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"Petronio", de Marcel Schwob (1867-1905

)

PETRONIO
Novelista
Nació en los días en que saltimbanquis vestidos con trajes verdes
hacían pasar a cerditos amaestrados por aros de fuego; cuando
porteros barbudos, con túnica cereza, desgranaban legumbres en una
bandeja de plata, delante de los mosaicos galantes a la entrada de
las quintas; cuando los libertos, llenos de sestercios, maniobraban en
las ciudades de provincia para obtener cargos municipales; cuando
los rapsodas, a los postres, cantaban poemas épicos; cuando el
lenguaje estaba relleno de vocablos de ergástulo y redundancias
ampulosas venidas de Asia.
Su infancia transcurrió entre elegancias como esas. No se ponía dos
veces seguidas una lana de Tiro. La platería que caía en el atrio se
hacía barrer junto con la basura. Las comidas estaban compuestas
por cosas delicadas e inesperadas y los cocineros variaban sin cesar
la arquitectura de las vituallas. No había que asombrarse si al abrir un
huevo se encontraba una pasa de higo, ni temer cortar una estatuilla
imitación de Praxíteles esculpida en foiegras. El yeso que tapaba las
ánforas estaba diligentemente dorado. Cajitas de marfil indio
encerraban perfumes ardientes destinados a los convidados. Los
aguamaniles estaban perforados de diversas maneras y llenos de
aguas coloreadas que sorprendían al surgir. Toda la cristalería
representaba monstruosidades irisadas. Al asir ciertas urnas las asas
se rompían en los dedos y los flancos se abrían para dejar caer flores
artificiales pintadas. Pájaros de África de cabeza escarlata cacareaban
en jaulas de oro. Detrás de rejas incrustadas en las ricas paredes de
las murallas, chillaban muchos monos de Egipto que tenían caras de
perro. En receptáculos preciosos reptaban animales delgados que
tenían flexibles escamas rutilantes y ojos con rayas de azur.
Así Petronio vivió blandamente, pensando que hasta el aire que
aspiraba había sido perfumado para su uso. Cuando hubo llegado a la
adolescencia, luego de haber encerrado su primera barba en un cofre
ornado, comenzó a mirar alrededor de él. Un esclavo cuyo nombre era
Siro, que había servido en el circo, le enseñó cosas desconocidas.
Petronio era pequeño, negro y bizqueaba de un ojo. No era de ningún
modo de raza noble. Tenía manos de artesano y un espíritu culto. De
ahí que le fuese placentero darles forma a las palabras e inscribirlas.
Estas no se parecían en nada a lo que los poetas antiguos habían
imaginado. Porque se esforzaban por imitar a todo lo que rodeaba a
Petronio. Y no fue sino más tarde cuando tuvo la fastidiosa ambición
de componer versos.
Conoció entonces a gladiadores bárbaros y charlatanes de feria,
hombres de miradas oblicuas que parecían echar el ojo a las

legumbres y descolgaban pedazos de carne, niños de cabellos rizados
que paseaban a senadores, viejos parlanchines que discurrían sobre
los asuntos de la ciudad en las esquinas, lacayos lascivos y rameras
advenedizas, vendedores de frutas y patrones de albergues, poetas
lamentables y sirvientas pícaras, sacerdotisas equívocas y soldados
errantes. Fijaba en ellos su ojo bizco y captaba con exactitud sus
modales y sus intrigas. Siro lo llevaba a los baños de esclavos, a las
celdas de las prostitutas y a los reductos subterráneos donde los
figurantes de circo se ejercitaban con sus espadas de madera. A las
puertas de la ciudad, entre las tumbas, le confió las historias de los
hombres que cambian de piel, que los negros, los sirios, los
taberneros y los soldados guardianes de las cruces de tortura se
pasaban de boca en boca.
Alrededor de los treinta años, Petronio, ávido de esa libertad
diversa, comenzó a escribir la historia de esclavos errantes y
disipados. Reconoció sus costumbres en medio de las
transformaciones del lujo; reconoció sus ideas y su lenguaje en medio
de las conversaciones elegantes de los festines. Solo ante su
pergamino, apoyado en una mesa olorosa de madera de cedro, dibujó
con la punta de su cálamo las aventuras de un populacho ignorado. A
la luz de sus altas ventanas, bajo las pinturas de los artesones,
imaginó las antorchas humeantes de las hosterías y ridículos
combates nocturnos, molinetes de candelabros de madera,
cerraduras forzadas a hachazos por esclavos de la justicia, camastros
grasientos recorridos por chinches y recriminaciones de procuradores
de islote en medio de aglomeraciones de pobre gente vestida con
cortinas desgarradas y trapos sucios.
Se dice que cuando acabó los dieciséis libros de su invención,
mandó llamar a Siro para leérselos, y que el esclavo reía y gritaba
muy fuerte golpeando sus manos. En ese momento maquinaron el
proyecto de llevar a la práctica las aventuras compuestas por
Petronio. Tácito refiere mentirosamente que Petronio fue arbitro de la
elegancia en la corte de Nerón y que Tigelino, celoso, le hizo enviar la
orden de muerte. Petronio no se desvaneció delicadamente en una
bañera de mármol, murmurando versitos lascivos. Huyó con Siro y
terminó su vida recorriendo los caminos.
Su apariencia le permitía disfrazarse con facilidad.
Siro y Petronio cargaron un poco cada uno el pequeño saco de cuero
que contenía sus enseres y sus denarios. Durmieron a la intemperie,
junto a los túmulos de las cruces. Vieron brillar tristemente en la
noche las pequeñas lámparas de los monumentos fúnebres.
Comieron pan agrio y aceitunas blandas. No se sabe si volaron.
Fueron magos ambulantes, charlatanes de campaña y compañeros de
soldados vagabundos. Petronio olvidó completamente el arte de
escribir tan pronto como vivió la vida que había imaginado. Tuvieron
jóvenes amigos traidores a los que amaron, y que los abandonaron en
las puertas de los municipios quitándoles hasta su último as. Se
entregaron a toda clase de desenfrenos con gladiadores evadidos.
Fueron barberos y mozos de baños. Durante varios meses vivieron de
panes funerarios que sustraían de los sepulcros. Petronio aterrorizaba

cuando yacían juntos.a los viajeros con su ojo opaco y su negrura que parecía maliciosa. Del libro Vidas imaginarias ____________________________ Marcel Schwob-Petronio/Lucrecio (Vidas Imaginarias) . a campo raso. Pero un carnicero ebrio le había hundido una ancha hoja en el pescuezo. Desapareció una noche. Siro pensó que lo encontraría en una celda roñosa donde habían conocido a una ramera de cabellera enredada. en las losas de una sepultura abandonada.

