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CHÓGYAM TRUNGPA

/

/

MASALLA

DEL

MATERIALISl\10 ESPIRITUAL

EDHASA

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Título original:

()Jtting Through Spiritual Materialism

publicada por Shambhala Publications en la serie

"The Clear Light

Ser ies" dedicada a W. Y. Evans-Wentz

y al cuidado conjunto de Samuel Bercholz y Michael Fagan .

Edición inglesa a cargo de John Baker y Marvin Casper

Versión española de Luis O. Gómcz Rodríguez

Primera edición: junio de 1985

©ChOgyam Trungpa, 1973 © Edhasa, 1985 (por acuerdo con Shambala Publications, lnc. 1123 Spruce Suect, Boulder, Colorado 80302, USA.) Avda. Diagonal, 519-521. 08029 Barcelona Telf. 239 51 05*

Impreso por RomanyafValls Verdaguer, l. CapeUades (Barcelona)

ISBN: 84-35Q-1904-7 Depósito legal: n. 21.264-1985

Impreso en España

Printed in Spain

Prólogo del traductor

Se ha tratado de ofrecer una versión española fiel al ori- ginal en el sen tido más estricto. Pero, en más de un lugar hemos tenido que sacrificar este principio, pues el original es la transcripción casi intacta de una serie de conferencias públicas que se presentaron sin prepara- ción escrita previa. Así, abundan las ambigüedades y circunloquios n aturales a la len gua hablada -complica- dos, desde luego, por el hecho de que la lengua materna del Tulku Chogyam Trungpa no es el inglés-. Además, el auditorio y los tiempos que sirvieron de fondo a estas conferencias representan un contexto cultural descono- cido en parte en el mundo hispánico (y que, dicho sea de paso, no existe ya en los EE.UU.), el mundo de la déca- da de «los sesenta». Esto hace que el original inglés a ve- ces tenga cierta informalidad y soltura que la lengua española escrita no tolera. También reflejan y presupo- nen estas conferencias el vocaculario y la problemática de esos años de efenrescencia.

Cuando lo hemos creído necesario, pues, hemos pa-

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rafrascado el original con frases explicativas e ilaciones ml'nos táci ta s o a mbig uas. En todo ca so hemos tratado

d e co n.-e n ·ar e l ritmo serp e ntino y la sen cillez léxica del

últ imo, h e m os pr ov i sto el t ex t o

de 1111 mínimo d e notas explicativas que es p eramos les

rcs ull c n út iles a Fina lm e nte,

decimiento a mi amigo Francisco Yarda , catcdnítieo de la !•'a c uitad ti c Cie n c ias d e la Univ e r s idad de C hil

e, por

h abe r

pudi e ron h aber s ido de de sca n so, pura lt·c· r l'1 111a nu ~c ri 1 o de es ta traducción y aportar valios ís inJa::; s ugerencias. Juzgué que muchas de su s indicac:io nrs nau acen adas y contrib uirían a m ejorar la rradu cciÓll, a hacerla uHÍs na- tural y cons is tente. En la rnctlida en qu e llli trabajo se

Van:la m erece

enriqueció con sus esfuerzos, el profesor

:;ac rificado tan gene ros amente rnu c·ha :; h o ra s, qu e

l':- 1 ilo del _!línpoc h~Por

los lec tores no init:iaclos. también quie ro expresar

aquí rni agra-

un recon oci miento especial. En la nwclida t'JJ c¡uc por ig- noranci a o d esc uido d e mi parte~ o por o l>:. tin ació n mía

e n n o aceptar las recomenda cion e:s d e rni am igo, q ucdcn

errores, om is iones o infelicidades dd id io111a. la res p o n-

sa bilid a d es, d esde luego~ t oda mía.

A

Chokyi-lodro, el Marpa, Padre del linaje Kagyü

/

Introducción

La se ri e

Boulder, Colorado, EE.UU. en el otoño de 1971 y la pri- mavera de 1972. A la sazón a cabábamoSdefundar el Karma Dzong, nuestro primer centro de meditación en Bouldcr. t Aunque la mayor parte de mis discípulos eran sinceros en su as piración a seguir el sendero espiritual, traían consigo demasiadas confusiones, ideas falsas y es- peranzas. Por ello, me pareció necesario presentarles un panorama del sendero y algunas advertencias sobre los peligros que se encuentran a lo largo del camino. Luego nos ha parecido oportuno publicar estas char- las, pues podrían resultar de provecho para aquellos que

de cha rla s que publicamos aquí se ofreció en

' se han int e re sado e n l as dis~iplinas espirituales. Re- correr el sendero espiritual correctamente resulta ser un

proceso s util; no

salto ingenuo. Hay en el sendero numerosos desvíos que sólo conducen a una versión deforme y egocéntrica de la

se puede emprender el camino con un

es p ~ ritualid ad; . uo s co nvenc e mos d e q~~---~~tftm.os _cr~

.ckndo_e~.n!ritualmeote cuando . ·- en r~liflad

-

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·

~-

·

-

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s.ólo-foúa·.=-·-

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11

~·('t't!~~-!Hil'."'ru e~ou·ulrisrno wr vía de las técnicas es-

piritu a l s.

:\

esta

di :; torsión

fundam e nta

llatnar 1111/lf'r Íulismo e:¡j!_iritual.

la--púaemos

E,-t;t,.; dtarlas considera n en prime r lugar las d iver-

,_;¡;-; tnanna s qut' .!J.:.U~

. li: n ~o _e ~p!ril.!.!ltl. la _s

Hl.OiL~-~-.enred~

rn 9~ e n _ el

ma te ria - .

div ~;-s ;~ -f;,~n; ~ ; ¡le al~to~~ga-~o -~~-l

¡¡u e pued e cae r el aspirante. D es pué s de es ta e xc ursión

por los desdos [de la vía es piritua l], coHside ram os los grand es rasgos del verdadero sendero espiritual. ¡\iuestro enfoque aquí será el budista clásico, no en s~ntido f o rmal , p e ro s í en e l sentido d e que r epresen ta e l corazón de la manera budis ta de abordar la espirituali-

d a d . Aunq ue la vía b udi :Ha n o es teísta , n o ex cluye n ece-

sa ria mente a las disciplinas teís tas. Las diferen cias entre

la:; vías s? n má s bi en c ue st ión d e énfasis y

problern!!:> básicos de l rn ate riali s m o espiritual son·¿;;·_

m un~~ a .!Oilª~ Jª~

~1sta parte d e nuestra confus ión y sufrimiento para

l1e va rno s a d ese nm a rañar

parte de la g randeza de Dios y se dirige a crear conc ie n-

cia d e ella, para

presencia de Dio,;. Pero, como el mayo r obstáculo Ea ra

Los

El método

q~!plin~~i_rituale;h

s u s orígenes. El m é todo teíst a

qu e lleg ue tuw así a expe rim e nt a r la

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ntarla s . • La sohc rhi¡~, p o r ~jernp!o~

tan

g ra ~·e para

l as di sc iplina s

para e l bud b m o. tradición budista, el sendero espiritua l es el

probl e ma

Según la

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proceso por el cual cortamos [nos abrimos pa so, literal-

men te] un camino a través2 de nuestra confusión y cubrimos el estado mental des pierto.3 Cuando este

pertar innato del pensamiento se ve invadido por el ego y por la correspondiente paranoia, se torna en un instin- to latente. D e m anera que no se trata de desarrollar la

condici<)n de despierto, sino de quemar las confusiones que la oseureccn. En el proceso de quemar hasta consu- mir estas confusiones es que se descubre la iluminación

o despertar. Si el proceso tuviera Jugar de . otra manera,

la condición de despierto sería un producto, dependería del principio de causa y efecto, y sería, por tanto, sus- ceptible de desaparecer. Todo cuanto es creado ha de pe- recer tarde o temprano. Si la iluminación fuera creada, sie mpre cab ría la posibilidad de que el ego se impusiera

nu eva mente y nos ll eva ra de vuelta al estado origina] d e confusión. La iluminación es permanente porque no la

hemos producido; solam e nte la hemos

tradición budista se utiliza a menudo la analogía del sol

que asom a por detrás de las nubes para explicar el des- cubrimien to de la iluminación. En la práctica de la me- ditación despejamos la confusión del ego a fin de entre- ver el estado del despertar. La ausencia de paranoia nos ab re los ojos a una visión extraordinaria de la vida. Se descubre una nueva manera de ser. El ! !Úclco d e la confu s ión estriba en qu e el hombre cree- tener un yo que le parece algo continuo y sólido. Cada vez que surge un pe nsamiento o una emoción u

descubie rto. En la

des- de s -

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ocurre a lgún acontecimiento, se tiene la sensac ión de

toma conciencia de lo que s ucede. Siento

que yo leo es tas palabras. Pero este sentido del yo en rea lidad es un hecho t rans itorio y discontinuo, que, dada nue:>tra confus ión, nos parece sólido y continuo. Como tomamo~ nu es tra visión confusa corno una rea li dad lu- chamos por mant ener y acrecentar este yo sólido y con- tinuo. Tratamos de alimentarlo con placeres y protegerlo del dolor. La experiencia amenaza constantemente con revelarnos nuestra tra ns itoriedad; por tanto, luchamos incesan te ment e por encub rir toda posibi lidad de desc u- brir nu es tra co ndi ción ve rdad e ra. ~~~rO», preguntarán

u s tc~es: «s i ~u es tra cond i c ión Y e r·d ade r a es l a d e l d es per- tar, Gpor qu e nos empeñamos en cYitar todo conocimien-

c¡ue a lguien

'

J to de ella?» Porque vivimos tan absortos e n nuest ra vi - sió n confu ~a d e l mundo , n os parece real , el único mund o yo s ibl e. E sta luc ha por mantene r e l sen tid o ti c un yo só- lido y con tinu o es ob ra de l ego.

El ego, sin e mbargo, no siempre logra protegern os del dolor. La insatisfaceión que acompaira siempre a las

e xaminar nues tra conducta.

Como siemp re se abren Lrcc has en nuestra conciencia

d el )'O: es posible perca tarse en cierta med ida [de lo que

e n realidad s u cede ]. El budismo tibetano utiliza una metáfora muy inte-

resa nte para describir las funciones del ego; se refiere a

e llas como «los

Tres Seño res del Materia lis m o, : «e l Señor

de l a Forma :.~ t: e l Seño r d e l a P a l ab ra .- , y . e l Seño r d e l

luchas d el ego n os lleva a

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í

1

Pensa mie nto». En nues tra consideración de los Tres Se- ñores q ue ofrecemos a continuación, los términos «mate- ri alismo» y meurótico» definen la actividad del ego. Bl Señor de la Forma es la busca neurótica de comodidad, seguridad y place r físicos. Nu es tra sociedad

altamente organizada y tecnológica refleja nuestra preo- cupación por manipular el a mbiente físico a fin de pro- tegernos J e las irritaciones de los aspectos crudos, áspe- ros e irn prcdet.:i bles de la vida. El ascenso r au tomático, la carne troceada, envuelta en celofán, el acondicionador

de aire,

gurada, la iluminación fluorescente, el horario de nueve

a cinco, la televisión, son todos ejemplos de nuestro in-

tem o de crear un mundo

pla<:entcro. El Señor Je la Forma no representa las condiciones de vida seg ura y de riqu eza fís ica en sí mi smas. Se re fi e-

bie n a las preocupaciones neuróli cas yue nos im- a crear esas condi ciones, a tratar de controlar la

naturaleza. Es la ambiciÓll que tie ne el ego de afianza rse

a irritación. As í, nos afe rramos a nuestros placeres y pose- s iones, tememos el cambio o foFzamos el cambio, in- tentamos const ruir un nido o un jardín de recreo. El Señor de la Palabra se refiere al u so del intelecto para relacionarnos con el mundo. Adoptamos una serie de categorías que n os sirve n de asi deros para manejar el mundo. E l produclo más complejo de esta tendencia son

en su intento de evadir toda

re más pul sa n

e l inodoro, e l e ntie rro

privado, la jubilación ase-

manejable, seguro, predecible,

y

ent retenerse

sí mi sm o

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la s ideologías, los s i:Hemas de ideas co n los cua les racio - nalizamos, jus t ificumos y sa n t ifi ca mos nues t ra s vidas. El nal'ionalisrno, el comunismo, el budismo, todos nos IH'u\·ce n de una identidad, norma s de condu cta y expli- cac ione s d e l rómo y p or qué de lo que s uce cl e. Pero, ot ra vez como a ntes, e l int<·lecto como tal no es el Seño r de la Pal abra . El Sciíor de la Palabra repre- senta la tendencia del ego a interpreta r todo lo que lo amenaza o irrita, de tal manera que el ataque pa rezca neutralizado o tran s formado e n al go «positivo-. desde e l punto de vista del ego. El Señor de la Palahra se re fiere a l uso de los conceptos .como filtros para prot ege rnos de la perce pción directa de lo que es. T oma mo s los concep- tos con tl e masiada se ri edad, los us amos C'urno ins tru-

1 mentos para consolirlar nues tro mundo y nue$11'0 yo. Si
! existe un mundo de cosas nomhrables, entonces !yo. existo como una de esas cosas nomb rables. No q uere- mos dar lugar a ninguna duda amenazadora , irll:cr ti- dumhre o confus ión. El Sc r1or del P ensamient o se re fier e al e s fu e rzo qu e

po r rna nten e l'se eonsc:ic:ntl' de sí rni ::;-

ma . El Sc ri or dt•l P cn::Htll lie rtto reina c uan d o hacemos

uso d e dis ciplina:; es pirituales o ps ico h)gicas co mo un medio ue mantene r nuestra autO('()ll Ciencia, de aferra r- nos a r1ucstro sen tido de l yo. La :; drogas , el yoga , la ora- ción, la meditación, los tra nces, la.s n rrias clases de psi- coterapia, todas pueden utilizarse de es ta mane ra. El ego puede apropiar:se ilícitam e nte de c ualqui e l'

hace la concienc ia

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cosa pal'a uso propio, inclu::so de la esp iritualidad. Por ejemplo, s i uno se ente ra rle alguna téc nica contemplati-

va que sea b ene fic iosa como práctica

t:es el ego com ienza por conside ra rla m e ramen te como un objeto fa sci nant e, y lu ego como objeto de estudio. F i- na l mente só lo podr:.i imitarla , porque el ego es como s i fuera algo sólido que no puede absorber nada. Así el ego trata de estudiar y remedar las prácticas de la medita-

ción y de la vida con templativa. -~!.!ando con seguimos aprend er todos los trucos y las res pues ta s de l juego es pi- ritual, buscarnos pt'oducír automáticamente una mímica de la cspiritualidacl; porque el compromiso verdadero, la verdadera espiritualidad, nos exigiría la eliminación del ego, y en realidad lo último que quisiéramos hacer es re- nunciar al ego. Pero es imposible apropiarse de la expe- rie ncia si tan s ólo se la recrea en mímica; lo único que se log ra es idcnt ifi c ar una :tona- del ego que pare:tca co- rres ponde r a esa experiencia. Así, el ego traduce cuanto

espiritual, enton-

recibe

a s us propio~ términos, a s u propio concepto de

salud,

a las cualidades q ue le son propias. También ob-

tiene cierto sentido de triunfo, de gran hazaña, cierta ex-

citación ante el hecho de haber recreado dentro de sí mismo el patrón de la experiencia que imita; por fin ha producido un logro tangible, que le confirma su propia individualidad. Una vez que reforzamos exitosamente nuestra auto- consciencia mediante técnicas espirituales, creamos nue- vos impedimentos a l crecimie nto espi ritual genuino.

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Nuestros hábitos espirituales se endurecen, de manera

penetrar a través de e llo s. Pu e d e qu e in clu-

so lleguemos al extremo de alcanzar e l es tado completa- mente demónico de la «egoidad, ab soluta . -4 Aunque el Señor de l Pensamiento es el más capaz de subvertir la esp iritualidad, también l os otr os dos Se ño- res pueden dominar las prácticas espirituales. El retirar-

se d el mundo, ya sea e n la natural eza, en la v id a e remí- tica, ya sea en la compañía de p ersonas simples, calladas

o de es piritualidad elevada, son por ig ual mane ras de

protegerse a sí mismo de la irritación y pueden ser ma-

nifes taciones del Señor de la Forma. O quizá la

nos provee una racionalización para crear un nido segu- ro, un hogar simple pero «confortab le», para encontrar un co mpañ ero afable y un emp leo estaLle y fác il. El Se ñor de la Palabra también se in volu cra en las prácticas espirituales. Al adoptar un sendero espiritual

religión

<i.u e es difícil

podemos sustituir nuestras creencias pasadas por una ideología nueva, pero aun así continuar haciendo uso tle esta última de la misma manera neurótica en que utili- zábamos las anteriores. No importa cuán s ublimes sean

nu es tras ideas, si las tomamos con demasiada solem ni -

datl y las utilizamos para reforzar nuestro ego, el Señor

de la Pa labra seguirá

al timón de nuestras vidas.

