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Dedicatoria

Cita

Índice

Capítulo I. El relevo

Capítulo II. Ese líquido precioso Capítulo III. Laus Deo Capítulo IV. La ministra número

14

Capítulo V. Fin de la luna de miel Capítulo VI. Liderazgo y

comunicación Capítulo VII. Morder la bala Capítulo VIII. De Perbes a Bankia Capítulo IX. Fusión fría Capítulo X. La caída de la torre Capítulo XI. 15-M para Rato Capítulo XII. El ethos burocrático Capítulo XIII. Impotencia Capítulo XIV. Duelo Capítulo XV. Resignación Capítulo XVI. Chequeo al gobierno Capítulo XVII. Amargo despertar Capítulo XVIII. Aguirre, el fin de una época

Créditos

A la memoria de mis padres y al amor de mis hijos.

«Lo que tenemos ante nosotros no es la alborada del estío, sino una noche polar de una dureza y una oscuridad glacial (…) donde no hay nada: no es solo el emperador quien ha perdido sus derechos, sino también el proletariado».

MAX WEBER, La política como profesión

«El presidente es un exiliado constante y entre la jura y el cese no halla lugar donde poner los ojos que no sea el recuerdo de su suerte».

LEOPOLDO CALVO SOTELO,

Memoria viva de la Transición

Capítulo I

EL RELEVO

M ucho tiempo después de sus

batallas en el Parlamento y en la calle, los dos hombres se buscaron en el verano de 2011, se sentaron frente a frente y empezaron a encontrarse. Fue un proceso lento porque las heridas del

enfrentamiento eran muchas y profundas. Con personalidades distintas y hasta contrapuestas, ambos hallaron en su pasado algunas cosas en común. Cosas que hay que buscar en su infancia, en las calles de dos ciudades de provincia. Pontevedra y León, años sesenta. En la ciudad leonesa se cruzaron sus infancias durante un breve periodo de tiempo. Dos familias de clase media ilustrada. No tenían apuros económicos, pero tampoco les sobraba nada. La familia de José Luis Rodríguez Zapatero era de izquierdas, Mariano Rajoy creció en el seno de una

derecha moderada. Los dos se hicieron mayores bajo la influencia intelectual del padre y el cariño de la madre. Con los abuelos en la foto del salón mirándoles fijamente. El capitán Lozano, el abuelo fusilado convertido en mito por Zapatero, y el abuelo galleguista de Rajoy, Enrique Rajoy Leloup, un hombre conservador también perseguido por la dictadura. Así habla Mariano Rajoy en su libro de memorias En confianza (Planeta, Barcelona, 2011): «A mí la persona que más me ha influido en mi vida ha sido mi padre. Ha sido y es un hombre de Derecho, un

jurista, que tiene la convicción de que la justicia es un equilibrio entre diferentes posiciones, pero también algo valioso a lo que hay que aspirar permanentemente. Me parezco bastante a mi padre, es perfeccionista, introvertido y prudente». El padre le ayudó a preparar las oposiciones de registrador de la propiedad. «Se levantaba todos los días a las cinco de la mañana para ayudarle en los temas de Derecho Hipotecario». Era un juez como Dios manda y grabado a fuego se le quedó el cumplimiento de la ley y el respeto a las normas. Esto es lo que dice Zapatero en

el libro de Suso de Toro (Madera de Zapatero, RBA Libros, Barcelona, 2007): «La complicidad con mi padre siempre ha sido muy especial; mi padre no pudo hacer política, le hubiera encantado, es un alma política, no se dedicó a ella por su madre, se lo pidió su madre. El coraje que yo he sentido al ver la vocación de mi padre en lo público, siendo un hombre tan recto…». La rectitud de los dos padres es el recuerdo permanente de estos dos hombres que están a punto de encontrarse, ahora que ellos mismos son también padres. Y el cariño de la madre. Así define

Mariano Rajoy a su madre, la mujer que llevaba la casa: «Era una mujer alegre, extrovertida, muy sociable, de las primeras mujeres que aprendió a conducir. Era una mujer muy guapa, imaginativa, vital y decidida, que empujaba un poco a mi padre a las relaciones sociales. Estudió enfermería, pero no pudo ejercer, era muy difícil para una mujer en aquellos tiempos trabajar con una familia de cuatro hijos. Ella confiaba totalmente en nosotros». Zapatero sitúa a su madre en el origen de su eterno optimismo antropológico y su elevada autoestima: «De niño recibí alguna

bendición, algo que en cierta medida me hizo príncipe; desde pequeño respiré un amor intenso, profundo, de mi madre, que no pudo estudiar y se quedó con una enorme frustración; una relación muy intensa, muy fuerte, como un ángel de la guarda». La muerte de la madre fue la peor experiencia de las vidas de estos dos hombres que se han citado para reconciliarse. Zapatero tiene perfectamente grabado el último minuto que la vio consciente: «Mamá, ¿crees que voy a ser presidente del Gobierno? Me dijo que sí, me dijo: “Sí que lo vas a

ser”. Tenía fe absoluta en mí». Las vidas de ambos evolucionaron de distinta forma. El uno se convirtió en un hombre de izquierdas, extrovertido, popular, líder de su grupo de amigos, imaginativo, preocupado por el hambre en el mundo, asiduo de los cinefórum que desentrañaban el significado de las películas de Goddard y Rossellini. Estudió Derecho como el mejor camino para dedicarse a la política y muy joven se casó con el PSOE casi al mismo tiempo que con su mujer. El otro también estudió Derecho, pero prefería las lecturas de la obra de

Gonzalo Fernández de la Mora al cine, y encontró su lugar en las oposiciones a registrador de la propiedad. Años de estudio en la soledad de la habitación de su casa forjaron un carácter reservado y silencioso, que guardaba las expansiones de humor gallego solo para su grupo de amigos, con una copa en la mano, en las salidas nocturnas a los pubs de la época. El episodio más traumático de su juventud lo vivió él solo, cuando el coche que conducía se precipitó de madrugada por un barranco. A oscuras y herido, trepó por una montaña hasta llegar a la carretera

donde le auxiliaron. Tenía la cara ensangrentada y llena de heridas provocadas por los rastrojos y las urces que encontró en su ascensión. Salió del hospital con el rostro lleno de cicatrices y para disimularlas se dejó crecer la barba. Hasta hoy, cuando está a punto de llegar a La Moncloa para encontrarse con Zapatero, nunca se la ha afeitado. Tiempo después del accidente, antes de arribar a la meta de su vida, Mariano Rajoy tuvo que trepar muchas veces por montañas tan peligrosas como aquella para llegar donde está. Cada uno a su manera, los dos

hombres creen en el matrimonio para toda la vida. Aunque mientras Zapatero se casó a los veintinueve años, Rajoy apuró la vida de soltero hasta los cuarenta y uno, cuando decidió sentar la cabeza, una vez nombrado vicepresidente del Gobierno. El relato del primer encuentro que tuvieron con sus futuras mujeres nos aporta información sobre la personalidad de ambos. Pasional Zapatero:

«Conocí a Sonsoles y se acabó, se acabó, supe desde ese instante que no tenía necesidad de conocer a ninguna mujer más, oye, así te lo digo. Es posible que sea debido a mi

carácter optimista, pero cuando me la presentaron y la conocí, cuando me acerqué a ella y vi la luz que tenía, me dije: “Joder, qué chavala, qué chavala”. Y, plas, para toda la vida». Comedido y prudente Rajoy:

«A Viri la conocí en Pontevedra en 1992. Nos presentó mi hermano Luis y desde el primer momento sentí que aquella mujer tan guapa y con una personalidad tan marcada no me iba a dejar indiferente de por vida. Ella es la persona a la que quiero, con la que he tenido dos hijos a los que adoro, y la mujer con la que he decidido compartir mi proyecto de vida que, en lo que de

dependa, es para siempre». Para toda la vida y para siempre

se

casaron también con la política.

Así recuerdan la primera vez que vieron a la política. Habla Rajoy:

«La política en mi vida es una

vocación de la que destaco el sentido de la responsabilidad. No la

he visto nunca como una profesión,

sino como una actividad que exige

un alto grado de entrega y sacrificio.

Fue sobre todo el sentido de servidores públicos de mi padre y de

mi abuelo lo que implícitamente me

llevó a la política». Responde Zapatero: «La política es mi pasión, una pasión absoluta. La política

debe tener alicientes de creatividad; para mí es un campo de creación, me pongo desafíos, me gustan las situaciones límite, solo gana el que juega, el que arriesga, el que asume el desafío, el que apuesta. Y si no, no puedes estar en esto, tienes que arriesgarte». Ya casados con la política para toda la vida, el uno, Zapatero, tenía claro que quería ser presidente del Gobierno, mientras que el otro, Rajoy, se impuso como objetivo llegar a ser ministro, como un viejo conocido de la familia, el exministro franquista Gonzalo Fernández de la Mora, quien sirvió de inspiración al

joven registrador de la propiedad. Los destinos de ambos hombres se cruzaron definitivamente en las elecciones de 2004. A ellas llegó Mariano Rajoy después de ser designado sucesor al frente del Partido Popular por José María Aznar el último día de agosto de 2003. De todos los candidatos a la sucesión, el elegido fue el que puso menos pasión en la carrera. El entonces todopoderoso líder del PP y presidente del Gobierno quiso dar continuidad a su legado político y pensó que Rajoy era la mejor garantía para ello. Rajoy encaró la campaña de las generales de 2004

con la seguridad absoluta de que no solo había heredado el liderazgo de un partido, sino la Presidencia del Gobierno. El candidato Zapatero no le inquietaba en absoluto. No había color entre su cursus honorum y el de su adversario. Él había sido concejal antes de los treinta años, ministro y vicepresidente del Gobierno. El otro, únicamente diputado. El 11-M fue la pesadilla que le despertó del sueño de alcanzar La Moncloa sin bajarse del autobús. Durante los tres dramáticos días que siguieron al atentado, Rajoy y el PP entraron en shock. El mundo se les había caído

encima y a mediodía de la jornada electoral ya sabían que habían perdido las elecciones. Rajoy pensó en tirar la toalla hasta que los hombres fuertes del partido le convencieron de que sin su continuidad el PP corría el riesgo de saltar por los aires. Victorioso por sorpresa el uno y derrotado el otro, Rajoy y Zapatero empezaron su particular pulso que duraría más de siete años antes de llegar a esta primavera de 2011. Zapatero llegó a desesperar a Rajoy como si fuera una pesadilla. Le exasperaban su elevada autoestima, su frivolidad, sus ocurrencias, su displicencia y su

capacidad para conectar con los ciudadanos. Durante algún tiempo, Rajoy preguntó a todos los que pasaban por su despacho si creían que Zapatero era tonto o malo. En un acto público, se preguntó: «¿Es el presidente tan candoroso como aparenta o pretende embaucarnos?». En otra ocasión le llamó «bobo solemne» y se preguntó por qué para ser presidente no hacían falta más requisitos que ser español y tener más de dieciocho años. La máxima tensión entre ambos llegó en el debate sobre el estado de la nación de 2005, cuando

Rajoy subió a la tribuna y acusó al presidente del Gobierno de «traicionar a los muertos» por sus negociaciones con la banda terrorista ETA. El PP de Rajoy combatió con manifestaciones en la calle a Zapatero durante toda su primera legislatura, sin éxito, ya que en las generales de 2008 el político hedonista y simpático volvió a ganar en las urnas al austero y sacrificado líder de la oposición. Mariano Rajoy se sentía identificado con unos consejos que figuran en una pequeña joya clásica titulada Breviario de campaña electoral (Acantilado, Barcelona,

2003). Marco Tulio Cicerón se presentó a las elecciones para ser cónsul, la más alta magistratura de Roma. Su hermano pequeño, Quinto, escribió el breviario a modo de consejo:

Que un hombre inútil, vago, sin el más mínimo sentido del deber, sin talento, supere a un hombre respaldado por la mayoría y por el aprecio de todos, esto no puede suceder sin que este último haya cometido una gran negligencia.

Durante los siete años y medio que duró su enfrentamiento con Zapatero, Rajoy pensó que algo

estaba haciendo mal para que el otro se impusiera una y otra vez, para que un hombre «sin el más mínimo sentido del deber» superara una y otra vez a un funcionario público de élite que a los veintitrés años sacó las oposiciones de registrador de la propiedad. Aplicando la máxima «si no puedes con tu enemigo únete a él», el hombre de Estado decidió tras su segunda derrota parecerse un poco más a Zapatero y un poco menos a Rajoy. Pero antes hubo de superar la otra batalla más dura de su vida. Nuevamente se vio obligado a

trepar por la montaña lleno de heridas, tras estrellarse esta vez en

las urnas en las generales de 2008.

Construyó un castillo en su propio

despacho para rechazar los ataques

de mortero del adversario interno.

Casi nadie daba un duro por él, pero

a base de resistir de forma

numantina, llegó al congreso de Valencia, ganó y renovó su equipo con ciertas gotas de zapaterismo. Puso mucho cuidado en que la gente supiera que había apostado por el centro, rompiendo definitivamente con el aznarismo. Así ambos hombres se fueron acercando al verano de 2011,

cuando está a punto de producirse su encuentro. Antes fue necesario que cambiaran las tornas. Y eso sucedió cuando estalló la crisis, cuando a Zapatero se le acabó el dinero para seguir financiando su proyecto de extensión de derechos civiles y de expansión del Estado del Bienestar. El presidente del Gobierno se hizo el haraquiri obligado por los temibles mercados, al tiempo que los españoles empezaron a verse más pobres y empezaron a ver a Zapatero más gordo, más viejo y mucho menos atractivo. Rajoy estaba ahí, había esperado pacientemente su turno y

al fin llegó la recompensa en forma de votos. Las elecciones municipales de mayo de 2011 cambiaron las tornas. La Moncloa, esa mujer diabólica y hermosa a la que los políticos se entregan y por cuyos favores sacrifican lo mejor de sus vidas, se puso definitivamente a tiro del aplicado opositor. En La Moncloa se sientan los dos varias veces, frente a frente, dejando atrás los siete años de batallas. El uno, despidiéndose de ella, el otro con la excitación interior de estar a punto de llegar a la meta. La recuperación de la confianza fue un proceso lento, pero firme.

Tres meses después de abandonar la Presidencia del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero pasa las mañanas en un despacho de la Fundación Ideas. El paisaje que le rodea es tranquilo, hay mucha vegetación y edificios de oficinas de empresas importantes. Hay poca gente en la Fundación Ideas. Su despacho es moderno, pero impersonal. Solo una foto familiar delata quién lo ocupa. El expresidente trabaja rodeado de un equipo reducido de personas. Su secretaria de siempre y su primo, José Miguel Vidal Zapatero, que ahora disfruta como él de la

tranquilidad que les faltó en los últimos meses en La Moncloa. Zapatero se ha vuelto a vestir como cuando iba a las sesiones de cinefórum en León y se ha sometido a un periodo de descompresión radical. Pero cuando ve a Rajoy por la televisión saliendo de un avión con mala cara, después de un largo viaje hasta el otro lado del mundo, es capaz de identificarse con él. El expresidente habla con entusiasmo juvenil de la recuperación de su vida personal y familiar después de abandonar La Moncloa. Ha descubierto que las comidas tienen sabor. «En los

últimos siete años he comido por comer, ahora disfruto». Es 28 de marzo de 2012, víspera de la primera huelga general de los sindicatos contra el gobierno del PP por la reforma laboral. Hay carteles llamando a la huelga en los alrededores del despacho donde Zapatero saluda con su cordialidad habitual, sin corbata y con vaqueros. Tiene un recuerdo aún vivo de sus últimos meses en el poder y de cómo traspasó La Moncloa a Rajoy, el político que nunca creyó que le pudiera sustituir. También en eso se equivocó:

Fuimos encontrándonos en diversas entrevistas, la mayoría privadas; él siempre fue más partidario de reunirnos privadamente porque la experiencia nos había dicho que los encuentros públicos estaban sometidos a una tensión previa y posterior que hacía muy difícil construir nada. Nuestros partidos presionaban y así era muy difícil lo que nosotros queríamos hacer, que era pensar solo en el país. Manteníamos un contacto telefónico muy fluido desde que la crisis se recrudeció. Desde finales de 2009 yo ya advertí que la relación había mejorado. Es verdad que él no me ayudó mucho cuando presentamos al Congreso el decreto de recorte del gasto público en mayo de 2010. Pero

es normal, mayo de 2010 se produce de una manera muy inesperada, irrumpe la situación de riesgo para la economía española y de grandes dificultades políticas para mí mismo. La situación económica era mala, pero no angustiosa hasta ese momento, solo era angustiosa la cifra de paro. Él se dio cuenta también de la dimensión que tenía la crisis y en privado me lo reconocía. En lo personal había ya confianza. Pudimos ponernos de acuerdo en la reforma del sistema financiero, porque yo creo que él espetaba también a Elena Salgado. Se llevaba bien con ella. Y en los proyectos que el PP no apoyaba tampoco la oposición era muy frontal. Recuerdo una larga conversación que tuvimos sobre la jubilación a los sesenta y

siete años, no necesitábamos el voto del PP, pero yo le dije que sería bueno que Europa viera que quien podía ser gobierno apoyaba la jubilación a los sesenta y siete. No la apoyaron, pero Mariano dijo una frase muy suya, algo así como «no puedo votar a favor, pero no haré tonterías». Hubo un momento después de las municipales en el que la relación fluyó con total naturalidad. Tuvimos una larga reunión en La Moncloa que no trascendió públicamente. Hablamos con radical sinceridad de la situación que había y del calendario político que teníamos por delante. Hablé de las elecciones, que ya tenía decidido convocar en el otoño y se lo transmití para que lo supiera. El análisis que le hice fue que yo no podía afrontar unos

Presupuestos para 2012, no podía pedírselo al PNV, no sé si lo hubiera conseguido porque la relación con Urkullu era buena, pero sentí que no podía forzar tanto las cosas. Le dije a Rajoy que sabía muy bien lo que había pasado el 20 de mayo y se abrió una etapa de colaboración sincera. Para mí lo más importante era una buena imagen del país hacia fuera, nos ayudó lo que estaba pasando en Italia, teníamos que transmitir que éramos un país en el que funcionaban las instituciones y para eso era fundamental la colaboración entre los dos. El traspaso de poderes empezó ahí y el hecho de que yo no fuera a ser candidato en las generales ayudó mucho. Lo anuncié en abril y hay una pregunta que me he planteado muchas veces, una

hipótesis que en su momento nadie se planteó. ¿Habríamos sido rescatados si Zapatero hubiera sido candidato? Se lo dije muchas veces y estoy convencido de que él me creía a pies juntillas. Mira, Mariano, cuando eres presidente del Gobierno unos cuantos años tienes un respeto por tu país y, sobre todo, una preocupación especial por cómo nos miran fuera. La identidad de un país no es como tú crees que eres, sino como los demás te miran, eso es algo que aprendes con el tiempo y si hacemos un buen traspaso de poderes nos mirarán mejor. Estate convencido de que yo ya no tengo ningún interés partidista, aparte de mi familia, mi único interés es que esto salga bien. He sido presidente del Gobierno y he pasado una crisis que es increíble, increíble,

increíble que nos llegara así como nos llegó, de golpe. Era tal el grado de tensión que había pasado que solo pensaba en que eso saliera bien, que

no tuviéramos que pedir ayuda, esa

era mi obsesión y ahora veo que todavía seguimos en ese riesgo. Oye, le dije, quiero que lo que te estoy poniendo encima de la mesa no lo

veas con prejuicios ni con resabios.

Mi análisis es que la Unión Europea

vea que las instituciones funcionan y que habrá un traspaso de poderes normal, sin sobresaltos. Esta era una situación inédita en la historia, la experiencia de esta terrible crisis solo la había vivido yo. Esta crisis tiene una serie de claves que a mí me tocó conocer y estoy convencido de que él interiorizó esto que yo le dije porque algunas de las cosas que yo le dije las

ha hecho y también lo que no ha hecho me indica que en parte me hizo caso. Además de gestionar la crisis, teníamos que hacer unas elecciones y tenía que haber un gobierno rápidamente. La colaboración funcionó y lo más importante que hicimos fue la reforma de la Constitución. Estoy muy satisfecho de aquello. Me pidió veinticuatro horas para pensárselo, pero yo estaba seguro de que la apoyaría porque era muy bien vista por Angela Merkel. Y eso que tengo que decirte también que en esa etapa los equilibrios de los dos eran muy difíciles, yo era presidente del Gobierno en una circunstancia muy especial y mi partido estaba como estaba, él quería ganar las elecciones

y en ese sentido estaba tranquilo

porque las encuestas eran claras. Pero yo también tenía mi responsabilidad con el PSOE, que tenía que competir electoralmente

con el PP. Fíjate, el mejor recuerdo que guardo de ese periodo es cómo el partido se comportó conmigo desde mayo de 2010, con qué comprensión

y qué responsabilidad me apoyó en

los momentos más difíciles. Y aquí te digo una lección política que saqué de este periodo. Una de las cosas que

hicimos mejor en la Transición fue la configuración de los grupos parlamentarios, darle a los partidos

el poder de designar a los diputados.

Eso es lo que ha consolidado al PSOE

y al PP, a los dos grandes partidos.

Imagínate que aquí hubiera división interna y que se rompiera la

disciplina de voto en circunstancias tan delicadas para el país. No quiero ni pensarlo. Con la reforma de la Constitución, prácticamente cerramos una colaboración constante, semanal. Quería poner a prueba el normal funcionamiento del traspaso de poderes, que en la democracia española nunca había funcionado bien. Pactamos la estrategia en las cumbres europeas, sobre todo. ¿Qué pasó el día de las elecciones? El resultado no me sorprendió, si acaso creí que el PSOE iba a sacar algunos diputados más. Llamé a Rajoy, le felicité, y tuve el cuidado de no decirle: ya verás la que te espera, porque hubo una cosa que a mí me dijo Aznar que no me gustó

nada sobre los compañeros de viaje que me había buscado (el expresidente se refiere a ERC). Ya verás lo que te espera con estos, me vino a decir, y me pareció inconveniente. A tu disposición, presidente, y punto. Antes de que tomara posesión nos vimos dos veces, una de ellas no trascendió. El 90 por ciento del tiempo hablamos de economía. Le transmití sobre todo mi experiencia con los inversores, con las instituciones europeas, dónde creía yo que teníamos los flancos débiles, dónde teníamos los activos, con quiénes podíamos contar y con quiénes no, dónde estaban los centros de creación de opinión. En mi experiencia, los ataques contra nosotros suelen arrancar de dos o tres

sitios. Al Financial Times hay que tenerlo siempre presente, eso es lo que le dije, pero después hay una serie de inversores, de agencias de colocación que te pueden causar problemas. Estaba interesado en informarle sobre dónde había que intervenir para evitar los ataques. A mí me causaron muchos problemas y ahora veo que vuelven otra vez a la carga. ¿Cómo veía a Rajoy? Hay una diferencia entre antes y después de ganar las elecciones. Una vez que ganó, transmitía una creciente sensación de responsabilidad. Le vi con ganas. Procuré facilitarle todo lo que pude el traspaso del poder y de La Moncloa. Quise que todo le resultara fácil y amable. Ese era mi deber institucional, un presidente del

Gobierno tiene que mantener sus deberes toda la vida. Aunque leí que no quería vivir en La Moncloa, yo sé que eso es imposible. Que te empujan la seguridad y las circunstancias. El despacho es agradable y te permite tener más cerca a la familia. Hasta cierto punto la ves más que cuando trabajas en la sede de un partido. Una vez traspasado el poder, considero que mi obligación es estar callado. Ni he opinado, ni opino ni opinaré de lo que hace el gobierno. Un expresidente no puede valorar eso. Rajoy necesita tiempo, no podemos esperar resultados inmediatos. El traspaso y la cercanía con el presidente me dieron muchas satisfacciones, incluso un par de veces creí advertir que se estaba disculpando a su manera por la

dureza de la oposición contra mí. No podría reproducir sus palabras. Algo así como estuve duro, sí, ya sabes que cada uno tenemos un papel que cumplir. Le di mucho valor a sus palabras, porque hay muchos que jamás lo harían. Es importante que los expresidentes no den la lata, ya no es que lo haya sufrido yo, o el otro, es que es bueno para el país y para el sistema. Lo he pensado siempre, se contribuye bastante a hacer país siendo un ex que esté a la altura y que tenga cerrado el capítulo de los malos tragos y el rencor. Eso no existe en mi cerebro. Quiero que las cosas le salgan bien al presidente y al gobierno. Tengo tantos elementos personales para estar bien conmigo mismo que no tengo ningún problema en no hablar públicamente

del gobierno. Creo que esa es mi misión como expresidente.

La cápsula de La Moncloa pasó de Zapatero a Rajoy el día 21 de diciembre de 2011. La cápsula es la palabra que define el estricto plan de seguridad que rodea a todos los presidentes del Gobierno. Nadie puede salirse de la cápsula, salvo que quiera desencadenar un conflicto de seguridad nacional. Zapatero acudió al Congreso en coche de expresidente y con la seguridad de expresidente. Aquella noche ya había dormido en su casa junto a su familia. Mariano Rajoy

fue muy generoso en su despedida. En su última entrevista en La Moncloa aseguró que aquel día no era el final de nada y que seguiría frecuentando a Zapatero. No pudo cumplir su compromiso porque las circunstancias se lo impidieron.

Capítulo II

ESE LÍQUIDO PRECIOSO

El secreto, ese líquido precioso, necesita un vaso profundo, oscuro, impenetrable, íntegro. Si fuese pequeño y estrecho, se desbordaría el líquido y caería fuera de los labios. Todo lo que se dice llega a ser fatalmente manifiesto. Si se quiere que nada se sepa, nada se diga, aunque se diga a un solo hombre, y

muy en secreto, en poco tiempo se sabrá todo.

E l italiano Pio Rossi dejó esta

hermosa reflexión en la Italia del siglo XVI sobre el secreto en su obra Banquete moral. El secreto ha tenido un prestigio grande a lo largo de la historia. Nada más lograda la mayoría absoluta, Mariano Rajoy vio llegada la hora de darse un homenaje, haciendo lo que siempre había querido hacer, convertir el secreto en una de las bellas artes. El líder del PP aplicó la enseñanza de Rossi a la formación de gobierno

todos y cada uno de los días que transcurrieron desde la noche electoral del 20 de noviembre hasta el 21 de diciembre, día en el que ya no tendría más remedio que compartir el precioso líquido del secreto con el jefe del Estado. Si se quiere que nada se sepa, no se le puede decir a nadie porque en poco tiempo se sabrá todo. Mediante el secreto, el presidente electo levantó una fortaleza para hacer frente a las preguntas curiosas de los que entraban en su despacho. Todos los que le rodeaban sabían que la mejor forma de no ser ministro era pedírselo expresamente. «Yo nunca

pedí ser ministro a Aznar, si alguien me lo hubiera planteado desde luego nunca lo sería». Mientras él guardaba el precioso líquido en un vaso impenetrable y profundo, los que aguardaban el levantamiento del velo esperaban angustiados una llamada. Como los protagonistas de la novela La sala de profesores de Markus Orths (Seix Barral, Barcelona, 2011), conforme se acercaba el debate de investidura los aspirantes advirtieron a sus amigos y familiares que en cualquier momento podían ausentarse de una comida, cena o

reunión para atender una llamada. La Llamada. Durante semanas, cuidaron de tener cargado el móvil, nunca se alejaban del aparato, a la hora de hacer deporte lo llevaban encima y en la ducha lo dejaban sobre el lavabo. No fuera a sonar con la noticia de que, por fin, habían llegado a su meta: un ministerio del Gobierno de España. Sería terrible recibir La Llamada y no poder contestarla a tiempo. Todos los hombres y mujeres que esperaban La Llamada se distinguían de los demás en que eran excepcionalmente amantes del poder. Las personas que llegan a ser

importantes lo son porque aman el poder muchas veces más que ninguna otra cosa. La Llamada se hizo de rogar. Y llegó en la mayor parte de los casos cuando menos la esperaban. Los primeros llamados fueron los presidentes y los portavoces del Congreso y el Senado. El nerviosismo de los interesados solo era comparable con el de los medios de comunicación. A falta de información, las páginas de los diarios y las tertulias de radio y televisión se hincharon a hacer quinielas. El caso más llamativo fue el del catalán Jorge Fernández Díaz.

Un político bregado en mil batallas desde que empezó en UCD y que había acompañado de cerca a Rajoy desde que este ocupara su primer ministerio. Un hombre de toda confianza. El lunes 12 de diciembre, el mismo día en el que Rajoy iba a comunicar a la Junta Directiva del PP los nombres de los elegidos, el diario ABC publicó en portada una foto de Jorge Fernández señalándole como presidente del Congreso. Su presunto nombramiento se había convertido en un secreto a voces desde que la presidenta del PP catalán, Alicia Sánchez-Camacho lo dijera en un

corrillo durante la recepción del Día de la Constitución, el 6 de diciembre, en el Congreso. Jorge Fernández aterrizó en la sede del PP en medio de un enjambre de fotógrafos y cámaras de televisión. Por más que él insistiera, en días pasados y aquella mañana, en que no sabía nada porque el presidente del partido aún no le había llamado, nadie le creyó. Sin embargo, decía la verdad. Como bien sabía Jesús Posada, un hombre que entró en la Junta Directiva Nacional sin que le hicieran una triste foto y salió convertido en presidente del Congreso. Desde la

esquina, Posada observó el desasosiego de su compañero, pero él no le podía decir nada porque conoce mejor que nadie que no se puede compartir el líquido precioso del secreto con nadie, hasta que el presidente decida traspasarlo de vaso. Él y Rajoy eran amigos, pero desde las elecciones generales, no quiso importunarle. «Él ya sabe quiénes somos y cómo somos, si quiere nombrarnos algo ya nos lo dirá». Jesús Posada deseaba La Llamada, pero casi ya no la esperaba. Estaba cenando cuando sonó el teléfono. —¿Puedes hablar?

Rajoy siempre pregunta eso cuando llama. El secreto y la discreción van de la mano en él. El presidente del Congreso no oculta que se llevó una gran alegría cuando su amigo el presidente le comunicó que presidiría la cámara en cuyos pasillos y hemiciclo ha pasado más de la mitad de su vida. El puesto le apetecía mucho más que un ministerio. La misma llamada recibió otro amigo, Pío García-Escudero, para presidir el Senado. Uno de los pocos puestos que acertaron los hacedores de quinielas. Rajoy les avisó con una noche de antelación, sabiendo

que no dirían nada. Alfonso Alonso recibió la llamada de su designación como portavoz del Grupo Popular en el Congreso llegando al aeropuerto de Barajas, poco tiempo antes del comienzo de la reunión de la Junta Directiva. Posada explica su relación con el presidente:

Rajoy y yo estrechamos nuestra relación cuando éramos ministros de Aznar. Yo era ministro de Administraciones Públicas y él vicepresidente. El presidente estaba muy ocupado y con quien despacho es con Rajoy. Él es mi referencia política y la de mucha gente. Tenemos un carácter muy parecido,

compartimos una visión de la política. Creo que él tiene muy presente lo que pasó en el verano de 2003, antes de que Aznar le eligiera sucesor. Aznar había ordenado silencio y que nadie se decantara por uno de los tres aspirantes que había puesto en la carrera. Yo hice unas declaraciones a un periódico de Castilla y León en las que decía que para mí no había ninguna duda de que el candidato iba a ser Mariano Rajoy. Hubo gente que pensó que era el propio Aznar quien me había dicho que lo dijera. Eso era una tontería, pero supongo que Rajoy me agradeció el gesto. En 2008, cuando volvimos a perder las elecciones, tampoco tuve ninguna duda de que había que apoyarle a él. La amistad que se afianzó entre los dos no era

para ser o no ser ministro en el futuro o presidente del Congreso, o lo que sea. Lo que compartíamos los dos era una visión de la realidad y de la política, aunque yo soy mayor que él.

No fue Posada el único que se llevó una alegría. Cuando Mariano Rajoy reveló el secreto de sus primeros nombramientos, hubo otras personas que suspiraron de alivio. Aquellos que querían ser ministros, en lugar de ser destinados a la vida parlamentaria. Alberto Ruiz-Gallardón, el primero. En los últimos días habían salido de no se sabía dónde insistentes rumores de que el entonces alcalde

de Madrid sería un magnífico presidente del Congreso. Aunque él daba prácticamente por hecho que sería ministro, el silencio de Rajoy no dejaba de inquietarle. Alguno de sus compañeros le felicitó al saber que no sería presidente del Congreso porque sabía que Gallardón tenía una asignatura pendiente en su relación con el poder: ser ministro del gobierno. El mismo respiro de alivio se escapó, en secreto por supuesto, de la boca de Esteban González Pons, señalado directamente por muchas personas como el portavoz parlamentario ideal para tiempos difíciles. Ambos

entraron en las quinielas para el gobierno, con desigual suerte. Aunque en esos días todavía era posible recibir La Llamada. Jorge Fernández pensó lo mismo, pero por otras razones, ya que él cree en la Providencia. Los aspirantes aún habrían de pasar otra semana con el teléfono colgado al cuello. Días antes de la investidura se celebró una boda a la que asistieron muchos de los que aspiraban a ser ministros y otros que querían saber quiénes serían los ministros. La presunta lista del gobierno de Mariano Rajoy fue la protagonista de la boda del hijo

mayor de José María Aznar y Ana Botella, a punto ella de convertirse en alcaldesa de Madrid. El presidente del partido, para evitar los agobios, asistió a la ceremonia religiosa y se fue antes del convite. En aquellos días, inversores y analistas consideraban de la máxima urgencia conocer el nombre del futuro responsable económico del gobierno de Rajoy, porque los mercados ya empezaban a impacientarse. Fiel a la custodia del secreto como un líquido precioso, el líder del PP no se daba por aludido. Esta es la confesión que en vísperas de su debate de

investidura

hacía

un

colaborador

suyo:

Él ha sido capaz de marcar su propio ritmo, y no ha pasado nada. Dijeron que esto se hundía si no decía quién iba a ser su ministro de Economía. No lo ha hecho, y hasta la prima de riesgo se está recuperando. Dijo que solo se sabría el gobierno después de que se lo cuente al rey, y así va a ser. No pierdas de vista que Rajoy será el presidente del Gobierno con más poder que ha habido nunca en este país. Incluso manda más que Aznar en el partido.

