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México

SALVADOR PLIEGO

1
Copyright © 2010
COPYRIGHT by Salvador Pliego. All rights reserved.
Houston, Tx. USA

Todos los derechos reservados. Este libro no puede ser parcial o totalmente copiado o
reproducido de cualquier forma sin autorización del autor.
Derechos reservados por el autor y debidamente registrado.

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El nacimiento

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Patria

Has despertado, has vuelto en ti el rostro:


los agaves nuevamente, las ardidas espinas de tus pencas,
las crecidas del Usumacinta transformándose en coyotes,
las monolíticas Piedras Negras y los relieves de Palenque.

Verdes hombres de la tierra: ¿y las corazas?


Hijos del terraplén de la antropología histórica: ¿y los cuchillos?
Jinetes del aroma del jaguar: ¿y el lenguaje?
Bronces del Golfo y de la arqueología descubierta: ¿y el silbido?

¡Nadie, nadie, nadie, quien supiera, nadie!


Sólo el hombre como un grano encubierto,
con la luz ardiendo por adentro,
en la naturaleza cobrizada,
en el esqueleto de mazorcas,
en el vocablo de obsidiana.

¡Venid, pueblo sediento de la patria nuestra,


del sudor sulfúrico del campo,
de la madre metálica en la sangre!
Venid de grano en grano, y grano en siega,
a la ondulada dimensión de las cosechas,
a las alturas del rocío,
a los crepúsculos dorados de las lilas,
a las fumarolas palpitantes de montañas.
Venid, como un torrente de bocas y de ríos,
como una poderosa batahola de serpientes.
Afilad, como nadie garras, espolones,
picas y cuchillos, brazos y sentidos,

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y clavad vuestros territoriales pies de océano y de grillos
en la frontera de la tierra,
donde sólo el hombre
dejó águila y serpiente
como suelo y como amigo.

Despertad las líneas de norte y sur vencidas


al ramaje tutelar de las entrañas,
al fósforo encendido de volcanes,
a la turquesa secreta de la sangre.
Mirad y descifrad la costa.
Sentid la cordillera en niebla.
Dejad los párpados abiertos en las copas.

¡Venid!, alfareros de mi patria,


pueblo ancestral, guerrero y fuerza,
mujer trenzada con la lluvia,
descendientes de la piedra y bisnietos de columnas.
Venid a la fábrica equinoccial de las banderas,
a la ruta posesa de esmeraldas,
a la camisa verde y protegida,
para descubrir vuestra mano de pueblo
y cuerpo de alegría.

Amarrad vuestro corazón benigno


a la tierra mexicana,
y volved al reino del imperio
con penacho, escudo y huaraches,
y un ramillete de sonrisas
al hermano de raíces.

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¡Ésta es mi tierra!
Decid por vuestra boca,
por vuestras arterias y gemidos,
por vuestros pasos de venados y arrecifes,
por vuestras manos empuñadas de cuarzo y de mercado:
¡Salgo en este canto de volcanes!
¡Irrumpo en esta lava de tucanes y de Itzaes!

¡No hay otro estandarte!,


patria entera y volcánica bandera:
¡salgo a las raíces del águila y sus plumas de erupciones!
Hay un canto en ti de selvas y regiones.
Hay un fruto de pájaros y nieves.
Hay un tributo de flores por tus valles.

Garra Azteca, enriquecida:


emerjo en cada brote de tu espina,
en cada penca de águila emplumada,
en cada núcleo de pájaro y bramido.
Salgo a tus dominios, toda entera,
a tu palabra,
a tu piel de escamas y ocelotes.
¡Vivo en este nuevo canto de volcanes!

Patria nueva:
vas en el canto y gorjeo de faisanes,
en la ruta principal de los tambores,
en el sabor de la flauta en los jardines
y la espuma y vellocino del amor de picaflores.

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El inicio

En la más tardía de las sombras,


como una boca hambrienta,
como azufre de luz cegada,
la feroz mañana de las piedras
su naturaleza muerta ventilaba.
No había canto, ni Dios alguno.
Antes de las garzas sólo el viento.
Antes del ónix sólo el fuego.
La pedrería hablaba por las sierras
en las canteras minusválidas de joyas.
Iba pegada a la oscuridad, templándose y sacudiéndose,
su forma hosca de nitrato y fierro.
Y, más que hierba, fue su grano;
más que agua, fue su islote.
El mutante reino del silencio precedía.

Entonces fue la raza,


los magueyes, las águilas batientes,
las serpientes emplumadas,
los penachos alumbrados,
el ónix pulido de las lanzas,
los telúricos volcanes…
Y el bronce fue su centro.

Antes del hombre

Dioses eternos, Dioses puros,


universales bocas de los cielos,

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inmateriales formas sempiternas,
arterias inmortales o pureza elemental
acuñándose en el infinito.
Dígase entonces de la vastedad de luces.
Háblese de la incorporeidad de soles.
Escúchese de la perennidad de la sustancia.
Nómbrese la esencia ilimitada.

Al principio, la Pareja Divina:


el Señor de la Luz del Centro y la Señora del Cielo Nocturno.
Creadores de Dioses y, de éstos, la tierra y su hijo: el hombre.
Las edades cósmicas florecieron.
El barro, el agua y la madera encontraron sustento
y el maíz fue mezclado para latir, desde la tierra,
en los volcanes y epicentros.

El origen

Desde entonces,
desde ahora,
antes de la pedrería y del hacha,
antes que el sudor el cuerpo acongojara,
en el techo del viento y del tiempo,
en los límites infinitos de las hierbas,
sólo los cánticos eran eternos.

Fueron requeridos los dioses:


todas sus nieves, todos sus pies,
todos sus vértices;
los cuerpos inmóviles y las hazañas milenarias;

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la belleza aún no inventada;
el ónix sin punta o lanza que portara;
los viajes de las danzas sin tamboras
ni flautas que soplaran.

Ser hombre era ser garza


y peregrinar hacia la nada.
Desde entonces,
desde ahora,
emergió la roca escalonada
y, en la punta,
un corazón rojo que en la historia
hizo la palabra.

Tierra adentro

Oh poderoso maíz, caña verde, alpiste cimarrón de la cordillera madre,


ceniza incandescente del volcán guerrero
y de la dama blanquecina y recostada sobre el valle;
en los límites de la oceánica sabiduría,
en la enterrada planicie que abrió su boca displicente,
Madre mía, tierra mía, a ti vine a verte y a escucharte.

Chantli del ciervo y del puma oscuro: ¡ábrete a la semilla y al ahuehuete!


¡Un cielo tu boca sopla!… ¡Un cielo tu suelo duerme!
¡Oh nochtli que enterraste tu corazón de espina al mío,
bajo tus verdes pencas mi voz ardía!
¡Súbeme a la tierra! ¡Súbeme al vacío!

Era un grano, mazorca y grano, tu norte pétreo, endurecido,

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la voz del águila y la pluma viva.
Desde ahí la cuesta su mar bajaba,
sin litoral alguno, sin sentimiento alguno.
¡Súbeme tierra a volar contigo!
¿Qué nelhuayotl su arena tuvo?
¿Qué tépetl creció del surco?
¿Qué tlecuilli su fuego ardía?
Más que una sombra un jaguar curtido
donde la selva guardó su nido.
¡Súbeme tierra de mar y vino!
¡Súbeme peña del fuego limpio!
¡Súbeme pájaro del canto en trino!

Tiemblan columnas de jade y vidrio


sobre la arcilla que diera vida.
¡Nantzin: ye xoncalaqui auh ce tototl cuica (Madre: ella entra y un pájaro canta)!
La tierra escucha un quetzal en vivo.

¡Madre!… ¡Madre!… ¡Ya toda mía!


¡Ya toda mía!
¡Súbeme tierra a volar contigo!

Geografía

Madre:
tus ojos de cenzontle,
tu columna de conejo,
tu cordillera de ocelote,
tus cuevas de armadillo,
tu cintura de perico,

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tus valles de tigrillos,
tus veredas de venados,
tus canales de tapires,
tus venas de guacamaya,
tus montañas de gorriones,
tus dedos de iguana,
tus desiertos de tejones,
tus rodillas de urracas,
tus selvas de pichihuilas,
tus lagunas de cocodrilos,
tus hombros de mofetas,
tus campos de halcones,
tus ríos de chachalacas,
tus pestañas de monarcas,
tus regiones de mapaches,
tus codos de verraco salvaje.
Madre, tu corazón de águila.

Litorales

Cántaro de barro, amor de arcilla,


alfarería y yute de las esquinas,
nació el espacio de entre las rocas,
de Kulkulcanes, de los murciélagos y los Chamulas.

Arcilla blanca sobre la cara, lodo de tigre en la costilla.


Horno y papilla sobre la orilla.
Cántaro de agua y lluvia pulida.

Los litorales fueron la arcilla.

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Los litorales y las esquinas.

Los volcanes

¡Oh amor, amor, en la azada siempre hablaste!


Labran tus murmullos las cenizas y las muertes,
los rugidos poderosos de los vientres:
túnicas de estrellas, de montañas y avispones.
¿Qué semilla, en qué ladera, aventaste a la vida?
Y los caracoles y los granos, ¿dónde se guardaron?
No fue el ciego, ¡no!, no fue el mudo latir de los espantos
los dioses que cayeron, las eras que se hundieron:
¡era el hombre!, ¡sólo el hombre!
Lava y fuego que vertieron, puño y gresca, sol y monte,
para nacer hormiga y con ojos de maíz negruzco.
El hombre: aquel del Dios de caña, aquel de dioses amarillos,
aquél del juego de pelota, de los cactus y agaves,
de los códices perdidos.

¡Acércate!… Volcán de lava, del hielo milenario,


de los azufres contenidos:
letra a letra deposita la ceniza en todas las gargantas,
en la piedra no labrada y las memorias de los vientos.
Pon la roca, la primera, y la mezcla donde hierva;
el sedimento de un palacio y la conquista de la tierra.
Grita al hombre a que emerja combatiente,
y dale un valle, uno solo, de erupciones y plumajes.

Habla por los hombres. Posa entre nopales.


Agarra con las uñas las espinas y serpientes.

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Pon el tiempo ante las piedras sin que nadie las desgaste.

Los sonidos

Flauta de barro, de sonidos de magueyes,


tunkul de piedra correteando con las liebres,
madera deshebrada de pájaros cantores:
Xochipilli Dios, tu danza suena
colgada de las flores en ritos de colores.
Hay trompetas de verdores, de conchas y de amores;
huehuetl resonando en los troncos y las pieles,
tortugas y venados tocando RE bemoles.

Mil cenzontles, con un hueso, cantan en los llanos,


y el barro, desde el centro, emite sus lamentos.
Un loro, intacto, dedica un tecuicatiliztli,
y, a lo lejos, con su coro, el viento hace recuento:
el eco, su murmullo, en náhuatl deja acento.

La creación

Coatlicue, la de las naguas de serpientes, meditaba:


si el divino hijo al sol latiera, en cada noche un ciclo la luz prendiera.

Primero fue la leyenda, después el rito y, al final, el sacrificio.


