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CANCIÓN DE NAVIDAD

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Canción de Navidad

Charles Dickens
CHARLES DICKENS

El fantasma de Marley

2
CANCIÓN DE NAVIDAD

Facsímil de la página titular original

3
CHARLES DICKENS

Los fantasmas de los usureros


A Christmas Carol
A Ghost Story of Christmas
Charles Dickens
Illustrations by John Leech
eBook by Alexandria Library Incorporated
4
CANCIÓN DE NAVIDAD

ÍNDICE
ILUSTRACIÓN: El fantasma de Marley ..................2
ILUSTRACIÓN: Los fantasmas de los usureros...........4

ILUSTRACIÓN: La fiesta del Señor Mr. Fezziwig ..6


PREFACIO .....................................................7

ILUSTRACIÓN: Scrooge extinguel al primero de los tres


espectros..........................................................8
PRIMERA ESTROFA .........................................9
EL FANTASMA DE MARLEY ............................10

ILUSTRACIÓN: El tercer visitante de Scrooge’s ........36


SEGUNDA ESTROFA .....................................37
EL PRIMERO DE LOS TRES ESPECTROS ..........38

ILUSTRACIÓN: Ignorancia y deseo .....................66


TERCERA ESTROFA .......................................67
EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPECTROS .........65

ILUSTRACIÓN: El último de los tres espectros .......106


CUARTA ESTROFA ......................................107
EL ÚLTIMO DE LOS ESPECTROS ...................108

ILUSTRACIÓN: Scrooge y Bob Cratchit .............132


QUINTA ESTROFA .......................................133
FIN ...........................................................134
5
CHARLES DICKENS

La fiesta del Señor Mr. Fezziwig

6
CANCIÓN DE NAVIDAD

PREFACIO
Me he esforzado en este pequeño libro para
levantar el fantasma de una Idea que no
pondrá a mis lectores de mal humor consigo
mismos, con otros, con la estación invernal
ni conmigo. Entonces los fantasmas podrán
frecuentar sus casas agradablemente y nadie
deseará abandonarlas.

Su fiel Amigo y Sirviente,

C. D.
Diciembre, 1843.

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CHARLES DICKENS

Scrooge extingue al primero de los tres espectros

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CANCIÓN DE NAVIDAD

PRIMERA ESTROFA
EL FANTASMA DE MARLEY

9
CHARLES DICKENS

Marley estaba muerto, dicho sea para empezar.


Sobre esto no podía haber duda de ninguna clase. El
registro de su defunción fue firmado por el capellán, el
escribano, el director de la funeraria y el encargado del
cementerio. Scrooge también lo firmó. Y el nombre de
Scrooge era digno de crédito en cualquier documento
en que se viera estampado.
El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo
de una puerta, como se dice vulgarmente.
¡Alto ahí! No quiero decir que sepa, por propia
experiencia, que exista una muerte especial para el
clavo de una puerta. Antes me inclinaría a creer que
un clavo de ataúd es la pieza de ferretería más muerta
que existe en el comercio. Pero la sabiduría de nuestros
antecesores gustaba de los símiles y mis profanas
manos no intervendrán en ello, ni el país lo haría. Por
lo tanto, me permitiréis que repita enfáticamente que
Marley estaba muerto como el clavo de una puerta.
¿Sabía Scrooge que Marley estaba muerto? Claro
que sí. ¿Cómo podía ser de otra manera? Scrooge y él
habían sido socios no sé cuántos años. Scrooge fue su
único albacea testamentario, su solo administrador, su
exclusivo beneficiario a título universal, su íntimo amigo
y el único que lo lloró. Y que no sólo se sintió sumamente
afligido por acontecimiento tan desgraciado, sino que
dio pruebas de ser un excelente hombre de negocios
el mismo día de su entierro, solemnizándolo con la
conclusión de un negocio seguro.
El hecho de mencionar el entierro de Marley me
obliga a retroceder al punto de partida. No había ninguna
clase de duda de que Marley estaba muerto. Esto debe
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CANCIÓN DE NAVIDAD

quedar absolutamente sentado, pues de lo contrario


nada maravilloso podría desprenderse de la historia
que voy a relatar. Si no estuviésemos perfectamente
convencidos de que el padre de Hamlet había muerto
antes de que comenzara el drama, no hallaríamos nada
excepcional en que aquél se diera un paseo, en medio
de la tempestad, por su propia fortaleza, como no lo
hubiera sido que cualquier otro caballero de mediana
edad diera unas vueltas temerariamente, después de la
caída de la noche, por un lugar azotado por el viento
con el simple motivo de atemorizar la débil mente de
su hijo.
Scrooge no borró nunca del negocio de ambos el
nombre del viejo Marley. Allí estaba, años más tarde,
sobre la puerta de la tienda: “Scrooge y Marley”. La
sociedad era conocida así y algunas gentes nuevas en
el negocio lo llamaban Scrooge y, a veces, Marley, pero
él respondía indistintamente por ambos nombres. Para
él, daba lo mismo.
¡Oh! ¡Pero era muy exigente e inflexible en el
trabajo de cada día, el tal Scrooge! Estrujaba, retorcía,
avasallaba, agarrotaba fuertemente a las personas con
quienes trataba. Duro y áspero como un pedernal
del que ningún acero había sacado nunca una llama
generosa; reservado, introvertido y solitario como
una ostra. Un frío interior helaba su viejo semblante,
escarchaba su nariz puntiaguda, arrugaba sus mejillas,
atiesaba su paso; enrojecía sus ojos, daba un tinte azul a
sus delgados labios y le hacía hablar chirriante con una
voz aguda. Había una canosa escarcha en su cabeza, en
las cejas y en la rígida barbilla; helaba en su trastienda,
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CHARLES DICKENS

en los fríos días de invierno, y no se deshelaba ni un


grado por Navidad.
El calor o el frío exterior tenían poca influencia
en Scrooge. Ningún calor podía calentarlo, ni ningún
tiempo invernal aterirlo. Ninguno de los vientos que
soplaban era más cortante que él, ninguna nevada
más tenaz en su propósito, ni lluvia torrencial menos
dispuesta a la clemencia. El mal tiempo no podía nunca
dominarlo. La lluvia más densa, y la nieve, y el granizo,
y la nevisca, sólo podían jactarse de aventajarle en un
solo aspecto: a menudo caían dulcemente y Scrooge,
jamás.
Nadie le había detenido nunca en la calle para
decirle, con alegría: “Mi querido Scrooge, ¿cómo anda
el negocio? ¿Cuándo vendréis a verme?” Ningún
pordiosero se le acercaba para pedirle una limosna,
ningún niño se hubiera atrevido a preguntarle la hora,
ningún hombre ni mujer, ni una vez en su vida, lo
habían abordado para que les indicara el camino hacia
tal o cual lugar. Hasta los perros de los ciegos parecían
conocerle; y cuando lo veían acercarse, arrastraban a
sus propietarios hacia portales o callejuelas, y entonces
meneaban sus colas como si dijesen: “¡Que no te vea
nadie es mejor a que te vea el diablo, amo que discurres
en la sombra!”
Pero, a él, ¿qué podía importarle? Era
precisamente lo que le gustaba: abrirse paso a través
de los senderos de la vida, advirtiendo, a todo intento
de expresión de simpatía humana, que debía guardar
las distancias; y era por eso que quienes lo conocían
consideraban a Scrooge como un estrafalario.
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CANCIÓN DE NAVIDAD

Érase una vez el mejor de todos los días del


año, la víspera de Navidad... El viejo Scrooge estaba
sentado, atareado, en su despacho. Hacía un tiempo
frío y sombrío que se metía en los huesos, y además
neblinoso, y podía oír cómo la gente circulaba de un
lado a otro del patio exterior resollando, golpeándose
los sobacos con las manos y dando patadas sobre las
piedras del pavimento para calentarse los pies. Las
campanas de la ciudad habían acabado de tocar las
tres, pero ya estaba muy oscuro —durante todo el día
había habido poca luz— y se veían velas encendidas
en las ventanas de las oficinas vecinas, como manchas
rojizas en el denso aire negruzco. La niebla se filtraba
por cada grieta y cada cerradura, y era tan densa en el
exterior, que, aunque el patio era estrechísimo, las casas
de enfrente aparecían como desdibujados fantasmas.
Viendo caer la neblina sucia que lo oscurecía todo, se
hubiera creído que la naturaleza vivía muy cerca y se
dedicaba a fabricar cerveza en gran escala.
La puerta del despacho de Scrooge estaba
abierta para permitirle vigilar a su dependiente,
quien a poca distancia, en un cuartucho oscuro, una
especie de almacén, estaba copiando cartas. Scrooge
tenía un pequeño fuego, pero el del dependiente era
tan minúsculo, que parecía un residuo de brasa. Pero
no podía poner más carbón porque Scrooge guardaba
la caja del carbón en su propio cuarto, y con toda
seguridad, si el dependiente hubiese entrado en el
cuarto, el dueño le hubiera indicado que no tenía nada
que hacer allí. Por lo cual prefería ponerse su bufanda
blanca y procurar calentarse a la débil luz de una vela,
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CHARLES DICKENS

en cuyo esfuerzo, no tratándose de un hombre de gran


imaginación, fracasaba.
—¡Felices Navidades, tío! ¡Que Dios os guarde!
—gritó una voz alegre. Era la del sobrino de Scrooge,
el cual se había introducido tan rápidamente en la
casa, que estas voces eran la primera noticia de su
presencia.
—¡Bah! —dijo Scrooge—. ¡Farsante!
Se había acalorado tanto con su rápida carrera
a través de la niebla y la escarcha, que su figura
resplandecía; su rostro aparecía sonrosado y hermoso,
sus ojos centelleaban y su aliento humeaba.
—¿La Navidad una farsa, tío? —respondió el
sobrino de Scrooge—. Seguro que no habéis querido
decir eso.
—¡Claro que sí! —replicó Scrooge—. ¡Felices
Navidades! ¿Qué derecho tienes tú a estar alegre? Eres
demasiado pobre.
—¡Vaya, vaya! —repuso el sobrino jovialmente—.
¿Y qué derecho tenéis vos a sentiros desgraciado? ¿Qué
razón para estar malhumorado? Sois bastante rico como
para albergar sentimientos totalmente diferentes.
Scrooge, como que no tenía una respuesta a
punto con que replicar en aquel momento dijo: “¡Bah!”
otra vez y añadió simplemente: como un homenaje a la
Navidad, y conservaré mi buen humor navideño hasta
el final. Por tanto, ¡felices Navidades, tío!
—Buenas tardes —respondió Scrooge.
—¡Y próspero Año Nuevo!
—¡Buenas tardes! —insistió Scrooge.
A pesar de todo, su sobrino abandonó la casa
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CANCIÓN DE NAVIDAD

sin una sola palabra de enojo. Se detuvo en la puerta


de entrada para desear felices fiestas al escribiente,
quien, tan frío como estaba, todavía se sentía más
cálido que Scrooge, puesto que devolvió el saludo
cordialmente.
—Este es otro que tal anda —murmuró Scrooge,
que le había oído por casualidad—; mi escribiente,
con quince chelines semanales, una esposa y familia,
hablando de felices Pascuas. ¡Prefiero que me encierren
en una casa de locos!
Este pobre necio, al despedir al sobrino de
Scrooge, había hecho entrar a dos caballeros. Su
porte era elegante, de buen ver, y entraron en el
despacho de Scrooge quitándose los sombreros. En
sus manos llevaban libros y papeles, y saludaron
ceremoniosamente.
—Estamos en la casa “Scrooge y Marley”, por
supuesto —dijo uno de los caballeros, refiriéndose a la
lista que consultaba—. ¿Tengo el gusto de dirigirme al
señor Scrooge o al señor Marley?
—El señor Marley hace siete años que falleció
—replicó Scrooge—. Hace siete años, esta misma
noche.
—No dudamos de que su liberalidad estará
bien representada por su socio superviviente —dijo el
caballero, mostrando sus credenciales.
¡Ni que decir tiene que estaba bien representada
en este aspecto pues ambos eran espíritus gemelos!
Al oír la ominosa palabra “liberalidad”, Scrooge,
frunciendo el entrecejo, movió rápidamente la cabeza
y devolvió los papeles que acababan de darle.
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CHARLES DICKENS

—En estos festivos días de cada año, señor


Scrooge —dijo el caballero, sacando una pluma—,
es una costumbre inveterada y deseable que nos
propongamos crear una pequeña provisión para los
pobres y los abandonados, que tanto sufren en estos
duros tiempos. Existen muchos miles que se encuentran
faltos de lo más necesario; centenares de miles carecen
de lo más elemental para subsistir, caballero.
—Pero ¿es que no hay prisiones?
—Multitud de cárceles —dijo el caballero,
volviendo a guardar su pluma en el bolsillo.
—Y los asilos sindicales, ¿continúan
funcionando? —preguntó Scrooge.
—Efectivamente; no obstante —insistió el
caballero—, preferiría poder decir que han sido
cerrados.
—El molino de disciplina y la ley de pobres,
¿están todavía en vigor, no es cierto?
—Ambos trabajan de lo lindo, señor.
—¡Oh!, mucho temía, con lo que habéis dicho
en un principio, que algo hubiera ocurrido que
interrumpiese su empleo —dijo Scrooge—. Me place
que no sea así.
—Bajo la impresión de que ambas prácticas no
dan a la multitud la necesaria tranquilidad de espíritu
y el reposo físico que anhela todo cristiano —explicó
de nuevo el caballero—, algunos de nosotros hemos
emprendido la tarea de levantar un fondo para comprar
a los pobres alimentos, bebidas y medios de calentarse.
Hemos escogido estos días porque ofrecen una ocasión,
como otras muchas, en que la necesidad se deja sentir
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CANCIÓN DE NAVIDAD

más crudamente y la abundancia aumenta el regocijo.


¿Con cuánto os apunto?
—Con nada —replicó Scrooge.
—¡Ah! ¿Deseáis guardar el anónimo?
—Lo que deseo es que me dejéis solo —gruñó
Scrooge—. Puesto que me preguntáis qué es lo que
deseo, he ahí mi respuesta: No me siento alegre
en Navidad y no puedo permitirme alegrar a los
holgazanes. Ya ayudo a sostener a los dos organismos
que he mencionado... ya cuestan bastante; y aquellos
que se encuentren en dificultades deben ir allí.
—Pero muchos no pueden ir allí, y otros morirían
si fuesen.
—Si muriesen —contestó Scrooge—, sería mejor
para ellos, y disminuirían así el exceso de población.
Por otra parte, excusadme, pero no estoy al corriente
de estas cosas.
—Pero debéis conocerlas —observó el
caballero.
—No son problemas que me incumban
—insistió Scrooge—. Ya es suficiente, para un hombre,
que conozca su negocio y no interfiera en los de los
demás. Los míos me tienen ocupado constantemente.
¡Buenas tardes, señores!
Viendo con toda claridad que era inútil proseguir
sus razonamientos, los caballeros se retiraron. Scrooge
terminó sus trabajos con mejor opinión de sí mismo y
un humor juguetón poco corriente en él.
Mientras tanto, la niebla y la oscuridad se
hicieron tan densas, que la gente transitaba con
resplandecientes hachones, prefiriéndolos a caminar
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CHARLES DICKENS

delante de los caballos de los coches para guiarlos en


su camino. La antigua torre de una iglesia, cuya vieja
y ronca campana estaba constantemente atisbando a
Scrooge a través de una ventana gótica, se hizo
invisible, pero continuaban sonando las horas y los
cuartos entre la neblina, con trémulas vibraciones
prolongadas, como si sus dientes rechinasen en su
helada cabeza, allí, en las alturas. El frío se hizo intenso.
En la calle mayor, en el rincón del patio, algunos
obreros estaban reparando las conducciones de gas y
habían encendido un gran fuego en un brasero
alrededor del cual un grupo de hombres y niños
harapientos se había reunido, calentándose las manos
y pestañeando sus ojos con éxtasis ante las llamas. La
boca de agua, que habían dejado sola, se derramaba
con triste resentimiento y se convertía en misantrópicos
carámbanos. La brillantez de las tiendas, donde
ramitos de acebo y de hayas chispeaban al calor de las
lámparas de los escaparates, daba un color rosado a
las caras de los transeúntes cuando pasaban ante ellas.
Los comercios de pollería y comestibles constituían un
juego alegre, un espléndido espectáculo, ante el cual
era casi imposible creer que actividades tan insípidas
como los tratos de compra y venta tuviesen algo que
ver con ello. El alcalde en la fortaleza de su magnífico
palacio, daba órdenes a sus cincuenta cocineros y
mayordomos para que las Navidades fuesen tales
como correspondían al hogar de un alcalde; e incluso
el sastrecillo, que había sido multado con cinco chelines
el lunes pasado por embriaguez y actos de crueldad
en la calle, se ocupaba de revolver el budín de las
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CANCIÓN DE NAVIDAD

próximas fiestas en su desván, mientras su flaca mujer


y su pequeñuelo salivaban a la calle para comprar la
carne.
¡La neblina era cada vez más espesa y helada!
Un frío punzante, agudo, penetraba hasta los huesos.
Si el bueno de San Dunstan hubiese mordido la nariz
del diablo con un poco de aquel tiempo inclemente, en
vez de servirse de sus armas familiares, a buen seguro
se hubiera regocijado con tan despiadada ocurrencia.
Un hombre con nariz corta, mordida y roída por el frío
como los perros roen los huesos, se había detenido ante
la puerta de Scrooge para obsequiarle con un villancico;
pero, a los primeros sonidos de
¡Que Dios les premie, señores, con gozo y les libre de
penas!
Scrooge tomó una regla con tal energía de
movimientos, que el cantante huyó aterrorizado,
dejando abierta la puerta al paso de la niebla y su
inherente escarcha.
Al fin llegó la hora de cerrar el despacho. De
mala gana, Scrooge bajó de su escabel y, tácitamente,
admitió el hecho de la festividad ante el expectante
dependiente retirado en el almacén, quien al instante
sopló la vela y se puso el sombrero.
—Supongo que mañana querrás disponer de
todo el día —le dijo Scrooge.
—Es lo más corriente, señor.
—Ni es corriente —replicó Scrooge—, ni está
bien. Si yo te quitara media corona por tu día de fiesta,
considerarías que abuso de ti. ¿Me equivoco?
El escribiente sonrió levemente.
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CHARLES DICKENS

—Y, en cambio —continuó Scrooge—, no crees


abusar de mí cuando recibes un día de paga por no
hacer nada.
El dependiente le hizo observar que era sólo
una vez al año.
—Una pobre excusa para desplumar el bolsillo de
un ciudadano cada veinticinco de diciembre —exclamó
Scrooge, abotonándose el abrigo hasta la barbilla—.
Supongo que querrás todo el día, ¡claro! Procura estar
aquí tan pronto como puedas, a la mañana siguiente.
El dependiente prometió que así lo haría y
Scrooge salió refunfuñando. El despacho quedó
cerrado en un instante, y el escribiente, con los largos
extremos de su bufanda de lana saliéndole por debajo
de la chaqueta (porque no llevaba abrigo), se fue a dar
una vuelta por Cornhill, al fin de una callejuela donde
jugaban unos muchachos, en honor a que era la víspera
de Navidad, y luego volvió a casa por Camden Town
tan apresuradamente como pudo, para poder jugar a
la gallina ciega.
Scrooge comió su melancólica cena en su
acostumbrada melancólica taberna y, una vez que
hubo leído todos los periódicos y engañado el resto
de la noche con su libreta de cuentas, se marchó a la
cama. Habitaba las habitaciones que antaño habían
pertenecido a su difunto socio, las cuales constituían
una lúgubre serie de salas y formaban una imponente
mole construida sobre un patio. Estaba esta vivienda tan
abandonada, que únicamente podía creerse que había
sido habitada cuando era una casa nueva; y parecía
estar jugando al escondite con los otros edificios y
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CANCIÓN DE NAVIDAD

haber olvidado el camino de salida. Había llegado a ser


lo suficiente vieja y triste para que nadie viviera en ella,
excepto Scrooge, y por ello el resto de las habitaciones
se habían destinado a despachos. El patio estaba tan
oscuro, que hasta Scrooge, que conocía una a una todas
las piedras, se veía obligado a tentarlas con las manos.
La niebla y la escarcha se habían pegado de tal manera
a la vieja y negruzca entrada de la casa, que parecía
que los espíritus del tiempo se habían quedado en el
umbral, sumidos en una lúgubre meditación.
Fuera de esto, nada había allí de particular,
excepto que el llamador de la puerta era muy grande.
También hay que puntualizar que Scrooge lo había
visto en aquel mismo sitio, día y noche, durante todo el
tiempo que residió en aquel lugar; y hay que añadir que
Scrooge le tenía tan poca afición como cualquier otro
hombre de la ciudad de Londres, incluyendo —lo que
resulta ser un concepto atrevido— el Ayuntamiento,
los concejales y los maceros. Téngase presente que
Scrooge no había destinado ningún pensamiento más
a Marley desde aquella tarde, hacía ahora siete años, en
que dedicó a su difunto asociado el último homenaje.
Y, a pesar de ello, que me explique quien pueda, si
alguien puede, cómo es que Scrooge, teniendo su llave
en la cerradura de la puerta, vio en la aldaba, sin que
mediara ningún proceso de mutación, no a la aldaba,
sino al propio rostro de Marley.
El rostro de Marley. No se hallaba envuelto en
una sombra impenetrable, como los demás objetos
de la callejuela, sino que lo cubría una luz lúgubre,
como una langosta mala en un sótano tenebroso. Su
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CHARLES DICKENS

expresión no era enojada ni furiosa, sino que miraba a


Scrooge como Marley acostumbraba a hacerlo en vida:
con unas gafas fantasmales montadas sobre su frente
espectral. El cabello se movía curiosamente, como si
lo agitara un aliento o aire caliente; y, aunque sus ojos
estaban abiertos por completo, permanecían inmóviles.
Esto y su color lívido le daban un aspecto horrible;
pero su horror parecía imponerse a pesar de su cara y
más allá de su control, más que formando parte de su
propia expresión.
Pero cuando Scrooge miraba fijamente tal
fenómeno, volvía a aparecerle la aldaba.
Si dijésemos que no se sentía sobrecogido, o que
su sangre no estaba oprimida por una terrible sensación
que no había experimentado desde la infancia, sería
mentir. Pero puso su mano sobre la llave que había
soltado, le dio la vuelta con firmeza, entró en la casa y
encendió su vela.
Se quedó parado, en un momento de indecisión,
antes de cerrar la puerta; y miró cautelosamente ante sí
como si medio esperase verse aterrorizado por la visión
de la coleta de Marley asomando por la parte trasera
de la puerta de entrada. Pero no había nada detrás de
ella, a excepción de los clavos y tornillos que sostenían
el picaporte. De manera que exclamó: “¡Bah! ¡Bah!” y
la cerró de un golpe.
El ruido resonó por la casa como un trueno.
Cada una de las habitaciones de arriba y cada bóveda
de las bodegas del comerciante de vinos de abajo,
parecían poseer un juego de ecos separados. Scrooge
no era hombre que se dejara atemorizar por los ecos.
22
CANCIÓN DE NAVIDAD

Apretó la puerta, avanzó a través del zaguán y subió


por la escalera; esto sí, despacio; despabilando la vela
a medida que avanzaba.
Podéis imaginaros vagamente que tenéis que
conducir una carroza de seis caballos subiendo por
un tramo de escalones, o capear una reciente ley del
Parlamento; pero yo quiero solamente hablaros de
subir por dicha escalera a un coche fúnebre tomándolo
con precaución, es decir, poniendo la lanza cerca de la
pared y la portezuela hacia las balaustradas; y hubierais
podido efectuarlo fácilmente. Había suficiente anchura
para ello, y espacio sobrante; lo que constituía quizás
la razón de que Scrooge creyera que veía una carroza
fúnebre avanzando ante él hacia las tinieblas. Ni media
docena de lámparas de gas en la calle hubieran bastado
para iluminar bien el vestíbulo, de manera que podéis
suponer que, con la sola vela de sebo de Scrooge, éste
estaba totalmente a oscuras.
Scrooge siguió adelante sin importarle un pepino
la situación. La oscuridad es barata, y a Scrooge le
gustaba esta circunstancia. Pero cerró la pesada puerta
y se dio un paseo por sus habitaciones para cerciorarse
de que todo estaba en orden. Tenía suficientes razones
para hacerlo.
El cuarto de estar, el dormitorio, el trastero...
Todos cuantos había para inspeccionar. Nadie bajo
la mesa; nadie debajo del sofá; un pequeño hogar en
su parrilla; la jarra y una jofaina estaban a punto, y
la pequeña cacerola de avenate (Scrooge sufría de un
resfriado de cabeza), en la repisa de la chimenea. Nadie
debajo de la cama; nadie en la alacena; nada dentro de
23
CHARLES DICKENS

la bata, que estaba colgada en una sospechosa actitud


contra la pared. Un trastero, como es costumbre. Un
guarda-fuego, viejos zapatos, dos cestos para pescado,
una palangana sobre tres pies y un hurgón para el
fuego.
Muy satisfecho, cerró la puerta y se encerró
por dentro dando doble vuelta a la llave, lo que no era
costumbre en él. Así se sentía a cubierto de sorpresas.
Se quitó la corbata, se puso la bata, las zapatillas y el
gorro de noche, y se acomodó ante el fuego para tomar
su avenate.
Se trataba de un fuego más bien escaso, que no
llegaba a calentar en una noche tan cruda.
Se vio obligado a sentarse muy cerca del
hogar, casi como si lo encorvara, antes de poder
extraer la mínima sensación de calor de tal puñado de
combustible. La chimenea era muy vieja, construida por
algún comerciante holandés hacía muchísimo tiempo, y
estaba pavimentada con curiosas baldosas holandesas,
adornadas con dibujos de escenas bíblicas. Había Caínes
y Abeles, hijas de Faraón, reinas de Saba, mensajeros
celestes descendiendo por los aires sobre nubes como
colchones de plumas, Abrahames, Baltasares, apóstoles
haciéndose a la mar en barcas... en fin, centenares de
figuras puestas allí para hacerlo pensar; y, aun así, el
rostro de Marley, muerto hacía siete años y aparecido
como la varita del antiguo profeta, desvaneció todo lo
demás. Si cada baldosa hubiese estado en blanco en un
principio, con el poder de imprimir en su superficie
algún dibujo aprovechando fragmentos separados de
sus pensamientos, en cada una de ellas hubiera habido
24
CANCIÓN DE NAVIDAD

una copia de la cabeza de Marley.