La mayor parte de nosotros, si examináramos nues-

tros actos con since rida d, tendríam os qu e reconocer que

es tamos gobernados por uno o m ás de estos Tres Seño- res. Podríamos objetar, empero: «Bueno. Pero ¿qué i m-

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porta? Así es la condición humana. Desde luego, sa be- mos que nuestra tecnología no nos ampara de la guerra,

el crimen, la enfermedad, las inseguridades económicas, el trabajo pesado , la vejez y la muerte. Sabemos que nuestras ideologías no nos amparan de la duda, la incer- tidumbre, la confus ión y la desorientación. Sabemos que nuestras tera pi as no nos amparan de la desaparición ineludible de los estados elevados de concienc ia que lo- gra mos por un momen to pasajero, ni de la des ilusión y la angustia de perderlos. ¿pero qué podemos hacer? Los Tres Señores son demasiado poderosos y no se les puede

derrocar.

reemplazarlos». ELBuda, quien también sintió la inquietud de estas dificultades, exa minó el proceso que res u lta del gobier- no de los Tres Señores. Se pregun tó por qué se some- te el ser humano a ell os y si hab ría alguna ma nera de

exis tir s in e ll os. º~~t;ubrió que l os Tr es Se ñ o r es nos s e- ducen mediante un mito fundamental de su propia crea- ción: que somos entidades sólidas. Pero en el fondo se trata tan sólo de un mito, una menttra, un timo desco- m~nal, un gr~ndísimo fr aude, e i c ual es la r aíz d e t odo

nuestro sufrimie nto. Para

el Buda tuvo que abrirse paso a través de las defensas complicadas que co nstruyen los Tres Señores pa ra evitar que la persona descubra el engaño primigenio que es la

base de s u poder. No p od emos li be rarnos del dominio

de los Tre s Señores sí

lenemos

Además, no

con

qué o con quién

alcanza r este descubrimiento,

no nos ab rimos paso a través de

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los muros de las complicadas defensas que ellos mismos han construido. Las defensas de los Tres Señores están hechas de la misma sustancia que nuestro espíritu. La materia prima

ilc l es píritu se utiliza para reforzar el mito primige nio uc la solidez del ego. Si queremos ver por nosotros mis- mos cómo funciona este proceso de construcción, tene-

,

pouríamos preguntar e ntonces, "¿cómo se ha de practi- ca r este examen? ¿De c1ué métouos o ins trumentos pode- mo s valerno s?~ El m é todo que descubrió el Buda fu e l a meditación. O es~ubr ió que empeñar se en una lucha p or obtcnt>r re :.;puesta s no s urtía ningún efecto; :;olamenlc c uanú o cejaba en s u em pci'io tenía momentos Jc penetra-

él h abía un

mo s t¡ue examinar ~1Ucstra propia experiencia

Pe r o

ción. A::;í fu e d esc ubriendo que d e ntro de

l'lcmcnto de cordura, un despertar que :.e manifc::.taba cuando no había empeño. Así, el método de mcditadóu

que descubrió consiste en

medita-

ción. Algu nos la cons ideran un estado m ental hipnótico.

-def~rseP.

erróneos

Hay

muchos conceptos

sohrc

la

Otr os

la conc ib e n

c omo algún

tip o

d e

com o

una g imnasia m ental. Pe ro la m editaci6u no es

ninguna de estas cosas, aunque ent raña trata r con los es tad os neuróticos de la mente.·' ;\o e.s difíc il, ni mucho

m e ntal

m e no s impo si bl e~ ap renocr a tratar co n el estaoo

neurótico. Tieu(' una fuerza , rapidez y config urarión te rm inadas. La práctica de la mcoitadón con s iste e u

Tieu(' una fuerza , rapidez y co nfi g urarión te rm inadas. La práctica de

o c-

d e-

jar ~c r: en ~~;tarde seg uir l a configuración~ e n acoplarse

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a la fuerza y al ritmo del est~do men tal. Así aprendemos

a tratar con estos hechos; aprendemos qué tipo de rela-

ción hemos de tener con ellos, no en el sentido de con-

ducirlos hasta el desenlace que le querríamos dar, sino de conocerlos tal como son, de saber acoplar nuestros esfuerzos a su configuración. Se cuenta que cierta vez el Buda ins truía a un músi-

co, maestro de sitar, t¡uc El músico le preguntó:

pe nsamientos o los oejo correr

dcsenfrcnaoos?

que ría practicar la meditación.

-¿D ebo refrenar mis

- Tú eres un gran mús ico - le rc!:!ponoi6 el Buda-.

1)¡ rne, pues, ¿cómo se afina tu instrum ento? -Se aprietan las cla vi jas de manera que las cuct·das no queden ni muy tensas ni muy sueltas -contestó el tnús ico. -Lo mis mo ddJe:; hact!r - dijo e l Iluda- en tu medi- tación . No trate :; de imp o n e rt e v iol c ntanwnte a l pensa - miento, púo tampoco lo uejcs vagar a la deriva. En esta anécdota :se re:,umc la enseñanza de dejar que la mente siga un curso abierto, de sentir el flujo de energía de la mente s in intentar sojuzga rlo y si n dejarlo correr dcscnfreuado, de segui r el ritmo de la energía del pensamiento. En esto consiste toda la práctica de la mc-

~!t ~c ión.

Necesitamos oc esta prác tica porque la configura- ción d e nue s tro pen sa 1·, la fo rm a co n ce 1Hualizada que le damos a nues tra vida e n el mundo, o es demasiado ma-

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nipuladora, una manera de imponerse al mundo, o es

urw cmTera dese nfrenada: sin rumbo. Por lo tanto, nues - tra práctica de la medi tación tiene que empezar en los est ratos más exte riores del ego, es decir, e n el pensa- miento discursivo que lluye ininrerrumpidamcnte por

nuest ras

mentes, en nuestro chismorreo mental. En

_e_fecto, e l pensamien to discursivo es la primera lín ea'ae

Los pensam ientos discursivos

defensa de los Señores

son los peones en la estrategia de enga ño de los Señore~.

es nu es -

tro quehacer mental y más nos con ve ncemos d e nu es tra propia existencia. Por eso los Señores se pasan tratando

de a ctivar los pensa mientos, tratando de qu e los pensa- ) mientos siempre se superpongan: si n interva los entre uno y otro, de suerte que no se pueda ver más allá de

('!los . En la prá cti ca de la

co ntrario, no se busca fomentar los

tampoco se los qui ere suprimir. Se los deja ocurrir es-

pontáneamente y así manifiestan nuestra cordura origi- nal. Los pensamientos se convierten en expresión de la claridad y la precisión de la m en te despierta.

Si lo~amos superar la estratagema de la producción co1istante de pensamientos supe rpu es tos, los Señores excitan entonces a las emociones a fin de distraernos. El carácter excitante, vivo y dramá tico de las emocio nes eautiva nuestro interés, como si éstas fueran el filme rnás apasionante. Cuando se practica la meditación, por

~1 contrario, no fom entamos

pensamientos, pero

i\lientras má s pensam ientos producimos, mayor

meditaeión verdadera , por: el

las emoeioncs, ni las repri-

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mimos. Porque las percibimos claramente, porque las dejamos ser tal como son, ya no nos dejamos entretener y distraer por ellas. Así se convierten en la fuente de energía inagotable que engendra obras libres de ego. Pero entonces, faltando los pensamientos y las emo- ciones, los Señores se buscan un arma aún más podero- sa, los conceptos. Cuando encontramos un concepto, una etiqueta propia para cada fenómeno, gozamos de la ilu- sión de vivir en un mundo sólido y definido, poblado de «cosas». Este mundo sólido sirve de garantía de nuestra propia solidez y continuidad. El mundo existe. Luego, yo, que percibo este mundo, existo. La meditación con- siste en captar el carácter transparente de los conceptos, de suerte que la rotulación no constituya ya más una manera de solidificar el mundo y nuestra imagen de nosotros mismos. La rotulación se convierte en un sim- ple acto de discriminación. Los Señores tienen aún otros armamentos en su arsenal de mecanismos de defensa, pero resulta innecesario extenderse más en el contexto presente. Mediante el examen de sus propios pensamientos, emociones, conceptos y otras actividades mentales, el Buda descubrió que no hay por qué luchar para probar- nos nuestra propia existencia, que no tenemos que vivir sometidos a los Tres Señores del ·Materialismo. No hay que luchar para verse libre, la ausencia de lucha es la li- beración. Este estado sin ego es el estado de buda. El proceso en el cual nos valemos de la práctica de la medí-

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la materia prima del espíritu se

Coll,·ierta de una mera expresión de las ambiciones del e~o en u11a expresión de nuestra cordura y nues tro des- ¡wrtar l>ri 0 iHalcs, es el verdadero sendero espiritual.

tacwn , para ha ce r que

1

EL MATERIALISMO ESPIRITUAL

Nos hemos reunido aquí a fin de aprender algo sobre las vías espirituales. Creo que esta búsqueda es sincera, pero

a la vez me cuestiono la legitimidad de la búsqueda como tal. El problema es que el ego puede apropiarse ilí- citamente de todo para sus propios fines. Incluso [puede explotar] la espiritualidad. El ego trata constantemente de adquirir y aplicar las enseñanzas de la espiritualidad para su propio beneficio. Las enseñanzas se toman en- ton ces como algo externo, externo a << mÍ » , como una filo- sofía que tratamos de imitar. En realidad no queremos identificarnos o convertirnos en las enseñanzas. De ma- nera que si nuestro maestro habla de renunciar al yo, tratamos Únicamente de remedar la renunciación del ego. Obramos de acuerdo con todas las reglas, hacemos los gestos apropiados, pero en realidad no estamos dispuestos

a sacrificar nada de nuestras vidas. Nos convertimos en actores hábiles; mientras nos negamos a entender el senti- do verdadero de las enseñanzas, nos consolamos con la pretensión de que estamos s ig uiendo el sendero.

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Tan pronto comenzamos a sentir alguna discrepan- da o conflicto entre nuestras acciones y las enseñanzas, de inmediato interpretamos la situación de manera que

la racionaliza ción allane el conflicto. El intérprete es el l'go en su papel de consejero espiritual. La situación es

si milar a la de un país en el que existe una separación

entre iglesia y estado. 1 Si la política de ese país toma una dirección contraria a las enseñanzas de la iglesia, entonces la reacción natural del monarca es la de acudir .

a la cabeza de la iglesia, su consejero espiritual, y pedir

su bendición. La cabeza de la iglesia ingenia entonces alguna justificación para la política del monarca y la bendice so pretexto de que el rey es el protector de la fe. En la mente del individuo sucede algo muy similar, que es igualmente efectivo, si no más, pues el ego es a la vez monarca y cabeza de la iglesia. Tenemos que trascender este tipo de racionalización sobre el sendero espiritual y nuestras acciones si quere- mos alcanzar la verdadera espiritualidad. Sin embargo, no es fácil bregar con este tipo de racionalización, por- que todo lo percibimos a través de la lente de la filosofía y la lógica de nuestro ego, las cuales hacen que todo nos parezca ordenado: preciso y lógico. Intentamos hallar una respuesta razonada y justificada para todos nuestros conflictos y problemas. Para sentirnos más seguros nos esforzamos en acomodar dentro de nuestro esquema in- telectual todo aspecto de nuestras vidas que pueda cau- sarnos confusión, y nuestro esfuerzo es tan serio y

26

solemne, tan honrado y sincero que nos resulta casi imposible llegar a sospechar de él. Siempre creemos en la «integridad» de nuestro consejero espiritual. En realidad no importa qué utilicemos para esta au- tojustificación: la sabiduría de los textos sagrados, los cuadros esquemáticos, los diagramas, los cálculos mate- máticos, las fórmulas esotéricas, la religión fundamenta- lista, la psicología profunda, o .cualquier otro mecanismo. Siempre que comenzamos a evaluar a fin de decidir si queremos o no hacer esto o lo otro, ya hemos asociado nuestra práctica o nuestro conocimiento a ciertas cate- gorías que se contraponen unas a las otras. Esto es el materialismo espiritual, la espiritualidad falsa de nues- tro consejero espiritual. Siempre que tenemos conceptos dualistas tales como: «Hago esto porque quiero alcanzar un estado de conciencia especial, un estado de ser parti- cular», nos separamos automáticamente de la realidad de lo que somos. Si nos preguntamos qué hay de malo en evaluar, en tomar partido, la respuesta es que cuando formulamos

hacer

esto», hemos alcanzado un nivel de complicación que nos aleja de la simplicidad básica que somos. ~ -~~PE~~~~? de la m~dHación significa precisamente experimentar la naturaleza más simple de nuestro ego, rodríamos decir, la n~turaleza o instinto simio de nuestro ego. Si añadi- ~os cualquier otra cosa a nuestra psicología, nos conver- timos en máscaras gruesas y pesadas, en una mera coraza.

juicios

secundarios

tales

como

«debería

evitar

27

Es importante comprender que el propósito princi- pal de cualquier práctica espiritual es escapar de la bu- rocracia del ego; esto significa salir del deseo constante que tiene el ego de alcanzar versiones más elevadas de conocimiento, religiosidad, virtud, buen juicio, eomodi- dad , o cualquier otro objetivo qu e se haya fijado el ego como meta de su búsqueda. Hay que salir, pues, del ma- terialismo espirit ual. Si no nos colocamos fuera de él, si nos dedicamos a practicarlo, entonces a la larga nos ve- remos esclavizados por una colección inmensa de vías espirituales. Creeremos que esta colección espiritual es valiosísima. Nos deleitaremos en tonces con todo lo que hayamos estudiado. Puede que hayamos estudiado la fi- losofía occidental o la filosofía oriental, que hayamos practicado el yoga, o que quizás hayamos est udiado bajo docenas de grandes maestros espirituales. Habremos al- canzado o aprendido mucho y creeremos entonces que hemos acumulado un gran tesoro de sabiduría. Sin em- bargo, después de pasar por todo ~sto todavía quedará algo a lo que habní qu e renunciar. Este es el gran miste- rio. ¿Cómo puede suceder esto? Parece imposible. Pero desgra ciadamente a:;Í cs. Nuestra vasta colecci(nl de sa- biduría y ex periencia es parte del cspccuiculo del ego, parte de la cualidad ostentativa del ego. Se lo exhibirnos al mundo, y al hacer esto nos aseguramos a nosotros ~nismos de que existimos. Seguros y protegidos en nues- tro papel de personas espirituales. Pero hemos creado solame nte un almacén eJe anti-

28

r

güedades. Puede ser que nos especialicemos en antigüe- dades orientales, en antigüedades del medioevo cristia- no o en antigüedades de alguna otra civilización o época:

pero en todo caso seremos meros comerciantes. Antes de abastecer nuest ra ti enda con tantos tesoros el lugar era precioso, las paredes encaladas, un piso sencillo y sólo una lámpara encemlida en el techo; en el centro de la habitación había solamente una obra de arte y era bellí- sirn.a. Todo:; los que venían a la tienda admiraban su be-

ll eza, incluso nosotros mismos. Pero no estábamos satisfechos y pensábamos que porque aquel obj1~to embellecía la tienda de tal manera, si pudiéramos obtener aún más antigüedades la habita- ción sería aún más bella. Así comenzamos a coleccionar

y el resu ltado final fue el caos. Buscamos objetos preciosos por todo el mundo. Fui- mo~ a la 1ndia, al .lapón y a muchos otros países, y cada vez que encontrábamos una antigüedad nos parecía pre- ciosfsima y pensábamos que se vería muy bella en nues-

tra tienda porque nos ocupábamos de un solo objeto a la vez; pero c uando la traíamos a nuestra ti enda y la colo- dbarnos ahí se convertía meramente en un objeto más

en

ya no irradiaha eomo antes; estaba rodeado de tantos objetos b ellos que ya no significaba lo mis mo para noso- tros. En vez de un sa lón ll eno de antigüedades bellas ha-

bía mos creado un a tieuda de baratijas. .l~ <t adquisición co rre c ta no signi fi ca coleccionar

nuestra colecció n de baratijas. La

belleza del objeto

29

un!-! gran cantidad de información o de belleza, si no ¿¡L~C s upone la apreciación pl ena de cada objeto espiri- tual. Esto es s umamen te importante. Si apreciamos ca- balmente un objeto hermoso entonces nos identificamos completamente con él, nos olvidamos (le nosotros mis- mos. Es como ver una película interesante o fascinante y olvidarnos de que somos meros espeetadores. En tales momentos no ex is te el muudo, todo nu est ro se r es la es- cena que es tamos mirando. Es este tipo de identifica ción [el que busca mos), el co m pr omis o tota l con una sola cosa. [Debemos preg untarnos, pues:] «¿¡-femos probado realmente, hemos masticado, t ragado y digerido plena- mente el objeto de belleza que co ntemp lamos, es deci r, la enseñanza espi ritual ? ¿o, por el contrario, Jo h emos adquirido meramente como parte de una vasta colección que nunca termina de crecer?» Pongo tanto énfasis en este punto porque sé que to- dos nosotros nos hemos acercado a las enseñanzas y a la práctica de la meditación no por el dinero, sino por un inte rés genuino de aprender, un dese o de cre cim ien to es- piritual. Pero si consideramos el conocimiento es piritual •·orno una antigüedad, como una curiosidad, como una :;abiduría arcana que debemos coleccionar, entonces he- mos tomado el sendero equivocado. En cuanto al linaje de los maestros espirituales se refie re, el conocimie nto espiri tu al no se pasa de mano en mano como se pasa una antigüedad, sino que un maes- tro experimenta la verdad de las enseñanzas y se la co-