Colibrí zurdo, Huitzilopochtli, concedió el don guerrero,
el mito de la lanza y ser guía de su raza.
Quetzalcóatl, la serpiente de las plumas preciosas,
entregó el maíz para forjar los brazos

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y la columna férrea de los arcos.
Xiuhtecuhtli, dador del fuego,
templó en el bronce su tez y su color guerrero.
Tonatiuh, el luminoso,
con su penacho de plumas de águila
regaló la antropomórfica figura.
Ehécatl, poseedor del viento,
aportó en la lluvia la mitad de sangre
y la mitad de aire.
Tlahuizcalpantecuhtli, señor de la aurora,
aportó el primer soplido, la primera vista
y el primer paisaje.
Mictlantecuhtli, poseedor del inframundo,
restringió la vida a tenerla con el ciclo en la semilla.
Y de esa mezcla nació el hombre:
el del quinto sol, el de las siete cuevas,
el hijo de los Culhuacanos, de los Azcapotzalcos,
Xochimilcas y Aztlanes,
para recibir del águila y la serpiente la habilidad del cielo
y peregrinar con sus consejos.

Chalchiuhtlique
(Diosa del agua)

Gota a gota y pura el agua,


tú llovías pedernales y obsidiana azul celeste.
Garras de hombre te rezaban y te amaban.

Fue la sed, volcánica y a ultranza,


la que un día deslumbrara.

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Y sin viento, en la lluvia que goteaba,
se alzó la boca y te besaba.

Diosa fresca, Diosa dulce,


desde un templo hacia el cenote
te miraba,
y una daga, de un martirio, te sangraba.
¡Y bebía por besarla!
¡Y bebía hasta agotarla!

Mictlantecuhtli
(Dios de la muerte)

Antes del cuarto sol,


antes de la nada,
en los precipicios sin brotar
(era el hielo sordo a las heladas
y las nubes parcas sin sentir sus aguas),
una muerte ciega y sumergida
bajo el tiempo, en el horario,
en el tic tac y la manecilla de la sombra
migraba con las eras.

(No la clara transparencia de las noches,


ni la oscura luminiscencia de los días
al cuerpo etéreo su vida requerían).

Del reino, al reino, en reino,


sólo el silencio
y las aguas ya secadas;

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sólo el frío
y las pieles no curtidas;
sólo el grano
y la mazorca no cegada.
En el preámbulo la tosca muerte, ardida y protegida,
deambulaba los terruños poseída,
y el peregrinaje fue de años:
de las garzas místicas y periféricas,
al encuentro de un islote y un escudo.

Quetzalcóatl

Lejos, muy lejos,


desde la inmemorial página,
en la petrificación ósea de las letras,
en la raíz emergente al tallo
y del tallo al hacha, y del hacha a la semilla;
como un ave o serpiente, o un plumífero de garra,
o una culebra emplumada, o un ser insólito de piedra y obsidiana,
emergió la palabra, el hombre vuelo,
el de los ojos grandes, el de la barba roja
y frente amplia.

¡Oh!, magia, rito, país de octubre, templo de hombres,


cuevas milenarias y ojos invernales:
desde la más antigua de las piedras
devoraste templo a templo las vértebras del hombre.
En su costillar plantaste todas las hélices y plumas,
en sus manos todas las garras y arpones,
en su boca todos los colmillos y espinas.

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Ave de vuelo, deidad sin templo, Dragón del Cielo:
¿quién venía sobre el mar trayendo el viento?;
¿quién tuvo por hijo al hombre y quién al hombre
ofrendó un imperio?;
¿cuántos jaguares desarmó tu celo?;
¿y el hombre bueno te regaló sus huesos
de caracol y verso?

Cuarto paso del hombre, de la serpiente emplumada,


fuiste recogiendo al hombre en los míticos grabados,
heredando la lengua y su cultura.
Lo levantaste de la nada y en la nada glorificaste
la estrella del mañana.
¡Oh, Yucatán Maya y kukulcana!
¡Oh, uxmales de los olmos y magueyes!
¡Oh, cholultecos y xochicalcos de los cánones y versos!
Bajo el mar, bajo su orilla, bajo la piedra volcánica y tendida:
era el grito, ¡todo el grito! , la étnica batalla,
la metáfora del tiempo, los códices castrenses,
los valles agitados,
las serpientes como abanicos en el cielo devorando,
las águilas eternas de collar y cascabeles,
los hombres con las lanzas, con plumaje y con colmillos;
las piedras una a una, una a una, hasta el cielo y en la punta
dominando el templo y suelo.

Vuela tu voz, tu voz Azteca,


en las edades acuáticas e históricas del valle,
y grita, grita, como nadie, grita:
¡Naced! ¡Naced!

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Hombres: ¡Naced!
¡Hasta la vida, hasta la solitaria vida:
en el pedernal y en la materia,
en la laguna y en la pluma,
en la serpiente y en el grano,
y dejad mi patria saturada de templos y de almas
en el corazón de los hijos de volcanes!

Las culturas

Vieja América, vieja escuela del itzcuintli y del cóyotl,


de las cabezas porosas del Olmeca,
de las vasijas de fibra Mixteco – Zapotecas,
de los corredores de agua Xochimilcas:
aún las enaguas de los Yaquis o los Mayas
se entretejen en la greda salpicándose la lengua
de indígenas palabras.
Son la República del valle, del desierto,
de los magueyes fermentados,
de los colibríes no atrapados.

Nueva siempre y vieja América,


raíz del bronce y las parvadas,
posición genuina de la tierra.
Rarámuris: eran un venado encinto de harina y paja.
Mixes: ojos invernales coronados por la patria.
Tlapanecos: guerreros de la orilla con lanzas de quetzales.
Tarascos: oriundos de la lava, encendidos por el agro.
Popolocas: telúricos oaxaqueños de las termales aguas del rocío.
Mazatecos: hijos del geranio, del ocelote y la piel de tigre.

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Tlatelolcas: punta de lanza y del leopardo su mirada.
Yumanas: frontera y norte de cascabelina frente.
Tlaxcaltecas: aprendices de la yuca, del guaje, amaranto y aguacate.
Chichimecas: cocineros del maíz y del huitlacoche negro.
Tlahuicas: hortelanos y mercaderes de criaderos.
Purépechas: vestidores de pájaros, contenedores de los loros.
Aztecas: de la serpiente su plumaje, del águila un colmillo.
Huicholes: cenzontles mañaneros de la voz de azul rubores.

América prehispánica, siempre vieja y siempre nueva:


tu voz aún dialoga con las fibras, con las cardas,
con los peinados de los cerros,
entre las vegetativas miradas de los pumas,
o se enreda en la arena para ser vasija,
o en la selvática acuarela se acuesta en sus colores.
Aún no terminas de ser poseída y ser bandera.
Eres el indígena de barro y vestimenta.
En ti nació el indulto y el diálogo en el vuelo
y las aves aún persignan su aleteo
describiendo sus palabras sin acento.

Huitzilopochtli
(Dios de la guerra)

En el año del pedernal, cuarto sol,


donde el principio era gobernado
y la cronología sometida al altiplano,
de Coatlicue, la madre tierra,
quien quedó preñada de las plumas azulinas
que del cielo se goteaban

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nació el colibrí izquierdo: Ilhuicatl Xoxouhqui.

De ahí el combate, la lucha, el idioma sin fronteras,


la tierra en alas mariposas, el tambor de movimiento,
los cuchillos rojos y cautivos, los prisioneros y las tumbas.

Entonces surgió la vestimenta:


su anecúyotl, sus ortigas, sus colgados de papel pintado,
sus campanillas en sus pantorrillas, los oyohualli,
sus flechas de puntas bardadas y los lanza dardos de turquesa,
las sandalias cubiertas y el plumaje de águila guerrera.

¡La guerra daba inicio y tocaba su trompeta!

Teotihuacán
(Pirámide del sol)

Si de tiempo en tiempo, como una tea,


el coraje de los dioses salpicara
y de su derramado odio, con su pulso,
los arcos ya quebraran
y la lucha de las ramas, la esperanza,
congénita se ahogara,
la traición al hombre, su sola lucha,
en roca se quedara.

No el amor a un astro, no a una estrella,


sino a la altura, a la copa misma.
¿Qué patria genital no anduvo en esa roca?
¿Qué viento huraño no arañó su cetro, su cadera y de la cima

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alzó su voz al cuarto cielo?
Más allá la muerte, la muerte y los silencios.

Déjame cubrirte, madre mía:


roca taladrada en las manos perforadas,
en los ojos ahuecados, en las lágrimas perdidas.
¿Quién subió el último sollozo?
¿Y la mezcla fue de arena o tan sólo de quebrantos?
Dime, madre mía, si tus ojos endulzaron los derrames.

Déjame esconderte, madre:


en la punta, en el quirófano del cielo, en la cúspide perdida;
doblar las piedras como doblaron con látigos rodillas;
besar los brotes de la tierra cuando dio semilla;
achicar el tiempo de la base hasta la cima;
decir que todos, con sus manos, picaron las murallas
y dejaron huellas descubiertas y tendidas.
Dime, madre, si el cimiento fue de lodo
y cada uno gozó su libertad un día.
¡Un día, madre, un solo día!

Déjame esconderte en la escalera,


en la subida hacia la cumbre,
en los pedazos de ladera,
ir de grito en grito y lanzas apiñando,
buscar por qué y con quién el hombre fue cantera,
hallar el código de letras y barrenas
sepultados entre niños y cadenas.
Acudir a lo más alto,
hacia la nada,
al infinito,

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a la pradera inmensa de aquel pico,
a la grada universal de los latidos:
en la punta de los hombres,
de los nidos de volcanes y serpientes,
en la grava suelta de los jades,
en la eternidad del ónix y cantares.
Y cuando el sol se ponga, observarte como un astro,
un Dios encapuchado, un Dios ya taladrado,
y ser piedra, simplemente
ser piedra,
madre,
ser piedra sin cantera,
y volver al surco de la tierra y su montaña.

Tulum

Corríanse, forjábanse, creábanse los muros,


los vertiginosos muros,
las escaleras del venado,
las gradas sagradas de las cuencas
en la arquitectura primordial de los pinceles,
de la cerámica fugada y teológica.

Fueron ojos, uno tras otro soldándose cual rocas:


ojos de punta y de madera,
ojos de ofrendas en las bocas,
y luego piedras,
piedras en los ojos y de cejas;
cada uno adherido sobre el otro
y sumándose cual líneas curvas y perdidas.

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Entonces la magnitud, la magnitud del suelo
en la escalada hacia la punta.
Así volvieron los caracoles las miradas,
como si un observatorio de gigantes mariposas,
de gigantes colibríes,
de colosales dimensiones les hablara.

¿Y a quién escuchas, piedra, si eran ojos


los sórdidos quejidos?
¿Dónde estalla la oscura latitud del templo?
Y mientras tanto, ya subía el áspero camino,
doblándose en cuclillas,
alzándose el vestido,
quebrándose la espina para descubrir la altura.
Y en la cima el pobre pétalo se extendía
al Yucatán de ixtle y de montaña,
al río de Agua Azul y sus cascadas,
relamiéndose riveras agostadas.

Como si escogieras tú el mineral, la rosa,


la empuñadura que a cada liebre perseguía,
o el mural secreto en el interior de los castillos;
fuiste hasta el cielo, y más allá,
a lo infinito,
con los ojos abiertos,
con los ojos encimados,
con las miradas atrapadas,
desvistiendo cada paisaje y guacamayas
para narrar lo que veías
y ofrendar el secreto de tus armas.