—¡Pura farsa! —se dijo Scrooge, y comenzó a
pasearse por la habitación.
Después de varias vueltas, se volvió a sentar. Al
inclinar la cabeza en el respaldo del sillón, su mirada se
detuvo en una campana, una campana en desuso que
pendía en la sala y comunicaba, con algún propósito
olvidado, con otra habitación, en la primitiva estructura
del edificio. Fue con gran sorpresa y un pavor terrible,
inexplicable, que, al mirarla, vio que la campana
empezaba a balancearse. Se movió tan suavemente al
principio, que casi no producía ningún ruido; pero de
pronto repicó fuertemente, y lo mismo hicieron todas
las campanas de la casa.
Esto pudo durar medio minuto, o un minuto,
pero pareció una hora. Las campanas cesaron tal como
habían empezado, juntas. Fueron seguidas de un
ruido metálico en las profundidades del caserón, como
si alguna persona estuviera arrastrando una pesada
cadena sobre los toneles de la bodega del comerciante
en vinos. Scrooge recordó entonces haber oído decir que
los fantasmas, en las casas encantadas, manifestaban
su presencia arrastrando cadenas.
La puerta de la bodega se abrió de repente con
estruendo, y luego oyó un ruido mucho mayor en las
plantas inferiores, que empezó a subir por las escaleras
y se dirigió directamente hacia su puerta.
—¡La farsa continúa todavía! —se dijo Scrooge—.
No puedo creer en ello.
No obstante, su rostro palideció cuando, sin
ninguna pausa, el ruido atravesó la pesada puerta
25
CHARLES DICKENS

y penetró en la habitación ante sus ojos. Al penetrar


en ella, la moribunda llama dio un salto, como si
exclamase: “¡Lo conozco; es el espectro de Marley!”, y
languideció de nuevo.
La misma cara, idéntica. Marley, con la coleta de
su peluca, su acostumbrado chaleco, su calzón ceñido,
de malla, y sus botas; las hilachas de las borlas de éstas
se erizaban, como las de su coleta, y las de los faldones
de su vestido, y el pelo de su cabeza. La cadena que
arrastraba estaba atada en su mitad. Era larga y
enrollada a su cuerpo como una cola; y estaba hecha
(pues Scrooge la observó de cerca) de cajas metálicas,
llaves, candados, libros mayores, escrituras y pesadas
bolsas forjadas de acero. Su cuerpo era transparente,
de manera que
Scrooge, al observarlo, mirándolo a través de
su chaleco, podía ver los dos botones de la espalda de
su traje.
Scrooge había oído decir a menudo que Marley
no tenía entrañas, pero nunca, hasta entonces, lo había
creído.
No, no lo creía ni aun entonces. Aunque miraba
al fantasma una y otra vez, y lo veía de pie ante él,
aunque sufría la influencia escalofriante de la frialdad
mortal de sus ojos y distinguía hasta el tejido de su
pañuelo, doblado en torno a la cabeza y la barbilla,
envoltura que no había advertido antes, todavía se
sentía incrédulo y luchaba con sus propios sentidos.
—.Cómo? —dijo Scrooge, cáustico e inmutable
como siempre—. ¿Qué queréis de mí?
—¡Mucho!
26
CANCIÓN DE NAVIDAD

Era la voz de Marley, sin duda alguna.


— ¿Quién sois?
—Preguntadme mejor quién era.
—Bien, pues decidme quién erais —exclamó
Scrooge, levantando la voz—. Sois bastante quisquilloso
para una sombra.
Iba a decir: “para ser una sombra”, pero omitió
el verbo, por considerarlo más apropiado.
—En vida era vuestro asociado, Jacob Marley.
—¿Podéis... podéis sentaros? —preguntó
Scrooge, mirándole dudoso.
—Puedo.
—Entonces, hacedlo.
Scrooge formuló la pregunta porque no sabía
si un fantasma tan transparente se encontraba en
situación de tomar asiento, y suponía que, si no podía
hacerlo, provocaría la necesidad de una explicación
enojosa. Pero el espectro se sentó en el lado opuesto
de la chimenea como si estuviera muy acostumbrado
a hacerlo.
—¿No creéis en mí? —observó el fantasma.
—No —respondió Scrooge.
—¿Qué evidencia queréis tener de mi realidad,
además de la que os dan vuestros sentidos?
— No sé —le contestó Scrooge.
—¿Por qué dudáis de vuestros sentidos?
—Porque —dijo Scrooge— cualquier cosa los
afecta. Un ligero desorden en el estómago influye
en ellos. Vos mismo podéis ser un trozo de buey
indigestado, un poco de mostaza, una miga de queso,
un pedazo de patata a medio asar. ¡Hay más salsa que
27
CHARLES DICKENS

sepultura en vos, quienquiera que seáis!


Scrooge no estaba acostumbrado a decir chistes;
por lo tanto, en lo profundo de su corazón no se sentía
nunca chistoso. La verdad era que ahora procuraba
ser agudo como una manera de distraer su propia
atención y reprimir su terror, porque la voz del espectro
perturbaba hasta la misma médula de sus huesos.
Sentarse y mirar fijamente aquellos ojos helados
e inmóviles, en silencio por un momento, sería tratarlo,
al menos así lo creía Scrooge, con las mismas artes
diabólicas. Había notado algo muy impresionante,
también, en el hecho de que el espectro se presentaba
rodeado de una atmósfera infernal que lo envolvía.
Scrooge podía no creer en ella, pero era indudable
que estaba allí, ante él; porque aunque el fantasma
estaba sentado perfectamente inmóvil, sus cabellos,
los faldones e hilachas de sus vestidos continuaban
agitados como por el vapor caliente de un horno.
—¿Veis este mondadientes? —dijo Scrooge,
volviendo a la carga al instante, por la razón que acaba
de manifestarse, y deseando, aunque fuera sólo por
un segundo, apartar de sí la visión pétrea de aquella
mirada helada.
—Lo veo —replicó el fantasma.
—No lo estáis mirando —añadió Scrooge.
—Sin embargo, lo veo —dijo el espectro.
—Bien; pues, si quisiese hacerlo —insistió
Scrooge—, no tendría más que tragarme eso y por el
resto de mis días me vería perseguido por una legión
de duendecillos, todos ellos de mi propia creación. ¡Es
una farsa, os lo digo yo, una mera farsa!
28
CANCIÓN DE NAVIDAD

En aquel momento el espíritu exhaló un grito


espantoso y movió la cadena con un ruido tan lúgubre
y aterrador, que Scrooge tuvo que sujetarse con fuerza
a la silla para no caer desmayado. Pero mayor fue aun
su horror cuando el fantasma quitóse la venda que
rodeaba su cabeza, como si fuera demasiado calurosa
para llevarla puertas adentro, y Scrooge vio que su
mandíbula inferior caía sobre su pecho.
Scrooge se dejó caer de rodillas con las manos
sobre el rostro.
—¡Piedad! —gimió—. Terrible aparición, ¿por
qué me estáis torturando?
—Hombre de mente terrenal —replicó el
espectro—, ¿creéis en mí o no?
—Sí, creo —confesó Scrooge—. Debo hacerlo.
Pero ¿cómo ocurre eso de que los espíritus se paseen
por la tierra y vengan a mí?
—Es obligatorio, para cada hombre —replicó
el fantasma—, que el espíritu que hay en él pueda
pasearse entre los demás hombres y viajar mucho y
lejos, y si este espíritu no sale en vida, está condenado
a hacerlo después de la muerte. Está condenado a
vagar por el mundo, ¡ay de mí!, y testimoniar lo que no
puede compartir, pero hubiera podido compartir en la
tierra y participar en la felicidad.
Nuevamente el espectro lanzó un gemido y
removió sus cadenas, retorciendo sus fantasmales
manos.
—Estáis encadenado —dijo Scrooge,
temblando—. ¡Decidme por qué!
—Llevo las cadenas que me forjé en vida
29
CHARLES DICKENS

—replicó el fantasma—, eslabón a eslabón, yarda a


yarda las ajusté según mi propia voluntad y por mi
voluntad las llevo ahora. ¿Os choca su modelo?
Scrooge temblaba más y más.
—¿O conocéis —prosiguió el fantasma— el
peso y la longitud de la fuerte cadena que lleváis vos
mismo? Era tan pesada y larga como ésta, hace siete
vísperas de Navidad. Desde entonces, ¡cuánto habéis
trabajado en ella! Es una cadena fuerte y maciza.
Scrooge miró a su alrededor, por el suelo, en
espera de encontrarse rodeado de cincuenta o sesenta
fantasmas de cable de hierro, pero no pudo ver nada.
—Jacob —dijo, implorante—, mi buen Jacob,
¡habladme más! ¡Habladme para animarme, Jacob!
—No tengo nada que proporcionaros —replicó
el espectro—. Y lo que podría viene de otros mundos,
Ebenezer Scrooge, y es distribuido por otros ministros
a otras clases de hombres. Tampoco puedo deciros lo
que querría. Un poquito más, sólo un poquito, me está
permitido. No puedo detenerme, no puedo descansar,
no puedo demorarme en ninguna parte. Mi espíritu
nunca fue más allá de nuestra tienda. ¡Oíd lo que digo!
En vida, mi espíritu no vagó nunca más allá de los
estrechos límites del cuchitril donde trabajábamos; y
largos y agotadores días se extendían ante mí.
Era costumbre en Scrooge, cuando estaba
preocupado, poner las manos en los bolsillos de sus
pantalones. Reflexionando sobre cuanto había dicho el
fantasma, esto es lo que hizo entonces, pero sin levantar
los ojos ni levantarse.
—Os habéis demorado mucho en manifestaros,
30
CANCIÓN DE NAVIDAD

Jacob —hizo observar Scrooge en un tono comercial, si


bien con humildad y deferencia.
—¡Demorado! —repitió el fantasma.
—Siete años muerto —musitó Scrooge—. ¡Y
viajando todo el tiempo!
—Todo el tiempo —confirmó el fantasma—.
Sin descanso, sin sosiego. Bajo la incesante tortura del
remordimiento.
—¿Viajabais a prisa? —preguntó Scrooge.
—En las alas del viento —respondió el
espectro.
—Debéis de haber atravesado una gran extensión
de tierras, en siete años —dijo Scrooge.
El fantasma, al oír esto, exhaló otro gemido e hizo
sonar sus cadenas tan espantosamente en el silencio de
muerte de la noche, que habría estado justificado que
el guarda callejero le hubiese impuesto una multa por
alboroto.
—¡Oh!, cautivo, sujeto, doblemente aherrojado
—gritó el fantasma—, sin tener ni idea de que se
han necesitado siglos del incesante trabajo de seres
inmortales que han pasado por este mundo hacia la
eternidad, antes de que lo bueno de aquella labor fuese
susceptible de ser desarrollado totalmente. Sin saber
que todo espíritu cristiano, trabajando buenamente en
su pequeña órbita, cualquiera que sea, puede encontrar
su vida mortal demasiado corta al relacionarla con los
grandes medios de acción de que dispone. Ignorando
que ningún remordimiento, por intenso que sea, puede
reparar el daño que se causa malgastando las propias
oportunidades. ¡Pues así he sido yo! ¡Tal era yo!
31
CHARLES DICKENS

—Pero siempre fuisteis un buen comerciante,


Jacob —balbuceó Scrooge, que comenzaba a aplicarse
a sí mismo cuanto le estaba diciendo el fantasma.
—¿De qué comercio habláis? —gritó el espectro,
retorciéndose las manos de nuevo—. La humanidad
era mi negocio; el bienestar común era mi negocio; la
caridad, la misericordia, la paciencia y la benevolencia
eran, todas ellas, mi negocio. ¡Los tratos, en mi comercio,
no eran más que una gota de agua en el inmenso océano
de mi negocio!
Levantó un buen trozo de la cadena como si ella
fuese la causa de todo su inútil pesar, y luego lo arrojó
pesadamente al suelo de nuevo.
—En esta época de cada año —explicó el
espectro—, sufro más. ¿Por qué anduve yo, a través de
las multitudes de mis semejantes, con los ojos vueltos
hacia abajo, sin levantarlos nunca a la sagrada estrella
que conduce a los hombres de buena voluntad hacia
una humilde morada? ¿Es que no existían hogares
pobres a los que me podía haber dirigido aquella divina
luz?
Scrooge se sentía consternado al oír al espectro
continuar de este modo, y comenzó a temblar
sobremanera.
—¡Escuchadme! —le gritó el fantasma—. El
tiempo de que dispongo está a punto de terminar.
—Sí, os escucho —dijo Scrooge—. ¡Pero no seáis
conmigo demasiado duro! No me habléis con rodeos,
Jacob. ¡Os lo ruego!
—De qué manera ha sido posible que aparezca
ahora ante vos y podáis verme, cuando he estado
32
CANCIÓN DE NAVIDAD

invisible a vuestro lado muchos, muchísimos días, no


sabría decíroslo.
No era una idea agradable. Scrooge se estremeció
y limpió el sudor que corría por su frente.
—No existe en mi penitencia ninguna parte
agradable —prosiguió el fantasma—. Me hallo aquí
esta noche para avisaros que tenéis todavía una
oportunidad y una esperanza de escapar a esta suerte
mía. Una oportunidad y una esperanza de lograrlo,
Ebenezer.
—Siempre habéis sido un buen amigo mío
—dijo Scrooge—. ¡Muchas gracias!
—Estáis perseguido por tres Espíritus —resumió
el espectro.
La turbación de Scrooge fue tan grande como
había sido la del fantasma.
—¿Son éstas la oportunidad y la esperanza
que me habéis ofrecido, Jacob? —le preguntó con voz
vacilante.
—Éstas son.
—Pues... pues no me gustan nada —comentó
Scrooge.
—Sin sus visitas —explicó el fantasma—, no
podréis ahorraros el camino que yo he debido recorrer.
Esperad la primera visita mañana, cuando la campana
dé la una.
—¿No puedo recibirla ahora y acabar de una
vez, Jacob? —insinuó Scrooge.
—Esperad la segunda visita en la noche siguiente
a la misma hora. La tercera, en la noche inmediata,
cuando la última campanada de las doce haya acabado
33
CHARLES DICKENS

de vibrar. No penséis ya más en mí, y sí en vuestro


provecho, en cuanto ha pasado entre nosotros.
Cuando hubo terminado estas palabras, el
espíritu tomó su envoltura de encima de la mesa,
con la que se cubrió la cabeza como antes la llevaba.
Scrooge lo notó por el sonido agudo que hicieron sus
dientes, cuando sus quijadas fueron unidas de nuevo
por la venda. Se atrevió a levantar los ojos otra vez y
halló a su sobrenatural visitante ante él en una actitud
rígida, con la cadena dando vueltas en su brazo y a su
alrededor. La aparición retrocedía ante él y, a cada uno
de sus pasos, el balcón se abría un poco, de manera
que, cuando el espectro tuvo que atravesarlo, estaba
abierto de par en par.
Hizo señas a Scrooge para que se le acercara,
lo que al instante hizo. Cuando se encontraron a dos
pasos el uno del otro, el fantasma de Marley levantó
su mano para prohibirle que se le acercara más.
Scrooge se detuvo. No tanto por obediencia, como por
miedo y sorpresa: porque al levantar la mano se hizo
sensible en el aire un ruido confuso como de lamentos
inexpresados y arrepentimiento. El espectro, después
de haberlos escuchado por un momento, se unió al
fúnebre cántico y flotó, desapareciendo en la noche
sombría y oscura.
Scrooge se precipitó al balcón, desesperado
en su curiosidad, y miró afuera. El aire estaba
lleno de fantasmas que corrían de una parte a otra
apresuradamente, sin descanso y gimiendo mientras
se movían. Cada uno de ellos arrastraba cadenas como
las del fantasma de Marley; algunos de ellos (debían
34
CANCIÓN DE NAVIDAD

de ser gobiernos culpables) estaban atados unos a


otros; ninguno estaba libre. Varios de ellos habían
sido en vida conocidos por Scrooge personalmente. En
particular, había tenido amistad íntima con un viejo
fantasma, de blanco abrigo, con una monstruosa caja
de caudales de hierro atada en el tobillo, que gritaba
lastimosamente porque sentíase incapaz de socorrer
a una mujer harapienta, con un niño en brazos, que
estaba sentada en el escalón de una puerta. La amargura
de todos ellos consistía, claro está, en que hubieran
querido intervenir, para bien, en los asuntos humanos
pero habían perdido la facultad de hacerlo.
No hubiera podido decir si aquellos seres se
habían desvanecido en la niebla o si ésta los acogió
cariñosamente. Pero ellos y sus voces fantasmales
desaparecieron, y la noche continuó con el mismo
aspecto que tenía cuando llegó a su casa Scrooge cerró
la ventana y examinó la puerta por la cual había entrado
el fantasma. Estaba cerrada con doble llave, tal como
él mismo la había cerrado con sus propias manos, y
el cerrojo permanecía igual. Iba a pronunciar la frase:
“¡Una farsa!”, pero se detuvo a la primera sílaba. Y,
fuese por la emoción que había sufrido, o por las fatigas
del día, o por la ojeada lanzada al mundo invisible, o
por la lúgubre conversación con el fantasma, o por lo
avanzado de la hora, el caso es que sintió necesidad
de reposo; así que se acostó sin desnudarse y cayó al
instante en un profundo sueño.

35
CHARLES DICKENS

El tercer visitante de Scrooge


36
CANCIÓN DE NAVIDAD

SEGUNDA ESTROFA
EL PRIMERO DE LOS TRES ESPECTROS

37
CHARLES DICKENS

Cuando Scrooge se despertó estaba tan oscuro


todavía, que apenas pudo distinguir la ventana
transparente de las paredes opacas de la habitación.
Estaba preocupado en penetrar las tinieblas con sus
ojos hurones, cuando las campanadas de una iglesia
cercana dieron los cuatro cuartos. Luego oyó la hora.
Con gran sorpresa suya, la pesada campana hizo
sonar las seis, y luego las siete, y siguió de siete a ocho,
y normalmente hasta las doce; entonces se detuvo. ¡Las
doce! Eran pasadas las dos cuando se fue a la cama. El
reloj estaba descompuesto. Un carámbano debía haber
caído en su mecanismo. ¡Las doce!
Pulsó el resorte de su repetidor para comprobar
aquel absurdo reloj. Su pequeño y rápido pulso dio las
doce y se detuvo.
“¡Vaya!, no es posible —se dijo Scrooge— que
haya dormido durante un día entero y entrada la noche
siguiente. ¡No es posible que le haya ocurrido algo al
sol y ahora sean las doce del mediodía!”
Como sus propios razonamientos comenzaban
a alarmarle, saltó de la cama y anduvo a tientas hacia
la ventana. Se vio obligado a restregar la escarcha
con la manga de su bata antes de poder ver algo, y
lo que pudo ver no fue mucho. Todo cuanto dedujo
es que todavía estaba la atmósfera muy neblinosa y
extremadamente fría, y que no se oía ningún rumor de
gente que transitara por la calle e hiciese gran bullicio,
como indudablemente hubiera sucedido si la noche
hubiese vencido al brillante día, tomando posesión
del mundo. Esto era un gran alivio, porque la fórmula
“a tres días vista de esta primera de cambio pagará al
38
CANCIÓN DE NAVIDAD

señor Ebenezer Scrooge o a su orden”, etc., se habría


transformado en un simple valor bursátil y le hubiesen
faltado estos días.
Scrooge se volvió a meter en la cama y pensó,
pensó y pensó una y otra vez, y de nuevo, y no pudo,
a la postre, sacar nada en claro. Cuanto más pensaba,
más perplejo se sentía; y cuanto más se esforzaba en no
pensar, más y más pensaba.
El fantasma de Marley lo había molestado
muchísimo. Cada vez que decidía en su mente, después
de madura reflexión, que todo ello no había sido más
que un sueño, aparecía de nuevo la pesadilla como un
fuerte resorte que volvía a su primera posición y le
prestaba el mismo problema para ser examinado otra
vez: ¿había sido un sueño, o no?
Scrooge se quedó en este estado hasta que el
carillón tocó tres cuartos más, y en aquel momento
recordó súbitamente que el fantasma le había anunciado
una visita. Se dispuso a permanecer despierto hasta que
hubiese pasado la hora; y, considerando que volver a
dormirse era tan imposible como ir al cielo, ésta era
quizás la mejor resolución que podía tomar.
El cuarto de hora fue tan largo, que más de una vez
se le ocurrió que quizá había caído inconscientemente
en un sueño ligero y se había distraído del reloj. Al fin se
dejó sentir, en su atento oído: “¡Din, dan!” “Ha pasado un
cuarto”, se dijo Scrooge, contando. “¡Din, dan!” “Media
hora ha pasado”, pensó Scrooge. “¡Din, dan!” “Falta un
cuarto de hora”, reflexionó Scrooge. “¡Din, dan!”
—¡La hora, la una —exclamó Scrooge,
triunfalmente—, y no pasa nada más!
39
CHARLES DICKENS

Lo dijo antes de que la campana diese la hora,


y cuando lo hizo fue la una más profunda, hueca, triste
y melancólica que jamás se haya oído. Una claridad se
hizo en la habitación por un instante y las cortinas de
la cama se corrieron.
Las cortinas de la cama fueron movidas a un
lado, os lo digo yo, por una mano. No las cortinas de sus
pies, ni las de un lado, sino las que estaban delante de
él, frente a su cara. Las cortinas se apartaron y Scrooge,
empezando a ponerse en una actitud medio reclinada,
se encontró cara a cara con el visitante espectral que
las separaba: tan cercano a él como yo lo estoy en este
momento de vosotros, y yo os tengo, espiritualmente,
al alcance de la mano.
Era una figura extraña —como un niño, aunque
no muy semejante a un niño, sino mejor a un anciano
visto por algún médium que le daba la apariencia de
haber retrocedido a las proporciones de un muchacho.
Sus cabellos, que colgaban en torno al cuello y más
abajo hasta la espalda, eran blancos como debidos
a la edad; y, sin embargo, el rostro no tenía ni una
arruga, y la más tierna lozanía brillaba en su piel.
Los brazos eran muy largos y musculosos igual que
las manos, como si su asimiento fuese de una fuerza
excepcional. Llevaba las piernas y los pies, que estaban
muy delicadamente formados, como los miembros
superiores, al descubierto. Vestía una túnica de la
más nítida blancura, y su cintura estaba ceñida por
un refulgente cinturón de gran belleza. Llevaba en la
mano una rama de acebo fresco, y, como una singular
contradicción con este invernal emblema, su vestido se
40
CANCIÓN DE NAVIDAD

adornaba de flores estivales. Pero lo más extraño de


todo ello era que de la corona de su cabeza emergía
un rayo de luz brillante, iluminando todo su atavío; y
le daba indudablemente la ocasión de utilizar, en sus
momentos de melancolía, un gran matacandelas que
en aquel instante sostenía bajo el brazo.
Tampoco esto, sin embargo, cuando Scrooge
lo miraba atentamente, correspondía a su extraña
condición. Porque,
dado que su cinturón resplandecía y centelleaba
unas veces a un lado y otras a otro, y como lo que estaba
iluminado un instante aparecía oscuro en otro, la figura
entera, más que precisa, era fluctuante, pareciendo a
veces una cosa con un brazo, ahora con una pierna,
luego con veinte piernas, ahora un par de piernas sin
cabeza, y luego una cabeza sin cuerpo, de cuyas partes
separadas no se veían los contornos por la lobreguez
con que estaban mezcladas; y lo más extraño de toda
aquella visión era que en cualquier momento todo
volvía a tomar una apariencia, clara y precisa, como
antes la había tenido.
—-¿Sois vos acaso el espíritu cuya visita se me
ha anunciado, señor?
—-Yo soy.
La voz era suave y apacible. Singularmente
baja, como si, en vez de estar cerca, se hallase a cierta
distancia. —¡Quién sois y qué sois? —preguntó Scrooge.
—Soy el fantasma de las Navidades pasadas.
—¿Pasadas desde hace tiempo? —inquirió
Scrooge, observando su diminuta estatura.
—No. Las de vuestro pasado.
41
CHARLES DICKENS