Petronio vio con los ojos nublados de cansancio el eco de esos animales monstruosos. silencio y nota. críptico como un jeroglífico. la voz engolada de los enanos. como si avecinara la edad media en esa época temprana del hombre. cargando la miseria y transformándola en luz extravagante. con los ojos enrojecidos de curiosidad. el fuego y el color de la existencia sin rumbo en la armonía hecha de diapasón. sobrio a la vez.El Petronio de Marcel Schwob es sensual a pesar de su fealdad tuerta. el eco de los músicos que parecían recoger la luz. un mundo muerto que no reviviría en las letras hasta el exilio de Dante siglos después. hijos de los que nada pueden . a punto de extinguirse por la corrupción y la inhumanidad aquel esplendor heredado de los griegos y extendido en Roma. tal vez en las largas migraciones del teatro del hambre. que no resurgiría finalmente hasta el Renacimiento. Nació en tiempos de faranduleros que vestían ropas verdes. la suave cadencia de las bailarinas. aunque la vida fuera siempre vida y nunca deje de serlo.

para mí a su vez también. sino ese observador fascinado por la agitación del mundo exterior que miró desde las oquedades de su palacio. como si su alma hubiese intervenido en ese milagro y quedara reflejado en su escritura para cobrar otra dimensión más veraz que la Historia. La mirada de Petronio avanzando por la tierra era similar a los ojos de Marcel Schwob rasgando con la pluma el papel o la mía inquieta frente a la pantalla que parpadea. Imperio fálico aquel. donde toda la exuberancia de Roma pasaba con cuentagotas. Cuando leo cada frase del Petronio de Schwob intuyo la ciega fascinación de Borges. Roma era el centro del universo. de los cojitrancos. y aunque él estuviera en provincias. inventando. atisbamos la infancia elegante de Petronio. hasta quedar exhausto en un suave despojarse. y mujeres y hombres recogiendo restos. Como no escribir después el Satyricon y recordarlo entre la niebla del exilio y la desgracia. las mismas desde las que Petronio se parapetaba para ver pasar la fascinante farsa de la tierra. Era un lugar distante del mundo a pesar de sus ventanas. Pero Marcel. esa picaresca que luego Fellini convirtió en deslumbrante imaginación de la lascivia y la decadencia de esa civilización perdida. Era el universo fascinante de una provincia enriquecida. la expresión desolada en los ojos de los desheredados y arrastrados. La casa sumida en la limpieza absoluta. de oscuras conspiraciones y lúbricas expresiones de la fascinación. aunque sea espíritu de supervivencia. con el deambular de ramajes atados barriendo. de festiva iluminación. tal vez extasiado ante esa prosa coloquial. la misma ambición y el mismo color sangriento. a alcohol y linimento. envuelto en riquezas y placeres hasta quedar condenado a la vida elevada. para ser asimilada. Buena . de libertos o financieros. El mundo era el mismo de todas formas. esa humanidad hacinada que iba y venía de las capitales del imperio hacia los lugares recónditos que las circundaban. Rapsodas y poetas entonaban sus lamentos en los ligeros vientres de las ciudades. vientres de arena húmeda. y más tarde ese ufano cónsul de Bitinia. que siempre volvió a este relato y a todos los que Schwob dio existencia en Vidas Imaginarias. aquel reguero residual guardaba ese caos.perder y anhelan alcanzarlo todo con el espíritu. hasta pensar que Petronio no fue aquel procónsul. a la llamarada impetuosa y distante del éxito y la corrupción. escribió otro destino. y los pintores que ocupaban esos barrios que olían a mezcla de tierra y hierbas. a pesar de los rapsodas y los titiriteros. Fuera como fuese. dominado por la hombría y la violencia a pesar de todo. esos altos funcionarios de entonces que aspiraban al poder municipal. Mundo de sextercios o euros. los vagabundos y los inflados vencedores. poco antes de su amor desgraciado y su muerte temprana. Jamás dos veces la misma ropa en el fragor del año. para Borges más verdadero. Gracias a este periodista francés descreído y brillante. despacio.

extraños ojos de reptil. deliciosos manjares acumulados durante años por esclavos sollozantes y campesinos empobrecidos. en todo lo que se guarecía entre los muros de los jardines cercados de verjas: animales de todas partes. sonoros pájaros cantores. por ese ingenio desmesurado que llevaba a Siro a atisbar la realidad de otro modo. en el olor de las maderas al otro lado. a no ser esa mirada exterior por la ventana que Petronio cumplió curioso a partir de cierto momento de su vida. Los viajes del padre cobraban forma en ese museo. eso lo cuenta Marcel. flotaban perfumes exóticos. emblemas de otros pueblos bárbaros. y se la mostraba . delicadas joyas asiáticas. monos y mamíferos pequeños. de gestos para jugar y modelar en el aire de los bosques. quizá algo tosca en comparación a otros ostentosos edificios del imperio. mensajeros del hambre silenciosa. en el pachulí exótico. Siro le enseñó cosas desconocidas siendo joven. envuelto en el fragor de los bosques cercanos. figuras africanas de marfil o madera. esas palabras sin ruido que nunca repercuten en nada. en el eco de las telas sedosas y las obras de arte. de sensualidad en las circunferencias y los círculos y los bordes inesperados. Pero él buscaba en toda extensión plana de exuberancia algo distinto. pero no exenta de belleza. Era difícil la sorpresa ante ese pedazo de tierra recogido allí año tras año y trasladado a ese lugar. en el entusiasmo menguante de tenerlo todo al alcance en ese rincón. se guardaban objetos de todos los consulados romanos. esa estructura sólida de la antigua arquitectura romana. El caso es que Petronio quedó fascinado por sus manos embrutecidas de trabajo. brillaban con la luz del sol cristales embellecidos por la mano del hombre. Schwob lo vio vivir en esa molicie. en la brisa del mediterráneo a pocos kilómetros.comida en la mesa. de sencillez efectiva en las líneas rectas. No en vano se hizo amigo de aquel esclavo. En ese palacio que a veces he visto en sueños. con cierto aire sensual. Tal vez fuera un artista de los de ahora. Amigo y compañero de juegos.