:JO

r

munica como una inspiración a su discípulo. Esa inspi-

ración despierta al

pertado anteriormente. Entonces el discípulo le entrega las enseñanzas de la misma manera a su propio discípu- lo, y así continúa el proceso. La enseñanza siempre es una enseñanza contemporánea. No hay tal cosa corno una sabiduría antigua, una antigua leyenda. La enseñan- za no se transmite como la información que pasa de bo ca en boca, como el abuelo transmite a sus nietos los cuentos folklóricos tradicionales. No es así; es una expe-

riencia vivida. Hay un di cho en las escrituras tibetanas que dice:

«El conocimiento tiene que ser acrisolado, amartillado, y moldeado como el oro puro; entonces se lo puede llevar como un adorno».2 Así, pues, cuando reciban ustedes las enseñanzas espirituales de otras personas, no las acepten sin un ex.amcn previo. Primero las deben acrisolar, amartillar, amoldar, hasta que el oro brillante y majes- tuoso aparezca. Entonces pueden crear un adorno con la forma que se les antoje y llevarlo al cuello. Por eso es que el Dharma 3 es pertinente y aplicable en cualquier tiempo, para cualquier persona. Tiene una cualidad vi- vencia!. No basta con imitar al maestro o al guru, 4 pues no se trata de convertirnos en una mera réplica del guru. Las enseñanzas son una experiencia individual personal aun para el que las enseña hoy día. Quizás haya muchos entre mis lectores que estén fa- miliarizados con las leyendas de Naropa, Tilopa, Marpa,

di scípulo, como el maestro

había des-

31

l

Milarepa, Gampopa y los otros maestros del linaje Ka- gyüpa.'' Para todos estos maestros la enseñanza fue una ex pericncia vivida. Es una experiencia vivida aun para los maestro:> que consideramos hoy los herederos titula- res <le este linaje. Cambian solamente las circunstancias particulares <le la situación vital de cada uno. La ense- ñanza tiene las mismas cualidades del pan fresco recién sacado del horno. Cada panadero aplica a su harina, a su masa y a su horno propio los principios generales de la receta para hacer pan, y luego tiene que probar él mismo la frescura del pan. Lo tiene que partir él mismo cuando aún está fresco y probarlo cuando altn está ca- liente. De la misma manera cada maestro tiene que aceptar la enseñanza, convertirla en su propia enseñan- za y practicarla. Es un proceso viviente. No hay el enga- ño del colector de conocimientos. Tenemos que trabajar con nuestra propia experiencia individua l. Si nos con- fundimos no podemos acudir a nuestra colección de conocimientos para tratar de encontrar alguna confirma- ción o con:>uelo que nos diga: «El maestro y toda la en- señanza están de mi parte». El sendero espiritual no va en esa dirección. Es un sendero solitario e individual.

P: ¿cree usted que el materialismo espiritual es un problema específicamente norteamericano?

R Siempre que las enseñanzas llegan a un país desde

el extranjero se intensifica el problema del materialismo espiritual. Al presente , sin lugar a duda s, i'\urtcamérica

32

T

ofrece un terreno fértil en espera de la semilla de la en- señanza. Porque es tan fértil, ávida de espiritualidad, le es posible a Norteamérica servir de estímulo a muchos charlatanes. Estos charlatanes no escogerían serlo si no tuvieran este estímulo. Porque de otra manera sería más natural para ellos convertirse en asaltantes de bancos, o meros bandidos, puesto que lo que buscan ~s hacerse de dinero y fama. Porque Norteamérica busca tan desespe- radamente la espiritualidad, la religión se convierte en una manera fácil de hacer dinero y adquirir fama. Por eso vemos tantos charlatanes en el papel de discípulos espirituales o chelas, como se les dice en la India, al igual que en el papel de maestros espirituales o gurus. Creo que en el momento presente Norteamérica es un terreno muy interesante.

P: ¿Ha adoptado a algún maestro espiritual como su guru? Me refiero a un maestro espiritual contemporáneo. R: No. En este momento no tengo ninguno. Dejé a to- dos mis gurus en el Tíbet. Sólo físicamente, desde luego, porque sus enseñanzas permanecen conmigo y continúan.

P:

do más o menos figurado?

R:

sencia de mi guru.

Pero, ¿a quién sigue usted, aunque sea en un senti-

!:as situaciones de mi vida ~on mi guru, s~:>n la pre:-

P:

¿Después de que Shakyamuni Buda alcanzó el des-

33

1 perlar, quedó alguna traza de ego en él que le permitiera

1 dvir una ,·ida humana normal para poder comunicar sus cnselianzas?

Shakyamu-

ni 110 deseaba enseñar o no enseñar. Estuvo siete sema- nas a la sombra de un árbol y luego caminando a orillas

de un río. Entonces sucedió que se encontró con a lguien <¡ue le dirigió la palabra y sucedió que el Buda le enseñó

a ese alguien. En esto no hay alternativa. !}no está allí como una persona abierta a las situaciones. Entonces la situación se presenta y se da allí la enseñanza. A esto nos referimos cuando usamos la expresión da actividad propia de un buda».

H: La en sei1anza senci ll amente tuvo lu gar.

P: Es difíci l no ser cod icioso cuando se traLa de la e s- piritualidad. ¿Es esta codicia algo que se pueda abando- nar según se progresa en el sendero? R: Ha y que es p erar a que el pri mer impulso h acia el

el

sendero espiritual a menudo nos coloca en una situación

espiritual específica. Pero si cultivamos ese impulso, gradualmente pierde su fuerza. Llega un momento en

que se nos hace tedioso, monótono. Éste es un mensaje muy valioso. Pues, verá usted, en el sendero espiritual es esencia l relacionarse con uno mismo, con nuestra propia experiencia en una forma real. Si no nos relacionamos

co n n osot ros mismos entonces

sende ro espiri t ua l se

vuelve peligroso, se convierte en un mero entretenimicn-

sende ro pierda fuerza. E l primer impul so a seguir

el

34

to externo en vez de ser una experiencia personal orgá- nica.

P: ¿No es cierto que des de el momento en que busca-

mos escapar de la ignorancia por un sendero de creación propia podemos suponer con certeza que cuanto n os pa- rezca bueno es meramente lo que el ego juzga beneficio- so para sí mismo y, por lo tanto, de hecho es un ob s-

en el sendero? Cua lq uier cosa que nos parezca

buena por definición tendrá que ser mala. Cualquier cosa que no a ltere tota lmente el orden del ego nos des- truirá. t. Il ay a lguna manera de esca p ar de es to ? H: Si usted lleva a cabo a l gú n ac t o que le parece bue- no, por eso no se convierte automáticamente en algo malo; sencillamen te porque nos referimos a u na situa- c ión q ue está más allá de l bien y del mal. No, no traba- jamos para n ingún bando, ni para el bien ni eara el m;J,

1~~a~-;s-cón . Iá . t~lid!!4.:que.-:e~ 1ª l"!lás ~ -llá d;-e s t;;~

táculo

aqu~llo

Yo

diría que se trata más bien de acciones com-

pf~tas , nol1ay ni~ún~ ~~!l.!~~ !i_per~ ~O~ [q ~ql:!~ P~~

Q~

cemos con la idea de que es bueno o malo se convierte

e n u~pir ~j;c -- ·- ·- --- ··

·

-

·

-

P: Si uno se siente muy con fun dido

una solución a esa confusión, pa recería ser, por lo que ha dicho usted ante s, que entonces el esfuerzo es a lgo destructivo; pero, si no hiciéramos esfuerzo alguno, ¿no nos esta ríamos engañando igualmente?

y trata de buscar

35

n o q ui ere d eci r que uno t e n ga qu e vivir

en los extremos del esfuerzo desm edido y la indiferen-

cia. Ha y rp~e d c~c ubrir la v ía media ,6 un .~~~ d_?_ integ r~ l

de ;:;cr como un o es. Pod ríamos describ ir esto con mu-

c h as pa

cuando se lleva a ca bo.

'iYir esta da media~ entonces la percibiría. Tiene que permitirse cierto grado de confianza en sí mismo, con- fianza e n s u propia in te ligencia. En r ealidutl so mos

criaturas formidables, tenemos la c:apacidad para lograr cosas estu penda ~. Se n c illam e nt e tenemo s qu e dejarnos se r nosotros mi smos. La ayuda externa n o nos ¡;i rve de

n ada. S i u s t ed 11 0 se deja c r e-<:er a s í mi s mo , cae e n e l

confusión. Pero se trata de una ue s tru <:Ci Óil p o r agen -

tes externos. Por l'SO es tan devastadora, porque es des-

unas

p ; ro es a l go que se conoce r ea lm e nte só l o

H:

Sí. P ero e:so

S i realmente comen zara usted a

proceso uu todc:structi,·o de la una a u todestrU('('ÍÓil )' 110 eJe

trucción J e

uno mismo.

P: ¿y qué

es la fe? ¿De qué s in·e?

R: La fe puede ser una fe ciega, simplis ta, cándida o puede ser una confianza plena que no puede ser destrui- da. La fe ciega no tiene ins piración. es ingenua: no es

c reativa , aun q ue tampoco es dr s tru rrh·a. No es c reativa

po rque la fe )' tlllO

mi smo n um·a H' t'll('lll'lllran , no ha y

comun icación e ntre los dos, s ino CJUC un o me ramente acepta c iega m en te y de una mauera muy inge nua la to-

talidad de una <'rt' l' llcia.

3u

En e l caso de la fe como confianza h ay una razón viva para tener confianza. No esperamos que una sol.u- ción prefabricada se nos presentará mis teriosame nte. T rabajamos con la s it uación existente sin temor, si n ninguna duda respecto de nuestro compromiso. Este en- foque es extremadamente creativo y positivo. Si tene- mos una confianza definitiva estamos tan segu ros de nosotros mismos que no tenemos por qué inspeccionar- n os y pr o barn os a uo~o tros mi s mos. E s t a conf i anza es absoluta, un entendimiento pleno de lo que está suce- dienJo a h ora mis mo. Por lo tanto, no h ay vacilación producida por la duda acerca de si debemos seguir o no otros senderos, o si debemos o no tratar con cierta situa- ción de una o de otra manera.

P: ¿Qué nos ha de servir de guía en el sendero? R: De hecho ) u o parece haber ningún tipo d e direc- triz específica. En rcaliuad, si alguien ·nos guiara ya eso de por sí sería sospechoso, porqu e estaríam os depen- di e nd o d e algo ex te m o. Se r plenamente lo que s omos en nosotros mis m.os es nuestro guía. P e ro no en el se ntido de una vang uardia, porque no ha y ningún g uía

qu e

seg ui r. No

hay

qu e

seg uir e l ra stro de

nadie ,

si no

qu

e

un o

má s bi e n sig u e

s 11 ca mino. Di cho de otra

ma-

nera , el g uía n

o ,.a d e lante d e no so tro s s in o que va co n

nosotros.

 

P :

t. P o<lr ía

d eci r

al g o

má s

so b re

la

manera

e n

que

37

la meditación pone lt ~c tore s dl'l r . go?

H:

en cortocircuito los me canismos pro-

prote cto r del ego incluye el hábito de

inspéccionar.nos a nosotros mismos, que es uña 'forma de introspección inne ces aria. - La-~~1~~.1itaciÓn no se basa

en el acto de ~1edÚa-r sob~~ un objeto en particular me- diante la in:;pección de uno mismo. La meditación es la identificación compÍeta con las técnicas y objetos que es temos utilizando. Por lo tanto, no debería hacerse nin- gún esfuerzo por establecer la seguridad propia median- te la práctica de la meditación.

E l n_1e~:ani s mo

que vivo e n un de pósito

de chatarra. ¿Qué tengo que ha ce r para que se convierta

en

H:

P: Personalmente me parece

un salón s imple con un único objeto bello? Para lograr evaluar pl e nament e la co lecc ión qu e tie-

ne, deberá comenzar por un solo objeto. IIay que encon- trar un punto de partida, una fuente de inspiración. Qui- zá no tenga que examinar el resto de lo s artícu los de su colección, si estudia cuidadosamente una pieza de la misma. Esa pieza podría ser un rótulo que de alguna manera ha logrado obtener de una ca lle de Nueva York, puede ser algo tan insignificante como eso. Pero hay que comenzar por una sola cosa, hay que verla en toda su simplicidad, ver el carácter primitivo de esta baratija o de esta preciada antigüedad. Si logramos comenzar por una sola cosa, esto equivaldrá a tener un solo objeto en una sala vacía. Lo importante es encontrar ese punto de

38

apoyo. Como tenemos tantos objetos en nuestra colec- ción, parte del problema es que no sabemos por dónde empezar. Hay que dejar que nuestros propios instintos nos digan cuál ha de ser el primer objeto a considerar.

P:

to? ¿Por qué es tan difícil abandonar el ego? H: El ser humano le teme al vacío del ~spa~io, ª la !lU:-

¿Por qué cree usted que la gente protege su ego tan-

s~-~iª d;~o~p~·fÜ~,:a la ~us~~~i~ 4e ~na sombra. ~a

-~e~ 1a -~~e r~!?.n~iª ·ª~~r~_ado.~a e l no tener nadie o nada

con lo que poder establecer una relación. ~~ ~

d~·-.'esio puede ser

_~~~l!!11~11t~.

-~dea

.at~morizapte, aunqu~ la

experieñCia--inis ~~ no lo sea . Se tr.ata, en general, de un tcmm:··a.l espacio, un temor a no poder anclamos a una

ti~ia .firme, a perder nuestra identidad.~~ t;mtq objeto

fijo~·sólid~ y dcfi~ido. Esta posibilidad. amenaz?! nuamente.

c~mt~-:-

2

LA ENTHEGA

Habiendo llegado a este punto, qmzas ustedes hayan

concluido que deberíamos abandonar todos los juegos

del materialismo espiritual,

jar de tratar de protegernos o mejorarnos. Quizás hayan advertido el hecho de que nuestra lucha es inútil y quieran darse por vencidos, abandonar completamente todo esfuerzo por protegerse a sí mismos. Pero, ¿cuántos de nosotros haríamos realmente tal cosa? No es tan sim- ple ni tan fáeil como parece. ¿Hasta qué punto podría- mos realmente entregarnos y abrirnos? ¿En qué momen- to volveríamos a asumir una actitud defensiva? En la charla de hoy consideraremos el problema de la entrega! particularmente en términos de la relación que existe entre nuestros esfuerzos por tratar con los estados mentales que hemos llamado neuróticos, y nues- tros esfuerzos bajo un maestro espiritual o guru. ~Entre­ garse al guru» significa abrir nuestro espíritu a las situa- ciones cotidianas, tanto como abrirse a un maestro en- particular. Sin embargo, si nu estro es til o de Yida r llll CS-

es decir, que debe ríamos de-

tra inspiración se encaminan a desplegar la conciencia, también encontraremos seguramente a un maestro espi- ritual, a un guru personal. Por eso, en nuestras próxi- mas charlas subrayaremos la importancia de relacionar-

se con d maestro espiritual. Una de las difi t: tdtadcs que hay en la entrega total al guru son nues tras preconcepciones respecto de él y nuestras expectativas respecto de lo que ha de suceder

en nuestra relación con él

dos por ciertas ideas sobre lo que nos gustaría ,experi- mentar junto al maestro: «Me gustaría ver esto. Esta se- ría la mejor manera· de verlo. Me gustaría experimentar esta situación, porque concuerda claramente con mis esperanzas y mis ilusiones». De manera que tratamos de encasillarlo todo; trata- mos de hacer que las situaciones concuerden con nues- tras esperanzas. No somos capaces de entregar ni una parte de éstas a la totalidad que buscamos. Si buscamos un guru o maestro queremos que sea un santurrón pací- fico, callado, sencillo y sabio. Cuando descubrimos que no concuerda con nuestras expectativas nos sentimos defraudados, comenzamos a dudar. Para establecer una relación de maestro a discípulo que sea verdadera es necesario que abandonemos todas nuestras preconcepciones respecto de ese tipo de relación y respecto de la condición de entregarse o abrirse a algo.

