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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr.

Emilio Ravignani”
Tercera serie, núm. 25

GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY.


COMIENZOS DEL SIGLO XIX

RAQUEL GIL MONTERO*

Ella quería a sus cuatro enemigos porque la gente del campo no siente los odios
patrióticos, pues eso es pertenencia de las clases superiores. Los humildes, los
que pagan más por ser más pobres y aquellos a quienes cada carga nueva
abruma, aquellos a quienes se mata a centenares y forman la verdadera carne
de cañón por ser los más numerosos, los que sufren horriblemente a causa de
las miserias de la guerra, no comprenden el ardor bélico, ni el honor excitable,
ni esas pretendidas combinaciones políticas que en seis meses agotan a dos
naciones, la vencedora y la vencida.1

Si no arreglamos la milicia y tenemos Ejércitos disciplinados, como V. sabe, no


hay que contar con Nación. Nuestros paisanos todavía no conocen la causa que
defienden, a mi ver, y así es que abrigan a los desertores que después de tantos
trabajos y gastos perjudican además en su deserción los intereses de los particu-
lares donde pasan.2

El objetivo general de este trabajo es mostrar las consecuencias que tiene la


guerra para los habitantes de territorios que fueron campo de batalla. En particu-
lar, nos interesa analizar un período delimitado por dos guerras en la “puna de
Jujuy”, región que evidenció a partir de ese momento la inversión de las tenden-
cias demográficas observadas hasta fines de la colonia, y el inicio de una estruc-
tura poblacional que continúa hasta el presente. Al hablar de dos guerras nos

* CONICET, Instituto de Estudios Geográficos (Universidad Nacional de Tucumán), PROHAL,


UNHIR (Universidad Nacional de Jujuy).
1 Guy de Maupassant, “La vieja salvaje”, en: La vieja salvaje y otros cuentos, Buenos Aires,
Centro Editor de América Latina, 1971, p. 68.
2 Carta de Belgrano a Güemes, Tucumán, 18 de agosto de 1816, en: Epistolario Belgraniano,
Buenos Aires, Taurus, 2001, p. 463.

9
10 RAQUEL GIL MONTERO

referimos a las de independencia (1810-1825) y la que tuvo lugar contra la


Confederación Peruano-boliviana (1836-1839). No analizaremos aquí las ten-
dencias demográficas –que fueron objeto de otros análisis–,3 sino el desarrollo
de las guerras y sus consecuencias sociales y económicas, que son las que
explican dichos cambios en las tendencias.
El análisis general de las guerras en el ámbito rioplatense ha sido realizado,
hasta el momento, desde diferentes perspectivas que se fueron complejizando en
los últimos años con el reexamen que se hizo del período, en el marco del estudio
de la formación del Estado-nación.4 El escrito más importante, que excede larga-
mente el plano político para entrar en el social y económico de las diferentes
regiones integrantes del virreinato del Río de la Plata, continúa siendo Revolución
y Guerra, de Tulio Halperin Donghi.5 Dentro de la historiografía regional, la gran
mayoría de los trabajos sobre el tema tiene un carácter político, fáctico, localista,
destinados en general a legitimar a los sectores dirigentes.6
Desde la perspectiva del “gobierno central”, la guerra presenta una cronología
poco discutida: los primeros cinco años, desde 1810, pertenecen a un período
marcado por intentos de cambiar algunos de los legados del régimen colonial,
período que, además, tiene importantes diferencias internas.7 Dentro de éste, se
destaca un comienzo favorable a la “causa patriota” y las posteriores derrotas que
hicieron abandonar la idea de atacar el Alto Perú por Jujuy y Salta. Desde 1815
hasta 1820, en cambio, las medidas se orientaron cada vez más hacia una respe-
tuosa continuidad del orden heredado: es un período más conservador. En 1820 se
terminan, desde esta perspectiva, las referencias a la guerra, salvo algunas aisla-
das relacionadas con el peso que debió soportar el interior.

3 Raquel Gil Montero, “Población, medio ambiente y economía en la Puna de Jujuy, Argentina,
siglo XIX”. Enviado a evaluar a la Revista de la ADEH. Versión corregida de la ponencia presentada
en las XVIII Jornadas de Historia Económica, Mendoza, septiembre de 2002.
4 Noemí Goldman, “Crisis imperial, revolución y guerra (1806-1820)”, en: Noemí Goldman
(dir.), Nueva historia argentina. Revolución, república, confederación (1806-1852), Buenos Aires,
Ed. Sudamericana, 1998.
5 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina
criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972. Este autor le dedicó a la guerra un importante espacio en el libro
Historia Contemporánea... citado y un estudio específico vinculado al estado fiscal en su libro Guerra
y finanzas en los orígenes del Estado Argentino (1791-1850), Buenos Aires, Ed. de Belgrano.
6 El caso más notable por la abundancia de trabajos de este tipo es, sin dudas, el de Güemes en
Salta. Para una síntesis cfr. Sara Mata, “Costo económico y social de la guerra de independencia. Salta
en la primera década revolucionaria”, en: Actas Segundas Jornadas de Historia Económica, CD
editado por la Asociación Uruguaya de Historia Económica, julio de 1999. De la misma autora,
“‘Tierra en armas’. Salta en la revolución”, en: Sara Mata (comp.), Persistencias y cambios: Salta y
el Noroeste argentino. 1770-1840, Rosario, Prohistoria, 1999, pp. 149-175.
7 Los intentos de cambio se dieron dentro de una moderada continuidad, como veremos más
adelante.
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 11

El “interior”, por su parte, presenta también sus perspectivas diversas. Vistas


desde Cuyo, las guerras exigieron preocupación y erogaciones crecientes hasta
las campañas de San Martín, cuando dejan de pesar directamente en el territorio.
Vistas desde Jujuy y Salta, en cambio, las guerras continuaron hasta 1824, año en
el que el frente naval en el Perú, los ejércitos patriotas y las luchas internas entre el
Virrey y Olañeta alejaron a los realistas de aquellos territorios que durante todos
esos años habían seguido siendo (junto a Tucumán, al menos en un primer mo-
mento) los lugares de abastecimiento de ganados y retaguardia de las guerras. Si
nos concentramos, aún más, en un territorio dentro de Jujuy y Salta, en la Puna de
Jujuy y los valles adyacentes (actuales departamentos de Rinconada, Cochinoca,
Yavi y Santa Catalina en Jujuy, Santa Victoria e Iruya en Salta), la guerra significó
sobre todo saqueo, batallas, ocupaciones, establecimiento de cuarteles generales
diversos, reclutamientos y persecuciones, hasta 1824.
Las distintas perspectivas con respecto a las guerras no sólo están determinadas
por los diferentes espacios geográficos. La enorme mayoría de los trabajos abordan el
impacto de las guerras centrándose en las minorías dirigentes. Este análisis puede ser
muy variado, desde el estudio de las “personalidades” que participaron en ellas, el del
impacto que ellas tuvieron en la economía de los comerciantes y hacendados residen-
tes en las actuales capitales de provincia, el de las transformaciones habidas en los
sectores dirigentes, o el de las modificaciones producidas en los sectores económicos
más importantes. Poco se sabe acerca de los demás sectores que padecieron la gue-
rra, aquellos a los que hace referencia el cuento de Guy de Maupassant del epígrafe:
los milicianos, los habitantes de los campos que fueron escenario de las batallas, los
campesinos proveedores –involuntarios– de ganados y alimentos.8
Trabajar sobre la situación de los puneños durante las guerras y sobre las
consecuencias de éstas en sus vidas, sin embargo, es difícil en nuestra región. La
inexistencia de testimonios directos sobre este aspecto, en particular, nos obligó a
utilizar referencias indirectas y con una fuerte carga en la visión que las autorida-
des militares y políticas tenían de ellos.

EL CONTEXTO

Con las guerras de independencia se inicia una larga etapa de transición que se conoce
en la historiografía como de formación del Estado nacional. En toda América Latina,

8 Un trabajo reciente de Gustavo Paz incursiona en estos temas, poco conocidos, y analiza la
situación de las milicias en Jujuy y Salta, las consecuencias políticas y sociales de la guerra y, sobre todo,
la relación entre las elites y los gauchos. Cfr. Gustavo Paz, Province and Nation in Northern Argentina.
Peasants, Elite and the State, Jujuy 1780-1880. Tesis Doctoral. UMI Dissertation Services, 1999.
12 RAQUEL GIL MONTERO

estas guerras marcaron una época de grandes transformaciones, que podemos


sintetizar –simplificando excesivamente– en la aparición de una violencia popular,
anónima e incontrolable; una mayor militarización de la sociedad; una democrati-
zación limitada; un cambio en la significación de la esclavitud y de la división por
castas; una importancia creciente de los sectores rurales y una apertura plena al
comercio internacional.9 En el caso puntual del Río de la Plata, una de las conse-
cuencias más significativas de estos cambios –que comenzaron un poco antes de
las guerras– fue la tendencia que se manifestó claramente a partir de la primera
mitad del siglo XIX y que no se modificó sino que se profundizó con el tiempo: el
ascenso del litoral y la pérdida de importancia relativa del actual noroeste argentino.
Hacia el final de las guerras, se inicia un período de luchas internas en la actual
Argentina, del que no escapa la provincia de Jujuy, que sólo en 1834 comenzó a
organizarse como provincia independiente. Esto significó, entre muchas otras cosas,
la necesidad de organizar el Estado fiscal. A semejanza de otros espacios en los
que la población tributaria era significativa (nos referimos a los actuales Perú,
Bolivia y Ecuador), en la legislatura de Jujuy se debatió la necesidad de continuar
la cobranza de los tributos indígenas que habían sido abolidos (teóricamente) a
partir de las guerras de independencia. Esta medida se había tomado para borrar
las discriminaciones coloniales y para proveer de soldados a los ejércitos. A pesar
de ello, en Jujuy se reimplantaron por poco más de una década al finalizar la guerra
contra la Confederación Peruano-boliviana.
El motivo de la reimplantación de los tributos fue el mismo, tanto para el
gobierno provincial de Jujuy como para las diversas administraciones de los de-
más países andinos: las alicaídas arcas de los nuevos Estados no soportaban el
recorte de uno de sus principales ingresos.10 Hay diferencias significativas, sin
embargo. Las principales se podrían sintetizar en los temas de escala y cronología:
en los países mencionados el problema se presenta en el marco de un proyecto de
Estado-nación, mientras que en el caso de Jujuy estamos hablando de una provin-
cia y, dentro de ella, sólo una región afectada (la Puna). Es una provincia que
difiere completamente del promedio de la actual Argentina y del proyecto de na-
ción, esbozado a partir de 1810.

9 Tulio Halperin Donghi en su Historia Contemporánea de América Latina, Madrid, Alianza


Editorial, 1980 [1969], cap. 3.
10 El debate acerca de los Estados Nacionales en formación y los tributos es muy extenso y no

está exento de polémica. Confróntese, entre otros, Tristan Platt, Estado boliviano y ayllu andino.
Tierra y tributo en el norte de Potosí, Perú, IEP, 1982; Heraclio Bonilla, “Estado y tributo campesino.
La experiencia de Ayacucho”, en Heraclio Bonilla (comp.), Los Andes en la Encrucijada. Indios,
comunidades y Estado en el siglo XIX, Quito, Ediciones Libri Mundi, FLACSO, Sede Ecuador, 1991,
pp. 335-366; Nils Jacobsen, Mirages of transition. The Peruvian Altiplano, 1780-1930, California,
University of California Press, 1993.
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 13

Es por ello que la cronología es también divergente: mientras que el problema


de los tributos se manifiesta desde las guerras de independencia como tema a
discutir en los países mencionados, en Jujuy el debate recién comienza cuando
finaliza la guerra contra la Confederación Peruano-boliviana, en parte coincidien-
do con la necesidad de definir de dónde iban a provenir los recursos del flamante
Estado provincial. 11 Una parte importante de los argumentos a favor de la
reimplantación se apoya en el papel que los puneños tuvieron en las guerras, de allí
que mencionamos esta discusión como parte del contexto de nuestro trabajo.
El Partido de la Puna de Jujuy había pertenecido durante la colonia a la juris-
dicción de la ciudad de Jujuy, y estaba integrado por los actuales departamentos
de Cochinoca, Yavi, Santa Catalina y Rinconada. Más del 85% de su población era
indígena según los censos de fines del siglo XVIII,12 cuya economía se basaba
fuertemente en el pastoreo de llamas y ovejas, en la extracción de sal, en la minería
a pequeña escala y en actividades asociadas (producción textil, arriería). Hacia
fines del siglo XVIII, más del 60% de la población de la actual provincia de Jujuy
vivía en la Puna, que –además– había sido a lo largo de mucho tiempo un área de
captación de migrantes por estar exenta de las obligaciones coloniales, sobre todo
de la mita, es decir, del trabajo por turnos en las minas potosinas.
Durante el período colonial la Puna estaba plenamente integrada al “espacio
peruano”13 y sus habitantes participaban activamente en la economía regional. Las
transformaciones traídas por las guerras de independencia convirtieron a esta
región, otrora en pleno camino hacia el centro económico de Potosí, en parte de la
frontera internacional con Bolivia. Esta frontera separó la Puna de Jujuy del resto
de las “tierras altas”, pobladas también por mayoría indígena, y de sus tradiciona-
les mercados de abastecimiento e intercambio.
La situación descripta fue cambiando radicalmente a lo largo de los siglos
XIX y XX. Actualmente es una región expulsora fundamentalmente de hom-
bres, donde reside poco menos de un 6% de la población total provincial. El
momento en el que comienzan a verse estos cambios es el de las guerras men-
cionadas en la introducción.

11 El problema de los tributos en Jujuy fue tema específico de otro trabajo. Cfr. Raquel Gil

Montero, “Tierras y tributo en la puna de Jujuy. Siglos XVIII y XIX”, en: Judith Farberman y Raquel
Gil Montero, Los pueblos de indios del Tucumán colonial: pervivencia y desestructuración, Quilmes,
UNQ Ediciones, Ediunju, 2002.
12 Los censos del período independiente no incluyen las diferenciaciones étnicas. Los porcenta-

jes de población conforme a la filiación étnica varían según sea la fuente consultada. Somos conscien-
tes de los problemas que trae ajustarse a estas definiciones tan poco precisas.
13 Nos referimos al concepto acuñado por Assadourian. Cfr. Carlos Sempat Assadourian, “Eco-

nomías regionales y mercado interno colonial. El caso de Córdoba en los siglos XVI y XVII”, en:
Assadourian, El sistema de la economía colonial. El mercado interior, regiones y espacio económi-
co, México, Editorial Nueva Imagen, 1983.
14 RAQUEL GIL MONTERO

Lo que nos interesa destacar, sin embargo, no es la situación actual sino la de


comienzos del siglo XIX. En aquel período, como vimos, la población de la Puna
era muy semejante a la de la actual Bolivia en cuanto a su composición. Esta
situación es fundamental para entender el desarrollo de las guerras y sus conse-
cuencias, como veremos a continuación.

LAS GUERRAS DE INDEPENDENCIA

En los Andes meridionales, las guerras de independencia se dieron en un clima


social y político muy diferente al largamente descripto para la capital virreinal del
Río de la Plata. La sublevación de Tupac Amaru afectó doblemente la relación que
había entre los criollos y los indígenas: por un lado aumentó el recelo y el temor de
los primeros con los segundos y por otro lado se avanzó en el proceso de iguala-
ción negativa con la desaparición de la aristocracia nativa.14 El resultado fue una
relación que se tornó claramente despectiva y de desconfianza. Fue con este mar-
co como telón de fondo que tres décadas más tarde tuvo lugar la proclama de
Castelli, en la que daba por concluida la servidumbre indígena.15
Durante estas guerras “el Alto Perú no sabe si ha sido liberado o conquistado;
sus hombres se sienten diferentes a los soldados llegados del sur; los dirigentes
revolucionarios, por otra parte, no pueden sino juzgar incierto el futuro de su
causa en esas tierras remotas y proceder en consecuencia”.16 Fue por todo ello
que tras la derrota de Huaqui, en junio de 1811, en el Río de la Plata comenzaron
a replantearse algunas consignas de la revolución, entre ellas la de los cambios
radicales del estatus de los tributarios. Las declamaciones libertarias realizadas en
un comienzo en el Alto Perú se tornaron más moderadas en las regiones controla-
das; así, cuando la Junta dispuso “que en cada intendencia se elija un representan-
te de los indígenas [...] [se] excluye explícitamente a las de Córdoba y Salta”.17
Para entender la relación de la población de la Puna de Jujuy con las guerras,
es necesario conocer no sólo el contexto social de la región mayor (nos referimos
a toda esta frontera de guerra, comprendida entre Tucumán y Potosí por lo me-
nos), sino además la composición del ejército y de las milicias. Los relatos de una

14 Cecilia Méndez, “República sin indios: la comunidad imaginada del Perú”, en: Henrique Urbano

(comp.), Tradición y modernidad en los Andes, Cuzco, Centro de Estudios Regionales Andinos
“Bartolomé de las Casas”, 1992, pp. 15-41.
15 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra..., citado, pp. 250-251.
16 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra..., citado, p. 252
17 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra..., citado, p. 253.
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 15

y otra parte nos dejan entrever una suerte de reproducción de la sociedad y parte
de sus conflictos dentro de ambos ejércitos.
Los oficiales a cargo, gran parte de ellos “patricios” nacidos fuera de la re-
gión, estaban al mando de cuerpos heterogéneos de soldados criollos e indígenas
a los que despreciaban profundamente, como veremos a lo largo de este apartado.
Aquéllos entendían, y hasta aceptaban, con mucha más frecuencia las actitudes
de sus enemigos (obviamente las de sus pares) que las de sus subordinados. Aún
en los peores episodios bélicos, los oficiales prisioneros eran bien tratados, se
canjeaban, y se mantenía una buena comunicación.
Dentro de los ejércitos rioplatenses las relaciones entre los oficiales y los
diferentes sectores subalternos no eran iguales, sino que presentaban algunos
matices, con frecuencia sutiles. Con respecto a la mirada que tenían de los gau-
chos y criollos –que participaron activamente de las milicias– muchas veces se le
sumaba la admiración al desprecio. Por el contrario, a los indígenas –salvo esca-
sas excepciones– se los miraba con sospecha y desprecio. En este sentido, en la
Puna –como dijimos habitada por más de un 85% de indígenas residentes en el
ámbito rural– se vivía una situación mucho más parecida a la del Alto Perú que a
la de Salta, donde predominaban los gauchos.18
Visto desde la Puna, el período de las guerras de independencia puede parecer
confuso. Esta falta de claridad parte de un hecho concreto que fue la alternancia de
las autoridades en la región, ya que a lo largo de aquellos años fue dominada por
turnos, por uno y otro ejército, fueron cambiadas las autoridades según quien domi-
nara, y muchas veces fue tierra de nadie. Ni uno ni otro ejército podían garantizar la
ocupación completa de esta región enorme que se consideraba habitada por una
población evasiva y “poco confiable”, y que era demandada por ambas fuerzas.
Pero allí no terminan las incertidumbres. La principal hacienda de la región
pertenecía al marqués del Valle de Tojo, también encomendero de una de las dos
únicas encomiendas regionales que no sólo había persistido hasta el siglo XIX,
sino que aún conservaba una población muy significativa. El papel del marqués
con relación a la participación en la guerra de esta porción de los puneños fue
central, pero no unívoco.
Durante los primeros años de la guerra, el marqués actuó a favor del ejército
realista al mando de tropas, aunque también aprovechando sus fluidas relaciones con
los oficiales y con las autoridades de ambos ejércitos para hacer de intermediario.19

18 Estamos simplificando una realidad por demás compleja, ya que la participación indígena en el

Alto Perú fue diferente según la región y el momento analizados. Lo mismo pasó en la actual
Argentina. Aquí nos referimos a la situación más frecuente.
19 Fondo John Carter Brown Library, en adelante JCB. Extraordinaria ministerial de Buenos Aires.

Jueves 30 de abril de 1812. Carta de Goyeneche al virrey de Lima, Potosí, 19 de febrero de 1812. Cfr.
también José María Paz, Memorias póstumas, Volumen 1, Buenos Aires, Emecé, 2000, p. 20.
16 RAQUEL GIL MONTERO

Seguramente, el marqués se sentiría más peruano que rioplatense en esta guerra, con
las ambigüedades que tenía en ese momento la expresión “peruano”.
Mirado con desconfianza por el gobierno central, fue llamado a Buenos Aires
en 1814, donde lo retuvieron hasta 1815 para mantenerlo alejado del escenario de
batallas. A partir de aquel momento, aunque por poco tiempo, se hizo cargo de la
defensa apoyando a Güemes y abandonando por un tiempo la mención de sus
títulos nobiliarios, en un gesto acorde a las circunstancias.20
El apoyo del marqués a la causa de la independencia fue breve: en noviembre
de 1816 fue tomado prisionero, con lo que, en palabras de Mendizábal –un estra-
tega español al que volveremos–, se contribuyó a que se tranquilicen Tarija y la
región sujeta al marquesado. A partir de allí y por algunos períodos, el cuartel
general realista se trasladó a Humahuaca y una vanguardia a Hornillos (una antigua
posta ubicada dentro de la misma Quebrada, aunque más cercana a la ciudad de
Jujuy), desde donde avanzaban hacia Salta.
Hasta ese mismo año de 1816, cuando cae prisionero su líder, encontramos
accionando en los alrededores de Yavi a un grupo organizado por el cura sustituto
de Yavi a favor de los realistas. De este grupo hay pocas referencias; lo curioso es
que coexistía con la defensa encabezada por el marqués, y prácticamente en el
mismo espacio. El responsable, teniente coronel doctor Zerda (además cura de
Yavi), organizó una milicia a la que llamó los Angélicos, en clara alusión y oposi-
ción a los Infernales, de Güemes.21
Tomado prisionero el marqués, la defensa continuó a cargo de Güemes hasta
su muerte, en junio de 1821, no sin grandes conflictos internos, disidencias con
Rondeau y con las autoridades de Jujuy, en medio de una gran penuria financiera
y de constantes avances de los realistas sobre Jujuy y Salta.
Las lealtades, descriptas con frecuencia como claramente definidas, no lo
eran tanto, no sólo en el caso del marqués que hemos reseñado, sino también con
respecto a otro sector de la población. Las autoridades acusaban de traidores y
dignos de poca confianza a la población indígena; sin embargo, los que realmente
trababan relaciones con los realistas eran, sobre todo, los sectores de las elites
urbanas. El ejército realista transitaba con gran frecuencia las provincias de Jujuy,
Salta y Tucumán (pertenecientes al “país enemigo”) contando con el apoyo de
algunos sectores locales, sobre todo en las principales capitales.22 Parte de la
población se replegaba con el avance realista, parte se quedaba manifestando su

20 Agradezco al Dr. Gastón Gabriel Doucet su generosa información acerca de la participación del

marqués en las guerras.


21 JCB, Gazeta de Buenos Aires del sábado 2 de noviembre de 1816.
22 Francisco Javier de Mendizábal, Guerra de la América del Sur. 1809-1824, Buenos Aires,

Academia Nacional de la Historia, 1997 [1824].


GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 17

simpatía abiertamente.23 Por lo menos un sector de la población salteña dejó me-


morables recuerdos en Francisco Javier de Mendizábal y Pérez de Isaba, español
destinado a inspecciones geográficas, quien se desempeñó como ingeniero militar
en las tareas de la guerra. Este ingeniero relata compungido la derrota de la batalla
de Salta (el 20 de febrero de 1813) y marca como uno de los errores del ejército
realista que

[los enemigos] continúan sus marchas sin ser sentidos, ni molestados, pues aunque corrían
rumores de que venían, se desprecian estos avisos, creyendo que sólo serían algunas partidas
de caballería campestre o gauchos, que querían robar ganado; es así que mientras descuidados
los nuestros en Salta (como Aníbal en Capua), no pensaban más que en festivas diversiones, se
hallaron el 15 de febrero con la noticia de que los enemigos estaban ya muy cerca, y aunque
entonces se hicieron algunos reconocimientos y salidas, no produjeron ventaja alguna.24

Y en una nota al pie, agrega:

Es mucha verdad que hubo seducción en el ejército, particularmente en algún jefe y oficiali-
dad, y era consecuencia casi precisa en un pueblo de muchas mujeres insinuantes y de
muchos atractivos, adictas las más acérrimamente al gobierno intruso, y con quienes tenían
las más relaciones nada decentes.25

No es de extrañar la simpatía de los sectores de elite con el ejército realista, ya


que muchos de ellos estaban incluso emparentados. El brigadier Olañeta, jefe de la
vanguardia del ejército realista, era vecino de Jujuy y estaba casado con doña
Josefa Marquiegui, lo que lo vinculaba a una de las familias más acaudaladas de la
ciudad.26 Olañeta fue cayendo lentamente en desgracia en los últimos años de la
guerra. De él, comenta Mendizábal que:

era subdelegado gobernador de Jujuy el año de 1812, cuando el brigadier don Pío Tristán
pasó con su vanguardia para el Tucumán, quien le dio el primer título a despacho que tuvo
de teniente coronel, que aprobó después el general Goyeneche. [...] Desde esta época como
el Ejército Real se ha mantenido en posesión de todo el país hasta Jujuy, el brigadier Olañeta
siempre ha estado de jefe de vanguardia, haciendo a veces sus correrías hacia Salta, según las

23 Sara Mata menciona en su trabajo, por ejemplo, casos de comerciantes que dejaban en manos

de simpatizantes realistas parte de sus bienes con la esperanza de recuperarlos cuando se hubieran
retirado. Cfr. “Costo económico y social...”, citado.
24 Mendizábal, Guerra de la América del Sur..., citado, p. 51.
25 Mendizábal, Guerra de la América del Sur..., citado, nota p. 52.
26 Joaquín Carrillo, Jujuy. Provincia federal argentina. Apuntes de su historia civil, Jujuy, UNJu,

1989 [1877], p. 339.


18 RAQUEL GIL MONTERO

órdenes del general en jefe que las disponía según las ocurrencias. Con el largo tiempo del
absoluto mando sobre unos mismos cuerpos, y a grande distancia del jefe principal, fue pues
tomando el brigadier Olañeta cierto ascendiente e influjo en aquellas tropas y como es casado
en Jujuy, y relacionado en el país, he aquí que según se dice fue entrando en negocios e
introducción de partidas de mulas con los del Tucumán.27

Mientras una parte de las elites mantenía relaciones cordiales con los enemi-
gos y sin embargo podía seguir viviendo en las ciudades, los sectores subordina-
dos que integraban las fuerzas militares, eran mirados con desconfianza por su
potencial traición. Nos detendremos en algunas expresiones vertidas por los res-
ponsables, en relación con los indígenas.
Hemos señalado que, desde 1815, el marqués queda a cargo de la defensa de
la Puna de Jujuy, respondiendo a Güemes, quien a su vez dependía militarmente
del ejército del Norte. Las fuerzas del marqués eran reclutadas entre la población
local (indígena), de la que desconfiaba. En 1816, le escribe a Güemes:

Tú debes creer que todos los indios son nuestros enemigos; y que éstos se hallan convirtién-
dose al enemigo de bomberos. A uno de ellos que pillaron mis avanzadas que ha sido Eusebio
Vilca, ayer lo pasé por las armas, basta de contemplaciones, ya es preciso rigor porque de lo
contrario nos veremos perdidos.28

Güemes por su parte le responde:

Bien pasado por las armas el indio Vilca y su suerte sigan cuantos bomberos caigan en tus
manos: el enemigo nos enseña el camino y ya es preciso que nos hagamos respetar y temer.
Ojalá limpiemos toda esa cizaña, remitiendo a Salta cuando menos a todos los indios sospe-
chosos, con sus mujeres y familias para darles un destino en que sean útiles y no nos
perjudiquen.29

La visión sobre los indios que tenía el entonces joven oficial del Ejército del
Norte José María Paz era mucho más radical que la del marqués. En sus memo-
rias recuerda que:

Habíamos llegado a la avanzada y conversando con el oficial que la mandaba hacíamos los
últimos aprestos para seguir nuestro proyectado viaje a Challapata, cuando trajeron un indio
que dijo que el enemigo venía por el camino de Oruro. Se despreció completamente la noticia

27 Mendizábal, Guerra de la América del Sur..., citado, p. 190 y ss.


28 Archivo Histórico de la Provincia de Salta, en adelante AHPS, Cartas del Marqués a Güemes,
Moreno, 6 de septiembre de 1816.
29 AHPS, Cartas de Güemes al Marqués, Jujuy, septiembre de 1816.
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 19

del indio, porque, efectivamente, acostumbraban a mentir mucho y engañarnos todos los
días. [...] Apenas habrían pasado cinco o seis minutos, cuando los centinelas avanzados
anunciaron la presencia del enemigo, por el mismo camino de Oruro. [p. 91]
He olvidado decir que aunque no se habían reunido las fuerzas de Cochabamba, lo habían
hecho dos o cuatro mil indios desarmados y sin la menor organización, instrucción ni
disciplina. De estos indios, una parte fue destinada a arrastrar los cañones a falta de bestias
de tiro, y la mayor se colocó en las alturas que rodean el campo, para ser meros espectadores
de la batalla. Éstos no podían ser de la menor utilidad, y sin duda el objeto del general
Belgrano sólo fue de asociarlos en cierto modo a nuestros peligros y a nuestra gloria; pero los
que fueron destinados a arrastrar los cañones fueron positivamente perjudiciales. Al primer
disparo del enemigo y aún quizás de nuestras mismas piezas, cayeron por tierra pegando el
rostro y el vientre en el suelo y comprimiéndose cuanto les era posible para presentar menos
volumen; si les hubiera sido dado a cada uno cavar un pozo para enterrarse, lo hubieran
hecho, y hubiera sido mejor porque habrían quitado de la vista del soldado un objeto tan
disgustante.30 [p. 108]

Sostener un ejército en el lugar de la guerra presentaba dos grandes proble-


mas: el reclutamiento de los hombres y su manutención. Ya mencionamos que una
parte de los reclutas (al menos en el caso del marqués, cuyas fuerzas permanecían
en la Puna) provenían del seno de una población que era tenida por potencial
traidora y cobarde. A este problema se le sumaba, además, el del mantenimiento
de las milicias. El marqués se quejaba de no tener con qué alimentarlos ni animales
para que los milicianos vigilaran el territorio. La gente que reclutaba el ejército
duraba poco en las filas:

la causa la ignoro porque comen bien, son socorridos semanalmente con dos reales, a nadie
se le maltrata, infiero que los indios son de la calidad de las golondrinas, que en llegando el
invierno buscan mejores temperamentos.31

Lo curioso es que, en cartas anteriores, el marqués pedía comida, desespera-


do, porque se le estaba acabando y sus comentarios acerca de los indígenas no
eran muy elogiosos, como así tampoco era suave el castigo que les aplicaba a los
sospechosos. Dudamos del “bienestar” que el marqués dice que tenían.
El costo económico de la guerra recayó fundamentalmente sobre la región y
es un problema omnipresente e insoslayable. En Jujuy se sumó el mal de ser campo
de batalla a los perjuicios provocados por la alteración de las relaciones económicas
con el Alto Perú. Los trabajos especializados en los circuitos comerciales regionales
insisten en que si bien no se interrumpieron las relaciones económicas, sí fueron

30 José María Paz, Memorias póstumas, citado.


31 AHPS, cartas de Güemes al Marqués, Casabindo, 27 de mayo de 1816.
20 RAQUEL GIL MONTERO

afectadas en forma significativa y, sobre todo, se discontinuó la relación con


Potosí y la Casa de la Moneda.32
Belgrano, a cargo del ejército, no cesaba de referirse a la falta de apoyo y a los
malabarismos que debía hacer para atender las necesidades de sus hombres. Tam-
poco deja de reconocer el esfuerzo que hicieron las provincias del norte “en esa
danza que es capaz de acabar con cuanto hay”.33 Lo cierto es que ya llevaban
varios años de pedido de contribución a dos provincias devastadas por las gue-
rras, que intentaban levantar cabeza. En palabras de Belgrano a Güemes:

Nuestros comerciantes son tan pobres diablos como nuestros hacendados; todo es miseria.
V. sabe que los caudales estuvieron en los europeos y que nuestros paisanos ahora empie-
zan; si les quitamos las alas antes de que crezcan, los dejaremos sin poder volar y por
consiguiente sin que nos puedan servir para lo sucesivo. Por otra parte, éste ni es comercio
ni merece semejante nombre, son unos vendedores a un pueblo pobre y miserable, cuyas
agendas están reducidas a hacer pan y empanadas, las que cesan cuando el pobre diablo del
ejército no tiene medio; lo que le sucede muy a menudo.34

El objetivo de este apartado es mostrar la coyuntura en la cual se desarrolló la


guerra, coyuntura que describimos poniendo el acento fundamentalmente en la
realidad social. Partimos de una región profundamente alterada por la sublevación
de Tupac Amaru que dejó como resultado (entre muchos otros) una sociedad
dividida por las etnias, en la que la relación con el indio se tornó despectiva y de
temor. No hay que olvidar, por otro lado, que a pesar de esta situación gran parte
de los recursos del Estado provenían precisamente de estos sectores subalternos en

32 Viviana Conti ha sido quien más profundizó en estos temas. Cfr. entre otros “Una periferia del

espacio mercantil andino: el norte argentino en el siglo XIX”, en: Avances de investigación en
Historia y Antropología, Salta, UNSa, 1989; “Articulación económica en los Andes Centromeridionales
(siglo XIX)”, en: Anuario de Estudios Americanos, XLVI, Sevilla, 1989; “Espacio económico y
economías regionales. El caso del Norte Argentino y su inserción en el área andina en el siglo XIX”,
en: Proyecto NOA N° 1, Sevilla, 1992.
33 Epistolario Belgraniano, citado, carta de Belgrano a Güemes, Tucumán, 22 de noviembre de

1816, p. 488. Rondeau curiosamente describe un panorama diferente, muy positivo, quizás por el tipo
de fuentes consultada (de carácter oficial) o quizás, porque “era de una bondad que rayaba en inepcia,
para el manejo de los negocios arduos de un ejército destinado a la guerra, en que el rival, Pezuela, había
demostrado tener habilidad y poder para causar severas derrotas” en palabras de Carrillo. Joaquín
Carrillo, Jujui. Provincia Federal Argentina. Apuntes de su historia civil (con muchos documentos).
Reimpresión facsimilar Jujuy, UNJu, 1989 [1877], p. 170. O quizás, finalmente, por la extrema igno-
rancia que tenía de lo que sucedía en la región, según los testimonios de Paz y otros militares, y por lo
que se desprende de la lectura de sus informes. Cfr. “Autobiografía del brigadier general don José
Rondeau”, en Biblioteca de Mayo. Colección de obras y documentos para la historia argentina. Tomo
II. Autobiografías. Buenos Aires, Senado de la Nación, 1960, pp. 1781-1842.
34 Epistolario Belgraniano, Tucumán, 14 de abril de 1817, p. 529.
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 21

forma de tributo. Fue una realidad que hizo difícil aplicar las medidas pensadas en
otros contextos, como por ejemplo la abolición del tributo o la igualdad de los indios.
Es en este contexto que transita un ejército que reproduce estos conflictos,
que desprecia pero que a la vez necesita de los hombres y recursos locales. Aun el
marqués, que no venía de otra región sino que había vivido largamente en la Puna
y que conocía a la población, consideraba a los indios como dignos de poca
confianza, potenciales traidores. Y ni hablar de otros oficiales como Paz, que
pensaba que se los podía usar como bestias de carga, a falta de mulas, y que eran
cobardes, indisciplinados y taimados.
Se trató, además, de una larga guerra que afectó profundamente las bases
económicas, que requirió constantemente de hombres, ganados, pastos, dinero.
Sus consecuencias serán objeto de un apartado posterior.

LA GUERRA CONTRA LA CONFEDERACIÓN

Las guerras de independencia inauguraron una nueva frontera internacional que


demoró en conformarse realmente y cuya historia está cruzada de redefiniciones
y tratados. En el caso de la Puna de Jujuy, lo cierto es que la frontera dividió una
región otrora fuertemente integrada en términos de historia, relaciones de paren-
tesco y economía. La población indígena de la Puna, por su parte, observó que su
situación con relación al nuevo Estado provincial tenía más desventajas que ven-
tajas en comparación con sus compartes bolivianos. Por ejemplo, en relación a los
problemas referidos a la propiedad de la tierra.
En este contexto de formación de la frontera, el hecho que desencadenó la
guerra, objeto de este apartado, fue la incursión dentro del territorio de hombres que
venían de Bolivia, a quienes se los acusaba de querer tomar la región. Esto ocurrió
en 1836, año en que hubo una serie de movimientos relacionados con el incremento
de las hostilidades. En mayo de 1837, se declaró formalmente la guerra. Los prime-
ros movimientos se iniciaron cuando eran gobernadores Alejandro Heredia en Tucu-
mán, Felipe Heredia (su hermano) en Salta y Pablo Alemán en Jujuy.
En agosto de 1838, la Puna quedó bajo el dominio del mariscal Santa Cruz por
un corto período, lo que motivó el reclamo del general Alejandro Heredia. Desde
Tupiza le respondió el general Braun, el 13 de agosto de 1838, diciendo que esta
afirmación era incorrecta ya que habían sido los mismos pueblos de la Puna y
Santa Victoria los que habían deseado pertenecer a la República de Bolivia.35

35 Clemente Basile, Una guerra poco conocida, Jujuy, UNJu, 1993, apéndice 70, pp. 193-194,

tomo II.
22 RAQUEL GIL MONTERO

Las hostilidades continuaron hasta la caída del mariscal Santa Cruz (que go-
bernaba la Confederación) en febrero de 1839. El final de la guerra se debió a una
conjunción de motivos que relataremos brevemente. Hacia fines de 1838 se inició,
en Buenos Aires, el bloqueo francés que continuó a comienzos de 1839 afectando
seriamente la economía rioplatense, lo que disminuyó aún más los aportes de
Buenos Aires para el financiamiento de la guerra. Alejandro Heredia ya venía recla-
mando un mayor apoyo de las demás provincias, ya que les estaba costando
demasiado a las tres provincias del norte, sin conseguir demasiado. Como conse-
cuencia de las derrotas de Coyambuyo y de Iruya, se replegó primero a Jujuy y,
más tarde, a Tucumán, desmovilizando a las milicias.
El 12 de noviembre de 1838, Alejandro Heredia fue asesinado, lo que desen-
cadenó una rebelión en Jujuy que depuso a Alemán, y otra en Salta que hizo lo
mismo con Felipe Heredia. La guerra había afectado profundamente las econo-
mías provinciales y se consideraba muy difícil el cuidado de la frontera con
Bolivia. En ese momento la coyuntura ayudó a la firma de un tratado de paz
ventajoso para la actual Argentina, pues Santa Cruz estaba afectado por conflic-
tos internos y externos. El “conquistador ridículo”, como era estigmatizado el
mariscal por la sociedad limeña que lo odiaba más por ser mestizo que por ser
boliviano,36 cayó en enero de 1839, vencido por el ejército chileno, y poco más
tarde comenzaron las negociaciones de paz con el general Miguel de Velazco,
que se había sublevado contra Santa Cruz, al sur de Bolivia. El territorio de la
Puna fue devuelto en marzo de 1839.37
Si recordamos lo dicho para las guerras de independencia, es evidente que
estamos ante dos guerras diferentes, no sólo por las motivaciones y el contexto
político general, sino además por la duración y el impacto regional. Sin embargo,
hay algunas semejanzas muy significativas, sobre todo si las pensamos desde la
perspectiva de la Puna.
Entre las semejanzas nos interesa destacar la composición de los ejércitos que
actuaron en la guerra, las estrategias militares adoptadas en el territorio y, final-
mente, la visión que se tenía de los indios. Nos detendremos en estas semejanzas
a continuación.

a) Los ejércitos. Al igual que en las guerras de independencia, el cuerpo prin-


cipal del ejército se conformó y tenía sede fuera de la Puna, aunque se destacaron
avanzadas que la ocuparon. La mayoría de las fuerzas que pelearon en esta guerra
estuvo compuesta por habitantes de los valles centrales y la quebrada de Humahuaca,
en gran parte porque se consideraba que la gente de la Puna huía y era preciso

36 Cecilia Méndez, “República sin indios...”, citado.


37 Cfr. Miguel Ángel Vergara, La guerra de la República Argentina contra el mariscal Santa
Cruz, Salta, Publicación del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, 1937.
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 23

“pillarla a bola”.38 Como en las guerras de independencia, las fuerzas militares llegaron
de afuera, se asentaron y demandaron alimentos y pasturas para los animales.39
La única mención que conocemos de un grupo reclutado dentro de la región es
del comienzo de las hostilidades. En julio de1836, ante la amenaza de la ocupación de
la Puna por una veintena de hombres llegados de Bolivia, Alemán crea cinco regi-
mientos y tres batallones y Heredia dispone la presencia de tropas en los puntos de
Yavi, La Quiaca, Santa Catalina, San Juan y otros puntos de la Puna como defensa.
De estas fuerzas, sólo un regimiento y un batallón estaban compuestos por puneños.
La composición del Batallón Dorrego (tres compañías), con tropas de Rinconada y
Santa Catalina, oscilaba entre 95 y 118 soldados hacia fines de 1836.40 Salvo esta
mención, durante el resto de la guerra no se habla más de estos grupos de puneños.

b) Las estrategias. El primer problema que se les presentó a las autoridades


militares fue con relación a las lealtades de los pobladores locales. Ya vimos que
durante las guerras de independencia la abolición de los tributos fue el estímulo
teórico que serviría para ganar la lealtad de los indios. En esta otra guerra se
trataba también de ganar el apoyo de los puneños, quienes –para muchos– eran los
que querían la ocupación boliviana.

Hemos señalado que la sociedad de la Puna tenía más semejanzas con la de sus
compartes de Chichas y Lípez que con gran parte de lo que luego sería la Argentina.
Su situación, sin embargo, fue muy diferente y fueron justamente estas diferencias
las que pudieron haber operado como elementos de atracción para que los habitan-
tes de la Puna se volcaran por la anexión a Bolivia. Por ejemplo, durante la guerra, un
grupo de indígenas de la Puna de Jujuy, acudió al Gobernador de Lípez:

[pidiendo] licencia a nombre de nuestros compartes que componen Río S. Juan, Granados y
Antiquijos para agregarse a esta provincia y seguir pagando con nuestra contribución que es
de nuestro deber y es de nuestra entera voluntad.41

Para Platt había en Bolivia una relación estrecha entre tributos y derechos
sobre el uso de la tierra.42 Lo que puede haber pasado es que el ofrecimiento de

38 Andrés Fidalgo, ¿De quién es la Puna?, Jujuy, edición del autor, 1988, p. 15.
39 Esta situación establece una interesante diferencia con Salta, por ejemplo, donde las milicias
que luchaban provenían de la misma región y defendían sus tierras.
40 Archivo Histórico de la Provincia de Jujuy, en adelante AHPJ, Caja 1836-2, Rinconada y

Santa Catalina, 1836.


41 Citado en Tristan Platt, “Liberalismo y etnocidio en los Andes del Sur”, en: Autodetermina-

ción, N° 9, Bolivia, diciembre de 1991, pp. 7-29, p. 16.


42 Recordemos que la presencia de originarios en Bolivia era mucho más significativa que en la

Puna de Jujuy. Confróntese Tristan Platt, Estado boliviano..., citado, fundamentalmente caps. 1 y 2.
24 RAQUEL GIL MONTERO

pago de tributo a cambio de la tierra haya sido la manera de “tentar” a los puneños,
quienes, justamente, no tenían tierras.
En la actual Argentina no hubo una política central destinada a resolver el
“problema indígena” (extinción de las encomiendas, propiedad de las tierras de
comunidad, pago del tributo), sino que cada provincia tuvo que decidir lo que
haría. En el caso particular de la Puna, sólo poco más de un tercio habían sido
indios “originarios con tierras”, mientras los demás eran “forasteros sin tierras”.
Y si bien, teóricamente, los primeros deberían haber tenido derechos sobre sus
tierras, los descendientes del marqués transformaron el tributo en arriendo, de
manera tal que la relación con la tierra de los indígenas de la Puna se consolidó
hacia lo precario.43
Uno de los principales enemigos era el propietario de una hacienda que ya
mencionamos con anterioridad, la del marquesado del Valle de Tojo. Las tierras del
antiguo marquesado quedaron a uno y otro lado de la frontera internacional y el
sucesor de Campero, que vivía en Bolivia, cobraba los arriendos a quienes resi-
dían en sus propiedades jujeñas. El arriendo había reemplazado el pago del tributo,
en el caso de los antiguos encomendados del marqués.
Del mismo modo que durante las guerras de independencia con otros grupos
subalternos, las acciones realizadas para ganar el apoyo de los puneños estuvieron
siempre vinculadas a la suspensión del pago de los arriendos de aquellos que
participaran de las milicias o de los de sus familiares.44 Así, en 1837 Alejandro
Heredia, nombrado “Protector de Jujuy”, eximió del pago de los arriendos a todo
aquel habitante de los cuatro curatos de la Puna que sirviera en las milicias provin-
ciales e hizo extensivo este beneficio a los padres de los milicianos. Para Pavoni, si
bien los considerandos del decreto señalaban razones de justicia, lo principal es
que Heredia consideraba al sucesor de Campero como un aliado del mariscal San-
ta Cruz –que gobernaba la Confederación Peruano-boliviana–, y pensaba que con
esta medida se vería perjudicado.45 El oficio que Alemán le dirige a Rosas dice:

43 Guillermo Madrazo analizó el caso específico de la encomienda del marquesado en su libro

citado Hacienda y Encomienda...


44 El tema de las milicias y el pago de arriendos fue central en las guerras de independencia

durante el gobierno de Güemes y continuó siendo tema de grandes debates tras su muerte. Poco a poco
las elites fueron restringiendo las atribuciones dadas a los milicianos en las guerras de independencia,
entre ellas el fuero militar y la excepción del pago de arriendo. Cfr. Gustavo Paz, Province and
Nation..., citado, especialmente caps. 4 y 5. Lo que antes había sido un derecho más generalizado, en
esta circunstancia se otorgaba en medio de restricciones crecientes y, sobre todo, de oposición por
parte de las elites.
45 Norma Pavoni, El Noroeste argentino en la época de Alejandro Heredia, Tucumán, Edicio-

nes Fundación Banco Comercial del Norte, Colección Historia, 1981, tomo II, p. 137, especialmente
capítulo III, tomo II. Confróntese también Archivo Histórico de Tucumán, en adelante AHT, Adminis-
trativo, volumen 46, Tucumán, 18 de abril de 1838, folio 388.
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 25

Don Fernando Campero conocido por el marqués de Tojo, que nominalmente conserva el
extinguido título de Castilla, sirve en la vanguardia y es decidido enemigo de la República
Argentina, propietario de una parte considerable de terrenos en la Puna, a quien los naturales
contribuyen con sus arriendos en la cantidad anual de cinco a seis mil pesos. Lisonjeados los
milicianos con la promesa de Campero sostenida con la indemnización del gobierno de
Bolivia, era de recelar puedan ganar algún extravío en la voluntad y adhesión de nuestros
milicianos de la Puna. En este conflicto, y aconsejado de los sucesos, no cabía otro remedio
que anticiparme a prevenir el golpe que nos preparaba Campero, ganándose a los naturales
sus arrenderos para que vueltos contra nosotros sirviesen a las miras del general Santa Cruz.
Una pérdida semejante importaría a la República la falta de unos hombres, los más a propó-
sito para las armas en clase de infantes, pues sus naturales aptitudes los llama necesariamen-
te a ocuparse con utilidad en este servicio, y su número de más de cuatrocientos arrenderos
de Campero, no era de exponerlo a una pérdida sensible por defecto de arbitrios, que
conserven de nuestra parte brazos tan aparentes para la defensa.46

Heredia entonces recomendaba que se protegiese a los arrendatarios de la


amenaza, seducción o sorpresa que emplease el patrón o el recaudador. Aparente-
mente la liberación de los arriendos no alcanzó para garantizar la “lealtad” de los
puneños, motivo de preocupación durante toda la guerra.
Además de buscar la manera de contar con el apoyo de la población local, las
autoridades militares buscaron la forma de llevar adelante la guerra en un lugar que
estaba alejado de los grandes centros de reclutamiento y abastecimiento. En una
carta de Juan Manuel de Rosas a Heredia, está claramente explicado el tipo de
guerra que sabían desarrollar las milicias y la única (a su modo de ver) que les
daría triunfos. El antecedente que se menciona es el de las guerras de independen-
cia. En ella podemos ver tanto las medidas que se tomaban –y sus razones– como
los beneficios de las mismas. La mejor guerra era la de recursos, ya que “la línea
del enemigo se debilita a proporción que se prolonga”.

Esta guerra que esas provincias hicieron siempre con habilidad y con brío sabe S. E. que es
la más propia de la milicia tanto por el conocimiento práctico de las localidades cuanto que
la manera de sus operaciones no puede estar sometida a la austeridad de la disciplina militar;
privar al enemigo de todo género de subsistencia y movilidad, sorprender sus caballadas,
acechar sus movimientos, caer sobre las partidas que se alejen del ejército, mantener a éste
día y noche en continuas alarmas y evitar encuentros desiguales es el servicio más importan-
te de los milicianos.47

46 Norma Pavoni, El noroeste argentino..., citado, tomo II, p. 138. El decreto lleva fecha 11 de

mayo de 1837.
47 AHT, Administrativo, volumen 51, 10 de abril de 1838.
26 RAQUEL GIL MONTERO

Ésta había sido la estrategia recomendada por Belgrano durante el período de


defensa del norte, la de Güemes, la del marqués y fue, posteriormente, la de
Heredia. El problema es que debía desarrollarse en medio de circunstancias com-
plejas ya que los puneños mantenían relaciones familiares y afectivas que eran
consideradas peligrosas.48 Por ello, Pablo Alemán decide que:

Nada es más conveniente en el día por una multitud de circunstancias que separar del
contacto y comunicaciones a los habitantes del territorio de la Puna con los de Bolivia. La
campaña se abre y se trata de evitar los males que nos puedan causar las relaciones de
amistad, de familia y de comercio entre unos y otros. Después de mandar V. S. el número de
hombres que falta al completo de los 300 pedidos, ordenará una retirada de esos habitantes
y sus ganados de toda especie.49

c) La visión del indio. Hemos visto brevemente que se los seguía viendo a los
indígenas de la Puna como potenciales traidores, visión que se traslada a la pobla-
ción boliviana de esta ascendencia.
Así como se sospechaba que los bolivianos habían “tentado” a los puneños
para que adhirieran a la causa de Santa Cruz, Alejandro Heredia tenía el plan de
atraer a los ciudadanos de aquel país e inducirlos a formar parte de la actual
Argentina. Sin embargo, la desconfianza tenida para con los puneños era extensi-
va a muchos de los indios residentes en Bolivia. Cuando le transmitió su idea a
Felipe Arana y a Rosas (1837), este último le respondió que de todos los bolivia-
nos convenía atraer a un grupo, el

que existe desde la cuesta de Quirve para acá [se refiere a Tarija y Chichas], cuya principal
ocupación en un comercio franco será como era antes, el de la arriería, y que por el continuo
contacto de comunicación con las Provincias de Salta y Jujuy por su carácter más desenvuel-
to y que por haber en ellas más gente blanca que en lo interior de Bolivia, guarda más
analogía de carácter y de costumbre con nuestra población que con la de Potosí y Chuquisaca.50

Ser boliviano, indio y traidor (o desagradecido) eran prácticamente sinónimos


para Rosas (en este caso específico), quien se basaba en la experiencia habida en las
guerras de independencia, en las que consideraba que “Argentina” había puesto todo

48 Éste no era sólo un problema de los puneños; Belgrano tuvo que obligar a los jujeños a realizar

el éxodo porque también en la ciudad se mantenían relaciones familiares y comerciales con los
habitantes del Alto Perú. Recordemos que pasaba lo mismo en Salta, según las palabras de Medinacelli,
citadas en páginas anteriores.
49 AHT , Administrativo, volumen 47, Jujuy, 13 de julio de 1837, Pablo Alemán al teniente

gobernador de la Puna.
50 Basile, Una guerra poco conocida, citado, p. 94. La bastardilla es nuestra.
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 27

para liberar a los países de los españoles y no se lo habían reconocido. Por ello
sostiene que los habitantes de más allá de la cuesta de Quirve:

son hombres de otra estructura y verdaderamente Bolivianos, que jamás se acomodaron a


ser una misma cosa con nosotros, deben ser tratados de diferente modo: deben ser conside-
rados por nosotros mientras nos sean útiles con su cooperación para hostilizar a Santa Cruz,
por el odio que puedan tenerle, pero sin equivocarnos en las miras de que estarían animados
de este modo de obrar, porque es indudable que al tiempo mismo que las cabezas estarán
ayudándonos a dar en tierra con Santa Cruz lisonjeados con la esperanza de mejorar su
suerte estarán también maquinando, como lo hacían durante la guerra de la independencia, lo
que han de hacer para darnos la patada luego que hayamos triunfado de Santa Cruz.51

Una de las semejanzas más importantes entre las dos guerras es la de las conse-
cuencias que ellas tuvieron para la región. Éste es el tema del siguiente apartado.

LAS GUERRAS Y SUS CONSECUENCIAS

Como ya lo señalamos, las guerras de independencia y la que tuvo lugar contra la


Confederación Peruano-boliviana –a pesar de sus diferencias– tuvieron aspectos
semejantes, fundamentalmente en lo que hace a la logística. Ambas tuvieron una
causa de inicio externa a nuestra región, aunque se desarrollaron en aquel territo-
rio. En ambas, el grueso de los ejércitos estaba compuesto por hombres “de aba-
jo”, aunque se incorporó a los puneños con cierto recelo. Una parte importante de
los recursos escasos y muy necesarios en las dos guerras la constituyeron los
hombres y el ganado. A los primeros, a los hombres de la Puna, se los consideró
como dignos de poca confianza, potenciales traidores, bomberos, enemigos. A los
segundos, al ganado local y como complemento indispensable, las pasturas, se los
juzgó elementos clave de la logística.
Pero es importante marcar, también, las diferencias que había –siempre desde
nuestra perspectiva de análisis– y que muchas veces son difíciles de definir por-
que se trata de un proceso. Entre la primera y la segunda comienza a hacerse
evidente la presencia de una incipiente frontera internacional. Esta frontera afectó
a la Puna en algunos aspectos recién más tarde, como por ejemplo en los impues-
tos a la internación de alimentos. Pero marcó lentamente, aunque desde tempra-
no, una diferencia de políticas con respecto a los indígenas. En parte por una

51 Basile, Una guerra poco conocida, citado, p. 95. La bastardilla es nuestra.


28 RAQUEL GIL MONTERO

realidad demográfica incuestionable: mientras los actuales Sud Lípez, Sud Chichas
u Omiste, las tres provincias limítrofes con la Puna, tenían una composición de su
población muy semejante a lo que era el resto de Bolivia, la Puna, en cambio,
estaba en una posición absolutamente diferente del promedio de lo que después
sería la Argentina. Su situación fue entonces mucho más parecida a la de casi
cualquier parte de Bolivia que a la del resto de las provincias argentinas, pero las
decisiones se tomaban de este lado de la frontera.
En este apartado nos concentraremos en dos de las principales consecuencias
que tuvieron las guerras: las económicas y las sociales.
La presencia del ejército en un lugar implica su manutención, la suspensión de
las actividades productivas, levas y persecuciones y muchas veces directamente
la destrucción de los medios de producción.52 La guerra requiere incesantemente
hombres, metálico, alimentos, armas y ganado.
Por las anotaciones de los curas podemos observar, aun a pesar de la escasez
de fuentes demográficas, que si bien la cantidad de puneños muertos estrictamen-
te por los ejércitos no fue tan elevada (apenas hay tres menciones), el problema
mayor radicó en la presencia de la guerra en el territorio, que obligaba a la gente a
emigrar y por ello a abandonar su producción.53
Una parte importante de la estrategia utilizada durante las guerras de indepen-
dencia para combatir al ejército realista era la llamada guerra de recursos que
consistía en retirar todo y sólo presentar batalla cuando no quedaba otro remedio.
Esto afectaba directamente a la población, situación a la que se sumaban las entra-
das de “los chichas” a la región y los robos que sufrían por parte de los oficiales
“patriotas”.54 En mayo de 1816, el marqués le comenta a Güemes que Olañeta
estaba asentado en Yavi:

Ignoro con qué designios pero me parece que sea con el de correr estos campos por hacerse
de ganado.55

52 La expresión, en este sentido, de un sargento que se estaba replegando después de la derrota de Sipe

Sipe, es muy elocuente. Dice Villanueva: “Íbamos felizmente por un camino poco frecuentado por los
ejércitos, por lo que abundaban los recursos”. Sargento Mayor Nicolás Villanueva, “Memoria sobre la
campaña de Sipe Sipe. 1811-1816”, en Biblioteca de Mayo..., citada, pp. 2071-2092. La cita en p. 2088.
53 En 1816, en el libro I de Defunciones de Rinconada, el cura señala que: “Por los peligros que

tenía a la vista ocasionados de la guerra, nada practicó en su ministerio y sólo se presentó una lista de
personas que se han sepultado en la que no constan los nombres ni apellidos, pero esto es inaveriguable
a causa de haber emigrado toda la feligresía a largas distancias, se sientan las partidas como se las
han encontrado”. La bastardilla es nuestra.
54 Un ejemplo de ello se puede observar en AHPS, cartas del Marqués a Güemes, Casabindo, 19 de

febrero de 1816. Los robos de los oficiales los denuncia el Marqués en su carta del 14 de febrero de
1816. Cfr. también AHPS, cartas del Marqués a Güemes, Casabindo, 14 de mayo de 1816.
55 AHPS, cartas del Marqués a Güemes, Casabindo, 14 de mayo de 1816.
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 29

El comentario del marqués con respecto a Olañeta era acertado. Efectivamen-


te el ganado era la obsesión de los ejércitos, al menos en el testimonio de Mendizábal,
y formaba parte principal de la logística.56 Sin mulas no se podía trasladar la
artillería o había que hacerlo a lomo de llamas, con su paso lento y las dificultades
que tenían para encontrarlas. Las ovejas y las vacas fueron el principal alimento de
los ejércitos. Los pasos que seguían estaban estrechamente relacionados con la
existencia de pasturas y agua para los animales. Su relato describe minuciosamen-
te tanto las batallas como algunas maneras de abastecerse del ganado e, incluso,
las cantidades necesarias y conseguidas. Si bien el relato de este ingeniero abarca
la totalidad de los años de guerra, no siempre menciona el ganado conseguido. Las
cifras que señala para los años 1813, 1817, 1818, 1819 y 1820 son:

Cuadro 1: ganado secuestrado por el ejército realista entre 1813 y 1820

BURROS Y LLAMAS VACAS CABALLOS OVEJAS LLAMAS

600 3619 603 29.400 2.600

Estas cifras están incluidas en las descripciones de una a tres campañas de


abastecimiento de ganado al año, nada más. En una oportunidad señala que para
los hombres que tenían en su retaguardia (los ejércitos que entraban al actual
noroeste) 13.800 ovejas, 2.100 llamas y 320 vacas les alcanzaban para dos meses.
Durante las guerras, las tierras altas fueron el sitio de asentamiento de los
cuarteles generales de los ejércitos realistas, probablemente por la existencia de
ganado. Mendizábal señala que

Este día [5 de mayo de 1817] llegó de vuelta a Jujuy el cuartel general y tropas que se
adelantaron hasta Salta, pues fue imposible subsistir por falta de víveres, y escaseando
absolutamente muchos artículos aun en Jujuy, determinó el general en jefe volver a situar el
ejército en sus antiguas posiciones de Yavi, Suipacha y Tupiza, donde estableció su cuartel
general; esta marcha retrógada ha sido una de las más penosas que pueda inferirse por la
suma escasez de alimentos y la caballería y acémilas de carga se destruyeron enteramente
por la total falta de pastos en la estación avanzada del mes de mayo.57

No hemos podido cuantificar el impacto de los saqueos de ganado, de la


presencia de numerosas personas y animales para alimentar. Indudablemente ha

56 La envergadura de la destrucción de la riqueza en ganado, en las guerras de independencia, ya

fue advertida por Tulio Halperin Donghi en su Historia Contemporánea..., citada, p. 104.
57 Mendizábal, Guerra de la América del Sur..., citado, p. 132.
30 RAQUEL GIL MONTERO

debido pesar en forma muy significativa, entre otras cosas, porque en un medio
ambiente como el de la Puna de lenta recuperación, reponerse de catorce años de
saqueos no debió ser tarea sencilla.
La sociedad estamental colonial, definida por la “calidad” de sus integrantes,
calidad que era prácticamente un sinónimo de etnia en las regiones como la nues-
tra, tenía raíces profundas. Los intentos rioplatenses por cambiar los legados
coloniales tuvieron sus límites claros y estuvieron directamente relacionados con
los intereses de las autoridades que tomaban las medidas. Así, para los criollos de
Buenos Aires resultó más fácil hablar de la abolición del tributo y de la libertad de
los indígenas en el Alto Perú o del apoyo de sectores “populares” como los gau-
chos de Güemes en Salta, regiones alejadas de Buenos Aires y con una composi-
ción étnica y social diferente, que tomar medidas tan radicales en los espacios
controlados por ellos, como se pudo ver en la actitud tomada contra Artigas.58
Por su parte, los criollos salteños o jujeños no fueron sólo actores pasivos de
las medidas porteñas. Aun cuando se los instara a abandonar ciertos aspectos de
su relación con los subordinados, sólo se tomaron las medidas consideradas ade-
cuadas a las circunstancias. Cuando en 1811 se envió a los cabildos la orden de
liberar a los sirvientes que denunciaran a sus amos si éstos ocultaban armas, en
Jujuy se decidió no publicar el bando porque no era conveniente.

Teniendo en consideración que esta ciudad está en el paso preciso de los desertores que
cada día regresan fugitivos del ejército y necesitan para sustraerse del castigo poner en
ejecución todos los delitos, matando si es preciso, robando y destruyendo cuanto pueden.
Que es el punto de reunión de Tucumanos, troperos y carreteros y de la gente de arriba
[...] con la irresistible dificultad de tener dentro de nosotros mismos a los enemigos de
nuestra frontera [...] El pueblo es uno en sus sentimientos, nada hay que recelar de él
contra la pública seguridad. En circunstancias que se creen tan críticas, sería la total ruina
de estos pueblos introducir un contagio tan fatal como el de la infidencia de los criados
para con sus amos.59

Otro tema complejo, heredado de la colonia y que estaba siendo debatido, fue
el de los indios, y particularmente las medidas a tomar en relación con la abolición
de los tributos. En este sentido la situación de Jujuy era significativamente diferen-
te a cualquier otra provincia de la actual Argentina ya que desde fines del siglo
XVIII –en parte como consecuencia de las Reformas Borbónicas y de sus inten-
tos por mejorar la recaudación–, se puso de manifiesto que la población indígena
de la Puna era la más numerosa del Tucumán colonial. Allí se concentraba aproxi-
madamente un 64% de la población total de la actual provincia de Jujuy, de los que

58 Tulio Halperin Donghi, Historia Contemporánea..., citado, especialmente p. 92 y ss.


59 Archivo Capitular Ricardo Rojas, Jujuy, Caja IV, 19-3-1811.
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 31

(como ya señalamos) poco más de un 85% eran indígenas tributarios.60 Esto


constituía una recaudación significativa, situación claramente percibida por las
autoridades, en el momento de discutir si serían o no abolidos.
Esta cantidad de población implicaba no solamente una recaudación potencial
importante, sino también un reservorio de hombres, una de las dos riquezas más
importantes de la Puna que se pusieron de manifiesto durante los problemas
logísticos que trajo la guerra. Ya hemos hablado de la segunda riqueza, del “objeto
del deseo” de todos los ejércitos acantonados o de paso por la región: el ganado, el
principal capital de los puneños en tanto que la gran mayoría de ellos era arrenda-
taria.61 Nos referiremos a continuación a los hombres.
La Junta Provincial Gubernativa de Salta decretó la abolición del tributo indí-
gena en septiembre de 1811 mientras “invitaba” simultáneamente a los indígenas a
sumarse a los ejércitos.62 Casi tres décadas más tarde y pasadas las dos guerras
analizadas, la provincia de Jujuy decidió reimplantarlo como una contribución de
los indígenas de la Puna a cambio de no participar de las milicias. La ley se sancio-
nó recién en febrero de 1840, señalando en su artículo primero que:

Las personas avecindadas radicalmente en los cuatro departamentos comprensivos del terri-
torio de la Puna, que voluntariamente quieran ser excepcionados del enrolamiento de los
Milicianos de la Provincia, pagarán en clase de contribución directa para sostén del Estado,
un canon anual que no excederá de tres pesos por persona.63

En el censo provincial que se levantó, en septiembre de 1839, encontramos


una referencia a este tema aunque sólo en uno de los padrones: el de Santa Cata-
lina. En el padrón se distingue a los milicianos de los contribuyentes. Estos últimos

60 Raquel Gil Montero, Familia campesina andina. Entre la colonia y el nuevo Estado indepen-

diente en formación. Tesis doctoral presentada en la Universidad Nacional de Córdoba, inédita, junio
de 1999. Especialmente cap. 7.
61 Para el tema de los arriendos confróntese, entre otros, Guillermo Madrazo, Hacienda y enco-

mienda en los Andes. La puna argentina bajo el marquesado de Tojo. Siglos XVII a XIX, Buenos Aires,
Fondo Editorial, 1982. Gustavo Paz, “Indígenas y terratenientes. Control de tierras y conflicto en la
Puna de Jujuy a fines del siglo XIX”, Cuadernos de Ecira n° 2, Tilcara, Jujuy, 1988. Gustavo Paz,
“Tierra y resistencia campesina en el noroeste argentino. La Puna de Jujuy, 1875-1910”, en: Barragán,
Cajías y Qayum, El siglo XIX. Bolivia y América Latina, La Paz, IFEA, 1997, pp. 509-531.
62 Un análisis pormenorizado acerca de la abolición de los tributos, en Gastón Gabriel Doucet, “La

abolición del tributo indígena en las provincias del Río de la Plata: indagaciones en torno a un tema mal
conocido”, en: Revista Historia del Derecho, 21, Buenos Aires, 1993; también por David Bushnell, “La
política indígena de Jujuy en época de Rosas”, en: Revista Historia del Derecho, n° 25, Instituto de
Investigaciones de Historia del Derecho, Buenos Aires, 1997, pp 59-84; “The Indian Policy of Jujuy
Province” en: The Americas, 55:4, abril de 1999, pp. 579-600. Si bien el trabajo de Doucet es para todo
el territorio del Río de la Plata, hay una especial referencia a lo ocurrido en las provincias del norte.
63 Eugenio Tello, Compilación de leyes y decretos de la Provincia de Jujuy, tomo I, Jujuy,

publicación oficial, 1885, p. 130.


32 RAQUEL GIL MONTERO

eran declarados como tales por “voluntad de los indicados, [a pesar de] que hay
entre los contribuyentes algunos individuos que no pueden llenar sus compromi-
sos”.64 Según el padrón, de 210 varones adultos que residían en ese departamen-
to, 177 deseaban ser contribuyentes y 33 milicianos; estos últimos eran “Don”,
alcaldes y otros indígenas concentrados sobre todo (aunque no únicamente) en el
pueblo, en Tafna (la viceparroquia) y en Yoscaba.
El monto que implicó esta contribución para el Estado provincial osciló entre
el 20% y el 25% de sus ingresos totales, aunque decayó en los años anteriores a
1851.65 En el debate parlamentario sobre su derogación, quienes estaban en con-
tra de la continuidad del tributo (importante para las necesidades del fisco) argu-
mentaban que los indígenas habían contribuido ocho veces más de lo que había
valido su cuota proporcional de servicio miliciano, sin recibir a cambio ni una
escuela.66 José María Uriburu, diputado por Cochinoca, fundamentaba su pedido
de derogación en:

el estado de miseria en que se hallan aquellos indígenas [...] que siendo casi todos de la clase
pastoril, y tan calamitosas las estaciones de los años últimos, no contando con otro recurso
que el de las cortas crías de ganado lanar y su trabajo personal, reducidos a un estado de
absoluta insolvencia, se experimentaba una grande emigración, dejando la Puna desierta se
van a Bolivia y a los valles Calchaquí en la Provincia de Salta o se vienen a la quebrada de
Humahuaca, como único recurso que han tocado para evadirse de tal pecho o contribución.67

El debate se planteó en términos sociológicos y económicos y quienes se


oponían a la derogación argumentaban que en realidad los puneños “por su mayor
industria económica y riqueza” tenían menos necesidad de alivio tributario que los
habitantes de los valles, y justificaban la emigración (que no negaban) por los
abusos cometidos por los cobradores, quienes incluían a ancianos y niños. Las
causas de la emigración, decían, se debían también a la carga excesiva de los
diezmos y arriendos. Señalaban además, que los milicianos perdían al año entre 12
y 20 pesos, mientras que la contribución era de sólo 4. En este debate se puso de
manifiesto la percepción que tenían los “capitalinos” de los puneños. Para Uriburu,
que había residido –según sus declaraciones– por largo tiempo en la Puna, los
indígenas estaban en una situación alarmante. Para otros, no sólo sus industrias

64 Padrón de Santa Catalina, 5 de septiembre de 1839. AHPJ, Caja 1839.


65 Cfr. Fanny Delgado, “Ingresos fiscales de la provincia de Jujuy (1834-1852)”, en: Data
Revista de Estudios Andinos y Amazónicos nº 2, La Paz, 1992, p. 112.
66 Cfr. David Bushnell, “La política indígena...”, citado.
67 Actas de la sesión del 13 de enero de 1851, citadas por Bushnell, op. cit, pp. 78-79. Las

cursivas son nuestras. La emigración, según Carrillo, contribuyó a la caída de la población de la Puna
en la década de 1840 que fue de un 2,5%. Cfr. Joaquín Carrillo, Descripción brevísima de Jujuy,
Provincia de la República Argentina, Jujuy, UNJu, 1988 [1889], p. 186.
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 33

eran florecientes sino que además no prestaban ningún servicio a la provincia, por
lo cual resultaba justo que contribuyeran a las decaídas arcas del gobierno. La ley
del 14 de febrero de 1851 derogó el “tributo personal en los cuatro departamentos
de la Puna [...] desde el día 1º de enero de 1852”.68 En 1853 vuelve a discutirse
este impuesto pero bajo el nombre de “contribución indigenal”, con el argumento
de que la derogación anterior había sido impulsada sólo por dos de los miembros
de la Legislatura (los dos representantes de la Puna); pero a pesar de ser aprobada,
la ley no tuvo efecto.
El tema de los tributos fue largamente discutido allí donde eran importantes
como parte del ingreso fiscal –era el caso de Jujuy–, donde, como ya vimos, la
población indígena era significativa, situación que puso de manifiesto su impor-
tancia para los ingresos del Estado provincial. Ésta no era, sin embargo, la com-
posición étnica de muchas de las demás provincias.
Consideramos que este impuesto fue, en parte, consecuencia de las guerras
en las que los puneños fueron vistos como personas dignas de poca confianza por
su condición de indios, que no sólo fueron considerados, con frecuencia, traido-
res y espías sino que además se pensaba que no habían hecho nada. Esto generó
lo que vimos en los debates legislativos reseñados: si los indígenas de la Puna no
son milicianos, es decir, no colaboran con la patria, y encima son traidores porque
quisieron entregar la Puna a los bolivianos, por lo menos que paguen impuesto ya
que, además, pueden. Para los indígenas, por otro lado, era preferible el impuesto
a las milicias, tal como se demuestra en la gran adhesión que hubo a la contribu-
ción, aun cuando se decía que la situación económica no ayudaba.
Este “pacto” del Estado con los indígenas marca una importante diferencia
con lo ocurrido del otro lado de la frontera, puesto que estaba relacionado con el
enrolamiento, tema que fue altamente conflictivo en las dos grandes guerras que
tuvieron lugar en la región, y no hacía referencia a la tierra ni reconocía derecho
alguno, como sí ocurrió en parte del territorio de la actual Bolivia.69
En las primeras décadas de la independencia se redefinió la relación de los
indígenas con el Estado; así, todos ellos serán categorizados como “milicianos” o

68 Eugenio Tello, Compilación..., citada, p. 279.


69 Estamos haciendo referencia al concepto de “pacto” elaborado por Tristan Platt para parte de
Bolivia, que supone una negociación en la cual los indígenas pagaban tributo a cambio de que les sean
reconocidos sus derechos sobre la tierra. Cfr. Platt Tristan, Estado boliviano y ayllu andino, citado.
En nuestro caso nos referimos a la relación milicia-tributos, que no es exclusiva de la Puna de Jujuy.
Los pueblos aymaraes del Bajo Perú encabezaron rebeliones originadas por la conjunción de las levas
militares y el cobro de los impuestos en una situación de carestía. Si bien no es un ejemplo idéntico,
en este caso, como en el nuestro, podemos observar cómo las levas complicaron aún más el problema
de la herencia colonial de los tributos y la “república de los indios” que se les planteó a las autoridades
a partir de la independencia. Cfr. Nuria Sala I Vila, “El levantamiento de los pueblos aymaraes en
1818”, en: Boletín Americanista, año XXXI, Barcelona, 1989-1990, n° 39-40, pp. 203-226.
34 RAQUEL GIL MONTERO

“contribuyentes” según haya sido su opción, hacia la década de 1840. Esta situa-
ción los diferencia de los demás habitantes de la provincia. Uno podría plantear
que esta diferencia en realidad es positiva, desde el momento en que tienen una
alternativa, cosa que no les pasaba a los demás. La alternativa se planteó en tanto
el ingreso fue significativo para el Estado y estuvo claramente asentado sobre
bases pragmáticas: mucha población y facilidad de recaudación ya que había sido
una larga tradición. Lo cierto es que en este hecho se puede analizar una situación
ambigua, en la que desde el gobierno central se define una teórica igualdad ante la
ley, pero una igualdad que está limitada en cada lugar según la composición social
y, seguramente, los poderes de negociación de los diferentes actores.