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Y así la historia vino:
murmurando en voz baja
la nativa belleza de la rosa clandestina.

¿Qué mujer no untó en sus faldas


las joyas de tus rocas?
¿Y en qué aretes o pulseras no brillaste en ceremonias?
Escúlpale, destínele, abrácele, sepúltele en la cima misma.
¡Oh férrea altura de la historia!
¡Oh cruz del tiempo abandonada!
¡Oh flauta en barro disecada!
Y los ojos en su cátedra en las gradas
mirándonos de lado,
como dioses no nacidos
o guerreros sin lanza ni tejido.

Y de nuevo los ojos abiertos,


los ojos de la roca
mirándose a sí misma y entonces preguntando:
Bonampak, ¿te escondes?
Palenque, ¿y tus astrónomos?
Chichen Itzá, ¿y tu serpiente?
Itzaes, Tayasales, Tikales, Calakmules,
Ceibales, graneros todos y maizales,
bodegueros de la cronología y su destreza:
¿dónde duermen y en qué piedra?
Y la cima, con esos ojos, con esas grietas,
con esa altura, con esas rocas, con esos dioses:
¿aún respira?

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Monte Albán

No ha de morir la muerte misma


sin que alguien más la viera.
Y en la mesa puesta la ceremonia de la tierra.

Pobre de ti, muerte ciega y callada,


en la dorada raíz de unas estelas,
de unos danzantes inmóviles y pálidos,
rodeados de verdugos sin palabras.

Mas, aunque la sombra calle,


aunque el tiempo se desgrane
con esos perfumes de lilas y armadillos,
con esas manchas fantasmales de ocelotes;
te vuelves continental, América, ave regia,
pedazo central de la Oaxaca inmaterial y pura;
otro camino estratégico del orden,
otra dimensión del polvo y de la arena,
la única localización permitida del clima y de la lluvia.

Muerte que viniste danzando en los jeroglíficos y azogues,


en las intermitentes burbujas termales de las cálidas moradas
y no dejaste río ni pie alguno que heredara
tu tambora
o tan sólo el ritmo morfológico de tus terrazas
y de tus habitacionales aguas;
aún hablas en la plaza,
en la posición ortodoxa de los valles,
en la emancipada excavación de tus estelas.

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Mírame, náufrago eterno,
a presumir tu muerte, a vanagloriar
los escalones que inventaron los siglos en tus cumbres,
a observarte mudo, abismado y sobrecogido,
en la base misma de tu tumba.

Monte Albán: padre, abuelo, origen tutelar,


dirigente de santuarios;
sinagoga en la herencia descendente;
progenitor del barullo y azadones;
Itzmo en soledad y religioso;
donador de huesos, músculos y estambre.

A quién, sino a ti la muerte.


A quién, sino a ti la vida.

¡No ha de morir la muerte hasta mirarte arriba!

La ruta y el peregrinaje

¿En dónde está el sendero?


¿En dónde va el camino?
Son huérfanos los cantos,
son vagos los destinos
que brotan en la tierra
y luego el extravío.

¿Acaso una esmeralda?


¿Acaso la existencia?
La piedra fina exija

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labrarla en desmedida.

Estalla el corazón,
futuro de una flor.
¿A dónde van las flores?,
¿a dónde la razón?

¿A dónde va la ruta?
¿A dónde el corazón?
No duelen los caminos,
se escapan y escurren
al golpe del temblor.

Nace el escudo

Tanto así como la leyenda,


el himno trota mundo, las venas del desierto.
No era la historia del hombre sino su camino,
los duros terregales, las dunas eriales
que en las huellas se incrustaron
y las garzas sin morada, ni yugo o artificio.
Como la dura roca al pantano bebe,
así la orilla prestó su lago y la corteza
mostró su rostro de arena y tierra, cultivo y lodo.
Entonces brotó la penca,
la espina y muerte, la ofrenda y sangre que fue a situarse.

Desde la tolvanera al aire y del aire al vértice


vino surcando su pluma y fuego:
la garra abierta, el espolón certero,

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la fuerza extrema de gancho y garfio.
Y del corazón al corazón, del corazón al cielo,
su pico vino cortando el viento,
como un anzuelo que clava y lisia,
como un arpón jalando el aire,
como un tifón de orgullo y sangre.
Y de la espina a la tierra, del ave al hombre,
del valle al lago, del volcán al agua,
serpenteó la forma con sus anillos de raza y hambre.

Más que pueblo, la endurecida garra.


Más que ley, la espiga y nombre.
Más que el agua, el plumaje de áspid y aguijón del vuelo.
Y al fulgor de guerra creció el islote y una bandera náhuatl
de caballero Azteca con su emplumado y bravío arrojo,
con su visión de imperio, con su cultura de ave.
El hombre serpiente, el hombre águila,
el mexica nuevo,
sacudió sus plumas para activar el vuelo.

Tenochtitlán

Sobre una pared del tiempo el agua.


Sobre un islote el agua.
Era la patria misma y el soldado,
eran las gradas construidas de madera
y el agua en sus espaldas,
el valle abierto rasgando sus volcanes
y el agua en las caderas.

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Una pluma, un solo grito.
Una serpiente, un solo grito.
Fundada entre chinampas, tulares, carnizales,
caracoles y erosiones.
Y al centro el hombre
y su mirada de agua,
y su camino de agua,
y su pisada de agua.

Era la frontera y la guerra en plataformas,


el camino a la victoria,
la patria de las chozas y el imperio de banderas.
En ella la historia conjuntaba patios y paisajes,
la orilla que crecía en montículos de tierra y de arcilla,
la sociedad del águila y la gama de palacios y calzadas.
Los jardines y terrazas en siembras de maizales.
Y el agua, siempre el agua,
en su élite de espacio, en sus escalonados centros,
en sus mayores templos y teocráticas viviendas.

Patria entonces, patria ahora:


unidad del hombre, intensidad y magnitud del centro.
Ahí emergió el fuego, la conciencia
y la titularidad de los guerreros,
y una garra enrollada entre plumas, serpientes y conejos.
La combatividad del agua surgía como aliada.

Era la patria y los templos sobre el agua


y la imagen húmeda de las palabras encontradas.
¡La patria combatía!

29
El calendario de piedra

Piedra de oro, talismán del tiempo,


jeroglífico acuñado con garras de oso
y astas de venado.

El primer periodo fue la codorniz y los cenzontles.


El segundo: el harapo, la asadura y los puñales.
El tercero: el bronce y los combates.
El cuarto: los dioses terrenales.
El quinto: el hombre y los aztecas.

52 piedras. 52 edades de corazón y jade.


Y un sólo Dios… llorando su conquista,
llorando sus pies volcánicos y al fuego.

El códice del viento

Queda dicho por el alma de los dioses:


inscribid las letras en la fragilidad del viento,
en la autenticidad del polen,
en la magnanimidad del algodón y sus tejidos,
en los almanaques de los cielos.

Broten de sus labios la lengua de guerreros


y hablen por los campos el idioma de los templos.

¡Bienaventurada sea la flor del nuevo imperio!

30
La triple alianza
(Texcoco, Tlacopan y Tenochtitlán)

Era la alianza de las serpientes,


los colibríes y los jaguares;
las manos atadas de las deidades;
la unísona voz
de las águilas, ocelotes y jabalíes;
la virtual alianza del invencible;
el imperio de los pipiltins y macehuales.

Su cerco abierto, de agua en agua,


regóse al norte con su tributo
y al sur le trajo sus templos nuevos,
sus avenidas y ceremonias.

Cada hombre era un imperio.


Cada testigo era un escudo.
De ahí emergieron los bronces
y la templanza de sus aceros.
Y sus escudos fueron la tierra
y el grito siempre de un acóatl.

La raza

Bronce, sólo bronce:


de ónix y serpiente;
de pluma, garra y pico;
de ocote y barbecho;

31
de códice y conquista;
de olla y semilla;
de metate y llovizna;
de chinampa y tortilla;
de pájaro y conejo;
de hierba y sacrificio;
de tepetates y de noches;
de lluvia y de dioses;
de sangre y sacrificios;
de Aztlán y de caminos;
de islotes ya perdidos;
de guerras y quejidos;
de piedras y destinos;
de ciclos y hechiceros;
de garzas y pescados;
de pantanos y lagunas;
de islotes redimidos;
de tenochcas en el bronce ya fundido.

Caballero Águila

Hulla del fogón y de las llamas,


bronce fundido del tallo y del bejuco
entre círculos y estrellas;
la víbora sedienta y la fuerza de los soles
en los hijos de jaguares o de águilas reales.
Su plumaje majestuoso,
su penacho ya brocado en los fuegos más sagrados,
sus garras indomables,
sus indómitos tatuajes,

32
revestían, invencible, su cuerpo y su fiereza de coloti.

Lanza un dardo, una flecha, un leopardo,


al águila que cumple su reinado.
Y un penacho de tototl, codornices y cotorras,
prende el pecho a la serpiente de plumaje cobrizado.
El guerrero, entre las plumas, cascabeles ha forjado.

Canto de guerra

I
Nequi, nequi (¡Luchar, luchar!).
Nicpehua auh miqui (¡Vencer y morir!).

¡Que el río va! ¡Que el río va!


Nubes de totomeh, águilas del mar,
cauce de los dioses que en la vida van.

Piedras de caliza y de estuco al batallar,


las aves que cayeron sin saber cantar.
¡Que el río va! ¡Que el río va!

Nequi, nequi.
Nicpehua auh miqui.

¡Que el río va! ¡Que el río va!


Los silencios de la orilla y la condena al marchar:
plumas del guerrero, escultura y soledad.

Corriente del imperio y del aliado al escalar,

33
la serpiente emplumada cazando vivirá.
¡Que el río va! ¡Que el río va!

Nequi, nequi.
Nicpehua auh miqui.

II
Vestíos, hermanos, vestíos de liza:
puño labrante, hoz de la calle,
bigornia acerada en la patria retante.

¡Adelante, adelante, la lucha adelante!:


bronces del norte, serpientes del valle,
guerreros mexicas de mazorcas y jade.

Levantad vuestras garras, las flechas airosas,


las lanzas en punta sobre la espesura.
¡Alzad las gargantas! ¡Corred las banderas!:
guerreros del aire, de águilas reales;
soldados Aztecas del trajín y de andares.

¡Adelante! ¡Adelante! ¡La lucha, adelante!


Guerreros mexicas, guerreros del aire,
guerreros del pueblo y de los pedernales.

¡Sonad las tamboras! ¡Sonad grano y bronce!


Curtid las canteras a fuerza de rocas.
Sangrad los volcanes con vuestro barbecho
y dejad las cenizas como alas al aire.

¡Adelante! ¡Adelante! ¡La lucha, adelante!

34
Guerreros mexicas, guerreros del aire,
guerreros del pueblo y de los pedernales.

Millacatl
(Campesino)

Hállate thatzintli,
hállate telpochtli,
rumbo del palmar,
cansado de jornadas,
muriendo del bregar.

Cárgate de tetl
junto al texocotl,
deja la montaña
que llorando va.

Mírate tlaltipac,
macehualli igual,
llévate el recuerdo
de tu tapalpa ya.

