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ENANO Y BASTARDO

Rafael Téllez Romero

Texto 2014 Rafael Téllez Romero Todos los derechos reservados

A Esmeralda, mi profesora de Latín en el instituto, a todos mis profesores de Filosofía y Pedagogía, a todas las personas que dedican sus vidas a enseñar humanidades

Índice

Mi sombrero Despachando sellos Encuentro con la amada Saliendo a Torear La Dama asiste a los toros Preparando banquete Chanzas en el banquete Consolando a la dama Madrugando Curando la mejilla Coitus interruptus Sorprendida Paseo a caballo Puñaladas Remordimientos Pensamientos de muerte. Cambio de rumbo Una pelota con mi nombre Saliendo de madrugada Primera función bufona Función nocturna El día después Camino de Valsaín Cabaña en el camino Palacio de Valsain La jornada de Aragón Con su majestad en Fraga Corpus de Sangre Meditaciones del Rey Camino de Andalucía Venta del Pringue En carruaje de gitanos En las cuevas Embarcando Galera Salida del Puerto Batalla Naval El día después Llegada a Cartagena Despacho con Olivares García Álvarez de Toledo y Mendoza Las cosas por palacio Asediando a sagrado En carruaje hacia Cartagena Asalto a Tarragona Tedio de legajos

Chanza contra Olivares Pasquines Consejo al Rey Una monjita muy puta Orden del Rey Montería real Despachando al Encinillas Protocolo Borgoñon

Mi sombrero

—¡Pardiez que os rebano pimpollo! —Eso le dije yo a aquel noblecillo de provincias, un jovenzuelo con pretensiones que pisaba por primera vez palacio. Eché mano al espadín y a punto estuve en sacarlo entero, de no ser porque mi brazo rechoncho no estira del todo y porque, de otro lado, salió a mi paso Marcos Encinillas, el Aposentador Real, a contener el fuego de mi ira. Todo quedó en un reto y un chisme que recorrió todo palacio, incluso su majestad me preguntó por ello. Y es que el zagal era de los de Medina Sidonia, lo habían mandado aquí a conocer la corte e instruirse un poco con su pariente, el Conde Duque de Olivares. Puede que fuera un mal recibimiento, pero es que me tocó donde mas duele. Él venía pavoneándose con sus ropas nuevas, mirando a todos lados. Su cara lo delataba, era un cateto, a pesar de lo noble. Venía en mi dirección, me vio de lejos y comenzó a murmurar, entre risitas, a la oreja de su sirviente. Algo habitual, aunque no por ello menos humillante: "reírse del enano, que para eso está". Cuando nos cruzamos y, sin mediar saludo alguno, se agachó riéndose y me arrancó el sombrero de ala ancha, hablando con su gracioso acento andaluz. —Anda y quitate er sombrero, ¡que eres mu chico pa sé grande de España! Su criado reía a carcajadas, como buen mamporrero que era, mientras agarraba el sombrero, que le pasaba su señorito enredando con el penacho de plumas. Acostumbrado estoy a estas chanzas, sobre todo de quienes no saben de mis funciones en palacio. En mi cabeza rondaban los proverbios clásicos romanos, mi medicina para estos lances. Horacio, que decía aquello: “Aequam memento rebus in arduis servare mentem”, recordando esas frases me sentía en comunión con los grandes hombres del pasado, como si me aconsejaran a cada momento, como si fuera el propio Horacio quien me dijese al oido: “Recuerda conservar la mente serena en los momentos difíciles”. Solía funcionar, pero este noblecillo no quedó ahí, viendo mis cabellos erizados, me los alborotó con dos collejas. —¡Y a vé si nos peinamo chiquitín! Fué entonces cuando agarré el espadín, ¡y suerte que intervino el Encinillas!, porque si no, ¿quién sabe adónde hubiéramos llegado? No sé si a pincharle, porque no pude, y es que es triste no poder apañármelas para manejar ni un espadín de niño. Me lo regaló su Majestad para, según él, dar regio porte a mi vestimenta y ataviarme a la altura de mis atribuciones en palacio. Todo gran hombre, además del privilegio de cubrirse, tenía el uso y costumbre de portar espada al cinto. El espadín había sido de los príncipes, podías verlos a su corta edad espadear y batirse ante la mirada del maestro de armas. Sin embargo, a mí no me daba más que engorros y las pocas veces que tiraba de él, sólo servían para adornar más las chanzas: "¡Anda con el tullido!, ¡mira cómo se atasca el enano con la espada!" Y en esas estábamos, con el Encinillas de por medio, advirtiendo con una mano en alto al joven noble y apretando con la otra mi espadín para que no saliera de su vaina. Lo hizo bien el Encinillas, a pesar del asco velado que sentimos el uno por el otro, esta vez se comportó honrosamente en el ejercicio de su cargo. Me devolvió el sombrero, agarró al joven y a su criado por el cogote de sus abrigos y se los llevó a empujones de allí, a aposentarlos cómo era debido, aguantando las ganas de darles dos hostias por no verse enfrentado a Olivares. De camino les reprendía por su mal tino:

—Con los cuarenta y pico bufones que hay en palacio: ¡habéis tenido que tocarle los huevos al enano equivocado!

Despachando sellos

Era parte de la rutina, su majestad era hombre ordenado y de costumbres y yo estaba hecho a él. Desde hacía muchos años, mi tarea era la misma, accedía al despacho del Rey sin dar explicaciones a la guardia, que en todo caso eran más nuevos en sus cargos que yo. Una vez dentro, me ponía a ordenar legajos y revisar los documentos que Olivares y el Secretario le dejaban amontonados a Su Majestad. El Rey, el cuarto de los Felipes de la casa de Austria, era un gran hombre, no lo digo por retórica, los aduladores le dicen "El Rey Planeta", pero yo lo digo de verdad. Por quien lo conoce de hace muchos años, grande es su corazón y grande su entendimiento y preocupación por los reinos, aunque los malversadores digan que está en manos de Olivares. Y es que ya lo dicen las escrituras: "muchos mueren por la espada, pero son aún más los que mueren por la lengua". Tenemos la misma edad, a decir verdad, yo le saco un año, pero él parece mayor. Su ojos aplanados, su aparente pachorra y su labio de abajo caído, le hacen parecer pasmado, pero todo eso es apariencia, tomar la apariencia por verdad es algo contra lo que los clásicos previenen. Cuantas horas pasamos de niños, su majestad y yo, con el Trivium y el Cuadrivium, estudiando a Ovidio, Virgilio, y el resto de la flor el Imperio Romano. Los frailes preceptores tenían predilección por nosotros, apenas unos micos (yo más mico que él, por razones obvias), competíamos con pasión en duelos de versos latinos. Los años han pasado, pero a veces la costumbre revive y uno de los dos asaeta al otro con un latinajo. Éste era uno de esos días. Su majestad entro a paso calmo, puntual como siempre, impasible como siempre y se sentó en su sillón. Ni me saludó, en el gabinete de trabajo sobran formalismos. Yo le había dispuesto sobre la mesa los temas más urgentes, y ahora, después de que su majestad me entregase las tres llaves, le di la espalda y encaramado sobre mi taburete, me dediqué a abrir los tres cerrojos que cierran el arcón de las estampillas reales. En ello estaba cuando en mi espalda se clavó un: ”Audentes fortuna iuvat”. Lanzado de manera certera por su majestad. Se clavó hondo, yo sabía a la sazón de qué venía, y bien traído era el verso. En los legajos de Olivares, se pedían mandamientos y autorizaciones para reforzar los ejércitos. El valido y sus políticas militares pretendían reforzar nuestras fronteras y a la vez afirmar la cohesión de todos los reinos que componían las Españas. La Unión de Armas, como él la llamaba, sería una difícil empresa ya que, si bien era cierto aquello que dijo Virgilio en su Eneida: "La fortuna ayuda a los audaces", estas audacias de Olivares nos costaban por sí mismas más de una fortuna. Y tanto el pueblo llano, cómo los nobles, estaban un poco hartos de los desmanes del Valido. Claro que yo nunca le diría esto a nuestro señor, jamás lo rebatiría ni a él, ni a su hombre fuerte. Entre los dos cargaban a sus espaldas el peso del Imperio más grande de la cristiandad. Yo no sabría hacerlo mejor, así que la crítica fácil se la dejo hacer a otros. Ahora me toca lo de siempre: coger la estampilla, sellar y sellar al servicio de Su Majestad.

Encuentro con la amada

Lienzos y paños limpios, ¡qué bien huele el cuartillo de las lavanderas!, y que contento me pongo cada vez que furtivo, avisado por su damita de compañía, acudo al reclamo de mi señora. Cual trovador de leyenda tengo un amor prohibido. No podría ser de otro modo, una dama de palacio jamás reconocería en público el amor a un contrahecho, un engendro repulsivo como algunos me consideran. Ella es distinta, ella me ama, no lo entiendo ni yo, pero me ama. Mas, ¡válgame el sino!, mi problema es que es casada. ¡Un momento!, ¡silencio!, ¡un portazo!, alguien se acerca. Me acurrucaré en un rincón. Difícil es que me vean pero, por si acaso, un paño por encima hará de mí un montón más de ropa limpia que ordenar. Pasos suaves y olor a jazmines y azahar, ese su perfume moruno, ¡es mi dama!, retiro el lienzo que me cubre y me lanzo a ella de sorpresa, que respinga al sentir mi abrazo alrededor de sus piernas y el bocado cariñoso que le doy en la cadera, tan alto como mi menguada estatura permite. —¡Por Dios don Diego!, ¡qué susto! —¡Qué susto y qué gusto!, ¡venid aquí cordera! —Mi mano ya hurgaba bajo las enaguas. Ella me dio un empujón y yo caí de espaldas sobre un montón de ropa arrugada. —¡Don Diego!, ¡sed cortés o me marcho! —Se mostraba sonrojada, tras recomponer su traje me lanzó una mirada con ceño fruncido los brazos en cruz. No hay quien la entienda, otras veces le gustan mis lances fieros. Me recompuse, recogí mi sombrero del suelo e hice con él una reverencia como si me encontrase ante los pies de la mismísima Reina de todas las Españas, las Españas de aquí y las de allende los mares bajo el sol de nuestro Señor. —Perdonad el ardor, mi dama: Eros, Venus y Cupido, rodeados por todas las ninfas habidas y por haber, asaetan mi corazón, y voy a estallar de pasión vos. Fue oler vuestro sutil perfume y creíme transportado a los palacios de leyendas de la morería. Crecime y exalteme, como hidalgo español que soy, y ¡fuíme a clavar en vos cual pica española en el Turco! —No es excusa esa don Diego, pues cristiana vieja soy, pero venid aquí truhan, que con esa lengua que tenéis subyugáis moras y cristianas. —Se sentó sobre un banco humilde y tendió su mano esperando la mía. Yo raudo se la agarré y me senté a su lado, y así sentados, casi iguales parecíamos. —No hay en mi vida mujer ni mora, ni cristiana, ni hereje, sólo vos, hermosa mía, sois la Penélope de este Ulises, que por volver a vos desfallece. ¿Cómo hacer para veros más? Ella sopló de modo leve y el aroma de su aliento, más sutil aun que el perfume, volvióme a embriagar. Mi mano, pequeña y gruesa, con surcos de tinta impregnada, acarició su mejilla blanca y sonrosada, acerqué los labios y creí morir de éxtasis en su dulzor, perdido en su suavidad. Cuan extraño para mí, de vida grotesca e ingrata, maltratado y despreciado desde que nací, verme ahora en este Olimpo de ternura y alegría. Una sacudida me sacó del trance y regresó a al purgatorio de vida en el que vivía. —He de irme: ¡mi doncella toca la señal de alarma! Era cierto, sonaban los toques fatales sobre la puerta. Clin clin, toc toc toc, clin clin. ¡Maldito sea mi sino de enano malnacido!, tenérmelas que ver en secreto con la mujer de otro. —No te marches, ¡quédate un poco musa mía! —Sabes bien que no puedo, ¡y lo mala bestia que es Marcos! En ello tenía razón, siendo mujer siempre virtuosa, se había visto muchas veces azotada a causa de los celos del patán de su marido. Tan harta de celos y de desprecios, de tanto puta y ramera que, de manera infundada, le había llamado durante años, su carácter y lozanía se habían apagado. Aunque que en los últimos tiempos, y por un extraño azar, algo que parecía muerto en ella había empezado a cobrar vida. La semilla del amor, por tanto tiempo dormida, había vuelto a renacer regada por los versos que yo, "El Primo", pariente lejano y enano del Rey, recitaba, de vez en cuando, en el soleado salón de bordados, ante el corrillo de las damas de la corte.

Saliendo a Torear

Hombre de placer me llaman, Barbarroja, el jefe de todos ellos, incluso de los engendros del diablo. Vedlos bien, ¡ahí están!, mirando hacia arriba con sus rostros deformes contraídos, putos enanos, y ahora me toca pasarles revista a esta tropa de mamones, y que anden con cuidado que como se escantille alguno, la patada se la lleva, no podemos quedar en entredicho ante el mismísimo Rey. Ahí están, todos en fila, ¡qué cuadrilla!: el Calabacillas con el cuello de su camisola engalanado de brocados y sus sonajeros hechos de calabazas secas, que de poco

le van a servir cómo le den un revoleo, no es enano, pero de encorvado y nervioso que son sus movimientos, más que ellos engendro parece. Y el Pablillo de Valladolid vestido de negro impecable, que parecería más un hidalgo que un hombre de placer, si no fuera por su peste a vino y la guasa tonta que sale de su boca cada vez que habla, y luego el enano Lezcano: ese es enano de verdad, con culo gordo y tan cabezón que ha sido difícil hasta hacerle una montera a su medida, ellos ya saben cómo hacerlo y en ellos confío para salir bien de los lances. Y luego están los otros, los que no han sido probados, a algunos casi ni los conozco, recién llegados son del

hospicio de Zaragoza, a ver cómo se portan y si no valen

pues...

¡de vuelta para allá!

Suena el cornetín, me echo el capote al hombro y les doy la voz de mando. —¡Atención!: ¡seguidme! Salimos así, a la gran plaza cuadrada, a las cinco de la tarde, en la sesión de cómicos, toreando a pié para deleite del pueblo. Después de nuestra actuación comenzarían los lances desde caballo, estos realizados por caballeros bien adinerados y nobles de alto copete, que sobre corceles briosos lidiaban los grandes toros, pero eso cada vez gustaba menos.

La Dama asiste a los toros

No me gusta este espectáculo, pero es uno de los más notables que se dan en este Palacio del Buen Retiro, su plaza cuadrada se engalana y se da entrada a gran parte de la sociedad madrileña. Es mi papel estar aquí, junto a las nobles damas: cuidando que nada les falte a las infantas, y haciéndoles buena compañía. Pero es un tedio enorme, estar bajo el sol, con el calor que se siente bajo estas ropas y enaguas, que vistosas son, pero también pesadas y con el paso de los años todavía no me he hecho a soportarlas. Y esperando contemplar este espectáculo grotesco, no por ellos, podres almas inocentes. La visión es grotesca por las miradas, y por las malas palabras. Tan mezquino es el vulgo como la nobleza a la hora de hacer escarnio de la desgracias, divirtiéndose con un espectáculo así. Y aquí estamos, junto a las infantitas, la Maribarbola, y todas las demás, sentadas lo más regiamente posible, sobre la tribuna, próximas a sus majestades y rodeadas de alabarderos, por lo que pudiese pasar. En torno a nosotros, y en un cuadrado enorme enmarcado por los edificios que rodean la plaza, todo Madrid pareciera estar, bajando de categoría conforme aumenta la distancia respecto al palco real. Ya suena el cornetín, y lo veo salir, a él primero. Con su gorro rojo y su traje del mismo color, un color que bajo el sol hace doler los ojos. Su gesto es altanero y su pasear arrogante. Eso no se hubiera permitido a ninguna otra persona que se presentase de esa guisa ante Su Majestad, pero al hombre de placer Barbarroja, que además de bufón en jefe, era torero, todo se le consentía. Así se permitía torcer el gesto y mirar despectivo con su bigote rojo cobre, relumbrando bajo el sol, su espada de matar en la mano y un capote rojo sobre el hombro. Tras él, la cuadrilla bufa, era el primer espectáculo, se pretendía que tenía gracia y así lo daban a entender los vítores que de todos lado sonaban. Allí, tras Barbarroja, y pretendiendo marcar el paso, desfilaban Calabacillas, caminando con su bailecito, la mirada distraída saltando de un lado a otro y haciendo sonar sus calabazas, no sé yo si a sabiendas o por la mera costumbre. Pablo de Valladolid, con gesto serio, a pesar de lo gracioso que era siempre, parecía que el acontecimiento le asustaba, estaba más pálido de lo habitual y caminaba envarado y con un capote rojo al hombro. Junto a él caminaba con sus pequeños pasos el Enano Lezcano, tratando de empinarse sobre las puntillas de sus pies, como si aquello le fuera a aportar más valor o dignidad ante lo que iba a pasar. Agarraba entre sus manos un pequeño trapo de color rojo y llamaba la atención la enorme montera con que cubría su cabeza. Tras ellos caminaba el resto una cuadrilla improvisada, formada de pequeños hombres deformes con algún toque pintoresco en sus vestiduras que les hacía dignos de su papel: enanos bufones que salían a torear a pie. Por suerte, a las enanas, no las usaban para esto. Miré de reojo a la Maribarbola, que se hallaba cerca mía, sentada junto a una infanta, con gesto serio aunque calmada, ella era discreta y nunca diría su parecer. Dieron la vuelta a la plaza entre vítores, pañuelos al aire y chanzas provenientes de todos los rincones, por todos lados se escuchaban risotadas y gritos: "¡Enano cabrón!, ¡enano que te pisa el toro!" Claro que la cuadrilla tampoco quedaba manca, detrás de la cabecera, que pretendía andar solemne, algunos de los enanos se dedicaban a insultar al público, hacer gestos obscenos e incluso llevar sus manos a las partes pudendas y apretar las ropas en torno a ellas para sonrojo y vergüenza de las damas y mozas que lo presenciaban. Yo sentí una punzada en el pecho. Cuán lejos estaban esos comportamientos de los modales de mi don Diego, el pequeño juglar que se estaba tornando nuevo amo de mi corazón. Él no había venido a los toros, nunca venía, no le gustaba la sangre y el martirio de los animales, ni le gustaba tampoco el escarnio a los enanos, por ello, y aprovechando la cierta ventaja de que disponía con su Majestad, evadía esta situación, quedando en su celda leyendo esos clásicos que tanto elevaban sus pensamientos. Soltaron el primer toro, en este caso sólo una vaquilla, aún así era más grande que los enanos y muy rápida, podía muy bien revolear y matar a alguno de ellos, cómo en alguna ocasión había pasado. Barbarroja quedó frente al animalito y le dio un primer capotazo, mientras los demás se abrían en círculo a su alrededor. El público exclamó. Después siguieron otros tres capotazos del diestro entre esos gestos tan suyos de desplante y arrogancia que parecían deleitar a la muchedumbre. Se echó a un lado y entonces toco turno a Calabacillas, que tocando sus sonajeros llamó la atención de la vaquilla, era ágil ese locuelo. La vaquilla intentó pillarlo en varias ocasiones, pero Calabacillas hacía quiebros en el último momento, con lo que el animal quedaba despistado y en más de una ocasión tropezó de patas y cayó al suelo. Cuando calabacillas se cansó de saltar fue a refugiarse tras un burladero y salió a la arena Pablo de Valladolid, sosteniendo una pequeña banderilla en cada una de sus manos, se dirigió directamente hacia la vaquilla, cuando esta humilló para cogerle, Pablo saltó sobre la misma apoyando su salto en las banderillas, que clavó sobre el lomo del animal. Después le tocó el turno a Barbarroja, que con su estilo arrogante le clavó dos banderillas grandes, tan pequeña se veía la vaquilla a su lado, que no era posible considerar el acto una hazaña. Acto seguido, el enano Lezcano y los otros enanos rodearon al animal, y por no poder llegar al lomo, dada su cortedad de estatura, se dedicaron a lanzar pequeñas banderillas cual de dardos se tratase. Quedó el pequeño animal asaetado, aunque rabioso. Pero no podía hacer nada, ya que cada vez que se encaminaba a pillar a algún enano salían Barbarroja o Pablo de Valladolid, al quite con un capote y desviaban a la vaquilla, a la que solo quedaba seguir aguantando pinchazos, uno tras otro, mientras su lomo, antes negro zaino, se iba tornando rojo brillante de tanta sangre cómo salía de sus heridas. El público gritaba enfervorecido y celebraba cada una de las heridas que se infligían al pequeño animalito, no me extraña que a mi amado Diego le repugne este espectáculo. Es cómo él dice, la reminiscencia de aquellos juegos de martirio que tanto gustaban a los romanos y que él también rechaza, sin llegar a comprender cómo fue posible que tan esplendorosa y culta civilización pudiera disfrutar de aquella forma tan zafia. Pero así fue, al igual que ahora: en la capital del imperio más poderoso del mundo, gentilhombres y plebeyos, gente de toda ralea y condición, disfrutan contemplando, cuando no colaborando, con el dolor y la fealdad. El animal se quedó parado en el centro de la arena, ya sin fuerzas para seguir correteando detrás de tanto enano. Entonces Barbarroja levantó la mano en señal para que todos se retiraran y quedó solo, frente al becerrito, con el capote en una mano y una espada en la otra. Dejó caer la mano que sujetaba el capote, moviendo el mismo para arrancar al animal una última carrera, cuando el becerro se arrancó y se dirigió hacia Barbarroja, la espada estaba presta para entrar desde arriba y que el animal, de su propio ímpetu se ensartara en la espada, que desde arriba atravesó sus entrañas. Quedó un momento inmóvil, con la espada atravesada y manando sangre de la misma, chorreando hasta el suelo deslizando por sus patas delanteras, antes negras y ahora rojas. Su lengua seca estaba manchada con tierra, de pronto abrió la boca y por ella salió un torrente de vómito rojo de sangre, el becerro calló entonces de lado sobre el charco de sangre, terminando así su vida entre el aplauso del público. El enano Lezcano se acercó a la vaquilla, y, con su carita de bueno, se agachó cuchillo en mano y cortó las orejas del animal, entregándolas cómo trofeo a Barbarroja. Pero lo peor y lo inaudito es que Barbarroja dio la vuelta al ruedo entre vítores y se dirigió al palco real, yendo a dirigirme a mí el brindis de aquella muerte, desde que fijó sus ojos en los míos comencé a temblar, ¿qué malsana intención abriga ese bufón cruel?

Preparando banquete

Todo preparado, de eso me encargo yo, como Aposentador Real, claro que al final seguro que sale algún imbécil y lo jode todo. Las comidas preparadas a gusto de su majestad, el gran salón engalanado a la ocasión y todos los invitados advertidos de protocolo y bien aposentados. El coñazo son los enanos y los hombres de placer, seguro que alguno da la nota. Y es que Barbarroja no puede con ellos, es un jefe duro, los mete en vereda y más de una vez lo he visto dar un correazo, pero son demasiado. Esas criaturas, que mas que nacer de Dios parecen nacidas del diablo, mucha alma no han de tener, pero a nuestro Rey le gustan, y eso que cuesta mantenerlos: más caros salen que los perros y caballos de caza. Que su Majestad los viste hasta con ropajes de príncipe, como si alguna nobleza enana tuvieran. Y luego están los hombres de placer, esos vividores que también gustan del favor de nuestro señor: por jugar con él a los naipes, al ajedrez y contar chanzas y chascarrillos en los banquetes. ¡Mancha de vividores!, gente de baja ralea que ensombrece los fastos de palacio, pero parece que a la gente grande les gusta de verse rodeados de bajunerío, aunque sólo fuese por realzar en su grandeza frente a ellos. Ahora todos descansan tras la tarde de toros, que hasta Barbarroja ha hecho sus pinitos frente a la vaquilla. Valor tiene desde luego, y además parece gustarle dar castigo al animal, y no le culpo que a mí también me gusta: cada vez que puedo le pateo el culo a cualquier paje o enano y me quito la mala sangre, que para eso están. ¡Y de mala leche ando sobrado!, que las labores de palacio son duras, sobre todo para el que trabaja cuando los demás se divierten, maldita sea su estampa. Y esta tarde hasta Barbarroja me ha tocado los huevos. Él estaba en la plaza cuadrada dando castigo a un bicho y yo mientras en la grada, cuidando que nada faltara, ni pajes aguadores, ni doncellas colocando cojines bajo las posaderas de la regia familia y otras nobles figuras. Y Barbarroja pavoneándose, dando la vuelta al ruedo, el es un hombre fuerte, pero como además camina siempre rodeado de enanos parecía un gran toro colorado brillando bajo el sol, con su cara de chulo y las dos orejas en la mano. Va y se llega ante el balconcillo de las damas y no tiene más que decir:

—Dedico este Toro a la dama, que últimamente yo veo más bonita y más lozana. ¡Y el hijodeputa va y le tira las orejas a mi mujer!, que se hallaba allí acompañando a las infantas. ¡Máldita sea su estampa! A la vuelta de los toros le he ajustado las cuentas a la muy puta. ¡Le tengo dicho que no le eche esas miradas suyas a los hombres!, pero yo tranquilo, ¡que está noche no acudirá a la cena!, más que nada porque no podrá sentarse de cómo le he dejado las posaderas, aparte de ojeras para unos días, y de las que no son por falta de sueño. A ver si se atreve ahora a echar más miraditas, y a ver quien la encuentra ahora tan bonita y tan lozana.

Chanzas en el banquete

—Ven aquí chaval, ¡cómo se te vuelva a caer una bandeja te muelo a palos! Eso dije y el mierda de sirviente, un niño grande, ni mozalbete todavía, temblaba con la cabeza gacha, cuando se dio la vuelta para emprender camino al gran salón, le pegué una colleja que retumbó en toda la cocina, haciendo a los otros pinches temblar sólo con oírlo. —¡Y esto para que no se te olvide, so mamón! Esa es la manera de meter en vereda a estos niñatos, que se creen que venir a servir en palacio es un lujo: ¡Una jodienda es lo que es! y yo me encargo bien de ello, que de cada cuatro que vienen solo me resulta útil uno, a los demás los despacho otra vez a sus casas a que los malcríen las putas de sus madres. Con los enanos es peor, que al Rey y su familia les gustan ,¡claro!, hasta parece que los colecciona, lo mismo que colecciona cuadros o arcabuces de caza, pero es que los enanos, por muy graciosos que aparecen ante sus majestades, también cagan y mean, y hay algunos que ni aguantarse saben. Que es más fácil enseñar a no cagarse a un perro que aun enano contrahecho. Que los perros son todos listos, pero el enano que sale tonto, por mucho que le atices no espabila. Entonces tengo que mandarlos de vuelta Zaragoza, de donde vienen casi todos. Y hasta los huevos estoy de mandarlos de vuelta con recado a los monjes del hospicio: ¡Que no me los manden idiotas joder!, ¡que hasta para ser enano hay que valer! Los hay algunos que son menuditos, y como niños se quedan para toda la vida, delgados y con voz aflautada, esos son los mejores: dóciles, manejables y sin malas pasiones. Luego hay otros que son más gordos y grandes, dicho sea esto dentro de su enanismo. Esos son más útiles para algunas cosas, pues hacen más gracia por lo mal hechos que están y lo cabezones que son, pero también tienen sus pegas ya que sienten y piensan como si de verdad fueran personas: se revelan y llegan incluso a levantarte la mano si les machacas más de la cuenta. Además son unos sátiros y siempre quieren follar, y en eso no son aniñados como los otros, que muchos tienen

unas vergas y unos huevazos que ya quisieran tener algunos mozos. Y no solo los machos, que está la Maribárbola, con tetas y culo gordo, que a pesar de enana se codea con las infantas y se da ínfulas de ser una más de ellas. Y, si le pasa como con a los machos, que por abajo van en consonancia con el tamaño de la cabeza, no me imagino la conejorra que tendrá esa entre las piernas la muy pedazo de enana. Pero el peor es el Primo, ese sí que se da aires de grandeza. Como preferido del Rey y algo ducho en letras, se cree docto y poeta, no siendo más que un enano de mierda. Encima no consiente en ser tratado de enano, ni mucho menos que le manden. ¡Incluso me ha echado huevos más de una vez para defender a otros enanos a los que pretendo disciplinar!, ¡maldita sea su estampa! Y cualquiera le contraría, siendo el favorito del Rey, incluso pariente lejano dicen algunos hablando bajito. No se de qué modo, pues la sangre pura de los Habsburgo, ¡vive Dios que no tiene mezcla con sangre de enanos!, pero a saber si es rareza o caridad de su Majestad, que desde pequeño trató como iguales a sus bestezuelas: le pasa lo mismo con los caballos, que parece tener reparos hasta en darles con la fusta. Pero volvamos al Gran Salón, a ver mi obra de hoy. Todo brilla en el salón, a la luz de cera buena, plata y oro en candelabros brillan como luz del sol. La comida está terminando, ya se han cerrado las puertas a la plebe y sólo queda en palacio gente noble. Los pajes bien recogen bandejas llenas de hueso y pellejo, que cuando es carne de caza los nobles no dejan nada. Las doncellas con los vinos llenan copas sin parar, el Rey, si tuviera gestos en la cara, esta noche sonreiría, pues se le ve animado en conversación con Olivares y su pariente, el niñato Medina Sidonia, que más que nacer para noble, parece haberlo sido para bufón. Maldita sea su estampa. Las mesas quedan despejadas, de todo menos de copas. Y vuelve a actuar la caterva de enanos y acróbatas varios, para deleite de todos, de todos salvo de mi, que maldita gracia me hacen. Entran desfilando cual cuadrilla de toreros, encabezados por Barbarroja, que a la sazón, ya lo dije antes, sí que lo es. Y tras corteses reverencias empiezan sus cabriolas, muecas y cucamonas, para deleite general. Veo asqueado como se tuercen los rostros de los enanos y de nobles que bañados en alcohol y enseñando dentaduras melladas y manchadas por el tinto, parecen asemejarse a los micos de los que se ríen, todos constituyen ante mis ojos el mismo grotesco espectáculo de zafiedad y relajo, siento asco, asco por todos, yo, él único sobrio en la sala, sobrio por necesidad del cargo, el Aposentador Real se encarga de que todo funcione. Y el vino que sigue corriendo, y el Rey cada vez mas rojo, aunque igual de serio que siempre, no así Olivares, que cada vez ríe más alto, en un momento señala a Barbarroja:

—¡Tú!, ¡jefe de bufones!, ¡demuestra lo que eres y dinos algo osado!, ¡osado y picante! —miró a su alrededor con gesto retador—

vuestro oficio y sois capaz de ejercer el

cargo...

¡con la valentía de un torero!

¡Vamos!...

si no os asusta

—Por supuesto mi señor —hizo una reverencia servil a la vez que lanzaba una mirada feroz y desafiante— Y ya que habláis de toreo, recitaré unos versos que bien

pueden aplicarse a gran parte de la concurrencia. Impostó su voz y comenzó a girar señalando los candeleros mientras recitaba:

—Si los cuernos alumbraran como alumbran los faroles,

estaría nuestro palacio lleno de iluminaciones. La carcajada general retumbó en palacio y hasta su Majestad dio un golpe con la copa para brindar con Olivares. Pero Barbarroja no se quedó ahí, continuó con sus envenenados versos, repitiendo el primer pareado y añadiendo otros fatales:

—Si los cuernos alumbraran como alumbran los faroles, estaría nuestro palacio lleno de iluminaciones. Y que nadie ría en alto, ni tampoco se acalore, pues de ellos no están libres ni los más altos señores

ni sastres, ni

generales...

¡ni los aposentadores!

Dijo esto señalándome con el dedo el muy hijo de puta, y maldita falta hacía, ya que el único aposentador en palacio soy yo, y mi buena suma me costó comprar el cargo. Y ahora ese malnacido de Barbarroja me ponía en entredicho, escudado en su oficio y privilegio de bufón. ¡Que más grandes son sus fueros que los de Aragón y Barcelona juntos! Cualquiera le toca un pelo o rebate a ese bufón: ¡que ni los duques se atreven! Aguanté el tirón y fingí risa, ante lo que era, al parecer, uno más de los desmanes de ese bufón malaleche. Pronto la emprendería con otro, pero de cuando en cuando, su mirada se cruzaba con la mía y un ojo me guiñaba: ¡me estaba buscando!, ¡maldita sea su estampa!

Consolando a la dama

Me lo dijo la Maribárbola, que la criadita de mi dama le había ido a buscar llorando, y es que ese malnacido de Marcos Encinillas le había vuelto a pegar, y se había empleado bien. No suelo asistir a banquetes, y su Majestad lo comprende. Ni me agrada sentarme a la mesa con los señores, dado lo torcido de mi condición, ni me gusta estar entre enanos, aguantando chanzas y haciendo bufonadas, dada la rectitud de la que yo creo es mi dignidad. Ese es mi sino, encontrarme siempre fuera de sitio. En la noche me vino bien este aislamiento, así con todos entretenidos por el banquete, me escabullí de los aposentos que con mala uva llamaban "el cuartelillo de los enanos", donde por mi condición física, y a pesar de no ser bufón, me veía obligado a vivir. El pasilleo es un arte en Palacio, el arte del "visto y no visto". A veces a los monarcas les gusta pasear de manera larga pasilleando arriba y abajo para hacer ver a todos que dominan el terreno. Otras veces, sin embargo, gustan de sorprender, aparecer y desaparecer de improviso donde menos se les espera, así logran inspirar en los cortesanos cierta alerta y temor reverencial. Yo, como fiel servidor de su Majestad el Rey Planeta, conocía bien los entresijos, pazadizos y puertas ocultas que me permitían llegar de un lado a otro antes que cualquier mortal. Esa noche llegué rápido a la cámara de mi señora. Su damita de compañía me vio y bajó la cabeza abandonando la estancia, quedando fuera, ojo avizor, con su sortijita de oro preparada para dar la alerta. La encontré postrada, en la cama y boca abajo. Me miró con el poco resquicio que sus ojos amoratados le permitían. ¡Aquel cabrón de Encinillas!, eché mano al espadín y esta vez logré sacarlo: tirando con la diestra de la empuñadura y a la vez con la siniestra para hacer bajar la vaina. —¡Lo mataré!, ¡por Santiago! —No lo hagáis Diego, amor mío —Mi dama se incorporó del lecho y caminó hacia mí, tambaleándose —No os conviene a vos ni a mí, ¡por favor dejadlo estar! — Las rendijas de sus amoratados ojos vertían lágrimas. La abracé, a la altura de las caderas, donde yo llego y ella, cortés, se arrodilló, quedando a mi misma altura y reposando su cabeza sobre mi hombro. La abracé y la noté fría, intente darle calor y así estuvimos buen rato, hasta que el sonido del anillito sobre la cerradura nos sacó del dulce abrazo aletargado —Clin, clin —después tres toques a la puerta —Toc, toc, toc. y un nuevo clin, clin. Le besé el cuello y me apresuré a guardar el espadín, que sobre el suelo había dejado caído. Mi dama por agradecer, me entregó un presente: uno de sus pañuelos con ese perfume moruno: de almizcles, jazmín y azahar, que a mi tanto me exalta. Lo guardé en mi corazón cual prenda de caballería. Salí al pasillo veloz, la criadita señalaba, se oían pasos a lo lejos, yo tomé la otra dirección para volver a mi sitio "el cuartelillo de enanos".

Madrugando

—¡Pardiez!, ¡si no ha amanecido!, ¿por qué aporreáis en mi puerta Juan Calabazas de Dios? Calabacillas, que no era enano sino un loco cariñoso, bajó la cabeza y apartó su mirada estrábica por miedo a mi despertar iracundo, se movía como poseído por el baile de San Vito. —Que no Primo, que no soy yo, es que me ha dicho la monja que tienes que correr y vestirte, que hoy tienes viaje en un carro, eso me ha dicho la monja, que un heraldo se lo ha dicho y que será importante, ¿verdad? Si lo dice Sor María, por algo será. La monja es “la Coronela”, así la llamamos los enanos, por lo mucho que manda y por un juego de palabras sobre su propio apellido de familia. Ya que, si bien Barbarroja es el jefe de los espectáculos, ella se encarga de organizar nuestras cosas y vigilar que mantengamos aseados nuestros cuerpos, trajes y cuartos. Además, por la noche, siempre vigila, no sabemos cuándo duerme, que parece que no está, ¡pero está! ¡Ella siempre está!, Algunos le atribuyen poderes y milagros de bilocación: parece estar siempre vigilando en varias partes a la vez. Ella mantiene en casta decencia la frontera del pasillo que separa los hombres de las mujeres en el cuartelillo de enanos, que por algo hermana de la Congregación de la Inmaculada Concepción. Total, que me visto raudo y atavío el espadín, que maldito mi sino de enano, no me hace más que estorbar y casi me hace caer otra vez. Echo un vistazo a mi aposento, cual cubiculum romano no puede ser más pequeño, un catre enano, dos clavos para colgar la ropa, otro para el sombrero, un pequeño escritorio hecho a mi altura, donde amontono mis libros y un juego de palangana y jarra para el aseo mañanero, que hoy me salto al ser urgencia. Y pongo camino al patio de armas. Y ya lo comentaba anoche: cuando uno quiere ser rápido... ¡Lo es! y más que por piernas, por mañas. Aún siendo el último avisado, ante el carro vacío y su cochero me encontraba allí el primero. No era un carruaje fastuoso, sino una simple calesa con la capota bajada, amanecía y en tiempos de primavera, sería más que placentero pasear bajo los primeros rayos de sol, a la fresca de la mañana. —¡Hombre!, ¡Tenemos aquí ar seño Primo! Volví mi cabeza al oírlo y allí lo vi, al señorito: el pariente de Olivares, acompañado de su criado. Entre ambos portaban el arcón de las estampillas reales, y unos pasos por detrás, Olivares y su Majestad, que conversaban entre ellos. Su Majestad me miró y me llamó con un gesto, cuando estuve cerca nos habló. —Creo que ya os conocéis, por aquel nimio altercado, espero que aparquéis diferencias y os portéis cual nobles vasallos que sois. Hoy acompañareis al Conde- Duque, Valido de las Españas, a un convento de frailes amanuenses, por ser de mejor provecho para el Reino el hacerlo allí. Escribiréis y sellareis cuanto el Conde- Duque disponga y estaréis de regreso pronto y todos a boca cerrada. —Terminó su alocución y colgó de mi cuello la cadena en la que recogía las tres llaves del arcón. — En ti confío primo mío —dijo esto y dióme dos palmadas a la espalda, gesto raro en él, que creo que venía a reforzar mi estampa frente a los dos mindundis que traía el Olivares. Asegurado el arcón en la zona de equipaje subimos a la calesa, yo junto a Olivares mirando hacia delante, en sentido de la marcha. Frente a nosotros el señorito y su criado, que no parecían tan bromistas tras el discurso del Rey. El cochero agitó la tralla y los caballos avanzaron, el aire olía fresco y traía hacia nosotros el olor de los dos grandes alazanes que tiraban del carro. La guardia del portón se movió al vernos y se prestaron a abrirlo mientras otros formaban en línea. Los dos jóvenes se volvieron sobre sus asientos, curiosos y entusiasmados, como haría cualquier mozalbete ante una ceremonia de armas. El Conde Duque alzó una ceja y se acarició la barba. —No entiendo este protocolo, siendo salida discreta, ¿a qué vienen la formación y salva de honor? Inteligente y largo el Valido, aquello pareció profecía fatal. Pues cuando sonaron los arcabuzazos, resultó uno de ellos no ser de salva, sino que silbó sobre mi cabeza yendo a perforar el asiento a una cuarta de Olivares. Yo me dolí y guiñé un ojo ¡Pardiez una astilla me rasgó el rostro!, y a punto estuvo de sácarme un ojo. Con el otro ojo vi el rostro airado del hombre que, sin ser Rey, mandaba más que el resto de hombres sobre todas las Españas. El Conde Duque se alzó, en lugar de amilanarse y lanzó un grito feroz que hizo retumbar el patio, mientras señalaba el pelotón. —¡Capitanes!, ¡los quiero a todos! ¡a todos arrestados! —agitaba con furia sus puños, pareciendo un gigante mitológico elevado sobre el carro. El pelotón de arcabuces miraba confundido a los lados y de todas partes acudían soldados. Al pedido de Conde Duque, fueron desarmados y maniatados los del pelotón, y conducidos a la torre de la guardia, no arriendo sus ganancias cuando los fieles del Conde Duque comiencen los interrogatorios. Mientas tanto yo me palpo, estoy entero, salvo por la llaga sangrante que cercena mi mejilla, miro el boquete del asiento, la bala lo ha atravesado astillándolo y se ha incrustado en el arcón de las estampillas. El cochero mira hacia atrás. El Conde Duque le hace seña de seguir parado y me señala al estribo de la calesa para que baje. Lo hago y echo una mirada a los mozalbetes que, acurrucados y gachos, a levantarse no se atreven. El Valido también los mira, arquea las cejas y abre las ventanillas de la nariz husmeando. Mi lengua, esta vez, actúa más ágil que el espadín. —Sí señor Conde Duque, el olor a pólvora ha pasado pero yo mucho me temo que vuestro noble pariente haberse debe el calzón cagado. El Conde Duque me miró de soslayo y dándole un cogotazo tiró de el niñato fuera del carro. —¡Así quieres tu servirme!, ¡avergüenzas nuestra sangre!, que por suerte hoy no ha corrido. Así acabaron los despachos de aquél día antes de haber comenzado, el atentado a Olivares era algo serio, a pesar de las risas que yo me eché a costa de su sobrino. Lástima del paño fino en sus calzas y leotardos, empastados hasta los tobillos de la más noble de las mierdas. Y callo ya, que parezco un bufón y eso no es propio de mí, Estampador Guardasellos de su Alteza el Rey Planeta.

Curando la mejilla

—¡Pardiez!, ¡qué punzada! —Así debe ser, si duele es buena señal. —La Maribárbola parecía sonreír bajo esos ojos grandes, que de no ser por sus cejas abultadas de enana podrían haber sido incluso bonitos, pero la naturaleza a veces se tuerce contra sus criaturas. Aún así era de buena voluntad, al verme llegar con la cara ensangrentada fue en busca de Sor María, que le indicó el proceder. Con una palangana de agua caliente y un paño limpio se dedicó a limpiarme la cara y retirar la costra de sangre. —Seguid así, observad que tiene aún una esquirla de madera—dijo Sor María achicando los ojos— ¿Os atreveréis a retirarla o lo hago yo? La Maribárbola no respondió de palabra, con un movimiento rápido de sus pequeños y regordetes dedos retiró la astilla de madera con la precisión de un halcón que atrapa al vuelo su presa. —Ohhh, ¡qué alivio!, no sabía el dolor que me producía hasta que ha sido retirada. —Suele pasar —La Maribárbola arrojó la astilla al suelo sin darle importancia y volvió a lavarme la cara. —Os estoy muy agradecido. —No hay porqué, forma parte de mis atribuciones que los enanos vivíais en condiciones dignas —dijo esto cómo si ella misma no fuera una enana más. —Y a fe mía que lo hacéis Maribárbola, seriáis buena asistente en los campos de batalla. —¿Vos lo fuisteis verdad Sor María? —pregunté dándole coba —Eso fue hace mucho tiempo, cuando ingresé en la orden, serví en un hospital de campaña que se movía junto a los tercios, ¡cuánta sangre derramada! y ¡cuantos jóvenes lisiados de por vida!. Hice lo que pude y ayudé a aquellos pobres soldados, en lo que Dios me permitió. ¡Comparado con aquello esto que os pasa es pecata minuta! —¡Y tan diminuta! —dijo la Maribárbola cruzando los brazos —Y ahora, si me disculpáis, me voy con las infantas, que de buen seguro ya me añoran a su lado —Se alejó por el pasillo con los brazos en jarras y moviendo con gracejo su enorme pandero. —Id con Dios.

—Y vos quedad —me contestó la monja— vuestra herida es leve y sin la esquirla ya veo que ha dejado de sangrar, reposad pues, no la tapéis y dejadla curar al aire.

—Muchas gracias

Sor...

—traté de agarrar su mano para besarla en agradecimiento, pero ella la retiró y me miró con ceño fruncido.

—Con Dios don Diego, ¡y cuidad de exponeros a más peligros!: El disparo fue algo serio, una cuarta de menos hubiera bastado para que hoy en lugar de una cura celebrásemos un funeral.—Con tan funestas palabras la monja me dio la espalda y se alejó por el pasillo, melancólica, cual Caronte viajando de vacío. La observé un rato hasta que se perdió de mi vista. Sor María de Jesús de Agreda, tal era el nombre que tenía desde que profesara sus votos, era una monja muy especial, con fama de mística y milagrera, al punto de haber sido procesada, sin éxito, por la inquisición. Era seria, docta estudiosa y buena escritora, por ello gozaba del favor del Rey y de otros fieles poderosos que en alta estimación tenían sus palabras.

