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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr.

Emilio Ravignani”
Tercera serie, núm. 27, 1er. semestre 2005.

LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS


ESTRUCTURAS DE PODER INSTITUCIONAL EN LA
CAMPAÑA BONAERENSE (1785-1836)*

MARÍA E. BARRAL*C
RAÚL O. FRADKIN***

1. INTRODUCCIÓN: ENFOQUE, OBJETIVOS Y FUENTES

Hasta fines del período colonial la construcción de un orden institucional en la


campaña bonaerense estaba muy lejos de ser efectiva y resolver este desafío fue una
de las prioridades del nuevo estado que emergió de la revolución. En estas condicio-
nes, la necesidad del estado de adquirir una capacidad de control y de coacción efec-
tiva de la población rural fue cada vez más imperiosa.1
En los últimos años dos vertientes historiográficas han revelado una compleji-
dad hasta hace poco insospechada de este proceso de incorporación institucional

* Una versión anterior de este trabajo titulada “Redes y sedes de poder institucional en la campaña

bonaerense (1785-1836)” fue presentada en las jornadas de la Red de Estudios Rurales realizadas en el
Instituto Ravignani el 15 de agosto de 2003. Agradecemos las críticas y sugerencias de los participantes y de
los evaluadores anónimos de el Boletín.
** (UNLu - ANPCYT - CONICET) Becaria Posdoctoral CONICET, Subsidio IM40-2000 ANPCYT.
*** (UNLu - Instituto E. Ravignani, UBA)
1 Juan C. Garavaglia, “Paz, orden y trabajo en la campaña: la justicia rural y los juzgados de paz en Buenos

Aires, 1830-1852”, en Desarrollo Económico, Buenos Aires, N°146, 1997, pp. 241-262; Ricardo Salvatore,
“Los crímenes de los paisanos: una aproximación estadística”, en Anuario del IEHS, N°12, Tandil, 1997, pp.
91-100; Fabián Alonso, María E. Barral, Raúl Fradkin y Gladys Perri, “Los vagos de la campaña bonaerense:
la construcción histórica de una figura delictiva (1730-1830)”, en Prohistoria, N°5, Rosario, 2001, pp. 171-202.
8 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

del mundo rural. Una renovada historia política analizó la construcción de la ciu-
dadanía, las formas de representación y la participación electoral.2 La historia
rural puso en evidencia la existencia de una sociedad rural compleja y dinámica,
protagonista de una expansión de la producción agropecuaria con fuertes oscila-
ciones y marcadas diferencias regionales 3 y que se sustentaba en un rápido cre-
cimiento de la población rural.4
Estos desarrollos historiográficos advierten acerca de la necesidad de buscar
una mayor integración de ambas perspectivas de análisis. Este trabajo constituye
un intento en este sentido pues nos proponemos explorar el proceso de construc-
ción del poder institucional en el mundo rural bonaerense. Sin duda, un propósito
de tal magnitud implica considerar una gama de niveles de análisis que sería im-
posible desarrollar en este artículo. Por tanto en esta oportunidad hemos consi-
derado conveniente circunscribirnos al proceso de construcción de estructuras
de poder institucional en la campaña. Este proceso fue parte central de la forma-
ción del nuevo estado provincial y se expresó en su creciente ramificación terri-
torial, la centralización de los mecanismos de ejercicio del poder y el desarrollo
de nuevos medios de coacción y control institucional. Se trataba de un proceso
pleno de dificultades, obstáculos y ambivalencias que estuvo lejos de completar-
se en el período aquí analizado, aunque durante este medio siglo se sentaron las
bases para la progresiva inclusión de las relaciones sociales agrarias en los ámbi-
tos del poder institucional. Sin embargo, la necesidad de resaltar las líneas cen-
trales del desarrollo institucional puede llevar a una imagen equívoca, suponerlo
dominado por una lógica externa al proceso social y haber sido impulsado por un
actor (el estado) dotado de una voluntad unívoca. Esta perspectiva debe ser radical-
mente descartada. En su lugar conviene adoptar un enfoque que pueda dar cuenta de la
dinámica de la construcción estatal en la campaña, de sus apoyaturas y limitaciones.
Para ello es preciso atender, al menos, a dos dimensiones de análisis: por un lado, las

2 José C. Chiaramonte y otros, “Vieja y Nueva Representación: los procesos electorales en Buenos Aires,

1810-1820” en A. Annino (comp.), Historia de las elecciones en Iberoamérica, siglo XIX, Buenos Aires, FCE,
1995, pp. 19-64; Oreste C. Cansanello, “De súbditos a ciudadanos. Los pobladores rurales bonaerenses entre
el Antiguo Régimen y la Modernidad”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr.
Emilio Ravignani, N°11, Buenos Aires, 1995, pp. 113-139 y Marcela Ternavasio La revolución del voto.
Política y Elecciones en Buenos Aires, 1810-1852, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores Argentina, 2002.
3 Juan C. Garavaglia, Pastores y labradores de Buenos Aires. Una historia agraria de la campaña

bonaerense, 1700-1830, Buenos Aires, Ediciones de la Flor-IEHS-Universidad Pablo de Olavide, 1999 y Raúl
O. Fradkin y Juan C. Garavaglia (eds.), En busca de un tiempo perdido. La economía de Buenos Aires en “el
país de la abundancia, 1750-1865”, Buenos Aires, Prometeo Libros, en prensa.
4 Raúl Fradkin, Mariana Canedo y José Mateo (comps.), Tierra, población y relaciones sociales en la

campaña bonaerense (siglos XVIII y XIX), GIHRR/UNMDP, Mar del Plata, 1999.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 9

orientaciones adoptadas por las autoridades para ejercer efectivamente el poder en


el medio rural; por otro, el accionar de los grupos sociales que iban buscando ocu-
par posiciones dentro de la nueva estructura institucional. Razones de espacio y
claridad expositiva nos llevan en esta ocasión a concentrarnos exclusivamente en
la primera de estas dimensiones aunque sabiendo que la segunda era parte insepara-
ble del contexto en que este proceso se desarrolló.
Es sabido que la coerción estatal define en su ejercicio un ámbito territorial y ello
supone el desarrollo de una serie de medios coercitivos que acrecienten no sólo su
fuerza armada sino su capacidad de controlar, vigilar, castigar, educar, juzgar y hasta
transformar los hábitos y costumbres de la población. Al respecto, de los argumentos
expuestos por Tilly, nos interesa rescatar que para ello era necesario contar con una
serie de organizaciones diferenciadas y que debía operarse una transición desde un
modo de control indirecto (que se apoyaba en intermediarios sociales) a otro que ten-
diera a ser directo (y se apoyara en organizaciones estatales con capacidad de penetrar
profundamente en la vida social).5 En términos de Mann,6 puede pensarse en el des-
pliegue de una serie de estructuras institucionales de poder que adoptaron la forma de
redes. Ellas permitieron configurar no sólo un “poder despótico” sobre la población –
entendido como capacidad estatal de acción independiente de toda negociación rutina-
ria e institucional– sino también un “poder infraestructural” –entendido como la capa-
cidad estatal para penetrar en la sociedad y poder ejecutar logísticamente sus decisio-
nes sobre todo un territorio–. Es esta última noción la que nos parece sugerente pues
su ejercicio supone una división del trabajo entre las actividades que despliegan las
distintas redes de poder y que el estado termina por coordinar y centralizar. 7
El análisis de la construcción del poder institucional no puede realizarse sin
considerar sus relaciones con el espacio y la población. Al respecto, prestaremos
atención preferencial a la multiplicación de jurisdicciones territoriales y a la com-
plejidad que adoptó la implantación de las estructuras de poder en el medio rural.
En este sentido, son útiles las observaciones de Hespanha, quien se propuso analizar

5 Charles Tilly, Coerción, capital y los estados europeos, 990-1990, Madrid, Alianza Universidad,

1990, especialmente pp. 44-45 y “Cambio social y revolución en Europa, 1492-1992”, en Historia Social,
N°15, 1993, pp. 71-98.
6 Michel Mann, “El poder autónomo del Estado: sus orígenes, mecanismos y resultados”, en Zona

Abierta, N°57-58, 1991, pp. 15-50 y Las fuentes del poder social. Una historia del poder desde sus comien-
zos hasta 1760 d.c., Madrid, Alianza, 1991, especialmente pp. 32-36.
7 Para un análisis de los planteos de Mann, véase: Pablo Sánchez León, “La lógica del Estado:

autonomía política y naturaleza social”, en Zona Abierta, N°61-62, 1992, pp. 29-80 y Christ Wickham,
“Sociología histórica, materialismo histórico”, en Zona Abierta, N°57-58, 1991, pp. 217-242.
10 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

“en los entresijos de las instituciones y de las prácticas político-administrativas”


cómo se tramaban los equilibrios de poder. Desde esta perspectiva buscó develar
“los cuadros estructurales de la distribución del poder” que “limitan objetivamente el
juego político o definen marcos o escenarios para la acción política”.8
Consideramos que puede ser enriquecedor inspirarnos –muy libremente por cier-
to– en estos planteos con el propósito de construir un enfoque interpretativo que nos
permita observar, lo más a ras del suelo posible, el complejo proceso de construc-
ción del poder institucional en el mundo rural bonaerense e indagar las posibilidades
reales que tenía de hacer obedecer sus orientaciones. En función de ello concebimos
el proceso de construcción de las estructuras de poder institucional como el desplie-
gue de redes más o menos diferenciadas, cada una de las cuales estaba dominada por
su propia lógica de funcionamiento y contaba con jerarquías, intensidades y modali-
dades de inserción en el medio social rural diferenciales. Por lo tanto, cuando habla-
mos de redes de poder institucional no hacemos referencia a la trama de relaciones
interpersonales que formal e informalmente puedan haber articulado los sujetos sino
a la forma ramificada que adoptó el despliegue de cada estructura de poder institu-
cional. Desde esta perspectiva postulamos que existieron tres tipos principales de
estructuras de poder institucional en el mundo rural: la militar-miliciana, la eclesiás-
tica y la judicial-policial. Por cierto, la inclusión de la estructura eclesiástica en este
análisis es problemática en la medida que, al menos formalmente, no era parte de la
organización estatal. Sin embargo, considerando que ella sirvió de sustento al des-
pliegue de organizaciones estatales y que su autonomía fue escasa y decreciente,
consideramos pertinente incluirla en el análisis.
Sin embargo, a nivel local, estas estructuras no estaban integradas sólo por
una burocracia estatal. En buena medida el ejercicio efectivo de las funciones
asignadas a cada estructura era efectuado por un conjunto de vecinos que no con-
formaban una burocracia profesional y que, o bien no eran remunerados, o sólo lo
eran parcialmente.9 En consecuencia, para identificar el personal efectivo de cada
red a los fines de evaluar su capacidad de acción consideramos en este trabajo sólo
al personal efectivamente integrado a las estructuras de poder, cualquiera sea el

8 António M. Hespanha, Vísperas del Leviatán. Instituciones y poder político (Portugal, siglo XVII),

Madrid, Taurus Humanidades, 1989, p. 10 y 55.


9 Así, la red militar y miliciana contenía tanto a los vecinos integrados a las milicias como a contingentes

indígenas con sus propios oficiales y a soldados destinados coercitivamente al servicio. La red eclesiástica
estaba integrada tanto por curas que eran parte de una burocracia clerical profesional como por otros religio-
sos y laicos que colaboraban en la administración de los servicios espirituales. La red judicial y policial no
sólo reclutaba sus miembros entre los vecinos de la campaña sino que tanto los Alcaldes de Hermandad
como luego los Jueces de Paz cumplían sus funciones apelando al concurso y colaboración de otros vecinos.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 11

modo de reclutamiento y remuneración: serán para nosotros miembros de la estruc-


tura militar-miliciana los efectivos reclutados y los milicianos en servicio activo, de
la eclesiástica los párrocos y los tenientes de cura, y de la judicial y policial los
Alcaldes de Hermandad y sus tenientes y luego a los Jueces de Paz, sus Alcaldes y
Tenientes y las partidas policiales.
Estas estructuras de poder institucional operaron en un espacio socialmente
construido y móvil. Entre 1780 y 1833 el espacio sobre el cual se desplegaba la
sociedad criolla creció unas seis veces, pasando de unos 30.000 Km2 a unos 180.000
Km2; la población rural, por su parte, se acrecentó hacia 1836 casi siete veces,
pasando de unos 13.000 a unos 90.000 habitantes.10 El notable crecimiento de la
población rural fue mucho más rápido que el de la ciudad de Buenos Aires, y en la
década de 1830, por primera vez, la población rural superó a la urbana. Estos datos,
con toda la imprecisión que pueden contener, permiten poner de relieve la magni-
tud del esfuerzo que era preciso realizar para construir el poder institucional en el
mundo rural. Sin embargo, la baja densidad de población no habilita la visión de un
inmenso “desierto”, que por otra parte era la mirada de las élites urbanas sobre este
espacio rural. Por el contrario, el poblamiento estaba muy desigualmente distri-
buido, contenía zonas de población mucho más concentrada y tasas de crecimiento
demográfico muy diferentes.11 Pero, además, en la región se fueron configurando
aglomeraciones desde las cuales se fueron organizando formas de ejercer el poder
institucional y desde las cuales ese poder actuaba sobre el medio rural. Estos pue-
blos rurales pueden ser considerados, siguiendo a Giddens, como sedes, una re-
gión física que interviene como escenario de la interacción social, dispone de fron-
teras que contribuyen a concentrarla y permiten fijar las instituciones.12 Esta pers-
pectiva además facilita un análisis centrado en el ejercicio de las funciones de po-
der que tuvieron estos pueblos en la construcción del entramado de las redes insti-
tucionales. Hasta ahora esta cuestión ha merecido escasa atención historiográfica13
y aunque no se ha realizado un estudio sistemático de ellos, la evidencia disponible
muestra una extrema variedad de situaciones.

10 Juan C. Garavaglia, Pastores y labradores de Buenos Aires..., op. cit., pp. 41 y 46.
11 José Mateo, Población, parentesco y red social en la frontera. Lobos (Provincia de Buenos Aires) en
el siglo XIX, Mar del Plata, UNMdP-GIHRR, 2001, pp. 89-93.
12 A. Giddens, La constitución de la sociedad. Bases para la teoría de la estructuración, Buenos Aires,

Amorrortu Editores, 1995, pp. 149-151.


13 Entre los pocos estudios disponibles se destacan Oreste C. Cansanello, “Pueblos, lugares y

fronteras de la provincia de Buenos Aires en la primera parte del siglo XIX”, Jahrbuch Für Geschichte
Lateinamerikas, N°35, Böhlau Verlag Köln Weimar Wien, 1998, pp. 159-187. Carlos Birocco, “Morón de
las Doce Casas. El poblado de Morón en la etapa tardocolonial (1780-1810)”, en Revista de la Facultad
12 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

Un enfoque de esta amplitud nos ha obligado a trabajar con una gran diversidad
de fuentes de información. Por una parte, hemos apelado al relevamiento cuidado-
so de la información contenida en la bibliografía existente. Por otro, a una serie de
fuentes éditas como los Acuerdos del Cabildo de Buenos Aires, los cuadernos co-
piadores de los Acuerdos del Cabildo de Luján, el Registro Oficial de la Provincia
de Buenos Aires y los Almanaques de 1826 y 1834. Pero también hemos empleado
documentación inédita: el archivo de Policía, los legajos de los Juzgados de Paz
y las Listas de Revista de 1823, 1824 y 1836 y los archivos parroquiales, para
señalar las más utilizadas.

2. LAS ESTRUCTURAS DE PODER INSTITUCIONAL

2.1. La estructura eclesiástica de poder

La estructura de poder eclesiástica comenzó su ramificación en el medio rural


con la instalación de las primeras parroquias rurales en 1730; a lo largo de un siglo
sus sedes se multiplicaron al interior de la antigua frontera y comenzaron muy lenta-
mente a hacerlo en el área de la nueva frontera. Los párrocos tenían ante sí la difícil
tarea de convertir a los pobladores de sus comunidades en feligreses y, como tales,
obedientes cumplidores del precepto anual de la comunión. Para ello instrumentaban
estrategias de confesionalización diferenciadas según los sectores de población a las
que iban dirigidas: para notables y vecinos las cofradías, la misa mayor e incluso la
delegación de algunas funciones espirituales; para los paisanos –con la colaboración
de religiosos de las distintas órdenes– las misiones interiores o populares, el re-
cuento de almas y algunas de las fiestas religiosas locales más destacadas a las que
asistían probablemente a partir de motivaciones que podían incluir, pero también ex-
ceder, las religiosas o devocionales.

de Filosofía, Ciencias de la Educación y Humanidades, 3: 4, 1998, pp. 77-108 y Cañada de la Cruz.


Tierra, producción y vida cotidiana en un partido bonaerense durante la colonia, Buenos Aires,
Municipalidad de Exaltación de la Cruz, 2003. Fernando Aliata, “Cultura urbana y organización del
territorio”, en Noemí Goldman (dir.), Revolución, República, Confederación (1806-1852), en. Nueva
Historia Argentina, Tomo III, Buenos Aires, 1998, pp. 199-254. Fernando Aliata y Omar Loyola, “La
acción del Departamento Topográfico y las Comisiones de Solares en la consolidación de los poblados
bonaerenses. Dolores entre 1831 y 1838”, ponencia a las IX Jornadas Interescuelas/Departamentos de
Historia, Córdoba, 24 al 26 de setiembre de 2003.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 13

La construcción de una red articulada de parroquias, viceparroquias, capillas


en guardias de frontera o colegios de misioneros a lo largo del siglo XVIII se nos
presenta como el andamiaje que la Iglesia organizó en su propósito de cristianizar
el mundo rural bonaerense.14 Las parroquias eran las porciones de territorio que se
encontraban bajo la jurisdicción del cura párroco, quien ejercía en ellas la cura de
almas.15 Este eclesiástico debía ejercer el ministerio pastoral, realizar el recuento
anual de almas en tiempo de cuaresma, asegurar el cumplimiento de su feligresía
con la Iglesia centrado en el precepto pascual y administrar los sacramentos. Sus
ingresos provenían de una parte de los derechos parroquiales y de las primicias, y
en algunos casos, de negocios particulares como estancias, pulperías o del ejerci-
cio de patronatos de capellanías. En las viceparroquias los tenientes de cura se
mantenían con parte de las rentas que les proporcionaba el párroco. Tampoco goza-
ban de un territorio propio el cual era supervisado por el párroco.16
Algunas parroquias contaban además con un patrimonio institucional de tierras,
chacras o estancias –de la virgen o el santo– que en principio fueron organizadas para
el depósito del ganado que los feligreses daban de limosna o del pago de servicios
religiosos, y en algunos casos se transformaron en empresas productivas.17 Sin em-
bargo, en esta reconstrucción nos centramos en aquellas estructuras seculares plena-
mente integradas al gobierno de la diócesis: las parroquias y viceparroquias. Pese a
ello, debe recordarse que estas instituciones del clero regular y sus religiosos actua-
ron como auxiliares en las parroquias más cercanas.18
En 1730 se crearon los seis primeros curatos de la campaña de Buenos Aires y
sus sedes parroquiales fueron San José de los Arrecifes en el norte, Nuestra Seño-
ra de Luján y San Antonio de Areco hacia el oeste, San Isidro y el oratorio de

14 María Elena Barral, Sociedad, Iglesia y religión en el mundo rural rioplatense, 1770-1810, Tesis

doctoral, Universidad Pablo de Olavide, Sevilla, 2001.


15 Manuel Teruel Gregorio de Tejada, Vocabulario Básico de la Historia de la Iglesia, Barcelona,

Crítica, 1993. p. 299.


16 Roberto Di Stefano y Loris Zanatta, Historia de la Iglesia Argentina, Buenos Aires, Grijalbo-

Mondadori, 2000.
17 También las órdenes religiosas contaban con sus establecimientos productivos destinados a abastecer

cada complejo de unidades urbano-rurales, aunque merece destacarse la presencia de otras instituciones
del clero regular sólo complementariamente productivas como el Convento franciscano de la Recolección
de San Pedro o el Hospicio mercedario de San Ramón de Las Conchas. María Elena Barral, “La Iglesia en la
sociedad y economía de la campaña bonaerense. El hospicio mercedario de San Ramón de las Conchas
(1779-1821)”, Cuadernos de Historia Regional, N°19, Luján, UNLu, 1996, pp. 95-135.
18 Esto es particularmente visible en el caso de los mercedarios y la parroquia de Morón y de los

franciscanos del Convento de la Recolección de San Pedro con varias de las parroquias del norte como
San Pedro, Arrecifes y Baradero.
14 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

Francisco de Merlo como sede interina de la parroquia de Matanza y parte de las


Conchas en la campaña cercana y Santa María de Magdalena en el sur, con Quilmes
con sede interina de la parroquia.19 De este modo, las antiguas reducciones de indios
preexistentes de Quilmes20 y Baradero, que ya no tenían un peso significativo, queda-
ron dentro de la jurisdicción de las parroquias más cercanas: Baradero dentro del
curato de Arrecifes y Quilmes en el de Magdalena.21
Las estructuras eclesiásticas seculares de la región se multiplicaron en mo-
mentos muy precisos: 1750, 1780, 1806, 1822/27 y 1833/38 (ver Gráfico N°1).22
Estos cambios se tradujeron en creación de nuevas parroquias desmembradas de
las ya existentes o de las ayudas de parroquia23 o viceparroquias dependientes de
las ya existentes. En la mayoría de los casos, la multiplicación de parroquias y
viceparroquias rurales de Buenos Aires fue posterior a visitas diocesanas, tal es el
caso de la que llevó a cabo Fr. Sebastián Malvar y Pinto en 1779 y la realizada por
monseñor Benito de Lué y Riega entre 1803 y 1805. A su vez, las creaciones de
1825, fueron posteriores a la misión pontificia denominada “Misión Muzi”, que
constituyó la primer tentativa de acercamiento de los gobiernos posrevolucionarios
hispanoamericanos con Roma, llevada a cabo en 1824 y en el contexto de las refor-
mas eclesiásticas de Rivadavia. Por último, fue en la década de 1830 cuando empe-
zaron a restablecerse las relaciones con el Vaticano y Mariano Medrano fue desig-
nado vicario apostólico primero y luego, en 1832, obispo.

19 Hemos dividido a la campaña en cinco zonas: Campaña norte (San Nicolás de los Arroyos,

Arrecifes, Baradero, Pergamino, Rojas, Salto, San Pedro y Mercedes –Colón–); oeste (San Antonio de
Areco, Fortín de Areco, San Andrés de Giles, Exaltación de la Cruz, Luján, Pilar, Guardia de Luján,
Navarro y Lobos); cercana (Morón, Quilmes, Flores, Las Conchas, San Fernando, San Isidro y Santos
Lugares), sur (Cañuelas, San Vicente, Ensenada, Magdalena, Chascomús, Ranchos, Monte) y nueva
frontera (Dolores, Azul, Tapalqué, Tandil, Bahía Blanca, Carmen de Patagones, 25 de mayo, Guardia
Constitución, Las Saladas, Las Mulitas, Martín García, Junín, Fortín Colorado, Laguna Blanca,
Kaquelhuincul).
20 Miguel Angel Palermo y Roxana Boixadós, “Transformaciones en una comunidad desnaturalizada:

los Quilmes, del Valle Calchaquí a ”, en Anuario del IEHS, N°6, Tandil, UNCPBA, 1991, pp. 13-42; José
Craviotto, Historia de Quilmes desde sus orígenes hasta 1941, La Plata, AHPBA, 1961 y Guillermina
Sors de Tricerri, Quilmes colonial, La Plata, AHPBA, 1937.
21 Cayetano Bruno, Historia de la Iglesia en la Argentina, Buenos Aires, Don Bosco, 1958.
22 La confección de este gráfico ha tenido en cuenta la propia lógica del proceso de ramificación
institucional eclesiástica: las primeras parroquias de 1730 y las sucesivas parroquias y viceparroquias
creadas como desmembramientos de las mismas. Por esta razón este gráfico no ha seguido la
regionalización que se propone en este artículo.
23 A diferencia de las viceparroquias para cuya instalación interviene el obispo de la diócesis, las

ayudas de parroquia surgen más directamente ligadas a la autoridad del párroco y administradas por un
sacerdote en calidad de teniente de cura. Para su funcionamiento se debía contar con la autorización del
obispo, como en el caso de cualquier oratorio público, y una vez concedida la licencia, el cura párroco
nombraba al teniente de cura y le cedía parte de sus rentas. Roberto Di Stefano y Loris Zanatta, Loris,
Historia de la Iglesia..., op. cit., p. 59.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 15

Hacia 1750 se habían creado tres viceparroquias. En el norte, además de la pa-


rroquia de Arrecifes, la capilla de San Vicente Ferrer –que luego sería la parroquia de
San Nicolás– funcionaba como viceparroquia del curato de los Arroyos en la juris-
dicción de Santa Fe. La campaña oeste se convertía en la zona que concentraba mayor
número de estructuras eclesiásticas: a las parroquias de Luján y San Antonio de Areco
se agregaban las viceparroquias de Pilar dependiente de la primera y de Cañada de la
Cruz bajo jurisdicción de la segunda.
El mayor despliegue de las estructuras eclesiásticas se verifica en 1780, cuando
se crearon nueve parroquias, tres de las cuales eran viceparroquias desde al menos
1750, completándose el cuadro para toda la campaña de quince parroquias. Su distri-
bución entre las distintas regiones era bastante equilibrada: cinco en el norte (Arre-
cifes, Baradero, San Pedro, San Nicolás y Pergamino), cuatro en el oeste (Luján, San
Antonio de Areco, Pilar y Cañada de la Cruz), tres en la campaña cercana (San Isidro,
Las Conchas y Morón) y tres en el sur (Magdalena, Quilmes y San Vicente).
Esta situación se mantuvo con pocas modificaciones hasta 1810. Los cambios en
1806 se concentraron en la campaña cercana (con la creación de las parroquias de San
Fernando y San José de Flores) y en la línea de frontera (Lobos, Guardia de Luján,
Navarro, Salto, Ensenada y Chascomús). Algunos de estos fuertes y fortines ya conta-
ban con capilla y capellán castrense y ahora ingresaban a la estructura diocesana como
parroquias o viceparroquias. Este proceso se consolidó en 1825 cuando todos los fuer-
tes y fortines de la antigua frontera se transformaron en parroquias o viceparroquias.
Para mediados de la década de 1830 las estructuras eclesiásticas no habían cambiado
sustancialmente y mientras se profundizaba la integración de la antigua línea de fronte-
ra a la vida religiosa diocesana, comenzaba a verse lentamente la “llegada” de la Iglesia
a los fuertes del nuevo sur como Azul, Dolores,24 Bahía Blanca y Patagones.25
Algunos de los primeros pueblos de la región se fueron formando en torno a
parroquias o viceparroquias que en su mayoría tuvieron origen a partir de oratorios
privados o públicos. Así, entre las primeras parroquias de 1730, sólo Magdalena y
Arrecifes contenían otras estructuras preexistentes: las reducciones de indios.26

24 En el caso de Dolores la parroquia se instala en 1817, luego el poblado es destruido en 1821 por una

entrada de grupos indígenas. Se necesitará un nuevo impulso unos años más tarde para instalar una
población fija.
25 En Carmen de Patagones si bien la presencia eclesiástica –y obviamente la militar– es anterior con la

instalación de capellanes castrenses, la parroquia es de 1833.


26 Baradero dejó de ser reducción en 1780 con la creación de la parroquia de españoles y Quilmes lo

hizo en 1812, aunque ya durante las últimas décadas del siglo XVIII su condición de pueblo de indios no
tenía demasiada relevancia.
16 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

En cambio, Luján, San Isidro, Matanza, Conchas y San Antonio de Areco fijaron su
sede parroquial en oratorios de algunas de las familias “principales” de cada pobla-
do en formación.27 De modo análogo, años después otras capillas situadas en tie-
rras de particulares fueron el origen de parroquias y viceparroquias, como sucedió
en San Nicolás de los Arroyos,28 Cañada de la Cruz, Nuestra Señora del Pilar,29
Magdalena30 y, varias décadas después, San Andrés de Giles.
Hasta por lo menos la década de 1820 en las parroquias rurales transitaban
intensamente religiosos de las distintas órdenes –mercedarios, franciscanos, do-
minicos y, en menor medida, agustinos y betlemitas– que, sin estar integrados a las
parroquias como párrocos o tenientes de cura, eran autorizados por éstos a admi-
nistrar sacramentos.31 También es el caso de los sacerdotes seculares ordenados a
título de capellanías u otras fundaciones similares –los “clérigos particulares”–
que no tenían la obligación de prestar servicios pastorales en las estructuras de la
diócesis.32 A comienzos del siglo XIX, en su visita, el obispo Lué advertía esta
situación y la planteaba en estos términos:

Persuadido SSI de que la escasez de Ministros que hay en estas campañas que ayuden a los
párrocos en sus ministerios les obliga a éstos más veces a tolerar en sus feligresías algunos
sacerdotes seculares y regulares que contra las disposiciones de los Sagrados Cánones y
repetidas Reales Ordenes del Soberano viven errantes y vagos sin adscripción ni residen-
cia fija abandonando aquéllos a la que deben tener por sus beneficios o títulos de órdenes.33

27 Entre otros ver: Juan A. Presas, Nuestra Señora de Luján y Sumampa. Estudio Crítico-

histórico, 1630-1730, Buenos Aires, Ediciones Autores Asociados Morón, 1974; Jorge M. Salvaire,
Historia de Nuestra Señora de Luján: su origen, su santuario, su villa, sus milagros y su culto, 2
tomos, Buenos Aires, ed. Pablo Coni, 1885. Pedro Kröpte, La metamorfosis de San Isidro 1580-
1994, San Isidro, 1994. José Burgueño, Contribución al estudio de la fundación de San Antonio de
Areco, Areco, 1936.
28 Mariana Canedo, Propietarios, ocupantes y labradores. San Nicolás de los Arroyos 1600-1860,

Mar del Plata, UNMdP-GIHRR, 2001; José De la Torre, Historia de la ciudad de San Nicolás de los
Arroyos, La Plata, AHPBA, 1938.
29 Aldo Beliera, “Basamento histórico de la Capilla Nuestra Señora del Pilar y del Pueblo del mismo

nombre”, en Primeras Jornadas de Historia del Partido del Pilar-1990, Buenos Aires, ed. José
Sánchez, 1991.
30 Francisco Cestino, Apuntes para la historia del partido de la Ensenada, 1821-1881, La
Plata, Dirección de Impresiones Oficiales, 1949. José Craviotto, “La atención del pago de Magdale-
na (1738-1765)”, Separata de Investigaciones y Ensayos, Nº 42, Buenos Aires, 1992; Fernando E.
Barba, “Los orígenes del pueblo de Magdalena”, Separata de Investigaciones y Ensayos, Nº 38,
Buenos Aires, 1988.
31 Este tema puede verse desarrollado en María Elena Barral, Sociedad. Iglesia.... En el capítulo 5 de

la tesis se analiza el clero rural a nivel de las parroquias y se advierte sobre esta situación.
32 Roberto Di Stefano y Loris Zanatta, Historia de la Iglesia..., p. 90.
33 Centro de Historia Familiar, Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, Libro de

Bautismos de Capilla del Señor (microfilm 0672842, int. 8073). El destacado es nuestro.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 17

También es evidente que no todas las parroquias despertaban el mismo interés, y


que aquellas ubicadas en las zonas más pobladas, y de producción cerealera –de la
cual dependía el pago de las primicias– eran las más requeridas y donde más eclesiás-
ticos en distintas funciones se pueden encontrar. 34
A su vez, dentro del grupo de feligreses que en cada parroquia respondía al impe-
rativo de “vivir bajo cruz y campana” y cuyas cabezas más visibles integraban las co-
fradías rurales,35 hubo quienes cumplían funciones relativamente fijas de colabora-
ción con los curas como “bautizar en caso de necesidad”.
Pero si consideramos solamente a los párrocos y sus tenientes de cura, es decir
solamente al personal estable de las estructuras eclesiásticas seculares, el panorama
cambia bastante. Entre 1813 y 1836, a pesar que aumentaron las sedes de la estructu-
ra eclesiástica de poder, disminuyó el número de eclesiásticos sirviendo en las mis-
mas. En 1815 eran 42 eclesiásticos y 27 las parroquias o viceparroquias; en 1825
eran 38 curas y 29 estructuras eclesiásticas y en 1836 el personal eclesiástico man-
tuvo el mismo número y sus sedes de poder aumentaron a 33.
El estancamiento del número de párrocos en la campaña se debe a cuestiones de
orden más general que afectaban a las instituciones eclesiásticas en su conjunto. La
caída de ordenaciones sacerdotales se verificaba desde la revolución e incluso algu-
nos años antes y es probable que los potenciales clérigos encontraran otros ámbitos
más atractivos de desarrollo profesional como los cuerpos de milicias o los medios
intelectuales, que dejaban de ser, paulatinamente, patrimonio exclusivo del mundo
eclesiástico. A su vez, la caída de las rentas eclesiásticas y las dificultades de recau-
dación de los diezmos o del cobro de los derechos parroquiales pudo desalentar a
más de un candidato a incorporarse al clero. Pero además cada ruptura política signi-
ficó una desarticulación territorial que afectó también a la esfera eclesiástica. Sobre
todo si pensamos en los vínculos de dependencia institucional que ligaban a las jurisdic-
ciones eclesiásticas y que en estas condiciones las fragmentaban aún más, con las
consabidas dificultades para canalizar formas de intervención más o menos unifor-
mes (como el caso del arzobispado de Charcas, del que dependían los obispos rioplatenses).
El programa reformista de Rivadavia profundizó la debilidad de las instituciones

34 María Elena Barral y Roberto Di Stefano, “La diócesis de Buenos Aires a principios del siglo

XIX: estructuras eclesiásticas y política pastoral”, en CD-Rom Ponencias. VII Jornadas de


Interescuelas Departamentos de Historia, Neuquén, septiembre de 1999. María Elena Barral, Socie-
dad, Iglesia...., op. cit.,
35 Los cofrades entre sus funciones fijadas por sus constituciones debían visitar a los enfermos los

días de fiesta y costear y organizar determinadas funciones religiosas: María Elena Barral, “Iglesia,
poder y parentesco en el mundo rural colonial. La cofradía de Animas Benditas del Purgatorio, Pilar,
1774”, en Cuadernos de Trabajo, N°10, UNLu, pp. 17-56.
18 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

eclesiásticas con la expropiación de recursos económicos orientada por la política


de centralización de las instituciones eclesiásticas, de desamortización de los prin-
cipales recursos y la eliminación de los fueros, y que retomaba las iniciativas
borbónicas del siglo anterior. 36
Sin embargo la Iglesia mantuvo en sus manos algunos mecanismos importantes
de control social en el plano local, aunque más subordinada a las autoridades políti-
cas civiles y militares. Aún nos falta conocer mucho sobre la acción eclesial en la
época de Rosas; la manera en que contribuyó a la legitimación simbólica de la figura
de Rosas y del federalismo ha sido puesta de manifiesto por distintos trabajos.37

2.2. La estructura militar y miliciana de poder

El desarrollo de la estructura de poder militar y miliciano aún carece de un


estudio completo y sistemático y la información disponible sólo permite esbozar
un cuadro general de su expansión. En algunos aspectos, esta información es muy
imprecisa dado que la mayor parte de las veces sólo se hace referencia a la fecha de
instalación de los fuertes y fortines38 pero no se ofrecen precisiones respecto a
cuándo cada uno dejó de funcionar. En cuanto a la magnitud y composición de las
fuerzas militares y milicianas sólo recientemente se han producido estudios cuida-
dosos y en ellos nos apoyaremos.39

36 Puede verse: Di Stefano, Roberto, El púlpito y la plaza, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores

Argentina, 2004.
37 Ricardo Salvatore, “Fiestas federales: representaciones de la República en el Buenos Aires

rosista”, en Entrepasados, N°11, Buenos Aires, 1997, pp. 45-68 y Juan C. Garavaglia, “Escenas de la
vida política en la campaña: San Antonio de Areco en una crisis del rosismo (1839/1840)”, en Juan C.
Garavaglia, Poder, conflicto y relaciones sociales. El Río de la Plata, XVIII-XIX, Rosario, Homo
Sapiens, 1999, pp. 157-188.
38 Comando en Jefe del Ejército, Reseña Histórica y Orgánica del Ejército Argentino, Tomo I ,

Buenos Aires, Círculo Militar, 1971; Fernando Barba, Frontera ganadera y guerra con el indio. La
frontera y la ocupación ganadera en Buenos Aires entre los siglos XVIII y XIX, La Plata, UNLP, 1995;
Carlos Mayo y Amalia Latrubbesse, Terratenientes, soldados y cautivos: la frontera (1736-1815), Mar
del Plata, UNMDP, 1993; Carlos Mayo (ed.), Vivir en la frontera, Buenos Aires, Biblos, 2000.
39 Un análisis señero de los comienzos de la militarización es el de Tulio Halperin Donghi,

“Militarización revolucionaria en Buenos Aires, 1806-1815”, en Tulio Halperin Donghi (comp.), El


ocaso del orden colonial en Hispanoamérica, Buenos Aires, Sudamericana, 1978, pp. 122-158. En
relación a las milicias durante las décadas de 1810 y 1820 ver Oreste C. Cansanello, “Las milicias
rurales bonaerenses entre 1820 y 1830”, en Cuadernos de Historia Regional, N°19, UNLu., Luján,
1998, pp. 7-51. El análisis más completo y panorámico es el de Juan C. Garavaglia, “Ejército y milicia:
los campesinos bonaerenses y el peso de las exigencias militares, 1810-1860”, en Anuario IEHS,
N°18, 2003, pp 153-187.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 19

En la campaña la estructura militar y miliciana tuvo como principales sedes de


poder a los fuertes y fortines de la frontera pero también estaba presente en otros
pueblos donde se localizaron diversos destacamentos, los que a su vez no tuvieron
una localización fija. No todos estos fuertes tenían la misma jerarquía, ya que desde
1780 la Villa de Luján era la sede de la Comandancia de Frontera.40 A lo largo de este
azaroso período las fuerzas se componían de tropas regulares y de milicias, una de-
marcación perdurable aunque no inalterable en la medida que las fuerzas milicianas
terminaron por quedar subordinadas a las autoridades militares regulares y su coman-
do quedó en manos de oficiales veteranos.
Hacia 1784 los Blandengues, un cuerpo miliciano que comenzó a funcionar en
la década de 1750, pasó a tener seis compañías de 100 hombres y fue transformado
en un cuerpo veterano.41 La jurisdicción contaba además con 1490 hombres en
otros cuerpos regulares, lo que hacía un total apenas superior a los 2000 efectivos.
Por entonces los milicianos que prestaban servicio activo en la frontera eran unos
125 localizados en Chascomús, Ranchos, Monte, Salto y Rojas, aunque podían ser
movilizados 2171 hombres en toda la campaña.42
A mediados de la década de 1810 la ramificación de la estructura había ganado
en complejidad y extensión. Al sur del Salado se agregó el fuerte de Kakelhuincul
y en gran parte de los pueblos existían regimientos milicianos; a su vez, se sumó
una Comandancia de Milicias en Las Conchas y Comandancias Militares en San
Nicolás, San Pedro, Baradero, Arrecifes, Pilar, Capilla del Señor, San Fernando,
Ensenada y Dolores. Hacia 1819, se procedió a organizar tres regiones militares
dividiendo la campaña en Sur, Norte y Centro. La intensa militarización ocurrida
hacia 1806/7, aun cuando se había reducido hacia 1810, recibió un decidido impul-
so. Las levas sucesivas afectaron crecientemente a la población rural y se ha esti-
mado que pueden haber abarcado a un 10% de los varones solteros, es decir a uno
de cada seis adultos.43 Sin embargo, no es fácil estimar el número de efectivos
realmente existentes en la jurisdicción aunque sabemos que hacia 1814 el total de
milicianos en la campaña llegaba a 105844 y que en 1817 las fuerzas que guarne-
cían la frontera ascendían sólo a 308 hombres.45
En los primeros años de la década de 1820 la estructura militar de la provincia
fue reorganizada y en 1823 el ejército regular contaba con 214 oficiales y 3.142

40 Eugenia Néspolo, “Gobernar en la Frontera Bonaerense 1736-1784. Luján un estudio de caso”,

mimeo, 2003.
41 Comando General del Ejército, Política seguida con el aborigen (1820-1852), Buenos Aires,

Círculo Militar, 1974, I, p. 88.


42 Juan C. Walther, La conquista del desierto, Buenos Aires, EUDEBA, 1974, p. 114.
43 Juan C. Garavaglia, “Ejército y milicia...”, p. 163.
44 Juan C. Walther, La conquista...., p. 134.
45 Rolando Dorcas Berro, Nuestra Señora de Dolores, La Plata, AHPBA, 1939.
20 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

suboficiales y soldados.46 Otros datos indican que en 1825 el total de efectivos era
de 3840 hombres, de los cuales tenían asiento en la campaña al menos 1800 pertene-
cientes a los Regimientos de Húsares (en Salto), de Blandengues (en Lobos) y de
Coraceros (en Kaquel).47 A ellos hay que agregar las Comandancias de Marina que se
encontraban en Conchas y Ensenada aunque no sabemos sus dotaciones. Por su parte,
la estructura miliciana estaba integrada por una Milicia activa de infantería compues-
ta por unos 3960 ciudadanos y 89 veteranos, una o dos compañías de milicia activa de
infantería en cada pueblo y los cuatro Regimientos de Milicia activa de Caballería,48
cada uno de los cuales estaba conformado por cuatro escuadrones y cada uno de ellos
por dos compañías de 100 soldados cada una.49 De este modo, antes del gran es-
fuerzo militar que supuso la guerra con Brasil, el estado provincial contaba con una
fuerza de línea de unos 4000 hombres y con alrededor de 3200 milicianos. En
1826 se agregó un 5º regimiento con jurisdicción el partido de Monsalvo y a fines
de ese año se dispuso que todos los regimientos de caballería tuvieran agregados
un escuadrón de milicias de 200 plazas, por lo que el número de milicianos de
caballería debe haber rondado los 5000.50
A mediados de la década de 1830 la estructura de poder militar se había ex-
tendido mucho más.51 En la campaña, hacia 1836 la línea de fuertes se había am-
pliado con la incorporación de Federación (o Junín), Cruz de Guerra y Bahía Blan-
ca en 1828, Azul y Tapalqué en 1832, Fortín Colorado en 1833 y Las Mulitas en
1836.52 Silvia Ratto ha demostrado en el estudio más sólido y preciso de la
estructura militar hacia 183653 que en los fuertes de frontera (Federación, 25 de

46 Juan C. Garavaglia, “Ejército y milicia...”, p. 158.


47 Juan José María Blondel, Almanaque político y de comercio de la ciudad de Buenos Ayres para el año
de 1826, prólogo de Enrique M. Barba, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1968, pp. 40-42.
48 Juan José María Blondel, Almanaque político..., pp. 43-44.
49 El Regimiento 1º comprendía los suburbios de la ciudad y los partidos más cercanos (San Isidro, San

Fernando, Las Conchas, Santos Lugares y San José de Flores). El Regimiento 2º se reclutaba en los partidos
del oeste de Buenos Aires (Morón, Villa de Luján, San Antonio de Areco, Pilar y Capilla del Señor). El
Regimiento 3º tenía jurisdicción sobre los partidos del sur de la provincia hasta el línea del Salado (Quilmes,
Ensenada, Magdalena, Chascomús, San Vicente, Cañuelas, Ranchos, San Miguel del Monte y Lobos). El
Regimiento 4º comprendía los partidos del noroeste (Guardia de Luján, Fortín de Areco, Salto Rojas, Pergami-
no, San Nicolás, Arrecifes, San Pedro y Baradero).
50 Dado que hacia 1824 las milicias reunían 4942 hombres; Oreste C. Cansanello, “Las milicias...”, p. 25.
51 Juan José María Blondel, Guía de la Ciudad y Almanaque de Comercio de Buenos Aires para el año

1834, Buenos Aires, Imprenta de la Independencia, 1834, pp. 33-34.


52 Un excelente análisis del funcionamiento de los nuevos fuertes del sur en Silvia Ratto, “Poblamiento en

áreas de frontera: el funcionamiento de los fuertes al sur del río Salado”, mimeo, 2002.
53 Silvia Ratto, “Soldados, milicianos e indios de “lanza y bola”. La defensa de la frontera bonaerense a

mediados de la década de 1830”, en Anuario del IEHS, N°18, Tandil, 2003, pp. 123-152.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 21

Mayo, Tapalqué/Azul, Independencia y Bahía Blanca) había una fuerza armada de


unos 4.000 hombres, de los cuales 817 eran tropas de línea, 904 milicianos y 2360
indígenas. Sin embargo, también ha mostrado que esta situación podía variar signi-
ficativamente pues a fines de 1836 los milicianos movilizados hacia los fuertes de
frontera eran 2267 aunque en 1837, las fuerzas de línea en ellos se mantenían en
los mismos niveles (903 hombres), los milicianos eran 1403 y los indígenas 2.121,
lo que hacia un total algo superior al año anterior (4.427 hombres). De este modo,
sus datos nos indican que la fuerza del ejército regular era decisiva en algunos
puntos (como Bahía Blanca) y también que tenía una marcada estabilidad; más flexible
era en cambio la posibilidad de apelar a milicianos y pese a ello el predominio de
los contingentes indígenas era decisivo.
Por nuestra parte, hemos intentado evaluar la magnitud total de las fuerzas
disponibles en la campaña en 1836: ese año habría un total de 1.415 milicianos
activos por lo que puede afirmarse que en su inmensa mayoría estaban en los
fuertes; las tropas de línea, en cambio, eran unos 3.065 hombres de modo que
sólo una tercera parte estaban en esos fuertes. A este total de 4.480 hombres
habría que sumar en consecuencia los 2.300 indígenas, todos ellos en el área de
frontera. Las Listas de Revista de 1836 permiten ver la compleja trama que tenía
la distribución espacial de la red. El Regimiento 1º tenía sus fuerzas en Federa-
ción y Las Mulitas. El 2º tenía en la Villa de Luján a su Plana Mayor y unidades en
25 de Mayo, Federación, Flores, Exaltación de la Cruz, Morón, Saladas y además
contaba con un Escuadrón de Milicias en comisión para capturar vagos y deserto-
res que no tenía una localización fija. El N°3 tenía sus unidades distribuidas entre
Monte, Matanza, Tapalquén, el Campamento de la Botija y piquetes en Navarro y
Lobos. El 4º tenía su Plana Mayor en Federación y diversas unidades acantonadas
en ese fuerte. El Regimiento N°5 las tenía distribuidas entre Ranchos, Tapalquén,
Laguna Blanca, Dolores, Monsalvo, Fuerte Independencia y Azul. El Regimiento
N°6 estaba ubicado en Azul, Quilmes, San Vicente, Ensenada y Magdalena. Por su
parte, el Regimiento de Blandengues de la Nueva Frontera tenía su Plana Mayor
en Bahía Blanca y sus fuerzas ubicadas en Fuerte Argentino y Guardia Constitu-
ción. El Regimiento de Dragones de la Nueva Frontera tenía su Plana Mayor en el
Fuerte 25 de mayo y unidades en Fuerte Argentino, Monte y San Nicolás. Las
Compañías Batallón Guardia Argentina tenían su plana mayor en Bahía Blanca y
unidades en 25 de Mayo, Azul, Patagones, los Polvorines de Flores y Cuelli, San
Nicolás, Fortín Colorado y Fuerte Independencia.
Podemos ahora intentar una evaluación muy provisoria. A mediados de la
década de 1780 la provincia contaba con una fuerza armada que apenas superaba
los 4.000 hombres entre milicianos y regulares aunque en la frontera sólo había
unos 600 Blandengues. A mediados de la década de 1810, parece haberse des-
guarnecido la campaña con una reducción tanto de las fuerzas regulares como
milicianas a la mitad. Esta situación se habría revertido a mediados de la década de
22 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

1820 cuando la provincia contaba con una fuerza armada de unos 7.200 hombres;
de ellos en la campaña había unos 1.800 regulares y más de 3.000 milicianos. Ha-
cia 1836 hemos podido constatar que en la campaña había 3.065 hombres en las
tropas de línea y 1.415 milicianos movilizados aunque ese número podía elevarse a
unos 4.800 en caso de necesidad; además, ahora era también posible recurrir a más
de dos millares de contingentes indígenas. Este panorama puede ser completado
con los datos de Garavaglia para 1841: por entonces el estado disponía de una fuer-
za armada de 10.367 hombres de los cuales el 32% eran milicianos. Si considera-
mos los datos desagregados que suministra para las principales unidades militares
podemos ver que el 35% de las tropas regulares y el 39% de las milicianas se
encontraban asentados en la campaña.54

2.3. La estructura de poder judicial y policial

Esta estructura de poder institucional tuvo un precario desarrollo hasta bien entra-
do el siglo XVIII y una organización cambiante a lo largo del período. Aunque sus fun-
ciones eran distintas las hemos agrupado en una sola red considerando que uno de los
rasgos claves de su estructuración fue el fallido intento de organizar dos agencias ins-
titucionales diferenciadas, al menos en el ámbito rural.55 Como es sabido, hasta 1821
la justicia y la policía rural fueron ejercidas principalmente por los Alcaldes de la Santa
Hermandad designados por el Cabildo de Buenos y desde 1756 también por el de
Luján; pero además efectuaba designaciones el Alcalde Provincial de la Santa Herman-
dad, un oficio vendible que mantuvo tensas y conflictivas relaciones con el cuerpo
capitular porteño. En un principio las designaciones del Cabildo de Buenos Aires se
efectuaban inicialmente sólo para dos grandes jurisdicciones aunque en 1766 se in-
tentó infructuosamente aumentar su número a cuatro. Recién a fines de la década de
1770 comenzó a haber un sistemático incremento de designaciones que se consolidó a
mediados de la década siguiente56 cuando llegaron a ser 16 las jurisdicciones delimita-
das sin considerar las que se efectuaban para la Banda Oriental. Con todo, su poder efec-
tivo seguía siendo muy limitado: no disponían de cárceles ni con una fuerza propia bajo su

54 Sobre una tropa regular de 4.446 hombres 2.395 estaban asentados en la campaña y sobre un total

de 2.251 milicianos 1448 estaban en la campaña. Juan C. Garavaglia, “Ejército y milicias...”, p. 181.
55 Para analizar las implicancias históricas de esta cuestión ver Osvaldo Barreneche, Dentro de la Ley,

TODO. La justicia criminal de Buenos Aires en la etapa formativa del sistema penal moderno de la
Argentina, La Plata, Ediciones Al Margen, 2001.
56 “Alcaldes de la Hermandad. Sobre su jurisdicción”, AHPBA, Real Audiencia, 7-2-109-13 y 7-2-109-14.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 23

dependencia directa57 y era muy frecuente la designación de jueces comisionados


con funciones acotadas y para jurisdicciones específicas.58 Aún mayores dificul-
tades tuvo el Cabildo de Luján que incluso llegó a ser suspendido en sus funciones.
Además debió lidiar con la competencia jurisdiccional del cabildo porteño, una
situación que perduró hasta 1796 cuando el cabildo lujanense recuperó plenamente
sus atribuciones59 y comenzó a designar sus propios Alcaldes para los partidos de
Pilar, San Antonio de Areco, Cañada de la Cruz, Navarro, Guardia de Luján y Fortín
de Areco. Pese a ello, el cuerpo capitular porteño siguió designando un Alcalde
para Areco Arriba hasta 1821.
La crisis revolucionaria puso en primer plano la necesidad de conformar un
poder de policía más efectivo que tenderá a escapar del control del Cabildo para
depender directamente del poder central. La centralización se evidenció también
en la recreación de la figura del Gobernador Intendente –de breve existencia en la
década de 1780– que tenía jurisdicción sobre la campaña. Así, en 1812 se designa-
ron tres comisarios de policía, uno de los cuales estaba encargado de supervisar el
accionar de los Alcaldes de Hermandad, y en 1816 el gobierno creó un cargo de
Comisario de Campaña con el preciso objetivo de la persecución de los “va-
gos”.60 De esta manera, hacia 1816 en la campaña bonaerense había al menos
21 Alcaldías de Hermandad designadas por el cabildo porteño y 6 por el de Luján.
Ese año se dispuso que debían contar con una partida de auxiliares a sueldo con lo cual
se independizaban de los comandantes de milicias para la provisión de auxilia-
res. ¿Hasta qué punto se cumplió esta disposición? Lamentablemente no lo sabe-
mos, pero de haberse cumplido habría significado un mínimo de 84 auxiliares (si sólo

57 Según el Alcalde de los Arroyos en 1795 “la guardia de los soldados que se le imparte de auxilio por

los oficiales militares es de milicianos voluntarios que estos hacen lo que quieren y al mismo tiempo es
menester que el Alcalde Juez los gratifique y mantenga”: AGN, IX-19-7-7.
58 El mejor estudio disponible sobre los Alcaldes de Hermandad es el de Carlos Birocco, “La

estructuración de un espacio de poder local en la campaña bonaerense: las Alcaldías de la Santa


Hermandad de los partidos de Areco y la Cañada de la Cruz (1700-1790)”, en Gabriela Gresores y
Carlos Birocco, Tierra, poder y sociedad en la campaña rioplatense colonial, Cuadernos del PIEA,
N°5, Buenos Aires, 1998, pp. 53-95.
59 Enrique Barba, “La erección de la Villa de Luján y el pleito jurisdiccional con el Cabildo de

Buenos Aires”, en Investigaciones y ensayos, N°31, Buenos Aires, ANH, 1981, pp. 263-273; Dedier N.
Marquiegui, Estancia y poder político en un partido de la campaña bonaerense (Luján, 1750-
1821), Buenos Aires, Biblos, 1990.
60 Abelardo Levaggi, “La seguridad de la campaña bonaerense entre los años 1821 y 1826. Esta-

blecimiento, supresión y restablecimiento de las comisarías de campaña”, en Investigaciones y Ensa-


yos, N°20, 1976, p. 378.
24 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

consideramos a las Alcaldías dependientes del cabildo porteño) y un máximo 108


auxiliares (si consideramos el conjunto de Alcaldes existentes).61
La crisis de 1820 abrió nuevas incertidumbres. La elite gobernante llegó a la
conclusión de que era preciso acabar con los Cabildos,62 sustituir a los Alcaldes de
Hermandad por los Jueces de Paz, imponer una justicia letrada en la campaña a cargo
de tres Juzgados de Primera Instancia y organizar una estructura de ocho comisarías
de policía directamente dependiente del gobierno. Sin embargo, esta nueva organiza-
ción tuvo corta duración. En 1824 se dispuso reducir los cinco juzgados de primera
instancia a cuatro (dos civiles y dos criminales) todos localizados en la ciudad.63
Transitoriamente se anularon las comisarías de campaña, trasladándose sus funcio-
nes a los Jueces de Paz y se dispuso que cada uno tuviera una partida de tres milicianos
con una remuneración de 8 pesos mensuales;64 pero en julio de 1825 se dispuso la
reposición de las ocho comisarías y a fin de año se autorizaron dos nuevas: una para
Monsalvo y otra para los partidos de Navarro, Lobos y Matanza.
No era suficiente. Ya en abril de 1827 el Juez de Paz de Exaltación de la Cruz
proponía una “solución” más drástica: la necesidad de elegir un comisario para
cada partido. 65 Pero la medida tardó en implementarse. En 1830 Rosas elevó de
10 a 21 las secciones de policía y recién en 1836 transfirió directamente las fun-
ciones –y la renta– de los comisarios a los Jueces de Paz. De este modo, cada
partido contaría con su comisaría aunque el proceso fue más gradual y varios Jue-
ces de Paz tuvieron asignada esta función con anterioridad. 66 En consecuencia,
si hacia 1822 las 8 comisarías debían atender el servicio de policía de 29 parti-
dos, a fines de 1825 eran 10 las comisarías para 31 partidos; en 1830 eran 21 las
comisarías y 32 los partidos y en 1836 eran 35 los partidos y cada uno con su
comisaría. De este modo, la ramificación de la red policial fue más intensa que la

61 Este proceso ya se había dado en la ciudad donde los Alcaldes de Barrio que desde 1772 eran

dieciséis se habían elevado a veinte en 1794 y a treinta y tres desde 1812, cuando además se dispuso
que debían contar con cuatro Tenientes cada uno. El dato es bien sugerente de las prioridades oficia-
les: sólo para la ciudad se había previsto una retícula más densa que la que se disponía para el
conjunto de la campaña.
62 Marcela Ternavasio, “La supresión del cabildo de Buenos Aires: ¿crónica de una muerte anun-

ciada?”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, N°21,
2000, pp. 33-74.
63 AGN, X-14-5-4, Policía, 1827.
64 “Decreto del Gobierno. Buenos Aires 28 de febrero de 1825”, en Manual para los Jueces de Paz de

Campaña, Buenos Aires, Imprenta de la Independencia, 1825, p. 2.


65 Abelardo Levaggi, “La seguridad...”, p. 406.
66 Por ejemplo, el de Monte fue designado como comisario en marzo de 1832. Juzgado de Paz de

Monte (1829-1842), AGN, X-21-3-5.


LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 25

de los jueces aunque terminó por perder su existencia diferenciada.67 De este pro-
ceso emergen algunas cuestiones claves.
La formación de las fuerzas policiales, es decir de una fuerza armada dotada de
capacidad de coerción sobre la propia población y diferenciada de las fuerzas especí-
ficamente destinadas a la defensa, no resultó una tarea sencilla. A lo largo del perío-
do se organizaron dos tipos de “partidas” policiales: unas centralizadas y móviles
(bajo el comando directo de la jefatura) y otras que tuvieron a sus órdenes Comisa-
rios de Sección, Alcaldes de Hermandad o Jueces de Paz. Las primeras tuvieron una
existencia inestable pero persistente. Desde 1799 había una partida que contaba con
35 hombres y mantuvo esa dotación hasta 1812 aunque en 1809 se había dispuesto
que fuera de 50 efectivos; en 1812 se estipuló que debía estar compuesta por 100
hombres pero pocas veces llegó a contar efectivamente con esa dotación y en 1822
apenas contaba con 50; hacia 1831 se organizó una nueva fuerza policial, la Compa-
ñía de Caballería Auxiliar, que contaba con 80 hombres pero en 1836 su número se
había reducido a 60. De este modo, las autoridades contaron permanentemente con
una fuerza policial centralizada y militarizada, cuya misión primordial era asegurar el
orden en la ciudad y sus arrabales, aunque también esta fuerza era empleada para
realizar incursiones en las profundidades del mundo rural. Además, desde 1822 se
había formado una Compañía de Peoneros de Policía integrada por tres secciones,
cada una de las cuales debía integrarse con un sargento, dos cabos, 46 soldados y un
tambor68 aunque su dotación efectiva rondaba los 130 hombres.69 En 1823 fue sus-
tituida por los Celadores de Policía, una fuerza urbana mucho más reducida que re-
unía unos 32 efectivos y perduró hasta 1834 cuando fueron reemplazados por dos
nuevos cuerpos de vigilancia urbana: los Serenos y los Vigilantes de Día. De esta
forma, se fue configurando una trama policial que se adosó a la estructura creciente
de Alcaldes de Barrio y que buscaba asegurar el control del territorio de la ciudad y
sus zonas aledañas, la preocupación por excelencia de la policía.
En la campaña mientras existieron las comisarías de sección se estableció
que cada una debía contar con su propia partida celadora. Pero, además, las auto-
ridades recurrieron a diversos mecanismos para forzar la activa colaboración de
los vecinos de los pueblos y que eran un modo de ampliar la capacidad de acción
policial del estado exigiendo prestaciones a los vecinos. En julio de 1823 un decreto
dispuso que todos los ciudadanos estaban obligados “a prestar su cooperación

67 Registro Oficial de la Provincia de Buenos Aires; Francisco Romay, Historia de la Policía Federal

Argentina, Buenos Aires, Biblioteca Policial, Tomo II, 1820-1830, 1964. Adolfo Rodríguez, Cuatrocien-
tos años de policía en Buenos Aires, Buenos Aires, Editorial Policial, 1981.
68 Ver Francisco Romay, Historia de la Policía..., tomo I, p. 178 y tomo II, pp. 120-121 y 172-175.
69 AGN, X, 35-10-13, Policía, 1822.
26 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

para evitar cualquier atentado o crimen por vía de hecho o para aprender a su
perpetrador”, so pena de 24 horas de arresto.70 Para incentivar esta colaboración
se introdujo otra modalidad que terminaría por ser práctica rutinaria: las personas
que detuvieran al autor de un delito serían remuneradas con sumas que oscilaban
entre 25 y 100 pesos.71 Otra de las formas que adoptó esta colaboración vecinal
fue organizar patrullas armadas.72 En consecuencia, podemos ver que a nivel local
funcionaron partidas estables y remuneradas y otras extraordinarias y ocasionales
que implicaban la movilización de los vecinos y que en los pueblos de campaña
debían cumplir las funciones de los celadores o serenos de la ciudad.
No sabemos aún los efectivos que integraban efectivamente estas “partidas
celadoras” de cada comisaría de sección, pero en 1825, cuando se reinstalaron
las comisarías de sección, se dispuso que cada una debía contar con un cabo y
cinco soldados, lo que haría un total de 48 efectivos; y, cuando a fin de año se
aumentaron a 10 las comisarías se dispuso que cada partida se integrara con un
cabo y 12 soldados, la fuerza disponible habría pasado a ser de unos 130 hom-
bres. A su vez, entre fines de 1826 y de 1827 se organizaron dos “comisarías
extraordinarias”, con 25 hombres cada una, lo que llevó la fuerza de la policía
rural a unos 180 hombres. Si las partidas de cada sección mantuvieron esta dota-
ción cuando en 1830 las comisarías pasaron a ser 21, el total de efectivos puede
haber llegado a ser entonces de 273. ¿Qué sucedió con ellas cuando las funcio-
nes de comisario fueron transferidas a los Jueces de Paz? No lo sabemos con
precisión, pero algunas referencias dispersas inducen a pensar que siguieron exis-
tiendo.73 Más aún, es probable que hubiera otro tipo de colaboradores policiales:
en Arrecifes hacia 1832 además de los Alcaldes y tenientes el Juzgado disponía de
44 “auxiliares”, de los cuales sólo seis estaban pagos y deben haber sido los miem-
bros de la partida.74 Si suponemos una partida de cinco hombres para cada uno de
los 35 partidos, esa fuerza habría contado hacia 1836 con al menos 175 hombres.
Estas estimaciones son demasiado inseguras como para extraer de ellas conclusio-
nes precisas y requieren de una indagación de mayor alcance; pero sugieren que el
proceso de intensa ramificación de la estructura policial parece haber significado

70Manual de los jueces... p. 26.


