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Editorial Andrés Bello Jacqueline Balcells Ana Maria Guiraldes EMILIA EN CHILOE Editorial Andrés Bello Un padre y un hijo con problemas, un antro- pdlogo conflictivo, un rico industrial pesque- ro, la encantadora pero también misteriosa tia de Diego, una joven escultora; la duenha de la hosteria y su protegida, son los perso- najes con quienes Emilia y Diego se encon- traran en una nueva aventura, esta vez en la mitica isla de Chiloé, con sus leyendas, sus brujos, sus duendes, sus aves y sus hier- bas... Pero también con toda su magia y poesia. La atmésfera en que se desarrolla el relato es especialmente misteriosa y contri- buye de manera definitiva a complicar la intriga y las circunstancias en que Emilia se ve enfrentada a un dificil caso policial. Solo su Capacidad de observacidn, su profundo interés por las personas que Ia rodean y por los detalles de la vida diaria la ayudardn a resolverlo, junto a Diego y a su infaltable amigo el inspector Santelices. UR DE 13 ee (NIVEL Ye, ISBN 978.956-13-1918. vi 789561931 Ninguna parte de esta publicacién, incluido et diseno de la cubiena, puede see reproducida, almacenada 0 transmitida en manera alguna ni por aingin medio, va'sea eléctiico, quiimico, mecinico, 6ptica, de geabacion 6 de fotacopis, sin permiso previo del edit. Primera eciclon, 2006, Segunda dick, 2007 "Tercera edkicidn, 2009 Carta edicién, 2010 Quinta edicién, 2010 © JACQUELINE BaLCELLS ANA MARIA GOTRALDES: Derechos excisivas (© EDITORIAL ANDRES BELLO Almada 131, piso, Santiago Retro de Propiedad Intelectual Inseripeion N° 158.199, aio 2008, Santiago - Chile Se terminé de imprimir esta quiniaediciin de 1700 ejamplares en el mes de diciembre de 2010 IMPRESORES Salestanos Impresores S.A, TIMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE ISBN 978956-13-19189 JACQUELINE BALCELLS ANA MARIA GUIRALDES EMILIA EN CHILOE ILUSTRACIONES DE CARLOS ROJAS MAFFIOLETTI EDITORIAL ANDRES BELLO A Veronica y Pedro, nuestros anfitriones en Chiloe. Capitulo Uno ENTRE EL AZUL Y EL VERDE El bus ya habia dejado atras Puerto Monit y corrfa por la carretera entre dos paisajes verdes. En los asientos 13 y 14 iban Emilia y Diego. La mucha- cha lefa una novela policial mientras él cabeceaba al vaivén de las ruedas. —,Cuanto falta para llegar al Canal de Chacao? —pregunté una mujer. —Una hora mas 0 menos —respondié una voz mas atras. “Luego de catorce de viaje, una hora era un suspiro”, pens6 Emilia estirando los brazos y pasando a llevar la oreja derecha de Diego. .y! —rezongo el muchacho. —Fue sin querer, perdona. Pero seria bueno que te despertaras porque falta poco para el trasbordo —respondi6 Emilia, revolviéndole el pelo con carifio. Diego se enderez6, la bes6 en la mejilla y asintio con la cabeza. JACQUELINE BALCELLS - ANA MARIA GOIRALDES Los dos fijaron su mirada en lo que habia mas allé de la ventana y se extasiaron contemplando nu- bes claras y oscuras atravesadas por rayos de luz igual que en las estampas religiosas del Antiguo Tes tamento. Pero estas nubes se movian y dejaban a la vista hilachas azules y lagos celestes, A poco andar el cielo ya era blanco, como si un gran alud de nieve hubiera cubierto sorpresivamente el horizonte. —Los cielos del sur son espectaculares —s Emilia con devoci6n —Si —respondi6 Diego, mirando ahora un z00- légico de vapores blancos con fauces abiertas y patas al galope. Cuando el bus pas6 por un camino mas angosto franqueado por inmensos helechos, ambos mucha chos contemplaron admirados la exhuberancia de esos jardines gigantescos