Coitus interruptus

Más grandes que las Columnas de Hércules con las que topan mis hombros, más dulce que todas las mieles y al mismo tiempo salado, es el lago de mi señora, donde nado yo enredado, entre su matorral suave de azahares almizclado. Bendito sea mi sino de enano, que tumbado entre las sábanas parezco un gran Capitán y con esta lengua mía compongo versos al par, que degusto una vagina. En estas me las andaba, consolando a mi señora, que a dos días de la paliza, ya me mandó a pedir coba. Cuando el anillo cruel, fue a regresarme otra vez de aquel parnaso carnal, con su fatal clin clin, toc toc toc, clin clin. Me encaramé y adecenté los bigotes, por no dar mas pistas de las obvias, al tiempo que intenté holgar mis calzas y mis calzones para disimular la trempadera, que mucho me temo yo, ¡Que hoy tampoco la descargo! Con todo lo insano que ello resulta para el cuerpo y la salud, pues es bien cierta la frase “semen retemtun venenum est”. En aquella situación de retención venenosa, me acerqué a la puerta y la criadita me hizo gesto de silencio, colándose, junto a la Maribárbola, en el cuartillo de las lavanderas. La Maribárbola, con ambos brazos cruzados sobre sus regordetes pechos, me miró de arriba abajo y arqueó una de sus cejas, trazando un arco gótico que parecía iba a salirse de su alta y abombada frente. ¡Y es difícil vive Dios!, ¡que esa frente no se acaba! y perdonen que me meta con ella, siendo yo, cómo soy, de su misma

constitución y hechura, pero yo es que la critico más por fea que por enana, que ella de las dos cosas lo tiene todo y un poco más, por mucho que se de grandes aíres al andar entre princesas, ¡a veces se cree hasta guapa! Me echó una nueva mirada y prosiguió.

—Por lo que

veo...ya

os habéis recuperado de vuestra herida de guerra, ¡andad marchando galán, que el Rey os reclama de manera urgente! —La Maribárbola seguía

mirándome fijo, ni por asomo hizo gesto de mirar hacia mi dama, que tapábase y recomponíase como bien podía, ayudada por su damita. Y es que la Maribárbola sería fea, pero a bondadosa y discreta, sobre todo entre mujeres, no había quien la ganara. — ¡Pero vive Dios!, ¿cómo sabíais que aquí me hallaba? —Ni lo sabía antes, ni es que ahora me importe mucho, me lo dijo un fiel del Rey, insistiendo en que es gran urgencia la del asunto, ¡así que tirando! Y así me fui, sin despedirme de mi Dama, acompañado por la Maribárbola, que por ser ella de la camarilla de las infantas, se sabe, si cabe, de más atajos y pasadizos que yo.

Sorprendida

Puta y mas que puta, eso es lo que es. ¡Y él no queda corto!,¡ayer se escapó el cabrón!, ¡puto enano!, ¡y por enano se libró! Y eso que mande a pagar al mejor tirador de todos. Pero ahora se van a enterar, que hoy no hay arcabuz que valga, ni a nadie mandaré en recado, que seré yo quien le atraviese a ese menguado engendro del demonio. ¡Por mis muertos que nadie se ríe más de mis cuernos!, ¡y menos en mi puta cara! Me ha dicho el Barbarroja que es tras aquella portezuela, la de las lavanderas, ¡Válgame el diablo!, ¡y maldita sea mi estampa!, que siendo yo el aposentador me metan cuernos en mis propias estancias. Di una gran patada, abrí de improviso, y allí la encontré, con su dama de compañía amarrándole las enaguas.

—Mal sitio para carne de tullido.

¡y temprano para hacerlo!, ¿ya no te duelen las nalgas? —Saqué la daga y apuñalé un montón de ropa blanca, la hoja se hundió sin tocar

—¿Donde está ese puto enano?

no se que habláis...

De un revés con la zurda le callé la boca, partiendo sus labios de chupar pollas a enanos, y suerte que en la otra llevaba la daga. La tonta de la criada empezó a llorar.

—Y sal de aquí niña, y ya sabes, ¡que si hablas!, ¡la próxima zurra te la llevas tú! —Bajó su cabecita y abandonó el cuarto con esa mirada gacha que tanto me gusta ver entre la gente que está a mi cargo. Dí después un puntapié a otro montón, y nada. Levanté un banco y lo tiré hacia una pila de ropa, pero calló en blando. Agarre entonces a la puta por el cuello y la estampé en la pared. —¿Donde está ese contrahecho? —¡No se de quién me hablas! Le dí entonces sacudidas que hicieron a su cabeza tamborilear contra el muro, ¡y nada! entonces saqué la prueba. —¡Y este pañuelo qué! —Barbarroja me había llevado a la pequeña habitación del enano para demostrármelo, en su mesilla escritorio, entre versos de amor inspirados, encontré el pañuelo; era clara la prueba de adulterio, se lo apreté en su boca reventada— ¡Huele a puta!, ¡huele a tí!, ¿que coño hacía esto en el bujío del Primo? Lo vi en su rostro, no tenía excusa que darme, ella trataba de respirar tras el pañuelo apretado. Miraba hacia los lados como buscando salvación. —¿Quien te va a ayudar ahora?, ¿tu enano?

Paseo a caballo

—¡Pardiez!, ¡otro bufón tempranero! Dije esto al ver ante mí a don Juan de Austria, que saludó llevando dos de sus dedos al ala de su de sombrero. Me extrañó verlo allí, a aquella hora y callado. Como hombre de placer, él es mas bien de hábitos nocturnos: haciendo, chanzas, chirigotas, cuchufletas y trucos de mano pasa hasta la madrugada, noche si y noche también. Nunca lo viera temprano. En realidad le veo poco, ya que no duerme en el cuartelillo de enanos, es hombre libre, entra y sale de Palacio cual le place, hay temporadas enteras en las que no se le ve. No es que sea demasiado alto, pero no tiene nada de menguado. Es de miembros sarmentosos y mirada que atraviesa, mas no tiene malo el fondo, es listo y respeta mucho, que jamás le viera abusar ni de enano ni de moza, ¡que ya es raro! —¿Otro bufón? —miró a los lados, cómo oteando un horizonte con dos fugaces movimientos haciendo de visera su mano— Creo que sólo uno, yo, pues ella es casi princesa y vos sois un escribano — Don Juan de Austria torcía el labio, mientras afilaba con sus dedos las puntas de sus bigotes y pestañeaba. Sus palabras habían sido candorosas, sin sombra de burla, aunque con sorna. La Maribárbola, con los brazos en jarra, le guiñó un ojo. —Bueno, que me voy, ¡ahí os dejo caballeretes!, que esta princesa gafada tiene un palacio que sacar adelante. —Y así se fue, meneando el culo gordo con su gracejo, y es que muchos lo decían, a pesar de fea y enana, había de tener buen revolcón. ¡Pero cualquiera folgaba con ella!, ¡que era más casta y mocita que Sor María Jesús de Ágreda! Y en estas me andaba cuando escuché los pasos calmos y firmes que sólo de él podían provenir. Allí, alto y serio, vestido con jubón de caza y calzado con botas de montar avanzaba hacia nosotros, con zancadas bien medidas. Su Majestad hizo un gesto con el guante, al que nosotros seguimos, tras el tintineo de sus espuelas de oro. En el patio, los palafreneros habían ataviado caballos, el corcel de su majestad resoplaba abriendo los belfos. A su lado una yegua torda, bien enjaezada y un caballito

pequeño y rechoncho, parecía un percherón menguado, de esa raza extraña traída de la pérfida Albion para entretener a los príncipes, ponis los llamaban. Es claro cual de los caballos a mi me tocaba. El mozo de cuadra me intentó alzar, como si con un niño se tratase, pero lancé una mirada que le hizo recular. No es que me guste especialmente montar, pero a su Majestad sí, y yo por él he montado, a las riendas de estos ponis o a la grupa de cualquiera. Me acerqué al estribo izquierdo y mi izquierdo pie afirmé. Ahora entiendo la insistencia de príncipes, caballeretes o escuderos en reprenderme cuando, antaño, distraído, trataba montar por el lado derecho. Con el espadín al cinto imposible es levantar otra pierna que no sea la derecha para subir a horcajadas. Acercados al portón vimos cuatro guardias a caballo que a nosotros se unían. Aún atronado por los sucesos de la víspera miré a su majestad y le dije, a tono bajo. —Mi señor, poca escolta yo veo. Su majestad miró hacia abajo desde su cabalgadura y sus ojos me parecieron más caídos de lo habitual. —No es por mí, ni por Olivares por quien temo. —Agarró las riendas firmes y se elevó un poco, acomodándose bien a la montura, y espoleó un poco al caballo encabezando la comitiva a trote alegre. Yo quedé un poco atrás, al trote cochinero de mi poni, y don Juan de Austria aflojó el paso de su yegua y se hizo el encontradizo. —¿Qué le ocurre a Su Majestad? —pregunté mirando a don Juan de Austria, que para ser hombre de placer, bufón y vividor, montaba erguido y flexible, con buen manejo de riendas, como un diestro militar. Hoy no era día de función, sin embargo portaba armas, y no parecían de teatro. A pesar de todo, él ejercía de remedo burlón hacia el histórico bastardo de glorias pasadas. A la espada ropera que don Juan de Austria llevaba pendiendo de su cinto, se podía añadir un sable largo de caballería, enjaezado a la silla del caballo y un pistolón que yo podía ver sobresaliendo de la trasera de su cinturón. —No le ocurre nada fuera de lo habitual, le acompañamos de paseo al coto. —¡No me vengáis con monsergas de bufón! —mi poni respingó, al notar la contracción de mis piernas y el tirón involuntario de riendas— ¡Nada de esto es habitual!, a estas horas, Su Majestad estaría camino al gabinete para despachar asuntos. —¿Mañana poco habitual?, ¿y vos donde estabais a primera hora?, ¿despachando habituales asuntos o metido en otros asuntos? —Sacó la lengua e hizo un gesto bufo de jodienda que me enardeció la sangre. ¿Qué sabía este hombre sobre mi vida privada? El poní se volvió a encabritar por mis espasmos de rabia. Le hice palmas de relajo y a un tiempo me serené a mi mismo. Pensé dejarlo pasar y cambiar el tema por una pregunta. —¿Y donde está el Conde Duque?, que desde lo de ayer en la madrugada no lo veo. —Acaba de irse a dormir, que desde lo del tiro no ha cejado en hacer averiguaciones, ni para comer ni dormir. Ahora puede descansar. ¡El cazador no disparaba hacia el pavo!, ¡sino más bien al gorrión! —Ya estábamos a campo abierto, por la vereda del coto, y el bufón había elevado tanto la voz que los cuatro escoltas, todos ellos hombres fieles del Rey y en aviso del asunto, se había enterado y carcajeaban a por lo bajo. Incluso su majestad había aminorado el paso de su corcel y al llegarme yo a su altura, clavo en mí sus caídos ojos y lanzó hacia mí una sentencia latina pronunciada con rigor:

Oblata ocassione, vel iustus perit. Se me encogió hasta el estómago, y el poni se paró en seco por el tirón de mis brazos. Ese dardo era certero, Su Majestad lo sabe todo, y me ha lanzado el recado:

dada la ocasión, hasta el justo peca. Ahora, otra vez, Su Majestad espoleó a su corcel y se puso a trote rápido a encabezar la partida. Don Juan de Austria volvió a ponerse parejo al paso lento de mi poni.

—Os diré lo que él no puede, por su clemencia y condición. Pero harto dolido está y se siente traicionado. En el día de hoy será

conocido...

—se retorció los bigotes

con una de sus manos enguantadas, mientras que con la otra mantenía las riendas— ¿Cómo lo digo para tirar yo también de

latines?...

vox populi. Por todos lados se

sabrá que un lío de cuernos entre un Aposentador y un Enano, ¡y no olvidéis que lo sois! —Me señaló con el dedo— sois un enano, que a pesar de vuestras ínfulas,

vive en el cuartel de bufones.—Se serenó un poco y volvió a coger ambas riendas— Pues eso, que la cornamenta que hacéis al Encinillas, con vuestra rechoncha polla,

casi cuesta la vida al Valido de las Españas ¡El hombre más poderoso de la Cristiandad!, ¡el de enemigos más notables!, pudo ser muerto accidental por cornada ajena. El

mal mayor se ha evitado

pero...¡Qué

disparate y deshonra habéis atraído a la corte!, ¡y todo por meteros entre las piernas de una mujer ya casada!

Uno de la escolta nos chistó, el Rey había roto a galopar. Todos le seguimos, dando de fustazos a nuestros caballos por no quedar muy atrás. Los de la escolta se separaron, anticipando la pendiente de una loma. El Rey había visto un ciervo y galopaba tras él, ágil y arcabuz en mano. Fue cosa de un momento. El ciervo dio un quiebro al acercarse a la pendiente, pero vio su camino cortado por la celada tendida por los escoltas. Viró levantando polvo y se encontró de bruces con el arcabuzazo soltado por su Majestad, ¡Qué gran tirador era!, el animal calló desplomado. Gran cornamenta tenía, era un pedazo de macho, que bufaba entre estertores, respirando sangre y moviendo patas, como tratando de ponerse en pie. Un escolta bajó del caballo, cuchillo de montero en mano. Doble hoja ancha de acero de Toledo. Lo hundió rasgando la piel y acabaron los bufidos, sus ojos grandes, como bolas de cristal, miraron abiertos hacia el montero. Comenzó el despiece con pericia. Abriolo por la mitad y entre otros dos lo colgaron, boca abajo, de una encina solitaria que allí había, el bicho se desangro entero y sus tripas y vísceras encharcaron el pié de la encina. Siempre me desagradó la sangre, y aquella bestia, ¡pardiez qué sangre tenía! Sobre el suelo quedó un barro hecho de sangre y tierra removida, pisoteada de botas por los escoltas, que veían honra y hombría en sacar sangres, aunque esta fuera de animales. Ya con el animal cazado y de regreso a palacio, su Majestad aparejó su caballo al mío. —Cuan imprudente habéis sido Diego de Acedo, antaño mi sensato amigo. Mi corazón se encogió y respingué sobre el poni. Poco tenía para responder, y ninguna excusa para mi comportamiento, mas decidí responderle a lo latino, ya que al Rey veía desfogado por la cabalgada y la cacería. —Amor omnia vincit. Me pareció ver algo en mi vida por primera vez: los ojos del Rey, de caídos pasaban a estar elevados. —Mira Primo, esto es muy serio, no vengáis con niñerías, que vuestra posición habéis malogrado. Y la de esa mujer aún más. Ateneos ahora a las consecuencias. Como un puñal frío sentí entrar en mi pecho cuando se refirió a mi amada. —¡Señor!, ¿qué ocurrirá? —me levanté sobre los estribos, como para estar más cerca de la respuesta, pero poco más de una cuarta de altura gané al hacerlo y, desde

mi poni, que brincaba a trote corto y cochinero, observaba yo en las alturas a aquel titán impasible, firme sobre su corcel, brioso aunque sosegado, que parecía imitar con sus amplias zancadas, ese lento paso regio que caracteriza al Rey Planeta. —¿Qué ocurrirá? —el Rey se tocó el sombrero— Esa es siempre la pregunta que yo me hago a mis adentros. Bien sabéis que no soy pasmado, como algunos dicen, sino que albergo en mis adentros todos los pensamientos sobre palacio y todos los Reinos a la par. Son muchos los flecos y asuntos que si no se ven en conjunto pueden dar al traste con el buen gobierno. Y esa batalla interior, más grande y continuada que todas las del mundo afuera, solo puede ser ganada con equilibrio y templanza de sentimientos. Templanza que vos, mi fiel, parecéis dejar de lado. ¿El amor todo lo vence?, creo que os habéis turbado cual mozalbete. El apasionamiento no puede confundirse con el amor, y uno de vuestra posición ha de tener en cuenta aquello que nos inculcaron: el amor al reino, “Dulce et decorum est pro patria mori”. Su majestad miró al cielo, como recordando los días de niño, en los que ambos estudiábamos aquellos sabios latinos “dulce y decoroso es morir por la patria”. Cuantas horas pasamos juntos en trabajos de intelecto. De la instrucción de armas con los infantes me escabullía, al ser yo de niño mas malhecho incluso que ahora. Y en los juegos los otros infantes y nobles me llamaban tachuela para insultarme: por el pico de hueso en punta que salía del centro mi pecho, que era fiel reflejo reflejo de la jorobita que me nacía desde la espalda hacia atrás. Así que, por refugiarme, me metía yo en los libros. Y los frailes me admiraban como al más estudioso de todos. Aunque yo reconocía que Felipe era el más listo. El tiempo todo lo cura, y aprendí a aguantar aquellos motes crueles y otros que habían de venir, además, con el crecimiento, que fue poco lo que crecí, pero algo fue, las jorobitas se fueron menguando hasta casi no quedar resto de ellas. Eso nos pasa a algunos enanos, que nacemos jorobados y el tiempo nos endereza. La voz de nuestro Señor me sacó de mi divagar. —Hoy es un día irregular, parece un idus, uno de esos días funestos del calendario romano. De madrugada mis informantes me hablaron: el complot contra el Valido se había menguado a un asunto de cuernos entre dos servidores reales. También me avisaron que vos os encontrabais en ese mismo momento consumando el adulterio y que el marido ofendido también se hallaba sobre aviso y camino de daros feroz escarmiento. Por eso os hice llamar a pasear por el coto, para evitaros desgracia y a un tiempo: tiempo ganar. Que contra la gente de mal, pienso más y pienso antes, “quien da primero dos veces da”, o para no perder la costumbre “ Bis dat qui cito dat”. ¡Pardiez!, que elocuente está hoy el Rey, desde hacía años no le escuchaba con parrafadas tan largas, y aún así, a mi pregunta no contestaba. Así que, aún con aprensión, saqué valor y pregunté, ante todo por mor de mi amada. —¿Qué nos pasará señor? —Todo no puedo decirlo, pues la mujer es cosa del marido y él decidirá si mandarla o no a un convento, o escarmentarla como otras veces ha hecho. Muchas veces y sin motivo, por lo que la Maribárbola me ha dicho. —Y sin mácula está aún, que muy santa y casta es, os lo juro mi señor. Que a pesar de mi insistencia ella siempre se ha guardado, y os juro por Dios que hasta ahora, no he podido consumar. Que solo he logrado unir este mostacho que veis con otro muy delicado que ella guarda bajo las enaguas, y fue por mor de unos versos que le enamoran el alma. —¡Diego conteneos!, ¡no habléis así ante mí!, ¡vuestro Rey!, ¡y guardaos bien de jurar por Dios ante cuestiones tan zafias! Pardiez, que está extraña la mañana, que he visto hasta al Rey Pasmado levantar la voz y alterarse. Por suerte los escoltas y don Juan de Austria parecen estar sobre aviso y lejos de nosotros quedan. El Rey parece haber recobrado la calma y me vuelve a hablar. —Es triste lo que tengo que dictar, mi fiel guardasellos y amigo, quedáis mal parado en esto, ya que lleváis la parte de truhan en esta historia y habré de desterraros, al menos por unos años. Agaché cabeza y lloré sobre mi poni todo en el camino de vuelta, sin volver a mediar palabra ni con señor ni con siervo. Al entrar de nuevo al patio, un mozo agarró al caballito y otro en brazos me bajó. No proteste, al fin y al cabo, niño desvalido soy.

Puñaladas

Maldita fuera su estampa y maldito yo al desposarla. Ya me lo decía mi madre "hubieras de casarte con una mujer fea, que así te verá guapo y mejor te querrá". Pero no hice caso de ella y fuíme a fijar el la peor ramera del reino, por gustarme yo de sus carnes, sin saber que para otros serían. Y ya me lo dijo mi madre cantándome tantas veces esa coplilla "te pusiste a elegir como sardina en bandeja y te fuiste a llevar la peor que había en la mesa". Y a esta ruina que tengo me había llevado esta mala mujer mía, la de verme corneado y deshonrado ante todos, arruinada de por vida mi reputación. ¡Maldita sea esta puta!, que movía ahora su cuerpo de zorra infame, como intentándose zafar, yo le apretaba el pañuelo, para que se ahogara en sus perfumes y hechizos de adultera y mala pécora. Ya le faltaba el aire y ni gritar ya podía. Entonces moví la otra mano, hacía delante y hacia atrás, muchas veces y muy rápido, sintiéndola empaparse con el chorreo calentito que de ella se vertía. Y cuando se cayó al suelo, puñaladas hacia abajo. No había en el cuartillo paños ni manteles bastantes para empapar tanta sangre cómo salió de aquella cerda, una fortuna en linos nos iba a costar todo aquello.

Remordimientos

Per quae peccat quis, per haec et torquetur, arrodillado en mi celda, con las manos unidas y mis codos reposados en el catre, no sé rezar otra cosa, siempre fui más asiduo de la Roma antigua que de la Roma católica. Tenía los ojos apretados, me dolían y estaban hinchados de tanto verter lágrimas. "Por aquellas cosas que uno peca, por esas mismas es atormentado". Más que atormentado me siento, estoy sin alma, con el corazón encogido que me impide hasta respirar. Me duele la cara por dentro, el paladar y mi cabeza parece que va a reventar. Yo tengo la culpa de todo, ¿quién me mandó seducirla?, e insistirla hasta ceder. Cuan belleza, cuan ternura, cuan mujer más noble culta, y ahora yace acuchillada, sus tripas desparramadas, como aquel ciervo en el campo. Debió ser a la misma hora, lo del coto fue un presagio. Su Majestad se temía que algo malo fuera a pasar, por ello mando sacarme de urgencias de aquel encuentro con la mujer de mis tormentos, para evitarme la vergüenza de ser sorprendido y la soberana paliza del Encinillas, aquél que por repartir palizas a sus inferiores era temido. Advirtióme además por mi mal tino al encamarme precisamente con la mujer de Marcos Encinillas. Un hombre que tan fiel pilar en palacio era, por su oficio y dedicación honrada. El Rey lo tenía bien valorado y pagado. Marcos Encinillas daría problemas y exigiría resarcimiento por la deshonra, alguna medida tendría que verse forzado Su Majestad a tomar con respecto a mí. Si el aposentador pedía resarcimiento, quizá decretaría mi destierro y a ella clausura en convento, por evitarle males mayores, como podría ser un auto de la Santa Inquisición. Pero todo esto que me contó era ya papel mojado. Pues se cumplió lo que nadie esperaba: Encinillas, que siempre fue en el fondo un cobarde acomodaticio, esta vez se había ensañado. El asesinato era cosa seria, y más tal y con el ensañamiento que había empleado, que muchos decían que el cuartillo de las lavanderas nunca podría verse limpio de todo aquello. Encima escapó, y se acogió a sagrado, más espero que pronto se resuelva este impedimento, se le aprese y lleve al cadalso.

Pensamientos de muerte.

Pasan los días y en mi fría celda sigo arrodillado, ya no siento ni mis rodillas ni la piedra, porque todo piedra soy. Cuan triste mi sino es, por mi culpa murió la mujer que más amé. Cuan cruel destino estaba para mi escrito, o mas bien yo he malogrado. Triste de mí. Mis codos, apoyados en el catre, entumecidos están de mis horas penando. Evoco los placeres de sentirme por ella admirado, rodeada de damitas e infantas. Todas en el soleado Salón de Bordados, sonriendo a mis ocurrencias y sobrecogiéndose al verso. Recuerdo aquella tarde, en que, como muchas, otras me dejaba yo caer por allí y las entretenía disertando, yo sentía que las ilustraba y esa era mi intención, aunque alguna más que aprender se divertía. Era entonces cuando yo declamaba versos de la Odisea y de la Eneida, traduciéndolos a un tiempo. A ellas les gustaban, pero no lo suficiente, me pedían "versos de amores", y haciéndome un poco rogar yo las complacía. Me dedicaba entonces a contarles los romances de amor trovadorescos, con damas y princesas seducidas por juglares, en cortes de amor y ensueño. ¡Ese era mi terreno!, ahí yo ya no era un enano, sino un narrador transformado en esos amantes perfectos. Todas sonreían y llegaban a sonrojar, hasta la Maribárbola, que a pesar de no ser infanta, de tanto andarse entre ellas, educado el gusto tenía. Todas menos Sor María, la Coronela, que cuando el calor de mis versos veía subir, me chistaba con dos toses, creyendo guardar así la virtud de las ilustres mocitas. Recuerdo aquel día en que mi dama me miró, era una más y la tiempo era totalmente distinta. En su mirar yo veía cómo se desmadejaba y derretía ante mis ocurrencias. Pasó así día tras otro, yo intercambiaba miradas y también por ella me descomponía, sin que ello fuera por ninguna de las presentes advertido. Mas un día me atreví a incluirla en un verso, que nadie, salvo ella entendió:

—Azahares y jazmines son aromas tan benditos, que jilgueros y ruiseñores quedan embelesaditos. Si le unimos dos mejillas tan suaves como dos rosas, hasta el pequeño cupido en sus pétalos se posa. Dije esto pestañeando cada vez que su mirada se cruzaba con la mía, aleteando a la vez como ruiseñor furtivo. Al salir yo de la sala, su damita de compañía me alcanzó y, de manera discreta, me condujo al cuartillo de las lavanderas, donde ella me confesó el amor puro a mis versos y el embeleso que yo causaba a su alma. Fueron muchos los encuentros furtivos donde gozamos con el solo hecho de la compañía y el entendimiento entre dos almas torturadas, que una en otra encontraban refugio. Hasta el día fatídico en que, por destino cruel, ella misma fue muerta en el mismo cuarto de lienzos, quedando aquel sitio, antaño parnaso de amores, convertido en un lugar maldito de podredumbre y sangre.

Cambio de rumbo

Yo volvía a ordenar legajos, esperando al verme dedicado a las rutinas de siempre, poder espantar por un momento los pesares y remordimientos de mi alma. Por la puerta del gabinete, en lugar de entrar su majestad, vino a hacerlo don Juan de Austria. —¿Cómo estáis pequeño amigo? —Mal, ¿cómo iba a estar?, que prefiriese cambiarme, estar yo muerto y ver viva a aquella buena mujer que amé. Don Juan de Austria, con la cabeza un poco ladeada y apoyado su costado sobre el escritorio del Rey, me hizo un gesto de complicidad, como inspirándome ánimos. Su mirada tenía ese don, inspirar complicidad y fuerza en los demás. Era delgado, no tan grande como un soldado al uso, y eso hacía que sus prendas de gala militar le parecieran estar grandes. Sin embargo, de sus posturas y movimientos emanaba la seguridad propia de quien no tiene miedo a nada. —Don Juan, tengo mucho miedo.

Él chasqueó con la lengua, aflojó el cinto y la espada y se agachó frente a mí, sentándose en un taburete de esos que yo uso para llegar a todos los sitios. —Contadme pequeño amigo. —Hasta hace poco mi vida era normal, bueno, más o menos: todo lo normal que puede ser la vida de un enano en un mundo de gente grande, pero los últimos hechos acaecidos me hacen sentir en un vilo. Causé la muerte del alma más pura que pudiera conocer, y apunto estuve de morir dos veces. Si no me mataron fue por intercesión de otros que me cuidaron y aún hoy me protegen. Se me avisó de destierro, que no se ha consumado por los funestos acontecimientos luego acaecidos y en

todo

ello...

¿Quién soy?, ¿donde está mi voluntad?, ¿alguien recae en que yo existo? Una vida así no es digna. Yo siempre me revele y busqué de ser tratado no por

enano sino como hombre, pero al fin y al cabo enano soy y nada vale mi vida. ¿Qué hacer? —Cambiar. —Eso es imposible, mi destino ya está marcado, ¡maldito sino de enano! —A ese cambio me refiero. Solo os tenéis que aceptar. No escapéis de ser enano, ¡sedlo completamente!, no solo para lo malo. ¡Aprovechad que tenéis el derecho de nacimiento para ejercer de bufón! —¿A qué os referís? —El oficio de bufón tiene poder y vos no queréis verlo, lo rechazáis avergonzado. Vos lo tendríais fácil si quisieseis ejercer. A mi me costo mucho, sin ser enano, ganarme el oficio, pero aquí estoy: entro y salgo cuando quiero y no hay nadie que me maneje ni ose tocarme un pelo, y no me falta el favor de nobles ni de plebeyos, pero eso sí, yo soy libre y me defiendo por mi mismo. —Dijo eso agarrando su espada y haciéndola salir, sólo una cuarta, de la vaina. Su filo brilló afilado. No era desde luego un arma de ornamento— ¿Queréis defenderos?, muy bien, yo os diré como: ¡Sacad vuestro espadín!, ¡vamos!, ¡como si yo ahora os fuese a matar! Eché mi mirada abajo y tiré de la empuñadura, tuve que forzar unos instantes tirando con la zurda de la vaina hacia atrás para que saliera. Don Juan de Austria reía. —¡Anda!, dádmela, me la llevaré a un armero de confianza para os la arregle , que así solo os podréis hacer daño a vos mismo. Agarró mi espadín y el tahalí con la vaina que yo le entregue y se alejó hacia la puerta. Antes de salir me hizo un guiño:

—Y pensaos lo que os he dicho, ¡si queréis cambiar y ser libre!, ¡yo puedo hacer de vos un buen bufón! Me quedé entre mis papeles, más turbado y de mal humor que antes de la conversación. ¡Pardiez yo bufón!, ¿con mis talentos verme relegado a ser chanza y humillado? ¡Mejor me quedo entre mis libros y mis latines!, ¿qué pensarían los clásicos de las bufonadas y los vividores? Lo mismo que yo: Risus abundat in ore stultorum , que “la risa abunda en la boca de los tontos”. —¿Ahora habláis solo Primo? Dí un respingo, su Majestad había entrado, como siempre en silencio, y me había sorprendido en medio de mi delirar en voz alta. —Disculpadme Majestad, ando algo turbado por la falta de sueño. —¿No dormís bien? —Ni pegar ojo he podido desde entonces mi señor. ¿De verdad no se puede hacer nada para llevar a ese asesino al cadalso? —Ya lo sabéis, se ha acogido a sagrado, ahora las leyes de la Iglesia sobre él disponen. De todos modos, y eso ya lo debéis tener bastante claro: en nuestras leyes también podría encontrar refugio. —Se dirigió a un anaquel, del que sacó un gran tomo con parte de las Siete Partidas y lo colocó sobre su escritorio. Lo abrió por un lugar que había marcado introduciendo una pluma. —Mirad, yo tampoco descanso pensando en este tema, y ved que hasta en las Siete Partidas aparece claro el proceder: al marido le está autorizado matar al hombre que yaciese con su mujer si es éste sorprendido in fraganti. Además el Fuero Real recoge que el marido puede disponer de la vida y los bienes de la mujer y de la persona con quien ella cometiera adulterio, siempre y cuando se aplicase sobre ellos el mismo castigo, debiéndoles matar , o por el contrario, dejarles vivir a ambos. Como veis, si él lo considera, podría pedir incluso el cadalso para vos. Gran congoja atenazó mi garganta, que no articulaba a pronunciar palabra, tan grande era mi indignación y el sentido de estar humillado, incluso por Su Majestad, que valoraba más unos legalismos que la verdadera injusticia del asesinato cruel. ¡Aquel criminal iba a quedar impune! Incluso podía quitarme la vida a mí y salir airoso. —Tranquilo Primo, tranquilo, que más sangre no llegará al río. Los inquisidores me han dicho que el huido no pretende reclamaros nada. Mostrará arrepentimiento y aceptará destierro. Y eso es bueno para vos: Manus manum lavat. Mi congoja se tornó en rabia. —¡Pero mi señor!, ¿cómo que “una mano lava a la otra”?, ¿quién lava esa muerte inocente?, ¡fue una carnicería!, ¡propia no de un hombre sino de un demonio brutal que la tenía atormentada! —¿Creéis que no lo sé? —sus parpados seguían caídos como bolsas blancas— Recordad bien que lo que hago, y lo que estoy dejando de hacer, es para protegeos a vos, y que además, ¡todo esto comenzó por vuestra imprudencia! No volváis a pedirme algo que no puedo hacer, ni a molestarme con nimiedades domésticas cuando todo un reino depende de mí. Recordad a Julio Cesar: Aquila non capit muscas. Respondí cabeza gacha. —Sí, Majestad, mis disculpas, “el águila no caza moscas”. —Agaché la cabeza y comencé a sellar, tragándome mis palabras, que me supieron a hiel.

Una pelota con mi nombre

Otra noche en blanco, mejor dicho, en negro, asediada mi fortaleza por remordimientos y pesares, viendo los ojos de mi dama, sintiendo su ternura, y al momento las puñaladas. ¡Qué gran razón tienen los que me tratan como un enano de mierda! y es que, al fin, enano de mierda soy. Agarrado a esta mísera vida, ¿quien se cree que

yo sea un Grande de España?, ni yo mismo me lo creo. ¿Me las doy de buen letrado?, un loro de repetición, de eso que traen de las Indias Occidentales. A un loro me parezco, repitiendo latinajos para gozo de mi amo, por diferencia el loro es hermoso, y yo solo soy un feo enano. Me aseo con el agua fría, que del jarro vierto en la palangana, el frío en la cara parece despejarme las telarañas que durante la noche me atrapan. Me pongo el negro y sobrio vestido, me calzo el sombrero de ala ancha y pluma presta y, como se me caen los pantalones de poco que como estos días, aprieto mi cinturón del que no pende ningún espadín, se lo llevó Juan de Austria para no sé yo que arreglo y todavía no lo ha devuelto. De todos modos, a nadie puedo a engañar, ni sombrero de ala ancha paseando por palacio, ni espadón que cargase, convencerían a nadie de que caballero soy. Y no se queda sólo en el aspecto, en mis tratos con gentes, hidalguía tampoco tengo, y así soy vilipendiado por lo que otros han dispuesto sobre lo que ha de ser mi vida. Sigo vivo, mejor dicho, malviviendo, sin amor y sin honra, que mas soy un muñeco que un hombre. Camino por los pasillos, esta vez por el camino más largo, que no tengo ninguna prisa en llegar al gabinete. Cuanto tedio, cuan harto y cansado como estoy, de poco dormir y mucho penar. Los legajos se me hacen pesados y la rutina ya me harta. Más cuando entré al gabinete, algo rompió la rutina. Era don Juan de Austria, que se encontraba de espaldas, haciendo algo al arcón de estampillas, parecía quererlo forzar con alguna herramienta en sus manos. —¡Pardiez!, ¡qué llamo a la guardia!, ¡sólo puede abrirse por permiso de su majestad! Añoré entonces el espadín ya que, sin pensarlo, eché mano a agarrarlo y no lo hallé. —Tranquilo pequeño amigo, el Rey está sobre aviso, hoy despachareis conmigo. —Don Juan de Austria se había girado y, con una navaja que tenía agarrada, me señaló un gran perdigón redondo que sostenía en la otra mano. —Creo que esta pelota era para vos— Me la arrojó y apunto estuve de agarrarlo, tuve que seguirla rodando por el suelo. —Deberíais ejercitaros un poco si pretendéis, como os propuse, aprender a defenderos. Entonces me lanzó otra cosa, y esta vez la pillé al vuelo. Era el espadín dentro de su vaina. — Os lo han mejorado, ¡probadlo! Tiré de la empuñadura y casi caigo del desequilibrio, yo había imprimido el impulso habitual en sacarlo, pero la hoja salió de un vuelo y me causó gran sorpresa. Además era muy corta, la mitad de su longitud original. Miré a don Juan elevando cejas y él me sonrió. —Ahora está forjado según vuestras hechuras. —¡Es muy corto! —¡Como vos!, ¿no pretenderéis reñir espadeando contra gente que sea grande? —¿Entonces? —Haced de vuestra cortedad ventaja. Debéis entrar en la distancia de vuestro adversario, sin que él sospeche vuestra intención. Entonces, una vez dentro del sitio de vuestro enemigo, todo será cuestión de sacar la hoja y pinchar, que aunque en la funda parece espada, lo que tenéis es una daga. Con vuestra altura, una puñalada a la entrepierna será terrible cual cornada de torillo colorado.

—Pero...

eso no es noble.

—La muerte nunca lo es, creedme, yo visto mucha. ¿Acaso pretendéis anunciaros y hacer saludos corteses antes de batiros en duelo? Bien sabéis que así os rebanarían. No sois ningún pisaverde, vuestra arma no es para alardes ni pavoneos, solo es para ir en serio. Yo escuchaba con las orejas bien abiertas, mientras que con la vaina, ya bien aparejada en el cinto, sacaba y metía la hoja, asombrado por la rapidez. —Y una cosa más, ¡vuestra fuerza es el secreto!, ¡a nadie enseñéis la hoja!, ni el modo de proceder. Vuestra hoja solo saldrá de su sitio para ser clavada y el que la vea será, probablemente, la última cosa que haga. Dejé la hoja quieta en su sitio y elevé la mirada hacia don Juan de Austria. —¿Quién sois?

—Sólo un bufón y hombre de placer al servicio de Su Majestad. Yo le miré, a lo profundo de los ojos, los surcos de edad de su cara no eran congruentes con lo ágil y liviano de sus movimientos. Parecía un gato montés, o un lince de los que gusta de cazar su Majestad. Era sólido, de mirada atenta y concentrada, pero, de pronto, podía dar un salto o un manotazo que sorprendía por lo diestro. —No solo eso don Juan, ¡sois algo más! Tenéis instrucción militar, ¡no lo neguéis! —Bien la tuve en su momento, ya que un comediante en su vida encarna muchos papeles. Ante todo soy bufón y hombre de placer, y en ello muchas atribuciones tengo. Ahora, por mandato del Rey, os propongo aumentar vuestras propias atribuciones, además de asistir al Rey en la Estampa, me asistiréis a mí en las tareas que él me encarga. —Es claro que quiero aceptarlas y junto a vos todo aprender, pero, ¿cuáles son esas tareas? Me guiñó un ojo.

—Ese es el chiste bufón: esas

tareas...

¡no son!

Dijo esto último impostando la voz y llevando el dedo índice a la altura de los labios en señal de chistar. Después, cual gato montés que él era, abandonó en silencio

la estancia, sin despedirse siquiera.

Saliendo de madrugada

Este era uno de los viajes que hacía su majestad, en esta ocasión nos dirigíamos a Aragón, para la celebración de unos fastos que engrandecerían aún más la figura de nuestro monarca. A un tiempo, el Rey podría despachar algunos asuntos privados con los nobles de aquellas tierras. Yo, como asistente de la Estampa, iría tras el carruajes de su Majestad en otro carro de servicio con el arcón de estampillas bien custodiado. Antes de la amanecida, don Juan de Austria me vino a buscar. —Recoged vuestras cosas, ¡partimos ya! —¿Ahora?, ¿no sale más tarde la comitiva? —Saldremos antes, en mi caballo, mas adelante nos reuniremos con la comitiva del Rey. No os preocupéis, yendo, como va cada uno a lo suyo en este ajetreo de viaje, nadie reparará en nuestra ausencia. Bajamos a las caballerizas y allí montamos la yegua de don Juan, una hembra torda, con gran alzada y mucho brío. Iba bien enjaezada, en el costado izquierdo tenía asido en horizontal el gran sable de caballería, y en el otro un arcabuz de cañón corto y poco mocho, que parecía fabricado ex-profeso para ser disparado desde el caballo. Don Juan se elevó sobre el estribo izquierdo y subió de un ligero salto sobre su yegua. Después me tendió el brazo y tiró de mí, ayudándome a subir a la grupa, como si ningún esfuerzo le costase. Arreó a la yegua, que salió a paso rápido haciéndome arrimar al cuerpo de don Juan, y agarrar bien su cintura. Noté entonces un bulto a la altura de sus nalgas. —¡Pardiez que vais bien armado! ¿No estará cargado el pistolón? —Lo está, pero no temáis, no va amartillado. —Siempre vais así de cargado de armas. —Mi personaje lo permite: don Juan de Austria era un gran hombre de armas y yo, su remedo bufón, he de estar a su altura. ¿Veis lo que os digo?, para mí, el oficio de la bufonería me da la libertad de ir armado como parte del disfraz. Es una ventaja y haciendo un burla de vuestra manera de hablar, os lo diré para que lo entendáis: Si vis pace para bellum. —Eso lo tengo cada vez más claro don Juan: “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. —De eso se trata, y ese es precisamente el motivo de este viaje.

Primera función bufona

Habíamos dormido en una casa de postas tras cabalgar durante todo el día anterior. La yegua torda bebía del pilón de las bestias, miraba con ojos deleitados la plana superficie del agua, que apenas era perturbada por su suave beber entre labios. Yo

entretanto me había acercado al caño de la fuente, y empinándome de puntillas, llegaba a recoger del chorro directo agua para beber un poco y refrescar mi frente. Don Juan de Austria, tras llenar su pellejo para el agua, se sentó a la sombra de un árbol, sacando unas viandas y dedicándose a comer un pan, al tiempo que cortaba con su navaja finas lonchas de tocino. Me mostró una a modo de invitación, que acepte de buen gusto, sentándome a su lado. Me lanzó una loncha de tocino que agarré al vuelo. —Qué ágil se te ve fuera de palacio. —don Juan sonreía mientras movía el bigote comiendo, yo a un tiempo me uní a la cuestión de mover mis propios bigotes. —Me inquieta vuestro silencio, don Juan ¿dónde vamos? —Vamos a tu primera función de bufón, ¿te parece bien?

—¿Yo?...

si no sé, nunca me gustó ni me sentí cómodo.

—Tendréis que hacerlo hoy. —¿Dónde? —Muy cerca, es día de mercado en Segovia, actuaremos allí, en el mercado, y por la noche, lo haremos en privado para un Marqués. —¡Si no sé!, ¿y si ensayamos? —Está bien, poneos en pie. —Don Juan había dejado a un lado las viandas y la navaja y puesto en pié de un salto.

Nada más incorporarme, don Juan me dio un empujón al pecho que me hizo caer hacia atrás, sobre la espalda, por suerte, la tierra era blanda. —¡Pardiez!, ¿qué clase de función es esta? Don Juan sonreía, afilando las puntas de sus bigotes. —¡Una fácil!: tortas y guantazos. No hay tiempo de algo más elaborado, y además nos asegurará muchas risas por poco que hagamos.

