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Tiene algo de director de orquesta y de científico loco, algo que le gusta.

El pelo en
tramontana y las ideas muy claras. Lo primero que veo son sus manos en
movimiento, la más genuina de las gestualidades del italiano medio, cómo pasea su
mirada despistada por el techo del hotel y sortea las escaleras como si tuviera
veinte años menos. Su “Carta a un adolescente” (publicado por RBA y Edicions
Bromera en España) es uno de los libros de no ficción más leídos en Italia, y en sus
páginas da claves, no dogmas. Vittorino Andreoli, perfil de cómic, nació hace 66
años y vive en Verona, es padre de tres hijas y abuelo vocacional. Desde que
atendió a su primer paciente, y de ello hace ya mucho, este médico cirujano
psiquiatra no ha dejado de implicarse en el día a día de la juventud de su país.

¿Qué tipo de adolescente fue usted?

Muy infeliz. Viví en un mundo destruido donde los adolescentes teníamos que
encargarnos de los problemas heredados por la guerra y aprovechar el viejo traje
del padre.

¿Se atrevería a definir en una sola palabra a los adolescentes de hoy?

“Hiperconcretos.” Ligados al “ahora”. No tienen percepción del futuro, y sin futuro


no hay ideología. Mi padre fue antifascista, y antes de percibir mis propios deseos
yo ya estaba identificado con eso. Después de la guerra mis amigos y yo teníamos
un sueño: reconstruir el mundo. Hoy… ¿qué quiere que reconstruya un joven?

Pues el mundo está muy mal, puede empezar por cualquier lado.

¡Lo único que le queda es destruir! La adolescencia empieza con un hecho


biológico, que es la pubertad, pero termina con una convención social, cuando la
sociedad decide. Un joven de 18 años sólo piensa en sí mismo y en “sus” amigos. Y
destruye porque está en metamorfosis.

¿Por qué para el adolescente lo más importante es el grupo, más que la


familia, incluso más que la pareja?

Esa es una buena cuestión. Primero tenemos que explicar lo que es la


metamorfosis. Ya lo hizo Kafka y es el ejemplo más útil. Un hombre se levanta una
mañana y se da cuenta de que es medio hombre y medio insecto. Aterrorizado, no
puede ir a trabajar.

¿El adolescente no se gusta nunca?

Casi nunca. La metamorfosis de un adolescente es muy parecida a la de Kafka: su


cuerpo cambia y no sabe qué va a pasar. La niña ve como sus pechos y sus caderas
aumentan y si alguien le dice “que guapa eres”, cree que le están tomando el pelo.
El niño descubre su acné y una barba inconcreta… ¡se siente horroroso!

Para luchar contra esa inseguridad busca ungrupo donde sentirse entre
iguales.

Porque mirándose el uno al otro, como en un espejo, sobrevive. Sus padres le


controlan y la escuela le parece un lugar de crítica. En todos lados le vigilan, le
restringen, solo en “su” grupo se sienten libres. No tienen otro lugar. Nosotros
colocamos unos diminutos micrófonos a los pies de unos grupos que se reunían,
cada día, en un típico lugar de Verona. Queríamos saber “qué se dicen cuando
están juntos”. Bien, pues ¿sabe de qué se hablan?

Hablarían de fútbol, ellos, y de chicos ellas.


¡Nada! No se decían nada, sólo frases inconexas: “Pásame el cigarrillo”, “¿dónde
vas?”, “¿viste mis zapatillas”?… Ni un solo tema profundo. Les bastaba con estar
juntos horas y horas, compartiendo oxígeno. Sin nadie que moralizara. Los padres
se preguntan: “¿Qué se explicarán mi hijo y sus amigos, tanto rato colgados del
teléfono?” Nada. No dicen nada ¡están!

Tengo la impresión de que los padres de hoy andamos un poco


despistados.

¿Un poco? ¡Del todo! Por eso escribí “Carta a un adolescente”. En realidad, es un
mensaje escrito desde la mente del padre que tiene necesidad de gritar: “yo quiero
decirte esto, hijo”. Pero toda carta espera una respuesta.