 

La

prima

de

riesgo

por

esos

días

de

diciembre

estaba en

algo

más de 300 puntos y Rajoy aún disponía de libertad absoluta para decidir. En la tarde del 19 de diciembre, alrededor de las 19.00 horas, nueve dirigentes del PP y tres independientes recibieron La Llamada. La primera llamada. Doce ministros en total porque a la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, el presidente le comunicó su puesto por otros conductos más personales. Los que eran diputados estaban en el escaño escuchando a los portavoces de la oposición. Descolgaron el teléfono con calma y sin estrés porque la

pantalla no les mostró la llamada que esperaban, o eso creían ellos, ya que al otro lado de la línea les habló una voz de mujer. La reconocieron de inmediato, aunque lo que les dijo sonaba a película de espías. Como cuando a alguien se le va a encargar una Misión imposible o como si del secreto dependiera la supervivencia misma del Estado. —Hola, esta llamada no se está produciendo. ¿Estás dispuesto a formar parte del Gobierno de España? Hay diferentes versiones, pero muy parecidas, de lo que María Dolores de Cospedal —ella era la

enigmática interlocutora— les dijo aquella tarde a los elegidos para la gloria. Esta es otra. —Buenas tardes, no te estoy llamando, ¿quieres ser ministro del Gobierno de España? Las conversaciones fueron breves. En cuanto los trece, uno tras otro, le dijeron que estaban no solo dispuestos, sino encantados de formar parte del Gobierno de España, ella se despidió advirtiéndoles:

—Recuerda que esta llamada no ha existido. Es importante este último detalle de la llamada fantasma

porque faltaban aún cuarenta y ocho horas para que Mariano Rajoy comunicara al rey la lista de su gobierno. El líquido precioso del secreto había desbordado el vaso y ahora ya estaba en manos de demasiadas personas. Trece y la secretaria general del Partido Popular. Los elegidos colgaron el teléfono dispuestos a no confesar ni bajo tortura. Las veinticuatro horas siguientes las pasaron prácticamente especulando qué ministerio les habría tocado en suerte, porque esa información no se la había dado la misteriosa

interlocutora. Así, García Margallo pensó en Industria, Arias Cañete soñó con Exteriores, Ruiz- Gallardón temió ir a Defensa y Ana Mato pensó que a ella le daba exactamente igual el ministerio que le tocara. La Llamada definitiva se produjo en la tarde del 20 de diciembre, una vez que Mariano Rajoy fue elegido presidente del Gobierno por mayoría absoluta con los 184 votos del Grupo Popular y de dos diputados más, los de UPN y Foro Asturias. —Jorge, ¿puedes hablar? —Sí, claro —Segundos eternos, no todos los días te nombran

ministro. —Mañana tengo que comunicarle al rey la lista de gobierno, he pensado que seas ministro del Interior, ¿qué te parece? —Bien, presidente, a tus órdenes. Jorge Fernández cree que Rajoy le nombró ministro porque necesitaba a un hombre de absoluta confianza que además no quisiera tener un perfil propio ni ganas de figurar. Alberto Ruiz-Gallardón recibió La Llamada en su coche, cuando iba a presentar un libro de música. El

viajero mandó al conductor que detuviese el coche y salió a hablar a la acera para que nadie lo oyese. Sabía la importancia que el presidente le da al secreto. —Alberto, quiero que seas ministro de Justicia, ¿estás dispuesto a aceptar? —Por supuesto, presidente, no solo dispuesto sino encantado. —No digas nada hasta que mañana se lo comunique al rey. Faltaba más. Ni al cuello de su camisa. Gallardón dice que jamás le ofreció ninguna otra cartera y que las especulaciones sobre el Ministerio de Defensa son

gratuitas:

A mí el presidente me había dicho antes de convocar las elecciones que lo que no pudo ser la legislatura de 2008 (Rajoy frustró su deseo de ser diputado tras una bronca muy gorda con Esperanza Aguirre) ahora sí lo sería. Pero jamás habló conmigo de llevarme al gobierno. Aunque reconozco que la intuición sí que la tenía porque en la campaña me envió al debate electoral de Televisión Española, en sustitución de Soraya, que estaba a punto de dar a luz.

José Manuel García-Margallo recibió La Llamada en su casa. Mataba los nervios clasificando sus

libros. —José Manuel, ¿qué estás haciendo? —Aquí, ordenando la biblioteca. —¿Y ya has acabado de ordenarla? Te voy a ofrecer una cosa que no podrás rechazar, el Ministerio de Exteriores. Aunque no figuraba en todas las quinielas, José Manuel García- Margallo también esperaba ser ministro. Tenía credenciales para ello, aunque había pasado los últimos años en el Parlamento Europeo. Él es amigo de Mariano Rajoy desde hace muchos años. Amigos de salir a divertirse desde

que un día en el lejano año 1990 buscó en el Congreso a un diputado que estuviera soltero para pasar con él las vacaciones y superar así su separación matrimonial:

Le dije que se viniera conmigo a mi barco para navegar por Ibiza. Así nació una relación personal intensa que sigue hasta hoy. Yo jamás creí que Mariano iba a ser presidente del Gobierno. Pero cuando se produjo el hecho sucesorio, ya le dije que él sería el candidato elegido por Aznar porque España no tenía un problema económico y él tenía un gran conocimiento de la Administración y un currículo muy serio. Me enfadé un poco cuando no me hizo del Comité Ejecutivo en el Congreso de 2004. Él

me dijo entonces que nunca se lo había pedido y me confesó que si hubiera ganado las elecciones generales me habría nombrado ministro de su gobierno. En 2008 sí me metió en el Comité Ejecutivo en el congreso de Valencia. Para mí era más una satisfacción personal que política, porque la vida interna del partido nunca me interesó. Le vi sufrir mucho en Valencia, sobre todo por las traiciones personales, que son las que más le duelen. Yo pensaba que podría ser ministro de Exteriores o de Defensa.

Miguel Arias Cañete, otro de los comensales que disfrutaban de largas veladas con el Rajoy líder de la oposición en los tiempos de la

dulce espera del poder, también deseaba ser ministro de Exteriores. Hasta el último minuto, en el que el presidente le comunicó que volvería a la cartera de Agricultura, Arias Cañete pensó que ocuparía el Palacio de Santa Cruz. Incluso había hecho su propio organigrama y sus planes para la política exterior española del gobierno del PP. Si bien lo deseaba con todas sus fuerzas, mucha gente se lo advirtió de una manera muy gráfica:

«Tú volverás al cerdo, seguro». La madre de todas las batallas para la formación de gobierno se libró en el área económica. Desde

que la victoria del PP en las generales se convirtió en una realidad en los sondeos de intención de voto, dos hombres habían sido las referencias de Mariano Rajoy en política económica. Cristóbal Montoro en la luz y Luis de Guindos en la sombra. Un político puro y un tecnócrata amante de la política. Guindos es un hombre con estética británica, aire frío y excelentes relaciones en el mundo económico ampliamente considerado. Banqueros, empresarios, economistas, profesores, periodistas especializados, agencias de

calificación y agentes de bolsa le consideraban uno de los suyos. La primera oportunidad para brillar en la gestión pública se la brindó Rodrigo Rato en la Secretaría de Estado de Economía, donde Luis de Guindos empezó a ser llamado Windows, al tiempo que era temido por su dureza a la hora de aplicar la tijera a todos los departamentos del gobierno. También era conocido por su displicencia hacia el resto del mundo que carecía de nociones económicas. Cuando el PP perdió las elecciones, tuvo que buscarse la vida y la encontró en Lehman Brothers, como responsable para

Europa del próspero banco de inversiones. La quiebra de la entidad en septiembre de 2008 le quitó la tarjeta oro y le dejó otra vez sin ocupación. Como buen conocedor de las entrañas de la bestia, Luis de Guindos fue uno de los pocos españoles que se dio cuenta de que con Lehman había caído el mundo tal y como lo conocíamos. Mariano Rajoy se enganchó rápidamente a las enseñanzas del profesor De Guindos, convirtiéndole en su asesor de cabecera en materia económica y bancaria.

Mariano necesitaba a alguien que supiera de economía, su equipo tenía obvias debilidades en este terreno. Luis se acercó a él en ese preciso momento y desde entonces hablaban casi a diario.

Esta cercanía al oído del líder despertó pronto los celos de los portavoces oficiales del PP en materia económica. Cristóbal Montoro no estaba dispuesto a rendirse a la brillantez académica del recién llegado, después de haber atravesado el duro desierto de la oposición. El portavoz económico del PP defendió su posición ante el

intruso a base de multiplicar su actividad y hablar cada vez más alto. Incluso acuñó una dialéctica desacomplejada y popular, tanto en la tribuna del Congreso como en las ruedas de prensa. El mundo del dinero, tan fino en sus modales, asistía espantado a las intervenciones de Montoro, que usaba expresiones calcadas a las de series de televisión como Aída o Aquí no hay quien viva. Así nació lo que en algunos ambientes ilustrados del PP se conoce como «montorismo», una manera de hacer política lindante con el populismo y ejercida por un antiguo

profesor de Economía. En las semanas previas al levantamiento del secreto, Mariano Rajoy sufrió todo tipo de presiones directas e indirectas para que nombrara un vicepresidente económico. La solución Rato estuvo encima de la mesa de los fieles del exvicepresidente, que quiso compartir la victoria en la sede del PP la noche electoral. Los dos aspirantes oficiales —De Guindos y Montoro— llegaron a ponerse nerviosos cuando, unos días después de las elecciones, Rato se reunió con Rajoy en su despacho de la calle Génova. Aunque en el

encuentro, según la versión oficial del PP, no se abordó la formación de gobierno, sino la crisis de las cajas de ahorro, que ya empezaba a ser motivo de escándalo público, tras conocerse que el Banco de Valencia necesitaba más de 500 millones de euros para tapar su agujero. Mientras los interesados desplegaban una actividad frenética en la intimidad de sus teléfonos móviles, los analistas y medios internacionales apostaban por una personalidad independiente con prestigio en el exterior, como el entonces consejero del Banco Central Europeo, José Manuel

el

exgobernador del Banco de España,

Jaime Caruana.

González

Páramo,

o

Todo eso no dejaban de ser tonterías, Rajoy no iba a hacer ministro a nadie con el que no hubiera hablado doscientas horas, y no un día, sino mucho tiempo seguido. El caso de Piqué, por ejemplo, de quien Aznar se prendó un día oyéndolo hablar, sería impensable en el caso de Rajoy. Con mayoría absoluta estaba claro que iba a nombrar a personas de su absoluta confianza.

Mariano Rajoy no quiso, no pudo o no se atrevió a designar un vicepresidente económico.

Pienso que a lo mejor lo intentó y que uno o los dos le dijeron que estaban dispuestos a entrar en el gobierno y asumir una cartera, pero no jerarquizados. Hay formas de decir las cosas. No quiso o no pudo elegir. Los presidentes se ven en esos momentos en la tesitura de tener que optar y no es fácil. Es evidente que podía haberse impuesto nombrando a uno y asumiendo el riesgo de que el segundo le hubiera dicho que no. Creo sinceramente que él quería a los dos, le gustaban los dos, un Guindos brillante para vender el producto fuera y un Montoro duro y experimentado que le va a controlar el gasto. El esquema organizativo del gobierno quedó mal hecho. La solución

salomónica es muy de Rajoy, pero en este caso obligaba a Guindos y a Montoro a pelearse. Aun cuando no lo quisieran y hubieran sido amigos, que no era el caso, sus competencias tenían que chocar inevitablemente. Montoro tenía claro que su lugar era el central por haber sido portavoz económico en la oposición. Él sabía perfectamente que el mundo económico y financiero no le tenía ninguna simpatía, pero supo jugar sus cartas. El Ministerio de Hacienda con Administraciones Públicas era una cartera muy reforzada, con enorme peso político, porque era el dueño de la caja y el hacedor del presupuesto. Eso no podía funcionar bien de ninguna manera, porque en ausencia de vicepresidente económico formal, quien tenía todas las de ganar

en la batalla era Montoro. Era importante establecer una jerarquía, porque el mundo económico tenía que saber a quién dirigirse. Tal y como lo diseñó Rajoy, quien tomaba las decisiones fundamentales en materia económica era Montoro. Pero como no habla inglés, tuvo que nombrar a Guindos para que le representara en el exterior.

El presidente del Gobierno logró mantener a salvo el secreto, sin que una gota del líquido se escapara de su vasija. Él fue quien destapó el secreto personalmente en la tarde del 21 de diciembre. Los medios fueron convocados en La Moncloa a las 18.30 para que Rajoy

leyera ante las cámaras la lista de su gobierno. No permitió preguntas y su lenguaje corporal mostró la satisfacción de ser el primer presidente de la democracia que no había visto los nombres de sus ministros publicados en los periódicos antes que en el BOE. El único presidente que comunicó a los españoles de viva voz la composición de su gobierno y la atribución de carteras. Fue una exhibición de poder sin precedentes. El presidencialismo hacia el que paulatinamente había derivado la democracia parlamentaria instaurada por la

Constitución alcanzaba su máxima expresión. El mensaje del presidente era doble. A su partido le dijo que él iba a ejercer su poder del modo que considerara «oportuno y conveniente». A los periodistas les recordó que, como había dicho en el debate de investidura, «no son infalibles». Ejerció el poder con mayúsculas, entendido como la capacidad suprema de decidir sobre el futuro de otros seres humanos. Desde que Adolfo Suárez empezara a convertir la democracia parlamentaria en una democracia presidencialista, todos los ocupantes de La Moncloa han ido

incrementando el providencialismo de su figura hasta manejar un poder ilimitado. Se suele decir que Aznar tenía más poder que Felipe González sobre su partido y que Zapatero hacía lo que quería con el PSOE. La tradición se cumplió. Mariano Rajoy se convirtió en el dueño de vidas, tiempos y haciendas. Estaba en condiciones de hacer lo que quisiera con su partido, después de haberlo llevado a la mayoría absoluta, sin que nadie diera un duro por su victoria cuando fue elegido presidente del PP.

Por eso Rajoy hizo un gobierno

completamente a su medida. Y con absoluta libertad. Ni cuotas, ni barones territoriales, ni sectores ideológicos, ni corrientes, ni tendencias, ni veteranos, ni modernos. Todos suyos y la mayoría de centro puro y duro. El presidente sentó en el Consejo de Ministros a su propio yo multiplicado por trece. Incluso Ruiz-Gallardón había acabado siendo suyo. Liberado de cualquier vínculo con el sector más conservador del PP, rompió definitivamente amarras con el aznarismo más conspicuo. No hizo ni una sola concesión en la primera

línea del gobierno a la FAES, la fundación presidida por el expresidente que en teoría debería abastecer de doctrina y programa al gobierno del PP. Liberado de ataduras, Rajoy quiso proclamar al mundo que ya no debía nada a nadie. Ya era su propio yo, al margen de quien le designó en aquel lejano 2003. Se rodeó de ministros amigos. José Manuel García Margallo, Miguel Arias, José Ignacio Wert, Pedro Morenés, Ana Pastor, Jorge Fernández. Y puso al frente de todos ellos a la persona que más confianza le ha inspirado en su vida política: Soraya Sáenz de

Santamaría, aquella joven de Valladolid, abogada del Estado, a la que había conocido hacía diez años cuando Francisco Villar, su jefe de Gabinete en la Vicepresidencia Primera, la fichó como asesora. Villar, un hombre clave en el equipo de colaboradores de Rajoy y un verdadero padre político para Soraya, había fallecido a finales de octubre, sin llegar a ver el triunfo electoral de su jefe. El nombre de la nueva vicepresidenta no sorprendió a nadie. Era casi la única persona que tenía el puesto garantizado al lado del presidente. Su condición de

vicepresidenta única le otorgó aún más poder del que se suponía que iba a tener. A sus cuarenta años, el calendario vital se había acelerado para ella. Le llegaron a la vez la Vicepresidencia y su primer hijo, Iván, que nació el 11 de noviembre de 2011, nueve días antes de las elecciones generales. Soraya Sáenz de Santamaría vivió el puerperio — el periodo de la vida de la mujer que empieza después del parto y acaba a los cuarenta días— fuera de su casa. A los once días de dar a luz, Mariano Rajoy la designó para dirigir el equipo del traspaso de poderes. Ella saltó por encima de

los cambios que se producen en una mujer después del parto por la brusca disminución de hormonas:

irritabilidad, cansancio, tristeza, cambios de humor y llanto descontrolado. Soraya quiso demostrar que no había diferencias entre los hombres y las mujeres a la hora de asumir una responsabilidad —en este caso de Estado— en cualquier momento y al margen de las circunstancias personales. Compatibilizó las reuniones con los dirigentes del PSOE para el traspaso de poderes con darle el pecho a su hijo, adecuándose al perfil político que había construido sobre de sí

misma: una mujer trabajadora. Le había costado mucho llegar hasta allí como para pararse por culpa de las hormonas. Soraya Sáenz de Santamaría se convirtió pronto en una persona imprescindible para Mariano Rajoy, pero tardó mucho más en ocupar un puesto relevante en el PP. No era una mujer de partido, ni había sentido la llamada de la vocación política hasta que, una vez aprobadas las oposiciones de abogado del Estado, optó a un puesto de asesor en la Vicepresidencia del Gobierno. Rajoy descubrió en ella cualidades que le

gustaban en la actividad política. Era discreta —tanto o más que él—, rigurosa, conocía las leyes, no estaba contaminada por las luchas internas y desde el primer día había mostrado una total fidelidad a su liderazgo. Casi la única que lo había hecho desde el minuto uno de las complicadas vísperas del congreso de Valencia. Después se apuntaron muchos, pero Soraya estaba la primera en la lista de fidelidad a Rajoy. En 2008 esta última cualidad cobraba especial importancia, por lo que la nombró portavoz del Grupo Popular en el Congreso, aunque

solo llevaba cuatro años en el Parlamento. Soraya Sáenz de Santamaría se forjó en este puesto y se vio obligada a combatir el escepticismo de los diputados veteranos que no la consideraban adecuada para el cargo por su inexperiencia política y parlamentaria. Gracias a un equipo que posteriormente la acompañó al gobierno —Fátima Báñez, Álvaro Nadal, José María Lasalle, Alfonso Alonso, José Luis Ayllón—, la portavoz se consolidó como una política con futuro. Y gracias, sobre todo, a la entonces vicepresidenta socialista, María Teresa Fernández

de la Vega. Soraya confrontó con ella en las sesiones de control de forma atrevida, solvente y muy eficaz. Ella era la renovación que había perseguido sin desmayo Mariano Rajoy. La portavoz agradaba a los medios y modernizaba la imagen algo acartonada del PP. Soraya heredó un palacio propio en La Moncloa, un edificio construido —a imagen y semejanza del resto de los palacios del complejo— por su antecesora del PSOE en tiempos de esplendor presupuestario. Sillas de diseño de varios miles de euros la pieza y un

despacho impresionante donde la nueva vicepresidenta aparecía como perdida. El amplio vestidor de María Teresa Fernández de la Vega pasó a ser un armario donde Soraya decidió guardar los documentos más comprometidos. Ella misma asegura que el gobierno también heredó muchas deudas, que las cuentas no estaban tan claras como se le mostraron en el traspaso de poderes. La vicepresidenta y portavoz empezó a hacer decretos y leyes nada más llegar, y a eso dedica la mayor parte de la jornada. Al contrario de lo que aseguran los que sostienen que la clase política está

alejada de la calle, ella sostiene que la pisa todos los días y que se levanta para ir al despacho pensando en cuándo acabará la pesadilla de la crisis. El gobierno de Mariano Rajoy fue recibido con salvas de saludo por la práctica totalidad de los medios de comunicación. Se dijo que era un ejecutivo compacto, centrista, idóneo, capaz, cualificado, lleno de personas competentes con currículos brillantes, no como el de Zapatero. La tónica general de los analistas la resume el titular a toda página del diario El Mundo refiriéndose a los ministros:

«Sobradamente preparados». La amplia y diversa gama cromática de la España de Zapatero desaparecía para dar lugar al blanco y negro de toda la vida. El mago de la comunicación empática que si no hubiera sido presidente habría sido periodista dejó paso a un presidente que aspira a que los periódicos salgan con texto pero sin titulares, porque son muy escandalosos y no pueden recoger los matices de las cosas. La España colorista y naif construida en tiempos de riqueza daba paso a la España de unos tiempos que se avecinaban oscuros y acabaron siendo negros.

Capítulo III

LAUS DEO

El amor al poder, como un anhelo, es un motivo tan fuerte que influye en la mayoría de las acciones de los hombres mucho más de lo que ellos creen.

T odos los políticos se pueden identificar con la sentencia de

Bertrand Russell. En España, el amor al poder es sinónimo de ocupar una cartera ministerial. Ser ministro es un anhelo muy fuerte que influye en las acciones de los hombres mucho más de lo que ellos quieren admitir ante sí mismos. El 21 de diciembre de 2011 muchos eran los que anhelaban La Llamada con una mezcla de esperanza, angustia y congoja, pero solo la recibieron trece. Todos los hombres y mujeres que pertenecen a la dirección de un partido político aspiran a ocupar un asiento en la élite del gobierno. Ser ministro del Gobierno de España es el anhelo de

todos los que se forjan en la oposición y hacen campaña para ganar las elecciones. El PP llevaba casi ocho años esperando este momento y todos cuantos habían trabajado al lado de Mariano Rajoy —e incluso un poco más lejos— creían tener méritos suficientes para ser ministros. Ser ministro proporciona un estatus especial, es la meta de cualquier carrera política. El ministro se ve a sí mismo como alguien especial y pasa a ser una persona distinta también para los demás. Tanto para los compañeros de partido como para la familia y los amigos, un ministro es

un elegido, un triunfador, que gozará a partir de ese momento de un respeto especial. Cuál sea el ministerio resulta casi lo de menos. Es célebre la contestación del catedrático Jesús Fueyo durante el franquismo cuando le preguntaron si aspiraba a ser ministro. «¿Ministro? ¡Aunque sea de Marina!». Aquel miércoles 21 de diciembre de 2011, el momento de la espera fue igual de estresante para todos, aunque el paso de las horas sin recibir La Llamada transformó el estrés en decepción para aquellos que a las cuatro y

media de la tarde aún no habían visto en la pantalla de su teléfono móvil la llamada entrante de Mariano Rajoy. Todos establecieron sus trucos para relajar la espera. Unos hicieron deporte y otros se refugiaron en la familia. El aliento de los compañeros de partido también ayudó a sobrellevar la espera. Los SMS iban de un teléfono a otro. La mayoría de los aspirantes a ministros estableció con sus colegas un sistema de aviso encriptado que consistía en enviar un mensaje de interrogación:

«¿YA?». El adverbio de tiempo expresaba la consecución del anhelo

de ser llamado por el presidente. La angustia de los aspirantes aumentaba a medida que en sus teléfonos aparecía la respuesta:

«YA». El silencio del móvil fue apagando los anhelos de poder. A las cinco de la tarde, el gobierno estaba hecho. Todos sabían que a las seis y media, el presidente informaría al rey de la lista de sus ministros. Si no habían recibido La Llamada, es que YA no había nada que hacer, salvo resignarse y felicitar a los que sí la habían recibido. El misterio que rodeó la formación de gobierno puso a

prueba la sinceridad de muchas amistades. José Manuel Soria y Luis de Guindos, dos de los elegidos, son amigos, pero ninguno de ellos avisó al otro de que YA habían recibido La Llamada. La disciplina y obediencia hacia el presidente está por encima de los afectos personales cuando uno llega a este tipo de cargos. Tal y como dice Esteban González Pons, «el PP de hoy se parece a Rajoy, como el de los noventa se parecía a Aznar y el de los ochenta a Fraga». Ser ministro es algo que no depende de la valía profesional de los políticos, ni de la cantidad de

votos que hayan conseguido, ni de la hoja de servicios al partido, ni de la mucha o poca popularidad política de los aspirantes. No hay una forma adecuada de actuar que

ser ministro

automáticamente. El nombramiento de ministro solo depende de la voluntad del presidente. Él es el gran elector y los criterios para nombrar a uno o a otro son políticos, pero también personales, e incluso emocionales. Por eso los ministros juran lealtad y fidelidad al presidente al mismo tiempo que juran su cargo. «Este tío me ha hecho ministro y yo le debo

lleve

a

gratitud de por vida» es uno de los principios que suele regir el comportamiento de la inmensa mayoría de los exministros. Porque de la misma forma, a través de otra llamada y puede que siguiendo los mismos criterios, llega un día en el que el presidente destituye a los ministros. Y por mucho que les duela, no se pueden quejar. A Federico Trillo le dolió mucho quedarse fuera del gobierno. Expresidente del Congreso y exministro de Defensa con Aznar, Federico Trillo era de los pocos dirigentes que quedaban de la antigua Alianza Popular (AP) y fue

uno de los principales colaboradores de Mariano Rajoy. Trillo se situó desde el primer momento al lado del presidente del PP en los convulsos prolegómenos del congreso de Valencia de 2008. Trillo se convirtió en el principal asesor de Rajoy en materia de Justicia, diseñó personalmente la estrategia jurídica del PP en el caso Gürtel y se convirtió en el interlocutor del gobierno de Zapatero en asuntos de Interior y Justicia. Él fue quien convenció a Francisco Camps de que dimitiera y quien preparó los cientos de recursos con los que el PP dilató en

los tribunales las resoluciones para que el impacto político para su partido fuera el menor posible. Después de unos años en los que Federico Trillo despachaba prácticamente a diario con Mariano Rajoy, llegó un momento en el que sintió la distancia del ya presidente del Gobierno in péctore. El exministro es sincero a la hora de reconocer su decepción por no formar parte del gobierno de Rajoy y se quedó relativamente satisfecho de las razones que le expuso el presidente en una cita en La Moncloa un día de Navidad de 2011, cuando Rajoy ya estaba instalado

físicamente en la sede de la Presidencia del Gobierno, pero aún no había trasladado allí su vida:

Mi relación con Rajoy había sido de

la máxima confianza, él delegaba en mí todos los asuntos de Justicia. Aunque mantuvimos la máxima

confianza personal y política, yo no estuve en la formación de gobierno.

Yo lo noté más frío y distante en

otoño en la precampaña de las elecciones generales. Lo atribuí a la soledad y distancia que son propias de quien ya se ve como presidente del Gobierno. Opté por no darle mucho el coñazo. Claro que pensé que podía ser ministro, de Justicia o de otra cosa, aunque tengo la suficiente experiencia como para saber que el

desgaste de mi imagen no me ayudaba a seguir en la primera línea, porque yo tuve que lidiar con lo que podríamos llamar la ropa sucia del partido, una labor que es ingrata y muy dura.

Federico

Trillo

esperó

La

Llamada hasta última hora:

Esperé la llamada hasta el final, yo había mostrado con claridad al presidente en nuestros despachos mi preferencia por ir a Justicia, comprobé que era admitido por todos los sectores judiciales. Esperé la llamada hasta el miércoles (21 de diciembre) a mediodía. No supe que había llamado a los demás porque la gente guardó la discreción con mucha

fortaleza. Ni siquiera los más amigos soltaron prenda. Tampoco intenté ningún movimiento, los exministros sabemos que estas cosas no se hacen,

y mucho menos con Rajoy. Lo hablé

muchas veces con mi amigo Cristóbal Montoro y con Javier Arenas. Ese miércoles hablé con Montoro, que quería ser el responsable de la economía en el gobierno, le pregunté y me dijo: «Ya veremos». Me di cuenta de que el presidente ya había hablado con él y me dije: «O llama en dos horas o esto se ha acabado». Efectivamente, fue una decepción. A

las cinco de la tarde puse un mensaje

a mi familia y a mis amigos íntimos.

«A estas horas no he sido llamado, bendito sea Dios. Laus Deo. Fuerte abrazo». Qué le vamos a hacer. Felicité a los amigos ministros.

día siguiente,

inmediatamente después de la jura del gobierno en el Palacio de La Zarzuela, el presidente del Gobierno llamó a Federico Trillo:

Al

Me preguntó que cómo estaba, que si estaba bien, yo le dije lo mismo que a mis amigos, laus Deo, y le comenté que la espina de no ser ministro había sido compensada por el destino con la magnífica noticia de que mi hijo había sacado las oposiciones a registrador de la propiedad, como él. No le quise ocultar mi decepción. «Mira, presidente, con la misma alegría con la que ganamos las elecciones, estoy decepcionado de que esta llamada no se hubiera producido

ayer». Con mucha amabilidad y afecto, me contestó que de eso quería hablar conmigo en persona porque había otras muchas posibilidades de futuro para mí.

Federico Trillo fue citado por Rajoy en La Moncloa en vísperas de Nochevieja. Caminó por los jardines que él ya conocía bien y entró en el edificio de palacio donde el presidente estaba trabajando prácticamente solo. Las estanterías de la biblioteca estaban casi vacías y el ambiente invernal añadía tristeza a la que ya llevaba puesta el visitante. La conversación fue sincera.

—Mira, Mariano, antes que nada te quiero decir una cosa. Ninguno de nosotros tenemos derecho a ser ministros, el único que tiene derecho a nombrar a quien le parezca eres tú. Tú eres el presidente, no he venido a pedirte compensaciones, ni siquiera explicaciones. Pero como amigo y como presidente, sí me gustaría saber cuáles han sido las razones por las que he perdido tu confianza en las dos áreas que me habías encomendado, Justicia e Interior. Sé que se han dicho cosas terribles de mí, mi despacho ha perdido dos tercios de sus ingresos porque se ha

dicho que yo era un vendido a Rubalcaba (ministro del Interior socialista). Y eso es lo que más me duele, porque tú sabes que yo he hecho todo lo que tú me has dicho que hiciera, no me he apartado lo más mínimo de la estrategia que tú diseñaste. —No he perdido la confianza en ti, no se trata de eso. Pero tú sabes bien que tu imagen como político se ha deteriorado mucho, ya sabes que siempre te he apoyado con lo del avión, pero el asunto del Yak-42 ni siquiera ha sido lo decisivo. Estos años has hecho un servicio impagable para el partido y para mí.

