
vosotros también. Aquí está vuestra paga. Hasta el martes.
El sábado era el mejor día porque era cuando cobraban.
Juano y Venancio le dieron el dinero a Pepet, lo juntó todo
y lo guardó para dárselo a las mujeres.
Cuando el señor Tadeo nombró encargado del almacén a
Pepet, a Venancio no le extrañó en absoluto. Desde que lo
vio el primer día, vio en él algo fuera de lo normal.
Venancio era animoso pero Pepet es que era listo, había
sabido ganarse a todos sin que nadie le tuviera envidia,
sabía manejarse al señor Tadeo, sabía tratar con la gente y
tenía gestos como el de juntar el dinero, que hacían que
sólo se le pudiera admirar.
Por el camino de vuelta veían que algunas casas lucían
tímidos adornos navideños y de vez en cuando pasaban
niños cantando canciones navideñas, lo cual no dejaba de
asombrar a Pepet y Juano que iban con mangas de camisa
y estaban sudando.
- Será la primera vez que celebremos la navidad con este
sol ¿verdad Juano?
- Sí, se hace extraño.
- Para nosotros es la segunda vez – dijo Venancio.
106

El día de nochebuena por la tarde, el patio era un jolgorio.
Hasta el más humilde, el que menos posibilidades tenía,
salía para aportar su silla y la poca comida que tenía para
compartirla con los demás. Esa noche era para eso, porque
aunque el país se estaba levantando, lo hacía a costa de
sacrificios, nadie regalaba nada. Se pasaba con lo justo,
pero al menos había trabajo para todos.
Pepet y los suyos conocían a casi todos los vecinos de
haberlos visto alguna vez, pero esa noche sirvió también
para conocerlos a todos. A la Remedios mujer del cartero,
a los hijos de la mujer del rellano, al marido de la Tomasa,
la que siempre andaba dando gritos por el patio, a la hija
de los Martínez, a la que pocas veces se la veía por el
patio.
Pepet se presentó a Mariana Martínez. Era algo mayor que
María y las presentó a las dos porque parecían tenerse
miedo mutuamente.
- Nosotros somos de Valencia – le dijo Pepet - ¿y
vosotros?
- Somos de Asturias.
- ¿Hace mucho que habéis venido?
Las preguntas habituales sirvieron para romper el hielo
con Mariana así como con el resto de vecinos. Pepet
parecía estar drogado por la euforia, sabía que no era
normal en él ese estado de ánimo pero era lo que sentía.
Tal vez eran los nervios porque si se paraba a pensar,
seguramente la añoranza le impidiera ni cenar y los
pensamientos darían paso a las lágrimas.
Se arrepintió de no haberle escrito antes a su madre. Sabía
que, por poco que tardara su madre en contestar, pasarían
más de dos meses desde que le escribiera y se maldijo por
ello. Qué feliz hubiera estado de haber recibido carta de
los suyos y por eso, esa tristeza quería taparla con la
euforia. Mañana sería otro día y tiempo tendría de llorar,
107

pero en secreto, para que no le viera nadie. ¡Cuánto echaba
de menos a su madre! Era lo que más quería.
Juano se había sentado entre María y Mariana y Pepet
quedaba enfrente de ellos. A Juano también se le veía
contento. ¿Lo estaría de veras?
Eran cerca de las doce de la noche. La cena hacía rato que
había terminado y la tertulia se había alargado más de la
cuenta. Las mujeres estaban recogiendo y algunas habían
salido de casa: iban a la misa del gallo.
Manuela dijo que no le apetecía ir y María se quedó con
ella.
Venancio y su mujer se fueron con sus hijos y Pepet y
Juano los acompañaron.
- ¿Por qué no vendrá Manuela? – preguntó Pepet a Juano.
- Creo que es porque echó la culpa a Dios de la muerte de
su marido.
- Vaya tontería. Claro que Dios tiene la culpa, Él tiene la
culpa de todo lo que pasa en el mundo, pero si todos
hiciéramos lo mismo ¿qué sería del mundo? En fin.
La mañana del veinticinco todo estaba en calma en la
ciudad, como si todos hubieran muerto. No se oía nada en
el patio, nada por las calles que permanecían vacías a altas
horas de la mañana. ¡Qué curioso! Un día para estar
alegres y todo el mundo estaba en casa.
- Sí, esto es así – dijo Venancio – Allá en España es
diferente pero porque la época también lo es. En nuestro
pueblo hoy nos reunimos toda la familia de mi mujer y la
mía y hacemos una buena comida. En cambio en
nochebuena solo cenamos nosotros cuatro y todos están en
sus casas. Sí, luego nos reunimos en la iglesia pero es una
noche de recogimiento.
108

- Sí, está claro que en cada país tienen sus costumbres y en
cada pueblo también y seguro que cada familia lo hace de
forma diferente, dependiendo de su forma de ser – explicó
Pepet.
A Venancio le llamaba la atención la forma de expresarse
de aquel joven que parecía un crío por su baja estatura
pero que era un monstruo en todos los sentidos.
La Navidad pasó y todo volvió a la normalidad. Ese año
habían sido casi tres días de asueto pero era hora de volver
a la normalidad. El señor Tadeo estaba ansioso por abrir el
almacén de nuevo pero esa mañana fue muy diferente y
pocas fueron las personas que pasaron a comprar. Sí, era
lo normal, pensó el señor Tadeo, había que tener
paciencia.
------

1890
Don José intentaba dormir pero no podía. Los recuerdos se
le agolpaban en la cabeza. Cerró los ojos y revivió
aquellos primeros años en Buenos Aires donde, a pesar de
las penurias que pasaron, guardaba recuerdos muy
entrañables y emocionantes. Argentina para él fue la
escuela en la que se forjó como hombre. No hizo el
servicio militar pero seguro que vivir en Argentina le
sirvió mucho más.
De Matilde y Venancio se acordaba muchas veces.
Cuando se marcharon ya no los volvieron a ver. Se
arrepentía de no saber nada de ellos pero es que, se cruzó
con muchas personas y no podía saber de todas ellas.
Recordó que después de casi dos años trabajando en el
almacén del señor Tadeo, les llegó una nueva oportunidad
109

que no debían dejar escapar. Don José recordaba
perfectamente aquellos momentos. Cerró los ojos y se le
aparecieron las imágenes de aquellos días.

110

Capítulo 10

1866 - 1868 - Corrientes

En el mes de Noviembre, la primavera estaba en todo su
esplendor después de un invierno gris y austero. Cada día,
al acabar la jornada, Venancio volvía directamente a casa
pero Pepet y Juano solían ir algunas veces a la cantina del
inmigrante donde los españoles pasaban la tarde al compás
de una guitarra, jugando al dominó y charlando de la
patria chica.
Aquella tarde, vieron que se había formado un pequeño
grupo de gente que atendía a lo que contaba uno de los
asistentes. Los dos muchachos se acercaron para ver qué
pasaba. El hombre que hablaba exponía varias
oportunidades de trabajo para los inmigrantes. Ahora
estaba explicando que la provincia de Corrientes había
firmado un acuerdo con un médico francés, por el cual
éste se comprometía a gestionar la llegada de un millar de
familias de agricultores durante diez años. La provincia
entregaba tierra apta para el cultivo, además de vituallas,
semillas, animales e instrumentos de labranza. A cambio,
los colonos debían explotar las tierras, labrarlas, plantarlas
y dejarlas en producción al cabo de cinco años. La gente
comentaba y preguntaba al que llevaba la información.
- ¿Dónde tenemos que apuntarnos?
111

- Hay que ir a Corrientes y preguntar por el médico. Allí
se os indicará.
- ¿Hace falta llevar algo?
- Ganas de trabajar.
- ¿Y después de los cinco años qué pasa?
- Que todas las tierras han de estar en plena producción. El
país necesita comida, por eso se hace. De lo contrario,
deben abandonarlas y se las darán a otras familias.
Eso era una buena oportunidad de trabajo, dijo Pepet.
Juano no lo acababa de entender pero en la mente de Pepet
se hizo la luz. Cinco años eran mucho tiempo y podían
pasar muchas cosas. Estaba ansioso por llegar y contárselo
a Manuela y a María, solo a ellas. Para ese plan no quería
cargar con la familia de Venancio. Pensaba que ya les
había pagado con creces el haberlos ayudado a seguir
adelante en los primeros momentos.
La calle Socorro estaba siempre atestada de gente, gente
paseando, hablando por las esquinas, sentadas en
pequeños corros o simplemente mirando a quien pasaba.
Cuando entraron al patio, se encontraron a Manuela y a
María charlando con varias mujeres. Pepet les hizo una
señal.
- ¿Qué pasa Pepet? – le preguntó Manuela.
Pepet le explicó la oportunidad de Corrientes, sin más, tal
como se lo habían contado a ellos para ver la reacción de
Manuela.
- No acabo de entenderlo Pepet. ¿Nos dan todo para
trabajar y vivir de lo que saquemos?
- Eso es.
- Nunca he trabajado en el campo.
- Yo sí, y Juano también. Vosotras nos ayudaréis.
- ¿Marcharnos de Buenos Aires, ahora que estamos bien
instalados? ¿Empezar de cero otra vez?
- ¿Qué dices? ¿Nos arriesgamos? – le preguntó sin más.
112

- No lo acabo de tener claro.
- Podemos vender todo lo que produzcamos, viviremos de
lo que plantemos. Hace falta ganas de trabajar. Este país
está en ebullición, todos lo estamos viendo. Hace falta de
todo y los comerciantes están ganando mucho dinero.
Podemos tener nuestro propio negocio.
- ¿Negocio? ¿De qué?
- Llevamos dos años trabajando en un almacén. Conozco
ese negocio y quiero tener el mío.
Manuela miró a los ojos de ese joven increíble que
brillaban con fuerza y sólo veía entusiasmo, ganas,
energía.
- ¿Tú qué dices María?
¿Qué iba a decir su hija? Que lo que decidiera Pepet
estaba bien para ella. Gracias a él habían podido salir de
España y estaban viviendo en aquel país.
- Sí madre, Pepet sabe lo que hace.
Los cuatro se dieron un abrazo y empezaron a prepararlo
todo.
Cuando el señor Tadeo se enteró que Pepet se marchaba,
se le vino el mundo encima. Ya se había hecho la ilusión
de estar con él para siempre. Le costó entenderlo por
mucho que Pepet le explicaba sus planes.
- ¿No estás bien aquí? ¿Qué te falta? ¿Quieres más dinero?
Estaba dispuesto a todo con tal de que no se marchara.
Cuando al final comprendió sus argumentos, le dijo que le
prestaría todo su apoyo para que saliera adelante.
- Tienes razón Pepet, te daré toda la información que
necesites para que puedas tener tu propio negocio, pero
con una condición.
- ¿Cuál? – preguntó Pepet.
- Que vengas a verme siempre que puedas y me cuentes
cómo te van las cosas.
113

El señor Tadeo tenía buen corazón después de todo y se
abrazaron como dos buenos amigos.
Con Matilde, Manuela había hecho buena amistad pero la
verdad es que en cierta forma tenía ganas de perderla de
vista. Siempre se estaba lamentando de su situación, como
si la de Manuela no fuera peor. Ella al menos estaba con
su marido.
Lo que sí echaría de menos sería la vida en el patio, en el
conventillo como se conocían a las casas con patios
interiores en los que cada uno salía a charlar con el vecino
y pasar así las horas de tedio y aburrimiento. Entre la
colada, la compra, preparar la comida, charlar en el patio y
salir a conocer la ciudad, a Manuela y a María se les
pasaban las horas volando.
Había llegado la hora. Venancio lamentaba su marcha
pero al mismo tiempo se alebraba porque ahora era el
nuevo encargado del almacén del señor Tadeo y sabía que
se lo debía a Pepet.
Partieron con poco más que lo puesto, montados en una
nueva carreta con dos caballos, era todo lo que habían
podido comprar para poder hacer el viaje. Todo el patio
sabía de su partida y salieron para despedirlos. Mariana se
quedaba sin su amiga María, la Remedios saludaba a
Manuela y Tomasa, con sus gritos, despertó a todo el
vecindario anunciando la marcha de los valencianos.
Partían con pena, ya se habían acostumbrado, a lo bueno y
a lo malo. Pero partían con ilusión y con esperanza.
Manuela se hacía cruces por lo atrevido que era Pepet y
sabía que María lo miraba con buenos ojos, pero también
sabía que nunca habían estado solos y por esa parte estaba
tranquila. Mientras que con Juano María se divertía y lo
tenía como a un hermano, con Pepet era diferente.
114

Hacia el norte, indicaban los caminos, hacia tierras
lejanas, apartadas de la gran ciudad que era Buenos Aires.
¿Qué les depararía otra vez el futuro? Se notaba la
juventud y vitalidad de Pepet que no tenía suficiente
nunca. Manuela se dio cuenta que estaba atada a ese chico
de por vida, dependían de él, sus decisiones eran ley y
había que acatarlas.
Las calles se convirtieron en caminos, las casas en
plantaciones y la oscuridad de la ciudad en luz del campo.
Durante todo el camino les acompañó el río Paraná que
regaba los campos verdes y alimentaba a los cientos de
vacas que pastaban impávidas a su paso. Era la primera
vez que salían de Buenos Aires. La tierra parecía rica y los
animales engordaban con esos pastos. Buenas carnes
debían tener, aunque ellos apenas las habían probado.
El viento suave les daba en la cara dibujándoles una
amplia sonrisa a todos, les llenaba el corazón y les
animaba a imaginar cómo sería su nueva vida.
Al quinto día llegaron a la ciudad de Corrientes y
preguntaron por lo que les había llevado. Por allí, les
dijeron sin dudar, allí les explicarán.
Venimos por lo de las tierras, dijo Pepet. El funcionario, o
lo que fuera aquel hombre, les hizo las preguntas
habituales: los chicos eran amigos, el marido de Manuela
había muerto en España y todos buscaban trabajo. Ya
llevaban más de un año en Argentina y eso les animó a dar
ese paso.
- Muy bien – les dijo el hombre y levantándose les mostró
el mapa que había en la pared – Estas son las parcelas. Las
que están pintadas de verde están ocupadas y el resto está
libre. Pueden ir a verlas y escoger la que más les guste.
Después, pasen por el almacén y les darán las provisiones
que se les asignarán.
115

- Muchas gracias señor.
Durante todo el trayecto Manuela se preguntaba qué
pasaría si no quedaban parcelas libres. Se habían
precipitado demasiado dejándolo todo y marchándose a la
aventura. Pero ahora, se guardó para sí aquellas
inquietudes y se alegró como la que más cuando vieron
ante sus ojos la que podía ser su nuevo hogar.
La parcela estaba a casi media hora de la ciudad, lo cual
ya era un inconveniente, o tal vez no, según como les
fuera. En mitad de la parcela había una especie de cabaña
y un granero. La tierra no tenía plantación de nada pero
con solo verla se adivinaba que estaba con ganas de que
alguien hiciera con ella lo que quisiera, que la tierra lo
agradecería a poco que se la cuidara. Miraron la extensión:
había para no aburrirse.
- ¿Qué le parece Manuela? – le preguntó Pepet.
- Esto es un sueño. Nunca imaginé algo así.
En la cabaña: una cocina y una habitación. No era mucho,
pero suficiente para vivir enseguida.
Pepet salió fuera y volvió a mirar las tierras. Sí, volvía a la
tierra, pero ahora era suya, no tenía que trabajar para
nadie. Todo lo que hiciera sería para él.
- ¿Ves Juano? Todo esto es nuestro. Ahora tendremos que
trabajar en serio. No tendremos que escondernos del amo.
Solo nos falta una buena pinada – dijo y rieron los dos
sabiendo a qué se refería: una pinada para descansar y
charlar.
- Y Ricardo – dijo Juano – también nos falta Ricardo.
- A por ese iré yo cualquier día y me lo traeré para acá.
Por la noche quedaron a dormir en la cabaña, las mujeres
en la habitación y ellos en el suelo. Ese había sido un día
grande para todos y los dos amigos tenían ganas de
charlar.
116

- En cuanto podamos compraremos dos camas Juano. De
momento las pondremos en el granero porque aquí no
cabemos. Será la primera vez que durmamos en cama
desde que salimos de casa – apuntó Pepet.
- Y va para dos años. Creo que ha sido una buena idea la
de venir aquí. La casa es para nosotros solos, no tenemos
que compartirla. Y trabajar en el campo es lo nuestro
Pepet, aunque no te guste demasiado.
- Creo que es lo mejor que nos puede pasar.
Para Pepet era una ambición: no depender de nadie para
ganarse un sueldo, poder desarrollar negocios y poner en
marcha nuevas ideas. Eso le daba libertad.
Aunque pensaba que había sido una buena decisión, ahora
les quedaba mucho trabajo por delante, pero eso no le
preocupaba en absoluto, al contrario, necesitaba verse
obstáculos para poder superarse. En Buenos Aires le
costaba cada vez más levantarse sabiendo que cada día iba
a ser igual al anterior. La sensación que sentía ahora era
diferente de la que sintió cuando les dieron el trabajo en el
almacén del señor Tadeo. Ahora sabía que iba a tener
mucha más libertad y podría desarrollar todos los
proyectos que tenía en la cabeza desde hacía tiempo.
Cuando se calmó pensó en su madre, en su familia. ¿Cómo
estarían?
- Tenemos que escribir a nuestras madres Juano, para que
sepan dónde estamos ahora.
- Sí, tienes razón, pero ahora tengo mucho sueño. Buenas
noches Pepet.
- Buenas noches Juano, amigo.
Al día siguiente, en el almacén presentaron los papeles que
les dieron el día anterior y los felicitaron por su decisión.
Un hombre empezó a preparar las provisiones y les dijo
que en cuanto pudieran se lo llevarían todo. Ellos ahora se
117

podían llevar las semillas, algunas herramientas y el
dinero que se les adjudicaba.
- En esta lista está todo lo que les pertenece. Cada cierto
tiempo pasaremos para ver cómo les van las cosas. Si en
algún momento no cumplen el contrato, tendrán que
abandonar las tierras.
- Nos parece bien señor – dijo Manuela.
- Entonces “firmé” acá señora.
La iniciativa de aquel médico de ceder las tierras a los
colonos estaba atrayendo a mucha gente en la ciudad de
Corrientes y Pepet veía en eso una buena oportunidad,
solo pensaba en el negocio. Ya sabía todo lo que les
correspondía, a partir de ahí había que comprar. O vender,
pensó Pepet. Porque todo lo que plantaran, si las cosas
iban bien, no lo podían consumir ellos solos y eso es lo
primero que preguntó.
- Efectivamente, ustedes vivirán de lo que saquen de la
tierra, por eso están aquí. Lo que produzcan de más se lo
compraremos nosotros, a un precio pactado, el mismo para
todos. Aquí hace falta mucha comida.
- Y si se llega a producir mucho ¿qué pasará?
El hombre miró a Pepet que parecía muy preocupado por
si producía más de la cuenta.
- Argentina es un país muy grande y hay escasez de todo.
Usted por eso no se preocupe.
Sí, Argentina era un país lleno de posibilidades.
Los animales consistían en cuatro gallinas, un gallo, dos
cerdos y dos vacas. Las semillas eran básicamente de
cereales, sacos y sacos de semillas. Para las mujeres se les
hacía una montaña adaptarse a esa nueva vida, por eso
dejaron que se fueran acostumbrando con el tiempo.
Mientras, ellos se harían cargo de todo.
118

El primer año plantaron y recogieron cereales, vivieron de
lo que plantaron, vendieron lo que recogieron y vieron
cómo era posible seguir viviendo de la tierra.
En ese tiempo vieron cómo se iban ocupando todas las
parcelas con familias de colonos que llegaban con ganas
de trabajar y subsistir en un país que los acogía con los
brazos abiertos. De algunos se hicieron amigos, sobre todo
de la familia de Carlo Bianco. Su mujer, Carola, hizo
enseguida amistad con Manuela y María con María que así
se llamaba también la hija de ellos. Los Bianco hacía dos
años que llegaron a Argentina y aprendieron el español.
En Italia tampoco había trabajo. Carlo trabajaba en el
campo en la región de Buenos Aires pero cobraba muy
poco. Cuando se enteró de lo de Corrientes no lo dudó,
aunque a Carola no le gustaba la idea.
- Sí, a nosotros nos pasó lo mismo. Después de un año en
Buenos Aires se nos hacía difícil dejarlo todo – dijo
Manuela – Pero Pepet tiene mucha iniciativa y nos
convenció a todos.
- Claro que sí – casi gritó Carlo que tenía una manera
peculiar de hablar y hacía siempre gestos con las manos
para dar más énfasis así a todo lo que decía – Esto es lo
“melliore”. Nosotros estamos contentos también. ¿Verdad
Carola mía?
Pasaban los días y cada uno aceptó unas obligaciones sin
que nadie se quejara de ellas. Así, Manuela se ocupaba de
la comida, la ropa y la casa, María y Juano se ocupaban de
las tierras y Pepet, aunque los ayudaba, su cabeza siempre
andaba pensando en cómo rentabilizar su trabajo. Así
tomó las funciones de capataz y todos aceptaron su figura
como algo indispensable.
Con el paso del tiempo, la vida en Corrientes los cambió a
los cuatro por completo. Ahora veían lo cohibidos que
119

habían estado en el conventillo de Buenos Aires. Además,
los chicos iban creciendo y la relación entre todos era
mucho más profunda. María ya no era la niña que andaba
siempre detrás de las faldas de su madre, ahora era toda
una mujer que se arremangaba para trabajar codo con codo
con Juano, el cual le explicaba y le enseñaba cómo
trabajar en el campo. Se podía decir que eran más que una
familia, estaban unidos por un fin común y el apoyo de
cada uno era necesario para llevar el trabajo adelante.
Nadie se quejaba, todos aportaban. Sí, la vida en
Corrientes les había cambiado.
Pepet solía viajar a Corrientes, a visitar a los otros colonos
y a conocer el entorno en el que estaban. Le gustaba sentir
esa libertad que sabía llevaba en las venas, esa libertad que
hizo odiar a su hermano y dejar su hogar. Últimamente
pensaba mucho en el señor Tadeo y lo solía mentar en sus
conversaciones con Juano y Manuela.
- Estoy pensando en ir a visitarlo. Le prometí que lo haría
y creo que ha llegado el momento.
- Está muy lejos Pepet – le hizo notar Manuela.
- Sí, lo sé, pero se lo debo. Además, aprovecharé para
llevarle algo de lo que recolectamos. Lo que él vende allí
no es de tan buena calidad.
- ¿Pretendes que te lo compre?
- Eso es, ni más ni menos. También aprovecharé para
comprarle abono y preguntarle por el comerciante al que
le compra. Creo que podemos vender aquí.
No paraba un segundo esa cabeza, pensaba Manuela que
lo miraba casi extasiada. Cómo era posible que anduviera
siempre pensando en los negocios. Y no un negocio
cualquiera, no, Pepet pensaba a lo grande. Cualquier día
montaba un almacén en el granero.
120

Pepet se pertrechó bien de comida y mantas y partió una
mañana cargado hasta arriba de mercancía de la que
pretendía sacar buen provecho. Iría algo más despacio
pero valía la pena.
El señor Tadeo estaba exactamente igual que la última vez
que lo vio: sentado a la puerta del almacén, controlando a
sus trabajadores e invitando a los transeúntes a entrar.
Cuando se puso delante de él, se quedó mirándolo, se
levantó y sin decir palabra pero con una amplia sonrisa,
abrió los brazos y lo apretó fuertemente contra su pecho.
- ¡Ché qué boludo! Cómo me has hecho sufrir. ¡Cuánto
tiempo ha pasado! ¿Cómo estás pibe? ¿Cómo está Juano?
¿Cómo va esa vida? Me “tenés” que contar muchas cosas.
Anda, entra.
- ¿Dónde está Venancio?
- Mira, ahí lo “tenés”.
Venancio no se lo podía creer, pensaba que nunca más lo
volvería a ver.
- ¿Pepet? Qué alegría ¿Cuándo has venido? ¿Y los demás?
- He venido solo para hacer negocios con el señor Tadeo.
- No cambiarás nunca. ¿Te quedas muchos días? Puedes
venir a casa esta noche si quieres.
- Gracias Venancio pero sé que es una molestia para
vosotros. No te preocupes por mí, me las arreglaré solo.
- Como quieras.
Venancio lo había invitado de corazón pero sabía que
Pepet tenía razón, mejor si no se quedaba. El encargado
volvió a su trabajo y Pepet se volvió al señor Tadeo al que
le explicó el motivo de su viaje.
- Además de visitarlo, señor Venancio, quiero venderle
mercancía.
- Veamos esa mercancía - le dijo.
121

En cuanto vio la calidad de lo que llevaba, le dijo que se la
compraba a buen precio. Lástima que estuviera tan lejos y
no pudiera traerle más porque estaba seguro que lo
vendería enseguida. Le pagó casi el doble de lo que le
pagaban en el almacén de Corrientes.
- También le quiero comprar abono para la tierra.
- ¿Abono? No necesitas abono, se nota que esa tierra es
buena.
- Sí pero no toda es así, hay una gran parte de ella que
necesita abono. Lo que plantamos allí se muere enseguida.
El señor Tadeo lo llevó a un apartado y le indicó los sacos
que tenía almacenados.
- Mira, el mes pasado me llegó este nuevo abono a base de
nitrato, nada de guano como antes.
- ¿Nitrato? No lo había oído antes.
- Yo tampoco. Hace unos años se descubrió allá en tierras
bolivianas que el nitrato era bueno para la tierra. Sabes
que el guano venía del Perú, ya te lo dije.
- Sí, lo recuerdo.
- Pues no me extrañaría que el nitrato apartase al guano.
Llévatelo y ya me contarás.
- De tierras bolivianas ¿eh?
- No me digas que ya estás pensando en ver la forma de
conseguirlo directamente.
- Pues claro.
- Si te esperas a mañana, pasará por aquí el comerciante,
así le preguntas.
Era una posibilidad más de negocio. Si el nitrato era bueno
para la tierra, podría venderlo en las parcelas de
Corrientes.
El comerciante llegó puntual al día siguiente. Solo con
verlo, Pepet supo que era él y así se lo hizo saber al señor
Tadeo.
122

- Tienes razón Pepet, tiene un aspecto peculiar, no me
había dado cuenta antes.
Su cara lo decía todo, miraba a todos lados como si de esa
forma encontrara otro negocio con el señor Tadeo. Sus
ojos escrutadores se clavaban en todas las mercancías.
¿Quién entra en un almacén y mira así si no alguien al que
le puede interesar todo de entrada?
- Buenos días señor Tadeo.
- Buenos días señor Olegario. ¿Qué le trae por aquí?
- Venía a ver cómo le había ido con el nuevo abono.
- Mire, le presento a mi amigo José Pastor, de Corrientes.
Está interesado en su abono, dice que puede comprar
cantidad.
- Buenos días muchacho. ¿Eres español?
- Sí señor.
- ¿”Querés” hacer negocio, verdad?
- Sí señor.
- ¿Probaste el abono?
- No necesito probarlo. Si el señor Tadeo dice que es
bueno, lo será.
- “Confíás” en él.
- No lo sabe usted bien. Y si dice que le puedo comprar a
usted, así será.
El tal Olegario vio que los dos hacían piña y eso le gustó.
Confiaban entre sí y conociendo al señor Tadeo, le
tranquilizaba si tenía que hacer negocios con el español.
- En ese caso, si “querés” vender abono en Corrientes, yo
te lo puedo suministrar con un buen descuento para que
puedas trabajar. Pero para eso me has de comprar una
cantidad mínima.
- Hagamos una cosa. Usted me suministra cierta cantidad,
yo lo ofreceré y lo trabajaré. Si tiene aceptación seguimos
hablando.
- Me parece correcto.
123

Pepet le explicó dónde lo podía encontrar en Corrientes y
el hombre le dijo que se podía llevar el carro lleno si
quería.
- Si me “podés” pagar, claro.
Cuando le dijo lo que valía se lamentó porque no llevaba
suficiente dinero, no pensaba hacer negocio tan pronto.
- No, no le puedo pagar – le dijo.
- Espera Pepet, yo te puedo prestar el dinero – le dijo el
señor Tadeo.
- ¿De veras haría eso?
- ¿No lo harías vos por mí?
- Sí, sí que lo haría.
- Los dos han hecho un buen trato y hay que cerrarlo ahora
mismo. Ahí va el dinero – dijo el señor Tadeo
Olegario lo contó y se despidió hasta el mes siguiente.
- Muchas gracias señor Tadeo.
- Es lo menos que puedo hacer por vos. Pero me “tenés”
que tener al corriente de cómo le van las cosas allá en
Corrientes.
- No lo dude. Le devolveré el dinero en cuanto pueda.
Ahora venga un abrazo, tengo un largo camino de vuelta.

Cuando contó el negocio a sus compañeros, le preguntaron
de dónde iba a sacar el dinero para pagar lo que había
comprado.
- En cuanto lo vendamos todo, lo pagaremos.
- ¿Y si no lo vendes? ¿Qué pasará entonces?
- No confías en mí, Manuela.
Pepet les explicó que lo repartiría él mismo entre sus
vecinos y en cuanto lo probaran, estaba seguro que le iban
a pedir más.
- Todavía no lo hemos probado ni nosotros.
124

- Me fío del señor Tadeo y si él dice que es bueno, seguro
que lo es.
Después de reflexionar un momento, Manuela se
arrepintió de no haber confiado en él.
- Adelante entonces – dijo Manuela – Hagamos la
operación. Si no sale bien, podremos seguir adelante.
Pobres somos y pobres seguiremos.
- Esa es la postura Manuela, gracias.
Al día siguiente, Pepet fue directamente a ver a Carlo y le
explicó que tenía un nuevo abono milagroso para esas
tierras improductivas que tanto les costaba que creciera
algo. Le dejó varios sacos y le pidió que lo probara. En
menos de una semana, Carlo fue a ver a los Pastor, como
se les conocía entre los colonos. Estaba eufórico.
- ¿Dónde has encontrado ese abono?
- Eso es un secreto, Carlo.
- Pues dame más porque creo que a partir de ahora lo
plantaré todo con eso. Debes llevarlo a todos.
- Sí, eso haré.
En dos semanas vendió toda la mercancía y tuvo que
esperar a que llegara Olegario con más abono.
Hicieron cuentas en casa, vieron lo que habían ganado y
apartaron una cantidad para pagarle al señor Tadeo que tan
generosamente se había portado con él.
- Ha tenido muy buen acogida, señor – le dijo Pepet a
Olegario cuando llegó a Corrientes - Necesitaré más
mercancía. Tráigame toda la que pueda.
- Eso es una buena noticia. Entonces pasaré más a
menudo. Otra cosa – dijo Olegario – La próxima vez que
venga traeré un contrato que firmaremos los dos.
- ¿Un contrato? ¿Para qué?
- Es un contrato mercantil en el que estableceremos la
forma de trabajar. Tú te comprometes a comprarme abono
125

solo a mí y yo me comprometo a no venderlo en esta zona,
siempre que tú vendas una cantidad mínima.
- Me parece bien.
Para Olegario, Corrientes se convirtió en ruta habitual y en
unos meses, Pepet era conocido como el hombre del
nitrato y tuvieron que habilitar el granero como almacén
para el abono.
No se detuvo Pepet en el nitrato y, aprovechando el tirón,
buscó a otros comerciantes para vender otro tipo de
mercancías. Su parcela estaba situada más o menos en el
centro de las otras y sus vecinos tenían más cerca llegar
allí que ir a Corrientes.
Por otra parte, María y Juano seguían trabajando la tierra,
no podían dejar de hacerlo, de lo contrario se la quitarían.
Cada uno siguió con sus obligaciones y Pepet se dedicó en
exclusiva a comprar y vender todo tipo de mercancías que
hacían falta para los colonos.
En ningún momento fue una amenaza para los almacenes
de la ciudad porque cada uno tenía su clientela y por otra
parte, él solo no podía abastecer a todo el mundo.
Con lo que fueron ganando arreglaron la cabaña para
poder vivir más cómodamente todos sin molestarse. La
ampliaron poniendo una habitación más, hicieron una
buena chimenea y compraron algunos muebles y una
buena mesa para comer.
Las cosas marchaban mucho mejor de lo que nunca
hubieron imaginado. Ya no se acordaban de los primeros
días en Buenos Aires, ya no se acordaban de las dudas que
tuvieron cuando Pepet les planteó marchar a Corrientes,
sólo veían que vivían bien, que ganaban dinero, que la
vida puede ser muy dura en algunos momentos y que
puede tener sus recompensas en otros.
- No hay que desfallecer hija. Hay que luchar siempre.
Recuerda lo que te digo y que te sirva de lección. Tú eres
126

muy joven pero pronto te querrás casar. Espero que seas
muy feliz.
- Gracias madre. Pero creo que ya soy feliz.
- ¿Ah sí? ¿Y por qué piensas que eres feliz?
- Creo que no se puede pedir más, madre. Pepet gana
mucho dinero, no nos falta de nada y me gusta trabajar en
el campo con Juano.
- ¿Y con Pepet? ¿Te gusta trabajar con él?
- ¿Por qué me preguntas eso, madre?
- Porque sé cómo lo miras. ¿Estás enamorada de él?
- Sí, creo que sí, desde el primer día. Pero él no me hace
caso. Yo no soy lo bastante buena para él.
- No digas tonterías. Todavía sois jóvenes. Tiempo habrá.
- Sí, tiempo habrá.