71Por ejemplo, en 1836 se pagaban 50 pesos por ayudar a apresar un desertor: Juzgado de Paz de San
Isidro (1828-1840), AGN, X-21-6-4.
72 AGN, X-32-10-7; AGN, X-15-3-1, Juzgado de Paz de San Isidro.
73 En Rojas y en Salto hacia 1837 operaba una partida celadora: Juzgado de Paz de Rojas, 1828-

1852, AGN, X-21-5-3 y Juzgado de Paz de Salto, 1831-1851, AGN, X-21-5-4. En Tandil hacia 1840
operaba una partida compuesta de un sargento y cuatro soldados: Juzgado de paz de Bahía Blanca y
Tandil 1831-1852, AGN, X-20-10-4.
74 Juzgado de Paz de Arrecifes, 1831-1851, AGN, X-20-9-7.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 27

un incremento sistemático de las partidas policiales rurales entre 1825 y 1830


(de 48 a 273 efectivos) y luego, quizás, una disminución.
Pero hay otra cuestión más importante a considerar. Como vimos, resultó in-
fructuoso el intento de separar las funciones judiciales y policiales a nivel local.
Este fracaso puede ser visto como la expresión de la misma naturaleza del estado
en formación y el resultado de una fórmula de transacción entre concepciones dis-
tintas. Cuando fueron suprimidas las comisarías en 1825 el Jefe de Policía criticó
la decisión argumentando que era “imposible conservar el orden y tranquilidad de
la Campaña sin funcionarios rentados” dado que “los Jueces de paz huyen de los
compromisos porque están relacionados en los partidos y porque su estabilidad en
el mando es muy temporal”. Y agregó: “Los Jueces de Paz jamás podrán desenvol-
verse ni expedirse en un ramo que necesita mucha imparcialidad, y más fibra que la
que pueden desplegar unos individuos relacionados”.75 Personal remunerado, ma-
yor “fibra” y sobre todo, ausencia de relaciones con el medio social local era lo
que el jefe esperaba de su personal. Fue esta misma concepción la que se postuló
en la Legislatura cuando se sostuvo que los Jueces de Paz

eran unos vecinos, que no durando más que un año en su judicatura, ni podían absoluta-
mente desatender sus labores, ni perseguir con empeño a los criminales, a cuyos tiros
quedan expuestos lo que transcursase un año: que en calidad de vecinos tenían, y debían
tener ciertos miramientos aun con los mismos que acaso deberían perseguir, pues que en
ciertas épocas del año los necesitaban para los trabajos del campo, y que un comisario, o
un agente de policía con cualquier otro nombre, era absolutamente independiente de to-
das estas circunstancias.76

Comisarías y Juzgados de Paz eran instituciones recientes pero expresaron


conceptualmente dos modos de relación diferentes entre el estado y la sociedad:
los Jueces de Paz debían ser parte de la comunidad mientras que los comisarios
debían ser “extraños” a ella. Los primeros eran legos, designados por partido y no
recibían remuneración. Lejos estaban de formar una burocracia profesional y su
capacidad de acción estaba sometida a restricciones sociales en la medida que eran,
a un mismo tiempo, emisarios del poder central y portavoces de los vecinos.77 Los
comisarios, en cambio, pueden ser vistos como el embrión de una burocracia estatal
rural: eran rentados, seleccionados entre quienes tenían experiencia militar,

75 Abelardo Levaggi, “La seguridad...”, p. 396.


76 Abelardo Levaggi, “La seguridad...”, p. 401.
77 Raúl O. Fradkin, “Tumultos en la pampa”, ponencia a las Jornadas Interescuelas y Departamentos

de Historia, Córdoba, setiembre de 2003.


28 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

ejercían una jurisdicción sobre varios partidos y el gobierno buscaba que no tuvieran
una sede fija de actuación sino una constante movilidad, aunque pocas veces lo logra-
ba. De este modo, los comisarios expresaban una forma de poner en marcha la for-
mación de una agencia institucional coercitiva destinada a la seguridad y diferenciada
de las fuerzas militares y milicianas de defensa. La solución adoptada de fusionar
ambas funciones aparece en consecuencia como un intento de establecer un sistema
de control directo pero firmemente asentado en poderes locales socialmente cons-
truidos y llevaba a la construcción de una red de poder con profundas ramificaciones
locales y con marcado carácter policial sin generar una burocracia profesional cen-
tralizada aunque convertía a los jueces en personal remunerado, dotado de subalter-
nos y de una partida armada. No extraña, por tanto, que en esta segunda fase de su
historia la duración de los jueces en sus funciones se acrecentara.78

3. LOS PUEBLOS COMO SEDES DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER INSTITUCIONAL

A fines del período colonial se estaba conformando una red de pueblos rura-
les aunque en su mayor parte no alcanzaron el estatuto jurídico de villas que sólo
obtuvieron Luján –desde 1756– y efímeramente San Nicolás, en 1819. Este esta-
tuto era una aspiración de los vecinos y una dimensión muy valorada por una men-
talidad que prefería que la población viviera “bajo cruz y campana”. La propia
legislación discriminaba taxativamente entre los delitos según fueran cometidos
en “poblado” o en “despoblado” y, más aún, la intención de “reducir” a la población
rural dispersa a vivir en los poblados fue varias veces intentada entre las décadas de
1780 y 1820.79 Este ideal social se materializaba en una serie de pueblos en los
cuales tuvieron sus sedes las estructuras de poder institucional y desde donde in-
tentaban desplegarse sobre el medio rural.80 En parte, las disímiles historias de

78 Jorge Gelman, “Crisis y reconstrucción del orden en la campaña de Buenos Aires. Estado y sociedad

en la primera mitad del siglo XIX”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio
Ravignani, N°21, 2000, pp. 7-32.
79 María E. Barral, Raúl O. Fradkin y Gladys Perri, “¿Quiénes son los ‘perjudiciales’? Concepciones

jurídicas, producción normativa y práctica judicial en la campaña bonaerense (1780-1830)”, en Claroscuro.


Revista del Centro de Estudios sobre la Diversidad Cultural, N°2, Rosario, 2002, pp. 75-111.
80 Hemos considerado tanto a las parroquias como a las viceparroquias como sedes de poder eclesiás-

tico, a los pueblos en lo que se designaban Alcaldes de Hermandad o Jueces de Paz como sedes de poder
judicial y policial y las sedes de poder militar y miliciano son los fuertes, fortines, comandancias militares
y de marina y los pueblos donde se localizaron a diversos piquetes y destacamentos.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 29

estos pueblos se explican a partir del ejercicio de estas funciones de poder. Así,
algunos llegaron a tener transitoriamente una jerarquía institucional mayor a los otros
como, por ejemplo, aquellos que fueron sede durante su corta vigencia de los tres
Departamentos Judiciales de Campaña entre 1822 y 1824.81
La distinción decisiva y más perdurable entre los pueblos fue la de transfor-
marse en pueblos cabecera de partido. Por eso, conviene atender primero al
proceso de formación de los 35 partidos existentes en 1836. Sin tomar en cuenta
las designaciones transitorias82 podemos observar que 26 de ellos habían sido
hasta 1821 sedes de Alcaldías de Hermandad. Con todo entre ellos había dife-
rencias dado que tenían antigüedades muy diferentes: 13, que dependían del
Cabildo porteño,83 existían ya en 1785 –y en algunos casos eran muy anterio-
res–84 y 6 más se agregaron en los años siguientes;85 por su parte, del Cabildo
lujanense dependían otros 6 partidos.86 Cuando los Alcaldes de Hermandad fue-
ron sustituidos por los Jueces de Paz se incrementó el proceso de formación de
partidos y de transformación de pueblos en cabeceras. Sin tomar en cuenta las designa-
ciones provisorias87 podemos registrar que en 1822 se incorporaron cuatro nuevos
partidos88 y que transitoriamente desaparecieron Patagones (repuesto en 1824) y
Matanza (en 1825); más tarde se agregaron cuatro partidos más.89 Esta multiplicación
de jurisdicciones respondía tanto a la intención del poder urbano de lograr un control
más efectivo del medio rural como a iniciativas de los vecinos por adquirir el im-
preciso –pero no por ello menos significativo– estatuto de partido. Así sucedió, por
ejemplo, con los Alcaldes de Hermandad que estableció el cabildo lujanense una
vez superada su disputa jurisdiccional con el porteño en 1796 y que dieron lugar a la

81 En el norte San Nicolás y luego Arrecifes; en el sur San Vicente y luego Chascomús; en el oeste la Villa

de Luján, que además de haber sido la sede del único cabildo en la campaña era también la sede de la
Comandancia de Fronteras.
82 Por ejemplo, desde 1796 en algunos años el cabildo porteño designó un Alcalde de Hermandad para

Areco Arriba, entre 1800 y 1804 lo hizo para la Cañada de la Paja y en 1821 lo hizo para Patagones. También
designaba a dos Alcaldes para la “banda norte” y la “banda sur” de la ciudad y desde principios de siglo a
otro para Palermo pero estos tampoco perduraron.
83 San Nicolás, San Pedro, Baradero, Pergamino, Arrecifes, San Isidro, Morón, Conchas, Matanza, San

Vicente, Quilmes, Ensenada y Magdalena.


84 Por ejemplo Arrecifes o San Isidro desde la década de 1730 y la Villa de Luján o Magdalena desde la

década de 1750.
85 Lobos (1805), Chascomús (1809), Flores y San Fernando (1812), Salto (1816) y Patagones (1821).
86 San Antonio de Areco, Cañada de la Cruz y Pilar (1793), Navarro (1799), Guardia de Luján y Fortín de

Areco (1812).
87 Como la que se realizó en 1827 para Areco Arriba.
88 Monsalvo, Cañuelas, Monte y Ranchos.
89 Dolores (1829), San Andrés de Giles (1831), Bahía Blanca (1834) y Azul (1835).
30 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

formación varios partidos. De modo análogo, también el cabildo porteño recibió


peticiones para la instauración de Alcaldes de Hermandad en Palermo (1808) y en
Flores (1812). Situaciones semejantes se dieron luego y por peticiones vecinales
fue restaurado en 1825 el partido de Matanza.
Así, hacia 1836 la antigüedad de las jurisdicciones era muy diferente: mientras
15 partidos tenían más de medio siglo de existencia otros eran muy recientes. A su
vez, de los 40 pueblos existentes en 1836 cabe anotar que sólo siete de ellos no
habían adquirido la condición de cabecera de partido hasta entonces.90
La creación de nuevos partidos respondía a un criterio claro. Para definirlo en
los términos del Tribunal Superior de Justicia en abril de 1825: “Hoy combiene mu-
cho qe. la campaña sea selosam.te. vigilada por el escandaloso aumento de robos qe.
turvan la seguridad de las personas y las propiedades y esto se consigue mejor y mas
comodamente colocando jueces a distancia proporcionadas”.91 Ese criterio iba indi-
solublemente ligado a que cada partido requería de un pueblo cabecera.
Además estos pueblos se distinguían por cuál había sido la función de poder
que en ellos se ejerció inicialmente: mientras 20 poblados fueron primero sedes
de la estructura de poder militar otros 20 lo habían sido de la eclesiástica.92 Este
panorama se modifica un poco si concentramos la atención en los 33 poblados que
se transformaron en cabecera de partido: 18 tuvieron como función de origen la
eclesiástica y 15 la militar.
Puede ser útil relacionar estas funciones de origen según su distribución re-
gional. El Cuadro N°1 nos permite observar que la campaña cercana y la nueva
frontera ofrecen las situaciones opuestas: en la primera todos los poblados tuvie-
ron origen como sede de la red de poder eclesiástico y en la segunda todos lo
fueron de la red de poder militar. Las otras regiones, en cambio, presentan situa-
ciones equilibradas entre ambos orígenes.
¿Cuántos años tardaron estos pueblos en transformarse en cabecera de parti-
do? En el Cuadro N°2 podemos ver que las trayectorias fueron marcadamente
disímiles. Entre los poblados cuya primera función de poder fue la eclesiástica
las sedes de las antiguas reducciones, Baradero y Quilmes, ofrecen una trayecto-
ria extraordinaria pues tardaron más de un siglo en transformarse en cabecera.
Luego, puede registrarse que algunos pueblos tuvieron que esperar varias décadas
hasta convertirse en cabecera de partido (como Capilla del Señor, San Antonio de
Areco o Pilar) mientras que en otros casos el proceso de autonomización del po-
blado fue mucho más veloz. Por su parte, las diferencias también son notables en-
tre los pueblos cuya primera función fue la militar o miliciana y entre ellos (salvo

90 Santos Lugares, Merlo, Mercedes (Colón), Tandil, 25 de Mayo, Federación y Tapalqué.


91 Informes del Tribunal de Justicia al Gobierno, 1822-1842, AGN, BN, 6609, leg. 387, f. 29.
92 Diez parroquias, ocho viceparroquias y dos reducciones.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 31

Cuadro Nº 1: Distribución regional de los pueblos según la función de origen


Poblados
Origen Nueva
Cercana Norte Oeste Sur Pompeya
Reducciones Quilmes Baradero
Conchas San Nicolás S. A. de Giles Cañuelas
San
Fernando Pilar
Viceparroquias
Santos Capilla
Lugares del Señor
Flores San Pedro V. Luján Magdalena
San Isidro Arrecifes S. A. de Areco San Vicente
Parroquias Morón
Merlo
Guardia de Carmen de
Pergamino Luján Monte Patagones
Rojas Fortín Areco Ranchos B. Blanca
Fortines Salto Lobos Chascomús Dolores
Mercedes
(Colón) Navarro Ensenada Tandil
Junín 25 de Mayo Azul

Pergamino y Navarro) el resto adquirió la condición de cabecera de partido durante


el siglo XIX, de modo que puede observarse que las guarniciones militares más
antiguas tardaron mucho más en transformarse en partidos que las que surgieron de
la expansión de la frontera después de 1815. Para algunos poblados, además, la
adquisición de la condición de cabecera fue más compleja y sólo la obtuvieron
después de haber sido sedes de la estructura militar-miliciana y de la eclesiástica
(como Pergamino, la Guardia de Luján, Lobos o Chascomús). En consecuencia,
hacia 1836 los pueblos que operaban como cabecera de un partido tenían trayec-
torias muy distintas: algunos (Arrecifes o San Isidro) hacía prácticamente un si-
glo que habían adquirido ese estatuto y otros (San Nicolás, Villa de Luján o Mag-
dalena) los seguían muy de cerca. En el otro extremo, algunos poblados nuevos –
con menos de una década de existencia– ya se habían convertido en cabecera.
La cabecera de partido era el máximo grado de autonomía al que un poblado
podía aspirar y sólo esa condición permitía adquirir un estatuto diferente. Pero
su autoridad por excelencia –el Juez de Paz– ni siquiera era electiva y pese a las
múltiples funciones asignadas nunca dejó ser una autoridad esencialmente judi-
cial y policial. El proceso de construcción del poder institucional implicó una
multiplicación de jurisdicciones que expresaba una mayor capacidad estatal de con-
trolar el espacio y la población pero también la autonomización de poblados de sus
antiguas cabeceras. Sin duda, el caso emblemático fue la desaparición del lugar
32 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

Cuadro Nº 2: Trayectoria de los pueblos cabecera de Partido

Año inicial Cantidad de años


Año inicial Cantidad de años
de primera de diferencia
Pueblo cabecera como cabecera
función de hasta ser
de partido hasta 1836
poder cabecera
San Nicolás 1748 1766 18 70
San Pedro 1780 1785 5 51
Baradero 1615 1785 170 51
Arrecifes 1730 1739 9 97
San Antonio 1730 1778 48 58
de Areco
San Andrés
de Giles 1827 1831 4 5
Villa Luján 1730 1756 26 80
Pueblos Pilar 1750 1785 35 51
de Capilla
origen 1735 1785 50 51
del Señor
eclesiástico San Isidro 1730 1739 9 97
Flores 1806 1778 6 24
Morón 1780 1785 5 51
Conchas 1772 1739 13 51
San Fernando 1803 1812 9 24
San Vicente 1780 1785 5 51
Magdalena 1730 1758 28 78
Cañuelas 1821 1822 1 14
Quilmes 1666 1785 119 51
Pergamino 1749 1784 35 52
Rojas 1777 1822 45 14
Salto 1752 1816 64 20
Fortín 1779 1812 43 24
de Areco
Guardia
de Luján 1752 1812 60 24
Pueblos Navarro 1779 1799 20 37
de Lobos 1779 1805 26 31
origen Ensenada 1822 62 14
1760
militar Chacomús 1779 1809 30 27
Monte 1779 1822 43 14
Ranchos 1779 1822 43 14
Patagones 1779 1821 42 15
Dolores 1817 1829 12 7
Bahía Blanca 1828 1834 6 2
Azul 1832 1835 3 1
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 33

jerárquico que durante siete décadas tuvo la Villa de Luján. En este proceso, hubo
algunas jurisdicciones que no perduraron, poblados que no adquirieron en este perío-
do la condición de cabecera (como Santos Lugares) u otros (como la capilla de Merlo)
que sólo lo fueron por poco tiempo. Sólo excepcionalmente algunos partidos no
tuvieron un pueblo cabecera, como Matanza o Monsalvo.

4. LA COMPLEJIDAD DE LAS SEDES DE PODER

A partir de 1779, cuando se amplió el número de fuertes y fortines, casi simultá-


neamente se produjo un cambio sustancial en las estructuras de poder que vinieron a
completar y a yuxtaponerse a la trama más antigua y más extensa que había conforma-
do la Iglesia. De este modo, durante las décadas centrales del siglo XVIII la presencia
eclesiástica fue preponderante y la designación de Alcaldes de Hermandad siguió los
pasos trazados por la estructura parroquial. A su vez, diferentes sedes iniciales de
poder militar/miliciano fueron adquiriendo también su lugar como sedes de las es-
tructuras eclesiástica y judicial pero sus trayectorias fueron distintas.93 Pese a las
diferencias, en todos los casos, se definió esta tríada de poder básica y fundamental.
Un aspecto a tener en cuenta es la cantidad de sedes con que contaba cada una
de las estructuras y su distribución regional: ello permite estimar el grado de rami-
ficación de cada estructura. Los resultados se pueden ver en el Cuadro N°3: entre
1785 y 1836 la estructura de poder eclesiástico ha pasado de 15 a 34 sedes, la
judicial/policial de 12 a 33 y la militar/miliciana de 16 a 32. Ello indica que las tres
se han ramificado aunque el mayor incremento se ha operado en la judicial y poli-
cial. Este procedimiento comparativo esconde procesos regionales muy diferen-
tes y disimula los ritmos desiguales de despliegue de cada estructura de poder.
Ante todo porque hacia 1825 la militar/miliciana se había retrasado en su desarro-
llo –con 20 sedes frente a las 29 con que contaban tanto la eclesiástica como la
judicial y policial–, situación que se modificó luego de diez años con la instalación
de fuertes en la nueva frontera.
Para completar esta presentación nos centraremos ahora en analizar la com-
plejidad que podían alcanzar la yuxtaposición de las sedes de estas estructuras de

93 En algunos casos (Lobos, Chascomús, Pergamino, Salto, Ensenada, Monte, Ranchos y la Guardia de

Luján) la secuencia de acumulación de funciones iba a ser fuerte/parroquia/partido. En otros (Fortín de


Areco, Navarro y Rojas) la secuencia fue distinta: fuertes/partidos/parroquias. Por último en Arrecifes la
secuencia fue parroquia/fuerte/partido.
34 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

Cuadro Nº 3: Cantidad de Sedes de poder

Total
Años/Sedes de poder E JP MM
1785 15 12 16
1815 27 23 27
1825 29 29 20
1836 34 33 32

Referencias: E: sedes red eclesiástica; JP: sedes red judicial y policial; MM: sedes
red militar y miliciana.

Cuadro Nº 4: Sedes de poder según la complejidad de funciones

Años/Sedes de poder Una red Dos redes Tres redes Cuatro redes
1785 11 8 5 27
1815 5 8 19 32
1825 5 15 15 34
1836 11 11 22 44

poder en los mismos pueblos. El Cuadro N°4 sintetiza la información disponible


con el objeto de clasificar las sedes según la complejidad de funciones que ejer-
cían. El número de poblados con una sola función (11) era muy alto en 1785 y
recién volvió a serlo en 1836 (11), justamente en dos momentos de expansión
fronteriza; la excepción es el pueblo de Santos Lugares, que aparece sólo como
parte de la estructura eclesiástica pero que terminará por ser también una impor-
tante sede de la militar en poco tiempo. La tendencia claramente dominante es
que los pueblos van adquiriendo una estructura de poder más compleja. Desde
esta perspectiva, la tríada de poder pueblerino que se ha pensado como típica –
cura, juez y comandante– sólo es válida para una parte importante de los pueblos,
pero no para el conjunto y tampoco para todo el período: sólo dos pueblos fue-
ron sede de las tres funciones de poder a lo largo de todo el período: Pergamino
y Luján. Cabe señalar que mientras hubo pueblos que fueron en algún momento
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 35

exclusivamente sedes del poder eclesiástico o militar, en ningún caso hubo pue-
blos que hayan sido únicamente sedes del poder judicial y policial.
La historia diferente de estos pueblos aún debe ser indagada y es obvio que
ella no estuvo marcada sólo por las funciones de poder que en ellos se ejercie-
ron, que es el aspecto que hemos considerado en esta oportunidad. Sin duda
otros factores fueron también decisivos. Buena parte de esas diferencias debe
haber respondido a la capacidad que tuvieron algunos de esos pueblos para con-
centrar circuitos de intercambio y financiamiento, pero aún es muy poco lo que
sabemos al respecto.94

5. P ARTIDOS, CUARTELES Y PERSONAL DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER INSTITUCIONAL

En la historia de los pueblos y de las estructuras de poder institucional un


aspecto decisivo a tener en cuenta es el notable crecimiento de la población ru-
ral. Conviene recordar que este crecimiento se tradujo en una distribución de la
población en la campaña muy desigual y en ritmos de crecimiento muy diferentes
en las distintas zonas.95 Una idea bastante clara al respecto la ofrece el Gráfico
N°2. Hacia 1822 mientras había partidos que tenían menos de 1000 habitantes
(como Rojas o Conchas) otros superaban los 3.000 habitantes (San Isidro, Villa
de Luján y San Nicolás). En 1836 se ponían en evidencias cambios importantes:
algunos partidos seguían teniendo un lugar preponderante (como San Isidro o San
Nicolás) y contaban con una población superior a los 4.000 habitantes; pero otras
jurisdicciones aumentaron mucho su población y se incorporaban ahora al pri-
mer rango (como Quilmes y Flores). También se puede ver cómo ciertos partidos,
que poco antes se ubicaban en el área de frontera, habían tenido un crecimiento noto-
rio y no estaban lejos de esas magnitudes. Ello se había producido tanto en el oeste
(Navarro, Lobos y la Guardia de Luján) como hacia el sur (Chascomús y Monsalvo).
En rigor, el gráfico nos advierte que junto a estas zonas muy dinámicas había otros
partidos en los cuales el crecimiento demográfico se había detenido (como

94 Carlos Mayo (dir.), Pulperos y pulperías de Buenos Aires, 1740-1830, Mar del Plata, Grupo

Sociedad y Estado-UNMDP, 1996.


95 Una excelente síntesis en José L. Moreno y José Mateo, “El ‘redescubrimiento’ de la demogra-

fía histórica en la historia económica y social”, en Anuario del IEHS, N°12, Tandil, 1997, pp. 35-56.
Cfr. Jorge Gelman, Crecimiento agrario y población en la campaña bonaerense durante la época
de Rosas. Tres partidos del sur en 1839, Buenos Aires, Cuadernos del Instituto Ravignani, N°10,
FFyL-UBA, 1996.
36 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

Baradero o San Antonio de Areco) e incluso en algunos se evidenciaba cierto re-


troceso (como Arrecifes, Cañuelas o Ranchos).
Esta misma evidencia sugiere la necesidad de explorar el nivel más bajo de la
estructura institucional: el de los cuarteles en que se dividía cada partido. Ello
puede ofrecernos un indicador bastante preciso de la capacidad de control del es-
pacio y la población y pone en evidencia la magnitud del esfuerzo desplegado para
construir una retícula institucional cada vez más densa. Ella no adoptó sólo la for-
ma de multiplicación de los partidos sino también de los cuarteles.
En 1836 los cuarteles en que se dividían los partidos eran 170 y en promedio
cada uno contenía 501,4 habitantes. Por supuesto, la situación era muy variable
entre las distintas regiones y el mayor promedio se presentaba en la campaña
cercana (736,2 habitantes por cuartel) mientras que el menor estaba en la campa-
ña oeste (387,6). Pero la variación era aún mucho mayor a nivel de los partidos:
esos promedios iban desde un mínimo de 182 en Arrecifes hasta un máximo de
2096,2 en Flores. La complejidad de la estructura territorial era muy variada y
mientras algunos partidos todavía no tenían una división por cuarteles (como Bahía
Blanca y Salto), otros sólo contaban con dos o tres cuarteles (como Patagones,
Ensenada, San Fernando, Conchas, Flores, Capilla del Señor o Pilar). En cam-
bio, había partidos con una estructura territorial muy compleja como la Guar-
dia de Luján con 16 cuarteles, la Villa de Luján con 15, San Nicolás con 9 o San
Isidro o Arrecifes con 8.
Estos cuarteles estaban a cargo de Alcaldes y Tenientes, el personal subal-
terno de los Juzgados de Paz. El Cuadro N°596 permite una comparación preci-
sa para dos momentos en los cuales los Jueces de Paz ejercían las funciones de
comisarios. Como puede observarse, en una década se operó un decisivo in-
cremento de la capacidad de control de la estructura judicial y policial. En un contex-
to de importante incremento de la población y del espacio, el número de Alcaldes y
Tenientes creció mucho más rápido que la población: así, mientras la población
rural ha crecido un 57% el número de alcaldes y tenientes se ha acrecentado un
131,7%. Sin embargo, esta estimación esconde fuertes variaciones regionales:
si bien en todas las regiones ambas variables crecieron lo han hecho de modo
muy distinto. En el norte, el crecimiento demográfico fue mucho menor (17,43%)
y allí el personal dependiente de los juzgados ha seguido este ritmo creciendo un
23,6%. En la nueva frontera se dio una situación semejante: la población creció un
486,1% y el número de Alcaldes y Tenientes un 563,6%. Fue en las otras tres regio-
nes donde el porcentaje de incremento de los efectivos fue mucho más acentuado
que el de la población: mientras la población creció en el sur un 28,6%, en el

96 Agradecemos la generosa colaboración de Fabián Alonso, Carlos Birocco, Valeria Ciliberto, Jorge

Gelman, Sol Lanteri, José Mateo, Silvia Ratto y Daniel Santilli.


LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 37

Cuadro Nº 5: Personal y capacidad de control de la red judicial y policial:


1825 y 1836
Alcaldes y Promed./ Cuar- Habit./ Alcaldes y Prom./
Habit. Habit.
Partido Tenientes Habit teles Cuartel Tenientes Habit.
1825 1836
San Nicolás 3500 14 250 4620 9 533,3 21 220,0
San Pedro 2500 12 208,3 2599 4 649,7 15 173,2
Baradero 1832 7 261,7 1731 5 346,2 6 177,5
Pergamino 1608 8 201 2822 5 564,4 10 282,2
Arrecifes 2040 8 255 1456 8 182 9 161,7
Rojas 390 2 195 717 0 717 2 358,5
Salto 1021 4 255,2 1194 2 597 5 238,8
Norte 12891 55 234,3 15139 33 458,7 68 222,6
S. A. Areco 1510 9 167,7 1496 4 374 11 136
F. Areco 1703 4 425,7 1937 4 484,2 11 176
S. A. Giles 1081 4 270,2 11 98,2
V. Luján 3572 11 324,7 3293 15 219,5 29 113,5
G. de Luján 1908 11 173,4 3686 16 230,3 17 216,8
Pilar 1902 8 237,7 (2351) 3 783,6 17 138,2
C. del Señor 2830 10 283 1193 3 397,6 12 99,4
Navarro 1039 9 115,4 3819 4 954,7 17 224,6
Lobos 1870 8 233,7 (3630) 5 726 23 157,8
Oeste 16334 70 233,3 22486 58 387,6 148 151,9
San Isidro 3903 16 243,9 4797 8 599,6 34 141
Flores 1331 2 665,5 4193 2 2096,5 27 155,2
Morón 1109 13 85,6 2548 4 637 20 127,4
Conchas 800 4 200 953 3 317,6 8 119,1
San Fernando 1276 4 319 2446 2 1223 9 271,7
Matanza 1128 10 112,8 1834 4 458,5 15 122,2
Quilmes 1623 6 270,5 4579 6 763,1 49 93,4
Cercana 11170 55 203,0 21350 29 736,2 162 131,7
San Vicente 1622 13 124,7 2883 5 576,6 20 144,1
Cañuelas 2037 13 156,6 1723 5 344,6 14 123,0
Magdalena 1245 8 155,6 2596 4 649 17 152,7
Ensenada 1318 3 439,3 832 3 277,3 14 59,4
Chascomús 2849 6 474,8 3606 6 601 24 150,2
Monte 1700 7 242,8 3068 5 613,6 15 204,5
Ranchos 1830 5 366 1501 5 300,2 15 100,0
Sur 12601 55 229,1 16209 33 491,1 119 136,2
Dolores 2957 4 739,2 26 113,7
Monsalvo 1900 11 172,7 3451 6 575,1 31 111,3
Azul 1471 5 294,2 13 113,1
Patagones S/dat. 2 1239 2 619,5 3 413
Bahía Blanca 948 0 0
N. Frontera 1900 11 172,7 10066 17 592,1 73 137,8
Total 54896 246 223,1 85250 170 501,4 570 149,5
38 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

Cuadro Nº 6: Incremento porcentual de la población y el número de


Alcaldes y Tenientes (1825-1836)

Incremento de Incremento de Alcaldes


Región y Tenientes (en %) Región
población
Norte 17,43 23,63 6,2
Oeste 37,66 111,42 73,76
Cercana 91,13 194,54 103,41
Sur 28,63 116,36 87,73
Nueva frontera 486,10 563,63 77,53
Total 56,95 131,70 74,75

Fuentes de los Cuadros Nros. 5 y 6: Los datos de población de 1825 corresponden al


padrón de 1822. Para Alcaldes y Tenientes en 1825 ver AGN-X-14-1-5. Los datos de
población de 1836 provienen del padrón de ese año salvo los correspondientes a
Pilar y Lobos donde hemos preferido incluir los del padrón de 1838. Alcaldes y
Tenientes de 1836 los legajos de los Juzgados de Paz.

oeste un 37,6% y en la campaña cercana un 91,3%, el número de alcaldes y te-


nientes se acrecentó un 116,3%, un 111,4% y un 194,5% respectivamente. Ello
indica que el mayor esfuerzo se concentró en estas regiones y que fue aún más
acentuado en las cercanías de la ciudad. Como puede observarse en el Gráfico
N°3 el número de Alcaldes y tenientes aumentó prácticamente en todos los par-
tidos pero lo hizo en forma muy desigual: en Quilmes la ampliación de los efecti-
vos fue realmente espectacular aunque la dotación también era muy notable hacia
1836 tanto en otros partidos de la campaña cercana (San Isidro y Flores), como en
dos partidos de la nueva frontera (como Monsalvo y Dolores) y en algunos del
oeste (Villa de Luján y Lobos).
El rasgo central que ofrece la implantación de la estructura de poder judicial
es de una extrema diversidad regional y sobre todo local. Si estimamos su capaci-
dad de acción sobre la base de la relación de Alcaldes y Tenientes por habitante
puede observarse que ella se ha acrecentado pasando de 223,1 a 149,5. Este cam-
bio se produjo en todas las regiones pero lográndose la relación más baja en la
campaña cercana y la más alta en el norte. Sin embargo, las variaciones por partido
son en este aspecto todavía más significativas: hacia 1836, Ensenada y Quilmes ob-
tienen los “mejores” resultados seguidos de Giles y Capilla del Señor; en cambio,
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 39

los “peores” (todo depende del color del cristal con que se mire...) son los de
Bahía Blanca o Patagones... pero alcanza con saber la dotación militar con que
contaban para revisar esta conclusión meramente matemática y advertir que en
estas zonas de la nueva frontera el sistema de control pasaba centralmente por
otros mecanismos. Aún así el promedio de la región no es de los “peores”. En
todo caso, suponiendo unidades censales de 6,3 miembros en promedio, 97 cada
Alcalde o Teniente debería haber tenido bajo su vigilancia unas 24 unidades. Es
esta última estimación la que sugiere la capacidad potencial de acción del perso-
nal subalterno de los juzgados.
Pero, además, esta capacidad no había dejado de acrecentarse: entre 1825 y
1836 la relación de alcaldes y tenientes por habitante se había reducido de 223,1 a
149,5. Si intentamos extender esta estimación hacia 1816 podríamos ver que en-
tonces esa relación pudo haber sido de 506,6 o de 394 según consideremos una
dotación de 84 o de 108 auxiliares. En cualquier caso, se habría operado en una
década un sustancial incremento de la capacidad de control, una tendencia que se
profundizó aún más en la década de 1830. Y no estamos incluyendo en estas esti-
maciones las fuerzas que componían las partidas policiales.
¿Cuál era la relación entre personal y población en las otras estructuras de po-
der? Los datos de Garavaglia dejan claro que la magnitud de la estructura de poder
militar y miliciana en la provincia era incomparablemente mayor y que también
tendió a acrecentarse. Y aunque no suministra datos desagregados para la campa-
ña, la información que brinda permite estimar que en toda la provincia se ha pasa-
do de un soldado cada 35 habitantes en 1823 a uno cada 21,6 habitantes en 184198
y que, en ese año, el 85,8% del personal estatal estaba compuesto por personal
militar. 99 Esto era, sin duda, una novedad completa para la sociedad bonaerense.
La performance de la estructura eclesiástica de poder había sido sustancial-
mente diferente. Así en 1815 podemos estimar que había un párroco cada 1.013
habitantes; hacia 1825 la relación había pasado a ser de un párroco cada 1.442
habitantes y en 1836 era de un sacerdote cada 2.181 habitantes. Frente a una po-
blación en notable crecimiento, el establecimiento –e incluso retroceso– del nú-
mero de efectivos de la red eclesiástica se traducía en una capacidad de acción
sustancialmente menor. Ello puede explicarse por distintas razones, algunas de las

97 Jorge Gelman y Daniel Santilli, “Distribución de la riqueza y crecimiento económico. Buenos Aires

en la época de Rosas”, en Desarrollo Económico. Revista de Ciencias Sociales, vol. 43, N°169, 2003, p.
75-101, cuadro 3.
98 Juan C. Garavaglia, “Ejército y milicias...”.
99 Juan C. Garavaglia, “La apoteosis de Leviatán: el estado de Buenos Aires durante la primera mitad del

siglo XIX”, en Latin American Research Review, vol. 38, N°1, pp. 135-168, especialmente cuadros 5 y 11.
40 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

cuales ya hemos mencionado. La caída de las rentas, la absorción de recursos


económicos, un horizonte para el desarrollo profesional poco prometedor, el
desmantelamiento institucional, no hacen sino mostrar el cambiante lugar y pa-
pel que desempeñaban las instituciones eclesiásticas y el clero en la sociedad
rioplatense. 100 Por otra parte debe considerarse que hasta 1816 el personal que
en la campaña disponía la estructura eclesiástica y la judicial policial era de mag-
nitudes semejantes. Sin embargo, desde entonces la situación tendió a modifi-
carse dada la enorme ampliación de los integrantes de la última y el estancamien-
to del personal eclesiástico.

6. CONCLUSIONES

Como hemos visto, cada una de las estructuras de poder institucional adoptó dife-
rentes formas de organización y tuvo distintos ritmos de desarrollo, una ramificación
regional específica y adquirió una capacidad potencial de actuación de diferente inten-
sidad. De este modo, el proceso de construcción del poder institucional en la campaña
fue el resultado de la centralización de mecanismos de poder por parte del estado y del
despliegue de nuevos medios de coacción y control institucional. En consecuencia, a
lo largo de este medio siglo el desarrollo del “poder infraestructural” del estado le
permitió penetrar vastas dimensiones de la vida social rural pasando a ejercer un modo
de “control más directo”. Sin embargo, a mediados de la década de 1830, todavía se
trataba de una transformación en curso, inacabada y plena de limitaciones y obstáculos.
Estas estructuras institucionales no hubieran podido implantarse sin unas sedes
que las fijaran. Ellas tuvieron asiento en los pueblos rurales y desde allí desplegaron
su accionar. En forma convergente, estos poblados en parte se constituyeron en tor-
no al ejercicio de esas funciones de poder y la mayoría de los que existían hacia 1836
terminó por convertirse en cabecera de su respectivo partido; algunos veían ratifi-
cada así una condición adquirida hacia tiempo; otros, habían alcanzado de este modo
el máximo estatuto que el sistema de poder les asignaba y se autonomizaron de su
antigua cabecera; sólo la Villa de Luján vio en este proceso perder su jerarquía de
cabecera jurisdiccional y su condición igualada a la del resto. De este modo, para la
mayor parte de la población rural los pueblos se fueron transformando en los esce-
narios privilegiados para la acción política en la campaña.
Se expresaba así un proceso ambivalente. Por un lado, los pueblos converti-
dos en sedes de estructuras de poder hacían factible su accionar sobre el espacio

100 Di Stefano, Roberto, El púlpito..., op. cit.


LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 41

y la población. Por otro, estas estrategias se enlazaban con las aspiraciones de


grupos locales que pugnaban para que sus pueblos adquirieran el estatuto de cabece-
ra. Si estamos en lo cierto, las menudas historias jurisdiccionales podrían estar indi-
cando procesos opacos de estructuración social, formación de redes de poder social
y construcción de identidades y solidaridades locales. Cómo se tradujo esta situa-
ción en la magnitud de los pueblos de campaña es todavía una cuestión incierta que
debe ser indagada a través de una investigación específica de sus trayectorias parti-
culares. Sin embargo, algunos datos parciales permiten advertir que a mediados de
la década de 1830 había partidos cuyos cuarteles “urbanos” podían llegar a conte-
ner hasta un 75% de la población (como sucedía en un partido de antigua coloniza-
ción como San Nicolás)101 y que había otros que también contaban con proporcio-
nes importantes en estos cuarteles aunque provenían de una colonización más re-
ciente, como Dolores, donde superaba el 60%.102 En otros casos los “cuarteles
urbanos” reunían alrededor de un 40% de la población (como Lobos o San Antonio
de Areco)103 y en una misma zona podían darse situaciones muy distintas: así,
mientras en Quilmes 104 esa proporción podía acercarse al 20%, en Flores casi
llegaba al 50%.105 Sin duda tomar en cuenta la proporción de la población que tenía
residencia en los cuarteles de los pueblos no es por cierto un indicador preciso del
grado efectivo de urbanización y lejos estamos de postularlo. Su consideración
sólo apunta a indicar el desigual proceso de aglomeración de la población rural y,
por ende, la existencia de configuraciones sociales muy distintas.106
En ello debe haber jugado un papel fundante la estructura parroquial. Sin em-
bargo, hemos podido corroborar que en los años posrevolucionarios hubo un muy
leve aumento de las sedes eclesiásticas y al mismo tiempo, un estancamiento del
número de curas que debían hacer cumplir los preceptos a una población rural en

101 Mariana Canedo, Propietarios, ocupantes y pobladores..., op. cit.


102 Alejandra Mascioli, “Población y mano de obra al sur del Salado. Dolores en la primera mitad del
siglo XIX”, en R. Fradkin, M. Canedo y J. Mateo (comps.), Tierra, población y relaciones sociales en la
campaña bonaerense (siglos XVIII y XIX), Mar del Plata, GIHRR/UNMdP, 1999, pp. 185-210.
103 Para Lobos puede verse José Mateo, Población, parentesco...; para Areco ver Juan C. Garavaglia,

“El juzgado de Areco durante el rosismo (1830-1852)”, en R. Fradkin, M. Canedo y J. Mateo (comps.),
Tierra, población y relaciones sociales en la campaña bonaerense (siglos XVIII y XIX), Mar del Plata,
GIHRR-UNMdP, 1999, pp. 211-236.
104 Daniel Santilli, “Población y relaciones en la inmediata campaña de la ciudad de Buenos Aires. Un

estudio de caso: Quilmes, 1815-1840”, en Anuario IEHS, N°15, 2000, pp. 315-352.
105 Valeria Ciliberto, “Los agricultores de Flores, 1815-1838. Labradores ‘ricos’ y labradores ‘pobres’

en torno a la ciudad”, en R. Fradkin, M. Canedo y J. Mateo (comps.), Tierra, población y relaciones


sociales en la campaña bonaerense (siglos XVIII y XIX), Mar del Plata, GIHRR-UNMdP, 1999, pp. 41-76.
106 A propósito de estos problemas de definición ver César A. Vapñarsky, La aglomeración Gran

Buenos Aires. Expansión espacial y crecimiento demográfico entre 1869 y 1991, Buenos Aires,
Eudeba, 2000.
42 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

constante y rápido crecimiento. Ello sugiere que la capacidad de acción de la estruc-


tura eclesiástica pudo verse seriamente limitada y no es improbable que esta situa-
ción haya influido en los comportamientos de la población.107
Sucede que las instituciones eclesiásticas sufrieron cambios decisivos en el
período analizado. A la crisis institucional, provocada por la revolución y la guerra,
le siguió el programa reformista rivadaviano, que se proponía convertir las institu-
ciones eclesiásticas en un segmento del estado. Se buscaba crear una estructura
centralizada despojada de los elementos propios del Antiguo Régimen. Si a lo lar-
go del siglo XVIII la separación entre sociedad e instituciones eclesiásticas se
hacía borrosa, desde la década de 1820 se sumarán medidas para separar definitiva-
mente la Iglesia de la sociedad.108 Para ello, el clero y las instituciones eclesiásti-
cas debían convertirse, respectivamente, en funcionarios y estructuras del estado
en formación. De manera que a lo largo del período analizado se observa un despla-
zamiento de la red eclesiástica de poder institucional hacia un estado que la centra-
liza, fiscaliza y subordina.
No obstante estos curas, sometidos a un control más estrecho y directo del
poder político, no sólo cumplieron funciones decisivas para el ejercicio de ese
poder en cada localidad sino que además la extensión del número de parroquias fue
parte inseparable –y sustancial– de la configuración de los pueblos y de la adquisi-
ción del estatuto de cabecera de partido. En este sentido, la red eclesiástica fue
claramente un sostén clave en la configuración del poder tanto en términos logísticos
como simbólicos. Las funciones de jueces y curas fueron cada vez más comple-
mentarias que competitivas y no deja de ser interesante que en los pueblos de la
nueva frontera la Iglesia instaló sus parroquias tardíamente: para la década de 1830
sólo cuatro de los catorce poblados contaban con parroquias o viceparroquias y
fueron justamente los mismos que adquirieron el estatuto de partido.
Para el ejercicio de sus funciones cada una de estas estructuras tenía su pro-
pio personal y afrontó de distinto modo los problemas que aparejaba su recluta-
miento. No cabe duda de que si el estado provincial tenía una “columna vertebral”
ella era la que proveía la estructura de poder militar y miliciana cuya magnitud y
extensión terminó siendo incomparablemente más amplia que la que tuvieron las
otras dos. Sin embargo, si tratamos de incluir en nuestro razonamiento el conjun-
to de agentes que contribuían al desarrollo de las funciones de cada una podemos

107 Ver José Mateo, “Bastardos y concubinas. La ilegitimidad conyugal y filial en la frontera pampeana

bonaerense (Lobos 1810-1869)”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio
Ravignani, N°13, Buenos Aires, 1996, pp. 7-34 y José L. Moreno, “Sexo, matrimonio y familia: la ilegitimi-
dad en la frontera pampeana del Río de la Plata, 1780-1850”, en Boletín del Instituto de Historia Argen-
tina y Americana Dr. Emilio Ravignani, N°16-17, 1998, pp. 61-84.
108 Esta idea que se desarrolla en: Di Stefano, Roberto, El púlpito..., op. cit.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 43

identificar algunos problemas de naturaleza común. Como hemos indicado el ta-


maño efectivo del personal eclesiástico era mucho más amplio que el de las pa-
rroquias. De manera análoga, Alcaldes de Hermandad y Jueces de Paz no eran
realmente funcionarios estatales y además recurrían constantemente a la coope-
ración de los vecinos para desplegar sus tareas. En este sentido, el fracaso del
proyecto de construir una policía rural es altamente significativo. Los miembros
de las “partidas celadoras” debían ser reclutados por el propio comisario entre
gente “de toda su confianza”, aunque terminó siendo frecuente que se apelara a
detenidos para integrarlas.109 Esta “solución” pragmática terminaba por dar un
resultado muy distinto al esperado al proyectar las comisarías: las partidas poli-
ciales no eran ni una fuerza integrada por “vecinos honrados” ni una fuerza com-
pletamente “extraña” a la sociedad local. El estado todavía deberá esperar para
construir toda su capacidad coercitiva y organizar burocráticamente la acción
policial. Mientras tanto habilitaba un tipo de reclutamiento que abría la posibili-
dad para que los comisarios o jueces construyeran séquitos personales. Por últi-
mo, la dependencia de la fuerza militar, no sólo de la milicia sino también de los
contingentes indígenas (que se convertirían en otra forma de milicia), ilustra tam-
bién los límites del proceso de formación estatal y hasta qué punto el “control
directo” dependía todavía de mediaciones sociales.
Los pueblos fueron el espacio en que estas estructuras constituyeron sus se-
des y por lo tanto el punto de intersección de las redes de poder institucional. A
medida que se profundiza el estudio microrregional de la campaña de Buenos Aires
los ejemplos de estos enlaces de redes de poder y su localización en los pueblos
se multiplican. El análisis de los juicios civiles en la región nos mostró una cre-
ciente litigiosidad precisamente en estos pueblos.110 A su vez, desde fines del
siglo XVIII, aunque más decididamente a partir de la segunda década del siglo
XIX, en los pueblos rurales se fueron estableciendo escuelas y Juntas Protecto-
ras de Escuelas, destinadas a la promoción y vigilancia de la educación de prime-
ras letras. Estas comisiones estaban integradas por el cura de la parroquia, el alcal-
de y un vecino “de probidad” y tuvieron en sus manos las tareas de contralor del
ejercicio de la docencia y de control sobre las familias para que enviaran a sus
hijos a las escuelas.111 Por su parte las cofradías rurales, instaladas en la mayor
parte de las parroquias más antiguas, reunían en una institución de carácter eclesiástico
y bajo la supervisión del párroco a los notables locales, quienes personalmente o a

109 AGN, X-32-11-2, Policía, 1827. AGN, X-32-10-6.


110 María E. Barral, Raúl O. Fradkin, Marcelo Luna, Silvina Peicoff y Nidia Robles, “La construc-

ción del poder estatal en una sociedad rural en expansión: el acceso a la justicia civil en la campaña
bonaerense (1800-1834)”, ponencia presentada en las Terceras Jornadas de Historia Económica,
Montevideo, julio de 2003.
111 Juan C. Zuretti, La enseñanza y el Cabildo de Buenos Aires, Buenos Aires, FECIC, 1984; José

Bustamante, “La escuela rural. Del Caton al arado”, en Carlos Mayo (ed.), Vivir en la frontera. La casa,
44 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

través de sus redes familiares desempeñaban funciones civiles o militares en es-


tas localidades.112 Por lo tanto, eran los pueblos los puntos que operaban como
nudos de intersección de las diferentes redes de poder institucional y por ello
los espacios principales de conformación de la vida política rural. En consecuen-
cia, a la diferenciación entre ciudad y campaña se hace preciso agregar otra que
hasta ahora ha sido poco considerada: la que existía entre los pueblos y sus áreas
rurales dependientes. Y a partir de ella se hace necesario atender a sus implican-
cias sociales: principalmente, la que se fue configurando entre paisanos y
“pueblerinos” y entre notables y vecinos.113
El crecimiento de la población rural durante el período sustentó el proceso
de formación y consolidación de los pueblos rurales y su transformación en se-
des de las estructuras de poder institucional. Sin embargo, este proceso no pare-
ce haber tenido la suficiente consistencia y prueba de ello fue que la autonomía
local siguió siendo muy limitada y circunscripta a la función de justicia local.
Más aún, la morfología institucional de la provincia no contempló un nivel de
jerarquía intermedio entre los pueblos cabecera y la capital. En rigor, los tímidos
intentos resultaron fallidos. Así el fracaso de los tres departamentos judiciales
de campaña con sus tres sedes es una demostración palpable. A su vez, el estable-
cimiento de las comisarías de sección fue también un modo de organización de
un nivel institucional intermedio: si bien es cierto que ellas no debían tener una
cabecera fija según los propósitos oficiales, en la práctica y mientras funciona-
ron, establecieron una distinción de jerarquía entre algunos pueblos. Lo mismo
sucedió con las comandancias o departamentos militares y ellos tampoco llega-
ron a consolidarse. En otros términos, el crecimiento demográfico y económico
de algunos de los pueblos rurales alcanzó para transformarlos en los espacios
por excelencia de la construcción del poder institucional pero no tuvo la enver-
gadura suficiente como para sostener una estructura institucional intermedia en-
tre el poder provincial y los pueblos rurales.

la dieta, la pulpería, la escuela (1770-1870), Buenos Aires, Biblos, 2000, pp. 123-159; María E. Barral,
“Buenos cristianos, ciudadanos y vasallos”. Los tempranos esfuerzos civilizatorios en el mundo rural
bonaerense” , en CD IX Jornadas Interescuelas/departamentos de Historia, Córdoba, UNC, 2003.
112 María E. Barral, “Iglesia, poder y parentesco en el mundo rural colonial. La cofradía de

Animas Benditas del Purgatorio, Pilar. 1774”, en Cuadernos de Trabajo, N°10, Luján, UNLu, 1998,
pp. 15-56 y “¿‘Voces vagas e infundadas’? Los vecinos de Pilar y el ejercicio del ministerio parroquial,
a fines del siglo XVIII”, en Sociedad y Religión, N°20-21, CEIL-PIETTE/CONICET, pp. 71-106.
Patricia Fogelman, “Elite local y participación religiosa en Luján a fines del período colonial. La
Cofradía de Nuestra Señora del Santísimo Rosario” en Cuadernos de Historia Regional, N°20-21,
Luján, UNLu, 2000, pp. 103-124.
113 Raúl O. Fradkin, “¿Fascinerosos contra cajetillas? La conflictividad social rural en Buenos Aires

durante la década de 1820 y las montoneras federales”, en Illes i Imperis, N°5, Barcelona, 2001, pp. 5-33.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 45

Gráfico Nº 1: Estructuras eclesiásticas 1739-1838


1730 1750 1780 1806-1808 1825-1827 1833-1838
ARRECIFES ä ARRECIFES ARRECIFES ARRECIFES ARRECIFES ARRECIFES

S. NICOLÁS S. NICOLÁS S. NICOLÁS S. NICOLÁS


ä S. NICOLÁS
ä BARADERO BARADERO BARADERO BARADERO

ä SAN PEDRO SAN PEDRO SAN PEDRO SAN PEDRO

ä PERGAMINO PERGAMINO PERGAMINO PERGAMINO

ä SALTO SALTO SALTO

ä ROJAS ROJAS

ARECO ARECO ARECO ARECO ARECO ARECO

Cda. de la CRUZ ä C. del SEÑOR C. del SEÑOR C. del SEÑOR C. del SEÑOR

ä C. de ARECO C. de ARECO

ä GILES GILES

S. ISIDRO S. ISIDRO S. ISIDRO S. ISIDRO S. ISIDRO S. ISIDRO

ä CONCHAS CONCHAS CONCHAS CONCHAS

ä S. FERNANDO S. FERNANDO S. FERNANDO

ä Stos. LUGARES
MATANZA
MATANZA
o CONCHAS o CONCHAS ä MORÓN MORÓN MORÓN
MORÓN MORÓN

ä LOBOS LOBOS LOBOS


ä

ä FLORES FLORES FLORES

LUJÁN LUJÁN LUJÁN LUJÁN LUJÁN LUJÁN

ä PILAR PILAR PILAR PILAR PILAR

ä G. DE LUJÁN G. DE LUJÁN G. DE LUJÁN

NAVARRO NAVARRO

MAGDALENA MAGDALENA MAGDALENA MAGDALENA MAGDALENA MAGDALENA

ä QUILMES QUILMES QUILMES QUILMES

ä S. VICENTE S. VICENTE S. VICENTE S. VICENTE

ä ENSENADA ENSENADA ENSENADA

ä CHASCOMÚS CHASCOMÚS CHASCOMÚS

ä MONTE MONTE

ä DOLORES DOLORES

ä RANCHOS RANCHOS

ä CAÑUELAS CAÑUELAS
Referencias AZUL

PARROQUIA VICEPARROQUIA B. BLANCA

PATAGONES
46 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

1000

5000

6000
2000

3000

4000
0
San Nicolás
San Pedro
Arrecifes
Baradero
Pergamino
Salto
Norte

Rojas
V. Luján
Gráfico Nº 2: Habitantes por partido, 1825 y 1836

C. del Señor
G. de Luján
Pilar
Lobos
F. Areco
S. A. Areco
Navarro
Oeste

S. A. Giles
San Isidro
Quilmes
Flores
San Fernando
Matanza
Cercana

Morón
Conchas
Chascomús
Cañuelas
Ranchos
Monte
San Vicente
Ensenada
Sur

Magdalena
Patagones
Monsalvo
N. Frontera

Dolores
Azul
Bahía Blanca
1836

1825
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 47

10

20

30

40

50

60
0
San Nicolás
San Pedro
Pergamino
Arrecifes
Baradero
Norte

Salto
Rojas
Gráfico Nº 3: Alcaldes y Tenientes por partido, 1825 y 1836

V. Luján
G. de Luján
C. del Señor
S. A. Areco
Navarro
Pilar
Lobos
Oeste

F. Areco
S. A. Giles
San Isidro
Morón
Matanza
Quilmes
Conchas
Cercana

San Fernando
Flores
San Vicente
Cañuelas
Magdalena
Monte
Chascomús
Ranchos
Sur

Ensenada
Monsalvo
Patagones
N. Frontera

Dolores
Azul
Bahía Blanca
1836
1825
48 MARÍA E. BARRAL-RAÚL O. FRADKIN

RESUMEN

Este artículo examina el proceso de construcción de las estructuras de poder


institucional en la campaña bonaerense entre 1785 y 1836. Este proceso fue parte
central de la formación del nuevo estado provincial y se expresó en su creciente
ramificación territorial y la centralización de los mecanismos de ejercicio del po-
der. El estudio ha diferenciado tres estructuras de poder institucional –la eclesiás-
tica, la militar/miliciana y la judicial/policial– y ha analizado y comparado sus de-
sarrollos. Este procedimiento comparativo muestra procesos regionales diferen-
tes y ritmos desiguales de despliegue de cada estructura de poder. El análisis pone
de relieve la importancia de los pueblos rurales desde los cuales se fue organizan-
do el poder institucional.

Palabras clave: poder institucional - campaña bonaerense - pueblos - Iglesia -


Ejército - milicias - justicia - policía.

ABSTRACT

This article examines the process of construction of the institutional power’s


structures in the Buenos Aires campaign between 1785 and 1836.
This process was a central part of the formation of the new provincial state and it
was expressed in a increasing territorial expansion and in the centralization of the
mechanisms of exercise of power.
The study has differentiated three structures of institutional power –the
ecclesiastic, the military and the judicial– and has analyzed and compared its
developments.
This comparative procedure shows diferents regional processes and unequal rates
of spreading of each power structure. The analysis puts of relief the importance of
the rural towns from which the institutional power started to organize.

Palabras clave: institutional power - Buenos Aires campaign - towns - Church -


Army - militias - justice.
LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER... 49

Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”


Tercera serie, núm. 27, 1er. semestre 2005.

ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS


PUEBLOS DE LA CAMPAÑA DE BUENOS AIRES:
SAN ANTONIO DE ARECO (1813-1844)

JUAN CARLOS GARAVAGLIA*

1. I NTRODUCCIÓN

El tema de las elecciones durante el siglo XIX, que en los últimos años varios
libros han planteado en sus variables más generales para el conjunto de
Iberoamérica,1 había sido hasta ese momento dejado casi completamente de lado
para el período inicial del siglo (se lo tomaba como un ejercicio “inútil” y “no
democrático” en el marco de una sociedad férreamente dominada por caudillos).
Siguiendo el camino trazado por los estudios antes mencionados, trataremos de
mostrar de qué forma una visión local de esas elecciones puede contribuir a enri-
quecer nuestro acercamiento al tema de la representación política y la ciudada-
nía en el ámbito rural durante esos primeros años posrevolucionarios rioplatenses.
La perspectiva local –tanto en sus aspectos demográficos, como sociales y políti-
cos– nos permite una aproximación microhistórica que enriquece mucho la posibili-
dad de un conocimiento más profundo de algunos aspectos de las luchas políticas

* École des Hautes Etudes en Sciences Sociales, París.


1 Annino, A., (ed.), Historia de las elecciones en Iberoamérica, siglo XIX. De la formación del
espacio político nacional, FCE, Buenos Aires, 1995 [en adelante Historia de las elecciones]. Posada
Carbó, E., Elections before Democracy: The History of Elections in Europe and Latin America, Institute
of Latin American Studies, Londres, 1996 [en adelante Posada Carbó Elections before Democracy].
Sábato, H., (ed.), Ciudadanía política y formación de las naciones. Perspectivas históricas de América
Latina, FCE/El Colegio de México, México, 1999 [en adelante Ciudadanía política].
50 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

y los conflictos sociales en la primera mitad del siglo XIX.2 Este trabajo es, ade-
más, la continuación de una serie de estudios que hemos venido desarrollando so-
bre el pueblo de San Antonio de Areco desde hace cierto tiempo.3

2. LAS ELECCIONES Y EL PROBLEMA DE LA REPRESENTACIÓN EN EL RÍO DE LA PLATA:


LA PRIMERA DÉCADA POSREVOLUCIONARIA

Dado que la vacatio regis ocasionada por los hechos de Bayona había dejado
a las sociedades hispanoamericanas sin cabeza, toda construcción político-insti-
tucional novedosa que la reemplazara debía tener como base de sustentación la
representación de los pueblos4 (aun cuando la opinión monárquica fue más re-
levante de lo que la historiografía de inspiración patriótica generalmente ha
aceptado). 5 Pero, llegar a determinar qué englobaba exactamente ese término
de los pueblos no fue tarea simple –y ese larguísimo camino aún en nuestros
días está lejos de haberse acabado–.6 De todos modos, muchos de los elementos
que se repetirán, una y otra vez, en la historia posterior sobre este tema aparecen
ya desde ese momento inicial: ¿quiénes deben votar? ¿Cómo se debe ejercitar

2 Un estudio desde esta perspectiva local: Deas, M., “La presencia de la política nacional en la vida

provinciana, pueblerina y rural de Colombia en el primer siglo de la república” en El poder y la


gramática y otros ensayos sobre historia, política y literatura colombianas, Tercer Mundo Editores,
Bogotá, 1993, pp. 175-206.
3 Ver “Migraciones, estructuras familiares y vida campesina: Areco Arriba en 1815”, en Garavaglia,

J.C. y Moreno, J.L., Población, sociedad y familia, familia y migraciones en el espacio rioplatense.
Siglos XVIII y XIX, Ediciones Cántaro, Buenos Aires, 1993; “El funcionamiento del Juzgado de Areco
durante el rosismo (1830-1852)”, en Fradkin, R., Canedo, M. y Mateo, J., (compiladores), Tierra, pobla-
ción y relaciones sociales en la campaña bonaerense, 1700-1850, Universidad Nacional de Mar del
Plata, Mar del Plata, 1999; “Escenas de la vida política en la campaña: San Antonio de Areco en una
crisis del rosismo (1839/1840)”, y “Los Martínez: la complejidad de las lealtades políticas de una red
familiar en el Areco rosista”, ambos en Poder, conflicto y relaciones sociales. El Río de la Plata, XVIII-
XIX, Homo Sapiens, Rosario, 1999, pp. 157-183 y 189-201.
4 Acerca de este aspecto de la cuestión, ver el estudio ya clásico de François-Xavier Guerra, Moder-

nidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, FCE/Mapfre, México, 1993.
5 Sobre el tema sigue siendo de lectura obligada el casi centenario libro de Adolfo Saldías La evolu-

ción republicana durante la revolución argentina, Editorial América, Madrid, 1919.