—Claro..¡claro!,

pegarle de tortas al enano: ¡éxito seguro!, ¿así voy a aprender a defenderme?, ¡dejándome humillar para risas de unos necios!, ¡lo que siempre

detesté! Risus abundat in ore stultorum. —¿Qué decís ahora pequeño sabio? —"La risa es frecuente en la boca de los tontos", palabras de el comediante griego Meandro, dramaturgo egregio, al cual, de buen seguro, los necios que se reirán de mis trompadas ni siquiera conocerán. —Yo tampoco lo conozco, sin embargo ¡me quito el sombrero! —Dijo esto simulando una reverencia hacia mí y cuando fue a recobrar su postura erguida, de un rápido movimiento dio un manotazo a mi sombrero, que voló alto antes de ir a caer al suelo. Lo recogí y traté de quitarle a palmadas el polvo que lo manchaba. —¡Pardiez don Juan!, ¡qué me haréis enfadar en serio! —Si os enfadáis es porque lo elegís, porque en este caso no os he hecho daño. Vos sin embargo, en lugar de aceptar vuestro papel en la función, os reveláis y sentís el dolor. ¡Os hacéis daño a vos mismo! —¿Y qué se supone que he de hacer? —Actuad con estrategia, y aceptar vuestro papel. Se trata sólo de un disfraz, que al final os dará fuerza. Bueno, eso es lo básico, volvamos a comer, que hay hambre. Volviose a sentar y tomó en sus manos una bota de vino. De la que bebió pareciendo disfrutar. Me hizo gesto de ofrecimiento, que acepté de buena gana, más cuando me acerqué, don Juan me apuntó a la cara con el chorro, dejándome hecho un ecce hommo. —¡Pardiez! —Comencé a gritar, más al instante suspiré y dibujé una pequeña sonrisa de enano bufón. —Mucho mejor, ¡ahora los ensayos han terminado!, tomad la bota y servíos a placer. Descansamos una rato bajo el árbol. Podíamos ver a lo lejos el acueducto, estábamos en un alto en el camino, con su fuente y casa de postas. Algo alejados del jaleo, ya que don Juan no quería mucha interacción con nadie en estos momentos, así que desayunábamos bajo aquel árbol aislado. La yegua comía la yerba que podía, se hallaba suelta y se movía con seguridad. De de cuando en cuando don Juan la llamaba y ella se acercaba a nosotros a prudente distancia. Parecía cómoda sin la silla ni los arreos, que ahora descansaban junto al árbol. Su lomo grisáceo era prueba de juventud, los tordos con la edad iban tornándose blancos. Al poco, nos incorporamos y continuamos por el camino, era una antigua calzada romana, podía yo imaginar a aquellos grandes hombres deambular sobre las mismas piedras que ahora pisaba nuestra yegua. Cuanta dicha me habría dado poder vivir en aquellos tiempos, y no en estos, donde además mi cuerpo es pequeño y torcido. ¡Maldito mi sino de enano! Una sacudida me sacó del ensueño, don Juan sacó a la yegua a trote rápido. —¡Venga que ya llegamos! Bajamos frente a lo que parecía ser una venta. Mas no entramos en ella, sino que nos paramos junto a lo que parecía un carromato de gitanos. Bajamos de la yegua y don Juan saltó, metiéndose en el carromato. Yo me quedé allí, esperando, mientras escuchaba las risas de una mujer, parecía divertida por la visita. Don Juan descorrió el toldo del carromato y guiñó un ojo. —¡Ella es Petronila!, también de la compañía. Vi ante mí a una joven de unos veintipocos años, con cabellos rojizos que caían haciendo bucles sobre sus hombros. Tenía unas facciones delicadas, aunque su tez parecía ser clara, estaba cubierta por una infinidad de pecas, parecía que el sol le había marcado la piel como lo hace con las plebeyas braceras del campo. Sus ojos eran demasiado grandes y de color verde esmeralda, enmarcados en un gesto un tanto burlesco. Vestía una chaquetilla de tela fina y ajustada al cuerpo y unos pantalones de montar muy apretados. Pardiez, que nunca vi una mujer vestida así, parecía mi cabeza querer desnudarla. Sus formas eran tan esbeltas y ágiles que impresionaba con solo mirarla. Saltó del carromato, demostrando tener más pericia de movimientos que don Juan. —¡Qué sorpresa!, una mujer. —La sorpresa es nuestra aliada —dijo la chica, guiñando un ojo y lanzándome un beso. Mis orejas se elevaron un poco y algo me erizó la piel, ¡pardiez qué mujer! Don Juan descargó a la yegua, la ató a la trasera del carro y cargó los bultos en el interior del carromato. Subí al carro, ayudándome de una escalerilla que pendía de la parte de atrás. El carro era espacioso, aunque estaba lleno de cajones de madera y otros cachibaches. Por suerte, las dos mulas blancas que tiraban del carromato parecían gozar de gran fortaleza. Y así salimos de nuevo al camino. Don Juan manejaba las riendas y, de cuando en cuando, mostraba la vara para que tiraran con brío. Petronila y yo nos hallábamos sentados en un tablero, justo detrás del banco del conductor, separado del mismo por un suave cortina lo suficientemente tupida para no dejar que nadie nos viese desde el exterior, pero traslucida como para dejar entrar la claridad. Podíamos entrever el camino desde una rendija. Petronila me miró, con sus ojos verdes enmarcados en un rostro pecoso, y palmeó uno de mis muslos con naturalidad. Era una de esas personas que te tocan mucho al hablar, sin que ello tenga ningún otro significado, aparte del querer establecer comunicación. —Bueno, pequeño hidalgo, ¿qué sabéis hacer? —Poco de provecho para estos menesteres de bufonadas, de momento estoy aprendiendo a recibir trompadas, ¡y no se me da nada mal!, ya casi no me importa que me zurren, ¿eso está bien no? —¡Qué gracioso eres! —ella dijo esto agarrándome los bigotes y acercando la cara, no pude evitar sentir otra vez mis orejas alzarse un poco al intuir el peligro, al tiempo que un cosquilleo me recorría el cogote al unisonó de toda mi piel erizada. Me sentí culpable al pensar que, por un lado estoy en duelo por la cruenta muerte de mi amada y que por otro debía respetar a esta muchacha, la que parecía ser amante de don Juan. Hay cosas en las que el cuerpo de uno va por libre y me alegré de estar

sentado, para de este modo disimular una más que inoportuna erección.

—Siempre intenté ser serio, de todos modos con este cuerpo que tengo, diga lo que diga es tomado a chanza. Me gusta la poesía, en eso sí que podría ser útil a esta compañía de artes escénicas. Don Juan, que a pesar de la cortina parecía estar al tanto de la conversación, miró hacia atrás. —No os fiéis Petra, que ahí donde le veis ese pequeño genio tiene fama de ser un tremendo enamorador. Embriaga a las damas con sus versos. —¿De verdad? — ella volvió a palmearme el muslo, cosa que me puso aún más nervioso, especialmente cuando sus ojos, otra vez demasiado grandes, se habían puesto fijos en mi y parecían abrir sus pupilas por momentos —Decidme alguno don Diego, ¡yo muero por la poesía! —Lo siento mucho señora, pero no estoy de ánimo, no lo sabéis, pero mis enredos poéticos y amorosos han acabado mal parados, creedme, no soy buen augurio para las mujeres. Tras un silencio incómodo don Juan habló. —¿Queréis descansar don Diego?, ahí detrás hay un jergón en que podéis hacerlo. Fue buena idea, allí me eché y quedé dormido en profundidad, como hacía mucho tiempo que no dormía. Al despertar oí rumores. Parecía que habíamos llegado a la plaza del mercado. Don Juan y Petronila se hallaban cerca mía, vestidos de manera extraña. Ella tenía unas prendas color rojo muy ajustadas, parecían que la tela era una segunda piel, dejando bien marcada la redondez turgente de sus pechos de tamaño medio, apretados por la tela que parecía abrazarse a ellos, algo que comprendo perfectamente ya que en aquellos pechos destacaban sendos pezones prominentes que puntas de saeta parecían. Ella abrió un baúl de mimbre y sacó del mismo unos trapos de color azul. Vamos "Azulín", vístete que empezamos pronto. Me coloqué aquellas mallas azulonas, que nada dejaban a la imaginación, y perfilaban la rechonchez de mis piernas y respingón culo, así cómo el abultado paquete que pendía de mi entrepierna. Por arriba me cubría únicamente una chaquetilla azul descolorida y sin mangas que dejaban mis brazos al aire. Por último, me colocaron un sombrero de paja demasiado pequeño para mi cabeza, parecía reposar sobre ella, el sombrero a la par que pequeño, se encontraba adornado con plumas de gallina despeluchadas. Así vestido me sentí ridículo y libre al mismo tiempo. Para terminar, Petronila me entregó una pandereta y me embadurnó la cara y las manos con un unguento azúl. Por su parte, don Juan iba vestido a la usanza de un verdugo, todo de negro y el rostro cubierto por una capucha negra. Portaba dos correajes cruzados de los que pendían múltiples cuchillos, me escudriño de arriba a abajo, sin necesidad de esforzarse mucho dada mi menguada talla, y sonrió. —Estás perfecto pequeño amigo, ahora dejadme hacer las presentaciones. Salid del carro cuando yo os llame. —Bajó del carromato por la parte trasera y se aseguró dejar bien cerradas las cortinillas. —Señores y señoras. Les presento el gran espectáculo de la vida y de la muerte: cuchilladas y risotadas con ¡Colorina! —Petronila saltó del carro como una ágil gata y aterrizó sobre sus manos dando varias volteretas con el impulso, después hizo una gran reverencia. Don Juan comenzó a hacer malabares con cuatro de sus cuchillos, lanzándolos cada vez más alto y haciéndolos girar. Misteriosamente parecía agarrarlos siempre sin sufrir corte alguno. Los recogió y señaló la carreta

—Y llegado del país de los

enanos...

¡el pequeñín Azulín!

Bajé intentando no caer por la escalerilla trasera del carromato, manteniendo gesto grave y pandereta callada. Petronila empezó a dar volteretas alrededor de don Juan, haciendo que el público fuera congregándose y a un tiempo abriendo un espacio circular en torno a nosotros. Don Juan cada vez lanzaba los cuchillos más alto. Yo lo miré preguntándole con los ojos, ¿qué hago?. Él pareció entender la pregunta. Hizo un gesto a Petronila, Colorina para el gran público, que extendió una estera de esparto sobre el suelo. —Y ahora nuestro pequeño Azulín se tirará al suelo a dormir. Yo me tumbé en el suelo boca arriba, con mi pandereta agarrada de la mano derecha, sin ánimo para tocarla, bastante ridículo me sentía con aquellas vestiduras azules y el ungüento pringoso que no dejaba sudar bien a mi frente. Don Juan se aproximó a mí, sin dejar de hacer sus juegos malabares, entonces me miró y dijo:

—Abrid los brazos y piernas, y no los mováis, si es que en algo los estimáis. Lo hice sin pensar y entonces vi como, desde lo más alto, caían a mi alrededor los cuchillos de don Juan, que quedaron bien clavados en la tierra. El público exclamó y lanzó vítores, no había aquí nada de truco. Yo mientras miraba hacia lo alto, intentando entretener mi mente en contar los arcos del acueducto, que allí a lo lejos se alzaba majestuoso. Si esos arcos perfectos han podido aguantar inamovibles por siglos, yo también podría aguantar quieto por un rato más. Don Juan se inclinó haciendo una reverencia y me tendió la mano, se la agarré para ayudar a levantarme, pero una vez estuve erguido, él tiró más de la cuenta, provocando que yo cayera de bruces en el suelo, levantando polvo, risas y aplausos de la concurrencia. Cuando de nuevo me alcé sobre mis brazos y elevé la mirada, allí estaba otra vez don Juan, mirándome con un ojo guiñado y mi sombrero de paja en la mano. —Pequeño Azulín, ¿qué os ha pasado?, dejad que os coloque el sombrero. De un empellón sobre mi cabeza encasquetó tan profundo el sombrero de paja que llegó a taparme los ojos. Escuché un susurro de don Juan. —Vamos pequeño, ¡actuad!, haceos el mareado y caminad dando tumbos. Entonces comencé a andar como un pato mareado, entre la urdimbre del sombrero podía entrever algo para orientarme, si bien no era lo suficiente, aún así me dediqué a deambular en círculos mientras la gente reía. Al momento vi a don Juan, que hacia mí volvía. Me colocó bien el sombrero, descubriendo así mis ojos y dijo:

—Y no olvidéis vuestro pandero. Casi ni lo vi venir, pero me dio tiempo a echarme al suelo justo antes de que la pandereta impactara de lleno en mi cara. La risotada del público fue tremenda. Al caer yo sobre mis espaldas elevé las piernas al aire de manera exagerada y comencé a agitarlas como si fuera un pajarito. Eso hizo que las palmas y las risas aumentasen por momentos. Colorina entró de nuevo en escena y se dedicó a hacer nuevas volteretas sobre mi cuerpo caído, a la par que don Juan continuaba con sus malabares de cuchillos. Pasado un rato, los tres nos pusimos firmes e hicimos una reverencia. Colorina me pellizcó un moflete, quedando sus dedos manchados de pintura azul. —Vamos pequeño gran hombre, ¡os toca pasar el sombrero! Así, algo arrobado, me dediqué a pasar el sombrero entre el público, algunas monedillas de escaso valor cayeron de manos engalanadas por mangas finas y lazos. Las limosnas iban acompañadas de condescendencia hacia este enano vapuleado. Por otro lado, niños y mozalbetes me intentaron avasallar, intentando darme algún cate o echar mano al sombrero, pero los mantuve a raya con algún amago de guantazo y algún “hijo de puta” dicho a tiempo. —¡Qué gracioso!, ¡qué leche tiene con lo enano que es! —estas y otras lindezas tuve que aguantar entre risotadas.

Volvimos al carromato y salimos de la zona concurrida. Al lado de una fuente pude limpiar mi cara y mis manos de polvo y pintura azul, que se fue poco a poco diluyendo, aún así, las huellas de mis dedos y los surcos en mis manos conservaban una sutil presencia del color en ellas impregnadas. Ya repuestas mis ropas negras y con mi sombrero de ala ancha, con más dignidad me sentía. Si a ellos le añadimos el queso, la bota llena de buen vino y la carne asada que Petrolina, ya decentemente vestida a la usanza de campesina castellana, había comprado en el mercado, podemos decir que fue un buen almuerzo. Una comida que, a pesar de los sinsabores, sentía haberme ganado bien con mi primer trabajo de bufón. —Petronila, ¡qué ágil sois! —Aún no lo habéis visto todo, soy capaz de comer con los pies —con una sonrisa pícara miró a don Juan, que atareado se encontraba cortando la carne asada y sirviéndola sobre rebanadas de pan. —No deis pistas al enemigo Petra, qué el pequeño hombre es capaz de todo. —¡Pardiez don Juan!, ¿qué teméis?

—Nada Diego, era bufonada, os seguís tomando en

serio...

ya cambiareis. —Me tendió una rebanada de pan blanco y una tajada de la carne sobre la misma.

Pude comerla a gusto, la miga era blanda y esponjosa y la carne un cerdo blanca y muy suave, estaba recién hecha, y aunque no quemaba de caliente, tampoco puede decirse que estuviera fría. Me hizo salivar en exceso y comer más deprisa de la cuenta, al punto de atragantarme. Busqué con la vista la bota de vino, que andaba en

manos de don Juan. Hizo amago de lanzármela pero en el último momento le cambió la trayectoria y se la lanzó a Petra. Que la recogió y elevó fuera de mi alcance. —¡Vamos cogedla pequeño hombre! De no haber estado yo tan atragantado y en urgencia por beber, me hubiera deleitado en aquella sonrisa abierta y esos ojos almendrados que reflejaban su lozanía. Pero la garganta me urgía, di un saltito para agarrar la bota y la moza lo lanzó de nuevo hacia don Juan, que la agarró en el aire y me la entregó. —Bebed amigo, y saciaos, ¡que habéis inventado otro número!: el enano atragantado. Compartimos unas risas junto a las viandas, cuan relajados y felices se veía a Petra y a don Juan, parecían personas libres de servilismos y pleitesías, que iban y venían donde les venía en gana en aquellos tiempos donde la mayoría nacía siendo siervo de alguien, y siervo moría, casi sin haber salido de los límites del señorío en que les había tocado nacer. Bueno, quien tuviere ganas de salir de aquello podía recurrir a meterse en el clero o servir en el ejército, pero casi que era peor el remedio que la enfermedad. ¡Cuan cerrados eran los cenobios! ¡y cuantos tullidos y muertos dejaban nuestras guerras entre lo más florido de la juventud! En estos pensamientos yo me hallaba cuando don Juan me sacó de ellos:

—Pequeño amigo, creo que ahora toca una siesta, hay que descansar, que esta noche tenemos función privada en la casa de un gran señor, y no se sabe hasta que altas horas. Subimos al carromato, don Juan y Petra se tumbaron juntos en un jergón y me dejaron a mi otro más pequeño en la parte trasera de la carreta, los arcones, desplazados todos al centro hacían una pequeña barrera que permitía cierta intimidad, la lona que cubría la carreta dejaba pasar algo de luz, pero al estar colocados a la sombra, la luz era bastante tenue como para permitirme quedar dormido. Escuché de nuevo a Petra, cuan grata era la risa de aquella muchacha, que espantaba las telarañas del recuerdo de mi amada, aún así, cuando mis ojos cerraba, volvían tragos amargos de mi culpa y mi pesar. Quedé dormido, abrazándome a mí mismo entre sollozos.

Función nocturna

Desperté de la siesta con una sacudida, la carreta había entrado por el portón de una casa palacio, difícil había sido manejarla por algunas estrechas calles del casco

de la ciudad. La carreta resultaba muy útil para ir de incógnito, las cortinas impedían que cualquiera nos viese desde fuera, además, al ser un vehículo austero, propio de carreteros y trabajadores de baja estofa, difícilmente llamaba la atención. Una vez parada la carreta dentro del patio interior, don Juan se puso a rebuscar en un arcón sacando todo su contenido. —Éste servirá. Yo arqueé las cejas. —¿Qué me pongo?, ¿de qué nos vestimos? Don Juan se acercó a mi oreja. —De nada, ¡no nos vestimos! —¡Pardiez! —Grité de un respingo. Vi como Petra, detrás del arcón estaba desnuda untando su pecoso cuerpo con aceites aromáticos. —Vamos, pequeño artista no os escandalicéis. —Me dijo ella con una sonrisa y sin sentir vergüenza de mostrarme su cuerpo desnudo y brillante, acariciaba unas telas, y estaba como probando con cuál de ellas se cubriría para realzar el misterio antes del espectáculo. —Comprobad si cabéis en el arcón, pero desnudaos antes, eso ayudará. Don Juan me zamarreó. —Vamos, sed profesional, ¡desnudaos ya!, y al cajón.

¿esto es parte de ser bufón?

—Bufón, hombre de

¡qué más dará!, es espectáculo y a estas gentes de aquí les gusta, necesitamos hacerlo, no me preguntéis más, pero forma parte de un

plan, vos ahora tenéis que confiar y cumplir vuestro papel. —¿Cuál? —El de campanero. —¿Campanero? —Sí, ¡tomad! —Me entregó una pequeña campana que estaba asida por una correílla de cuero —Ahora desnudaos, y ataos la campana. —¿Dónde? —¿Dónde va a ser? —Don Juan miraba mis partes pudendas resoplando, —no lo pongáis más difícil, obedeced, meteos en el cajón, no os mováis por nada del mundo, aguardad que yo os llame, y entonces saldréis de la caja tocando la campana, pero no hagáis ruido antes, ya que la sorpresa se estropearía. ¡Pardiez qué comprometido!, cuan extraña y depravada actuación me esperaba. Al mirar a Petra, ya ataviada cual reina mora, bajo una tela sutil y cubierta de velos vaporosos, algo éxito mi curiosidad, quise participar en todo aquello, me metí en el cajón, en un último vistazo pude ver a don Juan, que se componía con un traje de noble hidalgo, con su jubón de mangas acuchilladas y unas calzas finas con perneras acuchilladas a la misma usanza. Una vez metido en el arcón, nada allí podía ver y el respirar se hizo pesado. Allí metido sentí un zamarreo, alguien cargaba el arcón, escuché la voz de dos criados y la de don Juan, advirtiendo que tuvieran cuidado con no estropear la preciosa carga. Fui conducido en volandas, aunque no sé el tiempo que duro todo aquello. Después fui dejado en tierra y allí quedé, escuchando murmullos que no llegaba a entender, pasó más tiempo en el que no oí nada, salvo alguna exclamación de cuando en cuando, empezaba a sentirme sofocado de estar tanto rato encogido en aquel baúl respirando aire viciado, ¿qué estaría pasando fuera? Al rato golpearon la tapa del arcón con unos nudillos. Toc, toc, toc. —¡Campanero!, ¡sal campanero!

Toc, toc, toc. Me armé de valor y me elevé abriendo la tapa del arcón, frente a mí vi a don Juan, su rostro tenía cubierto con la capucha de verdugo, mas ninguna otra cosa tapaba su cuerpo. Alrededor cuatro bancadas, que formaban un cuadrilátero sólo compuesto por hombres, todos gentilhombres por los ropajes que usaban, aunque algunos parecían de la plebe a juzgar por sus palabras. —Mira el campanero, ¡es un enano cabrón! Apunto estuve de contestar, mas mi mirada encontró algo que me dejó sin palabras: Petra estaba desnuda de pies a cabeza y parecía hecha un nudo de contorsionar sobre sí misma. Reposaba el peso de todo su cuerpo sobre los antebrazos, las piernas tenía estiradas hacia atrás y enroscadas sobre la cabeza, al punto que con una pluma, agarrada por el dedo gordo de un pié, se hacía a si misma cosquillas en la nariz, mientras movía los ojos entre el público con una sonrisa pícara. ¡Pardiez!, ¡era la pluma de mi sombrero!, un escalofrío recorrió mi espalda y mis orejas se elevaron. Comencé a escuchar lo que decía Petra con una cancioncita.

—Campanero...

campanero....

toca la campana campanero.

Don Juan caminaba en círculo alrededor entonando la misma cancioncilla:

—Campanero, campanero, toca la campana campanero. El público comenzó a tocar la palmas y a corear la canción:

—Campanero, campanero, toca la campana campanero. Yo, confuso y turbado, oscilaba mi mirada entre los rostros, antes nobles y ahora grotescos, del público, el rostro enmascarado de don Juan y el cuerpo pecoso y lascivo de Petra. Sin saber cómo, y a pesar del fuego rojo que inflamaba mis mejillas, no tuve otra cosa mejor que hacer que comenzar a caminar, arqueando aún más mis, ya de por sí, torcidas piernas. Empecé de esa guisa a oscilar la campana, que comenzó a moverse y a sonar cual péndulo colgado de mi pene, lo que provocó un aplauso del público, que lanzaba alaridos a mi paso. —¡Venga enano mueve el badajo! Yo no hacía otra cosa que intentar caminar con la mirada perdida, por no centrarla en ninguno de los allí reunidos, escuchaba los gritos e imprecaciones de aquellos que parecían borrachos, no sé si de vino o de lujuria. Cuando había dado media vuelta al cuadrilátero, recaí en que Petra y don Juan también estaban actuando: ella estaba colocada en una posición que parecía un imposible nudo gordiano que ni el mismísimo Alejandro Magno hubiera podido resolver. Mientras don Juan estaba erguido sobre ella y culeaba penetrándola, acompasado cada movimiento con cada una de las campanadas mías. Quedé perplejo y paralizado ante la visión. Me sacaron de la parálisis las palmas y vítores que escuché, así como el cántico que todos coreaban. —Campanero, campanero, ¡toca la campana campanero! Continué dando vueltas alrededor y haciendo sonar la campana. Al menos así, la atención ya no se centraba en mí, sino en los lascivos movimientos de don Juan, que continuaba, sin muestras de cansancio, culeando con maestría al ritmo de mis campanadas. Mientras, Petra continuaba cantando la canción con una voz dulce y aterciopelada, como si nada de aquello estuviera pasando. Tan turbado me hallaba, que me había olvidado de mi propio cuerpo, mas cuando alguien señaló mi entrepierna y gritó sentí gran aprensión. —¡Mirad el enano!, ¡el pollón está creciendo más que él! Miré hacia abajo y vi como mi miembro estaba hinchado y morado, casi tres veces más crecido en tamaño de lo que era normal en situaciones protocolarias de ajuntamiento con hembra placentera. Entonces sentí un dolor, como una palpitación, mi miembro parecía latir como un segundo corazón que fuera a reventar de un momento a otro. Sin pensarlo, y presa de pánico, desaté la correílla de cuero y sentí pronto alivio, sin embargo la concurrencia pareció descontenta. Todos me gritaban para que siguiera tocando la campana, así que usé un recurso bufón: empecé a contorsionarme y a tocar la campana alrededor de los contendientes del lance aberrante, seguí haciéndola sonar, de manera exagerada, aunque esta vez entre mis manos. Al cabo terminó la función, en un último clímax de de campanadas y culeos frenéticos. La concurrencia estaba exaltada y más que satisfecha. Llovieron monedas, algunas de buen tamaño, que yo fui recogiendo cual perro mendigo. Después me metieron de

nuevo en la caja y alguien volvería a cargarme hasta el carro.

El día después

—Dormid en vuestro jergón, bien os habéis ganado el pan. El espectáculo había terminado y don Juan se había acomodado dentro de la carreta, envuelto en una manta sobre su catre. —El pan o la condenación eterna, no sé yo lo que he ganado. Yo intentaba evitar el desasosiego, a pesar del tiempo pasado desnudo, lo que sentía era gran calor, de seguro por el sonrojo que todavía calentaba mi cuerpo. ¡Había sido todo tan extraño!, tanta incomodidad, más en el pensamiento que en el cuerpo. A pesar de que el peso de la campana y la correilla de la que pendía habían magullado mi miembro viril, que aún me dolía y palpitaba cual si un hermanito chico y llorón me hubiera nacido entre las piernas.

—No os preocupéis por ello, que nada malo habéis hecho, sólo era un juego sin más, orientado a una meta superior. Yo me hallaba de pié, apoyados mis brazos en uno de los cajones que separaban el interior del carromato, me sentía mejor de pié, ya que así podía hablar a don Juan y ver sus expresiones a la luz de un farolillo. Don Juan, al otro lado de los cajones y tumbado, parecía de lo más cómodo y feliz, yo no podía entenderlo. —¿Un juego?, ¿dónde se ha visto juego más depravado? —Donde menos imagináis, ¡claro! que siempre de tapadillo, si estas cosas llegan a malos oídos pueden usar la Inquisición contra los anfitriones. Y con más razones ahora, que con la supuesta reforma de la moral pública que pretende Olivares, se cierra y persigue el ejercicio de la prostitución, no haciendo ello más que agravar la cuestión y aumentar los deseos de lo oscuro y prohibido. —Es claro don Juan, que cómo dice el verso: “el mundo por dos cosas trabaja, la primera por haber mantenencia y la segunda por haber juntamento con hembra placentera”. ¿Y hablando de hembra placentera?, ¿donde está Petra? —En sus labores.

—No os ofendáis, ya que sé que alguna cosa sentís por ella, pero debo haceros una pregunta ¿además de mostrarse cuan bella es y

desnuda...

hace también de puta?

—Eso es otro juego de espejos en esta guerra callada, cada uno usa sus armas y ella usa las suyas, pero os aseguro que detrás de lo que hacemos hay un propósito.

De Petra depende ahora el éxito de nuestra misión.

—¿Guerra

callada?...

¿misiones?...

todo esto me queda un poco grande.

—¡Cómo todo en este mundo pequeño amigo! —don Juan sonreía— pero no os quepa duda que eso es lo que hacemos: la guerra, y que somos soldados al servicio

directo de Su Majestad, también Petra. —¿Cual es ese servicio y esa misión de la que me habláis?, Mis pensamientos volaban al sentirme yo alistado como soldado en una contienda, por muy bufona y grotesca que fuera. —Pequeño amigo, en esta guerra la mejor arma es el silencio, manteneos vivo y presto a luchar, ya os llegará el momento. Ahora es preciso descansar, dormid, partiremos antes del amanecer.

Camino de Valsaín

Me desperté un poco al arrancar las mulas, que me hicieron rodar dentro de la carreta, pero, cansado como estaba, poco me importó y traté de seguir durmiendo, entre pequeños despertares que, de cuando en cuando, acaecían a la brusquedad de un vaivén de la carreta. Así seguí en la duermevela, donde se mezclaban imágenes, la

faz de mi amada, el tiro que me pegaron junto al Conde Duque Olivares, el rostro de decepción de Su Majestad, la función depravada que protagonicé junto a Petra y

don

Juan...

casi no podía creer que aquello hubiera pasado, sin embargo, el dolor de mi miembro, castigado por el peso de la campana, atestiguaba que aquello había sido

realidad y no un sueño húmedo y endiablado. Cuando desperté y recobré mi cabeza clara, era ya de mañana avanzada. Petra y don Juan se hallaban sentados en el banco delantero del carromato .Ella agarraba las riendas y jaleaba a las mulas. —Buenos días, ¿dónde vamos? —A unirnos con la comitiva real —Respondió don Juan. —Van camino de Valsaín, y nos llevan mucha ventaja, aunque una comitiva tan grande lleva gran impedimenta y tarde o temprano los alcanzaremos. —De momento vamos a parar a descansar un poco, y a dar de beber a la las bestias.

Petra hizo a los animales desviarse del camino principal para internarse en un bosque frondoso. La altura y verdor de los árboles hacían presagiar que se trataba de un bosque de ribera. Y así fue. Pronto estuvimos en un claro frente a la orilla de un rio de aguas cristalinas. Don Juan soltó a las mulas y a la yegua, que nos había seguido atada a la trasera del carro. Ahora se dedicaban a pastar y beber a la orilla de aquel río, libres para moverse, aunque atadas con cuerdas largas. Petra y don Juan se desvistieron y se bañaron en el río, cuyas aguas bajaban rápidas y cantarinas. Parecía cubrirles poco más abajo que a la altura de la cintura. Yo, algo arrobado, me quedé con las bestias mirándoles de reojo de cuando en cuando. Petra me gritó. —Vamos, pequeño amigo, ¡no tengáis pudor!, no hay nada de malo en bañarse desnudo. Pude ver la sonrisa clara y sus ojos, inocentes a pesar de todo, saqué entonces el valor y me desnudé para introducirme en el río. El frío subió por mis piernas y cuando me llegó a las partes nobles, sentí gran alivio ya que el dolor sordo era persistente tras el estiramiento que me causó la campana. Una vez en el agua me sentí libre y calmado. Como si el agua fría despejara mis malos pensamientos. Escuchar las risas de mis dos compañeros era contagioso. Reímos y jugamos como niños, ¿cómo era posible que la noche anterior hiciéramos algo tan turbio y ahora estuviéramos allí, jugando desnudos a salpicarnos, sin dar importancia ni recordar la jodienda?. No recuerdo en mi vida momento de mayor alegría que aquel, pero, como toda alegría, acabó pronto. Salidos, no sé de donde, vimos unos mozalbetes acercarse al carromato y a otro grupo ir a agarrar las mulas. Salimos del agua y casi no tuvimos tiempo de vestirnos cuando se nos echaron encima. Un hombre gordo y corpulento, con manos grandes y un cuchillo de matarife, los encabezaba. A su alrededor, varios jóvenes harapientos, venían armados con palos. Algunos de los garrotes terminaban en una puntilla de hierro, asemejando lo que en Flandes llamaban un gudendag, o lo que es lo mismo un "buenos días", una forma poco cortés de saludarte, dándote un garrotazo y un pinchazo al tiempo, pero así son estos tiempos: quien no te pega un garrotazo, te la clava y, si puede, te hace las dos cosas a la vez. Un poco separados del grupo había y tres hombres de edad avanzada, desdentados y famélicos que bien podían ser mendigos. Las mulas y el carro habían dejado de ser punto de miradas, ahora venían hacia nosotros, nos rodearon, parecían querer comerse con los ojos a Petra, ella se había vestido lo más rápido que podía, y parecía lamentar no llevar ningún arma. Lo mismo nos ocurría a don Juan y a mí, descuidados, habíamos dejado todo en el carro. —¡Coged a la puta!— Dijo el hombre corpulento, su tono de voz sonaba a vómito, su rostro redondo, su barba sucia y su gorda nariz surcada de venillas color rojo vino, eran endurecidos por unos ojos negros, enrojecidos de sangre y con párpados hinchados. Unos cuantos jóvenes la agarraron por piernas y brazos mientras ella peleaba. Don Juan fue rodeado por un brazo al cuello, era un brazo delgado y sarmentoso, el otro brazo que le acompañaba traía consigo una fina hoja de daga que sabía muy bien donde reposar su filo: sobre la vena del cuello que podía prontamente causar su muerte. —Ya sabéis, —dijo una voz susurrante, cómo la de una sierpe, —bien sabéis, lo que yo haré si os movéis tan sólo un poco. Don Juan trató de moverse, pero la presa era firme, en un esfuerzo por mover los ojos, que hizo que estos le dolieran, pudo adivinar tres puntos de tinta desgastados, tatuados sobre la envejecida piel de la mano que empuñaba la daga. ¡Dios mío!: garduñistas. Yo observaba cómo todo se desarrollaba lento y rápido a la vez, Petra pataleando y don Juan con la daga al cuello. Los tres mendigos parecían haberse centrado en torno suyo. Y cada uno empuñaba una fina hoja. El tipo gordo, de voz aguardentosa, recayó entonces en mi. —¿Y tú enano cabrón?, ¿qué pintas en todo esto?, sabíamos del chulo y su puta, pero no de ti, ¿qué pasa?, ¿ahora también venden tu culo? —Hubo una risa generalizada entre la banda de mozalbetes, que parecían disfrutar de las chanzas o simplemente hacer honores al líder, que continuó, encorvándose un poco para agarrarme de los hombros.

-Ooo...

¡también puedes chuparla!, ¡tienes la altura perfecta!

Dijo esto dando un violento tirón de mis hombros hacia su entrepierna, haciéndome chocar con ella. Después me arrojó de un empujón a un lado, mordí el polvo entre la multitud de risas. Al menos aquello había relajado a los que acosaban a Petra, que ahora estaban más pendientes de este enano revolcado que de agarrar bien a la mujer. Yo, ofuscado como estaba, saqué fuerzas de bufón, traté de mantener calma y trazar estrategia bufa. Me levanté sin enfado y realicé reverencia en redondo, saludando a esa tropa de gañanes cual de la más alta realeza se tratase. Y aquello su efecto tuvo, pues todos de piedra quedaron, incluso los tres viejos que atenazaban a don Juan. —Me presento mis señores, nada tengo que ver con aqueste par de aquí, la putita y su amo. Soy Azulín el enano, un hidalgo enamorado, que pidió auxilio a este carro para mi mejor traslado y no tanto caminar. Si me permitís iré a por mi sombrero y mi capa y ante vos recitaré buenos poemas, chanzas y versos. —¡Joder con el enano!, ¡qué buena lengua tiene! Anda, acompañadlo al carro y que no escape. En un momento andaba yo de vuelta, preparado para la función, con mi capa negra, mi cara pintada de azul y el sombrero de ala ancha tocado de plumas. Los dos zagales que me acompañaban, de cara sucia y aspecto piojoso, poco vieron de mis arreglos, ya que nada más entrado al carro cogí la bota de vino, eché un trago y a ellos

se la ofrecí, que dieron cuenta de ella como si el mundo se fuese a acabar, auguro que por querer hacer acopio de ella antes de compartirla con el resto de sus camaradas. Una vez listo, con mi capa, sombrero y la cara pintada de azul, volvimos raudos al grupo, que atento nos esperaba. De nuevo hice la reverencia esta vez caracoleando y haciendo juegos con mi capa, que me cubría casi hasta los pies. Comencé mis recitaciones, con voz jocosa y paseando mi mirada entre el público. Los jóvenes, a pesar de su baja condición y oficio, parecían faltos de maldad y podía verse en ellos la ilusión que compartían por escuchar mis historias y ver donde les conducían. Los tres viejos algo hastiados parecían, aún así permanecían atentos a mis palabras, que fluían de mi boca, con seguridad y gracia sin yo poder explicarme por qué. Entonces, después de girar, vi frente a mí al hombretón, uno de los mozalbetes le había pasado la bota de vino y él dejaba caer sobre sus labios grasientos el líquido rojo, que chorreaba por las comisuras de sus labios y manchaban su barba. Dio un puntapié que me alcanzó en las nalgas, no muy certero, pero aproveché para tirarme al suelo y morder el polvo, cosa que, cómo no podía ser de otra manera, resultó de los más cómica para la concurrencia, que rugió de alegría. Allí en el suelo, arrodillado y con mis ropas polvorientas comencé a dar pasos de rodillas, simulando llanto exagerado y haciendo aspavientos de brazos.

—¡Muaaa...

muaaa...

señor no peguéis más a este pobre enano! —el hombretón se doblaba de risa mientras apoyaba las manos en sus gordas rodillas. El resto del

público lo imitaba en la borrachera general de carcajadas. Seguí avanzando de rodillas, lloriqueando en voz alta, con voz jocosa y, cuando estuve a la altura de un nuevo puntapié, eché mano dentro de mi capa y asomé la empuñadura de mi espadin-daga, fue sacarlo y hundirlo en la entrepierna de aquél gañan seboso, que comenzó a sangrar por allí como un cerdo en la matanza. Fue solo un instante, seguí apuñalándole en aquel lugar seguidas veces, hasta que noté que Petra me separaba de él y me quitaba el arma. La vi volverse y clavar la daga bajo el

sobaco descubierto de un chico que enarbolaba un garrote, el garrote cayó al suelo y, tras de él, el muchacho. Todo fue un griterío, el hombre cerdo se desangraba gritando, tratando de tapar la vida que se le iba por los grandes chorros que salían como un torrente de sus entrepiernas. El chico caído también lloraba, llamando a su madre, mientras los otros habían salido corriendo, alguno de ellos lo más que hacía era agarrar piedras y arrojarlas sobre el tumulto mientras huía, esas piedras solo aumentaban la confusión y alguna de ellas impactó en la cabeza de sus compañeros. Petra se había lanzado de un salto contra uno de los viejos que rodeaba a don Juan. Ahora se revolcaban peleando en el suelo entre una nube de polvo. Don Juan se había deshecho de su captor, que yacía muerto a sus pies y, con el puñal de éste, amenazaba al otro, que ante la huida general decidió retirarse, sin embargo, de poco le sirvió huir, ya que don Juan le lanzó el puñal, que entró certero en su cuerpo desde la espalda atravesándole el corazón. Don Juan miró a Petra, que se levantó del suelo ensangrentada, sólo parecía magullada, él sin embargo se hallaba herido en la palma de la mano y sangraba profusamente por un surco abierto de parte a parte en la misma. —¡Al carro!, ¡vamos! Con gesto de dolor al agarrarme con sus manos, me cargo en un hombro y me llevó hasta el carro a toda prisa, Petra llegó un instante antes que nosotros, pero ya lo había preparado todo, de un cajón de aperos para las funciones ,sacó varios pistolones y dos arcabuces, don Juan, sin hacer caso a su herida sangrante cogió en arcabuz más grande, estaba cargado, como el resto de armas. —Es cosa de un momento que se reorganicen. Me tiró un pistolón, que yo amartillé. Tal y como anunció don Juan, la tropa de jóvenes truhanes volvía a la carga, muchos de ellos arrojaban piedras contra el carro, y otros venían ataviados de ramas en llamas. Si nos rodeaban estábamos perdidos. Entonces don Juan pareció elegir presa: un chico alto y de gesto tranquilo que venía de los primeros, con una tea ardiendo en la mano y haciendo gestos a sus compañeros para que se repartieran alrededor del carro. Su cabeza estalló como una fruta madura, salpicando de sesos a sus compañeros. Quedaron como de piedra al escuchar el disparo, y salieron de la petrificación cuando don Juan agarró el otro arcabuz , y con otro tiro hizo saltar los dientes de otro muchacho, tras los dientes saltaron los huesos de la nuca arrastrados por el perdigón. Todos los demás huyeron en desbandada general. Petra fue hacia las mulas y comenzó a enjaezarlas al carro, mientras don Juan, ensillaba su yegua y la cargaba de pistolones. Yo , dentro del carro alternaba mi mirada entre lo que ocurría alrededor y la sangre reseca que atirantaba la piel de mis manos. Era la sangre del jefe de esos bandidos, ¡lo había matado! Me sentía confuso, mal y bien a un mismo tiempo. Mis tripas se revelaron, me asomé por la trasera del carro y vomité mis entrañas.

Cabaña en el camino

Anochecía, llegamos a una casa en el campo, se trataba de una aparcería tranquila, cercana al palacio de Valsaín, en plena Sierra, dejamos el carro dentro del establo, al abrigo de cualquier curioso. Don Juan, soltaba la silla de su yegua y la obsequiaba con unas algarrobas mientras la conducía al pilón. Petra y yo lo hacíamos con las mulas. Había sido un camino duro, don Juan había cabalgado, adelantándose al carro y también desandando camino para prever nuevos ataques sorpresa. —Por suerte no atacaron más. Dije a don Juan, que lavaba su mano en agua fresca, cambiándose el vendaje. —Suerte y estrategia, no temía por ese grupo, sino por otros posibles, ese grupo ha sido descabezado. Una vez quitamos de enmedio a los cabecillas, la turba no tiene agallas para continuar. Lo hicisteis bien pequeño amigo. Quitasteis de en medio al gordo. —¿Qué pretendían?, ¿querían robarnos o abusar? —Yo me había desvestido, a pesar de frío de la noche y del agua, necesitaba quitarme del cuerpo aquella sangre nauseabunda y seca que me embarraba el cuerpo y quitar la crema azúl de mi cara. Sentí de nuevo asco aunque nada había ya en mi estómago que pudiese vomitar. —Creo que buscaban un poco de todo, cada uno según su condición, pero nada es casual, algunos eran golfillos recién reclutados, pero otros eran peligrosos, venían a por nosotros. ¡eran garduñistas! —¿Garduñistas? —Ya os contaré. Ahora vamos adentro, Petra está encendiendo el fuego, esta noche descansaremos bien. —¿Dónde estamos? —En un sitio perdido, es la casa de un guarda, son tierras de su majestad, no os preocupéis, estamos seguros y nadie rondará por aquí esta noche. Entramos, y el calor del hogar nos reconfortó. Sobre una ancha de piedra ardían unos troncos que reposaban sobre un costado de la casa, también de piedra, Solo había un leve olor a humo, ya que la humareda era recogida por una campana de obra que hacía salir el humo por una chimenea. Petra había buscado por la despensa y sobre una mesa de madera, ante el lar ardiente, reposaba una gran hogaza de pan blanco, y unos chorizos y morcillas. —Bien cenaremos esta noche, dije encantado y acercándome un chorizo para cortarlo. Don Juan cortaba grandes rebanadas de pan y aparejaba unos chorizos y morcillas sobre una parrilla antes de acercarla al fuego. En un instante, los aromas de chorizo y grasas al fuego inundaron la estancia haciéndome salivar. Cuan buenos estuvieron aquellos chorizos calientes con su grasa anaranjada tiñendo las piezas de pan. Los regué con una buena jarra de vino que Petra había sacado de la despensa. Vino rojo, fuerte y peleón, que servía bastante bien al efecto de hacer tragar tanta miga y tanto chorizo, cuando tocó el turno a la morcilla ni pensé que estaba hecha de sangre, daba igual a aquellos efectos, la sangre de esta mañana quedaba relegada como en un extraño ensueño. –¿Quiénes eran esos hombres?, ¿garduñistas dijisteis?, ¿qué es eso? —Bien se nota que habéis sido bien criado dentro de los muros de palacio y nada sabéis de los bajos fondos.—Dijo Petra sonriendo, a pesar de sus ojeras moradas y los arañazos de la pelea, mantenía su bonita sonrisa. —La Garduña es un gremio, un gremio de delincuentes. —¿En verdad lo decís? Yo leí de Don Miguel de Cervantes un relato de unos mozalbetes Rinconete y Cortadillo, que entraban a trabajar en un gremio de ladrones de

Sevilla. A fe mía que conocía la existencia de esos grupos en el pasado pero, ¿hoy en día perduran?, ¿Cómo sería eso posible? con la mano de hierro de Olivares por un lado y por otro lado la fuerza del fuego de la inquisición. Tanto ella, como don Juan, rieron a carcajadas, yo no entendía el chiste, pero allí estaban, alrededor del fuego, bebiendo el vino y riendo, como si aquello fuera el chiste más divertido. —Bueno, contadme, ¿cuál es ahora la bufonada? —Pues una muy grande, —contestó don Juan, que se afinaba los bigotes tratando de limpiar los restos de chorizo adheridos al mismo. —La Garduña es un gremio asociado con la inquisición. —¿Cómo puede ser eso?, ¿unos truhanes socios de la reserva moral de la Santa madre Iglesia? —Así es pequeño amigo, a pesar del aparente poder omnipotente del Santo Oficio, aún hay cosas que la Inquisición no puede hacer, es entonces cuando recurre a este gremio de gañanes y les encarga el trabajo sucio, aún más sucio de que lo que el Santo Oficio hace de propio.

—¿Entonces

hoy...?

—no me dejó terminar.

—Hoy pasaron muchas cosas, no sabemos quién mandaba a esta cuadrilla ni que órdenes traían, los Garduñistas trabajan al mejor postor y a veces hasta van por libre. Suelen, eso sí, elegir a víctimas con algún hecho reprobable ante el Santo Oficio. Se ceban con conversos y marranos, sean las sospechas firmes o no, también con los licenciosos y relajados morales. Abusan de ellos, matan, roban, comenten tropelías y se escudan diciendo que hacen la obra de Dios. —¡Pardiez que mundo de locos! —Locos muy cuerdos son estos. Visteis cómo, aprovechando el hambre, reclutan a mozalbetes y los llevan a sus terrenos, pero que no os confunda su aspecto gañán, que bien organizados están y el ataque de hoy obedecía a un soplo que alguien les dio. No sabemos con qué intenciones. —Don Juan miró un instante al fuego, mis ojos se cruzaron con otros. —¡Y qué bravo estuvisteis don Diego! —Petra me miraba con sus ojos vivos, a pesar de morados. —Hoy fue vuestro bautismo de fuego, ¡improvisasteis muy bien vuestra función! y elegisteis muy bien al gordo. —Aún no sé cómo lo hice, pero salió bien, aun así no puedo sentirme orgulloso de ello. ¿Y vos Petra?, ¿no sentisteis nada al matar a aquel muchacho?, le atravesasteis la axila en busca de su corazón. —Sólo sé que defendía mi vida, llevo una vida errante, cómo era la de mis padres. Ellos también eran comediantes, de niña aprendí mi oficio de saltimbanqui y titiritera, hasta que gentuza como la de ayer me dejó sin ellos. Cayeron sobre nosotros una noche mientras dormíamos en el carromato, a las afueras de una ciudad, no sé si lo sabes, pero nos llaman cómicos de la legua, porque sólo se nos permite acampar a una legua de las ciudades. Si nos encuentran más próximos nos pueden escarmentar bien, acusarnos de gitanos y cortarnos las orejas o mandarnos a galeras. En ese momento vi pena en sus ojos alumbrados por las llamas del fuego. —Estábamos a más de una legua, aún así cayeron sobre nosotros. En mitad de la noche, oí los gritos de mi madre, a mi padre le cortaron la garganta rápido, y a mis hermanos los ensartaron en lanzas, yo salté del carro por una apertura en la loneta que siempre usaba para escapar de mis hermanos en mis travesuras. Me perdí en la sombra y alejé mientras escuchaba los gritos de mi madre. Así estuve caminando, noche tras noche, y alimentándome de zarzamoras, hasta que encontré a unos parientes a cuyo carro subí. Aquello marcó mi vida, había perdido a mis padres, acusados de brujería por aquella panda de malhechores y ejecutados en una orgía de sangre por la misma gente que pretendía enseñar moral. ¿Crees que ha de importarme matar a cuanto garduñista encuentre en mi camino? —Petra se calló y miró al fuego, todos miramos el fuego y pasamos el resto de la velada en silencio, hasta que las llamas bajaron y quedó de ellas rescoldo, entonces nos fuimos a dormir. Don Juan y Petra durmieron en otra cama abrazados el uno al otro. Yo, solo, en una cama enorme y fría, envolví con una manta una piedra que puse en las brasas y con ella me calenté en la cama.

