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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO VOLUMEN III

Biografías y Evocaciones
COLECCIÓN
PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN III

Biografías y Evocaciones
COLECCIÓN
PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN III

Biografías
y Evocaciones
Primera sección
HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA
ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Segunda sección
MANUEL DE JESÚS TRONCOSO DE LA CONCHA | NARRACIONES DOMINICANAS
HÉCTOR INCHÁUSTEGUI CABRAL  |  EL POZO MUERTO
O. E. GARRIDO PUELLO  |  NARRACIONES Y TRADICIONES
ENRIQUE APOLINAR HENRÍQUEZ  |  REMINISCENCIAS Y EVOCACIONES

Tercera sección
JUAN BOSCH  |  DAVID, BIOGRAFÍA DE UN REY
JOAQUÍN BALAGUER  |  EL CRISTO DE LA LIBERTAD
JOAQUÍN BALAGUER  |  EL CENTINELA DE LA FRONTERA

IntroduccionES
primera sección:José Chez Checo
segunda sección: José Enrique García
tercera sección: Marcio Veloz Maggiolo

Santo Domingo, República Dominicana


2008
Sociedad Dominicana
de Bibliófilos

CONSEJO DIRECTIVO
Mariano Mella, Presidente
Dennis R. Simó Torres, Vicepresidente
Antonio Morel, Tesorero
Manuel García Arévalo, Vicetesorero
Octavio Amiama de Castro, Secretario
Sócrates Olivo Álvarez, Vicesecretario

Vocales
Eugenio Pérez Montás • Miguel de Camps
Edwin Espinal • Julio Ortega Tous • Mu-Kien Sang Ben

Marino Incháustegui, Comisario de Cuentas

asesores
José Alcántara Almánzar • Andrés L. Mateo • Manuel Mora Serrano
Eduardo Fernández Pichardo • Virtudes Uribe • Amadeo Julián
Guillermo Piña Contreras • Emilio Cordero Michel • Raymundo González
María Filomena González • Eleanor Grimaldi Silié • Tomás Fernández W.

ex-presidentes
Enrique Apolinar Henríquez +
Gustavo Tavares Espaillat • Frank Moya Pons • Juan Tomás Tavares K.
Bernardo Vega • José Chez Checo • Juan Daniel Balcácer

Jesús R. Navarro Zerpa, Director Ejecutivo


Banco de Reservas
de la República Dominicana
Daniel Toribio
Administrador General
Miembro ex oficio

consejo de directores
Lic. Vicente Bengoa
Secretario de Estado de Hacienda
Presidente ex oficio

Lic. Mícalo E. Bermúdez


Miembro
Vicepresidente

Dra. Andreína Amaro Reyes


Secretaria General

Vocales
Ing. Manuel Guerrero V.
Lic. Domingo Dauhajre Selman
Lic. Luis A. Encarnación Pimentel
Dr. Joaquín Ramírez de la Rocha
Lic. Luis Mejía Oviedo
Lic. Mariano Mella

Suplentes de Vocales
Lic. Danilo Díaz
Lic. Héctor Herrera Cabral
Ing. Ramón de la Rocha Pimentel
Ing. Manuel Enrique Tavárez Mirabal
Lic. Estela Fernández de Abreu
Lic. Ada N. Wiscovitch C.
Esta publicación, sin valor comercial,
es un producto cultural de la conjunción de esfuerzos
del Banco de Reservas de la República Dominicana
y la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.

COMITÉ DE EVALUACIÓN Y SELECCIÓN


Orión Mejía
Director General de Comunicaciones y Mercadeo, Coordinador
Luis O. Brea Franco
Gerente de Cultura, Miembro
Juan Salvador Tavárez Delgado
Gerente de Relaciones Públicas, Miembro
Emilio Cordero Michel
Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Asesor
Raymundo González
Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Asesor
María Filomena González
Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Asesora
Jesús Navarro Zerpa
Director Ejecutivo de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Secretario

Los editores han decidido respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores
en las ediciones que han servido de base para la realización de este volumen

COLECCIÓN
PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN III

Biografías y Evocaciones
HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA
ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO
MANUEL DE JESÚS TRONCOSO DE LA CONCHA | NARRACIONES DOMINICANAS
HÉCTOR INCHÁUSTEGUI CABRAL  |  EL POZO MUERTO
O. E. GARRIDO PUELLO  |  NARRACIONES Y TRADICIONES
ENRIQUE APOLINAR HENRÍQUEZ  |  REMINISCENCIAS Y EVOCACIONES
JUAN BOSCH  |  DAVID, BIOGRAFÍA DE UN REY
JOAQUÍN BALAGUER  |  EL CRISTO DE LA LIBERTAD
JOAQUÍN BALAGUER  |  EL CENTINELA DE LA FRONTERA

ISBN: Colección completa: 978-9945-8613-9-6


ISBN: Volumen III: 978-9945-457-02-5

Coordinadores:
Luis O. Brea Franco, por Banreservas;
y Jesús Navarro Zerpa, por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Ilustración de la portada: Rafael Hutchinson  |  Diseño y arte final: Ninón León de Saleme 
Corrección de pruebas: Jaime Tatem Brache  |  Impresión: Amigo del Hogar
Santo Domingo, República Dominicana. Septiembre, 2008

8
contenido

Presentación
Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición.............................. 11
Daniel Toribio
Administrador General del Banco de Reservas de la República Dominicana
Exordio ................................................................................................................................... 15
Mariano Mella
Presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos

Primera sección
Introducción
El testimonio: su valor documental.......................................................................................... 19
José Chez Checo

HERIBERTO PIETER
AUTOBIOGRAFÍA
(Prefacio): Arquitecto José A. Caro Álvarez .................................................................. 39

ARTURO DAMIRÓN RICART


MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA
(Prólogo): Dr. Mariano Lebrón Saviñón ......................................................................... 115

AMELIA FRANCASCI
MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO
(Prólogo): Mons. Hugo Eduardo Polanco Brito............................................................ 193
(Idealismo. Perfiles de la obra de Amelia Francasci): Enrique de Marchena Dujarric........... 196

Segunda sección
Introducción
Cuatro miradas sobre una misma realidad............................................................................... 317
José Enrique García

MANUEL DE JESÚS TRONCOSO DE LA CONCHA


NARRACIONES DOMINICANAS
(Prólogo de la primera edición): R. Emilio Jiménez................................................................ 339

HÉCTOR INCHÁUSTEGUI CABRAL


EL POZO MUERTO ....................................................................................................... 431

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

O. E. GARRIDO PUELLO
NARRACIONES Y TRADICIONES
(A manera de prólogo): Sócrates Nolasco.......................................................................... 505

ENRIQUE APOLINAR HENRÍQUEZ
REMINISCENCIAS Y EVOCACIONES...................................................................... 545

Tercera sección
Introducción
Dos autores y tres biografías . .................................................................................................. 679
Marcio Veloz Maggiolo

JUAN BOSCH
DAVID, BIOGRAFÍA DE UN REY .............................................................................. 689

JOAQUÍN BALAGUER
EL CRISTO DE LA LIBERTAD
Vida de Juan Pablo Duarte ........................................................................................... 811

JOAQUÍN BALAGUER
EL CENTINELA DE LA FRONTERA
Vida y hazañas de Antonio Duvergé .......................................................................... 899

Semblanza de Julio D. Postigo, editor de la Colección Pensamiento Dominicano............ 967

10
presentación

Origen de la Colección Pensamiento Dominicano


y criterios de reedición
Es con suma complacencia que, en mi calidad de Administrador General del Banco de
Reservas de la República Dominicana, presento al país la reedición completa de la Colec-
ción Pensamiento Dominicano realizada con la colaboración de la Sociedad Dominicana de
Bibliófilos, que abarca cincuenta y cuatro tomos de la autoría de reconocidos intelectuales
y clásicos de nuestra literatura, publicada entre 1949 y 1980.
Esta compilación constituye un memorable legado editorial nacido del tesón y la entrega
de un hombre bueno y laborioso, don Julio Postigo, que con ilusión y voluntad de Quijote
se dedica plenamente a la promoción de la lectura entre los jóvenes y a la difusión del libro
dominicano, tanto en el país como en el exterior, durante más de setenta años.
Don Julio, originario de San Pedro de Macorís, en su dilatada y fecunda existencia ejerce
como pastor y librero, y se convierte en el editor por antonomasia de la cultura dominicana
de su generación.
El conjunto de la Colección versa sobre temas variados. Incluye obras que abarcan desde
la poesía y el teatro, la historia, el derecho, la sociología y los estudios políticos, hasta incluir
el cuento, la novela, la crítica de arte, biografías y evocaciones.
Don Julio Postigo es designado en 1937 gerente de la Librería Dominicana, una de-
pendencia de la Iglesia Evangélica Dominicana, y es a partir de ese año que comienza la
prehistoria de la Colección.
Como medida de promoción cultural para atraer nuevos públicos al local de la Librería
y difundir la cultura nacional organiza tertulias, conferencias, recitales y exposiciones de
libros nacionales y latinoamericanos, y abre una sala de lectura permanente para que los
estudiantes puedan documentarse.
Es en ese contexto que en 1943, en plena guerra mundial, la Librería Dominicana publica
su primer título, cuando aún no había surgido la idea de hacer una colección que reuniera
las obras dominicanas de mayor relieve cultural de los siglos XIX y XX.
El libro publicado en esa ocasión fue Antología Poética Dominicana, cuya selección y pró-
logo estuvo a cargo del eminente crítico literario don Pedro René Contín Aybar. Esa obra
viene posteriormente recogida con el número 43 de la Colección e incluye algunas variantes
con respecto al original y un nuevo título: Poesía Dominicana.
En 1946 la Librería da inicio a la publicación de una colección que denomina Estudios,
con el fin de poner al alcance de estudiantes en general, textos fundamentales para comple-
mentar sus programas académicos.
Es en el año 1949 cuando se publica el primer tomo de la Colección Pensamiento Domini-
cano, una antología de escritos del Lic. Manuel Troncoso de la Concha titulada Narraciones
Dominicanas, con prólogo de Ramón Emilio Jiménez. Mientras que el último volumen, el
número 54, corresponde a la obra Frases dominicanas, de la autoría del Lic. Emilio Rodríguez
Demorizi, publicado en 1980.

11
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  Biografías y Evocaciones

Una reimpresión de tan importante obra pionera de la bibliografía dominicana del


siglo XX, como la Colección Pensamiento Dominicano, presenta graves problemas para edi-
tarse acorde con parámetros vigentes en nuestros días, debido a que originariamente no
fue diseñada para desplegarse como un conjunto armónico, planificado y visualizado en
todos sus detalles.
Esta hazaña, en sus inicios, se logra gracias a la voluntad incansable y al heroísmo
cotidiano que exige ahorrar unos centavos cada día, para constituir el fondo necesario que
permita imprimir el siguiente volumen –y así sucesivamente– asesorándose puntualmente
con los más destacados intelectuales del país, que sugerían medidas e innovaciones ade-
cuadas para la edición y títulos de obras a incluir. A veces era necesario que ellos mismos
crearan o seleccionaran el contenido en forma de antologías, para ser presentadas con un
breve prólogo o un estudio crítico sobre el tema del libro tratado o la obra en su conjunto,
del autor considerado.
Los editores hemos decidido establecer algunos criterios generales que contribuyen a
la unidad y coherencia de la compilación, y explicar el porqué del formato condensado en
que se presenta esta nueva versión. A continuación presentamos, por mor de concisión, una
serie de apartados de los criterios acordados:

 Al considerar la cantidad de obras que componen la Colección, los editores, atendien-


do a razones vinculadas con la utilización adecuada de los recursos técnicos y financieros
disponibles, hemos acordado agruparlas en un número reducido de volúmenes, que
podrían ser 7 u 8. La definición de la cantidad dependerá de la extensión de los textos
disponibles cuando se digitalicen todas las obras.

 Se han agrupado las obras por temas, que en ocasiones parecen coincidir con algunos
géneros, pero ésto sólo ha sido posible hasta cierto punto. Nuestra edición comprenderá
los siguientes temas: poesía y teatro, cuento, biografías y evocaciones, novela, crítica de
arte, derecho, sociología, historia, y estudios políticos.

 Cada uno de los grandes temas estará precedido de una introducción, elaborada por
un especialista destacado de la actualidad, que será de ayuda al lector contemporáneo,
para comprender las razones de por qué una determinada obra o autor llegó a conside-
rarse relevante para ser incluida en la Colección Pensamiento Dominicano, y lo auxiliará
para situar en el contexto de nuestra época, tanto la obra como al autor seleccionado. Al
final de cada tomo se recogen en una ficha técnica los datos personales y profesionales
de los especialistas que colaboran en el volumen, así como una semblanza de don Julio
Postigo y la lista de los libros que componen la Colección en su totalidad.

 De los tomos presentados se hicieron varias ediciones, que en algunos casos mo-
dificaban el texto mismo o el prólogo, y en otros casos más extremos se podía agregar
otro volumen al anteriormente publicado. Como no era posible realizar un estudio
filológico para determinar el texto correcto críticamente establecido, se ha tomado
como ejemplar original la edición cuya portada aparece en facsímil en la página pre-
liminar de cada obra.

12
PRESENTACIÓN  |  Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas

 Se decidió, igualmente, respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores
o curadores de las ediciones que han servido de base para la realización de esta publi-
cación.

 Las portadas de los volúmenes se han diseñado para esta ocasión, ya que los plan-
teamientos gráficos de los libros originales variaban de una publicación a otra, así como
la tonalidad de los colores que identificaban los temas incluidos.

 Finalmente se decidió, además de incluir una biografía de don Julio Postigo y una
relación de los contenidos de los diversos volúmenes de la edición completa, agregar,
en el último tomo, un índice onomástico de los nombres de las personas citadas, y otro
índice, también onomástico, de los personajes de ficción citados en la Colección.

En Banreservas nos sentimos jubilosos de poder contribuir a que los lectores de nuestro
tiempo, en especial los más jóvenes, puedan disfrutar y aprender de una colección biblio-
gráfica que representa una selección de las mejores obras de un período áureo de nuestra
cultura. Con ello resaltamos y auspiciamos los genuinos valores de nuestras letras, am-
pliamos nuestro conocimiento de las esencias de la dominicanidad y renovamos nuestro
orgullo de ser dominicanos.

Daniel Toribio
Administrador General

13
exordio
Reedición de la Colección Pensamiento Dominicano:
una realidad
Como presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, siento una gran emoción al
poner a disposición de nuestros socios y público en general la reedición completa de la Co-
lección Pensamiento Dominicano, cuyo creador y director fue don Julio Postigo. Los 54 libros
que componen la Colección original fueron editados entre 1949 y 1980.
Salomé Ureña, Sócrates Nolasco, Juan Bosch, Manuel Rueda, Emilio Rodríguez Demorizi,
son algunos autores de una constelación de lo más excelso de la intelectualidad dominicana
del siglo XIX y del pasado siglo XX, cuyas obras fueron seleccionadas para conformar los
cincuenta y cuatro tomos de la Colección Pensamiento Dominicano. A la producción intelectual
de todos ellos debemos principalmente que dicha Colección se haya podido conformar por
iniciativa y dedicación de ese gran hombre que se llamó don Julio Postigo.
Qué mejor que las palabras del propio señor Postigo para saber cómo surge la idea o la inspi-
ración de hacer la Colección. En 1972, en el tomo n.º 50, titulado Autobiografía, de Heriberto Pieter,
en el prólogo, Julio Postigo escribió lo siguiente: (…) “Reconociendo nuestra poca idoneidad
en estos menesteres editoriales, un sentimiento de gratitud nos embarga hacia Dios, que no
sólo nos ha ayudado en esta labor, sino que creemos fue Él quien nos inspiró para iniciar esta
publicación” (…); y luego añade: (…) “nuestra más ferviente oración a Dios es que esta Colec-
ción continúe publicándose y que sea exponente, dentro y fuera de nuestra tierra, de nuestros
más altos valores”. En estos extractos podemos percibir la gran humildad de la persona que
hasta ese momento llevaba 32 años editando lo mejor de la literatura dominicana.
La reedición de la Colección Pensamiento Dominicano es fruto del esfuerzo mancomunado
de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, institución dedicada al rescate de obras clásicas
dominicanas agotadas, y del Banco de Reservas de la República Dominicana, el más impor-
tante del sistema financiero dominicano, en el ejercicio de una función de inversión social de
extraordinaria importancia para el desarrollo cultural. Es justo valorar el permanente apoyo
del Lic. Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas, para que esta reedición sea
una realidad.
Agradecemos al señor José Antonio Postigo, hijo de don Julio, por ser tan receptivo con
nuestro proyecto y dar su permiso para la reedición de la Colección Pensamiento Dominicano.
Igualmente damos las gracias a los herederos de los autores por conceder su autorización
para reeditar las obras en el nuevo formato que condensa en 7 u 8 volúmenes los 54 tomos
de la Colección original.
Mis deseos se unen a los de Postigo para que esta Colección se dé a conocer, en nuestro
territorio y en el extranjero, como exponente de nuestros más altos valores.

Mariano Mella
Presidente
Sociedad Dominicana de Bibliófilos

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PRIMERA SECCIÓN
HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA
ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

INTRODUCCIÓN: José Chez Checo


introducción
El testimonio: su valor documental
José Chez Checo

“El discurso de la memoria y el de la historia son hermanos, los dos son escrituras, inscrip-
ciones en el alma, espíritu o papel. Pero es en el alma donde el discurso auténtico se escribe y
deja huella psíquica, a veces por el impacto de la impresión primera, o por el pathos o pasión
posterior. Huellas que permiten el encuentro en nuestro interior de experiencias pasadas
ahora rememoradas. Ese lazo indisoluble entre memoria e historia permite afirmar que el
discurso escrito es siempre imagen de lo que en la memoria está “vivo”, “dotado de alma”
porque es “rico de savia”1.
En ese contexto tan esclarecedor es que hay que situar las obras Autobiografía, de Heriberto
Pieter, Mis Bodas de Oro con la Medicina, de Rafael Damirón, y Monseñor de Meriño Íntimo, de
Amelia Francasci, y que en esta ocasión vuelven a ver la luz como parte del programa de
reedición de la Colección Pensamiento Dominicano que ejecutan la Sociedad Dominicana de
Bibliófilos y el Banco de Reservas de la República Dominicana.

Autobiografía, de Heriberto Pieter,


o la Ciencia al servicio de la Filantropía
La autobiografía es quizás el ejercicio literario de más sinceridad, en el cual un autor
expone rasgos y aspectos importantes de su vida en muchas ocasiones desconocidos. Es lo
que el historiador francés Pierre Nora ha denominado “egohistoria”2.
Uno de los grandes ejemplos de este género es el del Dr. Heriberto Pieter Bennet con su
obra Autobiografía, donde expone los pequeños y grandes acontecimientos en las diversas
etapas de su larga y fructífera vida a favor de la ciencia y la sociedad de su tiempo.
Dicha obra, publicada con el Núm. 50 de la Colección Pensamiento Dominicano, se inicia
con un “Prefacio” del ya fallecido Arq. José A. Caro Álvarez, que fuera en diferentes épocas
Rector de la Universidad de Santo Domingo y de la Universidad Nacional Pedro Henríquez
Ureña. En el texto introductorio Caro Álvarez narra que conoció al Dr. Pieter cuando fue a
buscarlo para que atendiera a su padre enfermo y expone la profunda admiración que le
tenía porque él “pertenecía a esa corta legión de hombres transidos de una inmensa vocación
de servicio y de amor a sus semejantes”.
Julio Postigo, en un pequeño “Proemio”, expone su alegría al dedicar dicho emblemático
número al Dr. Heriberto Pieter, de quien afirma que “es una prueba de que Dios derrama sus
bendiciones y reparte sus dones a todos los hombres por igual, cuando ellos con humildad
se esfuerzan, dedicándose al estudio, al trabajo y al bien. De la vida del Dr. Pieter Bennett,
1
Vilanova, Mercedes. “Rememoración en la historia”. En Historia, Antropología y Fuentes Orales, Núm. 30: Memoria
rerum, 3ª época, Barcelona, 2003, p.24.
2
Essais d’égo-histoire, Gallimard, París, 1987. En Pierre Vilar. Pensar históricamente. Reflexiones y recuerdos, Editorial
Crítica, Barcelona, 1997, p.8.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

conocido ampliamente dentro y fuera de la República Dominicana por su labor como cien-
tífico y filántropo, se puede decir que la ha vivido con una mano abriendo surcos en la tierra
y con la otra alcanzando las estrellas”.
He ahí, en esas breves líneas, una síntesis de la obra de Pieter que él subtitula “Mi verda-
dera biografía” y que publicó “con el objeto de corregir falsedades i exageraciones habladas
o publicadas en varias ocasiones”. Para ello no solo utilizó su memoria sino también, como
él afirmó, papeles que guardaba en gavetas de su archivo.
Aun cuando a él le interesa esencialmente su registro vital o su biografía individual3, a
través de las páginas de la obra van reflejándose acontecimientos importantes de nuestra
historia desde los años finales del siglo XIX hasta el decenio de los 70 del pasado siglo, que
fue el lapso en que vivió el Dr. Pieter.
Desde el inicio de su obra se identifica sin rodeos al referirse a sus orígenes cuando
expresa: “Mi nombre actual es Heriberto Pieter Bennett, hijo legítimo de Gerardo Pieter, ex
esclavo, y Carmen Bennet, también hija de ex esclavos africanos”.
Tan interesantes son los aspectos de su niñez como los de su adolescencia, haciendo
notables esfuerzos para “atrapar sus recuerdos”, tal como lo indica en el proemio, donde
califica su existencia “unas veces amarga como la hiel y en muchas ocasiones endulzadas
con el cariño de quienes no dudaban de la perseverancia de mis propósitos”.
No hubo nada tan cierto como la perseverancia en la vida del doctor Heriberto Pieter,
quien demostró superación fruto de la constancia ante los infortunios de la vida: en sus
primeros años nunca tuvo una vida cómoda. Su padre, Gerardo Pieter, cambiaba frecuen-
temente de empleo y entre otros ejerció los oficios de tipógrafo del periódico El Porvenir,
prensista y zapatero.
En el capítulo IV de su Autobiografía, cuando tocó el tema de sus padres dijo lo siguiente:
“Mi padre no duró mucho en ese empleo (periódico El Porvenir), la mala suerte lo perseguía,
perturbando la excelencia de su conducta y la experiencia en su profesión”.
De sus primeros años en la escuela recuerda algo doloroso por el fallecimiento de su
padrino: la pérdida de una beca de estudios en la escuela “La Fe”. El autor relata con valen-
tía lo humillante que fue el costo que tuvo que pagar para continuar sus estudios, cuando
relató lo siguiente: “Al otro día mi abuelo fue conmigo a la escuela, procurando allí a don
Álvaro a quien conocía y casi llorando le rogó que me admitiera siquiera pagando la mitad
de la cuota establecida”.
Más adelante escribió: “En presencia de don Pantaleón Castillo, de don Mario Saviñón
y otros profesores, el Lcdo. Álvaro Logroño4 examinó el caso. En seguida se consultaron y
decidieron aceptarme, pero bajo la condición de que yo ayudaría a mi condiscípulo Mario
Mendoza, en la limpieza de las aulas dos veces, todas las semanas, y llenar diariamente
todas las tinajas destinadas al servicio del plantel”. Confesó que trabajó como si fuera peón
de escoba y aguatero, no sólo en la escuela sino también en el domicilio de los profesores.
Pieter fue muy severo con él mismo en un valiente ejercicio de sinceridad con res-
pecto a su situación en la época cuando relató: “A pesar de ser el más feo y el más pobre
de todos los chicos de ese plantel, solía alcanzar las mejores notas de aplicación en casi

3
José Luis Romero. Sobre la biografía y la historia, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1945. Citado por María
Elena González Deluca. “El trigo derramado y el problema de la biografía como forma historiográfica”, Boletín de la
Academia Nacional de la Historia, Núm. 347, julio-septiembre de 2004, Caracas, Venezuela.
4
Se refiere al padre de Arturo Logroño, destacado intelectual dominicano durante la Dictadura de Trujillo.

20
INTRODUCCIÓN  |  EL TESTIMONIO: SU VALOR DOCUMENTAL  |  José Chez Checo

todas las asignaturas. No sé si esas calificaciones eran exageradas, como premios por
faenas que yo estaba obligado a hacer en casa de varios profesores, tales como cargar
agua en tiempo de sequía, comprar vituallas en la Plaza Vieja y llevar la ropa sucia a sus
lavanderías. La mayor parte de los maestros que me instruían y sabían que yo no pagaba
con dinero, abusaban de mi interés por obtener buen trato y buenas notas en los exámenes
de fin de curso”.
A los doce años de edad ya Pieter había mostrado inclinación a la lectura, según relata,
y su afición al estudio lo llevó en muchas ocasiones a privarse de muchas cosas, incluso de
parte del sostenimiento de su familia para invertirlo en libros.
Pieter cita como una de sus obras preferidas en ese tiempo Historia de la Revolución
Francesa, por Adolfo Thiers, que le ayudó a “inflamar su odio contra Lilís”, y expresó
dramáticamente cómo, siendo aún niño, oía las descargas de los fusiles en contra de los
opositores al tirano en “El Aguacatico”, por la cercanía de su casa paterna a la fortaleza de
la calle Colón donde estaba el ubicado el siniestro lugar de ejecución.
Pieter afirmó que la antipatía contra Lilís se acrecentó durante la guerra de los cubanos
contra España (1895-1898), período en el cual casi la mayoría de los adolescentes dominica-
nos enviaban contribuciones de algunos centavos semanales para sostener a los exiliados de
Cuba que temían ser reenviados a aquel país, también cuando su familia fue expulsada del
solar donde vivían por órdenes del gobernador Pichardo. El autor relata lo doloroso que fue
ese episodio: “Sin previo aviso, José Dolores Pichardo mandó a un oficial del ejército para
que en el plazo de diez días desocupáramos dicho solar porque nuestra vivienda iba a ser
destruida. Sin más noticias, aquello fue un desastre para nosotros. Mi abuelo quiso apelar
a la escasa amistad que a veces Lilís le ofrecía, pero alguien de nuestros buenos amigos
le recomendó que se abstuviera de practicar tal diligencia. El gobernador y el Presidente
formaban una sola persona, tanto en mandato como en la perpetración de las más horribles
torturas, robos y asesinatos que todos conocemos”.
Pieter expresó que la policía no dejó transcurrir el plazo fijado y fueron desalojados
cuatro días antes de terminarse. Relató que para no perder nada del mobiliario, la
familia de Pieter recogió todo lo que pudieron salvar, con la colaboración de personas
compasivas como carreteros que se enteraron de la triste noticia y fueron a ayudarlos sin
recibir pago alguno.
Asimismo, fueron ayudados por soldados y policías que los auxiliaron en el traslado para
evitar que nada se perdiera. Esa noche, según el autor, fue inolvidable, porque la pasaron en
la gallera de San Carlos en las celdas destinadas a los gallos de pelea y en algunos refugios
que les brindaron personas caritativas.
Cuando Lilís fue ajusticiado en Moca, la capital no se enteró sino días después según
relata Pieter. Tan pronto se supo la noticia, el pueblo se llenó de alegría y se pusieron carteles
en casi todas las casas.
En el capítulo VIII narra Pieter su vida de músico-soldado y sus esfuerzos para presen-
tar los exámenes de bachillerato en letras en el Instituto Profesional cuyo Rector era, a la
sazón, Mons. Fernando A. de Meriño, Arzobispo de Santo Domingo. De éste no guardaba
un agradable recuerdo, pues él había influido en que el jurado examinador le rechazara las
asignaturas de lógica y francés, porque el día en que iban a leer las calificaciones, en una
actitud que podría calificarse de racista, “se presentó el Rector, un rencoroso e infatuado
obispo que, en el día de mi inscripción, dijo a su Secretario que no deseaba ver en ese plantel

21
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

a negros ni a militares”. Dos semanas después Pieter aprobó “con las mejores notas” las dos
asignaturas en la Escuela de Bachilleres recién fundada en la planta alta del Colegio San Luis
Gonzaga. Más tarde, el 31 de agosto de 1903, obtuvo el bachillerato en ciencias afirmando,
con cierto orgullo, que “era el primer negro que conquistaba ese diploma en la República
Dominicana”.
Como consecuencia de la revuelta jimenista triunfante de 1903, Pieter decidió escaparse
a Haití donde desempeñó en Jacmel el oficio de sastre y en Puerto Príncipe laboró como
dependiente en una tienda y almacén. De regreso al país laboró en periódicos como el Listín
Diario, El Eco de la Opinión y El Imperial. Ahí escribió alguna producción literaria y comentarios
científicos, cuyos recortes desaparecieron de sus archivos durante el ciclón de San Zenón
del 3 de septiembre de 1930.
Los capítulos XI y XII los dedica Pieter a narrar su época como practicante de medicina
y su preparación de los exámenes para graduarse de médico, cuando era estudiante de tér-
mino. Ahí narra la oposición que tuvo que enfrentar de parte del Dr. Apolinar Tejera, Rector
del Instituto Profesional, cuando él defendía su tesis, ya que Tejera, sacerdote y no obispo
como refiere Pieter, había dicho algo similar a lo expresado por Meriño de que mientras él
ocupara un puesto en aquella institución educativa “se opondría a que militares y estu-
diantes de la raza negra obtuvieran permiso para ejercer ninguna profesión universitaria
en nuestro país”.
Graduado ya de médico, con su diploma y exequátur correspondientes, comenzó a ejer-
cer su profesión en lugares del interior del país. Así, estuvo en Juana Núñez, hoy municipio
Salcedo, y en los municipios de San Francisco de Macorís, Samaná y Sánchez. El Dr. Pieter
pudo granjear muchos amigos y desarrollar una intensa labor en el campo de la medicina
donde logró una enorme clientela, situación que contribuyó a despertar celos en algunos
colegas que se sentían desplazados.
En agosto de 1909 parte el Dr. Heriberto Pieter hacia Francia con la intención de
perfeccionar sus conocimientos médicos, especialmente en los campos de la ginecología y
obstetricia. A finales de ese año se gradúa de Médico Colonial de la Universidad de París
donde tuvo como profesores a eminentes médicos discípulos de Louis Pasteur. Allá también
cultivó la afición por la fotografía.
De regreso a la Patria se dedicó nuevamente al ejercicio médico. En el país, refiere Pie-
ter, “casi todos mis anticuados maestros dominicanos seguían ejerciendo nuestro arte con
la misma petulancia de antaño. Los Dres (Salvador B.) Gautier i (Fernando Arturo) Defilló
fueron los únicos que no me mostraron indiferencia”. Ejerció en San Francisco de Macorís,
donde un médico, celoso de su clientela, elaboró un plan para que lo asesinaran, que afor-
tunadamente fracasó. Allí el Dr. Pieter hizo galas de sus grandes conocimientos médicos, lo
que le granjeó la admiración de los pobladores. Durante la primera Guerra Mundial (1914-
1918) dice Pieter que, poniendo “en manos mi deber, mi entusiasmo i mi agradecimiento a la
heroica Francia, en donde recibí tanta i tan útil instrucción para mejorar mis conocimientos”,
escribió e hizo propaganda en el Cibao en contra de Alemania. Sus escritos los firmaba bajo
el seudónimo de Sully-Berger.
Durante la primera Ocupación Militar Norteamericana del país (1916-1924), el Dr. Pieter
llevó a cabo lo que él llamó “el empeño más patriótico que he realizado en toda mi vida”. Se
refería al hecho de haber curado en 1920, al patriota Cayo Báez de unas extensas quemaduras
en el pecho y en el vientre, víctima de las torturas con machetes incandescentes de Bacalow

22
INTRODUCCIÓN  |  EL TESTIMONIO: SU VALOR DOCUMENTAL  |  José Chez Checo

y del capitán César Lora. Con la ayuda de su vecino, el Licdo. Carlos F. de Moya, haciendo
galas de sus conocimientos fotográficos, el Dr. Pieter tomó fotos a Cayo Báez antes de que
fuera recogido por Luis F. Mejía y Virgilio Trujillo, quienes se lo habían llevado disfrazado de
mujer. En noches sucesivas, narra el Dr. Pieter, Moya y él imprimieron centenares de postales
de Cayo Báez y sus lesiones, fotos que fueron utilizadas por los nacionalistas, encabezados
por el Dr. Francisco Henríquez y Carvajal, en su lucha propagandística contra las fuerzas
de ocupación norteamericanas5.
En ese mismo año, 1920, el Dr. Pieter volvió a París donde intensificó sus estudios
de Pediatría y, luego, en la “culminación de sus aspiraciones” escribió su tesis sobre el
Cáncer del Pulmón, calificada de “bueno” el 2 de marzo de 1923. De regreso a Santo Domingo,
fracasa como inversionista azucarero y ejerce de nuevo en San Francisco de Macorís, y
en Santo Domingo donde llegó a ocupar el cargo de Director del Laboratorio Nacional,
y Profesor de Medicina, nombrado por Horacio Vásquez. Ya en la época de Trujillo,
durante una investidura de unos amigos suyos, denunció en pleno salón “la futilidad de
la exagerada pompa desplegada en esas ceremonias, parecidas a las impuestas por Hitler
y por Mussolini”. Como era de esperarse el Dr. Pieter fue cancelado. Posteriormente,
después de regresar de un tercer viaje de estudios a Europa y a instancias de los doctores
Robiou y Salvador Gautier, quienes le llevaron un mensaje de Trujillo, el Dr. Pieter volvió
a la Universidad.
En 1924, según se narra en el capítulo XVII, último de la obra, el Dr. Pieter, siguiendo la
idea de su querido y antiguo condiscípulo, Esteban Buñols, funda lo que sería su gran obra,
la “Liga Dominicana contra el Cáncer”, que luego auspicia el Instituto de Oncología, una
de las instituciones modelos que actualmente funcionan en el país. En ese capítulo, además
de narrar los primeros años del Instituto, expone sus labores filantrópicas y literarias; su
condición de políglota; las condecoraciones y reconocimientos recibidos y las instituciones
científicas de las que era miembro.
Autobiografía, de Heriberto Pieter, termina con unos apéndices que contienen los diplomas
recibidos, las obras en que ha sido citado, y los discursos pronunciados en la inauguración
del “Hospital Doctor Pascacio Toribio”, de Salcedo; al cumplir 80 años en 1964; cuando
empezó a funcionar la Fundación Pierre Bennett-Pieter, el 28 de marzo de 1965 en el Santo
Cerro; en la Universidad Madre y Maestra, el 21 de octubre de 1967; en el Club Rotario, el
20 de abril de 1965, y al celebrar el 24 de octubre de 1968, las bodas de plata del inicio del
Instituto de Oncología. Figuran, además, los escritos de Pieter titulados “Letras de escritores
dominicanos”, “Recuerdos no edulcorantes en las aulas de mi niñez”, “Dos Pastores”, “Juan
Bosch”, “Manuel A. Amiama”, “Ramón Marrero Aristy” y “Freddy Prestol Castillo”.
La obra de Dr. Heriberto Pieter es de un gran valor, que no pierde nunca vigencia.
Lo es no sólo porque es el reflejo de un hombre que “se hizo a sí mismo”, prácticamente
de la nada y venciendo múltiples obstáculos, sino también porque, como afirmara Pedro
Henríquez Ureña, “sólo la sinceridad (tan rara o difícil) puede dar valor a las auto-bio-
grafías; y tanto éstas como las biografías por mano ajena escritas, sólo deben interesar
cuando la vida en ellas narrada contiene algún alto ejemplo o está en armonía con la otra
del biografiado”6.
5
Una de esas fotos es ampliamente conocida y se encuentra reproducida en la mayoría de las obras que tratan
ese período de nuestra historia.
6
Miguel Collado. “Frases luminosas de Pedro Henríquez U.”, Areíto, Hoy, 12 de julio de 2008, p.6.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Mis bodas de oro con la Medicina, de Rafael Damirón,


o momentos dorados de un apostolado
“La memoria, a la que atañe la historia, que a su vez la alimenta, apunta a salvar el pasado
sólo para servir al presente y al futuro”7. En ese sentido, los testimonios relatados en una
obra acerca de la vida profesional de una carrera como la medicina siempre son necesarios
para entender las condiciones humanas y sociales de una época. El valor, la capacidad de
servicio, el estricto cumplimiento y la fidelidad al juramento hipocrático, todavía estaban
presentes en una etapa de la vida republicana en las primeras décadas del siglo pasado
que marcaron el ejercicio profesional de la medicina, etapa difícil en la cual su ejercicio no
contaba con los muchos adelantos de la ciencia.
De ahí que para los médicos y los dominicanos del presente debería ser obligatoria la
lectura de Mis bodas de oro con la Medicina, 1924-1974, del doctor Arturo Damirón Ricart,
una de las obras de la meritísima Colección Pensamiento Dominicano, que fue dirigida por el
inolvidable Julio Postigo.
En su obra el autor ofrece impresiones de lo que fue su vida ejemplar en su largo ejercicio
de la medicina por 50 años, pero tal como dice el prólogo escrito por el Dr. Mario Lebrón
Saviñón no se trata de una autobiografía, como la que escribiera el también eminente médi-
co Heriberto Pieter y que figura en este volumen, “ni estampas iluminadas de un pasado”
como la obra Navarijo de Francisco Moscoso Puello, sino “breves episodios de momentos
increíbles”, en una época en que el ejercicio de la medicina era de suma precariedad y no-
torias limitaciones.
Sin embargo, a pesar de los obstáculos y las condiciones inadecuadas de la medicina
en ese entonces, el autor la consideraba como una etapa dorada en la que predominaba el
concepto hipocrático de que la medicina estaba al servicio de los seres humanos sin importar
su condición.
De su obra se desprende que el autor dejó una amplia legión de discípulos entrenados
que fueron también ejemplos notables de vocación y servicio. Contiene muchos relatos
al parecer inconexos y no ordenados cronológicamente, por lo que el lector debe advertir
que la intención del autor es sólo dar un aporte para el entendimiento de la labor social y
el ejercicio de la medicina en diversas etapas de la vida nacional a lo largo de un período
significativo de medio siglo.
Según relata, el Dr. Arturo Damirón Ricart se graduó en la Facultad de Medicina de la
entonces Universidad de Santo Domingo, el 28 de octubre de 1924. El día 2 de noviembre
de ese año, el presidente Horacio Vásquez le otorgó el exequátur de ley para poder ejercer
la medicina con el número 19.
El autor recuerda como “si fuera ayer” la forma en que recibió el título que lo acreditaba
como médico después de tantos sacrificios. Expresa que estando en la clínica Elmúdesi, don-
de tuvo sus primeras prácticas, don Pedro Creales y Jiménez, que fungía como empleado,
bedel y ayudante de la secretaría de la universidad, le dijo: “Damirón aquí está tu papel”
entregándole enseguida el título de médico. “Así de sencilla fue mi investidura que por
coincidencia del destino estaría una histórica fecha para mí y luego se convertiría en fecha
clásica de la Universidad”, escribe.

7
Jacques Le Goff. El orden de la memoria. El tiempo como imaginario, Ediciones Paidós, Barcelona, 1991, p.183.

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INTRODUCCIÓN  |  EL TESTIMONIO: SU VALOR DOCUMENTAL  |  José Chez Checo

Damirón agradece en su obra a los profesores de la universidad que lo ayudaron


con paciencia a formarse en sus conocimientos, entre los cuales estaban: el Dr. Ramón
Báez, Dr. Salvador B. Gautier, el Dr. Arístides Fiallo Cabral y el Dr. Fernando Defilló. De
ellos dijo: “Si no fuera porque mi memoria podría fallarme me gustaría hacer anécdotas
e historias de estos grandes de la medicina dominicana, que fueron responsables de
forjar las conciencias médicas de todos los graduados desde la conversión del Instituto
Profesional en Universidad de Santo Domingo entre los años 1916 y 1923, en que se
unieron otros notables médicos dominicanos a compartir tan grandes responsabilidades
históricas”.

Sus inicios
Damirón recordó que sus primeros pasos en la medicina fueron al lado del ilustre maestro
Dr. Antonio E. Elmúdesi, quien había sido su mentor y maestro en cirugía.
Señaló que su graduación ocurrió a poco de haber terminado el período de la Ocupación
Norteamericana que “eclipsó por ocho largos años la vida institucional de la República”
y se iniciaba una nueva esperanza con el advenimiento del Gobierno Constitucional del
general Horacio Vásquez.
El autor no ocultó desde el principio el hecho de que sus familiares fueran afectos a
dicho régimen cuando escribió: “Mis familiares más cercanos eran afectos a dicho régimen
y consiguieron que se me nombrara médico legista y de la cárcel de Santo Domingo con un
sueldo en ese entones de 40 pesos mensuales y luego fui nombrado por el Ayuntamiento
como médico municipal de pobres para los barrios de Santa Bárbara y Villa Duarte”.
Dijo que su primera actuación fue en el campo médico legal, además de la atención de los
presos existentes en la cárcel de la fortaleza Ozama, recluidos en la Torre del Homenaje. Señaló
lo delicado y laborioso de ese trabajo: “Tenía que asistir todos los casos de reclusos y enfermos y
los accidentes y heridos que ocurrían en el distrito judicial, lo cual implicaba desplazamientos a
distancias considerables con el fin de levantar cadáveres como resultado de crímenes, suicidios,
etc. Se podía decir que mis actuaciones no respetaban horas de descanso ni de alimentación
personal. Estas llamadas ocurrían durante las más tranquilas horas de descanso, en las horas de
sueño nocturno o mientras estaba sentado a la mesa en compañía de mi familia”.
Indica en su obra que por suerte la ciudad no era tan populosa en ese tiempo ni había
tantos accidentes de tránsito. Los vehículos eran escasos y la población reducida, aunque
sólo existía un médico para el servicio.
El autor dijo que su primera autopsia como médico legista la efectuó cuando ocurrió
una tragedia en la carretera Mella, a nivel del cruce de los rieles del ferrocarril, cerca del
kilómetro 25, en la cual resultó muerto un señor que se llamaba José Mateo que viajaba sen-
tado en un camión junto a su conductor mientras se dirigía a San Pedro de Macorís desde
San Juan de la Maguana.
El hecho ocurrió cuando el camión se cruzó con un vehículo marca Ford al servicio del
Ejército Nacional que venía en dirección contraria, y éste le pidió luz baja y al no hacer caso
de la señal, el oficial que ocupaba el automóvil le disparó con tan mala fortuna que lo hirió
de muerte, relata.
Expresa que la exploración se hizo difícil porque el proyectil no fue encontrado en la
cavidad toráxica, dentro de la cual había una hemorragia enorme, sino en la cavidad pélvica.
El experticio balístico determinó que procedió de una pistola automática calibre 45, por el

25
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

cual pudo determinar que era la que portaba el oficial y no el revólver 38 del militar que
manejaba el automóvil, como se creía.
Reveló que muchas fueron sus tribulaciones como resultado de su inexperiencia y otras
por las inadecuadas condiciones de trabajo. También mencionó las simulaciones por parte
de los heridos y accidentados, situaciones que lo pusieron a prueba por muchos años hasta
que el tiempo le dio la madurez necesaria para no dejarse engañar.
Damirón señala en su obra que otro de los momentos más significativos de su vida aconteció
cuando fue nombrado “médico municipal de pobres” por el Ayuntamiento de Santo Domingo,
cargo desde el cual atendió a muchas personas de escasos recursos económicos.
De su experiencia como médico de pobres confesó que ese cargo lo ayudó a formar un
espíritu para la comprensión de los problemas de sus semejantes. De esa época escribe: “En
muchas ocasiones tenía que suministrar las medicinas que les recetaba, ante la incapacidad
de comprarlas”.

El ciclón de San Zenón y otros acontecimientos


Uno de los acontecimientos más aciagos en la historia dominicana fue el ciclón de San
Zenón, que ocasionó episodios verdaderamente dantescos en la capital. Damirón describió
la ocurrencia de cientos de muertes ocasionadas por el vendaval o aplastamiento por los
escombros de sus casas. El hospital donde el autor trabajaba fue seriamente afectado y su
equipo destruido en su mayor parte.
La situación de los enfermos no pudo ser peor al expresar: “Los enfermos se habían mar-
chado a sus hogares o se habían refugiado en sitios más protegidos; los que habían llegado
heridos a solicitud de ayuda, no habían sido asistidos por falta de médicos y hasta una señora
había fallecido sin poder ser auxiliada”. Ante esa situación los dirigentes del Hospital Evan-
gélico decidieron establecer un sitio de emergencia para atender a las decenas de heridos del
huracán y se decidieron por un gran edificio comercial que estaba en la avenida Capotillo
(después avenida Mella) propiedad de la señora Luz Saldaña, mujer de espíritu altruista.
En un párrafo relató la deprimente situación sanitaria de la ciudad y las urgencias médicas
que se presentaban a causa de las epidemias al escribir: “La acumulación de basura, detritus
y desperdicios ocasionados por los escombros de los edificios destruidos, desencadenó una
plaga de moscas y como consecuencia de ello agravado por las malas condiciones higiénicas
y la falta de agua se desarrolló una verdadera epidemia de Disentería amebiana contra la
cual hubo que desplegar una lucha titánica durante varios meses”.
El autor expresa no exagerar al estimar en más de quinientos los casos ocurridos durante
la epidemia, con una mortalidad mayor en personas de más de cincuenta años y adultos
desnutridos. Damirón informa que según las cifras de los encargados de enterramientos se
estimaban en dos mil las víctimas del huracán todas enterradas masivamente en fosas comu-
nes en el espacio de la llamada Plaza Colombina (hoy parque Eugenio María de Hostos).
En esa ocasión la ayuda exterior no se hizo esperar siendo la primera en llegar la del
crucero británico Danae cuyos marineros ayudaron a quitar los escombros. Damirón consi-
deró que si bien el ciclón de San Zenón dejó tragedias y epidemias una de las cosas positivas
que produjo lo fue la visita del reverendo Barney Morgan8, de la Misión Presbiteriana, con
la ayuda de las misiones de los Estados Unidos. De él escribe: “Este misionero, con el más

8
En la parte norte de la ciudad, uno de los límites del Ensanche Espaillat es la calle que lleva su nombre.

26
INTRODUCCIÓN  |  EL TESTIMONIO: SU VALOR DOCUMENTAL  |  José Chez Checo

grande espíritu cristiano se dedicó a la misión de ayuda y tomó tanto cariño al país, que
terminó con hacerse cargo de la Misión Evangélica en el país, cargo que desempeñó por es-
pacio de muchos años, dejando una estela de recuerdos imborrables entre los dominicanos”.
Para el autor la asociación con el reverendo Morgan por más de veinte años fue provechosa
para su formación humanística.

Pacientes importantes: Gerardo Machado y la hija de Vicente Gómez


En su larga carrera de la medicina, el autor recuerda pacientes importantes extranjeros
que tuvo que atender.
Uno de ellos fue el general Gerardo Machado, ex presidente de Cuba que tuvo que
huir de su país luego de ser derrocado. Llegó a suelo dominicano por las costas de Mon-
tecristi en un yate procedente de las Bahamas. Sobre ese hecho expresó: “Cuando estuve
en su presencia, me preguntó que si yo sabía quién era él, contestándole afirmativamente
por haberlo visto en muchas fotografías y a renglón seguido me inquirió que si yo tenía
algo en su contra a lo cual le contesté que aunque no compartía sus ideas políticas, yo nada
sentía en su contra, porque yo no era cubano y además que mi condición de médico no
podía impedirme que asistiera con toda diligencia e interés a un paciente que solicitara
mis servicios”.
Los exámenes de laboratorio hechos a Machado indicaban que no existía referencia
alguna a una posible intoxicación criminal, por lo cual mejoró notablemente. Con el autor
Machado duró unas dos semanas, tiempo en el cual logró intimar por lo que el paciente le
confesó muchos secretos de su vida política desde sus inicios de la guerra libertadora, en
la cual había llegado a Mayor General, hasta su derrocamiento como Presidente y su fuga
al extranjero.
Al marcharse del hospital con destino a Alemania, Damirón reconoció que le tuvo ad-
miración por su gran valor, aunque muchas veces le llamó la atención por mantenerse acos-
tado de espaldas frente a la puerta de la habitación que se encontraba abierta y por donde
circulaba libremente todo el que así lo deseaba, exponiéndolo a un atentado por parte de
algunos de sus enemigos políticos.
Se preguntaba él por qué después del derrocamiento del presidente Machado en Cuba
y su refugio en el país, cada vez que se producía un cambio importante en América sus
exiliados venían a residir al país.
Otra de las pacientes importantes que tuvo que atender fue la hija del dictador Juan
Vicente Gómez, llamada Berta, a la cual tuvo que tratar de una apendicitis aguda.
En todos los casos de personas de importancia dijo que estaba envuelto su futuro como
médico, ya que cualquier falla podía ser catastrófica para su credibilidad.

Su “caso cumbre”
A lo largo de su trayectoria como médico, el autor expresa que su caso cumbre fue aten-
der a Pedro Livio Cedeño, uno de los que participaron en el ajusticiamiento del dictador
Rafael Leonidas Trujillo Molina.
Relata que fue llamado poco antes de las diez de la noche del 30 de mayo de 1961 para
atender a Cedeño en la Clínica Internacional donde había sido llevado, y lo asistió hacién-
dole una laparotomía exploradora, además de suturar algunas perforaciones en el colon y
el intestino delgado, intervenciones que llevó a cabo con éxito.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

“Yo sabía la gran responsabilidad que asumía al atender un caso como éste, pero mi
condición de médico respetuoso del juramento hipocrático estaba muy por encima de todos
los demás actos y responsabilidades que pudieran derivarse, aunque de menor importancia
y trascendencia”, relata.
Damirón se apenó de que sus esfuerzos fueron inútiles, ya que Cedeño, al igual que
la mayoría de los participantes en el magnicidio, fue asesinado posteriormente por Ramfis
Trujillo. De aquella gesta patriótica sólo sobrevivieron dos, Antonio Imbert Barrera y Luis
Amiama Tió. Al día de hoy sólo queda vivo el primero.
Al valorar ese episodio en su vida profesional expresa: “Es un capítulo de la vida do-
minicana en que me tocó actuar de modo decisivo, aunque mi buena intención fuera frus-
trada luego por el desbordamiento de pasiones humanas, y del cual no desearía alardear,
ni tampoco recordar”.

La Liga Dominicana contra el Cáncer, retiro con honores


Una de las instituciones de servicio más importantes del país ligada al Dr. Damirón
desde su fundación fue la Liga Dominicana contra el Cáncer. En mayo de 1949 fue elegido
Presidente y luego fungió como vicepresidente durante casi veinte años, mientras la presidió
el eminente médico Dr. Heriberto Pieter hasta su fallecimiento en 1972. Como resultado de
la muerte de Pieter volvió a asumir la presidencia de la Liga, además de la dirección del
Instituto de Oncología.
Otra institución de gran relieve e importancia en el país a la que le dio grandes aportes
fue el Club Rotario, en los años cuarenta, poco después de haber sido fundado en el país.
Llegó a ser Director de Rotary Internacional por sus méritos adquiridos, posición que le
permitió viajar a muchos países. Los recuerdos de las experiencias de esos viajes ocupan
numerosas páginas de la obra.
Recuerda también cuando en 1971 a iniciativa de un grupo de médicos de reconocida
capacidad y honestidad, y después de muchas luchas y alternativas, colaboró en la fundación
de la Academia Dominicana de Medicina.
Fue elegido como presidente en la primera directiva a la cual se dedicó con gran entusias-
mo. Recuerda con gran orgullo y satisfacción las conferencias y seminarios entre los cuales
destaca el cursillo sobre actualización de enfermedades del corazón dictado por médicos
mexicanos de la Sociedad Mexicana de Cardiología, considerado en su época como el más
destacado. Al finalizar su mandato como presidente y después de un descanso en 1973,
fue elegido nuevamente para dicho cargo que terminó precisamente en octubre de 1974,
coincidiendo con la celebración en que cumplió cincuenta años de vida profesional. Finaliza
diciendo que esa coincidencia pareció obra del destino, ya que constituyó el colofón de todas
sus inquietudes profesionales y de su misión médica.
La obra del Dr. Damirón o “la historia de mi vida médica” es de gran utilidad para que estu-
diosos e historiadores puedan comprender cómo era el ejercicio de esa profesión en los 50 años
que relata, así como para saber cuáles eran las enfermedades de la época, cómo surgieron
instituciones útiles para la sociedad, tales como el Leprocomio, la Escuela de Enfermeras, la
antigua Asociación Médica Dominicana, entre otras, la celebración de importantes eventos como
el Congreso Médico, y la participación del eminente médico dominicano en acontecimientos
trascendentales de los tiempos modernos como fueron la gestión de la ley que otorgó la auto-
nomía a la Universidad de Santo Domingo, en 1961, y la Guerra Constitucionalista de 1965.

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INTRODUCCIÓN  |  EL TESTIMONIO: SU VALOR DOCUMENTAL  |  José Chez Checo

Monseñor de Meriño Íntimo, de Amelia Francasci,


o el retrato de una inaudita amistad
Esa obra reimpresa en 1975 como el Vol. 53 de la Colección Pensamiento Dominicano, con-
tiene un “Prólogo” del ya fenecido Mons. Hugo Eduardo Polanco Brito, entonces Arzobispo
Coadjutor de Santo Domingo, y un ensayo titulado “Idealismo. Perfiles de la obra de Amelia
Francasci”, escrito por Enrique de Marchena Dujarric.
Monseñor Polanco, gran admirador de Meriño, resalta la obra de Amelia Francasci al
considerar que permite conocer facetas poco conocidas del primero y considera, entre otros
asuntos, que “por tener el libro toda la dulzura de doña Amelia, y expresarse el Arzobispo con
los mismos sentimientos con que Dante amaba a Beatriz, muchos lo leyeron con la sonrisa
en los labios”9. Para Mons. Polanco dicha obra “narra el encuentro de dos almas que han
sabido ligarse con un amor que trasciende los límites de lo puramente material y se eleva a
las altas regiones del espíritu. Amor que ennoblece y dignifica la condición humana”10.
Enrique de Marchena Dujarric, en su ensayo “Idealismo y Exotismo en la literatura
de Amelia Francasci” y que fuera su discurso de ingreso a la Academia Dominicana de la
Lengua, el 26 de junio de 1972, pondera, en primer lugar, las dotes intelectuales y humanas
de Max Henríquez Ureña a quien sustituyó en aquella institución.
Luego, De Marchena Dujarric expone sucintamente la aparición de la novela en nuestra
América, particularmente en la República Dominicana, y se concentra en el análisis de
Amelia Francasci como escritora. A través de dichas páginas puede el lector conocer sus
orígenes familiares, cómo surge en ella su vocación literaria, su producción bibliográfica, su
discreta participación en la política y sus relaciones con grandes intelectuales y escritores de
la época. Pero lo que más ocupa la atención del prologuista es el análisis de la influencia de
las dos corrientes filosóficas que él denomina idealismo y exotismo en la manera de pensar,
expresarse y escribir de la autora.
Finaliza De Marchena exponiendo en el acápite “La crítica y Amelia Francasci” los favo-
rables juicios que mereció la producción bibliográfica de ella de parte de escritores notables
como Manuel de Jesús Galván, Rafael Deligne, el puertorriqueño Ramón Marín, Emiliano
Tejera, Francisco Gregorio Billini, Federico García Godoy, Miguel Angel Garrido, José
Joaquín Pérez y Pedro René Contín Aybar, entre otros11.
Veamos ahora, aunque sea someramente, los aspectos más sobresalientes de la obra
Monseñor de Meriño Íntimo y de su autora, Amelia Francasci.

9
Obra citada, p.5.
10
Ibídem, pp.6-7.
11
Sobre la obra literaria de Amelia Francasci véase: Vetilio Alfau Durán “Apuntes para la Bibliografía de la
Novela en Santo Domingo”, en Arístides Incháustegui y Blanca Delgado Malagón. Vetilio Alfau Durán en Anales.
Escritos y Documentos. Banco de Reservas de la República Dominicana, Santo Domingo, 1997, pp.306 y 313-315. En
ese escrito se recogen las opiniones de Damián Báez B. (Listín Diario, 21 y 22 de febrero de 1935); Max Henríquez
Ureña (Panorama histórico de la literatura dominicana, 1945, p.231); Abigail Mejía (Historia de la literatura dominicana, 5ª
ed., p.152); Américo Lugo (Bibliografía. Santo Domingo, 1906, p.108); Pedro René Contín Aybar (“La novela domini-
cana”, La Nación, Núm. 1735, 27 de noviembre de 1944); Federico Henríquez y Carvajal y Virgilio Hoepelman (“De
libro en libro”, La Nación, 8 de abril de 1975, p.5). Puede consultarse, además, a Néstor Contín Aybar. Historia de la
Literatura Dominicana, tomo III, Universidad Central del Este, San Pedro de Macorís, 1983, pp.288-289 y a Vicente
Llorens. Antología de la prosa dominicana. 1844-1944, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Santo Domingo, 1987, 2da.
edición, pp.279-288. Esta obra, publicada por primera vez en 1944 como parte de la Colección del Centenario, contiene
otras referencias sobre la labor literaria de Amelia Francasci. En años recientes se ha referido a ella Mariano Lebrón
Saviñón en Historia de la cultura dominicana, tomo III. Colección Sesquicentenario de la Independencia Nacional, Vol. IX,
Santo Domingo, 1994, pp.1246-1247.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

La obra de Amelia Francasci, cuyo nombre verdadero era Amelia Francisca de Marchena
y Sánchez, sobre Monseñor Fernando Arturo de Meriño permite conocer las interioridades
de uno de los personajes más ilustres de la República que fuera un hombre clave de la Igle-
sia, además de escritor y orador político y sagrado que llevó dignamente sobre su pecho la
banda presidencial12.
A menudo se conoce a los hombres públicos a través de los discursos, debates y posicio-
nes, pero casi nunca en los más íntimos detalles de su vida cotidiana, así como sus actitudes
frente a diferentes circunstancias de la vida sean pequeñas o no. Estos detalles intrahistóricos
son los que a menudo ofrecen las piezas de un rompecabezas sobre la realidad de lo que
fue la vida de un personaje y esto es lo que ofrece la autora a través de la obra, formada
básicamente por 59 cartas escritas entre ella y monseñor de Meriño.
Huelga decir que uno de los aspectos más importantes del género epistolar es que ge-
neralmente el intercambio de opiniones y sentimientos ocurre sin la más mínima afectación
que suele ocurrir en obras que son concebidas desde el principio a un gran público.
En el capítulo IV de la obra, Amelia define su objetivo cuando expresa: “Lo que me
propongo es reproducir una parte de la correspondencia que sostuvo él conmigo, casi
diariamente en ocasiones y que conservo piadosamente. Las cartas que publicaré son de
carácter íntimo, cartas sencillas que le pintan entero, tal como yo le conocí, quince años antes
de su desaparición eterna... En su correspondencia se revela tal como era él en esa época:
bondadoso, tierno, desinteresado, fiel a la amistad, íntegro en todo”13.
Amelia Francasci nació el 4 de octubre de 1850 en Santo Domingo, aunque existieron
versiones no confirmadas de que nació accidentalmente en Ponce, Puerto Rico, se inició en
la literatura desde su adolescencia. Estuvo casada con Rafael Leyba cuyo delicado estado de
salud hizo que ella le dedicara de manera estoica gran parte de su vida, si además se toma
en cuenta el abatimiento espiritual y el también precario estado de salud de ella.
Tenía que lidiar tanto con su salud como la de su esposo que padecía de un quebranto
muy delicado y obligado a vivir bajo un “régimen severo”. Amelia describe esa situación
familiar enfatizando que le producía fatiga y que “los asiduos trabajos que su enfermedad
necesitó deprimieron mis fuerzas”.
Precisamente en ese estado de abatimiento que casi la lleva al borde del suicidio es que
entra monseñor de Meriño en su vida, rescatándola y dándole deseos de vivir. Todo eso está
narrado en la primera parte de la obra.
El inicio del libro es desgarrador cuando Amelia escribe: “Atravesaba yo una de esas crisis
morales que tantas veces, en el curso de mi vida, me han llevado casi al borde de la tumba;
de tal modo me abaten, de tal modo consumen mis fuerzas, a tal extremo que quebrantan
todas mis vitales energías... ya mi quebrantamiento físico iba inquietando a todos los de mi

12
La más reciente obra para entender la vida y obra de monseñor de Meriño es la compilada por José Luis
Sáez, S.J., titulada Documentos inéditos de Fernando A. de Meriño, Archivo General de la Nación, Vol. XXVIII,
2007, 560 págs. Esa obra contiene las siguientes partes: I. Fernando Arturo de Meriño y Ramírez (1833-1906);
II. Correspondencia inédita de Fernando Arturo de Meriño (Eclesiástica, política y personal); III. Sermones y
discursos inéditos; IV. Trabajos históricos inéditos y otros escritos, y V. Otros trabajos literarios. Dicha obra con-
tiene, además, una muy completa “Bibliografía”, activa y pasiva, sobre Meriño. En esta última categoría figura
el libro que en 1979 el autor de esta “Introducción” escribiera con Rafael Peralta Brito titulado Religión, Filosofía
y Política en Fernando A. de Meriño, 1857-1906. Contribución a la historia de las ideas en la República Dominicana,
Santo Domingo, República Dominicana.
13
Como Meriño murió en 1906, la autora se refiere al año 1891. Ella tenía 41 años, y él 58, pues había nacido el
9 de enero de 1833.

30
INTRODUCCIÓN  |  EL TESTIMONIO: SU VALOR DOCUMENTAL  |  José Chez Checo

casa. Temían que, de continuar ese estado mío, mi vida peligrara. Un día fue tan grande mi
tormento que me desesperé. La vida me pesó demasiado y dije para mi ¿a qué vivir?...”
Sin embargo, tuvo una larga vida en que pudo ver, asimilar y juzgar grandes aconteci-
mientos que ocurrieron en la República como los de 1903, 1908, 1911, 1915, 1924 y 1930 que
marcaron hitos en nuestra historia política y que se narran en la segunda parte de la obra,
que contiene las cartas 1-52. Amelia Francasci murió el 27 de febrero de 1941.
En sus 91 años de existencia pudo ver los efectos de la desgarradora tiranía de Lilís, el
sitio del presidente Vásquez a la ciudad en 1903, la tragedia de 1911 cuando cayó abatido el
presidente Cáceres, la intervención norteamericana de 1916, y la última tragedia que fue el
advenimiento de la dictadura de Trujillo, la cual vivió durante una década.
Su primera novela fue Madre Culpable, aparecida en el año 1911, que la crítica nacional
y extranjera recibió con alabanzas. Aunque su producción literaria fue limitada, su colabo-
ración en revistas y periódicos de su tiempo, prácticamente hasta la parte final de su vida
nonagenaria, fue amplia.
Estas son las obras que finalmente llegó a escribir: Madre Culpable (1893-1901), Recuerdos e
Impresiones (Historia de una novela), Duelos del Corazón, Francisca Martinoff, Cierzo en Primavera,
Impenetrable, Monseñor de Meriño Íntimo, Mi Perrito (inédita, perdida en el huracán de 1930),
un epistolario con Pierre Loti y los apuntes de sus Cuentos y Anecdotarios para Niños que no
terminó debido a su fallecimiento en 1941.
Durante su vida, como antes se ha afirmado, Amelia contó con consejos de dominicanos
ilustres, además de Meriño al que consideró como su “crítico más fino”, como Emiliano
Tejera, quien hizo importantes análisis sobre el acontecer nacional de la época. También
con Manuel de Jesús Galván, el célebre autor de Enriquillo, Francisco Gregorio Billini, que
acogió sus columnas en el periódico El Eco de la Opinión, Miguel Ángel Garrido que hizo
lo mismo en las páginas de la revista Cuna de América, así como con José Joaquín Pérez y
Federico Henríquez y Carvajal.
Sin embargo, calificaba su amistad con Meriño como excepcional porque fue de “alma en
alma desinteresada e inmaterial” y escribió: “El mundo ha celebrado muchas amistades, pero
ninguna fue más hermosa que la que Monseñor Meriño y yo profesamos”. Por otra parte, a
través de la obra, describe aspectos de Meriño como su fisonomía, su voz y su nobleza.
Meriño tuvo el noble encargo de iniciar a Amelia en el oficio literario, como medio
de “distraerla” de su estado anímico precario instándole a que escribiera un Diario donde
debía anotar sus impresiones de cada día. La misma autora lo afirmó cuando expresó: “De
ese modo comenzó a inclinarme a la literatura, halagando así mis secretos y aspiraciones
literarias”. Más adelante escribió: “Cada día a medida que se iba interesando en la lectura de
mis impresiones, me instaba con mayor empeño para que escribiera algo para el público, en-
contrándome talento y gusto estético decía él... tenía miedo al público, era demasiado tímida
para exponerme a las críticas que tenía la seguridad de merecer si escribía alguna cosa”.
Amelia confesó que escogió el género realista para complacer a su esposo que le “gustó
medianamente el romanticismo de Madre Culpable” y que sería más del agrado de su amigo
Pierre Loti y del público francés si se editaba en París.

Amelia y los estragos de la política


Amelia le atribuyó a la política el alejamiento y los sinsabores en su círculo de amigos
ilustres. Esta situación la refleja amargamente cuando dijo en su obra lo siguiente: “¡Sí! Esa

31
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

política que he debido maldecir porque ha alejado de mi lado seres queridos separados en
bandos distintos por no encontrarse en mi casa personas que la frecuentaban y que siendo
de opinión contraria a la suya, juzgaba él como enemigos, dejó Don Manuel de Jesús Galván
de visitarme antes de su partida del país al que no volvió jamás”.
No obstante, la enemistad que más le afectó fue la de Meriño y Emiliano Tejera que según
las palabras de Amelia le “partió el alma”. Hizo grandes esfuerzos por restaurar esa relación
pero finalmente no pudo. En su carta sexta dice: “¡Usted y Monseñor son tan buenos para
mí! Don Emiliano se lo suplico por amor a Dios, vuelva usted a ser amigo suyo, si quiere
probarme mejor el cariño que me tiene, yo sufro por esa distancia entre ustedes”.
Tejera le contestó que comprendía sus sentimientos pero le rogó no insistir y que le diría
más adelante la razón del rompimiento (Amelia nunca quiso saberla).
Luego expresó a manera de una amarga queja: “¡Oh almas grandes! ¡Espíritus sublimes!
¿Por qué os conocí, tan tarde desunidos? ¿Por qué siendo tan estimada y querida por ambos,
fueme negada la dicha de unirlos otra vez?”. A ese razonamiento dedicó muchas líneas de
su obra.
Lo que sí puede decirse a ciencia cierta es que Amelia sufrió mucho con los acontecimien-
tos políticos de la época. Así lo explica en el capítulo XXXVIII cuando afirmó que esperaba un
poco de felicidad después de “tantos y tan crueles sufrimientos vinieron los acontecimientos
políticos a precipitarse” y a quitarle toda tranquilidad de espíritu.
Una de sus grandes amarguras en el acontecer político de su tiempo fue el advenimiento
de la tiranía de Ulises Heureaux de la que ofrece un relato patético sobre la situación social de
aquellos días: “En la República Dominicana, todo el que tuviera una parcela de patriotismo,
tenía que sufrir. El presidente Heureaux estaba casi loco. Había llegado el instante en que la
megalomanía produce vértigos. Padecía de la ebriedad de la tiranía. Nada respetaba. Hasta
los partidarios y amigos le temían ya. Disponía de los bienes que él mismo, en sus favores,
les había hecho adquirir, sin escrúpulo alguno, como de la casi propia, arruinando a los que
había enriquecido y ¡ay del que pretendiera oponerse a ello!”.
Insistía en que no faltaban personas estimables y honradas que habiéndole dado servicios
particulares en otro tiempo y no siendo ingratos aún, reconocían la verdad y “lamentaban
todos los actos de locura del sátrapa dictador”.
Reveló que hasta monseñor de Meriño que había estimado antes a Lilís y que incluso él mismo
decía que “era bueno”, hasta que lo vio “corromperse y convertirse en una fiera sanguinaria”.
“De ello hablamos muchas veces, lamentando el despilfarro de las fuerzas públicas, la corrupción
completa en todos los órganos sociales, el descrédito en que había caído el país en el exterior.
Todo aquello necesariamente debía atormentar a todo dominicano consciente”, indicó.
Amelia relata a seguidas que aunque Meriño aparentemente era respetado por Lilís
realmente era detestado por el tirano y que incluso estaba en una lista de los que “debían
suprimirse”.