CONCLUSIONES

El objetivo principal de este trabajo fue acercarnos al estudio de la guerra y


sus consecuencias para las poblaciones que habitan los territorios donde tienen
lugar las batallas y donde se asientan los ejércitos. Quisimos entender por qué
fue el momento clave en la inversión de las tendencias demográficas de la Puna
de Jujuy, y por ello nos centramos en dos tipos de consecuencias que nos pare-
cen explicativas de la situación. Por un lado, las consecuencias económicas y,
por otro, las sociales.
Para ello describimos primero el desarrollo de las guerras, los problemas de
logística, el contexto social en el que se desarrollaron y la composición de los
ejércitos que participaron en las mismas. Dentro de la cotidianeidad de las guerras
nos hemos detenido en el estudio de la Puna de Jujuy. Desde esta perspectiva,
como dijimos, ambas guerras tuvieron características que las hacían semejantes y
otras que las diferenciaban. Entre las primeras marcamos que la Puna había sido
campo de batalla, territorio disputado, fuente de ganados y de hombres, sede de
cuarteles generales y camino de acceso al territorio enemigo. Los puneños fueron
vistos como potenciales enemigos que a la vez eran “reclutables”. Las diferencias
que marcamos son su duración, el comienzo de la formación de la frontera inter-
nacional, la participación de Jujuy en la segunda como provincia independiente, y
lógicamente sus causas.
La Puna estuvo, durante las guerras, en una situación claramente descripta
por Halperin y ya señalada en este trabajo, en la cual sus pobladores no sabían en
realidad si habían sido liberados o conquistados. Los ejércitos estaban integrados,
en su mayoría, por criollos y mestizos que se disputaban los ganados, arrasaban el
territorio, incorporaban a sus filas por la fuerza a los indígenas e instalaban sus
cuarteles generales en una situación que, además, no trajo sino más desventajas a
GUERRAS, HOMBRES Y GANADOS EN LA PUNA DE JUJUY 35

los puneños. Compartían esta situación, además, con los territorios fronterizos de
la actual Bolivia, que presentaban una realidad muy semejante a la descripta.
Si volvemos a nuestro interés inicial, que es explicar la reversión de las ten-
dencias demográficas en la Puna de Jujuy, que la llevaron de ser el espacio más
poblado de la actual provincia a ser expulsora de población, la clave está en el
comienzo de una situación de precariedad que no se atenuó, sino, por el contrario,
se agravó con el tiempo. Sobre esta población afectada severamente por la guerra,
se impuso un fuerte peso tributario. Hemos señalado, además, que es una región
que se recupera lentamente por sus condiciones ecológicas. Quizás esta recupera-
ción hubiera sido posible en circunstancias favorables, que no fueron las que
encontramos en la Puna de Jujuy. Pensamos que parte de la explicación de esta
carencia de apoyo radica en la condición étnica de la población: los “problemas”
heredados de la colonia se resolvieron en forma favorable al incremento de la
precariedad de estos indígenas, fundamental aunque no únicamente con respecto
a la propiedad de la tierra.
En los debates de la Legislatura Provincial en torno a los tributos, se puso de
manifiesto lo que las autoridades consideraban acerca de la población: eran relati-
vamente ricos (al menos en comparación con otros indígenas de la provincia),
pero sobre todo no habían colaborado como milicianos en las guerras. La “cola-
boración”, sin embargo, existió aunque nunca fue reconocida ya que consistió,
fundamentalmente, en ganado robado a los pastores de la Puna y el usufructo de
sus escasos pastos.
No pensamos que los puneños hayan sido víctimas pasivas de los ejércitos,
sino más bien que vivieron una situación como la descripta por Guy de Maupassant,
de habitantes de una región escenario de guerras cuyos objetivos no les pertene-
cían (o no los conocían, según la opinión de Belgrano, también del epígrafe).
Tampoco pensamos que hayan actuado en forma masiva y homogénea. Hemos
visto que el marqués se quejaba de indígenas que claramente tomaron partido por el
ejército realista; también que había algunos que deseaban pasar a tributar a Bolivia
por las ventajas que se les ofrecía; otros que emigraron frente a los conflictos o que
participaron de la defensa organizada por el marqués o en el grupo de Angélicos
realistas. Quizás, en lo único que se igualaron fue en las consecuencias de las gue-
rras: todos perdieron, aun los supuestos integrantes del equipo vencedor.
36 RAQUEL GIL MONTERO

RESUMEN

El objetivo principal de este trabajo es el estudio de las estrategias de la guerra y sus


consecuencias económicas y sociales para las poblaciones que habitan los territorios
donde tienen lugar las batallas y donde se asientan los ejércitos. En este caso particular
analizamos las guerras de comienzos del siglo XIX: las de independencia (1810-1825) y
la guerra contra la Confederación Peruano-boliviana (1836-1839). En trabajos anterio-
res observamos que a principios del siglo XIX comienza un largo período de crisis que
se refleja en la composición y en los ritmos de crecimiento de la población. Considera-
mos que el análisis propuesto ayuda a explicar este cambio.

Palabras clave: Guerras independencia - Guerra contra la Confederación Peruano-boli-


viana - Puna de Jujuy - indígenas - guerra de recursos - cambios en la población

ABSTRACT

The main objective of this article is to study the strategies of war, and their economical
and social consequences for the population living in the territory in which the battles
were fought, and where the army established its encampments. We analyze the
independence struggles (1810-1825) and the war against the Peruvian and Bolivian
Confederation (1836-1839). In earlier investigations, we have noted that the begining of
the nineteenth century ushered in a long period of crisis reflected in the composition of
the population and in its rate of increase. The current work helps to explain these changes.

Key words: Independence war - War against the Peruvian and Bolivian Confederation
- Puna de Jujuy - native peoples - war for resources - Population changes
Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”
Tercera serie, núm. 25

LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA:


ALGUNAS HIPÓTESIS SOBRE SU EVOLUCIÓN HISTÓRICA
EN LA REGIÓN PAMPEANA, 1880-1945

JUAN MANUEL PALACIO*

El propósito de este trabajo es analizar la evolución histórica del arrendamiento


agrícola en la provincia de Buenos Aires, desde el último tercio del siglo XIX hasta
la Segunda Guerra Mundial, como un caso más del fenómeno general conocido
como de “consolidación de la hacienda”, común al mundo rural latinoamericano
de entonces. Este proceso consistió, básicamente, en un ajuste interno en la eco-
nomía de las grandes unidades productivas que invariablemente redundó, con el
tiempo, en un deterioro de las condiciones de producción de los agricultores arren-
datarios y aparceros, en un contexto de competencia por los recursos de la ha-
cienda. En el caso pampeano, ese punto de llegada fue la estancia mixta, organiza-
ción productiva por excelencia de la región, cuya consolidación definitiva llega en
un momento preciso de su historia y cuyo éxito dependió de un deterioro estraté-
gico de las condiciones contractuales de los agricultores.
En una primera parte se analizará el estado del debate historiográfico sobre el
tema del arrendamiento y de la estancia mixta, con el propósito de hacer un balan-
ce crítico de la literatura académica y de señalar algunos caminos posibles que la
historiografía rural pampeana podría transitar en el futuro. La segunda parte ex-
pondrá brevemente el marco conceptual en el que este trabajo quiere abordar la
interpretación del arrendamiento. Consiste, básicamente, en comprenderlo como
el proceso, común a muchas economías latinoamericanas de entonces, de
reacomodamiento de los mercados de factores que exigió la incorporación de la
región al mercado mundial. Esta perspectiva exige entender la naturaleza y la evo-
lución del arrendamiento agrícola pampeano en su necesaria relación con la evolu-
ción de la estancia. En tercer lugar, el trabajo ofrece el análisis de un caso –el del
partido de Coronel Dorrego, en la provincia de Buenos Aires– en el que se estudia,

* CONICET / Universidad Nacional de San Martín.

37
38 JUAN MANUEL PALACIO

en detalle, el tema propuesto a través del análisis de los contratos de arrendamien-


to que se encuentran en el juzgado de paz del distrito, así como de la legislación
vigente entonces.
Desde este caso, el trabajo se propone abordar históricamente el tema de la
estancia mixta en la región pampeana, intentando precisar el momento y el contex-
to histórico en el que nace, se desarrolla y desaparece como tal, así como analizar
las condiciones que hacían su funcionamiento tan versátil. También estudiará el
impacto que tuvo tanto en la estructura productiva como en la sociedad rural, en
particular en la situación económica del componente numéricamente más impor-
tante de ella, como era el de los chacareros.

UN TEMA INTERMINABLE: EL ROL Y EL ESTATUS DE LOS ARRENDATARIOS AGRÍCOLAS


EN EL SISTEMA

Mucho se ha escrito y debatido sobre las bases de la expansión agropecuaria


en la región pampeana y sobre las lógicas productivas de los grandes terratenien-
tes que la guiaron. En contraste, se sabe mucho menos sobre el modo de vida de
los chacareros, sus actitudes ante la producción, el crédito o la tierra; en definiti-
va, sobre la organización productiva de la agricultura propiamente dicha. Esto se
explica, en parte, por las mismas características que tuvo el debate académico
desatado en los años sesenta, que se concentró sobre todo en el análisis de los
grandes terratenientes. Ese debate giró en torno de la búsqueda de explicaciones
para el largo estancamiento de la economía argentina, dentro de las cuales era
preponderante la supuesta ineficiencia del sector agropecuario. Es por eso que se
concentró, sobre todo, en el comportamiento de los grandes terratenientes, por-
que en ellos, y en sus perversas lógicas productivas, se creía ver a los responsa-
bles de lo que calificaban como el “fracaso” argentino.1
Muy sintéticamente, para las visiones más tradicionales, el estancamiento del
agro pampeano se debió, fundamentalmente, a comportamientos antieconómicos
de parte de los terratenientes. Tanto la concentración de la tierra y la producción
extensiva y poco especializada como, también, la baja tasa de inversión de capital,

1 Graciela Malgesini, “La historia rural pampeana del siglo XX: tendencias historiográficas argen-
tinas de los últimos treinta años”, Revista Interamericana de Bibliografía, 40:4, 1990; Eduardo José
Míguez, “La expansión agraria de la Pampa Húmeda (1850-1914): tendencias recientes de su análisis
histórico”, Anuario IEHS, 1, 1986; Hilda Sabato, “La cuestión agraria pampeana: un debate inconclu-
so”, Desarrollo Económico 106, 1987; idem, “Estructura productiva e ineficiencia del agro pampeano,
1850-1950: un siglo de historia en debate”, en Marta Bonaudo y Alfredo Pucciarelli (coords.), La
problemática agraria: nuevas aproximaciones, Buenos Aires, CEAL, 1993, vol. 3, pp. 7-50.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 39

eran el resultado de un comportamiento rentístico y precapitalista de esos terrate-


nientes, más preocupados en consumos suntuarios en Buenos Aires y Europa que
en la marcha de sus estancias, que rara vez visitaban.2
Una visión posterior, sin negar la existencia de fenómenos como la concentra-
ción de la tierra o la baja inversión de capital, buscó explicaciones al estancamien-
to pampeano dentro de la propia lógica económica, esforzándose en demostrar
que los terratenientes fueron en realidad empresarios modernos y capitalistas, y
que la clave de su comportamiento se encontraba en el medio en el que les había
tocado producir y crecer. Así, los altos riesgos de mercado a los que, histórica-
mente, se había visto sometido el productor pampeano, lo llevó a diseñar estrate-
gias de producción que desalentaban la inversión en capital fijo para mantener una
conveniente versatilidad en las empresas. De esta manera, la conocida extensividad
de la producción agropecuaria pampeana no se debía a una suerte de despreocu-
pación productiva sino que, por el contrario, constituía la mejor fórmula para
operar en la región.3
Pero, aunque no fuera central en la discusión, tanto los orígenes de la activi-
dad agrícola en la región pampeana como los actores sociales involucrados en ella
generaron algún debate en la literatura. Así, para las visiones más tradicionales, el
origen y desarrollo de la agricultura como una actividad subordinada a la ganade-
ría era otro ejemplo más de la ineficiente asignación de recursos por parte de los
terratenientes pampeanos. Al promover una agricultura de arrendatarios itinerantes,
los grandes ganaderos provocaron, con el tiempo, el agotamiento del suelo y obs-
taculizaron la innovación tecnológica.4
En cuanto a los agricultores mismos, estos autores elaboraron una imagen
bastante sombría sobre la vida que les deparaba a los chacareros pampeanos el
mundo ganadero. Para James Scobie –sin duda, quien mejor expresa esta visión–
la vida del chacarero estaba signada por el pecado de origen de la actividad a que
se dedicaba. Por un lado, al encontrar la tierra ocupada y no poder acceder a ella

2 Jaime Fuchs, Argentina, su desarrollo capitalista, Buenos Aires, Cartago, 1965; Horacio
Giberti, El desarrollo agrario argentino, Buenos Aires, Eudeba, 1964; Mauricio Lebedinsky, Estruc-
tura de la ganadería, Buenos Aires, Quipo, 1967; James R. Scobie, Revolución en las Pampas.
Historia social del trigo argentino, 1860-1910, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1968.
3 Entre otros, Guillermo Flichman, La renta del suelo y el desarrollo agrario argentino, Buenos
Aires, Siglo XXI, 1977; Jorge F. Sábato, La clase dominante en la formación de la Argentina
moderna, Buenos Aires, CISEA-GEL, 1987. Esta visión coincidía con la anterior en que esta fórmula,
económicamente sensata en el corto plazo, iba a estar sin embargo en la base del estancamiento
productivo de la región pampeana en la segunda posguerra, en tanto operó como un desestímulo
estructural para la necesaria innovación tecnológica. En el largo plazo, se tradujo en un retraso
tecnológico de nuestros productores respecto de sus competidores en el mercado mundial, que aún
hoy es difícil de salvar.
4 Véase entre otros, Juan L. Tenembaum, Orientación económica de la agricultura argentina,
Buenos Aires, Losada, 1946; Horacio Giberti, El desarrollo agrario argentino, Buenos Aires, Eudeba,
1964; James R. Scobie, Revolución...
40 JUAN MANUEL PALACIO

por lo elevado de los precios,5 tuvo que resignarse a ser arrendatario. Pero ade-
más, la vida agrícola era inherentemente inestable y transitoria porque estaba atrapa-
da dentro de las estancias y su lógica subordinada a la de la ganadería, que era la
actividad dominante en esos establecimientos. Y era esa inestabilidad la que deter-
minaba todo lo demás: el aislamiento del agricultor, que conspiró contra “un am-
biente” agrícola; la falta de inversión en su empresa, que conspiró contra su pro-
greso; la pobreza de su vida, que lo llevaba a vivir en viviendas precarias y a tener
una dieta deficiente; el monocultivo del trigo, que lo exponía a mayores riesgos,
jugándose a todo o nada en cada cosecha.6
Visiones posteriores, más atentas al comportamiento racional capitalista de
los estancieros, sostuvieron que el rol de la agricultura no se limitaba a servir a la
ganadería, sino que esa actividad representaba un elemento clave en las estrategias
de diversificación de inversiones y riesgos por parte de los ganaderos pampeanos.
La inclusión de arrendatarios en las estancias les proveía no sólo el forraje necesa-
rio para la invernada, sino también una actividad productiva alternativa, sin tener
que involucrarse directamente en la más riesgosa actividad agrícola.7
Esta visión, a su vez, generó una versión más suavizada –si no optimista– del
chacarero pampeano. Si bien, a diferencia de Scobie, el interés central de estos
trabajos no residía tanto en la identificación y caracterización de los chacareros, lo
cierto es que hacen extensivo a estos sujetos sociales el esquema teórico que
proponen para los grandes terratenientes. Por otra parte, a pesar de ser sólo el
producto de ese deslizamiento, la caracterización teórica del agricultor que resulta
del modelo ha demostrado tener la misma fuerza que el resto de las hipótesis y es
ingrediente fundamental de una imagen un poco optimista de la sociedad pampeana.
Es el resultado del esfuerzo de oponer al mundo rural semifeudal, exageradamente
opresivo y flaco en oportunidades que proponía la historiografía “tradicional”,
uno más moderno y libre, capitalista y móvil.8

5 Al menos, no a la cantidad de hectáreas que exigía la producción extensiva de la región pampeana.


Según Scobie: “La esperanza de aumentar su capital por medio de la agricultura extensiva los convertía
en arrendatarios de 200 hectáreas antes que en propietarios de 20”. Scobie, Revolución..., p. 78.
6 Ibidem, pp. 77-91.
7 Entre otros, Guillermo Flichman, La renta...; Jorge F. Sábato, La clase... Para una discusión
historiográfica de algunos de estos debates, véase Blanca L. Zeberio, “La situación de los chacareros
arrendatarios en la pampa húmeda: una discusión inacabada”, en Raúl Mandrini y Andrea Reguera
(eds.), Huellas en la tierra: indios, agricultores y hacendados en la pampa bonaerense, Tandil, IEHS,
1993, pp. 209-239.
8 La mejor expresión de esta versión más optimista de la economía y sociedad pampeanas es la
obra de Jorge Sábato, de gran influencia en investigaciones posteriores. J. Sábato, La clase...; idem, La
Pampa pródiga: claves de una frustración, Buenos Aires, CISEA, 1981. Para la influencia de las ideas
de este autor en la historiografía, véase Juan Manuel R. Palacio, “Jorge Sábato y la historiografía rural
pampeana: el problema del otro”, Entrepasados 10, 1996. Véase también Larry Sawers, “Agricultura
y estancamiento económico en la Argentina: a propósito de las tesis de Jorge F. Sábato”, Buenos
Aires, CICLOS, vol. 4, n° 7, 2° semestre de 1994, pp. 215-231.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 41

Entre los pilares que sostienen esta visión más optimista se encuentra la ca-
racterización del chacarero pampeano como un empresario guiado por una estric-
ta racionalidad capitalista. Lejos del modesto campesino coartado en sus liberta-
des y sujeto a condiciones penosas de producción que parecía proponer como
imagen la visión tradicional, el chacarero se presentaba ahora como un empresario
rural, que tomaba decisiones libres sobre la mejor estrategia productiva para sus
empresas y hacía un uso económicamente racional de los factores de la produc-
ción, buscando maximizar sus ingresos. El mejor ejemplo de ello era el arrenda-
miento de la tierra, que ya no era visto necesariamente como una consecuencia
desgraciada de la concentración de tierras –como sugería la visión tradicional–
sino por el contrario como la opción más racional por parte de los agricultores,
dadas las condiciones del mercado de entonces.
Otro pilar de esta visión optimista es la supuesta ausencia de conflicto social.
Entre los grandes terratenientes y los agricultores –sostienen estos trabajos– no
hubo mayores conflictos de intereses sino un acuerdo fundamental basado en la
mutua conveniencia económica. De hecho, “pocas veces pudo encontrarse una
complementación tan conveniente entre los intereses de las dos partes –en este
caso propietarios y arrendatarios– en un negocio”.9 La ausencia de conflicto en la
región pampeana es prueba de la relación armoniosa que existió entre terratenien-
tes y arrendatarios, pero también –debe leerse– de la relativa prosperidad de am-
bos, que son presentados como socios en un “negocio”.
Bajo este paraguas interpretativo se han escrito en las últimas dos décadas –y
especialmente en la última– un conjunto de buenos trabajos de investigación, algu-
nos de ellos desde perspectivas geográficas o regionales más acotadas, junto a algu-
nos pocos estudios de empresa.10 Estos trabajos, sin que hayan logrado cerrar

9 J. Sábato, La clase..., p. 65. La bastardilla es nuestra.


10 Véase, entre otros, los trabajos reunidos en Marta Bonaudo y Alfredo Pucciarelli (eds.), La
problemática agraria. Nuevas aproximaciones... 3 vols. Buenos Aires, Centro Editor de América
Latina, 1993; y en María Mónica Bjerg y Andrea Reguera (eds.), Problemas de la historia agraria.
Nuevos debates y perspectivas de investigación... Tandil, IEHS , 1995. En particular, véanse, entre
otros, Andrea Reguera, “Arrendamientos y formas de acceso a la producción en el sur bonaerense: el
caso de una estancia del partido de Necochea, primera mitad del siglo XX”, en Raúl Mandrini y Andrea
Reguera (eds.), Huellas en la tierra: indios, agricultores y hacendados en la pampa bonaerense,
(Tandil, IEHS , 1993), pp. 241-274; Blanca L. Zeberio, “El estigma de la preservación. Familia y
reproducción del patrimonio entre los agricultores del sur de Buenos Aires, 1880-1930”, en Bjerg y
Reguera (comps.), Problemas..., pp. 155-81; de la misma autora, “La utopía de la tierra en el Nuevo
Sud. Explotaciones agrícolas, trayectorias y estrategias productivas de los agricultores (1900-1930)”,
Tandil, Anuario IEHS n° 6, pp. 81-112; Javier Balsa, “La conformación de la burguesía rural local en el sur
de la pampa argentina, desde finales del siglo XIX hasta la década del treinta: El partido de Tres
Arroyos”, en Bonaudo y Pucciarelli, La problemática agraria, vol. II, pp. 103-311; del mismo autor,
“La lógica económica de los productores medios: expansión y estancamiento en la agricultura pampeana.
El partido de Tres Arroyos”, en Bjerg y Reguera, Problemas de la historia agraria, pp. 323-52; Jeremy
Adelman, “Agricultural Credit in the Province of Buenos Aires, Argentina, 1890-1914”, Journal of
42 JUAN MANUEL PALACIO

muchas discusiones historiográficas –en buena medida porque todavía no consti-


tuyen una “masa crítica” como para hacerlo– sí han dejado algunas cosas en
claro, de una vez y para siempre. Respecto del arrendamiento, establecieron clara-
mente que éste no se había limitado en la región pampeana al arrendamiento agrí-
cola en pequeña escala en estancias ganaderas, sino que el fenómeno encerraba
una gran variedad de situaciones, en las que cabían no sólo arrendatarios ganade-
ros sino también productores de muy diversa envergadura, incluyendo a grandes
empresarios agropecuarios, que podían por otra parte ser arrendatarios de múlti-
ples parcelas.11
Terciar en el debate entre “optimistas” y “pesimistas” no es el objeto central
de este trabajo. Baste anticipar aquí que los resultados de la presente investigación
son bastante contrastantes con las conclusiones de los primeros, según se hará
evidente en las páginas que siguen. A juzgar por las condiciones concretas en que
desarrollaban la producción, una gran mayoría de los chacareros de Coronel Dorrego
estaban lejos de ser todo lo libres y prósperos que aquella imagen sugiere. Pero
más allá de estos señalamientos, interesa señalar algunas ausencias en este debate
historiográfico que son particularmente pertinentes para la perspectiva que se quiere
adoptar en este trabajo.
En primer lugar, la historia rural de la región pampeana moderna sigue ham-
brienta de estudios de caso. El citado debate, profundo como fue desde el punto
de vista teórico, era bastante superficial en cuanto a la evidencia empírica en la
que se basaba. Una primera consecuencia de esta ausencia de estudios de caso fue
una cierta desatención del tema de la organización agrícola dentro de las estancias
ganaderas. Como la concentración estaba puesta en estas últimas, el tema especí-
fico de la vida social y económica de los agricultores dentro de ellas se ha estudia-
do sólo en forma subsidiaria e insuficiente. Y si bien se ha avanzado mucho en
reconocer la gran heterogeneidad de situaciones que ese concepto encierra en la
región pampeana –económicas, contractuales, regionales– no hemos abandona-
do, paradójicamente, la práctica de generalizar para toda la región y todos los
períodos, con el riesgo obvio de seguir debatiendo alegremente sobre situaciones
que no son comparables o, lo que es lo mismo, sobre falsos problemas.

Latin American Studies, vol. 22, n° 1, 1990; del mismo autor, Frontier Development: Land, Labor and
Capital on the Wheatlands of Argentina and Canada, 1890-1914, Oxford, Clarendon Press, 1994;
María M. Bjerg y Blanca Zeberio, “Mercados y entramados familiares en las Estancias del sur de la
provincia de Buenos Aires (Argentina) 1900-1930”, en Jorge Gelman, Juan Carlos Garavaglia y Blanca
Zeberio (eds.), Expansión capitalista y transformaciones regionales. Relaciones sociales y empresas
agrarias en la Argentina del siglo XIX (Buenos Aires, La Colmena, 1999), pp. 287-306.
11 A similares conclusiones habían llegado Barsky y Murmis en 1986. Véase Osvaldo Barsky y

Miguel Murmis, Elementos para el análisis de las transformaciones en la región pampeana (Buenos
Aires, CISEA, 1986). De todas maneras, las investigaciones citadas sirvieron para darle una base
empírica más sólida a dichas hipótesis.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 43

En segundo lugar, la historiografía rural pampeana se ha escrito, especialmen-


te en los últimos años, de espaldas a la producción historiográfica latinoamerica-
na. Sin embargo, es cada vez más evidente que dicha historia rural se beneficiaría
enormemente con la observación de la experiencia histórica de otras sociedades
agrarias del subcontinente. Así por ejemplo, situaciones como la múltiple sujeción
que tenían los chacareros de la región pampeana, a través de sus deudas con el
dueño de la estancia y el almacenero, o la incertidumbre que tenían respecto de su
permanencia en la tierra, difieren poco de los problemas que para la misma época
debía enfrentar un inquilino chileno en un fundo de Caupolicán, un enganchado de la
sierra en una hacienda peruana del valle de Chicama o un arrendatario colombiano
en una finca de Cundinamarca. De la misma manera, el control social paternalista
que ejercían algunos estancieros pampeanos sobre sus arrendatarios para contener
el conflicto no difería mucho del que practicaban sus pares del bajío mexicano o del
nordeste brasileño. La perspectiva latinoamericana podría también ayudar a volver a
mirar la historia del desarrollo agrario pampeano como una historia de frontera, una
perspectiva curiosamente poco transitada por la historiografía pampeana del siglo
XX, a pesar de la influencia decisiva de la frontera en su historia.
Por fin, el debate historiográfico aludido desatendió abiertamente el tema del
conflicto social. Las razones de esta indiferencia residen, en parte, en la convic-
ción de que ésa no es una variable relevante para entender a la sociedad rural
pampeana y, en parte, en que el conflicto se concibe con una óptica limitada. Sin
embargo, si en vez de concentrarse exclusivamente en grandes revueltas o huel-
gas se atendiera a manifestaciones menos espectaculares del conflicto social, como
las demandas en los juzgados de paz y otros pequeños eventos de resistencia
cotidiana, se advertiría que, debajo de la aparente calma que reinaba en la región
pampeana, existía un universo de pequeños conflictos sobre los que se construía
la vida cotidiana de la sociedad rural, que proponen otra forma de mirar las rela-
ciones sociales en la región.12
El presente trabajo propone considerar el tema del arrendamiento agrícola
pampeano como un caso más del fenómeno más general de “consolidación de la
hacienda”, que es común al mundo rural latinoamericano de entonces. Por otro

12 Véase Juan Manuel Palacio, “¿Revolución en las Pampas?”, Buenos Aires, Desarrollo Eco-

nómico, n° 140, 1996 y el debate que siguió en el número 146 de la misma revista (Eduardo Sartelli,
“¿Revolución en la historiografía pampeana?” y J. M. Palacio, “Sobre chacareros y conflictos
rurales: una respuesta a Eduardo Sartelli”, Buenos Aires, Desarrollo Económico, n° 146, 1997). La
historiografía “tardocolonial” ha indagado con éxito en estas dimensiones del conflicto social en la
campaña. Véase Raúl Fradkin, “Entre la ley y la práctica: la costumbre en la campaña bonaerense de
la primera mitad del siglo XIX”, Tandil, Anuario IEHS, n° 12, 1997; Ricardo Salvatore, “‘El imperio
de la ley’. Delito, Estado y sociedad en la era rosista”, Buenos Aires, Delito y Sociedad, n° 4-5, 1993-
94; Juan Carlos Garavaglia, “Paz, orden y trabajo en la campaña: la justicia rural y los juzgados de paz
en Buenos Aires, 1830-1852”, Buenos Aires, Desarrollo Económico, n° 146, 1997.
44 JUAN MANUEL PALACIO

lado, lo hace a través del estudio de un caso –un partido de la provincia de Buenos
Aires que se estudia en detalle– y bajo la óptica del proceso de asentamiento de
sucesivas fronteras. Por fin, el trabajo sostiene que el proceso indisolublemante
ligado de la evolución de la estancia y del arrendamiento agrícola dentro de ella se
dio en la región pampeana, como en el resto de Latinoamérica, en el contexto de
un conflicto estructural entre los intereses de los terratenientes –o de los grandes
arrendatarios, titulares de establecimientos– y los de los medianos y pequeños
arrendatarios y subarrendatarios agrícolas dentro de las estancias. La mejor ex-
presión de este conflicto y de esos actores se dio en el sistema de estancia mixta,
aquel que combinaba la ganadería como actividad dominante en manos de la admi-
nistración de la estancia con la agricultura que se confiaba a medianos y pequeños
arrendatarios. Es por eso que el presente trabajo se limitará al estudio de la evolu-
ción del arrendamiento agrícola dentro de dichas estancias.

LA CONSOLIDACIÓN DE LA HACIENDA Y LA TEORÍA DE LAS DOS EMPRESAS

Durante el último tercio del siglo XIX, la incorporación de las economías latinoa-
mericanas al mercado mundial supuso una reorganización muchas veces drástica
de los mercados de factores en dichas economías y otra no menos marcada en los
establecimientos productivos. En el caso del mercado de tierras, este proceso se
tradujo en un importante aumento de la oferta, que tuvo diversos orígenes.13 En
primer lugar, el avance de la frontera productiva significó la enajenación de enor-
mes cantidades de tierra pública hasta entonces ociosas, que ahora se introducían
en el mercado. En segundo lugar, tierras en propiedad corporativa en manos de la
Iglesia o de las comunidades indígenas fueron también introducidas al mercado de
la mano de diversas estrategias no siempre inspiradas en la legalidad, que incluye-
ron desde una nueva legislación “liberal” hasta diferentes tipos de expropiaciones
y diversas formas de acción directa.14 Por fin, la tercera modalidad por la cual se
incrementó la oferta de tierras en la segunda mitad del siglo XX fue a través del
proceso conocido como “consolidación de la hacienda”.
Refiere esto al proceso según el cual, como reacción a una demanda
incrementada de alimentos y de ciertos cultivos comerciales (café, azúcar, algo-
dón) se llevó a cabo una reorganización productiva en las haciendas y plantaciones

13 William Glade, “América Latina y la economía internacional, 1870-1914”, en Leslie Bethell

(ed.), Historia de América Latina, Barcelona, Crítica, 1991, vol. 7, pp. 1-49.
14 Para las llamadas “reformas liberales”, véase Ciro F. Cardoso y Héctor Pérez Brignoli, Historia

económica de América Latina, Barcelona, Crítica, 1979, vol. 2.


LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 45

latinoamericanas destinada a satisfacerla mejor. Como buena parte de esa reorga-


nización giraba en torno a un empleo más eficiente de la tierra y la mano de obra,
en esos establecimientos –y como la “eficiencia” llamaba a atender el aumento en
el costo de oportunidad de la tierra que ocupaban arrendatarios y aparceros– la
exitosa reformulación productiva de los establecimientos rurales latinoamericanos
se tradujo las más de las veces en el gradual deterioro de las condiciones contrac-
tuales de los agricultores. Este deterioro vino de la mano de contratos menos
generosos (en la extensión de los predios, en los plazos del arriendo, en los benefi-
cios “marginales” como los derechos de pastaje), de un aumento del precio de los
arrendamientos (ya fueran en dinero, especie o trabajo), de la transformación de la
aparcería en arrendamiento, de la transformación de este último en trabajo asalaria-
do o del desplazamiento liso y llano de la hacienda de sus antiguos ocupantes.
Así, los arrendatarios de la hacienda de Bocas en San Luis Potosí, que llega-
ban a 800 en 1850, y que se sumaban a otros tantos medieros y peones permanen-
tes, van a sufrir a partir de 1880 una profunda reorganización.15 Un aumento de
población en toda la región provocó un incremento generalizado de las rentas, a lo
que se sumaba el fenómeno más general de valorización de las haciendas mexicanas
provocado por las mejoras en los medios de transporte y servicios que implicaron
las políticas de modernización del Porfiriato –en particular, la llegada del ferrocarril
México-Monterrey, en 1888–. Además de una drástica reducción en su número
(casi a la mitad) y de un aumento de las rentas entre un 100% y un 200%, los
arrendatarios sufrieron quitas en muchos de los beneficios marginales que obtenían
de la hacienda en tiempos pasados: el derecho de pisaje, las raciones de maíz, la
casa-corral, entre otros. Hacia 1904, la hacienda había prescindido de casi todos sus
arrendatarios, sólo dependiendo de cuatrocientos trabajadores asalariados.
Un proceso similar ocurrió con los “inquilinos” chilenos, una vez que las
oportunidades comerciales tocaron a la puerta de las haciendas del Valle Central,
primero de la mano de la demanda externa y luego de las necesidades de la cre-
ciente población de las minas norteñas. Esto se tradujo, hacia 1860, en un intento
de mayor utilización de la tierra dentro de las haciendas. Como en San Luis Potosí
o el Bajío mexicano, éstas estaban pobladas por innumerables aparceros o “inqui-
linos”, que trabajaban la tierra con laxos vínculos contractuales y muy bajas obli-
gaciones. Como en el caso mexicano, la reorganización de las haciendas significó
para esos arrendatarios un aumento de sus obligaciones de trabajo en la hacienda,
una disminución de sus derechos de “cerco” y un incremento drástico en los

15 Jan Bazant, Cinco haciendas mexicanas. Tres siglos de vida rural en San Luis Potosí, México,

El Colegio de México, 1980; idem, “Landlord, labourer, and tenant in San Luis Potosí, northern
Mexico, 1822-1910”, en Kenneth Duncan y Ian Rutledge, Land and Labour in Latin America,
Cambridge, Cambridge University Press, 1977, pp. 59-82; idem, “Peones, arrendatarios y aparceros
en México, 1851-53”, en Enrique Florescano (ed.), Haciendas, latifundios y plantaciones en Amé-
rica Latina, México, FCE, 1975.
46 JUAN MANUEL PALACIO

precios de las rentas.16 Esto derivó, con el tiempo, en que las haciendas pusieran
cada vez más el peso de la relación contractual en el salario y menos en la
relación de arrrendamiento. Para algunos autores, que tomaban como modelo
teórico la literatura europea de la transición, esto representaba un claro ejemplo
del triunfo de la “empresa señorial” sobre la “empresa campesina” en el Valle
Central chileno, y una prueba inequívoca del inexorable proceso de proletarización
del campesinado chileno.17
Otro buen ejemplo del proceso de consolidación de la hacienda lo dan los
contratos de “colonato” en el sudoeste del Estado de São Paulo, por los cuales los
inmigrantes europeos se incorporaron en las haciendas cafetaleras a fines del siglo
XIX. Estos contratos eran en realidad un punto de llegada de un proceso constan-
te de deterioro de condiciones contractuales más generosas de aparcería, con las
que se había iniciado la conquista de las tierras del oeste para la producción.18
Como en el caso de los ejemplos citados arriba, estos contratos también combina-
ban una relación de aparcería con derechos de acceso a parcelas de subsistencia
y un componente salarial para la recolección de la cosecha. Inicialmente, en los
denominados “contratos de formación” esos beneficios marginales eran particu-
larmente generosos, ya que trataban de compensar la baja productividad de la
planta de café durante los primeros años con mejores condiciones en las tierras de
subsistencia.19 Con el tiempo, sin embargo, la consolidación del sistema, conoci-
do como colonato, significó una reducción de esos beneficios marginales y un
aumento del componente salarial en la relación contractual.20
Un elemento clave de estos reacomodamientos en la organización de la ha-
cienda latinoamericana de esos años fue la fragilidad del ambiente contractual y
jurídico en el que se dieron. En efecto, la ausencia de contratos y la invisibilidad de
las relaciones laborales y contractuales estuvieron en la base del proceso y fueron

16 Véase Arnold Bauer, Chilean Rural Society from the Spanish Conquest to 1930, Cambridge,
Cambridge University Press, 1977; idem, “La hacienda ‘El Huique’ en la estructura agraria del Chile
decimonónico”, en Enrique Florescano, Haciendas, latifundios, pp. 393-414; Arnold Bauer y Ann
Hagerman Johnson, “Land and labour in rural Chile, 1850-1935”, en Duncan y Rutledge, Land and
Labour, pp. 83-102
17 Cristobal Kay, “The development of the Chilean Hacienda System, 1850-1973”, en Duncan

y Rutledge, Land and Labour, pp. 103-39; idem, “El desarrollo de la hacienda en Chile”, en C. Kay,
El sistema señorial europeo y la hacienda latinoamericana, México, Era, 1980, pp. 61-140.
18 Warren Dean, Rio Claro: a Brazilian Plantation System, 1820-1920, Stanford, Stanford

University Press, 1976.


19 Según algunos autores, es en las mejores condiciones de estos contratos que debe buscarse el

origen de muchos nuevos propietarios de tierras en la década de 1920. Véase Thomas H. Holloway,
Immigrants on the Land. Coffee and Society in Sao Paulo, 1886-1934, Chapel Hill, N. C., 1980;
idem, “The coffee colono of São Paulo, Brazil: migration and mobility, 1880-1930”, en Rutledge y
Duncan, Land and Labor, pp. 301-21.
20 Verena Stolcke, “The introduction of free labour on São Paulo Coffee Plantations”, The

Journal of Peasant Studies, n° 2-3, January-April, 1983, pp. 170-200.


LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 47

decisivos para que la reorganización de los establecimientos productivos pudiera


llevarse a cabo con éxito y de una forma relativamente sencilla. Los cambios
bruscos en las condiciones de los arrendamientos, la limitación de los beneficios
contractuales y, sobre todo, los desplazamientos muchas veces violentos de los
campesinos y trabajadores de las tierras, necesitaron de importantes carencias en
el marco regulatorio o de las burlas sistemáticas del existente, sumado a la indife-
rencia del Estado para contrarrestarlas.
Así, en las haciendas del Bajío mexicano estudiadas por David Brading, los
contratos eran verbales e informales y no tenían garantía más allá del año en
cuestión.21 Jan Bazant descubre lo propio en la hacienda de Bocas en San Luis
Potosí, en donde sólo uno o dos –los más grandes– de los más de ochocientos
arrendatarios tenían contrato escrito.22 Por su parte, Arnold Bauer dice sobre los
inquilinos chilenos de mediados del siglo XIX en el Valle Central: “Como no reci-
bían salario, como sus contratos solían ser verbales y como los problemas legales
los solía resolver el hacendado fuera de los tribunales, los inquilinos eran los me-
nos visibles de los habitantes del agro”.23
La Argentina no fue una excepción a esta regla. En la región pampeana, la
reorganización de las estancias para la producción combinada de carne de expor-
tación y granos, a fines del siglo XIX, supuso la incorporación de arrendatarios
agrícolas en empresas de producción mixta, en un proceso que atravesó por dife-
rentes etapas. En un primer momento, los arreglos contractuales fueron más ge-
nerosos, ya que estaban destinados a preparar la tierra hasta ese momento inculta
para la agricultura, aunque por su naturaleza forzaban a los chacareros a un cons-
tante nomadismo. Este nomadismo, sin embargo, no se traducía necesariamente
en un perjuicio para los agricultores, ya que existían otras oportunidades de arriendo
y acceso a la tierra en estancias vecinas. Sin embargo, cuando años más tarde se
alcanza el límite de la expansión horizontal de la producción en la región y las
oportunidades de acceso a la tierra se estrechan, se consolida una estructura pro-
ductiva más rígida en torno a la estancia mixta, que requería para su buen funcio-
namiento de una forzosa movilidad de los agricultores arrendatarios. Esta situa-
ción no hizo más que convertir la inestabilidad de los agricultores y la precariedad
de su situación contractual en algo estructural. Esta precariedad tenía una de sus
bases en el sistema de tenencia de la tierra, que se manifestó sobre todo en un

21 David Brading, “Estructura de la producción agrícola en el Bajío, 1700 a 1850”, en Enrique

Florescano, Haciendas, latifundios, pp. 105-131; idem, “Hacienda profits and tenant farming in the
Mexican Bajío, 1700-1860”, en Duncan y Rutledge, Land and Labour, pp. 23-58; idem, Haciendas
and Ranchos in the Mexican Bajío: León, 1700-1860, London, 1978.
22 Bazant, “Peones, arrendatarios...”, p. 321. Unas páginas más adelante, a propósito de los benefi-

cios ocasionales que podían recibir los arrendatarios de tanto en tanto, expresa: “Pero ya que no había nada
escrito, estos privilegios ¿eran realmente derechos o meras concesiones del patrón?” (p. 325).
23 Bauer, “La hacienda…”, p. 398. La bastardilla es nuestra.
48 JUAN MANUEL PALACIO

vacío legal en torno a la regulación de la vida agraria. Este vacío consistía en la


ausencia relativa de leyes, en importantes defectos en las pocas que existían y, por
sobre todas las cosas, en la ausencia de organismos estatales de control y super-
visión para hacerlas cumplir. Como resultado, los contratos de arrendamiento en
la región pampeana fueron en una abrumadora mayoría informales y verbales, aun
luego de la sanción de leyes que ordenaban lo contrario, según se verá más abajo.
Esta informalidad era funcional a la estancia mixta, organización productiva
que se consolida hacia la década de 1920, fruto de la convergencia de fenómenos
diversos, como el fin de la frontera productiva, la consolidación del mercado de
carne enfriada después de la Primera Guerra Mundial, una gran abundancia de
mano de obra, la escasez relativa de tierras en arriendo y las nuevas condiciones
del mercado mundial, condenado a una alta volatilidad en los precios como conse-
cuencia de la sobreoferta estructural de alimentos luego de la guerra.

UN CASO DEL SUR TRIGUERO: EL PARTIDO DE CORONEL DORREGO

Situado en el extremo sudoeste de la provincia de Buenos Aires, el partido de


Coronel Dorrego –creado en el año 1887, como un desprendimiento del partido de
Tres Arroyos y como una posta necesaria en el largo camino del trigo hasta el
puerto de Bahía Blanca– es parte inherente del proceso más general del avance
de la frontera en la provincia de Buenos Aires. Como la del oeste norteamericano
–quizás la más famosa de todas las fronteras– y la de tantas otras regiones de
Latinoamérica, la historia argentina es también una historia de frontera, aunque
esa perspectiva no haya sido muy fecunda en la historiografía nacional.24
En particular, la historia de la región pampeana es una historia, no de una sino
de muchas fronteras que se fueron sucediendo –a veces superponiendo– a través
del tiempo: la larga historia de “la conquista del desierto”; la también larga del

24 En realidad, las interpretaciones “turnerianas” no han sido muy populares entre los intelectua-

les latinoamericanos en general. En contraste con la formulación positiva de Turner, las fronteras
latinoamericanas han engendrado mitos negativos, tanto en la literatura académica como en la
cultura popular y muy frecuentemente fueron vistas como lugares brutales e incivilizados. Frederick
Jackson Turner, “The Significance of the Frontier in American History”, Annual Report of the
American Historical Association, 1893, Washington, 1894, p. 200. Véase Tom R. Sullivan, Cowboys
and Caudillos: Frontier Ideology of the Americas, Bowling Green, Bowling Green State University
Popular Press, 1990, p. 31 y ss. Para una discusión historiográfica sobre la aplicación de conceptos
turnerianos al caso argentino a principios del siglo XIX, véase Juan Carlos Garavaglia, Pastores y
labradores de Buenos Aires. Una historia agraria de la campaña bonaerense 1700-1830, Buenos
Aires, Ediciones La Flor, 1999, cap. 1; también Hebe Clementi, La frontera en América, Buenos
Aires, Leviatán, 1986-1988.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 49

reparto de la tierra pública; la expansión horizontal de las actividades económicas


en nuevas tierras –la ganadería primero (ovina y vacuna, en ese orden), la agricul-
tura después–; el progresivo asentamiento de inmigrantes en esas tierras, naciona-
les primero, extranjeros después. El partido de Coronel Dorrego constituye un
mirador excepcional de esos procesos, ya que por su ubicación encarnó, una a
una, todas esas fronteras pampeanas.
Durante los primeros años de su vida institucional, la economía del partido
giró en torno a dos ejes: la especulación con la tierra y la cría de ganado ovino. La
gran mayoría de los primeros propietarios, en efecto, no había adquirido las tie-
rras con la intención de explotarlas productivamente y es muy probable que mu-
chos de ellos nunca las hayan conocido. Se trataba, más bien, de inversionistas
que adquirían la tierra con el sólo propósito de aprovechar su valorización en un
período corto de tiempo, especulando con el rápido desarrollo que estaba experi-
mentando la región pampeana gracias a los fenómenos combinados del avance de
la frontera, la expansión del ferrocarril y los progresos de la ganadería en toda la
provincia de Buenos Aires.25
Junto con la especulación con las tierras –negocio por otra parte reservado a
unos pocos– la economía del partido en estos primeros años giraba en torno a la
cría del ovino y a la producción de lana para la exportación. Según el Censo
Nacional de 1895, más de un millón de cabezas de lanares poblaban ese año los
campos de Dorrego. Por ese entonces, el ciclo de “la fiebre del lanar” estaba
llegando a su apogeo en los partidos del norte de la provincia de Buenos Aires,
pero se encontraba en pleno desarrollo en los partidos al sur del río Salado.26
Pero, como ocurriría años más tarde con la agricultura, no era entre los pro-
pietarios que se concentraba la producción del ovino. De los 570 incluidos en el
listado de “ganaderos” del censo de 1895, sólo 60 (poco más del 10%) eran
propietarios de la tierra que explotaban. Con un promedio de 5.500 hectáreas y de
10.000 lanares por establecimiento, en estas estancias ovinas se criaba sólo el
30% de los lanares del partido.27
Fuera de esos pocos propietarios, la producción ovina se desarrolló, en
gran medida, en manos de criadores no propietarios, generalmente productores

25 Las vías de Buenos Aires del Ferrocarril del Sur llegan a Azul, en 1876, y en 1884, a Bahía Blanca,

que se convertirá en el puerto de salida de la producción de toda la región. A fines de 1891 se inaugura
la estación Dorrego, con la que se termina de unir el tramo de casi 200 kilómetros, entre la estación Tres
Arroyos y Bahía Blanca, a lo largo del cual se habían edificado siete estaciones además de la de Dorrego.
Esta unión se hacía cada vez más necesaria dado el crecimiento productivo de la zona más al oeste y la
importancia creciente del puerto de Bahía Blanca. Véase Funes, Historia, p. 180.
26 Hilda Sabato, Capitalismo y ganadería en Buenos Aires: la fiebre del lanar, 1850-1890,

Buenos Aires, Sudamericana, 1989, pp. 33-50.


27 Segundo Censo de la República Argentina, 1895. Boletín de Ganadería (ganados, aves e

insectos) - Boletín n° 30. Archivo General de la Nación, Legajo n° 85.


50 JUAN MANUEL PALACIO

familiares independientes, que ingresaban a la actividad productiva con otros re-


cursos (ganado, herramientas de trabajo) a través de diferentes contratos de aparce-
ría o arrendamiento y que constituían un sector diferenciado entre los productores
rurales.28 Son ellos los 510 “criadores” que figuran sin propiedad en el listado del
censo de 1895, y en manos de quienes se encontraba, con un promedio de 2.800
cabezas por productor, el otro 70% de los lanares del partido. Esta elevada propor-
ción de productores no propietarios, tanto en número como en la cantidad de
ganado que poseían –no contemplada en esta magnitud en la literatura especializa-
da– indica que el nivel de arrendamiento en la actividad ovina se elevó mucho con
el tiempo y a medida que esa producción se iba expandiendo hacia las nuevas
tierras de la frontera sur.
La estructura socioeconómica que se acaba de describir va a verse transfor-
mada sustancialmente en muy poco tiempo. Como viviendo en cámara rápida un
proceso que más al norte de la provincia llevó mucho más tiempo, en Coronel
Dorrego, apenas diez años bastaron para dibujar, encima del anterior, un paisaje
social y económico radicalmente nuevo. Entre 1895 y 1914, la población crece a
más del doble (y a bastante más del triple entre esa primera fecha y 1922) y si bien
se asienta un poco más, sigue manteniendo rasgos de frontera: la población es
eminentemente rural, no alcanza a tres habitantes por kilómetro cuadrado, y si-
guen predominando los hombres en edad activa por sobre las mujeres, cuya au-
sencia relativa sigue siendo notoria (cuadro 1).29
Los cambios productivos se produjeron en el partido a igual velocidad. En
Coronel Dorrego, la llegada de la agricultura se va a dar en forma vertiginosa,
transformando sustancialmente la estructura socioeconómica de un partido, hasta
entonces, concentrado en la producción ovina. El censo de 1908 ya muestra estos
cambios con claridad. En poco más de diez años, la superficie sembrada ha pasa-
do de menos de mil a 143.000 hectáreas, el número de cabezas de ganado ovino
cae considerablemente, mientras el vacuno se duplica y el equino pasa de 26 mil a
más de 63 mil cabezas (cuadro 2).

28 Sabato, Capitalismo, pp. 117-23 y pp. 183-202.


29 En efecto, la tasa de masculinidad, de 140 en esos años, sigue siendo muy alta, mucho más que
la que existía en la frontera al norte del río Salado en 1869, cuarenta y cinco años antes. Véase H.
Sabato, Capitalismo, p. 89.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 51

Cuadro 1: La población de Coronel Dorrego, 1869-1947

1869 (1) % 1895 % 1914 % 1922 % 1947 %


Población 550 - 4914 - 11582 - 16955 - 20471 -
Crecimiento - - - - 136% - 46% - 21% -
Argentina 507 92,2 3576 72,8 7485 64,6 12364 72,9 17597 86,0
Extranjera 43 7,8 1338 27,2 4097 35,4 4591 27,1 2874 14,0
Hombres 443 80,5 2993 60,9 6794 58,7 9873 58,2 11283 55,1
Mujeres 107 19,5 1921 39,1 4788 41,3 7082 41,8 9188 44,9
Tasa masculinidad 414,0 - 155,8 - 141,9 - 139,4 - 122,8 -
Densidad (hab./km2) 0,03 - 0,8 - 2,00 - 2,96 - 3,5 -
Entre 16 y 50 años (2) 380 69,1 2321 47,2 s. d. s. d. 9032 53,3 9079 44,4
Urbana s. d. s. d. 782 15,9 2464 21,3 s. d. s. d. 9405 45,9
Rural s. d. s. d. 4132 84,1 9118 78,7 s. d. s. d. 11066 54,1
Cuartel 1 - - - - 2921 25,2 4466 26,3 s. d. s. d.

(1) Datos del Partido de Tres Arroyos.


(2) 1895: 18 a 50. 1947: 20 a 49.

Fuentes: 1869: Primer Censo de la República Argentina, Buenos Aires, El Porvenir, 1872.
1895: Segundo Censo de la República Argentina, Buenos Aires, Taller tipográfico de la
Penitenciaría Nacional, 1899.
1914: Tercer Censo Nacional, Buenos Aires, Rosso y Cía., 1916.
1922: Primer Censo Municipal, Coronel Dorrego, 1922.
1947: Primer Censo General de la Nación, 1947, Buenos Aires, 1951.

Estas cifras, combinadas, marcan el comienzo de una vinculación productiva


entre la ganadería vacuna y la agricultura del trigo que estaba destinada a durar en
la región pampeana. En una primera etapa, la lógica de esta combinación giraba en
torno al eje de la producción de carne refinada (proveniente de ganado mestizado,
adecuadamente engordado) para su venta al frigorífico y la exportación. La acele-
rada difusión del frigorífico en el país, el fin del boom del mercado internacional
de lanas y la circunstancia de la suspensión por parte de Gran Bretaña de la impor-
tación de ganado argentino en pie, a raíz de un brote de fiebre aftosa –fenómenos
todos ocurridos en los primeros años del nuevo siglo–, se combinaron para que
los ganaderos decidieran concentrarse cada vez más en esa producción.30
Para la producción del chilled, los ganaderos necesitaban reorganizar sus
establecimientos productivos, mejorando sus pasturas para el engorde adecuado
del ganado. Para obtener ese forraje, los ganaderos, por tradición poco afectos a la

30 Véase Horacio Giberti, Historia económica de la ganadería argentina, Buenos Aires, Raigal,

1954, pp. 169-190; Peter Smith, Carne y política en la Argentina, Buenos Aires, Paidós, 1983, caps.
1-3; Sabato, Capitalismo..., pp. 44-49.
52 JUAN MANUEL PALACIO

agricultura, idearon un sistema para no involucrarse directamente en esa actividad,


que a la vez no les representaba erogaciones de dinero. En su versión clásica,31 este
sistema consistía en dividir sus tierras en parcelas de entre 100 y 200 hectáreas y
entregarlas en arrendamiento a los agricultores, por el término de tres años. Éstos,
luego de cultivarlas a un porcentaje de la cosecha durante los primeros años, se
comprometían a devolverlas sembradas con forrajeras al final del contrato para,
eventualmente, recomenzar el ciclo al año siguiente en otra parcela o estancia.32

Cuadro 2: Evolución de la superficie sembrada y de las existencias de ganado


en Coronel Dorrego, 1985-1947

Superficie sembrada Existencia de ganado


Año
Avena y Vacuno
Trigo Maíz Lino Cebada Total Ovino Equino
Forrajes Total Criollo Mestizo
1985 72 271 - 10 449 (1) 802 50207 68% 22% 1118208 26069
1908 88587 4969 - 1114 48324 (2) 142994 94384 10% 84% 837443 63124
1914 89933 887 - 1883 60341 153044 52339 2% 96% 524260 55559
1922 161474 - 3489 4209 96872 266044 137321 443159 63882
1937 176000 4000 22000 25000 77754 304754 80179 398715 55081
1947 146549 286 - 67511 55799 270145,3 152977 483980

(1) Alfalfa.
(2) Avena: 12469; alfalfa y otros: 35635.

Fuentes: 1895: Segundo Censo de la República Argentina, Buenos Aires, 1898.


1908: Censo Agropecuario Nacional. La ganadería y la agricultura en 1908, Buenos
Aires, 1909.
1914: Argentina. Tercer Censo Nacional, Buenos Aires, Rosso y Cía., 1916.
1922: Primer Censo Municipal, Coronel Dorrego, 1922.
1937: Censo Nacional Agropecuario, año 1937, Buenos Aires, Guillermo Kraft Ltda.,
1940, 2 vols.
1947: Argentina. Cuarto Censo General de la Nación, 1947, Buenos Aires, 1951.

31 Este sistema fue presentado por primera vez por un ganadero en el año 1892, en los Anales de

la Sociedad Rural Argentina, órgano representativo de los grandes intereses ganaderos. Véase Benigno
del Carril, “Praderas de alfalfa en la República Argentina”, Anales de la Sociedad Rural, vol. XXVI
(1892), n° 11, p. 274. Este esquema variaba (la cantidad de hectáreas, el plazo, el tipo de forraje) según
la zona de que se tratara, aunque el espíritu fuera el mismo. También tuvo un tiempo preciso –en las dos
primeras décadas del siglo, en que se da la mestización generalizada del ganado vacuno– luego del cual la
presencia de la agricultura en las estancias va a responder también a otras lógicas.
32 En este sistema, la historiografía tradicional de la región pampeana veía el origen de la

agricultura comercial en la Argentina, a la vez que su pecado original de haber nacido en una nociva
subordinación estructural a la ganadería. Al desarrollarse a la sombra de esa producción dominante
–dicen esos autores– la agricultura no lo hizo guiada por los patrones de inversión inherentes a esa
actividad, lo que derivó en una ineficiente asignación de recursos productivos en el sector. Por otra
parte, el hecho de no ser propietarios de las tierras que trabajaban habría desincentivado a los
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 53

La oportunidad de subirse al tren del éxito del momento tocó a la puerta de


Dorrego con la instalación del frigorífico Sansinena en Bahía Blanca, en 1903.
Esto sirvió de incentivo a los ganaderos de la zona para que hicieran, en tiempo
récord, lo que ya venían haciendo sus pares de tierra adentro desde hacía una
década. Estos cambios se consolidan en poco tiempo: en 1914, la mestización del
ganado vacuno es casi total y la agricultura, por su parte, tiene un desarrollo
igualmente espectacular. En Dorrego, ya en 1908, la superficie sembrada se eleva
a casi 90 mil hectáreas de trigo –ese cereal que las tierras del partido desconocían
apenas diez años antes y que va a dominar la actividad productiva de allí en más.
Las existencias de máquinas y herramientas agrícolas atestiguan ese crecimiento:
los arados existentes se multiplican por diez en el partido, las rastras por veinte, las
segadoras por treinta, a la vez que aparecen las primeras trilladoras a vapor,
cosechadoras y sembradoras. En 1914, todos estos números vuelven a crecer, en
particular la maquinaria relacionada con la cosecha, como las trilladoras a vapor y
las cosechadoras, a la vez que hace su aparición en el partido, algo que años más
tarde se convertiría en símbolo de la prosperidad chacarera: el automóvil.33

Cuadro 3: Administración de las explotaciones agrícolas en Coronel Dorrego,


1895-1947

Propietarios Arrendatarios Medieros Total


Cantidad % Cantidad % Cantidad % Cantidad %
1895 (1) 23 47,9 15 31,3 10 20,8 48 100
1914 (1) 58 10,7 442 81,4 43 7,9 543 100
1937 (2) 286 22,5 966 76,1 18 1,4 1270 100
1947 (2) 230 21,8 811 77,0 12 1,1 1053 (3) 100
Tot. Prov. 1895 17987 48,9 14947 40,6 3843 10,4 36777 100
Tot. Prov. 1914 14751 30,8 27107 56,5 6078 12,7 47936 100

(1) Explotaciones agrícolas solamente.


(2) Todas las explotaciones agropecuarias.
(3) Excluidos “ocupantes gratuitos”; “propietarios y arrendatarios” y “otras formas”.

Fuente: Idem Cuadro 2.

productores agrícolas a la inversión y, en términos globales, inhibido la innovación tecnológica,


provocando en el largo plazo el retraso, el estancamiento y la pérdida de competitividad de la
agricultura argentina.Véase Tenembaum, Orientación; Giberti, El desarrollo; idem, Historia econó-
mica; Scobie, Revolución...
33 Censo Agropecuario Nacional. La Ganadería y la Agricultura en 1908, Buenos Aires, 1909;

Tercer Censo Nacional, Buenos Aires, Rosso y Cía., 1916.


54 JUAN MANUEL PALACIO

Esta agricultura nace y se desarrolla, en Dorrego, dentro de las estancias


ganaderas, en relación directa con el proceso descripto de refinamiento del gana-
do vacuno, como lo expresa claramente el elevado número de arrendatarios entre
los productores agrícolas del partido en 1914, de más del 80%. Característica
estructural de toda la agricultura pampeana, este rasgo es especialmente marca-
do en la región triguera y se va a mantener durante todo el período considerado
en este estudio (cuadro 3).34 Pero también el patrón de utilización de la tierra,
claramente mixto en los años 1914 y 1922, confirma el origen “ganadero” de la
agricultura del partido. Si en esos años la tierra del partido era utilizada para
agricultura sólo en un 37% y un 47%, respectivamente, las unidades producti-
vas dedicadas a esa actividad son muchas más (casi el 70% del total, ya en
1914), indicando la importancia que va adquiriendo esta actividad desde el punto
de vista social (cuadro 4).
La década de 1920 marca en más de un sentido el ocaso de la frontera en la región
pampeana argentina. En esos años, la ocupación de la tierra se completa, la produc-
ción agropecuaria alcanza el límite de su expansión horizontal, al tiempo que la inmi-
gración extranjera cede y la sociedad se hace más estable. El mundo de oportuni-
dades de la década anterior pierde su vitalidad y se estrecha irremediablemente.

Cuadro 4: Utilización de la tierra en Coronel Dorrego, 1914-1947 (hectáreas)

% tierra % explotaciones
Año Agricultura Ganadería Total
agrícola agrícolas

1914 152737 260716 413453 36,9% 69%


1922 267195 305037 572232 46,7% s. d.
1937 334698 80048 414746 80,7% 90% (1)
1947 227087 241723 468810 48,4% s. d.

(1) Incluye 475 “chacras” y 678 “mixtas”.

Fuente: Idem Cuadro 2.

34 Si en el cuadro 3 la proporción de arrendatarios baja en 1937 y 1947 esto se debe a que, a

diferencia de 1895 y 1914, en esos dos últimos censos las cifras se refieren a todas las explotaciones
agropecuarias, incluyendo a las ganaderas. Teniendo en cuenta que en esa producción la proporción de
arrendatarios es mucho menor que en la agrícola, es más que probable que el nivel de arrendamiento
en la agricultura se haya mantenido en esos años en la proporción de 1914, o incluso haya aumentado.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 55

En Coronel Dorrego, los años que van desde 1920 hasta la finalización de la
Segunda Guerra Mundial son los de la consolidación de una organización produc-
tiva, que es “mixta” desde el punto de vista de la producción pero que gira, desde
el punto de vista de su importancia social, cada vez más en torno a la agricultura
y, dentro de ella, a la agricultura del trigo. Esto refleja las grandes transformacio-
nes que se dieron en la región pampeana entre la Primera Guerra y el advenimiento
del peronismo, que a pesar de ser decisivos para su desarrollo posterior han sido
curiosamente descuidados por la historiografía.35
Esos años están marcados por dos fenómenos que se van a convertir en
permanentes en la vida productiva pampeana. Por un lado, la producción agrícola
llega al límite de su expansión horizontal hacia fines de la década de 1920, lo que
hace que todo incremento del producto deba obtenerse no ya por simples agrega-
dos de tierra sino por un aumento en la productividad de ése u otro factor, impli-
cando algún tipo de reorganización productiva. Pero, además, estos años inaugu-
ran una temporada de profundas crisis de mercado, de frecuencia e intensidad
desconocidas hasta entonces que va a ser decisiva para delinear la estructura
productiva. La Primera Guerra Mundial había favorecido temporariamente a la
ganadería por sobre la agricultura –gracias al aumento en los precios relativos de
las carnes y las ventajas relativas que tenían para los embarques internacionales
por sobre los cereales– pero había demorado la consolidación del chilled por
sobre la carne congelada como principal producción ganadera, dado el riesgo que
implicaba la guerra submarina para los embarques de ese producto. Al finalizar la
contienda, los precios de la carne, artificialmente inflados durante la guerra, se
derrumbaron al acomodarse a la demanda de tiempos de paz, provocando una
profunda crisis ganadera entre 1921 y 1923, que afectó especialmente a los gana-
deros más pequeños y menos diversificados. En seguida, los precios del trigo
comienzan a debilitarse en el mercado mundial, inaugurando una década de pre-
cios bajos que no va a ceder hasta 1935. Entretanto, la crisis de 1930 se suma a la
anterior para provocar numerosas quiebras entre los productores agropecuarios
y, además, la Segunda Guerra Mundial vuelve a pegar fuerte en los precios y en
la economía agrícola.36 Como si esto fuera poco, las décadas de 1920 y 1930,

35 Atrapados entre dos momentos aparentemente más atractivos para el análisis –entre otras

cosas, por una mayor disponibilidad de las fuentes censales– como son los de “gran expansión”
(1880-1914) y de “estancamiento” (1940-1960), las décadas de 1920 y 1930 han sido poco es-
tudiadas y representan un período oscuro en la historia del desarrollo agrario argentino, a pesar de la
convicción de que es, en esos veinte años, donde podrían encontrarse muchas de las claves del
posterior estancamiento pampeano. Existen en la producción reciente algunos trabajos que, por el
momento, son excepciones a esta regla. Véase, entre otros, Zeberio, “La utopía…”; Balsa, “La
lógica…”; Palacio, “Notas…”.
36 Javier Balsa, “El impacto de la Gran Depresión en el agro pampeano. El partido de Tres

Arroyos, 1914-1937”, Buenos Aires, mimeo, 1996.


56 JUAN MANUEL PALACIO

asisten a una inusual combinación de malas condiciones climáticas (heladas, inun-


daciones, sequías), que afectan especialmente a la región sur de la provincia de
Buenos Aires.37
Es esta particular combinación de circunstancias la que, con el tiempo, llevó
a los productores pampeanos a reorganizar sus empresas agropecuarias, buscan-
do la mejor manera de convivir con la nueva realidad. El fin de la expansión hori-
zontal de la producción exigía una mejor y más eficiente asignación de recursos
dentro de la empresa agropecuaria, mientras que la experiencia del mercado obli-
gaba a diseñar estrategias productivas que neutralizaran el efecto de la volatilidad
de los mercados. Es por esto que, del lado de la organización productiva, la región
pampeana asiste en la década del veinte a la consolidación definitiva de la “estancia
mixta”, que combinaba la cría y engorde de ganado con la producción agrícola a
fin de evitar riesgos y responder eficazmente a las variaciones en los mercados.
Diseñadas a través de los años como estrategias reactivas a mercados muy cam-
biantes, estas empresas perseguían menos la maximización de las ganancias pro-
venientes de cada producto de su empresa que la atenuación y minimización de
riesgos a través de una ganancia promedio de toda la producción, probablemen-
te más baja pero también más estable y segura. Esto se lograba combinando un
mix productivo altamente diversificado con el mantenimiento de una baja dota-
ción de capital fijo, para dar a la empresa la suficiente versatilidad. Es por eso,
también, que la parte agrícola de estas empresas seguía, como décadas atrás, en
manos de arrendatarios a quienes se derivaba la responsabilidad de toda inver-
sión ligada a esa actividad.38
La máxima expresión de estas empresas mixtas se dio en las mejores zonas
ganaderas de la región –las zonas de invernada de la provincia de Buenos Aires– y,
en especial, en los establecimientos de grandes dimensiones. Pero con el tiempo se
difundió en forma generalizada en todas las regiones productivas y estratos de tama-
ño, con particular incidencia en la región triguera. No es casual, entonces, que cerca
del 70% de las casi cuarenta mil nuevas empresas agropecuarias que surgen en la
provincia de Buenos Aires, entre 1914 y 1937, corresponda a la categoría “mixta”,
ni que los responsables del censo de ese último año hayan decidido incorporar por

37 Tanto que los fenómenos climáticos adversos son a veces puestos en un lugar similar al del

descalabro en los mercados en la explicación de la crisis del treinta. Véase Esther Iglesias, “Crises
Agraires du Sud-Ouest Pampeen, 1928-1938”, 2 vols., tesis doctoral, Université de Toulouse-Le
Mirail, 1972.
38 Quizás la mejor teorización sobre estas empresas corresponda a Jorge Sábato, La clase... Para

un estudio de caso de esta organización productiva, véase también Juan Manuel Palacio, “Arrendata-
rios agrícolas en una empresa ganadera. El caso de ‘Cruz de Guerra’ 1927-1938”, Desarrollo Econó-
mico 127, 1992. Es importante aclarar que la titularidad de una “estancia mixta” no dice nada sobre
el sistema de tenencia de la tierra del titular, pudiendo éste ser indistintamente propietario o arrenda-
tario de las tierras de la estancia.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 57

primera vez esa categoría de empresa en el relevamiento. Tampoco que se haya


difundido extensamente entre los productores trigueros medianos y grandes, espe-
cialmente luego de la larga crisis en los precios del trigo que los hace abandonar
parcialmente esa producción y reconvertir sus empresas a esta nueva modalidad.39
Para los agricultores encargados de la producción agrícola dentro de las em-
presas mixtas, la consolidación de estas empresas no era tan buena noticia como
claramente lo era para los estancieros. De hecho, las condiciones en las que ingre-
saban a esas empresas eran ahora particularmente duras, ya que ellos eran la
variable de ajuste de esa ecuación productiva tan elástica que se describió más
arriba. Según se verá más abajo, los desplazamientos entre la actividad agrícola y
la ganadera, como respuesta de esas empresas a la variación de los mercados,
implicaban desplazamientos periódicos de los arrendatarios, lo que suponía un
sistema de tenencia de la tierra particularmente precario para hacerlos posible.
Además de hacer más inestable la tenencia para el creciente número de los
que arrendaban, el fin de la frontera agrícola hizo más difícil el acceso a la propie-
dad de la tierra, que siendo más escasa había aumentado su precio. En ese sentido,
los años veinte cierran un largo período, más generoso en oportunidades para el
acceso a la propiedad de la tierra, en la región pampeana. Los inmigrantes que
llegan al país después de la guerra y aquellos chacareros –inmigrantes o no– que
venían trabajando la tierra desde los primeros años del siglo con la esperanza de
acumular algún capital para adquirir un pedazo de tierra van a encontrar en los
años veinte un mercado más reducido y un nivel de precios más elevado. La
ocupación del espacio productivo había alcanzado sus límites en la pampa húme-
da y el sueño de la tierra propia debía ahora viajar más lejos para hacerse realidad.