127

Capítulo 11

1869 – Viaje a España

A sus diecinueve años, los chicos se habían convertido
en dos auténticos hombres y María era toda una mujer.
Los tres eran verdaderos amigos y nunca hubo un
problema entre ellos. La presencia de Manuela contribuía
a ello, la cual, ejercía de madre para todos.
La relación que deseaba María no avanzaba y ya había
perdido toda esperanza en un hombre que solo vivía para
los negocios. Pepet solo pensaba en el dichoso nitrato que,
después de tres años, era tan conocido que no había quien
no lo comprara y llegó a tal extremo que Pepet no fue
suficiente para distribuir todo el nitrato que se pedía.
Por otra parte, hacía poco menos de un año que llegaron
otros italianos, una familia con un joven, Anselmo, que
desde el primer día miró de forma descarada a María lo
cual no gustó a Manuela. Pasaba muchas veces por las
tierras pero María siempre estaba con alguien, o con Juano
o con Manuela, pero un día la encontró sola.
Anselmo era de buen ver, cuerpo atlético y rostro
agraciado. Además, su descaro gustaba a las mujeres que
se dejaban querer y María estaba en un momento difícil.
- Las manos quietas – le dijo cuando las notó sobre sus
espaldas.
- Pero si lo estás deseando.
128

María estaba muy nerviosa, nunca se había encontrado en
una situación así. Realmente quería besarlo pero sabía que
no estaba bien.
- Ándate con ojo Anselmo que mi madre puede aparecer
en cualquier momento.
- ¿Tu madre también quiere que la bese? Podemos pasarlo
bien todos.
- ¿Pero qué estás diciendo?
- ¿No te gustaría?
María notaba el corazón en su garganta y cuanto más lo
rechazaba, más se le acercaba. Los nervios la traicionaban,
no sabía si dejarse o luchar. Realmente quería ser vencida
por aquel hombre que tanto la deseaba. Entonces oyeron la
llegada de una carreta y los dos se separaron.
- Hola madre, mira quién ha venido a vernos – dijo todavía
nerviosa.
Eran Manuela y Pepet que venían de la ciudad. Juano
andaba por los campos y no advirtió la llegada de
Anselmo.
- Vaya sorpresa – dijo Manuela en tono irónico, no le
gustaba nada aquel chico y menos que estuviera a solas
con su hija.
- Venía a comprar abono para la tierra.
- Entonces pasa al almacén, ahora te lo dará Pepet.
Cuando Anselmo desapareció, Manuela entró en la casa
con María. ¿Qué estaba haciendo a solas con ese chico?
¿No sabía que eso no estaba bien?
- Hace un momento que ha llegado.
- ¿Hace un momento? Lo habríamos visto nosotros por el
camino. No te puedo dejar sola un minuto.
Después que Anselmo se marchara apareció Olegario con
el abono.
- Buenos días señoras. ¿Está el “jefe”?
129

- Ja, ja, rió Manuela que necesitaba tranquilizarse. Sí, en
almacén lo encontrarás.
- Gracias señora.
Entre los dos descargaron los sacos y Olegario le dijo que
quería hablar con él.
- Verás Pepet. Tengo que vender el abono en los
almacenes de la ciudad no tengo más remedio. Esto es
imparable.
- ¿Qué ha pasado?
- De todas partes me piden abono. “Tenés” que vender
más.
- Sabe que no puedo. Tenemos las tierras, yo no puedo
hacer nada más.
- Y yo no puedo quedarme cruzado de brazos. Todo el
mundo me pide abono. Tengo que venderlo como sea.
- En ese caso quiero una comisión de todo lo que venda
usted.
- ¿Una comisión? Pero si vos no harás nada.
- No, pero si no hubiera sido por mí, el nitrato no se
conocería aquí.
El comerciante se quedó pensando. Realmente tenía razón
y se arrepintió de haber firmado un contrato de
exclusividad con él, en el que se estipulaba que José
Pastor era el único distribuidor en Corrientes y que todo el
nitrato que se vendiera se haría por medio de él.
- Si no lo hace así, lo denunciaré a las autoridades.
Olegario sabía que lo podía hacer y aceptó las
condiciones. Después de todo, iba a aumentar sus
ingresos, aunque tuviera que pagar esa especie de arancel.
- Está bien pero “acurdáte” que el contrato tiene una
duración de cinco años, al cabo de los cuales hay que
renovarlo.
- Sí, lo sé.
- Y yo no lo renovaré.
130

- Yo tampoco. Cinco años es un plazo aceptable.
Se estrecharon la mano y aceptaron el negocio. El
comerciante empezó a vender nitrato en toda la provincia
por su cuenta y, mensualmente, pasaba a Pepet comisión
de las ventas, mostrándole copia de las operaciones
realizadas.
Al cabo de unos meses, sus ingresos por comisiones
fueron mayores que su margen por la venta directa de
nitrato.
De esto no dijo nada en casa y una mañana, cuando volvió
del banco, les enseñó la cantidad de dinero que tenían
ingresada. Al verla, todos se quedaron boquiabiertos.
¿Cómo había conseguido tanto dinero? Entonces les
explicó el contrato y cómo, debido al éxito del nitrato,
estaban ganando más dinero por comisiones que por su
venta y mucho más que por la venta de la producción de la
tierra.
- Ahora tenemos que partir las ganancias en tres partes y
cada uno tendrá su cuenta en el banco. Todo lo que
ganemos lo seguiremos repartiendo para cada uno. En
estos momentos podemos cruzarnos de brazos y seguir
ganando dinero – les dijo y a continuación añadió - ¿Os
apetece hacer un viaje a España?
Estaban en pleno invierno y era la época que menos
trabajo había en la tierra. Tampoco había mucha venta de
abono por lo que decidieron pensar en esa posibilidad y
empezaron a soñar otra vez. Se daban cuenta que lo que
les planteaba Pepet no era una posibilidad sino que se
podía hacer realidad en cualquier momento.
Juano le recordó que ellos estaban en edad militar y en
cuanto pisaran suelo español podían ser llamados a filas.
- No te preocupes por eso. Pagaremos para no ir a filas,
ahora nos lo podemos permitir.
En eso no había pensado. Efectivamente así era.
131

- Es que, todavía no me acostumbro a que tenemos dinero.
- Pues empieza a acostumbrarte porque es así.
Después de planearlo varios días, decidieron marcharse,
pero Manuela y María se quedarían. Ellas no tenían a
nadie en España y ahora Corrientes era su tierra. Tampoco
era conveniente dejarlo todo sin vigilancia.
- Marchaos vosotros, vuestras madres os esperan.
Una mañana las mujeres los acompañaron a la ciudad.
Desde allí salían diligencias diarias a Buenos Aires.
- Os estaremos esperando impacientes. No se os ocurra
quedaros – dijo Manuela casi llorando de pena.
A María no le salían las palabras y prefirió no decir nada
para no romper en un llanto. Así se dio cuenta de cuánto
los quería, a cada uno de una manera diferente. Eran
sentimientos difíciles de explicar incluso para ella, pero
sentimientos que la hicieron llorar al verlos partir en la
diligencia.
Madre e hija volvieron a casa en silencio, cada una con sus
pensamientos. Al llegar notaron el vacío, pero no duró
demasiado porque Anselmo, apareció como por ensalmo.
Pepet ya le había contado que se marchaban a España y
estarían fuera al menos tres meses.
- Buenos días Manuela, buenos días María. Esta mañana
parece que será buenísima.
A María le hacía gracia la forma de hablar de los italianos
y no podía dejar de reír en cuanto los escuchaba y eso a
Anselmo le gustaba.
- Buenos días Anselmo. Bueno, yo me voy dentro. No
tardes María.
- No madre, ahora entro.
Desde dentro, Manuela los veía y no dejaba de vigilarlos,
no quería que ese mocetón se le acercara ni un centímetro.
132

Ellos sabían que estaban vigilados y no hicieron nada pero
María se ponía demasiado nerviosa cada vez que lo veía.
Sabía que no era amor ¿Qué era aquello que sentía?
Pasados unos minutos se despidieron y María entró en la
casa.
- Veo que no le haces ascos a ese italiano.
- Es nuestro vecino madre.
- Yo ya sé lo que me digo.
- Es simpático y me gusta cómo habla.
- Cuando te mira parece que vaya a comerte. Ten cuidado
con él.
- Lo tendré madre, no te preocupes..
- Sí que me preocupo. Con dos hombres que tienes en casa
y te vas a fijar en uno de fuera.
- ¿Juano y Pepet? No me hagas reír madre. No me gusta
ninguno – mintió María - Pepet es demasiado ambicioso,
parece nuestro tutor y Juano está atontado, guapo pero
atontado. Nunca me ha dicho nada bonito.
- Porque es prudente.
- Está bien madre, no intentes colocarme a Juano porque
no lo quiero.
Manuela sufría al ver las intenciones de su hija. ¿Qué
pasaría con ella si se marchaba con ese italiano? No quería
ni pensarlo.

Cuatro años habían pasado desde que llegaron a Buenos
Aires y desde entonces los barcos eran mucho más
modernos, incluso los había que no tenían palos, o sea,
que no se aprovechaban del viento.
- Seguramente serán barcos mucho más potentes – dijo
Pepet – que irán más rápidos que el viento.
- ¿Más que el viento? ¿Eso es posible? – preguntó Juano
inocentemente.
133

- Claro hombre.
Aunque Pepet le contestó convencido, se dio cuenta que
apenas había ido a la escuela dos o tres años, que ahora era
un hombre y que había muchas cosas que no sabía. Cómo
le hubiera gustado ir más a la escuela, pero entonces no
era posible.
Compraron los billetes pero el barco para Valencia no
salía hasta el día siguiente. Tendrían que hacer noche.
- Ahora nos podemos permitir una habitación de hotel,
Juano, y dormir como dos señores.
- Pero eso costará mucho dinero.
- Tenemos que empezar a comportarnos como señores
Juano, nos lo hemos ganado.
Pepet, desde pequeño, tuvo la ambición de llegar a ser
alguien y siempre luchó por ello.
Fueron a un almacén y se compraron ropas nuevas,
después buscaron hotel. Estando en ello vieron el hotel de
los inmigrantes. Desde la noche que desembarcaron no
habían vuelto a estar, ni siquiera cuando vivían en Buenos
Aires.
- ¿Es aquí donde pasamos la primera noche Pepet?
- Aquí es Juano ¿te acuerdas?
- Eso no se olvida.
A esas horas empezaba a entrar gente con caras de
desorientación total, cargados con sus maletas y con un
futuro tan incierto como el que tenían ellos el mismo día
que llegaron.
- Pobre gente – dijo Juano.
- No todos tendrán la suerte que nosotros Juano. Nosotros
aquí estamos, ya ves. No nos podemos quejar.
- Cierto que no. La vida debe pasar por ellos. Pero al
verlos tan indefensos dan ganas de echarles una mano
¿verdad?
134

- Verdad pero nosotros tenemos nuestra vida Juano.
Vayamos a ver al señor Tadeo y le pagaremos la deuda.
Esta vez sí que no los reconoció con aquellos trajes tan
elegantes. El señor Tadeo tuvo que hacer un esfuerzo y
que les hablaran un momento para reconocerlos. Cómo se
alegró de verlos a los dos. Ojala a todos los inmigrantes
les fuera tan bien como a ellos.
- Veo que les han ido bien los negocios.
- Y todo gracias a su ayuda. Aquí está su dinero y los
intereses por todo el tiempo que hemos tardado en
devolverlo. Tómelo como un agradecimiento, por favor.
- Si es así, lo cojo. No quiero limosnas.
- De eso nada. Usted es pieza importante en nuestras
vidas. ¿verdad Juano?
- Bueno – dijo agitando la mano en señal de abundancia –
Tanto que ahora no seríamos nada sin usted.
- No exageremos las cosas chicos.
El señor Tadeo les preguntó a qué se debía su visita y le
explicaron que marchaban para España por unos meses.
Las mujeres se habían quedado cuidando las tierras y el
negocio.
- Buena compañía tenéis con ellas.
Como era hora de cerrar no se encontraron con Venancio,
lo cual fue de agradecer porque tal vez su indumentaria le
hubiera despertado alguna envidia.
Para Pepet siempre era un placer visitar al señor Tadeo y
después de charlar durante largo rato en el que le
explicaron cómo les iba todo, se despidieron hasta otra
ocasión.
- Te estaré esperando Pepet y a ti también Juano.
Pepet había comprado los pasajes en primera clase. Qué
diferente iba a ser ese viaje del anterior.
135

Juano parecía un pez fuera del agua, en cambio Pepet
parecía haber nacido en el barco. Se comportaba con toda
naturalidad, sin aparentar más de lo que era pero tampoco
menos. Saludaba a los caballeros y sonreía a las señoras.
Era realmente uno más de ellos. Ese día Pepet se dio
cuenta que había subido un escalón en el estatus social.
Dejaron sus pertenencias en el camarote que les indicó
uno de los marineros y subieron a contemplar el puerto
desde el barco. Desde allí no se veía a los pasajeros de
tercera y mucho menos a los de contrabando, a los
ilegales, a los que harían el viaje en la bodega, si es que
había.
- ¿Has visto? Te han llamado don José. Qué risa.
- Es que me llamo así.
- ¿Don José? No me hagas reír.
- Juano. Ya no somos mozos de almacén, eso lo has de
tener claro. Cuando lleguemos a España nos hemos de
comportar como emigrantes ricos, nadie debe saber lo que
hemos pasado, solo nuestros padres. Quiero despertar
envidias.
La sirena sonó y el barco se puso en marcha. Esta vez los
días pasaron mucho más rápido que la vez anterior y
cuando se dieron cuenta estaban avistando tierras
valencianas. Tres semanas duró el viaje.
Al llegar a puerto, los dos fueron recordando aquellos
días, aquellas ganas de salir de España, de llegar a
América. No sabían qué iban a encontrar allá. Ahora en
cambio llegaban como dos expertos en la materia de la
emigración y sonreían y comentaban cuando pasaban
delante de los mismos lugares que lo hicieron la otra vez.
La cola para la aduana se había formado. Había que
enseñar los pasaportes y que los funcionarios comprobaran
136

que todo estaba en regla. Claro que todo estaba en regla
ahora. ¿Cómo no iba a estar?
Cuando el funcionario cogió el pasaporte de José Pastor
Rodríguez, lo miró y su semblante cambió a más grave si
cabía.
- Usted y, seguramente su compañero, están en edad de ir
a filas. Tendrán que acompañar al policía.
Por un breve segundo, Pepet tembló, pero enseguida se
repuso.
- Queremos pagar el depósito para no ir a filas – respondió
Pepet con total seguridad.
El funcionario se le quedó mirando de arriba abajo.
- Entonces pasen por aquella ventanilla.
Dichosas aduanas, maldijo Pepet. Los malos ratos que les
hacían pasar eran verdaderamente deplorables. Con lo bien
que iba todo, ahora los trataban como si fueran maleantes.
En la ventanilla volvieron a explicar su situación y el
funcionario de turno cogió sus pasaportes, rellenó mil
papeles con toda tranquilidad, con la plumilla, el tintero y
el papel secante. Cuando acabó les pidió la cantidad de
dinero y la abonaron en efectivo al instante.
- Están ustedes libres. Pueden marcharse cuando quieran.
Como llegaron por la tarde, buscaron hotel para pasar la
noche y al día siguiente preguntaron en el mismo hotel
cómo podían llegar a Alcoy.
- No lo tienen ustedes fácil – dijo el conserje – Lo más
fácil es tomar el tren hasta Játiva y desde allí se las tienen
que ingeniar para llegar a Alcoy. Está detrás de las
montañas y no hay transporte hasta allí. ¿Han estado
alguna vez?
- Sí claro, somos de allí, pero es una larga historia.

137

Fueron caminando hasta la estación del Norte que estaba
situada en plena plaza del ayuntamiento, en el centro de la
ciudad. Compraron billete a Játiva y esperaron la salida
del próximo tren.
Era la primera vez que iban a subir en tren. Todo eran
novedades en ese viaje. Qué diferencia la salida de España
a lo que estaba siendo la vuelta.
- Si quieres podemos ir caminando – propuso Juano –
Alguien nos subirá, como la otra vez ¿te acuerdas?
- Tranquilo Juano, cuando lleguemos a Játiva creo que sí
que tendremos que ir caminando, a no ser que compremos
una carreta.
- ¿Comprar una carreta? Estás loco.
- No tanto. La podemos dejar en tu casa, o con mis padres.
A ellos les vendrá bien.
- Mirado así, no estaría mal.
Dicho y hecho. Cuando llegaron a Játiva preguntaron por
un carretero y compraron una carreta, la más bonita que
encontraron.
Pepet y Juano tiraban de la carreta por el puerto de La
Ollería que los llevaría a la Vall de Albaida primero y al
Alcoyá después. Realmente estaban haciendo todo un
señor viaje. Desde su salida en las tierras de Corrientes
acompañados por Manuela y María, hasta ahora que a
punto estaban de llegar a casa. El puerto de Albaida les
quedaba, después Cocentaina y Alcoy.
Los nervios de Juano estaban a flor de piel desde hacía
rato, los de Pepet también pero éste los llevaba bajo
control. Su cara irradiaba satisfacción por los cuatro
costados. Ansiaba llegar a casa para ver las caras de toda
su familia. Cuatro años habían pasado en los cuales se
habían cruzados muchas cartas, muchos sueños, muchas
penas y alegrías. Y por fin había llegado el momento.
138

Pepet dejó a Juano en su casa y continuó solo hasta la
finca de los Gisbert. En cuanto avistó la casa el corazón
empezó a latirle más fuerte y unos temblores le recorrieron
todo el cuerpo. Qué sorpresa más grande iba a darles. Pero
la sorpresa fue mutua cuando de la casa salió una mujer a
la que no conocía.
- Buenos días señor – le dijo la mujer – Usted dirá.
Pepet se hubiera esperado cualquier cosa menos eso: una
mujer extraña preguntándole qué quería.
- Buenos días, soy José Pastor, hijo de Pepe y de Lola.
- Ah, el americano. Veo que has hecho fortuna.
La mujer lo miró de arriba abajo con desprecio. Al ver que
no le decía nada, Pepet preguntó por sus padres.
- Andan por ahí, holgazaneando, como siempre.
- Y usted ¿Quién es?
- Yo soy Rafaela, tu cuñada, la mujer de tu hermano
Antonio. Menuda cruz me ha tocado vivir con esta familia.
Solo me faltaba un ciego.
Pepet miraba a la mujer y conforme la oía se le iba
subiendo la sangre a la cabeza. Al momento no la
reconoció poco a poco se dio cuenta: era la hija de la
Mariana. Ahora recordaba lo antipática que era aquella
mujer, todo lo contrario que su madre. Seguramente
saldría al padre. ¿Cómo se había fijado su hermano en
ella? Después de pensar un momento cayó en la cuenta: tal
para cual, se dijo para sí.
No le habían dicho nada en las cartas, aunque bien era
cierto que había pasado casi un año desde que recibiera la
última carta de ellos.
- Bueno, ves a ver si los animas un poco, que últimamente
están de capa caída – y diciendo esto entró en la cocina.
¿De capa caída? Se repitió Pepet. Pero ¿qué se había
pensado aquella mujer?
139

Pepet se dirigió a la granja donde seguramente estaría su
madre. La encontró sentada con la cabeza escondida entre
las manos. Se acercó a ella procurando no hacer ruido y se
puso en cuclillas a su lado.
- ¿Te pasa algo madre? – le preguntó quedamente.
Lola estaba llorando, pensando en la situación por la que
estaban pasando. Desde que entró aquella mujer en la casa
las cosas habían cambiado demasiado. Rafaela sabía que
heredaría la mediería y no tardó en hacerse la dueña de
todo, pero mientras ellos estuvieran, tenían derecho a estar
en la casa. Se había declarado una guerra para ver quién
podía más. Su nuera quería hacerles la vida imposible para
que se marcharan cuanto antes, aquello le pertenecía, pero
ellos no tenían dónde caerse muertos. Además estaba
Ricardo, que el pobre no podía hacer nada y esa bruja no
dejaba pasar una oportunidad sin recordárselo.
Al oír aquella voz pensó que era su imaginación, pero
aquel hombre le puso la mano en la espalda, entonces
reaccionó de manera brusca y se levantó asustada.
- ¿Quién es usted, qué quiere?
Pepet se levantó al mismo tiempo que ella y se puso a su
altura para que lo reconociera, pero los ojos llorosos de
Lola no acertaban a enfocar bien.
Su voz había cambiado, ahora era la de un hombre y su
madre no pudo reconocerlo. Todavía pasaron unos
segundos en los que los dos se quedaron mirándose sin
decir una palabra.
- ¿Eres Pepet?
- Sí madre, soy yo.
- Pero ¿qué te ha pasado? Estas hecho un hombre.
¿Cuándo has vuelto? Qué elegante vienes. Pero que hago
yo aquí hablando sola, ven a mis brazos hijo mío, cuánto
te hemos echado de menos. Deja que te mire. Qué elegante
vas. Cuántas cosas tienes que contarme.
140

- Y vosotros también. ¿Qué ha pasado aquí?
- Ay hijo, qué desgraciados somos.
- ¿Cuándo se casó Antonio?
- Deja, vamos a ver a tu padre y a tu hermano, ellos se
alegrarán de verte.
- ¿Ricardo está bien?
- Pobre Ricardo, apenas come, no tiene ganas de nada.
Creo que se nos muere.
Los dos salieron de la granja y fueron en busca de Ricardo
primero y de Pepe después. Lola entró sola en la casa y le
dijo a su hijo que saliera, que alguien quería verlo.
- No quiero ver a nadie madre. ¿Quién va a preguntar por
mí?
- Hazme caso hijo.
Pasaron por delante de su nuera, y salieron fuera. Pepet
estaba esperando.
- Dígale usted algo – le dijo Lola a Pepet.
- Buenos días señor Ricardo.
Éste, al oír esa voz se quedó algo confuso. Le recordaba a
la voz de su hermano pero no era la misma.
- Buenos días señor. ¿Nos conocemos? – le preguntó
Ricardo.
- Nos conocemos, aunque hace unos años que no nos
vemos.
- ¿Pepet? ¿Eres tú?
- Ven a mis brazos hermano.
- Es imposible. Cómo has cambiado ¿Cuándo has llegado?
Lola se unió a ellos, la emoción que sentía era
indescriptible, su hijo había llegado en el peor momento
para ellos pero ahora así podrían compartir las penas y las
alegrías. Así los tres cogidos fueron en busca del padre
que andaba sudando en la tierra, como siempre. Al verlo,
Pepet lo encontró muy cambiado, como más envejecido
pero no le dijo nada.
141

- Mira quién ha venido, es nuestro hijo.
Pepe se quitó la gorra, se pasó el brazo por la frente, los
pies hundidos en la tierra y miró a aquel mozo que parecía
hijo de un señor. Al verlo tan bien vestido, sintió
vergüenza de su estado y no supo si abrazarlo o darle la
mano. Había cambiado mucho.
- Hola hijo. Veo que te van bien las cosas.
- ¿Pero qué haces ahí “parao”? Dale un abrazo hombre.
Los dos se acercaron y se abrazaron fuertemente. Pepe
cerró los ojos para que no lo vieran llorar, estaba muy
emocionado de ver a su hijo.
Se volvieron a mirar sin decirse nada, ninguno sabía qué
decir. Sus miradas lo decían todo.
Antonio miraba la escena de lejos. Al principio no lo
conoció pero al ver los abrazos comprendió que debía ser
su hermano que había vuelto. Esperaba que no se quedara
porque no había sitio para él. Pepet lo vio a lo lejos y de
momento sintió el impulso de ir a saludarlo pero
enseguida se detuvo. Si aquél no se acercaba, él tampoco.
- ¿Qué ha pasado aquí padre?
Pepe miró a Lola para ver si le hacía alguna señal de
silencio, pero su cara no expresó prohibición.
- Las cosas han cambiado un poco hijo. Ya sabes que
Antonio es el mayor.
- Sí, es el mayor pero es vuestro hijo y debe respetaros.
- No, si él nos respeta, lo que pasa es que esa mujer nos
está haciendo la vida imposible hijo. Creo que quiere que
nos marchemos.
- Bien, ya veo. En ese caso os marcharéis, os venís
conmigo a América – sentenció Pepet seguro de sí mismo.
Pepe miró a Lola y esta vez fue ella la que contestó.
- No hijo, nosotros no estamos para esos trotes. América
está muy lejos, nosotros somos mayores.
142

- En las cartas siempre me decías que un día yo volvería y
que vosotros os vendrías conmigo, que se lo contabas a tus
amigas, madre.
Lola miraba a su hijo con lágrimas en los ojos. ¡Cuánta
razón tenía! Pero ahora que lo tenía al alcance de la mano,
tenía de todo menos ganas de marchar a América, no tenía
el cuerpo para ello. ¿Qué hacían ellos allá? No, mejor se
quedaban, allí estaba su sitio.
- Tenemos tierras padre, necesitamos a alguien que las
lleve.
- Tu madre tiene razón hijo. Yo nací aquí y aquí moriré.
No había forma de convencerlos y Pepet desistió.
- Yo sí que me voy contigo – dijo Ricardo.
Pepet lo miró y le dio una palmada en la espalda.
- Claro que sí, tú te vienes conmigo, no te quedas aquí ni
un minuto más.
- ¿De veras te llevarías a Ricardo contigo? – preguntó Lola
esperanzada. Eso sí que le satisfacía.
- Claro que sí, es mi hermano y ahora las cosas me van
bien, puede estar conmigo y estará muy bien atendido. Lo
pasaremos bien con Juano.
- ¿Cómo está Juano?
- Bien, supongo que pasará por aquí cuando lo deje su
madre.
Por cierto ¿Qué es de mi hermana Lola? Hace tanto
tiempo que no la veo.
Lola miró a su hijo. No le habían dicho nada. En un parto
murieron los dos.
Vaya por Dios, no había recibido una buena noticia desde
que llegó.
- ¿Cómo fue? ¿Hace mucho? ¿Y su marido? Después
quiero ir al cementerio a verla.
- Sí hijo, iremos todos.
143

A su hermana apenas la conoció realmente. El poco
tiempo que estuvo con ella era una niña y nunca jugaban
juntos. Para él, se había ido tal como había venido, en
silencio. Pobre hermana, que Dios la tenga en su gloria.
Pero no había que ponerse triste. Se sentaron todos a la
sombra de la higuera y Pepet les contó, muy por encima,
su viaje, su estancia y su situación actual. No les dijo que
ganaba mucho dinero pero sí que le iban las cosas bien.
Lola entró en la cocina a prepararle algo a su hijo, estaría
hambriento. Entonces Rafaela decidió hacer la comida
solo para su marido. Ah, ¿sí? Pues Lola haría la comida
para su marido y sus otros hijos.
Efectivamente la situación era bastante tensa y Pepet se
dio cuenta enseguida. Pensaba quedarse algunas semanas
pero así no, prefería marcharse cuanto antes. Si se llevaba
a Ricardo con él, les haría un favor, así al menos la
situación no sería tan insostenible.
A la hora de comer Antonio se le acercó a Pepet y le
estrechó la mano de una manera bastante fría.
- Hola hermano. ¿Te quedas por aquí unos días?
- Hola Antonio. No, mañana me marcho.
- Bueno, como quieras.
Cuando Juano entró en su casa, su madre estaba acostada
en la cama.
- Madre ¿duermes?
- ¿Juano? ¿Eres tú? No es posible, esto es un sueño.
La mujer se levantó, le dolía la cabeza. Últimamente le
dolía mucho, no sabía por qué.
- ¡Cuánto tiempo ha pasado! Pensaba que no volverías
más. ¿Cómo ha sido eso? ¿Te quedas?
- No, hemos venido para veros a todos y nos volvemos en
unos días.
- Claro – dijo su madre mirando al suelo.
144

- ¿Qué te pasa madre? ¿Por qué estabas acostada a estas
horas? ¿Has comido?
- No tenía hambre, pero espera, te prepararé algo. Vendrás
hambriento. ¿Y Pepet?
- Está con sus padres. Después iré a verlos.
Su madre caminaba apoyándose de las paredes. No se
encontraba bien, a la vista estaba.
- Pero cuéntame hijo, cuéntame. Yo aquí ya ves, como
siempre.
- Ahora estamos muy bien madre. Vivimos en una ciudad
que se llama Corrientes, en Argentina. Nos dieron unas
tierras.
- ¿Os dieron tierras? Eso está muy bien.
Su madre entró en la cocina y se dispuso a prepararle algo
caliente. La mujer intentaba sonreír pero era una sonrisa
triste, solitaria pero esperanzada, de madre que recibe a su
hijo de nuevo.
- ¿Qué te pasa madre? No me mientas.
- No me encuentro bien desde hace unos meses. Todo me
da vueltas Juano, me mareo enseguida.
- ¿Has ido al médico?
- ¿Al médico? ¿Para qué? No, no quiero médicos.
Aquella situación no se la esperaba Juano y mirando a su
madre comprendió que no se la podía dejar sola más
tiempo.
- Mañana iremos al hospital y después te vendrás con
nosotros a Corrientes.
- ¿En barco? Ni pensarlo hijo. No lo soportaría.
Tenía razón su madre, tal como estaba no podía hacer un
viaje tan largo. Pero ahora, viéndola así no se podría
marchar tranquilo.
Mientras su madre le preparaba la comida, la miraba y le
seguía contando sus aventuras por tierras americanas. Al
mismo tiempo veía a una mujer mayor que no se podía
145

quedar sola un minuto más. La obligación de un hijo era la
de quedarse con su madre. Había corrido una aventura
muy grande con su amigo y era hora de volver a casa, su
madre la necesitaba. Sacrificaría sus ilusiones, pero era su
madre, ella estaba ante todo, porque si le pasaba algo no se
lo perdonaría. En realidad, cuando se fueron, pensó en
volver algún día. Pues ese día había llegado.
Por la tarde fue Juano a la casa de los Gisbert y después de
saludarlos a todos se sentó un momento aparte con su
amigo.
- Pepet, yo me quedo aquí. Mi madre no se encuentra muy
bien y tampoco está para hacer un largo viaje. Las tierras
son para mí y aunque esto es mucho más tranquilo que
Corrientes y no voy a ganar tanto dinero, creo que me voy
a quedar.
- ¿Qué dices? No me hagas eso por favor Juano. ¿Me vas a
dejar solo ahora?
- Tengo que decidir Pepet. Lo hemos pasado muy bien, y
muy mal. La experiencia ha sido enorme pero mi sitio
ahora está aquí. Hemos comprado nuestra quinta y ahora
estoy libre del servicio militar. Te tengo que agradecer
todo lo que has hecho.
- Veo que estás decidido. Yo me llevaré a Ricardo, ya ves
cómo están las cosas aquí.
- Sí, aquí es diferente. Y diles a tus padres que si se
quieren venir con nosotros serán bienvenidos.
- No creo, ellos se ganan el pan aquí. Gracias de todas
formas.
Cuando acabaron de hablar vieron cómo el amo salía de la
casa grande. Qué ganas tenía Pepet de echárselo a la cara.
- Espera, que quiero cantarle las cuarenta a ese ladrón –
dijo Pepet levantándose y dirigiéndose hacia él.
146

- Déjalo Pepet, no pongas las cosas más difíciles. Ese es
capaz de echaros a todos de aquí.
- Ahora se puede meter la mediería en el culo – dijo algo
exaltado.
Juano intentaba retenerlo sin conseguirlo. Al verlos así, su
padre se les acercó para ver qué les pasaba.
- Nada señor Pepe, es que su hijo quería ir a saludar al
amo pero lo he convencido que ahora no es el mejor
momento.
- Bien hecho Juano, deja al amo ahora Pepet. Él no se
mete en nuestros asuntos. No nos metamos en los suyos.
Al ver a su padre así reflexionó y fue calmándose. El amo
subió a la carreta y salió en dirección al pueblo.
Cuando todo volvió a la normalidad, los dos amigos se
despidieron pero Pepet le pidió que los acompañara a
Játiva.
- Te puedes quedar con la carreta, te hará más falta que a
mí.
- Gracias Pepet. Está bien, os acompañaré cuando os
vayáis.
Esa noche Pepet no pudo dormir. Menos mal que había
hecho el viaje para ver cómo estaba todo. De momento se
llevaba a su hermano pero antes o después tenia que sacar
a sus padres de allí, así no se podían quedar. ¿Y la tía
Rosa?, pensó. Con ella se podían quedar. Sí, eso era, lo
arreglaría así.
Al día siguiente, sin decir nada, se fue al pueblo a ver a la
tía Rosa. La mujer lloró también emocionada al ver a su
sobrino y cuando se calmó se sentaron y le contó lo que
pensaba hacer.
- Mis padres no se pueden quedar un día más en la finca.
A mi padre lo he visto muy viejo y no creo que tenga
147

muchas fuerzas para seguir el ritmo de mi hermano. Te
pasaré un dinero, ya veré cómo lo arreglo, tú no les digas
nada. Estarán contigo haciéndote compañía.
- Como quieras – respondido aceptando su propuesta
porque quería lo mejor para su hermano y su cuñada.
- ¿Y mi primo Carlos? Hace mucho que no lo veo.
- Él anda por ahí con sus negocios, comprando y
vendiendo casas y tierras.
- ¿De veras? Entonces dile que quiero que busque una
finca para mí.
- Pero muchacho ¿Tanto dinero tienes?
- He tenido suerte en un negocio y creo que me puede ir
mejor todavía.
Ahora sí que lo tenía todo arreglado. Ya se podía marchar
tranquilo. En cuanto volvió a la casa, se sentó con sus
padres y les contó sus planes. Se podían ir a la casa de la
tía Rosa cuando quisieran.
Sus padres miraban a su hijo. Ellos no podían dejar la
casa, llevaban muchos años allí.
- Pero esta no es vuestra casa madre. Os voy a dejar un
poco de dinero. Con él podéis ir a ver al tío Sebastián unos
días y después os volvéis a la casa de la tía Rosa. ¿De
acuerdo?
Lola y Pepe se quedaron mirándose uno al otro.
- Nos lo pensaremos – dijo Lola.
Pepet llegaba con unas ilusiones y se marchaba con otras
bien diferentes. El mundo para él había cambiado
completamente. Se había hecho cargo de sus padres y de
su hermano. Ya no era un niño, ahora era todo un hombre
con responsabilidades.
Al día siguiente llegó Juano y los acompañó con la carreta.
La despedida fue muy emocionante. El corazón de Lola se
148

quebró cuando vio partir a sus hijos. Pero al final, la
alegría fue mayor que la tristeza, aunque la emoción
estaba por encima de todo. No lo podía remediar. Pepe
cogió a su mujer y los dos se fundieron en un abrazaron
viendo cómo se perdía la carreta por el camino. Ahora así
tal vez la situación en la casa no fuera tan insostenible.
Pepet y Juano le contaban a Ricardo cómo salieron de casa
el primer día y cómo alguien los llevó hasta Albaida y de
allí siguieron caminando.
- Contadme cómo es el camino – les pidió.
Juano se sentía feliz de acompañar a sus amigos hasta la
estación de Játiva. Se quedaba en casa pero se sentía muy
cambiado, totalmente seguro de sí mismo y todo gracias a
Pepet.
- Escríbeme Juano y me cuentas cómo les va a mis padres.
- Y tú también, quiero saber cómo os va a vosotros.
Cuando el tren llegó, Juano los despidió desde el andén.
¿Los volvería a ver algún día? Los designios del Señor son
inescrutables, pensó Juano mientras saludaba con la mano
a sus amigos que se perdían dentro del tren en la lejanía.
- Vas a tener un viaje inolvidable Ricardo, ya lo verás.
Subiremos en barco, después tomaremos una diligencia y
antes pondremos un cable a Manuela para que venga a por
nosotros a Corrientes. Verás qué ciudades, son
increíbles....