~~-entre&!.sig~ifi~~-~L~~~-i~~~~~L!~i§!TIQ~<m~plet~me.n::­

a.:

Nos encontramos preocupa-

te, tratando de ir q~ª~ aU~.d~Jpd_~_jJusjq_n_y ~-SP-~~~Q~

'

--· --·-·- ----

- ··-··

'

·

~ ···-

41

~<l.~Jf~~--taJ?bién significa el reconocimiento de

las cualid~des crud~s,-áspúas;-Io-rpes y esc~mdalosas de

nuestro propio ego, el reconocerlas y también el abando-·· narlas. Generalmente resulta muy difícil abandonar y entregar las cualidades más crudas y ásperas de nuestro ego, aunque nos odiemos a nosotros mismos; pues, al mismo tiempo, nuestro odio hacia nosotros mismos es cierto tipo de entretenimiento; a pesar del hecho de que no nos guste lo que somos y de que nos resulte dolorosa la autocrítica, no podemos renunciar a ella totalmente. Si comenzáramos a abandonar nuestra autocrítica, senti- ríamos que estamos perdiendo un entretenimiento, o quizá tanto como si alguien nos quisiera privar de nues- tro empleo. No tendríamos ninguna otra ocupación si lo entregáramos todo, no tendríamos a qué aferrarnos. La ~~vah~~~~~n y la autocrítica son: pues, básicamente, ten<!er~cia~ neuróticas <p1e se derivan del hecho de ·uo te :-.

~_:-~ sufi~~!l~.f9nfiang_~~-rios~~ro.~ ~ismo~, «~?Z~ »

~el sentido de

p~rciE.i~_!o.sm~~QmQs, ?ono_~~E.J~.qu~

so~~~~~~!en~~-q~~-p9_dell}9~ <m:!e~g~rnos a vivir abier-

.t~~~~te. Es decir, saber que sí podem~s darnos el lujo de entregar las cualidades neuróticas, crudas y toscas del yo y salir fuera de la ilusión, fuera de nuestras ideas pre- concebidas.

y expec-

Tene!llOS q~~!!.tr~ª!:

fl.!!CS!.!.~~e~p~r~:.nz~~

tativas, además de nuest_~-~~-!~~Q!:

e~,y

!flar~h<!r

r~~!!elta­

m~~ac~~-!~~esil~~_!§n, ac~~nu~s~E?S_esfuerzos a

e~~penetrar en ella y hacer de ~!l~_l!-nmodo de vida, lo

42

--

·--- -· -

--

--··

que es muy dif~cil de lograr. ~a desilusión es buen indi- _

-~Jo~-~~ J º!~Jigt?!!~ia .P

N? . se pue<te _ ~omp_;rr-ª!

á.:~.!~~-_

S:9J1

n~g~, ~s tan nítida, precisa, obviª · y 4!r.ecta. ~~ logr~f!iOS

vivir abi~~t~~e!lt~, .e.ntonc~s, de pronto comenzamos a

ve'i- éi~e·nuest!as_~~p_eGtativas nada-·tienen que ver cmtl.a

d;)~s situaciones que vi~i~os: Esto· produce

réalfdad

~-;,.t~~áú~~me!1-t~ .senÜ~ie~to-¡¡~-·desilusi6ii,· pero la

qn

·desÜ~~§-~~-~i . ~l mejor vehícul~ que te~~emos ~-~~!a següir .

el sendero del Dharrna, pues no confirma la existencia ·

deCego; ni )a de su~ sueños.· --- - - · Sin embargo, si estamos inmersos en el materialis-

mo espiritual, si vemos la espiritualid~d <:O~<:) parte de

una

a~ur~wlaci<Snde c¿no~i!~!~nt·¿·yvirtud, si la espiri-

.

tuaÜdad se convierte en un medio de fortalecer nuestro ego, todo el proceso de entrega - se--pervierte comple-

_t'.l.~ -~~~-c. Si conside~~~~~ - -!~·:_-~~P.-~!~ua!~~-~-1- · c- ¿-ffio . una

manera <.h? cJ.a~:no~ e<?!llodidad, cada ve:t que _ex[,-erímen- temos algo desagradable, ~Jg4n COI1tr_atiempo en el sen- de~o-,-tr~ta~errios.d.e racionalizar: «Desde luego que tiene qu~ tratarse. de alguna acción sabia del maestro. Yo que es así. Estoy seguro de que el guru no hace nada que pueda hacernos daño. Guruji 1 es un ser perfecto y todo lo que hace guruji es por mi propio bien, porque está de mi parte. Por eso es que puedo darme el lujo de vivir abiertamente, puedo entregarme sin correr ningún peligro, yo sé que estoy siguiendo el sendero correcto». Pero hay algo que no está del todo bien en una actitud como ésta. Es por lo menos simplista e ingenua. Nos

.

43

hemos dejado cautivar por el aspecto imponente, ins- pirador, majestuoso y pintoresco del "guruji». No nos atrevemos a contemplar ninguna situación distinta. Fo-

n~.e ntamo s la con\"icción

de

que todo lo qu e expe rit~ e-n­

tamos es p<trte de nuestro crecimiento espiritual: «Lo he

lo g rado }·: no !i clecimos, « Lo he experimentado. Todo esto

lo he logrado por mi propio esfuerzo. Lo sé todo, en cierto m od o, porque h e leído muc hos libro s qu e confir-

man mis creencias, la exactitud de mi conocimiento, mis ideas. Todo concuerda».

Pero podríamos aferrarnos a nosotros mismos aún de otra manera: no entregarnos verdaderamente porque nos creemos demasiado refinado s. sofi st icados y dignos. Pensamos entonces: "De seguro no vamos a entregarnos

a una vida en el escenario callejero, ordinario y asquero-

supone que psicológicamente hemos de abrirnos y en- tregarnos completamente mediante nuestra identifica- ción con lo más bajo, reconociendo de esta manera nues- tras cualidades más crudas y ásperas. Una vez nos ha- yamos ide ntificado con lo m <Ís bajo de- todo lo bajo, no

tern c

s er un recipi e nt e vacío, di s puesto a recibir las ense- \1 nanzas.

~ara

rcm(, s perd e r nada. De es ta ~~mera nos preparamo s \l

En la tradición budista existe una fórmula básica de entrega que dice: «Totllo refugio en e l Buda, tomo refu-

g io en el Dharma, tomo refugio en el Sangha».:.l ,9_uando

el Buda, lo hago como ejemplo de toda

entrega. Este es el ejemplo para todo acto de reconoci- riiien to integrante de nuestro ser y también como para- digma de nuestro acto de aceptación de esta negatividad.

torno refL~gio en

so dt• la rt·alid:uh. Cuando pe nsamos de es ta manera pre tendemos que cada pa so que tomamos en el sendero se apoye sobre un pétalo de loto y formulamos una lógi- ca que interpreta todo lo que sucede de acuerdo con esta imagen. Si caemos, amortiguamos el aterrizaje para no sufrir una sacud ida. La entrega total no eons iste en .crear amortiguadores par~·~i~estrascaídas, significa pre- cisamente caer sobre un suelo duro y ordinario, sobre una ca mpií1a pedregosa y agreste. Cuando nos abrÍ~~~

Cua11do tomo re fugio en e l Dharma, el Dharma significa la ley de existencia, la vida tal cual cs. E_ste_acto indica, pues, que estoy dis pues to a abrir los ojos a las circuns- tancias de la vida tal c ual se me presentan. Que no estoy dispues to a percibirlas como realidades espirituales o místicas, sino que quiero ver las situaciones de la vida tai como son. Tomo refugio en el Sangha. «Sangha» sig- nifica «la comunidad de personas que siguen el sendero espiritual», mis «compañeros» en el sendero. Es~9 ~s, es-

a l mundo aterrizamos en lo que es tá a llí.

t oy ~ispucsto a

compar tir mis experiencias &completo

Tradicionalmente la entrega se simboliza con prácti- cas tales como la postración,:! que consiste en el acto de

e!ltorno vital con tnis compafleros peregrinos, los que

m e acompañan en la búsqueda, los que caminan el sen-

tir

arse al sue l o e n un gesto de entrega. P e ro~ a la vez; se

dero conmigo; pero no quiero decir que me propongo

-H

45

1

apoyar111 c en ellos en busca de ayuda. Solamente qui ero

t·a minar junto a el los. Hay una tenden cia muy pelig rosa

a busca r la ayuda de los demá s mien tras reco rre mos e l

scndt'rO. Cuando un g rupo de personas se apoyan unas

~obre ot ras.

minamos el un o con el otro. Uno junto al otro, hombro con hombro, lab orando juntos, ca minando juntos. Este nuH.lo de tomar refugio, esta concepción de su significa-

do es muy profunda.

~a f o rma e quivocada d e tomar refugio es la d e bu s- ea~· abfigo o p~~tección; la de adorar las montañas, el

dios tlcl so l, e! dios de la lun·a ·o cualquier otro

qu" é pa r ecen se r má s podcro:;o:;; que no s otro ~.

de t oma de refugio es s imila r a la

me pegas, se lo digo a mi mamá », con lo cual co ncibe a

:s u madre co mo una poderosa figura ata can recurre automáticamente a su

nalidad poderosa, inven cible, omnisciente y omnipoten- t e. El niño cree que su madre lo puede p roteger, qu e de hech o es e lla la única persona que lo puede salva r. T~­ mar ref!Jgio en la madre o en el principio paterno es en r~a lidad co ntraproduc e nte , porqu e e l qu e t o m a r efugio

no _ti e ne ning un a f ortaleza rea l, n!nguna in s pira ción. Se pasa co nstantemente ca librando poderes a ver cuá l es e l mayo r y cuá l es el menor. Si som os pe queño s siempre hay algun o m ás grande que nos puede ap lasta r. Bus- camos refu gio porque n o que rernos a rriesga rnos a se r pequeños, sin protección. Siempre tenemos alguna dis-

an1uctípica. Si lo madre, esa perso-

si uno se cae tod os caen. Simplemente ca -

dios por- E ste tipo

del niiio qu e dice: «Si

culpa .a mano: «Yo soy insignificante, pe ro reconoz co tu grandeza. Me gustaría adorarte y unirme a tu grandeza. P or favor, ¿n o podrías protegerm e?:. Pero la entrega total no es cuestión de ser humilde o

estúpido, ni de qu erer se r e l evado o profundo. ~o-~iene

nada qu e ver con niv e l es o eva lua c i o n es.

trario, nos entregamos porque queremos comunicamos con el mundo «ta l cual él es». No tenemos que clasificar-

no s éo~o aprendic es o

es tamos; por lo tanto,, hacemos el acto de entrega, de

abrimos al mundo, que significa una comuni cación, un vínculo directo con el objeto al cual nos entrega- mos. No nos avergonzamos de nues tra rica colección de

cua lidades ásperas, crudas, bellas o puras. Todo se lo ofrecemos al objeto de nuestra entrega. El acto básico de

ent rega no supone, pues,

no, antes bien, sig nifica trabajar co n cierta i ns piración, de manera que uno pueda convertirse en un recipiente

ab iert o dentro del cual se puede verter el conpci mi ento. Así, el estar abierto y el entregarse son preparacio- nes necesarias para poder trabajar con un amigo espiri- tual. 4 Reconocemos nuestra riqueza fundamental antes ~ e Jáme~tar la pobreza imaginaria de nuestro ser. Sa- bemos que merecemos recibir las enseñanzas, que so- mos merecedore s del tesoro de oportunidades de apren- dizaje que se nos presentan en el sendero.

A~!~~ a l . c on-

c omo ignora~tes. S~~~ -~~~de

la adoración de un poder exter-

46

1

3

EL eunu

Siempre que emprendemos el estudio de la espiritua- lidad nos enfrentamos al problema de nuestra relación con el maestro, el lama, el guru, o comoquiera que lla- me mos a la pe rsona de la cua l es pe ramos recibir nuestra orien tación espiritual. Estos términos, especial-

mente el de «g uru;,, han adquirido en occid en te signifi-

ca dos y

erróneas y aumentan a menudo la confu!:iiÓn yue existe alrededor del problema de lo que significa estudiar bajo un maes tro es piritual. Con esto no quere mos decir que los orientales sa ben mejor que los occidentales cómo se establece una relación adecuada con el guru. El proble- ma es universal. Todas las personas se acercan a la espi- ritualidad co n ciertas ideas prefijadas e n s us mentes

sob re cómo se ti enen qu e

relacionar con la persona de la cual espera n recibir la es- piritualidad. ~a idea misma de que tienen yue obtener algo de manos d el g uru - ya sea la felicidad , la paz espi- ritual, la sabid uría o cualquier otra cosa- es una de las

asociaciones que nos ll e,·a n a conclusiones

so bre lo que han de obtener o

48

ideas preco nce bi das más problemá~!cas. Por eso

me pa-

rece q ue conviene exa minar ahora la manera en

que al-

gunos de los discípulos más distinguidos han bregado con es te proble ma de có mo reladonarse con la espi ri t ua- lid ad y co n un mac:H ro es piritual. Puede que estos ejem- plo s re s ult e n (H'rtirH .: llti ~S a s1 1 propia bú s qu e da d e u s tc -

dt' s

IIIÍ S IJIOS.

Uno de los maes i ros tibe tanos más famosos, quie n

fu e tambi é n uno d e lo s prin c ip a les ~u rus d el linaj e ka gy ü a l cual pe rtenezco, fue .Ma rpa , estu d iante del m aestro in- dio Naropa, y guru de Milarcpa, el más famoso de sus

hijos es pirituales. Ma•·pa es un

personas que desde su juventud progresan en la vida so-

lamente por sus propi os esfuerzos. Nació en una familia

de labriegos, pe ro,

siendo aún joven ambicionaba a lgo

mejor y escog ió la ca rrera de monje erudito co mo sen- de ro de elevación. Pode mos imaginarn os la clase de es-

fu erzo y determinación e normes que tendría que d e- san·ollar el hijo de un labriego para alcanzar la posición de clérigo en la tradición religiosa local. Había muy po- cos caminos abiertos para que una persona de su clase

en el

T íbct del siglo décimo. Las opciones parecían ser las de mercader, bandido, o, la más asequible de todas, clérigo. Unirse a l clero loca l e n aquell os t iempos equivalía a convertirse en m édico, a bogado y profe!:ior unive rsitario,

social alcanzara algún tipo de posición dis tinguida

ejemplo de un a de esas

todo al mismo tiempo. ~larpa comenzó por estudiar tibeta no, sánscrito y

49

f

otros idiomas, inclusive el vernáculo de la India. Des- pués de tres años de tales estudios, alcanzó la pericia ne- cesaria para hacerse de algún dinero como erudito ins- tructor. Con este dinero, financió sus estudios religiosos y pudo convertirse, en su propio estilo muy particular, en un clérigo budista. Esta posición social lo hacía acreedor a cierto grado de prominencia local, pero Mai·- pa tenía ambiciones mayores; así que, aunque ya para entonces era hombre casado y de familia, continuó aho- rrando· sus ingresos hasta que pudo acumular una gran cantidad de oro. Entonces i\larpa anunció a su familia su intención de viajar a la India para recoger las enseñanzas. En aquellos tiempos la India era el centro mundial para los estudios budistas. En la India se encontraban la Universidad de Nalanda y los sabios eruditos más gran- des del mundo budista. l\larpa planeaba estudiar allí, re- coger textos desconocidos hasta entonces eu el Tíbcl, traerlos de vuelta a su casa y traducirlos con el único propósito de establecerse como erudito traductor de es- cala mayor. El viaje a la India en aquellos tiempos, y hasta hace muy poco, era largo y peligroso. Los padres y la familia de Marpa trataron de disuadirlo, pero él esta- ba decidido. Así, emprendió cami no at:ompañado de un amigo y colega. Después de un difícil viaje de varios me- ses cruzaron los Himalayas y se internaron en la India donde prosiguieron hacia Bengala. Una vez allí, cada uno tomó su camino. Ambos eran eruditos habilitados y competentes en sus respectivos campos de especializa-

.50

ción en el estudio de la religión y la filología, y por tanto habían decidido buscar por separado sus propios maes- tros según los intereses de cada uno. Antes de separarse acordaron reunirse para el viaje de regreso. Al pasa r de viaje por Ncpa l camino de la India, Mar- pa había oído mencionar al maestro Naropa, un hombre de fama enorme. Naropa había sido el rector de la Uni- versidad de Nalanda, quizás el centro más grande para los estudios budistas que haya conocido el mundo. En el apogeo de su insigne carrera Naropa sinti6 que solamen- te había comprendido la letra de las enseñanzas y no su sentido real. Renunció por lo tanto a su puesto y se mar- chó en pos de un guru. Durante doce años aceptó las pruebas y los trabajos más duros a manos de su maestro Tilopa hasta que alcanzó finalmente la iluminación. Para la época en que Marpa oyó hablar de él ya se le consideraba uno de los santos más grandes que había producido el budi smo. Naturalmente, Marpa se decidió a

ir en pos de él.