Quédate en el aire,
suéñate un maizal,
millacatl triste,
mójate en el riego
para ir a sembrar.

35
El penacho

Como un jardín botánico de aves y flores,


simulando una rivera de plumas, pétalos,
gorjeos y colores,
brotan los nardos de estoicos pericos,
de impávidos loros y tucanes,
de fulgurantes colibríes y quetzales,
para dar belleza a la corona de la raza y de los bronces.

Orquídeas de garzas multicoloras;


nasturcias vírgenes de pelícanos pescadores;
amapolas de campo cosechando plumajes de cotorras;
cajigales sorprendidos por faisanes
de colas doradas, de puntas albiazules;
cempasúchil iracundo jugando a ser un guacamayo
en las flores del ornato.

Vive la corona en el paisaje,


en el rito del pájaro salvaje,
en la flor silvestre y sin tatuaje,
como un hombre-Dios y de alta estirpe
para venerar la lanza, el escudo,
y dar al templo la dignidad inmaterial
de un imperio en totémica jornada.

Cihuapiltin
(Princesas)

Las molineras vestidas, vestidas a sus jaranas.

36
Ixtle en sus cabelleras
para cubrirles sus jardineras.
Maché en la manta y el cuero,
y su rostro de terciopelo.
Ondulan su pelo negro
cayendo como aguacero.
¡Bonita!... ¡Bonita! Chaquira en su cuello esbelto.

Las molineras vestidas, vestidas a sus jaranas.


Jorongo de hilada gruesa,
chapitas de riego y caña,
manglares de porcelana
de sorgo que lleva su alma.
¡Bonita!... ¡Bonita! Pendientes de lis te cardan.

Las molineras vestidas, vestidas a sus jaranas.


Ayates y sus enaguas
desnudan tobillo y palma,
ramitas de los ocotes,
tributos de nuestros dioses.
¡Bonita!... ¡Bonita! Su pierna rozara el alba.

El altar del sacrificio

¿No habéis visto sus ojos, sus ojos de la tierra,


su faz de trementina y de violeta,
su aroma de corriente y pulso,
su máscara enturbiada y descalza?

¿Habéis mirado, antes de hundirla,

37
sus dedos perfectos y vibrantes,
la música en sus muslos
y la nota que escribía su vientre para hablarles?

¿Y aquel sonido ciego, perenne, escapándose del alma,


de hembra y de muchacha,
de sonata y golondrina,
quedó en pinturas sordas
y en murales bajo hiedras?

¿Habéis dejado en el códice el último


sollozo y su última agonía?
Y el ropaje: ¿fue señal que aún dormía?

¿Habéis sentido en el cuchillo,


en la daga, en la mortal herida,
su sonrisa de plata, su marcha y despedida?

¿Y el altar guardó su nombre, junto a un Dios,


para hablarle y convertirla
en paloma si volvía?

La ofrenda
(Habla la doncella)

¡Yo no escogí la mar ni el río,


ni puse mil estrellas por camino!
Miré mi cuerpo de noche, blanquecino,
donde asoma la marea su torrente
y pincela con pájaros los nidos.

38
¡Yo no escogí jamás el río,
ni un puerto que a la mar diera motivos!
Una perla desvanece cuando el viento es descubierto
y el oleaje se esclarece despidiendo su estiaje.
¡Yo no acerqué la orilla al río!

Un Dios su mano extiende a otro


y decide que es mortal
lo que no es de ellos.
¡Yo no escogí ser río,
ni un mar profundo que mirase mis caminos!

Ritual
(El sacrificio)

¡Ay! Riviera, ¡ay!


Totolacatl yolilizo,
quetzalli, ¡ay!
Cuesta de Dios y orilla,
temazcal de piedras y sonidos,
¡sangra, sangra tus quejidos!
¡Ay!
Por el camino de piedra un corazón es río.
¡Ay! Riviera, ¡ay!
Tierra y monte es sacrificio
desollando a los vencidos.
¡Ay!
Achcauhtli, piel de lirio,
en tu puño el olotl y el destino.

39
¡Ay! Riviera, ¡ay!
Por el camino de piedra todo es río.
¡Ay, corazón dolido!
¡Ay!

El emperador

Con su piel bordada y el tejido de la tierra en su mirada


hablaba el lenguaje de la lluvia,
del ocote, de las jícaras, de la profundidad
y los cimientos de la lava.
Su lengua mística se encadenaba a los dioses
en la genuina vocalización de los volcanes.

¡Arde!
¡Calla!
¡Habla!
En el puntal de la obsidiana su palabra.

¡Ruge!
¡Tiembla!
¡Escapa!
Como un sable al altar le gobernaba.

¡Grita!
¡Implora!
¡Sangra!
El corazón al cielo le mostraba.

Soy imperio: divinidad sagrada y del penacho.

40
Soy mexica: guerrero eterno y águila emplumada,
combatiente del sol, soldado de la luna.
En mi palabra la tierra se hace arma.
Soy la pluma mayor del templo y la altura contemplada.
Hablan en mi boca los mares y faisanes.
Soy imperio: eterna voz de un pueblo.

Netzahualcóyotl

“Amigos míos, poneos de pie!


Desamparados están los príncipes.
Yo soy Nezahualcóyotl,
Soy el cantor,
Soy papagayo de gran cabeza…”
Netzahualcóyotl

Miraba de colores,
desde los pozos abiertos de los Itzaes
a las columnas enterradas de los kukulcanes.
Miraba de colores…
Fue su canto lo que atrajo a los cenzontles:
su amor de grillo,
de colibrí esponjado y otoñalmente arropado.

(Y canta:
para mirar la tierra yo he mirado los ríos en tus ojos,
la sabia que emana de tus manos,
la raíz tubular que emerge de su vientre.)

Miraba de colores,

41
y dejó sembrada la tierra de primaverales voces.

Cuauhtémoc
(Águila que cae)

¿Dónde y dónde y dónde y dónde


caía tu pluma como ceniza desde las brasas?

He ahí el fuego, y las garzas desgajándose en las pencas.


He ahí el coraje, y los armadillos bajo el agua.
Si los dioses puros al hielo contuvieron,
sólo tus pies de bronce
al Dios blanco entretuvieron.

Voz y trino, tus ojos quiero.


Joya del hombre al hombre hicieron.
Iban caminando tus pies, de brasa en brasa,
en las gargantas de viruela,
en las noches amargas de ahuehuetes,
en las Malinches necias a dialectos.
¿Cuántos hombres yacieron muertos?
¿Cuántas llagas fue que ardieron?

Iban caminando tus pies solos,


sin tesoros.
Y las casas, y los muertos,
y los niños, y los pueblos,
y los hierros
se encendieron.

42
Voz y trino, tus ojos quiero.
¡Y los pueblos se perdieron!

Malintzin

Para el pueblo enardecido: un lago y un espino.


Para el águila en picada: la estatura y geografía.
Para el ónix en la lanza: el follaje y las calzadas.
Para el códice y la historia: el islote y el imperio.
Para el templo y las pinturas: el calendario y el lenguaje.
Para el lienzo y el penacho: el arte y los linajes.
Para la serpiente y armadillos: los templos y las danzas.
Para la nobleza y el guerrero: la flauta y la tambora.
Para el altar y las doncellas: el alma de los dioses.
Para el leopardo y los quetzales: los honores y los ritos.
Para el bronce y los venados: la moldura y la templanza.
Para la guerra y ordenanza: la furia y los poemas.
Para La Malinche y sus palabras: el silencio y la tristeza.

Orfebrería y plumería

Despunta la piedra, la metálica dulzura


de la incrustación del suelo y del metal
que en conchas se prendía.
¡Oh pequeños colores!
¡Oh diminutas sombras!
¡Oh esencias del detalle!
Las plumas hechas jade,
la turquesa entre pulseras,

43
los pectorales valientes y en pintura,
las noches de pendientes y cristales,
las figuras de arcilla y de cera fundida
que al oro diera vida.

Los orfebres voladores de plumas


y de máscaras rituales
descubrieron el sol, la tierra y
la belleza como norma,
y adornaron sus pechos
con las mantas del arte y del guerrero.

Tlachtli
(Juego de pelota)

Contienda de valientes, de soldados:


garra a garra, zarpa a zarpa, diente a diente.

Adversarios:
en el amanecer, los guerreros de la creación y de la arcilla;
en el oriente, los caballeros de las siete plumas.

Se lanza al centro la pelota


y el caracol, con su herradura pintada y calzoncillos cobrizados,
toca el esférico con el hombro
y lo resguarda entre los bosques,
como si fuese un guardián de los señores de la tierra.

El jaguar hace maniobras y el mapache,


con su cintura de cacique y de imperio,

44
rompe el aire para anidar el balón
en el volcánico hoyo de los muros de la arena y sembradíos.

Los dioses se levantan de las gradas


y con un sonoro grito, exclaman:
¡Salve, guerrero Azteca!

¡Es la hora del combate y de la guerra!

La danza de los viejitos

¡Los huehues, los huehues,


encorvan la tierra al danzar!

Duro que prende, prende y reprende,


danza el viejito en su sainete.
Lleva un pasito muy quejumbroso
junto a su arrimo muy escabroso.

Dale que dale, dale al pasito,


con y sin dientes, muy despacito.
Dale que dale y un violincito
rasgue la cuerda con su brinquito.

Danza del venado

Sobre el carrizo, yaqui plateado,


suenan sus astas y tenábaris.
Guaje de mayo, flautín sagrado,

45
tambor de parche sobre un venado.

Los cascabeles suenan sonaja,


suenan sus arcos,
y una sombra se inclina y bebe
sobre las aguas de un cantarito.

Suenan capullos, suenan bateas,


sobre las astas y piedrecillas,
el hombre agita ya sus sonajas
clavando flechas de plumas secas
y duras puntas con sus maderas.

Tianquiztli

Trueque para mi amada,


cacao de pura mata,
acerque su bella cara
para esculpirla con obsidiana.

Ofrezco mole sabroso,


tortillas para su antojo;
charales y codornices,
cenyahuitl y los quelites.

Atole que sube y baja,


mezcal, champurrado y caña.
Se lleve zarape a casa
de hilaza de la marchanta.

46
Pozole para el guerrero,
plumaje lleno de cuero,
aquí le ofrezco puchero,
comida al pueblo entero.

Festín

Alta cocina y patrimonio del sabor y el gusto,


con sus metates de piedra gris y tosca,
con sus molcajetes trituradores de semillas,
en las ollas de barro cocidas en el frijol maduro y pardo.

Vientre del sol, el sol te llama:


desde sus guayabas cristalinas,
sus zapotes negros de cáscara verdosa,
sus magueyes frescos y de corazón obscuro,
sus mangos de manila o las chirimoyas dulces
que hacen agua en primavera.
Nadan en las ramas el mamey y las pitayas,
se cuelgan de sus hojas los chicozapotes y los nísperos
para dejar las tunas y los tamarindos en sus flores.
Las mazorcas se visten con sus hongos negros
y dejan a las calabazas sus flores amarillas atrapadas.
Aguacates mágicos como los rayos.
Carambolas que al color desnudan y hablan.
Guanábanas que se siembran a sí mismas
para dejar su sabor de brisa y de rocío blanco.
Piñas que se celan con la tierra para esconder
toda la miel de las abejas.
Plátanos silvestres, enanos, machos, manzanos:

47
pencas que hacen jugo en el peso que derraman.