¿Es posible tratar a esos adolescentes sin acabar en una discusión?

Los adolescentes son inseguros por definición y nunca son las discusiones las que
les darán estabilidad. De entrada, el joven no tiene la misma visión del dinero que
su padre ni la misma percepción del amor.

Empecemos por el dinero. No tienen ni idea de lo que significa ahorrar.

Porque el padre le dice: “Debemos ahorrar para el futuro”. ¡Pero si el adolescente


no percibe el futuro! En eso, como en casi todo, los padres deberían decirle: “No
estoy de acuerdo con lo que haces pero siempre seré tu padre/tu madre, que te
quiere bien. Pase lo que pase, aunque no nos pongamos de acuerdo, estaremos
aquí”.

A menudo, cuando el hijo pasa de niño a adolescente, los padres intentan


sustituir el castigo por el pacto.

Mal, mal. ¡Esa es una incoherencia! Un ejemplo. El padre llega, de noche, a casa,
cansado, y le responde al hijo en mal tono. El hijo piensa: “Me trata mal”. Por la
mañana, antes de ir a trabajar, el padre se siente culpable y a la hora del desayuno
le da 15 euros. El chaval los acepta pero no sabe por qué, no entiende nada. Y así
es como la duda se cronifica y el chico llega a una conclusión: “Aquí no hay reglas,
cualquier cosa que yo haga valdrá. O no”.

¿Entonces, usted qué propone?

La comprensión, los vínculos. La única vía posible es la afectiva.

¿Un adolescente obediente también debe preocuparnos?

Claro. Déjeme que le cuente otra pequeña historia. ¿Le molesta?

No lo pasaba tan bien desde “Las mil y una noches”.

¡Bravo! Usted ha entendido que estoy en contra de los manuales. No hago teoría.
Una vez impartí una conferencia sobre las dificultades de comunicación entre las
generaciones.

Al final se acerca a mi mesa una madre, elegante, que lleva de la mano a una chica
de unos 16 años. Se parecen mucho. Me dice: “Profesor, qué bonita conferencia.
Pero yo y mi querida Francesca nos llevamos de maravilla, jamás hemos discutido”.
No dije nada, pero pensé: “Una de las dos necesita tratamiento”.
Eso tranquilizará a muchos padres. Les dice que no hay adolescencia sin
rebeldía.

Si un adolescente no se muestra nunca, nunca, conflictivo puede que finalmente


“no quiera crecer”. A eso le llamamos el síndrome de Peter Pan.

En el último lustro han reaparecido multitud de síndromes. El síndrome del


Emperador, por ejemplo. En su libro cita usted un ejemplo espeluznante
de un chico que mató a sus padres porque no le compraban un coche de la
marca que él reclamaba…

Como veo que le gusta, voy a contarle otro pequeño episodio. Después de algunos
estudios, ¿sabe qué descubrimos?, que losadolescentes que se muestran más
agresivos o más violentos contra sus padres son aquellos que, en la infancia,
tuvieron una excelente relación con los padres.

¡Hombre, no nos desanime!

Asusta, ¿eh? ¿Sabe qué ocurre? Que para ellos resulta más difícil destacar. Les
cuesta más romper ese vínculo que se desgaja al crecer. Acaban imaginando a los
padres como enemigos, quieren irse de casa, se vuelven agresivos. Hay que
entender que estos chicos deben hacer un esfuerzo mayor que el resto para pasar
de la protección familiar a la selva de la sociedad.

¿Me está diciendo que los más pobres crecen mejor porque han estado
más desprotegidos?

En los barrios de las afueras de las grandes ciudades no se dan estos casos. Porque
ya tuvieron una infancia edificante, porque crecieron valorando cosas, porque
sortearon obstáculos.

¿Es cierto que al principio de su carrera usted se divertía reconvirtiendo


los fríos expedientes clínicos del hospital donde trabajaba en verdaderos
relatos novelados?