envenenar. existía. de su lascivia y su inmoralidad. siempre jóvenes y frescos. Pronto se dio cuenta de que sus enormes diferencias poseían una sed. vagamundos -como escribió Schwob. y luego esa otra imagen que se entrelazaba sin remedio con todo lo oscuro y subyacente en el esplendor de las ciudades. lugares oscuros de humeantes vapores. eternamente. al tiempo de los antiguos y sus imaginaciones improbables. con esos golpes y heridas lejanas recibidas allí en las fronteras con Renania o en la Galia conquistada. y luego recoger en los labios las palabras que transformaban toda esa realidad. Aquel mundo imaginado. Petronio comprendió que en Siro y en todo aquello que pudo mostrarle. apenas atisbado entre las cortinas lujosas de las ventanas del palacio. adentrándose en lo que ni siquiera ahora se ve pero existe. se sumió en esos baños y vapores junto a las esclavas. Marcel Schwob vio en Siro una especie de iluminación inconsciente. al mismísimo Petronio intocable que vagaba sin entusiasmo entre su melancolía. imagen del poder real. los misteriosos niños adoptados que entraban y salían de casas de senadores. en el latido de aquella pederastia aceptada por los tribunos y los ciudadanos ilustres. asestar puñaladas. que ofrecían la providencia y el destino por monedas. Palabras entre sus dedos. el día plácido y la noche de goce.generoso. vio a las mujeres llorar de deseo y placer. mirando fijamente a los ojos. degustarlas y pensar que valía la pena escribirlas. imagen oscurecida del verdadero anhelo de los poderosos. participó a veces. y ese dolor del cuerpo tras todas esas penurias de las campañas militares contra los bárbaros.que guardaban una historia entre los labios. fornicar hasta la sangre y el abandono. soldados exiliados. imitado por ese río secreto de la masa. así fue. con Siro de la mano. de su decadencia abarrotada de grandes palabras. el secreto de . y entonces surgió la poesía en medio de esa planicie deslumbrante que él no veía. aprovechó la insaciable respetabilidad de esas mujeres con dos rostros. a él. Las historias de buscavidas y libertinos coparon sus silencios. estaba lleno del eco del otro. se hallaba algo distinto a todo lo visto y leído. de perdedores impenitentes sin más luz que el subterráneo deseo. Tuvieron que llegar los treinta años y aceptar esa libertad plena. a los hombre golpear. viviendo la pobreza de los sextercios escasos. en esa parte de la ciudad que el padre de Petronio jamás frecuentó. Y así fue como le regaló a Petronio aquellas vidas de gladiadores destruidos y rasgados de cicatrices. las mujeres hermosas que por las mañanas paseaban por los jardines y al llegar la noche eran despojadas de identidad en las tabernas y los baños públicos. que surgían ante cada una de las maravillas que Siro le ofreció. desvanecidos entre tanta taberna y tanto vino. prostitutas con defectos físicos innombrables alcanzado el cénit en el entramado opaco de las ciudades secretas. como una copia decadente sin glamour pero sin dejar de ser pretensión de copia. videntes maquilladas con polvos y pinturas africanas. tenía la materia prima del mundo. tenerlas entre los dedos. y él lo mantuvo en la retina.

¿Cómo hacerlo si uno quiere vivir en las palabras. desde las palabras de su padre que le sugirió que se desprendiera de todo lo humano para alcanzar su rango. En ese palacete. y luego escribía porque ahora conocía el misterio de muchos de esos itinerarios. los ojos de Petronio. desde luego. sumidos en la luz y las sombras de otro reino secreto al que podía llegarse en cualquier momento. pero también en esos rostros arrugados y envejecidos. en su triste historia de cónsul defenestrado por envidias y secretos en los que no participó por desgana. porque desapareció algún tiempo. de lo humano? Bajo los cuadros exquisitos y esos bellos objetos que gozaba en silencio. escribió sobre las peleas nocturnas que llenaban de cadáveres las noches oscuras en las ciudades. despojado del vicio de la mentira y de la ambición. Observó de nuevo. arrastrados por sus extensiones interminables. Sabía ya cómo eran los mesones infectos cubiertos de chinches y cucarachas. en esas barbas canosas tan abundantes. en las cicatrices terribles de los cuerpos guerreros.aquella interminable hilera de desheredados que habían sido destronados del imperio. El pueblo ignorado surgía ante su mirada y no se diferenciaba de las tribunas en las que él había hallado el poder desde la descendencia de su padre y su familia. Tal vez el criado muriera o fue liberado después ante semejante concentración de sabiduría. La misma miseria. miraba ahora la ventana y enseguida volvió a ver a los enanos y a los saltimbanquis. que las palabras reflejen un suspiro sostenible de la existencia. Las ideas le acudieron al reflejar lo que había visto de la mano de Siro. Porque la vida estaba en todas partes. desde la ventana. de las . sumido en su arte muerto. pero extendida entre miles y miles de seres humanos sin domicilio ni rostro. en los honores acumulados por su padre. a esas mujeres sin destino más hermosas. ese recorrido incesante de gentes. en la deformidad que anhelaba el espectáculo cruel como sustento y el aplauso discreto como supervivencia. Guardaba la esencia de una vida real y desconocida que abrió la mente y el alma. regresado de nuevo al Palacete tras años de ausencia.