Y esos servicios han acabado por deteriorar más tu imagen pública. Federico Trillo consideró «razonable» la explicación. Lo del avión, siempre lo del avión. El Yak- 42 le había perseguido durante los últimos años y ahora se lo volvía a encontrar de frente esa mañana de invierno en La Moncloa. El 26 de mayo de 2003, cuando Federico Trillo era ministro de Defensa, sesenta y dos militares españoles que participaban en la misión de la OTAN en Afganistán murieron al estrellarse el avión en el que regresaban a España, un Yak-42, en Turquía, cerca de Trebisonda. Fue la

mayor catástrofe de la historia del Ejército español en tiempos de paz. Los cuerpos de los fallecidos se trasladaron a España en un tiempo récord, para celebrar un funeral en el que las familias increparon al ministro y al presidente del Gobierno. Un año después, el sucesor de Trillo, José Bono, sacó a la luz un dossier en el que se demostraba que las identificaciones de los fallecidos habían sido erróneas y que varias de las víctimas estaban enterradas donde no les correspondía. Un grupo de familiares inició entonces una batalla legal contra los mandos del

Ejército y el ministro de Defensa, tanto porque consideraban deficiente el estado del avión en el que viajaban los militares como por los errores en la identificación de los cadáveres. El estigma del Yak se posó sobre la cabeza de Federico Trillo, al que los mandos del Ejército echaban en cara su no asunción de responsabilidades. El caso del Yak fue instruido en la Audiencia Nacional, que al cabo de unos años exculpó de responsabilidad penal al exministro de Defensa. El único condenado por las identificaciones erróneas fue el general Vicente Navarro, a quien la

Audiencia impuso una pena de tres años de prisión, multa e indemnización para cada una de las familias de los fallecidos. El general falleció años después y el día de su entierro Federico Trillo pudo comprobar la animadversión de su familia hacia él. Todo esto vino a la mente de Federico Trillo en su conversación con Mariano Rajoy en la que también abordó su futuro. Él no quería retirarse de la vida política. El presidente le habló de distintas posibilidades: el Consejo de Estado, una embajada, quizá. —Mira, Mariano, yo no quiero

un puesto jubilar, no quiero un puesto crepuscular, solo tengo unos cuantos años más que tú. Ser consejero de Estado para mí sería igual que si a ti te nombraran presidente del Colegio de Registradores de la Propiedad. —¿No te gustaría ser embajador en el Vaticano? —Eso no porque la religión para mí es una opción personal. Yo no voy a buscar a Dios en las sacristías ni en las conferencias episcopales, sino en la calle, en mi familia. La fe católica y la práctica son ámbitos privados de conciencia. Estar allí entre cardenales no me

atrae nada. Ya sabes que hay un refrán que dice Roma veduta, fede perduta. Yo quiero una embajada política, Washington, por ejemplo. Así quedaron Trillo y el presidente en que la embajada española en Estados Unidos podía ser el destino más adecuado. No tuvieron en cuenta, sin embargo, que el recién nombrado ministro de Exteriores, José Manuel García- Margallo, tenía sus propios planes y los iba a hacer valer. Incluso frente a los consejos o deseos de su amigo, el presidente del Gobierno. Margallo había reservado la embajada de Washington para

Ramón Gil-Casares, exdirector de Internacional del Gabinete de Presidencia de José María Aznar. Sin duda el expresidente quería tener a un hombre de su confianza en Estados Unidos, por las relaciones privilegiadas que mantiene con ese país. Aznar es el auténtico representante del gobierno español ante Estados Unidos. Trillo sabía que con el expresidente por medio, no tenía ninguna posibilidad de ganar la batalla. Meses después, fue nombrado embajador de España en Londres. Como premio de consolación no era un mal puesto y

así lo entendió Federico Trillo, que hizo las maletas camino de la corte de los Windsor. A un año vista de aquella decepción, tal vez no ser ministro fuera una bendición del Altísimo en el que cree. Vive plácidamente en Londres junto a su familia, mientras que los ministros del gobierno tienen que hacer frente a una crisis de proporciones descomunales. Aun así, si le dieran la posibilidad de elegir, seguramente elegiría volver a ser ministro en vez de embajador. De entre todos los huérfanos que dejó Mariano Rajoy el día de la formación de gobierno, el único que

públicamente declaró su orfandad fue Esteban González Pons, cuarenta y ocho años y portavoz del PP en la oposición. Tanto él como todos los muchos amigos que tiene en la dirección del PP estaban seguros de que iba a ser ministro. Había sido una de las cuatro caras más conocidas del PP en los años de la oposición a Zapatero y el dirigente más expuesto a los medios desde su cargo de vicesecretario de Comunicación. Puede decirse que González Pons se alimentó de los medios y los medios se alimentaron de él. Esperó La Llamada con angustia, y hasta cuando dejó de

esperarla siguió creyendo que la recibiría. Imposible asumir que Rajoy hubiera nombrado ministros

a Wert, a Ana Mato o a Fátima

Báñez y le hubiera dejado tirado a él. Sin nada. Como si todos esos años en los que se quemó a lo bonzo con declaraciones polémicas,

salidas de tono, meteduras de pata y críticas aceradas contra Zapatero no hubieran existido. Su papel como portavoz del PP le convirtió en una especie de dóberman y por lo menos esperaba que el presidente le agradeciera los servicios prestados. Confiesa que los días y las horas de

la formación del gobierno de Rajoy

fueron de los peores de su vida política. Su futuro vital dependía de una sola persona y esta no daba señales sobre sus planes. Esperó La Llamada en cercana complicidad con sus amigos del partido, especialmente Alberto Ruiz- Gallardón, Ana Mato y Pío García- Escudero. Hizo deporte para liberarse del estrés, intentó no volver a pensar en el teléfono móvil y se escondió a veces para que la gente no percibiera su angustia. En algún minuto de la tarde del 21 de diciembre, sus amigos le dijeron que ellos sí habían sido llamados y que él ya no sería

ministro. Le consolaron, aunque durante los días y los meses siguientes no dejó de hacerse preguntas. ¿Por qué era el único miembro de la dirección del PP que se había quedado fuera de la fotografía del nuevo poder? ¿Cuál era la causa de que el presidente le hubiera dejado tirado, a pesar de los servicios prestados al partido? No se puede decir que González Pons fuera un recién llegado ni que ignorara las reglas de juego de la política, pero el barco en el que viajaban había llegado a su destino y él no había desembarcado con gloria, sino con pena. Su vida

política entera pasó ante sus ojos y así mentalmente regresó a Valencia, donde quizá estuviera la explicación de su frustrante llegada a la meta de las elecciones generales. Esteban González Pons se retrató a sí mismo casi al desnudo y con aceptable estilo literario en un libro, que escribió durante el verano y salió a la venta en la campaña electoral. Se titula Camisa blanca (Ruzafa Show, Valencia, 2011) y en sus páginas quizá también podamos encontrar otra de las claves de su no nombramiento como ministro de Rajoy. Siendo como es un político profesional desde que era muy

joven, confiesa que su verdadera vocación era la de poeta:

Quería ser poeta, poeta de cuerpo entero. Soñaba con descargar a mi espalda un rastro biográfico de auténtico autor maldito, con su drama amoroso y su tormento en las tabernas. Y hacer del relato de las flores del mal de mi vida guía de lectura obligada para estremecerse con los versos que se encontraran sin publicar tras una prematura muerte. Soy un espíritu libre. Me considero un liberal, un burgués muy europeo, exfumador de Chesterfield sin filtro desde una gabardina, lector empedernido, hincha de la clase media y del público de cine y de teatro, asmático y campeón de

alergias, romántico para la política de hoy. Me gustan las películas del Oeste y las ruinas medievales con misterio acreditado.

El

libro

contiene

toda

una

declaración de amor a la política:

Creo en el milagro diario de la política, a pesar de los políticos milagro. De los políticos caimán, de los políticos ladrones y de los políticos que flotan. Creo en la política- política, en la política pura, en la política apasionada y vocacional. Debajo del yelmo por el que me distinguís en medio de cada lance, estoy yo. Con estas costras, este labio partido y esta ceja rota. Los sueños de los hombres están cosidos unos a

otros como las nubes cuando viajan. Yo creo en los políticos que sueñan porque no creo en los políticos que fantasean aislados.

Tal y como se puede apreciar en lo que escribe y cómo lo escribe, González Pons es un político heterodoxo, exuberante, con un punto naif, le agrada la comparación de sí mismo con ese Peter Pan que se negó a crecer, es capaz de machacar al contrario si así se lo encargan o de pasar una velada con los adversarios del partido charlando de la última serie de televisión. Se comunica por SMS con muchos dirigentes socialistas e

incluso ha compartido escenarios con Baltasar Garzón, el juez instructor del caso Gürtel. Es decir, es un político muy distinto a Mariano Rajoy. El presidente del PP, en el prólogo del libro, alaba el entusiasmo de su vicesecretario y sus sobradas dotes para la comunicación: «Sus pasiones son tan variadas como sus metáforas». Pero ya advierte que «cuando alguien pisa por primera vez en su vida la sede de un partido político, dispuesto a afiliarse o sencillamente a colaborar en lo que toque, no lo hace pensando en ser ministro en un futuro más o menos

lejano, lo hace porque quiere contribuir en una tarea colectiva, porque ama su sociedad, su país y su mundo». El amor al poder, como se ve, tiene muchas caras. Según González Pons, «en la política, como en el viejo Oeste, los hechos se convierten en leyenda y lo que se publica en los periódicos es la leyenda». Su leyenda empezó en Valencia, junto a un amigo, Francisco Camps, del que después se separó de forma abrupta y traumática. Tenía veintinueve años cuando fue elegido senador y en el Senado aprendió las reglas de la política nacional y llegó a portavoz

del PP en la cámara. Fue uno de los primeros políticos españoles en vislumbrar que el futuro pasaba por Internet, por lo que se convirtió en el moderno del partido. Cuando su amigo Camps ganó las elecciones autonómicas en Valencia, fue nombrado consejero y en la Generalitat participó activamente en el auténtico juego de tronos en el que derivó la sucesión de Eduardo Zaplana. El cruento combate entre los zaplanistas y los partidarios de Camps dejó el campo lleno de heridos. González Pons ayudó a su amigo Camps, con eficacia y sin miramientos, a laminar a los

zaplanistas del partido en la Comunidad Valenciana. Mariano Rajoy se fijó en él para llevar a cabo la renovación del PP en el congreso de Valencia de 2008. Su perfil se ajustaba a la estrategia centrista diseñada por el presidente del PP para acabar con la etapa posaznarista. Hasta las elecciones generales, González Pons se sometió a una incesante exposición mediática — cosa que no puede decirse que le molestara precisamente— y ello a la postre resultó perjudicial para sus aspiraciones de ser ministro del Gobierno de España. Fue el único

que

públicamente:

no

ocultó

su

decepción

La política tiene estas cosas. Hay momentos en que esperas que te llegue algo y no te llega y otros en los que no lo esperas y te llega. Génova (la sede del PP) es como un internado cuando los chicos y las chicas se van de vacaciones. Quedamos los huérfanos a los que no vienen nuestros padres a buscarnos. Es un poco Harry Potter en vacaciones.

Ello le convirtió en el huérfano oficial, a quien sus amigos, como el ministro de Justicia, Alberto Ruiz- Gallardón, consolaban casi todas las mañanas.

A modo de profecía autocumplida, Esteban González Pons se había descartado en la campaña electoral con una frase clásica y épica acerca de la ingratitud del alto mando hacia los soldados destinados en la vanguardia de las trincheras: «Los que desfilan en París no son los que desembarcaron en Normandía. Y yo soy de los que desembarcan en Normandía». Esta es la explicación que él se dio a sí mismo. Mariano Rajoy lo envió a batallar contra el enemigo, lo hizo, acabó con heridas de guerra y el presidente le dejó abandonado en la sede del partido.

Fue la única de las personas que

había acompañado a Rajoy en su travesía del desierto que no tomó posesión de ningún cargo en Navidades. La explicación más extendida acerca de su orfandad

remite a su condición de valenciano

y exconsejero del dimitido

presidente valenciano, Francisco Camps. El presidente del PP trazó lo que se puede denominar un cordón sanitario en torno a su partido en la Comunidad Valenciana por las vinculaciones de algunos dirigentes con la corrupción de Gürtel y los pelotazos de Iñaki Urdangarin. Durante la campaña y después de

las elecciones menudearon las informaciones acerca de la implicación de altos cargos de la Generalitat valenciana en los negocios del yerno del rey. El Mundo publicó que González Pons iba a ser llamado a declarar por el juez instructor debido a un convenio firmado con Urdangarin. Es por ello por lo que quizá Rajoy no quiso nombrarle ministro hasta no saber qué deparaba el sumario. También a él, como a Federico Trillo, el presidente del Gobierno le dio explicaciones sobre su decisión. Más o menos le dijo esto: «Hacer gobierno es lo más difícil que he

hecho en mi vida. Te pido que estés tranquilo, esta es una batalla muy larga. Habrá tiempo y otras oportunidades para ti». Después de unos meses de duelo, González Pons aplicó a su carrera política la misma filosofía que expuso sobre las Fallas, la esencia de su tierra:

«Se ha escrito que las Fallas construyen una forma excesiva de glorificar lo efímero. Como la propia vida, que no deja de ser un fogonazo de color y ruido en medio de no sabemos qué vacío inmenso. Pero lo relevante de las Fallas no es que terminen, sino que comiencen, no es que mueran, sino que para

morir antes viven. Si no existiera la hoguera en la que se consume el monumento fallero, no tendríamos ninguna razón para empezar a construir el siguiente». Una vez hecha cenizas la falla de portavoz del PP, Esteban González Pons empezó a construir ya el monumento del año próximo. Su amigo, el ministro de Justicia, está seguro de que Mariano Rajoy lo recuperará en cuanto se presente la primera oportunidad. Hasta cierto punto, las dificultades que salieron al encuentro del gobierno en los meses siguientes actuaron a modo de justicia poética con el huérfano.

Todo el mundo diagnosticó que el ejecutivo tenía un problema de comunicación, precisamente la disciplina mejor dominada por González Pons. Las voces de sus compañeros de partido le regalaron los oídos. «Esto es un desastre. Hace falta gente como tú en el partido y en el gobierno».

Capítulo IV

LA MINISTRA NÚMERO

14

M ariano Rajoy no es hombre

dado a confidencias personales. Pero en la campaña electoral le confesó a Pepa Bueno, que le entrevistó en TVE, quiénes eran los colaboradores que más le habían

apoyado cuando su liderazgo estaba en el alero. Rajoy dio el nombre de cuatro personas… todas mujeres. Soraya Sáenz de Santamaría, María Dolores de Cospedal, Ana Mato y Carmen Martínez de Castro. Las mujeres constituían una asignatura pendiente, desde el punto de vista electoral, para el candidato Rajoy. En las elecciones de 2004 y 2008, el PSOE de Zapatero le ganó al PP en voto femenino por 10 puntos. El líder del PP se dispuso a corregir esa situación y para ello, en el congreso de Valencia, se rodeó de colaboradoras en los puestos más importantes del partido. Nombró

secretaria general a María Dolores de Cospedal, portavoz parlamentaria a Soraya Sáenz de Santamaría y responsable de Organización a Ana Mato. Con ellas tres y su mujer, Elvira, se apareció Rajoy en el balcón de Génova 13, escenario de los éxtasis y los tormentos del PP, en la noche del 20 de noviembre de 2011. La foto del balcón no deja lugar a dudas acerca de la feminización del entorno del presidente del PP en los últimos años. De las tres mujeres del PP que rodeaban a Rajoy en la foto de la victoria, la más contenta era María Dolores de Cospedal,

secretaria general del partido, que aparecía al borde mismo de las lágrimas. Un hecho destacado, ya que Dolores pertenece al grupo de mujeres políticas que nunca se emocionan en público. Ni mucho menos lloran a la vista de todos. A diferencia de Esperanza Aguirre, a quien nunca le ha importado que la vean con lágrimas en los ojos, Cospedal siempre mantiene el tipo y nunca baja la guardia. Cuando Mariano Rajoy la nombró secretaria general del partido, en el congreso de Valencia de 2008, la conocía poco. Con el tiempo, el líder del PP

ha descubierto que Dolores —así la llama él— es capaz de arrasar allá por donde pisa y hay quien dice que el presidente del partido le tiene un poco de miedo. No es nada extraño, puesto que en su biografía autorizada, el periodista Antonio Martín Beaumont dice de ella lo siguiente: «Es capaz de clavar espadas toledanas en el corazón de sus enemigos, mientras saca tiempo de debajo de las piedras para estar con su hijo Ricardo». El libro en el que se relata la peripecia vital y política de María Dolores se titula La reina de la torre de marfil (Libros Libres, Madrid, 2011),

siendo la torre de marfil la sede nacional del PP y la reina, naturalmente, ella misma. El volumen retrata una mujer «no apta para débiles» que tiene «carácter fuerte y determinación». Entre sus virtudes, se citan las siguientes: «Ambición, fortaleza, ganas de trabajar, inteligencia y valentía para no rehuir la batalla, buena gestora, política de raza, mujer de principios». Si acaso, sus amigos echan de menos algo de templanza en su carácter. Antes de convertirse en la número dos del PP, María Dolores había tenido una vida algo azarosa, personal y

políticamente. Empezó en la Administración Pública al lado de Javier Arenas, cuando este era ministro de Trabajo y Asuntos Sociales. Andando el tiempo ambos se volverían a encontrar en circunstancias completamente distintas. María Dolores era abogada del Estado y además una mujer muy guapa. «Bellísima», dice su biografía. Esta característica suya, que no se resaltaría en el caso de un hombre, pesa en su trayectoria. Ella misma reconoce que le incomoda que se fijen en su aspecto físico. Podría decirse que es una mujer guapa que no quiere

serlo e incluso le molesta que se lo digan. La reina de la torre de marfil atravesó su propio desierto vital a finales de los años noventa, cuando se separó de su primer marido. En su biografía se cuenta que José Félix Valdivieso, un chico de buena familia con el que se casó en una boda por todo lo alto, «no supo darle la estabilidad emocional que necesitaba». Un día le puso a él y a sus maletas en la calle, y a continuación abandonó también el Ministerio de Trabajo para irse a un puesto en la embajada española en Washington. Estuvo poco tiempo y a la

vuelta pasó por varios ministerios como subsecretaria. En Interior vivió la amarga experiencia de coordinar las labores de atención a las víctimas del 11-M. Esperanza Aguirre, o por mejor decir su vicepresidente Ignacio González, se fijó en ella para darle la cartera de Transportes en el gobierno de Madrid. Un buen día, la consejera llegó a la reunión del Consejo de Gobierno y les comunicó que estaba embarazada por fecundación in vitro y que sería madre soltera. Nadie se escandalizó, aunque el caso se saliera de lo habitual en un partido de derechas. Así fue como

María Dolores pasó a ser considerada una de las mujeres más modernas del PP. Ya muy conocida en los ambientes del partido, el secretario general del PP, Ángel Acebes, que la había tenido a sus órdenes en el Ministerio del Interior, le pidió que aceptara la presidencia del PP de Castilla-La Mancha, ya que su familia procedía de Albacete. Ella tenía incluso su propia leyenda urbana en relación con su ciudad natal. Se dijo que había sido Maja de Albacete, aunque nadie tiene constancia de tal cosa. El PP tenía una posibilidad de apear al PSOE del gobierno de

Castilla-La Mancha, una vez que el invencible José Bono se había retirado a la política nacional, dejando en el puesto a José María Barreda. La dirección del PP consideró que María Dolores tenía el suficiente tirón político y la buena imagen que necesitaba el partido en esa comunidad. Una vez elegida presidenta de la organización, supo multiplicarse para continuar teniendo una presencia nacional y Mariano Rajoy la llamó un día de julio de 2008 por teléfono para comunicarle que había decidido nombrarla secretaria general del partido en el congreso

de Valencia. El puesto estaba muy disputado, ya que a él aspiraban personalidades de tanto renombre como Alberto Ruiz-Gallardón. Dolores fue la gran sorpresa de ese congreso. Por primera vez en su historia, el PP tenía una secretaria general. Los analistas se apresuraron a situarla en el proceso de renovación del PP hacia una posición más centrista de la que representaba el anterior secretario general, Ángel Acebes. Fue muy comentado, sobre todo en los medios llamados progresistas, el hecho de que la nueva número dos del PP fuera una madre soltera.

María Dolores fue, sin lugar a dudas, la estrella de la clausura del congreso, pero su discurso dio un poco que pensar, cuando dijo que esperaba que su camino como secretaria general estuviera sembrado de «espinas». Aquí se apreció ese regusto amargo y tormentoso que acompaña a María Dolores allá donde va. Ella no busca la empatía de los demás ni quiere caer simpática a nadie. Lo suyo es ejercer el mando con mano de hierro, ni siquiera en guante de seda, como pueden atestiguar numerosos dirigentes del PP a quienes ha arrinconado en el uso de

sus competencias como número dos del PP. Dolores ejerció de secretaria general desde el minuto uno y fue afianzando una personalidad sobresaliente en sus dotes de mando. Ella entiende el poder como el cumplimiento de su voluntad y posee una especie de antena especial para apreciar conspiraciones a su alrededor. Durante los primeros meses, buscó la complicidad de algunas personas que trabajaban en los alrededores de su despacho, porque veía enemigos por todas partes y se sintió violentada en su capacidad de

decisión más de una vez. La visión de los demás sobre ella fue variando paulatinamente, conforme se fue afianzando en su cargo y usando las espadas toledanas de las que se habla en su biografía. Se convirtió en el auténtico látigo de la oposición a Zapatero desde sus ruedas de prensa de todos los lunes, que la acabaron de convencer del poder de la imagen en la fabricación de líderes. Sus colaboradores llegaron a la conclusión de que ella era un auténtico tiro en televisión. Desde entonces, Dolores se ha mantenido en las pantallas de forma permanente. En los partidos

hay una cosa que llaman «satélite» por el que se pelea todo el mundo. Es la conexión que las formaciones facilitan a las televisiones para que conecten con el mitin o el acto que el partido quiera difundir ese día. Ella nunca prestó el satélite a nadie, ni en días de diario ni mucho menos los fines de semana, porque para eso era la secretaria general. La imagen televisiva ha sido crucial en su carrera. Sus amigos aseguran que ella es un «fogonazo mediático». María Dolores hizo valer desde el primer día su condición de número dos del PP y consolidó sus

dotes de mando tras el estallido del caso Gürtel. En dos direcciones. Una, la exigencia de dimisiones a los imputados. Dos, la denuncia de espionaje contra su partido. Desde que se conoció la implicación de Francisco Camps, el presidente de la Generalitat Valenciana, y del secretario general del PP de esa comunidad, Ricardo Costa, en el escándalo, la secretaría general se empleó a fondo para que ambos dejaran sus cargos. Llegó a mantener sonoras broncas por teléfono con Costa, cuando este se resistía a dimitir. Pero su gran enfrentamiento

cuerpo a cuerpo lo tuvo con el gerente del partido y senador Luis Bárcenas. Era este un hombre de confianza del exsecretario general del PP Francisco Álvarez-Cascos, con quien María Dolores llegó a polemizar públicamente cuando él le reprochó la acumulación de cargos: presidenta del PP de Castilla-La Mancha y secretaria general. El caso Gürtel impactó directamente en Bárcenas, que había mantenido relaciones muy estrechas con Francisco Correa, el cabecilla de la trama encarcelado y exproveedor de servicios para el partido. Bárcenas se resistió a

dimitir durante meses, a pesar de su implicación en el caso, durante los que María Dolores le presionó para que se fuera. Él creía tener todas las cartas, y sobre todo las relaciones, para triunfar sobre la voluntad de la número dos del PP. Álvarez-Cascos se personó en la sede para pedir respaldo al tesorero. María Dolores creía, y no le dolían prendas en decirlo en las reuniones internas, que dirigentes como Javier Arenas protegían al tesorero demasiado. En efecto, el vicesecretario general del PP consideraba que ningún partido serio dejaría caer a su tesorero. El escándalo crecía y el presidente del

partido no parecía darse por aludido. «No te puedes permitir el lujo de no hacer nada», dicen que le dijo María Dolores a Mariano Rajoy. La tensión entre el tesorero que se resistía a dejar de serlo y la número dos del PP se trasladó a los medios de comunicación. Eran moneda común las filtraciones de uno contra otra, y al contrario, en los diarios nacionales y, sobre todo, en los confidenciales de Internet, verdadero campo de batalla en el que la secretaria general se mueve como pez en el agua. Casimiro García-Abadillo reveló una tensa conversación entre María Dolores y

Luis Bárcenas en la que este le dijo:

«Aquí lo que sobran son mamones y lo que faltan son cojones». En el mismo diario Raúl del Pozo, en su columna de la última página titulada «Garganta de seda» daba cuenta de las confidencias de una fuente que no identificaba por su nombre. Allí se decía que Bárcenas no estaba dispuesto a dimitir. «Ni de manera transitoria ni pollas, yo no he aguantado cinco meses toda la mierda para rendirme ahora y darme por acusado. El partido no puede ir por delante de la Justicia. No voy a dimitir ni ahora ni nunca». Pero lo que a María Dolores le

golpeó directamente en su orgullo fue la siguiente frase del garganta profunda: «La Cospedal es una retrasada mental, no controla el partido en provincias». Montó en cólera. Había muchos candidatos al puesto de garganta profunda. Francisco Álvarez-Cascos, Javier Arenas o incluso el propio Luis Bárcenas. María Dolores le ganó el pulso a Bárcenas, aunque fue Mariano Rajoy quien le comunicó que el tesorero dimitiría, e incluso tuvo la satisfacción de quitarle el despacho que utilizaba en la sede del partido a pesar de que ya no ocupaba ningún cargo.

María Dolores se veía a sí misma, en su despacho de Génova

13, como una especie de heroína a

quien los bárbaros atacan a todas horas y todos los días. Tanto desde el exterior como, sobre todo, desde el interior. El combate contra sus enemigos, ya fueran reales o imaginados, ha marcado su carácter

y su gestión como secretaria

general. Porque al mismo tiempo que exigía dimisiones dentro, también exigía responsabilidades fuera, concretamente al ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, a quien culpaba de ser la mano que mecía la cuna del

escándalo Gürtel. En su biografía se relata una conversación que mantuvo la secretaria general del PP con el ministro del Interior del PSOE. —La utilización política que estáis haciendo del caso Gürtel es una vergüenza. ¿Acaso buscáis que desaparezcamos como partido o que no nos presentemos a las elecciones? —¿Cómo puedes decir eso, María Dolores? ¿Te has vuelto loca? —Tú lo que quieres es que solo tengamos tres millones de votos, eso te gustaría, pero va a ser que no. Alfredo, no estamos dispuestos a

desaparecer. Nos podéis hacer mucho daño, pero nosotros también a vosotros. Queréis expulsarnos de la vida política. —Todo eso es mentira. María Dolores también visitó al fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido para pedirle neutralidad en las investigaciones sobre la corrupción del PP. En agosto de 2009, ella misma dio la campanada denunciando que el gobierno espiaba a dirigentes de su partido. «Me consta que se están produciendo escuchas telefónicas ilegales a personas que no tienen nada que ver con los sumarios.

España vive un Estado policial como hace muchos años que no se vivía. Perseguir a la oposición es propio de un sistema antidemocrático». Las declaraciones de María Dolores fueron la serpiente del verano de 2009. Ella nunca se retractó de esta acusación porque desde que fue designada secretaria general del PP se siente sinceramente espiada. No es una pose. Es un convencimiento personal. Quizá por eso en su primer discurso como secretaria general, en el congreso de Valencia, ella dijo que su camino estaría sembrado de «espinas».

Nadie entendió muy bien por qué una mujer joven, que acababa de ser nombrada número dos de uno de los grandes partidos españoles, tenía una visión tan oscura sobre el futuro.

tiene

motivos para sentirse espiada

porque en su entorno han menudeado el espionaje y las grabaciones ilegales.

2012, El

Confidencial se hizo eco de esta

noticia:

Pero

María

Dolores

En

junio

de

Ignacio López del Hierro, marido de María Dolores de Cospedal y

consejero, entre otras empresas, de Amper, fue espiado por orden de Marcos de Pedro, consejero delegado de la consultora Neoris, que temía una traición de varios de sus consejeros. Fue durante una comida en el restaurante Ten con Ten de Madrid. Dos mujeres, tras comprobar que la escolta de López del Hierro no rastrearía el local, colocaron los cacharros y grabaron la reunión. El espionaje a López del Hierro es uno de los que aparece en el vasto sumario de la Operación Pitiusa contra una red de venta de datos confidenciales en las que hay más de un centenar de imputados.

consejero delegado de

Neoris le advirtió al detective que

El

puso la grabadora debajo de la mesa del almuerzo que iba a espiar a un hombre que tenía una «pareja relevante». Por teléfono se niega a decirle quién es, pero después le envía un SMS en el que revela la identidad de la pareja relevante:

«Dolores de Cospedal». Al final no había tal conspiración y López del Hierro perdonó a su interlocutor por ponerle una grabadora debajo de la mesa a la hora de comer. Pero da una idea del entorno en el que se mueve el marido de María Dolores de Cospedal, que es toda una leyenda tanto en el PP como en el Madrid de los desayunos de trabajo

y de las cenas de conspiración. No se pierde un evento. La pareja se casó el 3 de septiembre de 2009 en un escenario de lujo, el Cigarral de las Mercedes, en Toledo. Fue una boda privada, cerrada a los medios, a la que la novia invitó al presidente del PP, Mariano Rajoy. Cualquiera que haya compartido mesa y mantel con Ignacio López del Hierro se da cuenta de inmediato de que es un hombre que adora a su mujer. En el sentido prácticamente literal de la palabra. Ella es la líder política que necesita España como presidenta del Gobierno, una mujer fuerte, valiente, con carácter, que no se

arruga ante nada, capaz de hacer frente a todas las crisis. López del Hierro, exgobernador civil de UCD y miembro de varios consejos de administración de distintas empresas, no tiene reparo alguno en defender el liderazgo de su mujer en voz alta y delante de todo el mundo. Aunque a ella ha llegado a molestarle que se hable tanto de él, lo cierto es que son una pareja unida no solo por el amor, sino también por la política. Su biógrafo, Antonio Martín Beaumont, relata las claves de esta relación:

Ignacio López del Hierro ejerce en la sombra de alter ego de María Dolores de Cospedal desde hace mucho tiempo. Yo mismo descubrí a la que hoy es secretaria general del PP durante el almuerzo con su actual marido en otoño de 2003. Al final de lo que simplemente era una cordial comida entre el director de un medio de comunicación (Beaumont es director de El Semanal Digital, un diario en Internet) y un alto dirigente empresarial, López del Hierro me dijo como de pasada: «Te recomiendo fijarte en una mujer interesantísima, una abogada del Estado que nombró Acebes subsecretaria de Estado de Interior, María Dolores de Cospedal. Es muy buena amiga mía, seguro que va a tener una carrera política llena de éxitos». El empresario López del

Hierro acertó y además se percató de las cualidades de esta mujer antes que nadie.

Los detalles contenidos en La reina de la torre de marfil no dejan lugar a dudas sobre la simbiosis de la pareja:

Ignacio está muy presente en su vida

y es un auténtico padre para su hijo.

A ella le parece maravilloso tener una

persona que desinteresadamente le dice todos los días lo que ha hecho bien y en qué se ha equivocado. Ejerce en la sombra como asesor personal. La política ocupa la vida de la pareja. La imagen ha sido siempre una de las mejores armas de María Dolores de Cospedal. Para ello cuenta

a su alrededor con un grupo de

profesionales a cuya elección y coordinación tampoco es ajeno Ignacio López del Hierro. El entorno

personal de la pareja les define como dos almas gemelas por ser personas cultas, con una estética muy semejante, cuidando siempre las formas. Se podría concluir que una

no puede vivir sin el otro, y viceversa.

De ahí que sus conocidos aseguren que Cospedal nunca consideró un

impedimento los diecinueve años que

les separan.

López del Hierro es, en efecto, diecinueve años mayor que María Dolores. La influencia de él en la carrera política de ella está fuera de toda duda. Aunque a muchos

dirigentes del PP les siga sorprendiendo verle en las reuniones del partido y en las ruedas de prensa. El marido de Cospedal era muy conocido en el Madrid de los negocios y en Castilla-La Mancha, donde fue consejero de la caja de ahorros antes de que la entidad fuera intervenida por el Banco de España por estar en quiebra. A pesar de las numerosas leyendas y dimes y diretes que suscitó su presencia en la caja, lo cierto es que él no resultó salpicado por el escándalo de la quiebra. Y aunque su pareja era la presidenta del PP de la comunidad

castellano-manchega, la pareja siempre defendió que su nombramiento fue cosa del presidente de Caja Castilla-La Mancha, el socialista Juan Pedro Hernández Moltó. El marido de la secretaria general era muy conocido en el partido, pero alcanzó notoriedad tras la llegada del PP al gobierno. La pareja tuvo su primer tropiezo en su ascenso al poder el 15 de marzo de 2012. Ese día, Red Eléctrica Española (REE), una empresa semipública, anunció el nombramiento de tres nuevos consejeros: Ignacio López del

Hierro, Alberto Nadal, hermano del director de la Oficina Económica de La Moncloa, y Juan Iranzo, economista. El nuevo presidente de REE, José Folgado, había tomado la decisión de incorporarles a los tres a cambio de un sueldo de 180.000 euros al año. La noticia corrió como la pólvora, fue retuiteada miles de veces y originó un aumento del tráfico de SMS entre ministros del gobierno y dirigentes del PP. Las redes sociales empezaron a arder a los cinco minutos. Pasadas unas tres horas y después de numerosas conversaciones telefónicas entre los interesados, López del Hierro

anunció que renunciaba al puesto «ante la polémica generada y el riesgo de que perjudicara el buen nombre» de su esposa. Como víctima colateral, también renunció al cargo el hermano del principal asesor económico de Mariano Rajoy. Las versiones que se dieron de lo que sucedió en esas tres horas son distintas. El marido de María Dolores, y ella misma, dijeron que Mariano Rajoy estaba al tanto del nombramiento y que él nunca hubiera aceptado de no ser así. Además, presentaron la renuncia como una decisión «personal» del consejero frustrado. «Quien diga lo

contrario está mintiendo», sostuvo el entorno de la secretaria general. Pero La Moncloa dio otra versión muy distinta, según la cual la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y el presidente Mariano Rajoy habían puesto pie en pared tras comprobar el escándalo que el nombramiento suscitó en las filas del PP y en el seno del gobierno. Fue Mariano Rajoy quien instó a su número dos en el partido a que atajara la polémica que, además, venía a coincidir con el anuncio del gobierno de una mayor austeridad en los sueldos de los directivos de empresas públicas.