Vientre del mar, el mar te llama:


los platillos suculentos de sabores y de aromas,
las recetas meciéndose al tambor de las enaguas,
el mole y los tamales con sus mil sabores,
los burritos y enchiladas verdes,
los chiles en nogada que anegaron esas playas,
las quesadillas y nopales matizando las mareas,
la cochinita pibil que nació sobre el oleaje,
las salsas batiéndose entre las corrientes,
el pozole y los chilaquiles como parte de un paisaje,
los pescados asados lamiéndose las sales,
el caldo tlalpeño y las legumbres que le habitan;
la tortilla que es agua, sal, harina y vida;
el arenque de peces con su sabor de concha,
de orejas, de banderillas, de empanadas,
de bizcochos nadadores,
de pellizcadas que salpican con sus rebanadas las barcazas,
de cuernos que se deslizan entre ola y ola,
de buñuelos y churros parecidos a las mantarrayas.
Y el mar sólo mirando en su tarde roja,
infinita, cósmica y acalorada.
Mientras el sol, allá, lejano, distante, imbatible,
está lamiéndose las manos para recostarse en un petate.

La tortilla

Hágase el sabor de la tierra dulce


en el fermento de su vientre y de su grano.

48
Ahí, exquisita, sabrosa,
circular como la luna,
aleatoriamente amasada,
extendida,
dilatada,
arrebatada por la flama,
poderosa y dócil en las papilas gustativas,
extraída de las pencas para degustarse toda,
forjada en los molinos y en las manos,
hidratada y heñida para saborearla,
transformada en alimento
y en suculento bocado apetecible;
entonces es todo,
¡todo!, ¡todo!:
el sabor de un valle,
de una tierra,
el sazonado de sus plantas,
el opíparo y abundante aroma que se ofrenda,
la sensación del fino gusto,
la delicia ancestral por el terruño,
la embocadura de la gloria y el destino,
la abertura del pasado en el presente.

Por hablar de ti hablo sin límite y de todo:


estás en la sorpresa, en el alivio,
en el ajetreo de la jerga,
en la armonía de la mesa,
en la calle envuelta en seda,
en el columpio cuando juegan,
en el campo en que se enreda la plática y la greda,

49
en la jornada mítica y selvática,
en el oropel del canto y una boda.
Y no importa si en cuclillas,
sentado, parado,
simplemente en la horizontal
o vertical curvatura de la tierra
te degusto y hago taco.

Eres el conducto de la sal y mantequilla,


de esos quesos suaves que descreman,
la caverna de ese guiso
que desborda en sus laderas,
el sostén y el arco de un manjar que suena a gloria,
el silencio de los huéspedes
que devoran tus encantos.
Como un platillo verde o rojo o negro
se apetecen tus contornos:
sabes al manjar que se limpia con las manos,
hueles al barbecho que espera caliente el sustento,
al banquete diario y protegido,
a la idiosincrasia pueblerina y campesina
o al rodillo de la hembra que da vida.

No, no, no, no, no, no…


¡No me hablen cuando le hablo!
Como el Rey de alta escuela,
de alta alcurnia,
de ascendencia y fina raza,
el menique es el que paro
y al bocado engullo de un mordisco.

50
¡Grítame donde te encuentres!
¡Háblame recio y sin deparo,
sin pena ni vergüenza!
Yo sabré darme gusto
al tenerte en la mano
o simplemente en el primer bocado.

Bella flor
(Xóchitl)

Trenza de luna nacida en el trajinar de tus caderas,


bota que se levanta sobre la grana y baila,
colores de la chalupa desmadejándose en albas,
entre canales angostos que adornan las jardineras.

Bella, cual bella, frondosa,


la luna en chinampa baja
y un ramo le deja en la mano
mirando su estampa clara.

Falda vestida de seda


cuando la luna le muestra el rostro
y la recuesta en sus aguas
para beberla de un labio rojo.

La luna la mira dulce


y le ofrece su lirio a ella
para exhibirle un reflejo
que pinte su pelo y cual nardo aluce.

51
En los jardines del pueblo
levantan orquídea y velo,
las trajineras del cielo
se peinan con el destello.

Y las enaguas se mueven


en los canales de riego,
sus trenzas cuelgan adornos
nacidos del vertedero.

Chinampa de bellos ojos,


chinampa de milpa y flores,
la luna te baña y sopla
en torrentes que son decoro.

Suben las Candelarias


bermejas por los arroyos,
sus chapas como azulgranas,
de mimbre y de pelirrojo.

Azucenas de las montañas,


gladiolas de las alforjas,
peinetas de luna en plata
bordadas en sus miradas.

Parecen como bengalas


que alumbran siempre las calas.
La luna baja y les habla
tocándoles las espaldas.

Cardiáceas y esbeltas damas

52
codeando con chupaflores,
buscando néctar y amores,
y lunas a sus rubores.

Buscan las trajineras


menguantes de dos colores:
la luna llena de azahares
y el claro para sus flores.

Mexica

Tú, parte hombre, parte tierra,


aquel que sustrajo el cincel de la roca y la soldara
para levantar con sus uñas los umbrales
del poliedro y los vértices de los volcanes;
Tú, más que los quetzales,
que amurallaste con plumas cada piedra
regalándoselas al tiempo, a la eterna lengua,
a la sempiternas cenizas y glaciares,
hablas ahora con los granos
a través de los hijos que te dieron.

Tú: origen, el otro cielo, el otro imperio,


sacerdote de los lagos y murales;
el que combatió al trueno y sus veneros;
el que nunca sucumbió a la muerte y como un brote
pintó el color del bronce en los harrieros,
hablas ahora desde las vértebras del viento,
a través de los hijos que te vieron:
Pedro, el que era el elote rojo y negro;

53
Xóchitl, la que nació del hongo y en el cerro;
Ernesto, el de las columnas de lajas y obsidiana;
Susana, la que cimbró a la noche y templó a las estrellas;
Yo, que fui tu hijo, tu peldaño,
el rostro del combate allá en la arena,
la punta de la flecha insertada,
el comal que a la harina le temblaba
o a la siembra le lloró con pico y pala,
ahora cuento a tus hijos
desparramándose en la tierra
como recios azadones, como picos y semillas,
como páginas de historia aún no escritas.

Tú me dejaste la cicatriz abierta,


la herida de hombre y tierra y lava
en cada palmo de mi espalda,
y ese plumaje inolvidable… ¡inolvidable!…
para volar cuando quisiera.

Los guardianes
(Iztaccihualt y Popocatépetl)

I
Hablo por mí, por los nuestros,
los ancestrales y longevos seres,
los bisoños y aprendices;
por las nieves milenarias y sus templos;
desde los gobiernos de calpollis
y las barcas hechas de totoras;
desde la humedad que mojara el surco

54
en el indomable lago de Texcoco;
desde los hidráulicos canales
construidos a la vista de chinampas;
mis dos hermanos, mis dos tiachcauhtlis:
bajo la ladera de su tierra
los penachos y las jícaras suenan tremolando al agua
y las codornices silban mientras van sembrando
la alegría en el verde de sus campos.

Mis dos hermanos volcánicos y estacionarios:


vuelvo a mirarlos y a abrazarme a sus faldas invernales,
a la majestuosa apariencia de su tletl,
en los aperos de labranza y de sus cuestas.
Cuentan, como si no fueran ya leyenda,
como si sus brazas no dejaran piedra en piedra y sobre piedra,
del amor de ustedes, de su ardiente celo,
de su blanca vestidura, de su cándido paisaje.

No duerme el amor sino sus cantos


llenos de tiza y jardineras.
Los armadillos deletrean sus nombres en la greda
y sus cuevas, encendidas y pintadas, hacen palpitar la noche entera.
Hermano y hermana: como los pájaros
que a diario picotean el sabor,
o dejan regados sus nidos en la flora,
o pintan su ojos del paisaje,
o duermen en el silencio de la fauna territorial y sumergida,
o abanican sus brazos para sentir el sereno
agitado por sus besos,
les arrebato su grito, su silencio,
su rugir de humeante nube negra,

55
su dominio y su estancia impenetrable.
¡Toda la tierra es nuestra!
¡Toda la geografía del hombre!
Su inconmensurable vegetación y audaz cantera;
Sus nidos de amor y sus cosechas;
Sus platos limpios de mazorcas;
Su inquebrantable aliento de profundos sueños.
Arma del águila, corazón de serpiente,
suenan tamboras de guelaguetza en su vientre.
Tierra de pencas, mitlot y fiestas.
¡Toda su geografía es canción del hombre!

II
Yo no vengo a morir sino a vivir en vuestro suelo.
Vengo a ser polvo y a rugir junto a los fuegos
en el bastión del bronce y de los hierros;
a salpicar la tierra, a revivir sus puertos,
a ser volcán indestructible en sus veneros.
Voy a ser muralla de hielo y humo negro,
raíz metálica que templa el aguacero,
ladera de ónix y pedregal de los hacheros.
Vengo a vivir como guarda de este viento
y en cada escudo que forja sus senderos,
en cada orilla como un valiente cancerbero.
Yo no he de morir si no contemplo un cielo nuevo.

III
Pero al amor que al amor le llueve su brazo extiende.

Desde la altura me habló su cresta carbonizada y seca


embistiéndome abajo como a una presa.

56
Después fue todo: la altura misma,
la cima y polen, la orilla y humo,
la estrella diurna.
Ahí bajé a mi soledad de trigo,
sediento a beber su vino.
Y la tierra, en su erupción, mostró su verde placer de amigo.

Vuelvo hacia ti, patria, patria,


la roca que alzas de fumarola y cieno,
tus dos miradas de valle y fuego.
¿Dónde es que abriste tu puerta al cielo
si fui tocando ladrillo y barro?
¿Cómo llamaste a cada cenzontle
si fui escuchando su agudo acento?
¿Cómo es que abriste tus ventanales
y ofreciste a tus comensales?

Toda la tierra escuchó aquel trino


desgañitándose en un gemido,
y en las laderas temblaban ambos su fuego de fino vino.

La tierra escuchó aquel grito:


¡Venid, hermanos!
¡Venid!
Y nos quedamos.

IV
¡Venid!
Cuajad sus besos junto a los nuestros,
sus labios limpios y rozagantes,
sus deseos alegres y terrenales.

57
Dejad mostrarles llenos de amor estos confines
de líricos y oníricos paisajes y amaneceres.
Hay un pueblo de frutas entre sus valles.
Hay un juramento de besos naciendo en cada tarde.
Cada brazo tiene cordeles
y sus hojas aplausos para mirarles.

Escoged de esta tierra los versos


que en sus bocas suenen como cantares
y armaros de trinos en su vocales.

Venid sedientos cual aves ya tutelares


a la tierra de las mazorcas
con sus bronceados y constelares amaneceres.
Postrad vuestros pies en la grava de los nopales
y oíd los cánticos que emanan de su bandera:
sus alas, su follaje, su alta cordillera,
sus notas de campana, su sabor de hortelana,
su dulzura y su solana.
Regalaos al concierto de las flautas,
a la epopéyica sinfonía de sus versos parroquiales,
a la armonía singular de sus lugares.
Como un cenzontle cantaréis con ella
y entenderéis por qué éste canto,
volcánico y explosivo,
nació de plumas
y en el aire su mirar fue serpenteando.