Palacio de Valsain

Petra se había quedado en la casa de los aparceros, don Juan y yo habíamos partido en la yegua al amanecer y esperábamos a la comitiva real en el Palacio de Valsaín, también llamado Palacio del Bosque, al estar metido en lo más profundo de la Sierra de Guadarrama. Entre inmensos bosques de un verde tupido. Era lugar estratégico para quienes quisieren viajar al norte. Todo estaba preparado, era una segunda residencia que gustaba mucho de las visitas del Rey, un lugar con buena caza. Las paredes de palacio denotaban la serranía, en las estancias había algunas pinturas con retratos y escenas de caza, pero lo que más imponía eran los trofeos: enormes cornamentas de ciervo, cabezas enteras de jabalíes y linces, esos grandes gatos monteses, cuya delgadez, bigotes y mechones caídos al estilo de barbas hendidas, les dan incluso un toque de hidalguía. El cambio fue agradable, y mucho me gustó aposentarme en una amplia estancia, parecía de lo más paradójico. En la Casa Real del Buen Retiro, me tenían viviendo en una austera celda del cuartelillo de enanos, mientras que cuando viajaba, se me trataba a cuerpo de Rey. Cuando cayó la tarde, se preparó el banquete real, un acto y ritual regio al que la plebe podía asistir para ver comer a sus majestades. Y en esta ocasión muchos del pueblo y de los alrededores se habían acercado. Yo me senté cerca del Rey, animado por las palabras de don Juan, que me dijo que todo bufón debe estar bien visible y alegrar los banquetes. Así que allí fui, aunque bien sabéis ya que no soy amigo de chanzas y chistes, con la intención de ver y aprender algo. Desde la gran mesa real, que se hallaba levada del piso sobre un gran tablado, podíamos observar el más de centenar de personas que habían entrado a la otra punta del salón y hablando bajito, con los sombreros y caperuzas quitados, observaban la pompa y boato que la casa de Austria había traído a las Españas, cuando impusieron el enrevesado y barroco Protocolo Borgoñón. Criados, pajes, y sirvientes, todos acompasados, servían las carnes y los vinos dirigidos cual regimientos por el imponente Sumiller de Corps. Su majestad, con su parsimonia y calma habitual, celebraba sutilmente cada bocado que entraba en su boca y cada vino que le era presentado. Carnes de caza variada: venado, jabalí y faisanes pudimos degustar, ante la mirada atónita y expectante de la multitud allí congregada, que, tras la muralla humana formada por los soldados del regimiento real, observaba a sus majestades. Muy grande era la expectación, ya que al lado de sus majestades se hallaban sentados el Conde Duque de Olivares y su esposa, que desplazábanse, todos juntos, hacia tierras de Aragón para atajar el problema con los Catalanes. Abajo, con el vulgo, mezclado entre la gente y moviéndose entre ellos de manera discreta, pude ver a alguien que me pareció familiar. ¡Era don Juan!, Aunque no iba ataviado por esos ropajes suntuosos que le hacían parecer el remedo de aquel almirante y bastardo que tiempos atrás fuese azote de piratas turcos. En este momento era un campesino más, con ropajes pardos gastados, aunque limpios, como si, al igual que el resto de aparceros presentes, hubiera elegido de entre sus humildes y pobres ropas, las que mejor pudieran quedar ante el Rey. Don Juan caminaba entre ellos muy despacio, y ellos ni lo sentían como intruso, ya que los ojos de todos se hallaban prendados en seguir los hieráticos movimientos del Rey y de la Reina allí en lo alto. La comida había dado comienzo al empezar a caer la tarde, y se alargaría hasta bien entrada la noche. Poco a poco, los campesinos, siervos y aparceros, fueron abandonando la gran sala y regresando a sus hogares. Buena parte de la guardia también se retiró, acompañando a los últimos campesinos rezagados para que abandonasen las dependencias de palacio. Entonces tocó el turno a los bufones. Entró Barbarroja, ataviado con su caperuza roja y su capote del mismo color sobre los hombros y saludó a los comensales con una estudiada reverencia. Tras él, calabacillas hizo lo propio, agitando y haciendo sonar sus calabazas huecas. Se dedicó a hacer loco, tirando sus sonajeros, brincando, dando saltos con los que pasaba volando por encima de la mesa y caía por el otro lado al suelo de cabeza y dando vueltas de campana. Esto despertó risas y algunos gritos entre los comensales, que parecieron salir del tedio que había significado del ceremonioso yantar. Los saltos de calabacillas, que en ocasiones iban por encima de la mesa y en otras la atravesaban por debajo, dieron tiempo al Sumiller de Corps para ordenar a su cuadrilla la recogida de las viandas sobre la mesa, quedando ésta despejada, salvo de las jarras de vino y cerveza. Tocó entonces el turno al jefe de los bufones. Nunca le tuve en aprecio por lo cruel y malo que era su trato tanto para los enanos, cómo para los animales. Pero ahora lo despreciaba profundamente, desde que con su cizaña inflamó aún más los celos de Marcos Encinillas, el aposentador, todo ello con las funestas consecuencias. Mi mano acarició el pomo de mi antes torpe espadín, ahora convertido en mortal daga. Aunque me supe sin fuerzas ni redaños para cometer un crimen. De todos modos no lo consideraba a él como responsable directo, al menos no en ese momento, ya que todo apuntaba a que ese bufón malvado sólo se hacía eco de algo que en todo palacio sabían: “el enano de la estampa le mete cuernos al aposentador”. Así y todo, me serené e intenté, desde allí, donde yo estaba, sentado entre la mujer del Conde Duque y la Maribárbola, escuchar y aprender algo de las bufonadas de Barbarroja. Frente a mí sentados estaban dos parientes del Conde Duque, uno de ellos don Luis Méndez de Haro, un hombre sensato y de conversación moderada, y el otro era aquel mozalbete maleducado que me quitara el sombrero, aunque bastante menguado en altanería se encontraba desde que se cagase encima cuando el disparo en el carro. Le miré a la cara y con una sonrisa boba miró para otro lado, parecía que sus ojos huían de mí por ser testigo incómodo de su cagalera cobarde. Pareció encontrar entonces una forma de evadirse dirigiendo su mirada hacia una figurada captura de los versos que Barbarroja lanzaba al aire. —Aquí estamos en el bosque Muy felices majestad Con muy buenas compañías y mejor es el yantar. Hizo una exagerada reverencia haciendo caracolear su sombrero. —Aunque seguro que alguno de comer no se ha de hartar y a pesar de los manjares con hambre pueda quedar. Los comensales sonrieron aliviados, parecía que esa noche el cruel y ácido Barbarroja daba una tregua y se dedicaba a versos inocentes, aunque yo algo sospechaba, tardé poco en darme cuenta de la trampa que, como una araña, tejía aquel bufón. —Falta algo en esta mesa a pesar de tanto manjar entre tanta presa y carne ¿Qué echa en falta su Majestad?

Se iba tejiendo la trampa, ese anzuelo en el que su Majestad picó cual trucha de río frío. Su majestad alzó los ojos como pensando en la respuesta y al cabo señaló al bufón. —Tenéis razón, don Cristobal, que algo falta en esta mesa. Algo, bien lo sabéis, que a pesar de ser sencillo, a mi mucho me gusta. ¿Sabéis vos Barbarroja si hay olivas en estos bosques de Valsaín? —Tenéis razón Majestad en estos bosques salvajes nada gustan y repugnan

olivillas...

¡y Olivares!

El aire pareció cortarse con una navaja, un frió gélido nos envolvió a todos mientras el altivo bufón apostillaba su último verso poniendo gesto airado y señalando con el dedo al mismísimo Conde Duque. Escuché un suspiro seguido por el desvanecimiento de su esposa, mientras el Conde Duque se elevaba de su asiento dando un fuerte puñetazo en la mesa que hizo temblar todas las copas. Su majestad elevó su mano y miró al Conde diciendo una sola frase, en tono calmo pero severo, no le hizo falta elevar la voz para que se escuchara en toda la sala. —Guardias, prendedlo.

Cuatro alabarderos se dirigieron al bufón, uno le despojó del cinto, de donde pendía su espada berberisca, el disfraz de pirata se lo permitía. Otros dos guardias lo agarraron cada uno por un brazo. Abandonaron la estancia a paso regular. Barbarroja no decía nada, mas con la mirada y bigotes parecía querer ensartar al Conde Duque, que había vuelto a sentarse, eso sí, con sus mofletes enrojecidos y emanando fuego de ira. La Maribárbola había acudido presta a reanimar a la esposa del Conde Duque, ella le agarraba del brazo para mantenerla erguida, mientras yo la abanicaba con un fino abanico de marfil, entre ambos pudimos reanimar a la dama. La sala estaba en silencio, cuando todos recuperamos sitio y la esposa de Olivares estaba recompuesta, el silencio se hizo incómodo. Más su Majestad sabía bien sacar partido de los regios protocolos, hizo un leve gesto al Sumiller de Corps, y rápidamente nuevas copas estuvieron prestas con el mejor de los vinos. El Rey alzó su copa mirando al Conde Duque. —Brindo y fío en vos, fiel valido. La fiesta continuó, Calabacillas y el niño Lezcano hicieron de las suyas para jolgorio general, y cuando estos se cansaron entró a escena don Juan de Austria, ataviado de su deslumbrante traje de almirante, con arneses, espada y arcabuz se puso a la pantomima de representar una batalla donde él luchaba dando sablazos al aire contra mil figurados piratas berberiscos. Así continuamos hasta que entrada la noche todos fuimos a descansar en lechos blandos, todos salvo Barbarroja que, para mi vergonzante y gozosa alegría, esa noche dormiría en una mazmorra.

La jornada de Aragón

Desde luego que menudo viajecito con la comitiva del Rey, por suerte ya hemos llegado a Tierras aragonesas, continuo en la carreta junto a don Juan y Petra. Don Juan vuelve a ser Juan de Austria, con sus vistosos ropajes que recrean la figura de aquel insigne bastardo que puso a los piratas turcos en su sitio. Y Petra parece otra,

tocada con una caperuza que le tapa el pelo y vestida de sierva, y uno traje pardo de sierva, con unos faldones hasta los pies cubiertos de un delantal que en nada hace entrever la belleza y agilidad de su cuerpo. Hasta torpe y desgarbada parece, además pone la mirada gacha y no mira a nadie a los ojos estando de esta guisa. Yo, sin embargo sigo siendo El Primo, el enano que auxilia al Rey en la Estampa, aunque, desde el terrible suceso de mi amada, todos me miran como poeta pendenciero y tremendo enamorador. Cuan equivocados están, pero dice don Juan que eso es bueno, poco a poco tendré que ir haciendo crecer la mascarada alrededor

de mi persona. Persona , ¿buena

persona?...

¡no!, persona en el sentido auténtico que la palabra tenía en la Grecia clásica: “persona como máscara”, esa máscara que los

actores usaban en sus tragedias. Así, cada uno se pone las máscaras que la ocasión requiere y es la persona que los demás quieren que uno sea en el teatro del mundo. Y así llegamos a unirnos a la comitiva del rey poco antes de llegar a Fraga, quedamos rezagados, entre los últimos carros de intendencia, donde Petra, parecía una sirviente más. Yo quedé dentro del carro hasta que, con nocturnidad, y tras llegar ante la fortaleza de Fraga, fui conducido por don Juan ante la presencia de su Majestad. Relataré que fue harto misterioso el trámite, ya que la fortaleza estaba bien defendida y había muchos ojos revisando cada paquete o bulto que entrase o saliese de ella. Los grandes muros, antaño fortaleza de moros, eran ahora un bastión de España frente a los insurgentes. Así que don Juan me llevó en plena noche hasta un cementerio cercano. Embozados íbamos los dos, aunque poca gente había, salvo alguna que otra pareja que se hallaba holgando contra la tapia del cementerio, lo que era algo dentro de lo habitual tanto en tiempos te paz como de guerra. Pasamos sin ser vistos por nadie y en una esquina paró don Juan, quien, metiendo el pie a modo de estribo en un hueco a media altura, se encaramó subiendo hasta arriba, desde allí me tendió el brazo. Como pude, me alcé hasta alcanzar el hueco, en parte por mi propia fuerza y en parte por el brazo de don Juan, pronto estuvimos los dos al otro lado. La luz de la luna nos permitía ver bien y no tropezar demasiado entre tanta cruz y lápida. Pronto estuvimos en la parte noble, un conjunto de mausoleos. Don Juan sacó una llave de su jubón y la hizo girar en el portón de madera reforzado de bronce. Algo chirrió como el quejido de un muerto. Abrió la puerta y un aire húmedo y maloliente salió cómo venido del averno. Traspasamos la puerta y don Juan la cerró desde dentro haciendo girar la llave. Se me heló el alma, pero al poco le escuché frotando un chisquero del que saltaron chispas que prendieron yesca. Pronto estuvimos alumbrados por un candil de aceite que sacó de una hornacina en la pared. Allí estaba una imagen, la Virgen del Pilar, siempre me gustó esa virgen, quizá por el hecho de que a pesar de ser tan pequeña, se la tenga en tanta importancia. Don Juan alumbró alrededor, nichos y lápidas de noble familia. Entonces buscó en el suelo y tiró de una argolla. Se desplazó una pesada loza, dejando al descubierto unos escalones. Por ellos bajó don Juan alumbrando con el candil, seguido de mí. Y, poco a poco, fuimos bajando, con miedo a resbalar. Llegamos a suelo firme, en lo que parecía un túnel cuyo techo abovedado hacía ver lo bien construido que estaba. Seguimos así caminando mucho tiempo y en línea recta, hasta que subimos por una nueva escalinata y nos encontramos ante una bifurcación. Don Juan tomó el túnel de la izquierda, parecía saber bien donde iba. Las pareces del túnel estaban mojadas, y por el fondo discurría, a través de una canaleta, un leve caño de agua. Continuamos caminando y cruzando varias apreturas de otros túneles, alguno de más pequeña altura. Don Juan tuvo que andar encorvado en diversas ocasiones. Al final llegamos a lo que parecía la apertura de un pozo, era ancha y circular, con muros de piedra firme. Rodeando el pozo ascendimos por una escalinata en caracol que subía poco a poco pegada a la pared. La luz de la luna caía desde arriba dejándonos entrever el enrejado que tapaba la salida del pozo. Aunque don Juan, saco otra llave y abrió un candado que nos permitió levantar la reja. Estábamos en un patio del castillo de Fraga sin haber sido vistos por nadie. Una sombra salió de detrás de una arcada y nos condujo a nuestros aposentos.

Con su majestad en Fraga

El Sol iluminaba la estancia, y yo bien me hallaba, oliendo de nuevo la tinta y el lacre quemado. ¡Cómo había yo añorado mi vieja y querida estampa! Acaricié los legajos y pergaminos queridos. No era, como es de esperar el gabinete del Rey en Palacio del Buen Retiro, sino una sala de biblioteca en la Fortaleza de Fraga, aún así, ¡qué bien olía!. Y que bien yo hallaba mi cuerpo, por fin bien bañado en una tina de agua caliente, y con ropa nueva que las camareras de su majestad bien habían dispuesto para mí. Como era de mi gusto, todas ropas nuevas de riguroso negro y con brocados, mangas bobas en los brazos y balona almidonada para mi cuello. Buenos calzones nuevos sobre unas calzas y un par de zapatos de cuero negro. La ropa de la sangre la tiré para que la dejaran pudrir o la quemaran, que nada quería yo recordar de todo aquello. Eso sí: no renuncio a mi espadín, ni menos a mi sombrero negro con su plumero, no lo dejo atrás por nada del mundo, un buen cepillado bastó para hacerlo lucir cómo el primer día en que me lo puse, como privilegiado que soy, en presencia de Su Majestad. Y en esos pensamientos me andaba cuando entró en la estancia su Majestad, el Rey Felipe IV. Me miró, y , a fe mía, que sentí cómo sonreía, de manera cálida, por dentro, y estoy seguro que lo hubiera hecho también por fuera de haber sido hombre de expresar gestos. Me miró a los ojos mientras se sentaba en un sillón:

Amicus fidelis, protectio fortis: qui autem invenit illum, invenit thesauru.

Esas palabras aceleraron mi corazón, la confianza que creí haber perdido de Su Majestad parecía serme de nuevo otorgada, saboreé cada una de aquellas benditas palabras, aún más solemnes, al provenir de la lengua clásica. Ni el mismísimo San Jerónimo, que dejó esta frase, y muchos otros tesoros recogidos en su Vulgata, podría haber encontrado mejor ocasión para usarla: “el amigo fiel es una fuerte protección, quien ha encontrado uno, ha encontrado un tesoro”.

Mis ojos se llenaron de lágrimas por la alegría, me quité el sombrero y lo sostuve entre mis manos, con un hilo de voz me atreví a terminar la frase entre sollozos. —"Amico fideli nulla est comparatio, et non est ponderatio contra bonitatem illius".—realicé una reverencia y añadí , aún llorando. —¡Majestad! Él me sonrió, esta vez de veras, incluso su descolgado labio de abajo pareció elevarse. —Por favor Primo, sabéis de sobra que podéis cubríos. —Su rostro se relajó al verme otra vez cubierto con el sombrero. — Cierto es amigo mío que a nada sois comparable y en nada es ponderable vuestra bondad. Algo inmenso sentí aflorar en mi pecho ante la redención otorgada por su majestad, hasta tal punto me sentí arrobado que di la espalda y simulé ordenar unos legajos para evitar que Su Majestad viera mi rostro en ese terrible e infantil puchero de niño llorón. Seguí escuchándolo hablar, allí tranquilo a mis espaldas. —Fue un duro trance el que vivisteis los días pasados, y creo que habéis aprendido bien de la experiencia. Por otro lado fuisteis osado y valiente en vuestra primera misión, junto a don Juan, dice que sois el mejor soldado que ha tenido hasta el momento. No daba crédito a lo que oía de su boca. ¿Yo vuestro mejor soldado?, ¡pardiez qué día más grande!, sentía crecer dentro de mí esa siempre menguada dignidad. Su Majestad me miró de arriba a abajo. —Habéis prestado un gran servicio, si aquellos malhechores se hubieran hecho con una información que me traíais en el carro, obtenida por mi fiel agente Petra, gran daño se hubiera hecho a la corona. Seguía yo allí, mudo y con la cabeza llena de pensamientos: entonces lo que fuimos a hacer a aquel palacete de Segovia fue más que una desvergonzada función

bufona...

cuantas cosas no sabía y me quedaban aún que descubrir. El Rey me miró otra vez. Veo que quedan bien nuevos ropajes, lucís bien, mi noble servidor. Y

habéis de lucir bien hoy, pues don Diego Velázquez os espera, bajad rápido al mirador, junto a la torre albarrana, que de buen seguro ya tiene bien aparejados sus

aparejos de pintura. —Pero señor ¿en serio? —¿Estáis acostumbrado a que yo hable de otro modo que no sea en serio? ¡Vamos! ¡Partid! y llevaos vuestros

útiles...

el libro de asientos, y algunos

más...

quiero

que parezcáis en el cuadro tal y lo que sois: mi noble amigo letrado. Sois libre de moveos a vuestro antojo, la entrada en secreto de anoche solo atañía a don Juan, aunque

él, con buen criterio, quiso instruiros en la entrada furtiva por si algún día es de menester. Yo no pude ni pensarlo, ante esa orden directa, plegué el gordo libro de asientos y amontoné sobre él unos manuales, también puse un tintero con su pluma para rematar el efecto, y así cargado me dispuse a salir, pesaban aquellos libros, más la emoción por ser retratado aliviaba el peso, miré a su Majestad antes de salir de la estancia. —¿Señor estáis seguro de no necesitarme? —Partid tranquilo Primo, hoy no pienso firmar nada, tengo que meditar cada paso, ¡está situación con los catalanes ya me está dando dolor de cabeza! Me inquietaron sus palabras, pero nada más crucé el umbral camino al mirador de la torre albarrana, mi cabeza se despejó y me aproximé a mi tocayo, don Diego Velázquez. ¡Qué buen hombre era!, que agradable su acento del sur, y que diferente su trato al de esos paisanos suyos tan descarados que un día me quitaron el sombrero. Él sabía lo que se hacía, me hizo sentarme y componerme de tal modo que favoreciera mi figura, y colocó los libros y el tintero de tal modo que muy alta y clara dejaba mi dignidad. Allí estuve todo el día, con algún descanso en medias. Don Diego Velázquez era minucioso, cuando cayó la tarde y la luz no era la misma dejó de pintar hasta el otro día, y a media mañana ya había terminado. Al menos la parte más seria, dijo que quedaba visto y que cuando secara podría darle algún remate. Yo le di las gracias, y a fe mía que siempre se lo estuve, pocos tendrían el privilegio de quedar inmortalizado por aquel buen sevillano.

Corpus de Sangre

Don Juan de Austria entró a la Biblioteca, directo y sin llamar, cómo el uso militar impone y solo me dirigió una discreta reverencia con la cabeza, a pocos subditos les permito tales modos, pero en privado, mi fiel Juan tiene licencias. —Majestad, ya he conseguido traerlo, aguarda a la entrada, junto a la guardia. —Haced que pasen. Entraron, dos alabarderos reales, cada uno agarraba por el brazo al reo, vestido de campesino, con camisa blanca en las mangas, pero rota y manchada de sangre reseca en el pecho, y cubiertos sus hombros por un chalequillo de cuero, su cabeza traía cubierta con esa especie de boina roja que los catalanes llamaban barretina. Uno de los guardias se la quitó de un cogotazo. —Descubríos, y de rodillas ante su majestad. Más que soltarlo, lo arrojaron al suelo, entre el sonar de cadenas, difícil le hubiera sido descubrirse, embarazadas como tenía piernas y manos de grilletes. Levanté mi mano hacia los dos guardias. —Podéis marchaos, aguardad fuera. El reo, aún de rodillas, elevó su mirada hacia mí, con aparente vergüenza. —Majestad, pido clemencia -con sus manos entrelazadas en rezo comenzó a llorar. Tenía un ojo hinchado y cerrado, su rostro se hallaba cruzado de parte por un

feo corte muy mal curado, su nariz estaba hendida por el corte y una costra negra la tapaba en gran medida, una de sus manos estaba hinchada y roja, parecía una quemadura de pólvora. Su pose, allí de rodillas, estaba volcada a un lado, era muy posible que tuviera costillas rotas, prosiguió suplicando. —Señor, perdonadme, no deserté ni fui traidor, temí por mi vida cuando todo estaba ya perdido, pero os juro que defendí España y también vuestro buen nombre, hasta que fuimos rebasados por aquella turba insurgente. Debí haber muerto, junto a tantos buenos soldados, pero así quedé malherido y tuve que escapar, cuando pólvora gasté y armas perdí. Que a muchos soldados persiguieron después y los degollaron con las hoces y también a otros servidores de Su Majestad, que sin ser soldados, también por enemigos fueron tenidos. —Podéis alzaos, ayudadle don Juan, ¡que se siente! Don Juan aproximó un sillón grande de madera con asiento de cuero, agarró del brazo al reo y lo acomodó, como pudo, sobre el mismo. Las cadenas parecían pesar más que él. Sentí compasión cristiana por él, en el ejercicio de mi cargo, he escuchado muchos embusteros y maledicentes que pretendían trocar verdades y hechos acaecidos a su conveniencia, pero aquel hombre no era uno de ellos. —Dadle agua don Juan -él le aproximó un vaso, que el reo bebió sin respirar. Don Juan volvió a llenar el vaso, que de nuevo fue vaciado por aquel soldado vestido de harapos. —Contadnos, ¿qué os pasó? —Mi señor yo estaba de guardia en el palacio del Virrey, y escuchamos un tumulto, tan grande eran los gritos que algunos nos acercamos a poner orden. Era una reyerta grande, donde varios magistrados, un oficial y sus soldados habían descubierto entre un grupo de segadores a uno de ellos, que era quien días atrás diera muerte a Montrodon, trataban de prender al asesino y sus compañeros segadores forcejearon hasta que de las manos pasaron a las armas. —Majestad— Interrumpió don Juan, para aclararme la cuestión- Montrodon era el alguacil encargado de instalar allí a los tercios, cuando empezaron los problemas con los vecinos hubo varias muertes, entre esas muertes la del propio alguacil. —Conozco la historia, he leído los informes, más de veinte muertos en un día. —Señor, he hablado con la gente, hay cosas que en los informes no constan, solo se ha contado los funcionarios reales. Bien es cierto que Francia ataca las fronteras del norte de los Pirineos, pero el pueblo hambriento entiende como igual de invasores a nuestros tercios, y no sin razón, ya que en muchos casos como enemigos se comportan. Elevé ligeramente mi mano para hacer callar a don Juan, no podía permitir que se me tratase con tal desfachatez, menos ante un soldado cautivo. Pero observé que el reo había perdido el conocimiento, reposaba exhausto, reclinado sobre uno de los brazos del sillón. Entonces bajé la mano y permití a don Juan continuar. —Como os decía señor, nuestros soldados, llegados a millares y acantonados en las ciudades no hacían otra cosa que causar disturbios y crear rencillas, aquello era un polvorín que estalló, por eso murió Montrodon, al que cogieron como cabeza de turco. Y las represalias, que los tercios tomaron después sobre el pueblo para vengar

esa afrenta, aumentaron aún mas el odio y animadversión

popular...

lo que ocurrió el día del Corpus fueron sólo los lodos provenientes de aquellos barros.

—Como antiguo soldado y mi actual oficial en la sombra, sabéis bien, don Juan ,que en la guerra pasan estas cosas. Cum finis est licitus, etiam media sunt licita. —Señor, si me lo permitís, y como oficial vuestro que soy, opino que no hay fines lícitos en lo ocurrido, que solo arruina la lealtad que aquel pueblo pudiera haber tenido hacia la Corona. —Cuando quiera vuestra opinión ya os la pediré, ahora despertad al reo y continuad el interrogatorio. —La pupila de los ojos de don Juan se empequeñeció, además mudó el gesto. Cuan fácil es saber lo que piensa el otro si se observan las expresiones de su rostro, y cuan grande ventaja es la que tenemos aquellos que nunca el semblante mudamos. Don Juan cogió la jarra de agua y la arrojó a la cara del preso, que abrió el ojo que útil aún le quedaba, e incorporó su postura sobre el sillón en la medida de lo posible. —Majestad, os vuelvo a rogar compasión. —Sus manos volvieron a intentar hacer gesto de rezo, pero quedó entorpecido por el estorbo de grilletes. Le hice un gesto a don Juan, quien, por medio de una llave, despojó al reo de grilletes en manos y pies, el reo suspiró de alivio, no así don Juan, al que advertí un leve movimiento con el que aproximó la mano a la daga que le pendía al cinto, quizá era un movimiento que ni el mismo notaba, pero que la costumbre y cautela le hacían tomar. Quedó allí, próximo, de pie, junto al soldado recién liberado, que ahora parecía reposar mejor sobre el sillón. —Contasteis que visteis un gran tumulto ¡proseguid! —Majestad -su ojo sano se abrió y miró lejos , pareciendo querer penetrar en el ánimo de aquel día- Lo vimos de lejos, un tira y afloja entre soldados, magistrados y un grupo de segadores. A uno de ellos se le quería prender, y los otros no los dejaban. Usaron los soldados las varas y entonces los segadores enarbolaron las hoces y guadañas. Se envalentonó el segador perseguido, e hizo amago de atacar a un guardia, entonces otro guardia con una espada le dio un tajo al segador. Todo lo demás fue de seguido, siendo fiesta del Corpus, como era, las calles estaban llenas y todo el mundo se puso del lado del segador herido. De los puños y las varas se pasó a los hierros: lanzadas y tajos de espada contra un bosque de hoces, guadañas y palos. Los nuestros eran pocos y los vimos desfallecer, todo eso pasó en un momento. Entonces abrimos fuego de arcabuz para intentar salvar a los nuestros. Cayeron muchos campesinos entre griterío, otros corrieron a refugiarse, pero pronto todos estaban repuestos y la ciudad entera contra nosotros. Que de todas las esquinas salían cortando gargantas y pisoteando españoles. Siendo, cómo ya he dicho que era, el día del Corpus, sacaron el cuerpo del Cristo a la calle y en él se ampararon los insurrectos, como una turba que gritaba ¡Viva la fe de Cristo! ¡Viva la tierra, muera el mal gobierno! Los arcabuceros nos replegamos hacia el palacio del Virey y allí formamos linea para seguir disparando, pero era inútil, tal era la masa de rebeldes que a cada disparo caía uno y parecían venir ciento a ocupar su lugar. Mi arcabuz me estalló entre las manos, algo que es raro que ocurra, pero que tuvo que pasar en el mas funesto momento. De todos modos la linea se deshacía y yo corrí cómo todos, como todos los que pudieron correr, porque otros ya eran agarrados por mil brazos y desollados vivos. La gente gritaba cada vez más cosas malas contra España, decían exaltados “¡Muera el mal gobierno de Felipe! ¡Viva Cataluña y los catalanes!” Me metí en una callejuela, dí varios quiebros perdiéndome por otras tantas, por doquier escuchaba grupos que iban a aporrear puertas de los que creían españoles o fieles al reino, entraban en tropel al saqueo y degüello, y los mataban celebrándolo, cual celebraban haber matado al Virey. Entonces, entre las sombras de una calleja vi un cuerpo caído, era un segador viejo, con piernas gruesas, cabello cano y grandes manos muertas, lo había atravesado de una lanzada alguno de los nuestros, lo supe por el boquete que mostraba en el pecho. Me quité el uniforme y me puse sus ropas. Su sangre y la mía se mezclaron. Ya con esa guisa y la gorrilla roja encasquetada, me

dediqué a correr, como uno más, en todo el tumulto. Topé con un tapón de gente en una calle, los segadores de un lado y un grupo de soldados que resistían al otro, me

llevé este tajo que me cruza la cara, aunque no se de que bando vino. Tapándome el ojo, que me pareció doler como el infierno, salí de la ciudad y me perdí en los campos, por allí anduve perdido varios días, caminando en la dirección hacia la puesta del sol, por alejarme de Cataluña, hasta ser arrestado por los soldados de su majestad. Cogí mi pluma y un papel —¿Cómo os llamáis y donde nacisteis soldado? —Al escuchar el apelativo, su rostro pareció alegrarse, a pesar de su horrible aspecto. —José Mendez, de Toledo, Su Majestad. —¿Queréis volver con los vuestros?, ¿a vuestra tierra? —No Majestad, no tengo ningún lugar al que regresar. —Vi en su ojo esa mirada, que no se ve en otro tipo de hombres salvo en algunos soldados, ya viejos y fogueados, tal cual lo es la mirada don Juan de Austria. Miré a don Juan y le tendí el papel firmado. —Que se reponga de las heridas y se incorpore a un regimiento en cuanto su salud lo permita. —Miré por última vez a aquel hombre, que se levantó del asiento y

caminaba ahora erguido, incluso parecía orgulloso de su dignidad reestablecida. Dignidad, honor, lealtad, y ninguna otra cosa que hacer en la monedas que pagaban a este tipo de soldados. Una suerte, ya que las monedas de oro escaseaban.

vida...

esas parecían ser las

Meditaciones del Rey

Cuan complicado es reinar, se me instruyó a ello desde pequeño, pero cuan complicado es. La carga recae sobre uno y ha de dar uno siempre su mejor imagen. Muchos maledicentes llamanme pasmado, pero es así como me enseñaron. Los Austrias debemos ser regios y recios. Nada puede escapar de mi faz que de pistas al enemigo. Por ello siempre me han compelido mis padres y preceptores a no mostrar nunca ira ni turbación, escuche lo que escuche y presencie lo que presencie. Ese es el efecto que un monarca ha de lograr ante su pueblo. La sensación de ser eterno, inmutable. El pueblo necesita creer en la solidez de su Rey, pues la firmeza del Rey

representa la firmeza del Reino y por tanto la estabilidad y la prosperidad de todos. Pero cuán difícil es esto. Todo en torno a mí persona ha de casar con la solidez, veo ante mí, sobre esta mesa de madera noble y robusta, cómo no podía ser de otro modo, mandamientos de pago, movimientos de tropas, informes de posibles conspiraciones, cartas de mis emisarios en lugares de conflicto. La solidez se acaba en cuanto vemos la turbulenta cuestión política: Portugueses que pronto pueden ser sublevados, Catalanes en armas que matan a mis mas fieles seguidores, los Andaluces a punto de estallar como un

polvorín...

aún recuerdo aquel primer día de mi despacho como Rey. Cuando conocí al Conde Duque de Olivares, que por entonces sólo era Conde, un hombre joven,

aunque mayor que yo. Él se encargó de instruirme, y , a pesar de que muchos digan que estoy en sus manos, eso no es así. Bien es verdad que se orientaron mis

políticas hacia su modo de ver, y que su memorándum secreto tuvo gran peso sobre mí,pero soy yo el que decide en última instancia los rumbos del reino, apoyado en

su cabeza y su manera ordenada y meticulosa de gestionar y estudiar el día a día de los reinos. No es dejadez la mía, sino toma de distancia, para ver todo el conjunto. Como dijo Julio Cesar Aquila non capit muscas. Por decirlo de otra manera, si esto fuera una batalla, yo me encargaría de la estrategia, y el Conde Duque de las tácticas. ¡Cuántas batallas enfrentamos en este momento!, todas amenazan con destruir la unidad de mi reinado, dudo ya de llamarlo mi Reino, ya que más bien son diversos Reinos los que pretenden no ser España. Aquí dudo si aquel memorando que secretamente me entrego Olivares no fuera demasiado ambicioso, quizá nos equivocamos. Lo tengo aún guardado, ha sido mi guía muchos años, aquí está, bien doblado y disimulado entre las hojas de esta, mi Vulgata de San Jerónimo:

(…) Tenga V.M. por el negocio más importante de su Monarquía, el hacerse Rey de España; quiero decir, Señor, que no se contente V.M. con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona sino que trabaje y piense con consejo mudado y secreto, por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla sin ninguna diferencia, que si V.M. lo alcanza será el Príncipe más poderoso del mundo.(...)

Tras pasar tanto tiempo persiguiendo estos fines, releo estas letras y siento dudas. Es tan difícil mantener estas premisas, tienen tan alto coste, en dineros y en soldados, que hasta los nobles se empiezan a sublevar por tantos tributos y levas de hombres que se les exigen. Del pueblo llano ni hablar, que de nada les sirve la firmeza en el Reino si sus familias flaquean y sus hijos pasan hambre. Son varias las voces que opinan que ese empeño por imponer a todos el estilo y las leyes de Castilla puede que haya sido una estrategia equivocada, más he de mantenerme firme o todo el Reino flaqueará.

Camino de Andalucía

Ha sido la vida un no parar este enano en tiempos de guerra, desde que entré bajo tutela de don Juan, al servicio en las sombras de Su Majestad. Ahora, y tras bajar junto a la comitiva de Olivares hasta Madrid, nos encaminábamos hacia tierras andaluzas para seguir indagando cuestiones sediciosas. Su majestad aún quedará un tiempo en tierras Aragonesas, dirigiendo la acometida para tratar de meter en cintura a Cataluña, y a un tiempo frenar la ofensiva francesa. Mi cabeza se confunde entre tanta tensión y conspiración, pero he de reconocer que mi vida ha dado un vuelco a mejor. Me encuentro de nuevo en camino, junto a don Juan, al encuentro de aventuras. Mi corazón se alegra, ya que pronto estaremos todos juntos, de nuevo con Petra. Y así seguimos, a lomos de la yegua de don Juan, pasamos la noche en una venta, donde don Juan y yo compartimos habitación, aunque no cama. A la amanecida volvimos a ponernos en marcha, por el Camino Real que va de Madrid a Sevilla por el Valle de Alcudia. Era aquel un paso agreste y pedregoso, con esa belleza de grandes piedras y cantos grises verdeados por musgos y yerbas de monte que tan bien olían en la mañana. Proseguimos buen trecho, y, justo antes de parar a descansar, sentí mis orejas elevarse. Entonces oímos ruido de riñas, más nada podíamos ver porque provenía de una zona umbría, en un cortado más abajo que escapaba a la vista. Don Juan paró la yegua y bajó de ella por delante, como un acróbata: elevando una pierna por encima de la crin del caballo y bajando de este modo por delante, no necesitó que yo bajara del la yegua. Buscó en las alforjas y sacó de ellas una manta.

—Tumbaos sobre la grupa de través —me dijo con premura y autoridad— Os cubriré cual si fardo fuerais, pero estad atento y ojo avizor— Me pasó unos agarres de cuero a modo de borlas que había en la grupa, de esos que eran corrientes en las grupas de las sillas de las gentes de campo, para que se agarraran bien las mozas en las romerías, cuando para no montar como caballero siéntanse de lado a la grupa. Así, bien agarrado, don Juan me quitó el sombrero, que dejó colgando de la silla y alineó mi espadín con mi pierna para que estuviera presto y no resaltara de la manta con que me cubría. Dispuso también, metido en el bolsillo de la alforja y al alcance de mi mano, un pistolón cargado y presto a ser disparado. Don Juan volvió a montar y allí detrás suyo quedé, lo mas quieto que pude, doblado sobre mi vientre, en la grupa de la yegua, que caminaba despacio meciéndome en un bamboleo que hubiera resultado agradable si la situación no fuera tan apremiante. Poco podía ver desde debajo de aquella manta, pero entre le vaivén de la manta podía atisbar de vez en cuando el camino. Don Juan llevaba las riendas de una mano, en la otra portaba el arcabuz recostado sobre una de sus caderas. A paso lento se aproximó al lugar, donde ya veíamos una hilera de carros de bueyes cargados de sacos, que eran rodeados por un grupo de menesterosos, mientras que los arrieros eran apaleados por estos sin piedad, uno de los carreteros yacía en el suelo con la cabeza abierta. No se apercibieron de nuestra presencia hasta que don Juan elevó la voz. —¡Alguacil Real!, ¡Bajen las armas! —pardiez que era locura esta de don Juan, enfrentarse sólo a este grupo, cuando además teníamos una misión secreta que más importancia que esto tenía, pero, cómo hubiera dicho Julio Cesar la suerte ya estaba echada. De entre ellos salieron tres que parecían valentones, y se aproximaron a la yegua, dos venían con lo que parecían lanzas y apuntaron a la montura, venían con el paso parejo, otro se adelantó apuntando con un arcabuz, que traía la mecha prendida, mirando a don Juan. La yegua resoplaba. El tipo del arcabuz apuntaba a la cara de don Juan y parecía dispuesto a disparar. —Vamos, soltad el arma u os destrozo la cabeza alguacilillo —Don Juan retenía a la yegua y nada decía ni movía un ápice su cuerpo, el tipo de la pistola se vio obligado a aproximarse aún más, mientras lo otros, con las lanzas agarradas por ambas manos las retraían hacia atrás como preparando lanzada contra la yegua. Vi el momento. En un suspiro agarré el pistolón y lo disparé, borrándole la cara al tipo armado, que calló de espaldas mientras la yegua se alzaba de patas y daba un brinco propio de rejones taurinos, esquivando las lanzadas. Yo caí al suelo, pero hice caída de bufón y casi no sentí daño. Me puse en pie. Vi cómo don Juan viraba el yegua sobre si misma y descerrajaba un tiro de arcabuz que plantó de espaldas a uno de los lanceros. Del otro me encargué yo, me agarré de su lanza con la diestra y una vez metido en su distancia y con el espadín asido de la siniestra le atravesé las partes nobles, cayó chillando mientras yo continuaba apuñalándolo donde buenamente me dejaban sus aspavientos. Recibí patadas y algún tirón de pelos, pero al poco, aquel hombre dejó de patalear. Mientras tanto, don Juan, haciendo molinetes con el sable de caballería cargó contra los salteadores, que estaban cerca de los carros, cortó una cabeza al vuelo y a otro lo derribó de un sablazo de arriba abajo que casi le descuelga el brazo desde la altura del hombro. Los salteadores parecieron entrar en pánico y se lanzaron corriendo fuera del camino, por la barranca abajo, algunos tropezando y cayendo rodando, todos bajaban alejándose presos de pánico, mientras los carreteros, repuestos, arrojaban piedras y maldiciones a los huidos. Miré mis manos manchadas y la sangre, que corría por mis mangas empapadas. Limpié la hoja de mi espadín con la capa del desgraciado al que había cosido a puñaladas, la hoja brilló plateada y limpia bajo el sol de la mañana, la miré un momento y la metí en su vaina. Elevé la vista, don Juan miraba las lanzas de los caídos. —Son puntas de picas de los tercios, al igual que el arcabuz de mecha. —Inspeccionó al arcabucero que yo había dejado sin rostro— Mirad, tiene colgando del tahalí unos paquetillos de pólvora y perdigón prestos para cargar rápido el arma, los soldados los llaman “los doce apóstoles”, en este caso sólo once, el que falta estaba en el arma dispuesto a bendecirme. —¿Eran soldados los salteadores? —Estos lo eran, lo sospeché desde que les vi acercarse con paso firme contra mí, tenían instrucción militar. El resto lo dudo, corrían como conejos cuando les dejamos sin estos cabecillas desertores. —Ha sido muy arriesgado, ¿no teméis por vuestra vida?, al menos podríais temer por la misión que encomienda el Rey. —Evalué la situación, no era tan peligrosa, yo contaba con buenas armas, armas secretas. Y ésta que hemos hecho es esencia de la misión: mantener la fe del pueblo en el Reino. ¿Habéis visto lo que ha ocurrido?, soldados sin fe y sin dinero, porque de seguro que ha mucho no se les paga. Tenemos soldados asediados por rebeldes en todos los frentes, gente que se bate el cuero cada día. Muchos mantienen la fe en el Reino, otros la pierden y se unen a las turbas de desheredados y desposeídos de esta España hambrienta, donde los grandes señores, que no pagan impuestos, llenan sus bolsillos vaciando los de otros y matando de hambre al pueblo. Es por eso que estos

bandidos se creen en derecho de

robar...

¿y a quien roban?: a estos pobres carreteros, que serán de los pocos que trabajan en España, de esas pobres gentes, que a pesar

de todo, mantienen la fe y luchan en el día a día para ganar su pan honradamente. ¿Si no muero por defender a esta gente por quién moriré? Si la fe de estos se pierde,

España estará perdida. —Miró a los arrieros, que afanábanse en reanimar a uno de ellos, un hombre mayor al que habían vendado la cabeza, otros cuantos se habían llevado unos palos, pero no paracía nada grave. Miré al suelo. El saqueador decapitado se había desangrado, mientras que el del tajo en el brazo ni sangraba ni se quejaba ya, alguno de aquellos carreteros le había partido la cabeza con un gran pedrusco. Uno de los carreteros, parecía el de más autoridad, nos habló. —Señores alguaciles, me llaman el tío Toño, soy el capataz de la caravana, bendita sea su llegada, les debemos la vida. ¿Se les ofrece algo?, ¿agua?, ¿vino? Por doquier se nos acercaron botas y pellejos de variados contenidos: agua, vino dulce, tinto, de todo probamos un poco, por no hacer feo y además por refrescar la boca que entonces yo ya tenía como un trozo de cuero viejo. Algunos arrieros revisaron sus bueyes y el cabecilla de todos ellos nos volvió a hablar. —No se si opinan vuestras mercedes que es mejor partir de aquí antes que este u otro grupo de desalmados vuelvan a atacarnos. —Tenéis razón —dijo don Juan— y, si lo permitís, viajaremos en alguno de vuestros carros, por dar descanso a la yegua, y de paso descansar un poco nosotros. —Eso será un privilegio para nuestra caravana señores, y por favor, vengan en mi carro, que habrá más sitio y además comeremos algo entre rodada y rodada. Fuimos junto al jefe de los arrieros a la primera carreta, aunque repleta de cachivaches, la carreta estaba más despejada que las demás, que parecía se fueran a hundir de los altos montones de sacos y fardos que transportaban. Don Juan acomodó en aquel carro todos los arreos y carga de la yegua, y nos sentamos en la bancada delantera, junto al tio Toño, que con una vara en la mano dio orden de avanzar a los bueyes. La fila de carros comenzó a rodar despacio por el agreste camino, entre la roca viva de la montaña y el desnivel del barranco. Atrás dejamos a los muertos sin dar sepultura ni honra de ningún tipo, que la cosa era de urgencia y bien podríamos ser nosotros los próximos muertos si nos descuidábamos. El arriero nos paso una bota de vino de la que el bebía, la cogí al vuelo y bebí algo, pero la pasé a don Juan. —Necesito agua tío Toño. —Claro que sí, alguacil, mirad detrás de vos, el pellejo grande está lleno de agua, si es lo que queréis, aunque no entiendo yo quien quisiera cambiar vino por agua — Soltó una carcajada haciendo chasquear la lengua.