La polémica iluminó la figura del marido de Cospedal, que hasta entonces solo era conocida hacia dentro. No eran pocos los dirigentes del PP inquietos por la intensa actividad de López del Hierro a la hora de entrar en consejos de administración de empresas privadas más o menos relacionadas con el gobierno. Mucha gente se preguntó cómo era posible que la secretaria general del PP no se diera cuenta del daño que le haría a ella misma, al partido y al gobierno el nombramiento como consejero de REE con un sueldo de 180.000 euros al año. La respuesta es

relativamente sencilla. Hacía más de un año que María Dolores de Cospedal contaba los días por victorias. Había ganado brillantemente las elecciones autonómicas en Castilla-La Mancha, arrebatándosela al PSOE por primera vez, y acababa de arrasar en su batalla interna por compatibilizar los cargos de presidenta de comunidad y secretaria general del PP. Mariano Rajoy le había dejado hacer un congreso y una dirección a imagen y semejanza de ella. Cuando el presidente del PP le pidió que se hiciera cargo del partido en Castilla-

La Mancha, ella le pidió que no la dejara colgada si las cosas no salían bien. El líder del PP cumplió su palabra. Antes de que Rajoy ganara las elecciones generales, Cospedal fue la presidenta autonómica que abrió camino con el recorte del gasto público en su debate de investidura, donde anunció un tajo del 20 por ciento en los presupuestos de la comunidad. Ella misma anunció que el PP seguiría su ejemplo al llegar a La Moncloa. Desde el día siguiente a las elecciones generales que el PP ganó por mayoría absoluta, María Dolores de Cospedal le dijo a todo el

mundo que a partir de ese momento ella iba a ser «más secretaria general que nunca». Por si alguien tenía la tentación de recordar que no había precedentes de que una presidenta autonómica fuera, a la vez, secretaria general de un partido nacional. Los presidentes autonómicos del PP son testigos y víctimas de la voluntad de poder de María Dolores, a quien no le temblaba el pulso a la hora de dar órdenes a compañeros de su mismo rango, aprovechando su plataforma como secretaria general. Su doble condición causó, y sigue causando, numerosos conflictos entre la

número dos y los presidentes autonómicos del PP. Su determinación, fuerza y empuje impidió que Mariano Rajoy se planteara la más mínima posibilidad de sustituirla. Eso, y que el presidente del Gobierno estaba ocupado en cuestiones más importantes para el país. En este caso, la número dos del partido no sería la número dos del gobierno. Hay quien dice que María Dolores, en su fuero interno, aspiraba a que Mariano Rajoy trasladara al gobierno la jerarquía del partido. Así había sucedido la última vez que gobernó el PP, en el año 1996,

cuando Aznar nombró vicepresidente primero del Gobierno al secretario general del partido, Francisco Álvarez-Cascos. Sin embargo, para ello hubiera sido necesario que ella dimitiera como presidenta de Castilla-La Mancha. Vicepresidenta del Gobierno sonaba bien, pero no era posible. En sus manos sí estaba trabajar día y noche para seguir siendo secretaria general del PP, lo que le aseguraba continuar en la política nacional, el objetivo básico de su carrera política en los últimos años. A ello se empleó a fondo, como recogieron las crónicas periodísticas

de aquel XVII Congreso. El primer objetivo al que se aplicó fue impedir que el presidente del partido tuviera la tentación de nombrar un coordinador general, como hizo José María Aznar en 1996, cuando designó para el puesto a Ángel Acebes, que gestionaba el día a día, tras el nombramiento del secretario general, Francisco Álvarez-Cascos como vicepresidente primero del Gobierno. No parece que le costara mucho. Mariano Rajoy descartó pronto nombrar un coordinador general. Uno de los principales candidatos al puesto era el gran huérfano de la formación de

gobierno, Esteban González Pons, a quien María Dolores no quería ver como coordinador general, y así se lo comunicó a Rajoy. No era nada personal, tampoco hubiera aceptado a ningún otro. Javier Arenas sí era partidario de la creación de esta figura, pero su condición de candidato a la Junta de Andalucía en unas elecciones que se celebrarían poco después le daba poco margen de maniobra en el congreso. Ante las especulaciones y las maniobras internas que intentaron en vano limitar su poder, María Dolores en persona se encargó de dar la noticia en RTVE

muchos días antes de que comenzara el cónclave: «El presidente del partido me ha dicho que quiere contar conmigo como secretaria general». Por si acaso alguien se había hecho ilusiones. Así pues, María Dolores hizo una nueva cúpula del PP a su imagen y semejanza. Se rodeó de un equipo de personas de su estrecha confianza para garantizarse el control del aparato. Su objetivo, según ella misma explicó a los periodistas, era convertir la dirección del partido en un reloj perfecto bajo sus órdenes, ya que el presidente del PP y otros pesos

pesados estaban muy ocupados con sus tareas de gobierno. El XVII Congreso del PP fue un paseo militar para ella. Los barones regionales renunciaron a dar la batalla y Mariano Rajoy puso todo el poder del partido en sus manos, como subrayaron de forma unánime las crónicas de balance del cónclave. Cospedal nombró a gente de su absoluta confianza para el aparato del partido. Como Vicente Tirado, el presidente de las Cortes de Castilla-La Mancha y nuevo secretario electoral. O María Jesús Bonilla, su jefa de Gabinete, al frente del Comité Electoral. De la

lealtad de esta última no hay ninguna duda porque ella misma ha expresado su adoración por María Dolores. «Una gran amiga, una gran madre, inteligente, capaz, preparada, valiente, buena persona que ha tenido que pasar mucho y a la que a veces no la han dejado ni respirar sus adversarios políticos». Bonilla se siente orgullosa de trabajar con ella y subraya el papel de su jefa como «imprescindible» para el proyecto nacional de España. «Trabajar a su lado es un sueño, es una mujer de una talla inmensa, ella es fundamental en el proyecto de España. Soy testigo de

que el tándem Rajoy-Cospedal sigue existiendo y cada vez es más fuerte. Es un tándem de confianza, en el que se analizan y se toman las decisiones más importantes. El presidente se fía abiertamente de ella y nuestra presidenta y secretaria general es de una lealtad y una confianza plena. Es una líder clara, en los años que llevo trabajando con ella me han marcado su talla personal, profesional y política, el rigor, el compromiso, la capacidad de trabajo». Los perdedores de aquel congreso fueron las víctimas de

María Dolores, a los que la secretaria general arrinconó con el objetivo básico de que no le quitaran foco. No de otra forma puede interpretarse su decisión de suprimir la Vicesecretaría General de Comunicación, reservándose para ella la condición de portavoz del partido. Con el PP en el gobierno, ella era muy consciente de que el foco mediático del partido se quedaba sin luz, sin focos y sin cámaras. Tenía solo la posibilidad de salir en los medios todos los lunes, al término de la reunión de la dirección del PP. Un portavoz distinto a ella le hubiera restado

protagonismo de todas todas. Quien ocupaba este cargo antes del congreso, Esteban González Pons, tuvo que conformarse con la Vicesecretaría de Estudios y Programas como premio de consolación. No solo eso. Cospedal otorgó la responsabilidad de Organización a Carlos Floriano, que había sido el número dos de González Pons hasta la fecha. Floriano se convertía así en el número tres del PP, aunque fuera en teoría. El exportavoz tuvo la oportunidad de compartir sus penas con otra de las grandes

damnificadas del Congreso: Ana Mato. Era esta una de las cuatro mujeres citadas por Mariano Rajoy como sus apoyos más importantes. La mala relación de Cospedal con Mato está ampliamente documentada en las paredes de los despachos de la calle Génova, que han sido testigos de sus enfrentamientos por cualquier pequeñez. Desde el minuto uno, María Dolores se sintió perseguida por el dúo Mato-Arenas, con motivos o sin ellos. Cuando sus personas de confianza hablan de los obstáculos que tuvo que superar la reina en su torre de marfil se

refieren básicamente a las zancadillas que le pusieron el vicesecretario de Territorial y la vicesecretaria de Organización. A esta última la sacó de la dirección sin contemplaciones —diríase que llevaba tiempo deseándolo— con el argumento de que ya era ministra de Sanidad y no tendría tiempo para dedicarse al partido. Cuando le preguntaron a Mato por qué no continuaba como vicesecretaria general contestó que ya era ministra y no quería acaparar cargos. En cuanto a Javier Arenas, le dejó como estaba y aunque se atribuyeron a este movimientos

para limitar el poder de María Dolores, lo cierto es que no pudo con ella. Ni él ni nadie. Durante las sesiones del XVII Congreso fue la protagonista indiscutible sin que nadie le quitara el foco. Solo unos pocos que estaban cerca se dieron cuenta de que el protocolo controlado por sus personas de confianza había situado a la vicepresidenta del Gobierno en un lugar que no se correspondía con su rango y condición. Algunos ministros que estaban presentes se acercaron a Soraya Sáenz de Santamaría y la pusieron en el lugar preferente que le correspondía

como número dos del gobierno del PP.

La decisión de sacar a los pesos pesados del gobierno de la estructura orgánica del PP y del Comité de Dirección tenía su importancia. Desde que fuera elegido presidente del Gobierno, Mariano Rajoy no había vuelto a asistir a ninguna reunión del Comité de Dirección del PP. Los célebres maitines instaurados por Fraga y continuados por Aznar, en los que participaban los máximos dirigentes de gobierno y partido, pasaron a la historia con Mariano Rajoy. María Dolores ha presidido

desde entonces las reuniones de la dirección todos los lunes por la mañana y es la única dirigente del partido que despacha con el presidente del Gobierno de forma periódica. Ni siquiera los ministros tienen esa suerte. María Dolores de Cospedal salió del congreso de Sevilla como Afrodita salió de las aguas. Espléndida en su poder total. Las dudas sobre su futuro se habían disipado por completo. Castilla-La Mancha solo sería una estación de paso hacia Madrid. Ocupó todos los despachos de la sede del PP, aunque tuvo algunos disgustos no previstos.

primeros, por la

descoordinación partido-gobierno. Un día envió a Carlos Floriano a desautorizar públicamente al ministro de Economía. Luis de Guindos se había manifestado favorable al copago sanitario. El coordinador de Organización del PP respondió que de eso nada y que era una reflexión personal del ministro. Guindos tenía razón y distintos ministros en la posterior reunión del Comité Ejecutivo criticaron la tendencia de los miembros del aparato del PP a meterse en lo que no les llaman. Además, Javier Arenas se quedó a las puertas de ser

Los

presidente de la Junta de Andalucía y en situación de vacante. Desde entonces, casi todas las semanas surgían los comentarios acerca de un regreso de Arenas a la sede del PP para hacer valer su condición de vicesecretario de Organización Territorial. María Dolores se vio obligada a responder a la pregunta de cuál sería el papel de Arenas y su respuesta era invariable: «Tendrá el mismo papel que ha tenido siempre». A estas alturas ya había quedado bastante claro que María Dolores de Cospedal pertenece a esa clase de políticos que aspiran a

llegar a lo más alto. Nadie en el PP duda de que ella aspira al liderazgo y en esa clave han de interpretarse todas sus decisiones. Así la ve un ministro del gobierno:

Mariano Rajoy cree que en lugar de tener trece ministros tiene catorce. Dolores es la ministra número catorce y el presidente le ha dado libertad total para hacer lo que quiera con el partido. El poder en la organización interna lo tiene ella, aunque cuando estás gobernando la referencia del poder se desplaza al gobierno, al principio ella no lo entendió muy bien. Pero ella tiene que saber, y creo que ya se ha dado cuenta, que el

partido no puede hacer más de lo que hace porque las políticas se deciden en Moncloa, no en Génova. Por eso es posible que con el tiempo ella pedirá un cambio de escenario y querrá ser ministra, pero de verdad.

La fama de la secretaria general del PP logró traspasar las fronteras hasta llegar a The Wall Street Journal. En su edición del 25 de julio de 2012, el rotativo estadounidense publicó un reportaje sobre la figura política y personal de María Dolores de Cospedal. Decía que la «telegénica» presidenta castellano-manchega era la auténtica «cruzada» de la

austeridad de las comunidades autónomas, que hizo frente sin despeinarse al déficit y a las facturas que se encontró en los cajones sin pagar. «Los analistas políticos la ven como posible sucesora de Mariano Rajoy en algún momento, y por lo tanto una posible candidata a primer ministro en el futuro». La prensa internacional también se había dado cuenta de que María Dolores no renuncia a nada y para ello, pasito a pasito, había colocado a sus personas de confianza en el PP. Ella, como estrecha colaboradora de Mariano Rajoy, también sabe que la

única forma de llegar a ser presidente del Gobierno es a través del liderazgo de un partido político.

Capítulo V

FIN DE LA LUNA DE MIEL

L a noche del 25 de marzo de 2012

algo se rompió en el apasionado idilio que Javier Arenas mantiene con la política desde que ella se cruzó en su camino, cuando apenas tenía veinte años. El electorado andaluz, a quien había intentado

conquistar con todo su arsenal de seducción, le dijo que no le quería como presidente. Desde entonces, sus colegas buscaron a Javier para consolarle, pero no le reconocieron. El hombre extrovertido se volvió introvertido, la salsa de todas las reuniones dejó de acudir a las convocatorias del partido, el interlocutor presto a atender todas las llamadas contestaba con monosílabos, el político que amaba la conversación se encerró en sí mismo, el viajero impenitente se metió en casa, el vicesecretario del PP rehuía hablar de política, aquel que siempre tenía respuesta para

todo ahora solo hacía preguntas. ¿Por qué no lo conseguimos? ¿Cuál fue mi fallo? ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué hará Mariano conmigo? Su desmoronamiento no fue cosa de un día. La noche electoral y las siguientes aguantó bien el tirón. El bajón llegó un mes después. En pleno duelo, el eterno optimista, el hombre capaz de reinventarse a sí mismo todos y cada uno de los días de su vida, confesó: «Estoy cansado, me siento acabado, no me quedan fuerzas para seguir, no tengo futuro». Una confesión algo más íntima que la que hizo en público la

noche electoral en la sede del PP andaluz: «Hasta aquí hemos llegado». De nada servían los ánimos de sus compañeros de partido, de los ministros, incluso del presidente. Javier no encontraba consuelo al haber perdido la oportunidad de convertirse en número uno. Él fue siempre la pieza clave, la mano que movía la hilos del gran teatro de la política, el colaborador necesario, la llave maestra capaz de poner y quitar líderes. Era el personaje de la obra que siendo principal parecía secundario. Nunca había sido el One, el presidente, el jefe de un

gobierno, el líder que llevaba dentro desde los dieciocho años. Estaba entusiasmado ante la posibilidad de convertirse en el presidente de Andalucía, llamado a ser el gran barón del PP, la referencia indudable del poder territorial, el contrapunto en el partido al poder de la secretaria general, María Dolores de Cospedal. Esta ocasión, la mayor de su vida, se le había escurrido entre las manos y ahora se veía convertido en un político prematuramente jubilado a los cincuenta y cinco años. Aun en el mejor de los casos, ya solo podría aspirar a convertirse en ministro de

Rajoy, con suerte vicepresidente, lo mismo o incluso menos de lo que ya había sido con Aznar cuando tenía cuarenta y cinco. No hay ni un solo resquicio de la pequeña y gran historia del PP de los últimos veinte años que se le pueda escapar a Javier Arenas. Él siempre estuvo allí donde se tomaron todas las decisiones, donde se celebraron las victorias y se lloraron las derrotas, donde se pusieron presidentes y se quitaron secretarios generales, donde se establecieron las estrategias y se modularon los pactos de familia. Tanto en las reuniones oficiales

como en los despachos de las intrigas, él ocupó el centro de la escena de la dirección del partido. Su capacidad para la seducción en las distancias cortas era la envidia de sus compañeros y la alegría de los líderes, Aznar o Rajoy, que veían su autoestima muy reforzada cuando Arenas les palmeaba cariñosamente la espalda. «Soberbio, presidente, has estado brillante, convincente y arrollador. No hagas caso de las críticas». Andalucía era su último tren y el 25 de marzo le dio la espalda, aunque la relación de Arenas con esta comunidad tuvo sus

encuentros y desencuentros. Todo comenzó en 1993. Él era entonces un joven vicesecretario del PP de Aznar que la noche electoral del 3 de marzo, llevado por el entusiasmo y las encuestas, cometió el primer error gordo de su brillante carrera política nacional. Pasadas las ocho de la tarde, y acompañado por Alberto Ruiz-Gallardón, proclamó la victoria del PP en las elecciones generales. Dos horas más tarde, el resultado oficial le dio la victoria a Felipe González. José María Aznar decidió entonces mandarlo a renovar el PP andaluz. El análisis detallado de los votos demostraba

que Andalucía era el gran agujero negro del partido. Sin un resultado decente en las provincias andaluzas

el PP jamás ganaría unas generales.

Él se aplicó en el intento de modernizar el partido y borrar esa imagen de señoritos andaluces que acompañaba a los dirigentes del PP. En las elecciones de 1994, el milagro de descabalgar al PSOE en su propio feudo pareció posible, ya

que le arrebató la mayoría absoluta

a Manuel Chaves. Pero dos años

después, en la convocatoria anticipada de 1996, el PP volvió a caer víctima de la estrategia de la pinza y las fotos de Aznar y Anguita

tomándose un café contra Felipe González. Pese a la derrota, Aznar ya había puesto sus complacencias en él y cuando ocupó La Moncloa le nombró ministro de Trabajo y Asuntos Sociales. Arenas abandonó Andalucía, aunque solo aparentemente, porque siguió moviendo los hilos desde Madrid. En la capital, se convirtió en la sonrisa del gobierno, el ministro de la concertación con los agentes sociales, el amigo de los sindicalistas. Por entonces su destino se cruzó por primera vez con una mujer que sería muy importante en sus vidas posteriores,

una joven abogada del Estado a la que fichó como asesora, María Dolores de Cospedal. El titular de Trabajo pasó a ser uno de los ministros más valorados de aquel gobierno y sedujo tanto a la izquierda como a la derecha. Especialmente sedujo al presidente del partido y del gobierno. Su buena imagen, su arrolladora simpatía y su cultivado perfil centrista le convirtieron en el hombre de confianza de Aznar. Por seducir, sedujo hasta a Francisco Álvarez- Cascos, vicepresidente del Gobierno y secretario general del PP. Claro que eso fue solo hasta que el líder

del partido decidió nombrar a Javier Arenas sustituto de Cascos en el congreso del PP de 1999. El presidente del partido quería mandar una señal al electorado centrista y nada mejor que convertir a Javier Arenas en su primer escudero. Por razones que se le escaparon a todo el mundo, incluido a él mismo, Aznar ni siquiera consideró la posibilidad de nombrarle sucesor. Sin embargo, él se las apañó para colarse en la carrera sucesoria y jugar el papel de hombre bueno en aquella pugna entre Rodrigo Rato, Jaime Mayor Oreja y Mariano

Rajoy. Para ello, instituyó almuerzos periódicos de un órgano oficioso, conocido como el G-4, constituido por el sanedrín sucesorio más él mismo. Javier Arenas logró la equidistancia en relación con los tres aspirantes. Aunque ideológicamente más cercano a Mayor Oreja por su condición de político democristiano, empezó a forjar una intensa relación personal con Mariano Rajoy que años después sería decisiva para el futuro del PP. Él se enteró el mismo día que los demás de que Rajoy sería el sucesor por deseo de Aznar. El presidente del

partido le pidió que cediera su puesto de secretario general al sucesor, como primer escalón hacia la presidencia. A cambio, le nombró vicepresidente del Gobierno. Fue poco tiempo, pero Arenas llegó a la cima de La Moncloa, al mismo despacho que ocupara Alfonso Guerra. En aquellos últimos meses de 2003, le dio por decir que su ambición política estaba más que colmada siendo vicepresidente del Gobierno de España y que su carrera política tenía la misma fecha de caducidad que la de Aznar. «Yo me iré con el presidente». El presidente se fue, pero él no.

Después de la traumática derrota de marzo de 2004, buscó un hueco en la dirección nacional encabezada por Mariano Rajoy, pero este decidió enviarlo a Andalucía para que el PP aprobara su gran asignatura pendiente. Los resultados electorales de la comunidad habían sido, otra vez, decisivos en la victoria del PSOE de Zapatero en las generales. Ahora sí, Arenas se aplicó intensamente a su tarea. Empezó por recorrer los pueblos andaluces, uno a uno, y paso a paso fue cambiando el paisanaje del PP andaluz. En las elecciones de 2008 dio

un pequeño paso en votos y escaños, muy lejos aún de la marca socialista. La primavera de 2008 volvió a brillar con luz propia. Él fue quien construyó el muro de contención para frenar a quienes intentaron descabalgar a Mariano Rajoy del liderazgo tras su derrota en las generales. En los meses anteriores al congreso de Valencia de julio de 2008, Arenas se convirtió en una persona imprescindible para Rajoy. Haciendo valer el peso de la organización andaluza, él vio claro que la única forma de impedir que surgiera cualquier alternativa al

liderazgo de Rajoy era hacer una alianza con el partido en Valencia, ya definitivamente controlado por Francisco Camps y con Eduardo Zaplana fuera de combate. Nunca resplandeció tanto la capacidad de Arenas para manejar los resortes del poder como en aquella ocasión. Ni tampoco su legendaria habilidad para atraerse a las personas con menos arte que él para seducir a la gente. Mariano Rajoy estableció una relación especial con Javier Arenas que si fuera por el presidente del Gobierno duraría toda la vida. Él fue quien le convenció de que las

conspiraciones de los restaurantes madrileños nunca iban a ningún sitio. El vitalista andaluz completa las carencias del sobrio Rajoy a la hora de relacionarse con el mundo y con la gente. Le gusta su simpatía, disfruta con sus bromas, le encandila su capacidad para el análisis político, admira sus piruetas para situarse a favor del viento, le sorprende su don de gentes. Desde 2008 hasta ahora mismo, Rajoy no hubiera podido aguantar los embates internos sin Javier Arenas. No solo era su principal asesor y hombre de confianza, también ejercía como

paño de lágrimas. Todos los que participaban en las reuniones internas del PP sabían quién decidía desde el primer minuto. Él marcaba el territorio, las estrategias ofensivas y las defensivas. Todo ello sin aparecer públicamente más que como modesto líder del PP andaluz. Sus veinte años en la sala de máquinas le habían enseñado que es mejor mandar en la sombra que salir a la luz y que el poder se ejerce de una manera más eficaz si no te dejas deslumbrar por la gloria de las cámaras. Para entonces Javier Arenas se había construido el

enésimo personaje de su vida. El candidato a la presidencia de la comunidad más grande de España. Le produce una íntima satisfacción que todo el mundo crea que es él quien manda en el PP, sobre todo para fastidiar a los que no le quieren, pero se conforma con Andalucía. Los resultados de 2008 le daban una posibilidad, aunque fuera pequeña, de gobernar la comunidad andaluza. No se engaña, sin embargo, y antes del estallido de la crisis, tampoco tiene demasiado claro que el PP pueda ganarle las elecciones al PSOE. Ni en España ni en Andalucía.

En Javier Arenas es difícil distinguir dónde empieza la realidad y dónde acaba la leyenda. Él mismo dice —por experiencia— que Madrid es una ciudad en la que se come y se cena conspirando. Durante algún tiempo se extendió la especie de que si Rajoy hubiera perdido las elecciones gallegas y las europeas de 2009, Arenas le habría retirado su apoyo. Una hipótesis de imposible verificación porque Alberto Núñez Feijóo ganó las gallegas y Rajoy las europeas. El viento político empezó a cambiar en España, mientras Javier Arenas defendía sus atribuciones

como vicesecretario del PP frente al afán expansivo de la secretaria general, María Dolores de Cospedal. Ella se dio cuenta, nada más que Rajoy la nombró, de quién mandaba allí y a quién tenía por tanto que combatir si quería mandar ella misma. Las municipales andaluzas marcaron un cambio de tendencia. Javier Arenas logró situar a los suyos en las alcaldías de numerosas ciudades y pueblos de Andalucía, donde nunca soñó el PP con gobernar. Empezando por Juan Ignacio Zoido, que consiguió lo que siempre había sido imposible: la mayoría absoluta en el

Ayuntamiento de Sevilla. Hasta las generales, el PP se deslizó por la confortable corriente de la victoria y los resultados del 21-M en Andalucía fueron espectaculares. Si las andaluzas se hubieran celebrado ese mismo día, en este momento Arenas sería presidente de la Junta. La decisión de José Antonio Griñán de posponerlas hasta marzo es el mayor acierto estratégico que ha tenido el PSOE desde que empezó su caída libre y el mayor golpe en la vida de Javier Arenas. En los tres meses posteriores a su victoria electoral, Mariano Rajoy distribuyó el poder entre los suyos a

modo de un rey. A Soraya Sáenz de Santamaría le dio el control del gobierno, a María Dolores de Cospedal le otorgó el poder de decisión en el partido y a Javier Arenas le quiso conceder el puesto de primer caballero de la corte. Por eso en diciembre, enero y febrero el presidente del Gobierno se volcó en Andalucía. Hasta Sevilla se llevó el congreso del partido a mediados de febrero con la expresa intención de convertir el cónclave en una plataforma privilegiada para el lucimiento de quien estaba llamado a ser presidente de la Junta de Andalucía. Ninguno de los

delegados que asistieron al Congreso albergaba dudas acerca de la victoria electoral del PP en esa comunidad. Arenas se paseó por los pasillos con aire triunfal, a pesar de los empujones de la secretaria general para sacarle del foco. María Dolores de Cospedal vio llegada la hora de la venganza. En los días previos al congreso tuvo lugar en los despachos una batalla sin cuartel entre la secretaria general y el vicesecretario a cuenta del nuevo organigrama de la dirección del PP. Los que viven en los aparatos de los partidos consideran decisivos estos momentos y se aplican para colocar

a sus peones y defender el territorio como si fuera lo más importante que han hecho en sus vidas. En estos combates no se produce nunca el cuerpo a cuerpo ni el cara a cara. Se guerrea a través de filtraciones, conversaciones telefónicas y movimientos en la sombra. Cospedal quería quitar poder a Arenas y este quería poner un coordinador general para quitarle poder a ella. Ganó ella con toda claridad y se ocupó de difundirlo a los cuatro vientos por si alguien dudaba. Los análisis de todos los medios de comunicación no

dejaban lugar a dudas sobre quién era el vencedor de las justas. «Cospedal se queda con el control del partido». «Rajoy concede a Cospedal todo el poder del partido». «Arenas retrocede frente al empuje de Cospedal». «Arenas pierde su pulso con Cospedal». Él no era un recién llegado, conoce bien a su adversaria y por ello aguantó el tirón sin romper la baraja. Consoló a su amiga, Ana Mato —recién nombrada ministra de Sanidad— cuando la secretaria general le pegó un empujón y la sacó de la dirección con el argumento de que los ministros no tenían tiempo para

dedicarse al partido. Y él se quedó como vicesecretario territorial, a la espera de que las urnas le convalidaran como el primer caballero autonómico del PP. Aunque durante la campaña electoral del 25-M, Javier Arenas advirtió en contra del triunfalismo que le situaba ya en el Palacio de San Telmo, sus palabras sonaban como una coletilla obligada por las circunstancias. Todos los sondeos publicados en los medios de comunicación nacionales y andaluces, sin excepción pronosticaron hasta el último día una victoria del PP por goleada y

una derrota del PSOE sin precedentes. Arenas hizo la misma campaña que Rajoy dos meses antes. Una campaña de presidente, no de aspirante. El hundimiento de los socialistas en las generales y el escándalo de los ERE no podían desembocar en otra cosa que no fuera la victoria del PP por mayoría absoluta. Y además, Mariano Rajoy quiso obsequiarle con el aplazamiento de la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado, que necesariamente habrían de ser restrictivos en materia social. Arenas era la cara social del PP, el garante de las

pensiones, el defensor del Estado del Bienestar. Sabía que ante el electorado andaluz no había otro discurso posible para ser presidente.

Mariano quiere a Javier, le quiere de verdad, creo que es una de las pocas personas del partido a las que quiere. Precisamente por eso retrasó los Presupuestos y cometió un error. Si Arenas hubiera sido cualquier otro le habría dicho: «Oye, mira, yo tengo que cumplir con mi obligación y me importan más los intereses generales del país que tus elecciones, así que haré lo que tenga que hacer y si es perjudicial para ti, pues lo siento». Pero como a Javier le quiere intentó ayudarle para que fuera presidente

de Andalucía, creía que se lo debía después de lo que Javier hizo por él tras la derrota de 2008. Y la realidad es que llegar a la mayoría absoluta en Andalucía era poco menos que imposible, por mucho que nos dejáramos llevar por un espejismo. Hay que saber cómo es Andalucía para entender que el PP allí lo tiene casi imposible.

Nos confiamos demasiado, el gobierno pospuso la aprobación de los Presupuestos, pero no supimos ver que la subida del IRPF había cabreado mucho a nuestros votantes.

Entre las elecciones generales de noviembre y las andaluzas de marzo, el PP perdió 415.000 votos

en la comunidad. Según los estudios posteriores del partido, fueron votantes de las zonas costeras, pequeños comerciantes, dueños de bares, gente muy afectada por la subida del IRPF.

el

escrutinio, Javier Arenas no fue

consciente de su drama.

Hasta

bien

entrado

A las ocho y cuarto de la tarde Mariano habló con Javier para decirle que estuviera tranquilo, que según las israelitas de Ipsos para Canal Sur tendría mayoría absoluta al final de la noche. Sin embargo, cuando le pasaron el modelo que el partido hace con las primeras papeletas de mesas seleccionadas ya

supimos que no había nada que hacer. Fue una noche crítica y triste por lo inesperado, nos sorprendió a todos, a Mariano, a Javier por supuesto, pero también a todos los demás. Mariano dijo que esto era un desastre y se le veía seriamente afectado por el golpe personal que esto le iba a suponer a Javier, aunque Javier esa noche parecía muy entero y aparentaba estar sereno.

Se abrió entonces un turno para buscar dónde había fallado el PP andaluz.

No perdió Javier, perdió el gobierno, la campaña que hizo fue la que correspondía, fue un castigo a las medidas del gobierno, a la subida del

IRPF por un lado y a la reforma laboral por otro. Es una simpleza decir que con otra campaña y habiendo ido al debate de Canal Sur habríamos ganado en Andalucía.

No

análisis.

todos

comparten

este

Arenas se creyó que podía ganar el partido sin bajarse del autobús, solo con los votos de las generales, pecó de prepotencia al pensar que lo tenía todo hecho.

Es verdad que era difícil y que lo de no acudir al debate fue un error, pero no creo que definitivo. Aunque Arenas siempre se culpará por no haber ido y toda la vida tendrá la

duda de qué hubiera pasado si

En efecto, el candidato del PP dejó la silla vacía del debate en

televisión y eso puede pesarle como

el gran error de su carrera política.

A ratos creía que la derrota era un

error suyo y otros se sentía víctima de la política del gobierno de Mariano Rajoy. Analizó por activa y por pasiva todo lo que había hecho. Tal vez no fue capaz de analizar correctamente los resultados de las elecciones generales. Nueve puntos de distancia no eran tantos para garantizar la mayoría absoluta en Andalucía. Había cometido el

mismo error que ya cometió su partido en las elecciones de 2003. Acosado en la calle por los manifestantes del «No a la guerra», Aznar interpretó la victoria de las municipales de 2003 como un sí en el plebiscito sobre su persona y su gestión. El propio Javier Arenas manifestó en las reuniones del partido, después de la derrota de 2004, que se habían dejado llevar por un espejismo. Lo mismo le había pasado a él con las municipales de 2011. El triunfo del PP en los ayuntamientos andaluces se debió, sobre todo, a las ganas que la izquierda tenía de castigar a

Zapatero. Quizá tampoco acertó en la crítica a los miles de «enchufados» de la Administración andaluza. Ta vez tenía que haberse puesto tapones de cera para no escuchar la catarata de elogios que cayó sobre su cabeza en la campaña por parte de periodistas y medios de comunicación afines. Quién sabe, igual su legendario olfato político le había abandonado. En los días posteriores al fiasco andaluz, sus amigos se esforzaron en consolar al derrotado. Le brindaron aplausos y palabras de apoyo en las reuniones internas, aunque sus enemigos creyeron

desde el primer momento que era cuestión de tiempo que renunciara a seguir liderando el PP andaluz.

Si no hemos llegado a gobernar esta vez, con la corrupción de los ERE, directores generales socialistas encarcelados y encausados, y con la debilidad del PSOE, jamás lo lograremos, y mucho menos con Arenas que ya es la cuarta vez que se presenta.

En público, sin embargo, nadie quería ofenderle agarrándose al dato de que el PP había ganado por primera vez las elecciones andaluzas, aunque no le sirviera de

nada. Sería por entonces —un mes después de la derrota— cuando su amigo y jefe, Mariano Rajoy empezó a preocuparse más por la prima de riesgo que por las cuitas del partido y Javier Arenas se retiró a reflexionar con mayor intensidad que nunca en su vida. La prudencia le aconsejaba seguir liderando el PP andaluz y buscar un sucesor, a la espera de un futuro cambio de gobierno, en el que el presidente le haría un hueco. De lo que pasó en los días previos al anuncio de su renuncia nadie sabe mucho porque él no

quiere que se sepa. De lo que hablaron él y Mariano Rajoy tampoco se ha sabido. Javier Arenas confiesa haber pasado los días más tristes de su carrera, solo entretenidos por la lectura de una novela histórica, El viaje de la reina (Ediciones Salamandra, Salamanca, 2002), de la escritora Ángeles Irisarri. La protagonista del libro es la reina Toda Aznar —ya es casualidad, sí—, una navarra de armas tomar que vivió en el siglo X. Irisarri cuenta el viaje de la reina a Córdoba, donde Abderramán III cura a su sobrino de obesidad mórbida, enfermedad por la que le

habían desposeído del trono. María Dolores de Cospedal, a través de sus personas de confianza, informó de que Arenas le había pedido al presidente del Gobierno que lo hiciera coordinador general del partido y que ella se negó en redondo. Otras versiones apuntan a que Javier encontró frialdad en Mariano hacia él y que por eso dio a conocer de forma tan inopinada que no se presentaría a la reelección como presidente del PP andaluz. El mismo fin de semana en el que España pidió oficialmente el rescate de la banca española, Javier Arenas intentaba organizar su propia

sucesión. Aquello era de locos. Amagó sin mucho entusiasmo por dejar provisionalmente hasta el congreso a su mano derecha,

Antonio Sanz, pero Cospedal quería

a Juan Ignacio Zoido. Y el

presidente del Gobierno les rogó encarecidamente que no le dieran más quebraderos de cabeza, que ya tenía bastantes con la negociación del rescate en el Eurogrupo. El

alcalde de Sevilla tenía que asumir todas las funciones de Arenas hasta

ser

elegido por el congreso. Zoido y

él

no coincidieron en todo. Las

circunstancias le hicieron irse de

forma rápida y radical, sin

interinidades. Su sucesor le pidió manos libres para hacer su propio equipo. En la mañana del 11 de junio, inopinadamente porque solo tres o cuatro personas estaban en el secreto, Javier Arenas envió una carta y una grabación en vídeo triste y desangelada en la que comunicaba su decisión con rostro serio y una media sonrisa forzada cada vez que concluía una frase.

