Tema 2: Espiritualidad dominicana

Espiritualidad dominicana
¿Se puede hablar de rasgos característicos de la "espiritualidad dominicana?
Algunos dirán inmediatamente que es imposible, pues no hay una espiritualidad específica
de la Orden. Otros, por el contrario, proponen respuestas tan variadas que no es fácil hacer
una síntesis de las mismas. Y hay todavía otros que dicen que, para responder a la
cuestión, bastaría fijarse en las grandes figuras de santidad de la Orden. ¿Qué camino
escoger?
No propongo aquí una respuesta definitiva a la cuestión, sino más bien algunos
elementos para que cada uno pueda comprometerse a una reflexión sobre este tema. Y no
sin antes haber expresado la siguiente convicción. La vida cristiana es toda ella una vida
según el Espíritu. Por eso, hablar de "vida espiritual" no es hablar de una dimensión de la
vida humana "separada" de la vida normal, sino más bien del misterio que habita en ella.
San Pablo escribía a los corintios: "Vosotros sois una carta de Cristo confiada a nuestro
ministerio, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo, no en tablas de piedra, sino
en tablas de carne, en vuestro corazón" (2 Cor 3, 3).
Por eso, cuando hablamos de "la vida espiritual" lo que tratamos de decir es cómo
desea cada uno mantenerse disponible a esta acción del Espíritu. Las diferentes tradiciones
y "escuelas" espirituales proponen orientaciones para ello. Pero a través de esa diversidad
se indica un mismo horizonte: el horizonte de la santidad. La llamada a la santidad es, de
hecho, la llamada a vivir según el Espíritu. La buena noticia del Evangelio se hace oír en el
seno de nuestras vidas humanas: la humanidad de cada uno es camino de santidad, es
decir, camino en el cual cada uno puede descubrir su propia capacidad para la santidad,
capacidad de ser plenamente humano y, por eso mismo, adaptado a la santidad de Dios.
Capaz de Dios.

Hombres y mujeres evangélicos y
apostólicos: una espiritualidad de la
predicación
Se habla de santo Domingo como de un hombre evangélico y apostólico, y esta
definición es el punto de apoyo de la "espiritualidad dominicana". Animado por el ejemplo de
los primeros discípulos que vivieron con Jesús y le siguieron cuando iba a predicar a través
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de ciudades y aldeas (Lc 8, 1-3), Domingo acogió a los que venían a él para tomar parte en
la predicación. El ardor y la alegría del anuncio de la "buena noticia del Reino de Dios"
marcan el tono de la espiritualidad dominicana. La alegría evangélica es la que hace
descubrir a cada uno su propia capacidad para caminar tras los pasos del Señor y para
acoger las palabras de Jesús en el Evangelio como una llamada confiada a asumir
audazmente un compromiso con él, cada uno en la medida de sus posibilidades. Alegría de
descubrir que cada uno tiene, a su vez, la capacidad de llegar a ser un "amigo de Dios".
Alegría de aprender así, en compañía de otros, a mirar al mundo con realismo, pero también
con benevolencia, y a amarlo como un mundo al que Dios ama y al que, a través de su Hijo,
viene a proponerle su amistad. Esta alegría es la de la fraternidad evangélica, anclada en la
amistad con Jesús. Es también la alegría apostólica de los que oyen la palabra del Señor a
María Magdalena en la mañana de la resurrección: "Vete a decir a mis hermanos...". La
espiritualidad dominicana está animada por la alegría de ese envío: anunciar que el Señor
está vivo, que ha vencido a la muerte, que la muerte no es la última palabra de la historia,
porque al mundo se le ha prometido la comunión y esta promesa se cumple en la vida
nueva que Cristo nos ha dado. Una espiritualidad que nos impulsa a que vayamos a decir a
nuestros contemporáneos que Dios desea entablar con ellos una alianza de amistad, en
beneficio de la vida de cada uno y de la vida del mundo.

