El viaje

–Antología personal–

Hernán Vargascarreño

El viaje
-Antología personalSegunda edición
ISBN 978-958-58388-3-3
Ediciones Exilio: Bogotá-Zapatoca
Primera edición:
Universidad Industrial de Santander, 2012
Segunda edición, ampliada:
Ediciones Exilio, 2014
Tiraje: mil ejemplares
Imagen de portada:
Preludio a la siesta de un fauno,
cartel diseñado por Leon Bakst en 1911
Impresión:
Editorial Gente Nueva
Tel: 3202188, Bogotá, D.C.
Impreso en Colombia/Printed in Colombia
Los poemas de la presente antología pueden ser reproducidos
por cualquier medio siempre y cuando se pida su respectivo
permiso al autor a quien pueden contactar en el correo
poetasalexilio@gmail.com

Del

libro

País íntimo

(2003)

Trenes

Para El Guardagujas,
de Juan José Arreola

1
Una estación que ve llegar
trenes rojos
trayendo como único pasajero
la noche;
un día el sueño se cumple:
llega el tren rojo,
se baja la noche,
y se instala para siempre
en la estación del olvido.
2
Los trenes que siempre han pasado
silenciosos, vacíos,
y en su última ventanilla
un niño muerto
dibujándome un adiós
con su mano triste.
3
O el tren perdido,
el que nunca regresó
y tampoco llegó a su destino;

Hernán Vargascarreño

5

dicen que ahora es un fantasma;
a veces aparecen sus huellas
en los sembrados.
4
Los trenes deseados,
los que nunca humearán;
alguna vez nos despertará
su estrepitosa presencia
ante el asombro de la Muerte.
5
El tren transparente,
repleto de hermosa gente transparente;
ahora pasa cada nueve lunas
ante el estupor de los aldeanos,
pero nadie lo comenta
por temor a que los crean locos.
6
El guardagujas perverso;
el que enredó los hilos metálicos
e instauró el Caos.
7
El maquinista de sueños
que añora su oficio
en la última estación.

6

El viaje –Antología personal–

Cómo anhela que los rieles
vayan más allá de su memoria.
8
El vendedor de boletos
que una tarde
vino a comprarse a sí mismo
un boleto sin regreso.
9
El tren de los dioses.
Pasa solo una vez.
Alguien se baja, gira la aguja,
borra la memoria de los hombres
y todo vuelve a empezar de la Nada.
10
El pregonero de rutas
que jamás ha subido a un tren.
11
El tren que sueña con ser tren;
cada vagón una pesadilla
y su único pasajero yo mismo;
una vez se bajó y vino
a tomar el café conmigo;
desde entonces compartimos
la misma tumba.

Hernán Vargascarreño

7

12
El tren de los cuerdos.
El que sí pasa puntual todos los días;
el que regresa con mercancías
y pasajeros nuevos;
hoy ha llegado con un cargamento
de ataúdes importados, veinte
prostitutas vestidas de monjas
y cien cerdos blancos y hermosos;
ese tren nunca lo espero,
sin embargo, es el único maldito
que me humilla con su presencia.

8

El viaje –Antología personal–

Estancia
Quien aprende a amar
los altos muros de su casa,
los lamentos que allí persisten,
los perros ancianos y silenciosos
que se niegan a morir,
aquellos peldaños que ya nadie sube,
los ruidos de la cocina y el espectro
de la madre ofrendándonos el café
y su bendición,
le será fácil aceptar
–mas no comprender–
que esa, ya no es su casa,
sino los altos muros de su tumba.

Hernán Vargascarreño

9

Morada
La casa que se resquebraja dentro de mí nadie
la habita; nunca una luz ni una ventana abierta;
¿qué señales de vida la mantienen en pie? Tiene
la parquedad que solo dan los años y hay rosales
viejos que nadie sembró y que nadie poda. Tampoco
yo quiero ocuparme en limpiar su entrada repleta
de hojas secas que felices se pudren. El alma
de la casa que me habita no me pertenece, y no
acepto sus reproches, porque nunca le prometí
una familia que no tengo. En su soledad, ella ha
tenido que imaginarse sus habitantes espectrales
delirando en sus falsos laberintos; y sola tendrá
que desmoronarse bajo el universo; morirá como
suelen morir los hombres cuando en su vanidad
han comprendido la desolación de su miseria. Y no
moveré un solo dedo para evitarlo. No fui yo quien
levantó sus abominables fortalezas.

10

El viaje –Antología personal–

Para hacerse a una casa

que podáis estar en esta casa
como la música está en el instrumento.
Úrsula Le Guin

Ignora los bancos y sus políticas predadoras.
De retales, escombros, desechos de la humanidad,
puedes proveerte.
La elección del sitio ha de ser clave:
nada de vecinos. En su lugar
planta árboles de variadas especies;
pronto se poblarán de frutos y voces
que no hablarán mal de tus miserias
y protegerán tu casa de los malos vientos.
Un salón cómodo y aireado
en el que quepan tus pocos amigos alrededor
de la chimenea, grandes ventanales, corredores
y un altar para los libros.
Piedra a piedra, madero a madero, lo conseguirás.
Para cuando tu fortaleza haya germinado
la casa estará lista.
Ella te empezará a habitar y
pronto te convertirás en su fantasma.
Acostúmbrate a su terquedad
a la evidencia de sus muros
a los crujires de su estructura.
Hernán Vargascarreño

11

Un día cualquiera hablarán el mismo idioma
aromado por los jardines que tus manos cuidarán.
No añores la inmensidad del mundo
e indaga mejor la vastedad de tu propia casa,
de tu pensamiento. Para eso los gatos
ayudan mucho; permíteles refugio.
Recibe cuanto quieras la memoria de tus padres
y amigos que ya no están; la visita de tus
hermanos y bienvenidos, entre ellos el amor.
Pero libérate pronto de sus presencias
para añorar el sabor de la compañía
y permitir el reencuentro a la distancia del tiempo.
Presta atención a los cuidados y reparaciones
que toda casa requiere.
Amístate con tus palabras; el lenguaje
siempre ha sido una especie de salvación.
Sumérgete humano en su luz y en sus sombras,
en sus lacónicas respuestas.
Y solo para cuando estés preparado
húndete en su sueño liberador de rencores.
Podrás reconocer entonces que has erigido y
habitado la estancia que todo nos ofrece: la Poesía.

12

El viaje –Antología personal–

Infancia
1
Recuerdo cómo jugábamos
a las palabras suicidas
–que de algún modo habitan al niño–
las estallábamos
contra los muros de las noches,
hacíamos un jardín con ellas,
nos lanzábamos a su silencio absurdo
y moríamos abrazados a su dolor.
2
Un día perdimos al tiempo
en los linderos del bosque;
¿podrá algún canto atraerlo
a mi gruta?
Oh la oración infantil
que perturbaba la sangre,
cómo huyó de los labios,
cómo nos liberó de los años…
3
Acudieron a la cita
mis juguetes destrozados
y el pequeño fantasma
abandonado en ellos;

Hernán Vargascarreño

13

¿dónde las manos que me los ofrecieron?
¿qué de su imperio inaugurando formas?
Esta superficie brillante
que violenta mi garganta
fue alguna vez un sueño para mí;
¿por qué no me reconoce
y aligera esta muerte?
4
Ya se sabía de la luna
y su abusiva permanencia;
ya habíamos entonado
el último canto a los divinos;
¿para qué volver de la muerte
si el aroma de las azucenas
nos esparce por el campo?
–olfatos hay que pasan
y nos acunan en su memoria–
5
Los niños jugaban a la ronda
en un jardín sin colores ni aromas
–de sus caritas tengo el recuerdo
de sus juegos silenciosos–
Los niños insistían en el martirio;
ya habían olvidado
que eran pequeños muertos.