Me di la vuelta sobre el banco y bajé al cajón del carro, donde abrí el pellejo de agua y la dejé caer sobre mis manos, las lavé de la sangre y después me lavé el rostro, y aclaré los cabellos, que empastados de sangre y tierra tenía. Una vez limpio sentí cabeza despejada. Miré entonces las mangas de mi chaqueta empapadas en sangre. Me sentía muy incómodo, me despojé de la chaqueta, esa nueva que su majestad me había regalado en Fraga para el retrato que me hiciera don Diego Velázquez. Cuan pronto había yo arruinado esta preciosa prenda. Quedé en mangas de camisa, las mangas también estaban algo manchadas, pero las remangué para no verlas. Tomé también mi sombrero, que atado a la silla de montar aún se hallaba y me lo calé de medio lado para evitar el sol. Una vez repuesto volvía sentarme en el banco, entre don Juan y el tío Toño, que me dio un cachete en el hombro. —¡Madre de Dios!, ¡Alguacil!, ahora parecéis más un arriero que un alguacil real. ¡Y será mejor para el sol que ya empieza a apretar! —Diego, podéis llamarme Diego, no me digáis alguacil.

—Pues lo sois y de los buenos, ¡quién iba a pensar los fiero que

sois!...

con el aspecto calmado

y...

—se interrumpió y arreó a los bueyes para cambiar el tema, ya

que parecía metido en un aprieto a causa de su ligera lengua. —Calmado y menguado, no os preocupéis, yo me conozco mejor que vos, y no me ofendo. —Pardiez que mi bufonería me estaba haciendo efecto, en verdad no me había ofendido aquella insinuación que tiempo atrás me hubiera hecho retar y reñir con cualquiera, cuando reñir no sabía. —Tío Toño, no me alaga lo que ha pasado, no me enorgullezco de haber matado a esos dos hombres. —¡No eran hombres!, ¡eran bestias!, ¡nos dijeron que nos sacarían los ojos de la cara si en los carros no hallaban algo de valor! ¡Y a fe mía que lo hubieran hecho de no haber intercedido vuestras mercedes! —¿Qué pasó? —Nos emboscaron, vimos a dos hombres sentados a la sombra de un arbol, descansando, cuando llegamos a su altura nos pararon pidiendo subir, diciendo no tener fuerzas para continuar, uno de ellos simulaba cojera. Tenían aspecto pobre, aún así les pedí dinero o trueque, por poco que fuera. Nadie hace nada por nada, ¡y menos nosotros!, que nos jugamos la vida, cada moneda la ganamos con sudor y cada cosa la pagamos. Entonces de detrás de las piedras salieron en tropel y echaron mano a

los carros. Los tres jefes eran muy recios y les mandaban a todos. Como me habían visto a mi negociar el precio, sabían que yo era el capataz y vinieron a mi con las lanzas. Nuestra gente se defendió, acostumbrados estamos a pícaros y bribones, y no nos dejamos amedrentar a la primera. Aunque estos tres que digo, y que bien matasteis, no eran bribones cualquiera. —No lo eran —apostillo don Juan— Sus armas y modos son de los tercios, de seguro eran desertores que pretendían formar su propio ejército de ladrones. Ningún lugar mejor que la Sierra Morena para hacerlo. —Vuestra armas tampoco quedan cortas —dijo el arriero— Nunca vi disparar un arcabuz desde un caballo, además no tenía prendida la mecha, ¿cómo hicisteis aquello?, creo que eso los pilló de sorpresa. —La primera sorpresa la dio Diego, y con eso gané tiempo. Mi arcabuz es alemán, al igual que la pistola que disparó Diego, es de un funcionamiento nuevo, tiene una rueda como de reloj en su interior, es una rueda de chispa que prende la pólvora cuando aprieto el gatillo. Así no hace falta mecha encendida. Cada vez es menos sorpresa, pronto se extenderán estas armas y muchas otras, ¡a la hora de encontrar formas de matar el ingenio nunca para! —Sí señor —dijo el tío Toño— ¡hay tantas muertes!, y más que nos afanamos en hacerlas, que somos perros hambrientos y nos matamos por unas migajas, ¡y

mientras tanto hay otros

que...!

—Se calló de nuevo, como arrepentido de lo dicho, pero don Juan continuó.

—Comprendo vuestra indignación, pero sabed que el buen Rey Felipe IV vela por el pueblo llano. Las guerras son duras y en periodo de guerra siempre hay penurias y calamidades. Lo habéis visto, tres desertores son capaces de hacer estragos entre el pueblo desvalido y quitarles el fruto de su trabajo, pero son millares los que, junto a su Majestad, defienden las fronteras y están dispuestos a morir por defenderos. Y hoy lo habéis visto, nosotros, fieles del Rey, hemos arriesgado la vida, enfrentados a un enemigo que nos superaba, y que de buen seguro hubieran causado vuestra ruina. —Si señor Alguacil, tenéis mucha razón, perdonad mis palabras, es cosa de lo que se habla siempre, y que uno repite sin pensar. ¿Queréis más vino? —alzó la bota de nuevo y esta vez y ola agarré al vuelo. El tinto rojo caía a chorro desde el pitorro de la bota, su frescura y sabor joven me hizo olvidar la amargura de la sangre.

Venta del Pringue

Tras dos días de camino con los arrieros, en los cuales aprendí tipos de insultos y blasfemias que harto provechosas me serían para el ejercicio de mi oficio bufón, nos aproximábamos al cruce de caminos. Allí este camino real se separaba, un ramal se dirigiría a Córdoba, que era el destino del tío Toño y sus arrieros y otro a Sevilla, donde nos dirigíamos con don Juan. La parada obligatoria antes de continuar hacia uno u otro lado era la Venta del Pringue. Dejamos los carros allí, donde un centinela del ventero siempre los vigilaba, y entramos a la venta, que hacía honor a su nombre. Un suelo negro de roña parecía no haber sido limpiado nunca y unas mesas de madera basta, cuya superficie se quedaba pegada a las manos de tanta cosa derramada y no recogida en años. Suerte que yo llevaba las mangas remangadas, don Juan hizo lo propio. Al tío Toño y los suyos nada pareció importar, sentíanse en el lugar como en casa. Jarras de cerveza y tazones de sopa de ajo comenzaron a servirnos el ventero y su hija, una fea jovencita que bajaba sus ojos por mor de no mirar a nadie a la cara, aunque sus ojos se cruzaron con los míos, al estar yo más bajo del nivel habitual. Aproveché para hablarle. —¿No tendríais un cojín? —era a todas vistas la única manera de poder comer y beber a gusto aquella noche sin llamar demasiado la atención de estos y otros arrieros que concurrían la venta, además de varios pastores, que más rudos aún que los carreteros parecían. La chica volvió al momento, sin un cojín, ¡qué osadía la mía de pensarme aún en palacio!, sino con un áspero serón de esparto que dobló en cuatro veces, el caso es que sirvió, a pesar de pincharme en las piernas, para su cometido. De seguro don Juan había untado bien al ventero, para que , cómo agradecimiento a los días de viandas que nos ofrecieran los carreteros, sirviera la sopa de ajo bien sustanciosa, venía cada una con un huevo cuajado dentro. ¡Qué delicia sentí en mi boca!, aquella tibia sopa que me fortalecía con su calor y sabor haciéndome asentar por dentro y la suavidad del huevo que parecía mitigar mis amarguras. La cerveza estaba tibia, era amarga y consistente, después de tantos días de escasez, pan duro y lonchas de tocino, se agradecía todo aquello. La pringue circundante podía pasarse por alto, incluso se toleraba bien, viniendo acompañada te tales cosas reconfortantes. La algarabía subió en la venta, giré mi cabeza y vi a dos hombres, uno viejo y uno joven, el joven tocaba un flauta, mientras el viejo con una varilla daba toques a una cabra a la que hacía subir a un leño muy fino puesto de pié. La cabra parecía equilibrista, los arrieros rieron, más los pastores estaban levantados de sus asientos aplaudiendo con lágrimas en los ojos. Los aplausos y voces mudaron cuando la vieron entrar, ¡era Petra!. Venía vestida con falda larga y velos de colores, la cabeza cubierta por un pañuelo del que colgaban monedas, todos la miraron, salvo los pastores, que seguían con sus miradas fijas en la cabra prodigiosa. Dio varios giros sobre si misma, haciendo movimientos de cintura y elevando sus velos a la vez que tocaba una pandereta. Todos la miraban en silencio. Cuando se cansó de girar al son de la flauta que tocaba el joven, paró en seco y dio un toque final a la pandereta, que comenzó a pasar por toda la concurrencia, que dejó caer alguna monedilla para pagar a los artistas. A todo esto, la cabra permanecía inmutable sobre el tronco al igual que el anciano domador, que parecía una estatua con vara de mando al ristre. Don Juan me hizo gestos que entendí al vuelo, no di señas de conocer a Petra ante los carreteros. Nos despedimos del tío Toño, que estrechó mi mano y dijo:

—Saldremos a la amanecida hacia Córdoba, nuestros caminos se separan, id con Dios, os debemos una alguaciles. —No es nada -le dije- es nuestro deber. —Pero la vida es larga, y el mundo un pañuelo —terció don Juan— Quizá algún día podáis devolver el favor. —Contad con ello —el Tío Toño se llevó la mano al corazón con la máxima solemnidad de la que era capaz en aquel ambiente regado de alcohol. Salimos del comedor con uno de los carreteros, que nos ayudó a descargar nuestras cosas del carro y nos ayudó a acomodarnos en una habitación mugrienta, iluminada por un mortecino candil, que don Juan había alquilado para la noche. Eran dos jergones con mantas viejas, todo parecía concordar con el estilo reinante el la Venta de la Pringue. Por suerte no había bichos y estaba ventilada con una ventana. En cuanto el mozo se despidió y cerró la puerta, don Juan se encaramó al pretil de la ventana. ¡Pequeño amigo atrancad la puerta por dentro!, ¡me voy a buscar a Petra! su carromato anda por ahí atrás. Mañana al amanecer, cuando todos hallan partido os vengo a recoger. Ahora dormid tranquilo. —Lo ví descolgarse de la ventana y desaparecer.

En carruaje de gitanos

Había descansado, a pesar de todo, había descansado. Después de noches en el camino, durmiendo al raso entre carreteros y mulas, el dormir en aquel jergón bajo

techo y solo, me había sentado cómo si en un palacio hubiera dormido. Desperté a los golpes de don Juan en la puerta, él también parecía más joven, traía una sonrisa que no se le borraba de la cara y una luz en sus ojos fuera de su habitual mirada sombría. —Vamos pequeño amigo —dijo echándose a un hombro la silla de montar y las alforjas— Recoged vuestras cosas y partamos de manera discreta. Montamos las cosas en la trasera del carromato, y al subir nos encontramos con Petra y una mujer mayor, iba vestida con ropas de campesina, mas destacaba mucho el colorido delantal de flores que vestía encima de las ropas pardas. Era una mujer morena y de pelo negro muy brillante, de sus orejas colgaban dos grandes aros.

—Esta es mi tía Amalia —sonrió Petra, en nada encontraba yo parecido familiar, pero “cosas

veredes”...—

La tía Amalia me sonrió dejándome ver su dientes

blancos. —Y tú serás Diego, el enano valiente que me cuenta mi sobrina ¿no muchacho? —Diego de Acedo, a su servicio señora —Me quité el sombrero y le hice reverencia. —¡Mira niña que resalao!, ¡y que educaito está! —La tía Amalia se llevó las manos al pelo y soltó unas carcajadas, yo fruncí el ceño. —Tía, ¡ya está bien!, que don Diego es un caballero de la corte y no acostumbra a estos modales. —Ay niña, ¡que sí!, pero que no he dicho na malo, perdóneme usted don Diego, que es que yo no me ando mucho con castellanos, estamos todo el día en los campos, de arriba a abajo, trabajando en lo que se puede y vendiendo. —Me enseñó una canasta a medio hacer y continuó trenzando las puntas de junco mientras hablaba— Que si con la cabra allí, que con las canastas al mercado, la buena ventura a algún señor, que se paga muy bien la buenaventura pero ¡eso sí!, con mucho cuidao que hay mucho mal angel que le buscan a una la ruina y la tratan de bruja sin serlo —Miró de reojo a Petra, que se hallaba también afanada en hacer una canasta — Mírala a mi criatura, la recogimos de chica, que venía como un animalito, sucia y canija por el campo, y es que los canallas desprecian a la gente que no son como ellos y abusan mucho. —Tía déjalo, sabes que me pongo triste. —Si niña, pero este castellano se tiene que enterar de lo que nos pasa. ¡Que somos gente mu respetosa y no es justo que nos traten como animales! —Creedme señora Amalia, que conozco en carnes propias esos agravios que sentís. —Y ni nuestra palabra vale para ellos: que no podemos ni hablar en un juicio porque se piensa que no somos gente de palabra confiable. ¡Malditos sean to los gachones! —Ya está tía, ¡ya!, que te enciendes y don Diego no tiene la culpa de nada. —Sí, es verdad muchacho, no le hagas mucho caso a esta vieja. Pero válgame el cielo que no me acusen a mí de bruja, con lo devota que soy al Santo Cristo de la Luz de Alcudia. —Tía Amalia se echó mano al cuello, y sacó una gruesa cadena de oro de la que pendía una imagen, de también de oro macizo, del cristo crucificado— Soy cristiana vieja y más devota que muchos castellanos ¡por el Cristo de la Luz! —Guiñome un ojo y besó el crucifijo de manera muy sonora, después lo dejó de nuevo caer dentro de sus ropas cómo al descuido— ¡Y la pena tan grande que tengo yo ahora por mis tres hijos!, los mayores, que se los han llevao esos canallas, ¡Válgame el Cristo de la Luz! —Diego, venid aquí delante. —Don Juan me llamaba desde la delantera del carro, algo que me resultó de gran alivio, ya que andaba yo un poco cansado de escuchar la palabrería de aquella pasional mujer. Sus razones de estar indignada tendría, aunque no había razón para que las pagara conmigo. Saltando entre cachivaches llegué a la delantera del carro. En el asiento primero y a las riendas estaba don Juan, mientras a su lado el muchacho tocaba con la flauta una canción melancólica. —Es normal su situación, el pueblo gitano lo está pasando mal, hace poco en una redada prendieron a todos los varones gitanos jóvenes para meterlos en galeras y que apoyarán la ofensiva en Cataluña. Éste se ha librado, pero de sus hermanos nada se sabe desde entonces. El chico ni me miró, seguía cabizbajo, tocando su flauta con las manos morenas y los ojos caídos. Delante nuestra iba otro carromato, de seguro que conducido por el anciano que la noche anterior vimos en la Venta de la Pringue. La cabeza de una cabra que se asomó entre el cortinaje trasero para mirarnos confirmó mis sospechas.

En las cuevas

Casi a la anochecida llegamos a unas covachas, veíanse de lejos como pequeños bocados llenos de luz naranja en la falda de aquellos terrosos montes. —Esta es nuestras casa, bueno, nuestra casa cuando nos estamos parados, que mucho tiempo lo pasamos en carro. —El muchacho sonreía, perecía haber aumentado su ánimo a lo largo del paso del día. Yo había quedado a su lado, mientras don Juan había bajado y montaba en su yegua adelantándose un trecho de cuando en cuando. Ahora que se había despojado de su jubón negro y que la espada cruciforme de Santiago no aparecía bordada en su pecho, parecía más un gitano, ya que se había colocado un pañuelo a la cabeza muy a la usanza de ellos. Pararon los carros, y quedamos rodeados de chiquillos, niños y niñas que, en cuanto Petra bajó ,se pusieron a jugar con ella. Más cuando vieron me a mí bajar del carro, todos se me arremolinaron riendo y tocándome palmas como queriendo que yo me arrancase a bailar, miré turbado a mi alrededor y de aquel aprieto me sacó la Tía Amalia manoteando al aire. —Venga niños, ¡Cada uno pa su cueva!, y dejarse de tonterías con el señor Diego, ¡que es un señó mu respetoso! Caminamos hacia una cueva donde una muchacha morena nos esperaba con los brazos en jarras. Era de la edad de Petra, esbelta, aunque de caderas anchas y bien formadas, que destacaban bajo aquella falda larga que caía hasta el suelo, tenía los pies descalzos y sus rizos morenos recogidos por un pañuelo colorido, aunque una de sus orejas estaba al aire libre y de un mechón de cabellos rizados caía tras ella adornado por una rosa que parecía caer del pelo, pero que no caía. Cubría sus hombros con un chal rojo, que en algunos puntos parecía brillar a la luz de las candelas. Me miró con sus ojos que parecían cristales de negro azabache. ¡Pardiez qué gitana! —¡Lucía! —gritó Petra, que se acercó a ella corriendo y la cubrió de besos — Mirad don Diego, ¡esta es mi hermana!, ¿se ha visto en la tierra una gitana más guapa?

—Cierto es que yo había visto pocas, pero de seguro que no había otra, recordome a la Sherezade de los cuentos morunos de las mil y una noches, esa que por no morir, cada noche inventaba una historia que contentaba a su captor. Me quité el sombrero y le hice reverencia y media, muy bien lucida, cómo ella había de merecer. —¡Míralo que enano más listo!, ¡Tan gracioso y resalao!

Ya estaban otra vez con lo de enano

gracioso...

¡Maldito mi sino de enano malnacido!, por suerte nadie se rió y la chanza paró pronto, el niño Manuel se acercó a su

hermana y le dio en broma con una fustita que llevaba en la mano. —Niña un respeto a don Diego, ¡que no es enano! ¡que es chico! —Manuel se giró hacia mí— Toma esto don Diego, la he hecho para ti, si la gente os ve con la vara, os tomaran por lo que sois: un hombre de autoridad. Agarré aquella varita, tenía el tamaño de un codo, había visto al chico afanado todo el día pelando y labrando una ramita de avellano y después recubriendo uno extremos con cuero como mango y en el otro colocar una pieza con flecos, de cuero también. En nada podía yo imaginar que, aquel taciturno chico, estaba creando para mí un elemento de rango, que a modo de distintivo me serviría entre los su pueblo para ahorrar explicaciones y evitar recibir burlas. Pasando a ser tratado como hombre a respetar, en lugar de como a un monstruito enano. No volví a tener problemas en toda la noche. Nos acercamos a la entrada de la cueva, donde un caldero ardía sobre una candela. La hermosa Lucía repartió cucharas de madera y apartó la caldera del fuego, mientras Manuel sacaba de la cueva unas sillas bajas de madera con asientos hechos de palma trenzada. Yo me sentí muy cómodo, más que en cualquier comida habitual, ya que, a pesar que para los demás eran un poco bajas, para mí aquellas sillas tenían la altura ideal. —La Tía Amalia elevó la voz — ¡señores!—dijo— Aquí no hay otra cosa, aquí cuchará y paso atrá. Metió la cuchara directa a la hoya y se la llevó a la boca. Y ya veréis como sus gusta el potajito gitano. Realmente gustoso estaba aquel guiso, tenía garbanzos y berzas, además de algún trocito de tocino, chorizo y morcilla. Los maledicentes podían inventar muchas cosas para acusar a estas buenas gentes, pero desde luego, y a las comidas me remito, no podía de ningún modo acusarse a los gitanos de moriscos ni de judeizantes. Fue un verdadero disfrute comer entre aquellas gentes, los niños se acercaron de nuevo, aunque más tímidamente, al verme con una cuchara en una mano y la fustilla en la otra. Rondaron por allí algunas vecinas, gitanas morenas, que a la luz de las candelas más bellas y misteriosas lucían. También algunos viejos, con sombreritos de palma trenzada, los que no llevaba fusta, llevaban un bastón. Recaí entonces, con cierta tristeza en la falta de hombres jóvenes. Lo comenté a don Juan por lo bajo y él me respondió más bajo aún. —Así es, una medida extrema, las cosas en Cataluña se ponen difíciles, con los franceses y los propios catalanes tenemos cuitas. Todos los hombres gitanos en edad útil han sido reclutados a la fuerza como remeros para las galeras de guerra y carga. Las galeras en tiempos de paz son un castigo peor que la carcel: los remeros, encadenados y a golpe de látigo desfallecen de hambre, muchos mueren enfermos, ahogados por sus propias heces. Podéis imaginar el suplicio que supone eso para esta gente tan libre, y ahora en tiempos de guerra, quien se resistió a ir fue muerto en el acto. No saquéis el tema aquí, que bastante penan ya por ello. Pasé el resto de la cena triste, buscando con la mirada al anciano de la cabra. Pregunté por él a Manuel. —Padre está con mucho mal bajío en lo alto, desde que se llevaron a mis hermanos está que ni habla con nadie, y nada más que come solo y muy poco. Está muy

malo y casi que no duerme. Es duro para un padre de familia ver que se llevan a los tuyos y no poder hacer nada, el tío Curro le pegó un palo a un guardia y lo mataron, allí abajo, donde el algarrobo, nadie podía hacer nada, las mujeres agarraban a los maridos, pero les pegaron, eran muchos los guardias. Estuvieron muchos días rondando por los campos para coger a los escapados, al final los cogieron a todos y se fueron diciendo que volverían a por más. —No te preocupes Manuel, si la armada ya ha salido no hay más apuro, y verás como tus hermanos volverán. Sentí sobre mi hombro la mano de la tía Amalia. —Anda don Diego déjame ver tu mano, que te veo que por fuera pareces alegre, pero que estás mu triste por dentro. Sin saber lo que me hacía le mostré la palma de mi mano derecha, pero ella agarró la izquierda.

—Esta es la que se lee, por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos

Señor...

—La tía Amalia parecía transformada, allí, en medio de todos, había

enfrentado su silla a la mía y me miraba con ojos graves, mientras agarraba la palma de mi mano izquierda boca arriba y, con sus dedos índice y pulgar izquierdos cruzados, hacía la Señal de la Cruz sobre mi mano. Los demás parecían cada uno a sus afanes, como acostumbrados a que tía Amalia agarrara la mano de buenaventura a cualquiera. Unos hablaban bajo en corro, otros continuaban comiendo, los niños jugaban metiendo pequeños palitos en las candelas y sacándolos convertidos en pequeñas teas que agitaban al aire. Y mientras, tía Amalia, había terminado la oración y ahora acariciaba de manera suave las líneas de mi mano. — Niño, ¡tú has sufrío!— continuó fija en mi mano, mientras sus dedos seguían acariciando— ¡Tú has sufrió mucho!, ¡ay! ¡angelito chico! —Entonces soltó mi mano y acarició mis mejillas, mientras las lágrimas afloraban a sus ojos.—Con lo que tú querías a aquella mujer, ¡y la mala muerte que tuvo! Yo sentí mis orejas elevarse y mi corazón encogerse, retiré la mano y la refugié bajo mi axila, sin intención de dársela de nuevo a esa mujer. —Niño, mira que yo se lo que hago, y que a ti te hace falta que yo te ayude. ¡Me lo dijo mi buen ángel de la guarda!: que tú eres un ángel chico y el Señor te quiere bien. Asín que escúchame lo que te voy a decir. La gitana, cuyos ojos parecían arder reflejando el fuego de candelas, metió su mano en un bolsillo del delantal y sacó algo. Era una baraja de cartas, muy gorda, de esas enteras que tienen también las cartas de los triunfos. Vi que ella las barajaba dejando a un lado un taco grande y separando los triunfos. Entonces barajó los triunfos y los abrió como un abanico, poniéndolos boca abajo delante mía. —Venga ángel chico, coge cinco cartas y deja que el Señor te ayude. Con la mano temblorosa saqué cinco cartas boca abajo, tía Amalia las agarró y barajó mientras rezaba un padre nuestro. Después las colocó sobre su delantal, cuan si el mismo fuera una mesa. Las puso en forma de cruz, todas bocabajo, una carta era el centro y el resto eran el brazo largo el corto de la misma. Sacó la cadena de oro que pendía de su cuello y besó la imagen del Cristo crucificado. —¡Que el Santísimo Cristo de la Luz me guíe!, a ver niño, ¡mira!, esta es como la cruz del Cristo. El palo largo que va de abajo a arriba es tu alma, lo que tú haces por tu salvación, o tu condenación, en el otro mundo. A todos nos toca más pronto o más tarde vernos en juicio con nuestro Señor. Y el palo corto, que va de un lao pal otro, es tu cuerpo mortal y lo que haces con él en la vida que te ha tocao, que a muchos les parece que es lo único que son, pero tarde o temprano este cuerpo se muere y acabamos en el hoyo. Por eso tú no te apures, que aunque tu cuerpo es mu chico, tu alma, que es la que dura pa siempre, la tienes mu grande, lo había visto mi ángel y ahora lo he visto yo, ¡Mira!

Sus ojos parecieron abrazar los míos y, llevado por su mirada, contemplé cómo ella daba la vuelta a la primera carta del palo corto. —¡El Carro! es un carro que trajo guerra, tú estabas mu tranquilo con tu vida y entonces te llegó un algo que te cambio la vida, un algo que te traía guerra y te viste metío en reyertas sin tú quererlo. Mis orejas volvieron a elevarse, abrí los ojos y asentí, queriendo saber más. Entonces tía Amalia levantó la carta de abajo del palo largo. —Mira como se quedó tu alma, como el Loco, míralo andando a lo loco, con los perros que le muerden como remordimientos y un hato de cosas que son una carga, que no le deja avanzar en su camino. Y asín perdío entre los remordimientos y con la carga a cuestas te sientes cansao y no sabes dónde van tus pasos. Algo se encogió en mi corazón, respiré hondo, ¡quería saber más! —Mira ahora el final del palo corto —giró la carta despacio y apareció una rueda— La Rueda de la Fortuna, que unas veces está arriba y otras abajo y se revira sin parar, esta es buena para ti, porque de todo lo malo que estás pasando se te volverá a lo bueno, como está en el palo de tu cuerpo, esto lo verás en esta vida: que de la guerra sacaras la paz, y de tus amarguras vendrán alegrías. Estas palabras de la gitana me tranquilizaron un poco, pero sentía yo por dentro el gusanillo de querer ver más, Amalia no necesitó que le pidiera, dio la vuelta a la carta más alta del palo largo. —¡Míralo!, ¡qué bien!, si mi ángel tenía razón, ¡que tú tienes buena estrella angelito chico!, te ha salío el Mago, una buena carta para tu alma. Míralo ahí, de pie, dueño de sí mismo y manejando sus herramientas. Esto es bueno, mu bueno niño, porque vas a pasar de estar como un loco perdió a estar como un mago sabio y haciendo lo que tu quieras. Sentí que en mi cara se dibujaba una sonrisa y entonces Amalia me la borró con una advertencia. —No te rías, que todavía falta lo más importante, la carta de en medio, la que lo junta to, esa que hará que de una vida de muertes y reyertas pases a otra donde te brille la buena fortuna y también que tu alma deje los tormentos y se sienta sabia y tranquila. ¡La carta de en medio lo dice to! —el fuego de sus ojos pareció arder con más intensidad, dio la vuelta a la carta y lanzó un grito —¡Ay omaita!, ¡Santo Cristo de la Luz! Mis orejas se elevaron mientras y observaba a aquella mujer que de santiguaba una y otra vez. —¿Qué pasa tía Amalia? —Que te ha salío el Emperador, pero ha salió revirao del revés: ¡Eso es un mal fario!, ¡el peor de to los bajíos! —¿Por qué? —Mi corazón latía fuerte.

—El Emperador es el hombre más importante, el que tenga más respeto en tu vida. Eso con la carta boca arriba es que, si fueras por un poner gitano, que te llevas bien con tu patriarca o con tu abuelo y entonces tú te arrimas a él y el te da to su favor y tu entras en el triunfo. Pero revirao boca abajo es que te repudia o que lo que es peor, que tú te enfrentas, le faltas el respeto y to lo pierdes. —Su ojos de fuego parecían atravesar los míos— ¡Y eso es un bajío mu malo!, pa un gitano y pa un castellano, que siempre se ha dicho ¡la familia lo es to!, no hay na más feo que faltarle el respeto a un padre. –Pardiez, tía Amalia, ¿qué va a pasar entonces?

—¡Lo que tenga que pasar!—dio varias palmadas al

aire—...

eso es lo que pasa siempre.

—Me dejas igual —Es que eres tú ahora el que se tiene que averiguar las cosas, es cosa mu rara la que pasa: que para ganar en tu vida y liberar tu alma tengas que perder el favor y el respeto de quien más respeto te impone. ¡Y eso te va a pasar!, quieras o no, ¡te lo juro por esta! —Sacó de nuevo su crucifijo y le dio un beso. —Y ahora vamos a dormir, que mira, sin darnos cuenta ya se ha ido to el mundo y las candelas se están apagando. Yo traté de articular palabras, una última pregunta, pero un nudo en mi garganta lo impedía. Tía Amalia me señaló con un dedo y lo hizo oscilar ante mí en signo de negación. —Y tú no te preocupes ya más, que pase lo que pase, eso ya está escrito en el libro de la vida, como decían nuestros antiguos, los primeros calés que vivían en Egipto. Y eso me parecía aquella mujer en la noche, una sabia o sacerdotisa que me hubiera leído el libro de Thot. Entré en la cueva, a dormir con los demás, sintiéndome cómo un iniciado, cual Pitágoras cuando fuera a estudiar con los sabios del antiguo Egipto. Cabeza pretenciosa o soñadora la mía, el caso es que esa noche sentí que algo empezaba a cambiar dentro de mí. A la mañana siguiente cargamos la carreta de Petra. Don Juan, en un taller de fragua alojado en una de las cuevas, había herrado a la yegua con herraduras nuevas. El viejo gitano fragüero conocía bien su trabajo, aunque echaba de menos los fuertes brazos de sus hijos y veía pronta la ruina si ellos no regresaban. La tía Amalia salió con don Juan de, iba diciéndole algo por lo bajo. —Ay señor Juan, que por favor intercedan ustedes por nosotros y nos traigan otra vez aquí a los hombres, que cuando no estamos todos, la familia se muere. Nos morimos de pena y nos morimos de hambre, pero de pena nos podemos morir más deprisa todavía, que mira a mi marío, que ni salir a despediros quiere. ¡Con lo formal que ha sío siempre, tan cumplió y respetoso!, que parece muerto en vida desde que se llevaron a los muchachos. —Haré lo que pueda, ya se lo dije a Petra en cuanto la vi, enviaré mensajes y trataré de que salgan libres pronto, pero mi influencia es limitada, por favor no lo contéis a nadie, que lo que pueda hacer por los tuyos, no lo podré hacer por todos. —¡Que no!, que yo me callo y no se lo digo a nadie, ¡por esta! —y besó otra vez su crucifijo. Petra y yo montamos al carro, por no querer alargar la despedida, saludé al niño Manuel, elevando la fustita que él me había regalado. Mis ojos se recrearon en las torneadas formas de Lucía, que volvía a mirarme con los brazos en jarras y esos ojos grandes de misterio, Amalia me sacó de mi ensoñación dedicándome unas palabras:

—Adiós angelito chico, ¡y no te orvide de lo que te dije ayer!, que en eso tan

enrevesao...

¡en eso tienes tú los triunfos!

Las ruedas de la carreta comenzaron a girar, mientras don Juan caracoleaba con su yegua a nuestro alrededor, parecía que la yegua estaba ansiosa por ponerse otra

vez en camino. Y así partimos a continuar en la misión del sur.

En Medina Sidonia

—¡Pardiez!, ¡qué ciudad más bonita!, con sus casitas blancas encaladas que dan aspecto de limpieza y esas flores que cuelgan de las ventanas y llenan de alegría. ¡Medina Sidonia!, una ciudad que parece de la morería, con callejas estrechas y blancas como la nacar, de tan encaladas que están, y enredaderas, y alcorques que riegan los naranjos. Así ibamos, como en un cuento, embelesados con el olor a flores en el amanecer de aquellas calles, que no nos dábamos cuenta de que íbamos cuesta arriba ya que íbamos montados en la yegua, él a las riendas y yo en la grupa, íbamos entretenidos en mirar hacia arriba, el castillo imponente del Duque de Medina Sidonia, que se elevaba en la montaña por la que se trepaban las casas. Petra había quedado abajo, cuidando del carro y de las bestias, estaba cansada de tantas funciones como realizamos la jornada anterior. En tamaña fiesta estábamos, que era una de las más grandes ferias de ganado y a pesar de que el hambre, las guerras y privaciones había

menguado las asistencias y eran menos las cabezas de ganado y menos las gentes que venían, aún así el prado al pie del monte sobre el que se elevaba la ciudad era un hervidero de gente, a la feria del ganado venían también múltiples comerciantes de cueros, arreos, comidas vinos y por doquier aparecían puestos y tiendecillas donde los asistentes daban gusto al paladar. Allí quedó Petra, que traía el carro lleno de cestería y la vendía con su particular gracejo. Llegamos a la parte del castillo que se conoce cómo "Las Caballerizas del Duque" y allí, tras enseñar don Juan al jefe de la guardia un papel sellado por el Rey, y pasar por un pequeño postigo, dejamos la yegua y nos dirigimos a la torre de homenaje, donde nos esperaba Gaspar Pérez de Guzmán, el Duque de Medina Sidonia en persona. Nos descubrimos e hicimos leve reverencia ante el Duque, que estaba acompañado de un escribano, que nos saludó con un ligero movimiento de cabeza. —Podéis sentaos —nos dijo del Duque. —No será necesario, sólo será un momento –don Juan entregó un pergamino enrollado a Duque – Es un mensaje de su majestad. El Duque de Medina Sidonia elevó las cejas y observó el sello de lacre, miró a su escribano que se aproximó y al instante desenrolló el mensaje cortando el lacre con una pequeña cuchilla, parecía que aquel sombrío escribano ejercía mis mismos oficios, por ello me fijé en él, aunque sus ojos nunca se cruzaron con los míos, parecía esquivo y sus dedos temblaban un poco, no creo que tuviera buena caligrafía. De Duque cuchicheó algo con su asistente y después miró hacia don Juan, que hizo una leve reverencia. —Mi señor, si me permitís, he de marcharme. —Un momento, ¿no podéis decirme...? —Señor no sé nada más, sólo que la orden es directa de su majestad, debéis cumplirla de manera inmediata y discreta. —¿Puedo ofreceros algo? —Se agradece, pero hemos de continuar. —¿Tenéis más mensajes pues?, ¿se convoca a otros nobles? —Lamento señor no poder comunicaros nada más –de nuevo hizo una reverencia, lo imité y al poco salíamos por las caballerizas a lomos de la yegua. —¿Qué ha ocurrido don Juan? La situación ha sido algo confusa

—¿Algo?...

¡para nada!, una orden clara, por cierto sólo he entregado un mensaje que ya había pasado por vuestras manos, la estampa real y el sello de lacre lo

pusisteis vos con vuestra manitas ¿no recordáis? —Sin duda fui yo, pero se trata de uno más de los papeles que sello y preparo entre todo el maremagnun de papeles del Rey. —Pues deberíais estar atento, la información es poder y vos no debéis despreciarla, un buen escribano bien colocado es un tesoro. —¿Qué insinuáis?

—Podéis adivinar que tengo a varios en mi equipo, muy bien

pagados...

como ese torpe de hace un rato, me son necesarios, y por suerte no todos son tan miedosos.

—¡Pardiez!, en vuestra guerra no hay puntada sin hilo. —Ahora callemos, hay demasiados oídos en le mercado, pero más tarde os contaré algo, creo que hay cosas que debéis conocer. Bajamos de la yegua y nos condujimos, caminado y llevándola de reata entre el gentío hacia el carromato. Petra atendía el puesto que había plantado delante del

carromato. Don Juan y yo entramos al carro con discreción y quedamos ocultos a la vista. Agarré una bota de vino y mitigué la sed bebiendo al chorro aquel vino fresco y aromático que sólo se daba en aquellas tierras, don Juan me pidió la bota. —Nada es por casualidad pequeño amigo, os voy a contar algo y espero seáis fiel a vuestra promesa de discreción. —Bien lo sabéis. —Me quité el sombrero, y sentí que mi cabeza se refrescaba. —El aposentador Encinillas pagó al soldado para disparar contra el carro en el que os encontrabais, eso ya lo sabéis, su motivo eran los celos, pero en realidad estaba siendo manejado por otra persona que tenía motivos ulteriores, en el fondo había un complot contra Olivares.

—¿Cómo? ¿decís entonces que el tiro era para él no para

mí?...

no puede ser, Encinillas mató a su esposa y a mí lo intentó de veras.

—Encinillas era un ciego manejado por otro. —¿Barbarroja? —Así es, pero no lo detuvimos al momento, le seguimos la pista, para desenredar la madeja.

—¿Qué tenía contra mí? ¿qué quería? —Contra vos nada en particular, el trabaja para un grupo, que pretende conseguir poder en el reino, acabar con vos y poner a uno de sus peones en vuestro lugar les habría proporcionado un informante de primera mano. —¿Entonces mi amada murió por nada? ¿por una simple intriga palaciega? —No tan simple, quitaros a vos y sustituiros por alguien afín a la casa de Medina Sidonia era un punto más de una enrevesada trama. —¿La casa de Medina Sidonia conspira contra Olivares? —Sí, ese jovenzuelo maleducado que os quitó el sombrero, y su criado, eran los candidatos a sustituiros, la Casa de Olivares es una rama menor de la de Medina Sidonia, y estos, como ocurre con gran parte de la nobleza no están contentos con el Conde Duque, así que pretendían cambiar las tornas, pero todo se les ha torcido. —Explicádmelo mejor. —Explicaré lo que pueda, todo son retazos de una historia que hemos ido recogiendo poco a poco. Aquella noche en el palacete de Segovia, Petra recibió de un señorito, al que tiene subyugado por amor, unos documentos que incriminaban a varios nobles, entre ellos al Duque de Medina Sidonia y al Marqués de Ayamonte, todos imbrincados en el complot. —¿Y Barbaroja en todo esto?... —Es un agente más, que está al servicio de los conspiradores. Cuando hizo la broma pesada de las “olivas y los olivares”, Su Majestad aprovechó para arrestarlo y echarlo de palacio sin despertar sospechas, ahora le seguimos la pista sin que él sepa que ha sido descubierto, nos llevará, sin darse cuenta, ante el resto de conspiradores. —¡Pardiez! ¿Y cómo acabará todo esto? —No sabemos, de momento he comunicado al Duque de Medina Sidonia, la orden directa del Rey para que se persone en la corte ante Olivares, al mismo tiempo,

otro de nuestros fieles ha comunicado lo mismo al Marqués de

Ayamonte,...

se les preguntará acerca de su aparente torpeza e indolencia a la hora de sofocar las

revueltas en Portugal. De sus declaraciones, y de observar los movimientos del resto de nobles veremos cómo respira la conspiración. —¿Hemos de observarlos?, ¿cómo? —No de manera directa, ya os lo dije, tengo muchos oídos, a este juego jugamos todos, unos con mejor oficio que otros. —Miró hacia afuera, alguien hablaba con Petra. —Ya os lo dije, ¡observad!— salió del carro y habló con Petra. —Juan, son la guardia del mercado, nos piden el tributo por poner el puesto. Eran dos hombres armados que flanqueaban a un hombre de figura más menuda y que portaba un libro de cuentas en un brazo, ¡el escribano!

—Venid, tengo el dinero en el carro. El hombre hizo un gesto a los guardias para que esperaran y acompañó a don Juan, yo me agazapé tras un arcón en el carro y vi a don Juan echar mano a una abultada bolsa, se la entregó a escribano, que de manera subrepticia y con manos temblorosas pasó unos cuantos papeles que traía sueltos en el libro. Don Juan le despidió con un leve gesto y después guiñó el ojo hacia donde él intuía me hallaba yo escondido. ¡Pardiez!, ¡que juego retorcido el de don Juan!

Embarcando Galera

Era de atardecida, Petra y don Juan se abrazaban dentro del carromato, amor de despedida. No era bueno que se la viese a ella, así que nos dejó poco antes del puerto. Don Juan y yo tuvimos que ir a pie, la yegua quedó atada al carro de Petra. Y nuestros enseres más necesarios los portamos, entre don Juan y yo, en un pesado cofre. Poco a poco uno nos fuimos adentrando en uno de los puertos más importantes: el puerto de Santa María. —¿Por qué viajamos en barco don Juan? —Son varias las razones, una de las la adivinareis pronto, las otras las sabréis a su tiempo, confiad en mi, y en la estrategia. —Sí señor, a veces me olvido de vuestra norma: la mejor arma es el silencio. —No deberíais olvidarlo, recordad nuestros dos lances armados: en ambos vencimos a un enemigo muy superior en número, la práctica del silencio nos dio la ventaja estratégica. —Tenéis razón don Juan, aún así no creo haber vencido, y me cuesta pensar que aquello fuese honorable. —Creedme pequeño amigo, ninguna guerra lo es, aunque algunos se revistan de pompas y oropeles. De todos modos, os aseguro que ninguno de nosotros será reconocido por estas victorias en la sombra, aunque de ellas pueda depender la gran victoria en la guerra. Así, hablando, llegamos al muelle, donde una gran nave de casco color rojo se alzaba. Don Juan habló con un soldado, vestido de coraza brillante y calzas rojas y armado con una partesana, ese arma de asta corta y hoja ancha, estaba montando guardia a pie de la pasarela. Al poco, dio una voz, y un militar de calzas y jubón rojos con acuchillados en amarillo atravesó la pasarela para darnos la bienvenida, llevando levemente la mano a su sombrero de ala ancha. —Señores, pasen a bordo, soy Santiago Torres, capitán de los infantes de marina a bordo, también me llaman Caporal. Alfonso Gómez del Tajo, el Capitán de galera, les espera en su camarote. Accedimos a la cubierta, que poca alzada tenía sobre la superficie del mar, de buen seguro que por razón de ser esta una nave que en gran medida se movía a base de remos y los mismos debían necesariamente estar en contacto cercano con el agua. Pasamos por la crujía, por el pasillo central, entre filas de bancos de remeros, estaban todos estos, harapientos y vestidos con tela de saco, muy afanados en restregar los suelos y bancos con ramas de romero y agua dulce subida en bidones. Los mas de ellos estaban atados con cadenas a los bancos, aunque algunos, en pequeñas partidas vigiladas por soldados, se encontraban libres de ellas restregando en proa y popa. Mientras los remeros trabajaban, el capellán de abordo rezaba en latín, esparciendo agua bendita por cada rincón del barco y haciendo oscilar un sahumerio que olía a romero quemado. Unos marineros vestidos con calzas rojas se hallaban subidos al velamen y parecían repasar cabos y nudos de la jarcia. Así llegamos a popa y atravesamos la portezuela del camarote del Capitán. Él nos esperaba, sentado ante una pequeña mesa que miraba hacia la puerta, se hallaba enredando en unos papeles, elevó la vista hacia nosotros. —Señores, el protocolo lo obliga: en el interior de mi camarote descúbranse del sombrero -yo miré de reojo y Santiago Torres, se lo había quitado discretamente. Don Juan y yo lo imitamos. Una sonrisa complacida asomó en su rostro rechoncho al vernos obedecer y mostrar pleitesía. Él sin embargo mantenía en su cabeza un exagerado sombrero de capitán, adornado por una cadenilla de oro. Su guerrera roja brillaba igualmente por los bordados dorados que en ella resaltaban. —Bien, dejen su cofre ahí, asegurado con cabos a la pared, como huéspedes de honor tendrán el privilegio de compartir mi camarote, colgadas en los ganchos están sus hamacas, las desplegarán a la hora de dormir y después las recogerán. —Nos señaló unas hamacas de lona que se hallaban dobladas y colgadas sobre la zona en que dejamos el cofre - Y otra cosa, desármense de las espadas -miró el mango de mi espadín y sonrió— y todo tipo de armas, déjenlas colgadas de sus ganchos aquí dentro. Una espada a bordo, por pequeña que esta sea -volvió a sonreírme— sólo trae problemas. Somos muchas almas aquí metidas y el andar entre todos con espadas solo hace estorbar y en el peor de lo casos prestar motivos a los forzados para armar revuelta. Si necesitan usar un arma, en el camarote de la guardia pueden proveerse de un chuzo o una partesana -Agarró una lanza corta, con mango de recia madera oscura y la punta tan finamente labrada de filigranas, que pareciera más una joya que una arma— Esto, bien agarrado, es lo más útil a bordo, un buen palo, o un pinchazo a tiempo evita insubordinaciones. Y ahora, por favor, pueden retirarse, se les informará cuando la cena esté servida. Salimos de allí, tras el caporal Santiago Torres, que, tras cerrar la puerta del camarote nos miró y elevó una ceja que parecía decir, sin decirlo por cuestiones de su rango, “lo que hay que aguantar”... Don Juan y yo le devolvimos la levantada de cejas en silencio, en un acto de comprensión y le seguimos hasta la cubierta de mesana, en popa. Desde allí veíamos todo el barco, parecía que las tareas de limpieza terminaban y que cada remero se cobijaba debajo de su porción de banco a dormir entre sus cadenas. El Caporal suspiró:

—244 almas listas para zarpar. —¿Tantos?— Se me escapó como un grito. —Sí, quizá no se note por lo menguados que están los remeros, pero eso somos, entre la chusma, que son un número de 180, los hombres de mar, que son 32 y los hombres de guerra, que somos 30. —¡Pardiez cuantos en tan reducido espacio! ¡Y cuan proporción tan despareja entre presos y guardianes! —De ahí la disciplina obligada: veis que entre tramo yo tramo hay un soldado de guardia con el chuzo a mano. Además en proa y popa, y con armas lejos de alcance de los galeotes, tenemos una guardia por turnos de arcabuceros. —Nos señaló un arcabucero, que reposaba un mosquete sobre una vara acabada en v, parecía descansado y a su vez alerta para hacer puntería. Escuchamos un alboroto en la pasarela que daba subida al barco. El caporal Santiago nos miró. —Anochece, han de estar de regreso, el resto de la marinería y soldados, que por no estar de guardia, andan por el puerto bebiendo y en recreación. Escuchamos un toque de silbato que hizo callar de inmediato la algarabía de los que entraban. —Ese es el silbato del Cómitre, todos le temen, forzados y tripulación, pues su sonido precede al del látigo. Un paje, casi un niño, subió a buscarnos. —Pueden vuestras mercedes bajar a cenar. En el camarote del capitán había desaparecido la mesita de despacho, o quizá le habían puesto un tablón encima para convertirla en mesa. Allí nos sentamos, los tres descubiertos, y el Capitán, cuyo sombrero y adornos de oro brillaban ahora menos, ya que sólo nos alumbraba la luz de un candil. El paje nos pasó una jofaina con la que el capitán lavó sus manos y boca. —Él protocolo obliga: es preceptivo lavar manos y boca antes de comer, eso evita enfermedades y pestilencias. ¡Y conste que lo mismo se hace con todos los que habiten el barco! No podemos permitirnos perder ni uno solo de esos chusmones, hasta encontrar chusma para remar es difícil en estos tiempos. Yo agradecí el agua fresca para lavar mis manos y mis bigotes y me dispuse a dar buena cuenta del trozo de cabrito asado que pusieron ante mí. —Y no creáis que esto será el pan nuestro de cada día, que la vida en la mar es dura para todos, los grandes señores también podemos sufrir privaciones, por tanto, hagamos acopio hoy, y disfrutemos de estas buenas viandas y del buen vino de jerez. La chusma también se felicita al tomar buen agua fresca y bizcocho recién hecho, hay que cuidar su fortaleza, que mañana se partirán el lomo remando en cuanto yo de la orden, y si alguno no se parte el lomo y a encontraré yo la forma de que alguien se lo parta. Rió a carcajadas y nos miro, esperando que alguien lo acompañara, pero ni el caporal, ni nosotros parecíamos estar por la labor. Al menos el vino de jerez nos alegró la noche, con ese sabor fresco y potente a un tiempo, como brisa fría de mar y su color dorado a la luz de la llama del candil. Tras comer, el capitán Alfonso pidió al joven paje que nos trajese un vino dulce. Fue el colofón a una cena que, si no pudo brillar por la conversación, sí que lo hizo por los sabores. —¿Os gusta chiquitín? —Diego, Capitán, me llamo Diego de Acedo. Por extraño que os parezca, y ya que dais tanta importancia al tema, soy de los pocos con privilegio de llevar sombrero ante el Rey. El Capitán dio un respingo y elevó las cejas sobre el orondo y fofo rostro de estúpido vanidoso, que en nada llegaban a disimular ni el sombrero ni la guerrera de lujo

que vestía.