58
Tierra mestiza

Plumaje sideral, sobria planicie,


huitlacoche negro del maíz dorado,
molcajete frío en que los dedos machacaron,
cenzontle mudo de los cantos florecidos:
en la más profunda de las piedras,
en cada cueva sumergida,
como un pedernal perdido,
como una daga aún no forjada en el material sin brillo,
o en la mina deslavada,
o donde se corrieron paso a paso ocelotes como trigos,
ahí, el hombre: águila real y cima,
genital de espiga, ser del aire y de la altura,
marcó el área protegida.

Ven a volar, pájaro,


mano a mano como la semilla,
en los pies curtidos hechos de huarache encallecido,
en las manos ríspidas del metal enfurecido:
a templar la tierra,
a dibujar sus granos,
a barnizar pirámides en ónix y zafiros,
a escarbar secretos de letras viejas, ya vencidas,
de jeroglíficos perdidos;
a recitar como una loba tus quejidos,
a mostrar tus alas de caña, de bejuco, de higo sacudido.

Cuenta los ojos abiertos de tus hijos,


cada cerro enmudecido,
los guijarros que subieron al templo

59
y dejaron rojo el altar del sacrificio,
los cenotes repletos de collares, vasijas y gemidos;
las lenguas abiertas y las hogazas transparentes
que no pudieron saborearse por falta de permiso.

Deja tu voraz y sedienta voz nacer del río.


Volcán: hijo de arroyo;
Cecilia: hija del agua; Ricardo: hermano del tucán engrandecido;
María: sobrina de los nidos; Roberto: abuelo de la greda;
a través del maíz y cada uno,
a través de las manos enlazadas,
en el temblor del iris y las uñas,
en la indomable saciedad de labios,
en el estrujar de pechos y de abrazos,
baila la tierra sus latidos.

Tierra mestiza, tu corazón es nardo.


Dame tu pico, carpintero amigo;
dame tu pluma, hogareña hermana;
dame tu risa, peón y camarada.
Voy a volar a la vieja morada, a la vieja ruta,
a la vieja patria,
y ser partidario de las voces sometidas,
de las chozas derruidas, de los niños maltratados.
En cada garganta vacía tu caudal bravío,
en cada hueso tu esperanza y mansedumbre.

Baila mi corazón de viejo cerro.


Vuelo del sur, pájaro errante:
todas las aves, todos tus hijos,
surcan el viento redimidos.

60
¡Un corazón de hierro nació en mi pueblo!
Entra en la tierra, surco de historia y jornalero.
Muestra tu pecho y los aceros.
Sangra tu herida y tus adentros.
Raja tu nombre al país entero.

Grito de casta:
¡Baila tu corazón y es fiel guerrero!

Tierra mestiza, ¡luchar yo quiero!

México

Oh los cantos verdes de paisajes y volcánicas laderas,


piedras de ornato, murallas de madera,
cerros llenos de sopranos trinos y de vocalizadas estrofas
reflejándose en los cántaros de las muchachas,
de sus coloridos rebozos pintados con paletas de acuarela,
de sus peinetas con versos de faisanes
y sus enaguas de lagunas frescas buscando las chinampas.
Esta tierra de luz y vida, esta patria de vasijas y de estrellas,
las nubes que rodean sus arenas,
las formas únicas de sus canteras,
vienen a hablarme a mi corazón de mazorca y grano.

De corazón a corazón, madre, yo te hablo:


tú que me diste el sollozo de los pájaros,
que me inscribiste a la tertulia de las hojas
y me dejaste prendido a la piel de tus abejas,

61
volando entre tus flores, entre tus aguerridas plantas de perfume
y al zumbido fiel de colmenares que abrieron tus vergeles
para beber los frutos embriagantes de magueyes;
oigo, como si percibiese al más diminuto de tus seres,
a las raíces murmurarme y contarme tu pasado y tu presente:
cada estrofa de batalla, cada templo nacido de la roca,
cada ruta iluminada por un Dios y a cada hora.
Líricos, como tus cantos, escucho tus verdes campos,
o tus desérticos terraplenes cargados de cactáceas,
o a las selvas escondidas con sus aullidos de campanas
y serpientes emplumadas.

Cabe el sonido en cada flauta de tus hijos,


la viveza del barro en sus poros como niños.
Vas contando a cada uno: su expresión, sus deseos, sus latidos,
la música que llevan, las sonajas que han perdido,
los tambores palpitantes de sonrisas y caminos.
¡Oh, canto y ruiseñor!... Madre.
¡Oh, rúbrica del cenzontle en la partitura de las calas!... Patria.
Vocalizas los viejos pedernales,
las viejas y nuevas epopeyas:
esas muchachas de trigo, madre;
esas golondrinas de aguacate;
esos ojos de guayaba, tierra;
sus encantos adornados y de gala ataviados;
sus plumíferos entornos bellamente sobrehilados.

Madre: muchacha alegre, patria siempre,


me tocaste el corazón y no sé cómo.
No sé si fuiste tierra siempre o brotaste del elote
o escondida ibas en las nieves de volcanes.

62
En tus entrañas se cocieron las burbujas de cenizas
como leyendas vivas para proteger el sueño
de la mujer dormida y el guerrero que la amara.
¡Oh, madre, patria, mural del tiempo!,
de corazón a corazón nos escuchamos
sin saber de nada, ni de nadie,
y nos amamos
como dos cenzontles de mil cantos hermanados.

63
La independencia

64
México independiente

I
¡Claro!, digo aún tocándonos las manos,
los gerundios, los codos en los verbos,
los adjetivos llenos de pujanza
y correteados como grillos en el palpitar
o en las plazas;
cuántas patrias de las nuestras,
de los Méxicos de piedra –arcaicos como el sol
o la luna desde la vereda, sedientos en su forma,
matizados en la historia, levantados y templados,
y en sus cuerpos piedras, y en las piedras rocas, gradas,
esperando a las campanas;
digo entonces, ¿cuántas patrias se prendieron
y rodando en las laderas se sumaron voluntarias?
Porque voluntarios fueron
los ojos estacionados en la Alhóndiga de Granaditas
que azuzaban y espoleaban,
los pechos que a las balas sosegaban,
las mantas blancas que los indios,
entre hogaza, taco y salsa, en sus manos levantaban,
las llamadas desde el atrio,
las consignas de rosarios, los púlpitos prendidos
en las horas de batalla.

Digo, voluntarios, que su gramática a las letras liberaba.


Nosotros, por supuesto, nosotros,
sabrán que fuimos de ignorantes
hasta crear los alfabetos, a darle forma a la sílaba,
a conjugarla en las pencas,

65
a forjar en un islote plumas, colmillos, garras,
la serpiente emplumada y luego las palabras.

Digo que andarán la tierra


sin órdenes, sin reglas palaciegas,
sin regias moldaduras,
acuñando nuevas y más profundas jefaturas.
Dictemos cátedra, ahora, en todas direcciones:
en la suma convencional y en las tareas,
en los pizarrones verdes y en la voz de tinta fresca,
en la misma escritura sin acento y sin comilla.

Soñé la patria nuestra, voluntarios:


iba en marcha hacia la furia,
iba despertando la aritmética en las tablas,
las vocales atentas al sonido,
las pólvoras geográficas que hacían diptongos
en cada uno de los ojos, ¡nuestros ojos!,
y se enlistaban al diploma o al currículum vitae
de los niños.

Digo, ¡claro!, si es tocándonos las manos,


si es mirándonos los ojos:
las campanas tañen el tintero con fina ortografía.
¡Salgan a su encuentro, anoten direcciones,
que los niños cuenten y sumen el diámetro de soles,
que con reglas coloreen los fluidos de orográficos canales
donde los secretos del hombre anunciaban esplendores,
que de sus mochilas los lápices sin punta
dialoguen o muestren el carbón hecho pirita,
que de la orilla de los pechos sostenga baldes con pinceles,

66
papeles de alegría, hojas jubilosas, plumas de alborozo!
¡Niños del voluntariado, a escribir las oraciones!

II
Escucho, en ese recorrido, los pasos aguerridos.
Y corren: juntos, en pedazos, de pie, de lado,
acuerpados en el mismo pecho,
con las barbas afeitadas de la cólera del día;
corren, simplemente, en marcha:
de cuatro en cuatro y mil en fondo.

La aritmética no sabe, el algoritmo no responde.


Porque empezó en la piedra el hombre y ahora cuentan batallones.
Se fueron ordenando en fila hacia la muerte,
en fila hasta la vida.
¡Nos están llamando! De dos en dos, de dos en cuatro, de cuatro en ocho,
en las sumas intuitivas y en las costillas virreinales,
en los ojos, como siempre, fundidos en las manos y en las venas;
en suma exponencial hacia el futuro.

Hombres tutelares de las muecas, del huarache raído,


de los pies descalzos y sagrados: ¡ya era hora!
¡Qué sabe la aritmética de ustedes!
¡Qué saben los quebrados de las cimas o el altar en la muralla,
del sangrado de los pechos tras perdida la batalla,
del ónix enclavado en la arteria hasta secarla!
Hombres constelados: ya era hora de sumar
guijarros a las piedras, y a las piedras cántaros de agua,
y a los cántaros los vientres,
y a los vientres las cejas enclaustradas.

67
Nos miramos, ¡cuántas veces nos miramos!,
la piedra habla en la boca sin saber nunca del otro.
Pero en la saliva, con el péndulo en los dedos, nos miramos.
Entonces entendimos.
¡Qué arte de plumaje! ¡Qué arte serpentario!
¡Ya era hora!
Batallones de la tierra, soldados de la hierba,
universales combatientes del maíz y de la greda:
¡qué rabia libertaria de los hijos del consuelo!

Y el amor se vino todo junto, todo entero.


En marcha, digo, ¡ya era hora!
De dos en dos y un puño en cuatro,
de tres en cinco y el azadón el siete y luego el nueve.
La aritmética en la marcha, el ábaco en los dientes.
¡Nos están llamando!
Batallones del encuentro, del álgebra en la plaza,
de los dedos en la mira:
¡a contar!, ¡a contar!;
de dos en dos y dos en siete;
de dos en dos y luego nueve.

III
No habéis nacido a la guerra, campanarios.

Alzad las venas, la poesía, los sucesos de los brazos,


la historia humana de las rocas en su alfabético deseo.
Convenientemente, así lo escucho,
desde el trasfondo de la voz id a la apertura,

68
a lo más humano y sagrado.
Decidlo: ¡qué vorágine la nuestra!, ¡qué pasión de labio y tierra!,
¡qué sentimiento de verdor y anhelo!

Hubo una campana, ¡cómo no!, hubo miles en los templos,


en pirámides de hombres azuzando al Dios en celo;
pero hubo una desde el hombre
repicando a pleno vuelo.

Dobladla ahora, campanarios, tocadla en serio.


Volcad a la punta de los templos su sonoro estruendo,
al hombre terrenal y libre,
al hombre universal de siempre.

¡Injertad en la palabra el poder aumentativo!


¡Injertad en el hombre al hombre sustantivo!
¡Injertad en la poesía el placer imperativo!

Id a la corteza, campanarios,
a la terrenal sumatoria del vestigio.
Decid: ¡qué vorágine y qué vicio!
Vestid la tarde y amuebladla con futuras canonjías,
y desparramad de nuevo al hombre
en la conquista de su orbe.