14

El viaje –Antología personal–

6
Por agosto
elevábamos cometas
y echábamos al agua
barquitos de papel;
una tarde cómplice
todos nos hundimos en silencio
y ya no hubo más agostos;
¡qué seductor era el estanque!
¡qué solas y tristes
quedaron nuestras madres!
7
En invierno éramos felices;
el río se desbordaba
y los muertos soñaban bajo el agua;
las mamás nos protegían en los altillos
y quemaban ramo santo;
por días teníamos a papá con nosotros
mientras el agua bajaba furiosa
con señales de otros pueblos
que no conocíamos;
–esos inviernos ya no existen
ahora que soñamos bajo flores silvestres–
Aún mamá viene los domingos
a rezar sobre la tumba,
y mientras reza,
sus manos viejas y piadosas
arrancan la maleza que brotamos.
Hernán Vargascarreño

15

La poesía
Para Mick Jagger

La poesía nos presta sus asombros, sus devaneos, las
formas irrepetibles de una tarde, ese leve temblor
de aquellos labios que hemos deseado en secreto, o
cualquier otro deseo por fatuo que sea.
Algunos creen poseerla; ignoran que la poesía es
hermana de la demencia; no se deja poseer; es ella
quien posee, quien acoge.
Podemos ver a través de ella, pero no atravesarla.
Su esencia no permite el otro lado, tampoco el de
acá; no hay portones, pestillos, aldabas. No se entra
o se sale de ella. Se está o no se está.
Momentáneamente puede ser un espejo. Pero ya.
No da lugar a vanidades; solo a reconocimientos no
muy alentadores. También es una sombra que pasa,
o una luz, da lo mismo. Se piensa entonces en un
espíritu o algo así; y hacemos bien en pensarlo. Para
acercarse a ella hay que profesar actitudes místicas,
demenciales o pasionarias. Quienes lo hacen están
muy cerca; han tenido sus roces con sus bellezas y
sus crueldades. La invitan a su mesa y ella acepta

16

El viaje –Antología personal–

el pan y el vino. Pero no el pan y el vino en sí, sino
la idea del trigo hecho alimento y la idea del licor
hecho amistad y locura.
Y quien se resigne morirá lejos de su canto. Hemos de
seguir intentando con la poesía, haciendo trueques
con ella, intercambiando afectos, deshonras,
nimiedades. Tal vez un día nos deje en casa un poco
de su luz, o en la mano uno de sus talismanes, o en
el pecho, una pócima de su dolor.

Hernán Vargascarreño

17

Oficios contra la poesía
Persuadir a cierto cuchillo
para que ignore el pan
y solo se ocupe de los enemigos.
Abrir los ojos de los muertos
que se resisten a ver
las vísceras del infierno.
Dirigir la flecha
al corazón del único guerrero
que podría liberar a su pueblo.
Desparramar sobre cierta palabra tierna
un olor pestilente y ocre
para que sea abandonada por los hombres.
Advertirle a un iluminado del mal
su secreta vocación para crear el Caos.
Pintar de verde pútrido
el rostro de los ahorcados.
Abrir las fauces del Terror
solo por capricho
de los dioses ignorados.

18

El viaje –Antología personal–

Provocar en un varón
–que desdeña la dicha por temor a su virilidad–
el Deseo acendrado en los labios de un muchacho.
Cimbrar el último estertor
en el bello ciervo
desangrado por los bellos tigres.
Purificar el lecho al que nunca podrán
llegar una pareja de amantes
que se consumen sin poder acariciarse.
Bruñir el odio mortal entre dos hermanos
para que al otro lado del Universo
renazca un dios perverso.
Cavar mi propia fosa
y morirme en los demás una y otra vez
sin poder abrazar mi propia muerte.

Venenoso Cicatero Retorcido y Malnacido
Amo de las miserias: ¿cuántos viles oficios más
tendremos que soportar contra la Poesía?

Hernán Vargascarreño

19

Para atrapar un insecto
sin atraparlo
Procura conocerlo bien, escrutarlo y fijar sus
mínimos detalles. Entrarás en sus enormes ojos y
contemplarás la vida desde ellos. (Aquí uno empieza
a sentirse miserable)
Intentar su chillido, su llamado a las criaturas
que pueblan las tardes de los árboles; copular
religiosamente y dormirse entre las ramas
abrazando la noche.
Una vez en tu memoria podrás atraparlo suave…
serenamente.
Mantente inmóvil, silencioso, y desecha todos
tus odios. Escucha los susurros de la felicidad, la
terrible armonía del universo; permítele desplegar
su vuelo por tu averiada memoria; si es preciso,
expande tus estrechas fronteras tanto como sea
necesario. Al final, repentino, volverá a la desolada
eternidad. Aquí empieza a doler la libertad. Pero ya
no importa. Nunca podrás olvidar su vuelo.

20

El viaje –Antología personal–

Los raros
Aunque rara vez caen, van por ahí dando traspiés
contra todo, remendando la soledad, coqueteándole
a los árboles o prefigurando en las nubes terribles
e ingenuas batallas de diablillos enamorados;
los otros, solo se ocupan de ellos cuando de
criticarlos se trata, pues no saben entrar en la
inmensa posibilidad de sus actos y de sus palabras;
cargan siempre un extraño dolor difícil de definir
y sus abrazos ni son programados ni pretenden
ser otra cosa;
cuando los obligan a trabajar son objeto de burla
por su encantamiento, mas ignoran su inteligencia
atenta al mínimo susurro del viento;
en mi casa suelen dejarse caer algunos: los vecinos
cierran sus narices creyendo que huelen mal,
abren sus ojotes ante sus vestimentas y
agudizan sus oídos para tratar de entender lo que
nunca entenderán (mis vecinos, que son horribles,
se mueren de envidia, enferman y van al médico,
pero el médico no les halla nada porque los otros
siempre han sabido camuflar cualquier vergüenza);
pero sigamos con los nuestros:
si sientes tristeza, puedes contar con ellos,
si quieres hablar de cosas insignificantes, también,
pero nunca trates de enjaularlos en lo que llaman

Hernán Vargascarreño

21

“una personalidad estructurada”, pues solo los otros
soportan semejante suplicio;
un maúllo, una palabra vieja, una luna despistada,
un capullo de nada, un amorcito ajado, todas esas
cosas y muchas más puedes hallar en sus bolsillos
o en sus pupilas si tienes el privilegio de tratarlos;
para el sexo son música-marea-brasas,
dan tanto como quieren recibir y saben compartir
el dolor hasta volverlo trizas;
tienen el don de ubicuidad, y sin proponérselo
descrestan y desenmascaran
a los moralistas sin moral;
cuando miran el agua son agua
cuando se echan sobre la tierra son tierra
cuando prenden un fuego son ellos los que arden
y así sucesivamente con todas las cosas bellas y feas;
y con el mismo silencio con que se embelesan
observando cómo una arañita entreteje su universo,
se duelen con los perros callejeros ante la crueldad
diaria y se instalan frente al mar
para soñar que siguen vivos;
por eso es imposible vestirlos de etiqueta
o llevarlos a un club social (sin que sean asociales)
o hacerles una propuesta deshonesta
(como el matrimonio)…
pero invítelos a un vino
o a elevar una cometa
o a descifrar el llanto de los árboles envejecidos…

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El viaje –Antología personal–

Nunca verás sus nombres
en tarjetitas de presentación
ni tendrán jamás una chequera,
ni los oirás hablar sobre la devaluación
o sobre la “primura” de sus hijos,
que cuando los tienen, los creen pájaros y
los empujan a la libertad;
y tendrás que esforzarte para entender
cuando te hablen de…
la melancolía de una fruta
el olor de los arreboles
la belleza cadavérica del amigo que acaba de morir.
Los raros (todos) ellas y ellos,
me han salvado enviándome unas alas cobrizas,
una nuez como brújula, un trocito de noche,
unos ojos para transparentarlo todo
y una bebida hecha de ganas de amar
tan grandes como de morir;
esos abalorios, esa pócima de amor y muerte,
aún me mantienen en pie ante la rapacidad
de los otros.
Los raros ¡ay los raros!
sin ellos, no podríamos asistir al aleteo de la Belleza.

Hernán Vargascarreño

23

A la vida vine a vivir
A la vida vine a vivir.
Que no me falte la sagrada carne
ni el espíritu que la hace bella;
que tu mirada sea siempre
el espejo donde me pueda revelar;
que jamás jamás me abandonen los dioses
de la poesía y los avatares para llegar a ella;
que la noche no me niegue nunca sus alas
de vuelos alucinógenos y que el día
no me aplaste con sus esplendente verdad.
Que nunca me olvide agradecer lo recibido y
el ingenuo narciso que deje asomar de ninguna
forma sea malintencionado;
que el deleite del vino me secunde siempre
el fragor de la amistad;
que por el umbral de mi casa entren menos
fantasmas y más seres reales,
pero con la condición de que posean la belleza
que ilumina la poesía;
que el universo aleje de mí –lo más remoto posible–
a mezquinos y fanáticos, maulas y malnacidos,
y que a cambio, no me falten
tus deseados labios que llevarme a la boca,
ni los árboles y sus cantos de pájaros,
ni el misterio de los gatos

24

El viaje –Antología personal–

o la hondura de la música y los atardeceres.
A la vida vine a vivir.
Pero no me lo hagan tan difícil,
que tengo pocas fuerzas
y estos tiempos son realmente precarios.
Abran paso. No estorben, no malquisten.
Déjenme alucinar con el horizonte de los sueños
y no metan zancadilla solo por envidia,
que soy yo quien debo gozar
mis propias alegrías y mis íntimas tristezas.
Miren que la vida regala poco
y todo lo cobra generalmente por adelantado.
Abran paso. No estorben. No jodan.
A la vida vine a vivir.