LA EVOLUCIÓN DEL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA EN LAS ESTANCIAS MIXTAS


DE CORONEL DORREGO

Como lo demuestra la historia que se reseñó más arriba, la producción agropecuaria


en el partido de Coronel Dorrego estuvo desde siempre estrechamente ligada al
arrendamiento. Las formas que fue adquiriendo dicho sistema de tenencia, por lo

39 En la zona triguera, todas las empresas nuevas que se instalan entre 1914 y 1937, y un buen

porcentaje de las que eran sólo agrícolas o ganaderas en la primera de las fechas, pasan a ser mixtas en
la segunda. Las “estancias mixtas” de la zona triguera eran, como promedio, de menores dimensiones
que las que abundaban en las zonas ganaderas de la provincia (su promedio rondaba las 1.000 hectá-
reas). Véase Juan Manuel R. Palacio, “Notas para el estudio de la estructura productiva en la Región
Pampeana: Buenos Aires 1914-1937”, Ruralia 3, 1992, pp. 67-70.
58 JUAN MANUEL PALACIO

tanto, tuvo relación directa con las vicisitudes de esa vida productiva. Desde los
momentos iniciales en los que esa relación contractual se expresó en contratos
más generosos y amplios, el arrendamiento en Coronel Dorrego fue evolucionan-
do a lo largo de los años inequívocamente hacia contratos más limitados y hacia
una relación contractual crecientemente frágil e inestable.
La inestabilidad de la tenencia de la tierra, sin embargo, no había nacido con el
trigo. En los años previos a la difusión del cereal, cuando la economía giraba en
torno a la producción ovina y a la especulación con las tierras, los contratos de
arrendamiento ya eran bastante precarios. En Coronel Dorrego, era ésta la época
de la frontera ganadera y especulativa en que no estaba consolidada la propiedad y
una buena porción de los terratenientes no eran productores sino que poseían la
tierra con fines puramente rentísticos o especulativos. Algunos de ellos ni siquiera
se preocupaban por extraer de esas propiedades alguna renta, durante el tiempo en
que las tenían en propiedad, y simplemente las dejaban ociosas, esperando su
valorización. Otros, más racionales, sin llegar a involucrarse en la producción,
procuraban extraer renta de esa tierra, para lo cual generalmente nombraban un
administrador que se encargara de hacerlo. En este caso, lo que se procuraba
era arrendar porciones de tierra a ovejeros con contratos de corto plazo renova-
bles, por si era necesario enajenar la tierra. Como en esta época el objetivo
fundamental de la propiedad era el negocio inmobiliario, estos contratos conte-
nían cláusulas bien precisas de caducidad para cuando llegara el momento de
vender la tierra. Así, el que firmó Pedro Cambres en el año 1897, por el que
arrendaba una legua y media de campo (4.000 hectáreas) de propiedad de Emiliano
Baldéz, si bien era por un año renovable a dos en caso de que el arrendatario lo
quisiera, comprometía a Cambres en su cláusula tercera “a desalojar el campo
en cualquier época que su actual dueño el señor Baldéz lo enagenase, dentro de los
noventa días de la notificación que se le hiciere (...) en cuyo caso este contrato
quedará nulo y sin ningún valor”.40
A veces las cosas no eran tan civilizadas y ni siquiera figuraban esas cláusulas
en los contratos o simplemente no existía el contrato escrito. Es así como Gregorio
Cuestas Pereyra, en ese mismo año 1897, se enteró sólo judicialmente que la
chacra que había arrendado por un año a Cornelio Martínez ya no pertenecía a ese
señor sino a Martín Arribas, quien no sólo le pedía ahora el desalojo, sino que
desconocía todo arreglo anterior, incluidos los $200 que Cuestas ya había pagado
como parte del arrendamiento, por adelantado.41
Pero además de serlo como consecuencia de la actividad especulativa, estos
contratos eran especialmente inestables por el carácter mismo de la organización

40 Juzgado de Paz de Coronel Dorrego, Archivo Civil, Expediente n° 486, 10/2/1897 (en

adelante JPCD -C , n° 486, 10/2/1897).


41 JPCD -C, n° 569, 7/10/1897.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 59

productiva en torno al ovino y a la producción de lana. Esta producción se dio,


sobre todo, entre los pequeños y medianos productores familiares que en su gran
mayoría no eran propietarios de la tierra. Este rasgo general era especialmente
marcado en regiones de frontera como Coronel Dorrego, que se habían iniciado
tardíamente en la vida productiva, y en donde la tierra estaba en los primeros años
mucho más concentrada que en el resto de la provincia.
La forma de inserción de estos ovejeros a la producción era a través de com-
plejos contratos de aparcería, en donde ellos ofrecían, a falta de tierra, la propie-
dad del ganado o, en el peor de los casos, de los útiles y herramientas. Estos
contratos eran especialmente complejos en sí mismos, ya que debían contemplar
lo aportado por cada una de las partes al inicio del acuerdo y la forma de saldarlo
al final, que debía incluir, por ejemplo, las transformaciones del capital como las
del aumento de la majada por la parición. Pero esto no era todo. Como en una
infinidad de casos ninguno de los dos socios era propietario de la tierra en la que
iban a desarrollar su empresa, esos contratos solían incluir también la forma en
la que ambos se insertaban en la tierra, ya sea a través de un pago en efectivo
como arrendamiento o, mucho más frecuentemente, con diversos arreglos en
especie a porcentaje de la producción, lo que evitaba el recurso del dinero,
siempre tan escaso.
Éste era el caso de Nicolás Sanders que en enero de 1896 arrendó a Juan Silva un
puesto “para la manutención de una majada” de 1.600 ovejas, seiscientas de las cuales
eran de propiedad del mismo Sanders. El “puesto” consistía, en realidad, en un cuarto
de legua de campo (675 hectáreas) por el que Sanders le pagaba a Silva 300 pesos al
año. Silva, por su parte, no era dueño de la tierra sino que arrendaba una extensión
mayor –que incluía la que subarrendaba a Sanders– a Daniel Burón y Cía., un comer-
ciante rural que a su vez era propietario de varios campos en el partido. Además del
arreglo por la tierra misma, la sociedad entre ambos consistía en una “tercianería”, por
la que ambos socios compartían “al tercio” los gastos y las ganancias de la producción
de las ovejas. Por fin, el contrato también contemplaba un pago de Silva a Sanders por
el cuidado de la majada, a razón de cuatro pesos por día.42
Cuando llegó la agricultura, que por su naturaleza necesita más estabilidad en
la tierra que la ganadería, las cosas sin embargo no mejoraron. En los primeros
tiempos, la inclusión de agricultores en las estancias tenía el objetivo de producir
forraje para el ganado vacuno destinado a la exportación. Los “contratos” por
medio de los cuales se introducía a estos agricultores eran por naturaleza
temporarios, ya que se trataba de poner a producir, sucesivamente, grandes ex-
tensiones de tierra hasta entonces incultas. Los chacareros eran así trasladados de
un sector a otro de las estancias hasta completar la tarea, que podía llevar años.

42 JPCD - C, n° 513, 29/4/1897.


60 JUAN MANUEL PALACIO

El chacarero Nicolás Staniscia recordaba los años en que su padre se había


iniciado en la agricultura en el partido de Coronel Dorrego, hacia 1909: “Le daban,
como ser, cien hectáreas acá, otro año le daban otras cien hectáreas allá, porque
andaban en campamento, en casilla... El tenía un aradito, no más y eran él y su
hermano, ellos dos solos. [...] Eso era todo un pajonal. Si yo me acuerdo cuando
vinimos acá en 1928 –yo ya era un muchacho– y para romper esos pajonales era
terrible. Se levantaba muy poquita cosecha... cuatro o seis bolsas por hectárea”.43
Para contemplar la situación de esos chacareros que debían producir en esa
tierra virgen munidos de apenas un arado y un par de caballos, esos primeros con-
tratos a veces preveían un precio más barato para los primeros años, que luego se
incrementaba en los siguientes, cuando las tierras se hacían más productivas. Ése
fue el caso de las 605 hectáreas que le subarrendó Ángel Bilbao a Pascual Navarro,
en el año 1903, en un contrato verbal por cinco años en el campo de Glorialdo
Fernández en el cuartel 10 del partido. Según el arreglo verbal, Navarro debía pagar
2.45 pesos por hectárea en los primeros tres años y 4.80 los dos restantes.44
La generosidad de esos contratos iniciales no duró mucho, ya que era el fruto
de dos circunstancias coyunturales que se habían combinado para favorecer a los
chacareros: el interés de los ganaderos en preparar sus tierras adecuadamente
para la nueva producción y la relativa escasez de agricultores. Pero además, esa
generosidad tenía sus contrapartidas. Así por ejemplo, en el contrato que firmó
Miguel del Boco con Pablo Cioppi en 1903, el primero le subarrendaba al segundo
cien hectáreas de campo de propiedad de Jorge Comyn en el cuartel 8 del partido,
por el que, además de pagarle $5 por hectárea al año adelantadas, se comprometía
por medio del artículo 5 del contrato “a no ocupar ninguna trilladora de afuera
para trillar el trigo que puede cosechar dicho campo”, como no fuera la del propio
Cioppi.45 La costumbre de incluir cláusulas como ésta no era desconocida y se
sumaba a las de incorporar cláusulas de exclusividad para contratar tal o cual
compañía de seguros, o comerciar únicamente con éste o aquel comerciante. No
era raro, en efecto, que los almaceneros con el objetivo de profundizar y ampliar
las múltiples relaciones que ya tenían con los chacareros arrendaran campos de
generosas dimensiones, al solo efecto de subarrendarlos a los agricultores. Cum-
pliendo ahora el rol de mercado inmobiliario local, estos comerciantes muchas
veces eran un buen camino para acceder a la tierra para agricultores recién llega-
dos y sin recursos. Pero el precio que pagaban éstos por esas facilidades era en
general muy alto en términos de las libertades para organizar la producción, ya que
los contratos que firmaban eran muy cuidadosamente pautados.

43 Entrevista a Nicolás Staniscia, 11/2/1996. Las bolsas contenían 60 kilogramos de trigo,

aproximadamente.
44 JPCD - C, n° 1313, 10/3/03.
45 JPCD -C, n° 1398, 28/11/03.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 61

En un contrato de aparcería que firmó por cuatro años el agricultor Ricardo


Argentieri con el comerciante rural Ángel Depaolo, el 1° de enero de 1905, puede
apreciarse bien la múltiple sujeción que tenían los agricultores con estos comer-
ciantes.46 El artículo 1º establecía que Depaolo cedía a Argentieri en arrendamien-
to 244 hectáreas en el campo de propiedad de Santiago Magnin, en el que Depaolo
era arrendatario de una extensión mayor. A cambio, Argentieri se obligaba “a
prestar toda su atención constante al cultivo de trigo o maíz según lo que ordene
el señor Depaolo, previa entrega que éste hará al señor Argentieri de la semilla que
se debe cultivar”. Además de la semilla, el artículo 3 establecía que Depaolo pro-
veería “las mercaderías indispensables para la manutención del señor Argentieri y
su familia, las máquinas y útiles de labranza, y aceptará los vales que expida
Argentieri por pago de peones ocupados para la faena de sembrar o recoger el
trigo o maíz”, aclarando que “la ocupación de este personal será autorizada por el
señor Depaolo respecto al número de peones y pago del personal de los mismos”.
Por fin, el artículo 6 obligaba a Argentieri “a entregar al señor Depaolo todo cuan-
to cosechara en la chacra” ya que “al señor Argentieri le queda absolutamente
prohibido disponer bajo cualquier forma de un grano de lo que cosechara en la
chacra. En cambio, el señor Depaolo, una vez lista la cosecha, procederá cuando
lo crea oportuno, a su venta en presencia del señor Argentieri”. Del producto de la
venta se deducían el saldo de la cuenta de Argentieri con Depaolo, los gastos de
producción y el deterioro de las máquinas, instalaciones y animales existentes en
la chacra (art. 5) y el saldo positivo, si existía, se repartía en partes iguales entre
los firmantes del contrato.47
Este contrato deja ver la múltiple dependencia de los chacareros pampeanos
con los comerciantes rurales. El comerciante Depaolo no sólo era el locador de
Argentieri, sino que además era su proveedor obligado y, en definitiva, el director
ejecutivo de su empresa sobre cuya administración Argentieri no parecía tener ni
voz ni voto. Depaolo disponía qué se sembraba y qué no, con qué semilla, cuántos
y qué empleados se contrataban y cómo se realizarían las ganancias de la “socie-
dad” vendiendo la cosecha cuando lo creyera conveniente.
Para Depaolo, la ventaja de tener “socios” como Argentieri era enorme. No
sólo extraía de ellos una parte de la renta de la tierra –la diferencia entre lo que
pagaba al dueño del campo y el precio por hectárea que cobraba a sus
subarrendatarios–. También extraía otras “diferencias” importantes: las que exis-
tían en el precio de los cereales que comercializaba, en la valuación de las instala-
ciones que cedía y de las máquinas y herramientas que vendía, además de las que
extraía de la venta de productos de almacén, no sólo al agricultor y a su familia,

46 El contrato está contenido en una causa civil iniciada por un peón rural contra Depaolo, por

falta de pago de salarios. JPCD -C, n° BB558, 20/8/06.


47 Ibidem. La bastardilla es nuestra.
62 JUAN MANUEL PALACIO

sino también a sus peones –los permanentes y sobre todo los más numerosos que
residían en la zona durante la cosecha–. Por fin, estas ventajas eran en realidad
mucho más grandes si se piensa que Argentieri era uno entre muchos y que, en
realidad, lo que tenía Depaolo frente a sí era todo un mercado cautivo representa-
do por la pequeña comunidad de sus subarrendatarios, obligados como Argentieri
a tener relaciones comerciales exclusivas con él. Paradójicamente, entonces, esos
primeros contratos, a la vez que eran más generosos desde el punto de vista
económico, fueron jurídicamente los más precarios.
Con el tiempo, el sentido y la orientación de la agricultura en la región pampeana
iba a cambiar, especialmente en las regiones que se iban a revelar más aptas para
esa producción. En esas regiones –como la zona sur de la provincia de Buenos
Aires– al interés ganadero en los agricultores como productores de forraje se fue
sumando el de la producción de cereales en sí misma, que ahora se combinaba en
un solo sistema de producción mixto. En la estancia mixta, lo que se trataba era de
lograr una organización productiva lo suficientemente flexible como para reaccio-
nar con agilidad a las frecuentes variaciones de los mercados. Esto se lograba
manteniendo activas, simultáneamente, las diferentes actividades productivas (la
agrícola, la ganadera vacuna y la ovina), con un bajo nivel de inversión en capital
fijo, lo que permitía redimensionar una u otra actividad en cada coyuntura, despla-
zando a las demás según indicaran los precios de mercado. En el caso de la agri-
cultura, que estaba en manos de chacareros arrendatarios, estos reacomodamientos
de la actividad de la estancia implicaban lisa y llanamente desplazamientos periódi-
cos de los arrendatarios, cada vez que el mercado lo indicara.48
Esta organización productiva suponía entonces un sistema de tenencia de la
tierra particularmente precario que posibilitara esos desplazamientos, sin los cuales
la estrategia diversificadora de estas empresas no hubiera sido todo lo exitosa y
difundida que fue. En otras palabras, la estancia mixta necesitó y promovió una
precariedad estructural de la tenencia de la tierra en la región pampeana para
poder prosperar.
Esta precariedad se lograba de diversas maneras, a veces aprovechando el
vacío legal existente –la falta de leyes o la falta de interés del Estado por aplicar-
las–; otras, trabajando la letra de la ley en los límites de las prácticas legales,
cuando no ignorando en forma abierta las normas con prácticas ilegales. La
forma más difundida de precarizar los contratos era celebrarlos verbalmente,
modalidad que reunía todas las ventajas de la intangibilidad. Esto explica la nega-
tiva generalizada de los terratenientes pampeanos a firmar contratos de arrenda-
miento por escrito, reticencia que se puso más en evidencia luego de sancionarse
leyes que así lo mandaban. En 1937, años después de haberse sancionado la

48 Una descripción de cómo funcionaban estos desplazamientos de los arrendatarios agrícolas en

empresas mixtas en Palacio, “Arrendatarios...”.


LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 63

segunda ley nacional de arrendamientos rurales, que expresamente indicaba que


los contratos debían celebrarse por escrito y registrarse públicamente, más de la
mitad de los arrendatarios de la provincia de Buenos Aires seguían revistando en
la categoría “sin contrato”.49
La otra forma difundida, complementaria de la anterior, era celebrar los con-
tratos “sin término”, con lo que legalmente se entendía –de acuerdo al artículo
1.506 del Código Civil– que eran por un año, o celebrarlos explícitamente por un
año aunque existieran luego normas que daban derecho –cuando no obligaban– a
plazos mayores.50 Es así también que, en el mismo año de 1937, el 96% de los
arrendatarios que habían firmado un contrato lo habían hecho por menos de cinco
años, que era el plazo que estipulaba la ley de 1932.51
Pero esta estructura agraria era la cara visible no sólo de las estrategias pro-
ductivas, sino también de complejos negocios inmobiliarios. Según el censo del
partido de Coronel Dorrego del año 1922, casi la tercera parte de los propietarios
–clasificados como “rentistas”– arrendaban la totalidad de sus campos y era una
práctica extendida del resto dar en arrendamiento porciones considerables de sus
propiedades.52 Por otra parte, a los propietarios se sumaban grandes arrendatarios
y comerciantes que arrendaban tierra al solo efecto de subarrendarla a los que, por
fin, se dedicaban al cultivo del trigo (aunque no es raro ver en los expedientes a
subarrendatarios de segundo y tercer grado).
Ante la ausencia de una norma específica que regulara los convenios, este
universo de locadores y sublocadores mantenía un frágil equilibrio. Los contratos,
si existían, eran verbales en una abrumadora mayoría –especialmente si éstos eran
de subarriendo– y los había anuales, bianuales –aunque los más comunes se pac-
taban “sin término”– a un porcentaje de la cosecha o mucho más frecuentemente,
a un precio fijo por hectárea.
Además de la lógica incertidumbre para los locatarios, esta situación provoca-
ba un revuelo de tinta y papel y más de una confusión en la pequeña burocracia de
los juzgados de paz de la región pampeana. Como el Código Civil especificaba
que los desalojos debían ser notificados con un año de anticipación, todos los
años –y sólo como medida preventiva– los locadores notificaban por escrito a sus
locatarios que al año siguiente su contrato terminaba y debían desalojar. Esto a su
vez desataba una cascada de notificaciones de los arrendatarios a sus subarrenda-
tarios, de estos últimos a los suyos y así sucesivamente, que muchas veces

49 Ministerio de Agricultura de la Nación, Censo Nacional Agropecuario, Año 1937 (Buenos

Aires: Guillermo Kraft Ltda.), 1939-1940, 4 vols., vol. 1, p. 59.


50 Código Civil de la República Argentina, Buenos Aires, Abeledo Perrot, 1982 [1870], p. 310.
51 Censo Nacional Agropecuario, año 1937, vol. 1, p. 59. En Coronel Dorrego, 644 de los 649

arrendatarios con contrato estaban en la categoría de uno a cinco años en el mismo censo.
52 Coronel Dorrego, provincia de Buenos Aires, Primer Censo Municipal levantado el 30 de

julio de 1922, p. 21. Véase más abajo el cuadro 7.


64 JUAN MANUEL PALACIO

terminaba en juicio. Además de la sensación de inestabilidad que estas notificacio-


nes generaban en todos, no es difícil advertir que la indefensión mayor la sufrían
los subarrendatarios, que eran el último eslabón de la cadena. Éstos, no obstante
ser en Dorrego tanto o más numerosos que los arrendatarios, tenían un mínimo
respaldo jurídico, ya que además de pactar su locación verbalmente, su perma-
nencia en la tierra estaba supeditada a las inestables condiciones pactadas por los
locadores principales.
Esta práctica se difundió especialmente a comienzos de la década del veinte,
en vísperas de la sanción de la primera ley de arrendamiento. Esteban Piacenza,
presidente de la Federación Agraria Argentina, reaccionaba contra estas intimaciones
de desalojo hechas por terratenientes y sublocadores en vísperas de una moviliza-
ción chacarera en la provincia de Santa Fe. Éstas –sostenía– eran un instrumento de
presión sobre los arrendatarios, ya que “algunas de estas intimaciones de desalojos
eran debidas a que los propietarios querían ‘echar vacas al campo’, pero la mayor
parte eran hechas al solo objeto de atemorizar a los colonos a fin de hacerles aceptar
una suba en los arriendos y las bárbaras condiciones de trabajo”.53
A las razones por las que Piacenza explicaba las notificaciones de desalojo
había que agregar una: el temor de los terratenientes –y sobre todo de los
sublocadores– a los posibles efectos adversos que podía tener para ellos la futura
ley de arrendamientos. Los detalles de esa ley, o al menos sus intenciones funda-
mentales, habían sido adelantadas públicamente por el mismo presidente Yrigoyen
a mediados de 1919 y su proyecto se conocía en detalle desde que se había co-
menzado a debatir en el Congreso a mediados del año siguiente.54 El temor a ser
afectados por alguna de las cláusulas de la futura ley –en particular, por la obliga-
ción de conceder plazos mínimos de tres o cuatro años– se convirtió en una razón
más para que los locadores quisieran desprenderse de sus arrendatarios, que po-
dían aprovecharse de la letra de la nueva norma para hacer valer esos nuevos
derechos. Como resultado de ese temor, en Coronel Dorrego cerca de doscientos
arrendatarios fueron notificados de su desalojo entre los años 1920 y 1922, a la vez
que los juicios de desalojo se incrementaron mucho, alcanzando en 1922 –inmediata-
mente después de la promulgación de la ley de arrendamientos– la proporción
inusual del 40% de todas las causas tramitadas en el juzgado de paz local.

53 Extractado de La Tierra 329, 1919, p. 1, en Bonaudo y Godoy, “Una corporación”, p. 182.


54 Carl E. Solberg, “Descontento rural y política agraria en la Argentina”, en Marcos Giménez
Zapiola (comp.), El régimen oligárquico, Buenos Aires, Amorrortu, 1975, pp. 268 y 271.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 65

LA LEY

En 1921 se promulgó la primera ley de arrendamientos rurales de la República


Argentina, que modificaba las disposiciones del Código Civil que hasta entonces
regulaban las locaciones agrarias.55 Con ella, nuestros legisladores querían poner-
se a tono con una preocupación compartida, por entonces, en toda América Lati-
na: la producción de alimentos baratos para una población urbana e industrial en
crecimiento exigía una política protectora de los agricultores que pusiera las prio-
ridades económicas y sociales por sobre los intereses especulativos de los
terratenientes. Una mayor intervención estatal que perfeccionara el marco institucio-
nal del desarrollo económico, superando estructuras legales pasadas de moda o
como en nuestro caso, inexistentes, lograría ese objetivo.56 A este debate no fue
totalmente ajena la dirigencia argentina de entonces, no obstante la relativa ausen-
cia de una “cuestión campesina” acuciante en las pampas: los episodios de la
Patagonia y, en especial, la revuelta de arrendatarios de Santa Fe conocida como el
Grito de Alcorta, eran un llamado de atención para una clase política cada vez más
atenta a los desórdenes sociales.
Por otro lado, las importantes bajas en los precios de los cereales, en los años
1918-1919 y 1921, habían generado un intenso malestar en las zonas rurales que se
tradujo, en algunos casos, en movimientos de arrendatarios en procura de mejoras a
sus relaciones contractuales. Estos movimientos, desde los más informales y aisla-
dos de las asociaciones ad hoc a nivel local, hasta los más grandes y organizados de
la Federación Agraria Argentina –organización de chacareros nacida del Grito de
Alcorta– recordaban a los legisladores un hecho cada vez más insoslayable: el au-
mento exponencial de los arrendatarios en las dos décadas anteriores, que hacía
cada vez más evidente el vacío legal que la nueva norma venía a llenar.
El resultado de esta coyuntura y de este ambiente de ideas fue una ley de
compromiso cuya característica saliente fue su inefectividad. La norma pretendía
atacar el mal de la inestabilidad de nuestros agricultores en dos frentes: la duración
de los contratos y la protección de los más pequeños. Así los alcances de la ley

55 Ley 11.170, 26/12/21, ALA, 1920-1940, pp. 80-81.


56 Véase Catherine Legrand, Frontier Expansion and Peasant Protest in Colombia, 1830-1936,
Albuquerque, 1986, pp. 132-41; para los diagnósticos de los dirigentes chilenos de los años veinte
véase Geroge McBride, Chile: Land and Society, New York, 1936; para Perú, Colin Harding, “Land
Reform and Social Conflict in Peru”, en Abraham Lowenthal (ed.), The Peruvian Experiment:
Continuity and Change under Military Rule, Princeton, 1976, pp. 226-27. Para el México del
reformismo callista de los años veinte, véase Nora Hamilton, México: los límites de la autonomía de
Estado, México, ERA , 1983, pp. 72-103; para Costa Rica y los proyectos agrarios del Partido Refor-
mista en la década de 1920, véase Lowell Gudmunson, Costa Rica antes del café: sociedad y econo-
mía en vísperas del boom exportador, San José, Editorial Costa Rica, 1990, pp. 13-42.
66 JUAN MANUEL PALACIO

llegaban sólo a los arrendamientos de predios de menos de 300 hectáreas (art. 1)


y para ellos se establecía un plazo mínimo de cuatro años, que el arrendatario tenía
derecho a hacer efectivo con sólo notificarlo al propietario (art. 2). La ley también
pretendía atacar la especulación inmobiliaria erradicando el mal del
subarrendamiento: esta práctica quedaba explícitamente prohibida salvo que exis-
tiera expreso consentimiento del propietario, en cuyo caso también esos contratos
debían atenerse a lo estipulado por la ley para los demás contratos (art. 3).
Estas provisiones no fueron sin embargo un gran obstáculo para quienes qui-
sieron eludir sus efectos. La primera era fácil de sortear: se trataba ahora de dar en
arriendo porciones de tierra de 301 hectáreas como mínimo, para quedar afuera
de los alcances de la ley. La segunda era bastante inefectiva en sí misma. En
primer lugar, porque la ley no obligaba, exactamente, a firmar contratos por un
mínimo de cuatro años sino que expresaba que cuando los contratos “no estipulen
un plazo o estipulen un plazo menor de cuatro años, se entenderá siempre que el
locatario tiene opción para considerarlo realizado por el término de cuatro años,
debiendo comunicar la opción por escrito con antelación de seis meses”.57 En
consecuencia, los contratos siguieron firmándose por los períodos mínimos, es-
peculando con los olvidos de los arrendatarios para hacer llegar las notificaciones
–o la ignorancia de cómo hacerlo–, cuando no elaborando tácticas más sofisticadas
para burlar ese “derecho a opción”. Pero además, como la ley, increíblemente, no
obligaba en forma explícita a firmar contratos por escrito –sólo invitaba a hacerlo
en su artículo 4– la práctica del arriendo verbal, con todas las ventajas que su
ambigüedad e intangibilidad tenía para los locadores se hizo más extensiva, con-
virtiendo el tema de los plazos en un problema teórico.
Pero si la ley no cambió mucho las cuestiones de fondo, sí fue mucho más
importante y eficaz en el reconocimiento de otros derechos del arrendatario. En su
artículo 6, le reconocía un derecho de indemnización, al finalizar el contrato, por
las mejoras introducidas en el predio (casa, aguadas, árboles). Con esto, se pre-
tendía terminar con uno de los males mayores de la transitoriedad, que era la
resistencia de los arrendatarios a implementar mejoras en la tierra que luego no
podían llevarse consigo. Más importante aún, el artículo 10 establecía un listado
de bienes inembargables, entre ellos los muebles, ropas e instrumentos de trabajo
indispensables (máquinas, herramientas y animales), para proteger jurídica y eco-
nómicamente al agricultor y no privarlo en ningún caso de lo mínimo necesario
para vivir y para seguir produciendo. Por fin, el artículo 7 atacaba de lleno ciertas
prácticas corrientes que eran subsidiarias a la locación, estableciendo que “son
insanablemente nulas y se tendrán como de ningún valor ni efecto las siguientes cláu-
sulas que obliguen: a) a vender los productos al dueño del campo o a determinada

57 Ley 11.170, p. 80. La bastardilla es nuestra.


LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 67

persona; b) a asegurar los cultivos o las cosechas con determinada sociedad o


persona o en forma especial; c) a trillar, cortar, emparvar o transportar con deter-
minada máquina, empresa de trabajo o persona indicada”.58
La importancia de estas otras disposiciones, que no hacían al fondo del pro-
blema de la locación pero tenían consecuencias directas sobre la producción agrí-
cola, residió menos en la efectividad que tuvieron que en dejar establecido por
primera vez esos derechos en la letra de una ley y en haber enunciado también por
vez primera esos problemas “secundarios” de la locación, que sin embargo deter-
minaban la vida del chacarero tanto como los plazos de los contratos. De hecho,
también en estos aspectos la aplicación de la ley dejó bastante que desear, en
especial en términos de la acción del Estado por imponerla, y la medida de sus
alcances concretos la dieron en cambio, en forma paulatina y cotidiana, las prác-
ticas de los actores que quisieron hacer valer su letra ante los tribunales.
La inefectividad de la ley de 1921 se hizo evidente para todos, a poco de ser
sancionada. Su ineficacia –en palabras de uno de los diputados en el debate previo
a la sanción de la ley de 1932, que modificaría a aquélla– pudo comprobarse “en
forma casi inmediata”: “Y tanto es así que dos días después de sancionada por la
Cámara de Diputados ya tenían entrada proyectos de reforma en el seno de la
misma, los que se fueron sucediendo hasta que en 1929 se presentó el que esta-
mos considerando esta tarde”.59 La ley había sido violada de las más diversas
maneras, cosa que reconocían las autoridades mismas. Según explicaba el diputa-
do socialista Nicolás Repetto en ese debate, en aquel momento la Cámara había
pedido un informe al Poder Ejecutivo, “y el presidente Alvear nos mandó un docu-
mento notable por la franqueza con que se manifestaban en él las causas y sobre
todo la amplitud de las violaciones de que esa ley había sido objeto”.60
Para terminar con estas violaciones fue que se sancionó otra ley de arrenda-
mientos en el año 1932.61 Ésta quiso subsanar principalmente los dos defectos
más importantes de la ley anterior que eran, a juicio de los legisladores, los de la
limitación de sus alcances a los contratos de determinada superficie y la no obliga-
toriedad del registro de los contratos: esta vez, se legislaba para todos los predios
rurales arrendados, cualquiera fuera su tamaño (art. 1), extendiendo el plazo mí-
nimo de arriendo a cinco años –de nuevo, siempre que así lo quisiera el arrenda-
tario y lo hiciera saber por escrito al propietario– (art. 2) y lo más importante, se
obligaba a celebrar los contratos por escrito y registrarlos ante un escribano o
en el juzgado de paz de cada partido (art. 4). Por lo demás, la ley reafirmaba
todas las disposiciones de la ley de 1921, disponiendo solamente algunos ajustes y

58 Ibidem, pp. 80-81.


59 Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación, año 1932, vol. 6, p. 915.
60 Ibidem, p. 922.
61 Ley n° 11.627, 18/10/32, ALA, 1920-1940, pp. 261-63.
68 JUAN MANUEL PALACIO

actualizaciones. Así, además de repetir lo estipulado por la ley anterior sobre el


subarrendamiento, lo prohibía absolutamente si el precio de la sublocación excedía
en un 15% al del contrato original (art. 15); a la lista de bienes inembargables –es
decir, a la lista de lo que la ley consideraba indispensable para producir– le agregaba
algunos items significativos: al arado, la rastra y la sembradora que ya estaban pre-
sentes en la ley de 1921, se agregan ahora “una cosechadora” y “un automóvil” (art.
11); y a la lista de cláusulas que no podían contener los contratos y que serían
“insanablemente nulas” agregaba la que obligaba “a proveerse de maquinarias, bol-
sas, hilo sisal, materiales de construcción, ropa o artículos alimenticios en determi-
nada casa de comercio, institución o empresa” (art. 7), que tan corriente era a la
vida agraria –tanto que es difícil explicar el descuido en la ley anterior.
Pero si bien en este caso la letra de la ley era más sabia, el defecto vino esta
vez por el lado de la aplicación. No existiendo eficaces medios de control estatal
en las alejadas áreas rurales –ni un interés visible en crearlos– un alto porcentaje de
los contratos siguieron haciéndose verbalmente. Según el censo citado de 1937,
cerca de la mitad de los arrendatarios de la provincia de Buenos Aires revistan en
la categoría “sin contrato”, mientras que en Coronel Dorrego, de los 966 arrenda-
tarios que existían según el mismo censo, poco más de 350 habían registrado sus
contratos en el Juzgado de Paz.62
La ley de 1932 corrió entonces una suerte parecida a la de 1921, a juzgar por
los efectos concretos que tuvo en las prácticas corrientes de los arrendamientos
rurales. Que esta ley también era burlada en forma generalizada no era algo de lo
que se quejaran los chacareros únicamente, sino que estaba en boca de todos y ya
nadie se preocupaba por disimular. En un congreso de ganaderos de las provincias
de Buenos Aires y La Pampa, en que los participantes debatían un proyecto de
modificación de la ley de 1932 para presentar “a los poderes públicos”, uno de
ellos exponía el problema, con una inocultable sinceridad:

Señor Presidente, nosotros vamos a hablar claro aquí. La ley se ha hecho con las mejores
intenciones en tiempos de emergencia, pero la realidad de las cosas hizo que, muchas veces,
con un contrato perfectamente legal por cinco años, el arrendatario tiene que irse a los dos o
tres años. Hay contratos redactados de tal forma que obliga al arrendatario a irse, es por eso
que nosotros con un espíritu de franqueza decimos: si la ley es burlada, suprimámosla.63

La “burla” que citaba el ganadero Pereyra Iraola, por la cual se firmaban


contratos por cinco años que luego no tenían esa validez, era una práctica exten-
dida en la región pampeana. En un estudio de caso de una estancia en la región

62 Juzgado de Paz de Coronel Dorrego, Contratos de Arrendamiento (en adelante JPCD - A ),


1933-1945.
63 Buenos Aires y La Pampa 26, mayo de 1937, p. 308.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 69

ganadera de la provincia de Buenos Aires para estos años, se ve cómo la adminis-


tración de la estancia celebraba los contratos por los plazos legales, pero a la vez
hacía firmar a los arrendatarios contratos complementarios por el período de una
sola cosecha, que eran los que en realidad valían. La administración, de esta ma-
nera, garantizaba la permanencia de los agricultores en la estancia por los plazos
establecidos en la ley, con la única pero importante salvedad de que no era dentro
del mismo predio, forzándolos a un permanente nomadismo dentro de los límites
del establecimiento.64
En ese sentido, las palabras del diputado Repetto en un debate parlamentario
posterior no pueden ser más claras respecto del destino de la letra de las leyes
agrarias: “Sabemos que los terratenientes evaden ese tipo de leyes. Entonces tene-
mos que concebir una ley simple [de lo contrario] será inservible y terminará siendo
una más entre muchas leyes rurales que nosotros exhibimos sólo para complacer
nuestras conciencias, pero que no tienen en verdad ninguna eficacia práctica”.65
El resultado del debate en el que participaba Repetto fue la ley 12.771, de
“reajuste de arrendamientos agrícolas”, del año 1942. Por esta ley, se reducían
obligatoriamente el monto en dinero o especie de los arrendamientos y se suspen-
dían los desalojos, con el propósito expreso de evitar éxodos masivos de la pobla-
ción rural, disminuir la conflictividad en el campo y preservar el aparato produc-
tivo agrícola frente a las contigencias generadas por el conflicto mundial.66 Esta
ley reaccionaba a la emergencia agraria desatada por la Segunda Guerra Mundial,
que no se limitaba a la baja en los precios de los productos agropecuarios y a las
restricciones a la exportación de esos productos, que ya de por sí planteaba una
situación bastante grave. La “crisis” también estaba en el giro por parte de los
terratenientes y grandes productores hacia la producción ganadera, que se había
traducido en un desplazamiento de los arrendatarios agrícolas de sus estableci-
mientos. Esto implicaba o bien el desalojo liso y llano, cuando no existía contrato,
o la negativa de los terratenientes a renovar los contratos anuales existentes.
Para combatir ambos frentes la ley daba, en primer lugar, el derecho al arren-
datario a considerar prorrogado hasta por tres años el contrato de arrendamiento
que venciera durante su vigencia con sólo notificarlo al locador, a la vez que

64 Palacio, “Arrendatarios…”, pp. 395-400. La única tierra fija que los arrendatarios tenían en

la estancia eran los pequeños predios (5-10 hectáreas) en donde estaban sus viviendas y animales de
trabajo, por los que pagaban un precio fijo por año y por hectárea.
65 Diario de Sesiones, año 1942, vol. 3, p. 786. La bastardilla es nuestra.
66 Carlos Alori Salas, Reajuste de Arrendamientos Agrícolas, Buenos Aires, Lajouane y Cía.,

1943, pp. 32-35; Noemí Girbal de Blacha, “Estado y economía en la Argentina de los años 30. La
organización del régimen agrícola como antecedente del nacionalismo económico peronista”, paper
presentado en el X Congreso Nacional y Regional de Historia Argentina, Santa Rosa, 6-8 de mayo,
1999, pp. 8-10; Mario Lattuada, La política agraria peronista (1943-1983), Buenos Aires, CEAL,
1986, vol. 1, pp. 29-36.
70 JUAN MANUEL PALACIO

suspendía los juicios de desalojo por vencimiento de contrato que estuvieran en


trámite (art. 8). En segundo lugar, la ley invitaba a las partes a reajustar de común
acuerdo el precio del arrendamiento y, si no había acuerdo, a ajustarlos según los
índices de precios que a tal efecto la norma confeccionaría (arts. 2 y 4). Por fin,
la ley daba dos pasos más en la dirección de hacer efectivas las regulaciones sobre
la locación en el campo: por un lado, volvía a insistir en el asentamiento oficial de
los contratos de arrendamiento, disponiendo la creación de un registro ad hoc en
el Ministerio de Agricultura (art. 7) y, por el otro, creaba la Cámara Arbitral de
Arrendamientos, destinada a solucionar las disputas entre terratenientes y arren-
datarios que tuvieran como tema la locación (art. 6).
La importancia de esta nueva ley no radicaba tanto en las transformaciones
que introducía en las bases legales del problema de los arrendamientos, ya que de
hecho no modificaba el fondo de la ley de 1932. Destinada a solucionar temporal-
mente una emergencia concreta y coyuntural, la relevancia de esta ley residía en
cambio en que anticipaba el espíritu de las políticas agrarias que iba a adoptar el
peronismo e inauguraba sin quererlo una de las más eficaces entre ellas, como era
la de fijar los arrendatarios a la tierra. Por un lado, era ésa la primera ley en el país
que limitaba la renta por la locación del suelo y el principio jurídico de la “libre
contratación”, imponiendo límites al derecho de propiedad a causa de un motivo
social, cosas todas que iban a estar en el espíritu de la legislación rural
peronista.67 Por otra parte, esta norma marca el prólogo de políticas concretas
que la revolución militar de 1943, primero, e inmediatamente después el peronismo
van a profundizar y a convertir en sistemáticas. Así, el “reajuste” de arrendamientos
que establecía la ley de 1942 iba a ser a través de sucesivas renovaciones –empe-
zando por el decreto n° 14.001 del gobierno revolucionario de 1943 que disponía
una rebaja obligatoria adicional del 20% para los arrendamientos–, en un virtual
congelamiento del precio de los arriendos que, complementado con la suspensión
de los desalojos, iba a durar hasta algunos años después de la caída de Perón, en
1955, y en la práctica hasta mediados de la década de 1960.68 Por fin, si la sanción
de estas nuevas normas preanunciaba la vocación del peronismo por legislar en
temas agrarios, la creación de la Cámara Arbitral de Arrendamientos y de la Divi-
sión de Arrendamientos y Aparcerías Rurales en el ámbito del Ministerio de Agri-
cultura, también de 1942, sentaba las bases de una burocracia que con la llegada

67 Girbal, “Estado y economía”, p. 9; Lattuada, La política, vol. 1, pp. 30-31.


68 La dinámica de prórrogas no se interrumpe en realidad sino hasta la ley 17.253 del gobierno de
Onganía que les pone un fin abrupto en 1967. Antes de eso, los “Planes de Transformación Agraria”
de los años 1957 y 1958, habían sido un intento de descongelar la situación evitando a la vez desalojos
en masa, combinando indemnizaciones a los terratenientes con créditos oficiales a los arrendatarios
para que se convirtieran en propietarios de esas tierras. Véase Mario Lattuada, Política agraria y
partidos políticos (1946-1983), Buenos Aires, CEAL, 1988, pp. 99-101; Alicia Tecuanhuey Sandoval,
La revolución de 1943: políticas y conflictos rurales, Buenos Aires, CEAL, 1988.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 71

del peronismo se iba a encargar –ampliándose– de instrumentar un efectivo


intervencionismo del Estado nacional en el ámbito agrario, hasta entonces inédito
y limitado al dominio del discurso.
Que estas leyes eran un mal augurio para los propietarios parece advertirlo
con notable clarividencia la Sociedad Rural Argentina, que en vísperas del trata-
miento de la ley de reajustes de 1942 envía una nota al presidente de la Cámara de
Diputados de la Nación, en donde dice:

La intervención del Estado para alterar las convenciones que libremente celebran las partes,
es siempre de un efecto desmoralizador, porque habitúa a los contratantes a no tener por
firmes las obligaciones contraídas y crea un ambiente de inseguridad en los negocios. [...]
Cree la Sociedad Rural Argentina que es inconveniente establecer, en momentos de emergen-
cia, leyes de esta naturaleza, porque la experiencia demuestra que luego se las erige en
conquista definitiva de los favorecidos, quedando así en forma permanente, en contra, sin
duda, del espíritu que animó a los iniciadores de ese remedio, que debió ser transitorio.69

La reacción no era ociosa. Leyes como ésa estaban marcando el principio del
fin de un largo período en el que los terratenientes manejaron el arrendamiento
agrícola a su antojo. Las normas que habían existido hasta entonces no impidieron
esos manejos, ya fuera por defectos en su concepción o por fallas o desidia en su
aplicación. Pero lo cierto es que el aparato legal en el que se desarrolló la produc-
ción triguera pampeana había ayudado poco a subsanar la precaria relación del
arrendatario agrícola con la tierra, que siguió siendo bastante imprevisible. Nada
es más sintomático que esa sensación de imprevisibilidad sobre el futuro que la
resistencia que siempre tuvieron los chacareros a construir sus viviendas en las
tierras arrendadas, más allá del tiempo que permanecían de hecho en ellas. En un
pasaje extraído de una entrevista con un chacarero de Coronel Dorrego, que per-
maneció como arrendatario casi sesenta años en el mismo campo de la sucesión
Glorialdo Fernández –desde 1926 en que arrendaba su padre, hasta el año 1986 en
que él mismo dejó de arrendar– éste decía lo siguiente:

–¿Cómo era la casa donde vivían con su familia?


–Era una casa grande de cuatro habitaciones y una cocina, tipo rancho. Las paredes eran de
chorizo, el piso de tierra y el techo de chapa, chapa canaleta. Y la letrina afuera, bien lejos de
la casa. (A la noche había que levantarse emponchado para ir hasta ahí.)
–¿Y hasta cuándo vivió usted en esa casa?
–Y, desde que se hizo el rancho en 1928 hasta que hicimos la casa en 1960.
–¿Y por qué no hizo la casa antes? ¿Era muy caro hacerse una casa?

69 Anales, 75:5, 1941, pp., 365-67. La bastardilla es nuestra.


72 JUAN MANUEL PALACIO

–¿Caro? No. Era regalado. Pero como éramos arrendatarios... Que a lo mejor este año no,
el que viene no se sabe... Uno estaba quince años, veinte años, o dieciocho años... No sabía
uno... Como la gente hacía las cosas de palabra... al viejo le decían “tenés que irte” y nada,
se iba, así que...70

LA PRÁCTICA

Una de las bondades que sí tuvo la ley de arrendamientos de 1932 fue la de obligar
a los terratenientes a celebrar contratos por escrito y a registrarlos en el juzgado
de paz local. Más allá de que los que acataron la norma fueron sólo algunos, los
que sí lo hicieron, además de dar una mayor certidumbre a sus arrendatarios,
dejaron una huella que permite rastrear cómo eran las modalidades del arrenda-
miento en el partido durante la década de 1930 y los primeros años de la siguiente,
con alguna sistematicidad.
Entre 1933 y 1945 se registraron en Coronel Dorrego 1.800 contratos de
arrendamiento.71 Cada uno de estos documentos consistía en el contrato propia-
mente dicho y en algunos anexos como planos y poderes y, a veces, un inventario
de los bienes instalados en la parcela, como la casa habitación, los molinos, bebe-
deros y galpones.72 En el contrato figuraban los nombres del propietario y locata-
rio, la cantidad de hectáreas arrendadas, el plazo de la locación, la forma de pago,
el destino y, en algunos casos, ciertos condicionamientos acerca de qué debía
producirse y en qué proporción del suelo dentro del predio arrendado.
La consideración de esta fuente exige algunas aclaraciones previas. La prime-
ra se refiere a su representatividad. Según el archivo, en Coronel Dorrego se
encontraban en vigencia cada año un promedio de 370 contratos,73 lo que repre-
senta un 38% de los arrendatarios del partido si se toma como referencia el núme-
ro que provee el censo agropecuario de 1937 (966) como promedio para todos los
años del período. Esto pone dos límites precisos a la fuente. El primero es que no
se está frente al todo sino a una muestra, por más respetable que ésta sea, desde
el punto de vista porcentual. El segundo es que la muestra, seguramente, está

70 Entrevista a Nicolás Staniscia.


71 Todos los contratos analizados se encuentran en JPCD -A , 1933-1945.
72 Los decretos 14.001, del 12 de noviembre de 1943, y 15.707, del 7 de diciembre de 1943, que

prorrogaron los arriendos una vez más, obligaron a incluir en los contratos el inventario discriminado de
bienes tanto del propietario como del arrendatario, descripción de la parcela con sus colindantes y el año
desde el cual estaba en manos del locatario. Véase Tecuanhuey Sandoval, La revolución..., pp. 55-6.
73 Este número es el producto de haber dispersado los contratos a lo largo de los años de su

vigencia.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 73

desviada hacia la legalidad, ya que es obvio que los que se decidían a celebrar
contratos por escrito ante la autoridad local iban a hacerlo de acuerdo a la ley: para
infringirla, mejor era la sombra del contrato verbal o al menos la del arreglo priva-
do aunque fuera escrito.
Pero, además, esta fuente plantea algunos problemas metodológicos. Uno de
ellos, que es general, reside en el hecho de que en el juzgado se registraban sólo los
nuevos contratos celebrados cada año, con lo que un estudio de todos estos años
exigió, para poder extraer conclusiones acerca de, por ejemplo, la evolución de las
hectáreas arrendadas, la tarea previa de distribuir los datos del período del contra-
to a lo largo de todos los años de su vigencia (v.g. asentar un contrato por cuatro
años celebrado a principios de 1933, repitiendo su registro en cada uno de los
siguientes años hasta 1937). Esta operación, técnicamente sencilla, conlleva sin
embargo una especulación: que el contrato haya durado lo que estaba escrito que
iba a durar, cosa que la fuente sola no puede asegurar. No hacer esa especulación,
sin embargo, hubiera redundado muy probablemente en un subregistro, ya que es
obvio que las parcelas arrendadas en un año dado no son solamente las que se
contrataron en ese mismo año sino también las contratadas en años anteriores y
todavía están vigentes. Otro problema es que la fuente es más útil para ilustrar
prácticas contractuales que para inferir tendencias generales sobre “el arrenda-
miento” en el partido, a lo largo del período. Así, las variaciones que se producen
en la cantidad de tierra arrendada son en realidad sólo variaciones en la cantidad de
los arrendamientos registrados. Y la lógica del registro no necesariamente coinci-
día con la lógica del arrendamiento.
Con esas salvedades, la evolución general de los contratos celebrados en el
partido, entre 1933 y 1945, permite extraer algunas conclusiones sobre la evolu-
ción de la práctica en los últimos años del período considerado en este trabajo. La
primera y más obvia de todas es que, aun cuando la ley de arrendamientos de 1932
obligaba a las partes a celebrar los contratos por escrito y a registrarlos en el
juzgado de paz local, sólo un porcentaje menor de los terratenientes elegía hacerlo,
escudados seguramente en la conocida indiferencia oficial para hacer cumplir la
ley, según se vio en el apartado anterior. En el caso de Coronel Dorrego, los
contratos registrados en el juzgado de paz representan poco más del 30% de los
arrendamientos existentes.
En cuanto a la duración de los contratos, la fuente indica que, aunque la ley de
1932 daba derecho al arrendatario a considerar su contrato por cinco años, los
terratenientes claramente preferían firmarlos por menores plazos. Según los datos
recogidos en el Cuadro 5, en Coronel Dorrego sólo 204, o el 11% de los 1.800
contratos, fueron firmados por cinco años o más, entre 1933 y 1945. Entre los
que así lo hacían destacaba la propietaria María Bernasconi, que entre los dos
campos que tenía en el partido –de 4.481 y 4.316 hectáreas, respectivamente–
arrendaba tierra a un total de 30 arrendatarios. Desde que en 1933 se hizo cargo
74 JUAN MANUEL PALACIO

personalmente de sus campos –que antes arrendaba en su totalidad a Antonio B.


Costa para que los administrara– Bernasconi cumplía estrictamente con lo estipu-
lado por la ley, firmando contratos por cinco años, que luego prolijamente renovó
en 1938. Esta prolijidad no era sólo por legalismo. Bernasconi era una administra-
dora muy puntillosa de sus campos y las múltiples cláusulas que incluía en los
contratos –sobre el tipo y la cantidad de cereal que debían sembrar los arrendata-
rios, el lugar donde debían hacerlo, el tipo de semilla que debían utilizar y lo que no
les estaba permitido sembrar– hablan a las claras de que éstos servían para llevar
un ajustado control de la empresa, que no dejara nada sin contemplar.74

Cuadro 5: Coronel Dorrego. Contratos de arrendamiento que cumplían con


el plazo legal, 1933-1945

Año Total contratos Firmados por 5 años


Cantidad %
1933 97 36 37
1934 137 30 22
1935 58 7 12
1936 68 19 28
1937 89 3 3
1938 111 44 40
1939 129 36 28
1940 307 5 2
1941 123 8 7
1942 109 5 5
1943 77 3 4
1944 344 8 2
1945 151 0 0
1800 204 11

Fuente: Elaboración propia en base JPCD-A, 1933-1945.

En cuanto a la evolución de estos plazos, es interesante notar cómo a partir de


1940, cuando la cabeza de los terratenientes empezaba a concentrarse en la gana-
dería –y la de los legisladores, como reacción, en intervenir para proteger a los

74 Ejemplos de contratos de María Bernasconi en JPCD - A , 312/5596 al 5603, 1/3/33; y L2/121/


7517 al 7521, 20/6/38.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 75

agricultores– casi todos comenzaron a celebrar contratos por plazos menores a


cinco años. Esta evidencia es complementaria de la anterior. Al estallar la guerra,
el giro hacia la ganadería implicó menos contratos agrícolas a la vez que la reduc-
ción de los plazos de los ya existentes.
Cabe recordar que los períodos por los que se firmaban los contratos son
reveladores sobre todo de las prácticas de los terratenientes con los arrendamien-
tos y no necesariamente del tiempo que efectivamente permanecían los arrendata-
rios en la tierra. Así, por ejemplo, muchos propietarios hacían contratos anuales
que se renovaban todos los años con un nuevo registro, lo que en la práctica
derivaba en que el chacarero permanecía en la tierra por el plazo legal o aún por
más tiempo. A la inversa, firmar contratos por cinco años no significaba necesa-
riamente que el arrendatario iba a quedarse en la tierra por ese período, o que éste
no iba a ser burlado de alguna de las maneras ya analizadas.

Cuadro 6: Coronel Dorrego. Hectáreas arrendadas por propietarios


de más de mil hectáreas, 1933-1945

Año > 1000 (1) Arrendadas (2) 1/2


1933 45678 66259 69%
1934 63585 106933 59%
1935 64754 110195 59%
1936 101505 157815 64%
1937 110291 175921 63%
1938 111906 176943 63%
1939 115501 188404 61%
1940 138009 210740 65%
1941 135534 201344 67%
1942 118788 184393 64%
1943 107913 172062 63%
1944 96172 154100 62%
1945 67825 111627 61%
Total 1277459 2016736,55 63%

Fuente: Elaboración propia en base JPCD-A, 1933-1945; Pla-


nos catastrales de los partidos de la provincia de Buenos Aires.
Buenos Aires: Gregorio Edelberg, 1939; y Buenos Aires, Pro-
vincia, Dirección de Catastro. Estado del Catastro al 24 de
julio de 1939, La Plata, 1940.

La cantidad de tierra que los propietarios dedicaban al arriendo variaba a tra-


vés de los años y según la dimensión de las propiedades. En cuanto a lo segundo,
76 JUAN MANUEL PALACIO

es preciso hacer notar que más del 60% de las tierras arrendadas en el partido
pertenecían a propiedades de más de 1.000 hectáreas (cuadro 6). Se trataba de 42
propietarios poseedores de un total de 53 fracciones de campo de más de 1.000
hectáreas, que hacían del arrendamiento una práctica más o menos constante.75
En el cuadro 7 puede verse una lista completa de esas 53 fracciones con el nom-
bre de sus propietarios, la cantidad de hectáreas y el porcentaje anual de arrenda-
miento de cada una. Según puede verse en el cuadro, estos propietarios no arren-
daban todos los años los campos o la misma cantidad de hectáreas, sino que
entraban y salían del mercado periódicamente, aumentando o disminuyendo su
porcentaje de tierra dedicada al arrendamiento agrícola, de acuerdo al sistema de
producción mixto. Lo que descubren con toda claridad las variaciones en el por-
centaje de tierra arrendada son los desplazamientos de la actividad agrícola a la
ganadera que hacían, a veces con una frecuencia anual, estos establecimientos.
Con un promedio general de más del 50%, estos grandes establecimientos dedica-
ban al arriendo porcentajes variables de sus tierras –desde el 30% hasta la totalidad
del campo– indicando toda la gama de organizaciones empresarias, desde el extre-
mo de propiedades dedicadas enteramente a la obtención de renta hasta los distin-
tos tipos de organización mixta, con mayor o menor énfasis en la agricultura.

75 El dato de la cantidad de tierra que poseía cada uno de ellos fue tomado de los catastros del

partido de los años 1917 y 1939. Véase Planos Catastrales de los partidos de la provincia de Buenos
Aires (Buenos Aires, Gregorio Edelberg, 1939); y provincia de Buenos Aires, Dirección de Catastro,
Estado del Catastro al 24 de julio de 1939, La Plata, 1940.
Cuadro 7: Coronel Dorrego. Hectáreas arrendadas en estancias de más de 1000 hectáreas. 1933-1945

Propietario Has. 1933 1934 1935 1936 1937 1938 1939 1940 1941 1942 1943 1944 1945 PROMEDIO

Aparicio, Ricardo Lucio ot. 6861 45% 80% 56% 60% 60% 60% 70% 73% 77% 77% 77% 77% 68%
Arambarri Calzacorta, F. e h. 2671 88% 88% 88% 88% 88% 73% 73% 73% 73% 73% 81%
Bardi, Bletiza Potes de 1579 13% 13% 13% 30% 30% 72% 72% 72% 72% 72% 46%
Bardi, Bletiza Potes de 2050 96% 100% 86% 76% 76% 7% 73%
Bernasconi, María 4316 97% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 66% 61% 61% 95%
Bernasconi, María 4481 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 12% 12% 8% 99%
Chapar de Erramuspe, María y ot. 6000 2% 20% 51% 84% 53% 53% 20% 20% 38%
Chapar, Carlos María 6974 75% 86% 100% 67% 100% 100% 91% 100% 100% 85% 81% 81% 4% 82%
Chapar, Luis 1296 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100%
Chapar, Raúl Enrique 3826 3% 3% 3% 94% 99% 99% 99% 99% 99% 99% 100% 100% 88% 76%
De la Serna, Mercedes A. de 1163 17% 17% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 96%
De la Serna, Mercedes A. de 2749 11% 11% 38% 38% 69% 69% 79% 79% 93% 98% 98% 98% 65%
Durañona, Rodolfo S. 6869 22% 41% 41% 60% 62% 70% 45% 45% 67% 60% 55% 31% 25% 48%
Echepareborda de Ahumada, María C. 3933 99% 100% 100% 100% 85% 49% 96%
Echepareborda, Carlos E. (suc.) y ot. 3490 48% 75% 54% 54% 54% 25% 52%
Elicabe, Ricardo 6725 71% 58% 57% 44% 57%
Ernest, M. L. y Reposi, A. 1879 58% 58% 58% 58% 58% 58%
Fernández Aguilera, Segundo (suc.) 4350 70% 70% 70% 70% 70% 100% 70%
Fernández Aguilera, Segundo (suc.) 8007 79% 79% 79% 79% 79% 79%
Fernández de Carrera, Amelia 2530 12% 12% 12% 19% 19% 92% 100% 19% 19% 34%
Fernández de Carrera, Amelia 5021 8% 8% 14% 14% 19% 54% 100% 87% 59% 17% 6% 37%
Fernández de Villota, A. y L. (suc.) 8007 6% 65% 65% 65% 81% 81% 71% 61%
Fernández de Villota, Arturo (suc.) 2500 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100%
Fernández de Villota, Arturo (suc.) 4965 41% 41% 41% 41% 41% 93% 93% 93% 100% 75% 66%
Fernández de Villota, Gloria 3000 98% 98% 98% 98% 98% 100% 100% 100% 100% 100% 99%
Fernández de Villota, Gloria 4483 25% 25% 25% 25% 25% 7% 7% 7% 7% 7% 16%
Fernández de Villota, Luciano 2834 98% 98% 98% 98% 100% 73% 73% 73% 100% 100% 92%
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA...

Fernández de Villota, Luciano 3544 51% 51% 51% 51% 73% 80% 80% 80% 91% 91% 70%
Fernández de Villota, Pilar 2500 84% 84% 84% 84% 94% 100% 100% 100% 100% 100% 93%
Fernández de Villota, Pilar 5152 57% 57% 57% 57% 78% 57% 57% 57% 57% 76% 61%
77

Fernández de Villota, Ramiro 2231 71% 71% 71% 71% 81% 45% 45% 50% 50% 50% 61%
78
Cuadro 7: Coronel Dorrego. Hectáreas arrendadas en estancias de más de 1000 hectáreas. 1933-1945 (cont.)

Propietario Has. 1933 1934 1935 1936 1937 1938 1939 1940 1941 1942 1943 1944 1945 PROMEDIO

Gastambide, María R. Ballester de 1332 100% 100% 100% 98% 98% 98% 98% 98% 98% 98% 98%
Gisasola, José A. 2504 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100%
Guisasola, José A. y Marg. 3487 97% 81% 81% 81% 81% 81% 81% 81% 81% 13% 13% 13% 13% 61%
Lanz, Martín 2666 18% 18% 18% 18% 18% 18% 18% 47% 47% 47% 29% 27%
López Arechávala, Juilián 3321 98% 98% 98% 98% 98% 93% 93% 93% 93% 93% 96%
Magnin, Francisca G. de 5720 18% 35% 35% 64% 64% 64% 64% 64% 58% 50% 50% 50% 51%
Naulé de Lisle, Isabel 1780 12% 12% 12% 12% 12% 21% 21% 21% 21% 21% 77% 61% 25%
Pérez Bustos de Miguez Gorgolas, Bibiana 1333 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100%
JUAN MANUEL PALACIO

Pérez Crespo Hnos. 1667 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100%
Potes, Horacio 2634 80% 100% 84% 84% 84% 62% 32% 55% 55% 5% 5% 7% 7% 51%
Ricaud, Luisa 3941 63% 62% 68% 22% 93% 93% 76% 51% 51% 64%
Rodríguez, Arturo E. 1296 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100%
Saguier, Elena Santamarina de 8786 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100% 100%
Sánchez Elía de Quintana, Carmen Adela 2700 79% 79% 79% 79% 79% 79% 79% 98% 98% 98% 98% 98% 98% 88%
Sánchez Elía, Raúl 1415 16% 41% 29% 29% 29%
Sánchez Elía, Raúl 2160 46% 46% 46% 46% 82% 83% 100% 100% 100% 64% 100% 100% 100% 84%
Sánchez Elía, Raúl 3345 83% 83%
Santamarina de Riglos, Mercedes 2938 100% 100% 100% 100% 100% 100%
Urquiza de Bengolea, María Carolina de 2217 26% 14% 14% 18%
Urquiza de Zemborain, Rosa B. de 1411 56% 56% 56% 56% 85% 85% 85% 85% 100% 100% 76%
Urquiza, Amalia Josefina de 1307 42% 42% 42% 42% 42% 100% 100% 100% 100% 98% 98% 100% 98% 98%
Vanoli, José Raúl y otros 7399 9% 9% 21% 54% 62% 67% 80% 100% 70% 30% 30% 49%

Promedio Anual 57% 64% 62% 66% 72% 69% 69% 74% 78% 69% 65% 66% 60% 51%

Fuente: idem cuadro 6.


LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 79

Coherentemente con la evolución en el número de contratos y en la de sus


plazos, la cantidad de tierra arrendada dentro de las estancias alcanzó un pico en
los primeros años de la guerra, en especial en los establecimientos más grandes,
para decrecer luego con ella hasta alcanzar en 1945 el menor porcentaje de todo el
período. Es ésta una muestra más de la estrategia de recupero de las tierras por
parte de los terratenientes durante la contienda. Salvo contados casos, todos redu-
jeron abruptamente su porcentaje, mientras otros directamente desaparecieron del
mercado. Según puede verse en el cuadro 7, María Bernasconi, que arrendaba el
100% de sus dos campos entre 1933 y 1942, lo hacía sólo con el 61% de su
campo de 4.316 hectáreas y tan sólo el 8% en el de 4.481 hectáreas, en 1945. El
doctor Horacio Potes, propietario de 2.634 hectáreas, que llegó a arrendar el 100%
de su campo en 1934, desde ese año comenzó a declinar su oferta hasta llegar a sólo
el 7%, en 1945. Carlos María Chapar, propietario de 6.974 hectáreas, arrendaba el
100% entre 1937 y 1941 y sólo locaba el 4%, en 1945. Esa estrategia de recupero de
las tierras, que se retiraban ahora del mercado, era una clara reacción de los terrate-
nientes al nuevo y más decidido intervencionismo estatal de los años cuarenta, tanto
como el fruto de la tendencia a reconvertir sus tierras a la ganadería.
En cuanto al comportamiento de los arrendatarios, el tamaño de las parcelas
que arrendaban era muy variado: si el promedio general estaba en 347 hectáreas
por parcela, el rango iba de 230 a 530, con una ligera tendencia descendente a lo
largo del período.76 El cuadro 8 propone una mirada de detalle sobre las parcelas
que trabajaba cada uno de los 824 arrendatarios, registrados en los 1.800 contra-
tos estudiados.77

76 Si en vez de las hectáreas de los contratos se toman las hectáreas arrendadas por cada locatario

–lo que se obtiene sumando las de aquellos arrendatarios que arrendaban más de una parcela simultá-
neamente– la media de tierra arrendada era de 429 hectáreas.
77 Ése (824) es el número de arrendatarios que celebraron los 1.800 contratos en Dorrego en este

período. La diferencia reside en que muchos de ellos celebraron más de un contrato en el período, ya
sea en el mismo o en diferentes campos, en forma sucesiva o simultánea. Los estratos de tamaño del
Cuadro 8 se tomaron de un trabajo para el partido de Tres Arroyos, vecino al de Coronel Dorrego.
Véase Balsa, “La lógica...”.
Cuadro 8: Coronel Dorrego. Hectáreas trabajadas por cada arrendatario según tamaño de la explotación. 1933-1945

80
Escala 1933 1934 1935 1936 1937 1938 1939 1940 1941 1942 1943 1944 1945 PROMEDIO

menor 150 ha 1631 2916 2873 7789 8290 8228 8949 9986 10013 9896 10009 10026 8210
Casos 17 29 28 93 97 96 106 116 102 102 105 105 87
% ha 2,5% 2,8% 2,7% 4,9% 4,8% 4,7% 4,8% 4,8% 5,0% 5,4% 5,8% 6,5% 7,4% 5,0%
% Casos 11,6% 12,0% 10,9% 21,3% 20,4% 20,0% 20,4% 19,9% 18,2% 19,3% 21,2% 23,6% 25,8% 18,7%
Promedio ha 96 101 103 84 85 86 84 86 98 97 95 95 94 95

entre 150 y 299 ha 9759 16804 19131 34949 38447 39843 42125 46357 44281 42276 38578 35783 27407
Casos 45 76 86 159 174 180 191 214 204 195 179 167 131
% ha 14,7% 16,2% 17,7% 22.1% 22,1% 22,8% 22,5% 22,1% 22,0% 22,9% 22,5% 23,2% 24,6% 21,8%
% Casos 30,8% 31,4% 33,6% 36,6% 36,6% 37,6% 36,8% 36,8% 36,9% 36,9% 36,2% 37,5% 38,9% 35,7%
Promedio ha 217 221 222 220 221 221 221 217 217 217 216 214 209 218
JUAN MANUEL PALACIO

entre 300 y 599 ha 26694 40470 43264 53459 59773 58507 65129 72464 75266 71236 64303 50655 33659
Casos 63 100 106 134 148 146 161 180 190 178 161 126 85
% ha 40,3% 38,9% 40,0% 33,9% 34,4% 33,5% 34,8% 34,6% 37,4% 38,7% 37,6% 32,9% 30,2% 38,3%
% Casos 43,5% 41,3% 41,4% 30,7% 31,1% 30,5% 31,0% 30,9% 33,9% 33,6% 32,5% 28,3% 25,2% 33,4%
Promedio ha 424 405 408 399 404 401 405 403 396 400 399 402 396 408

entre 600 y 999 ha 8890 15537 15194 19540 24064 22232 25625 32593 29192 26558 22920 20334 15708
Casos 12 21 21 27 33 31 35 45 40 36 31 27 21
% ha 13,4% 14,9% 14,0% 12,4% 13,8% 12,8% 13,7% 15,5% 14,5% 14,4% 13,4% 13,2% 14,1% 15,5%
% Casos 8,2% 8,7% 8,2% 6,2% 6,9% 6,5% 6,7% 7,7% 7,1% 6,8% 6,3% 6,1% 6,2% 7,7%
Promedio ha 741 740 724 724 729 717 732 724 730 738 739 753 748 715

más de 1000 ha 19285 28243 27788 42176 43201 45893 45354 48223 42432 34341 35406 37302 26643
Casos 9 16 15 23 24 26 26 27 24 18 19 20 13
% ha 29,1% 27,2% 25,7% 26,7% 24,9% 26,3% 24,2% 23,0 21,1 18,6% 20,7% 24,2% 23,9% 19,3
% Casos 6,2% 6,6% 5,9% 5,3% 5,0% 5,4% 5,0% 4,6% 4,3% 3,4% 3,8% 4,5% 3,9% 4,4%
Promedio ha 2143 1765 1853 1834 1800 1765 1744 1786 1768 1908 1863 1863 2049 1569

Total ha 66259 103970 108250 157913 173775 174703 187182 209623 201184 18403 17216 1541000 111627
Total Casos 146 242 256 436 476 479 519 582 560 529 495 445 337

Fuente: Idem cuadro 5.


LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 81

En la columna de promedios, se advierte que las categorías de 150-299 y 300-


599 hectáreas sumaban casi el 70% de las parcelas y el 60% de la tierra arrendada,
mientras que los pequeños chacareros suman casi el 19% de los casos. También
se observa en esos trece años un aumento de las categorías más chicas de tamaño
a costa de las medias y grandes. Así, la primera categoría, menor a 150 hectáreas,
aumenta su importancia hasta llegar al 25% de los casos en 1945, con el 7% de la
tierra, frente al 12% y 2,5% que registraba en 1933, respectivamente. También la
categoría que le sigue (150-300) aumenta su participación del 31% al 39% de los
casos y desde el 15% al 25% de las hectáreas totales. Esta evolución es también
coherente con la consolidación de la estancia mixta: una proliferación de arrenda-
tarios más chicos –y por lo tanto más necesitados de cultivar cuando el terrate-
niente los necesitara– era preferible a la consolidación de agricultores más grandes
y por lo tanto más independientes de las necesidades de las estancias.78 Por fin, en
los estratos más grandes de tamaño –que se mantienen relativamente estables a lo
largo de los años– revistaban tanto los chacareros prósperos que cultivaban en
forma directa todo el campo, con sus máquinas y peones, como los que arrenda-
ban para ampliar su escala de operaciones pero derivaban las labores agrícolas en
subarrendatarios, de los que no se tienen registro.

COMENTARIOS FINALES

La evidencia recogida sobre la tenencia de la tierra en el partido de Coronel Dorrego


permite dar un pequeño paso más en la búsqueda de mayores certezas sobre la
práctica del arrendamiento en la región pampeana.
En primer lugar, lo analizado para este caso confirma la hipótesis de la gran
heterogeneidad de situaciones que encierra el fenómeno. El arrendamiento no sólo
no nació con la agricultura sino que con ella englobó, indistinta y simultáneamen-
te, a los pequeños productores agrícolas en estancias mixtas y a titulares de gran-
des explotaciones; a grandes comerciantes-arrendatarios y a desprotegidos
sublocadores; a medianos y grandes ganaderos, a productores agrícolas o mixtos,
o a simples rentistas. Ocurría aquí lo que observaba Jan Bazant para la hacienda
de Bocas, en San Luis Potosí: “El ser arrendatario no dice nada sobre la posición
social ni sobre el papel de la persona en la economía de la hacienda”.79
Esta heterogeneidad no era infinita, sin embargo, ni representa un desorden tal
que impide al análisis rastrear algunas tendencias históricas precisas. Así, en la

78 Palacio, “Notas...”.
79 Bazant, “Peones, arrendatarios...”, p. 307.
82 JUAN MANUEL PALACIO

historia de Coronel Dorrego la producción –fuera ésta agrícola o ganadera– estu-


vo siempre íntimamente asociada al arrendamiento. En un principio, el noventa
por ciento de los productores ovejeros (y el setenta de la producción) estaba en
manos de arrendatarios y, cuando llegó la agricultura, el ochenta por ciento de los
productores arrendaba la tierra. De la misma manera, no es exagerado afirmar que
durante el período de apogeo productivo, la agricultura del partido fue sinónimo
de chacarero arrendatario.
En segundo lugar, la actividad agrícola de Dorrego transitó por caminos di-
versos en su breve pero agitada historia local, generando a su paso diferentes
patrones de evolución. En un primer momento de desarrollo, desde su brutal des-
embarco entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX hasta fines de
la Primera Guerra Mundial, la agricultura representaba un mundo de oportunida-
des. Una frontera agrícola abierta –tanto en el exterior como sobre todo, en el
interior de las estancias–, una población de agricultores todavía escasa y una
demanda creciente de agricultura por parte de terratenientes y grandes empresa-
rios locales se tradujeron en contratos de arrendamiento baratos y por plazos
largos. Estas condiciones, por su parte, estuvieron en la base de cierta acumula-
ción de capital por parte de los agricultores, que habrían optado por comprar
tierra, arrendar fracciones mayores, instalar una casa de comercio o todo eso a la
vez. Son esos los tiempos del desarrollo de esa clase media rural que la historiografía
revisionista del arrendamiento descubre y celebra en sus análisis. Iguales oportu-
nidades gozaron los agricultores en otras fronteras latinoamericanas para la mis-
ma época, desde el Valle Central chileno hasta el sudoeste cafetalero de São Paulo,
pasando por el Bajío mexicano.80
En tercer lugar, tan cierto como que ese mundo existió es que alguna vez se
disipó. Los años de la finalización de la Primera Guerra y los del inicio de la
consolidación definitiva de la estancia mixta marcan ese momento. Para los
grandes y medianos productores, entre los que se encontraban los terratenientes
y comerciantes tradicionales del partido, junto a los nuevos propietarios y arren-
datarios que habrían logrado acumular en el período anterior, fueron éstos años
prósperos, garantizados por la versatilidad de la fórmula de la estancia mixta,
que les permitió atravesar con todo éxito años difíciles. En cambio, para los
arrendatarios agrícolas de las estancias mixtas, es decir para la gran mayoría de
los agricultores del partido, esos mismos tiempos llevaron el signo opuesto.
Estos arrendatarios tenían ahora predios más chicos y estaban sometidos a un
sistema de producción que los forzaba a un permanente nomadismo que, a dife-
rencia de aquél de los primeros años de la agricultura en el partido, en este caso
no jugaba a su favor.