149

Capítulo 12

1869 - 1873 – Mendoza

Manuela y María se extrañaron al ver a Pepet tan
pronto. No habían pasado ni dos meses. ¿Y Juano? ¿Quién
era ese con el que llegaba?
Pepet se los presentó y les explicó todo lo que había
pasado. Ricardo era su hermano y su mejor amigo. No se
lo podía dejar allí así.
- Has hecho bien Pepet – le dijo María.
- ¿Y ahora qué vamos a hacer? – preguntó Manuela.
- Contrataremos a alguien para que nos ayude a cuidar las
tierras, pero de eso ya hablaremos.
Ricardo apenas podía ver nada pero su olfato le decía que
el ambiente era muy diferente de Alcoy.
- Cuando llegué – le dijo Pepet – yo respiraba libertad. Esa
es la sensación que me dio.
- Sí, es un olor diferente.
Pepet cogió a su hermano y lo llevó a caminar por todas
las tierras explicándole todo lo que había. El año pasado
plantaron sorgo y cebada pero este año iban a plantar maíz
y trigo, además de sorgo otra vez que era el cereal más
abundante en aquellas tierras. Y animales, también tenían
vacas, cerdos y otros animales.
- Esto es mucho más grande que la finca de Alcoy Pepet –
dijo tras acabar de visitarlo todo.
150

- Claro, este país también es mucho más grande. Hace
unos años se independizaron de España y ahora necesitan
ayuda, cualquier apoyo será bienvenido. Necesitan poblar
sus tierras y producir alimentos.
- ¿Y qué puedo hacer yo?
- Tú estarás a mi lado mientras no encuentres una buena
mujer. Me ayudarás en el almacén y harás lo que quieras
porque ésta es tu casa.
- ¿Qué tal es María?
- María es como una hermana para mí. No te metas con
ella, ¿me entiendes? Ya te buscaré una buena chica que
cuide de ti. Seguramente alguna italiana, por aquí hay
muchas.
- Eso me gusta.
Pero Ricardo hizo oídos sordos a las advertencias de su
hermano y una tarde, estando en la casa, quiso cambiarse
de ropa y se desnudó por completo. En ese momento pasó
María y lo vio. Su madre y Pepet habían salido para
Corrientes y no volverían en toda la mañana. María se
detuvo y no pudo dejar de mirar. Hasta entonces no había
visto un hombre desnudo y Ricardo no estaba mal.
- María ¿estás ahí? – preguntó Ricardo al oír un pequeño
ruido.
María no supo qué hacer. El corazón le palpitaba a cien
por hora. Se puso colorada, sentía el corazón en su
garganta. Lo seguía mirando desnudo, no pensaba que lo
hubiera visto.
- Sí, estoy aquí Ricardo – dijo por fin.
- Perdona ¿me puedes traer la ropa? Es que me la he
dejado fuera y ahora estoy desnudo.
- Sí, no te preocupes, ahora te la entro.
María cogió su ropa y se la dejó encima de la cama.
- Ahí la tienes.
- Gracias. María ¿Me puedes ayudar a vestirme?
151

María se puso más nerviosa todavía al oír la petición de
Ricardo. Claro, su hermano lo ayudaba siempre pero ahora
estaba solo.
- Sí, te puedo ayudar.
María no se pudo resistir y pasó lo que no debía. Para los
dos fue la primera vez. Todo era nuevo para ellos y
disfrutaron como nunca hubieran imaginado. Al final,
María acabó vistiéndolo y sin decir palabra salió de la
habitación.
Desde entonces siempre se buscaron y no era difícil que
los dejaran solos. Para ellos era solo sexo, ninguno
buscaba nada más, solo dejar correr sus pasiones.
Ni Manuela ni Pepet advirtieron nada, los dos andaban
atareados con sus cosas y ello apaciguó los ánimos de
María para con Anselmo, el cual notaba que María había
cambiado, se la veía más suelta, más alegre, más
indiferente incluso para con él. A Anselmo no le gustó el
cambio y fue alargando las visitas hasta que al final dejó
de aparecer por allí, lo cual alegró a Manuela
enormemente.
Pepet buscó a dos braceros para que los ayudaran en la
explotación de las tierras mientras él seguía ganando
dinero a espuertas con el nitrato y con el resto de
mercancías que vendía en el almacén.
Pero llegó el quinto año del contrato con el comerciante y
a partir de entonces dejaría de cobrar la comisión por la
venta del abono. Para Pepet el abono era un producto más
además de toda la mercancía que vendía. Las tierras daban
cada vez más alimentos y la ciudad no era capaz de
absorberlo todo. Necesitaban medios de transporte para
llevarlo a otras partes del país. La situación se les
escapaba de las manos.
152

Hacía poco más de diez años que Argentina se había
independizado de España pero todavía se producían
escaramuzas entre los propios argentinos y sus vecinos
para acabar de definir sus fronteras. Por otra parte se
habían iniciado las obras del ferrocarril entre el gobierno y
varias compañías inglesas. La primera línea que iba a
ponerse en marcha era la que llegaba a Mendoza desde
Buenos Aires pasando por San Luis y San Juan. A Buenos
Aires llegaban barcos desde Europa y desde allí saldrían y
llegarían trenes desde todas partes del país. Corrientes no
estaba en los planes del gobierno, todavía había guerrillas
con Paraguay que había invadido la provincia. Argentina
se había aliado con Brasil y Uruguay en lo que se había
llamado la Triple Alianza `para derrocar al presidente de
Paraguay en su intento expansionista.
Pepet analizaba la situación y empezó a darle forma. Si se
quedaba en Corrientes estaba condenado al fracaso. Por
una parte, el contrato del abono tocaba a su fin, y por otra,
después de cinco años, la ciudad no estaba obligada a
comprar su producción. Si no pensaban en algo, se podían
ver condenados a la miseria en poco tiempo y Pepet no
estaba dispuesto a ello.
Después de hablarlo con todos, vieron que efectivamente
no se podían quedar de brazos cruzados.
- ¿Qué propones, que nos marchemos a Mendoza?
Mendoza era una gran ciudad al oeste del país, lo
suficientemente alejada de Buenos Aires para no estar
influenciada por ella. Pero lo mejor es que iba a estar
comunicada por ferrocarril. También estaba cerca de
Chile, aunque los Andes estaban de por medio.
- ¿Qué tiene que ver Chile en todo esto? – preguntó María.
- Bueno, es otro país y el Pacífico está a la otra parte. Está
también cerca del mar.
153

Ninguno era capaz de seguir las ideas de Pepet, pero lo
único que sabían era que si él decía que había que
marcharse, no había más que discutir. María seguiría
estando con Ricardo, cuidando de él, nadie sospechaba
nada y le pareció bien la idea. Manuela, con tal de alejar a
su hija de Anselmo y los demás italianos que la rondaban,
era capaz de lo que fuera, y también le pareció bien la
idea.
Cuando tuvo la aprobación de todos decidió marchar a
Mendoza para explorar el terreno. No quería ir a la
aventura tal como hicieron cuando llegaron a Corrientes.
Así que se fue hasta Buenos Aires y desde allí tomó un
tren para Mendoza.
No era tan cómodo como el barco pero era mejor que ir a
caballo. El vapor era el invento del siglo, todo funcionaba
con vapor. Lo que era capaz de hacer el hombre, pensó. En
el tren, la sensación era curiosa. El traqueteo, los asientos
de madera, la gente subiendo y bajando, las estaciones en
las que paraba. Parecía tener mucha más vida que el tren
de Valencia. Durante un buen rato se quedó mirando el
paisaje a través de la ventanilla y sus pensamientos
empezaron a volar. Tenía más de veinte años, ganaba más
dinero que muchas personas a su edad, pero todavía no
había conocido a una mujer que le gustara. A María la veía
como a una hermana, las vecinas italianas no eran su tipo,
demasiado alborotadoras. Y sus padres. Ellos eran ahora
su mayor preocupación, pero no se podía quedar en
España, ahora no. Juano así lo había decidido pero su
situación era muy diferente.
Estando en esos pensamientos entró una joven con su
madre y se sentaron enfrente de él. Sin querer la miró de
reojo, sin que se diera cuenta. Sí, era bonita, pero ¿qué?
En unos minutos sus caminos se distanciarían y no se
volverían a ver. Pensó en ello. El tren podía unir a
154

personas y al momento separarlas. Incluso podía ser
romántico, pero reconocía que él no era así, había nacido
para trabajar, era muy realista y no se dejaba llevar por el
romanticismo y la sensiblería.
Pasaron todo el día en el tren, se acercaba la noche y
todavía llegarían al día siguiente por la mañana.
Realmente el ferrocarril atravesaba el país de este a oeste y
eran más de mil kilómetros. La ignorancia de conocer las
distancias hicieron que Pepet no se llevara comida para el
viaje. Por eso, cuando las mujeres sacaron su hogaza de
pan, la joven le ofreció a Pepet una rebanada. Él no quería
aparentar el hambre que tenía pero al mismo tiempo sentía
ganas de devorar el pan.
- Muchas gracias señorita. Con las prisas he salido sin
comida para el viaje.
- En ese caso lo compartiremos. Tome, no tenga
vergüenza.
- No es eso, pero me sabe mal que tenga que compartirlo.
- No se preocupe, hemos traído suficiente. ¿verdad madre?
- Verdad hija. Haga caso a mi hija que todavía estamos a
mitad viaje.
Después de comer les entró el sueño y entre cabezadas
pasaron la noche. El tren avanzaba sin parar por la pampa
lanzando sus silbidos anunciando así su presencia en
aquellas latitudes.
Cuando amaneció, el tren paró. Pepet miró la estación:
San Luis.
- Ya falta menos – dijo la joven - ¿Es usted español?
- Sí, lo soy.
- ¿Hace mucho que vive en Argentina?
La verdad es que era casi inevitable hablar aunque a
ninguno de los tres le apeteciera. Eran tres almas extrañas
obligadas a viajar en un compartimento minúsculo.
Después de tres horas más, llegaron a la estación.
155

La joven y la mujer bajaron también en Mendoza.
¿vivirían allí? Si era así, tal vez las pudiera ver cualquier
otro día.
La conversación en el tren fue muy tímida y a ninguno le
pareció pertinente entrar en detalles personales. La joven
parecía muy bien educada y Pepet no quiso tampoco
profundizar.
Como bajaron delante de él, se quedó mirándolas para ver
en qué dirección se marchaban.
Cuando salió de la estación, empezó a tomar contacto con
la ciudad. Al principio le pareció muy diferente de
Corrientes. En la cantina en la que entró a tomar algo
fresco le dijeron que gran parte de la edificación colonial
fue destruida en el terremoto que tuvo lugar hacía menos
de diez años y que motivó la construcción de la Ciudad
Nueva en la zona de la antigua Hacienda de San Nicolás.
- En frente puede ver el paseo Alameda que sobrevivió al
gran terremoto y se convirtió en el centro de las nuevas
construcciones. En realidad une la ciudad de las ruinas y la
Ciudad Nueva. Más allá podrá ver la plaza Independencia
y su cuatro calles concéntricas.
- Veo que las avenidas son anchas y rectas con muchos de
árboles.
- Quién lo hubiera dicho.
- ¿A qué se refiere?
- Por lo del terremoto, ya sabe. Mendoza en principio
pertenecía a Chile, de hecho fue descubierta por don Pedro
de Mendoza, de ahí su nombre. Pero el hecho de estar a la
otra parte de los Andes hizo que al final se adhiriera a
Argentina.
- Curioso.
Entre las consecuencias del terremoto, la construcción y el
ferrocarril, la ciudad estaba en plena ebullición, lo cual
satisfizo enormemente a Pepet.
156

Después se dirigió a las oficinas de inmigración, donde se
encontró con muchos españoles que buscaban nuevas
oportunidades y muchos parecían recién llegados.
Allí le explicaron que allí no daban tierras a cambio de su
explotación pero si venía con ganas de trabajar, sería
bienvenido.
- En realidad soy comerciante y estoy interesado en abrir
almacén.
- Entonces debería ir directamente al banco, allí le darán
toda clase de facilidades.
Y así lo hizo. Notaba que la ciudad lo recibía con los
brazos abiertos. Ya no tenía que ir mendigando ni mirando
a la gente desde abajo. Ahora era él el que miraba desde
arriba a los demás y esa posición para él era muy cómoda
de llevar.
Desde que volvió de España su indumentaria había
cambiado, siempre iba bien vestido, sin exceso, pero
marcando diferencias con el resto. Como las mujeres se
ocupaban de la casa y Ricardo no podía trabajar, el hecho
de haber contratado a varios braceros hizo que su posición
subiera de estatus en Corrientes.
Cuando entró en el banco, notó que varios ojos se posaron
en él. Preguntó por el director y al ver que su acento era
español, lo hicieron pasar amablemente. No se trataba de
un cualquiera sino de alguien que quería hablar de
negocios.
- Buenos días señor, usted dirá.
- Verá, estoy interesado en abrir un almacén en la ciudad y
seguramente compraré tierras para su explotación.
- Eso está muy bien. Necesitará contratar trabajadores.
- Sí, quiero dar trabajo a varias personas.
Al director le brillaron los ojos. No era el primero que
llegaba con esas intenciones y tal vez no sería el último.
La llegada del ferrocarril estaba cambiando la ciudad
157

completamente. Después del desastre del terremoto,
habían llegado por fin las vacas gordas y esperaban que no
se marcharan en mucho tiempo.
El señor Pastor dio las referencias del banco de Corrientes,
al cual el director mandó un cable en cuanto pudo y
certificó que se trataba de un muy buen cliente.
- Muy bien Don José. Le apoyaremos en cuantos
proyectos necesite.
- Me quedaré unos días por aquí hasta cerrar los tratos.
Después traeré a mi familia desde Corrientes. ¿Cree que
tardarán mucho los trámites?
- El préstamo que solicita estará listo en una semana.
Mientras espera, puede visitar nuestras tierras. Hay varias
fincas a la venta, no le será difícil encontrar una.
Cuando salió del banco, Pepet se sintió muchísimo más
importante que cuando entró. Todos le hablaban de usted y
le sonreían a su paso. Lo que hacía un buen traje y buen
porte.
En el hotel donde se alojó se encontró un día con la joven
del tren, acompañada indefectiblemente de su madre.
- Buenos días señoras – se atrevió a saludarlas.
La madre se quedó mirándolo extrañada.
- ¿Nos conocemos?
- Coincidimos el otro día en el tren de Buenos Aires.
- Es verdad madre, es el joven que había sentado delante
de nosotras..
- Es verdad, ya lo recuerdo. No parece usted el mismo,
perdone.
- ¿Estarán unos días en Mendoza? – preguntó Pepet.
- Sí, de negocios. Queremos abrir una tienda de ropa – dijo
la joven – ropa de mujer claro.
- Por supuesto, lo entendí enseguida.
- ¿Y usted? – preguntó la madre.
158

- También de negocios. En mi caso quiero abrir un
almacén y tal vez compre una hacienda.
Los ojos de la mujer se abrieron y la sonrisa de la joven se
hizo más amplia.
- Es casualidad – dijo Pepet – Nos cruzamos en el tren y
ahora nos volvemos a cruzar en la ciudad.
- No es tan extraño – replicó la madre – Esto no es Buenos
Aires.
- ¿Se quedarán mucho tiempo? – preguntó Pepet.
- El tiempo necesario – contestó la madre con una sonrisa
– Tendrá que disculparnos, tenemos un poco de prisa. Ya
hablaremos otro día.
- Encantado. Buenos días señoras.
Pepet notó que se estaba soltando, era un ciudadano más
en aquel país y era la primera vez que se acercaba a
alguien sin tener un interés especial, solo curiosidad.
Y además no estaba mal la hija, pensó.
En cuanto cerró los tratos con el banco cogió el tren de
vuelta. No se volvió a encontrar con las mujeres pero
pensó que tendría tiempo para volver a verlas.
Durante el trayecto de vuelta estuvo pensando en aquella
joven y empezó a darle forma a sus planes y cómo
explicarlos a las mujeres.
En cuanto llegó a casa, le enseñaron el cablegrama que
había llegado de Alcoy. ¿De quién sería? ¿Habría pasado
algo?
Lo abrió. Era de su primo Carlos. Esperaba que no fueran
malas noticias. Decía lo siguiente: “Buscando finca en
Alcoy, no encuentro nada, espero instrucciones. Tus
padres viven con mi madre y están bien. Tu primo
Carlos.”
Ya no se acordaba del encargo de la compra de la finca.
159

Ahora estaba más interesado en comprar una hacienda en
Mendoza y su primo estaba buscando una finca en Alcoy.
Pensaba que estaba yendo demasiado rápido y se dio
cuenta con la llegada del cable. No podía lanzarse a
comprar sin medida. Ahora lo primero era Mendoza,
Alcoy podía esperar. Le mandaría un cable para indicarle
que esperara.
- ¿Pasa algo malo Pepet? – le preguntó Ricardo.
- Nada, es de Carlos. Los padres están con la tía Rosa.
Están bien.
- Eso es una buena noticia. Bien ¿Cómo te ha ido por
Mendoza?
Pepet respiró hondo y empezó a explicar sus planes.
Primero les contó cómo fue el viaje en tren y cómo era la
ciudad de Mendoza hasta que llegó el momento de
explicar sus planes de negocios.
- Después de ver la ciudad y sus posibilidades he pensado
lo siguiente. Con mi parte del dinero voy a hacer un
préstamo para comprar un almacén. También quiero
comprar una finca, que será con el dinero de todos, eso
será compartido pero lo que saque del almacén será solo
mío y de Ricardo. ¿Qué os parece?
Manuela agradeció a Pepet su sinceridad y le dijo que no
se preocupara. Hacía tiempo que ella misma quería decirle
que no le parecía bien aprovecharse de los beneficios de
los negocios que tenía.
- Hasta ahora debía ser así Manuela porque hemos sido
como una familia pero a partir de ahora quiero emprender
negocios por mi cuenta que no sé cómo pueden marchar,
por eso no os quiero hacer partícipes por si se presentaran
problemas.
Al oír aquello, Ricardo pensó que debía decir algo
también.
- Pepet, yo no te puedo ayudar en nada.
160

- Tú eres mi hermano y vendrás donde yo vaya.
- No. María y yo queremos casarnos y no queremos ser un
estorbo.
Tanto María como Manuela se le quedaron mirando y
Pepet se quedó paralizado. ¿Qué estaba diciendo? María
se ruborizó sin saber qué decir. Quería seguir guardando el
secreto pero ya no había vuelta atrás. Si así lo había
decidido Ricardo, así debería ser.
- ¿Es eso verdad María? – preguntó su madre.
- Ricardo – dijo María – nunca hemos hablado de
casarnos.
- No, pero creo que será lo mejor.
Mientras ellos hablaban, Manuela y Pepet los miraban
atónitos. Les dijeron que sentían una fuerte atracción y que
querían vivir juntos. Ahora tenían dinero y habían hablado
de marcharse a Buenos Aires pero todavía no había nada
concretado.
Manuela solo veía que se iba a quedar sola.
Sin esperarlo, se abrían tres caminos diferentes. Ricardo y
María querían marchar a Buenos Aires, Pepet quería
seguir haciendo negocios ahora en Mendoza. ¿Y Manuela?
Tal vez lo mejor para ella era quedarse en Corrientes. Ella
estaba bien allí. Podía seguir con la explotación de la finca
mientras las cosas marcharan bien y en cuanto se
torcieran, tenía suficiente dinero para ella sola.
- ¿Desde cuándo lo teníais hablado? – preguntó Manuela.
María miró a Ricardo. Sin querer se había enamorado de
él, tan indefenso, tan bueno y tan hombre al mismo
tiempo. Se sentía útil a su lado.

-----1890
161

Don José pensó si esa niña podía ser su sobrina pero hacía
más de quince años de aquello días, los últimos que vio a
María, a Manuela e incluso a su hermano Ricardo. Pocos
días después se casaron acompañados de las lágrimas
incontenibles de Manuela que no acababa de entender
nada. Ricardo le explicó a su hermano cómo se había ido
enamorando de ella sin que nadie se diera cuenta.
Después, los tres se marcharon a Buenos Aires dejando
sola a Manuela. Allí, le acompañaron a la estación desde
donde se despidió de ellos y nunca más los volvió a ver. Él
empezó una vida nueva en Mendoza dedicado por
completo a los negocios, que le fueron mejor que nunca.
Una vez establecido allí y cuando pagó los préstamos del
banco, escribió a su primo para que comprara una finca,
aunque no fuera en Alcoy, pero que estuviera por la zona.
Unos meses más tarde le escribió Carlos diciendo que
había encontrado una finca de la testamentaría de la
duquesa de Almodóvar. Pepet recordaba la emoción que
tuvo al oír aquel nombre: podía comprar la finca de una
duquesa. Tal vez él sería duque también algún día y haría
todo lo posible para conseguirlo.
Todavía tenía aquel cable que guardaba con todo cariño.
“Apalabrada finca de Morera de la testamentaría de la
duquesa de Almodóvar. Mando documentos por correo
para su firma y aprobación. Tus padres siguen bien.
Carlos. Año 1873”.
Al final decidió leer la carta que llevaba la niña. Decía así.
En estos momentos en los que la vida se me escapa por la
boca, solo puedo recurrir a ti. Tus logros te persiguen y
hay pocos españoles que no conozcan a don José Pastor
aunque para mí tú siempre serás Pepet. Mi aventura con
tu hermano fue solo eso, una aventura que duró poco
162

tiempo. Decidimos separarnos por las buenas y cada uno
siguió su camino. Él encontró pronto repuesto. Pasados
unos años decidí volver a Corrientes y mi madre me
recibió con los brazos abiertos. Tal como dijiste tú, llegó
un momento que no pudimos vivir de las tierras y
marchamos a Mendoza en tu busca pero hacía años que te
habías marchado. Allí conocí a otro hombre con el que
tuve a Rosa pero igual que con tu hermano, las cosas no
fueron bien. Mi madre murió el año pasado y ahora no
tengo a quien dejar a mi hija. Sé que te harás cargo de
ella. Por los años que pasamos juntos.
Y ahora que mi vida se acaba, ahora que no tengo nada
que perder, te diré que siempre estuve enamorada de ti,
desde el primer día, aunque tú siempre me viste como una
hermana, lo sé. Nuca estuve enfadada contigo por eso, tú
tenías tus planes, pero yo tenía los míos. Por todo ello
espero que acojas a mi hija como si fuera tuya.
María.
Esa carta le dejó muy descolocado, de hecho la tuvo que
leer varias veces para comprender todo lo que le
explicaba. Pobre María. Sí, ella tenía razón, el la quería
mucho, pero como a una hermana, nunca vio nada más en
ella.
Los recuerdos le abrumaban y se sentía cansado. No había
dormido en toda la noche y en cuanto empezó a amanecer
se le cerraron los ojos y se durmió.
Al día siguiente todo estaba en calma. La noche anterior
había sido agotadora. Incluso las pequeñas estaban todavía
dormidas. La pequeña Rosa había dormido en una cama
blanda y no se dio cuenta cuando entró la mucama a
despertarla, pero al verla durmiendo tan plácidamente, la
dejó.
163

En la Quinta Pastor nada se movía. Valentina se despertó
y miró a su nueva hija que movía sus pequeños brazos
haciendo esfuerzos por hacerse notar. Ella sacó su pecho y
le dio de mamar. Parecía que esa guagua lo hubiera hecho
siempre por la habilidad que tenía. La criada entró y la
ayudó para que lo hiciera más cómodamente.
- ¿Y don José?
- Todavía duerme.
- Déjalo dormir entonces, anoche fue una noche larga.
El sol se colaba por las ventanas de la Quinta haciendo
subir la temperatura de la casa, pero ni eso despertó al
resto de sus moradores, incluso Valentina y su nueva
guagua se volvieron a dormir.
A media mañana empezaron a moverse las niñas y a
llamar a su madre. La chacha entró enseguida.
- ¿Cómo están estas niñas esta mañana? Ahora tienen una
nueva hermanita.
Las dos se miraron abriendo mucho los ojos sonriendo y
corrieron al cuarto de su madre. La chacha sabía que esa
sería su reacción y no las detuvo. Subieron a la cama y su
madre despertó sonriente. Desde la puerta, la niña Rosa
miraba la escena sin atreverse a entrar. Valentina la vio y
la invitó a pasar.
- ¿Cómo te llamas niña?
- Rosa.
- ¿Quién es tu mamá?
- Mi mamá se murió, se llamaba María.
- ¿Dónde vivías?
- En Mendoza.
- ¿Conocías a don José?
- No.
- ¿Y por qué has venido?
- La enfermera me dio una carta para él con la dirección.
Fui a Santiago y de allí me mandaron aquí.
164

- Entiendo.
Rosa tenía la piel muy morena pero en sus ojos se veía que
alguno de sus padres no era chileno, no era como las
demás que veía en Cauquenes o Curanipe, y le preguntó.
La niña respondió que su papá murió cuando ella era
pequeña pero su mamá era española.
Ah, eso era, pensó Valentina. Alguna antigua novia de su
marido. La niña debía tener entre diez y doce años, no
más.
- Tengo diez años señora.
Mientras hablaba con la niña, sus hijas revoloteaban a su
alrededor intentando jugar con su nueva hermanita. Rosa
se estaba poniendo nerviosa y se dirigió a ellas.
- No deben molestar a su madre. Tienen que bajar de la
cama, ya son unas señoritas.
Al escuchar esa última palabra, las niñas pararon de
juguetear y bajaron de la cama. Su madre también les
decía eso alguna vez y eso les recordaba que debían
portarse bien. Valentina quedó gratamente sorprendida al
ver la reacción de sus hijas a la llamada de esa niña que
actuaba como una ñaña.
- Ahora denme la mano y salgamos fuera. Su madre está
cansada – y dicho esto salieron las tres.
Con el alborozo de las niñas, don José se despertó, le dolía
la cabeza, había pasado toda la noche con fuertes sueños.
Parecía que los estaba viendo ahora: María aparecía en
Mendoza con una niña en la mano, él le gritaba a su
hermano pero aquél decía que no tenía nada que ver.
Manuela lloraba, entonces María se marchaba y dejaba a
la niña con ellos.
Salió fuera y se enjuagó la cara con agua para despejarse.
Qué noche más ajetreada, pensó. Se acordó que había
nacido su hija y fue a verla. En la habitación se encontró
con su mujer despierta.
165

- ¿Has dormido bien? – le preguntó Valentina con una
sonrisa cariñosa.
- No, pero no importa. Ya sé quién es esa niña.
- Pues explícamelo.
Don José se sentó a un lado de la cama y le explicó
someramente cómo salió de España y cómo le
acompañaron Manuela y María.
- En la carta, María me dice todo lo que pasó después.
- Entiendo. ¿Y qué vamos a hacer con ella?
- Me haré cargo de ella.
- ¿Sabes? Se ha comportado como una auténtica ñaña con
las niñas.
- Entonces ya tiene trabajo.
Después de una semana, Valentina pudo levantarse y
caminar sin problema y prepararon todo para el bautizo
que celebraron en Cauquenes con invitación de varios
amigos que los acompañaron en la Quinta.
Tras unos días más de descanso decidieron que era hora de
partir para Curanipe. El camino era largo y tortuoso pero
valía la pena porque allá los esperaban los lugareños como
cada año para pasar las navidades. Eran una familia muy
conocida y bien acogida. En realidad, buena parte del
éxito de Curanipe se lo debían a don José desde los
tiempos de puerto, cuando el mayor negocio eran los
barcos que venían de Europa y de los que iban a
Valparaíso y Antofagasta. ¿Quién no conocía a don José
Pastor?
El cuidador Manuel y su mujer habían preparado la casa
hacía días y empezaban a impacientarse. Siempre llegaban
a finales de noviembre para asistir a las celebraciones del
mes de María, pero estaban a tres de diciembre y todavía
no tenían noticias suyas. Esa mañana Manuel decidió
coger la carreta hasta Cauquenes aunque fuera un viaje tan
166

pesado, pero pasaban casi dos semanas sin saber nada de
ellos. Pero en cuanto subió a la carreta vio a la familia
Pastor llegar con la suya. Qué alivio.
- Señor José, pensábamos que les había pasado algo.
- Algo ha pasado, pero bueno. Mi mujer ha tenido otra
hija.
- ¿Otra hija? - dijo Rosa su mujer - No sabíamos nada.
Venga acá señora Valentina. Déjeme ver esa preciosidad.
¿Y esta niña quién es?
- Mira, se llama Rosa, como tú. Ella se encargará de las
niñas, será su ñaña.
Manuel y Rosa cargaron con las maletas y los Pastor
entraron en el salón de la casa por cuyos ventanales
entraba el sol a raudales. Don José se dejó caer en el sillón
y pidió que no lo molestaran en “dos años”.
- Papá está cansado, no lo molesten ¿me han oído? –
espetó la ñaña a sus hijas.
La nueva ñaña llevaba a las niñas de la mano, una en cada
mano y las sacó fuera a jugar con ella. Hasta la hora de
comer no se oyó a las niñas, era un milagro.
Después de comer, don José siguió sentado en el sillón
pero esta vez cogió el periódico que traía de Cauquenes y
se dispuso a darle un vistazo pero no tardaron en cerrársele
los ojos hasta que dormido.

La vida en Curanipe era tranquila y apacible. Por las
mañanas y bien temprano llegaban los vecinos de
Chovellén, en carretas tiradas por bueyes, cargados con
sus canastos bien provistos de los frutos de sus huertas y
cosechas para vender de casa en casa.
Después de un día de descanso, don José había recobrado
fuerzas y se sentía con ánimo renovado. ¡Somos los de
Chovellén! Gritaban por las casas. Don José se despertó
167

con la cantinela de todas las mañanas. Enseguida saldría
Rosa para hacer la compra del día: huevos frescos y
verduras.
Después de desayunar, marcharon todos a la playa a
bañarse los pies y para que jugaran las niñas. Eso les abría
el apetito y facilitaba la comida de las pequeñas.
Después, una corta siesta y por la tarde de nuevo a la
playa.
Ese año, el ocho de diciembre caía lunes. Por delante
tenían un largo fin de semana para asistir a misa diaria.
El domingo tocaba levantarse temprano y después de la
última señal, salían todos perfectamente vestidos con sus
mejores trajes para oír misa.
¿Y la Ñaña? No tiene nada que ponerse. ¡Que
contrariedad!, pensó Valentina que se maldijo por no
haber pensado antes en ella. Ahora no había tiempo de
buscar un traje y así como iba no podía asistir a misa.
- Tú te quedarás en casa. Esta tarde buscaremos un traje
para ti en alguna de las tiendas.
Los barcos que llegaban sobre todo de Irlanda e Inglaterra,
arribaban con todo tipo de mercancías: loza, ollas,
calzado, telas, trajes, vestidos, muebles, herramientas y
algún instrumento musical como el piano que tenían en el
salón y que se encargaba de tocar Valentina.
Por la tarde salieron a pasear por la calle Comercio a
buscar un vestido de domingo para la Ñaña. Después, la
banda tocó en la glorieta preparada para tal uso,
amenizando una tarde de domingo a los veraneantes de
Curanipe. Todos se sentaron para escuchar sus melodías,
aunque las pequeñas solo pudieron estar sentadas unos
minutos. Qué más daba, los Pastor, igual que los demás,
salían para divertirse y eso es lo que hacían las pequeñas
al compás de la banda.
168

En el horizonte se veían los barcos atracados. La rada no
era muy profunda y no podían entrar más adentro, por eso
eran necesarios los faluchos que pasaban el día yendo y
viniendo, primero para descargar la mercancía que traían
los barcos y después para cargarlos con lo que llegaba
hasta Curanipe para ser llevado a otros puertos de Chile.
El sol iniciaba su puesta y, al llegar a casa, cansados de un
día de domingo, sin hacer nada, ocioso, don José se sentó
en el porche a mirar el mar y a recordar viejos tiempos.
Aquella niña le recordaba Mendoza y fue en aquella época
curiosamente cuando tuvo noticia de Curanipe.
Él iba buscando una ciudad que estuviera bien comunicada
pero alejada del ajetreo de Buenos Aires porque allí
llegaban todo tipo de mercancías y era muy difícil
competir. Mendoza estaba necesitada de todo y todo se
podía transportar ahora a través del ferrocarril.
En Curanipe conoció a Fortunato Pinto que le ayudó a
seguir comerciando con el nitrato de Chile desde
Mendoza. Y con esos pensamientos, cerró los ojos, parecía
estar viéndolo todo, como si no hubiera pasado el tiempo.