Meriño revela un plan revolucionario contra Lilís


La autora le confesó al padre Meriño el dolor que sentía por el caos y la precaria situación
social del pueblo abrumado por la tiranía lilisista. Le preguntó en una ocasión si no había
en Santo Domingo “hombres que puedan detener a la fiera voraz”.
Meriño le suministró algunos datos de un plan revolucionario combinado para derro-
car a Lilís. A seguidas, mostrando su vocación patriótica, Amelia expresó su firme deseo

32
INTRODUCCIÓN  |  EL TESTIMONIO: SU VALOR DOCUMENTAL  |  José Chez Checo

de participar activamente en todo plan para salvar el país, desgarrado por una de las más
crueles tiranías.
Así lo expresó cuando escribió: “Monseñor, como son amigos suyos los que quieren
abnegarse para salvar la triste patria dígales que con ellos estaré yo, ayudándoles en cuanto
pueda para serles útil, que así lo juro”.
Cuando finalmente Lilís cae abatido, Amelia narró que ese acontecimiento produjo en
el país un “regocijo delirante”. A seguidas escribió: “En mí produjo un efecto extraño. ¡Sí!
La desaparición de ese hombre nefasto hízome sentir el gran alivio que experimentaban los
demás, libres para siempre del horroroso peso que su existencia constituía”.
Recordó el martirio de la noble viuda del general Eugenio Generoso de Marchena14
en Las Clavellinas, Azua, en 1874, padre del doctor Pedro E. de Marchena, Miguel Ángel,
Adelaida de López Penha, primo de Amelia, ejecutado por Lilís y cuya muerte le “causó
un dolor profundo”.
La labor activa y mediadora de Amelia continuó aún luego de la muerte del dictador, esta vez
con los dos bandos que se disputaban el poder y que estuvieron a punto de desatar una guerra
civil: los jimenistas y el grupo del general Wenceslao Figuereo, legítimo presidente luego de la
muerte de Lilís. Amelia solicitó el concurso de Emiliano Tejera para unir las dos facciones. Tales
diligencias resultaron exitosas y así pudo salvarse la patria de una guerra fratricida.
Las consecuencias de esa acción pronto se palparon por el gobierno mixto que se formó
para preparar unas elecciones en corto tiempo. Jimenes era candidato a la Presidencia y el
general Horacio Vásquez, jefe de los cibaeños, a la vicepresidencia.
Al tiempo de que Vásquez asumiera la Presidencia de la República, por renuncia de
Jimenes, vio con estupor la manera en que se conculcaban las libertades públicas. “Supe que
las cárceles volvían a abrirse para cualquiera que se creyera hostil al gobierno, que los hijos
de Manuel de Jesús Galván estaban en el número de presos y que el mismo don Manuel,
estaba amenazado de prisión...”, expresó.
Ante esa situación Amelia dirigió una carta a Emiliano Tejera, el funcionario responsable
de dirigir la política de Vásquez en ese entonces, y le expresó su disgusto y pesar. Tejera
contestó: “Óigame Amelia, es que todos parecen locos. En vez de ayudar al gobierno, de
comprender que lo que se quiere es el bien, los que mejor debían pensar obran sin juicio; se
conjuran también contra nosotros. Hasta el padre (Meriño, j. ch. ch.) está denunciado. Yo
se lo digo a usted porque le prometí que jamás le perjudicaría y quiero cumplirlo. Llueven
sobre él las denuncias; yo lo he defendido, pero es bueno que él lo sepa”.
Amelia recordó el sitio del general Vásquez a la ciudad a causa de un alzamiento en
armas en su contra y la noche del 12 de abril que calificó como de horror y espanto. “El sitio
continuó algunos días más. Muchas vidas preciosas quedaron truncadas. Corrió bastante
sangre y fueron consumidas muchas ruinas”, escribió.
A seguidas relata que el presidente Vásquez no tuvo valor para proseguir luchando,
porque se había desvanecido su ilusión de regenerar el país con el apoyo de Emiliano Tejera.
Poco tiempo después levantó el sitio y renunció a la Presidencia de la República y los facciosos
tomaron el poder, formándose un gobierno provisional presidido por el general Alejandro
Woss y Gil. “Nada diré de ese gobierno que, nacido de un golpe de fuerza y sin cohesión

14
Para entender el contexto histórico de ese acontecimiento, véase a Frank Moya Pons. Manual de Historia Domi-
nicana. Caribean Publishers, Santo Domingo, 2008, 14ª edición, especialmente las páginas 420-422.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

de verdadero partido, no fue viable. Obedeciendo a lo que mi sueño se impusiera, yo debía


combatirlo y así lo hice desde los primeros momentos no excitando a la guerra civil, sino por
el contrario, luchando sin tregua para evitarlo”, expresó.

La etapa de abril de 1903 a octubre de 1904


Amelia destacó en el capítulo LVIII de su obra que nunca tuvo una etapa más brillante
en su vida que la de abril de 1903 hasta octubre de 1904 cuando su “popularidad llegó a ser
grande” y las personas no se cansaban de elogiarla por su sacrificio para salvar el pueblo,
solicitando adhesión a Horacio Vásquez y Emiliano Tejera.
“Todos los que leyeron mis publicaciones deseaban conocerme. Yo excitaba gran curio-
sidad, por la misma razón de no vérseme por ninguna parte. Un notable pintor nacional,
Luis Desangles, me obsequió con un gran retrato al óleo de bastante parecido. En el taller
del artista hubo de exponerse el cuadro por veinte días para satisfacer el deseo de una mu-
chedumbre”, escribió15.
Más adelante afirmó que a su casa la visitaban muchas personalidades de la clase política,
intelectuales, ricos y pobres. “¡Sí, era verdad que yo trabajaba por el pueblo dominicano! ¡Y
para él nada más! Mi delirio era el bien general”, destacó.
Para la liberación económica del país Amelia ideó un plan con el objetivo de conseguir
una contribución de diez millones de pesos sin injerencia de ningún gobierno extranjero,
para rescatar la deuda nacional. Solicitó la ayuda de Pierre Loti, con la finalidad de que éste
se entrevistase con el filántropo multimillonario Andrew Carnegie, pero al final los esfuerzos
fueron infructuosos.
En agosto de 1903 prestó juramento constitucional el presidente Alejandro Woss y Gil y
desde ese mismo momento la idea de una revolución cobraba fuerza.
La autora cuenta que en una ocasión recibió la visita de monseñor de Meriño que esta-
ba muy abatido. Al preguntarle acerca de su estado, Monseñor le contesta: “¡Estos sucesos
indignan! (…) ¡Ah! No sé lo que será de nosotros. ¡Esta política! ¡Lo que sufro, usted no
lo imagina, Amelia! No tengo esperanza alguna en este país. En menos de tres años tres
gobiernos y lo que se prepara. Preví esto cuando estalló la revolución de abril y por eso la
desaprobé. ¡Comprendí que era el principio del desorden, de la anarquía política! ¡Nada
me sorprende ya!”.
En octubre finalmente estalló la revolución contra el gobierno de Woss y Gil. Los ho-
racistas se unieron a los jimenistas y el triunfo fue fácil. Sin embargo, ya en diciembre se
enfrentaban los dos partidos entre sí. Amelia afirmó que el horacismo conservaba el poder en
la capital con el presidente Morales a la cabeza y que los jimenistas vencedores en casi toda
la República venían a sitiar el gobierno que ellos ayudaron a formar. El sitio fue anunciado
formalmente el 1ro. de enero y duró varios meses.
La tercera y última parte de la obra de Amelia Francasci, que contiene las cartas 53-
59, es realmente conmovedora, pues trata los últimos años de vida de Meriño cuando él,
enfermo, le expresa en una carta que “el isleño se ha aflojado enteramente”. Para la misma
época, Amelia había sentido la muerte de su hermana Ofelia y sentía la tristeza de ver muy
enfermo a su esposo.

15
Ese óleo puede verse en la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña, de Santo Domingo, a cuya Colección
pertenece.

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INTRODUCCIÓN  |  EL TESTIMONIO: SU VALOR DOCUMENTAL  |  José Chez Checo

Así, el 20 de agosto de 1906, fallece Mons. Fernando Arturo de Meriño. Ese día narra
Amelia Francasci, al final de su obra, que caía sobre la Ciudad Primada “una llovizna fría,
menuda, densa, prolongada”. Anonadada tuvo un delirio y creyó oir la voz de Dios que le
decía: “¡Llora, sí! ¡Llora la pérdida de tu hijo más preclaro! Vierte tu amargo llanto sobre su
cadáver aún no yerto; ¡mas sabe que el alma que yo di a ese bueno está conmigo; que en el
seno de mi gloria reposa, desde que ha entrado en la inmortalidad!”.
A manera de conclusión, podría afirmarse con Manuel Arturo Peña Batlle que “Monseñor
de Meriño Íntimo retrata de cuerpo entero la figura excelsa de aquel varón ilustre, de aquel
atleta formidable del pensamiento, que colmó, él solo, todo el escenario de una época y de
un período de la historia nacional”16. Y añade que “dicha obra sería de gran ayuda a quienes
en el futuro, cuando se quiera hacer la científica y metódica organización de la historia de
la literatura, tengan necesidad de conocer a fondo los elementos de índole temperamental
que explican y justifican modalidades en su obra, en la obra representativa de Amelia
Francasci”17.


¿Qué tienen en común las obras de Heriberto Pieter, Rafael Damirón y Amelia Francasci,
que antes hemos esbozado?
La respuesta sería: su valor testimonial. Ellos, con sus narraciones, tenían por objetivo
transmitir a los lectores sus respectivas verdades. Dichos testimonios gozan de lo que
un autor denomina la fiabilidad, es decir, “las intenciones y los medios del informan-
te”. Es el caso de que cada uno de los autores enfocados, como ha dicho un autor, sólo
ha cambiado información verdadera porque ha podido acceder a la verdad y ha querido
transmitirla18.
En eso hay que volver a resaltar la importancia que nuestros autores dieron a la memoria
para que hayamos podido conocer aspectos relevantes de la sociedad dominicana de finales
del siglo XIX y de los primeros siete decenios del pasado siglo. Ello así, porque parafraseando
a José Carlos Bermejo Barrera respecto al hablante, podría decirse que cada uno de aquellos
“siempre hacía referencia a algún acontecimiento, que para él solía tener un valor afectivo
o expresivo por estar dotado de un determinado significado”19.
Otro aspecto a resaltar es su utilidad porque permite que lo publicado hace más de treinta
años pueda ser conocido por las nuevas generaciones. De ahí el gran acierto de la Sociedad
Dominicana de Bibliófilos y del Banco de Reservas de reeditar esas obras prácticamente
desaparecidas del mercado del libro dominicano. ¡Enhorabuena!

16
“Nuestros grandes escritores. Amelia Francasci”, Listín Diario, 10 de mayo de 1925. Reproducido en Manuel Artu-
ro Peña Batlle. Obras III. Instituciones Políticas. Fundación Peña Batlle, Editora Taller, Santo Domingo, 1996, pp.9-11.
17
Ibídem.
18
Jerzy Topolsky. Metodología de la historia, Ediciones Cátedra, S.A., Madrid, 1982, p.343.
197
Ibídem.

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No. 50

heriberto pieter
autobiografía
Prefacio
José Antonio Caro Álvarez
A la inolvidable memoria de aquellos familiares o extraños, muertos o vivos,
que de una manera o de otra supieron aquilatar mis sufrimientos,
mis placeres literarios, profesionales i, sobre todo, mis regocijos filantrópicos.

prefacio
Una mañana, ya hace mucho tiempo, mi madre me despertó desesperada.
—”Levántate y ve a buscar al doctor. Tu papá está muy malo” –me dijo.
Nunca había visto a mi padre enfermo y esa noticia me consternó. Me vestí rápidamente
y salí corriendo hacia la casa del Doctor.
Esta quedaba a la vuelta de la esquina de donde yo vivía. Entré en la residencia del doctor
y su hija, Carmelita, tras mi demanda, me señaló una puerta sobre la cual estaba escrita la
palabra LABORATORIO. Penetré en la habitación saludando y no recibí respuesta.
Un hombre corpulento, revestido con una bata de un blanco impoluto y muy plancha-
da, se encontraba de espaldas a la puerta de entrada y frente a una larga mesa cargada de
instrumentos raros.
Con la mano derecha sostenía un largo tubo de vidrio que calentaba en un mechero y
luego miraba al trasluz. Cerca de él, silencioso, se encontraba otro hombre de aspecto muy
humilde.
Al cabo de unos instantes el médico se dirigió hacia su escritorio. Tomó un frasco, escribió
algo y entregándolo todo al hombre que esperaba, le dijo con una voz seca y dura:
—”Tómese esto y vuelva dentro de ocho días”.
El paciente preguntó tímidamente:
—¿Cuánto le debo, Doctor?
La voz del médico restalló en el aire:
—¿Con qué me vas a pagar si no tienes ni con qué comer? –Y lo empujó suavemente
hacia la puerta de salida.
Entonces se dio cuenta de mi presencia en la habitación y con su voz cortante me
interrogó:
—”Y tú, ¿qué quieres?”.
Con el alma en el suelo le grité casi:
—”¡Corra, doctor, que mi papá está malo; yo creo que se muere!”.
Su voz fue entonces de mando:
—”Vamos”. –Y salió detrás de mí que casi corría.
Al llegar a mi casa fue directamente al dormitorio de mi padre. Yo entré también y me
escurrí hacia un rincón.
Oí que le preguntaba cosas a mi padre, que lo reñía un poco. Lo examinaba apretándolo
por varias partes.
Cuando terminó de examinarlo escribió una receta que entregó a mi madre y salió rá-
pidamente de la habitación. Volvió a entrar enseguida y se dirijió hacia mí y puso su gran
mano sobre mi cabeza y me sacó de la habitación y entonces vi que aquel hombre duro me
sonreía y su sonrisa fue como un bálsamo refrescante para mí y me dijo suavemente:
—”No es nada. Mañana estará bien”. Y se fue.
Así conocí al Doctor Heriberto Pieter Bennett y comencé a admirarlo y a quererlo.

39
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

El Doctor Heriberto Pieter está retratado en esta Historia verídica. Esa mezcla de rigor
monacal y ternura, de inflexible decisión y oculto amor al prójimo, de rudeza y blandura
son las características morales del Gran Hombre.
Muchas personas se imaginan que el Doctor Pieter es inaccesible, orgulloso, distante. Lo
que no saben es que él tiene en el fondo la humildad y la timidez de los sabios.
La vida de este hombre magnífico, que se lee en este libro, es la historia de un dominicano
que quiso ser médico para servir a la humanidad doliente, venciendo todos los obstáculos.
Es un rotundo mentís a aquellos que proclaman que los que nacieron sin nada están con-
denados para siempre.
Pieter es un ejemplo de lo que se puede hacer cuando hay aspiración de superación. Todo
estaba en su contra: la inmensa pobreza familiar, la falta de medios de cultura en una época dis-
locada por revoluciones y desgracias. Pero había en él un férvido deseo de ser útil, de aprender
y de cumplir con su conciencia cristiana. Sí, Pieter es un gran ejemplo para los dominicanos.
No es fácil adentrarse en el conocimiento y la intimidad de Pieter. Por su carácter tími-
do, a veces huraño, porque su tiempo apenas le alcanza para atender a sus enfermos. Él ha
dedicado las últimas décadas de su vida al estudio de la más terrible e implacable de las
enfermedades: el cáncer.
Posee una cultura universal que le permite conversar tanto sobre los magos de la anti-
güedad, pintores y escultores, como sobre los dioses de la música. Gran musicólogo, es una
autoridad sobre Bach y Beethoven y en esto se acerca a aquel otro médico inolvidable, el
Doctor Schweitzer que abandonaba su hospital de Lambarene para recorrer Europa dando
magníficos conciertos para recabar fondos para sus enfermos africanos.
Así Pieter ha consagrado una gran parte de su fortuna en la creación de ese MILAGRO
DE LA CARIDAD, refugio de los sin fortuna que acuden a él en busca de curación corporal
y espiritual.
Y allí es donde hay que ir a descubrir a Pieter, al fondo de un largo y complicado corre-
dor que conduce a su recóndita vivienda en el corazón del centro hospitalario. Allí se libra
fácilmente y abre los cauces de su espíritu.
No hace mucho fui a conversar con él sobre este libro. Caía la tarde y la obscuridad
iba invadiendo la sala cuyas paredes están tapizadas de antiguas y valiosas pinturas. Me
habló de su juventud lejana, de sus luchas y afanes y de sus proyectos para el porvenir y
me sorprendí de cómo este octogenario planea como si tuviera toda la vida por delante.
Cuando me despedí y volví a recorrer los complicados corredores en los cuales las her-
manitas de la Caridad revoloteaban como mariposas sorprendidas comprendí por qué Pieter
piensa en términos de futuro y es porque Heriberto Pieter Bennett pertenece a esa corta legión
de hombres transidos de una inmensa vocación de servicio y de amor a sus semejantes. Es
porque él no pertenece ya ni a su generación, ni a la mía ni a las de esos estudiantes que
salían a borbotones de las aulas de la Universidad vecina. Es ya del grupo de los inmortales
porque ha realizado ese milagro de la caridad que era patrimonio en la antigüedad de los
apóstoles y que le es dable realizar muy raramente a los escojidos.
Por eso este libro debe ser ejemplo y guía.

Arquitecto José A. Caro Álvarez


Ex Rector de la Universidad de Santo Domingo
Ex Rector de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña

40
HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

proemio
¡Memorias de mi larga vida!, ayúdenme a rememorar i a no olvidar las escenas repre-
sentadas frente a los telones de mi existencia –unas veces amargas como la hiel i, en muchas
ocasiones, endulzadas con el cariño de quienes no dudaban de la perseverancia en mis
propósitos.
Pude insistir en esa vía porque soi tenaz i también porque tengo fieles amigos que no
me abandonan, sino que me escoltan i protejen cuando observan que mis adversarios con-
tinúan lanzando inútiles falacias en la senda de mis andanzas. Recuerdos de mi larga vida
me auxilian para acercarme a la meta de la curiosa historia de mis años. H. P. B.
Bienvenido Gimbernard aspiraba la misión de algún día poder escribir una pequeña
biografía describiendo datos acerca de la vida del Doctor Heriberto Pieter-Bennett, bien
conocido del finado señor Bienvenido Gimbernard.
Puesto que esta obra ya se edita, no hai necesidad de repetir datos recopilados.
Bienvenido i yo nos conocimos trabajando en la imprenta “Oiga” administrada en esta
capital por escritores venezolanos que huían de su país. H. P. B.

50
Al publicar este volumen que lleva el número 50 de nuestra Colección Pensamiento Do-
minicano, miramos hacia atrás todo el camino recorrido.
Reconociendo nuestra poca idoneidad en estos menesteres editoriales, un sentimiento
de gratitud nos embarga hacia Dios, que no sólo nos ha ayudado en esta labor, sino que
creemos fue Él quien nos inspiró para iniciar esta publicación.
Son tantas las personas que nos han ayudado que sería prolijo nombrarlas; a ellos y a
los autores –los mejores del país– a todos les estamos altamente agradecidos.
La Colección Pensamiento Dominicano, que recoge lo mejor de los mejores autores vernácu-
los, celebra con la aparición del presente volumen su primera etapa; y nuestra más ferviente
oración a Dios es que esta colección continúe publicándose y que sea un exponente, dentro
y fuera de nuestra tierra, de nuestros más altos valores.
Hemos escogido la autobiografía del Dr. Heriberto Pieter Bennett para esta ocasión, por
creer que nada nos prestigia tanto como la vida de este hombre ilustre. La larga y fructífera
vida del autobiografiado debe servir de ejemplo a nuestra juventud. Ella es una prueba de
que ni la raza ni el color de la piel, ni el nacimiento en la cuna más humilde, son obstáculos
para la superación del hombre.
El Dr. Heriberto Pieter Bennett es una prueba de que Dios derrama sus bendiciones y
reparte sus dones a todos los hombres por igual, cuando ellos con humildad se esfuerzan,
dedicándose al estudio, al trabajo y al bien. De la vida del Dr. Pieter Bennett, conocido
ampliamente dentro y fuera de la República Dominicana por su labor como científico y
filántropo, se puede decir que la ha vivido con una mano abriendo surcos en la tierra y con
la otra alcanzando las estrellas.
Los editores se sienten altamente honrados al publicar este libro que enriquece la bi-
bliografía nacional.
J. D. P.

41
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Mi verdadera biografía
Editada con el objeto de correjir falsedades i exajeraciones habladas o publicadas en
varias ocasiones. Esos errores han sido distribuidos en algunas escuelas de mi país. Espero
que alumnos de esos colejios sepan lo que es perseverancia en la ruta de mis aspiraciones i
prodiguen favores a quienes realmente los necesitan.

I. Antecedentes
Mi nombre actual es Heriberto Pieter-Bennett, hijo lejítimo de Gerardo Pieter, ex-esclavo,
i Carmen Bennett, también hija de ex-esclavos africanos.
Aquí doi comienzo a la enumeración de lo que puedo recordar i a la copia de papeles
que guardo en las gavetas de mi archivo:
Nací aquí, en la vieja ciudad de Santo Domingo de Guzmán, en la segunda planta de un
pequeño apartamento de la casa número 44, de la calle Colón (hoi Las Damas), esquinera
con la calle El Conde.
Mi nacimiento sucedió en la tarde del 16 de marzo del año 1884. Ese feliz alumbramiento
fue asistido por la partera Miss Sofía, nacida en Saint-Thomas. Durante ese acontecimiento
estaban presentes en la casa de mi padre, mis abuelos maternos i varios vecinos de ese barrio,
entre ellos una agraciada joven llamada Caridad Sánchez, que durante largos años, hasta
el día de su muerte, continuó siendo amiga mía i de todos los miembros de mi familia. Esa
señora fue la primera en mimarme en su regazo, acción llamada “sudar al reciénnacido” i
cuyo carácter psicolójico se transmitía al chicuelo (?).
Mi madre solía decirme que mientras ella me daba a luz la Banda Municipal ejecutaba
números de música criolla en un local destinado a celebrar la Lotería Nacional, cuyo pro-
ducto cubría las necesidades de los hospitales i hospicios administrados por la Sociedad
“Amiga de los Pobres”, fundada por el primer filántropo dominicano: el mui reverendo
Padre Francisco Xavier Billini.
Tal vez, influenciado por la música de esa benévola Lotería, heredé dos valiosas inclina-
ciones: mi entusiasmo por el arte de Euterpe i la afición a socorrer a quienes verdaderamente
son pobres i desvalidos.
Mi padre nació en el año 1855, en la isla de Curazao, antilla holandesa. Sus padres, mis
abuelos paternos, nacieron en el Congo, Africa Occidental. Fueron vendidos, esclavos, a la
familia de un conde portugués radicado en el Brasil, de donde años después fueron llevados
a Curazao. Allí fueron vendidos –en subasta– a un rico “caritativo”. Cosa rara en aquella
época, allí obtuvieron su completa libertad.
Esa pareja murió accidentalmente. Su único hijo, Gerardo, quedó sumido en la orfandad.
Enseguida fue adoptado por el Rev. sacerdote que oficiaba en la única Iglesia Católica en
aquella isla.
Mi madre, Carmelita Bennett, nació en la ciudad de Puerto Plata, República Dominicana,
en el año 1857. Sus padres fueron Pedro i Ana Bennett, oriundos de Saint-Thomas, colonia
danesa en aquella época.
Mi madre, bien tratada por su madrastra Vivian, recibió buena educación desde su niñez.
Además de dominar nuestro idioma, hablaba el inglés i el francés. Era católica, mui relijiosa.
Esta le enseñó muchos oficios caseros. A la edad de 27 años, Carmelita, aquella huérfana,
contrajo matrimonio con Gerardo Pieter. De esa unión nací yo.

42
HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

El 10 de mayo de 1884 fui bautizado por el Re. Presbítero José Almayor en la Santa
Iglesia Catedral de Santa María la Menor, Primada de las Américas. Mis padrinos fueron el
arquitecto puertorriqueño Don José Reyes Brea, Gran Maestro de la Lojia La Fe número 7, i
la señorita Adelina Wilkon, pianista puertoplateña, bien educada en Alemania.
El vecindario en donde nací, llamado barrio de “La Fuerza” por su proximidad a la
principal fortaleza de este país, era habitado por familias de gran arraigo. Citaré algunas:
Al lado Norte de nuestro hogar moraba el acucioso marinero i Profesor de Matemáticas
Don Gerardo Jansen, buen amigo i compatriota de mi padre, ambos curazoleños. Aquel
perfecto viajante fue el primero que, desde aquí, llevó a Inglaterra un pequeño bergantín
comercial. El señor Jansen formó familia dominicana con una distinguida señora apellido
Frías, a quien mi padre i mi abuelita querían entrañablemente. En la prole de ese feliz
matrimonio figuraba uno de los que más tarde fue mi más querido condiscípulo i buen
amigo: Ramón Frías, profesor de Matemáticas i agrimensor. Ya tendré ocasiones para
nombrarlo en esta historia.

II. Niñez
En aquellos tiempos, a los muchachos de poca edad se les permitía jugar en las calles,
no lejos de sus moradas. Tenían que entrar a su domicilio antes del toque de la oración –i
a veces, cuando se celebraban fiestas patronales en el vecindario–, entrábamos a casa antes
de las nueve, aun si la luna llena brillaba en el firmamento.
En un mes de abril, no recuerdo el año, un viejo, sucio i desgarbado, solía llevar al
hombro un saco colmado de alimentos casi podridos, leña i otras cargas que conseguía en
los mercados de la ciudad i en los suburbios.
En aquella noche de abril, cerca de mi casa oímos gritos de adultos que vociferaban:
“Ahí viene el Misangó, el Misangó”. Mis parientes cerraron las puertas de la calle i también
las del patio. Nadie habló sino en voz baja, casi en secreto: “¡El Misangó, el Misangó!”.
¿Quién era esa pobre i extraña persona? Decían que era un haitiano hipnotizado con
menjurjes de mala calaña, i que siempre andaba buscando al Papá Bocó que lo había ensal-
mado allá, en Cabo-Haitiano.
Ese desgraciado era el “cuco” de los niños desobedientes de los consejos que les daban
sus familiares.
Cuando llegó el Sábado Santo de aquella cuaresma, hombres i mujeres de varias barria-
das, en comparsas enmascaradas buscaban al “Misangó”. Nadie pudo saber a dónde fue a
refujiarse dicho infeliz haitiano.
I hasta ahora, en este 1971, no hemos podido ilustrarnos acerca de la etimolojía ni del
significado de la palabra “Misangó”. Cosas veredes, cosas oyeres…
Frente a nosotros vivía el Gral. Don Pedro Valverde i Lara, uno de los próceres de nuestra
Independencia. Años después cambió de domicilio. Ya mui anciano, murió en un apartamento
frente al parque “Duarte”, en esta ciudad. Su hija Belica i sus demás familiares siempre nos
dispensaron la más pura amistad.
No sería ocioso mencionar también a otros de nuestros vecinos en ese barrio: D. George
Mansfield, su familia, D. Cherí León (Cónsul de Inglaterra), Don Giacomo Maggiolo, un la-
borioso italiano dueño de una de las mejores imprentas del país. Ya haré detallada mención
de esa intelijente persona.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

En una de las esquinas opuestas a nuestra vivienda Doña Manuela Suncar criaba a su
larga familia, núcleo de varios descendientes que nacieron con el sello de tareas laborales
propias de aquella prole.
En ese mismo edificio, hoi marcado con el n.o 2 de la calle El Conde, se oían las faenas
diarias i nocturnas en el taller del Maestro D. Francisco Cerón, carpintero, especialista en
ataúdes i arduo asistente a la mayor parte de los actos de beneficencia, tales como velorios i
sepelios de sus amigos o de algunos de sus clientes. Para honrar su memoria, muchos años
después de su muerte, uno de los Ayuntamientos de esta Capital marcó con su nombre a una
calle del barrio “San Miguel”, en donde crió distinguida familia. Uno de sus nietos, el Dr.
José Dolores Cerón, fue mi discípulo en la Facultad de Medicina a la vez que se destacaba
entre la pléyade de notables músicos nacidos i educados en esta tierra. Loló, afectuosamente
llamado así por sus amigos, sus discípulos i sus admiradores, murió a fines de marzo de
1969. Su fallecimiento dio lugar a varias manifestaciones de duelo.
No dejaré de nombrar a “Garú”, un fornido militar, policía i el más estentóreo corneta
del Batallón “Ozama”. “Garú” colgaba su amplia hamaca en un apartamento de la Go-
bernación de la Provincia. Allí dormía i sudaba la excrescencia del alcohol que nunca lo
emborrachaba. Era un soldado bullicioso i exacto en sus dilijencias. Tocar una melodiosa
diana, todos los días, a la hora del alba, era su encanto. Perturbaba nuestro sueño, pero así
me deleitaba i evitaba que yo mojara otra vez las ropas i el cuero de chivo, que protejía los
trapos de mi pobre cuna.
Las oficinas i los aparatos del “Cable Francés” ocupaban parte de la esquina N. E. del
comienzo de la calle El Conde, en el mismo sitio que el Listín Diario comenzaba a hacerse
indispensable en nuestra ciudad. Hoi El Caribe ocupa ese mismo edificio. Allí, muchos años
después, me ganaba el sustento ejerciendo mi oficio de cajista i de corrector de pruebas. Allí
también osé introducirme, como aprendiz, en el templo de la bella literatura. Espero tratar
de ello en pájinas venideras.

Tal como en otros vecindarios, en el de “La Fuerza” había exceso de chicos, la mayor
parte de ellos tan pobres como yo. Pero se notaba distinción entre los que vivían hacinados
en un viejísimo edificio llamado “La Casa de los Cañones” i en otro, conocido con el nombre
de “Palacio Viejo”, moraban muchos haraganes.
Aquel edificio, también en ruinas, estaba situado en la esquina N. O. de las calles Colón
i Mercedes, frente al Reloj del Sol i a la Capilla de los Remedios. Los muchachos que habitá-
bamos entre la Casa i el cuartel de “La Fuerza,” nos distinguíamos de los otros por la buena
educación que recibíamos de nuestros familiares.
Mi madre me instruyó en la cartilla de las primeras letras. Luego mi madrina me enseñó
a leer. Todavía recuerdo que me hizo obsequio de un organillo de manigueta en cuyo cilindro
estaba grabada parte de “lch liebe dich” de Beethoven. Con ese trozo de música comencé a
deleitarme bajo el numen del compositor que siempre he preferido durante toda mi vida.
Al cumplir cuatro años de edad yo figuraba entre los más adelantados en la escuela
primaria de las rigurosas Hermanas Lamouth (o Lamí). Allí aumenté el número de mis
amigos. Mis vecinos Ramón, Talá i Dondo Jansen me entretenían bajo el mayor cuido de mis
profesores. Uno de esos compañeritos, Talá, vive aún. No hemos olvidado lo que gozábamos
en aquel albor de nuestra existencia.

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

III. El adolescente
Mi abuelo materno, Pierre Bennett, nació esclavo en Saint-Thomas. Poco después de mi
nacimiento fue nombrado Gobernador –o Mayordomo– del Palacio Nacional, sito en la calle
de El Comercio (hoi Isabel la Católica), frente al parque Colón. Casó en primeras nupcias con
Anne Charles, una mulata clara, cuyo padre, francés de Bretaña, fue aficionado a la pintura
clásica. Mi madre me decía que varios cuadros pintados por su abuelo fueron destruidos
por uno de los ciclones que azotan a Saint-Thomas. Aquella abuela mía murió en Puerto
Plata. Allí nació mi madre, afectuosamente llamada Ita.
Mi abuelo, apodado Zefí (Céfiro) por la rapidez de sus movimientos, era bien que-
rido de todos sus compañeros. Le gustaba socorrer a quienes solicitaban limosnas o algún
servicio.
Zefí, antes de venir a esta Capital, era dueño de una pequeña tabaquería en Puerto
Plata. Solía referirme que allí procuró trabajo a quien más tarde fue héroe cubano: Antonio
Maceo, que hacía sus preparativos para unirse en Montecristi con José Martí, el Mártir de
las Américas.
Después del fallecimiento de su esposa, Zephir decidió venir con sus hijos a Santo Do-
mingo. Aquí conoció a una viuda, hija de mulatos franceses. Esta se llamaba Vivian Pierre,
cariñosamente apellidada Bibí. Zefí no tardó en casarse con ella. Esta santa mujer sirvió de
modelo para que yo fuera lo que soi. Ni una sola gota de su sangre corre por mis venas, pero
su presencia en mis comportamientos, en mis hábitos i en mi espíritu son suficientes para
identificarme con ella más que con otra persona. Ya tendré el deber i la inmensa satisfacción
de recordarla en otras líneas de esta biografía.
Mi madre i sus hermanos Pedro i Enrique querían mucho a su madrastra i ésta les
correspondía con el mismo cariño que duró invariablemente hasta la última hora de su
existencia. Murió en el año 1927.
No hai rosales sin espinas. La segunda esposa de mi abuelo era madre de una adoles-
cente llamada Juana Ramos, hija del difunto Coronel Ramos. Entre Juana i sus hermanastros
surjieron celos infundados, los naturales en cualesquiera nuevos hogares de esa especie.
Los años se encargaron de atenuar esas rencillas. Después de muchas décadas de tolerable
comprensión los muchachos de la familia de Juana han borrado las pequeñas arrugas que
a veces los aflijían.

IV. Mis padres


Poco después de haber celebrado sus bodas mis padres fueron a residir a la ciudad de
Puerto Plata, en donde había nacido mi madre. Mi padre encontró allí trabajo remunerador.
Era un buen tipógrafo, acucioso prensista i experto en fabricar los rolos que en esa época,
desde Gutenberg, entintaban las pájinas en prensa. En ese taller fue Jerente de la tipografía
en donde se editaba, i aún se edita, El Porvenir, decano de los periódicos dominicanos.
Mi padre no duró mucho en ese empleo. La mala suerte lo perseguía, perturbando la
excelencia de su conducta i la experiencia en su profesión. Al cabo de pocos meses decidió
regresar a la Capital. En ese viaje yo moraba en el vientre de mi madre. Fue en el verano de
1883. Al regresar a la Capital nos alojamos en la misma casa de la calle Colón. Seis meses
después nací sin ninguna dificultad obstétrica.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Aquí comienza el relato de cómo transcurrieron los siguientes años que mi padre pasó en
este país. Su porvenir le fue adverso desde que por primera vez puso los pies fuera de Curazao.
Jamás volvió a su isla nativa. Gerardo Pieter nació siendo esclavo. Sus padres, oriundos de la
costa del Congo, Africa, fueron libertados después del nacimiento de su lejítimo hijo. Antes de
morir habían adoptado la relijión católica. Confiaron su retoño al sacerdote de la parroquia de
Curazao. Aquel lo recibió con piedad, lo crió, lo educó, le dio buena instrucción en la mejor de
las escuelas parroquiales de la ciudad i le hizo aprender el oficio de tipógrafo i prensista.
Así transcurrieron los años de mi padre en la niñez, la adolescencia i los primeros lustros
de su juventud.
El buen sacerdote, ya anciano, recibió una carta del Rev. Presbítero Francisco Xavier
Billini, capitaleño, filántropo emprendedor de buenas obras. Le solicitaba dos tipógrafos que
pudieran trabajar en su imprenta recién establecida al lado de su Colejio “San Luis Gonzaga”,
situado en un departamento de lo que hoi es el “Liceo Salomé Ureña”.
El sacerdote de Curazao no tardó en enviar al Padre Billini los jóvenes Gerardo Pieter,
su hijo de crianza, i a Isaac Flores, un mozo de la misma educación i de conducta igual a la
de quien fue mi procreador.
Aquellos tipógrafos llegaron aquí a mediados del año 1880. Fueron recibidos con bene-
volencia i alojados convenientemente en un apartamento cercano a la citada imprenta. Los
primeros meses en sus labores fueron promisorios de bienestar, pero luego, a medida que
transcurrían las semanas, el salario que ganaban se hacía escaso. Acostumbrado a esas demo-
ras en el pago de sus obreros, el buen Padre Billini no dio suficiente atención al reclamo de
los dos impresores curazoleños, que, obligados por las necesidades que sufrían, renunciaron
a ese empleo i se lanzaron a buscar mejores salarios en talleres tipográficos de aquí.
Ya el joven Pieter había celebrado esponsales con su novia Carmen Bennett (Ita). No
tardaron en realizar sus bodas. La luna de miel transcurrió en Puerto Plata, en donde mi
projenitor obtuvo ocupación.
Flores aprendió i se dedicó a llevar libros de contabilidad en pequeños negocios, a la
vez que formalmente estudiaba la teneduría. Avanzó en esa nueva ocupación de tal modo
que una de las casas comerciales más activas de esta ciudad, la de D. Federico Thormann,
le dio empleo durante muchos años, hasta el día de su muerte. Ese feliz compañero de mi
padre también formó familia en esta Capital.
Como ya dije, mi padre no tardó en regresar aquí con su esposa. Su labor en El Porvenir
(hoja periódica) no le fue grata. Se alojaron en el hogar de los Bennett. No tardó en conseguir
trabajo en las imprentas, sobre todo en la de García Hermanos, situada en la calle El Conde,
al lado de la Casa Municipal.
Afortunadamente nací amparado por mis cariñosos abuelos, i allí, en esa residencia
esquinera en donde vine al mundo, gocé de buena vida durante cinco años. Zefir contrató
con Don Fabio Caminero un solar i las ruinas de una casa en la misma calle Colón, esquina
a Padre Billini. Mi abuelo mejoró esa propiedad de tal modo que, satisfechos, pronto fui-
mos a ocuparla. En ese vecindario, algo nuevo para nosotros, no contábamos con las viejas
amistades ubicadas cerca de donde yo nací.
Lentamente hicimos amistad con las familias más moderadas de ese sector, así nos re-
lacionamos con los Cobo, los Queteles, los González, con los Rivera, i sobre todo con una
intelijente solterona llamada Bárbara Cáceres, quien ofreció a mi madre su afición de maestra
para enseñarme a leer, a escribir i a rezar con mejores métodos i más rapidez. Fue, sin duda,

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

mi primera excelente profesora. A los seis años de edad, en esa escuelita, yo, Bentín, era
quien mejor escribía las lecciones dictadas por mi maestra. Después de esa época siempre
tengo recuerdos de la habitual bondad –i a veces el momentáneo rigor– de esa admirable
maestra negra, tan alta de estatura corporal como de buenas costumbres i de pura afabilidad
en todas las ocasiones de su buen trato.
La estrella que alumbraba en la vida de mi padre no lucía con el brillo que él esperaba.
Estaba desilusionado. Para atenuar sus disgustos comenzó a beber alcohol, sin que nadie
lo acompañara en ese vicio.
De buenas a primeras decidió aprender el oficio de zapatero. Para comenzar en su nueva
ocupación compró algunos materiales en la casa de Don Joaquín Lugo i pocos utensilios en
la ferretería de Don Samuel Curiel.
Nos mudó a la calle de Regina, en un apartamento (hoi calle Padre Billini n.o 4) frente a
donde vivíamos junto con nuestros abuelos. Empezó a reparar medias-suelas i hacer remien-
dos en zapatos casi inservibles. Mi madre i yo lo acompañábamos en esa extraña tarea.
Al cabo de algunos meses, ya algo experto en su nuevo oficio de zapatero, decidió ir
a trabajar en los aledaños del Ingenio “Italia” (hoi Caei), que era una factoría de moler
la caña de azúcar, cerca de Palenque, entre San Cristóbal i Baní. Allí hizo amistad con D.
Félix Veloz, comerciante, i con D. Modesto Díaz, de nacionalidad cubana, administrador
de dicho ingenio.
No tardó en adquirir modesta clientela. Era el único zapatero. También hacía las soletas,
tan indispensables para trajinar sobre espinas, rocas i lodo.
Ya había dejado el vicio alcohólico. Todos los viernes de cada semana enviaba a mi madre
tocino, pollos, plátanos i otros alimentos que servían para sustentarnos.
Antes de partir para aquel campo, Gerardo Pieter nos instaló de nuevo en casa de mis
abuelos. De vez en cuando nos hacía cortas visitas con el objeto de aumentar su prole. Mi
madre soportó tranquilamente tanta mudanza. Lavaba i planchaba ropa para familias ex-
tranjeras i ayudaba a mi abuelo en la confección de “Bay-Rhum”, un menjurje empleado
para dar fricciones cuando sus clientes sufrían cansancio, dolores musculares i también
para perfumar el baño. Yo acompañaba a Zefí adonde quiera que él iba a comprar efectos i
materiales para trabajar en su modesta fábrica de Bay-Rhum i también para su escasa taba-
quería que instaló en una incómoda pieza de nuestro domicilio. Los sábados en la tarde me
enviaban a vender botellas del referido Bay-Rhum a las casas que podían comprarlo. Entre
los clientes más adictos a ese alcoholado recuerdo a Don Manuel de Jesús Galván, a Don
Manuel María Gautier, al Arzobispo Meriño, etc., etc.
Tanto Zefí como mi abuelita me llevaban de manos cuando asistían a la Catedral, a otras
iglesias i también al Parque “Colón” los 27 de Febrero i 16 de Agosto. Allí íbamos durante
la prima noche de esos días de fiesta nacional.
Al notar mi aplicación, mi maestra Bárbara Cáceres se empeñó en enseñarme con más
difíciles lecciones. A instancia de mi madre, cuando cumplí mis seis años de edad, escribí
una carta a mi padre sin que nadie me ayudara a hacerlo. Aquel me felicitó i envió dinero
extra a mi madre para que me comprara el libro Mantilla n.o 2, texto que él supuso que ya
yo podía leer sin dificultad. Un día del mes de julio de 1890 mi padrino fue a visitarnos. En
esa ocasión mi madre le habló sobre el adelanto en mis estudios. Enseguida él le prometió
conseguirme inscripción en la escuela “La Fe”, mui cerca de nuestro domicilio, tan pronto
comenzara el próximo año escolar. Mi padrino, Ingeniero Constructor, era el Venerable

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Maestro en la Lojia que patrocinaba ese plantel, segundo en su rango educacional en nuestra
ciudad. Don José Reyes Brea cumplió lo que había prometido.
Al abandonar la primaria de Bárbara Cáceres sufrí muchas penas. Aunque vivíamos
frente a ella, me aflijí cuando mi madre me llevó a decirle la intención i el propósito de mi
padrino i agradecerle todo el empeño que ella se tomó para enseñarme. Tan profundas fueron
sus frases que todos los presentes en esa escena dramática derramaron lágrimas.

V. Cambios de escuela
Otra aflicción en ese día fue causada por la noticia del inesperado fallecimiento de mi
preferida condiscípula Honoria Edmond, una afectuosa indiecita, de mi misma edad (6 años),
a quien yo prefería –i ella a mí– entre los demás alumnos de nuestro plantel elemental. La
niña, tal como otros chicos de mi vecindario, murió atacada de gastroenteritis fulminante,
el quebranto común (colerín) en los veranos de aquella época. Todos los amiguitos de Ho-
noria, lagrimosos, la acompañamos al cementerio, i a pesar de la música i el repique en las
iglesias (Santa Clara, El Convento, Regina), todos lloramos en el momento de enterrarla.
Aún hoi, después de más de tres cuartos de siglo, me emociona el recuerdo de lo que sufrí
con el fallecimiento de mi amada Honoria.
Hace más de ochenta años que en ese humilde sepelio recordé una triste historia que
Honoria i yo leímos frente a nuestra maestra Bárbara Cáceres: era el relato –verídico o ficti-
cio– de Pablo i Virjinia, escrito por un reverendo Padre francés. Todavía no se ha borrado de
mi sentimiento aquella indiana criatura, mi dulce Honoria Edmond, que tanto amé i seguiré
amando mientras me dure el recuerdo de aquellos pueriles años pre-juveniles.
Mi padrino había cumplido su palabra antes de hacer su viaje a Puerto Rico. El día 1ro. de
septiembre del año 1890 me admitieron en la referida escuela “La Fe”, dirigida por el Licdo.
Don Alvaro Logroño i Don Pantaleón Castillo. Después de lijero examen, me inscribieron en
el curso inferior del colejio. Mis primeros maestros allí fueron el Bachiller Benjamín Figueroa
i Monsieur Trabous, uno de los famosos pendolistas en aquella época. Pronto me adapté a
las reglas de esos cursos.
Hice progresos en todas las materias y trabé nuevas amistades, interrumpidas por
pasajeras rencillas propias de esa edad. Mis mejores amigos fueron, en primer lugar, Juan
Antonio González, alias Cunsún, i Ramón Jansen. También se juntaron conmigo Juan Tomás
i Carlitos Mejía Soliere, Eleazar de Castro, Antonio Mieses, Marino Cestero, Chin Perdomo,
Felipe i Yuyo Leyba, Abelardito Nanita, Abel González, Carlitos Paulus, Juan Bancalari,
Jesusito Troncoso, Fello i Chichí Damirón, Cristian i Ernesto Lamarche, Juan Ma. Troncoso,
Mario Mendoza, etc., etc.
Mis estudios i mis nuevas amistades me produjeron felicidad, pero el destino me la
arrebató: mi padrino falleció en Puerto Rico. Como fui becado en esa escuela gracias a la
recomendación del Supremo Maestro en esa Lojia, mi abuelo, que representaba a mi padre
ausente, recibió una carta escrita por el Director de “La Fe”, en la cual se le comunicaba que
la beca había terminado.
Esa noticia causó duelo en mi familia, sobre todo en el corazón de mi madre, la más
interesada en mi instrucción escolar. Al otro día mi abuelo fue conmigo a la escuela, procuró
allí a Don Álvaro, a quien conocía, i casi llorando, le rogó que me admitiera siquiera pagando
la mitad de la cuota establecida allí. En presencia de Don Pantaleón Castillo, de D. Mario

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Saviñón i otros profesores, el Licdo. Logroño examinó el caso. Enseguida se consultaron i


decidieron aceptarme, pero bajo la condición de que yo ayudara a mi condiscípulo, Mario
Mendoza, en la limpieza de las aulas dos veces, todas las semanas, i llenara diariamente
las tinajas destinadas al servicio del plantel. El edificio de esa escuela era amplio i bastante
complicado. Mi abuelo, al oír ese plan, echó miradas aquí y allá, i al fin, se decidió a aceptar
la insólita proposición.
Regresamos a casa. Nos juntamos con Bárbara Cáceres i otros vecinos. Todos nos ale-
gramos de la resolución que oímos en “La Fe”.
Esa misma tarde volví a mi escuela. Mis condiscípulos, que se habían enterado de lo
ocurrido allí en esa mañana, me abrazaron i me prometieron ayudarme en mis duras faenas.
Así reingresé en aquel plantel.
Los alumnos que cursaban sus estudios en las clases más avanzadas no nos miraban sino
con algún desprecio. Poco a poco, al correr del tiempo i de las circunstancias, tuve amistosas
relaciones con ellos, especialmente con el Dr. Fernando A. Defilló, a quien escribiré elojios i
agradecimiento de la más pura calidad.
Estudié y trabajé como si fuera peón de escoba i aguatero, no sólo en la escuela, sino que
también en los domicilios de tres de mis profesores. Durante más de seis años hice mandados
en casa de los Sres. Miguel Antonio Duvergé, experto en Matemáticas. También hice faenas
en la morada de Benjamín Figueroa, apacible i extraordinariamente versado en Geografía
e Historia, tanto la vernácula como la Universal. También tuve necesidad de hacer recados
en la casa de Miguelito Saviñón, nuestro instructor en Botánica, Zoología i Mineralogía.
Este último cursaba sus últimos años en la Facultad de Medicina. Nos llevaba a clasificar
las plantas que crecían en los matorrales del Estado, hoi parque Independencia. Así es como
nos enseñaron en aquella época. ¡Cuán distinto a lo que hoi se enseña!
El Sr. Abreu, alias Cuá (porque su boca se parecía a la de los macos), era el ríjido super-
intendente en el comportamiento de nosotros durante los ratos cuando descansábamos en
el patio de la escuela. Mario Saviñón nos daba clases de jimnasia todos los sábados, en la
mañana. De vez en cuando me daba libros casi inmorales destinados a una de sus novias.
También me mandaba a hacer recolectas de dinero para celebrar bailes sabatinos en casa de
una anciana llamada Escolástica, quien escojía muchachas de segundo paso para esa i otras
diversiones más agradables.
A pesar de ser yo el más feo i el más pobre de todos los chicos de ese plantel, solía alcan-
zar las mejores notas de aplicación en casi todas las asignaturas. No sé si esas calificaciones
eran exajeradas, como premios por faenas que yo estaba obligado a hacer en casa de varios
de mis profesores, tales como cargar agua en tiempo de sequía, comprar vituallas en la Plaza
Vieja, llevarles ropa sucia a sus lavanderas, etc., etc. La mayor parte de los maestros que me
instruían i sabían que yo no pagaba con dinero, abusaban de mi interés por obtener buen
trato i buenas notas en los exámenes de fin de curso.

VI. Iniciación al trabajo


Además de mis deberes escolares, yo era aprendiz en la imprenta de Juan Bautista Ma-
ggiolo, al lado del entonces teatro “La Republicana” (hoi Panteón Nacional). Julio Gneco
fue mi maestro en esa tipografía. Yo ayudaba a imprimir i a distribuir los programas de los
espectáculos que se exhibían en dicho teatro. Allí me gratificaban con la entrada, sin pagar,

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en todas las funciones. Gocé i me instruí en esas representaciones, sobre todo en aquella que
presentó la compañía dirijida por el reputado actor dramático Luigi Roncoroni, (italiano),
en el año 1892.
Además de esas ocupaciones yo no dejaba de vender, a domicilio, el Bay-Rhum fabricado
por mi abuelo i por mi madre. No era pesada esa carga, porque mis clientes se apiadaban
de mi tarea.
Yo también podía disponer de horas de recreo, especialmente los sábados, cuando Ernestico
Freites me solicitaba para recorrer algunas calles de la ciudad, en la compañía militar que él
había adiestrado frente i en el patio de su casa sita en la calle de Los Plateros n.o 64.
A veces, siempre los sábados en la tarde, iba yo a casa de los Vicini, invitado por mi
condiscípulo Juan Bautista. Allí, en compañía de Ramón Jansen i de Eleazar de Castro,
“trabajábamos” en una fragua que su padre le había instalado en el patio de su domicilio,
calle del Arquillo, hoi Arzobispo Nouel.
La Escuela “La Fe” fue llevada al Colejio San Luis Gonzaga. Nunca supimos la razón de
esa mudanza. La nueva dirección de ese reciente plantel estaba representada por los Licdos.
Mario Saviñón Sardá i Juan Elías Moscoso, hijo. Allí encontramos nuevos condiscípulos,
capitaleños i de provincias. Pocos de mis primeros maestros formaron parte de ese mixto
establecimiento. Allí no nos imponían la buena conducta que era norma en “La Fe”. Un
presuntuoso cubano (Sr. Montoro), era nuestro tiránico vijilante. La extensión casi boscosa
del patio del Colejio nos atraía para jugar al trompo i al embique, a escondidas, aún durante
las horas de clases.
Mi padre había vuelto a instalar en la Capital su pobre zapatería. Parecía que ya había
alcanzado la sobriedad. Durante su larga ausencia en el Injenio Italia i en Yaguate, mi madre,
yo i mis tres hermanos, íbamos a visitarle durante las vacaciones escolares, todos los años,
en el mes de agosto.
Como yo estaba suficientemente versado en mis estudios i en mi oficio de tipógrafo mi
padre hizo que yo suspendiera las clases en el “San Luis Gonzaga” i me consiguió quehacer
en la imprenta anexa al referido plantel. Allí me habían instruido i preparado bastante para
comenzar estudios en las asignaturas para el bachillerato en letras.
En aquella tipografía se editaba El Eco de la Opinión. Dicho taller estaba dirijido i ad-
ministrado por un excelente amigo de mi familia: Don Florencio Santiago, cuñado de mi
difunto padrino de bautismo.
Durante esos meses comenzaron las peores etapas de mi adolescencia. Frecuentemente
nuestra familia solía cambiar de domicilio en casas poco adecuadas para nosotros. En uno
de esos domicilios me hacían levantar temprano, antes de la aurora. Mi padre me llevaba
al pozo común de la barriada i extraer agua más o menos pura. Así debíamos consumirla
durante veinte i cuatro horas.
El salario que yo ganaba en la imprenta formaba parte de lo poco que servía para
sustentarnos. En la noche recibía lecciones en la Escuela Hostos-Henríquez, dirijida por
un amigo de mi abuelo: Don Federico Henríquez y Carvajal. Siempre amable i cariñoso,
se complacía en conversar conmigo. Al notar la buena instrucción que yo había recibido
en “La Fe” i en el “San Luis Gonzaga”, me auguró un brillante porvenir. Esa predicción
me llenó de orgullo i me dio acicate para no cejar frente a mis aspiraciones. Don Fedé me
instruyó en las reglas gramaticales escritas por Don Andrés Bello, algunas de las cuales
no he dejado de usar.

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Mi padre volvió a estar deprimido. Sufría frecuentes emociones mui exaltadas. Noso-
tros no sabíamos la causa que lo hizo recaer en ese malestar. Sufríamos mucho cuando se
embriagaba con bebidas alcohólicas. Yo no podía soportar esa desgracia. Mi pobre madre
ocultaba sus lágrimas, pero nosotros, los de la familia, comprendíamos su dolor.
Seguíamos cambiando de domicilio: de un bohío sito en la calle Santomé, cerca de La Mise-
ricordia (hoi Arzobispo Portes). De ahí nos mudamos a la calle Sánchez, cerca de Las Mercedes.
Fue allí en donde mi padre me obligó a no continuar en mi oficio de tipógrafo. El salario que
yo ganaba producía lo suficiente para ayudar a sostener a mi madre i a mis hermanos. Una
mañana, temprano, me llevó a la sastrería del Maestro John Pinedo, frente al domicilio de
la familia del renombrado literato Don César Nicolás Penson, en el mismo lugar en donde
hoi está la Librería Dominicana. Allí, en aquella pobre sastrería, trabajé de mala voluntad,
pero a las pocas semanas de estar con el maestro Pinedo aprendí a confeccionar las piezas
de ropa usadas en aquella época. No tardé en recordar mis conocimientos de geometría para
estudiar, trazar i cortar pantalones i chalecos, i hasta chaquetas. El maestro me pagaba poco
dinero, pero me daba buen trato i mejor enseñanza. Le gustaba leer novelones, especialmente
los de Pérez Escrich. Comentábamos esas lecturas que me invitaron a escribir, en secreto, un
centenar de cuartillas que relataban la vida imajinaria de una tal Lucrizia Sforza i las atroci-
dades perpetradas en el apojeo de su propia familia. En ese ensayo me atreví a comentar in
pecto varios de los actos criminales perpetrados por el tirano Ulises Heureaux.

VII. Adolescente
Cuando yo tenía doce años de edad i era medio-tipógrafo en la imprenta de D. Germán
de las Peñas, frente a la casa entonces habitada por el Gral. Wenceslao Figuereo, alteré una
palabra en unos versos que elojiaban a Lilís. El semanario estaba a punto de ser llevado a la
prensa. Aproveché que nadie pudiera darse cuenta de lo que hice: un renglón que rezaba así:
el civismo ilumina tus acciones. Sustituí la v de civismo por una n. Apenas había comenzado a
circular ese periódico fue recojido i quemado. D. Germán, temblando de miedo, enseguida
presentó excusas a su vecino, el Presidente de la República. Éste lo absolvió de ese lapsus
(?) cálamus. No se efectuaron prisiones al personal de dicho taller, pero el público se percató
de esa osadía.
Mi afición al estudio no disminuyó, al contrario, aumentó de tal modo que a veces me
privaba de lo ordinario para invertir en libros parte de mi contribución para el sostenimiento
de nuestra familia. En ese tiempo compré a plazos, traducida al castellano, la Historia de la
Revolución Francesa por Adolfo Thiers. Esa monumental edición fue prefaciada por uno de
mis autores predilectos: Emilio Castelar. La franqueza de Thiers me ayudó a inflamar mi odio
contra Lilís, el tirano que, desde niño, personalmente mi familia habitaba frente a la fortaleza
de la calle Colón a menudo oíamos descargas de fusiles. Tal ruido indicaba la ejecución de
uno o de varios de los que tramaban revueltas antililisíacas. De vez en cuando lacrimosas
mujeres acudían a nuestra casa para desahogar sus penas, cuando el Oficial de servicio en
la puerta de la vecina fortificación les rechazaba la cantina que contenía el sustento para
el esposo u otro ser querido encarcelado allí. Ese rechazo indicaba que el prisionero había
dejado de existir.
En contra de su voluntad, mi abuelo se vio obligado a servir de Mayordomo del Palacio
Nacional. Cuando morábamos frente a la referida Fortaleza solíamos oír las descargas con los

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

cuales Heureaux ajusticiaba a sus enemigos en el patíbulo del Aguacatico, en la marjen occi-
dental del río Ozama. Así, desde mi temprana edad, comencé a odiar a ese tirano. Así también
lo odiaban mis condiscípulos en los planteles en donde me instruía. Mis compañeros en las
imprentas en donde trabajé tenían razón para abominar a ese monstruo. Nos guardábamos de
comentar las prisiones i los asesinatos que se sucedían sin cesar. Era una época de verdadero
terror para casi todos los dominicanos i también para algunos extranjeros.
Esa antipatía contra Lilís se acrecentó durante la guerra de los cubanos contra España
(1895-1898). En ese angustioso período casi todos los adolescentes, yo entre ellos, contri-
buíamos con algunos centavos semanales para sostener a los exiliados de Cuba que temían
ser reenviados a aquel país. El tirano Heureaux actuaba en doble juego. Todos sabíamos que
su actitud pro-España no era sincera. Temía que si los españoles ganaban aquella guerra tal
vez volverían aquí.
Años después yo vivía definitivamente junto a mi abuelita, en la casa n.o 1 de La Fajina,
hoi calle Emilio Prud’Homme. Juana Ramos, su hija, se amancebó a un anciano, el Notario
Público D. X. A., con quien había concebido un hijo llamado Javiercito, reconocido por su
padre.
Mientras tanto, el Gobernador Pichardo nos expulsó de nuestra propiedad de la calle Colón.
Así perdimos aquella morada. Ese brusco arrojo de nuestra casa causó la muerte repentina de
Zefí (26 de mayo de 1896), cuando apenas había fabricado parte de su nueva casa.
La historia de esa mudanza es bien curiosa, aunque propia de la época lilisiana. Como
escribí en otros párrafos de estas notas autobiográficas, anteriormente vivíamos en una casa
levantada por mi abuelo en un solar notarialmente alquilado durante años. Su lejítimo due-
ño era D. Fabio Caminero, domiciliado en Higüey. Sin previo aviso, José Dolores Pichardo
mandó a un oficial del Ejército para que en un plazo de diez días desocupáramos dicho
solar porque nuestra vivienda iba a ser destruida. Sin más noticias, aquello fue un desastre
para nosotros. Mi abuelo quiso apelar a la escasa amistad que a veces Lilís le ofrecía, pero
alguien de nuestros buenos amigos le recomendó que se abstuviera de practicar tal dilijencia.
El Gobernador y el Presidente formaban una sola persona, tanto en mandato como en la
perpetración de las más horribles torturas, robos i asesinatos que todos conocemos.
La Policía no dejó transcurrir el plazo fijado (quince días) para que se hiciera dicha
mudanza. Las carretas del Gobernador, manejadas por oficiales i soldados, nos forzaron a
mudarnos cuatro días antes del término ya indicado. En ese momento estábamos desayu-
nando. Para no perder nada de nuestro mobiliario, apresuradamente recojimos todo lo que
pudimos salvar. Dos carreteros particulares tuvieron noticia de lo que nos acontecía i llega-
ron a tiempo para ayudarnos, sin paga, en ese trance que no fue especial para nosotros. La
mayor parte de los habitantes de ese bloque de antiguas i casi destruidas viviendas sufrieron
la misma desgracia que tan salvajemente destruía nuestras residencias.
Soldados, policías i otra jente compasiva nos ayudaron, para evitar que nada se perdiera
durante ese traslado. En esa tarde terminamos aquella tarea. La primera i otras inolvidables
noches de penosas experiencias las pasamos en la gallera de San Carlos, en las celdas desti-
nadas a los gallos de pelea i en algunos refujios caritativamente brindados por vecinos que
nunca habíamos conocido i entre quienes, los más cercanos a nuestra desgracia, figuraba el
hogar de la familia Santos propietario de uno de los trenes de carretas que, graciosamente,
bajo el peligro de socorrernos, corrieron a ayudarnos. Esa familia, mal apellidada “Los Be-
llaquitos”, entraron a formar parte de nuestros mejores amigos. Aún hoi, sus descendientes

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

me prodigan aprecio i distinción. Uno de los chicos de esa prole fue mi ahijado, a otros he
dado asistencia médica, i otro de ellos, el Dr. Amable Lugo Santos, fue sagaz discípulo mío
durante mi enseñanza universitaria. Años después, este buen compañero profesó cátedras
en la Facultad de Medicina de nuestra no-Autónoma Universidad. Ahora mi buen amigo
es Profesor en la pacífica casa de Estudios Henríquez Ureña.
Creo necesario decir que la Capital de Santo Domingo, en nombre de toda la República
Dominicana, decidió festejar el día 5 de diciembre de 1896, fecha en que se cumplían cuatro
siglos después de la fundación de nuestra ciudad.
Un gran festejo fue programado para ese evento. El Gobierno Nacional, los cónsules de
varios países, especialmente los europeos, marcharon con una larga procesión en la calle
de Rejina (hoi Padre Billini). Doblaron por la calle Colón, frente a la Fortaleza “Ozama” i a
nuestra pobre morada. La carabela “Santa María” era el único barco, arrastrado sobre cuatro
ruedas. Allí muchos palos de cuaba figuraban como alegres antorchas. El marino D. Gaspar
Morató gritaba “¡Tierra!” mirando a diestra i siniestra. La banda de música del Gobierno
tocaba aires de batallas. Cohetes artificiosos sonaban estruendosos por esa calle. La fiesta
poco a poco se desvaneció a eso de las diez de la noche. Todos quedamos satisfechos de tan
exitosa fiesta. Al otro día comentábamos lo que en esa noche había acontecido.
Para no perder el curso de estas anotaciones, hago aquí un retroceso: Cuando mi padre
regresó de Yaguate nos instaló en una casa ubicada en la calle Palo Hincado, casi esquina
a la de Las Mercedes. Allí montó una zapatería. Mi abuela continuó viviendo en La Fajina.
Juana Ramos la protejía. Mi abuelita rezaba oraciones a difuntos. Esas preces le procuraban
algún subsidio monetario.
Deprimido, desilusionado, mi padre volvió a usar bebida alcohólica. Uno de sus viejos
compañeros en ese vicio lo arrastró hacia una casa de juego cercana a nuestro domicilio.
Inexperto en ese vicio, en una sola noche perdió la totalidad del regalo (cincuenta pesos oro)
que le hizo su compadre Mónico Ramos, recién afortunado con el premio mayor de la Lotería
Nacional. Al otro día de esa aventura mi padre, irrazonablemente, me castigó con latigazos,
descargó su tirapiés sobre mi espalda i entre plancha y martillo rompió el único recuerdo, una
cucharilla de plata, que mi madrina me había dedicado. Enseguida lanzó aquella prenda en
la letrina. No recuerdo cómo pude salir huyendo de esos inmerecidos castigos que definiti-
vamente me obligaron a refujiarme en casa de mi abuelita, en donde residí, años i años, hasta
que, en medio de otras vicisitudes, llegué hasta la altura en la cúspide de mis aspiraciones:
graduarme de médico cirujano i partero en el Instituto Profesional de Santo Domingo.
Durante esa larga época de mis estudios nunca dejé de visitar a mi madre i a mis her-
manos, socorriéndolos con el producto de algún trabajo.
Un poco sosegado, mi padre volvió a fijar su residencia en el campo, en Yaguate. Poco
a poco, allí abandonó el vicio del alcohol.
Antes de tomar esa feliz resolución nos mudó a una casa de dos piezas en la calle Sán-
chez casi con la esquina de la calle Mercedes. Me obligó a continuar mi aprendizaje en la
sastrería de Shon John.
Días después el Presidente Lilís fue ajusticiado en Moca. La capital no se enteró de ese
suceso sino días después de ese tan esperado acontecimiento. Tan pronto se confirmó esa
noticia, el pueblo regocijado, hizo reuniones i plantó carteles en los muros de casi todas
las casas de la ciudad. No dejé de cooperar en esos momentos de alegría. Junto con mis
compañeros de estudios en el bachillerato en Letras fui a lanzar leña en el balcón de los

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Amiama, frente al parque Duarte. Allí moraba el padre de esas honestas señoritas. Este
laborioso señor se vio obligado a servir a Lilís en la Contaduría General de la Nación.
Poco antes de su deceso, el Gral. Heureaux hizo destruir los mosaicos esquineros que
estaban en la calle de Las Mercedes para sustituirlos por otros con su propio nombre. Los
profesores Mario Saviñón, Ramón Lovatón i otros reclutaron estudiantes para que les ayu-
dásemos a destruir dichos mosaicos i trocarlos por otros, los de antes de la exterminación
del poderío de Lilís. Esos rótulos sucesivamente cambiaron de nombre en los años 1859,
1897, i también en el 1928 cuando el Ayuntamiento Local quiso nombrarlos Presidente Gral.
Horacio Vásquez. El Presidente rechazó ese halago i ordenó que el nombre de Las Mercedes
continuara tal como fue designado desde el año 1859.
Para librarme del servicio militar, como soldado, mi padre me hizo inscribir en la Ban-
da de Música del Batallón Ozama, en cuyas faenas i en las que sucedieron, me afronté a la
adversidad. En párrafos siguientes describiré esa odisea.
Frente a la mencionada sastrería conocí a los jóvenes César Francisco Penson, Domingo
Zabetta, Féliz Ma. Pérez i Ricardo Sánchez Lustrino, quienes, como yo, estudiaban para ob-
tener el bachillerato en letras. Con esos simples i buenos amigos se me despertó la idea de
volver a continuar aprendiendo mis olvidados estudios. Todos los días nos reuníamos para
comparar nuestros adelantos. No sé cómo podía yo atender a tantas dilijencias. El aprendizaje
de la música era el más penoso, tanto más cuanto en la referida banda militar mis maestros
D. Alfredo Soler i D. José de Jesús Ravelo decidieron que yo escojiera el clarinete, puesto
que en esos días era el instrumento que más necesitaban.
Cuando ya había casi terminado el uso de esa caña, sucedió otro desastre en mi destino.
En esos días mi padre había puesto medias suelas en los zapatos de una mujer “relacionada”
con el Gral. Pedro María Mejía, Gobernador de la Provincia. Por razones que aún ignoro,
Mejía puso dificultades para pagar esa labor. Mi padre no toleró ese proceder i cruzó agrias
frases con el Gobernador.