Hernán Vargascarreño

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Confesión
Que no tengo personalidad ni quiero tenerla
Rafael Cadenas

Me confieso culpable de entender más a los
animales que a las personas
de solazarme días enteros ociosamente mirando
pasar las nubes
mientras el mundo trabaja y trabaja
de haber tenido serios deseos
de matar a unos cuantos
de no ser rápido para tomar decisiones y
pasar como un tontazo cuando no entiendo lo que
hablan a mi alrededor, por ejemplo, la teoría
literaria, el índice dow jones,
la ley de educación, etc
de no haber aprendido a pintar para evadirme con
el furor o la tristeza de los colores
de aburrirme soberanamente
de desconfiar de los alumnos que pretendan ser
más imbéciles que yo
de no haberme fugado de casa cuando chico y
haber vuelto unos cuantos años después
convertido en prestidigitador o en trapecista
de no abrazar ninguna religión más que
la naturaleza y su poesía viva

26

El viaje –Antología personal–

de llorar cuando al alma le venga en gana aunque
últimamente eso ya no esté de moda
de tener pocos amigos y muchos amores idos
de soñarme a veces Don Quijote Minotauro Atila o
la hetaira más hetaira de la gran decadencia griega
de jamás ofrecer la otra mejilla/ sin antes sacar
el arma que siempre llevo conmigo
de haber declinado con el hachís /porque es tan
difícil conseguirlo
de no saberme bonachón ni estable ni dócil
de creer en el delirio en la insania en el caos
de no ser inteligente ni sagaz tanto como
despistado amnésico y abúlico
de haber sido feliz/ solo hasta la adolescencia
de que los demás me confundan conmigo
cuando en realidad me he pasado la vida
sin encontrarme
de haber abandonado mi familia y ser incapaz de
convivir con alguien
de hablar solo o con los perros o con la lluvia o
con los muertos
de detestar el trabajo con horarios tanto como
los pésames y las condecoraciones
del gusto por abandonarme en mi hamaca y repasar
inútilmente en ella la película de mi vida
de haber deseado muchas veces que un enorme
enorme meteorito se estrelle contra la tierra

Hernán Vargascarreño

27

y ¡zas! todo (y todos)
quedemos convertidos en pavesas,
en polvillo del universo
de amar a Emily a Charles a Kavafi a Dalí
de haber preferido ser un gusano
en el buen sentido y apetito de la naturaleza
de haber llegado a los cuarenta y seguir vivo
usurpando el oxígeno que otro aprovecharía mejor
de no saber engañar a los demás
(que de mí me encargo yo)
de aullarle a la luna
y querer ser una sombra nada más…
en fin,
que soy culpable culpable de sentirme
débil olvidado ajeno prestado
presa de dichas y desdichas, aquí,
entre todos ustedes,
cuando aún (dicen) puedo dar la cara,
pues una vez me haya ido
ni del hedor mío podré sentirme culpable.

28

El viaje –Antología personal–

Poema para mi amor
que es un animal
Aparte de vertebrado, mamífero,
carnívoro, bípedo… el ser humano
también es un animal cruel y bello,
si no, que lo diga mi pecho, el pobre pecho
oculto bajo la ropa, la piel y la armazón de huesos,
atrincherado de pavor ante mi amor
que sin piedad ni consideraciones
me ha desnudado su cuerpo, pero no su alma,
y me ha enseñado las cicatrices
de sus sangrientos combates.
Mi amor que es un animal
y observa al igual con ojos de serpiente
salamandra lobo o lechuza.
Mi amor que es un animal
y habla la voz de los pájaros.
Mi amor que hace guaridas
y las abandona,
que muda de piel
que respira en un gamo
que planea en un buitre
que duerme en un tigre
que abriga y tiembla en una pajarita.
Mi amor que instintivamente es un animal
y nada sin treguas en las aguas de mi memoria.

Hernán Vargascarreño

29

Mi amor que es un ave fénix cada mañana
que despierto de la muerte,
y es un vellocino bajo el sol
y es un unicornio con la tarde
y es un dragón bajo la luna.
Mi amor que gruñe gorjea
muge brama aúlla chilla
piafa y
desgarra mis entrañas
para exhibir mis vísceras como trofeo.
Mi amor que es un animal casi humano
y fue bien parido el día en que nacieron
libertades nubes vientos y olas.
Mi amor que jamás ha conocido una jaula
más que su propio cuerpo
y nada sabe de cazadores y domadores
y mucho sabe de árboles y ríos.
Mi amor que husmea aceza atisba
se agazapa se arrastra salta
ataca destroza y devora.
Mi amor que huye de sí día y noche
después de habernos saciado
en el hambre de la soledad
y en el dulce misterio
de los cuerpos que se unen.
Ese amor, ese amor animal,
¿bajo qué forma o qué vuelo
estará preparando su siguiente celada?

30

El viaje –Antología personal–

Posibles víctimas que me escuchan,
si alguien, alguno de ustedes,
por azar, por buena o por mala suerte
tropiezan con su animalidad ronroneando la tarde,
atisbando el tibio sol que penetra el mar
o abandonándose a las ramas
de un envejecido árbol,
descríbanle, por favor, mis rugidos, mi desolación,
mi mirada que ya no ve más que sus propios
ojos de fuego;
llévenle el mensaje de mi carne y de mi espíritu
que en celo anhelan de nuevo
frotarse en su almizcle.
Intenten con un silbido suave, un trino,
un gorjeo, un canto extraño,
cualquier tonada noble que no tenga palabras
para que pueda entender.

Hernán Vargascarreño

31

Viajeros
1
Hoy hemos emprendido el viaje
en un vapor de principios de siglo;
el puerto,
que era nuestro único equipaje,
sin más señales que su silueta, inmutable,
nos ha abandonado.
2
Una luna de agua
se ha instaurado sobre los pasajeros;
alguien desde la proa
canta en un idioma quejumbroso.
–Cómo se aleja el vapor fantasma río abajo–
Aquí nadie escapa al sesgado beso
de la irrealidad.
3
Una mujer sin edad va con nosotros
huyendo de la muerte.
Ha olvidado ya sus oficios de hechicera,
sus poderes para crear el caos o la belleza.
Ignora que este vapor ya no existe,
que todos somos aparentes actores
simulando apenas trozos de vida.

32

El viaje –Antología personal–

4
El viajero principal,
a diferencia de los demás,
ni huye ni refunfuña.
Entregado a su destino
se deja llevar, a veces callado,
a veces canturreando salmodias espesas,
rapsodias que prodigan misterios
y lo hacen majestuoso.
Con sus lamentos nos arrastra a todos.
El deseo de ser sus aguas nos alucina.
Entretanto, la mar en su sabiduría lo espera.
Y con él transcurren ya sus presentimientos
de esa muerte de esa dicha de ese azul.
5
Vana es la intención del viajero
que agazapado me acompaña.
Me acosa con el deseo de huir
sin perder su identidad ni sus pasiones.
Palpita y repta dentro de mi ser.
Creyéndose prisionero
ejerce bien su oficio de verdugo.
¿Dónde las rutas que nos separen?
¿Qué poder hemos de implorar
para abandonarnos?

Hernán Vargascarreño

33

6
Y con todos nosotros,
el viajero de siempre,
el tiempo,
su sueño que nos consume
para evitarnos el terror de lo Eterno;
el que levanta y destruye pueblos
y conoce de memoria los vacíos rostros de dios;
el que engaña a los hombres
obsequiando veleidades,
pobres grandezas de la miseria humana.
El tiempo, con sus caprichos y resabios
ofreciéndonos la palabra y su memoria
con la certeza de que nada pierde,
de que todo vuelve a él,
a su equipaje siniestro,
a la idea que lo nombra.
El viajero que no sabe morir
y en venganza reinventa cíclicamente su juego:
nos crea nos abandona nos aniquila.
Agraciados que somos, finalmente.
Pasajeros de última clase. Mendicantes.
Pobretones que no tenemos cómo regresar
del viaje a su vacío.