80 Bauer, Chilean Rural Society; Holloway, Immigrants on the Land; Brading, Haciendas and

Ranchos.
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 83

La lógica estructural de este deterioro en las condiciones de producción de los


arrendatarios de las estancias estaba en la dotación de factores de la economía
rural pampeana del momento. La inmigración masiva de las décadas anteriores
redundó en una población excedente de trabajadores y agricultores, mientras que
el hecho de haber alcanzado el límite de la frontera productiva se traducía en una
nueva escasez relativa y en un consecuente aumento del costo de oportunidad de
la tierra. Como resultado, la población excedente de agricultores, sedienta de tie-
rras y siempre dispuesta a sembrar, pierde capacidad de negociación con la estan-
cia, en su lucha por las condiciones de producción dentro de ella.81
Este deterioro de las condiciones de producción de los agricultores en las
organizaciones productivas mayores no sólo se dio en la estancia pampeana. En
las primeras décadas del siglo en Latinoamérica, la combinación de un mercado de
tierras cada vez más estrecho por el efecto combinado de la ocupación de la
frontera y de la puesta en producción de tierra de las haciendas, con una oferta
creciente de mano de obra para la agricultura, se tradujo en una agudización del
conflicto entre la “economía de la hacienda” y la “economía campesina”, que
competían por el uso de los recursos dentro de esas unidades productivas. Así,
por ejemplo, una población rural en franco ascenso y mayores oportunidades para
la colocación de sus productos en el mercado estuvo detrás de los recortes en los
beneficios marginales de producción y consumo de los inquilinos chilenos para la
misma época (tanto los de las grandes haciendas como los de los “fundos”) y de
los arrendatarios del Bajío mexicano –tanto en las haciendas como en los “ran-
chos” de aquellos que habían podido acumular en el período anterior (muchos de
ellos, ex arrendatarios)–. Por otro lado, las tierras de subsistencia concedidas a los
“colonos” del café de las plantaciones del oeste de São Paulo eran aumentadas o
disminuidas por la administración de las plantaciones según fueran las condicio-
nes del mercado de trabajo, de manera de poder disminuir el salario de los nume-
rosos miembros de la familia de los colonos, que eran necesarios para el cuidado
de los árboles de café.82
En cuarto lugar, el deterioro estratégico de las condiciones económicas de la
producción de estos arrendatarios estuvo facilitado y precedido por el sosteni-
miento de un contexto jurídico y contractual precario. Contratos verbales o
inexistentes, por plazos inconvenientemente cortos para una actividad como la
agricultura, fueron facilitados primero por la ausencia de normas específicas y
luego, cuando éstas llegaron, por la falta de supervisión estatal para garantizar su
aplicación efectiva.

81 Esta población excedente de arrendatarios y su lógica dentro de la estancia se ve claramente en

“Cruz de Guerra”. Véase Palacio, “Arrendatarios...”.


82 Ibidem. Véase también, Verena Stolcke, Cafeicultura. Homens, Mulheres e Capital (1850-

1980), São Paulo, Editora Brasiliense, 1986; idem, “The introduction...”;


84 JUAN MANUEL PALACIO

La expansión agropecuaria pampeana se construyó de ese modo sobre un


vacío legal e institucional que fue clave para los grandes beneficiarios de esa
expansión, a la vez que particularmente dañino para los pequeños y medianos
agricultores arrendatarios, en manos de quienes estaba el grueso de la producción
agrícola de la región. Este vacío consistía en la ausencia relativa de leyes –de
arrendamiento, de regulación del trabajo rural, de crédito oficial–, en importantes
defectos en las pocas que existían y, por sobre todas las cosas, en la ausencia de
organismos estatales de control y supervisión para hacerlas cumplir. En el caso
del sistema de tenencia de la tierra, esta precariedad fue un componente esencial
para la consolidación de la estancia mixta, cuya clave de funcionamiento consistía
en la posibilidad de efectuar rápidos desplazamientos entre la agricultura y la gana-
dería, cosa que un ambiente contractual más rígido habría obstaculizado.
La primera manifestación de esta indiferencia del Estado es la demora con que
la Argentina generó su primera ley de arrendamientos rurales. En 1921, cuando
ésta se sanciona, la agricultura triguera del país tenía ya treinta largos años de
vida. Una vida fuertemente basada en el trabajo de agricultores arrendatarios. Y
sin embargo, durante todos esos años, las relaciones contractuales de esos agri-
cultores con los dueños de la tierra sólo se rigieron por las disposiciones muy
generales del Código Civil. Redactado en tiempos en que la agricultura no era
todavía la principal fuente de ingresos de la economía del país, el Código sólo
preveía contratos de arrendamiento por un año, período de tiempo claramente
insuficiente para garantizar a un agricultor inmigrante recién llegado, una empresa
económica viable. Sin embargo, quizás porque esos mismos plazos eran especial-
mente convenientes para los grandes terratenientes, la ley de arrendamientos tardó
tanto en llegar. Quizás, también por esa misma razón, existieron defectos y “olvi-
dos” tan groseros en la letra de las leyes de 1921 y 1932, así como luego pudieron
ser violadas en forma tan abierta y desenfadada. En tiempos de bonanza económi-
ca, en que la relación de fuerzas del mercado jugaba a favor de los agricultores,
esta precariedad del contexto legal no importó tanto ni fue especialmente dañino
para los que estaban más abajo en la escala económica. Operaban allí, ciertamen-
te, los arreglos consuetudinarios, la “sociedad de intereses” que la historiografía
revisionista cita para relativizar los argumentos sombríos de la versión tradicional.
Pero años después, cuando las posibilidades no daban para todos y cuando el
deterioro de las condiciones de producción de unos estaba en la base del éxito de
otros, esa precariedad del marco jurídico mostró todo su potencial estratégico.
Esta nueva situación, sin embargo, no terminó con los arreglos consuetudina-
rios a nivel local que habían surgido como reacción a la precariedad del ambiente
contractual y legal. Por el contrario, los contratos verbales sin término, fueron
especialmente extendidos en este período. Pero estos “arreglos” no significaban
más acuerdo o sociedad de intereses entre las partes, sino que eran el resultado de
un equilibrio, siempre inestable, del conflicto cotidiano entre partes con intereses
LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 85

claramente opuestos. Utilizando los términos más técnicos que Kay usaba para el
caso de los inquilinos chilenos para la misma época, esos equilibrios expresaban el
estado del conflicto entre la “economía de la hacienda” y la “economía campesi-
na” en un momento dado.83
Esta indigencia legal del contexto contractual fue moneda corriente también
en otras latitudes. La existencia de un sistema legal deficiente y la complicidad de
un Estado para no hacerlo cumplir fueron herramientas decisivas para que el con-
flicto entre la economía de la hacienda y la economía campesina se resolviera a
favor de la primera, en buena parte de Latinoamérica. Se entiende así la fragilidad
del contexto contractual que se analizó brevemente aquí a través de la bibliografía
sobre otros ámbitos rurales latinoamericanos. La falta de contratos formales esta-
ban en la base de la explotación de los arrendatarios y aparceros mexicanos, tanto
como de los colonos paulistas o los inquilinos chilenos y era la clave para poder
jugar en cada momento del mercado con las dimensiones de las tierras que se les
concedía. Eso los hacía, en las palabras citadas de Arnold Bauer, para el caso
chileno, “los menos visibles de los habitantes rurales”, invisibilidad que era la
garantía de su desventajosa relación de poder con los terratenientes.
Este estado de cosas no iba a cambiar hasta que una decisiva intervención del
Estado a favor de los arrendatarios y aparceros no invirtiera el fiel de la balanza de
poder en las décadas siguientes. En el Valle Central chileno fue la intervención del
Estado la que decidió el juego a favor de “la empresa campesina” –los inquilinos–
algunas décadas más tarde, minando el sistema de hacienda vigente hasta enton-
ces. Por otro lado, una decidida reforma agraria en México en la década de 1940,
devuelve a los campesinos muchas tierras expropiadas durante el Porfiriato, tor-
nando inviables a muchas haciendas y plantaciones. Por fin, no es antes de la
intervención “populista” de los gobiernos brasileños en la cuestión agraria paulista
a principios de los años sesenta que decae el colonato como sistema, forzando a
las haciendas a negociar sus relaciones contractuales con un movimiento campe-
sino organizado con el patrocinio del Estado.84
En el caso de la Argentina, ese momento llegó con el advenimiento del
peronismo en la década de 1940, que iba a marcar el fin de la frontera en la región
pampeana, entendida ésta como la intemperie jurídica que había provocado la
indiferencia del Estado nacional y provincial por los problemas sociales del agro

83 Kay, El sistema. La forma en que se articularon estos conflictos a nivel local es uno de los

temas centrales de la tesis doctoral en la que se basa esta investigación. Juan Manuel Palacio, “The
Peace of Wheat: Judges, Lawyers, and Farmers in Pampean Agrarian Development, 1887-1943”,
University of California at Berkeley, Ph.D. Dissertation, 2000.
84 Cristobal Kay, “Chile: evaluación del programa de reforma agraria de la Unidad Popular”,

Buenos Aires, Desarrollo Económico 57, 1975; David A. Brading, Caudillos y campesinos en la
revolución mexicana, México, FCE, 1985; Nora Hamilton, México. Los límites de la autonomía de
Estado, México, ERA, 1983; Stolcke, Cafeicultura.
86 JUAN MANUEL PALACIO

durante el apogeo del desarrollo agropecuario pampeano. Si bien el Estado ya


había dado algunos signos de intromisión en la vida cotidiana de los chacareros
pampeanos en la década anterior a través de algunas leyes y regulaciones, con la
llegada del peronismo, el Estado Nacional, que era poco menos que una entidad
teórica para los habitantes de Coronel Dorrego hasta entonces, iba a desembarcar
en forma repentina y decidida. La creación de registros obligatorios de producto-
res; el congelamiento de los precios y la prórroga indefinida de los contratos de
arrendamiento; la suspensión forzosa durante una década de los juicios de desa-
lojo; la fijación anual de los precios de los productos; la regulación estricta y
minuciosa del trabajo rural; y sobre todo, la creación de una enorme burocracia para
manejar y hacer efectivas estas nuevas regulaciones (cámaras paritarias de arrenda-
mientos, secretarías y tribunales de trabajo, etc.) –burocracia que se hacía presente
hasta en los puntos más remotos de la región– señalaban niveles de intervencionismo
estatal nunca antes vistos.85 En particular, los contratos de arrendamiento iban a
dejar de ser vagos e intangibles para pasar a estar forzosamente escritos, inscriptos
públicamente, además de congelados por tiempo indeterminado.
Esta intervención del Estado iba a ser el acta de defunción de la estancia
mixta. Con los contratos congelados y los juicios de desalojo suspendidos indefi-
nidamente, dicha organización productiva perdía –de la mano de nuevas leyes,
tanto como de la aplicación efectiva de las existentes– el alma de su funcionamien-
to: su versatilidad. De ahí en más, el desplazamiento periódico de los arrendata-
rios, para dedicar las tierras a la actividad ganadera cuando el mercado lo indicara,
ya no iba a ser posible. La rigidez que el intervencionismo peronista le impuso a la
organización productiva de la región pampeana terminó con el recurso estratégico
que se encontraba en el centro de la lógica productiva de la estancia mixta y con
él, con una larga etapa que le dio sentido al arrendamiento agrícola en las estancias
de la región, durante casi un siglo.

85 Para un análisis detallado de la política agraria peronista, véase Lattuada, La política...; idem,

Política agraria; Tecuanhuey Sandoval, La revolución...


LA ESTANCIA MIXTA Y EL ARRENDAMIENTO AGRÍCOLA... 87

RESUMEN

El trabajo analiza la evolución histórica del arrendamiento agrícola en la provincia de


Buenos Aires, desde el último tercio del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial,
como un caso más del fenómeno general conocido como de “consolidación de la ha-
cienda”, común al mundo rural latinoamericano de entonces. Lo hace a través del aná-
lisis de un caso –el partido de Coronel Dorrego, en la provincia de Buenos Aires–
estudiando en detalle los contratos de arrendamiento que se encuentran en el juzgado
de paz del distrito, así como de la legislación vigente entonces.

Palabras clave: historia rural - arrendamiento - tierra

ABSTRACT

The article analyses the historical evolution of tenancy in a rural district of the Province of
Buenos Aires (Coronel Dorrego), from the third part of the 19th century to the Second
World War, as a case in point of the broader phenomenon known as the “consolidation of
the hacienda system,” common to the Latin American rural world of the time. It focuses on
the farmer’s relationship with the land, through a detailed analysis of the tenancy contracts
that can be found in the Justice of the Peace’s archives of the district.

Key words: rural history - renting - land


Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”
Tercera serie, núm. 25

LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO


DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES.
CULTURA Y POLÍTICA EN LUJÁN, 1918

MARÍA ÉLIDA BLASCO*

1. INTRODUCCIÓN

La fundación de museos y las diversas funciones que el Estado le atribuye a estas


instituciones, sobre todo desde fines del siglo XIX, ha sido abordada hasta ahora
desde una perspectiva predominantemente institucional, privilegiando el análisis
de los aspectos propiamente museográficos 1 y pedagógicos.2 Recientemente

* Universidad Nacional de Luján.


1 A propósito del tema planteado conviene diferenciar la actividad museográfica –en tanto
disciplina que tiene por objeto el estudio sistemático, la clasificación ordenada y seleccionada y la
exposición clara y precisa de los fondos del museo–, de la Museología como ciencia social y disciplina
histórica capaz de producir un análisis reflexivo del fenómeno museográfico y por lo tanto de la
realidad histórico-social en la que se enmarca. Un análisis más profundo respecto de estas diferencias
en Aurora León, El Museo. Teoría, praxis y utopía, Madrid, Cátedra, 1995, pp. 91-114; Luis Alonso
Fernández, Museología y museografía, Barcelona, Ediciones del Serbal, 1999. Respecto a los trabajos
de museología histórica argentina, véase Antonio Castro, “Museos Históricos Nacionales Argenti-
nos. La Creación de la Comisión Nacional de Museos”; en Argentina en Marcha, tomo I, Buenos
Aires, 1947, pp. 141-171; Tomás Diego Benard, Experiencias en Museografía Histórica, Buenos
Aires, Anaconda, 1957; Alfonso Enrique Rodríguez, Museología Argentina. Guía de Instituciones y
Museos, Colegio de Museólogos de la Argentina, Instituto Argentino de Museología, 1978; “Museología
histórica en la Argentina”, diálogo con el arquitecto Rodolfo J. Berbery, en Revista Summa, nº 1,
1983, pp. 38-39; Isabel Laumonier, Museo y sociedad, Buenos Aires, CEAL, 1993; Marta Dujovne,
Entre musas y musarañas. Una visita al museo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1995.
2 Durante la década del 60, el Boletín de la Dirección de Museos, Monumentos y Lugares
Históricos editado en la ciudad de La Plata, publicó numerosos trabajos que tuvieron como objetivo

89
90 MARÍA ÉLIDA BLASCO

algunos trabajos antropológicos han incursionado en el tema estableciendo las


relaciones correspondientes entre los museos, la delimitación territorial y la cons-
trucción de la nacionalidad.3 En el ámbito historiográfico, bajo la influencia de los
renovados enfoques que ha suministrado la historia sociocultural4 se han realizado

jerarquizar la función educativa de los museos, entre ellos pueden citarse Evangelina Bergada,
“Orígenes, evolución y función de los museos pedagógicos”, en Boletín nº 2, 1959, pp. 41-60;
Manuel Bejarano, “Los museos y la enseñanza de la historia”; en Boletín nº 4, 1964, pp. 57-63;
Jorge A. Ferrer, “Función de los museos en la educación. Atracción del público al museo a los
fines de la educación”, en Boletín nº 5, 1966, pp. 21-64; Miguel Alfonso Madrid, “Un aspecto de
la función pedagógica de los museos; técnica de un visita explicada”, en Boletín nº 6, 1967, pp.
51-68. Julián Cáseres Freyre, “Los museos folklóricos al aire libre y su importancia educativa y
científica para la Argentina”, en Logos, nº 13 y 14, 1977. Tercer Encuentro Nacional de Direc-
tores de Museos. Conclusiones y recomendaciones, Mar del Plata, Secretaría de Cultura de la
Nación, Dirección Nacional de Museos, 1986. Entre los numerosos trabajos presentados nos
parece relevante citar a Judith Spielbauer, “Implicaciones de la identidad para los museos y la
museología” (pp. 71-77); Bernard Deloche, “El Museo y las ambigüedades de la identidad patri-
monial” (pp. 78-84); André Desvalleés, “La identidad: algunos problemas planteados por su
definición y por el enfoque del museo en las cuestiones teóricas y prácticas que plantea” (pp. 85-
88); Tomislav Sola, “La identidad: reflexiones acerca de un problema crucial para los museos”
(pp. 89-91). En el año 2000, se realizaron las III Jornadas Nacionales “Enseñar a través de la
ciudad y el museo”, y llamativamente, fueron muy escasos los trabajos referentes a la conforma-
ción de las instituciones. Respecto a este tema sólo podemos citar las investigaciones de María
Ángela Fernández y Miguel Ángel Taroncher, “Una nueva escuela: empirismo y prácticas en el
Museo Escolar, 1895” y María Cristina Linares, “Museo y educación, una mirada sociohistórica”;
en C-D Ponencias, III Jornadas Nacionales “Enseñar a través de la ciudad y el Museo”, Mar del
Plata, 26 al 28 de octubre de 2000.
3 Irina Podgorny, “Huesos y flechas para la Nación: el acervo histórico de la Facultad de
Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata”, en Entrepasados, vol. 3, Buenos
Aires, 1992, pp. 157-165; “De razón a facultad: ideas acerca de las funciones del Museo de La Plata
en el período 1890-1918”, en RUNA, Archivo para las Ciencias del hombre, vol. 22, Buenos Aires,
1995, pp. 89-104; “De la santidad laica del científico Florentino Ameghino y el espectáculo de la
ciencia en la Argentina moderna”, en Entrepasados, nº 13, Buenos Aires, 1997, pp. 37-61; Irina
Podgorny y Gustavo Politis, “¿Qué sucedió en la historia? Los esqueletos araucanos del museo de La
Plata”, en Arqueología Contemporánea, vol. 3, Buenos Aires, 1992; Laura Inés Vugman, “Conme-
morando: del pasado del territorio a la historia de la Nación Argentina en las ferias y exposiciones
internacionales del cuarto centenario”, en RUNA , Archivo para las ciencias del hombre, vol. 22,
Buenos Aires, 1995, pp. 69-87; dentro del campo de la historia ver Mónica Quijada, “Ancestros,
ciudadanos, piezas de museo. Francisco P. Moreno y la articulación del indígena en la construcción
nacional argentina (siglo XIX)”, en Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, Tel
Aviv, 1998, pp. 21-46.
4 Peter Burke, “La nueva historia sociocultural”, en Historia Social, nº 17, 1993, pp. 105-114;
Roger Chartier, “El mundo como representación”, en Historia Social, nº 10, 1991, pp. 163-175, “De
la historia social de la cultura a la historia cultural de lo social”, en Historia Social, nº 17, 1993, pp. 97-
104; Natalie Davis, “Las formas de la historia social”, en Historia Social, nº 10, 1991, pp. 177-178;
Georges Iggers, La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales, Barcelona, Labor, 1995.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 91

novedosos estudios sobre la vida intelectual, 5 la producción artística,6 el


urbanismo7 y la formación de la nacionalidad8 en la Argentina, entre las décadas
de 1880 y 1920. Sin embargo, parece ser que el proceso de transformación de las
colecciones privadas en museos públicos solventados por el Estado han desperta-
do escaso interés en los historiadores.9 Las investigaciones realizadas no dan cuenta
de la enorme riqueza que propone el análisis de la conformación de los museos
que actualmente funcionan en la Argentina y que, en su mayor parte, han sido
fundados para dar cumplimiento a objetivos explícitos referentes a la consagra-
ción de ciertos aspectos del pasado nacional que parecía necesario reivindicar.
Con el propósito de explorar el complejo proceso a través del cual las elites
políticas y culturales de las primeras décadas del siglo XX pusieron en marcha
novedosas estrategias de acción tendientes a construir y fortalecer procesos
identitarios, tanto a nivel municipal como provincial, y redefinir la identidad nacio-
nal apelando a la noción de “tradición hispano-católica”, concentraremos nuestro
interés en un caso emblemático y significativo de este proceso: la fundación del
Museo Colonial e Histórico de Luján desde una perspectiva amplia que relacione
los aspectos sociopolíticos con los netamente culturales y educativos.

5 Diana Quattrocchi-Woisson, Los males de la memoria, Buenos Aires, Emecé, 1995; Pablo
Buchbinder, “Vínculos privados, instituciones públicas y reglas profesionales en los orígenes de la
historiografía argentina”; en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio
Ravignani, nº 13, Buenos Aires, 1996, pp. 59-82; Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, Ensayos argen-
tinos: de Sarmiento a la vanguardia; Bs. As, Ariel, 1987; Oscar Terán, Vida intelectual en el Buenos
Aires fin de siglo (1880-1910). Derivas de la “cultura científica”, Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 2000; Maristella Svampa, El dilema argentino: civilización o barbarie. De Sarmiento al
revisionismo peronista, Buenos Aires, El Cielo por Asalto-Imago Mundi, 1994, pp. 85-134.
6 José Emilio Burucúa (dir.), Arte, sociedad y política. Nueva historia argentina, Buenos Aires,
Sudamericana, 1999; Burucúa, José Emilio y Ana María Telesca, “El arte y los historiadores”, en La
junta de historia y numismática y el movimiento historiográfico en la Argentina (1893-1938),
Buenos Aires, ANH, tomo II, 1996, pp. 225-238.
7 Adrián Gorelik, La grilla y el parque. Espacio público y cultura urbana en Buenos Aires,
1887-1936; Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1998; Jorge Francisco Liernur y Graciela
Silvestrín, El umbral de la metrópolis. Transformaciones técnicas y cultura en la modernización de
Buenos Aires (1870-1930), Buenos Aires, Sudamericana, 1993; Jorge Francisco Liernur, “‘Mestiza-
je’, ‘criollismo’, ‘estilo propio’, ‘estilo americano’, ‘estilo neocolonial’. Lecturas modernas de la
arquitectura en América Latina durante el dominio español”; mimeo, Buenos Aires, 2000.
8 Lilia Ana Bertoni, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad
argentina a fines del siglo XIX, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001; Fernando Devoto,
Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002.
9 Respecto a este tema, la Academia Nacional de la Historia publicó, en 1996, dos importantes
volúmenes que aportan numerosos datos sobre la conformación de las primeras colecciones de
documentos y objetos materiales reunidos, organizados y catalogados por los miembros fundadores de
la Junta de Historia y Numismática, la que a su vez, monitoreaba la labor realizada por los museos. Ver
La junta de historia y numismática y el movimiento historiográfico en la Argentina (1893-1938),
Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, Tomo 1, 1995; Tomo 2, 1996.
92 MARÍA ÉLIDA BLASCO

Partimos de la hipótesis de que la fundación del Museo Colonial e Histórico


constituyó una estrategia esencial que fortaleció el desarrollo de un clima ideológi-
co particular que desde principios de siglo se fue gestando en la ciudad y que
estaba caracterizado por un fuerte apego a las tradiciones hispanas y católicas.10
Estos componentes ideológicos que fueron lentamente estimulados por el accio-
nar conjunto de las diferentes esferas estatales y eclesiásticas van a ser experi-
mentados, apropiados y por lo tanto redefinidos por los grupos locales y constitui-
rán, por lo tanto, las particularidades que irán diferenciando a la sociedad lujanense
de las demás ciudades de la provincia.
Para el abordaje de este tema, por tanto, apelamos a los estudios abocados a
los procesos de “invención de la tradición” 11 y a las nuevas perspectivas
historiográficas que intentan reconstruir los dispositivos mediante los cuales se
articulan los “lugares de la memoria” de los cuales los museos forman parte.12 En
este contexto, el Museo de Luján aparece como un caso paradigmático ya que a
través del proceso de su fundación, podemos observar concretamente la emer-
gencia de una diversidad de actores sociales –funcionarios públicos, intelectuales,
eclesiásticos, vecinos, militares, sociedades de inmigrantes, escolares, docentes–
con capacidad de acción e interrelación para llevar a cabo un proyecto cultural
que con el correr de los años será internalizado como propio: las diversas formas
de apropiación que los sujetos harán de las tradiciones culturales que la elite difun-
dirá a través del Museo, y las tensiones y distorsiones que ello implica, constitui-
rán el éxito mismo del proyecto.

2. METODOLOGÍA Y FUENTES

La contextualización de nuestro objeto de estudio es uno de los aspectos


metodológicos al que hemos dedicado especial atención. Con este objetivo re-
cogimos los valiosos aportes realizados por Norberto Marquiegui sobre Luján
en los que se advierte, entre otras cosas, la enorme vitalidad y el alto grado de

10 María Élida Blasco, “La tradición colonial hispano-católica en Luján. El ciclo festivo del

Centenario de la Revolución de Mayo”, en Anuario del IEHS nº 17, Tandil, Facultad de Ciencias
Humanas, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, 2002, pp. 49-76.
11 Eric Hobsbawm y Terence Ranger, La invención de la tradición, Barcelona, EUMO

Editorial, 1988.
12 Pierre Norá, “La loi de la mémoire”, en Le Debat, nº 78, 1994, pp. 187-191; respecto a la

importancia de los museos en los procesos de construcción de la nacionalidad apelamos a los concep-
tos definidos por Benedic Anderson, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la
difusión del nacionalismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, pp. 228-229.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 93

urbanización que presentaba la ciudad a principios de siglo XX.13 Esta caracterís-


tica constituye uno de los ejes centrales para entender la fundación del Museo, ya
que este hecho se producirá en un espacio urbano inserto en un importante proce-
so de transformaciones modernizadoras que deben entenderse, a su vez, en un
contexto caracterizado por la llegada masiva de grupos inmigratorios. Según los
datos recogidos por Marquiegui, el censo de 1914 registraba en el partido de
Luján, un total de 20.813 habitantes de los cuales 6.142 eran extranjeros, pertene-
cientes sobre todo a la comunidad italiana, española, francesa y albanesa.14
Respecto al original trazado urbano, Luján contaba ya hacia 1910 con dos
plazas principales estratégicamente interconectadas: una histórica y religiosa, la
Plaza Belgrano que albergaba la Basílica, el edificio del antiguo Cabildo y la Casa
del Virrey, y otra cívica y de un estilo más moderno, la Plaza Colón, frente a la cual
se encontraba el Palacio Municipal. En estos espacios se realizaron los festejos del
Centenario de la Revolución de Mayo que intensificaron el proceso de identifica-
ción de los ciudadanos con su localidad y promocionaron la ciudad como “capital
espiritual de la nación”.15 Para ello se debía encontrar la manera de insertar el
pasado de la ciudad en la “tradición nacional”; por lo tanto, como ya lo anticipa-
mos, el ciclo festivo y los espacios urbanos dejaron entrever la vitalidad de una
corriente de pensamiento y de acción en la que predominaban los signos de una
tradición colonial, hispana y católica. Por otro lado, la acción conjunta del Estado
y la Iglesia en la organización de los eventos intentaron mostrar el progreso mate-
rial, la vital sociabilidad, la religiosidad y el culto a la tradición, lo que favorecía la
lenta pero vigorosa construcción de una doble identificación: una identidad nacio-
nal en donde el pasado lujanense se viera incluido en el pasado argentino. Sin
embargo, a siete años de los festejos del Centenario, una nueva estrategia política

13 Norberto Marquiegui, “Liderazgo étnico, redes de relación y formación de una identidad

inmigrante en el destino. Un balance a partir de los casos de los españoles, franceses e italianos de
Luján”, en Cuadernos de Trabajo, nº 15, Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Nacional
de Luján, 2000, pp. 123-189. Respecto a las transformaciones socioeconómicas de Luján y a la
composición de su población véanse los trabajos de Norberto Marquiegui, en especial; “Aproxima-
ción al estudio de la inmigración ítalo-albanesa en Luján”, en Estudios Migratorios Latinoamerica-
nos, nº 8, 1988, pp. 51-81; “La inmigración española en Luján (1880-1920)”, en Estudios Migratorios
Latinoamericanos, nº 13, 1989, pp. 525-562; “La inmigración gallega a la Argentina. El caso de
Luján, 1880-1820”, en Ciclos, nº 4, 1993, pp. 133-153; “Los inmigrantes en los orígenes de las
empresas argentinas. El caso de la Sociedad Anónima de Electricidad de Luján (1911-1930)”, en
Cuadernos de Historia Regional, nº 16, Universidad Nacional de Luján, Luján, 1994, pp. 87-109; El
barrio de los italianos. Los ítalo-albaneses de Luján y los orígenes de Santa Elena, Luján, Librería
de Mayo, 1995; “Migración en cadenas, redes sociales y movilidad. Reflexiones a partir de los casos
de los sorianos y albaneses de Luján”, en Hernán Otero y María Bejer (comps.), Inmigración y redes
sociales en la Argentina moderna, IEHS-CEMLA, 1995, pp. 35-60.
14 Norberto Marquiegui, Ana María Silvestrin y Elisabet Cipolleta, “La inmigración italiana en

Luján, 1880-1914”, en Cuadernos de Historia Regional, vol. 5, nº 14, Luján, 1989, p. 4.


15 María Élida Blasco, “La tradición colonial hispano-católica en Luján…”.
94 MARÍA ÉLIDA BLASCO

y cultural sumó a este espacio social una vitalidad inusitada: en 1917 el Comisiona-
do Municipal de Luján solicitó al gobierno provincial fondos para “rescatar” el
viejo Cabildo;16 en respuesta a ello José Luis Cantilo establecía por decreto la
utilización de este edificio como asiento definitivo del nuevo Museo Colonial e
Histórico de la Provincia de Buenos Aires.17
El presente trabajo, por lo tanto, propone reconstruir y contextualizar el pro-
ceso de fundación del Museo Histórico y Colonial, teniendo presente las diferentes
problemáticas sociopolíticas imperantes a nivel local, nacional y provincial. Para
ello hemos reducido nuestra escala de observación retomando los principios bási-
cos de la microhistoria ya que partimos de la premisa de que esta metodología nos
permitirá observar con mayor detenimiento la emergencia de elementos y proce-
sos que parecen perder relevancia si los analizamos en contextos globales.18 Te-
niendo presente lo sucedido en el resto de los países hispanoamericanos, 19 el
proceso de construcción de una fuerte ideología nacional en España desde fines
del siglo XIX20 y los acontecimientos producidos a nivel mundial que indudable-
mente influyeron sobremanera en la Argentina,21 intentaremos responder a los dos
interrogantes que consideramos esenciales para desentrañar el complejo proceso
de construcción de identidades desde la acción política concreta de los actores
sociales que las implementan: ¿cuáles son las características espaciales y
sociopolíticas específicas de la ciudad de Luján que hicieron posible la emergencia
de elementos culturales e identitarios tan poderosos y perdurables que veremos
actuar con posterioridad en la construcción de una “ideología nacional”?; ¿cómo
se combinaron y se seleccionaron estos elementos en la tradición local para

16 Vale recordar que hasta 1910, la sede municipal funcionaba en la planta edilicia del Cabildo. En

ese año, la municipalidad fue trasladada frente a la Plaza Colón, y en el edificio del Cabildo se instaló
la comisaría. Ante el deterioro de la edificación, muchas veces se pensó en derribarla, colocar en su
lugar una placa recordatoria y construir una nueva planta como ya lo había propuesto, en 1906, el
arquitecto Cristophersen para el Cabildo de Buenos Aires. Respecto al proyecto de Christophersen
ver Alejandro Christophersen, “Conmemoración del gran centenario”; en Revista de Arquitectura,
Buenos Aires, julio-agosto de 1906, pp. 88-89.
17 Desde 1972, esta institución pasó a denominarse Complejo Museográfico Enrique Udaondo,

en honor al que fue su director desde 1923 hasta 1962.


18 Giovanni Levi, Sobre microhistoria, Buenos Aires, Biblos, 1993.
19 José Emilio Burucúa y Fabián A. Campagne, “Los países del Cono Sur”, en A. Annino, L.

Castro Leiva y F.-X. Guerra, De los imperios a las naciones: Iberoamérica, Zaragoza, Iber-Caja,
1994, pp. 349-381; Mónica Quijada, Carmen Bernand y Arnd Schneider, Homogeneidad y nación
con un estado de caso: Argentina, siglos XIX y XX, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones
Científicas, 2000.
20 Joaquín Varela, La novela de España. Los intelectuales y el problema español, Madrid, Taurus,

1999; Carlos Serrano, El nacimiento de Carmen. Símbolos, mitos y nación, Madrid, Taurus, 1999.
21 Respecto a la nueva función desempeñada por los intelectuales argentinos en la vida política y

social del país frente al estallido de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, ver Tulio Halperin
Donghi, Vida y muerte de la república verdadera (1910-1930), Buenos Aires, Ariel, 1999, pp. 55-103.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 95

reivindicar a través de ellos una identidad nacional “hispano-católica” que se verá


plenamente formada en la década del 30? La fundación del Museo Histórico y Colo-
nial será empleada a manera de “prisma” para dar cuenta de algunas respuestas.

Las fuentes documentales con las que contamos muestran una amplia riqueza
por su diversidad, por lo tanto, cada una de ellas ha sido explorada intentando
perseguir un objetivo preciso. En primer lugar, el libro de actas de la institución,22
permitirá extraer información acerca de la conformación de la Comisión Adminis-
tradora del Museo, los miembros que la integraron y sus vinculaciones con las
autoridades gubernamentales, los proyectos y las primeras acciones que llevó a
cabo. En segundo lugar, las fuentes periodísticas informarán sobre el desarrollo
de la ceremonia oficial de entrega del Cabildo por parte de las autoridades provin-
ciales a dicha Comisión. Esta celebración permitirá prestar especial atención a dos
aspectos centrales: las acciones concretas de los grupos de poder que aspiraban a
legitimar con su presencia su participación en el “proyecto Museo” y las actuacio-
nes de los destinatarios concretos del proyecto ideado: los vecinos, las asociacio-
nes de inmigrantes, los docentes y sobre todo los escolares y los niños, quienes,
como futuros ciudadanos, debían “embriagarse” de las mejores “tradiciones pa-
trias”. Pero esas tradiciones estaban claramente delineadas y reformuladas por las
elites políticas y culturales que administraban los diferentes niveles estatales. De
ahí que, teniendo presente el decreto de fundación del Museo y los discursos
pronunciados por las autoridades, en el tercer apartado analizaremos el proceso a
través del cual la elite dirigente “seleccionará”23 algunos elementos del pasado
transformándolos en “historia” oficial e intentará resguardar los restos materiales
de esa “historia” en el Museo Histórico y Colonial de la Provincia de Buenos Aires.
Sin embargo, veremos que las desavenencias políticas abortaron el proceso: a
manera de epílogo, por tanto, describimos la forma abrupta en que los miembros
de la Comisión del Museo renuncian a sus cargos hasta que las nuevas autoridades
provinciales renuevan la iniciativa de poner en marcha el Museo. Nuevamente, el
libro de actas de la Comisión y el análisis de la situación política nos ayudarán a
comprender mejor los conflictos y a visualizar su posterior solución.

22 Se trata de un libro de grandes dimensiones, foliado, que consta de cuatro actas labradas por los

integrantes de la Comisión Directiva del Museo. Agradezco a Mariana Luchetti y demás personal de
archivo del Complejo Museográfico Enrique Udaondo de Luján, por la gentileza con la que me han
permitido acceder a él.
23 Utilizamos el concepto de “tradición selectiva” acuñado por Raymond Williams, Marxismo y

literatura, Barcelona, Ediciones Península, 1980, pp. 138-145.


96 MARÍA ÉLIDA BLASCO

3. LA GESTACIÓN DEL PROYECTO “MUSEO”: LA FORMACIÓN


DE LA C OMISIÓN ADMINISTRADORA

Para evitar el derrumbe del edificio del Cabildo, en 1917 el Comisionado Municipal
de Luján, Domingo Fernández Beschtedt,24 solicitó ayuda monetaria al Interven-
tor Nacional de la Provincia de Buenos Aires, José Luis Cantilo.25 Como respues-
ta, el 31 de diciembre de 1917 se establecía por decreto la creación en esta edifi-
cación del Museo Colonial e Histórico de la Provincia de Buenos Aires. A estos
efectos, Cantilo encomendaba su restauración a uno de los máximos exponentes
del estilo arquitectónico neocolonial, Martín S. Noel26 quien, entre enero y marzo
de 1918 debía realizar su trabajo. Los plazos eran demasiado cortos porque los
tiempos políticos así lo exigían. Recordemos que José Luis Cantilo debía dejar el
cargo de Interventor Nacional que Yrigoyen le había asignado el 24 de abril de
1917, ante la grave situación de anormalidad política que atravesaba la provin-
cia.27 Su función como administrador, en consecuencia, sería breve, lo que no le
impidió que, a ocho meses de asumir el gobierno y ante el pedido del Comisionado
de Luján, firmara el decreto de creación del Museo y solicitara a Noel la restaura-
ción del viejo edificio del Cabildo. Intentando una gestión rápida y eficaz para
borrar los vestigios conservadores, Cantilo no advirtió que serían las divisiones
internas dentro de su propio partido las que harían tambalear el proyecto lujanenese.28

24 Importante figura del radicalismo lujanense. Fue vicepresidente del Comité de la Unión Cívica de

Luján y formó parte de la juventud radical. Tuvo una de sus primeras actuaciones públicas en 1893, cuando
participó activamente, en Luján, en la toma de la Municipalidad y la comisaría, en un contexto de fuertes
manifestaciones sociales. En 1917, ante la intervención federal de la provincia de Buenos Aires, fue
designado Comisionado Municipal de Luján. “Un siglo de política y políticos”, en 100 años de la
Coronación de Nuestra Señora de Luján 1887-1987; edición especial de El Civismo, Luján, 1987, p. 22.
25 Cantilo participaba activamente en el radicalismo desde la década de 1890, integraba el
Comité Nacional de la UCR y había sido diputado provincial y nacional por la Capital Federal. En 1915
había fundado el diario radical La Época, del que fue su primer director; Richard Walter, La provincia
de Buenos Aires en la política Argentina, 1912-1943; Buenos Aires, Emecé, 1987, p. 68.
26 Ramón Gutiérrez, Margarita Gutman y Víctor Pérez Escolano, El arquitecto Martín Noel. Su

tiempo y su obra, Sevilla, Junta de Andalucía, 1995.


27 El objetivo principal de Yrigoyen era poner fin al predominio conservador y frenar las aspiraciones

presidenciales de su líder, Marcelino Ugarte. De ahí que Yrigoyen prestó especial atención a la regulariza-
ción de la ley electoral de la provincia que negaba el derecho al voto, a los hombres de 18 a 21 años de edad.
28 Una aproximación a la cuestión de la relación entre el partido radical y la administración pública,

entre 1916-1930, y las divisiones internas del radicalismo en Ana Virginia Persello, “Administración
pública y gobiernos radicales, 1916-1930”, en Revista Sociohistórica, Cuadernos del CISH N° 8, UNLP,
2001. Para contextualizar esta problemática dentro de un marco temporal más amplio y analizar en
profundidad los cambios experimentados por la política de la provincia de Buenos Aires a lo largo del
período 1880-1912, ver Roy Hora, “Autonomistas, radicales y mitristas: el orden oligárquico en la
provincia de Buenos Aires (1880-1912)”, en Boletín de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio
Ravignani”, nº 23, Buenos Aires, 2001, pp. 39-77.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 97

Éstas comenzaron a quedar al descubierto ante la proximidad de las elecciones: Camilo


Crotto,29 candidato a gobernador por el radicalismo, resultó electo el 3 de marzo de
1918, hecho que provocó una de las mayores crisis internas del radicalismo.30
En este contexto, el 18 de abril de 1918 –a sólo un mes de producidas las
elecciones– un grupo de personalidades notables del ambiente intelectual de la
época, se reunieron en el salón de Bellas Artes de la Capital Federal a invitación del
ministro de gobierno de la provincia de Buenos Aires, doctor José O. Casás “con
el propósito de cumplir con el decreto dictado por el Señor Interventor Nacional
en la Provincia de Buenos Aires, don José Luis Cantilo, de fecha 21 de febrero del
corriente año”.31 El objetivo: dejar constituida la Comisión Administradora del
Museo Colonial e Histórico. Para dar sólo algunos nombres podemos decir que se
encontraban presentes Domingo Fernández Beschtedt, Comisionado de la ciudad
de Luján, Rafael Obligado, Enrique Peña, J. J. Biedma, Enrique Rodríguez Larreta,
Carlos M. Urien, Juan C. Amadeo, los hermanos Martín y Carlos Noel, Clemente
Onelli, José Marcó del Pont, Federico Leloir y Enrique Udaondo, entre otros.32
Una vez realizado el escrutinio, con 24 votos a favor resultó elegido presiden-
te el escritor Enrique Rodríguez Larreta. El arquitecto Martín Noel, que meses
antes había estado a cargo de la restauración del edificio del Cabildo, pasó a ocu-
par el cargo de secretario; Enrique Udaondo –quien por entonces tenía a su cargo
la organización del Museo Popular de Tigre–33 fue designado prosecretario y por

29 De ascendencia italiana, pertenecía a la elite terrateniente y tenía varias propiedades en

Tapalqué. Estudió en la Universidad de Buenos Aires y se graduó de abogado. Luego se dedicó a la


actividad política: participó en la formación de la UCR y en la rebelión de 1903 y 1905. Entre 1907
y 1917 ocupó la presidencia del Comité Nacional de la UCR. En 1912, ocupó la banca de senador
nacional por la Capital Federal.
30 Hacemos referencia a las hostilidades que durante casi tres años enfrentaron al presidente

Yrigoyen y al gobernador Crotto. Una explicación detallada de estos conflictos en Richard Walter, La
provincia de Buenos Aires..., pp. 66-88.
31 Libro de actas de la constitución del Museo Histórico y Colonial de la Provincia de Buenos

Aires. Archivo del Complejo Museográfico Enrique Udaondo. En adelante “actas”, folio 1.
32 Enrique Peña (1848-1924): coleccionista y numismático. En 1893 se incorporó a la Junta de

Historia y Numismática Americana, institución que tuvo activa participación en los debates acerca de
la construcción de estatuas o monumentos históricos. En 1906 accedió a la vicepresidencia de la Junta.
Carlos María Urien (1855-1921): historiador y abogado que se dedicó especialmente a las investigacio-
nes históricas en busca de exaltar los valores nacionales. J. J. Biedma (1864-1933): militar, publicista,
autor de trabajos históricos y biográficos y director, entre 1903 y 1905, del Archivo General de la
Nación. Miembro de la Junta de Historia y Numismática, entre 1897 y 1906. José Marcó del Pont
(1851-1917): abogado, numismático y coleccionista; en 1893 asume el cargo de secretario de la Junta
de Historia y Numismática. Juan C. Amadeo (1862-1935): Coleccionista y anticuario; desde 1897
miembro de la Junta de Historia y Numismática. Si bien Rafael Obligado, Carlos Noel, Clemente Onelli
y Federico Leloir no integraron la Junta de Historia y Numismática, sí formaban parte de la elite
intelectual de la época y mantenían estrechas vinculaciones con sus miembros.
33 “Informe general. sobre las escuelas del partido de Las Conchas”, Las Conchas, 30 de abril de

1918. A través de esta publicación de diez páginas, Udaondo informa al interventor Cantilo respecto
98 MARÍA ÉLIDA BLASCO

decisión de Larreta, las demás personas presentes quedaban incorporados a la


junta directiva como vocales.
Los apellidos de renombre que conformaron la Comisión son bastante sugeren-
tes para entender las vinculaciones políticas e intelectuales por las cuales Cantilo los
había convocado. En primer lugar, no parece sorprendente que el cargo de presi-
dente de la Comisión haya recaído sobre Enrique Rodríguez Larreta, un prestigioso
hombre de letras que, en 1908, había publicado La gloria de don Ramiro. Una vida
en tiempos de Felipe II, donde evocaba con gran realismo la vida y el ambiente del
siglo de oro español. Esa obra le proporcionó gran popularidad, por lo cual abando-
nó la Argentina y se radicó en Francia, donde participaba de los más selectos círcu-
los intelectuales. Su retorno al país se produjo no casualmente en 1916, luego del
triunfo del radicalismo. El 30 de noviembre de dicho año se realizó un banquete de
bienvenida, en el Jockey Club de Buenos Aires. Allí, el homenajeado pronunció un
discurso en el que agradeció a los presentes la posibilidad de regresar al país en
momentos en que parece surgir una “nueva ilusión” y una “nueva confianza”.34 Es
evidente que sus vínculos con la renovada elite dirigente le ofrecían nuevas perspec-
tivas: formar parte de la comisión del nuevo Museo, entre otras.
Algo semejante parece haber sucedido con el arquitecto Martín Noel y con
muchos otros escritores y profesionales que se destacaban, tanto por sus obras
como por haber compartido experiencias comunes en el campo intelectual, sobre
todo en países como Francia y España. En el caso de Martín Noel,35 además de
estar vinculado al radicalismo porteño, era uno de los máximos exponentes del
estilo arquitectónico neocolonial y mantenía estrechas relaciones con los integran-
tes de la Junta de Historia y Numismática Americana.36 Luego de haber realizado
sus estudios en Francia, se dedicó a escribir, junto a Ricardo Rojas, en las páginas
de la Revista de Arquitectura,37 donde hacen públicas las primeras controversias

al trabajo que está desempeñando como Comisionado Escolar en ese distrito, destacando sobre todo
su proyecto de conformar un Museo Escolar que será inaugurado, finalmente, el 18 de noviembre de
1918; “Catálogo del Museo Popular de Las Conchas”, Tigre, 1920.
34 Enrique Larreta, Lo que buscaba don Juan. Artemis. Discursos, Madrid, Espasa Calpe, 1967, p. 110.
35 Para analizar la trayectoria política y cultural de Noel, ver María Silvia Ospital, “Vocación

hispanista y tradición política radical. La revista Síntesis (1927-1930)”, en Noemí Girbal-Blacha y


Diana Quatrocchi-Woisson (dir.), Cuando opinar es actuar. Revistas argentinas del siglo XX, Buenos
Aires, Academia Nacional de la Historia, 1999, pp. 131-149. Según la autora, a partir de 1927, Noel
ocupó la dirección de la revista Síntesis, una publicación que podría ubicarse en la confluencia de la
vocación hispanista y la tradición política radical.
36 Noel se incorpora a la Junta en 1918, luego de haber realizado el trabajo de restauración del

edificio del Cabildo y dos años después de producida la incorporación de Ricado Rojas.
37 Revista editada por la Sociedad Central de Arquitectos y el Centro de Estudiantes de Arquitec-

tura, y vocera de los más importantes debates académicos dentro de la disciplina arquitectónica; José
Emilio Burucúa y Ana María Telesca, “El arte y los historiadores”, en La junta de historia y
numismática..., tomo II, pp. 232-233.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 99

existentes sobre los estilos arquitectónicos e intentan adaptar el trabajo de los


profesionales en aras de la “consolidación de la nacionalidad”.38 En este contexto
deben enmarcase las reivindicaciones de Noel respecto de la autenticidad de las
expresiones arquitectónicas hispanoamericanas de los siglos XVII y XVIII de las
que valoraba, sobre todo, la fusión de elementos criollos y españoles y que poco a
poco irán adquiriendo el nombre de “neocolonial”.39 Ideas semejantes serán plan-
teadas por Ricardo Rojas40 y plasmadas posteriormente en Eurindia 41 proponien-
do la creación de un mito integrador del indígena, el criollo y el inmigrante.42
De ahí que no es conveniente pensar sólo en términos de afinidades políticas
al analizar la nómina de los miembros de la Comisión. Ella estaba integrada por
personas de diferentes partidos políticos43 y sobre todo por una cantidad de nota-
bles del ambiente intelectual que habían sido convocados para un proyecto cultu-
ral, que si bien había sido ideado por Cantilo y por ciertas personalidades afines al
radicalismo –Beschtedt y Martín Noel, por ejemplo–, tenía como finalidad un
objetivo mucho más amplio: trabajar en pos de una “cultura nacional homogé-
nea”. Esto se presentaba no sólo como algo necesario para la época, sino tam-
bién como todo un desafío. Debemos recordar que muchas de las personas que
participaban en la Comisión eran miembros activos de la Junta de Historia y
Numismática Americana, que funcionaba en la sede del Archivo General de la
Nación y que, desde 1909, por expresa resolución de la Comisión Especial de

38 “Nacionalismo”; en Revista de Arquitectura, nº 13, Buenos Aires, 1917, p. 2.


39 Es importante advertir el sentido integrador y aglutinante que Noel le otorga al término
“neocolonial”, sobre todo teniendo presente los arduos debates producidos en los primeros años del
siglo xx entre intelectuales españoles y americanos, respecto al significado preciso del vocablo.
Mientras en España comenzaban a adquirir notable influencia las corrientes “americanistas”, los
auditorios latinoamericanos miraban con desconfianza este “reencuentro” de la “madre patria” con
sus antiguas colonias. Fernando Ortiz, por ejemplo, antropólogo cubano formado en España criticó,
en 1911, los planteamientos de acercamiento en su libro La reconquista de América. Reflexiones
sobre el panhispanismo. Allí denunciaba que la relación que se intentaba establecer tras el término
“panhispanismo” estaba lejos de ser igualitaria. Quedaba claro, según él, que España proclamaba su
preeminencia sobre los pueblos americanos y que trataba de llevar a cabo una tentativa “neocolonial”
imponiendo un liderazgo intelectual a los países americanos. Para describir este nuevo fenómeno,
Ortiz inventó la palabra “neocolonial”. Para mayor información respecto a este tema ver Carlos
Serrano, El nacimiento de Carmen..., p. 324.
40 Ricardo Rojas, La restauración nacionalista. Crítica de la educación argentina y bases para

una reforma en el estudio de las humanidades modernas, Buenos Aires, Peña Lillo, 1971.
41 Ricardo Rojas, Eurindia, vol. 1, Buenos Aires, CEAL, 1993; vol. 2, Buenos Aires, CEAL , 1980.
42 Burucúa y Telesca “El arte y los historiadores...”; p. 232.
43 En el mismo discurso Larreta le manifiesta su gratitud a Cantilo por haber “puesto especial

empeño en apartar al nuevo instituto de las pasiones y vicisitudes de la política”. Agrega luego que
“hay entre nosotros personas de diferentes partidos y muchas que no pertenecen a ninguno” y que,
por lo tanto no ha de ser él “quien perturbe la tranquilidad de la casa”. Enrique Larreta, Lo que
buscaba don Juan..., p. 115.
100 MARÍA ÉLIDA BLASCO

Estatuas y Monumentos de la Comisión Nacional del Centenario era la encargada


de redactar todas las noticias históricas o biográficas y de evacuar toda consulta
de historia nacional que le fuera requerida. Quizás, un dato central para el tema
que nos ocupa lo constituyen las vinculaciones entabladas entre el mismo Cantilo
y los miembros de la Junta, una relación formalizada en 1909, mediante su incor-
poración como miembro de la institución.44

Luego de establecidos los cargos de la Comisión del Museo y de que Larreta


agradeciera la designación como presidente, planteó a sus compañeros “sus du-
das sobre diversas cuestiones relacionadas con la misión” que se le otorgaba y que
“a su juicio, debían ser resueltas por el Señor Interventor Nacional, o por el futuro
gobierno de la provincia una vez que estuviese constituido”.45 Ante la incertidum-
bre respecto de quién decidiría, en el futuro, sobre la nueva institución, Larreta
expresó sus puntos de vista respecto a la misión cultural que correspondía al
Museo, expuso algunas ideas respecto de lo que se podría hacer una vez que
estuviese inaugurado y para culminar la sesión manifestó que la “Comisión pro-
pondría al Ministerio de Gobierno su reglamento y procedería a hacerse cargo
inmediatamente de la dirección y organización del Museo Colonial e Histórico de
Luján, primero de esta índole que se fundaba en la provincia de Buenos Aires ”.46
Todo debía resolverse en el menor tiempo posible ya que pronto Camilo Crotto
asumiría el cargo de gobernador. De ahí que el 22 de abril, Cantilo firmó un
decreto en el que establecía la suma mensual de “un mil quinientos pesos”47 para
financiar el museo proyectado por él mismo. Con este problema resuelto, se apre-
suró también a fijar la fecha para entregar oficialmente el edificio del Cabildo a la
Comisión Administradora del Museo, acción que, por supuesto, no dejaría en
manos de su sucesor.
El 28 de abril, dos días antes de alejarse del cargo, fue el día elegido por
Cantilo y nuevamente los miembros de la Comisión Directiva se reunieron para
dejar constancia de lo acontecido en la ceremonia.48 El acta redactada es suma-
mente rica ya que describe minuciosamente lo ocurrido en esa fecha y no difiere

44 Durante la década de 1910, el futuro Interventor había iniciado un arduo debate entre los

historiadores de la institución a raíz de los errores observados en la indumentaria de época de los


distintos personajes relacionados con los hechos de 1810. Al parecer, Cantilo apuntaba a lograr que
las representaciones fuesen lo más fieles posibles e insistía en consultar toda la bibliografía disponible
para fundamentar la labor artística con una investigación previa adecuada; Aurora Ravina, “La
fundación, el impulso mitrista y la definición de los rasgos institucionales. Bartolomé Mitre (1901-
1906) y Enrique Peña (1906-1911)”; en La junta de historia..., p. 35.
45 Actas, folio 2.
46 Actas, folio 4.
47 Actas, folio 9.
48 Actas, folios 5-6-7.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 101

en rasgos generales con la información reproducida en las fuentes periodísticas.


Concentrémonos de lleno en el desarrollo de la ceremonia oficial, claramente, uno
de los hechos más esperados por el interventor saliente, y dejemos para más
adelante las dificultades que comienzan a percibir los miembros de la Comisión
cuando intentan efectivamente poner en marcha el Museo.

4. LA CELEBRACIÓN: LA CEREMONIA OFICIAL DE ENTREGA DEL CABILDO


A LA C OMISIÓN ADMINISTRADORA DEL MUSEO

Los eventos festivos y las celebraciones son, ante todo, un tipo específico de
acción social que pertenece a la esfera de las prácticas simbólicas, entendiendo
por tales aquellas orientadas a la creación y transformación de los símbolos que
confieren sentido a la vida humana.49 Por ello, el primer rasgo que merece señalar-
se en la ceremonia oficial de entrega del Cabildo a la Comisión Administradora del
Museo es el hecho de que constituye una celebración que no sólo evoca un objeto
o acontecimiento sino que muestra y patentiza el valor que le otorgan tanto los
organizadores como los receptores del evento.
Como advertimos con anterioridad, el acta labrada por los miembros de la
Comisión del Museo deja traslucir lo ocurrido en Luján, el 28 de abril. Sin embar-
go, podemos ampliar la información consultando diversas fuentes periodísticas
que reprodujeron en sus páginas los hechos más relevantes del evento: es el caso
de los diarios capitalinos La Razón y La Nación, de los periódicos locales El
Civismo,50 La Opinión51 y La Perla del Plata52 cuya información analizamos con
especial atención por tratarse del órgano periodístico de la Basílica de Luján.
Concretamente, ni bien José Luis Cantilo se apresuró a señalar la fecha de la
celebración “las autoridades de la localidad resolvieron asociarse al acontecimien-
to”.53 El Comisionado Municipal invitó al vecindario a concurrir en manifestación
pública e invitó a preparar el escenario festivo: la población local “había adornado
sus casas con banderas argentinas y la propia Municipalidad distribuido insignias
nacionales, españolas y sudamericanas, a lo largo del recorrido”.54 Mientras tanto,

49 Antonio Ariño Villarroya, La ciudad ritual. La fiesta de las fallas, Barcelona, Anthropos,

1992, p. 214.
50 Órgano periodístico que comenzó a circular en 1916.
51 Órgano periodístico que comenzó a circular en 1904.
52 Órgano periodístico de la Basílica de Luján que comenzó a circular en 1890.
53 Actas, folio 5.
54 “Museo Colonial de histórico de la Provincia de Buenos Aires. Entrega del Cabildo de Luján,

Acto oficial, Festejos populares”, en La Nación, Buenos Aires, 29 de abril de 1918.


102 MARÍA ÉLIDA BLASCO

la plaza histórica rodeada por el edificio capitular y la Basílica, en la que en 1910 se


había colocado la piedra fundamental para construir el monumento ecuestre a
Belgrano “fue teatro de la constante animación popular”.55 No era para menos: el
viejo Cabildo se transformaba en sede del nuevo Museo y, por lo tanto, su frente
estaba adornado por banderas españolas y argentinas ondeando al viento.
Pero los representantes del poder político local no sólo delinearon el escena-
rio: también organizaron algunas actividades destinadas a los vecinos de Luján.
Fernández Beschtedt, vale recordarlo, además de ocupar el cargo de Comisionado
Municipal, había sido designado “delegado en Luján” por los miembros de la Co-
misión Administradora del Museo. De ahí que al mediodía ofreció un asado con
cuero en el local del hipódromo y atrajo la atención del vecindario con la reproduc-
ción de escenas “genuinamente criollas”.56 La importancia de estas prácticas no
radicaba en su novedad sino, por el contrario, en su arraigada “tradición”: durante
el período rosista, por ejemplo, se denominaba “asado federal” al asado con cuero
que se consumía en ciertas ocasiones festivas.57 En un contexto de reafirmación
de la tradición gauchesca propia de mediados de la década del 10,58 los partidos
políticos intentaban montar una serie de prácticas sociales arraigadas en la expe-
riencia histórica tendientes a proyectar una imagen nacionalista y sobre todo “criolla”
del pasado nacional.59

Según las fuentes periodísticas, la animación popular alcanzó su pico máximo


a las dos de la tarde, “con la llegada del tren expreso que conducía al interventor
de la provincia, al obispo de La Plata, monseñor Terrero, a varios funcionarios
provinciales y a los miembros de la comisión del museo, quienes fueron recibidos
por el comisionado municipal, señor Fernández Beschtedt, y por una considerable
cantidad de público que agolpado en los andenes los aplaudió estruendosamente.

55 “Museo colonial e histórico de la provincia de Buenos Aires”, en La Razón, Buenos Aires, 29


de abril de 1918.
56 Ibidem.
57 Juan Carlos Garavaglia, Poder, conflicto y relaciones sociales. El Río de la Plata, XVIII-XIX,

Rosario, Ediciones Homo Sapiens, 1999, p. 170.


58 Respecto a la reivindicación de las virtudes mitológicas del gaucho como atributos por exce-

lencia del “ser argentino”, ver Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, Ensayos argentinos..., pp. 182-
260; Maristella Svampa, El dilema argentino..., pp. 85-134; Raúl Fradkin, “Centaures de la pampa.
Le gaucho, entre l’historie et le mythe”, en Annales HSS, janvier-fevrier, nº 1, 2003, pp. 109-133.
59 Los conservadores, por ejemplo, incluían en sus mitines preelectorales a un contingente de

jinetes ataviados a la usanza gaucha, que lucían las boinas rojas (distintivo del partido de la Provincia
de Buenos Aires). Los radicales que llevaban boinas blancas patrocinaban rodeos, peñas y carreras de
caballos. Los dos partidos realizaban el tradicional asado criollo tal vez con el objetivo de atraer a los
argentinos nativos y también a los hijos o nietos de inmigrantes que, mediante la asimilación de estos
elementos culturales, buscaban acceder a integrarse con derechos plenos a la vida social. Respecto a
la asimilación del criollismo por los grupos inmigratorios ver Adolfo Prieto, El discurso criollista en
la formación de la Argentina moderna, Buenos Aires, Sudamericana, 1988, pp. 18, 98, 131.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 103

La comitiva se dirigió en carruajes y automóviles a la Municipalidad de Luján,


trasladándose después, a la cabeza de la columna popular, al Cabildo Histórico”.60
Al llegar a la Plaza Belgrano se sumaron a la manifestación los alumnos de las
escuelas locales y la Banda del 6 de Infantería.61 Hubo estampido de petardos y
marchas marciales que no impidieron percibir los “aplausos y vítores al interven-
tor y a los miembros de la Comitiva”.62
Las diferentes esferas de poder local y provincial se hacían presentes en el
gran escenario montado para que todos los sectores quedaran ubicados dentro de
una estricta jerarquía pero que, a su vez, ninguno de ellos pasara inadvertido. De
ahí el hecho de que la comitiva oficial pasara primeramente por la Intendencia
Municipal ubicada frente a la Plaza Colón, en un acto de reconocimiento a la
institución como organizadora local del evento. Recordemos además, que este
espacio también se convertía en importante referente simbólico si tomamos en
cuenta el nombre con el que se había bautizado el terreno.
Pero era en la plaza Belgrano donde se produciría el encuentro entre las dife-
rentes esferas de poder representando lo local y lo provincial, lo civil y lo religioso,
el pasado, el presente y por qué no el futuro. Ése era el motivo por el cual las
autoridades penetraron en la sala capitular y estrecharon la mano a varios ancianos
(antiguos pobladores de la villa) que se habían apostado “a modo de guardia” en el
interior del edificio,63 a un costado del estrado a través del cual, entre banderas
argentinas y españolas aparecía el retrato al óleo de don Juan de Lezica y Torrezuri
“fundador de la villa” y “protector en la primera centuria de su existencia”.64 Vale
recordar que Lezica y Torrezuri era recordado y venerado como el “verdadero
Padre de Luján”65 por haber construido el primer templo a la Virgen inaugurado el

60 La Razón, Buenos Aires, 29 de abril de 1918.


61 Respecto a la influencia que los círculos militares comenzaban a tener en la sociedad civil, ver
Loris Zanatta, Del estado liberal a la nación católica. Iglesia y ejército en los orígenes del peronismo,
Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1996.
62 La Razón, Buenos Aires, 29 de abril de 1918.
63 Ibidem; el artículo periodístico menciona con nombre y apellido a los “antiguos pobladores de

Luján”.
64 Actas, folio 6.
65 Según la tradición local, Lezica y Torrezuri llegó al Río de la Plata y recorriendo las estancias

de Luján sufrió el impacto de “la fervorosa fe que los pueblos del Virreinato le profesaban a la virgen
de las orillas del Río Luján”. Al encontrarse enfermo, Lezica pidió que lo trajeran a los pies de la
imagen de la virgen. Allí, con la sola frotación de agua de un manantial cercano se produjo el
“milagro” de su curación. En agradecimiento, entonces, comenzó la construcción de un pequeño
templo en honor a la Virgen de Luján; Revista Nosotros, nº 64, año VI, p. 26. Sobre Lezica y Torrezuri
ver Jorge G. Cortabarría, “Don Juan de Lezica y Torrezuri. Actividades económicas y sociales de un
gran comerciante del Buenos Aires del siglo XVIII”, en Res Gesta, nº 22, Rosario, FDYCS UCA, julio-
diciembre de 1987, y Dedier N. Marquiegui, Estancia y poder político en un partido de la campaña
bonaerense (Luján, 1756-1821), Buenos Aires, Biblos, 1990, pp. 35 y 36.
104 MARÍA ÉLIDA BLASCO

8 de diciembre de 1763: ubicados al costado del estrado, los ancianos daban con-
tinuidad al mito fundador y legitimaban con su presencia al “patriciado lujanense”
reforzando la “identidad” local y fijando sus orígenes prístinos.
Acto seguido hicieron uso de la palabra los representantes políticos del pro-
yecto “Museo”: el Comisionado Municipal, el Interventor Nacional, el arquitecto
Martín Noel y Enrique Rodríguez Larreta, quien asumía públicamente la respon-
sabilidad de presidir la Comisión Administradora y, por lo tanto, llevar a feliz tér-
mino la obra proyectada por Cantilo.66 Precisamente, el interventor dejaría su
cargo con una gran dosis de alivio si esta última cuestión quedaba claramente
registrada por la comunidad local. Y parece haber logrado su objetivo ya que
terminado el acto “el pueblo que llenaba la plaza pública, solicitó vivamente la
palabra del Interventor Nacional, quien señaló las proyecciones del Museo, refirió
el alcance de la ceremonia, que había ocurrido en el interior del edificio y agrade-
ció la manifestación cariñosa y significativa tributada por el vecindario”.67
Mientras las damas y señoritas pasaban a la sala contigua para ser obsequia-
das con un lunch, en el patio del futuro Museo se les daba activa participación a
los grupos escolares que, acompañados por sus docentes, saludaban con flores y
aplausos al interventor y a la comitiva. Los niños no podían estar ausentes en el
particular evento ya que, de alguna manera, ellos debían ser los más ágiles recep-
tores del mensaje pedagógico que se pretendía transmitir: de ahí que la señorita
Elisa González en representación del personal docente de las escuelas locales pro-
nunció un discurso que, según el cronista de La Perla del Plata, constituyó “un
himno a los sentimientos de religiosidad y patriotismo”, elementos que “deben
marchar unidos en el futuro, pues fueron los que hicieron todo cuanto tiene de
ilustre la gloriosa villa”.68
Aunque algunos periódicos parecen no haberlo registrado,69 la ceremonia toda-
vía no llegaba a su fin: la revista del Santuario señala que posteriormente “la comitiva
se trasladó a la basílica. Monseñor Terrero la acompañó hasta el altar de la Virgen a
cuyos pies se arrodillaron junto con el prelado, el interventor y su comitiva”.70 El
acto no sólo dejó traslucir el poder de la cúpula eclesiástica, también evidenció las
acciones coordinadas entre la esfera política y religiosa, sobre todo a nivel local.

66 Los discursos pronunciados por el Comisionado Municipal y por el Interventor Provincial,

José Luis Cantilo, aparecen transcriptos según la publicación de La Perla del Plata del 5 de mayo de
1918, en Raúl Fradkin y otros, “Historia, memoria y tradición: la fiesta de la quema del Judas en
Luján”, en Cuadernos de Trabajo nº 17, Departamentos de Ciencias Sociales, Universidad Nacional
de Luján, 2000, pp. 69-72.
67 Actas, folio 6.
68 La Perla del Plata, 5 de mayo de 1918.
69 Tanto La Razón como La Nación coinciden en relatar que, luego de la ceremonia en el patio del

Cabildo, la comitiva se dirigió a la estación del ferrocarril para emprender el regreso a Buenos Aires.
70 La Perla del Plata, 5 de mayo de 1918.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 105

5. IDENTIDAD LOCAL, PROVINCIAL Y NACIONAL: EN BÚSQUEDA DE LA TRADICIÓN


COLONIAL HISPANO-CATÓLICA

El interventor federal José Luis Cantilo, establecía la creación del Museo Colonial e
Histórico de la Provincia de Buenos Aires en un intento de resaltar el rol cumplido por
la provincia “que tan principal y característica actuación tuvo en la época de la colonia
y en la emancipación nacional”.71 Este rescate de lo “bonaerense” como cuna de la
tradición nacional “criolla” debía ir acompañado de reivindicaciones concretas en el
ámbito local; de ahí que la ciudad de Luján aparece como el nexo apropiado para
desarrollar fuertes sentimientos de pertenencia territorial: “Que la Villa de Luján debe
elegirse como asiento del Museo Colonial e Histórico de la provincia de Buenos Aires,
por existir en ella el venerable edificio capitular y por ser esta Villa la población más
antigua de la Provincia, centro verdadero de la tradición gauchesca de la llanura, cuyo
primitivo núcleo de habitantes data del año 1630, fecha en la cual aparece ya en la
historia como atalaya de Buenos Aires en su lucha contra el salvaje”.
En la reelaboración construida por Cantilo, el territorio –la antigua Villa de
Luján– parece haber desempeñado un papel fundamental en la historia de la
provincia y a la vez de la nación. Considerando que Luján fue la población más
antigua de la provincia, la historia “bonaerense” queda personificada en el terri-
torio lujanense, ya que ésta es la tierra de los antepasados y la de los orígenes
míticos de la comunidad provincial a la que Cantilo representa políticamente. En
un contexto signado por la afluencia inmigratoria y, por lo tanto, carente de
especificidad cultural, parece importante percibir la importancia del factor terri-
torial como elemento de singularización capaz de actuar como principio de dife-
renciación nacional,72 regional o local.
Este importante papel desempeñado por el territorio en la construcción nacio-
nal argentina permite explicar el hecho de que, en el discurso de Cantilo, Luján se
convirtiera en la cuna misma de la tradición gauchesca de la llanura pampeana que
además participó activamente en la lucha contra la “barbarie” indígena. Sin em-
bargo, en la reelaboración del pasado, no es sólo la “población criolla” la que
otorga importancia a esta ciudad. Son sobre todo sus ya nombradas instituciones
coloniales que demarcaron el territorio: “Que en el transcurso de nuestra evolución
cívica reaparece Luján con su Cabildo genuinamente criollo, defendiendo sus

71 Decreto de fundación del Museo Colonial e Histórico de la Provincia de Buenos Aires, La

Plata, 31 de diciembre de 1917, en folleto de propaganda editado por el Museo el 31 de diciembre de


1927 conmemorando el décimo aniversario de su fundación. Archivo del Complejo Museográfico
“Enrique Udaondo”. En adelante “decreto”.
72 Mónica Quijada, “Imaginando la homogeneidad: la alquimia de la tierra”, en Mónica Quijada,

Carmen Bernard y Arnd Schneider, Homogeneidad y nación..., pp. 179-217.