VIII. El soldado
En la prima noche de ese día, cuando terminé de cargar pesados atriles desde el Parque
Colón hasta la Fortaleza, el cabo que estaba de centinela en el portón de La Fuerza me impidió
salir de allí, me condujo a uno de los cuarteles, me hizo firmar la hoja de mi reclutamiento
en el Batallón i, por último, me mandó que me acostara sobre el asqueroso camastro de ma-
dera en donde ya se habían echado a dormir otros nuevos reclutas. Aquella fue la primera
noche que no entré a mi casa.
Al día siguiente, temprano, mis familiares encontraron el sitio en donde yo había per-
noctado. El centinela no dejó entrar al cuartel a ninguno de mis familiares. Entre resignado
e incapacitado, comencé a someterme a esa nueva tortura.
Dos días después un oficial examinó la capacidad de mi instrucción escolar, i halló que mi
buena letra i ortografía podía servir para desempeñar el servicio de “furier” en su compañía.
Tan inesperado ascenso borró alguna que otra esperanza en el alma de mis familiares i de
mis amigos, sobre todo la de mis compañeros de estudio en las asignaturas del bachillerato.
Ese avance en categoría i en pago no pudo calmar la abominable aflicción que me embar-
gaba. Tal situación se hacía cada día más intolerable. No tardó en llegar el primer peligro
vital para mí: Una revolución armada comenzó en el Cibao i ya estaba sitiando a nuestra

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

ciudad capital, en el barrio de San Carlos. Mis superiores me llevaron casi arrastrado. Me
amenazaron con fusilarme en el Aguacatico. Ante esa fúnebre perspectiva me incorporé en
las filas de una de las derrotadas secciones de mi compañía, pero tan pronto oí disparos i
algunas descargase abandoné mi fusil máuser, me escondí detrás de un matorral i esperé que
amainara el riesgo. De repente, cesaron los disparos cuando las guerrillas del Gral. Horacio
Vásquez se adueñaron de esa sección i persiguieron al resto de la tropa del Mariscal de Campo
Rafael Rodríguez, Comandante de Armas de esa plaza militar.
Bajé en zig-zag por entre veredas casi intransitables. Quienes observaban mi prisa se
dieron cuenta de la derrota sufrida por los bolos.
Algunos de los soldados de mi compañía me vieron escapar de ese combate. Quisieron
detenerme, pero el sarjento mayor, Juan Díaz, que no ignoraba la injusticia cometida contra
mí, pudo impedir que me castigaran. Afortunadamente, ninguno de esos soldados nos
denunció. A partir de ese momento Juan Díaz entró en el círculo de mis mejores amigos.
No escatimé servicios para recompensarle ese nunca olvidado favor. Muchos años después
falleció en uno de los mejores aposentos privados, en el Instituto Oncolójico dirijido por mí.
Aquel excelente padre de familia levantó una numerosa prole, entre ellos un bien educado
joven que me satisfizo cuando fue mi discípulo en las cátedras profesadas por mí en la Fa-
cultad de Medicina de nuestra vieja Universidad.
Poco después de aquella batalla me escondí en casa de mi abuelita, frente al Fuerte de
la Concepción. Pero al otro día, mi madre, ya serenada del susto que pasó cuando supo que
yo formé parte de los defensores de la ciudad en la trifulca del día anterior, me suplicó que
volviese a la Fortaleza para ponerme en contacto con alguien de los victoriosos nuevos jefes
de ese baluarte.
Volví allá. Nadie me hizo ninguna observación. Pero pocos días después del nombra-
miento de un nuevo Comandante de Armas, el Gral. Parahoi, mi suerte cambió hasta lo
peor. Mientras toleraban que yo me convirtiera en sarjento mayor aunque con la ración de
“furier”, la mayor parte de mis jefes i de otras clases en ese cuartel se mostraban hostiles a
mí porque sobresalía en buena instrucción, en buenos modales i soportaba sus indebidos
castigos. ¿Por qué tanta saña contra mí? Simplemente: Cuando no era hora de cumplir mi
servicio militar, yo estudiaba en lo que aparentaba ser mi “Oficina”.
A seguidas de mi forzado reingreso en ese recinto, decidí aumentar mis estudios. Mis
ya nombrados buenos compañeros en nuestras labores estudiantiles me daban aliento para
que no abandonara ese intento. Cuando yo tardaba en buscarlos, ellos iban a procurarme
frente a la puerta del cuartel. Esa acción enfurecía a oficiales que observaban tan rara amis-
tad en ese recinto.
Entre perseverancia y amarguras, estimé que ya podía presentar los exámenes del ba-
chillerato en letras en el Instituto Profesional, bastante cerca de mi cuartel.
Yo contaba con el pago de una pequeña deuda que un pobrísimo amigo mío debía can-
celarla el mismo día de mis citados exámenes. No me cumplió. Se aproximaba la hora de
las pruebas. Inquieto i desesperado, fui a contar mi caso a D. Isaac Flores, el ex-compañero
de mi padre. Este buen amigo se apiadó de mi situación. Me prestó dinero para completar la
suma necesaria para pagar antes de los exámenes que iba a sostener en el Instituto. Faltaban
unos minutos para oír los campanazos que señalaban el comienzo de tal acto. Fui el único
examinado. En ese primer tropiezo pre-profesional me sucedieron cosas que hubieran trastor-
nado el juicio de cualquier buen estudiante. El Jurado de mis pruebas estaba compuesto por

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

tres profesores: uno de gramática, otro de lójica i otro de latín y francés. En el momento que
iban a leer las calificaciones de esos exámenes se presentó el Rector, un rencoroso e infatuado
obispo que, en el día de mi inscripción, dijo a su secretario que no deseaba ver en ese plantel
a negros ni a militares. Tal aberración influyó a que me rechazaran las asignaturas de lójica
y francés, las mejores que yo había preparado. Años después uno de mis examinadores me
dijo que el Sr. Rector tomó parte en esas calificaciones.
Lejos de causarme disgusto, aquella vil acción espoleó mi anhelo de hacer que me
aprobaran dichas materias. La suerte me fue propicia. Pocos días después, el Gobierno
dispuso que los exámenes para obtener el bachillerato dejarían de celebrarse en el Instituto
Profesional. Se llevarían a cabo en la Escuela de Bachilleres, recién fundada en la planta alta
del Colejio San Luis Gonzaga.
No habían transcurrido dos semanas cuando presenté allí los exámenes de las materias
rechazadas por la vesania del Obispo. Allí fueron aceptadas con las mejores notas.
En la preparación del bachillerato en Ciencias no tuve inconvenientes. Recordé i repasé
a la luz de velas o de petróleo todo lo que a ese respecto aprendí durante mis estudios en
la Escuela “La Fe”, en el Colejio “Padre Billini”, en la Escuela Normal i también en la casa
donde yo vivía.
Durante las horas de esa nueva prueba también fui molestado. Uno de los examinadores
en esa tarde me guardaba rencor motivado por rencillas extrañas a mis estudios. Me trató con
agrio coraje en las preguntas i en los problemas que me dictó mientras me examinaba en la
asignatura áljebra. Yo esperaba esa oportunidad para mostrarle lo que sabía, tal vez más que
él, los puntos más difíciles que escojió para rechazarme. Años después, ese profesor, recién
llegado de La Habana, Cuba, fue mi cliente. Sufría de un tumor maligno en el estómago. Lo
asistí junto a mi inolvidable amigo el Dr. Luis Eduardo Aybar Jiménez, que en ese entonces
residía en San Pedro de Macorís.
Otro de los de aquel Jurado, el de Astronomía, me tenía guardado un recio desquite, pero
también fracasó en su intento. Su encono estribaba en que Ricardo Sánchez, Antonio García
i yo escribíamos en un periódico de aquí denunciando el abuso mercantil que algunos pro-
fesores hacían con el objeto de aceptar o rechazar a quienes sufrían exámenes allí. Nuestros
escritos alcanzaron su cometido. La tarifa para las pruebas de bachillerato fue irremediable-
mente abolida. Después de la publicación de los mencionados artículos nunca más se pagó
la tarifa de esa prebenda. Mi rechazo en una o más materias no llegó a suceder, contra mí
ni para nadie más. Los aspirantes en los exámenes de los dos bachilleratos me obsequiaron
con palomas asadas, con fritos verdes i tazas de jenjibre servidos en “El Vaticano”, taberna
nocturna, propiedad de Don Juan Garboso, alias El Papa.
Con la aprobación de esos mis exámenes logré la prioridad de haber sido el primer negro
que conquistara ese diploma aquí, en la República Dominicana, el 31 de agosto, 1903.
Alentado con ese triunfo, uno de los viejos amigos de mi ya difunto abuelo practicó
dilijencias para que me dieran de alta en el rol de la milicia, en el Batallón “Ozama”. Fracasó
en su jestión. Igual malogro sufrieron otros conocidos míos. La situación política en el país
impedía reducir el número de los militares, ya cansados de tantas revoluciones desde el
ajusticiamiento del tirano Heureaux.
Al medio-día del 23 de marzo del año 1903 estalló en la Fortaleza “Ozama” una de
las asonadas más sangrientas de aquella época. Afortunadamente, en ese momento yo
almorzaba junto a mi abuela, en San Carlos, lejos de aquel infierno. Inmediatamente resolví

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

no volver a dicho cuartel, sino observar, en casa, el curso de los acontecimientos. Cuando
amainó un poco la refriega me aventuré a ver personalmente lo que estaba sucediendo
allí. Vestido de paisano, yo estaba resuelto a no volver. En los alrededores de esa Fortaleza,
tropecé con un viejo Coronel de apellido Peguero. Me reconoció i me llevó preso a aquella
fortificación. Allí pude lamentar la violación i destrucción de una vieja caja de hierro en
donde yo guardaba parte de las raciones de ese día i de varios textos, los más valiosos, que
me sirvieron para estudiar materias del bachillerato. Los prisioneros que estaban encarce-
lados en la Torre del Homenaje, políticos y no políticos, hicieron gran pillaje durante las
sangrientas asonadas que allí se empeñaron.
El Capitán Manuel (Lico) Pérez Sosa, el mejor de los pocos amigos que tuve durante
mis sufrimientos en ese cuartel, quien pasó semanas preso, con grillos, en una mazmorra,
se enteró de mi forzado regreso a ese viejo cuartel. Supo que otros jefes tenían la intención
de castigarme como desertor. Como Lico Pérez salió vencedor, aquellos accedieron a que
yo lo acompañara en la defensa de la Puerta de El Conde. El Jefe de ese puesto era el Doctor
Dionisio Frías, acreditado dentista puertoplateño, graduado en Filadelfia i decidido caudillo
político, defensor del triunfante partido “Jimenista”. En la noche del 12 de abril, Viernes
Santo, arreció la pelea. Los Horacistas, sitiadores, atacaron por todas partes. Tuve miedo de
perder la vida. De nuevo sostuve mi decisión de no usar armas para herir ni matar a nadie. Mi
finalidad de estudiar medicina, es decir, hacer vivir i no matar. Pasada la media noche aceché
que hubiera alguna calma en donde yo estaba con mi fusil. Al notar mi postura, el Dr. Frías
i el Jral. Lico Pérez permitieron yo pusiese a un lado armas i pertrechos i que aprovechara
una de las pausas en aquella lid de modo que yo pudiera abandonarla sin peligro. Vertí lá-
grimas de regocijo i les manifesté mi honda gratitud. Al notar que nadie, en una panadería
ubicada al lado de ese Fuerte, se había percatado de mi escape, abrí la puerta del patio i
me escurrí por las calles Palo Hincado, Santo Tomás, El Estudio, hasta llegar cerca de Santa
Bárbara, a la casa del noble viejo, amigo de mi familia, Mónico Ramos, frente al Solar de la
Piedra, un lugar poco conocido aun por los habitantes de esta ciudad. Yo descubrí aquel
rincón. Nadie quiso ocuparse de llevar allí curiosos nacionales i a otros del extranjero. Fue
en el año 1971 cuando llevé allí a mi chauffer. Nadie más quiso entrar en esa cueva habitada
por jente pobre, pero bien conocida.
Me escurrí en aquella casa ruinosa. Era ya madrugada. Allí me dieron alojamiento.
Mi pobre abuelita también fue a refujiarse en esa mansión. Días después, cuando la tropa
asaltante fue derrotada, la ciudad alcanzó alguna calma. Definitivamente yo había resuelto
no volver jamás a La Fuerza. Decidí escaparme a Haití o a cualquier otro país. Utilicé el ser-
vicio de un joven, empleado en el taller de la fragua de Ramos, para mandar recado a mis
excelentes amigos Félix Pérez i Domingo Zabetta. Vinieron enseguida. Tanto éstos, como mi
madre i otros de mis familiares, atribulados, creyeron que yo había muerto peleando en la
Puerta de El Conde. Oyeron mi resolución de desertar. Mis recursos monetarios eran nulos.
Mi abuelita fue a su casa, en la Fajina, para traerme ropa i libros.
Al final de esa tarde tenía en mis manos algunos de los textos que yo había utilizado en
mis estudios para el bachillerato.
Envié a Pérez, junto con Zabetta, a la Casa de Empeños de Alejandro Ibarra. Allí pigno-
raron parte de esos libros i me llevaron la escasa moneda que produjo ese urjente negocio.
Al otro día me consiguieron pasaporte i boleto de viaje de tercera categoría (no los había de
peor clase) para ir a Haití bajo el falso nombre de Antoine Pierre. Esa misma tarde bajé por

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la calle La Marina i, sin que nadie me reconociera, me embarqué en un vaporcito francés que
iba para Jacmel, Haití, su primera escala. Todo mi haber consistía en menos de tres pesos
nacionales i en una funda de almohada contentiva de poca ropa interior i algunos libros. El
viaje duró 24 horas. Sin conocer a nadie, allí, llegué de noche a ese puerto. Sentí hambre. Al
desembarcar oí que vendían arroz con habichuelas servidos en cartuchos de papel. Compré
uno i enseguida compré otro, pues temí que “ese manjar” se acabara pronto.

IX. En Haití
Utilicé el poco francés común que aprendí en mi casa i en el estudio de esa materia escolar.
Me hice comprender. Rogué a uno de los jóvenes que se paseaban en el muelle para que me
indicara o me llevara a una sastrería. Tuvo pena de mí i me socorrió. Después de andar durante
algunos minutos llegamos a la casa de un sastre de mediana categoría. Allí referí al Maestro
parte de mi osadía. Se apiadó de mí i me acojió en su pobre taller. Esa noche i las siguientes
dormí sobre la mesa en que se cortaban las prendas a la moda. Era una mesa larga, como el
camastro en donde intenté dormir la primera noche que me reclutaron allá en el batallón.
Al otro día el Maestro me puso a trabajar en un chaleco de dril, la pieza que yo mejor
cosía. Aunque el acabado no era igual a lo que hacía cuando abandoné mi labor en la sas-
trería de Shon John, esa primera tarea en Haití resultó aceptable. Al correr de los siguientes
días seguí cosiendo chalecos. El precio por la costura de esas piezas era mezquino, pero me
servía lo suficiente para comer.
A la semana de vivir en Jacmel aproveché una recua de mulos que iba para Port-au-
Prince. Me confiaron una cabalgadura para ese transporte, en cambio de que cuidara de las
otras bestias cargadas con café i con otras mercancías.
La luna llena alivió mis pesares durante ese largo trayecto i me hizo admirar la tristeza
extendida sobre el cementerio de Léogane, en donde la luna llena, i las tumbas, blancas
como la nieve, daban la impresión de un vecindario dormido. A pesar de mi cansancio, me
inspiré i tomé notas para después escribir estos versos:

Unas nubes, allá lejos,


se han marchado en gran derrota
i no sé si volverán.
Plenilunio! Pobres muertos,
que en las tumbas ya no sufren!
¿Hai dolores en la Luna?
Veo un cercado allá mui lejos,
un cercado viejo i mugre
que vijila a aquellos muertos.
Cuántos huesos, calladitos
bajo el mármol de esas tumbas!
Qué silencio hai bajo el cielo!

Durante el camino, el conductor de esa recua prometió llevarme a la oficina del Cónsul
Dominicano en aquella capital. Cumplió su promesa tan pronto llegamos. Allí conversé con

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

dicho funcionario. Después me presentó al Sr. Ministro Don Jean (Yancito) Henríquez. Les
referí minuciosamente el porqué i las peripecias de mi deserción i de mi viaje. Ambos me
mostraron compasión al oír mi relato. El Cónsul me llevó a una importante sastrería cuyo
dueño era dominicano. Allí me ofrecieron labores, pero yo no estaba satisfecho porque
tenía que dormir solitario en ese vasto taller i temía a los ladrones que, según me contaron
desde que llegué allí, abundaban en ese barrio. Supe que el dueño de ese negocio era mor-
finómano. Yo dormía en la planta baja i el patrón en la alta. Aunque ganaba lo suficiente
para sustentarme, busqué otra ocupación. Por casualidad, un dominicano hizo allí compra
de pantalones para su tienda de mercancías. Enseguida nos presentamos el uno al otro. No
tardé en suplicarle me indicara cualquier trabajo de tipografía o de sastrería en donde yo
pudiera estar tranquilo tanto de día como de noche. Mi recién conocido, llamado Basora,
volvió a verme para ofrecerme noticias acerca de otra ocupación: dependiente en una tienda
i almacén a donde llegaban dominicanos para vender cera de abejas i cobijas de ganados
sacrificados en nuestro país.
Esa misma tarde me llevó a “La Tete de Boeuf” (La Cabeza del Buey), un bien montado
negocio, cuyo propietario, Monsieur Antoine Audain, me recibió con amabilidad i acojió mi
oferta de ir a emplearme en su tienda.
Allí trabajé mañana, tarde i a veces de noche, cuando llegaban muchos clientes. En
los días de alguna calma yo estudiaba las materias para presentar, en cualquier colejio o
Universidad, el primer examen de Injeniería. En vista de que los cursos de Agrimensura se
hacían en dos años, escojí esa profesión porque abrigaba la esperanza de poderme graduar
en ella. Allí podría trabajar con ventaja i estudiar medicina, mi anhelo desde antes de mi
adolescencia.
Una semana después que comencé a trabajar en “La Tete de Boeuf” leí en un periódico
haitiano la triste noticia del suicidio del dueño de la sastrería en donde apenas trabajé du-
rante pocos días. ¡Qué contratiempo hubiera sido para mí, que pasaba la noche en la misma
residencia de aquel enloquecido patrón, si durmiendo yo allí, en el momento de ese funesto
percance aquello (el citado suicidio) hubiese sucedido! No siempre las situaciones infor-
tunadas se empeñan en perseguir a los desdichados. ¡A veces la Providencia nos favorece
con el regalo de algún percance que suspende o destruye el intento de algo que pudiera
aniquilarnos!
En aquellos días yo pensaba no volver a mi país. Temía que me obligaban a volver a
la milicia. En esos momentos pensaba ir a estudiar la Agrimensura a Cuba, para lo cual yo
economizaba casi todo lo que ganaba en mi laborioso empleo.
A principios del mes de septiembre mi buen amigo Augusto Chotin llegó al almacén del
Sr. Audain, acompañado de una persona que años atrás yo había visto en Santo Domingo
trabajando bajo condena judicial. Aquel era un presidiario que cumplía su sentencia rompien-
do piedras en la Cuesta del Vidrio, la que hoi es parte de la calle Duarte. Sin ser asociados
en ese corriente tráfico comercial, tales personas eran clientes de Monsier Antoine Audain.
Chotin i su acompañante vendían cobijas de reses, cera, etc., i hacían buenos negocios con
esas i otras mercancías.
Augusto no podía creer que yo estaba trabajando como peón en ese trabajo. No le
gustó verme penando en esa ruda labor, aunque le hice saber el buen trato que me daba
el propietario i su familia, sobre todo sus pequeñuelos, cuya inocencia era para mí un
regalo espiritual.

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Chotin me prometió hacer todo lo posible para evitar que, si yo regresaba a Santo Domingo,
los jefes de La Fuerza llegaran a castigarme a causa de mi deserción. Tanto insistió en su promesa
que me rendí a su propósito. Muchos años después Chotin me confirmó en una carta todo lo
que conversamos durante los momentos que pude verlo en Puerto Príncipe de Haití.

“Santo Domingo, 26 de Febrero de 1967.


Sr. Dr. Heriberto Pieter Bennett.
Querido amigo:
En uno de mis viajes de negocio a Haytí, allá por el año de 1903, regresé apenado, al dejarte traba-
jando en Puerto Príncipe en el Almacén del Sr. Antoine Audain, pesando cobijas de reses, cera de abejas,
y otros artículos. Recuerdo que me dijiste que te sentías fatigado en esa dura faena, pero que gracias a
ella, estabas economizando el pequeño sueldo que te pagaban, porque tenías la intención de trasladarte a
Cuba, para trabajar allí como tipógrafo, y, si posible, comenzar tus estudios de Medicina en ese país. Yo
te prometí conversar con nuestro amigo Lico Pérez, para conseguir que pudieras volver a nuestra patria,
sin el temor de que te hicieran ingresar de nuevo en el Batallón Ozama. En esa época, eras ya Bachiller en
Letras i Ciencias y estudiante en el Instituto Profesional. Aquí, todos tus amigos, sabíamos que desertaste
de dicho Batallón, porque en ese servicio no podías dedicarte a tus estudios profesionales, pues tus jefes
se oponían a esa aspiración que yo encontraba digna de admiración. Pocos meses después, hice otro viaje
a Haytí, y a mi regreso, te invité, para que vinieras conmigo, pues nuestro amigo Lico Pérez me aseguró
que nadie te haría reingresar en la milicia. Juntos volvimos y fue para mí de gran satisfacción, que nadie
te molestó y pudiste hacer tus estudios de Medicina. Hoy, después de salvar tantos obstáculos, te veo
con contento, glorioso y filántropo; que lo diga tu gran obra: ¡El Instituto de Oncología! Me felicito de
haberte prestado en aquella ocasión ese servicio, que con tu ciencia y fiel amistad a mí, y a mi familia,
has pagado con creces. Es tu sincero amigo, Augusto Chotin. En Alma Rosa”.
Pocos días después Augusto regresó a Santo Domingo. No tardó en volver a Puerto
Príncipe llevándome un salvoconducto firmado por mi antiguo Capitán, ya General, Lico
Pérez Sosa. Me repitió lo que aquel le dijo. En vista de esa garantía me decidí a partir para
Santo Domingo. Su compañero en el viaje anterior me ofreció montura en uno de sus mulos
de carga, a cambio de que, durante ese viaje, yo cuidara de sus otros animales. Emprendí
esas jornadas con mucho recelo, algún miedo, tanto más cuando el citado ex-prisionero, al
saber que yo llevaba encima lo que había economizado (una onza de oro) adquirida a alto
precio en una casa de cambio en Puerto Príncipe. Aquel truhán me dijo con voz paternal:
“Hai bandidos haitianos en la frontera. Conviene que me des a guardar esa moneda hasta
que lleguemos a San Cristóbal”.
Chotin oyó lo que dijo X. Me decidí a dar mi dinero a ese truhán. Jamás volví a ver dicha
moneda, mi único haber, producto de mi intensa labor en Haití.

X. Regreso a la patria
Aquel viaje fue muy penoso. Duró cuatro días, pernoctando en Hincha, i en San Juan
de la Maguana. En esta ciudad tuve la suerte de encontrar al agrimensor, mi buen condis-
cípulo Carmito Ramírez. Encima de su chamarra llevaba un revólver, un cinturón cargado
de proyectiles i un lujoso puñal. Al verlo armado de esa manera le pregunté el motivo de
tantos instrumentos para matar. Tranquilamente me contestó: “No es para hacer daño a
nadie, sino para que alguien me respete i no me perturbe la tarea que practico mientras

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

estoi midiendo terrenos que casi siempre son motivo para discusiones a veces sangrientas.
Nunca he tenido que usar estas u otras armas. Apaciguo a los turbulentos colindantes re-
comendándoles que ya tendrán tiempo para discutir en los tribunales el resultado de mis
mensuras”. A pesar de que aprobé ese modo de evitar trifulcas, casi siempre sangrientas, en
ese mismo momento juré que yo no sería agrimensor, pues jamás he pensado usar armas de
ninguna especie para herir o matar a nadie, aunque pase hambre.
Antes de proseguir en el camino para llegar a San Cristóbal, vía Azua i Baní, ya yo ha-
bía afirmado la arriesgada decisión de ir a la Capital i comenzar allí mis estudios para ser
Médico.
Al llegar a San Cristóbal vi lágrimas de regocijo. Mi madre no podía creer que yo había
regresado a la República. Apenas estuve allí durante tres días.
Como antes, fui a vivir en casa de mi adorada abuelita, encantada al verme, aunque
desmejorada, cuando creía que jamás volvería a verme.
Al otro día fui a La Fortaleza para dar gracias a mi protector Lico Pérez, quien me repitió
lo que había dicho a Chotin con respecto a mi regreso a la República.
Durante la noche anterior resolví volver a trabajar como cajista, en cualquier tipogra-
fía. Ya había abandonado la idea de estudiar Agrimensura. Esta última decisión la adopté
cuando regresaba de Haití.
No tardé en ir a la imprenta en donde se editaba un diario: Oiga. Su dueño era un vene-
zolano expatriado por asuntos políticos, Guillermo Egea Mier. El Jerente de dicho taller era
mi viejo i fiel amigo Narciso Félix, miembro de una familia relacionada con la mía i cuyos
nexos, a pesar de las defunciones ocurridas en ambas familias, nuestra amistad continúa
cada día más sincera.
Esa imprenta funcionaba frente a donde hoi se edita El Caribe, no lejos de la Fortaleza
que fue mi calvario militar. Ni oficiales, ni otros allí, se atrevieron a molestarme. Sin duda
que la intervención del Jral. Lico Pérez les había hecho saber tanto la razón de mi reiterada i
definitiva renuncia a la milicia, como mi inculpabilidad en el ya descrito saqueo perpetrado
por forajidos que violaron la caja fuerte donde yo también perdí algún dinero i casi todos
los libros de mi escasa biblioteca.
En la tipografía de Oiga trabajé con la consideración de los propietarios, a pesar de que
mi labor era ruda, aunque placentera. A las nueve de la mañana, durante toda la semana,
comenzaba mi tarea de tipógrafo i la terminaba a las dos de la tarde. Cuando el personal
se ausentaba para ir a comer, me complacía en llenar los vacíos que se presentaban cuando
se carecía de orijinales para llenar las planas noticiarias de ese diario. Yo escribía sin soltar
los componedores. Era una costumbre que adquirí desde mis primeros años de aprendizaje
en los talleres de Maggiolo. También laboré en El Eco de la Opinión, en el Listín Diario, El
Imparcial, etc. Casi toda mi producción literaria, i mis comentarios científicos, eran gratuitos.
Jamás, como hasta hoi, me interesé acerca de asuntos políticos, ni licenciosos. No firmaba
con mi nombre, sino con los pseudónimos Zeuxis, Sully-Berger, o con las iniciales S.B. Los
recortes de esas publicaciones desaparecieron de mi archivo cuando el ciclón de Trujillo (3 de
septiembre, 1930) arrasó nuestro domicilio i causó gran daño personal a mi hija Carmelita.
Apenas pudimos salvar algo de nuestras pertenencias.
Durante los meses que trabajé bajo la maestría de D. Narciso Félix comencé el curso del
primer año de Medicina. Desde las tres o cuatro de la tarde hasta casi la media noche me
dediqué a esos difíciles estudios. A veces iba a visitar al Dr. Fernando Arturo Defilló. Él me

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facilitaba la mayor parte de los libros indispensables para estudiar esas materias. Gracias a
mi preparación escolar para profundizarlas, a los consejos de ese mui instruido galeno i a
mis estudios prácticos, pude comprender mucho de lo que necesitaba para orientarme. Cé-
sar Penson i yo usábamos utensilios que aún existían en el Laboratorio del Colejio San Luis
Gonzaga. También íbamos al Matadero Municipal, frente al Fuerte de San Jil para examinar
piezas de los animales sacrificados para el expendio.
En esos meses hubo otro conflicto armado entre las dos facciones que se disputaban el
Poder; los bolos i los coludos. El sitio militar i la rendición de la ciudad de San Pedro de
Macorís causó muchas bajas allí. Los horacistas fueron vencedores en esa contienda. Una
treintena de cadáveres se trajeron a la Capital. Gran cantidad de heridos no tenían suficiente
asistencia médica en el Hospital “San Antonio” de aquel Macorís.

XI. Practicante en medicina


Con el objeto de comenzar a practicar los primeros conocimientos de la Cirujía, decidí
embarcarme para aquella ciudad. Elio Fiallo, estudiante de medicina, me escribió diciéndome
que tal vez podría yo obtener buena paga como auxiliar de médicos en dicho hospital.
Pedí a Narciso Félix que me reservara mi puesto en la imprenta mientras durase mi
ausencia en S. P. de Macorís. Yo tenía necesidad de aumentar lo poco que ganaba en “Oiga”.
Esa mezquindad no era suficiente para pagar mi inscripción en el examen en el primer año
de la Facultad de Medicina. El dinero que yo obtenía allí, en la imprenta, no era suficiente
para ese fin.
Una noche me embarqué en un balandro. Fue mi segundo viaje sobre el mar. Sufrí
un intenso mareo. Los marineros me encerraron en un “camarote” parecido a un ataúd.
Allí permanecí sepultado, vivo, hasta que pude desembarcar sin ánimo, pero con muchas
ganas de comer. Recojí mi mochila i mis libros i me dirijí con ellos al referido hospital “San
Antonio”. Allí encontré a Elio Fiallo. Enseguida me llevó a la Gobernación para pedir al
Jral. Guayubín que me diera trabajo en el citado hospicio. Ese Jefe me miró i me habló con
desprecio i altanería, pero, al fin, me concedió lo que yo aspiraba. Di gracias a Elio por su
intervención en ese trance. Regresamos al Hospital i me pusieron a trabajar en medio del
alboroto i la inmundicia que imperaban en aquella mansión misericordiosamente sostenida
por los donativos que recibía el Padre Luciani i la misericordia de otros filántropos en los
injenios de azúcar ubicados cerca o lejos de esa ciudad.
Allí trabajé durante todas las mañanas, de las seis a las doce de cada día. En las tardes,
haciendo otra tarea, gané algunos pesos en la imprenta de la Familia Chalas. I en las noches
i madrugadas repasaba las lecciones correspondientes al primer Curso de Medicina, las que
yo iba a presentar en el referido Instituto Profesional.
Cuando me consideré preparado para esos exámenes dije adiós a mi tío Pedro Bennett
i a su familia, quienes me dieron pensión en su domicilio. Sin regatearles ni un centavo, les
pagué lo que me cobraron. Me trataron como si yo hubiese sido desconocido para ellos… Al
correr de mis años gordos tuve satisfacción en socorrerlos cuando merecían alguna ayuda
monetaria, profesional u otro servicio de la misma especie.
Entonces regresé satisfecho a mi ciudad natal. En esa travesía presté servicios médicos
a soldados heridos. Entre ellos había sujetos que yo había asistido en el Hospital “San
Antonio”.

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Regreso a la Capital
Volví a trabajar en Oiga. En la tarde del 16 de mayo de 1904 sufrí las pruebas del primer
curso de Medicina, las que tenía bien preparadas. El Dr. Rodolfo Coiscou fue el presidente
del Jurado. Cuando los profesores se reunieron para calificar las notas de esa prueba vi al
Rector Tejera agregarse a esa Junta. A pesar de esa intromisión, obtuve “sobresaliente” en
todas las materias. Esa noche dormí más tranquilo que nunca, satisfecho de mí mismo i
agradecido del Dr. Defilló, que tanto aliento me dio para que yo triunfara en mi primera
prueba para llegar a ser médico.
Esa alta calificación facilitó para que me nombraran interno en el Hospital Militar, situado
al lado de la Fortaleza. Mis nuevas ocupaciones me obligaron a renunciar mis labores en la
imprenta Oiga, aunque no dejé de visitar allí a D. Narciso Félix, mi maestro en el oficio de
tipografía.
Algunas semanas después el Sr. Félix, en nombre de su esposa, me ofreció trabajo en
la escuela semi-intermedia dirijida por su competente compañera. Acepté esa distinción
al mismo tiempo que iba a desempeñar iguales funciones en el Colejio de la señorita Rosa
Emilia Suncar, mi vecina cuando yo era niño.
Tuve la suerte de distribuir mi tiempo entre mis obligaciones en el Hospital, mis intensas
horas de estudios teóricos i prácticos, así como en mis ocupaciones en los citados planteles
escolares que ayudaban a cubrir mi sustento, el de mi madre i el de mis hermanos. Así, re-
cargado con esas labores, pude quemar las etapas impuestas a los estudiantes libres inscritos
en casi todas las Facultades de Medicina. El 17 de diciembre del mismo año (1904) gané la
nota Bueno en todas las materias del segundo examen profesional.
El 26 de julio de 1905 alcancé otro récord al presentar mis pruebas en las asignaturas del
tercer año de Medicina. En ellas obtuve la misma calificación: Bueno.
Debido al miedo que infundía el Gobierno a varios de mis condiscípulos, tuve necesidad
de aceptar el nombramiento que me impuso el Presidente de la República. Así fue como, a
regañadientes, ocupé el puesto de Director de la Escuela Secundaria, para varones, en la ciu-
dad de Barahona. El Licdo. Pelegrín Castillo, a la sazón Ministro de Instrucción Pública en el
Gobierno del Jral. Carlos F. Morales, me escojió para ese destino. Dos razones me obligaron a
aceptarlo: el miedo que teníamos a dicho Presidente i el temor que si no cumplía con esa extraña
designación podría ocasionarme no sólo el despido de mi empleo en el Hospital Militar, sino
que también alguna que otra dificultad política inconveniente para mi carrera de estudiante
felizmente acelerada en mis estudios escolares. El réjimen del ex-sacerdote, Jral. Morales, no
era nada propicio para nosotros, los estudiosos. Le temíamos, especialmente después del
fusilamiento del joven Guillaux, cometido dentro del cementerio de esta ciudad. El fusilado
era amigo mío i de toda mi familia, aliada con la sincera amistad de los Jansen-Frías, nuestros
íntimos vecinos desde el año 1884. Si yo no hubiera aceptado ese extraño empleo, probable-
mente algo desagradable me hubiese sucedido o cuando menos, me hubieran calificado en
las filas de los opositores de ese réjimen, que, afortunadamente duró pocos meses.

Destino a Barahona
Me condujeron, pues, a Barahona, en viaje especial, a bordo del crucero nacional “Res-
tauración”.
Al llegar allí comencé a organizar el casón destinado a la escuela que me habían de-
signado. Poco después abrí las escolares. Todos mis discípulos eran varones, hijos de jente

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importante en aquel pueblo. Introduje una novedad que fue placentera para aquellos niños:
coreografía, un himno escolar cuya letra y música me atreví a crear (¡!). Felizmente, dicha
composición no osó salir de aquel recinto.
A pesar de mi inconformidad por estar lejos de mis estudios, de mis viejas amistades,
de mis tareas hospitalarias i de mis familiares, comencé a adquirir nuevos afectos, entre los
cuales figuraban el acucioso farmacéutico, Licdo. D. Eduardo Schack, el Dr. Francisco Gon-
zález, los Suero, los Deñó, etc. Apenas transcurrieron pocas semanas cuando estalló allí un
fuerte tiroteo que duró más de una hora. Aquel sangriento espectáculo causó varios muertos
i numerosos heridos. Los amigos de un jefe barahonero, Candelario de la Rosa, enemigo del
Gobierno, lo libertaron de la prisión militar en donde estaba preso. Lo llevaron a la manigua.
Eran las once de la mañana, el momento en que me disponía a terminar mi tarea matutina.
Enseguida después de entregar mis alumnos a quienes fueron a buscarlos, (familiares i
amigos), salí a la calle para curar a heridos en esa lucha. Cinco de ellos ya habían muerto.
El pueblo, alborotado, corría de un lado para otro, buscando a seres queridos.
Después de auxiliar a varios lesionados, decidí renunciar el cargo que con malas ganas
yo estaba desempeñando. Fui al puerto. Allí divisé una goleta fondeada. Me dijeron que esa
embarcación debía hacer viaje para la capital.
No perdí tiempo. Busqué mis ropas que di a lavar, recojí libros i otras pertenencias i
llevé todo eso al puerto. Hice señales para que me llevasen a dicho buque. Al subir en esa
nave, saludé al Capitán. Era Didí, un curazoleño, antiguo compatriota i amigo de mi padre.
Ese experto marinero me comunicó que partiría para la Capital a media noche del siguiente
día. Me reservó pasaje en su goleta.
Nadie más supo de los preparativos que yo estaba urdiendo.
Al otro día, temprano, llegó a Barahona el mismo crucero que me llevó allí. Conducía
un refuerzo de tropas bajo el mando de Wenceslao (Laíto, o Vencito, alias Marqués de Ba-
rahona), uno de mis conocidos en Santo Domingo. Como ese vapor “Independencia” debía
volver enseguida a la Capital, lo escojí para regresar aquí. Vencito me concedió pasaje en
el referido vapor.
Aquel fue un viaje borrascoso. Mis familiares i amigos aprobaron mi retorno de aquella
rejión, siempre guerrera i peligrosa para aquellos que, como yo, no gustaban de la política
gubernamental. Al regresar a la Capital conversé i me disculpé con el Licdo. Pelegrín Cas-
tillo. Le expliqué el motivo de la renuncia de mi profesorado en Barahona. El Sr. Ministro
quedó conforme con mi disculpas.
Enseguida recuperé el empleo en el Hospital Militar, i volví a ocupar mis puestos en los
planteles escolares ya mencionados anteriormente.
Continué estudiando con asiduidad con el fin de presentar en el Instituto el cuarto año
de mis estudios. Aumentó mi fatiga cuando estuve forzado a explicar clases en español a
unos jóvenes libaneses educados en idioma francés i recomendados a mí por la familia de
mi amigo i condiscípulo Antonio Elmúdesi, cuya amistad aún me es grata.
El 21 de diciembre de 1905 presenté examen en las asignaturas del cuarto curso de
Medicina. Supongo que a causa de las vicisitudes e interrupciones sufridas durante mi
corta estancia en Barahona, lejos de mi medio estudiantil, obtuve, por primera vez, la
nota Suficiente.
Después de esa desagradable nota era ya tiempo de gozar de algún reposo intelectual,
cuyo sosiego no duró sino en las semanas de Navidades i Año Nuevo. Durante ese asueto

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

para mí, los hermanos Creales, César Penson, Ricardo Sánchez, Zabetta i Juan José Sánchez,
de El Seibo, nos reunimos en una extraña i loca sesión navideña para comprometernos, cada
uno, en conseguir novia a toda costa. Días después nos dimos cuenta de los atolondrados
resultados de ese juramento. La premura a que nos obligó a esa inopinada resolución no
siempre produjo felicidad. Aquí cierro el capítulo de lo ocurrido a mí i a otros jóvenes per-
judicados por la inexperiencia de la inmadura juventud i por actos impacientes, ocurridos
en los momentos que necesitan cautela no sólo durante los años mozos sino que también
en el curso de la vida.

XII. Estudiante de término


Cuando emprendí los estudios del último curso de Medicina tuve la buena suerte de
obtener, como compañeros, a Luis Eduardo Aybar i Abel González, ambos excelentes amigos
míos i aventajados discípulos de los catedráticos Dres. Defilló, Salvador B. Gautier, Ramón
Báez, Rodolfo Coiscou, José Dolores Alfonseca, el Licdo. D. Joaquín Obregón, etc.
El 23 de julio de 1906 presenté el quinto curso, la última de mis materias clínicas i otras
asignaturas en ese programa. Me las aceptaron con la nota de Bueno, i me felicitaron con
visible satisfacción. El Rector D. Apolinar Tejera se acercó a mí i se brindó para ayudarme
en el proceso de la preparación de mi tesis. Desde hacía meses esa ayuda ya estaba com-
prometida bajo la amable i competente tutela de uno de mis protectores i alentadores, el
Prof. Coiscou.
En esos días había llegado a Santo Domingo un médico francés, el Dr. Charles Perrot,
recién graduado en la Facultad de París. Vino acompañado de su Sra. madre, sin intenciones
de ejercer aquí su profesión. Uno de sus amigos tuvo la amabilidad de presentarme a ese
galeno con quien trabé estrecha amistad. Me atreví a invitarle para que conociera nuestro
Hospital Militar. Aceptó con agrado. Le mostré lo menos miserable de ese retrasado noso-
comio. Se interesó en ver la sala de operaciones i las de enfermos de toda clase, operados o
no. Pedí permiso al Dr. Defilló para que mi nuevo conocido pudiera asistir a las tareas de
ese establecimiento i, si posible, pudieran autorizarle a practicar algunas de las operaciones
quirúrjicas siempre que yo le acompañara en esa labor. El director de allí aprobó esa petición.
En el curso de nueve interesantes intervenciones de alta cirujía, nuestro huésped me adiestró
en ellas, i por primera vez pude aprender mucho de lo que nunca me habían enseñado. Yo
siempre deseé ser cirujano, pero mis maestros en esa materia no permitían efectuar sino
simples intervenciones de cirujía.
Acompañado de César Penson i de Ervido Creales, mis compañeros de estudios galé-
nicos de cuando en cuando llevábamos perros envenenados al traspatio de la carpintería
de Albencí Binet, calle 19 de Marzo, (antes El Tapado) n.o 54, i allí nos desquitábamos de la
penuria de ver o de practicar tareas quirúrjicas. Esa osadía, además de lo aprendido con el
Dr. Perrot, fue la base de las afortunadas intervenciones que hube de practicar en los pueblos
en donde ejercí durante los primeros años de mi vida profesional. Cuando hice mis estudios
de médico en la Facultad de Medicina de París, ya yo estaba preparado para comprender
lo que aprendí en los cursos especiales de cirujía ordinaria que seguí bajo la dirección de
buenos cirujanos en aquella urbe.
Recordando lo que me aconteció después de haber alcanzado buena calificación en mis
exámenes de quinto curso de Medicina, volví a tropezar con la malquerencia del Rector

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Tejera, debo referir el aumento de la mala voluntad que éste no dejaba de expresarme. Supo
que recientemente yo había emprendido una necropsia parcial (torácica) en un sujeto tu-
berculoso, acción que, a su parecer, era un sacrilejio (¡!). Con esa extraña i violenta opinión
¿debía yo correr el riesgo de someter los orijinales de mi tesis de graduación a ese renco-
roso obispo? Definitivamente resolví que el afable profesor mío, Dr. Coiscou me ayudara a
terminar mi tesis.
En la mañana del día siguiente, lunes, mi compañero Elio interrumpió la urjente sutura
en la piel que yo hacía a un herido. Mostrándome la lista de los números que ganaron en ese
sorteo de la lotería de Beneficencia, vi, asombrado e incrédulo, que mi suerte, ¡cosa extraña!
me había favorecido con trescientos pesos, la mitad del segundo premio del sorteo en el cual
aventuré casi todo mi mezquino haber. Terminé las suturas que yo ejecutaba, no sin haber
sudado la gota gorda producida por mi espanto. Frente a mí desfilaron el costo por editar mi
tesis, el de la indumentaria para asistir a mi posible graduación i las indispensables dilijencias
de viaje i de instalación en donde pensaba dar comienzo a mi ejercicio profesional.
No esperé largo rato sin ir a la imprenta “Flor del Ozama”, cerca del hospital, para
solicitar del dueño, Señor Vélez, permitiera, por poco precio, que yo mismo compusiera e
imprimiera en su taller el texto de la tesis.
Ese propietario no me conocía personalmente, pero como allí trabajaba Virjilio Montal-
vo, mi compañero en las cajas tipográficas de otras empresas, insinué al Señor Vélez que
preguntara al rejente de esa imprenta si era cierto lo que yo decía i factible lo que estaba
suplicándole. Enseguida llamó a mi amigo, i después de un rato volvió complaciendo mi
demanda. ¡Nunca podré olvidar la tan oportuna benevolencia del Sr. Vélez! Mi buena fortuna
de ese día no pudo ofrecerme mejor regalo.
Al principio del siguiente octubre ya mi tesis estaba impresa con su portada a dos tintas
i mi nombre rodeado de la aspiración que desde adolescente yo ambicionaba.
El pedido de ropa que hice al “Bon Marché”, de París, me sorprendió con la prontitud
de su llegada. La calidad i las pruebas de esas piezas fueron conforme a las medidas que
envié. En fin, todo sucedió exacto con mi deseo.
Discutí mi tesis a las 4 de la tarde del 20 de octubre del año 1906. Por temor, no por ha-
lago, la dediqué también al Sr. Rector Tejera, mi injusto enemigo, (quien desde mis primeras
pruebas del bachillerato juró que mientras él ocupara puesto en el Instituto Profesional de
la República Dominicana, él, Apolinar Tejera, se opondría a que militares i estudiantes de
la raza negra obtuvieran permiso para ejercer ninguna profesión universitaria en nuestro
país); el fantasma sacerdotal que siempre me fue hostil, se opuso, invariable a que el Jurado
aceptase mi trabajo. Esa sin igual actitud levantó reñida protesta en el Jurado. Al final de unas
palabras, el Reverendo (?) Obispo abandonó la sala. Me aceptaron con buena nota i todos
los allí presentes me felicitaron con efusión. Uno de mis jueces, el Dr. Alfonseca, pronunció
ex-cátedra algunas palabras que me hicieron lagrimar durante breves minutos. ¡Al fin! subí
hasta la meta de mis estudios en mi propia tierra. Esa tarde abrí, anchas, las puertas por don-
de entraron i salieron triunfantes otros ex-militares i todos los dominicanos o extranjeros de
cualquier raza que, después de mí, alcanzaron i siguen conquistando diplomas académicos
para honra de ellos mismos i de mi amado país.
Cuando terminó la cálida ceremonia de la investidura conduje a los amigos hasta mi
domicilio, en casa de mi abuela. Todos la felicitaron. Allí tomamos café i al terminar ese
jubiloso ágape les invité a continuar celebrando mi graduación en “El Vaticano”, bajo la

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induljencia de nuestro Papa, Don Luis Garboso. Allí comimos el invariable menú: palomas
i plátano verde frito, empujados por el sabroso jenjibre, sello de la excelencia de esa rústica
taberna.
Testigo de tal cena fue un viejo mulato, Maestro Carpintero, llamado Llaverías. Era el
mismo tipo amargado por su inercia que una vez, al ver que llevaba bajo el brazo un volu-
minoso libro de Medicina, me increpó de esta manera: “Pieter, deja esos libros, que puedes
volverte loco. ¿Quién ha visto un negro ser doctor?” I como yo continué charlando con mis
compañeros sin contestarle, me gritó: “Deja esa pretensión i ven a mi taller. Te enseñaré a
hacer bateas i ataúdes. Los de tu raza nunca llegan a aprender lo que tú deseas estudiar”.
Mis amigos en ese regocijo, que desde años tenían noticias de los desafueros de aquel Llave-
rías, gritaron al carpintero: “Aquí tienes al loco. Ya es doctor i es el primer negrito que gana
aquí ese diploma. Ven a brindar con nosotros”. I así, empinando todos un vaso de cerveza,
terminó aquella escena, la que, gracias a la urbanidad de nuestro grupo, dio una lección
de buen vivir a aquel frustrado obrero. Años después, cuando por segunda vez llegué de
París, con mi diploma profesional de aquella facultad, volví a ver a Llaverías, esta vez como
médico consultante al borde de una cama, en el hospital de la “Beneficencia”, único hospicio
público en esta ciudad. Al verme, el triste enfermo de cáncer gástrico inoperable, comenzó
a llorar no sólo a causa de su quebranto, sino por remordimiento de lo sucedido cuando se
burló de mí i me aconsejó que no estudiara, porque corría el riesgo de que me internaran en
El Manicomio. Esa dolorosa remembranza fue interrumpida por la caridad de un sacerdote
que en ese momento llevó la extrema-unción a este sujeto arrepentido de haber expresado,
como otros ineptos, tan errónea predicción.
Desde el día siguiente me apresuré a conseguir mi diploma i el exequátur que me auto-
rizaban a ejercer mi profesión. Entretanto, me dediqué a estudiar la posibilidad de comenzar
a ejercer la profesión, no en la ciudad en donde nací, me crié i soporté tanta miseria moral i
material, pero también en cuyo ambiente progresaron i se cristalizaron las ambiciones que
desde niño formaron la estructura de mis aspiraciones. Ni un sólo momento intenté dar co-
mienzo para radicarme en esta ciudad: el velado desprecio i la ambición de algunos de mis
profesores obligaba a los médicos principiantes para que abandonaran la plaza comercial
en donde se hicieron dueños de la clientela que les pagaban con mucho dinero.
Dediqué una noche entera a escojer el sitio para iniciar, sin trabas, el ejercicio de mis
próximas labores. En un extenso mapa de nuestro país examiné de norte a sur i de este a
oeste todas las provincias i comunes que estaban en condiciones de ofrecerme continua
labor i buena clientela. No sé a ciencia cierta, por qué preferí ir a aventurar en Juana Núñez
(hoi Salcedo), una pequeña aldea enclavada en el corazón del Cibao. Yo había oído hablar
sobre la riqueza de aquella pequeña comarca i de la afabilidad de sus habitantes. Consulté
con mi querido maestro i amigo el Licdo. José Dolores Alfonseca, quien conocía a algunas
personas de aquella rejión. Chuchú, como afectuosamente le decíamos, me recomendó a
un amigo suyo i compañero en el partido político del Jral. Horacio Vásquez. Esa persona se
llamaba Pascasio Toribio, hombre de armas tomar, buen ciudadano, competente en la agri-
cultura del cacao i –sobre todo– buen padre de familia i excelente amigo de Alfonseca. Este
afectuoso colega mío me dio una carta abierta para entregar a su compadre Jeneral Pascasio
Toribio. Entre paréntesis, estoi obligado a escribir aquí algo sobre una de las más profundas
amistades que me vi obligado a cultivar hasta que ocurrió el inesperado fallecimiento de
mi buen amigo, el Dr. Alfonseca. Él i yo continuamos gozando de recíproco cariño durante

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el ejercicio de nuestra profesión en pueblos aldeas i campos, en las aulas de la Facultad de


Medicina de París i en donde quiera que la buena suerte nos juntó. Fuimos compadres de
sacramento. Le aconsejé, le supliqué que abandonara la suciedad de la política en nuestro
amado país. La noticia del fallecimiento de mi compadre Chuchú, en Puerto Rico, me causó
sincera aflicción. En el acto de su sepelio cargué el cadáver. En esa época trujillista era peli-
groso haberlo hecho. Su memoria luce imperecedera.

Viaje a Juana Núñez


Después de disponer lo necesario para viajar a aquella casi desconocida común cibaeña
i proveer de algún dinero a mi madre i a mi abuela, me embarqué en uno de los vapores
que desembarcaban pasajeros en el norte del país. Cuatro días después puse los pies en el
muelle de un rico villorrio llamado Sánchez, i al otro día viajé en el tren interdiario que hacía
servicio en la línea Sánchez-La Vega, con un ramal que unía esa vía con San Francisco de
Macorís, en donde llegué cansado, casi hambriento, llevando a mano mi única maleta con
ropa de trabajo, el traje que usé en la tarde de mi investidura profesional, i un paquete con-
tentivo de pocos instrumentos quirúrjicos comprados a mi antiguo condiscípulo el dentista
Diójenes Mieses, quien tuvo la confianza de vendérmelos no al contado, sino pagándole
como yo pudiera hacerlo.
En San Fco. de Macorís llovía a cántaros. Allí encontré a un bien instruido farmacéu-
tico que conocí en la capital cuando él cursaba sus estudios profesionales i quien después,
durante años i años hasta que falleció en Santo Domingo, fue buen amigo mío, el Licdo. D.
Carlos Fernando de Moya, casado con Doña Hortensia Sánchez, una bien conocida profesora
capitaleña. Competente farmacéutico, Moyita ejercía su profesión en aquella cabecera de
provincia. Insistió en que yo me estableciera allí, pero como yo tenía arraigada la intención
de ir a trabajar a Juana Núñez (hoi Salcedo), alquilé un caballo flaco i poco a poco, solo,
bajo incesante lluvia e ignorante de caminos i veredas, llegué a las 4 p.m. al poblado que
Alfonseca me recomendó i al que yo, tozudamente, había escojido para comenzar las tareas
que, a pesar de mi edad, (88 años) desempeño con el deber i el entusiasmo que siempre me
ha animado.
Cuando arribé a Juana Núñez, pregunté en dónde residía el Jral. Toribio. Me contestaron
que si era para algo urjente fuera a buscarlo en la iglesia, en donde él asistía a un entierro.
Até mi caballo a una argolla cerca del templo i esperé que terminara la ceremonia. Acompañé
al cortejo fúnebre. Me señalaron a quien yo buscaba. I en el trayecto de la enlodada senda
del cementerio le di la carta que su compadre Chuchú Alfonseca escribió recomendándome
a él. Cuando este la leyó dijo a un muchacho que me llevara a la farmacia de un italiano,
Don Juan Rossi. Allá fuimos. Como yo era un extraño entre tanta jente que no conocía, me
avergoncé de haber figurado en esa escena. Casi todos los asistentes a ese sepelio, inclusive
el Jral. Toribio, me miraban con alguna curiosidad. El cadáver que conducían al cementerio
era el de la esposa de D. Juan Abreu. Esta dama había dejado huérfana a una numerosa prole
que hasta después de muchos años, fueron mis clientes.
Un jovenzuelo, por su parte, fue a buscar mi montura. Transitamos en el lodo ocasionado
por las lluvias de ese día. Así llegamos a donde Toribio me había dirijido.
El anciano farmacéutico, que iba a ser mi respetado amigo e introductor en esa aldea de
Salcedo, me recibió con extrañeza, pero con buenos modales, al saber que yo era un médico
que pensaba establecerme allí. Después de presentarme a su cuñada Polita, –que al correr

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de los años tuvo orgullo de llegar a ser tía segunda de un tristemente célebre fantoche
universal llamado Rubí–, me acomodaron, me dieron de comer i acondicionaron al pobre
animal que me cargó durante ese viaje. Al anochecer el Jral. Toribio llegó a la farmacia.
Allí hablamos largo. I al despedirse de nosotros me dijo que nos veríamos al día siguiente
antes de un viaje que tenía preparado para ir a Moca. Dormí en la botica sobre un catre no
mui cómodo, casi igual al que yo ocupaba cuando era practicante en el Hospital Militar
de Santo Domingo.
Al otro día, entre el Dr. Rossi y Toribio me llevaron a ver una casa vacía cerca de la
botica. La alquilé. Una familia vecina me facilitó algunos muebles. Yo seguía comiendo en
la farmacia. Así di comienzo a mis primeros atareos profesionales en Juana Núñez.
—Había allí otra farmacia. Al saber que un médico recién llegado a ejercer en ese pueblo,
el dueño de ese establecimiento, un martiniqueño (o guadalupeño) llamado Alberto Pillier,
ex-practicante de Medicina en un rejimiento colonial francés, se apresuró a visitarme para
ofrecerme sus servicios en la confección de mis recetas. Pero no me manifestó que también
era uno de los tantos curanderos que atendían a los enfermos en esos lares. Un joven de
apellido Calventi, le preparaba los remedios que indicaba a sus clientes. Esa visita no fue
agradable para el Dr. Rossi, quien me puso en guardia contra los curanderos i demás tra-
ficantes con pacientes en esa aldea i sus contornos, desde cerca de La Vega i otros campos
aledaños.
Semanas después llegó allí un santiagueño, de apellido Pons, que fabricaba baúles i
maletas de madera forradas con hojalata, i casi enseguida, al saber que yo era médico, me
visitó para decirme que él ya había hecho un pedido de medicinas para ofrecerlas a mis
clientes.
Como era natural entre boticarios, se orijinó un pujilato comercial tan violento i tan
peligroso para mis primeros enfermos i para mí mismo, que resolví pedir algunas drogas al
Licdo. de Moya, en San Fco. de Macorís, i preparar yo mismo, lo que era menester. Tal era
–i continúa siendo– la costumbre en todo el Cibao, cuya práctica también se ha implantado
en muchos consultorios de nuestra profesión.
A pesar de haber tomado esa providencia, tres contrincantes en ese negocio no pertur-
baron mis tareas. Sus respectivos familiares acudían a mí para consultar sus achaques, que
no eran pocos ni recientes. Salvé de la muerte a la esposa de Pillier, quien agradecido por
ello, me llevaba sus propios parroquianos.
Entre los nuevos amigos que gané allá figuran, el Rev. Padre Bornia, ilustrado sacerdote,
mimado de su grei. Su espíritu caritativo siempre presto para dar la consolación cuando
sufrían duelos, otros percances i alegría en los momentos de júbilo social durante las fiestas
patronales de su feligresía.

Primeros amigos en Juana Núñez


Varios caballeros de ese villorrio i sus alrededores no sabían cómo endulzar mi soledad.
Debo nombrar entre otros a D. Panchito Ariza, a Ney Ortega, a Dimas Santana, a los Almán-
zar, a los González, los Forestieri, a Don Antonio Delgado, afamado curandero, al anciano
patriarca Don Florencio Amaro, viejo morador en el predio de Las Canas, en la orilla de ese
paraíso. A propósito de este último señor, aún recuerdo el primer triunfo profesional que
alcancé allí: Don Pancho Ariza fue informado de la gravedad en la salud de D. Florencio, que
padecía según le dijeron, de mal de orina. Como aquel era uno de los mejores amigos suyos,

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fue a verlo en su hogar. Lo encontró rezando el credo, como si ya estuviera en trance de


agonía. Hacía cuatro o más días que el enfermo no podía orinar, no obstante los remedios
que le propinaban familiares suyos, Alberto Pillier i hasta los de un médico capitaleño que
moraba en Moca. Nada lo mejoraba. Un becerro berreaba en el cercado esperando la muerte
de su amo para recibir la total cuchillada. Ariza suplicó a los Amaro que me llamara, por-
que el tenía tanta fe en que tal vez yo podía salvar a su viejo amigo. Poco después llegué
allá, examiné al paciente durante largos minutos hasta que pude diagnosticar hipertrofia
prostática con oclusión i retención vesical cuyo volumen subía hasta el ombligo. Además,
ya se sentía un fuerte olor amoniacal en la respiración de ese anciano. Era mi primer caso
de esa especie en ese pueblo. No tardé en ir a mi residencia al lado de las Regalado, para,
sin demora, volver a Las Canas con dos simples sondas semiblandas, llamadas muletas, un
par de pinzas de Péan, algodón hidrófilo, vaselina esterilizada, un desinfectante i la firme
esperanza de no fracasar en medio de tanta jente i amigos del ya conceptuado moribundo.
La primera sonda muleta penetró sin ninguna dificultad. La vejiga comenzó a vaciarse
con rapidez hasta que aminoré el chorro de orinas deprimiendo suavemente la pared de
la sonda, tal como me había instruido mi amado maestro el Dr. Defilló. Un galón i medio
de orinas se obtuvo en esa maniobra, que duró más de doce horas para que la vejiga que-
dara casi vacía. Ciertamente que aquel fue mi primer triunfo, alcanzado sin dilación i con
simple trabajo. Volví a mi morada. Cuando regresé a ver cómo D. Florencio había pasado
la noche, lo encontré sentado en su hamaca charlando con numerosas visitas que llegaron,
encantados i asombrados por la gran mejoría de quien habían visto sufrir en su arriesgado
percance. Al salir del bohío oí la voz de un mal vestido sujeto que suavemente me insulta-
ba con estas frases: ¡Ese maidito negro acabó con los velorios! Subí a un caballo que un peón
me presentó diciéndome: Dottoi, no jaga caso, quese tipo tá peidiendo el juicio. Gracia a uté, mi
padrino no se murió.

XIII. Recuerdos de mi primer éxito


Hace más de medio siglo que esas voces me instruyeron acerca del placer que siente un
estudioso galeno cuando ha podido vencer a la muerte i perdonar a los vivos que, en salud
o con demencia, en vano intentan causarle daño o destruir el brillo de nuestros continuos
desvelos por derrotar a la desgracia.
Los del pueblo i los de casi todos los rincones de la común de Juana Núñez (re-bauti-
zada Salcedo) oyeron referir el buen éxito que obtuve en el tratamiento de Don Florencio,
hombre bien querido allí i más allá de ese pueblo que en aquel entonces era un oasis de
familiaridad i de ventura. Mi clientela aumentó de tal modo que apenas podía darle abasto.
Entonces, cuando durante una semana no tuve que asistir a ningún enfermo grave, apro-
veché para ir a conocer el lejano pueblo de Matanzas. El Padre Bornia me hizo el favor de
proporcionarme la compañía de un ahijado suyo llamado Emiliano. Emprendimos viaje
por caminos encantadores, regados por ríos i arroyos algo peligrosos: Cuaba, Nagua i sus
numerosos afluentes. En un paraje (El Factor), antes de llegar a Matanzas, Emiliano, al oír
que allí había un enfermo grave, me rogó que fuéramos a ver si eso era verdad. Llegamos
a verlo. Era un anciano que desde hacía unos días decían que sufría con grave quebranto
bronquial. Le indiqué lo necesario i, al notar que no había tal gravedad, partimos para
nuestro destino.

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

En Matanzas yo no conocía sino al jefe del lugar, un señor de apellido Florimón, quien
me acomodó alojamiento en el hogar de un amigo suyo llamado Don Ney.
No transcurrió apenas medio día cuando tres personas fueron a buscarme para recetar
a una mujer atacada dizque de tétanos, adquirido, según ellos, por haberse bañado en agua
fría después de haber planchado ropa. La examiné detenidamente. No tenía fiebre ni otros
síntomas del quebranto que me habían dicho, aunque sí noté que presentaba alguna rijidez
en la musculatura del cuello, en los muslos i en las piernas.
También me informaron de una desavenencia que en la mañana de ese día esa mujer había
tenido con su marido, cuando ella aún estaba en buena salud. Con esa última información
me recordé de un caso similar tratado por mí en San Carlos, al otro día de mi graduación en
la Capital. Enseguida dije a familiares i amigos allí presentes que me dejaran solo con una
de las tías que acompañaban a dicha “enferma”. Entonces la levanté suavemente, al mismo
tiempo que la hipnotizaba con palabras suficientes para que se convenciera de que no estaba
sufriendo de pasmo, sino del disgusto que le había dado su hombre. Abandonó el lecho.
Hice que diera algunos pasos i cuando me convencí de que su estado era de histerismo, la
hice caminar. Llamé a los concurrentes que ansiosos aguardaban en la sala i hasta fuera de
la casa. Todos la vieron andar i sonreír. No sé cómo juzgaron aquella curación tan rápida.
Tal vez me creyeron brujo. De todos modos, esa espectacular escena perturbó mi resolución
de gozar descanso allí. No fueron pocos los que acudieron a consultar conmigo. Por esa i
otras razones me obligué a acortar mi estadía en aquella tranquila aldea marina en donde
vi, asombrado, lo que me es forzoso referir en pocos párrafos.
Al siguiente día de estar allí, 15 de agosto, era la fiesta de la Asunción, patrona de ese
villorrio. Asistí con Emiliano i otra persona a la misa mayor servida por el sacerdote del
lugar i otro cura. Después de esa ceremonia, mis acompañantes i yo fuimos a pasear por
el pueblo. Caminando i observando, vi un carpintero que, acompañado de una mujer em-
barazada i unos chicos, confeccionaba un ataúd. Tuve extrañeza al notar el parecido de ese
obrero con el del párroco que hacía poco vi i oí cantar la dicha misa. Me atreví a preguntar
a mi extraño acompañante si ese carpintero era hermano mellizo de aquel sacerdote. Me
contestó del modo más natural: Es la misma persona, con su mujer i dos de sus hijos… Como
fui criado por mi abuelita, tan cumplida en nuestra relijión, i como yo nunca había visto u
oído hablar de tal comportamiento curial, me asombré de ver esa escena i no la comenté con
mis acompañantes ni con ninguna otra persona del lugar.
A prima noche, después de asistir a la novena de la Virjen, fui a visitar al comandante
Florimón. Allí observé al otro sacerdote de la misa. Vestía la sotana casi enrollada en la cintura
i sentado junto a una bella joven, en la misma posición de tolerada intimidad que usaban
los novios de aquella época… Me apresuré a acortar dicha visita. Al otro día, cuando referí
ese insólito espectáculo, alguien me dijo que no me sorprendiera de lo que había visto, es
decir, que allí en Matanzas, solía suceder algo peor.
Horas después me llevaron un telegrama firmado por el Ministro de Guerra i Marina en
donde se me decía que el Presidente Ramón Cáceres me nombraba médico de sanidad en el
Puerto de Samaná. Enseguida contesté, por la misma vía, que sentía no poder complacerlo.
No tardé en recibir otro telegrama en el cual se me decía que si yo no estaba conforme con
el sueldo de ese empleo, dijera, con urjencia, si deseaba otra ocupación profesional en la
misma ciudad. Alarmado con esa insistencia, consulté mi tribulación con el Jral. Florimón,
amigo mío i padre del comandante de esa plaza. El viejo, curtido en la política, me aconsejó

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que si aceptaban mi exijencia, no debía tardar en ir a Santa Bárbara de Samaná para cumplir
lo que deseaba el Presidente. A regañadientes, me llevé de ese consejo. ¡Cuán lejos estaba yo
de vaticinar que esa resolución, aparentemente forzada, llegaría a ser beneficiosa para mí!
Ese mismo día comencé a reunir mis bártulos para retornar a Salcedo. Me dio pena
abandonar a Matanzas, sobre todo porque yo daba cuido a dos enfermos atacados de fiebre
tifoidea, el quebranto común en aquel villorrio, en donde el agua para consumo se obtenía
de las cazimbas, un pozo de escasa profundidad casi siempre cavado al lado de las letrinas.
Según mi costumbre, yo no tomaba sino agua de coco i obligué a mi compañero a hacer lo
mismo. Igual recomendación hice a los habitantes en esa rejión, paraje costero en donde
había más cocoteros que ratones. Yo había sido testigo de infecciones disentéricas i tifoideas,
casi masivas, acaecidas en la Capital, en Barahona, en los campos de Salcedo, ocasionadas
por la contaminación del agua potable obtenida cercana a retretes o en arroyos que servían
de excusados.
Emprendí el viaje a Salcedo con la misma suerte que tuve cuando fui a Matanzas. En ese
trayecto no fuimos perturbados por las habituales crecientes del río Nagua i sus afluentes.
Al llegar a Juana Núñez hice saber que ya estaba dispuesto para abandonar aquella
común, adonde había hecho llegar a mi madre i a mis hermanos con el fin de poder mante-
nerlos mejor que en la Capital. Mi padre había fracasado en San Cristóbal. Mi abuelita, en
Santo Domingo, estaba bien amparada por su hija i por mí.
Con el poco dinero que gané en Matanzas i lo que había economizado en Salcedo, reuní
una suma para dejar a los míos sustento durante un mes i para pagar a mi buen amigo el Dr.
Diójenes Mieses, dentista de la Capital, el resto del valor de varios instrumentos quirúrjicos
que, para mí, él había pedido a París.
Al saber que yo contaba con poco dinero para emprender viaje i sostenerme durante
breves días en Samaná, el querido sacerdote Pbro. Bornia-Ariza, espontáneamente puso en
mis manos una onza de oro con la recomendación de no pagar ese préstamo sino cuando yo
estuviese ya instalado i con dinero sobrante. Tuve mucha pena por abandonar a conocidos
i a clientes que me fueron fieles los diez meses de mi permanencia en Salcedo.
Dije adiós a mis familiares i a mis amigos. No tuve tropiezos en el viaje a Samaná. Lle-
gué allí sin que nadie me esperara. Causaron asombro los nombramientos oficiales cuyas
credenciales presenté a las autoridades de esa ciudad. Allí mostré los telegramas cruzados
entre el Gobierno i mi persona cuando yo estaba de paso en Matanzas i los del día anterior
a mi salida de Salcedo. Allí, en Santa Bárbara de Samaná, lo primero que cumplí fue una
visita protocolaria a mi enfermizo colega Doctor Leopoldo B. Pou, quien tuvo sorpresa al
saber que además de estar nombrado Oficial de Sanidad Marítima, yo también ejercería las
funciones de Médico Lejista. Palideció i me mostró desagrado. Al verlo así, me retiré de su
oficina con pena de haberle dicho personalmente lo que él ignoraba: su total destitución de
los cargos que allí desempeñaba.
Al caer de esa tarde visité a mi antiguo condiscípulo i rico comerciante J. B. i a su fa-
milia. Juan me comunicó lo que en aquella reducida población ya se comentaba sobre mi
visita al Dr. Pou. La principal jente de allí no estaba contenta con la destitución de aquel
galeno. Decían que esos cargos fueron solicitados por mí, un fracasado médico ignorante
que no pudo adquirir clientela en Salcedo, etc., etc. Oí tranquilo esas mentiras i después
de cavilar un rato, dije a mi amigo J. que no sufriera por tales chismes. Tranquilamente le
rogué me indicara una persona honrada i discreta para encomendarle cambiar una onza

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

de oro (la misma que me prestó el Padre Bornia) en alguna concurrida tienda de esa plaza.
Bancalari me ofreció hacerlo.
Al día siguiente un sujeto llamado Nazario, recomendado por J. B., fue a mi alojamiento.
Después de hablar con él i escudriñar a fondo su conducta, le entregué dicha onza. Media
hora después, Nazario me trajo el cambio de esa moneda: veinte pesos dominicanos. Le di
unos reales. Se marchó encantado i me dirijí con mis veinte clavaos a la oficina de Juan. Le
rogué que aceptara ese dinero en cambio de una de sus onzas de oro. Sin demora, accedió
a mi deseo. Esa i otras onzas que me prestaba mi amigo sirvieron de artimaña para repetir
cada dos o tres días la comedia que en buena hora inventé para destruir el concepto que
referente a mí corría por las calles i el muelle de aquella ciudad. Así, con ese recurso, inventé
la falsa reputación de ser un galeno acaudalado.

XIV. Amigos i clientela


De ese modo gané “amigos” i buena clientela. No tardaron en solicitarme para asistir a un
no pobre dueño de la más conocida de las casas de juego de azar, en el centro del pueblo. Tal
sujeto padecía de úlceras fajedénicas crónicas en la pierna derecha, complicadas con gangrena.
Les dije que era necesario hacerle urjente amputación. Como esa espectacular intervención
nunca había alcanzado buen éxito allí, se negaron a que yo la practicara. Pero el mismo
enfermo la reclamaba con insistencia. Por fin, familiares, amigos i compañeros en la casa de
juegos perteneciente a ese sujeto, accedieron a lo que propuse. Esa misma tarde procedí a
la intervención. Un dentista, Anjel Delgado, a quien en la capital di clases en su primer año
de Odontolojía, me sirvió como anestesista. A una hermana del enfermo le di instrucciones
para que me sirviera como enfermera en esa operación. Practiqué ese acto quirúrjico con
rapidez i sin ningún inconveniente. Antes de la convalescencia, el paciente i sus familiares
agradecidos, no sólo me abonaron el precio de mi trabajo, sino que lo aumentaron.
Cuando le hube retirado los puntos de sutura invité al operado para que diéramos un
paseo en el único coche que había en el pueblo. Accedió gustoso. Como aquel tipo era tan
conocido i tenía tantas amistades, éstas extendieron la noticia de su curación hasta más allá
de los contornos de esa provincia.
Pocos días después llegó de la rica aldea de Sánchez, para consultarme, Escarré, uno
de mis condiscípulos en la Escuela La Fe. Sufría de convulsiones localizadas en el brazo i
antebrazos derechos. En el curso de ese examen me refirió que en una pelea librada entre
bolos i coludos recibió fuerte contusión en el cráneo. Esa fue la causa de la notable depre-
sión que noté en el hueso parietal izquierdo. Sin esperar más pruebas, le propuse hacerle
una trepanación. Aceptó. El Sr. A. Santamaría, un farmacéutico práctico, hizo la anestesia.
La intervención fue feliz. El fragmento extirpado hacía compresión sobre la masa cerebral
izquierda. No hubo complicaciones. Exhibí en la botica de Santamaría el círculo de hueso
extirpado. Dos semanas después Escarré, restablecido, se marchó a Sánchez, en donde el
Dr. Alberto Gautreau, después de constatar la curación hecha por mí, tuvo la amabilidad
de felicitarme, por teléfono.
En esos días vi a un cardíaco que se había puncionado el edema de sus partes jenitales.
Para esa atrevida punzada empleó una aguja de coser sacos contentivos de semillas de ca-
cao. Me hizo llamar a su casa, cercana al cementerio de esa ciudad. Lo encontré febril, con
gangrena que se extendía desde el escroto hasta el pubis. Afortunadamente para él –i para

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mí– esa lesión no era gaseosa. Sin perder tiempo, le comuniqué que para salvarle la vida,
era necesario hacerle una operación sin la cual él estaba expuesto a sucumbir. No aceptó.
Lo asistí como pude hacerlo, sin los medios heroicos (todavía la penicilina no había sido
inventada) que hoi nos ayudan en ese trance, el cual era casi siempre mortal. Los familiares
del enfermo, menos su esposa (!) decidieron que yo practicara la intervención que horas
antes les había propuesto. Al ver que la gangrena avanzaba, el paciente accedió, no obstante
la negativa (!) de su mujer. Le extirpé todas las partes enfermas. Poco a poco, con esa faena
alcancé otro triunfo, aunque cuando ya, salvado de muerte inevitable, C., no me perdonaba
esa mutilación. De tal modo fue ese disgusto, que uno de sus familiares me advirtió que no
continuara visitando al ya cicatrizado enfermo. Supe el porqué de ese consejo (!). Más de
un año después de esa tremenda i exitosa intervención quirúrjica (en ese tiempo yo estaba
estudiando en París) supe que aquel paciente había fallecido empeorado con su afección
cardíaca. Como era de esperar, aquel impotente enfermo estaba profunda i erróneamente
celoso de su honesta mujer.
Aquella arriesgada operación sirvió para aumentar mi prestijio como cirujano que sabía
i debía enfrentarse a las situaciones profesionales i morales más peligrosas para mí, pero
beneficiosas para la mayor parte de mis pacientes.
Del poblado de Las Cañitas, en la otra costa de la bahía de Samaná, me llevaron a un
chico, de doce años de edad, que había caído de una mata de mamón con tan mala suerte
que su vientre fue lacerado por unos fragmentos de basura que penetraron en su abdomen.
Parte de sus intestinos se movían fuera de esa herida. Como era de esperarse dolor, fiebre
alta i peritonitis empeoraban ese estado. Propuse intervenir inmediatamente. El padre del
muchacho se negó a ello, pero el lesionado i su mamá me rogaron que no los abandonara.
A pesar de ese lagrimoso ruego, el papá continuaba negando el permiso para tal operación.
Salí de allí i comuniqué a mi amigo Don Carlitos Báez, Gobernador de la provincia, lo que
estaba sucediendo en ese caso. Enseguida el jefe ordenó a dos ajentes de policía que llevaran
a aquel hombre a la Fortaleza de allí. Esperé a que lo internaran, preso. Cuando me conta-
ron que aquel ya no podía oponerse a mi intento por salvar a su hijo, comencé a efectuar
la operación que propuse i ya reclamada por la atribulada madre del paciente. Delgado i
Santamaría me ayudaron en esa laboriosa intervención. Fragmentos de madera, parte de los
trapos que usaron para impedir la salida de los intestinos, pus, etc., fueron extraídos. Lavé
suavemente la cavidad del abdomen, la suturé dejando drenes i permanecí junto al chico
hasta que observé que podía ir a mi casa. En ese trayecto varias personas me dijeron que
el padre del operado juraba que me mataría en caso de que su hijo muriera. Pasaron días
antes de que el operado pudiera ser declarado fuera de peligro. Entonces decidí afrontar la
furia del prisionero quien, a pesar de estar al corriente de la salvación de su hijo, todavía
juraba hacerme daño. Rogué al Gobernador Báez que lo pusiera en libertad. Aquel hombre
llegó a la casa ansioso de saber si era verdad que su hijo estaba vivo i fuera de peligro. Este
le besó ambas manos, la madre lloró de contento al abrazar a su marido, quien después de
estrecharme entre sus brazos, se arrodilló frente a mí i me pidió perdón por las amenazas
que él me había hecho antes i después de que lo llevaron a la cárcel, en donde, según él, le
dieron buen trato i buenas noticias todos los días.
Aquella escena de reconocimiento no se ha borrado de mi mente en los más de sesenta
años que sucedió. Contaré después los casos semejantes a ese, siempre felices, para aquellos
mis clientes tratados bajo condiciones similares a las que acabo de referir.