Quizás Scrooge no hubiera dicho a nadie por


qué, si alguien se lo hubiese preguntado, pero tenía un
especial deseo de ver al espectro tocado con su gorro,
por lo que le rogó que se cubriera.
—¡Cómo! —exclamó el fantasma—, ¿vais a
querer apagar tan pronto la luz que irradio? ¿No os
basta ser uno de aquellos cuyas pasiones han hecho
este gorro y me obligan a través de una serie de años a
que me lo ponga metido hasta la ceja?
Scrooge se defendió de toda intención de ofender
o de haber “calado” voluntariamente ningún gorro al
espectro en ningún período de su vida. Entonces se
tomó la libertad de preguntarle qué clase de asunto lo
llevaba allí.
—Vuestro bienestar —respondió el fantasma.
Scrooge expresó su agradecimiento, pero no pudo
evitar el pensamiento que una noche de descanso
ininterrumpido hubiera conducido mucho mejor a este
fin. El espíritu debió de darse cuenta de lo que estaba
pensando, porque le dijo inmediatamente:
—¡Y ahora venís con reclamaciones! ¡Id con
cuidado! Extendió su fuerte mano mientras hablaba y
le agarró el brazo suavemente.
—¡Levantaos y venid conmigo!
Hubiera sido en vano que Scrooge protestara de
que la rudeza del tiempo y la hora no eran las más a
propósito para actividades pedestres, de que la cama
estaba caliente y el termómetro muy por debajo de
cero, de que estaba vestido más que ligeramente con
sus zapatillas, su bata y su gorro de dormir, y de que
sufría un serio resfriado en aquellos momentos. El
42
CANCIÓN DE NAVIDAD

apretón, aunque suave como si fuese de una mano de


mujer, no era para resistirlo. Se levantó, pero, viendo
que el fantasma se dirigía ya a la ventana, recogió su
ropa, suplicante.
—Soy un mortal —refunfuñó Scrooge—, y estoy
sujeto a la caída.
—Pasa, aunque sea un instante, mi mano por ahí
—dijo el espectro, poniéndosela sobre el corazón— y te
sentirás sostenido en tus acciones.
Mientras estas palabras se pronunciaban,
pasaron a través de la pared y salieron a un camino
rural, con campos a cada lado. La ciudad se había
desvanecido por completo. Ni un vestigio de ella podía
apreciarse en ninguna parte. La oscuridad y la niebla
habían desaparecido con ella, porque se gozaba de un
día claro, frío, con nieve sobre la tierra.
—¡Santo cielo! —exclamó Scrooge, restregándose
las manos y mirando a su alrededor—. Yo me crié en
este lugar. Era un chico cuando vivía aquí.
El fantasma lo miró dulcemente. Su toque
suave, aunque había sido ligero e instantáneo, estaba
todavía presente en los sentimientos del anciano.
Se daba cuenta de que miles de olores flotaban en
el aire, relacionado cada uno de ellos con miles de
pensamientos, y esperanzas, y alegrías, y cuidados,
por mucho, mucho tiempo olvidados.
—Vuestro labio está temblando —dijo el
fantasma—. ¿Y qué es eso que tenéis en la mejilla?
Scrooge murmuró, con un tono atractivo en su
voz, que era un grano y rogó al espectro que lo llevara
a donde quisiera.
43
CHARLES DICKENS

—¿Reconocéis este camino? —inquirió el


fantasma.
—¡Si lo reconozco! —gritó Scrooge, con fervor—.
Podría pasearme por él a ciegas.
—¡Qué raro que lo hayáis olvidado tantos años!
—observó el espectro—. ¡Sigamos adelante!
Pasearon a lo largo del camino y Scrooge reconoció
cada puerta, cada poste, cada árbol; hasta que una
pequeña ciudad de provincia apareció a cierta distancia,
con su puente, su iglesia y su río tortuoso. Algunos
caballitos peludos trotaban hacia ellos montados por
chiquillos que llamaban a otros muchachos que iban en
calesas rurales y carretas conducidas por campesinos.
Todos aquellos chicos estaban de buen humor y se
llamaban y gritaban unos a otros, de tal manera que los
vastos campos se llenaban de tan alegres músicas, que el
aire refrescante se reía al oírlas.
—Estas no son más que las sombras de
escenas que han sido —dijo el fantasma—. No tienen
conocimiento de nuestra presencia.
Los alegres transeúntes se iban acercando y, a
medida que se cruzaban con ellos, Scrooge los reconocía
y nombraba. ¡Se sentía regocijado más allá de todos los
límites al verlos! ¡Cómo centelleaban sus fríos ojos! ¡Y
cómo saltaba su corazón al verlos pasar! ¿Por qué se
sentía lleno de satisfacción cuando los oía desearse
unos a otros felices Pascuas, cuando se separaban en
las encrucijadas y los senderos para dirigirse a sus
hogares? ¿Qué significaban para Scrooge las felices
Pascuas? ¡A paseo con las felices Pascuas! ¿Con qué le
habían beneficiado?
44
CANCIÓN DE NAVIDAD

—La escuela no está totalmente desierta -dijo


el fantasma—: ha quedado un solo niño, olvidado por
sus amigos.
Scrooge dijo que lo conocía. Y se puso a
sollozar.
Dejaron la carretera, por un caminillo estrecho
bien recordado por Scrooge, y pronto se acercaron
a una mansión de deslucidos ladrillos rojos, con
una pequeña cúpula coronada por una veleta en el
tejado de la que pendía una campana. Era un edificio
espacioso, pero con diversa fortuna; por un lado, la
parte dedicada a dependencias era poco utilizada,
y las paredes estaban húmedas y musgosas, las
ventanas rotas y las puertas medio podridas. Varias
aves cloqueaban y se pavoneaban en los establos; las
cocheras y los cobertizos estaban invadidos por la
hierba. Nadie se había preocupado de conservar el
edificio principal en su antiguo estado, pues, al entrar
en el triste vestíbulo y mirando a través de las puertas
abiertas de varias habitaciones, se veía que estaban
pobremente amuebladas, frías e inhóspitas. Un olor a
tierra y una fría desnudez dominaban aquel interior, lo
que indicaba mucha preocupación por levantarse a la
luz de la vela y poca por la comida.
El fantasma y Scrooge atravesaron el vestíbulo
y se dirigieron a una puerta en la parte posterior de
la casa. La abrieron ante ellos y descubrieron una
larga, desnuda y melancólica habitación que daba
la impresión de mayor desnudez todavía debido a
las líneas de un feo mobiliario comercial compuesto
de bancos y pupitres. En uno de éstos, un muchacho
45
CHARLES DICKENS

solitario estaba leyendo a la débil luz de un hogar, y


Scrooge se sentó en un banco, llorando, al verse a sí
mismo tal como había sido antaño.
No había en el caserón ni un solo chillido, ni
el rascar de ratones detrás del artesonado, ni ningún
goteo del canalón que se deshelaba en el abandonado
huerto posterior, ni un aliento entre las ramas sin hojas
de un álamo poco animoso, ni la perezosa oscilación de
la puerta de un vacío almacén; no, ni un solo chasquido
en el fuego, sin embargo, aquel ambiente se abatía
sobre el corazón de Scrooge con una suave influencia y
proporcionaba libre acceso a sus lágrimas. El espectro
le tocó el brazo y le señaló a su ser tal como era en su
juventud, atento a la lectura. Súbitamente, un hombre
vestido de un modo extraño y maravillosamente real, y
que impresionaba al mirar, se puso frente a la ventana;
llevaba un hacha colgada de su cinturón y conducía
por la brida a un asno cargado de leña.
—¡Toma! Es Alí Babá —exclamó Scrooge,
en éxtasis— ¡Es el bueno y querido Alí Babá! Sí,
sí; lo conozco. Una vez, por Navidad, cuando a
aquel solitario muchacho lo dejaron aquí solo, vino
por primera vez, así vestido exactamente. ¡Pobre
muchacho! Y Valentine —añadió Scrooge—, y su
travieso hermano, Orson. ¡Allí se fueron! Y ¿cuál es el
nombre de aquel que dejaron en calzoncillos, mientras
estaba durmiendo, en la puerta de Damasco? ¡No lo
miréis! Y el lacayo del Sultán, vuelto al revés por los
Genios; aquí está, responsable de todo. Servidle bien.
Estoy contento de él. ¡Qué trabajo tuvo para casarse
con una princesa!
46
CANCIÓN DE NAVIDAD

Oír a Scrooge empleando toda la seriedad de


su carácter en tales temas, con una voz extraordinaria,
entre la risa y el llanto, y ver su expresiva y excitada
cara, hubiera sido una sorpresa para sus amigos de
negocios de la ciudad.
—Aquí está el loro —lloriqueó Scrooge—.
Cuerpo verde y cola amarilla, con una cosa como una
lechuga creciéndole en lo alto de la cabeza. ¡Aquí le
tenéis! “Pobre Robinson Crusoe”, le llamaba, cuando
volvía a casa después de haber navegado alrededor de
la isla. “¡Pobre Robinson Crusoe! ¿Dónde has estado,
Robinson Crusoe?” El hombre pensó que estaba
soñando, pero no era cierto. Era el loro, ¿sabéis? Allí
llegó también Viernes, corriendo a la pequeña ensenada
para salvar su vida. ¡Hola! ¡Eh! ¡Hola!
Entonces, con una rapidez de transición muy
extraña para su carácter normal, dijo, en un sentimiento
de piedad hacia sí mismo:
“¡Pobre muchacho!”, y lloró de nuevo.”
—Yo querría... —musitó Scrooge, poniendo
su mano en el bolsillo, mirando a su alrededor y
secándose los ojos con la manga—, pero es demasiado
tarde ahora.
—¿Qué os pasa? —preguntó el espectro.
—Nada —respondió Scrooge—, nada. Había un
muchacho cantando un villancico en mi puerta, ayer
por la noche. Me gustaría haberle dado algo. Esto es
todo.
El fantasma sonrió pensativo, moviendo la
mano, mientras decía:
—Veamos otras Navidades.
47
CHARLES DICKENS

El primitivo ser de Scrooge creció de talla al ser


pronunciadas estas palabras y la habitación se volvió
un poco más oscura y más sucia. Los artesonados se
encogieron, las ventanas crujieron; fragmentos de
escayola cayeron del techo, dejando ver los envigados
desnudos; pero cómo se había realizado todo ello,
Scrooge no lo sabía mejor que vos. Él sólo sabía que
todo se había desarrollado muy correctamente, que
todo había sucedido así, que él estaba allí, solo otra
vez, cuando todos los demás chicos se habían ido a sus
hogares para celebrar las gozosas fiestas.
Ahora no estaba leyendo, sino paseándose
arriba y abajo con desesperación. Scrooge buscó al
fantasma y, con un lúgubre movimiento de cabeza,
miró ansiosamente hacia la puerta.
Ésta se abrió, y una niña, mucho más joven que
el chico, se precipitó adentro y, rodeándole el cuello
con sus brazos y besándole repetidamente, se dirigió a
él llamándole. “Querido, querido hermano.”
—He venido para llevarte a casa, querido
hermano —dijo la niña, batiendo palmas con sus
diminutas manos e inclinándose al reír—. ¡Para llevarte
a casa, a casa, a casa!
—¿A casa, pequeña Fan? —repitió él
interrogativo.
—Sí —dijo la muchacha, con el mayor regocijo—.
De una vez para siempre. A casa, para siempre,
para siempre. Padre está mucho más amable que de
costumbre, y por esto nuestro hogar es como un cielo.
Me habló tan dulcemente una tranquila noche, que no
me dio miedo preguntarle una vez más si podías volver
48
CANCIÓN DE NAVIDAD

a casa; y contestó que sí, que podías; me ha mandado


en un coche para llevarte. Y has de comportarte como
todo un hombre —siguió la niña, abriendo sus ojos—,
y no volverás nunca aquí; pero primero vamos a pasar
juntos todas las Navidades y disfrutar las horas más
alegres del mundo.
—¡Eres toda una mujer, pequeña Fan! —exclamó
el muchacho.
Ella dio una palmada y se rió, intentando
acariciar la cabeza de su hermano; pero, como era
demasiado pequeña para ello, rió de nuevo y se alzó
sobre la punta de los pies para abrazarle. Y entonces
comenzó a empujarle, con su infantil ardor, hacia la
puerta; él, no demasiado convencido, la acompañaba.
Una voz terrible se dejó oír en el vestíbulo,
gritando:
“¡Deja la caja del señor Scrooge ahí!”, y en la
entrada apareció el mismo maestro de escuela, con un
feroz aire protector, y lo sumió en un espantoso estado
de ánimo para osar estrecharle la mano. Entonces los
condujo, a él y a su hermana, al interior de la sala más
fría que jamás se había visto, donde los mapas en la
pared, y los globos celestes y terrestres, en las ventanas,
estaban cerosos por el frío. Ahí sacó una garrafa de
un vino curiosamente claro y un pedazo de un pastel
curiosamente compacto, y distribuyó esas golosinas
que gustan a la gente menuda; al mismo tiempo,
ordenaba a un sirviente delgaducho que ofreciese un
vaso de “algo” al postillón, quien contestó que daba
las gracias al señor, pero, si era de la misma clase que
había probado antes, más bien prefería no repetir.
49
CHARLES DICKENS

El equipaje del señor Scrooge había sido, durante


este tiempo, colocado y atado en lo alto de la calesa
y los muchachos se despidieron de buena gana del
maestro de la escuela; y, subiendo al carruaje, rodaron
gozosamente por el sendero del jardín, mientras las
veloces ruedas arrancaban la escarcha y la nieve de
aquella hojarasca oscura, como si fuesen espuma.
—Siempre fue una criatura delicada, a quien
un suspiro ha. avergonzado —dijo el fantasma—. Pero
tenía un gran corazón.
—Sí lo tenía —lloriqueó Scrooge—. Tenéis
razón. No lo puedo negar, espectro. ¡Dios me libre!
— Murió siendo toda una mujer —explicó el
fantasma— y tuvo hijos, creo yo.
—Un hijo —aclaró Scrooge.
—¡Cierto! —asintió el fantasma—. ¡Vuestro
sobrino! Scrooge pareció sentirse incómodo y respondió
brevemente:
—Sí.
Aunque hacía sólo un instante que habían
dejado la escuela tras de ellos, se encontraban ya en los
barrios más concurridos de la ciudad, donde imprecisos
transeúntes pasaban y volvían a pasar, donde vagos
carruajes y carros luchaban por avanzar, y donde se
agitaba el barullo y el tumulto de una ciudad real.
Era evidente, por los adornos que lucían las tiendas
y los edificios, que allí también estaban otra vez en
Navidad, pero era por la noche, y las calles aparecían
profusamente iluminadas.
El fantasma se detuvo ante la puerta de un
almacén y preguntó a Scrooge si lo conocía.
50
CANCIÓN DE NAVIDAD

—¡Sí, lo conozco! —dijo Scrooge—. ¡Como que


es ahí donde hice mi aprendizaje!
Entraron. En cuanto vio a un anciano caballero
tocado con una peluca galesa, sentado en un pupitre
tan alto que, si hubiese tenido dos pulgadas más, habría
dado con la cabeza en el techo, Scrooge gritó con gran
excitación:
—¡Cómo! ¡Si es el viejo Fezziwig! ¡Que Dios le
bendiga! Es el propio Fezziwig, vivo otra vez.
El viejo Fezziwig dejó a un lado su pluma y
miró el reloj, que marcaba las siete. Se frotó las manos,
se ajustó su chaqueta, demasiado holgada, soltó una
estrepitosa carcajada y exclamó con una voz jovial,
gruesa, untuosa, afable:
—¡Venid aquí! ¡Ebenezer! ¡Dick!
El Scrooge de los primeros años, ahora ya
transformado en un jovencito, entró alegremente,
acompañado de su camarada aprendiz.
—¡Dick Wilkins, claro está! —dijo Scrooge al
espectro—. ¡Que Dios me bendiga, vaya si lo es! Me
tenía mucho cariño. Y yo también lo quería. ¡Pobre
Dick! ¡Pobrecito!
—¡Oíd, muchachos! —dijo Fezziwig—. Basta
de trabajar por esta noche. ¡Es la víspera de Navidad,
Dick! ¡Navidad. Ebenezer! Cerremos las puertas —gritó
el viejo Fezziwig, dando una palmada— antes de que
nos vengan a importunar.
¡No podéis formaros una idea del entusiasmo con
que los dos camaradas se dispusieron a cumplimentar
la indicación del dueño! Salieron a la calle cargados con
las puertas —una, dos, tres—, las pusieron en su lugar
51
CHARLES DICKENS

—cuatro, cinco, seis—, las fijaron con barra y tornillos


—siete, ocho, nueve— y volvieron a entrar antes de que
pudierais contar hasta doce, jadeantes como caballos
de carreras.
—¡Ea! —gritó el viejo Fezziwig, saltando del alto
taburete con prodigiosa agilidad—. ¡Quitad estorbos
de delante, muchachos, para que podamos disponer
de buen espacio! ¡Ea, Dick! ¡Al ataque, Ebenezer!
¡Quitar estorbos! No había nada que no quisieran
hacer, o que no pudieran hacer, si el viejo Fezziwig
estaba mirando. Todo fue hecho en una exhalación.
Todo cuanto podía ser trasladado, lo fue como si ya
no tuviera que utilizarse jamás; el suelo fue barrido y
fregado, las lámparas adornadas, se añadió cantidad
de combustible al fuego, y el almacén quedó tan bien
arreglado, caliente, seco y brillante como una sala de
fiestas, tal como hubierais querido encontrarlo en una
noche de invierno.
Llegó un violinista con sus cuadernos de música
y se fue a sentar ante el alto pupitre, del que se sirvió
como si fuese un facistol, y comenzó a afinar el violín
como si sintiera cien atroces dolores de estómago. Llegó
la señora Fezziwig con su espléndida sonrisa. También
llegaron las tres señoritas Fezziwig, sonrientes y
encantadoras. Llegaron sus seis galanteadores, a quienes
habían destrozado los correspondientes corazones.
Llegaron los jóvenes, hombres y mujeres, empleados en
el negocio. Llegó la asistenta acompañada por su primo,
el panadero. Llegó el cocinero con el amigo personal
de su hermano, el lechero. Llegó el mozo de la tienda
de enfrente, de quien se chismeaba que el amo le daba
52
CANCIÓN DE NAVIDAD

poco de comer, y que procuraba esconderse detrás de la


chica de la puerta, no la de al lado, sino la siguiente, que
mostraba sin lugar a dudas que su ama le había tirado de
las orejas. Todos entraron, todos, unos después de otros,
tímidos o decididos, algunos garbosos y otros torpes,
empujando unos y siendo empujados los de más allá; en
fin, entraban de cualquier manera y como podían. Todos
ellos empezaron, a la vez, la danza, y veinte parejas, a un
tiempo, se lanzaron, con las manos unidas, formando
un círculo, a dar media vuelta a la izquierda y luego al
lado opuesto, avanzando medio cuerpo y retrocediendo
después, poniéndose casi en cuclillas y levantándose en
seguida otra vez, para empezar a dar vueltas y a reunirse
a un mismo tiempo en amorosas parejas. Como que las
parejas mayores siempre equivocaban el paso o giraban
en sentido contrario, la nueva pareja principal procuraba
volver a componer la danza, sin poder lograrlo, hasta
que la cadena se rompió y nadie pudo ya recomponerla.
Cuando llegaron a este punto de la danza, el buen
Fezziwig, dando una palmada para detenerla, gritó:
“¡Lo habéis hecho muy bien!” y el violinista metió su
rostro acalorado dentro de un recipiente preparado al
efecto. Pero, una vez se hubo refrescado y reposado un
poco, reanudó al momento su trabajo, aunque todavía
no había parejas en el centro de la sala, como si el otro
violinista hubiese sido llevado a su domicilio exhausto
sobre un fuste de postigo y él, reaparecido, fuese un
flamante individuo decidido a triunfar sobre el anterior
de forma nunca vista, o perecer.
Hubo más bailes y juegos de prendas y otras
danzas, dulces y un refresco a base de una bebida
53
CHARLES DICKENS

compuesta de vino, agua, azúcar y especias, y un gran


pedazo de carne asada, fría, y un buen trozo de carne
hervida fría también. Había picadillo de carne con
frutas y abundancia de cerveza. Pero la gran sensación
de la velada tuvo lugar después del asado y la carne
hervida, cuando el violinista (un redomado tunante
y consumado artista, podéis creerlo, de esa clase de
hombres que saben su obligación mejor de lo que vos o
yo podríamos enseñarle) atacó la romanza de “Sir Roger
de Coverley”. Entonces el viejo Fezziwig salió a bailar
con la señora Fezziwig en calidad de parejas principales,
con una pieza difícil escogida especialmente para ellos,
y veintitrés o veinticuatro parejas más con las cuales
no era posible andarse con chiquitas, pues eran gentes
que querían bailar y no tenían noción ni de las figuras
más conocidas.
Pero, aunque esas parejas escogidas hubieran
sido el doble, o cuatro veces más, el buen Fezziwig
no se hubiera dejado dominar por ellas, y lo mismo
hubiera ocurrido con la señora Fezziwig.
En cuanto a ella, era el ejemplo vivo de la excelente
compañera, en cualquier sentido de la palabra. Si esto
no es un elogio completo, absoluto, sugeridme otro,
que lo utilizaré gustoso. Una nueva ligereza pareció
electrizar las pantorrillas de Fezziwig. Brillaban en cada
figura del baile con fulgencias estelares. No hubierais
podido predecir, en un momento dado, qué espléndida
figura sucedería a la que acababan de dibujar, y cuando
el bueno de Fezziwig y la señora Fezziwig hubieron
bordado todos sus pasos y figuras, avanzando y
retrocediendo, extendiendo las dos manos a su pareja,
54
CANCIÓN DE NAVIDAD

haciendo un saludo y una reverencia, marcando una


voltereta, enhebrada de aguja y paso adelante, y
volvieron a su sitio, Fezziwig remató tanto primor, con
un brío tan refinado, que pareció como si sus piernas
parpadearan, y se quedó firmemente quieto sin la
menor vacilación.
Cuando el reloj dio las once, aquel baile familiar
se disolvió. El señor Fezziwig y la señora Fezziwig
se colocaron en su lugar de ceremonia, uno a cada
lado de la puerta, y dieron la mano a los invitados
personalmente a medida que se despedían, deseando
a cada uno felices Pascuas. Cuando todos se hubieron
retirado, a excepción de los dos aprendices, hicieron
lo mismo con ellos dos, y así fueron apagándose las
voces, y los muchachos fueron a acostarse en sus
camas que estaban situadas debajo de un mostrador
en la trastienda.
Durante todo este tiempo, Scrooge había
actuado como un hombre fuera de sí. Su corazón y su
mente estaban representados en la escena, pero con su
antigua alma. Se acordaba de todo, confirmaba hasta
el menor detalle, disfrutaba de aquellos recuerdos y
dejaba traslucir la más extraña agitación.
No fue hasta entonces, al girarse hacia ellos los
brillantes rostros de su propio yo y de Dick, cuando
volvió a acordarse del fantasma y recobró la conciencia
de que estaba contemplándose a sí mismo y que la luz
encima de su cabeza lo iluminaba todo claramente.
—Bien poquita cosa —dijo el fantasma—, para
poner a esas necias gentes tan exaltadas de gratitud.
—¡Poquita cosa! —repitió Scrooge, como un eco.
55
CHARLES DICKENS

El espectro le hizo una señal para que escuchara


a los dos aprendices, cuyos corazones exultaban a
borbotones alabanzas a Fezziwig; y cuando Scrooge lo
hubo hecho, dijo él:
—¡Qué! ¿Tienen razón, acaso? Han gastado
sólo unas pocas libras de vuestra moneda mortal; tres
o cuatro, quizás, Gy es esto tan gran cosa como para
merecer este elogio desproporcionado?
—No es eso —respondió Scrooge, indignado por
la observación y hablando inconscientemente como si
lo hiciera, no su ser presente, sino el antiguo—. No; no
es eso, espíritu. El dinero tiene el poder de hacernos
felices o desgraciados, hacer que nuestro trabajo sea
ligero o pesado, un placer o un fastidio. Podéis decir
que su poder reside en palabras y miradas, en cosas
tan ligeras e insignificantes, que es imposible reunirlas
para contarlas. Pero eso, ¿qué importa? La felicidad
que otorga es tan grande como si costara una gran
fortuna.
Sintió fija en sí la mirada del espectro y calló.
—¿Qué os sucede? —preguntó el fantasma.
—Nada de particular —le contestó Scrooge.
—¡Me parece que algo os pasa! —insistió el
espectro. —¡No! —repitió Scrooge—. No; sólo que
me agradaría poder decirle una o dos palabras a mi
dependiente ahora mismo. Esto es todo.
Su antiguo ser apagó las lámparas en cuanto
manifestó este deseo, y Scrooge y el espectro volvieron
a encontrarse juntos, uno al otro, al aire libre.
—Mi tiempo se está terminando —observó el
fantasma— ¡la prisa!
56
CANCIÓN DE NAVIDAD

Esto no iba dirigido a Scrooge o a alguien que


él pudiese ver, pero se produjo un efecto inmediato,
porque Scrooge se vio a sí mismo en aquel momento.
Aparentaba más edad, era ya un hombre en la flor de
la vida. Su rostro no mostraba aún los rasgos rígidos
y crueles de los últimos años, pero ya empezaban
a aparecer las señales de avaricia y preocupación.
Tenía una mirada ardiente, codiciosa, intranquila, que
delataba la pasión que había enraizado en sus ojos y
hacia qué lado caería la sombra del árbol que estaba ya
creciendo rozagante.
No estaba solo, sino sentado al lado de una
deliciosa joven vestida de luto en cuyo rostro brillaban
unas lágrimas a la luz que despedía el fantasma de
las Navidades pasadas.—Poco importa —decía ella
suavemente—. Para vos, muy poco. Otro ídolo me
desplazó; y si puede animaros y confortaros en los
tiempos futuros, como yo hubiera intentado hacer, no
tengo motivo válido para sentirme afligida.
—¿Qué ídolo os ha desplazado? —preguntó
Scrooge. —Uno de oro.
—¡Esta es la constante y principal preocupación
del mundo! —dijo él—. Con nada se es tan duro como
con la pobreza, y nada se condena con tanta severidad
como el afán de riquezas.
—Teméis demasiado al mundo —contestó ella,
gentilmente—. El resto de vuestras esperanzas se ha
fundido en el deseo de que no se os pueda hacer ese
sórdido reproche. He contemplado cómo caían una a
una vuestras nobles aspiraciones, hasta que la pasión
cumbre, la ganancia, os absorbió. ¿No es eso cierto?
57
CHARLES DICKENS