Hubo una campana, ¡cómo no!,


y el hombre tocándola infinito.

69
IV
Discurro el verbo de la letra,
la voz intacta de la jerga, el habla de la lengua.
¿Cuántos Quijotes levantaron a la España
cuando el polvo le asolaba
y sin yermo ni escudero, en la llanura,
fue a la mar a bregar con la palabra?

Discurro nuevamente la poética:


el hombre es el jinete, el molino y su lancera;
el cóndor salvaje es la centuria de las piedras;
el águila morena, clavándose osadamente,
es la fiebre volcánica acerada.

Un día me entregaron el ave, ¡oh poeta!,


el ave pájaro, el ave mundo, el ave pajarera,
obviamente lo era por su pico,
por su garra de plumífero y ladrido,
por su esbelta cabellera Azteca y de granizo
-digamos, si acaso, que era blanca blanquecina,
y pintaba en blanco su perfil de níveo golondrino-;
ahí escuché a la patria sin fronteras, sin filtros ni obeliscos,
simplemente era un terruño,
el suelo entero en sus bramidos.

Dirán, entonces: ¡eres mexicano!


No señores, no es por eso. El santo al santo no alarga la liturgia.
Discurro, y luego explico.
España: ámame en tu tierra, en tu montura,
en tu flamenca escudería, en el confín de tu armadura,
en el galope aciago hacia la vida,

70
en la espada o en la crin de la ventura.
América: láteme, envuélveme, inscríbeme,
abraza mi mejilla, hinca tu poderosa hormona en mis rodillas,
acaríciame la oreja en el portal que vibra,
en tu misma América de arcilla:
la de Darío, la de Sabines,
la del ungüento de Úrsula en su silla,
la de Pedro Páramo sonriéndole al camino.

Patria… mi poesía:
órbita de luces y espuma gentilicia.
Diré, ahora: mis Méxicos queridos;
los del aire y los eternos,
los de escudo blanquecino,
los de túnica de niño, los de guaba y de membrillo,
los de ocote encendido.

Siempre hubo, contaré, costilla en mi costilla


y vértebra en mi herida;
la patria que llevaba mi sangre guarecida
y la mía encendida,
y el beso de un vocablo naciendo en mi saliva.
¡Qué humano, insisto, qué humano el que camina:
libre, y en él vive y desvive poesía!

Más allá de tus fronteras, patria,


en la nada que es el todo,
en el todo que es lo nuestro:
padre nuestro el de los siglos,
padre al hijo en tus dominios,
padre santo en los delirios;

71
encuentro en ti, tierra, mi poesía.

¡Padre hermano el de tus hijos;


Padre nuestro el de mis niños!

V
Querría, ahora, al hombre, guardarle el corazón si se pudiera,
sembrarle un pajarillo en la cabeza
y cantarle a trino, en el hombro, a que sonriera.

Querría, nuevamente, un previo suyo,


después, antes de él, y ante él, en su presencia;
un cañón triunfante que pómulos lloviera,
la campana que hormigueara en un tobillo
y el péndulo en el labio, desfilando.

Querría esa mano que el bronce contuviera


y extenderla, exacta, precisa, a otra mano con su biela.
Y la campana, en el gemelo, en la esfinge,
resonando y restallando,
tajada entre cabellos, y a un abrazo abrazando.

Querría bambolearla y tocarla, liberarla.


Y que el hombre, en su oído, en su frente,
en su tejido interrogante,
doblara estrepitosa, y a sí mismo se escuchara.

VI
Hubo un hombre homínido, humano, algo terrestre,

72
-y no hablo de aquel sátiro inhumano
que no otorga permanencia a la vida en estos lares-;
intuyo: era voluntario de hombros y de huesos personales,
de vida viva, de vergüenza en la camisa.
Vino de la Europa. Sí, patria y patria siempre fue la España:
la madre arcaica y camarada,
(ofrezco mis costillas al Goya hambriento de sus hijos;
regalo mi vértebra, una parte, a cada poro en la Guernica).

Explico: era residente provinciano, del sur, del norte, de la América;


hilaba sus dedos en la tierra matutina
y vestía de polvo, todo el día, toda su agonía.
Sucede luego que la patria…
aquella de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo y extendida:
patagónica en los dientes, amazónica en la lengua,
lacandona en la hebilla, continental en la mejilla.
Sucede, ciudadanos, que pizcó el sable de insurgente
(aclaro, como al mes el calendario,
como madre al hijo nato que llora y sorbe sus encantos).

Insurgente de medallas en las uñas,


procesal veterano de las patrias: ¡Larga vida!
Y no es por él tan sólo.
También al siglo, al árbol, a la hierba,
a las horas del segundo, al horario del minuto,
a las manecillas a destiempo: ¡Larga vida!

Recurro a tu boca y me descubro.


Dejo al inframundo los inquisitoriales términos del habla,
infames verdugos de la letra,
látigos quemados del acento. ¡Pobre espada!

73
Y digo eso en los sepulcros de gramáticas vencidas
-aún la muerte se imagina a sí misma con su propia idolatría-.
¡Ay de aquel y todos esos muertos! ¡Ay de aquel y todos esos yertos!
¿Añoranzas? Siempre. A veces. Solamente entre sus deudos.

Insurgente de pies a la cabeza,


de la espalda a la orilla
y de la orilla a la saliva:
cuando escucho que recorren las lápidas de grilla
y no dejan florecer conceptos:
¿qué patria es ahora?,
¿qué rúbrica de suelo a la calma le violenta?,
¿quién es el que oferta a la muerte una lira?

Dices: ¡donde haya un hombre hay patria y poesía!


¡Vamos, que dejen al mundo acariciar su savia casi extinta,
su valiente fauna escondida,
su suave ortografía acumulada!

Insurgente de pies a la semilla, de pies a la deriva,


si algún día, por descuido, apatía, dejadez o abandono,
tu muerte cadavérica y accidental a la muerte sorprendiera,
estoy seguro correría el astro rey junto a sus hijos
y al tercero nuevamente calentara;
la gallina todo el día cacareara,
y el huevo, tibio aún por verso y letra,
su yema copiaría de pies a la semilla,
de pies a la deriva,
de hombros a la cima,
y a la muerte aquietaría.

74
Insurgente de pies al epicentro, de cabeza al firmamento:
¡que no corra el pie en puntillas estando en la camilla,
ni el lumbar alce la vista a la espinilla!,
¡que el temblor de un árbol no tire a la semilla!,
¡duerma el día bisiesto!
Cuando cantes, ¡hazlo ahora!
Cuando rías, ¡hazlo ahora!
Cuando pienses, ¡hazlo ahora!
Cuando vivas, ¡hazlo ahora!

¡Larga vida, insurgente!


¡Larga vida a la vida!

VII
Un hombre toca,
un hombre dobla su péndulo en la cima
y hace que baje el temblor con que le miran.
Un hombre toca, un hombre tañe,
y otro hombre se le arrima.

El toque dobla las campanas ya vencidas.


Un hombre solo a un pueblo se le arrima,
y los ojos tiemblan, batallan y le esquivan.

Un hombre solo cruje y castañea,


y el péndulo temblando le repica.
Otro hombre presta su garganta y tintinea.
Un hombre solo a un pueblo va y le mira,
y los péndulos, mirándole, le tocan y le vibran.
Y el hombre, sollozante, tiembla de alegría.

75
VIII
Hay un verso universal:
el hombre, Sartre, el hombre:
único, atemporal y coherente;
el ente del ser y la esencia en su dominio;
péndulo y bronce que tañe y predomina.

¡Suenen las campanas!


La boca magna, la boca infinita;
cósmica patria, verso de poesía.
Y el hombre, ¡libre!, ¡libre!,
en las campanas de armonía.

¡Suenen las campanas!


¡Todas las campanas!
¡Qué retumben todas:
entre las gargantas,
entre el mar de bocas,
todas las campanas,
todas liberadas!

Y el hombre: ¡libre!, ¡libre!;


como péndulo golpeando
con sus iris de campanas.

16 de septiembre

Todas las campanas,


todas levantadas,
como mil trompetas,
76
como mil gargantas,
como mil estrellas
en la voz despierta,
todas juntas, todas,
en un grito ardido,
en una torreta de almas,
agitando todas,
todas las campanas.

Como un mar de ellas,


bajo un sol de hierba,
sobre el surco en casa,
en la hacienda y plaza.
¡Todas las campanas!
¡Todas, todas ellas,
suenen la batalla!

Como mil cenzontles,


como mil gorriones,
como mil soldados
en los litorales,
como mil guerreros
desde los maizales,
como mil timbales
para las señales.
¡Toquen, toquen, toquen,
todas las campanas!
¡Todas las que agiten!
¡Todas, todas ellas!

Que la mar les oiga,

77
que el maíz les prenda,
que del campo nazcan
todas acuerpadas,
cada una de ellas
azuzando brasas.

¡Todas las campanas!


¡Todas, todas ellas!
Juntas como hebras,
como fibras todas,
como mil amarras
de metal forjadas.

Que la tierra hierva,


que la tierra aclame,
que la tierra nombre:
¡todas, todas, todas,
todas las campanas!
¡Todas juntas ellas!
¡Todas como fieras!
Como fiel guerreras.
Todas y sonoras,
como un mar de almas
liberando marchas.

Miguel Hidalgo

Viene ya sonando junto a su sotana,


levantando bronce, conjurando espinas,
redimiendo trinches, liberando oriundos.

78
Viene un cura en manta sobre la montaña.

Desde Zacatecas, bajando hacia el valle,


sobre Aguascalientes, Salamanca airado.
Lo siguen los cerros, cuarenta mil bravos,
con todas sus pencas y el machete al lado.

Gritan los poblados:


¡Ya viene el cura con sus levantados!
Mazorca en mano, huarache y rosario,
se oyen polvorientos eximiendo cerros.
Plegaria de campo cuando llega orando,
plegaria de abajo ya sin más candado.

Y dicen pobladores:
¡Ya viene el cura con su mar de alzados!
¡Ya viene atizando nuestros campanarios!

¡Vámonos alzando con sotana negra,


que el mensaje expanda a los libertarios!
¡Vámonos de hábito sin usar sagrarios!
¡Vámonos juntando en un millón de manos!

Ya vienen los curas sin corceles blancos,


y uno de ellos, con rosario en mano,
se quedó atizando nuestros campanarios.

¡Vámonos al monte de sotana y picos,


a blandir machetes y la azada ancha!
¡Que los sables toquen y repiquen y oren,
que rezando “patria” viene un cura,

79
con machete y ostia, encabezando el frente!

80
La revolución

81
Generales de hombres libres
A Francisco Villa y Emiliano Zapata

Vocablos Generales, vocablos sempiternos,


vocablos soberanos:
ahora que la tierra agrietada,
con su tortícolis de tarde, con su avena matutina,
se despereza y abre surcos de mientras tanto y más al rato,
como si hubiera tiempo de esperar al parto
o el gallo atara su pescuezo a la ciega luz de sombra y santo,
os saludo: ¡Salve!, y ¡Salve!

No es que el uno, dos y tres, no cuenten donde corro y sufro.