Yo era un joven aprendiz y me atraía mucho el mundo de la locura. Cuando empecé


a trabajar con los pacientes tenía que rellenar el papelito de siempre: ¿ha dormido?
¿Ha comido? ¿Se tomó la pastilla? Reducir una existencia a esas míseras preguntas
me resultaba inaceptable. ¿Qué hice?

Empezó por hacerse amigo de un esquizofrénico.

Exacto, rellenaba las preguntas pero al lado anotaba su historia con todo lujo de
detalles. Ese esquizofrénico era una persona extraordinaria. Mi madre estaba muy
preocupada porque los fines de semana, en lugar de llevar chicas a casa yo llevaba
esquizofrénicos.

¿Cree que ha salvado a alguno de sus pacientes de un suicidio?

Yo me implico mucho, conmigo los adolescentes tienen una excelente relación, sé


que les inspiro confianza, pero sólo estoy seguro de una cosa: si alguna vez he
curado a alguien es por mi propia imperfección.

¿Su imperfección le acerca a los problemas de los jóvenes?


Hay días en que me parece que me he equivocado en todo. ¡Creo entender el dolor
porque conozco el dolor! Me gusta decir que el peor error de un padre es querer
parecer perfecto al hijo. Fingir que uno no tiene fisuras. La verdadera fuerza de la
educación es la imperfección.

Nos acaba usted de sacar una mochila de encima. Entonces… ¿no es malo
que los hijos nos vean dudar o sufrir? ¿Ya no debemos disimular cuando lo
pasamos mal? ¿Podemos llorar en su presencia?

Nada, nada… ellos tienen que ver que ustedes son personas, con sus momentos, su
humor, sus subidas y sus bajadas, y cuando pasan un momento duro, díganselo,
compartan. Si el hijo se da cuenta de que los padres pasan momentos difíciles
tienen más fuerza para explicar los propios.

Me preguntaba qué tipo de padre ha sido usted.

Mis tres hijas ya son mayores. Pero cuando eran adolescentes a veces llegaba yo a
casa, la cabeza llena de cosas, y les decía: “Por favor, hijas, esta noche no me
habléis de vuestros problemas, no puedo más… y hoy os voy a explicar los míos”.
Creo que lo entendieron, me escuchaban. Pero cuando ellas tenían un problema, al
primero que visitaban era a su padre.

¿Cuál es el efecto invisible, el daño que infligimos sin darnos cuenta?

El padre perfecto y la madre perfecta. La madre que cada día del año, pase lo que
pase, se levanta puntual, nunca la pillas desarreglada, nunca le duele nada, nunca
olvida nada, eso es… ¡insoportable!

Acaba de hacerles un gran regalo a muchos padres que se sentían


culpables.

Recuerde: fuera culpas, educará mejor.

¿Los padres deben conocer a los amigos de los hijos?

Los padres lo que deben conocer es “el ambiente, el grupo”, la dinámica, en el que
se mueve su hijo. Y en cambio, piensan: “¡Ay, qué bien! Sale con el hijo del
farmacéutico”. ¿Por qué será que el hijo del farmacéutico siempre les parece
bueno? Mejor pregúntese: “¿Puede expresar sus ideas dentro del grupo o se limita a
ser espectador?” y, sobre todo, “¿tiene miedo a la exclusión?”. Porque si eso último
es cierto, él será capaz de hacer cualquier cosa para ser aceptado: si toman drogas,
las probará.

“La madre que cada día del año, pase lo que pase, se levanta puntual, nunca la
pillas desarreglada, nunca le duele nada, nunca olvida nada, eso es…
¡insoportable!”

Hay que abrir las puertas de la casa incluso a los que nos parecen “malas
compañías”.

Claro. Fuera tapetes, alfombras nuevas y cerámicas que se rompen y abra su casa a
los amigos de sus hijos. Así tendrá más elementos de juicio.

¿Qué hacer con los horarios?


Los adolescentes no perciben el riesgo. Yo les digo: “Tú no puedes olvidar que tu
padre y tu madre sufren. Si tú les dices que vuelves a la una de la noche, date
cuenta de que a la una y cinco minutos tu madre ya está pensando que te has
muerto”.

¿Qué le digo si quiere colocarse un pearcing?