Querida amiga /amigo:

Quiero comunicarte que, tras haberlo meditado profundamente en los últimos dos meses, he decidido no presentarme como candidato a la

presidencia regional en el próximo congreso de nuestro partido. Como es lógico, esta decisión la he analizado con muchos compañeros y en las últimas semanas con el presidente, Mariano Rajoy, y con la secretaria general, María Dolores de Cospedal. Creo sinceramente que de esta forma presto un servicio a nuestro partido y a Andalucía. En ningún caso me he planteado asumir nuevas responsabilidades en la política nacional.

El anunció cayó como una bomba en el PP andaluz, que perdía a su referente único de los últimos veinte años. Nadie se creyó que Javier Arenas fuera a retirarse así

como así. A la secretaria general le preguntaron si iba a desembarcar en Madrid. «Madrid no tiene mar. En la vida todo son etapas», contesta ella. La realidad es que el pulso entre ambos llegó hasta la misma hora de la renuncia.

Javier ha hecho mutis por el foro, aunque nadie quiera creérselo y, efectivamente, es difícil de creer. Ha perdido lo que era el gran objetivo de su vida, podía haber sido lo que quisiera con Mariano y eso es lo que le ha frustrado. Era su oportunidad y le ha fallado en el último minuto. Es un político prejubilado demasiado joven. ¿Qué hará todos los días cuando se levante? No creo que su

puesto de senador le baste para llenar su vocación política. Él es consciente de que Dolores no le va a dar cabida en el partido y Soraya en el gobierno tampoco lo quiere. Es un mal momento para buscar soluciones personales. El 25 de marzo nos pegó un estacazo a todos, no solo a él, hasta cierto punto fue ese día en el que se descojonó todo, a partir de ahí hemos ido de mal en peor.

Sus

amigos

y

algunos

ministros,

sin

embargo,

piensan

otra cosa:

Javier se rehace con toda seguridad, se reinventará otra vez. Su futuro pasa por Madrid y desde luego en este gobierno hacen falta muchas personas como él, con olfato político,

con discurso y con imagen. El gobierno y el PP necesitan personalidades fuertes y políticos experimentados y con peso en el partido. Ahora más que nunca.

Javier Arenas pasó a sentarse en el banco de atrás en el Parlamento Andaluz y dejó de inmediato su despacho en la sede del PP de Sevilla. Le queda su hueco en Génova 13 como vicesecretario de Acción Territorial, un hueco que no le agrada mucho desde que se siente herido de muerte. Coincidir con María Dolores tampoco es lo que más le apetece en el mundo. La escenificación de su

renuncia fue más propia de un hombre fracasado que de Javier Arenas. Por eso está irreconocible para todos aquellos que le conocían. Refugiado en casa y en la familia, solo sale en contadas ocasiones y para actos puntuales. Tuvieron que llevarle casi con grúa a la interparlamentaria del PP celebrada en San Sebastián unos días después de su abandono. El encuentro lo organizó su vicesecretaría, pero él no quiso intervenir. Solo la insistencia de muchos dirigentes que le llamaron le sacó de su casa. Allí fue donde por segunda vez Mariano Rajoy le recordó su cariño:

«No podemos prescindir de un político de raza que ha aportado muchísimo al PP. Javier sigue ahí y seguirá ahí porque él quiere y porque lo necesitamos y sobre todo lo necesito yo, para que quede claro». La primera había sido en el Comité Ejecutivo y la tercera tuvo lugar en el congreso del PP que se celebró en Granada. Rajoy recordó cómo fue muy feliz recorriendo los pueblos andaluces con Javier Arenas, mecidos ambos con el viento del triunfo. Sus palabras sonaron sinceras:

Gracias, Javier, en mi nombre y en el de todos, gracias por tantos años de generosidad, de entrega y de dedicación. Sé que has tenido que renunciar a muchas cosas para llevar al PP al primer escalón del podio en tierras andaluzas. Has conseguido para todos, y especialmente para mí, grandes éxitos y acumulado una experiencia que es un tesoro de gran valor. Esto no es una mirada atrás, vas a seguir siendo una gran referencia personal y política. Tu valía es tan insustituible como necesaria, el PP no se va a permitir el lujo de prescindir de ti.

En el partido hay quien cree que el jefe puede tener algo de mala conciencia:

Mariano no le puede hacer ministro ahora porque es un lío, pero al mismo tiempo le necesita a su lado. Podría decirse que se siente responsable de lo que le ha pasado, aunque no encuentra cómo remediar el terreno de nadie en el que se ha quedado Javier.

El congreso de su despedida fue triste. Y no solo porque tuvo que decir adiós a dos décadas de liderazgo, sino por las circunstancias. Javier Arenas se despidió el día en el que el Consejo de Ministros aprobó el paquete de medidas de austeridad y la subida del IVA. Hasta el plenario llegaba el

ruido de la calle, donde centenares de policías, bomberos, médicos y funcionarios protestaban porque el gobierno del PP les había quitado la paga de Navidad. Los delegados no pudieron abstraerse del impacto social de esas medidas. A primera hora de la mañana del sábado, la megafonía anunció que ni la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, ni el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, se dirigirían al plenario como estaba previsto. A media tarde, se les comunicó que el congreso se clausuraría en la noche del sábado y no en la mañana del domingo, como

es tradicional. El presidente del Gobierno adelantó su viaje a Granada para esquivar la manifestación convocada por los funcionarios. Quizá Javier Arenas pensó que este final de mandato era el adecuado para su estado de ánimo. Hubo lágrimas por todo en general. Los delegados andaluces se quitaban la acreditación antes de salir del recinto para no ser identificados al cruzarse con el descontento popular. En estas circunstancias, a nadie puede preocuparle el futuro de un político de raza como Javier Arenas. A

nadie, excepto a él mismo. Hay quien dice haber oído de sus propios labios que Mariano Rajoy le ha decepcionado y que esperaba algo más del presidente que tanto dice que le debe. Algún contacto ha tenido con personas que en su día también acabaron algo desencantados con el presidente del PP. Él logró sobrevivir a su mentor, José María Aznar, y ahora a sus cincuenta y cinco años, se ha quedado sin sitio. No porque se quiera jubilar, sino por las circunstancias. Aunque casi todo el mundo piensa que resucitará el día menos pensado.

«Ya estoy mejor, ¿tú no me ves mejor?». Se lo ha dicho a mucha gente desde que le pasó lo que le pasó.

Arenas es un hilo conductor intemporal de las circunstancias que nos han conducido hasta donde estamos. Nada se puede explicar sin tener en cuenta la relación personal que le une con Rajoy. El presidente es altivo y autosuficiente. De casi todo el mundo menos de Javier. Javier es su debilidad. Es alguien que no se parece a él, es cariñoso y simpático, los españoles del sur parecen más capaces de manejar el afecto cercano que los del norte. Cuando Rajoy se aísla, que es muchas veces, Javier es el único capaz de reconfortarle

emocionalmente. Al margen de su familia, claro, pero con la familia a lo mejor no habla de política. Con Javier sí. Es como si complementara su soledad de líder. Lo que pasó en Andalucía les ha dejado a los dos una huella imborrable.

El 25 de marzo de 2012 algo se rompió en la íntima relación de Javier Arenas con la política, pero también acabó la luna de miel de Mariano Rajoy con el poder. Había durado exactamente tres meses.

Capítulo VI

LIDERAZGO Y COMUNICACIÓN

D ías después del desengaño de las

elecciones andaluzas, el 14 de abril, Mariano Rajoy mantuvo su primera reunión con los presidentes autonómicos del PP, los llamados barones. Ellos y ellas son la

representación interna más cualificada del partido. El presidente del Gobierno acudió a la cita en la calle Génova de Madrid bajo el impacto del accidente del rey en una cacería en Botsuana. «Esto del rey era lo que nos faltaba», exclamó el líder del PP antes de comenzar el encuentro de forma oficial. Aquel sábado terminaba, en efecto, la semana de Pascua y los barones territoriales del PP llegaron al encuentro perplejos, desconcertados, confusos y desorientados ante los extraños acontecimientos que se habían atropellado en los últimos cinco

días. No acababan de dar crédito a lo que le estaba pasando al gobierno

y, por tanto, a ellos mismos. El

lunes, el flamante nuevo vicesecretario de Organización del PP, Carlos Floriano, había atribuido

a una «reflexión personal» del

ministro de Economía la subida del precio de los medicamentos para las personas con rentas altas. Ese mismo día, después de que el locuaz extremeño se llevara la bronca correspondiente por hacerle caso a la secretaria general y llevar la contraria a un ministro del gobierno, La Moncloa hacía pública por sorpresa una nota de prensa en

la que se informaba de una reunión extraordinaria del presidente con la vicepresidenta, los ministros de Economía y Hacienda y su director de la Oficina Económica. En el último párrafo, y como de pasada, el gobierno anunciaba un recorte de 10.000 millones en Educación y Sanidad que debía ser concretado en los próximos días con las comunidades. Naturalmente, ni las comunidades ni el resto del gobierno supieron nada hasta saber de la nota a través de las web de los medios de comunicación. Rajoy reaccionaba así de forma inesperada e improvisada —palabra maldita en

el diccionario del PP— a la escalada de la prima de riesgo que en Semana Santa se había situado en los 400 puntos. El martes, los presidentes autonómicos que este sábado habían acudido a la convocatoria de Mariano Rajoy habían contemplado sin poder salir de su perplejidad unas imágenes de televisión en las que el presidente del Gobierno se escapaba de las cámaras y los micrófonos en los pasillos del Senado. El jefe del ejecutivo acababa de responder a las preguntas de los portavoces y salió al pasillo donde le esperaban,

ávidos de declaraciones, los medios de comunicación. «Señor presidente —le preguntaron—, ¿puede darnos un mensaje de tranquilidad ante la caída de la bolsa y la situación económica?». El presidente abrió la boca y todos pensaron que era para responder, pero ante la mirada atónita de los informadores solo exclamó: «Por favor», y se dio la vuelta auxiliado por sus guardaespaldas. Tomó el ascensor y abandonó el Senado por el garaje. Las imágenes de Mariano Rajoy con cara de susto esquivando a los periodistas dieron la vuelta al mundo.

Con todo esto en la cabeza, y las dificultades de interlocución que ellos mismos habían sufrido al llamar a los ministerios, los presidentes autonómicos del PP tomaron la palabra en la reunión con Rajoy y establecieron un diagnóstico prácticamente unánime: el gobierno tenía un problema de comunicación. Era el mantra que habían escuchado en las tertulias y leído en los diarios durante toda la semana. En cómo decírselo a la cara al presidente estaban pensando mientras escucharon las intervenciones de los ministros de Economía, Luis de

Guindos, y Hacienda, Cristóbal Montoro. Los barones no tuvieron más remedio que atender porque las palabras de ambos miembros del gobierno buscaban meterles el miedo en el cuerpo. Luis de Guindos les dijo que se fueran preparando porque España se enfrentaría en unos meses a un «entorno internacional y europeo muy malo; España genera dudas en los mercados por tres cosas: un ajuste fiscal que en el exterior se veía insuficiente, la falta de transparencia de las comunidades autónomas y la situación de la banca. Europa quiere que bajemos

el sueldo a los funcionarios y que bajemos las pensiones». Montoro tomó el relevo y advirtió a sus colegas de partido que el país «vive en medio del desbarajuste competencial. Todas las comunidades tendréis que ajustar vuestros presupuestos, aunque creáis que no, lo tendréis que hacer». Los interpelados tomaron la palabra, pero no para responder a los negros augurios de sus ministros, sino para decir lo que traían preparado desde casa. José Antonio Monago (presidente de Extremadura: «Nos

estamos alejando de la gente, tenemos un problema serio de comunicación. No puede ser que yo pida un pacto de Estado con el PSOE para hacer frente a la crisis y todos en mi partido se me echen encima. El presidente tiene que hablar más, la culpa no es de las comunidades». Alberto Núñez Feijóo (presidente de la Xunta de Galicia):

«Subir las tasas universitarias será un error porque nos echaremos encima a los estudiantes. No lo estamos haciendo bien, hay que reconocerlo. Quiero dejar claro que para mí tenemos la mejor portavoz

del Gobierno, lo hacemos bien, pero no tenemos ni idea de cómo comunicarlo, con qué discurso, no sabemos explicar ni el cómo ni el porqué. Y además el cambio en TVE se está retrasando demasiado. No conseguiremos nada si no existe un cambio en los informativos de la televisión pública». Esta referencia a la necesidad de adecuar los informativos de TVE al cambio político con el fin de tener un potente altavoz mediático controlado por el gobierno fue muy celebrada por todos los asistentes y coincidía punto por punto con la opinión mayoritaria entre los

cuadros medios y los militantes del PP. Todos ellos estaban escandalizados de que Mariano Rajoy no hubiera cambiado al equipo de dirección de TVE. El presidente del Gobierno había pedido paciencia a los suyos con un argumento de vivencia personalísima: «Yo no necesité el apoyo de TVE para ganar las elecciones generales». Pedro Sanz (presidente de La Rioja): «Con ánimo constructivo, creo que el equipo de comunicación de La Moncloa tiene que hacer una reflexión». Luisa Fernanda Rudi

(presidenta de Aragón): «Pido que seamos cuidadosos con los mensajes. No podemos seguir diciendo que la reforma sanitaria se hace para evitar los abusos, no podemos culpar a las personas de ir al médico por estar enfermos». Alicia Sánchez-Camacho (presidenta del PP de Cataluña):

«El presidente del Gobierno debe ejercer más liderazgo. Tiene que dirigirse a los españoles de forma institucional, con la bandera española en la imagen, igual que hace Artur Mas cuando anuncia los recortes, que aparece con la bandera catalana detrás».

Santiago Cervera (presidente del PP de Navarra): «No somos un partido de tecnócratas, somos un partido de patriotas, no tenemos que dar la sensación de que estamos arreglando las máquinas, sino dar la seguridad de que el barco de España no se va a hundir con todos dentro». Antonio Basagoiti (presidente del PP del País Vasco): «A mí todo lo que decís me parece correcto, pero yo creo que la situación es incomunicable». En este momento de la reunión, la vicepresidenta y la secretaria de Estado de

Comunicación ya se habían intercambiado mensajes asumiendo, irónicamente, que ellas dos eran las culpables de todo. Soraya Sáenz de Santamaría intervino para aclarar que era un lugar común echar la culpa a la comunicación cuando no se sabe a quién culpar de las dificultades. El presidente clausuró el encuentro intentando aclarar a sus barones que estaban en un error si pensaban que él no comparecía ante los ciudadanos, ya que en los últimos cuatro días había hablado en abierto para los medios hasta en tres ocasiones. Javier Arenas, sin mucho

pulso al acudir como interino y no como presidente de la Junta de Andalucía, le echó una mano a Rajoy recordando a los barones que este tipo de encuentros se convocaban para unir fuerzas y ponerse de acuerdo en los ajustes, no para abrir debates políticos más propios de los comités ejecutivos. Los problemas de comunicación son frecuentes en los gobiernos de todos los países democráticos con regímenes de opinión pública. En España, los debates sobre la deficiente comunicación se han producido en todos los gobiernos desde la

Transición. Frecuentemente, al final de los mandatos de los presidentes. La novedad, en el caso del gobierno de Mariano Rajoy, era que esta discusión se producía a escasos tres meses de haber tomado posesión. La personalidad del presidente tiene mucho que ver en ello. A lo largo de su trayectoria política, Mariano Rajoy ha dejado claro que no le gusta que los periodistas le marquen la agenda ni se metan demasiado en sus cosas. Coincide así con lo que dijo Dick Cheney cuando trabajó en el gabinete de Gerald Ford:

Para tener una presidencia eficaz, la Casa Blanca debe controlar su agenda. La herramienta más poderosa de la que dispone es la capacidad para utilizar los aspectos simbólicos de la presidencia. No se debe dejar que la prensa fije las prioridades. Les gusta decidir lo que es importante y lo que no lo es. Pero si les dejas hacerlo, saquearán tu presidencia.

En sus primeros seis meses en La Moncloa, el presidente Rajoy únicamente concedió una entrevista radiofónica al programa de Onda Cero Herrera en la onda. Y una seudoentrevista al todavía presidente de la Agencia Efe en la

que se sometió a preguntas previamente pactadas con su equipo de Comunicación. En el mismo periodo, sus antecesores en la Presidencia del Gobierno ya habían concedido entrevistas a periódicos, radios y televisiones. Nacionales y extranjeros. Tampoco se había sometido a una rueda de prensa en abierto con todos los medios. Únicamente respondía a dos o tres preguntas en las comparecencias con mandatarios extranjeros de visita en España o en sus viajes al exterior. ¿Qué le pasa a Mariano Rajoy con los periodistas? En sus

memorias encontramos un pasaje que puede ilustrar el concepto del presidente sobre estos profesionales:

Yo creo que me parezco bastante a mi

padre. Él es perfeccionista y algo introvertido. Muy prudente. Ser

perfeccionista tiene la desventaja de que te hace trabajar el triple que a otros, y además no siempre la rentabilidad de ese detallismo está fuera de dudas. A mi padre, por ejemplo, no le gusta nada hablar de

lo que no sabe, actitud que comparto

y que considero que debería ser una virtud nacional en un país donde con frecuencia sucede lo contrario. A

veces la frivolidad con la que se habla

y se escribe de cosas que no se

conocen suficientemente es un tanto pasmosa. Ya dijo Azaña que si en España solo pudiéramos hablar de lo que se sabe, el silencio sería clamoroso.

El silencio es, justamente, una virtud de la que necesariamente carecen los periodistas, cuya labor profesional consiste en hacer preguntas.

Creo que Rajoy teme a los periodistas, los considera necesarios, pero es todo lo contrario de Aznar. Aznar se cabreaba con unos y hacía caso a otros, dividía a los periodistas entre los amigos y los que creía que iban a cortarle una mano. Rajoy no cree que

los periodistas vayan a por él, en el fondo no cree en la transmisión mediática, cree que TVE no es importante, pero el partido cree que lo más importante sin comparación ninguna es TVE. Hasta el punto de que los nuestros ahí sí que tienen algo en contra del gobierno, por no controlarla. Les ocupa y preocupa eso mucho más que los recortes y que los ajustes. El presidente tiene un sentimiento mediático mucho menor que la mayoría de los políticos. Él no cree que ningún artículo de prensa le vaya a hundir, sobre todo después del acoso que sufrió antes del congreso de Valencia.

El

acoso

del

que

habla

este

dirigente

del

PP

está

grabado

a

fuego en la cabeza de Mariano Rajoy. Algunos periódicos y emisoras de radio de Madrid pidieron una renovación en el liderazgo del PP después de la derrota electoral de marzo de 2008. Estos medios apostaban por una candidatura alternativa encabezada por Esperanza Aguirre, que finalmente no quiso, no pudo o no supo dar el paso. Esto fue interiorizado por Rajoy como una cacería dirigida contra su persona. Dado que él logró sobrevivir a la cacería, el líder del PP se creyó a salvo de las críticas mediáticas. A partir de entonces, creyó que nada

que se dijera en los medios podía hacerle un daño irreparable. Cuando habla en sus discursos de la independencia como su gran valor político y moral, se está refiriendo a la independencia de los medios.

Rajoy está incómodo con la prensa, pero eso no es de hoy, nunca ha tenido una relación fluida con la prensa, tiene un poco la sensación de que falta especialización en la prensa, que los periodistas hablan demasiado sin saber de lo que hablan. Moncloa no es un lugar que beneficie una relación fluida con el exterior, en este caso con los medios. Pero él tiene un dominio mayor de la situación del que tenía como candidato; entonces

le daba miedo que le preguntasen por cosas a las que no podía responder por temor a que le perjudicaran electoralmente y ahora está completamente ajeno a las consecuencias electorales de sus decisiones. Mucha gente le hemos aconsejado, hasta donde podemos, que tiene que dar un giro a su relación con los medios. Él lo ha aceptado, es un hombre que sabe evaluar las consecuencias de sus actos, y es más fácil llegar a presidente con la prensa en contra que gobernar con la prensa en contra para gestionar día a día.

Rajoy no deja de ser un hombre tímido, no es que desprecie a los periodistas, pero no le gusta la relación con los medios. Él cree que

no está obligado a comparecer permanentemente para explicar lo que hace. Lo contrario que Zapatero, que hablaba mucho, pero tampoco contaba nada. Yo me acuerdo que en la época de Aznar también existía el mantra de los problemas de comunicación. Qué bien lo hacéis, pero qué mal lo vendéis. Con Aznar o con Rajoy siempre es la misma cantinela.

En el despacho donde confluyen todas las miradas sobre la política de comunicación del gobierno se sienta una mujer que fue señalada por Mariano Rajoy durante la campaña electoral como una de las tres mujeres que más le

habían ayudado a llegar a La Moncloa. Carmen Martínez Castro, periodista de larga trayectoria en numerosos medios, fue nombrada por el presidente secretaria de Estado de Comunicación. Acostumbrada a las críticas, dice que le afectan lo justo y tiene muy claro que entre ser colega de los periodistas o miembro del gobierno elige esto último:

Los comentarios me afectan lo justo, cuando estaba en el partido también decían que lo que fallaba era la comunicación. Creo que hay dos formas de entender este trabajo. Una es convertirse en abogado defensor de

los periodistas en el gobierno y la otra sentirse miembro del gobierno. Yo lo entiendo así, me considero miembro de este gobierno y tengo que facilitar las cosas a los periodistas, pero no trabajo para ellos, yo trabajo para el gobierno. Si eso puede considerarse un problema de comunicación, pues a lo mejor lo tenemos. Es muy difícil comunicar con la que está cayendo. A diferencia del gobierno, los periodistas no asumen ninguna responsabilidad. Cuando se habla de economía y todo el mundo tiene los ojos en ti, no solo el gobierno es el responsable de los movimientos de los mercados. Cualquier información equivocada o falsa puede afectar a la imagen del país. Desde el gobierno tenemos la sensación de que hay mucha frivolidad al informar de

según qué cosas, que son vitales para el país. Aquí tenemos que lidiar con esos mimbres.

La secretaria de Estado niega

desagrade la

que

profesión periodística:

a

Rajoy

le

No es verdad que no le gusten. Lo que sucede es que los periodistas están muy mal acostumbrados por el anterior presidente, Zapatero, que hablaba con ellos todos los días. Creo que Zapatero se exponía mucho más de la cuenta y además para no decir nada casi nunca. La gestión mediática de la crisis es una de las cosas más complicadas a las que nos enfrentamos. Critican al presidente porque dicen que no da ruedas de

prensa. ¿Cuántas ha dado Obama? Haz la prueba y verás lo que te sale.

Se cumple así una de las reglas de oro de la política española. Todos los presidentes del Gobierno intentan enmendar la plana a sus antecesores. Zapatero se exponía demasiado, llamaba por teléfono a los periodistas y eso, según el análisis de los responsables de Comunicación del gobierno del PP, conducía a la frivolización de la figura del presidente. Tal vez sin saberlo, Rajoy está apostando por un concepto de moda en el mundo de los gurús del marketing

empresarial: el low profile, que podría traducirse como la mínima exposición pública. Quiere dar trascendencia a su mandato y para ello guarda las distancias con los medios. A Zapatero no le hubiera disgustado ser periodista, mientras que por la cabeza de Rajoy no pasó jamás la idea de dedicarse a hablar de los demás e ir por ahí todo el día curioseando en las vidas y actuaciones de la gente. Después de escuchar los argumentos de quienes achacan al gobierno un problema de comunicación hay que preguntarse, como en la famosa película, por qué

lo llaman comunicación cuando quieren decir liderazgo político. Mariano Rajoy ha tenido que escuchar en numerosas ocasiones, desde que es presidente pero también antes, que tiene que comparecer más a menudo ante los españoles para explicarles el sentido de sus políticas. Los hay que le han pedido que se reserve el prime time en TVE para dirigirse a la nación o que lo haga de forma más solemne en La Moncloa. Nueve meses después de ser elegido presidente, Mariano Rajoy les hizo caso y aceptó una entrevista en la televisión pública, una vez que el

gobierno había cambiado ya al equipo directivo. El formato ideado por la secretaria de Estado de Comunicación y el jefe de Gabinete del Presidente fue una conversación con cinco periodistas de los diarios más importantes. El presidente no hizo ningún anuncio especial, se limitó a evitar las preguntas más comprometidas y a repetir que no se puede gastar más de lo que se tiene. Aunque recibió críticas por no dar ninguna noticia, La Moncloa se quedó enormemente satisfecha del resultado de la entrevista por la audiencia: más de tres millones de personas vieron al presidente.

La entrevista en TVE, precedida de otras concedidas a varios periódicos extranjeros y al ABC, fue una respuesta a las súplicas y los ruegos de los dirigentes del PP hacia su presidente para que se expusiera más en público y supuso un cambio en la política de comunicación. Con frecuencia, la política de comunicación ha sido analizada por el PP y los medios indisolublemente unida a las características del liderazgo de Mariano Rajoy. De las opiniones que expresan los dirigentes del partido se extrae la conclusión de que el PP está buscando algo que no

existe y que muy pocas veces ha existido en la historia de los países. Un presidente adornado por todos los atributos del buen liderazgo, que han sido definidos por Hans-Jürgen Puhle, profesor de la Universidad de Frankfurt en el libro Nacidos para mandar (Tecnos, Madrid, 2012). Él resume los requisitos que definen a un buen líder democrático en ocho puntos:

1. Un buen líder debe liderar y debe querer liderar. Debe ser capaz y tener determinación a la hora de tomar decisiones, así como

llevar la dirección de los asuntos con sentido común, firmeza, ánimo y valentía. Lo primero que le toca al líder es tener que decidir si una situación necesita soluciones técnicas de rutina, o si por el contrario requiere cambios mayores y estructurales. 2. Un líder debe saber a dónde ir, poder definir los fines y objetivos y saber cómo conseguir que la comunidad los acepte. 3. En momentos de crisis, un

líder tiene que reaccionar de manera simultánea a las demandas, e incluso a la nostalgia y hasta el ansia reinante en la sociedad por un liderazgo fuerte y con determinación. 4. Es indispensable que el líder sea capaz de cambiar el estado de ánimo de la gente y de alentarla a participar en un esfuerzo común que tiene sentido. 5. El líder debería saber organizar su equipo de una manera efectiva y siempre al día, así como procurar

personas idóneas

puestos

adecuados en el momento preciso.

6. El líder tiene que dominar

que

las

estén

en

los

la

compleja

tarea de

intermediación,

debe

integrar y representar a su

grupo y a la coalición que

le

apoya.

La

La vocación

vocación

en

política

política consiste
política consiste

consiste

reconocer los deseos y las

necesidades

de

los

electorados

presentes y

potenciales.

7. El

liderazgo

 

más

importante

es

el

de

transformación.

8.

El

líder

debe

ser

un

comunicador,

un

movilizador,

 

un

constructor de coaliciones,

un

mediador y ante todo un

integrador,

un

facilitador.

Una

de

las

funciones

clave

del

liderazgo

político

es

orientar

y

conferir

dirección

al

proceso

político.

El profesor Howard Gardner está convencido de que «las historias de los líderes a menudo

surgen de sus experiencias vitales y por tanto quedan encarnadas en la presentación del yo». Su tesis es que los líderes políticos ejercen su influencia de dos maneras principales: mediante las historias o mensajes y mediante los rasgos que encarnan. ¿Qué rasgos encarna Mariano Rajoy? Sus colaboradores citaron todos estos adjetivos para referirse a él en el libro Si yo fuera presidente, escrito por los periodistas Pablo A. Iglesias y María Jesús Güemes (Temas de Hoy, Madrid, 2008): «Inteligente, templado, fiable, responsable, tímido, competente, liberal, cordial,

buena

persona,

listo,

cumplidor».

Esteban

González

Pons

le

define

así:

Rajoy es muy listo, muy discreto, muy constante y muy familiar. Mariano es bueno. Buena persona, esa es la verdad. Es el amigo a quien confiaría la tutela de mis hijos, porque tiene principios claros, experiencia de haber sufrido, trabaja sin descanso y es tolerante y prudente. Opina que el mundo está poblado de un personal variopinto. Es un liberal tranquilo, sensato y afectivo. Un liberal cómplice con la paz que muestra la naturaleza de las cosas por el mero, y nada despreciable hecho, de permanecer en equilibrio.

Nueve meses después de ser elegido presidente del Gobierno, la revista The Economist lo definió como un «hombre misterioso y enigmático». El semanario coincidía así con algunas personas que fueron estrechas colaboradoras del presidente del PP y a las que apartó de su lado de forma que ni siquiera ellas se dieron cuenta de que les estaba apartando. La lista es bastante larga porque uno de los rasgos de Mariano Rajoy es que ha cambiado de equipos muchas veces en su vida política. Él nunca ha gozado de seguidores incondicionales, como Felipe

González o Aznar. Los felipistas y los aznaristas lo son hasta la muerte, e incluso más allá. Los marianistas proceden de sectores muy dispersos y han ido cambiando a lo largo de los años, si exceptuamos un puñado de amigos suyos que son como de la familia. Rajoy posee uno de los rasgos que el profesor Gardner señala como decisivos en un líder desarrollado:

Un líder debe estar en contacto regular con su colectividad, pero al mismo tiempo debe conocer su propia mente, especialmente sus propios y cambiantes pensamientos,

valores y estrategias. Por esa razón es importante que el líder encuentre el tiempo y los medios para reflexionar, para poner distancia respecto a la batalla o a la misión. Yo denomino a esta tendencia subir a la cumbre de la montaña, sabiendo que tal retirada puede producirse literalmente — como en el caso de Moisés— o metafóricamente como en el caso de De Gaulle y sus paseos diarios. Los periodos de aislamiento —unos diarios, otros prolongados durante meses o incluso años— son tan decisivos en las vidas de los líderes como los baños de multitudes.

Mariano Rajoy tiene una propensión natural a subir a la cumbre de la montaña —de forma

metafórica— a través de introspección y el descenso a las profundidades de sí mismo. Lo hace todas las mañanas nada más levantarse. Se calza las zapatillas de deporte y sale a andar durante una hora. Si no puede salir utiliza la cinta del gimnasio. Con el fin de poner distancia, y de sentir sus pensamientos, Rajoy apaga el móvil durante ese tiempo. Su jefe de Gabinete, Jorge Moragas, dice que Rajoy ha inventado una forma de deporte que consiste en hacer ejercicio fumándose un puro. En la mayoría de los viajes hacia el interior de sí mismo solo le

acompaña su mujer, Elvira, o su familia más cercana, y no siempre. Tiene un clan familiar muy estable y amigos que lo siguen siendo desde su juventud. Casi todos gallegos. Una de las personas que mejor conoce al líder del PP asegura que «Mariano no necesita a nadie» y esa es la razón para que sus equipos hayan ido cambiando con el paso de los años. Los marianistas se van perdiendo sucesivamente. A Rajoy no le hacen falta grupos entrelazados con un proyecto concreto, solo necesita individualidades. Solo se fía de

personas concretas. ¿Como quién?

En este gobierno sobre todo de Soraya, de Pedro Arriola y también de Margallo, aunque a este último podemos considerarlo como de su familia. Fíjate que todos ellos son muy distintos, pero tienen una cosa en común: son solitarios, no pertenecen a ningún grupo político a ninguna sensibilidad interna, a ningún sector identificado con una ideología.

Al elegir a sus colaboradores, hay una cosa que Rajoy tiene muy en cuenta: su propia comodidad personal:

Mariano juega una partida de ajedrez en la que solo él sabe las normas, es como si estuviera en otra dimensión. Va moviendo a las personas sin que ellas se den cuenta, sin decirles nada, sin avisar, las mueve de sitio y al final las coloca donde él quiere. Tú crees que no te has movido y al final te encuentras en el lugar más inesperado, casi siempre enfrentado a alguien con el que te tienes que pelear aunque no quieras porque las estructuras y los equipos que él decide te empujan a la confrontación.

su

liderazgo enigmático, trabajar al lado de Mariano Rajoy es fácil y difícil, cómodo e incómodo, satisfactorio e insatisfactorio:

En

consonancia

con

Es el tío más inteligente que he conocido en política. Habrá otros más interesantes, más atractivos o más carismáticos, pero él ha logrado unos resultados magníficos con unos recursos políticos muy limitados. Y también es el tío más opaco que he conocido. Es un hombre extraordinariamente afable, simpático y es legendaria su utilización de la ironía como forma de ganarse a sus interlocutores. Pero es opaco. Puede estar hablando contigo de su ropa interior y sigue siendo opaco. Te puede parecer que te hace una confesión íntima y sigue siendo opaco. Seguirás sin conocerle por mucho que le conozcas.

Mariano Rajoy no grita nunca, ni siquiera cuando se enfada. Según confesó en una entrevista, su mujer se queja porque cuando se enfada le da por quedarse en silencio sin hablar. Si él pudiera examinarse desde fuera, se encontraría en un libro escrito por la abogada y consultora estadounidense Susan Cain: El poder de los introvertidos en un mundo incapaz de callarse (RBA Libros, Barcelona, 2012). Cain estudió durante seis años el comportamiento de personas extrovertidas e introvertidas, siguiendo la clasificación de Carl Jung, y ha llegado a la conclusión

de que la extroversión está sobrevalorada en el mundo actual, mientras que «la introversión ha pasado a ser un rasgo de personalidad de segunda que situamos entre lo decepcionante y lo patológico». Sin embargo, ella sostiene que «incurrimos en un error grave al abrazar tan a la ligera el ideal extrovertido, puesto que debemos una parte nada desdeñable de las ideas, el arte y las invenciones a personas calladas y cerebrales que sabían sintonizar con sus mundos interiores». Para Susan Cain, la personalidad introvertida es, de lejos, mucho más

atractiva que la extrovertida. Coincide en parte con esta tesis un colaborador de Rajoy que se expresa así:

No carece de atractivo, él seduce con su timidez, inspira piedad y con eso te desarma, quieres agradecerle incluso que haya tomado una decisión que te perjudica, quieres ayudarle incluso cuando te castiga, pobre hombre, no tiene más remedio que hacerlo, te transmite que necesita tu apoyo, tu afecto y tu colaboración, aunque después descubres que eso puede no ser verdad.