34

El viaje –Antología personal–

Tu viaje a la soledad de tu noche
Para merecer los caminos del mar el hombre ha
de ser su propia nave guiado por el pensamiento
y la perplejidad de su lenguaje. Cualquier punto
servirá como partida llevándose como equipaje a sí
mismo, su carga delirante de recuerdos, su pasión
apuntando a la deriva y su doliente Itaca fulgurando
en la memoria.
Nada más acorde con los sueños que la aventura
del infortunio; nada más certero que la propia
incertidumbre y su íntimo dolor enfrentándose a su
rostro; despertarse una mañana en tierras lejanas y
encontrarse en una mirada que nunca volveremos
a contemplar; descubrir que no es el atavío de la
palabra poética lo que nos desconcierta sino su
huella y su música profunda asestando nuestros
sueños; avanzar herido hacia un puerto imaginado
buscando alivio y protección; en fin, saborear la
desazón de nuestro destino al cruzar el umbral de
otras vidas desconocidas cuyas miserias nos están
anhelando tanto como nuestras ilusiones.
Solo hay que dejarse ir, desnudar ciertos temores,
sentirse, como lo somos, dueños de nada, y creer
con vehemencia que el universo todo lo provee,

Hernán Vargascarreño

35

desde la dicha del amar y ser amado, hasta el faro de
la muerte vislumbrándonos en su justo momento.
Para alucinar los caminos del mar solo faltas tú
como viajero. Aférrate a tu nave y no permitas que
su quilla estalle antes de tiempo. Arrea su última
vela, así esta sea tu propia alma. En una de las
tantas rutas podremos cruzarnos; reconoce esta
mano hermana, que más que un adiós dibujado a la
distancia, alentará tu viaje a la soledad de tu noche.

36

El viaje –Antología personal–

País de agujeros
1
He ahí la llave para abrir la jaula
de las palabras.
Acércate, que no
vacile tu mano al liberarnos.
2
Aquí nadie puede lanzar
la primera piedra,
no porque no haya culpables
en este país de agujeros.
Ya todos estamos muertos
bajo las piedras.
3
Y si alguna tarde
nos volviese a traer
el trino de un pájaro
o el celo de un animal,
no hagamos caso de ella
ni de sus señuelos;
es una vieja costumbre
con la que suele engañar
a los muertos.

Hernán Vargascarreño

37

4
Esperas a la víctima
en el cadalso de tus ojos;
el brillo filoso del hacha
tiembla en tus manos y en el miedo.
–Me ves llegar
–Ejecutan la sentencia
¿Por qué no escucho
el alborozo de los espectadores?
5
Que los árboles persistan
en su antigua agonía,
que de mi boca verde
se siga deslizando este país de hormigas
que se pudre en silencio.
6
Clausuremos las ventanas
ahora que hemos decidido
ignorar la puerta.
Afuera
el mundo no es tan grande
ni tan feliz como parece.
Alguien que no es la muerte
nos engaña desde siempre.

38

El viaje –Antología personal–

Del

libro

Piedra a piedra

(2010)

Visiones marinas
Al puerto de Santa Marta
El mar no está  en la orilla, está en el hombre 
Héctor Rojas Herazo 


LA MAÑANA derrocha su esplendor

de bandadas de mariposas amarillas.
Todo aquel que las observe en la memoria
salva la suave angustia del crepitar de sus alas
gravando su vuelo en el aire del instante. 
Pasarán toda una semana bordeando el mar
y anunciando el sueño de su vuelo. 
Luego solo pasarán tras el recuerdo…
o tras la huella de un poema
cuando la belleza reclame el amarillo
para su propio sueño. 
 

TODA LA LUZ del mundo sobre la bahía
dividiendo con su espectro este reino
que se balancea en la canícula:
el tan deseado color del mar
y la catástrofe de la ciudad que bulle. 
Y nosotros, míseras señales del paisaje,
extraviados en el limbo de su luz
Hernán Vargascarreño

41

mordiendo el aire seco
a sabiendas de su riesgo. 

MIRA CÓMO el silencioso vuelo

de los pelícanos nos balancea.  
Cómo esa línea
que no existe en el horizonte del mar
nos reclama y nos limita.  
Aves presas de ninguna fuga somos
cuando no alcanzamos tanto azul,
cuando no sabemos cómo desplegar las alas
que lastradas llevamos a nuestras espaldas.  
Para qué estos alados deseos
que no saben hollar distancias. 

CONTEMPLEMOS

la serenidad de los árboles
frente a la bahía, sus alas secretas
y sus cantos grávidos de enigmas
que no podemos descifrar.  
En las tardes,
suelen empinarse para ver el mar.
Pero nada revelan de sus avistamientos. 
Herméticos, como son,
enredan al rumor de sus follajes
lo que no debemos entender. 

42

El viaje –Antología personal–

Mudos nacemos
–murmuran calladamente–
con su grito enterrado
que no reclama ecos. 

LLUEVE en el trópico.

El mar sacude sus tormentas secretas
y en maderos arroja sus vestigios de furia
a lo largo de las playas,
su abecedario de confusiones divinas
intraducible a nuestros ojos. 
Serenamente, durante varias jornadas,
vemos a los pescadores recogiendo una a una
las preciosidades de ese lenguaje yerto. 
Y ante el asombro de cualquier mañana
sobre las playas vuelve a reinar
la murmurante brillantez
del eterno poema: 
ese pausado diálogo de oleajes
iniciado en la larga noche
de todos los tiempos. 
 

AQUÍ ESTÁN todas las rutas.
Nadie lo sabe. 
Van y vienen sobre los rizos del mar
ondulando los tremores del mundo y
haciendo de los vientos los ecos del deseo.   
Hernán Vargascarreño

43

Para alguien están demarcadas.
Algún ojo avizor las hará suyas.
Almas encerradas
que precisen el destierro
han de encontrar aquí  su bajel. 
Solo tienes que seguir la ruta
demarcada dentro de tu pecho.
La indeleble ruta
que no sabe a dónde ir. 
 

NAVEGUEMOS ahora que el día 
estalla toda su soberbia sobre el mar. 
Subamos a la nave algunos recuerdos
para tener de dónde asirnos
cuando las tinieblas sean
toda la luz que nos anime. 
Una playa puede servir como quimera.
O la ventana por la que miramos el mundo
por vez primera, o el roce de unas mejillas
que adoramos y sabemos de memoria. 
Huyamos
ahora que nada cabe en este día. 

ES LA HORA en que la tarde

suelta sus pájaros oscuros
y los esplende al filo del recuerdo.

44

El viaje –Antología personal–

Marialucías, les dicen,
pero ese nombre no va con ellos. 
Dilatados por la luz ya suave,
regresan a sus nidos
recordándonos el día ya gastado
y abandonando al tedio a la retina
la sombra de sus veloces lirios negros. 
Sus tórridos y grávidos graznidos
tasajean la tarde quemando los silencios
que solo el mar se atreve a traducir. 
Y nada podemos hacer
una vez los escuchamos.
Sus gritos nos socavan
y nos convierten
en sórdidos reclamos a la vida. 

PARTEN YA los barcos.  

Se van con la certeza
de que nunca volverán 
porque este día yace muerto.  
Los que nos quedamos,
los que nunca nos atrevemos a partir,
nos vamos tras su estela
presintiendo en su larga noche
los débiles relámpagos del olvido.  
Es la hora más fatal de la desdicha
al creernos pasajeros de quimeras
sin siquiera vislumbrar la huida. 
Hernán Vargascarreño

45

10 
OLVIDEMOS la bahía dormitando

bajo la noche del universo
sin ciudad,
sin parroquianos,
sin nosotros.
 
Tallemos a la distancia
las dichas repetidas
de su mar verde-azulado. 
Abandonémosla bajo su propio espectro
soñándose en un punto del orbe y
sacudiendo ante sus aguas
los pájaros, ramajes y delirios
bajo el designio de los dioses inclementes. 
Alguna crueldad ha de ocultar tanta dicha
si llevamos la bahía en nuestro viaje. 
Y aunque lejos
–como un espejo del olvido–
se vislumbre ahora el mar de mis pupilas,
su angustia sigue rugiendo profunda
en el abismo de mis noches. 

46

El viaje –Antología personal–

Partidas  
Mas volver debe el alma… 
Volver a la morada suya antigua
Luis Cernuda 

 

Vuelvo al inicio de mi viaje.
Regreso al final de todo hombre
sabiéndome soñado. 
Me despojo de esta máscara que tanto talla
y me ajusto al rostro apacible de la Nada. 
II 
Me voy despidiendo de todos
ahora que nadie me ve;  
poco a poco he aligerado las valijas:
libros, trastes, ropas y asuntos
que ya no puedo soportar
porque mis fuerzas son livianas,
y no conozco dónde sueñe el puerto
que urde un tramo de mi tiempo
desde siglos antes de nacer. 
III 
Mil veces hice las valijas,
previne rutas y estaciones,
Hernán Vargascarreño

47

me atafagué de ropas para inviernos,
de barbitúricos para noches desoladas;  
agarré de allí  a un amor
y de más allá  me despedí de los paisajes
que siempre presintieron mis huidas; 
pero nunca partí  porque huí antes de la hora
y me quedé mirando cómo se alejaba
el barco que nunca se alejó, 
el barco que se llevó  lo que retuve
a fuerza de luchar y pactar con los recuerdos. 
IV 
Mañana asomará  la hora precisada. 
He dicho adiós a los vecinos
que solían saludarme cuando estaban vivos; 
abrí la puerta de la jaula a los pájaros
que nunca apresé: soltaron vuelo; 
me deshice de mis duelos, de mis huesos,
de un tanto de mí  para poder ser espantajo,
y saludé como siempre a las nubes y montañas
engañándolas para que no sepan que me voy. 
 