que nacian y se cuidaban solos. —Me dan muchas ganas de conocer a tu t —dijo de pronto la muchacha —Y a ella le debe pasar lo mismo contigo. Emilia se qued6 pensativa, Diego ya le habia h: blado de esa madrina misteriosa que escuchaba en cl aire voces de hacia siglos, ruidos de batallas, gritos de socorro y cosas muy dificiles de creer para ella que era tan racional. ‘También sabia que era una mujer muy buena y generosa y que todos en Castro acudian a ella, ya fuera para obtener un consejo o alguna de esas hierbas que tenfan fama de milagrosas. Y ahora, al saber que su ahijado Diego tenia planes matrimonia les, los habia invitado a pasar unos dias a su 8 EMILIA EN CHILOE Emilia, mientras pensaba, mordisqueaba un me- chén de su pelo. —iQué te tiene tan nerviosa, Emilia? —ta emocién de tlegar a una de las ciudades més antiguas de Chile y de la que se cuentan tantas historias. —Si, muchas historias, demasiadas. —Y también eso de que tu tia sea medio bruja, me da un poquito de susto. —iAy, Emilia! ;Desde cuando eres supersticiosa? Emilia se qued6 seria por unos segundos —Nunea, pero ahora que nos acercamos me puse algo tensa, no sé por qué. —Lanz6 una carcajada—: iMira, ya se me pas6! —agreg6 con convicci6n, aun- que sus ojos decfan otra cosa. Un aroma a café con leche y un tintineo de cu- charas hizo que toda la gente del bus se incorporara. En completo silencio, Emilia y Diego bebieron café acompafado de galletas dulces. Minutos des- pués, el bus disminufa la velocidad hasta detenerse tras una fila de autos. Habian tlegado al Canal de Chacao. Luego de algunos minutos de espera, un trasbor- dador llegé al muelle; abrié su enorme boca y vomit camiones cargados de algas, autos repletos de vera- neantes y mujeres a pie sosteniendo en sus hombros canastos con prendas de lana. Primero avanz6 el bus y cuatro 0 cinco autos lo siguieron lentamente, Cuando el trasbordador inicié su nuevo viaje hacia la isla verde que se vefa a la 9 JACQUELINE BALCELS -ANA Math GUIRALDES distancia, algunos pasajeros se prepararon para bajar del bus. Entre ellos, Emilia y Diego. EI movimiento era tan leve, que caminaron por la cubierta como si estuvieran atin en tierra. Mucha gente se habia instalado en la pasarela superior para admirar el paisaje y hacia alla se dirigieron los mu- chachos, Un hombre moreno y de frondosa cabellera en desorden dio el paso a Emilia y luego la siguié en el ascenso por una escalerilla vertical y de peldaios sumamente angostos. —iNo te vayas a caer! —advirtié Diego al ver que su novia se apresuraba en subir. Como si las palabras de Diego hubieran sido proféticas, uno de los pies de la muchacha resbalé, el otro no alcanz6 siquiera a tocar un peldafio y ella cay6 en brazos del hombre que la seguia y que con el golpe estuvo también a punto de itse de espaldas. Afortunadamente, este tiltimo logré sostenerse y al mismo tiempo sujetar con fuerza a Emilia que pudo volver a equilibrarse. —Gracias, perd6n... —tartamudes ella. —No se preocupe, siga subiendo —la animé su salvador. Una vez arriba y con el pelo alborotado por el viento que soplaba con fuerza, Emilia agradecié nueva- mente su ayuda, El la miré con una sonrisa diverti —No habria sido muy bueno comenzar las vaca ciones con un pie quebrado —dijo. Luego saludé a Diego que se habfa acercado a Emilia y la abrazaba, 10 protector—: ;Vienen en el bus? —pregunt6, mientras encendia un cigarrillo y aspiraba con fuerza, —Si —respondié Diego—. Vamos a Castro. —Les va a gustar, Vivo ahi desde hace unos meses. —£Trabaja en Castro? —pregunté Emilia. —Soy antropélogoy estoy