A la larga Marpa encontró a Naropa en una choza en las selvas de Bengala viviendo en medio de la pobreza. Marpa había esperado encontrar en un ambiente muy distinto a un maestro tan distinguido, es decir, que es- peraba encontrarlo a la cabeza de una estructura institu- cional religiosa de cierta complejidad. Por lo tanto, Mar- pa se sintió en cierta medida defraudado; no obstante,

como la experiencia de encontrarse ante las costumbres

y el ambiente exóticos de un país extraño lo habían con-

51

fundido, estaba dispuesto a ser acomodaticio. Pues pen- saba que quizá se trataba del estilo de vida de todos los maestros indios. Además, su admiración por la fama de Naropa sobrepasaba su desilusión. Así pues, le entregó a Naropa la mayor parte del oro que traía consigo y le pidió le concediera las enseñanzas. Le explicó que era hombre casado, clérigo, erudito y labriego, venido del Tíbet, y que no estaba dispuesto a cambiar este estado de cosas que había logrado con tanto trabajo, sino que sólo quería recoger enseñanzas y textos para llevarlos de vuelta al Tíbet y traducirlos allí, a fin de ganar fama y dinero. Naropa accedió a la petición de Marpa sin reser- vas. Le concedió las enseñanzas y todó marchó sobre ruedas. Después de algún tiempo, Marpa decidió que ya ha- bía recogido suficientes ense ñanzas para satisfacer sus propósitos y se preparó para el viaje de regreso. Fue a una posada en la ciudad donde había convenido encon- trarse con su compañero de viaje y ambos se sentaron a comparar el resultado de sus esfuerzos. Cuando su ami- go vio lo que l\larpa había conscgu ido se echó a reír y dijo:

- Lo que tienes aquí es in servi bl e, no vale nada. To-

das esas en:;cñanzas se co noce n ya en el TíL et. De seg u- ro habrás encontrado algo más int eresante y raro. Yo por mi parte he descubierto enseñanzas fantásticas qu e he recibido de labios de los más distinguidos maestros. :\larpa desde lue go se sintió extremadamente frus-

trado y molesto. Haber viajado desde tan lejos y con tantas dificultades y gastos para esto. Así que decidió regresar donde Naropa e intentar una vez más conseguir lo que quería. Cuando llegó a la choza de Naropa le pi- dió a éste enseñanzas más raras, exóticas y avanzadas. Quedó sorprendido de que Naropa le dijera:

- Lo siento, pero tales enseñanzas no te las puedo dar yo. Tendrás que ir a recibirlas de labios de otro maestro, un hombre llamado K~kúripa. El viaje será azaroso y difícil, especialmente porque Kukúripa vive en una isla en medio de un lago de aguas emponzoñadas. Es a él a quien tienes que consultar si quieres estas en- señanzas. Ya Marpa había comenzado a desesperarse; por lo tanto, decidió arriesgarse y hacer el viaje. Además, Ku- kúripa parecía poseer enseñanzas que ni aun el gran Na- ropa conocía. También el hecho de que viviera en medio de un lago emponzoñado parecía indicar que se trataba de un maestro extraordinario, de un gran místico. Así pues, Marpa hizo el viaje y logró cruzar el lago hasta la isla. Allí comenzó a buscar a Kukúripa. Final- mente encontró a un anciano hindú en un paraje inmun- do, rodeado de cientos de perras rabiosas. La situación era insólita, por no decir otra cosa, pero Marpa intentó, no obstante~ comunicarse con Kukúripa. Pero lo único que consiguió de él fue un balbuceó atropellado; Kukú- ripa parecía no poder decir nada más que disparates. La situación comenzaba a ponerse intolerable. No

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,.,ofaruentc r<:~ ultahan ininteligibles la s palabra s de Ku - ktíripa. ~Jarpa también tenía que mantenerse en guardia ante las perras, pues si trataba de apaciguar a una, :-.icmpre había otra !adrándole amenazadora mente. Fi- ualt~~entc. ya ea~i eom plctamcntc fuera d e sí,

dio por vencido, dejó de tomar apuntes de sus cons ultas

co n Kukúripa y abandonó t oda esperanza de re ci bir a l- guna cnscflanza secreta. Entonces Kukúripa de pronto comenzó a hablarle en oraciones completamente inteli- gibles y cohe rentes, y las perras dejaron de aco!'arlo, y i\[arpa recibió la enseñanza.

Kukthipa,

\larpa YOivió a ver a su guru ori()'inal, i\'aropa. Jts tc le

dijo entOII('t:S:

~!arpa se

Después

de

terminar sus

, ,

estudios

1?

con

al Tíbct a em;cfíar. No

basta eou rec:ibir las en:-.ci'ianzas Je una manera teoréti-

ca. Tienes que pasa r priml'ro por <"iertas experiencias vi- tales. Entonces podrás regresar aquí para continuar tus es tudios. Una vez más Marpa se encontró con su compañero de búsqueda y juntos comenzaron el largo viaje de re- g re so al Tíbet. El amigo de Marpa también había est u- diado mucho y ambos llevaban consigo montones de manuscrit os. Según marchaban en su viaje departían so- bre lo que habían aprendido. Pronto Marpa comenzó a inquietarse ante las preguntas de su amigo, pues éste parecía ponerse cada vez más inquisitivo, en un intento de descubrir si ~larpa había recibido algunas enseñanzas

-Aho ra tienes c1ue regresar

54

algunas enseñanzas -Aho ra tienes c1ue regresar 54 • secretas. Las conversaciones parecían dirigirse de más

secretas. Las conversaciones parecían dirigirse de más en más hacia este tema, hasta que el compañero de Mar- pa decidió que éste sí había obtenido enseñanzas más valiosas que las que él había con seg uid o con s us propios maestros. Entonces comenzó a sentir una envidia irre- sis tible. Sucedió así que mientras cruzaban cierto río en una barca, el colega de Marpa comenzó a quejarse de que no estaba cómodo porque el equipaje se apiñaba al- rededor de él. Con este pretexto se cambió de sitio como

si buscara un lugar má s

las arregló para empujar todos los manuscritos de Mar- pa y tirarlos al río. Marpa intentó recuperarlos desespe-

radamente, pero todo fue en vano. Todos los textos y apuntes que tantos sacrificios le habían costado desapa- recieron en un instante. Así fue como Marpa regresó al Tíbet sintiendo que lo había perdido todo. Tenía muchas anécdotas que con- tar sobre s us viajes y estudios, pero no tenía nada con- creto que confirmara sus conocimientos y experiencias. Así y todo, dedicó varios años a los estudios y la en- señanza, hasta que un buen día para sorpresa propia comenzó a darse cuenta de que todos aquellos manus- critos y apuntes que había perdido le habrían sido de poca utilidad. Mientras había estado en la India había tomado apuntes solamente de aquellas partes de las en- señanzas que no enteHdía, no había apuntado nada so- bre aquellos asp ectos de las enseñanzas que ya se habían convertido en parte suya. Pero fue solamente en-

cómodo y según hacía esto se

55

lolH·cs, ta ntos años m ás tarde, que vi no a descubrir que estas ensciianzas se habían com·ertido en parte inte- grante de su persona.

intt-

ho mumla 110 el •· la ~ c n -

n~~ t n sacar a l gt' a11 1 i po de prov e

Co n e~ te tle sc ubrimi c nto , Marpa aba nd onó s u

seiiun~as. Ya 110 l e intcr e:>aha hacer din e ro o alca n zar prestigio. Se sentía inspirado, en <:amLio, a alcanzar la

il umin ación . Así fue co m o a horró nuevamente una gra n cantidad de oro en polvo para cuLrir sus gastos y pre- sentar una ofrenda digna de Naropa. Con esto empren- dió una vez más el viaje hacia la India. Esta vez iba año- rando ver a su guru y deseoso de recibí r las enseñanzas por el valor intrínseco de éstas. Sin e mbargo} este encuen tro con ;\faropa fue a lgo

dis tinto de los au teriores.

.l\aropa parecía ahora excesi-

vamente frío e impersonal, easi hostil. Sus primeras pa- labras para ~l a rp a fu ero n:

- Me alegra verte de nuevo. ¿cuánto oro has traído

para

Z\ l arpa había t r a í d o g r an d es cantida d es d e o r o , p e ro quería guardar parte para sus gastos personales y para

el viaje de regreso: de manera que abrió sus bolsas y le dio a ;\aropa solamente parte de lo que traía. Naropa miró la ofre nda de s u discípulo y le dijo:

-~o, es to no es s uficiente. Necesito más oro. Dame todo el que traes. Marpa le dio un poco más, pero Naropa aun le exi- gía todo. Intercambiaron palabras y actos similares va-

pagar por las enseña nzas?

56

rias veces hasta que finalmente Naropa se echó a reír y

le dijo:

que p uedes comprar mis enseña n zas con

-

¿Crees

un engaño? Con esto Marpa cedió y le dio a Naropa todo el oro que traía. Pero para su espanto, Naropa levantó las bol- sas y comenzó a a rroja r el polvo de oro a los vientos. De pronto Marpa se sintió extremadamente confuso y paranoico. No podía comprender lo que estaba suce- diendo. Había trabajado duramente por ese oro con el cual esperaba conseguir las enseñan zas que tanto desea- h a. Na r opa había sugerido que él n eces itaba el oro, que le enseñ aría a Marpa a cambio d e éste. Sin e mbargo, lo estaba desperdiciando de esta manera. Entonces Naropa

le dijo:

- ¿~a:~. qué quiero yo ~l oro? ~1 univ e r so

entero es

oro para mí. Éste fue

. estas palabras se abrió al maestro y se hizo capaz de recibir las enseñanzas. Permaneció junto a Naropa por largo tiemp o después de esto y su en trenamiento fue sumamen te severo. Pero esta vez no se limitó a escuchar las enseñanzas como había h echo antes; tuvo que entre- gar todo cuanto tenía y era, no solamente el oro que poseía, sino todo lo que llevaba escondido en su pensa- miento. Fue un proceso largo y continuo de apertura y

entrega. T am bién en la vida de Milarepa tenemos un ejemplo

un gran momento para Marpa, pues con

57

de la n·lac.:ión entre discípulo y maestro aunque en este caso las circunstancias son algo diferentes. También Mi- larepa era Hll call!pesino, aunque no tan educado ni con l<lllto muudo como Mnrpa cuando conoció a Naropa. Adelll<Ís ~lilarepa era un hombre que había eomct ido varios <.TÍrncncs, incluso un asesinato. Era una persona terriblemente infeliz que a.ñoraba la iluminación y esta-- ba dispuesto a pagar cualquier precio que le pidiera su maestro. Por eso Marpa le pidió a Milarepa que pagara ¡¡ un nivel muy físico, pues le hizo construir una serie d,· edificios uno detrás de otro. Cada vez que Milarepa ter- minaba uno de éstos, Marpa le exigía que lo derribara )

origen, con el

pretexto de que no quería estropear el paisaje. Cada vez que .Marpa le pedía a Milarepa que desmantelara los edi- ficios que había construido le daba alguna excusa absur- da, como decir que había estado borracho cuando le ha- bía pedido que lo hiciera, o que nunca había dado tale:; instrucciones. Cada vez Milarepa, con sus ansias insacia- bles de aprender, obedecía al maestro y derribaba la casa para comenzar a construir otra. Finalmente, Marpa diseiió una torre de nue}·e piso:;. .Milarepa sufrió terribles penas cargando las piedras y construyendo este edificio. Pero cuando hubo terminado y voh·ió donde ~larpa a pedirle las ensefianzas, ;\larpa le dijo:

- ¿Pretendes ser merecedor de mis enseñanzas así no más; sólo porque has construido una torre para mí? No,

devolviera todas las piedras a su lu gar de

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r:ne temo que todavía tendrás que conseguirme un obse- quio de valor como cuota de iniciación. Para entonces, a Milarepa no le quedaba posesión alguna, pues lo poco que tenía lo había gastado, aparte de que había invertido todo su tiempo y esfuerzo en construir edifieios para Marpa. Pero la esposa de Marpa, Damema, se compadeció de él y le dijo:

-E stas torres que has construido son un maravillo- so gesto de devoción y fe. De seguro que a mi marido no le importará que yo te dé unos sacos de cebada y unos rollos de tela para que los uses de cuota. De esta manera, Milarepa se presentó al círculo de iniciación donde Marpa comenzaba a ofrecer las ense- ñanzas y colocó estos objetos como cuota junto a los ob- sequios que habían traído los otros discípulos. Pero Marpa reconoció de inmediato los regalos que había traído Milarepa y le gritó furibundo:

-Todo esto me pertenece a mí. Hipócrita, ¿crees que me puedes engañar? -Y literalmente sacó a Milarepa a patadas del círculo de iniciación. Llegado a esto, Milarepa abandonó toda esperanza de conseguir que Marpa le transmitiera las enseñanzas. Desesperado, decidió suicidarse, y cuando ya estaba a punto de hacerlo, Marpa se acercó y le dijo que sólo entonces se había hecho acreedor a las enseñanzas. Como vemos en estas historias, la transmisión de las enseñanzas exige que el discípulo entregue algo a cambio de ellas; es necesario algún tipo de entrega psicológica,

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un obsequio de a lgún tip o. Por eso tuvim os que conside- rar previamente la entrega, la apertura de uno mismo, la entrega de toda expectativa, antes de que pudiéramos hablar de la relación entre el maestro y el discípulo. Es i!f1prescindiblc entrega rse, abrirse, presentarle al gu.ru todo lo q ue uno tiene, en vez de tra tar de presentarse a sí mismo como un discípulo d igno de consideración. No importa cuánto esté dispuesto uno a pagar, no importa cuán correctamente se conduzca, cuán inteligente sea, cuá nta fac ilidad de palab ra tenga para exp resa rse ade- cuadamente ante el maestro. No es como cuando discu- timos con un vendedor al comprar un automóvil. Cuan- do uno solicita un trabajo, el que se lo den o no depende de sus credenciales, de su manera de vestir, de cuá n bien haya lustrado s us zapatos, de su facilidad de expresión o de sus buenas maneras. Si compramos un automóvil se trata entonces de cuánto dinero tenemos o de si conta- mos con un buen crédito. Pe ro cu ando se trata de la es- piritualidad se requiere mucho más. No se trata de soli- c itar un trabajo ni de vestirse bien para impresionar a un posible patn)n. T a les engaños no se a plíea!l a la en- t revista con un g uru pues éste pu ede ver la verdad. Le

di,·icrte

En este caso no hace falta tratar de congraciamos con el maestro; de hecho; sería inútil. ~ernos que hacer un compromiso real de mantenernos abiertos al maestro. !Cnemos que es tar di sp ues t os a en tregar todas nuestras i?eas preconcebida:;. ~Jilarepa e~peraLa que ¡\Jarpa fuera

ve rn os vestidos especialmente para la ent revi sta.

60

un g ran sabio y san to, que se ataviara, como todo un yogi, con rosarios, que se dedicara a recitar mantras y a meditar; en cambio, encontró que Marpa se dedicaba al cu lti vo de su finca, supervisa ndo a los labriegos y la- brando la tierra. Me temo que en occ idente hemos abusado de la pa- labra «guru:., en realidad sería mejor hablar de ún «ami- go espiri tu ah. Po~_que la s enseñanz a s recal ca n el encuen- tro mutuo -de d os espíritus. Se _trata de una comunicación recíproca antes que una relación entre amo y siervo, an- tes que una relación entre un ser viviente altamente evolucionado y uno miserable y confundido. Cuando se establece una relación con el guru como la que existe entre amo y siervo, el ser más adelantado aparece ante los ojos del otro como si no estuviera sentado sobre su asiento; le parece estar levitando, mirando desde lo alto.

del maestro nos parece penetrante y son ora; cada

sonido que emite, incluso su tos, o cualquier movimien- to que hace nos parece un gesto de sabiduría. ~ero todo estq es un ensueño. Un guru debe ser un amigo espiri-

-tual que nos comunique y nos ofrezca sus propias cuali- dades, como Marpa hizo con Milarepa, y Naropa con l\llarpa. Marpa presentó s us cualidades de ser un yogi labriego. Dio la casualidad de que tenía siete hijos y una esposa, de que cuidaba de su finca, de q ue labraba los ca mpos, y se manten ía a sí mi smo y a s u familia. Pero es tas actividades eran meramente un aspecto de su vida

sus est udiantes como cui daba de

La voz

ordinaria. Cuidaba de

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su cosecha y de su familia. ~ !ªn minucioso en pres- tarle atención a cada detalle de su vida qu~ podía ser un niaestro competente a la vez que era un buen padre y un ~g ri c ultor capaz. N? . h abía materialismo ni físico ni es - piritual en el est ilo de vida de Marpa. No exage raba la impor ta ncia de la espiritualidad ni desatendía a su fami- lia o su relación física con la tierra. Si no estamos sumi- dos en e l materialismo, sea es piritual o físi co, entonces no exageramos ninguno de los dos extremos. Tampoco nos ayuda mucho querer escoger a alguien

como nues tro guru sólo

bre por haber publicado monton es de libros o por haber convertido a miles o millones de personas. Por el contra- rio, el principio guía es de te rminar si uno puede o no

comunicarse realmente con esa persona, directa y cabal- mente. Tenemos que preguntarnos también hasta qué punto nos engañamos a nosotros mismos. Si estamos verdaderamente abiertos al amigo es piritual , deberíamos poder trabajar al unísono con él. Cabe preguntarse, pue s, en esas ocasiones si uno puede comunicarse con él cabal y adecuadamente; si este amigo espiritual de veras nos conoce, o lo que es más, si de veras puede desen- masca rarnos para comunicarse directamente con noso- tros. Éstos, y no la fama o la sabiduría, son los princi- pios guía cuando se busca un maestro espiritual. Hay una historia interesante sobre un grupo de per- sonas que decidió ir a estudiar bajo cierto maestro tibe- tano des pués de hab er estudiado bajo otros maestros.

porque es famoso, alguien céle -

62

Habían decidido concentrarse ahora en tratar de apren- der solamente de este maestro en particular. Ansiosos

por convertirse en sus discípulos, pidieron audiencia con él. Pero es te gran maestro rehusó aceptarlos como discí-

pulos si no podían sati sfacer

- Os aceptaré solamente bajo esta condición: que es- téis dispuestos a renunciar a todos vuestros antiguos

maestros. Entonces ellos le rogaron que no les exigiera esto.