Una madre me telefoneó: “Estoy desesperada, mi hija se ha puesto cuatro


pearcings en el rostro”. Hablé con ella. “¿Realmente te gusta?”, le pregunté. “No,
pero todos lo llevan,” Cuando se los quitó, su madre me llamó agradecida. Lo que
nunca supo es que su hija, al quitarse los pearcings se colocó un tatuaje en el
ombligo…

¿Es inevitable que el adolescente mienta?

Son los padres quienes, casi inevitablemente, llevan a los hijos a decir mentiras.

¡Vaya!

Un joven vuelve a casa después de muchas horas de actividades escolares. Tiene


hambre, pero justo en el momento de pasar por la puerta lo primero que le dice su
madre, al menos la de Verona, es: “¿Tienes deberes? ¡Hasta que no los acabes no
sales!”. Empieza el círculo: “¿Dices que no tienes? No te creo, voy a llamar a la
madre de tu amigo”. Con todo… ¡todavía no se ha sentado a la mesa! Si este
adolescente es inteligente, empezará a variar su versión en días posteriores: “No,
hoy no tengo deberes”. No escribirá nada en su agenda escolar.Mentirá.

Entonces, ¿debemos asumir que todos nos toman el pelo?

Todos los adolescentes tienen una doble vida. Nos pasamos los congresos diciendo:
“El nivel de atención baja en el ser humano a partir de los 45 minutos de discurso”.
¿Cómo pretendemos que el joven se pase seis horas escolares trabajando y al
volver a casa siga atento?

Diferencia usted entre cerebro de plástico y cerebro de cristal.


¿Realmente, a nuestros hijos les queda algo registrado de lo que les
repetimos diez veces, o es inútil?

Cuestión interesante. La biología descubrió que una parte de nuestro cerebro se


estructura sobre la base de la experiencia y, por lo tanto, puede cambiar. Mensaje a
nuestro adolescente: “No te preocupes por cómo eres, porque durante el resto de
tu vida puedes cambiar”.Todas nuestras células se consumen, nuestros glóbulos
rojos duran unos siete u ocho días, sin embargo, algunas palabras perduran.

¿Qué piensa de los padres que sobrecargan a sus hijos con actividades
extraescolares?

Que sería bonito que esos padres, si lo quieren tanto, fueran capaces de querer
estar más tiempo junto a él. Una madre debe preguntarse: “¿Quiero de verdad a mi
hijo?” Si, sí, no le parezca duro. Si tú le quieres, tienes ganas de estar con él.

¿Y el padre qué debe preguntarse?

Se ha demostrado que el padre está mejor en la oficina, que retrasa la vuelta para
encontrarlo todo en orden. Siempre tiene reuniones a la hora del baño de sus hijos
pequeños o cuando hay que ayudar a hacer los deberes a los mayores. No se
culpen, ¡cambien!
Suponga que su hija adolescente llega a casa y le dice que está
enamorada de un hombre que tiene 15 o 20 años más que ella.

Es una noticia triste. Esa niña está buscando un padre y ha encontrado un padre
sustitutivo. El riesgo existe, pero es inútil decirle: “No salgas con él”. Hay que
ayudarla a entender por qué le escogió a él.

En los años 60, usted ya consideraba que a un adolescente homosexual


no había que “curarlo” porque no tenía ninguna enfermedad.

Yo les ayudaba a ser homosexuales felices, no a convertirlos en heterosexuales. En


mi país, muchos se casaron con una mujer sólo como tapadera. Hoy la
homosexualidad no es una patología. En 1994 fue borrada de la lista de
enfermedades.

Regálenos un consejo para escribirlo en la cabecera de la cama.

A estas alturas, ya habrá descubierto usted que yo estoy de parte del adolescente.
Un adolescente debería decir a sus padres: “Me gustaría que os llevarais siempre
bien y yo pudiera deciros todo aquello que me da miedo”. Y los padres deberían
conseguir pronunciar una frase: “Estoy haciendo todos los esfuerzos para ser un
buen padre/madre. Tú ayúdame”.

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