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Los médicos que hasta esa fecha habían hecho alguna cirujía allá, en Samaná, siempre
rehuían los casos que corrían peligro de muerte. Uno de esos pacientes me refirió que en
un accidente parecido al del muchacho de Las Cañitas, él mismo vio sus propios intestinos
serpenteando fuera de su vientre. Los médicos no se atrevieron a introducirlos. Casi desfalle-
cido, i observando la desesperación de su numerosa familia, él mismo mediante un entibiado
trapo de cocina, lentamente, sin asearlas, introdujo sus tripas a su propio lugar. Este valiente
sujeto falleció de muerte natural muchos años después de su espantoso atrevimiento.
—Días después de haber salvado de la muerte a aquel muchacho, practiqué mi segunda
trepanación craneana a un presidiario que me trajeron de Caño Hondo, en la bahía de Sama-
ná. Aquel fue agredido por un ajente de policía en el momento que trataba de evadirse de
la cárcel. En esa operación repetí lo que hice con el cráneo de Escarré, i con tal nuevo éxito
conseguí mejor experiencia para ocasiones iguales a esa.
—No transcurrieron muchos días sin que se me presentaran nuevos trances quirúrjicos
casi iguales a esa especie.
Zenón de los Santos, uno de mis buenos clientes en Los Cacaos, de la misma bahía,
recibió, con machete, una extensa herida que le amputó la mayor parte de la nariz i la rejión
mediana del labio superior. Con un amplio colgajo de la piel frontal i parietal derecha, sin
desprenderlo, le practiqué la reconstitución parcial de lo que había perdido (autoplasia). La
nueva nariz ostentaba el cabello de la piel transplantada. Aunque esa apariencia facial le
valió el mote de León, vivió satisfecho de mi trabajo. No dejé de felicitarlo por la prontitud
conque él llegó a solicitar mi servicio.
—Desde el Jovero a Villa Riva, desde Cabrera a Los Llanos del Este iban a consultarme
pacientes con lesiones i enfermedades que ameritaban cirujía. En los 20 meses que perma-
necí en Samaná operé, además de los casos ya citados, tumores de la matriz, laparatomías
por accidentes, heridas de bala o de puñal, la sutura del intestino en un adolescente que
sufrió perforaciones de ese órgano durante el curso de una fiebre tifoidea. Este desgraciado
muchacho tenía una madre que no obedecía mis recomendaciones, a tal punto que, antes
de la convalescencia de su hijo, le dio a comer cualesquiera alimentos no indicados por mí.
Tal conducta le causó perforación i peritonitis fulminante, imposible de salvación. Fue el
segundo caso mortal que allí oscureció mi labor. Días antes de esa muerte ocurrió otro de
mis casos: una mujer obesa, intervenida por voluminoso quiste de un ovario, murió repenti-
namente pocas horas después de salir de la anestesia. Pero esos dos casos fatales fueron casi
olvidados al obtener yo la última de mis victorias en aquella ciudad, que debí abandonar
porque ya había ganado bastante dinero para ir a París, a perfeccionar mi labor profesional
i, si posible, presentar exámenes de algunas de las asignaturas correspondientes al programa
de aquella Facultad.
Con respecto a lo de la mencionada última operación quirúrjica que intervine en Samaná,
se trataba de una mujer pública, accidentalmente herida de bala en el bajo vientre. Pasé casi
toda esa noche afanado para salvar a esa hetaira. Ya en la madrugada había cosido intes-
tinos, vejiga urinaria i otros órganos. La joven recuperó, con lo cual, el cliente dueño de la
pistola que la hirió, un marinero yanqui al servicio del Gobierno Dominicano. Aquel fue el
valioso broche que cerró mi faena profesional en ese tranquilo pueblo que lamentó mi mui
discretamente planeada despedida. No exajero. El día de mi partida fueron a despedirme
los Bancalari, el Licdo. Pelegrín Castillo, Yancito Henríque, (con quien había yo hecho sin-
cera amistad cuando en abril de 1903 llegué miserioso a Puerto Príncipe, Haití, pocos días

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después de mi obligada deserción del Batallón Ozama, mi vía-crucis). También me visitaron


el Padre Mella i el primer hijo de su prole. A propósito de este anciano presbítero diré que
varias veces me ayudó en los casos de neurosis resistentes a todo tratamiento habitual i que
mejoraban o curaban bajo la asistencia espiritual de los consejos recibidos en el confesionario
o frente al altar de la virjen Santa Bárbara.
El Dr. Pou, el colega a quien, sin pensarlo, causé daño cuando el Presidente Cáceres
insistió en nombrarme para desempeñar los puestos de aquel enfermo, me envió a buscar
para agradecerme, una vez más, los servicios profesionales que le presté a él i a varios
miembros de su familia durante los casi dos años de mi permanencia allí. La despedida
con D. Leopoldo fue emocionante, pues tanto él, sus familiares i yo presentíamos que aquel
compañero mío pronto rendiría su tributo a la muerte. En efecto, falleció cuando un año
después Luis F. Mejía me mostró, en Barcelona de España, un número del Listín Diario en
donde se anunciaba la defunción del Dr. Pou.
De los Paiewonski, los Lavandier, los Sangiovanni i de otras personas de mi numerosa
clientela, recibí muestras de que lamentaban mi ausencia, no obstante que a todas recomen-
dé confiaran en la buena asistencia que les ofrecería mi sustituto, el amigo Dr. Wenceslao
Medrano, a quien vendí casi todos los útiles de mi laboratorio i del instrumental quirúrjico
que tanto coadyuvaron en el buen éxito de mi ejercicio profesional.
De los campos llegaron clientes i otros conocidos para rogarme que volviera pronto al
país. Recibí del Padre Bornia, mi buen amigo de Salcedo, (a quien desde hacía más de año
yo había pagado el oportuno servicio de la onza ya mencionada) un telegrama felicitándome
por mi decisión de ir a París para perfeccionar mis conocimientos.
Un amigo mío, samanés, recién llegado de la Capital, me dijo que mi colega el Diputado
Dr. Alberto Gautreau había propuesto que el Gobierno podría conferirme una beca para yo
poder ampliar mis estudios i alcanzar mi graduación profesional en la Facultad de Medicina
en París. Yo ignoraba la proposición del Dr. Gautreau.
Cuando uno de los Diputados supo lo propuesto por el Dr. Gautreau expresó que nin-
gún negro debía ser becado por el Erario Nacional. Su extraña furia contra mí ganó lo que
él recomendaba. ¿Por qué tan aguda saña? Nunca he podido saber el fundamento de esa
insólita conducta. Cosas veredes…
Otros estudiantes dominicanos fueron becados antes i después de lo que acabo de na-
rrar. Entre los becarios de aquella época figuraban los Dres. Alfonseca, Rafael Alardo, José
de Jesús Alfonseca i Luis Eduardo Aybar Jiménez. También obtuvieron becas los bachilleres
Lalán Montes de Oca, Heriberto de Castro i otros que se pierden en mi recuerdo.
Días antes de salir de Samaná fui a Sánchez, el pueblo marítimo que en el fondo de esa
bahía superaba el comercio de casi todo el Cibao. Allí confié mis asuntos monetarios a mi
probo i buen amigo D. Manuel de Moya. A él entregué casi todo mi capital con recomenda-
ciones de enviar subsidio mensuales a mi familia, en Santo Domingo i a mí mismo, en París.
D. Manuel cumplió cabalmente esa encomienda. A pesar de que tal servicio figuraba claro
i preciso en los libros de contabilidad de su almacén, personas interesadas en molestarme
inventaron que la casa Moya era mi benefactora supliéndome de lo que mis familiares i yo
necesitábamos para el sustento. Aquella falsa propaganda era una continuación –i no el
final– de las mal intencionadas mentiras que aun persisten alrededor de mi persona. Nunca
he sido favorecido con la ayuda de nadie ni de ningún Gobierno nacional o extranjero, en
ninguna circunstancia ni para ningún propósito personal.

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XV. Salida para Europa


Llegué a la Capital i sólo permanecí lo suficiente para legalizar mis diplomas profesionales
i otros documentos necesarios para inscribirme en donde pensaba ir a estudiar. Salí de allí
hacia Burdeos, haciendo escalas en Saint-Thomas i en la Martinica. En la isla danesa, cerca-
na a Puerto Rico, hice contacto con el exiliado ex-sacerdote i ex-Presidente de la República
Carlos F. Morales Languasco, quien a la sazón vendía billetes de la lotería oficial de nuestro
país porque no contaba con otros medios para vivir. Me apené de su miseria. Lo ayudé con
algunos pesos. Allí conocí a la rica i honorable familia de la señorita Constanza, quien años
después fue esposa del caritativo Dr. Carlos George, mi colega i buen amigo, cuya hidalguía
i filantropía admiré i sigo admirando aún después de su muerte.
De Saint-Thomas i Point-a-Pitre i a Burdeos, el viaje, sin accidentes, duró una quincena.
Me fue grato hacerlo acompañado del entonces bachiller José Antonio Jimenes, hijo del ex-
Presidente D. Juan Isidro. El joven iba a comenzar en París su doctorado en Derecho. Desde
ese encuentro hicimos sincera amistad. Al llegar a la Ciudad Luz a menudo comíamos
juntos en el mismo austero restorán i asistíamos a conciertos de buena música i a otras
recreaciones de nuestro agrado. (Después de varios años de completa camaradería en la
“Alianza Francesa de Santo Domingo”, fuimos sucesivamente condecorados con la orden
de la Légion d’Honneur, los primeros dominicanos que la recibimos sin estar rindiendo ser-
vicios diplomáticos u otros en la República Francesa o en algún otro puesto de importancia
en la política de nuestro país).
La misma tarde que por primera vez llegué a París hice que un cochero me llevara a la
residencia de mi colega i amigo Dr. Luis Eduardo Aybar, quien allí se doctoraba en Medicina.
Me recibió con júbilo i me llevó a una pensión de familia, en la rue de la Sorbonne, cercana
a su domicilio, Boulevard Saint-Michel n.o 37, en pleno Quartier Latin, no distante de la
Facultad en donde él estudiaba.
En esa prima noche, la primera que pasé en Francia, fui a ver una gran manifestación de
regocijo, en la Place du Chátelet, festejando la proeza del aviador Blériot que el día anterior
(10 agosto, 1909) había atravesado, en su aeroplano, el canal de la Mancha. Fue mi primer con-
tacto con la siempre bulliciosa, indomable i jocosa multitud de aquel barrio estudiantil.
—Semanas después me mudé a un recién inaugurado i bien acomodado hotelito, el
“Hotel de la Sorbonne”, en la plaza de ese mismo nombre, en donde habité mientras hice
mi primera temporada en aquel país (1909-1911).
Enseguida comencé a asistir a la Clinique Baudelocque, dirijida por el Prof. Adolfo Pinard,
en donde perfeccioné mis conocimientos jinecolójicos i obstétricos. Allí hice amistad con el
Dr. Couvelaire, Prof. Agregado i yerno del Patrón de ese Establecimiento Universitario, i
también con el Jefe de Clínica Dr. Mouchotte i otros maestros. Entre los estudiantes de allí,
Roger e Ibrahim figuran preferentemente en mi recuerdo. Esta tarea, que duró más de seis
meses, casi siempre la desempeñaba en horas de la noche.
Unas mañanas asistía a los servicios de clínica i de operaciones quirúrjicas i otras a
demostraciones prácticas de Clínica Médica. Todos los domingos de 9 a 12, iba al Hospital
San Luis, en donde aumenté mis conocimientos en dermatolojía i sifiligrafía. Los domingos
en la tarde me recreaba conociendo museos, las calles de la ciudad, i asistiendo a concier-
tos de música i a teatros: Opera, Comedia Francesa, Odeón i otros de igual reputación.
Economizando lo más posible, sólo ocupaba butacas i bancos de poco precio en aquellas
diversiones.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

A fines de diciembre de 1910 me gradué de Médico Colonial de la Universidad de París.


En ese intenso curso conocí a i recibí lecciones de eminentes profesores. Blanchard, Brumpt,
Tanon i Langeron figuran entre mis preferidos. Casi todos los profesores de esa asignatura
en la Facultad fueron discípulos del gran Louis Pasteur. Ellos repartían en sus cursos lo que
habían cosechado en el “Instituto Pasteur” junto a su egrejio profesor. Hasta el día de su
muerte (enero, 1970) yo gozaba de la sincera amistad que me unía con el venerable anciano
Lucien Tanon, el guía más provechoso para mí en aquel Instituto.
Luisito Aybar i yo trabajábamos juntos en el Laboratorio de Anatomía del Profesor Ni-
colás. Aquella labor nos fue indispensable, puesto que, en Santo Domingo, jamás pudimos
hacer disecciones en cadáveres humanos. Nos contentábamos con los de perros envenenados
por la Policía.
En agosto de 1910 aproveché las vacaciones en la mayor parte de los sitios en donde
deseaba instruirme. Viajé en compañía de mi querido amigo el Dr. Carlos Leiva i otros dos
estudiantes centroamericanos. Fuimos en excursión a España i luego a Suiza. En esos largos
i no costosos viajes gasté el resto del dinero sobrante, ($100.00) que gané en la lotería nacio-
nal de Santo Domingo, i el cual yo había reservado obteniendo intereses acumulados en la
oficina de un notario capitaleño. Aquella inolvidable jira me abrió el apetito para continuar
conociendo países de mi predilección. Ese agradable e instructivo vicio de conocer naciones
cultas no ha dejado de ser el único que desde entonces me domina.
—Mientras gocé de esas vacaciones utilicé un modesto equipo de fotografía que compré
i mejoré mientras yo era discípulo del Dr. Zimmer en su novedoso laboratorio de radiografía,
situado en el hospital de la Charité. Allí me encargaron del revelado de las placas de vidrio.
Esa ocupación, semi-fotográfica, despertó en mí el deseo de adquirir una pequeña cámara
con sus indispensables accesorios. Así me hice fotógrafo ambulante, apenas en los días
feriados libres de todo servicio en algunos de los nosocomios en donde yo hacía estudios
profesionales.
Al verme con mi Kodak (el aparato fotográfico que sólo usaba placas de vidrio no era
de esa marca: el público apellidaba con tal nombre a todos los que fácilmente se podían
manejar en plena calle). Las chicas, i otras personas me rogaban que las fotografiara. Yo solía
acceder a ese deseo, pero a cambio de que las jóvenes me dieran su nombre i dirección con
el único (?) propósito de poder enviarles las pruebas positivas. (Honni soit qui mal i pense…)
De ese mismo modo procedí en los ya mencionados viajes europeos. El microbio de ese
dispendioso hobby me deleita aún después de tantos años que se introdujo en la médula de
ese esparcimiento. Ya tendré otras oportunidades para referir goces i disgustos personales
ocasionados por ese amateurismo.
—En la primavera de 1911, yo había hecho en París buenos avances en mi instrucción
profesional. Las reservas monetarias que yo había depositado en la casa comercial de D.
Manuel de Moya, en Sánchez, casi se agotaron después que compré instrumentos i efectos
necesarios que pudieran servir para volver a instalarme en el Cibao, con preferencia en San
Francisco de Macorís.
Salí de Lutecia lleno de entusiasmo, pero apenado por ausentarme de aquella maravillosa
ciudad, en donde recibí satisfacciones en mis nuevos estudios, tanto los profesionales como otros
de igual necesidad para mis aspiraciones de llegar a ser hombre rico en buenas costumbres,
en instrucción jeneral i en algunas utilidades no sólo para mí, sino para todos aquellos que
merecieren mis familiares, mis amigos i mis clientes en donde iba a ejercer mi profesión.

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Cuando esperaba en Burdeos la partida del vapor que debía llevarme a la Martinique,
aproveché ese tiempo en visitar algunos hospitales de esa ciudad, especialmente el dedi-
cado a enfermedades tropicales. Allí me condujo el Prof. Le Dantec, con quien ya me había
carteado durante mi residencia en Samaná. En aquella época hice una estadística de los
casos palúdicos femeninos observados por mí i por un farmacéutico de Sabana de la Mar.
Ese trabajo me dio la satisfacción de verlo publicado en varias ediciones del texto escrito
por mi citado amigo bordelés.

Regreso a la Patria
El viaje transatlántico a las Antillas fue sin novedades. Esperé tres días en la Martinica.
Allí visité las fuentes de Vichy, que producen i venden agua similar a la francesa del mismo
nombre. También me llevaron a admirar la licorería que fabricaba vino con la corteza de
naranjas cultivadas especialmente para elaborar esa exquisita bebida.
Nada entusiasmado, regresé a mi lar nativo. Los habituales rumores de la política his-
pano-americana no se habían cansado de perturbar el ambiente de nuestro país. Algo grave
mecía la hamaca de una nueva revolución. Durante algunos días me contenté enseñando en
el “Hospital Militar” la técnica de la inyección intravenosa del 606, el nuevo remedio contra
la sífilis i el pian (buba).
Casi todos mis anticuados maestros dominicanos seguían ejerciendo nuestro arte con
la misma petulancia de antaño. Los Dres. Gautier i Defilló fueron los únicos que no me
mostraron indiferencia.

En San Francisco de Macorís


Pocos días permanecí en Santo Domingo ajenciando mi traslado a San Francisco de
Macorís, domicilio ya convenido con mi buen amigo el Licdo. Carlos F. de Moya. Allá lle-
gué con mi familia. No tuve ningún inconveniente en instalarme lo más cómodo posible.
Doña Hortensia, la esposa i demás familiares del farmacéutico de Moya nos procuraron las
comodidades más perentorias i otras menos necesarias. Estaban agradecidos de mí porque
le salvé la vida a Fernando, el primer vástago de esos esposos cuando comencé a laborar
en Samaná.
En San Francisco de Macorís encontré a varios amigos míos i desde que llegué tuve ene-
migos, todos gratuitos. Entre los primeros buenos afectos conté con los del Licdo. Pelegrín
Castillo, Pablo i Pedro Pichardo, las familias de D. Aris Azar, de Antonio Martínez, de Don
Ventura Grullón, de D. Bautista Paulino, los Ferreras, los Ortega, etc., etc. Ellos me abrieron
el camino para que sus numerosos amigos se hicieran clientes míos. En cambio, algunos
de mis colegas franco-macorisanos i uno de La Vega abrieron fuego contra mi presencia en
aquel pueblo, en donde apenas ellos tenían poca clientela. Como era natural, esos colegas
se burlaban de la sobria placa de bronce que anunciaba mi título de médico dominicano i
el que conquisté en el Instituto de Medicina Tropical en la Universidad de París. Uno de
esos malos “compañeros” azuzó a los deudos de un sifilítico a quien, (por primera vez en
Macorís) practiqué una simple punción lumbar e hice que permaneciera en cama durante
dos días. Esa precaución le facilitó motivo para predecir, maliciosamente, que el sujeto iba
a quedar paralítico durante las pocas semanas que pudiera vivir. Hacer ese falso pronóstico
i hablar a un campesino ex-presidiario, para que me asesinara era una combinación que,
según ellos, mis colegas, no podía fallar. Un milagro desbarató ese propósito: Pocas horas

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

después de saber esa trama tuve necesidad de iniciar mi pericia de partero en una de las
hermanas del hombre que se disponía a asesinarme. Fui al lejano domicilio de la parturienta,
la asistí de un feto a término, en posición transversal desde hacía 2 días, i salvé la vida de esa
mujer i la de su hijo. Al salir de aquella casa, en el campo, el sujeto que habían buscado para
matarme, casi llorando me delató los pormenores de la misión que le habían encomendado.
Bajó de su caballo, me besó la diestra i por último me declaró todo lo que habían tramado
contra mí; ¡era él mismo, quien debía llevar a cabo el final de mi existencia! Desde ese mo-
mento nos hicimos buenos amigos. Después supe que su hermana, la que asistí de aquel
parto, era su querida i el chico su propio hijo. ¡No ha sido el único incesto de los que abundan
en ciudades i pueblos de nuestro país! No le acepté paga por mi trabajo. Así obtuve uno de
los tantos custodios que velaban por mí i alababan las maneras de mi arte, que fue exitoso i
productivo como años antes en Samaná i sus contornos. Entretanto, curé al sifilítico, quien
según supe después, acaso ignoraba lo que mi colega había tramado contra mí.
Mientras tanto, la jente acudía a mi consultorio, señalado por una frondosa mata de
guanábana cuyo tronco estaba cerca del portón por donde entraban las cabalgaduras mon-
tadas por mis clientes.
Comencé de nuevo mi alta cirujía interviniendo en un voluminoso fibroma uterino,
no complicado. Esa enferma era una bien conocida solterona, perteneciente a una de las
familias más notables allí i en la Capital. Para ese debut rogué a mi viejo amigo el Dr. Ch.
Perrot que viniera, desde Sánchez, a ayudarme en esa operación. Alcancé el mismo buen
éxito que obtuve en Samaná. Durante la convalescencia de la operada, el más sañudo de
mis colegas contra mí propagó que la paciente estaba moribunda. Nadie lo creyó. Tan
pronto entró en absoluta convalescencia, con el objeto de castigar a mis enemigos, repetí
lo que hice con mi primer amputado en Samaná: discretamente le ofrecí un paseo por las
calles más transcurridas de la población i agregué a ello, la exhibición de aquel tumor en
la trastienda de la farmacia de Moya. Aunque esa pieza no tenía rótulo de identificación,
efectuó lo que me vi obligado a demostrar. Otras operaciones se sucedieron, cada vez más
frecuentes i más peligrosas. Todas fueron felices, menos la que practiqué, casi in extremis, a
una persona que sufría cáncer uterino, una de las lesiones más raras en Macorís. Ni yo, ni
nadie en el mundo, contaba con sulfas, ni con penicilina, ni con radium, ni con rayos X para
combatir esa lesión. I sin embargo, no recuerdo haber asistido otros casos de Ca. uterino,
en los nueve años que ejercí en aquella ciudad i en sus alrededores. En Pimentel tuve dos
fracasos quirúrjicos operados por hipertrofia de la próstata. Eran en sujetos mui infectados
por una variedad de estreptococo que yo nunca había visto. El período post-operatorio de
esas dos intervenciones fueron encomendados a un colega que no era experto para ello. Las
respectivas familias de esos pacientes se negaron a llevarlos a Macorís para yo tenerlos bajo
mi cuido. Otras prostatectomías ejecutadas por mí i atendidas por mí mismo en Macorís,
curaron pronto i sin complicaciones.
Debo señalar ahora que la gangrena gaseosa era frecuente en Macorís. Entre mis pacientes
tuve el dolor de asistir a mi grande i respetable amigo D. Manuel Ventura, cuyo recuerdo
aún está vivo en mí. Para que me ayudaran en ese caso, hice llegar de Pimentel a uno de
los dos colegas que pedí; el otro era de La Vega. Tan pronto vieron la inutilidad de nuestros
esfuerzos por salvar de la muerte a ese caballero, regresaron a sus respectivos domicilios sin
decirme adiós. Uno de los familiares del enfermo les había amenazado con la muerte en cuanto
aquel falleciera. Al notar la ausencia de esos cobardes, reuní la familia Ventura Paredes i les

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

referí tanto la cobardía de aquellos, mis colegas, como la inminente defunción de D. Ma-
nuel, a quien yo había decidido asistir hasta su última hora, i sin ninguna paga. Así procedí
custodiado hasta el fin de esa amenaza. Nadie me molestó. Al contrario, los más allegados
al difunto me demostraron cariño i algunos de sus descendientes continúan ofreciéndome
el más puro afecto i respeto.
Mis enemigos llevaron a Salcedo a uno de los pocos sujetos que me atacaron en aquella
aldea, cuando yo vivía allí, para que se uniera a un antiguo oficial del Batallón Ozama en la
época de mi martirio en la milicia. Esos dos maleantes me reclamaban dinero bajo el pretexto
de que yo debía restituirles la suma que fue robada por los presidiarios políticos que el 23
de marzo del 1903 derrotaron al Gobierno de Horacio Vásquez.
En las horas de tal acometida yo estaba ausente de esa fortaleza. Como era natural, me
negué a esa impostura. Me amenazaron con matarme a tiros si dentro de dos horas no los
complacía. Inmediatamente acudí a mi amigo i consejero el Licdo. Moya para informarle
de esa acción. Como desde años yo le había contado lo ocurrido en aquella revolución, al
punto reflexionó que esos maleantes, capaces de todo, perpetrarían el crimen con que me
amenazaban, casi seguros de que no serían castigados por la justicia. Pensé en la seguridad
de mi familia, en mi reputación i en todo lo malo que podría sucederme si no seguía el
consejo de mi amigo. Moya llamó a uno de aquellos desalmados, le exijió un documento
i les ofreció que yo les daría poco a poco parte de la cantidad que exijían. Todo pasó en
silencio. Yo cumplí con lo que Moya había ofrecido a esos ladrones de honra i de dinero.
Ocho años después uno de aquellas maleantes enfermó de gravedad, solicitó mi asistencia
médica. Lo libré de la afección que pudo causarle la muerte. Agradecido de ese supremo
servicio, llorando, me refirió el orijen de lo que él i su compañero me exijieron azuzados
por un malvado colega celoso de mis triunfos profesionales. No quise aceptar la paga de
mis honorarios ni tampoco parte de lo que él había recibido en aquella extorsión. Muchos
años después encontré al otro, el más perverso, pidiendo limosnas en las calles de una
ciudad del Cibao. Le di lo suficiente para que comiera ese día i el perdón que no merecía.
El promotor de aquel vil atraco en San Francisco de Macorís, recibió de mí el inútil cuido
que le di cuando, años después, yacía en cama esperando los últimos momentos de su
azarosa vida.
A pesar de las tribulaciones arriba descritas, i otras, yo no dejaba de ensanchar mis co-
nocimientos durante las horas que la clientela me lo permitía. Estudiaba e inventaba para
suplir aparatos i métodos cuya adquisición era difícil.

Anti-germanófilo
La Primera Guerra Mundial (1914-1918) me hacía desviar un poco de la Medicina, mi
quehacer habitual, sin olvidar que los enfermos debían formar el núcleo de mis actividades.
Alguien, en Francia, indicó a alguna alta autoridad diplomática de allá que yo debía repre-
sentar i hacer propaganda a ese país, sobre todo en el Cibao, para contrarrestar la que hacían
los germanófilos dominicanos en contra de aquella nación. Puse en manos mi deber, mi en-
tusiasmo i mi agradecimiento a la heroica Francia, en donde recibí tanta i tan útil instrucción
para mejorar mis conocimientos. “A B C”, el semanario publicado por el Licdo. Moya, me
brindó sus columnas para que yo escribiera i comentara los sucesos de esa guerra. Consulté
mapas, descripciones históricas, críticas marciales, etc., para ayudarme en la redacción de
mis escritos, los cuales eran leídos i reproducidos sobre todo en Santiago.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Mis predicciones muchas veces precisas, firmadas con mi viejo pseudónimo de Sully-
Berger, eran mui solicitadas.
En aquella época el poderío norteamericano había invadido a nuestro país. Esos mili-
tares no me hicieron daño personal hasta un día en que solicitaron mis servicios médicos
para practicar la craniectomía en un sujeto moribundo que ganaba su pan i su deshonra
espiando i matando a compatriotas que luchaban por nuestra liberación. Enseguida fui a
ver a aquel accidentado. Tenía hendidos parte del frontal i de un parietal. Consideré que
si yo intervenía en ese caso, no obtendría ningún buen resultado. Así manifesté al médi-
co i al comandante de la tropa americana destacada en la provincia. Ambos militares me
amenazaron con prisión si no operaba a ese espía. Entonces les manifesté que yo no poseía
el instrumental necesario para esa intervención inútil. No quedaron satisfechos con lo que
les dije. En ese mismo momento el Gobernador Lara les informó el deceso de aquel herido.
Respiré hondo i me felicité de no haber hecho sino un rutinario examen en aquel espía. Pero
el capitán americano no quedó satisfecho. Se quejó al Estado Mayor asentado en la Capital.
De allá ordenaron al Gobernador Marix, un sueco nacionalizado yankee, que hiciera una
investigación de lo sucedido con mi negativa de no haber hecho nada por salvar la vida
a uno de sus mejores sabuesos. El coronel llegó a Macorís acompañado de su esposa. Me
interrogaron a fondo, i después que el alto oficial oyó mi relación, se levantó y me felicitó
diciéndome: “Bien hecho” i me dio un fuerte apretón de manos. Aquella escena no fue del
agrado de quienes deseaban que me impusieran castigo carcelario o algo peor.
Algunos días después de tal suceso fui solicitado para asistir a un joven barbero que había
recibido una pedrada en la rejión parietal izquierda del cráneo. Una enfermera yankee me
ayudó en esa intervención, la cual fue un nuevo éxito para mí. Ese lauro no fue del agrado
de los mencionados jefes americanos que gobernaban en la provincia macorisana.
Nuevos desastres de salud apenaron a esa ubérrima rejión cibaeña. El primero de ellos
fue la disentería bacilar, el 2do., extensión de la fiebre tifoidea i el último, al final del año
1918, la grave epidemia de influenza, esparcida en todo el mundo. Cuando llegó a mis oí-
dos que la “gripe española” se acercaba a Macorís, solicité que se celebraran una o varias
reuniones en la sede del Ayuntamiento comunal. Aceptaron mi proposición i me autorizaron
a redactar i publicar una advertencia acerca de las precauciones que se debían tomar para
que aquella infección no causara la hecatombe que enlutecía a varias rejiones de nuestro
país. En concisa propaganda preventiva aconsejé medidas para que la epidemia no causara
graves daños. Prescribí el uso permanente de la careta bucal i nasal, similar a la que usan los
cirujanos. Dividí la ciudad en cuatro sectores para que en ellos no faltase comida ni otra clase
de asistencia médica i social. Cuando a orillas del pueblo sucedió el primer caso de gripe
maligna, algunos jóvenes recalcitrantes contra mis órdenes (a la sazón yo era el médico oficial
del Ayuntamiento) se negaban a usar la mascarilla. En vista de ello, fui personalmente a la
oficina del comandante americano y le propuse que me nombrara preboste sanitario en esa
población, con poderes para hacer ejecutar las medidas que ayudaran a disminuir el peligro
que nos amenazaba. Aceptó gustoso i me dio un documento para validar mis actuaciones
en esa tarea. Ese mismo día impuse multa de cinco pesos i prisión a quienes se negaban a
cumplir mis órdenes. Días después, nadie más se atrevió a salir a la calle sin cumplir las
estrictas precauciones que hice publicar.
A pesar de esa profilaxia, la “gripe española” se extendió allí. Yo mismo salía a llevar
medicinas i alimentos a los enfermos. Dos de mis colegas, ya ancianos, fueron de los

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

primeros en sufrir la epidemia. Los otros, entre ellos un médico español, salieron huyendo
de allí con sus respectivas familias. Todos los habitantes estaban atendidos por mí i por dos
benévolos amigos i ayudantes míos: el joven Mario Estrada i el cochero Chuchú Taveras.
No reposábamos sino lo escasamente necesario para evitarnos el cansancio que nos
podría hacer daño durante esa plaga. Muchas decenas de casos graves sufrían de pulmo-
nía, complicada con el maligno estreptococo. Recordé el tratamiento de la fiebre puerperal
estreptocóccica usado en Lyon, Francia, i lo apliqué, modificado, a los casos que se me
presentaban amenazándolos de muerte. Con inyecciones subcutáneas de alcanfor i esencia
de trementina ordinaria salvé a decenas de atacados ya para morir. Sólo sucumbió uno de
ellos: Petit Frére Lalane, un acomodado i honesto comerciante, mi buen amigo, desde que
ejercí la profesión en Samaná. También usé unas cápsulas que contenían azufre, sulfato de
quinina i benzoato de soda. Me atrevo a decir que con esos tratamientos i ardientes baños
de pies con mostaza, alcancé un romedio de salvación superior a otro. No sucedió así en la
población rural ni entre los internados en la cárcel de la ciudad, carentes de la infatigable
asistencia que arriba he descrito. Tanto en unos como en otros de los sitios descuidados de
auxilio médico, la mortalidad fue tremenda. ¿Había la misma falta de buena asistencia en
el cuartel de la tropa yankee destacada en San Fco. de Macorís, en donde las defunciones
eran relativamente tan numerosas como las citadas en los parajes rurales macorisanos? Tuve
la satisfacción de haber sido llamado a socorrer a los militares yankees cuando el médico
que los atendía cayó enfermo. También asistí a los presidiarios internados en la cárcel, en
quienes se notó recrudescencia en la letalidad de esos militares.
Acabo de señalar la penitenciaría de San Fco. de Macorís. Es necesario abrir aquí un
paréntesis en donde disentiré de uno de los episodios más arriesgados en el cual mis
desleales colegas de allá emplearon para destruirme. En uno de los tantos disturbios
políticos que sucedían en esa rejión (antes de la invasión americana), la cárcel –ciudadela
de San Fco. de Macorís– fue incendiada con el objeto de hacerla desalojar por sus defen-
sores. Aquella fue una noche de terror en todo el pueblo. Mi vecino, el Licdo. Moya i su
esposa, que habitaban en una casa de mampostería, nos invitaron para que mi familia i
yo nos alojáramos en su morada. Sin perder minuto fuimos allá, en donde encontramos
a Pablo Pichardo i su familia, i también a mi profesor de inglés, Mister Anthonyson. Allí,
bajo el ruido de cañones i otras armas de guerra, supimos del incendio ocurrido en dicha
fortaleza. Al otro día Moya i yo fuimos a fotografiar las ruinas humeantes i los muertos
que aún yacían abandonados. Entre los fallecidos figuraba el dentista John Molina, jefe de
los derrotados. Este joven fue mi querido condiscípulo en la escuela La Fe. Entre mi vecino,
otros de nuestros amigos i yo, recojimos los heridos e hicimos otras dilijencias propias de
esos momentos calamitosos.
Algunos días después las tropas vencedoras de aquella noche entraron victoriosas. No
tardé en dedicarme a asistir a los nuevos heridos. En esa faena se me enfrentó un sujeto
vociferando: “¡Este fue quien pegó fuego a la cárcel!”, amenazándome con una carabina. Le
arrebaté el arma. Dos de sus compañeros, conocidos míos, evitaron que ese lance terminara
en una trajedia. Sin embargo, me llevaron a la cárcel. Después de pasar un rato en un salón
me introdujeron en una de las mazmorras, tan estrecha que apenas nadie podía echarse
a dormir. Una hora después metieron allí a un carpintero a quien yo estaba asistiendo de
tuberculosis. Llamé a un custodio i le expliqué mi situación. Entonces, afortunadamente,
apareció el Jral. Lico Pérez, mi viejo amigo i defensor durante mi servicio militar en Santo

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Domingo, quien ordenó que me pusieran en libertad, pero bajo la condición de que, para
evitar que me hicieran más daño, enseguida tomara el ferrocarril que ese día iba a Sánchez.
Allí fui en calidad de exiliado. Durante mi viaje a aquel puerto cavilé acerca de la falsedad
de incendiario con la cual aquel guerrillero me había acusado. Al conversar sobre esa men-
tira con uno de mis compañeros de viaje, este me aclaró el orijen de tal patraña. Me dijo
que cuando ardía la fortaleza se oyeron vivas a “Piter”, i que todos los combatientes habían
atribuido a mí la proeza. Como ya he dicho, durante esos trájicos momentos yo estaba
refujiado en la farmacia de Moya, acompañado de nuestras respectivas familias i también
por el ya nombrado Mr. Anthonyson. El orijen de ese error fue éste: la verdadera persona
que lanzó la bomba de petróleo en ese sitio fue un joven combatiente llamado Peter, (pro-
núnciese Piter). Esa fue la causa de la ignominia que por poco me hubiera costado la vida
i una de las más vergonzonas afrentas. Supe después que dos colegas míos residentes en
Macorís, impertérritos en sus maldades contra mí, fueron los que acomodaron ese error con
el fin de perjudicarme i, cuando menos, obligarme a abandonar mi residencia i mi clientela
en aquella población, en donde también practiqué alta cirujía. Entre las intervenciones de
esa talla mencionaré: 1ro. la atrevida incisión de una enorme aneurisma de la arteria sub-
clavia izquierda; en esa cavidad, después de vaciar los coágulos que contenía, introduje un
rosario de torundas de gasa aséptica, cuyos fragmentos, atados los unos a los otros, extraje
sucesivamente, uno a uno cada dos días. Al cabo de dos semanas, extraje el último. El refe-
rido sujeto curó definitivamente. Durante esa nueva operación el hermano del enfermo me
amenazó de muerte cuando vio la sangre que brotó de la incisión necesaria para limpiar la
cavidad del aneurisma. Mi amigo Don Pablo Pichardo dio la anestesia clorofórmica en esa
impresionante tarea.
Otro sensacional caso de cirujía fue el de una pobre adolescente campesina, cuyo
cuerpo fue llevado a mi consultorio sobre una burda camilla i parte de sus intestinos
en una litera. Había caído de una mata de guásuma i su vientre fue herido por un trozo
de leña que yacía cerca del tronco de ese árbol. La jovencita salió corriendo i gritando
cuando vio algunas de sus tripas que rodaban por el suelo i dos perros la amenazaban
con destrozarlas.
Sin ninguna turbación ejecuté la laparatomía impuesta en esos casos. Uno de mis clientes,
vecino de mi domicilio, me ayudó a emprender esa operación. Limpié tranquilamente el
interior i el exterior del abdomen, hice igual con los intestinos i las otras vísceras abdomi-
nales, i cerré la piel no sin poner en ella dos drenes, uno profundo i el otro superficial. Esa
corajuda muchacha se recuperó totalmente en menos de dos semanas.
—Entre mis distintos atareos profesionales debo mencionar uno, ordenado por dis-
posiciones del sino que siempre nos acecha: Una joven pareja de novios campesinos que
por tercera vez se habían decidido a celebrar sus bodas i tres veces fueron impedidos por
razones extraordinarias. Después de esas frustraciones, por fin, una extensa comitiva de sus
familiares i amigos los acompañaban al matrimonio, en el pueblo, cuando antes de vadear el
arroyo de Güisa dos corceles, los de los novios, se encabritaron i resistieron a continuar en
el camino. En vano les bañaron las patas en ese momento. Al fin fueron forzados a ir a la otra
orilla, pero tan furiosos estaban que el animal del novio le pateó de tal modo que lo derribó
con una profunda herida en la frente. Lo llevaron a mi consultorio i allí lo atendí i le inyecté
vacuna antitetánica. El Juez Civil i el sacerdote dieron fin a esa soltería, después de lo cual
la compunjida caravana regresó a su poblado en donde la celebración del matrimonio

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

no fue lo usual. Cinco días después dos amigos de los recién casados vinieron a buscarme.
Cuando llegué al flamante bohío encontré allí no una luna de miel, sino de hiel. El marido
sufría de tétanos fulminante. Emití un pronóstico sombrío. El sujeto murió después, en
horrible agonía. No bien lo acomodaron en el ataúd, llevaron su caballo lejos del velorio i
lo ejecutaron con un solo machetazo en la cerviz.
Pero el empeño más patriótico que he realizado en toda mi vida se desarrolló en los
siguientes episodios: Bajo el mayor secreto, yo enviaba remedios a mis compatriotas que
en la Loma Azul i en otras rejiones del Cibao luchaban contra los yanquis. Así pude salvar
la vida de mi amigo Luquita Camilo i de otros combatientes. Una noche, mui nublada, mi
compadre el Licdo. Luis F. Mejía i Virjilio Trujillo llevaron a mi casa un hombre disfrazado
de mujer para que le curara unas extensas quemaduras en el pecho i en el vientre. Ese sujeto
era el famoso Cayo Báez, víctima de Bacalow i del Capitán César Lora, quienes lo habían
torturado con machetes incandescentes i otras atroces maldades. Asistí a ese corajudo
patriota, le di de comer i enseguida fui a buscar a mi vecino, el Licdo. Carlos F. de Moya,
para que me ayudara a fotografiar las quemaduras de ese infeliz. Estuvimos trabajando
hasta un poco antes de la madrugada. Los mismos que me trajeron a Cayo se lo llevaron
hasta que lo entregaron a quienes los esperaban escondidos detrás de unos matorrales a
orillas del río Jaya. En noches sucesivas a esa corajuda empresa, Moya i yo imprimimos
centenares de tarjetas postales que describían las espantosas lesiones del pobre Cayo Báez.
Esas pruebas fueron enviadas a la Capital i con ellas se reforzó la intensa propaganda que
en el mundo entero se demostró la calidad de los suplicios que sufría nuestro país bajo la
potencia de quienes desde hacía cuatro años, nos estaban martirizando. Gracias a la labor
desarrollada en el exterior por un grupo de patriotas encabezados por el Dr. Francisco
(Pancho) Henríquez i Carvajal, las fuerzas de la ocupación americanas abandonaron la
República.
A pesar de tantas bregas profesionales i otras no menos forzosas, no olvidé mi vieja
dedicación, la literatura. Aris Azar, Adán Aguilar, Pablo Pichardo me acompañaban en
ese frecuente, delicioso i fructífero pasatiempo. En la librería del Prof. Aguilar leíamos i
discutíamos nuestros escritos. Allí nació nuestra pretenciosa revista literaria Alpha, de escasa
circulación.
Además de esa distracción, mi empedernida afición a la fotografía hacía progreso tanto
del lado artístico como científico. Aproveché la ocasión de una feria rejional celebrada en
Santiago de los Caballeros para exponer allí mis producciones. Exhibí placas positivas, en
colores, las primeras ejecutadas en nuestro país. Inventé un método para revelarlas, cuya
fórmula i modus operandi todavía envejece en mi archivo. También expuse positivos en
concursos de Francia, de los EE. UU. de América i en Dinamarca. Todavía conservo un
libro de arte fotográfico con el cual me adjudicaron un premio en un concurso celebrado en
Boston. La fotomicrografía médica i el bromoil, de cuyas pruebas poseo algunas, también
ocupaban mis solaces domingueros o nocturnos.
I para llenar algún vacío en mis actividades accedí a ruegos de mi querido amigo el Dr.
Perrot para montar un apiario moderno, científico, más bien con el propósito de estudiar la
biolojía i labores de las abejas, no para obtener ventaja comercial. Esa, para nosotros nueva
afición, la practicábamos a pocos pasos de la Estación del ferrocarril de San Fco. de Macorís.
Cuando sucedían combates entre bolos y coludos esas trifulcas nos impedían gozar el placer
de manejar nuestras colmenas.

85
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Me instalé en el pueblo de Sánchez. Allí vivían muchos de mis antiguos clientes


cuando yo trabajaba en Samaná. Además, fui nombrado médico de la compañía dueña
del ferrocarril Samaná-La Vega, en sustitución de mi viejo amigo el Dr. Charles Perrot, a la
sazón, vacacionando en Francia.
Dos semanas después de mi arribo a Sánchez estalló la primera guerra mundial (1914).
Cuando se restableció la paz en San Francisco de Macorís regresé allí con mi familia.
Ya el Dr. Perrot se había marchado de nuevo para Francia a cumplir su deber en la guerra.
(Septiembre, 1914).
Reanudé mi labor, que fue más intensa que nunca. Tuve algunos descalabros económicos
que disminuyeron el monto de los ahorros que hacía con la intención de volver a París tan
pronto terminará la contienda universal. Mientras tanto, como ya he dicho, me dediqué a
hacer intensa propaganda a favor de los Aliados en aquel terrible conflicto.
El día que se firmó la paz con la derrota de los boches celebramos ese evento.

Segundo viaje a París


No fue fácil conseguir medios de transporte para ir a Francia. Por fin, en 1920 pude
encontrar pasaje para mí i mi familia. Llegamos a París. La primera mala noticia que tuve
fue la grave herida que sufrió nuestro amigo Perrot durante uno de los fieros combates
cerca de Verdún. Lo encontré deprimido. Su mano derecha estaba inutilizada. Ya no podía
ejercer la cirujía.
Enseguida me dediqué a ampliar mis estudios profesionales. Me inscribí en el tercer curso
de la Facultad de Medicina i en la Escuela de Puericultura de la Universidad. Intensifiqué
mis conocimientos en Pediatría bajo la tutela de varios de los más afamados especialistas
en esas asignaturas: Broca, Marfán.
Entretanto, hice mi primer viaje a Berlín. Allí en el Hospital de La Chanté, tomé un curso
de cirujía infantil que duró tres semanas, durante las vacaciones del verano de 1921.
Después que me aprobaron todos mis cursos ordinarios en la Facultad de Medicina de
París, escribí mi tesis sobre el Cáncer del Pulmón, bajo la dirección de mi querido patrón en
el Hospital Saint Antoine, el Prof. Antoine Chauffard. Ese trabajo, la culminación de mis
aspiraciones, fue calificado con nota de Bueno en la tarde del 2 de enero de 1923.
Continué asistiendo a los hospitales en donde pude estudiar casos cancerosos que yo
nunca había visto, i los cuales sirvieron para ampliar mis conocimientos en Cancerolojía.
También, recomendado por mi amigo el importante masón Dr. Salvador Paradas, asistía a
varias sesiones de una lojia masónica “La Fraternité des Peuples”. Allí reanudé las amistades
que había descuidado mientras estuve atareado en mis cursos finales en la Facultad. Entre mis
cofrades más íntimos debo citar a M. Le Duc, quien consiguió para mí un apreciable descuento
del pasaje marítimo que utilicé en el viaje de Burdeos a Santo Domingo.

En Santo Domingo
Llegué aquí con mi familia después de agotar casi el último centavo de lo que llevé para
nuestra subsistencia en Francia. Ninguno de mis deudores en Samaná, en San Francisco i
en San Pedro de Macorís cumplieron con sus respectivos compromisos. Todos me causaron
pérdidas que jamás pude recuperar. La inesperada e importante baja del precio del azúcar,
que hizo fracasar a todos los que, como yo, invertimos dinero en el cultivo de la caña, sufri-
mos el resultado de esa desventura.

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Afortunadamente, enseguida que llegué a la Capital conquisté importante clientela


entre la gente de pocos recursos económicos. Antes de poderme instalar con el escaso
mobiliario que de segunda mano pude adquirir, reduje mi labor en un apartamento no
mui adecuado para contestar a quienes reclamaban mis servicios. Aún así, desde que pude
echar en bolso algunos chavos, decidí ir a San Fco. de Macorís, de donde había recibido lla-
madas para que de nuevo fuera a vivir allí. Hice, pues, ese viaje. Me recibieron con la banda
de música municipal i con repetidos vivas que juzgué sinceros. Desde que llegué, algunos
de mis viejos clientes reclamaron que les hiciera consultas. Varios de ellos desearon que yo
aceptara alojamiento en sus respectivos hogares. Me hospedé en la única limpia posada que
juzgué adecuada para mí. Durante dos días fluctué entre si debía o no volver a ejercer en
aquella ciudad. En un momento de entusiasmo alquilé una casa para si decidía volver allá.
Pero después de pagar por adelantado el primer mes de arrendamiento de ese inmueble,
supe que en una farmacia de allí se tramaba un plan con el objeto de que yo me desilusionara
i no regresar para asistir a mi fiel clientela. Supe también que algunos médicos residentes
en todo el Cibao, inclusive los de Macorís, trabajaban con miras políticas, que no cobraban
directamente a quienes daban servicio sino a los respectivos jefes de las facciones que se
disputaban ser electores ya a favor de D. Pancho Peynado o de mi ex-cliente el Jral. Horacio
Vásquez, ambos aspirantes a la Presidencia de la República. Cuando adquirí la certeza de
tales maniobras, definitivamente decidí trabajar en Santo Domingo. A mi buen amigo el
Licdo. Carlos F. de Moya i a otros de mis buenas amistades no les agradó esa resolución. Al
notarles desagrado les prometí que cada quince días yo volvería a pasar siquiera tres jornadas
junto con ellos. En lo que atañe a los no flacos intereses que dejé allí bajo la administración
de tres personas que juzgué honradas, nada pude recuperar.
Regresé a la Capital con algún dinero para comer i continuar las instalaciones de mi
consultorio i de mi vivienda. La clientela de jente pobre aumentó cada día. Esas humildes
personas propagaron entre ellas i aun, entre acomodados i ricos, la minuciosidad de mi
labor, la exactitud de mis diagnósticos i la relativa modicidad de mis honorarios. Esa jente
propagó varios de mis “aciertos” profesionales. Otros, menos pobres y no pocos acomoda-
dos i ricachos comenzaron a ser mis clientes. I a pesar de que entre unos i otros fallaban en
pagarme mi labor, me contentaba con lo que a duras penas podía cobrar.
Como yo nunca había ejercido la medicina aquí, ignoraba las dificultades que la mayor parte
de los médicos sufrían en el lado pecuniario de nuestra profesión. Con el objeto de estimar la
dimensión de esa costumbre, encargué a mi cobrador que hiciera una encuesta en la calle José
Reyes, desde la iglesia de Regina Angelorum hasta el templo de Las Mercedes. De cada diez
familias que allí vivían, seis de ellas vinculadas con galenos o por desidia o por estafa, dejaban
de satisfacer la deuda que contraían con sus médicos. Estos trataban de compensar esa falla
recibiendo un tanto por ciento del dinero que sus clientes gastaban en las farmacias que despa-
chaban las fórmulas prescritas i también recibían de sus cocheros parte de lo que esos pobres
aurigas cobraban de los moradores en donde ellos conducían a los galenos.
Como yo no debía traficar de ese modo, resolví no conceder crédito a quienes podían
solventar mis honorarios. A partir de esa medida, me consideraron exijente, pero así di
comienzo a vivir más desahogado i a ahorrar dinero.
Poco después de mi instalación en la Capital recibí un telegrama de Sabana de la Mar
requiriendo de mí que fuera allá para consultar a un terrateniente suizo, conocido mío cuando
yo vivía en Samaná. Fui allá. Alcancé a aliviarlo en su precaria salud. No recibí ni un solo

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

centavo para ese largo viaje, sino una constancia de mis honorarios escrita en el testamento
ológrafo del enfermo. El notario o el abogado del moribundo propalaron esa noticia, quin-
tuplicando la verdadera cifra monetaria que yo obtendría según el referido documento.
Esa mentira fue publicada en el diario más leído en el país, lo que, sin duda, hizo aumentar
mi prestijio entre los pudientes, i presuntos clientes de toda categoría. Nunca obtuve ni un
sólo centavo de la “herencia” que el occiso me adjudicó en vez de los honorarios que debía
cobrar por aquella labor profesional.

XVI. Pediatría
Mi anuncio como pediatra graduado en la Escuela de Puericultura de París dio motivo
para que, repentinamente i con urjencia, el Consejo Universitario de aquí nombrara ipso
facto al Dr. Rodolfo Coiscou como Profesor de Pediatría en el Instituto Profesional. Aquella
premura no fue desapercibida por nadie. Era una traba para que yo no pudiera aspirar a
tal nombramiento. Mis clientes no tardaron en comprender esa maniobra. Así fue como mi
tarea de medicina infantil se hizo palpable en cantidad i en calidad.
Antes de haber sido elejido Presidente de la República el Jral. Horacio Vásquez, mi
viejo conocido desde el Cibao, envió a D. Víctor Lalane a proponerme como candidato a
la Senaduría de Samaná, i trabajar ese cargo en contra de mi amigo i colega el Dr. Alberto
Gautreau. No acepté dicha proposición, primero porque nunca he querido ocuparme de
asuntos políticos; segundo, porque durante i después de enfrascarme en la cosa pública yo
perdería la clientela que me estaba favoreciendo i también porque el Dr. Gautreau hubiera
considerado esa actitud mía como una falta de aprecio a su persona.
Para calmar el desagrado del Jral. Vásquez, le sometí la idea de nombrarme Director del
Laboratorio Nacional, cuyo cargo estaba vacante. Me complació no con buenas ganas. En
ese puesto modifiqué varias disposiciones i sujerí algunas reformas necesarias para el mejor
funcionamiento de esa oficina. A principios de marzo de 1925 un oficial de Sanidad llevó a
mi despacho muestras de arroz extranjero para ser analizadas. El resultado de una de esas
pruebas la calificó impropia para el consumo. Volvieron a traerla con un pretexto fútil. Reiteré
dicho examen. El resultado fue idéntico al anterior. Al otro día de enviar el oficio referente a
ese último análisis recibí una comunicación de la Presidencia i en ese oficio gubernamental
se cancelaba mi nombramiento. Fue una liberación para mí, sobre todo porque esa labor
perjudicaba a mi creciente clientela.
Entregué, bajo inventario, los inmuebles de ese Laboratorio. Al día siguiente publiqué en
el Listín Diario los motivos que orijinaron esa destitución. El Ministro de Sanidad respondió
a mi artículo con visible irritación. No quedé complacido con los exabruptos del Sr. Ministro,
i para cerrar esa polémica inserté en dicho periódico la causa que motivó esa disposición i
también publiqué, en la misma edición, un pequeñísimo anuncio en el cual yo pedía comprar
cierto volumen editado por las autoridades de la recién extinta intervención americana en
nuestro país. Ese, al parecer simple reclamo, terminó la desagradable disputa que en esos
días perturbó el ritmo ocupacional con mi clientela.
Años después, D. Horacio reanudó conmigo el afable trato que me daba antes de esa
disputa. Los allegados al Sr. Ministro de Sanidad, convencidos por las razones que yo tuve
cuando rechacé el consumo de dicho arroz, se mostraron benevolentes para mí. Felizmente,
esa poco común reconciliación todavía perdura.

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

En agosto de 1925 la Sanidad me invitó a que fuera a la Avenida España a examinar un


enfermo sospechoso de sufrir viruela. Otros médicos ya lo habían examinado. No aceptaron
tal diagnóstico. En verdad, ese sujeto presentaba todos los signos i síntomas de ese que-
branto. Como yo notara que no estaban satisfechos con mi opinión, llamé al Dr. Wenceslao
Medrano, Jefe de los médicos militares, para que comprobara mi diagnóstico. Cuando él lo
aprobó, le sujerí que para evitar la misma epidemia que nuestro país sufrió en el 1922, se
debía vacunar, manu militari a todos los que habitaban en esa manzana i a los colindantes
con ella. Durante horas de la siguiente madrugada se procedió a esa vacunación. Hubo
protestas, sustos, lágrimas, orijinadas por esa sorpresa, tanto más cuando en esa época la
Capital vivía aterrorizada con inusitados desmanes gubernamentales. Así fue como, gracias
al recuerdo de lo que hice en San Fco. de Macorís, durante los meses de la gripe española
allí, merced a ese único sistema, evité que brotara otra epidemia de viruela. En esa, como en
otras ocasiones, mis maestros fueron adictos a las prácticas del Jral. Gorgas en las epidemias
de la fiebre amarilla i del paludismo en Cuba, en el Canal de Panamá i las Filipinas “Mano
militar o muerte”, tal fue la divisa de las campañas sanitarias en los países colonizados por
los norteamericanos.

Profesor universitario
El Gobierno de Horacio Vásquez me nombró Profesor de Medicina en la Universidad
de Santo Domingo. —Cuando el Jral. Trujillo se apoderó del Gobierno, hice que el nuevo
Presidente, Licdo. Estrella Ureña, ratificara mi reciente nombramiento, que no fue bien
acojido en dicha Universidad. El Dr. Arístides Fiallo Cabral fue uno de los que rabiaban
contra mí. De nada le valió esa inquina. Mis nuevos alumnos estaban contentos con el
método de estudios a que les sometí. Durante años fui maestro en esa enseñanza, hasta que
una mañana, durante la investidura de unos alumnos míos, denuncié, en pleno salón, la
futilidad de la exajerada pompa desplegada en esas ceremonias, parecidas a las impuestas
por Hitler i por Mussolini. Aquello fue una bomba destructora del orgullo de Trujillo. El
Dr. de Marchena, mi venerado i buen amigo, temió por mi vida i aconsejó a mi antiguo
condiscípulo, el Licdo. García Gautier, que me custodiara hasta dejarme seguro en mi casa.
Ese día Trujillo estaba ausente de la Capital. Seis días después, tan pronto regresó, uno de
mis “compañeros” profesor de la Facultad de Medicina, corre-ve-idile del tirano, le denun-
ció lo sucedido en aquella investidura. Enseguida Trujillo dio orden para que anularan mis
funciones como catedrático, publicó en el Listín un mandato recomendando a los emplea-
dos públicos que no utilizaran mis servicios médicos i mandó a que yo me presentara en
el Palacio Nacional para amonestarme i hacerme recordar lo que él, Trujillo, acostumbraba
hacer a sus enemigos. Fui sustituido por Elpidio Ricart.
Mi amigo i antiguo condiscípulo, Abelardo Nanita, sentado en su despacho, frente a mí,
me leyó esas instrucciones. Sin inmutarme, le dije que yo no ignoraba la suerte que corrieron
todos los que se atrevieron a perturbar al Sr. Presidente. Salí del Palacio haciendo el propósito
de emprender largo viaje por Europa. Días después llevé a cabo esa resolución.

Tercer viaje de estudios a Europa


Dos años después regresé del Viejo Continente, enriquecido con nuevos conocimientos
adquiridos en hospitales de Francia, Béljica, Alemania e Italia. Aquellos años de tranquilidad
espiritual me proporcionaron inmensos beneficios profesionales i culturales.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Recién llegado a mi domicilio, Trujillo envió al Dr. Robiou para invitarme a volver a mis
faenas en la Facultad. Le expuse algún pretexto para excusarme de no aceptar esa propues-
ta. Dos horas después volvió Robiou, acompañado de mi querido maestro el Dr. Salvador
Gautier, quien me aconsejó aceptar lo que Trujillo me proponía. Al sentir que ambos visi-
tantes estaban preocupados, acepté volver a la Universidad. El mismo Trujillo me solicitó
para rendirle un servicio de mi profesión. Lo complací i durante esa audiencia recordamos
el buen éxito que alcancé cuando asistí a la Sra. X, atacada de paludismo pernicioso. Desde
el día de esa reconciliación, volví a ser consultante ocasional de sus achaques i de los de
algunos de sus familiares.
Mi clientela i mis haberes resucitaron i continuaron aumentando.
Cuando en septiembre de 1930 un fuerte ciclón hizo estragos en nuestra capital, prodigué
servicios i dinero a infinidad de heridos, de infectados por disentería i establecí, a mano
militar, la vacunación antitetánica a todos los accidentados.
Además, en varias casas de concreto de mi propiedad, di alojamiento gratuito a más
de trescientas personas que arruinadas por el huracán, huyeron de sus domicilios. En esos
días mi intensa labor, de día i de noche, agotaban mis fuerzas, tanto más cuanto que sufría
al ver a mi hija mayor, Carmelita, inmóvil a causa de una fractura ocurrida en la noche del
ciclón. Nunca había yo soportado tantas ineludibles calamidades.
Después comencé a gozar, con nuevos progresos en mi capacidad profesional. Mis
cátedras en la Facultad de Medicina eran concurridas con el mayor interés de los mejores
estudiantes. Me empeñaba en ilustrarlos con proyecciones fotográficas elaboradas por mí.
Les indicaba hacer estadísticas de casos de paludismo, de filariosis i de otras enfermedades
que abundan en nuestro país. Tanto ellos, como yo mismo, disfrutábamos placer en esas
labores i en otras prácticas necesarias para aumentar sus conocimientos.

XVII. Liga Dominicana contra el Cáncer


En el año 1924, mi querido amigo i antiguo condiscípulo, Esteban Buñols, nos trajo
de La Habana una magnífica idea: establecer aquí una Liga contra tumores malignos.
De ahí nació nuestra “Liga Dominicana contra el Cáncer, Inc.” Junto con varios médi-
cos, muchos de ellos ex-discípulos míos, se fundó dicha Institución. Desde entonces,
gratuitamente, trabajé en ella, asistiendo a cancerosos i leucémicos, pronunciando
conferencias, haciendo viajes al extranjero para ponerme al día en la especialidad que
adopté desde el año 1923, antes de presentar mi tesis en París sobre Un caso de cáncer
pulmonar. También, durante mis funciones en nuestra Liga, publiqué i continúo publicando
varios artículos al respecto de nuestra prensa diaria i en revistas científicas del exterior.
Con el mismo fin personalmente he extendido hasta las provincias mi propaganda verbal
contra esa dolencia. No he dejado de representar a nuestra Liga en Congresos celebrados
en el extranjero, en los cuales he leído ponencias i he intervenido en discusiones acerca de
Cancerolojía. Desde que se fundó nuestra Liga, contribuyo a su sostenimiento pecuniario.
Ya he invertido decenas de miles de pesos, a título gratuito, para construir el edificio que
ocupa el actual Instituto de Oncolojía i proveerlo de diversos instrumentos indispensa-
bles para su funcionamiento. Tal es mi dedicación gratuita a ese respecto que, también
con mi propio peculio he construido un apartamiento anexo a ese Instituto para vivir
en él i así poder ejercer, con mayor eficiencia, mis deberes como Presidente de la Liga i

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Director de nuestro Instituto. Las actas de nuestras sesiones, la opinión de las Hermanas
Mercedarias de la Caridad, médicos i otros operantes de nuestro hospital, la clientela que
va allí, los libros de nuestra contabilidad, desde el principio manejados por el acucioso
Dr. Machado, así como otras incumbencias, pueden demostrar el fervor, la prudencia, la
pulcritud i la honradez de nuestras labores en esa caritativa empresa. Menos uno, todos
los rejímenes gubernamentales que se han sucedido en nuestro país, desde la fundación
de esa Liga i de nuestro nosocomio, han cooperado en nuestra empresa. La garantía de
nuestra probidad i solvencia ha promovido magníficas intenciones en algunas provincias
del pueblo dominicano i de otras naciones que están luchando por dar mejor tratamiento
a esos malignos quebrantos. Las tarjas de bronce que adornan el vestíbulo de nuestro
hospital denuncian la filantropía de aquellos que nos han ayudado con abundante dinero
i con otros auxilios.
Como es natural en la maldad del comportamiento humano, la “Liga Dominicana contra
el Cáncer”, sociedad estrictamente benéfica i educativa, ha salvado escollos en su camino.
¡No importa! Continuaremos en la misma vía que hemos trazado para llevar a nuestros
pobres cancerosos la piedad i el tratamiento que exije nuestra misión.
No me contenté con dedicar tiempo i peculio al socorro de los verdaderamente necesita-
dos. He establecido en el Santo Cerro un amparo para niñas huérfanas de padre i madre: la
“Fundación Pierre-Bennett-Pieter”, la cual financiaré en vida i después de mi fallecimiento.
No sé el alcance que tendrá ese indispensable refujio, pero, salvo desgracias inevitables,
llegará a evitar muchas desventuras morales i materiales a centenares de infantes, ado-
lescentes i jóvenes infelices que están al borde de profundos infortunios. En el año 1970
comencé a socorrer otras Fundaciones, destinadas al mejoramiento de niñas huérfanas que
carecen de quienes deben sustentarlas. Esas congregaciones son: la del “Cardenal Sancha”,
“Los Sagrados Corazones”, asilo “Srta. Mercedes Amiama” i el “Sagrado Corazón del Niño
Jesús”. Todos esos refujios están ubicados en o cerca de Santo Domingo. Las compasivas
Hermanas Mercenarias de la Caridad, i posiblemente otras congregaciones de igual carácter,
me ayudarán a llevar a cabo ese experimento.
Mi placentera labor en la Liga Dominicana contra el Cáncer i en el Instituto de Oncolojía
no se limitaba a servir a los cancerosos que acuden allí, sino que, aún aquellos indijentes que
están cerca de morir en su propio domicilio, cuentan con la asistencia nocturna de las Siervas
de María, a quienes doi i siempre daré mis subsidios monetarios para que puedan cumplir con
el propósito de esa caridad. Todas las disposiciones que he inventado para ser útil a quienes
positivamente las merecen, han sido consultadas con mis dos queridísimas hijas Carmelita
i Dora, quienes comparten conmigo la felicidad de servir a indudables desvalidos. Tanto
ellas, como yo mismo, nos complacemos en apartarnos de lujosas apariencias i de fastuosas
ostentaciones: así nos es más factible cumplir con los preceptos que nos impone el amor a
los pobres que sufren de lesiones cancerosas i también a niñas miseriosas expuestas a caer
en el antro de la inmoralidad.
Alrededor de todos esos quehaceres rondaba mi vieja afición a la literatura. Versos
publicados o archivados, prosa literaria (cuentos, relatos pastoriles), artículos descriptivos
de lo que veía en mis andanzas por varias rejiones del Mundo, charlas i artículos científicos
destinados a instruir a los profanos en Medicina i, sobre todo, insistente propaganda para
hacer observar reglas en la alimentación, en la profilaxia de lo peor que puede suceder en
las enfermedades cancerosas i en otros quebrantos menos graves. Así me entretenía durante

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

los ratos de menos intensas ocupaciones requeridas por mi numerosa i exijente clientela
profesional.
Como siempre, de día i hasta en altas horas de la noche, continúo ocupándome con las
enseñanzas cosechadas en libros i en otras publicaciones que puedan aumentar la instruc-
ción de mi intelecto. He tenido la suerte de no ser incapaz para aprender idiomas i dominar
la mayor parte de sus frases: francés, inglés, italiano, portugués i también, aunque menos,
el idioma alemán, el cual descuidé por no gozar de oportunidades para practicarlo en con-
versaciones con germanos. Sin embargo, cuando paso algunos días en la patria de Goethe,
o en Suiza, ese lenguaje renace en mi cerebro i en mis labios.
Parece que no he perdido tiempo en faenas que talvez pueden ser útiles para contri-
buir a mejorar algunas de las dolencias de la humanidad. Tengo el modesto orgullo de,
hasta ahora, haber sido galardonado con algunas credenciales, entre las que debo citar:
Oficial de la Légion d’Honneur (Francia); Oficial de L’Instruction Publique (Francia);
Palmas Académicas (Francia); Comendador de la Orden de Juan Pablo Duarte (Rep.
Dominicana).
Ocupo un puesto en la Sección Financiera de la Unión Universal contra el Cáncer, i miembro
de The Royal Society of Medicine, de Londres. El 5 de octubre, 1968, fui galardonado, en Roma,
con una medalla de oro que me impuso la Academia Tiberina. Mi nombre se cita en varias
obras de Medicina que tratan de Cancerolojía i de otras ramas de mi profesión. He publicado
tres ediciones de mis Apuntes de Cancerolojía, opúsculo bastante solicitado por algunos galenos
i estudiantes de varias partes del Mundo.
Aunque nunca he sido aficionado a actuaciones políticas, no he dejado de interesar-
me por el bienestar del pueblo en donde nací i habitualmente resido. Una de las veces
señaladas con ese natural sentimiento fue cuando, al apadrinar en la investidura en el
doctorado de uno de mis discípulos, me irrité al ver un pomposo retrato de Trujillo ro-
deado de flores, ante el cual todos los que pasaban frente a él, en esa ceremonia, debían
inclinarse. Al llegar mi turno, en vez de hacer esa fastidiosa reverencia, pronuncié en voz
alta, unas frases violentamente improvisadas, en las que delaté la pobreza de la instrucción
en todos los cursos de la Facultad de Medicina de nuestra Universidad, comparada con
el fastuoso rito del acto que estábamos celebrando. Entre otras palabras dije que sólo los
villanos, asalariados por Hitler i Mussolini, se atrevían a molestar la conciencia de quie-
nes repudiamos esas lisonjas. Aquella inesperada bomba fue lanzada en pleno ambiente
nacional trujilloniano, cuando nuestro César (?) afiliado a aquellos dos tiranos en plena
segunda guerra mundial, se consideraba indestructible e inatacable. El Señor Rector de la
Universidad, que fue mi antiguo condiscípulo en la Escuela Preparatoria “La Fe”, quedó
atónito frente a mí. Pero enseguida descendió de su tribuna, cruzó el salón, penetró en la
Secretaría Universitaria i al poco rato regresó a su atril para injuriarme con frases que no
encajaban en la pájina de esa académica reunión. Entre otras sentencias, lo oímos vociferar:
“¡No sólo de pan vive el Hombre!”.
Ahora continúo encuevado en el departamento que ocupo en el segundo piso de este
hospital. Pronto comenzaremos a construir el tercer piso. La afluencia de cancerosos que
vienen a nuestras consultas, nos obliga a seguir construyendo, con las limosnas que siempre
nos dan.

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Apéndices
Diploma
De agradecimiento al Dr. Heriberto Pieter-Bennett:
“Fue contribuyente al auxilio de la guerra americana (U.S.A.) y que su interés y su gene-
rosidad han sido sinceramente apreciadas por el Comité Americano de Auxilio de Guerra.
La Cruz Roja Americana le está hondamente agradecida y desean expresarlo por medio de
este testimonio permanente. 1942-1945.
P. Newman.
Otros diplomas:
Instituto Profesional de Santo Domingo, 24 de octubre, 1906 (Lic. en Medicina).
Resp. Logia “Cristóbal Colón”, 25 de julio, 1908.
Nombramiento de Médico de Sanidad de San Francisco de Macorís, 5 agosto, 1908.
Nombramiento de Médico del Puerto de Samaná, 26 de octubre, 1908.
Nombramiento de Médico Legista de Samaná, 29 de agosto, 1910.
Cuerpo de Bomberos Civiles de San Francisco de Macorís, Brigada de Sanidad, 2
mayo, 1911.
Consejo Superior Directivo del Juro Médico de la Rep. Dominicana, Pacificador, 21 de
enero, 1916.
Nombramiento de Médico Legista y de la Cárcel de San Francisco de Macorís, enero
17, 1918.
Exposición Regional del Cibao, en Santiago de los Caballeros, 1918. Expuse la primera
fotografía en colores aquí, en la Rep. Dominicana.
Universidad de Escuela de Puericultura de París, 23 junio, 1921.
Miembro Oficial de la Instrucción Pública, Rep. Francaise, 2 mayo, 1938.
Miembro del Ministerio de la Education Nationale Francaise, 24 de mayo, 1938.
Colegio de Profesionales Universitarios del Distrito Nacional, 3 de abril, 1950.
Comendador de la Orden del Mérito Juan Pablo Duarte, 4 de marzo, 1952.
Orden Nacional Francesa de la Légion d’Honneur, 4 octubre, 1954.
Orden de la Légion d’Honneur, Presidente Alliance Francaise, 10 diciembre, 1957.
Asociación Médica Dominicana, 27 de septiembre, 1958.
Miembro de la Academia de Ciencias, New Jersey, 21 de febrero, 1960.
Miembro de la Sociedad de Citología del Cáncer. Miami, U.S.A. 9 mayo, 1960.
Miembro de la Real Academia Española, correspondiente a la República Dominicana,
12 abril, 1962.
Societé pro Culture Francaise, 5 enero, 1967.
Miembro de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, 24 julio, 1967.
Ateneo “Amantes de la Luz”, Miembro Honorario. 26 enero, 1968.
Sociedad Real de Medicina, Londres, 6 mayo, 1969.
Ayuntamiento del Distrito Nacional. 27 de septiembre, 1969.
Universidad Autónoma de Santo Domingo, 3 abril, 1971.
De Honor de la República Francesa.
Palmas Académicas, Francia.
Oficial de la Legión de Honor.
Gran Cruz de la Legión de Honor.
Miembro de la Royal Medicine de Londres, Inglaterra.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

En periódicos de esta capital se publica que:


Fui el primer médico que introdujo en nuestro país el modo de utilizar el termómetro
clínico, bucal o rectal, 1911.
Fui el primer médico que introdujo en nuestro país el modo de examinar las amígdalas
i la farinje, tanto en los niños como en los adultos, 1911.
Fui el primer médico que utilizó el 606, antisifilítico, intravenoso, 1911, Echrlich.
Fui el primer médico en nuestro país que utilizó el Bismuto antisifilítico, intramuscular
i el 914. Echrlich, 1923.
Fui el primer médico en nuestro país que hizo la punción lumbar, 1911.
Fui el primer médico en nuestro país que utilizó el tratamiento sacro-coxíjenea contra
tétanos, 1930.