Sus

colaboradores

están

acostumbrados

a

mantener

reuniones en las que se desgranan los temas y él pregunta invariablemente: «¿Y de esto qué decimos?». No es la primera vez que alguien le responde:

«Presidente, lo importante es lo que quieras decir tú». «Lo pienso y ya te digo algo», suele ser la respuesta. Las cosas las suele pensar normalmente solo en el despacho o en su casa, dentro de sus retiros a la montaña interior.

La política para Mariano es la prolongación de la administración por otros medios, se puede decir que es un hombre conservador, no en el sentido ideológico, sino que es

conservador de lo que haya. De ahí que pueda asumir, por ejemplo, tanto la política de Aznar en relación con ETA como la de Zapatero. Él es esencialmente neutral y por eso mismo es valioso para el conjunto del centro-derecha, le viene bien tanto a los conservadores, como a los liberales, a los reformistas e incluso a los nacionalistas. Su temperamento es quietista e indiferente a las crisis. Creo que cuando la gente dice que su temperamento es muy gallego se refiere a esto.

Rajoy prefiere subir a la montaña que exponerse en público. Y eso es una rareza en casi todos los políticos.

No le gusta mucho el contacto con la calle, no disfruta al ser visto en público, no goza mostrando públicamente su poder ni es partidario de hacer ostentación más allá de las cuatro paredes de su despacho. A todos los políticos les gusta que los miren con respeto, la apariencia, tienen algo de actores de teatro, uno de los atributos más claros del poder es su exhibición pública. Todo eso a Mariano le espanta. Aznar era mucho menos simpático que él, pero le gustaba, y le sigue gustando, hacer ostentación de su poder, la exposición pública, que le miren, que le saluden con respeto, que le aplaudan. Ese privatismo de Mariano es insólito en un líder político.

Permanecer inmóvil es una seña de identidad de Rajoy que sorprende a mucha gente y parece poco compatible con los atributos del liderazgo definidos por los expertos. Sin embargo, él lo ve como una estrategia vital con la que ha logrado excelentes resultados en su trayectoria política. Ese rasgo de su carácter está en el origen de la decisión de Aznar de posar su dedo sobre él como sucesor. Rajoy lo explicó bastante bien durante la carrera sucesoria de 2003, cuando Rato, Mayor Oreja y Gallardón no paraban de moverse, mientras él estaba quieto e intentaba pasar

inadvertido. El entonces vicepresidente del Gobierno dijo:

«Hay muchas maneras de moverse y nadie ha dicho que estar quieto no sea una de ellas». Coincide en eso plenamente con su principal asesor, Pedro Arriola, para quien no comunicar es una estrategia de comunicación. El sociólogo y Rajoy piensan que la comunicación es una chorrada que no conduce a ningún sitio y siempre cita el ejemplo de las elecciones europeas de 1995, cuando el cabeza de la lista, Abel Matutes, se pasó toda la campaña diciendo cosas incomprensibles y el PP ganó al PSOE por la mayor

distancia de su historia. La palabra lío es una de sus favoritas, precisamente porque huye de los conflictos como de la peste. Así lo explica alguien que lo conoce:

Mariano quiere posición, quiere poder, no quiere proyecto, ni obra, ni objetivos a medio y largo plazo. En este sentido podríamos decir que se parece mucho a un tecnócrata, alguien que piensa que no hay mucho que decidir porque las cosas van de suyo, son evidentes. Sus objetivos no son los suyos, sino los que hay, por eso en el fondo obedecer a los dictados de la UE tampoco le parece tan mal y hasta le viene bien, así no

tiene que decidir por él mismo. Todo lo contrario que Aznar, un líder a quien le gustaban los líos, los conflictos, tomar decisiones, no quería comodidad, buscaba la acción, no podía estarse quieto.

También le gusta mucho la palabra «chollo». «Tienes un chollo con ese puesto, ¿qué más quieres?, no te metas en líos». Hay una amplia coincidencia entre sus colaboradores actuales y pasados en que enfrentarse a Mariano Rajoy es muy difícil. Un pasaje de la obra de Shakespeare Julio César puede ilustrar el peligro de las personas calladas, tímidas,

reservadas y con tendencia a la introspección. César habla de Casio. No sabe que le van a matar, ni por supuesto que Casio es uno de los cerebros de la conspiración que acabaría con su asesinato. César se confiesa con Antonio:

Si el nombre de César fuera propenso al temor, no sabría a quién evitar antes que al flaco de Casio. Lee mucho, es un gran observador y cala los motivos de los hombres. No es amante del teatro como tú, Antonio, no oye música, no sonríe y si lo hace parece que se burla de sí mismo, despreciándose por ceder a la sonrisa. Hombres así nunca están en paz consigo mismos y por eso son muy

peligrosos.

Rajoy no es amante del teatro, es un político que no tiene enemigos y tal vez por eso mismo es enormemente peligroso para quienes buscan el enfrentamiento con él. Ahí está el reguero de dirigentes políticos que intentaron echarle un pulso y están en el ostracismo. El paradigma de todos ellos puede ser Francisco Camps, el expresidente de la Comunidad Valenciana, que se resistió a dimitir por el caso Gürtel. El líder del PP nunca le pidió que dimitiera. Se limitó a facilitarle la cuerda para

que se ahorcara él mismo una madrugada de julio de 2010 en el salón de su casa, mientras Federico Trillo hablaba por teléfono con Mariano Rajoy.

Capítulo VII

MORDER LA BALA

A ntes de que Mariano Rajoy

sorprendiera a todos haciéndole ministro de Educación, José Ignacio Wert dejó publicado en FAES un pequeño estudio sociológico titulado «Los españoles ante el cambio». Es un trabajo parecido a

los que el sociólogo había venido haciendo para el presidente del PP durante los últimos años. Wert no hacía encuestas. Las interpretaba para ofrecerle a Rajoy datos relevantes sobre el estado de ánimo de la sociedad española, sus valores y su posicionamiento político y electoral. En este último estudio, el que pronto sería ministro de Educación da alguna de las claves de la estrategia de campaña de Rajoy para ganar las elecciones. A través de un análisis pormenorizado de los sondeos del CIS, Wert advierte:

La sociedad española responde más

que ninguna otra de aquellas con las que la podamos comparar a lo que se

llama síndrome estatal asistencialista

o consenso socialdemócrata. Los

españoles creen mayoritariamente que el Estado es responsable del bienestar de todos y cada uno de los ciudadanos. No existe discriminación ideológica, esta orientación estatalista prevalece con parecida intensidad entre los votantes del PSOE y del PP. Menos del 10 por ciento está de acuerdo con que se reduzcan prestaciones y servicios sociales si es necesario para ser más

competitivos. Las reacciones sociales

a las reformas en curso son claramente negativas.

Ante la abrumadora realidad de

que los españoles mayoritariamente deseaban a toda costa preservar el Estado del Bienestar, Wert avanza un consejo:

Hay que evitar a todo trance el overbid, la promesa que no se puede cumplir en los planteamientos programáticos. Al margen incluso de consideraciones morales, desde el punto de vista instrumental ni siquiera es preciso hacer promesas para conseguir la victoria en las elecciones. Un programa sin demasiados compromisos cifrados. Es mejor afrontar la crítica a la inconcreción que el repudio al incumplimiento.

Un programa sin demasiados compromisos concretos y cifrados fue el que por orden de Mariano Rajoy elaboraron sus responsables de campaña. Más explícito se mostró el entonces candidato de PP a la Presidencia del Gobierno en materias como sanidad y pensiones, comprometiéndose a revalorizarlas cada año, a diferencia de lo que había hecho Zapatero al congelarlas en mayo de 2010. Wert explica por qué el partido que aspiraba a ganar las elecciones debía huir de la posibilidad de perjudicar a los pensionistas para no contrariar al «poder anciano»:

La teoría del grey power es muy determinante políticamente. Cuando más cercana está la edad de jubilación reacciona más negativamente a cambios que supongan empeorar su situación. Son las personas de esa edad las que votan en mayor proporción y por tanto el coste de contrariarles en un tema tan central es muy elevado.

Los estudios de Wert, junto con los consejos de Pedro Arriola, habían sido imprescindibles para Mariano Rajoy. Ellos fueron los primeros en darse cuenta a finales de 2008 de que el viento estaba cambiando. Zapatero ganó las

elecciones en marzo, y Rajoy había tenido dificultades para revalidar su liderazgo al frente del PP, pero los asesores de Rajoy observaron una tendencia de fondo en el escáner al que sometían periódicamente a la sociedad española. «Entre febrero y diciembre de 2008, la proporción de españoles que consideraban mala o muy mala la situación económica del país pasa del 37 al 68 por ciento, un ritmo de deterioro del que no existe precedente alguno desde que en España se hacen encuestas seriadas». Una vez ganadas las elecciones tres años después, Wert advierte

que Mariano Rajoy se enfrenta a una realidad endemoniada:

La sociedad española vive un momento de frustración anímica que, posiblemente, tiene detrás la sensación de haber vivido engañada y, en algunos casos, de haber sido presa demasiado fácil del engaño. Salir de ella exige un impulso de las élites en la dirección de la sinceridad en el fondo y la claridad en la forma. Los estudios realizados acerca de la comprensión de la crisis y las actitudes de los sujetos pasivos ante ella, revelan junto a una insuficiente comprensión de los mecanismos causales de aquella, una disposición a aprender y un cierto espíritu de colaborar en la superación. La

disposición a aceptarlo, el estado mental de asumir eso que llaman los americanos morder la bala, no va a tener lugar si al tiempo no se consigue construir un relato de sacrificios compartidos y de sacrificios con sentido.

Relato y morder la bala. He

aquí dos conceptos extraídos de la

la política

norteamericanas que a Wert le sirven para demostrar su gran conocimiento de las ciencias sociales en Estados Unidos, pero también para profetizar de forma increíblemente certera los primeros tropiezos del gobierno de Mariano

cultura y

Rajoy. La expresión morder la bala fue usada por primera vez por Rudyard Kipling en su obra La luz que se apaga (El Cobre Ediciones, Barcelona, 2006), una historia de sufrimiento e infortunio sobre un pintor que se queda ciego. Morder la bala es lo mismo que apretar los dientes, aguantar como sea, soportar el dolor de una operación sin anestesia. Y remite a una escena frecuente de las películas del Oeste. El médico le da al paciente una bala para que la muerda y así mitigue el dolor mientras le opera en carne viva. Lo que Wert le está diciendo a Mariano Rajoy es que la sociedad

española no podrá morder la bala en el trance de ser operada sin anestesia si el presidente y el

gobierno no le proporcionan un relato de sacrificios compartidos y con un sentido último que permitan

al país albergar la esperanza de una

recuperación del bienestar perdido.

El relato

La aplicación del relato a la política,

a las campañas electorales, a la

creación de liderazgos y al ejercicio del poder proviene de Norteamérica. Allí fue donde

germinó una nueva disciplina de las ciencias sociales que Tzvetan Todorov bautizó como «narratología». El sociólogo Christian Salmon lo explica con amplitud y claridad en su ensayo Storytelling (Península, Barcelona, 2011). Los profesores y gurús que lo inventaron partieron de la idea de Roland Barthes según la cual el relato es una de las grandes categorías del conocimiento que nos permite comprender y ordenar el mundo. Esta tesis que sitúa el relato en el centro de las vidas de todos los seres humanos nació en París en un pequeño círculo de

intelectuales de la Escuela de Altos Estudios. Así fue como una idea de la filosofía estructuralista de Barthes se convirtió, dice Salmon, «en el huevo de Colón de la ciencia política». Sobre todo en el caso de los presidentes norteamericanos, aunque en los últimos años ha sido importada asimismo a las ciencias sociales en Europa y a la práctica política para conseguir el poder y conservarlo. Hay que decir que todo esto era antes de la crisis, ya que no ha habido en la Europa de los últimos quince años un relato más acabado, poderoso y contundente que el de Sarkozy. Con relato y todo,

el expresidente francés perdió sus segundas presidenciales. La clave del liderazgo y el secreto del éxito presidencial residen en gran medida en el storytelling, el relato, escribía en 2004 Evan Cornog, profesor de la Universidad de Columbia. El primer presidente que llevó a la práctica la teoría del relato como método de comunión del líder con sus ciudadanos fue Ronald Reagan. El caso del presidente actor que supo hacer creíble y atractivo su propio relato es estudiado en las facultades norteamericanas de Política y Comunicación, al igual que el del

último presidente republicano, George Bush. O por mejor decir, el de su asesor y príncipe de las tinieblas Karl Rowe. Él puso en marcha lo que se ha llamado estrategia de Sherezade, según la cual los ciudadanos tienen que irse a la cama habiendo escuchado cada día un relato, una historia que les identifique con su líder y presidente. Antes de él, Bill Clinton fue el auténtico rey del relato. Así lo dice en sus memorias. «Lo importante son las historias, no la gestión». Fue precisamente un asesor de Clinton, James Carville, quien advirtió a los demócratas que

tenían que buscarse un relato si no querían perder las elecciones eternamente:

Los republicanos dicen, vamos a protegeros de los terroristas y de los homosexuales de Hollywood. Nosotros decimos estar a favor del aire puro, de mejores escuelas, de mayor cobertura sanitaria. Ellos cuentan una historia, nosotros recitamos una letanía. Emociones simples como el miedo, la soledad y la necesidad de protección. Los humanos tratamos las informaciones bajo una forma narrativa, por ello desde los mitos griegos hasta los africanos, la historia de la humanidad siempre se ha contado a través de relatos.

La derrota del candidato John Kerry frente a Bush fue atribuida por los líderes del Partido Demócrata y la mayoría de los analistas a la ausencia de un relato atractivo y coherente. La obsesión por el relato como la mejor forma de garantizar el éxito electoral llegó tan lejos que otro lingüista demócrata, Georges Lakoff, escribió un librito titulado No pienses en un elefante (Editorial Complutense S. A., Madrid, 2007) en el que denunciaba la supremacía de los republicanos a la hora de expandir sus valores en la sociedad y el

complejo de los demócratas que habían caído en el mismo «marco conceptual» que sus adversarios. Lakoff aconsejaba quitarse los complejos y sacarse de la mente el elefante, animal con el que se identifica al Partido Republicano. ¿Quién es el autor literario de los relatos que adornan las cualidades de los líderes? Se llaman spin doctor, término inventado por los asesores de Reagan en 1984, con ocasión del debate contra Walter Mondale. El concepto se inspiraba en el efecto que se le da a una pelota de tenis o de billar, o en la manera de hacer girar una peonza.

Los spin doctor se definían como unos agentes de influencia que ofrecían argumentos, imágenes y puestas en escena a fin de producir cierto efecto de opinión deseado, dice Salmon. El profesor de Pedagogía de la Universidad de Harvard Howard Gardner es un gran estudioso del liderazgo y coincide en que los líderes consiguen su eficacia principalmente a través de las historias que relatan. En su último libro, Mentes líderes (Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, 2002) asegura:

Toda sociedad requiere un aparato político, y ciertos individuos deciden dirigir sus estructuras sociales y políticas o son seleccionados para ello. Ni por un momento se puede subestimar la importancia del poder como motivación o fuerza por derecho propio, pero por sí solo el poder no puede conducir a cambios importantes. La posición ventajosa del poder, prescindiendo de la forma en que se haya alcanzado, necesita llevar aparejadas historias que puedan dirigir y guiar a un círculo íntimo y a una sociedad organizada más amplia.

Según

este

profesor,

«utilizando

tanto

los

recursos

lingüísticos

como

los

no

lingüísticos de los que disponen, los líderes intentan comunicar y convencer a los demás de una opinión particular, una visión clara de la vida. El término historia es la mejor manera de transmitir esa idea». Y ello porque las historias hablan a ambas partes de la mente humana: la racional y la emotiva. El arma más poderosa de la que disponen los líderes políticos son las historias de identidad, que ayudan a los individuos a pensar y a sentir quiénes son, de dónde vienen y a dónde se encaminan. En España, ha habido dos relatos políticos, o dos historias si

seguimos a Gardner, muy potentes en el pasado. Felipe González y José María Aznar, con la ayuda de spin doctor de gran nivel intelectual, pusieron en pie potentes narrativas que conectaban su biografía y sus personalidades con la historia de España. El socialista era el líder carismático que sacó al PSOE de la antigüedad marxista para llevarlo a

la modernidad de

la

socialdemocracia, al mismo tiempo que arrebató a España de las garras del posfranquismo para situarla en el mapa europeo. El relato de Aznar era asimismo preciso, contundente, bíblico. Se presentó como el Moisés

que condujo a la derecha española a través del desierto hacia el centro político hasta lograr una victoria electoral que parecía improbable en la década de los ochenta. Quiso cambiar el mapa del mundo poniendo a España en el centro del universo contra viento y marea, enfrentándose a sus propios electores. Como final de mandato, eligió a su sucesor como solo elige el mismísimo Dios: extendiendo el dedo para posarlo sobre la criatura destinada a dar continuidad a su obra. En la distinción establecida por Josep Nye entre hard power — poder duro— y soft power —poder

blando— González y Aznar representaron el poder duro, manifestado según el teórico norteamericano en la fuerza, la coerción y las ofertas que no se pueden rechazar. Se puede decir que ambos basaban su autoridad sobre sus partidos y el gobierno en un cierto estado de miedo. En el caso de Felipe González habría que añadir que tal vez como nadie después de Adolfo Suárez personificó lo que Max Weber definió como «liderazgo carismático». Carisma viene de la palabra griega charis, que significa «gracia». Según el padre de la

sociología política moderna, las personas obedecen a esa autoridad carismática porque creen que está dotada de cualidades extraordinarias. El poder carismático, dice Weber, «es un poder basado en la entrega emocional a la persona del señor y de sus carismas, que consisten especialmente en capacidades mágicas, revelaciones o heroísmo, el poder espiritual o retórico». Los líderes carismáticos surgen en situaciones excepcionales, como la que atravesaba la España recién salida del franquismo. Martin Baumeister, de la Universidad de

Múnich, sostiene partiendo de los estudios de Weber que «el carisma es un talento natural, no el magnetismo de una persona de dotes excepcionales sino el resultado de las esperanzas y de la fe puestas en ella por sus seguidores en busca de un líder». Una vez consolidado el cambio en España, José María Aznar se hizo cargo del país. El expresidente carecía del magnetismo carismático del Felipe González de primeros de los ochenta, pero con su gestión se consolidó a base de lo que Weber denominó el «carisma de oficio». Este tipo de liderazgo surge en la

rutina democrática y consiste en asumir el carisma no como algo pasional propio de personalidades magnéticas, sino como una relación directa, concentrada y racional con la sociedad. Tanto a González como a Aznar les sucedieron en sus partidos

líderes que no podrían considerarse dotados del carisma especial teorizado por Weber. Zapatero y Rajoy encarnan el «poder blando»

de la clasificación de Josep Nye.

Ambos legitimaron su poder en

otras cualidades. Zapatero en la atracción, la persuasión, la simpatía

y la seducción. Rajoy en la

cooptación de apoyos internos en su partido, el prestigio de un alto funcionario del Estado, el diálogo como método para solucionar los problemas y la paciencia. La sociedad española, instalada en un confortable bienestar económico, no demandaba en absoluto personalidades carismáticas para liderar los dos partidos que se turnaban en el poder. Por eso las organizaciones políticas que han sustentado el sistema democrático español, PSOE y PP, tampoco vieron la necesidad de buscar un carisma especial en sus líderes. Es bien cierto asimismo que cuando ahora

se habla de liderazgos carismáticos ya nadie está pensando en el concepto de Weber tal y como él lo formuló, sino en una versión descafeinada. En la actualidad, se denomina carisma a un cierto encanto o magnetismo personal combinado con la habilidad de un relaciones públicas y la retórica de un buen tertuliano televisivo.

El relato de Rajoy

¿Qué

tipo

de

liderazgo

ejerce

Mariano

Rajoy

en

el

Partido

Popular y

en

la

Presidencia del

Gobierno? Él estaría satisfecho con pertenecer al club de los que Nye llama «líderes sensatos», que mezclan las características inspiradoras del poder blando y las habilidades transaccionales del poder duro: capacidad para gestionar las estructuras, los flujos de información y los mecanismos de recompensas, así como aglutinar las coaliciones políticas internas que permiten ser elegido líder por los militantes. «La primera acción política está concentrada en la palabra en todas sus manifestaciones, y la palabra crea, dirige, gobierna». En este discurso,

el carismático y brillante orador Manuel Azaña dio su propia versión de lo que más adelante se consideraría la política del relato. El relato de Mariano Rajoy hay que buscarlo, pues, en sus palabras, en sus discursos. Particularmente, los dos que pronunció en el XVII Congreso de Sevilla, donde fue elegido por tercera vez presidente del PP. Aquel segundo fin de semana de febrero, Rajoy se encontraba aún en plena luna de miel con el poder por la mayoría absoluta que le habían otorgado las urnas. A Sevilla fue con dos objetivos: festejar su

triunfo y lanzar a Javier Arenas como futuro presidente andaluz. Se trataba de decirle a la militancia y a sus cargos intermedios que él les había llevado a la victoria, a pesar de que hubo un tiempo en el que nadie creía en él. Las dos intervenciones son un compendio de cómo Rajoy se percibía a sí mismo el fin de semana del 18 de febrero y cómo veía a los españoles. El líder del PP esbozó un relato, o una historia, que tenía sus propias palabras clave.

Hombre de partido. Le acaban de elegir presidente del Gobierno

once millones de españoles, pero no olvida que se sienta en La Moncloa porque antes ocupó el despacho de líder del PP:

Quiero ser el presidente del Partido Popular y vosotros sois las únicas personas autorizadas para elegir al nuevo presidente, y a vosotros me dirijo con el mismo respeto con que lo he hecho siempre. He hecho de todo:

militante de base, presidente de la junta local, presidente de la Junta Provincial de Pontevedra, secretario general de Galicia, vicesecretario Electoral nacional, vicesecretario de Organización, secretario general y presidente del partido. He recorrido todo el escalafón y sé, por tanto, lo que es un militante de base, y en qué

consiste ser concejal, y presidente de diputación, y alto cargo autonómico y ministro y vicepresidente del Gobierno. Ahora estoy empezando a descubrir en qué consiste ser presidente del Gobierno. Hoy nos juntamos aquí ministros del gobierno, presidentes de comunidades, alcaldes, concejales Todos gente muy importante y con muchos méritos, sin duda, pero no estaríamos aquí si no fuéramos miembros del Partido Popular. Yo soy presidente del Gobierno porque me han elegido las Cortes Generales, y antes los ciudadanos, pero me han elegido porque me ha propuesto el Partido Popular. No quiero que olvidemos esto nunca. El partido es lo que importa, lo que nos sostiene, lo que nos unifica, nuestra estructura,

nuestra referencia.

Independencia:

Hace años que me propuse conservar mi independencia y lo he conseguido. No debo nada a nadie, ni tengo más compromisos que con vosotros y con los españoles. Me preocupa mucho seleccionar adecuadamente las prioridades. No por lo que presionen unos u otros, ni por lo que reclame la prensa, ni por el qué dirán, sino por las necesidades de la gente y la gravedad de los problemas. Es lo único que me interesa.

Previsibilidad:

Algunos

dicen

de

que

soy

un

hombre previsible, que piensa las cosas y que maneja los tiempos. Lo de ser previsible lo tomo como un elogio político, porque significa que conmigo es fácil saber a qué atenerse. Me choca que se mencione que pienso las cosas. Conmigo, desde luego, no temáis que se hagan las cosas sin pensar.

Éxito:

La segunda oportunidad (de ser presidente del partido) me la brindasteis en Valencia, en unas circunstancias, por cierto, muy diferentes a las de hoy, porque entonces teníamos en las alforjas muchísimo futuro, pero muy poco presente. Nuestro partido ha crecido

en gente, en eficacia, en influencia dentro de la sociedad. Si yo os preguntara en cuántos ayuntamientos gobierna el Partido Popular, no sabríais responderme. Son miles, la mayoría. ¿Y en cuántas capitales? En casi todas. ¿Y en cuántas comunidades autónomas? A todo esto, le habéis puesto la guinda del gobierno de la nación. Nunca habíamos llegado ni tan lejos, ni tan alto, ni tan hondo. Y no lo digo ni por alegraros el oído, ni por autocomplacencia. Ni en las horas tristes nos ha desplomado el abatimiento, ni dejamos que los triunfos nos envanezcan. Otra cosa es que tengamos que disimular los éxitos o pedir perdón por ellos. De eso nada.

Eficacia:

Nos honra que asocien la idea de Partido Popular con eficacia, con

mejoras, con recuperación. ¿Cuál es

la naturaleza de nuestro desafío? Ya

no se esperan de nosotros quejas, denuncias, sugerencias, ni promesas. Se esperan soluciones.Dijimos: si nos votas, pondremos España en marcha. Nos han tomado en serio. Ya te hemos votado, dicen. Ahora

cumple. Haz lo que tengas que hacer,

y hazlo deprisa. Lo que España

espera de nosotros es que actuemos con decisión y prontitud.

Gestión:

Los

españoles

nos

han

dado

su

confianza. Esto no es nuevo para nosotros. No es la primera vez que España nos llama en una situación como esta y no es la primera vez que respondemos. Será difícil. Más que la otra vez, pero está a nuestro alcance. Nadie podrá acusarnos de ser negligentes. Nadie dirá que no tomamos decisiones. En siete semanas hemos puesto en marcha más reformas que el PSOE en siete años. Reformas que son vitales para salir de este marasmo.

Confianza:

Ya hay cosas que se notan en España. No hemos tenido ocasión de cosechar nada, como es natural. Llevamos poco tiempo. Sin embargo, ya se han

producido cambios que importan mucho. En primer lugar ha cambiado la manera de ver las cosas: nosotros y los demás. Ha cambiado la actitud de la gente. No es que los españoles vean ahora la salida. Nadie puede verla todavía. La diferencia es que ahora creen que existe una salida, creen que podemos alcanzarla y creen que merece la pena hacer el esfuerzo. No ven todavía la solución, pero ahora ya creen que existe solución. Es como si se hubiera disipado la niebla que los envolvía.

Las encuestas eran unánimes en que el PP ganaría de calle las elecciones y gobernaría Andalucía por mayoría absoluta. El capital político de Rajoy aparecía intacto en

los estudios de opinión.

Credibilidad internacional:

Ha cambiado la manera en que nos ven desde fuera. Tranquiliza saber que, en unas pocas semanas, se ha logrado que España aparezca como un país serio, responsable, que puede cumplir sus compromisos y que está dispuesto a enfrentar sus desafíos con determinación. Y será difícil y viviremos momentos complicados, aquí y en Europa. Pero esto que os acabo de decir es verdad y así se nos percibe hoy fuera.

Mariano

reciente

lo

Rajoy

muy

consideraba su

tenía

que

primer éxito internacional. El 25 de enero había sido recibido por Angela Merkel con honores militares en el patio de la Cancillería, antes de mantener un largo y provechoso almuerzo con la líder alemana. Los colaboradores del presidente no tenían duda acerca de la química que había entre los dos y así parecía ser. Poco amiga de efusiones personales, Merkel le preguntó a Rajoy si no tenía frío —hacía una mañana gélida en Berlín— al pasar revista al escuadrón militar sin abrigo. Él le dijo que por supuesto que no tenía frío. La canciller pasó por alto las

declaraciones del ministro de Exteriores, José Manuel García- Margallo, que dos días antes había dicho: «La canciller reacciona siempre un cuarto de hora tarde ante los problemas del euro». Los muchachos del Gabinete de La Moncloa se enfadaron con el ministro por haber dicho esto a unas horas de la entrevista de Rajoy con Merkel, pero lo cierto es que meses más tarde, el presidente le dio la razón a su amigo Margallo. Las imágenes que se tomaron del encuentro eran muy elocuentes. Mariano Rajoy aparecía contento, orgulloso, complacido y hasta

radiante al lado de la canciller. En aquel momento, se establecieron comparaciones con el anterior presidente. Merkel y Zapatero parecían madre e hijo distraído. Sin embargo, Rajoy y ella podían ser hermanos o cuñados bien avenidos que gobiernan la gran familia de los partidos conservadores europeos. Ambos tenían muchas cosas en común. Serios y austeros, detestaban la frivolidad y el cotilleo y habían tenido que abrirse camino a hachazos en sus propios partidos. En aquel momento, Merkel era a Rajoy lo que Obama había sido al expresidente Zapatero. Un objeto de

deseo. Ella le miraba con muy buena cara en la rueda de prensa posterior al encuentro en Berlín y él le respondía con los ojos alegres que suele poner cuando está contento. Incluso la llamó Angela cuando se refirió a ella respondiendo a las preguntas de los periodistas.

Empatía:

La

contabilidad con los números en rojo. La crisis no está en los despachos. Ni siquiera está en la calle. La crisis de verdad comienza detrás de la puerta de cada hogar. Hablamos de

de

crisis

no

es

un

libro

personas, de sueños rotos, de sufrimiento. Y no podemos hacer las cosas como si todos fuéramos altos, fuertes y sanos. A muchos que

protestan yo les digo: ¿saben ustedes que hay madres solas, con hijos a su cargo, haciendo milagros todos los

días para seguir en pie

tienen trabajo. Imaginaos si no lo tienen. Hay quien protesta por la reforma laboral. Y yo les pregunto: ¿y qué les decimos a los centenares de miles de jóvenes que no saben lo que es perder el empleo porque nunca lo han tenido? ¿Y qué les decimos a esos padres que ven que, por primera vez en la historia, los hijos pueden vivir peor que ellos? ¿Qué les decimos? ¿Qué le decimos a esos abuelos que atraviesan momentos difíciles y que aun así se han convertido en el apoyo

Si es que

?

de sus familias? Haremos las reformas con justicia para que no recaigan sobre los más débiles.

Esta última parte del discurso en la jornada de clausura del XVII Congreso del PP venía a llenar las lagunas que hasta entonces se apreciaban en el relato de Mariano Rajoy. Un hombre preparado y fiable, pero frío y escasamente empático con el ciudadano corriente. El pasaje de la madre soltera, los abuelos que cuidan de los nietos, los jóvenes en paro y los padres que lloran porque sus hijos van a vivir peor que ellos constituyó

una auténtica novedad en el relato de Rajoy. Una idea digna del storytelling o, por así decirlo, una copia a pequeña escala de las enseñanzas de los grandes Karl Rowe o James Carville, por citar a los dos grandes gurús norteamericanos. Mariano Rajoy reservó para el congreso de su partido la exposición de un relato de sacrificios compartidos que, básicamente, coincidía con lo que su ministro de Educación, José Ignacio Wert había escrito en «Los españoles ante el cambio». Además de alertar al futuro presidente de la necesidad de

un relato de sacrificios compartidos, el sociólogo también advertía de que la moral colectiva estaba muy dañada. «Esta crisis parece haberse llevado por delante una parte no menor del goodwill social y político acumulado desde la Transición». Para repara ese daño, Wert aconsejaba «un importante número de gestos para restablecer la confianza en la honestidad, el espíritu de servicio, la transparencia y la rendición de cuentas en el espacio político». También se apreció una coincidencia importante entre el presidente y su ministro en cuanto

al ritmo de las reformas. No había tiempo que perder. Cualquier segundo malgastado era precioso para Rajoy y se convertiría en una pesadilla para Wert. Esta era su profecía sociológica, con apéndice de Maquiavelo.

La agenda interna no está, en absoluto, falta de apremios y de exigencias. El PP llega al poder avisado por la velocidad con la que otros gobiernos que han tomado el timón en medio de la crisis pierden en meses —si no en semanas— el crédito que les otorgaba el mandato electoral. Cualquier procrastinación o retraso en la adopción de medidas tras la constitución del gobierno sería

probablemente un error irreparable. Es necesario que a partir de la toma de posesión no se pierda un minuto y se pueda afrontar la carga de las decisiones con ese crédito electoral

íntegro. El PP debe ser consciente de

que, por amplia que haya sido, su

victoria tiene un carácter más

reactivo que proyectivo. Es decir, se

debe más a la voluntad de sancionar

negativamente el desempeño del

gobierno saliente. Cierto es que hay

un vago remanente de goodwill

histórico basado en lo que queda en la memoria colectiva del anterior gobierno del PP, pero de recuerdos no se vive. De modo que Rajoy tiene que

construir un relato nuevo, relato que no es precisamente un cuento de hadas. Maquiavelo, en el capítulo

actos de rigor deben aplicarse todos al tiempo, al principio del mandato. «Es menester, pues, que el que adquiera un Estado ponga atención en los actos de rigor que le es preciso ejecutar, a ejercer todos de una sola vez e inmediatamente, a fin de no verse obligado a volver a ellos todos los días. El que obra de otro modo, por timidez o guiado por malos consejos, se ve forzado de continuo a tener la cuchilla en la mano, y no puede contar nunca con sus súbditos, porque estos mismos, que le saben obligado a proseguir y a reanudar sus actos de severidad, tampoco pueden estar jamás seguros de él».