169

170

SEGUNDA PARTE

171

Capítulo 13

1873 – Antofagasta

En 1860, José Santos Ossa, descubrió salitre en territorio
boliviano. Unos años después, ese gobierno dio a José
Santos y a su socio, Francisco Puelma, la posesión y el
derecho de explotar aquellas tierras en las que
descubriesen salitre, creando así la Sociedad Exploradora
del Desierto de Atacama. Pero esta concesión otorgaba un
área muy limitada para su explotación, lo que reducía su
atractivo para los posibles inversores. Así pues, solicitaron
nuevas concesiones a Bolivia y su banquero, Agustín
Edwards preparó el terreno para la entrada de la casa
comisionista británica de William Gibbs & Co., en la
industria salitrera en Bolivia. Así se formó una nueva
sociedad, Melboume Clark, en la cual los ingleses
controlaban alrededor de un cuarenta por ciento de las
acciones y los chilenos, los antiguos intereses de Santos y
Puelma, aproximadamente un sesenta por ciento. Mister
Gibbs fue nombrado gerente de esta compañía.
En 1872, una reorganización de Melbourne Clark dio
origen a la Compañía de Salitres y Ferrocarril de
Antofagasta, con un capital tres veces mayor que antes. En
esta ocasión, Gibbs, Puelma y Edwards se repartían el 30
por ciento cada uno, quedando Jose Santos Ossa fuera de
la nueva organización, porque según él, tenía otros planes.
172

José Santos era un explorador incansable, a la busca
siempre de nuevos yacimientos.
Así es como Bolivia permitió la creación de una compañía
extranjera con amplios derechos, protegida por un tratado,
cuya planta y yacimientos mineros eran más accesibles
desde Chile que desde el corazón de Bolivia. Virtualmente
toda la mano de obra, además de los alimentos y capitales
venían desde Chile, y sus oficinas principales estaban en
Valparaíso.
En diciembre de 1872 la Compañía comenzó la
construcción de un ferrocarril desde Antofagasta a Salar
del Carmen con la perspectiva de extenderlo hasta Salinas
y dirigida por Edwards y Puelma, los socios chilenos,
mientras Gibbs se hacía cargo de la construcción de la
oficina en Antofagasta.
En los puestos directivos había personal chileno, inglés y
alemán. Así, el chileno Víctor Pretot Freire, estaba a cargo
de los ferrocarriles. La maquinaria y la producción en el
yacimiento de Salar del Carmen estaba bajo la
responsabilidad de Donald Elphick, mientras que
Fortunato Pinto, otro chileno, estaba encargado de la
recolección del caliche y de la pulpería.
Mister Gibbs andaba preocupado por esta mezcla de
nacionalidades que llevaba más problemas que ventajas.
- La experiencia me demuestra que un personal mixto de
ingleses, alemanes y chilenos no marcha bien - dijo Gibbs
a Fortunato - y todavía tenemos que conseguir personal
capaz que pueda ayudarle en la pulpería porque usted no
va a poder con todo.
- Tiene razón señor, yo voy hasta el cuello de trabajo y
cada vez tengo que hacer más viajes a Curanipe para
controlar la mercancía que se carga allá.
173

- ¿Buscamos personal chileno, inglés o alemán? Con todos
mis respetos, no encontramos chilenos aptos para estos
trabajos, exceptuando contados casos como usted. Por otra
parte no quiero meter más personal extranjero.
Mientras mister Gibbs hablaba, Fortunato se acordó de
una persona que comerciaba también en aquel puerto de
Curanipe. Lo había conocido hacía poco. Era un español
que tenía hacienda en Mendoza. Recordaba que le
preguntó que por qué en Mendoza y le explicó sus
aventuras por Argentina. Recordó que le pareció una
persona inteligente y ahora tendría la ocasión de llevárselo
a Valparaíso para controlar las pulperías del negocio. No
era inglés, tampoco chileno, pero hablaba español y eso
era una ventaja.
- Estoy pensando en una persona que puede ayudarnos.
- ¿Inglés?
- No, español.
- ¿Español? No es mala idea – dijo pasando el dedo índice
por la barbilla – Perfecto – dijo al fin - Tráigalo en cuanto
pueda.
Don José Pastor vivía por aquella época en la hacienda de
Mendoza aunque estaba poco en ella porque el trabajo no
lo dejaba libre un minuto. El almacén lo tenía siempre
lleno de compradores y era el más conocido de la ciudad,
tanto por la cantidad de mercancía que traía como por los
precios que era capaz de conseguir. Por una parte era uno
de los mayores proveedores de mercancías del almacén del
señor Tadeo en Buenos Aires y por otra compraba barcos
enteros de las mercancías que llegaban desde Irlanda hasta
el puerto de Curanipe. Allá tenía que ir tres o cuatro veces
al año para ver descargar la mercancía que llegaba y que
después transportaba trabajosamente hasta Mendoza,
tardando casi un mes desde su llegada a puerto hasta que
174

llegaba a su almacén en Mendoza. Tentado estuvo más de
una vez de dejarlo todo y trasladarse a tierras chilenas
donde seguramente podría hacer negocio también, porque
desde el norte de Chile llegaba todo el abono que
compraba y que a esas alturas era conocido en todo el
mundo.
Pero la relación que empezaba a tener con la viajera del
tren era muy estrecha. Él se encargaba de suministrarles
gran parte del material que necesitaban y luego ellas lo
confeccionaban y lo colocaban en sus escaparates para la
venta.
Cada cierto tiempo las visitaba por motivos de trabajo
pero nunca se atrevía a dar un paso que le llevara a iniciar
una relación amorosa. La presencia de la madre le imponía
mucho y no quería que por cuestión de faldas se rompiera
esa relación de trabajo, que al fin y al cabo le parecía más
importante.
Estando esta vez en Curanipe se volvió a encontrar con su
amigo Fortunato Pinto. Fortunato era un chileno serio y
formal, pero muy hablador. Su baja estatura, menor a la de
él y sus maneras como de contable, le daban un aspecto
muy peculiar. Pepet se sentía bien con él porque le hacía
parecer superior, aunque a veces tenía que aguantar sus
peroratas. Pero en el fondo era buena persona y le ayudaba
en sus negocios. Por eso, cuando le pidió ir a la cervecería,
no dudó en acompañarlo.
- Sabe que se ha creado la nueva compañía de Salitre de
Antofagasta – le dijo Fortunato.
- Sí, algo he oído. De la anterior Melbourne Clark.
- Eso es. Ahora estoy al cargo de las minas y de las
pulperías.
- ¿Las pulperías? Nunca había oído antes ese nombre.
- Sí, son las tiendas donde los trabajadores se abastecen de
todo tipo de mercancía para poder vivir, ya me entiende.
175

- Interesante.
- El caso es que con la nueva compañía tengo mucho más
trabajo que antes y estamos buscando a gente que nos
ayude.
- Y habían pensado en mí – se atrevió a decir don José.
- Exacto.
- Bueno, yo tengo mi negocio y sería una catástrofe para
mí tener que dejarlo todo ahora. Ya sabe usted.
- Sí, lo sé, pero... – empezó a decir Fortunato pero don
José lo atajó.
- A no ser, que las condiciones sean mucho más
favorables.
A don José no le parecía buena idea dejar ahora Mendoza,
a punto como estaba de pedir la mano de Cristina, o eso es
al menos lo que él esperaba, cuando en realidad nunca
había hablado con ella de cuestiones más allá de las
puramente comerciales.
- Todo es cuestión de hablarlo. Si quiere, le emplazo a una
entrevista en Valparaíso el día que le venga bien con el
gerente de la Compañía. Él le dará una visión más clara
que yo y seguro que le ayudará a tomar una decisión.
En verdad que la compañía era importante pero nunca
antes había trabajado para otros, excepto para el señor
Tadeo, pero eso eran otros tiempos. No quería ser el
subordinado de nadie y pensó que sería difícil llegar a un
acuerdo.
Muy a su pesar y para satisfacer a Fortunato, dos meses
después de aquella conversación, aparecía el señor Pastor
en las oficinas de Valparaíso de la Compañía Salitrera
Antofagasta. Lo recibió el mismo Fortunato y le presentó a
su gerente.
El señor Gibbs le hizo una explicación exhaustiva de la
compañía, cómo se había fundado y en qué consistía el
trabajo. El salitre estaba extendido por todo el desierto y
176

abarcaba sobre todo una gran zona boliviana, aunque la
mayoría del personal era chileno, pero las concesiones
eran bolivianas. Las oficinas estaban también en Chile y
en definitiva, había más relación con Chile que con
Bolivia, lo cual, según él, era un pequeño polvorín. Pero
no era momento de hablar de sus preocupaciones sino de
dar solución a sus problemas.
- Si es usted como me cuenta Fortunato – dijo mister
Gibbs - necesitamos gente como usted, que aporte toda su
sabiduría y buen hacer.
- Usted sabe que tengo mis negocios en Mendoza y es
difícil para mí dejarlos – intentó defenderse.
- ¿Quién ha dicho de dejarlos? Creo que podrá usted
compaginar su negocio con el trabajo que le proponemos.
Eso le parecía interesante.
- Usted dirá.
- Se trata de llevar las pulperías, abastecerlas, gestionarlas
y en definitiva hacer que funcionen de la mejor forma
posible. Para eso le ofrecemos un sueldo que...
- Nada de sueldos. Primero quiero ver exactamente en qué
consiste el trabajo y después decidiré cómo me van a
pagar.
Le ofrecían una nueva oportunidad de negocio y para ello
no tenía que abandonar Mendoza. No era mala idea.
Al señor Gibbs le gustó esa forma de controlar la
conversación. En realidad querían que trabajara para ellos
porque era bueno y tras estar media hora con él, comprobó
que sí que lo era. Sus formas eran tajantes y firmes, lo que
necesitaban.
- Me gustaría que visitara usted las minas, que viera bien
el proceso de producción del nitrato y las oficinas. En cada
oficina se lleva la gestión de una parte de las minas. La
concesión es muy grande y sería imposible llevarlo todo
desde una oficina, no sé si me entiende.
177

- A grandes rasgos sí. Ahora entiendo que quiera que vaya
a ver las minas. Me parece bien, pero dentro de un mes
tengo que regresar a Mendoza, no puedo dejar mis
negocios a la mano de Dios.
- Sí, creo que será suficiente ese tiempo. Mañana mismo
partirá para Antofagasta en uno de nuestros barcos ¿es
posible Fortunato?
- Sí lo es, señor. Yo mismo lo acompañaré. También
visitaremos a nuestro gerente en Antofagasta, mister Hicks
Y estrechándose la mano dieron por concluida la
entrevista.
- ¿Qué le parece? – le preguntó Fortunato una vez fuera.
- Interesante. Creo que me gustará ver la salitrera.
Una vez llegados a la ciudad de Antofagasta y tras
descansar una tarde donde vieron el puerto y el ferrocarril
cargado de sacos de salitre, emprendieron camino de las
minas, pero primero visitaron a mister Hicks que se alegró
de conocer a la persona que seguramente iba a ocuparse de
la pulpería. Mister Hicks era un inglés muy almidonado,
con un fuerte acento al que se le notaba que le costaba
mucho hablar español. Después de un breve intercambio
de opiniones, se despidieron de él y marcharon a la mina.
Fortunato era una máquina parlante que no necesitaba
engrase ni descanso y le fue explicando a don José todo lo
que iban viendo hasta el mínimo detalle.
Empezó contándole que la oficina que iban a visitar se
llamaba José Santos Ossa en honor al descubridor del
caliche en este desierto.
- Antes del salitre, el abono más utilizado era el guano,
como usted bien sabrá.
- Si, de hecho todavía se sigue utilizando pero mucho
menos que antes.
178

- ¿Sabe usted de dónde viene el guano?
- No, no lo sé – respondió imaginándose que se lo iba a
explicar con pelos y señales.
Efectivamente, era lo que esperaba Fortunato porque tenía
la respuesta preparada y la soltó de carrerilla casi sin
respirar.
- Verá usted, el guano se obtiene de los excrementos que
ciertas aves del Perú como el cormorán, el pelícano o el
alcatraz, acumulan en sus colonias de reproducción,
lugares donde se congregan millones de ejemplares. Los
Incas ya lo usaban desde la antigüedad para mejorar sus
cultivos, pero fue un francés quien desveló su compleja
composición química y logró extraer de estos excrementos
el valioso nitrato de sodio.
La verdad es que Perú ha vivido durante muchos años de
la exportación del guano, siendo éste su principal motor
económico, pero a pesar de ser una ventaja, ha sido un
inconveniente puesto que el resto de riquezas las tiene que
importar, teniendo que pagar grandes cantidades de dinero
por ello. Actualmente es un país altamente endeudado. Y
tal vez pase o esté pasando lo mismo en Bolivia o Chile,
aunque no tengo noticias de ello, al menos en Chile.
- ¿Y dónde dice que están esas islas? – preguntó don José.
- Se concentran a lo largo de unos mil kilómetros al norte
y al sur de Lima.
- Es curioso eso que me cuenta del guano. Una pregunta
que se me ocurre es por qué producen guano sólo esas
aves.
- Sí, y la explicación también es curiosa. Verá. La
presencia de estas aves en las islas se debe a la gran
abundancia de un pequeño pez, la anchoveta peruana, que
constituye la base de su alimentación. Las anchovetas
viven en aguas superficiales frías, no muy distantes de la
179

costa, forman grandes bancos y son el alimento de éstas y
otras especies.
A su vez, la abundancia de anchovetas y la enorme
productividad de estas aguas está directamente relacionada
con un fenómeno natural a mayor escala: las corrientes
marinas. Una de las grandes aportaciones científicas del
señor Humblodt, gran naturalista alemán que estuvo por
aquellas aguas, no muy lejos de aquí, hace más de
cincuenta años, fue el descubrimiento de la influencia de
las corrientes marinas en estas zonas del Pacífico. Las
corrientes hacen llegar aguas frías cargadas de nitratos y
fosfatos desde los fondos marinos hasta las cálidas zonas
tropicales de la costa, provocando un espectacular
desarrollo de estas especies. Esta corriente es responsable
de que estas aguas sean las de mayor producción de
plancton del mundo y que generen una excepcional
abundancia de especies. Entonces, la gran diferencia de
temperatura producida por el contraste entre el agua fría y
el calor es la causa de la ausencia de lluvias y de la
extrema sequedad de sus regiones cercanas, como este
desierto de Atacama, considerado el de mayor aridez de
todo el planeta.
- Interesante. No lo sabía.
- Por eso, la formación del guano se ve favorecida por las
condiciones que las corrientes marinas generan en la costa.
La escasez de lluvias evita que se disuelvan los
excrementos depositados por las aves, permitiendo que se
sequen lentamente y que se acumulen en capas cada vez
más espesas y profundas. En este proceso los excrementos
no pierden sus propiedades químicas, evitándose que se
produzca la descomposición de los compuestos
nitrogenados. Al alimentarse casi exclusivamente de
anchovetas, los excrementos de las aves poseen un
180

elevado contenido en nitrógeno, siendo la clave de su
excepcional valor como abono.
Y diciendo esto respiró profundamente.
- Y el salitre ha desplazado el guano – dijo don José.
- Claro y por eso estamos aquí, para que eso se produzca
lo más rápidamente posible.
- Bien, entonces veamos qué es el salitre.
Perfecto, pensó Fortunato. Vamos al salitre.
- Verá que el salitre es un mineral blanco, translúcido y
brillante y está compuesto de nitrato de sodio y nitrato de
potasio. El caliche es el conjunto de este mineral asociado
con yeso, cloruro de sodio, otras sales y arena.
Mientras hablaban, la carreta avanzaba lentamente por una
inmensa extensión árida, completamente blanca. Entonces
comprendió don José que todo el blanco que veían sus
ojos era el caliche. Montañas de caliche se extendían a su
paso, algo increíble. Con razón exportaban a todo el
mundo, con razón la anterior Melbourne había triplicado
su capital y ahora era la compañía salitrera más grande del
mundo. Quien no lo viera no se lo podría creer.
Al ver el asombro con el que don José miraba el paisaje,
Fortunato dejó de hablar durante unos minutos para que
captara toda la inmensidad que abarcaban sus ojos.
- ¿Qué le parece? – preguntó por fin.
- Increíble, de veras. Por mucho que me hubiera explicado,
si no lo hubiera visto, nunca me lo hubiera podido creer.
Fortunato sonrió triunfante y prosiguió su perorata.
Ahora vamos a ver el proceso de obtención del salitre y el
de los compuestos que se obtienen de él.
- No sé por qué pero creo que me va a parecer muy
interesante.
- No lo dude, yo me encargaré de ello.
181

Parecía que fuera una visita guiada porque, a partir de
entonces, fueron pasando por todo el proceso de
fabricación desde el principio, conforme iban avanzando
en la carreta.
- Eso que vemos allá delante es una calichera. Es una zona
que se ha barrenado para facilitar la extracción del caliche.
Había varios hombres golpeando la piedra, formando
trozos para poder transportarla. Más adelante a lo lejos
había otros hombres golpeando el suelo con un gran palo.
- ¿Y aquellos qué hacen?
- Ah. Aquellos son barreteros, están barreando un tiro.
Por la cara de asombro de don José, Fortunato le siguió
explicando.
- Dentro de poco oiremos una explosión.
- Ah, ya entiendo. Facilitan la extracción del caliche por
medio de barrenos explosivos.
- Eso es.
Al lado de las calicheras, veían cómo los hombres iban
sacando las piedras que golpeaban e iban amontonándolas
en largas filas a modo de murete de piedra.
- Eso es el acopio. Conforme sacan el caliche lo acopian
en filas que, mire, mire – le dijo cuando se acercó una
carreta tirada por tres caballos – Ahora cargarán esta
carreta y luego veremos dónde va.
A lo largo de los muretes vieron cómo había otras carretas
que se iban cargando con el caliche. Las piedras eran
blancas, de unos cuarenta centímetros. Todo el paisaje era
blanco, incluso la indumentaria de los obreros, que
contrastaba con sus rostros morenos, quemados por el sol.
Los brazos de algunos obreros parecían columnas
acostumbradas a la rigurosidad de aquel trabajo.
A don José le llamó la atención además, la organización
con la que todo el mundo trabajaba, pero se abstuvo de
hacer ningún comentario.
182

La caja de las carretas era especial, no se trataba de cuatro
maderas más o menos bien puestas sino de una caja
metálica muy resistente para soportar los golpes de las
piedras. Además, las ruedas de las carretas eran
extremadamente grandes, con una buena base y con más
radios de lo normal. El peso que llevaban era grande.
Después vieron cómo todas las carretas se dirigían a un
lugar común: una especie de rampa para salvar una altura
equivalente a una carreta, al final de la cual había vagones
que circulaban por una vía. Las carretas llegaban al final
de la rampa y un obrero hacía una maniobra tal que abría
la parte inferior de la caja de la carreta por donde caían las
piedras e iban a parar encima del vagón.
- Ingeniosa forma de cargar los vagones.
- Sí, son las famosas rampas, como las llamamos aquí.
Al final de la vía había una gran instalación donde
empezaba el proceso fabril. Hasta ese momento lo que
habían visto era en realidad la mina, la extracción y
transporte del caliche. Ahora empezaba la segunda parte.
- Como ve, los vagones van allá. El primer proceso es el
acendrado o triturado que se hace en aquellas chancadoras,
que desde aquí no se ven porque están bajo el nivel del
suelo.
Bajaron de la carreta y se acercaron al lugar donde iban
llegando las vagonetas cargadas de caliche y eran volcadas
en una especie de embudos cuya parte superior estaba a
nivel del suelo y la inferior a unos cuatro metros hacia
abajo. Cada embudo tenía en su parte exterior unas ruedas
que mediante una correa las unía con un eje superior que
iba conectado a un inmenso motor que era el que movía
todas las ruedas de la chancadora.
La visita estaba resultando de lo más interesante y a don
José se le iban los ojos por todas partes. Los obreros se
183

movían como en un baile silencioso en el que todo el
mundo conocía los pasos a seguir.
- En este proceso tenemos el caliche convertido en polvo,
polvo que es una mezcla de varios materiales. Ahora
tenemos que separarlos y ese paso se realiza calentando el
caliche en aquellos cachuchos, enormes depósitos por los
que pasa un gran serpentín interior que calienta el caliche
y separa los materiales por lixiviación.
Don José empezaba a marearse a partir de aquel momento
y le pidió a Fortunato que fuera más breve porque de todas
forma no iba a entender nada.
- En ese caso – le dijo – solo le enseñaré la parte final.
- Muchísimo mejor, gracias – dijo don José sensiblemente
aliviado.
- Subieron a la carreta y fueron a la parte de atrás de la
instalación donde apareció un mundo completamente
diferente. Eran grandes extensiones del salitre acabado,
era polvo blanco y en un lateral, cientos de persona
estaban ensacando el material y otros cargándolo en otras
vagonetas que eran las que iban al puerto. Esta línea es la
que habían abierto recientemente. Antes, este transporte se
tenía que hacer en carretas, lo cual era lento y dificultoso.
Siguieron adelante, rodearon aquella gran superficie de
salitre y aparecieron las instalaciones anexas como eran el
corral, la fragua, la pulpería, las oficinas y las viviendas de
los obreros.
- Por fin hemos llegado a lo que nos ocupa.
Bajaron de la carreta y entraron en la pulpería. En realidad
era una gran tienda donde se mostraba todo el material que
estaba a la venta. Anexa a ésta, estaba el almacén con el
resto de mercancía. Había un obrero detrás del mostrador
atendiendo a las mujeres de algunos obreros. Ni más ni
menos que un almacén como el que tenía en Mendoza. Sí,
aquel negocio lo conocía perfectamente.
184

- ¿Y todo el mundo compra aquí? – le preguntó don José.
- Desgraciadamente no. Muchos son los que van a
Antofagasta a realizar sus compras, lo cual están en
detrimento de nuestros intereses, pero no podemos hacer
nada para evitarlo.
- Bueno, ya pensaremos en algo. De momento se me
ocurre que, al menos para empezar, cobre yo un porcentaje
de toda la cantidad que se venda.
- Me parece bien – dijo Fortunato asintiendo.
- Ya me ocuparé yo que los obreros compren aquí, porque
en ello están mis intereses.
- Sí, eso corre de su cuenta.
Salieron fuera y se tropezaron con un hombre que pidió
disculpas con un acento marcadamente extranjero.
Fortunato los presentó.
- Mister Elphick, le presento al señor Pastor. Le estaba
enseñando las instalaciones, perdone que no le haya dicho
nada pero veníamos de camino. El señor Pastor es un gran
comerciante y estamos interesados en sus servicios.
- Encantado señor Pastor. ¿qué le ha parecido todo esto?
- Debo decir que es una auténtica maravilla. Nunca antes
había visto nada igual. La verdad es que la visita,
aderezada con la historia del guano del señor Pinto y la
explicación de las instalaciones me ha impactado
enormemente.
- Veo que ha sido un buen Cicerone. ¿Se quedará con
nosotros?
- Todavía no lo he decidido. Primero me interesaba ver
todo esto y la verdad es que ha valido la pena. Ahora lo
tengo que meditar.
- Entonces esperamos tener pronto noticias suyas. Ahora
me tienen que perdonar, me han informado de una avería
en uno de los cachuchos.
185

Don José y Fortunato todavía estuvieron todo el día en las
oficinas hasta que a última hora volvieron a Antofagasta.
Al día siguiente debían volver a Valparaíso.
Don José estaba tan impresionado que cuando cerraba los
ojos solo veía las instalaciones y aquel paisaje desiertico
en el que el blanco era el único color. Seguramente no
tendría que vivir allí pero debería hacer continuos viajes.
Y además se debería ocupar de su propio negocio. No, no
podría ocuparse de todo a menos que algo cambiara.
Era mejor llevar un solo negocio bien que dos mal. No
estaba para perder tiempo ni dinero.

186

Capítulo 14

1873 – Morera

Era

momento de tomarse unas vacaciones para
recapacitar y ver las cosas con mayor perspectiva.
Hacía unos años que su primo compró la finca de Morera
y todavía no había tenido tiempo para ir a verla. Sí, se
tomaría unas vacaciones que bien merecido se lo tenía.
Dejó instrucciones al personal del almacén, esperó a la
llegada del último barco en Curanipe a donde fue cuando
salió de Antofagasta y cuando lo tuvo todo organizado
marchó a Buenos Aires desde Mendoza para tomar el
siguiente barco. Pero antes fue a despedirse de sus amigas
y clientas.
- Estaré fuera varias semanas. Marcho a España para ver a
mi familia.
- ¿Tiene usted mucha familia en España? – le preguntó
Cristina.
- Solo a mis padres – contestó y les explicó un poco su
situación: su hermano mayor, su hermano Ricardo y la
muerte de su hermana Lola.
- Cuánto lo siento. Estaremos muy solas sin su presencia,
aunque nos tiene acostumbradas a largas ausencias por sus
continuos viajes.
Doña Cristina entró en el almacén de la tienda y don José
se quedó a solas un momento con la hija.
187

- Acabo de llegar del norte de Chile. Me han ofrecido un
trabajo que tal vez acepte y...
En ese momento, en ese preciso momento en el que don
José iba a lanzarse, alguien entró en la tienda y tuvo que
detenerse en sus explicaciones. Se trataba de un joven
apuesto que, directamente se dirigió hacia la bella Cristina
y besó su mano.
- Buenas días Cristina. ¿Está usted lista? Si no interrumpo
nada – dijo dirigiéndose a don José que todavía se estaba
reponiendo de la interrupción tan inoportuna.
- No, nada don Luis – dijo la bella Cristina - Madre,
volveremos más tarde.
- Hasta luego hija.
- Otro día me lo explicará todo con más detenimiento don
José. Había quedado con don Luis. No le importa
¿verdad?
- No, no tiene la menor importancia.
Don José se quedó clavado en el suelo, más chafado que si
lo hubieran estacado con largos clavos al suelo. Al
momento salió la madre con las explicaciones. Don Luis
era un adinerado terrateniente que hacía unos meses
pretendía a su hija y claro, los dos hacían buenas migas.
- ¿Se marchaba usted don José? – le preguntó
amablemente despachándolo así con viento fresco.
- Sí, sí, ya me iba. Adiós, buenos días.
De qué forma más meridiana tuvo claro que Cristina era
intocable. Si tenía alguna duda, ahora se le habían
disipado por completo. Todavía un poco trastornado por la
situación que acababa de tener que vivir, salió de la tienda
para, seguramente, no volver más. Nunca más tendría
relación con ninguna mujer. ¡Qué bochorno! Y menos mal
que nadie se había dado cuenta de nada.

188

El primer barco había sido toda una experiencia, con el
segundo el cambio fue impresionante y ahora con el
tercero ya lo veía como algo habitual. La verdad es que
tenía ganas de viajar a España y olvidarse de todos los
problemas que le martilleaban cada día. En los últimos
años había tomado algunos barcos pero siempre por la
costa del Pacífico y viajes relativamente cortos, de menos
de una semana.
Ahora, cruzar el Atlántico costaba como tres semanas y el
tiempo pasaba más bien rápido. Compró varios libros y
estuvo gran parte del trayecto leyendo. Pero mientras leía
pensaba en Cristina y pensaba en el caliche, lo tenía
delante de sus ojos y sus pensamientos iban al desierto sin
poder evitarlo. No, con Cristina no quería saber nada.
Había sido una bonita experiencia pero nada más. La
recordaría con cariño, aunque de momento con algo de
bochorno también.
Cuando llegó al puerto de Valencia, vio que había un
servicio de transporte hasta la estación del Norte y desde
allí tomó el tren a Játiva donde, como nadie lo esperaba,
tuvo que alquilar una carreta para llegar a Alcoy.
Cuatro años habían pasado desde la última vez y ahora,
cuando vio a sus padres, le pareció que habían pasado
veinte años por sus carnes. ¿Cómo podía ser? Habían
envejecido de manera acelerada. Él pensaba que les
sentaría bien el cambio pero se dio cuenta de que no.
Esta vez, la alegría, aunque no fue poca, fue muy diferente
de la vez anterior. Claro que se alegraron de verlo, pero se
notaba que no eran felices y eso no se podía quedar así.
Su madre lo abrazó y se cogió a él como si fuera su tabla
de salvación.
- Hijo, qué ganas teníamos de verte, ¿verdad Pepe?
Pepe asintió con los ojos enrojecidos incapaz de articular
palabra para que no se le notara demasiado la emoción que
189

sentía. Sí, Rosa los cuidaba bien y ellos estaban bien con
ella, pero, faltaba algo.
- ¿Cómo te va hijo? Te vemos hecho todo un hombre.
¿Cómo te trata la vida? Pero qué pregunta te “hase” tu
“mare”. Ya sabemos que has “comprao” toda una finca
que era de una condesa ¿verdad?
- A eso venía, además de veros a vosotros, claro.
Saldremos mañana para la finca con el primo Carlos.
La finca estaba a tres o cuatro horas de camino
atravesando puertos de montaña. No era un camino fácil
pero era lo más cerca que había encontrado de Alcoy.
Estaba en el término de Onteniente. Había oído hablar de
ese pueblo pero hacía mucho tiempo.
Pasaron por los pueblos de Cocentaina y desde Muro de
Alcoy, subieron a Agres, pasaron Alfafara y casi llegaron
a Bocairente pero dejaron el pueblo a un lado. Después
entraron en otro puerto de montaña en dirección a
Onteniente pero en lugar de entrar al pueblo se desviaron
por un precioso paraje en el que un río formaba una
especie de balsas de agua entre peñascos, llamado el Pou
Clar. El paisaje era realmente hermoso y agradable de
recorrer. Por último se adentraron en dirección a
Fontanares hasta que, a su izquierda, se abrió un pequeño
camino que llevaba a la finca. Al fondo, un viejo caserón.
Habían tardado casi tres horas. Don José había pensado
que tal vez sus padres se podrían quedar en la finca pero
estaba demasiado alejada de Alcoy. Había que pensar en
otra solución para ellos.
Carlos le explicó a Pepet, aunque ya venía en los
contratos, que la finca abarcaba las partidas de Morera, la
Llomandilla, Corral de Martínez y Casa de Otos, con un
total de cinco mil anegadas, más de cuatrocientas
hectáreas.
190

- ¿Qué te parece Pepe? – le preguntó Carlos a su primo al
cual siempre se dirigía así.
- Todavía no he visto nada.
- Pues todo lo que ves es ahora tuyo. Y se me escapó la
Venta Vella porque alguien la compró antes.
- No te preocupes, esta finca, si tiene todo lo que dices, ya
es lo suficientemente grande para mí. No sé si voy a tener
el tiempo suficiente para disfrutarla.
- Entonces ¿para que la querías?
- Yo no la quería tan grande. Pero cuando venga a España
quiero un lugar para vivir, yo, mis padres y mi familia,
cuando la tenga, que puede llegar a ser muy grande.
Aunque a este paso, no sé, no sé, pensó don José para sus
adentros.
- ¿Grande? No me hagas reír. Las familias se hacen
casándose. Tú empiezas a tener tus años y no nos has
hablado de nadie todavía. ¿O tienes a alguien?
Don José quería haber llegado al pueblo con la noticia de
que tenía una mujer esperándolo en Chile o en Argentina,
pero al final no había podido ser.
- No, no tengo a nadie. El que se ha casado es Ricardo, ya
os lo conté en la última carta.
Sus padres no atendían a la conversación de los primos
porque bastante ocupados estaban mirando la finca. La
madre miraba la casa, el padre la tierra. Si era tan grande
como decía Carlos, era mucho más que la finca del señor
Gisbert.
- Necesitarás gente para llevar estas tierras, hijo – le dijo el
padre.
- Sí, lo sé. ¿Quieres ser tú el primero?
Don José le estaba ofreciendo trabajo a su padre. Pepe
miraba la tierra y miraba a su hijo alternativamente.
- ¿Hablas en serio hijo?
191

- Claro que sí, padre. Esta tierra es vuestra, podéis hacer lo
que queráis, nadie vendrá a molestaros y todo lo que
saquéis será para vosotros.
Entonces Lola se giró para mirar a su hijo y, ahora sí, estar
en la conversación, porque le interesaba.
- ¿Tanto dinero tienes, hijo? – le preguntó su madre.
- Y sigo ganando madre. Mañana os contaré el negocio
que tengo y otro proyecto que me han ofrecido. Es tan
importante que he decidido tomarme unos días de
descanso y por eso he venido a veros. Necesito pensarlo
bien.
En realidad, el bochorno que había pasado en la tienda le
había hecho tomar ya una decisión, pero no quería
precipitarse, quería ver la situación con la suficiente
perspectiva y el viaje le estaba sirviendo para ello.
- Míralo Pepe, es nuestro hijo, el pequeño, el que nos va a
solucionar la vida. Ven aquí hijo mío – y abrazándolo le
dio un beso en toda la mejilla.
- Vamos, vamos, que tenemos mucho que ver todavía –
advirtió el primo Carlos.
Carlos abrió la puerta de aquel viejo caserón y uno a uno
fueron entrando todos directamente a un salón rodeado de
puertas. Al fondo estaba la cocina. Una de las puertas daba
a lo que debieron ser las caballerizas y donde guardaban
los aperos de labranza.
- Suficiente – dijo Lola – No necesitamos más.
Don José sonrió con el comentario de su madre.
- ¿Entonces os quedáis?
- Claro que nos quedamos. No ahora pero sí, nos
quedamos.
- Ya somos mayores Lola – dijo su marido – No podremos
llevar todo esto.