6 Y no sólo en la experiencia latinoamericana, como lo señala Rosanvallon: “Le peuple est un maître

indissociablement impérieux et insaisissable” [ “El pueblo es un patrón indisociablemente imperioso e


inasible”], Rosanvallon, P., Pour une histoire conceptuelle du politique, Seuil, París, 2002, p. 16.
ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 51

concretamente ese derecho? ¿Qué se puede votar? En consecuencia, el tema de


su “representación” estuvo en el centro de casi todos los planteos políticos más
decisivos de estas primeras décadas de la formación de los nuevos estados.7 Va-
rios autores han estudiado este momento en el Río de la Plata.8 Las reflexiones
que siguen están estrechamente relacionadas con algunas de las principales hipó-
tesis de los trabajos citados que abrieron indudablemente un primer y fértil ca-
mino en un tema muy poco estudiado hasta ese entonces.
En el caso rioplatense, el problema de la representación se planteó desde el
día mismo en el que el coup d’état del 25 de mayo de 1810 dio inicio al proceso
de la revolución de independencia; en efecto, el apartado X del acta del 25 de
mayo dice: “que los referidos SS. [los miembros de la junta] despachen sin perdi-
da de tiempo ordenes circulares a los Xefes de lo interior y demas a quienes
corresponde, encargandoles muy estrechamente baxo de responsabilidad, hagan
que los respectivos Cabildos de cada uno convoquen por medio de esquelas a la
parte principal y más sana del vecindario, para que formando un congreso de
solos los que en aquella forma hubiesen sido llamados elijan sus representan-
tes y estos hayan de reunirse á la mayor brevedad en esta Capital”.9 Así comienza

7 Remitimos a la presentación que hace José Carlos Chiaramonte de esta problemática en su “Estudio

preliminar” a Ciudades, provincias, Estados: orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Ariel,


Buenos Aires, 1997, en las pp. 111-124. Algunos estudios clásicos, como los de Bushnell habían ya
planteado varios de estos problemas: Bushnell, D., “Voter participation in the Colombian election of
1856”, Hispanic American Historical Review, 51 (2), 1971.
8 La tesis de Pilar González Bernaldo, sostenida en 1992, discutía algunos aspectos del problema

eleccionario en el período [Civilité et politique aux origines de la nation argentine. Les sociabilités à
Buenos Aires, 1829-1862, Publications de la Sorbonne, París, 1999, en especial, las pp. 112-116]. Un
artículo posterior de José Carlos Chiramonte con la colaboración de Ternavasio, M. y Herrero, F., [“Vieja y
nueva representación: los procesos electorales en Buenos Aires, 1810-1820”, en Historia de las eleccio-
nes, pp. 19-63] ha marcado las líneas fundamentales de este problema en el ámbito de la ciudad de Buenos
Aires –y en menor medida, también de la campaña– durante los años 1810/1820 y el trabajo de Marcela
Ternavasio [Ternavasio, M., “Nuevo régimen representativo y expansión de la frontera política. Las elec-
ciones en el estado de Buenos Aires: 1820-1840”, en Historia de las elecciones, pp. 65-105] señala las
líneas generales de desarrollo del período que llega hasta 1840 en el ámbito rural bonaerense. Chiaramonte
y Ternavasio volvieron sobre el tema en el libro, coordinado por Hilda Sabato, Ciudadanía política
[Chiaramonte, J.C., “Ciudadanía, soberanía y representación en la génesis del estado argentino (c. 1810-
1852)”; Ternavasio, M., “Hacia un régimen de unanimidad. Política y elecciones en Buenos Aires, 1828-
1850”, ambos en Ciudadanía política, pp. 94-116 y pp. 119-141]. Finalmente, Ternavasio publicó en 2002
su libro La revolución del voto. Política y elecciones en Buenos Aires, 1810-1852, Siglo XXI Editores
Argentina, Buenos Aires, 2002 [en adelante La revolución del voto].
9 La Revolución de Mayo a través de los impresos de la época, compilados por Augusto E. Mallié,

Comisión Nacional Ejecutiva del 150º Aniversario de la Revolución de Mayo, Buenos Aires, 1965,
tomo I, p. 353.
52 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

un laborioso camino en búsqueda de la representación popular. No podemos


aquí seguir todos los vericuetos de ese trayecto; sólo mencionaremos los prin-
cipales problemas que este primer período planteó en relación a la participa-
ción electoral de la campaña.10
Debemos recordar que la búsqueda de la representación exigía imaginar un
entramado completamente novedoso referido a las formas concretas de ejercer-
la y este primer momento vio una serie de ensayos a través de varios sistemas de
representación, directos e indirectos. Pero, las necesidades de la guerra revolu-
cionaria obligaron al grupo que desde Buenos Aires ejercía el poder a que inten-
tase, con mayor o menor éxito, controlar el curso del proceso y evitase, hasta
donde fuera posible, el fenómeno de dispersión de la soberanía –el resultado
inevitable de la vacatio regis–. En general, todos los sistemas ideados –y hubo
repetidas experiencias en ese corto período– eran indirectos y se apoyaban en
las formas heredadas del Antiguo Régimen ibérico instrumentadas a través de los
cabildos. De todos modos, incluso en este marco de lo que François-Xavier Gue-
rra ha llamado “la política antigua”, 11 se pueden observar diferencias que parecen
estar ya profundamente enraizadas en las características de cada una de las socie-
dades locales en juego. Es decir, incluso en este cuadro, apegado todavía a las
formas de la “vieja política”, hay ya matices que apuntan a elementos de novedad;
es notable, además, cómo estos matices tienen que ver en general con diferen-
cias bastante evidentes de los diversos contextos sociales.
Hasta 1811, la presencia de la plebe urbana y rural tuvo una participación
menor en esta primera parte del proceso. Será a partir de los hechos del 5 y 6 de
abril de ese año cuando la irrupción de los “hombres de poncho y chiripá” –como
los llama escandalizado un testigo de la época– 12 va a comenzar un proceso de
cambio que, por otra parte, era inevitable (inevitable, pues esos mismos hombres
eran quienes ponían su cuerpo en los ejércitos revolucionarios y en las milicias

10 Hemos tratado este período temprano en “Manifestaciones iniciales de la representación en el Río

de la Plata: la Revolución en la laboriosa búsqueda de la autonomía del individuo (1810-1812)”, en


Revista de Indias, 231, Madrid, mayo-septiembre, 2004, pp. 349-382.
11 Ver “De la política antigua a la política moderna. La revolución de la soberanía”, en Guerra, F.-X.,

Lampérière, A., et al., Los espacio públicos en Iberoamérica. Ambigüedades y problemas. Siglos XVIII-
XIX, FCE, México, 1998.
12 “Se apeló a los hombres de poncho y chiripá contra los hombres de capa y de casaca”; Núñez, I.,

Noticias históricas de la República Argentina [1857], edición de la Biblioteca de Mayo. Colección de


Obras y Documentos para la Historia Argentina, tomo I, Memorias, Buenos Aires, 1960, p. 452. Un
análisis más extenso de estos hechos en Di Meglio, G., La participación política de la plebe urbana de
Buenos Aires en la década de la revolución (1810-1820), Tesis de licenciatura, Fac. de Filosofía y
Letras, UBA, Buenos Aires, 2000, pp. 48-58.
ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 53

urbanas y rurales; los miembros de la elite urbana eran conscientes de que no se


podía continuar exigiendo ese sacrificio a cambio de nada). Y así, por vez prime-
ra en marzo de 1812 se establece la necesidad de la representación de la campaña
en las elecciones para una de las primeras asambleas del período. 13 Pero, hasta
donde sabemos, en las dos experiencias asambleístas de 1812, esa representa-
ción de la campaña no se hizo efectiva.
Será en realidad durante la más “revolucionaria” de esas asambleas –la conoci-
da como “Asamblea del año 13”– cuando por vez primera –y a través de los electo-
res del cabildo de Luján, el único existente en la campaña de Buenos Aires– que
una parte de la opinión de los vecinos de los pueblos rurales se haga sentir. En
efecto, en enero de 1813 se reúnen en Luján los electores locales, más aquellos
elegidos en los seis pueblos que en ese entonces dependían del cabildo lujanense.14
No sabemos cómo se realizaron en cada uno de esos pueblos las elecciones prima-
rias, pero el reglamento de 24 de octubre de 1812, al referirse al cuerpo electoral,
habla de “todos los vecinos libres y patriotas” quienes nombrarían “un elector a
pluralidad de votos”.15 Es decir, las asambleas primarias estarían compuestas de
todos los hombres libres “y patriotas” –o sea, los que conocidamente apoyasen el
proceso revolucionario– 16 y ellas nombrarían a su elector. En este caso, según
surge de los documentos del archivo de Luján, el representante electo por San
Antonio de Areco fue su cura párroco, Gregorio José Gómez; éste, al decir del
documento, representa a “los vecinos de su pueblo y Hacendados del distrito de
su comprensión”,17 lo que estaría mostrando que no sólo los que viven en el
poblado han participado, sino también una parte de los vecinos rurales. Se supone
que ha habido para ello una reunión pública con participación de esos vecinos y
ésta es la primera reunión de ese tipo de que tengamos conocimiento para Areco.
Finalmente, el 16 de enero de 1813 todos los electores más los miembros del
cabildo de Luján se reúnen –se les leen allí las instrucciones de octubre de 1812–

13 Artículo 2º de las adiciones al reglamento de la asamblea, Buenos Aires, 9/3/1812: “Los veci-

nos de la Campaña con las calidades requisitas, tienen derecho à ser electores y electos en la
Asamblea, del mismo modo qe. los de esta Capital y demas Pueblos delas Provas. Unidas con tal
que puedan asistir pa. el tiempo de la apertura”, en Archivo General de la Nación, Buenos Aires [en
adelante AGN], sala X-6-6-1.
14 Estos eran los de Pilar, Cañada de la Cruz, San Antonio de Areco, Fortín de Areco, Navarro y

Guardia de Luján, ver Archivo Histórico “Estanislao Zeballos”, Luján [en adelante AHEZ], Actas del
Cabildo de Luján, 1813, acta del 11/1/1813.
15 AGN-X-3-8-8.
16 Una comunicación del alcalde del Fortín de Areco al cabildo de Luján de marzo de 1815, consulta

acerca de la inclusión o no de los europeos (“españoles europeos”) entre los votantes, ver AHEZ,
Juzgado de paz, caja 1.
17 AHEZ, Actas del Cabildo de Luján, 1813, acta del 15/1/1813.
54 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

y esta pequeña asamblea, llamada “congreso de electores”,18 elige al cura párroco


de Luján (y miembro de la elite porteña), Francisco Argerich, como diputado. 19
Termina así esta primera experiencia electoral en la campaña.
La segunda y ya mucho más relevante, es la ocurrida en 1815; ahora tene-
mos un poco más de datos sobre Areco.20 Esta elección era nuevamente de tipo
indirecto, pues se debían escoger los electores que procederían a su vez a ele-
gir los diputados del Congreso de Tucumán. 21 En 1815, Areco votaba en la mis-
ma sección electoral que Arrecifes, Pergamino y Salto, siendo Arrecifes la
cabecera de esa sección.22
El 29 de julio de 1815 se abre en Arrecifes el “Arca” que contenía las bole-
tas eleccionarias de Areco. Don Manuel Antonio Vicenter –sería más tarde Al-
calde ordinario del cabildo de Luján y tendrá, como veremos, actuación poste-
rior relevante en Areco como juez de paz– contaba con 217 votos; don Mariano
Martínez (miembro de una extendida familia de notables relacionada con el ante-
rior y que aparecerá en forma repetida a lo largo de este texto)23 poseía cuatro
votos; dos votos don Pedro Pablo Genes –su hija emparentaría con los Martínez–
. Los vecinos restantes, don Carlos Casco y don Felipe Lima (contaban con un voto) y
don Ramón Martínez (con dos sufragios), son también conspicuos miembros de la
notabilidad local, siendo todos parientes entre sí, formando parte así mismo de la
red de los Martínez. Mariano Galeano, otro vecino relevante del pago, obtuvo tam-
bién un voto. Finalmente, el 1° de agosto de ese mismo año, los responsables de la
sección electoral, nombran al cura de Arrecifes, Juan Josef Dupuy y al menciona-
do vecino de Areco, Manuel Antonio Vicenter, como electores de los distritos de
Areco, Pergamino, Salto y Arrecifes. Este nombramiento fue objeto de una opción
muy particular en la cual se sopesó la “calidad” de algunos de los votantes para
tomar la decisión final respecto a los electores seleccionados.24
Breves reflexiones a la vista de estos pocos datos. Primero, el número de
votantes ya parece bastante alto –pero, como se verá, está lejos de las cifras pos-
teriores– y en segundo lugar, el “carácter unanimista” de la elección es menos

18
Comunicación del “presidente” del cabildo al poder ejecutivo, Luján, 16/1/1813, AGN-X-3-8-8.
19
AHEZ, Actas del Cabildo de Luján, 1813, acta del 16/1/1813.
20 Ver Sesiones de la junta electoral de Buenos Aires (1815-1820), Documentos para la Historia

Argentina, Facultad de Filosofía y Letras, tomo VIII, Buenos Aires, 1917.


21 Remitimos a Chiaramonte, J.C., “Vieja y nueva representación...”, que analiza estas elecciones.
22 No sabemos muy bien cómo estaban delimitadas las jurisdicciones, pero todo hace suponer que

Areco incluía también en esta ocasión al Fortín de Areco (recordemos que en 1815, Areco Arriba tenía
926 habitantes, San Antonio de Areco 1.605, y el Fortín 526 habitantes, según AGN-IX-8-10-4).
23 Nos hemos ocupado de ellos en “Los Martínez: la complejidad de las lealtades políticas de una red

familiar en el Areco rosista”, en Poder, conflicto y relaciones sociales..., op. cit.


24 Ver Chiaramonte, J. C., “Vieja y nueva representación...”, op. cit., y Ternavasio, M., La revolu-

ción del voto, p. 50.


ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 55

marcado que en las elecciones posteriores y si bien es evidente que ha habido una
clara concertación en el pueblo respecto al nombre de Manuel Antonio Vicenter,
unos once electores consideraron que se hallaban en libertad de preferir otros nom-
bres. Y tampoco es de despreciar al hecho de que todos los candidatos sean “laicos”
–la presencia de curas párrocos o vicepárrocos entre los elegidos en otros distritos
es bien perceptible– y miembros sin excepción de la pequeña elite de notables de
Areco (casi todos ligados a la ya mencionada red familiar de los Martínez). Señale-
mos que en el cercano pueblo de San Nicolás de los Arroyos, otra votación realizada
ese mismo año para decidir sobre la renuncia de uno de los diputados electos, da
lugar a una reñida elección en la que participan 10 candidatos, obteniendo los prime-
ros tres 134, 56 y 49 votos, respectivamente. Habiendo votado 331 personas, sobre
un total de 2.560 habitantes.25 Si contabilizamos sólo los varones mayores de 25
años (sin incluir a los esclavos), únicos habilitados para votar según el Estatuto de
1815,26 los porcentajes de participación son del 37% del padrón potencial para la
jurisdicción de Areco y alcanzan a un alto 80% para San Nicolás.27 Es decir, estas
primeras elecciones de los pueblos de la campaña muestran ya un grado apreciable
de participación en relación al padrón respectivo.
Pero, antes de continuar con las elecciones posteriores a 1820 (cuando los cam-
bios en el cuerpo electoral se harán evidentes), veamos de qué hablamos cuando nos
referimos a San Antonio de Areco y a su entorno rural.

3. SAN ANTONIO DE ARECO Y SU HINTERLAND AGRARIO

El pueblo de San Antonio de Areco está situado al norte de la campaña de


Buenos Aires, en la zona de “vieja colonización”, es decir, aquella que comenzó a
ser poblada desde fines del siglo XVII. Como se puede comprobar en el cuadro,
después de poseer tasas de crecimiento muy altas (4,4% anual entre 1726 y 1744)
y perfectamente comparables al conjunto de la campaña –que sigue creciendo a

25 AGN-IX-19-6-8, fjs. 862-863 y 865-865 vta.; San Nicolás contaba con 1.241 hombres y 1.315 mujeres,

ver AGN-IX-8-10-4.
26 “Todo hombre libre, siempre que haya nacido y resida en el territorio del Estado es Ciudadano, pero

no entrara al exercicio de este derecho, hasta que haya cumplido 25 años o sea emancipado”, art. II, cap.
III, del Estatuto Provisional de 1815, en Galletti, A., Historia constitucional argentina, tomo I, Librería
Editora Platense, La Plata, 1987, p. 597.
27 Según los censos de 1813 y 1815, hay 611 varones libres de 25 años para arriba en Areco, Areco

Arriba y Fortín de Areco; en San Nicolás hay 415 varones de esos grupos de edad, ver AGN-X-7-2-4
y AGN-IX-8-10-4.
56 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

ritmos superiores al 3% anual– la población de Areco se estanca. La razón es


evidente: la relativa oferta de tierras fértiles está ya cerrada en 1813 y sólo en la
sección conocida como “Areco Arriba” quedan todavía algunas áreas libres. En
cambio, en el resto de la campaña el crecimiento demográfico seguirá acompa-
ñando la progresiva expansión de la frontera. Ya en el comienzo del siglo XIX,
hay otro aspecto a señalar: el relativo equilibro de la tasa de masculinidad, con
una cifra de 110 varones cada 100 mujeres en 1813.

Población de San Antonio de Areco y de la campaña de Buenos Aires: 1726-1854

Año Areco Campaña


1726 546
1744 1.266 6033
1778 12.925
1813 1.607
1815 1.605 41.168
1838 1.667 88.232
1854 2.030 180.257

Ahora bien, ¿de qué vive esa población rural? Según los censos de 1813 y
1815, ésta presenta un perfil similar al del resto de la campaña en el área de
vieja colonización, es decir, nos hallamos con un número mayoritario de la-
bradores y pastores de ganado que trabajan con mano de obra familiar. 28 Según
esos datos, tenemos en 1813, 86 UC de labradores y 84 UC de estancieros y
hacendados; la mayoría de estas UC cuenta con mano de obra familiar y ex-
cepcionalmente, uno o dos dependientes –libres o esclavos–. Un 14% de la
población está constituido por trabajadores dependientes (peones, jornaleros
y esclavos varones); un puñado de ellos se halla laborando con los 13 comer-
ciantes y pulperos que tiene el poblado; si los descontamos, descubrimos que
hay apenas 1,2 dependientes por unidad agraria. Al lado de las unidades do-
mésticas campesinas, también encontramos unas pocas grandes estancias que
ocupan así mismo esclavos y jornaleros.
En los censos de 1836 y 1838 este cuadro se repite29 –con una presencia
ahora menor de los labradores por efecto de la crisis de la agricultura–. La mayor

28 AGN-X-7-2-4 y AGN-IX-8-10-4.
29 AGN-X-25-2-4 y AGN-X-25-6-2.
ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 57

parte de las 123 unidades domésticas rurales que contabilizan esos censos si-
guen perteneciendo a los pequeños y medianos pastores de ganado (vacuno y ovi-
no) y a los labradores. Y continúa existiendo un grupo de grandes estancias con
jornaleros y peones –los esclavos son ya escasos por efecto de la ley de Liber-
tad de Vientres de 1813–. De todos modos, si en 1813 y 1815 los jornaleros y
esclavos eran un 14% de la población total, en 1836, los jornaleros han descen-
dido al 10,6% y es probable que hayan vuelto a crecer un poco en 1838 (los datos
censales no permiten hacer este cálculo en esa fecha). Como ocurre en el resto
de la campaña, la mayor parte de estos jornaleros son migrantes del Interior y el
Litoral. En 1854, este crecimiento de los trabajadores dependientes se confir-
ma: hay un 16% sobre el total de la población de ese año. Para esa misma fecha,
tenemos 94 individuos (no se trata ahora de UC pues los datos del Registro
Estadístico 30 están ordenados de otro modo) que son propietarios rurales y otros
86 que son arrendatarios. De estos individuos, 151 son ganaderos (se trata aquí,
en gran parte, de propietarios y arrendatarios orientados a la cría del lanar) y 33
se dedican a la agricultura31 –confirmando la notable disminución de la actividad
agrícola en esos años para Areco.
Sea como fuere y pese a los diversos criterios censales, si quisiésemos es-
bozar a partir de estos datos –bastante pobres, por cierto– una aproximación a la
estructura productiva del área, veríamos que hay una mayoría de pastores y la-
bradores que se apoyan fundamentalmente en la fuerza de trabajo familiar, frente
a una minoría de hacendados. Lamentablemente, la falta de otras fuentes nos
impide poseer más datos y comparar más profundamente con otros estudios
regionales recientes, pero, es indudable que este cuadro es similar al que nos
presentan esos estudios.32 Además, la relación entre el peso predominante de la
producción familiar y la de los trabajadores dependientes es también semejante a
la que nos muestran esos mismos trabajos. Este es un mundo de campesinos pas-
tores y labradores, salpicado con un puñado de hacendados en varias estancias
medianas y, excepcionalmente, dos o tres “grandes”.33

30 Registro Estadístico del Estado de Buenos Aires, segunda época, números 3 y 4, Imprenta del

Orden, Buenos Aires, 1855, tabla décima.


31 Hay incongruencia en los datos de la fuente, pues los totales no coinciden, siendo 180 en el primer

caso y 184 en el segundo.


32 Ver un estado de la cuestión en Garavaglia, J.C. y Gelman, J., “ Mucha tierra y poca gente: un nuevo

balance historiográfico de la historia rural platense (1750-1850)”, Historia Agraria, 15, Seminario de
Historia Agraria, Universidad de Murcia, 1998, pp. 29-50. La abundante producción posterior no ha
hecho más que confirmar esta visión.
33 Entrecomillamos porque, en este marco regional, una “estancia grande” alcanza muy raramente

las 10.000 hectáreas; un gran establecimiento como “La Porteña” de los Guerrico, poseía en 1856 un
total de 9.670 ha. [Archivo de la Dirección General de Geodesia y Catastro, La Plata, Mensura 10 de
San Antonio de Areco].
58 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

Otro hecho importante: el peso del poblado en el total. Si bien hay un leve
descenso relativo entre 1836 y 1838, el pueblo tiene en esta época una buena
parte de los habitantes del partido y esto se acrecienta hacia fines del rosismo;
según los datos de 1854, la mitad de los 2.030 habitantes de Areco vivían en el
pueblo. 34 Si en 1813 se contabilizaban 13 UC de pulperos y comerciantes (amén
de unos pocos artesanos), en 1854 existen 25 comerciantes y 28 artesanos en el
poblado, con varios almacenes, cafés y billares, además de las infaltables pulpe-
rías. No le escapará al lector la relevancia de este hecho y su relación con los
cambios en las formas de sociabilidad, 35 especialmente, si comparamos estas
cifras con la humilde aldea que nos presentaba Alexander Gillespie, militar in-
glés que vivió en San Antonio de Areco en 1806.36

4. LA PRÁCTICA ELECCIONARIA EN ARECO DURANTE EL PERÍODO 1820-1844

El año 1820 verá la caída del poder central en el Río de la Plata y la instau-
ración, por más de tres décadas de una confederación de estados provinciales
autónomos. Este hecho será acompañado por grandes cambios en el sistema de
representación en lo que ahora constituye la provincia de Buenos Aires.37 Se
trata ahora de elecciones de tipo directo para elegir los miembros la Sala de
Representantes de la Provincia de Buenos Aires y no, como en los casos ante-
riores, indirecto (o sea elección de un elector). En este período, esas eleccio-
nes eran el objeto de un seguimiento, elección por elección, por parte de la
Comisión de Peticiones de la Sala y no olvidemos que las elecciones eran anua-
les, dado que el mandato de los representantes duraba sólo un año. 38 Gracias a los

34 En efecto, según Registro Estadístico del Estado de Buenos Aires, cit., el pueblo alberga en ese

momento casi el 50% de la población total, pero, estos datos de población no coinciden totalmente con
los del censo de 1854.
35 Sobre esto, cf. Cansanello, C., “De súbditos a ciudadanos. Los pobladores rurales bonaerenses

entre el Antiguo Régimen y la modernidad”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana
Dr. E. Ravignani, 3ª serie, N 11, pp. 113-139.
36 Gillespie, A., Buenos Aires y el interior, Hyspamérica, Buenos Aires, 1986.
37 Para un análisis pormenorizado de este momento, remitimos a Ternavasio, M., La revolución del

voto, pp. 54-73.


38 Sobre la Comisión de Peticiones, ver los diversos legajos del Archivo Histórico de la Provincia de

Buenos Aires, La Plata [en adelante AHPBA], Sala de Representantes; un ejemplo típico: en 1824 se
hace un recuento general de los votos de toda la campaña y la comisión dice que “la pratica de la ley de
elecciones apenas mejora en la campaña. De las nueve actas que la comision ha examinado, solo una
encuentra sin reproche: esta es la de los Arrecifes”, en AHPBA 48-4-34, 1824, nº 269.
ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 59

detallados datos de las elecciones de 1825, 1833, 1838 y 1844,39 podremos


seguir con mayor precisión el desarrollo de esos cuatro actos electorales en la
jurisdicción de San Antonio de Areco (en 1825 el partido formaba parte de la
IV Sección de la campaña con Pergamino y Fortín de Areco y desde 1832 era
cabecera electoral de la VII Sección electoral, que incluía al Fortín de Areco y
a San Andrés de Giles).40

El cuerpo electoral

Segun las leyes en vigor, 41 el cuerpo electoral estaba ahora compuesto de todos
los varones mayores de 20 años, tuvieran o no bienes de fortuna (y en la Asamblea
Constituyente de 1826 se entabló una discusión muy ardua sobre ese tema en lo
que respecta a la futura constitución; sólo los “federales doctrinarios”, como Ma-
nuel Dorrego y otros, estarán de acuerdo con un sistema tan abierto, bastante inédi-
to en el panorama que presentaban en ese entonces las nuevas repúblicas), 42 es

39 Los datos de 1825, 1833 y 1838 ha sido tomados de AGN-X-30-7-7; las elecciones de 1844 en

AHPBA 48-5-60, 1844.


40 En 1825, los partidos de Arrecifes, Pergamino, Rojas, Salto, Areco Arriba, San Antonio de Areco

y Fortín de Areco formaban parte de la misma sección, AHPBA 48-4-40, 1825, nº 17. Los cambios de
jurisdicción de 1832, en AHPBA 48-5-48, 1832, nº 10 y 14. En 1833 y 1838, el juez de paz de Areco
fungía como presidente de la mesa central de la VII Sección electoral, AGN-X-30-7-7. Esta jurisdicción
eleccionaria duraría hasta después de 1852.
41 El artículo 2 de la ley electoral del 14 de agosto de 1821 dice “Todo hombre libre, natural del país o

avencidado en él, desde la edad de 20 años y antes si fuera emancipado, será hábil para elegir”, ver
Recopilación de la Leyes y Decretos promulgados en Buenos Aires desde el 25 de mayo de 1810 hasta
fin de diciembre de 1835, Buenos Aires, 1835, p. 173.
42 Ver Medrano, S. W., “Los aspectos sociales en el debate sobre la ciudadanía en 1826”, en Revista

del Instituto de Historia del derecho, 5, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Buenos Aires, 1953.
Hay que señalar que en 1824, una Comisión Especial ad hoc de la Sala recuerda que la disposición de
la ley de 1821 que dice “Todo hombre libre, natural del país o avencidado en él, desde la edad de 20 años
y antes si fuera emancipado, será hábil para elegir”; “Y esta amplitud ha hecho tomar parte en nuestros
comicios publicos a toda clase de hombres que tubiesen solo la calidad de libre, natural del pais o
avecindado en él, mas la comision observa que las circunstancias actuales del dia... no permiten conti-
nuar en esta franqueza pa. la gravisima, importante y delicada nominacion de diputados a congreso, muy
distinta y de superior consideracion y responsavilidades à la de diputados de provincia, mucho mas
cuando la experiencia ha mostrado que la liberalidad de dicho articulo no ha sido la mas a proposito para
el acierto de las elecciones, ni la mas aceptable en el concepto publico. Cree por esto la comision
proponer a VH qe. quedando el articulo 4to. del proyecto en los terminos en que esta concebido [el que
decía que las elecciones debían hacerse en arreglo a la ley de 1821] se inserte un quinto en los siguientes
‘Solo podran votar los Españoles Europeos que tengan carta de ciudadano’...”, AHPBA 48-4-34, 1824,
nº 251. Para un contemporáneo como Esteban Echeverría, este sistema electoral abierto constituye una
de las causas de la anarquía y propone claramente un sistema censitario (aunque moderado), ver Ojeada
60 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

decir, los “ciudadanos pasivos”43 serán únicamente los esclavos (y las mujeres,
obviamente). Pero, ¿se cumplía efectivamente esta norma? Como es de imaginar,
la pregunta está lejos de ser retórica y tiene una importancia muy grande para
comprender el fenómeno electoral en sí mismo y para captarlo como elemento
de sociabilidad en el marco de la vida del pueblo en esos años.
En 1825 hay 327 votantes y el escribiente se ocupó de anotar los “dones”,
siendo éstos un 14,4% del total. No sorprende hallar la notabilidad local en este
reducido grupo; decimos “reducido”, pues se trata de un uso del “don” mucho
más restrictivo que el aplicado en gran parte de los censos de los años 1813/
1816; esta forma de utilizarla nos remite a su uso habitual en los censos colo-
niales. De todos modos, es evidente que hay “pardos” y “mulatos” que participan
en la votación, pues al menos en dos casos hemos podido localizarlos,44 pero, la
falta de otro censo cercano nos impide decir mucho más acerca del cuerpo electo-
ral en esta votación. En 1833, los votantes han descendido a 30345 y ese descen-
so debe estar en relación con la gran sequía de los años 1828/1832 y sus efectos
sobre la población de la campaña. El uso del “don” es ahora muy poco útil, pues
se lo atribuye a unos pocos nombres iniciales y se abandona su uso después de las
primeras líneas, quizás por cansancio del escribiente. Nuevamente aparecen aquí
algunos pardos entre los votantes (al menos en cuatro ocasiones, según los datos
de población del censo de 1838).
En el caso de la elección de 1838, el hecho de contar con el censo realizado
ese mismo año nos permitirá un conocimiento bastante profundizado del cuerpo
electoral arequense en esos tiempos difíciles del rosismo (ya ha comenzado el
bloqueo francés, se ha disparado la inflación, hay guerra con la Confederación
Peruano-Boliviana y los rumores de conspiración en Buenos Aires tornan el clima
cada día más pesado). Votan en esta elección unos 359 individuos. Vimos que la
población de la jurisdicción46 es de 1.667 habitantes según el censo de ese mismo
año y si aplicáramos una tasa de masculinidad de 110 –ésta es la de 1813, último

retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata desde el año 37 [1846] en Dogma Socialista
de la Asociación de Mayo, Perrot, Buenos Aires, 1958; algunos comentarios sobre este sistema electo-
ral, bastante excepcional en el panorama iberoamericano del período, en González Bernaldo, P., Civilité
et politique..., cit. y Ternavasio, M., La revolución del voto, pp. 75-98.
43 Sobre este concepto, ver Rosanvallon, P., Le sacre du citoyen. Histoire du suffrage universel en

France, Gallimard, París, 1992, pp. 142-144.


44 Se trata de dos individuos de esa condición étnica que hemos podido ubicar en el padrón de 1838.
45 Hay un pequeño error en el conteo de la fuente que da un total de 301.

46 ¿Estamos realmente seguros de que ambas fuentes (censo y actas eleccionarias) cubren idénticas
jurisdicciones? No podemos asegurarlo, pero nos parece plausible.
ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 61

censo con datos diferenciados por sexo– habría en ese entonces unos 917 varo-
nes. Ahora, si aplicamos el mismo porcentaje que tenemos de Areco en 1813
para los varones mayores de 20 años,47 tendríamos un cuerpo electoral potencial
de ca. 462 varones. Es decir, si han votado 359 hombres, lo ha hecho algo más de
tres de cada cuatro varones en edad y aptitud de votar. 48 Lo que no está nada mal y
supera bastante las posteriores cifras conocidas para Buenos Aires 49 y hasta las
contemporáneas europeas y norteamericana.50 Es sabido de todos modos que la
experiencia electoral de América ibérica fue desde sus inicios mucho más am-
plia que la europea en este sentido. 51
Pero, la relación nominal de todos los votantes comparada con los nombres
de cabezas de familia del censo de 1838, nos permite profundizar un poco más
este aspecto capital del problema. Veamos. Si comparamos todas las unidades
censales [UC]52 observamos que hay 81 nombres de votantes que no pertenecen
a ningunos de los apellidos de las familias censadas en el partido. 53

47 Ese año hay 426 varones de 20 años para arriba sobre un total de 844 individuos.
48 Señalemos que no sabemos exactamente cuántos esclavos hay todavía en Areco –conocemos la
cantidad total de pardos y mulatos, pero no se hallan discriminados los esclavos– por ello, decimos “algo
más de tres de cada cuatro varones”, pues los esclavos no están legalmente habilitados para votar.
49 Ver H. Sabato y E. Palti, “Práctica y Teoría del sufragio, 1850-1880”, Desarrollo Económico, vol. 30

n. 119, oct-dic. 1990.


50 En Francia en 1840, vota un varón de cada cinco, ver Charle, Ch., Histoire sociale de la France au

XIXe siècle, Editions du Seuil, París, 1991. Pero, hay que recordar que la Revolución había instaurado
realmente un sufragio “cuasi universal” masculino y es durante la Restauración que se establece el sistema
censitario (cf. Rosanvallon, P., Le sacre du citoyen, op. cit.). En Inglaterra en 1824 votaban 487 mil personas
sobre 24 millones de habitantes y en los Estados Unidos 350 mil sobre una población que no llegaba a los
10 millones. Pero, los cambios serán bastante rápidos en estos años, pues en Inglaterra se reforma la ley
electoral en 1832 [Reformbill Act de 1832] y los electores llegan a ser unos 800 mil y en Estados Unidos, se
amplía considerablemente el cuerpo electoral, pues votan más de 2,7 millones sobre 17 millones en la
elección presidencial de 1848 (ver Dreyfus, F., L’invention de la bureaucratie. Servir l’Etat en France en
Grande Bretagne et aux Etats Unis, Editions de la Découverte, Paris, 2000). En España en 1834 estaban
habilitados para votar sólo 16.000 varones sobre una población total superior a los 12 millones de habitan-
tes (Artola, M., La burguesía revolucionaria (1808-1869), Alianza Universidad, Madrid, 1973).
51 Consultar Annino, Historia de las elecciones; Sabato Ciudadanía política; Posada Carbó, E.,

Elections before Democracy; Ternavasio, M., La revolución del voto.


52 El censo indica algunas UC que son, en algunos casos, habitaciones en el poblado y en otros,

unidades productivas agrarias y señalemos que hay 11 nombres de jefes de familia repetidos –se trata en
este caso de personas que poseen casas en el pueblo y estancias en sus alrededores.
53 Para comprender esto, hay que recordar que el censo está realizado a partir de los jefes de familia,

es decir, cada UC está encabezada por el(la) jefe(a) de familia, el resto de los integrantes de la UC no
aparece con su nombre y apellido.
62 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

Podemos saber más sobre algunos de ellos gracias a nuestro conocimiento


de otras fuentes sobre Areco, pues entre éstos hallamos a Domingo Fresero, quien
fungía entonces como maestro de primeras letras, a varios jóvenes que integra-
rían más tarde la elite, pero que son recién llegados al pueblo como los dos Lanusse
y Sabatté, a Tomás Machado –que viviría muy probablemente con su cuñado, Pa-
tricio Arriaga, etc.–. Pero, la gran mayoría de esa lista está compuesta por los
apellidos típicos de los migrantes del Interior que tanta relevancia tuvieron des-
de el inicio mismo de la ocupación de este territorio, allá por los años veinte del
siglo XVIII. 54 Y en no pocos casos (exactamente en 22 de ellos) estos hombres
ya han votado también en algunas de las elecciones precedentes, es decir, se ha-
llan en el pueblo desde al menos 1833 –e incluso, desde 1825–. Obviamente,
éstos son tanto los “agregados”, como los peones y jornaleros que trabajan en las
estancias y las chacras de Areco en esos años. Si descontamos ahora los escasos
nombres de esos individuos que sabemos que no son jornaleros, agregados o peo-
nes (los pocos mencionados en el texto un poco más arriba: Fresero, Lanusse,
Sabatté, Machado, etc.) tenemos así que el 20% de los votantes estaría compues-
to por “agregados” y sobre todo, por peones y jornaleros.55 La existencia en 1838
de votantes “nuevos” en esta categoría laboral –es decir, que no lo han hecho en
1833– nos muestra la persistencia de este tipo de migraciones. Además, todos
los pardos o mulatos que estaban domiciliados en la jurisdicción y eran cabeza de
familia (en Areco se trataba en su mayoría en su mayoría de chacareros y quinteros
que vivían en los alrededores del pueblo), votan en 1838, salvo el caso de uno,
que habiendo ya votado en 1833, suponemos que consideró quizás que su edad
avanzada lo eximía de la obligación de hacerlo en 1838.
Así mismo, hay unos pocos vecinos “domiciliados”56 según los datos censales,
que no han votado (hemos contado una veintena de éstos), pero, en algunos casos,
ya lo han hecho en 1833 y 1825 y es probable entonces que se trate nuevamente
de hombres ancianos que no se sintiesen moralmente obligados a votar. En otros
casos, como es el de Alvaro de la Riestra,57 es obvio que éste debe votar en

54 Nos encontramos así con los Coronel, Almada, Herrera, Maciel, Cornejo, Covián, Avallay, Fonse-

ca, Fretes, etc.


55 Recuérdese que los censos nos daban entre un 10% y un 12% de jornaleros y peones y que en
1854 había ya un 16% de éstos.
56 Sobre este concepto de “domiciliados”, ver Cansanello, C., “Domiciliarios y transeúntes en
el proceso de formación estatal bonaerense (1820-1832)”, Buenos Aires, Entrepasados, IV, 6,
1994, pp. 7-22.
57 Se trata de un inmigrante asturiano, propietario de la estancia “La Porteña” –que sería vendi-
da a los Guerrico en 1850– casado con una Martínez, de la familia más importante de esos años en la
notabilidad local.
ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 63

Buenos Aires; en este sentido, también es notable que un hombre como Plácido
Guerrico lo haga en Areco, al igual que José Antonio Terry (padre del economista
del mismo nombre que actuaría años más tarde en Buenos Aires). Esto nos indica
ya formas de sociabilidad diversas en estos hombres que pertenecen a la elite porte-
ña, es decir, a la elite que se extiende más allá de los límites del pueblo. Otro hecho
interesante: varios extranjeros, como el ya mencionado Alvaro de la Riestra, Caye-
tano Calvo –un español que había llegado en la década del 1810–, Patricio Islas,
irlandés, o Tomás Taylor –inglés o irlandés– votan en las elecciones (al igual que
los dos Lanusse y Sabatté, que también son extranjeros).58 Esto es congruente con
la ley electoral de 1821 (se trata de individuos “avecindados” como dice el artículo
2 de la ley), pero, debe ser señalado pues nos indica de qué modo el acto elecciona-
rio es considerado un rito cívico que confirma derechos ciudadanos.
En una palabra, el cuerpo electoral de Areco en esos años abarca la gran mayo-
ría de los varones adultos residentes (es decir, incluso, va bastante más allá de esa
categoría que Carlos Cansanello ha llamado “los vecinos domiciliados”) sin distin-
ción notable de grupos sociales, adscripción étnica o categorías laborales, alcan-
zando el total de los votantes efectivos cifras bastante altas en relación al cuerpo
electoral legalmente habilitado (Tulio Halperin Donghi llamará a este sistema “su-
fragio casi universal” y comprobamos que la fórmula es más que certera). La elec-
ción es entonces un rito cívico en el que participan claramente la mayor parte de
los varones mayores de edad del pueblo y de su hinterland rural. Es, si se nos
permite la fórmula, el acto público más evidente –pero, obviamente, no el único–
que expresa la pertenencia política en tanto ciudadano en esos años.
En el caso de la elección de 1844, el hecho más destacado es la desaparición
casi total de los opositores y los federales “tibios” del cuerpo electoral. Para en-
tender lo que ha ocurrido es necesario evocar brevemente los hechos sucedidos en
el pueblo en los años 1839/1840, que hemos tratado extensamente en otros traba-
jos.59 Después del paso del general Lavalle por Areco a la vuelta de su frustrado
ataque a Buenos Aires a mediados de septiembre de 1840, el pueblo será escenario
de los embargos a los opositores (unos 50 opositores serían embargados en

58 Jean y Philippe Lanusse eran originarios del Béarn, llegaron probablemente al Río de la Plata en

los años veinte o en los inicios de los treinta y habían esposado a dos hermanas Fernández, hijas de
José Fernández, vecino de Areco; Joseph Sabatté era también bearnés y sería socio de uno de los
Lanusse; cf., Miguel R. Lanusse Los Lanusse. Más de 150 años de historia argentina, Sudamericana,
Buenos Aires, 1991.
59 Ver “Escenas de la vida política en la campaña: San Antonio de Areco en una crisis del rosismo

(1839/1840)”, Poder, conflicto y relaciones sociales..., op. cit., pp. 157-183 y “Los Martínez: la comple-
jidad de las lealtades políticas de una red familiar en el Areco rosista”, en ibídem, pp. 189-201.
64 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

Areco,60 aun cuando no todos ellos eran vecinos del pueblo y esta ola de embar-
gos es una de las más graves, en lo que hace a sus consecuencias económicas, en
comparación con otros pueblos de la provincia) y una decena de estos opositores
terminarían incluso en prisión; muchos de ellos buscarían refugio posteriormen-
te en la Banda Oriental. Y bien, en la lista electoral de 1844, sólo tres, como
máximo, de la lista de los embargados en 1840, votan ese año (hay entre los
embargados apellidos muy comunes en la campaña y de ello deriva nuestra duda
en relación a su número exacto). Es decir, los notables de Areco –y en especial,
los miembros de la familia Martínez– han sido literalmente borrados de la esce-
na pública, aun cuando es probable que algunos siguieran viviendo en el poblado.
Pero, pese a ello, el cuerpo electoral ha crecido a ojos vista, pues hubo 436
votantes en 1844 (el juez da un número aún superior, de 442 votantes, en su in-
forme final al cierre de la mesa). Este crecimiento es bastante sorprendente,
visto que la evolución demográfica del pueblo no será excesivamente dinámica
entre 1838 y 1854, pues si teníamos 1.667 habitantes en 1838, llegamos a los
2.030 en 1854, pero, está plenamente confirmado por los datos de ese último
año, pues según el Registro Estadístico hay en Areco 434 “ciudadanos”. Y al
parecer, gran parte de los nuevos votantes de 1844 está constituida por jóvenes
migrantes, pues hemos podido identificar con relativa certeza a unos 87 apelli-
dos que podemos considerar “típicos” de estos jóvenes llegados del Interior y el
Litoral.61 Si esta operación fuera correcta (y tenemos una certeza suficiente como
para tomarla como un hipótesis valedera) ello podría querer decir que ha crecido la
cantidad de peones y jornaleros con que cuentan las estancias y chacras de Areco.
¿Es ésta en parte una consecuencia indirecta de los embargos? Sabemos que en po-
cos lugares de la campaña de Buenos Aires fue tan golpeada la elite local de propieta-
rios: el 56% de ellos fueron embargados y esto afectó al 42% del capital sometido al
pago de la contribución directa en la jurisdicción de Areco, según los datos de Gelman
y Schroeder del trabajo citado.62 Probablemente –y esto también es sólo una hipóte-
sis– muchas de estas unidades productivas embargadas, al ser administradas di-
rectamente por el juez de paz, albergan ahora una cantidad más alta de trabajadores

60 Debo agradecer a Jorge Gelman y a Daniel Santilli el haberme facilitado una copia de la lista más

completa que tenemos de esos embargos; sobre las consecuencias en la provincia de este hecho, cf.
Jorge Gelman y María Inés Schroeder “Juan Manuel de Rosas contra los estancieros: los embargos a
los ‘unitarios’ de la campaña de Buenos Aires”, Hispanic American Historical Review, 83 (3), Duke
University Press, 2003.
61 Hemos tomado en cuenta exclusivamente los apellidos de ese origen que no aparecen en las

listas electorales de los años precedentes, es decir, se trata de migrantes que han llegado al menos
después de 1838.
62 Gelman y Schroeder “Juan Manuel de Rosas contra los estancieros: ...”, op. cit.
ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 65

que cuando estaban en manos de sus propietarios. Y por supuesto, no debería


entonces extrañarnos la presencia de estos hombres como votantes, ya que ha
sido contratados por el juez o sus acólitos y a quienes deben fidelidad.

El acto eleccionario

Veamos ahora cómo se organizaban los actos eleccionarios. Gracias a la de-


tallada información para estas elecciones de 1825 a 1844 podemos saber bastan-
te sobre este aspecto.
El 18 de diciembre de 1825 se reúne en “la casa del juzgado”, el juez de paz,
como presidente de la mesa electoral, un alcalde de barrio y seis tenientes de alcal-
de, más “un número competente de vecinos” para proceder a realizar la Asamblea
electoral y elegir los miembros de la mesa escrutadora.63 Don Patricio Arriaga
(cabeza de los unitarios locales,64 que sería encarcelado junto con su hijo y su
cuñado en septiembre de 1840, moriría poco después en circunstancias desco-
nocidas, es decir, no sabemos si fue ajusticiado) era entonces el juez de paz y entre
los miembros de la mesa escrutadora se hallarían dos hombres que tendrían di-
verso itinerario en el futuro: el unitario Patricio Islas, un irlandés estrechamente
ligado a Arriaga,65 que se uniría a Lavalle en 1840, y Jacinto Bogarín, un hombre

63 Transcribimos el documento, que se encuentra en AGN-X-30-7-7: “Reunidos el Juez de Paz,

Presidente, el Alcalde de Barrio D. Atanacio de la Cruz Sosa y los Tenientes, D. Pasqual Rodriguez, D.
Ignacio Casas, D. Juan Grego. Carrasco, D. Celedonio Fernandez, D. Dámaso Flores y D. Remigio
Gomez y un numero competente de vecinos en el Pueblo de S. Antonio de Areco, en la casa del
Juzgado, hoy diez y ocho de Diziembre se procedio con arreglo a la Ley de Elecciones a hacer la
apertura de la Asamblea y al nombramiento de los quatro escrutadores de la mesa Electoral qe. previe-
ne el arto. nueve de la citada ley, resultando electos para dho. cargo, D. Eduardo Durand, D. Jacinto
Bogarin, D. Fernando Hernandez y D. Patricio Islas. Acto continuo el Presidente recibio a los expresa-
dos individuos el juramento... y en su consequencia procedio a darles posecion de su cargo, pa. la
devida constancia se extiende la presente firmada pr. el Presidente y los individuos de la mesa”. Esta
fórmula, con algunos cambios que señalaremos, se repite en casi todos los casos.
64 El juez de paz interino, Hermógenes Martínez, en su informe de 1831 sobre las opiniones politicas

de los vecinos más importantes, es lapidario con Arriaga: “Unitario empedernido, natural de Buens.Ays...
tiene una estanzuela en el Partido de Baradero... y su casita en el citado Pueblo donde reside, es
dedicado a la bebida... ha sido Juez de Paz en años anteriores; ha sido Capitán de la Compañía de
infantería de Milicia actiba de este pueblo habiendo sido destituído de su empleo hace poco tiempo;
es en extremo hablador...”, AGN-X-21-5-7.
65 Veamos cómo lo describe Hermógenes Martínez: “Unitario malo, Ingles de nacimnto. casado... ha sido

Alcalde de Barrio en años anteriores, despues alferes de la compañía de Milicia de infanteria de este
pueblo... [tiene] un puesto con un poco de ganado ...en el Partido de Baradero, a sido despojado del
empleo ase poco... siempre está reunido con el anterior...”, AGN-X-21-5-7; moriría degollado por Oribe
después de la batalla de Quebracho Herrado en noviembre de 1840.
66 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

que sería juez de paz en el crucial año de 182866 y formaría parte más tarde del
núcleo selecto de los federales duros en el largo período de la judicatura de Tiburcio
Lima en Areco.67 Todos los integrantes de la mesa llevan el “don” –tanto en el do-
cumento inicial, como en el acto eleccionario mismo– que indicaba, como ya vi-
mos, un claro sentido de pertenencia a la elite de notables del pueblo. A las cuatro
de la tarde se cierra el registro, después de hacer constar la votación de los 327
participantes y de anotar los nombres de la lista ganadora –¡unánimemente votada,
por supuesto!– Como vemos, la constitución de la mesa, es una expresión evi-
dente de lo que llamaríamos el grupo “ministerial” o del Partido del Orden en el
pueblo –dejando de lado a Bogarín, que tendría una clara evolución hacia los fe-
derales “netos” más tarde–. Se trata en general, de un grupo de vecinos cuya rela-
ción con las actividades agropecuarias es bastante desdibujada, si bien algunos de
ellos son medianos o pequeños propietarios agrarios y arrendatarios. Y también,
es llamativa la ausencia total del clan de los Martínez en esta mesa electoral.
El 28 de abril de 1833, se reúne en el atrio de la iglesia de San Antonio de
Areco la mesa electoral presidida por el juez José Vicente Martínez; la elección
de los componentes de la mesa escrutadora recaería en un tal José González y
en... tres miembros más de la familia del juez de paz: su medio hermano Norberto,
su sobrino, Eufemio, el padre de su concuñado, Manuel J. Vicenter –se trata de
ese mismo que ya conocemos y que había sido elegido en 1815 como representan-
te del partido; sería unos años más tarde juez de paz, sucediendo al propio José
Vicente Martínez. Señalemos primero una diferencia respecto al caso precedente:
la reunión se hace ahora en el atrio de la iglesia de San Antonio (y no en la casa del
juez)68 –detalle nada despreciable, pues este desplazamiento simbólico de la casa
del juez a la iglesia parroquial, es indudablemente un signo de los nuevos (viejos)
tiempos del rosismo–.69 Uno podría con justicia preguntarse: ¿es más o menos

66 Jacinto Bogarín, que ocupaba el cargo de juez de paz, quiso enviar los milicianos a defender al

gobernador Dorrego, pero el ex juez y capitán de las milicias, el ya mencionado Patricio Arriaga, se
opuso; en 1831 ha reemplazado a Arriaga en el cargo de capitán de milicias (ver los informes de H.
Martínez, AGN-X-21-5-7).
67 Ver “Escenas de la vida política...”, en op. cit. Tiburcio Lima es hijo de Felipe Vidal de Lima (uno de

aquellos vecinos que recibieron votos en la elección de 1815 –fue alcalde de la hermandad y después,
juez de paz) y casó con la hija de Pedro Pablo Genes, otro de los votados en esa fecha, siendo también
Vicenter –el elector que resultó elegido en 1815– un pariente político suyo. Ver nuestro trabajo “Los
Martínez: la complejidad de las lealtades políticas de una red familiar en el Areco rosista”, en Poder,
conflicto y relaciones sociales..., pp. 189-201.
68 Pese a que la fuente de 1825 dice “juzgado”, no existía tal juzgado y se trata, muy probablemente,

de la casa del juez Patricio Arriaga.


69 Es notable que este aspecto coincide casi exactamente con las exigencias de la constitución gaditana

de 1812, ver Guerra, F.-X., “El soberano y su reino. Reflexiones sobre la génesis del ciudadano en
América Latina”, en Ciudadanía política.
ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 67

“público” este ámbito para la elección? En el contexto de la cultura ibérica, ¿puede


considerarse o no que el atrio de la iglesia sea un espacio público? Pero, además,
del mismo modo que en el caso anterior –en que casi todos los miembros de la
mesa eran notables unitarios– ahora pertenecen a los federales tibios y sobre todo,
al poderoso clan de los Martínez, verdadero centro de la notabilidad lugareña en
ese momento. Todos ellos son propietarios, aun cuando no se halla en el grupo
presente en la mesa ninguno de los “grandes” propietarios de tierras del partido.
Pero, a propósito de estas elecciones de 1833, en medio de las luchas intesti-
nas al grupo federal, luchas que llegaron a un punto evidente de no retorno durante
el gobierno de Balcarce (1832-1833), sabemos que se distribuyeron en los pue-
blos listas de candidatos con diversos nombres. Un carta de Vicente González (el
célebre “carancho del Monte”) a Juan Manuel de Rosas lo señala; un párrafo de esta
carta merece ser citado integralmente por su estrecha relación con el tema:

Ayer ha tenido lugar en este Pueblo las elecciones el Juez tubo papeletas en que debian
nombrarse al Dr. Ugarteche y al Dr. Saenz Peña: el mismo Juez de Paz escrivio dias pasados
al Dr. Masa diciendo qe. le diera direccion en esta parte y Masa me escrivio ami diciendome
le digese a Salas, qe. con respecto a los qe. se devian nombrar hiciera lo qe. quisiera, qe. los
nombrados por la ciudad no le gustaban y tampoco los de la Campa., qe. el en este caso se
retiraba y no tomaba parte alga. Salas me dijo qe. hasiamos le dije qe. repartiera las papeletas
qe. la Policia le havia mandado, así lo hizo por medio de los Alcaldes y Tentes. Y al nombrar
los escruatdores [sic] y demas de la mesa, me presente yó en la Sacristia de la Iglesia qe. es
donde se han hecho las eleccions. y al empezar a tomar los votos fui yo el primo. qe. dige doy
mi voto por el Sr. General dn Juan Manuel de Rosas y el Sr General Dn Angel Pacheco todos
me miraron y me preguntaron si ese era el voto qe dava lo ractifique y dije qe si y lo qe lo
asentaron me sali, pero sucedio qe todos los qe estaban con las papeletas en las manos para
entregar, unos las guardaban y otros las rompian y los qe estaban presentes y fueron biniendo
despues, sin qe nadie le advirtiera y les digera nada, todos votaron por Rosas y Pacheco, es
tanto qe ni con el Juez de Paz ni con nadie havia yo conversado sobre esto, pues este fue un
golpe de mis cavilaciones en ber lo que havia dicho el Dr Maza y al menos qe no se pudiese
remediar, qe conozcan lo qe bale el nombre de Rosas y Pacheco en el Monte, pues los mismos
forasteros qe ahigan estado presente habran visto qe a nadie se le ha dicho vote V. pr Fulano,
los votos han pasado de seiscientos en favor de V. y de Pacheco.70

Como podemos observar, hay aquí un detalle interesante (hay diversas listas
impresas que circulan en la campaña). Ya habían sido utilizadas antes, al menos en

70 Carta a Juan Manuel de Rosas del 29 de abril de 1833, el Celesia, E., Rosas. Aportes para su historia,

tomo I, Goncourt, Buenos Aires, 1969, pp. 567-568.


68 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

183171 y vuelven a aparecer en este momento tan particular de la historia del


rosismo –el período que va desde el gobierno de Balcarce a la nueva asunción en
1835 de Rosas como gobernador con las “facultades extraordinarias”.72 Hay otros
datos documentales que hablan de la circulación de folletos y panfletos en la cam-
paña.73 Es decir, hay en estos momentos una dura batalla de opinión. Pero, además,
la carta nos muestra el peso que podían tener los “grandes electores”, como lo era
el caso del coronel Vicente González en Monte, y que podían volcar la opinión del
electorado, incluso sin el auxilio de una presión coercitiva evidente (aun cuando es
obvio que el papel de estos hombres en la política local daba a “su voz” un valor
superlativo). En un envío realizado en 1836 –cuando aún Rosas no se sentía total-
mente seguro de su poder– se le dice el juez de Areco:74

[el envío de listas tiene como] objeto de qe. si V. lo cree necesario dirija cada uno de ellas a la
persona que considerase conveniente, bien por ser comandante de compañía [de milicias] ó
por cualquiera otra causa qe. pudiera influir al mayor numero de la votación...

Esto muestra nuevamente la importancia relevante que podían tener los “for-
madores de opinión” y no casualmente se menciona en primer lugar a los coman-
dantes milicianos. Es decir, no hay que confundir la “unanimidad” en el momento
de votar, con una opinión unánime, en especial en estos momentos de gran ten-
sión política, como es el período 1828/1840.
Pero, volvamos a la constitución de la mesa en los distintos actos electorales.
El 2 de diciembre de 1838, el entonces juez don José Vicente Martínez reúne a la

71 Véase el envío de las listas “federales” para las elecciones en abril de 1831, en Archivo del juzgado

de paz de San Antonio de Areco, San Antonio de Areco [en adelante AJPSAC], año 1831; también en
Luján, en AHEZ, Juzgado de paz, caja 1.
72 Balcarce gobernó hasta noviembre de 1833; le siguió Viamonte que lo hizo hasta octubre del año

siguiente y de allí, hasta la asunción definitiva de Rosas en abril de 1835, gobernó Manuel Vicente
Maza. Esos escasos dos años fueron de gran actividad y Rosas realmente vio peligrar su dominio
sobre la política local.
73 Rosas tenía la costumbre de difundir las gacetillas de noticias por toda la provincia mediante los

correos que las leían o las hacían leer en las postas (y probablemente, se repetía esa lectura en las
pulperías y en la misa dominical); el lenguaje de estas hojas sueltas impregnaba así rápidamente el
discurso popular; un ejemplo típico es la gacetilla impresa con motivo de la “conspiración” de los Maza
en septiembre de 1839 y que lleva el título “Noticias que debe comunicar el correo extraordinario de la
carrera de Cuyo en su tránsito”, en Pelliza, M., La dictadura de Rosas, La Cultura Argentina, Buenos
Aires, s/f, pp. 131-133. En 1840, en ocasión de unas fiestas “federales” en Areco, se queman unas
“papeletas celestes” que había distribuido Hermenegildo de la Riestra durante la ocupación del pueblo
por parte de Lavalle, ver nuestro trabajo, ya citado, “Escenas de la vida política...”.
74 Envío de las listas al juez de Areco por Manuel Corvalán, Buenos Aires, 23/11/1836, en AJPSAC,

año 1836; en 1837, se repite un envío de listas, AJPSAC, año 1837.


ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 69

10 de la mañana en el “pórtico” de la iglesia de San Antonio a sus subalternos y a


un buen número de vecinos para nombrar la mesa electoral de esas elecciones.
Esta vez, José Vicente –que se hallaba ya en plena evolución hacia un federalismo
cada vez más tibio– se cuida de no colocar a sus parientes en la mesa como lo
había hecho en 1833, pero, por supuesto, sus integrantes le son hombres fieles y
entre ellos se halla su propio escribiente, Angel Brid. 75
Es decir que, pese a la unanimidad que reina en estos actos eleccionarios, la
determinación acerca de la composición de la mesa era importante y escondía
muy probablemente luchas intestinas y agudos conflictos. ¿Por qué, si después
de todo, nadie “va a sacar los pies del plato” en el momento de votar? La primera
respuesta es evidente: la lucha por el control de la mesa era vital y con cierta
frecuencia, aseguraba el resultado posterior. 76 En Colombia se decía “el que es-
cruta, elige”. Pero, hay otro elemento importante. Simbólicamente la mesa repre-
sentaba mucho y el lento paso de cada uno de los cientos de ciudadanos delante
de ella en el momento de expresar su voto –recordemos que en general, el voto
era “cantado”– debe adquirir indudablemente un significado muy alto en este rito
cívico (imaginemos un poco la escena, en medio de comentarios y no pocas fra-
ses de sutil ironía intercambiadas entre el votante, los miembros de la mesa y un
puñado de curiosos, todo en el atrio de la iglesia y muy probablemente, con la
presencia vigilante del cura párroco del pueblo, en este caso, don Feliciano Martínez,
¡otro hermano del juez Martínez!). La mesa “preside” ese acto junto con el juez de
paz y por lo tanto, el hecho de integrarla otorgaría prestigio y un poder simbólico
importante frente al resto de los vecinos del pueblo.
Y si en 1833 no se utilizó el “don” para especificar notabilidad, el orden de
la hoja inicial del documento muestra bien la importancia relativa de estos pri-
meros votantes: el cura Feliciano Martínez, su medio hermano Norberto, su pa-
riente político Vicenter, su hermano José Vicente, José González –miembro de
la mesa escrutadora–, su sobrino Eufemio, su primo Tiburcio Lima (futuro juez,
como también futuro líder de los federales “netos” de Areco), Angel Brid, quien
funge de escribiente y que sería más tarde alcalde con Tiburcio Lima, etc. En
1838 este orden parece aún más evidente de los cambios que se están anunciando:
el cura Feliciano Martínez, el futuro juez Tiburcio Lima y los dos hombres que
serían después sus inmediatos colaboradores (Santiago Casco y Clemente Lavallén,
concuñados entre sí) son los cuatro vecinos que encabezan la lista eleccionaria;

75 Tiburcio Lima diría de él unos años después, que pese a su proximidad con José Vicente Martínez “...en

su emigración no quiso seguirlo y se conserba desde aquella epoca desempeñando la pluma a mi lado...”,
AGN-X-21-5-7, 1842.
76 Ver sobre esto, Ternavasio, M., “Nuevo régimen representativo... “, cit., en Historia de las elecciones y

Guerra, F.-X., “El soberano y su reino...”, cit. en Ciudadanía política.