alejados de todo. a lo sumo. ayudarle a sobrevivir en aquel mundo en el que antes anduvo sumido como mero espectador. junto a Siro fueron traicionados varias veces. comieron pan ázimo y aceitunas pasadas y blandas como bizcochos demasiado mojados. pero no fue así. decidió acompañarle. Le faltaba algo esencial por vivir. tal vez pensado que había encontrado algún rincón donde detenerse. y Siro lo buscó. tal vez en su futuro. Buscaba algo en ese poeta que había imaginado y al que nunca vio. escucharon la historia de los viejos tercios militares en boca de soldados abandonados a su vejez impotente. Desapareció un buen día. dejó de escribir. que no murió. El propio Marcel Schwob hubiera dicho muchos siglos después que era mejor lo contrario. Empezar a vivir fue más fácil de lo que Petronio había pensado. porque Petronio vio. Petronio pensaba en Lucrecio constantemente. inventaron la magia ambulante. pequeño y delicado como una mujer. entonces. aunque Petronio sufriera mucho de desamor. Caminó por sendas empedradas y polvorientas durante meses. y que ante la condena a muerte que fijó Nerón para Petronio a causa de las mentiras intoxicadas y pérfidas de Tigelino. Sodomizado y ardiente cayó sobre . Se fueron. y el sano perdió el brillo y ganó negrura. Y ahí. aunque fuese ligeramente bizco. y a la vez sintió que le faltaba un impulso fundamental: el deseo. con quien soñaba a menudo. y por primera vez en su vida se dio cuenta de que estaba siendo protagonista de sus pasos. a punto de la pobreza pese a sus honores y sus muertos. Durmieron al aire libre. ver. El deseo. se ofreció en ciudades y pueblos. y finalmente escribir. Había escrito todos los libros de aquel Satyricon envenenado y en ese instante en que esa vida de paso se convirtió en su habitat presente. se sintió hermanado con otro hombre al que nunca conoció. Siro que había vuelto. pero no les importó demasiado. poco antes de alejarse junto a Siro.muertes inesperadas. vivir. Creyó que. algo tuerto. y la sangre que salpicó sus ojos y sus músculos ahora reblandecidos y curtidos de grietas. Quizá debió hacer al revés. y lo hizo durante varias noches. eso escribió Marcel Schwob. El ojo se le fue afeando. mientras bajaba día a día un peldaño más en esa sociedad que contempló desde las ventanas de su palacete perdido. escribió y luego vivió. se entremezclaron con las catervas de artistas sin techo. Y entonces pensó en Lucrecio. sobornó con lo que guardaba. parecía cerrarse aún más. de la sangre y el deseo. un poeta que vivió el deseo. había llegado a atisbar simulacros de deseo en los brazos de Siro. en los lugares mórbidos y decadentes en los que se adormiló desnudo y se embadurnó de aceites perfumados. y luego creyó que se había ido en busca de aquel poeta del que tanto hablaba.

porque Petronio no contempló como Lucrecio los pórticos engalanados y gigantescos de esa mansión junto a las montañas. visionario y abstracto. afirmando en su mirada aterrorizada que vio el mundo sin conocer finalmente a Lucrecio. y no conoció esa distancia hacia el mundo. y eso Marcel Schwob lo sabía. esas estrellas. esa luz. como una crucifixión de cristo venidero. Pero Petronio. . desangrado. la suave luminosidad rasgada de las montañas solitarias donde el ser humano no había llegado. no pudo haber conocido jamás a Lucrecio. Tal vez fuera porque a aquel visionario de la decadencia absoluta le faltaba el brillo de la alta cultura asociada a esa gran familia que superó a la suya en honores y riquezas. su espacio. abierto. que atisbó el final con su descenso cromático. yaciente. eso cuenta Schwob. y tampoco adivinar porque lo buscó. porque murió mucho antes. Lo conoció a pesar de adentrarse en otro de los lugares hermosos de la tierra. con una ancha hoja de acero clavada en el cuello. con el ojo sin brillo. tal vez cien años.las tumbas de un cementerio abandonado en las cercanías de la provincia. la vida. Cada día. fuera para Lucrecio durante algunos años la alta política o la veleidosa sofisticación de la Roma Imperial. El contacto de Lucrecio con la existencia fue distante. creada durante siglos de crecimiento espontáneo y vital. y de cómo supo de él no podemos llegar a explicarlo con lógica. Lo vio todo desde la elegancia y el recogimiento. Conoció a Memnio. de la naturaleza ajena a los hombres. la edad eterna de los arboles gigantescos. en el brillo de los bosques. o que en vez del universo lumpen de los desheredados y el vulgo que sobrevivía a duras penas. con los brazos extendidos.

Un día recorrieron tal extensión de bosque que llegaron a un círculo despejado en el que apareció un cielo como un pozo azul. ni tampoco cuando Memmio desapareció seducido por la gloria o quien sabe si por la muerte misma o quizá por el amor. Entonces cogió a Memmio del brazo y le dijo que hablaran con su padre. que fue a veces cruel. Lucrecio regresó con ciertos honores desconocidos. Fue el calor después de kilómetros de hojas verdes y reflejos fugaces de un sol inexpugnable.el niño Lucrecio atisbaba las infinitas posibilidades de esa naturaleza esencial que contaba más siglos que el hombre. Sobre la naturaleza de las cosas. la moral y el eco de la vida en sus manos. Un círculo mágico que debió convocar con su esplendor inesperado la religión en él. Tal vez por eso Petronio quiso conocerlo sin saber que había muerto tantos años atrás. todavía joven. tan absorto y fascinado como él. de la naturaleza y sus luces y sombras. junto a los ojos extasiados de Memmio. con los cabellos encanecidos y el rostro severo. Sabemos de su larguísimo poema fragmentariamente. El hombre fue objeto de desprecio ante la sosegada independencia de la familia. la placidez. sus cuitas y a sus conspiraciones y triquiñuelas. Tal vez por eso nada hizo cuando el viejo murió. Lucrecio comprendió que la totalidad percibida en la naturaleza había colmado sus anhelos. Después de contemplar esa belleza. acompañado de una hilera larga de esclavos y . marchó a Roma y decidió estudiar elocuencia. Nada dice Marcel del destino de Lucrecio en la capital. y no sabía qué hacer con todo ello. esta vez sólo. porque había visto todo de la condición humana. y así lo vio: desprecia al hombre y a sus conquistas. poco después. mientras el otro atisbaba el brillo de lo eterno. Tenía la religión. le dijo que lo que debía aprender en verdad era a despreciar los hechos humanos. su insignificancia ante ese claro. La paz en su espíritu conmovido por la inmensidad de lo creado. volvió a ese mismo lugar en el que dejó a su familia. Así fue como. Nunca olvidó las palabras de aquel guardián adusto de la familia que.