Qué hacer con este día que ahora pesa.
Cómo borrar el regusto de este atardecer
y no ver los pájaros que ya vuelven a sus nidos
ni escuchar sus gritos de días ya gastados. 
Para mañana me alisto sin afanes,

48

El viaje –Antología personal–

me pongo todo lo que no tengo,
desecho todo lo que me falta. 
Pero mañana fue un día,
hace años…
Ya no recuerdo cuándo. 
VI 
Concebí el libro que no soñé 
mientras el alma se evadía 
en el lenguaje de los cuerpos;  
deshice los versos que no escribí 
–y que ahora leo–
cuando soñaba sabiéndome despierto;  
buscando su silencio leí el mundo hacia atrás
borrando tonadas que aprendí, pasos que olvidé, 
palabras que no soy y no puedo cantar.  
Todo es vano.
El pasado es más presente que el ahora. 
VII 
Perdí mi ruta sin moverme de mi puerto,
aposté al lujo de amar y gané tres veces en mi vida,
mis tres amores van conmigo
y no sé cómo ocultarlos,
todos llevan su mirada delatora:
otra vida más dichosa. 
Estas manos conocen tu última morada,
cuerpo casi mío que a veces confundí 
con el ulular de la noche;  
Hernán Vargascarreño

49

navegué en tu sangre a brazo fuerte y tuve miedos,
arrié velas, erigí  casa y dormí bajo sus árboles;
de sus ramajes imité  algunas trinadas
para alejar la larga sombra del ahorcado matutino;  
sentí crecer los hijos que de tanto no ser
ya son ancianos
y hasta el final acaricié  fielmente
el lomo de mis perros; 
pero nada era mío, salvo el irme permanente;
perdí mi ruta sin moverme de mi cuerpo. 
VIII 
Para ayer me preparé  …
porque mañana.
Para huir de mí  me puse un nombre …
porque yo.
Para este día me alisté  …
porque me fui. 
IX 
El itinerario no lo sé, pero hay estaciones presentidas: en Amherst, una mujer de lino blanco me
espera en su jardín; bajo sauces de voces shakesperianas beberemos en vajilla silenciosa aterradas
pócimas de Eternidad.
En Lisboa el anfitrión será  el caballero, su sombrero y sus compinches, heterónimos de saudades
50

El viaje –Antología personal–

coreadas a una voz que me aguardan en el puerto
desde este navío del más allá.
Alejandría me avistará  en plena tarde de piel acanelada; velaré  con el tahúr griego, y alegres por la
noche mediterránea gozaremos en aquella mancebía babélica de juveniles dioses vivos.
La cita de mi adolescencia es con el golfo más golfo de París; a escondidas de Verlaine ofreceremos
placer a los mejores postores; ¡Nada de poesía esa
noche, solo hachís, sodomías y blasfemias!
Hacia Persia me uniré  a una caravana de contrabandistas para libar vino en Nishapur y cantar
con el viejo y sus  mujeres el firmamento de sus mejores rubaiyyat.
En el Oriente puro rozaré la luna llena en aguas del
río Amarillo. Para entonces, habré  ganado las alas
de atravesar el tiempo y podré  servir de lazarillo
al ciego eterno; con cuánto dolor escucharé  de sus
labios algunos cantos a la muerte de Patroclo, con
cuánto pudor escucharé su diálogo con otro ciego
de su estirpe, el suramericano que ahora esplende
en un laberinto de Ginebra, con cuánta dicha  entenderé que a través de los milenios toda la humanidad solo ha cantado un único poema. 

Hernán Vargascarreño

51


Vuelvo al inicio de mi viaje.
Regreso al final de todo hombre
sabiéndome soñado. 
Me despojo de esta máscara que tanto talla
y me ajusto al rostro apacible de la Nada. 
Pero mañana fue un día,
hace años…
Ya no recuerdo cuándo. 

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El viaje –Antología personal–

Del

libro

Tempus

(2014)

En torno a Horacio
–Adriano, ahora que los tañedores descansan
y liras, cítaras y caramillos
parecieran soñar la música,
prosigue hablándome sobre el Tiempo.
 
–Caro Antínoo, ven, recuéstate a mi lado:
El Tiempo es solo una ilusión perenne.
Por ejemplo, ahora mientras escuchas,
mientras hablo, muere un enigma,
crece una caricia, nace una monstruosidad.
Ser feliz, en este instante,
es más sustancial que medir las horas.
Nosotros somos el tiempo, Antínoo,
esta leve brisa de abril que apenas nos acaricia.
 
A propósito, nuestro poeta Horacio
nos legó algo valioso sobre el tema:
 
“Para destruir la ansiedad de la espera
–el tiempo ya escapa por entre estas palabras–
gocemos. Róbate el minuto.
No deposites la más mínima fe
en el instante que viene.”
 
Sí. Gocemos. Robémonos el instante.

Hernán Vargascarreño

55

Como nosotros, el tiempo también es un viajero,
solo que él lo hace a perpetuidad
y su Sueño nos inmola para ofrendarnos
el alivio del olvido.
 
El tiempo, el mismo que ha depositado
en mis manos
este Imperio para que yo batalle contra el mundo,
o la serena floración de tus labios
para que me doblegue ante los misterios del amor.
¿Quién puede enfrentarse al tiempo, Antínoo,
quién asirle siquiera
una guedeja de sus oscuros cabellos?
Es él quien enceguece con obsequios veleidosos,
permite gozar de efímeros palacios,
vapulea a su antojo
y luego nos arroja a sus vastas oquedades.
 
Si nos balanceamos en su juego,
acariciamos sus días y lunamos sus noches,
si nos dejamos arrullar por sus ocasos
y tratamos de no entender, solo así, Antínoo,
sucumbiremos esplendentes
al espectro de su vana apariencia.
 
No temas más, lirio de los dioses,
fragancia de la tarde,
hace mucho que el tiempo y sus secuaces

56

El viaje –Antología personal–

han fraguado nuestro olvido,
y mientras ese instante demore su llegada,
el devenir esculpe, abundante y lento,
la dicha entre nosotros.
Gocemos. Robémonos el instante.
 

Hernán Vargascarreño

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Soledades
Me purifico en tu cuerpo.
Asisto en su leve temblor a
ungidas formas de la belleza:
misterios, honduras que arden
en el deseo y sucumben
en la humedad de los labios.
 
Leves somos,
abatibles pájaros
al azote de la ventisca.
Al oficiar la vida
tallamos la muerte y
a su silencio nos entregamos.
 
¿Qué ritual podría cantar
este temor de entregarnos
libres, ansiados, dolorosos ?

Callamos…
bajo la noche que nos ilumina
ya nada se resiste a las sombras:
puro asombro, abismo y soledad
en el abrazo de dos soledades.
 

58

El viaje –Antología personal–

El instante
Antínoo, apresta tu oído
para las Ideas del poema,
para su Música leve.
El instante suele ser eso:
destello, brevísima ofrenda.
Has de percibirlo,
aprehenderlo y traducirlo
entre las líneas del poema.
Con exquisita calma vendrá luego
el laborioso oficio de quien pule
en su intimidad una piedra preciosa.
No olvides ni postergues
los sagrados ritos de tus oraciones.
Celosos como son, los dioses acogerán
con primor tus ofrendas más puras.
Y de nuevo le otorgarán a tu Palabra
–mañana, en otros instantes similares–
las Riendas,
la Belleza al viento
y la Fuerza
que la Poesía tanto nos solicita.

Hernán Vargascarreño

59

Guerreros
Quiso la dicha que me blandiera
en el arco fuerte de tus brazos
bajo la tibieza que deshace agonías
y redime fuegos entre las sombras;
¡Ah libador de densas cejas negras¡
tú posees el secreto de dar dolor
sin dolor, y sabes bien cómo ahuyentar
los recuerdos cuando estorban;
¿qué dios zozobró en tus sueños?
¿qué fauno se ovilla dentro de ti?
 
Advierte la tarde y verás los árboles iniciando su
destierro sin retorno; las bestezuelas, inocentes,
moribundas, abrevando en el olvido; y aquellos
hombres y aquellas mujeres que miran sin mirar
pero aniquilan con sus pupilas; una tenue palabra
de tu aliento detendría esta alucinación que
pretende devorarnos. Vamos, espiga tus brazos, tu
leve sonrisa, empuña esa luz que guardas bajo tu
camisa y con tu andar animal despliega el almizcle
que amansa las esfinges.
 
