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EL MAR QUE SE ESCAPÓ DE MIS SUEÑOS

Estefanía Navarro Royet Institución Educativa Aguas Negras Montería

El miércoles 27 de agosto se me escapó el sueño de por fin conocer el mar.

Mientras que, para algunos de mis compañeros, ir a la playa es como ir a la

esquina, y para muchos paisas y rolos, pasar temporadas completas en zonas

costeras, es el plan vacacional de, por lo menos, una vez al año, yo que he vivido

toda mi vida relativamente cerca a el, paradójicamente no lo conozco.

El sábado 23 de agosto, las oraciones de mi abuela se veían interrumpidas por el

vibrar incesante del celular en el bolsillo de su vestido. Ella libera una de sus

manos de una especie de nudo que su vieja camándula hace entre sus muñecas,

y mira la pantalla medio borrosa a causa de los rayones y las caídas. Se acerca el

celular a la cara frunciendo el ceño, trata inevitablemente de enfocar la vista. El

celular sigue vibrando incesantemente en su mano derecha.

Desde mi mecedora escucho el zumbido del celular hasta que se silencia entre las

manos agrietadas de la abuela, ella vuelve a meter el móvil en su bolsillo y

continúa con sus plegarias.

De un momento a otro percibo el zumbido ahogado en su bolsillo, ella no

interrumpe esta vez, y continúa ferviente a sus letanías. Allí seguía, frente a la

imagen desgastada de la Virgen del Carmen, con su mirada perdida y balanceada,

como queriendo revivir todos sus muertos.

Pero nuevamente el zumbido regresa como mosquito trasnochador, y me dice:

contesta tú. Yo tomo el celular y escucho la voz de mi tío Alberto, quien me dice,

¡Hola mija!, y yo grité, ¡Tío!

El corazón se me quería salir de la emoción. Mi abuela escucha el nombre de mi

tío y me quita el celular. Con una voz ahogada, entre la desesperación y la

melancolía, le dice, mijito, ¿Cómo estás?, ya te habías olvidado de esta vieja.

El tío Alberto se había ido a vivir a Bogotá hacía 15 años. Es hijo de crianza de mi abuela, pero ella lo ama como si lo hubiera parido, y es más apegado a ella que sus propios hijos.

Mi abuela

preparemos la casa que el martes llega tu tío Alberto con los niños, que quieren conocer el mar. La felicidad de volver a ver a mi tío se eclipsó ante la posibilidad de por fin tener la oportunidad de conocer el mar.

se

fue

a

lo

último

del patio

a hablar con

él; al colgar me dijo,

El martes a las 6:30 de la tarde, llegaron mi tío y mis primos. Mi abuela estaba contenta con la visita, estaba toda vuelta una loca, no sabía dónde ponerlos. Mi tío me trajo un reloj y una pijama, y me preguntó:

-¿Y

tú estudias mañana?

-Sí

tío, mañana tengo clases.

- Ummm, ¿cómo así?, ¿o sea que no te irás con nosotros para Tolú?

Él se puso las manos en la cabeza, y dijo: ¿y si mandamos una excusa y nos acompañas? los niños quieren que tú nos vayas con nosotros. Por mi mente pasó todo el horario del día siguiente, y me imaginé las caras de los profesores pasando lista, la seño Nora, la seño Rosa y al profe Sánchez.

Yo buscaba una solución, y como quien no quiere la cosa, dije: bueno, a la seño

Nora le envío el taller de matemáticas que dejó; con el profesor Sánchez no tengo problemas, pero la seño Rosa, ¡uy, Rosa! para colmo es la directora de grupo. Ummm… seguro me regaña, pero… ¡Ay, qué importa, aguanto el regaño, yo me voy con ustedes tío!.

Ya todo estaba listo para mi gran encuentro con el mar. Esa noche no pude

dormir imaginando más allá de lo que conocía solo en fotos y en televisión ¿Qué

se

sentirá estar dentro del mar?, ¿será tan salado como dicen? Y entre preguntas

sin

respuestas, me quedé dormida.

Al

día siguiente, me levanté muy temprano. Salimos de Las Babillas a las 6:30 de

la

mañana. Llegando al puente de Aguas Negras paramos a comprar unos

mecatos, pero mi abuela dijo: no, Albertico, aquí no, mejor en Lorica compramos todo. Recuerdo que también había un señor vendiendo El Meridiano de Córdoba. Mi tío le dijo:

-Mamá, pero deja y compro el periódico. -No, mejor compramos todo en Lorica; además, vas manejando y no lo puedes leer.

La verdad, yo tampoco quería que mi tío parara, pues entre más demorara en

llegar, más tardaría yo en cumplir mi sueño; pero si mi abuela no se hubiera opuesto a que mi tío comprara el periódico, mis ilusiones no hubieran crecido tanto, mi mente no habría volado tan alto y el estrellón no me hubiera dolido como me duele ahora.