70 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

ellos son los mismos que, una vez sucedidos los hechos relacionados con el paso
de Lavalle por el pueblo, serían la cabeza de los federales “netos” de Areco hasta
el momento de la caída de Rosas.
En 1844 la mesa se reúne en la iglesia, como ya era habitual; la composición
de la misma expresa nuevamente el total dominio de los federales “netos”, pues
amén del juez Tiburcio Lima nos encontramos con nuestro conocido Jacinto
Bogarín, entonces comandante de las milicias locales y otros dos vecinos; pero,
paradójicamente (¿o no?), uno de ellos, Juan Francisco Font, sería uno de los suce-
sores de Tiburcio Lima después de la caída de Rosas... La lista está encabezada de
nuevo por el cura Feliciano Antonio Martínez, seguido de Santiago Casco y Cle-
mente Lavallén, ya mencionados precedentemente.
Pero, existe otro aspecto del acto eleccionario que debemos subrayar: el
acto representa indudablemente un momento de sociabilidad culminante en la
vida del pueblo. Casi todos los varones del “pago” se hallan presentes a un mismo
tiempo77 y ello debió haber dado rienda a reuniones festivas en las tiendas y pul-
perías del pueblo (el pueblo poseía varias y entre ellas, una que es llamada café,
¡cuyo propietario es otro viejo conocido, don Manuel Antonio Vicenter! Proba-
blemente, su condición de propietario de un café, ámbito de nuevas formas de
sociabilidad, haya sido una de las razones de su desgracia en 1840)78 y es posible
que también las mujeres acompañaran a sus maridos y compañeros en este trance
electoral. Así, con esa tendencia innata hacia la fiesta que esta sociedad había
heredado del Antiguo Régimen, es muy probable que el acto electoral estuviese
rodeado de una serie de expresiones lúdicas que, obviamente, lo hacían todavía
mucho más atractivo. Canchas de bochas, riñas de gallos, carreras de caballos,
sortijas, pato y otros juegos, más los inevitables bailes nocturnos con payadas y
comidas, deberían acompañar a este rito cívico reforzando intensamente la so-
ciabilidad de ese pequeño ámbito pueblerino.
Veamos un ejemplo de unos pocos años más tarde. Ya después de la caída
de Rosas, en 1854, Pastor Obligado, entonces gobernador de la provincia y en
camino al vecino pueblo de Capilla del Señor (éste se halla a unas pocas leguas

77 Por supuesto, el lector podría suponer que la presencia física de los electores fuese simulada, pero

todo indica que los electores efectivamente se desplazan ese día hacia el pueblo. En las elecciones de 1836
en Dolores, por ejemplo, el juez de paz informa que a causa de unas partidas que estaban reclutando gente
en forma forzosa, muchos vecinos no acudieron a votar por medio a ser reclutados “...devo haser presente
qe. [ese hecho] tuvieron [sic] mucha parte en qe. la concurrencia a la votacion de las Elecciones no fuera
mas numerosa, pr. qe. muchos no concurrieron a votar el dia prefijado de temor de ser agarrados como lo
havian sido otros...”, AGN-X-21-1-2.
78 Se lo acusa de ser unitario y va en prisión, aunque brevemente, ver “Escenas de la vida políti-

ca...”, en op. cit.


ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 71

de Areco), resume así el ambiente de las elecciones en esos pueblos del área
de vieja colonización:

Hoy salimos para Capilla del Señor, después que han bailado todos, gente decente y chusma
hasta sacarse la frisa. Ya se sabe que el programa de todos estos pueblos es misa por la
mañana, gran jarana de mesa que, por más que la resistimos no se puede evitar, y baile a la
noche en donde se sacuden duro las muchachas79

La tripartición ceremonial de esta jornada pública evocada por el gobernador


Obligado no puede ser más simbólica: misa matinal, “gran jarana de mesa” [electo-
ral] y baile nocturno (“en donde se sacuden duro las muchachas”). Esta tríada, pare-
ce quizás demasiado obvio señalarlo, expresa un tipo de publicidad que transita
todavía –trabajosamente– entre la cultura política del Antiguo Régimen ibérico y
la de la nueva nación republicana liberal a la que aspiraban los hombres triunfado-
res en Caseros, cuando derrotaron a Juan Manuel de Rosas.
Pero, así mismo, es notable cómo el acto eleccionario ha sido recogido
en la literatura gauchesca. Un largo poema citado por Olga Fernández Latour,
“El gaucho federal”, muestra hasta qué punto las elecciones formaban parte del
imaginario popular de los paisanos federales; el que habla, que se llama a sí
mismo “Neto y colorado” para no dejar dudas acerca de su total identificación
con el rosismo más puro, dice:

Si hubiera sido preciso


que nos llamen a votar,
no queda uno en la Campaña
sin bajar a la ciudad80

No hay dudas que votar –y participar en la milicia– eran los dos componen-
tes que el rosismo consideró claves como elementos de fidelidad a su proyecto
político. La diferencia entre la condición de votante y la de miliciano es tanto
cuantitativa como cualitativa –hay el doble de votantes que de milicianos 81 y
estos últimos deben ser de una lealtad a toda prueba– pero, ambas funciones for-
man parte central de la fidelidad al régimen.

79 Citado en Irigoin, A., “Del dominio autocrático al de la negociación. Las razones económicas del

renacimiento de la política en Buenos Aires en la década de 1850”, Anuario de IHES, 14, Tandil, 1999.
80 Ver Fernández Latour, O., “Poesía popular impresa de la colección de Lehmann-Nitsche”, Cuader-

nos del Instituto Nacional de Antropología, 6, Buenos Aires, 1966/1967, p. 222.


81 Si en 1844 había 436 votantes, en 1851 hemos contabilizado 157 milicianos (ver AJPSAC, año 1851).
72 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

5. CONCLUSIONES

Este análisis pormenorizado de algunos de los procesos electorales de los años


1813 a 1844 nos ha dejado un cuadro que creemos enriquece bastante nuestro es-
caso conocimiento del tema para la campaña de Buenos Aires. Tenemos, primero,
un cuerpo electoral que llega a tener una extensión muy vasta y que supera las ci-
fras que habitualmente se manejan en estos casos. Lógicamente, no hay que olvidar
que el carácter “unanimista” le quita a esa alta cifra de votantes una parte sustancial
de su valor en términos de ejercicio realmente “democrático”.82 Pero, de todos
modos, ello no es óbice para imaginar de qué modo era vivido este acto por las
masas rurales, y decimos las masas rurales pues (salvo los esclavos africanos)
todos los varones –incluyendo también a la gran mayoría de los “agregados”, los
peones y los jornaleros– acuden al pueblo para depositar su voto. Este acto, ¿es
realmente percibido por los votantes como un momento de “participación real” en
la conducción de los asuntos del Estado provincial? Esta pregunta –ante la falta de
más elementos de juicio– no tiene todavía para mí una conclusión plenamente sa-
tisfactoria, pero me inclinaría por una respuesta positiva.
Vimos también –confirmando lo que se sabe sobre la ciudad de Buenos Aires
de antes y después de estos años– que uno de los aspectos centrales de la lucha
política consiste en controlar la composición de la mesa electoral. Los tres gru-
pos políticos más destacados del pueblo de Areco de esos años 83 (los
“rivadavianos” del Partido del Orden, los federales tibios y los federales “apostóli-
cos”) se hallan representados en las mesas electorales durante las distintas eleccio-
nes que hemos estudiado. Por otra parte, la presencia aplastante de una red familiar
de notables locales, la de los Martínez, se hace así mismo muy evidente en los
procesos electorales analizados a partir de la elección de 1815. De todos modos,
parece evidente que la pequeña elite de San Antonio de Areco se hallaba profunda-
mente involucrada en las luchas políticas del período; no hay aquí nada que se pa-
rezca a “apatía” frente a las agitaciones que recorren el cuerpo político de la pro-
vincia en esos años. La política y “lo público” –un espacio público de nuevo tipo
que estaba recién constituyéndose– conmovían intensamente la vida cotidiana de la
notabilidad local. Al punto tal que podían dividir dramáticamente algunas redes so-
ciales e incluso, algunas familias, como fue justamente el caso de los miembros de
la familia Martínez.84 Además, la “batalla de la opinión” que se trasluce a través de

82 Ver las reflexiones de François-Xavier Guerra en “ Le peuple souverain: fondements et logique d’un

fiction (pays hispaniques aux XIXe siècle)”, en L’avenir de la démocratie en Amérique Latine, CNRS,
Toulouse, 1988.
83 Evidentemente, no solo del pueblo de Areco, sino de la vida política de toda la provincia durante ese período.
84 En efecto, una parte de esta red familiar optó por un federalismo tibio y otra por la total fidelidad a

Rosas con trágicas consecuencias para sus parientes, ver “Los Martínez: la complejidad de las lealtades
políticas de una red familiar en el Areco rosista”, en Poder, conflicto y relaciones sociales..., op. cit.
ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 73

la intensa circulación de folletos y listas electorales en el período clave de los


años 1830-1840, muestra en forma visible que, más allá del estrecho círculo de
los notables, nos hallamos frente a una opinión que no parece tan “adormecida” o
ausente, como habitualmente se lo ha presupuesto para la campaña.
Otro elemento interesante es estudiar el acto electoral como “ritual”, es decir,
como un acto colectivo de “magia social” –según la imaginativa fórmula de Bourdieu–
que, en este caso, consagra y legitima a todo varón libre y adulto como ciudada-
no. Hemos visto entonces de qué modo podíamos comprender mejor esta –aparente-
mente absurda– insistencia en realizar un acto que, a primera vista, se nos aparece
como vacío de significado real. Ninguna sociedad se complace en realizar actos gra-
tuitos o “inútiles”85 (es sólo nuestra ignorancia de algunos de sus más ocultos meca-
nismos la que nos hace tomarlos por tales); ya sabemos que las elecciones eran in-
dispensables para asegurar el problema capital de la representación popular, pero así
mismo, el hecho de asistir al acto y tomar parte en el resto de las actividades lúdicas
que lo acompañaban permitía, hasta al más humilde de los paisanos, saberse partícipe
de ese nuevo teatro del poder, aunque por supuesto, lo hiciese desde la última fila y
muy lejos del escenario. Este ritual eleccionario era entonces un componente im-
portante del universo simbólico relacionado con la nueva ciudadanía republicana86 y
era un capítulo importante del largo proceso de acceso de nuevos sectores a la vida
política en el marco de estas formas transicionales entre la “antigua” y la “nueva”
publicidad.87 Pero, además, parece evidente que estamos ante un fenómeno de ciu-
dadanía muy peculiar, del tipo de “súbdito ciudadano”, como lo llama Murilo de
Carvalho, es decir, en el cual, la iniciativa “viene principalmente de arriba, del Estado,
antes que de los ciudadanos organizados”.88

85 Recordemos lo que dice Durkheim: “C’est, en effet un postulat essentiel de la sociologie qu’une institution

humaine ne saurait reposer sur l’erreur et sur le mensonge: sans quoi elle n’aurait pu durer. Si elle n’était pas
fondée dans la nature des choses, elle aurait rencontrer dans les choses des résistances dont elle n’aurait pu
triompher” [“Existe un postulado esencial de la sociología que afirma que una institución humana no puede
reposar sobre el error o la mentira: si no no podría durar. Si aquélla no estuviera fundada en la naturaleza de
las cosas, habría sin dudas hallado en esas mismas cosas, resistencias que la habrían vencido”], Durkheim,
E., Les formes élémentaires de la vie religieuse, PUF, París, 1998.
86 No olvidemos que la relación entre el cuerpo electoral y la condición de ciudadano, central en la

concepción democrática, tarda en imponerse en Europa; Tocqueville se asombraba en su estadía nortea-


mericana del año 1832 por la amplitud del cuerpo electoral en los Estados Unidos Tocqueville, A. de, De la
Démocratie en Amérique, GF Flammarion, París, 1981, tome I, pp. 117-120.
87 Sobre estas formas transicionales de publicidad, ver “Note su storia e opinione pubblica” de

Giuseppe Civile en Bollettino del diciannovesimo secolo, 6, Università degli Studi di Napoli “ Federico
II ”, Nápoles, 2000.
88 Murilo de Carvalho, J., “Dimensiones de la ciudadanía en el Brasil durante el siglo XIX”, en

Ciudadanía política, pp. 321-344.


74 JUAN CARLOS GARAVAGLIA

RESUMEN

El objetivo de este artículo es el análisis desde una perspectiva local de las di-
versas alternativas de las elecciones sucedidas en la campaña de Buenos Aires en el
período posrevolucionario. Esta perspectiva, centrada en la vida política del pueblo
de San Antonio de Areco, nos permite una aproximación microhistórica que enrique-
ce la posibilidad de un conocimiento más profundo de las luchas políticas y los con-
flictos sociales en la campaña durante la primera mitad del siglo XX.

Palabras clave: historia política - elecciones - Provincia de Buenos Aires.

ABSTRACT

The article’s objective is to analyze to election of Buenos Aires campaign during


postrevolutionary period. The focus is the politic life of San Antonio de Areco, in
approach microhistory, of struggle politic and social conflict during first half
nineteenth century.

Key words: Political history - election - Province of Buenos Aires.


ELECCIONES Y LUCHAS POLÍTICAS EN LOS PUEBLOS DE LA CAMPAÑA... 75

Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”


Tercera serie, núm. 27, 1er. semestre 2005.

CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS.


LOS SECTORES MERCANTILES EN TUCUMÁN (1800-1870)*

MARÍA PAULA PAROLO**

INTRODUCCIÓN

Desde su traslado en 1665, la ciudad de San Miguel de Tucumán –enclavada en


el corazón del actual Noroeste Argentino– constituyó un punto de articulación de
flujos comerciales en un amplio espacio, del Pacífico al Atlántico, incluyendo a
Potosí y Buenos Aires.
Si bien las Reformas Borbónicas, la Revolución y los conflictos civiles de
las primeras décadas de vida independiente generaron cambios que en menor o
mayor medida se vieron reflejados en la estructura económica de la provincia,
San Miguel de Tucumán mantuvo el carácter de núcleo mercantil hasta mediados
del siglo XIX, momento en el que comenzaron a vislumbrarse algunos síntomas
de transformación en el sistema productivo. 1
El peso relativo que tuvo el comercio de larga distancia en el conjunto de las
actividades económicas de la provincia en la primera mitad del siglo, determinó
la preeminencia de un grupo de comerciantes, los mercaderes mayoristas, que se

* Agradezco a los evaluadores anónimos del Boletín y a Daniel Campi por las críticas y sugerencias
que realizaron a las primeras versiones de este trabajo.
** CONICET - Universidad Nacional de Tucumán.
1 Daniel Campi y Rodolfo Richard Jorba, “Las producciones regionales extrapampeanas”, en Marta

Bonaudo (comp.), Nueva Historia Argentina. Tomo IV. Liberalismo, Estado y orden Burgués (1852-
1880), Sudamericana, Buenos Aires, 2000.
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destacaban por la acumulación de importantes capitales producto de la importa-


ción de efectos de ultramar, de la exportación de productos locales y de su rol de
consignatarios de casas mercantiles de Buenos Aires. Junto a ellos y dentro de la
misma esfera del comercio a larga distancia, estaban los troperos, sector que fue
consolidando a lo largo de la primera mitad del siglo su posición económica.
Por otra parte, debido a la notable densidad demográfica de la población de
Tucumán desde épocas muy tempranas2 y a la demanda generada por el Ejército
del Norte asentado en este territorio desde 1811, se conformó un importante
mercado de consumo que dinamizó tanto el comercio de importación como el
comercio local al por menor. De este modo, la venta al menudeo, a cargo espe-
cialmente de los pulperos, cobró una nueva dimensión.
Durante este período de vertiginosas transformaciones políticas y económi-
cas los sectores mercantiles debieron adaptarse a la nueva realidad
posrevolucionaria. Como en todo proceso de adaptación hubo modificaciones y
permanencias tanto en los circuitos de intercambio, como en los rubros y las
prácticas comerciales, aspectos que fueron analizados por diversos autores.3 Sin
embargo, no ha sido estudiado aún el efecto de dichas transformaciones en la
composición interna y en las formas de identificación o diferenciación que adop-
taron –o recibieron– los sectores que nos ocupan en el transcurso de las siete
primeras décadas del siglo XIX.

2 Tucumán desde comienzos del siglo XIX era el territorio más densamente poblado del espacio rioplaten-

se, siendo su densidad en 1801 diez veces mayor a la media del resto de las provincias; mientras que el ritmo
de crecimiento sostenido arrancó en 1800 para alcanzar su máximo nivel del 28,6 por mil en el período 1845-
1858, el que no será superado en ningún otro momento de la historia provincial (Roberto Pucci, “La población
y el auge azucarero en Tucumán”, en Breves Contribuciones del Instituto de Estudios Geográficos, N°7, pp.
74-76, Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras, UNT, 1992).
3 Cf. Eric Langer, “Espacios coloniales y economías nacionales. Bolivia y el norte argentino (1810-1930)”,

en Siglo XIX, Año II, N°4, Monterrey, 1987, Eric Langer y Viviana Conti, “Circuitos comerciales tradiciona-
les y cambio económico en los Andes Centromeridionales (1830-1930)”, en Desarrollo Económico, Vol. 32,
N°121, Buenos Aires, 1991; Silvia Palomeque, “Circulación de carretas por las rutas de Santiago (1818-
1849) (elementos cuantitativos)”, en Cuadernos FHYCS, N°5, Jujuy, UNJu, 1995; Ramón Leoni Pinto, “El
comercio de Tucumán (1810-1825)”, en Actas Quinto Congreso Nacional y Regional de Historia Argen-
tina y Regional, Tucumán, 1971; Esteban Nicolini, “El comercio en Tucumán 1810-1815: Flujos de merca-
derías y dinero y balanzas comerciales”, en Población y Sociedad, Nº2, Fundación Yocavil, Tucumán,
1994; Esteban Nicolini, “Circuitos Comerciales en Tucumán entre 1825 y 1852. Tensión entre el mercado del
Pacífico y el del Atlántico”, en DATA, N°2, La Paz, Bolivia, 1992; López de Albornoz, Cristina, “Arrieros y
carreteros tucumanos. Su rol en la articulación regional (1786-1810)”, en Andes, N°6, 1993; López de
Albornoz, Cristina, “Hacendados y comerciantes de San Miguel de Tucumán en la segunda mitad del siglo
XVIII: origen de la elite comercial”, mimeo, Tucumán, 1992.
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 77

En este estudio, partiremos de la hipótesis de que así como las transformacio-


nes económicas del período afectaron las prácticas y la composición interna de los
sectores mercantiles, también impulsaron la resignificación de las categorías so-
cio-ocupacionales aplicadas a los mismos.
En este marco, el objetivo del trabajo es explorar y, en la medida de lo posible,
revelar, la composición interna de las mencionadas categorías ocupacionales urbanas
entre 1800 y 1870;4 rescatando, asimismo, las diferenciaciones y segmentaciones
presentes en cada grupo. En este sentido, se pretende identificar aquellos atributos o
características generales que cada individuo poseía para autodefinirse –o ser defini-
do por los otros– como “comerciante”, “tropero” o “pulpero”.
Para este fin se recurrió a fuentes censales en las que quedaron registradas
estas categorías ocupacionales y a numerosos fondos documentales de variada ín-
dole, testamentos, pleitos judiciales, reglamentaciones sobre abasto y venta de
mercaderías, solicitudes de matrículas de comerciantes, relatos de viajeros y “me-
morias descriptivas”, entre otros.5

COMERCIANTES Y MERCADERES

Como ya se adelantó en los párrafos precedentes, desde el siglo XVII la ciu-


dad de Tucumán constituía un nexo obligado entre los circuitos mercantiles que
unían mercados distantes. En este marco, la ciudad de San Miguel de Tucumán
vio incrementar un sector de grandes comerciantes, fenómeno potenciado por
las últimas migraciones hispanas del período colonial puesto que algunos de es-
tos migrantes se convirtieron en vecinos ricos e influyentes, se integraron rápi-
damente a la elite tradicional tucumana (antiguos hacendados/encomenderos/
fleteros) y adquirieron estancias, potreros, haciendas y chacras.6

4 Si bien las actividades mercantiles de comerciantes, pulperos y troperos abarcaban también el área

rural, la mayor parte de ellos residían o tenían su centro de operaciones en la ciudad. Este estudio se
circunscribe, por lo tanto, al análisis del uso y evolución de dichas categorías en los censos y padrones
de la ciudad de San Miguel de Tucumán.
5 Para el período que estudiamos disponemos de un padrón de habitantes de dos cuarteles de la

ciudad del año 1812; otro padrón de similares características de 1818; padrones de contribuyentes
a empréstitos extraordinarios clasificados por gremios (años 1806-1830); padrones del pago de
patentes y composiciones de tiendas y pulperías (1795-1869); y por último del recuento general del
Primer Censo Nacional de 1869 y una muestra aleatoria elaborada a partir de las cédulas censales de
la ciudad capital (urbano).
6 Cristina López de Albornoz, “Hacendados y comerciantes...”, op. cit., p. 9.
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Se trataba, sin duda de un sector en el que coexistían diferentes grupos dedi-


cados todos ellos a la compra y venta de bienes, pero especializados en diferen-
tes tipos de transacciones (importación de efectos de Castilla; importación de
frutos de la tierra; exportación de bienes locales) y en diferentes circuitos co-
merciales (internacional, interregional y local).
El siglo XVIII trajo para las colonias hispanoamericanas profundos cambios,
cuyos efectos se hicieron sentir también en esta pequeña ciudad del extremo sur
del Imperio colonial español. Las reformas borbónicas no sólo aceleraron la ex-
pansión del comercio exterior al amparo del Reglamento de Libre Comercio,
sino que la reestructuración político-administrativa modificó notablemente los circui-
tos mercantiles en los que Tucumán se encontraba inserta. Sin embargo, la estratégica
ubicación geo-económica de la ciudad y su producción y economía bastante
diversificada7 permitieron una rápida adaptación a las nuevas condiciones económi-
cas impuestas por el reformismo borbónico profundizando la preeminencia de aque-
llos comerciantes mayoristas dedicados a la introducción de efectos de ultramar. 8
A finales de la primera década del siglo XIX el imperio hispánico de América
inició su rápida desintegración. El eje de las transformaciones económicas en la
mayor parte de las colonias españolas de América del Sur estuvo dado por las rup-
turas, cambios y reacomodamientos del “espacio económico peruano”. El esque-
ma de integración espacial basado en la especialización productiva regional y en
los intercambios comerciales sufrió profundas transformaciones a partir de 1810,
ocasionadas, entre otras cosas, por las guerras de la independencia y por los nuevos
límites nacionales que surgieron durante las mismas o inmediatamente después.
Con la crisis producida por la independencia, disminuyó el tráfico ascendente
de mercadería y la consiguiente provisión de mulas para el transporte de montaña –
aunque se mantuvieron lazos comerciales con algunas ciudades altoperuanas–. Al
mismo tiempo se redujo notablemente el flujo descendente de plata, con lo cual
prácticamente desapareció la principal fuente de metálico de la economía provin-
cial. A partir de entonces, si bien se fortaleció la dependencia comercial con res-
pecto al puerto de Buenos Aires –que pasó a ser el principal comprador de los

7 Aparte de ser una de las principales plazas redistribuidoras de los “efectos de Castilla”, Tucumán poseía

una importante explotación maderera que surtía de materia prima a un importante artesanado urbano dedica-
do a la fabricación de carretas y muebles rústicos; la agricultura (arroz) alimentaba al rubro mercantil ya que
se distribuía por varios mercados regionales; la ganadería se orientaba hacia dos tipos de actividades y
destinos: como ganado en pie hacia el tradicional mercado altoperuano, y como actividad conexa, las curtidurías
convertían los cueros en suelas para el mercado del litoral argentino; por otra parte la producción textil era
destinada al consumo local (Cristina López de Albornoz, “Hacendados y comerciantes...”, op. cit., pp. 3-9).
8 Cristina López de Albornoz, “Hacendados y comerciantes ...”, op. cit., p. 9.
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 79

excedentes productivos provinciales–, Tucumán siguió inserta en el antiguo “es-


pacio económico peruano”, de manera que a lo largo de toda la primera mitad del
siglo XIX sus intercambios mercantiles se desenvolvieron bajo el influjo de di-
versas fuentes de aprovisionamiento de bienes importados y no dependió de un
solo mercado de consumo para la colocación de sus productos.
Las transformaciones económicas de las primeras décadas del siglo XIX no
parecen haber modificado demasiado la estructura interna del sector mercantil
de la ciudad. Entre 1810 y 1825, aunque dentro de un nivel alto de irregularidad,
se habría dado cierta especialización en uno o dos de los rubros comerciales
(introducción de efectos de Castilla, importación de frutos del país, exportación
de bienes locales) ya que sólo excepcionalmente aparece algún comerciante o
grupo de comerciantes operando en los tres apartados. Sin embargo, existiría un
recambio importante entre los principales comerciantes en esos quince años, lo
que lleva a pensar que las ganancias no se concentraban en tan pocas manos.9
El primer padrón de habitantes del siglo XIX (el de 1812), del que sólo se
conservan los listados de dos de los cuatro cuarteles en que se dividía la ciudad,
registró 33 comerciantes, todos ellos “españoles” (blancos) de los cuales 11
eran europeos y 18 “americanos”.10
Los listados de 1818 consignaron 49 comerciantes. En esa oportunidad no se
registró el origen étnico aunque sí su lugar de origen, resultando 31 de ellos “ameri-
canos” (de Tucumán u otras provincias) y, de los 18 restantes, siete europeos.
Sólo en uno de los cuarteles empadronados en 1812 se registraron cinco
mercaderes, entre ellos, dos españoles peninsulares y dos americanos, mientras
que en el de 1818 desapareció esta denominación. El reducido número y la falta
de continuidad en el uso de esta categoría, permite presumir que la utilización de
los términos “comerciante” o “mercader” era indistinta a los fines de “nombrar”
a una misma ocupación o actividad. 11 Del mismo modo que en el padrón encon-
tramos los términos “del comercio”; “comerciante”, “comercia” o “comerciar”
–producto, posiblemente, del registro directo de la respuesta del encuestado por

9 Esteban Nicolini, “Circuitos Comerciales en Tucumán entre 1825 y 1852. Tensión entre el mercado del

Pacífico y el del Atlántico”, en revista DATA, N°2, p. 22, La Paz, 1992.


10 Padrón de habitantes de dos cuarteles de la ciudad se San Miguel de Tucumán. Archivo Histórico de

Tucumán (en adelante AHT), Sección Administrativa (en adelante SA), Vol. 22, Año 1812.
11 En la bibliografía sobre el comercio y los comerciantes durante la colonia, los autores denomi-

nan indistintamente como mercader o comerciante a los individuos dedicados a la compra y venta
de bienes generalmente al por mayor y a larga distancia. Ver Jorge Gelman, De mercachifle a gran
comerciante: los caminos del ascenso en el Río de la Plata colonial, p. 13, Universidad Internacio-
nal de Andalucía, Sede Iberoamericana de la Rábida, España, julio 1996. Carlos Mayo (comp.),
Pulperos y pulperías de Buenos Aires, 1740-1830, Facultad de Humanidades, UN Mar del Plata,
Buenos Aires, 1995.
80 MARÍA PAULA PAROLO

parte del amanuense–, mercader constituiría una forma más de autodefinición de


estos individuos.
Esta presunción se sustenta, por otro lado, en el uso indistinto que se hizo de
ambos términos en otras fuentes como convocatorias a empréstitos, Autos, Ban-
dos y expedientes judiciales. Asimismo, el análisis comparativo entre las opera-
ciones comerciales, los testamentos, el pago de impuestos y la participación en
los donativos y contribuciones extraordinarias, no arrojaron diferencias sustantivas
entre los “comerciantes” y los escasos “mercaderes” registrados. Otro es el caso
de los pulperos, quienes mantuvieron ciertas características particulares que per-
miten entenderlos como una categoría con identidad propia, al menos en las cua-
tro primeras décadas del siglo XIX.
Resta ahora definir qué tipo de actividades desarrollaban y qué característi-
cas internas presentaban estos comerciantes o mercaderes del Tucumán de la
primera mitad del siglo XIX. Analizando diez testamentos e inventarios de bie-
nes se pudieron detectar ciertas regularidades.12 Todos llegaron a poseer algún
tipo de propiedad inmueble en la que habitaban (casas, cuartos o sitios), con mue-
bles y utensilios que variaban en su cantidad y valor de unos a otros. Cinco de
ellos registraron “dependencias activas y pasivas” (deudas y haberes) e hicieron
referencia al asiento de las mismas en “libros de Caxa”, “Documentos” y/o “apun-
tes”. La mitad de estos comerciantes tenía otras propiedades –aparte de la que
les servía de habitación–, tales como chacras, potreros, sitios, cuartos o quintas.
Cinco de ellos detallaron la existencia de géneros de comercio o inventarios de
efectos para la venta almacenados en tiendas. Solamente tres tenían esclavos o
criados y el mismo número poseía ganado. En dos de las diez testamentarias se de-
clararon negocios en otras provincias (Córdoba, Potosí, Buenos Aires) o habilitacio-
nes (apertura de una cafetería y de una pulpería a nombre de un hijo, en un caso, y de
un administrador, en otro). Se constató la existencia de un solo establecimiento de
producción de azúcar y destilación de aguardiente, el de Manuel Posse, uno de los
mayores comerciantes del período.13 El cuerpo general de bienes resultante de

12 Si bien los testamentos registran el patrimonio de un individuo al final de su vida y poco nos

hablan de la actividad que desarrolló, utilizamos este tipo de documento en tanto permite identi-
ficar variantes en los patrones de acumulación e inversión del capital entre las distintas catego-
rías que nos ocupan.
13 Testamentarias de: Cayetano Rodríguez (AHT. Protocolo. Serie A. Vol 19. Año 1815. F. 111v.);

Pedro Rodríguez (AHT. Sección Judicial Civil. Caja 90. Exp. 29. Año 1852); José Mur (AHT. Sección
Judicial Civil. Caja 66. Exp. 22. Año 1827); José Antonio Carmona (AHT. Sección Judicial Civil. Caja 68.
Exp. 2. Año 1828); Manuel Posse (AHT. Sección Judicial Civil. Caja 76. Exp. 17. Año 1839); Bernabé
Piedrabuena (AHT. Sección Judicial Civil. Caja 82. Exp. 4. Año 1844); José Manuel Monteagudo (AHT.
Protocolo. Serie A. Vol 20. Año 1821. F. 37v.); Pedro José Velarde (AHT. Protocolo. Serie A. Vol 22. Año
1832. F. 32). Manuel Monteagudo (AHT. Protocolo. Serie A. Vol 22. Año 1836. F. 61v.). Embargo de
bienes: José Manuel Figueroa (AHT. SA. Vol. 27. Año 1819. F. 35v.).
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 81

cinco de los inventarios consultados oscilaba entre los 519 y los 16.766 pesos;
aunque el valor mínimo apuntado resultó excepcional ya que los cuatro restantes
superaban los 5.000 pesos.14
A su vez, de las transacciones protocolizadas en los registros notariales entre
1800 y 1860, las más frecuentes fueron la compra de esclavos, la de sitios, casas y
tierras, y, con menor frecuencia, las adquisiciones de cuartos, de estancias, chacras
o potreros. En tales registros se asentaron, además, poderes, compromisos, obli-
gaciones, hipotecas y fianzas,15 operaciones que denotan ciertas pautas de inver-
sión fuera del ámbito estrictamente comercial, tendientes a capitalizarse econó-
micamente y a mantener una posición social de prestigio.
La coyuntura bélica de las primeras décadas del siglo pasado (las invasio-
nes inglesas en 1806 y 1807, la guerra por la independencia a partir de 1810 y
los posteriores conflictos civiles que se extendieron hasta más allá de 1850)
provocaron una constante presión por parte del gobierno revolucionario que
buscaba satisfacer sus necesidades mediante contribuciones extraordinarias.
Estas recayeron sobre todo en los comerciantes a través del aumento de tasas o
nuevos impuestos al tránsito y a las ventas, o por medio de las contribuciones
extraordinarias o empréstitos.16
El análisis de siete de estos requerimientos fiscales permitió detectar los
diferentes niveles de riqueza dentro de este amplio grupo de comerciantes.17 En
1806 no fue la guerra la que exigiría la colaboración de todos los “vecinos”, sino

14 Hasta las últimas décadas del siglo XIX la mayor parte de la masa monetaria circulante en las

provincias del norte consistía en moneda acuñada con plata boliviana. Si bien existieron ensayos de
emisión de moneda “provincial” (como la que puso en circulación la Casa de Moneda de Tucumán en
1820 durante el gobierno de Bernabé Aráoz), la moneda en vigencia era aquella de aceptación más
generalizada, con más porcentaje de plata en su acuñación y de más difícil falsificación (Esteban
Nicolini, “El comercio en Tucumán...”, op. cit., pp. 51-52). Por lo tanto, hasta 1881 la unidad monetaria
era el peso boliviano, que valía 8 reales y cuyo valor respecto al peso fuerte nacional era: en 1874, de
1,35 a 1,38 y en 1881, de 1,70 a 1,75; Manuel Lizondo Borda, Historia de Tucumán (siglo XIX), Univer-
sidad Nacional de Tucumán, Tucumán, 1948, p. 169.
15 AHT. Protocolos. Años 1800-1860. En un estudio sobre la composición ocupacional de los com-

pradores de tierras en Tucumán entre 1800 y 1850, Cecilia Fandos y Patricia Fernández Murga confirman
las teorías sobre la diversificación de actividades por parte del sector económico más importante de la
sociedad tucumana y de la inversión del capital comercial en la tierra, aunque aclaran que, si bien la
propiedad rural significó una fuente complementaria de ingresos, en esta etapa la actividad principal
seguía siendo la mercantil. (Cecilia Fandos y Patricia Fernández Murga, “La estructura ocupacional de
los compradores de tierra. Tucumán, 1800-1850”, inédito, Tucumán, 1994).
16 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina

criolla, p. 144, Buenos Aires, Editorial Siglo XXI, 1972.


17 Muchos de los padrones de habitantes levantados en este período responden a la necesidad de

estas recaudaciones, como el relevamiento de los habitantes del Cuartel de la Merced realizado en 1808
o el de los cuatro cuarteles de la ciudad de 1818.
82 MARÍA PAULA PAROLO

la inminente necesidad de construcción de un hospital. La recaudación de los


donativos se realizó por gremios. El listado comienza con los comerciantes que
contribuyeron con las mayores sumas de dinero, aquellos que –en función de sus
testamentos y las operaciones mercantiles analizadas anteriormente– pueden con-
siderarse los más acaudalados. De los 19 comerciantes detectados dos contribu-
yeron con cien pesos, cinco de ellos cincuenta, cuatro aportaron veinticinco,
otros dos veinte, y seis menos de diez.18
Esta clara estratificación en las contribuciones de 1806 se tradujo en la clasifi-
cación de los vecinos convocados al año siguiente con el fin de solventar un “soco-
rro” para la ciudad de Buenos Aires. En esta oportunidad se los dividió en ocho cla-
ses pudientes. La primera –que aportó cien pesos por individuo– nucleaba a los mis-
mos que vimos desembolsar las mayores sumas en el empréstito de 1806, aquellos
que realizaron la mayor cantidad de operaciones comerciales protocolizadas en el
período y cuyos testamentos testifican su gran patrimonio (Manuel Posse, Cayeta-
no Rodríguez, Francisco Monteagudo, Manuel Reboredo, José Velarde, etc.). En la
segunda, tercera y cuarta clase –a las que se les asignó el monto de 60, 40 y 30
pesos respectivamente– se encontraba la mayoría de los comerciantes. Una mino-
ría fue enrolada en la quinta, sexta, séptima y octava clase.19
En 1816 y 1819 se reiteraron los pedidos de empréstitos, pero en ambas opor-
tunidades los contribuyentes serían específicamente los comerciantes y tenderos.
Una vez más se repiten los nombres de muchos de los “grandes”, “medianos” y
“pequeños” prestamistas de años anteriores, aunque la diferencia en las sumas apor-
tadas ya no resulta tan significativa.20
En 1819 muchos comerciantes alzaron sus voces quejándose al gobierno por
el monto que se les obligaba a pagar. Uno de los testimonios fue el de Miguel F.
Aráoz, quien se excusó de pagar el empréstito por su “calidad de emigrado y falta
de giro”.21 Pedro Cayetano Rodríguez, por su parte, no se rehusó al pago de la
contribución, sino que planteó su desacuerdo con el monto que se le había fijado.
Su fundamentación constituye una clara evidencia de las diferentes situaciones
existentes entre los comerciantes:

cuando a otros qe. indudablemente podrían (permítaseme el decirlo) comprarme sin apurar-
se, se les ha tratado con tanta consideración. Bien notorios son los fondos qe poseen y
manejan los Sres. D. José Pose, D. José Mur, D. Pedro Velarde y D. Pedro Garmendia; y

18 AHT. SA, Vol. 17. Año 1806. Fs. 225-234.


19 AHT. SA, Vol. 18. Año 1807. Fs. 536-540v.
20 AHT. SA, Vol. 25. Año 1816. Fs. 271 y v, Vol. 27. Año 1819. Fs. 14-36.
21 AHT. SA, Vol. 27. Año 1819. Fs. 21 y v.
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 83

yo creo qe. ninguno con una mediana tintura de comercio sera capaz de afirmar imparcial-
mente qe. los míos lleguen a la mitad de los de cualquiera de dhos. Sres.; pues; como es qe.
se les asigna: al primero cuatrocientos noventa: al segundo y tercero de a docientos ochen-
ta: al último doscientos cuarenta y cinco, y a mi setesientos? [...] ¿por qué principio de
equidad y justicia [...]? ¿Es proporción esta Sr? [...] si es cierto lo qe se dice qe el tres y
medio por ciento ha sido lo que se ha puesto sobre los fondos de los individuos prestamistas,
pa imponerme lo que se me ha puesto ha sido necesario calcularme un capital de veinte
mil pesos [...] En la actualidad sólo hay en mi poder trescientos y esto los ofrezco [...] me
será imposible entregar más.22

En ninguno de los dos casos los capitulares hicieron lugar a los reclamos y,
por el contrario, exigieron que se ejecutara el empréstito so pena de embargo y
prisión; agregándose en la presentación de Pedro Cayetano Rodríguez la adverten-
cia de que cambiara su “estilo” por imprudente e irreverente. Cabe destacar que los
capitulares que firmaron esta determinación eran justamente Garmendia, Mur,
Velarde y Posse, a quienes el suplicante tomó como ejemplo de los “grandes” co-
merciantes tratados con benevolencia al fijarse las contribuciones.
Otro pedido fue el de Juan Bautista Bergeire, un francés residente en la ciudad
que se excusó de pagar 550 pesos, lo que fue aceptado por el Cabildo:

hazen seis meses qe llegado a ésta trato de realizar [...] el establecimiento de fábricas, ya de
sombreros, ya de curtiembres, sin otros fondos opulos que manifiesta la tienda pública qe se
abrió al efecto, su producto a sufrido sucesivamente la inversión en utensilios, muebles y
demás útiles qe exige un nuevo y tan complicado establecimiento, aun no esta en el estadio de
que sus labores y productos reemplazen los impendidos gastos.23

Estos testimonios confirman las diferencias de riqueza, prestigio y poder


entre los comerciantes. Algunos que recién se iniciaban en la actividad, con es-
caso capital, otros con giros superiores a los 10.000 pesos –no por casualidad
ocuparon cargos capitulares–, los de mediano rango que, si bien parecieran haber
adquirido una sólida posición dentro del rubro, se diferenciaron de aquellos “gran-
des” sobre los que Cayetano Rodríguez afirmara que “bien notorios son los fon-
dos qe poseen y manejan”.
En los libros Mayores y Manuales de Contaduría de la Hacienda, quedaron
asentados los pagos de impuestos, patentes, guías de comercio –entre otros–,
registros que permiten identificar el tipo de actividades y los rubros a los que

22 AHT. SA, Vol. 27. Año 1819. F. 20.


23 AHT. SA, Vol. 27. Año 1819. Fs. 22 y v.
84 MARÍA PAULA PAROLO

se dedicaron los comerciantes tucumanos en el transcurso de los setenta


años bajo estudio. 24
De entre los numerosos impuestos que conformaban el sistema rentístico de
la provincia desde 1810 hasta 1870, se analizaron alcabalas, sisa, impuesto al
aguardiente, nuevo impuesto provincial, depósitos en especie y patentes, por ser
los tributos de mayor permanencia y regularidad en el período. 25
A partir de estas fuentes, se puede concluir que los comerciantes, en general,
se ocupaban de la introducción de efectos de ultramar y de aguardiente, así como
de la exportación de bienes a Buenos Aires –especialmente suelas y cueros–, y a
Salta y Jujuy; actividad esta última que los vinculará en forma muy fluida con los
principales troperos de la provincia. Fueron también importantes abastecedores
del gobierno para el sustento de los tropas, en tanto participaron en el depósito de
telas, maíz, arroz y otros efectos para el mantenimiento de las mismas.
Por otra parte, al cruzar la información de los padrones de habitantes del pe-
ríodo con la evolución de los pedidos de licencia y pagos de patentes por aperturas
de tiendas, se observa que sólo a quien abría un despacho bajo esta denominación
se registraba como “comerciante”. Efectivamente, de 24 comerciantes detectados
en los listados de Contaduría pagando patentes, más de la mitad lo hizo por apertu-
ras de tiendas a su nombre o a nombre de otros, para “los efectos que introdujo con
guía de...”, fórmula que permite advertir que para importar bienes se debía tener
una tienda autorizada. Se identificó, también, a cuatro de estos comerciantes pa-
gando por aperturas de pulperías. Por lo general lo hacían a nombre de un adminis-
trador o dependiente, lo que indicaría que este tipo de negocios no constituía la
principal de sus actividades, sino una más entre varias.
También, en otros fondos documentales consultados se advierte una rela-
ción inmediata entre la categoría de comerciante y la posesión de tiendas. En
los Autos de Buen Gobierno dictados por los Alcaldes Ordinarios del Cabildo
en 1799, por ejemplo, se establecía que “todos los mercaderes en los días de

24 AHT. SA, Hacienda, Vol. 1 a 16. Años 1816-1870.


25 Las alcabalas recaían sobre la introducción de los “efectos de Castilla” y de los “efectos de la

tierra” y sobre los “contratos públicos”. La siza consistía en un derecho de 12 pesos por carga de
aguardiente importada en la provincia, el impuesto al aguardiente era un derecho del 12 y ½ por 100
sobre el valor estimativo o aforo del aguardiente introducido de otra provincia. El nuevo impuesto
provincial, que se estableció a partir de 1823 y quedó abolido en 1852, encerraba en un solo cuerpo
varios impuestos de naturaleza muy distinta: derechos de exportación –que antes no existían–, por
aperturas de tiendas y pulperías, pasaportes para troperos y peones que acompañaban las tropas. En
los depósitos en especie quedaban asentadas aquellos efectos que eran provistos para las tropas –
suelas, telas, alimentos–. Las patentes, licencias o derechos de apertura pesaron –a partir de 1823–
sobre los beneficios de industrias, profesiones, oficios, etc. (Alfredo Bousquet y otros, Memoria
histórica y descriptiva de la Provincia de Tucumán, Buenos Aires, 1878).
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 85

fiesta sierren las puertas de sus tiendas” mientras los “pulperos” harían lo propio
con las de sus “pulperías”.26 Del mismo modo, en la Nómina de Tenderos y
Pulperos qe. pagaron ocho reales en la visita general, figuraban como tende-
ros aquellos nombres que en el padrón de habitantes del año anterior fueron re-
gistrados como comerciantes.27
En 1823 la reglamentación del Nuevo Impuesto Provincial –al que ya se hizo
referencia– estipulaba claramente en su artículo 22 que “Los mercaderes, pulperos,
villaristas y cafeteros quedan obligados a renovar sus licencias anualmente...”;28 y
una lectura detenida del pedido y pago de licencias en los libros de contaduría per-
mite observar que en su mayoría los que pagaban por pulperías figuraban en los
padrones como pulperos –aunque también hemos citado el caso de comerciantes
que abrieron este tipo de negocios–, mientras que los que pagaban por tiendas
fueron registrados como comerciantes o mercaderes.
Desde 1827, el registro del pago de patentes para la apertura de tiendas, pul-
perías, canchas, almacenes, villares, etc., confirma esta tendencia, aunque se puede
notar que los comerciantes o “tenderos” diversificaban sus inversiones.
A partir de 1820 las actividades relacionadas con la nueva red de intercambios
–surgida de las transformaciones en los circuitos mercantiles provocadas por la
revolución y la guerra– cobraron mayor peso: la construcción de carretas; el curti-
do y elaboración del cuero; la producción tabacalera y la de azúcares y aguardien-
tes; mientras subsistieron otras como las artesanías textiles y productos
agropecuarios para consumo interno. En este proceso habría colaborado de manera
contundente la finalización de las guerras por la independencia y el consecuente
retiro del Ejército del Norte de la jurisdicción de Tucumán, hecho que alivió las
presiones recaídas sobre la economía de la provincia y sobre la población por los
permanentes empréstitos y contribuciones, así como por las levas militares. Asi-
mismo, a partir de 1832, el gobierno de Alejandro Heredia se tradujo en la promo-
ción y protección de las actividades económicas –como la del azúcar y las cur-
tiembres– y el marcado interés por reglamentar y ordenar todos los aspectos de la
vida política, económica, laboral y social. Si bien las actividades agrícola e indus-
trial no contaban con la misma tradición de prosperidad que la ganadera, también se
aplicaron sobre ellas medidas de fomento y protección, especialmente al cultivo
de trigo, así como al de la caña dulce y su transformación fabril.29

26 AHT. SA, Vol. 13. Año 1799. Fs. 294-299 v.


27 AHT. SA, Vol. 27. Año 1819. F. 273.
28 Ley de impuestos al ganado, cueros, vehículos, artículos de exportación y otros ramos. En Actas de

la Sala de Representantes, Vol. 1, UNT, Tucumán, 1938, p. 38.


29 Norma Pavoni, El noroeste argentino en la época de Alejandro Heredia, Tomo II, Economía y

Sociedad, Tucumán, Fundación Banco Comercial del Norte (Colección de Historia), 1981, p. 12.
86 MARÍA PAULA PAROLO

Por lo tanto, se abrió en Tucumán una etapa de relativa estabilidad política ya


que la provincia dejó de ser escenario de guerras y enfrentamientos, iniciándose un
proceso de recuperación y hasta de “prosperidad” para la elite mercantil, que poco
a poco se fue transformando también en terrateniente.30
A pesar de todos los inconvenientes que debió enfrentar en las primeras déca-
das del siglo XIX, el comercio siguió desempeñando el rol más destacado entre las
actividades económicas de Tucumán. Con la llegada de Alejandro Heredia al poder
y el reordenamiento político operado por entonces bajo los lineamientos impues-
tos por el rosismo, las transacciones mercantiles recuperaron su ritmo. El circuito
de comercialización de mayor intensidad y dinamismo siguió siendo el que se
vinculaba con la ciudad puerto, desde y hacia donde los envíos eran regulares
todo el año; 31 Córdoba se mantuvo como uno de los principales mercados recep-
tores del tabaco tucumano, y los contactos con la región cuyana y las provincias
del norte abrieron paso a la entrada de los productos de la provincia en los mer-
cados trasandino y boliviano, respectivamente.
Efectivamente, una década después, el censo provincial de 1845 consignó
los rubros: “Azúcar, aguardientes y productos azucarados”; “Tabaco”; “Otros pro-
ductos agrícolas”; “Industria forestal”; “Ganadería y sus derivados”, lo que refle-
ja una estructura productiva diversificada y dinámica, orientada tanto a abastecer
el mercado interno como a los mercados regionales (Salta-Jujuy) y
extrarregionales (Buenos Aires, Cuyo).
Si bien en los años cincuenta los azúcares y aguardiente representaban sólo
un 10% de la producción tucumana, el sector azucarero se convirtió en el de
mayor dinamismo en tanto atraía crecientemente los recursos excedentes de los
demás.32 Este dinamismo y diversificación que se insinúan en la estructura pro-
ductiva de la provincia se trasladó también al interior de las actividades mercan-
tiles. Tanto es así que en las décadas de 1850 y 1860 ya no eran las tiendas y

30 Muchos autores, como Giménez Zapiola (1975), afirman que en los años que estudiamos se

produce un proceso de acomodamiento de los sectores sociales dominantes en el que burguesía


comercial habría trasladado capitales de la actividad mercantil al campo. Investigaciones más recien-
tes confirman estas hipótesis acerca de la diversificación de actividades por parte del sector económi-
co más importante de la sociedad tucumana y la inversión de capital comercial en tierras (Cecilia
Fandos y Patricia Fernández Murga, “Composición ocupacional de los compradores de tierras. Tucu-
mán, 1800-1850”, inédito, Tucumán, 1994).
31 Tucumán enviaba especialmente suelas y cueros, y –en segundo término– productos de la

industria artesanal y doméstica como arroz, pellones, riendas, aperos, carretas, bateas y quesos.
Recibía de Buenos Aires exclusivamente artículos de ultramar (tocador, ferretería, lencería, loza,
cristalería, etc.).
32 Para 1853, los azúcares y aguardientes constituían el 10% de la producción tucumana, porcentaje

que se elevó al 37% en 1865 (Daniel Campi, “Aproximación a la génesis...”, op. cit., p. 10).
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 87

pulperías las que abastecían a la ciudad de una gran variedad de productos, sino
que habría surgido una suerte de especialización en la venta de ciertos efectos y
como consecuencia una multiplicación de negocios. De este modo se observa la
existencia de “pulperías, casas de comestibles al por menor, panaderías, tiendas
de calzados, almacenes por mayor, billares, zapaterías, cafeterías y confiterías,
reservándose a las tiendas la venta de mercaderías extranjeras al por menor”.33
En las décadas siguientes la actividad azucarera experimentó un marcado cre-
cimiento. Se fueron perfeccionando los métodos de producción e importando alam-
biques, fondos y trapiches, con lo cual se inició el equipamiento de los ingenios
con maquinaria de avanzada, de origen europeo. Ya en 1876, año en que se inauguró
el ferrocarril que une a Tucumán con el litoral, el valor de la producción azucarera
triplicaba al de la industria del cuero, y constituía más del 45% del producto pro-
vincial, iniciándose de este modo el auge de esta actividad. Este auge azucarero
coincidirá con el ocaso definitivo de los vínculos mercantiles que daban vida al
“espacio económico peruano”, un complejo de circuitos dinamizados por la pro-
ducción argentífera altoperuana del cual formaba parte todo el norte argentino.34
Mientras se iba modificando el perfil productivo de la provincia y los circuitos
comerciales en los que se hallaba inserta, las categorías ocupacionales con que se
identificaban los actores mercantiles de la primera mitad del siglo XIX sufrieron
notables transformaciones. Entre 1864 y 1871 se detectaron 29 pedidos de inscrip-
ción y rubricación de libros de comercio, de los cuales diez especificaban dedicarse
a la compra y venta de mercadería de ultramar por mayor y menor; nueve corres-
pondían a negocios de compra y venta de mercadería de ultramar y frutos del
país; y los ocho restantes –ya que dos no aclararon el tipo de negocio– eran de
comerciantes dedicados a despacho de tropas; venta de mercaderías generales;
fabricación y venta por mayor y menor de azúcar y aguardiente; compra-venta
de hacienda y cría de ganado; panadería; tienda; almacén; y, por último, comi-
siones y carretajes.35 Cotejando los nombres de los matriculados con las patentes
del mismo año en que solicitaron la inscripción, se observa que pagaban por una gran
diversidad de negocios (tiendas, curtidurías, “despacho de carretas al exterior”, “es-
tablecimientos de destilación”, almacenes y “barracas”, entre otros).36

33 AHT. SA, Hacienda, Mayores y Manuales de Contaduría. Años 1857 y 1869.


34 Daniel Campi, “Economía y sociedad en las provincias del Norte”, en Mirta Zaida Lobato (comp.),
Nueva Historia Argentina. El progreso, la modernización y sus límites (1880-1916), p. 96, Buenos
Aires, Sudamericana, 2000.
35 AHT, Sección Judicial Civil. Cajas 125 a 141. Años 1864-1872. Expedientes varios.
36 Los “establecimientos de destilación” eran ingenios rudimentarios que producían azúcares y aguar-

dientes destinadas, especialmente, al mercado del litoral. Las “barracas” funcionaban como centros de
acopio de frutos del país donde se cargaban las carretas. Las tiendas y almacenes comercializaban efectos
de ultramar y frutos del país (Campi, Daniel, “Aproximación a la génesis...”, op. cit., p. 10).
88 MARÍA PAULA PAROLO

De este modo, paulatinamente parece desdibujarse esa identificación semán-


tica entre comerciante y tendero, tendiendo la categoría a abarcar una variada
gama de rubros. La nueva Ley de Patentes de 1867 establecía en el artículo 20
que los comerciantes que tuvieran más de un despacho de comercio en la misma
casa, aunque estuvieran comunicados unos con otros, tomarían por cada uno de
ellos la patente correspondiente. Norma que confirma que la multiplicidad de
inversiones y de operaciones era un hecho. La ley consideraba comerciante, en-
tonces, a todo aquel que tuviese alguna clase de despacho de comercio –o sea,
cualquier negocio de compra y venta.37
En el Censo de 1869, de los 136 comerciantes registrados en la muestra
obtenida, 38 cinco presentaron petitorio de matriculación como comerciantes,
diez fueron identificados pagando patentes por pulperías, otros 10 por tiendas,
cuatro por almacenes, uno por un villar, uno por barraca, tres pagaron impuestos
por carretas, dos por introducción de vinos y uno por venta de cueros. Algunos de
ellos (al menos cinco de los 27 identificados en ambas fuentes) poseían simultá-
neamente varios despachos.39
En el resumen global de los datos del censo de 1869 correspondiente a la
provincia de Tucumán, la tabla en la que se volcó el resumen de las “profesiones”
de los empadronados, a la categoría en cuestión se la denominó comerciantes,
negociantes, almaceneros, etc., dando cuenta, una vez más, de que la categoría
de comerciante a fines de la década de 1860 englobaba un amplio espectro de
individuos que se dedicaban a las más variadas actividades de compra y venta,
tanto al por mayor como al menudeo.
En suma, de los indicadores hasta aquí analizados, se puede concluir que los
comerciantes o mercaderes de las primeras décadas del siglo XIX constituían
un sector conformado por individuos de mayor o menor fortuna, dedicados ge-
neralmente a la importación y exportación de productos, que presentaban una
importante diversificación en sus operaciones mercantiles plasmada en la com-
pra de tierras, chacras, ganado, quintas y –más avanzado el siglo XIX– de “estableci-
mientos de destilación”, es decir, ingenios de azúcar y aguardiente. Por otra parte, se

37 Ley N°263 de Patentes para el año 1867. En Cordeiro y Viale, Compilación Ordenada de Leyes, Vol.

3 (1862-1867), Edición Oficial, Tucumán, 1916.


38 Debido a que los resultados generales del censo no diferencian entre las categorías mercantiles bajo

estudio, nuestro análisis fue realizado a partir de una muestra aleatoria de 3.618 registros (20% de la
población total de la ciudad), extraídos de las cédulas censales correspondientes a las ocho secciones en
que se dividió a la ciudad para el relevamiento.
39 Tal era el caso de Vicente Gallo, quien figuraba como comerciante en el censo y pagó en ese mismo

año de 1869 por una tienda, una barraca, por introducción de efectos de ultramar y por envíos de carretas
al exterior; Luis Chambeau figura pagando por un establecimiento de destilación y por un almacén;
mientras que Napoleón Maciel lo hizo por una tienda y por venta de cueros.
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 89

pudo comprobar que fue un sector sometido sistemáticamente a fuertes presio-


nes fiscales (elevación y creación de nuevos impuestos, empréstitos extraordi-
narios, etc.). Dentro de la diversidad de giros de comercio, rubros de operacio-
nes y niveles de prestigio, pareciera advertirse una constante: la apertura y pose-
sión de tiendas, no sólo destinadas a la recepción y despacho de mercaderías “al
por mayor”, sino también almacenes de venta al menudeo que entrarían en franca
competencia con las pulperías.
Esta asociación entre “comerciante” y “tiendas”, sin embargo, comenzó a de-
bilitarse a partir de la década de 1840 y más intensamente en la de 1850, cuando el
proceso de diversificación de las actividades comerciales –que indicaría una suerte
de especialización en rubros que antes eran atendidos por tiendas y pulperías– fue
acompañado por una ampliación del significado de la categoría comerciante –
plasmada en el Censo de 1869–, que se hará más flexible y contendrá a otras
que, en las primeras décadas del siglo XIX, aparecían con identidad propia, como
las de pulpero y tropero.

PULPEROS

Con respecto a la producción historiográfica sobre los sectores mercantiles


de Buenos Aires, Carlos Mayo sostiene que los estudios centraron su interés en
los grandes comerciantes y en el comercio de importación y exportación, mien-
tras que el comercio minorista permaneció en la penumbra; lo que habría generado
que se sepa “algo” sobre las pulperías –a través de la literatura costumbrista–, pero
muy poco sobre los pulperos.40
Este diagnóstico del estado del conocimiento sobre los sectores mercantiles
minoristas en Buenos Aires es mucho más marcado aún en la historiografía sobre
Tucumán. Si bien las elites comerciales, los grandes mercaderes y los circuitos
mercantiles de mediana y larga distancia fueron objeto de algunos estudios,41 el

40 Carlos Mayo, “Introducción”, p. 8, en Carlos Mayo (comp.), Pulperos y pulperías de Buenos

Aires..., op. cit.