—Bien

decidme entonces vos, que con su Majestad habréis brindado con grandes

¿qué os parecen los vinos de jerez?

—Insuperables, no me extraña que, a pesar de lo exquisitos y fieles son los ingleses con lo suyo, sean tan amantes del Jerez y por él paguen buen oro. Yo

perfectamente los entiendo, yo con cualquier enemigo brindaría con Jerez, pese a que en mis adentros deseara ensartarles el corazón con mi espada. —Hice esto haciendo chocar mi copa con la del Capitán, que quedó turbado. Don Juan dióme un puntapié bajo la mesa y el caporal Santiago no pudo evitar sonreír, aunque el Capitán nada de esto vio. Elevó la copa riendo a carcajadas. —Brindemos todos ¡Por Su Majestad el Rey Felipe y por España!

Salida del Puerto

Sonaba la música de un clarín y un tambor tocaba zafarrancho. Todos colocados en sus puestos. Soldados a proa y popa, marineros en las velas. El Capitán y el Timonel en el puente mientras los prácticos recogían los cabos y separaban la nave del puerto. A un pitido del Cómitre, los galeotes echaron los remos a la mar y, a ritmos de tambor comenzaron a remar. Buena parte de ellos entonaron una canción, otros, de una zona cercana a popa, permanecían callados, intentaban remar al son, bajo la presión del Cómitre, que empleaba le látigo para instruirlos. —Son nuevos a bordo, han de acostumbrarse —dijo el caporal Santiago hablando bajo— Y no son los únicos nuevos a bordo, hizo un leve movimiento de cabeza señalando al Capitán, que henchía su pecho, tratando de aparentar grandeza y no lograba disimular su ineptitud. A su lado, el Timonel, un hombre de edad madura, vestido con traje rojo de marinero y un gorro rojo de lana cubriéndole las canas, hacía señas leves a la tripulación que, experta en atraques y desatraques, funcionaba como la máquina de uno de esos relojes que tanto agradan a su majestad. Poco a poco la galera fue saliendo del puerto, el ritmo del tambor fue subiendo, los nuevos remeros parecieron coger el ritmo y el látigo del Cómitre dejó de sonar. Yo andaba un poco mareado, incluso me sentí revuelto el vientre. Necesitaba ir al baño, durante la noche había salido dos veces a mear de manera furtiva desde la borda del barco, pero lo de ahora eran aguas mayores. Le pregunté al Capitán, que respondió con jactancia. —Esas comodidades son de tierra, aquí no estáis en palacio, lo más que puede ofrecerse es el jardín de proa. Señaló con hacia la proa, una mano blanda de la que colgaba un pañuelo empapado en sudor, agucé la vista y vi un especie de tablazón que sobresalía junto a la punta del barco. Por la urgencia que tenía, saqué fuerzas de flaqueza y comencé a caminar por aquel barco que parecía subir y bajar aumentando mi mareo. Pasé por el pasillo entre las bancadas de remeros, cuando los vi mis orejas se elevaron ¡Estos nuevos remeros eran los gitanos!, pasé por entre ellos sin poder detenerme, dado el apremio de mi cuerpo, pero aún así pude escuchar algún comentario, "Mira que chico el alguacilillo". Y así pase por entre ellos y luego entre otros, que a pesar de estar todos semidesnudos y escuálidos, notaba yo diferencias entre unos grupos y otros, que estaban así sentados no por casualidad, eran de condición semejante todos los que en el mismo remo se sentaban. Además de por remos, parecían estar unidos en grupos, como si cada cuatro o cinco remos constituyera un estamento. Y esto todo lo

vi en el lapso en el que, entre subir y bajar de la nave por el oleaje y remo, tardé en llegar a la proa buscando el tal jardín. Una vez allí, y a punto de desvanecerme y vaciarme por todos mis orificios, pregunté a unos arcabuceros. Uno de ellos señaló con su mano enguantada:

—Tras esas tablas, pero cuidado ¡No caigáis por el agujero! —Los demás rieron esa chanza, que en otro momento hubiera yo enfrentado, pero no tenía yo el espadín ni el cuerpo nada presto a hacerlo, así que rodeé los tablones y bajé unos escalones de madera agarrado a una baranda de cuerda. ¡Pardiez!, ¡no era chanza! aquello fue el cagar más peligroso de mi vida: los escalones conducían a un abismo sobre la mar, donde, si no fuera por la premura y aprieto, difícilmente hubiera yo podido soltar aguas mayores. En atención al buen gusto, ahorro dar más detalles, pero se pueden bien imaginar los apuros que yo pasé para bajar mis calzones y a un tiempo vomitar, todo ello agarrado a las cuerdas y precavido de no manchar las ropas en aquel lugar donde, aún rodeado de agua, difícil se hacía utilizarla. A la salida del peligroso y hediondo jardín, que, a fe mía, en nada podía parecerse a los legendarios Jardines Colgantes de Babilonia, el arcabucero volvió a hablarme. —¿Estáis mejor caballero? tomad un poco de agua. Me ofreció un pellejo de agua del que bebí al chorro para enjuagar mi boca y de paso me remojé la cara. —Muchas gracias. —No hay que darlas entre servidores del Rey. Aunque os parezca mentira, comer ahora un poco os vendrá bien para el mareo, también podéis hablar con el barbero, que os dará alguno de sus elixires. Los demás soldados reían. —No os fiéis del barbero— dijo otro, un hombre con barba, cubierto su torso con coraza, que parecía jugar oscilando el chuzo como queriendo hacer acrobacias, sin miedo alguno a la punta afilada— a mi uno de sus elixires me tuvo en el jardín un día y una noche entera. Las risas volvieron a crecer entre los soldados. Pareció que, ya adentrados en la mar, el aire comenzaba a soplar. Vi entonces cómo los marineros, encaramados a los palos comenzaban a arriar las velas, que se hincharon entre gritos de los galeotes. Yo me sobresalté con el griterío, pero el arcabucero me tranquilizó:

—Son gritos de júbilo, con este viento a favor, tendrán pronto un descanso. Efectivamente, sonaron dos pitidos del cómitre y los remos se elevaron con un grito de alivio que los galeotes dieron al unísono. Entonces algunos se levantaron de sus bancas y fueron a recoger su ración de agua. —¿Esos no tiene cadenas? —Así es, esos son chusmones también, pero son libres, ya cumplieron su condena pero siguen trabajando aquí, ahora por un sueldo. Son gente de confianza, que por otro lado no tienen otra cosa que hacer en el mundo. —¿Les gusta esta vida? —O quizá no les guste la otra, tened en cuenta que muchos de ellos llevan más de quince años aquí, algunos no tienen lugar donde volver o son despreciados por sus familias debido a sus crímenes, a pesar de haber cumplido la pena. Otros ni siquiera se plantean salir del barco, son como burros de noria que cuando los sueltan de ella siguen dando vueltas sobre sí mismos.

—¿Y estos de aquí

delante?...

llevan más cadenas que los otros.

—Estos son esclavos, los que tenemos más cerca por tenerlos más a tiro, no saldrán en libertad nunca, son traidores o enemigos capturados: los hay franceses, turcos y berberiscos, algunos capturados en guerras y otros en actos de piratería, la peor chusma que hay. También están los moriscos y judeizantes, que son harto peligrosos, ya que hablan español y conocen bien España de vivir junto a nosotros y por eso tienen la codicia de matarnos a todos y arrebatarnos España. Aparte de los esclavos, están los forzados: esos son presos que tienen esperanza de cumplir condena un día: por ello, al tener ese horizonte claro, se buscan menos líos y quieren colaborar por mor de cumplir la condena y abandonar la galera algún día lejano. —¿Los gitanos son forzados? —Sí que lo son, pero no como el resto, mientras que el resto son condenados cada uno por sus culpas, a los gitanos se les ha aplicado la misma condena a todos, los han traído presos por la sola culpa de ser gitanos. El soldado barbudo ataviado de coraza le interrumpió —También hay algunos gitanos que están forzados por crímenes suyos y que están aquí desde hace años. —Sí, pero no es de esos de los que hablamos, hablamos de los nuevos, además de esos que tú hablas ya casi ni son gitanos, que de tanto estar engrilletados a la banca, les pasa como a todos, que más parecen un aparejos del barco que hombres. Mi mareo estaba pasando, me despedí de los soldados y comencé mi camino de regreso al alcázar de popa, vi entonces los rostros morenos y los cabellos rizados de los mahometanos, los cuerpos enflaquecidos y llenos de yagas de algunos remeros ancianos, que contrastaban con la extrema juventud de algunos grumetes que pasaban pellejos de agua entre los encadenados. Tan afanados estaban todos en beber su agua, que en nada repararon en mi presencia. —¿Como os encontráis preguntó don Juan? —estábamos apoyados en la baranda del alcázar, mirando al mar y a resguardo de oídos indiscretos. —Mejor que a la ida, ¡he estado en un jardín con vistas al abismo! —Sois poeta incluso en las peores circunstancias pequeño amigo. —Y vos un taimado intrigante don Juan. —Ese es mi oficio, entre otros, ¡recordadlo siempre!

Batalla Naval

La mañana era fresca, la galera avanzaba rauda empujada por el viento, al punto que los remeros no precisaban remar y se hallaban desayunando bizcocho, que no era como los bizcochos que yo conocía, sino una tortas de masa dura de harina. Aún así se podían dar por contentos, dado que era bizcocho nuevo, recién embarcado en el Puerto de Santa María. Yo caminaba montando guardia, algo a lo que don Juan nos había ofrecido, por prestar algún servicio en la nave. En mis manos el chuzo parecía una larga pica, aún así, y tal cómo me aconsejó don Juan, caminaba yo como un comediante, imitando los pasos de soldado y ,a juzgar por los galeotes, ninguno de ellos parecía dudar de mi autoridad, aún así llevaba yo de la otra mano la fustita que me regalaron. No me hizo falta golpear ni pinchar a nadie. Patrullaba yo un tramo cerca de popa ocupado por gitanos. Don Juan y yo lo habíamos hecho así a sabiendas y, entre ir y venir de la rutina del barco, pudimos, hablando por lo bajo, descubrir a los tres hijos de la Tía Amalia, a los que yo ahora me aproximaba. Simulé fustigar a uno de ellos, al que estaba encadenado más cerca del pasillo, le di repetidas veces en el brazo. —¡Maldito haragán!, ¡no volváis a mirarme con altivez u os saco la piel a tiras!—Le dije esto guiñando un ojo y mostrándole las filigranas que su hermano, el niño Manuel, había grabado en la fustita— el mozo abrió los ojos morenos y me miro boquiabierto, mientras que con su pierna encadenada daba toques a sus hermano de al lado. Todos me miraron ahora. Yo le guiñé y seguí haciendo la ronda. Al rato volví a pararme, y les hable por lo bajo. —Saludos de la familia, yo seré vuestro ángel chico -guiñé un ojo con disimulo y le pase a uno de ellos una talega llena de pasas y almendras, que yo llevaba escondida dentro del jubón, tras ello seguí caminando. Terminaba mi guardia y tenía yo ganas de desaguar, hice una señal con la mano a mi relevo, que ocupo mi puesto y me tomó de la mano el chuzo. Entonces caminé hacia proa. El resto de prisioneros tenía peor aspecto que los gitanos, se notaba en ellos el estrago de los años en galeras, había de entre ellos algún anciano desdentado, que mojaba el bizcocho con agua para así poderlo tragar, ya que parecía no tener ningún diente sano, su espalda descubierta mostraba todos los huesos y la piel surcada estaba por marcas antiguas de latigazos, en algunos de los esclavos las ropas eran meros trapos sucios, desgastados y de apariencia húmeda, que hedían más de lo normal. No quise saber, en aquellas circunstancias, cómo se las arreglaban estos para hacer sus aguas mayores y menores, de seguro que la solución entrañaba muy baja dignidad, era por ello que toda la galera apestaba. Cuando pasé por el lado de los franceses, alguno de ellos me lanzó un salivazo que a punto estuvo de darme, cruzando a escasa distancia de mi nariz. Me volví a buscar al autor y encontré a las bancadas mirándome con gesto entre burlesco y arrogante. Rojo de ira levanté mi fusta y alguno llegó a carcajearse. A punto estuve de lanzarme sobre ellos a fustigarlos cuando se me adelantó un soldado, y con una porra de madera golpeó en la cabeza al segundo francés de la bancada. El resto de galeotes quedó mudo y ni a mirar se atrevieron. El soldado dio varios golpes más al remero caído, que se encontraba en el suelo encogido cómo perro que se deja apalear por su amo. Después se volvió satisfecho hacia mí, mientras dejaba al esclavo lloriqueando:

—Ha sido ese, lo he visto todo desde arriba. —Me sonreía con alegría dibujada en su rostro, era el soldado de larga barba y coraza que conocí del día anterior— Estos franceses todavía no se resignan a que les hayamos hecho prisioneros, ya aprenderán a base de palos —varios soldados cercanos celebraron la broma con risas. Yo, sin dilación saludé al barbudo con un gesto de sombrero y seguí hasta el jardín, además de orinar, también vomité, no sé si debido a la fetidez y repugnancia que aquella letrina amenazante me provocaba o por las tripas removidas ante aquel apaleamiento. Bien es verdad que hay guerra con Francia y que cualquiera de ellos que me agarrase desprevenido me sacaría la piel a tiras, pero, aún así, no puedo evitar sentir nauseas al ver a un hombre indefenso y sufriendo, apaleado por otro. Cuán difícil es esta vida, y cuan acrecentadas su miserias en un mundo de tan corta extensión cómo esta galera. Salí del asqueroso jardín y saludé en el castillo de proa a los arcabuceros, que limpiaban sus armas y parecían ejercitarse en cargar y descargar rápido, mientras otros parecían preparar aquellos paquetillos de plomo y pólvora, que permitían cargar rápido el arcabuz partiendo el paquetillo y dejando caer de una sola vez pólvora y plomo dentro del cañón. Vi cómo, en rigor matemático, aquellos apóstoles colgaban en grupos de a doce en cada uno de los tahalís que cruzaban sus torsos. Regresé a popa, esta vez nadie de entre los galeotes osó siquiera mirarme, ni siquiera los gitanos, que escabulleron su mirada por temor a ser malinterpretados y apaleados por algún bruto. Continué hacia popa y subí a la cubierta del Alcazar, donde don Juan hablaba con el caporal Santiago y el Timonel. —Bien sabemos lo que pasa en las Españas— decía el Timonel— que no es lo mismo curtirse en la mar desde grumete o paje, que recibir un cargo venido del cielo y pretenderse por ello digno de grandeza, porque ya se sabe... Le interrumpió el caporal Santiago haciendo sonar las monedillas que traía en la faltriquera. —¡Es aún peor! No vienen del cielo los nombramientos: se compran y venden como todo en este reino, ¡poderoso caballero es don dinero! Y no sólo en la mar, la venalidad en los nombramientos corroe los cimientos del reino como los barrenillos pudren los cascos de los barcos. Cuando recayeron en mi presencia todos callaron, como si de aquella conversación sólo unos pocos pudieran saber. Don Juan me dio una palmada en la espalda. —Mi amigo fiel es don Diego, hombre de confianza os lo aseguro, que se ha batido el cuero y jugado la vida por salvar la mía en varias ocasiones, aunque menguado parezca muy fiero y valiente es. —Pero no en la mar señores, que admiro yo mucho su capacidad de mantenerse enteros en este suelo que se mueve tanto bajo los pies.—Todos rieron. Yo sonreí — ¿Y el Capitán? —Abajo en su camarote, mirando mapas y haciendo cálculos -el Timonel se mordió la lengua un poco y después prosiguió— Con un compás en una mano y una copa de vino en la otra. —¡Pardiez! —¡Mejor! así nos evita a todos el bochorno de tener que disimular ante su ineptitud, y aguantar sus discursos sobre protocolo náutico que habrá leído en algún libro antes de embarcarse en este, su primer mando.—El Caporal llevó dos dedos a su sombrero asintiendo, en los ojos de este hombre se veía esa mirada de mil batallas que tantas veces yo había observado en don Juan, unos ojos con los que parecía decir “yo nunca he comprado nada y tampoco me he vendido”. Fueron esos mismos ojos fieros los que se abrieron, de par en par, bajos unas cejas que casi salen de su frente. —¡Por Santiago! —gritó— ¡Zafarrancho de combate!, ¡vamos! ¡tocad a zafarrancho! El tambor y la trompeta comenzaron a sonar, mientras soldados, los de guardia y los que descansaban, ocupaban entre tropezones sus puestos, el Cómitre hacía sonar su silbato y su látigo mientras los galeotes largaban remos y comenzaban a cantar, los marineros fueron unos a las velas y otros a las piezas de artillería, en proa. Eran cañones pequeños, y solo había dotación para atender tres de ellos. El alto mando había pensado reforzar la dotación de hombres en el puerto de Cartagena, donde se uniría a la escuadra que partiría destino a Cataluña. El Capitán subió al puente y, con aliento de vino tinto a primera hora de la mañana, se dedicó a dar órdenes —¡Todos a sus puestos!—lo hacía señalando al azar alrededor— ¡Cómitre azuze a los remeros! ¡Soldados a las armas! ¡Dividíos por seccio... El caporal Santiago se le plantó delante. —¡A los soldados los mando yo! —¡Soy el Capitán! —Dijo alzando la mano. —Y yo el Capitán de Infantería de Marina, ¡no lo olvideis! —El Caporal Santiago lanzó una mirada fiera mientras se calzaba los guantes. —Don Juan y don Diego, bajad al camarote, armaos y regresad para poneos a mis órdenes. Raudos bajamos y nos ajustamos las espadas al cinto, don Juan sacó dos pistolas del cofre entregándome a mí una, y dos arcabuces con un tahalí, que cargó al hombro. —Vamos, subamos al puente. Allí arriba don Juan dejó los arcabuces y el tahalí en el suelo mientras miraba el horizonte con un catalejo del Timonel, el barco se acercaba. —¿Quiénes son? El Timonel respondió sin dejar de agarrar el timón. —Un bergantín, corsario, de seguro bajo bandera de Francia.

—¿Un bergantín? —Sí, un barco nuevo, rápido y de vela, se parece a los de los piratas berberiscos, sin mucha bodega de carga pero muy manejable. ¡Estamos perdidos! —¡Callad Timonel! ¡No seáis agorero! —¡Remeros remad! ¡Pronto llegaremos a puerto y con nuestra escuadra les haremos frente! El Timonel echó una mirada de soslayo al Caporal y a don Juan, que resoplaban por lo bajo. —Señor, le informo que Cartagena está, al menos a tres jornadas, además el bergantín nos alcanzará en breve lapso. El Capitán hizo caso omiso y se aproximó a la barandilla del puente que daba a la cubierta —¡Cómitre ganaos el pan!, ¡fustigad a esa chusma hasta que nos lleven a puerto! —El Cómitre resoplaba exasperado. —Marineros, ¡a toda vela! —siguió gritando el Capitán con una voz chillona que en nada inspiraba confianza. —Señor, ya vamos a todo trapo, y aún así nos ganan terreno.—El Timonel volvía a resoplar mordiéndose la lengua. Miré a través del catalejo que me pasó don Juan, era un barco delgado, más pequeño que la galera, y tenía dos palos con sus velas cuadradas llenas de viento, parecía saltar sobre las olas cual perro de caza tras su presa. En lo alto de la mayor vi oscilar un largo blasón azul. —¿Un barco de guerra Francés tan lejos de su país y en solitario? —Es de otro tipo de guerra, más parecida a la que tu y yo llevamos que a la de grandes escuadras y batallas. Algún aventurero libre, cómo muchos otros, que desgasta la flota de España bajo patente de corso francesa, normalmente se ceban con barcos de carga, los corsarios son astutos, deben haberse olido algo. Nuestra galera no avanza más rápido a pesar del trapo y los remos debido que va cargada de avituallamiento para la escuadra de Cartagena. Una nave con mucha carga tiene poca dotación de guerra. —¿Y nos presentaran batalla? —Eso hacen, por el momento tantean, saben que estamos solos, y de buen seguro tienen numerosa tripulación y son todos hombres de guerra. No como aquí. Recordad: sólo treinta soldados, la mitad arcabuceros y la mitad infantes acorazados. El resto treinta marineros y unos diez buenas boyas, total setenta contra los más de ciento treinta que calculo pueden venir. —Nos doblan. —Así es, y de buen seguro nos capturaran si Dios y el Apóstol Santiago no lo remedian. Entretanto el capellán de a bordo rezaba arrodillado en su capillita, ante una velita de cera que había colocado ante la pequeña imagen Virgen del Rosario, patrona de los marineros. Se levantó con su hisopo y un cacito de agua bendita y se dedicó a bendecir cada rincón del barco. También lo hacía sobre los cañones y sobre algún que otro tripulante que ante él se arrodillaba. Pasó de largo entre los franceses y berberiscos, pero los gitanos, todos ellos, clamaban por una bendición haciendo sonar sus cadenas entre los gestos de rezo. —Tened fe hijos míos, Dios nos ampara, a nosotros y a nuestro fiel Rey Católico. —Maldita sea su estampa -murmuraba José, el hijo mayor de Tía Amalia, aunque esto solo lo escuchaban los cuatro gitanos que tenía a su alrededor— Mal bajío le entre en las tripas a ese puto Rey gachón, que nos trajo esta ruina. Cuando el capellán subió al puente y bendijo el timón, el Timonel hizo gesto huraño, pero yo me arrodillé y acepté la bendición, nada malo podía hacerme aquel agua, y quién sabe si Dios se apiadaría así de mi menguada alma de enano, que era cómo yo me la sentía, a pesar de lo que me dijera Tía Amalia en aquella noche con los naipes. Quedé un poco abstraído, allí rezando de rodillas y rememorando las palabras de la gitana, no sé cuánto tiempo pasó, pero salí del ensueño cuando me zamarreó don Juan. —Vamos pequeño amigo, yo tiraré y vos os encargareis de recargar. Tenéis a disposición el cuerno de pólvora, el bolsillo de pelotas y ese tahalí con sus apóstoles. Os enseñaré cómo se hace. Primero se poner un poco de pólvora en la cazoleta, aquí atrás después hay que soplar fuerte y cerrarla para evitar accidentes, entonces se rompe el paquetillo del apóstol y se deja caer todo por la boca del cañón, la pólvora seguida de la pelota, y sólo queda atacarla un poco con la baqueta.—Hizo una pausa y me miró— Con los apóstoles os será facil, contienen la cantidad justa de pólvora, cuando se acaben, usad el cuerno de pólvora y el bolsillo de balines, en cuanto yo deje un arma voz recargareis sin dilación, soplar la cazoleta antes de recargar, cuidad de no quemaros. Aún así, os quemareis y tendréis que continuar, nuestras vidas van en ello. Guardad la pistola cargada cómo último recurso, por si nos abordan y recordad, usad vuestra hoja afilada sin cuartel, si nos capturan, el resto de nuestras vidas será cómo galeotes. El bergantín estaba justo a popa, y el Timonel nada podía hacer por maniobrar. Los cañones de proa, además de menguados, era inútiles dada la posición. Los marineros bajaron todos de la velas y se dedicaron a guarnecer con hamacas y otras lonas, las barandas de proa y de popa mientras los soldados se apostaban contra ellas. El Caporal se aproximó a nosotros. —Aquí quedáis con siete arcabuceros, asumid su mando y actuad con sentido común, yo voy a proa con el resto de mis hombres a prevenir el abordaje. ¡Alguacil, repartid armas entre la marinería! El alguacil fue con sus llaves y abrió la Santa bárbara, donde fueron llegando los marineros y saliendo de los mismos armados según su capricho con pistolas, sables, chuzos y algunas de esas lanzas cortas de puntas largas y anchas que venían a llamarse partesanas. Apostábanse los marinos detrás de los soldados acorazados, esperando su guía y también su protección. El Timonel habló al Capitán, que parecía mareado, mirando por el catalejo cómo el Bergantín se acercaba galopando sobre la mar. —Señor, somos muy pocos ¡armad a los buenas boyas! ¡ellos lucharan por sus vidas al igual que todos! —No me digáis lo que he de hacer, ¡lo se de sobras!—levantó su mano y gritó— ¡Alguacil armad a los buenas bollas! El Alguacil ya lo había previsto, se hallaba seleccionando el material, nada de pistolas, que de hecho quedaban pocas, surtió a aquellos diez curtidos remeros con alfanjes, dagas y porras. Sonaron cañonazos y el Capitán se agachó. —¡Nos hundirán!, ¡los tratados que he leído coinciden!, ¡las naves en popa son muy vulnerables!, ¡con sus cañones nos ahogaran a todos!, ¡Timonel variad posición! El Timonel miró atrás, el corsario se había escorado cuarenta y cinco grados para lanzar una andanada con sus piezas de artillería. Un infierno de cadenetas y metralla ardiente rasgó las velas de la nave, aparejos, poleas y astillas cayeron ardiendo sobre el barco. —¡No capitán!, ¡no quieren hundirnos! —dijo el Timonel— Sólo atacan la jarcia para dejarnos sin arboladura. —¿La qué? ¿qué nos atacan la qué? —El Capitán trataba de recomponerse poniéndose otra vez el sombrero con cadenilla de oro que había rodado por el suelo al agacharse. —¡Los cabos Capitán! Los cabos y velas del barco, si las destrozan iremos aún más lentos y nos podrán abordar sin problemas. —¡Pues que no lo hagan! —Se asomó a la barandilla para mirar la cubierta de remeros —¡Cómitre! ¡remad más fuerte! – El Capitán no pudo ver gente remando, sino al Cómitre tratando de recomponer las filas de remeros. Algunas cadenetas habían caído sobre cubierta y había malherido a varios galeotes. El barbero y el capellán, ayudados por el alguacil, los liberaban de cadenas y llevaban, acompañados de algunos soldados, al camarote del barbero, donde intentarían darles cura. Había un herido de entre los franceses, desvanecido y que sangraba profusamente por la cabeza recién abierta a causa de una polea caída, no lo desengrilletaron, le tiraron un paño limpio para que sus propios camaradas lo vendaran. —¡Vamos inútiles remad!, ¡os colgare a todos por insubordinación! -Gritaba el capitán. Una nueva andanada acabó con lo poco de velamen útil que aún quedaba y volvió a extender el infierno sobre cubierta. El bergantín estaba ya a tiro de mosquete. Nuestros soldados apostados a popa comenzaron a disparar, algunos con mosquetes largos, más pesados y lentos de cargar, pero también más mortíferos. Yo recargué una y otra vez los arcabuces de don Juan, que con mi ayuda disparaba con precisión a doble velocidad que el resto de soldados. Del otro barco también recibíamos fuego de mosquetes, pero era impreciso y menguado, su mayor daño lo hacían los cañones, en su tercera andanada apuntaron más bajo y tiraron metralla. Pero, por fortuna, se estrelló sobre el casco del barco en gran medida y otra buena parte fue parada por las batallolas y barandas

guarnecidas de traperío. Aun así, daño hicieron, yendo a herir a varios de los nuestros, que con sus gritos helaban nuestra sangre, haciéndonos sentir perdidos. El corsario ya casi nos iba a la par y podíamos ver incluso los rostros de la tripulación, que hacía girar en el aire cabos atados a los ganchos de abordaje. Nuestros arcabuceros, tanto los apostados con nosotros a popa, como los que comandaba el Caporal Santiago a proa, apuntaban a estos hombres, algunos cayeron, aunque era difícil la puntería, dado el movimiento de ambos barcos. Yo había gastado ya los doce apóstoles hacía rato, y no sabía a qué santo encomendarme, mis manos ardían de las quemaduras de arcabuz al rojo, yo trataba de cargar bien las armas usando el cuerno, soplaba la cazoleta, y despejaba las cenizas ardientes de pólvora, vertía un poco de pólvora, volvía a soplar, luego más pólvora por le cañón, y después metía la pelota de plomo, apretando bien con la baqueta. Todo ello con la cabeza bien gacha por miedo a todo el fuego que nos caía encima. Los arcabuces de don Juan dejaron de rotar, se había levantado y agarraba las solapas de la lujosa guerrera del Capitán, zamarreándolo y haciéndole ponerse en pie. —¡Vamos Capitán!, ¡nos abordan!, ¡armad a los gitanos!, o los corsarios nos doblegarán. —¡Esa chusma!, ¡son reos!, va contra la normativa —el Capitán se dejó caer de culo sobre la tablazón para que don Juan no pudiera alzarlo —Además son raza de traidores, si les damos armas serán ellos quienes nos degüellen antes que el enemigo. Algunos ganchos de abordaje se agarraban ya a lo que quedaba de nuestra arboladura y a la batallola, marineros y soldados, armados con hachas marinas trataban de cortar los cabos. Don Juan acercó la cara hacia el capitán Alfonso. —Maldito seáis inepto caballerete, ¡os apresaran y harán de vos un remero cómo a todos los demás! El miedo se dibujó en el rostro del Capitán, que pareció dejar de serlo para convertirse de nuevo en el malcriado y petulante Alfonsito y deseó que su familia nunca le hubiera comprado aquel cargo militar. —Haced lo que os plazca ¡Liberad a los gitanos si queréis, pero yo me quedo en mi puesto!, ¡al mando del Alcazar!, ¡soldados disparad! Hacía tiempo que los soldados disparaban a discreción y el sonido de la voz del Capitán les importó poco menos que el de una mosca cojonera, que al fin y al cabo es los que era. Don Juan bajó rápido hacia la cubierta y, junto al alguacil y otros hombres, fueron desengrilletando a los gitanos. Que apilaron sus bancadas y otros tablones sobre la batallola a modo de parapeto. Unos cuantos fueron a la santa bárbara y agarraron las armas que allí quedaban, eran pocas y muchos de ellos hubieron de armarse con sólo con sus cadenas. El resto de galeotes: franceses, moriscos y otros herejes, se escondieron lo que pudieron, refugiándose debajo de sus sucios bancos. El abordaje se retrasó un poco, ya que a la andanada de metralla que ascendió de la línea de cañones del bergantín se unió una sorpresiva de metralla que el Caporal Santiago había preparado con los cañones de proa, todos puestos en la misma borda y que hicieron destrozo entre la primera horda de atacantes. Nuestros hombres se crecieron y, siguiendo a los infantes de marina, se apostaron en la batallola para taponar el ataque, mientras que arcabuceros a proa y popa seguían haciendo fuego, aún así, fueron desbordados y la batalla se convirtió en una riña de gallos en el centro de la cubierta del barco, donde ya ningún tirador podía apuntar por no distinguir distinguir entre enemigo y amigo. El caporal Santiago y sus hombres soltaron las armas de fuego y echaron manos a los hierros para cargar sobre la cubierta y reforzar el grupo. El Capitán, agarrado a la baranda gritaba a los arcabuceros de popa ¡Disparad matadlos a todos! —Señor, ¡los nuestros están cayendo!, ¡no oséis disparar sobre ellos! -me acerqué a él mirándolo desde abajo y sacando mi espadín. Le agarré un faldón del abrigo con la otra mano. Apoyé la punta fina de mi espadín sobre sus nobles partes— O cargáis, ¡O aquí mismo moriréis despojado de esas pelotas que de nada os sirven! Perdió fuelle y se encaminó a la escalerilla. Sacó, de su funda damasquinada, su sable toledano de empuñadura dorada y miró por encima del hombro a los seis arcabuceros que quedaban vivos en popa. No sabemos de dónde sacó el valor y gritó. —Soldados, ¡a la carga! — encaminándose escaleras abajo. El Timonel quedó solo, con una mano al timón y otra presta a una pistola. Bajamos y nos metimos en aquella reyerta, yo desde lo bajo inserté mi espadín en el vientre de un gabacho que estaba luchando contra la cadena que alrededor de su cuello había enredado un gitano. Después de sacarla, tropecé y caí sobre un marino muerto. La alzarme vi a un corsario famélico, parecido a los remeros viejos de nuestra galera, que descargaba sobre mí un gancho de abordaje, lo paré con la cazoleta de mi espadín, aunque llego a hacerme sangre en el antebrazo. Al mismo tiempo eché la otra mano a la pistola y le atravesé el pecho de un disparo. El hombre cayó sobre mí, vaciando su vida sobre la mía. Cuando pude quitármelo de encima, me vi de pie y sin armas. Un tipo armado con rodela y hacha vino hacia mí y me vi obligado a huir, ¡no por cobardía!, sino por buscar un arma con la cual batirme. Suerte que pasé junto a un infante de marina que quedó trabado en combate con el del hacha. Busqué en el suelo, entre cadáveres y tizones humeantes, y encontré un chuzo, que afirmé fuerte con ambos brazos, noté que la sangre corría por mi brazo derecho abajo y que las fuerzas perdía. Entonces caí de espaldas por un golpe de aire caliente y una explosión. Algo en el bergantín había explotado y ardía. Vi un movimiento extraño en la cubierta y un repliegue del enemigo, que se agrupó como una piña y pareció recular a su nave, exhaustos y mermados cómo estábamos nadie osó perseguirlos. Ellos cortaron los cabos de abordaje y retiraron las pasarelas. Su barco parecía un hormiguero que tratase de apagar un fuego declarado a bordo, don Juan gritó a los nuestros. —Todo el que pueda, que venga a los cañones, parte de la tripulación y soldados lo acompañaron e hicieron tres andanadas de cadenetas sobre las velas de los corsarios, que quedaron así mermados en movimiento. Entonces el Cómitre, que en lugar de su látigo llevaba un hacha y en lugar de su boina roja mostraba una calva ensangrentada, comenzó a tocar el tambor, ya que el tamborilero estaba muerto, tocaba zafarrancho a los remeros, que, cómo pudieron, acompañados por soldados y marineros, se organizaron para mover los remos y alejar la nave del barco corsario, que seguía ardiendo, aunque en menor medida. Al llegar la noche el corsario era solo un punto en el horizonte que había dejado de llamear. La noche pasamos entre duermevelas, escuchando lamentos, el barbero y el capellán trabajaban a destajo. Habían necesitado ingerir grandes dosis de un elixir, hecho por destilación de unas hojas traídas de indias, que les imbuía fuerzas y aclaraban ideas para mantenerse alerta y seguir amputando y cosiendo, bajo la luz de un candil, a tanto herido cómo había. Uno de los heridos más ilustres era nuestro Capitán Alfonso Rodríguez Gómez del Tajo, que reposaba en la hamaca de su camarote, donde yo intentaba dormir pese a sus chilliditos. Él había recibido un serio golpe en la cabeza, que tenía vendada, y un corte en la mano derecha que había resultado en la amputación de la primera falange el dedo meñique izquierdo. Parecía dolerle mucho, a tenor de sus gritos. Yo en cambio no sentía nada, tenía un costurón en el antebrazo debido al gancho que me lanzó el viejo, me latía como un segundo corazón, más no sentía nada, solo un dolor sordo en el alma y la cara de ese viejo desgraciado que me miraba mientras moría sobre mí. ¡Nunca hallaré gloria en la guerra!

El día después

Amanecía, salté de mi litera y vi que las del Caporal y don Juan estaban recogidas, no así la del Capitán Alfonso, que parecía obnubilado y deliraba febril meciéndose en su hamaca y gritando una retahíla:

—¡Muero nos matan!, ¡muerto soy por Dios y por España!, ¡no, no he de morir!, ¡que mueran estos bastardos!, ¡por el honor y la gloria de los Rodríguez Gómez del Tajo!, ¡no soy ningún cobarde!, ¡planté cara al enemigo! Lo dejé allí, gritando solo, subí al puente y allí estaba el Timonel, que acababa de tomar el timón al relevo de su segundo, un joven de ojos tristes que había velado toda la noche cubierto bajo un gran capote marino. Observaba cómo los marineros se habían subido a las gavias y, ayudados por los buenas boyas, reparaban mástiles, cabos y vergas, colocando velamen nuevo. —Buenos días don Diego, cómo veis tuvimos suerte de ir en una nave de abastecimiento y estar repletos de velamen y aparejos de sobra. —Buenos días señor Timonel. —Bosco, llamadme Bosco, don Diego. —Entonces vos llamadme Diego, sólo Diego, ¿Y el enemigo? —Atrás quedó a la anochecida y no creo que pueda seguirnos, por mucho que lo quisiera. —La buena suerte también nos salvó. —No creo en esa buena suerte, en batalla gana el más fuerte, hubo algo más en juego, yo lo vi todo desde aquí: el buque corsario salió ardiendo en proa y al momento también le estalló la popa. Fue eso lo que los confundió y les hizo recular al barco, por un momento tuvieron más miedo que nosotros y eso les hizo perdernos, que no perder, pues eran más y era cuestión de momentos habernos hecho picadillo. —¿Qué ocurrió entonces, ¿no fue el azar? —Preguntádselo a don Juan, lo vi saltar de aquel barco ardiendo y en busca del nuestro mientras los otros se replegaban. —¿Don Juan? —Su mano está tras el desastre en la nave enemiga, ¿no lo creéis capaz de ello? —¡Pardiez!, ahora que decís, de eso y de mucho más. —Salí escaleras abajo muerto de ansias por hallar noticias. Cuando bajé la escalerilla y llegué a cubierta vi algo en lo que había recaído desde arriba en el Alcázar, en el centro de la cubierta de remeros se agrupaban los cadáveres. Tropecé con dos gitanos que lloraban agarrando los brazos de otro que yacía muerto, atravesadas sus costillas por una lanzada. Era José, el hijo mayor de Tía Amalia. Me acerqué a ellos y recé de rodillas. Me fijé en el muerto, sus ojos abiertos y descoloridos, su melena corta y el gesto noble de su rostro moreno, le hacían parecer un Cristo yacente. Ellos trataban de que volviera a la vida y parecían demorar el momento de meterlo, como se estaba haciendo con otros, en un saco. —No temáis por él, ahora estará en el cielo junto al Santísimo Cristo de la Luz. Los dos hermanos parecieron reconfortados, uno de ellos habló entre lágrimas:

—Es una pena que José le diera su cadena con el Cristo al alguacil pa que nos sentara juntos, que si no lo llevaría en el cuello. —Veré qué puedo hacer. - me levanté y busqué al Alguacil, se encontraba en proa, en la zona de los franceses que se hallaban todos cabizbajos y encogidos, un grupo de ellos fuera de sus bancos y arremolinados, unos tumbados, otros en cuclillas, en torno a un revoltijo de cadenas. El Alguacil, brazos en jarras los escudriñaba a todos y cada uno. A su lado ,el Cómitre, con el silbato colgando del cuello, y el hacha en la mano, también clavaba sus ojos en ellos. Con su mirada podría matarlos. Me deslumbro entonces el primer sol de la mañana reflejado la gran coraza del infante de marina que yacía muerto debajo de los bancos, era aquel tipo hosco, de barba larga y gusto por apalear. Estaba tan enredado entre las cadenas que difícilmente podría ser desenredado sin uso de cinceles para cortar aquellos nudos gordianos que con cadenas le habían atrapado cuello y extremidades, la parte de rostro que dejaba ver su barba estaba hinchada y morada, así cómo sus manos, que parecían vejigas llenas de sangre. El Cómitre habló en voz baja con el alguacil. —No podemos prescindir de ellos ahora mismo, los necesitamos para llegar y ponernos a salvo en Cartagena. —Es serio lo que me pedís, esto merece escarmiento inmediato, o podemos vernos en otra. —Creed que no hay nadie en este barco con mas ganas de cortarles la cabeza que yo, pero ahora mismo es esencial su fuerza a los remos. En Cartagena haremos justicia. —¿Cómo actuaran los soldados? —Todos queremos llegar a puerto, Santiago es hombre de sentido común. —El Cómitre hizo un gesto hacia el castillo de proa, de donde bajó el caporal, acompañado de los cuatro sus infantes de marina que quedaban con vida, chuzo en mano, con el rostro y las manos rasgadas de arañazos y cortes. Desde el castillo de popa varios arcabuceros apuntaban con sus armas a los franceses. Entonces Alguacil, Cómitre, dos marineros y yo nos dedicamos a desembarazar al infante de sus cadenas cadenas, nuestro trabajo costó, mas el Alguacil se daba buena maña en todo aquello que de grilletes y cadenas se tratase. Quedaron así los franceses todos bien encadenados y recompuestos en sus bancadas. Y el infante muerto fue subido al castillo de proa, donde lo dejaron junto a los soldados muertos, once infantes, a los que sus compañeros habían adecentado limpiando y bruñendo bien las corazas y ocho arcabuceros cuyas magas y calzas de navaja, coloridas de rojo y amarillo, les daban gran dignidad a pesar de estar manchadas se sangre o quemadas de pólvora, a los pies de cada uno, un saco esperándolos. Me hice a un lado e intercambié una palabras con el alguacil, que desapareció, para volver al momento y ponerme algo en la mano con disimulo. —Estoy en deuda con voz, señor alguacil. —susurré.

—Una deuda en oro -dijo él con sus ojos fijos en los míos, a todas vistas no era un hombre de mucha piedad. Volví junto a los gitanos y les entregué el crucifijo, era pequeño, mucho más pequeño que el de su madre, y la cadenilla de oro, de la que ellos me hablaron, había desaparecido, venía ahora colgando de una tirilla de cuero. Serviría de todos modos. Sus hermanos me miraron con ojos y lágrimas de esperanza, anudaron al cuello aquel crucifijo. Ahora parecíame estar viviendo una manifestación sagrada: un Cristo muerto de carne y hueso con un Cristo de oro pendiendo de su cuello. Los gitanos parecieron entonces sacar fuerzas de flaqueza para cerrar y coser el saco. El capellán lo salpicó con su hisopo de agua bendita y tras unos rezos fue arrojado al mar. Lo mismo iba haciendo cada estamento con los suyos. Salvo los esclavos moros o judíos, cuando ellos morían se les tiraba en el momento, directos al mar, sin acto cristiano alguno. Subí entonces a ver a don Juan, que estaba, pasado el jardín, justo en la punta de proa, casi parecía querer hacer equilibrios caminando por el bauprés, ese palo largo que sale en punta, casi horizontal desde la proa. —¡Don Juan tened cuidado! —Eso hago, ¡ejercitarme!, un cuerpo diestro bien sabe cuidarse cuando llega la ocasión. —El Timonel me lo ha dicho, ¿fuisteis vos quien prendió fuego al bergantín corsario?