Ya casi llegando a la carretera principal, el tío Alberto le dice a mi abuela: Mami,

me dijeron unos amigos, que vinieron hace poco, que la carretera hacia Arboletes está muy buena, que el alcalde la dejó como una mesa de billar ¿Qué tal si mejor vamos a Arboletes?

Mi abuela hace un gesto de desagrado y responde: no, mijito, dejemos las cosas

como la habíamos planeado, nosotros salimos para Tolú y vamos para Tolú; además, ya usted reservó la cabaña.

Mi tío no hizo más comentarios y continuó manejando. Al mismo tiempo, iba

admirando el paisaje colorido de la tierra que hacía 15 años no había visto.

Llegamos a Lorica, paramos en la Olímpica y compramos mecato, cremas para el cuerpo, champú, entre otras cosas. Cuando ya habíamos comprado todo, mi tío dijo: ahora sí voy por el periódico, pero mi abuela le dijo: espérate, mira, en la otra esquina venden las arepas de huevo que tanto te gustan, y señaló hacia un puesto de fritos que tenía una señora bajita, gorda y morena.

Las arepas se veían deliciosas, tenían una textura esponjosa y un color amarillo

brillante. El olor característico de los fritos de la costa hicieron olvidar a mi tío del periódico, eran las 8:45 de la mañana, y el día pronosticaba un sol de esos que te tuestan la piel. Yo me imaginaba bronceándome en la playa, mientras que un par

de negritas me hacían trencitas.

El desayuno, a punta de arepa de huevo y avena cocida, hizo definitivamente que

mi tío se olvidara del periódico. Nuevamente, contentos, felices y hasta cantando,

emprendimos el viaje rumbo a Tolú.

Yo no podía creer , que ya, tan pronto, estaría de frente a la inmensidad del mar,

cosa que no había hecho antes porque cuando en la cuadra organizaban algún paseo a la playa, mi abuela nunca me dejaba ir, según ella porque yo no sabía nadar, y temía que me fuera a ahogar, pero en el fondo yo sabía que era por plata. Al llegar al primer puesto de control de San Antero, los militares de la base naval le hicieron seña a mi tío que orillara el carro, mientras que otro le pidió que se bajara. Retenes de rutina, pensé yo.

Mi tío se bajó, sacó sus papeles y se los enseñó al militar, de pronto, noté que mi

tío discutía y manoteaba con el militar. Después de unos minutos, mi tío se acercó con cara de decepción.

Le dije a mi abuela que a mi tío como que le faltaba algún documento. Mi abuela

expresó: ¡erdaaaa!Yo le respondí: pues así sea en un bus o a pie llegamos porque llegamos.

No sé de dónde sacó mi tío un periódico. Precisamente era El Meridiano de Córdoba, el mismo que mi abuela en varias ocasiones había evitado que comprara. Al llegar al carro, le dijo a mi abuela: mira, mamá, las playas están cerradas. Le mostró la noticia del periódico.

Las playas las habían cerrado debido a que, en días anteriores, había caído al mar, agua de lastre contaminada, proveniente de un buquetanque. Yo sentí como

un baldado de agua fría bajando por todo mi cuerpo.

En ese momento se me escapó el sueño de conocer el mar, sentí una gran decepción que aún no supero. Después me puse a pensar que no fui la única en vivir esta tragedia, pensé en las personas que, como yo, se habrían quedado sin conocer esa maravilla natural.

Mi tío cogió una rabia y empezó a maldecir, mientras mi abuela lo reprendía

diciéndole, ¡no, señor!, no ofendas a Dios, por algo pasó esto. Él es tan misericordioso que quién sabe de qué nos estará librando.

Mientras, yo pensaba cómo podría estar esas playas solitarias, y cuánta pérdida podrían tener todas aquellas personas que viven del turismo.

Pudimos haber buscado otros balnearios, pero mi abuela se opuso. Para ella era claro que esa era una señal del destino. “Y a las cosas del Señor no se le buscan peros”, dijo mientras agradecía a la Virgen del Carmen el habernos librado de cualquier peligro. Yo en mi asiento, mientras tanto, rezaba a Dios para que mi tío se decidiera ir a otra playa.

Al regresar a Las

sancocho; el tío Alberto saboreaba su plato y se quedaba pensando.

Babillas, mi abuela mató una gallina e hizo un delicioso

Supongo que lo que él quería comer ese día era pescado de mar, y yo, disfrutar de la inmensidad del mar, oportunidad que se me había escapado por un problema ambiental. Estoy segura de que si al salir de Las Babillas, hubiéramos visto la noticia en el periódico, quizá mi tío hubiera convencido a la abuela de ir a Arboletes y, aparte de conocer el mar, también hubiera podido conocer el volcán.

Mientras mi abuela continúa agradeciendo a Dios y a la Virgen del Carmen el habernos librado de un supuesto peligro, yo sigo rezándole a Dios, a la Virgen y a todos los santos, que se me dé la oportunidad de conocer el mar.