41 Eric Langer, “Espacios coloniales y economías nacionales. Bolivia y el norte argentino (1810-

1930)”. En revista Siglo XIX, Año II, N°4, Monterrey, 1987. Silvia Palomeque, “Circulación de carretas
por las rutas de Santiago (1818-1849) (elementos cuantitativos)”. En Cuadernos FHYCS, N°5, Jujuy,
UNJu, 1995. Ramón Leoni Pinto, El comercio de Tucumán (1810-1825). En Actas Quinto Congreso Na-
cional y Regional de Historia Argentina y Regional, Tucumán, 1971. Cristina López de Albornoz,
“Arrieros y carreteros tucumanos...” y “Hacendados y comerciantes...”, op. cit. Esteban Nicolini, “El
90 MARÍA PAULA PAROLO

papel jugado por el comercio al menudeo y el de los pulperos, en particular, no han


sido aún tratados en profundidad.
En 1812 los dos cuarteles de la ciudad contabilizaron 26 pulperos, todos
ellos “españoles”, aunque no todos tratados como “don” (20 llevaban el apelati-
vo). La mayoría eran tucumanos (11) pero los hubo también europeos (cuatro),
peruanos (dos) y de provincias vecinas (tres). En 1818 se registraron 86 pulperos
(57 de ellos distinguidos con el “don”). Se mantuvo la mayoría de tucumanos y
aumentó ligeramente la proporción de originarios de provincias vecinas con res-
pecto al recuento anterior.
Si bien la cifra obtenida en el segundo recuento triplicó a la del primero, no se
puede afirmar que haya habido un incremento de pulperos en los seis años que sepa-
raron ambos censos, ya que se debe tener en cuenta que los padrones disponibles se
encuentran incompletos (de 1812 se conservan sólo dos de los cuatro cuarteles de la
ciudad) lo que estaría generando un subregistro importante.
Por ello, no es el incremento cuantitativo el que interesa remarcar, sino una
serie de modificaciones cualitativas entre ambos padrones. El seguimiento de
algunos nombres permitió comprobar que algunos individuos que en 1812 figu-
raban como pulperos, fueron registrados como comerciantes en 1818, y, a la
inversa, se dieron casos de comerciantes de 1812 que aparecerán posteriormen-
te como pulperos. El testimonio de José Manuel Figueroa –categorizado como
comerciante en 1818– es, asimismo, un ejemplo de estos cambios de “esfera”
dentro del sector mercantil:

me hallo todavía en descubierto con mis acreedores: mis fondos deben ser muy conocidos
qe no llegan a quatro mil ps. Pues el año pasado de la esfera de pulpero entre al rango de
comte. Y en el día no soy ni uno, ni otro, pues me e quedado sin dino., y sin tienda [...] por
no tener ni el valor de doscientos ps. entre los clavos qe. han quedado qe. desde entonces
mantengo mi puerta cerrada.42

Por otra parte fueron varios los casos de comerciantes que habilitaban a sus
hijos con una pulpería o los colocaron como administradores de las mismas; así
como los casos de pulperos que fueron testigos en los testamentos de comercian-
tes o a la inversa.43

comercio en Tucumán 1810-1815: Flujos de mercaderías y dinero y balanzas comerciales”, en revista


Población y Sociedad Nº2. Fundación Yocavil, Tucumán, 1994. Esteban Nicolini, “Circuitos Comercia-
les en Tucumán...”, op. cit. Ana María Bascary, Familia y Vida Cotidiana. Tucumán a fines de la
colonia. Universidad Pablo de Olavide-Universidad Nacional de Tucumán, 1999.
42 AHT. SA, Vol. 27. Año 1819. Fs. 29 y v.
43 Los casos de pulperos que aparecieron posteriormente como comerciantes son los de José

María Carmona y de Juan de Dios Aguirre; y a la inversa (de comerciante a pulpero) Patricio Acuña y
Mariano Artaza.
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 91

Esta primera aproximación a la composición interna de la categoría pulpero


permite advertir que el mundo de los comerciantes mayoristas y el del tráfico de
larga distancia no se encontró, en principio, escindido del comercio local al me-
nudeo, ya que existían estrechos vínculos entre los individuos dedicados a uno y
otro tipo de intercambio.
Del análisis de ocho testamentos se observa que todos ellos poseían propieda-
des inmuebles como sitios, casas o esquinas –estas últimas de singular importan-
cia ya que las pulperías solían instalarse en ellas–; mientras que sólo cuatro regis-
traron estancias, tierras, chacras o quintas. Siete de ellos hicieron constar la
existencia de dependencias activas y pasivas (deudas impagas y haberes por co-
brar), aunque sólo tres se refirieron al registro de las mismas en apuntes y docu-
mentos. Los esclavos y el ganado constan sólo en dos testamentarias. A manera de
excepción aparece en uno de los testamentos de 1842 un establecimiento de azú-
car (perteneciente a Juan de Dios Aguirre, uno de los pulperos devenidos en co-
merciantes) y un negocio de tienda producto de una habilitación. El cuerpo gene-
ral de bienes –asentado en sólo tres de los ocho testamentos– varió entre los once
mil y los veinticinco mil pesos aproximadamente.44
Una lectura comparativa de estos datos y los obtenidos de las testamentarias
de los comerciantes permite detectar muchas similitudes y algunas diferencias entre
ambos grupos. Entre las primeras se puede rescatar que tanto unos como otros
poseían una serie de bienes muebles e inmuebles de variada índole que estarían
indicando cierta diversificación en las inversiones; por otro lado, en ambos casos
se observó la existencia de deudas activas y pasivas. Entre las diferencias se puede
remarcar el hecho de que entre los comerciantes parecía más difundido el uso de
libros de caxa, documentos y apuntes, así como la tenencia de tiendas y/o habili-
taciones de negocios a terceros; por último, en el monto total de bienes, en algu-
nos casos, los pulperos superaron a los comerciantes.45

44 Datos obtenidos de las Testamentarias: Francisco Sosa (AHT. Protocolo. Serie A. Vol. 17. Año 1808. F.

43 a 45); Bartolomé Flores (AHT. Protocolo. Serie A. Vol. 18. Año 1812. F. 91v.); José María Carmona (AHT.
Protocolo. Serie A. Vol. 20. Año 1818. F. 123v.); Mariano Levy (AHT. Protocolo. Serie A. Vol. 20. Año 1819. F.
53 ); Patricio Acuña (AHT. Protocolo. Serie A. Vol. 20. Año 1822. F. 44v.); Santiago Helguero (AHT. Protocolo.
Serie A. Vol. 22. Año 1836. F. 24); Fancisco Javier Frías (AHT. Sección Judicial Civil. Caja 67. Exp. 22. Año
1828); Juan de Dios Aguirre (AHT. Sección Judicial Civil. Caja 80. Exp. 16. Año 1842); Nicasio Cainzo (AHT.
Sección Judicial Civil. Caja 110. Exp. 5. Año 1859).
45 Tratándose de una muestra muy pequeña debido a las limitaciones de las fuentes, no se puede

afirmar que los niveles de riqueza alcanzados por algunos pulperos hayan sido un fenómeno generalizado
del sector o si se trató, en realidad, de casos excepcionales.
92 MARÍA PAULA PAROLO

En lo que a operaciones comerciales se refiere se pudo detectar a 34 pulperos


realizando diferentes tipos de transacciones en los registros notariales del pe-
ríodo. La mayoría de ellas eran compras de sitios; en segundo término la de tie-
rras; luego los poderes, compromisos y obligaciones; en menor medida la com-
pra de esclavos, terrenos y casas; y, esporádicamente, la de cuartos, esquinas,
estancias y potreros. De estos 34 pulperos se destacaron por la cantidad de ope-
raciones y el monto en ellas involucrado: Lorenzo Domínguez, Juan de Dios
Aguirre, Manuel Madrid y Juan Pío Romano; los dos primeros, asimismo, eran
quienes tenían mayores bienes en sus testamentarias.46
Los numerosos pedidos de donativos, empréstitos y contribuciones extraordi-
narias que se sucedieron a lo largo de la primera mitad del siglo XIX recayeron tam-
bién sobre los pulperos. En 1806 (oportunidad en que se recaudaron fondos para la
construcción del hospital) en el listado de donantes se alternaron los nombres de
comerciantes y pulperos. Si bien la exigencia recayó por igual sobre unos y otros, los
montos donados diferían notablemente; mientras los comerciantes desembolsaron
entre 100 y 25 pesos cada uno, ninguno de los pulperos pagó más de quince.
En 1807, en cambio, se clasificó a los vecinos en ocho clases pudientes y
encontramos tanto a comerciantes como a pulperos en cada una de ellas. Sin em-
bargo, se detectó sólo un pulpero de la primera clase (que contribuyó con 100
pesos), el resto se encontraba entre la quinta y la octava (que pagaban entre veinte
y seis pesos), mientras que la mayoría de los comerciantes fueron registrados
entre la primera y la cuarta clase.
En los empréstitos posteriores (1808, 1816, 1819, 1831 y 1840) las dife-
rencias en los aportes volvieron a acentuarse. En 1819, por ejemplo, mientras
algunos comerciantes aportaron 700, 500, 300 o 200 pesos, los montos de los
pulperos no superaron, en ningún caso, los 100 pesos. Si bien las cifras estable-
cidas para unos y otros mostraban diferencias considerables, la sistemática y si-
multánea presión fiscal sobre ambos insinúa que se trataba de los sectores más
relevantes de la economía urbana.
Por otra parte, un estudio detenido sobre el pago de los impuestos, patentes
y guías de comercio permite inferir las vinculaciones que existían entre ambos
sectores. Prestando especial atención al pago de la sisa se observa que la pagaban
muchos pulperos, quienes en algunos casos introducían las cargas de aguardiente

46 AHT. Protocolos, Años 1800-1860. El trabajo ya citado de Cecilia Fandos y Patricia Fernández Murga

sobre la compra-venta de tierras en este período, si bien incluye en un mismo grupo ocupacional a comer-
ciantes y pulperos, citan dos casos de pulperos que participan activamente en este tipo de transacciones.
Se trata justamente, de Lorenzo Domínguez y Juan de Dios Aguirre. (Cecilia Fandos y Patricia Fernández
Murga, “La estructura ocupacional de los compradores...”, op. cit.).
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 93

a su nombre y, en otras circunstancias, a nombre de terceros, pulperos o de reco-


nocidos comerciantes. Además se los encontró –a través del pago del impuesto
extraordinario de 1834– introduciendo diferentes bultos, vinos, pasas, yerba y
otros frutos del país; pero no se detectó ningún caso de participación de pulperos
en la introducción de efectos de ultramar. Así también se desempeñaron, del
mismo modo que los comerciantes, como proveedores del ejército.
La participación de este sector desde fines del siglo XVIII y durante las dos
primeras décadas del XIX en el pago por composiciones de pulperías, y a partir
de 1823 por patentes, demuestra claramente cuál era el núcleo de sus activida-
des comerciales.47
Desde 1784 hasta 1824 (año en el que comenzó a regir el Nuevo Impuesto
Provincial) se sucedieron anualmente los pedidos por “composición” de pulpe-
rías. El cruce de datos entre los pagos por dichas composiciones en 1806 con los
padrones de habitantes de 1812 y 1818 indica que a excepción de cuatro casos
(tres comerciantes y un tropero) el resto de los que solicitaron dichas licencias
figuraban como pulperos. En las patentes de 1832 se detectaron los casos de dos
pulperos que aparte de la pulpería, abrieron un almacén, uno de ellos, y, una tien-
da, el otro; mientras que un tercero que figuraba en 1818 como pulpero pagó en
1832 por la apertura de una tienda.
De lo expuesto se infiere que, así como se reconoció como particularidad de los
comerciantes, durante las primeras décadas del siglo XIX, la posesión de tiendas y la
especialización en el comercio a larga distancia (de “efectos de Castilla”), la particu-
laridad de las pulperías y de los pulperos radicaba en la venta al menudeo.

47 En 1784 el Juez Subdelegado del Gobernador Intendente de la ciudad de Tucumán y su jurisdicción,


Dn. Vicente de Escobar, estableció que “...los pulperos que tengan en esta ciudad fuera de las ordenanzas,
han de haser su composición conmigo y consederles impuestos que sean la competente licencia...” (AHT.
SA, Vol. 10. Año 1784. F. 104v.). En la Real Cédula de 1797 el Consulado estableció que toda pulpería debía
pedir “...licencia como tiendas públicas de contrato” al margen de la que otorgaba el Subdelegado de la
Intendencia (AHT. SA, Vol. 13. Año 1797. F. 214). Esta modalidad de pago de licencias o composición de
pulperías se mantuvo hasta 1823, año en el que se reglamentó el Nuevo Impuesto Provincial que estableció
la renovación anual en el mes de Enero de las licencias por parte de los pulperos; en 1827 una nueva Ley
dispuso tres clases de patentes de 8, 15 y 30 pesos, correspondiendo esta última tanto a pulperos como a
cafeteros y villaristas de la ciudad; en 1828 la Legislatura resolvió que el abono de patentes se hiciera por
trimestre en la ciudad y por semestre en la campaña; en 1832 el gobernador Alejandro Heredia introdujo en
la reglamentación de las patentes el principio de proporcionalidad: según el giro de las pulperías se
establecía el monto a pagar, eximiendo a aquellas que tuvieran menos de 100 pesos. La ley de patentes para
el año 1864 retomó este criterio de proporcionalidad, estableciendo cuatro tipos de pulperías: la que tenían
un capital mayor de mil pesos, las de quinientos a mil, las de cien a quinientos y las de cincuenta a cien;
estableciéndose el pago de treinta, veinte, diez y cinco pesos respectivamente. En la ley de patentes para
1867 ya no figuraron las pulperías, estipulándose el pago de patentes para otro tipo de negocios como
panaderías, despacho al por menor, boticas, tiendas de calzado, casas de billar, etc.
94 MARÍA PAULA PAROLO

En su estudio Pulperos y pulperías en Buenos Aires..., Carlos Mayo distinguió


a las tiendas de las pulperías: las primeras se dedicaban a la venta de géneros de
Castilla mientras que las últimas a géneros para el abasto de la población. Según el
propio gremio de pulperos de la ciudad de Buenos Aires, las pulperías tenían algo de
“abastería” (almacén), algo de taberna y también de tienda.48
Las pulperías de la ciudad de Tucumán habrían compartido esta caracterís-
tica de almacén-taberna-tienda; pero las tiendas en esta ciudad no sólo se dedi-
caban a la dispensación de “efectos de Castilla”, sino que habrían incursionado
también en la venta de una gran variedad de productos de abasto al público al
por menor. En 1796, por ejemplo, el Ramo de Pulperías inició un proceso a
Antonio Alvarez por tratarse de:

uno de los que traen de San Juan Aguardientes y vinos a espenderlos en esta plaza, en
perjuicio de los pulperos que pagan [...] anualmente el dro. de composición y alcavala a
reventa, vendio por lo menos en los seis primeros meses de este año sin licencia aquellos
licores, pan, velas, y otras cosas que tenía en la tienda esquina en qe. vive 49

Del mismo modo, las pulperías expendían al público artículos para cuyo expen-
dio no estaban autorizadas, según se desprende de un reclamo formulado por el far-
macéutico Hermenegildo Rodríguez en 1833:

en multiplicidad de casas [...] sin formalidad alguna se venden medicamentos de todas


clases [...] es degradante para un pueblo que es asiento de gobierno, [...] y en el que hay
botica pública, ver a un pulpero a quién se le piden a un tiempo pasas y purga [...] Todo el
mundo está convencido en la utilidad que representa un pueblo con la existencia de una
botica pública ¿mas que será del boticario si los remedios se venden en las pulperías y
tiendas, como sucede en el presente?50

No parecía exclusivo de las pulperías la venta al menudeo de comestibles, bebi-


das y hasta medicamentos. Así lo sugieren las fuentes ya citadas, como los Autos de
Buen Gobierno y Reglamentaciones sobre pesas, medidas y precios de los comesti-
bles. En estos últimos, si bien las normativas se dirigían generalmente a los pulperos,
hicieron extensivas algunas de ellas a mercaderes y a tenderos, especialmente en los
ítems referidos al sellado de las varas o al arreglo de las pesas de acuerdo con los

48 Carlos Mayo y otros, “Anatomía de la pulpería porteña”, pp. 43-44, en Carlos Mayo (comp.), Pulperos

y pulperías de Buenos Aires..., op. cit.


49 AHT. SA, Vol. 13. Año 1796. Fs. 98 a 106.
50 AHT. SA, Vol. 41. Año 1833. F. 295.
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 95

parámetros dispuestos por el Cabildo. Se conminó, también, a ambas “clases” de


comerciantes a “no tomar prenda o recibir alhajas de oro y plata en poca ni en
mucha cantidad, a personas sospechosas, esclavos ni hijos de familia”.51
Otra de las disposiciones que tuvo vigencia tanto para tenderos como para
pulperos fue la de no abrir las puertas de sus negocios los domingos. Por otra
parte, se instaba, a reglar el funcionamiento de las pulperías:

ningún pulpero en días de fiesta benda bebida alguna hasta después de la misa mayor, y
porque sea experimentado que los avituados en este vicio tienen por menos empeñar la
ropa de vestir para hacer estas compras con perjuicio dela sociedad, mandamos proivir y
proivimos esta especie de ventas, spre que se dirijan a la vevida o juego [...] ningún pulpero
concienta sobre su mostrador aun que sea con pretesto de gasto, juegos de naipes ni en lo
interior de su pulpería.52

De estas disposiciones se desprende que tanto almacenes, como tiendas y pulpe-


rías abastecían a la población de la ciudad recibiendo prendas o empeños de bienes.
Asimismo, se advierte una marcada diferenciación entre ambos negocios en lo que a
la venta de bebidas alcohólicas y a los juegos prohibidos se refiere, para lo que las
pulperías gozaban de exclusividad. Ya en el año 1784 el Cabildo de la ciudad advertía
esta situación al emitir un bando en el que se hace evidente el descrédito de las pulpe-
rías por tratarse de un ámbito de beberajes y juegos prohibidos:

Por cuanto la mayor parte de los latrocinios, riñas, heridas, y muertes, que con grave dolor y
escandalo de toda la Provincia, experimenta esta ciudad [...] en los días en que ntra. Madre
Iglesia, nos obliga [...] a oír misa [...] y proviniendo tan graves delitos, y desgracias del abomi-
nable vicio de la embriaguez, a que se abandonan [...] y debiendo tomar quantas Providencias
dicte la razón, y la justicia capases de remediar tan total desorden en su origen, y causa,
porque quitando esta, desaran los efectos, he determinado mandar y mando que de aquí
adelante ningún pulpero sea osado ha tener en los días Domingos, y de mas festibos del año,
abierta su Pulpería, ni venda aguardiente, ni vino atal especie de gente.53

Pero las prohibiciones no parecen haber sido respetadas. Así lo demuestran las
numerosas multas y los expedientes judiciales iniciados a pulperos que fueron de-
nunciados por haber aceptado objetos en empeño, por permitir juegos prohibidos

51 AHT. SA, Vol 10. Año 1784. Fs. 94-97 y 272-273, Vol. 13. Año 1799. Fs. 442-443, Vol. 17.

Fs. 4 y 5.
52 AHT. SA, Vol. 13. Año 1799. Fs. 442-443.
53 AHT. SA, Vol. 11. Año 1784. Fs. 177 y v.
96 MARÍA PAULA PAROLO

en sus trastiendas, o por haber dispensado bebidas que embriagaron a sus clientes
desencadenando episodios de violencia.54
Por todo lo expuesto se puede afirmar que, tal como lo sostiene Angela Fer-
nández para el caso de Buenos Aires, también en Tucumán los pulperos “eran quie-
nes se encontraban frente a las pulperías en las que se abastecía de alimentos, ves-
timentas y de bebidas, suerte de taberna y al mismo tiempo lugar de ocio y recrea-
ción de los sectores populares”.55 Sin embargo, aunque –como se ha señalado– las
pulperías no gozaban de muy buena reputación, sus propietarios no parecían com-
partir con los pulperos porteños el desprestigio del que estos últimos eran vícti-
mas, “producto de desempeñar una ocupación denigrada públicamente considerada
un ‘oficio despreciable’ ”.56 Por los datos recogidos sobre los pulperos en la ciu-
dad de Tucumán, no se reconoce en ellos al “otro español, el español oscuro, po-
bre, desprestigiado socialmente que se mezclaba con la plebe, que trataba cara a
cara con la población criolla de la ciudad” que Mayo observó en los pulperos de la
ciudad de Buenos Aires.57 Si bien se detectaron situaciones diversas, los pulperos
gozaron en gran medida del “don” (apelativo que indicaba su condición de vecino
y un reconocimiento social); fueron algunos de los principales contribuyentes
de los empréstitos; algunos llegaron a poseer bienes valuados por encima de los
de algunos comerciantes mayoristas, y se vincularon familiar y comercialmente
con estos últimos, lo que les permitió, en muchos casos, transitar por las dife-
rentes esferas del comercio y ocupar cargos públicos.58

54 Cobro de multas a los pulperos José Mur, Pedro Millán y otros por haber recibido dinero de un
mulato esclavo y haber consentido su participación en juegos prohibidos (AHT. Secc. Judicial Civil.
Caja 14. Exp. 15. Año 1802). Juicio a Patricio Acuña por haber herido de muerte a Jacinto Ortíz // Ortiz ?/
/ en una pelea por dinero producto de juegos prohibidos en la trastienda de una pulpería, a quien se lo
condena por embriaguez, por juegos prohibidos y por portar cuchillo. Otros delitos bastante generaliza-
dos eran los asaltos a pulperías y robo de bebidas, como les sucedió a los pulperos Manuel Acosta y
José Pomares (AHT. SA.Vol. 39. Año 1832. F. 177, Vol. 40. Año 1832. F. 462)
55 Angela Fernández, “Perfil de los pulperos en Buenos Aires, 1744-1810”, en Carlos Mayo (comp.),

Pulperos y pulperías de Buenos Aires..., op. cit., p. 11.


56 Angela Fernández, “Perfil de los pulperos en Buenos Aires, 1744-1810”, en Carlos Mayo (comp.),

Pulperos y pulperías de Buenos Aires..., op. cit., p. 17.


57 Carlos Mayo, “Más allá del mostrador. Reflexiones en torno de los pulperos y las pulperías de

Buenos Aires”, en Carlos Mayo (comp.), Pulperos y pulperías de Buenos Aires..., op. cit., p. 130.
58 Según algunos estudios recientes sobre los sistemas de representación en Tucumán en las prime-

ras décadas del siglo XIX, los Alcaldes de Barrio (estrato político intermedio entre la capa superior de la
elite y el común de los vecinos) fueron a menudo reclutados entre los pulperos (Gabriela Tío Vallejo,
“Procesos electorales y representación en Tucumán, 1810-1820”, p. 17, Presentado en las VI Jornadas
Interescuelas/Departamentos de Historia, Santa Rosa, La Pampa, 1997.
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 97

De este modo, “comerciantes” y “pulperos” se diferenciaban por la mayor for-


tuna y prestigio de los primeros, aunque no se trataba (como parece haber sido en
Buenos Aires) de dos mundos excluyentes.
Llama la atención, por otra parte, la paulatina disminución del uso de la cate-
goría “pulpero” en las décadas de 1850 y 1860. Si bien la documentación de Ha-
cienda de esos años consignó el pago de patentes por numerosas pulperías, los
propietarios de las mismas ya no figuraban en los padrones como tales, sino como
comerciantes. Sin duda, el Código de Comercio de 1862 –adoptado por la provin-
cia al año siguiente– fue un factor determinante de este cambio en los registros, ya
que en su artículo segundo definió la condición de comerciante:

Se llama en general comerciante, toda persona que hace profesión de la compra o venta de
mercaderías para vender por mayor o menor, en almacén o tienda. Son también comerciantes
los libreros, merceros y tenderos de toda clase que venden mercancías que no han fabricado.59

En consecuencia, en el resumen general de profesiones del Primer Censo Na-


cional de 1869 no se incluyó a los pulperos como categoría independiente, a pesar
de que sí figuraban como tales en las cédulas censales. La abarcativa categoría de
comerciantes, negociantes, almaceneros, etc. terminó incluyéndolos.
Paralelamente a este proceso de fusión entre las categorías de pulpero y
comerciante, parece haber ido perdiendo relevancia la pulpería como principal
centro de abastecimiento minorista debido, probablemente, al surgimiento y
multiplicación de zapaterías, confiterías, billares, panaderías, casas de comes-
tibles, las que cubrían, en cierto modo, muchas de las demandas que tradicio-
nalmente satisfacían aquéllas.60

TROPEROS

La jurisdicción de San Miguel de Tucumán fue identificada hasta fines del


siglo XIX con las carretas y el negocio del transporte. Junto a los carreteros
mendocinos que dominaban el espacio cuyano y los fleteros santafecinos que

59 Código de Comercio para la Nación Argentina. Sancionado el 10 de septiembre de 1862. Buenos

Aires. Librería de C.M. Joly, 1862.


60 Como ya mencionáramos anteriormente, si bien la categoría de “pulpero” va desapareciendo paulatina-

mente de las fuentes, las pulperías siguen ocupando un lugar importante en la estructura mercantil de la
ciudad. En 1869, por ejemplo, pagan patente 75 de ellas a pesar de que ya en la ley de 1857 no se las incluía en
el listado de negocios que debían pagar el impuesto.
98 MARÍA PAULA PAROLO

circulaban por los caminos que unían Paraguay y Córdoba, los vecinos tucumanos
encontraron en la fletería una actividad muy lucrativa cubriendo la ruta Potosí-
Buenos Aires y circuitos conexos.
Durante los siglos XVI y XVII esta actividad estaba en manos de familias
de encomenderos y hacendados locales. El incremento del tráfico comercial
en la segunda mitad del siglo XVIII habría permitido a dichas familias consoli-
dar sus fortunas.61
Este aumento de la fletería a partir del siglo XVIII quedó plasmado en los pro-
tocolos notariales –donde se asentaron numerosos contratos de fletes de algunos
vecinos–, en los testamentos –que consignaban entre los bienes numerosas carre-
tas y centenares de bueyes de tiro–, así como en descripciones de época.62 Sin
embargo, los “troperos”, “fleteros” y “carreteros” registrados en los padrones de
fines del siglo XVIII y comienzos del XIX son muy escasos.
En 1806, el relevamiento por gremios a fin de recaudar los donativos para el
“Ramo Hospital”, contabilizó sólo diez individuos, con el capital en carretas y bue-
yes del que disponían en ese momento.63 En el padrón de 1812 fueron dos los
troperos registrados en los dos cuarteles cuyos registros se conservan –Pedro
Nolasco Moyano y Domingo Villafañe–, mientras que en el de 1818 se cuenta en-
tre “troperos”, “fleteros” y “carreteros” nueve individuos. Se trataba de hombres
casados, mayores de 30 años (excepto uno de 25), la mayoría tucumanos (seis) y
una minoría mendocinos (tres); todos eran llamados “don”, excepto uno que figura
como tropero de arrieros.64

61 Cristina López de Albornoz, “Arrieros y carreteros tucumanos. Su rol en la articulación regional (1786-

1810)”, en revista Andes, Nº6, p. 89, 1993.


62 Según la descripción de Concolocorvo de fines del siglo XVIII “los tucumanos son todos fleteros”,

entre quienes se encontraban “los hombres más distinguidos de Mendoza, San Juan de la Frontera, Santiago
del Estero y San Miguel de Tucumán” (citado por Roberto Zavalía Matienzo, “Las carretas tucumanas. Su
importancia en la economía argentina”, en Investigaciones y Ensayos, Núm. 17, pp. 247-248, Buenos Aires,
Academia Nacional de la Historia, 1974).
63 AHT. SA, Vol. 17. Año 1806. F. 234.
64 De las fuentes consultadas se desprende que los términos “fletero”, “tropero” y “carretero” se

utilizaron indistintamente para designar a los dueños de carretas que por lo general viajaban dirigiendo
personalmente las tropas que transportaban mercaderías a diferentes destinos. Sin embargo los “arrieros”
aparecen definidos en algunos documentos como “transeúntes que por pocos días hacen mansión en las
ciudades con sus caldos y frutos del país” por lo que se los eximía del pago de derechos de apertura de
tiendas, almacén o pulperías (AHT. SA. Vol. 13. Año 1797. F. 214). López de Albornoz, por su parte, los
identificó como “peones encargados de cuidar las mulas, caballos y ganado vacuno que acompañaban a
la tropa”, o sea como parte del personal que acompañaba a la tropa, muy diferentes de los propietarios de
las mismas (Cristina López de Albornoz, “Arrieros y carreteros tucumanos...”, op. cit., p. 93).
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 99

Si bien estos recuentos arrojan cifras muy reducidas de troperos, otras fuen-
tes, permiten identificar un número mayor. A través de las guías de comercio se
pudo detectar –entre 1786 y 1810–, 125 nombres correspondientes a carreteros,
de los cuales una decena eran originarios de otras jurisdicciones. Entre ellos
sólo se incluyen 48 tucumanos, reunidos en 16 apellidos, que tuvieron continui-
dad durante el período y que, a su vez, eran miembros de las familias que consti-
tuían la elite local y que hicieron sus fortunas a través de sus haciendas ganaderas
y/o el negocio de fletería, tales como las familias de Domingo Villafañe, Marcos
Ibiri, Solano Caínzo o Eduardo Sosa. Las rutas que dominaban incluían: Buenos
Aires-Jujuy-Potosí; Tucumán-Santa Fe y el circuito Tucumán-Córdoba-Buenos
Aires. Algunos de ellos contaban con sus propias carpinterías para la fabricación
de las carretas, así como con estancias para la cría de bueyes y demás ganado
necesario para las largas travesías.65
Algunas testamentarias demuestran que se trataba de un sector económicamente
muy dinámico. Los bienes de las tasaciones incluían casas y solares en la ciudad,
carpinterías, esclavos, ropas, muebles y joyas, así como estancias con todo tipo de
ganado. Se declaraban también bienes en Buenos Aires, y numerosas operaciones
mercantiles (como el alquiler de carretas y bueyes a vecinos y “forasteros” dedica-
dos a la fletería; el pago de salarios a capataces de tropa y a peones; la venta de ganado
y de carretas o partes de ellas; etc.). Los cuerpos generales de bienes (entre 10.000
y 25.000 pesos a los que se suman, en algunos casos, las deudas pasivas) traslucen
que se trataba de sectores pudientes dentro de la estructura socio-económica del
San Miguel de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, ya que para ese mo-
mento una fortuna valuada en 20 o 25 mil pesos era muy respetable, consideran-
do que los giros comerciales y capitales de los comerciantes mayoristas más
poderosos económicamente oscilaban entre los 10 y los 35 mil pesos.66
Se encontraron también troperos participando en la compra-venta de tierras,
sitios y potreros. En los Protocolos Notariales aparecen algunos de ellos com-
prando, entre 1818 y 1850, propiedades rurales en más de una oportunidad.
De la misma manera que los comerciantes y los pulperos, los troperos no
pudieron escapar a la presión fiscal. En todos los requerimientos de donaciones
o empréstitos figuraron aportando diferentes montos en proporción a sus bienes

65 Cristina López de Albornoz, “Arrieros y carreteros tucumanos...”, op. cit., p. 93.


66 Testamentos de Marcos Ibiri (AHT. S. Judicial Civil. Caja 53. Expte 8. Año 1808), Francisco Ugarte
(AHT. S. Judicial Civil. Caja 90. Expte. 12. Año 1851). Hijuela dejada a Anacleto Gramajo en la testamen-
taria de su padre Pedro Bernabé Gramajo (AHT. S. Judicial Civil. Caja 65. Expte. 2. Año 1826). Pleito
judicial iniciado por Anacleto Gramajo por una Estancia en la Ramada (AHT. S. Judicial civil. Caja 88.
Expte 23. Año 1849). Testamento de Roque Avila, Eduardo Sosa y Francisco Javier Robles, citados por
Cristina López de Albornoz, “Arrieros y carreteros tucumanos...”, op. cit., p. 96.
100 MARÍA PAULA PAROLO

(calculado en función de las carretas y bueyes que poseían en el momento del


requerimiento). El pedido de donativos para el hospital de 1806 –al que ya se
hizo referencia en varias oportunidades– resulta un claro testimonio de las dife-
rencias socio-económicas dentro del sector. El mismo registró dentro del gre-
mio de carreteros a Josep Villafañe, quien disponía de 14 carretas y 196 bueyes,
a Javier Robles o a Eduardo Sosa, quienes poseían más de un centenar de bueyes
y alrededor de 8 carretas cada uno, así como a Bernal Aráoz, quien en ese mo-
mento declaró no poseer ningún bien (ni bueyes ni carretas) “por averselas fran-
queado a Francisco Ugarte”. Estas diferencias se repitieron en los montos adju-
dicados a los troperos contribuyentes en los empréstitos sucesivos. En 1807 los
encontramos enrolados tanto en la primera como en la quinta, sexta y octava clase
de pudientes. En 1831 y 1840 también figuraban aportando diferentes cantidades
de dinero que demuestran los diversos niveles de riqueza dentro del sector.
Estas diferencias internas se pueden comprobar también a partir del análisis
del pago del Nuevo Impuesto Provincial o del impuesto al “tráfico exterior”, en
cuyos registros se consignaba la cantidad de carretas, el personal de la tropa y el
monto del impuesto abonado.
A través del análisis del pago de estos impuestos y la identificación y segui-
miento de cada uno de los carreteros, Silvia Palomeque diferenció, para el período
1818-1849, tres grupos de carreteros: a) de una a nueve carretas, b) de diez a 19, y
c) más de 20, a los que denominó como “pequeños”, “medianos” y “grandes” carre-
teros. En términos generales se observa en un primer momento (1818-1822) a
pocos propietarios de carretas, pero su número se incrementó lenta y constante-
mente, al igual que el de las carretas que poseían. Se detectó un escaso nivel de
concentración, en tanto gran parte de la actividad la controlaban los carreteros
medianos. Sólo al final de los años estudiados (1847-1849) aparece una tendencia
a un mayor control de la actividad por parte de los grandes propietarios y a una
mayor participación de los pequeños.67
Comercio, ganadería y, posteriormente, producción agroindustrial eran activi-
dades que se combinaron con la fletería.68 Por ello, los principales comerciantes
en efectos de Castilla y de la tierra, en general, no conducían personalmente el
transporte de las mercancías. La mayoría de ellos participaron de esta actividad
“habilitando” a troperos, alquilando las tropas de carretas o facilitando créditos a
los fleteros, los cuales debían ser devueltos en servicios, mercancías o metálico.
Pero para poner en funcionamiento una empresa como la de los transportes de
tropas no sólo era necesario contar con el capital fijo (carretas y bueyes), sino

67 Silvia Palomeque, “Circulación de carretas...”, op. cit., pp. 56-59.


68 El estudio de Daniel Campi sobre las exportaciones de carretas tucumanas entre 1863-1867 confirman
esta tendencia (Daniel Campi, “Aproximación a la génesis...”, op. cit., p. 20).
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 101

el metálico suficiente para pagar los salarios del personal necesario para movilizar
la tropa y para afrontar los gastos del viaje. De allí que la mayoría de los carreteros
cobraban por adelantado el flete o utilizaban el crédito o la “habilitación” de los
comerciantes, razón por la cual debían contar con el respaldo suficiente para ofre-
cer garantías al prestamista o a quien los contrataba.
Con esta modalidad de funcionamiento recaía sobre los transportistas una gran
responsabilidad. Debían garantizar la llegada a destino de la mercadería en tiempo
y forma y cumplir con la devolución de los créditos, préstamos o anticipos reque-
ridos para iniciar el viaje. De allí que en más de una oportunidad los troperos se
hayan visto envueltos en pleitos y demandas judiciales –iniciadas por parte de los
comerciantes mayoristas o por otros carreteros– por la avería de mercaderías, por
la demora en la llegada de la misma a destino, o por deudas impagas.69
Si bien los riesgos del negocio eran considerables, los beneficios económi-
cos del mismo fueron evidentes, como puede apreciarse a través de los testamen-
tos, la recurrente presión fiscal sobre el sector, 70 y la modalidad de las transaccio-
nes de algunos carreteros tucumanos. Efectivamente, los “dueños de tropa” acumu-
laron estimables fortunas con las ganancias de la fletería.71

69 En 1804 un comerciante de Salta presentó una queja ante al Consulado de Comercio contra un

“conductor y dueño de carretas” por “la avería que án padecido los efectos conducidos...” y reclamó
el pago del importe de la regulación de dicha avería (AHT. SA, Vol. 15. Año 1804. F. 235). En 1808 se
desató un pleito entre la testamentaria de un importante tropero, Marcos Ibiri, y Jacinto Guevara por
unos bueyes y carretas que este último compró y no recibió (AHT. SA, Vol 19. Año 1808. Fs. 36 a 51).
En 1832 Don Sebastián Medina, tropero de carretas, participó de un pleito con su apoderado en Salta
y el comerciante que lo contrató en dicha ciudad por no haber podido llevar a destino la mercadería
por los problemas políticos del momento, exigiendo el contratante que se le devolviese el adelanto del
flete que dijo haberle pagado al apoderado de Medina, pero que este último nunca percibió (AHT. SA,
Vol 40. Año 1832. Fs. 359-375). En la década de 1860 siguieron los conflictos judiciales contra troperos,
tal es el caso de la sociedad Gramajo Hnos. contra el tropero Tomás Rosa, a quien se le adelantó el
flete pero no llegó a destino por haber sido detenido por otra causa judicial pendiente (AHT. S.
Judicial Civil. Caja 136. Expte. 10. Año 1863).
70 Ya desde fines del siglo XVIII los Autos y Bandos del Cabildo establecían para los troperos la

obligación del pago de impuestos por la entrada y salida de la jurisdicción. Hacia 1821 se estableció el
derecho de tránsito que recaía sobre las mercaderías (suelas, azogue, aguardiente) que ingresaban a
la provincia. Con la creación del Nuevo Impuesto Provincial, en 1824, apareció el pago del derecho a
la exportación que recaerá directamente sobre a las carretas que salieran de la jurisdicción provincial.
En la década de 1840 ya no figuraba en los Manuales de Contaduría este Nuevo Impuesto, los troperos
pagaban a partir de esta fecha por la “estracción de frutos de la provincia”, por “pasaportes” para el
personal de la tropa y por “derecho de tránsito”. En 1850 apareció concretamente el pago de un
impuesto por “carretas puestas a la carga” que en la década siguiente tomará el nombre de “carretas
para el tráfico exterior”.
71 En un artículo de la Nueva Revista de Buenos Aires del año 1852 sobre la ciudad de Tucumán se

define a los troperos como “verdaderos capitalistas constructores de carretas, las que vendían también
102 MARÍA PAULA PAROLO

Si bien el transporte de mercancías era la principal actividad de los troperos,


en las décadas de 1850 y 1860 los encontramos participando de otros tipos de
negocios: apertura de tiendas, boliches, pulperías, barracas, introducción de efec-
tos de ultramar, etc.
En la muestra extraída del Primer Censo Nacional, de 1869, figuran siete
troperos. Sólo uno de ellos pagó por carretas al tráfico exterior en ese mismo
año, mientras que aparecieron abonando este impuesto muchos individuos que en
el censo consignaban como ocupación la de comerciante.
En el resumen general de datos del mismo censo los troperos no aparecen
contabilizados en forma independiente. Seguramente, también en esta oportuni-
dad –de la misma manera que con los pulperos– se los incluyó en la categoría
comerciantes, negociantes, almaceneros, etc. producto del carácter cada vez más
abarcador que la categoría comerciante fue adquiriendo a lo largo de los setenta
años que se analizaron.
En suma, los “troperos” o “carreteros” de las siete primeras décadas del si-
glo XIX formaron parte de una de las “esferas” de la economía provincial cuya
particularidad era el transporte de mercaderías, así como la construcción y venta
de carretas, actividades que tuvieron un gran peso local y regional. Con diferen-
tes grados de riqueza y de “dominio” sobre el mercado de carretas, se trató, en
general, de un sector de alto prestigio social. No faltaron troperos ocupando car-
gos políticos locales a partir de relaciones vinculantes de negocios y parentesco
con otros grupos sociales como el de los comerciantes mayoristas.72
De este modo, el alto nivel de beneficios que otorgaba la actividad puede ex-
plicar que, durante el siglo XIX, algunos de los más poderosos grupos familiares
de la época continuaran en la actividad y, quizás, el origen de fortunas –como las de
los Méndez y los Gallo– que luego se reorientaron a la actividad azucarera.73

en el mercado del litoral” (“La ciudad, la provincia y la encantadora sociedad tucumana de 1852”, en La
Nueva Revista de Buenos Aires, 1884, Año IV. Nueva Serie. Tomo X. Para la década de 1860 se estimó
que los beneficios que dejaban los fletes eran elevados: una tropa de 29 carretas que unía Tucumán con
Rosario en 60 días dejaba una utilidad “en término medio” de 3.372 $b, a los que habría que sumar las
utilidades que deparaban los productos que exportaban en calidad de propietarios (Daniel Campi, “Aproxi-
mación a la génesis...”, op. cit., p. 22).
72 Cristina López de Albornoz, “Arrieros y carreteros tucumanos...”, op. cit., p. 112.
73 Daniel Campi, “Aproximación a la génesis...”, op. cit., p. 22.
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 103

CONCLUSIONES

El objetivo de este trabajo se centró en el análisis de los actores económicos


urbanos y su identificación con las categorías “comerciante”, “pulpero” y “tropero”
en el transcurso de las primeras siete décadas del siglo XIX. A partir del estudio de
la composición interna de cada una de ellas, se pudo determinar las características
generales o atributos que constituían su especificidad, lo que permitió, a su vez,
identificar las diferencias entre las esferas o rangos en que se desempeñaron los
individuos dedicados a la actividad mercantil tucumana en el período bajo estudio.
Para ello, sobre la base de los datos obtenidos en padrones y censos, se pro-
curó rastrear las actividades de algunos de estos actores en otras fuentes. Así, se
los identificó actuando en transacciones comerciales, en acciones judiciales, en
el pago de impuestos y empréstitos. Sus testamentos permitieron, a su vez, obte-
ner indicios sobre los beneficios y resultados de sus actividades.
Es evidente que la especificidad de las categorías analizadas residía en el
tipo de actividad que en el momento del relevamiento censal se presentaba como
la principal. Aquellos que abrían tiendas destinadas a la importación y exporta-
ción de efectos de Castilla o de la tierra recibieron generalmente la denomina-
ción de comerciantes o mercaderes; los que centraron sus negocios en la venta al
menudeo a través de pulperías habilitadas por las autoridades para tal fin, se iden-
tificaron como pulperos; mientras que los constructores de carretas y encarga-
dos del transporte de mercaderías fueron nombrados como troperos, fleteros o
carreteros. Se trataba, entonces, de esferas claramente diferenciadas, aunque su-
mamente relacionadas y permeables.
Ello explicaría que la identificación de un individuo con una ocupación no fuera
permanente. De un registro a otro los empadronados declaraban diferentes ocupa-
ciones, observándose una fluida movilidad horizontal entre ellas: pulperos que años
más tarde figuraban como comerciantes, o mercaderes que habilitaron pulperías a
hijos que luego actuaban en otras esferas comerciales, como la del transporte.
Asimismo, no se detectaron entre comerciantes, pulperos y troperos pro-
fundas diferencias de prestigio ni de riqueza. Si bien en las primeras décadas del
siglo XIX se destacaron los comerciantes mayoristas (importadores de efectos
de ultramar) por su riqueza y su dominio en la esfera política, también pulperos y
troperos lograron acumular fortunas considerables, fueron contribuyentes en los
empréstitos gubernamentales y ocuparon relevantes cargos políticos. Por lo tan-
to, a pesar de que se pudo constatar la jerarquías y diferencias dentro del sector,
la brecha entre comerciantes y pulperos no parece haber sido tan grande como la
existente entre ambos grupos en la región pampeana. Efectivamente, según los
datos extraídos y la documentación analizada, los pulperos de la ciudad de Tucumán
104 MARÍA PAULA PAROLO

distaron de constituir la “contracara de la elite mercantil y burocrática”, como


fueron los pulperos porteños, según los estudios de Carlos Mayo. 74 Muy por el
contrario, en Tucumán, los vínculos familiares y económicos entre los distintos
tipos de comerciantes (pulperos, mercaderes y troperos) tejieron redes que con-
fluyeron en la conformación de la elite local.
Asimismo, cuando hablamos de grandes comerciantes de la ciudad de Tucumán
se debe tener en cuenta que sus fortunas, así como sus niveles de beneficio, eran
significativos en el contexto regional, pero no pueden compararse con los de los
grandes comerciantes de Buenos Aires. Sin duda, la vinculación directa de estos
últimos con el mercado ultramarino, la vastísima área geográfica que alcanzaban
sus operaciones, la importancia del mercado local, la mayor disponibilidad y ma-
nejo del metálico americano que era enviado a Europa y las mayores posibilidades
de diversificación de actividades, entre otros factores, los colocaron en una posi-
ción de superioridad respecto a las elites mercantiles del interior, las que depen-
dían, en gran medida, de los grandes mercaderes porteños y de los términos de
intercambio que estos últimos establecieran.75
De este modo, las características del caso porteño en cuanto al origen, la
composición interna y la evolución de los sectores mercantiles durante el si-
glo XIX, hace difícil todo intento de comparación con el itinerario que estos
últimos siguieron en una ciudad mediterránea tan alejada de los mercados de
ultramar como Tucumán.
Tal vez la evolución de los comerciantes cordobeses pueda asemejarse, en
algunos aspectos, a la de los tucumanos. En ambas ciudades, el ambiente bélico
predominante desde 1810 no era el mejor contexto para las inversiones y tran-
sacciones económicas, del mismo modo que no las favorecían la escasez de di-
nero circulante, la inexistencia de entidades bancarias, la desarticulación y suce-
sivos reacomodamientos de los circuitos mercantiles y la falta de medios de trans-
porte rápidos y baratos. Tales razones mantuvieron a los intercambios en míni-
mos niveles de complejidad, pero no impidieron procesos de acumulación en
algunos grupos sociales, los cuales accedían, al mismo tiempo, al control de ciertas
esferas del poder político.76 Asimismo, promediando el siglo XIX, estas circunstan-
cias comenzaron a modificarse en el marco del proceso de unificación política y
modernización económica. Es así como la vieja forma de comerciar del “tendero”

74 Carlos Mayo, Pulperos y pulperías..., op. cit., p. 130.


75 Jorge Gelman, De mercachifle a gran comerciante..., op. cit., p. 152.
76 Laura Valdemarca, “Los comerciantes mayoristas y sus estrategias adaptativas en un mercado en

transición. Córdoba, 1880-1920”, en Travesía, N°576, segundo semestre de 2001/primer semestre de


2002, pp. 272-273.
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 105

(realizar muchas actividades simultáneamente) ya no resultó eficaz para ciudades


crecientemente pobladas, como las de Córdoba y Tucumán. El ejercicio del co-
mercio planteó, entonces, la necesidad de especialización de acuerdo a la nueva
oferta de mercancías y al crecimiento de los mercados locales. La presión fiscal
se profundizó y las leyes de patentes incorporaron cada vez mayor cantidad de
rubros y categorías, dando cuenta de la división del trabajo, lo cual indicaba, a su
vez, un incremento de la actividad económica y la consiguiente necesidad de
mejorar, ampliar y especificar la legislación que la regularía.77
Paradójicamente, mientras se complejizaba la actividad comercial la legisla-
ción tendía a aglutinar al disímil universo de actores dedicados a ella en la unifica-
dora categoría de “comerciante”. A partir de la década de 1850 se percibe, enton-
ces, el inicio de un proceso de resignificación de dicha categoría impulsado por las
nuevas formas de “ser” y definir a los comerciantes que impuso el Estado Nacio-
nal –verdadero mentor y gestor de identidades a partir de los años ’50–, más que
producto de una genuina transformación en la autoidentificación de los actores
con determinada ocupación.
Por ello, el Código de Comercio sancionado en la década de 1860 definió
como comerciante a toda persona que hacía profesión de la compra o venta de
mercaderías, constituyendo un claro ejemplo de la intención de aglutinar en una
gran categoría a la diversidad de ocupaciones ligadas a las actividades mercanti-
les. Otro ejemplo de estos mismos cambios en el uso de las categorías socio-
ocupacionales lo encontramos en la ausencia de las categorías “pulpero” y
“tropero” en el resumen censal de 1869, aunque persistía su uso, como lo de-
muestran las cédulas del mismo.
De este modo, mientras se producía una paulatina diversificación de las acti-
vidades económicas y aparecían una multiplicidad de rubros –destilerías, barra-
cas, boliches, tiendas de comestibles al por menor y por mayor, panaderías,
villares, zapaterías, etc.–, desaparecía la especificidad de las ocupaciones co-
merciales que en las primeras décadas del siglo XIX parecían claramente defini-
das, y, con ella, la identidad diferenciada del comerciante, del pulpero y del
tropero, quienes pasaron a ser considerados dentro de la cada vez más englobadora,
heterogénea y compleja categoría de “comerciantes”.

77 Laura Valdemarca, “Los comerciantes mayoristas...”, op. cit., pp. 282-283.


106 MARÍA PAULA PAROLO

RESUMEN

El objetivo de trabajo es el análisis de los actores económicos urbanos y su


identificación con las categorías “comerciante”, “pulpero” y “tropero” en el trans-
curso de las siete primeras décadas del siglo xix. a partir del estudio de la composi-
ción interna de cada una de ellas, se persigue determinar las características generales
o atributos que constituían su especificidad e identificar las diferencias entre esferas
o rangos en que se desempeñaron los individuos dedicados a la actividad mercantil
tucumana durante el período en cuestión.

Palabras clave: actores económicos - categorías ocupacionales - comerciante -


tropero - pulpero.

ABSTRACT

The paper’s objective is to analyse, identify and categorize agents in occupational


categories of “comerciante”, “pulpero” and “tropero” during the seven first decades
of the XIX century. Starting from the study of the inner composition of each one, we
intend to determine the common characteristics or attributes that constitute their
specificity an identify the differences between the spheres or ranks of the mercantile
activity in Tucumán in the period under study.

Key words: economic agents - occupational categories - “comerciante” -


“tropero” - “pulpero”.
CATEGORÍAS OCUPACIONALES Y ACTORES ECONÓMICOS... 107

Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”


Tercera serie, núm. 27, 1er. semestre 2005.

KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO


SIMBÓLICO DEL CAMINO EN LA ARGENTINA
DE LOS AÑOS TREINTA

ANAHÍ BALLENT*

En 1931, poco antes de la sanción de la Ley de Vialidad 11.658 en octubre de


1932, el país contaba con unos escasos 2.000 Km. de caminos de tránsito perma-
nente, mientras que para 1944 la acción pública había logrado elevar esa cifra por
arriba de los 30.000 Km. En poco más de una década, entonces, la labor estatal
había consolidado para el tránsito permanente aproximadamente un sesenta por cien-
to de la longitud en que se estimaba la red nacional de caminos. Las obras de vialidad
ocupaban anualmente a más de 30.000 obreros en todo el país, lo cual constituye
otro índice del impacto de los emprendimientos.1 De manera más amplia, como
toda iniciativa estatal que aspirara a conmover a la sociedad, la red nacional de
vialidad era capaz de abrumar con cifras contundentes, traducidas incesantemente
en todo tipo de cuadros, gráficos e índices. Sin embargo, sus significados supera-
ban ampliamente el hecho técnico y sus representaciones estadísticas. “Milagro
caminero”, “cruzada por la obra caminera”:2 las imágenes vinculadas a epopeyas
colectivas, subrayadas por un aura religiosa, se reiteraban en los discursos oficia-
les, desplazando el centro de sentido de la red vial de la objetividad de las cifras y la
técnica hacia la emotividad romántica de las grandes empresas sociales.

* Universidad Nacional de Quilmes - CONICET.


1 Los datos entre 1936 y 1943 oscilan entre 26.421 obreros (1939) y 40.892 (1941). Automovilismo

N°284, septiembre de 1943, p. s/n.


2 El Hogar N°1465, 12/11/1937, p. 30; Poder Ejecutivo Nacional, Obra de gobierno 1932-1938, vol.

II, Buenos Aires, 1938, p. s/n.


108 ANAHÍ BALLENT

Solventada por los consumidores a través de impuestos –sobreprecio a la nafta


y a los lubricantes–, planificada por una nueva repartición pública basada en una
burocracia técnica específica –los ingenieros de la Dirección Nacional de Vialidad
(DNV)– y promovida por una particular política –el Ministerio de Obras Públicas
(MOP) bajo la dirección de Manuel Alvarado, dentro del gobierno del Gral. Agus-
tín P. Justo–, la red caminera era capaz de sugerir un nutrido imaginario, que po-
dríamos calificar como “epopeya del estado moderno”, cuya potencia comunicativa
no se circunscribía al estado o al gobierno que lo promovía, sino que parecía ser
compartida por amplios sectores de la sociedad. El presidente de la DNV comenta-
ba en 1935 sobre las infinitas solicitaciones que recibía la repartición para el tra-
zado de caminos, en las que se reiteraba la demanda ansiosa de que “los caminos
pasaran por todas las poblaciones, y casi sin exagerar, [...] por todas las casas”.3
Pero no se trataba solamente de demandas de proximidad, reveladoras de búsque-
das de beneficios individuales e inmediatos, ya que, a diferencia de otras obras
públicas, la red caminera era una obra de alta visibilidad social, cuya presencia en la
sociedad no dependía del contacto directo con la misma ni de la efectiva experien-
cia de su uso; por el contrario, no sólo la prensa multiplicaba sus imágenes, sino
que las conexiones de la vialidad con otros sectores o actividades sociales (pro-
ducción, turismo, deporte, etc.) le permitían concitar intereses muy distintos entre
sí. De esta manera, la obra vial suscitaba una enorme adhesión, ignorada únicamen-
te por las empresas de ferrocarriles, que asistían no sin resistencias a la consolida-
ción de un enemigo al que suponían mortal.
Devenida símbolo, la red vial remitió a un mito arraigado en la sociedad ar-
gentina: el anhelo de unidad e integración nacional, el impulso hacia la construc-
ción de la nación entendida como un todo homogéneo. Como es sabido, se trata-
ba de un anhelo que, forjado en el siglo XIX, se había traducido inicialmente en
el trazado de las líneas de ferrocarriles y que se depositaba ahora en el avance del
automóvil. Distinto tipo de imágenes y representaciones tematizaban tal anhelo.
A modo de presentación, por su carácter emblemático, recordamos el caso del
mojón que en la Plaza del Congreso indica el “kilómetro cero” de las rutas argen-
tinas, presentado el 5 de octubre (considerado Día del Camino desde 1925) de
1935, tres años después de aprobada la ley de vialidad. Se trataba de un auténtico
símbolo del carácter sistemático y de la voluntad integradora del plan de caminos,
ya que uniformizaba idealmente el inicio de las distintas rutas de alcance nacional,
que anteriormente habían carecido de un punto común al cual referir su extensión.
En 1931, el MOP había proyectado que un hito existente, la Pirámide de Mayo,

3 “Nuestro turismo necesita caminos ...y buenos cocineros - Una entrevista con el presidente de la DNV”,

en El Hogar N°363, 29/11/1935, p. 37.


KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 109

indicara el “kilómetro cero”, pero, algo más tarde, a propuesta del Automóvil
Club Argentino (ACA), el mojón se trasladó a la Plaza de los dos Congresos,
donde sería posible materializarlo de manera autónoma, convirtiéndolo en un mo-
numento al sistema vial nacional.4
Las lecturas simbólicas del mojón eran recurrentes. Como indica el texto
que le dedicara Enrique Amorím, el “kilómetro cero” era también valorado en
términos metafóricos que superaban su carácter técnico, porque se lo percibía
como un disparador de imágenes capaces de evocar ecos de toda la patria en el
centro de Buenos Aires:

Huellas de la Argentina para los hombres de pie caliente y fresca canción en los labios.
Huellas para siempre, nacidas al pie del mojón de la Plaza del Congreso, hormiguero inagota-
ble de kilómetros. En los confines de la patria, quiebran sus bracitos y escuchan el sumar del
tiempo y el fatal crecimiento de la patria.5

Con el mismo entusiasmo y simpatía, Amorím llevaba el vínculo entre auto-


móviles, caminos y nafta de producción nacional –YPF–, a la popular comedia ci-
nematográfica Kilómetro 111 (Mario Soffici, 1938), en la que, en un clima de mo-
dernización del medio rural, esa combinación patriótica se oponía a acopiadores y
ferrocarriles extranjeros: en un desenlace feliz, el personaje encarnado por Pepe
Arias abandonaba el riel, renunciando a ser jefe de estación, pero a cambio pasaba
a regentear una moderna estación de servicio sobre la nueva trama caminera.
La red vial, entonces, no fue construida sólo por la técnica y la política, sino
que otras miradas de la sociedad operaron en la construcción de los significados
que ella va a adquirir en los años treinta. Algunos aspectos de este proceso han
sido señalados por la historiografía, como la importancia de la red vial como
resultado de la ampliación de la intervención del estado en la economía y en la
sociedad producida como consecuencia de la crisis de 1929. En particular, Raúl
García Heras, desde una perspectiva fundamentalmente económica, ha analizado
la intervención estatal en el marco de la expansión de la industria automotriz norte-
americana en el mercado argentino de transporte, en detrimento de las empresas
británicas, vinculadas a los ferrocarriles.6 Menos transitados han sido los aspectos

4 “El punto cero en los kilometrajes”, en Automovilismo N°167, mayo de 1933, p. s/n.
5 Enrique Amorín, “Kilómetro cero”, en El Hogar N°1465, 12/11/1937, p. 24.
6 Raúl García Heras, Automotores norteamericanos, caminos y modernización urbana en la Ar-

gentina, 1918-1939, Buenos Aires, Libros de Hispamérica, 1985. También ver: María Silvia Ospital,
“Autos y caminos para la modernización de Argentina. Comerciantes importadores de automóvi-
les, 1920-1940”, en XVIII Jornadas de Historia Económica, Mendoza, 18 al 20 de septiembre de
2002 (Versión CD de Actas).
110 ANAHÍ BALLENT

territoriales del diseño y construcción de la red vial y su dimensión simbólica,


aunque existen consideraciones de temas específicos como la vinculación entre
la red vial, el automovilismo y su difusión mediática en la construcción de repre-
sentaciones referidas a la integración territorial argentina, que han sido aborda-
dos desde perspectivas disciplinares e intereses de investigación distintos por
Eduardo Archetti y por Juan Carlos Torre y Elisa Pastoriza.7
Como se ha observado en esta introducción, el trabajo propone centrar el
análisis en el terreno de las representaciones sociales construidas sobre la obra
pública, es decir en el plano simbólico de la acción estatal sobre el territorio,
perspectiva que hemos ensayado anteriormente, en colaboración con Adrián
Gorelik. 8 Dentro de tal marco, el propósito de este artículo es examinar distintos
aspectos del proceso social de construcción de un particular universo de repre-
sentaciones alrededor de la red vial en la década de 1930, mediante el análisis,
primero, de la trama de actores –sobre todo el estado y las organizaciones públi-
cas no estatales– y políticas públicas que intervinieron en él y, segundo, de la
dimensión territorial de esas representaciones tomando como centro la vincula-
ción entre automóvil, camino y territorio nacional.

1. INICIOS: LA CULTURA DEL AUTOMÓVIL EN LA SOCIEDAD ARGENTINA

Una insistente demanda a favor de la ampliación de la red caminera se había


consolidado en los años veinte, período en el cual se había asistido a un incre-
mento notable en el parque automotor que carecía de una contrapartida en el nivel
de la infraestructura vial. Según datos de 1931, el parque automotor de Argentina,
que consistía en algo más de 420.000 unidades, mostraba valores relativamente

7 Eduardo Archetti, El potrero, la pista y el ring. Las patrias del deporte argentino, Buenos Aires,

Fondo de Cultura Económica, 2001. Juan Carlos Torre y Elisa Pastoriza, “La democratización del
bienestar”, en Juan Carlos Torre (dirección de tomo), Los años peronistas (1943-1855), Tomo VIII de
la Nueva Historia Argentina, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 257-312, sobre todo pp. 267-273.
Sobre las imágenes territoriales construidas por el avance del turismo popular y sus relaciones con las
posteriores políticas peronistas, puede verse Eugenia Scarzanella, “El ocio peronista: vacaciones y
turismo popular en Argentina (1943-1955)”, en Entrepasados N°14, comienzos de 1998, pp. 65-86.
8 Anahí Ballent y Adrián Gorelik, “País urbano o país rural: la modernización territorial y su

crisis”, en Alejandro Cattaruzza (director de tomo), Crisis económica, avance del estado e
incertidumbre política, tomo VII de la Nueva Historia Argentina, Buenos Aires, Sudamerica-
na, 2001, pp. 143-200.
KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 111

altos de vehículos por habitante (0,04 automóviles por habitante; 1 automóvil


cada 26 habitantes), muy superiores a los de Alemania, por ejemplo, y compara-
bles con los de Francia y Gran Bretaña. En cuanto a la relación con los caminos,
nuestro país registraba el elevado número de 95 automotores por kilómetro de
carretera, cifra que, al resultar notablemente superior al de otros países como
Estados Unidos (27), Australia (16) o Canadá (9), constituía un dato ilustrativo
del atraso de la infraestructura sobre el parque automotor. 9
Como ocurría en otros países latinoamericanos, desde fines de la Primera
Guerra Mundial la producción automotriz norteamericana desplazaba a la inglesa
en la captación del mercado argentino. En efecto, las empresas norteamericanas
ofrecían precios más competitivos instalando en el país plantas de ensamblado,
una actividad que era observada como un avance en la industrialización asentada
en el país. Por otra parte, a través de compañías financieras asociadas, las auto-
motrices estadounidenses emprendieron la financiación de sus ventas, amplian-
do de esta forma el espectro de posibles compradores. Finalmente, a fines de la
década se instalaban en el país empresas de neumáticos y de repuestos, aseguran-
do a los usuarios una seguridad en la obtención de estos elementos que hacía
atractiva y práctica la elección por los productos de la industria americana.10
Un aspecto particular de este mismo fenómeno lo constituyó el desarrollo de
instituciones privadas vinculadas al uso y difusión del automóvil y al automovilis-
mo como el principal “deporte mecánico” del siglo. Este tipo de asociaciones apa-
reció tempranamente en Argentina: la más importante fue el ACA, fundado en 1904,
al que siguió en importancia el Touring Club, formado en 1907. Se trataba de dos
de los principales constructores y soportes de una trama de instituciones, acciones
y representaciones sociales cuyo centro era el automóvil; constituían dos soportes
institucionales de lo que puede denominarse “cultura del automóvil”. Dentro de
este nuevo universo, material a la vez que simbólico, pueden destacarse la crecien-
te pasión despertada por el automovilismo como deporte, la aparición de nuevas
formas de turismo, la modernización de hábitos de transporte, la difusión de nue-
vas imágenes de la tecnología aplicada a la vida cotidiana, y por supuesto, la crea-
ción de una nueva infraestructura.
El crecimiento del ACA puede ser tomado como un síntoma de estos proce-
sos, aunque sin duda la institución constituyó un promotor de los mismos. En
1911, cuando contaba con unos doscientos socios, el ACA instituyó entre ellos
la primera competencia automovilística. En 1916 organizó la “Fiesta y Feria del

9 Datos de la Asociación de Importadores de Automóviles y Anexos, al 1/1/1931, en Cámara de Diputados,

Diario de Sesiones, 1932, tomo III, pp. 646-650.


10 Sobre este tema, ver: Raúl García Heras, Automotores norteamericanos, caminos y modernización

urbana en la Argentina, 1918-1939, op. cit., pp. 9-27.