Son las seis de la tarde pero eso
es solo una ilusión del tiempo; un
polvillo de oro está cerniendo sobre

60

El viaje –Antología personal–

este puerto; el mar recaba tus pies
y acepta tus lunares
como sencillas ofrendas;
los vastos elementos de tu carne y
de tu palabra me redimen y auscultan
el espasmo y el ardor con que la tarde
se alimenta.
 
–Cuando estoy entre tu cuerpo quisiera que mi pulso
fuese solo una ilusión; pero tú estás ahí, tatuándome
con tu calor, doblegándome con tus formas y con
esas extrañas lágrimas que mana tu piel. ¿Quién
osaría ahora callar el aliento de las caricias?–
 
Abandona ya la guerra.
Apresta tus armas invisibles.
Desata los nudos del Dolor.
El mundo espera acezante
y a lo lejos
alguien aún entona
la rapsodia de la Vida.
 
La noche enerva sus criaturas y tú sigues batallando,
batallando solo contra el horror, oteando mi lecho
mientras me destrozo y me desangro entre los
sueños. Es el justo y liviano momento para que el
olvido entre y rumie su lento oficio.
 

Hernán Vargascarreño

61

Que al clarear no me falte tu mirada
que no me falten tus garras
ni el ardor de tus dos únicas armas:
el abrazo amigo y el corazón desnudo.
¿Qué recogeré de mis despojos
cuando emerja de los sueños?
En ellos he vislumbrado la única
palabra que podría salvarme, pero la
he destruido por horror a la salvación.
 
Sigo creyendo en tu delirio y en el
cuerpo mío que tus manos llenan.
 
¡Ah libador de febriles encantos¡
guárdate bien de los malos dioses,
de sus máscaras,
de sus bestias doradas,
que todos ellos siempre los han preferido
inocentes como el lirio,
elementales como tú.

62

El viaje –Antología personal–

Homérica
Evocar tus antepasados griegos, Antínoo,
sin solazarnos en el hontanar de la poesía,
sería como ignorar los designios de los dioses.
Por eso hoy te he hablado profusamente de Homero,
dios y mortal en la Palabra,
pueblo hecho canto en un espíritu
para exaltar la gloria y el dolor de sus héroes.
Así pues, para terminar esta velada de plenilunio,
mientras tú pulsas la lira con tus amigos
y el vino sosiega la plenitud de los cuerpos,
te cantaré un diálogo que compuse
en mis días de juventud,
en el que Patroclo y su amigo Aquiles,
tremolantes sobre la playa,
se celebran mutuamente bajo la noche troyana,
ungen en vino sus viriles cuerpos acanelados
y presagian sus mutuas fatalidades
días antes del encuentro con la Parca:
 
–Aquiles, pronto heredarás mi sombra,
soberbio astro de mi noche;
en tus manos vivirá mi huella
que servirá de refugio a los desposeídos;
cuando cantes tu desdicha
entenderás este aroma que brota de mis palabras.

Hernán Vargascarreño

63

Un imperio se levanta de una piedra,
los dioses exhiben sus látigos pecaminosos,
muchos guerreros mueren
con mi nombre entre sus labios
bajo las estrellas que observan desde su vértigo.
Basta una mirada para el hilo de la vida
y un gesto para la huella de la muerte.
Cae una lluvia de brillantísimos venablos
dentro de mi corazón;
a los pies la sangre dibuja el cielo,
y tú eres el cielo y la pradera,
extraviado y diminuto en tu propia guerra.
Guarda tu lágrima para el sacrificio,
ordena tus cabellos, unge tus miembros
y deléitate en el vino que prolonga la agonía,
ya se acerca Casandra con sus manos llenas.
Cuando la tarde oculte su herida
ella te entregará mi muerte
con el perfume de los heliotropos.
 
–Patroclo, no temo a nadie más que a mí mismo,
mi brazo ha conocido la furia de los hombres;
tú te dejas amar con mis ojos de fuego
mientras te refugias en la patria de mi pecho.
Conozco la sed de los condenados,
la balanza que permite la vida
en su horrible oscilación.
 

64

El viaje –Antología personal–

Pronto la playa quedará sola
delirando con el aliento de la guerra,
y seré entonces el adivino que mira al cielo
y no prefigura nada. Y para qué las libaciones.
Nada doblegará la brisa
cuando la muerte acaricie tu lomo;
tú también eres mi sangre,
pequeño dios destronado,
recibo las palabras que vas creando para mí.
 
Impasible el olvido decapita las últimas estatuas,
los dioses vuelven a esgrimir
sus mortíferas sonrisas.
Nada cambiará tu destino, Patroclo,
la Parca te acariciará
con el temible bronce de Héctor
y muchas generaciones conocerán mi dolor;
que bajen ya las tempestades
a instaurar su inagotable reino.
Moriremos bajo los designios de la luna;
el fuego de nuestra pira
orientará a los marinos extraviados,
y yo, infortunado, también escucharé a Casandra
cuando su vaticinio cierre para siempre
mis ojos blanquísimos de fuego.
 

Hernán Vargascarreño

65

Dos cuerpos
Dos cuerpos que se anudan,
que esplenden extraviados de un pasado
todo silencio, todo música perpetua,
ha tiempo en sus raíces ya buscaban
la pura savia que la tierra estila
para jaspear de sangre y de blancura
los pétalos que se abren asombrados.
Dos cuerpos que se vencen
esculpidos por los dioses
como purísima ofrenda de hibiscos,
atónitos se asilan en su noche universal
entre lentas y tímidas caricias.
Dos cuerpos que todo dan y nada piden
porque pedir no existe en las alturas,
gravitan ahora con la sola angustia,
con el tremor del rayo presentido,
con el frágil deseo a cuestas
y el único secreto del llamado
de saberse amados tras la entrega.

66

El viaje –Antología personal–

Guerrero
El guerrero
ha perdido el camino
a casa;
 
Los dioses del amor,
silenciosos, apenas una brisa,
condolidos lo contemplan.
 
Mas a su alrededor
solo precisa vislumbrar
un asombrado desierto;
lo más importante
lo ignora:
 
Ni el camino
ni la patria
existen ya.
Ni siquiera él.

Hernán Vargascarreño

67

Poesía
Gracias Poesía,
por desbrozar de malas sombras
mis tantos caminos transitados
y permitirme la voz de los vientos
para nombrar y exaltar tus dones;
por haberme fraguado en barro
un corazón de hombre: bitácora
de dichas y tristezas terrenales.
Todo cuanto recibo del universo
en ti lo confío, Poesía, por saberte
mi religión y mi coraza.
Si poco te he podido ofrendar,
te regocijo en el fulgor de la lluvia
y te celebro entre tus árboles,
en los gritos de tus pájaros,
en toda luz y en los sueños
que tus días y tus noches
me prodigan.
Confieso que siempre te presentí
en mis solas soledades y amé
tu piel en el dulce misterio
de los cuerpos que abracé
y que me abrasaron.
68

El viaje –Antología personal–

A tu manto me acojo
y tu nombre invoco, Poesía:
que tu música serene mis saudades,
alivie el colosal fardo del tiempo y
acalle tanto falso canto de sirenas.
Protégeme de mi propio olvido
y no sueltes nunca mi mano.
Loada sea tu esencia.

Hernán Vargascarreño

69

Amantes
Esa melodía
que talla el tiempo
con su sabia lentitud
de olas nocturnas…
Ese poema
que se esculpió entre dos cuerpos
y que siempre estuvo latente
bordeando labios
o preservando una mirada…
Esta clara sensación de agonía
ante el eco de una voz consumiéndose,
y la fatal circunstancia
que los separa y que los une
tornándolos en dioses extraviados,
tal vez sea la verdadera,
la infalible,
la secreta salvación de los amantes
ante las invisibles ruinas del tiempo.

70

El viaje –Antología personal–

Estancia
La casa inunda
con sus enormes estancias.
En los patios, la lluvia
abandona sus huellas somnolientas.
Sin temores los gatos entran
y cazan pájaros
que montes y vientos prodigan.
Escucho mis pisadas de animal
cuando la luna invade corredores.
Advierto tus roces entre el jardín
cortando tus hierbas favoritas.
 
Así el olvido,
que sin afanes extiende sus raíces.
Un encuentro presentimos.
Los dos lo sabemos.
Cualquier instante podría tropezarnos.
Pero, qué ha sucedido con el tiempo
dónde estamos
dónde estás
quién de los dos partió primero.

Hernán Vargascarreño

71

Oración a un dios desconocido
Donde quiera que seas o no seas
en este universo que ilimita
y sueña el pensamiento.
Allí donde brote una flor translúcida
íntegramente ignota a nuestros sentidos.
Tras el confín de los fines, si hay un fin.
En una piedra incandescente amasada
de sustancias que no calcinen nuestras manos.
Dentro de un ser de absoluta belleza indefinible
capaz de ennoblecerlo todo con su única presencia.
En un dolor que no respira en nuestra vida.
Sobre un viento extraño que agite y se revele
a otros árboles presentidos, tan frescos tan vívidos
como aquellos que desde la infancia reverdecen.
En el grito de un pájaro que traspasa noche
detrás de un mundo que no vemos… pero que
existe tan real como esta mano que acaricia el vacío.