escribiendo un libro. —Antropélogo? —salt6 Emilia y por primera vez contempl6 interesada a ese hombre de pelo aleonado y largo, nariz aguilefia y mandibula cuadrada, que vestia una camisa escocesa metida a medias dentro del panta- lon y las mangas dobladas a la altura del codo. Le parecié atractivo, pese a su aspecto desaliftado, pero cuando sus miradas se cruzaron ella desvié la suya: no le gustaron esos ojos saltones, de iris amarillento. —i cual es el tema de su estudio? —pregunté Diego. —Todbo lo relacionado con la magia chilota. —=1C6mo se llama usted? —siguié Emilia, curiosa ‘crito por un antropdlogo de apellido Mateluna —intervino Diego. Se qued6 pensando un momento y agregé—: Y si no me equi- voco, el tema era lo migico y sobrenatural en a tradicin de los pueblos autdctonos del sur, —jExactamente! Yo soy ese Mateluna —se pre- sent6 el hombre con un gesto teatral. —2Te das cuenta, Diego? jTe encontraste con un colega! —dijo Emilia —Si, qué bien —respondié Diego, sin mucho entusiasmo. u JACQUELINE BALCELIS - ANA MARIA GUIRALDES —iVienen por mucho tiempo a Chiloe —pre- gunt6 el hombre, desviando sus ojos hacia el agua. —Por lo menos un mes —contest6 Emilia, si- guiendo la mirada del hombre hacia unos pajaros que se lanzaban en picada sobre unos flotadores de color naranja diseminados sobre el mar. —iEsas malditas salmoneras! —farfullé Adrién Ma- teluna—. ian visto algo mas feo? —pregunt6, sin esperar respuesta, El trasbordador se acercaba ya al muelle y todos los pasajeros comenzaron a entrar a sus vehiculos, Los muchachos se despidieron de Adriin, y Emilia, al darle nuevamente las gracias, afiadi6: —Quiza nos volvamos a ver en Castro. Quiz —respondi6 el hombre, atin con Ia vista fija en los globos anaranjados. —No me cay6 bien ese Mateluna —dijo Diego—. Y conozco lo que ha escrito: no es muy bueno. —iCeloso! —dijo Emilia —Celoso, yo? —Diego puso cara de inocente. Emilia sonri6 y le dio un beso. Capitulo Dos BIENVENIDOS A CHILOE Luego de recorrer un camino platina- do por Ja lluvia, que caia en forma intermitente, el bus rode6 lentamente la plaza de Castro y sus pasajeros tuvieron tiempo para admirar la fa- chada de esa iglesia que alzaba im- ponente su dos torres de color lila ¢ invitaba a entrar por uno de sus cinco enormes pérticos. —fsta es la famosa iglesia de Castro, patrimonio de la humanidad, Segtin tengo entendido, el arquitec to era italiano —dijo Diego, a viva voz. —Pero su construccién fue hecha enteramente con manos chilotas y maderas chilotas, amigo —inter- vino un hombre de ojos risuefios, sentado en el pasi- llo a la izquierda de Diego. Y antes de recibir respuesta, continu6, orgulloso—: En su interior hasta podré sentir el olor del rauli, del coigtie, del alerce y del ciprés. 13 JACQUELINE HALCEUS - ANA MARIA GUIRALDES Los muchachos recibieron las palabras del vecino con amplias sonrisas y Emilia le aseguré que no deja- rian de visitarla EL bus terminé de estacionarse en una calle al costado de la plaza. Emilia mir6 por la ventanilla y de inmediato supo que esa mujer delgada, de pelo largo, liso y entrecano, vestida con una falda estampada y un chal en los hombros era Id tia Matilde Ya con sus mochilas y bolsos en ef Suelo, Diego abraz6 con carifio a su. madrina que lo besaba en las mejillas como si fuera un nifio. Emilia, un paso mas atris, esper6 su tumo. —iAl fin te conozco, Emilia! Te habia visto en algunas fotos, pero me faltaba tu sonrisa y la vivaci- dad de tus ojos verdes. jBienvenida a la isla grande de Chiloé! —exclamé extendiendo sus brazos. Emilia se dej6 estrechar por la