—Bien, ¿y qué si así fuese? —replicó con


viveza—.
Os duele que me haya vuelto tan juicioso y
sensato. ¿Qué queréis, entonces? Yo no he cambiado
con respecto a vos. —Ella movió la cabeza—. ¿He
cambiado yo acaso?
—Nuestro contrato es viejo ya. Fue convenido
cuando ambos éramos pobres y estábamos resignados
a ello; incluso, en buenas temporadas, pudimos
mejorar de posición por medio de nuestro paciente
trabajo. Vos cambiasteis. Cuando lo convenimos, erais
otro hombre.
—Era un muchacho —dijo él, impaciente.
—Vuestros propios sentimientos os dicen que
no erais lo que ahora sois —insistió ella—. Yo sí soy la
misma. Lo que prometimos que sería felicidad cuando
nuestros corazones no eran más que uno solo, se ha
convertido en miseria ahora que somos dos. No puedo
ni decir cuán a menudo y cuán profundamente he
pensado en esto. Basta que haya pensado en ello y os
haya dado la libertad.
—¿Acaso traté realmente alguna vez de recobrar
esa libertad?
—¿Con palabras? ¡No, nunca!
— ¿De qué manera, pues?
—Cambiando de modo de ser, volviéndoos
diferente, creando alrededor vuestro otro ambiente de
vida, imponiéndoos otra esperanza como ingente meta
en todo cuanto daba, a vuestros ojos, valor y riqueza
a mi amor. Si éste no hubiera existido nunca entre
nosotros —prosiguió la joven, mirándole suavemente,
58
CANCIÓN DE NAVIDAD

pero con tesón—, decidme: ¿hubierais ahora intentado


convencerme para que os amara? ¡Oh, no!
Parecía que él rendía justicia a esta suposición,
a pesar de sí mismo. Pero dijo, como si demostrara una
gran violencia:
—No pensáis lo que decís.
—¿Creéis que no querría poder pensar de otra
manera? ¡Ah, si pudiera hacerlo! —contestó ella—.
¡Dios lo sabe! Cuando yo he llegado a comprender
una verdad como ésta, estoy convencida de lo fuerte
e irresistible que debe ser. Pero, si os encontrarais
libre hoy, mañana o ayer, ¿cómo podría creer que
escogeríais a una muchacha sin dote, vos que en
vuestras confidencias habéis confesado que todo lo
apreciáis según la ganancia que os rinde? O, aunque
la escogierais, por azar, en un momento en que os
mostrarais tan infiel con el principio que rige vuestras
acciones como para hacer tal cosa, ¿es que puedo dudar
un instante de qué arrepentimiento y pesar seguirían a
vuestra decisión? No puedo dudar de ello, y por esto os
devuelvo la libertad. Con todo mi corazón, en recuerdo
del amor que una vez fuisteis para mí.
Scrooge se disponía a hablar, pero ella, con la
mirada fija en él, continuó:
—Podéis sentir, y os aseguro que el recuerdo de
lo que pasó casi me inclina a esperar que así sea, podéis
sentir pena, cierta pena, por todo esto. Pero dejemos
transcurrir algún tiempo, muy poco, y veréis cómo este
recuerdo se desvanece, con satisfacción por vuestra
parte, como si de un sueño improductivo se tratara, del
cual estuvierais contento de haber despertado. ¡Dios
59
CHARLES DICKENS

quiera que, por lo menos, encontréis la felicidad en ese


camino que habéis escogido!
Ella se apartó de él, y se separaron.
—¡Espectro —exclamó Scrooge—, no me
mostréis nada más! Conducidme a casa. ¿Por qué
gozáis torturándome?
—¡Sólo una visión más! —replicó el fantasma.
—¡No, no, nada más! —gritó casi Scrooge—.
Nada más.; no quiero verla. ¡No me mostréis nada
más!
Pero el irreductible fantasma le sujetó ambos
brazos y lo obligó a que mirase lo que iba a suceder.
Se encontraban en otro ambiente y lugar; una
habitación ni demasiado espaciosa ni bonita, pero sí
llena de comodidades. Cerca del fuego de la chimenea
estaba sentada una bella muchacha, tan parecida a
la última con la que había hablado Scrooge, que éste
pensó que se trataba de la misma persona, hasta que
la vio mejor, y entonces, la reconoció, en efecto, bajo
la apariencia de una mujer madura, sentada frente a
su hija. El bullicio, en aquella estancia, era tremendo,
porque había allí más niños de los que a
Scrooge, en su agitado estado mental, le era
posible contar; y, al revés de lo que sucedía con la
banda del célebre poema, no eran cuarenta niños que
se conducían como si fueran uno solo, sino que cada
muchacho se comportaba como si fueran cuarenta.
La consecuencia era un barullo estruendoso más
allá de toda imaginación, pero nadie allí parecía darse
cuenta de ello; al contrario, la madre y la hija reían de
todo corazón y gozaban sinceramente del espectáculo;
60
CANCIÓN DE NAVIDAD

tanto, que la última empezó pronto a mezclarse en los


juegos y se vio zarandeada por los jóvenes bandidos
más atrevidos, sin ningún miramiento. ¿Qué es lo que
no hubiéramos dado por ser uno de ellos? Aunque
jamás me hubiera atrevido a emplear modales tan
zafios. ¡Oh, no; eso no! Por ninguna de las riquezas del
mundo hubiera osado embrollar y destrenzar aquel
precioso cabello; y, en cuanto a su hermoso zapatito,
no me hubiera atrevido, fique ¡Dios me bendiga!,
arrancarlo de su lindo pie ni para salvar mi vida. Y,
por lo que respecta a tomar la medida de su cintura
por simple retozo, como hacían ellos, audaces y
descarados cachorros, yo no hubiera podido hacerlo
nunca: me hubiera retenido el temor de que mi brazo
creciese encorvado como justo castigo, sin jamás poder
enderezarse. Y, además, yo mismo hubiera sentido
un placer muy grande al poder rozar sus labios, al
preguntarle cualquier bagatela con la sola intención
de verlos entreabiertos; hubiera contemplado las
pestañas de sus ojos abatidos sin provocar ni el más
ligero sonrojo; y dejando que ondulasen las ondas
sueltas de sus cabellos, una pulgada de los cuales
hubieran sido para mí de un valor inapreciable; en
fin, me hubiera gustado, lo confieso, gozar de la más
leve de las libertades que se consienten a un niño, pero
sintiéndome a la vez hombre para apreciar su valor.
Pero en aquel instante se oyó un golpe en la puerta
que promovió de pronto el amontonamiento, hacia la
entrada, de un alborozado grupo que arrastraba a la
joven, la cual, riendo y con el vestido magullado, llegó
en el instante preciso para recibir al padre, que venía
61
CHARLES DICKENS

acompañado de un hombre cargado de regalos y juguetes


de Navidad. Luego, ¡qué griterío, qué forcejeo! ¡Y qué
embestida se proyectó sobre el indefenso portador! El
pobre hombre fue escalado, con la ayuda de sillas, para
meterle las manos en los bolsillos, y lo despojaron de
sus paquetes de papel oscuro. Se colgaban con fuerza
de su corbata, abrazándolo alrededor del cuello,
aporreándolo por la espalda y dándole puntapiés en
las piernas con incontenible entusiasmo. ¡Con qué
exclamaciones de admiración y alegría fue recibido el
desenvolvimiento de cada paquete! ¡El terrible anuncio
de que un rapazuelo había sido sorprendido en el
momento de ponerse la sartén de una muñeca en la
boca, y de que se tenían más que sospechas respecto a
que se había tragado un pavo de guardarropía, pegado
a una fuente de madera, consternó a la multitud! ¡Qué
inmenso alivio al saberse que todo ello había sido
una falsa alarma! ¡Alegría, gratitud, éxtasis!... ¡Todo
igualmente indescriptible! Baste decir que, por grupos,
los muchachos y sus emociones salieron de la sala y,
por la escalera, subieron hasta el piso alto de la casa,
donde se acostaron, y así se calmaron al fin.
Y entonces Scrooge observó con mayor atención
que nunca, cuando el señor de la casa, teniendo a su hija
reclinada amorosamente sobre él, permaneció sentado
con ella y la madre en su sitio en el hogar; y cuando
pensó que una criatura así, tan plena de gracia y dotada
de promesas, hubiera podido llamarle padre y ser como
una primavera en la preocupada estación invernal de
su vida, su mirada ciertamente se oscureció.
—Belle —dijo el esposo, volviéndose hacia ella
62
CANCIÓN DE NAVIDAD

con una sonrisa—, he visto a un viejo amigo vuestro


esta tarde.
—¿Quién era?
—¡Adivinadlo!
—¿Cómo queréis que lo adivine? ¡Bah! Pero... ¿a
que sí? —añadió, con el mismo aliento y riendo con la
misma risa—: el señor Scrooge.
—El mismo, exactamente. Yo pasaba por
delante de la ventana de su oficina, que no estaba
cerrada, y ardía una vela en el interior, pero apenas
pude distinguirlo. Oíle decir que su socio estaba a
punto de morir, y allí permanecía él, solo, sentado ante
una mesa. Completamente solo en el mundo, creo yo.
—¡Espíritu! —exclamó Scrooge, con voz
entrecortada por la emoción—. ¡Sacadme de aquí!
—Ya os he repetido que todo esto no son más
que sombras de lo que ya ha sucedido —le contestó el
fantasma—. De que se os aparezcan tal como fueron,
yo no soy responsable.
—¡Sacadme de aquí! —repitió Scrooge—. ¡No lo
puedo soportar!
Se volvió hacia el fantasma y, viendo que éste
lo miraba con una cara en que, de manera extraña, se
reflejaban fragmentos de todos los rostros que le había
mostrado, se puso a luchar con él.
—¡Dejadme! ¡Volvedme a donde estaba! ¡No me
impongáis esta pesadilla por más tiempo!
En la lucha —si puede llamarse lucha, pues
el fantasma, sin ninguna resistencia por su parte,
permanecía imperturbable ante cualquier esfuerzo que
hiciese su adversario—, Scrooge observó la brillante
63
CHARLES DICKENS

luz que irradiaba de la cabeza de aquél, y, relacionando


confusamente esto con la influencia del espectro sobre
él, tomó su gorro de dormir y, con un rápido gesto, se
lo hundió en la cabeza, utilizándolo como apagaluz.
El espectro se sometió de tal modo a la fuerza
de Scrooge, que el gorro le cubrió totalmente el rostro;
pero, aunque Scrooge lo apretaba con todas sus fuerzas,
no podía neutralizar la luz que salía por debajo del
gorro, en un incontenible chorro, hacia el suelo.
Tuvo conciencia de estar exhausto y de que
cedía a una modorra irresistible; además, dio se cuenta
de que se encontraba en su propia habitación. Estrujó
su gorro a modo de despedida, con lo que su mano se
relajó, y apenas tuvo tiempo de caer, tambaleándose,
sobre la cama antes de sumirse en un pesado sueño.

64
CANCIÓN DE NAVIDAD

65
CHARLES DICKENS

Ignorancia y deseo

66
CANCIÓN DE NAVIDAD

TERCERA ESTROFA
EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPECTROS

67
CHARLES DICKENS

Despertado en la mitad de un ronquido


prodigiosamente retumbante y sentado en la cama
para reunir sus pensamientos, Scrooge no necesitó que
le advirtieran que la campana estaba otra vez a punto
de dar la una. Había vuelto a recuperar la conciencia
en el momento adecuado para dedicarse al especial
propósito de sostener una conferencia con el segundo
mensajero que recibiría por mediación de Jacob Marley.
Pero, observando que se sentía inconfortablemente frío,
comenzó a preguntarse detrás de cuál de las cortinas
aparecería el nuevo espectro, las colocó todas a un
lado con sus propias manos y, echándose de nuevo
sobre la cama, dio una rápida y escrutadora mirada
alrededor de ella. Quería enfrentarse con el espectro en
el momento preciso de su aparición, pues no deseaba
que lo tomara por sorpresa y lo pusiera nervioso.
Los caballeros de carácter libre y despreocupado,
que se enorgullecen de servir lo mismo para un fregado
que para un barrido, habitualmente alardean de ser
capaces de ejecutar cualquier acción, desde jugar a la
cara o cruz hasta cometer un asesinato, a pesar de que
entre ambos extremos opuestos quepa, sin duda alguna,
una gama bastante extensa de objetivos. Sin llegar a
incluir a Scrooge en esta tan osada manera de ser, no
me importa haceros notar que estaba preparado para
acoger con serenidad las más absurdas apariciones y
que nada, desde un niño hasta un rinoceronte, lograría
asustarlo en demasía.
Ahora bien, estando preparado para toda
contingencia, no lo estaba en realidad para nada, y, por
consiguiente, cuando la campana dio la una y no
68
CANCIÓN DE NAVIDAD

apareció sombra alguna, se sintió dominado por un


violento temblor. Cinco minutos, diez minutos, un
cuarto de hora transcurrieron sin que nada sucediera.
Durante todo este tiempo, Scrooge estuvo tendido en
la cama, verdadero núcleo y centro de un resplandor
de luz intensa que se desparramó a su alrededor cuando
el reloj dio la hora; y que, por ser sólo una luz, era más
alarmante que una docena de fantasmas, ya que él no
se veía con fuerzas suficientes para oponerse a lo que el
fantasma pudiese hacer, ni sabía qué finalidad tenía
aquello; de manera que en algún momento llegó a
sentir la aprensión de que quizás era sólo un caso
interesante de combustión espontánea, sin tener el
consuelo de saberlo con seguridad. No obstante, por
fin pensó —como vos y yo mismo hubiéramos hecho
ya en un principio, porque es siempre la persona que
no se encuentra en el trance apurado la que sabe lo que
se debe hacer para solventarlo, y sin lugar a dudas lo
hace—, por fin pensó que el origen y el secreto de
aquella luz fantasmagórica podían estar en la habitación
contigua, desde donde parecía brillar realmente. Esta
idea se apoderó por completo de su imaginación, por
lo que se levantó de pronto y se calzó aturrulladamente
las zapatillas mientras se dirigía a la puerta.
En el momento en que la mano de Scrooge se
puso en el asidero de la puerta, una voz extraña lo llamó
por su nombre y le ordenó que entrara. Él obedeció.
Era su propia habitación. De esto no cabía duda
alguna. Pero había experimentado una sorprendente
transformación. Las paredes y el techo estaban tan
cubiertos de verdes ramas, que daban la impresión de un
69
52
CHARLES DICKENS

perfecto bosquecillo, en el que por todas partes relucían


brillantes y diminutos puntos. Las hojas encrespadas
de los acebos, los muérdagos y la hiedra devolvían
el reflejo de la luz como si se hubiesen colocado allí
infinitos pequeños espejos, y en la chimenea rugía
furiosamente una llamarada tan grande como si aquella
triste petrificación de un hogar no se hubiera conocido
en los tiempos de Scrooge, ni de Marley, ni por muchos
y muchos de los inviernos pretéritos. Amontonados
en el suelo como formando una especie de trono,
había pavos, gansos, piezas de caza, aves de corral,
carne adobada de verraco, grandes tajadas de vianda,
lechones, largas guirnaldas de salchichas, pasteles de
carne picada con frutas, budín con pasas de Corinto y
piel de limón, barriles de ostras, castañas al rojo vivo,
tersas manzanas sonrosadas, zumos de naranja, dulces
y sabrosas peras, inmensos pasteles de Epifanía y jarras
llenas de ponche hirviendo que oscurecían la habitación
con sus deliciosas emanaciones. Echado cómodamente
sobre esta yacija, había un gigante jovial, de aspecto
soberbio, que sostenía una radiante antorcha de forma
bastante parecida a la del cuerno de la abundancia, y
la levantaba muy en alto para proyectar su luz sobre
Scrooge cuando éste asomó por la puerta.
—¡Adelante! —exclamó el fantasma—.
¡Adelante! Y ved si me reconocéis.
Scrooge entró tímidamente e inclinó la cabeza
hacia el espíritu. No era ya el Scrooge obstinado y terco
que había sido, pero, a pesar de que los ojos del fantasma
eran claros y amables, no le agradaba encontrarlos.
—¡Soy el espíritu de la Navidades actuales!
70
CANCIÓN DE NAVIDAD

—explicó el espectro—. ¡Miradme fijamente!


Scrooge lo hizo así con reverencia. Iba ataviado
con un vestido sencillo, verde, orlado de piel blanca.
Este adorno colgaba tan holgado de su cuerpo,
que su ancho pecho se podía ver desnudo como si
desdeñase cubrirse o esconderse con ningún artificio.
Sus pies, visibles debajo de los anchos pliegues del
vestido, también estaban descalzos; y sobre su cabeza
no llevaba más tocado que una guirnalda de acebo;
aquí y allá aparecían relucientes carámbanos. Sus
tirabuzones eran de color castaño oscuro, sueltos y
abundantes, generosos como su amable rostro; sus
ojos, centelleantes; su mano, extendida; su voz, alegre;
su incontenida franqueza, y su comportamiento todo,
jovial. Ceñida alrededor de su cintura llevaba una
antigua faja, pero no había en ella ninguna espada, y la
vieja vaina estaba roída por el orín.
—¿No habéis visto antes a nadie que se me
pareciera? —preguntó el espectro.
—Nunca —le respondió Scrooge.
¿No habéis salido de paseo con los miembros
más jóvenes de mi familia, quiero decir (porque yo soy
muy joven), mis hermanos nacidos en estos últimos
años? —continuó el espíritu.
—No recuerdo haberlo hecho —dijo Scrooge—;
creo que no, vaya. ¿Habéis tenido muchos hermanos,
espíritu?
Más de ochocientos —respondió el espectro.
—¡Vaya familia numerosa para poder atenderla!
—musitó Scrooge.
El espíritu de la Navidad presente se levantó.
71
CHARLES DICKENS

Espíritu —inició Scrooge con sumisión—,


llevadme a donde os plazca. Ayer por la noche fui
obligado a dar un paseo que significó para mí una
provechosa lección que ahora está dando sus resultados.
Esta noche, si debéis enseñarme algo, podéis hacerlo
para que pueda beneficiarme de ello.
—¡Tocad mi ropa!
Scrooge hizo lo que se le ordenaba y se agarró
rápidamente a ella.
Acebo, muérdago, frambuesas rojas, hiedra,
pavos, gansos, piezas de caza, aves de corral, carne
de verraco adobada, pedazos de carne, cerdos,
salchichas, ostras, pasteles, budines, frutas y ponche,
todo desvanecióse al instante. Lo mismo le sucedió
a la habitación, al fuego y su rojizo resplandor, a la
hora de la noche; y se encontraron en las calles de la
ciudad en la mañana navideña, donde, a causa de
la crudeza del tiempo, la gente hacia una especie de
música tosca, pero de ningún modo desagradable, al
rascar la nieve del suelo, delante de los edificios, y al
quitarla de los tejados de las casas, lo que provocaba
la loca delicia de los muchachos, que contemplaban
cómo se desplomaba desde las azoteas a la calle y se
desmenuzaba en pequeñas y artificiales tempestades
de nieve.
Las fachadas de las casas estaban bastante
ennegrecidas, y las ventanas más negras todavía,
contrastando con la suave capa de nieve blanca sobre
los tejados y la otra, más sucia, que cubría el suelo. Esta
última había sido apisonada en profundos surcos por
las pesadas ruedas de los carros y carretas, carros que
72
CANCIÓN DE NAVIDAD

se cruzaban y entrecruzaban unos a otros centenares


de veces allí donde las grandes avenidas se bifurcaban,
y formaban canales intrincados, difíciles de distinguir,
en el espeso barro amarillo y el agua helada. El
cielo aparecía oscuro y las calles más cortas estaban
enteramente cubiertas de un sedimento sucio, medio
derretido, medio helado, cuyas partículas más densas
descendían como un chaparrón de minúsculas briznas
de hollín, como si todas las chimeneas de Gran Bretaña
se hubiesen encendido por mutuo acuerdo y estuviesen
echando el contenido de sus queridos corazones. No
había demasiados estímulos para la alegría ni en el
clima ni en la ciudad, y sin embargo latía en el exterior
una especie de gozo que el aire más claro del verano
y el sol más brillante del estío se hubieran empeñado
vanamente en dispersar.
Pues los hombres que estaban traspalando en
los tejados de las casas se sentían joviales y regocijados;
se llamaban unos a otros desde los parapetos de las
azoteas y una y otra vez cambiábanse, juguetones,
una bola de nieve, proyectil mejor intencionado que
muchas bromas expresadas con palabras, riendo de
buena gana si daban en el blanco y con no menos gana
si fallaban. Las tiendas de los polleros estaban todavía
medio abiertas, y las de los fruteros, radiantes en su
propia gloria. Había grandes, redondos y barrigudos
cestos repletos de castañas que asemejaban henchidos
chalecos de picarones caballeros echados holgadamente
afuera y volcados en la calle con toda su apoplética
opulencia. Había rubicundas cebollas españolas de cara
oscura, resplandecientes en la gordura de su desarrollo
73
CHARLES DICKENS

como frailes españoles, que guiñaban el ojo desde sus


anaqueles, con retozona malicia, a las muchachas que
transitaban ante los estantes, pero simulando echar una
mirada gazmoña a los muérdagos colgados. Había allí
peras y manzanas apiñadas en lozanas pirámides; había
también racimos de uvas que la amabilidad del tendero
había colgado con ganchos para hacerlos visibles y con
el perverso fin de que a los transeúntes se les hiciera
agua la boca al contemplarlos; podían admirarse pilas
de avellanas, pulposas y morenas, que recordaban
con su fragancia pretéritos paseos por los bosques y
agradables hundimientos de los pies, hasta los tobillos,
en las hojas marchitas; asimismo se veían manzanas de
Norfolk, regordetas y carinegras, haciendo resaltar el
amarillo de las naranjas y los limones, que por la gran
capacidad de sus jugosos cuerpos, parecían suplicar y
rogar que urgentemente las llevaran a casa en cartuchos
y las saborearan después de comer.
Hasta los peces de oro y plata, que se exponían
mezclados con estos frutos exquisitos en una ponchera,
aunque eran miembros de una raza melancólica y
de sangre poco agitada, parecían presentir que algo
estaba sucediendo; y, como peces que eran, iban
dando boqueadas de asombro y vueltas y más vueltas
por su pequeño mundo, con una excitación lenta y
desapasionada.
¡Los tenderos! ¡Oh, los tenderos!, a punto de
cerrar, quizás ya con las dos puertas bajadas, o una
tan sólo; pero, a través de los boquetes que dejaban
entreabiertos, ¡cuántas ojeadas se deslizaban! No era
sólo que las balanzas, al descender, hicieran un ruido
74
CANCIÓN DE NAVIDAD

alegre al chocar contra la base, o que el bramante


y el papel de envolver deshicieran las compañías
tan vivamente, o que los botes se traquetearan
de un lado para otro como si fueran objetos para
trucos de prestidigitación, sino que también eran
deliciosos los aromas mezclados del té y el café, y
las pasas despedían un perfume tan intenso y raro,
las almendras eran tan extremadamente blancas,
las varitas de canela tan largas y rectas, las diversas
especias tan deliciosas, las frutas almibaradas tan
gordas y tan cubiertas de azúcar molido, que, al
darse cuenta de ello, los más indiferentes se sentían
desmayados y, por consiguiente, biliosos. No era sólo
que los higos fueran jugosos y pulposos, o que las
ciruelas francesas se sonrojaran con modesta acidez
desde sus cajas cargadas de adornos, o que todo
estuviera a punto para comer y con sus atuendos
navideños, sino que también los dientes discurrían
tan apresurados y ansiosos, en la esperanzadora
promesa de la festividad, que se atropellaban los unos
a los otros en la puerta, magullando salvajemente sus
cestos de mimbre, dejando olvidadas sus compras
sobre el mostrador, retrocediendo para ir a buscarlas.
Y cometiendo centenares de tales equivocaciones con
el mejor de los humores. Mientras tanto, el tendero
y su gente se mostraban tan francos y lozanos, que
los pulidos corazones con que sujetaban sus mandiles
hubieran podido muy bien ser los suyos en carne y
hueso, colocados a la vista de todos para que pudiesen
ser inspeccionados en general y para que las cornejas
de Navidad los picotearan si les venía la gana.
75
CHARLES DICKENS