pero su cuerpo poseía el brillo de la musculatura henchida. oscilaba en los gestos fatigados y sudorosos. o así lo veo a través de los ojos de Schwob. seguramente capaz del ejercicio físico extremo y la posesión. porque algo había colmado toda su existencia. y tal vez malvada. . la sangre manando por las calles ensordecidas de odios. Era culto y silencioso. y Lucrecio perfeccionaba aquella contención y esa explosión posterior postergada para el placer durante horas. sino tal vez por ese extraño secreto de la religión que siempre acompañó al hombre y del que se aprovecharon todas las iglesias y templos posteriores. en el dormitorio nocturno en el que la mujer africana se adentraba para el amor. Subida a un caballo. y estaba perdidamente enamorado. de negar que todo lo demás pudiera acompañar a esa masa informe de seres humanos que había visto a lo largo y ancho de Roma y sus cercanías. comprobadas las palabras de su padre. constante y apacible. silenciosa giraba y se retorcía a la altura de ladera. al final de la caravana. de complexión fuerte. la corrupción de cualquier forma de poder y gobierno humana. Ser deseado y desear como acontecía en el lecho. la suavidad de la piel endurecida sin cortes ni excesos. de color blanco intenso. aunque siempre como un espectador ajeno a todo ello. Había aprendido mucho de los libros y también de la vida. Y era ateo no por su escepticismo ante los dioses. Vio las guerras salvajes. y tomado la decisión de irse para luego volver sin ataduras humanas. días tras día. bella como aquel claro iluminado que contempló su amigo en la juventud. y comprendió que aquella vulva enrojecida. Quizás había contemplado la fugacidad de la belleza en esa mañana soleada tras la caminata con Memmio. El deseo. Bárbara. colmada la curiosidad. Y era feliz a su vuelta al palacio. Ruidosa y ebria tras el vino. Después de contemplar lo que él consideró la única imagen posible de Dios. era el origen de la vida y lo único humano que podía interesarle. el mismo deseo que Petronio no se atrevió jamás a alcanzar a no ser quizá en esa muerte violenta. unos campesinos vieron a una hermosa africana envuelta en un vestido de paño de una pieza. se dio cuenta de que la vida estaba hecha de deseo. sino más bien hecha de caminatas y de esfuerzo gozoso. que ese sexo por el cual se introducía noche tras noche. Lucrecio era poderoso. como si el eco salvaje de todo lo natural quedase exprimido en aquella cópula incendiaria mirando a las estrella colarse por el ventanal. Parecía un comitiva fúnebre. la mujer agitaba sus caderas y montaba la verga insuflada de sangre.sirvientes que recorrieron detrás de su carromato los senderos empedrados y serpenteantes que ascendían hasta el bosque. Ya había escrito Lucrecio que los hombres no debían temer a los Dioses ni a la muerte.

hasta quedar exhaustos. y admiraba los pliegues sedosos. ella con la cabellera desparramada de rizos negros sobre la almohada y él respirando entrecortadamente. la imposible continuidad de lo humano en la inseminación abundante que surgía como el fruto salvaje de la naturaleza ¿Donde estaba la cultura cuando ella abría las piernas y él contemplaba aquella inmensidad desconocida donde nacía la existencia misma. la humedad desbordante que luego apuraba con su sexo. y entonces Lucrecio pensaba en la muerte sin miedo. llegada hasta nosotros. brillantes como el metal. en el esplendor de aquellos rituales físicos de la reproducción.Fueron los días de vino y rosas. hasta el sueño. la suavidad. Adentrarse. cuando adquirió el hábito de ponerse entre los labios ramillas y hojas perfumadas al lado de Memmio mientras paseaban. el corazón latiendo aprisa. Se amaron. a bayas y a hierbas. en una comunión salvaje y al tiempo establecida por los siglos. Marcel Schwob tal vez no se atreviera a llenar de palabras ese vértigo. de modo inconsciente. en el fragor de los labios húmedos. sabor similar a ese de antaño. anhelando en el fondo. cubría su boca de otra oscura que sabía a frutas del bosque. Lucrecio apretaba contra sí los senos endurecidos. el vértigo del amor y el deseo fundidos en el cuerpo. Se amaron con esa verdad furiosa de la carne. pegarse a esa piel para sentirse uno. Porque era el mismo vértigo que a veces acontece en una existencia. con los ojos. en la ascensión y la caída de las erecciones y los gemidos. Eso pensaba él en esos frecuentes espasmos sobre la piel humedecida. ante el éxtasis impenetrable de esa mujer que se agitaba . con la sensación de que sólo se puede amar una o dos veces así a lo largo de una vida. con su lengua.