Las obras en que me han citado:


Journal Scientifique du Medecin. Julio, 1912.
Notas sobre la coloración de las placas de sangre, en Paludismo. Julio, 1912.
Précis de Pathologie Exotique, Le Dantec, Bordeaux, 1921.
Précis de Parasitologie, E. Brurnpt, 1936.
L’Heredité en Médicine, A. Touraine, 1955.
Reunión de Cancerología, entre Profesores del Japón, junio 1959.
Miembro del Comité Scientifique de Cancerologie. Bruxelles, 1961.
Apuntes de Cancerología, (3 tomos), Dr. H. Pieter-Bennett, 1961-4.
Revue Europeenne de Cancerologie. Dr. H. Pieter-Bennett, 1969.
Notas sobre el Médico Dominicano, 1971.
Algunos artículos que publiqué en periódicos dominicanos, Listín Diario, El Caribe.
Journal Scientifique du Medecin (Hematología).
La Nación. Dietética, varios artículos.
Alpha, San Francisco de Macorís.
Unión Internacional contra el Cáncer.
La Presse Medicale. Alcaptonuria.
El Prof. A Le Dantec me cita en su Précis de Pathologie Exotique. Páj. 293. En el año 1924
estudié una epidemia de paludismo en la bahía de Samaná. El Dr. Oliveira puede leer esa
cita.
En la páj. 537 del Precis de Parasitología hai una cita que se refiere a un estudio que hice
sobre Disentería Balantidiana, año 1936.
En la páj. 238 el Prof. A. Touraine me cita en su Genetique Generale: Mi primer trabajo
sobre Alcaptonuria. Año 1955.
En el Manual International Union Against Cancer, pájinas 67 i 91 me citan como Miembro
del Consejo de Finanzas de la Unión Internacional contra el Cáncer.
En la Revue Européenne de Cancerologie, figuro como Miembro del Comité Científico de
esa Revista, 1962.
Mi correspondencia que se ocupa de Alcaptonuria. Me escribe mi apreciado amigo el
Dr. Robert Austin Milch.
El 27 de julio de 1912 en el Journal Scientific du Medicin apareció mi artículo referente a
un procedimiento que inventé sobre la coloración de las placas de sangre para diagnosticar
el paludismo, sobre todo el pernicioso.

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Los artículos publicados en la Revista de la Sociedad Médica Dominicana, fueron comen-


zados en el año 1904, durante varios años antes de ser graduado de Médico en el Instituto
Profesional de la Rep. Dominicana.
Mi Ponencia en el Congreso Médico de Jamaica, año 1965. Hasta hoi no ha sido publicada.
Mis artículos en periódicos i revistas publicados en nuestro país i en el extranjero, pueden
encontrarse en bibliotecas públicas i privadas.
Discursos en Provincias, propaganda a favor de la Liga Dominicana contra el Cáncer.
Recomendaciones a favor del Dr. H. Pieter-Bennett.
Loas a la maravillosa obra de Laurig V. Boethi.
Numerosos artículos en el Listín Diario, probando que Shakespeare no fue el autor de las
obras atribuidas, a las que han sido publicadas bajo el nombre de William Shakespeare.
Hasta hoi he publicado numerosos poemas, cuentos, noveletas, en francés, en inglés,
esparcidos en diarios, en opúsculos, etc., producidos aquí, en mi patria i en donde quiera
que tuve tiempo para escribirlos. Considero que la mejor i más sentida de todas esas pro-
ducciones es Agua Fuerte, dedicado a mi querido amigo Aris Azar, que hace años murió. La
Opinión, de esta capital publicó el trájico poema.
Total: 130 artículos publicados, a favor de la Liga Dominicana contra el Cáncer. Oc-
tubre, 1971.
Fecha de mi llegada definitivamente al Hospital del Cáncer: Enero, 1968.

Discursos
Discurso pronunciado por el doctor Heriberto Pieter en la inauguración del hospital
“Doctor Pascasio Toribio”
Ill. Rev. Monseñor Hugo Polanco Brito.
Sres. Secretarios de Estado de Salud i Previsión Social, i de la Presidencia,
Sr. Médico Director de este Hospital,
Señoras, Señores.
Expreso aquí mi agradecimiento para las Autoridades que me invitaron a esta ceremonia.
Hace unos cincuenta i siete años que por primera vez vine al poblado de JUANA NÚÑEZ,
archicrecido hoi bajo el nombre de SALCEDO.
Yo acababa de graduarme de médico i cirujano.
Con la firme intención de radicarme aquí, portaba una carta de mi inolvidable amigo el
Dr. José Dolores Alfonseca para su correlijionario el Jeneral Pascasio Toribio quien me acojió
con benevolencia i me ayudó a iniciar clientela entre sus conocidos.
En aquella época, su hijo predilecto, aquel que más tarde debía ser el Doctor Pascasio
Toribio Piantini, a quien hoi se dedica este Hospital, apenas contaba con 16 años de edad.
Desde que nos conocimos, el jovenzuelo i yo trabamos una amistad tan estrecha i sincera
que hasta la fecha no ha menguado.
El honor que ahora le estamos dispensando es su más valiosa acreencia i corresponde
a los méritos de su ejercicio profesional, de excelente jefe de familia, de sincero amigo i, en
jeneral, de buen ciudadano.
Desde lejos he concurrido a cumplir el deber de presenciar este acto de justo i oportuno
reconocimiento.
Espero que quienes laboren en esta casa de salud que ahora estamos inaugurando,
sepan respetar i ennoblecer el nombre que se le ha dado. Que no conviertan este hogar de

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

sufrimientos, de alivio i de resurrección en una arena en donde la política vulgar, las pasiones
rastreras, la ambición i el lucro sean los únicos motivos para aparentar un ejercicio limpio
cuyas actividades, en verdad, no figuran en las obligaciones de nuestra ocupación.
Para contrarrestar esas posibilidades yo pudiera presentar un ejemplo netamente do-
minicano, de buen clima nosocomial, en donde médicos, Hermanas Mercedarias, otros fun-
cionarios, así como sirvientes de esa Institución practican la caridad cristiana sobre la pauta
del código de Hipócrates i las reglas de la más elevada ética profesional. Pero a mí no me
toca hacerlo. Sin nombrarlo, sólo debo mencionarlo… ¡Ojalá que este reciénnacido hospital
pudiera amamantarse en el seno de las virtudes de aquel envidiable centro de cooperación
científica a la vez que humanitaria.
Antes de terminar ruego al colega homenajeado, a su querida familia i a todos aquellos
que como yo bien lo queremos, aceptar este tributo mío como una prueba de sincera i vieja
veneración a sus virtudes i a sus meritorias actuaciones.
Salcedo, República Dominicana, 30 de noviembre de 1963.

Discurso de cumpleaños (80),


Pronunciado por mí en la tarde del 16 de marzo, 1964
Damas i Caballeros:
En esta hora, una de las más solemnes en el curso de mi larga vida, agradezco a la Divina
Providencia haber permitido que yo sea uno de los que, usando artimañas i subterfujios, se
haya revelado contra la vieja fórmula 20 más 20 más 20 más 10, con la cual las Santas Escrituras
pretenden limitar el término de la existencia humana. Hoi me plazco en agregar 10 años a las
cifras de este cuatrinomio, que en vano se afana por ser ineludible. Con el fin de burlarme de
él, quizás estoi cometiendo un grave delito. Si es así, espero que el Destino me absuelva, ya que
me asiste el derecho de vivir para procurar el bien a mis semejantes –i acaso, cuando menos lo
piense o lo desee, causar alguno que otro involuntario daño a quienes tal vez no lo merecen.
Por haber cometido el insólito atrevimiento de lograr existir más de lo ordinario, he sido
castigado con la pena de ser testigo en las escenas de creciente corrupción que amenaza destruir
la urbanidad, el respeto i la piedad en todos los ámbitos de nuestro infortunado Mundo.
La inmerecida desgracia que hoi nos está envileciendo no debe alterar en mí el valioso
tesoro de gratitud acumulado por las costumbres que imperaban allá en mi infancia i aún
más tarde, durante mi azarosa mocedad.
I es debido a esa inalterable prenda de buena crianza que en este momento, más que
nunca, agradezco a mis inolvidables abuelos, a mis bien amados madre i padre la pobreza,
casi la indijencia en que honestamente vivieron cuando me educaron i la que cumplieron
hasta el fin de sus días. Junto a sus limitados recursos materiales ellos me inculcaron los
principios de la humildad. Poco a poco, merced a los consejos de esos mis antecesores, la
indijencia substancial se ha ido esfumando; pero al correr de esta era de anarquía universal
nadie puede atreverse a predecir lo que el futuro nos reserva. En cambio, la humildad ha
persistido en mí, i felizmente para mi sosiego, ese riquísimo atributo no deja de prosperar
aún en medio de las más tentadoras circunstancias.
A los bellacos que sembraron infinidad de obstáculos en la senda de mi emancipación
intelectual les agradezco el rigor de los diversos procedimientos que emplearon contra mí.
A ellos les estoi agradecido, por que en vez de entorpecer el vuelo de mis aspiraciones, lo
estimularon. Con las punzadas de ese vil acicate alcancé la meta de mi deseo.

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Hoi también estoi obligado a recordar la bondad de las personas que se empeñaron en
darme aliento cuando en mi adolescencia i en mi incipiente juventud yo caminaba caute-
losamente evitando las espinosas dificultades que encontré en el viacrucis de mis estudios
profesionales.
Pero sobre todo, agradezco a quienes han tenido la benevolencia de preparar i dedicarme
esta demostración de pura amistad.
A mis compañeros de labor en las actividades de la Liga Dominicana contra el Cáncer,
a las misericordiosas Hermanas Mercedarias de este Instituto, a las relijiosas de otras Co-
munidades, a mis antiguos buenos colegas i buenos discípulos universitarios, a todos los
aquí presentes, así como a mis otros verdaderos amigos míos que por una razón u otra no
se encuentran ahora en esta sala, encarecidamente les ruego aceptar mi más sincero recono-
cimiento junto con la no menos cierta gratitud de mis más queridos familiares.
No me es posible dar término a esta plática sin evocar la memoria de aquellos ya falleci-
dos maestros i fieles compañeros míos que nunca tuvieron celos ni pusieron trabas cuando
contribuían en el buen éxito de mis ocupaciones ministeriales. En honor de aquellos des-
aparecidos, las más hermosas flores de mi recuerdo vivirán en mi memoria i aseguro que
sus pétalos jamás llegaran a marchitarse.
¡Amables oyentes!, en esta venturosa tarde de gran regocijo para mí, me complazco en
repartir entre vosotros millares de millones de mis mejores deseos para que alcancéis larga
i provechosa vida, i que en el curso de ella podáis disfrutar de momentos iguales al que en
este instantes me estáis proporcionando.

Palabras pronunciadas por el doctor Heriberto Pieter-Bennett


en el estreno de la fundación Pierre Bennett-Pieter, celebrado el 28 de marzo, 1965,
en el Santo Cerro, Provincia de La Vega, Rep. Dom.
Doi comienzo a este acto evocando la memoria de aquel ilustrado i caritativo sacerdote,
el Padre Francisco Fantino Falco, benefactor de esta su amada feligresía, lejendario asiento
de católica veneración.
Gratuitamente, en mis años mozos recibí de este erudito relijioso las lecciones de latín
impuestas en aquella época para tener derecho a presentar el examen de bachillerato en
letras. Gracias a su minuciosa enseñanza alcancé satisfactoria calificación en esa prueba.
¡Nunca lo olvidaré!
Confiamos en que el recuerdo de las actuaciones del Rev. Padre Fantino aquí i en don-
dequiera que él nos favoreció con su cristiana labor, nos guiará sin tropiezos por la senda
que hoi comenzamos a transitar.
¡Señores!
Me complazco en obedecer a una lei de misericordia entregando a mis preciadas Madres
i Hermanas Mercedarias de la Caridad las llaves de este modesto edificio construido con
la voluntad de mis afanes, atesorando lentamente el producto de mis labores i alentado
con, el firme propósito que reza en esa tarja: PARA QUE HAYA MENOS HUÉRFANAS
DESAMPARADAS I MÁS JÓVENES LABORIOSAS, HONESTAS E INSTRUIDAS.
Hace más de un cuarto de siglo que tanto aquí, como en el extranjero, vengo observando
las ventajas del réjimen administrativo en vuestra Comunidad. Por eso no he vacilado en
depositar en la piedad de vuestras manos la jerencia de esta Fundación.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Espero que durante años i más años una serie no interrumpida de niñas carentes de
sustento material i espiritual encuentren entre los muros de esta humilde Casa la protección
que bien merecen.
Todo ha sido previsto para alcanzar este fin. Haré donación de suficientes bienes urbanos,
radicados en la Capital de Santo Domingo, con cuyas rentas se pueda cubrir, modestamente,
los gastos económicos que se orijinan en esta misión.
Los nombres que figuran en ese bronce son los de queridos antecesores míos que me conce-
dieron la gracia de conocerlos, de admirarlos i de imitarlos. Ellos fueron mi inolvidable abuelita
materna, mi cariñoso abuelo, su esposo, mi amantísima madre i mi desventurado padre. Esas
cuatro personas me enseñaron a vivir entre la virtud i la humildad, luchando en medio de la
pobreza i cumpliendo con resignación las órdenes de mi Destino. En esta hora, una de las más
solemnes de mi larga existencia, no puedo hacer menos que dedicarles las flores de mi agrade-
cimiento i uno de los frutos más deliciosos cosechados durante mi ruda faena.
Agradezco también a quienes, desinteresadamente, han colaborado en la dirección, en
la vijilancia, con varias dilijencias i con buena voluntad para que esta obra llegara a buena
conclusión después de casi un año de haberla concebido.
Entre esas personas se destacan, prominentes, mis dos únicas hijas Carmelita i Dora
Pieter i mis buenos amigos de muchos lustros doña Clara Tejera de Reid i su esposo. Figuran
también en esta enumeración el Doctor Wilfredo Pichardo, el Licenciado don Luis Julián
Pérez i su esposa, Doña Deidamia de Leroux i su esposo, así como las Reverendas Madres
Mercedarias de la Caridad residentes en Regina Angelorum, la Rev. Madre Juana Estudillo i
sus Hermanas que componen la Congregación de este poblado, la Rev. Madre Emilia Lara de
Santiago de los Caballeros i otras relijiosas i relijiosos, tales como mis compañeras de labor
en el Instituto de Oncolojía “Milagro de la Caridad”, el Reverendo Padre Seco, de servicio
espiritual aquí, en esta venturosa aldea.
Ilustrísimos Monseñores, Damas i Caballeros: Gracias por haber asistido a esta ceremonia.
Espero que en estos momentos habréis podido observar lo que se puede obtener cuando
uno está animado con el propósito de ayudar, socorrer i encaminar hacia buen fin algunas
niñas escojidas entre las huérfanas más desamparadas de nuestra querida Patria.
Abrigo la esperanza de que la mui cristiana obligación que estoi cumpliendo con este
ofrecimiento servirá también para mover a compasión a varios afortunados amigos míos,
o a otros, quienes sin duda, desean imitar este mi deber, pero que, por motivos indetermi-
nados, todavía no se han decidido a materializarlo. Acaso estas palabras que estáis oyendo
realicen no tardíos milagros de piedad i de ventura para la salvación de otros necesitados
que en nuestro país sufren miserias en la orfandad.
28 de marzo de 1965.

En la Universidad Madre i Maestra, Santiago de los Caballeros,


octubre 21, 1967
Damas i Caballeros:
Cuando siendo joven yo ejercía mi profesión en Salcedo, en San Francisco de Macorís o
en otras rejiones de este ubérrimo Cibao, nunca vine a Santiago para divertirme en holgorios
propios de los años mozos.
En aquel entonces mis viajes eran siempre motivados por dilijencias en mi oficio. Aquí
llegaba a conversar sobre temas de Medicina o a asistir a consultas con mis distinguidos

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

colegas Dres. Eldon, Dovar, Márquez Sterling, Grullón, de Lara, Ginebra i otros que jamás
serán borrados de mi memoria ni de mi afecto.
Corriendo el tiempo, no he dejado de visitaros, siempre con la misma intención profe-
sional, aunque especialmente limitada a laborar en bien de vuestros enfermos cancerosos.
Aquí he participado en conferencias, he pronunciado simples charlas dirijidas a profanos i
gustosamente he colaborado en reuniones con algunos de los que fueron mis más distingui-
dos discípulos de la antigua Universidad de Santo Domingo. Pero las más felices horas que
gasté entre vosotros han sido aquellas que transcurrieron durante la inauguración del Centro
Oncolójico Cibaeño, fundado por la Liga Dominicana contra el Cáncer, i a cuyos operantes
no hemos dejado de aconsejar i de admirar los movimientos i actuaciones de nuestro primer
ramo en el crecimiento de nuestro árbol caritativo.
Estoi orgulloso del celo que habéis desplegado en la comisión de esta obra de ciencia
i de socorro, de intenso amor al prójimo i de cooperación en los deberes que a todos nos
incumben en bien de la comunidad.
Es mi deber mencionar aquí a todos aquellos que han contribuido en el desempeño de
los servicios que presta vuestro Centro de Cancerolojía. Pero si yo detallara los nombres i las
actuaciones de cada uno de vosotros, prolongaría en grado sumo la apertura de la Cuarta
Asamblea de la Asociación Médica Rejional del Norte, a la cual he sido invitado.
Os pido permiso para destacar algunos nombres sobre quienes reposa aquí la respon-
sabilidad de esta Asociación i la del Centro Oncolójico que engrandece a nuestra Liga. Pero
no los mencionaré. Temo sembrar con ello la semilla de una discriminación que no debe
jerminar entre vosotros. Todos conocemos mui de cerca a quienes incansablemente traba-
jan para sostener i acrecentar el prestijio de vuestras Asociaciones profesionales. No sólo
Santiago i otras provincias cibaeñas están convencidas i agradecidas de vuestras jestiones.
Todo el país alaba vuestras actuaciones.
El decano de los médicos dominicanos, el más entusiasta de todos vuestros profesores,
aquel que más ha luchado para que nuestro ministerio practique i no olvide las frases del
Juramento de Hipócrates, os saluda cordialmente i desea que esta justa de ciencia i de con-
fraternidad alcance el buen éxito que bien merecéis.

Palabras pronunciadas por el Dr. H. Pieter en el Club Rotario de Santo Domingo, R. D.


en la sesión del 20 de abril, 1965
Sr. Presidente, mi distinguido amigo D. Julio Postigo,
Sr. Dr. D. Arturo Damirón Ricart, excelente compañero mío
en nuestra lucha contra el Cáncer, eminente Rotario Internacional.
Sr. Dr. D. Manuel Valentín Ramos Gómez,
I Sr. Dr. D. Félix Ma. Veloz, ambos mui queridos amigos míos,
promotores de este para mí inolvidable honor.
Damas i Caballeros:
Mucho agradezco a ustedes el homenaje que en esta hora me estáis dispensando.
La humanísima visión de vosotros, estimados Rotarios, ha querido celebrar el deber
que cumplo tratando de ayudaros en la obra de misericordia emprendida por vuestra
institución.
Temo que habéis errado al considerar lo que practico, socorriendo miserias i sufrimientos
entre los pobres de nuestro amado país.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

No creáis que la explicación que vais a escuchar es una simple invención, un pretexto
para evadirme del noble significado de esta sesión que tanto me honra i enorgullece.
Tanto en la pre-historia como en otras épocas de nuestro planeta, sin omitir la era
actual, cuando uno muere, para que la podredumbre no les moleste, los vivos disponen
de nuestros restos mortales. Se deshacen de nosotros por medio del fuego, o, como he
visto en la India, nos convierten en pasto de las aves de rapiña, o como ahora, aquí mis-
mo, nos aprisionan en reducidas sepulturas bajo o sobre la tierra. En el antiguo Ejipto,
al igual que en otros pueblos del Mundo, dinero, joyas, alimentos i otras pertenencias
acompañaban a los muertos en sus tumbas, pero nunca podían ni pueden adjuntarles
todo lo que poseían.
Siempre he tenido en cuenta que cuando una persona llega a acomodarse con alguna
holgura i establece su sostenimiento económico para estar tranquilo durante el resto de su
vida, i cuando alcanza prever lo inesperado i consolida la misma garantía a favor de los
familiares que dependen de nuestra existencia, su deber, su obligación, es auxiliar a quienes
indudablemente sufren los embates de la indijencia.
Tal es, señores, lo que he dispuesto. De ese modo, i bajo las normas de tal sistema, creo
estar cumpliendo i espero cumplir con la mayor parte de mis ahorros financieros.
Esas son las razones de lo que llamáis mi filantropía i las cuales, a mi juicio, están con-
formes con las reglas de los humanitarios principios del Club que en este instante festeja en
mí el mismo jénero de actuaciones que ustedes pregonan.
No terminaré estas palabras sin parodiar un párrafo de la autobiografía de la famosa
cantatriz María Anderson, quien acaba de dar fin a su extraordinaria carrera pública en la
sala del Carnegie Hall. He aquí la base de su pensamiento: “Mi tarea consiste en dar ejemplos
para que otros hagan lo mismo que yo, con mayor facilidad i con mejores resultados”.
Mui distinguidos señores Rotarios: Gracias por haberme dedicado esta para mí memo-
rable reunión i por haber tenido la paciencia de oír las palabras impregnadas de convenci-
miento i de franqueza que acabo de pronunciar.
¡Buena dijestión i buenas noches para todos los aquí presentes!

Palabras para ser pronunciadas en el Instituto de Oncolojía “Milagro de la Caridad”


en la tarde del 24 de octubre, 1968, cuando celebramos
las bodas de plata del inicio de la fabrica que aloja
a la Liga Dominicana contra el Cáncer, Inc. i a nuestro hospital
Señoras i Caballeros:
Como ya en varias ocasiones hemos publicado, la Liga Dominicana contra el Cáncer,
Inc., fue inspirada i recomendada al borde de una mesa de restaurant en la ciudad de
La Habana, Cuba. Los autores de ese benéfico propósito fueron nuestros compatrio-
tas el Dr. Márquez Sterling i el fino escritor D. Esteban Buñols, quien, dicho sea de paso,
fue mi amigo i condiscípulo en una escuela secundaria. Cuando el Sr. Buñols regresó de
aquella ciudad enseguida comunicó a algunos de sus amigos, –entre ellos a mí–, la buena
nueva que nos traía. Después de fatigosas dilijencias, dicha liga fue solemnemente fun-
dada en la mañana del 14 de septiembre del año 1942 en la sala cinematográfica “Rialto”,
calle Duarte.
A pesar de muchos esfuerzos i de algunos tropiezos, el 24 de octubre del siguiente año,
por fin alcanzamos a inaugurar en esta ciudad, calle Sánchez n.o 46, el primer “Instituto del

100
HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Cáncer” en esta isla. Aquel albergue era un remendado e inadecuado local, pero necesario
para dar comienzo a la asistencia de una ínfima porción de pacientes que sufrían lesiones
malignas.
En el curso de los años 1943-1947, cuando estábamos mal radicados allá, en la men-
cionada calle Sánchez, la clientela indijente de aquel Establecimiento había crecido de
tal modo que nuestro local se hizo insuficiente para servirla como ella merecía. Apenas
contábamos con 18 camas, las cuales estaban constantemente ocupadas. En tales condicio-
nes, nos veíamos obligados a rechazar no pocos enfermos; muchos de aquellos ya estaban
moribundos.
El presupuesto pecuniario con que contábamos se hizo escaso para cumplir las más
urjentes necesidades. En más de una ocasión nuestra desde entonces piadosa Madre Admi-
nistrativa, la reverenda Mercedaria de la Caridad, Sor Amparo Jurado, derramaba lágrimas
al considerar lo precario de la caritativa empresa que estábamos atendiendo i cuyo fracaso,
sin un milagro, podría ser inminente. Fue entonces cuando, silenciosamente, comencé a
reunir parte de mis economías para ofrecerla en óbolo a nuestra Liga i a sus cancerosos
indijentes.
En la fresca mañana del primero de enero del año 1947, cuando vacacionábamos en
nuestro empinado retiro, “Domus Hecardorae”, mis queridas hijas Carmelita i Dora, pene-
traron en mi aposento i, como de costumbre, me desearon felicidad. Aproveché ese momento
para consultarles acerca del proyecto que yo estaba concibiendo con el fin de remediar lo
que veíamos en el Hospital para conocidos enfermos que a veces ellas visitaban. Jubilosas,
dieron su aprobación a mi intento de contribuir a levantar un edificio mejor adecuado para
alojar i tratar a aquellos desgraciados.
Dejé transcurrir una semana antes de comunicar ese propósito a nuestra Madre Amparo.
En aquel momento sus lágrimas no fueron de tristeza, sino de alegría.
Durante la sesión extraordinaria convocada para el siguiente 26 de febrero mis consocios
oyeron, admirados, lo que yo había dispuesto para ayudar a salvar del fracaso que amenazaba
a nuestra Institución. Fue en esos momentos cuando les informé mi resolución para ayudar
con cuarenta mil dólares los que exclusivamente debían emplearse en la construcción de un
hospital digno de nuestra empresa.
Mis compañeros i yo no perdimos tiempo para comenzar a practicar dilijencias con ese fin.
Un amigo fiel i cliente mío nos ofreció en venta un sólido i amplío edificio suyo, de concreto,
todavía en construcción, i emplazado en sitio conveniente para nuestras necesidades.
En el curso de algunas sesiones estudiamos detenidamente esa proposición, i al notar
que nos convenía, resolvimos comprarlo, hacerle algunas ampliaciones i reparaciones de
poca importancia, las más urjentes.
A la hora de firmar el contrato de esa compra, el ímprobo Licdo. D. Manuel Antonio
Rivas, Notario en ese acto, nuestro querido i bien recordado consocio en la Liga contra el
Cáncer, me informó que el vendedor del inmueble, por motivo ignorado, había renunciado
a hacer dicha venta en 35 mil dólares, precio convenido de antemano, i que no podía ven-
derlo sino en cincuenta mil. Nos sorprendió esa resolución. Fue entonces cuando después
de cavilaciones i algunas discusiones, decidimos fabricar la obra en el solar donde ahora
estamos reunidos.
No nos es dable referir aquí la increíble historia i el orijen de la inaudita hazaña que se
desarrolló no en la probidad de quien vendía, sino en la voracidad del autor de la maniobra

101
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

que impidió la transacción de aquella propiedad e ignoró la misericordia de nuestra Ins-


titución. Aunque desde fines de mayo de 1961, aparentemente desapareció el peligro que
corríamos si divulgábamos las peripecias de ese extraordinario proceder, dejaremos para
otras jeneraciones el asombro que pueda causarles semejante avaricia…
Gracias a la Divina Providencia, a la conmiseración de quienes siempre nos ayudan i a
nuestro tesonero empuje, ahora celebramos aquí los 25 años de la iniciación de la asistencia
anti-cancerosa en nuestro actual nosocomio que continúa progresando en este valioso edi-
ficio, cuya extensión i prestigio esperamos aumentarlos.
Nuestro infatigable consocio, el renombrado injeniero Don José Ramón Báez López-
Penha, tomó a pecho la construcción inicial de nuestra nueva Casa de Misericordia.
Su pericia i su benevolencia continúan hermanadas para dirijir nuestras extensiones i
darnos los consejos más fructuosos para economizar erogaciones indebidas. Gratuita-
mente, siempre vela por la seguridad i el valimiento de nuestro local. A su experiencia
i dedicación debemos buena parte del progreso del hospital que ahora podéis ver sin
aspirar a habitarlo ni como huésped ni como inquilino en busca de salud o de probable
curación.
Permitid que os recuerde la miseria económica de nuestro nosocomio cuando habi-
tábamos en la calle Sánchez i aún después de ocupar lo que poco a poco alcanzamos a
construir para evitar la derrota de nuestra ambición. Éramos deudores a colmados, a la
Casa Esteva & Cía., así como a otros comercios. Comparad aquellas monumentales, pero
mortificadoras cifras con las consignadas en la última revisión de nuestros libros operada
por la Auditoría Nacional. ¿Quiénes son responsables de esa victoria? La comprensiva,
aunque escasa ayuda gubernamental, el despertar caritativo de nuestros co-habitantes i
la confrontación de la conciencia dominicana con los enormes perjuicios ocasionados por
las enfermedades cancerosas tanto en los hogares paupérrimos como en las mansiones
de los adinerados.
Particularmente la Liga Dominicana contra el Cáncer delata en estas líneas, que la ma-
yoría de los Ayuntamientos de nuestro país son las comunidades que más utilizan nuestros
servicios i las que menos los sostienen con aportes monetarios o de otra especie. Ojalá que
esta denuncia sirva para humanizar las obligaciones que aquellas entidades deben cumplir
frente a nuestros apuros.
Acabo de hacer mención de la “escasa ayuda gubernamental” a la que ya estamos habi-
tuados. La buena voluntad del actual Presidente de la República, Dr. Balaguer, hacia nuestra
Institución, compensa algo de esa escasez, la cual esperamos sea transitoria. Sus actuaciones
a favor de nuestros enfermos traducen la buena fe que en muchas circunstancias él ha sabido
demostrarnos i cuya bondad siempre hemos agradecido.
He dejado para terminar estos párrafos la frase con la cual debía haber comenzado
para regocijarnos en este día de verdadera exaltación: Gracias, muchas gracias, a nuestras
Hermanas Mercedarias de la Caridad, a las Damas adscritas a nuestra misión i a todos los
que han contribuido con poco o con mucho en el maravilloso progreso de nuestra Liga
contra el Cáncer i a quienes no han economizado palabras para exaltar la necesidad de
nuestra misión desplegada en el Instituto de Oncolojía “Milagro de la Caridad” i más allá
de nuestro recinto.

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HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

letras de escritores dominicanos


Por H. Pieter Bennett

El hombre pensativo de Rodin


Hace siglos i millares de más siglos
que envuelto en las redes de mi suerte
caí de un planeta innominado
vagabundo entre otros de su especie.

En vano traté de libertarme.


Los hilos i los nudos de esa trama
burlaron mis intentos
i así me resigné con mi desdicha.

Vencido i agotado por mi esfuerzo,


sin alivio i casi agonizando
rodé hasta el borde de un abismo
tan profundo como era mi dolor.

El fragor de una tormenta


en una noche con truenos i centellas
me hizo un bien i me hizo males
llevándome herido i magullado
entre horrendas asperezas de la vida
hasta un sitio que jamás olvidaré.
Pasó un lapso milenario. Allí me serené
pensando, sin querer, sobre mi caso.

Icores pestilentes de mis carnes maltratadas


corrieron entre hilos i los nudos de la red
que al fin de mucho esfuerzo yo pude desgarrar.

I así me liberté de aquella urdimbre


mostrando cicatrices en mi alma,
augurios de infortunio en mi futuro
i un acervo de experiencias sin cesar.

Pensando, esclavizado a lo peor,


con paciencia libé mis sinsabores…
Rodin obró mi arcilla entre sus manos
i al fin, plasmó lo que sufrí.
París, 1958.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Agua fuerte
Para mi buen amigo ya fenecido, Aris Azar.
“…Solennisez vos fétes sans ombrage…”
Mais j’entends les sanglots sortir de votre bouche.
Qui peut vous inspirer une haine si forte?
RACINE - “Anatolic” Acto IV-I Acto III - 4,3

Apesar de que ambos personajes silenciaron sus dolores,


a pesar de que era en pleno día, en una fiesta vanidosa,
yo advertí el entrechoque de esas almas aceradas
i sentí el estruendo pasional de sus querellas.

La música, las rosas, el vino, los amores


i el aire perfumado bajo un sol de medio-junio
disfrazaron ante todos la tremenda acometida
de aquellos pobres, obstinados corazones,
enfurecidos e infelices,
que ajustaban sus rencores decenarios
en un ámbito increíble de alborozo i de mentiras.

Ni Esquilo ni Skakespeare, ni Henri Ibsen


hubieran podido inventar esa trajedia…
Sólo yo, arrimado a mis recuerdos,
tras el velo de un solemne juramento
fui testigo de la escena extraordinaria
en que un hombre i una mujer, encanecidos,
removían con furor las cenizas del pasado
i arrojaban a sus rostros demacrados
los fragmentos de sus ascuas no extinguidas.
H. Pieter Bennett
1938.

Sonaba una pavana


a Rosina Bardi, difunta.

El Magnífico erguía
su invicto gonfalón en mi Florencia.
Señora ¿os recordáis?
Fue una noche de estío,
serena, tibia i mui afortunada,
en un castillo añejo, junto al Arno,
con flores i perfumes por doquiera,
sobre un collado de discreta altura.

Una fiesta de encantos,


do embrujos i amoríos

104
HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

regalaban los quince mayos tiernos


de un nardo en florescencia: Helena Strozzi.

Llevabais, mi señora,
un blanco traje de guipur de Flandes,
fino, elegante i de oro guarnecido.
Joyas de aquel Cellini
i otros avíos de valiosa casta
realzaban la hermosura
que os hacía favorita entre mis damas.
Un laúd i dos violines
solazaban el ambiente i placían
el íntimo sentir de nuestras almas.
Os besé la diestra. Al punto, sonriente,
me ofrecisteis el talle para el baile.
Sonaba una pavana
deleitosa, sutil, apasionada.
Al compás de esa música galante
la vida me era blanda
i aún sospecho, señora,
que también para vos gran gozo había,
pues el dulce cerrar de nuestros ojos
i la muelle expresión de vuestro rostro
clamaban –sin mentira–
recóndita delicia.
contento ilimitado, i tal vez más…

Cien lustros han corrido


de aquel deleite en casa del Strozzi.
¡No hai pavanas ni gigas ya en las fiestas
ni gayas jentilezas
en el trato común entre mortales!
Mis angustias padecen la nostaljia,
señora, de aquel tiempo.
Cual fantasma, hoi transito los lugares
do, en dicha, os conocí.
Muchas piedras de histórico prestijio,
los árboles de nuestra adolescencia
i los puentes que vieron nuestro ardor
han sufrido la pena de los siglos
i jimen la desventura
por lo arduo de la vida en senectud.
El mármol que traduce vuestra imajen,
Rosina, me es tormento,

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

pese al fausto de veros circundada


por la gloria que irradia, sempiterna,
este campo de célebres difuntos.

¡Ahimé!, señora mía,


el Tiempo se ha olvidado de mis años
centenarios. ¡Cuán trájico destino
perdurar con las ansias de otra edad!
Un ritmo de pavana me conforta
i evoca en mi añoranza
el éxtasis más suave de mi vida!
la noche placentera en Villa Strozzi.

El recuerdo de aquella que fue vuestra


cintura airosa, vacilante i móvil,
de gracia audaz i singular donaire,
me es báculo perpetuo
en la marcha sin fin de mis andanzas
por la ruta difícil de estos mundos.
H. Pieter
Florencia, Italia. 1939.

Viejas endechas
Por Sully Berger (dominicano)

Allá en mi aldea
yo vi a una joven
desesperada
vertiendo lágrimas
sobre la tumba
de un bien querido.
Le pregunté
por quién lloraba
i en ese instante
nada me dijo.
Oímos dobles
en las campanas
del cementerio
i en esa hora
me dio señales
de su desdicha
Se ahogaba en llanto.
¡Pobre mujer!
Salimos juntos
mui apenados

106
HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Nunca jamás
la volví a ver.
¿Quién era aquella
pobre mujer?
Tal vez Leonora
o alguna moza
de Bezancon.
¿Será la sombra
de su destino,
de mis recuerdos
o de mucamas
que nunca amé?
Pobre Leonora!
Quizás un día
la vuelvo a ver…
París, 1963.

Recuerdos no edulcorantes en las aulas de mi niñez


Por Sully Berger (dominicano)

En aquel entonces estábamos en los principios de este siglo.


Antes de efectuarse los exámenes, sea de día o de noche, los escolares incipientes estu-
diábamos mucho. No perdíamos el tiempo.
Nuestros padres i nuestros hermanos mayores nos ayudaban a estudiar los puntos más
difíciles que pudieran tocarnos durante las pruebas examinatorias, las cuales, es preciso
decirlo, no eran boberías.
Cuando, solemnes i dictatoriales, nuestros maestros nos leían el resultado de esas pruebas,
¡ai de aquellos que recibían palabras no halagadoras o deprimentes! Bien sabíamos lo que
nos esperaba en casa: tunda en las posaderas, la barruesa de algodón, o una estricta dieta
a pan i agua, o casabe i melado, según exijían las malditas sentencias de las notas, regular,
mal – o ¡Repita el curso!
Uno de los profesores, (Cantinflas o Fernandel), en mi escuela de párvulos no se paraba
en mientes cuando la nota del chico era la peor en la columna de todas las notas. Ese pro-
fesor se raspaba la garganta, se tragaba el gargajo i con el índice de la mano izquierda (era
zurdo) mostraba un guayo de hojalata suspendido en una de las paredes del aula. Nosotros
rogábamos i llorábamos cuando veíamos esa barbaridad medioeval. Éramos incapaces de
obtener el perdón para tales reos.
I a pesar de tantas gotas de sangre derramada en las rodillas de nuestro pobre condiscí-
pulo, entonábamos el Deo Gratias a favor de nuestro impiadoso inquisidor.
Al salir de la escuela acompañábamos a nuestro lloroso condiscípulo. I deseándoles
vacaciones tan buenas como las que nosotros pensábamos disfrutar, nos escurrimos, poco a
poco, esperando que nuestro profesor sufriera el salpullido que señoreaba, (sin peligro de
muerte), en la piel de casi todos nuestros compueblanos, ricos o pobres, blancos, mulatos o
negros, sin pararse en ninguna discriminación.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Al finalizar el siglo XIX el tirano Ulises Heureaux (Lilís) ya había sido ajusticiado. Du-
rante su larga permanencia en el poder, la Instrucción Pública i el Departamento de Sanidad
en nuestro desdichado país no desempeñaban sus respectivas obligaciones. Los Ministros,
cuasi esclavos del Mandatario, dedicaban sus labores a la Dolce Vita alegre i jugosa. Acaso
uno de ellos, Don Modesto Rivas, oriundo de Montecristi, se empeñaba en cumplir su deber.
Los castigos que sufrió la mayor parte de los educandos, aquí, en nuestro terruño, ya eran
inadecuados para los escolares infantiles. El Siglo XX, en sus labores, exijía todo cuanto era
preciso estudiar i conocer.

Dos pastores
(Fantasía para unos minutos de cristiandad)
Por H. Pieter
Para mi viejo amigo, el Dr. Tulio Franco i Franco,
quien me introdujo ante S. S. el Papa Juan XXIII

Sucedió en un largo día primaveral. Era Jueves Santo. En una apacible rejión del Cer-
cano Oriente aconteció que después de una mañana con cielo brillante i sin nubes, la tarde
se oscureció al tornarse lluviosa.
Allí había muchos carneros que pastaban, juntos o diseminados, desde la falda hasta lo
alto de una no extensa ni mui empinada colina.
Algunos de esos brutos, obcecados como a veces es su antojo, se encaminaban en tropel
hacia el borde de un profundo precipicio cavado en la vertiente occidental de aquella altura.
Nadie guiaba a esos carneros, ni tampoco había, cerca ni lejos, algún mastín que cuidara
de ellos para evitarles el riesgo de una posible desgracia.
De repente un fúljido relámpago separó la conjunción de dos enormes nubes mui espesas
que sin cesar vertían aquellas aguas torrenciales.
I entre esas dos nubes preñadas de lluvia apareció la magnífica i refuljente figura de Jesús,
el Amado Buen Pastor que siempre nos conduce a salvo cuando algún peligro nos amenaza
en la tortuosa senda que todos los días sufrimos la obligación de transitar.
El Divino Redentor descendió de los cielos, que en ese instante se tornaban tan claros i tan
puros i tan serenos como lo estaban en la mañana, antes de la copiosa lluvia de esa tarde.
La testa circundada por Su radiante aureola, todo Su Ser iluminado por los destellos del
Empíreo, Él llevaba con Su diestra un añoso i rugoso cavado, el inmanente báculo florido
con las siemprevivas del Amor i la Piedad, símbolos de Su Divina Omnipotencia.
Vestía la típica amplia blusa que los pastores montañeses de Atarot i de Gittah solían
llevar en tiempos de los Reyes. Sandalias de duro trajín calzaban Sus pies, los que a pesar
de siglos i siglos corridos desde Su crucifixión, aún mostraban viva la violencia de los clavos
que lo injuriaron en el Gólgota durante las horas del martirio.
Cuando Jesús asentó Sus plantas sobre la verde hierba de la colina, los carneros, man-
sos como si hubiesen sido hipnotizados por Él, corrieron a demostrarle sumisión. Aún los
que holgaban lejos de Su Presencia se apresuraron en venir a reunirse con los otros, sus
compañeros, que ya estaban apaciguados i reverentes ante el Señor Reciénvenido. Él los
contempló con pena i a la vez con infinita dulzura. No les dirijió ni una sola frase, pero
ellos comprendieron la valía de Aquel que de ese modo los miraba i les sonreía con tan
plácida expresión.

108
HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Entretanto, poco a poco, las nubes se fueron alejando. La tristeza se ausentó de la bóveda
celeste. Desde horas antes del tramonto ya la lluvia había dejado de caer.
No transcurrió largo rato sin que Jesús empuñara Su cayado. Cubrió Sus hombros con
el Manto Sacro, eterno resguardo de Su Existencia, hizo en el espacio un solemne ademán
para indicar a las bestias que debían seguir Sus pasos hacia la llanura, i emprendió cuesta
abajo una marcha precisa i decidida, que también era grandiosa, como cuando solía guiar
almas i conciencias en Sus bíblicas andanzas por campos i poblados de Galilea, de Bethania
i Samaria.
Sin atropellos, más bien con serenidad, mucho orden i sin un balido que perturbara la
solemnidad del conjunto, las mansas pécoras caminaban a compás de Aquel improvisado
i misterioso Conductor.
Por dondequiera que el Buen Pastor descendía con Su rebaño, palomas blancas le seguían
gozosas, así como otras aves, las canoras, arrullaban con dulzura i cantaban i gorjeaban la
inmensa alegría que les poseía. I las flores, aún las más humildes i discretas, emanaban tantos
aromas deliciosos que el ambiente se impregnaba de óptima fragancia.
Después de caminar pocas leguas, Jesús llegó con Su rebaño a la vera de un extenso
hato, pero allí no penetró, no era esa Su Voluntad. La puerta, empero, se abrió secretamente
sin que nadie ni nada la tocara. De ese modo puso fin a Su faena.
Las reses entraron con no acostumbrada lentitud. Parecía algo así como apenadas a causa
de que el Guía no penetrara junto con ellas i las acompañara siquiera hasta el aprisco.
Él las bendijo a todas, grupo por grupo, i luego, satisfecho por haberlas manejado sin
tropiezo alguno, emprendió una maravillosa i no rara ascensión hacia el Empíreo.
Un magnífico crepúsculo, pincelado con tintes i matices, de miríficos colores i sutil gra-
dación, extendió sus atavíos a lo largo del firmamento en el poniente i más allá. Esa fantasía
espectacular precedió a la de la luna llena, espléndida, bellísima, que comenzaba a iluminar
la vasta extensión del espacio i a poetizar la tranquilidad de las almas i las cosas de la Tierra
en aquel día de profunda y cristiana recordación.
Así, adornado con esas joyas de la Naturaleza, fue el camino que Jesús encontró al em-
prender el regreso a Su Morada.

En el corral de la alquería cundió grande alarma porque el anciano pastor de la hacienda
no había aparecido conduciendo a las ovejas. No fue él quién condujo el ganado al aprisco.
Sus pécoras estaban completas, i sanas por añadidura. ¿Quién, pues, las había traído allí,
tal como era costumbre del pastor?
Instantes después, el can que cuidaba el ganado llegó, jadeante, dando largos i lúgubres
aullidos, como cuando las bestias de esa especie suele avisar alarma i duelo por el deceso
o algún mal accidente sufrido por el amo o un bien querido familiar o sirviente de la casa.
Con las actitudes de su cola i de todo su cuerpo el atribulado perro se empeñaba en indicar
que debían ir en pos de sí para llevarlos hasta el sitio habitual de pastoreo.
Tan ansiosos como intranquilos, los dueños se pusieron en marcha siguiendo el curso
del mastín hasta que llegaron al paraje en donde se detuvo: bajo el rústico toldo que servía
de abrigo contra los rigores de las horas caniculares i de otras inconveniencias atmosféri-
cas, no lejos del punto en donde Jesús apareció para cumplir la misión de ayuda que evitó
percances a la huérfana manada.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Tendido boca abajo, sobre el charco de sangre que había fluido por entre labios i nari-
ces, yacía el cadáver del viejo pastor que durante años –tal vez para no exponerse a perder
su empleo i la compañía del perro ajeno–, supo disimular el artero i silencioso quebranto
maligno entre cuyas garras sucumbió.
Falleció en pocos minutos, fulminado por una copiosa hemorrajia interna, tal vez en las
vías respiratorias…
Durante casi toda su vida de soltero inveterado, cada día i cada noche gastó hasta los cabos
numerosos cigarrillos que él mismo se confeccionaba durante sus dilatadas horas de ocio o de
labor. Fue su único vicio. Lo cultivó para compensar los muchos infortunios que se disputaban
el placer de acibararle la existencia. Las bestias que siempre le acompañaron, su fiel perro i los
carneros, fueron los únicos testigos de lo que debió ser aquella su horrísona agonía.

Entretanto, el otro Pastor, el nuestro, el Bien Amado, ya había dispuesto en Sus domi-
nios de paz i de ventura un refujio i un vasto rebaño espiritual para el usufructo i placer del
pobre ovejero que en esta tarde de Jueves Santo murió, sin que nadie lo viera padecer, en la
agreste soledad de un rincón levantino, cerca de las rutas i parajes inmortalizados por sus
milagros i gran padecimiento.
En el instante de la muerte del pastor de esta leyenda, Aquel que todo lo ve, que nada
ignora i que todo lo escucha, le oyó rezar la suprema súplica de bajar a protejer a sus ovejas,
implorándole éste su último deseo. Así fue como enseguida, Él, apresurado en complacerle,
se dispuso a descender de los cielos.
Con esa obra de gran misericordia evitó desastres entre los del rebaño, desvaneciendo
la intensa aprensión que estaba perturbando la agonía de aquel rústico creyente.
(Imaginado en el trayecto de Castelgandolfo a Roma, 1959).

Juan Bosch
Sin principio ni final es La Mancha Indeleble. ¿Muestra de un cuento nuevo? ¿Cuadro para
alborotar los nervios de hembra histérica? ¿Qué es La Mancha Indeleble de Juan Bosch? ¿Se
trata de un genial atisbo de locura, como los que apuntó Dostoievski y pasaron al estudio
de la medicina legal? Acaso juego vecino de lo macabro. Si La Mancha Indeleble no tuviera
firma para revelar la mano, la garra, de un maestro en el género de cuentos. Lo indudable
es que se trata del hallazgo de un filón más en la rica mina de Juan Bosch.
Es Juan Bosch el cuentista dominicano más conocido y reputado fuera de Santo Domingo,
y en ese género literario, que él domina, el escritor que en el extranjero ha prestigiado más
a nuestra República.
Un poeta y crítico de opiniones absolutas, irrebatibles, le oyó decir a Sócrates Nolasco
que El Hombre que Lloró es cuento admirabilísimo, obra de feliz realización.
—¿Por qué? –preguntó más que asombrado, con alarma de adversario político.
—Por la exposición sencilla y clásica del asunto; por su realidad impresionante; por
el imponderable vigor dramático; por la emoción al principio disimulada, reprimida con
hombría, y por la explosión de un dolor paternal resuelto al fin en ahogado sollozo, en
incontenible lloro.
—Señor Nolasco: usted es un lector de mal gusto, más que desacertado… Por fortuna
ni siquiera es un mal crítico.

110
HERIBERTO PIETER  |  AUTOBIOGRAFÍA

Admisible –pensé: lo que ha contribuido a impedirme “acariciar con uñas”, la producción


ajena, que es también nuestra.

Manuel A. Amiama
Manuel Antonio Amiama: cronista musical en la adolescencia, contertulio de escri-
tores, colaborador en su revista literaria, novelista, periodista, jurisconsulto. Seguro de
sí mismo anduvo a paso lento hasta ocupar su alta posición entre los autores principales
de Santo Domingo. Ya en la madurez, publicó El Tío Juan (excelente leyenda) y otros Cuen-
tos. El interés que despertó este libro se perdió, ahogado por el estruendo de cañonazos i
ráfagas de fusilería y ametralladoras, en una de nuestras guerras civiles sangrientas (1965).
Observador sagaz y escritor sereno, aparentemente sencillo y frío, Amiama se revela como
relator insuperado en Santo Domingo. Observar y narrar… cualidades primordiales del
cuentista. Los personajes de sus cuentos (prescindiendo de relatos que sobran en el libro),
gradualmente van subordinando la atención del lector y, cuando se piensa que ha pasado al
olvido, persistan en la memoria. No Matarás el drama –más exacto sería decir la tragedia–, de
un Juez de la Corte Suprema que asciende meditabundo por escala de la conciencia a la vez
que pisando peldaños de un edificio, y que se desploma perdiendo la vida para no perder el
alma, es inolvidable: inolvidable como los sucesos trágicos presenciados en la niñez. Sí, los
personajes de este escritor perduran. Valente, suma de embustes recientes unos i tradicionales
otros, anda por ahí sin confundirse con los que pujan chistes sin gracia. Amiama desapare-
ce, desplazado por el prototipo. El autor verdadero es el embustero jovial, contraste de No
Matarás y de Asunto Prescrito, que amarga. Quizás Valente nació enfermo, hipertrofiada la
imaginación. Lástima debería inspirarle a los que lo miran i oyen, e involuntariamente les
provoca risa humedecida de lágrima.

Ramón Marrero Aristy


Cuando Ramón Marrero Aristy acababa de publicar el cuento Mujeres y la novela
Over, Max Henríquez Ureña lo definió justicieramente con sólo dos adjetivos: ignorante
genial. Daba entonces la impresión de ser un improvisado guerrillero de la literatura.
Pronto salió del anonimato, popularizó su nombre i le crecieron las ambiciones. Atento a
lo inmediato, pobre de dinero i rebosante de apetitos sensuales, impaciente i ávido entró
en el dando i dando de la política i le hipotecó a Satanás su excepcional talento. Triunfó;
fue director del periódico oficial, Diputado al Congreso Nacional, precipitado historiador
por voluntad ajena, Secretario de Estado de Trabajo, Comisionado para ir a Nueva York
con encargo confidencial: ¿a aplacar o comprar alguna lengua de periodista? … Encargo
escabroso. Al regreso de la misión no le permitieron o no le oyeron explicaciones, y en cobro
de disfrutados goces y distinciones le apagaron la inteligencia y al cuerpo le impusieron
sorpresiva muerte. Había olvidado Marrero Aristy la inapelable sentencia popular: “—El
que pacta con el Diablo siempre pierde”. Perdió más la República Dominicana con el la-
mentable fin del autor de Balsié, Over, Mujeres, y de la ejemplar descripción de “La Fuga”
(El Fugitivo). Mataron el porvenir de un joven extraordinario. ¡Mataron la inteligencia!
Pueblo fatal el de Santo Domingo.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Freddy Prestol Castillo


Freddy Prestol Castillo: jurista, autor de la Jurisprudencia de Tierras y de El Hijo Natural
ante la Suprema Corte, Juez circunspecto, inclinado a atenuar el castigo a infelices delincuentes,
cuando no fueran protervos. Perspicaz ensayista de crítica literaria. Cuentista, autor de La
Cuenta del Malo y otros cuentos. Novelista, autor de la novela dramática El Masacre se pasa a
Pie: obra de la estirpe de El Águila y la Serpiente del mexicano Martín Luis Guzmán, cuando la
publiquen causará sensación en los países de habla española. En historia novelada –Pablo Mamá–,
Prestol Castillo indagó hasta descubrir el sitio en donde sepultaron el cadáver del prócer antianexio-
nista Vidal Guité, caído en el abra de Polo durante la campaña de 1864-68. Conferencista, Prestol
Castillo en su conferencia-estudio relativa al Trinitario Pedro Alejandrino Pina, subrayó cualidades
del patricio humanamente puro. En documentada conferencia, examinando las regocijadas matanzas
realizadas por el futuro rey Henri Cristóbal y sus soldados, realzó la valentía militar del dominicano
Serapio Reynoso y precisó la ferocidad de los invasores. Eludió aludir a que el gobernador francés,
Ferrand, en premio de los méritos de Reynoso lo escogió y designó Vendutero legal para subastar
negras y negros adolescentes: subastas y vendutero que a Cristóbal no le agradaron… de lo cual no
se infiere que fuese plausible la orden de exterminar al… ¿no hay quién diga más?, y a los infelices
que ni vendían ni compraban gente. Prestol Castillo tiene la admirable paciencia de escribir libros i
ensayos i guardarlos para publicar algún día.

112
No. 52

arturo damirón ricart


mis bodas de oro
con la medicina
Prólogo
Dr. Mariano Lebrón Saviñón
prólogo
Una vida es apenas un suspiro de la eternidad, un microscópico corpúsculo de aliento
o de virtudes y hasta de irradiaciones, en la infinitud del tiempo. Pero puede encerrar, en
el lapso de sus realizaciones, mundos magníficos de creaciones eternales o perderse en el
tiempo como un pobre fulgor apenas perceptible.
La vida humana es, (debe ser), un poco más que este suspiro de eternidad. El hombre
aparece en la tierra, pese a lo deleznable de su naturaleza, como el soberano universal. A
pesar de esto estuvo inerme y tembloroso, en un mar de sombras y de terrores ante los in-
numerables misterios del universo.
En medio de ese mundo misterioso y fantástico, el médico se irguió, con prestancia y
puso un hálito de humana bondad en las desatadas tempestades de la vida.
La Historia de la Medicina no es otra cosa sino un largo relato de la heroica actividad
de un anónimo luchador incansable a lo largo de los milenios.
Ahora tenemos ante nuestros ojos rápidos trazos luminosos de la historia de un médico
que honra a su patria con la elegancia de su vida egregia. Arturo Damirón Ricart nos entre-
ga en esta obra Mis bodas de oro con la Medicina, algunas impresiones de su vida de médico
cirujano en su medio siglo de actividad profesional. No se trata de una autobiografía, como
la que escribiera Heriberto Pieter, ni estampas iluminadas de un pasado, como el Navarijo
de Francisco Moscoso Puello, sino breves episodios de momentos adorables, que surgen,
imprecisos y nerviosos, vívidos y emocionantes, en el ansión de los recuerdos. Lo más
simpático de esta obra es la sinceridad con que fue escrita. No hay en ninguna de sus pági-
nas aspavientados alardes de soberbia. Es obra espontánea, y más parece una sucesión de
recuerdos evocados en la charla amena de un simposio que un libro elaborado en el recinto
augusto del estudio. Por eso no es extraño el descuido del estilo, porque claro lo expresa en
las páginas liminares: No le ha animado pretensión estilística, ni la corrección literaria es su
gaje. Ha escrito movido por un impulso explicable en quien ha llevado vida paradigmática
y siente sus sienes azotadas por las postrimeras ráfagas amarillas del otoño.
Más que por sus éxitos en el campo de la cirugía, nosotros recordamos a Damirón Ricart
por su actitud eterna de profesor. Un profesor no es quien imparte enseñanzas rutinarias y
divulga noticias aprendidas, labor de enciclopedias. Es profesor quien se da en sempiterna
actitud de ejemplos que calan más en el alma del discípulo que la difusión de enseñanzas
siempre pasajeras y mudables. Cuando se es profesor de veras, de seguida hay una poterna
abierta al discrimen y a la aristocracia del pensamiento, que es lo único que importa, porque
es, en última instancia, aristocracia del corazón. Se enseña con la palabra, pero también con
el gesto y con el ejemplo. Muchas veces se ha sido preceptor admirable con parquedad de
palabras, y no con la fecundia.
El Dr. Damirón Ricart nos habla de una época de notoria precariedad, de limitaciones,
cuando le tocó ejercer en un ambiente aldehueño, pero donde era factible hacerse de un
buen nombre, porque se tenía un almenado concepto de la dignidad y la elegancia. Cada
médico, con el arraigado concepto casi renacentista de lo que es la Medicina, era una atalaya
de orgullo, un sólido bastión de prestigio.
Es interesante que conozcamos a través de esta vida, o de estos brillantes retazos de
vida, una etapa en la que se percibían aún los últimos fulgores de la época dorada de la
profesión médica, cuando todavía predominaba el concepto hipocrático de que la Medicina

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

era un arte y los médicos servidores de una fuerza superior, cobijados bajo el umbráculo
de la convicción de que estaban elaborando la maravillosa urdimbre de un gran desti-
no. Más limitados en la técnica, pero más abiertos a las inquietantes lucubraciones en la
búsqueda de la verdad. Una época en la cual en cada uno de los actos del médico, antes
que la seguridad galénica, dejaba retozar medroso, en los prados de su alma, el inquieto
duendecillo de la duda.
Rof Carballo, médico y humanista, dice: “Después de haber sido creada por el hombre,
la técnica, transforma al hombre, le hace ser de otra manera, obligatoriamente, forzosamente,
sin que, al parecer, el hombre pueda evitar esta tiranía”.
Actualmente, ¿quién lo duda?, hay una supremacía histórica, francamente difundible,
en el saber médico; pero la figura del médico, en la inquietante convulsión de la era, se ha
esfumado, salvo en contadas excepciones, perdiendo su perfil egregio. Como dice Alfonso
de la Fuente Chaos “quizás nunca haya alcanzado un tan bajo nivel social”.
La vida del Dr. Damirón Ricart ha tenido varias facetas que hoy surgen a la luz con la
misma dulzura de un retorno.
Ha sido viajero sempiterno, cubriendo obligaciones protocolares de las altas dignidades
con que lo ha honrado el Rotary International. De aquí el que nos haga evocaciones de las
principales ciudades de nuestra América que lo han tenido de huésped en diversas ocasio-
nes. Nos trae también oportunas descripciones dramáticas –pálida reminiscencia de un Axel
Munthe ante el cólera de Nápoles– de la catástrofe del 3 de septiembre de 1930 que redujo
a escombros la Ciudad Primada del Nuevo Mundo.
Pero esencialmente constituye el clímax de sus recuerdos su itinerario quirúrgico que
no culmina aún en este cincuentenario de su vida profesional. El cirujano es hoy por hoy el
actor de la profesión médica. Su actuación se rodea de un ritual, en un quirófano siempre
impresionante. Y el remate de la acción es siempre espectacular, aunque a veces con reflejo
trágico. Por eso la novelística y la cinematografía lo ha heroizado en innúmeros relatos. Pero
siempre nos da la imagen de un cirujano serio, odioso e irascible. Y en la realidad es así.
¡Con qué sobrecogimiento nos hemos acercado al cirujano maestro, tan sabio como grosero
que más de una vez llevó el enroje de una impotente iracundia a nuestras mejillas! Y es ésta
una imagen universal. Gregorio Mañón nos dice:

“En nuestra profesión yo he conocido aquellos médicos, algunos eminentes maestros de esta
facultad, que suponían que sus títulos les autorizaba a mandar con bárbara violencia a ayudan-
tes y a alumnos, a monjas y a enfermos, adornando sus órdenes con interjecciones de la especie
más baja. La disciplina más elemental impide que el subordinado se conduzca con incorrección
respecto a sus jefes; pero no sé qué reglamento permite que el más alto pueda ser inconsiderado
con el que ocupa las categorías inferiores”.

Esta es la razón por la que muchos grandes cirujanos no han dejado detrás legiones de
discípulos. Pero esta imagen no es general. No lo era por lo menos para un John Hunter.
Damirón ha sido otra excepción.
Platón entendía –sin que este aserto tenga que rozar con el sensualismo– que belleza y
virtud son inseparables. Son una misma cosa en el arca de una conciencia limpia, de limpidez
doctrinal, idea que Shakespeare hace suya al final de su Soneto 14 (“Que belleza y virtud se
irán contigo”) y que recoge siglos después John Kents al cantar:
“Beauty es truth, truth beauty”.

116
ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Por eso el Dr. Damirón, al arribo de sus cincuenta años de fecunda vida profesional,
bajo la convicción de que ha realizado una labor encomiable y pura, puede entregarse a la
dulce placidez del sueño. Pues si como dice el proverbio noruego: “Una limpia conciencia
es la mejor almohada”, su cabeza se ha reclinado, en el lapso de sus sueños, en el mullido
cojín donde se arregostó una vez la serena deidad del deber cumplido.
Nos viene este libro como ejemplo de rectitud, en un momento convulsivo de la Historia.
Estamos en condiciones de gritar, como los ancianos de la antigua Ática: vivimos tiempos
mudos; estamos en la cima de turbias transiciones. Pero contra la marcha del tiempo se
amuralla el hombre enarbolando un loco afán de eternidad. El hombre se deshumaniza,
busca la turbidez del odio y del espanto. Se solaza heroicamente grande en la hecatombe y
se atalaya en la sordidez ambiental contaminada. Por eso la tercera navegación del pensa-
miento –como dice García Morente– debe ser la filosofía de la vida.
La vida debe ser candorosa, alegre, estridente. Pero cuando se pasa de la frontera de los
setenta y cae al alma una plácida serenidad, la vida se tiñe de nostalgias, dulces nostalgias de
amorosos recuerdos, que es el recuento de una vida pasada y rica, fluyente en la evocación
de este libro colmado de saudades.

Dr. Mariano Lebrón Saviñón

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Introducción
Este año voy a cumplir cincuenta años de haber recibido mi Diploma para ejercer la
medicina y he querido escribir esta narración histórica de mi ejercicio profesional, como
una contribución a las letras del país. No aspiro escribir un libro de pulida literatura, pues
no me creo con méritos suficientes, sino simplemente una narración de tipo descriptivo de
este largo período de mi vida.
No intento tampoco escribir mi autobiografía, pues estas son atributo de personalidades
y no pretendo haberlo sido.
Voy a escribir Mis Bodas de Oro con la Medicina, o sea la historia de mi vida médica.
Muchos colegas han cumplido, antes que yo, tan fausta fecha, pero ninguno la ha
dejado escrita. Muy pocos de los que han celebrado este grandioso acontecimiento lo han
hecho en pleno ejercicio profesional. Desde que me gradué de médico hasta la fecha, he
estado en ejercicio activo; treinta y cuatro años como Director Cirujano del Hospital Inter-
nacional; catorce años como co-propietario de la Clínica Internacional; y dos años como
Director del Instituto de Oncología Dr. Heriberto Pieter, al cual estoy ahora dedicado casi
completamente.
Me gradué en la Facultad de Medicina de la Universidad Santo Domingo, el día 28 de
octubre de 1924. El día 2 de noviembre de 1924 el Presidente de la República, General Horacio
Vásquez me otorgó el Exequátur de ley para poder ejercer la profesión de médico cirujano
en todo el territorio nacional, bajo el número 19.
La terminación de mis estudios coincidió, por una circunstancia fortuita, con la fecha
de la instalación de la universidad en que me graduaba.
En aquellos tiempos remotos la fecha del examen final determinaba la de graduación.
Desde luego, no había ninguna ceremonia de investidura como ocurre actualmente. Yo
terminé mis estudios médicos y el examen final ocurrió en esta fecha, la cual luego fue con-
sagrada como una de las que debían determinar dichas ceremonias, pero que se iniciaron
muchos años después.
Recuerdo perfectamente, como si fuera ayer y no como si ocurriera hace cincuenta años,
cuando subió las escaleras de la Clínica Elmúdesi, situada en la segunda planta de la casa
que ocupaba en la calle Arzobispo Nouel, el inmenso y bien conocido Don Pedro Creales
y Jiménez, que fungía de empleado, bedel y ayudante de la Secretaría de la Universidad,
entonces desempeñada por esa gloria de la ciencia médica nacional que se llamó Dr. Ma-
nuel Emilio Perdomo, y me dijo: “Damirón, te traigo tu papel”, entregándome el título que
había conquistado después de largos años de estudios y sacrificios. Así de sencilla fue mi
investidura, que por coincidencia del destino entrañaba una fecha histórica para mí y que
luego se convertiría en fecha clásica universitaria.
Fue muchos años después de este acontecimiento, y mientras era Rector de la más vieja
casa de estudios de América el recordado Lic. Julio Ortega Frier, cuando se establecieron las
investiduras y se fijaron las fechas del 28 de octubre y 25 de febrero para su celebración. La
primera de estas fechas corresponde a las que tiene la Bula in Apostolatus Culmine del 28
de octubre de 1538, que autorizó la fundación en la Hispaniola de la Pontificia Universidad
de Santo Tomás de Aquino, que al correr del tiempo se convirtió en Universidad de Santo
Domingo, después de un largo eclipse en sus actividades y restaurada nuevamente como tal,
durante la Presidencia Provisional del Dr. Ramón Báez, que convirtió el Instituto Profesional
en Universidad de Santo Domingo. La segunda, era la fecha consagrada por la Ley como

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

“Día de la Escuela”. Desde luego, se permitían las investiduras especiales en otras fechas,
por imperativo de las necesidades.
Inicié mis primeros pasos en el ejercicio profesional al lado de mi ilustre maestro el Dr. An-
tonio E. Elmúdesi, de quien había recibido mis primeras enseñanzas en la práctica de la cirugía
y para quien tengo un gran afecto y cariño por su desinterés en mis futuras actuaciones.
Por rara coincidencia, el Dr. Elmúdesi, quien había sido mi mentor y maestro en cirugía,
no fue nunca mi profesor en la Universidad, pues él se inició como Catedrático en la Facultad
de Medicina, por nombramiento del entonces Presidente Provisional Juan Bautista Vicini,
en 1923, cuando yo ya había terminado los cursos en los cuales él inició la docencia como
profesor de Anatomía.
Debo testimoniar aquí mi profundo agradecimiento por su infinita paciencia y sapiencia
a los profesores que formaban el cuadro de profesores de la Facultad de Medicina de aquellos
tiempos. Son ellos: el Dr. Ramón Báez; el Dr. Salvador B. Gautier; el Dr. Octavio del Pozo;
el Dr. Pedro Emilio de Marchena; el Dr. Rodolfo Coiscou; el Dr. Arístides Fiallo Cabral; y el
Dr. Fernando A. Defilló.
Si no fuera porque mi memoria podría fallarme, me gustaría hacer anécdotas e historias
de estos grandes de la medicina dominicana, que fueron responsables de forjar las conciencias
médicas de todos los graduados desde la conversión del Instituto Profesional en Universidad
de Santo Domingo, entre los años 1916 y 1923, en que se unieron otros notables médicos
dominicanos a compartir tan grandes responsabilidades históricas.
De haber sido este libro una autobiografía se habría iniciado con la fecha de mi nacimiento
y el recuerdo con inmenso cariño a mis padres.
Por tratarse de mi historia médica, se inicia con la fecha de mi graduación el 28 de octubre
de 1924, que sin ningún ceremonial ni boato ocurrió en esta fecha.
Desde mi graduación y por varios años continué al lado del Dr. Elmúdesi, mientras
orientaba mi vida independiente.
Mi graduación ocurrió a poco de haber terminado el período de la ocupación norte-
americana que eclipsó por ocho largos años la vida institucional de nuestra República y se
iniciaba una nueva esperanza con el advenimiento del gobierno constitucional presidido
por el General Horacio Vásquez.
Mis familiares más cercanos eran afectos a dicho régimen y consiguieron que se me
nombrara Médico Legista y de la Cárcel de Santo Domingo, remunerado entonces con cua-
renta pesos mensuales. Luego fui nombrado por el Ayuntamiento de Santo Domingo como
médico municipal de pobres para los barrios de Santa Bárbara y Villa Duarte.
En 1925, para ser exacto, el día 13 de marzo, me encomendaron la Dirección del Hospital
Evangélico, situado en la calle Colón, hoy Las Damas, junto a la Iglesia de los Remedios, en
una vieja casona colonial que se encuentra ahora en proceso de reparación, y que se conoce
como la de los Dávila.
Esta vieja casona colonial, acondicionada para hospital por la Misión Evangélica para llenar
dichas funciones fue, por decirlo así, la prueba de fuego profesional a que yo era sometido.
Funcionaba en este hospital una escuela de enfermeras, en la cual se graduarían las primeras
jóvenes que después de lucha y consagración, formarían el núcleo de esta profesión.
La escuela de enfermeras estaba dirigida por graduadas norte-americanas, de gran ca-
pacidad, y desde un principio me incorporé a su cuadro de profesores, con gran entusiasmo
y dedicación. Es esta una de las facetas de mi vida de la que estoy más orgulloso, pues con

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

el tiempo vine a ser el verdadero propulsor del engrandecimiento de dicha escuela, y del
Hospital, a tal punto que en 1930 la Junta para Servicio Cristiano que mantenía dichas ins-
tituciones se animó a construir un moderno hospital, en la residencial barriada de Gazcue,
que fue bautizado con el nombre de Hospital Internacional, como culminación de un viejo
anhelo, al cual dediqué toda la primavera de mi vida, hasta obtener la consagración de la
abnegada profesión de enfermera, como complemento del moderno concepto hospitalario.
Tenía este hospital todas las facilidades de enseñanza, así como también espacio suficiente
para el internado de las alumnas aspirantes a enfermeras.
Al principio fue muy difícil conseguir alumnado calificado del cual se pudiera derivar
una verdadera clase para iniciar dicha profesión, la cual era considerada como ejercida por
personas con buenas intenciones y poca o ninguna preparación, sin darle el verdadero valor
que ya representaba en otros países. La incorporación de la enfermera se resolvía colocán-
dole un gorro y un uniforme blancos a las personas que manifestaban tendencia al cuido de
enfermos. Ni siquiera podían ser llamadas enfermeras prácticas. El cambio que se iniciaba
fue de tal modo radical que tomó muchos años para verse los resultados.
Las narraciones que haré no tienen ningún orden cronológico, siendo intercaladas de
acuerdo con las circunstancias, a manera de ESTAMPAS de este largo período de mi vida.