106 MARÍA ÉLIDA BLASCO

fueros contra la preponderancia del de Buenos Aires y se convierte más tarde, con
Pueyrredón a la cabeza, en foco de resistencia contra el invasor de 1807”.73
Nuevamente, según el interventor, el Cabildo “genuinamente criollo” aparece
como la institución política originaria y a la vez primigenia de la provincia, lo que
permite diferenciarla tanto en el presente como en el pasado de la ciudad de Bue-
nos Aires. Esta diferenciación que transforma a la región en la cuna de la tradición
colonial es reivindicada por Cantilo con especial énfasis ya que le permite redefinir
la historia nacional desde una perspectiva provincial. Más aún, enfatizar la partici-
pación de Luján en las invasiones inglesas permitía mitigar la historia de un con-
flicto resuelto por la población eminentemente porteña y recalcar la participación
bonaerense en la lucha contra el “invasor”. En definitiva, la activa intervención de
Luján, vale decir, de la provincia de Buenos Aires en el pasado nacional la convier-
te en el nexo perfecto para redefinir la tradición argentina ya que, según el decreto,
“aún por encima de estos honrosos antecedentes, debe recordarse que la simiente
de la libertad encontró en Luján tierra propicia para su arraigo inicial, y en el
patriotismo ingénito de sus hijos, vigorosos elementos de difusión futura”.
De ahí que el objetivo no era sólo la restauración del antiguo Cabildo: “para su
fiel conservación es menester adaptarlo a un destino elevado y de carácter definiti-
vo”. Un museo que, como su nombre lo indica, se dedicara al rescate de la tradición
colonial. Esta característica esencial lo diferenciaba del Museo Histórico Nacional
dedicado a rescatar los orígenes institucionales de la Argentina. El Museo de Luján
estaría sustentado sobre la propia estructura edilicia del Cabildo, cuya arquitectura
–se empeña en resaltar Cantilo– “es del más puro estilo colonial”.
Efectivamente, en el acto oficial del 28 de abril, Martín Noel pronunció un discur-
so en el que explicaba las razones que lo guiaron en el trabajo de reparación del Cabil-
do, un edificio que atesoraba “el germen espiritual de la arquitectura de nuestra Pampa”74 y
por lo tanto se trasformaba en la musa inspiradora de todos aquellos arquitectos y
artistas que, como él, ansiaban “el nacimiento de una estética nacionalista”.
La asociación complementaria entre “estilo colonial” y “estética nacionalista”
estaba lejos de parecer descabellada. La evidente necesidad de proponer un estilo
arquitectónico que remitiera al pasado colonial hispánico como expresión
“auténticamente nacional” era planteada cada vez con mayor énfasis por los cír-
culos políticos e intelectuales de fines de la década del diez.75 A su vez, como ya

73 Decreto.
74 Martín Noel, “La arquitectura hispano-americana en el Cabildo de Luján”, en Contribución a
la historia de la arquitectura hispanoamericana, Buenos Aires, Ed. Peuser, 1921.
75 Ramón Gutiérrez, “Martín Noel en el contexto Iberoamericano. La lucidez de un precursor”, en

Ramón Gutiérrez, Margarita Gutman y Víctor Pérez Escolano, El arquitecto Martín Noel..., p. 17; Tulio
Halperin Donghi, “España e Hispanoamérica: miradas a través del Atlántico (1825-1975)”, en El
espejo de la historia, Buenos Aires, Sudamericana, 1987, pp. 78-91; Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano,
Ensayos argentinos..., pp. 161-209; Maristella Svampa, El dilema argentino..., pp. 85-134.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 107

lo había hecho Cantilo a través del decreto de creación del Museo, Noel intentaba
relacionar el concepto de “región pampeana-bonaerense” con el de “estética na-
cional hispánica”. Concretamente, respecto al cabildo manifestaba que: “Su fiso-
nomía característica de la provincia de Buenos Aires ordenaba el respeto por la
tradición regional [...] Dos eran las fábricas de nuestro Cabildo y a dos épocas
distintas pertenecieron [...] Traía la más antigua que fue erigida a mediados del
siglo XVIII, los trazados remanentes del viejo virreinato del Perú, que por vías de
Bolivia habían hecho camino por Salta, Tucumán y Córdoba hasta Buenos Aires
[...] La segunda [...] se nos allegaba, quizás por vías más directas, de una España
ya saturada de galicismos. Asimismo, las dos hermanaron y adquirieron en nues-
tro terruño un sabor indeleble de originalidad provinciana. Y era que, ya en una
corriente como en la otra, ocurría un proceso inconsciente, que fuerza es decirlo,
había hallado un crisol en la sierra andina –la llanura pampeana atenuó el enfervo-
rizado barroquismo de sus firmas exaltando en ellas el sésamo balsámico de nues-
tras praderas [...] A la sombra de este esparcimiento se construyeron nuestras
villas coloniales, modestas sí, pero ricas en esencia”.76
Capturar la “esencia espiritual” de estas villas coloniales en vías de desapari-
ción parece ser el objetivo de Noel. Y para concretarlo, que mejor que reparar el
edificio adoptando el estilo neocolonial, que, de alguna manera, intentaba resolver
las posibilidades de combinar la doble demanda de preservación y cambio; o si se
quiere, de modernidad y tradición en un espacio público en vías de moderniza-
ción. Sin embargo, no era tan sencillo: los debates dentro de la disciplina arquitec-
tónica respecto de la posibilidad de aplicar el neocolonial eran arduos y complejos,
tanto que se prolongaron durante las décadas del veinte y del treinta. Las posibili-
dades concretas de adaptar cierto tipo de edificios (cuyo valor radicaba en las
antiguas condiciones manuales de producción y los materiales utilizados para su
construcción) a las necesidades de la ciudad moderna eran escasas, por ello este
estilo arquitectónico no intentará reconstruir con exactitud los edificios históricos
sino “recrearlos”, modernizar las formas antiguas “de acuerdo con las necesida-
des espirituales, materiales y artísticas de la vida contemporánea”.77
Pero ¿cuáles eran las necesidades espirituales que ciertos sectores de la elite
cultural percibían como necesarias? Evidentemente el reencuentro con España.

76 Martín Noel, Contribución a la historia...


77 Ángel Guido, Palabras pronunciadas en el III Congreso Panamericano de Arquitectos reali-
zado en Buenos Aires en 1927; extraído de Ramón Gutiérrez, “Martín Noel...”, pp. 27 y 35. Esta
concepción de la arquitectura estuvo lejos de ser aceptada en forma unánime: en 1948 se hace
pública la polémica entablada entre Martín Noel y Mario J. Buschiazzo: mientras el primero
intentaba “recrear” antiguas formas desde la percepción “subjetiva”, Buschiazzo hacía hincapié en
la necesidad de lograr la máxima precisión en el análisis de las fuentes documentales para recons-
truir el pasado. Para mayor información remitirse a José Emilio Burucúa y Ana María Telesca, “El
arte y los historiadores...”, p. 235.
108 MARÍA ÉLIDA BLASCO

De ahí que una de las personas más importantes del proyecto “Museo” fuese
Rodríguez Larreta, un reconocido hombre de letras de ascendencia española que,
según sus propias palabras, estaba profundamente convencido de que “jamás na-
ción alguna podrá sobrepujar las glorias espirituales y heroicas de España”.78
Este mensaje era profundamente internalizado en Luján. No por casualidad la
infanta Isabel de Borbón había visitado la ciudad durante los festejos del Centena-
rio de la Revolución de Mayo79 y se había sorprendido, no sólo ante la grandiosa
devoción popular de los lujanenses sino, también y sobre todo, al advertir las
enormes semejanzas urbanísticas entre Luján y las ciudades españolas. Las cau-
sas de este proceso de identificación, no sólo debemos buscarlas en la firme
decisión de los gobiernos comunales de construirlas y fomentarlas. La temprana
formación de la colectividad española, su enorme influencia en la estructura
socioeconómica de la región, y la acción propagandística reforzada por la propia
elite española, sobre todo desde fines del siglo XIX, tendiente a reafirmar entre los
inmigrantes el apego a los valores de su tierra originaria, exaltar sentimientos pa-
trióticos y recrear identidades de origen, estaban en el fondo mismo de la cues-
tión; sobre todo, en una comunidad que, desde finales de siglo, recibió la enorme
influencia de grupos inmigratorios italianos.80
De ahí que no puede sorprendernos el extraordinario “culto a España” preva-
leciente entre los lujanenses que fue activado por las autoridades con la creación
del Museo. Las similitudes materiales entre la escenografía urbana local y la “ma-
dre patria” se transmutaban a su vez en semejanzas espirituales que aparecían no
sólo como vitales, sino, sobre todo, como propias de la comunidad lujanense.
Dentro de ellas, el catolicismo ocupaba un lugar central: nuevamente la ciudad de
Luján y España tenían elementos comunes con los cuales identificarse.
La mayor parte de los fieles católicos del país reconocían a la Basílica de
Luján como uno de los mayores centros de peregrinaje, a los que concurrían
anualmente, muchas veces, estimulados por las propias autoridades políticas del
gobierno de turno: el 8 de mayo de 1887 una peregrinación nacional celebraba la

78 Discurso pronunciado por Larreta en el banquete de bienvenida ofrecido en su honor en el

Jockey Club de Buenos Aires el 30 de noviembre de 1916; en Enrique Larreta, Lo que buscaba don
Juan..., p. 113.
79 En 1911 apareció en España una publicación en la que se relataban los acontecimientos produ-

cidos durante el viaje realizado por la infanta Isabel de Borbón a la Argentina, en ocasión de celebrarse
los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo; marqués de Valdeiglesias, Las fiestas del Centena-
rio en la Argentina. Viaje de S. A. R. la infanta doña Isabel a Buenos Aires, Madrid, 1911.
80 Norberto Marquiegui, “Liderazgo étnico...”; según datos obtenidos de los tres primeros censos

nacionales el autor advierte que, ya en 1869, los españoles eran el grupo nacional europeo más
representativo de todos los arribados a Luján. Si bien entre 1870 y 1880 se observa un declive conside-
rable, desde 1881 se advierte una lenta pero sostenida recuperación de grupos inmigratorios españoles.
Entre 1895 y 1914 los inmigrantes españoles se convierten en el grupo de mayor crecimiento del
período, consolidándose como la segunda comunidad en importancia detrás de los italianos.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 109

coronación de la Virgen de Luján y otra, realizada el 13 de mayo de 1900, la


proclamaba Patrona de la provincia de Buenos Aires.81 A su vez, en un contex-
to en el que el poder político y eclesiástico parecían complementarse, otra
gran peregrinación nacional se organizó, el 15 de mayo de 1910, para dar
inicio en la ciudad de Luján a las fiestas en conmemoración del Centenario de
la Revolución de Mayo. 82 Y si bien esta manifestación de fe y patriotismo
estuvo organizada por las autoridades eclesiásticas, no dejaron de asistir al
evento los máximos representantes de los diferentes niveles del gobierno:83 la
elite política nacional, provincial y local rememoraron juntos la “veta religio-
sa” de los revolucionarios de Mayo, en especial del general Belgrano, que era
homenajeado especialmente por su devoción a la Virgen de Luján. A través de
su figura era posible amalgamar la historia nacional con el pasado lujanense
nada menos que a través de la devoción popular a la Virgen, un fenómeno de
“catolización” que si bien Zanatta advierte hacia la década del 20,84 en Luján
parece iniciarse mucho antes. 85
Los acontecimientos de 1910 deben entenderse, entonces, en un contexto
caracterizado por la articulación y consolidación de la estructura jerárquica y
organizativa del catolicismo argentino, sobre todo a nivel nacional. Como lo ad-
vierten Zanatta y Di Stéfano, durante las tres primeras décadas del siglo XX el
catolicismo comenzó a influir mucho más en la marcha de la vida política, social
e intelectual de la nación.86 Por lo tanto, para examinar con mayor detenimiento el
desarrollo de las aproximaciones entre poder político y poder eclesiástico, hacia
fines de la década del 10 y primeros años de la década del 20, debemos tener
presente las transformaciones sociopolíticas introducidas por el triunfo del radi-
calismo y, sobre todo, esa suerte de “pluralismo” político, social y cultural que
este hecho acarreó como consecuencia. La puesta en marcha de la ley Sáenz Peña
modificó sustancialmente las relaciones entre la iglesia y la política, ya que ahora
era inevitable que los militantes católicos tuvieran distintas referencias políticas.

81 Enrique Udaondo, Reseña histórica..., pp. 318-319. Respecto de la importancia de las peregri-

naciones a Luján, sobre todo en la experiencia de las colectividades inmigratorias, ver Daniel Santamaría,
“Estado, iglesia e inmigración en la Argentina moderna”, en Estudios migratorios latinoamericanos,
nº 14, Buenos Aires, 1990, pp. 139-181.
82 Antonio Scarella, Pequeña historia de Nuestra Señora de Luján. Su culto, su santuario y su

pueblo, Buenos Aires, 1925, p. 393.


83 Para analizar la estrecha relación entre las autoridades eclesiásticas y el gobierno de Figueroa

Alcorta en 1910, ver “La iglesia y el mensaje presidencial” y “La iglesia y el Centenario de la
Independencia” en la Revista del Santuario de Luján La Perla del Plata, 15 de mayo de 1910, p. 36.
84 Loris Zanatta, Del Estado liberal...
85 María Élida Blasco, “La tradición colonial hispano-católica en Luján...”.
86 Loris Zanatta y Roberto Di Stéfano, Historia de la iglesia argentina. Desde la conquista

hasta fines del siglo XX; Buenos Aires, Grijalbo, 2000, pp. 354-355.
110 MARÍA ÉLIDA BLASCO

De ahí que, al menos durante las tres primeras décadas del siglo, debemos cuidar-
nos de identificar la consolidación institucional de la iglesia con el conservaduris-
mo o con el radicalismo.87 Si pensamos la relación con este último –ya que es el
aspecto que nos ocupa– debemos tener presente que aun cuando Yrigoyen no
podría ser identificado como “anticlerical”,88 también es verdad que la dirigencia
política de su partido era ideológicamente muy heterogénea y no se acercaba en lo
más mínimo al proyecto de restauración integral del orden cristiano, ideado por la
jerarquía eclesiástica argentina. Estos motivos hacen necesario introducir una ma-
yor complejidad al problema y tomar en consideración otros aspectos menos ex-
plorados, tal vez más sutiles, que permitieron a la elite política y eclesiástica actuar
conjuntamente en la conformación de una identidad argentina que colocara como
valor supremo el respeto por la religión católica.
Como representante político de la provincia de Buenos Aires, Cantilo parece
haberlo comprendido. El Cabildo de Luján –y ahora el nuevo museo– se hallaba
ubicado en el centro histórico de la ciudad, frente a la Iglesia y la Plaza Belgrano,
un espacio urbano con amplia capacidad simbólica para engendrar la devoción
popular.89 El proyecto de instalar el Museo en ese lugar, en el que se encontraba
uno de los edificios más importantes de la Iglesia Católica, parece planeado con
una intencionalidad deducida de las propias palabras del interventor Cantilo. En el
discurso pronunciado ante la Comisión Administradora del Museo identifica al
Cabildo y al templo “como dos elementos de civilización, como dos columnas
sustensoras de la vida urbana”90 erigidas en mitad del siglo XVIII. La primera
reelaboración del pasado estaba en marcha: el templo al que se refiere Cantilo es el
que, según la tradición, fue construido por Lezica y Torrezuri y, posteriormente,
demolido para construir la Basílica. Por lo tanto, es inexistente a la vista de los
oyentes y pasa, entonces, a formar parte de la más antigua tradición. La misma
que permite identificar al templo católico y a una institución colonial como ele-
mentos primigenios de la vida urbana y civilizada de la provincia de Buenos Aires.
Prosigue Cantilo para finalizar su relato: “En sus dos representaciones del espíritu
y la inteligencia, esos dos edificios vecinos, ideados por una misma mentalidad,
constituyeron también un solo símbolo”.
Si las personas presentes giraron sus cabezas tratando de identificar los sig-
nos “ideados por la misma mentalidad” no iban a encontrarlos a simple vista en los
estilos arquitectónicos. Cada edificio –templo-basílica y Cabildo-Museo– remiten

87 Ibidem, pp. 394-407.


88 Respecto a las relaciones entabladas entre la iglesia y el radicalismo, más específicamente
entre Yrigoyen y Manuel Carlés, presidente de la Liga Patriótica, ver Tulio Halperin Donghi, Vida y
muerte..., pp. 124-142.
89 José Luis Romero, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI, 1976,

pp. 99-108.
90 La Perla del Plata, Luján, 5 de mayo de 1918.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 111

a estilos arquitectónicos bien diferentes y a procesos culturales e históricos distin-


tos. El Cabildo comenzó a construirse en 1772; en cambio la piedra fundamental
del edificio de la Basílica fue colocada en 1887, y es un acabado representante del
movimiento neogótico europeo trasplantado a la Argentina. Resultado de la acción
personal de Jorge M. Salvaire, nacido en Francia, más precisamente en la región
de los Pirineos, el edificio responde a la filosofía y teorías de renovación arquitec-
tónica imperante en el ámbito mundial que llevaba implícita una fuerte preocupa-
ción por la valoración y conservación del arte medieval y por lo tanto católico.91
Sin embargo, si realizamos un análisis más complejo y elaborado, Cantilo tenía
razón: un elemento central, una misma mentalidad, unía los dos monumentos
característicos de la ciudad de Luján pero también de la provincia a la cual repre-
sentaba: la religión católica. Al decidir el reciclaje del Cabildo, el Interventor y,
sobre todo, el restaurador creó un estilo arquitectónico que remitía a la época
colonial. Era el lugar elegido para el nuevo museo. Sin embargo, frente a él se
elevaba la basílica aludiendo a un mundo gótico y medieval. La heterogeneidad de
estilos no parece contradictoria ya que ambos edificios remitían a momentos de la
historia indiscutiblemente católicos.
Este mecanismo que permitía reforzar la identidad religiosa y, a su vez, yuxta-
ponerla a la historia patria, se hacía muy evidente a nivel local. Las autoridades
políticas –aun cuando respondieran a diferentes partidos políticos– se cuidaron mucho
de no afectar los intereses de la cúpula eclesiástica. Por el contrario, al menos desde
los primeras décadas del siglo XX, intentaron la actuación conjunta para consolidar
y fortalecer la identidad local. Así sucedió también con el proyectado Museo.
La noche anterior a producirse la ceremonia oficial, el Comisionado Municipal
invitó a Monseñor Terrero para las fiestas del domingo para lo cual el Prelado
organizó un acto en la sala de recepciones de la Basílica. Allí el Obispo de La Plata
realizó “una imponente y merecida demostración de aprecio”92 al señor Comisio-
nado Municipal y, como forma de exteriorizar su reconocimiento, le ofreció “una
valiosa y artística medalla de oro como recuerdo imperecedero de la obra de
restauración del viejo Cabildo y apertura de la gran avenida Basílica, que ha venido
a colocar a Luján dentro de su verdadero rango de Villa Colonial e Histórica [...] en
un hermoso discurso, puso de relieve la obra del señor Fernández Beschtedt, su
sobresaliente gobierno comunal, sus relevantes prendas de carácter, el cariño por
todo lo tradicional y nacional, recordó la generosa cooperación de su señor padre
el doctor Domingo Fernández, para las obras de la Basílica, agregando que el hijo
no desmerecía en lo más mínimo la valiosa herencia de patriotismo y virtudes de
sus mayores”.

91 Jorge O. Gazaneo, “Complejidad y oportunidad. La Basílica de Luján”, en Revista Hábitat, nº

30, Buenos Aires, 2000, pp. 11-16.


92 La Perla del Plata, Luján, 5 de mayo de 1918.
112 MARÍA ÉLIDA BLASCO

Como vemos, el plan de acción comunal del comisionado Fernández Beschtedt


se había visto acompañado y respaldado por la cúpula eclesiástica. Y su decisión
de enviar una nota al interventor Cantilo para recuperar y salvaguardar el Cabildo
había sido recibida con beneplácito por la iglesia local. El objetivo era preciso: si
bien era evidente que la ciudad había logrado congregar a miles de fieles, con lo
cual colaboraba en la “homogeneización” social dentro de los parámetros propios
del catolicismo, también era cierto que hacia mediados de la década del diez se
encontraba en pleno proceso de modernización y de recepción de grupos
inmigratorios que era imperioso “controlar”, para que no se transformaran en
receptores activos de mensajes capaces de fomentar disturbios.
Respecto a este tema, es preciso advertir la preocupación de la iglesia local
ante la presencia de sectores sociales con amplia capacidad y disposición de gene-
rar conflictos y romper la aparente armonía social de la que se jactaban, orgullo-
sas, las autoridades de la ciudad. Sobre todo, porque Luján no parece haber estado
al margen del movimiento ideológico y cultural promovido por el anarquismo y el
socialismo que criticaban abiertamente la doctrina de la Iglesia Católica.93 De ahí
que el mismo interventor Cantilo, como representante político de la provincia de
Buenos Aires, en el acto oficial del 28 de abril, haya criticado “la irreverente pre-
tensión de quienes intentaron retirar del escudo del pórtico [del Cabildo] la Imagen
de la Virgen de Luján”.94 Parece ser que la dirigencia política veía en el catolicismo
un instrumento valioso para “controlar” el clima de descontento social que co-
menzaba a hacerse evidente. Los conflictos internos agigantados por los episodios
que se estaban produciendo a nivel mundial –la guerra y la revolución bolchevi-
que– inquietaban a los grupos políticos, no sólo pertenecientes al radicalismo. Y
una buena manera de afrontarlos era encontrar los mecanismos adecuados para
consolidar la unidad y la integración de los diversos grupos sociales, en aras de un
proyecto futuro: el enaltecimiento de la nación argentina “hispana” y “católica”.

El Museo Histórico y Colonial se convertía de este modo en el templo cívico


donde podían confluir perfectamente estas tradiciones. Y la elite dirigente dedicó

93 El doctor Juan Creaghe, destacado militante anarquista vinculado a la redacción de La Protes-

ta, había fundado, en 1907, la Escuela Moderna de Luján, un innovador proyecto pedagógico que fue
clausurado en 1909, ante la declaración del estado de sitio; para mayor información ver Dora
Barrancos, Anarquismo, educación y costumbres en la Argentina de principios de siglo, Buenos
Aires, Contrapunto, 1990, pp. 98-127; Juan Suriano, Anarquistas. Política y cultura libertaria en
Buenos Aires. 1890-1910, Buenos Aires, Manantial, 2001. Por otro lado, debemos tener presente lo
sucedido en esta ciudad durante el Congreso de Librepensadores, realizado en 1913 por los integrantes
de la Liga Nacional de Libre Pensamiento, que acaparó la atención y la crítica no sólo de los
representantes de la iglesia local sino también de los órganos periódicos de la época. Para mayor
información acerca del desarrollo de la jornada ver La Perla del Plata del 6, 13 y 27 de julio de 1913.
94 La Razón, 29 de abril de 1918.
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 113

todo su empeño en llevar a cabo este objetivo: recordemos que desde fines del siglo
XIX, pero fundamentalmente en la primera década del siglo XX, las alternativas
promovidas desde los poderes públicos para “redefinir oficialmente” la tradición
nacional giraban básicamente sobre tres ejes: la construcción de monumentos histó-
ricos,95 la fundación de diversas instituciones oficiales encargadas de la investiga-
ción histórica96 y los museos de historia, pensados no sólo como lugar de resguardo
de los restos materiales del pasado, sino sobre todo, también, como instrumentos
complementarios de la acción pedagógica y formativa ofrecida por la escuela públi-
ca.97 En este contexto, la propuesta de Cantilo para la ciudad de Luján constituyó
una estrategia destinada a fortalecer esta tendencia pero, también, a ampliarla. La
clave: el reciclaje del edifico del Cabildo y la complejidad del proyecto cultural.
El museo provincial venía a dar cumplimiento a uno de los requerimientos
imprescindibles en una Argentina que avanzaba a pasos agigantados hacia la mo-
dernización: “reunir los innumerables y ricos elementos de su tradición, que se
encuentran dispersos y olvidados en ella, con mengua de la cultura patria”.98 Sin
embargo, Cantilo lo proyectaba también como una institución indispensable para
la enseñanza cívica y moral de niños y adultos ya que “admitido como está que en
su carácter de objetividad histórica, el Museo es prolongación y complemento de
la escuela”. Advirtiendo que desde fines del siglo XIX la educación patriótica se
alzaba como dispositivo central para la creación de una cultura homogénea,99 el
“proyecto museo” debía adquirir mayor complejidad haciendo hincapié en las ne-
cesidades espirituales y, sobre todo, emocionales de la población local.
De ahí que el Interventor Federal no dudó en aprobar la propuesta que Rodríguez
Larreta había lanzado en una de las primeras reuniones de la Comisión Administra-
dora: poner en funcionamiento dentro del ámbito del Museo una “escuela-taller”100
de alfarería y tejido donde “el zumbo de los telares se mezclara con el rumor de las
plegarias del santuario vecino y el tufillo de los hornos con el sahumerio de los
incensarios”.101 El objetivo del Presidente de la Comisión es claro al respecto:

95 En 1897 se funda la Comisión Nacional de Bellas Artes que desde 1921 va a estar presidida por

el arquitecto Martín Noel.


96 En 1872 se funda el Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades, en 1893 la Junta de

Historia y Numismática Americana y en 1912, el Instituto de Investigaciones Históricas; al respecto


ver Diana Quatrocchi-Woisson, Los males de la memoria...
97 Si bien en 1887 se funda el Museo Histórico de Córdoba y en 1889 el Museo Histórico

Nacional, las advertencias de Pablo Pizzurno y posteriormente Ricardo Rojas respecto a la necesidad
de que los escolares visitaran los museos históricos provocaron que hacia la segunda mitad de la década
del diez surgieran otras entidades destinadas al recuerdo del pasado nacional: el Museo Mitre en 1914,
el Museo Naval en 1915, y el Museo Popular de Las Conchas en 1918.
98 Decreto.
99 Lilia Ana Bertoni, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas...
100 Actas, folio 3.
101 Enrique Larreta, Lo que buscaba don Juan..., p. 117.
114 MARÍA ÉLIDA BLASCO

producir un “encantamiento” dentro de ese “histórico edificio” en el que había


funcionado el Cabildo; en otras palabras, “devolverle el soplo de vida”. El lugar era
el adecuado ya que “entrelazando la tradición española y la indígena”, la lanzadera
y la llama, la alcatifa y el cacharro, “la lana de nuestros rebaños y arcilla de nuestro
suelo” posibilitaría el surgimiento del “futuro arte argentino”. La sugerente idea de
Larreta nos impone nuevamente una peculiar interpretación del pasado y del futu-
ro nacional que ya habíamos advertido en el proyecto de Noel y de Ricardo Rojas,
en favor de la integración de elementos culturales españoles e indígenas.102 Clara-
mente, este grupo de intelectuales intentará plasmar una explicación del pasado
que presentarán como alternativa ante la disyuntiva indigenismo-hispanismo. Sin
embargo, el movimiento no podrá ofrecer una salida al problema planteado ya que
había surgido desde el mismo clima de ideas, controvertido y ambiguo por cierto,
que había comenzado a gestarse en los primeros años del siglo, caracterizado por
una ruptura con el antiguo sistema de pensamiento eurocéntrico y un reencuentro
con España. Si bien es cierto el énfasis que otorgan Noel y Larreta a la fusión de
elementos españoles y americanos, no cabe duda de que, en el modelo explicativo,
serán los componentes de raíz netamente hispánica los predominantes. Esta con-
troversia entre hispanistas y americanistas estará influenciada por el acercamien-
to, cada vez más estrecho y evidente, entre los grupos de intelectuales españoles
y argentinos que se profundizará a mediados de la década del 20 y sobre todo en
los años 30,103 cuando el núcleo ideológico dominante argentino se pronuncie a
favor del importante bagaje cultural legado por la “madre patria”.

Si bien la cuestión de conformar una “identidad nacional” excedía los límites


del municipio lujanense, el proceso de modernización acelerada producido a nivel
local y el peso decisivo de los contingentes inmigratorios –sobre todo los con-
flictos de identidades generados en los barrios étnicos de italianos, albaneses y
españoles– advertían sobre la urgente necesidad de producir diferentes tipos de
articulación intergrupal. Por un lado, el importante papel asignado en la historia al
territorio lujanense permitió la incorporación de elementos culturalmente
heterogéneos a partir de una condición básica de integración e identificación con
el espacio.104 Por otro lado, también la preservación de “lugares patrimoniales”105

102 Encontramos sumamente interesante relacionar las ideas de museo-templo y escuela-taller

propuestas por Larreta, Noel y Cantilo con las plasmadas posteriormente, en 1924, por Ricardo Rojas
en Eurindia, vol. 2, pp. 75-79. En este trabajo, el autor realiza una poética descripción respecto a la
funcionalidad de los monumentos arquitectónicos asociándolos con lugares de contemplación y de culto
(templos) en donde se lleven a cabo los ritos que recuerden “la epopeya espiritual de la patria”.
103 Pedro Carlos González Cuevas, Acción española. Teología política y nacionalismo autorita-

rio en España (1913-1936), Madrid, Tecnos, 1998.


104 Mónica Quijada, “Imaginando la homogeneidad...”, pp. 216-217.
105 Gérard Althabe, “Producción ejemplar de patrimonios urbanos”, en Althabe y Schuster (comps.),

Antropología del presente, Buenos Aires, Edicial, 1999, pp. 182-184.


LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 115

con amplia capacidad de homogeneización cultural cumplía este objetivo. De ahí


que el Cabildo junto a los edificios anexos debían trasformarse en metáforas visi-
bles106 que engendraran su propia referencia simbólica. Cargado de significados
ideológicos transmitidos por sus postulados estéticos, el área histórica de la ciu-
dad se transfiguraba en un decorado que otorgaba una idea de continuidad tempo-
ral con el pasado colonial y católico. Pero además, era importante otorgarle una
funcionalidad adecuada al contexto: el Cabildo se transformaba en Museo, la Basí-
lica en el mayor templo católico, y la plaza Belgrano en el lugar ideal para la
realización de los eventos cívicos y religiosos.
El paisaje urbano, como así también el desarrollo de la ceremonia oficial de
abril de 1918, respondía con total coherencia al relato del pasado local reelaborado
por intelectuales y políticos, y le otorgaba una implicancia mayor dentro de la
historia provincial y a la vez nacional. Este tipo de memoria selectiva debe ser
analizada como parte del proceso de “invención de tradiciones” que tenía, en este
caso particular, un objetivo concreto y explícito: la reinterpretación hispánica y
colonial del pasado. Sin embargo, debemos tener presente que la elite dirigente no
tiene capacidad de “inventar” tradiciones provenientes del vacío. Por el contrario,
en la década del diez, claramente son los diferentes grupos inmigratorios, los
descendientes de la elite local, los niños, las mujeres y los hombres que concurren
a la iglesia y que se reúnen periódicamente para los festejos los que recuerdan y
construyen así la memoria colectiva determinando lo que será “memorable”. Al-
gunos de estos elementos perduraron adquiriendo mayor relevancia local en los
años posteriores. Sin embargo, también debemos advertir respecto de los conflic-
tos provocados por la existencia de grupos sociales poseedores de distintas visio-
nes lo que es significativo o “digno de recordarse”; en otras palabras, tanto en la
década del 10, como también actualmente, existen multiplicidad de identidades
sociales que coexisten dentro de un mismo grupo de memorias opuestas y alterna-
tivas: familiares, locales, de clase, nacionales, etcétera.107 Para aglutinarlas, se
hace necesario diseñar un plan tan eficaz como el proyectado por Cantilo y sus
seguidores que sea lo suficientemente amplio como para reunir lo heterogéneo y
perdurar en el tiempo. Éstos, quizás, sean los aportes más importantes realizados
por la elite política y cultural de las primeras décadas del siglo, en aras de una
construcción identitaria homogénea.

El presente trabajo, por lo tanto, nos permitió reconstruir el proceso de funda-


ción del Museo Histórico y Colonial teniendo presente tanto los conflictos políticos
imperantes a nivel local, nacional y provincial, como así también las repercusiones

106 Alain Mons, La metáfora social. Imagen, territorio, comunicación, Buenos Aires, Nueva

Visión, 1994, pp. 12-13.


107 Peter Burke, Formas de historia cultural, Madrid, Alianza, 2000, pp. 66-80.
116 MARÍA ÉLIDA BLASCO

en la Argentina de los acontecimientos producidos en el mundo. Dentro del país,


la emergencia del radicalismo como partido político de masas y los conflictos
políticos internos que ello generaba, de los cuales José Luis Cantilo supo sacar
provecho, tuvieron un papel fundamental en la conformación de la nueva institu-
ción. Por un lado, los miembros que integraron la Comisión Administradora del
Museo mantuvieron diferentes vinculaciones con las autoridades gubernamenta-
les, lo cual determinó en muchos casos la concreción o frustración de los proyec-
tos. En este contexto podemos hablar del proyecto “Museo” no sólo como de una
estrategia cultural, sino también política, ideada por un sector de la elite dirigente
del radicalismo para satisfacer intereses concretos.
Por otro lado, el análisis de la ceremonia oficial de entrega del Cabildo por
parte de las autoridades provinciales a la Comisión Administradora reveló el modo
de acción concreto de los diferentes actores sociales que participaron o legitima-
ron con su presencia la creación del Museo. Claramente, la resonancia de los
conflictos que afectaban al mundo en la segunda mitad de la década del 10, se
hacían presentes en la Argentina. De ahí que no parece casual que uno de los
objetivos centrales de proyecto “Museo” fuera rescatar las tradiciones hispano-
católicas de la ciudad de Luján y de la provincia de Buenos Aires y, por lo tanto,
fortalecer con ellas una doctrina nacional que intentaba ser redefinida dentro de la
misma matriz ideológica.

6. EPÍLOGO

La ceremonia de abril de 1918 constituyó un hecho decisivo, sobre todo para la


población local ya que reforzó la conciencia lujanense respecto a la importancia de
la ciudad en la historia nacional y bonaerense. Sin embargo, la euforia de las
autoridades políticas y, sobre todo, de los miembros de la Comisión Administra-
dora del Museo no tardó en apagarse, consumida por los conflictos internos del
propio partido radical. Los intentos de Cantilo de resolver las divisiones internas
habían fracasado. La Convención radical realizada en La Plata, en febrero de 1918,
marcaba la manifestación pública del cisma entre las dos facciones que se
autodefinían “provincialistas” y “metropolitanas” respectivamente. El conflicto
político asumía de este modo características regionales y, aunque Cantilo aparecía
estrechamente vinculado al grupo metropolitano y, por lo tanto, al gobierno de
Yrigoyen, la concreción del proyectado Museo provincial en Luján le permitía
disimular los enfrentamientos, ganar el apoyo de los municipios del interior de la
provincia y sobre todo ganarle de mano a su sucesor Camilo Crotto, quien decía
representar los “verdaderos intereses provinciales”. Concretamente, el 1º de mayo
LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 117

de 1918, Camilo Crotto asumió el poder y estalló abiertamente el verdadero con-


flicto político entre crottistas e yrigoyenistas, una contienda que perduró durante
los años 1919 y 1920. Cantilo y los miembros de la Comisión del Museo parecen
quedar incorporados en la contienda a favor del gobierno nacional. Las conse-
cuencias no tardaron en aparecer.
El 22 de junio, se reunieron los miembros de la Comisión, y Larreta, como
presidente, informó que, en el deseo de consultar la opinión del nuevo gobernador
provincial “sobre la marcha futura del Museo y sobre los recursos financieros que le
fueron asignados por la Intervención Nacional”,108 solicitó una audiencia a Crotto
quien le manifestó su total apoyo y su mayor entusiasmo respecto del proyecto del
Museo de Luján. Larreta explicó al gobernador las obras dispuestas por su antece-
sor Cantilo: el ensanche del Museo para el funcionamiento de los talleres de alfarería
y cerámica, la compra del histórico edificio denominado “casa del Virrey” al Círculo
de Obreros y la adquisición de la finca perteneciente al reverendo padre Dávani.
Tampoco omitió informar respecto de los costos de cada operación: en parte habían
sido pagadas con el dinero asignado por Cantilo, pero además se habían utilizado
“$1.000.00 del peculio particular de algunos miembros de la Comisión”.
Luego de lo informado por Larreta, la Comisión Directiva decidió elevar una
nota al Gobernador resumiendo por escrito los actos realizados hasta la fecha y
solicitando a su vez “la liquidación de las mensualidades pendientes”109 ya que,
según parece, los fondos que Cantilo había decretado para solventar los gastos del
Museo no estaban siendo girados correctamente. Era inminente solicitar al gober-
nador Crotto “la suma de cincuenta mil pesos ($m/n50.000.00) a fin de atender
inmediatamente a la restauración de la casa del Virrey y la instalación de los men-
cionados talleres y al arreglo de los jardines que rodean al Museo”.
Mientras que para la mayor parte de los miembros sólo restaba esperar la
respuesta del gobierno provincial, Enrique Udaondo –el prosecretario de la comi-
sión– no quedaba conforme con la espera: ante el asombro de sus compañeros
hizo moción “para que se proceda a la apertura del museo mediante la instalación
provisoria de algunas donaciones que podrían fácilmente ser gestionadas”. Ante la
iniciativa, Larreta insistió en “que la Comisión no dispone de ninguna naturaleza de
recursos para el sostenimiento del Museo” y, sumándose a esta posición, el arqui-
tecto Martín Noel agregó que “aún se adeudan algunas cuentas de ciertos trabajos
no incluidos en el presupuesto por él elevado al Ministerio de Obras Públicas de la
Provincia y que hasta la fecha corren por cuenta particular de miembros de la
Comisión”. Evidentemente el plan de Udaondo no contaba con el respaldo adecua-
do. La mayoría de los miembros compartió la opinión de esperar el apoyo oficial,

108 Actas, folio 9.


109 Actas, folio 10.
118 MARÍA ÉLIDA BLASCO

y, concretamente, la respuesta a la nota enviada al Gobernador antes de continuar


con la obra que los había convocado. Pero la espera se hizo cada vez más larga y
los conflictos políticos y económicos de la provincia parecían no tener fin.
Recién el 10 de julio de 1919, los miembros de la Comisión volvieron a reunir-
se para dar por finalizada la cuestión del Museo de Luján. Enrique Larreta informó
que personalmente había redactado la nota acordada y la había enviado al Gober-
nador. Sin embargo, “a pesar de haber transcurrido ya un año desde la fecha de
entrega, la Comisión Ejecutiva no ha recibido contestación alguna”.110 Por lo
tanto, considerando fracasada su gestión, renunciaba al cargo que ocupaba dentro
de la Comisión. El primer paso estaba dado. Estando totalmente de acuerdo con lo
planteado por Larreta, la mayor parte de los integrantes le encargaron la redacción
de una renuncia colectiva quedando pendiente la citación “a nueva asamblea, po-
niendo en la orden del día la causa de dicha convocatoria para que así pueda
procederse a la firma de la renuncia”.111
Ésta es la última acta labrada por los integrantes de la comisión del Museo. No
existe, al menos en el libro oficial, registro alguno respecto de la redacción de las
renuncias. Sin embargo, tampoco encontramos indicios respecto a nuevas tramita-
ciones o reuniones que, durante la gestión de Camilo Crotto, tuvieran como objetivo
lograr la inauguración del Museo de Luján. La cuestión parece caer en el olvido.
Pero la situación política cambiaba a ritmos acelerados. En 1922, culminó el
primer mandato presidencial de Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear, otro hombre del
radicalismo, fue elegido presidente. En el ámbito provincial, en 1921, Cantilo ha-
bía ganado las elecciones a gobernador realizadas el 4 de diciembre112 y volvía a
colocarse como líder indiscutido del radicalismo bonaerense. Mediante su plan de
gobierno, intentó redefinir la política provincial y culminar los proyectos iniciados
durante su breve período de interventor: el Museo de Luján era uno de ellos. De
ahí que, poco a poco, vemos aparecer en escena a los integrantes de la fracasada
Comisión Directiva. Al asumir el gobierno, Cantilo firmó el decreto designando a
Enrique Udaondo Director Honorario del Museo Histórico y Colonial113 y, sólo
cuatro meses después, los periódicos más importantes de Buenos Aires anuncia-
ron la inauguración de uno de los museos más originales del país. No casualmente
la fecha elegida fue el Día de la Raza, el 12 de octubre de 1923.
De aquí en adelante, un nuevo capítulo de la historia del Museo y de la ciudad
de Luján comenzarían a escribirse.

110 Actas, folio 14.


111 Actas, folio 15.
112 Como la ley establecía un intervalo de 30 días entre los comicios y el escrutinio, los resultados

se conocieron en enero de 1922.


113 Decreto nº 268, La Plata, 2 de junio de 1923. Registro Oficial de la Provincia de Buenos Aires,

enero-junio 1923, Impresiones Oficiales, La Plata, 1926, p. 594.


LA FUNDACIÓN DEL MUSEO COLONIAL E HISTÓRICO... 119

RESUMEN

En 1918, en un contexto de importantes redefiniciones políticas, un sector del radicalismo


junto a personalidades notables del ambiente intelectual fundó en Luján el Museo Colo-
nial e Histórico de la Provincia de Buenos Aires con el propósito de estimular el fortaleci-
miento de diferentes procesos identitarios. Para ello apeló a la noción de “tradición hispa-
no-católica” y diseñó un proyecto cultural que con el tiempo será apropiado por los
diferentes sectores sociales de la localidad en donde predominaban grupos de inmigrantes
españoles e italianos: el museo como “templo de las tradiciones nacionales”.

Palabras clave: Luján - museo - tradición hispano-católica - política - identidad nacional

ABSTRACT

In 1918, in a time of important political definitions, a part of the radical party together
with outstanding people from the intellectual circle founded in Luján, the Museum
Colonial e Histórico from the Buenos Aires province with the aim of encouraging the
strength of the different identy proccesses. In order, to achieve this, they appealed to
the “hispanic-catolic tradition” notion and designed a cultural proyect which in time
it´s going to be tahen by the different social areas of the city wehere groups of spanish
and italian immigrants predominated; the museum as “the national traditions temple”.

Key words: Luján - museum - hispanic-catolic tradition - national identity


Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”
Tercera serie, núm. 25

LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937


Y 1988: EL CORN BELT Y LA PAMPA MAICERA ARGENTINA

JAVIER BALSA*

“En el largo plazo”, se dice, “estaremos todos muertos”. Pero no siempre.


Para el largo plazo del pasado, nosotros somos el resultado. Estamos aquí,
ahora. Nuestro presente es el producto de todas aquellas tendencias
de largo y corto término hasta la actualidad.
R. Wimberley, Trends and dimensions in U. S. agricultural structure.

En este artículo nos proponemos comparar la evolución, a partir de fines de los


años treinta, del tamaño de las explotaciones agropecuarias y de la superficie que
controlaban, en las dos áreas de mayor aptitud para la agricultura cerealera del
continente americano: el Corn Belt norteamericano y la zona predominantemente
agrícola de la pampa argentina.
Comparar el proceso de concentración es nuestro primer objetivo de un pro-
yecto que busca investigar distintos aspectos del desarrollo capitalista en el agro
de estas dos regiones, que presentan importantes similitudes a pesar de tener,
también, marcadas diferencias. En efecto, por una parte, poseen suelos y climas
entre los más aptos del mundo para el cultivo del maíz y de la soja; asimismo,
recién a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, esta actividad agrícola se
desarrolló con plenitud, y en ambos casos la producción se organizó en torno a
unidades familiares de escalas mucho más importantes que las que poseían los
campesinos europeos.1 En cambio presentan importantes asimetrías en cuanto al

* UNLP-CONICET.
1 Las explotaciones dedicadas sólo a la agricultura, en la región pampeana, tenían un tamaño
medio de 46 ha en 1895 y de 194 ha, en 1914, y en Iowa e Illinois se ubicaban en torno a las 65 ha.
En cambio, el tamaño medio de todas las fincas agropecuarias en Francia, en 1892, era de 9 ha, en
Alemania era de 7 ha en 1895, y en Gran Bretaña de 25 ha, según los datos consignados en Karl
Kautsky, La cuestión agraria, México, Siglo XXI, 1983 (primera edición de 1899).

121
122 JAVIER BALSA

contexto nacional en el que se enmarcan estos desarrollos agrarios: la primera


potencia económica mundial, por un lado, y un país dependiente de desarrollo
intermedio, por el otro. Además, sin lugar a dudas, la diferencia histórica básica de
ambos desarrollos agrarios es el patrón de distribución de la propiedad de la tierra
al inicio de la expansión agrícola. Más allá de la existencia de especuladores priva-
dos, empresas ferroviarias y algunos terratenientes capitalistas, la mayor parte de
la tierra de los estados del Corn Belt norteamericano fue repartida en lotes de 160
acres (65 hectáreas)2 o en todo caso de 320 acres, como ocuparon los primeros
colonos.3 Por el contrario, en la región pampeana la mayor parte de las tierras
quedaron en manos de unas pocas familias terratenientes.4 Incluso en el norte
bonaerense, la propiedad estaba fuertemente concentrada para fines del siglo XIX.5
Partiendo de esta similitud productiva y de sus diferencias iniciales, nos he-
mos propuesto avanzar sobre dos interrogantes básicos: ¿cómo era la estructura
agraria, en términos del tamaño de las explotaciones, al final de la primera expan-
sión productiva (más específicamente hacia 1940)? Y ¿cómo evolucionó durante
los siguientes cincuenta años?
Consideramos que este análisis comparativo brinda parámetros para contras-
tar algunas afirmaciones presentes en la literatura especializada de cada país acer-
ca de la magnitud y las características de los procesos de concentración. Además,
la comparación aporta elementos para evaluar en qué medida las economías de
tamaño y otros factores técnico-económicos (que aquí se reseñan en un apartado
específico) determinaron en el largo plazo la desaparición de las unidades “inviables”
y la concentración de la producción en grandes explotaciones. Al respecto, for-
mulamos una serie de hipótesis sobre la incidencia de otro tipo de factores sobre
los ritmos y las limitaciones de los procesos de concentración, teniendo presentes
las consideraciones teóricas (que sintetizamos a continuación) sobre la relación
entre desarrollo capitalista en el agro y concentración productiva.

2 Recordemos que un acre equivale a 0,405 hectáreas.


3 W. G. Murray, “Struggle For Land Ownership”, en A Century of Farming in Iowa, 1846-1946
(elaborado por los miembros del Iowa State College y de la Iowa AES), Ames, Iowa, The Iowa State
College Press, 1946.
4 Romain Gaignard, La pampa argentina, Buenos Aires, Ediciones Solar, 1989.
5 Así, por ejemplo, en Baradero (un distrito de antigua ocupación de la zona norte de la
provincia de Buenos Aires), en 1864, el 54,9% del partido contaba con propiedades de más de 5.000
ha. Si bien este porcentaje había bajado al 24,2% para 1890, todavía entonces (cuando el 42% de la
superficie se dedicaba a la agricultura) el 73,6% del partido estaba constituido por propiedades de más
de 1.000 ha. Véase Roberto Cortés Conde, El progreso argentino, 1880-1914, Buenos Aires, Edito-
rial Sudamericana, 1979, p. 114.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 123

ALGUNAS CONSIDERACIONES TEÓRICAS

La concentración de la producción y los obstáculos que la frenan constituyen una


de las cuestiones más debatidas sobre el desarrollo capitalista en el agro. Kautsky
señaló que, además de la posibilidad de aplicar plenamente los avances tecnológi-
cos, la ventaja más importante que se obtiene de la gran empresa es la capacidad
de utilizar la división del trabajo entre manual e intelectual, habilitando una “direc-
ción científica” de la explotación. Sin embargo, el propio Kautsky también analizó
los obstáculos que existen para la expansión de las grandes unidades agrícolas.
Entre ellos destacó que la acumulación ampliada, a diferencia del sector industrial
(donde habitualmente precede la concentración), necesita, en el agro, de un pro-
ceso previo de concentración debido a su base territorial: para poder constituir
grandes explotaciones es necesario que desaparezca, previamente, un elevado
número de pequeñas unidades.6 Por lo tanto, mientras el pequeño productor pue-
da resistir, se constituye en un obstáculo a la concentración capitalista, especial-
mente si posee la propiedad de su predio. 7 En este sentido, la capacidad de los
productores familiares de sustraerse a una dinámica completamente capitalista
–tal como lo planteó Kautsky y más recientemente Friedmann–8 puede permitirles
resistir la tendencia a la concentración, especialmente si el tamaño de su predio
no eleva sustancialmente sus costos de producción en relación con las grandes
unidades. Al respecto, Madden ha considerado que las explotaciones con un
tamaño menor al óptimo no estaban necesariamente forzadas a salir de la pro-
ducción.9 Además, el incremento de tamaño de las explotaciones agropecuarias
es frecuentemente limitado por la incertidumbre y las dificultades de coordinación

6 Kautsky, La cuestión..., p. 169.


7 Mann y Dickinson, en cambio, sostienen que la razón de la continuidad de la pequeña producción
mercantil dentro del capitalismo desarrollado se encuentra en que existe un exceso de tiempo de produc-
ción en relación con el tiempo de trabajo efectivamente empleado, situación que genera problemas graves
para el capital. Véase Susan Mann y J. Dickinson, “Obstacles to the Development of a Capitalist Agriculture”,
Journal of Peasant Studies, vol. 5 (4), 1978. El debate continuó con otros artículos como el de Michael
Perelman, “Obstacles to the Development of a Capitalist Agriculture: A Comment on Mann and Dickinson”,
Journal of Peasant Studies, vol. 7 (1), 1979) y el de E. Singer, G. Green y J. Gilles, “The Mann-Dickinson
thesis: reject or revise?”, Sociologia Ruralis, vol. 23 (3/4), 1984.
8 Kautsky, La cuestión..., pp. 124-129 y p. 198. Harriet Friedmann, “World Market, State, and
Family Farm: Social Bases of Household Production in the Era of Wage Labor”, Comparative Studies
in Society and History, vol. 20 (4), oct. 1978.
9 Estas unidades pueden continuar mientras que su beneficio potencial sea suficiente para cubrir
los costos de oportunidad y el precio de reserva del pequeño productor. Los costos de oportunidad
generalmente se mantienen bajos para muchos productores que no tienen las habilidades, la educación
y la movilidad para ser atraídos en empleos fuera de la explotación. Los productores probablemente
continúen asignando un bajo precio de reserva a su capacidad organizativa de unos pocos trabajadores,
e incluso a su función empresarial en pequeñas explotaciones. Véase Patrick Madden, Economies of
Size in Farming, U.S. Department of Agriculture, Agricultural Economic Report, 1967, p. 18.
124 JAVIER BALSA

que aumentan en las explotaciones mayores. En consonancia con estas afirmacio-


nes, Reinhardt y Barlett sostienen que la competitividad de las explotaciones fami-
liares deriva de la interacción de una serie de factores: existencia de deseconomías
de escala, límites a la especialización de las tareas, diferente cálculo de los costos
y efectos benéficos del ciclo familiar.10
Como vemos, una serie de cuestiones obstaculizan el proceso de concentra-
ción en el agro, que no depende entonces simplemente de la innovación tecnológi-
ca ni de los movimientos de precios relativos. Entre estas cuestiones podemos
mencionar los distintos tipos de tenencia del suelo: una estructura de tenencia con
predominio de la propiedad, en principio, dificulta el proceso de concentración
(excepto las crisis de las unidades hipotecadas que la facilitarían); en cambio, el
arriendo pareciera ser una forma de tenencia más flexible, y su uso permitiría una
adaptación más rápida a los requerimientos de las economías de tamaño. También
las formas de producción y los tipos de racionalidad económica inciden en los
procesos de concentración. Las formas de producción basadas en el trabajo fami-
liar, con una racionalidad más sustantiva en torno a la preservación de la explota-
ción y de un modo de vida rural, y con el objetivo de mantenerse como actores
relativamente “independientes” (en el sentido de no tener un patrón ),11 promove-
rían un desarrollo rural menos favorable a la concentración en unas pocas unida-
des. Al contrario, formas basadas en el trabajo asalariado y en el cálculo racional
de todos los costos de oportunidad de los factores impulsarían la concentración.12
Tampoco debe olvidarse que, para permitir este proceso, es necesaria la existen-
cia, en un momento histórico determinado, no sólo de capitalistas interesados en
este tipo de inversiones sino también de un elevado número de individuos prepara-
dos para hacerse cargo del gerenciamiento y organización de las tareas agropecuarias
de grandes unidades, y que estén dispuestos a trabajar como contratados y no
prefieran (o no puedan, por los requerimientos de capital) tentar suerte como
productores independientes. Aunque, cabe aclarar que la mayoría de las reflexio-
nes teóricas han dejado de lado esta importante cuestión de la oferta de mano de
obra calificada para las tareas gerenciales en el agro. Por último, podemos
mencionar la incidencia de las políticas agrarias, que han tenido gran influencia en
acelerar o retardar los procesos de concentración.

10 Nola Reinhardt y Peggy Barlett, “Family farm competitiveness in United States agriculture”,

en C. Gladwin y K. Truman (ed.), Food and Farm, Lanham, University Press of America, 1989.
11 Patrick Mooney, My Own Boss? Class, Rationality, and the Family Farm, Boulder and

London, Westview Press, 1988. Sobre el debate generado por el enfoque de Mooney pueden consultarse
Susan Mann y J. Dickinson, “One furrow forward, two furrows back: a Marx-Weber synthesis for rural
sociology?”, Rural Sociology, vol. 52 (2), 1987; Patrick Mooney, “Desperately seeking: one-
dimensional Mann and Dickinson”, Rural Sociology, vol. 52 (2), 1987, y Susan Mann y J. Dickinson,
“Collectivizing our thoughts: a reply to Patrick Mooney”, Rural Sociology, vol. 52 (2), 1987.
12 Sonya Salamon, “Persistence among middle-range Corn Belt farmers”, en C. Gladwin y K.

Truman (ed.), Food and Farm...


LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 125

RECORTE ESPACIAL Y METODOLOGÍA

Hemos acotado la investigación a dos zonas con las áreas de mayor especializa-
ción en la agricultura maicera: los Estados de Illinois y de Iowa para el Corn Belt
norteamericano, y la zona norte de la provincia de Buenos Aires13 para la región
pampeana. Hemos seleccionado estas áreas, a pesar del tamaño desigual que pre-
sentan (zona norte: 22.012 km2, Illinois: 146.076 km2 y Iowa: 145.752 km2), ya
que históricamente han tenido un uso del suelo relativamente similar: alrededor de
dos tercios de la superficie dedicados a cultivos para cosecha. Incluso, dentro de
ellos se destaca el maíz en ambos espacios, con un crecimiento de la soja a lo
largo de todo el período.
Nuestra metodología ha sido la confrontación de los datos censales sobre la
cantidad y superficie de los diferentes tamaños de explotaciones entre 1937 y
1988, prolongando en algunos casos las reflexiones hasta fines del siglo XX. Las
fuentes básicas de este trabajo son los Censos Nacionales Agropecuarios de 1937,
1947, 1960, 1969 y 1988 y los Census of Agriculture de 1940, 1950, 1959, 1969,
1979, 1987 y 1997 (todos los gráficos y cuadros se han basado en estas fuentes).
Existen importantes diferencias metodológicas entre estos censos, tal como han
sido detalladamente analizadas por Azcuy Ameghino.14 En lo que respecta a la
comparación de los procesos de concentración, la primera dificultad es que los
intervalos de tamaño no coinciden exactamente –unos medidos en acres y otros
en hectáreas–. Ni siquiera dentro de un mismo país se respetaron los mismos
cortes a lo largo del tiempo. Para solucionar este problema se han elegido los
cortes más similares. Así por ejemplo, el primer intervalo que utilizamos es el de
hasta 25 hectáreas o hasta 70 acres (equivalentes a 28 hectáreas). No hemos
ajustado los intervalos hasta hacerlos coincidentes a través de estimaciones, no
sólo por dificultades con algunos supuestos necesarios para ello, sino principal-
mente porque buscamos mostrar diferencias sustantivas y no discrepancias me-
nores. Para esto alcanza con las grandes disparidades que se visualizan en los
gráficos, más allá de pequeñas disimilitudes en las escalas. Tampoco las
metodologías de relevamiento y de cómputo fueron coincidentes ni en ambos
países ni a lo largo del tiempo; sin embargo, consideramos que las tendencias

13 Incluimos en esta zona a los partidos de Baradero, Bartolomé Mitre, Carmen de Areco, Capitán

Sarmiento (en 1937 formaba parte de Bartolomé Mitre), Colón, Chacabuco, General Arenales, Junín,
Pergamino, Ramallo, Rojas, Salto, San Antonio de Areco, San Nicolás y San Pedro. Éstos son los
partidos de la provincia de Buenos Aires que constituyen la zona “predominantemente agrícola”, según
la regionalización de Pedro Gómez y otros, “Delimitación y caracterización de la región”, en O. Barsky
(ed.), El desarrollo agropecuario pampeano, Buenos Aires, INDEC-INTA-IICA, 1991.
14 Eduardo Azcuy Ameghino, “Los censos agropecuarios en EE.UU. y Argentina: comparaciones,

problemas y debates”, Ciclos, n° 13, 1997.


126 JAVIER BALSA

centrales que surgen no se deben a estos cambios metodológicos sino a transfor-


maciones reales.
Por otra parte, para considerar las economías de escala y otras dificultades
económicas de los pequeños y medianos productores de ambas regiones, hemos
consultado las publicaciones de las estaciones agrícolas experimentales de Illinois,
Iowa, Michigan, Minnesota, Missouri, Indiana y Wisconsin, y de la estación expe-
rimental regional agropecuaria de Pergamino, así como otras publicaciones del
INTA y de AACREA, desde los años treinta hasta la actualidad.

LOS PROCESOS DE CONCENTRACIÓN SEGÚN LOS ENFOQUES ELABORADOS


PARA CADA PAÍS

En relación con la agricultura norteamericana,15 muchos trabajos hacen hincapié


en la fuerte concentración que habría ocurrido a partir de los años cuarenta.16
Destacan la notoria reducción en la cantidad de explotaciones agropecuarias que
tuvo lugar a partir de entonces: de 6,8 millones en 1935 a 2,2 millones en 1985.17
Si bien a partir de los setenta pareció vislumbrarse cierta disminución en la tenden-
cia decreciente,18 durante los años ochenta la caída de los precios agrícolas gol-
peó duramente a los productores, muchos de los cuales se habían endeudado
durante los setenta. 19 El precio de la hectárea se redujo casi tres veces, y un

15 Cabe señalar que en el caso norteamericano abundan los trabajos que se refieren al conjunto del
país, mientras que para la Argentina, los estudios, en general, se focalizan más regionalmente.
16 Lenin había sostenido que, ya a comienzos del siglo XX, estaba teniendo lugar la eliminación
de las que denominó explotaciones pequeñas y medianas por las grandes, por las de tipo capitalista
(175 a 999 acres, es decir, 71 a 404 ha), aunque declinaban los latifundios (mayores a 1.000 acres).
Véase V. I. Lenin, “Nuevos datos sobre las leyes de desarrollo del capitalismo en la agricultura. El
capitalismo y la agricultura en Estados Unidos de Norteamérica”, en Obras Completas, t. XXII.
Buenos Aires, Cartago, 1960 (1a ed. 1917).
17 Willard Cochrane, “The need to rethink agricultural policy in general and to perform some
radical surgery on commodity programs in particular”, en J. Molnar (ed.), Agricultural Change,
Boulder and London, Westview Press, 1986.
18 Ronald Wimberley, “Trends and dimensions in U .S . agricultural structure”, en Molnar (ed.),
Agricultural..., p. 101.
19 En 1986, el 38% de los productores de Iowa tenía deudas que superaban el 40% de sus bienes y
las tasas de endeudamiento eran más elevadas entre los productores más jóvenes. Véase Richard
Kirkendall, “An history of american agriculture from Jefferson to revolution to crisis”, en Glenn L.
Johnson y J. Bonnen (ed.), Social Science Agricultural Agendas and Strategies, East Lansing,
Michigan State University Press, 1991, pp. 18-19; y Mark Friedberger, Farm Families & Change in
20th Century America, Lexington, The University Press of Kentucky, 1988, pp. 191-192.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 127

elevado número de explotaciones fueron rematadas.20 Sin embargo, incluso en el


estado de Iowa, donde la desaparición de explotaciones fue la más fuerte, esta
reducción fue más suave que la ocurrida en los sesenta.21
En cuanto a la distribución espacial de la concentración, se ha encontrado que la
reducción en el número de explotaciones disminuye de importancia de este a oeste.22
En lo que respecta al tamaño de las explotaciones, las reducciones han sido más
intensas en las unidades de menos de 100 acres (40,5 hectáreas), mientras aumentaba
el número de las de más de 1.000 acres. En la Región Central Noreste el número de
unidades también se incrementó notoriamente en el intervalo de 400 a 1.000 acres.23
Además, se ha destacado la concentración de la producción hacia las unidades de
mayor volumen de ventas.24 También se ha sostenido que a partir de 1940 hubo una
concentración del capital dentro de la agricultura: un sector donde la pequeña produc-
ción mercantil había sido dominante, estaría en una transición hacia una agricultura
capitalista plena.25 Se ha destacado, por ejemplo, que el tamaño medio de las explota-
ciones norteamericanas pasó de 155 acres (63 hectáreas) en 1935, a 417 acres (169
hectáreas) para 1974. La contracara de este proceso sería la proletarización de la

20 A diferencia de los años treinta, no era posible absorber los déficit a través de las remuneracio-

nes al trabajo, que ahora tenían una incidencia menor en los costos de producción. Una ola de suicidios
de productores y algunos asesinatos conmovieron a la región, y recién hacia 1986 comenzó a salirse
de la crisis. Véase Friedberger, Farm Families...
21 Kirkendall, “An History...”, pp. 19-21. Por otra parte, la concentración, al menos durante los

ochenta, habría sido más elevada en los condados donde tuvo lugar una mayor intensificación en la
agricultura y en la mecanización, véase Don Albrecht, “The Correlates of Farm Concentration in
American Agriculture”, Rural Sociology, vol. 57 (4), 1992.
22 En los estados de la Región Central Noreste (conformada por los estados de Wisconsin, Illinois,

Indiana, Michigan y Ohio) quedaban para 1978 sólo el 40% de la cantidad de explotaciones presentes en
1900 (cuando alcanzó su máximo histórico). En cambio, en la Región Central Noroeste (integrada por
los Estados de North Dakota, South Dakota, Nebraska, Kansas, Minnesota, Iowa y Missouri) permane-
cía un 52% de las existentes en 1930 (su momento máximo). Véase J. C. van Es, D. Chicoine y M.
Flotow, “Agricultural technologies, farm structure and rural communities in the Corn Belt: policies and
implications for 2000”, en L. Swanson (ed.), Agriculture and Community Change in the U.S., The
Congressional Research Reports, Boulder and London, Westview Press, 1988.
23 Van Es y otros, “Agricultural technologies...”, p. 138.
24 En este sentido, se ha resaltado que en 1969 las explotaciones con un nivel de venta superior

a los 20.000 dólares (a precios de 1964) pasaron a concentrar el 76% del total de ventas del sector,
mientras que cuarenta años antes sólo vendían el 15%. En el otro extremo, las unidades con ventas
anuales por debajo de los 10.000 dólares, que representaban el 96% de las explotaciones, sólo
concentraban el 9% de las ventas de 1969. Véase Eugene Havens, “Capitalist development in the
United States: State, accumultion, and agricultural production systems”, en E. Havens y otros,
Studies in the Transformation of U.S. Agriculture, Boulder, Colorado, Westview Press, 1986. Otro
trabajo destaca que las 50.000 explotaciones de mayor tamaño concentraban el 23% del total de
ingresos en 1960, pero para 1977 daban cuenta del 36%. Véase Lyle Schertz, “Farming in the United
States”, en U.S. Department of Agriculture, Structure Issues of American Agriculture, Agricultural
Economic Report 438. Washington DC, 1979, p. 27.
25 K. Goss, R. Rodefeld y F. Buttel, “The political economy of class structure in U.S. agriculture: a

theoretical outline”, en F. Buttel y H. Newby (ed.), The Rural Sociology of the Advanced Societies.
Allanheld Osmun, 1980.
128 JAVIER BALSA

población agraria: entre esas fechas se había cuadruplicado la proporción de produc-


tores que debían salir a trabajar fuera de su propia explotación más de cien días al
año.26 Esta situación ha llevado a caracterizar el agro norteamericano como tendiente
a una estructura dual: grandes unidades capitalistas y pequeñas explotaciones que en
realidad se van reduciendo a meras residencias rurales de asalariados. Gladwin lo
conceptualiza como semiproletarización: se han transformado los productores mer-
cantiles simples en agricultores part time, que pueden resistir como un sector relativa-
mente marginal en la producción agrícola global, con un bajo nivel de adopción de
nuevas tecnologías, reducido endeudamiento, sin comprar tierras, y con mayor pro-
porción de ingresos provenientes de fuera de su propia explotación. 27 Esta
semiproletarización habría afectado a los pequeños productores ya antes de fines de
los sesenta y estaría golpeando (en los ochenta) a los mid-size family farms,28 aunque
Gladwin aclara que este proceso podría tomar más de una generación. En este senti-
do, esta autora retoma el análisis de Cochrane, para quien en 1985 más del 70% de los
productores norteamericanos tenían pequeñas explotaciones con ventas brutas anua-
les de entre 1.000 y 39.999 dólares, cuya sumatoria sólo alcanzaba al 13% del total.
Ellos eran clasificados como farmers, pero de hecho hacían poca agricultura: el espo-
so, la esposa o ambos trabajaban en un empleo urbano. También el trabajo urbano
representaba más de la mitad de los ingresos netos de las familias en explotaciones
“medias”, con ventas de entre 40.000 y 99.999 dólares.29

Existe otra línea de pensamiento que, reflexionando desde distintos marcos con-
ceptuales, no encuentra tan evidente la tendencia hacia una bipolarización de la agricul-
tura norteamericana. Más bien sostiene que tiene lugar una relativa superviviencia de
las explotaciones basadas fundamentalmente en el trabajo familiar.30 En este sentido,
Gilbert y Barnes, luego de estudiar en panel la evolución entre 1950 y 1975 de una
muestra de explotaciones de Wisconsin, concluyen que a pesar de que la mayoría de

26 Goss y otros, “The political...”, pp. 111-112.


27 Christina Gladwin, “The case for the disappearing mid-size farm in the U.S.” en C. Gladwin y
K. Truman (ed.), Food and Farm...
28 Gladwin realiza una interesante conceptualización de las mid-size farms, identificándolas con

explotaciones que generan un ingreso equivalente al intervalo entre la mitad de la mediana de los
ingresos de los hogares de Estados Unidos y una vez y media su valor. Véase Gladwin, “The case...”. Sin
embargo, no encontramos útil esta metodología para catalogar las explotaciones pampeanas. Hemos
hecho la estimación correspondiente con datos de 1997, de una muestra para las localidades pampeanas
con más de 5.000 habitantes, incluyendo la Capital Federal (Encuesta de Desarrollo Social del SIEMPRO).
La existencia de una elevada proporción de los hogares por debajo de la línea de pobreza genera que
queden como “grandes explotaciones” unidades de producción con superficies cultivadas muy reducidas
(por ejemplo sólo 75 ha de maíz alcanzarían para proveer los ingresos 1,5 veces la mediana general).
29 Cochrane, “The need...”, p. 394.
30 Una síntesis de esta perspectiva puede consultarse en Ricardo Abramovay, Paradigmas do

capitalismo agrário em questão, São Paulo-Campinas, Editora Hucitec-Editora da Unicamp, 1998,


y en Kirkendall, “An history...”.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 129

las family farms tuvo que abandonar el sector, la forma de producción basada en el
trabajo familiar se “reprodujo” con un número menor de unidades.31 Esto está en
consonancia con el planteo de Friedmann, en el sentido de que el aumento en el tamaño
de los medios de producción no debe ser tomado como signo de una transformación,
esto es, del reemplazo de una forma de producción por otra.32 Precisamente Madden
analizó que la difusión de innovaciones tecnológicas (que permitían la producción
eficiente de explotaciones cada vez mayores con unos pocos trabajadores) había abierto
la posibilidad de que unidades productivas de tamaños medianos fueran operadas ex-
clusivamente por la mano de obra familiar.33 Estas unidades medias serían las que más
se expandieron durante el período estudiado.34
Dentro de esta perspectiva, Salamon ha encontrado dos tipos de productores con
diferentes motivaciones (que tienen su raíz en diferencias étnicas, según sus orígenes
inmigratorios): yeoman y entrepreneur. Las características de los primeros les habrían
permitido continuar con sus explotaciones a pesar de las adversidades, y de este modo
se explica buena parte de la persistencia de la mediana explotación en el Corn Belt.35
Más aun Barlett, a partir de su estudio de caso de un condado de Georgia (orientado a
la producción de granos y ganado, relativamente similar al Midwest), sostiene que la
desaparición de las family farms es un mito. Demuestra que las unidades muy grandes
tuvieron mayores dificultades durante la crisis de los años ochenta, de modo que no
encuentra una tendencia hacia las large scale industrial-type farms.36
Según esta línea argumental, la concentración se habría desarrollado sobre la
base de la unidad familiar y, por lo tanto, las grandes explotaciones no habrían
alcanzado un peso significativo.37

31 Jess Gilbert y Roy Barnes, “Reproduction or transformation of family farming?”, Paper

presented at the 51st annual meeting of the Rural Sociological Society, Athens, GA, 1987.
32 Friedmann, “World market...”.
33 Madden, Economies of size...
34 Fueron las explotaciones medias (moderate, con ventas anuales de 100.000 a 199.999 dólares
de 1982) las que más crecieron en cantidad de establecimientos entre 1969 y 1982, al tiempo que
incrementaban su participación relativa en las ventas mucho más que las unidades very large –con
ventas por encima del medio millón– y sólo algo por debajo del incremento de las unidades large. Por
otra parte, para 1978 las moderate-sized full-time family farms constituían el 30% del total de
explotaciones y producían el 45% del total de ventas. Véase Abramovay, Paradigmas...
35 Salamon, “Persistence...”. Del mismo modo, un estudio de productores desplazados durante

los ochenta en la zona triguera evidencia que no habrían existido diferencias estructurales con los que
lograron permanecer, sino disparidades en sus características personales (edad, estado civil, tamaño
de la familia, educación y año de inicio en la actividad). Véase R. Rathge y otros, “Farmers displaced
in economically depressed times”, Rural Sociology, 53 (3), 1988.
36 Peggy Barlett, “The ‘disappearing middle’ and other myths of the changing structure of

agriculture”, en Molnar (ed.), Agricultural...; y Peggy Barlett, American Dreams, Rural Realities,
Family Farms in Crisis, Chapel Hill and London, The University of North Carolina Press, 1993.
37 Las corporate farms realmente grandes (con ventas mayores al medio millón de dólares, y con un

tamaño medio de 2.193 ha) tan sólo ocupaban el 1,8% de la superficie agropecuaria de los Estados Unidos,
en 1974. Véase Abramovay, Paradigmas..., pp. 156 y 160; y Kirkendall, “An History...”, p. 21.
130 JAVIER BALSA

En cuanto al agro pampeano, todos los especialistas coinciden en que presen-


tó un patrón inicial muy concentrado no sólo en la propiedad (por cierto muy
intenso), sino también en las unidades de producción. El desarrollo de la agricultu-
ra habría incidido, durante el período 1914-1937, en un proceso de
desconcentración que afectó el latifundio ganadero en favor de un fuerte creci-
miento cuantitativo de las explotaciones familiares capitalizadas y de las pequeñas
y medianas empresas no familiares ni latifundistas, dedicadas total o parcialmente
a la agricultura.38 Sin embargo, la mayor parte de la tierra permaneció en propie-
dad de los terratenientes, que la entregaban en arriendo o en aparcería.39
Según Barsky y Pucciarelli, durante el período siguiente (1939-1967) la liqui-
dación de las formas de arriendo tradicional provocó un fuerte movimiento de
éxodo hacia la ciudad, pero también fue acompañado por una tendencia contrastante
de signo opuesto: el acceso a la propiedad de la tierra por parte de ex arrendatarios
favorecidos tanto por la legislación agraria como por la política crediticia implan-
tada en la década del cuarenta. Se agudizó el movimiento de subdivisión que afec-
taba a las grandes unidades de producción de más de 5.000 hectáreas; un grupo
que perdió el 30% de la dotación de tierras controlada a fines de la década del
treinta, en favor de las unidades de 1.000 a 5.000 hectáreas.40 Slutzky sostiene
que durante este período el desarrollo capitalista produjo un proceso de concen-
tración que significó una disminución de la clase media rural, un aumento de la
participación de los asalariados en la fuerza de trabajo y una mayor mecanización.
Sin negar la existencia de un proceso de adquisición de la tierra por los antiguos
arrendatarios, Slutzky destaca el proceso inverso, del abandono o desalojo de la
explotación para dar lugar a la reconstitución de unidades de mayor dimensión en
manos de los propietarios originales.41 Llovet señala que en estos años se produjo
una fuerte crisis de las explotaciones menores a 100 hectáreas, que afectó espe-
cialmente a la zona maicera al desplazarse los umbrales de operación. Esta crisis,
aunque golpeó más duramente a los arrendatarios y aparceros, habría afectado a
todos los pequeños productores familiares.42
Todos los especialistas han coincidido en afirmar que la expansión agrícola de
los años setenta y ochenta habría conllevado a la crisis de las pequeñas explotaciones

38 De este modo, las unidades con más de 1.000 ha, que concentraban el 61% de la superficie

pampeana en 1914, retenían el 42% en 1937. Las explotaciones de 100 a 500 ha pasaron del 24% al
36%. Véase Osvaldo Barsky y Alfredo Pucciarelli, “Cambios en el tamaño y el régimen de tenencia
de las explotaciones agropecuarias pampeanas”, en Barsky (ed.), El desarrollo...
39 Javier Balsa, “Tierra, política y productores rurales en la pampa argentina, 1937-1969”,

Cuadernos del PIEA, vol. 9, 1999.