sin avisar. La esclava poseía la sangre real de aquellos antiguos reinos sometidos por el poder de Roma. la pericia de las piernas entreabiertas. casi cien años después de la muerte de la inglesa. con las que se encontraba en la discreción de mesones alejados de los centros urbanos. cada gesto y postura. inconsciente al final. fuera con efebos rubicundos o con suaves adolescentes femeninas sin vello en el sexo. compuse aquel cuento titulado La balsa. con mujeres ardientes de otros. su dignidad arrebatada pero viva. Era un amante ávido y resistente. y yo. se derramaba sin llegar a penetrar su sexo como tiempo antes. refinadas en la infidelidad y el secreto de alcobas contratadas por horas. la aspereza irresistible de su lengua sobre el glande y los testículos del amante. cayendo como la oscuridad. de secretos innombrables. arrancaba de él la inseminación desbordada. contemplando esa sensualidad del deseo. él se acercaba a la africana y pese a querer amarla ya no podía contener el semen. que gritaba excesiva en el placer y arañaba y mordía sus hombros.entre sus brazos. ante el amor. Y ella aprendió palabras de amor que no eran solo la entrega de la piel. de cerrar los ojos y adentrarse en esas texturas y en ese perfume de la carne caliente entre los brazos. Los lamentos del deseo se habían exacerbado quien sabe si impulsados por una caricia que anunciaba la decadencia. su orgullo incontenible. pero no lograba alcanzar ese interior hasta su esencia anhelada. Virginia Woolfe escribió El estanque para hablar de todo ello con su fabulosa intuición. y tal vez ambos vimos mientras escribíamos a Lucrecio contemplando la desnudez de ese cuerpo inasible que había penetrado y besado durante toda la noche. Lucrecio el poeta y la bella africana bajo la luna. Lo vieron -como Petronio sería visto años más tardeadentrarse en lumpanares con tres o cuatro mujeres al tiempo. y entonces pensó que nunca podría poseerla por completo. Lucrecio se perdió tal vez. y la Africana no se lo perdonó. amantes experimentadas. incontenible después de un tiempo largo. su piel oscura contrastando con la suavidad blanca de la sabana teñida de flujos. El poeta con el que Petronio soñó se sintió tan poderoso que se rodeó de la humanidad en lugares oscuros y viciados durante algún tiempo. Un día Lucrecio vio el cuerpo exhausto y desnudo de su amante. esa herida misteriosa que había lamido y acariciado hasta sentir el sueño. y afilar su potencia y anhelar algo más. Y cuando regresaba de sus descensos a esos rincones que su viejo años atrás le pidió aprender a despreciar -alejarse y despreciar a los hombres y a los hechos humanos-. recordar cada beso. ante su desnudez magnífica y conocida. Era capaz de degustar el placer cada segundo. Siglos después de esa escena de inquietud al amanecer. se sumió en ese olor del sexo detenido en silencio. Era capaz de fornicar durante horas sin expulsar una gota de semilla pero ante ella. al agudizarse las fantasías y anhelar los sentidos otras mayores y más variadas. adorado por su sexo y sus silencios. por esa pasión con la que achispaba el ánimo de las mujeres y las hacía aullar de gozo. .

sobre todo en esa raras ocasiones en las que lograba aproximarse y ella lo rechazaba y escapaba a otro dormitorio o se escondía de su deseo guareciéndose en el inmenso jardín del palacio en plena noche. Ya no se tocaban en los largos pasillos de la mansión. entre muslos desconocidos y sexos entreabiertos que poco o nada le importaban. Entonces Lucrecio huía. soberana. y entonces él se derramaba otra vez a pesar del anhelo de abrir esa cadera que antes apretó contra sí extasiado. y su insistencia la retenía frente a él. La africana surgía de entre las sombras y el duelo se producía. y las noches transcurrían en vela. o cuando la desnudez de ébano surgía del agua enjabonada. y anhelaba encararse a la lasciva obscenidad de los hombres. con los ojos abiertos y la distancia sin deseo. A veces. huía avergonzado. y se fue alejando de él. en cada uno de los escasos momentos en que lograba entreverla en la bañera. y allí era poderoso. en el momento que ya el sueño inundaba el rostro de esa mujer y él contemplaba ese mismo cuerpo que había gozado durante años. y lloraba desconsolado. Al tiempo se volvió altiva. a agazaparse en las habitaciones y los cuartos solitarios de aquella casa de montaña muriendo despacio. o al acostarse. como si cada afrenta de Lucrecio fuera un motivo de retiro. Lo que antes fue dulzura se transformaba en Lucrecio en una violencia que arrancaba las ropas y anhelaba apoderarse de esa desnudez. recelosa. jugaban al gato y el ratón con amargura. una expresión de la extinción del amor sexual y sentimental que ambos se tuvieron.La amante comenzó a esconderse. ella no podía escabullirse. Pero él seguía deseándola. humillado. pero esa bestialidad quedaba rota en el momento en que se miraban a los ojos. .

como antes lloró toda la ausencia de su cuerpo contra el de ella. hasta fundirse ambos en un anhelo inolvidable. Un reminiscencia tal vez del embarazo. Entonces pensó una vez más en Memmio. enmascarado o superado. junto a su amante africana. colmado de desahogo para atisbar el deseo en la africana y nunca cumplirlo. en el descenso hacia el exterior entre los labios carnosos y suaves de la vagina. una hilera interminable de fuerzas. fruto de esa cercanía en la que el feto nace entre los fluidos cálidos de la madre. en esos pliegues. Un día vio caer un rayo sobre una extensión lejana del bosque por la ventana y aquella visión terrible de la luz y la electricidad rasgando el cielo y quemando inexorable la frondosa vegetación. las guerras y conjuras. Se dio cuenta de que lo único verdadero que había vivido eran los momentos en los que pudo fundir sus átomos -descubierto ese concepto además por él. en esa piel entrelazada que al final se disemina y se escurre en la salida terrible y magnífica a través del útero. su fortaleza o su inmenso deseo hacia ella. la sangre vertida de hombres por hombres debida a millones de causas a cual más inútil y enferma. de la imagen robada. atracciones y repulsiones constituyendo no sólo la fisonomía particular de su cuerpo.con la naturaleza de aquella loca contemplación junto a Memmio. o en todas esas imágenes del deseo que guardaba proyectadas hacia ella. y regresaba después saciado. los excesos de la sangre caliente y la química de los átomos? ¿Por qué era ella la elegida para ese esplendor que no había podido recuperar y que le hacía perder pie día tras día? Todos los movimientos del mundo expresaban sin remedio un caos. Entendió que la variedad del mundo era tan excesiva que resultaba inútil seguir manteniendo ideas sobre lo que no podía llenarse. hojeó pergaminos y copias. Se adentró en las sombras de la fría sala. lo que siempre sería refutable. sin amor. y ni corto ni perezoso cogió un bastón y el papiro de Epicuro.fueran amantes ocasionales. ¿Por qué con ella esa diferencia? ¿Por qué con la africana el deseo que trascendía la mera cópula. y cuenta Marcel Schwob que releyó con sumo interés un libro de Epicuro. lo que fuera. despreciado o simplemente ignorado. los rituales del acoplamiento. o su propia mística de la pieza que falta. en un deseo de la media naranja de la que nos separan al nacer. sino la historia. lo devolvió a la vieja biblioteca de su padre. en ese instante en el que las lagrimas se precipitaron. y creyó poder recorrer el mismo camino extenso hasta llegar a ese claro. viviendo su encierro y su exilio de la humanidad con la poderosa maquinaria del dinero y la distancia. y tal vez deseó . y se acordó otra vez de la plenitud que vivió con su amante africana. en el refugio del vientre. daba igual mientras se tratase de actos sin emoción. Eran las antiguas palabras del padre soñando otra vida ajena a los hombres. prostitutas.