No es que el cinco se emancipe antes del cuatro.
Para el vértigo del mundo basta su geometría planetaria
y un pedazo de madera: hombre y cruz en sentencia fragmentada
(llevo en mí la cuenta de años y años en batalla).

¡Os saludo!, Generales anónimos del mundo, sin patria,


sin bordes en la lengua, sin tejidos de arena ni marea,
sin dedo señalando la uña fidedigna,
ni pie que en pie a la huella amontonara;
aunque viniesen de la vegetativa y empapada asignatura en que cayeron,
o de la catedral de ojos que en la tinta mordiera la palabra;
¡Os saludo, Generales!

Y no es la patria que a morir les llama ahora


-el soldado nuevo habla de cátedra y madera,
y el hombre ya no cuenta patrias ni arrugas en las palmas-.
Hay soldados que batallan por el verbo y por sus gemas,
gentilicios que caen de las bocas entre espadas de oratoria.

82
Aclaro, y corro ahora: penas, las mías; glorias, las humanas.
Diga Juan su nombre y apellido,
diga Martha su gran apelativo: ¡Generales!
¡Todos ellos! ¡Todos juntos!
¡Generales!
Hoy desnudo mi boca de labios y de males;
y corro y sufro, y corro y miro.
¡Os saludo!
Entre tanto, encuentro una mano y congratulo.
Y corro nuevamente porque sufro.
La mano cuelga del pecho y me descubro,
y me confundo entre mí y el otro,
entre yo mismo y lo que sufro.
¡Generales! ¡Generales!
¡Todos ellos, Generales!
Con nombre y apellido:
Generales, ¡os saludo!

Hombres de clavícula y semblante


que devoran tierra y escritura,
que desnudan la labia antes de hablarla,
que hincan el colmillo y omoplato en la sierra al cultivarla,
que articulan vientre con semilla y pájaro con greda
y ayuno con miradas;
hombres todos, ¡invencibles Generales!,
brigadieres de la cima y de la vida,
de la muerte antes de ella,
y antes de nacida,
y antes, sobretodo, de la guerra misma:
¡Hombres libres!

83
Generales, simplemente, por derecho y de por vida:
descubro mi latido y lo saco a redimirlo.
Y cuento uno cuando vivo.
Y cuento dos cuando el latido.
Y cuento tres cuando lo vivo.
Y corro y sufro, y corro y vivo.
Y cuento cuatro hasta vivirlo.

¡Salve, Generales!
¡¡¡Salve!!!

¡Os saludo!

Emiliano Zapata

I
(Libertad)

Yo vivo con la ventana abierta.

Un día un hombre sintió la tierra,


con su mano abierta bajó a tocarla
y fue juntándole polvo a polvo,
grano a grano, partícula a partícula.
Se le acercó otro hombre y le fue adhiriendo,
como otro grano, como otra parte,
como un fragmento del polvo y llano.
Se le acercaron más y les fue agregando:
grano en los granos, polvo en los polvos,
tierra en la tierra.

84
Juntó más pueblos, comunas y asentamientos.
Y ya su puño, repleto de ellos,
lo fue cerrando y lo fue curtiendo.
Y cuando firme sintió su mano,
abrió su puño, rasgó en el surco,
clavó sus dedos, y a los hombres los fue extendiendo.
Y ya sembrados tocó al primero,
le dio una pala y el polvo entero, y dijo: ¡hablad!

Yo vivo con la ventana abierta.


¡Pasad!

II
(El Plan de Ayala)

Soy la tierra.
En mi sangre corren las centurias,
los volcanes que se abrieron en racimos al sembrarlos,
los carbones metálicos y las herramientas
llenas de harapos, de llagas, de úlceras golpeadas en los surcos,
en las catedrales de arena y sudores,
en las páginas de cada piedra evidenciada.

Soy la huerta de un pedazo de la historia:


su grito de hambre y sus bocas de batalla,
el polvo en vez de harina en la montaña,
el licor del rocío en la copa ausentada.

Por mis letras corren comuneros:


los padres ancestrales al metal encadenados

85
y los jinetes de un sol insurrecto en el arado.

Yo soy la tierra: el pan que prende y su semilla,


la ruta sin mentiras que anduvo desterrada
y fue a la patria primero a buscarse una bandera;
la que proclamó la geografía
y arrancó los antiguos corazones,
los añejos y cobrizados corazones,
los invencibles y puros corazones
para darlos a la vida;
a ellos, a todos ellos,
a cada uno,
a cada quien,
a todos,
a nosotros todos,
a los miserables,
a los hombres,
a los desheredados y a los colmados,
a los hijos insepultos de la historia:

¡Libertad!

¡Liber
tad!

¡Li
ber
tad!

¡Libertad!

86
III
(Agrarista)

Tengo en la sangre una penca


y emblema de jornalero,
un surco labrado en el pecho
y el trinche sublevando al ranchero.

Por mi sombrero agrarista


y el huarache de liana y cuero,
de cara digo y sostengo:
¡la tierra es lo primero!

Ya nos vemos, agraristas,


con el manifiesto de Zapata.
Ya nos vemos levantando
al maizal y al pueblo entero.

Desde la Villa de Ayala,


hasta Tulyehualco y Topilejo,
se abrieron esos linderos
enseñando los sombreros.

¡Ya carguen todos cananas


en las blusas y en las faldas!
¡Ya recarguen esos cartuchos
en las manos libertarias!

Que no se rajen, rancheros;


que no se rindan, poblados:
por mi sombrero agrarista

87
la tierra ha de hablar primero.

IV
(As de Oros – el alazán de Zapata-)

Eran las diez y derramaba.


Las diez y el As de Oros giraba:
su crin al suelo, su hocico ya no más relinchaba,
la cuerda rota, el cinturón quebrado
y la espuela de cobre ya silenciada.
En Chinameca sus venas le perforaban.

¡Eran las diez y la tierra no despertaba!

Los azadones quebraban,


las hachas sólo mellaban;
machetes, cual cueros, doblaban y quebrantaban;
los trinches y los rastrillos en nervios se convertían
y se amedrentaban cuando les tocaban.

¡Eran las diez y la tierra no despertaba!

El sol escondía su braza


en la oscura mitad de la hierba
y en los zarapes las tumbas
abrían sus centenarias cadenas.
Allá las plazuelas menguaban
lanzando quejidos y rabias.
Los trenes silbaban, huyendo,
donde nadie les escuchara.

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¡Eran las diez y la tierra no despertaba!

¡Eran las diez y no despertaba!


¡Ningún caballo ya relinchaba!
La hacienda su horror en la plaza apostillaba.
Su sangre era de luto y aún salpicaba.
Los muros cortaban cartucho
en las pupilas que un lobo les dilataba.
Las balas zumbaban derramando mazorcas,
acorralando los campos, arrancando las hierbas.
¡Eran de bestias los ojos que aullaban!
¡Eran de odio, crueldad e impudicia!
¡Eran de alimañas los gatillos
que en la hacienda tronaban!

¡Eran las diez y no relinchaba!


¡Ningún caballo ya relinchaba!
Por más que se le moviera,
por más vida que la vida le diera,
por más griterío que le cobijara,
por más señas con las que le zarandeaban;
¡ya no relinchaba!

¡Eran todas las horas y no despertaba!


¡Todas las horas y encadenadas!
¡Todas las horas ya sepultadas!
¡Todas las tierras secas y abandonadas!
¡Todas las muertes muertas y destrozadas!

¡Y no relinchaba!

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¡No relinchaba!

¡Ya no relinchaba!

Francisco Villa

En el hierro me forjo,
en el hierro me vivo,
carabinero de plomo,
cañonero de acero,
con el galope del fierro
y las espuelas del pueblo.

Bajando el Cañón de Cobre y la sierra,


la espina en la cordillera,
entre Calera y el Charco,
le vi pasar al Centauro,
le vi cruzar por el llano…

¡Vísteme de Dorado,
dame caballo blanco,
riata y cordel para bregar
en la crin de soldado!

Vísteme con tu saco,


botonadura en cuero y cinto de hueso claro,
como lo hicieran tus tropas
cuando el campo les fue llamando:
¡Vivan los pueblos alzados!,

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de hierro fueron forjados;
¡Vivan los revolucionarios!,
de acero fueron templados.

Dame un espacio en tus huestes,


las que trajeran bandera izando,
que quiero alzarme con ellas
y montar, mientras relincha en el campo,
el corcel que besara tu mano.

En el hierro me forjo,
en el hierro me vivo,
carabinero del ocre
y al grito en que me desvivo:
¡Viva Villa, señores!

Dame un corcel atrevido


como el que besara tu mano,
un espacio en tu tropa
y un corazón ya prendido.

En el hierro me forjo,
en el hierro me vivo,
carabinero del pueblo
y el galope encendido.

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Glosario de términos
Náhuatl - Español
Achcauhtli - El más viejo de los decanos que se pone la piel de las mujeres desolladas
durante los rituales
acoatl – serpiente acuática
anecúyotl – Insignia de Huitzilopochtli, especie de ceñidero
calpollis – vecindarios, casa grande
cenyahuitl – maíz azul
cihuapiltin – princesas, damas, doncellas
chantli – casa
chiquilitzatzi – llorar a gritos
coloti – alacrán
coyotl - coyote
Culculcán – serpiente emplumada
huehues – viejos, ancianos
huehuetl – tambor hecho de tronco de árbol hueco
itzcuintli - perro
macehualli – indio, plebeyo, peón, común
millacatl – campesino
miqui – morir
mitlot – fiesta, algarabía, celebración
nequi - luchar
nelhuayotl – raíz, base, fundamento
nicpehua - vencer
nochtli – nopal
olotl - corazón del maíz
oyohualli – caracol sonoro
pipiltin – noble
quetzalli - pluma hermosa
tapalpa – Tlalpan (lugar sobre la tierra)
tecuicatiliztli – canción para alguien más
telpochtli – muchacho
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tepetl – montaña, volcán
tetl - piedra
texocotl - tejocote
thatzintli – padre
tiachcauhtli – hermano mayor
tianquiztli – tianguis, mercado
tlaltipac – en la tierra
tlecuilli – fogón
tletl – fuego
totolacatl - pluma
totomeh – pájaros
totora – planta herbácea acuática
tototl – guajolote, ave
tunkul – instrumento Azteca, asemeja un barril decorado con caras
Xochipilli – Dios de la danza y música
yolilizo - espiritual

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Salvador Pliego. Nacido en la ciudad de México. Con estudios en Antropología Social
y una Maestría en Sistemas de Computación. Como escritor inicia su carrera a finales
de 2005 y desde entonces ha publicado los siguientes libros: “Flores y espinas”, “Claro
de la luna”, “Encuentro con el mar”, “Bonita… Poemas de amor”, “Libertad” y los
cuentos “Los trinos de la alegría” y “Aquellas cartas de amor”.
Fue premiado como segundo lugar en poesía por la ENSL en México y nominado como
finalista por el II Certamen Internacional de Poesía “San Jordi” en España, 2006.
A la fecha ha realizado lectura de su poética en Estados Unidos, México, Perú, Chile,
Colombia y Argentina.
Publica en revistas de Venezuela, Argentina, Chile, México y en diversos foros y grupos
vía Internet. Su poesía ha sido leída en innumerables ocasiones a través de
radiodifusoras en diferentes países de Latinoamérica.

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