Pero pronto los campanarios llamaron a los


buenos feligreses a las iglesias y las capillas, y allí se
fueron en tropel a través de las calles, vistiendo sus
mejores ropas y con sus más alegres semblantes, y al
unísono salieron, de veintenas de callejas apartadas
y encrucijadas sin nombre, innumerables gentes
que llevaban sus cenas hacia los hornos de pan. El
espectáculo de aquellos pobres verbeneros pareció
interesar al espíritu en gran manera, porque se estuvo
al lado de Scrooge, a la puerta de entrada de una
panadería, y, levantando las tapaderas de los guisados
a medida que entraban los que los llevaban, esparcía
incienso en sus cenas con la antorcha que llevaba en
la mano. Y era, en efecto, una rara antorcha, pues
cuando se cruzaban algunas palabras ásperas entre los
que llevaban la comida, por haberse empujado unos a
otros, lo aprovechaba para derramar unas pocas gotas
de agua sobre ellos y el buen humor volvía a imperar
nuevamente. Porque decían que era una vergüenza
querellarse en el día de Navidad. ¡Y así era! ¡Dios lo
quería así, y así debía ser!
Cuando llegó su hora, las campanas
enmudecieron y los panaderos cerraron; y desde
entonces se practicó el complaciente cuidado de todas
aquellas cenas y del progreso de su guisado, con el
manchón mojado del derretimiento debajo de cada
horno de pan, donde el pavimento humeaba como si
sus piedras estuvieran también cociéndose.
¿Hay algún perfume especial en lo que estáis
rociando con vuestra antorcha? —preguntó Scrooge.
—Sí lo hay. Es el mío.
76
CANCIÓN DE NAVIDAD

¿Puede aplicarse a cualquier clase de comida en


este día de hoy? —preguntó Scrooge.
A cualquiera que se dé bondadosamente. Y más
todavía a una comida pobre.
¿Por qué más a una pobre? —preguntó
Scrooge.
Porque lo necesita más.
—Espectro —continuó Scrooge, después de
pensar un instante—, me extraña que, entre todos los
seres que pueblan los numerosos mundos que nos
rodean, deseéis entrometeros con las oportunidades
de inocente solaz de que gozan esas gentes.
—¿Yo? —exclamó el espíritu.
Queréis privarlos de sus medios de cenar
cada séptimo día, cuando precisamente es a menudo
el único en que puede decirse que realmente comen
—dijo Scrooge—. ¿No es eso cierto?
¿Yo? —gritó el fantasma.
—Sois vos quien procuráis cerrar estos lugares
los séptimos días —afirmó Scrooge—. Lo que resulta
lo mismo.
¿Que yo procuro cerrarlos?... —exclamó
extrañado el espectro.
Perdonadme si estoy equivocado. Todo ha sido
hecho en vuestro nombre o, por lo menos, en el de
vuestra familia —le contestó Scrooge.
—Hay algunos que habitan en esta tierra
vuestra —replicó a su vez el espíritu— que pretenden
conocernos y que realizan sus actos de pasión, de
orgullo, de malas voluntades, de odio, de envidia, de
fanatismo y de egoísmo en nuestro nombre, pero que
77
CHARLES DICKENS

nada tienen que ver con nosotros ni con ninguno de


nuestros deudos y amigos. Recordadlo y cargadles a
ellos sus hechos, no a nosotros.
Scrooge prometió hacerlo así en adelante; y
siguieron avanzando, invisibles como lo habían sido
antes, por los suburbios de la ciudad. El espectro tenía
una cualidad notable (que Scrooge había observado
ya en casa del panadero), la de que, a pesar de sus
gigantescas dimensiones, le era fácil acomodarse a
cualquier espacio sin dificultad; y debajo de un techo
de poca altura se sentía tan cómodo como en una sala
de altura elevada.
Y quizás fuese éste uno de los placeres que el
buen espectro sentía, mostrando este poder suyo;
o, mejor todavía, quizá eran su propia bondad,
generosidad y naturaleza cordial, así como su simpatía
para con todas las gentes, lo que lo había llevado
directamente hacia el empleado de Scrooge; porque
hacia él se fue, llevándose consigo a Scrooge pegado a
su ropa; y en el umbral de la puerta el fantasma sonrió
y se detuvo para bendecir la casa de Bob Cratchit con la
rociadura de su antorcha. ¡Pensad en esto un instante!
Bob no tenía más que quince años —como se llamaba
popularmente a los chelines— por semana; por tanto,
no embolsaba los sábados más que quince ejemplares
de este su propio nombre de pila; y, sin embargo, ¡el
espectro de la Navidad presente bendecía su casa de
cuatro habitaciones!
Entonces se levantó la señora Cratchit, la esposa
de Cratchit, ataviada con un vestido vuelto al revés
dos veces, pero de buen ver todavía gracias a las cintas
78
CANCIÓN DE NAVIDAD

que lo cubrían, que eran baratas y de las cuales podía


adquirirse un buen lote por seis peniques; y se vistió
ayudada por Belinda Cratchit, la segunda de sus hijas,
también adornada con cintas, mientras el señorito
Peter Cratchit hundía un tenedor en una cacerola de
patatas y se ponía los enormes extremos del cuello
de la camisa (propiedad privada de Bob concedida
a su hijo y heredero en honor de la festividad) en la
boca, satisfecho de encontrarse tan elegantemente
ataviado y suspirando por mostrar su ropa en los
parques y jardines en boga. Y he ahí que los dos
pequeños Cratchit, un muchacho y una chica, llegaron
atolondradamente diciendo a grandes gritos que, al
pasar ante la panadería, habían reconocido, por el
olor, el ganso que habían llevado a cocer, y lo habían
identificado como el suyo propio, y, abandonándose a
lujuriantes sueños de salvia y cebolla, aquellos jóvenes
Cratchit bailaban alrededor de la mesa y ensalzaban
al señorito Peter Cratchit hasta los cielos, mientras
el elogiado (no por vanidad, a pesar de que el cuello
de la camisa casi le ahogaba) soplaba el fuego hasta
que las ronceras patatas hirvieron y golpearon con
fuerza, desde el interior, la cobertura de la cacerola,
apremiando así para que se las sacara de ella y se las
pelara al fin.
—¡Qué será lo que demora a vuestro querido
padre, en estos momentos —dijo la señora Cratchit—,
y a vuestro hermanito Tim? Y, en cuanto a Martha, en
la última Navidad, ¿no hacía ya media hora que estaba
aquí?
—¡Aquí llega Martha, madre! —dijo la
79
CHARLES DICKENS

muchacha, apareciendo mientras estaban todavía


hablando de ella.
—¡Aquí está Martha, madre! —gritaron los dos
jóvenes Cratchit—. ¡Hurra! Tenemos ganso, Martha. ¡Y
qué ganso! —¿Cómo es eso, querida?, ¿por qué llegas
tan tarde? —preguntó la señora Cratchit, besándola
una docena de veces y quitándole el chal y el sombrero
con el mayor cariño.
—Teníamos mucho trabajo por terminar, ayer
por la noche —replicó la muchacha—, y hemos tenido
que quitárnoslo de delante esta mañana, madre.
—¡Bien, bien! No te preocupes, ahora ya estás
aquí —dijo la señora Cratchit—. Siéntate ante el fuego,
querida, y caliéntate. ¡Que Dios te bendiga!
—¡No, no! Padre está llegando —gritaron los
dos jóvenes Cratchit, que estaban a la vez en todas
partes—. ¡Escóndete, Martha, escóndete!
Martha corrió a esconderse y al momento
entraron Bob, el padre, con tres pies por lo menos de
tapabocas colgándole por delante y sus raídos vestidos
gastados hasta la trama, pero perfectamente zurcidos
para que pareciesen llevaderos, y el pequeño Tim sobre
sus hombros. ¡Ay de mí!
El pobre Tim llevaba una pequeña muleta y tenía
las piernas sostenidas por un aparato ortopédico.
—Oye, ¿dónde está nuestra Martha? —exclamó
Bob Cratchit, mirando a su alrededor.
—No ha llegado aún —dijo la señora Cratchit.
—¿Que no ha llegado todavía? —preguntó de
nuevo, con una súbita decepción en su ánimo, porque
había sido el caballo de carreras de Tim durante
80
CANCIÓN DE NAVIDAD

el camino desde la iglesia y había llegado a casa a


galope tendido—. ¡Mira que no estar en casa el día de
Navidad!
A Martha no le agradaba ver desanimado a
su padre, aunque sólo fuese para bromear, y por esta
razón salió antes de lo pertinente de su escondite tras
la puerta del trascuarto y corrió a sus brazos, mientras
los dos jóvenes Cratchit empujaban al pequeño Tim al
lavadero a fin de que pudiera escuchar cómo cantaba
el budín en el caldero.
—Y ¿cómo se ha portado nuestro pequeño Tim?
—preguntó la señora Cratchit, después de haber hecho
chacota de Bob por su credulidad, y Bob haber apretado
a su hija sobre su corazón hasta saciarse.
—Tan bien como el oro —dijo Bob—, y quizás
mejor. A veces se enfurruña, por estar demasiado
tiempo tan quieto, y para matar el tiempo se pone a
pensar en aquellas cosas raras que le oís a menudo. Me
decía hoy, mientras volvíamos a casa, que presumía
que despertaría la curiosidad de la gente en la iglesia
porque era un lisiado, y a todos ellos les sería agradable
recordar, en el día de Navidad, a aquel que hizo andar
a los pordioseros cojos y ver a los ciegos.
La voz de Bob, que era trémula al decirles
aquellas palabras, tembló más aún cuando añadió que
el pequeño Tim estaba creciendo robusto y fuerte.
Se oía su muleta, pequeña y activa, golpeando
el suelo, y el pequeño Tim entró en la habitación antes
de que se pronunciara otra palabra, escoltado por
su hermano y su hermana, quienes lo acompañaron
a su escabel al lado del fuego; mientras tanto, Bob,
81
CHARLES DICKENS

doblándose los puños de la chaqueta —como si, ¡pobre


hombre!, pudiesen llegar a ser todavía más raídos—,
preparó un ponche caliente de ginebra y limón, dándole
vueltas y más vueltas, y poniéndolo en la repisa interior
de la chimenea a cocer a fuego lento. El señorito Peter
y los dos jovencísimos y ubicuos Cratchit fueron a
buscar el ganso y pronto regresaron con él en solemne
procesión.
El alboroto que se armó con su llegada podría
hacer sospechar que se consideraba a un ganso como
el más raro de todos los pájaros; un fenómeno cubierto
de plumas ante el cual un cisne negro sería una cosa
corriente; y, a decir verdad, en aquella casa se creía algo
así. La señora Cratchit preparaba la salsa (que tenía
lista de antemano en una pequeña cacerola) a punto
de hervir; el señorito Peter machacaba las patatas con
vigor increíble, Martha quitaba el polvo de los platos
calientes y la señorita Belinda azucaraba a punto la
salsa de manzanas. Bob colocó al pequeño Tim a su
lado en un diminuto rincón de la mesa; los dos jóvenes
Cratchit pusieron sillas para todos, sin olvidarse a sí
mismos, y, montando guardia en sus sitios, se metieron
las cucharas en la boca para no ponerse a chillar,
reclamando el ganso antes de que llegase su turno en
el reparto. Al fin, los platos fueron puestos en la mesa
y se procedió a su bendición. Ésta fue precedida por un
silencio emocionado, durante el cual la señora Cratchit
miró lentamente alrededor de la mesa buscando el
cuchillo trinchante, y se dispuso a clavarlo en el pecho
del ave; y cuando lo hizo, y la tan esperada masa de
relleno se vertió por la fuente, un murmullo de placer
82
CANCIÓN DE NAVIDAD

se levantó en torno de la mesa e incluso el pequeño


Tim, excitado por los dos jóvenes Cratchit, golpeó el
tablón con el mango del cuchillo y, dando rienda suelta
a su entusiasmo, exclamó: “¡Hurra!”
Jamás se había visto un ganso semejante. Bob
dijo que no podía creer que en ninguna época se
hubiera asado un ave de aquella calidad. Su blandura
y su fragancia, sus dimensiones y baratura, fueron
temas de universal admiración. Mejorado todavía con
la salsa de manzana y el puré de patatas, representaba
una comida más que suficiente para la familia entera;
la verdad: como la señora Cratchit había dicho con
gran satisfacción (descubriendo un pequeño átomo
de hueso en la fuente), no habían podido concluirlo.
Por lo tanto, cada uno había tenido lo suficiente y los
más jóvenes de los Cratchit, en particular, se habían
hartado hasta las cejas de salvia y cebolla. Y entonces la
señorita Belinda cambió los platos. Y la señora Cratchit
abandonó sola la habitación —demasiado nerviosa
para tolerar testigos— a fin de sacar el budín del molde
y llevarlo a la mesa.
¡Suponed que no hubiese levado lo suficiente!
¡Suponed que se hubiese partido a trozos al sacarlo del
molde! ¡Suponed que alguien hubiese franqueado la
pared del patio del fondo y lo hubiese robado mientras
ellos estaban exultantes con el ganso! Esta última y
simple suposición hacia volver lívidos a los dos jóvenes
Cratchit. ¡Toda suerte de horrores parecían posibles!
¡Qué maravilla! Apareció una gran masa de
vapor. El budín ya estaba fuera del caldero. Se percibió
un olor parecido al de un día de colada. Lo producía
83
CHARLES DICKENS

la servilleta que lo envolvía. Un olor como de casa de


comida o como si tuviesen una pastelería en la puerta
de al lado y una lavandería en la siguiente. ¡Esto era el
budín! Medio minuto después la señora Cratchit entró
de nuevo —sonrojada, pero sonriendo con orgullo—
con el budín, parecido a una bala de cañón moteada,
tan duro y firme estaba, llameando entre medio cuarto
de aguardiente encendido y guarnecido con un ramito
de acebo en lo alto del pastel.
¡Oh, en verdad era un maravilloso budín! Bob
Cratchit dijo, con profundo convencimiento, que lo
consideraba como el mayor éxito alcanzado por la
señora Cratchit desde la fecha de su matrimonio. La
señora Cratchit confesó entonces que había olvidado
el peso de la harina necesaria y había tenido sus dudas
respecto a la cantidad adecuada. Todos hicieron algún
comentario con que ensalzar el acontecimiento, pero a
nadie se le ocurrió que había resultado un budín más
bien escaso para una familia tan numerosa. Hacer la
menor alusión a ello hubiera sido cometer una herejía
completamente desentonada. Cualquier Cratchit se
hubiera sonrojado de dar a entender que había notado
semejante cosa.
Al fin terminó la cena, se quitó la mesa, se barrió
la chimenea y se reavivó el fuego. La composición del
ponche fue sometida a catadura y considerada perfecta;
se pusieron manzanas y naranjas encima de la mesa, así
como una palada de castañas sobre las brasas. Luego
toda la familia se situó en torno del fuego, formando
lo que Bob Cratchit llamaba un círculo, queriendo
significar un semicírculo; y cerca del codo de Bob
84
CANCIÓN DE NAVIDAD

Cratchit figuraba la colección de vasos de la familia:


dos vasos y una taza, sin asa, para la crema.
Estos recipientes fueron, sin embargo, tan útiles
para contener el ponche como si hubiesen sido copas
de oro; y Bob lo sirvió lanzando miradas radiantes,
mientras las castañas chisporroteaban en el fuego y
crujían ruidosamente. Entonces Bob se levantó para
brindar:
—¡Una feliz Navidad para todos nosotros,
queridos míos ¡Que Dios nos bendiga!
Al oír estas emotivas palabras, toda la familia
formuló un unánime eco.
—¡Que Dios bendiga a cada uno de nosotros!
—dijo el pequeño Tim, el último de todos.
Estaba sentado muy cerca del lugar ocupado
por su padre, sobre un pequeño escabel. Bob tenía
cogida su pequeña mano en la suya, porque amaba al
muchacho y deseaba guardarlo a su lado, temiendo
instintivamente que pudieran separarlo de él.
—¡Espíritu —exclamó entonces Scrooge, con un
interés que no había sentido nunca antes—, decidme si
el pequeño Tim vivirá!
—Veo un sitio vacante —replicó el fantasma—,
en el pobre rincón de la chimenea, una muleta sin
dueño amorosamente conservada. Si estas sombras
permanecen inalteradas en el futuro, el muchacho
morirá.
—No, no —dijo Scrooge—. ¡Oh, no, espíritu
bondadoso! Decidme que será exonerado.
—Si estas sombras subsisten inalteradas en
el futuro, nadie de mi raza —explicó el fantasma—
85
CHARLES DICKENS

lo encontrará aquí. Pero esto ¿qué importa? Si le


corresponde morir, más vale que así sea, para que
disminuya el excedente de población.
Scrooge bajó la cabeza al oír sus propias palabras
repetidas por el espectro y se sintió abatido por la
penitencia y la pena.
—¡Oh, hombre! —dijo el espíritu—, si lo
sois en realidad de corazón y no un ser insensible,
absteneos de esas expresiones gazmoñas hasta que
hayáis descubierto qué es el excedente y dónde está. ¿Os
atreveríais a decidir cuáles han de ser los hombres que
deben vivir y cuáles los que tienen que morir? Puede
ser que, según apreciación del Cielo, seáis considerado
con menos disposición y menos adecuado para la
vida que millones de seres como el hijo de ese pobre
hombre. ¡Oh, Dios, escuchad al insecto sobre la hoja,
discurriendo respecto al exceso de vida entre sus
hermanos hambrientos, sepultados en el polvo!
Scrooge se inclinó ante la repulsa del fantasma
y, tembloroso, volvió los ojos hacia el suelo. Pero los
levantó súbitamente al oír pronunciar su nombre.
—¡El señor Scrooge! —dijo Bob—. ¡Os propongo
levantar el vaso en honor del señor Scrooge, el patrón
de la fiesta!
—¡Sí, el patrón, a buen seguro! —gritó la señora
Cratchit, enrojeciendo—. Me gustaría que estuviese
aquí con nosotros. Sin duda se las hubiera cantado
claras; y sin duda lo que pienso de él no le hubiera
abierto el apetito.
—¡Queridita mía, por favor! —advirtió Bob—.
¡Los niños! ¡Estamos en Navidad!
86
CANCIÓN DE NAVIDAD

—¡Oh, no lo dudo —dijo ella—; tiene que ser


realmente el día de Navidad, el de la comprensión y
el perdón, para ocurrírsenos brindar a la salud de un
hombre tan odioso, mezquino, duro y sin sentimientos
como el señor Scrooge!
Vos sabéis bien cómo es, Robert. ¡Nadie lo
conoce mejor que vos, pobre amigo mío!
—Querida mía —fue la suave contestación de
Bob—, ¡hoy es Navidad!
—Beberé a su salud por vos y por la santidad
del día que celebramos —dijo la señora Cratchit—,
pero no por él. ¡Que Dios le conceda larga vida! ¡Unas
alegres Pascuas y un feliz Año Nuevo! Estoy segura de
que las tendrá alegres y felices, ¡no lo dudo!
Los niños brindaron también después de ella.
Fue la primera de sus acciones, en aquel día, que
no gozó del beneplácito de los que la realizaban. El
pequeño Tim bebió el último, pero lo hizo sin ningún
entusiasmo. Scrooge era el ogro de la familia. La sola
mención de su nombre extendió una ancha sombra en
la reunión, que no tardó en disiparse menos de cinco
buenos minutos.
Cuando hubo pasado aquel incidente, se
sintieron diez veces más alegres que antes, por el
mero hecho de haberse quitado de delante al funesto
Scrooge. Bob Cratchit les dijo que creía tener un
empleo a la vista para el primogénito, que le permitiría
traer a casa, si lo obtenía, cinco buenos chelines y
seis peniques por semana. Los dos jóvenes Cratchit
se rieron a grandes carcajadas al representarse a
Peter convertido en todo un hombre de negocios; y
87
CHARLES DICKENS

el propio Peter se mostró profundamente pensativo,


mirando el fuego a través de su cuello de puntillas,
como si estuviera reflexionando por qué inversión
particular se decidiría cuando llegase el momento
de recibir un sueldo tan impresionante. Martha,
que trabajaba de humilde aprendiza en un taller de
modista de sombreros, les explicó la clase de trabajos
que le encomendaban y cuántas horas tenía que
trabajar de un tirón, y cómo proyectaba quedarse
en cama un buen rato a la mañana siguiente, para
tomarse un largo descanso, puesto que era fiesta y
no saldría de casa. También les relató que había visto
a una condesa y a un lord unos días antes, y que el
lord “era mucho más alto que Peter”; y éste, al oír tal
aserto, estiró el cuello de su vestido tanto como pudo,
de manera que, si hubieseis estado allí, no le habríais
visto la cabeza. Durante este tiempo, las castañas y el
ponche dieron vueltas y más vueltas, y de cuando en
cuando se escuchaba una canción referida a un niño
que andaba perdido por la nieve, que el pequeño Tim,
con su voz plañidera, cantaba de veras muy bien.
No hubo, en realidad, en todo aquello nada de
gran calidad. No eran una familia de bellezas, ni vestían
bien; sus zapatos estaban muy lejos de ser a prueba
de lluvia, la ropa era ligera y escasa, y Peter debía de
conocer, seguro que lo conocía, el interior de la casa
de algún prestamista. Pero eran felices, agradables,
amables unos con otros y estaban contentos con su
ambiente y por poder gozar de una festividad; y cuando
desaparecieron, parecían todavía más felices a la luz
de los brillantes destellos de la antorcha del fantasma.
88
CANCIÓN DE NAVIDAD

Scrooge tenía su mirada fija en ellos y especialmente en


el pequeño Tim, hasta que dejó de verlos.
En aquellos momentos estaba oscureciendo y
nevaba densamente. Scrooge y el fantasma deambulaban
por las calles y el resplandor de los fuegos crepitando
en las cocinas, salones y toda suerte de aposentos, era
maravilloso. Aquí, la trémula llamarada descubría
los preparativos de una cena confortable, con platos
cociéndose por todos lados en el hogar; y densas
cortinas rojas dispuestas para dejar fuera el frío y la
oscuridad. Más allá, todos los niños de la casa estaban
corriendo por la nieve para reunirse con sus hermanas
casadas, hermanos, primos, tíos y tías, y ser los
primeros en saludarlos. Un poco más lejos todavía, se
proyectaban en las ventanas, cegadas por los cortinajes,
las sombras de los comensales reunidos; y un grupo
de bellas muchachas, todas ellas con sus capirotes y
calzados de piel, charlando todas a un tiempo, pasaban
raudamente a una mansión vecina, donde ¡pobre del
soltero que las viera entrar —demasiado lo sabían las
pícaras hechiceras—, envueltas en su esplendor!
Pero, si hubierais juzgado por el volumen de
gente que se dirigía hacia reuniones íntimas, hubieseis
podido suponer que no hallarían a nadie en casa para
darle la bienvenida cuando llegasen y no obstante
en cada mansión se encontraban grupos de gente en
espera de los invitados y manteniendo los fuegos a
media altura de las chimeneas. ¡Almas benditas! ¡Qué
entusiasmo embargaba al fantasma! ¡Cómo mostraba
la desnudez de su ancho pecho y abría la palma
generosa, y flotaba, derramando, con abundante mano,
89
CHARLES DICKENS

su brillante e inofensivo regocijo sobre todo cuanto


podía alcanzar! El propio farolero, que corría hace un
instante salpicando la calle oscura con manchitas de
luz y se había acicalado para pasar la alegre noche en
alguna parte, rió sonoramente cuando pasó el espectro,
¡aunque el buen farolero ignoraba que no tenía más
compañía que la festividad navideña!
Y de súbito, sin que mediara ninguna advertencia
por parte del espectro, se encontraron en un solitario y
desierto páramo donde monstruosas masas de rudas
piedras yacían por todas partes, como si se tratara de un
lugar de enterramiento de gigantes; y el agua se escurría
por cualquier fisura, o lo hubiera hecho si la helada
no la retuviera prisionera. Nada crecía allí más que el
musgo, la retama y la hierba común y exuberante. Allá
abajo, hacia el oeste, el sol, al ponerse, dejaba un trazo
de rojo ardiente que deslumbraba aquella desolación,
por un instante, como un ojo ceñudo que, frunciendo
el cejo cada vez más bajo, más bajo, más bajo todavía,
se perdía en lo profundo de las espesas tinieblas de
una noche oscura.
—¿Qué lugar es ése? —preguntó Scrooge.
—Un sitio donde viven los mineros que trabajan
en las entrañas de la tierra —respondió el fantasma—.
Pero me conocen: ¡mirad!
Una luz emanó de la ventana de una cabaña,
por lo que, rápidos, avanzaron hacia ella. Pasando
a través del muro de fango y piedras, encontraron
una gozosa compañía reunida en torno a un fuego
resplandeciente: un hombre y una mujer muy viejos,
con sus hijos y los hijos de sus hijos, y otra generación
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CANCIÓN DE NAVIDAD

más allá de ésta, todos ellos vestidos alegremente con


sus atavíos festivos. El anciano, con una voz que apenas
lograba dominar el aullido del viento sobre la extensa
desolación, cantaba un villancico que era ya una vieja
canción cuando él era sólo un muchacho, y uno por
uno todos los asistentes se unían al coro. A medida que
alzaban sus voces, el tono del anciano se volvía más
gozoso y el volumen de su voz más fuerte, y cuando se
callaban, su vigor decaía.
El espectro no se detuvo en aquel lugar, sino
que ordenó a Scrooge asirse a sus ropas, y de este
modo atravesaron el páramo apresuradamente. ¿Hacia
dónde? ¿No hacia el mar? Pues sí, hacia el mar. Con
terror vio Scrooge, al volver la vista atrás, el último
trozo de tierra y una horrorosa sucesión le rocas detrás
de él. Sus oídos fueron ensordecidos por el atronador
ruido del agua al agitarse, rugir y enfurecerse entre las
terroríficas cavernas que había abierto por desgaste y
parecían querer mirar ferozmente la tierra.
Construido sobre un lúgubre arrecife de rocas
hundidas, a eso de una legua de la playa, contra el
cual las olas arremetían y se estrellaban durante todo
el año, había un faro solitario. Grandes masas de algas
marinas estaban pegadas a su base, y aves de tormenta
—que podían suponerse nacidas del viento, lo mismo
que las algas lo parecían de las aguas—, emergían y
se deslizaban a su alrededor, como las olas que ellas
rozaban ligeramente.
Pero allí también dos hombres que vigilaban
el faro habían encendido un fuego que, a través de la
aspillera del muro de piedra gruesa, derramaba un
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CHARLES DICKENS