Médico legista y de la cárcel


Mis primeras actuaciones fueron en el campo médico-legal además de la atención de los
presos existentes en la cárcel de la Fortaleza Ozama, recluidos en la Torre del Homenaje.
Tenía que asistir a todos los casos de reclusos enfermos y los accidentes y heridos que
ocurrieran en el distrito Judicial, lo cual implicaba desplazamientos a distancias considerables,
con el fin de levantamiento de cadáveres resultantes de crímenes, suicidios, etc. Se podría
decir que mis actuaciones no respetaban horas de descanso ni de alimentación personal.
Estas llamadas ocurrían durante las más tranquilas horas de descanso, en las horas de sueño
nocturno o mientras estaba sentado a la mesa en compañía de mi familia.
Por suerte, la ciudad no era tan populosa como actualmente, ni había tantos accidentes
de circulación. Los vehículos eran escasos y la población reducida. El pavimento de las calles
tampoco permitía velocidades a los pocos carros que existían, por su rudimentario estado.
Sin embargo, como sólo existía un médico para este servicio, el trabajo era apreciable.
La asistencia de los reclusos de la cárcel era practicada en periódicas visitas y en casos
de emergencia, por llamadas a la hora que fueran requeridas, no importa la inoportuni-
dad de estas. Fuera del recinto de la Torre del Homenaje, existía un pequeño pabellón al
cual se daba el eufemístico nombre de “hospital” con cuatro o seis camas y la asistencia
por colaboración de los “presos de confianza”. Yo recibía ayuda de los médicos militares
asignados al Hospital Militar que funcionaba en un anexo de la Fortaleza, donde luego
fue establecido el Hospital Nacional, y que tenía su entrada independiente del recinto de
la Fortaleza, en la calle Colón, hoy Las Damas, en donde fue realizada una labor muy no-
table en la asistencia de personas pobres, por notables médicos cirujanos, entre los cuales
se destacaron los Doctores Lara, Elmúdesi, Alardo, Valdez, Pardo y otros muchos que mi
memoria no alcanza a recordar. Durante la ocupación americana, antes del advenimiento
del gobierno constitucional del General Horacio Vásquez, había funcionado allí un Hospi-
tal Militar, dirigido por médicos norte-americanos de la Marina de Guerra de dicho país,

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

entre los cuales recuerdo a los doctores Hager, Hayden, Shaar y otros muchos. Durante la
gran epidemia de Influenza del año 1918, que tantas vidas costó al pueblo dominicano, este
hospital recibió una gran cantidad de enfermos civiles, de los cuales muchos fallecieron, por
lo empírico del tratamiento usado entonces ya que el arsenal terapéutico era a todas luces
insuficiente e ineficaz. Aquel mes de diciembre de dicho año, siempre será recordado por la
gran cantidad de enfermos que fallecieron durante esta tremenda plaga que azotó todo el
país y especialmente a nuestra ciudad capital. Según entiendo, una de las primeras víctimas
de esta epidemia fue el gran poeta Apolinar Perdomo.
De mis actuaciones como médico de la cárcel pública, recuerdo varias anécdotas, de las
cuales voy a relatar algunas.
En una ocasión trajeron de la Penitenciaría Nacional de Nigua a un preso de apellido
Segura, que había escapado a la pena de muerte a que había sido condenado, por una ley
que había sido promulgada después de su sentencia y antes de la ejecución de la misma, que
suprimía dicha pena capital sufriendo de tétanos. Según la historia clínica, mientras estaba
preso en Nigua, fue atacado de fiebres palúdicas y tratado con inyecciones de Quinina, que
era el tratamiento clásico, formándosele un gran absceso en la región glútea y desarrollan-
do luego esta terrible enfermedad, por lo cual se había dispuesto su traslado a la Torre del
Homenaje, donde podía ser asistido con mayor eficacia.
Yo disponía de muy pocos medios terapéuticos a mi alcance, pero uno de los médicos
militares me proporcionó algunas dosis de antitoxina (conocido como suero antitetánico),
de escaso valor terapéutico y muy próximo a su vencimiento.
Con esta pobre arma terapéutica de dudoso valor, inicié el tratamiento.
Los familiares del recluso insistían y me presionaban para que se lo entregaran para que
muriera entre los suyos, según su propia expresión, pero yo no accedí a sus pretensiones.
Grande fue mi sorpresa, días después, cuando en una de mis visitas, no encontré a este
señor en el Hospital, porque se había “fugado”. Se había restablecido completamente y hasta
burlado la vigilancia de sus custodios. Fue muchos meses después cuando fue apresado
nuevamente y enviado a cumplir su interrumpida condena.
En otra ocasión fui llamado urgentemente en la madrugada para que fuera a asistir a un
recluso que había sido herido de bala, en un intento de fuga. Cuando me personé al recinto
carcelario me sorprendió encontrar herido al famoso Mr. Davis, quien cumplía una condena
por haber realizado una serie de fechorías contra dominicanos ingenuos que habían puesto
atención a sus fábulas de tesoros enterados y cuyo descubrimiento él ofrecía. Este personaje
de leyenda tenía un largo historial delictivo, además de una gran capacidad de persuasión
para engatusar a sus víctimas. Se decía que era cubano o colombiano; que había sido sacer-
dote y otras muchas cosas, aunque me parece que ni él mismo sabía su origen.
Él había fraguado su evasión de la Torre del Homenaje, según declaró, en complicidad
con uno de los guardianes militares y un recluso muy pintoresco, conocido como “José de
la Luz”, que pasaba más tiempo en prisión que libre, por su afición a los robos, en los cuales
era un verdadero artista y consumado maestro. Era más bien un ratero, con gran sentido
del humor, que inspiraba confianza y simpatía a todos los que lo trataban. Cuando fueron
limados los barrotes de hierro de la ventana, Mr. Davis le pidió a José de la Luz que saliera
y se deslizara al patio, cosa que tenía que hacer sacando primero las piernas, para luego
llegar hasta el patio, en donde se encontraba el guardián nocturno, que era un alistado del
ejército, que tenía asignado dicho turno de vigilancia. Nuestro personaje, con gran filosofía

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

de la vida y conociendo a fondo las artimañas de Mr. Davis, a las cuales no daba completo
crédito, le sugirió a éste que saliera primero pues el centinela podía confundirse, ya que
uno era de color blanco mientras el otro era negro. Cuando Davis sacó la pierna, el centinela
disparó hiriéndolo en el muslo, mientras José de la Luz se alegraba de no haber accedido a
salir primero desconfiando de las historias del convincente cubano o colombiano. Se supo
luego en la investigación que se hizo del caso, que el centinela que debió estar de servicio
se enfermó súbitamente, y fue sustituido por otro, que desconocía la combinación.
En dicho recinto carcelario fungía de Alcalde un personaje llamado Don Arturo Rodrí-
guez, de gran estatura física y carácter muy variable, a quien todos los reclusos temían y
estimaban. Era un hombre maravilloso, cumplidor de sus deberes, pero de un humanismo
extraordinario. Sus consejos eran bien recibidos por todos, pues eran cátedras de moral.
Cuando yo comencé a actuar como médico del presidio tenía un gran sentido de investi-
gación y dedicación, que puse al servicio de mi nueva ocupación. Traté de llenar tarjeteros e
historias de cada enfermo que asistía, con la mayor cantidad de datos posibles, pero tropecé
con un obstáculo insalvable, pues ningún recluso aceptaba la causa de su prisión. Los rate-
ros decían que habían cometido “vivezas” mientras que los que habían cometido crímenes
decían estar presos por “acumulos”. Pronto me acostumbré a estas modalidades del idioma,
interpretándolas con más o menos corrección, al mismo tiempo que compadecía a los jueces
que habían tenido que actuar en sus casos.

Médico municipal de pobres


Cuando fui nombrado por el Ayuntamiento de Santo Domingo para desempeñar estas
funciones, lo primero que tuve que hacer fue mudarme para el área destinada, ya que vivía
fuera de la misma. Yo estaba ya cansado y trasladamos nuestra residencia a la segunda
planta de un hermoso edificio en la parte final de la calle Arzobispo Meriño, situado dentro
de dicha circunscripción. Muchos eran los casos que tenía que visitar diariamente entre la
población de escasos recursos de Villa Duarte y Santa Bárbara. Cada mes tenía que rendir
un informe pormenorizado de mis actuaciones para justificar mis servicios.
De este modo, en contacto con los clientes pobres, aprendí a sufrir sus penurias y apreciar
sus bondades. Confieso que este período de mi vida tuvo mucho que ver en la formación de
mi espíritu hacia la comprensión de los problemas de mis semejantes.
En muchas ocasiones tenía que suministrar las medicinas que les recetaba, ante su in-
capacidad económica para comprarlas, con muestras que recibía de los distribuidores que
me visitaban a diario.
Al ser electo Regidor del Ayuntamiento en las elecciones celebradas en 1930, renuncié
a dicho cargo, por imposición moral de mi parte.
Al constituirse el nuevo Cabildo de la ciudad, yo fui electo por mis compañeros para la
Vice Presidencia, cargo que serví con gran dedicación y entusiasmo como Presidente interino
pues el titular, que por ocupar una Secretaría de Estado, se encontraba imposibilitado al ser
nombrado para ejercer dichas funciones, hasta tanto fuera reformada la ley de Secretarías
de Estado vigente que hacía incompatibles dichos cargos.
A comienzos del año 1931, con motivo de mi viaje de estudios a los Estados Unidos,
aproveché la oportunidad para renunciar a dicho cargo. En realidad mi posición se iba des-
viando hacia la política imperante y a mí esto me disgustaba sobremanera.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Durante mi interinidad como Vice Presidente en funciones, afronté gran número de


problemas, pues las dependencias municipales sufrieron los efectos de una destrucción casi
completa con el paso del meteoro conocido como el “Ciclón de San Zenón”, que asoló a la
ciudad el día 3 de septiembre de 1930, dejándola en ruinas y desolación, convertida en un
inmenso cementerio.
Sin recursos económicos disponibles y los mercados destruidos y las demás depen-
dencias y arbitrios sin capacidad de producir, la situación merecía muchos esfuerzos para
poder resolverla.
Muchos de los compañeros de cabildo, en su mayoría hombres humildes, pues era el
primer ayuntamiento nombrado en condiciones excepcionales, fueron colaboradores im-
prescindibles para esta labor de reconstrucción. Merece una recordación especial el regidor
Juan Barón Fajardo, quien tomó a su cargo los trabajos de reconstrucción del Mercado que
se encontraba situado donde hoy funciona la Dirección General de Comunicaciones, en la
calle Isabel la Católica, frente a la “Casa del Cordón”, convirtiéndose en maestro de obras,
trabajador y hasta fiador de muchos de los materiales que se necesitaron para su rehabilita-
ción a la mayor brevedad posible.

Mi matrimonio
Poco tiempo después de mi graduación contraje matrimonio en la ciudad de Montecristi
con mi prometida Señorita Enriqueta Carron Moreno, oriunda de Dajabón, aunque residente
desde años antes en la ciudad del Morro.
Su padre era colombiano y su madre española de Madrid. El padre había vivido en
Puerto Rico y Dajabón, antes de establecer su negocio de Farmacia y su matrimonio con el
joven Carron hizo imposible su retorno a la madre patria, que añoraban sus progenitores.
En su familia existía una mística por la medicina, ya que su abuelo y dos tíos (hermanos
de su padre) habían sido médicos, uno en Colombia, donde murió, y otro en Francia, donde
todavía ejerce con gran éxito.
En mi familia no había habido nunca un profesionista médico, ya que la tradición de
mis ascendientes era netamente de comerciantes. Tanto mi padre como mis abuelos y tíos,
habían pertenecido al comercio de esta ciudad, desde varias generaciones.
Mi primera incursión dentro de este campo era pues un experimento nuevo en mi fa-
milia, que se iba a repetir en mi hermano, muerto a destiempo, cuando prometía ser una
gloria de la profesión.
Fue en octubre 9 cuando nos casamos con gran pompa Constituyendo un acontecimiento
que se recordó por muchos años en los anales sociales de Montecristi.
Parece ser que octubre era un mes predestinado para mi familia, pues mi esposa había
nacido en octubre 4 y mi única hija en octubre 2, y una de mis nietas celebra su fecha nata-
licia el 21 de octubre.
El matrimonio constituyó la culminación de ni vida y el comienzo de una nueva etapa,
que con mi graduación años antes, dieron nuevos rumbos a mi vida.
La ceremonia civil y la religiosa estuvieron prestigiadas con la presencia de muy distin-
guidas familias de esta ciudad y de Santiago, donde teníamos amplias relaciones sociales.
Después de tantos años, todavía recuerdo las palabras del sacerdote oficiante de la ce-
remonia que nos unió para siempre, “hasta que la muerte los separe”.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Mi primera autopsia
Siendo médico legista ocurrió una tragedia en la carretera Mella a nivel del cruce de
los rieles del ferrocarril del Ingenio Boca Chica, cerca del kilómetro 25, en la cual resultó
muerto José Mateo. Este señor iba sentado junto al conductor en el asiento de un camión
que se dirigía a San Pedro de Macorís con frutos menores desde San Juan de la Maguana y
propiedad de dicho comerciante.
El hecho ocurrió cuando el camión se cruzó con un carro Ford al servicio del Ejército
Nacional, que venía en dirección contraria y éste le pidió luz baja y al no hacer caso de la
señal, el oficial que tripulaba el automóvil hizo un disparo, con tan mala fortuna que hirió
de muerte al comerciante citado.
El cadáver del señor Mateo fue conducido al Hospital Militar que funcionaba anexo a
la Fortaleza Ozama, donde se dispuso por orden del Procurador Fiscal, que se extrajera el
proyectil para determinaciones de su procedencia y que había entrado cerca de la tetilla
izquierda, sin orificio de salida.
La exploración resultó de lo más difícil, pues el proyectil no fue encontrado en la cavidad
toráxica, dentro de la cual había una hemorragia enorme. Siguiendo las trayectorias posibles,
éste fue localizado en la cavidad pélvica y el experticio balístico determinó que procedía de
una pistola automática calibre 45, por lo cual se pudo determinar que era la que portaba el
oficial y no el revólver 38 que portaba el militar que manejaba el automóvil.
Muchas fueron las autopsias que luego tuve que practicar en cadáveres para determi-
naciones médico legales con fines judiciales, incluso en algunos casos de exhumaciones con
fines de experticios, días después de su enterramiento.
Hay que imaginarse mis tribulaciones, unas veces por mi inexperiencia y otras por falta
notoria de condiciones adecuadas de trabajo.
Este proyectil que tuvo una trayectoria tan ilógica, se podría considerar como un niño
travieso que estaba dispuesto a jugarme una mala partida, con sus aviesas intenciones, como
para ponerme a prueba. Esta travesura fue para mí una gran enseñanza, de perdurable
recordación.
En otras ocasiones los proyectiles me hicieron pasar malos momentos, con sus trayec-
torias increíbles.
Recuerdo una persona que fue herida de frente en el tórax cerca de la región precordial,
con orificio de salida en la región escapular izquierda, sin lesionar ningún órgano, pues se
había deslizado entre la piel y las costillas, como si hubiera sabido anatomía.
Podría mencionar muchos otros casos que me sucedieron, pero para muestra un caso
me parece más que suficiente.
La simulación por parte de los heridos y accidentados también puso a prueba, muchas
veces, mi pobre experiencia, hasta que el tiempo me concedió la madurez necesaria para no
dejarme engañar, en perjuicio de los victimarios.
Muchos fueron los abogados que resolvieron casos en su favor, basándose en los certifi-
cados que yo emitía y que llegaron a tener gran fuerza para las actuaciones de los jueces.

Embalsamamientos
En los comienzos de mi vida profesional y estando al servicio del Hospital Evangélico,
yo disponía de muy pocos colaboradores médicos en dicho centro hospitalario.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Me acompañaba un médico norte-americano de apellido Norris, y luego el compañero


de toda mi vida de estudios, el inolvidable Dr. Ernesto Cruz Ayala, de tan querida recorda-
ción para mí, por lo que representaban sus consejos para resolver muchos casos que tenía
que afrontar.
Yo tenía, en esa época que ser un “todólogo”, es decir: practicar cirugía, evacuar
consultas, hacer partos, tratar enfermos con “Neo-salvarsan” por vía intra-venosa, practicar
algunas pruebas de laboratorios indispensables para establecer algunos diagnósticos, etc.,
sin embargo, cuando me vi precisado a efectuar mi primer embalsamamiento, confieso
que tuve que recurrir a lo que encontré escrito en libros, pues no tenía ninguna práctica
al respecto.
Cerca de Haina hubo un accidente automovilístico, como consecuencia del cual murió
uno de los directores de un banco comercial extranjero, cuyo cadáver se dispuso hacer
embalsamar para trasladarlo a los Estados Unidos y me pidieron hacer este servicio en el
cual no tenía ni experiencia.
Con gran acopio, paciencia y estudios, practiqué el trabajo que se me había encomen-
dado y parece que dio un magnífico resultado, por las alabanzas que se hicieron al efectuar
su definitivo entierro, semanas después.
Luego, siguiendo la misma técnica y algunas modificaciones, efectué el embalsamamiento
de la anciana madre de un gerente de compañía de petróleo que falleció en esta ciudad y su
cadáver fue trasladado a su tierra natal.
Fueron muchos los embalsamamientos que practiqué, hasta que se organizaron las
agencias funerarias que tomaron a su cargo estos menesteres, librándome de esta misión.

Experiencia inolvidable
Cierta mañana al llegar al Hospital Evangélico, encontré muy interesado en una laminilla
que estaba examinando bajo el microscopio, al compañero de toda mi vida profesional, Dr.
Ernesto Cruz Ayala.
Sin inmutarse ni dejar entrever nada, con aquella calma que lo caracterizaba, me pidió
que observara dicha preparación.
Le expresé que por el número de bacilos de Koch que se observaban por campo, debía
ser de un enfermo muy avanzado de tuberculosis pulmonar y hasta agregué que me parecía
un caso de extrema gravedad. El se sonrió y convino conmigo que así era.
Pocos días después de este incidente, se me presentó para presentarme renuncia
como médico del hospital y a instancias mías por esta súbita e inesperada decisión suya,
me confesó que aquella placa que habíamos examinado hacía algunos días, era suya y
que él se iba a retirar de la capital, abandonando el ejercicio profesional, para tratar de
curarse.
Así lo hizo, hasta que algunos meses después volvió a verme, ahora muy desmejorado
en su físico, aceptando mi ayuda profesional, en un intento de curación.
Hicimos pedir, con la urgencia del caso, un aparato para el neumotórax artificial, con el
cual le hicimos varias insuflaciones. Los resultados no fueron los esperados, y meses después,
días antes del ciclón de San Zenón, pasamos por el dolor de tener que enterrarlo.
Me parece que fue la primera vez que se usó el neumotórax artificial como tratamiento
de la tuberculosis pulmonar, no volviéndolo a ver ser usado hasta el año 1938, cuando

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

generalizó su uso de manera muy fluente el médico español refugiado de la guerra civil
española que se llamó Jubés Bobadilla, a quien observé personalmente efectuar varias neu-
molisis por adherencias pleurales, con gran desenvoltura y precisión.

Mi actuación como partero


Desde que inicié mi ejercicio profesional al servicio del Hospital Evangélico, practiqué
un gran número de partos. Esto me obligaba a trabajar durante muchas noches, aparte de
mi habitual labor diaria, que era de por sí muy fuerte.
Recuerdo que el primer parto que tuve que atender, el niño vino en presentación de
nalga, que es dentro de los partos normales, uno de los más laboriosos.
Cada mes asistía entre 20 y 30 mujeres de parto, lo cual hacía mi labor cada vez más
agobiadora. Sólo mi juventud y mi entusiasmo podían hacer posible que resistiera este
esfuerzo.
Después del año 1930 vino a trabajar conmigo al Hospital Evangélico el Dr. R. R. Cohén,
como partero, a quien llamábamos cariñosamente “Tato”, y mis esfuerzos fueron aliviados
considerablemente, al relevarme de tan pesada tarea.
El Dr. Cohén, de grata recordación, había retornado de París, especializado en Obstetricia
y desde su actuación en dicho centro hospitalario creó una gran reputación.
Cuando años después se separó del personal de este centro científico, edificó su propia
clínica particular, el Instituto de Maternidad San Rafael, que todavía perdura a pesar de su
prematura muerte.
Durante mi actuación en esta faceta de mi vida profesional llegué a tener cierta repu-
tación, por lo que la mayoría de las esposas de ejecutivos extranjeros residentes en esta
ciudad, tales como bancos, agencias petroleras, etc., fueron atendidas por mí durante sus
partos.
Tanta confianza llegué a tener por mi actuación como partero que asistí a mi propia
esposa en el nacimiento de mi primera hija, que resultó ser la única que tuvimos.
No sé por qué me perseguía cierto tipo de presentaciones y posiciones, parece que para
desanimarme en continuar su práctica. Un partero amigo mío, muy admirado por sus actua-
ciones en dicho campo, siempre me decía que había dos tipos de niños que no le agradaban.
Él, de manera pintoresca los llamaba los “curiosos” y los “corteses”. Los primeros eran
aquellos que rotaban en occipito-sacra, y nacían en consecuencia mirando hacia el partero
y los que le daban la mano al mismo, durante la temida presentación de hombros, que hacía
necesaria una versión o algo peor, que no desearíamos ni mencionar. Confieso que ambas
modalidades fueron para mí de una frecuencia que asombra.
Años más tarde, durante una breve visita a la ciudad de Washington, D. C., una señora
que había sido asistida por mí durante el nacimiento de sus hijos, y que ahora vivía en dicha
ciudad, supo de mi presencia y me invitó a almorzar a su hogar, encontrándose en presencia
de una reunión, preparada por ella, en la que había ocho o diez niños todos nacidos en mis
manos, que ahora eran ya adultos o adolescentes. Fue un espectáculo de gran repercusión
y recordación para todos, que perdura entre mis recuerdos más agradables por la honda
significación que tuvo en mi vida profesional.
El esfuerzo que significaba para mí, hizo necesario que dejara en las reputadas
manos del Dr. Cohén este aspecto de mis múltiples actuaciones médicas, dedicándome

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

más intensamente a la práctica casi exclusiva de la cirugía, en la cual ya había tenido


muchas ejecutorias y destacada participación, especialmente por mi mejor preparación
en esta rama de la medicina, especialmente después de mis estudios de especialización
en la ciudad de New York, a donde me trasladé a efectuar un curso de Post-graduado
en cirugía bajo la dirección de grandes cirujanos, que me brindaron sus mejores consejos
y enseñanzas.
Durante mis actuaciones como partero, que se prolongaron por varios años, tuve opor-
tunidad de operar más de cuarenta embarazos ectópicos, casi todos ya rotos, con abundante
hemorragia peritoneal, con una estadística maravillosa, pues no perdí ningún caso, a pesar
de las dificultades que habían para las transfusiones, ya que en aquellos remoto días era una
verdadera odisea conseguir donantes y todavía no estaba comercializada su utilización. Sin
embargo, en dos o tres ocasiones fue posible establecer el diagnóstico antes de su ruptura, ade-
lantándome a la temida complicación que representaba la hemorragia intra abdominal.
También durante este período de mi vida pude asistir varias embarazadas con “Mola
hidatiforme”, la mayoría de las cuales se pusieron de manifiesto al producirse el aborto
de esta variedad de enfermedad de la placenta, pero en dos caso el diagnóstico pudo ser
establecido previamente debido a la toxemia que padecía la enferma y la altura uterina no
corresponder al tiempo de presunto embarazo, determinando mi actuación quirúrgica.
Yo tenía por norma en los casos de aborto de molas, esperar la evolución (sangramiento
y aparición de quistes del ovario), pero en la casi totalidad hubo transformación en “corio-
epitelioma”, lo cual me obligaba a operaciones que yo consideraba radicales, pero mutilantes,
especialmente cuando se trataba de enfermas jóvenes. En todos los casos en que actué y
que pude seguir, el resultado final fue de larga supervivencia, en algunos de más de veinte
años.
Guardo un desagradable recuerdo de un parto que asistí con un feto de gran tamaño,
pero que no tenía cráneo y que nació muerto. Es el único caso de “anancefalia” que tuve la
oportunidad de observar.

Fechas luctuosas
Los últimos años de la década del treinta fueron para mí de infausta recordación, porque
murieron en menos de un año mi hermano y mi padre.
Mi único hermano, menor que yo en casi diez años, se había graduado de médico dos
años antes y yo cifraba todas mis esperanzas en él para restablecer el binomio médico que
había quedado desmembrado con la desaparición del Dr. Cruz Ayala.
Para mí este hermano era algo así como un hijo espiritual por la diferencia de edad
que había entre los dos y además porque había sido el fruto de mis esfuerzos para hacerlo
médico.
Como quiera que a él no le gustaba la cirugía, dejé que se inclinara a otra rama de la
medicina, habiendo escogido la obstetricia, en la cual ya se destacaba como un excelente
partero al servicio del Hospital Internacional.
Su muerte ocurrió súbitamente, cuando menos se esperaba, tronchando una vida joven
que ya era una promesa para la ciencia.
Después, y antes de un año, sufrí otra dura prueba con la muerte violenta de mi padre,
al cual había tenido entrañable cariño.

127
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Mi padre había sido para mí algo más que eso. Nos habíamos identificado en todo desde
que yo era muy joven. Él tenía una gran admiración por mí, y hasta podría decir que sentía
gran orgullo por mis triunfos médicos. Yo, en cambio, correspondía a esta admiración, pues
sentía un devoto respeto por su hombría de bien y acertados juicios en todos los aspectos
de la vida. Existía, en consecuencia, una mutua admiración entre ambos que no podía ser
disimulada.
Estas muertes, agregadas quince años después a la desaparición de mi madre, y más
recientemente a la de mi hermana, me produjeron honda huella en mi espíritu, que sólo
he podido resistirlas con el afecto y cariño de mi familia inmediata, y especialmente de
mi esposa, mi hija, y mis nietos, que han puesto algún bálsamo en los últimos años de mi
vida.

Casos inexplicables
Después de tantos años de ocurridos, todavía no he podido explicarme la muerte de
algunos casos que presencié, a menos que admita que el “miedo” sea capaz de producirlo.
Había sido internada una joven con diagnóstico de empiema post-neumónico, confir-
mado con la extracción de pus por punción pleural.
La enferma mostraba pánico por la cirugía y la familia me convenció para que la operara
sin decirle a la paciente lo que se le iba a hacer.
Al llegar a la sala de operaciones y ver los instrumentos y la escena inconfundible de los
actos quirúrgicos, ella quiso resistirse, pero yo no le hice caso e inicié los preparativos de la
operación; cuando iba a comenzar a infiltrar una solución anestésica, pues la operación iba
a ser practicada con anestesia local, antes de que inyectara una sola gota del anestésico, la
enferma dejó de respirar, muriendo instantáneamente, sin que los esfuerzos para reanimarla
dieran ningún resultado.
Otro caso similar me aconteció con un enfermo que había sido operado de uretroto-
mía interna, por estrechez uretral, dejándosele una sonda permanente para garantizar la
salida de las orinas y evitar la distensión de la vejiga, de acuerdo con las reglas de dicha
intervención.
La siguiente madrugada a la operación fui llamado de urgencia, porque la sonda había
sido expulsada y el enfermo estaba sufriendo atroces dolores por la imposibilidad de orinar.
En la misma cama del enfermo, me preparaba a volverle a pasar la sonda, cuando el
paciente me dijo en tono de advertencia, que si le hacía eso sin anestesiarlo, se moriría. No
hice caso a lo que me suplicaba y al tratar de colocar la sonda en la uretra, el enfermo dejó
de respirar, siendo inútiles todos los procedimientos puestos en práctica para reanimarlo,
muriendo instantáneamente.
Recuerdo otro curioso caso de un enfermo que iba a ser operado de una hernia inguinal.
Esa mañana, después de practicar cinco o seis operaciones, y siendo ya medio día, dispuse
posponer esta última operación para esa misma tarde.
Al llegar al hospital, cerca de las tres, noté una gran alarma entre el personal de en-
fermeras. Al presentarme al salón encontré al sujeto que debía ser operado esa mañana,
y cuya intervención yo había pospuesto, muerto. Si el enfermo hubiera sido intervenido
por la mañana, se me habría tenido que cargar en la lista de defunciones, opacando mi tan
cuidado récord quirúrgico.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Todavía después de tantos años de estas ocurrencias sigo no teniendo una explicación
cierta para estas muertes.

Cura maravillosa
Operé un vientre agudo, con posible diagnóstico de apendicitis agudo con posible per-
foración, en un sujeto de mediana edad e historia poco precisa.
Al abrir el vientre encontré un ciego muy inflamado, con aspecto tumoral, rojo y duro,
más bien que con síntomas de infección.
Después de una discusión científica con mi ayudante, que lo era el gran clínico Dr. Er-
nesto Cruz Ayala, se decidió cerrar el vientre y no intentar seguir la exploración, ni mucho
menos su extirpación.
El enfermo evolucionó normalmente, sin ninguna clase de complicaciones, mucho mejor
de lo que esperábamos, y una semana después era dado de alta, trasladándose a su hogar
distante unos 150 kilómetros de esta ciudad, en el este del país.
Nunca recibí información de su evolución y francamente siempre estaba esperando reci-
bir malas noticias de su caso, pero estas nunca llegaron, habiéndolo olvidado por completo,
hasta que en una ocasión en que visitaba su pueblo natal por otras razones, se me presentó
muy cordialmente un señor al cual no podía reconocer por su magnífico estado de salud,
y además por haber transcurrido como diez años de la fecha en que había dejado de verlo.
Después de identificarse y reconocerlo como el enfermo que yo había operado años antes,
le supliqué dejarse examinar, no encontrando ninguna tumoración palpable en la fosa ilíaca
derecha, por lo cual consideré que su dolencia había curado completamente.
El paciente me demostró gran agradecimiento, al cual, a lo mejor yo no tenía derecho a
merecer, y así lo expresé a sus familiares a quienes él me presentaba como el cirujano que
le había salvado la vida.
Cuando hice un análisis retrospectivo del posible diagnóstico, fuerza fue reconocer que
debió tratarse de una tuberculosis hipertrófica del ciego, que curó por la exposición al aire
que se efectuó durante la operación y la larga espera durante la discusión de cerrar el vientre
sin intentar su extirpación.
Si algún mérito hubo en este caso fue la sensatez de no intentar una extirpación que
hubiera sido innecesaria y a lo mejor de fatales consecuencias.
Fue un gran éxito al cual no teníamos derecho a merecimientos, pero que a veces con-
tribuye a edificar o destruir una reputación.

Caso curioso
A la consulta que tenía en el Hospital Evangélico me fue presentada una joven de apenas
15 años, fuerte y aparentemente saludable y robusta, con una gran inflamación en la rodilla
que había sido diagnosticada de “artritis crónica”.
Después de un minucioso examen y radiografías, establecí el diagnóstico de “Osteo-
sarcoma” de la rodilla, y propuse a su padre, una amputación alta del miembro correspon-
diente.
Mi consejo fue aceptado por los familiares, después de consultar con otros colegas, que
estuvieron de acuerdo con mi diagnóstico, resolviéndose la operación propuesta.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

El resultado inmediato fue bueno, a pesar de la mutilación que representaba esta


decisión.
Como esta familia vivía en provincia, al retornar con la enferma ya amputada, el médico
que la había estado asistiendo anteriormente con el equivocado diagnóstico de artritis, hizo
acre censura de mi actuación, calificándola de ser hija de mi fogosidad juvenil, tildándome
de “carnicero”.
Así me lo manifestó el padre, desesperado por la situación que él había consentido.
Yo le expliqué que se trataba de una lesión confirmada por examen anatomo-patológico,
de indiscutible competencia y que aunque creía haber actuado a tiempo, por haber hecho
una operación muy radical, no estaba seguro del porvenir de su hija, pues esa lesión era
eminentemente peligrosa y que yo no deseaba que ocurriera, a pesar de que su ausencia
podía significar tanto en contra de mi reputación.
Seis meses después, el padre lloroso y con grandes disculpas me trajo nuevamente a
la enfermita con evidencias clínicas de que había hecho una metástasis pulmonar, que fue
confirmada por radiografía, y que privó de la vida en pocas semanas a su hijita.
Su desgracia fue mi buena suerte, pues puso de manifiesto que yo había actuado con
toda corrección aunque ésta había sido tardía, a pesar de lo radical que parecía, aplacando
la ola de censura que había producido en principio, cuando todavía existían dudas de la
certeza del diagnóstico.
De no haber ocurrido esta reproducción, probablemente mi reputación, que entonces
iniciaba su curso ascendente, hubiera sufrido un rudo golpe y quizás, hasta un motivo de
fracaso en mi futuro quirúrgico.
Yo no podría decir que me alegró esta circunstancia, a pesar de que me beneficiaba gran-
demente para mi futuro, pues mis sentimientos humanísticos siempre estarían por encima
de la desgracia que esto ocasionaba a esta atribulada familia.

Ciclón de San Zenón


El día 3 de septiembre de 1930, amaneció nublado y algunas ráfagas de viento, que
hacían presumir que se estaba acercando a nuestra ciudad un huracán, lo cual era frecuente
en esta temporada llamada “invernazo”.
Mientras avanzaba la hora, ya cerca del medio día, la situación se hacía más
amenazadora, lo que obligó a muchas oficinas a permitir a sus empleados que retornaran
a sus hogares.
Al medio día sonó la sirena del Listín Diario anunciando el peligro que se cernía sobre
esta capital, pero la mayoría de sus habitantes confundieron esta señal con la habitual que
anunciaba las doce del medio día.
Después de la una de la tarde la situación fue de real confusión bajo el inclemente
ventarrón que se había desatado furiosamente, destruyendo techos de zinc y paredes de
madera, especialmente en los barrios altos de la ciudad, construidos de estos materiales,
en su mayoría.
En medio de este pánico creado por tan inesperado estado del tiempo, muchas personas
perecieron arrastradas por el vendaval o enterradas bajo los escombros de sus hogares.
Después de las dos de la tarde, todo pareció calmarse tan súbita y misteriosamente
como se había iniciado, pero media hora después de esta calma, se inició la segunda parte

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

del paso del meteoro, ahora soplando el viento desde el sur, en vez del norte, como en la
fase anterior.
Durante esta calma, que correspondía al paso por encima de la ciudad del vórtice u ojo
del huracán, fueron muchas las personas que se lanzaron a las calles, creyendo que todo
había terminado y siendo sorprendidos por esta nueva faceta de esta infausta calamidad,
fuera de los refugios que los habían protegido anteriormente. Entre éstos, fui yo uno de
ellos, dirigiéndome desde mi hogar hasta el hospital, sólo distante unas dos cuadras, sor-
prendiéndome allí la segunda parte ya descrita.
Allí había ocurrido un verdadero desastre. La vieja casona colonial había cedido en
muchos sitios; la lluvia había inundado todas las dependencias y el equipo hospitalario se
había destruido en su mayor parte. Los enfermos se habían marchado a sus hogares o se
habían refugiado en los sitios más protegidos; los que habían llegado heridos en solicitud
de ayuda, no habían sido asistidos por falta de medios y hasta una señora había fallecido
sin poder ser auxiliada. Allí sólo había confusión y destrucción, donde pocas horas antes
era un centro de asistencia de primera clase.
Cerca del atardecer cesó bastante la furia del huracán, pero se desató una lluvia torrencial
que duró prácticamente toda la noche.
Al retornar a mi hogar, después de haber tomado las medidas de seguridad que el caso
ameritaba, intenté ver si podía saber de mis padres, que vivían en la calle César Nicolás
Penson, precisamente donde ahora estoy residiendo.
Después de una lucha titánica contra los elementos, con una ciudad totalmente oscura
y sus calles llenas de árboles caídos, mezclados con alambres del tendido eléctrico que ha-
bían sido derribados junto con los postes que los sostenían, me costó desistir de mi intento,
luego de sufrir varias caídas con los obstáculos que encontré en el camino, resignándome
a retornar a mi hogar, a esperar que llegara la mañana, para reiniciar mi búsqueda. Llegué
al sitio en que vivían mis padres, calado hasta los huecos y maltrecho, encontrando la casa
destruida y sin ningún signo de vida en los alrededores.
Después de una larga y minuciosa búsqueda en los alrededores, en que las angustias
simulaban siglos transcurridos, encontré a mis progenitores refugiados en un sótano de una
casa del vecindario, lo que hizo volver la tranquilidad a mi acongojado espíritu.
Al retorno de esta fructuosa incursión volví al hospital a ver lo que podía hacer, pero
todo hacía presumir que nada se podría remediar de inmediato, pues los daños eran mayores
a consecuencia de las lluvias caídas en la noche.

Hospital de emergencia
Los dirigentes del Hospital Evangélico decidimos establecer un sitio de emergencia para
ayudar a los heridos y enfermos dejados por el huracán de San Zenón.
En la Avenida Capotillo, hoy Avenida Mella, existía un gran edificio comercial de
tres plantas, propiedad de una mujer que debe ser considerada como extraordinaria y
que se llama Luz Saldaña, el cual había sufrido pocos daños por efectos del huracán, y
de común acuerdo, decidimos establecer allí, dentro de la zona más sufrida, un hospital
de emergencia en el cual se podían practicar curas y suturar heridas, teniendo que ser
internados algunos pacientes por su estado de gravedad o ausencia de hogares donde
ir a recuperarse.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

El personal médico fue traído del Hospital Evangélico, así como enfermeras y personal
auxiliar para la limpieza y cocina. De todos modos, a las 24 horas ya estábamos rindiendo
una labor que se prolongó un mes, mientras se efectuaba el reacondicionamiento de nuestro
destartalado hospital.
Cuando se desmanteló este centro de emergencia, hubo que afrontar una grave situa-
ción, pues allí existían niños, en gran número, que habían quedado huérfanos y que nadie
reclamaba.
Luz Saldaña, mujer emprendedora y de gran carácter y espíritu altruista decidió estable-
cer un refugio que se convirtió luego en “asilo de huérfanos” que sólo desapareció cuando
todos sus internados se capacitaron y pudieron abandonarlo. Muchos de estos niños, ya
bastante creciditos, la llamaban mamá y algunos hasta lo creían así.
Pasado el primer momento de desorientación, nos dispusimos a prevenir con anti-toxina
tetánica a todos los heridos. La existencia de ésta se agotó, pero rápidamente llegaron auxilios
del exterior para ayudarnos en nuestras tribulaciones, incluyendo abundantes medicinas.
A pesar de ello, algunos casos de tétanos aparecieron en diversos sitios que fueron aislados
en una improvisada instalación de emergencia en un local que fue acondicionado al efecto,
en la casa que hoy ocupa El Caribe, en cuya planta baja se hospitalizaron la mayoría de los
afectados de esta enfermedad, aislándose el brote epidémico, para que tuviera la menor
difusión.
De estos enfermos muchos curaron, aunque algunos fallecieron a causa de las dificultades
que representaban todas estas improvisaciones. Los resultados obtenidos, de modo general,
pueden ser calificados de magníficos, tomando en cuenta las condiciones imperantes.
Aunque yo no podría decir con exactitud el número de casos ocurridos, creo que no
llegaron a treinta en total.
Médicos de reconocida experiencia se encargaron del tratamiento de los enfermos, entre
los cuales se destacaron los doctores Pieter y Valdez.
La acumulación de basuras, detritus y desperdicios ocasionados por los escombros de
los edificios destruidos, desencadenó una plaga de moscas y como consecuencia de ello
agravado por las malas condiciones higiénicas y la falta de agua, se desarrolló una verda-
dera epidemia de Disentería amibiana, contra la cual hubo que desplegar una lucha titánica,
durante varios meses.
La contaminación de las aguas y la escasez de medios ocasionó grandes estragos entre
los habitantes de esta ciudad en ruinas. Fueron muchos los enfermos atacados de esta en-
fermedad que murieron y la aparición de nuevos casos, todavía un mes después del paso
del huracán, da una idea de la gravedad de la situación que hubo que combatir.
No creo exagerar al estimar en más de quinientos casos, los ocurridos durante esta epi-
demia, con mortalidad mayor en personas de más de cincuenta años y en niños y adultos
desnutridos.
Estas muertes se añadieron a las ocasionadas directamente durante el paso del
huracán, y los días que siguieron a éste, estimándose en más de dos mil las muertes
ocurridas, de acuerdo con los encargados de los enterramientos de los cadáveres, que
se inició a la mañana siguiente de la tragedia y se prolongó por dos o tres días, teniendo
que recurrirse a la incineración o al enterramiento en masa, en zanjas abierta en sitios
estratégicos de la ciudad, siendo la plaza Colombina, hoy Parque Eugenio María de
Hostos, uno de ellos.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

La ayuda exterior en forma de medicinas y alimentos no se hizo esperar para el socorro de


los damnificados, siendo el primero en llegar la del Crucero “Dánae” de la marina guerra de Su
Majestad Británica, cuyos marineros ayudaron eficazmente en la limpieza de los escombros.
Las torrenciales lluvias dieron por resultado el desbordamiento de los ríos, incluyendo
al Ozama, lo cual imposibilitó la entrada al puerto de buques, haciendo más difícil la tarea
de socorro.

Barney N. Morgan
Si el huracán nos trajo cosas malas, en cambio nos brindó la oportunidad de la visita del
Reverendo Barney N. Morgan, de la misión Presbiteriana, con el encargo de la ayuda de las
misiones de los Estados Unidos.
Este misionero, con el más grande espíritu cristiano se dedicó a su misión de ayuda
y tomó tanto cariño al país, que terminó por hacerse cargo de la Misión Evangélica en el
país, cargo que desempeñó por espacio de muchos años, dejando una estela de recuerdos
imborrables entre los dominicanos.
En premio a su alto espíritu de comprensión, una calle de esta ciudad lleva su nombre,
después de su muerte ocurrida en su tierra natal, años después.
Su esposa Carolyn Mc.Afee Morgan lo ayudó grandemente en el desempeño de sus
tareas, fundando una escuela para los hijos de los miembros de la colonia norte-americana
residentes en la ciudad que al correr del tiempo se denominó “Carol Morgan School”, que
ha sido responsable de cambios radicales en el sistema educativo del país.
Para mí la asociación que mantuvimos por más de veinte años es una de las más pro-
vechosas para mi formación espiritual y humanística, pudiendo afirmar que su alejamiento
del país y su posterior muerte, forman parte de mi pasado luctuoso, como si se tratara de
un familiar cercano.
Los hijos procreados por este ejemplar matrimonio de misioneros, nacieron en nuestro
país y fueron atendidos por mí, durante mi experiencia como partero. Algunos de ellos me
consideraban como su tío, estimando ellos que su padre y yo éramos hermanos, por nuestras
actuaciones.
Hacer una descripción de algunas de las obras a que dedicó Mr. Morgan su estada en el
país, sería una tarea digna de una biografía, por lo cual ni siquiera intentó esbozarla.
Su huella, tanto en lo espiritual como religioso o humanístico, está impresa en la mayoría
de los corazones agradecidos de muchos dominicanos, que supieron apreciar sus excepcio-
nales dotes de hombre de bien.

Oftalmólogos españoles
Santo Domingo fue visitada por dos oftalmólogos extranjeros, de nacionalidad española
ambos, en el curso de los últimos años, y aunque yo no era especialista de enfermedades de
la vista, tuve el privilegio de intimar con ambos.
El primero de ellos fue el Dr. Hermenegildo Arruga, que nos visitó hace muchos años
desarrollando una labor muy meritoria.
Recuerdo que el famoso oftalmólogo catalán procedía de Brasil, en donde había ido a asistir
de una enfermedad de los ojos al padre del Presidente Vargas y estableció una consulta en el

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Hospital Padre Billini, que se veía colmada de personas todos los días, a las cuales atendía
con su maestría de siempre.
El Dr. Arruga dejó una serie de anécdotas, debido a su carácter, que todavía son repetidas
por muchos de mis colegas y a veces por sus pacientes.
Yo lo conocí porque él se hospedó en la casa de Huéspedes que por muchos años, admi-
nistró una gran amiga mía, Doña Maggie León Vda. Senior, madre de uno de mis mejores
amigos, y la cual yo visitaba con harta frecuencia. Esa circunstancia hizo posible mi intimi-
dad con el famoso oculista, que en la intimidad era muy distinto al profesional irascible e
incomprensible.
En esta casa de Huéspedes, que tenía el sello de distinción de su dueña, se hospedaban las
personas más distinguidas que pasaban por esta ciudad, entre las cuales recuerdo al famoso
pianista José Iturbi, al también pianista Rubinstein, y al Capitán John Butler, quien llegó con
ese rango a este país, como el primer agregado naval de la Legación de los Estados Unidos,
durante los días más críticos de la segunda guerra europea, con precisas instrucciones de
perseguir la penetración de los submarinos alemanes en aguas del mar Caribe, y salió de
nuestra patria con el rango de Coronel, debido a sus actuaciones efectivas, en el desempeño
de su misión, para ir a servir con los Marines en la invasión de las islas del Pacífico en
posesión de las tropas japonesas, muriendo en acción poco después del desembarco en Iwo
Jima, cuando todavía no había cumplido los treinta años y estaba en la lista de ascensos
para General. Era John un apuesto y joven militar, de una gran inteligencia y capacidad para
crear buenas amistades.
El otro oftalmólogo español, también catalán que nos visitó fue el Dr. Joaquín Barraquer,
hijo del famoso fundador de la clínica que lleva su nombre en la ciudad de Barcelona, y quien
vino al país a invitación del Dr. Freddy Lithgow, quien tenía establecido su consultorio en
la Clínica Internacional, en donde pude intimidar con él por esa circunstancia.
Este joven y famoso especialista trabajó intensamente en clientela privada y fueron
muchos los pacientes operados por su mano maestra. En sus operaciones recibía la ayuda
de su esposa, quien le servía de instrumentista, con gran habilidad y comprensión.
Es un recuerdo de mi intimidad con tantos sabios profesores, que dejaron honda huella
en mi espíritu profesional y que tengo que dejar constancia, en estas estampas.

Estadísticas
Siempre fui gran aficionado a las estadísticas, habiendo logrado mucho éxito en completar
una de las más bellas, en los archivos, bien organizados del Hospital Internacional, en donde
realicé mi mayor labor quirúrgica durante treinta años.
Desgraciadamente estos archivos desaparecieron cuando fue clausurado en 1955, pues
años después, éstos fueron destruidos, perdiéndose una imponderable labor de muchos
años.
De mis recuerdos, sin embargo, puedo establecer con más o menos precisión la labor que
realicé en el campo de la cirugía durante este largo período de mi vida profesional.
Todas las mañanas, durante mi actuación como cirujano en jefe del hospital, practicaba
cuatro o cinco intervenciones cada mes, pues los días festivos y los sábados y domingos,
no efectuábamos ninguna operación a menos que se tratara de urgencias que no admitían
dilaciones.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

De ello se refiere, que con la práctica de unas mil operaciones mayores cada año, du-
rante seis lustros, debía practicar la astronómica cifra de unas treinta mil. A esto habría que
agregar las que practiqué luego en clientela privada, durante los quince o veinte años que
han seguido a dicha época, que aunque de manera menos frecuente, por razones que todos
debemos suponer, esa cifra tiene que haber pasado con mucho a las cuarenta mil interven-
ciones, la cual difícilmente puede ser igualada o superada por otros cirujanos.

Maestro
Muchos son los profesionales de la medicina que me llaman Profesor, por haber dictado
cátedras en la Facultad de Medicina de la Universidad de Santo Domingo, por unos veinte
y cinco años, ininterrumpidamente.
Sin embargo, esto no me consagraría como maestro, pues este calificativo lleva como
corolario tener discípulos.
Muy pocos cirujanos pueden enorgullecerse de tener discípulos y en consecuencia muy
pocos somos los que nos consideramos maestros de cirujanos.
Hay que recordar que el Hospital Internacional, campo de mis actuaciones, fue un centro
de enseñanza en muchos aspectos de la medicina de esta ciudad, y naturalmente fueron
muchos los estudiantes de medicina que hicieron sus prácticas médicas allí.
Desde luego, no todos deseaban ser cirujanos, pues había muchos que se interesaban
por otras ramas de la ciencia.
Yo me creo haber sido maestro porque tengo muchos discípulos, de los cuales estoy or-
gulloso por haberse destacado en la práctica quirúrgica. Aunque es muy peligroso mencionar
nombres, ya que las omisiones pueden herir susceptibilidades, voy a mencionar.
Ahí están los doctores Francisco Molina, Luis Velázquez, Otto Pou Ricart, Angel Chan
Aquino, Manuel Joaquín Mendoza Santana (Vikin) y otros muchos que se encuentran ejer-
ciendo en el país y en el extranjero, que fueron iniciados bajo mi tutela, durante mis años
de actuaciones.

Director del Leprocomio


Interinamente estuve en la dirección del Leprocomio Nacional de Nigua, durante tres
meses.
Rendí una labor entusiasta durante mis visitas a ese centro de salud.
Para entonces el tratamiento de la lepra estaba en una fase tal de atraso que muy poco
se podía esperar en cuanto a resultados y curaciones.
Mayormente había allí internados unos ciento y tantos enfermos en una manera de
Colonia.
Eran atendidos por abnegadas hermanas de la caridad y alojados en una serie de pe-
queñas viviendas. Existían además dos salones comedores, que también eran usados para
ciertas diversiones y reuniones, y uno destinado a consultorio médico, que funcionaba a
manera de hospital, pero prácticamente faltaba todo.
Cada semana giraba una visita, trasladándome en un viejo automóvil Ford, en compa-
ñía del Administrador, por una maltrecha carretera de unos veinte y dos kilómetros, cuyo
recorrido se hacía en casi una hora.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

El tratamiento de los enfermos se hacía a base de administración de aceite de chaulmugra,


que producía molestosos trastornos gástricos y oculares. Los que soportaban el tratamiento
se aliviaban, aunque muchos no tenían interés en su curación, pues ya estaban padeciendo
demasiadas incapacidades físicas y mutilaciones que los denunciaba como enfermos o
leprosos, y que la sociedad rechazaba en todo momento como un estigma insuperable. De
ahí que muchos enfermos se resistieran a seguir los tratamientos que se les indicaba, porque
eso significaba su alta y el rechazo por la sociedad y en algunos casos, hasta de sus propios
familiares. En la colonia vivían con mayores posibilidades que si eran dejados en libertad.
El problema de las relaciones ilícitas entre pacientes traía aparejado el problema de naci-
mientos de niños que tenían que permanecer en la colonia, aunque no tuvieran síntomas de
lepra. Este asunto de conciencia no tenía manera de solucionarse. No existían albergues para
niños hijos de enfermos de lepra, ni era justo enviarlos a los de niños de padres sanos.
Mientras estuve en la dirección de este centro asistencial me vi precisado a practicar va-
rios curetajes, consecuenciales a abortos incompletos, con grandes hemorragias que ponían
en peligro sus vidas y hasta hubo casos de infecciones.
Aunque yo no era dentista, me vi en la necesidad de extraer algunas muelas y dientes
a pacientes que las tenían en pésimas condiciones y que en los demás sitios se negaban a
darles la debida atención. Me improvisé, en consecuencia, como dentista o más propiamente
“saca muelas”.

Escuela de enfermeras
Básicamente el Hospital Evangélico fue instalado con fines educativos para la iniciación
de la carrera de enfermera. La Misión Evangélica mantenía sus actividades en todos los
niveles educativos.
En consecuencia el establecimiento de la Escuela de Enfermeras se inició desde el mismo
momento en que fue establecido dicho centro de salud.
Era labor muy difícil, pues no se encontraban candidatas que reunieran las condiciones
requeridas para su admisión.
Muy modestamente la escuela inició su labor con un pequeño núcleo de estudiantes,
bajo la dirección y orientación de enfermeras graduadas norte-americanas, adscritas al
hospital.
Mención especial hay que hacer de algunas de estas enfermeras, cuya paciencia y labo-
riosidad deben considerarse como de incalculable valor para el triunfo de dicha empresa.
Sin menoscabar a otras enfermeras que tuvieron relevante actuación en la escuela, sería
injusto no mencionar los nombres de Violet M. Parker, muy dulce y abnegada; Katherine
L. Fribley, enérgica y justiciera, que además se encargaba de una labor de puericultura que
salvó muchas vidas de niños e imprimió nuevos rumbos a la alimentación infantil; y por
último a Eunice A. Baber, que vino a prestar servicios de ayuda a las víctimas del ciclón y
se quedó por más de veinte años, siendo la verdadera reorganizadora e impulsadora del
Hospital Internacional, que así se llamó luego el Hospital Evangélico, joven de un carácter
inflexible y un espíritu organizador poco comunes, que puso al servicio de la escuela de
enfermeras todo el entusiasmo de su juventud y preparación.
Después de inaugurado el moderno edificio que se había construido en la Avenida
México, la Escuela inició sus días de gloria, sin menoscabo de los tropiezos que tuvieron

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

que ser vencidos antes y que se deben considerar como las bases en que se edificó la nueva
carrera de enfermeras.
Desde un principio tomé gran interés en la creación de la clase de enfermera, dictando
cátedras en ella constantemente. Orgullosamente puedo afirmar que todos los Diplomas
expedidos tenían mi firma, desde el año 1926 cuando fue graduada la primera promoción
hasta su clausura en 1955.
Ante la falta de material didáctico de enseñanza, me vi precisado a escribir dos libros
de texto. Anatomía y Fisiología para Enfermeras y Cirugía para Enfermeras, fueron escritos por
mí e impresos en 1937, con ediciones ya agotadas.
Más de doscientas enfermeras graduadas fue el fruto de dicha escuela, que forman
el núcleo que actualmente dirigen la ESCUELA NACIONAL PARA ENFERMERAS y la
Superintendencia de Enfermeras de muchos centros hospitalarios del país. Después de la
clausura del Hospital Internacional, yo continué enseñando las materias de mi preferencia
en la Escuela Nacional.
Me enorgullezco de haber dedicado tanto de mi tiempo de juventud a la labor de crea-
ción que significó nuestro esfuerzo, para que la ENFERMERA GRADUADA ocupe el sitio
que tiene en la salud pública del país.

Post-graduado
La misión decidió enviarme a tomar un curso de post-graduado en cirugía a la ciudad
de New York y escogió al New York Post Graduate Medical School and Hospital para
tal fin.
La travesía la efectué en el vapor “Coamo”, vía San Juan de Puerto Rico, llegando a la
ciudad de los rascacielos el 2 de febrero de 1931 (Día de Washington). Fueron a esperarme al
muelle, el antiguo Superintendente de la Misión en Santo Domingo, Nathan H. Hauffmann
y los Mellizos Hernández, quienes se habían exiliado en los Estados Unidos desde el año
anterior por motivos políticos y el cual duró por treinta largos años. Ellos me llevaron a sus
habitaciones en la calle 104 West y allí me alojé por dos días, hasta encontrar una habitación
en un hotel que estaba cercano al sitio de mis estudios, en la calle 23 East, en el barrio de
Grammercy, muy cómodo y limpio. Desde allí podía ir al Hospital a pie, no importando el
estado del tiempo, que en invierno es cosa de tener en cuenta.
Primeramente me asignaron labores en el Departamento de Anatomía Patológica
y luego prácticas de cirugía en el cadáver, bajo la dirección del Profesor DiPalma.
Pocos días después fui llamado a la oficina del Superintendente, en donde encontré
a mi profesor de cirugía y sufrí un gran susto cuando se me dijo que no debía conti-
nuar asistiendo a clases, agregando luego, que él no tenía nada que enseñarme y que
no continuara perdiendo mi tiempo, y que me reportaría al servicio de Cirugía del
Profesor Joseph Erdmann, notable cirujano que me recibió con muestras de simpatía
y llegando a ser su ayudante.
Recuerdo una anécdota que me sucedió con el Profesor Erdmann, cuando se enteró de
mi nacionalidad, pues él tenía un recuerdo muy simpático de los dominicanos, por haber
operado muchos años antes a un “general dominicano” de una hernia inguinal, sin utilizar
ninguna clase de anestesia, a petición del enfermo, y que luego se estableció por investigación
en los archivos que se trataba del General Pedro María Mejía.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Erdmann me refería peripecias quirúrgicas que le habían sucedido durante su larga vida
de cirujano, entre las que se destacaban sus actuaciones más desgraciadas, ocurridas con
dos artistas de origen italiano a los cuales tuvo que operar de urgencia y ambos murieron;
fueron ellos el gran tenor Enrico Caruso y el famoso astro del cine mudo Rodolfo Valentino.
Esta circunstancia lo hacía tener gran cuidado con los enfermos italianos que debía operar
en los servicios hospitalarios y en su clientela particular, y que a estos casos siempre estaban
presentes en su mente como un recuerdo imborrable.
Durante mi estada en este curso tuve oportunidad de intimar con el gran Profesor Un-
ger, considerado el hombre más importante en esos momentos en transfusiones sanguíneas,
cuando éstas se comenzaron a utilizar en gran escala en el tratamiento de muchas enferme-
dades, debido a los adelantos que se hicieron en hematología, materia en la cual se destacó
como uno de sus pioneros.
También tuve ocasión de conocer al gran cirujano Allan O. Whipple, quien se distinguió
además en el estudio de las anemias. Era un cirujano formidable, pero solía incursionar
en todos los terrenos de la investigación. Cuando tenía cenas en su hogar, entretenía a la
concurrencia con números musicales, tocados al violín por él, instrumento que dominaba
admirablemente. Yo no sé cómo podía dedicar tanto tiempo a tan diversas facetas de la
vida, pero realmente por eso es que era un hombre privilegiado. Un paciente agradecido
donó al Medical Center el Hartness Pavillon, a condición de que fuera utilizado por él
para sus investigaciones.
Muchas cosas recuerdo de mi estada en ese centro de estudios, entre las cuales me resul-
ta imborrable mi actuación como interno de ambulancia, cuando recogimos el cadáver del
tristemente célebre pistolero Legs Diamond, en una habitación del Hotel Monticelli, durante
las frecuentes guerras entre los pistoleros por la dominación de territorios durante la “ley
seca” que todavía imperaba en los Estados Unidos.
Los sitios de expendio de bebidas operaban libremente en todo el territorio de la unión,
como resultado de la corrupción en los que debían hacerla cumplir.
Los internos frecuentábamos sitios para tomar cerveza, a estilo alemán, sin peligro de
ninguna clase.
Otro recuerdo que guardo fue lo que me ocurrió una mañana cuando me dirigía a mi
trabajo, al cruzarme con el Sargento de Policía, hombre bien parecido, erguido y de aspecto
marcial, que se paseaba siempre por las aceras del barrio, seguido por otros dos policías
que le servían de escolta, y me saludó llamándome “Doctor”. Cuando le inquirí por qué
me llamaba así, me contestó que él no podría ser jefe de la estación de ese precinto si no
conociera a todos sus moradores, y que al verme ir dos o tres veces en la misma dirección
y a la misma hora, me hizo seguir y obtuvo todos los datos en la oficina del centro educa-
tivo en que estaba realizando mis estudios, lo cual hizo posible mi identificación como un
forastero de buenas cualidades, poniéndose luego a mis órdenes para cualquier asunto que
me pudiera ocurrir.
En la sala de emergencias, en la cual prestaba servicios ocasionalmente, en calidad
de cirujano de turno, trajeron un día a un joven bien parecido, de constitución atlética,
con una fractura del muslo producida por un disparo, gritando como un desesperado,
en italiano “Mamma mía”. Este hombre que actuaba con tan evidente cobardía al do-
lor físico, era sin embargo el guarda espaldas de un hampón y tenía fama de hombre
valiente.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Al terminar mis estudios retorné a esta ciudad, en donde pocos meses después debíamos
inaugurar el nuevo y moderno edificio que se había construido en la Avenida México, en
donde actué por muchos años hasta su clausura en 1955.
El regreso lo efectué en el “Borinquen” que había sustituido al “San Lorenzo” en sus
viajes semanales entre New York y Santo Domingo. Veníamos muy pocos pasajeros, pero
recuerdo que también regresaba de una conferencia en la capital americana el Dr. Porfirio
Dominici, quien a la sazón dirigía el cuerpo médico militar y viejo amigo mío; el corredor
de seguros Julián Oliva, quien años antes había intimidado conmigo por ser el médico
usado por su compañía de seguros, y otros que mi memoria han olvidado. Este viaje se
efectuaba prácticamente en familia siendo bastante aburrido, a lo cual había que agregar
un mal tiempo en la travesía entre New York y San Juan de Puerto Rico, para que las cosas
resultaran aún peores.
Cuando recordamos estas lentas travesías, que duraban días interminables, y las com-
paramos con los rápidos viajes en aviones a propulsión que son usados en esta misma ruta
en la actualidad, que sólo duran algunas horas, sentimos una nostalgia del pasado, aunque
aceptemos los adelantos de nuestra civilización como cosa inexorable. Las despedidas y las
recepciones de ahora y de antaño, contrastan notablemente perdiendo todo el encanto de
lo que significaban.

Mis incursiones en Urología


Durante mis primeros años en la práctica médica hice muchas incursiones en el campo
de la urología, especialmente en asuntos relacionados con tratamientos quirúrgicos.
Practiqué más de cuarenta operaciones de próstata, siguiendo el método transvesical
supra púbico de Freyer. Me enorgullezco de haber tenido una mortalidad nula, siendo yo
un intruso de esta especialidad. Una tesis presentada por uno de mis alumnos, recogió los
resultados de esta labor.
También era frecuente tener que practicar uretrotomías internas, usando el uretrótomo
de Messoneuvre, instrumento que creo que ya casi debe pertenecer a los museos. Estas
operaciones eran practicadas con gran frecuencia debido a estrecheces uretrales que resul-
taban como consecuencia de inadecuados tratamientos de la blenorragia, y que hoy casi han
desaparecido por completo, como consecuencia de los cambios que han ocurrido después
de la aparición de los antibióticos. Estas operaciones eran seguidas por dilatación con bujías
metálicas, para calibrar la uretra, y eran conocidas con el nombre de Beniqués.
Mi actuación en este campo me hizo tratar al Ministro Americano Sr. Evans Young
(entonces no había embajadores todavía) a quien periódicamente le hacía lavados vesicales
para una lesión crónica de su vejiga.
Esta circunstancia dio motivo a que en un viaje que efectuara a la ciudad de New
York, al tratar de visitarlo en su oficina de la Pan American Airways, de la cual era a la
sazón uno de sus vice-presidentes, después de abandonar la carrera diplomática, cuando
le anuncié a su secretaria mi intención de visitarlo, ésta me dijo que si no tenía una cita
previa con él iba a ser imposible verlo. A insistencia mía accedió a pasarle mi tarjeta, la
cual llevó a su jefe sin ninguna esperanza y por pura cortesía; con gran asombro de ella,
personalmente abrió la puerta de su despacho y con los brazos abiertos me recibió efusi-
vamente ante su expectación.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Este caballero guardaba un recuerdo muy cariñoso de mis servicios a pesar del tiempo
transcurrido.
Durante este período de mi vida profesional practiqué algunas operaciones de cistoto-
mía, con fines de extracción de cálculos vesicales (la llamada talla hipogástrica), pero debo
recordar una en particular, con extracción de un cálculo enorme de más o menos el tamaño
de una toronja, que fue descubierto por una radiografía que se le tomó por estar acusando
síntomas de cistitis, con frecuencia de micciones y se encontró dicho hallazgo. Para poder
extraer dicho cálculo fue necesario aplicar un pequeño fórceps, como si se tratara de la
cabeza de un feto.
Sobre el riñón tuve muchas experiencias, tales como nefrectomías, en número de seis
o siete, unas veces por pionefrosis y uronefrosis y hasta por hipernefroma, con magnífico
resultado y también nefropexias por riñón flotante o ectópico y algunas nefrolitotomías por
cálculos coralíferos de gran tamaño, que también evolucionaron muy satisfactoriamente, a
pesar de que uno se complicó con una tremenda hemorragia que puso en peligro la vida del
paciente, especialmente por la dificultad que existía entonces para las transfusiones. Este
caso me ocurrió con uno de los funcionarios de la Esso y lo recuerdo por el gran susto que
me produjo esta inesperada complicación.
En esta especialidad llegué hasta a ordenar una serie de cistoscopios, que usaba con
bastante frecuencia, pero que luego dejé en desuso, porque no podía consagrarme a tantas
facetas de la cirugía al mismo tiempo y ésta me llevaba más del disponible.

Mi banquero favorito
En la década del treinta, todos los bancos comerciales que funcionaban en el país eran
extranjeros y desde luego, sus gerentes también lo eran.
Yo fui médico de la mayoría de dichos gerentes y altos funcionarios, así como también
de los representantes de la mayoría de las compañías petroleras, de la compañía Eléc-
trica, de la de Teléfonos y de la Receptoría General de Aduanas, que todavía controlaba
nuestras rentas.
Esta circunstancia me hizo tener muy estrechas relaciones con los gerentes de The Na-
tional City Bank, entre los cuales recuerdo a Mr. Wheeler, Mr. Jackson, Mr. Erickson y Mr.
Pérez.
La señora Erickson fue atendida por mí en su último parto; Mr. Jackson igualmente fue
atendido en varias ocasiones, así como su familia, hasta su muerte ocurrida en los Estados
Unidos después de una lobectomía; la familia de Mr. Wheeler igualmente era atendida en
todas sus dolencias por mí; y Mr. Pérez murió en mis manos a consecuencia de una fuerte
hemorragia gastro-intestinal, pero su familia, compuesta por su esposa y sus hijos, todavía
guardan gratos recuerdos de mis servicios médicos rendidos.
En el Royal Bank of Canada, su gerente Mr. O’Connell, de tan grata recordación fue mi
cliente durante toda su actuación en el país y al ser jubilado, y mientras se mantuvo resi-
diendo en esta capital siguió recibiendo mis consejos médicos, hasta que se retiró a vivir en
la Florida.
En el Bank of Nova Scotia, fui médico de cabecera de sus gerentes Mr. Irving, Mr. Ro-
binson, Mr. Evans y Mr. Hinchliff. De igual manera estuvieron bajo mis cuidados médicos,
sus familiares, y muchos de sus hijos nacieron bajo mis atenciones.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Fue sin embargo, Mr. Hinchcliff mi banquero favorito por haberme brindado su amistad
sin ninguna reserva.
Recuerdo que él me llevó a la Vice-Presidencia del Santo Domingo Country Club
cuando fue electo Presidente de esta asociación, que gozaba ya de gran prestigio en la
sociedad dominicana, e igualmente guardo un profundo agradecimiento por la prueba
de confianza que depositó en mí al facilitarme todos los préstamos que fueron necesarios
para la edificación de mi residencia en la cual todavía vivo, operación que fue efectuada
fuera de todas las reglas bancarias de esa época, teniendo sólo como fianza, mi reputación
y su amistad.
Cuando desempeñaba las funciones de Presidente de la Junta de Directores del Banco,
ahora con residencia en la ciudad de Toronto, Canadá, y durante una visita que hice a la
sucursal de New York, se me puso en comunicación telefónica directa para hablar con él,
por instrucciones emanadas personalmente de él, cosa que fue muy agradecida por mí, ya
que se trataba de una atención más en prueba de nuestra amistad.
Como médico del gerente de la Compañía de Teléfonos, siempre tengo que recordar
la operación cesárea que le practicara a la Señora Larsgard, para traer al mundo a su
única hija.
También recuerdo la operación de urgencia que me vi precisado a practicar al gerente
de la Compañía Eléctrica, Sr. Wiggs, a cuya esposa también operé en una ocasión.
Fui el médico personal de Mr. William Pulliam, Receptor General de Aduanas y de
su esposa y del Delegado Receptor Mr. Orne, a cuya nuera practiqué tres cesáreas para el
nacimiento de sus hijos, prefiriendo tenerlos en nuestro país, a pesar de las facilidades que
tenían para hacerlo en su tierra natal.
Sería prolijo seguir enumerando enfermos a quienes me cupo el honor de asistir durante
mi activa vida profesional.
Son remembranzas de un pasado quirúrgico lleno de casos de personas de gran rele-
vancia a las cuales serví con toda abnegación y dedicación, y que me es muy difícil olvidar
por lo que representó para mí.

Gangrenas
Durante mi ejercicio profesional tuve que asistir a varios enfermos con “gangrena ga-
seosa”, enfermedad que en la actualidad tiene tendencia a hacerse cada vez más escasa su
incidencia, especialmente después de los grandes adelantos que han advenido en el arsenal
terapéutico moderno.
No puedo estar muy orgulloso de los resultados que obtuve en sus tratamientos, a pesar
de que fui muy radical en mis decisiones.
En una ocasión asistí a un hombre que había sido traído desde el puerto de Palenque,
y que había sufrido una fractura expuesta de una pierna, la cual se había producido por un
derrumbe de aquellos grandes sacos de azúcar que se usaban en esa época. Los compañeros
de trabajo se lo entablillaron lo mejor que pudieron, usando yaguas amarradas con cordones
de soga, para su traslado a nuestro centro de salud, pero al quitar el “enyesado” encontré que
había una gran infección producida por tan rudimentario método de contención, puesto sin
ninguna regla de asepsia. Al día siguiente, a pesar de nuestro tratamiento, encontré que la
pierna estaba muy inflamada con flictenas indicadoras de gases, y establecí el diagnóstico de

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

“gangrena gaseosa” disponiendo la amputación alta a nivel del tercio superior del muslo.
Desgraciadamente, la septicemia que ya existía, con gran hipertermia e intoxicación siguió
su curso y 24 horas después de aquel heroico tratamiento, el enfermo murió.
Otro enfermo que recuerdo fue un hombre que había sido atropellado en su casa, mien-
tras se encontraba durmiendo, por un camión que rompió la esquina de la casa de madera
en que habitaba, produciéndole una fractura abierta de la pierna, con gran desgarradura de
las partes blandas, que antes de 24 horas de haber sido llevado a mi servicio, ya presentaba
evidencia de estar desarrollando una “gangrena gaseosa” con septicemia, que hizo nece-
saria una amputación alta del miembro, la cual aparentemente controló la grave infección.
Mientras estaba en su convalecencia, unos veinte días después del accidente, comenzó a
tener síntomas de “Tétanos”, a pesar de que se le había administrado anti-toxina en dos
ocasiones (al ingreso y a la semana del accidente). Después de un largo tratamiento en que
fue utilizada la anti-toxina a grandes dosis, por todas las vías (sub-cutáneas, intravenosa e
intra-raquídea), el enfermo murió sin haberse recuperado de esta última complicación, sin
responder a las esperanzas que teníamos de curarlo.
Siempre me recuerdo de este caso, por las circunstancias en que sucedió. Un hombre
durmiendo en su casa, atropellado por un vehículo que destruye una pared de una esquina,
y que produce una fractura abierta que se complica con gangrena gaseosa y luego se tetaniza,
parece ser la culminación de una serie de circunstancias que parecen sellar la mala fortuna
y el destino de una persona.
Otros casos de gangrena gaseosa no fueron tan fatales como los descritos, pues aparte
de las mutilaciones con que fueron afectados, se recuperaron. Desde luego, es una de las
enfermedades en que tuve menos suerte en mi vida quirúrgica, pues la mortalidad fue muy
por encima de mi estadística de mortalidad general en otras dolencias.