y sintió las variaciones del sol y pronto la llegada de la noche. adentrarse de nuevo en el origen del mundo. y sin embargo los días serían por los siglos de los siglos iguales a ese cielo azul que apareció ante sus ojos en el claro. Era un conjunto de átomos anhelando algo imposible. se empapó de los colores durante horas. única y exclusivamente en el de ella. . Había llegado a la mitad del camino de la vida. en el lugar en el que se había sumido. tratar de hacerlo en su imposibilidad de entonces. y entonces sintió de repente que. tal vez. lo que aseguraba una inseminación futura. aunque luego murió pronto. e iguales en esa noche estrellada y tibia que borraba los caminos y oscurecía el espacio circundante hasta dejarlo en la penumbra absoluta. cada tronco y hoja e insecto. contempló conmovido los cambios en el cielo sin importarle la hora de regreso y las primeras luces apacibles del atardecer. y luego leer y seguir contemplando ese pozo eterno de luz azul. Haberla poseído. en el de esa africana a la que amaba. como todos eso hombres descubiertos en la nada de pensar que cada movimiento humano es un justificado error. la muerte de su deseo hacía ella. agitado en una imperiosa y frenética cópula que respondía y comprendía a todas a la vez por un sólo sentimiento incomprensible e incontrolable: el amor. Lucrecio miró cada piedra. y comprendió que él y todo lo que conocía era pequeño e insignificante. era lo único brillante y continuo que guarecía en sus manos junto a la visión de ese claro. y desaparecería sin remedio. y lloró. cada rama de los árboles. acariciar con sus dedos su entrega y su amor. como Dante expulsado de aquella ciudad poderosa. sin avanzar más en ese proceso. como no lo había hecho nunca a no ser de niño. aquello que no soportaría sobrevivir. donde había ardido como un fuego fatuo.echarse sobre la hierba como entonces y mirar el cielo. un esplendor. y tenía que ser en su sexo. pero que continuaría eternamente sin él y sin ella. porque su padre no tuvo razón y había hechos humanos que permitían trascender algo de nosotros mismos. como Scwhob cuando escribió sus vidas imaginarias. lo único que no podía concebir era la muerte de su amante africana. anhelando revivir a Beatriz.

que había comprendido algo fundamental y que. a punto de hacerse de día. podrían recuperar ese esplendor. que quemaba hierbas en un recipiente de barro en la cocina. Alcanzaba a comprender la insignificancia. La carne y su amor desnudo. la fuerza de . siguió temiendo a la muerte y la vida. Quiso expresarle esa misma mañana recién nacida a su amante. y pese a ello se sentía capaz de seguir deseando eso en ella. su comunión con el pálpito de la naturaleza y con su propia extinción: la enormidad del amor. sin embargo. la ausencia. el muerto dejaba de sufrir. Volvería a desearla como la había deseado. pero aún así no podía comprender su existencia sin ese deseo que lo ataba a ella. Pobre Lucrecio. y era la vida la que recibía y guardaba hasta el fin del duelo el pesar. al llegar ante el portalón enorme de madera y a esos arcos ennegrecidos por el tiempo. por ella y por su amor. guiándose por la estrella del norte con dificultad. que. pero no podía aplicarla a la inmensidad de ese sentimiento que lo ataba a la africana. de nuevo. sin embargo. y que pensaba duradero incluso cuando su cuerpo ya no pudiera dedicarse al amor y la piel no fuera dura sino floja y arrugada. la trascendencia de la carne. Y a pesar de su espléndida visión. que la muerte provocaba una tristeza injustificada por el cadáver. al contemplar la calma del paisaje y el bosque recorrido detrás suyo. perdiéndose. con paciencia. sí conoció aquello que Petronio no pudo percibir más que por intuición.Pudo afirmar con el rostro mojado mientras caminaba a tientas por los senderos oscurecidos. a ráfagas decadentes y sin demasiado valor. y recuperaría la virilidad a su lado.

odiaba. frente al símbolo eterno de la naturaleza reflejado en esas aguas apacibles. Sirvió el brebaje de hierbas en dos tazas y aguardó a que Lucrecio bebiera. de la carne abierta. la felicidad de esas cópulas extasiadas de amor. y al instante se le nubló la vista y olvidó todas las palabras griegas de Epicuro. y ella cumplió. Pero no lo hizo. de penetrar su vagina y adentrarse en ese ritual del acoplamiento. como la vida. o en aquel texto sobre el deseo que yo escribiría cientos de años después. odiaba por primera vez en su vida. de embriagarse hasta morir. Los ojos de ella. en el que no supe cómo expresar que la grandeza de todo el deseo era su contacto con el amor. en el desamparo absoluto de sentirse desatendida. Y Lucrecio bebió. el amor a orillas del agua. Él debió pensar en ese momento en un Petronio futuro que iba a morir apaleado. la interminable sucesión de actos que conducían a ese momento de la escritura a lo largo de los siglos. y vio ese cuerpo querido delante suyo y le pido a la africana que se desnudara para él. y la muerte. con el sexo infértil. con un filo de acero incrustado en el cuello. con el semen desperdiciado entre las sábanas o en otras vaginas y anos desconocidos.acariciarla y besarla. y sintió un compulsivo deseo de embriagarse. de otro modo. vacía. . o tal vez en el esplendor fugaz de aquella Virginia Woolf que soñó en un estanque todas las muertes de los de antes. ante el dolor por la huida de Lucrecio. Esa misma noche Lucrecio murió envenenado. estaba en aquel deseo que el brebaje hizo resistir en él hasta que todo se apagó. que también habían pensado el fin del esplendor. porque había conocido la muerte. como si el amor inmenso que Lucrecio guardaba en sus manos fuera el objeto de su dolor y su sufrimiento más agudo. pero sonreía sin saber por qué. sin ser llenado. los sexos enardecidos.