192

- No quiero que lo lleves tú, padre. Lo que quiero es que te
encargues tú de todo: comprar el material, buscar al
personal y empezar a trabajar. Lo dejo todo en tus manos.
- Esto es el regalo más grande que nos podías hacer – le
dijo su madre.
- No madre, el regalo me lo hacéis vosotros si padre quiere
encargarse y tú, cuidar de él.
- Eso déjalo de mi cuenta.
Después de escudriñar toda la casa salieron fuera para ver
el resto de la finca. En una mañana no podrían verla toda
pero sí al menos hacerse una idea. Pepe quería ver de qué
disponía para saber qué hacer.
- Habrá que arrancar aquellos árboles. ¿Podré hacerlo,
hijo?
- Eso es cosa tuya padre, a mí no me preguntes.
Pepe respiró hondo e intentó hacerse a la idea que era el
dueño de aquella inmensidad.
- Cuando vuelvas no lo conocerás, Pepet – dijo el padre
dirigiéndose a él de la misma forma cariñosa que lo habían
hecho siempre, pero ahora, ellos eran los únicos que lo
llamaban así.
Por la tarde volvieron a la casa de la tía Rosa y le
explicaron con pelos y señales todo lo que les había
sucedido: el viaje, la finca, la casa, las tierras y lo más
importante, que ahora ellos iban a llevar la finca.
- Entonces ¿os marcharéis?
- Tú puedes venir con nosotros si quieres, Rosa – le dijo
Lola. Carlos vivía con su familia y si ellos se marchaban
volvería a quedarse sola.
- ¿No os molestaré?
- Tú nos has acogido todos estos años. Justo es que ahora
te vengas con nosotros.
193

A partir del día siguiente, los hombres se ocuparon,
primero de hacer la casa habitable, después de preparar la
casa de Rosa para la marcha y tercero, preparar aperos,
animales y todo lo necesario para empezar cuanto antes.
Pepe habló con varios amigos para ver si alguien estaba
interesado en el trabajo pero no encontró a nadie. Está
demasiado lejos, le decían.
- Entonces no nos queda más remedio que buscar gente en
Onteniente – apuntó don José.
Y eso hicieron cuando estuvieron acomodados en la casa
de Morera. El padre y el hijo marcharon al pueblo y
preguntaron en las tabernas, lugar de reunión de la gente
del campo a media tarde. Así encontraron a varias
personas interesadas. Los esperaban al día siguiente, les
dijeron.
- Y si saben de alguien que le pueda interesar, también los
pueden llamar para que vengan.
Efectivamente, al día siguiente se presentaron diez
personas dispuestas a trabajar. Acordaron el sueldo y ese
mismo día empezaron a trabajar.
Por la noche cenaron en la casa de la forma más humilde
que pudieron. No tenían mucho, pero la casa era suya y
eso les daba mucha satisfacción. Don José se sentía
satisfecho por cumplir el deseo con el que llegaba. Ahora
se podría marchar mucho más tranquilo dejando la tierra
en manos de sus padres y a sus padres al amparo de
aquella tierra que empezaba su andadura con mucho amor
y eso es lo que deseaba que tuviera siempre la finca de
Morera: mucho amor.
Aquel viaje y por qué no decirlo, el abominable bochorno
de la tienda, habían obrado un cambio en él: no era dinero
lo que necesitaba sino cariño, el amor de las personas.
Ahora solo tenía el amor de sus padres, los únicos que
realmente lo querían y a los únicos que él quería porque
194

sus amigos ya no estaban. ¿Y Juano, qué sería de él? Con
todo el jaleo de la finca se había olvidado de visitarlo.
Al día siguiente, dejó a toda su familia trabajando en la
finca y marchó en busca del negro Juano. Esta vez probó a
ir por el puerto de Albaida para ver si tardaba menos, pero
no le gustó el trayecto y decidió no volver a ir por ese
camino.
Juano estaba más negro si cabe. Su piel morena resistía
bien los rayos del sol que, cuando lo vio, le estaban
aguijoneando el pescuezo y la espalda. Así de espaldas no
lo había reconocido pero no cabía duda de que era él.
Su madre, cuando vio a Pepet, se escondió en la casa.
Nunca le gustó hablar con aquel chico, por muy amigo que
fuera de su hijo. Pepet se dio cuenta de la fuga de la mujer
y le supo mal que fuera ese su comportamiento. ¿Por qué
actuaba así Juana? Nunca la vio hablar con nadie más que
con el tratante y con su mismo hijo.
- ¿Vive aquí el negro Juano? – preguntó Pepet en voz alta.
Cuando Juano oyó esa voz no lo dudó. Solo había una
persona en el mundo que lo llamara así.
- ¡Pepet! ¿Eres tú? Deja que te mire. ¡Cuánto tiempo has
dejado pasar!
Después de las primeras alegrías, Pepet se sinceró con su
amigo, era con el único que lo podía hacer.
- No te atribules Pepet. Por cierto, ¿te tengo que llamar
Pepet o don José?
- No digas tonterías hombre. Pues como te decía, estoy
hecho un lío. El golpe de Cristina me ha dejado muy
descolocado por una parte y por otra, eso mismo me
impulsa a dejar Mendoza y marchar a Chile.
- Escucha a tu corazón, aunque sé que siempre lo has
tenido callado y siempre te has guiado por tu cabeza. Pero
por una vez, hazme caso.
195

Pepet miraba a su amigo y se hacía cruces. ¡Cómo había
cambiado! ¿Qué había pasado que ahora hablaba así?
Nunca antes le había dado un consejo, siempre lo había
seguido ciegamente en sus decisiones. Pero ahora, era
Juano el que le decía lo que tenía que hacer. ¡Cómo
cambian las personas!
- Tienes razón Juano, esta vez te haré caso. Lo tenía casi
decidido pero tú me has acabado de abrir los ojos. Dejaré
Mendoza y empezaré de nuevo otra vez. Me atrae mucho
ese nuevo negocio. Tal vez no gane tanto dinero, pero creo
que estaré en buenas manos, no tan solo como hasta ahora.
Sí, necesito estar al lado de alguien y creo que aquella
gente quiere que esté con ellos. Gracias Juano.
- Ha sido un placer. Supongo que tardaremos en volver a
vernos. Si es así, piensa que aquí siempre tendrás un
amigo.
La conversación con su amigo había sido todo un bálsamo,
algo que agradeció de veras. Se sentía con muchas fuerzas
para emprender un nuevo camino.
Esta vez lloró cuando se despidió de sus padres y los
emplazó para una próxima visita que no quería alargar
mucho en el tiempo.
Llegaba con algunas dudas y se volvía fortalecido.
Después de todo, España era su primera patria.

196

Capítulo 15

1879 – La guerra del Pacífico

En 1866 se firmó el Tratado de Límites entre Chile y
Bolivia poniendo término a una cuestión limítrofe
pendiente entre ambos países planteada desde la fundación
de Bolivia cuando se independizó de España y se separó
del Perú. En este tratado se fijaban por primera vez los
límites y se establecían los derechos de exportación
correspondientes a cada país.
En 1878, el congreso de Bolivia estudió el acuerdo
firmado entre el gobierno y la Compañía de Salitres de
Antofagasta. Los contratos sobre recursos naturales debían
aprobarse por el Congreso, de acuerdo con la Constitución
boliviana. Ello se hizo por la Asamblea Nacional
Constituyente boliviana mediante una ley, el 14 de febrero
de 1878, a condición de que se pagara un impuesto de diez
centavos por quintal de salitre exportado por la compañía.
Mister Hicks, gerente de la Compañía en Antofagasta,
decidió viajar a Valparaíso para informar a su superior, el
señor Gibbs.
- Aunque nuestro diputado por Antofagasta se opuso a esta
proposición – continuó mister Hicks – como la compañía
no tiene a nadie más que la represente en el congreso, me
temo alguna barbaridad de esa gente.
197

- Sí, si eso va a adelante, puede significar una catástrofe.
- Por otra parte, el prefecto de la provincia me propone
algo que puede ser interesante.
- Dígame mister Hicks.
- Está interesado en que el ferrocarril llegue hasta Dalence
y si la Compañía se compromete a ello, él puede obtener la
confirmación de los arreglos hablados entre Bolivia y la
Compañía por un periodo de veinticinco años, con lo cual,
no nos podrían imponer ningún impuesto más.
- ¿Y cómo ve usted a ese hombre? ¿Nos podemos fiar de
él?
- No es esa la pregunta.
- No le entiendo. ¿A qué se refiere?
- El prefecto me dejó caer, como quien no quiere la cosa,
que si no extendemos el ferrocarril, se ve libre de conceder
los terrenos de Carmen Alto a otras empresas puesto que
esos terrenos no son nuestros, solo tenemos la concesión
para la extracción del caliche. Si cede los terrenos a otras
empresas, dejamos de tener el control en ellas, puede ser
una auténtica catástrofe.
- Menudo pájaro es ese prefecto.
- Y que lo diga.
- Es decir, que estamos obligados a extender el ferrocarril.
- Más o menos.
Mister Gibbs pensó un momento y dijo.
- En ese caso, habría que obligarle a que, si nos
comprometemos a construir el ferrocarril, se comprometa
a no ceder los terrenos de Carmen Alto.
- Es verdad, es lo menos que podemos exigir, si es que
estamos en posición de exigir algo.
- Claro que sí. En el fondo – dijo mister Gibbs – todo esto
viene porque Bolivia no tiene donde caerse muerta y en
nosotros ve una salvación. Si nos puede exprimir, hará lo
que sea para conseguirlo.
198

Así quedaron los dos gerentes pero no pasaron ni dos
meses hasta que mister Hicks contactó otra vez con su
superior para informarle que, después de todo, el congreso
había autorizado al gobierno a cobrar el impuesto de los
diez centavos.
Las cosas se estaban poniendo feas, pero mister Gibbs no
se arredraba. Hablaría con las autoridades chilenas.
Cualquier violación de los privilegios de la Compañía
debería afectar directamente a los intereses de Chile.
Mientras tanto, pasaron los meses sin que nadie moviera
ficha hasta que el 31 de diciembre Hicks avisó que había
recibido una notificación judicial por la cual el gobierno
boliviano cobraba noventa mil pesos en concepto de
impuestos. Mister Hicks rehusó aceptar pagar alegando
razones de forma de la notificación y seguidamente
redactó una protesta formal indicando que todos estaban
dispuestos a resistir hasta el último extremo y que, fueran
cuales fueren las consecuencias, no pagaría un solo
centavo sin recibir órdenes para ello.
El 3 de enero de 1879, el Gobierno de Chile mandó una
nota a Bolivia ofreciendo arbitraje sobre la base de que el
impuesto no se cobrara mientras tanto. Pero esta
proposición fue sobrepasada por los acontecimientos, uno
de éstos fue la llegada del blindado chileno Blanco
Encalada frente a Antofagasta. Mister Hicks, que acababa
de recibir la demanda por los noventa mil pesos a pagarse
dentro de tres días bajo amenaza de embargo de los bienes
de la Compañía, cobró ánimo esperando que los
bolivianos quizás estuvieran comenzando a darse cuenta
de la gravedad de la situación. Las autoridades en La Paz,
por su parte, pidieron una explicación por la presencia de
la nave y manifestaron que no era posible continuar la
199

búsqueda de una solución pacífica frente a una presión
semejante.
Una semana más tarde, el prefecto ordenó el arresto de
mister Hicks y el embargo de suficiente propiedad de la
Compañía para cancelar la deuda. Mister Hicks aceptó
esto con buen humor; se encontraba, muy oportunamente,
en Salar del Carmen y en consecuencia se libró de ser
arrestado, pero el embargo mismo sí que fue llevado a
cabo.
A comienzos de febrero la Compañía Salitrera informó a
Mister Hicks que la prensa los apoyaba de forma unánime
y que también existía un consenso a su favor entre los
partidos políticos en Chile. Sin embargo, el Presidente
Aníbal Pinto no autorizaría el uso de la fuerza hasta que
fuera informado que todas las negociaciones en La Paz
habían fracasado. Mister Gibbs pensaba que estaba siendo
utilizada la Compañía como victima a ser sacrificada con
el fin de que el Gobierno de Chile dispusiera de
argumentos de primer orden sobre los cuales basar su
acción de apoderarse por fuerza del territorio en disputa.
Cuando llegó la noticia de la decisión de Bolivia de
cancelar las concesiones de la Compañía, el Presidente de
la República tuvo las manos libres para actuar.
La mañana del 11 de febrero de 1879, el presidente
chileno Aníbal Pinto en reunión con su gabinete, tomó la
decisión de ir a la guerra. La recepción del telegrama
enviado por el ministro plenipotenciario de Bolivia, con el
mensaje Anulación de la ley de febrero, reivindicación de
las salitreras de la compañía, activó la decisión de Pinto,
quién ordenó el envío del Blindado Almirante Cochrane y
la Corbeta O'Higgins rumbo hacia Antofagasta, para hacer
200

ocupación de dicho puerto junto al Blindado Blanco
Encalada.
Esta operación se llevó a cabo el 14 de febrero de 1879,
cuando Antofagasta fue ocupada por Chile, a raíz del
desembarco de tropas chilenas en Antofagasta a cargo del
coronel Emilio Sotomayor. Este evento se traduce como la
primera acción militar chilena del conflicto conocido
como Guerra del Pacífico, pues con la ocupación se dieron
inicio a las operaciones militares de toda la guerra.
El 23 de marzo, en la colonial balconada de su residencia
de la Paz, al día siguiente de los abigarrados y
tradicionales carnavales, el presidente de Bolivia, don
Hilarión Daza, ante una abarrotada calle, comunicaba a su
pueblo la ocupación de Antofagasta.
“ochocientos hombres de desembarco apoyados por un
considerable número de gentes depravadas por la miseria
y el vicio, asesinos de cuchillo corvo, se ha apoderado de
nuestros indefensos puertos de Antofagasta y Mejillones
por sorpresa...”
En la Paz se formaron seis divisiones formadas por
jóvenes de la mejor sociedad. Pero ¿cómo trasladar este
ejército, primero a Oruro y desde allí a través de más de
quinientos kilómetros de sierras escarpadas, puentes
colgantes de tiempo inmemorial, torrentes y todo esto a
una altura de tres mil metros y después el árido desierto
sin agua y sin pastos para las bestias? Naturalmente se
podía hacer pero dando un rodeo que exigiría mucho
tiempo, meses tal vez.
Visto el cariz que tomaban los acontecimientos, don José
planteó a sus superiores la posibilidad de marchar unos
201

meses a España para ver si mientras se calmaban los
ánimos pero mister Hicks estaba de todo menos calmado.
- Ahora es cuanto más les necesitamos a todos, tenemos
que hacer frente común. La situación para nosotros es
mejor que antes. Chile ha puesto en jaque al gobierno de
Bolivia y así nos dejarán tranquilos. Otra cosa será lo que
pase según quien gane el conflicto. No me extrañaría que
los vencedores nos impusieran un impuesto mucho más
alto que el de los diez centavos, pero eso ya vendrá. Ahora
piense en seguir comprando mercancía, aunque el puerto
está ocupado, pero no creo que tarde a ser liberado.
- Está bien – dijo don José – seguiremos trabajando.
Don José controlaba plenamente las pulperías de la
Compañía, la cual había abierto varias oficinas y en cada
una tenía una pulpería que se abastecía de lo que don José
compraba por todo el mundo y cuyos barcos llegaban
hasta Antofagasta desde Europa unos y desde Curanipe
otros.
Eran miles las personas que trabajaban en la Compañía, un
bocado muy apetecible tanto para Bolivia como para
Chile. A los obreros se les pagaba con fichas que solo eran
intercambiables en las pulperías y en ellas, la Compañía
marcaba los precios. Don José era el proveedor oficial de
la Compañía, no entraba nada si no era por él. De esta
forma estaba ligado a la Compañía pero al mismo tiempo
no trabajaba oficialmente en ella, lo cual era su deseo.
Por mucho que mister Hicks lo intentó, no consiguió
hacerse con los servicios remunerados de don José y éste
sabía que nunca ganaría tanto como trabajando por su
cuenta.
Al volver de España estuvo haciendo un cálculo de lo que
podría ganar siendo proveedor de la Compañía y de lo que
la Compañía podría ganar con su mercancía implantando
202

el sistema de fichas. Las dos partes se beneficiaban del
trato aunque los más perjudicados eran los obreros.
Don José pensaba que no los perjudicaba, simplemente, se
aseguraba su trabajo si todos los obreros compraban en las
pulperías. Cierto que la mercancía era algo cara pero más
les resultaría a los obreros si se veían obligados a ir a
comprar hasta Antofagasta.
Así que vendió su almacén de Mendoza junto con las
tierras que compró y se marchó a Chile, a la Compañía
más grande y con más futuro del país. Ese trabajo también
le daba la oportunidad de alejarse de Mendoza después del
incidente con las viajeras del tren, como él las llamaba. No
había llegado a ser un desengaño amoroso porque no pasó
absolutamente nada, pero era la primera vez que don José
se inclinaba por una mujer y salió escaldado, aunque nadie
se dio cuenta de ello. Por pura cortesía se presentó en la
tienda y le explicó a doña Cristina, su hija no estaba en ese
momento, lo cual agradeció, que él se marchaba de la
ciudad pero le daba la dirección del comerciante que se
ocuparía de su mercancía.
Mientras tanto, la guerra iba tomando forma adquiriendo
dimensiones cada vez más imparables. Lo que había
comenzado con un impuesto a una compañía privada, se
tornó en un conflicto bélico cuyas consecuencias eran
impredecibles.

203

Capítulo 16

1880 – Valentina

El combate decisivo de la campaña naval tuvo lugar en
Punta Angamos, el 8 de octubre de 1879. En este combate,
el monitor Huáscar, junto con la Unión, que logró escapar,
fue finalmente capturado por la armada de Chile, a pesar
del intento de hundirlo por parte de su tripulación. Durante
el combate murió su comandante Miguel Grau Seminario,
convirtiéndose a su vez en el héroe patrio del Perú. El
combate naval de Angamos marcó el fin de la campaña
naval de la Guerra del Pacífico. A partir de ahí
comenzaron las incursiones por tierra..
Las tropas del ejército chileno iniciaron una serie de
maniobras militares en las provincias de Tarapacá, Tacna
y Arica. Bolivia se retiró de la guerra después de la batalla
del Alto de la Alianza en Tacna y Chile siguió luchando
contra el Perú, implicada también en el conflicto debido a
un tratado que había firmado con Bolivia.
Mientras tanto, el negocio del salitre seguía funcionando
pero a menor ritmo. Fue entonces cuando la Compañía se
planteó la posibilidad de cerrar alguna oficina para hacer
un fuerte mantenimiento. Los cachuchos no habían parado
nunca desde que se pusieron en marcha hacía ya más de
siete años.
204

El ingeniero que estaba al cargo de la maquinaria era el
inglés mister Donald Elphick con el cual don José había
trabado cierta amistad. Cuando se tomó la decisión de
parar la producción durante algunos meses, cientos de
personas fueron despedidas de la noche a la mañana y las
instalaciones quedaron desiertas.
- Qué pena da ver una instalación parada – dijo mister
Elphick.
- Y que lo diga. Y para mí más porque supone una
reducción importante de mis ingresos.
El ruido habitual de las chancadoras dejó de escucharse y
los cientos de sonidos de las máquinas, los motores,
incluso de la gente, desapareció. Entonces se puso en
marcha el personal de mantenimiento que tenía por delante
una gran labor. Don José todavía tenía algo de trabajo pero
sabía que pronto pararía.
Una mañana, estaban reunidas las personas de
mantenimiento en el despacho anejo al de don José y éste
los escuchaba cuando se desató una pequeña discusión y
se levantó para ver qué pasaba.
- Ah, don José – dijo mister Elphick – tal vez usted pueda
ayudarnos.
- Ustedes dirán.
- Verá. Hemos detectado una avería importante en uno de
los cachuchos, tanto que tal vez no se pueda volver a
poner en marcha.
- Vaya contrariedad.
- Ya sabe que gran parte de esta maquinaria vino de
Europa.
- No, no lo sabía.
- Aquí, en esta parte del mundo, no podemos encontrar
nada ni parecido.
- Entiendo.
205

- Mañana me pondré en contacto con la empresa alemana
que nos fabricó la maquinaria para que nos pase
presupuesto de un ingenio formado por chancadora,
cachucho y caldero. Además necesitaremos diverso
material que procede también de allí. Necesitamos que
vaya alguien para vigilar la construcción de la maquinaria
y después que acompañe el material en el barco hasta aquí.
Es muy importante que todo esté correcto.
- ¿Y bien?
- ¿Sería usted tan amable de hacer el viaje a Alemania?
- Pero yo no hablo alemán.
- No, pero habla inglés y eso es suficiente.
- ¿Inglés? Bueno, algunas palabras que les escucho a
ustedes.
- Verá como es suficiente. Además, allí hay quien habla
español. No se preocupe por el idioma. ¿Qué me dice?
¿Nos hará el favor?
Ciertamente no tenía mucho trabajo que hacer mientras las
máquinas estuvieran paradas, la guerra seguía ahora por
tierra y no había visos de que parara pronto. Los avances
de las tropas chilenas eran constantes pero ahora estaba
Perú de por medio. No tenía nada que perder. Además,
podría pasar por España y visitar a sus padres.
- Está bien, acepto.
Con la aceptación de don José, los ingenieros hicieron los
preparativos. Se pusieron en contacto con la fábrica Mayer
de Ludwigshafen, al oeste de Alemania y les dieron
precisas instrucciones. La respuesta alemana llegó al cabo
de una semana: necesitarían seis meses para la
construcción del material que pedían. De acuerdo, dijeron.
En ese tiempo seguirían con el mantenimiento del resto
del material y don José tendría tiempo más que suficiente
para llegar y estar durante la construcción de la
maquinaria.
206

Don José miró en el mapa la situación de Ludwishafen y
mister Elphick le dijo que una buena solución era viajar a
Valencia y posteriormente desde allí tomar el ferrocarril.
La ciudad estaba cerca de la frontera con Francia y
Alemania.
Después de las bendiciones de mister Hicks, don José
tomó un barco en Valparaíso rumbo a Valencia, viaje que
le llevaría dos meses de travesía. Había que cruzar el
estrecho de Magallanes, algo que no había hecho desde
que estaba en América. Hasta entonces siempre había ido
a Buenos Aires pero ahora el viaje era diferente. Tantos
barcos que había controlado y que llegaban desde Europa
directos a Curanipe y nunca le preocupó por dónde hacían
la travesía, pero ahora que iba a hacerla él, lo veía toda
una hazaña. Estaba acostumbrado a que desde que pedía
un barco hasta que llegaba pasaran más de cuatro meses, y
ahora lo entendía perfectamente.
Las noticias que llegaban sobre la guerra no eran nada
esperanzadoras, por eso mister Elphick le dijo que no se
preocupara por el tiempo, porque tenían y mucho.
Así partió una mañana don José desde Valparaíso sin que
nadie fuera a despedirlo. Cogió su maleta, su maletín con
todas las instrucciones del ingeniero jefe y con algo de
tristeza por todo lo que estaba pasando en el país. Hubo un
momento en el que incluso se planteó quedarse en España
pero después pensó que no era un país de oportunidades
como lo era América entera. Había que tener paciencia y
esperar acontecimientos. Ese viaje le serviría para
calmarle los ánimos y hacerle reflexionar. Sí, siempre que
lo necesitaba tenía a España para calmarse.
Mientras los otros viajes a Europa los hizo sin apenas
incidentes, éste no fue el caso. Cuando llegaron a la
llamada Tierra del Fuego, al sur de Chile, en pleno Cabo
207

de Hornos, se desató una tormenta de viento y lluvia. Al
principio parecía ligera, pero conforme se adentraban en el
estrecho de Magallanes, pareció que el cielo se venía
abajo. Las olas empezaron a crecer y la estabilidad del
barco desapareció por completo. Parecía un juguete en
manos de un gigante. Días después escuchó una
conversación entre marineros en la que decían que el
barco era ingobernable y que si llega a durar unas horas
más, tal vez hubieran perecido. Nunca antes habían pasado
una tormenta de tal magnitud.
Ahora seguían la ruta y todo volvía a la normalidad.
Primero harían escala en Buenos Aires, después en las
islas Canarias, a continuación en Cádiz y por último en
Valencia aunque el barco seguía hasta Roma. Cuando
llegaron a Buenos Aires estuvo tentado de ir a visitar al
señor Tadeo, hacía tantos años que no lo veía, pero
después se arrepintió. Sólo pararían una noche y si bajaba,
seguro que necesitaría varios días para estar con él.
A excepción de los momentos de la tormenta, don José
estuvo leyendo todo el tiempo. Era curioso cómo
aprovechaba los viajes en barco para leer. Ya había leído
varios libros y empezaba a aficionarse a la lectura.
Aprovecharía y compraría libros en España porque en
Chile no había mucha variedad.
También aprovechaba para preguntar por las últimas
novedades de los barcos y descubría así que
evolucionaban rápidamente. Los transatlánticos eran los
barcos más grandes que surcaban los mares y era donde
las compañías más dinero invertían. En Curanipe apenas
podía verlos porque la rada era pequeña y los barcos
fondeaban a varias millas de distancia. ¿Sería negocio
comprar un barco? No lo descartaba.

208

El tiempo pasó de ser frío y lluvioso a primaveral. Era uno
de los cambios más impresionantes que se percibía en esos
viajes.
Cada vez que hacía un viaje en barco pensaba
indefectiblemente en su primer viaje, que para él fue
inolvidable y necesitaba recordarlo de vez en cuando.
Recordaba que era casi un niño, lleno de esperanzas, sin
miedo a nada. En cambio ahora había pasado esa época y
empezaba a tener un carácter taciturno. Él mismo se lo
notó en ese viaje. A pesar de estar tantos días, muy pocas
veces cruzó alguna palabra con los pasajeros. Siempre iba
a comer solo y se encerraba en el camarote gran parte del
día. Sólo salía de vez en cuando a respirar la brisa del mar
que, también advirtió, cada vez le gustaba menos. ¿Dónde
estaba el Pepet de la primera vez que llegó a América?
Ahora era un hombre, había cambiado completamente,
solo pensaba en los negocios y no tenía tiempo ni para
conocer mujeres. Durante el viaje cumplió los treinta años
en la soledad del mar. Realmente nunca celebró su
aniversario y pensaba que no lo haría nunca.
Fue entonces cuando empezó a pensar en sus padres otra
vez. No tardaría en volver a verlos. Pocas eran las cartas
que se cruzaban, cada vez menos. Ellos necesitaban que
alguien se las escribiera y, la verdad, tampoco era
necesario a no ser que hubiera alguna noticia importante.
Para eso tenía a su primo con el que sí mantenía
correspondencia y lo ponía al corriente de las novedades.
En la última carta, su primo le decía que su padre estuvo
enfermo durante algún tiempo e incluso temieron por su
vida pero al final siguió adelante. Desde entonces ya no se
cogió el trabajo con el mismo entusiasmo, no tenía las
mismas fuerzas. En cambio su madre continuaba igual y
era la sombra de su padre que no lo dejaba en ningún
momento e incluso tomó las riendas de la dirección de la
209

finca con los obreros, pero claro, no era lo mismo.
También le hablaba de su propia madre, que tampoco se
encontraba muy bien. Los padres se iban haciendo
mayores. La carta le llegó unos días antes de partir y en
cierta forma se alegró de hacer el viaje porque así podría
ver cómo estaban todos y si fuera el caso, tomar las
decisiones pertinentes, como la última vez, hacía ya más
de siete años. Demasiado tiempo para estar sin ver a sus
padres. Se lamentaba por ello pero no podía hacer nada.
Este viaje lo hacía debido a una guerra. Curioso.
Cuando pensaba que todavía faltaban muchos días,
arribaron a Cádiz. Se acordó de su tío. ¿Cómo estaría el tío
Sebastián? Qué difícil era mantener el contacto con la
familia cuando las distancias eran tan grandes y se
lamentó por ello.
En unos días llegaron al puerto de Valencia y por algún
motivo, se sintió como en casa.
Pronto sería San Jorge. Cuántos años sin ver las fiestas de
Alcoy. ¿Cómo serían ahora? ¿Habrían cambiado mucho?
Seguro que sí. Se sintió impulsado a ir a verlas y con ese
pensamiento llegó a Morera. Ahora sí que se sentía
verdaderamente en casa. Qué silencio, que tranquilidad,
qué sosiego. Le recordaba su niñez. Detuvo la carreta y se
bajó delante de la casa. Estaba muy cansado y solo tenía
ganas de acostarse pero antes tenía que ver cómo estaba
todo.
Abril era un época de descanso en la tierra. Sólo algunos
frutales necesitaban atención. Entró en la casa y llamó
pero nadie le contestó, estarían todos fuera, como siempre.
Pero a su madre le gustaba estar siempre dentro de la casa.
Entonces recordó la carta de su primo y pensó que su
madre estaría con los jornaleros.
210

Dejó las maletas y salió. La primera impresión le llamó la
atención. Cómo había cambiado todo. Se notaba la mano
de su padre. Daba gusto ver los olivos, la tierra labrada y
todo perfectamente cuidado.
Fue entonces cuando se dio cuenta de lo grande que era
aquella finca. No se oía ni se veía a nadie. ¿Dónde
estarían? No tenía ganas de caminar mucho y volvió a la
casa, se sentó en un sillón y se quedó dormido.
Cuando se despertó era media noche y seguía sin haber
nadie. ¿Habría pasado algo? Por las horas que eran estaba
claro que no había nadie en la finca. Tampoco había
avisado de su llegada y no lo esperaban. ¿Estarían en
Onteniente o en Alcoy?
Qué vacía era una casa sin nadie que la habitara. Allá en
Chile al menos tenía su trabajo. Unas veces se quedaba en
las oficinas, otras marchaba a Valparaíso o a Antofagasta.
Siempre tenía algo que hacer y nunca lo invadió la
soledad. En cambio ahora allí, en su propia casa se sentía
como un extraño. Qué curioso. Cada vez notaba más la
necesidad de tener una mujer en su vida pero el tiempo
pasaba y no había tenido una oportunidad. La primera
mujer que había conocido, pero entonces era demasiado
joven, era María. ¿Dónde estarían María y Ricardo? Su
hermano si que había sabido ser feliz a pesar de su
deficiencia. ¿Cómo podía ser que lo envidiara ahora
mismo?
Como no tenía nada que hacer y tenía hambre, se preparó
algo en la cocina y se acostó en una de las camas. Mañana
sería otro día.
Lo despertó una conversación estando el sol bien alto.
- Ya se ha acabado todo – oyó que decía alguien. Era la
voz de su madre. ¿Qué había pasado? ¿Era su padre?
- ¿Madre? – llamó desde la habitación.
211

- ¿Pepet? ¿Eres tú? ¿Dónde estás?
Salió corriendo y cuando los vio a los dos se calmó.
- Padre, madre ¿qué ha pasado?
- La tía Rosa. La pobre estaba muy mal. Quería morir en
casa y la semana pasada vino Carlos. Ha sido todo muy
rápido. ¿Y tú, hijo? ¿Cómo estás?
En la carta comentaba que su madre no estaba bien pero
no que se estuviera muriendo.
Cada vez que veía a sus padres veía en ellos el paso de los
años y seguramente les pasaría lo mismo a ellos con él.
Les explicó en cuatro palabras el motivo de su viaje y se
lamentaron que no pudiera quedarse más tiempo.
- Esta vez me voy a quedar una semana para disfrutar de
mi propia finca y para que me lo contéis todo. Creo que
me ha entrado algo de nostalgia. ¿Serán los años madre?
Lola sonrió a su hijo y aprovechó para darle un beso.
Su padre caminaba a pasos cortos y se le notaba el
cansancio. Habían hecho el trayecto solos desde Alcoy y
les preguntó por las fiestas.
- A la semana que viene empiezan hijo. ¿Te acuerdas?
También hace muchos años que no las vemos. Este año
serán especialmente tristes por la muerte de la tía Rosa.
- Creo que ella se alegrará si ve que estamos contentos.
Este año quiero ir a las fiestas padre. ¿Tendrás fuerzas?
Necesito que vengáis conmigo, no quiero ir solo. Tu
hermana estará contenta de verte en las fiestas ¿verdad?
- Claro hijo, iremos los tres, como hacíamos cuando eras
pequeño.
- También quiero ver a Juano. ¿Cómo está, sabéis algo de
él?
- Nos dijeron que se marchó de la ciudad cuando murió su
madre. No sabemos nada más.
Su amigo Juano se había marchado del pueblo, se había
muerto su madre y no le había dicho nada. ¿A dónde le iba
212

a escribir ahora? Entonces recordó que cuando se fue a
vivir a Chile no le escribió para que supiera su nueva
dirección y se maldijo por ello. Seguramente Juano le
escribiría a la dirección de Mendoza.
Los padres notaron tristeza en los ojos de su hijo. Además,
su aspecto había cambiado mucho desde la última vez:
ahora llevaba barba y parecía mucho mayor de lo que era.
- Vamos, te enseñaremos la finca y verás todo lo que
hemos hecho.
Ciertamente el trabajo era importante pero era demasiado
para ellos, aunque les ayudaba un tal Tomás.
- Yo hablaré con él. Vosotros no podéis llevarlo todo. Se
ha hecho un gran trabajo pero creo que esto necesita
manos jóvenes y alguien de mucha confianza. No quiero
medieros, solo jornaleros. A cada uno lo suyo y cuando se
acabe la relación, adiós muy buenas. Yo no estoy aquí
para vigilar esto y el día que no estéis vosotros, no sé lo
que pasará. Por eso necesito tener una mano derecha
cuanto antes.
Tomás era un hombre de campo pero al mismo tiempo con
dotes de mando. Don José lo vio desenvolverse con los
jornaleros y vio que valía para ello. A media mañana lo
llamó aparte.
- Buenos días señor.
- Hola Tomás. ¿Qué tal va todo?
- Va muy bien señor. Los árboles están bien cuidados, su
padre nos ayuda.
- De eso quería hablarle. No quiero que mi padre haga más
trabajos en el campo. Está muy mayor.
- Tienes usted razón. Yo se lo digo pero no me hace caso.
Somos gente suficiente para llevarlo todo.
- Entonces quiero que usted lleve las tierras y no deje
trabajar a mi padre. ¿queda claro?
213

- Muy claro señor.
El día de San Jorge cerraron la finca y marcharon a Alcoy,
a la ciudad que, aunque no lo vio nacer, lo vio crecer en la
niñez. Era la ciudad de la que guardaba los mejores
recuerdos de su vida y sabía que le haría bien volver a
visitarla.
La ciudad estaba en fiestas pero, tal vez sus ojos habían
crecido y no le pareció lo mismo que cuando era pequeño.
Recordaba el ambiente festero de otra forma. Aunque le
gustaba oír la música, notaba como si faltara algo, más
alegría. Tal vez era su propia tristeza la que contagió a la
ciudad.
- ¿Pasa algo padre? ¿Antes eran así las fiestas?
- No, la verdad es que han ido decayendo en los últimos
años. También hace años que no las vemos, desde que
estamos en la finca, pero no es lo mismo que antes.
Vosotros erais pequeños y disfrutábamos todos más.
Ahora parecemos extranjeros en esta ciudad.
- Es verdad padre. Pero ya que estamos aquí, disfrutemos
de ellas ¿No os parece?
- Claro hijo, vamos a tomar unos vinos.