Invaginación intestinal
Esta enfermedad fue vista por mí muchas veces en niños y operada a tiempo con resul-
tados muy halagadores, pero hay un caso que merece mi especial mención.
Era un enfermo que me llegó del sur del país con diagnóstico de disentería crónica, por
estar evacuando sangre y mucosidades, desde hacía muchos días, quizás semanas.
Al examen del vientre encontré una masa dura, de aspecto tumoral, en la fosa ilíaca de-
recha, que me hizo pensar en una oclusión de tipo crónico, pues había ausencia de síntomas
esenciales, como eran los vómitos.
Después de varios días de observación y de radiografías, me pareció que se confirmaba
el presunto diagnóstico de oclusión, que por su edad, debía ser de origen maligno.
Decidí operarlo, con una laparotomía lateral a nivel del borde externo del recto derecho,
y al hacer la exploración de rutina, encontré que el ciego y el colon contenían más de dos
metros de intestino delgado en su interior, con gangrena de todos los elementos envueltos
en la lesión, por lo que decidí practicar una colectomía de toda la masa y practicar una
anastomosis a nivel del colon transverso con un asa de intestino sano.
Fue una operación muy laboriosa, practicada en las peores condiciones imaginables,
con focos de infección por todas partes, preparándome para las posibles complicaciones
como algo inexorable. Sin embargo, para mi sorpresa y suerte para el enfermo, no hubo
ninguna complicación y la herida cicatrizó por primera intención, evolucionando como si

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

se hubiera tratado de algo normal y corriente. A los tres o cuatro días se estableció el tránsito
intestinal, con evacuaciones normales y paso de gases, como en un caso más.
Este enfermo fue visto por mí como a los cinco años y le hice practicar una radiografía
con medio de contraste, encontrando que la anastomosis funcionaba a la perfección.

Ex presidente Machado
Entre los clientes importantes a quienes asistí, se encuentra el ex presidente, General
Gerardo Machado, de Cuba, cuando se encontraba exiliado en nuestro país, después de su
derrocamiento.
Muy pocos dominicanos estaban enterados de su presencia en nuestro país, al cual
había llegado secretamente por las costas de Montecristi, en un pequeño yate que lo había
transportado desde las Bahamas.
Así es que cuando se me requirieron mis atenciones médicas para su enfermedad, yo
ignoraba que estuviera conviviendo entre nosotros.
Una noche vino a mi casa de familia en la calle Mercedes, un hombre que por su tono y
acento no podía ocultar ser cubano y me pidió ir a ver a un enfermo, sin decirme de quién
se trataba.
En su propio automóvil salimos en dirección a San Gerónimo y al llegar a una casa que
existió o existe todavía cerca del Hospital Robert Reid Cabral, muy cerca de donde están las
oficinas de Rahintel, fui llevado a la presencia de un hombre bastante gravemente enfermo,
con una aparente intoxicación alimenticia, que había que descartar que se tratara de un
envenenamiento criminal, dadas las condiciones del paciente.
Cuando estuve en su presencia, me preguntó que si yo sabía quién era él, contestándole
afirmativamente por haberlo visto en muchas fotografías y a renglón seguido me inquirió
que si yo tenía algo en su contra, a lo cual contesté que aunque no compartía sus ideas po-
líticas, yo nada sentía en su contra, porque yo no era cubano, y además que mi condición
de médico no podía impedirme que asistiera con toda diligencia e interés a un paciente que
solicitara mis servicios.
Luego de una pequeña pausa me dijo “bueno, me voy contigo, porque me has inspirado
confianza”.
Así fue que esa misma noche lo trasladé al Hospital Internacional, alojándolo en la mejor
habitación de que disponíamos.
Los exámenes de laboratorio no encontraron nada en referencia a intoxicación criminal,
y el enfermo mejoró prontamente, recuperándose en pocos días, pero él no se quería ir a su
hogar, porque se consideraba muy feliz y bien atendido por el personal del hospital.
Pasó unas dos semanas en convalecencia durante las cuales llegamos a intimidar y me
confió muchos secretos de su vida política, desde sus inicios en la guerra libertadora, en
la cual había llegado a mayor general, hasta su derrocamiento como presidente y su fuga
precipitada al extranjero.
Mi hija, que entonces era muy pequeña y me acompañaba muchas veces en mis visitas
nocturnas al hospital, también entraba al dormitorio del General, comportándose él como
un verdadero “abuelo” en intimidad con una nietecita, que a lo mejor añoraba. En muchas
ocasiones ella estuvo sentada en sus piernas como si se tratara de un familiar, por la con-
fianza que él le inspiraba.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Un buen día me dijo que se iba para Alemania y que se embarcaría por Puerto Plata en
un vapor de la Horn Line, que lo conduciría a Hamburgo, y así lo hizo. Fue una indiscreción
de su parte, porque sus enemigos políticos vivían vigilando sus pasos y habrían querido
saber su itinerario a cualquier precio para un atentado.
Durante su permanencia en el Hospital me ocurrieron muchos incidentes con sus
acompañantes, unos agradables y otros desagradables, pues todos los que lo rodeaban se
disputaban sus favores y a veces sentían celos por las distinciones que tenía conmigo.
A pesar de que él no lo deseaba, me vi precisado a solicitar protección policial muy
discreta, para protegerlo de un atentado que hubiera tenido serias repercusiones sobre el
crédito del Hospital, especialmente cuando venía a nuestro puerto el vapor “Cuba” en su
itinerario entre la Habana y San Juan, con escalas en nuestro país, que podía traer personas
interesadas en su desaparición.
Después de un largo período en Europa, vino a residir a los Estados Unidos, donde
murió luego de una operación que le fue practicada en un riñón.
Todavía recuerdo, con admiración, su gran valor. Muchas veces tuve que llamarle la
atención por mantenerse acostado de espaldas, frente a la puerta de la habitación que se
encontraba abierta y estaba situada en un pasillo por el cual circulaba libremente todo el
que así lo deseaba.

Segundo Congreso Médico Dominicano


Después de una larga pausa, se celebró el Segundo Congreso Médico Dominicano,
presidido por el Dr. Ramón de Lara, al cual concurrieron gran número de profesionales con
sus aportaciones científicas. Este fue celebrado en las postrimerías del año 1933 y tuvo por
sede el Ateneo Dominicano, que estaba alojado entonces en la segunda planta del edificio
que hoy ocupa el diario El Caribe en la calle El Conde.
Parece que había gran ansiedad de manifestaciones científicas a juzgar por la concurrencia
de trabajos tanto a los temas oficiales como a los libres.
Yo participé con un trabajo titulado Maniobras para aminorar el tiempo en las apendi-
cetomías, el cual fue escenificado con tres operaciones, practicadas en tiempo récord de
seis minutos en promedio por cada una, siendo éstas presenciadas por un gran número
de colegas, los cuales tuvieron frases muy enaltecedoras para el tema presentado y hasta
para mi habilidad como operador, siendo dicho trabajo galardonado con un Premio y
Diploma, que después de tantos años todavía ostento orgulloso en mi oficina particular,
junto a otros reconocimientos que se me han conferido durante mi larga práctica en el
campo de la cirugía, a la cual me dediqué casi exclusivamente durante una gran parte de
mi ejercicio médico.
Hubo un lapso comprendido entre los años 1927 y 1955, en los cuales efectuaba un
promedio de ochenta intervenciones quirúrgicas por mes, lo cual totaliza unas treinta mil
operaciones efectuadas en este período de mi vida, cifra que se aumentó luego, aunque no
al mismo ritmo, porque la práctica privada es más limitada y después de la clausura del
Hospital Internacional en 1955, estuve dedicado a esta práctica.
Para tener una idea de la labor realizada por mí durante este largo período de práctica
hospitalaria, basta considerar que para efectuar un promedio de ochenta operaciones por
mes, es necesario por lo menos la ejecución de tres o cuatro por cada día laborable de cada

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

semana. Esa labor continua y sistemática es agobiadora, pues son muchos los sinsabores
que se pasan en la sala de operaciones.

Casos Raros. Filariasis y espiroquetosis


En una ocasión al efectuar una operación por hidroceles, el líquido extraído era franca-
mente lechoso, por lo cual lo envié al laboratorio para su estudio, obteniendo la respuesta
de que se trataba de un derrame quilúrico, en el cual se encontró embriones y abundantes
huevos de microfilaria del tipo Bancrofti.
Este enfermo había venido a mi servicio, según su declaración, por haber recibido una
contusión, en el escroto, durante la realización de un trabajo, por lo cual la trans-iluminación
que le fue practicada era negativa y se creyó que en realidad se trataba de un hematoma o
derrame sanguíneo. Los hechos demostraron una cosa muy distinta y la falta de veracidad
de la causa ocasional atribuida por el enfermo con fines fraudulentos para atribuirlo a un
accidente del trabajo.
Como consecuencia de esta revelación yo reporté el caso y escribí un artículo en la Re-
vista Médico Farmacéutica que era editada entonces y dirigía el Dr. Félix M. Veloz Saldaña,
siguiendo luego gran alarma entre los profesionales médicos que ahora demostraban gran
diligencia en encontrar nuevos casos de filariasis humana nocturna, enfermedad que hasta
ese momento se desconocía que existiera en nuestro país. Cuando era descubierto, anterior-
mente, algún caso, siempre se trataba de justificar su contaminación en algún período de su
vida en otras áreas del trópico, donde era aceptada que era endémica.
Yo mismo descubrí años después, otro raro caso de filariasis, al detectar un derrame
pleural con líquido lechoso que estaba repleto de huevos de microfilaria humana del tipo
descrito anteriormente, en un enfermo diagnosticado radiográficamente de pleuresía con
derrame.
Otros casos raros que tuve el privilegio de ver fueron los que se me presentaron de modo
esporádico, con todos los síntomas de neumonía, pero con esputos francamente hemorrágicos
en vez de herrumbrosos, y en cuyos esputos se pudo encontrar abundantemente la presencia
de Espiroquetas, respondiendo al tratamiento con pequeñas dosis de sales arsenicales por
vía intravenosa, de Neo-salvarsan.
Por lo menos fueron detectados, con absoluta certeza, dos casos de esta rara enfermedad,
los cuales también publiqué, siendo muy discutidos en todas las reuniones científicas que
entonces se efectuaban con mayor frecuencia que en nuestros días.
No he vuelto a saber de casos de espiroquetosis bronquial en nuestro país, a lo mejor
porque nadie está buscando estas rarezas o porque con el uso de los antibióticos no han
podido desarrollarse a plenitud.
Después del advenimiento de los antibióticos, que no existían en mis primeros años de
mi práctica médica, muchas enfermedades que antes eran comunes, ahora resulta que sólo
se ven como una excepción.
Por ejemplo, los abscesos urinosos, tan frecuentes en el pasado, como consecuencia
de estrecheces uretrales masculinas o manipulaciones en la uretra, ya son prácticamente
desconocidos por los médicos actuales. Hace algunos años eran de tal frecuencia, que las
incisiones en el periné para su evacuación constituían parte de la rutina casi diaria de los
cirujanos.

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Igualmente sucede con las mastoiditis que complicaban las otitis media supuradas.
Aunque yo no era un otorrinolaringólogo, no había año que no tuviera que trepanar dos
o tres mastoides, por abscesos de sus células óseas. Actualmente son verdaderas rarezas
operatorias aún en manos de los especialistas. El uso de los antibióticos en el tratamiento
de las otitis medias, creo que es la causa de la ausencia de esta complicación.
Lo mismo ha ocurrido con los empiemas, complicación de las neumonías, que ahora
casi han desaparecido mientras que antiguamente eran muy frecuentes, teniendo yo que
practicar frecuentemente pleurotomías con previa resección costal, para su evacuación y
curación.
Es evidente que hoy día el tratamiento de las neumonías es muy distinto al que usába-
mos los médicos de la era preantibiótica, cuando nos veíamos forzados a dejar evolucionar
a esta enfermedad, contentándonos con mantener el corazón para que resistiera el período
de crisis final, porque en su mayoría era la terminación de dicha enfermedad.

Otro paciente importante


Yo no sé por qué después del derrocamiento del Presidente Machado de Cuba y su
refugio en nuestro país, cada vez que ocurría un cambio de importancia en América, sus
exiliados venían a residir a nuestro país, para orientarse y decidir dónde se instalarían en
el futuro de modo permanente.
Fue así como gran número de los descendientes del General Juan Vicente Gómez, de Ve-
nezuela, vinieron a refugiarse en nuestra patria, después de su muerte y como consecuencia
de los cambios que ocurrieron en la patria de Bolívar; luego vimos al General Pérez Jiménez;
también de Venezuela; al General Domingo Perón de la Argentina; y a Fulgencio Batista de
Cuba, para sólo mencionar a los más destacados.
Esta circunstancia me dio el privilegio de atender a algunos de ellos.
Fue una hija del difunto General Juan Vicente Gómez, llamada Berta, mi próximo caso
de un personaje de importancia a quien me correspondiera atender.
Fui llamado por sus medio hermanos, pues ella no era hija legítima, a pesar de usar
el apellido, para que la viera por estar sufriendo de una apendicitis aguda y fue operada
por mí, de urgencia, con resultados muy satisfactorios de recuperación sin ninguna
complicación.
Operar apendicitis llegó a ser mi acostumbrado desayuno quirúrgico diario, especial-
mente después de mi demostración ante el Segundo Congreso Médico Dominicano, que
me dio gran fama de experto operador de esta lesión, pero cuando el paciente era de la
importancia del caso anterior, por sus posibles repercusiones, era motivo de preocupaciones
por parte mía, ya que estaba envuelto mi porvenir como médico. Un fracaso en casos de tan
poca importancia, hubiera sido un rudo golpe para mi porvenir científico.
Así sucedió con esta prominente operada; igualmente resultó el caso de un señor que
visitaba al país en viaje de recreo y descanso, que se enfermó súbitamente y fue necesario
una intervención quirúrgica, y que luego me lo identificaron como uno de los Vice Presi-
dentes de un Banco comercial norteamericano, y que evolucionó tan bien como los demás
casos, para mi ventura.
Mi memoria no puede retener todos los casos que manejé y desgraciadamente los
archivos del clausurado Hospital Internacional, campo de mis actuaciones y posibles

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

investigaciones, ya no existen. De lo contrario, hurgando en ellos, es posible que pudiera


mencionar muchos otros casos que me sucedieron.

Heridas de la arteria femoral


Las heridas de esta arteria casi siempre conducen a una muerte rápida, por hemorragia
incontrolable o tardanza en su tratamiento.
Sin embargo, yo recuerdo de varias heridas de la arteria femoral, que fueron tratadas
por mí y que se salvaron por mi pronta actuación.
Desde luego, en la mayoría de los casos, la sutura que salva la vida, ligándola produce
gangrena por falta de irrigación, de todo el miembro inferior, teniendo que terminar, en gran
número de casos, por una amputación o sea una mutilación.
Vi, sin embargo, algunas que no tuvieron este fin casi matemático, pues en un caso parece
que actuó la providencia, al establecerse una comunicación entre la vena y la arteria, que
produjo un aneurisma arterio-venoso, que fue por muchos años compañero inseparable de
este afortunado herido.
Se trataba de un hombre a quien se le escapó un tiro manipulando una pequeña pistola
automática de muy pequeño calibre, con profusa hemorragia por haber interesado al paquete
vásculo-nervioso en la región femoral, dentro del triángulo de Scarpa, y que cicatrizó
espontáneamente al establecerse la comunicación entre los vasos arterial y venoso de esa
región, no siendo interrumpida la irrigación sanguínea del miembro inferior.
Otro caso que recuerdo fue el de un obrero que se presentó como una emergencia por
haber sido herido en la región inguinal por un fragmento de metal desprendido al manipu-
lar dos instrumentos de acero, con tan mala fortuna que el mencionado fragmento, como
si fuera un proyectil, se introdujera en dicha región produciendo una sección completa de
la arteria femoral.
Yo me limité a ligar la arteria, haciendo uso de mis conocimientos anatómicos, con los
puntos de referencia de lugar, y esperar los resultados.
Al día siguiente, cuando yo esperaba encontrar un miembro frío y sin circulación, me
sorprendió el buen estado de la pierna, sin que vislumbrara isquemia, debido a la sutura
arterial. Así continuó su recuperación, pudiéndose comprobar, luego, por radiografías con
medios de contraste, que la ligadura se había efectuado por debajo de la bifurcación de la
arteria y además que existía una arteria colateral por encima de dicha sutura y que garanti-
zó la irrigación del miembro por existir dicha anomalía anatómica. Por unos centímetros o
quizás milímetros, este afortunado herido pudo conservar su pierna.
Otros casos no fueron tan afortunados, y en la mayoría de ellos, hubo que recurrir a una
amputación del miembro con la consiguiente inhabilidad funcional resultante.

Anestesia
Cuando pensamos en los lejanos días cuando las anestesias eran administradas por perso-
nas bien intencionadas, pero sin ninguna o muy poca preparación, como ocurre actualmente,
nos maravillamos de la epopeya que representaba para los cirujanos el acto operatorio.
Recuerdo los viejos días cuando la mayoría de las anestesias se hacían con frascos gotero
a base de éter, la mayoría de las veces, y de cloroformo, otras, o con ayuda del aparato de

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Ombredanne, que hoy consideramos como pieza de museo, pero que tantas historias debe
guardar de su uso. Los cirujanos, cuando operábamos vientres, teníamos que esperar los em-
pujes y reflujos de los intestinos, para nuestra labor, siendo a veces, obra de equilibrismo.
Al presenciar hoy día el gran adelanto que ha ocurrido en esta materia, tenemos que
rendir un homenaje de admiración a los hombres que hace treinta o más años, efectuaban
operaciones en las desventajosas condiciones existentes.
Fue un gran paso de adelanto la introducción de anestésicos administrados por vía intra-
venosa, casi todos derivados barbitúricos, ocurrida en la década del treinta.
Fui uno de los precursores entusiastas del uso de estas drogas, acumulando una gran
cantidad de anestesias. Hasta llegué a escribir un artículo sobre mi experiencia con ellas.
Después vinieron otras drogas y modernos aparato de anestesia, en donde se mezclan
los anestésicos con oxígeno; se usó la intubación para mayor control; y se administran drogas
reguladoras de los movimientos respiratorios, que han puesto punto final a las angustias de
los cirujanos. Además, se ha suprimido ese momento de inquietud y hasta de gran zozobra
que representaba el período de excitación que precedía al sueño anestésico.
Desde luego, todo ha venido como consecuencia de la aparición de los anestesistas pro-
fesionales o anestesiólogos, que han resuelto la mayoría de las tribulaciones de los cirujanos,
que ahora pueden concentrarse en el acto quirúrgico, no teniendo que preocuparse por las
consecuencias de las anestesias.
En este sentido el cambio ha sido radical, pues mientras hace apenas medio siglo se ponía
a dar la anestesia al ayudante que tuviera menos preparación, hoy día se ha convertido a
éste en uno de los de mejor preparación para la práctica de éstas.
La mortalidad por efectos de las anestesias, que en el pasado había que tomar en cuenta,
unas veces por intoxicación y otras por paro respiratorio o cardíaco, puede decirse que hoy
día no se deben tomar en consideración, pues su incidencia es algo menos que nula.
Ya los cirujanos no se denuncian por el fuerte olor a éter que desprendían después de
una sesión quirúrgica.
Los enfermos no sufren las habituales molestias y hasta peligros que representaban los
vómitos y náuseas post-operatorias.

Medicina laboral
Hace muchos años, una compañía de seguros inició operaciones contra accidentes del
trabajo y fue el Hospital Internacional el encargado de la asistencia de la mayoría de los
accidentados.
Víctor Braegger, un suizo-americano, trajo al país a la Compañía Maryland Casualty
Company, con oficinas dirigidas por el bien recordado amigo Don David León, y situadas
en la segunda planta del edificio de la tienda “Cerame”.
Muchas compañías constructoras establecidas en el país, se aseguraban para proteger a
sus obreros con lesiones, en su gran mayoría heridas y fracturas, resultantes de sus labores,
y a mí me correspondió su asistencia.
Así me inicié e incursioné dentro de la ortopedia, atendiendo a fracturados y luxados,
que eran los más frecuentes.
Llegué a tener una gran colección de radiografías de fracturas de todos los tipos que
utilizaba en mis lecciones de Patología Quirúrgica, durante mi larga labor de enseñanza

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

universitaria. Hasta llegué a iniciar cirugía abierta de algunas fracturas tales como las de
la rótula y huesos largos. Recuerdo haber utilizado en varias ocasiones las placas de Lane
para las fracturas del fémur.
Esta práctica me llevó también a otra rama de la cirugía, pues eran muchos los lesiona-
dos con cuerpos extraños enclavados en los ojos, los cuales me veía precisado a extraer. Fue
ésta la más atrevida de mis incursiones quirúrgicas, esta vez en el campo de la Oftalmología
y me siento orgulloso de los resultados que obtuve durante este período de mi práctica
profesional.
Mi amistad con Mr. Braegger fue muy sincera y perdurable, y recuerdo que en uno
de mis viajes a Estados Unidos, por vía marítima, en mi escala en San Juan de Puerto
Rico, supo de mi presencia allí y me atencionó espléndidamente durante el día que pasé
en dicha isla.
Todos los recuerdos que guardo de esta época de mi actuación profesional no son hala-
güeños, pues me vi precisado a practicar varias amputaciones como resultado de aplasta-
miento de miembros, que hacían imposible toda oportunidad de contemporizar, y que los
convertía en inhabilitados o mutilados.
A pesar de ello, guardo grato recuerdo de un obrero al cual tuve necesidad de amputarle
una pierna a consecuencia de un derrumbe en una construcción, con la consiguiente inha-
bilidad para seguir desempeñando sus antiguas actividades, y que siguiendo mis desinte-
resados consejos, en vez de entablar una reclamación judicial, convino un arreglo amistoso
con los dueños de la construcción, acordándose darle trabajo permanente como sereno en
dicha empresa, posición en la cual salió ganando económicamente, pues tenía un salario
que duplicaba al que devengaba como obrero antes de su desgraciado accidente, además
de que se le hizo una buena remuneración en efectivo y se le compró un miembro artificial,
que hubo que mandar a confeccionar al exterior, porque aquí todavía no se podían construir
estos tipos de prótesis, y que le permitía disimular su incapacidad funcional.

Fasciola hepática
La fasciolosis humana es enfermedad poco frecuente, especialmente en nuestro país,
de modo que el hallazgo que tuve durante una intervención quirúrgica que practicaba con
posible diagnóstico de litiasis biliar, fue para mí una gran sorpresa.
Esta enferma sufría periódicamente dolores en el hipocondrio derecho, que eran diag-
nosticados como “cólicos hepáticos” por su localización y manera de presentarse.
Cuando practiqué la operación exploradora encontré una vesícula biliar llena de lo que
parecían ser cálculos biliares, aunque su consistencia era demasiado blanda a la palpación
externa. Después de extirpada la vesícula, al abrirla me sorprendió ver gran cantidad de
fasciolas hepáticas, móviles y un poco de bilis, que al ser examinado por el laboratorio estaba
lleno de huevos de fasciola.
Parece ser que los movimientos de estos parásitos o su migración por el cístico, deter-
minaban los dolores que parecían cólicos por cálculos.
Yo escribí un artículo de mi hallazgo quirúrgico, porque no creo que ningún otro cirujano
haya encontrado nada similar en nuestro medio.
El resultado quirúrgico fue excelente y la enferma dejó de sufrir dichos síndromes do-
lorosos después de la colecistectomía que le practiqué.

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La fasciolosis es una enfermedad común al hombre y los animales, especialmente de los


bóvidos, pero en nuestro país son muy raros los casos humanos reportados. Desde luego, entre
los bóvidos es enfermedad muy común, y el vulgo la conoce con el nombre de “cucaracha”, por
el aspecto que presentan los órganos de estos animales afectados de dicha enfermedad.
A pesar de la gran cantidad de colecistectomías por litiasis que he practicado, no he
vuelto a tener otra oportunidad de observar otro caso, ni tengo conocimiento de reporte
alguno al respecto por otros cirujanos.

Liga Dominicana contra el Cáncer


Desde su fundación fui miembro de esta noble institución, la primera que se ocupó de
problemas sociales en nuestro país, fuera de las instituciones oficiales, y de la cual me he
vuelto a hacer cargo, como presidente, hace dos años.
En mayo de 1949 fui nombrado Presidente de la institución, y luego serví como Vice
Presidente durante casi veinte años, durante el tiempo que la presidió el gran filántropo
dominicano Dr. Heriberto Pieter, hasta su fallecimiento en 1972.
Como resultado de su muerte, volví a asumir la presidencia de la Liga, y ahora ocupé
también la dirección del Instituto de Oncología, al cual estoy dedicando los años del otoño
de mi vida, con el mismo cariño y consagración de mi predecesor.
Siempre tuve sitio de honor para el Instituto de Oncología porque consideraba que
estaba desarrollando una labor encomiable en favor de la salud del pueblo dominicano.
Ayudando a los que padecen esta terrible enfermedad que no respeta posiciones sociales
o económicas y contra la cual todavía no se ha encontrado una cura definitiva, a pesar
de los esfuerzos desplegados en el mundo entero en la investigación de las causas que la
puedan producir.
Un grupo de hombres y mujeres de buena voluntad se ha mantenido en constante alerta
para hacer del Instituto lo que hoy representa.
Mención especial merecen los caballeros que han integrado sus directivas, durante todos
los años de su existencia, así como a las nobles damas voluntarias y de la Rama Femenina,
así como a las abnegadas Hermanas de la Caridad que han hecho posible su constante en-
grandecimiento.
Si hay algo de que esté orgulloso y poderlo proclamar ha sido mi constante y perseve-
rante ayuda al engrandecimiento de esta sociedad, para perpetuar la obra iniciada por mi
predecesor, a cuyos desvelos y contribución personal se debe el lugar prominente que hoy
ocupa en la asistencia social de la República.
Es muy difícil deslindar atribuciones de la Liga y el funcionamiento del Instituto, puesto que
ambas se complementan. Su sincrónico funcionamiento ha sido la causa del éxito de ambos.

Instituto de Oncología
Nacido con la humildad que su grandeza le tenía reservada, después de más de treinta
años de constante crecimiento, hoy representa, probablemente, el más perfecto modelo de
organización nacional.
Es verdad que la mayoría de su personal ha crecido al amparo de su generosidad, siendo
considerados por sus servidores como algo propio.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

La mayoría de los miembros del personal médico del Instituto tienen tantos años de
servicio como la vida misma de éste. Para muchos son como sus hijos. No es de extrañar
encontrar personal auxiliar en iguales condiciones. Su trabajo no se puede medir por la
remuneración que perciben, sino por el cariño con que desempeñan sus funciones, por
humildes que estas sean.
El crédito de que goza a nivel nacional es imposible de describir. Los enfermos que recibe,
vienen de todos los rincones del país, atraídos por la fama y seriedad de sus servicios.
Lo que comenzó hace treinta años como casi un experimento, hoy puede considerarse
una obra imprevisible.
Cada día hay más necesidades que cubrir, siendo insuficientes sus ciento cuarenta camas
para alojar a la creciente demanda de asistencia. El crecimiento está concentrado en las cifras
de camas con que fue iniciado, que era de apenas catorce.
Las consultas externas han crecido en número, constantemente. Cada mañana acu-
den, durante todos los días de la semana, tantos enfermos como posibilidades hay de
atenderlo. Más de cien personas son consultadas. Otras cien personas son sometidas
a prueba para la detección del cáncer del cuello uterino. Más de doscientas personas
reciben tratamiento de radioterapia cada día, entre pacientes internos y externos. Más
de veinte y cinco personas son sometidas a operaciones quirúrgicas semanalmente, por
nuestros cirujanos. Se practican más de cien biopsias semanalmente en los laboratorios
de anatomía patológica. Se toman más de veinte radiografías diariamente con fines de
diagnóstico, y en fin no se hace más porque no hay espacio físico ni fondos suficientes
para rendir una labor mayor.
A la par del crédito científico, ha crecido la confianza de los donantes que hacen posible
su funcionamiento. Cada día es mayor la fe de éstos en la escrupulosidad en el manejo de
los fondos que le son hechos por los contribuyentes voluntarios, los cuales son fiscalizados
por auditorías anuales por inspectores al servicio del gobierno dominicano, que siempre han
encontrado correcta su inversión y alabado el pulcro manejo de los fondos que administran
sus directivos.
Desgraciadamente, cada año hay mayores necesidades y la renovación constante de
los equipos, todos muy costosos, nos mantienen en constante estado de desesperación,
para poder hacer frente a los imperativos de superación para que los servicios no queden
rezagados en calidad.
Hay que estar haciendo mejoras constantemente y comprando equipos, así como aumen-
tando el personal y su retribución, para poder servir con la eficacia que requiere el caso.
De no haber mantenido este ritmo y actualización de los medios de tratamiento, no
podríamos estar orgullosos de lo que significa para combatir una enfermedad que ocupa
tan prominente sitio entre las causas de mortalidad en el mundo entero.
Con los adelantos que se operan cada día en la construcción de los equipos, hay que
estar constantemente comprando nuevos aparatos de radioterapia, que cada vez son más
costosos pues de lo contrario entraríamos en un período de inercia, que no es precisamente
la mística que nos hemos trazado desde su fundación.
Hemos ido ocupando todos los espacios libres del terreno en que originalmente fue
construido el primer cuerpo del Instituto, pero ya hemos llegado a un punto en que no
encontramos más soluciones, a menos que se piense en un nuevo local, en otro sitio, con
más amplitud de espacio disponible, que pudiera cumplir la misión en un futuro calculado

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

en varias décadas. Sin embargo, esto es sólo una ilusión que todos acariciamos, pero que
consideramos bastante utópica.

Falsa alarma
Yo era el médico de una señora a cuyo esposo sólo conocía de vista y ni remotamente
sospechaba su verdadera identidad.
Una tarde, teniendo mi consultorio en la calle Hostos esquina Salomé Ureña, vino este
señor a buscarme para que fuéramos a ver a su esposa, que según me manifestó tenía un
fuerte dolor en el vientre.
Salí en un carro público, en compañía de este personaje y al retornar como una hora después
encontré a mi padre muy alarmado por mi tardanza, esperándome con gran ansiedad reflejada en
su semblante. Él me había visto salir, pues vivía en la segunda planta de dicha casa y reconoció
a mi acompañante, pues le era familiar su fama macabra. Le decían el “cubano” y era famoso
porque llevaba a “dar un paseito” a algunas personas que luego aparecían muertas.
Como yo estaba sindicado de desafecto al régimen imperante y conociendo mi padre la fama
de mi acompañante, era natural su preocupación y especialmente mi tardanza en regresar.
Yo ignoraba con quién andaba y desde luego, cuando retorné me mostré sorprendido
por su preocupación. Cuando todo fue aclarado, yo me di cuenta de la falsa alarma que
había ocasionado mi salida en tan terrible compañía.
Confieso que si hubiera sabido su “oficio”, difícilmente me hubiera expuesto a salir solo
con él, pues parece que era una tarea insana que hasta le producía placer ejecutar.
Este sujeto, después de haber realizado numerosos “trabajitos” tanto en esta ciudad como
en Santiago y otras localidades del país, desapareció con el mismo misterio con que inició su
tarea, siendo secreto a voces que se debió a que “sabía demasiado” o que se le “había ido la
mano” en la ejecución de trabajos que no se le habían encomendado y que a era mejor que
desapareciera. Unos decían que le habían aplicado su sistema y otros que se había ido para
otro país. Nunca más se supo la verdad del paradero de este tenebroso sujeto.

Operación peligrosa
Una noche fui llamado urgentemente por un caballero a cuyo hijo le habían asestado
una estocada en el vientre y se encontraba en el Hospital, con un síndrome de hemorragia
interna.
Con la celeridad del caso y sin averiguar las condiciones en que ocurrió el hecho, procedí
a una laparotomía exploradora, encontrando una hemorragia cataclísmica que inundaba toda
la cavidad peritoneal. La herida había penetrado en la cavidad abdominal, seccionando una
importante arteria del mesenterio del colon ascendente, la cual pude localizar y suturar con
la rapidez que merecía el caso. Las transfusiones hicieron el resto y el paciente se recuperó
rápidamente.
La ocurrencia había tenido lugar, aparentemente con fines políticos, para suprimir a
una persona que sólo la muerte era capaz de hacer callar las manifestaciones para la clase
gobernante, que imperaba en el país desde hacía algún tiempo.
Se trataba de un hombre joven, de nombre Arturito Vallejo y a quien todo el mundo
reconocía como un sujeto difícil de dominar.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

El hecho ocurrió al atardecer de un día, en plena calle El Conde, en presencia de muchas


personas, las cuales no se atrevieron a acusar a nadie por temor a represalias.
Parece ser que eran ciertas las sospechas, pues a mí como cirujano no se me perdonó
que le salvara la vida, en acto acorde con mi juramento Hipocrático, y fueron muchos los
inconvenientes que este “triunfo” profesional me produjo.
Desde luego, cada vez que ocurría un caso similar a éste se atribuía mi interés en sal-
varles la vida a mi condición de desafecto, lo cual no me producía gran preocupación, pues
yo me tenía trazada una línea de conducta profesional que nada podía hacerla variar, y que
era mal interpretada por muchos sectores.
Esta circunstancia hizo que la mayoría de las personas contra cuya vida se atentara,
recurrieran en procura de mis servicios, en la seguridad de que recibirían la atención mé-
dica más esmerada, no importa los trastornos que ello me ocasionara, pero que estaban en
perfecta concordancia con mi condición de médico honrado y respetuoso de la profesión
que había abrazado como un sacerdocio y no como un peculado.

Guarda Costa de los Estados Unidos


Durante la segunda guerra mundial, los Estados Unidos de América, ante la amenaza
que significaba para la navegación por el mar Caribe la presencia de submarinos alemanes,
envió a nuestro país una flotilla de la Guarda Costa, con base en esta capital.
Eso dio por resultado que también viniera personal médico para la atención de los en-
fermos en la marinería, estableciendo ellos su centro de trabajo en el Hospital Internacional,
donde eran internados los marineros enfermos.
Primeramente estuvo al frente de dicha unidad médica el Teniente Comandante, Dr.
Biondo y un pequeño grupo de sargentos del cuerpo médico de la marina de guerra de los
Estados Unidos. Luego vino a sustituirlo el también Teniente Comandante, Dr. Bruce Mc-
Campbell, quien estaba acompañado de su esposa e hijos y se establecieron en esta ciudad
por todo el tiempo de su permanencia al frente de su misión médica. Me correspondió asistir
de parto a su señora durante el nacimiento de uno de sus niños.
El Dr. McCampbell era un joven médico de gran ambición y excepcionales cualidades,
con el cual tuve gran intimidad, de tal modo que me sirvió para llevar a la Embajada de
México a un perseguido político muy estimado por la Misión Evangélica, oculto en el baúl
de su carro, que tenía placa oficial, de modo de impedir su apresamiento y que luego con-
siguió salvo conducto para salir del país.
Muchos fueron los marineros que sufrieron enfermedades propias del trópico, además
de las normales en cualquier otro sitio del mundo, pero la mayor dificultad que hubo que
afrontar fueron las infecciones venéreas propias de hombres jóvenes y a las cuales se expo-
nían constantemente.
La blenorragia fue uno de los problemas más dificultosos que se presentaron con su
secuela de complicaciones e inhabilidades para el trabajo, agravada por la circunstancia
de que los barcos tenían dotaciones muy pequeñas y en consecuencia producían grandes
trastornos sus licencias.
En esos meses había sido puesta al servicio de las fuerzas armadas aliadas una nueva
arma de combate para las infecciones de las heridas y que también actuaba con gran éxito
en la curación de la blenorragia.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Estoy refiriéndome a la aplicación en el país de la Penicilina, droga prodigiosa que inició


la era de los antibióticos, cuyos alcances son todavía imprevisibles.
No se puede negar que la era de los antibióticos ya se había iniciado cuando fue aplicada
la droga denominada Prontosil rojo, de gran toxicidad y pobres resultados, derivada de las
anilinas, que luego fue cambiando en su composición, perdiendo su color rojo y tornándose
ahora blanca, aunque siempre de escasa eficacia en muchas infecciones.
El advenimiento de la Penicilina, como resultado de los trabajos del inglés Alexander
Fleming, trajo al servicio médico un polvo de color amarillo, derivado de un hongo, que
combatía eficazmente muchos micro-organismos, entre ellos a los cocos, entre los cuales se
encuentra el gonococo productor de la blenorragia.
Este polvo, disuelto en agua y aplicado por vía intramuscular o intravenosa, producía
en muchas ocasiones fuertes reacciones alérgicas e hipertermia, por contener un factor pi-
rogénico que fue luego aislado y destruido, disminuyendo el peligro que su administración
conllevaba. Las dosis de entonces eran de cinco a diez mil unidades, administradas cada
cuatro o seis horas, que resultaban muy incómodas y que hoy se considerarían ridículas con
las dosis masivas de las sales que hoy se usan.
Los descubrimientos de sales menos tóxicas y cada vez más potentes de la penicilina, hicieron
que el color amarillo cambiara por blanco y las dosis fueran más espaciadas y mayores.
Cuando usamos las primeras inyecciones de Penicilina para el tratamiento de algunos
marineros que padecían blenorragia, los resultados fueron sorprendentes, aunque luego
estas esperanzas se desvanecieron pues los gérmenes se hicieron pronto resistentes y los
resultados fueron convirtiéndose en frecuentes fracasos.
Desde luego la era de los antibióticos había sido iniciada y todavía estamos disfrutando
de los beneficios de tan valioso descubrimiento.
Muchas fueron nuestras vicisitudes y ratos amargos que el uso de la penicilina nos pro-
dujo, pues estaba estrictamente controlado su uso para el personal de la Guarda Costa, y la
frecuente solicitud de parte de muchos enfermos que la necesitaban y no la podían encontrar,
nos produjo muchos sinsabores y desagradables momentos.
Las ofertas que se me hacían para su adquisición eran tentadoras, pero desgraciadamente
yo no podía satisfacerlas, ocasionándome muchos disgustos y hasta malas voluntades, pues
creían que yo no les proporcionaba el producto por fines egoístas.
En realidad, el control que se ejercía sobre las existencias era de tal modo estricto, que hu-
biera sido imposible distraer la más pequeña cantidad de la droga para usos no oficiales.
Los precios en esa época eran fabulosos, pues la producción estaba muy limitada y su
uso preferente en los casos de guerra, la hacían inaccesible para fines civiles.
Hoy día, cuando los antibióticos, en escala comercial han hecho posible su adquisición
por sumas aparentemente irrisorias, pensamos en los lejanos días cuando era un verdadero
lujo su administración.

Enfermedad de Recklinhausen
Hubo una época de mi ejercicio profesional en que cualquier acontecimiento era motivo
de una preocupación y la subsecuente acción en ese sentido.
Así me ocurrió una vez que vi en Güibia a un joven que al salir del agua me dio la im-
presión de estar salpicado con grandes cantidades de arena húmeda, en toda su espalda.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Cuando entablamos conversación este joven y yo, me di cuenta de que era una enfermedad
poco común que se manifestaba por una serie de pequeños nódulos pigmentados y que se
denomina Enfermedad de Reclinghousen.
Yo conseguí que él se dejara examinar minuciosamente por mí, haciendo que se trasla-
dara en varias ocasiones al Hospital, para un estudio minucioso.
Fue así como se despertó en mí la curiosidad por esta enfermedad, de la cual nunca
había visto un caso y que sólo conocía por mis lecturas médicas.
Con base a esta preocupación, resolví buscar otros casos similares, desplegando una
serie de personas con el encargo de ver si me traían otros casos iguales.
Mis investigadores me trajeron muchos enfermos, que unos tenían la enfermedad y
otros no. La mayoría de los que examiné sólo eran portadores de verrugosidades pigmen-
tadas, pero hubo un número reducido de unos diez casos, que estaban padeciendo esta
rara dolencia.
Se trata de lo que se denomina “neurofibromatosis generalizada” y es una enferme-
dad o entidad cutánea que a pesar de su rareza se encuentran casos diseminados por
todo el país.
Los que yo estudié provenían de todos los rincones de la isla, no siendo característica de
ninguna región en particular. Es más visible y neta en sujetos de piel blanca o clara, aunque
también los hubo en sujetos de raza negra.
Yo creo que cuando hay interés en algún renglón o enfermedad en particular, los casos
parecen multiplicarse. Cuando yo perdí el interés en esta curiosa enfermedad, los dejé de
ver como por encanto.
Uno de mis alumnos del Hospital Internacional los reunió todos en su Tesis para el
doctorado en medicina, que debe estar en los archivos de la Universidad.

Cesárea peligrosa
Yo había practicado muchas operaciones cesáreas para traer niños al mundo, pero hubo
una en particular, que en vez de ser peligrosa para la madre, lo resultó para el cirujano.
Se me presentó a mi oficina del Hospital Internacional una señora embarazada de térmi-
no, primigesta, que después de ser examinada, se determinó que necesitaría una operación
cesárea, debido a estrechez pélvica.
La paciente aceptó la operación y ésta fue practicada con toda felicidad, con resultado
de un robusto varón.
Después supe que se trataba de la esposa de uno de los hombres más perseguidos y
que se encontraba en el exilio, llamado General Juan Rodríguez García, y desde luego, no
agradó que yo hiciera esta asistencia.
El niño fue bautizado con el nombre de su padre y el mío, en agradecimiento a mis
servicios.
Fueron muchas las dificultades que tuve con el régimen imperante por haber asistido a esta
enferma, pero yo consideraba que mi condición de médico no podía estar supeditada a cuestiones
ideológicas políticas, y así lo consigné en todos los momentos en que fui molestado.
Para colmo, la familia se había trasladado a una ciudad del interior del país y resulta
que el niño fue bautizado precisamente el día en que yo como Gobernador rotario hacía mi
visita oficial al club de esa ciudad y se sospechó que yo había ido a bautizar a dicho niño en

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

desafío a la vigilancia a que todos estábamos sometidos. Confieso solemnemente que fue
una coincidencia este hecho y que no bauticé a este niño, porque tampoco se me pidió que
lo hiciera, lo cual hubiera hecho con el mismo placer con que asistí a su nacimiento.
He mantenido relaciones muy cordiales con la madre y el niño, a través del tiempo, y
hoy me enorgullezco de que este joven sea todo un caballero al servicio de una institución
bancaria, pues supo prepararse para los embates que le reservaba la vida, después de tantas
pruebas a que había sido sometido.

Asociación Médica Dominicana


La Asociación Médica Dominicana había sido fundada desde el año 1891, pero tuvo un
largo período de eclipse hasta que fue actualizada en la década del veinte. Durante la direc-
tiva que debía regir sus destinos en 1929, fui encargado de la Secretaría General. Después
de muchas vicisitudes volvió a tener auge y en 1962 hizo una serie de reconocimientos y
actuaciones que la han llevado a su estado actual.
Durante la presidencia del Dr. Manuel E. Saladín Vélez en 1958, se hizo un homenaje
de reconocimiento a varios profesores universitarios, entre los cuales me encontraba yo,
otorgándoseme un DIPLOMA de honor por los sacrificios que significaba haber estado
enseñando en nuestra universidad a la mayoría de los estudiantes que ahora eran médicos
al servicio del país. Conservo dicho Diploma como uno de los galardones más preciados
que se me han discernido en mi vida profesional, adornando las paredes de mi consultorio,
junto a otros que he recibido.

Apendicitis raras
Para casi todos los cirujanos, la extirpación del apéndice es una operación muy sencilla,
que raras veces ofrece alguna importancia.
Después de haber practicado varios miles de apendicetomías, confieso que no soy tan
benigno en mi apreciación, pues han sido muchos los casos en los cuales he tenido sorpresas
desagradables.
En una ocasión operé de apendicitis a un señor, casi por satisfacer su deseo, pues la
sintomatología que presentaba no ofrecía ninguna aparente necesidad de ésta, comproba-
do por un hemograma prácticamente normal, y cual no sería mi sorpresa al encontrar un
apéndice con toda la base gangrenada, que fue de muy difícil extirpación. Por suerte, el caso
evolucionó magistralmente, sin ninguna complicación.
En la otra cara de esta pobre sintomatología, he visto muchos casos con alarmantes síntomas
y gran leucocitosis con presencia de una polinucleosis que hacían prever una apendicitis muy
aguda, y al abrir el vientre me ha sorprendido el estado poco infeccioso del órgano.
Recuerdo un caso que tuve que operar de urgencia por perforación manifiesta, en la
cual encontré áscaris saliendo del órgano, en migración hacia el vientre, con la consiguien-
te peritonitis, que después de mucha lucha, fue curada. No fue esta la única vez que tuve
que enfrentarme a la ascaridiosis como causa de apendicitis aguda, pero la presencia de los
vermes en plena cavidad abdominal fue la primera y última vez que presencié.
Estas razones y otras más, han hecho que yo tuviera fuerte aversión por las sorpresas que
me ha producido este órgano, estableciéndose una verdadera mala voluntad por él. Por ello,

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

cada vez que he abierto un vientre, por otras razones, siempre he practicado la extirpación,
“profiláctica” del apéndice, como medida rutinaria.
En muchas de estas apendicetomías profilácticas he encontrado a dicho órgano en po-
siciones muy desventajosas para su extirpación por una herida pequeña destinada única-
mente a su escisión. Desde luego, con una laparotomía amplia, las dificultades se reducen
grandemente.
Entre estas condiciones desventajosas debo mencionar aquellos apéndices cubiertos de
adherencias en membranas de Lane o de Jackson o en posiciones retrocecales.
Mi enemistad personal con el apéndice ha sido tal, que en una ocasión, practicando una
operación por hernia estrangulada derecha por deslizamiento del ciego, no pude resistir la
tentación de extirparlo al presentarse a mi vista en el contenido del saco herniario, cosa que
podía traerme serias consecuencias.
Pero todos estos casos quedarían minimizados con la descripción de los que voy a hacer
a continuación.
En la superintendencia de enfermeras del Hospital Internacional hubo una enfermera
norteamericana que tenía su corazón en el lado derecho, comprobado por todos los medios
diagnósticos. En una ocasión comenzó a tener dolores abdominales en la fosa ilíaca izquierda
y teniendo en cuenta su dextrocardia, le hicimos una radiografía con medio de contraste por
enema de bario, resultando que también tenía una inversión total de sus órganos abdominales,
con ciego a la izquierda e hígado también en ese lado, por lo cual formulamos el diagnóstico
de apendicitis izquierda, siendo operada y comprobada su posición. Fue la primera vez que
practiqué una apendectomía siguiendo el método preferido por mí, de Jalaguier, pero con
herida en el lado izquierdo del vientre.
Digo que fue la primera vez, pues en otra ocasión, se me presentó una señora joven con
dolores en la fosa ilíaca izquierda, y al practicar el examen rutinario noté que tenía su corazón en
el lado derecho, por lo cual sospeché que pudiera existir una inversión orgánica completa y que
sus dolores abdominales correspondieran a una apendicitis izquierda, lo cual fue confirmado y
también operada por mí siguiendo el método preferido, con resultados espléndidos. Esta enfer-
ma fue vista nuevamente por mí hace poco tiempo, en uno de sus viajes a este país, pues desde
hace muchos años vive en New York, donde me dice que ha sido vista por muchos médicos
que han quedado muy impresionados por su anormal conformación orgánica.

Catedrático
En 1942 por decreto del Poder Ejecutivo fui nombrado Catedrático de la Facultad de
Medicina de la Universidad de Santo Domingo, habiéndoseme asignado la docencia de la
Patología Quirúrgica en el Tercer Curso y que estuve desempeñando hasta 1966.
A la muerte de la Doctora Consuelo Bernardino, acaecida en 1945, el Decanato me en-
comendó la docencia provisional de la materia que ella enseñaba, o sea la Ginecología, que
era estudiada en el Quinto Curso, la cual serví por poco tiempo, aunque realicé cambios
radicales en su enseñanza, tales como la demostración práctica de la materia, con los casos
que eran estudiados teóricamente en las clases anteriores. Se presentaban casos de enfermas
para la cátedra magistral, y luego en la sala de operaciones se demostraba prácticamente el
caso durante una sesión operatoria. El Dr. Francisco E. Moscoso Puello, entonces director
del Hospital Padre Billini, me facilitó todo lo necesario para estas demostraciones.

157
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Después de haberse concedido la autonomía a la Universidad, que cambió el sistema


de nombramientos, la asamblea de la Facultad de Medicina me eligió por el voto de mis
colegas, como Decano para el bienio 1964-66.
Desde el decanato de la facultad de medicina traté, por todos los medios a mi alcance,
de cambiar las viejas estructuras, pero sobrevino la guerra civil de 1965 y con ella cambios
radicales en la administración de las facultades y de toda la universidad, que impidieron
poner en práctica tales reformas proyectadas. Sin embargo, durante mi período de decanato
se pudo efectuar cambios tales como los nombramientos de profesores por oposición y la
contratación de algunos profesores a tiempo completo. De haberse continuado estos cambios,
otro hubiera sido el rumbo que habría tomado nuestra facultad de medicina, inspirado en
moldes modernos de enseñanza para producir médicos que estuvieran más en concordancia
con las necesidades del país.
Como decano de la Facultad de Medicina asistí a la Asamblea de Escuelas de Medicina
de la América Latina celebrada en 1964, en Pozo de Caldas, Brasil, en donde actué en nombre
de la más vieja Universidad del Nuevo Mundo, realizando intervenciones importantes en
muchas de las decisiones que fueron tomadas allí.
Durante mi paso por el decanato, inicié concurso para la docencia de la Ortopedia, que
hasta ese momento era parte de la Patología Quirúrgica que se enseñaba como una materia
global, y comencé a departamentar la enseñanza, de modo que algunas materias pudieran
ser comunes a varios cursos y hasta a otras facultades, como por ejemplo, la Anatomía y
Disección, comunes a las facultades de Medicina y Odontología.
La contratación de profesores a tiempo completo, que había iniciado, esperaba poder
generalizarla, pues mi idea era tener profesores y no médicos que dieran algunas clases, sin
interesarse verdaderamente en el progreso de la facultad.
Contemplaba la iniciación de la Medicina Preventiva y Social y estaba en conversaciones
con un candidato a dicha disciplina, que debía hacer un curso de capacitación en Caracas,
Venezuela, contando con la buena voluntad y el ofrecimiento que me había hecho el de-
cano de esa universidad, para luego dedicarse a la enseñanza de esta importante rama de
la medicina que debía ser estudiada a lo largo de toda la carrera médica, de modo que los
graduados adquirieran conciencia de su apostolado y rindieran servicios más eficaces para
la masa del pueblo dominicano.

Espectáculo dantesco
Una mañana vino a requerir mis servicios el Sr. Elders, Secretario de la Legación Bri-
tánica, a nombre de dicha misión diplomática, para verificar la muerte del súbdito inglés
Reverendo Barnes, quien había aparecido asesinado en su residencia situada en la Avenida
Independencia contigua a la iglesia Episcopal, de la cual era pastor.
Al llegar a dicho sitio, lo que se presentó ante mis ojos fue un espectáculo que jamás
podría borrar de mi mente.
El cadáver del padre Barnes, horriblemente mutilado, con una amplia herida en la cabeza,
se encontraba sobre el pavimento ensangrentado y múltiples huellas de sangre por todas
las paredes aparecían con gran profusión.
La coagulación de la sangre y la rigidez del cadáver indicaban que el crimen había ocu-
rrido muchas horas antes de haber sido descubierto.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Me vi precisado a hacer un experticio médico legal de mis hallazgos y entregar el co-


rrespondiente informe pormenorizado a la Misión Británica.
Este informe sirvió como base para toda la investigación que se hizo al respecto, lo cual
me produjo frecuentes fricciones con la investigación judicial que se había iniciado.
Hubo muchas contradicciones entre mi informe y el oficial, rendido por las autoridades
y el médico legista, lo cual fue motivo para que se me tildara de parcial e interesado en de-
mostrar lo contrario de lo que se pretendía presentar como la causa del crimen.
Fue un secreto a voces que había un fondo político en este crimen, que se pretendió
presentar como una cuestión pasional por una vida privada desordenada y aberrada, muy
en contradicción con los hechos y métodos de la vida de la víctima.
Hasta llegó a encontrarse un sujeto que se prestara a hacer declaraciones en contra del
pastor asesinado, y el cual hasta se declaró culpable de un hecho que era imposible que
resistiera su veracidad.
También llegó a apresarse al cocinero que trabajaba al servicio del Reverendo Barnes,
antes de haber aparecido el crimen, cuando estaba tratando de abrir la residencia para co-
menzar sus labores.
Fueron muchos los hechos contradictorios que hubo en este caso y la presión que ejerció
la Misión Británica para lograr su esclarecimiento. Mi informe era de una importancia tal
que me puso en el tapete de las discordias.

Médico de ingenios azucareros


Por muchos años, entre los del 30 y 40, fui médico de los ingenios Ozama y Boca Chica.
Hacía visitas semanales a ambos centrales azucareros durante las tardes de días deter-
minados, para atender a los innumerables enfermos que acudían a consultarme.
Fue una experiencia nueva en mi vida profesional. Tenía que asistir a muchos enfermos
y recetarles de acuerdo con sus dolencias.
Recuerdo como algo extraño la gran cantidad de enfermos con Buba o Pian, que exis-
tía entre los trabajadores de origen haitiano y que venían al corte de la caña al Ingenio
Ozama, especialmente, que entonces se llamaba Ingenio San Luis. Esta enfermedad muy
dócil a los tratamientos actuales, primero por la administración de sales arsenicales por
vía intra-venosa y luego por la penicilina a dosis masivas, ya no se observa entre nuestras
endemias.
Del ingenio San Luis guardo muy buenos recuerdos. Había pertenecido a la familia Mi-
chelena y por muchos años había estado en completo estado de abandono, tanto su factor
como sus campos de caña, hasta que el Banco de Nova Scotia se hizo cargo de su operación,
mientras era gerente del mismo Mr. Hinchcliff, mi banquero predilecto, que desde luego,
me encargó del departamento médico hasta que pasó a manos del Estado.
En dicho ingenio trabajaba un ciudadano norteamericano llamado Mr. Jungh, que había
sido empleado de la Texas Co., compañía gasolinera, y a quien había atendido, tanto a él
como a su familia, mientras estaba residiendo en esta ciudad. Recuerdo que a él tuve que
operarlo de urgencia por una apendicitis aguda, mientras a su esposa la había atendido
en el nacimiento de sus hijos, durante mi actuación como partero activo. Tanto él como su
familia tenían gran estimación por mi persona y así me lo demostraban cada vez que se
presentaba una oportunidad.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

En el Ingenio Boca Chica también fui médico de asistencia de la mayoría de sus emplea-
dos, algunos de los cuales todavía reciben mis consejos y tratamientos.
El administrador era un ingeniero americano llamado Mr. Foxx, a quien tuve el privilegio
de asistir en múltiples ocasiones. Era un hombre muy humano y bondadoso, a pesar de ser
muy recto en su trabajo.
Lo tuve que operar en varias ocasiones, pero no puedo olvidar la intervención de amíg-
dalas que le practiqué, en la cual hubo toda clase de inconvenientes anestésicos y yo estaba
muy interesado en hacer algo que superara los fracasos anteriores que otros habían sufrido
en intentos de curación. Siempre había reaparición de las molestias por extirpaciones in-
completas, tanto aquí como en el extranjero.
El resultado obtenido en este enfermo fue rotundo y esto me dio gran prestigio como operador
de amígdalas. Hubo días en que tuve que operar dos y tres casos, como resultó con los niños,
hoy ya adultos, hijos del Mayor Vallejo, a quienes extirpé las amígdalas el mismo día.
El señor Foxx tenía una hija encantadora y muy agraciada, pero sordo-muda, la cual
había estado por muchos años en una escuela especial en los Estados Unidos, donde había
aprendido de manera brillante a leer los labios. Podía entender todo cuanto le decían, si
miraba fijamente a los labios de quien le hablara. Fue un acontecimiento de grata recorda-
ción su matrimonio con un apuesto joven, también sordo-mudo a quien había conocido en
la escuela en que ambos estudiaban, siendo apadrinada la boda por otro inhabilitado de la
palabra. La recepción nupcial se celebró en el Santo Domingo Country Club, celebrándose
una velada bailable, en la cual participaron los novios, que podían seguir el ritmo de la
música por las vibraciones de sus pies.
Cuando Mr. Foxx se retiró, ocupó la administración su ayudante, Mr. Trainer, con quien
también mantuve relaciones muy cordiales y rendí servicios médicos durante toda su per-
manencia en nuestro país. A su esposa le practiqué una operación por fibroma uterino y al
resto de la familia rendí servicios de todas clases. Su hija se casó en nuestro país con el ge-
rente del Banco de Nova Scotia, que lo era entonces Mr. Evans, un joven que hizo su carrera
bancaria en la sucursal de esta capital, siendo testigo de la boda, pues mantenía estrecha
amistad con ambos contrayentes.
En el Ingenio Boca Chica trabajaba como ingeniero mecánico un joven llamado Mr.
Hill, a cuya esposa me correspondió también operar de urgencia. Luego se trasladó a Haití
a servir una posición similar en un gran ingenio que existía allí, manteniendo siempre muy
cordiales relaciones de amistad. Hace poco, en un viaje de turismo que efectuaban por esta
área pudimos renovar recuerdos.

Sexto Congreso Médico


En 1950, se celebró en la República este trascendental evento médico y me correspondió
presidirlo por disposición oficial.
Para su preparación consumí gran número de horas extras de mi ocupado trabajo.
Al mismo tiempo se iba a celebrar una conferencia de la Oficina Sanitaria Pan Americana
a la cual también tenía que servir como asesor.
La preparación fue tan minuciosa, que puedo orgullosamente decir que constituyó un
gran triunfo para la clase médica, así como para mí y los que colaboraron conmigo en su
preparación.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Los actos se celebraban en la Universidad de Santo Domingo, y se había constituido por


capítulos, en cada uno de los cuales fueron presentados trabajos de gran valor científico.
Al terminar el evento, publiqué una memoria de casi 500 páginas, en la cual se recogie-
ron todos los trabajos presentados y se reseñaban los actos sociales que fueron celebrados
conjuntamente.
Entre los trabajos que se presentaron, hubo muchos realmente originales y de gran
importancia nacional y científica.
Especial mención debe hacerse del estudio que se presentó sobre los pseudo-hermafroditas
de la región de las Salinas de Barahona, así como otras enfermedades peculiares de la región.
El trabajo sobre genética y el que se dedicó al estudio de las arañas ponzoñosas de ciertas
regiones del país, todavía sirven de base para ulteriores estudios.
Desgraciadamente, después no se volvieron a efectuar otros congresos médicos, proba-
blemente por la apatía profesional que siempre nos ha caracterizado a los que trabajamos
en la clase médica y cuya ausencia se hace sentir cada vez más.
Es verdad que ahora se celebran congresos y encuentros de especialidades, patrocinados
por las diferentes asociaciones de especialistas, pero de ninguna manera pueden sustituir a
los congresos médicos nacionales que fueron celebrados con bastante regularidad durante
casi tres décadas. Los congresos médicos nacionales eran verdaderos certámenes en los cuales
nuestros profesionales de la medicina traían el fruto de sus estudios y esfuerzos y hasta se
galardonaba a sus autores.

Clínica Internacional
Al ser clausurado el Hospital Internacional en 1955, varios de mis compañeros médicos,
en su mayoría mis discípulos, y yo, decidimos establecer una clínica privada, para mante-
nernos unidos, y continuar nuestra labor médica de equipo.
Fue así como surgió la idea de edificar en la Avenida México, muy cerca del clausurado
hospital, una moderna clínica privada, para la asistencia de enfermos.
Se compró un terreno bastante grande y con parte del equipo obsequiado a nosotros por
la Misión Evangélica, se construyó una moderna estructura para dichos fines, inaugurada
en 1955, con gran despliegue propagandístico.
Por primera vez se dotaron las habitaciones con aire acondicionado, teléfonos privados
y muebles a color, así como sábanas, cortinas y vajilla en consonancia con el color de los
muebles.
Fue un experimento privado de gran trascendencia y de proyecciones incalculables,
constituyendo, probablemente, el germen de los modernos centros médicos que han proli-
ferado años después.
Así inicié, realmente de manera exclusiva, mi actuación profesional privada, que ya
había comenzado en mis primeros años de ejercicio, compartidos con servicios hospitalarios
y de caridad.
La labor que he realizado en sus diez y ocho años de existencia en esta clínica, han sido
muy apreciables, pero está limitada, en cantidad, por tratarse de enfermos privados y éstos
no son tan numerosos como los que se hacen en asistencia hospitalaria.
Como consecuencia de esta limitación, el ritmo operatorio que había mantenido en
mis años anteriores, descendió bastante comparado con este período de vida quirúrgica

161
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

que había mantenido durante mis primeros treinta años de labor quirúrgica, aunque desde
luego, mi récord continuó en aumento. Ahora trabajaba menos, pero cada caso representaba
una responsabilidad mayor ante los familiares y los operados.

Rotario
En 1943, poco después de haber sido establecido el rotarismo en el país, ingresé al Club
Rotario de Santo Domingo.
Confieso que lo hice por complacer a algunos amigos que así me lo pidieron. Nunca soñé
que el rotarismo fuera a tener tan grande influencia en mi formación humana.
Había dedicado toda mi vida a la cirugía y la había practicado como una profesión de
fe, no considerando a nada como importante si no tenía relación con ésta.
Aunque el rotarismo insiste en no ser una filosofía, pare mí ha sido un estilo de vida,
que sin tratar de suplantar a la religión, a la patria o a la familia, hace que cada una de ellas
sea robustecida.
Para mí ha sido como un virus que se me ha ido inoculando cada vez en mayores pro-
porciones, hasta llegar a tener una influencia decisiva en todos los actos de mi vida.
Tengo que agradecer mucho los esfuerzos que hicieron mis amigos rotarios para que
yo dedicara tiempo, en proporciones cada vez crecientes, a la doctrina rotaria, que me ha
traído tanta felicidad.
Es por ello que he servido muchas posiciones tanto a nivel de club, como de gobernación
y hasta en el plano internacional, en las cuales he dedicado mucho tiempo que antes sólo
hacía a la práctica médica.
Para mí se ha convertido en una rutina de vida la asistencia a las reuniones rotarias y por
ello he podido acumular treinta años de asistencia ininterrumpida, que ostento con tanto orgullo
y que me señalan como el rotario de mayor asistencia en todo el distrito dominicano.
Las satisfacciones espirituales que he derivado colman con creces toda mi dedicación.
En Rotary no se puede esperar otra recompensa, pues se concede muy poco por todo lo
que se exige que uno haga en su favor. Sin embargo, son muchos los hombres en nuestro país
y en el mundo entero que rinden una labor de servicio que es el ideal de la institución.
Los sacrificios que se puedan hacer para convertirse en un verdadero rotario, son com-
pensados por esta recompensa de un valor espiritual incalculable.

Cambios en la medicina
El advenimiento de los antibióticos, desde su aparición en el arsenal terapéutico hasta
nuestros días, ha tenido una influencia determinante en la curación de muchas enferme-
dades y modificaciones en las estadísticas de morbilidad y mortalidad de un gran número
de dolencias.
Las modificaciones sufridas en las estructuras químicas y terapéuticas de los antibióticos,
desde que aparecieron los primeros productos (prontosil y penicilina) todavía continúan.
Cada día tienen mayor espectro curativo y menor toxicidad. Es verdad que se ha abusado
mucho de su uso, pero esto puede ser compensado con los beneficios obtenidos.
No pretendo hacer un esquema de los productos antibióticos que se han ido sucediendo
en uso, pero recordaré, que tras las primeras sales de penicilina, aparecieron otros productos

162
ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

tales como la estreptomicina, las tetraciclinas, los cloranfenicoles, etc., haciéndose cada vez
más efectivas contra mayor número de gérmenes tanto Gramm positivos como negativos,
pudiéndose decir que hoy día, prácticamente, son eficaces contra todos los micro-organismos
que producen enfermedades infecciosas.
Recordar los viejos días de medicamentos empíricos y vacunas o sueros que aplicábamos
apenas hace cuarenta o cincuenta años, nos mueve a risa.
El panorama terapéutico ha sufrido modificaciones tan sustanciales, que es necesario
apreciar, si se ha estado practicando la profesión médica durante muchos años, como me
ocurre a mí. Los médicos relativamente jóvenes, que no han tenido que afrontar estos cam-
bios, probablemente no aprecian en su justo valor estos conceptos. Hay que haber estado
en ejercicio durante este largo período para estimar sus consecuencias.
Pero la aparición y uso de los antibióticos no ha sido lo único que hemos tenido la dicha
de presenciar.
También hemos visto cómo han proliferado las vitaminas desde que fueron aisladas las
primeras por el Dr. Casimiro Funk.
Los conceptos en la nutrición por la aplicación de nuestros conocimientos de las vita-
minas en la alimentación, son de vital importancia en el tratamiento de gran número de
enfermedades.
Desde luego, también en su uso ha habido gran abuso; un verdadero carnaval de apli-
caciones inapropiadas. Nadie podría negar que su uso de modo indiscriminado, ha sido
más beneficioso que perjudicial.
Específicamente ha habido relación entre algunas enfermedades y la carencia de algunas
vitaminas, desconocidas antes de su descubrimiento.
Mucha ha sido la ayuda que ha proporcionado el descubrimiento de las vitaminas, así
como su síntesis, aportada por los investigadores químicos.
La síntesis ha hecho posible su uso, porque los costos de producción las han puesto al
alcance de todo el público, no importa su condición económica.
Otra conquista terapéutica ha sido el descubrimiento y uso específico de las hormonas,
sustancias producidas por ciertas glándulas del cuerpo humano, cuyo aislamiento ha ocu-
rrido durante este siglo.
Muchas enfermedades han cambiado radicalmente, debido a su asociación con la pro-
ducción en exceso o defecto de estas sustancias glandulares.
Ha aparecido una nueva especialidad llamada endocrinología para aplicar a la terapéu-
tica el uso de las hormonas.
Cuando yo estudiaba mis libros clásicos de medicina de principio de siglo, muy poco
se conocía de estas sustancias.
Desde luego, esto hizo que tuviera que estudiar y renovar mis conocimientos para apli-
carlos a los conceptos del momento actual, sin pretender hacerme un endocrinólogo.
Al hablar de cambios y nuevos conceptos, debo referirme específicamente a los estudios
que realicé durante mi preparación universitaria y el momento actual.
Cuando yo estudiaba las enfermedades del hígado, pongo por ejemplo, la ictericia era
considerada como un síntoma de varias enfermedades, mientras hoy es una enfermedad
cuyo síntoma principal es el tinte amarillento de las mucosas y conociéndosele variedades
obstructivas y no obstructivas, con origen en los canales biliares, en las células hepáticas o
en la sangre.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Igualmente ocurrió con la nomenclatura o formas de las enfermedades del riñón; mientras
mis textos escolares sólo nos hablaban de nefritis, pielis, litiasis y riñón ectópico o flotante,
los actuales se refieren a glomerulonefritis, nefrosis y neofroesclerosis, desconocidas hasta
hace menos de cuarenta años.
Las enfermedades del corazón del mismo modo han sufrido alteraciones, aunque de
menor cuantía, pues los antiguos conceptos, especialmente los que afectan a las lesiones
valvulares, no han podido sufrir modificaciones tan radicales. Es verdad que los medios
diagnósticos ha cambiado mucho con la introducción de los electrocardiogramas y las ra-
diografías. El estudio de estos medios diagnósticos ha dado por resultado la aparición de
un médico especialista, conocido hoy con el nombre de cardiólogo. Estos no confían al oído,
sino a los instrumentos para el diagnóstico de las dolencias del corazón.
La química y la microbiología han cambiado muchos conceptos desde que efectué mis
estudios médicos.
Los laboratorios han puesto en marcha muchas pruebas que antes eran desconocidas
o poco usadas.
Los conceptos en micología y virología han cambiado muchos moldes estructurales en
la práctica de la medicina.
No hay que negar que la electrónica ha contribuido mucho en la simplificación de estos
problemas.
Un vistazo a un laboratorio moderno y su comparación a los que teníamos cuando yo
estudiaba, nos causaría pavor.
No sé si decir que los medios se han simplificado o complicado, pues cada prueba ha
sufrido alteraciones radicales para su correcta interpretación. La gran verdad es que ha
habido una mecanización y esquematización tal, que la iniciativa humana es cada vez más
postergada y dependiente de la tecnología.