Doble corazón (1891). «Tosía .la última noche que la vi». En cambio. Le roi au masque d'or (1892). rosados violáceos. Ana se perdió para siempre. la anarquía. La brevedad de su vida no le impidió desarrollar una obra singular y personal. " La estrella de madera (fragmento) " Eran seres rayados. Mimos (1893). manchados de bermellón. lo abrazó y le prodigó caricias.. es autor de uno de los más brillantes estudios que se han escrito sobre François Villon. habiendo llevado consigo todo el amor piadoso de su corazón. con lágrimas en los ojos. La pobre Ana acudió en auxilio de Thomas de Quincey. moribunda o desolada. muertas tiempo atrás. 1867-1905) Escritor simbolista francés nacido en Chaville. de Londres. el amor. alrededor de las cuales se crispaban dedos adelgazados. pensó muchas veces. en la negrura central de un b. El libro de Monelle (fragmento) "Porque sabrás que las pequeñas rameras sólo salen una vez de la muchedumbre nocturna para cumplir una misión de bondad.dice de Quincey . hojas carnosas y animadas._______________________________________________ Marcel Schwob (Francia. Luego volvió a sumergirse en la noche. Quizá erraba aún por las calles. Pasó sus últimos 10 años de vida gravemente enfermo. Otras obras suyas son. Más tarde. dejó estudios memorables sobre algunos escritores y sobre ciertos temas como la risa. y cuyas heridas exhalaban un fuego pálido. se la imaginaba enferma. El libro de Monelle (1894) y La cruzada de los niños (1896). ocelados de azul. manos errantes. cuando pudo disfrutar de una vivienda abrigada. Con los ojos húmedos le acercó a los labios un vaso de vino dulce. a pesar de su apasionada búsqueda y de haber arrastrado las burlas de las gentes a las cuales interrogaba. el arte. la biografía. Orfebre sutil y poético del lenguaje. uno de los escritores más refinados y cultos de su tiempo. que desfallecía en una ancha calle de Oxford bajo los grandes quinqués encendidos. Parecían extrañas palmas de las manos. la perversidad y Robert Louis Stevenson. de colores inciertos. pero. Tal vez murió poco después.. que la pobre Ana hubiera podido vivir allí. Alternando la creación con la crítica y con la reconstrucción de leyendas medievales. Jorge Luis Borges escribió que Vidas imaginarias (1896) de Marcel Schwob. el fumador de opio. fue el punto de partida para su narrativa. hechas de . junto a él. arrojadas por el abismo que envolvía el misterio de sus cuerpos.

Había levantado el bajo de su túnica y sus muslos eran semejantes a la carne de un fruto. y cayeron al suelo como nísperos maduros. Una muchacha huía. Pero mientras corría. perseguida por un hombre en la fuerza de su edad. los señores Burke y Hare remataron un gran número de historias que el mundo no va a conocer. Para interrumpir el relato. La forma de interrumpirlo del señor Hare era siempre la misma. porque uno después de otro se desprendieron sus senos. ¡Qué insaciable oyente era el señor Burke! Antes del alba. perseguida por un muchacho. Contempló sus ojos llenos de sabiduría. " Vidas imaginarias (fragmento) "Solía invitar a un transeúnte desconocido cuando caía la noche. Mientras corría dejó caer un espejito de plata. Y el que la perseguía cogió la manzana de oro. Y la muchacha siguió huyendo. cesó su persecución y se sentó en la arena. ambos pensaban. amó el juicio de éstos. En ese mismo momento. el señor Burke iba a sentarse sobre su pecho. porque algo extraño ha ocurrido en la isla de Scira. El anciano olió los dos. el señor Hare solía colocarse detrás del canapé y aplicar sus dos manos sobre la boca del narrador. la escondió bajo su túnica.. en el final de la historia que nunca oían. " _______________________________________________ . Se había bajado la túnica. En tal posición. el señor Hare interrumpía siempre el relato. El muchacho recogió el espejo y se miró en él. le ofrecían whisky escocés. y la muchacha. pero sus pasos eran menos rápidos. Porque era perseguida por un vacilante anciano. A veces elegía al azar. la adoró.. y sus tobillos estaban envueltos en un tejido de muchos colores. De ese modo. bestias astrales vivientes y móviles en el fondo de un cielo oscuro. En su carrera. ocurrió algo extraño. El extraño subía los seis pisos del camaranchón del señor Hare. Se dirigía al extraño con toda la cortesía que hubiera podido poner en ello Harún-al-Raschid. lanzó dos gritos de horror y de pesar. " Mimos (fragmento) " Las higueras han dejado caer sus higos y los olivos sus aceitunas. cesó su persecución y se sentó en la arena. una manzana de oro rodó de su regazo. Le cedían el canapé. y muy imperativa. antes de lanzarse al río que atraviesa la isla de Scira. Se había levantado el bajo de la túnica y se veía el borde de sus pantalones de gasa. El señor Burke le preguntaba por los incidentes más sorprendentes de su existencia.carne marina. inmóviles. Y la muchacha comenzó de nuevo a huir.

Marcel Schwob _______________________________________________ La Traza Interior _______________________________________________ Descargar El libro de Monelle de Marcel Schwob _______________________________________________ El espantapájaros y el vampiro El espantapájaros y el amor Los perros de la lluvia LOS PERROS DE LA LLUVIA (BLOG) _________________________________________ .