rayo de resplandor sobre el tétrico mar. Juntando sus


callosas manos sobre la tosca mesa ante la que estaban
sentados, se desearon uno al otro felices Pascuas
alzando su lata de grog, y uno de ellos —el más viejo,
también, con toda la cara marcada y dañada por el
tiempo duro y cruel, como el mascarón de proa de una
vieja nave podía estarlo—, púsose a cantar una ruda
canción que sonaba como un verdadero temporal.
De nuevo el fantasma se apresuró sobre la negra
y gruesa mar, avanzando y avanzando sin parar hasta
que, como dijo a Scrooge, encontrándose lejos de toda
playa, subieron a un barco. Se pusieron al lado del
timonel que estaba en la rueda, en el pescante de la
serviola, y cerca de los oficiales que hacían la guardia,
oscuras figuras fantasmales en sus diferentes puestos,
pero cada uno de ellos tarareaba una tonada de Navidad
o anidaba un pensamiento navideño, o hablaba por lo
bajo con su compañero de alguna Navidad pretérita
con la esperanza del regreso al hogar. Y cada hombre
a bordo, despierto o dormido, bueno o truhán, había
tenido una palabra más amable aquel día que en
cualquier otro del año, y había participado de alguna
manera en sus festividades, y había recordado a los
seres queridos que se hallaban alejados, y sabía que
ellos gozaban también recordándolo.
Fue para Scrooge una gran sorpresa, mientras
estaba escuchando los gemidos del viento, y pensando
qué solemne cosa era discurrir por las solitarias tinieblas,
sobre un abismo desconocido, cuyas honduras eran
secretos tan profundos como la muerte, fue una gran
sorpresa para Scrooge, mientras pensaba en todo esto,
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CANCIÓN DE NAVIDAD

oír una cordial carcajada. Y fue otra mucho mayor,


para él, reconocer en la risa la de su propio sobrino y
encontrar a éste en una brillante, cálida y fulgurante
habitación, con el espíritu sonriendo a su lado y
mirándolo con afabilidad y aprobación.
—¡Ja, ja! —reía el sobrino de Scrooge—. ¡Ja, ja, ja!
Si os acaeciera, por alguna rara suerte, conocer un
hombre más feliz, riéndose, que el sobrino de Scrooge,
todo lo que se me ocurre deciros es que me gustaría
conocerlo. Presentádmelo y cultivaré su amistad.
Es un oportuno, equitativo y noble ajuste
de las cosas que, así como existen infecciones de
enfermedades y penas, no exista nada en el mundo
tan irresistiblemente contagioso como la risa y el buen
humor. Cuando el sobrino de Scrooge reía de esta
manera, sosteniéndose los costados, haciendo rodar la
cabeza y retorciendo el rostro con las más extravagantes
contorsiones, la sobrina de Scrooge —sobrina por
matrimonio— se desternillaba, como él, de risa. Y, de
todos sus amigos, ninguno se quedaba atrás, gimiendo
y riéndose desordenadamente a carcajadas.
—¡Ja, ja! ¡Ja, ja, ja!
—¡Decía que la Navidad es una farsa, voto a
Dios! —gritaba el sobrino de Scrooge—. ¡Y de veras lo
creía!
—¡Peor para él, Fred! —dijo la sobrina de
Scrooge, indignada ahora.
Que Dios nos conserve a las mujeres; ellas nunca
hacen las cosas a medias, siempre actúan seriamente.
Era muy hermosa, excesivamente hermosa.
Tenía un rostro magnífico, cubierto de hoyuelos y como
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CHARLES DICKENS

sorprendido; una boquita colorada, de bella forma,


como hecha para ser besada (y no cabía duda de que lo
era); una barbilla rodeada de toda suerte de pequeñas
y graciosas pecas que se mezclaban unas con otras
cuando reía; y el par de ojos más brillantes que hayáis
visto jamás en la cara de ningún ser humano. A la vez,
era lo que hubierais llamado provocativa, aunque
su virtud era digna de toda confianza. ¡Oh, sí! ¡Os lo
aseguro: era perfecta y satisfacía completamente!
—Es un tipo muy cómico —decía el sobrino de
Scrooge, refiriéndose a su tío—. Ésta es la verdad; y no
resulta tan simpático como pudiera serlo. No obstante,
sus pecados llevan consigo la penitencia, y no tengo
nada que decir contra él.
—Estoy seguro de que es un hombre muy rico,
Fred —insinuó la sobrina de Scrooge—. Por lo menos,
siempre me habéis dicho esto.
—¿Y esto qué importa, querida? —respondió el
sobrino de Scrooge—. Su fortuna no le sirve para nada.
No hace con ella nada bueno. No la utiliza para vivir
bien. No le queda ni la satisfacción de pensar, ¡ja, ja, ja!,
que seremos nosotros quienes vamos a beneficiarnos
con ella.
—Yo no tengo paciencia con él —confesó la
sobrina de Scrooge.
Las hermanas de Scrooge y todas las otras
señoras compartieron la opinión.
—¡Pues yo sí la tengo! —dijo el sobrino de
Scrooge—. Lo siento por él. No puedo incomodarme
con él, aunque me lo proponga. ¿Quién sufre con sus
extravagantes ideas? Él mismo, siempre él. Ya veis: se
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CANCIÓN DE NAVIDAD

ha puesto en la cabeza fastidiarnos, no queriendo venir


a cenar con nosotros. ¿Cuál ha sido la consecuencia?
Que se ha perdido una excelente comida.
—Ciertamente, creo que se ha perdido una
buena cena —interrumpió la sobrina de Scrooge—.
Todos han dicho lo mismo, y hay que creer que se
trata de jueces competentes, porque, en cuanto han
terminado la cena y con los postres en la mesa todavía,
se han amontonado en torno al fuego, a la luz de la
lámpara.
—¡Bien! Me satisface oír esto —dijo el sobrino
de Scrooge—, porque no acabo de tener demasiada
confianza en esas jovenzuelas amas de casa. ¿Qué me
decís de ello, Topper?
Topper, que no había dejado ni un momento de
mirar a una de las hermanas de la sobrina de Scrooge,
contestó que un soltero era un miserable desgraciado
y no tenía derecho a expresar ninguna opinión sobre
este tema. Con lo cual, la hermana de la sobrina de
Scrooge —la regordeta, con el escote de blonda; no la
que llevaba las rosas— se ruborizó.
—¡Continuad, Fred! —dijo la sobrina de Scrooge,
dando palmadas—. ¡No acaba nunca de decir lo que
empieza! Vaya tipo ridículo.
El sobrino de Scrooge respondió con otra
explosión de risa y, como era imposible resistirse al
contagio —la hermana regordeta lo procuró por todos
los medios—, todos se vieron obligados a sumarse a la
hilaridad general.
—Iba a decir —prosiguió el sobrino de Scrooge—
que el hecho de no tenernos simpatía y no venir a
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CHARLES DICKENS

divertirse con nosotros lleva como consecuencia,


presumo yo, que se pierde pasar unos momentos
agradables que no podrían causarle ningún perjuicio.
Estoy convencido de que se pierde la compañía de
camaradas más simpáticos de lo que pueden resultar
sus propios pensamientos, o los que encuentra
corporalmente, ya sea en su mohoso despacho o en
sus polvorientas habitaciones. Yo me esfuerzo en
procurarle cada año la misma oportunidad, tanto si
le agrada como si no, por la piedad que siento por él.
Puede burlarse de la Navidad hasta que muera, pero
por lo menos tendrá que pensar mejor de ella —y lo
reto a que no lo haga— si me encuentra allí año tras
año, con amable talante, diciéndole: “Tío Scrooge,
¿cómo os va la vida?” Aunque esto le sugiriese sólo
dar a su pobre dependiente cincuenta libras, ya sería
algo; me parece que ayer logré conmoverlo.
Había llegado el momento de la carcajada
general, al oírle decir que era posible conmover a
Scrooge. Pero, como estaba de buen talante y no le
importaba gran cosa que pudieran reírse, los estimuló
en su diversión, pasándoles la botella gozosamente.
Después del té, hubo un poco de música. Porque
formaban una familia melómana y sabían desenvolverse
muy bien cuando cantaban una canción o un rondó, os
lo aseguro. Esencialmente Topper, que gruñía tan bien
como un bajo y a quien nunca se le inflaban las anchas
venas de la frente o se le enrojecía la cara por ello. La
sobrina de Scrooge tocaba muy bien el arpa e interpretó
una fácil cancioncilla (una tonada sin importancia que
podríais aprender a silbar en dos minutos), que había
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CANCIÓN DE NAVIDAD

llegado a ser familiar a la niña cuando ésta iba a buscar


a Scrooge al pensionado del que era alumno, como le
había recordado por el espectro de la Navidad pasada.
Cuando oyó la melodía, todas las cosas que el espectro
le había mostrado acudieron a la mente de Scrooge;
lo ablandaron más y más, y pensó que, si la hubiese
podido escuchar a menudo durante años, seguramente
le hubiera sido posible cultivar la dulzura de la vida
y su felicidad con sus propias manos, sin tener que
recurrir a la zapa del sepulturero que había enterrado
a Jacob Marley.
Pero no dedicaron toda la tarde a la música.
Pasado un tiempo jugaron a prendas, porque es sano
sentirse niño de cuando en cuando, y nunca en mejor
ocasión que en Navidad, ya que su poderoso Fundador
fue un niño, él también. Pero vayamos por partes.
Primero jugaron a la gallina ciega, que no podía, en
verdad, faltar. Y he de confesar que yo no creo que
Topper fuese realmente ciego, como no puedo tampoco
creer que tuviera ojos en sus zapatos. Mi opinión es que
entre él y la sobrina de Scrooge había algo concertado
y que el espectro de la Navidad presente lo sabía muy
requetebién. Aquella manera de ir detrás del escote
de blonda de la hermana regordeta era un ultraje a la
credulidad de la naturaleza humana. Echando al suelo
el badil y las tenazas de la lumbre, tropezando con las
sillas, chocando con el piano, enredándose hasta el
ahogo con los cortinajes, siguiéndola a donde ella fuera,
la perseguía sin cesar. Siempre sabía dónde estaba la
hermana regordeta. No atrapaba nunca a nadie. Si le
hubieseis caído encima (como hizo adrede alguno de
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CHARLES DICKENS

los presentes), habría simulado que hacía lo posible


por apresaros, lo que hubiera significado una afrenta
a vuestra perspicacia, e inmediatamente se habría
desviado con habilidad hacia el lugar donde estaba la
muchacha.
A menudo ella protestaba de que el juego no
se llevaba con las debidas reglas, como realmente
sucedía, pero cuando al fin la atrapó, cuando, a pesar
de los crujidos de seda y sus rápidos desplazamientos
por detrás de él, la llevó a un rincón de donde no había
salida posible, entonces la conducta del muchacho
fue de lo más reprobable. Porque fingir que no la
reconocía, intentando hacer creer que necesitaba para
ello, manosear su tocado y, por último, exigiendo
asegurarse de su identidad mediante la osadía de
estrechar un anillo determinado que llevaba en un
dedo, así como cierta cadena que lucía alrededor del
cuello, eso, era sencillamente vil, monstruoso. No
dudéis de que ella dijo con claridad la opinión que
le merecía todo este asunto, cuando entró en juego
otro gallináceo invidente, y así tuvieron ocasión de
quedarse ambos mucho tiempo juntos, en confianza,
detrás de los cortinajes.
La sobrina de Scrooge no era de las que
formaban parte del juego de la gallina ciega, sino que
estaba cómodamente instalada en una ancha silla con
un escabel a sus pies en un discreto rincón del que el
fantasma y Scrooge se encontraban precisamente muy
cerca. Pero intervenía en los juegos de prendas, y le
agradaba jugar al “¿Cómo me quieres?”, con todas las
letras del alfabeto, o al “¿Cómo, cuándo y dónde?”, en
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CANCIÓN DE NAVIDAD

el cual era insuperable, y, con la satisfacción secreta


del sobrino de Scrooge, vencía completamente a
sus hermanas, aunque todas ellas eran muchachas
inteligentes, como Topper podría explicaros.
Estaban allí reunidas unas veinte personas
jóvenes y mayores, pero todas jugaban, y esto es lo
que también hacía Scrooge; porque, olvidando por
completo, a causa de su interés por todo cuanto allí
sucedía, que su voz no producía efecto en los oídos de
los demás, en ocasiones levantaba la voz bastante alto
para proclamar sus soluciones, y muchas veces incluso
acertaba; porque la aguja más afilada, de tipo finísimo,
no era más aguda que Scrooge, por más obtuso que se
propusiera parecer.
El fantasma estaba muy satisfecho de encontrarlo
de aquel talante, y lo contemplaba con tal favor que
Scrooge se creyó autorizado a suplicarle, como si fuese
un mozalbete, que le permitiera quedarse hasta que los
invitados se hubiesen retirado. Pero, a eso, el espectro
le dijo que no podía acceder.
—Van a jugar a un nuevo juego —explicó
Scrooge—. ¡Sólo media hora, espíritu, sólo eso!
Se trataba de un juego, llamado “Sí y no”, en
que el sobrino de Scrooge debía pensar una cosa y
los restantes adivinar de qué se trataba, limitándose
aquél a contestar “sí” o “no” a sus preguntas, según
correspondiera. El vivo fuego de preguntas a que
se veía sometido lo obligaba a descubrir si estaba
pensando en un animal, un animal vivo o, mejor, un
animal desagradable, un animal salvaje, un animal que
a voces gruñía y otras refunfuñaba, e incluso hablaba,
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CHARLES DICKENS

en ciertas circunstancias, vivía en Londres y se paseaba


por las calles, y no se exhibía, ni era conducido por
nadie, ni vivía en ningún parque zoológico, ni podía
vérsele nunca colgado muerto en un mercado, y que
no era un caballo, ni un asno, ni una vaca, ni un toro, ni
un tigre, ni un perro, ni un cerdo, ni un oso.
A cada nueva pregunta que le formulaban el
sobrino explotaba en una sonora carcajada o una risa
incontenida, y le acometía una especie de cosquilleo
inexpresable, tan violento, que se veía impulsado
a precipitarse sobre el sofá y patalear. Por último, la
hermana regordeta se abandonó a un estado semejante
y vociferó:
—¡Ya lo he encontrado! ¡Ya sé lo que es, Fred!
¡Ya lo sé! —¿Qué es? —preguntó Fred.
—¡Es vuestro tío Scrooge!
Lo que era evidentemente cierto. La admiración
fue general, aunque algunos objetaron que la
contestación a “¿Es un oso?” hubiera tenido que ser
“Sí”, puesto que una contestación negativa había
despistado las reflexiones de todos respecto del señor
Scrooge, dando a suponer que jamás había aparentado
una semejanza en ese sentido.
—Hay que confesar que adivinarlo nos ha dado
motivo para mucha diversión —dijo Fred—, por lo que
sería injusto mostrarse desagradecido no bebiendo a
su salud. Aquí tenemos preparado un vaso de vino
caldeado con especias para beberlo en este momento;
y yo brindo: ¡Por el tío Scrooge!
—¡Bien! ¡Por el tío Scrooge! —gritaron todos.
—¡Unas alegres Pascuas y un feliz Año Nuevo
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CANCIÓN DE NAVIDAD

para el anciano, sea como sea! —gritó el sobrino de


Scrooge—. No lo haría él por mí, pero, a pesar de todo,
hay que brindar por él. ¡Por el tío Scrooge!
El señor Scrooge, de un modo imperceptible, se
había vuelto tan alegre y cordialmente afable, que habría
correspondido a la concurrencia inconscientemente y
le habría dado las gracias en un discurso audible, si
el fantasma le hubiese concedido tiempo para ello.
Pero la escena se dio por terminada con la última
palabra pronunciada por su sobrino, y él y el espíritu
reanudaron sus viajes.
Mucho fue lo que vieron, y lejos adonde fueron,
así corno varios los hogares que visitaron, pero todo
acabó felizmente. El espíritu se quedaba algún tiempo
en la cabecera del lecho de los enfermos y ellos se
sentían alegres; a los que estaban en tierras extrañas, él
los acercaba a la patria; a los que combatían, les daba
confianza en un mejor futuro; a los pobres, les concedía
la ilusión de la riqueza. En los asilos, hospitales,
prisiones, en todo refugio de la miseria donde el
hombre, envanecido con su brevísima autoridad, no
hubiese hecho cerrar la puerta y dejado fuera al espíritu,
dejó su bendición y enseñó a Scrooge sus preceptos.
Fue una larga noche, si es que realmente sólo
fue una noche, pues Scrooge tuvo sus dudas a este
respecto; porque las fiestas de Navidad aparecían como
condensadas en el espacio de tiempo transcurrido
mientras estuvieron juntos. Era raro también que,
mientras Scrooge continuaba inalterable en su forma
externa, el espíritu envejecía visiblemente. Scrooge se
dio cuenta de esta transformación, pero no habló de ello
101
CHARLES DICKENS

ni una palabra, hasta que, al abandonar una reunión


infantil en la noche de Reyes, mirando al espíritu,
cuando se hallaban juntos al aire libre, observó que su
cabello era gris.
—¿Tan cortas son las vidas de los espíritus?
—preguntó Scrooge.
—Mi vida en esta tierra es muy breve —replicó
el fantasma—. Termina esta noche.
—¿Esta noche?
—Esta misma noche, a medianoche. ¡Tenedlo en
cuenta! La hora se acerca.
Los carillones se pusieron a dar los tres cuartos
de la hora en aquel mismo momento.
—Perdonadme si os formulo una pregunta —dijo
Scrooge, mirando intencionadamente el atuendo
del espíritu—, pero encuentro algo extraño, no
perteneciente a vuestra persona, que sobresale de
vuestra túnica. ¿Es un pie o una pezuña?
—Puede que sea una garra, por la carne que
lleva encima —fue la amarga respuesta del espectro—.
Mirad.
De los pliegues de su túnica sacó dos niños
míseros, abyectos, repugnantes, horribles, espantosos.
Ambos se arrodillaron a sus pies y se pegaron a la parte
exterior de su vestido.
—¡Oh, hombre! ¡Mira ahí! ¡Mira, mira esto!
—exclamó el fantasma.
Eran un niño y una niña. Amarillos, enjutos,
andrajosos, de mirada ceñuda, de aspecto lobuno, pero
postrados, asimismo, en su humildad. Donde la gracia
de la juventud hubiera perfilado sus rasgos y tocado con
102
CANCIÓN DE NAVIDAD

sus tintes más lozanos, una mano vetusta y marchita,


como la del tiempo, los había contraído y retorcido,
convirtiéndolas en trizas. Allí donde los ángeles
hubieran debido estar sentados en un trono real, los
diablos estaban agazapados y miraban amenazadores.
En ningún cambio, en ninguna degradación, en
ninguna perversión de la humanidad, en cualquiera de
sus grados, ni entre todos los maravillosos misterios de
la creación, existen monstruos ni la mitad de horribles
y terroríficos que aquéllos.
Scrooge retrocedió, amedrentado. Habiéndole
sido mostrados de esta guisa, intentó decir que eran
unos bonitos muchachos, pero las palabras se le
trabaron antes de prestarse a formar parte de una
mentira tan enorme.
—Espíritu, ¿son vuestros? —es todo cuanto
pudo decir Scrooge.
—Son del hombre —declaró el espíritu, bajando
hacia ellos su mirada—. Y ya veis cómo se aferran a
mí, apelando contra sus padres. Este muchacho es el
Ignorante. Esta chica es la Necesidad. Guardaos de
ambos y de todos los de su casta, pero más que nada
guardaos del muchacho, porque en su frente veo que
está escrita la palabra Condenación, a menos que lo
escrito sea borrado. ¡Negadlo! —gritó el espectro,
extendiendo su mano hacia la ciudad—. ¡Difamad a los
que os lo digan! Aceptadlos para serviros de ellos en
vuestros proyectos facciosos y empeoradlos aún, ¡pero
poned atención a las consecuencias!
—¿Es que carecen de refugio o de recursos?
—lloriqueó Scrooge.
103
CHARLES DICKENS

—¿Es que no hay prisiones? —dijo el espectro,


replicándole por última vez con sus propias palabras—.
¿Es que, por ventura, no existan cárceles donde se
redime la pena con el trabajo?
La campana dio las doce.
Scrooge se volvió para mirar al espectro y no
lo vio. Cuando la última campanada cesó de vibrar,
recordó la predicción del viejo Jacob Marley y,
levantando sus ojos, contempló a un solemne fantasma,
cubierto y encapirotado, avanzando hacia él como una
niebla a ras de tierra.

104
CANCIÓN DE NAVIDAD

105
CHARLES DICKENS

El último de los espíritus

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CANCIÓN DE NAVIDAD

CUARTA ESTROFA
EL ÚLTIMO ESPECTRO

107
CHARLES DICKENS

Gravemente, el fantasma, silencioso y lento,


se aproximaba. Cuando llegó cerca de él, Scrooge
se arrodilló, inducido por aquel ambiente en que el
espíritu parecía esparcir tinieblas y misterio.
Estaba cubierto con una holgada vestidura o
mortaja, de un negro intenso, que escondía su rostro
y todo su cuerpo, dejando solamente visible una mano
extendida. Si no hubiera sido por esta circunstancia,
habría sido difícil destacar su figura de la oscuridad
de la noche y que resaltara en la penumbra que la
rodeaba.
Cuando estuvo a su lado, Scrooge se dio cuenta
de que era alto e imponente, y su misteriosa presencia
lo inundó de un pavor indescriptible. Nada más pudo
investigar respecto a él, porque el espíritu no habló ni
se movió de sitio.
—¿Estoy en presencia del espíritu de la Navidad
futura? —preguntó Scrooge.
El espectro no respondió, pero señaló hacia
delante con la mano.
—Vais a mostrarme apariciones de cosas que
no han sucedido todavía, pero que acontecerán en
el tiempo que tenemos ante nosotros —prosiguió
Scrooge—. ¿Estoy en lo cierto, espíritu?
La parte superior de su vestidura se contrajo
un instante formando pliegues, como si el fantasma
hubiera inclinado la cabeza. Ésta fue la única respuesta
que recibió.
Aunque en aquella época estaba ya acostumbrado
a la compañía de fantasmas, Scrooge temió la forma
silenciosa en que éste se presentaba; tanto, que sus
108
CANCIÓN DE NAVIDAD

piernas empezaron a temblar, y observó que a duras


penas podía ponerse en pie cuando se dispuso a
seguirle. El fantasma hizo un momento de pausa al
observar su estado, a fin de darle el tiempo necesario
para que se reanimase.
Pero Scrooge estaba demasiado azorado para
ello. Le espeluznaba, con un vago e incierto temor,
saber que detrás de la lúgubre mortaja existían unos
ojos fantasmales que lo miraban atentamente, mientras
él, aunque agudizaba los suyos tanto como le era
posible, no podía ver más que una mano espectral y un
gran amontonamiento de negrura.
—¡Fantasma del futuro! —exclamó—, os temo
más a vos que a cualquiera de los espectros que os
han precedido. Pero como sé que vuestro propósito
es hacerme bien, y como espero vivir, en adelante,
siendo otro hombre distinto del que he sido, me hallo
preparado a aceptar vuestra compañía y a hacerlo con
un corazón agradecido. ¿No queréis hablarme?
No dio respuesta alguna. La mano continuaba
extendida entre ambos.
—¡Indicadme el camino! —continuó Scrooge—.
¡Indicádmelo! La noche está declinando a prisa y el
tiempo es precioso para mí, lo sé. ¡Indicadme adónde
vamos, espíritu!
El fantasma se movió hacia adelante tal como se
había dirigido hacia él. Scrooge lo siguió en la sombra
de su vestidura, que lo levantó, a su juicio, y se lo llevó
lejos.
Mejor que entrar en la ciudad, pareció que la ciudad
surgía de súbito alrededor de ellos y los encuadraba con
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CHARLES DICKENS

su propia acción. Pero allí estaban, en el corazón de ella;


en la Bolsa, entre los hombres de negocios, que corrían
de una a otra parte y hacían tintinear las monedas en sus
bolsillos, y conversaban en corros, miraban ávidamente
sus relojes y manoseaban pensativamente sus grandes
sellos de oro; y todo así, siempre, como Scrooge había
podido contemplar muchas veces.
El fantasma se detuvo al lado de un pequeño
grupo de gente. Observando que la mano los
estaba señalando, Scrooge se adelantó para oír su
conversación.
—No —decía un hombre gordo, con un mentón
monstruoso—; además, no conozco gran cosa de todo
este asunto. Yo sólo sé que está muerto.
—Y ¿cuándo murió? —inquirió otro.
—Anoche, creo.
—Y ¿qué le sucedió? —preguntó un tercero,
tomándose una buena cantidad de rapé de una gran
tabaquera—. Yo creía que no moriría nunca.
—¡Esto sí que sólo Dios lo sabe! —intervino de
nuevo el primero, con un bostezo.
—Y ¿qué ha hecho del dinero? —preguntó un
caballero de rostro encendido, con una excrecencia
pendular en la punta de la nariz, que se movía como
las barbas de los pavos.
—No lo he oído decir —afirmó el hombre del
gran mentón, bostezando de nuevo—. Quizá lo ha
dejado a sus socios. Lo que sí puedo aseguraros es que
no me lo ha dejado a mí. Es todo lo que sé.
La broma fue aceptada por todos con una
risotada general.
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CANCIÓN DE NAVIDAD

—Es de esperar que tenga un entierro modesto


—dijo el mismo orador—, pues, a fe mía, no sé de
nadie que se proponga asistir. ¿Qué os parecería si nos
reuniésemos un grupo y fuésemos a acompañarlo?
—No me importaría ir a una comida, si la
celebraran —observó el caballero de la excrecencia en
la nariz—; desde luego, tienen que alimentarme si he
de ser uno de los acompañantes.
Otra risotada se oyó de nuevo.
—Bien, yo, al fin y al cabo, soy el menos interesado
de todos vosotros —observó el primer orador—,
porque no me he puesto nunca guantes negros y nunca
me ocurre que me inviten a un ágape. Pero me ofrezco
a ir, si alguien más se lo propone. Cuando pienso en
ello, no se me ocurre que fuese su amigo íntimo, pero
acostumbrábamos detenernos y charlar un rato cuando
nos encontrábamos. Bien, ¡adiós, adiós!
Oradores y oyentes se separaron paseando y
se mezclaron con otros grupos. Scrooge reconoció
a aquellos hombres y dirigió una mirada hacia el
fantasma buscando una explicación.
El espectro se deslizó por una calle. Ahora sus
dedos apuntaban hacia dos personas que estaban
reunidas. Scrooge continuó escuchando, creyendo que
allí estaba realmente la explicación.
Él conocía también perfectamente a esas gentes.
Eran hombres de negocios, muy ricos y de gran
importancia. Siempre se había preocupado de que
lo tuvieran en gran estima, desde un punto de vista
comercial; así es: desde un punto de vista estrictamente
comercial.
111
CHARLES DICKENS

—¿Qué tal os va? —preguntó uno de ellos.