Había llegado el día y don José tenía que marchar. Desde
Valencia tomaría el primer tren que lo llevaría a la frontera
con Francia y a partir de ahí, toda una odisea.
- Siempre estás viajando hijo. ¿Cuándo volverás para
quedarte?
- Lo he pensado madre, me estoy haciendo mayor y
empiezo a cansarme de esta vida. Espero veros pronto y
dejadlo todo en manos de Tomás. Me parece un buen
hombre.
214

La primera vez fue a España con Juano y aquel se quedó.
La segunda vio Morera por primera vez y ahora, tal vez
vería a sus padres por última vez y eso lo llenó de tristeza.
No tenía que dejar pasar mucho tiempo antes de volver
porque su padre llevaba la muerte escrita en su rostro.
Después de varios días de viaje en tren llegó a la pequeña
ciudad de nombre casi impronunciable para él. Había
puesto un cable anunciando su llegada para que lo
esperaran en la estación de Karlsruhe y desde allí irían
hasta Ludwigshafen.
Efectivamente, cuando llegó a la estación de destino, vio a
alguien que llevaba su nombre escrito en un cartel. Qué
curiosa forma de anunciarse. Se acercó al hombre y se
presentó. El hombre hizo lo mismo y lo hizo en un español
deplorable pero inteligible, lo cual agradeció don José.
- Bienvenido señor Pastor. Ich bin Hans Mayer.
- Encantado señor Ich bin.
Herr Mayer se rió por la contestación de don José y le
explicó que ich bin significaba yo soy, y se lo hizo saber
con gestos porque no se acordaba de cómo se decía en
español. Iba a ser una estancia un tanto ajetreada, pensó
don José.
Herr Mayer tuvo la amabilidad de alojarlo en un hotel
cerca de su casa y sería su invitado para comer y cenar
siempre que quisiera. Don José declinó la invitación
porque pensó que era abusar en exceso de su amabilidad
aunque tal vez podría aceptar la invitación algún día, más
adelante, cuando estuviera más descansado. El viaje había
sido muy largo y pesado.
Herr Mayer tenía una fábrica de calderería, grandes
calderas, grandes instalaciones, maquinaria pesada. La
fábrica estaba formada por varias naves de grandes
215

dimensiones dentro de las cuales se veía la fabricación de
enormes instalaciones. Una de ellas era la suya, le explicó.
Habían pasado casi cuatro meses desde que la pidieron y,
aunque les dieron un plazo de seis meses, tal vez podrían
adelantarla algunas semanas.
También habían previsto el transporte que se haría en
ferrocarril hasta Hamburgo y desde allí en barco hasta
Antofagasta. Cinco operarios viajarían con él porque la
instalación era delicada. Aunque en la fábrica la montaban
toda, debido a sus dimensiones, había que desmontarla
para poder transportarla y después sus operarios se
encargarían de volver a montarla.
Tras dos semanas en las que vio cada día el avance de los
trabajos y puso al corriente de ello a mister Elphick en
Antofagasta mediante cable, decidió aceptar la invitación
de Herr Mayer para cenar la noche del sábado.
La ciudad no era muy grande y las distancias eran
asequibles. De hecho iba a pie a todas partes. Se vistió
convenientemente para la ocasión, se arregló la barba y
llamó a la puerta de Herr Mayer. Una joven dama le abrió
la puerta.
- ¿Usted el señor Pastor es? - dijo en un español algo más
inteligible que el de su padre.
- Sí yo soy.
- Yo soy Valentina, Herr Mayer hija.
- Encantado señorita.
La joven Valentina era muy joven. Cuando la miró bien, le
pareció que no tendría ni veinte años, demasiado joven
para él.
Dentro lo esperaban Herr y Frau Mayer. La mujer no
hablaba nada de español y Valentina iba traduciéndole
todo lo que decían.
216

Herr Mayer las había puesto al corriente de todos los
trabajos que hacía su empresa para la Compañía y ellas
sabían que cualquier día se presentaría el señor Pastor para
cenar.
- Estamos acostumbrados a recibir empresarios extranjeros
– dijo Herr Mayer – Trabajamos para muchos países.
- Entiendo.
- Siempre hacemos construcciones especiales.
La voz cantante durante la cena la llevaba Herr Mayer y
Valentina le iba traduciendo a su madre que de vez en
cuando miraba y sonreía a su invitado.
Cuando terminaron la cena, la mujer quiso saber qué le
había parecido.
- Dígale a su esposa que la cena ha sido excelente. Es una
buena cocinera.
- Esta noche ha mi hija cocinó – respondió.
Don José miró a la niña que le estaba mirando para ver su
reacción.
- En ese caso le tengo que dar la enhorabuena. Es usted
muy buena cocinera.
- Danke, gracias señor.
Cuando volvió al hotel, a don Jose le embargaba una
mezcla de sentimientos. Por una parte, había sido una cena
muy difícil con personas que no conocía, que les costaba
entender el español pero que se les notaba que querían ser
amables con él. El representaba a la Compañía y por tanto
era su cliente, alguien que les daba trabajo. Por otra parte,
se había sentido muy a gusto con aquella joven que
empezaba a ser una mujer y que con tan buenos ojos lo
miraba.
Al día siguiente, Herr Mayer le explicó como pudo lo
contentas que se habían quedado su mujer y su hija con su
visita.
217

- Gracias Herr Mayer. Fue muy fácil porque la compañía
fue muy agradable.
- Tenemos la experiencia repetir. Otra noche.
Don José dejó pasar unos días y el sábado siguiente volvió
a aceptar la invitación. Esta vez Valentina le estrechó la
mano en cuanto lo vio y le dijo que había estado
estudiando español y que le gustaría que le enseñara
algunas expresiones que no entendía.
- Será un placer señorita, siempre que sus padres den su
aprobación.
- Ellos ya la han dado. Ahora todo depende de usted.
- Bien, en ese caso, acepto.
- Si no es mucha molestia, podría venir por las tardes,
después del trabajo.
Herr Mayer estaba sentado en un sillón y atendía a la
conversación asintiendo a don José a todo lo que decía su
hija.
- Será un placer enseñarle español si eso es lo que quiere.
Después del trabajo no tengo donde ir.
- Pues ahora “tene”.
- Tiene, se dice tiene.
- Perdón: Ahora tiene.
- Eso es.
Así, el lunes siguiente se presentó don José en la casa de
los Mayer dispuesto a pasar la tarde con aquella mujer con
la que empezaba a congeniar. No era una mujer
especialmente bella pero tampoco tenía ningún defecto.
De cuerpo bien proporcionado, su aspecto era típicamente
alemán, altiva pero al mismo tiempo queriendo ser
cercana.
- ¿Dónde ha aprendido usted español?
- En la escuela aprendemos inglés pero como otra lengua
mmm... tenía el español. Es una lengua bonita para yo.
218

- Bien ¿cómo le voy a enseñar?
- Primero tomemos unas pastas que ha hecho mi.
Aunque destrozaba el idioma, era perfectamente
entendible y no era cuestión de ir corrigiéndola en todo, la
pobre.
Mientras, la madre estaba sentada en uno de los sofás sin
entender absolutamente nada y Herr Mayer leía el
periódico ajeno a la conversación de los chicos.
Así fueron pasando las tardes que cada vez eran más
largas y sin querer, entablaron una cierta amistad. Los
últimos días las risas eran continuas. Don José se reía
abiertamente del acento de Valentina y ésta, para hacerlo
rabiar, le contestaba a veces en alemán para que no
pudiera entenderla.
Una tarde, ella le propuso enseñarle la ciudad con la
aprobación de los padres. Su madre los acompañaría. Don
José estaba encantado con la propuesta. No conocía la
ciudad apenas y no le apetecía conocerla yendo solo, pero
así, la situación era más agradable.
Quizá lo más llamativo de la ciudad era el río, el Rin o
Rhein, como decían ellos. Nunca había visto un río tan
grande. Por otra parte, la construcción en Alemania era
bien distinta de la que conocía hasta entonces. Eso era
debido al clima, le explicó Valentina. En Alemania hace
siempre mucho frío, la nieve hace su aparición en
diciembre y no se va hasta pasado el mes de abril. De
hecho, hacía poco que había nevado.
Aunque la ciudad era pequeña, la visita había valido la
pena y más con la compañía de las mujeres.
Y cuando más a gusto estaba en la ciudad llegó la hora de
la marcha. La maquinaria estaba terminada, el resto de
materiales también. Estaban preparándolo todo para el
219

transporte. Sabían cuándo saldría el barco y no había
tiempo que perder.
Don José se sentía un tanto desconcertado. Había estado
tan a gusto últimamente que hubiera dado lo que fuera
para quedarse con aquella familia. ¿Ya no los vería más?
Vivían a miles de kilómetros de distancia con un gran
océano de por medio.
Esa tarde los Mayer dejaron que los chicos salieran solos
un momento para despedirse. Sabían que habían hecho
gran amistad y no podían separarlos sin contemplaciones.
- Lamento que te vayas. He estado bien contigo. He
aprendido mucho español. Es muy fácil con tí. ¿Volverás
alguna vez?
- No lo sé. No va a ser fácil. Pero te escribiré.
- Yo también lo haré. Acuérdate de mi.
- Eso, ten por seguro que lo haré. Eres una mujer
estupenda – se atrevió a decir don José lo cual ruborizó a
Valentina.
Cuando fueron a despedirse y ella iba a entrar en casa, don
José hizo su último atrevimiento.
- Valentina.
- Dime – contestó esperanzada.
- ¿Te casarías conmigo?
Los dos quedaron mirándose directamente a los ojos. Mil
pensamientos se cruzaron entre ellos. Los dos deseaban
decirlo pero no se atrevían a hacerlo. Sus corazones se
aceleraron en un segundo y sus bocas quedaron mudas
pero sus ojos lo decían todo.
- Sí – dijo ella y entró en la casa.

-----1890
220

Don José Pastor miraba el horizonte en la rada de
Curanipe y recordaba los días en los que llegaba subido en
carreta tirada por bueyes por los caminos infernales,
primero desde Mendoza, después desde Valparaíso, para
ver la mercancía que llegaba desde Inglaterra y la que salía
hacía Mendoza primero y hacia Valparaíso y Antofagasta
después.
Lejos quedaban esos días que terminaron con la llegada
del ferrocarril que unía Santiago con el resto de
poblaciones de Chillán, Linares, Parral y después
Concepción.
Y recordó a sus padres a los que tanto quiso, a los que
tanto hizo sufrir y los que supieron comprender sus
decisiones desde el principio. Sus cartas le hacían mucha
compañía: las leía y las releía cuando la soledad le
abrumaba, le hacían llorar y dudar y siempre eran tan
emocionantes que las echó de menos cuando acabaron.
Más de veinte años llevaba fuera de España, su patria que
apenas conocía. Contados eran los viajes que había hecho
y ahora serían menos después de la muerte de sus padres y
el nacimiento de sus hijas.
De ninguno se pudo despedir pero a los dos les lloró.
Recordaba el día que recibió el cable de Tomás: “Su padre
murió anoche, espero instrucciones. Madre apenada
manda recuerdos”. Inmediatamente mandó cable dando
órdenes precisas: “Entierra padre en Morera pero no me
digas el lugar, no debe estar señalizado. No poner cruz.
Nada”
La respuesta fue: “No entiendo nada”.
No comprendía que él quería enterrarlo en la finca, pero
no quería saber el lugar concreto, de esa forma, cada vez
que fuera a Morera, pensaría que podría estar al lado de su
padre. Todavía le costó varios cables hacérselo entender
hasta que lo comprendió. Después empezó a asimilar la
221

noticia. Pobre padre, cuánto lo había querido. Al fin y al
cabo se sentía bien porque había hecho por él todo lo que
había podido.
Cuando tuvo que enterrar a su madre le dijo a Tomás: lo
mismo que a mi padre, pero que no estén juntos. Su
contestación fue: ¿Por qué no quiere que estén juntos?
Su madre no pudo estar más de dos años sin su marido y
seguramente murió de pena. Cuando recibió la noticia, se
arrepintió por no haber ido a ver a su madre cuando murió
su padre, pero siempre había algo que se lo impedía: los
negocios, la familia, los amigos, los viajes.
Su madre. La persona que más había querido en este
mundo. Era un cariño especial, nada comparable a otros
cariños. Cuando estaba con ella se sentía bien, tranquilo,
feliz. Recordaba cuando era pequeño, cómo lo reñía
cuando se acercaba a la casa del señor Gisbert. Don José
sonrió con esos pensamientos y cómo no, la emoción lo
embargó sin querer evitarlo.
Tomás. Gracias a él tenía la finca en plena producción y
rentando lo suficiente para que no supusiera un gasto, lo
cual no era nada fácil.
Pocas personas había tenido de confianza a lo largo de su
vida y las podía contar con los dedos de la mano. A parte
de Tomás, sus padres que ya no estaban, Manuela, que
también había muerto, su amigo Juano que tampoco estaba
y ahora Valentina.
¿Qué pasaría con la lola Rosa? Era muy pequeña. ¿Sería la
ñaña de sus hijas? De momento le daría alojamiento y
comida, no podía echarla a la calle, ella representaba gran
parte de su pasado del cual ya no quedaba nadie, sólo tenía
su presente, sus hijas y su mujer. Gracias a Dios que las
tenía a ellas.

222

Valentina, que acababa de acostar a las niñas, salió para
estar al lado de su marido. Debía estar agotada, en cambio
se la veía sonriente y feliz.
- ¿Qué haces don José? – le preguntó la alemana en tono
burlón porque era así como era conocido por todos.
- Don José está con sus recuerdos – le respondió sin dejar
de mirar el horizonte.
- ¿Y donde a ese hombre llevan, puedo saber? – le
preguntó sentándose a su lado.
A veces, cuando Valentina estaba cansada o muy alterada,
hacía las construcciones de las frases como en su alemán,
lo cual sacaba de quicio a don José.
- ¿A tu España querida? – siguió preguntando.
- ¿Tú no echas de menos Alemania?
Valentina perdió también su mirada.
- Echo de menos a mis padres, eso tú sabes. Pero el clima
en Chile es muy bueno, me gusta mucho. Y ahora con mis
hijas estoy muy bien. Mis padres pronto vendrán, entonces
no echaré de menos nada. Todo aquí tendré.
Don José sonrió. Qué afortunada era ella.
No, él no se sentía desafortunado, todo lo contrario. Pero
los recuerdos empezaban a ser muchos y estar con ellos de
vez en cuando, le sentaba bien.

223

224

TERCERA PARTE

225

Capítulo 17

1890 1892 – La casa Sazie

La Guerra del Pacífico concluyó oficialmente el 20 de
octubre de 1883 con la firma del Tratado de Ancón,
mediante el cual el Departamento de Tarapacá pasó a
manos chilenas permanentemente y las provincias de
Arica y Tacna quedaron bajo administración chilena por
un lapso de 10 años, al cabo del cual un plebiscito
decidiría si quedaban bajo soberanía de Chile, o si volvían
al Perú.
Posteriormente se firmó el Pacto de tregua entre Bolivia y
Chile de 1884, el cual establecía que el territorio
comprendido entre el río Loa y el paralelo 23 quedaría
bajo la administración de Chile, mientras que a Bolivia se
le permitiría el acceso a los puertos de Arica y
Antofagasta. Sin embargo, ambos tratados dejaron asuntos
pendientes que serían aclarados en tratados posteriores,
El coste del conflicto en vidas humanas fue de más de
veinte mil personas entre civiles y militares, a lo largo de
toda la guerra.
Chile fue la vencedora del conflicto armado en el que se
quedó parte de los territorios de Perú y Bolivia en litigio,
aumentando así sus fronteras y relegando a Bolivia sin
salida al mar.
226

Por otra parte, aunque las compañías salitreras vieron con
buenos ojos esta victoria, pronto se dieron cuenta que la
fuerza renovada del país chileno hacía que tuviera mucha
más fuerza que antes y se viera con más autoridad para
exigir tributos a los que antes no tenía derecho.
Las compañías sabían que esto podía suceder y tuvieron
que aceptar resignadas este hecho, pero así al menos
sabían con quién se las tendrían que ver a partir de
entonces y podrían decidir su continuidad o no en las
explotaciones.
Por su parte, la Compañía de Salitres y Ferrocarril
Antofagasta, continuó sus trabajos tras la llegada del
nuevo ingenio encargado a los alemanes y llevado por el
señor Pastor hasta las oficinas salitreras.
Don José trabajaba en las oficinas de Valparaíso desde
donde controlaba todo el movimiento de mercancías y a
donde le llegaban las necesidades de las pulperías.
Hacía casi diez años que conocía a Alejandro Bertrand
cuando se presentó un día en las oficinas diciendo que
estaba escribiendo una obra sobre el desierto de Atacama
y nadie mejor que alguien de la Compañía que le mostrase
las instalaciones allí ubicadas.
Era también viajero incansable y se veía obligado a viajar
a Europa, a Londres concretamente, donde tuvo que
defender los límites de Chile con Argentina.
Últimamente estaba haciendo el mapa catastral de
Valparaíso, el de Santiago lo había acabado recientemente.
En definitiva era un geógrafo de renombre y don José se
vanagloriaba de ser uno de sus mejores amigos. Y como
tal fue Alejandro a visitar a su amigo para felicitarlo por el
nuevo nacimiento.
Los dos tenían una edad similar y eso les facilitó la
relación, eso y su forma de pensar tan parecida. A los dos
227

les gustaba el trabajo, eran personas serias y además
amantes de sus familias. Don José, a sus cuarenta años,
tenía ahora tres hijas: Amelia de cinco años, Marta de
cuatro y ahora Clara recién nacida. Alejandro tenía dos
hijos: Ernesto de diez años y Julio de dos.
- Mis hijos se casarán con tus hijas, ya lo verás – le dijo
Alejandro a su amigo cuando lo visitó en la oficina de
Valparaíso.
- Bueno, todo es posible, ellos son mayores que mis hijas.
- Aunque los chicos no conocen a las niñas. Tendrías que
venir a vivir a Santiago.
La familia Pastor vivía en Valparaíso donde se estableció
tras su boda. Era el sitio más lógico, aunque debido al tipo
de trabajo que hacía don José, pocas veces estaba en casa a
lo largo de la semana, incluso del mes. Se pasaba a veces
semanas por esos mundos, por esos puertos. Eso Alejandro
lo sabía y se lo hizo notar.
- Ahora que sois uno más en la familia, deberías
planteártelo. Nuestras mujeres podrían pasar más tiempo
juntas y nuestros hijos también.
- Pues no es mala idea. De hecho, hace días que venimos
pensando en la posibilidad de cambiarnos de casa. En la
que estamos apenas cabemos ahora.
- Pues entonces no se hable más. Habla con tu amigo
Gustavo Jullian y seguro que él te hará una buena casa.
¿No es ingeniero civil? Además, tiene dos hijos y también
vive en Santiago. Lo dicho José, habla con Gustavo y se lo
planteas.
- ¿En qué calle vives tú?
- En la calle Sazie.
- ¿Sazie? Qué nombre más raro.
- Por lo visto fue un eminente médico: Lorenzo Sazie, era
francés pero se nacionalizó chileno.
- Interesante.
228

- Además, cerca hay una comunidad de españoles, aunque
tú eres más chileno que español.
- Cierto. Este verano lo estuve pensando en Curanipe.
Llevo muchos más años aquí que allá. ¿Y qué tal es la
zona?
- Mira, hacemos una cosa, preparamos una comida con
nuestras familias y si quieres invitamos a Gustavo. De esa
forma veis el lugar, que se conozcan nuestras familias y
pasamos un agradable domingo.
La propuesta estaba encima de la mesa. A Valentina
seguro que le iba a encantar la idea y más si había otros
niños, era una enamorada de los niños.
Dos semanas después, los Pastor salieron de Valparaíso a
las siete de la mañana y llegaron sobre las once al lugar
convenido. Una hora más tarde llegaron Gustavo con
Noemí su mujer y solo dos de sus hijos: Gustavo de cinco
años y Ernesto que también era recién nacido.
Era la primera vez que los Pastor hacían lo que se llama
vida de sociedad. Aunque se trataba de dos buenos
amigos, era una auténtica reunión familiar en la que se
conocieron las mujeres y se juntaron siete niños de
diversas edades, desde los diez años hasta los pocos
meses.
Al principio los pequeños eran reticentes a soltar a sus
madres pero cuando vieron al pequeño Gustavo y a
Amelia jugar, se les unieron el resto. Curiosamente había
dos Ernesto: Bertrand y Jullian, uno era el mayor de todos
y el otro el más pequeño.
La casa de Alejandro era amplia, soleada y acogedora. En
el salón comieron todos juntos en una gran mesa y todavía
les sobró espacio. Don José soñaba con una casa así. No es
que no se la pudiera comprar, el problema es que no tenía
tiempo de buscar algo que le gustara lo suficiente. Además
229

ahora contaba también la opinión de su mujer y eso
ralentizaba la toma de decisiones.
Después de comer, se hicieron dos grupos: las mujeres con
los pequeños por un lado y los hombres por el otro.
- Vamos fuera y te enseñaré la zona donde estamos – dijo
Alejandro.
Gustavo vivía algo alejado de allí pero reconoció que la
calle Sazie estaba en una zona inmejorable.
El sol otoñal golpeaba las espaldas de los amigos
alargando sus sombras como si les indicara el camino a
seguir.
La calle era amplia pero al llegar al cruce con la avenida
España, el espacio era inmenso.
- Mira esta esquina – apuntó Gustavo – Aquí se podría
hacer una casa de buenas dimensiones y la situación creo
que es envidiable. Tendrá luz del sol todo el día. Con unos
buenos ventanales, a las habitaciones del sur les entrarán
esos rayos rojizos de las tardes de Santiago ¿verdad
Alejando? Son preciosas.
Alejandro miró la esquina que le indicaba Gustavo y
afirmó que tenía razón. El punto le gustó incluso más que
el suyo y se lo hizo saber a su amigo que veía cómo ellos
se ponían de acuerdo en el lugar donde había que construir
la nueva casa.
- Entonces ¿ya lo tenéis claro? – preguntó don José –
Ahora tendré que opinar yo.
- Tú puedes decir lo que quieras – dijo Alejandro – pero si
no te haces la casa aquí es que no estás en tu sano juicio.
¿Tengo razón o no, Gustavo?
- Sí, de todas formas, deja que opine José.
Gustavo era un hombre de cuerpo fornido y barba poblada.
Su vozarrón era grave y cuando quería imponer su razón,
solo tenía que alzar un poco la voz para que su presencia
acallara cualquier oposición.
230

Definitivamente tenían razón los dos y lo único que pudo
decir fue que lo vieran las mujeres.
Las mujeres iban caminando detrás a varios metros de
distancia de sus maridos, con los niños en brazos y
alrededor de sus faldas.
- A mí la situación gusta – dijo Valentina con la pequeña
en brazos cuando fue preguntada por los hombres.
Julia, la mujer de Alejandro Bertrand estaba encantada con
la idea. Si los Pastor se mudaban, tendría una buena amiga
e irían en busca de Noemí alguna tarde para hablar de sus
cosas. Sí, se aprobaba la propuesta, independientemente de
la opinión de don José que, al ver la unanimidad, aceptó la
propuesta.
Aunque Gustavo Jullian tenía mucho trabajo en ese
momento, le agradó la idea de poder diseñar la casa. Casi
podía verla, le dijo a su amigo.
- A ver, descríbemela.
- Debe ser una casa señorial en la que, con solo verla, la
gente diga: ahí vive alguien importante. Tendrá dos
alturas. La entrada principal por la calle Sazie pero
también tendrá un acceso secundario por la avenida
España.
- Sí, de momento me gusta.
- El estilo puede ser neoclásico, con formas rectas pero
elegantes. Y como supongo que querrás tener más hijos, la
casa debe estar preparada para una gran prole, con más de
veinte habitaciones.
- No seas exagerado Gustavo. Después de tener a nuestra
tercera hija, no tenemos ganas de tener más hijos. Está
visto que solo valgo para tener mujeres.
- Con más razón – dijo Alejandro – Las mujeres tienen
hijos y todos querrán vivir aquí: tus hijas, sus maridos y
tus nietos.
231

- No corras, no corras que todavía no está hecha la casa y
ya me quieres hacer abuelo.
Era hora de volver y a los Pastor todavía les quedaba un
largo trecho. Llegaron a casa muy tarde y las niñas hacía
rato que se habían dormido.
- Han disfrutado, todas, la Ñaña también ¿verdad
Valentina?
- Pero Valentina no veía ni las paredes y se fue a acostar
directamente. Don José tuvo que entrar a las niñas en
brazos una a una, también a la Ñaña, la pobre,
Lo que había empezado siendo una broma de Alejandro,
seis meses después estaba plasmado en los planos de
Gustavo Jullian Chessy, cuando don José ni se acordaba
de aquel domingo.
Gustavo se presentó un día en la oficina de su amigo José,
aprovechando uno de sus viajes.
- Solo quiero que veas el boceto y me digas si sigo
adelante.
Gustavo desplegó el plano y apareció el dibujo de una casa
soberbia, digna de un conde, de un embajador o de alguien
que quiere ser ambas cosas, le dijo Gustavo.
- ¿No será excesivo? ¿Cada ventana es una habitación?
Cuento más de veinte.
- Tal como acordamos – le contestó sonriendo – Estuve
midiendo el solar y la casa cabe perfectamente.
- Está bien – aceptó don José – Se la enseñamos a
Valentina y si le parece bien, empezamos cuando puedas.
¿Qué iba a decir Valentina? Estaba encantada con el
boceto. Vivir en aquella casa les haría sentirse como de la
alta sociedad.
- En realidad lo sois – dijo Gustavo – lo que pasa es que tu
marido se pasa el día trabajando y no tiene tiempo de
232

disfrutar nada. Debéis daros a conocer, que el mundo sepa
quién es la familia Pastor Mayer.
- Es verdad, no le gusta y no creas, a mí tampoco mucho.
Pero eso sí, la casa es preciosa.
Don José cogió una pluma y en una esquina escribió lo
siguiente:
En Valparaíso, a 20 de octubre de 1890. Se acepta este
boceto como primer paso para la construcción de esta
casa. Después firmó y se lo dio a Gustavo.
- Ya puedes empezar. Los detalles los hablaremos más
adelante y lo que necesites me lo pides ahora mismo.

Don José andaba en ese momento preparando una especie
de folleto sobre las instalaciones de la oficina José Santos
Ossa de Antofagasta. Se lo encargó mister Hicks, que
pensó que sería una buena idea darle publicidad de aquella
manera, para que todo el mundo viera que era una gran
Compañía que cuidaba de sus trabajadores.
Aquella mañana estaba en el despacho esperando al
fotógrafo para que le enseñara las fotografías que habían
tomado hacía unos meses. Cada fotografía había que
prepararla, situar a los trabajadores, que pusieran caras
sonrientes, aunque no siempre lo conseguían y a veces
apartar a parte del personal para que no pareciera que
explotaban a los trabajadores, aunque en realidad era así.
Era pura propaganda lo que pretendía mister Hicks, pero
don José aceptó el encargo encantado.
El fotógrafo llegó con su trabajo y expuso a don José el
resultado. Había que seleccionar las mejores y decidir el
formato del libreto publicitario. Debía ser un recorrido por
todas las instalaciones, desde el acopio y barrenado hasta
el ensacado del caliche, pasando por todas las
instalaciones.
233

La verdad es que en la Compañía, a don José igual lo
tomaban para un roto que para un descosido. Tenía
inteligencia, la Compañía lo sabía e intentaban sacar lo
mejor de él.
- ¿Qué le parecen don José? – le preguntó el fotógrafo.
- Veamos. Esta que están los dos herramenteros subidos en
el caballo me gusta.
- ¿Se acuerda lo que nos costó tomarla?
- No me lo recuerde que me pongo malo.
- ¿Y esta del barretero?
- Parece una estatua pero no está mal. Qué serio se puso el
hombre. Al final no pudimos apartar al perro. A ver qué
más tiene por ahí.
Entre unas y otras, eligieron unas treinta fotos. Era todo un
reportaje de las instalaciones, desde el barrenado, pasando
por las chancadoras, los cachuchos, las calderas, los
chulladores, las bateas y por fin el ensacado. También
eligió una del corral, otra de la fragua y otra del ensacado
del salitre.
- ¿No le gusta esta de la pulpería?.
- Pues no, no me gusta mucho. Es igual, ya tenemos
bastantes.
Varios meses llevaban con ese trabajo y parecía que ya
llegaba a su fin. Solo faltaba elegir un libreto donde
pegarían las fotos y lo repartirían entre los clientes más
importantes y las ciudades y ayuntamientos, para que los
políticos puedan presumir de minas salitreras. En realidad
era todo una propaganda política para intentar hacer ver
que en las minas se trabaja en buenas condiciones. ¿Quién
se creería eso, pensó don José?
Mientras seguía con su trabajo, las obras de la casa
avanzaban. A cada seis meses iba con toda la familia y
234

aprovechaban para pasar un día con los Bertrand y los
Jullian.
Dos años se tardó en construir la casa que quedó bautizada
como casa Sazie. Los Pastor hicieron la presentación
como Dios manda, invitando a todos sus vecinos, amigos
y demás gente de la alta sociedad chilena y española.
A partir de entonces, los Pastor formaron parte de aquella
sociedad que con su trabajo, levantaba un país que hacía
pocos años se había independizado de España y ahora
acogía a los españoles con los brazos abiertos.