40 Barsky y Pucciarelli, “Cambios en el tamaño...”.
41 Daniel Slutzky, “Aspectos sociales del desarrollo rural en la pampa húmeda argentina”, Desa-

rrollo Económico, vol. 29, 1968.


42 Ignacio Llovet, “Tenencia de la tierra y estructura social en la provincia de Buenos Aires.

1960-1980”, en Barsky y otros, La Agricultura Pampeana, Buenos Aires, CFE-IICA -CISEA , 1988.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 131

e incluso de muchas medianas.43 Las condiciones de producción agrícola se mo-


dificaron notoriamente a partir de los años setenta, afectando la estructura social
agraria. En primer término, los requerimientos de capital y extensión de las explo-
taciones, para un completo aprovechamiento de las innovaciones tecnológicas,
habrían hecho muy difícil la situación a los pequeños productores agropecuarios.44
En segundo término, el contexto económico de alta inflación, la caída de los pre-
cios ganaderos y las altas tasas de interés también habrían jugado en contra de la
estabilidad de estos productores.45 Finalmente este cuadro económico se vio agra-
vado por el retroceso del Estado en su papel de promotor de inversiones y apoyo a
los pequeños productores y por las políticas cambiarias e impositivas.46 Otros autores
destacan el lugar que tuvo la cúpula terrateniente en la expansión agrícola, articulando
la producción con la especulación financiera. De este modo, habrían consolidado (e
incluso incrementado) el espacio que ocupaban en el agro regional, aumentando la
concentración de la propiedad de la tierra.47 Durante los noventa se agudizó el proceso
de concentración, a partir de viejos y nuevos actores, al elevarse la escala necesaria
para la reproducción de las explotaciones.48 En un análisis comparativo realizado
entre los resultados del Censo Agropecuario Experimental de Pergamino, de 1999, y

43 Edith S. de Obschatko, La transformación económica y tecnológica de la agricultura

pampeana, 1950-1984, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1986; Centro de Estudios y
Promoción Agraria, “Transformaciones sociales en el agro pampeano, 1970-1985”, Realidad Eco-
nómica, n° 92/93, 1er. y 2do. bimestre de 1990; Barsky y Pucciarelli, “Cambios en el tamaño...”; José
Pizarro y Antonio Cascardo, “La evolución de la agricultura pampeana”, en Barsky (ed.), El desarro-
llo...; y Floreal Forni y María I. Tort, “Las transformaciones de la explotación familiar en la
producción de cereales de la región pampeana”, en J. Jorrat y R. Sautu (comps.), Después de Germani.
Exploraciones sobre la estructura social de la Argentina, Buenos Aires, Paidós, 1992.
44 Pizarro y Cascardo, “La evolución...”; Forni y Tort, “Las transformaciones...”; y Miguel

Peretti, “Reaccionar antes de que sea tarde”, Chacra y campo moderno, n° 763, junio de 1994.
45 Raúl Fiorentino, La política agraria para la región pampeana en las últimas décadas,

Buenos Aires, CISEA (doc. 5), 1984; y Felipe Solá, Empresas agrícolas, diferenciación, rentabilidad e
impactos de políticas alternativas, Buenos Aires, CISEA (doc. 12), 1985.
46 Fiorentino, La política...; Osvaldo Barsky, “La evolución de las políticas agrarias en Argentina”, en

M. Bonaudo y A. Pucciarelli (comps.), La problemática agraria, Nuevas aproximaciones, vol. 3, Buenos


Aires, Centro Editor de América Latina, 1993; y Lucio Reca y Luis Katz, “Procesos de ajuste y políticas
agropecuaria y alimentaria: algunas reflexiones sobre la experiencia argentina”, en J. Garramón y otros,
Ajuste macroeconómico y sector agropecuario en América Latina, Buenos Aires, Legasa, 1991.
47 Véase Eduardo M. Basualdo y Miguel Khavisse, El nuevo poder terrateniente, Buenos Aires,

Planeta, 1993; Eduardo M. Basualdo, “El nuevo poder terrateniente: una respuesta”, Realidad
Económica, n° 132; Eduardo Basualdo, “Características e incidencia de los terratenientes bonaeren-
ses”, Informe de Coyuntura, n° 36, CEB, La Plata, 1998. Sin embargo, este análisis ha sido discutido
por otros especialistas: Mario Lattuada, “Una lectura sobre el Nuevo Poder Terrateniente y su
significado en la Argentina actual”, Realidad Económica, n° 132, 1994; y Osvaldo Barsky, “La
información estadística y las visiones sobre la estructura agraria pampeana”, en O. Barsky y A.
Pucciarelli, El agro pampeano. El fin de un período, Buenos Aires, FLACSO-CBC, UBA, 1997.
48 Mario Lattuada, “Un nuevo escenario de acumulación. Subordinación, concentración y hete-

rogeneidad”, Realidad Económica, n° 139, 1996.


132 JAVIER BALSA

los datos censales de 1988, se ha encontrado que el número de explotaciones se


redujo en un 24%.49 Por otra parte, se destaca la concentración de la producción en
base al arrendamiento a muy corto plazo de un conjunto de propiedades de menor
dimensión. Este fenómeno ha ido adquiriendo cada vez mayor importancia y sería
encabezado por dos tipos de agentes: por un lado, los grandes contratistas, y por
otro, los “pools de siembra”.50
Hasta aquí los numerosos enfoques producidos para cada país. Mucho más
escasas resultan las reflexiones comparativas entre ambos escenarios,51 a pesar
de que el agro norteamericano se mantuvo siempre como un punto central de
comparación para los argentinos.52 Encontramos referencias comparativas aisla-
das en algunos estudios agrarios. Así Taylor, en su análisis de la vida rural en
Argentina, señala ocasionales diferencias con el agro del norteamericano.53 Barsky
destaca el retroceso tecnológico argentino frente al agro norteamericano entre
otros países, especialmente en los años cuarenta y comienzos de los cincuenta.54

49 En estos once años dejaron su lugar en la producción un 41% de los productores con explota-
ciones de hasta 25 ha, un 28% de los que poseían entre 25 y 100, y un 20% de 100 a 500 ha;
incrementándose al mismo tiempo el número de las mayores de 500 ha, en un 24%, véase Eduardo
Azcuy Ameghino, “Las reformas económicas neoliberales y el sector agropecuario pampeano (1991-
1999)”, Ciclos, n° 20, 2000, pp. 204-205. En este partido, entre 1960 y 1999 desapareció algo más
del 70% de las explotaciones con menos de 100 ha, según Gabriela Martínez Dougnac, “Un nuevo
sujeto social? Aportes para la definición del ‘chacarero’ pampeano en la segunda mitad del siglo XX”,
Ponencia presentada a las VIII Jornadas Interescuelas/departamentos de Historia, Salta, 2001.
50 Los 130 pools identificados, con una extensión promedio de 24.000 ha, habrían llegado a
concentrar el 17% del área sembrada en la región pampena. Véase Marcelo G. Posada, “Agricultura,
economía y sociedad: pools y fondos de inversión en la pampa argentina”, Informe de Coyuntura, n°
36, CEB, La Plata, 1998.
51 Los trabajos comparativos más significativos sobre la Argentina han sido realizados con Canadá
y se centran en la primera expansión agropecuaria. Véase Jeremy Adelman, “Frontier development:
land, labour and capital on the wheatlands of Argentina and Canada, 1890-1914”, Thesis Submitted for
the Degree of Doctor of Philosophy at the University of Oxford, 1989; y Carl Solberg, The Prairies
and the Pampas: Agrarian Policy in Argentina and Canada, 1880-1930, Stanford, 1987. También
existe una compilación de trabajos comparativos de los desarrollos económicos argentino y australiano,
véase John Fogarty y otros, Argentina y Australia, Buenos Aires, Instituto Torcuato Di Tella, 1979.
Otros autores han considerado las visiones comparativas que los especialistas formularon acerca de los
desarrollos agrarios de la Argentina y los Estados Unidos, o analizaron las diferencias en los costos de
producción entre 1890 y 1914, favorables para la región pampeana. Véase Tulio Halperin Donghi,
“Canción de otoño en primavera: previsiones sobre la crisis de la agricultura cerealera argentina (1894-
1930)”, Desarrollo Económico, vol. 95, 1984; y José Villarruel, “Las ventajas competitivas de una
estepa humedecida: la pampa, 1890-1914”, Ciclos, n° 3, 1992.
52 Comparación planteada de un modo más explícito en la pregunta incluida en el título del
trabajo de Guillermo Flichman, Notas sobre el desarrollo agropecuario en la región pampeana
argentina (o por qué Pergamino no es Iowa), Buenos Aires, CEDES , 1978.
53 Carl Taylor, Rural Life in Argentina, Baton Rouge, Lousiana State University Press, 1948. A
lo largo del presente artículo hemos transcripto algunas de sus comparaciones con el Corn Belt.
54 Osvaldo Barsky, “La caída de la producción agrícola en la década de 1940”, en Barsky y otros,
La agricultura...
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 133

Este autor, en otro trabajo, señala que en el agro pampeano la crisis que sufrieron
los agricultores en los setenta y ochenta no se había traducido en un fenómeno de
quiebras masivas y rápida concentración (como sí habría ocurrido en los Estados
Unidos, donde los productores fuertemente endeudados vieron perder sus unida-
des): en el caso argentino las dificultades se expresaban en la imposibilidad de
renovar los equipos de maquinarias, descapitalizándose, pero no generándose nor-
malmente la pérdida de la propiedad de la tierra.55 Por su parte, Azcuy Ameghino
menciona que en los noventa, durante la vigencia de la convertibilidad, habrían
desaparecido cerca de un tercio de las explotaciones agrarias de la región pampeana,
mientras que en el mismo período, en la zona núcleo del agro estadounidense, la
eliminación de farms alcanzó el 5,9%.56 Este autor es el único que se aboca a un
estudio comparativo muy cuidadoso de las estructuras agrarias del Corn Belt y la
región pampeana a fines de los años ochenta.57 En su trabajo, coteja Iowa (con
algunas referencias a Kansas) y la provincia de Buenos Aires, focalizando luego
sobre la zona norte de esta última y los condados más agrícolas de Iowa. Esta
investigación trabaja de un modo sincrónico sobre un único momento histórico
(1987/1988) e incluye un reprocesamiento del censo agropecuario de 1988, a fin
de hacer idénticos los intervalos de tamaño argentinos con los de Estados Unidos.

Como hemos visto, existen varios trabajos que analizan la concentración de la


producción agrícola y sus ritmos durante el siglo XX tanto en la Argentina como
en los Estados Unidos. Sin embargo, consideramos que los análisis ganarían soli-
dez y se podrían resolver algunas de las controversias existentes si se avanzase en
el estudio comparativo de ambos desarrollos. Para ello, comenzamos el análisis
con la confrontación de la estructura existente al final de los años treinta en el
Corn Belt y en la pampa maicera bonaerense.

LA SITUACIÓN A FINES DE LOS AÑOS TREINTA

No sólo el patrón de distribución inicial de la tierra había sido muy diferente


entre ambas regiones (tal como ya hemos comentado), sino que las tendencias

55 Osvaldo Barsky, “Explotaciones familiares en el agro pampeano: procesos, interpretaciones

y políticas”, en O. Barsky (comp.), Explotaciones familiares en el agro pampeano, Buenos Aires,


CEAL, 1992.
56 Eduardo Azcuy Ameghino, “Las reformas económicas...”.
57 Azcuy Ameghino. “Buenos Aires, Iowa, y el desarrollo agropecuario en las pampas y las

praderas”, Cuadernos del PIEA, vol. 3, 1997. Haremos mención a los hallazgos de este trabajo cuando
abordemos el período analizado allí.
134 JAVIER BALSA

durante las primeras décadas del siglo XX fueron claramente distintas. En el Corn
Belt se desarrolló cierto proceso de concentración de la producción, mientras que
en la pampa maicera encontramos desconcentración. En Iowa, si bien entre 1850
y 1870 el tamaño medio de las explotaciones había descendido58 y luego se había
estabilizado (después de un pequeño aumento en la década de 1880, el tamaño
medio se estabilizó en torno a los 156 acres), a partir de 1920 se desarrollaron
procesos de consolidation, fusión de pequeñas unidades con otras de tamaño
mediano. Entre 1920 y 1945 se redujo fuertemente la cantidad de unidades de 50
a 174 acres, mientras que creció el número de las explotaciones mayores a los 260
acres, y especialmente las de más de 500 acres.59 Por su parte en Illinois el tama-
ño medio se elevó de 124 acres en 1900 a 145 acres en 1940, y llegó a 173 acres
en 1955. Durante estos 55 años se duplicó el número de unidades mayores a 500
acres, mientras que las reducciones más significativas ocurrían en el intervalo de
50 a 99 acres.60
En el caso de la zona norte de la provincia de Buenos Aires, no se ha detectado
un proceso de concentración sino más bien una desconcentración: entre 1914 y
1937 las unidades de más de 1.000 hectáreas perdieron un 20% de la superficie
total agropecuaria, y la mayor parte se dirigió al estrato de explotaciones de 100 a
500 hectáreas.61
Pero ¿hasta qué punto estas tendencias disímiles llegaron a borrar las notorias
diferencias iniciales? Una primera aproximación a los datos censales disponibles
para realizar la comparación pareciera indicar que al final de los años treinta no había
grandes diferencias entre ambas zonas: la proporción de explotaciones por interva-
los de tamaño es relativamente similar, tal como puede observarse en el gráfico 1.

58 El tamaño promedio se redujo de 185 acres en 1850 a 134 acres para 1870, gracias a que tanto

los ferrocarriles como los especuladores individuales habían vendido sus lotes en fracciones más
pequeñas. Véase Earl Heady, Pattern of Farm Size Adjunstment in Iowa, Agricultural Experiment
Station, Iowa State College of Agriculture and Mechanic Arts, Research Bulletin 350, Ames, Iowa,
1947, pp. 291-292.
59 Heady, Pattern of Farm Size...
60 M. L. Mosher, Farms are growing larger, Agricultural Experiment Station, University of

Illinois, Bulletin 613, Urbana, Illinois, 1957.


61 Barsky y Pucciarelli, “Cambios en el tamaño...”, p. 339.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 135

Gráfico 1: Explotaciones según tamaño, 1937/1940

70%
52%
45%

Illinois
Illinois
35%

Iowa
Iowa
26%
26%

Norte
Norte
19%

Bs.As
Bs. As.
17%
16%

15%

12%
10%
9%

5%

3%
2%
2%

2%

1%
1%
1%

0%
0%

0%
0%
0%
Bs.As
Norte Bs As. hasta 25 25 a 75 75 a 100 100 a 150 150 a 200 200 a 300 300 a 625 625 y más
Corn Belt hasta 28 28 a 73 73 a 105 105 a 154 154 a 202 202 a 284 284 a 405 405 y más

Tamaño de las explotaciones en hectáreas

Sin embargo, al cotejar los tamaños medios de las explotaciones encontramos


que este promedio era mucho mayor en el norte de Buenos Aires (99 hectáreas)
que en los dos estados norteamericanos (59 hectáreas en Illinois y 65 hectáreas en
Iowa). La causa de esta discrepancia en las medias se debe al peso de las grandes
explotaciones en la pampa maicera. Si bien eran escasas en número –en relación
con el total de unidades–, las explotaciones de más de 625 hectáreas concentraban
alrededor del 28% de la superficie de la zona,62 tal como puede verse en el gráfico
2. Merece destacarse que la zona norte de la provincia de Buenos Aires era una de
las subregiones pampeanas con menor peso entre las explotaciones de gran exten-
sión.63 Mientras tanto, en ambos Estados del Corn Belt las unidades con más de
405 hectáreas (1.000 acres) apenas poseían el uno por ciento del área estadual.

62 Tanto en los Estados Unidos como en la Argentina hemos calculado la superficie ocupada por

cada estrato a partir del valor medio del intervalo, ya que para 1937 y 1940 sólo se contó con el
número de explotaciones por estrato de tamaño.
63 Barsky y Pucciarelli, “Cambios en el tamaño...”.
136 JAVIER BALSA

Gráfico 2: Superficie según tamaño, 1937/1939

70%

Illinois
41%
37%

Iowa

28%
25%
24%

Norte
19%
19%
17%

Bs As
15%
13%

9%
9%
7%

7%
7%
5%

4%
3%
3%
3%

2%

1%
1%

1%
0%
Bs.As
Norte Bs As. hasta 25 25 a 75 75 a 100 100 a 150 150 a 200 200 a 300 300 a 625 625 y más
Corn Belt hasta 28 28 a 73 73 a 105 105 a 154 154 a 202 202 a 284 284 a 405 405 y más

Tamaño de las explotaciones en hectáreas

En Illinois y Iowa las explotaciones de 28 a 105 hectáreas daban cuenta de dos


tercios de la superficie agropecuaria (destacándose el peso de las explotaciones meno-
res a 73 hectáreas). Se confirma así el éxito del modelo jeffersoniano de las mid-size
farm, que se tradujo en el Midwest en la venta de predios de 160 acres (65 hectá-
reas).64 A partir de este punto de partida se habría logrado consolidar un desarrollo
agrario basado en la pequeña producción mercantil.65 Mientras tanto, el estrato equi-
valente para el caso pampeano detentaba sólo un 30% del área, constituyendo las
clásicas pequeñas explotaciones maiceras,66 la mayoría de las cuales se basaban en la
aparcería de predios que estaban en manos de grandes terratenientes.67 Otro elemento
de contraste con el Corn Belt era la importancia de las unidades medianas-grandes: las

64 Una descripción de estas explotaciones familiares maiceras y criadoras de porcinos de Iowa,


para los años veinte y treinta, se encuentra en Friedberger, Farm Families..., pp. 16-20.
65 Terence Byres, Capitalism from Above and Capitalism from Below, An Essay in Comparative
Political Economy, Londres, Macmillan Press, 1996.
66 Una descripción detallada de estas unidades para el período de la primera expansión agrícola se
encuentra en Alfredo Pucciarelli, El capitalismo agrario pampeano, 1880-1930, Buenos Aires,
Hyspamérica, 1986, pp. 109-114; y para los años cuarenta en Taylor, Rural Life..., pp. 6-9.
67 Javier Balsa, “Las formas de producción predominantes en la agricultura pampeana al final de
la primera expansión agrícola (1937). ¿Una vía ‘argentina’ de desarrollo del capitalismo en el agro?”,
Mundo Agrario, n° 3, 2001 (www.mundoagrario.unlp.edu.ar).
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 137

explotaciones de 200 a 625 hectáreas detentaban el 16% de la superficie total. Por su


parte, Taylor destacaba que las explotaciones de la pampa maicera, en arriendo de 150
a 300 acres (61 a 122 hectáreas) y con un tamaño medio de 260 acres, eran de “gran
escala en comparación con las del Corn Belt norteamericano”. También señalaba la
diferencia con Iowa en la presencia de grandes estancias ganaderas –resabios de un
período puramente ganadero– en medio de los campos agrícolas.68
Esta mayor concentración se revela también en las curvas de Lorenz, que
detallan la relación entre el porcentaje de explotaciones ordenadas según su tama-
ño, y la superficie que acumulaban (gráfico 3). Se puede observar que la primera
mitad de las explotaciones (esto es, las de menor tamaño) tenían sólo una octava
parte de la superficie agropecuaria del norte bonaerense, mientras que la primera
mitad daba cuenta de una cuarta parte de Iowa y una quinta parte de Illinois. En el
otro extremo, el 5% de mayor tamaño detentaba el 40% de la pampa maicera, pero
sólo el 15% de los Estados del Corn Belt.
También es posible sintetizar aritméticamente estas diferencias en la distribución
de la superficie agraria a través de un coeficiente de desigualdad. La distribución de la
superficie era mucho menos equitativa en la pampa maicera: el coeficiente de Gini es
del orden del 0,615 para el norte de Buenos Aires, frente al 0,413 para Illinois y el
0,351 para Iowa, bastante más cercano a la igualdad.69 Evidentemente, el éxito del
modelo de desarrollo agrario norteamericano no sólo se reflejaba en un mayor acceso
a la propiedad del suelo por parte de los productores rurales (en Illinois el 56% de los
productores eran propietarios, y en Iowa el 52%, frente a sólo 28% en el norte bonae-
rense), sino también en una distribución más equitativa de la superficie entre todas las
unidades de producción, más allá de su forma de tenencia.

68 Taylor, Rural Life..., pp. 6-7 y pp. 226-227.


69 El coeficiente de Gini es el doble del área de inequidad (que mide la superficie entre la curva de
Lorenz y la diagonal). Alcanza valor nulo si la curva se superpone con la diagonal; en este caso, todas
las explotaciones tendrían igual tamaño (coincidiendo, para cualquier tamaño, la proporción de
unidades productivas con la proporción de la superficie que ocupan). En cambio, el coeficiente toma
valor cercano a la unidad cuando la curva se solapa con los lados inferior y derecho del cuadrado; en
esta eventualidad, casi la totalidad de las explotaciones serían tan pequeñas que no detentarían más
que una ínfima proporción de la superficie total, mientras que unas pocas unidades productivas
acapararían prácticamente la totalidad de la superficie agropecuaria.
Acerca de la curva de Lorenz y el coeficiente de Gini corresponde formular una aclaración
interpretativa, ya que, como todas las técnicas de resumen de la información, presentan ventajas y
desventajas. Su base de construcción son los casos presentes en un determinado tiempo y lugar. De
este modo, si en un espacio sólo hubieran existido unas pocas explotaciones grandes, pero todas de un
tamaño relativamente similar, la curva se acercaría a la diagonal y el coeficiente al cero. En algunos
casos, podría llegar a ocurrir que esta técnica muestre que se ha reducido la desigualdad al comparar dos
momentos, si ha ocurrido una drástica reducción del número de pequeñas unidades.
138 JAVIER BALSA

Gráfico 3: Explotaciones, 1937/1940

100%

Explotaciones
1937/40
75%
Superficie

50%
Illinois
Illinois
Iowa
Iowa
Norte Bs.As
Norte BS. AS.
25%

0%
0% 25% 50% 75% 100%
Número
Número

LOS FACTORES QUE ALENTARON LA CONCENTRACIÓN SEGÚN LOS ESTUDIOS


AGRONÓMICOS

Durante la segunda mitad del siglo XX tuvo lugar una profunda transformación en
las tecnologías de producción agrícola. Sus efectos sobre la estructura agraria fue-
ron rápidamente considerados por los especialistas destacados en las estaciones
experimentales del Corn Belt, como así también por los de la estación de Pergamino.
Todos los análisis efectuados en el Corn Belt encontraron que los costos se
reducían intensamente al incrementarse la extensión de las unidades. En los traba-
jos realizados durante los años cincuenta, el tamaño óptimo (la extensión en la cual
el costo por unidad de producto es menor) se ubicaba en torno a las 142 hectáreas
(350 acres),70 aunque algunas estimaciones que incluían ajustes globales según la

70 Así, por ejemplo, un estudio de comienzos de los años sesenta calculó que el tamaño óptimo en
Iowa para alcanzar el costo mínimo eran 680 acres (275 ha), véase Earl Heady y R. Krenz, Farm size and
cost relationships in relation to recent machine technology, An analysis of potential farm change by static
and game theoretic methods, Agricultural an Home Economics Experiment Station, Iowa State University,
Research Bulletin 504, Ames, Iowa, 1962. Para la zona oeste de Minnesota se encontraron costos siempre
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 139

relación oferta-demanda llevaban estos tamaños a niveles tres veces superiores.71


En los estudios de los años ochenta, el costo de producción más bajo se encontra-
ban en torno a las 256 hectáreas.72 Sin embargo, los costos de producción por
unidad de producto no presentaban grandes diferencias en un amplio rango de
tamaños en torno al óptimo. Según los distintos estudios, éstos se elevaban consi-
derablemente por debajo de las 80 a 120 hectáreas, pero por encima de esta escala
no diferían significativamente en relación a las explotaciones más grandes. Inclu-
so si se considera que la mayor parte de los pequeños productores computaban el
trabajo propio y el de su familia como costo fijo, las unidades de 65 hectáreas se
mantenían en un nivel relativamente competitivo,73 pero este requerimiento de
tamaño fue aumentando.74

decrecientes, que se reducían sustancialmente hasta los 800 acres. Véase L. Rixe y H. Jensen, Cost
advantages to size of farm in Red River Valley farming, University of Minnesota, Agricultural Experiment
Station, Station Bulletin 469, 1963. Incluso en la actividad lechera, el tamaño óptimo para un tambo se
había estimado en 756 acres, según Boyd Burton y H. Jensen, Economies of Size in Minnesota Dairy
Farming, Agricultural Experiment Station-University of Minnesota, Station Bulletin 488, 1968.
71 En un amplio estudio, se estimó cuál hubiera sido el tamaño óptimo para 1959 en cada uno de
los estados del Corn Belt, utilizándose dos estimaciones. La primera (minimum-costs reorganization),
considerando las cuestiones meramente técnicas, ubicó el óptimo en los 342 acres para Illinois y 360
para Iowa. La segunda estimación (market-clearing reorganization), realizando un nuevo ajuste a
partir del mercado (ya que el aumento de la producción, debido a la mayor eficiencia de las unidades
mejor organizadas, habría llevado a un exceso de oferta), estimó un óptimo mucho más elevado: 924
y 801 acres, respectivamente. Véase Robert Muckenhirn, Efficient organization of the farm industry
in the North Central Region of the United States in 1959 and 1980, Agricultural and Home Economics
Experiment Station, Iowa State University, Research Bulletin 560, Ames, Iowa, 1968.
72 T. Miller y otros, Economies of Size in U.S. Crop Farming, Washington, Department of
Agriculture, Agricultural Economic Report N° 472, 1981.
73 Según un estudio focalizado en la mitad norte de Illinois, por encima de los 260 acres (105 ha)
perdían importancia los incrementos en la eficiencia debidos al tamaño, véase Mosher, Farms are
growing... Estudios realizados a mediados de los años cincuenta para la zona central de Iowa (especializada
en la producción de granos) afirmaban que las diferencias de costos por el uso de diferente maquinaria no
resultaban lo suficientemente importantes como para determinar el tamaño, especialmente en el caso de
las unidades basadas en el trabajo familiar: una unidad con 160 acres podía coexistir con otras de 240 o 360
acres. Véase Earl Heady y otros, Farm size adjustments in Iowa and cost economies in crop production
for farms of different sizes, Agricultural Experiment Station, Iowa State College, Research Bulletin 428,
Ames, Iowa, 1955. Sin embargo, estudios realizados unos años más tarde encontraron que los costos se
elevaban abruptamente por debajo de los 320 acres, incluso considerando al trabajo familiar como un
recurso fijo en el corto plazo. Véase Heady y Krenz, Farm Size... Coincidentemente, nuevos trabajos
estimaron que el costo se incrementaba aun cuando se recurriese a servicios de maquinaria contratados (al
menos por debajo de los 160 acres). Véase Loren Ihnen y E. Heady, Cost functions in relation to farm size
and machinery technology in Southern Iowa, Agricultural and Home Economics Experiment Station,
Iowa State University, Research Bulletin 527, Ames, Iowa, 1964.
74 Los estudios realizados a comienzos de los años ochenta, encontraron que en el Corn Belt las
economías de tamaño no parecen haber afectado a las unidades por encima de las 296 acres de superficie
cultivable, ya que las explotaciones de este tamaño captaban el 90% de la tasa de ganancia de las unidades
de 639 acres, que eran las de tamaño óptimo. Véase Miller y otros, Economies of Size..., p. 20.
140 JAVIER BALSA

Por otra parte, además del tamaño óptimo, existían limitaciones a la incorpo-
ración de maquinaria a las explotaciones: muchas de las nuevas máquinas necesi-
taban de importantes extensiones para que su compra fuera rentable.75
A los problemas de las economías de escala se agregaban las dificultades que
tenían las pequeñas explotaciones, e incluso muchas medianas, para obtener un ingre-
so que les permitiera a las familias solventar un nivel de vida estándar, ya que los
ingresos netos por unidad de producción se fueron reduciendo intensamente a lo largo
de las décadas estudiadas. Así, una explotación en el centro de Illinois recibía 3,15
dólares por cada bushel de maíz en 1941-1942; 0,61 dólares en 1959-1960; y sólo
0,12 dólares en 1974-1980, a valores constantes de 1980.76 Varios trabajos han cote-
jado los ingresos rurales en comparación con los de un asalariado urbano o con los
requerimientos para un nivel de vida estándar de un productor rural medio: en general,
se evaluó que la extensión mínima para obtener estos ingresos era de 70 a 90 hectáreas
(entre 170 y 220 acres),77 y esta superficie era mayor para los años ochenta.78

75 Así, por ejemplo, ya en 1929, se había calculado que eran necesarios al menos 200 acres para
obtener un uso eficiente del tractor, incluso uno de tamaño pequeño. Véase John Hopkins, Horses,
Tractors and Farm Equipment, Agricultural Experiment Station, Iowa State College, Bulletin 264,
Ames, Iowa, 1929, pp. 386-387. Por otra parte, en los años sesenta, se estimó que por debajo de los 200
acres no era rentable comprar una cosechadora, excepto que se saliera a cosechar campos vecinos.
Consultar John Scott y C. Cagley, The economics of machinery choice in corn production, Agricultural
Experiment Station, University of Illinois, Bulletin 729, Urbana, Illinois, 1968, pp. 18-19.
76 W. B. Sundquist, K. Menz y C. Neumeyer, Corn production technology: implications for
resource use, supply vulnerability and farm structure, University of Minnesota, Department of
Agricultural and Applied Economics, Staff Papers Series, St. Paul, Minnesota, 1983.
77 Para fines de los cincuenta se estimó que se necesitaban 214 acres dedicados a la agricultura en
aparcería en el sudoeste de Iowa para obtener los ingresos de un obrero urbano. Véase Earl Heady y
otros, Plans for beginning farmers in Southwest Iowa with comparison of farm and nonfarm income
opportunities, Agricultural and Home Economics Experiment Station, Iowa State College, Research
Bulletin 456, Ames, Iowa, 1958. Por otra parte, en Illinois los ingresos de las unidades de 50 a 99
acres eran la mitad de los de un asalariado, y para alcanzar los gastos denominados “estándar” de un
productor familiar (con tres hijos, una casa moderna, asegurar el retiro y la continuidad de la explo-
tación) era necesario como mínimo una unidad de 180 a 339 acres. Véase Mosher, Farms are
growing... En Iowa las unidades de 80, e incluso las de 160 acres, tan sólo podían maximizar sus
recursos buscando algún empleo urbano complementario, quedando como opción realizar tareas fuera
de la explotación, con la maquinaria sobrante. Véase Gerald Dean, E. Heady y H. Yeh, An analysis of
returns from farm and nonfarm employment opportunities on Shelby-Grundy-Haig soils, Agricultural
Experiment Station, Iowa State College, Research Bulletin 451, Ames, Iowa, 1957. Al mismo
tiempo, en la explotación promedio había casi el doble de la fuerza de trabajo de la requerida por un
nivel aceptable de eficiencia. Véase H. B. Howell, “Adjustments in farm size and resources in Iowa
agriculture”, en E. Heady y J. Heer (ed.), A Basebook for Agricultural Adjustment in Iowa, Part II,
Prospects for the years ahead, Iowa State College, Special Report 21, Ames, Iowa, 1957.
78 Mientras la mediana de los ingresos anuales de los hogares norteamericanos, en 1978, era de
15.064 dólares (según consta en Gladwin, “The case...”, p. 269), a una explotación de 76 acres (31 ha) en
el Corn Belt sólo le restaban 7.400 dólares como ingresos del productor (incluyendo la retribución por la
propiedad de la tierra, el trabajo del productor y su familia, la ganancia del capital y toda otra retribución
de los factores que no requerían desembolsos efectivos); una unidad de 140 acres (56 ha) lograba ingresos
de 13.750 dólares, y una de 270 acres (109 ha), 31.489 dólares. Véase Miller y otros, Economies of Size.....
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 141

Una última limitación para que los pequeños productores no quedaran fuera de los
avances tecnológicos era el incremento del capital necesario para comenzar una explo-
tación. Así, por ejemplo, a comienzos de los años ochenta una unidad de 300 acres
requería de un millón de dólares en inversiones, incluyendo la compra de la tierra.79

En el caso del agro pampeano, las investigaciones son mucho menos numero-
sas.80 En líneas generales, entre las 100 y las 200 hectáreas se encontraron impor-
tantes reducciones en los costos de producción, evidenciándose un incremento en
la escala óptima a lo largo del período analizado.81
Una preocupación recurrente en los estudios argentinos parece haber sido
determinar el tamaño necesario para que fuera rentable la incorporación de los
avances tecnológicos, especialmente la opción entre compra y contratación de
servicios. Se estimó que sólo por encima de las 90 hectáreas era preferible la
cosecha mecánica del maíz, en relación con la recolección manual,82 mientras que

79 Sundquist y otros, Corn production...


80 Hemos hallado tan sólo dos estudios dedicados especialmente a las economías de escala en la
región pampeana. Uno centrado en la zona mixta del sur de la provincia de Buenos Aires, que no
registra la existencia de economías de escala en la agricultura, al menos para los establecimientos
encuestados, de 161 a 500 ha. Véase Juan Carlos Manchado, “Estimación de economías de escala y
eficiencia técnica en la zona mixta cerealera” (mimeo), 1988. El otro estudio analizó la actividad
tambera y estimó la existencia de deseconomías de tamaño relativamente importantes, con rendi-
mientos decrecientes a mayor escala, consultar Gabriel Parellada y G. Rusch, Economías de escala y
respuesta productiva en el tambo argentino: algunas evidencias para la formulación de políticas
sectoriales, Buenos Aires, INTA, 1989.
81 Con respecto a las economías de tamaño, un estudio de fines de los cincuenta encontró una

rentabilidad 2,6 veces mayor en las unidades mayores de la muestra (de 102 a 136 ha) en Pergamino que
en las más pequeñas (de 37 a 48 ha). Además, en las pequeñas no se podía utilizar todo el trabajo familiar
disponible. Véase Walter Schaefer, Análisis económico de las explotaciones agrarias, Buenos Aires,
INTA, 1960. Lo mismo se concluyó a comienzos de los sesenta para las unidades de Pergamino con
menos de 100 ha. Véase Edgardo Gilles y J. A. Nocetti, Organización y resultados económicos de
predios rurales en un área de extensión, Pergamino, Argentina, 1960, Pergamino, INTA, 1962. Por otra
parte, a fines de los sesenta se encontraron, en los partidos de Pergamino, Salto, Rojas y Bartolomé
Mitre, costos totales por hectárea decrecientes al aumentar el tamaño de los predios. En el caso de la
producción agrícola se reducían hasta un 57% respecto de los valores del estrato “chico” (50 a 120 ha),
y un 86% en la producción ganadera. Más que un decrecimiento progresivo, se halló un salto que se
producía en torno a las 200 ha. Sin embargo, se descubrió que los ingresos por hectárea eran decrecientes
al aumentar el tamaño. El resultado final era una escasa variación de los ingresos netos por hectárea y
en la rentabilidad, en relación con el tamaño de las explotaciones analizadas. Véase Alejandro Peyrou,
“La adopción del cambio tecnológico y la intensidad del uso de la tierra en el área maicera de la zona
pampeana”, Tesis de Maestría de la Escuela para Graduados en Ciencias Agropecuarias de la República
Argentina, Castelar (inédita), 1971. A comienzos de los ochenta, podemos ver que los costos de cosecha
de trigo se incrementaban en un 51% al pasar de 100 a 200 ha; los del maíz un 49% al pasar de 140 a 280
ha; y los de la soja un 48% de 140 a 280 ha, según los datos que constan en José Pizarro y Miguel Ángel
Cacciamani, Evaluación económico-financiera de una alternativa de inversión en maquinaria agríco-
la, Informe Técnico 171, Pergamino, INTA , 1981.
82 Juan Billard, Análisis de los aspectos económicos de las máquinas juntadoras y cosechadoras de

maíz en la República Argentina, Buenos Aires, Asociación Argentina de Productores Agrícolas, 1957.
142 JAVIER BALSA

se calculó en 83 hectáreas el tamaño mínimo para que fuera rentable la cosecha a


granel.83 Otro estudio estimó que para menos de 50 hectáreas cultivadas era mejor
la contratación del tractor; entre 60 y 125 hectáreas aconsejaba utilizar caballos, y
sólo por encima de las 125 hectáreas de maíz o girasol y de las 165 de trigo, lino
o sorgo granífero sugería el tractor e implementos propios.84 Por su parte Frank
estableció que entre 253 y 326 hectáreas resultaba indiferente la utilización de
maquinaria propia o contratada; por debajo de las 253 hectáreas era aconsejable
contratar equipos externos, y por encima de las 326, no hacerlo.85
Por otra parte, también se analizaron los problemas que ocasionaba el tamaño
en los ingresos de los pequeños y medianos productores. A comienzos de los
sesenta se estimó que algo más de la mitad de las explotaciones con 100 a 200
hectáreas “no dispusieron de un remanente para retribuir el trabajo del agricultor,
sufragar cuotas de depreciación del capital y afrontar riesgos, una vez desconta-
dos los gastos, el valor del trabajo familiar no remunerado y el interés por el capital
utilizado”.86 Una década más tarde un estudio clasificó como “minifundistas” a los
predios que permitían un ingreso menor o igual al del salario de un oficial tracto-
rista, y encontró que se correspondía con las explotaciones de menos de 46 hec-
táreas (lo que equivale a 99 acres). La mayoría de éstas presentaba una producti-
vidad de la tierra similar a las de mayor tamaño.87

Como hemos podido observar, en ambas zonas las economías de tamaño (aso-
ciadas al desarrollo tecnológico) y los bajos ingresos que percibían los pequeños
productores (al potenciarse la escasa superficie con la indiferenciación productiva y
las economías de tamaño) habrían afectado gravemente a las explotaciones por
debajo de las 100 hectáreas, e incluso a las de 100 a 200 hectáreas en la pampa
maicera. Pero ¿en qué medida estos condicionantes económicos produjeron real-
mente un proceso de concentración de la producción en ambas regiones?

83 Eduardo Ramperti y Alberto Amigo, Ahorre cosechando y almacenando a granel, [s/d], 1963.
84 Juan Nocetti, Costos comparativos de tres alternativas para realizar labores culturales en
predios de la zona de Pergamino, Informe técnico 20, Pergamino, INTA, 1963. En este mismo trabajo
se estimó que el tamaño óptimo para la plena utilización del tractor eran 185 ha de maíz o 267 de trigo.
85 Rodolfo Frank, “La administración eficiente de la maquinaria (3). Capacidad de trabajo y

contratistas”, Proyección Rural, n° 7, 1968. Sin embargo, dos estudios basados en grandes unidades
ubicadas en la zona oeste de Buenos Aires elevan sustancialmente la estimación del tamaño aconse-
jado para la utilización de equipos propios, véase Bernardo Ostrowski, “Cálculo de eficiencia física y
económica de maquinaria agrícola”, Revista CREA, n° 25, 1970; y Arturo Santamarina, “Análisis
económico de los equipos de maquinaria agrícola”, Revista CREA, n° 32, 1971.
86 Gilles y Nocetti, Organización y resultados..., p. 48.
87 Juan Carlos Torchelli, “El minifundio de la región maicera argentina”, Tesis de Maestría de la

Escuela para Graduados en Ciencias Agropecuarias de la República Argentina, Castelar (inédita), 1972.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 143

LA CONCENTRACIÓN HASTA FINES DE LOS AÑOS OCHENTA

Durante los cincuenta años siguientes a 1940 se produjo, en ambas regiones, una
fuerte reducción en el número de explotaciones. Encontramos que para fines de
los ochenta sólo quedaban alrededor de la mitad de las presentes a fines de los
años treinta.
Detrás de esta reducción en el número de explotaciones y del consiguiente
aumento del tamaño medio ¿cuál ha sido el cambio en la composición de las unida-
des? El gráfico 4 permite avanzar en este sentido, a partir de la equiparación del
área de los Estados norteamericanos a la superficie del norte bonaerense. La re-
ducción había sido más drástica en los estados del Corn Belt, y especialmente
intensa la crisis de las explotaciones de 28 a 105 hectáreas que tanto peso tenían al
comienzo del período: sólo quedaba, en 1987, una de cada cuatro de estas unida-
des presentes en 1940. Resulta entonces evidente la crisis del modelo de la
Homestead Act, con sus unidades de 160 acres (65 hectáreas) para el Midwest.88
En cambio, en el norte de Buenos Aires quedaban la mitad de las unidades de esta
escala. Cabe recordar que en la pampa bonaerense, al comienzo del período, las
explotaciones de 25 a 100 hectáreas tenían una importancia mucho menor que en
el Corn Belt. Por lo tanto se arribó a una relativa equiparación en la significación
numérica de esta escala de unidades en ambas regiones, constituyendo algo más
de un tercio del total de explotaciones (como se observa en el gráfico 4).
Por otra parte, resultó de similar magnitud la reducción en el número de muy
pequeñas unidades (menores a las 25 hectáreas): tanto en Illinois como en la pampa
norteña quedaron una de cada dos de estas explotaciones presentes en 1937/1940
(en Iowa la reducción fue un tanto menor). En cuanto a las unidades de 100 a 200
hectáreas, observamos que en el norte bonaerense tuvo lugar una reducción signifi-
cativa (quedó algo más de la mitad), mientras que en Iowa el número de estas
explotaciones se incrementó levemente, y en Illinois se redujo sólo un poco. Vemos
entonces cómo en el caso de la pampa maicera la concentración afectó a estas
unidades medianas de un modo que no ocurrió en el caso norteamericano.
Por último, en las tres zonas estudiadas creció la cantidad de explotaciones
mayores a las 200 hectáreas. Sin embargo, este fenómeno fue mucho más intenso
en el Corn Belt que en la pampa norteña: en Iowa, por cada unidad de esta escala

88 Según los estudios de la estación agrícola experimental de Iowa, a mediados de los años

cincuenta, la “consolidación” en el sudoeste de ese Estado se había producido por la adquisición de


unidades de 160 acres de tamaño medio por parte de unidades de 252 acres, que presentaban un mayor
nivel de mecanización, de utilización de fertilizantes y de complemento asalariado que las absorbidas.
Véase Randall Hoffmann y E. Heady, Production, income and resource changes from farm
consolidation, Agricultural an Home Economics Experiment Station, Iowa State University, Research
Bulletin 502, Ames, Iowa, 1962.
144 JAVIER BALSA

presente en 1940, había ocho explotaciones en 1987, y en Illinois había siete


unidades, mientras que en el norte bonaerense sólo había dos unidades con más de
200 hectáreas por cada explotación presente en 1937. De este modo, la expansión
de las unidades más grandes en el Corn Belt (junto con la crisis de las unidades
mediano-pequeñas) condujo a cierta igualación en la estructura de ambas zonas, tal
como puede observarse comparando las columnas de 1987/1988, del gráfico 4.

Gráfico 4: Explotaciones según tamaño, 1937/1940

70%
52%
45%

Illinois
Illinois
35%

Iowa
Iowa
26%
26%

Norte
Norte
19%

Bs.As
BS. AS.
17%
16%

15%

12%
10%
9%

5%

3%
2%
2%

2%

1%
1%
1%

0%
0%

0%
0%

0%
Norte Bs
Bs.As
As. hasta 25 25 a 75 75 a 100 100 a 150 150 a 200 200 a 300 300 a 625 625 y más
Corn Belt hasta 28 28 a 73 73 a 105 105 a 154 154 a 202 202 a 284 284 a 405 405 y más

Tamaño de las extensiones en hectáreas

Aunque, como hemos visto, para 1987/1988 se habían reducido las diferen-
cias en la distribución de las explotaciones según el tamaño, persistía la asimetría
en la importancia territorial de las grandes unidades.89 Como podemos observar

89 Azcuy Ameghino ya había destacado que en 1987/1988, en Iowa, existía un fuerte peso de las

unidades productivas de 105 a 404 ha (68% de la superficie), en comparación con la zona norte de Buenos
Aires, donde sólo ocupaban el 33%. Al mismo tiempo, señalaba que en esta zona predominaban las
unidades de más de 404 ha (con el 52% del área), que tenían escasa importancia en Iowa (15%). Este autor
analizaba, además, la distribución de la superficie agrícola, destacándose el norte bonaerense porque casi la
mitad de la superficie implantada con cultivos anuales se concentraba en unidades mayores a las 404 ha,
mientras que este tipo de explotaciones sólo detentaban el 15% de la superficie cosechada en los condados
agrícolas de Iowa. Era en el estrato de 105 a 404 ha donde se encontraban dos tercios de la superficie
cosechada de este estado norteamericano. Véase Azcuy Ameghino, “Buenos Aires, Iowa...”, p. 57.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 145

en el gráfico 5, las explotaciones con más de 810 hectáreas (más de 2.000 acres)
tenían un peso marginal en el agro del Corn Belt, mientras que las mayores a
1.000 hectáreas ocupaban más de un cuarto de la pampa norteña. En cambio, en
el Corn Belt eran mucho más importantes las unidades de 50 a 400 hectáreas:
concentraban alrededor de dos tercios del área censada, mientras que en la pampa
maicera sólo detentaban el 42%.

Gráfico 5. Superficie según tamaño, 1987/88


p g
40%

34%
34%
29%

26%
26%
Illinois
22%

20%
19%

Iowa
15%

14%

14%

Norte
11%

BS. As
Bs AS.
9%

6%
5%
4%
4%

3%
2%
2%
2%

0%
As. hasta 25
Bs.As
Norte Bs 25 a 50 50 a 100 100 a 200 200 a 400 400 a 1000 más de 1000
Corn Belt hasta 28 28 a 57 57 a 105 105 a 202 202 a 405 405 a 810 más de 810
Tamaño de las explotaciones en hectáreas
Tamaño de las extensiones en hectáreas

Un análisis más detallado –obviando las simplificaciones que exige la compara-


ción entre los datos censales de ambos países– permite observar más claramente
cómo en el Corn Belt la superficie agropecuaria se había concentrado en las unidades
de más de 203 hectáreas (cuadro 1). Este estrato, que en Illinois, en 1940, sólo con-
trolaba el 7% del área, para 1987 tenía más del 60%, y en Iowa el incremento fue del
5% al 50%. En cambio, las explotaciones con menos de 105 hectáreas pasaron de
controlar el 67% de Illinois al 18% de la superficie; en Iowa el retroceso fue del 69%
al 21%. Entonces, resulta claro el proceso de concentración en favor de las unidades
medianas y mediano-grandes: las explotaciones de 203 a 810 hectáreas detentaban en
1987 el 54% de la superficie agraria de Illinois y el 47% de la de Iowa.
Mientras tanto, en el norte de la provincia de Buenos Aires también se generó un
incremento –aunque no tan intenso como en el Corn Belt– de la importancia territorial
146 JAVIER BALSA

de las unidades mayores a 200 hectáreas, que pasaron de detentar el 51% de la zona
en 1947 90 al 71% en 1988 (cuadro 2). La mayor parte de este incremento se ubicó
en las explotaciones de 400 a 1.000 hectáreas, que captaron un 16% de la superficie
total de la zona. Como contracara, las explotaciones de 25 a 200 hectáreas sólo
tenían el 26% del área, cuando cuarenta años antes poseían el 46%. Vemos que no
sólo perdura un patrón concentrado históricamente, tal como lo destaca Azcuy
Ameghino,91 sino que éste se ha incrementado. Sin embargo, entre las grandes
unidades tuvo lugar un retroceso en la importancia de las muy extensas: las explota-
ciones de más de 2.500 hectáreas redujeron en un 10% su peso territorial, confir-
mando las afirmaciones de Barsky y Pucciarelli92 (una extensión relativamente simi-
lar a la que captaron las unidades de 1.000 a 2.500 hectáreas).

Cuadro 1. Distribución de la superficie censal según el tamaño


de las explotaciones, Illinois y Iowa

Tamaño de las explotaciones


en acres < 70 70-99 100-139 140-179 180-219 220-259 260-499 500-999 1000 >
en ha (< 28) (28-41) (41-57) (57-73) (73-89) (89-105 ) (105-203) (203-405) (405 >)
Illinois
1940 5% 7% 12% 18% 12% 12% 28% 6% 1% 100%
1987 2% 2% 3% 4% 3% 4% 22% 34% 26% 100 %
Iowa
1940 3% 7% 11% 23% 12% 13% 26% 4% 1% 100%
1987 2% 2% 3% 5% 4% 5% 29% 34% 16% 100%

Cuadro 2:Distribución de la superficie censal según el tamaño


de las explotaciones, norte bonaerense

Tamaño de las explotaciones (en hectáreas)


menos 25-100 100-200 200- 400/500- 1000- 2500- más
de 25 400/500 1.000 2.500 5.000 de 5.000
1947 3% 26% 20% 12% 10% 10% 8% 11% 100%
1988 2% 12% 14% 26% 19% 17% 6% 3% 100%

90 Utilizamos el año 1947 y no 1937, porque para el primero contamos con intervalos similares

a los de 1988 y, además, está especificada la superficie de cada intervalo.


91 Azcuy Ameghino, “Buenos Aires, Iowa...”, p. 85.
92 Barsky y Pucciarelli, “Cambios en el tamaño...”.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 147

Como resultado de la concentración que se desarrolló entre 1937/1940 y 1987/


1988, el nivel de desigualdad se agravó, especialmente en el Corn Belt, aunque
continuó siendo más intenso en el norte bonaerense. El coeficiente de Gini para
Illinois pasó del 0,413 al 0,549, el de Iowa de 0,351 a 0,494, mientras que en la
zona norte se incrementó levemente, de 0,615 a 0,644. En términos gráficos, las
curvas de Lorenz muestran más detalladamente esta relación. Comparando el grá-
fico 6 con el 3 es posible observar que en Illinois la mitad de las explotaciones que
tenían menor tamaño, en 1987, detentaban sólo el 12% del área, mientras que en
1940 habían tenido el 21%. En el otro extremo, el 5% de mayor tamaño pasó a
ocupar el 24%, mientras que en 1940 había dado cuenta del 16% de la superficie.
En el caso de Iowa, la mitad de las explotaciones más pequeñas pasó de controlar
el 26% de la superficie a sólo el 15%, al tiempo que el 5% de mayor tamaño llegó
a detentar el 19%, frente al 14% que tenían en 1940.
En el norte de Buenos Aires los cambios fueron de menor magnitud, la prime-
ra mitad de las explotaciones pasó de detentar el 12% de la superficie en 1937, al
9% en 1988. En cambio el 5% de las unidades mayores continuó concentrando el
extraordinario porcentaje del 40% de la tierra de la zona.

Gráfico 6: Explotaciones, 1987/1988

100%

Explotaciones
1987/88

75%
Superficie

50%
Illinois
Illinois
Iowa
Iowa
BS. As
Norte Bs AS.
25%

0%
0% 25% 50% 75% 100%

Número
148 JAVIER BALSA

En síntesis, hemos podido constatar un intenso proceso de concentración que


generó la desaparición de gran parte de las pequeñas explotaciones, pero que no impli-
có el desarrollo de las unidades grandes, al menos si consideramos como tales a las de
más de 810 o 1.000 hectáreas, que como vimos tenían una notoria significación en la
pampa maicera durante todo el período. En cambio, hasta fines de los años ochenta en
ambas regiones la concentración se dirigió fundamentalmente hacia las unidades me-
dianas o mediano-grandes, con superficies de 200 a 810/1.000 hectáreas. Cabe acla-
rar que esto tampoco significó la completa desaparición de las unidades más peque-
ñas. Aunque la cantidad de explotaciones pequeñas que desaparecieron fue más eleva-
da en el Corn Belt, en 1987 todavía subsistía un importante número de unidades de
menos de 100 hectáreas en esta región (en Iowa, por ejemplo, el 57% de las explota-
ciones tenía este tamaño y daba cuenta del 21% de la superficie agropecuaria). Tam-
bién en el norte bonaerense en 1988, el 60% de las unidades no llegaba a tener 100
hectáreas, aunque aquí ocupaba sólo el 14% del área total.93

LOS RITMOS EN EL PROCESO DE CONCENTRACIÓN

El proceso de concentración presentó algunas disparidades en los ritmos entre


ambas regiones, tal como puede observarse en el gráfico 7. En el Corn Belt, la
desaparición de unidades productivas fue especialmente brusca en las décadas del
cincuenta y del sesenta: para 1969 sólo quedaban en Illinois el 60% de la cantidad
de explotaciones presentes en 1940, y en Iowa el 66%. En cambio, esta reducción
había sido menor en la zona norte de Buenos Aires, donde las unidades de 1969
representaban el 85% del número existente en 1937.

93 Según nuestras estimaciones realizadas a partir del Censo Experimental de Pergamino de

1999, en el norte bonaerense las unidades de menos de 100 ha constituían el 53% del total de
explotaciones, pero sólo daban cuenta del 10% del área. Mientras que en Iowa, en 1997, continuaban
siendo el 57% de las unidades y ocupaban el 17% de la superficie censada.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 149

Gráfico 7: Cantidad de explotaciones, escala semilogarítmica


Base 100 = años 1937/1940

200

100
90
80

70

60

50

Norte Bs.
Norte BS. As
AS.
40
Iowa
Iowa

30 Illinois
Illinois
1930 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000
Años

La menor concentración de la agricultura en la pampa maicera argentina esta-


ría relacionada con las políticas agrarias que se sucedieron desde 1942 y hasta
1967. En el caso argentino se desarrolló toda una legislación tendiente a evitar el
desalojo de los arrendatarios y aparceros. Esto permitió, en general de modo indi-
recto, que alrededor de la mitad de estos productores accedieran a la propiedad de
sus predios.94 En cambio, en el caso norteamericano, si bien se implementaban
costosas políticas de auxilio a los productores, al mismo tiempo se proponía el
aumento de la escala y se favorecía el abandono de las pequeñas explotaciones (el
farm size adjustment, como se titulan varios de los trabajos de las estaciones experi-
mentales del Corn Belt entre los años cuarenta y sesenta). Las políticas de subsidios a

94 Javier Balsa, “Tierra, política...”.


150 JAVIER BALSA

los productos agropecuarios no incorporaron ninguna medida que exceptuara a las


grandes unidades y, de este modo, atenuara el proceso de concentración. De hecho
la favorecía, porque a mayor producción, mayores beneficios.95 La tensión entre
los ideales liberales –que promovieron las family farms– y la búsqueda de eficiencia
propia de una economía capitalista,96 parece haberse inclinado hacia este último lado
a partir de los años cuarenta, a medida que el tamaño originalmente previsto para
estas explotaciones iba resultando escaso para el desarrollo tecnológico. El único
intento de poner un límite a la recepción de la ayuda estatal fue llevado adelante en
1949, por Charles Brannan (el secretario de agricultura de Truman, de tendencias
liberales). Su plan preveía implementar un subsidio en efectivo limitado hasta un
cierto volumen de producción, que estimamos equivalente a la cosecha de unas 150
hectáreas de maíz en el Corn Belt. Sin embargo, el Plan Brannan nunca se concretó
pues terminó en un fracaso legislativo.97
Como resultado de estas distintas intensidades en el proceso de concentra-
ción y del acceso a la propiedad de buena parte de los ex arrendatarios o aparceros
en la región pampeana, para fines de los años sesenta las estructuras de ambas regio-
nes se habían asemejado: el tamaño medio de las unidades en el norte bonaerense era
sólo levemente superior al del Corn Belt (ver cuadro 3), y las explotaciones en
propiedad ahora eran mayoría, también en la pampa maicera. Al mismo tiempo, el
clima político argentino parecía favorecer el apoyo estatal a un desarrollo agrario
basado en la pequeña y la mediana propiedad organizada en base a la fuerza de
trabajo familiar. Consideramos que se había abierto una segunda posibilidad para
construir un desarrollo farmer en las pampas (la primera había sido cuando se
distribuyeron las tierras en la segunda mitad del siglo XIX).

95 Así, por ejemplo, en 1969, el 42,4% de los beneficios gubernamentales fueron hacia el 5%
más rico, mientras que el 20% más pobre de los productores rurales sólo recibió el 1,1%. Véase S.
Mann y J. Dickinson, “State and agriculture in two eras of american capitalism”, en Buttel y Newby
(eds.). The Rural...
96 Ada S. de Nemirovsky, “Debates sobre la perdurabilidad de los farmers en Estados Unidos”,
Ruralia, n° 6, 1995.
97 Esta iniciativa naufragó en el Congreso, ante un rechazo generalizado de casi todos los
sectores políticos y corporativos, con excepción de la National Farmers Union (la única entidad,
junto con algunas unidades del movimiento granger, que durante esas décadas demandaba medidas que
frenasen el proceso de concentración). Sobre el Plan Brannan pueden consultarse Murray Benedict,
Farm policies of the United States, 1790-1950, A study of their origins and development, New York,
The Twentieth Century Fund, 1953; David Brewster, “Historical notes on agricultural structure”, en
U.S . Department of Agriculture, Structure Issues...; y Virgil Dean, “Why not the Brannan Plan?”,
Agricultural History, vol. 70 (2), 1996.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 151

Cuadro 3. Tamaño medio de las explotaciones agropecuarias, 1937/1999.


En hectáreas

Censos: EE.UU./Arg.
1940/1937 1950/1947 1959/1960 1969 1987/1988 1997/1999
Illinois 59 64 78 93 139 144
Iowa 65 68 77 97 122 139
Norte Bs. As. 99 90 107 117 176 221*

* Estimación para toda la zona a partir del Censo Experimental de Pergamino, 1999.

Sin embargo esta oportunidad fue dilapidada. Desde 1974, y especialmente a


partir de 1976, comenzaron a implementarse políticas totalmente opuestas a este idea-
rio. El agro no fue ajeno al proceso social regresivo que comenzó con la última dicta-
dura militar y que continuó luego, esencialmente con el menemismo.98 En este sentido
no sólo fueron políticas agrarias puntuales, sino la imposición de todo un modelo
ideológico indiferente a los efectos que tenían una serie de factores (como el desarrollo
tecnológico, la liberalización financiera y la retracción de las políticas estatales de
apoyo al productor, entre otros) sobre la estructura agraria y la comunidad rural.
Estos temas, en cambio, fueron motivo de profundos debates académicos y
políticos en los Estados Unidos, con una importante movilización de los producto-
res afectados y sus comunidades en general, especialmente a partir de la crisis de
los primeros años de la década de 1980.99 Con altibajos –presidencia de Reagan
mediante– se lograron políticas favorables y una intensa preocupación institucio-
nal por el desarrollo comunitario.
El resultado de ambos derroteros se sintetiza en el aumento de velocidad en la
concentración que se produjo en las pampas, y su desaceleración en el Corn Belt.
Como podemos ver en el gráfico 7 y en el cuadro 3, durante los setenta y los ochenta
el proceso de concentración fue más intenso en la pampa norteña. Según nuestras
estimaciones (extrapolando la evolución de Pergamino al resto de la zona), esta dife-
rencia en los procesos de concentración se habría intensificado en los noventa,100 y

98 El concepto de proceso social regresivo permite comprender la dictadura militar no sólo como

un fenómeno destructivo, sino como el intento de transformar las bases sociales del poder que habían
predominado desde mediados de siglo. Véase Juan Villarreal, “Los hilos sociales del poder”, en E.
Jozami y otros, Crisis de la dictadura argentina (1976-1983), Buenos Aires, Siglo XXI, 1985.
99 Friedberger, Farm Families...
100 Alrededor del 11% de la superficie agropecuaria de la zona norte habría pasado durante los años

noventa de las unidades de 25 a 500 ha hacia las de 500 a 2.500 ha (destacándose el intervalo de 1.000 a
2.500, que absorbió el 7% del área). En el Corn Belt norteamericano también se acentuó el proceso de
concentración, entre 1987 y 1997, en favor de las unidades grandes y en perjuicio no sólo de las pequeñas
unidades, sino también de las explotaciones medianas (incluso sobre las unidades de 203 a 405 ha).
152 JAVIER BALSA

para 1999 en el norte bonaerense sólo quedaría la mitad de las unidades existentes en
1969, mientras que dos tercios de las unidades habrían sobrevivido en los Estados
norteamericanos analizados. Para fin de siglo las unidades promedio del norte bonae-
rense serían 59% más grandes que las de Iowa, y 53% mayores que las de Illinois,
como se puede observar en el cuadro 3.

REFLEXIONES FINALES

Como hemos visto, al comienzo del período analizado (hacia 1940) resultaba pal-
pable el éxito que había tenido en el Midwest el modelo de las family farms propie-
tarias de predios mediano-pequeños, y el tamaño más elevado de las unidades de la
pampa maicera (en general en aparcería), e incluso la presencia de explotaciones de
gran extensión dentro de un área de gran aptitud agrícola. El modelo norteamericano
no sólo había garantizado la propiedad a los pequeños y medianos productores, sino
también una distribución más equitativa de la superficie agropecuaria, más allá de la
forma de tenencia del suelo que presentaban las unidades productivas.
Durante los siguientes cincuenta años, tanto en el Corn Belt como en la pam-
pa maicera el proceso de concentración fue muy intenso: desaparecieron más de
la mitad de las explotaciones agropecuarias que existían en 1940. En ambas regio-
nes, entre 1937/1940 y 1987/1988 el fenómeno más importante ha sido la pérdida
de la mayor parte de la superficie que controlaban las explotaciones menores a
100 hectáreas. La similitud de ambos procesos y la tendencia siempre creciente en
el tamaño medio remiten directamente al efecto de los factores técnico-económi-
cos, ya que las escalas más afectadas fueron aquellas que, según los estudios
revisados, presentaban claras deseconomías de tamaño y niveles de ingresos por
debajo de los requerimientos de consumo de las familias rurales.
Coincidentemente, en términos de reducción en el número de pequeñas explo-
taciones y de superficie perdida, la concentración fue más drástica en los dos esta-
dos del Corn Belt que en el norte bonaerense, donde las pequeñas unidades tenían
menos importancia al comenzar el período estudiado. La tenencia en propiedad, si
bien pudo haber favorecido la resistencia de algunos, no constituyó un reaseguro
para la mayoría de los pequeños productores norteamericanos. Esta crisis de las
pequeñas unidades no siempre significó la pérdida de la propiedad, ya que la concen-
tración se realizó sobre todo en base a la expansión en arriendo. La forma de tenen-
cia que más creció durante estas décadas ha sido la de los part-owners (quienes
combinan una parte de su explotación en propiedad con el arriendo de otra u otras
parcelas): en 1950 controlaban el 21% de la superficie de Iowa, y para 1987 poseían
el 55%, mientras que en el caso de Illinois pasaron de tener el 29% al 60%.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 153

Sin embargo, esta mayor intensidad de la concentración en el Corn Belt no


alcanzó a borrar la diferencia estructural inicial, pues en la pampa maicera, a pesar
de que el patrón era ya muy concentrado en los años treinta, la concentración
afectó incluso a las unidades de 100 a 200 hectáreas, y en los años noventa tam-
bién a las de 200 a 500 hectáreas. De este modo, si en el Corn Belt el tamaño
medio pasó de las 60 a las 140 hectáreas para fines de siglo XX, en el norte
bonaerense tuvo lugar un incremento de similar intensidad, ya que la explotación
promedio alcanzó las 220 hectáreas, cuando a fines de los treinta tenía unas 100.

Si bien se ha confirmado el intenso proceso de concentración y su semejanza


con los ajustes dictados por la innovación tecnológica, esto no debe interpretarse
como la desaparición de la totalidad de las pequeñas y mediano-pequeñas explota-
ciones, pues, como hemos visto, gracias a la combinación de una serie de facto-
res, muchas lograron resistir.
En segundo lugar, la concentración no significó necesariamente la constitu-
ción de grandes explotaciones. Al menos hasta los años ochenta, en ambas regio-
nes la concentración se dirigió hacia las unidades de 200 a 810/1.000. Entonces
los desplazamientos de superficie fueron hacia las moderate size farms, tal como
lo planteaba una de las visiones y no hacia las explotaciones de mayor tamaño,
según sostenían otros investigadores norteamericanos. De hecho el contraste con
la situación del agro pampeano pone de relieve la significación marginal de las
grandes explotaciones en el Corn Belt.101 Además, no sólo no existió una clara
expansión de las grandes explotaciones en esta región, sino que tampoco se ob-
serva el dualismo en el extremo inferior: las explotaciones mediano-pequeñas en
crisis no se convirtieron en pequeñas unidades (como planteaban algunos auto-
res), sino que el número de éstas también se redujo. Es cierto, sin embargo, que
en 1997 el 46% de los pequeños productores (con menos de 105 hectáreas) po-
seían trabajos fuera de la explotación en los que trabajaban de forma permanente
(más de 200 días al año). Incluso el 60% de estos productores han declarado que
su principal actividad económica no era agropecuaria.102
En tercer lugar, este incremento en la importancia de las unidades medianas y
mediano-grandes en ambas regiones no debe interpretarse como equivalente a una
transformación de las formas de producción familiares en empresas típicamente
capitalistas, ya que la mecanización permitió la expansión en superficie de las

101 Por ejemplo, en 1997 tan sólo el 1% de la superficie censada en Illinois y Iowa estaba en

manos de explotaciones de más de 2.025 ha (5.000 acres), a pesar de que duplicaron su importancia
entre 1992 y 1997.
102 Resulta importante destacar que el 21,7% de las explotaciones familiares (sin aporte asalariado)

de la zona agrícolo-ganadera del norte bonaerense (incluyendo casi los mismos partidos que nuestra
selección) presentaban en 1988 pluriactividad del productor. Véase Guillermo Neiman, S. Bardomás y D.
Jiménez, “Estrategias productivas y laborales en explotaciones familiares pluriactivas de la provincia de
Buenos Aires”, en G. Neiman (comp.), Trabajo de campo, Buenos Aires, Ediciones Ciccus, 2001.
154 JAVIER BALSA

unidades trabajadas con sólo dos trabajadores. Especialmente en el Corn Belt la


gran mayoría de las explotaciones de 200 a 810 hectáreas no tenía asalariados
permanentes. Sin embargo esta transformación sí parece haberse producido en el
norte bonaerense.103 Se observa entonces cierta indeterminación de la organiza-
ción social del trabajo en relación con la extensión de las unidades104 (cuestión
que nos proponemos investigar en una próxima etapa de nuestro proyecto).
Por último, a lo largo del período estudiado, los ritmos de la concentración
fueron distintos entre ambas zonas. Durante las primeras décadas, especialmente
los cincuenta y los sesenta, la reducción en la cantidad de explotaciones fue mu-
cho más intensa en el Corn Belt, mientras que a partir de los años setenta la
concentración fue más fuerte en el norte bonaerense. Tal como hemos comentado,
parece ser clara la incidencia de las políticas agrarias sobre estos ritmos. Sin
embargo consideramos que la mayor concentración en la pampa argentina en las
últimas décadas se debió, además de los factores políticos, a la combinación de
otras dos causas. Por un lado, la concentración fue favorecida por la presencia de
nuevas formas de empresas capitalistas orientadas a la producción agrícola (gran-
des contratistas, propietarios mediano-grandes volcados ahora a la agricultura,
“pools de siembra”,105 entre otros agentes). Un heterogéneo conjunto de produc-
tores (todavía no muy bien caracterizados ni mensurados) que indudablemente
logran, en distinta medida, combinar economías de escala, enormes recursos
financieros y de comercialización, y división del trabajo con profesionalización
de cada una de las tareas agropecuarias dentro y fuera de la explotación (tal como
preconizara Kautsky). En el caso del Corn Belt norteamericano no parecen

103 En Illinois y Iowa, en 1997, sólo un 23% de estas unidades contrataban asalariados por más de

150 días al año, y las que lo hacían, tomaban en promedio algo menos de dos trabajadores. En cambio,
en la pampa maicera para 1988, el 78% de las unidades de 200 a 1.000 ha contrataban asalariados
permanentes (en un promedio de 1,6 trabajadores por establecimiento). Incluso si consideramos cual-
quier tipo de contratación de asalariados (sin importar los días que trabajaron), en el Corn Belt sólo el
56% de estas unidades contrataban asalariados, mientras que en la pampa norteña lo hacía el 82%.
104 En este mismo sentido, si bien en ambas zonas la mayoría de las explotaciones de mayor

tamaño tenía asalariados permanentes, el número de empleados por unidad era casi tres veces mayor
en el caso del norte bonaerense. En la pampa maicera casi la totalidad de las explotaciones con más
de 1.000 ha tenían asalariados permanentes, y aquí su cantidad alcanzaba un promedio de ocho por
establecimiento. Asimismo, el 70% de las unidades de más de 810 ha en Illinois, durante 1997,
contrataban personal asalariado de forma permanente (más de 150 días al año), y en Iowa este
porcentaje era del 62%. Pero, cabe aclarar que cada una de estas unidades tan sólo tenía alrededor de
tres asalariados permanentes (un umbral un tanto bajo para considerarlas empresas plenamente
capitalistas), según Parvin Ghorayshi, “The identification of capitalist farms. Theoretical and
methodological considerations”, Sociologia Ruralis, vol. 26 (2), 1986.
105 Más allá del debate existente acerca de su importancia en el conjunto de la producción y de su

perdurabilidad, no deja de ser un dato asombroso la presencia en la agricultura pampeana de gigantes-


cos “pools de siembra”, que logran –sin la necesidad de concentrar la propiedad de la tierra– enormes
economías de tamaño (trabajan entre 10.000 y 60.000 ha). Sobre este tema consultar Posada,
“Agricultura, economía...”.
LA CONCENTRACIÓN DE LA AGRICULTURA ENTRE 1937 Y 1988... 155

encontrarse este tipo de productores. Recordamos entonces nuestra hipótesis de


que, para que se desarrollen los procesos de concentración a determinada escala,
siempre es necesario que existan los sujetos históricos capaces de hacerse cargo
de las grandes unidades productivas y la mano de obra especializada y dispuesta a
asalariarse o a emplearse bajo alguna otra forma de subordinación al capital.
Por otro lado, nuestra hipótesis es que la concentración más intensa en la pam-
pa puede haberse facilitado por la pérdida de la capacidad de resistencia de los
pequeño-medianos y medianos productores que no han mantenido su perfil familiar.
El modo de vida rural, tan apreciado por el farmer norteamericano, no ha merecido
el mismo cuidado por parte de los productores pampeanos. La mayoría de estos
últimos se han radicado en las ciudades cercanas a su explotación.106 Con la urbani-
zación del productor, se abandonaron todas las actividades de producción para el
autoconsumo, al tiempo que se disolvió la familia como equipo de trabajo, se
incrementó la racionalidad formal (en detrimento de una racionalidad material),107 y
tuvo lugar un aumento en la asalarización y/o la tercerización de las labores, el
despoblamiento de los campos, la muerte de las pequeñas localidades y el cierre de
escuelas rurales. En síntesis, estos elementos, junto con la implementación de polí-
ticas neoliberales, se han ido combinando en un proceso de retroalimentación que
disminuye la capacidad de resistencia de los pequeños y medianos productores.108
Ante la completa inacción estatal y la despreocupación de numerosos secto-
res sociales,109 se favoreció la penetración del capital financiero en el campo, la
concentración de la producción y una drástica reducción de los efectos
multiplicadores de la circulación de los beneficios producidos por la agricultura en
las comunidades locales. De este modo, la Argentina desperdició, por segunda
vez, la oportunidad de construir un desarrollo agrario similar al del Midwest norte-
americano, estructurado en la simbiosis entre propiedad, producción y empresas
familiares, incluso cuando éstas presentaban una escala con menores problemas
de economías de tamaño que las explotaciones del Corn Belt.