112 ANAHÍ BALLENT

Automotor”, donde logró “una afluencia de público enorme [que] se encargó de


demostrar al ACA que su acción no aparecía indiferente a la masa popular”. En el
mismo sentido y a partir de 1918 los “Salones anuales del Automóvil” exhibirían
las novedades brindadas por importadores y fabricantes ante un público numero-
so y ávido. En el mismo año la entidad comenzaba a editar su revista Automovi-
lismo y ya no dejaría de ganar adeptos en distintos puntos del país: en 1925 con-
taba con unos 9.000 y socios y con 27.000 en 1933, resultado de sus sonadas
excursiones-campañas de conscripción de socios por el interior. 11
Los importadores de autos, los empresas productoras y expendedoras de nafta,
y las asociaciones vinculadas al automovilismo interpelaban permanentemente al
estado a propósito de las carencias de la infraestructura –“Tres cosas necesita
nuestra República: caminos, caminos y caminos”, repetían desde el ACA–.12 Sin
embargo, las asociaciones no sólo demandaban, sino que también colaboraban
con los reducidos cuerpos técnicos estatales en vialidad. Así, por ejemplo, la
Asociación de Importadores de Automóviles y el Touring recopilaban datos esta-
dísticos y experiencia internacional, agrupando datos y fuentes que acercaban al
estado y que servirían más tarde para alimentar la legislación y las decisiones
gubernamentales argentinas en la materia. Los cruces eran múltiples y doble el
sentido del intercambio entre asociaciones y estado: por ejemplo, el ACA conta-
ba con su oficina técnica topográfica e informaba sobre el estado de los caminos;
por otro, solicitaba a los organismos estatales, tanto en el plano nacional como
en los provinciales, el mejoramiento de un camino antes de cada carrera o raid. A
fines de la década, la asociación comenzó a realizar ensayos de señalización en
caminos nacionales y provinciales.
La intensidad –y también las limitaciones– de los vínculos entre estado, téc-
nicos, empresas importadoras, automotrices o petroleras y asociaciones de au-
tomovilismo alrededor del tema vial se pudo observar claramente en 1925, cuando,
organizado por el Touring Club se realizó en Buenos Aires el Primer Congreso
Panamericano de Carreteras, que, bajo el liderazgo de los Estados Unidos, reunía re-
presentantes de diecinueve países miembros de la Unión. El ACA, el Touring, las
asociaciones de técnicos argentinos (Centros de Ingenieros) y las reparticiones
estatales, y los importadores de automóviles se reunieron a reflexionar sobre la
vialidad en América bajo el modelo de la experiencia estadounidense, la más avan-
zada dentro del horizonte continental en tal campo. El Congreso se constituyó en
permanente e instituyó el 5 de octubre como Día del Camino en todos los países

11 “El ACA desde su fundación hasta la fecha”, Automovilismo N°85, noviembre de 1925, p. s/

n. “La fundación del ACA, hace treinta años fue una verdadera aventura”, en El Hogar N°1258,
24 /11/1933, p. 40.
12 Automovilismo N°79, mayo de 1925, p. s/n.
KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 113

de la Unión; en otras palabras, esta especie de “coalición carretera” formada a par-


tir del fin de la Primera Guerra, reagrupaba fuerzas y ensayaba una presión sistemá-
tica sobre el estado. Mientras tanto, en homenaje al Congreso Panamericano, Ro-
berto M. Ortiz, ministro de Obras Públicas, enviaba al Congreso un proyecto de ley
de vialidad –no muy diferente del que se aprobaría en 1932– que nunca llegó a ser
tratado por el cuerpo legislativo, como había ocurrido con un número apreciable
de iniciativas similares.13 El momento de tratamiento y sanción de la ley se dila-
taría hasta los primeros años de la década siguiente, momento en que la crisis
económica pondría en primer plano la cuestión de los valores de transporte como
parte de los costos de la producción agroexportadora argentina.

2. EL DEBER: EL ESTADO TOMA EL MANDO

A diferencia de las numerosas iniciativas propuestas en los años veinte, el


proyecto del Poder Ejecutivo de 1932 fue sancionado con celeridad, conmemo-
rando el Día del Camino del mismo año. Como antecedentes inmediatos contaba
con una serie de iniciativas nacionales y provinciales que se habían implementado
desde mediados de 1930.14
Como otras propuestas legislativas presentadas aproximadamente al mismo
tiempo, el proyecto oficial de 1932 hacía hincapié en el abaratamiento del flete
como una forma de reducir los costos de la producción rural, con el objeto de
mejorar la competitividad de los productos argentinos en el mercado internacio-
nal. Según estimaciones de uno de los proyectos, el costo de acarreo de la pro-
ducción agraria a las estaciones podía reducirse entre el 40 y el 60% a través del
mejoramiento vial.15 En este sentido podemos considerar que la Ley de Vialidad
11.658 formaba una pareja con otra ley sancionada muy poco después, la 11.742
de elevadores de granos, nueva iniciativa oficial en el campo de las obras públicas,

13 Un panorama de los distintos proyectos presentados desde 1875, alrededor de veinte,

puede verse en: Asociación Argentina de Importadores de Automóviles y Anexos, División de


Vialidad, Antecedentes para el de la ley federal de carreteras, Buenos Aires, Imprenta A.
Baicocco y Cía, 1931.
14 Por ejemplo los programas viales de la Provincia de Buenos Aires y de Mendoza, ambos de 1930,

los llamados a licitación de las rutas Buenos Aires-Rosario-Córdoba y Buenos Aires-Bahía Blanca,
además de la creación del impuesto a la nafta en 1931. Ver Raúl García Heras, Automotores norteame-
ricanos, caminos y modernización urbana en la Argentina, 1918-1939, op. cit., pp. 56-65.
15 Proyecto de Carlos Moret (h), Alejandro Castiñeiras y Rufino Inda, Cámara de Diputados, Diario

de Sesiones 1932, tomo III, pp. 83 a 93.


114 ANAHÍ BALLENT

presentada bajo la presión de la crisis, y centrada también en la modernización


del comercio de la producción agrícola.16
La propuesta de vialidad seguía el modelo de la legislación norteamericana,
juzgada como la más adecuada para nuestro país por poseer problemáticas territo-
riales semejantes y una organización política comparable. La ley creó un nuevo
fondo nacional de vialidad destinado al estudio, trazado y construcción de caminos
y obras anexas, obtenido por un impuesto sobre la nafta y los lubricantes.17 Poco
antes, por decreto del 11 de marzo de 1932 y sobre la base de dos reparticiones
existentes abocadas con anterioridad al sector vial, se había creado la Dirección
General de Vialidad de la Nación, dependiente del MOP; la Ley 11.658 le daría a
este ente administrador de fondos, proyectista y ejecutor de obras una mayor auto-
nomía, ascendiéndola a Dirección Nacional (DNV).
La autonomía con la cual fue dotado el nuevo organismo era algo relativa-
mente novedoso para la estructura estatal y se consideraba decisiva para que las
obras se efectuaran con celeridad, ya que no requería la aprobación de cada una
de sus acciones por parte del MOP, sino que dependía de un directorio específi-
co. Entre 1932 y 1938, la gestión de la repartición como presidente del directorio
recayó sobre el ingeniero Justiniano Allende Posse, ministro de obras públicas
de Tucumán y de Córdoba por breves períodos al inicio de la década e integrante
del círculo más estrecho vinculado al presidente Justo.18 Allende Posse, además,

16 Al igual que la ley de vialidad, la de elevadores de granos disponía un plan de construcciones

por parte del estado nacional, con carácter de servicio público que enfatizaba la integración de las
obras en un único plan nacional. Tales características, según la argumentación del poder ejecutivo,
reclamaban la intervención directa del estado nacional en la materia, ya que los particulares serían
incapaces de ejecutarlas.
17 La ley estableció un impuesto de pesos m/n 0,05 por litro de nafta y de un 15% del valor de venta
por mayor del kilogramo de aceites lubricantes (Fondo de Vialidad). Encomendó al nuevo organismo
creado (DNV), la planificación y construcción de la red vial troncal o nacional y estableció una “ayuda
federal” que se repartía entre las provincias, para que aumentaran sus propias inversiones en caminos
provinciales. Las provincias debían adherirse a la ley, creando sus propias direcciones provinciales
de vialidad. En general, las provincias se adhirieron al sistema entre 1932 y 1933. Poder Ejecutivo
Nacional, Obra de gobierno..., op. cit., p. s/n.
18 J. Allende Posse. Ingeniero y empresario cordobés, nacido en 1886. Formado en la Facultad de

Ciencias exactas de la Universidad de Córdoba, se recibió en 1906 de ingeniero geógrafo y en 1908 de


ingeniero civil. Ingresó a la administración pública como inspector de ferrocarriles del MOP. También
se desempeñó como docente, presidió el Centro de Ingenieros de Córdoba en 1916 y fue vicedecano
de la facultad en 1918. En 1912 se asoció con el ing. Emilio Olmos, fundando en Córdoba una empresa
de construcciones, que actuó hasta 1930, cuando Olmos fue elegido gobernador de la provincia. Tuvo
una actuación amplia en distintas industrias vinculadas a la construcción, dentro de la cual se destaca
su carácter de director de la Corporación Cementera Argentina (CORCEMAR). Fue ministro de Obras
públicas durante la intervención federal a Tucumán (1931) y ministro de obras públicas de Córdoba en
1932. Diccionario biográfico contemporáneo, Personalidades de la Argentina, Editorial Veritas,
Buenos Aires, 1948, p. 30.
KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 115

representaba en el directorio a las zonas Centro y Norte del país, mientras que el
resto del mismo se componía de vocales representantes de la zona Sur y el Lito-
ral (dos ingenieros funcionarios de la DNV), de las empresas de transporte (1),
de asociaciones agrarias (1), entidades automovilísticas (1, recaería sobre el ACA)
y el Ejército (1). En este esquema corporativo –usando el término en sentido
laxo– los intereses privados, aunque en minoría, eran incorporados al organismo
estatal en un directorio mixto. En efecto, el control estatal se imponía desde el
punto de vista numérico; además, la elección de una figura sumamente prestigio-
sa desde el punto de vista técnico, como Allende Posse, era un signo de que lo
que estaba en juego no era la cesión de las decisiones estatales al campo de los
intereses privados, sino una concepción de acción estatal de nuevo tipo. La pre-
sencia de empresas privadas e instituciones públicas en el directorio era presen-
tado como garantía de que la repartición “se mantendría alejada de la política”.19
En tal sentido, recordemos que “política” era considerada una “mala palabra”,
sinónimo del depuesto yrigoyenismo: la oposición a esta imagen denostada en su
vinculación con el estado guió numerosas decisiones de la nueva repartición,
entendida como el modelo de un aparato estatal administrador, moderno y efi-
ciente, profundamente diferente del heredado.20 Por supuesto, éstas eran las re-
presentaciones de la política que sustentaban el discurso público estatal, aunque
otro tipo de análisis saca rápidamente a la luz los puntos de continuidad que vin-
culan la nueva creación con experiencias previas: desde la actuación del personal
técnico dentro de elencos estatales, hasta las semejanzas entre la ley de vialidad de
1932 y el proyecto del mismo asunto presentado al Congreso por Ortiz como mi-
nistro de Obras Públicas de Alvear en 1925. Lo importante, en este caso, es desta-
car que este discurso público operaba en la construcción de políticas estatales.
“Nuestra obra no es espectacular pero sí eficiente”.21 Esta expresión, que
podría considerarse el leitmotiv de Allende Posse en la construcción de la DNV,
indicaba que se hacía cargo de su orientación con ideas precisas y con una clara
conciencia de la magnitud e importancia de la tarea a emprender. La figura públi-
ca de este nuevo constructor de políticas estatales se delineaba como la de un
poderoso líder del organismo y de su personal, pero también dirigía su mensaje a la

19 León Tourrés, diputado por San Juan, “Consideración de la ley de Vialidad”, en Cámara de Diputa-

dos, Diario de Sesiones, 1932, tomo VI, p. 676.


20 Sobre el sentido político y el carácter de la DNV dentro de la estructura estatal y la inserción de

asociaciones y empresas en el directorio: Anahi Ballent, “Estado, acciones públicas y ámbito privado en
la construcción de políticas estatales: La DNV y el ACA, 1932-1943”, en XIII Jornadas de Historia
Económica, Mendoza, 18 al 20 de septiembre de 2002 (Versión CD Actas).
21 “Nuestra obra no es espectacular pero sí eficiente, dice el Ingeniero Justiniano Allende Posse”, en

Automovilismo N°171, septiembre-octubre de 1933, p. s/n.


116 ANAHÍ BALLENT

sociedad en lo que hoy llamaríamos una alta exposición pública y mediática: una
vez creada la DNV, Allende Posse, en persona, o a través de sus colaboradores,
hegemonizó la voz del estado en la materia.
Esta voz, en primer lugar, resaltaba la figura de ingeniero –tradicional emblema
de los aspectos técnicos de la modernidad– como protagonista de una nueva gesta
patriótica: sobre los ingenieros de vialidad recaía el deber de realizar esta obra como
“[ejerciendo] un apostolado”, porque trabajaban “para asegurar el progreso de los
argentinos y la grandeza de la Nación”.22

Nos encontramos en un momento singular, como pocas veces se ha presentado a un cuerpo


de ingenieros. Se nos ha entregado el país entero, casi virgen, para diseñar sobre él la red de
carreteras definitivas. Nuestra obra será una obra para siglos. Si ella está bien planeada, será
eterna. Los caminos de hoy podrán ser corregidos en detalles, ampliados, levantados o mejo-
rados, pero su trazado general será definitivo. Es entonces nuestra responsabilidad.23

El carácter necesariamente nacional, integral, del sistema a diseñar era otro


elemento constante de los discursos que tuvo un claro correlato en las acciones
iniciales de la nueva repartición, ya que una de las primeras tareas a las que se
abocó fue el diseño global del sistema vial. Dicho sistema exigía ser representado
como totalidad a escala nacional, apelando a una abstracción, el mapa patrio, para
transformarlo en el “mapa carretero” o explayarlo analíticamente en un “atlas vial”.
De esta manera establecía jerarquías de emprendimientos y subrayaba el carácter
sistemático del proyecto: “red troncal nacional”, “caminos provinciales”, “cami-
nos locales”. Esta coordinación, que representada sobre el territorio producía el
resultado de una malla y no de un abanico, como ocurría con el trazado de los
ferrocarriles, no era obvia para la mirada del años treinta: justamente uno de los
valores de la ley de vialidad era su capacidad de sistematizar, de crear un conjunto
ordenado donde anteriormente existían iniciativas dispersas. Trama y no abanico:
ésta era una imagen de integración territorial, de nuevo tipo y sumamente poderosa.
En el plano de las imágenes, la contracara de la red vial se presentaba como el
símbolo de integración nacional propio del siglo XX, cuya representación se mon-
taba sobre imágenes previas de la patria basadas en la geografía y ya consolidadas
en el imaginario social, como las típicas “postales argentinas”, que en la sublimi-
dad de los paisajes naturales –de los cuales el hombre estaba ausente– encontraban
símbolos de la patria.24 En efecto, las representaciones visuales de la obra vial

22 República Argentina, MOP, DNV, Memoria 1935, Buenos Aires, 1936, p. X.


23 República Argentina, MOP, DNV, Conferencia pronunciada por el Ing. Justiniano Allende Posse al
regresar de su viaje de estudios a Sur y Norte América, Buenos Aires, 1936, p. 28.
24 Graciela Silvestri, “Postales argentinas”, en Carlos Altamirano (Ed.), La Argentina en el siglo XX,

Buenos Aires, Ariel, 1999, pp. 111-135.


KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 117

consistían, por un lado, en fotos paisajísticas que tomaban como centro la vincu-
lación entre camino y paisaje, agregando generalmente a su indiscutido protago-
nista, el automóvil. A diferencia de la natura naturans de las postales argenti-
nas, la natura naturata de las fotografías de la obra vial se presentaba como
operación de montaje, como articulación de técnica moderna y naturaleza. Más
que la patria, lo allí representado era la acción humana –el estado conduciendo la
técnica– en la construcción de la nación.
“Camino de acceso a la Capital Federal”, “Camino de Salta a Jujuy por el Abra
de Santa Laura”, “Camino de Nonogasta a Vinchina por la Cuesta de Miranda, a
través del Famatina”, “Camino de Mendoza a Chile. Túnel en construcción (Cordi-
llera de los Andes)”: esta sucesión u otra similar, alternando lo próximo con lo
remoto, acercando en el plano simbólico centros y fronteras, puede encontrarse en
los epígrafes de fotografías en folletos de difusión o constituir una serie de
diapositivas de una conferencia dedicada el tema, ya que la sucesión de imágenes
de caminos y automóviles irrumpiendo en los diversos paisajes patrios formaba
parte de una retórica conocida que parecía imponerse para difundir la obra camine-
ra, pero también para pensarla.25
En los discursos de Allende Posse, al remitirse a términos territoriales, la
empresa presentaba otros aspectos. Mostraba la gravedad de una obra verdadera-
mente titánica, cuya enunciación no podía evitar cargarse de acentos sombríos:

Meditemos un instante sobre la variedad infinita, sobre la extensión inmensa del territorio de la
patria, en el que debemos realizar [...] una obra vastísima y urgente. [...] Selvas impenetra-
bles, [...] llanuras anegadizas, calor y plagas en el Norte; planicies inmensas [...], hielo, vien-
tos [...] en el Sur; montañas escarpadas, [...] torrentes, aludes [...] nieves permanentes al
Oeste. [...] Escasez de recursos y de hombres; soledad frente a la cual la humana impetuosi-
dad reclama lo que la técnica no aconseja, las finanzas no permiten y la falta de vehículos y de
tráfico hacen innecesario [...]26

Territorio extenso, dificultades técnicas, tránsito poco denso, recursos limi-


tados: en estos términos, casi dramatizándolos, el presidente del organismo pre-
sentaba al público su caracterización del problema vial argentino. La sociedad,
continuaba entonces, no debía equivocarse esperando de la acción de la DNV la
espectacularidad con la que solía asociarse al camino –sobre todo en los medios
masivos: por ejemplo, autopistas atravesando paisajes impactantes–, pero en cam-
bio encontraría en el organismo eficiencia económica y racionalidad técnica para

25 “Lista de diapositivas proyectadas durante la conferencia”, en Teodoro Sánchez de Bustamante, Oríge-

nes y desarrollo de la vialidad en el mundo, folleto, Buenos Aires, 1938, p. s/n.


26 Discurso de Allende Posse Día del Camino de 1935, DNV, Memoria 1935, p. 38.
118 ANAHÍ BALLENT

resolver lo que consideraba el principal problema del país: la transitabilidad de


los caminos de un territorio extenso, con baja densidad de tránsito y con recur-
sos acotados para aplicar a la cuestión vial.
La discusión que planteaba no era menor, ya que estaba definiendo el criterio
que orientaría la inversión en vialidad y el tipo de infraestructura a que podía
aspirar el país. En este sentido, Allende Posse se inclinaba por los caminos de
bajo costo dirigidos fundamentalmente al transporte de la producción agraria,
dejando para el futuro los caminos pavimentados no ligados directamente a dicha
producción, como los de turismo, que eran, en cambio, los que resultaban más
populares como imágenes del camino. Un blanco preciso de la discusión puede
ubicarse en algunas propuestas realizadas por el gobierno de Uriburu, que la pos-
terior creación de la DNV reencauzaría, de crear una red troncal nacional pavi-
mentada financiada en parte por peaje, siguiendo ejemplos europeos, como el
desarrollado desde la década anterior por Italia, más que el modelo norteameri-
cano que Allende Posse defendía.27 Esta propuesta era capaz de producir carrete-
ras “espectaculares”, pero carentes de espíritu sistemático y alcance nacional,
ineficaces, por lo tanto, en términos de resolución del verdadero problema del
territorio argentino. En cambio, el aparato estatal que construyó la DNV, centra-
do en técnicos viales de una sola disciplina –ingenieros civiles–, en caminos de
bajo costo, y en su vinculación con reparticiones similares provinciales, resultó
efectiva para enfocar el problema de otra forma, ligándolo a la totalidad nacional
y privilegiando el rol de soporte de transporte de la producción agraria del siste-
ma. La DNV estaba apoyada por un conjunto de ideas que podría calificarse de
estricto o aun rígido, pero que permitía operar sin vacilaciones, calidad no des-
deñable a la hora de diseñar políticas estatales.
El organismo basó sus éxitos en la adopción de este enfoque inicial, aunque
también encontró en él posteriores limitaciones, como desarrollará más adelan-
te este trabajo. Sin embargo, para cerrar este punto, cabe destacar que en relación
con la difusión que tenía el automóvil en el país y el nutrido imaginario social tejido
a su alrededor desde la primera posguerra, esta propuesta inicial del estado, aun-
que razonable en términos técnicos y económicos, parecía impregnada de cierto
tono inactual, hasta anacrónico. En cambio, así describía la revista Turismo los
“sueños de automovilista”:

27 El ministro de Obras Públicas Octavio S. Pico (1930-abril 1931) seleccionó un conjunto de cami-

nos a ser ejecutado por el sistema de peaje; posteriormente Pablo Calatayud (abril 1931-febrero 1932)
creó el Directorio Central de Consorcios Camineros. Estas iniciativas fueron sustituidas un poco más
tarde por la DNV y su propio plan.
KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 119

Siempre soñaron nuestros automovilistas con ver transformados los caminos del país, hacién-
dolos correr entre amigas hileras de árboles y verde obscuro de setos vivos, de tanto en tanto
un cottage, de inclinada techumbre y humeante chimenea; y otras imágenes de caminos di-
chosos, umbrosos, flanqueados de poesía.28

En contraposición con estas imágenes de un paisaje amable y tiernamente


modelado, la propuesta de la DNV se asentaba en la imagen de un país que pri-
vilegiaba los aspectos rurales tradicionales, que se modernizaba e integraba,
pero lo hacía en clave rústica. Hasta el presidente Justo, al hacerse cargo públi-
camente de estas ideas que sin duda compartía, parecía traslucir involuntaria-
mente cierta decepción: “Hay, pues, que conformarse con el camino barato y
sin polvo ni barro, que permita el tráfico todo el tiempo. Eso es lo que interesa
a nuestra producción agrícola”.29
Por otra parte y en un sentido similar, en la prensa de la época, la publicidad
solía resaltar los aspectos poco gratos de estos caminos, transitables, en el me-
jor de los casos, pero siempre poco confortables. Así, el Ferrocarril del Sur re-
cordaba insidiosamente que “llueva o truene... el tren siempre llega”, para luego
aconsejar: “No se aventure con su automóvil por malos caminos”.30 Otras propa-
gandas presentes en las revistas de automovilismo operaban como verdaderos
detalles reveladores: “Ningún turista olvida Pastillas Valda: con ellas defiende
sus bronquios de la tierra del camino”.31 En síntesis, y como se observará con
más detalle posteriormente, esta apelación inicial no conformaría por mucho tiem-
po, ni al propio estado ni a amplios sectores de la sociedad argentina.

3. LA PASIÓN: BÓLIDOS DE LAS CARRETERAS

Al mismo tiempo que el estado, a través de la DNV, configuraba una nueva


voz sobre el sistema de caminos, otros usos del mismo sistema sustentaban
nuevas representaciones sociales, que también se referían a la deseada inte-
gración nacional a través de la red caminera, aunque desde perspectivas muy
diferentes. Uno de esos usos fue el del automovilismo deportivo, que tenía en

28 “Sueños de automovilista”, en Turismo N°338, julio de 1937, p. 33.


29 Agustín P. Justo, “Mensaje del Presidente de la Nación al inaugurar el Congreso Nacional, 1935”,
p. 164 (Consultado en versión digital, Association of Research Libraries, Digital Collection of Mexican
and Argentine Presidential Messages, sitio http://www.lanic.utexas.edu).
30 Automovilismo N°196, febrero de 1936, p. s/n.
31 Automovilismo N°179, junio-julio de 1934, p. s/n.
120 ANAHÍ BALLENT

el ACA a su principal protagonista, carácter que no haría sino crecer a partir del
mejoramiento de los caminos, pero también de la incorporación de la asociación
al directorio de la DNV, teniendo en cuenta que la dirección había pasado a ser el
organismo estatal que autorizaba la realización de competencias. Por otra parte,
el automovilismo servía de propaganda a la DNV, ya que demostraba que las ca-
rreras ganaban en extensión y ampliaban su radio de realización a causa del mejo-
ramiento de los caminos: la alianza entre organismo estatal y asociación pública
tenía bases sólidas y de mutua conveniencia.
Además, la incorporación del ACA al directorio de la DNV consolidó la pri-
macía de la asociación sobre el Touring Club, creado en 1907 como desprendi-
miento del ACA. Aunque se trataba de dos instituciones con rasgos en común, en
realidad, en la década del veinte el Touring había tenido un mayor protagonismo
en relación con las demandas de una ampliación de la participación estatal, y una
mayor vinculación con las asociaciones de ingenieros, organizando, por ejem-
plo, el Primer Congreso Argentino de Vialidad entre 1922 y 1925. Mientras que
el Touring parecía contar con un aparato técnico más afinado en cuanto a sus
propuestas sobre vialidad y a información complementaria –como la estadística–
, el ACA iba creciendo en popularidad apoyando el automovilismo deportivo.
Como se planteó anteriormente, el mejoramiento de los caminos permitió, en
primer lugar, que los premios nacionales abarcaran mayores extensiones y reco-
rrieran regiones geográficas que anteriormente le estaban vedadas. Este aspecto
constituiría una base para numerosos discursos, referidos al “descubrimiento” del
país, tanto en el plano físico como en el cultural, ya que las competencias ponían
en primer plano sectores del país que en otros aspectos distaban de ocupar tales
espacios. Así, el Gran Premio Nacional de 1934 llegaba hasta Resistencia y colo-
caba, aunque fugazmente, al Chaco en primer plano. Según aseguraba la prensa, esa
exposición fugaz y precaria tenía la capacidad de dejar huellas en el imaginario
social, cambiando representaciones consolidadas:

Mucha, muchísima gente, que creía que el Chaco era solamente una selva inhospitalaria con
muchos indios y algunos blancos, ha recibido una verdadera sorpresa al enterarse de que ese
territorio es tal importante y civilizado como las primeras provincias argentinas y mucho más
que algunas de ellas.32

Sin embargo, la ampliación de la extensión del Gran Premio Nacional fue sólo
un promisorio inicio. El avance de la DNV sobre la transitabilidad de las rutas pronto
permitió pensar en un Gran Premio Internacional como el de 1936, segunda prueba

32 “Consideraciones sobre el último Gran Premio Nacional”, en Revista del Touring Club Argentino

N° 299, abril 1934, p. 105.


KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 121

de su categoría, que llegaba hasta Chile recorriendo la insólita cifra de 7000 kilóme-
tros en nueve etapas. Organizado por el ACA, contó con el auspicio de YPF y del
propietario de la fábrica de cigarrillos Particulares –Virgilio Grego–, quien aportó
los fondos requeridos para los premios.
En línea con la cita anterior sobre la competencia nacional de 1934, la revista
Sintonía afirmaba que “el Gran Premio Internacional Virgilio F. Grego 1936 [‘des-
cubría’] a los argentinos la Patagonia”.33 En efecto, los diarios y revistas, pero sobre
todo la radio, seguían con avidez los derroteros del evento: la transmisión por radio
Splendid durante los catorce días de duración de la carrera, bajo la dirección del
popular relator Luis Elías Sojit, era considerada en sí toda una proeza organizativa y
técnica. La radio constituía el corazón mediático del evento, pero la prensa escrita,
ya fuera deportiva o no especializada, colaboraba también activamente en la difusión.
Cabe destacar que la revista Sintonía, que dedicó un suplemento al evento, era pro-
piedad del periodista chileno radicado en Argentina Emilio Karstulovic Bonaci, co-
nocido “raidista” y exitoso corredor de carreras –ganador del Gran Premio Nacional
de 1934–, a la vez que uno de los principales impulsores del premio.
Retomando el nivel de las representaciones construidas por la prensa es-
crita, sorprende la combinación de niveles que se desplegaban en los discur-
sos. Por ejemplo, La Nación recogía la narración de las impresiones de Raúl
Riganti, ganador de la competencia, quien combinaba una cantidad de aspectos
tan amplia, que el centro natural del evento, es decir el automóvil y su rendi-
miento, parecían perder tal carácter, mientras que, en cambio, el foco de aten-
ción del relato se iba desplazando alternativamente hacia el estado de los cami-
nos, la labor de los funcionarios de la DNV, las técnicas de transmisión de la
información o la infraestructura turística:

Hay en Comodoro Rivadavia un funcionario de la DNV, que ha hecho proezas [...], a quien a
mi llegada a esta ciudad no pude sino felicitar por lo que fue capaz de hacer en tan poco
tiempo [...] Pero lo que me maravilla es el telégrafo [...] En la ciudad del turismo [Bariloche],
el acogimiento fue entusiasta: hubo calor en la muchedumbre, aplausos no interrumpidos y
cordialidad en las autoridades. No así en los hoteles, donde se cobra cuatro pesos por una
botella de vino común.34

La particular combinación entre hombres, autos y caminos tramada por el


deporte en este momento que podemos calificar de “fundacional”, generaba discur-
sos policéntricos, porque los caminos convocaban a distinto tipo de tópicos y even-
tos, todos ellos novedosos. Dentro de ellos, como se observaba anteriormente

33 Suplemento especial dedicado a la transmisión radiofónica del Gran Premio Virgilio Grego de 1936,

Sintonía N°147, 15/2/1936, p. s/n.


34 La Nación, 11/3/1936, p. 11.
122 ANAHÍ BALLENT

en las representaciones estatales, la integración nacional que proponía el evento,


al recorrer distintas zonas del país, se reiteraba de manera insistente, tal como lo
planteaba el cronista de La Nación:

La carrera está llenando una función patriótica evidente al difundir por todo el país los
aspectos más salientes de las regiones más distintas, para bien de ellas mismas y para que
sea más vigoroso el sentimiento colectivo al advertirse en la unidad geográfica tantos mati-
ces de la vida argentina.35

El evento, en su representación mediática, parecía instalar al país en cierta


simultaneidad temporal, que constituía otra forma de integración, más simbólica
que territorial: durante catorce días, la competencia mantenía en vilo al país ente-
ro. Podría afirmarse que esta misma sensación se registraba en otros eventos de-
portivos (partidos de fútbol, por ejemplo), pero en el caso del automovilismo pre-
senta particularidades diferentes, relacionadas con la representación del territorio
nacional. En efecto, la competencia obligaba a conocer lugares antes desconoci-
dos y acercaba idealmente espacios distantes:

Pueblos enteros que no figuran siquiera en los mapas de la república estarán en los labios y
oídos de millares de lectores y radioescuchas, y de oscuros villorrios y poblaciones pasarán a
ser puntos conocidos y por ende, fáciles de traslados hacia ellos gracias a la difusión que se
hará de los medios a que ello converge.36

Por otra parte, la competencia invertía fugazmente las relaciones centro-peri-


feria tal como se habían consolidado históricamente en el territorio argentino. Por
pocos pero intensos momentos, el centro de gravitación, la acción vital, se desa-
rrollaba fuera de las grandes ciudades, desplazándose hacia rincones de la patria,
que súbita e inesperadamente vibraban, convirtiéndose en centros de atracción de
la vida nacional. Así, según Crítica, el 18 de febrero de 1936, la máxima emoción
argentina se experimentaba de manera directa –no mediática– sólo en Uspallata:

Esta localidad conocida por sus características pintorescas fue escenario de uno de los
pasajes de mayor interés en la tercera etapa y posiblemente de todo el curso de la carre-
ra hasta ahora disputada. Todo el pueblo se circunscribió con su atención y presencia en los
puntos allegados al camino por donde debían pasar fugazmente los participantes [...] La llega-
da de los primeros fue verdaderamente épica. Todo el mundo barajaba nombres sobre

35 La Nación, 11/3/1936, p. 11.


36 Emilio Karstulovic B., “Recuerdos e historias del Gran premio Internacional”, en Suplemento de
Sintonía, p. s/n.
KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 123

quién sería el primero en cruzar este control pero cuando iban a ser las ocho horas treinta
y cinco minutos, se avistó a lo lejos una gran nube de polvo. Es que se trataba de nada
menos que de cuatro coches juntos que de forma impresionante brindaron una emoción
incontenida entre los asistentes al pasar por aquí con vertiginosa velocidad. Pasaron como
bólidos sin cejar un instante con el fierro a fondo. 37

Estas nuevas percepciones inducían cierta revisión de algunos aspectos de las


representaciones tradicionales del territorio nacional –sus órdenes, distancias y je-
rarquías–, pero en otros aspectos reforzaban dichas representaciones y obligaban a
acudir a la asistencia de dispositivos tradicionales de representación. Así, ciertos
aspectos de las narraciones de la prensa sólo podían seguirse con la ayuda y la
orientación de un mapa o un plano carretero. Por ejemplo, veamos esta lección de
geografía en la descripción de la etapa Temuco-Neuquén (en territorio chileno):

Con rumbo al Noroeste se inicia la etapa hasta la Cordillera, retrocediendo hasta Lautaro y
tomando franco rumbo Oeste, o sea hacia Lonquimay. Hasta Curacautin el camino es más o
menos viable, algo suelto y en ese punto hasta Pino Hachado se inicia una zona montañosa
tortuosa, de caminos irregulares, con algunos pasos como ser las numerosas alcantarillas que
requieren precaución.38

Estas narraciones mediáticas construían una forma de mirar y representar el te-


rritorio, en la cual se actualizaban elementos tradicionales, a la vez que se introdu-
cían nuevas valencias. Los paisajes que se representaban eran similares a los que
registraban los discursos que observamos en la producción estatal. Adoptaban el mismo
carácter áspero y rústico, pero no se encontraban modulados por los mismos acentos
sombríos: las dificultades que imponía la naturaleza constituían en este caso la clave
del peligro, pero también fundaban la fuerza de la emoción.
Como habrá podido notarse, dentro de este conjunto de representaciones
mediáticas, faltaban las imágenes en movimiento, la forma más directa y precisa
de captar la esencia del automovilismo, la única capacitada para seguir su veloci-
dad y captar su sentido. Pronto llegarían como iniciativa del piloto y hombre de
medios Karstulovic. En efecto, la debutante productora Rayton decidió aprove-
char el entusiasmo de un público amplio para realizar un film con imágenes do-
cumentales del Gran Premio Internacional de 1936, bajo la dirección del propio
Karstulovic. Así, sólo quince días después de finalizada la competencia, cuando
aún no se habían apagado las resonancias del evento, se estrenaba en Buenos Ai-
res Vértigo, la primera película del cine argentino centrada en el automovilismo.

37 Crítica, 19/2/1936, p. 5.
38 Crítica, 21/2/1936, p. 4.
124 ANAHÍ BALLENT

Vértigo no se nutría solamente de imágenes de la competencia ya que también


mostraba paisajes de distintas regiones argentinas en una simultaneidad que hasta
ese momento los esfuerzos de producción locales desconocían: “las sierras de
Córdoba, los lagos patagónicos y la agreste y serena naturaleza de Chubut figurarán
separadamente en Poncho Blanco, Sombras porteñas y Petróleo. La nueva pelícu-
la de Rayton las presenta juntas”.39 A ello se sumaban imágenes nativistas de cos-
tumbres y fiestas tradicionales, “todo lo cual [hacía] de este film una gran obra de
argentinismo”.40 Finalmente, la carrera “se matizaba con un argumento de corte
sentimental y profundamente humano”.41 En otras palabras, Vértigo combinaba dis-
tintos tipos de materiales: el documental deportivo, filmado especialmente duran-
te el Gran Premio, y filmaciones ficcionales previas, dentro de las cuales se desta-
caba una historia simple y moralizante. Con respecto a esta última, se trataba de un
joven piloto obligado a elegir entre su pasión por el automovilismo y el mandato
social que le exigía gerenciar una modesta fábrica de propiedad familiar –cosa que
sensatamente decidía en el final del film, logrando dominar el “vértigo” que lo
embriagara en su fugaz aproximación al mundo deportivo.
El estreno del film generó una gran expectativa, y fue presenciado por buena
parte del espectro de actores que constituían la “trama automovilística” local; sin
embargo, la proyección defraudó a su público. La crítica constató de manera unáni-
me que la película adolecía de serios problemas, circunstancia que hasta la revista
del director del film debió admitir. En tal sentido, entre otras cuestiones, se obser-
vaba que la trama ficcional resultaba poco interesante y que mostraba problemas
técnicos, a punto tal que se aconsejaba su supresión completa. Pero las observa-
ciones iban más allá: en realidad, como reconocía Sintonía, “el deportivo era el
único aspecto que el público deseaba ver”.42
En otras palabras, el aspecto deportivo obturaba tanto los aspectos humanos
como los patrióticos contenidos en los eventos deportivos, al menos si éstos se
encontraban planteados de manera, tan directa como lo había intentado hacer Vér-
tigo. Sin embargo, dejando de lado esa crítica general, en el documental deporti-
vo, la crítica rescataba una novedad apasionante:

Representa ello un rápido esfuerzo, que, aunque no consumado con mucha habilidad
técnica, despierta legítimamente la atención y se hace acreedor del aplauso por la idea
moderna latente en él, de trasladar lo palpable, lo que apasiona a la colectividad, la reali-
dad cercana, a la pantalla. 43

39 “Una gran película nacional”, en Sintonía N°143, 18/1/1936, p. s/n.


40 “El 6 de marzo se entrenará en el Renacimiento la película Vértigo”, en Sintonía Nº148, 22/2/
1936, p. s/n.
41 “Con Vértigo la Rayton hará obra de nacionalismo”, en Sintonía N°146, 8 /2/1936, p. s/n.
42 “La premiere de Vértigo”, en Sintonía, N°152, 21/3/1936, p. s/n.
43 La Nación, 12 /3/1936, p. 12.
KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 125

Desprolija, tosca y apresurada, tanto en la apelación a representaciones so-


ciales como en la búsqueda de nuevas imágenes, Vértigo ostentó el mérito de ser
la primera película nacional que se ocupó del automovilismo, y, como intuía la
cita anterior, tuvo el valor de aventurar a la cinematografía local en un terreno
nuevo: el de la modernidad de las pasiones masivas, ensayando nuevas formas
apropiadas para representarlas.
En el desarrollo posterior de la producción local, el automovilismo en parti-
cular no fue un tema excesivamente frecuentado, aunque existe una serie de ejem-
plos posteriores. Así, a Vértigo le seguirían Bólidos de acero y Fangio, el de-
monio de las pistas (1950), Turismo de carretera (1968) y Piloto de pruebas
(1972). 44 Las dos películas de 1950 se centran en los grandes ídolos del automo-
vilismo (los Gálvez y Fangio), y las otras en la inmensa popularidad que manten-
dría el deporte a lo largo de décadas, sobre todo en la categoría denominada “tu-
rismo de carretera”. Estos dos procesos aún no estaban presentes en Vértigo, ya
que se iniciaron a fines de la década de 1930, pero continuaban por un camino
anunciado por la conjunción de acciones y valores que registraba el film. A partir
de 1937, la DNV prohibió las carreras de velocidad en caminos nacionales, pero
no las de automóviles de categoría turismo (cerrados), que un par de años más
tarde darían el nombre a dicho tipo de competencias, cuando eran realizadas en
carreteras y no en pistas. Tal categoría pronto consagraría a los grandes ídolos
del automovilismo argentino, capaces de cosechar un éxito arrollador a nivel in-
ternacional, éxito que generaría nuevas representaciones sociales que
desactualizarían el tradicionalismo social que constituía el trasfondo moralizan-
te de la historia ficcional de Vértigo.
A fines de la década, no sólo la categoría turismo de carretera ampliaría el
automovilismo; sus fronteras internacionales también se extenderían. Nueva-
mente debemos retomar la figura de Karstulovic, quien, apoyado por el ACA y
por la amplificación mediática de sus hazañas, emprendió en 1939 una nueva
acción en tal sentido, que seguía el sentido de su raid Buenos Aires-Santiago de
Chile, recorrido dos años antes: logró establecer un record de velocidad,
piloteando un automóvil común, en el trayecto entre Lima, La Paz y Buenos
Aires, tramo Sur de la futura Carretera Panamericana. Según sus declaraciones,
no lo movía ningún mezquino “egoísmo deportivo”, sino el deseo de “divulgar
en el continente que las centenarias huellas incaicas [eran] excelentes caminos
y la ruta ideal para el turismo de invierno”.45

44 Bólidos de acero (1950), dirigida por Carlos Torres Ríos; Fangio, el demonio de las pistas (1950),

de Román Viñoly Barreto; Turismo de carretera (1968), de Rodolfo Kuhn; y Piloto de pruebas (1972),
con Carlos Pairetti, de Leo Fleider.
45 “Mis impresiones”, en “En automóvil por la huella de los chasquis”, suplemento especial de

Sintonía, N° 362, 27/3/1940, p. 1.


126 ANAHÍ BALLENT

En efecto, hacia los últimos años de la década, el avance de la DNV hacía vis-
lumbrar el alcance latinoamericano y continental de las carreras de automóviles,
que introducía una nueva escala de percepción en la dimensión territorial. Esta am-
pliación de la pasión deportiva se vinculaba, entre los promotores, con un senti-
miento panamericanista (asociado, por otra parte, al sistema de carreteras desde la
década de 1920) presente tanto en la DNV como en el ACA. En el ACA, el principal
promotor del panamericanismo carretero fue el ing. Carlos Anesi –presidente de
la asociación entre 1940 y 1956, vicepresidente entre 1936 y1939 y activo organi-
zador de competencias en ese mismo período–, quien proponía realizar el “Gran
Premio de las Américas” entre Nueva York y Buenos Aires en octubre de 1942,
inaugurando la Carretera Panamericana en la conmemoración del noveno
cincuentenario del Descubrimiento. Dicha competencia estaría precedida por even-
tos de menor extensión, aunque también notablemente ambiciosos: el “Gran Pre-
mio de la América del Sur”, Buenos Aires-Caracas en 1941 y el “Gran Premio
Internacional del Norte”, que efectivamente recorrió Argentina, Bolivia y Perú en
1940. Como se observa en las competencias realizadas o planeadas, el
panamericanismo carretero argentino era más “andino” que “tropical”, y Argentina
consideraba tener un papel líder en el Sur del continente, en simetría con Estados
Unidos en el Norte.46 La Guerra Mundial interrumpió estos sueños, pero el ACA
no cejó en su empeño a escala latinoamericana, hasta que los casi 10.000 Km entre
Buenos Aires y Caracas se constituyeron en escenario del Gran Premio de 1948.
Este panamericanismo que hablaba también de la grandeza argentina se vio
particularmente estimulado en los últimos años de la década, a medida que el
programa vial argentino se extendía, tal como indicaba Allende Posse en el te-
legrama enviado al presidente del Bureau of Publics Roads de los Estados Uni-
dos, con motivo de la inauguración del camino a Córdoba en 1937, parte de la
ruta 9 (Panamericana):

La DNV acaba de inaugurar el primer tramo carretero panamericano en una extensión de


800 km [...] Estimulado por el júbilo popular ante el singular acontecimiento, anúnciole que
antes de dos años la República Argentina habrá terminado esta carretera hasta el límite con
Bolivia. Creo que esta contribución al esfuerzo de todos los países americanos hará factible el
elevado propósito de establecer un nuevo vínculo de unión que haga más sólidas a todas las
naciones del continente.47

46 Ver: Carlos P. Anesi, La Carretera panamericana. Su inauguración en el noveno cincuentanario

del Descubrimiento de América. El Gran premio de las Américas, Buenos Aires, Compañía General
Fabril Financiera, 1938.
47 “Telegramas cambiados con el presidente del Bureau of Publics Roads en los estados Unidos”,

en DNV, Memoria 1937, p. 30.


KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 127

El entusiasmo despertado por el sueño de esta nueva escala territorial, que


primero sería frenada la guerra y más tarde desactualizada por la expansión del
avión como medio de transporte, debía mucho a los sueños del automovilismo, y,
en tanto espacio privilegiado del “júbilo popular”, contagiaba los discursos de
los funcionarios estatales, despejando los tonos secos y sombríos que los habían
caracterizado en los primeros años de la década.

4. EL PLACER: INVITACIÓN AL VIAJE

A partir de mediados de la década de 1930, la gestión de los recursos de la


ley de vialidad comenzaría a contemplar el rol de la red vial en otro sector de la
economía que las nuevas políticas económicas, una vez superado el momento
más agudo de crisis, intentaban estimular: el turismo. Si retomamos los discur-
sos con los cuales se habían iniciado las políticas de la DNV, observamos que el
énfasis en el transporte de la producción agropecuaria y en el turismo no eran
objetivos incompatibles para una red vial, pero sí eran cometidos claramente di-
ferentes. Como reflexionaba un ingeniero vial que presenciaba este viraje, en el
momento inicial los técnicos habían puesto especial atención en el “factor co-
mercial del tonelaje de cargas, con prescindencia de otros factores”, y el cambio
de objetivos no llegaba a satisfacer a todos: “Cuando recién se planteó este asun-
to hubo una franca declaración de quienes decían que los caminos debían hacerse
para transportar trigo y no para transportar vagos”.48
En cambio, resultaría satisfactoria para amplios sectores de la sociedad, so-
bre todo los sectores medios que acababan de acceder al turismo masivo –o que
albergaban la esperanza de acceder a él–. En esta nueva etapa, los austeros cami-
nos “sin polvo y sin barro” ya no serían suficientes. La ruta 2 a Mar del Plata,
inaugurada en 1938, se transformaría en un símbolo de la nueva etapa que inaugu-
raba la red nacional de vialidad; en el mismo sentido operaban obras como los
300 km de caminos internos que la DNV construyó en el Parque Nacional Nahuel
Huapí, el camino de la costa entre Mar del Plata y Miramar, o las rutas que en la
Mesopotamia permitían alcanzar las cataratas del Iguazú, entre muchas otras.
Los recursos de la ley no eran grandes y este cambio de objetivos obligaba a
ampliarlos: la economía nacional, decían una vez más las políticas públicas, lo

48 Eduardo L. Edo, “El turismo y su influencia en la política caminera del país”, en La Ingeniería N°7737,
marzo de 1936, pp. 198-199.
128 ANAHÍ BALLENT

requería.49 Por un lado, el país podía permitirse esa inversión, y por otro, se tra-
taba de consolidar un sector como el turismo, al que se atribuían enormes posibi-
lidades de crecimiento. Pese a estos cambios, a las presiones estatales y socia-
les, Allende Posse como presidente de la DNV nunca modificó radicalmente su
discurso sobre la primacía del sistema nacional y de los caminos de tierra, aun-
que la estructura de la repartición se adaptó parcialmente a la nueva realidad,
como debió adaptarse, muy a su pesar, a la incorporación puntual de la vialidad
urbana –los accesos a las grandes ciudades, en 1937–, a partir de que el Congreso
Nacional le asignara el proyecto y construcción de la Avenida General Paz en la
Capital Federal. Sin embargo, las huellas de la rigidez inicial, del panorama de ca-
minos rurales, ásperos pero transitables, nunca desaparecieron por completo.50
Si la ley de elevadores de granos hacía pareja con la ley de vialidad en el
momento de su sanción, esta nueva etapa de la red vial se vinculaba directamente
con otro instrumento legal: la ley de parques nacionales 12.103/1934.51 Se tra-
taba de una iniciativa del Poder Ejecutivo que el ministro de Agricultura (Luis
Duhau) presentaba como un estímulo al turismo, cuya creación “favorecería la
economía nacional”. Estos argumentos abundaban en la época y se referían sobre
todo al turismo de elite: se calculaban los montos que los argentinos gastaban en
el imprescindible “viaje a Europa”, y el proyecto, decía Duhau, “contribuiría a
que [quedara] en el país la considerable suma que representa el turismo en capita-
les argentinos gastados en el extranjero y en una previsible concurrencia extran-
jera a los parques nacionales”.52
Aunque en el turismo de elite se centraban las más grandes esperanzas econó-
micas, también se estimulaba el turismo de las capas medias, y a través de algunas
medidas, el popular. La ley de sábado inglés, la de vacaciones pagas, las rebajas

49 Los fondos de vialidad se ampliaron en 300 millones entre 1936 y 1938, y en 1939 la ley 12.625

aumentó el impuesto sobre la nafta.


50 Así, la falta de criterios paisajísticos y forestales en el diseño vial –aspectos de escasa importancia

en los caminos vinculados a la producción, pero de relevancia vital en el interés de los caminos de
turismo– fue una limitación que la repartición, regida por los dictados de una única rama de la ingeniería,
nunca superó por completo: los ingenieros podían ser “apóstoles”, pero estaba lejos de convertirse en
diseñadores sensibles al “aspecto estético de las obras viales”. Algunos casos en que los proyectos
viales desarrollaron valores paisajísticos, como el caso de la Avda. General Paz, diseñada por el arq.
Ernesto Vautier o los caminos de Parques Nacionales, a cargo de técnicos de la repartición, no fueron
realizados por ingenieros de la DNV.
51 La Dirección General de Parques Nacionales, creada dentro del ámbito del Ministerio de Agricul-

tura, aunque gozando de una amplia autonomía, administraba y gestionaba parques o reservas nacio-
nales, definidos como porciones del territorio de la Nación, que por su extraordinaria belleza o en
razón de algún interés científico determinado fueran dignas de ser conservadas para uso y goce de la
población de la República.
52 Cámara de Diputados, Diario de Sesiones, 1934, tomo VI, p. 1022.
KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 129

tarifarias de los trenes turísticos, algunas políticas locales, como la de Mar


del Plata, eran iniciativas –algunas de ellas venían de la década anterior–
que se sumaban a los nuevos caminos en el fomento del turismo. El turismo
para empleados nacionales se iniciaba en 1936 con las colonias de vacacio-
nes en embalse Río Tercero, obra del MOP, siguiendo la línea trazada por
instituciones privadas que estimulaban el turismo popular, como la Asocia-
ción Cristiana de Jóvenes, la Casa de la Empleada y el Club Argentino de
Mujeres, que disponían de casas de veraneo para sus asociados en Sierra de
La Ventana, Cosquín y Mar del Plata, respectivamente. A fines de la década,
la Ley 12.669 disponía que la Dirección de Arquitectura del MOP erigiera
hoteles y hosterías de turismo en San Luis, La Rioja y Catamarca. 53
Uno de los aspectos más destacables de la extensión del turismo en relación
con el automóvil consistía en la propuesta de nuevas modalidades de desarrollo,
entendiendo al auto como transporte privado –familiar–, que daba la posibilidad
de establecer un nuevo tipo de relación con la naturaleza o con los lugares turís-
ticos, permitiendo desplazamientos de enorme libertad. Ciertas valencias cultu-
rales de dichas modalidades de transporte estaban claramente señaladas en la pu-
blicidad de Ford de mediados de los años veinte, ya que ella enfatizaba los aspec-
tos originales y específicos del automóvil, centrándose en el placer, la libertad y
el inmenso poder convocados por la acción de conducir:

Hay muchos lugares hermosos, próximos a la ciudad, que usted y su familia no conocen.
Compre un Ford y adquiera cabal conocimiento de todos los barrios de la ciudad y de sus
pintorescos alrededores. Guíe usted mismo. Vaya por la calle o el camino que le parezca más
interesante. Si un objeto o un paisaje llama su atención, deténgase. Sin violencias, sin apuros,
con toda comodidad, con toda tranquilidad. Usted es el dueño de un Ford. Usted manda.54

Ford remarcaba astutamente que el automóvil es uno de los medios de trans-


porte que se disfruta plenamente sin chauffer: libertad e independencia son valores
individuales, que estimulan la imaginación de conductores capaces de privilegiar la
experiencia individual por sobre el reconocimiento social. Aunque ambos planos
no son incompatibles y de hecho coexisten aún en el imaginario social actual del
automóvil, lo verdaderamente nuevo –y radicalmente moderno– afincaba en el pri-
mero; las estrategias publicitarias de Ford lograban captarlo y explotarlo, señalan-
do los caminos de la producción automovilística masiva y multiplicando las
valencias simbólicas del automóvil.

53 Sobre el turismo popular, en relación con las políticas posteriores del peronismo, ver: Eugenia

Scarzanella, “El ocio peronista: vacaciones y turismo popular en Argentina (1943-1955), op. cit.
54 “Paseos saludables, económicos e instructivos” (Publicidad Ford), en Femenil N°1, 14/9/1925, p. s/n.
130 ANAHÍ BALLENT

Estas características del automóvil sugerirían nuevas perspectivas para el tu-


rismo, promoviendo formas de recorrer el territorio y de aproximarse a la natu-
raleza. Como ocurrió con otros elementos de la nueva cultura del automóvil, este
tipo de turismo encontró en el ACA un temprano difusor: el weekend, los cam-
pings, las excursiones de campamentos y las caravanas turísticas fueron activa-
mente promovidos por la asociación. En efecto, en 1933 el ACA estableció luga-
res de camping próximos a la Capital Federal, a la vez que se comenzaron a orga-
nizar excursiones de campamentos, en las proximidades del Salado y de Mar del
Plata, mientras que poco más tarde dichas actividades incorporaron a Córdoba
como destino. 55 La moda parecía extenderse rápidamente entre los asociados:

La vida al aire libre, en el camping, desprovista de toda preocupación protocolar y constitu-


yendo un mundo propio en los límites reducidos de un vivac, ha ganado ya un lugar de prefe-
rencia en las simpatías del turista argentino [...]. Fueron quince días alegres, durante los
cuales todos y cada uno de los excursionistas fueron dueños absolutos de sus personas, con
prescindencia de todos los compromisos que trae aparejada la actividad urbana.56

Los protagonistas de esta nueva moda, “modernos Robinsones”, debían ser


capaces de gozar de esta “vida sin protocolos [...] sin pensar en los teatros, el
biógrafo, el peinador, el sombrero, la moda y todas esas cosas que esclavizan
[...]”.57 La técnica moderna, entonces, permitía reivindicar una aproximación di-
recta a la naturaleza, que se cargaba de cierta ensoñación primitivista, controlada
sin embargo por la estricta disciplina de comportamientos impuesta en los cam-
pamentos por la asociación. 58
En síntonía con esta caracterización del turismo, la difusión del ACA insistía
también en el “turismo rodante”, tema que aparecía reiteradamente en la prensa
en general. Las casas rodantes eran aún una excentricidad, pero aprovechaban los
excelentes carroceros que la demanda automovilística local había generado, e
indicaban un futuro destino libre y personal para el turismo, en tanto se ampliaba

55 Los lugares de camping se encontraban en Luján, Quilmes, Punta Chica y Chascomús. “El cam-

ping del ACA en Quilmes”, en Automovilismo N°166, abril de 1933, p. s/n.; “Campamentos”, en
Automovilismo, febrero de 1933; “A orillas del río Cavalango se realizó con éxito el tercer campeonato
del ACA”, en Automovilismo N°165, marzo de 1933, p. s/n.
56 “A orillas del río Cavalango...”, op. cit.
57 “En la estancia Santa Rita”; Ernesto Baldrich,“Turismo con acampamento”, en Automovilismo

N°173, diciembre de 1933, p. s/n.


58 “Está en vigencia el nuevo reglamento de camping”, en Automovilismo N°179, junio-julio

1934, p. s/n. Entre otros elementos, se controlaban concurrencia de invitados, horarios de activi-
dades y vestimenta.
KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 131

la red vial. Un ejemplo reiterado por varias publicaciones del momento fue el de
Carlos A. Pueyrredón, impulsor de la ley de vialidad en el Congreso, quien toma-
ba la iniciativa en la materia haciéndose construir “íntegramente en el país” una
casa rodante para seis personas que era mucho más que un capricho: “Amun-rucá”
(piedra que rueda) señalaba el rumbo de la técnica del futuro, sin olvidar la apela-
ción a la historia; dos temas particularmente adecuados para recorrer, en los años
treinta, los caminos argentinos.59
En este mismo sentido, y también a partir de 1933, promocionando la cons-
trucción del llamado Camino de la costa, la asociación relevó y contribuyó a la
explotación de lugares turísticos inexplorados por el tren, como ciertos parajes
de la costa Atlántica:60 San Clemente y Mar de Ajó, afirmando, además que aún
“[quedaban] todavía muchos que [podían], por su topografía, constituir núcleos de
concentración de veraneantes: Claromecó, Reta, Arroyo Parejas, Monte Hermo-
so e Ingeniero White”.61 En la década de 1940, el estímulo del ACA llegaría a
Villa Gesell,62 eligiendo en la costa siempre lugares que pudieran construirse de
acuerdo a nuevas modalidades turísticas, más individuales, relajadas y próximas a
la naturaleza que el ocio mundano de balnearios tradicionales como Mar del Pla-
ta. En efecto, el tipo de turismo promovido parece construirse como la inversión
del desarrollado en esa ciudad: “Veranear no es agotarse en una actividad social
abrumadora; es descansar, y para ello se requiere tranquilidad”.63 Aun para quie-
nes se mostraran incapaces de renunciar al encanto de Mar del Plata, el ACA
aconsejaba dirigirse a Chapaldmalal, cuya constitución celebraba, ya que a Mar
del Plata le faltaba “el gran barrio apartado y espacioso de las personas que, sin
dejar de participar en sus atractivos, desean venir a orillas del mar en condicio-
nes de tranquilidad e independencia”.64 En la década de 1940, este perfil turísti-
co alternativo se marcaría con mayor fuerza. Así, Gesell se definiría por sus pla-
yas amplias, sin piedras, menos frías, como un “bello y tranquilo paraíso [...] don-
de el turista amante de la naturaleza, el mar, el cielo, los árboles y los pájaros
[encontraba] exactamente lo que [buscaba]”.65

59 “La casa rodante del Dr. Carlos A. Pueyrredón”, en El Hogar N°1402, 28/3/1936, p. 44.
60 Benjamín Muñiz Barreto, fallecido en 1933, era considerado el “padre del camino de la costa”: miembro
de la Comisión Directiva del ACA, integraba la Dirección Provincial de Vialidad como representante de la
Sociedad Rural. El camino, construido por la dirección indicada e inaugurado en 1936, atravesaba su
establecimiento “La Magdalena”; en Automovilismo N°170, agosto de 1933, p. s/n. Conducía a Mar del
Plata, saliendo de La Plata, por Magdalena, Punta Indio, General Conesa, General Madariaga y Mar Chiqui-
ta. El ACA instaló a lo largo del camino varias casillas de servicios camineros. “Fue inaugurado oficialmen-
te el camino de la costa”, en Automovilismo N°195, enero de 1936, p. s/n.
61 “Balnearios de la costa atlántica”, en Automovilismo N°229, enero de 1939, p. s/n.
62 “El ACA establecería un recreo en el balneario Gesell”, en Automovilismo N°320, 1 de julio de 1946, p. 45.
63 “El Barrio Jardín en San Clemente”, en Suplemento de Automovilismo N°300, enero de 1945, p. s/n.
64 “Playa Chapaldmalal, nueva residencia marítima”, en Automovilismo N°241, enero de 1940, p. s/n.
65 “Villa Silvio Gesell. Naciente balneario atlántico”, en Automovilismo N°332, mayo de 1947, p. s/n.
132 ANAHÍ BALLENT

Si por un lado el ACA proponía nuevos espacios al turismo, por otro cambia-
ba la modalidad de aproximación a los existentes. Esta propuesta se observa en la
forma en que la asociación recreaba la relación con una región tradicionalmente
vinculada al turismo de invierno, como era la constituida por las provincias del
Norte, en la medida en que, a lo largo de la década, el estado de los caminos
mejoraba, como se observó en puntos anteriores:

Fuera del verano, se hacen excursiones al Norte en forma de excursiones por ferrocarriles,
ya sean individuales o colectivas, generalmente organizadas por sociedades comerciales, que
forman caravanas de turistas [...] Esta clase de excursiones no son precisamente las más
indicadas para hacer turismo propiamente dicho; son excursiones regimentadas y a horarios
fijos, sin esa libertad de recorrer, estar o descansar cómodamente y que no permite al turista
observar con detenimiento, y por ende, tener una mejor impresión de todo aquello que está a
su alrededor. El turismo al Norte debe ser individual y en automóvil.66

La promoción del turismo efectuada por el ACA fue muy amplia: dentro de
ella, pueden destacarse el relevamiento de caminos, la información a los asocia-
dos, la confección de cartas de turismo y guías de hoteles, hasta producir, en 1943,
el plano caminero completo, a nivel nacional.67 El ACA fue también exitoso en la
incorporación de temas y figuras al aparato estatal en relación con el turismo, ya
que el presidente de la asociación (Camilo Idoate) fue nombrado también director
de la Dirección Nacional de Turismo, poco después de su creación, en 1938.68
Entre la incorporación del ACA al directorio de la DNV y su llegada al organismo
de Turismo, medió la firma de un convenio entre la asociación e YPF que ocuparía
un rol central en la construcción de una imagen para las rutas argentinas: las de las
estaciones de servicio ACA-YPF.

66 “El turismo a las provincias del Norte”, en Automovilismo N°208, marzo 1937, p. s/n.
67 Los relevamientos sobre estados de caminos eran realizados por el ACA desde la década del veinte. A
lo largo de la década de 1930, fue perfeccionado las cartas de turismo, sobre todo a partir de 1938. En 1940
publicaba cuatro, referidas a distintas regiones. En 1940 publicó su guía de hoteles (“Tres cartas de turismo
y otras publicaciones afines ha editado el ACA”; “El ACA publica su primera guía de hoteles”, en Automo-
vilismo N°242, febrero de 1940, p. s/n.). A fines de 1943 comenzó a distribuir su plano caminero nacional (“Del
esquema mimeografiado del camino al gran plano vial de la Argentina”, en Automovilismo N°276, enero de
1943, p. s/n.). Poco después organizó concursos para mejorar las condiciones de hospedaje (“Concurso para
mejoramiento de los hospedajes”, en Automovilismo N°279, abril de 1943, p. s/n.).
68 “El general Camilo Idoarte, presidente del ACA fue designado Director de la Dirección Nacional de

Turismo”, en Automovilismo N°219, marzo de 1938, p. s/n.


KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 133

Un eslogan se repetiría en las tapas de Automovilismo en la década de 1930:


“Haga patria: cómprele a YPF”. Más aún, todo el desarrollo de YPF encontró un
órgano de difusión indirecto en el ACA, quien, simultáneamente, en la primera mitad
de la década estaba construyendo sus primeras cuatro estaciones de servicio en la
Capital Federal. En 1936, la vinculación entre la empresa estatal y la asociación adoptó
una forma precisa al firmarse un convenio entre ambas para la construcción de una
red de estaciones de servicio, que, financiadas de manera indirecta por YPF, serían
construidas y operadas por el ACA, operación que se inscribía en un momento de
conflicto entre YPF y las empresas extranjeras, que habían obligado al gobierno na-
cional a tomar una serie de medidas de control de dumping.69
Dentro de este marco, el ACA llamó a concurso de anteproyectos para la ar-
quitectura de estas estaciones de servicio, que, a través de los proyectos del ing.
Antonio Vilar, y del “muñeco” que identificaba a la asociación, se transformó en
símbolos de la vinculación entre YPF y el ACA, y en hitos de la modernización
territorial emblematizada por la red de caminos.70 Las estaciones de servicio no se
situaron sólo en las grandes ciudades o capitales de provincias, sino que llegaron
en ciertos casos y conjuntamente con el camino, a pequeñas localidades, siempre y
cuando estuvieran vinculadas a la red troncal de Vialidad y se vincularan con el
estímulo del turismo (Humahuaca o Rosario de la Frontera, por ejemplo). Al mis-
mo tiempo, el ACA construyó el imponente edificio de su sede central, inaugurado
en 1942, como parte del plan de estaciones de servicio.

69 Según el convenio, la asociación se comprometía a expender solamente productos de YPF; en

retribución por este “privilegio de exclusividad”, la empresa otorgaba al ACA una bonificación ex-
traordinaria por la nafta vendida, que debía destinarse a la construcción de estaciones de servicio u
otro tipo de instalaciones afines; Benjamín Villafañe, YPF y el ACA. Su significación en la economía
del país, folleto, s/f, c. 1942. No todos los observadores del período acordaban con esta presentación
del vínculo. En 1942 el director del períodico Basta! realizó una presentación ante la justicia solicitan-
do una investigación sobre las relaciones contractuales YPF-ACA, considerándolas de incurrir en
prácticas monopólicas, de dumping y competencia desleal con otros intermediarios de la comerciali-
zación de hidrocarburos. El tema también fue discutido en el Congreso y generó una amplia polémica,
aunque finalmente, a fines de 1943, la justica desestimó la presentación; en Automovilismo N°275,
diciembre 1942, 276, enero 1943, p. s/n.
70 “Entra en su fase definitiva el Plan ACA-YPF”, en Automovilismo N°212, julio 1937, p. s/n.

Sobre la relación ACA - YPF y su arquitectura, ver: Adrián Gorelik, “La arquitectura de YPF: 1934-
1943. Notas para la interpretación de las relaciones entre Estado, modernidad e identidad en la
arquitectura argentina de los años treinta”, en Anales del Instituto de Arte Americano N°25, Bue-
nos Aires, 1987, pp. 97-106. Su ubicación dentro de un contexto más amplio: Anahi Ballent y Adrián
Gorelik, “País urbano o país rural: la modernización territorial y su crisis”, Alejandro Cattaruzza
(director de tomo), Crisis económica, avance del estado e incertidumbre política, tomo VII de la
Nueva Historia Argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2001, pp. 143-200.
134 ANAHÍ BALLENT

El plan fue verdaderamente notable y la acción del ACA igualmente eficaz.


En efecto, a fines de 1943, el ACA contaba con 86 estaciones funcionando, mien-
tras que 65 se encontraban en trámite o en construcción. La velocidad de mate-
rialización del plan es verdaderamente sorprendente; sus virtudes lo transforma-
ron en modelo para otros países latinoamericanos.71 Además, el carácter de tra-
ma integrada formada por las estaciones de servicio fue rápidamente aprovecha-
do para la localización de otro tipo de servicios, que requerían un alcance nacio-
nal: en 1944 se autorizaba a instalar estaciones radioeléctricas en los estableci-
mientos y pistas de aterrizaje anexas a ellos; poco después se incorporaban esta-
fetas postales. El plan era un modelo de integración del territorio nacional, com-
plementando claramente, en el plano arquitectónico y de servicios, el rol de la
red de caminos y el espíritu con el cual se había proyectado. 72
A partir de su vinculación con el estado, el ACA crecería en distintos planos,
pero cabe insistir en que el arraigo social de la asociación era previo a ella: no se
trató de una institución surgida bajo la protección o tutela del estado, sino que,
en todo caso, creció y aumentaba su visibilidad y penetración social a partir de
esta relación. El número de socios aumentó de 27.000 en 1933 a 62.000 en 1943,
aunque una popularidad más amplia descansaba en su historial como principal
promotor de competencias deportivas desde 1910, y como rostro visible, a tra-
vés de las estaciones de servicio, y de su conocido “muñeco”, de las carreteras ar-
gentinas.73 El vínculo fue verdaderamente complejo y particular, ya que, como se
planteó anteriormente, la empresa estatal (YPF) también se benefició al mantenerlo,
pues pudo desentenderse de amplios aspectos de la comercialización de la nafta.

EPÍLOGO: LA TRAMA DE LA PATRIA

En 1942, cuando se inauguraba la estación de servicio de Humahuaca, Benjamín


Villafañe, integrante del directorio de YPF, planteaba:

No es aventurado decir que en los últimos treinta años lo único grande que se ha hecho y se
sigue haciendo por el progreso material del pueblo argentino es la obra de YPF, la de la
DNV, y la del ACA. Podría agregarse también la de Parques Nacionales [...]. En todas

71 “Desenvolvimiento del Plan ACA-YPF al 31-12-43”, en Automovilismo N°291, abril 1944 p. s/n.
72 “El Gral. Farrell se refiere a la trascendencia del Plan de telecomunicaiones y pistas de aterrizaje”,

en Automovilismo N° 292, mayo de 1944, p. 10; “Estafetas postales funcionarán en las estaciones del
ACA”, en Automovilismo N° 298, noviembre de 1944, p. 30.
73 Automovilismo N° 291, abril 1944, p. 49.
KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 135

estas reparticiones se alienta un amor de patria, que nace de la convicción que experi-
menta hasta el último empleado de que se encuentra al servicio de una obra grande en
bien de la colectividad.74

Como se observa en la cita, en los años cuarenta puede verse ya claramente defi-
nida y articulada una trama de instituciones estatales y privadas lideradas por el esta-
do, centradas en el vínculo entre automóvil y camino y sólidamente asociada a la
perspectiva de integración nacional en el plano simbólico.
Este trabajo ha tratado de reflexionar sobre las complejas relaciones entre esta-
do y sociedad que construyeron esa trama en los años treinta, la forma en que el
estado llegó a liderarla y las representaciones sociales que ella generó. Para ello, el
análisis partió de la década anterior, observando el avance del transporte automotor y
la aparición de demandas a favor de la construcción de una red vial como procesos
que crecían en la primera posguerra, momento en el cual la presión del conjunto de
asociaciones y empresas que hemos considerado como una “coalición carretera” en-
contró respuesta en ciertas iniciativas estatales, aunque ellas no llegaron a materiali-
zarse de manera inmediata. En tal sentido, el trabajo destaca que la necesidad guber-
namental de responder a la crisis desatada en 1929 jugó un rol central, ya que llevó a
que el estado asumiera un rol activo en la materia. En efecto, la ley de vialidad de
1932 y la creación de la DNV formaron parte del incremento de la intervención esta-
tal registrado como respuesta a la crisis, en tanto la red caminera era entendida sobre
todo como un medio de abaratar los costos de la producción agrícola.
Sin embargo, a través del análisis de la forma en que la obra de la DNV era pre-
sentada y de los distintos usos que registraba su desarrollo, el trabajo ha tratado de
mostrar que la acción sobre el territorio nacional no era entendida en términos ex-
clusivamente productivos, sino que también era explotada en tanto escenario de emo-
ciones y pasiones colectivas. Así, el automovilismo y la expansión del turismo cons-
tituyeron temas forjadores de imágenes sustentadas en una promesa de integración
nacional basada en la red caminera. Tal promesa encontraría finalmente una imagen
arquitectónica en el Plan de estaciones de servicio ACA-YPF. Como se observa en la
cita que inicia este punto, dicho plan, producto directo de la trama entre estado y
sociedad tejida alrededor del automóvil y del camino, puede ser entendida como cul-
minación de una serie de procesos y como condensación de sus representaciones.
El anhelo y la promesa de integración del territorio nacional que la red cami-
nera y su equipamiento inspiraban no eran elementos nuevos, aunque sí lo eran las
técnicas y modalidades con que tales expectativas eran sostenidas en la década de
1930. En tal sentido, la combinación de preocupaciones tradicionales de la con-
formación del país y elementos modernizadores (automóvil, tecnología, nueva
arquitectura, turismo, deporte, etc.) puede considerarse una clave de lectura de la

74 “Fueron inauguradas estaciones camineras del ACA en Humahuaca y Rosario de la Frontera”, en

Automovilismo N°265, enero de 1942, p. s/n.


136 ANAHÍ BALLENT

acción estatal analizada y la base de la notable capacidad de actuar como disparadora


de la imaginación social que ostentó la obra vial en los años treinta.
Este trabajo se ha centrado en el plano de las representaciones de acción esta-
tal y en la relación entre estado y sociedad; se ha tratado de desarrollar así una
perspectiva cultural sobre la acción estatal, en particular sobre las obras públicas.
Dentro de la misma perspectiva, pero poniendo el acento en otros aspectos de la
constitución de esta particular política pública, se abren numerosos temas de estu-
dio a los cuales este trabajo, por razones de espacio y orientación, no ha podido
hacer referencia. Tales temas se vinculan sobre todo al significado de la acción de
la DNV como emprendimiento modernizador dentro del aparato estatal, a la con-
formación de su cuerpo burocrático y a las complejas relaciones entre política y
técnica albergadas en su seno.
KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 137

RESUMEN

El artículo toma como objeto la creación y la obra inicial de la Dirección Nacio-


nal de Vialidad dentro del Ministerio de Obras Públicas. Se trata de examinar diver-
sos aspectos del proceso social de construcción de representaciones alrededor de la
red vial en la década de 1930, mediante el análisis de la trama de actores –sobre todo
el Estado y las organizaciones públicas no estatales– y de políticas públicas que in-
tervinieron en él y de la dimensión territorial de esas representaciones, tomando
como centro la vinculación entre automóvil, camino y territorio nacional.

Palabras clave: obras públicas - historia arquitectura - historia del territorio -


sistema de caminos - cultura del automóvil

ABSTRACT

The article focuses on the creation and the initial works of the National Agency
for Roads within the Ministry of Public Works in order to examine several aspects of
the social process of construction of representations of the road and highway system
in the 1930s. In the first place, the article analyzes the agents –aboye all the State and
the non government public organizations– and the public polices which intervened in
it. Second, it examines the territorial dimension of those representations, taking as
its center the relationship between the automobile, the road, and the national territory.

Key words: architectural history - history of the territory - highway and road
system - autornobile culture
KILÓMETRO CERO: LA CONSTRUCCIÓN DEL UNIVERSO SIMBÓLICO... 139

Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”


Tercera serie, núm. 27, 1er. semestre 2005.

CATOLICISMO Y PERONISMO:
DEBATES, PROBLEMAS, PREGUNTAS

MIRANDA LIDA*

Han sido dos las preocupaciones que han predominado en la historiografía re-
ligiosa que comprende las décadas que preceden al arribo del peronismo; ellas han
marcado el rumbo de las diversas interpretaciones a las que dio lugar la relación
entre Perón y la Iglesia católica. En primer lugar, se cuenta la compleja y por mo-
mentos conflictiva relación que la Iglesia sostuvo con el Estado, donde se ha desta-
cado principalmente la preocupación por estudiar los debates en torno a las leyes
laicas de la década de 1880.1 En este contexto pudo advertirse el desarrollo de una
opinión católica sobre cuya debilidad todos parecían coincidir: la “batalla” de los
años ochenta concluyó en una derrota que, para algunos, sólo podía anunciar la
necesidad de estrechar filas a fin de preparar la “revancha”;2 para otros, permitía
en cambio entrever la tímida presencia de un discurso antiliberal que encontra-
ría más tarde su plena maduración.3 De cualquier forma, la Iglesia se presenta-
ba como una entidad bastante escuálida, más vinculada al pasado que al presen-
te, poco consolidada institucionalmente e incluso podía considerársela en re-
troceso, bajo el impulso de la secularización; el Estado en cambio hablaba un
lenguaje típicamente moderno y se hallaba en franco proceso de expansión. En

* Becaria posdoctoral Universidad Torcuato Di Tella - CONICET. Agradezco los comentarios y observa-
ciones de Luis Alberto Romero, Lila Caimari y Roberto Di Stefano.
1 Néstor Tomás Auza, Católicos y liberales en la generación del ochenta, Buenos Aires, 1981; Carlos

Floria, “El clima ideológico de la querella escolar”, en Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo, La Argentina del
ochenta al Centenario, Buenos Aires, 1980, pp. 851-869.
2 Cayetano Bruno, La década laicista en la Argentina (1880-1890). Centenario de la ley 1420,

Buenos Aires, 1984.


3 Loris Zanatta, “De la libertad de culto posible a la libertad de culto verdadera. El catolicismo en la

formación del mito nacional argentino, 1880-1910”, en Marcello Carmagnani (ed.), Constitucionalismo y
orden liberal (1850-1920), Torino, 2000.
140 MIRANDA LIDA

segundo lugar, cobró relevancia para los historiadores el modo en el cual la Igle-
sia católica, aún con grandes contratiempos dada su ingénita debilidad institucio-
nal, hizo frente al desarrollo de la cuestión social, desde la formación de los
Círculos de Obreros hasta la creación de la UPCA; esta preocupación abrió un
abanico de problemas donde se destaca particularmente la relación entre la Igle-
sia y la sociedad, relación que se teje a través de las múltiples asociaciones de
laicos que se involucraron en dar respuesta a la cuestión social.4 En este contex-
to, la relación con el Estado no mereció particular atención; tal es así que el
conflicto que involucró la designación de De Andrea para el arzobispado de Bue-
nos Aires en 1923 ha permanecido prácticamente sin ser estudiado. 5 Pero a me-
dida que nos adentremos en el período de entreguerras la cuestión social comen-
zará a perder relevancia en la historiografía religiosa, no sólo porque la Iglesia,
en abierto contraste con la debilidad heredada, se sumergió en un proceso de
consolidación institucional que sin duda tenía otras prioridades; sino también
porque el Estado comenzó a ganar terreno ante la cuestión social, entre otras, y
terminaría, en los años peronistas, por quitarle a la Iglesia lo que aún conservara
de protagonismo. Para cuando arribemos a los años peronistas, pues, la historio-
grafía religiosa tendrá que lidiar nuevamente con el Estado, presencia que Auza
sin embargo había podido casi pasar por alto en sus estudios sobre el catolicismo
social de las primeras décadas del siglo XX. Y tendrá que aceptar, quiera o no, la
presencia de una Iglesia institucionalmente consolidada y robustecida. En este
contexto se inscribe el amplio espectro de interpretaciones que se han desarro-
llado en torno a la relación entre el catolicismo y el peronismo, a cuya revisión y
discusión dedicaremos las siguientes páginas.
No existe otro período de la historia de la Iglesia argentina que en los últimos
años haya concitado tanta atención por parte de los historiadores como el conflic-
to desatado con el gobierno de Perón a partir de 1954, y es por ello que este tópico
concentra la más amplia variedad de interpretaciones. Entre ellas, y en pocas pala-
bras: hay quien ha investigado el tema porque veía en el peronismo la más clara
expresión de una tradición regalista, de profundas raíces en la historia política ar-
gentina, que no podía sino conducir al más desembozado conflicto con la Iglesia
dado que aspiraba a someter bajo su órbita a la propia jerarquía eclesiástica;6 por
otro lado, se ha estudiado el modo en que la Iglesia contribuyó a forjar un mito de la
“nación católica” que sirvió de argamasa ideológica capaz de sellar su aproximación

4 Néstor Tomás Auza, Aciertos y fracasos del catolicismo argentino, Buenos Aires, 1987; del mismo

autor, Corrientes sociales del catolicismo argentino, Buenos Aires, 1984 y Los católicos sociales. Su
experiencia política y social, Buenos Aires, 1984.
5 Sólo mereció la atención de una muy documentada tesis de licenciatura: José Luis Kaufmann,

Beligerancia del gobierno nacional con motivo de la provisión del arzobispado de Buenos Aires
(1923-1926), UCA, 1993.
6 Roberto Bosca, La Iglesia nacional peronista. Factor religioso y factor político, Buenos Aires, 1997.
CATOLICISAMO Y PERONISMO: DEBATES, PROBLEMAS, PREGUNTAS 141

al Ejército, mito en el cual paradójicamente la propia Iglesia quedaría atrapada a la hora


del ascenso de Perón al poder;7 se ha interpretado por otra parte que el peronismo
tendió a constituir una religión política que, a medida que se afianzara en el poder,
lograría monopolizar el espacio simbólico al precio de desplazar de él a la religión
católica;8 se ha advertido que tanto la Iglesia católica como el peronismo tendrían se-
rias dificultades para convivir dado que aspiraban a controlar bajo su órbita la sociedad
toda, de tal modo que el resultado de la relación entre ambos no podía ser sino la con-
frontación;9 se ha puesto el acento en subrayar el hiato que existiría entre la no siempre
clara relación entre la Iglesia y el Estado de los primeros años peronistas y el virulento
conflicto final, de tal modo que las consecuencias no podrían deducirse sin más de los
antecedentes, por lo cual la explicación del conflicto resultará menos lineal de lo que
más de una vez se ha afirmado.10 Veamos más detenidamente cómo construyen sus
argumentos respectivos cada uno de los autores mencionados, qué aspectos del proble-
ma han contribuido a iluminar y cuáles quedarían aún en la sombra.
Tanto Roberto Bosca como Loris Zanatta, aunque desde perspectivas a todas
luces antitéticas, tienen en común el hecho de escribir a la luz del Concilio Vatica-
no II. Bosca repudia los aires renovadores que el Concilio introdujo en la Iglesia y
rechaza cualquier tipo de eclesiología que atente contra las prerrogativas de la sede
romana dado que, según Bosca, la Iglesia católica es por definición universal y
cualquier discusión de este principio introduce el riesgo del cisma. A la universa-
lidad, además, debemos añadirle otro ingrediente en la concepción eclesiológica
de Bosca: la ahistoricidad, dado que se trata de una Iglesia que se considera perfec-
ta y se resiste a someterse al tiempo histórico, por lo demás profano. Por ello, el

7 Loris Zanatta, Perón y el mito de la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del

peronismo 1943-1946, Buenos Aires, 1999; y del mismo autor, “La reforma faltante. Perón, la Igle-
sia y la Santa Sede en la reforma constitucional de 1949”, Boletín del Instituto de Historia Argen-
tina y Americana Dr. Emilio Ravignani, Nº20 (1999), pp. 111-130. También, Roberto Di Stefano y
Loris Zanatta, Historia de la Iglesia argentina. Desde la conquista hasta fines del siglo XX,
Buenos Aires, 2000, tercera parte.
8 Mariano Plotkin, Mañana es San Perón. Propaganda, rituales políticos y educación en el régi-

men peronista 1946-1955, Buenos Aires, 1993.


9 Susana Bianchi, Catolicismo y peronismo. Religión y política en la Argentina 1943-1955,

Buenos Aires, 2001; de la misma autora: “La conformación de la Iglesia católica como actor político-
social: el episcopado argentino 1930-1960”, en S. Bianchi y M. E. Spinelli, Actores, proyectos e
ideas en la Argentina contemporánea, Tandil, 1997, pp. 17-48; “La conformación de la Iglesia
católica como actor político-social. Los laicos en la institución eclesiástica: las asociaciones de
élites (1930-1960), Anuario IEHS, 17 (2002), pp. 143-161, y “La construcción de la Iglesia Católica
argentina como actor político y social, 1930-1960”, ponencia, coloquio Católicos en el siglo: cultu-
ra y política, Universidad Nacional de Quilmes, 27 y 28 de mayo de 2004.
10 Lila Caimari, Perón y la Iglesia católica. Religión, Estado y sociedad en la Argentina 1943-1955,

Buenos Aires, 1994; y de la misma autora, “El peronismo y la Iglesia católica”, en Nueva Historia
Argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2002, vol. 8, pp. 443-479.
142 MIRANDA LIDA

conflicto con el peronismo podrá, según Bosca, encontrar sus raíces en el propio
Constantino: no es azaroso el “excursus histórico” con que el autor nos introduce en
su libro. Semejante reafirmación de una concepción más próxima al primer Concilio
Vaticano que al segundo hace que en el libro de Bosca el peronismo se confunda con
cualquier eclesiología que haya disputado la autoridad de Roma en la Iglesia univer-
sal; no es casual que el autor insista en subrayar que el peronismo “prefiguraría” la
teología de la liberación. En este sentido Bosca señala que Perón aspiraba a que la
Iglesia católica recuperara sus más puras raíces evangélicas, al igual que lo han hecho
tantos otros movimientos reformistas a lo largo de la historia de la Iglesia, pero este
tipo de argumentos poco nos explica en definitiva acerca del peronismo, y menos
todavía acerca de las particulares relaciones que éste sostuvo con la Iglesia. Claro
está que desde su concepción no hay necesidad de explicar demasiado, en verdad,
dado que la Iglesia sólo puede ser concebida como una entidad siempre igual a sí
misma. Y ni siquiera el peronismo es sometido a una interpretación de naturaleza
histórica: si el peronismo se convirtió en una religión política que construía sus pro-
pios rituales –argumento que el autor retoma a su modo de Plotkin– ello es explica-
do por Bosca por su naturaleza eminentemente cesarista, sin ninguna otra considera-
ción acerca de la historia de la consolidación del régimen y su lucha por conquistar
crecientes dosis de poder. La explicación, entonces, del conflicto desencadenado
entre Perón y la Iglesia es tan universal y ahistórica como las premisas de las que
parte el autor: en definitiva, ha sido producto de la sempiterna vocación de los pode-
res seculares por invadir la esfera de los asuntos eclesiásticos, al riesgo de provocar
un cisma. Así, para Bosca la confrontación entre la Iglesia y el peronismo era inexo-
rable, y si la Iglesia no tuvo una actitud hostil en los primeros años de Perón ello se
debería a una siempre ahistórica –y escasamente explicativa– apelación a la caridad
cristiana que le impediría adoptar tal actitud, aún en la adversidad.
A diferencia de Bosca, bien distinta es la interpretación de Loris Zanatta, que se
halla lejos de renegar del Concilio Vaticano II. El autor nos presenta una Iglesia dis-
puesta a llevar adelante, a toda costa y prácticamente sin medir las consecuencias, un
proceso de recristianización de una sociedad moderna que ha ingresado en un franco
proceso de secularización que Zanatta da por descontado; cuenta para ello con el
respaldo de la Santa Sede, dado que a lo largo del siglo XIX la Iglesia argentina habría
entrado, más tarde o más temprano, en un vasto proceso de romanización: no casual-
mente es éste un objeto de discusión por lo demás frecuente en la historiografía
posconciliar. El argumento de Zanatta y su interpretación acerca de la relación entre
la Iglesia y el peronismo se deduce de estas premisas. Con una clara actitud revanchista,
a fin de revertir las consecuencias del proceso de secularización que trajo consigo la
modernidad, la Iglesia estuvo desde la década de 1930 dispuesta a todo, y buena prue-
ba de ello es que haya adoptado una “vía militar hacia la cristiandad”, según nos ha
revelado Zanatta en sus trabajos. Pero en 1943, cuando todo parecía indicar que la
meta había sido exitosamente alcanzada, esta vía habrá de revelarse crecientemente
CATOLICISAMO Y PERONISMO: DEBATES, PROBLEMAS, PREGUNTAS 143

problemática dado que colocará en jaque la propia autonomía de la Iglesia, cada vez
más incapaz de guardar distancia con respecto al orden político. Si este problema
fue apenas advertido a la hora en que Perón asumía el gobierno, a medida que el
peronismo se consolide en el poder la balanza habrá de desequilibrarse en detri-
mento de la Iglesia. Tal es así que la reforma constitucional de 1949 constituyó
según Zanatta un punto de inflexión en esta historia dado que mantuvo intacto, con-
tra las expectativas de la Santa Sede, el siempre polémico sistema de patronato. Así
comenzó a manifestarse un fuerte deterioro en las relaciones con el papado que
habría sido difícil de imaginar en 1934, y que según Zanatta contribuyó decidida-
mente a erosionar las relaciones entre Perón y la Iglesia católica. La reforma de
1949 puso en marcha, pues, una bomba de tiempo. No puede negarse que la inter-
pretación de Zanatta se desprende a todas luces de sus premisas: la importancia que
el autor le atribuye a aquella reforma constitucional, a la que considera un hito que
señala un antes y un después, es un producto del papel clave que la romanización
juega en su argumento. No casualmente, son tres los principales actores que Zanatta
tiene en cuenta en su análisis: la Santa Sede, la Iglesia argentina y el Estado.
Pero bien podemos preguntarnos si la harto reiterada tesis de la romanización
no encubre más de lo que explica. Veamos algunos ejemplos: mucho se ha insis-
tido en la importancia que el Congreso Eucarístico Internacional de 1934 tuvo
para la historia de la Iglesia dado que entre otras cosas lo trajo a Pacelli a la
Argentina fortaleciendo de este modo los vínculos con el Vaticano; pero se ha
pasado por alto que fueron laicos los que se ocuparon de organizar aquel Congre-
so; fue especialmente una destacada dama católica –Adelia Harilaos de Olmos–
la que más contribuyó a preparar la recepción del futuro Pío XII, en una propor-
ción todavía mayor que la del propio presidente Justo, esfuerzo que le fue retri-
buido con creces por la Santa Sede dado que le concedió un título pontificio de
nobleza, por entonces prestigioso. No era simplemente la relación entre el Esta-
do argentino y la Santa Sede lo que estaba en juego en aquella ocasión; el presti-
gio que los laicos de familias distinguidas esperaban ganar para sí con tales obras
no es menos significativo, pero no puede ser explicado mediante la tesis de la
romanización. Una segunda consideración: siquiera la radicalización del discur-
so católico en la década del 30 –del cual es buena prueba la construcción del mito
de la nación católica que Zanatta nos presentó de manera tan convincente– puede
explicarse por la simple obra de la romanización, que habría contribuido a acentuar
el sesgo revanchista de la Iglesia. ¿No ocurrió más bien que el discurso revanchista
adquirió creciente significación para la sociedad porque ésta se hallaba inmersa
en un profundo proceso de transformación? En 1919 fueron pocos los que se toma-
ron seriamente la advertencia formulada por De Andrea de que los bárbaros se halla-
ban a las puertas de Roma; hacia fines de la década del 30, en cambio, se desarrolló un
vasto proceso de polarización de la sociedad que fue importante caldo de cultivo para
que calara hondo una fórmula como “Dios o Lenin”, desde hacía tiempo difundida.
144 MIRANDA LIDA

La sociedad fue polarizándose de tal modo que el discurso católico cobraría pleno senti-
do para ella, y así, en 1943 ya no se podía ser indiferente ante el catolicismo: o se estaba
a favor o se estaba en contra. No es pues de extrañar que en el propio Perón se sintieran
los ecos del discurso católico; no obstante, no debe interpretarse que Perón buscara
congraciarse con la Santa Sede: quizás sólo buscara congraciarse con sus eventuales
interlocutores. En fin, cabe preguntarse si la tesis de la romanización no se convierte
en una explicación que corre el peligro de sobredimensionar el papel desempeñado por
la Santa Sede, a riesgo de perder de vista las transformaciones sociales y el sentido que
el discurso –sea político, sea católico– adquiere en un determinado contexto.
Por un camino diferente incursiona Mariano Plotkin a la hora de indagar algunos
de estos problemas, si bien debemos comenzar por señalar que no ha sido su propó-
sito elaborar una interpretación acerca de las relaciones entre la Iglesia católica y el
peronismo. Lejos de ello, Plotkin se propuso estudiar los diversos rituales que die-
ron forma al “imaginario político peronista” –inspirado en buena medida en la obra
de Mona Ozouf–, prestando particular atención a las transformaciones sufridas por la
relación entre el Estado y la sociedad en los años de Perón. Síntoma de estas trans-
formaciones fue la multiplicación de las tareas que se arrogó el Estado, ocupando
todos los espacios de la vida social: en este sentido Plotkin señala que Perón tenía
una concepción totalitaria de la política; y sobre la base de esta concepción, Perón
terminaría por calificar de enemigos a todos aquellos de los que podía dudar acerca
de su lealtad. En este contexto, la construcción de un imaginario político peronista –
que en especial habrá de verificarse en la politización de la escuela, en los diversos
rituales políticos y en las organizaciones de las mujeres y de la juventud– se tornaría
crecientemente excluyente, al precio de restarle legitimidad a cualquier otro sistema
simbólico que apelara a valores que ante todo no expresaran abiertamente la lealtad al
régimen. En este último caso quedaría comprendido, claro está, el catolicismo. Se-
gún Plotkin, Perón había podido presentarse en 1946 como el “candidato católico”;
no obstante más tarde la doctrina peronista reemplazaría a la católica provocando un
cortocircuito entre ambas. De este modo, y dado que Plotkin considera al peronismo
como una “religión política” que puso en marcha diversos mecanismos para sacrali-
zar el poder, su estudio termina por ofrecer, aunque el autor no se lo haya propuesto
explícitamente, una interpretación acerca de las relaciones crecientemente conflic-
tivas entre el peronismo y la Iglesia católica; así el autor concluye que la construc-
ción de una religión política peronista, convertida en un sucedáneo del catolicismo,
no podía sino desembocar en una fuerte tensión entre la Iglesia católica y el peronis-
mo. Es éste el punto en el cual el argumento de Plotkin resulta menos convincente: la
peronización del discurso político y la formación y consolidación de un hermético
imaginario político peronista, con sus consabidos rituales, ¿bastan para explicar por
qué la Iglesia Católica pasó a quedar crecientemente identificada a partir de 1954
con el antiperonismo, que es el nudo de la cuestión? ¿Cuál es el camino que nos
conduce de la causa a la consecuencia?
CATOLICISAMO Y PERONISMO: DEBATES, PROBLEMAS, PREGUNTAS 145

Según Bianchi, por su parte, este camino es largo y está atravesado por una mul-
tiplicidad de tensiones y disputas que se manifestarán en diversos planos y se irán
acumulando unas sobre otras; en este sentido, Bianchi se halla lejos de suscribir la
idea de Zanatta de que es posible identificar un único punto de inflexión en la his-
toria de la relación entre Perón y la Iglesia católica. Origen de estas múltiples, y
por momentos casi imperceptibles, tensiones era según Bianchi el hecho de que
tanto la Iglesia, embarcada en su proyecto de recristianizar la sociedad, como el
peronismo, compartían el mismo afán por controlar bajo su órbita la totalidad de la
vida social: la enseñanza, la familia, la beneficencia, las diversas expresiones cul-
turales, las costumbres, las propias prácticas religiosas... en cualquier rubro que
consideremos los roces y las tensiones se multiplicarían por doquier. La Iglesia,
que aspiraba a transformar de raíz la sociedad en un sentido cristiano, contaba se-
gún Bianchi con firmes bases sobre las cuales sustentar tamaña aspiración dado
que había sido protagonista desde los años 30 de un fuerte proceso de
reordenamiento institucional impulsado por el arzobispo Copello, que la convirtió
en un actor social y político que ya no podrá ser pasado por alto. Una serie de
transformaciones permitió que la Iglesia se convirtiera en un actor de importantes
proporciones: la consolidación del cuerpo episcopal de la Iglesia argentina que,
luego de la multiplicación de diócesis que se verificó en 1934, se vio súbitamente
ampliado y fortalecido; el propósito de constituir un cuerpo eclesiástico sólido y
sin fisuras, reduciendo el peso de los particularismos, en pos de fortalecer el “es-
píritu de cuerpo” de un actor que, según Bianchi, debe ser concebido –en los térmi-
nos de François-Xavier Guerra– bajo una forma antigua, premoderna; el
disciplinamiento de los laicos, y su sujeción a la autoridad, es otro problema que
opera en este mismo sentido: así, tanto los “Cursos de Cultura Católica” como la
revista Criterio se vieron coartados en su autonomía cuando la autoridad eclesiás-
tica sometió aquellas iniciativas al control estrecho de la jerarquía; el retorno a una
forma medieval de liturgia bajo la forma del canto gregoriano, que habría contri-
buido a resaltar la solidez y el carácter jerárquico de la Iglesia. En fin, según Bianchi,
la Iglesia se convirtió en un actor social y político compacto, ordenado bajo una
forma de gobierno que lindaría cada vez más con la monarquía, una vez que el poder
quedó depositado en las férreas manos de Copello. Una vez así constituida, es com-
prensible que la Iglesia se hallara poco dispuesta a hacer concesiones de ningún tipo.
Entre una Iglesia que gozaba de un renovado espíritu de cuerpo, y que era capaz de
elaborar un proyecto destinado a cristianizar la sociedad con el cual pretendía transfor-
marla de raíz, y un Estado cada vez más controlado bajo la férula de Perón, la relación
no podía de ningún modo ser amable; el desenlace final no es difícil de imaginar.
Pero, ¿cuán antiguo puede ser un actor que no vacila en elaborar un proyecto
para transformar de raíz una sociedad, sea en el sentido que sea? Los actores de
tipo antiguo tienden más bien a respetar los usos consuetudinarios y las costum-
bres inmemoriales, en los que hallan la fuente de su legitimidad; son los actores
146 MIRANDA LIDA

modernos los que pretenden barrer con esos hábitos, a los que consideran vetustos, o
incluso degradados por el propio uso. ¿Era de por sí antiguo el proyecto de
recristianizar la sociedad, una sociedad moderna y secularizada que no podía sino
hallarse en sus antípodas? No necesariamente. Para el caso no importaba cuánto hu-
biera avanzado la sociedad en su marcha hacia la secularización, pero era necesario
hacer como si se tratara de un hecho consumado para que aquel proyecto tuviera
sentido, y proceder entonces a barrer con el pasado; lo sorprendente del caso es que
este gesto de negar el pasado es bien propio de todo revolucionario moderno... En
fin, el proyecto de cristianizar la sociedad era el fruto de una actitud moderna, aunque
esta última estuviera formulada en un lenguaje arcaico. ¿Era a su vez antigua la forma
de gobierno sobre la que se vio calcada la Iglesia en los años de Copello? Un poder
unipersonal casi “monárquico” puede tener como contracara, si se quiere paradójica,
una sociedad democrática e igualitaria, en la cual se tornan difusas las distinciones
que la atraviesan. En este contexto cabe preguntarse si la Iglesia, con Copello a la
cabeza, no demostró acaso una fuerza democrática sin precedentes para integrar a las
masas: no fueron los fieles adscriptos a cada parroquia y a cada congregación, sino
las grandes masas católicas, homogéneas e indiferenciadas, las que le dieron su
tono al Congreso Eucarístico de 1934. ¿Puede decirse que esto fuera antiguo? Asi-
mismo, no hay paradójicamente nada más “moderno” e igualitario que el uso que se
le quería dar al canto gregoriano en el siglo XX: en él todas las voces se confundían
en la masa sin ninguna de ellas destacarse plenamente; de allí que haya sido consi-
derado desde temprano como el género de liturgia más apropiado para una Iglesia
donde ningún laico debía ocupar el centro de la escena: sólo la masa casi anónima
de fieles que al unísono lleva adelante los cánticos. Si tenemos en cuenta que este
tipo de prácticas, bien propias de una Iglesia de masas, se repetía en cada procesión
y en cada peregrinación en el espacio público, ¿no era éste un excelente ámbito de
aprendizaje para forjar una cultura política a todas luces moderna? Más que en
cualquier otra parte, allí se aprendía a salir a la calle, a marchar y cantar al unísono.
Cabe preguntarse si Perón, acaso, no tenía mucho que envidiarle a la Iglesia, o
incluso que aprender de ella. ¿Qué tan extraño, o incluso antitético, era el peronis-
mo con respecto al catolicismo? ¿No hablaban acaso un mismo lenguaje de masas?
Y si la relación entre ambos presenta tantas aristas complejas, ¿cómo se explican
entonces los virulentos conflictos de 1954-55?
A esclarecer este problema contribuyó Lila Caimari, cuyo trabajo se propone
explicar cómo fue que la construcción de una identidad política antiperonista re-
sultó inseparable del catolicismo en el último trecho del gobierno de Perón, con-
virtiéndose la Iglesia de este modo en el blanco hacia el cual Perón dirigiría sin
ningún prurito todos sus dardos. Según la autora, las raíces de este proceso no se
encuentran más que en la agudización del conflicto político desencadenado en los
últimos años de Perón, y en este sentido Caimari descarta cualquier explicación
que pretenda identificar las causas del conflicto entre el peronismo y la Iglesia
CATOLICISAMO Y PERONISMO: DEBATES, PROBLEMAS, PREGUNTAS 147

católica en la propia naturaleza de los actores en pugna, o en rasgos profundos que


definirían de una manera sustancial dos actores que habrían estado destinados de
antemano a chocar. Podríamos entonces interpretar que la causa del conflicto no
se halla ni en el cesarismo en el que estaría fundado el poder político (Bosca); ni en
el carácter eminentemente revanchista de la Iglesia católica, incapaz de convivir
con cualquier tipo de poder estatal que pretendiera un mínimo de autonomía
(Zanatta); ni en una concepción totalitaria de la política que habría conducido al
peronismo a pretender ejercer un férreo monopolio de lo simbólico, vaciando de
sentido al catolicismo (Plotkin); ni en la competencia entre dos modelos por natu-
raleza antitéticos de sociedad, uno de ellos construido por la Iglesia y el otro por el
propio peronismo (Bianchi)... En el trabajo de Caimari, cada uno de estos factores
merece, sin duda, legítimamente ser tenido en cuenta en el análisis; no obstante,
ninguno de ellos podría ser identificado como la causa que habría desencadenado
el virulento conflicto de los años 1954-55.
En pocas palabras, entonces: el desenlace conflictivo no puede deducirse de
cualquier atisbo de anticlericalismo que uno pudiera identificar, incluso, en los
tramos iniciales del peronismo; sin duda los hubo, y ellos podrán ser interpretados
en múltiples sentidos, pero ellos no bastan para explicar por qué una consigna cató-
lica como “Jesús es Dios”, voceada en 1950 en ocasión del Congreso Eucarístico,
pudo convertirse en una consigna antiperonista. Según Caimari, pues, si aquella
consigna y otras subsiguientes adquirieron esa significación, ello fue el producto
de las condiciones políticas del régimen que, desde esa fecha en adelante, somete-
ría a la sociedad a un profundo proceso de polarización en el cual la identidad
peronista se radicalizaría, sin estar dispuesta a tolerar ambigüedades: o se era
peronista o se era antiperonista. La creciente polarización del lenguaje político,
que sólo podía expresarse bajo la lógica amigo-enemigo, delimitó claramente
los campos y en este contexto una procesión católica pudo transformarse en una
manifestación antiperonista. No es difícil imaginar cuál fue la respuesta de Pe-
rón ante el enemigo desplegado en las calles, pero esta respuesta no debe leerse
como el fruto maduro de eventuales atisbos anticlericales que ya habrían comenza-
do a asomar en los años previos; en este sentido Caimari señala con agudeza que la
quema de las iglesias encuentra su antecedente más verosímil en la que sufriera el
Jockey Club en 1953 dado que en el fondo ambos episodios no eran sino el despia-
dado ataque contra cualquier fantasma, real o imaginario, de la oposición que Pe-
rón tanto temía. No había nada en la poco transparente relación entre la Iglesia y el
Estado peronista de 1946 que pudiera anunciar el desenlace final. De este modo, la
explicación que ofrece Caimari se despoja de todo tipo de teleología.
Aun con sus diversos matices, las interpretaciones que hemos revisado han
estudiado la historia de la Iglesia en el período peronista con el propósito de expli-
car las relaciones que ésta tenía con el Estado; la Iglesia de este período concitó
tanta atención por parte de los historiadores como el propio Estado, y lo mismo
148 MIRANDA LIDA

ocurrió con el discurso católico, que cobró importancia por la relación que tenía
con el discurso político. Que la jerarquía eclesiástica y el Estado se hayan convertido
en los casi exclusivos protagonistas de la historia de la Iglesia que se ha escrito para
el período peronista no es un dato menor: el Estado se manifestaba como una reali-
dad tan fuerte e inobjetable, que la Iglesia por la cual cabía preguntarse parecía cons-
truida a su imagen y semejanza. De este modo, Perón, Copello y sus respectivos
séquitos, pasaron a ser los protagonistas de aquellas interpretaciones; sin embargo
salta a la vista que ni el arzobispo Espinosa ni el Estado lo eran en la historia de la
Iglesia que reconstruyó Auza para las primeras décadas del siglo XX. Se pone énfasis
así en la existencia de una discontinuidad radical en la historia de la Iglesia, y esta
discontinuidad entre la Iglesia de las primeras décadas del siglo y la que se construyó
en la década de 1930, suele ser presentada en la historiografía como una certeza tan
evidente que en gran medida no mereció una discusión ulterior. 11 ¿No será acaso
necesaria esta discusión? La propia trayectoria de Copello parece sugerirlo: su pasa-
je desde la muy pujante diócesis de La Plata, en las primeras décadas del siglo XX, a
la arquidiócesis porteña quizás no sea casual; la diócesis de La Plata, en la que se
hallaban emplazadas las estancias de los grandes terratenientes, vivió en las primeras
décadas del siglo un proceso de desarrollo institucional tanto o más impresionante
que el que tuvo décadas más tarde la arquidiócesis de Buenos Aires.12 ¿Qué tan débil
era la Iglesia que se hallaba a caballo del cambio de siglo? No se trata simplemente de
medir –¿con qué vara?– los éxitos o fracasos en el proceso de consolidación de la
Iglesia; tanto o más importante es considerar quién es el artífice de este proceso.
Cuando arribemos a los años 30, el papel del Estado estaba ya ingresando en una
profunda redefinición en relación con la sociedad, y ello habrá de redundar en el
modo en que se configura la Iglesia: el Estado tenía herramientas con qué hacerlo,
dado que podía intentar modificar mediante leyes las jurisdicciones eclesiásticas, así
como también incrementar las partidas del presupuesto destinadas al culto. Para avan-
zar sobre la sociedad, el Estado necesitaba transformar una Iglesia que tenía lazos a
veces más estrechos, a veces más débiles, pero siempre múltiples, con la sociedad.
En fin, a pesar de los importantes esfuerzos que se han hecho en los últi-
mos años, la historia de la Iglesia en el período peronista todavía permanece
abierta: no sólo al debate historiográfico –que exigirá por parte del historiador
el compromiso de no transformarlo en un debate teológico o ideológico–, sino
también a su reinterpretación.

11 El único trabajo que sugirió la necesidad de indagar las transformaciones en el largo plazo en la

historia de la Iglesia desde fines del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX es el de Luis Alberto
Romero, “Una nación católica 1880-1946”, en Carlos Altamirano (ed.), La Argentina en el siglo XX,
Buenos Aires, 1999, pp. 308-313.
12 Un cuadro de situación de las transformaciones sufridas por la diócesis de La Plata puede verse en

la compilación de documentos extraídos del Boletín Eclesiástico de la diócesis de La Plata, que elaboró
José Luis Kaufmann, Dos nombres para una historia (1898-1921), Arzobispado de La Plata, 2001.
CATOLICISAMO Y PERONISMO: DEBATES, PROBLEMAS, PREGUNTAS 149

Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”


Tercera serie, núm. 27, 1er. semestre 2005.

RESEÑAS

María Silvia Di Liscia, Saberes, terapias y prácticas médicas en Argentina


(1750-1910), Madrid, CSIC, 2002, pp. 372.

El libro que reseñamos, reelaboración de una tesis doctoral defendida en


el Instituto Ortega y Gasset de Madrid, se ocupa de una temática relativamente
poco explorada en la Argentina, a lo largo de un período que supera el siglo y
medio. Estas dos características ya constituyen por sí mismas un desafío. Sin
embargo, lo más valioso del libro de Di Liscia se encuentra en la particular
perspectiva de la autora. No es éste un texto de historia de la ciencia ni mucho
menos de medicina folclórica: lo que Di Liscia se propone es observar y eva-
luar son las interacciones y convergencias entre sistemas médicos –diferen-
ciando el “científico”, el “indígena” y el “popular”– en el espacio geográfico
más “moderno” de la Argentina. Se trata, entonces, de afrontar la historia de la
formación de un campo profesional en oposición, pero a también a partir de
sucesivas reapropiaciones, con otros conjuntos de saberes.
La complejidad que supone este enfoque rechaza el relato lineal y ello queda
reflejado en la estructura del texto. Los capítulos no se ajustan estrictamente a
un orden cronológico, más allá de que en la segunda parte del libro (a partir del
cuarto capítulo), por las problemáticas que aborda, el énfasis recaiga en el perío-
do posterior a la segunda mitad del siglo XIX. Justamente, uno de los principales
aciertos de esta obra es la traza de líneas de investigación, hasta ahora escasa-
mente atendidas, que exigen volver la mirada hacia atrás, recoger antecedentes,
completar procesos para permitir una lectura de largo plazo.
¿Cuáles son las principales líneas de investigación que se proponen en Sabe-
res...? A nuestro juicio, una de las estructuras portantes del texto consiste en
recoger la percepción acerca de la “medicina del otro” y, más en general, de la
150 RESEÑAS

alteridad cultural. Si bien por las fuentes elegidas (y disponibles) tal reconoci-
miento se produce en una sola dirección, el análisis de Di Liscia resulta un
aporte revelador y novedoso. Así, si por un lado el otro cultural es menospre-
ciado por bárbaro e ignorante y relegadas sus prácticas médicas al terreno de la
pura magia, en otro plano, queda al descubierto una valoración selectiva de los
saberes subalternos y, sobre todo, una apropiación de los mismos por parte de
quienes dicen detentar la “verdadera” ciencia. Como sostiene la autora, es a
través de los informantes indígenas que los jesuitas aprenden las cualidades
curativas de ciertas plantas (no obstante insistan en la “falsa ciencia” ) y es la
valoración positiva de los saberes médicos, de la higiene y de determinadas
terapias la que sustenta las posturas integracionistas (finalmente derrotadas en
la segunda mitad del siglo XIX) así como la admiración no velada de algunos
viajeros por las sociedades indígenas de la pampa.
Si en los primeros tres capítulos el “otro” es el indígena, en los cinco si-
guientes la atención se concentra en los multiformes sectores populares, en cuya
composición pesa cada vez más la diferenciación entre nativos y extranjeros.
Unos y otros son sujetos que se transforman históricamente, así como también
va cambiando la sensibilidad de quienes los juzgan. Di Liscia registra en su libro
algunas de esas transformaciones, tan apegadas a la suerte y el lugar de aquellos
“otros” en la sociedad colonial primero y en la Argentina independiente después.
Es así que entre los capítulos II y III el lector puede recorrer un camino en que
las prácticas médicas indígenas despiertan cuanto menos curiosidad, otro sende-
ro paralelo en que desde el estado provincial se propone la variolización como
arma de control político de algunas tribus, para llegar a una nueva imagen de las
sociedades indígenas y de su patrimonio cultural en general: la de un cuerpo sus-
ceptible de ser estudiado (como lo entienden los positivistas y sus sucesores del
siglo XX) o a lo sumo tratado como un “alma para salvar” (tal el objeto funda-
mental de los misioneros destacados en los lazaretos indígenas”). En cualquier
caso, del flagelo que implican ciertas enfermedades mortales –la autora desarro-
lla el caso de la viruela y las explicaciones que fueron dadas acerca de la morta-
lidad diferencial de los indios– termina por responsabilizarse a las mismas vícti-
mas (por desalmadas, poco higiénicas, ignorantes, etc.). Que estas cambiantes
percepciones están atadas al papel que desempeñan las sociedades indígenas en
cada momento, bien lo destaca la autora. El libro se inicia en un momento en que
las sociedades indígenas están compitiendo por un territorio, atraviesa su derro-
ta militar (y su correlato en su conversión en “fósiles vivientes”) para concluirse
con su desaparición demográfica (o más bien estadística) y su reivindicación (par-
cial) por algunos sectores nacionalistas. Por cierto, tal reivindicación llega de-
masiado tarde: no se trata ya de sujetos reales sino de fantasmas.
Una vez “resuelta” la cuestión indígena después de la campaña al desierto de
1879, la otredad se traslada a los sectores populares, que en el siglo XIX reúnen
RESEÑAS 151

elementos de muy diverso origen. Y aquí se le presenta a Di Liscia un nuevo


conjunto de problemas porque, de un lado, la medicina popular es acumulativa y
no desdeña ninguna tradición, y del otro, una transformación profunda está
gestándose simultáneamente con la construcción y el avance del estado. En efec-
to, con todas sus limitaciones, la medicina científica se va imponiendo sobre
las otras formas de curar. El tiempo en que no existía un monopolio en materia
médica ha quedado atrás, aunque todavía quede por recorrer mucho camino an-
tes de llegar a “la eliminación triunfante de la medicina popular”, como procla-
ma el último capítulo del libro.
Las polémicas en torno a la medicina popular son analizadas en un contexto
global (y éste es otro de los méritos del libro) y están por lo tanto atravesadas por
las cambiantes valoraciones de las poblaciones nativas y extranjeras. Así, a la vez
que el criollismo y posteriormente el nacionalismo alcanzan cierto poder de con-
vocatoria, los extranjeros, y en particular los curanderos extranjeros, llegan a ser
percibidos como los “enemigos de la patria”. Enemigos no sólo por los estragos
que pueden producir en la salud de sus clientes sino también por el hecho de con-
vertir su actividad un medio de vida. El curandero no tiene ética; sólo le interesa
ganar dinero. De este modo, el materialismo de los inmigrantes, tan criticado por
los intelectuales positivistas y nacionalistas, toca también la actividad de curar.
Mencionamos hasta ahora a “los otros” y sus medicinas. ¿Quiénes son los
actores que emiten sus juicios, crean “opinión pública” o construyen políticas
que conciernen a esos “otros”? Es importante destacar al respecto la pluralidad
de voces que la autora rescata en su trabajo: funcionarios estatales, eclesiásti-
cos, viajeros, médicos y periodistas son convocados en el libro. También por eso
Di Liscia se aparta de los relatos lineales: la polémica, más que el acuerdo, suele
estar en el centro del análisis. Estado e Iglesia aparecen como eventuales con-
trincantes pero también integracionistas y partidarios de la eliminación indígena,
ortodoxos y flexibles en relación con la aceptación de “medicinas alternativas”,
entre otras posiciones. Particularmente fructífero resulta el traer a colación es-
tos disensos; un dato más que apoya la hipótesis de una lenta y difícil imposición
de la medicina científica (a la vez que explica los compromisos con la realidad
que tendrán que hacer las autoridades oficiales).
Más allá de los actores, un aspecto central de toda práctica médica se refiere a
su eficacia. Este punto agrava la relación entre la práctica científica de la medi-
cina y las prácticas alternativas en la medida en que la eficacia de algunas tera-
péuticas establecidas en la medicina indígena y popular ponían en entredicho el
supuesto fundamental del cientificismo positivista cristalizado en el supuesto de
una ciencia única. Paralelamente, al mismo tiempo que muchas terapias populares
eran “inexplicablemente” eficaces, muchas terapias basadas en el conocimiento
científico estaban lejos de alcanzar los resultados que se esperaba de ellas, sobre
todo hasta alrededor de 1880 con relación a la fiebre amarilla y el cólera. De este
152 RESEÑAS

modo, ciertas prácticas establecidas, y sus practicantes, se convertían en un


obstáculo a la institucionalización de la medicina científica, vista como im-
periosa por parte de la elite modernizante y como dudosa por una parte signi-
ficativa de la población.
La autora desgrana con gran claridad los diversos aspectos de esta tensión
compleja. Por un lado el problema político de implementar una política sanitaria
que mejore el estado de salud general de la población y que, en tanto tal debía
combatir toda práctica “antihigiénica”, al mismo tiempo que a los “charlatanes”
que se aprovechan de la ignorancia popular o de su fascinación por lo novedoso.
Es por ello que un capítulo completo está dedicado a la necesidad de lograr des-
velar el contenido científico de las prácticas populares, con el fin de monopoli-
zar el dominio de la eficacia como elemento central en la articulación de un dis-
curso oficial en contra del curanderismo (que con el tiempo se convertirá en una
etiqueta generalizante para referirse a toda práctica no-científica). Con buen senti-
do la autora observa cómo la necesidad de articular este discurso en términos
dicotómicos (médico-curandero), con el fin de estructurar la política sanitataria
oficial, no siempre acompañó la necesidad más fundamental de curar.
Por este motivo el quinto capítulo comienza con las palabras pragmáticas de Paolo
Mantegazza: “Mientras el criterio terapéutico no sea reducido a reglas infalibles de
ciencia y el arte de curar se vuelva una lógica aplicación de la fisiología de la vida,
conviene aceptar en nuestro museo farmacológico todas las sustancias que se nos pre-
sentan como aliadas a la obra, pero libres de rechazarlas cuando las hayamos compro-
bado impotentes o traidoras”. Y si bien queda claro que esta tolerancia del médico-
antropólogo italiano fue considerada y valorada de modo diferente por los distintos
actores vinculados al establecimiento de la medicina académica, la aceptación pragmá-
tica de ciertas técnicas médicas sin lógica podía ampararse tanto en su éxito, como en
la necesidad de investigar lo desconocido. Con sagacidad la autora también aprovecha
las reflexiones de Mantegazza sobre la diferencia entre un curandero y un médico, la
cual a su juicio estaba menos en la posesión de un saber garantizado por un título
oficial, que en la capacidad de duda, algo que ningún curandero podía permitirse y que
todo médico honesto debía reconocer sobre su propia ciencia.
Otra tensión igualmente fuerte que se suma a la complejidad del problema
fue la reivindicación del folclore médico frente al positivismo universalista a
finales del siglo XIX, en parte de modo general como reivindicación de la cultura
popular, y en parte de modo político-estratégico por el reconocimiento de pen-
samiento racional en los “otros” (campesinos y gente común) como forma de
asimilación al “nosotros” nacional.
Por otro lado la autora muestra la vinculación entre la construcción de la
identidad nacional y el darwinismo social dominante en el siglo XIX. Tal vínculo
llevó al mismo tiempo a adoptar el biologismo como lenguaje común que les
permitía “soslayar las barreras” en la búsqueda de consensos políticos, y a abrir
RESEÑAS 153

las puertas a la eugenesia como nueva ciencia que permitiría aprovechar la afluencia
de población extranjera y mejorar la “atrasada” demografía nativa y mestiza, la cual
era percibida como conducente a la disgregación nacional.
La solución científica frente al curanderismo dependió de diversos factores.
Por un lado del acceso a instituciones estatales que facilitaron la legitimación de
su autoridad y por su mayor capacidad para enfrentar problemas de salud social
como sucedió con las epidemias. La autora desarrolla con visión amplia el modo
en que tal autoridad se afirmó a principio del siglo XX, y cómo la eugenesia y el
higienismo brindaron nuevas posibilidades de actuación y de pedagogía social
frente a las “masas” incultas. Pero un indicio del buen juicio en este análisis
consiste en enfatizar que la tensión médico-curandero no debe verse como una
lucha corporativa sin cuartel, sino que implica la transformación de una mirada
culta sobre las prácticas populares, relacionada a su vez con la organización del
Estado y la función de los expertos dentro del tejido social.
Será entonces en el seno de estas tensiones, dinámicas y multiformes, en la
que se establecerá la polaridad médico-curandero en términos de modelo y
antimodelo, la cual servirá como plataforma para que avance la crítica de las “otras
medicinas” frente a las actitudes de mayor tolerancia. Y será este discurso el que
articulará la lógica que permitirá, finalmente, ver en la eliminación de las prácticas
indígenas y populares en términos del triunfo de la ciencia y la razón. Tal elimina-
ción encontrará como elemento privilegiado la condena legal del curanderismo, a
pesar de afectar la libertad individual de curar y de no siempre contar con el apoyo
de la prensa (la cual por otra parte nunca abandonó el lucro proveniente de publicitar
los métodos y promesas terapéuticas más diversas). Tal sanción obliga a abandonar
el terreno epistemológico y pasar al ético-político, de lo “no científico” a lo “ile-
gal”. El destino del curandero, reconceptualizado como “débil mental” y “carente
de juicio”, será en definitiva ser recluido en una institución psiquiátrica.
Finalmente nos parece interesante destacar la propia posición de la autora que
le permite discurrir ordenadamente en el tratamiento de un tema, el cual que se
beneficia del hecho mismo de no evitar su complejidad: “Caciques indios, científi-
cos, políticos, clérigos, curanderos, médicos e intelectuales –por citar sólo algu-
nos agentes–, mantienen una lógica particular que les permite dar sentido a sus
percepciones y relaciones, a asumir determinadas estrategias, considerando las ac-
ciones del interlocutor y reinterpretando las bases sobre las que éstas se fundan. La
racionalidad de los otros coincide o se opone a la occidental, mientras que esa valora-
ción implica a la vez un reconocimiento de la propia lógica, de sus aciertos y errores,
y de las convergencias entre varios sistemas de ordenamiento corporal y espacial”.

JUDITH FARBERMAN
U. N. de Quilmes - CONICET
Fernando Tula Molina
U. N. de Quilmes - CONICET
154 RESEÑAS

Roberto Di Stefano, El púlpito y la plaza. Clero, sociedad y política de la


monarquía católica a la república rosista. Buenos Aires, Siglo XXI, 2004, pp. 272.