72

El viaje –Antología personal–

Allí donde el sueño de los sueños tenga su morada
y nadie sepa quién es… pero sea soplo de la Dicha,
habrá un dios desconocido
esperando nuestros votos.
Me acojo a tu sabia Inexistencia,
oh Dios de los Vacíos,
a tu posible Sustancia e Insustancia de la Nada
en medio del relámpago que atraviesa al Corazón.

Hernán Vargascarreño

73

Para escribir un poema
Observar la levedad de un pájaro
sobre una rama en flor; desgajarla
–sin siquiera atreverse a desgajarla–
y con esa ilusión
convocar ciertas palabras
con su invisibilidad hacia el azur.
Un vino sobre la mesa, servido
para nadie, convoca los espíritus.
La fragua de la rama en flor,
su memoria de cantos de pájaros,
la imagen del vino ofrendado
sumados al más secreto talismán
de tus posesiones, hará que las
palabras se asomen a curiosear.
Lo demás es cuestión de orden,
belleza y salutación de dioses.
Como lo que no existe,
el poema se posará
en el vado del silencio
solo un brevísimo instante:
Criatura de alas transparentes.
Preciosidad que huye de las jaulas.

74

El viaje –Antología personal–

Ilusión de frágil destello
que tiembla en el aire
justo al momento
de su invisible vuelo.
Adriano,
te queda ahora media vida
para llevarlo a las palabras.

Hernán Vargascarreño

75

Tempus
El Tiempo ha logrado doblegar
este cuerpo enfermo y envejecido.
Batalló siempre mi alma entre
los más exquisitos placeres;
gloriosas esencias me prodigó el amor,
encuentros con la más absoluta Belleza.
Y muy a menudo se debatió mi espíritu
con el suicidio, ese vino
con que siempre me sedujo la Poesía.
Por alcanzar la belleza pude resistirlo todo
–con mínimas fuerzas y copiosas lágrimas–
todo pude resistirlo, menos el horror
que siempre tuve de mí mismo.
Ahora que la muerte
me ofrece sus cómodas vestiduras,
me incomoda más este otro que me habita:
el mismo que duda al entregar su espíritu
por horror ante la más absoluta soledad.

76

El viaje –Antología personal–

Último fuego
El último fuego de la noche
se está extinguiendo:
es la muerte que llega.
 
Acógela, poeta,
así como hiciste tuyas
las miradas y la voz
que por momentos te hicieron feliz,
o los cuerpos en que te deleitaste
en la Belleza.
Llévate el implacable recuerdo,
el sabor del beso que diste sagradamente,
el dolor de los que no pudiste recibir
y solo en sueños se te revelaron.
 
Levanta el alma y entra glorioso
al reino donde acaba la tristeza,
allí donde el rostro amado
será tu eterna memoria.
Goza íntegro ese precioso instante
justo antes de entregar tu espíritu a los dioses.
Nada te despertará.
Nunca más.
 

Hernán Vargascarreño

77

Poemas

inéditos

Alabanza al yo
Reconociendo, por justas razones,
que no está bien escribir
con tanto yo,
yo te celebro, Yo mío,
con mis acostumbrados ritos privados
que nos evitan molestar a los demás.
Sin embargo, dígnate no trastornarte
por lo que te voy a decir cara a cara:
Eres irredento, patético en tu melancolía
y horriblemente previsible en tus miserias.
Por estar adosado a tu propio pellejo
has dejado de ver y saborear medio mundo.
Y cómo te has ensañado en aquel al que ocupas,
cómo lo has hecho cabalgar sobre los años
profusos en dichas pírricas
y en abundantes derrotas,
cómo te has solazado en tu propio vino y cómo
me has abandonado cuando he querido retorcerte
el cuello por haber sido cobarde ante los riesgos.
Date por cumplido y por rey de tu propia sombra
si gobernar te place sobre lo que no sabes
siquiera amar.
Estamos a la par y nada nos debemos.
Somos al mismo tiempo ciegos y lazarillos
el uno del otro.

Hernán Vargascarreño

81

Sabes que he sido la mano y tú la piedra cuando
hemos deseado que las ondas sobre el agua
nos dibujen lentamente tanto olvido.
Cuando te hayas hundido en el fondo del estanque
sé que te volverás a acomodar
tranquila y socarronamente
en el barro que siempre he sido.

82

El viaje –Antología personal–

Inútil oficio
En la distancia frágil de la página
el animal es rastro, sólo fuga:
cuaja entonces inútil el poema.
Armando Rojas Guardia

Sé que llaman inútil este oficio
que ejerzo con la palabra.
No me preocupa tanto
como la ausencia del colibrí
que todas las mañanas viene al árbol
de ciruelas que se asoma a mi ventana.
En qué solitarias faenas se ocupará hoy.
Poco me llaman la atención
los reveses de este mundo
–tan lejanos a la libertad de la poesíasi eso no impide el paso de las nubes haraganas
sobre este pedazo de tierra que llaman patria.
En cambio, la voz de la Poesía
nos llama desde todos los tiempos,
y debo estar atento así las condiciones
de mi gente sigan siendo las menos libertarias.

Hernán Vargascarreño

83

¿Lo ven?
Divagando en ociosidades
casi olvido al colibrí,
que sigue sin venir al árbol
que me habla desde hace algunos años.
Inútil oficio este,
incapaz de hacerlo aparecer,
casi inmóvil,
rompiendo el aire con su belleza
y su descarada iridiscencia,
y de paso, haga hablar al ciruelo
de otros temas que no me apenen tanto,
como el trabajo de ser un árbol entre los pájaros
o su fundamental oficio de parir sensuales frutos.

84

El viaje –Antología personal–

Kavafis
Puliendo un poema en un bar
le han dado las seis de la tarde
sin dar con una palabra que precisa.
Mira hacia la calle y ve fulgir el tiempo
en un muchacho que pasa despreocupado.
Y no sabe a qué prestar más atención,
pero sabe que los dos son vitales a su angustia.
Guarda sus papeles y sale tras el joven
–inocente él de las miradas que lo abrasan–
Solo el fuego gris de una mirada indefinible
le basta y regresa al bar.
Ahora poema y muchacho
han unido su belleza en el papel.
La palabra precisa, anhelada y buscada,
deambulará en la mirada del mancebo
por alguna callejuela del puerto,
pero alguien habitado por la Palabra
la ha signado con pasión
en las líneas de un poema.
Enciende un cigarro,
apura un trago fuerte
y se prepara con más ánimos

Hernán Vargascarreño

85

para el cuerpo del placer
de la noche alejandrina.
Casi un siglo después
joven y poeta son mísero pasado
que corroen el alma de este lector,
pero el poema, sigue tremolando
su viva pasión entre mis manos.

86

El viaje –Antología personal–

Los hermanos
Vendrá el hermano
con un ángel y un niño:
mirarán simplemente mis ojos
y arderán en silencio.
Héctor Rojas Herazo

Llegan cierto día a visitarte,
a espantar y conjurar tus males invisibles
y a obsequiarte algo de sus puras alegrías.
Vienen llenos de hijos
todos extraños para ti.
Vienen de lejanas jornadas y de otros países,
cada uno con su propio fardo de durezas
y sus penas apenas presentidas.
Alrededor de la mesa los reúne y los hermana
los gestos del padre hace tiempo ido.
Te tornan entonces más humano sus palabras
y el vino y el sueño te cobijan con toda su bondad
para evitar las crueles despedidas.
Llegan cierto día tus hermanos.

Hernán Vargascarreño

87

Ciertas tardes.
Ciertas noches.
Solo en sombras.

Cuando al alba paladeas el fuerte del café
al mutismo ya se han marchado los hermanos.
Extraviadas en la estancia, por todos los rincones,
se adivinan sus sombras de levísimos silencios.

88

El viaje –Antología personal–

Madre y poesía
Contémplala, Poesía.
Mírala entre su jardín
evocando a sus hijos lejanos
y pidiéndole a los Dioses su protección.
Suavízale cierto rubor que deja asomar
cuando solo se concentra en el más débil:
ese iluso que erige Palabras al viento,
cosecha Soledades y alimenta Quimeras.
No permitas que abatida por sus tantos años
la Sombra que siempre merodea la cobije
en el entresueño de sus plegarias inconclusas;
vela porque hasta sus mínimas e íntimas faenas
se solacen en la dicha de los deberes cumplidos.
Mira que toda su vida, reciamente batallada,
nada más se le ha ido en ofrendar y en amar.
Sé bondadosa con ella y perdónale sus aires.
Preserva en toda su ancianidad el Poder
con el que espanta pesares y adversidades
y concédale bendecir uno a uno sus hijos
antes de que clausure suavemente
las inmensas puertas de su Casa.
Ah… no la descuides ni un momento,
Poesía. Mantén atenta tu preciosa mano
para que el último de sus pasos
sea el serenísimo de sus días.