106 Para 1988, en el norte bonaerense tan sólo el 37% de los productores de 200 a 400 ha residía

en su establecimiento, mientras que, en esta escala, el 85% en Iowa y el 82% en Illinois vivían en su
explotación en 1997. Incluso entre los productores con más de 810 ha, en Iowa, el 79% residía en su
establecimiento, y el 64% en el caso de Illinois; en tanto que sólo el 18% de los productores con más
de 1.000 ha vivían en su explotación en el norte bonaerense, en 1988.
107 Al respecto, ver las consideraciones sobre los farmers del Midwest elaboradas por Mooney, My Own...
108 Javier Balsa, “Transformaciones en los modos de vida de los productores rurales medios y su

impacto en las formas de producción en el agro bonaerense, 1940-1990”, ponencia editada en las
actas de las XVII Jornadas de Historia Económica, Tucumán, septiembre del 2000 (CD-Rom).
109 Recién en los últimos años han cobrado cierta notoriedad luchas, movimientos de resistencia

y debates académicos que, desde distintas perspectivas, reclaman la necesidad de pensar acerca del
modelo de desarrollo agrario deseado para la Argentina. Una interesante muestra de estas propuestas
han sido las mesas redondas de las Segundas Jornadas Interdisciplinarias de Estudios Agrarios y
Agroindustriales (realizadas en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA , en noviembre de 2001)
donde los pequeños y los medianos productores no sólo explicaron sus luchas, sino que propusieron
explícitamente reanalizar el desarrollo agrario argentino.
156 JAVIER BALSA

RESUMEN

En el presente artículo comparamos la evolución del tamaño de las explotaciones


agropecuarias y de la superficie que controlaban, en el Corn Belt norteamericano y la
zona predominantemente agrícola de la pampa argentina. En primer lugar, cotejamos las
estructuras para fines de los años treinta y, luego, analizamos su evolución durante los
siguientes cincuenta años. Para ello trabajamos no sólo con la información censal, sino
con los informes técnicos de las estaciones experimentales de ambas regiones. Por
último, incorporamos algunas hipótesis sobre los diversos factores que pudieron haber
incidido sobre el proceso de concentración.

Palabras clave: agricultura - concentración - Argentina - Estados Unidos - comparación

ABSTRACT

This article compares the evolution of farm size and the acreage they occupied in
U.S.’ Corn Belt and the Agricultural Zone of the Argentine Pampas. The first part
devotes to the contrast between both regions in the late thirties. Then, there is an
analysis of their evolution during the following fifty years. Along with census data,
technical reports of the Agricultural Experiment Stations of both regions were used.
Finally, some hypotheses dealing with the factors that could have influenced in the
concentration process were introduced.

Key words: agriculture - concentration - Argentina - United States - comparison


Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”
Tercera serie, núm. 25

NOTAS Y DEBATES

CONSTITUCIÓN DE 1812, LIBERALISMO HISPANO


Y CUESTIÓN AMERICANA, 1810-1837

MANUEL CHUST*

Las Cortes, en Cádiz,1 van a aprobar dos trascendentales decretos en sus prime-
ros días de sesiones: la libertad de imprenta y la soberanía nacional. Detengámo-
nos en este último. Diego Muñoz Torrero, diputado por Extremadura, intervino en
la Cámara gaditana. Proponía las bases originarias consustanciales a todo primer
liberalismo: dotar de legitimidad a la representación en las Cortes basada en la
soberanía que estaba depositada en la nación.
La Cámara accedió a su propuesta. De inmediato intervino Manuel Luján,
también diputado por Extremadura, para sorpresa de la mayoría de los diputados.
En connivencia con Muñoz Torrero, presentó un texto de once puntos que reco-
gía detenidamente la iniciativa de éste, fundamentalmente: la legitimidad de los
diputados como representantes de la nación, de sus Cortes, el reconocimiento de

* Universitat Jaume I, Castellón, España.


1 Instrucciones para la convocatoria de elecciones de América y Asia el 14 de febrero de 1810.
Esta convocatoria asignaba un diputado por cada capital cabeza de partido y mantenía la
representatividad de las capitanías generales y de los virreinatos. Para completar el número de
diputados americanos se eligieron 28 suplentes en la ciudad de Cádiz, hasta que llegaran los diputados
electos en América.

157
158 MANUEL CHUST

Fernando VII como rey, la nulidad de la cesión de la corona en favor de Napoleón,


la división de poderes, la inviolabilidad de los diputados y el juramento de la regen-
cia de todas estas declaraciones.
Comenzaba el liberalismo político a fundar, jurídicamente, el Estado-nación.
Nacían las Cortes y con ellas la revolución española. Era la nación, decían sus
representantes, quien reconocía a Fernando VII como rey. Se habían invertido los
parámetros legitimadores del Estado. Empezaba un cambio en la representación y
también en la soberanía. Las Cortes de Cádiz, paradigma del liberalismo español.
Nada nuevo podrá pensar el lector.2
Representación, legitimidad, soberanía, sí... pero ¡en todos los territorios de
la monarquía española! Incluidos los de América y de Asia. La revolución asumía
la entidad territorial de la monarquía española, dotando a sus súbditos también de
representación y a sus territorios de derechos, al integrarlos en el nuevo Estado
como provincias iguales.
Estos decretos van a provocar que en las Cortes de Cádiz se revelara una
singular y doble problemática. Por una parte, se estaba transformando jurídica-
mente el Estado.3 Es obvio: de la monarquía absoluta a la constitucional. Por otra,
aconteció que el Estado-nación que surgía incluiría a los territorios y los súbditos
de toda la monarquía española en calidad de igualdad de derechos y de libertades
convirtiéndolos, respectivamente, en provincias y en ciudadanos.
Este hecho, singular en la historia contemporánea universal, no sólo va a
provocar un intenso, y a menudo agrio, debate entre los partidarios de las tesis
absolutistas, por una parte, y los diputados liberales, por otra, sino también sobre
el contenido de la nación y, por ende, de su nacionalidad. Habrá que remarcarlo.
Así, iniciada la revolución, ésta implicó no sólo una lucha entre la soberanía
del rey frente a la soberanía nacional en construcción, sino también una problemá-
tica interna sobre el carácter y la nacionalidad triunfante de la nación y sobre su
división político-administrativa, lo cual supuso una subsiguiente cuestión sobre la
unicidad de los mecanismos representativos que legitimarán la representación de
la nacionalidad y la soberanía.
Se trataba para el liberalismo peninsular y americano de un drama, cambiar el
Estado sin modificar su forma de legitimidad monárquica y hacer compatible hasta el
antagonismo más frontal, al menos inicialmente, monarquía y constitución. El cambio
era cualitativo en el contenido jurídico y político de Estado, pero no en su forma, la
monarquía. Ello fue posible por la ausencia del rey. Un rey, deseado pero desconocido,
dado que sólo había gobernado desde el 19 de marzo hasta el 10 de abril de 1808.

2 Cfr. José Barragán Barragán, Temas del liberalismo gaditano, México, UNAM , 1978. En espe-
cial el 2º capítulo.
3 Entre la abundante bibliografía sobre el Estado puede consultarse la obra clásica de Reinhold
Zippelius, Teoría general del Estado, México, Editorial Porrúa-UNAM , 1998.
CONSTITUCIÓN DE 1812, LIBERALISMO HISPANO... 159

Pero remarquemos su significación: se trataba de transformar el Estado abso-


luto en un Estado-nación en donde los territorios coloniales pasaban a formar
parte de ese mismo Estado. Un rey, Fernando VII,4 “el deseado” al menos en
1808, el “ausente” hasta 1813, el golpista de 1814, el constitucional obligado de
1820 y el conspirador de 1823. Pero, observemos, nunca el autonomista america-
no. Desvelemos las razones.
La monarquía y la clase nobiliaria resistieron a un liberalismo que atentaba con-
tra sus privilegiados intereses tanto por la problemática que suponía la revolución en
la península como por la pérdida, que podía e iba a suponer tras los decretos y
constitución liberales, América para la monarquía como patrimonio real. La cues-
tión americana para la corona no sólo estaba representada por los movimientos
insurgentes o por los deseos de apropiación de las colonias por parte de Napoleón,
sino también por la aplicación de los decretos y de la constitución gaditana que van
a plantear toda una nueva reformulación del Estado, desde la igualdad de libertades
hasta la de representación, pasando por la política y la económica.

DE IGUALDADES Y LIBERTADES

Sintéticamente. El 15 de octubre de 1810 las Cortes declararon la igualdad de


representación y de derechos entre los americanos y los peninsulares, así como una
amnistía a los encausados por participar en la insurgencia. Comenzaba así a plan-
tearse en la Cámara toda una serie de propuestas y reivindicaciones americanas5 que
se traducirán, en bastantes ocasiones, en decretos encaminados a transformar la
realidad colonial americana y en una clara apuesta por conseguir una autonomía de
sus provincias dentro de la monarquía española. Esta igualdad supuso que cualquier
decreto aprobado por la Cámara implicaba su proclamación en América. Ello va a
condicionar al liberalismo peninsular a la hora de establecer medidas revoluciona-
rias, pues en muchas ocasiones tenían presentes sus repercusiones en América.
No obstante, los americanos también reclamarán decretos específicos como
la abolición del tributo indígena, de la encomienda, del reparto, de la mita, de la
matrícula de mar y la libertad de cultivo, de comercio, de pesca, de industria e,
incluso, de la abolición del tráfico de esclavos y de los hijos de esclavos,6 etcétera.

4 Cfr. Rafael Sánchez Mantero, Fernando VII, Madrid, Espasa, 2003; Rafael Sánchez Mantero
(ed.), “Fernando VII. Su reinado y su imagen”, Ayer nº 41, Madrid, 2001; Miguel Artola, La España
de Fernando VII, Madrid, Espasa, 2000.
5 En especial la del 9 de febrero sobre igualdad.
6 Cfr. Manuel Chust, “De esclavos, encomenderos y mitayos. El anticolonialismo en las Cortes
de Cádiz”, Mexican Studies/Estudios mexicanos, vol. 11, nº 2 (1995), pp. 179-202.
160 MANUEL CHUST

Los decretos gaditanos fueron sancionados y puestos en vigor, con mayor o


menor extensión en su momento, pero sin lugar a dudas tuvieron una amplísima
repercusión y trascendencia durante las décadas posteriores, tanto en la península
como en América.
Hay que señalar que en este período histórico hubo una fluida comunicación
de información entre América y la península y viceversa.7 A través de navíos
neutrales, ingleses o bajo pabellón español, circulaba la información sobre los
acontecimientos en uno y otro continente. Cartas privadas, decretos, periódicos,
el propio Diario de Sesiones de Cortes, panfletos, hojas volantes, correspondencia
mercantil, literatura, obras de teatro, canciones patrióticas, etcétera. Hubo ideas,
pero también hubo acción, dado que se convocaron procesos electorales munici-
pales, provinciales y a Cortes y se verificaron las elecciones, lo cual provocó una
intensa politización hispana en ambas realidades continentales.
Asimismo, el envío de numerarios por parte de consulados de comercio, due-
ños de minas, hacendados, recaudaciones patrióticas, etc., al gobierno peninsular,
fue constante e imprescindible para pagar la ayuda armada de los ingleses, así
como el armamento de las partidas guerrilleras tras la derrota del grueso del ejér-
cito regular en la batalla de Ocaña. La guerra se ganó, también y especialmente,
con el dinero de las rentas americanas.8
La importancia de mantener América dentro de la monarquía española fue tal
que desde 1812, en plena guerra contra los franceses, se organizaron expediciones
para combatir la insurgencia cuando la suerte de la guerra en la península no sólo era
incierta sino que el ejército francés dominaba la mayor parte del territorio peninsular.
Pero en esta relación dialéctica no sólo hubo una interacción entre el autono-
mismo en América y las propuestas de los americanos en Cádiz. La insurgencia
también se vio implicada en la revolución hispana que se proponía desde Cádiz al
tener que superar conquistas liberales e incluso demócratas, tanto políticas como
sociales, que los parlamentarios en la península habían aprobando.
Y viceversa. Los diputados incorporaron conquistas y propuestas de los in-
surgentes. Los ejemplos son notorios, el sufragio universal que implicó el derecho
al voto de la población india, la abolición de las formas de trabajo coloniales como
la encomienda, la mita, el tributo indio, el reparto, la declaración de diversas liber-
tades como la de imprenta, etcétera.

7 François-Xavier Guerra, “El escrito de la revolución y la revolución del escrito. Información,


propaganda y opinión pública en el mundo hispánico (1808-1814)”, en Marta Terán y José Antonio
Serrano (ed.), Las guerras de independencia en la América española, El Colegio de Michoacán,
México, INAH , Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2002, pp. 125-149.
8 Carlos Marichal, La bancarrota del virreinato. Nueva España y las finanzas del Imperio espa-
ñol, 1780-1810, México, Fondo de Cultura Económica-Fideicomiso Historia de las Américas, 1999.
CONSTITUCIÓN DE 1812, LIBERALISMO HISPANO... 161

Cuando las noticias de la disolución de la Junta Central, la asunción de la


soberanía por parte del Consejo de Regencia9 y la convocatoria de Cortes llegaron
a América, el movimiento juntero que ya se había iniciado desde 1808 se extendió
rápidamente con parámetros insurgentes por otros territorios americanos. El 22
de mayo en Buenos Aires, de parecidas características en Caracas, el 25 de ese
mismo mes se levantaba el Alto Perú, especialmente Quito. El 20 de julio lo hacía
Nueva Granada. El 16 de septiembre comenzaba la insurgencia popular de Miguel
Hidalgo en Nueva España, y el 18 de ese mes en Chile. En octubre, Quito lo volvía
a intentar por segunda vez, en esta ocasión con éxito. La estrategia utilizada era
similar a la peninsular. No se trataba de mimetizar lo acontecido en la península. Ni
mucho menos. El criollismo actuaba en la divergente realidad americana enfrentán-
dose a la misma coyuntura que la península y con la misma estrategia porque,
salvando las distancias, las instituciones de poder absoluto eran similares y la coyun-
tura también. Las Juntas americanas se intitulaban “Defensoras de los Derechos de
Fernando VII”, al tiempo que no reconocían en la regencia un poder soberano ni
legítimo ni tampoco que éste pudiera estar depositado en la formación de las futuras
Cortes. Desde la teoría del neoescolasticismo suareciano, los intelectuales orgánicos
americanos justificaban su estrategia mediante la tesis del pacto traslatii, por el cual
se justificaba el derecho de un pueblo a ser soberano cuando la autoridad del monar-
ca hubiera desaparecido temporalmente. Exactamente igual que sus homónimos
peninsulares a la hora de justificar su reunión en las Cortes.
Restaba un último actor: Napoleón. Éste iba a utilizar la misma táctica emplea-
da en la creación de nuevos Estados, en la división de antiguos y en el manteni-
miento de otros con la sustitución de dinastías absolutistas y su reemplazo por la
napoleónica que estaba creando con su familia y con sus generales de máxima
confianza. Además, Napoleón tenía un precedente. Hacía escasamente poco más
de cien años se había producido un cambio de dinastía en la monarquía española,
de los austrias se pasó a los borbones, lo cual ocasionó una guerra de sucesión en
la península desde 1707, pero ni un solo movimiento insurgente en los otros terri-
torios de la monarquía, los americanos. ¿Por qué iba a acontecer ahora? Los
tiempos eran otros, claro.
Ello comportaba que la nueva legitimidad francesa, de triunfar, conllevaría la
incorporación de todo el imperio al nuevo estado josefino. Ahí radica la gran
importancia de la estrategia napoleónica. De ahí la insistencia de abortar cualquier
salida hacia a América de la familia real, de ahí el consentimiento, en el Tratado de
Fontainebleau, de que Carlos IV asumiera el título de Emperador de las Américas.
De ahí, también, la incorporación al sistema representativo y normativo en la

9 El 30 de enero se constituyó la regencia. De sus cinco miembros, había un americano: el


novohispano Miguel de Lardizábal y Uribe. La estrategia política peninsular proseguía: integrar
representantes americanos en las nuevas instituciones legitimadoras en ausencia del monarca.
162 MANUEL CHUST

Carta de Bayona de los territorios y de los ciudadanos criollos.10 Es cierto, Bayona


se adelantó a Cádiz. Y a la Junta Central no le quedó más remedio que incluir los
territorios americanos en sus “Instrucciones para la convocatoria de elecciones”.
Estrategia napoleónica que se basaba en el valor simbólico, religioso, mental e
imaginario que para el pueblo, la burguesía y la nobleza, las instituciones estata-
les, civiles, eclesiásticas y militares representaba la monarquía como ente legi-
timador de todo el Estado. No obstante, le restaba el otro signo de identidad: la
religión. Napoleón empezaba a perder la batalla. Incluso haciéndose coronar
Emperador por el Papa.

UNA CONSTITUCIÓN PARA DOS CONTINENTES

Estas cuestiones se debatieron ¡y de qué forma! en el texto constitucional. El


artículo 1º es toda una definición de las intenciones hispanas del código doceañista.
El capítulo I se titulaba “De la nación española”. Su artículo 1º se redactó en estos
revolucionarios e hispanos términos:

“La nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”.

Establecida la soberanía de la nación, restaba ahora definir constitucional-


mente los términos nacionales y el nacionalismo de esa nación. La comisión
presentó una redacción con contenidos hispanos –“los españoles de ambos he-
misferios”– de la concepción de la nación española.
No obstante hubo oposición. Provino de los sectores absolutistas que se re-
sistían a un Estado constitucional. Habrá que recordar otra de las singularidades
de estas Cortes, en donde una parte de sus componentes son abiertamente hostiles
a cualquier fórmula constitucional y nacional. Pero también hubo oposición por
parte del novohispano José Miguel Guridi y Alcocer, que partía de una concepción
diferente de nación al identificarla con el concepto de Estado-nación. El novohispano
propuso la siguiente redacción:

10 En la Carta de Bayona las Cortes gozaban de una representación de las provincias de España

e Indias –22 americanos de un total de 172 diputados– además de establecer una serie de derechos
individuales. Pero lo más importante es que proclamaba la igualdad de derechos entre las provincias
españolas y americanas (art. 87), la libertad de cultivo, industria y comercio (art. 88 y art. 89),
prohibía la concesión de privilegios y monopolios comerciales y establecía el derecho de representa-
ción a través de su elección por los ayuntamientos.
CONSTITUCIÓN DE 1812, LIBERALISMO HISPANO... 163

“La colección de los vecinos de la Península y demás territorios de la Monarquía unidos en


un Gobierno, ó sujetos á una autoridad soberana”.11

Para el diputado novohispano, los vínculos de unión entre América y la penín-


sula ya no residían, como para el diputado por Lima, Ramón Feliu, en la monar-
quía sino en el gobierno, independientemente de la forma de Estado que tuviera.
No sólo dijo que le desagradaba la palabra española12 para definir a esta nación,
planteando así directamente reparos a un nacionalismo excluyente español, sino
que argumentó su propuesta desde planteamientos federales. Éstas eran sus su-
gestivas y polémicas, para la mayor parte de la Cámara, palabras:

“La union del Estado consiste en el Gobierno ó en sujecion á una autoridad soberana, y
no requiere otra unidad. Es compatible con la diversidad de religiones, como se ve en
Alemania, Inglaterra, y otros países, con la de territorios, como en los nuestros, separa-
dos por un inmenso Océano; con la de idiomas y colores, como entre nosotros mismos,
y aun con la de naciones distintas, como lo son los españoles, indios y negros. ¿Por qué,
pues, no se ha de expresar en medio de tantas diversidades en lo que consiste nuestra
union, que es en el Gobierno?”.13

La propuesta de Guridi y Alcocer fue rápidamente combatida. El debate se


deslizó hacia la acritud. El liberalismo peninsular reaccionó reforzando sus plantea-
mientos monárquicos y centralistas. Aquí es donde empezamos a descubrir las
razones de ciertos tópicos historiográficos que sitúan sistemáticamente al liberalis-
mo gaditano en clave in nata centralista, sin llegar a una explicación convincente.
Intervino Antonio Oliveros, canónigo de la colegiata de San Isidro en Madrid,
diputado por Extremadura y uno de los líderes del liberalismo peninsular:

“La definición de la Nación española es muy general (...) en esta se expresa que la Nación es
la reunion de todos los españoles de ambos hemisferios, las familias particulares que están
reunidas entre sí, porque jamás hubo hombres en el estado de naturaleza; y si hubiera alguno,
nunca llegaría al ejercicio de su razon: estas familias se unen en sociedad, y por eso se dice
reunion. Es una nueva union y más intima que antes tenian entre sí: y de los españoles
de ambos hemisferios, para expresar que tan españoles son los de América como los de
la Península, que todos componen una sola Nación. Esta Nacion; Señor, no se está

11 Diario de Sesiones de Cortes, 25 de agosto de 1811. En adelante DSC.


12 Ídem. Así se expresaba Guridi y Alcocer respecto a la concepción de la nacionalidad: “Me
desagrada también que entre en la definición la palabra española, siendo ella misma apelativo del
definido; pues no parece lo más claro y exacto explicar la Nación española por los españoles,
pudiendose usar de otra voz que signifique lo mismo”.
13 DSC , 25 de agosto de 1811.
164 MANUEL CHUST

constituyendo, está ya constituida; lo que hace es explicar su Constitución, perfeccionarla


y poner claras sus leyes fundamentales, que jamás se olviden, y siempre se observen”.14

Oliveros no asumió el reto de Guridi y Alcocer. Se mantuvo en los niveles


discursivos de la concepción cultural del término nación, pero no de Estado-
nación. Con esta estrategia eludía el debate de la soberanía, de su depositario/a, de
su/s poseedor/poseedores y de la forma y organización del Estado. Nada más y
nada menos.
Sin embargo la cuestión obligó al liberalismo peninsular a posicionarse: una
sola soberanía y en la nación. Por el contrario para la mayor parte de los autono-
mistas americanos y algunos foralistas, diputados por las provincias de la antigua
Corona de Aragón, la soberanía era divisible y debía recaer, además de en la
nación, en otras instituciones constitucionales que representaban entidades terri-
toriales provinciales y locales. Pensaban en la diputación provincial.
Respecto al artículo 2º la redacción que se presentó fue la siguiente:

“La nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser el patrimonio de ninguna


familia ni persona”.

La mayor parte de los estudios referidos al texto constitucional interpretan


este artículo como una declaración doctrinal del liberalismo frente al absolutismo.
Sin embargo, desde una óptica de análisis hispano la interpretación del artículo 2º
tiene otra dimensión. Las antiguas colonias ultramarinas, sus ciudadanos y sus
diputados en estas Cortes, a propósito de este artículo proclamaban su satisfac-
ción por quedar desligados de la soberanía real. Los americanos lo aprobaron
unánimemente. Ésta era, para ellos, su significación.
Se presentó a la Cámara el artículo 3º. Esta vez sí que hubo discusión. La
comisión de constitución elaboró la siguiente redacción:

“La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo le pertenece exclusivamen-


te el derecho de establecer sus leyes fundamentales, y de adoptar la forma de gobierno que
más le convenga”.15

el artículo 3º concluía la trilogía de la nación y su soberanía. Tampoco hubo


consenso entre el liberalismo hispano. Guridi y Alcocer volvió a romperlo. En esta
ocasión el diputado por Tlaxcala propuso que además de “esencial” se incluyera el
concepto “radical”. No fue aceptada su propuesta. No obstante Guridi y Alcocer
fue persistente. Trece años después lo volverá a intentar y a conseguir, en la

14 DSC, 2 de septiembre de 1811.


15 DSC , 28 de agosto de 1811. La bastardilla es nuestra.
CONSTITUCIÓN DE 1812, LIBERALISMO HISPANO... 165

discusión del Acta Federal mexicana de 1824. En esta ocasión su propuesta triun-
fará, pero en un México republicano y federal.
La discusión más escabrosa estaba por llegar. La comisión de constitución, con
el propósito de preservar el texto constitucional, redactó una última frase que desató
una dura y agria polémica pues agregaba “y de adoptar la forma de gobierno que
más le convenga”. Es decir, la soberanía no sólo residía en el conjunto de los “espa-
ñoles de ambos hemisferios”, tal y como había proclamado el artículo 1º, sino que
además se reservaba el derecho de mantener o no el sistema monárquico como
forma de Estado. La alternativa, en estos momentos históricos, sólo era la república.
Aconteció una fractura en el liberalismo hispano. Ciertamente era una cues-
tión central. Lo paradójico, y aquí habrá que volver a insistir en desentrañar algu-
nos tópicos, es que la defensa del artículo, tal y como lo propuso la comisión,
corrió a cargo de Agustín Argüelles. Éste, que había salido varias veces a la
tribuna para declarar su fidelidad al sistema monárquico, tras las reivindicaciones
autonomistas y federales de los americanos, intervino categóricamente a favor de
mantener esta redacción como defensa constitucional frente a veleidades absolutistas
del monarca.
Los liberales más moderados se opusieron. Felipe Aner, diputado catalán, no
dudaba en declarar que:

“El Congreso oye todos los días la lamentable confusión de principios en que se incurre,
que con tal que en España mande el Rey, las condiciones ó limitaciones se miran como
punto totalmente indiferente. Se supone con facilidad que la forma monárquica consiste
únicamente en que uno solo sea el que gobierne, sin echar de ver que este caracter le hay
tambien en el Gobierno de Turquia. Y cuando se habla de trabas y restricciones, al instante
se apela á que se mina el Trono, y se establecen repúblicas y otros delirios y aun aberra-
ciones del entendimiento.

(...) Por lo mismo, la comision ha querido prevenir el caso de que si por una trama se
intentase destruir la Constitución diciendo que la Monarquía era lo que la Nación desea-
ba, y que aquella consistía solamente en tener un Rey, la Nación tuviese a salvo el
derecho de adoptar la forma de gobierno que más le conviniere, sin necesidad de insu-
rrecciones ni revueltas.”16

Finalmente este texto no fue aprobado por la Cámara. Será la primera y última
vez que Argüelles pierda una votación en los debates del texto constitucional.

16 DSC, 13 de enero de 1812.


166 MANUEL CHUST

SOBERANÍA Y TERRITORIO

La problemática soberanía hispana/soberano continuó en los debates consti-


tucionales. El liberalismo doceañista se iba conformando con contradicciones. El
capítulo I del título II llevaba un sugestivo título: “Del territorio de las Españas”.
Con ello se dejaba patente la diversidad de territorios que componían la monarquía
española o “las Españas”. Pero el contenido había cambiado. Ya no eran territorios
privilegiados los que integraban la monarquía absoluta en un complejo entramado
de señoríos, provincias, ciudades, reinos, virreinatos y capitanías generales. Aho-
ra los territorios que integraban “las Españas” presentaban una aparente homoge-
neidad administrativa: la igualdad de derechos, de representación y la división en
una unidad territorial como era la provincia regida por una institución política
administrativa como la diputación.
Los criterios de la división de los territorios quedaron en evidencia a favor de
los peninsulares en la redacción del artículo 10. Solventadas las reivindicaciones
de los representantes “serviles” que reclamaban la incorporación de entidades
privilegiadas,17 un segundo frente de batalla se abrió. Esta vez la oposición provi-
no de los americanos. La inició el diputado por Mérida de Yucatán, Miguel González
Lastiri al reclamar la presencia de su provincia en la división constitucional. Tras
exponer detenidamente sus razones, la propuesta fue admitida a discusión. Fue
sólo el principio pues los representantes de Cuzco y Quito también se sumaron a
la reivindicación de Yucatán.
Nuevamente el problema americano volvía a plantearse en el debate constitucio-
nal. ¿Qué territorios componían “las Españas”? La nomenclatura establecía que jun-
to a los peninsulares se encontraban los americanos. La primera consecuencia es
que el nuevo Estado nacía con parámetros hispanos. Sin embargo, esta división
territorial era desigual. Los territorios peninsulares eran diecinueve mientras que
para toda América del Norte y del Sur la división se estableció en quince. ¿Dónde
estaba la igualdad provincial/territorial que además comportaba la de representa-
ción? Incluso las reivindicaciones americanas provocaron que la comisión de redac-
ción de la Constitución se viera imposibilitada para decidir el criterio adoptado en
esta nueva división. La problemática se solventó con una solución insospechada
para un Estado-nación que se estaba constituyendo: la redacción de otro artículo
complementario como el 11. Este artículo aplazaba el problema hasta el triunfo de la
guerra en la península y de la derrota de la insurgencia en América. Con ello se

17 Como la petición de José Roa y Fabián, diputado por el Señorío de Molina, que en tono airado

reclamaba su inclusión en la división territorial. Cfr. Manuel Chust, La cuestión nacional americana
en las Cortes de Cádiz, Valencia, Fundación Instituto de Historia Social UNED-Instituto de Investiga-
ciones Históricas UNAM , 1999, p. 144.
CONSTITUCIÓN DE 1812, LIBERALISMO HISPANO... 167

evidenciaba que el nuevo Estado era incapaz, por el momento, de dotarse constitu-
cionalmente de una división satisfactoria. Ésta era la redacción del artículo 11:

“Se hará una división más conveniente del territorio español por una ley constitucional,
luego que las circunstancias políticas de la Nación lo permitan”.

Pero ¿cuál era la estrategia de los peninsulares? ¿Por qué esta manifiesta desigual-
dad provincial? La división territorial suponía una división administrativa y política, la
creación de diputaciones provinciales que aglutinaran el control y poder económico y
político de las provincias y fueran, supuestamente, un referente para el Estado centra-
lista que los diputados peninsulares proyectaban.
Pero ésta no era la estrategia de los americanos. Éstos, Miguel Ramos de
Arizpe al frente, confiaban en esta institución provincial como el órgano capaz de
gestionar un autonomismo económico y soberano en lo político. Se basaban en
que las instituciones electivas también eran depositarias de soberanía. Así, esta
división territorial ¿suponía también para los americanos una diversidad de sobera-
nías? Eso era al menos lo que pretextaron, como veremos más adelante, los libe-
rales peninsulares para oponerse a las pretensiones autonomistas y descentraliza-
doras de los americanos.
Diego Muñoz Torrero, por parte del liberalismo peninsular, argumentaba:

“Estamos hablando como si la Nación española no fuese una, sino que tuviera reinos diferen-
tes. Es menester que nos hagamos cargo que todas estas divisiones de provincias deben
desaparecer, y que en la Constitución actual deben refundirse todas las leyes fundamentales
de las demas provincias de la Monarquía, especialmente cuando en ella ninguna pierde. La
comision se ha propuesto igualarlas todas; pero para esto, lejos de rebajar los fueros, por
ejemplo, de los navarros y aragoneses, han elevado á ellos á los andaluces, á los castellanos,
etc... igualándolos de esta manera á todos para que juntos formen una sola familia con las
mismas leyes y Gobierno. Si aquí viniera un extranjero que no nos conociera, diria que había
seis o siete naciones. La comision no ha propuesto que se altere la division de España, sino
que deja facultad á las Córtes venideras para que lo haga, si lo juzgaren conveniente, para la
administracion de justicia, etc. Yo quiero que nos acordemos que formamos una sola Nación,
y no un agregado de varias naciones”.18

Se constituía el Estado-nación y lo hacía desde parámetros hispanos. Este he-


cho, trascendental y sin precedentes en la historia universal, problematizará tanto la
historia contemporánea de América como la española. Pero... ¿cómo organizar un
Estado cuando sus dimensiones territoriales eran transoceánicas? ¿Qué es lo que había
cambiado o comenzaba a cambiar desde el plano jurídico-político? Los territorios no

18 DSC, 10 de enero de 1812.


168 MANUEL CHUST

pertenecían ya al soberano y por ende tampoco su soberanía. Ahora los territo-


rios, antiguas colonias y metrópoli, constituían un solo Estado-nación. La sobera-
nía, en un alarde de teoricismo liberal centralista, correspondía a la nación. Sobe-
ranía y nación que se presentaban indivisibles, únicas y cuya legitimidad tan sólo
eran las Cortes y su sistema representativo electoral.
Aconteció que los diputados americanos, especialmente los novohispanos,
proponían otra alternativa a esta concepción de la soberanía nacional y por ende
del Estado-nación. Residía en una división de la soberanía en tres niveles: munici-
pal, provincial y nacional. ¿Suponía ello un federalismo? Al menos se aproximaba.
Otros artículos fueron especialmente significativos, como el 22º y el 29º. Por
el primero, se excluirá a los mulatos de la nacionalidad española –derechos civi-
les– mientras que por el segundo artículo se les privará de la condición de ciuda-
danos, es decir, del derecho político por lo que no sólo carecían de voto sino que
también fueron excluidos del censo electoral. Esta medida fue una estrategia de
los peninsulares para reducir el número de diputados americanos ya que la ley
electoral planteaba un sufragio universal proporcional a la población, ya que la
península tenía entre 10 y 11 millones y América entre 15 y 16. Así, los represen-
tantes peninsulares se aseguraban un número de diputados peninsulares similar a
los americanos al excluir a casi seis millones de castas de los derechos políticos.
Como no podía ser de otra forma, todos estos planteamientos autonomistas y
descentralizadores de los americanos desembocaron en la discusión de los artícu-
los referentes a los ayuntamientos y a las diputaciones. Era en estas instituciones
en donde los americanos depositaban buena parte de sus aspiraciones descentra-
lizadoras para consumar su autonomismo. De la misma forma que los plantea-
mientos autonomistas americanos provocaron que los liberales peninsulares reac-
cionaran y plantearan las diputaciones como unas instituciones encaminadas a
reafirmar el centralismo. La dialéctica centro/periferia seguía presente en la crea-
ción del Estado-nación. Pero era una dialéctica, fundamentalmente, entre un na-
cionalismo peninsular y otro americano.
Dos fueron los puntos de conflicto en la organización de ambas instituciones.
En primer lugar los americanos concebían, desde su táctica política, a ambas
instituciones, diputaciones y ayuntamientos, como asambleas representativas, dado
su carácter electivo y, por lo tanto, depositarias de parte de la soberanía. Así, el
liberalismo autonomista americano enunció todo un discurso que proponía la des-
centralización de la representación, cuestionaba la centralización de la soberanía y,
por lo tanto, del poder. Florencio Castillo, diputado por San José de Costa Rica,
era claro en sus manifestaciones:

“Si las Córtes representan á la Nación, los cabildos representan un pueblo determinado”.19

19 DSC, 13 de enero de 1812.


CONSTITUCIÓN DE 1812, LIBERALISMO HISPANO... 169

Y, respecto a la representatividad de los diputados provinciales, la interven-


ción de José Miguel Guridi y Alcocer:

“Yo tengo a los diputados provinciales como representantes del pueblo de su provincia,
cuando hasta los regidores de los ayuntamientos se han visto como tales aun antes de
ahora. Unos hombres que ha de elegir el pueblo, y cuyas facultades les han de venir del
pueblo ó de las Cortes, que son la representacion nacional, y no del poder ejecutivo, son
representantes del pueblo”.20

La descentralización autonomista que los americanos reivindicaron tanto en el


poder local, ayuntamientos,21 como desde el poder provincial, diputaciones, su-
ponía una asunción de la soberanía que no tenía que ser, necesariamente, nacio-
nal, sino también local y provincial. De esta forma hacían coincidir ésta con el
criterio de la igualdad de representación. Se fundamentaba en las Cortes de Cádiz
una de las bases teóricas del federalismo americano. Lo veremos más tarde en los
planteamientos federales en México.
Además, los liberales peninsulares para contener esta corriente federal de los
americanos procedieron a poner un freno al poder legislativo tanto municipal como
provincial mediante la creación de la figura del jefe político.22 Éste era un funcio-
nario nombrado por el poder ejecutivo con atribuciones de presidente de la diputa-
ción y, por ende, supervisor de todos los ayuntamientos.
El enfrentamiento devino en una pugna entre la concepción autonomista y
descentralizadora de los americanos y las restricciones teóricas y de política prác-
tica de los liberales peninsulares. Y, además, todo el conflicto revestía parámetros
antirrealistas y anticentralistas. Lo cual va a provocar la reacción centralista y
monárquica de los liberales peninsulares.
Fue el conde de Toreno23 quien asumió gran parte de los discursos en contra
de cualquier atisbo de federalismo y de división de la soberanía:

20 DSC, 10 de enero de 1812.


21 Cfr. Antonio Annino, “Prácticas criollas y liberalismo en la crisis del espacio urbano colonial.
El 29 de noviembre de 1812 en la ciudad de México”, Secuencia, nº 24, 1992, pp. 121-158. También
Antonio Annino, “Ciudadanía versus gobernabilidad republicana en México. Los orígenes de un
dilema”, en Hilda Sabato (coord.), Ciudadanía política y formación de las naciones. Perspectivas
históricas de América Latina, México, Fideicomiso Historia de las Américas. Fondo de Cultura
Económica, 1999. Y del mismo autor “Voto, tierra, soberanía. Cádiz y los orígenes del municipalismo
mexicano”, en François-Xavier Guerra (dir.), Revoluciones hispánicas. Independencias americanas
y liberalismo español, Madrid, Editorial Complutense, 1995.
22 No obstante es aquí en donde Nettie Lee Benson interpreta la desintegración del virreinato al

ser sustituido por las diputaciones provinciales. Cfr. La diputación provincial y el federalismo mexi-
cano, México, El Colegio de México, 1955.
23 Véase el interesante estudio preliminar y selección de discursos de Joaquín Varela Suanzes-

Carpegna en Conde de Toreno. Discursos parlamentarios, Clásicos asturianos del Pensamiento


Político, nº 15, Oviedo, Junta General del Principado de Asturias, 2003.
170 MANUEL CHUST

“El señor preopinante ha fundado todo su discurso en un principio al parecer equivocado,


cuando ha manifestado que los ayuntamientos eran representantes de aquellos pueblos por
quienes eran nombrados. Este es un error: en la Nación no hay más representación que la del
Congreso nacional. Si fuera según se ha dicho, tendríamos que los ayuntamientos, siendo una
representación, y existiendo consiguientemente como cuerpos separados, formarian una
nacion federada, en vez de constituir una sola é indivisible nacion. (...) los ayuntamientos
son esencialmente subalternos del Poder ejecutivo: de manera, que solo son un instrumento
de éste, elegidos de un modo particular, por juzgarlo así conveniente al bien general de la
Nacion; pero al mismo tiempo, para alejar el que no se deslicen y propendan insensiblemen-
te al federalismo, como es su natural tendencia, se hace necesario ponerles el freno del Jefe
político, que nombrado inmediatamente por el Rey, los tenga á raya y conserve la unidad de
accion en las medidas del gobierno. Este es el remedio que la Constitucion, pienso, intenta
establecer para apartar el federalismo, puesto que no hemos tratado de formar sino una
Nacion sola y única”.24

VUELVE EL ABSOLUTISMO, SE DESVANECE EL AUTONOMISMO DOCEAÑISTA

Y llegó la reacción. El 4 de mayo de 1814, triunfó el golpe de Estado de Fernando.


La obra legislativa emprendida por las Cortes de Cádiz llegó a su fin. También la
esperanza de los americanos autonomistas que apostaban por una vía doceañista
intermedia entre el independentismo y el colonialismo absolutista. Una decena de
significados diputados americanos serán encarcelados, otros podrán escapar a la
reacción absolutista exiliándose en diversos países europeos o regresando a Amé-
rica. Quebrado el doceañismo, la vuelta al absolutismo para América representará
el regreso, reforzado, de autoridades coloniales y el combate, sin tregua, contra la
insurgencia. Quedaba con ello frustrada una esperanza, al menos hasta 1820.
Quizá definitivamente.
El pronunciamiento de Rafael del Riego el 1° de enero de 1820 va a suponer la
proclamación, finalmente, de la Constitución de 1812. Ante la presión del liberalis-
mo urbano, el monarca se vio obligado a jurar la Constitución el 7 de marzo de
1820. Se inauguraba un segundo período constitucional doceañista. Sin embargo,
la realidad política y social era diferente a la anterior década: el Deseado reinaba y
juraba la Carta Magna, buena parte del territorio americano seguía o estaba insu-
rrecto, la situación peninsular era de tensa calma pero no de guerra y habían
transcurrido seis difíciles años de absolutismo para los liberales.

24 DSC, 10 de enero de 1812.


CONSTITUCIÓN DE 1812, LIBERALISMO HISPANO... 171

De inmediato se decretó una amnistía para los encarcelados por delitos políti-
cos, la proclamación de los decretos doceañistas, la restitución de los ayunta-
mientos constitucionales, de las diputaciones provinciales y la formación de una
Junta provisional consultiva. Volvía el doceañismo, también para y en América.
Doceañistas: propuestas, ideología y políticos que ahora iban a ser superados en
sus reivindicaciones por sectores más radicales del liberalismo peninsular y ame-
ricano. Paradójicamente, las propuestas políticas en la península se radicalizaron
hacia la democracia, mientras que en la mayor parte de las repúblicas americanas,
esta radicalización será nacionalista –independentista– pero no ideológica y políti-
ca, ya que la base jurídica, política y social doceañista, en general, no será supe-
rada en los nuevos Estados americanos.
La Junta convocó a elecciones, reunió a las Cortes y suprimió la Inquisi-
ción, restableció los jefes políticos, la libertad de imprenta, etcétera. La Carta
Magna comportaba la concepción hispana de la revolución: la integración cons-
titucional de los territorios americanos que no estaban bajo el poder de la insur-
gencia o que permanecían independientes. Las nuevas Cortes iniciaron sus se-
siones el 9 de julio de 1820.
Hasta 1821 no comenzaron a llegar los diputados propietarios americanos
alcanzando la cifra de 52 que, junto a los suplentes, completarían una representa-
ción americana de 77 diputados. Una diputación calificada por ellos de insuficiente
y desigual que provocó que los representantes americanos volvieran a plantear, el
15 de julio de 1820, una protesta, ya que éstos sólo tenían 30 escaños, lo cual
suponía un tercio de lo que les correspondía.
Otra vez la cuestión de la representación nacional. Lo hemos mencionado, lo
reiteramos. Las circunstancias de los años veinte habían variado con respecto al
anterior período constitucional. Los seis años de represión absolutista fueron casi
decisivos para frustrar la vía autonomista hispana al cercenar con dureza cual-
quier pretensión liberal, tanto peninsular como americana, y, por otro lado, la
reacción absolutista condujo a las filas de los insurgentes a muchos criollos “equi-
libristas”25 para los que el autonomismo representaba una opción evolucionista
para transformar el régimen colonial.
Los americanos reiteraron la crítica a los decretos liberales de las Cortes que
bloqueaban las autoridades peninsulares en América, lo cual se traducía en una
gran desconfianza en la administración peninsular. Se estaba fraguando un nacio-
nalismo singular que ya no era el amplio y general americanismo sino que se
particularizaba, cada vez más, en los distintos territorios, otrora grandes divisio-
nes administrativas de la monarquía.

25 Virginia Guedea, “Ignacio Adalid, un equilibrista novohispano”, en Jaime E. Rodríguez (ed.),

Mexico in the age of democratic revolution (1750-1850), Lynne Rienner Publishers, Boulder, 1994,
pp. 71-98.
172 MANUEL CHUST

La novedad, en esta segunda situación revolucionaria burguesa,26 fue que los


americanos propusieron una descentralización del ejecutivo concretada en una
subdivisión de las secretarías de Guerra, Marina y Gracia y Justicia en América,
ya que la secretaría de Hacienda ya estaba descentralizada con anterioridad. Con
ello se iba completando la estrategia descentralizadora americana. Tan sólo queda-
ba ya la separación del ejecutivo.
El segundo paso fue la sustitución del virrey Apodaca en Nueva España por
Juan O’Donojú, el cual era partícipe de los planes autonomistas novohispanos.
Los americanos concretaban su plan: la conquista de la autonomía y de la adminis-
tración territorial en las provincias americanas y, en segundo lugar, la consecución
de una autonomía legislativa, económica y administrativa en América, dentro de la
monarquía española. El órdago para el liberalismo peninsular se planteó de forma
deliberada por parte de los americanos.
En mayo de 1821 los americanos lograron que en cada intendencia americana
hubiera una diputación provincial, argumentando criterios de población, territorio,
distancia entre las provincias, malas comunicaciones, dispersión, etc., y esgri-
miendo razones históricas de la anterior división en intendencias. Esta medida
supuso toda una revolución administrativa en los territorios americanos de la mo-
narquía española. Era un paso más para la organización federal de la monarquía,
objetivo de los autonomistas americanos, enfrentados cada vez más agriamente a
los peninsulares.
No obstante, esta vez el monarca ausente estaba presente. No fue lo mismo.
Tampoco la necesidad de Fernando por derogar esta legislación doceañista por lo
que respecta a América. Atrás, no obstante, quedaban los planteamientos
doceañistas, cada vez más cuestionados por un liberalismo peninsular apoyado en
capas populares y que mostraba su disposición para realizar la revolución, inclu-
yendo o no, al monarca. Acontecía la vertiente “exaltada” del liberalismo.
El 4 de junio de 1821 llegaron las noticias a las Cortes del establecimiento del
Plan de Iguala en Nueva España. El camino hacia la independencia era cuestión de
meses. Y con ello, la pérdida del primer bastión de la monarquía en América:
Nueva España.
La iniciativa parlamentaria encabezada por el conde de Toreno para proponer
a las Cortes las necesarias medidas para “la pacificación” de América chocaron
con la manifiesta oposición del rey. Por ello la comisión acordó no proponer nin-
guna medida a la Cámara y trasladar el problema al gobierno. Lo cual provocó que
los representantes americanos presentaran 15 propuestas redactadas por los mexi-
canos Michelena y Lucas Alamán.

26 Manuel Chust, “Federalismo avant la lettre en las Cortes hispanas, 1810-1821”, en Josefina

Zoraida Vázquez, El establecimiento del federalismo en México (1821-1827), México, El Colegio de


México, 2003.
CONSTITUCIÓN DE 1812, LIBERALISMO HISPANO... 173

Las propuestas constituían toda una declaración de federación hispana. La


diputación americana reclamó la creación de tres secciones de las Cortes en Amé-
rica, una en Nueva España, incluidas las provincias internas y Guatemala, la se-
gunda en el reino de Nueva Granada y las provincias de Tierra-Firme y la tercera
en Perú, Buenos Aires y Chile. Las Cortes se reunirían en México, Santa Fe y
Lima, tendrían las mismas competencias que las Cortes generales de Madrid y sus
diputados las mismas facultades, a excepción de la política exterior. Además, se
establecería un ejecutivo designado por el rey de entre sus familiares, cuatro mi-
nisterios –gobernación, hacienda, gracia y justicia, guerra y marina– un tribunal
supremo de justicia y un consejo de Estado en cada una de las secciones.
Quedaba el vínculo de unión, el símbolo mental, ideológico y religioso, la
monarquía, como forma de gobierno que no de Estado. Los americanos estaban
proponiendo una Commonwealth para todos los territorios hispanos. El plan no
fue aceptado por las Cortes, tampoco, por supuesto, por el rey. La cuestión ame-
ricana trascendía ya a la doceañista. Liberalismo superado ya en estos años veinte
por fuerzas sociales populares en la península e insurgentes en América.
Los acontecimientos se precipitaron. El 30 de junio se cerraban las sesiones
de la legislatura. En agosto se firmaban los Tratados de Córdoba en México, que
las Cortes rechazaron. El 21 de septiembre se promulgaba la Declaración de Inde-
pendencia mexicana. Aquí finalizaba la trayectoria autonomista mexicana en las
Cortes de Madrid. Otro proyecto empezaba a triunfar. Un proyecto conocido y
dirigido por los diputados mexicanos autonomistas, un proyecto nacional mexica-
no sustentado en las bases del primer federalismo mexicano.
Conforme avanzaba la revolución se hacía más patente la oposición del rey
al proyecto constitucional. Si la revolución devenía en una espiral imparable con
el triunfo del liberalismo radical o “exaltado”, la contrarrevolución también. Ésta
se había desenvuelto desde el mismo día que Fernando VII fue obligado a jurar
la Constitución.
La contradicción para los liberales era palpable: realizar la revolución, mante-
ner América con un proyecto liberal y autonomista, sobrevivir en el contexto
absolutista del Congreso de Viena y, todo ello, con un rey que aprovechaba el
marco constitucional para frenar los avances revolucionarios liberales. Además
Fernando, en secreto, estaba conspirando para que la Santa Alianza decidiera in-
tervenir militarmente contra el Estado liberal. Reacción que tuvo en el clero, afec-
tado por las reformas liberales y por las desamortizaciones, el sector social que
difundirá consignas antiliberales entre las clases populares campesinas. El 1° de
octubre Fernando VII volvía a ser un rey absoluto.
174 MANUEL CHUST

REVOLUCIÓN SIN DOCEAÑISMO, CONSTITUCIÓN SIN AMÉRICA: 1837

La proclamación, por tercera vez, de la Constitución de 1812 en el verano de 1836


supuso el regreso de las conquistas doceañistas de la revolución burguesa como el
sufragio universal indirecto, los ayuntamientos constitucionales, la milicia nacional,
los límites al poder real, las diputaciones provinciales, etcétera.27 Pero también,
insistamos, la integración en calidad de igualdad de derechos y de representación de
los ciudadanos de las provincias americanas que comportaba, necesariamente, la
convocatoria a elecciones de las Cortes y su representatividad en la Cámara.
En 1836, tan sólo quedaban como provincias americanas en la monarquía
española Cuba y Puerto Rico, además de Filipinas como asiática. Las elecciones a
Cortes se celebraron el día 4 de noviembre en Cuba y Puerto Rico. Los diputados
electos remitieron un comunicado a la Cámara recordándole que la proclamación
de la constitución suponía la igualdad de derechos y de representación de las
provincias americanas.
La Cámara discutió la pretendida reforma del texto constitucional sin la pre-
sencia de los representantes americanos porque decidió, no sin controversia, no
dejarlos entrar, a pesar de las justas protestas e indignación de los americanos.
Las Cortes convocadas no eran constituyentes, por lo que consecuentemente
sólo debían tratar una reforma constitucional. Era sólo una táctica aparente. Un
doceañista como Agustín Argüelles encabezaba la estrategia de elaborar una nueva
constitución. Los americanos llegaron a la península cuando se debatía en la Cámara la
necesidad de trasladar fuera de la constitución el marco legislativo americano. El futu-
ro código difería del doceañista en el tratamiento colonial de la cuestión americana. La
propuesta de la comisión de constitución fue que se elaboraran leyes especiales para
los territorios americanos y asiático. Mientras tanto, los representantes cubanos y
portorriqueños seguían sin lograr que la Cámara aceptase el reconocimiento de sus
actas de diputados.28 Este importante debate va a enfrentar a las dos fracciones del
liberalismo español que tenían concepciones ideológicas y políticas diferentes sobre la
cuestión colonial, las cuales escondían diversos intereses sociales y económicos.
La burguesía moderada se opuso al código doceañista porque comportaba
gran parte de las conquistas del radicalismo democrático. Entre éstas el admitir a
Cuba y Puerto Rico como provincias del Estado español. La acumulación origina-
ria de capital que estaba proporcionando su explotación era una razón más que
suficiente para excluirlas de derechos constitucionales.

27 Cfr. Enric Sebastiá Domingo, La revolución burguesa, Valencia, Fundación Historia Social-
UNED ,2001; Carlos Marichal, La revolución liberal y los primeros partidos políticos en España,
1834-1844, Madrid, Cátedra, 1980.
28 DSC, 4 de noviembre de 1836, p. 120.
CONSTITUCIÓN DE 1812, LIBERALISMO HISPANO... 175

En primer lugar, porque presuponía reabrir aspectos trascendentales que ha-


bían quedado paralizados desde las Cortes de Cádiz como la abolición de la escla-
vitud. El crecimiento de la población y de las rentas que había experimentado la
Isla no era una casualidad. La fuerza de mano de obra recordemos, en su mayoría
esclava, también había aumentado a niveles espectaculares. Mientras que la pobla-
ción blanca era de 311.051 habitantes, la esclava ascendía a 286.942 más 106.494
libertos. Es decir, en torno al 60 por ciento de la población cubana era negra y
mulata. Los beneficios de las plantaciones tenían menor significación al lado del
negocio negrero. Acontecía que en la mayoría de las ocasiones ambos negocios
se complementaban. Es más, el 5 de marzo de 1837 se presentó un informe a la
Cámara para la abolición de la esclavitud, pero sólo en la península. El informe
reconocía lo imprescindible de la mano de obra esclava para la explotación antilla-
na y su dificultad para abolirla allí. Cuba y Puerto Rico quedaban al margen de
cualquier extensión de la revolución burguesa, a diferencia de lo que hubiera acon-
tecido con la Constitución de 1812.
¿Era posible una política liberal que compatibilizara una equidad económica,
política y de representación entre la metrópoli y sus colonias? Agustín Argüelles,
protagonista directo de las dos experiencias constitucionales anteriores, fue quien
más se opuso. Su experiencia anterior le había demostrado que la revolución bur-
guesa en España había fracasado, entre otros aspectos, por incluir en el Estado
español, como provincias y con igualdad de derechos de representación y econó-
micos, las posesiones coloniales americanas.
Argüelles:

“Estas leyes especiales envolverán una libertad igual á la de la Península en cuanto sea
compatible con las circunstancias de aquellos países. Ese es el gran principio, el principio de
los hombres de Estado, que tales necesitamos ser en el año 37”.29

El principio de los “hombres del 37”, aludido por Argüelles, era consumar la
revolución burguesa en España. Y si para ello era necesario renunciar a su propia
historia constitucional, al mito del Doce, parecía más que dispuesto a realizarlo.
Agustín Argüelles:

“Además, no debemos perder de vista que esos señores Diputados tienen los mismos
poderes que nosotros para expresar sus ideas, para promover sus intereses y para hacerlo
con todo calor, con toda la vehemencia análoga a su fibra, á sus facultades mentales y á sus
cualidades físicas. Que me diga el Sr. Vila, cuya capacidad y talento gubernativo reconozco,
que efecto produciría en su provincia el que en ciertas circunstancias críticas, interpelando al

29 Ibidem, p. 2039.
176 MANUEL CHUST

Gobierno de S. M. la Reina Gobernadora, le titulase ó llamase á boca llena déspota, tirano,


y para apoyarse leyese representaciones de indivíduos ó de corporaciones que afirmasen lo
mismo. Y aplicando este mismo caso á la isla de Cuba, por ejemplo ¿cree el Sr. Vila que
podría sostenerse un jefe, un magistrado encargado del gobierno de ella, acusado de semejan-
te manera por un Diputado representante de la misma? ¿Habría un medio capaz de evitar el
que las sesiones de Córtes penetrasen en aquella isla? Era preciso para esto el que la libertad
de imprenta desapareciese: de otra manera seria imposible el que no llegasen á oidos de los
americanos estas reclamaciones, y que no se siguiesen de ellas las funestas consecuencias
que son de temer.”30

La renuncia del doceañismo no sólo era un giro constitucional moderado de la


revolución burguesa española, lo era también en cuanto a mantener colonialmente
las provincias americanas.
Agustín Argüelles fue el diputado que más se distinguió en su oposición a la
integración de los representantes americanos en la Cámara. Este diputado, no
hace falta recordarlo, fue uno de los artífices del Código doceañista tanto por su
actuación destacada en la comisión que redactó la Constitución como también por
sus importantes discursos en apoyo de los artículos más polémicos en la propia
Cámara. El “divino” también formaba parte de la comisión encargada de elaborar
la nueva constitución y además fue una de las piezas clave en la redacción del
Dictamen de las comisiones de constitución y de ultramar que finalmente va a
determinar la aplicación de leyes especiales para las posesiones coloniales,31 lo
que implicaba que los americanos no gozarían de los derechos constitucionales
del nuevo Estado liberal.
Queda otro de los argumentos. Los americanos ya lo habían enunciado en
las Cortes gaditanas y del Trienio. La Constitución de 1812 establecía diputacio-
nes provinciales con diversas competencias que recogían los intereses econó-
micos y sociales de cada provincia y de sus grupos dominantes. Instituciones,
que para los americanos y algunos peninsulares reclamaban facultades sobera-
nas en el aspecto legislativo, destinando al Estado las competencias en defensa y
en política exterior. Es decir, el retorno de la problemática federal que a la altura
de 1837 ya no sólo era un problema estrictamente americano sino que empeza-

30 Ibid., 10 de marzo de 1837, p. 2043.


31 “Dictamen de las comisiones reunidas de Ultramar y Constitucion, proponiendo que las
provincias ultramarinas de América y Asia sean regidas y administradas por leyes especiales”. Cfr. DSC,
12 de febrero de 1837, apéndice al número 112, p. 1491. El Dictamen lo firmaron los siguientes
diputados: Manuel Joaquín Tarancón, Agustín Argüelles, Manuel María Acevedo, Antonio Seoane,
Alvaro Gómez, Antonio Flórez Estrada, Jacinto Félix Doménech, Antonio González, Mauricio
Carlos de Onís, Joaquín María Ferrer, Pío Laborda, Pablo Torrens y Miralda, Vicente Sancho, Pedro
Antonio de Acuña, Salustiano de Olózaga, y como secretario Martín de los Heros.
CONSTITUCIÓN DE 1812, LIBERALISMO HISPANO... 177

ban a sumarse reivindicaciones periféricas peninsulares. Con todo, obviamente,


restaba el problema de la esclavitud, del cual ya nos ocupamos pormenorizadamente
en otro estudio.32
La votación de la proposición sobre la implantación de leyes especiales para
América se realizó el 11 de marzo de 1837. Sesenta y tres diputados mostraron su
conformidad con la propuesta al levantarse de su asiento, según las normas de
votación en la Cámara. Por el contrario permanecieron sentados sesenta y dos
diputados que expresaban con ello su oposición. ¡Tan sólo un voto!
El giro hacia la moderación estaba dado. Y no sólo desde la perspectiva ame-
ricana, la Constitución de 1837 no planteará problemas al rey ya que éste tendrá
derecho de veto a cualquier ley del legislativo. Quedaba resuelta la problemática de
enfrentamiento doceañista entre Cortes y Corona, a favor de la segunda. Incluido
el mantenimiento de las posesiones americanas como patrimonio real, pero dentro
ya de un Estado liberal.

32 Manuel Chust, “Las consecuencias de la praxis constitucional: América en la Constitución de

1837”, en De súbditos del rey a ciudadanos de la nación, Castellón, Universitat Jaume I, 2000, pp.
93-115.
178 MANUEL CHUST

RESUMEN

El artículo analiza los debates de la Constitución de Cádiz en 1812. El estudio está


centrado particularmente en los debates y en el rol que la Constitución otorgó a la
colonia española.

Palabras clave: independencia - liberalismo - nación - Constitución

ABSTRACT

This article analyzes the debate around the constitution of Cadiz in 1812. The study is
centered particularly on the debates and the role that the constitution granted to the
Spanish colonies.

Key words: independence - liberalism - nation - constitution


Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”
Tercera serie, núm. 25

RESEÑAS

João Paulo G. Pimenta, Estado e Nação no fim dos impérios ibéricos no prata
(1808-1828), San Pablo, Editora Hucitec, Fapesp, 2002, 266 páginas.

Este libro, cuyo origen fue una tesis de maestría, forma parte de la colección
Estudos Históricos en la que se publican textos dirigidos a un público amplio y no
sólo académico. Dicho propósito resulta escrupulosamente respetado en este caso,
ya que se trata de un trabajo escrito en forma precisa y amena. Pero no es esto lo
más interesante en ese sentido, sino el hecho de que no sólo da a luz nuevos
conocimientos retomando y profundizando investigaciones desarrolladas por la
historiografía iberoamericana reciente, sino que también ensaya formas de aproxi-
mación a los problemas planteados que en sí mismas constituyen aportes novedosos
y significativos para lograr su mejor comprensión.
El trabajo describe y analiza los intentos de construcción de nuevos poderes
políticos en la región del Plata al entrar en crisis el imperio español y el portugués.
Más precisamente, se detiene en lo acontecido entre 1808, cuando se produjeron las
abdicaciones de Bayona y el traslado de la corte portuguesa a Brasil, y 1828, al
concluir la guerra por el territorio oriental entre el Imperio de Brasil y las provincias
del Plata. El solo hecho de ofrecer un panorama claro y sistemático de la historia
política del período hace que la obra resulte de gran interés. Sin embargo, eso no es
todo, ya que también propone una relectura de esa historia ritmada por dos procesos
imbricados entre sí, pero que resulta necesario diferenciar: la crisis del vínculo
colonial y la del Antiguo Régimen. Crisis que, como se evidencia en el trabajo,
tuvieron diversas cronologías y modalidades en Brasil y en el Río de la Plata.
Su punto de partida es la crítica de lo que José C. Chiaramonte ha caracteriza-
do como el “mito de orígenes” de las historiografías nacionales latinoamericanas.
Desde esta perspectiva, el devenir político del período sólo podía pensarse como
parte de un proceso de maduración de nacionalidades cuyo necesario desemboque

179
180 RESEÑAS

era la constitución de Estados nacionales, en este caso, el argentino, uruguayo y


brasilero. A contrapelo de esta tradición, Pimenta desarticula empírica y concep-
tualmente una idea de gran arraigo como es la de suponer que antiguas jurisdiccio-
nes coloniales habrían prefigurado a los Estados nacionales, en tanto éstos se
habrían constituido en herederos naturales de esos territorios.
En el libro se examinan entonces las distintas alternativas de organización
políticas y territoriales planteadas durante esos años, haciendo notar el carácter
complejo, sinuoso y, por sobre todo, no determinado de antemano que tuvieron
los procesos desencadenados en el marco de esa doble crisis. Es por eso, y no
sólo por la crítica a las perspectivas más tradicionales, que el trabajo constituye un
aporte al proceso de renovación de la historiografía iberoamericana que procura
recuperar la singularidad del período sin que su historia deba ser reducida a mar-
cos históricos nacionales aún inexistentes. En ese sentido, y más allá de tal o cual
resultado específico empírico o conceptual, su mayor contribución es mostrar la
productividad que tiene examinar los acontecimientos como parte de un complejo
proceso cuya inteligibilidad excede la mera sumatoria de tres historias nacionales.
Pimenta no sólo compara lo sucedido en los dominios americanos de España y
Portugal antes y después de la ruptura con esas metrópolis, sino que también
analiza los vínculos que los unían como parte de una misma experiencia histórica.
Ahora bien, a diferencia de algunos trabajos que seleccionan a priori diversos
casos a fin de poder compararlos, en esta oportunidad se trató de una necesidad
que le planteó la propia materia histórica al investigador: la complejidad del proce-
so de ruptura entre Brasil y Portugal, así como su interrelación con lo sucedido en
Hispanoamérica, hicieron patente la conveniencia de insertarlo en una historia mayor
para poder dotarlo de inteligibilidad. De ahí entonces el recorte espacial, ya que
ambos imperios interactuaron en el área platense y más precisamente en su región
oriental en la que se asentaron muy diversos poderes políticos, en las dos décadas
examinadas en el libro.
Para examinar el desarrollo de esas alternativas de organización, el trabajo
recorre y analiza los cambios y continuidades producidos en la cultura política
tomando como centro las referencias de los actores y las identidades colectivas.
Como metodología recurre a un análisis del vocabulario político, ciñéndose en
particular a los significados de conceptos clave como Estado, nación y territorio.
El corpus en el que se despliega dicho análisis está constituido por la prensa de
Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro, aunque también incorpora el Correio
Braziliense, publicado en Londres entre 1808 y 1822. Siguiendo a B. Anderson,
Pimenta considera la prensa del período como un medio privilegiado en la confor-
mación de nuevas identidades colectivas. Pero como puede apreciarse en el libro,
no es ésta la única razón para prestar atención a la prensa: su rol activo en los
conflictos políticos y su capacidad de orientar y formar opinión la constituyen en
un corpus privilegiado para examinar la naciente vida política en Iberoamérica.
RESEÑAS 181

El libro está estructurado en dos partes claramente diferenciadas por sus con-
tenidos y sus objetivos. La primera, titulada “La deconstrucción”, consta de dos
capítulos que tienen como propósito situarse ante las tradiciones historiográficas
y fundamentar la investigación. La segunda, titulada “La reconstrucción”, consta
de cuatro capítulos en los que se vuelcan sus resultados. En cada uno de ellos se
tratan problemas específicos a la vez que se siguen los procesos en forma
cronológica, permitiendo así, al lector, apreciar mejor los diversos contextos po-
líticos examinados. En ese sentido, y aunque resulta comprensible dado el origen
del libro, es de lamentar que la información brindada sobre la historia de Brasil no
sea la misma que la referida a las provincias rioplantenses. De hecho, de la evolu-
ción política de éstas se incluyen varios mapas, mientras que no hay ninguno del
área luso-americana.
El primer capítulo es un examen crítico de las historiografías nacionales que
recupera algunos planteos de autores como Zum Felde y Prado Júnior, concen-
trándose después en enfoques más recientes propuestos por Real de Azúa,
Chiaramonte y Forastieri da Silva. El segundo capítulo examina los cambios que
sufrieron las concepciones sobre el territorio en ese período, destacando que de
espacios discontinuos articulados por el monarca, con contornos imprecisos y
constantes redefiniciones, se va a pasar a la noción de un territorio continuo que
forma parte de la soberanía nacional. De ese modo, y aunque se hubiera manteni-
do una continuidad jurisdiccional, se trataría de otro territorio, en tanto se trans-
formó el concepto así como también sus atributos y funciones.
El tercer capítulo, “América sede del Poder”, es un examen de las prime-
ras transformaciones provocadas por el traslado de la Corte y la administración
portuguesa a Brasil y por la creación de gobiernos locales en Hispanoamérica.
Este proceso es enmarcado en una cultura política que se había venido renovan-
do desde fines del siglo XVIII al calor de las reformas ilustradas que introduje-
ron innovaciones ideológicas y nuevas prácticas. Entre ellas, el nacimiento de
la prensa americana a través de lo cual se dio forma a una nueva dinámica en
la vida pública.
Uno de los aportes del libro, en éste y en los siguientes capítulos, es mostrar
las referencias cruzadas en la prensa de Río, Buenos Aires y Montevideo. En este
caso, el interés reside en la posibilidad de poder apreciar las diferencias existentes
en cada uno de esos nuevos centros políticos, así como también los cambios y las
continuidades ideológicas. En ese sentido, el autor destaca que si bien las alterna-
tivas de organización territorial se basaban en una lógica de Antiguo Régimen,
empezaba a cobrar forma la idea de una identidad territorial homogénea y conti-
nua, expresada por ejemplo en el concepto de fronteras naturales que tendría
capital importancia en el futuro. En cuanto al concepto de nación, y salvo en el
caso de la prensa porteña, seguía haciendo referencia al conjunto de la monarquía
formada por vasallos de un soberano sin importar dónde se encontraran.
182 RESEÑAS

El capítulo cuarto, “Redefinición de la unidad”, se centra en lo sucedido al


producirse las intervenciones portuguesas en la Banda Oriental y el alzamiento
encabezado por Artigas. El autor examina en forma minuciosa cómo, en el difícil
contexto de los conflictos político-militares suscitados en la década de 1810, co-
menzaba a extenderse en las provincias del Plata una idea de territorio asociada a
los límites de la nación y del Estado, que buscaban constituir los gobiernos centra-
les. De todos modos, aún persistían imprecisiones conceptuales en lo que hacía a
cuestiones jurisdiccionales, así como también disputas sobre la residencia de la
soberanía que estallarían poco después con virulencia. En el caso de Brasil, esta
asociación comenzará a darse cada vez más a partir de 1815 cuando, argumentan-
do su extensión, se incorpora como Reino Unido a Portugal y Algarbe. De ese
modo, no resulta extraño que, al producirse una nueva intervención en la Banda
Oriental al año siguiente, se recurra como nuevo argumento legitimador a la exis-
tencia de fronteras naturales. Haciendo foco en las discusiones provocadas por
esta nueva intervención, el autor examina las diversas posiciones notando que en
la transición hacia nuevas formas políticas no resultaba aún claro qué territorios
estarían bajo la jurisdicción de qué poder: es que si bien se estaba desarticulando la
lógica territorial que primaba en el Antiguo Régimen, aún no se había impuesto la
que caracterizaría a los Estados nacionales. Finalmente, el capítulo se detiene en
las dificultades del Directorio y de la Corte portuguesa para afirmar su poder
centralizador, evidenciada por ejemplo en el movimiento pernambucano.
El capítulo quinto, “Nuevos pactos, viejos proyectos”, es probablemente el que
resulte de mayor interés dado que condensa gran parte de los problemas tratados en
el libro. Analiza el proceso desarrollado tras el fracaso de Artigas, la disolución del
poder directorial que dio paso a la creación de soberanías provinciales, y la revolu-
ción liberal de Porto producida en 1820. Esta última, que promovió una convocato-
ria a Cortes, puso en evidencia la existencia de problemas similares en Brasil, ya que,
si bien seguía siendo considerado como un Reino, sus representantes tenían un
carácter provincial. Además, las provincias mantenían entre sí lazos endebles, por lo
que ensayaron también diversas respuestas frente a esa nueva situación: autonomía,
adhesión directa a Portugal o integración regional. Estas alternativas eran tratadas a
través de la prensa que, incrementada por la aparición de periódicos provinciales y la
libre circulación del Correio Braziliense, adquirió un rol fundamental como medio de
expresión y articulador de las diversas posiciones.
En ese contexto, un Congreso de Cabildos crea, en 1821, la provincia Cisplatina,
eligiendo incluso un diputado a las Cortes que no llega a concurrir. Esta decisión
incentivó las discusiones sobre la relación entre territorio y poder político. Si bien
parte de la prensa brasileña no se pronunció, la que sí lo hizo la defendió en base
a dos argumentos que ya no eran simplemente el mantenimiento del orden y la
existencia de intereses que debían ser defendidos: a esto se sumaba también la
propia voluntad de los interesados y la existencia de límites naturales que iban del
RESEÑAS 183

Río de la Plata al Amazonas. La prensa porteña situó la discusión en esos mismos


planos al criticar al Congreso por su falta de representatividad, mientras que con-
sideraba que la Banda Oriental era un territorio integrante de la nación conformada
por las Provincias Unidas. Al calor de esta discusión se acentuaron las respectivas
referencias negativas entre Brasil y las provincias del Plata que tendrían una larga
vida: mientras que las provincias rioplatenses eran valoradas por la prensa brasile-
ña como un paradigma negativo por estar anarquizadas, Brasil aparecía ante la
prensa rioplatense como la contracara de lo americano por su carácter monárqui-
co y esclavista.
En forma paralela a estas discusiones, se daba en el ámbito luso-americano una
progresiva diferenciación con lo europeo, marcada cada vez más por la idea de que
la unidad era de la nación y ya no de las posesiones del monarca. En este proceso
tuvo una gran incidencia la creación de la provincia Cisplatina, decisión que había
marcado un punto alto en la elaboración de políticas americanas autónomas. De
hecho, la propia intervención en la Banda Oriental no había sido compartida por todo
el Reino Unido e, incluso, la Corte de Lisboa solicitaría el retiro. En 1822, se produjo
la ruptura de Brasil con la metrópoli, afianzándose de ese modo su política hacia el
área platense. Más aun, si se considera que el proceso de independencia se imbricó
con el de centralización del poder al argumentarse la existencia de un territorio
delimitado que se correspondía con ese reino. Pimenta señala que si bien comenza-
ron a extenderse las referencias en ese sentido, esto no implicó en modo alguno la
consolidación de un nuevo Estado ni la fundación de una nueva nación.
El último capítulo, “Fortalecimiento y fracaso de la unidad”, examina lo suce-
dido al producirse la independencia de Brasil, la centralización del poder en las
Provincias del Plata y la guerra por la Banda Oriental. La situación abierta en Brasil
marca un crecimiento en las dificultades para lograr el orden y la unidad, a la vez
que estimula la aparición de nuevos periódicos, en especial provinciales. Ante esta
situación conflictiva, se propone la creación del Imperio en reemplazo del reino,
facilitada por la presencia de don Pedro como factor de unidad y recurriéndose al
clásico argumento de que el régimen más apropiado para territorios extensos es el
monárquico. Sin embargo, hay provincias que en 1822 siguen fieles a las Cortes
de Lisboa y sólo variarán esa postura cuando se inaugure la asamblea constituyen-
te en 1823 y se produzca una reacción absolutista en Portugal. Además, la sanción
en 1824 de una constitución que otorgaba amplios poderes a don Pedro provocó
un levantamiento en el norte que fue aplastado. Este cuadro complejo permite
entender por qué, a la vez que cobraba fuerza la identidad americana en oposición
a lo portugués o europeo y aumentaban las referencias brasileras que daban cuen-
ta de una unidad territorial, seguían sin embargo teniendo gran presencia las iden-
tidades provinciales.
El libro concluye analizando el proceso que desembocó en una guerra entre el
Imperio de Brasil y las provincias del Río de la Plata que estaban organizándose en
184 RESEÑAS

un Estado unitario. Como nota el autor, esto aceleró los procesos de centralización
del poder y de asociación entre los conceptos de Estado, nación y territorio, si
bien no cobraron en ese momento su forma definitiva. La razón es que todavía
existía un estado de indeterminación en el proceso de construcción de comunida-
des políticas y de identidades, hecho que incluso, dificultó la creación de ejércitos
para esa guerra. La paz marcaría a la vez la ruina del proyecto unitario en las
provincias rioplatenses, la debilidad del poder imperial en Brasil y el surgimiento de
una nueva entidad, la República Oriental del Uruguay, que redefiniría la situación
existente en la región.
Pimenta concluye que las tensiones en el área no desaparecerían hasta que
estuvieran consolidados los Estados nacionales que redefinirían el problema terri-
torial. Como se habrá podido apreciar, su trabajo procuró mostrar algunas muta-
ciones conceptuales que se constituirían en sustento de esas futuras entidades. El
rastreo de esos elementos conceptuales necesarios para fundamentar los futuros
Estados nacionales a veces atenta contra la comprensión de aquello a lo que están
haciendo referencia en el momento de su enunciación. De todos modos, esto
resulta un hecho menor frente al interés que presenta esta obra, ya sea por los
aportes específicos de la investigación, por el ordenamiento y la clarificación de
información que suele ser tratada por separado y, por eso mismo también, por
hacer evidente el potencial que tienen este tipo de aproximaciones.