—¡Ya están las habladurías!—regresó caminando de manera rápida, pero confiada, sobre el bauprés— Nuestro peor enemigo es la

palabrería...¡siempre

hay alguien

mirando y dispuesto a hablar!, y otros muchos dispuestos a correr voces. —¿Es verdad? —Sí, ya se han enterado todos, claro que esa manía tan española de cacarear, también nos facilita mucho la tarea de obtener información —¡Pero contadme lo del bergantín! —A vos, y por ser vos, os lo contaré, que otras veces tendréis que hacer también este y otro tipo de subterfugios. —Se colocó a mi lado y ambos miramos adelante, sintiendo el cabeceo de la galera entre las olas. Estábamos ahora impulsados por las velas nuevas y por los remeros, había prisa en llegar, aún así el Cómitre no exigía a los remeros más de lo que podían dar dadas las funestas circunstancias y cuantiosas pérdidas, don Juan vertió un poco de aceite rojizo sobre su mano derecha y me pasó el frasquito.

—Poneoslo en la pompas de los dedos, es aceite de San Juan, muy bueno para las quemaduras. Me lo ha dado el barbero. —¿Dónde está? En el camarote de los soldados, todavía sigue cuidando a algunos. Se teme por la gangrena y ha tenido que amputar varios miembros. —¿Como el meñique izquierdo del capitán Alfonso? —No, ese ya estaba cortado, sólo le tuvo que coger unos puntos y vendar, también le cogió puntos en la cabeza, nada grave. —Sigue con calenturas y delirando en su camarote. —Sí, le pregunté al barbero, pero dice que no es gangrena, que es sólo el miedo, lo tiene muy metido en el cuerpo. El corte en el dedo es limpio, hecho con una buena hoja, que además no dejó marca alguna en el resto del cuerpo. —¿Qué insinúa? —Nada, son solo observaciones, no sabemos qué le pasó en aquella escaramuza donde todos perdimos la cabeza. —¡Pero contadme ya lo del fuego en el bergantín! —Poco hay que contar, antes del abordaje, si lo recordáis, yo me afané con el alguacil en soltar de cadenas a los gitanos, pero poco me entretuve, en cuanto algunos ya pudieron ayudar a los demás me quité de en medio. Fui a proa con el caporal Santiago y ayudé a cargar y dejar listos los cañones, la descarga fue magnífica, de manera sorpresiva borramos de cubierta toda la primera avanzadilla. Fue entonces cuando, usando un gancho de abordaje con su cabo, me deslicé hasta el barco enemigo, que si recordáis era más pequeño que el nuestro, pero al ser nosotros una galera, nuestra superficie sólo era un poco más alta que la suya, de todos modos, solo tuve que bajar un poco por la soga. Entonces caí sobre su proa. —¿Y nadie os vio? —Un truco básico del ilusionismo es que cuando la gente está alerta de una cosa, deja de estarlo de otra, así se puede uno afanar en robar carteras o infiltrarse a un barco, siempre que un suceso principal les demande a todos la atención. Lo que les parecía un paseo para abordarnos había resultado en un primer susto, estaban todos envalentonándose para sobreponerse y abordarnos en una segunda oleada, cuando yo me colé en su barco. Entonces agarré un farol de aceite y me puse impregnar unos cabos y trapos del castillo de proa, que andaba vacío, encontré un barril de aceite que también vertí. Los vi a todos por la espalda, eran tantos que se apretujaban y estorbaban queriendo subir rápido por las planchas para entrar en nuestra nave, eso también nos salvó, que el acceso no fue demasiado rápido, en ello los gitanos ayudaron mucho parapetando el barco y conteniendo la oleada, aunque despumes fuera rebasada. Entonces pasé arrastrándome por la otra borda sin ser visto ni sospechado y bajé a la bodega para buscar la santa Bárbara, iba yo puñal en mano temiendo que hubiera alguien allí, mas la encontré vacía, de pólvora y de hombres, sólo un pequeño barril de pólvora encontré. En un buque rápido como aquel era escaso el almacenaje, además habían gastado bastante en cañonazos, así que me encontré allí con un aquel triste y solitario barrilito de pólvora, no era suficiente para hacerlo saltar por los aires, pero sí lo suficiente como para sembrar el pánico. Le apliqué una mecha que prendí con mi chisquero mientras desandaba reptando mi camino, para cuando prendí fuego al aceite en proa y me metí, descamisado, cómo había visto que iban algunos de ellos, entre la retaguardia del gentío que abordaba la galera, el barril de pólvora estallaba en popa. Yo grité a la desesperada: m'aidez! m'aidez ! Le navire est in feu !, siempre es bueno conocer el idioma del enemigo. Entre el alboroto empezaron a sonar otros gritos que lanzaban algunos gabachos: Alarme incendie ! Le navire est in feu ! Esto provocó que el remolino de gente se volviera hacia el bergantín, donde comenzaron a apagar el incendio. Yo aproveché para escabullirme y saltar a la galera, a unirme a la melé que poco a poco se deshacía por retirada de los franceses. Fue cuestión de momentos que cortáramos las amarras y ambos barcos se separasen, dejando al grueso de corsarios aislados en su barco, el destrozo de sus velas hizo el resto. —¡Pardiez!, ¡qué hazaña! —No es ninguna, sólo una forma más de hacer la guerra, sólo empleé un golpe táctico dentro de la estrategia de batalla, sin el enorme sacrificio de la tripulación no hubiéramos resistido los envites del enemigo, nuestros infantes de marina valían cada uno por cuatro de ellos, aún así la mayoría perdió la vida.

Llegada a Cartagena

Tres días después llegamos al Puerto de Cartagena, atardecía, y nuestros remeros se empleaban a fondo, al ritmo del Cómitre. Al poco de entrar en aquel puerto militar, desde algunas otras galeras sus marineros lanzaban vítores y saludos. El capitán Alfonso parecía haberse repuesto de sus fiebres y lucía ahora su brillante chaqueta, que en nada llegó a mancharse durante el ataque. El Capitán nos miraba todos con aires pretenciosos, parecía haber salido de las fauces de la muerte, no obstante no llegaba a convencer. No estaba nada clara su participación en la batalla, había perdido una falange del meñique y tenía un golpe en la cabeza que había requerido una sutura de dos puntos, más aparatoso era el vendaje que la herida, el vendaje hacía que su sombrero fastuoso quedara un poco torcido y cómo sobrepuesto. Se situó sobre el puente al lado del Timonel, que lo saludó con un pequeño gesto. —Buenos días Capitán. —Buenos días, habéis llegado a puerto a pesar de mi ausencia, eso os honra. ¡Hablaré bien de vos ante el alto mando!, Ahora he regresado cual fénix resurgido de sus cenizas y os guiaré bien para atracar en este complicado puerto. —Señor, de eso, como siempre, se encargarán los prácticos del puerto, que ya se acercan en aquella barca, cada puerto es diferente, pronto delegaremos el timón y

ellos colocarán la galera como su buen hacer les dé a entender, el puerto está abarrotado. Subieron tres hombres a la nave por una escala de cuerda que bajó desde la galera, una vez arriba se puso uno al timón, otro junto al Cómitre y otro en proa ojeando. Así, bien coordinados, realizaron las maniobras para entrar entre los espigones, el Capitán miraba todo con ojos muy abiertos, como si fuera la primera vez, de hecho lo era. Los remeros se emplearon a fondo, a sabiendas de que pronto podrían descansar, beber y comer rancho fresco. La galera atracó junto a otras tantas de la escuadra, algunos marineros y soldados bajaron a puerto presurosos, mientras otros aguantaron el tedio de tener que quedar de guardia. Don Juan y yo bajamos la pasarela precedidos, unos cuantos pasos por delante por el capitán Alfonso y el caporal Santiago. Caminamos por el puerto observando los cascos rojos de las más de quince galeras, hasta llegar a una de casco negro. —Es la Galera Capitana, desde que don Juan de Austria, y me refiero al Almirante glorioso que venció en Lepanto no a mí, pintara su galera de negro, esa costumbre existe en las escuadras españolas. Subimos por la pasarela a bordo de la capitana, era una nave similar a la nuestra, aunque con motivos y decoraciones doradas que, en algunas partes del Alcazar hacían recordar a un retablo de iglesia con sus dorados de pan de oro. Entramos al camarote del Capitan de Escuadra y todos nos descubrimos, incluso el capitán Alfonso, no sé si por humildad o por mor de enseñorearse mostrando el gran vendaje de su cabeza. —Podéis sentaos.—Nos dijo el Conde de Redonda, que se hallaba en un sillón de brazos ante una mesa donde podíamos ver un plano del puerto. —¡Al fin señor!, y gracias al Cielo, que hemos hecho una larga travesía y batallado mucho al servicio de vuestra excelencia y su Majestad el Magnífico Rey Felipe IV de Absburgo y de todas las Españas. —el capitán Alfonso, intentaba dar tono épico a su relato y lo enfatizaba mostrando su meñique amputado y el vendaje de la cabeza. —¿Habéis tenido una escaramuza al venir? —El Duque de Redonda elevó una ceja mientras lo anotaba con una pluma. —¡Una batalla señor!, a punto estuve de perder la vida en aquel lance, por fortuna comandé a nuestros hombres y el enemigo fue derrotado. El Conde de Redonda elevó aún más su ceja. —Así que hicisteis una captura, ¿dónde está el buque apresado? —Mi señor temo que escapó, ¡esa chusma de gitanos no sirve ni para remar! —El capitán Alfonso gritaba rojo de ira. —Templad la voz capitán, no permito esos comportamientos, no son adecuados para vuestro cargo —miró entonces al caporal y le preguntó— Vos, Capitán de Infantes, ¿tenéis algo que informar? —Señor, era un buque corsario francés, fuimos abordados, los hombres de guerra éramos treinta, murieron dos terceras partes, más el desastre hubiera sido mayor de no ser por el buen hacer de la marinería y los remeros que se unieron a la lucha combatiendo fieros. Gracias a un golpe táctico de don Juan, aquí presente, pudimos zafarnos del enemigo. —¡De desastre nada!, ¡íbamos ganando y los hubiéramos apresado de no ser porque caí heroicamente!, ¡y por la ineptitud de...! —¡Silencio he dicho Capitán!, ¡No volváis a interrumpir, y mucho menos a gritar en mi presencia! ¡Es la última vez que os lo digo!— las cejas del Duque de Redonda ahora estaban fruncidas, mirando los cachetes coloradotes del capitán Alfonso —¿Donde produjo el ataque corsario Capitán? —En alta mar. —El capitán Alfonso miraba a sus propias botas encharoladas sin atreverse a elevar la mirada, El Caporal sacó una nota de un bolsillo en su jubón. —Aquí los traigo anotado señor, he copiado el estadillo de la bitácora del Timonel. El Duque de Redonda miró la nota y volvió a elevar las cejas.

—La bitácora la hace el

Timonel...

¡Entiendo!

—Bien, podéis retiraos, y aprestad la nave, pronto llegarán hombres de refuerzo, tendréis soldados y marinería de sobra y más galeotes que repongan a los caídos. —Capitán si me permitís, he de informaros de un acto de insurrección a bordo, los esclavos franceses mataron a uno de mis infantes durante el ataque, es preciso hacer justicia y escarmiento. —Bien, ajusticiadlos públicamente, un acto así inspirará disciplina, pero circunscribios sólo a los culpables, estamos escasos de remeros. Ahora podéis marcharos. Don Juan mostró un sello al Duque de Redonda. Mi señor, somos emisarios reales -me señaló con un gesto- venía embarcado en la galera y traigo mensajes para vos. —Está bien quedaos entonces — El capitán Alfonso y el Caporal Santiago abandonaron la estancia, el Conde elevó las cejas —¿Que os trae por aquí?

—Señor soy hombre cercano y de confianza de su Majestad, antes que nada he de advertiros sobre ese inepto Capitán Alfonso, casi da al traste con la galera, por suerte, la tripulación es tan buena que el barco se podría decir que se gobierna sólo.

—Bien —dijo el Duque de Redonda, ojeando un cuaderno— a

ver...

Alfonso Rodríguez Gómez del

Tajo...

¡Sí!, lo sospechaba, ¡es su primer mando!, su familia le

compró los galones, donó una gran suma de oro a la armada y dotó el barco de los aprovisionamientos y repuestos que traen a Cartagena. —Señor, ese hombre es un peligro. —Encontrareis toda la flota llena de peligros como ese, ¿quién creéis que financia la Armada? Estos malcriados con ínfulas de grandeza son un mal necesario, tal y cómo lo son los apestosos galeotes y el olor a heces que inunda nuestras galeras. —Señor, sobre esa otra cuestión quisiera yo hablaros, ¡el papel de los galeotes gitanos fue heroico!, su lucha y sacrificio evitó la derrota. —Así se espera de todos, que luchen por su vida y por el Reino. —Mi señor, muchas veces ha ocurrido que los galeotes, por luchar, han conseguido el reconocimiento de la libertad, os pido mostréis esa magnanimidad con ellos y dejéis partir hacia sus casas a los que quedan vivos de entre ese contingente de hombres. El Duque de Redonda soltó tres medidas carcajadas. —Eso no estaría en mi mano en este preciso momento, además sería un terrible error. No imagináis la que viene encima. Las galeras somos sólo una pieza más, de la gran escuadra que se formará en este lugar de aquí en adelante. No podemos prescindir de ningún hombre, y mucho menos de los héroes. No volváis siquiera a insinuarlo, sólo nos faltaba la disensión de los galeotes. Si no hay nada más, podéis marcharos. Don Juan hizo una leve reverencia, lo mínimo que se despachaba para no quedar abiertamente señalado cómo descortés ante aquel Conde, yo lo imité al milímetro y ambos salimos de la galera y nos dirigimos al puerto. Don Juan buscó una taberna, yo me excuse de él buscando algún lugar donde comprar ropas nuevas. Encontré una sastrería donde quedaron en arreglar un jubón nuevo a mi medida y tomaron medida de mis calzas para hacerme unas nuevas. Al sonido de mis monedas, el sastre aseguró que estaría todo listo a la mañana siguiente. De regreso a la taberna vi en un callejón umbrío a varias busconas que hacían sus trabajos a marinos y soldados, al parecer en los aledaños de los puertos la moral se relaja y la vista de los alguaciles se hace gorda. Pasé por otro callejón donde dormitaban unos cuantos marineros borrachos. Había otro grupo en pié que se pasaban unos

a otros una botella de aguardiente, entre carcajadas, dos de ellos se me acercaron tambaleantes y uno me arrancó el sombrero, di un salo hacia él tirando del sombrero y sacando mi espadín a un tiempo. —¡Pardiez!, ¡qué os rebano! El borracho abrió los ojos y todo su rostro pareció querer retirarse hacia atrás, sintió un toque suave de la punta de mi espadín en la ingle y vio la determinación en mis ojos, soltó el sombrero y regresó, junto a su acompañante, a ampararse en su grupo, que se rió de ellos un buen rato mientras yo me alejaba, paso calmo con el espadín de nuevo en su vaina. Aquel lance sí que lo recuerdo cómo mi primera victoria.

Despacho con Olivares

—Así es señor, mis informantes son veraces— decía don Juan— la rebelión en Andalucía parece sofocada, vuestros parientes en esas tierras, tras esa convincente audiencia que tuvisteis con ellos, parece que os vuelven a prestar su favor. —¡Malditos!, esos codiciosos solo piensan en el favor de los dineros, de buen gusto hubieran disfrutado viéndome en la ruina. El muy ambicioso pretendía pasar,

nada menos, que de Duque de Medina Sidonia a Rey de Andalucía, o cualquier título rimbombante que él mismo hubiera decidido otorgarse.—Por un instante me miró

— No he olvidado aquella trama retorcida en la que metieron cizaña al aposentador y que a punto estuvo de costarme la

vida...

¡recibir un disparo por un asunto de

cuernos entre caballeretes!... Elevé la mano para intervenir, pero el Conde Duque golpeó la mesa con su puño. —Callad, ¡no estoy para pequeñeces!. —Yo fruncí el seño, pero él ni lo vio, dirigió su mirada hacia don Juan. —Necesitamos una prueba de lealtad, no pueden salir de esta airosos y sin sacrificios: ¡deberán mostrar su lealtad al reino enfrentándose a Portugal! —Me parece buena idea señor, eso, además de probar su lealtad, los desgastará a los dos. —Cuando quiera vuestra opinión a este respecto os lo haré saber, por el momento, con la mía basta. —El rostro del Conde Duque de Olivares era recio, a pesar de lo orondo, y trasmitía a la vez confianza en sí mismo y menosprecio hacia los demás— Todos vuestros informes me han sido de gran utilidad, seguid trabajando en esa línea. Ahora debéis encontraros con García Álvarez de Toledo y Mendoza ¿le conocéis? —Sólo de vistas, y oídas, señor. —Bien, ahora lo haréis de persona a persona, hay un mayordomo en la puerta que os conducirá a su estancia. Partid, no hay tiempo que perder. Hicimos una reverencia, como mandaban los cánones, ante el político más poderoso de la tierra en ese momento.

García Álvarez de Toledo y Mendoza

García Álvarez de Toledo y Mendoza era un hombre de pelo cano, su uniforme de Almirante era impresionante, aunque no recargado, además en nada parecía recién adquirido. El actual Capitán General de Estado y Guerra era un hombre curtido en la política, en la guerra y en la mar. Miró a don Juan. —Buen trabajo caballero —Observé que sobre el uniforme, don García Álvarez de Toledo y Mendoza, portaba bordada la misma cruz de la Orden de Santiago que don Juan lucía en algunas ocasiones, esta era una de ellas. —He recibido puntualmente vuestros informes, y además está ese sabotaje que hicisteis al corsario francés, muy astuto y hábil, no esperaba menos de vos. Se avecina una gran ofensiva y os necesitamos más que nunca, a vos y a vuestros hombres. ¿Sois don Diego de Acedo verdad? —¡Sí señor! —Agaché mi cabeza. —Su majestad el Rey me ha hablado muy bien de vos, como veo, no defraudáis. Seguid así, precisamos de buenos hombres de confianza. Ahora vamos al asunto. Su majestad está aún en Fraga, acuartelado con las tropas y esperando refuerzos. Nuestra primera ofensiva fracasó. Ahora preparamos una segunda. Saldremos desde Cartagena, donde, como bien sabéis, tras nuestra primera derrota naval, se está preparando una nueva flota para liberar Tarragona. Vendréis en ese contingente, os necesito allí. Yo temblé por verme de nuevo en una galera maloliente, rodeado de esclavos enfermizos y bajo el mando de algún inepto, a expensas de que cualquier avatar del destino me hiciera fallecer de manera estúpida. Don Juan hizo un saludo militar. —A la orden. Yo lo imité, ¡qué remedio! —A la orden.

Las cosas por palacio

Caminé por palacio a mi placer, el Rey no se hallaba, tan solo algunos de los príncipes, lo más pequeños, con sus amas de cría. Igualmente faltaban los enanos y bufones principales, la Maribárbola, el Calabacillas, el Niño Lezcano y otros estarían también en Fraga junto a sus majestades. Había un nuevo aposentador real, un

hombre maduro, que por sus modales y poca preparación parecía de buena familia y poco oficio. Otro que sufragaba la guerra comprando su puesto, de todos modos, a mí poco había que aposentarme. Don Juan se alejó con él en dirección a una habitación de invitados y yo me despedí y fui directo al cuartelillo de enanos. Caí rendido en mi pequeño catre y dormí del tirón. Al amanecer todo me parecía más pequeño, sentí que, después de ver tanto mundo y, a pesar de las penurias, esos conocimientos y vivencias habían cambiado algo dentro de mí. Me dirigí al despacho de su majestad. En él encontré al Secretario Real, qué me saludó con un gesto. —¡Me alegro de veros Primo!, cuanto os hicimos de menos estas pasadas semanas. —Se dirigió al cofre de las estampas y abrió los tres cerrojos- —Tomad vuestras herramientas si queréis ayudar en algo. —¿Están aquí las estampas del Rey?, ¿En su ausencia?

—Claro que sí, Primo, es ese el principal sentido de su existencia: los sellos sirven para firmar algo cuando el firmante no está. ¿No siempre estuvisteis a su sombra y nada sellasteis en su ausencia. ¡Cómo ibais a saberlo!

—Pero...

le vi con el cofre en Fraga.

sabíais?...

Bueno, en realidad

—Hay dos cofres y dos juegos de sellos, uno va con el y otro queda con el Valido y el Secretario: el sello es cuestión de confianza y su Majestad fía en nosotros,

en nosotros y en vos, por supuesto. Su voz sonaba sensata y digna de confianza, yo conocía al Secretario desde hacía años y gran razón tenía al decir que su majestad el Rey Felipe IV fiaba plenamente en él. Cuantas cosas yo no sabía habiendo estado cómo estaba enfrascado en sellar a ciegas todo aquello que yo veía pasar ante mis ojos. Ni siquiera me preocupé de que aquellos papeles que pasaban ante mis ojos dictaban la marcha del mundo y en ellos había más muerte y más fortuna que en todos los campos, galeras y batallas, que por otro lado, de las disposiciones en los citados papeles dependían. —Bien, me voy ahora con el Conde Duque de Olivares, tenemos que despachar unos asuntos. Ahí tenéis un montón de cosas a sellar, si sois tan amable y os prestáis a ello don Diego. —Por supuesto que lo haré, echo tan en falta la tinta y tan en sobra la sangre, que será todo un placer el ver de nuevo mis manos teñidas de negro. Me puse así a sellar y sellar, aunque no a ritmo rápido y frenético, leí todo cuanto pasaba por mis manos, ahora intentaba encajar cada papel en todo aquel mundo que había pasado por delante de mis ojos tal y como ahora lo hacían los papeles. Había llamamientos a los nobles de todos los rincones de los reinos para que se aprestaran a formar y enviar nuevas levas de hombres a reforzar los ejércitos, subidas de impuestos, prohibiciones, multas, expropiaciones de tierras y bienes que acusaban a sus propietarios de delitos, algunos contra la moral y la decencia por mor de justificar el enajenamiento de sus bienes, nombramientos de nuevos cargos públicos con su correspondiente precio , nombramientos militares al mejor postor, incluso venta de títulos nobiliarios, estos a precios exorbitantes. Terminé de sellar empachado de tanta venalidad y fui a lavarme las manos, en esta ocasión me dio más asco la tinta que la sangre.

Asediando a sagrado

Poderoso caballero es don Dinero, nunca fueron mejor dichos esos versos del mordaz Quevedo. El caballero don Dinero me llevó sin dilación, y sin preguntas, en un carro de palacio, uno de servicio, sin escudo ni distintivo alguno, hasta la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Allí era donde, según logré averiguar en discretas conversaciones con alguna de las damas de palacio, queridas amigas dolientes de mi amada, se escondía Marcos Encinas, el cruel y celoso asesino, que, desde que se acogió a sagrado se hallaba en un lugar cómodo, con convento aledaño de frailes. Allí se encontraba a salvo, haciendo uso de todo el dinero de su fortuna personal, atesorada en sus años de servicio en palacio, había conseguido una más que amplia celda, y todos los días comía carne, salvo los viernes. Tenía el lugar un amplio claustro donde el Encinillas se paseaba y solazaba de día y un pazadizo que comunicaba a un convento de monjas, también de clausura. Las malas lenguas no supieron decirme de que orden eran estas hermanas. Además, por la noche, la puertas de la Iglesia quedaban abiertas por si algún menesteroso precisaba acogerse a sagrado. Cosa que aprovechaban los huéspedes, pues no era el Encinillas el único, para salir por los alrededores, a riesgo de ser detenidos, pero a sabiendas de que en la noche pocos alguaciles rondaban aquella zona. Me contó gran parte de todo esto un mozo de cocina, uno de aquellos a los que el Encinillas pateaba el culo y que ahora mantenía cierto contacto con él, traíale ciertas mercancías, vinos y delicias extraviadas de la cocina de Palacio. El Encinillas las comía en parte y las comerciaba en otra, más por hallar influencias entre el resto de refugiados y clérigos, que por necesidad de dinero, que era claro no necesitaba. El carro paró, el mozo echó el freno y abrió la portezuela del carruaje. —¡Esperad aquí!, os lo traeré ¡y espero que cumpláis la promesa!, ¡en sus dos aspectos! Esperé allí un rato, con las venas de mi frente pareciendo querer estallar y el sudor empapando mis cabellos. Escuché pasos, me pegué por dentro del carro justo al lado de la portezuela. —¡Hoy os traigo algo grande!, ¡faisanes y vinos de la Sierra de Sevilla!, es mucho, está dentro. Cuando el Encinillas entró pude sentir su olor, lo había olvidado, un olor a rancio y a odio que no se le quitaba ni encerrado en un convento. Él se agachó para agarrar una caja y entonces le sorprendí. Haciendo candado con mi brazo izquierdo en su cuello y apuntando con mi espadín a su garganta. Sentí como se entrecortaba su respiración, sería cosa de un momento, más fácil y más justo que todas las muertes que yo había dado anteriormente. Mas algo pasó, mi mano no pudo apretar, me sentí sin fuerzas y sin ganas de dar muerte a aquel despreciable. No podía matar así, a sangre fría. El Encinillas debió notar algo y comenzó a forcejear. Yo solté la presa sin resistencia y él saltó del carro. Dio un vistazo hacia mí. —¡Puto enano!, ¡me deshonraste!, ¡la ley me ampara!, ¡te puedo arruinar la vida! Me acerqué a la portezuela espadín en mano. —¡Atrévete!, ¡tú atrévete! —yo necesitaba eso, sólo un motivo, un breve ápice de agresión me hubieran bastado para acuchillarle a placer, pero eso no ocurrió, se dio la vuelta corriendo hacia la iglesia y cerró el portón por dentro, por segunda vez en su vida se había acogido a sagrado.

En carruaje hacia Cartagena

Pasaron varios días de tedio en palacio, yo dudaba sobre lo que me había pasado aquella noche en la Iglesia de Sagrado Corazón de Jesús. Era algo extraño, pero yo

no podía ir en contra de lo que mi alma me dijo en ese momento, no lo debía matar, no así, por mucho que en mis sueños y pensamientos de desvelo lo hubiese deseado. No obstante, todo era cuestión de táctica y estrategia. En aquellos días de trabajo en el gabinete del Rey ausente, estaba yo descubriendo que la pluma puede hacer mejores labores que la espada, pero esa es historia postrera que más adelante desvelaré, ya se sabe en estos casos lo que siempre aconseja don Juan: la mejor arma es el silencio. García Álvarez de Toledo y Mendoza no sólo era caballero de Santiago, era uno de los trece, así me lo hizo saber don Juan. La Orden de Caballería de Santiago estaba comandada por un consejo de trece personas, del cual formaba parte el citado Marques y Grande de España. Don Juan consideraba un enorme honor que el Capitán General de los Consejos de Estado y Guerra, nos hubiera invitado a hacer el viaje a Cartagena utilizando su mismo carruaje. No digo un honor pomposo y vano, cómo al que aspiraban muchos en Palacio, sino un honor de tipo marcial, suponía el reconocimiento de un caballero hacia otros dos caballeros. A tenor de lo que decía don Juan, la caballería era algo que trascendía el momento presente, las guerras del ahora, las mezquindades y compraventas eran algo transitorio, la caballería espiritual era algo que nos unía a la eternidad, yo no entendía aquello del todo, al menos en ese momento, en algo me resonaba a los ideales del héroe griego clásico, aunque eso, como todo, debería vivirlo en carnes para comprenderlo de verdad. No sé si ese ideal de caballería no sería más bien como la locura de aquel triste caballero don Quijote,

de quien nos contara Cervantes en sus

escritos...

yo a veces dudaba, ¿en verdad era locura el ideal del ingenioso hidalgo?

—Allí, en aquellos carros. La explanada era un hervidero de soldados, grupos de caballería se ponían en camino, mientras carros de piqueros se aprestaban para salir. Un grupo de carros con cierto boato se hallaba rodeado por unos jinetes de escolta. Llegamos a ellos y el Marqués García Álvarez de Toledo y Mendoza alzó el sombrero, sonriendo con naturalidad. Tan extraña era esa naturalidad en un noble, al menos a mis ojos, que estaba acostumbrado a los rostros de madera propios de los Austrias. La naturalidad fue aún mayor en el viaje, el Capitán General se enorgullecía tanto de su orden de caballería que para él, la pertenencia era más preciada que cualquiera de sus títulos nobiliarios o cargos en el gobierno. Don Juan parecía entenderle a la perfección. Paramos esa noche a dormir en una venta, mientras los soldados acampaban alrededor y dormían de cualquier manera. En tres días llegamos a Cartagena, en el último tramo de viaje, García Álvarez de Toledo y Mendoza nos entrego un plano. —Este es el plano de las defensas de Tarragona, necesito vuestros servicios, comandareis sendos ataques de subterfugio, las órdenes están selladas y no las abriréis hasta que las galeras se separen de la flota principal. Hasta entonces, volved a la galera del Capitán Alfonso y comportaos como lo que sois, miembros de alto rango en el ejército. Buena suerte, en vuestro éxito confío. Dio un apretón de manos a don Juan, pareció ser este gesto algo especial entre ellos. Bajamos del carruaje y nos dirigimos al puerto. Comparado a cómo dejamos el puerto semanas atrás, aquello ahora parecía el quíntuple de ocupado, no había manera de caminar por los espigones. Era un hormiguero de mozos y cargadores que se afanaba en llenar los barcos. —¡Pardiez que nunca viera nada así!

—Pocos lo han visto nunca. Una flota con tantos galeones y de tal categoría. Fijaos en las tres filas de cañones que tienen en cada banda. La potencia de fuego es devastadora.

Mis ojos hacían chiribitas: que falta nos hubiera hecho alguno de aquellos para enfrentarnos al bergantín

corsario...

claro que, como dice Su Majestad, y antes que él

decía Julio Cesar , "un águila no caza moscas". Había también otras hileras de barcos de guerra que comparados con los galeones eran más pequeños, eran carabelas, algunas con dos, otras con tres palos y sus correspondiente dotación de cañones. Llegué a contar cerca de treinta. En otra zona del puerto, junto al resto de su clase,

nos esperaba nuestra galera. Subí la pasarela con emoción, ya me había hecho a la idea y la promesa de aventura, unida a la secreta misión me habían subido los ánimos sobremanera. Saludé discretamente a los gitanos, a quienes pasé un gran papelón de chicharrones, un saquito de almendras y un pellejo de vino que había afanado en un puestecillo del puerto. Dos grumetes nos acompañaban cargando nuestro cofre. Entramos sin llamar al camarote del Capitán Alfonso Rodríguez Gómez del Tajo. Que elevó sus manos frente a la cara cómo para protegerse de la sorpresa. He de reconocer, para mi propia vergüenza por lo mezquino del hecho, que me hizo mucha gracia la ausencia de la falange en su meñique izquierdo. Me trajo recuerdos de su ridícula hazaña. El Capitán estaba allí sólo, con una copa de vino sobre una carta náutica manchurreada de posos de vino que parecía usar más de mantel que para cálculos náuticos, que a todas vistas no sabía hacer. —¿Cómo os atrevéis?, ¡nadie entra en mi camarote!, ¡qué digo en mi camarote!, ¡nadie entra en mi nave sin mi permiso! —Señor, el protocolo obliga —dije yo con una sonrisa que no pude disimular, depositando una carta sellada sobre la mesa— traemos orden directa del Capitán General del Consejo de Estado y Guerra, a la sazón Almirante de toda esta flota: don García Álvarez de Toledo y Mendoza, de incorporarnos a esta tripulación y alojarnos aquí, en el camarote de los capitanes, donde nos corresponde por rango ubicarnos. El capitán Alfonso Rodríguez Gómez del Tajo tragó saliva mientras leía la orden, su rostro estaba más colorado de lo habitual y su frente perlada de sudor, de buen seguro volvía ahora a lamentar el maldito día en que su familia de medradores profesionales le compró aquella participación en la carrera militar. No esperamos su respuesta, indicamos a los grumetes donde habían de colocar nuestro cofre y subimos al puente para saludar al Timonel. Allí le encontramos hablando con el caporal Santiago. Fue cómo encontrar a viejos camaradas, de hecho fue encontrarlos, ya que aunque nuestro contacto se limitase a pocos días en la mar, los avatares y cuitas sufridos nos habían hecho sentir cómo hermanos en aquella controvertida contienda. —¿Cómo andáis don Diego? —dijo Bosco, el Timonel, palmeando mi espalda, sentí que me la palmeaba cómo a un camarada, no como a un chiquillo, por eso me gustó el gesto. —Pues ya me veis, menguado de cuerpo, pero crecido en atribuciones: nos mandan incorporarnos de nuevo al barco, esta vez cómo parte de su tripulación. ¡No podríamos tener mejor compañía!

—¿Buena

compañía?...no

lo diréis por el lelo del Alfonsito...

Soltamos una carcajada. —Un mal necesario, según cuenta todo el

mundo...

y parece no ser el único.

—Claro que no, yo ya he pasado por varios, el primer viaje es el peor, después se les bajan los humos y se quedan ahí, en su camarote simulando despachos y cálculos. El mando de la nave los detentamos en realidad nosotros, cómo debe ser, lo único incómodo es el tema de disimular y más de una vez a uno le falla la paciencia y tiene que morderse la lengua. Pero desde lo del corsario anda muy suave, en la tripulación se comenta lo que pasó, puede no ser más que un rumor, pero parece acertado. El muy cobarde bajó la escalera del Alcazar, pero cuando los que venían con él se precipitaron a la lucha, él se rezagó, y viendo la muerte de muchos tan de cerca, prefirió cortarse el meñique a sí mismo y encogerse en un rincón haciéndose el herido. Bien es verdad que algún objeto arrojado en la escaramuza le impactó en la frente mientras él estaba enroscado en el suelo y así perdió conocimiento. —¡Maldito cobarde! —dije yo exaltado— deberían colgarlo. —Eso hacen con cualquiera que actué así y que no sea “hijo de algo”, por desgracia este lo es —dijo el Caporal Santiago resoplando— habría que demostrarlo con testimonios, y los que lo vieron fueron los gitanos, cuya palabra bien sabéis que no sirve en un juicio ya que los jueces no consideran el testimonio de los gitanos como prueba de validez. Incluso si hubiera pruebas claras que lo condenasen, de seguro su familia podría comprar un indulto. Esta guerra está tan falta de recursos que la venta de indultos también está a la orden del día. Pero en fin, aquí estamos, a luchar y morir por el Rey y por España. Han llegado nuevos hombres, somos ahora sesenta hombres de guerra y nuevos remeros gitanos para dar fuerza a la nave, falta hacían, porque murieron muchos en el ataque corsario y además, hace unos días ahorcamos a dos filas enteras de esclavos franceses, las dos filas entre las que murió estrangulado Lucas Roldan, que tan buen infante era. Parecía el sólo un ariete cuando cargaba en alguna melé, y tuvo que morir así, a traición y encadenado sin gloria alguna, ni posibilidad de defensa. Donde las dan las toman, pensé yo al recordar el cruel apaleamiento que le presencié, cuando machacó a aquel pobre esclavo francés encadenado y postrado, claro

que no era cuestión de tocarle los huevos al Caporal con mis teorías sobre la justicia divina retributiva... —Bueno, ¿cuántos barcos componen la flota? El Timonel contestó.

—Los he contado bien, somos veintinueve galeras y treinta y un buques de vela, entre galeones y carabelas, en total sesenta barcos de guerra, a los que hay que

añadir otros sesenta de carga y avituallamiento, es lo que tiene mover tal contingente de tropas, que precisa gran cantidades de oro que hay que sacar de donde sea.

logística...

y volvemos a lo de siempre: grandes

Asalto a Tarragona

Atardecía, la flota de vela, encaró el puerto de Tarragona. Una milla náutica más atrás, las galeras se aprestaban al combate, enfervorecidos todos por el retumbar de cañonazos. Veíamos fogonazos salir de las carabelas y galeones, que escupían fuego sin parar. La flota Francesa salió del puerto a la mar para sí maniobrar y no era tan presa facil, comenzó entonces un intercambio brutal en el que ninguna nave parecía afectada, mas el enzarzamiento les hizo salir en plena refriega hasta alta mar.

Fue este el momento en el que las galeras largaron sus remos y se colaron en el puerto, la flota Francesa, atareada estaba con los galeones y carabelas españolas y no reparó en las galeras. Quizá sí, eso no lo sabemos, de todos modos y cómo dijo Julio Cesar, Alea iacta est. Don Juan y yo abrimos nuestros sobres, habíamos cruzado nuestro Rubicon. —Enhorabuena pequeño amigo, tenéis vuestro primer mando. —¿Mi primer Mando?, ¿yo sólo?, no lo había pensado. —Exacto, en estas misiones iremos por separado, vos sois el capitán de la vuestra. La orden era clara, debía escoger un contingente de veinte hombres y remar en una barcaza hasta tierra, seguir la indicación de un plano, infiltrarme y volar una Santa Bárbara para dejar desabastecido el fuego de una batería de cañones, don Juan iría por el otro flanco a una misión de sabotaje similar. Me dirigí hacia la cubierta de los remeros. —Se que no os han tratado bien, pero eso puede cambiar. —No cambia nunca, nos partimos la cara, muchos murieron por defender el barco y aquí seguimos, tratados como perros, ya se nos negó una vez la libertad. —Todos estamos en guerra, a mí tampoco me dejan partir hasta que esto acabe. Os digo que todo puede cambiar. Si no lo hacéis por la corona, al menos hacedlo por

mí.

—Por ti sí que voy adonde sea, que eres como un primo nuestro chico. —Dijo uno de los hijos de tía Amalia. —Sí, por ti vamos a donde sea, no te dejaremos solo. —Dijo el otro. El resto se unió, con más o menos ganas, se repartieron en dos partidas, una se fue con don Juan y la otra conmigo, los dos hermanos siempre a mi lado. Bajamos a la barcaza, descolgando por una polea un fardo de espadas y dagas sobre la misma. En cuanto llegamos al agua comenzaron a remar, sin temor, con disciplina, llevaban pocas semanas en galeras pero parecían un grupo veterano. La mar estaba algo picada y la barca ascendía y descendía. Los remeros entonaban bajito un canto para llevar el ritmo. La noche caía cada vez más oscura y en poco tiempo dejé de divisar la barcaza de don Juan. A lo lejos atronaban los galeones españoles y franceses intercambiando disparos, cada vez más lejos del puerto. Mientras, nuestras galeras estaban remando a toda velocidad para entrar en el puerto. Al poco, las baterías de los baluartes comenzaron a sonar. Las balas caían en el agua, aún no estaban a tiro. En nosotros no habían recaído, si las galeras habían aprovechado el descuido de los barcos franceses , que entretenidos por nuestros galeones no recayeron en ellas, lo mismo hacíamos nosotros. Nuestras barcas se adelantaban sin que las defensas de tierra las hubieran si quiera imaginado. Yo animé a mis remeros, ellos seguían remando sin resuello, ya no cantaban, sus propias respiraciones exaltadas servían de ritmo. Las galeras empezaron a disparar con sus baterías. El intercambio comenzó. Ya estaban a tiro, tanto los de un lado como los del otro. Además del tronido de los cañones , escuchábamos las enormes balas pasar silbando sobre nuestras cabezas. El mar parecía haberse alterado con tanto tronido y ahora la barcaza oscilaba amenazando con volcarse. Por fortuna estábamos cerca, me hallaba yo abstraído observando una batería de cañones en el extremo del puerto, ese era nuestro objetivo, volar su Santa Bárbara para impedir el fuego sobre las tropas de desembarco. —Remad, ¡más rápido!, ¡hacia allí! Al momento, la barca encalló en la arena y bajamos, uno de los hijos de Tía Amalia me cargó en sus hombros, mientras portaba una daga en sus manos. Su hermano agarro dos espadas y se nos pegó al lado. El resto se armaron y bajaron de la barca. El agua les llegaba a la cintura, avanzamos rápido intentando no hacer ruido y llegamos a una playa de arena. Me dejaron en el suelo, mis pies se hundieron, era difícil avanzar, todos juntos, cabezas gachas, avanzamos sin siquiera ser sospechados. Yo llevaba a buen recaudo en mi jubón un chisquero y mecha suficiente para volar todo el polvorín. Llegamos a pies del baluarte, desguarnecido, ya que todo el personal se hallaba dedicado a lanzar cañonazos. A tenor de lo que ocurría en el horizonte, habían alcanzado a alguna galera que se veía ardiendo, aunque el resto parecía estar respondiendo bien al fuego. En tierra eran varios los puntos de los que salían los cañonazos, cada vez con más intensidad, cada vez con menos intervalo entre disparos. El tiempo apremiaba. Estábamos a los pies de la muralla, nuestros hombres arrojaron unos ganchos y comenzaron a trepar con cuerdas, los primeros subieron y desde arriba me alzaron atado a una cuerda. Todos en silencio y agachados sobre el muro veíamos a los hombres afanados en los cañones. Me orienté, la Santa Bárbara estaba al otro lado, algunos hombres transportaban en ese momento un gran barril de pólvora sobre una carretilla en dirección a los cañones. La puerta estaba abierta y parecía desguarnecida. Agarré el chisquero y le dije a los hijos de Tía Amalia que me acompañaran, mientras el resto aguardaba sobre el muro. Nos arrastrábamos por el suelo del patio cuando escuchamos una gran explosión acompañada de una lluvia de piedras. Y gritos. —¡Sabotejadors! ¡han atacat el Fortí Negre! ¡Al polvorí!¡Guàrdies al polvorí! Todo pasó muy rápido, una maraña de gente salió de los cañones, guardias armados se apostaron en la puerta y aprestaron a cargar sus armas de fuego. —¿Qué pasa Primo? —No lo sé, es posible que don Juan haya alcanzado su objetivo y volado el polvorín, pero ahora aquí están sobre alerta. Mejor vayámonos. Reculamos, reptando despacio hasta el lugar de la muralla donde nos esperaba el resto. El fuego de cañones había bajado en intensidad, el baluarte próximo había reventado, y en el nuestro la mayor parte de los hombres estaba protegiendo su polvorín y buscando por la fortaleza para encontrar posibles saboteadores. Entonces se me ocurrió pensar al revés. —Lo importante es evitar el bombardeo sobre los barcos ¿no? ¡Pues vamos! ¡Aprestad las armas y tomemos los cañones! Caminamos con todo el sigilo posible sobre la muralla y caímos sobre los artilleros, que no sabían de donde les caían los tajos y puñaladas. Hubo una refriega rápida, en un instante nuestros hombres se habían hecho con los cañones y los artilleros yacían en su mayoría muertos, el resto había huido en dirección al polvorín.. Entonces sonaron arcabuzazos , los soldados que protegían el polvorín habían comenzado a disparar. Sentí que me asediaba una segunda idea:

—Vamos ¡dad la vuelta a los cañones! —Algo que fue difícil, estaban muy calientes y nos quemaban, además se encontraban trabados por cuerdas, nuestros hombres gritaban atolondrados. Las balas de arcabuz silbaban y los guardias parecían aproximarse de manera lenta, no se arriesgaban a dejar el polvorín. —¡A éste, venid todos a éste! A duras penas conseguimos cortar las sogas que sostenían al cañón en su retroceso. Y moverlo en dirección al polvorín. Fue cosa de un momento cargarlo, ninguno de nosotros sabia hacerlo, pero lo habíamos observado multitud de veces en las practicas que realizaban en la galera. Echamos la pólvora, el tapón, la bala de cañón, lo atacamos bien y la descarga fue tremenda, al punto que caí de espaldas , dos de nuestros hombres murieron aplastados por el retroceso del cañón, que no habíamos previsto, pero el efecto sobre el polvorín fue devastador. Saltó por los aires llevándose consigo a todos los soldados en el apostados y derribando a los que corrían para darnos caza, ahora estaban todos muertos por la explosión. Una lluvia de cascotes cayó sobre nosotros acompañadas por una ola de fuego que casi nos quema el aire en los pulmones. Me picaban los ojos cuando los abrí, a mi alrededor mis hombres se quejaban encogidos. —¡Arriba!, ¡vamos arriba!, ¡lo hemos hecho!, ¡ahora largo! Miré desde la muralla y vi que un nuevo contingente de soldados enemigos se aproximaba al baluarte. —Vamos, ¡bajemos por las escalas! Los hombres parecieron reaccionar y ayudarse unos a otros a recomponerse, atrás quedaron tres caídos sin vida, pero al resto, incluso a los malheridos, sus compañeros los ayudaron.