Le dij eron cuánta de voción

era su reputación y cuánto les gustaría estudiar con él. Pero él se negaba a aceptarlos si no cumplíar_1 con aque-

lla condición. Finalmente todos, con excepción de uno, accedieron a renunciar a sus antiguos maestros, de quie- nes, desde luego, habían aprendido mucho. El guru pareció quedar satisfecho cuando hubieron hecho esto, y les dijo que volvieran al próximo día. Cuando volvie- ron les dijo:

sentían por él,' cuán grande

una condición. Les dijo:

-Percibo claramente vuestra hipocresía. La próxi- ma vez que vayáis ver un maestro, renunciaréis con la misma facilidad a mí y a mis enseñanzas. No os quiero

aquí. iLargo de aquí!

excepto a aquel que todavía valoraba lo que había aprendido antes. Esta persona a quien aceptó el guru no estaba dispuesta a juga r el juego de la mentira, no esta- ba dispuesta a tratar de complacer a un guru preten- diendo se r lo qu e no era. Si ustedes quieren ser amigos de un maes tro espiritual tienen que hacerlo con candi-

- Dicho esto, los echó a todos,

63

dcz, abiertamente, para que la comunieación tenga lugar

ent re ig ua les. No pueden tratar de ganarse las simpatía~ del maes tro. Para que un guru nos acepte como amigo tenenw:-.

a él completa mente. Para podemos ab rir

tendremos que someternos probablemente a <:icrla, pruebas, a manos del amigo espiritual o en situacionr:-. vita les ge nera les. Todas estas pruebas res ultan, des dt· luego, en algún tip o de desilusión. Llegará el momento en el cual dudaremos de los sentimientos del amigo c,; - piritual pensando que no siente nada hacia nosotro:- Este pensamiento es parte de l proceso de aprender a e ll - frentar nuestra propia hipoc res ía. La hiE,?cres ía, la pre-

que a brirn os

tro amigo no puede sentir la te xtura de la piel o la for- ma del cuerpo que hay debajo. Ni siquiera puede ver nuestro rostro. Hay muchas historias de encuentros entre maestros

y di scípulos del pasado en las cuales se nos relata cómo

el discípulo t uvo

que s u fa scinación e impu ls os ini-

que hacer largos viajes y sobrellevar

gra ndes pena s ha s ta

ciales comem:aron a debilitarse. Y és te es precisa m ente el propósito de este tipo de prueba. El impulso inicial que nos lleva a querer encontrar algo es de por sí un obstáculo. Cuando este impulso comienza a debilitarse,

entonces nuestra desnudez fundamental comienza a ma- nifestarse, con lo cual se inicia el verdadero encuentro

ten~i~~.l !~s .~oh!~ces d _e l eg o pres~n~an u~i -g ran re s i s-

de los dos espíritus.

mis mos,

tencia ! pu ~s e! ,eg~ .~stá cubierto por una cor a za gru esa.

Se ha dicho que el primer encuentro con el amigo

Nos

gus ta

llevar arro'aduras ;- una

encima

d e

la

o tra.

es piritual es como una exc ursión al s up erm ercado. Es ta-

Nuestra

hipo cresía es tan densa y tiene tanta s capa:;.

mos emocio nados y soñamos con toda la vari edad de co-

qu e tan pront o nos quitamos una capa de coraza enco n- tramos otra debajo. Constantemente abrigamos la espl'- ranza de que nunca nos veamos obligados a quitárnosla., completamente. Esperamos poder hacernos presentable:> quitándonos sólo algunas de las capas de blindaje. Eu -

sas que va mos a comprar, es d ecir, con la riqueza del amigo espiritual y las cua lidades pi ntorescas de su per- sonalidad. La segunda etapa de nuestra relación con él es como una citación judicial, como si fuéram os crimi- na les. No podem os satis facer las ex ige ncias d el amigo

ton ces nos presentamos co n nuestra nueva armadu ra con un ges to zalamero. Pero nuestro am igo espi ritual 110 ll eva arm ad ura alguna, s iempre va des nud o. Cua nd o

espiritual y comenzamos a sentirnos cohibidos porque sabemos que él sabe tanto de nosotros como nosotros

comparamos nues tra apariencia con la desnudez del

la tercera

lo c ual res ul ta s umam ente desconce rtante. En etapa, cuand o nos acerca m os al amigo es piri-

maestro espiritual, es de hormi gó n. Nuestra

64

como si estuviéramos rec ubiertos armadura es tan gr uesa que nucs-

tual es co mo ver una vaca pa s tando feli zmente por el

prado. Qued a mos sa tis fechos con ad mirar s u manse-

65

dutnbrc o el paisaje y seg uimo s nue s tr o camino. Fin a l- meme, en la cuarta etapa de nuestra relación con el ami- go espiritual nuestra experiencia es sem ejante a la de

pasa r junto a

tamos, pa sa m os y seg uim os

con el

una piedra en el camino: ni siquiera la no-

por nuest ro ca mino.

así com o un noviazgo

Al pr ineip io exis te a lg o

guru, una aventura amorosa. Estamos tratando de ver c uán capaces so mos de conqu istar a es ta persona. Hay cierta tendencia a querer estar junto al maestro espiri- tual, porque en realidad estamos deseosos de aprender y sentimos una admiración profunda por él 1 pero al mis- mo tiempo es aterrador y desconcertante; o n o coincid e

la si tuación con nuestras expec tati,·a s o nos cohíbe el temor de no poder ser completa y cabalm ente sinceros. Se establece una relación ambivalente de amor y odio )' un proc eso en el c ual s e dan ca:;i a l mi~mo tiempo la

entrega

nues tros juegos; el juego de querer ser abierto 1

y la huida. Dicho de otra m anera, comenzam o:;

a jugar

de qu e rer una aventura amorosa co n el guru, )' a la vez que re r huir d e é l. Si nos acercamos d emasiad o al amigo espiritual , e n tonces nos se ntimos ab rum ados por é l.

pn)\·erbio tiiJetano: "El guru el:>

Como di<:c u11 antig uo

como el fuego, si te le acercas mucho te quemas, si te alejas no recibes s u calún. Así es la relación de uoviazgo

acercarse demas iad o

que es tablece el discípulo. Tiende a

al m aestro, pero al hacerlo se quema. Entonces quiere

huir d e él lo más

A la larga, la relación comienza a establecerse y

lejos posible, y pierde su ca lor.

66

en raizarse. E l discípulo comienza a darse cuenta de

que esta ambigüedad de querer estar cerca del guru y

a la vez querer huir de él es simplemente uno de los

muchos juegos del ego. No tiene nada que ver con la si- tuación real, es una mera alucinación. El guru o maestro

espiritual s iempre

está a hí a rdiendo como un fuego en-

cendid o. Pode mos jugar con é l o n o, sólo de nosotros

de pe nde.

Entonces la relación del discípulo con el am iuo espi-

.

o

ritual comienza a hacerse creativa. Acep ta mos la condi- ción de ser abrumados p or el g uru , la condición de sen- tirn os di s tantes de é l. Si e l g uru decide d esempeñar e l papel del agua helada lo aceptamos, s i decide desempe- ñar el papel del fuego ardiente lo aceptamos. Nada nos

logra mos reconciliar- se r.

En la próxima etapa, es decir, después de aprender a

aceptar todo lo que el maestro es, comenzamos a perder

nuestra ins piración porque hemos renun ciado completa-

de polvo, so-

mos insignificantes. Comenzamos a sentir que el único mundo que existe es el del amigo espiritual, el del guru. Es como si estuviéramos viendo una película fascinante. La pe lícula es tan inte resante que n os con ve rtimos en pal'te de ella: no hay un cine, ni hay butacas, ni hay especta dores , ni h ay amigos s~ntados jun to a mí. La pe- líeu la es lo úni co qu e exis te. E s ta es la etapa que llama -

mos «período de la luna de miel», en el cual todo nos pa-

mente, nos sentimos red ucidos a una mota

inquie ta, nada nos desconc ie rta, y

nos con el m aest r o

y su maner a de

67

rece ser parte de ese ser central que es el guru. Entonce::>

:';01110::> una persona insignificante e inútil que rec ibe todo su ~u;;tcnto del se r central, grandioso y fa scinante. Siempre qu e no;; sentimos d ébiles, cansados , o aburrido s y amo s y 110 5 sentamos en la sala de c inc para qu e no:; entreLe;1gan, nos inspiren y rejuvenez can. En esta etapa domina e l fen ómeno llamado "culto a la personalidad~. El guru se conYierte en la única persona que existe en el universo, la única persona que rebosa de vida. El sentido último de nuestra vida depende de él. Si morimos, mori- mos para él, si vivimos, sobrevivimos para él. En cual- quier otro sentido somos insignificantes. Esta relación amo rosa con el amigo espiritual no

o temprano la intensi-

dad del amor tiene que menguar y tenemos que enfren- tarnos a nues tra propia situación vi tal y a nuestra pro- pia nat u raleza psieológica. Es como el final de la luna de miel para una pareja de recién casados. Ya no se sienten

puede du rar para siempre. Tarde

solamente conscientes el uno del otro como amantes y foco central de sus atenciones mutuas, sino que comien- zan a percibir el est il o de vida de l otro. As í comemamos a percibir qué es lo que hace de esta persona un maes- tro, más allá de los límites de s u personalidad e indi- vidualidad. Así es como aparece en el panorama por primera vez el principio de la unh'ersalidad del guru. Todos los p roblemas que enfrentamos en la vida se con- vierten en parte de nuestro matrimonio. Siempre que hay dificultades escuchamos las palabras tlel guru aun-

68

que él no esté allí. Éste es el m omento en el cual comen- zarnos a ganar nuestra propia independencia del guru como amante, porque toda situación se convierte en una

expresión

de l a s e n ~e ñanzas . Al com i enzo nos habíamos

rendido a

los pies del amigo esp iritual. Luego aprendi-

mos a comunicarnos con él y jugamos algunos juegos

con él. Pe ro ahora hemos llegado a la etapa de la s i nceri-

dad completa. Como resultado de este estar abierto com- pletamente al guru, comenzamos a ver las cualidades del guru en toda situación vital y vemos que todas las situa- ciones en la vida nos ofrecen la misma oportunidad de

abrirnos que nos brinda el guru. Así es como todo se convierte en nuestro guru. Milarepa tuvo una visión m uy clara de su guru Mar- pa mientras meditaba en un retiro muy estricto en el Valle de las J oyas de Hoca Roja. De b ilitado por e l h am- bre y azotado por las inclemencias del tiempo, se había desmayado mientrás recogía leña fuera de su cueva. Cuando recob ró el conocimiento mi ró hacia el oriente v

vio nubes b lancas en la pa. Con añoranza eau tó

cán tico de súplica,

dirección de la morada de Mar-

'

entonces un

diciéndole a Marpa cuánto ansiaba volver a verlo. En-

tonces Ma r pa se apareció ante él en una visión, montado en un león blanco como la nieve. Le dijo algo así como:

,!¿Qué te pasa?

neurótic o? Tú

tu meditación». Milarepa se consoló y regresó a su cueva

a meditar. El hecho de que Milarepa dependiera tanto de

¿Es tás padeciendo a l gú n tipo de tras t orno entiendes ya e l Dharma. Continúa, pues,

69

~Iarpa en es ta ocas ión, indica que todavía no se había li- brado completamente de la noción del guru como un amigo personal e individual. Sin embargo, c uando l\lilarepa regresó a su cueva la

encon tró llena de unos d emonios co n los ojos ta n g ran - des como cacerolas y los cuerpos del tamaño del dedo pulgar. Intentó toda clase de trucos y artimañas para

para que dcja rau de burl arse de él

senc illamen te se dejó de trata r de

jugar juegos . Reconoció su s propia hipocresía y se abrió

vemos un ca rqhi o

radical en el estilo de los p oe ma s d e l\lilarepa, po rque había apre ndido a ide ntificarse con la cua lidad uni ve rsal

dt:'l gu ru y no mera m ente a rcl acioua rse con Ma rpa como una persona individual. El amigo es piritual se conv ierte en parte de uno mismo, además de ser una persona individual y externa

a un o. Como tal , el g uru , tanto interno como exte rn o,

descmpeila un papel sumamente importante en el pro- ceso de penetrar y descubrir nuestras hipocresías. El guru puede ser una persona que actúa como un espejo reflejando nuestro rostro o puede ser nuestra propia in- t eligeHcia fundam en tal! qu e toma la forma de un amigo espiritual. Cuando el guru interno comienza a funcionar, entonces no podemos escapar al imperativo de abrirnos a las situaciones. La inteligencia fundamental nos persi- gue a toda s partes; no ha y m ane ra de esca par a nuestra

ha ce rlos sa lir de allí,

y de atormentarlo, pero los de monios negaban a irse. Y i\lilarepa finalmente

a la situa ción. Des de este momento

70

propia sombra. Podríamos decir: «El Hermano Mayor nos vigila»,2 aunque no es una entidad externa la que

nos vigila y persig ue. Nos perseguimos a nosotros mis-

mos, nuestra propia sombra nos vigila. Podemos ver esto de dos maneras distintas. Pode- mos ver al guru co"mo un es pectro que nos persigue y se burla de nosot1·os por nuestra hipocresía. Podría decirse entonces que existe cierta cualidad demónica en el acto de descubrir lo que somos. Pero también hay siempre cierta cualidad crea tiva en el amigo espiritual, que se convierte en parte nues tra . Porque la in teligencia innata está presente continuamente en todas las situaciones de la vida. Es tan sagaz y penetrante que en cierta etapa aunque queremos suprimirla no podemos. A veces lleva

una expresión severa, otras veces una sonrisa inspirado- ra . Se ha dicho en la tradición tántrica que uno nunca ve el rostro del guru, sino meramente las expresiones que se dan en éL Ya se le vea sonreír, ya se le vea con una expresión burlona, o se le vea fruncir el ceño, siempre está presente en toda situación vital. La inteligencia

fundam ental, ya se la llame tathiigatagarbha,:l naturale- za búdica, o de cualquier otra manera, siempre está pre- sente en cada experiencia que la vida nos depara. No

h ay manera de huir de ella. También

enseñanzas: «Mejor sería no comenzar la tarea. Pero si se comienza es mejor llevarla a cabo».4 Por eso sería mucho mejor que no se inic iasen us te des en la vía espiritual si no están convencidos de que tienen que hacerlo. Pero

se ha dicho en las

71

una vez se inicien en el sendero, habrán tomado una de- cisión irrevocable; no hay manera de escapar.

vida ordinaria es lo cuerdo y saludable, ése es nuestro Dharma. Al mis mo tiempo, nos parecería que llevar la vid;~éticade un yogi tal como se describe en los tex-

 

to s

es la exp r es i ó n

máxima d e l a loc

P: Lle \'0 a lg ún tiem po dando traspiés de un centro es-

del

indivi du !~~ Se 1 rala de tl e!;c u brir qué estilo d e vida es

p iritual a otro y

siento que una personalidad esp iritual

~a ludahi~-o c

u e r d o para uno. E s d ec ir , cuá l es la man e ra

gra ndes prohl emas

para las personas adictas a este tipo de búsqueda, pues

aq uí

que la mayor parte de las personas consideran necesario para alcanzar la meta. No es un asceta, no es abnegado, atiende a sus asuntos cotid ianos como los más de noso- tros~ es un ser humano normal y, sin embargo, parece que fue un maestro de capacidades enormes. ¿Ha sido

tenemos un hombre que no parece hacer nada de lo

como la de Marpa en realidad crearía

Marpa el único de los grandes maestros que ha usado al máx imo las posibilidades de la vida de un ser humano normal, sin tener que pasar por las penas y trabajo.s del ascetismo y la disciplina de purificación?