—¿Qué tal? —dijo el otro, devolviendo el saludo.
—¡Vaya! —continuó el primero—. Me han dicho que el
viejo tacaño ha rendido al fin sus cuentas a Dios.
—Eso he oído decir —corroboró el otro—. Hace
un frío intenso, ¿verdad?
—Apropiado para Navidad. ¿Supongo que no
os gusta patinar?
—No, no. Tengo otras cosas en qué pensar.
¡Buenos días!
Ninguna otra palabra. Éstos fueron su encuentro,
su conversación y su despedida.
Scrooge se sintió al principio como sorprendido
de que el espíritu diese importancia a conversaciones
aparentemente triviales, pero como estaba convencido
de que su actitud debía tener algún propósito oculto,
se dedicó a meditar cuál podía ser. No le era dado,
ciertamente, suponer que guardaban relación con
la muerte de Jacob, su viejo socio, porque éste era
un acontecimiento pasado, y el tiempo propio
del fantasma era el futuro. Tampoco se le ocurrió
de momento pensar en alguien inmediatamente
relacionado con él, a quien pudieran referirse. Pero,
no dudando de que, enlazándolo con quién fuese,
tenían algún valor moral para su propia persona, se
resolvió a atesorar toda palabra que oyese y toda cosa
que viese; y especialmente la sombra de sí mismo,
cuando ésta se presentase. Porque tenía la convicción
de que la conducta de su ser futuro le daría el indicio
que le faltaba y le facilitaría la solución de aquellos
enigmas.
112
CANCIÓN DE NAVIDAD

En aquel ambiente procuró encontrar a su propia


imagen, pero halló otro hombre que precisamente
ocupaba el rincón donde él acostumbraba colocarse,
y, a pesar de que el reloj señalaba la hora en que
habitualmente estaba allí durante el día, no encontró
ninguna clase de parecido consigo entre las multitudes
que entraban a través del pórtico. A pesar de ello, no
sintió gran sorpresa, porque había estado revolviendo
su cabeza por la preocupación de un cambio de vida y
pensaba y esperaba que estos cambios le harían notar
la realidad de las transformaciones operadas en su
existencia.
Tranquilo y oscuro a su lado, el fantasma
permanecía con la mano extendida, cuando Scrooge se
despabiló de su preocupada búsqueda y se imaginó,
por el movimiento que había hecho la mano y su nueva
posición, que aquellos ojos invisibles le estaban mirando
intensamente. Esta mirada lo hizo estremecerse y
quedó como helado.
Dejaron pronto la preocupante escena y se
fueron a una parte oscura de la ciudad que Scrooge
jamás había visitado antes, aunque reconoció su
emplazamiento y su mala reputación. Las calles eran
asquerosas y estrechas; las tiendas y los edificios,
miserables; las gentes, medio desnudas, ebrias,
desaliñadas, horribles. Avenidas y callejas, como
cloacas, vomitaban sus ofensivas pestilencias, suciedad
de la vida, sobre las calles inmundas, y todo el barrio
olía a crimen, inmundicia y miseria.
En el interior de aquella madriguera de
frecuentaciones infames, existía una tienda para
113
CHARLES DICKENS

gente ignorante, emplazada bajo un alero, donde se


compraba hierro, trapos viejos, botellas, huesos y
carniza grasienta. Por el suelo, en el interior, se veían
amontonadas pilas de llaves herrumbrosas, clavos,
cadenas, goznes, limas, platillos de balanzas y pesos,
así como desechos de metales de todas clases.
Secretos que a pocos agradaría indagar eran
dónde, cómo y por qué habían sido recogidos y
escondidos en montañas de andrajos indecorosos,
masas de grasa corrompida y sepulcros de huesos.
Sentado entre los géneros que allí almacenaba, cerca
de una estufa de carbón de leña construida con viejos
ladrillos, se hallaba un perillán de cabello gris, de unos
setenta años, quien se abrigaba del aire frío exterior
por medio de sucios colgajos, guiñapos heterogéneos
colgados de una cuerda; esto sí, fumando su pipa con
toda la comodidad de un retiro tranquilo.
Scrooge y el fantasma quedaron en presencia de
ese hombre en el mismo instante en que una mujer, con
un pesado fardo, penetraba en la tienda. Pero apenas
había entrado cuando otra mujer, igualmente cargada,
se escurrió adentro también seguida muy de cerca por
un hombre, ataviado con un traje negro ajado, que no
se sintió menos sorprendido a la vista de ellas, que
ellas al reconocerse. Después de un breve instante de
turbación y estupor, en el cual el viejo de la pipa se
unió a ellos, los tres prorrumpieron en una carcajada.
—¡Dejad que la asistenta pase primero!
—exclamó la que había entrado antes—. ¡Dejad que la
lavandera sea la segunda y el hombre de la funeraria el
tercero! Ya os dais cuenta, querido Joe, de que ha sido
114
CANCIÓN DE NAVIDAD

una suerte que nos hayamos encontrado aquí los tres


sin habernos puesto de acuerdo.
—No podíais haberos reunido en un sitio mejor
—dijo el viejo Joe, sacándose la pipa de la boca—.
Pasad a la trastienda. Hace tiempo que frecuentáis esta
casa como la vuestra, y los otros dos no son tampoco
forasteros. Esperad a que haya cerrado la puerta de
la tienda. ¡Uf, cómo chirría! No creo, a fe mía, que
haya ningún trozo de metal más oxidado, en estos
andurriales, que esos malditos goznes; y tampoco
creo que haya aquí unos huesos tan duros como los
míos. ¡Ah, ah! Somos unos tipos muy apropiados al
trabajo a que nos dedicamos; nos complementamos
perfectamente. Vayamos a la trastienda. ¡Hala!
La trastienda era el espacio que quedaba
protegido por la mampara de guiñapos. El viejo
atizó el fuego con un barrote de baranda y, habiendo
despabilado la lámpara humeante (porque era de
noche) con el tubo de su pipa, volvió a ponérsela a la
boca.
Mientras hacía esto, la mujer que había hablado
ya colocó su fardo en el suelo y se sentó de una forma
ostensible en un escabel, colocando los codos sobre las
rodillas y mirando con cierto aire de desafío a los otros
dos.
—Y bien, ¿qué sucede? ¿Qué hay de enojoso,
señora Dilber? —preguntó la otra mujer—. Cada cual
tiene derecho a ocuparse de lo que le viene en gana. Él
lo hizo siempre así.
—¡Esto es verdad! —afirmó la lavandera—.
Nadie lo cumplió tan exactamente como él.
115
CHARLES DICKENS

—¿Por qué, entonces, os quedáis mirando como


si estuviérais asustada, mujer? Querría que me dijeseis
quién tiene más cordura. No vamos a disputar por eso,
supongo.
—¡No, ciertamente! —dijeron a la vez la señora
Dilber y el hombre—. Hemos de suponer que no.
—Así pues, estamos de acuerdo —exclamó la
mujer—. ¿Quién sale perjudicado con la pérdida de
unos pequeños objetos como ésos? ¿Supongo que no
será un hombre muerto?
—No, es verdad.
—Si quería quedárselos una vez fallecido,
ese maldito bribón y avaro —prosiguió la mujer—,
¿por qué no se comportaba como un hombre normal
mientras vivió? De haberlo hecho, hubiera contado con
alguien que se preocupase por él al golpearlo la muerte
con su implacable guadaña, en vez de quedarse solo
y abandonado para dar el último suspiro, como ha
sucedido.
—Son las palabras más justas que he oído en mi
vida —dijo la señora Dilber—. Y responden a un juicio
muy sensato sobre el difunto.
—Me hubiera gustado un juicio un poco más
duro —replicó la mujer—; y lo hubiera tenido, podéis
estar seguros, si hubiera podido poner las manos sobre
algo más. Abrid ese fardo, viejo Joe, y dejadme apreciar
el valor de todo ello. Hablad lo más francamente posible.
No me atemoriza ser la primera en abrirlo ni me asusta
ver lo que contiene. Ya sabíamos por descontado, antes
de reunirnos aquí, que cada cual se preocupa de lo suyo,
sin duda alguna. Esto no es pecado. Abrid ese bulto, Joe.
116
CANCIÓN DE NAVIDAD

Pero la galantería de sus amigos no permitió


tal cosa, y el hombre vestido de negro desteñido
abrió la brecha y mostró su botín. No era muy
abundante. Un sello o dos, un portalápiz, un par
de gemelos para camisa y un alfiler de pecho de
poco valor: esto era todo. Estos objetos fueron
severamente examinados y tasados por el viejo Joe,
quien apuntó con yeso, en la pared, la cantidad que
estaba dispuesto a dar por cada uno de ellos. Y los
reunió todos cuando comprendió que ya no había
nada más que mostrar.
—Ésa es vuestra cuenta —dijo Joe—, y no
querría dar ni seis peniques más aunque me quemaran
vivo. ¿Quién es el siguiente?
La siguiente era la señora Dilber. Sábanas y
toallas, unas modestas prendas de vestir, dos viejas
cucharas de plata para té, un par de tenacillas para
azúcar y unas cuantas botas. Su cuenta fue escrita en la
pared de igual manera.
—Siempre doy más a las señoras. Es una de
mis debilidades, y por esa razón me estoy arruinando
—explicó el viejo Joe—. Ésta es vuestra cuenta. Si me
pedís un solo penique más y hacéis de ello una decisión
definitiva, me arrepentiré de ser tan despilfarrador y
os rebajaré media corona.
—Y ahora deshagamos mi bulto, Joe —dijo la
primera mujer.
Joe se puso en cuclillas para abrirlo más
cómodamente y, habiendo desatado una gran cantidad
de nudos, arrastró un grande y pesado paquete de
paños de color pardo.
117
CHARLES DICKENS

—¿Cómo llamáis a eso? —preguntó Joe—.


¿Cortinajes de cama?
—¡Ah! —replicó la mujer, riéndose y apoyándose
en sus brazos cruzados—. ¡Cortinajes de cama!
—No me vais a contar que los habéis tomado,
junto con las anillas, mientras él estaba todavía en su
lecho de muerte, ¿verdad?
—¡Claro que sí! ¿Y por qué no iba a hacerlo?
¿Qué mal hay en ello?
—Habéis nacido para labrar vuestra fortuna
—concedió Joe—, y no dudo de que en verdad lo
lograréis.
—Podéis estar seguro de que no cierro la mano
cuando puedo recoger algo en ella, y menos cuando
se trata de un sujeto como él; tenedlo por cierto, Joe
—continuó la mujer, fríamente—. Poned atención a
que no os caigan gotas de aceite sobre las sábanas.
—¿Sus sábanas? —preguntó Joe.
—¿De quién queríais que fuesen? —replicó
la mujer—. No se va a enfriar sin ellas, tenedlo por
seguro.
—Espero que no habrá muerto de alguna
enfermedad infecciosa, ¿verdad? —quiso saber Joe
haciendo un alto en su trabajo y mirando hacia arriba.
—No os preocupéis por eso —contestó la
mujer—. No estoy tan deseosa de su compañía como
para discutir por tales fruslerías, si hubiese habido
necesidad. ¡Diablo de hombre! Podéis examinar esta
camisa hasta que os duelan los ojos: no hallaréis en ella
ni un roto ni un zurcido. Es la mejor que tenía; y bien
bonita es. La hubiera desperdiciado, a no ser por mí.
118
CANCIÓN DE NAVIDAD

—¿A qué llamáis desperdiciar una camisa?


—preguntó el viejo Joe.
—Habérsela puesto para enterrarle, ¡claro está!
—respondió la mujer, con una risotada—. Alguien
hubiera sido lo bastante estúpido para pensarlo, pero
yo no la dejé escapar. Si un algodón como éste no es lo
suficientemente bueno para ella, no lo es para nada. Es
la que correspondía a su cuerpo. No podía estar más
horrible de lo que estaba.
Scrooge escuchaba este diálogo con horror.
Como estaban sentados en grupo en torno al botín y
a la escasa luz que proyectaba la lámpara del viejo,
los pudo ver con todo el desprecio y la repugnancia
que provocaban, los cuales difícilmente hubieran
sido peores tratándose de demonios obscenos que
mercadeasen con el mismo cadáver.
—¡Ja, ja! —sonrió la mujer, cuando el viejo Joe,
sacando una bolsa de franela con dinero en ella, expuso
las respectivas ganancias sobre el suelo—. Éste ha sido
su fin, ya lo veis. En vida aterrorizaba a la gente que se
le acercaba, para que le huyeran, y beneficiarnos así a
nosotros una vez muerto. ¡Ja, ja, ja!
—¡Espíritu! —dijo entonces Scrooge,
estremeciéndose de pies a cabeza—. ¡Ya lo comprendo!
¡Ahora lo comprendo! El caso de este hombre
desgraciado puede todavía ser el mío. Mi vida se dirigía
a ese fin. ¡Dios sea loado! ¿Qué significa todo eso?
Retrocedió aterrorizado, pero la escena había
cambiado, y ahora casi tocaba una cama. Era un lecho
desnudo, sin cortinajes, en el cual, debajo de una
sábana harapienta, yacía algo envuelto que, si bien
119
CHARLES DICKENS

estaba mudo, denunciaba su presencia en un lenguaje


horrendo.
La habitación estaba muy oscura, demasiado
oscura para poder observarla con cierto detalle,
aunque Scrooge miraba a su alrededor obedeciendo
a un impulso secreto, ansioso por saber en qué clase
de aposento se encontraba. Una pálida luz entraba del
exterior y caía directamente sobre la cama; encima de
ella, despojado de todo, saqueado, por nadie atendido,
sin un ser viviente que lo llorara, abandonado, yacía el
cuerpo de un hombre.
Scrooge dirigió una profunda mirada al fantasma.
La mano extendida de éste señaló entonces la cabeza.
La sábana estaba tan descuidadamente tendida que el
menor gesto, el movimiento de un simple dedo por
parte de Scrooge, hubiera dejado la cara al descubierto.
Pensó en ello, consideró cuán fácil sería y se dispuso a
hacerlo, pero no encontró fuerzas para levantar la tela
ni para echar al espectro de su lado.
¡Oh, fría, fría, rígida, espantosa muerte, eleva
tu altar aquí y aderézalo con todos cuantos terrores
tienes a tu disposición, porque éste es tu dominio! Pero
de una cabeza amada, honrada y respetada no puedes
tocar ni un solo cabello para tus fines terroríficos, si
no quieres hacer de ella una visión horripilante. No
es que la mano no sea pesada y no volvería a caer
si se la soltara; no es que el corazón y el pulso no
estén silenciosos; pero sí, su mano estuvo abierta,
generosa y sincera y el corazón fue bravo, cálido y
tierno; y el pulso, el de un hombre. ¡Golpea, entonces,
sombra, golpea! Y contempla cómo sus buenas obras
120
CANCIÓN DE NAVIDAD

emergen de la herida para sembrar el mundo con vida


inmortal.
Ninguna voz pronunció estas palabras en los
oídos de Scrooge, pero éste las oyó cuando miró la
cama. Pensó: si este hombre fuese capaz de levantarse,
¿cuáles serían sus principales pensamientos? ¿La
avaricia, el trato duro con sus semejantes, la crueldad
sin piedad? ¡A buen fin le ha llevado la crueldad sin
piedad, a fe de Dios!
Permanecía tendido en la casa oscura y vacía,
sin un hombre, una mujer o un niño que recordara
en qué había sido bueno con ellos o en qué caso les
había dirigido una palabra amable. Un gato estaba
rascando a la puerta y había un rumor de roedura
de ratas debajo de la parrilla del hogar. ¿Qué era lo
que buscaban allí, en el aposento de la muerte? ¿Por
qué estaban tan inquietas y agitadas? Scrooge no se
atrevía a pensarlo.
—¡Espíritu! —dijo—. En realidad, éste es un
lugar horroroso. Al abandonarlo, no olvidaré su
lección, podéis creerme. ¡Vayámonos!
Todavía el fantasma señalaba la cabeza con un
dedo inmóvil.
—Ya os comprendo —continuó Scrooge—,
y querría hacerlo, si pudiese. Pero no tengo fuerza
suficiente, espíritu —repitió—, no la tengo.
De nuevo pareció mirar por encima de él.
—Si existe en la ciudad una persona que se
sienta conmovida por la muerte de este hombre —dijo
Scrooge, como si se hallara en la angustia de la agonía—,
mostrádmela, espíritu, os lo suplico.
121
CHARLES DICKENS

El fantasma extendió ante sí, por un momento, su


lúgubre vestidura como si fuese un ala y, apartándola
luego, dejó al descubierto una habitación a la luz del día,
donde estaba una madre con sus hijos. Se veía que ella
estaba esperando a alguien con ansioso afán, porque se
paseaba arriba y abajo por la habitación, se estremecía
a cada ruido, miraba por la ventana, echaba ojeadas al
reloj y distraídamente procuraba, aunque en vano, dar
algunas puntadas con la aguja, y trataba de soportar con
sosiego el griterío de los niños en sus juegos.
Al fin se oyó el tan esperado aldabonazo. Voló
más que corrió a la puerta y se reunió con su marido;
un hombre cuya cara estaba agobiada y deprimida
por la angustia, aunque era joven. En aquel momento
había en su rostro una marcada expresión, una especie
de seria complacencia de la cual se sentía avergonzado
y que se esforzaba en reprimir.
Se sentó a comer lo que le guardaban a la vera
del fuego, y cuando ella le preguntó débilmente qué
nuevas traía (lo que no sucedió hasta después de un
largo silencio), pareció preocupado por la forma en
que debía contestar.
—¿Está bien o mal? —preguntó ella, para
ayudarle. —Mal —contestó.
—¿Estamos, pues, totalmente perdidos?
—No; todavía hay esperanza, Caroline.
—Si se calma —dijo ella, pasmada—, es natural
que la haya. Toda esperanza es posible, si ha sucedido
tal milagro.
—No hay nada que pueda calmarlo —dijo el
marido—: ha muerto.
122
CANCIÓN DE NAVIDAD

Era ella un ser paciente y afable, a juzgar por su


rostro, pero sintió gratitud en su alma al oír lo que él
decía, y así lo expresó, juntando sus manos. Imploró
perdón al instante, y lamentó haber manifestado tan
duramente su sentimiento, pero lo primero había sido
el impulso emotivo de su corazón.
—Lo que os dije ayer por la noche que aquella
mujer, medio ebria, me había comunicado cuando
traté de verla para pedirle otra semana de plazo, y que
yo tomé como una excusa para evitar que la viera, se
ha demostrado que era la pura realidad. No es que
estuviese solamente muy enfermo en aquel instante,
sino que se estaba muriendo.
—¿Y a quién será transferida nuestra deuda?
—No lo sé. Pero, antes de que llegue el
momento, hemos de tener preparado el dinero; pues, si
no podemos tenerlo, sería mala suerte, en verdad, que
encontráramos un acreedor despiadado en su sucesor.
Por esta noche, querida Caroline, podemos dormir con
el corazón tranquilo.
Sí. Interpretadlo tan literalmente como queráis;
era cierto que sus corazones se sentían aliviados, casi
regocijados. Los rostros de los hijos, apaciguados,
reunidos en torno a sus padres para escuchar lo que
tan raramente oían, brillaban con un júbilo extraño.
Era un hogar feliz a causa de la muerte de aquel
hombre. La única emoción que el espectro pudo
mostrarle, causada por el luctuoso acontecimiento,
era de placer.
—Hacedme ver alguna ternura relacionada
con una muerte —dijo Scrooge—; de no ser así, esta
123
CHARLES DICKENS

habitación oscura que acabamos de abandonar ahora,


no desaparecerá jamás de mi mente.
El espectro lo condujo por varias calles familiares
a sus pies y, mientras andaban, Scrooge miraba a una
y otra parte para encontrarse a sí mismo, pero no se
veía en ninguna. Entraron en el pobre hogar de Bob
Cratchit, la morada que había visitado antes, y hallaron
a la madre y los niños sentados en torno al fuego.
Quietos, muy quietos. Los pequeños
alborotadores estaban ahora inmóviles y silenciosos
como estatuas, sentados en un rincón y mirando a
Peter, que tenía un libro ante sí. La madre y las hijas se
ocupaban de sus labores, pero también guardaban un
gran silencio y permanecían muy quietas.
Y él tomó a un niño y lo sentó en medio de ellos.
¿Dónde había oído Scrooge aquellas palabras?
No las había soñado, a buen seguro. El muchacho
debía haberlas leído cuando él y el fantasma cruzaban
el umbral. ¿Por qué no proseguía?
La madre dejó la labor encima de la mesa y con
las manos se cubrió el rostro.
—La luz me hiere los ojos —dijo ella.
¿La luz? ¡Ah, el pobrecito Tim!
—Ahora los siento mejor otra vez —añadió
la señora Cratchit—. Los debilita la luz de la vela, y
no querría por nada del mundo que vuestro padre
advirtiera la flaqueza de mis ojos, cuando llegara. Está
por llegar de un momento a otro.
—Más bien ha pasado ya la hora —comentó Peter,
cerrando el libro—. Pero creo que estas últimas noches
anda un poco más despacio que de costumbre, madre.
124
CANCIÓN DE NAVIDAD

Estaban, en verdad, muy tranquilos otra vez.


Por último, exclamaron con una voz aguda y alegre,
que sólo una vez vaciló:
—Yo le había visto andar con... con el pequeño
Tim sobre los hombros, y realmente muy a prisa.
—Y yo también —exclamó Peter—, muy a
menudo. —Y yo lo mismo —gritó otro—. Todos lo
habíamos visto así.
—Pero era poco pesado de llevar —resumió
ella, atenta a su labor—; y su padre lo quería tanto, que
no advertía su peso, ni poco ni mucho. ¡Ahí tenéis a
vuestro padre llamando a la puerta!
Se levantó presurosa para correr a su encuentro,
y el viejo Bob, con su bufanda —la necesitaba, el
pobre hombre—, hizo su entrada en la casa. Ya tenían
preparado el té en el anaquel interior de la chimenea y
todos se deshicieron en cuidados para servirle lo más
amablemente posible. Entonces los dos jóvenes Cratchit
saltaron sobre sus rodillas y cada uno de ellas apoyó
la pequeña mejilla contra su cara, como si quisieran
decirle: “No te apenes tanto, padre. No te aflijas”.
Bob estaba con ellos muy alegre y hablaba
placenteramente con toda la familia. Miró hacia la
labor de encima de la mesa e hizo elogios de la pericia
y rapidez con que trabajaban la señora Cratchit y las
muchachas.
—Debería estar terminado mucho antes del
domingo —dijo.
—¡Domingo! Habéis ido hoy, Robert? —preguntó
su mujer.
—Sí, querida —respondió Bob—; me habría
125
CHARLES DICKENS

gustado que hubieseis podido ir vos también. Os


hubiera alentado ver qué lugar tan verde es. Pero lo
veréis a menudo. Le he prometido que iré por allá un
domingo. ¡Mi pobrecito!, ¡mi pequeñín! —gimió Bob—,
¡mi pobrecito!
Prorrumpió en llanto, de pronto. No pudo
evitarlo. Hubiese podido contenerse, si él y su hijo no
hubieran estado tan unidos como lo habían estado en
realidad.
Salió de la sala y subió a la habitación de arriba,
que estaba alegremente iluminada y adornada, como
para Navidad. Había una silla junto al lecho del niño
y se notaban señales de que alguien había estado en
ella últimamente. El pobre Bob se sentó en la silla y,
cuando se hubo apaciguado y meditado un poco, besó
el pequeño rostro. Estaba ya resignado con lo que había
sucedido y volvió abajo completamente feliz.
Se reunieron alrededor del fuego y conversaron.
Las muchachas y la madre continuaron trabajando
todavía. Bob les habló de la extraordinaria amabilidad
del sobrino del señor Scrooge, a quien apenas había
visto una vez, y quien, al encontrarle aquel día en la
calle, observando que parecía “un poco afectado”,
explicó Bob, le había preguntado qué le había sucedido,
a continuación de lo cual, continuó Bob, “porque es
el hombre de más amable conversación que habéis
escuchado jamás, se lo expliqué. `Lo siento de todo
corazón, señor Cratchit’, me dijo él, `y también lo
lamento por vuestra buena esposa.’ Incidentalmente,
no sé cómo pudo saberlo”.
—¿Saber qué, querido?
126
CANCIÓN DE NAVIDAD

—Pues que sois una buena esposa —replicó Bob.


