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El hombre que techó el imperio romano tenía conexiones catalanas

La arqueóloga Isabel Rodà revive al fabricante de tejas Herennius Optatus

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Isabel Rodà, junto a las murallas romanas de Tarragona. / JOSEP LLUÍS SELLART

En la época de los sucesores de Nerón, los Flavios, en el siglo I después de Cristo, un hombre muy emprendedor, Lucius Herennius Optatus, inundó con sus tejas buena parte del imperio romano, en el arco mediterráneo occidental de Europa. Las tegulae (tejas) con su marca han aparecido desde el sudeste de la península ibérica hasta la mismísima Roma y la Campania, pasando por la Provenza y la Liguria. Saludado como "el ceramista que techó todo un imperio", Herennius Optatus es un personaje del que no sabemos a

ciencia cierta demasiado y al que ahora la arqueóloga Isabel Rodà le ha descubierto posibles conexiones con el territorio que en la actualidad es Cataluña.

El Rey de la Teja, adelantado del negocio inmobiliario, habría tenido fábrica en Mataró (Iluro) y familiares en Barcelona (Barcino), según la arqueóloga Isabel Rodà, que dedica al individuo —y a la ciencia de la epigrafía (reivindicando la menor)— su discurso de entrada hoy en la Reial Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona (contestado por Enrique Ruiz-Domènec).

“El centro principal de producción de Herennius Optatus estaba en Fréjus, en la Galia”, explica Rodà, “pero en Mataró nos salen muchas tejas. Mi hipótesis, más que verosímil, apoyada en análisis muy pormenorizados del material, es que había otro centro de fabricación, en la zona del Maresme”. Rodà no tiene claro si Herennius era “un galo que vino aquí o uno de la costa layetana que se fue allá”, pero considera muy relevantes las coincidencias de nombres que apuntan a que el empresario de las tejas estuviera emparentado con notables personajes de Barcino. No descarta incluso que formara parte de uno de los poderosos lobbys de libertos de la ciudad. Sería rico. “Muy rico, colocó sus productos por todo este arco mediterráneo”.

La teja, recuerda la arqueóloga, era un elemento fundamental del mundo romano, un modelo que no cambiaría en mil años, un elemento multiuso que sirvió tanto para cubrir una casa como una cloaca o una sepultura y que “hubiera merecido ganar un FAD”. Nuestro hombre se especializó en fabricar la teja plana. “Con esa teja y mortero hidráulico los romanos impermeabilizaban lo que fuera”.

Hablar con la doctora Rodà es siempre una delicia. Empieza por mostrar en el móvil, con orgullo de matrona, no las fotos de sus cuatro nietos sino el espléndido busto del emperador Adriano hallado recientemente en Murcia (yacimiento de los Torrejones, Yecla). De ahí pasa a las novedades sobre geografía militar romana, las guerras sertorianas, el yacimiento de Camp de les Lloses en Tona (Osona), y a deplorar el escaso eco que se ha hecho el Ayuntamiento de Barcelona del bimilenario de la muerte del emperador Augusto, al cabo fundador de la ciudad de Barcino.

"Jaume Ciurana, teniente de alcalde de Cultura y hombre interesado en la arqueología, dice que se hará algo ahora en 2015”, suspira, “pero me parece arribar a misses dites. Cosas del Tricentenario,

imagino”. La erudita aprovecha para criticar la hipótesis del cambio de orientación del templo de Augusto de Barcino, que propone girarlo 90 grados. “¿Por qué iba a mirar el templo hacia el Tibidabo? Los romanos no hacían las cosas porque sí, y eso no tiene sentido programático ni urbanístico ni religioso ni nada”.

La catedrática de Arqueología de la UAB e investigadora del ICAC está emocionada con su ingreso en la Reial Academia de Bones Lletres, especialmente porque ocupa el lugar de Frederic Udina i Martorell, que fue decisivo en su carrera y que veló por ella de joven hasta el punto, ríe con ternura, de que al enviarla a Italia en tren en 1968 “se aseguró de que yo no saliera del vagón para no tener problemas por la ebullición del mayo francés”.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.
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