Una espiritualidad de la Palabra
La Orden de Predicadores está dedicada a la evangelización de la Palabra de Dios.
La escucha de la Palabra es lo que debe constituir el corazón de la vida de cada uno de sus
miembros, manteniéndose vigilantes en el servicio a esa Palabra. No se trata únicamente de
leer la Sagrada Escritura, sino más bien de reconocer, a través de las páginas que leemos y
que recogen la historia de Dios con la humanidad, la obra de gracia que es la Presencia
actual de ese Dios de la revelación. Leer la Escritura es, en efecto, escuchar la
conversación de Dios con la humanidad, ese dirigirse de Dios a cada uno, al mismo tiempo
de su presencia en la historia. Se trata de la Palabra que nos mantiene atentos a reconocer
el dinamismo de la venida de Dios entre los hombres, plenamente realizado en la venida de
Jesús -como advenimiento de la misericordia-, que lleva a su cumplimiento la historia de la
salvación, de la que habla esa larga conversación sobre la salvación que es la Biblia. Y es
también la escucha de la Palabra la que nos mantiene atentos a la acción del Espíritu en
esta historia hasta el momento presente. La lectura de los signos de los tiempos supone esa
vigilancia por la cual se disciernen, en la historia del mundo, los momentos característicos
de la aspiración a la salvación.
En la escuela de santo Domingo, la opción por aprender a convertirse en "seres
dedicados a la Palabra" implica la globalidad de la existencia. Se cuenta que, al encontrarse
con hombres que padecían hambre, Domingo decidió vender su Biblia para abrir una
"limosna" [centro de beneficencia], declarando: "yo no puedo estudiar en pieles muertas
mientras hay hombres que mueren de hambre". Para él, el deseo de Dios no puede estar
desconectado de la preocupación por el hermano, a causa precisamente de lo que la
Sagrada Escritura nos permite descubrir de la realidad del mismo Dios. No sólo es el Dios
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de la alianza, que se preocupa del pobre, de la viuda y del huérfano y se mantiene a su
lado. Es también el Dios que llama a los humanos a unirse a él en esa "labor de alianza", a
comprometerse con él en los "márgenes de la historia humana", a fin de actuar con él para
establecer una comunión humana en la que se reconozca a cada uno su lugar, se respeten
y promuevan sus derechos fundamentales, y cada uno tenga su propia y única
responsabilidad inherente a su dignidad de hombre.
En el seno mismo de esta compenetración primera con la Palabra se percibe una
espiritualidad habitada por la contemplación del misterio de la Encarnación, por el cual el
tiempo de Dios viene a habitar en el tiempo humano y a transfigurarlo. La tradición de la
meditación y predicación de los misterios del Rosario, tan importante en la historia de la
Orden de Predicadores, pone de manifiesto el lugar central que se le da a la Encarnación en
la estructuración de la vida espiritual de la familia dominicana.