R: D esde lu ego, Ma rp a

es un eje mpl o d e c ierta s pos ibi-

lidades que se abren ante todos nosotros, s in embar- go Marpa también se sometió a una disciplina y un en-

mi entra s est uvo

trenamient o se veros

su ca mino con el es t udio a rduo bajo

Pero creo que conviene entender primeramente el verda-

d ero signi fi ca do de

p a la b ra s

mo». La idea básica detrás del ascetismo, es decir, la

vida llevad a d e ac u e rd o a l Dh~rma , es l a d e se r c u e rdo s

en un sentido fundament a l. Si nos parece qu e lleva

en la Indi a. Preparó los maes tros indios.

la s

~di sc iplina» y " ascetis-

r una

7"2

d e

sa ludab le y es table. E l Buda , por

fanático religioso que tratara de actuar de acuerdo con

c ier to idea l a bs tra ct o. T ratab a a cada persona con senci- llez, candidez y sa biduría. Su sabiduría brotaba de un

se ntido co mún t t·asc:e ndental. Sus satas, abiertas.

enseñanzas e ran se n-

es realmente só li do, e je mplo, no era un

vivi r; el

e

nfoqu e de la vida que

El problema pa rece

ser que la gente se preocupa de-

ma sia do profano. Se

conciencia s up erior con los asuntos prác ti cos de la vida cotid iana. P ero la s categoría s d e s up eri o r e infe ri or, de religioso y profano, no parecen ser pertinentes a la bús- queda de un enfoque cuerdo y sensato de la vida. Marpa era meramente una persona ordinaria dedica-

s u vida. N un ca tr a taba d e ?Cr

a lg ui e n es pecia l. Cua ndo perd ía la paciencia la perdía, y

golpeaba a quien ten ía que golpear. Y eso era todo. Nun- ca trataba de pretender o desempeñar un papel. Los fa náticos religiosos, por otro lado, siempre están tratan- do de mante nerse fiele s a un modelo de cómo se supo- ne que han de com portarse. Tratan de convertir a los

da a vivir cada d eta ll e d e

de un p osib le confli cto ent re lo re li g ioso y lo

le ha e<.'

muy difícil

reconciliar la llamada

73

demás frenética y enérgicamente, como si ellos fue ran co mpl eta mente puros o buenos. Pero me parece que tra- tar de probar qu e uno es bueno indica a lgún tipo de temor subya cente. Marpa , al contrario, no t enía narla t{ue probar. Era se n ci llamente una pe rso na cuerda , un c iudadano ~úlitlu y ordinario, y a la vez uu a p <: n ; ona ilu- minada. De hecho, es el padre del linaje Kagyü. Todas las enseña nz as qu e es tudi amos y pra ctica m os aq uí na- cen con él.

P: Hay una expres10n zen que dice: «Al princlpto las montañas eran m ont a ñas y los ríos eran ríos. Entonces

la s montaña s deja ron de se r montaiias r de ser ríos. Pero al fin al las montañas

montañas , y los ríos vo lvie ron a ser ríos ». Ahora, ¿no es-

tamo:;

cual las

los ríos dejaron volvieron a ser

todos no sotros aquí en

la e ta pa

en

la

montañas ya no son m ontaiias, y los ríos ya uo son ríos? Usted, por el contrdrio, parece querer subrayar el carácter

ordina ri o de las cosas. ¿No t enemos que pa sa r por .:lo no ordinario» antes de poder se r verdaderamente ordina rios? R: l\larpa se a lt eró mu cho con la mu e rte de s u hijo y

uno de sus

discípulos le dijo: -Tú so lía s dec irn os que

todo es una ilusión, y qué, ¿no se aplica esto a la muerte de tu hijo? ¿No es es to ta mbi én ilusión? Pero l\Jarp a respondió: -Cie rto, pero la muerte d e mi

~ ijo es una s up er- ilu s ión . Cuando experimentamos por primera vez el ca rácter ordinario, real, de las cosas, descubrimos a lgo extrao rdi-

74

r

riamente ord ina ri o. Tanto es así~ que podría m os deci r que las montañas ya no son montañas, y los ríos ya no son ríos, porque nos parecen tan ordinarios, tan preci- sos: tan de acuerdo con lo que son. Esta cualidad ex-

tra ordinaria, nace de la ex pcricuc ia del desc ubrimiento.

P e ro a la

cu un hecho cotidia no, a lgo co n

día , a lgo ve rdaderamente ordi nario, y esta mos de vue lta

m ontañas vuelven a se r monta- se r ríos. Entonces podemos des-

precis ión , se co nvi erte lo cual vivimos día a

lar g a e s ta c: u a lidad , es ta

donde empeza mos. Las ña s y los ríos vuelven a ca n sa r.

P:

de m os abrirnos al ma est ro y a la circu ns ta ncia? n: La pregun ta no debería ser cómo ha ce rlo . En r ea li - dad no hay un rit o, una ce re monia o una fórmula para

obstáculo es la pregunta mis ma,

abrirse. El primer

«¿Có mo?:

te ndríamo s que vig ilarnos, meramente haríam os lo q ue hubiera que hacer. Por ejemplo, cuando sentimos deseos de vomitar no tenemos que preguntarnos cómo h emos de ha ce rlo. Simpleme nte vomitamos; no hay tiempo para reflexionar sobre esto, sólo sucede. Si estamos muy tensos, entonces vamos a sufrir más. No podremos vo- mita r espontánea y naturalmen te; trataremos de tragar- nos el vómi to; trataremos de luchar en contra de nuestra enfermedad. Tenemos que aprender a soltarnos cuando

estamos enfe rmos.

Si n o n os h iciéra mos este tipo de pregunta , no

¿Cúmo pode mo s qui tarnos la armadura? ¿Cómo po-

75

-,

P: Cuando la s ~ituacioncs de la vida com ienza n a con- n~rtirsc en nuestro guru, ¿de veras importa qué forma

en qué

· R: En rea li<lad no tenemos alt e rnativa. Lo qu e

sucede

es una expresión del guru. La situación puede ser dolo- rosa o insp iradora. Pero tanto el placer como el dolor son uno en el estado de apertura qu e es el ver la situa - ción como nuestro guru.

t.orucu estas s ituaciones, importa verdaderamente situación nos encontremos?

4

LA INICIACIÓN

La mayor parte de las personas que han venido a estu-

diar conmigo lo han hecho porque han oído hablar de

mi persona, de mi reputación como maestro de medita-

ción, como lama tibetano. Pero, ¿cuántas personas ha- brían venido, si se hubieran encontrado conmigo en un restaurante? Serían muy pocas las personas que se senti- rían insp iradas a estudiar el budismo y la meditación como res ultado de un encuentro tan casual. Antes al contrario, las personas parecen sentirse inspiradas por el hecho de que soy un maestro de meditación del Tíbet \ · exótico, la dccimoprimera reencarnación del Tulku Trungpa. Así es como la gente viene en busca de la iniciación,

a recibir de mí la inieiación en las enseñanzas budistas,

y e n el Sangha, es decir, en la comunidad de los que practica n la meditación en el sendero. ¿Pero qué signifi- ca en realidad esta iniciación? Existe una tradición larga y magnífica de la transmisión de la sabiduría, del linaje

es piritual budista, de generación en generación de prac-

77

1intntl·::; de la meditación. Y e:;ta trans mü¡iÓn está vincu- lada a una init·iaci6n. Pero, ¿I(Ué es, al fin y al caho, esta iniciarit)n?

ganizacwn y se rotulan a sí mismos monjes, yogis o cualquiera que sea el título que han recibido. Hay tantos títulos distintos que se pueden asumir. Pero, ¿derivamos

 

Parl'cería qu e convit~ne

mante n e r

c ierto cini s mo al

algún beneficio real de estos nombres y credenciales?

re ~ ¡H'rto. A la gente le gu:;ta r eci bir l a init:iación , l e gus-

¿En verdad derivamos algo de ellos? Una ceremonia de

ta unirst• a l dub. rec-ibir un título, obtener la sa biduría. Pt·r~onalnwnt c. 110 quie ro explotar las debilidades de na-

media hora no nos lleva a la próxima etapa en el camino del despertar; tenemos que enfrentarnos a este hecho.

di!.'. L's d eci r. su deseo <.le adquirir algo ex traordinario.

Perso nalme nte tengo una d e voción y una fe tremendas

Alguna gente compraría

una pintura de Picas::;o mera-

en el linaje budista y en el poder de sus enseñanzas,

mente por el nombre d el

arti::;ta. Pagaría n miles de dóla -

pero no se trata de una fe ingenua.

res

:;i n considera r, por un

in:;tante, s i de

,·eras

es tán

Tenemos que acercarnos a la espiritualidad con una

comp ra ndo algo que vale c.omo obra d e arte. Es

dcci1·,

inteligencia sólida. Si vamos a escuchar a un maestro no

compran los créditos, el noml1re detrá s de la obra. Acep- tan la reputac ión o los rumon~s eomo garamía de l valor art b ti co. i\'o hay ninguna inte ligencia c lara wando ac- túan de esta manera.

podemos dejarnos llevar por su reputación o carisma, sino que debemos experimentar profundamente cada palabra de sus sermones, cada aspecto de la técnica de meditaeión que enseña. Necesitamos una relación clara e

 

También ha y quien se une a un club o ::;e inieia· en

inteligente con la enseñanza y con el maestro que la en-

alguna soc iedad mo vido p or cie rta ha mbre

es piritual o

señ.a. Esta inteligencia no tiene nada que ver con el

porque siente que no ,·ak pa ra nada por :;Í

:;olo. E l

gru-

emocionalismo ni con la visión romántica del guru. No

po le parece bien aba s tecido y

rico~y

bu sca

e n

él s u

s u s-

tiene nada que ver con la aceptación crédula de las cre-

tento. Pero, una vez le dan de comer y lo echan como él qm•ría , Ú u!OtH't':l qué? ¿Quién engalla a quién( No ser<Í

denciales impresionantes, no se trata de unirnos a un club para enriquecernos de alguna manera, aunque ésta

que el maest ro o guru se engai'la a sí mismo mien tras

no sea material.

alimen ta su

propio ego con

pensamientos

tales

corno

No se trata de encontrar a un guru sabio, del cual

,JQ u é vasta c ongregación <le di sc ípulo s iniciados

tengo

podemos comprar o robar la sabiduría. La iniciación

y

o! :

Pe ro también engaña a sus cliscípulos , llevámlol es a

verdadera supone una relación honrada y franca con

creer

que

se

han

hecho

más

sabios,

tmis

nuestro amigo espiritual y con nosotros mismos; así

:s

impl e mente porque se han co mprometido co n esta or-

pues, tenemos que esforzarnos para desenmascararnos a

78

 

79

nosotros mismos y a nuestros autocngaños. Tenemos que entregarnos y descubrir la eualidad eruda y áspera de nuestro ego. El término sánscrito para la iniciación es a bhisheka , que signifi<;a rociar, verter, o ungir. Y si vertemos algo, necesitamos un envase, en el cual podamos echar lo que vertemos. Si realmente nos comprometemos y nos abrimos al amigo espiritual, correcta y cabalmente, nos coúvertimos en un envase en el cual se puede verter la comunicación, entonces el maestro también se abre y ocurre la iniciación verdadera. Esto es lo que significa abhisheka, o el «encuentro entre dos esp íritus», el del maestro y el del discípulo. Abrirnos de esta manera no implica que estemos tratando de congra ciamos, tratando de co mplacer o im-

presionar al amigo espiritual. La situación es similar a la de un médico que al darse cuenta de que algo anda mal con el paciente se lo lleva de la casa, por la fuerza , s i es necesario, y lleva a caho la operación quirúrgica,

aunque falte

ustedes que es te tratamiento es al go \'iolent o y doloroso.

Pero entonces comenzarán a darse cuenta de cuánto cues ta la co muni cación real , e:; deci r, el ponernos en coutacto con la Yida misma. Los Jonativos de dinero a las causas espirituales, las contribuciones de nuestro propio trabajo, el compromiso con un guru en particular, nada de esto significa necesa- riamente que hemos hecho un compromiso rea l para

la anestesia. Puede se r que

le s parezca a

80

abrirnos nosotros mismos. Lo más probable es que este tipo de compromiso sea meramente una manera de pro- barnos a nosotros mismos que nos hemos unido al par- tido de la «verdad». El guru parece ser una persona sabia, parece que sabe lo que hace y nos gustaría estar de su parte, del lado que parece seguro, el lado del bien, para así asegurarnos nuestro propio bienestar y éxito. Pero, una vez que nos hemos apegado a su partido, el partido de la cordura, de la es tabilidad, de la sabiduría, enton- ces, para sorpresa nuestra descubrimos que no hemos logrado asegurarnos no~otros mismos porque hemos comprometido sólo la fachada, la máscara, la coraza ex- terna. No nos hemos comprometido nosotros mismos enteramente. Entonces, nos hacen abrirnos desde la retaguardia. Para horror nuestro descubrimos que no hay ningún lu- gar hacia el cual huir. Nos descubren en el acto de es- condernos detrás de una fachada, nos desenmascaran desde todos lados. Nos han despojado del relleno y de la coraza que llevábamos puestos. Ya no hay lugar donde escondernos. iNo es esto espantoso! Todo queda revela- do, todas nuestras pretensiones vanas, nuestro egoísmo. En este momento comenzamos a darnos cuenta de que nuestro esfuerzo torpe por llevar una máscara ha sido en vano desde el comienzo. No obstante eso, tratamos de racionalizar esta situa- ción dolorosa tratando de encontrar alguna manera de protegernos, algún modo de explicar nuestro apuro a sa-

81

l

tisfacción de l ego. Lo exa minamos d e es la o d e aquella manera y nues tro pensa m iento se ve sumam ente ocupa- do. El ~go es muy profesional, abrumadoramcnte c fi-

aba ndonado realmente todo intento de hacer algo, todo

ajet reo y s obreabunda nci a. Por fin nos hemos visto obli- gados a de t enernos rea l m e nt e y esto es un su ces o qu t•

c

ictJte en

este tipo d e quehacer. Cuando cree mos ir pro-

ocurre sólo rara vez.

g

resa ndo

en nues tros

intentos de vaciarnos a nosotros

Tenemos muchos mecanismos de defensa distintos,

mismos descubrimos que en realidad estamos dando

marcha atrás tratando de halla r seg uri dad para noso t ros

Y esta s ituación co nfu sa

mi :>mo s, t r atando de ll e narnos.

continúa y se intensifica hasta que d esc ubrim os fin a l- mente que estamos co mpleta mente perdidos, que h emos perdido nuestro funda mento, que no hay punto de parti- da, ni punto medio, ni meta, porque nuestro pensa mien-

to se ve abrumado por s u s propios mecanismos d e tl e-

fcnsa de suerte que parece que sólo cabe damos por vencidos y dejar que la s cosas sean co m o sea n. Nuestra s ideas astutas y soluciones inteligentes no nos sirven de

nada porque h e m os si do abrumados por el exceso

ideas. No sa bemos qué ideas escoger, qu é ideas nos han de proveer el mejor medio de c ultivamos a nosotros

mi s mos . i'\uestro pensamiento se s ie nte atc s taclo d e s u -

ge rencias extraordina ri as, intdigcnt c::;, lógicas, cie ntífi- c a s e ingeniosa:;. p ero . d e a lguna n u1 n e ra : r es ultan se r

J ema:;iadas y no sabemos qué wgerencia adoptar. Así, finalmente, puede que logremos renunciar real- mente a todas estas comp licaciones y que implemente nos entreguem os a las situaciones. Es te es el momento en el cual el abhisheka, la aspersión, o el verter, tiene . luga r verdaderament e; po rque estamos ab iertos y h emos

de

82

creados con

las lecturas que hemos hecho, las experiencias que he- mos tenido, los s ueños que hemos forjado; pero, fina l- mente com enzamos a poner en tela de juicio el signi- ficado de la espiritualidad. ¿se t rata solamente de un intento de ser religioso, pi adoso o bueno? ¿Q es que se trata de intentar co nocer más que los otros, ap render más sobre el signifi catlo de la vida? ¿Qué significa ve rda- deramente la espiritualidad? Las teorías familiares de la religión y la doctrina c¡ue adquirimos con nuestra fami- lia siempre están a nuestro alcance, pero parece ser que no proYeen las respuestas que busca mos. De alguna ma- nera no res ultan e fectiva s o aplica bles, de suerte que nos

los co nocim ie ntos que hemos adquirido, con

aleja mos de las doctrinas y los dogmas de la re li gió n en la que nos criamos. Puede ser que dec idamos q u e la es pi ritualitlad es algo muy excitante y pintoresco, que se trata de explo- rarnos a nosotros mismos por medio de la tradición de alg una religión o secta exótica y diferente. Adoptamos entonces otro tipo de espiritualidad; nos comportamos de otra manera e intentamos cambiar nuestro tono de voz, nuest ros hábitos de alimentación o nuestro co m- p ortamie nto e n gene ra l. Pe r o des pués de algún tiempo,

83

este esfue rzo conscien te de ser espiritual comienza a pa- rece rnos torpe~a la vez que nos parece ev iden t e y de ma- siado familiar. Queremos que estas pautas de eonducta se h agan h ábito s, una segunda natural eza propia; pero de a lguna manera no se eonYierte n en parte intcgranlt· nuestra. Aunqu e nos gusta ría que estas pautas del cC:ml- portamiento «ilum inado» se convirtieran en una parll' natural de nues tra cons titución , la neu rosis t od avía es t <Í presente en nuestra mente y comenzamos a preguntar-

no s : ({Si m e

escrituras sagradas de tal o cual tradición, ¿c<Ímo es po- sible que suceda esto? Esto ha de deberse a mi propia

puedo hacer enton ees?L.

confusión, de sde luego. Pero, ¿qué La confusión continúa todavía, a

sión fiel a las escrituras. La neuros is y la in sati sfacción

continúan. Nada parece funcionar como esperábamos. No hemos logrado establecer verdadero contacto con las enseñanzas. Al llegar a este punto es cuando en realidad necesi-

ahhi s h eka ,

nuestros intentos de .lograr la espiritualidad res ultarían solamente en una colección espi ri tual inm ensa , en vez

h e es tado comportando d e acuerdo co n la')

pesar de nuestra ad he -

tamos el encuent ro de dos espíritu s. Sin el

e ntrega verdadera. Hemos es tado re- pa uta s d e compo rt amie nt o , maneras

de hablar: de vestir o de pensar que sean diferentes, todo

un sistema de comportamiento diferente. Pe ro todo esto es simplemente una colección de objetos que tratamos de imponernos a noso t ros mi s mo s.

de res ultar en una cog iendo di s tinta :3

84

El abbisheka, la iniciación, nace de la entrega. Nos abrimos a la situación ta l cua l es y entonces establece- tilOs una comunicac ión ve rd adera con el maestro. De to- dos modos , el gu ru es tá siempre allí, abierto a nosotros.