—Todo el mundo sabe esto —dijo Peter.
—¡Muy bien observado, hijo mío! —exclamó
Bob—. Creo que me dijo: “Lo lamento de todo corazón
por vuestra buena esposa; y si os puedo prestar algún
servicio”, me dijo luego, dándome su tarjeta, “ahí es
donde vivo. Os ruego que vayáis a verme”. Ahora
ya se comprende —gimió Bob— que sus palabras no
son emotivas por lo que de veras pueda hacer por
nosotros, sino por la amabilidad de su carácter, que es
todo bondad. Parecía, en efecto, que hubiese querido a
nuestro pequeño Tim y sintiese nuestra pena.
—Creo que es un hombre de buen corazón
—dijo la señora Cratchit.
—Estaríais convencida de ello, querida —replicó
Bob—, si lo vieseis y le hablarais. No me sorprendería,
y tened presente lo que os digo, que procurase para
nuestro hijo Peter una mejor situación.
—¿Has oído esto, Peter? —preguntó la señora
Cratchit.
—Y entonces —exclamó una de las chicas—
Peter se buscará una compañera y formará una familia
aparte.
—¡Vaya! ¡Sí que vais a prisa! —comentó Peter,
regodeándose.— Tanto puede ser que suceda uno de
estos días, como que no —dijo Bob—; aunque todavía
tienes mucho tiempo para decidirte, querido. No
obstante, cuando sea y como sea que nos separemos,
creo que ninguno de nosotros olvidará a nuestro
pobrecito Tim, ¿verdad?, ni esta primera separación
que ha habido entre nosotros.
127
CHARLES DICKENS

—¡Nunca, padre! —lloriquearon todos.


—Y yo sé —dijo Bob—, yo sé, queridos míos,
que cuando recordemos lo paciente y cariñoso que
era, aun siendo sólo un muchachito, no reñiremos
fácilmente entre nosotros ni olvidaremos, haciendo tal
cosa, a nuestro pobrecito Tim.
—¡No, padre, nunca! —gimieron todos ellos.
—Ahora soy dichoso —musitó el viejo Bob—,
soy muy dichoso...
La señora Cratchit lo besó, sus hijas lo besaron,
los dos jóvenes Cratchit lo besaron también, y Peter le
dio la mano. ¡Oh, espíritu del pequeño Tim, tu infantil
esencia procedía de Dios!
—Espectro —dijo entonces Scrooge—, algo me
dice que el momento de separarnos está cercano. Lo sé
positivamente pero no sé cómo. Decidme qué hombre
era ese que he visto ahí, tendido y muerto.
El espectro de las Navidades futuras le hablaba
y lo conducía como antes había hecho, aunque ahora
en un tiempo diferente, según su opinión: ciertamente,
no se notaba un orden en esas últimas visiones, excepto
que se desarrollaban en el futuro, en los lugares de
reunión de los hombres de negocios, pero en las cuales
él no aparecía. Ciertamente, el espíritu no se detuvo
por nada, sino que siguió adelante, como si fuera hacia
el fin apetecido, hasta que Scrooge le suplicó que se
detuviera un momento.
—Esta callejuela —dijo Scrooge—, por la
que discurrimos ahora tan a prisa, es donde está mi
despacho, desde hace ya mucho tiempo. Veo la casa.
Dejadme contemplar lo que será en días venideros.
128
CANCIÓN DE NAVIDAD

El espectro se detuvo, pero su mano estaba


señalando hacia otra parte.
—La casa es la de allá —aclaró Scrooge—. ¿Por
qué señaláis más lejos?
El dedo, inexorable, no cambió de dirección.
Scrooge se precipitó entonces a la ventana de
su despacho y miró al interior. Era una oficina, pero
no la misma; el mobiliario tampoco era el mismo, y
la persona que estaba sentada en la silla no era la que
él esperaba ver. El fantasma seguía señalando en la
misma dirección de antes.
Se unió a él en seguida y, preguntándose hacia
dónde iban y por qué, lo acompañó hasta que llegaron
a una reja de hierro. Hizo una pausa antes de entrar,
mirando a su alrededor.
Era un cementerio. Allí el hombre miserable cuyo
nombre tenía ahora que saber, yacía bajo tierra. Era un
lugar importante. Rodeado por edificios, cubierto por
el césped y las malas hierbas, allí crecía la vegetación
de la muerte, no la de la vida, obstruida como estaba
por demasiados enterramientos. ¡Un digno lugar!
El espíritu se entretuvo entre las tumbas y señaló
una de ellas, hacia la cual Scrooge avanzó temblando.
El fantasma seguía mostrándose exactamente como
hasta ahora, pero Scrooge temía ver en su solemne
apariencia una nueva significación.
—Antes de que me acerque más a esa piedra
que estáis señalando —dijo Scrooge—, contestadme
a una pregunta: ¿son éstas las visiones de las cosas
que serán, o son únicamente sombras de las cosas que
pueden ser?
129
CHARLES DICKENS

Una vez más el fantasma indicó más allá: cierta


tumba cerca de la cual se hallaban.
—Los caminos de los hombres permiten augurar
ciertos finales a los que, si perseveráis, os conducirán
—dijo Scrooge—. Pero, si abandonáis los caminos,
los finales serán otros. Decidme, pues, qué es lo que
realmente sucederá en todo lo que estáis mostrando.
Li espectro permanecía inmóvil, como
siempre.
Scrooge se arrastró hasta él temblando mientras
avanzaba; y, siguiendo la dirección que marcaba el
dedo inmutable, leyó sobre la piedra de la descuidada
tumba su propio nombre: Ebenezer Scrooge.
—¿Soy yo el hombre que vacía sobre la cama?
—dijo, llorando y de rodillas.
El dedo señaló la tumba una y otra vez.
—¡No, espectro! ¡Oh, no, no!
El dedo continuaba señalando en la misma
dirección.
—¡Espíritu! —gritó finalmente, agarrado a sus
ropas—, ¡escuchadme! No soy ahora el mismo hombre
que antes era. No quiero ser el hombre que hubiera
sido de faltarme vuestra ayuda. ¿Por qué me enseñáis
todo esto, si para mí ya no existe ninguna esperanza?
Por vez primera, la mano del espectro pareció
moverse.
—¡Buen espíritu —prosiguió, poniéndose de
rodillas en el suelo, ante él—, que vuestra natural
bondad interceda en mi favor y se apiade de mí!
Aseguradme que todavía es tiempo de cambiar esas

130
CANCIÓN DE NAVIDAD

visiones que me habéis mostrado, si procuro cambiar


mi forma de vida.
La mano, ahora, temblaba.
—Quiero honrar la Navidad en mi corazón
y procuraré guardar su espíritu durante todo el año.
Quiero vivir en el pasado, el presente y el futuro. Los
espectros de los tres se esforzarán por lograrlo dentro
de mí. No olvidaré las lecciones que me han enseñado.
¡Oh!, decidme que puedo borrar lo que hay escrito en
esa piedra.
En su agonía, tomó la mano espectral. Procuró
ésta desasirse del apretón, pero Scrooge era fuerte y la
retuvo. El espíritu, más fuerte todavía, lo rechazó al
fin.
Scrooge, levantando juntas las manos en una
última súplica para que cambiara su suerte, advirtió
una alteración en la capucha y la indumentaria del
fantasma. Éste se encogió, se desplomó y se contrajo
hasta convertirse en el pilar de una cama.

131
CHARLES DICKENS

Scrooge y Bob Cratchit

132
CANCIÓN DE NAVIDAD

QUINTA ESTROFA
EL FINAL DE TODO

133
CHARLES DICKENS

¡Sí! El pilar era el suyo. La cama era la suya, la


habitación, su propia alcoba. Pero lo mejor y más feliz
era que todo le pertenecía: el tiempo que tenía ante sí
era suyo, y podía introducir en él las enmiendas que le
apetecieran.
—¡Viviré en el pasado, en el presente y en el
futuro! —repetía Scrooge, bajando de la cama—. Los
espíritus de los tres han hecho todos los esfuerzos
posibles dentro de mí. ¡Oh, Jacob Marley! ¡El cielo y las
Navidades sean benditas por ello! ¡Lo digo postrado
de rodillas, querido Jacob, sobre mis rodillas!
Estaba tan excitado y resplandeciente con sus
buenas intenciones, que su voz, quebrada, apenas podía
emitir su llamada. Había sollozado tan violentamente
en su lucha con el espíritu, que su rostro estaba cubierto
de lágrimas.
—No están arrancados —gritó Scrooge, tomando
uno de los cortinajes de la cama en sus brazos—, no
están arrancados, ni las anillas tampoco. Están aquí...
yo estoy aquí; las visiones de las cosas que sucedieron
han sido dispersadas. Lo serán, sé que lo serán.
Sus manos, durante este tiempo, estaban
ocupadas con las prendas de vestir; les daba vueltas,
de fuera hacia dentro, las volvía a colocar de dentro
hacia afuera, las desgarraba, las desordenaba y hacía
con ellas toda clase de extravagancias.
—¡No sé qué hacer! —gritó Scrooge, riendo y
llorando a la vez, y convirtiéndose a sí mismo, con sus
medias, en un Laocoonte—. Me siento tan ágil como
una pluma, soy tan feliz como un ángel, me invade la
alegría como si fuese un escolar; me siento tan ligero
134
CANCIÓN DE NAVIDAD

de cascos como si estuviera ebrio. ¡Alegres Navidades


a todos! ¡Feliz Año Nuevo a todo el mundo! ¡Hola!
¡Córcholis! ¡Adelante!
Fue jugueteando por la sala y perdiendo casi el
resuello.
—¡Ahí está la cacerola que contenía la papilla!
—gritó, saliendo de nuevo de la sala y dirigiéndose a
la chimenea—.
¡Ahí está la puerta por la que el fantasma de
Jacob Marley entró! ¡Éste es el rincón donde se sentó!
¡Ahí está la ventana donde vi a los fantasmas errantes!
¡Todo está como es debido, todo es verdad, todo ha
sucedido! ¡Ja, ja ja!
Realmente, para un hombre que había dejado
de practicarla durante tantos años, aquella risa era
espléndida, una risa de la más alta estirpe; el origen de
una larga, larguísima serie de brillantes risas.
—No sé en qué día del mes estamos —murmuró
Scrooge—. No sé cuánto tiempo he permanecido
entre los espíritus. No sé nada. Me siento como un
chiquillo. Pero no importa. No quiero preocuparme.
No me disgustaría ser un muchacho. ¡Hala! ¡Adelante!
¡Siempre adelante!
Las iglesias lo sorprendieron, en su entusiasmo,
con un repiqueteo de campanas que jamás había oído
tan alegre. ¡Tin-tan!, golpeaba el badajo; ¡din-don!, la
campana. La campana, ¡din-don!; el badajo, ¡tin-tan!
¡Oh, magnífico!
Corriendo a la ventana, la abrió de par en par
y asomó la cabeza al exterior: ningún rastro de niebla;
una atmósfera clara, jovial, animosa, que estimulaba
135
CHARLES DICKENS

la sangre a danzar; una luz solar resplandeciente, un


cielo glorioso, un aire agradablemente frío, alegres
campanas... ¡Oh, triunfal, verdaderamente triunfal!
—¿En qué día estamos hoy? —gritó Scrooge,
llamando a un muchacho que pasaba por la calle en traje
de fiesta y que holgazaneaba curiosamente por allí.
—¿Qué decís? —contestó el muchacho, con toda
la sorpresa que pudo demostrar.
—Te pregunto en qué día estamos hoy, mi buen
muchacho.
—¿Hoy? —replicó el muchacho—. Pues es el día
de Navidad.
—¡El día de Navidad! —se dijo Scrooge a sí
mismo—. No lo he perdido, pues, por fortuna. Los
espíritus lo han hecho todo en una noche. ¡Claro! ¡Oye,
buen muchacho!
—¡Hola! —contestó el chico.
—¿Sabes dónde está la pollería, no la de la
esquina de la próxima calle, sino la de la segunda?
—inquirió Scrooge.
—Creo que sí —replicó el jovencito.
—¡Vaya muchacho éste! —comentó Scrooge—.
¡Un chico inteligente de veras! ¿Sabes, por casualidad,
si han vendido un pavo extraordinario que tenían
colgado? No el pequeño, sino el mayor.
—¿Cuál? ¿Uno que es tan grande como yo?
—preguntó el jovencito.
—¡Qué muchacho más delicioso! —se dijo
Scrooge—. Da gusto hablar con él. ¡Sí, precisamente
aquél, mi simpático corzo!
—Pues no; allí está colgado todavía.
136
CANCIÓN DE NAVIDAD

—¿De veras? —dijo Scrooge—. Pues anda, ve y


cómpralo.
—¡Estáis bromeando!
—No, no —continuó Scrooge—; lo digo de
veras. Anda, ve; diles que lo traiga aquí y les diré a qué
dirección han de llevarlo. Vuelve con el pollero y te
daré un chelín. Y, si vuelves antes de cinco minutos, te
daré media corona.
El muchacho salió disparado como una bala.
Se lo mandaré a Bob Cratchit —murmuró
Scrooge, frotándose las manos y soltando una
carcajada—. No sabrá quién se lo manda. Es el doble
de grande que el pequeño Tim. El cómico Joe Miller
nunca ha tenido una ocurrencia como ésta, de mandar
un pavo a casa de Bob.
La mano con que escribió la dirección no
era muy firme, pero la letra era bastante clara, sin
embargo; luego bajó para abrir la puerta de entrada y
estar preparado cuando volviera el chico con el pollero.
Mientras permanecía allí, esperando su llegada, su
vista se fijó en la aldaba.
—Me gusta, la querré mientras viva —exclamó
Scrooge, acariciándola con la mano—. Apenas me había
dado cuenta de lo bonita que es. ¡Qué expresión más
pura de bondad tiene su cara! Es un precioso llamador.
¡Bravo! Ahí llega el pavo. ¡Hola! ¡Bienvenido! ¿Qué tal
vamos? ¡Felices Pascuas!
Era, realmente, un señor pavo. Seguro que
no había podido sostenerse sobre sus patas, aquella
magnífica y enorme ave. Se las hubiese roto en un
momento, como si fuesen varitas de lacre.
137
CHARLES DICKENS

—Bien, pero es imposible trajinar esta pieza


hasta Camden Town —dijo Scrooge—. Tendréis que
alquilar un carruaje.
La risa ahogada con que dijo eso, y la carcajada
suelta con que pagó el pavo, y la que acompañó el pago
del coche, y la alegre satisfacción con que recompensó
al muchacho, sólo fueron superadas por la risotada que
soltó al sentarse de nuevo, casi sin aliento, en la silla,
llorando y riendo a un tiempo.
Afeitarse no fue precisamente un trabajo fácil,
porque su mano continuaba temblando bastante, y
afeitarse requiere atención, incluso cuando uno no
se pone a bailar cuando lo hace. Pero, aun cuando
se hubiera cortado la punta de la nariz, se hubiese
aplicado un trozo de esparadrapo en la herida y... tan
satisfecho.
Se vistió con las mejores prendas que poseía
y salió a la calle. La gente estaba deambulando por
ella tal como había visto en compañía del espíritu de
la Navidad presente. Paseando con las manos detrás
de la espalda, Scrooge contemplaba a cada uno con
una sonriente complacencia. En una palabra: tenía
un talante tan irresistible, que sólo os diré que tres o
cuatro personas conocidas y de buen humor le dijeron:
“¡Buenos días, caballero! ¡Felices Pascuas!” Y Scrooge
contestó inmediatamente al saludo, porque, de todos
los gozosos sonidos que había oído en su vida, aquellos
eran los que resonaron más alegres en su oído.
No había andado mucho cuando, dirigiéndose
hacia él, vio al grave caballero que lo había visitado en
su despacho el día anterior y le había dicho: “Scrooge y
138
CANCIÓN DE NAVIDAD

Marley, ¿verdad?” Sintió un dolor agudo en el corazón


al pensar cómo lo miraría el caballero cuando se cruzase
con él, pero sabía cuál había de ser su comportamiento,
y obró en consecuencia.
—Mi querido señor —dijo Scrooge, apresurando
el paso y tomando al viejo caballero con ambas manos—,
¿cómo os encontráis? Estoy convencido de que ayer
tuvisteis éxito en vuestra colecta. Fuisteis muy amable
conmigo. ¡Os deseo una feliz Navidad!
—¿Sois el señor Scrooge?
—El mismo —dijo éste—. Tal es mi nombre; y,
sinceramente, temía que no os fuese muy agradable.
Permitidme que os pida perdón. Tened la bondad de...
—y aquí le susurró algo al oído.
—¡Dios me ampare! —exclamó el caballero,
como si le faltara el aliento—. Mi querido señor Scrooge,
¿habláis en serio?
—Muy en serio —respondió él—, y no rebajo ni
un maravedí. Varios atrasos van comprendidos en esta
cifra, os lo aseguro. ¿Queréis tener la amabilidad de
aceptarla?
—Pero, mi querido señor —dijo su atónito
interlocutor, con un fuerte apretón de manos—, no sé,
en efecto, qué decir ante tal muni...
—No digáis nada, por favor —replicó Scrooge—.
Venid a verme. ¿Querréis venir a verme?
—Ya lo creo que quiero —exclamó el viejo
caballero, y era indudable que lo quería.
—¡Muchas gracias! —le respondió Scrooge—.
Os estoy muy agradecido. ¡Gracias mil veces! ¡Y que
Dios os bendiga!
139
CHARLES DICKENS

Se fue a la iglesia y luego paseó por las calles,


complaciéndose en observar a la gente, que iba
apresurada de una parte a otra, dando palmaditas
a la cabeza de los niños, haciendo preguntas a los
mendigos y mirando al interior de las cocinas de las
casas, a través de las ventanas, considerando que toda
aquella actividad podía procurarle satisfacción. Nunca
había pensado que un paseo, ninguno de ellos, pudiera
darle tanta felicidad. Y por la tarde volvió sus pasos
hacia la casa de su sobrino.
Pasó por delante de la casa una docena de
veces antes de armarse de valor y tomar la decisión de
acercarse y llamar. Pero la tomó repentinamente y lo
hizo.
—¿Está en casa el señor, simpática jovencita?
—preguntó Scrooge a la sirvienta—. Bonita muchacha.
¡Preciosa! —Sí, señor.
— ¿Dónde está, cariño? —le preguntó Scrooge.
—En el comedor, señor, con la señora. Os
indicaré el camino, en el primer piso, si os place.
—¡Gracias! Me conocen —explicó Scrooge con
la mano ya en el pomo de la puerta del comedor—: ya
me introduciré yo mismo.
Dio vuelta al pomo con suavidad y asomó la
cabeza por la puerta entreabierta. Sus sobrinos estaban
examinando la mesa puesta con gran solemnidad,
porque las jóvenes amas de casa están siempre
nerviosas en estas ocasiones y les gusta ver que cada
cosa esté en su lugar.
—¡Fred! —gritó Scrooge.
¡Qué vivacidad desplegó el animoso corazón
140
CANCIÓN DE NAVIDAD

de la bondadosa esposa de su sobrino! Scrooge olvidó


por el momento las circunstancias en que la había
contemplado en sus visiones, cuando ella estaba
sentada en el rincón, con los pies en el escabel; o quizás
no los había puesto nunca, a fin de cuentas.
—¡Válgame Dios! —exclamó Fred—. ¿Qué es lo
que veo?
—Soy yo: vuestro tío Scrooge. He venido a
cenar. ¿Permitís que me quede, Fred?
¡Si lo dejaban quedar! Por poco no le arranca
un brazo con sus efusiones. Pasados cinco minutos,
se encontraba ya a sus anchas. Nada podía ser
más acogedor. Su sobrina lo abrazó con la misma
afabilidad. Idéntica fue la recepción de Topper,
cuando llegó, y lo mismo expresó la hermana
regordeta, al verle en casa. Y nada hay que decir
de los demás, a medida que fueron entrando en la
habitación. ¡Qué maravillosa reunión, qué divertidos
juegos, qué unanimidad más encantadora! ¡Qué
extraordinaria felicidad!
Pero a la mañana siguiente llegó a la oficina muy
pronto. ¡Oh, sí!, estuvo allí a primera hora. Únicamente
para entrar primero en el despacho y atrapar a Bob
Cratchit llegando con retraso, pues, a decir verdad,
esto era una cosa que le hacía mucha ilusión.
Y lo consiguió, ¡vaya si lo consiguió! El reloj dio
las nueve, y Bob no llegaba; pasó un cuarto de hora, y
Bob no aparecía; pasaron dieciocho minutos... y Bob
tardó en llegar media hora completa. Scrooge se sentó,
con la puerta abierta de par en par, para poder verle
entrar por el lavadero.
141
CHARLES DICKENS

Ante todo, Bob se quitó el sombrero, lo mismo


que la bufanda. En un santiamén estuvo sentado en el
taburete y se dispuso a dar una gran actividad a su
pluma, como si quisiera atrapar contra reloj las nueve
horas.
—¡Hola! —gruñó Scrooge, con su voz
acostumbrada, así que pudo fingirla—. ¿Qué os
proponéis llegando aquí a estas horas del día?
—Lo lamento, lo lamento mucho, señor —dijo
Bob—. Me he retrasado.
—¿Ah, sí? —se preguntó a sí mismo Scrooge—.
Sí: me parece que vais un poco retrasado. Acercaos,
caballero, si gustáis.
—Es sólo una vez al año, señor —se disculpó
Bob, desde el lavadero—. Os aseguro que no se repetirá.
Nos sentíamos todos muy alegres ayer, señor.
—Pues ahora, amigo mío, os voy a decir algo
—explicó Scrooge—: no creáis que estoy dispuesto a
soportar esta clase de comportamiento por más tiempo.
Por lo tanto —continuó, levantándose de un salto de
su escabel, tomando a Bob por el chaleco y dándole
tal empujón que lo hizo retroceder de nuevo hasta el
lavadero—, por lo tanto, ¡os voy a subir el sueldo!
Bob tembló y se acercó un poco más a la regla
que estaba encima de la mesa. Tuvo la repentina idea
de servirse de ella para golpear a Scrooge, retenerle y
llamar a la gente que había en el patio para que fueran
a socorrerlo y trajeran una camisa de fuerza para su
amo.
—¡Felices Navidades, Bob! —dijo entonces
Scrooge, con una entonación muy seria que no podía
142
CANCIÓN DE NAVIDAD

interpretarse de otra manera cuando fue confirmada con


una fuerte palmada en la espalda—. ¡Felices Navidades,
Bob, mi buen amigo; más felices que las que os he
dado durante muchos años! Quiero subiros el sueldo
y preocuparme por el bienestar de vuestra valerosa
familia; y quiero discutir con vos vuestros asuntos esta
misma tarde, ante un buen vaso de Navidad, lleno de
vino caldeado y especiado. ¡Y ahora atizad el fuego y
comprad otro cubo de carbón antes de que pongáis ni
un solo punto sobre otra i, Bob Cratchit!
Scrooge fue mejor de lo que se había propuesto.
Lo realizó todo e infinitamente más. En cuanto al
pequeño Tim, que no murió, fue su segundo padre. Se
transformó en tan buen amigo, tan buen señor, tan buen
hombre, que fue el mejor que en toda aquella buena
y vieja ciudad se había conocido, o en cualquier otra
buena y vieja ciudad, pueblo o barrio de este bueno y
viejo mundo.
Algunas gentes se reían al advertir el cambio,
pero él las dejaba reír y les hacía poco caso, porque
era lo suficientemente listo para saber que nada ha
sucedido nunca en este globo, para bien, que algunas
gentes no hayan tomado con una tempestad de risas; y,
sabiendo que tales gentes no tienen más remedio que
ser ciegas, pensaba que mejor era que hiciesen muecas,
al entornar los ojos por no poder reprimir la risa, que
manifestar su enfermedad en formas menos atractivas.
Su propio corazón reía, y esto era algo que le satisfacía
sobradamente.
No tuvo otros tratos con espíritus, pero de
entonces en adelante, y siempre más, vivió en el
143
CHARLES DICKENS

principio de la abstinencia total, e incluso se dijo de


él, después, que sabía cómo celebrar la Navidad de la
mejor manera, si es que algún hombre posee en vida
este conocimiento.
¡Que se pueda decir esto con razón de nosotros,
de todos nosotros! Y también, como decía el pequeño
Tim, ¡que Dios bendiga a todos y a cada uno de
nosotros!

- FIN -

Charles Dickens nación Portsmouth, Inglaterra, el 7


de febrero de 1812. Murió en Gadshill, Kent, el 9 de
junio de 1870.

144
Su libro publicado
en menos de un mes

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305-469-6796
Miami, Florida

Incorporada en la Florida en 1995