Una espiritualidad del Encuentro
El Sínodo para la nueva evangelización, en su mensaje final, subrayaba la
importancia de la evangelización, del encuentro. Escrutar la Palabra de Dios conduce a
reconocer todos esos momentos de encuentro que marcan la revelación de la presencia del
Nombre de Dios. En su intuición inicial, Domingo -y el obispo Diego con él- indicó este
camino del encuentro como el camino por el cual se llega a ser predicador. La predicación
invita a situar la itinerancia dominicana entre el encuentro que se da en la primera
comunidad de Jesús predicador y el encuentro de Emaús.
Santo Tomás de Aquino describe el misterio de la Encarnación como el advenimiento
de la misericordia. La verdad que se revela en esta misericordia, corazón de la predicación
de la Orden de Predicadores, indica al predicador que, para él, el camino del encuentro
debe ser el de la compasión. Algunos hitos, a través de los múltiples encuentros narrados
por el Evangelio según san Lucas, permitirán dibujar ese camino. En primer lugar, lo vemos
iluminado siempre por el encuentro inaugural del Ángel con María: Dios viene al encuentro
de la humanidad en su historia y desea transfigurar esa historia para que se inserte en la
perspectiva del cumplimiento en plenitud de su Alianza con los hombres. El Señor de la
creación llama a la humanidad a nutrir su existencia en la comunión, sin condición de razas,
pueblos ni naciones (Is 58). Él lanza esa llamada manteniéndose al lado de quienes, en este
mundo, parece que no cuentan para nadie que no sea él (el pobre, la viuda, el huérfano),
pero a partir de esos márgenes de la historia es como pretende establecer firmemente a su
Pueblo como signo de la Promesa para todos. Por eso, la venida de Dios entre los hombres
es, al mismo tiempo, el signo de la confianza de Dios en la capacidad que tiene la
humanidad para la comunión y la unidad, así como en la capacidad de cada uno para
ejercer la hospitalidad con Dios. ¡Isabel, Zacarías, los pastores, Simeón y Ana no se
equivocaron al cantar la historia transfigurada del mundo!
Este primer encuentro es en cierto modo el modelo de todos los demás que recoge el
Evangelio, indicando cada uno una "valencia" específica. Ahí está el encuentro del Niño con
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los doctores en el Templo, como para indicar que, en el seno de todo encuentro, de lo que
se trata es de la búsqueda en común de la verdad. Y es como un niño que el Señor acerca a
sí para implicar a los doctores en esa búsqueda, como para manifestar que no se trata de
hacer valer argumentos de autoridad o de "conocimiento" racional, sino más bien del deseo
apasionado de comprender y conocer. El ser humano es capaz de verdad y la historia de los
hombres puede construirse pacientemente como historia de la búsqueda en común, fraterna
y amistosa, de la verdad de la Presencia que hay en todo lo que existe. Todo encuentro está
animado por esta confianza en la capacidad del hombre para la verdad, a través del
reconocimiento, el respeto y la promoción de la capacidad y la humildad de la inteligencia
humana creada por Dios.
Vienen después múltiples encuentros de curaciones, primero de enfermos (el
endemoniado, el leproso, el paralítico), y también de pecadores (los amigos del pecador
Leví, la pecadora perdonada a causa de su amor). Estos episodios de encuentros de la
Misericordia con los hombres manifiestan que esta venida quiere restaurar lo humano, por
encima de lo que lo divide (tanto las divisiones entre los hombres como las divisiones
interiores que cada uno puede sufrir); por encima de lo que establece exclusiones en la
humanidad (como el caso de la lepra, por ejemplo); por encima del pecado. La curación restauración- tiene, pues, siempre como objetivo no solamente "reparar a los vivos" (el título
de una novela francesa reciente), sino también restaurar a cada uno en el lugar que le
corresponde en medio de todos y en su capacidad para ocupar su lugar y para ser en él
agente de comunión, con la gracia de Dios. En este horizonte es donde el Predicador debe
comprender la llamada que se le dirige en la tradición de la Orden para que aprenda a leer
los "signos de los tiempos".
Estos encuentros de curación son en cierto modo el "signo" de la restauración de la
Alianza prometida, es decir, de la posibilidad de leer la historia humana -y de amarla,
respetarla, contribuir a su cumplimiento en plenitud- como prolegómenos de esa alianza.
Eso es lo que significan los dos episodios de los ciegos curados en el camino (el encuentro
borra las fronteras del extranjero), y de Zaqueo (la llamada establece la comunión humana
muy por encima de lo que podría construir el hombre por sí mismo). Es también lo que
significa la curación de la mujer hemorroísa, que encuentra su sentido (curación y
restauración en la alegría y la fecundidad) en el seno de un encuentro de curaciónresurrección, prototipo en cierto modo de todo encuentro.
Pero no podemos olvidar que el Evangelio recoge también los encuentros de Jesús
con Herodes y Pilato, en los cuales debe afrontar la traición, la mentira, los compromisos
culpables, el absurdo, el mal y la muerte. Jalonado por este tipo de encuentros evocados
más arriba, el camino de los encuentros humanos es siempre, más o menos, camino por el
cual Jesús viene a unirse a lo humano para afrontar ese "reverso del mundo", reverso de la
historia que sólo Él puede afrontar sin perderse. Así es como se podría considerar el último
encuentro -y al mismo tiempo primero- en el camino de Emaús como modelo mismo del
encuentro de la evangelización. A lo largo de este encuentro, Jesús resucitado nos llama a
construir nuestros encuentros apuntándonos a su escuela: acercarnos a los caminos de la
humanidad sin temor a oír los balbuceos de la búsqueda de verdad ni los desánimos de la
pérdida de esperanza, acercarnos para encontrarnos y escuchar, entrar en conversación
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amistosa y, con la discreción misma de Dios que mendiga la hospitalidad humana, insertar
la memoria y la actualidad de la Palabra en el corazón de la conversación de los hombres,
dejarnos retener, compartir una comida, para finalmente partir el pan y darlo. En este
sentido, la espiritualidad del encuentro establece en el corazón de los Predicadores la
convicción de que la Iglesia de Cristo se construye en la misma medida en que se hace
palabra, diálogo y conversación, como proponía el papa Pablo VI.
En la familia dominicana, la fraternidad, en el seno de la familia misma y con aquellas
y aquellos a los que somos enviados, es la modalidad según la cual deseamos dejarnos
convertir para ser testigos y agentes de esta "conversación".