~i n o s abrimo s no so t ros m i s mo s, si estamos di s pu es to s

a a ba ndonar nues tra s colecc iones, entonces la iniciación

ti ene lu gar. No es necesa ria ninguna ceremonia «sagrada, . De hecho, :>i consideramos la iniciación como algo esa-

reducidos p o r los la ex pres ión «la s

grado:., es probable que haya mos s ido poderes que los budi s ta s ll ama n con

hijas de Mara».' Mara representa las tendencias neuróti- cas del pensamiento, el estado de desequilibrio. Mara es qui en nos envía a sus hijas para seducirnos. Cuando las

hijas de Mara toman parte en la iniciación en la cual han de encont rarse los dos es píritus, n os d icen al oído:

c¿Te sientes sereno? Es porque estás recibiendo la ense- ñanza es piritual. Porque esto que te sucede es a lgo espi-

Sus voces son mu y dulces y trae n un

ri t ual, sagrado:

mensaje seductor y helio. Nos sed ucen para hace rnos creer que esta comunicación que tiene lugar en la cere-

monia, es decir, «el ene ucnt r o d e los d os espíritus» es «la

g ran cosa». Entonces comien zan a su rg ir en nosot ros

nu evas forma s d e p ensamie nto s de samsára. -2 E s muy s i- milar a la idea cri stia na de comerse la manza-

Si cons id e ramos al abhis he ka co mo

algo sagrado, su precisión y nitidez comienzan a desapa- recer inmediatamente, porque hemos empezado a eva- luar. Oímos las voces de las hij as de Mara fe li citá ndonos

n a: es la tentación.

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por haber logrado hacer a lgo tan sag rado. Bailan alrede-

do r dl' IlO :i Olro s Y tOt an S U mÚs ica pret e ndiendo honra r-

n o::;

e 11 <'Sta nrasi6 n tan solem n e.

El <'ll<:ucrltro de los dos espíritus, en realidad, tiene lut!<lr co111o un a<·ontccimic n to muy natura l. Tanto e l

J> r<T<'ptor ('Oillo e l dbdpu lo se encuentran e l un o a l otro

en llrt t•:;tado de apertura en el cual ambos son c-onscien- te :; del hech o de que es ta ape rt ura es la cosa m ás insicr -

nifi ca ntc d e

l mundo . E s verdaderamente insignif'ican~,

• wrdaderamcnte ordinaria, absolutamente nada. Cuando

log ramos vernos a nosotros mismos y al mundo de esta mane ra , entonces la tran s mis ión se logra direc ta ment e. En la tradición tibe tana esta manera de ver las cosas se

e ) espíritu ordinario •, tha malgyi shes p a. :l Es la

cosa más insignifi ca nte qu e existe, e l abrirse comple- tamcllte , la a use ncia de todo tipo de a p ropiación o de <'\·aluaeión. Podríamos decir q ue es ta in !'igni ficnnc ia sumamente s ignificante, q ue es ta cua li dad ordina ria

es

es

llama

Está tan interesado en observarse a sí mismo observán- dose y observarse a sí mismo observando que se obser- va. Y así s igue comp licándose cad a vez más. E s u n fe n ó- meno muy común. Uste d necesita en rea li da d deja r de preoc upa rse, dejar a un lado completamente toda preocupación o in- te rés. Las comp licaciones que se es tructu ran como un detector de mentiras, y también como un detector de ese detector, tienen que ser eliminadas. Usted trata de ase- gurarse a sí m ismo y después de lograr esa seguridad, de la misma manera trata de asegura r la seguridad Este tipo de fortificación quiere extenderse y convertirse en

un imperio infi nito.

un pequeño castillo, pero aun así quiere extender s u es- fe ra de influ encia sob re t oda la tie rra. Si de veras quie re asegu rarse a sí mismo por completo, en realidad literal-

mente no hay límite a los t rabajos que te ndrá qu e hace r.

Puede que usted sea sólo señor de

en verdad c.xt raordinalia; pero esto significaría tac r oLra

Por lo

tanto, es

necesa rio abandona r toda idea de seguri-

vez bajo la seducción de las hijas de Mara. Ta rde o tem-

dad; adverti r la

ironía de nues t ros intentos por asegurar-

'- ·---

--

.PE~~9-.~~~emos que abandonar todo intento de ser alao .

especia l. ···

·-- . -

0

:

~

---

P:

me a mí mismo. ¿Qué debo hacer?

Parece ser que no puedo dejar de trata r de asegu ra r -

R:

Uste d quiere asegura r se tanto que l a idea d e tratar

de .no asegura rse se ha convertido en s u juego, es su gran cht ste, es u na n ueva manera de afirmarse a sí mi smo.

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nos a nosotros mismos, la ironía de esos mecanismos de autoprotección. Para conseguirlo h ay que abandonar al observador del observador del observador; es decir, a l primer observador, a la inten ción misma de p rotegerse a sí mismo.

No sé qué ejemplo presentar, pero supongamos que

nosotros fuéramos hindúes, en ese caso usted no se di ri-

g iría a nosot ros de

esta mane ra. Quie ro decir q ue porque

P:

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SOIIlllS nortCUillt' ri <'aliOS )" estamos acostumbrados a ha cer <'osas en un st·ntido físico y práctico es yue usted se diri-

ge ;r no.solros

ra t¡ul' uo st• dedic-ara tanto a la acrivitlad, si sólo nos

pasáraruos scntauos sin hacer nada, no se dirigiría a

no:-;otro~ d1: c~ta uranera.

de esta manera. Si fuéramos de una cu ll u-

5

EL AUTOENGAÑO

H: l~sta l'S una ol,~crvación muy interesante pon¡uc el estilo en el cual se prc:>cntau las en señanzas depende de la manera como se pe rfila el materialis mo del auditorio parti<:ular al cual se les presentan. Norteamérica ha lo- grado un nivel de materialismo físico muy complejo. Sin

El autoengaño es un problema constante en nuestro progreso a lo largo del se ndero espiritual. El ego se la s

embargo, la capacidad de verse comprometidos en este

pasa

tratando de lograr la espiritualidad. Es

algo así

tipo de materialismo no se limita a los norteamericanos,

como

querer

presenciar

nuestro

propio

entierro.

Por

es universal, se la ve en e l mundo entero. Si la India al- canzara el nivel de crecimiento económico que Norte-

ejemp lo, al principio puede que nos acerquemos a un amigo esp iritual con la esperanza de conseguir que nos

américa ha alcanzado, en el cual la gente ha logrado lo

dé algo maravilloso. Es ta manera de acercarse a él sella-

que quería y se ha desilusionado del materialis mo físico,

ma candar buscando un

gu ru ». Tradicionalmente se la

entonces en la ,India también se escucharía una charla como ésta. Pero en el momento presente no creo que haya un auditorio para este tipo de conferencia en nin- gún otro luga r 11ue no sea en el mundo occidental; por- que la ge nte en otras part es del mundo n o se ha cansado

compara a la caza del almizclero. El cazador se pone al acecho, mata al animal, y le quita el almizcle. Podríamos acercarnos al guru y a la espiritualidad de esta manera; pero sería un caso de autoengaño, no tendría nada que ver con abrirnos o entregarnos verdaderamente.

todavía del ritmo del mat.crialísmo fís ico. Todavía tiene n

También podemos ll egar a suponer falsamente

que

<1ue ahorrar sus centavos con miras a tener ulgt'm día sus propios automó,·ilcs.

la iniciación es un transplante; es decir, transplantar el poder espiritual de las enseñanzas desde el corazón del guru al nu estr o. Esta mentalidad supone que las ense- ñanzas son algo ex traño a nosotros. Se parece a la idea de transplantar un corazón u otro órgano, como, por

89

ejemplo, una cabeza. Un elemento extraño se transplan- ta a noso tros desde algún lugar fuera de nuestro cuer- po. Incluso puede ser que nos dediquemos a valorar los po:sihlcs transplantes. Quizá no tengamos la cabeza ade- cuada, quizá tengamos que echarla a la basura: merece- mos una cabeza mejor, una cabeza nueva, más inteligen- te, con muchos más sesos. Estamos tan interesados en Jos beneficios que vamos a obtener de esta posible ope- ración que nos hemos olvidado .del médico que la va a lleva r a cabo. ¿Hemos hecho una pausa para establecer una relación clara con el médico? ¿Es una persona com- petente? Y la cabeza que hemos escogido, ¿en verdad es la apropiada para nosotros? ¿No tendrá algo que decir el médico respecto de nuestra selección de cabezas? Quizá nuestro cuerpo termine por rechazar esta cabeza nueva. Estamos tan interesados en lo que creemos que vamos a obtener que hacemos caso omiso de lo que verdadera- mente está sucediendo, de nuestra relación real con el médico, de nuestra enfermedad, de lo que verdade ra- mente es esta cabeza nueva. Este acercamiento a la iniciación es muy romántico, pero no es vá lid o. Necesitamos a alguien que esté intere- sado personalmente en nosotros tal como somos, una persona dispuesta a desempeñar el papel de un espejo. Siempre que nos vemos involucrados en algún tipo de autoengaño es necesario que alguien revele y descubra este proceso. Toda actitud de aferramiento tiene que ser desenmasca rada.

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La iniciación verdadera tiene luga r en términos del cencuentro entre dos espíritus». Se trata de se r lo que uno verdaderamente es, de relacionarse con el amigo es-

piritual tal como él o ella es. Ésta es la única situación

e n la cual puede ocurrir la iniciación. La idea

ternos a una operación y cambiarnos fundamentalmen- te es una idea completamente ilusoria. En realidad, na- die puede cambiar la personalidad de usted, nadie puede transformarlo por completo de arriba abajo y de dentro afuera. La materia existente, lo que somos ya, tiene que utilizarse. Tenemos que aceptarnos a nosotros mismos tal cual somos, en vez de tal como nos gustaría ser, lo cual significa que tenemos que abandonar todo autoen- gaño, todo ilusionismo. Toda nuestra constitución y las características de nuestra personalidad tienen que ser reconocidas, aceptadas, sólo entonces puede ser que lo- gremos algún tipo de inspiración. Si, en este punto, expresamos nuestro deseo de coo- perar con nuestro médico, y nos hacemos hospitalizar, entonces el médico por su parte nos conseguirá una ha- bitación y todo cuanto sea necesario. Así, por cada parte se crea la situación de la comunicación abierta, en la cual estriba el sentido fundamental del encuentro entre dos es píritus. Ésta es la verdadera manera de unir las bendiciones o adhishthana- o sea, la esencia espiritual del guru- con nuestra propia esencia espiritual. El maestro externo, el guru, se abre a sí mismo, y como nosotros también estamos abiertos porque estamos des-

de some-

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picrtos, entonces hay un encuentro entre dos elementos

qu e en realidad son idénticos. Éste es el verdadero senti-

se trata de u nirse

a un club o formar parte de una g rey, una oveja que ll c-

nt las inicialc:> de ;;u am o marcadas en el trasero con un hierro candente.

Así, podemos ahora considerar lo que sucede des-

pu és del abhisheka. Al experimentar el encuentro entre

los dos espíritus, se ha establecido la comunicación real con el amigo espiritual. No solamente nos hemos abier- to, si no que también hemos tenido un des tello de intui- ción, un in stante e n el cual hemos comprendido pa rte de las enseñanzas. El maes tro c reó la situaci6n y nosotros experimentamos el destello y ahora todo parece que va viento en popa.

Es tam os muy excitados, todo nos parece bello. In- cluso puede que durante varios días nos sintamos ·em- briagados y C"-Citados, nos parece que hemos alcanzado ya el nivel de un buda. No hay ning ún interrés mund ano que nos mo les te , todo parece ma rchar a las mil maravi- llas. En todo momento logramos una meditación perfec- ta in s tantánea m e nt e; es una experiencia eo ntinua de

nuest ro instante de apertura al gu ru. Es un a experiencia

muy co mún

gar a cree r qu e ya no necesitan trab aja r más co n su ami-

go espiritual; y quizás algunos se alejen del maestro. He oído mucha s his t orias de qu e esto ha sucedido en Orien-

te: algunos es tudiant es conocieron a

do dl• l abltislwka, de la ini ciación.

No

Al

alcanzar es te punto mu c hos pu ed en ll e -

:. u mae s tro y reci-

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bieron una experiencia de iluminación instantánea, pero entonces se marcharon. Trataron de conservar la expe-

riencia, pero, según pasaba el tiempo se iba convirtiendo cada vez más en un recuerdo, en palabras e ideas que se repetían una y otra vez. Es muy posible que la primera reacción de una per-

s ona después de esta

en su diario con una explicación verbal de todo lo que sucedió. Intentaría anclarse a sí mismo a la experiencia con la pa labra escrita o la memoria, o ha·blando de su experiencia con otras personas, o conversando con las personas que estaban presentes cuando la tuvo. Pero, puede que alguien haya ido a Oriente, haya te- nido esta experiencia y entonces haya vuelto a Occiden- te. Y sus amigos lo encuentran cambiado radicalmente, puede que parezca más callado, más calmado, más sa- bio, puede que muchas personas le pidan ayuda o conse- jos para sus problemas personales. Puede que le pidan su opinión. Puede que le consulten sobre sus experien- cias espirituales. Al principio su ayuda a los demás sería genuina, podría relacionar los problemas de estas perso- nas con su propia experiencia en Oriente y podría rela- tar a esas personas historias bellísimas y genuinas de lo que le aconteció erÍ Oriente. Sería una experiencia muy ins piradora para él. En algún punto de esta situación algo comienza a marchar mal. La memoria del destello repentino de la intuición que la persona experimentó pierde su intensi-

experiencia sea la de escribir algo

93

dad. No dura porque todavía lo concibe como algo ex- terno a él mis mo. T oda,·ía cree que tuYO una experiencia repentina

del estado mental del despertar y que ésta pertenece a la

1

~s p~ob~!!!ª.§, del hecho. de .que .consideramos la expe-

riencia d~ l a . ape r tura como algo valioso. Tan pronto

experiencia, comienza

toda una serie de rea cciones en cadena.

como

tratamos

de

apresar esa

ca

tegoría de lo sagrado, a la categoría de la e xpe rien cia

Si consideramos a lgo

.v~!io~9-Y.e.?C!fl!QfQinario,.

.en-

es

piritual.

Valoraba mu cho e sa expe riencia y por lo ta n -

tonces se convierte en algo separado _p_e _!}QSotros. Por

lo se la co municó al mundo ordinario y familiar de su

pr o pia tie rra ~ a s u s amigo s y a sus enemigo s} a s u s pa -

dres y a sus pa rientes, a toda la gente, y a todas las •

fuentes de apego que creía haber trascendido y sup era - do. Pero la experiencia ahora ya no permanece con él , solamente tiene una memoria, un recuerdo; sin embargo, corno ha proclamado su experiencia y su conocimiento

a otras personas, claramente no puede dar marcha atrás

y decir que todo lo que dijo aute s era fa lso, no podríu

hacer eso, sería demasiado hurnillante, además, todavía tie ne fe en la expe riencia , fe de que algo realme nte le

sucedió, algo profundo. Pero, l~!ne!lt~blemente, la ex pe-

ciencia y~ .!1~ p~rrnanece con él a cada m~m.eñto; por<i~e

la valoró y l~ utili z6.

En términos generales, eso es lo que sucede. Una vez

que nos hemos abierto y hemos percibido el destello de

la intuición, en el segundo instante nos damos cuenta de

que es tamos abiertos, y repentinamente reaparece la idea de la valoración: «Ah, fantásti co. Tengo que aferrar- me a esto, tengo que captura-':~9 y retenerlo, p~~~ ~~.u.na experiencia muy rara y valiosa». Así es como tratamos de aferrarnos a la experiencia. De ahí s u rgen tod<>,s ~ues-

·

··

94

ejemplo, no consideramos nuestros ojos, nuestro cuerpo, nuestras manos y