En los últimos años, las investigaciones sobre el mundo eclesiástico han de-
jado de ser patrimonio casi exclusivo de la historiografía católica para consti-
tuirse en un campo de análisis renovado que despierta el interés de muchos histo-
riadores. Roberto Di Stefano es, sin dudas, uno de los responsables de esta reno-
vación y el libro aquí reseñado es una clara muestra de ello. Sus aportes
historiográficos, la rigurosidad académica con que son tratados los temas, la no-
vedosa información que proporciona –a partir de un amplísimo corpus documen-
tal– y las perspectivas metodológicas bajo las cuales aborda dicha información,
hacen de El púlpito y la plaza... un texto de referencia obligada para toda la
comunidad académica. Pero es preciso destacar también que se trata de un libro
que no habilita solamente a los especialistas; por la forma que adopta el relato y
por su estilo amable y directo invita a ser leído por un público mucho más amplio
que el constituido por los colegas de la disciplina.
Uno de los grandes méritos del texto de Di Stefano es ocupar un vacío,
que no debe pensarse en términos historiográficos –puesto que desde hace
dos décadas, tal como señala el autor en su introducción, la historiografía
argentina ha dado pasos importantes en la tarea de incorporar la dimensión
religiosa a sus planteos y de abordar a ésta como objeto– sino desde una pers-
pectiva diferente: la de proporcionar al lector una interpretación más
abarcadora sobre la cuestión eclesiástica, tanto por las dimensiones que in-
cluye como por la amplitud del período que aborda.
El objeto del libro es mostrar los cambios que se dieron en el catolicismo
rioplatense entre 1767, con la expulsión de los jesuitas, y 1835, cuando Rosas
asumió su segundo mandato con la suma del poder público. Que el recorte pase
por observar los cambios en el “catolicismo rioplatense” y no en la “Iglesia rio-
platense” no es un simple problema nominal, sino que se vincula a una de las
hipótesis centrales del libro: tal es el hecho de que “la Iglesia” no fue dada a luz
hasta después de la revolución y que el proceso de su constitución, entendida
como la construcción de una esfera diferente de la sociedad, va a ocupar gran
parte del siglo XIX. El punto de observación de todo este proceso constituye una
de las tantas originalidades del libro puesto que se desplaza desde la perspectiva
del centro (la Santa Sede) a la de la periferia, entendida ésta como la construc-
ción de la Iglesia local. En tal sentido, tal como afirma el autor, el texto aborda
los orígenes de la Iglesia Argentina.
Desde la definición misma del objeto, entonces, el autor está desplegando su
hipótesis central a la vez que se posiciona historiográficamente. En primer lugar,
para decir lo que no va a hacer: tratar a ese objeto como algo preconstituido y
externo a las tramas sociales, políticas, económicas, ideológicas y culturales de su
RESEÑAS 155

tiempo. En la medida en que el autor rechaza las visiones ahistóricas y concibe su


problema de indagación en el seno de un entramado social y político complejo, el
libro deja de ser un acotado relato de los cambios ocurridos en el catolicismo
rioplatense para convertirse en una reflexión mucho más amplia que nos informa
de las transformaciones producidas en todas las dimensiones de esa sociedad. El
abordaje se realiza, entonces, desde todas esas dimensiones en simultáneo y a par-
tir de una entrada específica: el clero y, dentro de él, el clero secular porteño. Esta
“ventana”, como la llama Di Stefano, le permite observar los entrecruzamientos
entre la religión y las demás manifestaciones de la vida social.
El libro se divide en tres partes y la primera de ellas está destinada al clero
colonial (1867-1810). Di Stefano trabaja allí la intrincada relación existente entre
las familias, el clero y la Corona a partir de muy diversos ángulos que incluyen,
entre otros temas, el sistema beneficial en la geografía de la diócesis de Buenos
Aires, las estrategias familiares y la formación del clero. Temas todos que ponen
de relieve el papel fundamental que tuvieron las familias de la elite en el control de
los mecanismos del poder eclesiástico y la discusión en torno a los cambios pro-
ducidos con las reformas borbónicas.
Di Stefano adhiere, en gran parte, a la posición que sostiene que los objetivos
reformistas no se vieron finalmente plasmados cuando afirma que la nueva dinastía
no logró sustituir con éxito el antiguo modelo de funcionamiento del clero. El
intento por convertir a la religión en instrumento civilizador –en sintonía con la
cultura ilustrada hispana de ese momento– y al sacerdote en una suerte de “párro-
co-funcionario” que debía ser, además de “hombre del altar”, “hombre del púlpito”
y difusor de los conocimientos útiles a la sociedad, modificaba sustancialmente
las tradicionales formas de articulación de las familias de elite con la religión y
sus instituciones. Habrían sido, entonces, estas tradicionales formas de articula-
ción las que, en la perspectiva del autor, no desaparecerían con el impulso refor-
mista. Interpretación que coincide con algunos de los posicionamientos
historiográficos que, sin tener al clero como objeto de estudio, consideran que las
reformas borbónicas, más que producir una “revolución en el gobierno”, mantuvie-
ron los equilibrios sociales preexistentes. El intento de crear una nueva noción de
“funcionario”, diferente del magistrado tradicional como asimismo separado de
las intrincadas redes del poder colonial, es evaluado como un fracaso borbónico.
Para Di Stefano, sin embargo, la coincidencia inicial con estas posiciones no
le impide ir más allá de lo observado en el corto período en el que tuvieron lugar
las reformas. El autor vuelve sobre el impulso reformista de fines del XVIII para
reconsiderarlo en otra clave: tal el hecho de mostrar cuánto de ese impulso dejó
huellas profundas dentro del clero formado en esa experiencia y cómo fue capita-
lizado por el proceso revolucionario. Esta clave, que matiza en mucho las posicio-
nes más duras respecto a la evaluación realizada sobre las reformas en el Río de la
Plata, se hace visible en la medida que el autor recorta una periodización poco
156 RESEÑAS

habitual hasta hace unos años. El hecho de tomar como unidad de análisis el perío-
do tardo colonial y las primeras décadas posrevolucionarias le permite ponderar
algo imposible de ser ponderado cuando la periodización se detiene en la revolu-
ción o toma a ésta como punto de partida. Así, pues, los conceptos de reforma y
revolución aparecen anudados en un continuum: si bien las reformas no produje-
ron la revolución, dejaron en disponibilidad un conjunto de nuevos lenguajes, y aun
cuando la revolución irrumpió como algo totalmente nuevo capitalizó en gran parte
el zócalo que dejaba por herencia la experiencia reformista.
Por esta razón, la segunda parte del libro, destinada a la década revoluciona-
ria, no está planteada en términos bipolares de ruptura o continuidad. La estrate-
gia que adopta el autor es observar los cambios ocurridos a partir de 1810 sin
poner en juego ninguna grilla clasificatoria. El análisis es, sin duda, muy sutil en
la medida en que aun reconociendo la profunda conmoción que la revolución pro-
dujo en toda la sociedad y en el clero en particular, gran parte de las estrategias
adoptadas por parte de ese clero se inscribieron en las huellas dejadas por las
reformas. Cabe subrayar, además, que el clero no es pensado aquí como un actor
que apoyó o combatió la revolución (como si se tratara de algo externo a la so-
ciedad), sino como un conjunto de hombres que vivieron las mismas alternativas
y contradicciones que el resto de los mortales y que midieron de igual manera las
alternativas que se les abrían o cerraban con ella.
Di Stefano analiza en la segunda parte del libro el papel jugado por el púlpito
y el confesionario en el proceso abierto en 1810. Adhesión a la causa o conspi-
ración contra ella fueron los móviles que llevaron a las nuevas autoridades a po-
ner su mira en estos dos espacios religiosos. La interpretación se desliza en este
punto hacia un aspecto crucial de la revolución: tal es la dimensión social de la
política y el carácter simbólico de los lenguajes. El lenguaje del cristianismo –
herramienta de transmisión, según el autor, de los nuevos valores revoluciona-
rios hacia sectores sociales que sólo podían comprender éstos en aquella clave–
es objeto de un refinado análisis por parte de Di Stefano.
El impacto revolucionario en el plano institucional es otro de los temas que
aborda el autor inscribiendo su objeto en los aportes que, en los últimos años, se
han realizado tanto en la historia política como en la historia económica y social.
Sólo basta decir que en el plano de la dimensión política, el análisis se centra en
los conflictos que generó la redefinición del sujeto de imputación soberana al po-
ner en discusión el problema del patronato y al producirse un fuerte desajuste entre
las viejas jurisdicciones eclesiásticas y las nuevas jurisdicciones políticas. En el
plano económico, estudia la crisis de las rentas y las contradicciones que implicó
para las imposiciones eclesiásticas una economía cada vez más volcada a las activida-
des pecuarias. Y en el plano social se detiene a estudiar las estrategias de elección
profesional y, dentro de ellas, la crisis de reclutamiento del clero. Aunque el autor
expone aquí varias explicaciones, vuelve a anudar el problema a la hipótesis central
RESEÑAS 157

que recorre todo el libro: la crisis de reclutamiento del clero se inscribe en el


cambio que comienza a esbozarse después de la revolución y que habría de con-
solidarse –y hacerse visible– bastante tiempo después. La tendencia a controlar
la vida eclesiástica por parte de los poderes públicos privaba a las familias del
control de antiguos mecanismos de poder. Según Di Stefano, esto hacía menos
atractiva que en el pasado la carrera eclesiástica y no era más que un signo de las
transformaciones que se estaban dando en los vínculos entre las instituciones
eclesiásticas y la sociedad.
Transformaciones que el autor aborda en la tercera parte del libro, titulada
“La invención de la iglesia” y centrada en el período que se abre con la caída del
poder central en 1820 y que cierra en 1834. Aquí se encarga de delinear las posi-
ciones que se plantearon en Buenos Aires en torno a la pregunta sobre la natura-
leza y origen del poder religioso, poniendo en juego, cada una de ellas, una deter-
minada forma de articulación entre el clero, las instituciones religiosas, el poder
político, la Santa Sede y la sociedad rioplatense. El análisis de dichas posiciones
es muy iluminador, puesto que el autor debe articular ideologías con
posicionamientos políticos más coyunturales y tendencias locales con procesos
ecuménicos. Las respuestas galicana, intransigente y liberal –tal como las deno-
mina Di Stefano– son presentadas primero como estilizaciones más generales
para ser encarnadas luego, especialmente las dos primeras, en los debates des-
plegados en Buenos Aires después de 1820. Y aquí, el recurso al género biográ-
fico no podría ser más oportuno. La selección de algunos de los principales ex-
ponentes de estas posiciones para relatar sus itinerarios de vida permite observar
las ambigüedades y contradicciones que ellas encerraban y condensar las dispu-
tas que se daban ya no sólo en el seno de la comunidad religiosa sino en el de la
sociedad en su conjunto respecto al papel del poder eclesiástico.
En el detallado análisis que realiza el autor en torno a la reforma eclesiástica
de 1822 se subraya la herencia borbónica en la medida en que aquélla concretaba
la tendencia esbozada a fines del siglo XVIII. Tendencia orientada a construir un
edificio estatal, separado de la sociedad misma, que no podía dejar en la órbita de
las familias el poder religioso. Todas las dimensiones de la reforma son contem-
pladas en el texto, incluido el alto costo que la elite tuvo que pagar por ella al
quebrarse el consenso interno que la mantuvo relativamente unida después de la
crisis de 1820. Pero será con el rosismo cuando la tendencia a separar la esfera
eclesiástica de la sociedad se consolide, aunque bajo un signo completamente
distinto. De la mano de la posición intransigente y con la balanza inclinada a fa-
vor de Roma, Rosas contribuyó a la conformación de la Iglesia como entidad
desvinculada del poder social de las familias y del clero local.
Es, entonces, en el epílogo, donde esta última hipótesis se anuda al conjunto de
problemas desarrollados a lo largo del libro. El autor retoma en el largo plazo las expli-
caciones parciales expuestas y plantea que de la misma manera que la revolución
158 RESEÑAS

capitalizó los lineamientos que en materia religiosa tendieron los Borbones, Ro-
sas supo capitalizar los lineamientos fundamentales de la reforma rivadaviana
pero, en este caso, en alianza con la Santa Sede. Una alianza que le resultaba
conveniente en esa coyuntura en la medida que le permitía desactivar el control
corporativo del clero sobre el gobierno de la diócesis, en manos, por otro lado,
del grupo identificado con el partido galicano con notorias simpatías unitarias.
Sin dudas, Rosas no podía medir las consecuencias que en el largo plazo tendría
la alternativa por él adoptada. Pero, de hecho, el golpe de timón que le dio a la
cuestión eclesiástica con su acercamiento a Roma significó, más allá de su opor-
tunismo político, la conformación de una institución eclesiástica como entidad
separada de la sociedad.
El epílogo, además, deja en evidencia la gran capacidad que posee el autor
para combinar elementos de muy diversa procedencia: ideas y lenguajes con cur-
sos de acción; principios que guían estas acciones y motivaciones coyunturales y
hasta oportunistas; contexto local con tendencias más universales... Di Stefano
une allí los fragmentos de una trama sumamente compleja y va despejando posi-
bles deslizamientos interpretativos. La política religiosa de Rivadavia emerge
entonces como un fenómeno menos novedoso que la operación efectuada por el
rosismo y la creación de una Iglesia más romana en la época de Rosas no signifi-
có una restauración del catolicismo colonial, sino todo lo contrario.
El púlpito y la plaza... resulta, pues, un libro muy compacto y agudo en sus
interpretaciones. El autor no se deja tentar, en ningún momento, por exponer pers-
pectivas lineales del proceso histórico en estudio ni por crear cadenas de equiva-
lencias que simplificarían en extremo el análisis. Por el contrario, prefiere dejar
abiertas ciertas preguntas y proporcionar un arco de alternativas que seguramen-
te serán retomadas en futuras investigaciones. El libro de Di Stefano invita en-
tonces a un recorrido por sus páginas en las que el lector descubrirá tanto o más
de lo que su título evoca.

MARCELA TERNAVASIO
(UNR)

Salvatore, Ricardo D., Wandering Paysanos. State order and subaltern


experience in Buenos Aires during the Rosas era, Durham y Londres, Duke University
Press, 2003, 523 págs.

El estudio de Ricardo Salvatore sobre las clases populares de Buenos Aires du-
rante el rosismo viene a ocupar un lugar significativo en la historiografía sobre ese
período que, recién en los últimos años, comienza a ser objeto de una revisión
158 RESEÑAS

capitalizó los lineamientos que en materia religiosa tendieron los Borbones, Ro-
sas supo capitalizar los lineamientos fundamentales de la reforma rivadaviana
pero, en este caso, en alianza con la Santa Sede. Una alianza que le resultaba
conveniente en esa coyuntura en la medida que le permitía desactivar el control
corporativo del clero sobre el gobierno de la diócesis, en manos, por otro lado,
del grupo identificado con el partido galicano con notorias simpatías unitarias.
Sin dudas, Rosas no podía medir las consecuencias que en el largo plazo tendría
la alternativa por él adoptada. Pero, de hecho, el golpe de timón que le dio a la
cuestión eclesiástica con su acercamiento a Roma significó, más allá de su opor-
tunismo político, la conformación de una institución eclesiástica como entidad
separada de la sociedad.
El epílogo, además, deja en evidencia la gran capacidad que posee el autor
para combinar elementos de muy diversa procedencia: ideas y lenguajes con cur-
sos de acción; principios que guían estas acciones y motivaciones coyunturales y
hasta oportunistas; contexto local con tendencias más universales... Di Stefano
une allí los fragmentos de una trama sumamente compleja y va despejando posi-
bles deslizamientos interpretativos. La política religiosa de Rivadavia emerge
entonces como un fenómeno menos novedoso que la operación efectuada por el
rosismo y la creación de una Iglesia más romana en la época de Rosas no signifi-
có una restauración del catolicismo colonial, sino todo lo contrario.
El púlpito y la plaza... resulta, pues, un libro muy compacto y agudo en sus
interpretaciones. El autor no se deja tentar, en ningún momento, por exponer pers-
pectivas lineales del proceso histórico en estudio ni por crear cadenas de equiva-
lencias que simplificarían en extremo el análisis. Por el contrario, prefiere dejar
abiertas ciertas preguntas y proporcionar un arco de alternativas que seguramen-
te serán retomadas en futuras investigaciones. El libro de Di Stefano invita en-
tonces a un recorrido por sus páginas en las que el lector descubrirá tanto o más
de lo que su título evoca.

MARCELA TERNAVASIO
(UNR)

Salvatore, Ricardo D., Wandering Paysanos. State order and subaltern


experience in Buenos Aires during the Rosas era, Durham y Londres, Duke University
Press, 2003, 523 págs.

El estudio de Ricardo Salvatore sobre las clases populares de Buenos Aires du-
rante el rosismo viene a ocupar un lugar significativo en la historiografía sobre ese
período que, recién en los últimos años, comienza a ser objeto de una revisión
RESEÑAS 159

sistemática. Significativo, es cierto, pero no fundamentalmente disruptivo, en tan-


to el autor reconoce su deuda hacia estudios anteriores tanto sobre la historia eco-
nómica del período, como sobre la historia política. Es sobre los hombros de esa
historiografía que el libro se propone desafiar interpretaciones tradicionales de la
“era de Rosas”, que presentaban a la figura del gobernador de Buenos Aires como
epítome de un mundo rural feudal y semibárbaro, en el que las relaciones clientelares
caracterizaban tanto la estructura social de la campaña (moldeada sobre la interna
de la estancia ganadera) como el vínculo establecido entre el popular líder federal
y sus seguidores más “plebeyos”. Esta tesis recibió su última y más acabada expre-
sión de parte de Lynch, aunque sus orígenes podrían remontarse hasta los propios
opositores políticos del régimen. En contra de ella, Salvatore viene a proponer una
imagen alternativa que se asienta sobre tres elementos fundamentales: la presencia
de relaciones mercantiles permeando múltiples instancias de la vida social; la lógi-
ca fuertemente facciosa que una guerra civil endémica impuso a los clivajes políti-
cos –tanto al interior de las clases sociales como entre la terrateniente y el Esta-
do–; y, por último, una relación de dominación/hegemonía menos unívoca que la
propuesta por los modelos clásicos de “caudillismo”.
No obstante, aun dentro de un contexto historiográfico caracterizado por
la recurrencia de las revisiones de esa visión tradicional, el trabajo no carece
de originalidad. En particular, más allá de la propia articulación de temas de esa
crítica propuesta por el autor, el abordaje teórico-metodológico empleado para
su construcción resulta novedoso. El título mismo anuncia ya la voluntad de
inscribir el estudio en cuestión en la tradición de lo que ha dado en llamarse
“escuela de estudios subalternos”, surgida y desarrollada principalmente en la
India pero que, hace unos pocos años, ha sido propuesta –desde la academia
estadounidense, sobre todo– como una perspectiva válida para abordar la histo-
ria cultural latinoamericana.
La opción por esa perspectiva es explicada, en la introducción, por las difi-
cultades enfrentadas a la hora de tratar de aprehender la experiencia de los gru-
pos subordinados (económica, social o políticamente) en términos de “clase”.
De ahí el interés por una tradición que, aunque filia sus orígenes en la historia
social practicada por los historiadores marxistas británicos, presenta, para
Salvatore, dos ventajas frente a la metodología de análisis histórico de éstos. Por
una parte, el autor la reconoce menos teleológica que aquélla en su búsqueda de
identificación de sujetos sociales predeterminados, a saber, la clase obrera. En
segunda instancia, le resulta atractiva la peculiar atención que los estudios subal-
ternos prestan a los efectos de la representación de la experiencia social como
fenómeno cultural, más que como mero reflejo de realidades materiales.
El estudio procede, entonces, a dar cuenta de la relación entre la voluntad
del novel estado provincial de imponer un “orden” y la experiencia de quienes de
ahora en más pasan a ser referidos como subalternos (y no, salvo raras excepciones,
160 RESEÑAS

subalternas). Para ello, el autor ha recurrido a una amplia variedad de fuentes pro-
ducidas por y durante el régimen rosista, entre las que se destacan las filiaciones y
clasificaciones de presos, soldados y milicianos, como ejemplo de narrativas en
las que las voces (utterances) de los subalternos se cuelan por entre los discursos
oficiales (oficial transcripts, en la terminología de Scott adoptada por Salvatore).
La presentación se despliega en doce capítulos que apuntan a cubrir cuatro
dimensiones que el autor considera fundamentales para la experiencia subalterna
de la era de Rosas, a saber: las del mercado, la ley, la vida militar y la política; las
que se encadenan en el devenir del texto en ese orden. En esas cuatro dimensiones,
la relación entre el Estado y los subalternos se estructura a partir de diferentes
combinaciones de coerción y consenso, o dominación y hegemonía –los dos pares
son utilizados como sinónimos en el texto–. En el continuum entre esos dos po-
los, la dimensión del mercado (tanto el de bienes como el de fuerza de trabajo) se
presenta como aquella en la que las relaciones de dominación, contra lo que pre-
tendía la visión tradicional, están menos presentes. En el extremo opuesto, en la
esfera de la vida militar, atravesada como está por su relación con las formas de
punición estatal, la coerción se ejerce más abiertamente.
La exposición, como dijimos, se abre con los capítulos correspondientes a la
experiencia de los subalternos en el mercado y las endebles tentativas del estado
de establecer su presencia en ese ámbito. La lógica de esa ubicación inicial se
advierte al notar la fuerza que adquiere la descripción de la autonomía relativa de
los sujetos en esa dimensión de la vida social (autonomía condensada en la idea de
subaltern’s agency), fuerza que subtiende la construcción de la noción de “libera-
lismo popular”. Esta se articula a partir de las reacciones de los subalternos frente
a los intentos estatales de regular el funcionamiento de los mercados. La propuesta
de un reglamento alternativo al propuesto por el gobierno, en el que los participan-
tes del abasto urbano defienden la libre concurrencia en el mercado, es la piedra de
toque de la formulación inicial. No obstante, aunque no siempre la categoría se
haga presente en el texto, ésta parece atravesar, de un modo u otro, todas las otras
instancias de experiencia subalterna de cara al que aparece como tímido Leviatán
de las pampas. Los mecanismos de evasión pergeñados por quienes pretenden es-
capar a la garra del estado provincial necesitado de reclutas, así como la
reelaboración “subalterna” del legado revolucionario, por tomar dos ejemplos sa-
lientes, parecen confluir en la construcción de esa nueva ideología popular.
La agency de los subalternos, aparece reforzada por su autopercepción en
tanto individuos, más que en tanto miembros de ningún colectivo. Este individua-
lismo que Salvatore halla en la esfera de las representaciones de los propios sub-
alternos (y que reforzaría la hipótesis de su ideario liberal), ofrece un potencial
disruptivo frente a la voluntad clasificadora (class-ifying) del Estado en su inten-
to de encuadramiento de esos sectores, a quienes pretende asimilar –por razones
operativas–, al concepto de “clase de peón de campo”.
RESEÑAS 161

La sección dedicada al análisis de la construcción de una identidad política


resulta atractiva por dos motivos. Por una parte, propone un concepto audaz de
proto-nacionalismo, apoyado en la idea de una “comunidad imaginada” de ca-
rácter federal, que habría sido forjada al calor de la experiencia de las guerras
civiles. La audacia radica en el desafío que supone a buena parte de lo que en
los últimos años se ha escrito sobre la formación de la idea de nación en el Río
de la Plata (piénsese, por ejemplo en los trabajos de José Carlos Chiaramonte,
o de Fabio Wasserman).
Por otro lado, la identidad federal opera como argumento para reforzar y
enunciar definitivamente la idea de una forma de ciudadanía concebida como un
“contrato” político entre los subalternos, quienes aportan su cuerpo y su fuerza
de trabajo al servicio de las necesidades militares de la Federación, y el estado
de ésta, al que, como contrapartida de su esfuerzo, comienzan a exigir el recono-
cimiento de un conjunto de derechos. La elaboración de dicha concepción con-
tractual de la relación dominantes/subalternos descansa sobre las tendencias in-
dividualistas y el liberalismo de la “plebe” que Salvatore había enunciado al ocu-
parse de las otras dimensiones de análisis.
La matriz contractualista que se presenta tiene innegables reminiscencias clá-
sicas. El tema del ciudadano en armas, que aquí aparece reinterpretado como ciu-
dadano-ergo-miliciano o soldado-ergo-ciudadano, así parece atestiguarlo. La hi-
pótesis de Salvatore es que dicha correspondencia entre pertenencia al cuerpo po-
lítico y servicio militar es el resultado de una concepción popular sobre la política.
Habida cuenta del peso que el lenguaje del republicanismo clásico parece haber
tenido en la retórica oficial del rosismo, sería legítimo preguntarse en qué medida
la ciudadanía federal puede pensarse más bien como el resultado de una apropia-
ción, no lineal, sin duda, de un discurso emanado “desde arriba”. Esto no supone
negar la hipótesis de la autonomía de los subalternos frente al Estado. Los intentos
de éste de construir algo que pueda llamarse hegemonía, resulta evidente, choca-
ron constantemente contra la capacidad de acción de las clases populares. Que ésta
derivara de una trama ideológica propia susceptible de ser caracterizada como li-
beral resulta quizá más aventurado.
Por otra parte, la recurrencia de la autonomía popular parece desdibujar el
contenido más inmediato (al menos desde un punto de vista estrictamente
etimológico) del término subalterno. ¿Frente a quién o quiénes se pone de ma-
nifiesto su subalternidad? El hecho de que el contendiente más frecuente de los
llamados subalternos sea, en este libro, un Estado al que parecen tan capaces de
evadir e imponer condiciones, como se dijo, tiende a debilitar la idea de subordi-
nación. Paradójicamente, la imagen de un estado mucho más endeble que el tra-
dicionalmente asociado al período rosista es, sin duda, uno de los elementos más
atractivos de la propuesta de Salvatore. Pero, a la vez, ese estado parece ser lo sufi-
cientemente eficaz para dotar de algún “orden” a una sociedad que, para el período
162 RESEÑAS

posrosista (tema del último capítulo del libro), será capaz de “subalternizar” rápida-
mente a quienes, por su misma “agencia”, habían permitido el ascenso del propio
Rosas al poder en 1829.
Quizá la referencia a la era de Rosas como un bloque homogéneo dificulte la
posibilidad de dar respuesta a estas aparentes contradicciones. No sería justo, no
obstante, desconocer que, probablemente, las limitaciones impuestas por las fuen-
tes disponibles hayan jugado un papel importante en la construcción de esa apre-
ciación global. Vale aclarar que, allí donde pudo establecer una “serie” documental,
como en el análisis de la criminalidad rural, el autor desagregó períodos en los que
es posible apreciar cambios en la relación entre Estado y subalternos. Asimismo,
cuando fue posible a lo largo del resto del trabajo, estableció contrastes entre
momentos distintos de la historia de esa relación a partir del análisis cualitativo de
las fuentes. Por lo general, pese a todo, esos contrastes tienden a ser obliterados.
En suma, si la construcción de un “contrato” social y político impuesto por la
agenda (liberal) de los subalternos, resulta menos convincente que la innegable
capacidad de acción autónoma (agency) de los mismos, ello no autoriza a soslayar
una obra que realiza un aporte significativo a un campo historiográfico que no pue-
de sino enriquecerse con su publicación.

JUAN PABLO FASANO


(UBA)

Alejandro Cattaruzza y Alejandro Eujanian, Políticas de la historia, Argentina


1860-1960, Alianza Editorial, Madrid-Buenos Aires, 2003, 265 páginas.

El libro de Alejandro Cattaruzza y Alejandro Eujanian contiene un conjunto de


trabajos elaborados por los autores a lo largo de más de diez años y dados a cono-
cer en publicaciones nacionales y extranjeras. Une a estos textos el intento de cons-
truir una interpretación de diferentes tópicos de la historiografía y de la utilización
de las imágenes del pasado en la Argentina de los siglos XIX y XX. Los trabajos
están articulados a partir de una concepción amplia de la historia de la historiogra-
fía que excede al análisis de lo que se conoce habitualmente como las produccio-
nes de la historia profesional. Las relaciones de los historiadores con el mundo de
la política, las letras, sus disputas por monopolizar los discursos sobre el pasado
constituyen sólo algunos de los problemas que se tratan en este libro.
El trabajo está dividido en tres partes. La primera, a cargo de Alejandro
Eujanian, contiene, a su vez, tres artículos destinados a analizar diferentes face-
tas del proceso de conformación de un campo profesional en la historiografía
argentina de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. El primero
162 RESEÑAS

posrosista (tema del último capítulo del libro), será capaz de “subalternizar” rápida-
mente a quienes, por su misma “agencia”, habían permitido el ascenso del propio
Rosas al poder en 1829.
Quizá la referencia a la era de Rosas como un bloque homogéneo dificulte la
posibilidad de dar respuesta a estas aparentes contradicciones. No sería justo, no
obstante, desconocer que, probablemente, las limitaciones impuestas por las fuen-
tes disponibles hayan jugado un papel importante en la construcción de esa apre-
ciación global. Vale aclarar que, allí donde pudo establecer una “serie” documental,
como en el análisis de la criminalidad rural, el autor desagregó períodos en los que
es posible apreciar cambios en la relación entre Estado y subalternos. Asimismo,
cuando fue posible a lo largo del resto del trabajo, estableció contrastes entre
momentos distintos de la historia de esa relación a partir del análisis cualitativo de
las fuentes. Por lo general, pese a todo, esos contrastes tienden a ser obliterados.
En suma, si la construcción de un “contrato” social y político impuesto por la
agenda (liberal) de los subalternos, resulta menos convincente que la innegable
capacidad de acción autónoma (agency) de los mismos, ello no autoriza a soslayar
una obra que realiza un aporte significativo a un campo historiográfico que no pue-
de sino enriquecerse con su publicación.

JUAN PABLO FASANO


(UBA)

Alejandro Cattaruzza y Alejandro Eujanian, Políticas de la historia, Argentina


1860-1960, Alianza Editorial, Madrid-Buenos Aires, 2003, 265 páginas.

El libro de Alejandro Cattaruzza y Alejandro Eujanian contiene un conjunto de


trabajos elaborados por los autores a lo largo de más de diez años y dados a cono-
cer en publicaciones nacionales y extranjeras. Une a estos textos el intento de cons-
truir una interpretación de diferentes tópicos de la historiografía y de la utilización
de las imágenes del pasado en la Argentina de los siglos XIX y XX. Los trabajos
están articulados a partir de una concepción amplia de la historia de la historiogra-
fía que excede al análisis de lo que se conoce habitualmente como las produccio-
nes de la historia profesional. Las relaciones de los historiadores con el mundo de
la política, las letras, sus disputas por monopolizar los discursos sobre el pasado
constituyen sólo algunos de los problemas que se tratan en este libro.
El trabajo está dividido en tres partes. La primera, a cargo de Alejandro
Eujanian, contiene, a su vez, tres artículos destinados a analizar diferentes face-
tas del proceso de conformación de un campo profesional en la historiografía
argentina de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. El primero
RESEÑAS 163

de ellos propone una lectura de los debates que mantuvo Bartolomé Mitre con
Dalmacio Vélez Sarsfield primero y con Vicente Fidel López después. El texto
privilegia el análisis del rol desempeñado por la crítica historiográfica en el pro-
ceso de profesionalización de la historia en la Argentina de las últimas décadas
del siglo XIX. La crítica es considerada aquí como uno de los modos privilegia-
dos por los historiadores para afirmarse frente a las elites políticas y al conjunto
de la sociedad. El análisis de la naturaleza de las relaciones entre poder político
y mundo intelectual está situada en el centro del artículo. Así, la figura del histo-
riador se construye a partir de un diálogo permanente con el mundo de los escri-
tores y con el de la política. La crítica historiográfica aparece entonces todavía
aquí estrechamente subordinada a las reglas de la práctica política y del mundo
literario. El capítulo 2 está centrado en la figura de Paul Groussac y en su papel
en la constitución de la historiografía como una disciplina profesional. El estu-
dio parte de una indagación en torno al lugar de Groussac en el campo intelectual
y en la cultura argentina de finales del siglo XIX. Se muestra cómo el entonces
director de la Biblioteca Nacional instala con fuerza la distinción entre las prác-
ticas del historiador y las del abogado a partir de su conocida polémica con
Norberto Piñero. El capítulo tercero aborda, en principio, nuevamente el estudio
de la figura de Groussac y de la polémica que con él establecen los historiadores
de la llamada Nueva Escuela Histórica. A partir de allí se profundiza el análisis
del espacio ocupado por los historiadores pertenecientes a dicha tradición en el
mundo universitario y académico. La relación entre el proceso de profesionali-
zación y los vínculos entablados por los historiadores con el aparato del estado
constituye uno de los núcleos de este estudio.
La segunda parte contiene dos artículos elaborados por Alejandro Cattaruzza.
El primero de ellos está centrado nuevamente en los procesos de profesionaliza-
ción de la historia y en el perfil de la comunidad de los historiadores en la Argen-
tina de entreguerras. El autor analiza las distintas orientaciones y tendencias, fun-
damentalmente de los historiadores de la Nueva Escuela Histórica, sus vínculos
con el estado y el aparato de enseñanza pública, y su relación con los movimientos
renovadores en la historiografía europea de aquellos años. El trasfondo del desa-
rrollo de la actividad académica de estos historiadores aparece dominado, en este
caso, por la debilidad de la barrera técnica que diferencia a la práctica historiográfica
profesional de la amateur. El segundo capítulo está consagrado al estudio del
revisionismo histórico argentino. Esta tradición está analizada a partir de su estre-
cha vinculación con la política y también se asume una perspectiva que privilegia la
inserción de los historiadores revisionistas en el campo intelectual, su participa-
ción en las instituciones del estado y su articulación con las agrupaciones políti-
cas. Aquí se reconocen distintas etapas. En la primera de ellas, situada a partir del
surgimiento de este movimiento en los años treinta, se subraya la inserción de los
historiadores revisionistas en un mundo en el que las tradiciones ideológicas y los
164 RESEÑAS

bloques políticos no se encontraban aún claramente definidos. El texto aborda pos-


teriormente la relación entre revisionismo y peronismo destacando la recepción par-
cial y distante, por parte de la mayoría de los revisionistas, del movimiento liderado
por Perón y el hecho de que dicho movimiento albergó a historiadores provenientes
de diversos grupos. La conversión pública de Perón al revisionismo durante la segun-
da mitad de los años cincuenta marca un giro sustancial en esta relación. La expan-
sión del revisionismo a partir de entonces está vinculada no sólo con factores políti-
cos sino también con un proceso de ampliación de los públicos lectores interesados
por los temas históricos y políticos. La relación con las instituciones universitarias
constituye otro de los ejes del trabajo.
La tercera parte del libro contiene dos artículos. El primero de ellos –de autoría
de A. Cattaruzza– propone una reflexión sobre el objeto y la práctica de la historia de
la historiografía. Pasa revista de forma crítica a algunos de los supuestos sobre los
que se construyeron estos estudios durante los últimos años. Los problemas vincula-
dos con la vigencia de una historiografía internacional, las relaciones entre campo
intelectual, científico y de poder, las cuestiones vinculadas con las coexistencia de
distintos discursos sobre el pasado y la necesidad de no limitarse al estudio de las
grandes obras constituyen los ejes del texto. El último capítulo del libro –elaborado
en forma conjunta por los dos autores– está centrado en la relación entre la figura del
gaucho y el problema de la nacionalidad. Pasa revista así a las distintas recepciones
del Martín Fierro desde su publicación a principios de la década de 1870. El texto
aborda simultáneamente el problema de la conformación de un público para el libro
de José Hernández y el papel del texto en la constitución de diferentes tipos de iden-
tidad social entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX. En esta evolución
se reconocen distintas etapas. Una de ellas está definida por la elevación, por parte de
un conjunto de reconocidos intelectuales a principios de la década de 1910, del Mar-
tín Fierro como obra central de la literatura nacional. Otra etapa significativa se ve-
rifica desde mediados de la década de 1930 cuando se lleva a cabo la “canonización”
estatal de Martín Fierro. Se produce entonces la plena asociación entre el gaucho y la
tradición argentina en el marco de un proceso en el cual se afirma la tendencia a
definir la nacionalidad en términos étnicos.
Los textos revelan un trabajo de reflexión rigurosa y sistemática. Podrían des-
tacarse aquí algunas observaciones específicas sobre cada uno de los trabajos in-
cluidos que son, de todos modos, de carácter menor. Tal vez, los trabajos sobre la
profesionalización de la historia merecerían acentuar el rol del estado en dicho
proceso. La función del Estado cobra relevancia aquí no sólo por la preocupación
de sus dirigentes por encontrar mecanismos para reforzar la identidad colectiva
sino también porque su consolidación y la consecuente estabilidad institucional y
administrativa es prerrequisito para la profesionalización. Sin un sistema de archi-
vos y bibliotecas de carácter estatal y público sólidamente organizado es muy díficil
avanzar en el proceso de profesionalización. Esta parte del libro presenta además
RESEÑAS 165

una visión un tanto rígida del campo historiográfico, de sus tensiones y del
devenir de las trayectorias académicas que, entendemos, un análisis más deta-
llado develaría provistas de un grado mayor de apertura y flexibilidad. El análi-
sis de las controversias vinculadas con el revisionismo probablemente también
merecería prestar mayor atención a la misma evolución del clima político. La
irrupción del peronismo quiebra finalmente un clima de cierta tolerancia y plu-
ralismo político e ideológico y es, en realidad, el discurso histórico el que
empieza a ser comprendido de manera diferente.
También podrían hacerse algunos comentarios formales sobre la propia organi-
zación y concepción del libro. Esta edición permite el acceso a los textos de un
público que no consulta en forma periódica las revistas especializadas. En este
sentido contiene trabajos de indudable interés, pero tal vez debiera advertirse
también que no innova sustancialmente en relación a trabajos ya conocidos de
los mismos autores. Algunas secciones giran, además, en forma recurrente, so-
bre las mismas temáticas abordadas con perspectivas conceptuales similares. Por
otro lado, adolece de cierta falta de unidad, presentando así un panorama hasta
cierto punto fragmentado. La historiografía brinda aquí solamente un marco de
referencia general. De todos modos, cabe reconocer también que las dos prime-
ras partes conservan cierta unidad que se pierde en la última. Pero, en definitiva,
esto no altera en lo esencial la importancia del trabajo, que resulta de lectura
imprescindible para todos aquellos interesados en los complejos itinerarios de
la historiografía argentina de los siglos XIX y XX.

PABLO BUCHBINDER
(UBA-UNGS)

Fernando Devoto, Historia de la inmigración en la Argentina, Editorial Sud-


americana, Buenos Aires, 2002, 527 páginas.

La inmigración ha configurado buena parte de la urdimbre y de la trama de la


historia argentina. Ese fenómeno que tantos debates inspiró en los años de llegada
masiva de extranjeros al país, y que despertó al interés de los sectores dirigentes y
los intelectuales para pensar en la integración de una sociedad cuya heterogeneidad
complicaba (o “amenazaba”, en las miradas más pesimistas) la identidad nacional,
se transformó en un problema de estudio académico, sobre todo a partir de 1980,
que fructificó en una abundante –aunque fragmentaria– producción.
Sin embargo, más allá del interés por el tema y de los prolíficos resultados,
dos décadas de estudio sobre las migraciones no habían dado lugar a un trabajo de
síntesis que, elevando la mirada sobre los grupos migratorios específicos –mayo-
ritarios o no, tempranos o tardíos, con identidades más o menos definidas–, abrevase
RESEÑAS 165

una visión un tanto rígida del campo historiográfico, de sus tensiones y del
devenir de las trayectorias académicas que, entendemos, un análisis más deta-
llado develaría provistas de un grado mayor de apertura y flexibilidad. El análi-
sis de las controversias vinculadas con el revisionismo probablemente también
merecería prestar mayor atención a la misma evolución del clima político. La
irrupción del peronismo quiebra finalmente un clima de cierta tolerancia y plu-
ralismo político e ideológico y es, en realidad, el discurso histórico el que
empieza a ser comprendido de manera diferente.
También podrían hacerse algunos comentarios formales sobre la propia organi-
zación y concepción del libro. Esta edición permite el acceso a los textos de un
público que no consulta en forma periódica las revistas especializadas. En este
sentido contiene trabajos de indudable interés, pero tal vez debiera advertirse
también que no innova sustancialmente en relación a trabajos ya conocidos de
los mismos autores. Algunas secciones giran, además, en forma recurrente, so-
bre las mismas temáticas abordadas con perspectivas conceptuales similares. Por
otro lado, adolece de cierta falta de unidad, presentando así un panorama hasta
cierto punto fragmentado. La historiografía brinda aquí solamente un marco de
referencia general. De todos modos, cabe reconocer también que las dos prime-
ras partes conservan cierta unidad que se pierde en la última. Pero, en definitiva,
esto no altera en lo esencial la importancia del trabajo, que resulta de lectura
imprescindible para todos aquellos interesados en los complejos itinerarios de
la historiografía argentina de los siglos XIX y XX.

PABLO BUCHBINDER
(UBA-UNGS)

Fernando Devoto, Historia de la inmigración en la Argentina, Editorial Sud-


americana, Buenos Aires, 2002, 527 páginas.

La inmigración ha configurado buena parte de la urdimbre y de la trama de la


historia argentina. Ese fenómeno que tantos debates inspiró en los años de llegada
masiva de extranjeros al país, y que despertó al interés de los sectores dirigentes y
los intelectuales para pensar en la integración de una sociedad cuya heterogeneidad
complicaba (o “amenazaba”, en las miradas más pesimistas) la identidad nacional,
se transformó en un problema de estudio académico, sobre todo a partir de 1980,
que fructificó en una abundante –aunque fragmentaria– producción.
Sin embargo, más allá del interés por el tema y de los prolíficos resultados,
dos décadas de estudio sobre las migraciones no habían dado lugar a un trabajo de
síntesis que, elevando la mirada sobre los grupos migratorios específicos –mayo-
ritarios o no, tempranos o tardíos, con identidades más o menos definidas–, abrevase
166 RESEÑAS

en el amplio abanico de trabajos puntuales para ofrecer una imagen global del
problema con sus regularidades y sus matices. El libro de Devoto constituye el
primer intento de salvar este vacío del que paradójicamente adolecía una histo-
riografía que contaba con una profusa y calificada producción.
Por supuesto que el mérito de esta obra no radica en haber venido a cubrir un
espacio vacante. Las virtudes del libro están en su reflexión y en la densidad de sus
argumentos, que resumen el pensamiento de Devoto sobre el impacto de la inmi-
gración en la Argentina desde la colonia hasta mediados del siglo XX, y dan cuenta
de la lectura minuciosa de un enorme volumen de fuentes y de trabajos sobre el
caso argentino y sobre el de otras latitudes migratorias con las que, en algunos
pasajes, el autor ensaya comparaciones.
En las primeras páginas del trabajo, Devoto nos advierte que la inmigración
es una sumatoria demasiado diversa para englobarla en una historia en común. Sin
embargo, el libro desvela esa historia en toda su complejidad pues, el autor, en-
cuentra un punto de equilibrio entre la multiplicidad y las tendencias generales,
alternando una mirada de perspectiva más lejana que se ocupa de las aristas es-
tructurales del fenómeno y otra, que escruta a los inmigrantes en su inserción e
integración en la sociedad local.
En esta primera parte del trabajo, el autor desovilla una intrincada madeja de
decisiones, motivos, racionalidades e incertidumbres a través de una trama argu-
mental que parte de las críticas a ciertas miradas reductivas que asimilaban al
inmigrante con un homo economicus, para mostrar la complejidad que encerraba
tomar la decisión de emigrar, financiar el viaje y contar con la información que
asegurara, aunque más no fuese parcialmente, un resultado positivo a la empresa.
La información como capital del inmigrante es un tema retomado en varias
ocasiones a lo largo del libro, sin embargo, su análisis más detallado es abordado
desde una perspectiva micronalítica en el tercer capítulo, que está configurado a
partir de una evidencia empírica densa y de unas inteligentes (aunque por momen-
tos un tanto enmarañadas) reflexiones. Aquí, las cadenas y las relaciones interper-
sonales ocupan un lugar preeminente, puesto que en las redes sociales, que mostra-
ron tener perdurabilidad y capacidad de reactivación, se articulan los argumentos
más adecuados para comprender la experiencia de migrar e insertarse en la nueva
sociedad, aun cuando, como nos advierte el autor, las decisiones se tomaran en
contextos de “racionalidad limitada” , información escasa, e incertidumbre.
Esa información, contenida en la propaganda de los agentes, en las cartas de
los parientes y amigos establecidos en la Argentina, en los relatos de los que
retornaban, o de los que visitaban su lugar de origen con miras a regresar al país
de inmigración, forjó una imagen de la sociedad argentina para una masa de euro-
peos que evaluaban la posibilidad de abandonar sus aldeas y sus ciudades. En tan-
to que esos europeos llegaban al puerto y se insertaban de manera temporaria o
permanente, la sociedad local iba cambiando su textura y su color. Hacia fines de
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los años 1880, cuando la Argentina aluvial empezaba a hacerse más evidente
para todos, la clase dirigente dio comienzo a un debate que reflejaba sus preocu-
paciones sobre la inmigración, debate que con nuevos contenidos, significados e
intensidades atravesaría el paso de los ochocientos a los novecientos para perdu-
rar en las primeras décadas del nuevo siglo. El problema de la integración de una
identidad argentina que había quedado sumergida en la heterogeneidad, el dilema
de la nacionalización de los inmigrantes, y los resultados (los esperados y los no
deseados) de una sociedad que se había fraguado al amparo de la diversidad, ocu-
paron en diferentes momentos a políticos e intelectuales en un debate que fue
virando de la inmigración como preocupación o problema, a la integración de la
sociedad argentina amenazada por la emergencia de la conflictividad social y
política, y por el “cosmopolistimo”.
El viraje de la contienda verbal, que por momentos se avivaba, para adorme-
cerse en otros y luego resurgir, y que era más bien la respuesta a coyunturas
determinadas, paralelamente dio lugar a la definición de políticas migratorias en
las que el autor se detiene a lo largo del libro y para cuya exposición ha utilizado
una estrategia muy apropiada. En cada uno de los períodos por los que esta histo-
ria atraviesa, Devoto ha entramado la retórica de la clase dirigente y las políticas
de la época sobre la colorida urdimbre de las experiencias de los inmigrantes.
Esta mirada en perspectiva que se proyecta hasta los años 1950, cuando el ciclo
europeo llegaba a su fin, desvela la continuidad de las tradiciones y las percep-
ciones positivas que concebían a la inmigración como un factor beneficioso que
en buena medida reflejaba la prosperidad (o la falta de ella) en el país, y que
remitía a las ilusiones de un destino de grandeza que los mentores de la Argenti-
na moderna imaginaron en el siglo XIX.
Esta historia, que remata con un apéndice de Roberto Benencia sobre la inmi-
gración de los países vecinos que desde mediados del siglo XX prosiguió al ciclo
europeo, contiene una mirada final a modo de balance. La sociedad argentina es
vista a través del prisma de la inmigración, un fenómeno que quizá algo exagerada-
mente, Devoto liga de manera “indisoluble” a las percepciones del éxito y del fra-
caso del país. En cualquier caso, el autor revisa el pasado y los aportes de la expe-
riencia migratoria modulando entre las ventajas y los inconvenientes. Ello resulta
en la imagen de una sociedad que coexistió en la diversidad y a la que la movilidad
social hizo relativamente abierta y democrática, lo que no es lo mismo que decir,
sin prejuicios étnicos, como bien nos lo recuerdan los pasajes sobre judíos y “tur-
cos”, y el ensayo de Benencia cuando se refiere a la falta de políticas de
multiculturalismo como proyecto político de una sociedad cuya sustancia está he-
cha en buena medida de la pluralidad cultural.
Como todo trabajo, éste también presenta algunos flancos débiles. En mi opi-
nión, la propuesta del autor de contarnos la historia de la inmigración combinando
dos registros: en la primera parte del libro, analítico, y en la segunda, narrativo, no
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está plenamente lograda. Creo que, si los cuatro capítulos iniciales se correspon-
den con una historia analítica, el resto de la obra transcurre en una difusa frontera
entre el análisis y la narración que desdibuja las prácticas y las experiencias de los
inmigrantes. Por otro lado, el estilo general del libro no respeta del todo los postu-
lados de la colección en la que se inserta, cuyo objetivo es captar la atención de un
público no especializado. Envuelto en juegos de escalas y simulaciones, en espe-
culaciones tan sofisticadas como abstractas, por momentos, Devoto parece olvidar
que no está escribiendo tan sólo para académicos. Sin embargo, estas falencias en
nada deslucen a una obra sustentada en dos sólidos pilares: una laboriosa investiga-
ción y unos argumentos que resultan de la reflexión crítica y refinada.

MARÍA M. BJERG
U. N. DE QUILMES - CONICET

Ignacio Klich (compilador): Sobre nazis y nazismo en la cultura argentina.


Hispamérica C/o Latin American Studies Center,University of Maryland, EE.
UU. de A., 2002, pp. 252

El libro que nos ocupa es parte de la producción intelectual de la Comisión


para el Esclarecimiento de las Actividades del Nazismo en Argentina (CEANA),
cuya creación data de 1997, impulsada por el entonces canciller Guido Di Tella.
Según se expresa en la presentación, el texto es el producto de cumplir con
uno de los objetivos que impulsó las actividades de la CEANA: Evaluar el im-
pacto que la ideología nazi y la afluencia de criminales y otros nazis tuvieron
sobre la cultura, sociedad y gobierno argentinos.
Sobre este tema se volcó mucha tinta, ya que despertó una amplia gama de
estudios específicos, que condujeron a investigaciones desarrolladas por historia-
dores (Newton, Buchrucker y otros), quienes aportaron trabajos interpretativos e
instrumentos metodológicos que permitieron analizar sin prejuicios la importan-
cia relativa que la presencia nazi tuvo sobre el pensamiento y la política argentinos.
Simultáneamente, la temática también fue explorada por el periodismo, cuya pre-
ocupación mayor consistió en subrayar la presencia de un importante número de ex
jerarcas nazis refugiados en Argentina comprometidos con el régimen y exaltar la
influencia de su ideología en intelectuales y políticos locales (Camarassa, Goñi).
La historia del vínculo de funcionarios locales con el nazismo y con el fascis-
mo es un tizón ardiente en manos no siempre mesuradas para mirar y medir esa
relación. Muchos han intentado dar respuesta a múltiples interrogantes para deve-
lar si: ¿fue la Argentina de la década del ’30 un campo propicio para el desarrollo
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está plenamente lograda. Creo que, si los cuatro capítulos iniciales se correspon-
den con una historia analítica, el resto de la obra transcurre en una difusa frontera
entre el análisis y la narración que desdibuja las prácticas y las experiencias de los
inmigrantes. Por otro lado, el estilo general del libro no respeta del todo los postu-
lados de la colección en la que se inserta, cuyo objetivo es captar la atención de un
público no especializado. Envuelto en juegos de escalas y simulaciones, en espe-
culaciones tan sofisticadas como abstractas, por momentos, Devoto parece olvidar
que no está escribiendo tan sólo para académicos. Sin embargo, estas falencias en
nada deslucen a una obra sustentada en dos sólidos pilares: una laboriosa investiga-
ción y unos argumentos que resultan de la reflexión crítica y refinada.

MARÍA M. BJERG
U. N. DE QUILMES - CONICET

Ignacio Klich (compilador): Sobre nazis y nazismo en la cultura argentina.


Hispamérica C/o Latin American Studies Center,University of Maryland, EE.
UU. de A., 2002, pp. 252

El libro que nos ocupa es parte de la producción intelectual de la Comisión


para el Esclarecimiento de las Actividades del Nazismo en Argentina (CEANA),
cuya creación data de 1997, impulsada por el entonces canciller Guido Di Tella.
Según se expresa en la presentación, el texto es el producto de cumplir con
uno de los objetivos que impulsó las actividades de la CEANA: Evaluar el im-
pacto que la ideología nazi y la afluencia de criminales y otros nazis tuvieron
sobre la cultura, sociedad y gobierno argentinos.
Sobre este tema se volcó mucha tinta, ya que despertó una amplia gama de
estudios específicos, que condujeron a investigaciones desarrolladas por historia-
dores (Newton, Buchrucker y otros), quienes aportaron trabajos interpretativos e
instrumentos metodológicos que permitieron analizar sin prejuicios la importan-
cia relativa que la presencia nazi tuvo sobre el pensamiento y la política argentinos.
Simultáneamente, la temática también fue explorada por el periodismo, cuya pre-
ocupación mayor consistió en subrayar la presencia de un importante número de ex
jerarcas nazis refugiados en Argentina comprometidos con el régimen y exaltar la
influencia de su ideología en intelectuales y políticos locales (Camarassa, Goñi).
La historia del vínculo de funcionarios locales con el nazismo y con el fascis-
mo es un tizón ardiente en manos no siempre mesuradas para mirar y medir esa
relación. Muchos han intentado dar respuesta a múltiples interrogantes para deve-
lar si: ¿fue la Argentina de la década del ’30 un campo propicio para el desarrollo
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de ideas nazis? ¿Acaso prevaleció el antisemitismo de algunos grupos ligados a


la derecha más radicalizada, encolumnada o no detrás del catolicismo? ¿Algunos
intelectuales argentinos aceptaron incorporarse al coro antisemita pero partici-
pando de una suerte de antisemitismo visceral, sin compromiso con el todo ideo-
lógico del nazismo? ¿El primer gobierno peronista, actuó con complacencia y
favoreció el refugio de criminales de guerra nazis, y otros como el jerarca croata
Pavelic, vinculados estrechamente con el nazismo y su política de exterminio?
¿La captura de Eichmann y su posterior ajusticiamiento en Israel, dividió la opi-
nión política del mismo gobierno de Frondizi?
En la presente compilación, podemos advertir un hilo conducente para revisar
y dar respuestas a las preguntas que señalamos. En ese sentido, observamos que
desde una marco crítico y analítico, los ocho ensayos que componen la estructura
del texto, están atravesados por un corte cronológico que ocupa el lapso entre 1930
y la década del ’70 aproximadamente, período en que los diversos estudios discu-
ten y demuestran (a través de trabajos dispares en cuanto a su extensión) la vigencia
y posibilidad de seguir pensando sobre la presencia nazi y sopesar el grado de in-
fluencia que la ideología nazi tuvo sobre la cultura Argentina.
Teniendo en cuenta estas consideraciones observamos que los ensayos de Saúl
Sosnowski y Fernando Degiovanni analizan, desde el ámbito literario, el impacto
de la Segunda Guerra Mundial y la expansión de las ideologías autoritarias y totali-
tarias. Sosnowski, revisa textos de Borges, el teatro de Griselda Gambaro y la bio-
grafía de Maes escrita por Buch, todos ellos producidos en contextos históricos
diversos pero que contienen un común denominador: la denuncia y la preocupación
ante la expansión de las ideas totalitarias, (Borges) la asfixia de los seres que de-
ben padecerlas (Gambaro, cuando compara esta situación con la vivida en la Argen-
tina del Proceso) la complacencia y el pacto de silencio (Buchs) que incluyó a
alemanes nazis y no nazis residentes en la Argentina y a los argentinos que también
optaron por mirar hacia otro lado ante la sospecha de convivir con los refugiados
comprometidos intensamente con el Tercer Reich.
A su vez, F. Degiovanni encamina su trabajo hacia la revisión de las posicio-
nes del campo intelectual argentino ante la amenaza de una nueva guerra mundial
que comprometería al mundo europeo, pero que planteaba dudas acerca de la ca-
pacidad espiritual y material de América para enfrentar los efectos del conflicto
y que también obligaría a la Argentina a tomar posición al respecto.
Para desarrollar este tema Degiovanni se remite a las opiniones de las revistas
Nosotros (neutralista) y Sur (pro-aliada) mientras que paralelamente revisa el dilema
que preocupa a los diversos colaboradores de ambas publicaciones ante la Segunda
Guerra Mundial y el arrollador efecto del nazismo ¿Estaba la cultura americana pre-
parada para asumir la responsabilidad de continuar con el legado cultural europeo?
Por su parte L. Senkman lleva a cabo un pormenorizado análisis de ensayos y
novelas políticas (Hombres en Soledad y Uno en la multitud) que le permiten
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insertar desde la Historia de las Ideas el itinerario del pensamiento político de


Manuel Gálvez individualizando las fuentes ideológicas de las que el autor supo
beber: el nacionalismo católico, el hispanismo, el integrismo francés y su atrac-
ción posterior por el fascismo italiano (según su ensayo Este pueblo necesita).
Del fascismo lo atrae la “justicia social” que Gálvez también adjudica al peronismo
y obviamente a su líder, el Gral. Perón, una atracción que abandona abruptamente
ante los hechos de violencia desplegados por el peronismo contra la iglesia católi-
ca en junio de 1955. Asimismo, Senkman reflexiona sobre una particularidad en el
pensamiento y obra de Gálvez, ya que a pesar de la constelación ideológica en el
que sumerge su pensamiento no cae en la tentación de adherir al antisemitismo,
una posición que lo llevará a polemizar con algunos de sus contemporáneos.
Desde otro lugar, Cristian Buchrucker nos introduce, a través de una minu-
ciosa tarea conceptual y metodológica, en el debate siempre recurrente por dife-
renciar los regímenes conservadores y autoritarios de las dos versiones del fas-
cismo “versión normal” (italiana) y la “versión extrema” (nacionalsocialista)
Buchrucker analiza y caracteriza bajo el nombre de Los nostálgicos del “Nuevo
Orden” europeo a los protagonistas y colaboradores europeos de las versio-
nes fascistas arriba mencionadas convertidos en conservadores-autoritarios al
llegar a la Argentina.
El autor se aboca a la búsqueda de las posibles vinculaciones de estos gru-
pos con la cultura política argentina y con esa finalidad sigue sus acciones, las
redes que construyeron y los medios de expresión a través de los que se mani-
festaron en el contexto de la Argentina de la década del ’30 hasta 1945 aproxi-
madamente. Buchrucker observa que aquellos nostálgicos desplegaron estrate-
gias de alcance internacional durante el período de la Guerra Fría con la inten-
ción de lograr “El renacimiento de un polo derechista a nivel internacional”,
pero refuta a quienes les adjudicaron un papel determinante sobre la cultura
política argentina, como también a la supuesta existencia de un núcleo duro de
refugiados nazis. Esta teoría no implica que Buchrucker resalte la existencia de
una prédica antisemita que no encontró duras críticas en el espacio universita-
rio y en la prensa local entre otros ámbitos.
Daniel Sabsay y Andrea Pochak investigaron alrededor de 250 fallos de
tribunales argentinos entre 1933 y 1958, con la finalidad de verificar si existió
o no la influencia de las ideas nacionalsocialistas o teorías próximas que pu-
dieran haber dado lugar a la discriminación contra el extranjero o actuado bajo
la influencia de ideas eugenésicas.
Luego de considerar varios casos destacados los autores concluyen que no
hubo –durante el período analizado– decisiones judiciales que permitan advertir
pronunciamientos abiertamente antidiscriminatorios si se intenta acercarse al tema
bajo consignas como “nazismo”, “ judaísmo” o “discriminación”. Por el contrario
si la búsqueda se inicia incorporando lo que Sabsay y Pochak llaman otras “voces”
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es posible advertir la presencia de las ideas nazi-fascistas en algunos fallos, sobre


todo en aquellos casos donde eran judíos los que actuaban en calidad de partes. A
pesar de ello, los autores advierten que no puede hacerse una generalización de la
actuación de los magistrados en ese aspecto, y mucho menos considerar que aquel
ideario se hubiera consustanciado en los estamentos judiciales.
Por su parte, María Inés Barbero y Marcelo Rougier revisan la producción
historiográfica de las relaciones internacionales en el período 1930-1955, tenien-
do en cuenta los temas, debates en discusión y nuevas perspectivas. En ese camino,
se observa que en el campo de la historiografía de las relaciones internacionales
hay dos cuestiones –al menos en el período aquí estudiado– que ocupan central-
mente a quienes cultivan la disciplina: la Segunda Guerra y la neutralidad argentina
respecto a la misma. Con esa finalidad, Barbero y Rougier avanzan en el análisis y
las polémicas entre autores acerca de cómo tratar las relaciones internacionales
(ver M. Rapoport y C. Escudé) y otras discusiones suscitadas sobre la caracteriza-
ción nazi del gobierno militar surgido con el golpe del ’43 y posteriormente del
peronismo. Sobre estos temas los autores remiten a los trabajos de I. Klich, y entre
los extranjeros a Ronald Newton, Joseph Tulchin y Roger Gravil. Asimismo, acer-
cándose a discusiones más próximas Barbero y Rougier resaltan otros estudios
más centralizados en las relaciones internacionales durante el peronismo y suman
los aportes de otros historiadores, como Mónica Quijada y Raanan Rein quienes se
preocuparon por la relación peronismo-franquismo.
La preocupación por conocer la mirada argentina sobre el nazismo, da lugar a
que María Inés Tato y Luis Alberto Romero se preocupen por seguir las posiciones
de la prensa local (La Nación, La Prensa, La Razón, Crítica, El Mundo, la revista
Caras y Caretas y otras) ante el advenimiento de Hitler.
Tato y Romero señalan que la percepción periodística sobre el fascismo y el
nazismo consistía en considerarlos como fenómenos pasajeros, desviando más la
atención sobre la particular característica de sus jefes y la retórica de la que hacían
gala. En el caso de Hitler la mirada parece detenerse en su personalidad extravagan-
te y los excesos cometidos no ocupaban un lugar central siempre y cuando fueran
útiles para detener al demonio comunista soviético; es importante recordar tam-
bién la persistencia en grupos tradicionales de un fuerte componente antisemita
que subyacía desde la década del ’30. Recién a partir del estallido de la Segunda
Guerra Mundial comienzan a dibujarse los rostros del enemigo y se los reconoce
como “fascismo” o “totalitarismo” según la mirada provenga de la izquierda, enrolada
en el antifascismo o de una proyección liberal que englobaba al nazismo y al comu-
nismo soviético. Ante estas representaciones antagónicas, la posibilidad de que el
nazismo ocupara un lugar central o despertara fuertes adhesiones en la derecha
argentina se diluyó, y quedó en manos de los grupos más radicalizados y en las
publicaciones de su producto. En cuanto a la prensa, los autores señalan que optó,
con posterioridad a 1939, a situarse en el campo antifascista.
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El trabajo de I. Klich cierra el texto con la revisión del efecto de la captura de


Eichmann luego de 40 años de ocurrida. El ensayo, que incorporó fuentes orales
(entrevistó varios ex diplomáticos) y también prensa escrita local, se propone re-
componer las partes de un rompecabezas como fue el caso Eichmann, debido en
gran parte a la carencia de bibliografía desde el lado argentino. El secuestro de
Eichmann (un hecho que según Klich, se mantuvo en el congelador por largo tiem-
po) fue un disparador para el renacimiento de temas recurrentes sobre la presencia
de criminales nazis en la Argentina y sobre la particular tradición político-diplo-
mática argentina, refractaria a conceder extradiciones.
Klich indaga minuciosamente (las notas al pie de página componen otro texto)
el derrotero y el caos diplomático en que se vio envuelto el gobierno argentino
(Frondizi) ante el operativo montado por su par israelí que devino en la captura de
Eichmann en el Gran Buenos Aires; un hecho que conllevó la interrupción de las
relaciones bilaterales e impactó en la opinión internacional.
Asimismo el rapto reinstaló la percepción de la Argentina como refugio de los
jerarcas nazis y de sus colaboradores. A su vez, ante el permanente reclamo del
gobierno de Israel para lograr la extradición, no resulta fácil desenmarañar el ovi-
llo que constituyen las complejas y diferentes percepciones del presidente Frondi-
zi por un lado y sus colaboradores en la cancillería por otro, ya que éstos
mayoritariamente provenían de la derecha política; tampoco se pueden soslayar los
consecuentes reclamos de los militares que clamaban por protección y defensa,
hipersensibilizados por el rapto de Eichmann y motorizados para terminar con el
gobierno de Frondizi. En palabras de Klich, el caso Eichmann debilitó interna-
mente a un importante gobierno electo, y lo dañó políticamente.
El texto se detiene aquí, y nos preguntamos sobre la posibilidad de haber
incluido en esta presentación otras investigaciones que revisaran la presencia
nazi y su relación con espacios artísticos locales y pensar el modo de explorar la
modalidad de la educación impartida en las escuelas de la colectividad alemana
en Argentina. En ese sentido, esperamos que futuros trabajos incluyan estas y
otras temáticas. De más está decir que la presente compilación refuerza la nece-
sidad de potenciar estas tareas colectivas alrededor de ejes problemáticos que
permiten el intercambio y la discusión sobre aspectos comunes entre investiga-
dores argentinos y extranjeros.

MARÍA VICTORIA GRILLO


(UBA)