Una espiritualidad del estudio
La escuela de vida cristiana de Domingo es una escuela de contemplación de la obra
de la gracia de Dios en y para la historia de la humanidad. Los lugares privilegiados de tal
contemplación son la Escritura o el encuentro fraterno, como hemos visto. El estudio es un
tercer lugar para esta contemplación, en cuanto se le debe reconocer como un tercer
camino de santidad, de santificación. ¿Significa eso que la tradición dominicana estaría
reservada a quienes tienen capacidades superiores para el estudio? No, se trata más bien
de afirmar que, en cuanto creado a imagen y semejanza de Dios, todo ser humano lleva en
sí mismo la capacidad de participar, en su propia y justa medida, en el misterio de la
inteligencia de Dios. Estudiar no consiste en acumular conocimientos, sino en elaborar un
"saber práctico de Dios" que conjugue las capacidades del intelecto con las del corazón,
para hacer de esta conjunción -en la cual el corazón y la razón son guardianes respectivos
uno de otro- el punto de apoyo de una vida humana orientada hacia Dios. Una vida humana
que aportaría su propia contribución a la inteligibilidad de la gracia de Dios en la historia
humana. Por eso, estudiar, para la tradición de Domingo, no es sólo estudiar la ciencia
teológica, sino también conceder total estima a la capacidad de la inteligencia humana para
hacer inteligible la realidad de las cosas creadas, para elaborar nuevos saberes por los
cuales el ser humano pueda asumir su responsabilidad de guardián de la creación y de su
hermano. Una espiritualidad del estudio es una actitud interior que conduce a dejarse
interrogar por las capacidades inteligentes del ser humano, reconociendo en ellas, a la vez,
la huella de la inalcanzable inteligencia divina y la confianza inaudita que Dios pone en la
inteligencia humana para participar en el misterio del cumplimiento de la creación. Al mismo
tiempo, el estudio es camino de contemplación de la gracia de Dios activa en el mundo.
Esta gran estima por el estudio en la tradición dominicana es una llamada insistente a
prestar mucha atención, estima y confianza a la capacidad de la inteligencia humana. Se
trata del poder de la gracia de Dios, cuya huella puede verse en los esfuerzos de los
humanos por hacer inteligible la realidad del mundo en cuanto ésta está totalmente puesta
por Dios bajo la vigilancia de los humanos, pero también en cuanto es conducida por Dios
hacia su cumplimiento y su salvación, según la promesa que Él nos hizo.

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Palabra, Encuentro, Estudio: tres caminos para la contemplación. En efecto, la
espiritualidad dominicana nos invita a una manera de vivir que pone en el centro de todo la
contemplación de la gracia de la misericordia de Dios. Cuando la Orden adopta como lema
"Veritas" nos invita, en efecto, a hacer de la contemplación el centro de nuestro anuncio del
Evangelio. No solamente para "transmitir lo que hemos contemplado", sino también para
transmitir a los demás el deseo de vivir la alegría de la contemplación de la verdad que es
Jesús, el Hijo del Padre que dio su vida para que el mundo tuviera vida.
Para el Predicador, anunciar el cumplimiento de esta promesa es su camino de
santidad. Camino y espiritualidad.

Fray Bruno Cadoré, OP
Maestro de la Orden de Predicadores
Doctor en Medicina y en Teología
Santa Sabina, Roma

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