A los heridos los bajaron, cómo a mí, atados a las cuerdas, el resto bajó rápido, cómo pudo espoleado por la llegada del enemigo. No volvamos a la barca, perdámonos por ahí, señalé una arboleda cercana en un promontorio aledaño, subimos allí en silencio. Mientras los soldados corrían y disparaban a ciegas contra la zona en la que habíamos desembarcado. Para cuando descubrieron la barca vacía, ya estábamos a salvo y guarecidos. Desde allí vimos, gracias a los relámpagos de los cañones, como las galeras arribaban sin peligro a cañonazos, al menos en nuestra zona. Escuchamos el desembargo entre fogonazos de una multitud de infantes de marina y arcabuceros, que pronto corrían tras las defensas. La plaza cayó ante el ímpetu de los recién desembarcados. Esperamos allí escondidos hasta que la claridad nos permitiera ver. Lo hicimos, ante todo, por protegernos de equívocos y evitar que nuestras propias tropas nos dieran muerte. Al amanecer parecía imperar la calma. Los barcos españoles estaban en el puerto y no había señal de los franceses. —Vamos, regresemos con nuestra gente. —¿Qué gente? —dijo uno de ellos— Será tu gente, la que nos trae el mal bajío, ¡yo no vuelvo!, ¡que ya está bien! —Se ajustó la daga y la espada que pendían de su cinturón— los demás me miraron amenazantes, hasta los hijos de Tía Amalia parecían de acuerdo con él. —¡Tenéis que volver!, es claro que, por la fuerza, podéis marcharos ahora mismo, pero tenéis que volver. De lo contrario os tomarán por desertores, os perseguirán y mataran a todos –levanté mi fustita— ¡Bien lo sabéis! —Cuando volvamos nos encadenaran otra vez y nos mataran a palos, ¡eso también lo sabemos! —Creísteis y en mi y me seguisteis a la lucha, os pido que creáis otra vez en mí y regreséis al barco, ¡os conseguiré la libertad! —llevé mi mano al corazón y los miré uno a uno a los ojos— ¡Os lo juro! Dudaron un momento, se miraron unos a otros , escuché algún resoplido y entonces habló uno de los hijos de Tía Amalia. —Venga, vamos con el Primo, ¡que es un hombre de respeto! El resto asintió y el que inició las quejas resopló otra vez. —Bueno, te fiaremos una última vez, pero ten en cuenta que un hombre de respeto no jura nunca en balde. —Lo sé, y si he jurado es porque sé lo que hago. Salí con paso firme y los hombres me siguieron, dos de ellos eran transportados en volandas por sus compañeros, porque tenían los huesos quebrados a causa de los peñascos que levantó la explosión. Volvimos por la playa hasta la barcaza, qué parecía estar allí esperándonos. Tomó cada uno su puesto a los remos, dejando a mi lado a los dos heridos. Y comenzamos a remar en busca de nuestra galera. La tarea fue difícil, ya que eran muchas las atracadas y aún no estaba organizada la situación. Algunas habían sufrido cuantiosos daños y se veían agujereadas y desarboladas, sin embargo la nuestra estaba en condiciones más que aceptables. Amarramos la barcaza y subimos a bordo. Miramos alrededor, sólo los galeotes esclavos y el turno de guardia estaban a bordo. El resto estaría en la ciudad celebrando la victoria. Escuchamos entonces unos pasos en tropel que subían por la pasarela, era la cuadrilla de don Juan, todos abrazaban a sus parientes celebrando el estar vivos. Don Juan me guiñó un ojo. —¿Qué tal pequeño amigo? —Casi no lo contamos, ¡os adelantasteis!, y nuestros enemigos se alertaron. —Fue cosa de poco, yo estaba esperando vuestra explosión, pero las cosas se precipitaron, no pude esperar más, había que hacerlo o nuestras tropas en el desembarco hubieran sufrido un a carnicería. —Os comprendo, había que actuar. Ahora seguidme, ¡vos y todos!, ¡seguidme! —¿Qué pretendéis pequeño amigo? —Ya lo veréis -le guiñé un ojo— la mejor arma es el silencio. Emprendí camino hacia el camarote del Capitán, a paso firme y todos me siguieron. Abrí la puerta y me encaminé a mi cofre. El capitán estaba sentado a su mesita, con una copa en una mano y una botella de vino dulce en la otra, celebraba a su manera la victoria sobre la manchurreada carta náutica que le servía de mantel. —¡Don Diego!, ¡descubríos y mostrad respeto! ¡el protocolo obliga! Le contesté sin mirarlo mientras me atareaba en sacar un paquetillo del cofre. —Capitán Alfonso, dejadme en paz, estoy en un asunto importante. —¡¿Cómo os atrevéis?! —Me atrevo, con la autoridad que me confiere Su Majestad el Rey —le mostré el paquetillo de cartas— ¡Estos hombres están libres! —¿Cómo? —Lo que oís, y si no lo queréis oír lo leeréis. —Le entregue una carta, a la vez que se la resumía a él y al resto que escuchaban puertas afuera—. El Rey Felipe IV concedió carta de libertad a todos estos hombres por sus servicios en la armada contra los corsarios. ¡Ahí lo veis firmado y sellado por su majestad! Además me confiere el poder de expedir a cada uno de ellos carta personal de libertad y salvoconducto para que pueden regresar de inmediato a sus hogares. Escuché un grito de júbilo fuera del camarote. —¡Pero esto es...! —Capitán os informo que si tenéis algo en contra de las órdenes del Rey me lo hagáis saber, nada podrá hacerme más feliz que escuchar vuestra displicencia, ya que os llevaría de inmediato ante la justicia para que fuerais castigado como inútil que sois. La manos del Capitán comenzaron a temblar , al punto que derramó su copa de vino dulce sobre los maderos sucios del suelo. Los mofletes del capitán estaban enrojecidos y a punto le vi las ganas de echarse mano al sable, eso también me hubiera hecho feliz, no obstante don Juan terció, me agarró del hombro y sacó fuera. —Vamos don Diego, estos hombres esperan sus documentos. Allí fuera, y con el paquetillo de cartas en mis rodillas me dediqué a inscribir el nombre de cada un no de ellos y expedirles las correspondientes libertades. Todas venían ya firmadas y estampilladas con el sello real. Los hombres las recibían con lágrimas en los ojos. —Hombre de respeto y de palabra es usted Primo, nunca se olvidará esto entre el pueblo de los gitanos —me dijo con voz grave un hombre que rondaba los cincuenta, mientras asentía con la cabeza. Especialmente efusiva fue la despedida de los hijos de Tia Amalia, que no podían dejar de abrazarme. Tuve que desembarazarme de ellos, ya que precisaba yo sitio para seguir escribiendo nombres en las cartas. Una vez terminado, y viendo que entre ellos mismos, ya libres se habían agrupado en cuadrillas hablé con los cabecillas de cada una dándoles unas bolsas de monedas que yo traía aparejadas para proveerles en el viaje de vuelta. —Qué el Cristo de la Luz le bendiga a usted muchos años señor Primo, ¡que ya no es usted na mas primo de los castellanos! ¡que ahora es también primo nuestro! Y así se fueron marchando, que habían aparejado parihuelas para transportar a los heridos. Me quedó una pena al verlos marchar, pero la seguridad que llegarían a sus casas, si habían sobrevivido a galeras eran capaces de sobrevivir a todo.

Tedio de legajos

De nuevo en la corte, de nuevo entre mis cartas y legajos, y en el cuartelillo de los enanos, que a pesar de ser pequeña mi celda no puedo quejarme ya que comparado a vivir en galeras paréceme un lugar muy digno. Vuelvo a mirar los despachos de su majestad, nuevos dispendios aquí y allá sin otro orden ni concierto que los conflictos del Conde Duque de Olivares. Escucho los pasos calmos de su majestad. Entra, se sienta y se pone a firmar sin siquiera mirarme. —¿Cómo van las guerras Majestad? —Como siempre, ¡van! - Siguió absorto en sus papeles sin levantar la mirada para dar esa respuesta. —Majestad, partí a la misión y a la vuelta os he informado de todo cuanto he visto y oído: cosas de nobles y de capitanes, cosas que habéis celebrado, a decir vuestro muy útil fue mi labor, pero lo más importante no parecéis escucharlo: es la voz del pueblo señor, el reino colapsa porque la gente muere de hambre ¿de qué sirve tanta guerra y tanto conflicto si la gente desfallece en el acto de financiarlos? Esta vez sí me miró, aunque con sus ojos y labio caídos como siempre. —¿Que insinuáis Primo? —Insinuó, o más bien afirmo que si prosigue está política tendréis fronteras fuertes que nada defiendan pues vuestro pueblo habrá muerto de hambre y los que no estén muertos no se considerarán vuestro pueblo. Su majestad elevo las cejas y amagó hacerme un feo con su rostro, pero al instante rectificó y pareció contener el gesto. —Pensáis a lo pequeño querido Primo, un monarca no puede dejarse arrastrar por las quejas del pueblo, siempre está descontento, siempre ha sido así, recordad la Roma clásica: Vulgus veritatis pessimus interpres. —Majestad, bien es verdad aquello que decía Séneca sobre lo mal que el vulgo interpreta la verdad, pero aquí no caben interpretaciones: es hambre y miseria lo que sienten cada día. Recordad otro aforismo majestad: Vox populi, vox dei. ¡La voz del pueblo es la voz de Dios! No olvidéis que sois su Rey, no deis la espalda a vuestro pueblo. —No olvidéis vos lo que sois, cuando quiera un consejo lo pediré a un consejero. Seguid sellando y no molestéis más mis cavilaciones. Lo que más me dolió es que ni siquiera asomó un atisbo de enfado en su voz, ni una leve inflexión, ni una mirada, dijo esto leyendo y sin siquiera mirarme, así pasé el resto de la jornada, sellando y meditando sin olvidar lo que soy ¡un enano!, ¡un bufón!

Chanza contra Olivares

El banquete estaba servido, pasadas varias semanas en palacio, me había acostumbrado a asistir a los banquetes de la corte, por tener necesidad de saber todo cuanto se cocía en el Reino, y también para ser cada vez mas influyente, ya que mis versos y chascarrillos empezaban a correr de boca en boca e incluso salían de palacio, siendo la comidilla de los distintos mentideros de la ciudad. Hoy era un día muy especial, junto a su majestad se sentaba el Conde Duque de Olivares, y al lado suyo se encontraban dos poderosos nobles: por un lado el nuevo virrey de Cataluña, que parecía iba enmendando la situación contra los sediciosos y los Franceses; por otro lado Gaspar Pérez de Guzmán, el Duque de Medina Sidonia, que venía a ponernos al día sobre sus recientes avances en su ofensiva contra Portugal, parece que al fin se estaba batiendo el cuero en la frontera. Ambos venían acompañados por con sus respectivas esposas y engalanados las más suntuosas ropas. Yo estaba un poco alejado del lugar de honor, con otros personajes secundarios en esta suntuosa función, la Maribárbola me miraba diferente desde que yo volviera de mis aventuras, hoy comentaba a Sor María de Jesús, la monja Coronela, los rumores que se hablaban sobre mis hazañas de guerra, Sor María me señaló con un dedo firme:

—Toda gloria es pasajera, no olvidéis nunca don Diego que puede más la pluma que la espada. —No lo olvido mi señora, gran verdad hay en lo dicho, hay gran fuerza en la palabra, y también en el silencio. En ese momento intervino don Luis Méndez de Haro, otro pariente de Olivares, siempre me fue grata su discreta presencia. Era un hombre de vestimenta austera, poco bebedor, un gran estudioso, noble comedido y de gran templanza, que parecía disfrutar mucho de las conversaciones y lecturas de Sor María. —Cierto es eso del silencio, y los doctos padres de la iglesia nos conminan a ello don Diego. Recuerdo siempre la frase de San Agustín: “Para llegar al conocimiento de la verdad hay muchos caminos: el primero es la humildad, el segundo es la humildad y el tercero, la humildad”. Yo siempre os consideré un hombre humilde, y por ello os aprecio. —El sentimiento es mutuo don Luis, ¿gustáis pues la lectura de la patrística? —Así es, y tengo una docta consejera espiritual que me ayuda en el camino: el intercambio de cartas con Sor María de Jesús me hace sentir menos sólo en este erial de vanidades. Sor María sonrió, siempre tan sabia y respetada entre los cultos. No me extrañó que se carteara y disertara con don Luis acerca de los Santos Primeros Padres de la Iglesia, era por mí conocida la relación epistolar que mantenía Sor María con Su Majestad el Rey, los temas tratados versaban no sólo de patrística, sino también sobre textos grecolatinos clásicos e incluso sobre autores actuales de España y el extranjero. A veces incluso Sor María aconsejaba a su Majestad sobre asuntos comunes. De todo ello tenía yo buena cuenta, ahora que me afanaba por leer todos y cada uno de los papeles que revoloteaban por el gabinete real. La Maribárbola me llenó la copa. —Tomad don Diego, un poco del vinito que os gusta, a ver si se va la gente y podemos comer tranquilos. Tras un breve lapso mirando los ojitos pícaros de la Maribárbola, miré la sala, era todavía temprano, y la estancia, cómo de costumbre, estaba aún abarrotada por gentes de todo pelaje que venían a ver comer al Rey. Su Majestad, displicente, como siempre, saboreaba alguno de los aperitivos, disimilando el tedio, al igual que todos los demás, mientras esperábamos y hacíamos tiempo para que el vulgo saliera y poder iniciar el banquete en condiciones. Calabacillas comenzó con sus malabares y saltos, algo que todos celebramos por la ruptura del tedio que ello supuso. Al rato, el Conde Duque de Olivares, que tenía las mejillas algo enrojecidas a causa del vino, se levantó de su asiento y me miró. —¡Vamos Primo!, ¡deleitados con vuestro verso!, ¡vuestra fama de poeta grande entre los más grandes os precede!— Elevó los brazos como queriendo abrazar un gigante, lo que produjo una carcajada general, entre la gente noble y entre los vulgares que nos presenciaban. Yo acepté el reto y me levanté, haciendo una reverencia exagerada, revoleando el sombrero hacia el Conde Duque y hacia todos los asistentes, que se carcajearon bien a gusto, flotaban por doquier las ganas de reír fuerte. Pasé mi mirada entre todos los asistentes y comencé a disertar:

—Estamos aquí ante el Rey el más grande entre los grandes:

¡Maneja sabio y muy firme! con su privado Olivares. Esto arrancó una ovación de aprobación y unos buenos gestos del Conde Duque, su esposa y su Majestad la Reina, tan solo su Majestad el Rey parecía impasible. —En estas nuestras Españas Que llegan hasta ultramares A las Indias, hasta Flandes Cataluña y Portugales. Hice un nuevo gesto de reverencia, mirando a los aludidos. Esto último arrancó sonrisas y cierta simpatía de los jerifaltes de Cataluña y Andalucía, que parecieron cotillear con sus esposas. —Para mantener las guerras del testarudo Olivares:

¡Los pobres a las galeras! ¡Y el pueblo pasando hambre!

Se creó un silencio sepulcral y por un momento todos los comensales parecieron asemejar la pasmada expresión del Rey. Mientras, el vulgo allí presente empezó a reír a carcajadas señalando al Valido, se escucharon algunos comentarios, pero el silencio fue impuesto por un duro puñetazo que Olivares dio sobre la mesa, haciendo resonar todos los vasos que estaban sobre la misma, miró de reojo al Rey, que había empezado a elevar levemente su mano. —Guardias, desalojad la sala. —No le hizo falta elevar la voz, la solemnidad con la que articuló sus palabras bastó para que el grupo de alabarderos tuviera poco trabajo que hacer. Cuando se aproximaron a la masa de visitantes, la misma ya estaba saliendo de allí presurosa entre un leve murmullo. Su majestad miró al nuevo aposentador real y me señaló con un movimiento de cabeza:

—Acompañadlo a su habitáculo. Así salí de allí, aunque no con la cabeza gacha, sentí haber dicho lo que había de decir y haber cumplido de manera fiel con mi oficio de bufón.

Pasquines

Pasé dos días recluido en mi celda del cuartelillo de enanos, ni ganas tuve de ir al gabinete, ni tampoco el Rey me mandó a buscar. Pero al tercer día llamó a mi puerta una mano que resonaba firme. Abrí y vi su cara, entre seria y burlona, era la Maribárbola. —Anda pendenciero, arréglate bien, que el Rey quiere veros en su despacho, ¡contento le tenéis! —¿Tan grande es la afrenta? —No sé si la afrenta, pero sí el revuelo. —Metió su mano en el delantal y sacó de él unos cuantos papelillos garabateados a mano: eran copias de los versos que yo lanzara al aire la noche en que increpé a Olivares. —¿De dónde los habéis sacado? —Circulan por doquier, las doncellas y criados los tienen y dicen que en los mercados y las plazas de todo Madrid circulan y se canturrean: “Las coplillas del enano” —¡Pardiez! —miré los escritos— ¡Si algunas no son mías!, ¡hasta textos apócrifos se me atribuyen! —¡Eso os pasa por listo!, por sacar los pies del plato. —Vos no lo entendéis Maribárbola, es eso lo que precisamente ha de hacer un bufón: sacar los pies del plato y decir las verdades. —Eso intentad decirlo al Rey nuestro señor, aprestaos, que os espera en su gabinete. En el pasillo hay un alabardero que os acompañará. —mis orejas se movieron al escucharlo— No temáis Primo, la Coronela me ha dicho que es mas por imagen que por otra cosa, desde que ofendisteis a Olivares, su majestad colocó un alabardero en nuestro pasillo haciendo ver que estáis arrestado. —Tenéis razón Maribárbola, cuan ducha sois en asuntos de palacio. Vamos pues, este trago amargo, cuanto antes pase, será mejor. Caminé hacia el gabinete por el camino largo, para nada podría usar en compañía los atajos y pasadizos, además servía así a la imagen que el Rey quería proyectar: el que se muestra insolente se somete a su justicia. Aún así notaba sonrisas de complicidad en todo el que yo viera a mi paso, incluso el alabardero parecía decir con su mirada que estaba, en cierto modo, de acuerdo conmigo. Entré al gabinete de su majestad acompañado del alabardero, la mano del Rey se elevó flácida. —Podes retiraos soldado —cuando estuvimos solos el Rey me miró a los ojos— Siéntate. Agarré mi banquito y Su Majestad negó con la cabeza. —¡No!, siéntate ahí, frente a mí. Con ayuda del banquito pude subir al alto sillón de cuero que se situaba frente a la mesa de Su Majestad. Él, mientras, removía unas cuantas hojitas garabateadas. —¡Menuda revuelta habéis armado! —Majestad yo no... —No he terminado, callad. Habéis comprometido seriamente a mi papel en el gobierno de este reino. ¿Cómo os atrevisteis? —Señor, es mi función. —¿Vuestra función?, Menospreciar a mi Privado, el Conde Duque de Olivares, echar por tierra las políticas urdidas por él bajo mi voto de confianza ¿Hacerlo justo

delante de mis nobles fieles ante Portugal y

Cataluña?...

¿Y delante del pueblo? —vi su rostro contraerse y expandirse, aquello era cólera y rabia en estado puro. ¿Qué

estaba pasando?, mis orejas se elevaron un poco por un impulso que me venía desde dentro, su majestad continuó. —¿Sabéis en qué lugar me dejáis?, ¿En qué encrucijada me ponéis? —elevó los papelitos con mis versos y otros apócrifos que parecían crecer como hongos. Algunos piden la cabeza de Olivares y Olivares me pide la vuestra. —Mi señor, permitid decir cuál es mi oficio. La obligación del bufón es decir la verdad al Rey a la cara. Ese es el oficio y el privilegio del bufón. A él me acojo, no temo por mi cabeza ya que se halla protegida por ese fuero al que los bufones nos acogemos. Os intenté advertír varias veces de la locura de estas guerras y no me escuchasteis. Si hablé tan claro y tan alto en el banquete, no fue para comprometeros, no temo por mi cabeza, sino que trato de salvar la vuestra, porque a tenor de lo que ocurre vuestro reino: si no cambiáis de rumbo pronto la perderéis. Un gran golpe sonó sobre la mesa: Su Majestad había dado un puñetazo al mas puro estilo de Olivares. Mis orejas se elevaron sutilmente. Vi el rostro del Rey rojo como hierro candente. —¡Guardia!, ¡conducidlo de nuevo a su celda! Así me retire, mirando a Su Majestad, el seguía rojo de ira, yo tenía congoja y pesar en el corazón, pero no dejé que ello aflorase a mi rostro, miré al Rey a la cara y le sostuve la mirada sin dar yo muestra de emoción alguna, hasta que el alabardero me saco de allí. Hicimos el camino de vuelta al cuartelillo y en el pasillo el Alabardero quedó firme. Vi a la Maribárbola hablando con Sor María. Intentaron saludarme, pero entré raudo a mi celda. No estaba yo con ganas de nada. Me incliné de rodillas y recé a nuestro Señor, me vinieron a la cabeza el Cristo de La Luz y la tirada de cartas de tía Amalia. Todo había pasado como ella me dijo, sin darme cuenta ahora tenía yo la carta del emperador dada la vuelta.

Consejo al Rey

Habían pasado tres días en mi habitáculo, en los que, salvo para recibir los platos de comida y el vino que me trajera la buena de Maribárbola, no había tenido conversación con nadie. Ahora iba de nuevo camino del despacho de su majestad. El alabardero me escoltaba, o más bien vigilaba mis pasos, me vino bien estirar las piernas y salir de aquel cubículo en el que, si bien para dormir no había nada que objetar, para vivir encerrado varios días se hacía un cubículo aburrido, por muchos libros que uno leyese. En los rostros de la gente observé un poco de compasión, no era ajeno a nadie que yo, el siempre protegido Primo, hubiera perdido el favor del Rey. El alabardero llamó a la puerta y me hizo pasar al escuchar la orden. Entré cabizbajo, pero al cabo elevé la cabeza rápido, ¡era don Juan! se hallaba allí, vestido de riguroso negro, con su cruz de Santiago en el pecho, sentado sobre el sillón de cuero y mirando al Rey. Me miró un instante y guiñó un ojo. Su majestad me habló:

—Primo, os he dicho en varias ocasiones que cuando necesite consejo lo pediré a un consejero, sentaos pues - elevó su mano y señaló un segundo sillón de cuero que había junto al de don Juan. Yo me apresuré a por mi banquito, y con su ayuda subí al sillón. Su majestad callaba impasible, y noté a don Juan mirándome de reojo con media sonrisa asomada a su rostro. —Primo, no tenemos todo el día -su majestad elevó de nuevo su mano— dadme consejo pues. ¿Qué ha de hacerse con el estado del reino?— dijo esto sin nota de

emoción alguna en su voz. Yo tragué saliva sentí mis orejas elevarse un poco y un nudo en la garganta. Apreté con fuerza los brazos del sillón y, mirando mis nudillos blancos, comencé a hablar. —Yo no hablaría del Reino señor, mejor habría que hablar de los reinos. —¿Cómo decís? —Experientia docet Majestad, la experiencia de lo que he visto y oído en los viajes me ha enseñado esto: España no es un reino, sino muchos. Debéis renunciar al sueño de ser el Rey de una España única y grande según los modos de Castilla.

—¿Cómo osáis pedir

eso?...citáis:

“según los modos de

Castilla”...

¿habéis leído el memorando privado que me hiciera Olivares al comienzo de mi reinado?,

¡pretendéis que renuncie a mi realeza! —No señor, os aconsejo que sigáis imperando sobre los reinos, pero que los dejéis que ellos se organicen y se sientan cada uno a su manera. La dignidad es muy importante y si les quitáis la dignidad los perderéis. Su majestad reposó su cabeza sobre una mano y llevó sus mirada hacia don Juan. —¿Qué decís? ¿Entendéis algo? —Si majestad, es lo mismo que yo os decía, pero con otras palabras. Bien sabéis mi lealtad y los servicios que he prestado tanto a vos como a Olivares, pero su estrategia es vana y nos lleva a la ruina, se hace preciso, como dirían en vuestra armada: dar un golpe de timón. Los Andaluces sin el arrogante Olivares al mando se relajaran y están dispuestos a mandar de buen grado nuevas levas para sofocar de manera definitiva la revuelta en Portugal. En cuanto a los catalanes, bien sabéis que por la fuerza todo será perdido, dejadlos ser a su manera y así lo serán dentro de España, más no a los modos de Castilla como a sangre y fuego Olivares intenta forzar. Dejadlos que sean un reino a su manera, con sus fueros y privilegios, pero de alguna manera, dentro de las Españas y con vos como dirigente. Clemente y muy generoso, pero dirigente al fin. Así conseguiréis que os respeten en reconocimiento a vuestra clemencia y no por miedo a represión. Las tropas de los franceses, y eso lo sabemos, no son mejores tropas que lo eran las nuestras cuando allí estaban, todo ejército de ocupación levanta resentimiento entre los ciudadanos, y ahora, aunque no se diga, están con los franceses en peor situación que cuando allí estaban nuestros soldados. Aprovechemos ese actual odio, para que se vuelvan contra Francia, tended vuestra mano con concesiones y todo allí quedará zanjado. Su majestad bajó la cabeza y se puso a barajar legajos con sus manos blancas. —Podéis retiraos, los dos. —Caminamos hacia la puerta y en ese momento el Rey volvió a hablar— don Juan, decid al alabardero que don Diego ya no está bajo arresto. Salí de allí, acompañado por don Juan, que no dijo nada, pero cuya sonrisa en la cara parecía fiel reflejo de la mía.

Una monjita muy puta

Cuatro golpes en la puerta, ¡que buen mozo este Fernandito!, ¡me cago en su puta madre!, que esta noche la meto en caliente y gracias a él. A él y a los buenos dineros que le voy a embolsar, todo sea dicho, que en todos lados pasa lo mismo, hasta estos novicios están picardeados por el dinero. Salimos a la furtiva y atravesamos, sin luz ninguna, el patio del claustro. Este novicio no dice nada, ya está todo hablado y pagado por adelantado, menudo negocio se traía entre manos, y yo sin olerlo. Claro, que a base de patearles el culo, pocas amistades puedo sacarme yo de estos mozalbetes, suerte que el hambre aprieta y parece que amigo de mis dineros si que se quiere hacer, este proyecto de fraile hijo de puta. Pero mas puta será la monjita, tengo ganas de echármela a la cara. Entramos en la iglesia, no hay ni un alma, las oraciones nocturnas han terminado y hace un rato que han regresado todos adormilados a sus celdas, panda de gilipollas: encima de privaciones, ¡a interrumpirse el sueño dos veces para venir a rezar! Aunque este Fernandito parece que de privaciones poquitas, que parece tonto y más de una vez se ha dejado que le diera de collejas por cualquier excusa vana que se me ocurriera. Y es que mas que novicios parecen sirvientes de los refugiados en sagrado, y a los sirvientes ya se sabe: mano dura, ¡que si no se tuercen! Hemos bajado a la cripta, donde el niñatito ha encendido una vela. Míralo, ahí tirando de una losa de mármol que casi no puede con ella. Se le ha caído. ¡No hay remedio con este pardillo! Ya lo decía yo, que este niño es gilipollas, le daré do collejas para espabilarlo. —¡Quieres aplicarte imbécil!, ¡Vas a despertar a todo el claustro!

Fernandito bajó la cabeza, pero vi una sonrisa en su boca, ¿a ver si a este desgraciado le va a gustar que le

peguen?...

que así los he conocido, ¡lo complaceré

gustoso!, le pego otras ostias, y en sagrado, por gilipollas. Por fin tiró bien de la loza y vi unos escalones que bajaban a un pasadizo. Fernandito agarró la vela y bajó. —Vamos señor, es trayecto corto, no hay pérdida. Así debía serlo, el convento de las monjitas colindaba con el nuestro, bajé aquellos escalones y le seguí por el túnel, no había rastro de telarañas ni casi de mugre, parecía un pasadizo de uso corriente. Al momento estuvimos empujando la loza y saliendo por otra cripta, parece que los constructores no se quebraron la cabeza:

comunicaron ambos conventos por un estrecho túnel de cripta a cripta, de buen seguro ambas iglesias debían estar contiguas, nada es sagrado: hasta cuando se trata de la construcción de conventos ya se está pensando en follar, que son así de putas todas las monjas, que al fin y a la cabo son también mujeres y putas, ¡mala muerte tengan todas! Fernandito salió, vela en mano, y me hizo un gesto. —Vamos señor, es cerca, estará esperando. Yo no podía esperar más de la impaciencia, notaba incluso mis piernas temblar ante el anuncio de encuentro carnal con la novicia. Muy bonita me había dicho Fernandito que era, incluso se suponía que virgen, de buena familia caída en desgracia. A mi eso me importaba poco, familia noble o no, y de virgenes, no creo en ninguna, lo que me gustaba es que era aniñada: pequeña y casi una cría, me había jurado Fernandito: inocente o no, yo le enseñaría lo que es el dolor. Mis manos temblaban de gusto al sentir la urgencia de abofetear su carne suave y blanca de monjita puta. Atravesamos varios pasillos sin encontrar resistencia. Fernandito parecía saber muy bien el camino, el muy estúpido parecía no serlo para lo que le convenía. Entreabrió una puerta y me hizo un gesto. —Pasad señor, yo velaré en la puerta, recordad que no tenemos toda la noche. —Tranquilo muchacho, un buen rato me bastará. —Entré en la celda, tembloroso y envergado, allí estaba ella, tenuemente iluminada por la luz de una vela, de cuerpo pequeño, envuelta con su salla de novicia y el velo blanco cubriéndole la cabeza, estaba sentada sobre el otro lado del camastro, dando la espalda a la puerta, sin atreverse a mirarme, parecía intuir la tunda que le esperaba. Me acerqué despacio, rodeé la cama y me senté a su lado separando con una mano al velo acerqué la otra para acariciar su mejilla. ¡Unos bigotes!, ¡y una punzada en los huevos! —¡Moveos machote!, ¡y pardiez que os capo para siempre! Era el puto enano de mierda otra vez, ¡cómo pille al Fernandito lo muelo a palos! Traté de volverme para mirar hacia la puerta, pero alguien me asió por detrás, y colocó una navaja debajo de mi cuello. Eran dos hojas las que amenazaban mi vida, poco que hacer. Me metieron un trapo en la boca y me cubrieron la cabeza con un saco. Alguien amarró mis brazos a mi espalda y después ató mis piernas. —Sabes las ganas que tengo de darte muerte, sabes que nadie te echará en falta. Sólo dame un motivo y te mando al infierno Encinillas. —Había algo en la voz del enano, o quizá en la punta de la daga que apretaba sobre mis ingles, que me hicieron creerlo de manera fiel. Fui cargado como un fardo entre dos, uno de ellos era Fernandito, lo supe por el torpe pisar de sus alpargatas y por varias collejas que me dio a través del saco. No recuerdo nada más con claridad, sólo que no bajamos a ningún pasadizo, me cargaron a ciegas, como estaba y me tiraron dentro de un carro, sobre el suelo. El carruaje inició la marcha haciendo a mi cuerpo saltar, tumbado dentro del mismo, y a mi cabeza rebotar contra la dura superficie. Tenía ganas de gritar y cagarme en la puta madre de Fernandito y del puto enano, pero aquel trapo lo impedía. Volvieron a cargarme en volandas y al rato fui arrojado al suelo. Noté que alguien cortaba las ataduras a mi espalda y luego las de las piernas. Me quitaron la capucha, cuando acostumbré mis ojos, vi frente a mi al puto enano, estaba solo, aún vestido de novicia y con su afilada daga en la mano. —Quiero que recordéis esto, podría haberos mandado al infierno, pero eso no sería justo con vos: merecéis vivir el infierno en vida, el mismo infierno de sufrimiento que hicisteis pasar a los que tuvisteis cerca —El enano cabrón esbozó una sonrisa que hizo aún más siniestro su disfraz de monjita enana con mostacho— ¡Y cuando digo infierno en vida no me refiero a esta maloliente mazmorra! —Se quitó el velo de monja e hizo hacia mí una reverencia grandilocuente, cerró la puerta de la celda con una nueva sonrisa, fue la última vez que lo vi.

Orden del Rey

Entré en el gabinete de su majestad, era raro, había roto su rutina se encontraba en el despacho antes que yo. Estaba tan abstraído escribiendo lo que fuese, que ni se dio cuenta de mi presencia. —Majestad -saludé, y le vi dar un respingo. —¡Ah!, Primo, os esperaba -me tendió las llaves del arcón, noté un ligero temblor en su mano— coged la estampilla y sellad esto. Fui rápido hacia el arcón y abrí los cerrojos, mi mirada recayó en el agujero de bala que hizo aquel arcabuzazo en el patio de armas. Buenas cicatrices, pensé acariciando la que el mismo tiro había dejado en mi mejilla. Saqué los útiles del arcón y los llevé a mi mesita. —No Primo, venid aquí, selladlo aquí mismo -su gesto era grave, sus párpados y labio parecían aún más caídos que de costumbre. Acerqué mi banquito a su mesa y subiéndome a él dejé la estampilla y la tinta sobre su gran mesa. Desde allí pude ver el enorme legajo. —Leedlo vos mismo, antes de sellar, por si tenéis algún consejo que darme. Pardiéz, aquello era el documento que jamás en la vida creí que pudiera ser sellado, entonces comprendí la manera de madrugar de su majestad, y su ánimo bajo, más bajo aún que lo habitual. Se trataba de la orden de destitución y destierro del Conde Duque de Olivares. —Señor, es dura esta decisión, pero creo que actuáis sabiamente. A pesar de ello es un gran estadista, dejará un espacio difícil de cubrir ¿A quién pondréis en su lugar? Lo sabréis pronto, aún estoy en conversaciones y consultas, no es bueno precipitarse, pero os adelanto que será alguien de vuestro agrado.

Montería real

Olía a tomillo y hierba fresca, las matas del suelo estaban mojadas por perlas del rocío de la noche. Su Majestad galopaba sobre el enorme alazán que brillaba rojo a la primera luz del amanecer. Lo hacía persiguiendo la jauría de perros corría acosando a un jabalí enorme. Los fieles montados de su majestad le acompañaban. Yo iba un poco retrasado, debido, en gran medida, al trote cochinero de mi poni. El jabalí dio un quiebro, intentando escapar hacia un lado, un perro le cortó la trayectoria, lo embistió con todas su fuerza y sus afiladas navajas lo despanzurraron, quedando un rastro de alaridos y tripas humeantes en el frío de la mañana. Pero el cochino había perdido ímpetu tras el choque y fue atacado por ambos flancos: una maraña de perros se le arremolinó dándole de dentelladas. El Rey y los suyos pararon sus caballos mientras contemplaban la escena. En estas llegué yo, Su Majestad me miró de reojo e hizo un leve gesto. Yo llevé mi mano al sombrero y asentí, aceptando el envite. Me bajé del poni y me acerqué al jefe de monteros, dándole la rienda y tomando en mi mano el enorme cuchillo afilado, sentí en la palma de la mano el rugoso tacto del mango de hasta de ciervo. Me filtré entre la jauría de perros, que lanzaban ladridos tan altos como los gruñidos del cerdo. El cochino había cabeceado dos veces sacando las tripas a otros dos perros. Fui rápido y certero, una única puñalada mortal, la sangre caliente salió humeando a borbotones y los ojos del cochino se apagaron. Observé algunas sonrisas entre los caballeros, los monteros separaron a los perros y el jefe recuperó el cuchillo de mi mano haciendo un gesto de reconocimiento. Su Majestad elevó una mano. —Regresemos a palacio don Diego, creo que la caza ha terminado. Sus fieles pusieron en marcha los caballos y empezaron a batir alrededor, mientras los monteros quedaban preparando en cerdo para el transporte y tratando de recomponer a uno de los perros, al que metían las tripas dentro para intentar remendarle la barriga con aguja e hilo. El alazán y el poni avanzaban el uno junto al otro, el alazán a paso lento, y el poni con paso alegre, casi arrancándose al trote, por cuestiones de envergadura avanzaban a la par. —Buen trabajo Primo. —No ha sido nada Majestad, comparado con una escaramuza... —No me refiero sólo a esto, sino a toda vuestra intervención en los último tiempos. ¡Me tenéis impresionado! —Señor, sólo trato de serviros. —No uséis falsa modestia, bien sabéis la influencia que habéis tenido y yo sé que para conseguirla habeis trabajado duro. —Así es majestad, bien lo se, más fue por querer ayudaros, y en ocasiones para ello se tienen que virar las cartas. —Buen juego de cartas habéis hecho vos y don Juan, ¡menudo maestro os puse por delante Primo! —Pero siempre os fui y seré fiel, y todo lo hice por preservaros del desastre. —Eso ahora ya lo sé, ¿hay algo que pueda hacer por vos? —Majestad hay una cosa que precisa vuestra atención, más es mejor verla después en vuestro gabinete, con papeles por delante. —Bien, piquemos espuelas, el camino es largo hasta palacio. Y así salimos trotando en aquella mañana, como trotarían dos camaradas tras un éxito en la montería.

Despachando al Encinillas

—Veamos ese asunto tan importante —dijo su majestad, parecía intrigado, habíamos dejado los caballos y, sin dilación, nos encaminamos hacia el gabinete del Rey. Entramos y él se sentó frente a su gran mesa, con un gesto de ambas manos abiertas con las palmas hacia arriba me mostró su disposición a escucharme. Antes de nada fui al rincón donde yo guardaba mis útiles de secretaría, vacié agua de una pequeña jarra y la vertí en una palangana. Lavé bien mis manos, que

tiñeron, de manera leve, el agua de un tono rosado, una vez limpias mis manos de aquellos pequeños residuos de sangre del jabalí, las sequé con una lienzo fino y fui hacia una estantería. De un anaquel bajo tomé un paquete de hojas y legajos, estaba bien envueltos y anudados con un cordoncillo, y, con la ayuda de mi banquito, la coloqué sobre la mesa de su Majestad, después tomé un cajón de madera lleno de hojas con apuntes y lo coloqué a su lado. —Majestad, he estado revisando y haciendo cuentas. —¿Y bien? Aproximé mi banquito y me puse en pié sobre él para poder manejar los papeles:

—Mirad son asientos de compras de enseres, materiales y sueldos. —Sí, lo veo ¿a dónde queréis llegar? —Majestad, uno de vuestros más fieles os ha estado traicionando por años. —¿Cómo? —Señor, una estafa, un robo: tenía doble contabilidad, y tomaba del tesoro siempre el triple al menos de lo que en realidad gastaba, después, como podéis ver aquí, apuntaba sus ganancias reales a base del sobrecoste. —¿Quién es el osado? —Señor es Marcos Encinillas. Las cejas de su majestad se alzaron.

—¡¿Cómo?!,

ese...

¿qué pretendéis con esto?

—Señor pretendo justicia, y defender vuestra hacienda. ¡Encinillas no os fue fiel!, y es grave delito ese abuso ¡alta traición al Rey!, ¡aquí está documentado! —Muy oportuno aparece este desfalco para vuestros intereses de venganza. —Mi Señor, bien sabéis de mi animadversión por ese asesino cruel, pero acaté vuestra decisión de respetar su acogimiento a sagrado. Más entonces presumía de su fuerza y moral, habida cuenta de tratarse de un fiel servidor real, un hombre ejemplar que tomó revancha sobre un adulterio. ¡Pero esto cambia las tornas!, es traidor a la corona, y lo ha sido durante años. —Eso es grave, aún así, habré de tratar el modo para solventar su acogimiento a sagrado, la Iglesia lo entorpecerá todo, siempre intentando sacar alguna prebenda. —Mi señor, eso también está resuelto. —¡Me sorprendéis por momentos!, ¡proseguid! —Ya no está bajo techo sagrado, ahora se encuentra en la mazmorra de un acuartelamiento de su majestad.

—¿Cómo lo hicisteis? —Señor, por el bien de la Corona y con los métodos propios de vuestros servidores en la sombra. El caso es que el traidor salió de sagrado, y tengo aquí la confesión de un novicio del convento en que se refugiaba, dispuesto a declarar contra él si fuera preciso, el pobre mozalbete fue golpeado en muchas ocasiones por Encinillas para obligarle, so amenaza de muerte, a cometer grave pecado de sodomía, y al parecer no es el único, he indagado por aquí y varios mozos de las cocinas de este mismo palacio estarían dispuestos a confesar y acusarlo igualmente para que acabe en la hoguera. Vi los ojos de su Majestad abrirse espantados y su cara blanca palidecer aún más.

—¿Adonde llegará todo

esto?...

de buen seguro eso también lo tenéis por escrito.

—Bien señor,

permitidme...

—dispuse un legajo redactado con una Orden Real ante su Majestad— no es conveniente tal escándalo, que enrarecería vuestra posición

con la Iglesia, salpicaría la reputación del convento y comprometería el futuro de tan prometedores jóvenes. He pensado en una solución rápida y silenciosa, cómo es menester. Esta Orden Real en la que condenáis por traición a Marcos Encinillas. Su majestad miró lo redactado y elevó su mirada hacia mí. —¿A pena de galeras? —A galeras de por vida, señor , será lo mejor: quitareis a un intrigante de vuestras mazmorras y lo colocareis entre una chusma entre la cual pronto será un personaje sin nombre, además en lugar de costar dinero al tesoro, aportará un servicio al reino remando hasta el fin de sus días. Así reparará en parte todo lo que ha robado. —Veo que pensáis en todo. Bien, ¡así sea!. Cogió una larga pluma y firmó sobre la Orden —Traed el sello real y cumplid con vuestro oficio Primo, y no olvidéis cual es vuestro papel. No me parece del todo correcto el procedimiento, pero es justicia que os debo, en adelante tenedme al día cuando inicies este tipo de procedimientos. —Si señor, solo empecé a tirar del hilo y apareció todo esto, no quise molestaros hasta ahora, dados los altos asuntos que ocupan vuestros desvelos, como bien me dijisteis la última vez que tratamos de Encinillas: un águila no caza moscas, por ello he actuado yo, indagando cual mochuelo en la noche. —Bien hilado tenéis todo Primo, espero que en adelante hiléis junto a mi y no a mis espaldas. —Por supuesto majestad, —Me descubrí del sombrero haciendo sincera reverencia. —Creo que por hoy podemos descansar, ¡mochuelillo a vuestro olivo!

Protocolo Borgoñon

De nuevo el lento y pomposo protocolo borgoñón, hoy especialmente tedioso, parece que todo Madrid quiera asomar la nariz para ver a su majestad comiendo junto al nuevo hombre de confianza. Y ahí estoy yo, entre los saltos y locuras del calabacillas, y entre los exaltados relatos de guerra de don Juan de Austria, experto en enaltecer, y a un tiempo burlar, la grandeza de España, nadie mejor que él para entretener y distraer la opinión del pueblo en estos días tan convulsos. También intervengo yo, con algún verso pícaro de aquí o un romance de amor imposible de allá. Intentando con ello matar el tiempo y entretener a los asistentes, ya fueran nobles o plebeyos.

El Sumiller de Corps se ha esmerado, y todos los sirvientes lucen prendas nuevas y limpias, las bandejas servidas brillan con más esplendor que nunca. Es preciso dar impresión de normalidad y fortaleza, a pesar del vacío dejado por la fulminante vacante del Conde Duque de Olivares. Y allí estaba su sucesor, sentado cerca de Su Majestad, pero no demasiado, para no dar que hablar a los detractores e insidiosos, que de buen seguro ya están poniendo pegas, antes incluso de que este nuevo privado comience a ejercer. A su lado se sienta Sor María, esa docta monja de buen seguro que ha mediado ante Su Majestad para que fíe en el nombramiento, y la creo muy acertada. Me acercaré a saludarlo. — Felicidades don Luis. —No es tan feliz la ocasión, es un honor amargo el que me ha tocado. Me preocupa mi tío, hombre tan notable condenado a destierro. —Es fuerza hacerlo, pero tened por seguro que será un destierro leve, estará bien en sus tierras de Loeche, a tiro de piedra de aquí, eso sí, sin más injerencias políticas. Además, siendo vos pariente hay cierta continuidad, ¿lo comprendéis? —Lo he meditado durante días, y si acepto el cargo es porque sé que él, en cierto modo, lo aprueba, a pesar del cambio de políticas que me veré encomendado a hacer. —¿Y lo haréis de buen grado? —Estoy convencido de la necesidad del cambio, ya lo estaba antes de mi nombramiento. Sor María es de ello testigo, en lo que atañe al dilema entre el centralismo férreo al estilo de Castilla o el abrir la mano a los reinos, pienso en una máxima de San Agustín: "En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad". —¡Qué cosas más bonitas dice usted don Luis!, ¡y qué buenas migas hacéis con don Diego! —unas manos regordetas nos han interrumpido para entregarnos dos copas de vino— ¡ahora podréis brindar por lo bajo! —¡Pardiez Maribárbola! —Calmaos don Diego, que no digo lo de bajo con maldad, para mí sois muy grande —su mano se posa sobre la mía— sois grande por estas manos, que a un tiempo son de poeta, de juglar y de guerrero. Siento mi piel erizarse y mis orejas elevarse un poquito, este puede ser el principio de una gran amistad.

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