235

Capítulo 18

1906 – Alcoy

Desde que nacieron sus hijos y siempre por alguno u
otro motivo, nunca tenían tiempo los Pastor para visitar
Morera. Estaba en trámites la adquisición de una nueva
sociedad y en cuanto estuviera todo zanjado empezaría su
actividad y entonces sí que no le quedaría tiempo para
nada.
Ahora sus hijas eran mayores y podían quedarse solas en
casa. Su hijo José todavía no había estado en España y
sería una bonita experiencia para él.
Hacía poco que Amelia se había casado con Carlos Silva,
director del diario el Mercurio de Santiago. Carlos era
catorce años mayor que su hija pero parecían nacidos el
uno para el otro. Valentina también era catorce años
menor que él y eso no fue inconveniente para que se
casaran.
Amelia siempre había sido muy seria, al contrario que sus
hermanas, lo cual la hacía especialmente difícil para
encontrarle pareja. Pero cuál fue su sorpresa cuando en
una fiesta de cumpleaños de uno de sus amigos, se
presentó el periodista y, tras intercambiar unas palabras
con ella, pidió permiso a don José para hacerle una
entrevista en casa otro día. Éste aceptó gustoso y así
236

comenzaron una relación que parecía más entre dos
compañeros de trabajo o incluso de partido político, por
los temas de conversación que trataban.
Marta y Clara eran diferentes a su hermana e iguales entre
sí. Aunque se llevaban cuatro años, eran muy amigas.
Desde que fueron a vivir a Sazie, la familia Bertrand era
visitante habitual de la casa y los niños de ambas familias
se criaron juntos. Julio era dos años mayor que Marta y
seis mayor que Clara. Para el chico, Clara era una niña y
seguía siéndolo, era una de sus mejores amigas. Pero con
Marta tenía una relación más estrecha y conforme fueron
creciendo todos, a Marta la vio como a su compañera en la
vida.
Por su parte, Marta empezaba a hablar de casarse pero
Julio parecía tener otros planes. Siempre viajando por
Europa con sus estudios de arquitectura y su cámara de
fotos. Julio decía que la cámara era su debilidad y en
verdad que lo era pues las fotografías que traía cuando
volvía de alguno de sus viajes, eran muy interesantes.
Parecían obras de arte pero en fotografía: modelos en
diversas situaciones, calles con puntos de vista extraños,
perspectivas exageradas, etc.
Cuando llegó don José a casa se encontró a su mujer y a
sus dos hijas sentadas en el jardín.
- ¿Dónde está José? – preguntó a las mujeres.
- Estudiando en su cuarto, como siempre.
No era don José persona que fomentara la vida en familia
y cuando llegaba a casa se limitaba a dar un beso a su
mujer en la frente y sentarse en el sillón a leer el Mercurio
del día. El sillón estaba situado de forma que él se sentaba
de espaldas al jardín, de esa forma la luz natural le entraba
por detrás y así podía leer mejor.
Al cabo de unos minutos apareció su hijo y se situó
delante de él.
237

- Buenas tardes señor – le saludó respetuosamente, tal
como le habían enseñado sus padres.
- Buenas tardes hijo. ¿Cómo te ha ido el día?
- Bien señor. Hemos aprendido la geografía del país. Es
largo como una vara señor.
- ¿Y la geografía de España la conoces?
- No, no hemos estudiado todo el mundo señor.
- ¿Te gustaría conocerla?
Valentina entró en el salón para escuchar la conversación
entre padre e hijo ¿Qué le estaba proponiendo su marido a
su hijo?
- No lo sé señor.
- ¿Tú sabes que yo nací en España?
- ¿En España? No lo sabía señor.
José se giró para mirar a sus hermanas que no le habían
contado nunca antes nada del pasado de su padre. Sabía
que su madre era alemana, era algo que no se podía
esconder. Nunca pudo dejar su acento marcadamente
alemán. ¿Pero su padre español? No, no lo sabía. El año
pasado tomó su primera comunión y todavía había muchas
cosas que no sabía de la familia.
- ¿Qué pasa padre? – preguntó Marta cuando entraron las
dos en el salón.
Don José dejó definitivamente el periódico al ver que
había captado la atención de toda su familia y les explicó
cuál era su idea. Las hermanas se quedarían en casa y el
resto de la familia se iría a España a pasar unos días. Entre
el viaje y la estancia, calculaba que podrían estar fuera
más de dos meses.
- Al mes que viene son las fiestas de mi pueblo – les dijo Hace muchos años que no las he visto y me gustaría
volver con parte de mi familia. La última vez estuve con
mis padres. Supongo que vosotras no tendréis especial
interés en acompañarnos.
238

Marta y Clara se miraron y asintieron juntas. Preferían
quedarse en la casa donde tenían a sus amigos.
- Espero que os portéis bien.
A Valentina no le gustaba especialmente la idea pero sabía
que si su marido lo había decidido, no había más que
decir.
- ¿Cuándo salimos José?
- A la semana que viene.
Uno o dos viajes hicieron con las niñas cuando eran más
pequeñas. No le quedaba mucho tiempo a lo largo del año
entre el trabajo, Curanipe, la Equitativa y ahora la moda
del estaño de Bolivia.
- Pero José se perderá las clases – protestó Valentina
sabiendo que la protesta era en vano.
- Las clases que le vamos a dar a nuestro hijo son mucho
más importantes que las del colegio. Además, estará
Pascua por el medio y tampoco serán tantos días.
- ¿En España se habla español también padre?
- Claro hijo. En realidad es al revés, aquí se habla español
porque...
Don José se atascó un momento pensando en cómo
explicarle a su hijo que los españoles habían conquistado
América e impusieron su lengua y sus costumbres.
- ¿Has estudiado historia en el colegio?
- Sí, claro. Historia de Chile.
- ¿No os cuentan que Chile fue conquistada por..?
- Por Don Pedro de Valdivia, padre – atajó el niño - Y
estuvimos en luchas con Perú y Argentina.
- Vaya cuántas cosas sabes – le dijo el padre.
- Estudio mucho señor.
- Así me gusta hijo, continúa así.
José volvió a su cuarto y el padre se quedó a solas con su
mujer la cual sentenció:
- Y el rey de España era alemán – dijo Valentina.
239

- No te equivoques ahora mujer. Carlos I era español, lo
que pasa que su tía Margarita se lo llevó a Alemania y allí
lo crió.
- Pues eso, alemán – zanjó la alemana y volvió al jardín
con sus hijas.
Valentina no tenía el genio fuerte pero le gustaba sacar de
quicio a su marido, aunque ella supiera que no tenía razón.
Solo era para que se diera cuenta que allí, además de él,
vivían más personas.
El barco salía el viernes siguiente desde Valparaíso. Tenía
ganas de volver a ver aquellas tierras e imaginar que
pisaba las tumbas de sus padres. Sí, hizo bien en darle esa
orden a Tomás.
A lo largo de todo el viaje, la Ñaña atendía a su hijo como
si fuera el suyo propio. Rosa era toda una mujer que se
había granjeado la amistad de toda la familia por su buen
hacer, su saber estar y su bien callar. No se la oía en todo
el día, en cambio, él sabía que no paraba de trabajar un
momento, cuando no en la cocina en las habitaciones,
atendiendo a sus hijas y sobre todo, detrás de su hijo al
que no dejaba ni a sol ni a sombra. Rosa se había
convertido en la Ñaña de su hijo José y como tal se la
reconocía en casa. José era el pequeño y el que más
atención necesitaba. Valentina, con la ayuda de la Ñaña,
tenía más tiempo libre para estar con sus hijas, aunque no
por ello dejaba de lado la educación de su hijo.
Lucía una mañana otoñal y, abrigados como iban, don
José y su hijo contemplaban el horizonte juntos desde el
barco.
- José ¿te gusta el mar?
- Sí padre, es una de las cosas que más me gusta.
240

- ¿Sabes que yo hasta que no tuve quince años no había
visto el mar?
José miró a su padre como si fuera un bicho raro y le
preguntó el por qué.
- Ya verás dónde vivía yo. Es un pueblo tierra adentro y
mis padres no tenían ni tiempo ni dinero para llevarme a
ver el mar. Tampoco les gustaba a ellos.
Don José aprovechó el viaje para contar a su hijo sus años
de infancia en España, lo cual parecía cosa de otro mundo
al chico acostumbrado a la vida de clase en Santiago y en
Curanipe donde eran considerados casi como reyes.
Don José echaba de menos también los viajes desde
Buenos Aires porque eran de menor duración y porque le
recordaban aquellos días en los que parecía que se comía
el mundo con sus ganas de aventuras.
Ahora, con más de cincuenta años, sabía que no tenía nada
que ver con aquel muchacho, pero también eran tiempos
difíciles. Si lo pensaba bien, él se había marchado de casa
para poder ganarse la vida. Sabía que lo había conseguido,
aunque a cambio de mucho sacrificio, de no poder
disfrutar de la finca que compró en cuanto tuvo unos
reales. Sí, recordaba aquellos años con nostalgia pero no
querría volver a vivirlos.
- Cuando llegué a Buenos Aires, fui a vivir a unas casas
que popularmente se llamaban conventillos, por la forma
que tenían: eran viviendas alrededor de un patio interior,
como si fueran las celdas de un convento que dan al
claustro.
- ¿Claustro? Nunca había oído esa palabra, señor.
- No, y muchas más que aprenderás en este viaje. Vas a
aprender mucho, hijo.
Los dos callaron y volvieron a mirar al horizonte. El padre
no quería contar a su hijo todos los sufrimientos que pasó,
241

¿para qué? Lo que quería demostrarle es que hay que ser
valiente en la vida, porque la vida es para los valientes.
José pensaba en su padre, en que nunca le había hablado
así y eso era porque él se estaba haciendo mayor. Su padre
era un hombre importante, que tenía mucho dinero. En el
colegio, los padres de los niños tenían todos mucho
dinero, por eso iba él a ese colegio.
A él le gustaría ser marinero, navegando por los mares del
mundo. Así podría ver otros países, pero para eso seguro
que tendría que estudiar mucha Geografía. Pero igual no
tendría que estudiar Matemáticas, porque era lo que menos
le gustaba.
Cuando llegaron a puerto fueron hasta Valencia donde se
quedaron una noche. Al día siguiente visitaron la ciudad y
paseando por la calle San Vicente, llegaron a la catedral y
la plaza de la Reina. Allí tomaron una carreta que les llevó
hasta el río, pasaron por las Torres de Serranos del siglo
XV, las Torres de Quart y vuelta al puerto. Don José
reconoció que nunca antes había visto Valencia y le fue
satisfactorio hacerlo. Se prometió visitar algunas ciudades
de España porque, habiendo nacido allí, se avergonzaba de
no conocer nada.
- Yo solo conocía Alcoy hijo, la ciudad a la que vamos
ahora. Salí con quince años y cada vez que volvía solo iba
allí, a mi pueblo.
Cuando llegaron a Morera encontró la casa desolada,
descuidada, solitaria. Desde la muerte de sus padres no
debió ser lo mismo. Ahora que se encontraba allí, deseaba
tener una casa a su altura, aunque físicamente no era muy
alto, pero él ya sabía a qué se refería.
- Esta casa es muy vieja, señor – dijo José al ver el viejo
caserón adivinando así los pensamientos de su padre,
aunque era fácil hacerlo con solo mirar su cara.
242

- Aquí nunca venimos – dijo Valentina – Por eso está así.
- Tenéis razón – dijo don José. Es hora de adecentar la
finca y darle vida. Ahora que José la conoce, seguramente
vendremos más veces. Además, tengo en la cabeza la idea
de recoger el aceite, envasarlo y llevarlo a Chile. El aceite
de aquí es muy bueno hijo, ya lo verás. Vamos a buscar a
Tomás, él se encargará de todo.
La cabeza de don José estaba bullendo en ese momento.
Veía la almazara, las botellas. Prepararía todo para
exportar el aceite. Contrataría a gente para trabajar todo el
año. No podía tener la finca dejada de la mano de Dios. El
pobre Tomás estaba solo desde que se fueron sus padres y
ahora tocaba revitalizar la finca.
Pero antes, antes visitarían tierras alcoyanas. Llegando a la
ciudad sentía nervios, como si alguien lo estuviera
esperando. Lo primero que quiso hacer es entrar en la
iglesia de San Jorge para dar gracias a Dios por todo lo
que le había dado. Como siempre, las calles estaban
repletas de gente y de vez en cuando una banda pasaba a
ritmo de pasodoble. Se estaba preparando la fiesta de la
entrada y la piel de don José se erizaba por momentos.
Hasta el estómago le temblaba.
Entraron los cuatro en la iglesia justo cuando acabó la
misa. El sacerdote entraba en ese momento en la sacristía
y a don José le recordó alguien. ¡No podía ser! Al cabo de
unos minutos salió y pasó por delante de ellos. Sus
miradas se cruzaron unos segundos y por educación, el
sacerdote los saludó. Habían pasado más de treinta años,
don José llevaba barba poblada y tal vez por eso no lo
había reconocido. O posiblemente no era quien pensaba.
Pero cuando salieron fuera vieron al sacerdote como si los
estuviera esperando para verlos a la plena luz del día. Se
les acercó lentamente.
243

- Disculpe señor. Conocí de joven a un José Pastor –
empezó a decir el sacerdote.
- Y yo conocí a un Juano Pérez – respondió don José.
- ¡Amigo!
Ver a dos hombres de más de cincuenta años, abrazándose
y casi llorando de alegría era todo un espectáculo.
Lágrimas, presentaciones, explicaciones, recuerdos,
emociones.
- Tenéis que venir a la filá – les dijo Juano - Después nos
contaremos nuestras vidas, Pepet.
Al oír aquel nombre, Valentina y José se quedaron
extrañados.
- Ahora quiero que conozcáis a mis amigos y disfrutéis de
la fiesta. Hacía muchos años que no estaba en Alcoy
tampoco, pero hace cinco años, cuando vine a fiestas,
como vosotros ahora, nos propusimos varios amigos
fundar una nueva filá, la de los Marrakesch. Dentro de
cuatro años tenemos la capitanía y espero que vengáis a
vernos.
La vida de Juano, aunque transcurría en España, también
había sido interesante. Después de la muerte de su madre
se marchó de Alcoy. El viaje a América con su amigo fue
determinante en su vocación. La miseria que encontró en
Buenos Aires y también en España, lo inclinaron al
sacerdocio. Volvía regularmente a su pueblo e hizo
amigos. Así se fue gestando la nueva filá que ahora era
toda una realidad.
Allí, en el número seis de la plaza Constitución, había una
gran mesa con los componentes de la filá en tertulia.
- Señores, os presento a mi amigo Pepet, don José Pastor y
a su familia. Este hombre, nacido en Alcoy, tuvo que
marchar a América y ahora vuelve porque quiere que su
familia conozca las fiestas. ¿Hay mejor alcoyano que eso?
Y uno a uno les fue presentando a todos:
244

- Adolfo Morrió es nuestro pintor particular; don Domingo
Espinós nuestro médico y el que me animó a entrar en la
filá, don Miguel Juliá, deán de Plasencia y de Segorbe y
además cronista de la ciudad.
- Encantado señores.
Don José se disculpó, no quería molestar y los dejó en su
tertulia. Al día siguiente les tocaba desfilar y prometió
volver para verlos a todos.
- ¿Pero os marcháis ya? Esto no se puede quedar así –
protestó el padre Pérez como se le conocía ahora – Como
ves, tenemos gente ilustre, pero ninguno te llega a la altura
de la suela del zapato Pepet. Te tienes que apuntar a la filá.
- No digas tonterías hombre. Veo que sigues siendo el
mismo de siempre. Yo apenas vengo a España una vez a
cada diez años. Ni a mis padres pude ver morir. ¿No es eso
triste?
- Mejor, así estarás obligado a venir todos los años.
- Eso es imposible hombre. Los negocios, la familia.
- Tú sí que sigues siendo el mismo. Siempre pensando en
el dinero. Disfruta de la vida Pepet, ya nos toca.
Don José se quedó mirando a su amigo y se hacía cruces al
ver el cambio que el tiempo había obrado en él.
- Tienes razón.
Juano estuvo con ellos toda la tarde, no podía dejarlos
marchar así. Se contaron sus vidas, primero uno, después
el otro. Valentina, José y Rosa iban delante de ellos,
paseando por la plaza.
- ¿Vendréis mañana entonces?
- Haremos una cosa. Mañana me vendré solo. Es un viaje
muy largo para toda la familia.
- Como quieras, pero te quiero aquí. Nos vemos en San
Jorge, como hoy. Después iremos a la filá.
- Sí, haremos eso.
245

El padre Pérez se despidió de todos esperando verlos muy
pronto.
Vaya sorpresa se había llevado don José. Qué casualidades
te tiene reservadas la vida. ¡Sacerdote! Don José pensaba
en voz alta mientras llevaba la carreta hacia Morera.
Valentina se alegró también de ver a la persona con la que
su marido salió de España y estuvo con él desde el
principio.
- Teníamos que haberlo invitado a la finca.
- Ahora no Valentina, pero cuando la tengamos a punto, sí.
En estos momentos tengo más ganas que antes de arreglar
la casa, de hacer una almazara, un corral en condiciones y
preparar una cuadrilla para trabajar en serio la finca.
Desde hoy, Morera será uno más de mis negocios, lo voy a
tomar en serio.

246

Capítulo 19

1906 1910 – Sociedad Estannífera Totoral

Primer Acta de la Sesión del Consejo Directivo de la
Sociedad Anónima Estannífera Totoral.
En Santiago de Chile a 30 de Noviembre de 1906, en
conformidad al art.40 de las Disposiciones transitorias de
los Estatutos de la Sociedad que dispone lo siguiente:
“El primer Consejo Directivo, que durará en sus funciones
hasta la primera junta general ordinaria que tendrá lugar
en Abril de 1907, se compondrá de los Señores Carlos G.
Ávalos, Miguel Cruchaga, José Pastor, José G. Rómila y
Carlos Sánchez Cruz.”
Se reunieron los dichos señores y
1. Se dio cuenta de que la Sociedad que representan
estaba debidamente constituida, dándose lectura a
los Estatutos y al decreto Supremo nº 4352 , de
esta misma fecha, por el cual se le declara
legalmente constituida y se autoriza el inicio de las
operaciones sociales.
2. Se dio cuenta de las diversas escrituras celebradas
para la adquisición por la Sociedad, de la Empresa
Minera “The Totoral Mining Company Limited”
extendida en Londres, en Oruro, Bolivia y en esta
ciudad, o sea, de las transferencias de dominio
247

hechas por la nombrada sociedad inglesa a la
Sociedad Anónima, escrituras de fechas, 19 de
octubre, 17 de noviembre y 22 de noviembre del
año corriente.
3. Se dio cuenta de haberse enviado a Oruro
legalizados todos los documentos relacionados en
el número anterior a fin de que se efectúen las
anotaciones e inscripciones correspondientes, y
además, de que se efectuaban en Santiago las
publicaciones, fijaciones de carteles y demás
diligencias consiguientes.
4. Se dio cuenta que Don Miguel Cruchaga había
pagado a Don Carlos Sánchez Cruz, por la
Comunidad Estannífera Totoral, el precio de
compra de 125.000 libras esterlinas al contado, en
conformidad a los Estatutos.
5. Se dio cuenta de la liquidación de la Comunidad
Estannífera Totoral a cuya virtud los comuneros
declaran haber recibido el valor de las 125.000
libras de la venta a la Sociedad de la Empresa
Estannífera Totoral.
Enseguida se adoptaron las siguientes resoluciones por
unanimidad, con todas las facultades que los Estatutos y
las leyes le confieren.
1. Se nombró Presidente del Consejo Directivo a Don
Miguel Cruchaga.
2. Se nombró administradores en Bolivia, de los
negocios de la Sociedad a los Señores Alejandro
Watt y José Richards debiendo proceder
conjuntamente en el desempeño de su cometido. Se
confiere a los mandatarios las facultades de ejercer
todos los actos de administración necesarios al fin
de la Empresa, como son los de comprar y vender
los productos y materiales necesarios para la
248

3.

4.

5.

6.

explotación del negocio u otros objetos que la
misma industria requiera, pudiendo cobrar créditos
y pagar deudas, perseguir en juicio a las deudas y
de dominio, interrumpir las prescripciones,
contratar las reparaciones y construcciones que la
Empresa haya menester, abrir crédito en un banco
hasta por la suma de 2.000 libras, hacer contratos
de consignación de estaño, de provisión de
materiales,
consumos
de
la
mina
y
establecimientos...
Se fijó el sueldo del señor Richards en 100 libras
anuales y en 60 el del señor Watt., el primero como
ingeniero jefe de la Empresa y el segundo como
Contador de la misma.
Se acordó dirigir una comunicación al Banco de
Tarapacá que ha estado prestando sus servicios
como consignatario provisorio, a fin de noticiarlo
de que el importe de las remesas de las bonillas en
tránsito corresponden a la Sociedad Anónima que
ha sustituido a la Comunidad del mismo nombre y
que las planillas y demás operaciones de la mina
con el Banco deben dirigirse y entenderse con el
Consejo Directivo.
Se acordó pedir a los Bancos de Chile y de
Tarapacá, proposiciones definitivas para la
consignación de remesas de minerales para servir
de banqueros de la Sociedad, abriendo una cuenta
de crédito por 10.000 libras.
Se aprobó el encargo de maquinarias hecho a
Estados Unidos por conducto del señor Granville
Moore por una suma de alrededor 4.500 libras,
previa consulta cablegráfica al Directorio, como
también la comisión dada al mismo de proponer
por cable la adquisición de perforadoras, dinamos
249

y viguetas metálicas para el establecimiento
modelo que debe hacerse en la mina. Esta segunda
parte de la comisión del señor Moore se ha
calculado que puede importar 4.000 libras.
7. Se autorizó al Presidente para pedir proposiciones
definitivas de los señores Wessel y Duval para que
tomen a encargo la provisión de fondos para cubrir
los encargos de maquinarias a que se refiere el
número anterior, como también, para que tomen de
su cuenta el transporte de ellos.
8. Se autorizó al Presidente para reducir a escritura
pública el decreto aprobatorio de los Estatutos y
para firmar la escritura pública de ratificación de
transferencia de la Empresa Minera Totoral
extendida entre la Comunidad y la Sociedad
Anónima.
9. Se acordó entregar títulos a cada accionista en
conformidad al número de acciones que haya
suscrito en la escritura constitutoria de la Sociedad,
emitiendo el número de ellos que cada interesado
indique.
10. Se acordó continuar arrendando el local que
ocupaba la Comunidad por el mismo canon
estipulado.
11. Se deja constancia de que los fondos de
Explotación se enviaron a la mina para atender al
movimiento del negocio.
12. Se aprobó la inversión de 3.800 libras del fondo de
explotación en adquisición de existencias y
elementos de pulpería, almacenes y materiales para
la mina.
13. Se aprobó la inversión de 2.296 libras en gastos
generales de la sociedad.
14. Se designó Director de Turno a Don José Pastor.
250

15. Se fijó los viernes a las 5 p.m. para que tengan
lugar las sesiones semanales del Directorio, en
conformidad a los Estatutos.
16. Se acordó dejar constancia de que en el día de hoy,
se han iniciado las operaciones de la sociedad.
Levantó la sesión don Miguel Cruchaga.
En el despacho del local de Santiago, el que tenía ya
arrendada la anterior Comunidad, estaban sentados los
cinco directivos de la nueva sociedad, alrededor de una
mesa ovalada y frente a un gran ventanal por donde veían
pasar a los transeúntes y a los coches de caballos. El
verano estaba en puertas y, a pesar del calor, todos iban
vestidos con sus trajes y camisas abotonadas hasta el
cuello.
Cruchaga había terminado de leer el acta y estaba
acabando de firmar en el libro de actas, un libro de
cuarenta centímetros de alto y con doscientas páginas
limpias e impolutas. Un libro que iba a recoger toda la
historia de la sociedad con todo detalle, de eso se
encargaba don José que para eso era el socio mayoritario.
- Bien señores, como ven, la sociedad está legalmente
constituida – afirmó Cruchaga - ¿Todos contentos?
Don José Pastor tenía el 50,4% de las acciones y era el
verdadero dueño de una sociedad que nacía con la ilusión
de extraer estaño y venderlo al Banco de Tarapacá, el cual
pagaría por todo el mineral que se extrajera, al precio de
mercado.
Para ello tenían en plantilla a un ingeniero de minas
conocedor de la zona y la maquinaria necesaria para hacer
el trabajo.
- Ahora, que la empresa rinda, eso es lo más importante, lo
demás, me da igual – expresó don José en tono casi
251

amenazante, pues no estaba dispuesto a perder una libra en
aquel negocio y estaría ojo avizor a cualquier movimiento
extraño que se produjera.
De todas formas, su verdadero trabajo últimamente estaba
en la compañía de seguros La Equitativa, donde ejercía de
director y donde pasaba la mayor parte del tiempo. Sin
olvidar Morera, donde ya lo había dispuesto todo para
poner en marcha el negocio de importación a Chile de
todo el aceite que produjera la finca. Había dado
instrucciones a Tomás y a partir de ahora las
comunicaciones con España serían más fluidas. Incluso
Juano lo había convencido para que, en la carátula de los
botes de aceite, figurara un moro Marrakesch. Este Juano,
era el colmo.
Lo del estaño era para él como un pasatiempo. Sus amigos
le propusieron entrar en el negocio y como todo el mundo
hablaba del estaño de Bolivia, aceptó encantado. “Pero
siempre que no me hagáis trabajar demasiado”, les dijo.
Y sin querer, ahora estaba obligado a asistir todos los
viernes por la tarde a las reuniones del Consejo Directivo.
Eran cerca de las siete de la tarde y empezaba a estar
cansado de trabajar todo el día y toda la semana. Muy
poco tiempo pasaba en casa, lo cual, asombrosamente no
le reprochaba su mujer, la pobre, que se pasaba el día
atendiendo a sus hijos.
Se despidieron todos y don José llamó una calesa. “Hasta
el viernes que viene”, les dijo.
Hacía meses que se estaba gestando esa operación que
había culminado felizmente con la fundación de la
sociedad. A partir de ahora, si no tenía poco trabajo, iba a
tener mucho más. Y como lo sabía desde principios de
año, se tomó unas vacaciones con toda la familia en
España. Ahora no se arrepentía de haberlo hecho. Pensaba
252

que había sido el mejor viaje que había hecho en toda su
vida, aparte del de Alemania, pero aquél fue
completamente diferente.
También las mejores fiestas de Alcoy en las que se
reencontró con su viejo amigo, encuentro al que
ciertamente estaban predestinados. Había una posibilidad
entre miles de cruzarse y se dio la única posible. Sí, fue un
viaje inolvidable.
Ese año, después del mes de María y, en contra de otros
años, no pudieron veranear en Curanipe, el maldito estaño
lo mantenía atado todos los viernes con las dichosas
reuniones. Ahora se habían empeñado en comprar un
nuevo ingenio porque la instalación actual, decían que era
vieja. Bueno, pero funcionaba, les dijo él. Don José pensó
que no se rieron en su cara porque era quien era, pero
debía reconocer que la instalación era muy vieja.
En la reunión de primeros de febrero de 1907 acordaron
remitir a su representante en Alemania el siguiente cable
para la empresa The Humboldt Enginering Work Co.
“Sr. Beaver:
Sírvase cotizarnos precio por entrega libre a bordo
Mejillones cerca de Antofagasta, una planta completa por
el beneficio de 40 toneladas de estaño en un día de trabajo
de diez horas...”
La contestación fue escueta y contundente: 10.000 libras a
servir en seis meses con una comisión del Sr. Beaver del
2,5%.
Era una suma excesiva para las cantidades de negocio que
se estaban manejando. Además habían pedido una nueva
perforadora y un nuevo motor, lo cual ascendía todo a la
cantidad de 16.000 libras. No ganaban lo suficiente para
amortizar la inversión en un plazo prudente. El mineral se
estaba pagando a 100 libras la tonelada y extraían unas 40
253

toneladas al mes de bonilla con una facturación que
apenas cubría los gastos.
En el mes de junio se presentaron los balances y los
resultados fueron catastróficos. Don José quería ir
personalmente a Bolivia para ver las minas y comprobar
de primera mano lo que estaba pasando. El Consejo le
“autorizó” el viaje, no faltaba más, se dijo, y se le asignó
la cantidad de 300 libras para gastos. Muchas gracias
señores, pensó para sí.
Por otra parte, se presentaron los señores Duncan y Perry,
desde Inglaterra, mediante cablegrama, interesados en la
producción de la mina durante un año, para lo cual estaban
dispuestos a adelantar una cantidad de dinero. Lo que era
una buena noticia para ellos, no lo era para el banco de
Tarapacá que no estaba dispuesto a no recibir estaño
durante un año. Si eso era así, los créditos deberían ser
cancelados.
¿Cómo era posible? ¿Qué estaba pasando con el estaño?
Por lo visto se habían agotado las minas en Europa y el
estaño se estaba utilizando cada vez más, sobre todo en los
envases de hojalata y otros artículos que se estaban
convirtiendo en artículos de primera necesidad.
Don José salió de viaje en dirección a Oruro, ciudad
desconocida hasta antes de descubrirse estaño en la zona.
Don José estuvo allí hacía unos años y ahora no la
reconoció, no parecía la misma: tiendas, bancos, nuevas
edificaciones, hoteles. Se notaba el cambio y todo debido
a la Salvadora, la primera mina descubierta por Patiño
hacía más de quince años.
Después de visitadas las instalaciones y entrevistado con
los administradores, don José no pudo por más que remitir
el siguiente cablegrama a sus compañeros de Directorio en
el mes de septiembre:
254

“Acabo de salir de las minas. He examinado y encontrado
que las representaciones son verídicas. Hemos tomado una
muestra término medio de lo por ciento. Situación buena.
Tonelaje disponible muchísimo mayor que lo que se
necesita. Es enteramente satisfactorio. Se necesita
maquinaria. Se enviarán muestras tan pronto sea posible.
Administrador competente y de confianza. Los gastos
inevitables. Perry y Duncan conformes recibir la mitad de
la producción hasta Mayo. He ofrecido Banco Tarapacá
otra mitad pero rehúsa por ser esas las instrucciones
recibidas de oficinas de Santiago y Antofagasta. Pretende
producción entera”.
Mientras, en su casa se preparaba una nueva boda. Julio
Bertrand había dado su brazo a torcer y aceptaba casarse
con su hija Marta. Había terminado sus estudios de
arquitectura en París y volvía para establecerse
definitivamente en Chile, junto a su amada Marta.
La casa Sazie fue la protagonista del evento pasadas las
fiestas navideñas de 1908. Invitaron a toda la alta sociedad
santiagueña. Gustavo, el hijo de don Gustavo, le hacía
buenos ojos a Clara y ni a don José ni a Valentina se les
escapó ese detalle.
Clara miraba a Gustavo con ojos de degollada y ahora que
su hermana se marchaba de casa, se quedaría muy sola.
Don José estaba seguro que Gustavo no tardaría en
cortejar a su hija. Se jugaba una bodega de estaño, aunque
cada vez se cotizaba menos.
El estaño. No se lo quitaba de la cabeza. Algo que hasta
entonces era como un pasatiempo para él, se había
convertido en una verdadera obsesión y no pasaba un
minuto al día que no pensara en la dichosa mina.

255

Pasó la boda, pasó el año y al final decidió aconsejar a su
yerno Carlos que vendiera las acciones de la Sociedad. Se
arrepentía de haberlo embaucado para que pusiera su
dinero pero ahora la situación había cambiado y no quería
tener problemas con su hija Amelia.
- Céntrate en el periódico que es el que os da de comer.
Olvida la aventura del estaño porque ya tengo bastante yo
con ello.
- Todo el mundo está ganando dinero con el estaño don
José. ¿Qué está pasando?
- Hemos hecho una inversión ruinosa. Desde el principio
la vi mal y cada día que pasa va peor. Todavía no ha
llegado el ingenio y cuando lo haga hay que ponerlo en
marcha. Hace unas semanas murió el señor Perry, de Perry
y Duncan, y ahora su socio quiere que le devolvamos el
crédito que nos dieron a cambio de la producción. El
banco no nos avala. Hacemos aguas por todas partes.
- Entonces venda usted también.
- ¿Yo? Estoy metido hasta el cuello en esto. Voy a tomar
las riendas de la presidencia y me voy a volcar por entero
para intentar sacar el negocio adelante.
- ¿Significa eso que va a poner más dinero?
- No tengo más remedio Carlos. O eso, o la quiebra.
- ¿Tan grave es?
- Todavía no, pero los ingredientes están puestos. Solo
falta la cocción a fuego lento.
Por si eso fuera poco, uno de los vapores que llevaba
maquinaria nueva, naufragó en el estrecho de Magallanes
y el señor Beaver mandó cable indicando que impedía el
embarque de unos ejes por la deuda de ochocientas libras
que le adeudaba la Compañía.
Esto era insoportable. No podía poner más dinero, lo cual
manifestó en la siguiente reunión del Consejo.
256

- Entonces habrá que hipotecar la sociedad – apuntó el
señor Cruchaga.
- Y quiero que se levante escritura pública de la deuda que
la Sociedad tiene conmigo.
- Ningún problema señor Pastor.
A finales de 1909 el nuevo ingenio estaba instalado pero
todavía no funcionaba a pleno rendimiento, lo cual
suponía pérdidas a cada minuto que pasaba. 10.000 libras
invertidas sin ningún rendimiento. ¿Cómo se podía
soportar eso por más tiempo?
En una de las reuniones se leyó cable del administrador
comunicando que se había descubierto una nueva mina de
cincuenta hectáreas con una ley del veinte por ciento pero
a una profundidad de doce metros.
- ¿Qué hacemos señores? – preguntó don José – Tenemos
una nueva mina, el viejo ingenio está muy desgastado y
necesita repuestos urgentemente. El nuevo todavía no está
operativo. No tenemos fondos señores, estamos atados de
pies y manos.
- ¿Qué propone usted don José?
- Vendamos la sociedad. Propongo una junta
extraordinaria con los socios mayoritarios para debatir el
tema.
Todos los directivos se miraron entre sí y reconocieron
que el señor Pastor tenía razón, no había otra.
En el mes de octubre se celebró la junta en la que el señor
Pastor propuso vender la compañía por 50.000 libras y se
acordó dar en hipoteca al señor Pastor las minas,
establecimientos y propiedades que la Sociedad poseía en
el asiento minero de Antequera, departamento de Oruro,
en garantía del importe adeudado de 33.754 pesos.