Hernán Vargascarreño

89

A cambio, te seguiré ofrendando mi vida
haciendo menos amargas
y más visibles tus palabras.
Protégela bien, Poesía, que es mi Madre,
y de ella provienen tus Vendimias.

90

El viaje –Antología personal–

Palabras
Me refugio
bajo la sombra
de la palabra árbol.
La palabra pájaro
despliega sus alas
para que la tarde huya
tras su vuelo.
Entro a la palabra casa,
recorro sus estancias
y me aposento
en el más íntimo
de sus dominios.
Dices gato
y mi mano acaricia
el felpudo lomo de sus letras.
Susurramos agua
y al instante vadeamos
los felices
riachuelos de la infancia.
Evocamos poesía

Hernán Vargascarreño

91

y el estremecimiento
erige sus batallas.
Adiós,
me dices,
y ya somos
sombra del pasado.

92

El viaje –Antología personal–

Pasa el tigre
Para Eduardo Lizalde y sus tigres

Por este verso camina un tigre…
–en la memoria de quien lo ha visto
levita sin tiempo y sin pavor–
Sus rayas ondulan contra toda prisa
aterrando con su biológica arquitectura
y humillando todo arte humano
desde Altamira hasta este siglo desalmado.
Por este verso se extingue un tigre…
Su invisible estela ya fulgura
indecisos negros y amarillos.
Por este verso pasó un tigre…
–las ramas, conmovidas,
apenas si respiran tanta ausencia–
Y aunque el tigre ya no volverá
podrás regresar al primer verso
para verlo pasar de nuevo
ahora con su otro aire:
más liviano
más lejano
más hermano
a la Belleza.
Hernán Vargascarreño

93

Poesía
He pasado casi toda la tarde
contemplando el horizonte,
entredormido, sin hacer nada,
con un libro a medio leer
entre mis manos,
las palabras saltando solas y
yo preguntándome naderías
respondiéndome ociosidades.
Tal vez buscando el poema, no sé.
Ahora que abandono el jardín
para aposentarme
algo sentí que pasó sobre mí,
una especie de sombra
que me ha hecho detener
sorpresivo y expectante.
Pero nada he podido avistar
más que el leve movimiento de las ramas.
Tal vez toda la tarde estuvo conmigo
tallando su oficio, calladamente,
ignorándome mientras oreaba sus secretos,
y ahora también ha partido hacia
sus aposentos de carne y sueños.
La esquiva terrible.
La hermosa prudente.
La letal.

94

El viaje –Antología personal–

Heredades
No te has que quedado solo;
estos huesos que son tu cuerpo,
que van y vienen de memoria
tamizando una sombra incierta,
son los huesos de tu madre, de tu padre.
Ese guerrero hermoso que disipa
tus tinieblas y que aún se debate
y esplende dentro de tu sangre mientras
feralmente batallas contra tu hora más cobarde,
es el hijo que siempre te negaste a tener.
Esta tarde en que lees sus nubes juveniles,
las débiles sombras de sus árboles
y su sol que entra y te lacra suavemente,
es la misma tarde de toda la infancia
fulgurando sus preciosas revelaciones intactas.
Alrededor de esta mesa en la que cenas
acompañado de un poema de Montejo
–al que lees y relees en la mesa del poema–
aparecen en silencio tus cuatro hermanos,
ceñudos y viriles, en plena juventud,
protegiéndote de toda orfandad.

Hernán Vargascarreño

95

Y más adentro, como si nada,
latiendo desprevenido entre su nicho:
el Corazón horadando cauce.
Y mucho más adentro
retozando su libertad en sus prisiones:
la empecinada Alma que no abandona su poema.

No te has quedado solo, Heredad.
Algunos van contigo y a otros los seduces.
Pero a todos nos espera el mismo olvido,
el mismo abismo.

96

El viaje –Antología personal–

Retrato 1
Sesenta kilos
–contando esta alma
que no pesa nada–
Casi cincuenta años
bien vividos, bien gastados
–así el recuerdo me devuelva gustoso
al libertinaje de la adolescencia
o al juego de la infancia alucinada–.
Fumador, libador, edónico,
desconfiado, cetrino,
cumplidor de su deber, de sus deudas
y todavía cumplidor de años
aunque la vida me incumpla muchas citas.
Buen dormir, buen comer, buena circulación.
Mala memoria, malas pulgas, malos estos tiempos.
Apenas inteligente, apenas alegre,
apenas atrevido, casi ciudadano.
Amante, amado, celado y celador.
Mal padre, mal tolerante, pésimo tío.
Café fuerte, sexo fuerte, cigarros fuertes
y fuerte esta mi débil resistencia
contra el Estado castrador.
Hernán Vargascarreño

97

Anticatólico, antipolicial y en lo posible
poco anticuado.
Profeso la poesía, profeso mi profesión de libertario
y profeseo como maestro ante hordas de jóvenes
que ni quieren saber ni saben quiénes son:
arduo trabajo para bajísima mesada.
Lector de libros, lector de nubes,
lector de rostros, y a veces,
lector del tabaco y de la borra del café.
Soñador, soñado y soñante,
pero también hacedor, hecho y haciente.
Cada impulso me arrebata una energía
pero a su vez ese desgaste me renace.
Preparo mis días futuros viviendo lo mejor
este presente.
Es decir, si alguna muerte hay que alistar,
que me encuentre dignamente humano, amado,
resistible a su abrazo, fiel a su olvido profundo.
Nada de embelecos de última hora.
Que el corte de cuello sea limpio, exacto,
ante la tarde que seguirá brillando su hermosura.
El juego ha sido sencillo:
Nada tenía.
Todo lo tengo.
Nada tendré.
98

El viaje –Antología personal–

Poema desvanecido
Aquí iba la palabra Amor
y otras lamentaciones menores.
Ya las taché.
Enseguida había escrito Ilusión,
pero quedó anulada
por pretenciosa.
Luego asenté Tristeza o algo así.
La acabo de eliminar.
No borré la palabra Soledad
porque me apenó
su indefenso esqueleto.
Solamente quedó
la pulcra Nada…
con la invisible
sombra de su Soledad.

Hernán Vargascarreño

99

Sonata del olvido
Corre el tiempo
sobre tu miseria,
corre sin mirar atrás
ni detenerse en nimiedades;
en vano tiembla tu esperanza
y el olor del cuerpo que siempre
te ha perseguido sin que siquiera
lo sospeches.
De algún lugar salta la ronca voz
del exilio para sacudir tu sombra,
para extraviar recuerdos que
harían acezar tu dulce desvarío.
De nada valen ya las oraciones
ni las rapsodias al albo de los dioses.
Alguien ha marcado con ceniza
esta hora de este día inaplazable,
alguien que exige los gemidos
que ahora bullen y te niegas a vaciar.
Si solo el leve suspiro de un animal
rastreara tu abandono, su vaharada
aplacaría toda llaga al horizonte;
pero ya es tarde, todas las bellezas
que no te reconocieron en este día
huyen en manada hacia el ocaso.
Mañana, el peso del deseo, quizás,

100

El viaje –Antología personal–

ilumine tu mirada, y te entregue
entre el aroma de los árboles
el olvido que tu dicha necesita.

Hernán Vargascarreño

101

Contenido

Del libro País íntimo (2003)
Trenes 5
Estancia 9
Morada 10
Para hacerse a una casa
11
Infancia 13
La poesía
16
Oficios contra la poesía
18
Para atrapar un insecto sin atraparlo
20
Los raros
21
A la vida vine a vivir
24
Confesión 26
Poema para mi amor
29
que es un animal
29
Viajeros 32
Tu viaje a la soledad de tu noche
35
País de agujeros
37
Del libro Piedra a piedra (2010)
Visiones marinas
Partidas  

41
47

Del libro Tempus (2014)
En torno a Horacio
55
Soledades 58

Hernán Vargascarreño

103

El instante
59
Guerreros 60
Homérica 63
Dos cuerpos
66
Guerrero 67
Poesía 68
Amantes 70
Estancia 71
Oración a un dios desconocido
72
Para escribir un poema
74
Tempus 76
Último fuego
77
Poemas inéditos
Alabanza al yo
81
Inútil oficio
83
Kavafis
85
Los hermanos
87
Madre y poesía
89
Palabras 91
Pasa el tigre
93
Poesía 94
Heredades 95
Retrato 1
97
Poema desvanecido
99
Sonata del olvido
100

104

El viaje –Antología personal–

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