mujer y aspir6 el olor a hierbas que emanaba de su pelo, reconocien- do el aroma del quillay. —Chiquillos, Juacoyos va a llevar en su camione- ta; yo tengo que juebrar un empacho, Ustedes llegan a la casa y se instalan nomds. Y me esperan para almorzar: tengo un pescado en el horno, listo para ser asado. Emilia y Diego s6lo intercambiaron una mirada de complicidad. Ya tendrfan tiempo de averiguar qué era un empacho y cémo se quebraba, —,Cémo estin ustedes? —saludé un hombre ba- jito y ancho de hombros, con una sonrisa timida. Y sin esperar respuesta, cogid el equipaje de los mu- 14 EMILLA EN CHILOE JACQUELINE BAICEHIS - ANA MARIA GHRALDES chachos y se dirigié hacia una destartalada camioneta cargada con sacos hinchados y canastos rebosantes de papas de distintos portes y colores. ‘Momentos después, apretujados en la cabina, con- templaban el balanceo de un rosario, una cabeza de ajo y un ramito de hierbas secas atados con una cinta roja que colgaba del espejo retrovisor. Pero rapida- mente desviaron la vista frente al paisaje que se abria ante ellos. En el cielo los nubarrones echaban carre- ras abalanzndose unos sobre otros en figuras abiga- tradas y cambiantes que contrastaban con el mar sereno que brillaba a sus pies. La camioneta subia por una calle flanqueada de casitas de madera con techos multicolores, rumbo a la colina que verdeaba en Io alto. Abajo en la ribera y con sus bases de madera sumergidas en las aguas, se alineaba un con- junto de palafitos que desde lejos parecia el dibujo de un nifio. Las cabezas de Diego y Emilia miraban hacia todos lados sin querer perder detalle. —Ven esos ulmos floridos? Cuando lleguemos a e808 Arboles doblaremos a la derecha y divisarin el techo rojo de la casa de la Matildita —explic6 Juaco, metiendo cambio con un ruido de engranajes—. Mi terreno esté un poco mas arriba y mi techo es ama- rillo, —Usted siempre ha vivido en Castro? —quiso saber Diego. —Desdle que me casé. Me enamoré de una chilo- lita, Y ahora, viudo, sigo aqui cultivando mi chacra 16 EMILIA RN CHILO Soy exportador de papas, de las antiguas —agreg6, con indisimulado orgullo. —i¥ vive solo? —pregunt6 Emilia, dejando para ms tarde la pregunta sobre las papas antiguas. —Con el tinico hijo que Dios me dio: el Poroto. Le decimos asi desde que era chiquitito y se metié un poroto en la oreja. No nos dimos cuenta y casi le crecen raices —ri6—. jMiren, ahi viene corriendo! Por el camino, un joven de unos veintitantos aos, alto y delgado, vestido con una colorida polera y flamantes zapatillas deportivas, corrié hacia Ia ca- mioneta haciendo sefas con la mano. El conductor redujo la velocidad a su minimo y el joven, de un salto, se subié a la parte posterior, acomodindose entre los sacos. Juaco mir6 por el espejo retrovisor, hizo un gesto amistoso con la cabeza y acelerd. —EI Poroto no me salié muy bueno para los estu- dios —cuchiche6, como si su hijo pudiera escucharlo a través del vidrio—. Y aunque distingue las semillas malas de las buenas a ojos cerrados, no le gusta el trabajo de la tierra. Y parece que tampoco el del mar. Por él, viviera en el continente. jAsi estamos con la nueva generaci6n! —El hombre se qued6 un momento en silencio y luego afadié, en medio de un suspiro— iEs muy dificil manejar a los j6venes hoy dia! Emilia y Diego intercambiaron miradas. Parecia que Juaco no los consideraba a ellos j6venes. Pero era facil intuir que el Poroto daba mas de un proble- ma a su padre. 7 JACQUELINE BALCELLS - ANA Manta GtIRALDES —iLlegamos! i Juaco se estacion6. (Tres perros\salieron ladrando con estrépito, are