257

Esa tarde llegó a casa abatido pero su mujer lo esperaba
con los brazos abiertos. Mira lo que ha llegado, le dijo con
una sonrisa. Era un cablegrama de su amigo desde Alcoy
invitándolo a las fiestas
- Para fiestas estoy yo ahora – dijo sentándose en su sillón
preferido.
- ¿Qué te pasa José?
- El negocio del estaño, ya sabes.
- Los negocios van y vienen, ya me lo has dicho muchas
veces, pero los amigos siempre están ahí. Vamos a ir este
año a España ¿verdad? – preguntó ilusionada.
Don José la miró con cara de tristeza y sin decir nada, su
mujer adivinó la respuesta.
- Les mandaré dinero en respuesta. Se lo merecen –
propuso don José.
- Sí, es lo menos que podemos hacer.
En el mes de junio de 1910 se produjo una sublevación de
los trabajadores de la mina. A don José le tocó ir para
hablar con ellos y calmar los ánimos.
La venta de la sociedad no dio los resultados esperados y
por mucho que bajaron el precio, nadie se interesó por la
compañía. Había muchas funcionando con pleno éxito y a
ninguna le interesó pagar por algo que no se le veía
ninguna ventaja. Por tanto, no había más remedio que
liquidarla. Todos los accionistas perdieron su dinero y don
José se quedó con una hipoteca que no valía para nada y
con unas deudas que nunca pudo cobrar.
A partir de entonces dejó los negocios de lado, estaba
cansado, demasiado ajetreo total para nada. Necesitaba
disfrutar de la vida, de lo que hasta entonces no había
podido hacer. Miraría la vida de manera diferente.
Necesitaba estar más cerca de la gente, ayudar a los
necesitados, como siempre había hecho, como siempre se
258

propuso desde pequeño. Se centraría en el trabajo diario de
la aseguradora y como hobby, con el aceite de Morera que
tan buenos resultados le estaba dando. Qué buena idea
había tenido. Sí, nada de negocios con nadie más, había
tenido suficiente.

259

Capítulo 20

1915 – El vizconde de Morera

Desde la última experiencia estannífera, don José se
había volcado en la situación en España que había perdido
sus posesiones en Cuba, Puerto Rico y Filipinas y que
tenía un nuevo rey, Alfonso XIII tras la muerte de su
padre.
Por otra parte Europa entera estaba en guerra, malos
tiempos para los negocios con la vieja Europa. Además,
los alemanes habían descubierto un compuesto químico
que sustituía al salitre, lo cual había supuesto la quiebra de
muchas empresas mineras. Todo viene y todo va.
Negocios millonarios estaban cerrando a raíz del
descubrimiento alemán que fabricaba toneladas de nitrato
a un precio irrisorio en comparación al salitre chileno.
Quién iba a decir que todo acabaría así de la noche a la
mañana.
Por eso don José decidió concentrarse en España, país en
el que al fin y al cabo había nacido y al que ahora podría
dedicar más tiempo, aunque fuera al final de su vida, al
que veía ya cercano.
Cada año mandaba dinero para las fiestas de Alcoy, que
no decayera la fiesta. También mandó dinero para el
hospital civil, aquel en el que intentaron curar a su
260

hermano de la vista pero no pudieron hacer nada, aquel en
el que de pequeños vieron a un fantasma.
Chile en general era tierra de leyendas y creencias. A
ningún chileno le habría extrañado ver el fantasma que
vieron ellos de pequeños. Porque ¿realmente lo vieron?
Para él ahora era como un sueño y no podría asegurar si lo
vieron o no. ¿Dónde estaría su hermano ahora? Cuántas
veces había pensado en él.
El hospital civil se llamaba ahora de Oliver en honor al
empresario que donó el dinero para su reconstrucción.
Por otra parte, la asociación de San Jorge le declaró
Presidente de Honor hacía dos años y el año pasado donó
10.000 pesetas para la reedificación de la iglesia de San
Jorge. Ya se las había arreglado el padre Pérez para que le
hicieran ese nombramiento y para que donara esa
cantidad. Qué astuto era. Sí, he tenido un buen maestro, le
dijo en cierta ocasión.
- Y al año que viene has de volver para las fiestas y no me
digas que no – le escribió Juano en un cablegrama.
Hacía tres años que Clara y Gustavo se habían casado. Ya
habían tenido la primera niña a la que llamaron Clarita.
Tanto don José como Valentina les invitaron a quedarse a
vivir en la casa Sazie. Ni con Amelia ni con Marta lo
habían conseguido. Los Jullian aceptaron la invitación y
tomaron posesión de sus habitaciones. Tenían donde
elegir.
- Llenaremos la casa de niños – dijo Clara.
- Espero que sea así – contestó Valentina.
Por su parte, su hijo José estaba estudiando en Suiza y lo
acompañaba la Ñaña Rosa, como siempre había hecho
desde que nació.

261

Aquella tarde estaban las dos familias entre el jardín y el
salón. El verano tocaba a su fin pero todavía apetecía estar
al aire libre. Clara llevaba a la pequeña en brazos
acompañada de Valentina. Don José leía el Mercurio
sentado en su sillón y Gustavo andaba acabando unos
trabajos sentado en una de las mesas del salón.
Clara le hablaba a su hija de la finca que tenían en España,
como si la pequeña pudiera entenderla. Apenas tenía un
año y hacía pocos días que había empezado a caminar.
- Cuando seas mayor iremos a ver esa finca tan grande que
tiene el abuelo muy lejos muy lejos.
Valentina miraba a la pequeña y se le caía la baba
mirándola, aunque era el cuarto de sus nietos, pero era la
más pequeña de todos. Marta había tenido a Jaime que
ahora tenía cinco años, a Marruca y a Chita, que era unos
meses mayor que Clarita.
- Sí, está muy lejos – dijo Valentina – Si estuviera más
cerca, podríamos ir más veces.
Don José escuchaba la conversación desde el salón.
- Hace poco que estuvimos – les contestó sin dejar de leer
el periódico.
- ¿Poco? Ya hace casi diez años.
- ¿Tanto? No es posible.
- José tenía nueve años y míralo ahora.
- Sabes que no podíamos.
- Sí, pero ahora sí podemos – protestó Valentina.
- Sí, ahora sí – contestó su marido sin mucho entusiasmo.
- Me gustaría construir una nueva casa en la finca de
España – se unió Gustavo.
- ¿Una nueva casa? ¿Para qué?
Gustavo y Clara se miraron y los dos comprendieron las
señales. Valentina los miró y supo que algo tramaban.
- ¿Qué os pasa?
- Madre. Estoy embarazada.
262

- ¿De veras? Ven aquí y dame un abrazo. Qué contenta
estoy.
- ¿Es eso cierto Gustavo?
- Así es, señor.
- Enhorabuena campeón.
- Su hija quiere tener muchos hijos. Por eso tenemos que
hacer una casa nueva en Morera.
- Ahora lo comprendo todo – dijo don José.
- Esto hay que celebrarlo. Deberíamos hacer un viaje a
España.
- Sí, madre. Eso sería estupendo. ¿Verdad Gustavo?
- Bueno, sí, lo puedo arreglar en el trabajo.
- ¿Ya lo tenéis todo decidido? – preguntó don José.
- No seas gruñón – protestó Valentina.
- Es broma.
- Sí, sería una buena idea. Clarita ya es mayor y soportará
bien el viaje – se defendió Clara por si su hija era un
impedimento.
Valentina sabía que el hecho de estar a finales de Marzo
era determinante porque pronto se acercarían las fiestas y
José quería ir uno de esos años.
Dicho y hecho. En Alcoy los estaban esperando con los
brazos abiertos. Más de diez años habían pasado hasta que
al fin se decidieron. Les habían reservado un sitio
privilegiado para que pudieran ver la entrada.
- ¿Qué te parece todo esto Gustavo?
- Nunca pensé que pudiera existir una festividad de tal
calibre. Ni tampoco que le tuvieran en tanta estima tan
lejos de Santiago.
- Todo se lo debo a mi amigo, el padre Pérez. Ya te conté
la historia. Fue una grata sorpresa volver a encontrármelo.
A estos amigos les mando dinero todos los años y claro,
cuando vengo me invitan a todo. La verdad es que estoy
263

muy a gusto con ellos y su amistad me empuja a venir. No
sé cuántas veces más podré volver, pero de momento, aquí
estoy.
- Sí, ha valido la pena venir. Es una fiesta increíble.
- Venga, ponte otro vaso de café licor.
- No gracias, es una bebida muy fuerte.
- Tú te lo pierdes.
Después de las fiestas, se centraron en la casa de Morera.
Gustavo, que uno de sus maestros había sido el eminente
ingeniero Gustave Eiffel, miró las posibilidades que tenía
y se hizo una idea de lo que se podría hacer. Primero había
que tirarlo todo. Aquello eran caserones sin sentido. Se
notaba que se habían ido construyendo sin orden ni
concierto.
Esbozó unos planos y se los enseñó a su suegro.
Don José recordó cómo el padre de Gustavo hizo lo
mismo para construir la casa Sazie. Era curioso que ahora
su hijo construyera una nueva casa en Morera.
- Haremos una casa central con dos alturas. La parte de
abajo será para los animales, los aperos y el personal de la
finca. En la parte trasera haremos una nueva almazara y
allá la bodega. Será todo como un conjunto.
- Bien, me gusta la idea. ¿Qué más?
- Por supuesto haremos jardines.
- Que habrá que cuidar – añadió don José.
- No podemos tener una finca sin jardines.
- Está bien, está bien. Sigue muchacho.
Clara y Valentina se acercaron a ver el boceto sin
interrumpir a los hombres.
- Arriba será una vivienda con un patio central y pasillos
alrededor con habitaciones a uno y otro lado. El comedor
y el salón darán al norte.
264

- Pero no vamos a vivir aquí Gustavo. ¿Para qué una casa
tan grande?
- Cada vez va a venir más, de eso estoy seguro y usted
también. Después de ver las fiestas, sé que volverá y
quiero que esté a gusto aquí. Tendrá nietos y ellos tendrán
hijos. Todos querrán ir a la finca de Morera.
- Tienes razón. Debo empezar a pensar en todo eso, ahora
sí. Lo mismo me dijo tu padre cuando quiso construir la
casa Sazie. Cuánto tiempo ha pasado. Entonces le dije que
no iba a tener una gran familia, pero ahora no puedo decir
lo mismo porque está creciendo cada día. Además, ya
tengo sesenta y cinco años y no sé cuánto tiempo más
viviré.
- Usted está fuerte y vivirá muchos años más. Por eso
quiero que tenga una casa en la que pueda pasar varios
meses al año.
- Está bien. La idea es genial. Tenemos que prepararlo
todo para comenzar cuanto antes. Aquí las cosas hay que
hacerlas rápido, llevo toda la vida haciéndolo así y me ha
ido bien.
- ¿Y sus padres? Me dijo que estaban enterrados aquí.
- Sí, pero no sé dónde.
- No me diga.
Don José le explicó a Gustavo cómo le dio las órdenes al
padre de Tomás y el pobre pensaba que estaba loco.
- Se puede decir entonces que Morera entera es la tumba
de sus padres.
- No lo había pensado, pero queda bonito así. Pensaré en
eso.
Esta vez se quedaron más tiempo en la finca y
aprovecharon para visitar la ciudad de Onteniente. Estando
allí, oyeron cómo la gente comentaba que el Rey de
España pedía ayuda a todos los ciudadanos para sufragar
265

la guerra con los moros. Decidieron ir al Círculo Industrial
y preguntar qué había de cierto en todo aquello.
- Es verdad señor. La guerra del Rif con los moros tienen
contra las cuerdas al Rey. Pide ayuda a todo el que pueda
prestársela.
Volvieron a Morera comentando la noticia y a Don José se
le ocurrió una idea.
- ¿De qué se trata? – preguntó su yerno.
- Voy a mandar al Palacio Real, con acuse de recibo, un
cheque en blanco con una carta. ¿Qué te parece?
- Un cheque en blanco – repitió Gustavo - Usted siempre
con su filantropía. Es incorregible.
- Si España me necesita, quiero ser uno más.
Don José preparó la carta, firmó un cheque y bajaron al
pueblo para mandarla certificada. El empleado de correos
se quedó mirando a la pareja, algo desconfiado, como si
estuvieran locos.
- ¿Al Palacio Real de Madrid?
- Eso es.
- Está bien. Serán diez pesetas.
Como estuvieron todavía varias semanas en la finca
haciendo los preparativos para la construcción de la nueva
casa, todas las semanas bajaban a la oficina de correos por
si recibían alguna noticia de Palacio hasta que un día
llegó.
- Es un cable para Don José Pastor, de la finca de Morera
de Onteniente.
- Sí señor, ese soy yo.
- Aquí lo tiene. Firme aquí por favor.
Don José lo abrió en la calle, observado por su yerno y
empezó a leer.

266

“Recibida carta y cheque en blanco. Su Majestad desea
conocer a persona tan generosa e inteligente” SM Don
Alfonso, Rey de España.
- ¿Qué le puso en la carta? – preguntó Gustavo intrigado.
- Le puse lo siguiente: Adjunto cheque en blanco para que
Su Majestad haga uso de él como quiera. Solo una
aclaración: ponga solo tres palabras”.
- ¿Solo tres palabras? No le comprendo.
- Vamos al banco y lo verás.
En el banco pidió extracto de la cuenta. El último apunte
rezaba así: Diez mil pesetas.
- ¿Lo entiendes ahora?
- Tres palabras. Cierto.
Cambio de planes, dijeron los hombres cuando llegaron a
Morera. Había que marchar a Madrid cuanto antes. Las
mujeres se quedarían, ellos se irían en tren y volverían en
unos días.
- ¿Pero qué pasa? – preguntó Valentina.
- Tenemos audiencia con el Rey de España – respondió
Gustavo – Nada más y nada menos.
Las dos mujeres se les quedaron mirando. ¿Con el Rey de
España? ¿Cómo ha sido eso?
Después de las explicaciones fueron a preparar las
maletas. El Rey no podía esperar.
Durante el viaje, don José recordó la primera vez que
subió a un tren. Ahora no tenían nada que ver con aquellas
cafeteras que marchaban tan lentas y lanzaban más humo
que velocidad.
- Los tiempos cambian – dijo en voz alta, lo cual
sorprendió a Gustavo que miraba a su suegro con gesto
cariñoso. Se estaba haciendo mayor y empezaba a
267

chochear. Aunque, no es un chocho quien manda un
cheque en blanco a un rey. ¿O sí?
En Palacio los estaban esperando. Don Alfonso quiso
agradecer el gesto de don José e interesarse por su
persona. Cuando don José explicó al Rey su vida, no lo
dudó un momento: Sería nombrado cónsul de Chile en
Valencia y vizconde de Morera, en agradecimiento por los
servicios prestados a la patria.
Don José quedó muy agradecido al Rey por el honor que
le dispensaba, pero pensaba que no era necesario, aunque
se abstuvo de hacer ningún comentario en contra de la
voluntad del Rey.
El nombramiento no era cosa fácil: requería unos trámites
administrativos necesarios y su publicación en el Boletín
Oficial del Estado.
Pasados unos meses, recibieron en su casa de Santiago el
siguiente comunicado:
El encargado de negocios de Chile en esta corte ha
representado que el excelentísimo señor Presidente ha
nombrado a Don José Pastor Rodríguez cónsul de Chile
en Valencia
Patente que ha exhibido suplicando tenga a bien darle su
aprobación para que pueda servir dicho cargo y ha
venido comunicando al Gobernador Civil de Valencia y a
las demás autoridades a quienes pueda tocar el
cumplimiento de su cargo.
Durante el ejercicio de su empleo no ha de ejercer acto
alguno de jurisdicción permitiéndole tan solo la
interposición de controversias que se ofrecieren entre
mercaderes y gente de mar para conciliarlos o avenirlos.
Don José Pastor está domiciliado en estos Reinos y es
súbdito español.
268

En esta conformidad doy mi Real autorización para servir
dicho empleo con facultad de percibir los emolumentos
que correspondan.
Dado en Palacio a veinticuatro de diciembre de 1915.
Alfonso XIII Rey de España.
A partir de ese momento, dirigieron a su hijo José en la
carrera diplomática para que pudiera optar al cargo de
Cónsul en Valencia en sustitución de su padre cuando
llegara el momento. Algo que a José le hizo mucha ilusión
y por lo que luchó hasta que consiguió el puesto.

269

Capítulo 21

1929 – Navidad en Curanipe

Hacía

diez años que había muerto Julio Bertrand,
dejando solos a su mujer Marta y a sus cuatro hijos. Fue
un golpe muy fuerte que gracias al cariño de Valentina,
habían podido superar todos. Ahora, después de tantos
años, los chicos habían crecido y no se acordaban de su
padre.
Don José, sentado en el porche de la casa veraniega de
Curanipe, recordaba cómo, un día lo llamó Augusto
Bruna, magnate salitrero que había conocido de los años
del salitre en Antofagasta.
- ¿Conoces a algún arquitecto que me pueda construir un
palacio?
- Claro que sí. Mi yerno es bueno, te lo aseguro.
- Pues que venga a verme – le dijo.
El pobre Julio no pudo acabar el palacio Bruna como se lo
conocía en la actualidad. Su amigo Pedro Prado lo tuvo
que finalizar. Julio murió en el hospital de tuberculosis a
los treinta años.
Ahora, toda la familia, excepto el pobre Julio, estaba en la
casa celebrando la Navidad. Hacía unos años que se
reunían en Curanipe por esas fechas. Era el único
momento que se podían ver todos. Primero habían ido con
270

sus hijas pequeñas, después con sus nietos pequeños y
ahora ya eran más de veinte cada vez que se reunían.
Amelia no había tenido hijos, Marta cuatro: Jaime,
Marruca, Chita y Panchita, pero Clara había tenido hijos
por todos.
Después de Clara vinieron los gemelos Gustavo y José,
Tabo y Pepe como los llamaban todos, después llegaron
Fernando - Pelalo, Marisa, Francisco - Pancho, Carmen Churi y la pequeña Conchita que aún no había cumplido
un año. Esos de momento, porque Clara decía que todavía
estaba en edad de parir.
Otro que faltaba era su hijo José, que se casó con Adelaida
Jofré en España, hacía ya seis años. José era ahora el
cónsul de Chile en Valencia y vivían en la calle del Mar,
en una casa alquilada, una casa señorial, céntrica, bien
situada. Él heredaría su título de Vizconde de Morera y
después su hijo Augusto. Con ellos vivía la Ñaña, qué bien
había sabido adaptarse a la familia, con su bondad, con su
invisibilidad, con su amabilidad.
Ese verano era especialmente importante para don José
porque por fin había convencido a su amigo Juano para
que celebrara la misa de Navidad para toda la familia. Uno
de sus nietos lo ayudaría en la celebración.
Los dos estaban muy mayores pero don José tenía especial
interés en que Juano asistiera. Un día lo llamó por
teléfono, conferencia internacional e interoceánica. Así era
don José.
- Me lo debes Juano. Nunca has venido a mi casa en Chile.
- Estamos muy mayores Pepet. Yo no sé si podría soportar
un viaje tan largo.
- Haber venido antes. Ahora estás obligado a venir. Este
año vendrá toda mi familia y tengo muchas ganas de que
los conozcas a todos aunque a algunos ya los conoces.
- Hace tiempo que no los he visto.
271

Después de vacilar un momento aceptó.
- De acuerdo. Pero me tienes que pagar el viaje.
- No solo eso. Quiero que esté con nosotros, a gastos
pagados, todo el tiempo que quieras.
- Entonces acepto.
Después de la misa y después de la comida de Navidad,
Jaime Bertrand, hijo de Julio y sucesor del gran fotógrafo
que era su padre, los preparó a todos para hacer la foto
anual. Llevaba un trípode y una cámara automática, así
podrían salir todos.
En el centro se sentaron los mayores: Valentina, don José
que se puso la gorra en el regazo y el padre Pérez que
insistió que Pelalo se sentara a su lado porque lo había
ayudado en la celebración de la misa.
- Y no te quites el traje de monaguillo, para que vean
quién me ha ayudado.
Al lado de Valentina, a la otra parte, sus hijas Marta y
Clara. Delante de ellos, sentados en el suelo: Panchita,
Carmen , Pancho y Marisa. Y detrás de los mayores se
colocaron Marruca, Chita, Titi, Jaime, Pepe, Tabo, don
Carlos Silva y don Gustavo Jullian.
- Para la posteridad quedará esta fotografía – dijo el padre
Pérez que, después de todo, estaba contento por haber
aceptado la invitación de su gran amigo.
El viaje había sido largo en exceso, pero ahora no se
arrepentía de haberlo hecho. Indefectiblemente le vinieron
a la mente aquellos días en los que se marchó con Pepet y
en los que volvió a España para quedarse. Cuántos
recuerdos le traía el viaje en barco.
- Anda, vamos fuera a que nos dé el aire – propuso el
padre Pérez.
272

La casa parecía un enjambre de avispas. Desde los más
pequeños a los más mayores, había gente de todas las
edades. A Valentina le gustaba tenerlos a todos alrededor
pero para don José era un verdadero suplicio. La
diferencia de edad entre ellos era más acusada ahora: don
José tenía casi ochenta años mientras que Valentina solo
sesenta y cinco y eso se notaba.
Los dos viejos caminaban con dificultad. Qué diferentes
habían sido sus vidas, unas vidas que empezaron juntos y
que parecía que serían inseparables. El padre Pérez le
recordaba a don José aquellos tiempos en los que él no
sabía hacer nada sin su amigo.
- ¡Qué rápido pasa la vida Juano! Siempre recordaré las
ganas que tenía de salir de la casa de los Gisbert cuando
mi tío Sebastián nos contó las historias de América. Ya no
lo volví a ver nunca más. Siempre quise que supiera cómo
había influido en mí.
- Y yo no pensaba en otra cosa más que ir detrás de ti. No
sé cómo se nos ocurrió aquella barbaridad. Pero si no
hubiera sido por eso, no estaríamos ahora aquí todos.
Don José era mucho más bajo de estatura que su amigo.
Ahora, con su barba blanca, su calvicie y sus gafas
redondas, parecía todo un viejo. El padre Pérez en cambio
era más esbelto y su pelo cano contrastaba con su tez
morena que se había atenuado con el paso de los años.
Caminando, puso su brazo sobre el hombre de don José,
como si así lo ayudara a poder caminar mejor.
- Tú nunca viste esta rada en sus mejores tiempos Juano.
Aquí empecé a hacer mis grandes negocios. Ahora no
queda nada de aquellos tiempos. Todo se acaba Juano.
- Y nosotros también acabaremos Pepet.
- Pepet. Cuánto tiempo hacía que no oía ese nombre. Solo
quedas tú.
273

Los ojos de los dos viejos se humedecieron y ninguno
quiso que el otro se diera cuenta. Unos pañuelos
aparecieron para dar a entender que eran para secar el
sudor.
- Creo que esta será mi última Navidad – dijo don José
notando en su interior que la vida se le marchaba.
- Es posible, pero no te martirices con eso ahora. Tienes a
toda tu familia aquí.
- Sí, será mejor. ¿Sabes qué podías hacer?
- Dime amigo.
- Qué gran palabra: amigo. Nunca he tenido uno como tú.
Podías quedarte con nosotros en Santiago. En la casa Sazie
hay espacio suficiente para todos. Me gustaría que me
hicieras compañía. Aunque la casa siempre está llena con
mis nietos y mi mujer, en cierta forma me siento solo.
- No sé qué decir.
- Entonces no digas nada. No tienes nada mejor que hacer
que cuidar de tu amigo.
Valentina acogió con gran alegría la decisión de los dos
amigos. Sería como volver al pasado y eso era muy
reconfortante.
Como si de una premonición se tratara, en cuanto
volvieron a Santiago, don José empezó a sentirse mal, no
sabía qué era. Al principio pensaron que sería el cansancio
del viaje. O tal vez era la inmensa alegría que sentía al
tener a su lado a su amigo del alma. Era el mayor regalo
que nunca le habían hecho y su cuerpo era incapaz de
asimilarlo. Sí, seguro que era eso.
La pequeña Conchita era la menor de los hermanos con un
añito. Su hermana Churi era la que más tiempo pasaba con
ella y a los dos viejos les pasaban las horas contemplando
a aquellas niñas. Qué hermosura de lolas
274

Las conversaciones entre los dos viejos eran
interminables, lo cual agotaba cada vez más a don José. El
padre Pérez se daba cuenta de ello e intentaba minimizar
las charlas, simplemente acompañando a su amigo en los
pequeños paseos por el jardín.
A esas alturas, el padre Pérez se puso al corriente de toda
la vida de su amigo, era como si él mismo la hubiera
vivido porque en parte así había sido. Con su amigo, don
José se sentía muy unido al pasado y esa alegría lo estaba
matando de felicidad.
Una mañana, cercano el mes de Abril, don José no se
levantó de la cama y Valentina supo que el final de su
marido estaba cerca.
- ¿Por qué dices eso? – le preguntó Juano.
- Porque nunca antes lo había visto así, padre.
- Todos tenemos días malos.
- Sí, pero él no.
Valentina tenía razón y la salud de don José fue
empeorando por días.
Ni un momento dejó el padre Pérez a su amigo solo, que
en sus últimos días apenas abría los ojos.
Un día, tras la visita del médico, aconsejó al padre Pérez
que le diera la extremaunción. Su cuerpo no iba a resistir
mucho tiempo más.
Valentina llamó a sus hijas y también a su hijo. Debían
hacer el viaje pronto si querían ver a su padre todavía con
vida.
Fue una tarde, en presencia de toda su multitudinaria
familia. A sus pies, Valentina y Juano. Detrás de ellos sus
hijos y a su lado sus parejas. El resto estaba fuera.
El médico dijo que no pasaría de esa noche y así fue. Su
corazón dejó de funcionar la tarde del 22 de abril de 1930.
Hacía pocos días que había cumplido ochenta años y
275

mientras la filá de Marrakesch desfilaba por las calles de
Alcoy, don José Pastor Rodríguez cerró los ojos para
siempre. En una de las mesillas de noche, hacía tiempo
que había colocado una figura de un moro con el traje de
gala de los Marrakesch, no quería olvidarse de ellos y
ellos nunca se olvidaron de él.
El negro Juano bendijo a su amigo Pepet.
- Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et
Spiritus Sancti. Amén.
- Amén – respondieron todos entre sollozos.

276

EPÍLOGO

1963
Caía la tarde en Santiago de Chile. Se cerraba el mes de
septiembre y el achacoso invierno no podía amarrar por
más tiempo una primavera ansiosa por mostrar sus
mejores galas. El sol caía cada vez más tardío y el cielo se
teñía de rojos y naranjas dando al ambiente una atmósfera
fantasmal. Valentina, a sus noventa y nueve años, se
pasaba las tardes leyendo entre cabezadas frente a la luz
natural de la ventana de su habitación, aquella que tantos
años compartió con su querido José, la de la casa Sazie
que con tanto cariño construyeron cuando apenas tenía
treinta años. Pero esa tarde, parecía que su corazón no
quisiera florecer con la primavera, cansado de una vida
plena, primero con su marido y después con sus hijas que
no la dejaron un momento sola. Hacía poco que sus nietos
habían tenido hijos. Nada esperaba de la vida, solo la
muerte y esa tarde, en silencio, llegó.
Cuando el pequeño Gustavo Pastor entró, la imagen que
vio se le quedó grabada para siempre: toda la habitación
estaba teñida de ese rojo vespertino. El niño miraba a una
parte y a otra absorbiendo con los ojos cada rincón. La
bisabuela parecía dormida en su sillón con aquél libro
gótico todavía entre sus manos. Pobre abuelita. Parecía
que estaba en el cielo. Pero el pequeño no sabía que sí, que
ella ya estaba en el cielo, con su querido José y que había
querido que el niño supiera de su belleza.
277

1966
Fue una tarde también, pero el cielo esta vez estaba
nublado. No mostraba belleza, solo desasosiego, el mismo
que tenía Augusto que no paraba de moverse de un lado a
otro. Había sido una enfermedad larga, agónica,
desesperante. Antes o después tenía que ser ¿A qué estaba
esperando Dios?
Adelaida, la madre de Augusto, estaba al lado de
Conchita, cogiéndole la mano. Ella tenía los ojos cerrados
y seguramente no se daba cuenta de nada. Fue entonces
cuando llegó el médico. Abrió el maletín y con el
fonendoscopio auscultó un corazón que había dejado de
latir hacía unos minutos, certificando así su muerte.
El pequeño Gustavo estaba fuera con sus hermanas,
sentaditos los tres alrededor de la mesa camilla, mirando
las fotografías que tenían con su madre cuando eran más
pequeños. La llegada del doctor los alarmó más si cabe y
cuando todos salieron llorando, el pequeño no pudo más y
se fue desconsolado a su habitación.
No hubo entierro. Ella había dispuesto ser enterrada en el
mausoleo que la familia tenía en Santiago.

Unos meses más tarde, los rayos del sol vespertino se
colaban entre las sinuosidades de la estrecha calle con
tanta fuerza que parecían torrente de agua que avanzara
imparable a través de un cauce accidentado. Al atravesar
las ventanas de las casas, parte de los rayos se detenía en
el remanso de los hogares, dejando al resto fluir hasta el
final de la calle.

278

En una de esas casas, la abuela Lala repasaba absorta uno
de los álbumes de fotos antiguas que tanto la
emocionaban.
Cuántos recuerdos, cuántas emociones, cuánta vida,
cuánta muerte. Cada vez eran más los que faltaban, los que
habían marchado, incluso desaparecido. La guerra, qué
cruel había sido para todos. Pero no era tiempo de
lamentaciones, lo pasado, pasado estaba. Porque, aunque
gran parte de su vida la marcó esa miserable, había sido
capaz de seguir adelante. Y ahora, cuando pensaba que
estaba recuperada, cuando sus nietos le habían devuelto a
la vida, otra vez la guadaña de la muerte golpeaba a la
familia. ¿No había descanso para ella?
De vez en cuando cerraba los ojos para revivir en su mente
las historias que se escondían detrás de cada fotografía.
Ese es José, pensaba, con nuestro hijo Augusto días antes
de la terrible tragedia. Los dos sonrientes, ajenos a lo que
iba a suceder. Qué incierta es la vida, qué dramática la
realidad. Cómo pasamos de la vida a la muerte sin apenas
un movimiento.
Hacía unos meses que había muerto su nuera Conchita y
antes su nieto José con apenas catorce años. Pobre niño, su
mente no llegó a desarrollarse nunca, era como un bebé.
Ahora lo pensaba y casi mejor que el Señor se lo llevara.
¿Para qué más sufrimiento? Pero su nuera, eso era otra
cosa.
¿Dónde estarás ahora Conchita? Tu cuerpo se lo llevaron
allende los mares, a la tierra que te vio nacer. Pero ¿y tu
alma? Siempre estará entre nosotros.
Cuando pensó que iba a volver a llorar, notó que algo se
movía detrás de ella y se contuvo.
- ¿Quién es ese, abuelita? – preguntó el pequeño Gustavo
situado de pie justo detrás de ella, apoyado en el respaldo
del sillón donde su abuela estaba sentada.
279

La abuela Lala respiró hondo, esbozó una sonrisa con los
ojos todavía húmedos y se dispuso a atender al pequeño.
- Ese es el abuelo José. Tú no lo conociste porque murió
antes de que tú nacieras.
- Pero entonces ¿el abuelo Rafael? ¿y el abuelo Gustavo?
– preguntó algo confuso.
- El abuelo Gustavo es el papá de la mamá Conchita.
El pequeño Gustavo miraba la fotografía sin acabar de
comprender todavía. Y lo que tampoco comprendía era
por qué se había marchado su mamá.
- La mamá se ha muerto y no volverá ¿verdad abuelita?
- No, no volverá. Pero un día iremos a Santiago y allí la
podremos ver.
- Me gustaría ir algún día, abuelita.
- Claro Gustavo. Un día iremos todos. Cada vez falta
menos.
La compañía de la abuela Lala era como un bálsamo para
el pequeño y con solo oír su voz hacía que se calmara. Por
eso no se cansaba nunca de escucharla.
- Cuéntame una historia, abuelita.
El pequeño se sentó en su regazo y Adelaida se acomodó
en su sillón, miró a través de la ventana y su mente
empezó a vagar por el pasado.
- La mamá Conchita, cuando era muy pequeña muy
pequeña, iba con sus hermanos a veranear a la playa de
Curanipe.
- ¿Y a Morera también, abuelita?
- Sí, a Morera también. Se podía decir que vivía entre
Morera y Curanipe...

280

Cincuenta años después, Gustavo recuerda en la finca de
Morera aquellas historias que la abuela Lala le contaba
con tanto cariño.
La abuela Lala. Con qué nostalgia la recordaba. Ella se
hizo cargo de él y de sus hermanas cuando a su madre se
la llevó por delante aquella terrible enfermedad.
Los recuerdos se le agolpan en la cabeza y habla sin parar
de aquellos días, de su familia, de sus padres, de sus
abuelos. Y de esa forma, entre risas y anécdotas, entre
tarde y tarde en la finca de Morera, rodeados de
fotografías y documentos antiguos, se fue gestando este
“cuento” salpicado de las historias que fue recogiendo a lo
largo de su vida y que le fueron contando sus familiares.
Unos familiares que en la actualidad se cuentan por
centenares, tantos y tan dispersos que ya no se conocen
entre ellos.

Por cierto, la Ñaña está enterrada en el panteón de la
familia Pastor Mayer por expreso deseo de doña Valentina
Mayer, al lado de Conchita y de tantos y tantos otros a
cuyos descendientes está dedicado este relato.
Descansen en Paz.

En Ontinyent, julio de 2013

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FIN

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