Todos los actos de rigor deben ser hechos de una sola vez e

inmediatamente para no verse obligado a utilizar la cuchilla todos los días. Este es el consejo que le daba el futuro ministro de Educación al futuro presidente. «Obviamente, esto es más fácil de decir que de hacer», admitía el autor del estudio editado por FAES. Los meses siguientes se encargarían de darle la razón y de dar un vuelco al relato o a la historia de Mariano Rajoy. Cada vez que se ha planteado la preparación de sus apariciones públicas y discursos, el presidente ha insistido ante sus colaboradores en que su obsesión es la pedagogía. Rajoy

pretende que los españoles entiendan lo que está haciendo y para ello ha utilizado expresiones coloquiales en las que compara el país con una familia, el Estado con una empresa o a cada uno de los ciudadanos con él mismo o con cualquier otro gobernante. El relato del presidente del Gobierno dio un giro el día que muy lejos de España, en Colombia, dijo escuetamente:

«No hay dinero». Es difícil encontrar otro relato más breve, a la par que dramático. No hay dinero para Sanidad, no hay dinero para Educación, no hay dinero para seguir pagando las pensiones ni el

desempleo. ¿Por qué no hay dinero? Porque no se puede gastar más de lo que se ingresa y el gobierno anterior es el responsable de haber derrochado lo que no teníamos. Ese no hay dinero es la base de su política de recorte del déficit y de ajustes en sectores que en campaña dijo que eran intocables, siguiendo los consejos de sus asesores.

Capítulo VIII

DE PERBES A BANKIA

A quel 7 de mayo Rodrigo Rato

amaneció sin haber pegado ojo en toda la noche. Le retumbaba en su cabeza su triste cena de la noche anterior con Luis de Guindos, el amigo de otros tiempos convertido en verdugo. «Contigo en la

presidencia de Bankia no tenemos nada que hacer, los mercados se nos comerán vivos». Durante la noche en vela había tomado la decisión de abandonar el último proyecto de su vida. Pero antes de darlo a conocer públicamente, tenía que comunicárselo a la persona que le nombró: su viejo amigo, el presidente del Gobierno. Cuando estaba a punto de dirigirse a La Moncloa, escuchó por la radio algo que le vino a confirmar su decisión. Si no dimitía le echarían por las malas. Era Mariano Rajoy en su primera entrevista radiofónica con Carlos Herrera. El periodista le

preguntó por Bankia. Parecía una pregunta de oficio porque a las nueve de esa mañana no había trascendido que el banco había entrado en ebullición el fin de semana. «El Consejo de Ministros —dijo— tomará medidas importantes esta semana que garanticen la solvencia de las entidades españolas. Si fuera necesario para salvar el sistema financiero inyectaríamos dinero público». No se hable más, Mariano, te quitaré un peso de encima. Esto no me puede estar pasando a mí, se repitió muchas veces aquella noche,

por la mañana y los días siguientes. Pero le pasaba, y allí estaban ellos dos, sentados frente a frente, nueve años después de que el destino encarnado en José María Aznar les enfrentara por primera vez, sin quererlo, muy a pesar de ambos. Él iba a comunicar a Mariano Rajoy su renuncia y esperaba escuchar de boca del presidente las razones por las que ya no podría asomarse al cielo de Madrid desde su despacho. Las palabras de Rajoy sonaron como un bálsamo después de las últimas veinticuatro horas de agonía. El presidente le dijo, de la forma más cariñosa que le fue

posible, que le dolía en el alma lo que estaba pasando. —Ya sabes que yo nunca haría nada que pudiera perjudicarte si no fuera imprescindible. Esto no es agradable, lo sé y lo siento, pero a mí se me ha presentado una disyuntiva imposible. O Luis o tú. Yo tengo que respaldar a mi ministro de Economía y la situación ha llegado a un punto en que si no te vas tú, le tendría que destituir a él. Todo el mundo por ahí fuera me exige una solución para Bankia y Luis cree que no puede haberla contigo en la presidencia. Rodrigo Rato salió de La

Moncloa con el ánimo confortado por la amabilidad del presidente. Le dio las gracias:

—No quiero crearte dificultades, anunciaré hoy mismo mi renuncia en un comunicado y el nombre de mi sustituto. Lo hizo pasadas las 12.30 de la mañana. El mundo había dejado de girar para él en este 7 de mayo. Un mes grabado a fuego en su calendario vital. Otro 7 de mayo, pero de 1996, había tomado posesión del despacho como ministro de Economía y vicepresidente segundo del Gobierno de José María Aznar. El 5

de mayo de 2004 le comunicaron que sería director gerente del FMI. En mayo empezaron y acabaron todas sus leyendas. Rodrigo Rato se dio cuenta ese día de amargura y los posteriores de que era el último que seguía en la brecha de los de Perbes, aquel grupo de jóvenes cachorros que fueron a ver a Manuel Fraga a su chalé en el verano de 1989 para quitarle de la cabeza la idea de poner a Isabel Tocino como sucesora. «Aznar es el mejor que tenemos, don Manuel, tiene que ser él». Los demás de Perbes estaban situados en cargos de consolación o

habían quedado por el camino. Federico Trillo era embajador en Londres, Juan José Lucas vicepresidente del Senado y Francisco Álvarez-Cascos se había perdido en la estratosfera asturiana. Fraga se acababa de morir y él dejaba Bankia, el último gran proyecto de su vida, teniendo que guardar las formas. Lo mismo que le sucedió aquel imborrable 30 de agosto de 2003, cuando su amigo Jose le comunicó que el sucesor no sería él, sino Mariano Rajoy. Tampoco entonces pudo enfadarse con el amable y considerado político gallego, a pesar de que le birló el

puesto que él más ha deseado en el mundo: el liderazgo del Partido Popular. Lo deseó desde que se dio cuenta de que tenía cualidades para ser el número uno. Rato se convirtió en un líder como portavoz del Grupo Popular en el Congreso. Allí organizó sus primeros equipos y puso en marcha una maquinaria de oposición perfectamente engrasada, un ejército disciplinado, eficaz y certero con el objetivo de desgastar al gobierno de Felipe González. Desde la época de Alfonso Guerra contra Adolfo Suárez, no ha habido en el Congreso una oposición con tanta potencia de

tiro como la que comandaba Rato en las últimas legislaturas de González. Todos los diputados de la época, algunos de ellos altos cargos del PP, han idealizado aquella forma de mandar, de decidir y de funcionar. Les nació así un líder natural que se consolidó después como vicepresidente económico y al que las circunstancias frenaron en su carrera hacia el número uno. Las circunstancias en este caso tienen nombre y apellidos: José María Aznar. Porque Bankia es solo la segunda gran frustración de Rodrigo Rato. La primera fue la sucesión de Aznar. La ballena

blanca que no pudo cazar. «La Presidencia del Gobierno es un Moby Dick», dijo en ABC. El entonces vicepresidente destapó así sus aspiraciones para la sucesión, contraviniendo los deseos y las órdenes de Aznar, que había decretado silencio sobre el tema. Los otros dos candidatos, Mariano Rajoy y Jaime Mayor Oreja, obedecieron, pero él se rebeló aunque fuera de forma controlada. Y lo hizo con pasión, personalidad propia y empuje, tres cualidades que Aznar tachaba en su cuaderno azul cuando dibujaba el perfil del sucesor.

Moby Dick. Rodrigo Rato no buscó esta metáfora, se la encontró en una película. La Presidencia del Gobierno era para él la ballena blanca, «la leche», un monstruo que lleva tu vida para otro lado, que te marca para siempre. La novela y la película cuentan la historia de un hombre atormentado por la oscura obsesión de cazar una ballena blanca que, sin poder escapar a su destino, conduce a la muerte a la tripulación de su barco y a él mismo. A través del hielo y las tormentas, Acab busca sin descanso al monstruo blanco, lo persigue hasta el fin del mundo para mirarle

a los ojos y clavarle su arpón. «Esta orca de nieve será mía o moriré en el intento». Acab se encuentra por fin cara a cara con la ballena blanca

y en la escena final, el capitán se desangra a lomos de esa cosa

fantasmagórica, hermosa, grandiosa

y monstruosa que un día trastocó

su vida, sin que él pudiera hacer nada para evitarlo. De la misma manera pensó él que iba detrás de la Presidencia del Gobierno. Es mi destino, teniente, le venía a decir Rato a los suyos. Él no competía contra nadie, sino a favor de sí mismo y de su imagen dentro del partido.

La pasión por cazar la ballena blanca le impidió darse cuenta de que el proceso sucesorio no tenía como objetivo elegir al mejor líder ni al mejor candidato del PP a la Presidencia del Gobierno de España, sino encontrar a la persona más adecuada para garantizar la continuidad y la culminación del proyecto de Aznar para el partido, el gobierno y el país. Estos eran los planes elaborados por Aznar y su estado mayor de La Moncloa a los que Rodrigo Rato se resistió como pudo. Durante casi un año, viajó al interior del Partido Popular buscando su propia legitimación

como el líder natural. Si me quieren más a mí que a los otros, el presidente no tendrá más salida que proponerme. Lo hizo como un buen piscis. Un signo de agua contradictorio que tan pronto es cosmopolita y hospitalario como caótico y autodestructivo. Se dice que los piscis tienen una mística especial para las causas humanitarias y una vena espiritual o esotérica. Rodrigo Rato practica el yoga y cuando era gerente del FMI viajó por los países más pobres del mundo confesando que esa experiencia era la más gratificante de su puesto en una de

las cimas económicas del mundo. Polemista nato, espíritu artístico, romántico y sentimental, algunos de sus más notorios defectos pueden ser estos: autodestrucción, caos y endiosamiento. Cada pez nada en dirección opuesta, representando así la realidad y la falta de realidad, la espiritualidad y el gusto por lo mundano, la aparente frialdad y una intensa emotividad. Rodrigo Rato es piscis, no hay uno, sino varios. Uno, el gestor económico, el que sabía de números, el que tenía la cabeza bien amueblada. Otro, el que viajaba en turista para dar ejemplo, el que

decía que el dinero no es útil para la felicidad, el que repartía propaganda en las calles, visitaba a las monjas de clausura, se paraba en la calle con los niños, el que nunca se desprendía del anillo que le quitó a su padre de la mano cuando murió. Rato echó el resto en su campaña de sucesor. Y hasta supo adivinar su futuro en una entrevista que le hizo Jesús Quintero. —¿Qué es el poder? —le preguntó el Loco de la Colina. —Los británicos dicen que las carreras políticas siempre acaban en lágrimas.

Las lágrimas de aquel 30 de agosto de 2003 y las lágrimas de este 7 de mayo de 2012. —¿Cuál es la mayor trampa del poder? —La más peligrosa es no ver la realidad. La realidad que él no pudo, no quiso o no supo ver es que Aznar iba a elegir a su sucesor a la manera en la que lo hicieron los presidentes del PRI mexicano durante décadas. Lo contó con detalle el diplomático y exministro Jorge Castaneda en el libro La herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México (Alfaguara,

Madrid, 1999). Con ejemplos que cobraron vida propia en la España del poder absoluto de Aznar. La lealtad al líder fue el elemento básico de todas las sucesiones del PRI. El destape de Luis Echeverría se produjo el 22 de octubre de 1969. Gustavo Díaz Ordaz relató en una cena por qué había elegido a Echeverría y no a los otros candidatos, que siempre eran tres:

Supongamos que vamos en un automóvil por un camino y de repente nos asaltan unos bandidos sin escrúpulos, en el coche viajan conmigo cuatro candidatos. El primero, se esconde y desaparece

cuando nos conminan a abandonar el vehículo. El segundo sugiere a los asaltantes que no me pidan dinero a mí, sino que se entiendan mejor con él porque pronto será más rico y poderoso, el tercero empieza a negociar con los maleantes y a proponerles diversos tratos. Solo Luis Echeverría salta del carro, confronta a los forajidos y les advierte: lo que es con él es conmigo.

Durante la presidencia de Miguel de la Madrid, el candidato natural era Jesús Silva Herzog, ministro de Hacienda y representante de la ortodoxia económica, que se llamaba a sí mismo La Perla Negra. Un hombre

que canalizó sus esfuerzos hacia los medios de comunicación y el

respaldo de la clase empresarial. Le birló el puesto un político menos brillante, pero más experimentado en las trincheras y meandros de las dependencias cercanas al corazón presidencial: Carlos Salinas de Gortari. Castaneda, el autor del libro, asegura que nada mermaba en mayor grado las perspectivas de triunfo en ese juego que situarse

c o m o vicefactótum, cerebro,

estrella o verdadero artífice del éxito de un régimen. López Portillo en 1975 descartó a Mario Moya porque había acumulado demasiado

poder, agrupó a gobernadores, diputados, senadores, empresarios y dirigentes locales y financieros, tenía todo lo necesario para ganar excepto el ingrediente decisivo: la disposición presidencial para aceptar un sucesor con fuerza propia. El tapado, en este caso, era Mariano Rajoy, un hombre que no quería ser el sucesor hasta que empezó a quererlo y a dejarse mecer por los arrumacos de los colaboradores del presidente. Es verdad que con Rodrigo había una relación personal de muchos años, de cenas

matrimoniales. Con el matrimonio Rajoy no quedaba en sus ratos libres, pero a Aznar siempre le gustó Mariano, su discreción, su seriedad, su sentido común, su poco interés en la intriga, su obsesión por el cumplimiento de las normas y las leyes, su empaque, su afán por pasar inadvertido, su capacidad camaleónica para ocupar cualquier cargo y salir ileso, su ironía gallega, su paciencia ante las faenas de los prohombres del partido, su pasión por los puros. En La Moncloa los presidentes se sienten muy solos y una compañía tan sedante y apacible como la de Mariano se

agradeció mucho en momentos de tribulación. Sobre todo cuando los españoles gritaban no a la guerra. Rato —que jugó a la ambigüedad en la guerra de Irak, aunque no se opuso a las decisiones de Aznar en ningún órgano oficial del partido— se lo comentó a mucha gente en los meses anteriores a la designación del sucesor. «Jose quiere que sea Mariano». Aun así le costó ver la realidad y no descartó ser el elegido hasta el último instante. «Para él va a ser un drama si no lo es», decían los suyos en aquel último verano de Aznar. Cuando Aznar dio a conocer

que dejaba todos sus bienes en manos de Mariano Rajoy, Rodrigo Rato llevaba la procesión por dentro, pero reaccionó hacia fuera como un auténtico caballero español. Es usted un ingenuo, le dijeron sus colaboradores. Llamó a los suyos, que eran bastantes, y les dijo que Mariano era la mejor opción de las posibles y que había que ponerse a sus órdenes. «Me cuesta decir adiós a José María Aznar y no lo voy a hacer, teníamos un sueño y en estos catorce años se ha hecho realidad». No se podía quejar de la decisión de Aznar porque había aceptado las reglas de

juego marcadas por el presidente del partido. Así se lo confesó muchos años después a la periodista Carmen Gurruchaga en el libro El artífice (Martínez Roca, Madrid, 2012), una biografía que salió a las librerías días antes del final de su aventura en Bankia:

Yo acepté unas reglas de juego que podía no haber admitido, porque ya era mayorcito. Así que ahora no voy a quejarme. Nunca me he quejado. Pero lo cierto es que en el primer momento no lo viví bien. Luego seguí con mi camino, seguí con mi vida. Hay que saber perder porque no se puede ganar siempre. Yo acepté unas reglas que jugaron en mi contra y

entendí que, sobre todo, tenía que ser leal con mi partido: no me arrepiento ni un milímetro de haberlo sido. No puedes considerar que la vida se acaba porque no te den un puesto o porque la suerte no te sonría un día. Yo fui vicepresidente del Gobierno, vicepresidente económico durante ocho años, y tenía muchos motivos para sentirme satisfecho.

Podía haberse quejado, pero no lo hizo. Como tampoco pudo enfadarse con Mariano Rajoy, el hombre que se quedó con lo que mucha gente creía que era suyo. Lo consideraba un buen tipo. A lo largo del último año habían comido juntos casi una vez por semana para

hacerse compañía en sus soledades como candidatos a la sucesión. Y pronto empezaron las llamadas de cariño, las demostraciones de afecto, la consideración de sus compañeros de partido por el trauma que había sufrido. «Rajoy y él son muy amigos, encontrarán la manera de resolver la situación. Ahora Rodrigo necesita mucho cariño y mucha consideración». Este comentario de un dirigente del PP, en septiembre de 2003, se repetía ahora como se repetía la historia. No podía echarle nada en cara a Mariano Rajoy. El propio presidente del Gobierno le había

dicho que le expulsó de Bankia sin querer, de la misma forma que había sido elegido sucesor también sin querer. Las instrucciones que dio a sus colaboradores fueron tajantes. Nada de echar la culpa a Mariano. Aunque, ahora que lo piensa, él tampoco hizo nunca nada que no hubiera hablado antes con Mariano. Pero él se había portado bien, al menos desde el punto de vista humano. A todos los que le llamaron para mostrarle afecto y solidaridad, les dijo algo cuya trascendencia solo pueden entender los que buscan en esta vida algo más que un trabajo, una familia y

un ocio reparador: «Me he quedado sin proyecto». El liderazgo político se define así. Las personas corrientes tienen trabajo, los líderes tienen proyecto. Cuando se van a tomar café con un amigo usan la servilleta para garabatear con bolígrafo su proyecto. Para España, para la economía o para lo que sea. La primera vez que se quedó sin proyecto, en aquel otoño de 2003, Rato se dispuso a pasar el duelo y abrió un periodo de reflexión sobre su próximo proyecto. No tardó mucho en encontrarlo, gracias a su prestigio internacional como gestor del que

entonces se llamaba milagro económico español y sobre todo al respaldo que le prestó el nuevo presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y su viejo amigo José María Aznar, que también hizo valer sus excelentes relaciones con la Administración Bush. Rato dejó su escaño en el Congreso, en el que le sustituyó una joven y casi desconocida colaboradora de Rajoy que se llamaba Soraya Sáenz de Santamaría. En junio aterrizó en la sede del FMI en Washington, donde todo era impresionante, desde su despacho al protocolo de jefe de

Estado que le acompañaba en sus desplazamientos. Los analistas de los diarios españoles dijeron entonces que ningún otro español había tenido tanto poder en el mundo como él. Había puesto una pica en Flandes, a pesar de lo cual él no era feliz en Washington, separado de una familia que sufría los problemas habituales de cualquier pareja separada. Rato había iniciado entonces una segunda vida sentimental y tenía que acomodar su estabilidad familiar a su nueva realidad. El exvicepresidente se fue a Washington para poner tierra por

medio. No podía quedarse en España. ¿Haciendo qué? Diputado raso, imposible. La política no podía dejarla porque era su vida. Tampoco podía aceptar un puesto en un banco o empresa importante después de haber tenido la economía del país en sus manos. Retirarse como gerente de hotel a la República Dominicana o a Tailandia era una opción, como la de irse a la India con su primo el misionero. Pero en estas se le cruzó el FMI y entonces no lo dudó. Washington estaba lo suficientemente lejos como para no tener que responder a preguntas sobre la sucesión de

Aznar. Demasiado lejos, según se dio cuenta rápidamente. Mientras estuvo lejos, casi nadie se ocupó de él en España. Apenas un par de entrevistas en medios nacionales en los que no respondió a preguntas sobre política nacional y algunas fotos de sus viajes a lo largo y ancho del mundo. Entonces apenas se hablaba del FMI, no es como ahora, que se ha convertido casi en una institución doméstica. Fue elegido para cinco años, pero en junio de 2007, después de tres años que se le hicieron eternos en la capital de Estados Unidos, Rato anuncia que deja el FMI dos años antes de

tiempo por «razones personales» derivadas de sus «circunstancias y responsabilidades familiares». «En particular, la educación de mis hijos», detalló en el comunicado para que su renuncia fuera más creíble. El regreso a España de Rato se convirtió en una noticia bomba. En el exterior, porque nadie entendió que un hombre tan poderoso dejara un cargo envidiado por los grandes del planeta para cuidar de sus hijos. En el interior, porque causó un auténtico terremoto en el PP, que no sabía qué habitación de la casa había que darle a su hijo más

ilustre. Su vuelta pilló con el pie cambiado a mucha gente y desató todo tipo de especulaciones. ¿Por qué?, se preguntaba él a menudo, de la misma manera que se lo pregunta ahora. Por dos razones. Primera, porque el Mariano Rajoy de otoño de 2007 no estaba cumpliendo las expectativas puestas en él por su partido. Segunda, porque en su ausencia de tres años, Rato se había convertido en una leyenda urbana. No le hacía falta ni siquiera hablar. De hecho, él no ha vuelto a hablar en público de cuestiones de política nacional desde la primavera de 2004. Como

mucho, de economía y sin concretar demasiado. Es todo un caso para los estudiosos del liderazgo. ¿Cómo una persona que no se ha pronunciado en público sobre cuestiones políticas desde hace nueve años puede seguir siendo un líder para mucha gente, aún hoy? Podría tratarse de un ejemplo práctico del carisma teorizado por Max Weber. «La figura carismática debe conseguir la entrega fanática de unos partidarios que creen en sus cualidades extraordinarias, sean “objetivas” o no, por sus capacidades y su desempeño». El carisma, en la concepción del

sociólogo, no es un talento natural ni el magnetismo especial de una persona. O no solo. El carisma es el resultado de las esperanzas y la fe puestas en esa persona por sus seguidores en busca de un líder. El carisma reside más en las percepciones de los seguidores que en las propias cualidades del líder. El profesor José Álvarez Junco en su perfil sobre Manuel Azaña en el libro Nacidos para mandar habla del fenómeno de la personalización de la política: «Algunos personajes son tan admirados que sin necesidad de que hagan ni digan nada, solo con aparecer en el

escenario, ya reciben un gran aplauso». Este era el caso de Rato cuando regresó a Madrid en otoño de 2007. El PP se quedó mudo y sus dirigentes, cuando fueron preguntados por este retorno, dijeron que le recibirían con los brazos abiertos. Sin embargo, él insistió a través de «fuentes próximas» en que no volvía para dedicarse a la política. Bien es verdad que si su amigo Mariano Rajoy le pidiera ayuda de cara a las elecciones generales previstas para 2008, él naturalmente estaría dispuesto a echarle una mano. Como número dos en la lista de

Madrid, por ejemplo. Nada de eso sucedió, aunque muchas voces reclamaron la presencia de Rato en las listas del PP. Mariano Rajoy nunca le pidió ayuda porque lo que le faltaba al presidente del PP es tener que compartir la candidatura no con una persona, sino con una leyenda. La emoción provocada por la vuelta de Rato contrastaba con la falta de emoción que suscitaba el líder del PP. El fantasma del líder natural, del favorito destronado, del número uno que se quedó sin sitio persiguió a Rajoy. Primero desde Washington y ahora en el Madrid

de las conspiraciones, el exvicepresidente se había convertido en una especie de vaca sagrada cuya brillantez, eficacia y gran personalidad nadie osaba discutir. Como mínimo cada trimestre había una operación Rato preparada y lista para tomar el poder dentro del PP. La leyenda cobró vida propia al margen de su titular. De nada servía que Rato jurara por sus muertos que no quería volver a la política. Otros le empujaban. Desde el partido, desde los diarios madrileños y desde el nacionalismo catalán, cuyo portavoz, Josep Antoni Duran i

Lleida, no ocultaba en declaraciones públicas la mucha satisfacción que le proporcionaría a CiU un gobierno presidido por Rodrigo Rato. Mariano Rajoy tuvo que combatir el fantasma de Rato a base de tragarse su orgullo y dejar pasar el tiempo. No era un fantasma cualquiera, su sombra no se podía borrar así como así del imaginario del partido. Rato se convirtió para muchos dirigentes del PP en esa asignatura pendiente que quiere aprobarse llegada la madurez, un amor convertido en platónico por falta de consumación física, una expectativa frustrada, el líder que

pudo ser y no le dejaron, el Lanzarote del Lago de la mesa redonda de los caballeros de Aznar, el primer caballero por el que habían suspirado. Combatir contra una persona es posible, pero no contra un ideal. Y este era el caso de Rato, que se cansó de esperar la llamada de Rajoy e inició un distanciamiento progresivo del presidente del PP, aunque no de su partido. Nunca de su partido. En público nunca admitió que quisiera volver a la política, pero el exdirector gerente del FMI se dejó querer. De vez en cuando, se deslizaba en algún acto del partido

como el que no quiere la cosa y por el cariño que le profesaba a sus compañeros. Asistió incluso como figura muda al congreso de Valencia, en vísperas del cual los mentideros madrileños resucitaron otra vez la operación Rato. En los actos públicos, echaba mano de la ironía para eludir una respuesta política. Como sucedió durante una conferencia que compartió con Felipe González en Repsol-YPF. Hablaban ambos de sus recetas para la economía mundial y el papel de las empresas españolas en Latinoamérica. «No se puede soplar y sorber a la vez», dijo el exdirector

gerente del FMI. «Algunos gallegos lo hacen, Mariano Rajoy lo hace», terció el expresidente del Gobierno. «Es que hay gente más lista que otra», concluyó Rato, provocando una gran carcajada en Felipe González. Rato no quiso participar en los conciliábulos contra Rajoy en vísperas del congreso del PP porque su experiencia le dictaba que meterse en medio de una situación que no estaba madura bien podría acabar definitivamente con esa leyenda que le permitía ir por la calle sintiéndose líder carismático y hasta un referente político. Rato

había encontrado acomodo material en la banca Lazard y como asesor del Santander. Vivía como un marajá, con un buen sueldo, una calidad de vida excepcional que le permitía ocuparse muy de cerca de la educación de sus hijos y un alto caché como conferenciante que era reclamado en muchos lugares. Pero seguía unido sentimentalmente a su partido y no podía evitarlo. En las elecciones vascas de 2009, comunicó al PP vasco que acudiría a la jornada electoral para ejercer de humilde interventor. La número uno del PP por Guipúzcoa, Arantza Quiroga, llamó al exvicepresidente

para confirmar que no era una broma. «Me tocó el corazón, me dijo que venía como un afiliado más y que quería apoyarnos porque sabía todo el esfuerzo y todo el trabajo que estábamos haciendo». Así era como, de vez en cuando, Rato volvía a tocar el corazón del PP. Porque el sueldo y las comodidades no colmaban su ímpetu ni ahogaban su pasión por la política. Además no era el número uno, sino uno más en los bancos a los que asesoraba. El dinero a razón de varios millones de euros al año era importante, pero sin poder no tenía mucha gracia. Y

eso era lo que le faltaba a finales del año 2009, cuando empezó a acariciar la idea de ser el presidente de Caja Madrid. Rato vio claramente que la caja podía ser el gran proyecto final de su vida pública, que podía reflotar un barco averiado y así convertirse ya definitivamente en un personaje legendario. No solo eso. Podría ser la gran referencia del mundo financiero español si lograba ser presidente de la cuarta entidad de ahorros del país. Aunque pensó seriamente en retirarse de la política después del fiasco de la sucesión, nunca pudo

resistir la tentación de volver a ella por alguna puerta. Caja Madrid se abría delante de él como una manzana que fácilmente podía coger del árbol porque sus adversarios para el puesto no tenían media bofetada. Se cumplía así un vaticinio que él mismo había formulado con ironía durante la larga espera de la sucesión:

En realidad, esto de la sucesión no se va a acabar nunca, seguiremos así de por vida. Podemos ser candidatos a sucesor a título perpetuo, es un estatus que nos produce una gran satisfacción. Nunca hemos sido tan importantes ni tan queridos en toda

nuestra vida.

Candidato a presidente a perpetuidad, en eso se convirtió Rato y ahora sería presidente de una caja con todas sus ganas y con todas las consecuencias. Su postrera ambición era una prueba de que el poder es una especie de droga que posee a las personas y hasta es capaz de nublar su voluntad. Rato, como todos los políticos españoles que han deseado con toda su alma ser presidentes del Gobierno, vivía en un permanente desasosiego. Como si le faltara algo. Él ya había pasado a la historia como el hombre

que sacó a España de la crisis económica de mediados de los noventa. Pero él quería poder y ni en la banca Lazard ni en el Santander lo tenía. Seis años de síndrome de abstinencia le parecieron suficientes y dio el paso de hablar con Mariano Rajoy para comunicarle que estaba disponible para ser el presidente de Caja Madrid. Para su sorpresa, y la de muchos, encontró algunas dificultades más de las previstas, ya que por el camino se le cruzó Esperanza Aguirre. En ausencia de Rato habían pasado muchas cosas en el PP y la presidenta de la

Comunidad de Madrid llevaba meses intentando apear a Miguel Blesa de la caja para situar en el puesto a su número dos, Ignacio González. En los seis años de ausencia de Rato habían ocurrido, en efecto, muchas cosas en el PP. Esperanza Aguirre, curtida en la cruenta batalla del congreso de Valencia, ya no era aquella compañera de partido que recogió en sus consejerías a los hombres y las mujeres de Rato cuando este se fue a Washington. Rato se encontró en mitad de la batalla entre Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz- Gallardón. Caja Madrid se había

convertido en el escenario de las hostilidades. Y ni siquiera la teórica pasión que Rato despertaba en las siglas del PP fue suficiente para que los ejércitos del alcalde de Madrid y la presidenta de la Comunidad firmaran un armisticio. La guerra por el poder en Caja Madrid llegó en un momento en el que el gobierno ya se había dado cuenta de que sin una reestructuración de estas entidades el sector financiero español acabaría estallando por las costuras. Todavía bajo la presidencia de Miguel Blesa, se produjeron conversaciones informales para una

posible fusión de las cajas valencianas y gallegas. Una operación que no llegó siquiera a ser considerada en serio por la firme oposición de los dos grandes barones autonómicos del PP, Francisco Camps y Alberto Núñez Feijóo. Mientras Rato empezaba a acariciar la idea de ser presidente de Caja Madrid, su antecesor, Miguel Blesa, se resistía a los embates de Esperanza Aguirre mucho más de lo que aconsejaba la prudencia. Blesa, que había sido nombrado por José María Aznar por la suprema razón de que eran amigos, llevaba doce

años en el puesto y la presidenta creyó que ya eran suficientes porque, entre otras cosas, el presidente de Caja Madrid había dejado de obedecerle. En aquella época, que parece muy lejana pero no lo es, ningún presidente de caja de ahorros que deseara conservar la cabeza en su sitio osaba enfrentarse a su presidente autonómico si no quería ser apeado del cargo. Blesa creyó que podría mantenerse en el puesto si se aliaba con el alcalde de Madrid. Puso así en manos de Alberto Ruiz-Gallardón un arma inesperada contra Esperanza Aguirre, cuando el combate entre

ambos alcanzaba todo su esplendor. Ante el empuje de Ignacio González, que fue a ver a Rajoy para pedirle su apoyo y trenzó las alianzas internas necesarias para ser elegido presidente de Caja Madrid, Ruiz-Gallardón decidió tirar directamente un misil nuclear a favor de la candidatura de Rato. Planificó al detalle una entrevista de Manuel Cobo, su mano derecha y esclavo moral del alcalde según confesión propia. La publicó el di a ri o El País y produjo una convulsión interna que solo el tiempo podría borrar. Cobo sostenía que Aguirre había arrojado a la vaca

sagrada del PP a una cloaca y hacía un llamamiento para purificar el buen nombre de Rodrigo Rato. El discurso de Cobo estaba tan elaborado que no parecía hablado, sino escrito. Decía el número dos de Gallardón lo siguiente sobre el auténtico lujo que sería para Caja Madrid un presidente como Rato y la maldad de los que no le querían:

Rodrigo Rato vive y trabaja desde el respeto y fuera de la luz de los focos, y ahora algunos le han puesto en un escaparate de cloacas y ambiciones ya nada ocultas. Lo que están haciendo con Rato no tiene nombre. Rodrigo es historia de mi partido, del PP, es

historia de España, de la buena historia, de la mejor. Los que no han dado a mi partido más que malas noticias y rumores de las peores cosas no pueden poner en este espectáculo de la miseria humana a Rodrigo Rato Figaredo. Es de vómito y más si viene de aquellas personas cercanas, hoy, a Esperanza Aguirre, presidenta de mi partido en Madrid, que deben a Rodrigo Rato todo lo que son. Si tuvieran un gramo de vergüenza deberían decir todo lo que digo yo y más. Estoy de acuerdo con Javier Arenas en que Rodrigo Rato sería un lujo para la presidencia de Caja Madrid. Rodrigo Rato es una de las personalidades más importantes que ha habido en esta España constitucional, un profesional con

una capacidad extraordinaria, un experto en el mundo financiero, un ejemplo en la administración de dinero público. Siendo todo esto verdad, mis elogios y los que pudiera hacer cualquiera nunca llegarían a los que de forma permanente y hasta, si se me permite exagerada, he oído decir de él a Esperanza Aguirre en cada acto público. En cada mitin decía esto y mucho más. Rodrigo ha sido el artífice de la España creadora de empleo, ha sido el hombre del milagro económico español. Y en esos mítines se terminaba gritando:

«¡Rodrigo para rato!». Eso sí, curiosamente cuando más le he oído estos elogios a Aguirre es desde que Rajoy preside el partido. Algún malpensado diría, viendo cómo está actuando ahora con él, que sería para

molestar a Mariano. Un bien informado sabe que a Mariano eso no le molestó nunca.

Sin pelos en la lengua, Manuel Cobo se presentaba en la entrevista como una Pimpinela Escarlata, dispuesto no solo a vengar el honor mancillado de Rato y a enfrentarse a los «hipócritas» que muestran una cara en público y otra en privado, sino también a denunciar que ese oscuro objeto de deseo que era Caja Madrid suponía solo el primer peldaño para destruir a España:

Parafraseando

un

texto

que

se

le

atribuye a Bertolt Brecht pero no es suyo, un ciudadano español diría:

«Primero vinieron a por Pío García- Escudero (expresidente del PP de Madrid), y yo no hablé porque no era de Pío, vinieron a por la tele y yo no hablé porque no era de la tele, vinieron a por la cámara y yo no hablé porque no era de la cámara, vinieron a por Ifema y yo no hablé porque no era de Ifema, vinieron a por la caja y yo no hablé porque no era de la caja, vinieron a por Rajoy y yo no hablé porque no era de Rajoy, vinieron a por el PP y no no hablé porque no era del PP… vinieron a por España».