FABIO WASSERMAN
Universidad de Buenos Aires

José Mateo, Población, parentesco y red social en la frontera. Lobos (provincia


de Buenos Aires) en el siglo XIX, Mar del Plata, Universidad Nacional de Mar del
Plata, GIHRR, 2001, 309 páginas.

La publicación del libro de Mateo es la feliz concreción de un hecho que, por espe-
rado y merecido, debe llenar de satisfacción. Para los que ya conocíamos el trabajo
efectuado para su maestría en La Rábida, significa ver en el papel con tinta y tipo-
grafía un estudio que circulaba en fotocopias de segunda y tercera mano. Por fin,
ahora está al alcance en forma de libro. Por otro lado, trataremos de superar cierta
subjetividad para resumir el libro de alguien con el cual compartimos innumerables
congresos y reuniones, a la vez que ciertas ideas básicas acerca de metodologías y
corrientes historiográficas. En efecto, entre la Red de Estudios Rurales y el Grupo
de Investigación en Historia Rural Rioplatense, la distancia mayor es la que existe
entre Buenos Aires y Mar del Plata y es sólo física. Hecha esta aclaración que
debemos a nuestra objetividad, pasaremos a reseñar el libro que nos ocupa.
184 RESEÑAS

un Estado unitario. Como nota el autor, esto aceleró los procesos de centralización
del poder y de asociación entre los conceptos de Estado, nación y territorio, si
bien no cobraron en ese momento su forma definitiva. La razón es que todavía
existía un estado de indeterminación en el proceso de construcción de comunida-
des políticas y de identidades, hecho que incluso, dificultó la creación de ejércitos
para esa guerra. La paz marcaría a la vez la ruina del proyecto unitario en las
provincias rioplatenses, la debilidad del poder imperial en Brasil y el surgimiento de
una nueva entidad, la República Oriental del Uruguay, que redefiniría la situación
existente en la región.
Pimenta concluye que las tensiones en el área no desaparecerían hasta que
estuvieran consolidados los Estados nacionales que redefinirían el problema terri-
torial. Como se habrá podido apreciar, su trabajo procuró mostrar algunas muta-
ciones conceptuales que se constituirían en sustento de esas futuras entidades. El
rastreo de esos elementos conceptuales necesarios para fundamentar los futuros
Estados nacionales a veces atenta contra la comprensión de aquello a lo que están
haciendo referencia en el momento de su enunciación. De todos modos, esto
resulta un hecho menor frente al interés que presenta esta obra, ya sea por los
aportes específicos de la investigación, por el ordenamiento y la clarificación de
información que suele ser tratada por separado y, por eso mismo también, por
hacer evidente el potencial que tienen este tipo de aproximaciones.

FABIO WASSERMAN
Universidad de Buenos Aires

José Mateo, Población, parentesco y red social en la frontera. Lobos (provincia


de Buenos Aires) en el siglo XIX, Mar del Plata, Universidad Nacional de Mar del
Plata, GIHRR, 2001, 309 páginas.

La publicación del libro de Mateo es la feliz concreción de un hecho que, por espe-
rado y merecido, debe llenar de satisfacción. Para los que ya conocíamos el trabajo
efectuado para su maestría en La Rábida, significa ver en el papel con tinta y tipo-
grafía un estudio que circulaba en fotocopias de segunda y tercera mano. Por fin,
ahora está al alcance en forma de libro. Por otro lado, trataremos de superar cierta
subjetividad para resumir el libro de alguien con el cual compartimos innumerables
congresos y reuniones, a la vez que ciertas ideas básicas acerca de metodologías y
corrientes historiográficas. En efecto, entre la Red de Estudios Rurales y el Grupo
de Investigación en Historia Rural Rioplatense, la distancia mayor es la que existe
entre Buenos Aires y Mar del Plata y es sólo física. Hecha esta aclaración que
debemos a nuestra objetividad, pasaremos a reseñar el libro que nos ocupa.
RESEÑAS 185

Con este libro Mateo culminó sus estudios acerca de la demografía de Lobos
y de la campaña bonaerense de la primera mitad del siglo XIX. Ahora, retenido por
otros aspectos históricos de su ciudad natal, sigue aplicando una buena parte de la
metodología desarrollada durante su incursión por los temas rurales. En él enton-
ces resume y complementa, a través del beneficio del espacio y de la visión de
conjunto que proporciona un libro, todas sus búsquedas y reflexiones sobre la
materia. Con una muy acertada elección de las citas introductorias de cada uno de
sus capítulos y subdivisiones, como la que encabeza el primero de ellos, debido a
la pluma de Italo Calvino, y una muy atrayente redacción, va desgranando lenta-
mente todos los temas que han sido motivo de preocupación de buena parte de la
historiografía rural rioplatense.
De manera que en la introducción, bajo el acápite “El mundo rural bonaerense:
los enfoques, los problemas, las perspectivas” nos encontramos con una lúcida
reseña historiográfica de lo que se ha dado en llamar la nueva historia rural del Río
de la Plata, entendiendo como tal la estrecha franja entre este río y el Salado, y la
Banda Oriental, con su posterior expansión. Pasa lista a todas las preguntas surgi-
das a partir de mediados de los ochenta y a las respuestas logradas hasta la fecha
de finalización del libro, preguntas que por otra parte él contribuyó a formular. A
partir de estas puestas en blanco, una de las cuales es el “descubrimiento” de la
presencia de campesinos en la pampa que adoptaban la forma de la familia nuclear
como modo de organización básica de sus vidas, justifica la pertinencia de utilizar
en los estudios históricos una metodología de análisis de la sociedad desarrollada
por la sociología desde la década de 1950: el Network Analysis.1 Los capítulos
dedicados a este análisis son la parte más novedosa de todo su libro, ya que hasta
ahora este tipo de herramienta había sido utilizado sólo para los estudios de la elite
pero nunca había sido aplicado a la totalidad de una comunidad y menos aún a los
sectores subalternos.
Precisamente, en el capítulo 1, presenta los conceptos teóricos sobre los
cuales va a basar su análisis. Justifica la pertenencia del estudio del clientelismo en
una sociedad en transición desde las formas de representación de antiguo régimen
a otras más nuevas fundadas en la individualidad, ya que son esas “formas que
resisten bien el desarrollo del capitalismo”.2 Este clientelismo estaría constituido
por una intrincada red de vínculos no sólo verticales, sino también horizontales
que proporcionaban al campesino una cierta protección ante la incertidumbre que
planteaban los cambios en la sociedad y la economía posindependencia, pero tam-
bién a los que voluntariamente se sometía el individuo al migrar desde diversos

1 Últimamente traducido por sus epígonos españoles e hispanoparlantes en general como Aná-
lisis de Redes Sociales (ARS). Cfr. la revista electrónica que editan en http://revista.redes.es/webredes.
2 José Mateo, Población, parentesco y red social en la frontera. Lobos (provincia de Buenos
Aires) en el siglo XIX, Mar del Plata, Universidad Nacional de Mar del Plata, GIHRR, 2001, p. 39.
186 RESEÑAS

parajes a estas pampas. El estudio pormenorizado de esos vínculos personales se


incluye así también en el tipo de análisis que se ha llamado microhistoria, tan
desarrollada en Italia y en otros países europeos, utilizado profusamente por estas
costas pero habiendo sido él uno de los pioneros.
De modo que por las líneas que conforman las redes circulan bienes tangibles
e intangibles con un determinado grado de reciprocidad. Indudablemente, la asi-
metría está presente en la misma y no sólo entre los portadores de capital real y los
nucleados a su alrededor. Existen ciertos nudos en la malla que conectan a esos
poderosos con los que necesitan esa conexión: los brokers, personajes cuyo capi-
tal es simbólico, está formado por relaciones, razón que hace imposible y hasta
inconveniente medirlo, y cuya función es precisamente la de poner en contacto o
ser intermediario entre ambos aspectos de la red.
Pero, ¿cómo se verifica la existencia de esa red? Para ello hecha mano del
estudio del parentesco, tanto sanguíneo como ritual. A través de la alianza matrimo-
nial y del compadrazgo, verificado en Lobos prácticamente desde su fundación,
según lo demostrará en los capítulos siguientes, se puede analizar su conformación,
su morfología y las estrategias de sus componentes para integrarse e integrar la red.
Citando a Weber, hace mención de las motivaciones que, como podemos prever, no
son sólo utilitarias, sino también afectivas. Con estas herramientas se va a internar
en los dos capítulos finales en el análisis concreto de la existencia y el funcionamien-
to de las redes sociales, ya que, como bien advierte Mateo, la comprobación de un
vínculo no verifica el funcionamiento de ellas en su conjunto. Es decir, las redes
sociales existen en la medida que cumplen con una función que en nuestro caso es
la de proporcionar un cierto “control de la incertidumbre”, por un lado, y por el otro
mediatizar cierto control social desde los sectores dominantes.
En el capítulo 2 pasa revista a la demografía del Río de la Plata para la primera
mitad del siglo XIX, pero previamente hace una descripción de las condiciones
geográficas donde se desarrolló esta sociedad. Además, concede una importancia
decisiva a los condicionantes políticos de tal devenir; la presencia del Estado colo-
nial y de las tribus indígenas demarcando una línea, la mayor parte del tiempo
difusa, la frontera, y el posterior avance de la “sociedad blanca” sobre los territo-
rios considerados como del dominio de los indios. El poblamiento a partir de las
migraciones desde el interior pero con escalas en el territorio de la provincia, las
que muchas veces duraban más de una vida, es vuelto a remarcar, así como el
funcionamiento de cadenas migratorias, la distribución de la población, las cam-
biantes condiciones en cuanto a su consideración étnico-social, etcétera. Los di-
ferentes sucesos demográficos son puestos en relieve, es decir natalidad, morta-
lidad, fecundidad y matrimonio, tanto para el ámbito completo como para Lobos,
utilizando una diversidad de fuentes de carácter censal como así también los ar-
chivos parroquiales, y apoyándose para el resto de la campaña en sus propias
investigaciones tanto como en las realizadas por otros colegas.
RESEÑAS 187

También analiza la propiedad de la tierra en el partido de Lobos, zona que,


recordemos, para la época que él investiga es aún frontera, lo que le permite estudiar
la totalidad de la apropiación de la misma en manos privadas. Por último, comprueba
la existencia de unidades censales vecinas relacionadas por parentesco, lo que le
hace pensar acerca de la explotación mancomunada de la tierra, aquello que ha
estudiado Garavaglia como formas de la “minga”,3 sugiriendo que tal hecho puede
mediatizar el funcionamiento de la familia nuclear como unidad productiva.
En el capítulo 3 nos proporciona una metodología novedosa para analizar el
grado de notabilidad de los pobladores de Lobos. Con un despliegue de investiga-
ción documental inmenso, ya que ha recorrido diversos repositorios para encon-
trar habitantes de Lobos para esa fecha citados en fuentes tan variadas como
archivos judiciales, listas de electores, mensuras de tierras, etc., arma una escala
de notabilidad asignando valores a la cantidad y la forma de las menciones halla-
das, lo que él denomina atributos de notabilidad. De tal modo construye una grilla
en la cual ser primer poblador, tener cierta actividad prestigiosa, ser dueño de
tierras o esclavos, haber pertenecido a los diversos estamentos de funcionarios
del Estado, etcétera, otorgaba un estatus superior de acuerdo con la cantidad de
esos atributos que cada individuo poseía. Este grado de notabilidad es tenido in-
mediatamente en cuenta para la reconstrucción de las redes, para lo cual aplica la
teoría de los grafos4 a los vínculos comprobados surgidos de la alianza y del
compadrazgo. Esto le da como resultado una intrincada malla de contactos que
vincula a una buena parte de las unidades del censo de 1815, como consecuencia
de apadrinamientos y casamientos en los 12 años previos, es decir, desde la fecha
de fundación de la capilla encargada de llevar los libros parroquiales. Percibe así,
sobre todo en el compadrazgo, vínculos verticales y horizontales, los primeros
tendientes a generar solidaridad o a afianzar lazos previos, mientras que los segun-
dos significan unas expectativas mayores al relacionarse con un notable definido
en la forma que hemos visto. Por último verifica la existencia de redes de notables
con sus acólitos de menor estatus, que denomina clusters, donde la pertenencia a
una de ellas prácticamente invalida la presencia en otras, pasando a la descripción
pormenorizada de algunas de ellas.
Por último, en el capítulo 4 describe las redes en acción. Pero antes hace men-
ción a que, según su criterio y a pesar de que algunos estudiosos lo insinúen, las
redes no pueden predeterminar la conducta de sus componentes. A mi entender,
esta aclaración es sumamente pertinente, ya que como él mismo advierte, la red es

3 Juan Carlos Garavaglia, “De ‘mingas’ y ‘convites’: la reciprocidad campesina entre los paisa-
nos rioplatenses”, en Anuario IEHS, nº 12, Tandil, Instituto de Estudios Histórico-sociales, Universidad
Nacional del Centro, 1997.
4 Un manual muy práctico que puede agregarse a los citados por Mateo es Josep A. Rodríguez,
Análisis estructural y de redes, Cuadernos Metodológicos nº 16, Madrid, Centro de Investigaciones
Sociológicas, 1995.
188 RESEÑAS

“una construcción cruzada por los determinantes de la economía, la demografía y la


cultura en la que ésta se inserta, y si se quiere es causa y consecuencia a la vez de los
fenómenos sociohistóricos”.5 Lo que el autor nos quiere decir es que la teoría de las
redes es una herramienta más, pero como tal no invalida todas las otras sino que,
como buenos científicos sociales que debemos ser, es menester aplicar conceptos
multidisciplinarios y multimetodológicos, si se nos permite el neologismo. Ninguna
teoría puede explicar la complejidad total de las diversas formas que percibimos en
una sociedad dada. Hecha esta advertencia, Mateo incorpora a su estudio una grue-
sa cantidad de análisis efectuados sobre los registros judiciales para demostrar lo
que él denomina “las redes en acto”. Demuestra cómo es considerado el vínculo
establecido a través del compadrazgo y cómo puede servir para generar una nueva
relación o reforzar una previa, a veces comercial. También, y es lo más meduloso
del capítulo, cómo cada individuo pone en movimiento sus vinculaciones en caso de
disputas (juega sus mejores naipes, dice Mateo) y el peso específico diferenciado de
los que son “ricos”6 en tales vínculos frente a los que no los han generado. Y ade-
más, la potencia del tipo de red que se dinamiza. En tal menester, no se escapa una
sensible muestra de la escasez crónica de mano de obra en la campaña, de los
malabares que hacían los necesitados de ella para mantenerla y del poder de negocia-
ción que otorgaba a los simples conchabados tal situación, agregando una prueba
más a lo ya descripto por Jorge Gelman en varios de sus trabajos.7 A medida que
avanza el siglo, un nuevo componente se hará presente en este entramado: la lucha
facciosa entre unitarios y federales. Se hará en ese momento perceptible un conflic-
to que parece de larga data entre dos de los notables y sus redes, que los llevará a
alternarse en la primacía de la comunidad, según la coloratura del poder dominante
a nivel provincial.
Precisamente, si algo le falta al excelente libro que estamos comentando es no
haber profundizado en ese conflicto, el que enfrentó a los Cascallares y a los
Urquiola, definidamente federal y rosista el segundo, al parecer tímidamente liga-
do a los unitarios el primero, enconos que Mateo encuentra ya en el censo de
1815, levantado por un Cascallares. Con la puntillosidad de Mateo, seguramente
no se le escapó este detalle, pero no debe haber encontrado las fuentes suficientes
para dar cuenta más detallada de ese conflicto. Tal análisis nos habría permitido
conocer bastante más acerca de los modos en los que el poder omnímodo del

5 Mateo, p. 223.
6 Parafraseando a Garavaglia. Juan Carlos Garavaglia, Liberato Pintos. Un pobre (rico) pastor
de la campaña bonaerense en el siglo XIX, Ponencia presentada en las XV Jornadas de Historia
Económica, Tandil, 1996. También en Poder, conflicto y relaciones sociales. El Río de la Plata,
XVIII-XIX, Rosario, Homo Sapiens, 1999.
7 Por ejemplo Jorge Gelman, “Un gigante con pies de barro. Rosas y los pobladores de la
campaña”, en N. Goldman y R. Salvatore (comp.), Caudillismos rioplatenses. Nuevas miradas a un
viejo problema, Buenos Aires, Eudeba, 1998.
RESEÑAS 189

restaurador se reflejaba en la vida simple y de todos los días en un punto alejado de


la campaña, motivo de preocupación de muchos trabajos conocidos con posterio-
ridad. Por otro lado, también habría sido interesante aprovechar la reconstrucción
de familias para continuar la búsqueda de vínculos con posterioridad a 1815, ya
que seguramente los cambiantes tiempos que se avecinaban iban a hacerlos más
necesarios, tal como se deja entrever para el período rosista.
En resumen, Mateo nos acerca una aplicación particular de una metodología
originada en otras tierras y en otras disciplinas, demostrando que con las adecua-
ciones del caso puede ser aplicada a tiempos pasados y a nuestra ciencia histórica.
Su análisis es –para los que de alguna manera recorremos espacios y tiempos
similares– una invitación, y también una tentación muy difícil de sortear, de apro-
piarnos de la metodología y utilizarlo como modelo. Además, su objetivo de expo-
ner la complejidad de las relaciones en la pampa y la pervivencia y convivencia de
prácticas tradicionales y más nuevas, apoyada en una amplia utilización de ele-
mentos teóricos, queda ampliamente cumplido.

DANIEL SANTILLI
Instituto Dr. Emilio Ravignani

Pilar González Bernaldo de Quirós, Civilidad y política en los orígenes de la


Nación Argentina. Las sociabilidades en Buenos Aires, 1829-1862, Buenos Aires,
FCE, 2000, 406 páginas.

Reseñar el libro Civilidad y política en los orígenes de la Nación Argentina de


Pilar González Bernaldo, no es una tarea fácil. Y no lo es –entre muchas otras
razones– por la cantidad y densidad de los problemas abordados en las cuatro-
cientas páginas que abarca el volumen, como por el hecho de haber sido ya muy
comentado entre los miembros de la comunidad historiográfica al ingresar prime-
ro bajo el formato de tesis doctoral –defendida en la Sorbona en 1992– y luego
como libro en versión francesa, editado por dicha universidad en 1999. Celebra-
mos, entonces, la traducción española de esta obra que, sin lugar a dudas, ya
constituye un referente obligado del mundo académico local como americano. A
riesgo de que esta última afirmación pueda resultar una fórmula ya muchas veces
repetida, no quiero dejar de usarla por varios motivos. En primer lugar, porque el
trabajo de Pilar González introdujo en clave local una perspectiva de análisis prác-
ticamente inexplorada en nuestro país. El enfoque sociocultural de lo político que
la autora utiliza, abrevando especialmente en las pistas proporcionadas por Maurice
Agulhon y por quien dirigiera su tesis doctoral, François X. Guerra (cuya reciente
desaparición aún estamos lamentando), no sólo se erigió en una gran novedad
RESEÑAS 189

restaurador se reflejaba en la vida simple y de todos los días en un punto alejado de


la campaña, motivo de preocupación de muchos trabajos conocidos con posterio-
ridad. Por otro lado, también habría sido interesante aprovechar la reconstrucción
de familias para continuar la búsqueda de vínculos con posterioridad a 1815, ya
que seguramente los cambiantes tiempos que se avecinaban iban a hacerlos más
necesarios, tal como se deja entrever para el período rosista.
En resumen, Mateo nos acerca una aplicación particular de una metodología
originada en otras tierras y en otras disciplinas, demostrando que con las adecua-
ciones del caso puede ser aplicada a tiempos pasados y a nuestra ciencia histórica.
Su análisis es –para los que de alguna manera recorremos espacios y tiempos
similares– una invitación, y también una tentación muy difícil de sortear, de apro-
piarnos de la metodología y utilizarlo como modelo. Además, su objetivo de expo-
ner la complejidad de las relaciones en la pampa y la pervivencia y convivencia de
prácticas tradicionales y más nuevas, apoyada en una amplia utilización de ele-
mentos teóricos, queda ampliamente cumplido.

DANIEL SANTILLI
Instituto Dr. Emilio Ravignani

Pilar González Bernaldo de Quirós, Civilidad y política en los orígenes de la


Nación Argentina. Las sociabilidades en Buenos Aires, 1829-1862, Buenos Aires,
FCE, 2000, 406 páginas.

Reseñar el libro Civilidad y política en los orígenes de la Nación Argentina de


Pilar González Bernaldo, no es una tarea fácil. Y no lo es –entre muchas otras
razones– por la cantidad y densidad de los problemas abordados en las cuatro-
cientas páginas que abarca el volumen, como por el hecho de haber sido ya muy
comentado entre los miembros de la comunidad historiográfica al ingresar prime-
ro bajo el formato de tesis doctoral –defendida en la Sorbona en 1992– y luego
como libro en versión francesa, editado por dicha universidad en 1999. Celebra-
mos, entonces, la traducción española de esta obra que, sin lugar a dudas, ya
constituye un referente obligado del mundo académico local como americano. A
riesgo de que esta última afirmación pueda resultar una fórmula ya muchas veces
repetida, no quiero dejar de usarla por varios motivos. En primer lugar, porque el
trabajo de Pilar González introdujo en clave local una perspectiva de análisis prác-
ticamente inexplorada en nuestro país. El enfoque sociocultural de lo político que
la autora utiliza, abrevando especialmente en las pistas proporcionadas por Maurice
Agulhon y por quien dirigiera su tesis doctoral, François X. Guerra (cuya reciente
desaparición aún estamos lamentando), no sólo se erigió en una gran novedad
190 RESEÑAS

metodológica a fines de los años 80 sino que demostró ser un campo sumamente
fértil que ayudó a renovar el debate historiográfico local, muy especialmente en el
ámbito de la historia política. En segundo lugar, porque la exhaustiva descripción
que el volumen proporciona sobre la vida asociativa de Buenos Aires en la primera
mitad del siglo XIX, y más especialmente en la década de 1850, abre numerosas
pistas de análisis que involucran procesos que interesan tanto a los especialistas en
historia política como también a aquellos comprometidos con la historia social,
económica, cultural, de las ideas. Una de las grandes virtudes que elevan a la obra
de Pilar González a la categoría de “lectura obligada” para historiadores y alumnos
dedicados al aprendizaje del oficio de historiador es, justamente, su capacidad de
articular las diferentes dimensiones del proceso histórico a partir de la selección y
el recorte de un objeto muy cuidadosamente definido desde las primeras páginas
del texto: tal es el estudio de las “prácticas relacionales de la población de la ciudad
de Buenos Aires” entre 1829 y 1862. Objeto indisolublemente unido a la hipótesis
central que recorre el libro y que dota a las prácticas de sociabilidad de un poten-
cial explicativo respecto al problema más general de la constitución de la nación
argentina. En este último plano es donde reside la tercera razón que hace del libro
reseñado un referente ineludible. Su aporte al debate sobre los orígenes de la
nación argentina lo coloca en un espacio privilegiado, donde el renovado interés
por el tema no elude el carácter polémico que su reedición provoca, aún cuando
dicha polémica esté despojada de las viejas perspectivas más “ideologizadas” que,
desde el siglo XIX hasta no hace mucho tiempo, se ocuparon del problema.
En este caso, estamos frente a un impresionante estudio sobre las prácticas
de sociabilidad desplegadas en Buenos Aires en el período indicado, cuya riguro-
sidad se expresa en muy diferentes planos: en la reconstrucción fáctica –donde se
destaca tanto la cantidad como la calidad de la información proporcionada–, en el
uso de las fuentes –archivos privados, fuentes policiales y prensa periódica (por
citar sólo las más representativas)– y en las metodologías utilizadas. El despliegue
de técnicas cualitativas y cuantitativas le permiten a Pilar González insertar el
voluminoso material recogido –heterogéneo y fragmentario– en un esquema expli-
cativo general y crear, además, un “contexto de demostración” para muchas de
sus hipótesis que, aunque excesivo en algunos pasajes para el formato de un libro
destinado a un público más amplio que el de una tesis doctoral, no deja dudas
sobre una de las principales motivaciones que mueve a la autora en términos de su
estrategia narrativa: que el lector, finalmente, se rinda frente a las evidencias, tal
como confiesa en las conclusiones.
¿Frente a qué evidencias debe rendirse el lector, entonces, y hacia qué conclu-
siones? En principio, hacia la que ya se enuncia a modo de “tesis” en la introduc-
ción: “El movimiento asociativo moderno y, más globalmente, las formas de so-
ciabilidad contractuales fueron un factor de transformación de la sociedad y de las
representaciones que ésta se daba de sí misma. En este sentido, sirvieron para
RESEÑAS 191

vehiculizar una nueva representación de la colectividad como ‘sociedad nacio-


nal’”. Sobre esta tesis se estructura el libro y dicha estructura descansa sobre una
hipótesis de periodización que divide el volumen en dos partes. En la primera de
ellas, titulada “Los pueblos sin nación”, la autora se encarga de reconstruir las
formas relacionales que se despliegan en Buenos Aires entre 1820 y 1852 (aunque
recupera el proceso asociativo desde comienzos del siglo XIX), centrándose es-
pecialmente en los espacios de sociabilidad pública, como las pulperías y los ca-
fés, en la nueva sociabilidad asociativa que emerge durante la época rivadaviana,
en los rasgos peculiares que asume la sociabilidad étnica de la población negra
(reflejando el papel de las Sociedades Africanas durante el rosismo), y en las
características de la vida política en el período. La segunda parte, titulada “La
nación al poder”, se ocupa de describir y analizar el proceso que la autora denomi-
na de “explosión asociativa” durante la década de 1850, incorporando las nuevas
formas de sociabilidad emergentes luego de la caída del rosismo y articulando
dichas formas con la redefinición de la esfera pública y de las prácticas represen-
tativas. Dado que sería imposible intentar describir aquí el contenido de cada una
de estas partes y las derivaciones que ellas sugieren, voy a concentrarme en un
aspecto de la obra de Pilar González que creo puede ser problematizado, a riesgo,
claro, de dejar de lado dimensiones fundamentales. Me refiero a la cuestión vincu-
lada con el ya mencionado “contexto de demostración” y las relaciones causales
que la autora entabla a lo largo del libro y del cual emanan tres cuestiones, consi-
deradas a continuación: la siempre difícil articulación entre historia social e histo-
ria política, la hipótesis de periodización y la relación entre prácticas de sociabili-
dad y prácticas políticas.
François X. Guerra, en el prefacio del libro, es quien preanuncia de manera
contundente –mucho más, quizás, que la propia autora– lo que denomina el “nú-
cleo de la demostración”: que las nuevas asociaciones socioculturales y sus prác-
ticas relacionales entrañan una nueva manera de pensar e imaginar la colectividad
y que las mutaciones de la sociabilidad, el nacimiento de la política moderna y la
construcción de la nación son tres temas “indisociablemente ligados en una rela-
ción causal que, aunque compleja, no es menos cierta”. Efectivamente, la autora
busca hacer confluir estos tres ejes a partir de la hipótesis central que recorre el
libro, pero apoyándose para ello en una cadena de hipótesis de menor nivel de
generalización, sobre las cuales se vuelca todo el aparato erudito. En estas hipóte-
sis “secundarias”, Pilar González demuestra una particular maestría en el oficio de
historiador al poner de relieve la importancia que asumen esas prácticas relacionales
en la construcción de un nuevo orden y al encuadrarlas dentro de un relato que da
cuenta de un proceso histórico mucho más amplio de lo que su propio objeto
permite sospechar. En este plano, el escenario se despliega a través de una estrategia
narrativa que combina la detallada descripción con sagaces reflexiones interpretativas
basadas en explicaciones donde la demostración emerge claramente a los ojos del
192 RESEÑAS

lector. Claridad, sin embargo, que parece diluirse cuando la autora busca articular
tales hipótesis con aquella más atractiva y ambiciosa que coloca en el centro del
análisis el problema de la nación. La tensión que esta cadena causal expresa no se
deriva en este comentario de la escala espacial seleccionada –sobre la que volveré
a continuación– ni de poner en discusión el problema de los orígenes de la nación;
la tensión aquí subrayada reside en la ausencia de una mediación adecuada entre
un contexto en el que predomina la puesta en escena de la “empiria” –vinculada a
la primera dimensión aludida por François Guerra sobre las mutaciones de la so-
ciabilidad– y un marco de suma abstracción, representado por las dos siguientes
dimensiones: el nacimiento de la política moderna y la construcción de la nación.
Cuando la autora retoma las nociones de sociabilidad y civilidad, para concluir que
el estudio del lazo asociativo nos informa sobre estas dos figuras identitarias de
nuestro imaginario político, que “en el Río de la Plata están claramente asociadas
a la nación”, es quizás donde este salto entre los dos planos antes indicados que-
dan en una más transparente evidencia.
Cabe destacar, sin embargo, que algunos de los ejemplos trabajados parecen
alcanzar mayor visibilidad que otros, resultando menos forzada la relación entre
las prácticas relacionales y las representaciones de la nación. El caso de la maso-
nería es uno de ellos. Pero que en este ejemplo la relación se haga más visible no
debe soslayar el hecho de que la masonería representa, dentro del universo de
asociaciones estudiadas, un caso excepcional. Y lo es por el mismo motivo que
Pilar González señala, al admitir que, si la masonería se adelanta al Estado en la
organización de una estructura nacional, lo es porque “para la Orden es impera-
tivo ligar su suerte a la de la nación”, dado que la consolidación de una red
masónica –por las características ya conocidas que asume– “implica cierta iden-
tificación con un poder nacional”. Aun cuando la autora relativiza este ejemplo
(del que cabe aclarar se extrae una riquísima información desconocida hasta el
momento), al afirmar que “es difícil generalizar la historia de la implantación de la
masonería durante la secesión del Estado de Buenos Aires al conjunto del movi-
miento asociativo, y no se puede decir que todas las asociaciones hayan reclama-
do una jurisdicción nacional como marco de su desarrollo”, admite inmediatamen-
te que “aun cuando su desarrollo se limite a la ciudad de Buenos Aires, la identidad
entre asociación y nación no desaparece”.
Ahora bien, el reflexionar sobre esta relación causal no significa cuestionar o
negar la pertinencia del planteo más general de la autora ni mucho menos rechazar
lo que Guerra considera como uno de los principales méritos del libro al señalar
que “por primera vez, en esta escala, la descripción viva y concreta de los ámbitos
y las formas de sociabilidad va a la par con la ponderación global y el análisis
conceptual”; se trata, en todo caso, de marcar las asimetrías que se detectan entre
esa descripción concreta y el análisis conceptual, tributario éste del modelo explica-
tivo que pone por eje la noción de tránsito de una sociedad tradicional (corporativa
RESEÑAS 193

y jerárquica) a una sociedad moderna (individualista e igualitaria). Al final de este


camino se encontraría la nación moderna, cuyo origen se halla, según se deduce
del libro, en las nuevas manifestaciones de la sociabilidad. Si bien es cierto que
Pilar González se encarga en varios pasajes –de la introducción y más especial-
mente de las conclusiones– de relativizar la contundencia de muchas de las afir-
maciones que respecto a esta relación causal se despliegan en el texto –hasta el
punto de iniciar la conclusión diciendo que “pese a su título, esta investigación no
pretende dar una respuesta al interrogante de dónde fijar los orígenes de la nación
argentina”–, queda en el lector la sensación de que tales prevenciones no siempre
logran matizar lo que a lo largo de trescientas páginas se plantea dentro de un
esquema aferrado a aquella conceptualización global preocupada por definir los
espacios tradicionales y modernos de la sociedad rioplatense.
Dentro de este esquema, la autora explora la dimensión social del proceso
político. A través del uso de la técnica prosopográfica no sólo extrae datos muy
valiosos sobre la composición social de las asociaciones y de la elite política en
todo el período estudiado, sino que además analiza la inserción que los miembros
de dicha elite tuvieron en el movimiento asociacionista. Entre las conclusiones a
las que arriba, cabe destacar la que descubre una larga continuidad en las bases
sociológicas del poder político durante todo el período abordado –redefiniendo así
viejas hipótesis–, y la que coloca el cambio en el nuevo vínculo entablado por los
miembros de la elite política con la esfera pública y asociaciones de diverso tipo.
Este aporte no es un dato menor para una historiografía que por mucho tiempo
pensó de manera lineal las relaciones entre la esfera social y la esfera política –y
cuyos primeros avances se lo debemos a Tulio Halperin cuando en Revolución y
Guerra complejizara enormemente dicho vínculo– como tampoco lo es el cuanti-
ficar los datos disponibles, muchas veces reemplazados por generalizaciones sin
sustento o intuiciones más o menos razonables. Dicha cuantificación se realiza
sobre la base de una escala de observación ya justificada en la introducción del
libro: Buenos Aires. Y aunque dicha escala pueda traer problemas a la hora de
definir el objeto de análisis y la hipótesis más general –tal el hecho de encontrar
prefigurada la idea de nación que la Argentina buscaría encarnar al constituirse
como tal en las representaciones acuñadas por las elites urbanas de Buenos Aires–,
nadie podría dudar de la pertinencia que ofrecen las razones aludidas por Pilar González
para justificar este recorte, especialmente cuando nos recuerda el papel preponde-
rante que aquella elite jugó en la constitución de una nación argentina y cuando
hacia el final del libro destaca lo que de apuesta a futuro tuvo esa construcción:
“La nación para ellas –las elites porteñas– es la sociedad que tratan de construir, y
de la cual creen ser sus únicas artífices”.
Ahora bien, esta dimensión social y espacial se hace más compleja cuando en
el exhaustivo análisis realizado sobre ese espacio urbano –demostrando la autora
una gran pericia en el manejo cartográfico– se vuelcan las conclusiones acerca de
194 RESEÑAS

las representaciones de la nación que, respectivamente, tenían las elites urbanas y


los sectores populares. Pilar González aclara, en este sentido, que su trabajo se
centra en las primeras –recorte absolutamente legítimo– aunque puede avanzar
ciertas hipótesis respecto al comportamiento de los segundos al inferir la “vitali-
dad de la comunidad parroquial”, presente no sólo en sus prácticas asociativas
sino también políticas. Vitalidad parroquial que supone, en el esquema explicativo
utilizado, un rasgo de sociedad tradicional frente a la modernidad que trae consigo
la representación de la nación encarnada por las elites urbanas. Esta triple asocia-
ción entre espacio parroquial, sectores populares y sociedad tradicional –con su
cadena de equivalencias contrapuesta– nos conduce a la consideración del segun-
do aspecto a ser analizado: la hipótesis de periodización. Una periodización que,
centrada en el objeto de análisis seleccionado, encuentra tres momentos de in-
flexión: el primero en la etapa rivadaviana, en 1839 el segundo, y con la caída del
rosismo en 1852, el tercero. La persistencia de formas relacionales vinculadas al
espacio parroquial durante los años 20 no habría impedido la emergencia de un
movimiento asociativo fundado en la adhesión voluntaria de los participantes y
en un tipo de sociabilidad predominantemente cultural, muy diferente de aqué-
llas. Esta tendencia, que auguraba un camino hacia formas relacionales mo-
dernas –siguiendo el esquema que el texto plantea– no encuentra en el rosismo, en
sus primeros años, ningún cambio substancial. Es recién en 1839 cuando esta
curva ascendente se detiene para encontrarse el individuo frente a la desaparición
de las asociaciones –según afirma la autora– sin sociedad de pertenencia. Será
recién después de 1852 cuando la “explosión asociativa” adopte un ritmo desco-
nocido y se oriente, finalmente, hacia la construcción de la nación argentina.
La periodización adoptada tiene la gran virtud de caracterizar al rosismo –en
sintonía con lo planteado por otros autores en los últimos años desde registros de
análisis diferentes– como un fenómeno que no siempre fue igual a sí mismo y que
de ninguna manera cristaliza en sus primeros años lo que luego se concretará en la
década de 1840. Aun cuando se anticipan algunos rasgos que no pueden dejar de
llamar la atención del historiador, lo que desde el punto de vista del movimiento
asociativo se refleja, es una continuidad entre 1822 y 1838. Ahora bien, que esta
continuidad se haya roto en 1839 y que de ella se infiera la imposibilidad durante el
rosismo de proponer una “alternativa nacional viable a la del liberalismo porteño”
es atribuida por Pilar González a los “obstáculos que encuentra (Juan Manuel de
Rosas) para pensar la nación como sociedad de individuos”. Dicho así, parece
quedar devaluado el fuerte pragmatismo político que guió el accionar de Rosas
durante su gobierno (bastante lejos, por cierto, de elaboraciones mentales dema-
siado abstractas) y hacerse caso omiso de lo que recién en las conclusiones se
admite puede conducir a una excesiva simplificación del fenómeno rosista. En
este punto, la autora advierte que “el régimen no está hecho de sociabilidades”,
y que sería francamente irrazonable desconocer el peso de otras variables
RESEÑAS 195

fundamentales, como las tensiones económicas o las guerras enfrentadas por la


Confederación en esos años. En realidad, podría ser perfectamente razonable omitir
mencionar (lo que no significa dejar de considerar) tales variables, si la interpreta-
ción se ajustara al objeto seleccionado (en este caso, el movimiento asociativo) y
no intentaran extraerse conclusiones demasiado ambiciosas. El problema reside,
una vez más, cuando de ese plano concreto se anuncian hipótesis que buscan
explicar el proceso de construcción de la nación, o lo que es su contracara, los
fracasos ocurridos en el transcurso de un acontecer que plantea claramente un
punto de partida y un punto de llegada.
Esta hipótesis de periodización tiene, a su vez, consecuencias en la forma bajo
la cual Pilar González interpreta los vínculos entre prácticas de sociabilidad y
prácticas políticas, último aspecto en el que pretendo detenerme. Porque si bien
los cambios advertidos a nivel de las prácticas relacionales durante el período
rivadaviano parecen augurar un tránsito hacia la modernidad política, estas nuevas
prácticas, según la autora, no llegan a afectar aún el mundo de la política. Espe-
cialmente el mundo que gira en torno a la representación y las prácticas electora-
les, a las que caracteriza como fraudulentas, predominando en ellas más la “bruta-
lidad” que la “civilidad”. Pilar González sostiene que la política en la década de
1820 era todavía un campo de lucha (armada) y no de negociación, de acción más
que de opinión. En esta perspectiva, el rosismo deja de ser un simple momento
negativo entre la década de 1820 y la de 1850, para pasar a ser una etapa en la que
esa lucha armada es reemplazada por el aparato coercitivo del régimen y por la
puesta en marcha de mecanismos de consenso unanimista. Es recién en la década
de 1850 cuando la autora observa la confluencia entre prácticas de sociabilidad y
prácticas representativas, dejando en evidencia la perspectiva de su enfoque: las
fuentes de la modernidad residen en las prácticas de sociabilidad, y si éstas no
están suficientemente afianzadas, no queda espacio para pensar en el potencial
transformador que puedan tener las prácticas representativas encarnadas por muy
diversos actores desde el momento mismo de la revolución. En tal dirección,
aunque muchas de las afirmaciones de Pilar González son absolutamente pertinen-
tes, queda la duda acerca de si todo ese mundo político está subordinado a las
prácticas relacionales por ella trabajadas. Cabe dudar sobre si la violencia electoral
–que en realidad aparece, básicamente, en dos oportunidades: en las elecciones de
1828 y de 1833– es reemplazada por la “civilidad” después de 1852 (teniendo en
cuenta, al respecto, los aportes realizados por Hilda Sabato); si la débil presencia
de asociaciones entre 1820 y 1838 implicó la ausencia de negociación en las prác-
ticas representativas; si la noción de fraude es apropiada para interpretar las prác-
ticas electorales del período. Sin abundar en este punto, sólo quiero destacar dos
cuestiones. La primera es que Pilar González no saca real provecho de algunos de
sus mayores hallazgos: no advierte que esas nuevas formas relacionales que ella
descubre (y nos ayudó a descubrir a muchos) para la década de 1820 tuvieron un
196 RESEÑAS

fuerte impacto en las prácticas representativas, al convertirse muchas veces en espa-


cios de negociación de listas de candidatos y de movilización de votantes (se trata,
justamente, de los mismos espacios relacionales descriptos por la autora: las socieda-
des culturales, los cafés, las pulperías). La segunda cuestión refiere al esquema
interpretativo utilizado para explicar la dinámica política en su aspecto representativo,
apegado al viejo modelo centrado en la noción de fraude y manipulación, que limita las
derivaciones que un análisis tan rico en datos y reflexiones puede aportar.
Todos estos temas, que descubren las tensiones inherentes a un texto en el
que abundan las pistas para nuevas reflexiones, son objeto de problematización
por parte de la propia autora. Tal como se afirmó al comienzo, Pilar González
considera en las conclusiones cada una de estas tensiones, al relativizar –o ate-
nuar– los alcances de sus hipótesis. Es el momento, justamente, en el que el estilo
contundente del libro –signado por el entusiasmo que a todo historiador le provoca
el descubrir un campo inexplorado, fuente de nuevas miradas sobre viejos proble-
mas– cede el paso a una estrategia narrativa más atenta a los matices. Sin dudas,
este cambio de estilo responde a lo que la autora advierte al comienzo, cuando nos
recuerda que el texto se publica tal como fue elaborado en el momento de ser
presentado como tesis doctoral. Publicación “testimonial”, entonces, de una etapa
fundamental en la vida de muchos historiadores –consagrada a la elaboración de
dicha tesis, en la que generalmente se opta, como reconoce Pilar González, “por
un tono perentorio con el objeto de afirmar, ante el jurado, su capacidad de llevar
a buen fin una investigación histórica”–, pero también de una etapa en la produc-
ción historiográfica de la autora. Algunos de sus trabajos, publicados con anterio-
ridad pero elaborados tiempo después del texto aquí presentado, expresan justa-
mente una mirada menos atada al esquema explicativo que predomina en el libro.
Mirada que revela la enorme capacidad de Pilar González para reconstituir los
lazos que unen la vida social a la vida política y abrir nuevos caminos a la investi-
gación sobre el siglo XIX en Argentina.

MARCELA TERNAVASIO
Instituto Ravignani, U.N.R., CONICET

Nathan Wachtel, La foi du souvenir. Labyrinthes marranes, Seuil, Paris, 2001.

El tercer gran libro de Nathan Wachtel nos conduce por un itinerario novedoso,
pero, como se verá, estrechamente ligado con el resto de su obra. Después de La
visión de los vencidos, publicada en francés en 1971, y de El retorno de los
antepasados, cuya edición original es de 1990, hay un delgado hilo conductor que
atraviesa toda su obra: las relaciones entre la memoria y el olvido.
196 RESEÑAS

fuerte impacto en las prácticas representativas, al convertirse muchas veces en espa-


cios de negociación de listas de candidatos y de movilización de votantes (se trata,
justamente, de los mismos espacios relacionales descriptos por la autora: las socieda-
des culturales, los cafés, las pulperías). La segunda cuestión refiere al esquema
interpretativo utilizado para explicar la dinámica política en su aspecto representativo,
apegado al viejo modelo centrado en la noción de fraude y manipulación, que limita las
derivaciones que un análisis tan rico en datos y reflexiones puede aportar.
Todos estos temas, que descubren las tensiones inherentes a un texto en el
que abundan las pistas para nuevas reflexiones, son objeto de problematización
por parte de la propia autora. Tal como se afirmó al comienzo, Pilar González
considera en las conclusiones cada una de estas tensiones, al relativizar –o ate-
nuar– los alcances de sus hipótesis. Es el momento, justamente, en el que el estilo
contundente del libro –signado por el entusiasmo que a todo historiador le provoca
el descubrir un campo inexplorado, fuente de nuevas miradas sobre viejos proble-
mas– cede el paso a una estrategia narrativa más atenta a los matices. Sin dudas,
este cambio de estilo responde a lo que la autora advierte al comienzo, cuando nos
recuerda que el texto se publica tal como fue elaborado en el momento de ser
presentado como tesis doctoral. Publicación “testimonial”, entonces, de una etapa
fundamental en la vida de muchos historiadores –consagrada a la elaboración de
dicha tesis, en la que generalmente se opta, como reconoce Pilar González, “por
un tono perentorio con el objeto de afirmar, ante el jurado, su capacidad de llevar
a buen fin una investigación histórica”–, pero también de una etapa en la produc-
ción historiográfica de la autora. Algunos de sus trabajos, publicados con anterio-
ridad pero elaborados tiempo después del texto aquí presentado, expresan justa-
mente una mirada menos atada al esquema explicativo que predomina en el libro.
Mirada que revela la enorme capacidad de Pilar González para reconstituir los
lazos que unen la vida social a la vida política y abrir nuevos caminos a la investi-
gación sobre el siglo XIX en Argentina.

MARCELA TERNAVASIO
Instituto Ravignani, U.N.R., CONICET

Nathan Wachtel, La foi du souvenir. Labyrinthes marranes, Seuil, Paris, 2001.

El tercer gran libro de Nathan Wachtel nos conduce por un itinerario novedoso,
pero, como se verá, estrechamente ligado con el resto de su obra. Después de La
visión de los vencidos, publicada en francés en 1971, y de El retorno de los
antepasados, cuya edición original es de 1990, hay un delgado hilo conductor que
atraviesa toda su obra: las relaciones entre la memoria y el olvido.
RESEÑAS 197

El libro, escrito con un estilo impecable y que, además, consigue colocar la


distancia ideal entre unas fuentes terribles –los archivos de la Santa Inquisición– y
el lector, permitiéndole captar todo el horror de muchas de las situaciones vividas
por los protagonistas, sin caer en inútiles sobreactuaciones (las fuentes están allí y
se puede decir, usando una metáfora, que “hablan por sí mismas”). De todos
modos, algunos de los capítulos, por ejemplo los centrales, que nos relatan la
historia trágica de la extensa red marrana que giraba alrededor de las figuras de
Leonor Núñez y Francisco Botello (una misma familia que contaría con nueve
miembros ajusticiados por la Inquisición), por momentos resultan difícilmente
soportables. Para un lector acostumbrado a los relatos de los hechos vividos por
los desaparecidos y torturados por las dictaduras del Cono Sur, las escenas evo-
cadas por Wachtel tienen una resonancia especial. Inevitablemente vienen a nues-
tra memoria algunas de las páginas admirables de Recuerdos de la muerte, el libro
de Miguel Bonasso. Cómo no pensar entonces en esos versos en lusocastellano
cuyo eco, cantados por una voz infantil, llegara hasta la celda de uno de los prisio-
neros de la Inquisición:

“...tanta muller sin marido, tanto marido sin muller;


tantos niños sin pae, tantas niñas sin mae;
tantos huerfanos sin consuelo, tantos nidos sin paloma”.

Sin embargo, ese mismo lector –si habiendo pasado por la experiencia de los años
sesenta y setenta, no es especialista en el tema– quedará atónito ante ciertos aspectos
del funcionamiento de la Inquisición: en ella, hasta la tortura misma estaba reglamenta-
da y tenía sus etapas y sus límites. Decir que uno termina por “admirar” tan terrible
institución sería un absurdo completo, pero no podemos evitar compararla con la
bestialidad salvaje e inhumana de nuestras dictaduras. Jamás un inquisidor habría
pronunciado aquellas palabras blasfemas de los torturadores “¡Yo aquí soy Dios!”.
Pero el libro tiene, como dijimos, un hilo conductor muy claro: las relaciones
entre la memoria y el olvido. Y es aquí donde nos encontramos con el resto de la
obra del autor, en la cual ese tema ocupó siempre un lugar central. Mas, en el
complejo intinerario de la cultura del marranismo, no sólo hay un problema de
dificultosa recomposición de la memoria, también –y he aquí otro tema
“americanista”– hallamos un tipo específico de mestizaje; en efecto, la condición
marrana da lugar con cierta frecuencia a un mestizaje religioso con componentes
católicos y judíos formando un peculiar bricolage, un entramado de creencias, en
donde pueden aparecer “San Moisés” y San Antonio haciéndose mutua compañía
en un panteón casero. Y también nos topamos (por cierto, sólo en determinados
casos) con una forma de pensar las relaciones con el mundo religioso particular-
mente “moderna”, en la cual determinados atisbos de libertad religiosa son clara-
mente perceptibles. Por supuesto, las figuras más destacadas en este ámbito serán
198 RESEÑAS

las de Baruch Spinoza –un judío sefardí– y Michel de Montaigne, un cristiano


nuevo. Pero, sin llegar al grado de elaboración que podemos hallar en esos dos
pensadores, algunos de los personajes que desfilan en el libro muestran una mane-
ra “relativista” de concebir el papel de la religión, que puede ser relacionada con
una característica importante de la cultura de la modernidad occidental. Y existe
otro aspecto que los hace particularmente modernos: estos hombres y mujeres
formaban redes extensas que vinculaban lugares y lenguas muy diversas. En su
mayoría, eran bi o trilingües, pues no habían perdido el ladino –y con frecuencia el
portugués– aunque viviesen en Saint-Jean-de-Luz, Amsterdam, Salónica o Livorno.
Los versos en lusocastellano que hemos citado son un buen ejemplo de esa pecu-
liar lingua franca ibérica de la comunidad marrana. No nos sorprende entonces
descubrir a Juan de León –con un reciente pasado livornés– y Francisco Botello
hablándose en nahuatl en la secreta de la Inquisición mexicana. Esta capacidad de
comunicación –convirtiendo la necesidad en una virtud– y esas redes extensas,
les permitió justamente operar con eficaces agentes comerciales, tejiendo un en-
tramado mercantil que se extendió por amplias regiones americanas, europeas y
asiáticas. He aquí otro componente de la modernidad (la modernidad capitalista)
en el que los marranos ocuparon un lugar relevante.
El libro de Wachtel da cuenta así de una parte sustancial de esa historia a
través de los múltiples itinerarios tejidos por las vidas, casi siempre trágicas, de
esos hombres y mujeres que compusieron esos “laberintos marranos”. Se trata de
un libro mayor y original en el contexto de la literatura histórica americanista.

JUAN CARLOS GARAVAGLIA


École de Hautes Études, París

José Luis Romero, Situaciones e ideologías en América Latina, Medellín, Univer-


sidad de Antioquia, 2001, Colección Clásicos del Pensamiento Hispanoamericano.
Prólogo de Alexander Betancourt Mendieta, XXVII + 448 páginas.

En la historiografìa argentina del siglo XX, el de José Luis Romero fue un caso
indudablemente clave en la construcción de una renovación disciplinar que por
razones políticas conocidas encontraría su materialización recién después de 1983.
Romero aparece como un organizador central de nuevas sendas en la investiga-
ción y escritura históricas. Esta lectura que configura un pasado donde Romero
es un antecedente prestigioso no carece de verdad. Esa adecuación no significa,
empero, que su figura pueda ser reducida a esta imagen retrospectiva.
Una primera cualidad de Situaciones e ideologías en América Latina consiste,
precisamente, en recordarnos cuán vigorosamente el pensamiento de Romero hacía
198 RESEÑAS

las de Baruch Spinoza –un judío sefardí– y Michel de Montaigne, un cristiano


nuevo. Pero, sin llegar al grado de elaboración que podemos hallar en esos dos
pensadores, algunos de los personajes que desfilan en el libro muestran una mane-
ra “relativista” de concebir el papel de la religión, que puede ser relacionada con
una característica importante de la cultura de la modernidad occidental. Y existe
otro aspecto que los hace particularmente modernos: estos hombres y mujeres
formaban redes extensas que vinculaban lugares y lenguas muy diversas. En su
mayoría, eran bi o trilingües, pues no habían perdido el ladino –y con frecuencia el
portugués– aunque viviesen en Saint-Jean-de-Luz, Amsterdam, Salónica o Livorno.
Los versos en lusocastellano que hemos citado son un buen ejemplo de esa pecu-
liar lingua franca ibérica de la comunidad marrana. No nos sorprende entonces
descubrir a Juan de León –con un reciente pasado livornés– y Francisco Botello
hablándose en nahuatl en la secreta de la Inquisición mexicana. Esta capacidad de
comunicación –convirtiendo la necesidad en una virtud– y esas redes extensas,
les permitió justamente operar con eficaces agentes comerciales, tejiendo un en-
tramado mercantil que se extendió por amplias regiones americanas, europeas y
asiáticas. He aquí otro componente de la modernidad (la modernidad capitalista)
en el que los marranos ocuparon un lugar relevante.
El libro de Wachtel da cuenta así de una parte sustancial de esa historia a
través de los múltiples itinerarios tejidos por las vidas, casi siempre trágicas, de
esos hombres y mujeres que compusieron esos “laberintos marranos”. Se trata de
un libro mayor y original en el contexto de la literatura histórica americanista.

JUAN CARLOS GARAVAGLIA


École de Hautes Études, París

José Luis Romero, Situaciones e ideologías en América Latina, Medellín, Univer-


sidad de Antioquia, 2001, Colección Clásicos del Pensamiento Hispanoamericano.
Prólogo de Alexander Betancourt Mendieta, XXVII + 448 páginas.

En la historiografìa argentina del siglo XX, el de José Luis Romero fue un caso
indudablemente clave en la construcción de una renovación disciplinar que por
razones políticas conocidas encontraría su materialización recién después de 1983.
Romero aparece como un organizador central de nuevas sendas en la investiga-
ción y escritura históricas. Esta lectura que configura un pasado donde Romero
es un antecedente prestigioso no carece de verdad. Esa adecuación no significa,
empero, que su figura pueda ser reducida a esta imagen retrospectiva.
Una primera cualidad de Situaciones e ideologías en América Latina consiste,
precisamente, en recordarnos cuán vigorosamente el pensamiento de Romero hacía
RESEÑAS 199

lugar a la vieja cuestión que tensiona a quien pretende reflexionar, a la vez, como
científico y como político.
Este volumen recupera textos publicados por José Luis Romero en las dos
últimas décadas de su labor intelectual. Puede leerse en ellos una mirada que hace
del pasado de las ideologías un horizonte donde transitan sus preguntas básicas.
Sin embargo la reedición de estos textos, todos ya aparecidos en volúmenes ante-
riores, presta una inteligencia peculiar que hay que reconocer. En efecto, en esta
nueva impresión se reúnen escritos que pueden organizarse bajo tres registros: en
primer lugar, los trabajos metodológicos y conceptuales, que fundamentan una
historia social de las ideologías en Latinoamérica, donde las “ideas” siempre están
a destiempo de las “situaciones” dado que por su carácter exógeno, en tanto
productos de “contactos de cultura”, estuvieron destinadas a no ajustarse del todo
bien a las condiciones locales. Romero insiste en la importancia de la transforma-
ción que supone toda “recepción” anudada a experiencias primarias que implican
a quienes las sostienen o sienten en contextos de gran complejidad, y donde fun-
damentalmente una relación de correspondencia entre sujeto e ideas está desde el
inicio sometida a un desplazamiento persistente.
Se trata de los textos incluidos en Latinoamérica: situaciones e ideologías
(1967): “Situaciones e ideologías”, “Los puntos de vista: historia política e historia
social”, “La situación básica: Latinoamérica frente a Europa”, “Situaciones e ideo-
logías en el siglo XIX”, “Situaciones e ideologías en el siglo XX”, “Democracias
y dictadura”. “Podría decirse”, señala Romero, “que el desarrollo latinoamericano
resulta de cierto juego entre una vigorosa originalidad y una necesidad de adecuarla
luego a ciertos esquemas de origen extraño que la limitan y constriñen”. He aquí
expresada sucintamente una dialéctica que proviene de la tradición morfológica
que, antes que de Ortega Gasset y de Simmel, deriva de la fuente de donde éstos
la bebieron y que Romero conocía bien: J. W. Goethe.
En segundo lugar, nos encontramos con escritos dedicados a explicar la espe-
cificidad de la historia latinoamericana frente a Europa. En ellos tiene lugar pre-
eminente la cuestión de la peculiaridad de su experiencia urbana y el modo en que
éste se configuró en su relación específica con la sociabilidad rural que él mismo
–con una lógica distinta– había seguido en sus investigaciones medievalistas. Los
textos incluidos son los siguientes: “La ciudad latinoamericana: continuidad euro-
pea y desarrollo autónomo” (1969), “La ciudad latinoamericana y los movimien-
tos políticos” (1969), “Campo y ciudad: las tensiones entre dos ideologías” (1978).
Nos encontramos aquí con discusiones que iluminan la lectura de su gran obra de
1976, Latinoamérica: las ciudades y las ideas.
En tercer lugar, se articulan los trabajos propiamente historiográficos donde
Romero despliega sus intereses políticos en el estudio de las ideologías. Así es como
se incluyen los textos donde se analizan los pensamientos políticos que van desde la
emancipación hasta la época contemporánea del autor: El pensamiento político de
200 RESEÑAS

la derecha latinoamericana (1970), “La independencia de Hispanoamérica y el mo-


delo político norteamericano” (1976), “El ensayo reformista” (1978), y los textos
preparados en colaboración con Luis Alberto Romero: “El pensamiento político de
la emancipación” (1977), “El pensamiento conservador” (1978).
Pues bien, ¿qué es lo nuevo que nos ofrece esta reedición de textos conoci-
dos? ¿Qué aporta una reorganización de escritos que por lo demás ya habían
aparecido en parte en una impresión igualmente reciente?1
La publicación en Colombia, en una colección que convoca a los “Clásicos
del pensamiento hispanoamericano”, da cuenta de cómo es leído Romero fuera
del ámbito académico de la Argentina. Y si esa interpretación es deudora, inevita-
blemente, de las esperanzas que sostienen toda lectura, nos llama la atención sobre
los supuestos que mueven nuestras miradas sobre Romero. Porque, en efecto,
Romero ha sido visto básicamente como un historiador académico.
Situaciones e ideologías en América Latina nos alerta, empero, de una di-
mensión nueva que amenaza con trastocar la inclusión de Romero –sin más– en
una historia de la historiografía que acumula sus saberes hasta lograr la
profesionalización de nuestros días. Porque lo que pulsan estas escrituras así
organizadas da cuenta de una inquietud que en Romero tenía el sentido –o al
menos el deseo– de implicar la actividad del recuerdo escrito en un compromiso
cívico a la vez que intelectual.
Los textos de este volumen, así ensamblados, nos muestran una búsqueda
quizás más urgente que la movilizada por sus intereses medievalistas. No se debe-
ría olvidar que la edición de Latinoamérica: las ciudades y las ideas, quebraba el
orden de aparición de las publicaciones previstas sobre la historia de la cultura
occidental que Romero había pensado a fines de la década de 1940. Y es que la
problemática ideológico-política lo convocaba como ciudadano politizado de un
modo acaso tan demandante como lo hacía una innegable identidad historiadora.
Pero existe otra dimensión no siempre observada que este volumen permite
rememorar, y que parcialmente recuerda el prólogo de A. Betancourt: la fuerza con
la cual Romero puede inscribirse en una tradición de pensamiento histórico-social
latinoamericano que no es sencillo agotar en los marcos casi siempre estrechos de la
imaginación historiadora. En efecto, es seductor pensar que la interlocución –si se
quiere imaginaria– de Romero en estos textos reconoce más al Jorge Basadre ensa-
yista, a Ezequiel Martínez Estrada, a José Vasconcelos y aun a Domingo F. Sarmien-
to, que a autores más comprometidos con una prosa regida por la epistemología y la
política historiográficas. Desde este punto de vista, Romero se alinea en una senda
donde se busca identificar el núcleo problemático de las naciones latinoamericanas,
y donde la voluntad de progreso necesita dar cuenta de las resistencias que la socie-
dad opone a las iniciativas ilustradas, a la acción de las minorías.

1 J. L. Romero, El pensamiento político latinoamericano, Buenos Aires, A-Z Editora, 1998.


RESEÑAS 201

Es precisamente la dificultad con la cual se enfrentaron las elites conformadas


a fines del siglo XVIII la que marcará, con rasgos indelebles, la historia de las
ideas políticas en América Latina. Sobre esto cabe decir que la impronta ofrecida
por Romero no puede restringirse a la incertidumbre que amerita una metodología
que opone “ideas” a situaciones “reales”, hoy que la tradicional fenomenología de
las ideas y el realismo empirista han sido justamente cuestionadas. Por el contrario,
si una correspondencia entre ideologías y situación es aludida, como el caso del
pensamiento ilustrado en el siglo XVIII europeo, su desplazamiento lo inclina a una
condición donde estaban –como en Latinoamérica– siempre dislocadas. Porque si
es cierto que el pensamiento político de la derecha, el único que en su oposición al
“cambio” se anudaba a situaciones reales, podía aspirar a una raíz profundamente
situada que el liberalismo nunca pudo lograr, Romero es suficientemente sensible
para subrayar –aun allí– las inadecuaciones que su metodología morfológica lo pre-
dispone a encontrar. Algo parecido puede decirse de la comprensión que Romero
nos ofrece del populismo en algunos de los escritos incluidos.
En cualquier caso, lo que aparece como una necesidad impostergable en la
comprensión de la obra de José Luis Romero es la complejización de las presenta-
ciones de la misma a que nos invita el volumen que comento. Quizás en esa misma
orientación se extrañe la inclusión de los textos primeros, casi juveniles, donde
Romero expresaba sus opiniones iniciales sobre las peripecias de un continente
donde no olvidaba que se encontraban los desafíos más graves para sus inquietu-
des intelectuales. En los textos de este volumen, que abarcan Latinoamérica, des-
de fines del siglo XVIII hasta bien pasado el ecuador del siglo XX, hay una historia
que recorre la biografía de Romero que tiene más variaciones que las observables
en la selección que aquí encontramos. Temo que entonces se trate de presentar
los textos preparatorios y “metodológicos” de la gran obra de 1976, deshistorizando
un desarrollo del cual Latinoamérica: las ciudades y las ideas es la culminación
biográfica pero no la verdad profunda o necesaria.
Con todo, quizás este volumen nos depare otra novedad: la de testimoniar una
preocupación por la función de las elites en la política (un tema que subyace a
todas las investigaciones incluidas), donde se puede reconocer la pertenencia de
Romero a un horizonte político-cultural, pero también historiográfico, en el cual
su identidad socialista poseía una eficacia innegable. En efecto, Situaciones e ideo-
logías en América Latina se nos aparece como la intervención de un historiador
socialista-liberal acuciado por una realidad donde sus esperanzas reformistas se
encontraban en un desesperado destiempo respecto a una condición antagónica
en la cual los enfrentamientos y proyectos en pugna se le hacían, apresuradamen-
te, cada vez más extraños e incomprensibles.

OMAR ACHA
Universidad de Buenos Aires
202 RESEÑAS

Susana Bianchi, Catolicismo y peronismo. Religión y política en la Argentina,


1943-1955, Buenos Aires, Prometeo/IEHS, 346 páginas.

Hace casi dos décadas, en el contexto de febril cuestionamiento de las institucio-


nes que signó el cierre de la dictadura militar, una serie de investigadores comen-
zaron a interesarse en la dimensión histórica de la iglesia. Las preguntas detrás de
esta nueva curiosidad eran, sobre todo, políticas: ¿había sido la iglesia un obstácu-
lo ideológico a la consolidación de la democracia en la Argentina? ¿Cuál era la
naturaleza de sus lazos con las fuerzas armadas, la institución más cuestionada del
momento? Más grave aún: la cúpula del episcopado argentino era acusada de
complicidad con la represión –que también había cobrado muchas víctimas den-
tro de la institución–. En Iglesia y dictadura (1986), Emilio Mignome denunciaba,
por entonces, la línea directa que conectaba al vicariato castrense con la pesadilla
de la represión, y sugería que este foco antidemocrático había estado allí desde
mucho antes de 1976. Acusaciones atroces que se recortaban sobre un telón de
fondo de intuiciones difusas –la importancia de investigaciones históricas serias
de pronto se revelaba esencial para la experiencia democrática que se iniciaba.
Susana Bianchi fue una de las impulsoras de este movimiento de indagación
crítica de la historia de la iglesia argentina. Lo testimonian los numerosos avances de
investigación personal, la coordinación de publicaciones colectivas sobre el tema y
la continuidad del espacio de discusión que en la Facultad de Filosofía y Letras
anima (junto a Luis Alberto Romero) desde hace más de una década. Los intereses
que hoy convocan a los investigadores del Grupo de Trabajo de Religión y Sociedad
en la Argentina Contemporánea son mucho más diversos de lo que sin duda imagi-
naron sus impulsores en la década de 1980. Los temas institucionales, ideológicos y
políticos, tan dominantes en un principio, conviven hoy con estudios sobre aspectos
muy variados del fenómeno religioso. Asimismo, se han nutrido de perspectivas de
otras áreas, como los estudios de género (también transitados por Bianchi), que han
ampliado el campo de indagación. Temas como las congregaciones femeninas o la
diversidad de prácticas del protestantismo –que difícilmente hubiesen cuadrado en
la agenda original– son hoy parte de una discusión que al capitalizarse constante-
mente, ha ido afinando también una posición inicial eminentemente denunciatoria.
Los historiadores de la iglesia y el catolicismo están también diversificando su rela-
ción con las fuentes. La revista Criterio, que en la década de 1980 pasó de padecer
la tradicional indiferencia académica a ser tomada por asalto por los historiadores, es
hoy un territorio relativamente conocido en sus matices ideológicos. Estamos apren-
diendo a poner esta rica fuente al servicio de otros aspectos –sociales, culturales–
del catolicismo del pasado. Y cada vez más sus textos aparecen en marcos más
complejos, que dan cuenta de su peso relativo en el mundo eclesiástico.
Catolicismo y peronismo es el resultado de una indagación realizada a lo largo
de este período, y se ha beneficiado visiblemente de la maduración del campo de
RESEÑAS 203

estudios en el que se insertó. La estructura del libro saca el mayor provecho del
avance de estas subáreas de estudio: su cuerpo central explora una selección de
problemas parciales, o “campos de conflictos” entre el peronismo y la iglesia –la
educación, la diversidad religiosa, la familia–. Hay también cruces fructíferos con
áreas no específicas de lo religioso, como la historia de mujeres o el campo cultu-
ral. Y es esta informada variedad, justamente, la virtud principal del libro, pues al
internarse más a fondo por las avenidas abiertas, por cada uno de los elementos,
agrega densidad a los estudios previos. Un aporte en este sentido es el detenido
análisis del conflicto entre el peronismo y la iglesia en el área de la educación (cap.
V), objeto de viejas hipótesis que algunos trabajos (de Loris Zanatta y Silvina
Gvirtz, por ejemplo) empiezan a poblar de evidencia empírica. Desbrozando sus
diversos elementos (la religión en las escuelas, la universidad, la peronización del
currículo, etc.), Bianchi muestra el fracaso casi inmediato del conocido sueño
eclesiástico de imposición del catolicismo en las escuelas públicas, como también
la temprana apuesta del episcopado a la enseñanza privada como espacio alterna-
tivo para dicho proyecto. Otro tema bien desarrollado es el de las relaciones del
peronismo con las religiones no-católicas, y en particular con las “religiones po-
pulares”. El conocido escándalo del pastor milagrero, Hicks, ha ganado sentido
por una buena contextualización sociológica, y ha cobrado vivacidad gracias a la
utilización de fuentes que como la popular Ahora reflejan cabalmente la dimensión
cultural y la especificidad religiosa de dicho fenómeno (p. 254 y ss.).
Fundir una serie de indagaciones parciales en un texto unitario es, lo sabemos,
más que clausurar una investigación de largo plazo: implica presentar una visión
global del tema que los reúne, desarrollar a fondo las ideas básicas que son su
motor. Y es aquí donde esta obra es más débil. Bianchi lleva los hilos de su inves-
tigación más lejos, pero la selección y el punto de llegada de esos hilos reserva
pocas sorpresas. La educación, las religiones no-católicas, Evita, las objeciones
morales formuladas desde la Iglesia a la cultura popular, son temas que ya han
sido explorados para indagar las relaciones entre catolicismo y peronismo, con
resultados muy parecidos a los que propone este trabajo. Las informadas digresio-
nes de Catolicismo y peronismo se incorporan, pues, a una narrativa general del
proceso que no desafía casi ninguna de las ideas ya instaladas sobre la naturaleza
de esta compleja relación. Es cuando se trata de pasar de los subtemas a la inter-
pretación de su lugar en el proceso mayor que el libro pierde fuerza, porque sigue
de cerca (por momentos, duplica) caminos previamente trazados. (Es sintomático
que esto sea particularmente evidente en el primer tercio del texto, que examina el
ascenso del peronismo a la luz de los debates católicos; y vuelve a serlo al final,
cuando se trata de dar cuenta de la crisis.) Detrás de la variedad temática de
Catolicismo y peronismo, el lector no puede evitar echar de menos cierto riesgo
intelectual. Mientras tanto, la propuesta de Bianchi amplía una narrativa del tema
que ya nos es familiar: un peronismo que nace ligado a la Iglesia por su original
204 RESEÑAS

vínculo con un régimen católico de ipso; un mundo eclesiástico dividido, pero


atraído por las promesas sociales y las esperanzas corporativas que inspiraba el
candidato Perón; un régimen que en su creciente peronización se aliena de esos
apoyos iniciales y reemplaza la simbología católica a favor de la vigorosa impronta
justicialista; una religión oficial peronizada cada vez más parecida al anticlericalismo;
la revalorización católica del liberalismo político; una oposición que se refugia a
criticar oblicuamente el régimen, desde las instituciones laicas de la iglesia. Un
conflicto, en fin, cuyo sujeto principal espera, sí, una indagación imprescindible:
la clase media antiperonista.

LILA CAIMARI
U. de S.A./CONICET