Con escasa sutileza, Gallardón y Cobo —que se refería en la

entrevista a una gestapillo montada para espiarle— venían a identificar a Aguirre con los nazis. La presidenta de la Comunidad exigió expedientar a Cobo por estas declaraciones, cosa que Rajoy hizo meses después, aunque con cierta desgana. Así se las gastaban en el PP por aquella época en la que ya había quebrado Lehman Brothers y faltaba poco para el estallido de la burbuja financiera. Con Rato en mitad del tablero, Caja Madrid era mucho más que una caja. Era la prueba de fuego —otra más— del liderazgo de Mariano Rajoy al frente del PP. Él no podía perder

esta nueva batalla contra Aguirre, en la que Gallardón se había convertido en su primer escudero. Mientras que la presidenta madrileña defendía el derecho del PP de Madrid a elegir a los gestores de la caja, el alcalde sostenía que debía ser el propio Mariano Rajoy como líder de un partido nacional. El enfrentamiento se produjo a la vista de todos, después del destape de Cobo. «El PP no es un partido federal, las decisiones importantes las toma la dirección general del partido», declaró Gallardón. «Le tengo por un ilustre jurista, pero se equivoca de medio a medio. Lo que

ha dicho el alcalde es manifiestamente ilegal y sería politizar la caja», dijo Aguirre. El escándalo llegó tan lejos que Mariano Rajoy no tuvo más remedio que intervenir. El 22 de octubre de 2009 citó en su despacho a Esperanza Aguirre para decirle que Ignacio González no podía ser presidente de Caja Madrid, a pesar del acuerdo al que había llegado el consejero con el PSOE y los sindicatos. —La mejor solución que tenemos para cerrar la polémica es Rato. —Hombre, Mariano —le

contestó Aguirre—, eso es lo que yo te dije hace muchos meses y no me pareció que estuvieras muy por la labor, por eso pensamos que Nacho sería una buena opción. —Nunca dije que no. Ni que sí. Ahora creo que es la mejor solución. Esperanza Aguirre tuvo que ceder, aunque de mala gana. Creyó que Rodrigo Rato se la había jugado y las relaciones entre ambos nunca volvieron a ser lo que eran. La presidenta madrileña dijo a todo el mundo que quiso escucharla que Rato no le parecía un buen gestor empresarial ni financiero, como

demostraba el hecho de que las empresas familiares heredadas estuvieran cerradas o en la ruina. La solución Rato fue saludada con alborozo por todo el mundo. Incluso el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, dijo que el exgerente del FMI era un «lujo» para Caja Madrid. Aunque muchos socialistas preferían a un tecnócrata más independiente que se llamaba Luis de Guindos. Hay quien sostiene que esta batalla por la presidencia de Caja Madrid ya causó heridas entre Rato y su antiguo subordinado, Luis de Guindos. Heridas que

empezaron a sangrar tres años después, cuando este fue nombrado ministro de Economía del gobierno de Rajoy. En enero de 2010, sin haber dicho esta boca es mía durante toda la batalla, Rato se instala en la planta noble de Caja Madrid, con el objetivo de buscar fusiones adecuadas, según le pedían el gobierno y el Banco de España, donde gobernaba su buen amigo Miguel Ángel Fernández Ordóñez. Lo primero que hizo en la caja fue formar gobierno, casi como si estuviera en La Moncloa. Su condición de vaca sagrada le dio

libertad para hacer un gobierno de coalición, con todos los partidos políticos y sindicatos representados en el consejo de administración. Nombró a consejeros del PSOE, IU, UGT y CCOO para garantizarse la paz interna mientras él se ocupaba de su proyecto de salvación de la entidad. No quería conflictos políticos ni laborales y por ello dio entrada en el consejo a todos los agentes de la caja con unos sueldos tan jugosos que nadie pudo rechazar. Aunque debían entender que quien tomaba las decisiones ejecutivas era el presidente y su grupo de fieles. Nadie, ni en el PP ni

los otros partidos, ni los sindicatos, ni la inmensa mayoría de los medios de comunicación, ni los expertos, ni los analistas cuestionaron la capacidad para la gestión financiera de Rodrigo Rato. Todo el mundo elogió sus cualidades de liderazgo, no solo sus compañeros del PP. Tampoco nadie se interesó mucho por la aparente contradicción de que Rodrigo Rato, un político de raza, tuviera como uno de sus primeros objetivos «despolitizar» la caja. Nuevamente entraban en acción las extraordinarias cualidades del líder Rato. El filósofo Arthur

Schopenhauer nos ha dejado una muy breve obra póstuma recientemente editada en España titulada El arte de hacerse respetar expuesto en 14 máximas (Alianza, Madrid, 2004). Entre ellas figura esta máxima que es aplicable a la carrera política de Rato desde 1996 al menos hasta el 7 de mayo de 2012. Y puede que aún después.

El honor es la buena opinión generalizada de los demás; descansa en última instancia en la hipótesis de que el ser humano no cambia jamás, que sigue siendo siempre lo que es y que se nos manifestará como es ahora.

El honor ligado a un cargo. Es la opinión general de los demás, según la cual, el hombre que ocupa un cargo tiene realmente todas las cualidades requeridas y cumple en todos los casos con puntualidad las obligaciones de dicho cargo. Cuanto más vasto e importante es el campo de acción de un hombre en el Estado y, por tanto, más elevado e influyente es el cargo que ocupa, más convencida debe estar la opinión general de las capacidades intelectuales y de las cualidades morales que le habilitan para el mismo. Por consiguiente, su honor

será de un nivel tanto más elevado, como mostrarán sus títulos, condecoraciones, así como el comportamiento de subordinación de los demás con respecto a él. Los cargos, los títulos, las distinciones son otras tantas expresiones de la voluntad de quien los confiere de honrar a quien los recibe.

Casi toda España, no solo su partido, quiso honrar a Rodrigo Rato en el convencimiento de que sus capacidades intelectuales, políticas y financieras le habilitaban para coronar con éxito la misión de sacar a Caja Madrid del atolladero. Apenas se puede encontrar un leve rastro en los medios de comunicación de esos

días y en los análisis de los especialistas de los problemas que Caja Madrid había incubado. Se suponía que Rato, además, era la persona idónea para impulsar las fusiones con otras cajas, mucho más si estas giraban en la órbita del PP. Por así decirlo, Rato se preparaba en Caja Madrid para ser el gran banquero del PP, ante la posibilidad ya muy real de que Mariano Rajoy ganara las elecciones generales y se convirtiera en presidente. Con un gobierno del PP, nada podría temer Rodrigo Rato. No era igual que ser presidente del Gobierno, pero sí era un sustitutivo muy potente. Caja Madrid era un trampolín para ganar mucho dinero a la vez que mucho poder. Cinco millones de euros al año en un banco en el que te pone el PP.

La caja era un instrumento formidable para hacer favores y colocar a todos. Con la perspectiva de una victoria del PP, Rato creyó que iba en moto.

Poder y dinero, no podía pedir más.

Capítulo IX

FUSIÓN FRÍA

C inco meses tardó Rato en

alumbrar una criatura a la que llamó Bankia. Lo hizo moviéndose como pez en el agua, poniendo en marcha todo su instinto político en las negociaciones con el gobierno de Zapatero, el Banco de España de

Miguel Ángel Fernández Ordóñez, el PP de Mariano Rajoy y los presidentes autonómicos de las cajas pequeñas que confluyeron en lo que se llamó, técnicamente, fusión fría o Sistema Institucional de Protección (SIP). Un instrumento ideado por la vicepresidenta Elena Salgado y el gobernador del Banco de España, que todo el mundo financiero saludó con bastante entusiasmo. Los mercados ya habían sentenciado al presidente Zapatero, la UE le había obligado en mayo a un ajuste de caballo, la prima de riesgo había irrumpido en sus

despertares y estaba inmerso en un programa de reformas que incluía la reestructuración del sistema financiero español, que había dejado de ser el mejor del mundo. Zapatero, con el apoyo de Mariano Rajoy, impulsó la fusión fría de las cajas de ahorro pequeñas con otras más grandes. Y en esa operación la figura de Rodrigo Rato fue crucial, por sus habilidades políticas y sus contactos con el mundo financiero. El 11 de junio las dos grandes cajas controladas por la Comunidad de Madrid y el gobierno valenciano anunciaron su fusión fría con otras cinco más pequeñas, Insular de

Canarias, La Rioja, Ávila, Segovia y Caixa Laietana. En sus provincias de origen, los diarios publicaron muchos lamentos sobre la muerte de entidades que vertebraban el territorio y la sociedad, a base de patrocinar exposiciones de artistas locales, donar los trofeos para los torneos de fútbol de los niños y financiar fiestas patronales y premios de folclore. A las cajas se les permitió mantener sus nombres y sus consejos de administración, aunque su negocio pasó a estar integrado en el nuevo banco. La negociación más compleja se produjo con Bancaja, ya que el PP

valenciano liderado entonces por Francisco Camps se resistía a diluir su personalidad. Un escollo que pudo salvarse con el compromiso de Rato de llevar la sede del SIP a Valencia. Rato se convirtió en el presidente de Bankia y las crónicas no dejaban lugar a dudas sobre la potencia del coloso. El SIP de las siete cajas se convertía en la primera entidad financiera de España en banca comercial y empresas, por delante de La Caixa, y uno de los quince mayores de la zona euro. Un banco con más de 300.000 millones en activos cuya

matriz pasaba a llamarse Banco Financiero y de Ahorros (BFA), unas siglas que dos años después pasarían a la historia como ejemplo de lo que no se debería haber hecho nunca. Sin embargo, entonces casi todo el mundo consideró que las ideas de Rato para crear ese gran banco eran excelentes. Los consejos de administración de las siete cajas aprobaron la fusión fría por unanimidad. El Banco de España fue extraordinariamente flexible y comprensivo al permitir a Rato una dosis de creatividad contable para evitar que se reflejaran en el balance pérdidas en la cuenta de

resultados. Caja Madrid era el cuarto banco de España. En 2007 había tenido beneficios por valor de 2.860 millones de euros. La caja que heredó Rato había financiado hasta mucho más allá de lo prudente el modelo productivo basado en el ladrillo a través de créditos a familias y promotoras. Caja Madrid prestó a Martinsa-Fadesa —la constructora quebrada— 1.000 millones de euros para la compra de suelo en toda España y participó en un crédito de 4.000 millones a Metrovacesa para un negocio que fracasó. Caja Madrid tenía una tasa

de morosidad del 5,4 por ciento por los impagos de los más de 120.000 millones de euros en créditos hipotecarios. A ello se unían los 200.000 millones de créditos problemáticos de Bancaja.

La unión de las cajas crea un campeón nacional de la banca. Una entidad más sólida, más grande, más eficiente y diversificada. Este no será un banco más que solo busque el beneficio de unos accionistas, ya que en este caso, sus accionistas somos las cajas y creemos en la importancia de los intereses colectivos para inspirar la actividad financiera.

Con

este

entusiasmo

se

expresó Rato para convencer a la asamblea de Caja Madrid de que aprobara la fusión.

Es una noticia positiva para todo el sistema financiero español, pero especialmente para la Comunidad de Madrid, puesto que esa nueva caja va a ser la más grande entidad financiera dentro de España. Es algo que conviene a los ciudadanos madrileños.

Con menos entusiasmo se expresó la presidenta de la Comunidad de Madrid, aunque no le hizo ascos a la operación. Dos años después, Esperanza Aguirre

diría que «la fusión de Caja Madrid con Bancaja fue un matrimonio a punta de pistola». Y Rato, en su exculpación ante el Congreso informó de que un día de junio de 2010 él y José Luis Olivas, presidente de Bancaja, habían sido convocados por Miguel Ángel Fernández Ordóñez a la planta noble del Banco de España, donde se les «conminó» a que se fusionaran. Una vez completada la fusión fría, Rato descubrió que en Bancaja había sapos y culebras. El presidente de Bankia informó a los ejecutivos de Caja Madrid de que

Bancaja tenía el doble de morosidad producto de los créditos inmobiliarios, y acumulaba terrenos en propiedad que no valían nada. Ni el mejor gestor inmobiliario del mundo podría hacerse cargo del ladrillo de Bancaja con garantías de éxito. El 65 por ciento de la morosidad del grupo procedía de Valencia. Así lo relata un buen conocedor de las finanzas españolas:

Bancaja creció demasiado rápido, se creían los reyes del mambo, iban a los mercados mayoristas a pedir crédito para prestarle a las constructoras. La mitad de los créditos fueron fallidos.

Mientras todo iba bien, vivían en la opulencia, cuando el mercado se cerró después de la quiebra de Lehman, el desastre estaba garantizado. Otras cajas pequeñas no hicieron eso, daban créditos con el ahorro de sus clientes y así se han salvado. José Luis Olivas (presidente de Bancaja y vicepresidente de Bankia) se forró. En cuatro años ganó más que en sus treinta anteriores. Él cree que lo tiene porque se lo merece y los demás éramos tontos. A los que le advertían de que conceder el 97 por ciento de crédito al ladrillo podía ser peligroso les contestaba que no tenían ni idea y que el ladrillo era lo único que valía. El crecimiento del crédito de la caja no tenía límite porque nadie se lo puso. Los mandos intermedios del partido en Valencia

llamaban a la caja y le pedían dinero para sus ayuntamientos. Primero lo hacían en cantidades pequeñas, pero a partir de 2002 empezaron a ser cantidades masivas. Perdieron el concepto del dinero. 10.000 millones, 50.000 millones, ¿qué más daba? Si hasta Pedro Solbes decía que en el euro las transferencias de capital ya nunca iban a ser un problema y que ningún país podía caer en el default.

haber

asumido el cargo, Rato era

presidente del mayor banco enfermo del sistema. Tuvo que

pedir una inyección de

FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) de 4.400

dinero al

Un

año

después

de

millones de euros. Aunque él no estaba dispuesto a rendirse e ideó una operación de ingeniería financiera para solventar el problema del ladrillo. Dividió en dos el negocio. Bankia se quedó con lo que valía la pena del negocio y aparcó en BFA, su matriz, los activos tóxicos. La operación tenía como objetivo salir a bolsa para demostrar que su banco podía sobrevivir en el mercado. El gobierno, agobiado por sus propios problemas, había aprobado una reforma financiera que exigía más recursos de capital a las entidades no cotizadas. Capital era lo único

que no tenía y para eso organizó una sonora salida a bolsa, con el respaldo entusiasta del presidente Zapatero y del líder de la oposición, Mariano Rajoy. También la salida a bolsa vino rodeada de acontecimientos extraordinarios únicamente explicables por la personalidad, el respeto y el temor que inspiraba Rato. La venta de acciones de una entidad dañada a través de una oferta pública para aumentar su capital en 3.300 millones, en medio de una crisis de deuda sin precedentes, con la crisis griega abierta en canal, la prima de riesgo

española por encima de los 273 puntos y una rebaja crediticia de la nota de BFA por parte de Moody’s, que se quedó a solo dos escalones del bono basura. Una operación así habría puesto los pelos de punta a cualquier experto en finanzas. El Banco de España supervisó y autorizó la salida a bolsa a pesar de que las circunstancias lo desaconsejaban. Rato fue quien más se empeñó en ello. Hay quien dice que con la presión del gobierno sobre su cabeza, porque Zapatero necesitaba una buena noticia como fuera por la presión de los mercados. Otros, sin embargo,

sostienen que el presidente de Bankia aceleró la salida a bolsa porque creía que en otoño todo sería peor y desconfiaba del gobierno socialista. Sea como fuere, las miles de oficinas del «líder de los nuevos bancos», tal y como rezaba la publicidad de la oferta pública, se esmeraron en colocar la mayoría de las acciones entre sus clientes, pequeños ahorradores. El expresidente de Caixa Catalunya denunció presiones del gobierno a pesos pesados de la economía y las finanzas para que compraran títulos del banco por razones de patriotismo frente al exterior. Lo

hicieron casi todos menos el presidente del BBVA, Francisco González, ya enfrentado a Rato por lo que consideraba una huida hacia adelante del exvicepresidente. El 20 de julio, Rato tocó la campana de la bolsa y descorchó un champán que dos años más tarde aún se le atragantaba. El precio de la acción fue de 3,75 euros, un 15 por ciento menos de lo que figuraba en el folleto entregado a la CNMV. Así se cuenta cómo vivió Rato ese día en el libro El gran artífice, de Carmen Gurruchaga.

La salida a bolsa de la entidad ha sido

el momento más emotivo de Rodrigo Rato desde que la preside. Era el 20 de julio y estábamos en mitad de la tormenta perfecta, así definió Rato el contexto en el que las acciones de Bankia empezaron a cotizar en el parqué. La señal que indica el debut de un nuevo valor se convirtió en un momento cargado de entusiasmo. A las 12 en punto hizo sonar la campana con toda la emoción que pudo. Un instante después se giraba hacia los centenares de invitados que se agolpaban en el edificio de la Bolsa, entre los que se hallaban sus hijas, y, con los ojos brillantes, casi en lágrimas, levantaba con toda su fuerza el pulgar en señal de triunfo. Era la primera vez que mostraba sus sentimientos en público. Había logrado una proeza y se había jugado

en

personal.

esa

operación

su

prestigio

Un prestigio que se mantuvo intacto, a pesar de que la salida a bolsa fue más bien discreta. ¿Cómo fue valorada la operación de venta de acciones de Bankia? El presidente Zapatero se apresuró a calificarla como un éxito y también los principales diarios económicos, grosso modo, consideraron que Rato había logrado su objetivo, aunque advertían que por los pelos. La acción cayó el primer día de cotización, aunque logró cerrar al mismo precio de salida. Entonces ya

era Bankia una cuestión de Estado. Rato se había implicado personalmente en los mercados internacionales para que acudieran a la compra de acciones y hubo quien fantaseó —dentro y fuera del gobierno— con que un éxito de la OPV (Oferta Pública de Venta) de Bankia trajera como regalo una bajada de la prima de riesgo. Los inversores extranjeros apenas mostraron interés por la acción del «líder de los nuevos bancos». Casi un año después de la salida a bolsa, un antiguo amigo de Rato que fue nombrado ministro de Economía criticó la operación

durante una comparecencia parlamentaria. Luis de Guindos manifestó con claridad que la fusión fría de las siete cajas de ahorro que dieron lugar a Bankia y la salida a bolsa «fueron un error» que ahora él estaba intentando corregir. Lo mismo, aunque de forma mucho más elaborada, dijo el sustituto de Fernández Ordóñez al frente del Banco de España. La coincidencia no tiene nada de particular, dado que a Luis Linde le nombró gobernador del Banco de España Luis de Guindos. En su estreno parlamentario, Linde hizo autocrítica de las decisiones del

regulador respecto a Bankia y las fusiones frías. Lo hizo sin tecnicismos, para que todo el mundo lo entendiera, y con la debida elegancia de los caballeros de las finanzas para no molestar a sus predecesores más de la cuenta:

Con la fácil lucidez que da mirar al pasado desde el presente, y sin querer dar ninguna lección a nadie, podemos concluir que se actuó con poca decisión o de modo insuficiente o inadecuado. El mecanismo llamado Sistema Institucional de Protección (SIP), las llamadas fusiones frías, trataron de soslayar las dificultades políticas planteadas desde las comunidades autónomas, y otras

dificultades planteadas desde las propias entidades a fusiones e integraciones de cajas de ahorros que se consideraban convenientes. Las fusiones frías se aceptaron con la intención de favorecer ciertos procesos que podían permitir racionalizar el sector y mejorar la eficiencia de determinadas cajas, pero, parece claro, su efecto final no fue demasiado positivo y contribuyó más bien a retrasar decisiones y ajustes. Hay que reconocer que, en el Banco de España no tuvimos éxito en lo que ahora llamados «supervisión macroprudencial». No nos enfrentamos con la decisión que ahora entendemos habría sido necesaria al gran aumento de nuestro endeudamiento y, después, a la contención y corrección del fortísimo

deterioro en los balances bancarios, consecuencia del estallido de la burbuja y la recesión. En los años de la burbuja inmobiliaria y financiera que acaba en 2008 existía una especie de euforia que llevaba a no ver, a no querer ver, los riesgos que se estaban acumulando. Era como si nadie quisiera prever escenarios de recesión, de subidas de tipos de interés o de colapso de financiación.

Quien así habla era directivo del Banco de España cuando la institución falló en la supervisión. La euforia que llevaba a no ver o a no querer ver era compartida por él y por su amigo Luis de Guindos,

que en tiempos de las fusiones y la salida a bolsa de Bankia era un prestigioso analista económico y financiero en las páginas de El Mundo y en otros medios de comunicación. No consta que Guindos criticara las fusiones frías ni la salida a bolsa de Bankia. Rato fue el primero que se contagió de «no ver o no querer ver» los riesgos de sus operaciones. Él mismo había asumido sus errores con mucho adelanto. «La trampa más poderosa del poder es no ver la realidad», le había dicho una noche al Loco de la Colina en la lejana y feliz primavera de 2003.

Era cuando la burbuja empezaba a estar en todo su esplendor. La realidad del otoño de 2011 había convertido a Bankia en una entidad sistémica al frente de la cual estaba también un político sistémico. Ambos, el presidente y su criatura, eran demasiado grandes para caer. Lo mismo que creyó Lehman Brothers hasta que el secretario del Tesoro, Hank Paulson, dejó caer al banco de inversión provocando la tormenta financiera que en sus últimos coletazos se iba a llevar por delante a una caja centenaria y a un político considerado como un bien de

Estado incluso por sus opositores. Nada más superado el obstáculo de la salida a bolsa, los acontecimientos empezaron a acelerarse para el presidente de Bankia, en paralelo a la grave crisis de deuda del verano de 2011 que disparó la prima de riesgo y obligó a cambiar la Constitución. Como ya suponía Rato desde que conoció las tripas de Bancaja, el frente de Levante acabó estallando. El Banco de Valencia, la joya de la corona de la burguesía valenciana, no pudo disimular más su agujero. Rato lo supo enseguida y de forma igual de rápida advirtió a su vicepresidente,

José Luis Olivas, que él no pensaba comerse las pérdidas de ese banco, porque bastante tenía ya con las suyas. El PP valenciano había usado el Banco de Valencia sin disimulos para sus favores políticos con arriesgadas operaciones inmobiliarias con las que intentaron beneficiar a sus empresarios afines. Rato lo dejó caer para gran enfado de las fuerzas vivas de la Comunidad Valenciana, que en un año había visto el finiquito de sus cajas más emblemáticas, CAM, Bancaja y ahora Banco de Valencia, las tres hundidas bajo el peso del ladrillo. El

poder valenciano carecía por completo de posibilidades de presionar a Rato para la salvación del banco. La intervención del Banco de Valencia por parte del FROB fue otra de esas operaciones milagrosas que jamás se hubieran producido si no fuera porque al frente de Bankia había, no un hombre, sino una vaca sagrada. En condiciones normales, si un banco filial quiebra lo normal es que lo rescate la matriz, es decir BFA. Sin embargo fue el FROB quien se hizo cargo del agujero del Banco de Valencia, que ascendía a 1.000 millones. El episodio significó

la ruptura definitiva entre Rato y Olivas, cuyas relaciones por otro lado nunca habían sido muy estrechas. José Luis Olivas nunca llevó bien el haberse convertido en plato de segunda mesa. Él era presidente de Bancaja y pasó a ser vicepresidente de Bankia. No se podía quejar del sueldo, ganaba 1,6 millones de euros al año, pero al lado de Rodrigo Rato se sentía un ser inferior. Cuando se anunció la fusión, quiso convencer a la opinión pública valenciana de que la operación iba a beneficiar a los empresarios de la comunidad:

«Ahora tendrán más fácil el acceso

al crédito». En una cena a la que convocó a los periodistas en la sede de Bancaja, sus interlocutores escucharon atónitos que la fusión de las cajas iba a suponer su «despolitización total». Lo decía un hombre que había hecho toda su carrera en la política. Primero como consejero de Eduardo Zaplana, que le dejó al frente de la presidencia de la Generalitat guardándole el asiento a Francisco Camps. Zaplana premió su fidelidad nombrándole presidente de Bancaja hasta que la burbuja acabó con él. Olivas se retiró sin mucho ruido, aunque sí con muchísimo dinero en el

bolsillo. Unos millones que él creía merecer y con los que se dispuso a vivir a cuerpo de rey. Las tensiones internas en Bankia coincidieron con las elecciones generales y el cambio de gobierno. Aunque no lo viera, o no lo quisiera ver, la cuenta atrás había comenzado para Rodrigo Rato precisamente cuando él se las prometía muy felices, ya que el PP, su partido, gobernaba con mayoría absoluta. Él mismo se personó en la noche electoral del 21 de noviembre para celebrar la victoria. No contaba con el empuje y los planes del flamante ministro de Economía,

que nada más tomar posesión del cargo dibujó en su pizarra la operación Bankia-Caixa. Luis de Guindos convenció al presidente del Gobierno de que era la mejor y la única solución para evitar la quiebra del banco presidido por Rato. La operación era bien vista por el gobierno catalán de Artur Mas y por los gestores de la entidad catalana. Sin embargo, Rato no estaba dispuesto a que lo absorbiera Isidro Fainé. No era una cuestión personal. Él se llevaba de maravilla con el presidente de La Caixa. Era una cuestión de Partido, así con mayúscula. Luis de Guindos no

podía entenderlo porque él no era del partido. En medio de ambos, el presidente del Gobierno. Mariano Rajoy escuchaba a Luis de Guindos

y creía que tenía razón. Pero a

renglón seguido Rato le convencía

de lo contrario.

El rechazo de la fusión con el buque insignia de las finanzas catalanas se iba a convertir en el último gran error de Rato. Y sobre el acontecimiento hay versiones muy distintas:

Isidro Fainé ha dicho que Rato no la aceptó porque La Caixa exigía que la sede social y la sede corporativa estuvieran en Barcelona. Rato quería

que la sede corporativa se quedara en Madrid porque si no se hubiera interpretado como una absorción. Él no veía la fusión del todo mal, pero pensaba que Bankia era viable en solitario. Seis meses después si pudiese dar marcha atrás en la decisión lo haría, aun con la sede corporativa en Barcelona.

Era una operación a gran escala, con

implicaciones

 

políticas

y

trascendencia

de

Estado.

Rato

comete

el

error

de

abortar

esta

operación porque cree que todo el

poder

lo

tendrán

los

órganos

de

control

en

los

que

están

los

nacionalistas.

Rato no podía fusionarse con Caixabank porque hubiera sido una

absorción. Hubiera sido una salida muy cómoda para él desde el punto de vista personal. Es una tontería la versión que ha circulado de que quería ser el número uno. Fainé le habría nombrado presidente bis o lo que él pidiera. Pero Rato no podía permitir que el primer banco español estuviera controlado por CiU y el PSC. Bankia nació para ser el gran banco del PP. Montoro pensaba lo mismo y fue su gran aliado. Ninguno de los dos pensó nunca que Luis de Guindos sería un enemigo tan implacable. Rato dirigía un banco sistémico al que nunca podría pasarle nada. De hecho, hasta entonces, había conseguido que todo el mundo apoyara sus decisiones. Mariano fue sensible a sus argumentos y finalmente asumió que la fusión con

la caja catalana era imposible.

Capítulo X

LA CAÍDA DE LA TORRE

D otado de una flema británica,

Luis de Guindos se enfrentó con fatalismo a su responsabilidad como ministro de Economía y a su combate contra Rodrigo Rato. Sabía que frente a la enormidad política del presidente de Bankia, él apenas

era un meritorio, pero Rajoy le había dado la cartera de Economía y estaba dispuesto a asumirla con todas las consecuencias. Entre sus competencias figuraba la reforma financiera, por lo que el problema Bankia, que era el problema Rato, se convirtió en cosa suya. A través de informaciones indirectas y mensajes más o menos cifrados, el ministro de Economía le recordaba a su amigo todas las semanas que Bankia no podría seguir sola. Rato hacía oídos sordos, pero Luis de Guindos no estaba dispuesto a rendirse. Nada más tomar posesión el nuevo gobierno, el Banco de

España le obligó a hacer público su sueldo: 2,3 millones de euros. Luis de Guindos carecía de la capacidad de combate de Rato en el campo abierto del encanto político, pero tenía en sus manos un arma formidable: el BOE. La utilizó el 4 de febrero, día en el que llevó al Consejo de Ministros su primera reforma del sistema financiero. Además de ampliar las provisiones de los bancos sobre sus activos problemáticos del ladrillo, Luis de Guindos le bajó el sueldo a Rodrigo Rato. No era una cuestión personal. El gobierno recortó por ley el sueldo a los gestores de las entidades que

hubieran recibido ayudas públicas, y lo hizo porque incluso los ministros estaban escandalizados de que los directivos de las cajas de ahorro ganaran tantos millones al año al frente de entidades llenas de agujeros. El presidente de Bankia perdió de una tacada el 75 por ciento de su sueldo. Pasó de cobrar 2,3 millones de euros a 600.000, el salario máximo de los directivos en cajas con ayudas del Estado.

Este gobierno es de naturaleza liberal y no entra en sus funciones fijar los sueldos del sector privado. Pero este es un caso muy especial. En un

momento en que se piden esfuerzos importantes a muchos colectivos, en que tenemos más de cinco millones de parados, en que se ha congelado el sueldo a los funcionarios, es perfectamente razonable y entendible que para una serie de entidades que han tenido ayudas de dinero de los contribuyentes se establezca una moderación en las retribuciones.

No era nada personal, pero Rato se lo tomó como una declaración de guerra. Así que no era una fanfarronada. «Ahora el ministro de Economía soy yo». No. Luis iba muy en serio. Cría cuervos y te sacarán los ojos. En días posteriores, se presentó en sociedad

con un punto de ofendida resignación, casi de víctima de las embestidas de un ministro a quien él había encumbrado y que ahora le pagaba de esta manera. En una conferencia en Navarra, se negó a opinar sobre su bajada de sueldo. «Se trata de una medida que nos afecta en lo personal». Aunque sí dijo que los políticos en España no están bien pagados. «No es seguro que las remuneraciones en el sector público en España estén a la altura de las responsabilidades». Tenía que prepararse, pues, para una dura batalla y necesitaba aliados. Todavía tenía de su parte al

presidente del Gobierno, con el que aún intercambiaba opiniones sobre los bancos y las cajas. Además, podía acercarse al gobernador del Banco de España y aprovechar a su favor el abierto enfrentamiento de Miguel Ángel Fernández Ordóñez con el ministro de Economía. Rato continuaba siendo un intocable para su partido, pero ya empezaba a darse cuenta del enfado de la calle. Después de que el gobierno le rebajara el sueldo, asistió a un concierto de José Mercé patrocinado por Bankia y fue abucheado por una parte del público.

Rato se enfadó con las informaciones aparecidas en El Mundo acerca de las gestiones al

más alto nivel para fusionar Bankia

y Caixabank, frustradas por él

mismo. Casimiro García-Abadillo

relató una tensa conversación telefónica que mantuvo con el

presidente de Bankia sobre una información titulada «Fainé y Rato ofrecieron a Rajoy y Mas la fusión

La Caixa-Bankia». «Esa historia que

publicas hoy es un cuento chino», le dijo. El periodista, sin embargo, confirmaba con fechas dos encuentros entre Rajoy y Rato, y Fainé y el presidente de la

Generalitat, Artur Mas, para impulsar la fusión de las dos cajas. El presidente de Bankia insistía en que la operación solo beneficiaría a la caja catalana y que él podía salir del atolladero sin ayuda exterior. El enfrentamiento entre Rato y el ministro de Economía empezaba a preocupar seriamente a muchos dirigentes del PP de la misma manera que las instituciones internacionales, los mercados, los analistas y la prensa financiera empezaban a hablar de Bankia como de un enfermo muy grave. En febrero, un grupo de análisis del FMI se desplazó a Madrid para

elaborar un informe sobre los bancos españoles, con la ayuda y colaboración del Ministerio de Economía. El documento fue el tercer misil lanzado por Luis de Guindos contra Rodrigo Rato cuando ya era evidente que el presidente de Bankia no iba a entregar su cabeza de forma voluntaria. El informe fue hecho público por el FMI, con el visto bueno del gobierno español, y sin llamar al enfermo por su nombre dejaba claro que Bankia debía adoptar «medidas prontas y decisivas» para reforzar su balance y mejorar su gobernanza. «Para

preservar la estabilidad del sistema financiero». El FMI recomendaba inyectar dinero público en las cajas dañadas. Precisamente este era un elemento claro de fricción entre Rato y el gobierno. Mariano Rajoy se había comprometido a no destinar fondos públicos para reflotar a los bancos y el presidente de Bankia sostenía que de ninguna crisis financiera mundial se ha salido sin dinero público. La respuesta de Rato al FMI y a Luis de Guindos fue clara. La dio un día después ante el consejo de administración de BFA celebrado en Valencia. El presidente les dijo que

todo iba bien, lanzó un mensaje optimista e intentó tranquilizarles. Rato creía tenerlo todo bajo control. Su tranquilidad reposaba en un plan de saneamiento de la caja que en ese momento estaba negociando con el Banco de España para presentarlo en sociedad… el lunes 7 de mayo. Mientras él preparaba su plan que incluía ayudas públicas por valor de casi 7.000 millones de euros, el presidente del Gobierno tenía pesadillas con Bankia. Allá donde iba por el extranjero solo le hablaban del enfermo. El FMI, Merkel, la UE, el BCE. Todo el mundo le exigía una solución rápida