Encefalitis equina
La aparición de un brote epidémico entre el ganado caballar, en la línea noroeste, fue
motivo de gran alarma pues además murieron algunos niños y hasta algún que otro adul-
to. Recuerdo que yo había ido a Montecristi, en compañía de mi familia y al retornar no
se permitió que trajera a una nietecita por haberse establecido un cordón sanitario, con la
intención de evitar la propagación a otros sitios del país.
Fue destacada una comisión sanitaria que identificó la forma viral de encefalitis que
estaba produciendo estragos entre los animales de la región y el brote epidémico quedó
aislado.
Con este motivo se celebró en la Universidad un simposio con gran despliegue de cono-
cimientos, que merece ser recordado por los que actuaron en su preparación y participación,
ya que demostró nuestra gran capacidad científica.
Se habló mucho de las posibles vías de entrada del virus, mencionándose entre otras, la
llegada de unos animales para el uso de una compañía bananera que operaba en la región y
hasta se habló de aves migratorias que llegan periódicamente a esta parte del país. De todos
modos, se pudo aislar el brote y se controlaron los casos existentes, conjurándose el mal.
Fue esta una buena demostración de nuestra capacidad sanitaria, que tuvimos el privi-
legio de vivir en nuestra actuación médica.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Caridad
Durante mi larga actuación médica y especialmente en mi práctica quirúrgica, practiqué
la caridad a manos llenas.
Tengo orgullo en proclamar que curé o que participé en la felicidad de muchos enfer-
mos, pero que nunca hice un embargo o cobro compulsivo y que nadie tuvo que vender una
propiedad para cubrir mis honorarios.
Si yo hubiera cobrado por todas las intervenciones que practiqué, otra sería mi situación
financiera actual; sólo habría que calcular el número de operaciones por cualquier suma
aceptable, para darse cuenta de que debería poseer una verdadera fortuna. Desde luego, me
complace mucho más recibir de cuando en cuando satisfacciones por mi manera de proceder,
como me ocurrió hace algún tiempo, mientras pronunciaba una charla acerca de la historia
del base-ball en la República, el locutor y comentarista radial y deportivo, Sr. Homero León
Díaz, que mencionó públicamente su agradecimiento por un servicio quirúrgico que le
presté a su esposa, muchos años antes, sin ninguna remuneración, cuando él no estaba en
condiciones de pagar dicho servicio.
En realidad yo casi había olvidado este incidente que él tan bondadosamente refirió.
Este no es un caso aislado en mi práctica médico-quirúrgica, sino una muestra.
Casos como éste me ocurren constantemente, a manera de cosecha de agradecimientos que
para mí tienen más valor que el que pudieran representar bienes acumulados en perjuicio de
pacientes necesitados, que me demuestran su agradecimiento en las más disímiles formas.
Yo sé que muchos sonreirán al leer estos párrafos, pero mi conciencia está cada vez más
satisfecha de haber procedido en esta forma. Algunos me tildarán de idealista, a pesar de
que no parece compadecerse con la práctica de una profesión tan materialista. Es casi una
paradoja de la vida.

Viaje a Sur América


Para asistir a la convención rotaria que se celebró en Río de Janeiro en 1948, un grupo de
dominicanos, entre los cuales puedo recordar al Lic. Nina, al Dr. Albert, al Dr. Sorrentino, a
Don Pascual Prota, al Ing. M. S. Gautier (Flon), a Víctor Canto, a Rafael Sánchez Cabrera, a
Don Antonio Armenteros y otros más que lamento no poder recordar, nos trasladamos por
avión a dicha ciudad, con escalas en diversos sitios. Yo iba acompañado de mi esposa e hija,
al igual que muchos de los compañeros mencionados.
Fletamos un avión DC-3, de la compañía Aerovías brasileira, e iniciamos un recorrido
inolvidable. Nuestra primera escala fue en San Juan de Puerto Rico, en donde pasamos un
día haciendo compras y paseando; la segunda estaba fijada para Port Spain, en Trinidad;
la tercera en la Guayana holandesa y la cuarta en Belén do Pará, en Brasil. Tuvimos que
pernoctar en dicha ciudad y fuimos huéspedes de honor a la cena rotaria del club de dicha
ciudad. El avión sólo podía viajar de día, por lo cual este viaje resultó el más maravilloso y
panorámico que he realizado en toda mi vida, porque podíamos admirar la grandiosidad
de la naturaleza en todo su esplendor, cosa que no he podido disfrutar en otros muchos
viajes sobre el continente americano y especialmente sobre la selva amazónica. Al día si-
guiente, al despuntar el día, iniciamos la última etapa del viaje, con escalas en Annapolis
y Carolina, dos poblaciones en plena selva amazónica, antes de llegar a Río, que ocurrió
bien entrada la tarde.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

El espectáculo que presenta esta bella ciudad desde el aire es indescriptible y deja una
imagen imposible de olvidar, con sus colinas y playas.
Llevábamos una maqueta del Faro a Colón, como propaganda de promoción, que fue
exhibida en sitio preferente de la Convención y que mereció elogios muy favorables.
Esta era mi primera asistencia a un evento de esta naturaleza y los actos presentados,
tendrán recordación imperecedera en el cofre de mis remembranzas. Los actos sociales fueron
fastuosos y pusieron muy en alto el gran espíritu de gentileza de los anfitriones.
Luego y en el mismo avión, siempre acompañados de la misma tripulación, que llegó a
formar parte de nuestra embajada rotaria, continuamos viaje hacia el sur, rumbo a Sao Paulo,
ciudad de gran pujanza comercial, que progresa cada año de manera prodigiosa. Esta ciudad
está dotada de un clima delicioso todo el año, por la altura a que se encuentra.
Después continuamos hasta Porto Alegre y de allí a Montevideo, capital del Uruguay,
donde pasamos dos días encantadores, siendo finamente agasajados por nuestra represen-
tación diplomática, como lo habíamos sido en Río por nuestra embajada.
Luego continuamos hasta Buenos Aires, capital de la República Argentina, en donde
estuvimos tres días entre la curiosidad y el asombro que nos produjo esta gran ciudad. El
representante diplomático dominicano era el amigo Don Porfirio Rubirosa, quien nos recibió
en la sede de la misión y nos hizo un brindis espléndido.
Esta ciudad es algo indescriptible, por las muchas cosas que existen allí y que son dignas
de admirar. Sus teatros, sus restaurantes, sus calles y avenidas y sus hospitales, que como
médico tuve la oportunidad de visitar con la brevedad de nuestra estada. Todo allí es dife-
rente a otras partes, dándosele un sello inconfundible de pujanza y distinción.
El retorno lo hicimos con las mismas escalas, ahora a la inversa, omitiendo la de San
Juan Puerto Rico, pues volamos directo desde Trinidad hasta nuestra capital, después de
pasar más de dos semanas encantadoras, de la cual siempre tendremos un gran recuerdo
por lo que significó para el fortalecimiento de nuestra amistad.

Gobernador Rotario
Después de haber servido como presidente en mi club, fui electo gobernador del distrito
en 1949.
Esta circunstancia hizo necesaria mi instrucción y preparación para desempeñar tal cargo,
asistiendo a la Asamblea Internacional que se celebra cada año para tal fin, desde hace mu-
cho tiempo en Lake Placid, encantador paraje en las montañas Adirondacks, en el norte del
estado de New York, a poca distancia de la frontera canadiense, en la región de los lagos.
Después de reunirnos la mayoría de los participantes, casi todos gobernadores nomina-
dos, nos trasladamos en viaje nocturno en tren, partiendo de la ciudad de New York, para
llegar al sitio de la asamblea al otro día cerca del mediodía.
Esta se celebra en el llamado Lake Placid Club, situado frente al lago del Espejo, llamado
así por su forma redonda casi perfecta, y constituido por una edificación central con amplias
dependencias, incluyendo un bello auditorio, y una serie de Bungalos, en donde se alojan
la mayor parte de los participantes.
La reunión duró diez días de ardua labor, bajo instructores, rotarios antiguos y bien cali-
ficados, alternados con sesiones plenarias en el auditorio. A mí me correspondió ser instruido
por el Ingeniero Cavalcanti, de Brasil, hombre de una gran competencia y finos modales.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

La primera impresión que recibí no fue nada agradable; en el comedor no se permitía


fumar ni servir bebidas alcohólicas de ninguna clase, debido a la estricta regla de moralidad
de los directivos del club, que eran de religión muy severa en estos aspectos. A pesar de
ello, siempre quedé pensando con nostalgia de mi estada allí y añorando una repetición,
cosa que efectué varias veces, después, por circunstancias muy diversas, que entonces ni
sospechaba que ocurrieran.
El regreso a la ciudad de New York también lo hicimos por tren especial, para asistir
a la convención que se celebraría ese año en dicha ciudad, con sede en el Madison Square
Garden, siendo formalmente elegido como gobernador en una de sus sesiones plenarias,
según es la regla de la institución. El banquete final se celebró en el amplio comedor del
Hotel Waldorf Astoria, constituyendo un acontecimiento inolvidable. Nos sentamos en una
mesa en compañía de otros rotarios dominicanos que habían asistido a dicho evento.
La región de los lagos en las montañas Adirondacks es preciosa y tiene fama de ser muy
saludable. Allí cerca hay grandes establecimientos para enfermos que padecen de tuberculosis,
de los cuales los más conocidos son el Sanatorio de Saranac Lake y la Clínica Trudeau, además
de un sinnúmero de otros centros de menor importancia. La región tiene dos temporadas dife-
rentes: la de invierno con su tobogán para esquiar en la nieve y la de verano en que se efectúan
torneos de pesca, pues hay abundancia de peces en sus abundantes ríos y lagos.
Estando en Lake Placid fui a visitar el Sanatorio de Saranac Lake, donde me correspondió
el alto honor de conocer al Coronel Vargas, de Venezuela, que tan destacada actuación tuvo
en la vida política de su patria, en los años que siguieron a la muerte de Gómez.
De todas las convenciones a que he asistido, la de New York ha sido la de mayor ins-
cripción, pero debido a la gran población de esta ciudad, no se notó ningún impacto en el
público, lo cual es por otra parte, muy natural. Otras convenciones, en cambio, en ciudades
menos populosas, resultan ser un evento de tanta trascendencia que deja una gran huella
en la ciudad sede.
Después de terminada la convención, vine al país a desempeñar mis funciones como gober-
nador al servicio del distrito y con la representación oficial de Rotary Internacional, iniciando
mis visitas oficiales a los clubes del país, según está prescrito en las funciones de un gobernador,
lo cual resultó de gran impresión espiritual para la formación de mi nuevo carácter.
Aprendí a estimar y ser estimado en todos los núcleos poblacionales del territorio
nacional.
Luego me preparé para la celebración de la Asamblea de Distrito, que se efectuó en la
ciudad de San Juan de la Maguana, y que constituyó un verdadero acontecimiento, por la
calidad de los actos celebrados, como por el elevado número de asistentes y además por los
resultados prácticos obtenidos.
Después procedí a la preparación y celebración de la Conferencia de Distrito, que se
efectuó en el Hotel Montaña, bajo los auspicios del club de La Vega Real.
Como representante del presidente de Rotary Internacional, vino desde México el gran
rotario Adolfo Autrey, con quien he continuado manteniendo estrechas relaciones de amistad
a través de los años.
La conferencia fue todo un éxito, pero la concurrencia fue tan grande, que hubo muchas
dificultades de alojamiento y servicios de comidas. Este es a veces el precio de los éxitos.
Mi sucesor en la gobernación fue escogido en esta conferencia, recayendo en el gran
rotario Blas Pezzotti, del club de La Vega Real.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Desgraciadamente a sólo dos meses de haber iniciado sus labores, sufrió un serio
infarto del miocardio, que lo imposibilitó para continuar sus funciones, por lo cual la di-
rectiva internacional me comisionó para ejercer nuevamente las funciones de gobernación
interinamente, y que duró casi todo el período de incapacidad del titular. Me vi precisado
a preparar la asamblea de distrito que estaba planeada para celebrarse en Santiago de los
Caballeros y la conferencia de distrito, en la ciudad de San Cristóbal y a la cual debía venir
como representante del presidente internacional, nada menos que ese gran rotario que se
llamó Phil Lovejoy, Secretario General de las oficinas en Chicago, y de tan grata recordación
considerado como el hombre mejor preparado en cuestiones rotarias.
Durante mi primer período de gobernación me cupo el alto honor de recibir la visita
oficial del Presidente Internacional Percy Hodgson, a quien acompañaba su esposa, y los
cuales estuvieron con nosotros por dos días inolvidables, visitando el Cibao y con especia-
lidad a la ciudad de Santiago de los Caballeros y esta ciudad.
Todavía, después de tantos años, Percy recuerda con gran cariño esta visita efectuada a
nuestra patria, según me lo ha manifestado cada vez que nos encontramos.
Durante mi actuación como Gobernador se fundaron los clubes de Azua y Salcedo, que
son fuertes columnas en el movimiento rotario dominicano, y los de Montecristi y Pimentel
que se han extinguido, lamentablemente.
Percy fue condecorado por el Gobierno dominicano con la orden de Cristóbal Colón, en
el grado de Comendador y en muchas ocasiones lo he visto ostentar con gran orgullo ese
distintivo al lado del botón rotario.

Primer vuelo en avión


Para asistir a la convención rotaria de Atlantic City en 1947, llevando la representación
oficial de mi club, del cual era su presidente, efectué mi primer vuelo aéreo a la Ciudad de
Miami. En uno de aquellos aviones propios de la época, un pequeño DC-3, con escalas en
Puerto Príncipe (Haití), Kingston (Jamaica) y Camagüey (Cuba), para finalmente llegar a
Miami, Florida, agotando un viaje que duraba casi todo el día.
Yo había efectuado, antes, muchos vuelos en aviones que efectuaban viajes entre algunas
ciudades del país, pero esa experiencia de un viaje internacional, fue muy impresionante
para mí.
Recuerdo el almuerzo servido después de salir de Puerto Príncipe, sobre el mar, así
como el paso por encima de nuestro Lago Enriquillo, que se presentaba majestuoso a mis
curiosos ojos.
Desde Miami me trasladé en avión hasta la ciudad de New York, y desde allí, por tren,
a Atlantic City, sitio de reunión.
A la convención asistimos un grupo de dominicanos, compuesto por el Dr. F. Thomen,
Mauricio Álvarez, Blas Pezzotti y Antonio Armenteros.
La ciudad de Atlantic City tiene uno de los auditorios para convenciones más majestuo-
sos del mundo, con capacidad para muchos miles de asistentes, situado en el centro de un
amplio paseo de madera, de gruesos tablones, conocido como el board walk, frente al cual
están la mayoría de sus grandes y lujosos hoteles y tiendas y restaurantes, y del cual parten
una serie de espigones de madera, con sitios de atracción y esparcimiento de los cuales el
más famoso es el llamado muelle del millón.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Fue allí donde cultivé mis primeras amistades internacionales, muchas de las cuales
todavía mantengo con gran orgullo.
Esta ciudad tiene para mí grata recordación, pues años después tuve la oportunidad
de retornar a ella, a una nueva convención para juramentarme como Director de Rotary
International, algo que entonces ni siquiera soñaba que podría alcanzar.

Recuerdos de viajes
Además de los descritos anteriormente, he viajado mucho por nuestra América, casi
siempre acompañado de mi esposa y muchas veces de mi hija.
En 1951 fuimos hasta Chile y Perú a cumplir misiones de Representante del Presidente
de Rotary International, en conferencias de distrito que se celebraron en Tacna (Perú) y
Valdivia (Chile).
Para cumplir estos encargos tuvimos que ir hasta Miami, Florida, y de allí, en viaje por
avión, con escalas en Panamá y Lima, hasta llegar a Santiago de Chile.
Hacer una reseña de mis impresiones sería pálido ante la realidad.
Tengo que recordar con gran cariño el encuentro que tuve en esa ciudad, en el Hotel
Carrera, con su gerente Anthony Vaungh, quien lo había sido de nuestro Hotel Jaragua, y
quien nos prodigó muchas atenciones, que siempre agradeceremos.
Por ferrocarril nos trasladamos más al sur, hasta la ciudad de Valdivia, en donde pasamos
tres días mientras cumplíamos nuestra primera misión sudamericana.
Un paseo inolvidable lo constituye una excursión por lancha, que efectuamos hasta la
desembocadura del río Valdivia, en donde todavía se pueden apreciar los fortines españoles
que en épocas de la conquista y colonización española, defendían su entrada.
La población de esta bella ciudad en su gran mayoría eran chilenos descendientes de
alemanes que todavía conservan muchas de sus costumbres y a veces hasta el idioma.
En visita que efectuamos a un famoso invernadero, en donde existían muchas variedades
de flores de otras latitudes, se nos mostró con gran orgullo una planta denominada “sensi-
tiva” por su cualidad de cerrar sus hojas al menor contacto de la mano y que corresponde
a nuestro silvestre “moriviví”.
Años después esta ciudad fue casi completamente destruida por un terrible terremoto,
seguido de un maremoto, que casi barrió con todas las construcciones de la ciudad a pesar
de lo bien construidas que estaban. Según las crónicas que leímos de este pavoroso desas-
tre, muchas de las más modernas edificaciones que conocimos, habían desaparecido por la
fuerza del sismo y las inundaciones.
Por una fina cortesía del representante diplomático dominicano, acreditado en la capital
de Chile, nos trasladamos en su propio automóvil hasta la ciudad costera de Valparaíso,
bañada por el Pacífico.
Visitamos el famoso casino de Viña del Mar, así como otras poblaciones aledañas y sabo-
reamos los finos y exquisitos platos de mariscos, tan abundantes como variados en el océano
Pacífico, así como los magníficos vinos chilenos y sus sabrosas frutas, especialmente uvas y
duraznos.
Para cumplir nuestra misión en Tacna, tuvimos que volar de regreso a Lima, teniendo la
oportunidad de contemplar la grandeza de la cordillera de los Andes, así como de sus famosos
picachos coronados de nieves perpetuas, los más imponentes de toda Sudamérica.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Desde Lima nos trasladamos nuevamente por avión, en compañía de gran número de
amigos, hasta Tacna, en la frontera con Chile, con escala en la ciudad de Arequipa, situada
a casi diez mil pies de altura, y que posee un clima encantador todo el año.
Tacna es ciudad muy importante estratégicamente para Perú, siendo asiento de una
gran base naval de gran prestigio.
También es asiento de una diócesis servida por un Obispo católico. A poca distancia está
la ciudad chilena de Arica, al lado opuesto de la frontera.
Estas dos ciudades fueron muy mencionadas en este siglo, después de la guerra entre
estos dos países y que habían sido retenidas por Chile como botín de guerra. Luego de un
convenio, Tacna volvió a ser peruana y Arica continuó siendo chilena.
Toda esta región del sur peruano y norte de Chile es una árida extensión de territorio,
en la cual el hombre lucha con gran denuedo por su existencia.
Todavía se pueden ver grandes núcleos poblacionales de indios pululando por sus
calles, hablando sus propios dialectos o idiomas autóctonos, ignorando muchos de ellos el
castellano. Son descendientes directos de aquellos incas que fueron dominados por el coraje
y la perseverancia de los colonizadores españoles, que no pudieron extinguirlos, aunque los
diezmaron en grandes proporciones.
La tercera vez que cruzamos el Ecuador fue en otra misión idéntica a la descrita
anteriormente, pero esta vez por la costa del Atlántico, con destino a Brasil, en donde
fuimos a cumplir una agradable misión en la conferencia pluridistrital, celebrada en
Santos.
Para llegar hasta este importante y bello puerto nos trasladamos primero a Puerto Rico;
de allí a Caracas, Venezuela, donde pasamos una Semana Santa inolvidable en 1952, tanto
por su grandeza como por el espíritu católico del pueblo venezolano, que la celebra con gran
veneración y solemnidad, para luego continuar viaje hasta Belén, Río y Sao Paulo, travesía
toda en aviones y en vuelos nocturnos, para luego trasladarnos en automóvil hasta nuestro
destino final de esta peregrinación rotaria.
A pesar de que la mayoría eran sitios ya conocidos anteriormente, siempre hay cambios
que los hacen interesantes, y especialmente por las personas que se conocen y cuya amistad
se cultiva o por la renovación de antiguas que se reverdecen.
Mi cuarto viaje hacia Brasil se efectuó cuando era Decano de la Facultad de Medicina
de nuestra Universidad, para asistir a la reunión de Facultades de Medicina de América
Latina, que se celebró en Pozo de Caldas, para lo cual volé, esta vez solo, desde esta ciudad,
en flamante Jet de la Varic hasta Caracas y luego en vuelo nocturno hasta Belén y luego a
Río, donde tuvimos que cambiar de avión para llegar a Sao Paulo, por no poder aterrizar
allí los grandes aviones de la Varic en que habíamos iniciado este viaje. El recorrido hasta
Pozo de Caldas lo hicimos en muy cómodos autobuses de una compañía de transporte muy
organizada, haciendo el recorrido en seis horas, con un panorama cambiante y siempre in-
teresante. Esta ciudad, que en el pasado tuvo gran auge turístico y atractivo por sus casinos
de juego, se encuentra a buena altura, por lo cual su clima es muy agradable, y su población
es muy cambiante según las temporadas. Se encuentran baños termales, reputados como
muy beneficiosos para muchas enfermedades.
Nuestras visitas a México fueron frecuentes y variadas.
La primera vez que fui a México ocurrió durante la gran convención rotaria de 1952,
acompañado de mi esposa e hija.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

La ciudad es impresionante y enorme, creciendo vertiginosamente su población en poco


tiempo, de modo que cada vez que es visitada dicha capital, luce como que ha crecido en
proporciones increíbles. Sólo es comparable con Sao Paulo.
La convención fue preciosa y de grandes resultados prácticos. Yo era Director en
la junta directiva en esos momentos y me correspondió desempeñar gran papel en las
plenarias.
Estas se celebraron en inglés y español, simultáneamente, pero en locales diferentes.
Las sesiones en español fueron presididas por mí y se efectuaron en el Palacio de Bellas
Artes.
Los actos sociales fueron monumentales. El concierto sinfónico con instrumentos autócto-
nos es algo indescriptible; la presentación de la música folklórica de las diversas regiones cons-
tituyó un espectáculo grandioso, tomando parte más de mil artistas de todas las regiones del
país, siendo considerada como la mayor expresión de una revista espectacular costumbrista.
Las decisiones tomadas por la convención, después de oído el consejo de legislación,
deben considerarse como las más importantes en muchos años, en interés del engrandeci-
miento de la institución, una de las cuales dispuso la construcción del edificio de la sede,
en Evanston, III, suburbio de la ciudad de Chicago, rompiendo una de las tradiciones de
Rotary, en beneficio de su apropiado alojamiento.
Todos los miembros de la directiva fuimos recibidos en el Ayuntamiento y declarados
“huéspedes distinguidos”, otorgándosenos sendas medallas, la cual conservo con gran
cariño entre mis recuerdos.
El acto inaugural fue efectuado en el Hipódromo, con despliegue de interesantes actos,
e iniciado por el Presidente de la República, Miguel Alemán, quien pronunció un bello
discurso de bienvenida.
En otra ocasión visité la República Mexicana, esta vez solo, para asistir a la conferencia
regional del Caribe, celebrada en Mérida, Yucatán. La región sur del país es extremadamente
árida, pudiéndose notar la influencia de la raza india que poblaba esta parte del territorio
americano a la llegada de los conquistadores.
La influencia “maya” es preponderante en toda la región y sus históricas ruinas en
Chichen Ixal y Uxmal, son consideradas como reliquias de la civilización que existió allí
muchos siglos antes del descubrimiento americano.
La impresión que me causó la visita a estos sitios es algo que siempre recordaré con gran
placer, por las maravillas que encierran.
Es cierto que en la capital, muy cerca de la ciudad, existen las famosas pirámides que
nos hablan de la civilización azteca, pero no se puede comparar su belleza con las reliquias
del sur, que nos dicen tanto de la civilización maya. Todavía en toda la región se habla este
dialecto con fluencia.
La vegetación es la de las tierras áridas, destacándose las grandes haciendas de henequén,
que tanto auge tuvieron hace casi un siglo y que hoy se encuentran casi abandonadas.
Nuestra tercera visita a México fue en 1963, cuando se me comisionó para representar
al Presidente Internacional en cuatro diferentes conferencias de distrito, a celebra cada fin
de semana, sucesivamente, en muy distantes sitios del territorio mexicano, en el mes de
marzo.
Mi esposa y yo nos trasladamos a la capital mexicana, vía Miami, y luego en vuelo di-
recto por Jet hasta nuestro destino.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

La primera conferencia se celebró en Monterrey, N. L., para lo cual tuvimos que hacer
el viaje en moderno tren, en viaje nocturno, caracterizado por su precisión, a pesar de que
la distancia a recorrer es respetable.
Tengo que mencionar muy especialmente el gran dinamismo del gobernador rotario que
había preparado dicho evento, el gran rotario Burton Grossman, de Tampico.
Quizás haya sido la conferencia más concurrida a que he asistido en toda mi vida, con
una asistencia al acto final de más de mil personas, que fueron muy bien alojadas en el
Casino Central.
Esta bella ciudad norteña es famosa por su Instituto Tecnológico y sus industrias de
hierro y vidrio, las más grandes del país. Su cercanía a la frontera norteamericana la hacen
muy cosmopolita y los intercambios rotarios del sur de los Estados Unidos con sus colegas
mexicanos, ponen en relieve todo lo que se puede hacer por la comprensión entre los hom-
bres cuando hay grandeza de ideales y buena voluntad.
La segunda conferencia de distrito fue celebrada a la siguiente semana en Guanajuato,
asistiendo a ella en compañía del gran rotario mexicano Carlos Bolio y su esposa.
Antes de llegar a dicha ciudad visitamos a León, ciudad altamente industrializada en la
producción de calzados tanto para el consumo del país como para la exportación, poseyendo
una gran cantidad de enormes fábricas y tenerías que preparan las pieles. Allí pernoctamos,
siendo finamente atendidos por los rotarios locales.
Tuvimos la oportunidad de visitar la Catedral, que aunque todavía no está concluida,
puede apreciarse su grandiosidad, con sus catacumbas cubiertas de mármol, así como otros
sitios de interés.
En el trayecto visitamos a Querétaro, donde se puede ver el sitio donde fue fusilado el
Emperador Maximiliano.
Subimos a lo alto del cerro del Cubilete, situado en el centro geográfico del territorio
mexicano, donde se encuentra edificada una majestuosa catedral, coronada por una enorme
estatua del Cristo Redentor, cuya historia se remonta a la época álgida de la guerra religiosa
y la persecución de la iglesia católica.
Guanajuato es una ciudad museo, con todas las características de la época colonial; sus
callejones estrechos; sus posadas (hoteles); edificios; sus plazuelas, etc., evocan tiempos ya
muy remotos.
Es sede de una famosa universidad en la cual funciona la Escuela de Arte dramático, en
la cual se forman las más destacadas figuras del teatro nacional.
Cada año montan en las plazuelas obras clásicas al aire libre, con los alumnos de la uni-
versidad como actores, espectáculo único en el continente americano. Presenciamos varias
de estas representaciones y todavía evocamos con gran placer su contenido.
El majestuoso teatro local es copia de uno de los más renombrados de Escandinavia,
causando una grata impresión por sus brillantes y bien combinados colores.
La majestuosa estatua del Pípile domina todas las noches, con su profusa y bien combi-
nada iluminación, que lo hace aparecer como suspendido en el cielo.
Sus fortines nos hablan del heroísmo de la guerra de emancipación.
La ciudad está enclavada en el centro de operaciones de la historia restauradora. Todo
allí evoca epopeyas de la guerra de independencia.
Todavía pueden apreciarse sus minas de plata, ya casi agotadas, que fueron riqueza
incalculable en la época de colonización.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

También existen catacumbas en las cuales todavía se conservan momias indígenas de


inapreciable valor histórico.
La conferencia se desarrolló de manera espléndida en este ambiente acogedor y estuvo
prestigiada con la presencia de las más destacadas personalidades del mundo político, en-
cabezadas por el Gobernador del Estado y su adorable esposa.
Las sesiones de trabajo, los actos sociales y los banquetes, especialmente el final, fueron
la culminación de esta bella conferencia.
La tercera conferencia de distrito se debía celebrar muy al norte, en la frontera norte-
americana, cercana al Pacífico con sede en Mexicali, B. C.
El recorrido lo hicimos en avión, por ser demasiado distante de la capital, y duró casi
todo el día, debido a la conferencia de hora.
Nos hospedamos en territorio norteamericano, en la ciudad fronteriza de Caléxico, Cal.,
separada de Mexicali por una valla ciclónica y teniendo que cruzar la aduana fronteriza.
El aeropuerto está en territorio de California, de modo que hay que pasar ciertas regu-
laciones y requisitos de pasaporte y revisión de equipaje. Fuimos esperados por rotarios y
sus esposas y atendidos maravillosamente.
Los trabajos de la conferencia, sus actos sociales celebrados en un exclusivo Country
Club y nuestra estada allí son recuerdos muy bellos en nuestras andanzas por el mundo.
En el banquete final se me obsequió con una bella bandera bordada en hilos de oro y
una llave simbólica de oro macizo, que conservo como preciados trofeos.
Allí cultivé muchas amistades nuevas y renové algunas ya existentes, como la del Dr.
Rojo León, de Tijuana, muy conocido de los dominicanos, pues vino en una ocasión como
representante del Presidente a una de nuestras conferencias de distrito, y la de mi compañero
de gobernación en 1951, Enrique Silvestre, también residente en dicha ciudad.
El gobernador del Estado estuvo presente en todos los actos y dio mayor esplendor a
los mismos con su prestigiosa personalidad.
Retornamos por la misma vía, con escalas en Mazatlán y Guadalajara, pero ahora favo-
recidos por la hora en nuestro favor, que hacía parecer el viaje mucho más corto.
La cuarta y última conferencia debía celebrarse en el sur del territorio mexicano, en
Orizaba, ciudad en la cual las industrias de cerveza y textiles dominan toda su economía.
El trayecto lo efectuamos en automóvil, en compañía de los Bolio, que se nos unieron
nuevamente en la capital, siendo un viaje maravilloso pudiendo contemplar el espectáculo
de los volcanes apagados, más de cerca y admirarlos en toda su grandiosidad. El Popocatepel
y el Ixtlaxigua están siempre coronados por nieves perpetuas.
En el camino nos detuvimos y pudimos admirar la grandeza de la ciudad de Puebla, con
sus iglesias y reminiscencias de reliquias de civilizaciones anteriores y religiosas.
Todavía no estaba construida la autopista de Puebla a Orizaba, y el camino tenía que
atravesar una zona montañosa con gran cantidad de curvas, con historias de tétricos acci-
dentes que ponían a prueba los nervios mejor templados.
Lo que más llama la atención en todo el sur de México son las costumbres y la manera
de vestir de sus pobladores. El traje típico, de inmaculada blancura y tejido a mano, es la
atracción de los visitantes. Las mestizas usan sus típicos trajes de doble faldas, primorosa-
mente bordados con fuertes colores.
Desde nuestra llegada fuimos atendidos espléndidamente tanto por las autoridades
locales, como por los compañeros rotarios.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Los actos protocolares eran llevados con precisión asombrosa y gran altura, demostrativo
de la buena preparación de parte de sus dirigentes.
Los actos sociales fueron espléndidos y variados. La “filetada a la luz de la luna” con
sus fogatas para la preparación de las comidas, fue una revelación para nosotros y el baile,
con trajes masculinos y femeninos típicos de la región, es algo que todavía recordamos con
gran delectación.
En el acto de clausura se me obsequió con un bello cuadro con el calendario azteca,
que adorna mi oficina médica, y el cual es admirado por mis clientes por su bien acabada
terminación en bronce.
La visita que efectuamos a una de las más importantes cervecerías de la región me dio
una idea de la elaboración de esta bebida, pues su director gerente se tomó el trabajo de
acompañarme en calidad de cicerone, durante todo el recorrido por la planta. Es tan grande
esta industria que posee una moderna y enorme planta eléctrica con su propio embalse de
agua para garantizar la elaboración de este producto.
Es de observar mis recuerdos con mi formación espiritual a través de Rotary. Es por
ello que gran parte de mis relatos durante mis cincuenta años de vida profesional, estén tan
estrechamente relacionados con esta institución mundial de servicio, a la cual he dedicado
mucho de mi tiempo.

Guerra civil
En 1965 ocurrió una guerra civil que repercutió sobre todos los ámbitos de este país
y especialmente de nuestra capital. En otras regiones del territorio nacional las molestias
fueron de mínima importancia, concentrándose casi totalmente en esta ciudad. Se dice que
ocurrieron más de tres mil casos mortales entre los combatientes y la población civil.
Como resultado de esta situación las tropas de los Estados Unidos desembarcaron en
territorio dominicano, en una nueva invasión del país que eclipsó nuevamente nuestra
soberanía.
Los bandos en pugna, por una parte el ejército leal a sus principios y los rebeldes, mantu-
vieron separada la ciudad en dos zonas, entre las cuales se interpusieron las tropas invasoras,
creando un estado de cosas que produjo grandes sufrimientos a la población civil.
Los médicos sufrimos lo indecible, pues teníamos que atender heridos y enfermos bajo
circunstancias muy peligrosas para nuestras vidas.
Nuestra Clínica Internacional fue ocupada, después de haber sido ametrallada por las
tropas de ocupación, produciéndonos grandes pérdidas por los destrozos al edificio y sus
equipos. Nadie fue responsable de estos daños, ni tampoco podíamos trabajar en la atención
de pacientes. Las pérdidas fueron cuantiosas, teniendo que sufragarlas los dueños, pues
nadie se responsabilizó con dichos actos.
Los que tuvimos la desgracia de vivir circunstancias similares durante nuestro tumul-
tuoso pasado, nunca habíamos presenciado nada igual o parecido.
Durante el sitio a esta ciudad por el General Luis Felipe Vidal, después de la muerte
del Presidente Cáceres, que es lo más antiguo que nuestra memoria recuerda, no podemos
establecer paralelos.
Yo puedo recordar la primera ocupación del territorio dominicano por los “marines” entre
los años 1916 y 1924, pero tampoco se pueden establecer comparaciones entre ambas.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Durante esta guerra civil hubo desbordamientos de pasiones basados en ideologías


antagónicas, que no existieron en las guerras anteriores de nuestro país. Anteriormente sólo
estaban en juego intereses políticos por el poder.

Visitas a Estados Unidos


Desde mi primer viaje en vapor a Estados Unidos, han sido muchas las veces que he
viajado a ese país, usando siempre la vía aérea, con entrada por Miami, unas veces y otras
directamente a New York o con escala en Puerto Rico.
Recuerdo sin embargo, con especial cariño un viaje que hice a los Estados Unidos, para
asistir a conferencias de distritos rotarios, llevando la representación personal del Presidente
de Rotary y que debían celebrarse en Atlantic City y Johnstown, población ésta última del
oeste del estado de Pennsilvania.
Las dos conferencias fueron celebradas en fines de semana sucesivos.
Yo tenía que hablar en inglés y entregar el mensaje en dicho idioma. Mi característica
manera de hablar este idioma fue lo más interesante para quienes tenían que recibir dichos
mensajes.
Las sesiones plenarias en ambos eventos, así como los actos sociales fueron una revelación
para mí, pues confirmaron la internacionalización de nuestro movimiento.
Conservo algunos obsequios que me fueron hechos tanto a mí como a mi esposa, entre
mis más preciados trofeos rotarios, que son muchos.
En la clausura final de la conferencia de Atlantic City fuimos honrados con la presencia
de un representante a la Cámara por el Estado de New Jersey, quien pronunció un discurso
de gran valor y aprecio para todos los asistentes. Este acto se celebró en un exclusivo Coun-
try Club cercano a la ciudad y constituyó un evento de difícil posibilidad de olvidar, por lo
concurrido que resultó y por la distinción de sus participantes.
Los actos sociales fueron espléndidos en ambas conferencias, pero merece mención
especial el celebrado en Johnstown, cuyos habitantes son descendientes en su mayoría, de
colonizadores centro europeos que conservan muy bien las costumbres de sus ascendientes,
tanto en su música como en sus bailes, los cuales fueron ofrecidos como una atracción es-
pecial en nuestro beneficio. Nos parecía estar transportados a los Balcanes por la fidelidad
con que fueron interpretados.

Corridas de toros
En mis frecuentes viajes a Ciudad México asistí a varias corridas de toros y algunas
novilladas.
Es un espectáculo que para mí tiene una atracción especial y una admiración sin límites.
Vi corridas en la Plaza grande, como se le llama a la principal, que aunque fueron des-
lucidas por una impertinente lluvia, tuvieron para mí una enorme impresión por tratarse
de las primeras que presencié.
En viajes sucesivos pude asistir al Rancho del Charro, donde se escenificaba una
novillada, también bajo la inclemencia de la lluvia, y en donde admiré el valor y la de-
cisión de los jovencitos que tenían a su cargo el espectáculo, haciendo galas de un valor
imponderable.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

En otra ocasión presencié en el mismo sitio corridas de toros con participación de grandes
figuras del arte taurino como Manolo Puertas y el Viti, que dieron cátedra de maestría y valor.
Después de muchos años, todavía guardo en mi memoria el recuerdo de estos espectá-
culos de valor y arte, que siempre había añorado poder presenciar.
Desde que era un chiquillo había tenido gran interés por este arte en que el valor y la
destreza se ponían frente a la fuerza bruta de los animales. Como nunca he visitado a España,
mis esperanzas se vieron cumplidas en México.

Ríos majestuosos
De mis andanzas por nuestra América, guardo un gran número de impresiones dignas
de describir, pero probablemente entre todas ellas, el espectáculo de la naturaleza que más
huella haya dejado en mi espíritu ha sido la majestuosidad de algunos ríos, observados
desde el aire, en mis viajes por avión.
Muchas millas antes de avistar tierra firme en América del Sur, se comienza a notar la
presencia de aguas turbias, enlodadas, por las múltiples desembocaduras del Río Orinoco, en
territorio venezolano y de las Guayanas. Es un río enorme con gran caudal que después de
atravesar tierra firme en majestuoso recorrido por territorios, en su mayoría selváticos, des-
emboca en el mar Caribe por una serie de bocas, extendidas por una gran región de la costa.
Otro río cuya grandeza se puede apreciar desde el aire, viajando en avión, es el Ama-
zonas, que desemboca en el océano Atlántico separando a la ciudad de Belén de la tierra
firme brasileña, con su bifurcación producida por la interposición de la gran isla de Marajo,
que es más que un delta y resultando como consecuencia dos amplias vías acuáticas que
asemejan enormes bahías.
La ciudad de Belén, con su gran base naval, que domina el tráfico fluvial y controla la na-
vegación de varios países, es una ciudad que tuvo gran esplendor comercial cuando el caucho
era una materia prima de primera clase y que prácticamente sólo existía en la selva amazónica,
teniendo que ser exportado por dicho puerto, después de recorrer enormes distancias. Hoy se
ve abandonado y falto de vida comercial, contrastando con sus años de esplendor.
Lo más espectacular en la vida de esta ciudad es la periodicidad y regularidad de las
lluvias, que ocurren de manera casi matemática, hacia las tres de todas las tardes, de tal modo
que se toman como referencia para citas, siendo frecuente que se diga antes o después de la
lluvia, al concertar una entrevista o cosa por el estilo.
La impresión de la grandeza del Río de la Plata, entre Montevideo y Buenos Aires, es
también otro espectáculo grandioso digno de recordar. Su estuario parece más un brazo de
mar o una gran bahía que la desembocadura de este río. El avión recorre distancias enormes
en su vuelo sobre su desembocadura, que nos parece estar volando sobre un gran océano,
pues las orillas difícilmente se pueden observar.

Cataratas del Niágara


Encontrándonos en New York, decidimos hacer un viaje hasta el Canadá, para conocer
las fabulosas cataratas del Niágara, legendarias y hasta motivo de cantos por parte de poetas
y escritores, que las han hecho famosas por ser cita de muchas “luna de miel” de personas
acaudaladas.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Para llegar a este sitio, fuimos hasta la industriosa ciudad de Búfalo, en el norte del esta-
do de New York, donde pasamos un día conociéndola. Hicimos un recorrido en automóvil
por toda la ciudad, pudiendo admirar su zona industrial y de manufactura de productos
químicos, que la han hecho famosa.
Cruzamos la frontera con Canadá para llegar a Toronto, ciudad que también recorrimos
en automóvil, especialmente su famosa universidad.
Luego fuimos hasta las Cataratas, para admirar su espectacular grandeza, imposible de
describir con palabras.
En el recorrido turístico que hicimos, pasamos por los “rápidos” y admiramos la gran caída
en forma de herradura, cuya contemplación eleva el espíritu a lo sublime. Igualmente deja atónito
al espectador el ensordecedor ruido que produce la caída de las aguas, que se puede percibir a
gran distancia como música mágica del espíritu divino que dio origen a tan espectacular como
grandioso panorama de la naturaleza, que el hombre nunca podría construir.
Luego y siempre por tren, ahora canadiense y en territorio de este país, fuimos hasta
Montreal, ciudad canadiense, famosa por su comercio, su universidad, sus hospitales y en
fin por sus arraigadas tradiciones. Todavía se puede observar su origen francés, en oposición
al carácter netamente inglés que priva en Toronto.
Hicimos un recorrido turístico por la ciudad, con visita a su famosa Catedral; admiramos
el museo de cera y sus aristocráticos barrios residenciales, así como sus restaurantes famosos
por sus comidas y tradiciones.
Todo en esta gran ciudad causa impresión difícilmente borrable de los recuerdos que
tenemos de nuestros recorridos por el mundo americano.
El retorno a New York lo hicimos por tren, en condiciones de gran comodidad, a pesar
de que la distancia es bastante grande y toma muchas horas.

Director Rotary
En 1951, durante la convención celebrada en Atlantic City, ciudad que ya había visitado
antes en varias ocasiones, tomé posesión como Director de Rotary Internacional, cargo para
el cual se me había escogido hacía muchos meses.
Ser miembro de la directiva internacional de su institución de servicio mundial, con el
prestigio de Rotary, es honor que muy pocos latinos hemos tenido el privilegio de ostentar.
La directiva está constituida por calificados rotarios de diversas partes del mundo, que
han servido anteriormente como gobernadores, representando a las diversas áreas del pla-
neta, para justificar su denominación de internacional.
Yo representé en el año 1951-52 a la América Ibérica dentro de la directiva internacio-
nal. Esta circunstancia me obligó a asistir a las reuniones de este organismo que se celebran
periódicamente, así como asistir a las convenciones de Atlantic City en 1951 y México en
1952, así como también a las Asambleas internacionales de Lake Placid en dichos años, en
las cuales tuve el encargo de la instrucción de los gobernadores iberoamericanos, lo cual
traté de hacer lo mejor que me fue posible.
Además mi condición de Director me obligaba a efectuar misiones que me encargaba la
directiva, así como la representación del Presidente en conferencias de distrito.
La última vez que estuve en Lake Placid, o sea la cuarta ocasión, ocurrió en 1969,
cuando asistí al Instituto Rotario que se celebra simultáneamente con la Asamblea, y a

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

la cual asisten antiguos funcionarios de Rotary interesados en su marcha y desenvol-


vimiento.
Este año, y desde hace más de veinte años, se han estado celebrando dichas reuniones
en este bello paraje, pero el año próximo, debido a imposibilidad de alojar a todos los con-
currentes a estas reuniones, se ha decidido buscar un nuevo lugar para su celebración, y
parece ser que se ha escogido al club que existe en Boca Ratón, en la Florida, para ver si en
lo sucesivo se convierte en la nueva sede permanente de dichas reuniones.
El viaje, esta vez, desde la ciudad de New York, se efectuó en autobús resultando un
nuevo espectáculo el trayecto que se recorre por amplias carreteras por territorio del estado
de New York, que en esta época del año es de lo más agradable.
Desde que el distrito rotario dominicano supo de mi designación para tan elevada po-
sición, fueron muchos los homenajes que se me ofrecieron tanto en mi club, como en San
Pedro de Macorís y Santiago de los Caballeros, de los cuales guardo imperecedera gratitud
por su espontaneidad.
La actuación en el plano internacional ha sido la más provechosa influencia que he tenido
en mi vida, pues me obligó a pensar en términos más amplios que los sentimientos nacio-
nalistas y patrióticos que hasta entonces había tenido. Es algo nuevo para los que tenemos
que afrontar estos problemas, pero son altamente beneficiosos a largo término. Desde luego,
hay muchas dificultades mentales que superar para acostumbrarse a ello.

Visitas a Puerto Rico


Muchas han sido mis visitas a Puerto Rico, unas veces como escala obligada y otras para
asistir a eventos en la isla, o en viajes de negocios personales o de placer.
Mi primera misión ocurrió en 1945, cuando en compañía del Dr. Héctor Read asistí a la
Asamblea Anual de la Asociación Médica puertorriqueña, en las cuales se celebran elecciones
para los funcionarios que regirán los destinos de la misma el siguiente año, y además hay
un verdadero exponente de trabajos científicos en relación con la medicina, así como actos
sociales y demostraciones por médicos nativos y estrellas extranjeras que son invitadas a
participar en sus actos científicos. Tanto el Dr. Read como yo agotamos turnos en las ple-
narias científicas, pues éramos delegados oficiales de nuestro país a dicha reunión, con la
representación de la Secretaría de Salud Pública, que nos comisionó oficialmente por oficio
del 5 de noviembre de 1945 para que lo hiciéramos.
Tuve la oportunidad de presenciar las primeras operaciones sobre el corazón realizadas por
el Dr. Bigger, de Boston, para el tratamiento de la pericarditis adhesiva, que me produjo una
impresión extraordinaria por su novedad, así como también por el privilegio que me ofreció
de conocer a otros médicos eminentes de los Estados Unidos, entre ellos al famoso Dr. Hanger,
autor de la prueba que lleva su nombre, a quien oímos en un debate clínico-patológico de gran
trascendencia científica. En esta ocasión tuve el alto honor de conocer al eminente médico,
Dr. Baily K. Ashford, gloria de la medicina moderna, quien me fue presentado por el entonces
director del Hospital Presbiteriano de San Juan, Dr. Galbreth, íntimamente asociado a nuestro
Hospital Internacional, al cual me había dedicado por tantos años a su engrandecimiento.
En 1952 y mientras era Director de Rotary, asistí a las bodas de plata de su fundación
del club de Mayagüez, cuyos miembros me atendieron tanto a mi esposa como a mí, de
manera espléndida.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Cultivé buenas amistades entre las cuales debo recordar la del Lic. Héctor Ritchie, que
renovamos veinte años después durante su visita a esta capital, el año pasado. Héctor sirvió
a Rotary como Gobernador y tiene una personalidad atrayente y encantadora.
Durante esta visita fuimos finamente atendidos de manera espléndida por un viejo
amigo, el Lic. Manolín Rodríguez, a quien yo había servido como instructor en Lake Placid,
acompañándonos en todo el recorrido desde Mayagüez a San Juan, en su propio automóvil,
con paradas en Coamo, Ponce y otros puntos.
En otra ocasión visité a Puerto Rico representando al Presidente de Rotary a la conferencia
de distrito que se celebró en San Juan, apadrinada por el club de Santurce, en el Casino de
Puerto Rico, siendo gobernador el Lic. Manolín Vallecillo, con quien intimamos muy estre-
chamente. En esa ocasión renové amistades tradicionales, entre las cuales debo mencionar
al Ingeniero Antonio Teixidor, que sirvió la gobernación de su distrito cuando yo lo era del
nuestro, y quien vino a Santo Domingo, durante la celebración de mi conferencia en 1948
para ayudarme en mis tareas.
Volví a Puerto Rico al celebrarse allí la Conferencia Regional del Caribe, con asiento en
el lujoso Hotel San Jerónimo, cuyo lema era “Un mundo mejor a través de Rotary”, con la
inspiración del gran presidente Richard Evans, de tan grata recordación por sus cualidades
morales y gran erudición.
Puerto Rico es sitio de grandes amores para mi espíritu, por haber cultivado amistades
que han perdurado a través del tiempo, y además porque mi esposa cursó sus estudios
secundarios y universitarios en esta encantadora isla.

Visitas a Miami
He visitado a Miami tantas veces, que es casi imposible recordar todas las entradas a esa
gran ciudad, llamada por las compañías aéreas, la Puerta de las Américas.
Unas veces en tránsito para Sudamérica, otras para llegar a México y otras para continuar
viaje a otros sitios de los Estados Unidos.
A veces he ido en misiones y otras en visitas expresamente a dicha ciudad, para tomar
vacaciones o descanso, o simplemente como turista.
Algunas visitas las he hecho solo y en la mayoría de las oportunidades acompañado de
mi esposa y de mi hija.
En una ocasión, estando visitando la ciudad en calidad de turista, normal y corriente,
tomé un “tour” que mi permitió conocer todos los sitios de atracción, tales como la Uni-
versidad, el Hipódromo con su lago repleto de flamencos, su villa india, con el atractivo de
hombres luchando con cocodrilos y gran variedad de monos y tiendas típica de la raza, así
como paseos sobre la ciudad en dirigible o exhibición del fondo marino de la bahía en bote
apropiado para el caso; el espectáculo de sus tiendas y centros comerciales, sus grandes
hoteles; sus canales y paseos de cipreses; su frondosa vegetación; sus playas y hoteles de la
región de Miami Beach; e innumerables atracciones que la hacen una ciudad encantadora y
atrayente para todos los turistas que la visitan.
El gran aeropuerto internacional es realmente algo maravilloso por el número de vuelos
que llegan o parten para el interior del país y otros sitios de las Américas. En el cielo se puede
apreciar una línea interminable de aviones, día y noche buscando su turno para descender
al sitio asignado por las torres de control.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Es verdaderamente asombrosa la precisión con que es dirigido este pesado tráfico aéreo
que tiene esta ciudad.
Sus oficinas de aduana e inmigración funcionan con la misma precisión que el tráfico
aéreo, evitando demoras y aglomeración de pasajeros en la terminal.
Es un espectáculo digno de ser observado por quienes tienen el privilegio de visitar esta
bella ciudad sureña de los Estados Unidos, donde todavía quedan tantos rasgos de su ascen-
dencia hispánica. La influencia latina sobre toda su población es muy marcada, hablándose el
castellano en calles y comercios, no necesitándose el idioma inglés para el desenvolvimiento
de las actividades de los que no hablan este idioma; ahora esa influencia es todavía más
marcada, después del asentamiento de un gran número de refugiados políticos cubanos, a
pesar de que anteriormente esa influencia no se podía menospreciar.
La historia de la Florida está íntimamente ligada a la colonización española de las tierras
americanas, desde el desembarco de Juan Ponce de León en el siglo diez y seis y su poste-
rior asentamiento en la península, en busca de la fuente de la juventud, según nos cuenta
la historia.
Ponce de León, después de haber convivido con nosotros y en Puerto Rico, se trasladó
a la Florida y allí murió tras la infructuosa búsqueda de su objetivo.
La influencia de los religiosos que ayudaron a su conquista es decisiva en todos sus aspec-
tos, siendo igualmente determinante en los nombres de muchas regiones y poblaciones. Los
misioneros tuvieron una participación muy activa en toda la conquista de estas tierras.
Su origen latino no se ha esfumado con el paso del tiempo, a pesar de constituir un centro
turístico de gran afluencia de todas las razas, atraído por su clima benigno durante la mayor
parte del año, siendo los cambios de las estaciones casi imperceptibles.

Bailes típicos
Durante mis frecuentes viajes he admirado las costumbres, música y bailes de muchas
regiones de esta América.
Así, en las montañas del norte de los Estados Unidos se baila el llamado “Square Dance”;
en Brasil la zamba y el frebo; en México el Jarabe tapatío y la bamba; en Perú la marinera
y en Chile la cueca, para sólo mencionar algunas de las expresiones folklóricas de algunas
regiones.
Hay algo que me ha llamado la atención y es que casi todos tienen algo en común; nuestros
bailes típicos dominicanos y el square dance parecen obedecer a un ritmo regulado por uno
de los participantes, por medio de un bastón y parecen derivarse de la cuadrilla europea;
otros usan pañuelos para armonizar los movimientos del cuerpo y los brazos, etc.
Todos los bailes son de ritmo rápido y larga duración, de modo que sólo personas jóvenes
pueden soportar su ejecución.
No pretendo ser crítico de baile o folklorista aficionado, sino presentar una estampa de
mis impresiones con los bailes regionales que he observado en mis viajes.

Houston, Texas
Los tejanos están considerados como los más regionalistas de los Estados Unidos, y todos
están orgullosos de la extensión y riquezas del territorio que ocupa este estado de la Unión.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Muchas han sido las banderas que han ondeado en sus edificios y oficinas gubernamen-
tales. Probablemente en esto pueda competir con nuestro país.
Las riquezas de este gran estado están íntimamente ligadas al descubrimiento de ricos
yacimientos de petróleo, el oro negro que parece determinante en nuestra civilización actual
y del cual cada vez dependemos más.
Además, sus grandes llanuras producen cosechas de granos en cantidades suficientes
para la alimentación de los humanos y los animales.
Esta circunstancia, así como su innegable descendencia hispana, hace de sus pobladores
seres pasionales y pintorescos. Todo lo quieren hacer en grande y esto se ve reflejado en
todos los aspectos de su vida.
Cuando tuve la dicha de visitar Houston para asistir a la convención rotaria celebrada
allí, en 1972, pude palpar estas características.
Sus habitantes son comunicativos y están orgullosos de ser tejanos; todo cuanto hacen
es para demostrarlo.
Las festividades de la convención fueron un reflejo de esa actitud.
Tuve por marco el famoso Astrodome, el único estadio de base-ball cubierto y a prueba
de los cambios del tiempo.
Los actos celebrados son para recordar, pues cada uno de los presentados parecía mo-
nopolizar la admiración de los concurrentes.
En la gran pizarra lumínica construida a un costo de varios millones de dólares, se iban
haciendo traducciones simultáneas en inglés, español, francés y japonés, como un alarde de
electrónica moderna. Además, se proyectaban imágenes de personajes y adornos lumínicos,
combinados con ruidos y música apropiada a cada caso.
Otros actos fueron celebrados pomposamente en grandes auditorios y salones de centros
cívicos, constituyendo un derroche de buen gusto y grandiosidad.
Sus muelles en la ribera del puerto, majestuoso como todo lo existente en su amplio
territorio, es un espectáculo para la vista, con sus innúmeras factorías de arroz y refinerías
de petróleo, que se pueden contar por docenas o centenares.
La mayor atracción, sin embargo, es la visita al centro de control de los vuelos espaciales,
que mantiene la NASA, en donde se ha hecho un verdadero despliegue de electrónica al
servicio de la ciencia.
Otro sitio de gran interés es visitar el Centro quirúrgico para enfermedades del corazón,
uno de los más renombrados del mundo, que junto al de Philadelphia, probablemente sea
el más adelantado en esta rama de la medicina de los últimos años.
Una visita a un sitio con tantos atractivos, es algo que se recordará toda la vida.

Mi caso cumbre
Así podría calificarse mi actuación destacada en mi vida quirúrgica, cuando fui
llamado un poco antes de las diez de la noche del día 30 de mayo de 1961, para asistir
a un herido que había sido traído a la Clínica Internacional, y se requirió mi presencia
profesional.
Se trataba de Pedro Livio Cedeño, uno de los hombres que momentos antes, en la auto-
pista que conduce a Haina, habían ultimado a Trujillo y en cuya acción había resultado con
una herida de poca importancia en un brazo y otra penetrante en el vientre.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Fue así como me enteré del gran suceso que acababa de ocurrir y que tanta trascendencia
tendría en la vida de la nación dominicana, por sus múltiples derivaciones.
Lo atendí, haciéndole una laparotomía exploradora y suturando varias perforaciones
que había en el colon y el intestino delgado, con rotundo éxito.
Yo sabía la gran responsabilidad que asumía al atender un caso como éste, pero mi
condición de médico respetuoso del juramento hipocrático estaba muy por encima de todo
los demás actos y responsabilidades que pudieran derivarse, aunque de menor importancia
y trascendencia.
Lo que ocurrió después es cosa que todos los dominicano conocen. Su traslado a un
hospital militar y su ejecución meses más tarde en compañía de todos los participantes en el
hecho en que habían tomado parte y se encontraban presos. Sólo escaparon a esta venganza,
aquellos que pudieron ocultarse, sin ser encontrados por el servicio de inteligencia. Son ellos
Antonio Imbert Barrera y Luis Amiama Tió.
Es un capítulo de la vida dominicana en que me tocó actuar de modo decisivo, aunque
mi buena intención fuera frustrada luego por el desbordamiento de pasiones humanas, y
del cual no desearía alardear, ni tampoco recordar.
Este acto inició en el país una nueva era de reivindicaciones y dio al traste con una larga
noche de opresión.
Mis buenos deseos, puestos al servicio de la sociedad, en que expuse todo mi porvenir
no tuvo el éxito deseado, a pesar de que mi actuación fue un rotundo triunfo profesional en
la práctica de la cirugía, que tendría que colocar entre mis mejores y más relevantes casos.

Autonomía universitaria
A finales del año 1961 hubo en el país un verdadero carnaval de autonomías. No fue,
pues, nada extraño que los estudiantes de la Universidad de Santo Domingo, que tanto
habían luchado por la liberación del país para la extinción del régimen que había imperado
por treinta años, iniciaran ahora una lucha tenaz por la autonomía de este alto centro de
estudios.
El gobierno nacional, presionado por estas circunstancias elaboró un proyecto de ley
destinado a conceder la autonomía universitaria, que fue presentado al Senado de la Re-
pública, el cual lo aprobó en dos lecturas y luego lo envió a la Cámara de Diputados para
convertirlo en ley.
La Cámara de Diputados, en cuyo seno era yo a la sazón uno de sus secretarios, lo
aprobó en diciembre de 1961, en primera lectura, pero cuando yo revisaba dicho proyecto
para ser sometido a segunda lectura, yo tomé la palabra, una de las pocas veces que lo hice,
para combatirlo, porque entendía que el mismo, que tenía un largo articulado de casi cien
renglones, no iba a llenar las aspiraciones ni del estudiantado, ni del profesorado.
Después de una larga exposición, basada en mi larga actuación como profesor de la Fa-
cultad de Medicina, concluí pidiendo su aplazamiento y que fuera nombrada una comisión
para que estudiara detenidamente el caso y presentara un proyecto adecuado, que estuviera
acorde con las aspiraciones de la clase universitaria.
Mi proposición fue acogida por la sala y se nombró dicha comisión, de la cual fui de-
signado su presidente e integrada además por los diputados, Lic. J. R. Cordero Infante y
Agrimensor Camilo Casanova.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Después de efectuar una reunión destinada a trazar el plan de trabajo, convocamos a


representantes de la Rectoría, dirigentes estudiantiles y profesores universitarios.
Las autoridades universitarias designaron a su Vice Rector, en funciones de Rector, Lic.
José Paniagua; la Federación de Estudiantes a Antonio Isa Conde y Asdrúbal Domínguez;
y la Asociación de Profesores al Lic. Leoncio Ramos y al Lic. Froilán Tavárez hijo.
Después de un análisis minucioso de todos los aspectos y celebradas varias reuniones,
se convino en redactar un proyecto de ley que sustituyera al que había sido preparado an-
teriormente y ya aprobado por el Senado, compuesto por cuatro artículos y tres transitorios,
que fue presentado ante la Cámara de Diputados y aprobado en dos lecturas sucesivas y
luego enviado al Senado, que también lo acogió y aprobó, siendo luego referido al Poder
Ejecutivo para que se convirtiera en ley, marcada con el n.o 5778, promulgada al final de
diciembre de 1961, días antes de entrar en vigor al Consejo de Estado, que estaba fijada para
el primero de enero de 1962.
Así las cosas, la Universidad comenzó a regirse por dicha ley en enero de 1962, poniendo
en ejecución todo el articulado y presentando al Claustro Universitario el nuevo reglamen-
to previsto, para culminar con el nombramiento de un Rector y las demás autoridades, en
febrero de 1962, iniciando su vida autónoma.
Me precio de haber sido el autor de esta ley, aunque las consecuencias derivadas de la
misma me han hecho pensar mucho entre mis buenas intenciones y los resultados obtenidos
luego de 1965 en que fue desconocido el funcionamiento institucional de la Universidad por
un llamado movimiento renovador que lo transformó todo y especialmente de la ideología
que enrumbó dicha casa de estudios de ahí en adelante.
No deseo enjuiciar los actos que se han derivado de esta nueva proyección que se ha
dado a la autonomía universitaria, nacida por mi iniciativa, pero luego modificada antoja-
dizamente sin cumplir ningún precepto legal para ello.

Experto en quemaduras
Las circunstancias hicieron que me convirtiera en un experto en el tratamiento de
quemaduras.
Mi primera gran experiencia se remonta a la década del treinta, cuando un piloto instructor
de nuestra entonces naciente aviación militar, de nacionalidad norteamericana, mientras hacía
vuelos sobre la ciudad, su avión se incendió y se vio precisado a lanzarse en paracaídas, con
tan mala fortuna que ya éste y sus ropas habían comenzado a quemarse y al ser recogido en
terrenos de la Primavera, presentaba amplias quemaduras en diversas partes de su cuerpo.
El avión, ya sin piloto, cayó a tierra y se enterró de nariz cerca de donde ahora está
instalada la oficina de la Cédula personal de identidad, en el ensanche Lugo, sin producir
daños a la propiedad del vecindario, pues ocurrió en un terreno baldío que existía entre
varias casas.
Internado en el Hospital Internacional, se me encargó de su tratamiento, el cual tuvo
una duración de casi tres meses, al final de los cuales fue dado de alta, reincorporándose a
su profesión de piloto militar.
Muchos años después tuve la sorpresa de recibir la visita de un Coronel de Aviación de
los Estados Unidos, a quien me fue casi imposible reconocer por los años transcurridos y los
cambios físicos operados, el cual se me identificó como aquel agradecido paciente.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Me contó que durante la segunda guerra mundial estuvo a punto de perecer, pues su
avión fue derribado sobre el mar del Norte, durante un crudo invierno y cuyas aguas heladas
estuvieron a punto de producirle la muerte.
Parece ser que este hombre tenía una singular habilidad para sobrevivir, al escapar
nuevamente de lo que parecía una muerte inevitable.
En otra ocasión mis servicios fueron requeridos para asistir a un piloto que había caído
en la Avenida George Washington, en las proximidades del Banco Agrícola. Después de una
titánica lucha por salvarle la vida, obtuve su total restablecimiento, sin ninguna limitación
funcional.
Los otros dos acompañantes de este piloto accidentado fueron tratados en otros sitios,
pero no tuvieron la suerte de mi paciente, pues ambos murieron.
Todos los vecinos de esta ciudad recuerdan con tristeza la muerte del Piloto Llabrés y
del periodista Vicioso, que fueron los dos casos fatales ocurridos en este accidente.
Todos los ocupantes, tanto mi paciente como los dos que fallecieron, sufrieron quema-
duras muy extensas, como consecuencia del incendio del aparato después de caer a tierra.
En cierta ocasión ocurrió en la Romana un accidente de aviación a un aparato anfibio de la
Marina de los Estados Unidos, durante los años de la segunda guerra mundial, en el cual pere-
cieron quemados dos de sus ocupantes, mientras un tercer tripulante, un sargento mecánico de
la Marina de los Estados Unidos, resultó gravemente lesionado por amplias quemaduras.
Me correspondió a mí su tratamiento, en el cual me cupo la misma buena fortuna que
en los casos anteriores descritos.
Después de varios meses de lucha y abnegada dedicación por parte de todo el personal
del Hospital Internacional, fue dado de alta y trasladado a territorio continental, completa-
mente restablecido y sin ninguna limitación funcional.
Para buscar a este accidentado tuve que trasladarme, de noche, en automóvil, hasta la
Romana, para luego conducirlo en viaje aéreo a esta ciudad, a pesar del recelo que el enfermo
tenía ahora por este medio de trasporte del cual tan malos recuerdos tenía y que lo habían
colocado a escasos pasos de la muerte.
Desde luego, estos casos exitosos de tratamientos a quemados extensamente me dieron
cierta aureola de experto en el tratamiento de estas lesiones, por lo cual fueron muchos los
casos que me fueron encomendados y de los cuales, desde luego, no puedo continuar rela-
tando, por tratarse de los más destacados, por la resonancia que tuvieron.

Rescates aéreos
Cuando yo me encontraba en todo el apogeo de mi actuación profesional, fui requerido
varias veces para traer enfermos de los más remotos rincones del país, teniendo que usar
la vía aérea para ello.
De urgencia se me llamó de la Alcoa Exploration Company porque uno de sus ingenieros
había sufrido un serio quebranto en Pedernales y me pedían trasladarme en avión a esa lejana
ciudad fronteriza para que resolviera el caso, según mi mejor criterio. Salimos en un avión
bi-motor, el piloto y yo cuando nos encontrábamos volando sobre la bahía de Ocoa, el piloto
me señaló a uno de los motores y me informó que debíamos regresar porque había un escape
de aceite. Así lo hicimos y pocos minutos después estábamos nuevamente en esta ciudad,
en donde se nos tenía preparado otro aeroplano para reiniciar el interrumpido viaje. Al llegar

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

a Pedernales encontré al enfermo, que en realidad había sufrido un infarto del miocardio
horas antes, y en camilla lo pusimos en el avión y luego retornamos a esta capital, siendo
internado en el Hospital Internacional, donde se recuperó después de algunas semanas de
asistencia.
En otra ocasión, la oficina de la compañía constructora Lock Joint Pipe me pidió salir en
avión para la ciudad de Montecristi, en donde se encontraba enfermo uno de los ingenieros
de la compañía que estaba construyendo el acueducto de esa población.
Fui en compañía de uno de los ejecutivos de dicha compañía en aeroplano fletado al
efecto a la Dominicana de Aviación, un flamante DC-3, encontrando allí un paciente pa-
deciendo de una súbita neumonía, el cual trasladamos por el mismo medio a esta capital,
internándolo en el Hospital Internacional, donde se recuperó rápidamente de la dolencia
sufrida, en pocos días.
De esta misma compañía, pero ahora en San Francisco de Macorís, fuimos a buscar a
uno de sus ejecutivos de mayor importancia, quien se encontraba visitando los trabajos que
allí efectuaba dicha compañía constructora, pero esta vez el viaje lo efectuamos en cómodo
carro del presidente ejecutivo, trayéndolo a esta ciudad, donde fue curado de una neumo-
nía que había contraído y que ellos tenían gran interés en que no le sucediera nada grave.
Después de una semana de atenciones médicas, este enfermo fue dado de alta y retornó a
sus labores en la oficina central.

Cambios en la asistencia
Para los médicos que hemos estado muchos años asistiendo enfermos, hay cambios que
han ido sucediendo de tal modo que a veces ni los notamos.
Durante las décadas del veinte y aún del treinta, los médicos rendían servicios en sus con-
sultorios y en las residencias de los enfermos, preferentemente. Las clínicas privadas no habían
proliferado aún, y los hospitales públicos no eran usados más que por los enfermos carentes de
posibilidades económicas. Los enfermos con medios económicos a su disposición no acudían a
dichos centros y en muchas ocasiones se trasladaban al extranjero en busca de su salud.
A las escasas clínicas privadas existentes sólo acudían los enfermos que requerían ciru-
gía y algunas parturientas. Los enfermos con dolencias médicas, escasamente usaban sus
facilidades.
En consecuencia, los médicos efectuaban gran número visitas a domicilio de los pacien-
tes, usando para ello como medio de transporte coches tirados por caballos, a los cuales el
pueblo llamaba “barcos de vela”, ya que los automóviles eran muy contados y las calles
bastante inapropiadas para su uso.
Cada médico de cierto prestigio tenía un “cochero” a su servicio, que lo iba a buscar a su
hogar u oficina para hacer las visitas planeadas de antemano, a ciertas horas determinadas.
Entre estos cocheros, probablemente el que más perduró fue Mateito, un amable auriga
que regularmente transportaba al gran sabio médico de su época, Dr. Pedro E. de Marchena,
en sus visitas domiciliarias, además de a otros médicos de menor jerarquía.
Eran éstos tiempos inolvidables, que las costumbres y los adelantos de la civilización
fueron barriendo y que muchos de mis colegas actuales desconocen completamente.
El cochero bajaba de su vehículo y entraba a la casa del enfermo en solicitud del pago
de la visita, tan pronto como el médico salía del domicilio del enfermo. Por regla general los

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

cocheros no daban crédito a casi ningún enfermo. Su trabajo era estrictamente de contado.
Los familiares del paciente así lo sabían y siempre estaban listos para satisfacer dicha
exigencia.
Eran tiempos románticos de la profesión médica, que ya no se observan.
Hoy día las visitas a domicilio casi no son practicadas y cuando las efectuamos lo hace-
mos en nuestros propios autos, la mayoría de las veces manejando dicho vehículo el mismo
profesional.
Los enfermos son tratados en los centros hospitalarios y las clínicas privadas, por en-
fermedades triviales, para comodidad de los pacientes y sus familiares y facilidad para los
médicos. Es verdad que los centros asistenciales cada vez ofrecen mayores facilidades para
la asistencia de los enfermos.
Hace apenas unos cuantos años, sólo acudían a dichos centros los pacientes que no
podían ser asistidos en sus hogares.
Ha habido un cambio radical en la manera de pensar de los habitantes del país respecto
a la asistencia.
En muchas ocasiones, los enfermos se internan en las clínicas privadas con fines de
diagnóstico o simplemente para “chequeos”.

Indumentaria
Yo no podría decir que alcancé esos tiempos en que los médicos usaban indumentaria
a tono con la dignidad de su apostolado, pues cuando me gradué ya eran muy pocos los
médicos que todavía la usaban.
Recuerdo, sin embargo, al Dr. Pedro Garrido, en su coche, haciendo sus visitas diarias
y vestido con una levita cruzada que le imprimía gran solemnidad, e igualmente años des-
pués al Dr. Rafael Alardo, que usando un chaqué, recorría las calles de la ciudad sin causar
ningún comentario ni admiración.
Esta vieja costumbre había sido importada de Francia, donde habían estudiado la ma-
yoría de los médicos que ejercían en el país a principio del siglo.
Probablemente las exigencias del trópico hicieron que algunos médicos abandonaran
esta vetusta indumentaria, de modo que cuando yo inicié mi ejercicio profesional, sólo unos
pocos todavía la conservaban.
Desde luego, los recién graduados que nos lanzamos a la vida profesional en la década
del veinte, continuamos con alguna tradición en el vestir, que nos otorgaba cierto grado de
dignidad personal.
Íbamos siempre tocados con sombreros y jamás salíamos sin saco y corbata, y algunos
usaban chalecos, teniendo que sufrir las consecuencias del calor tropical, especialmente
durante los meses de nuestro largo e implacable verano. Muchos usaban bastón, como un
símbolo de distinción. Recuerdo mi colección de bastones, que ignoro donde habrán ido a
parar. Por regla general eran bastones con empuñaduras de oro o de plata y de finas maderas.
El bastón era una especie de símbolo de la profesión y de algunas clases distinguidas. Hoy
día sólo los usan aquellos que tienen necesidad de su apoyo.
Las modas han ido imponiendo cambios sustanciales en la indumentaria, a tal extremo
que hoy no existen diferencias en el vestir entre médicos y demás individuos. Por la indu-
mentaria no se podría distinguir a un profesional, como ocurría en el pasado.

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ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

La bata profesional, que usaban los médicos en sus consultorios, también ha sufrido
cambios, siendo cada vez más corta. Hoy día la mayoría de los médicos sólo usan chaqueti-
llas blancas cuando están en sus consultorios, y algunos ni siquiera usan estas, reservando
su uso para los servicios hospitalarios.

Impresiones que perduran


Durante nuestro primer viaje a Brasil, hay impresiones que no puedo olvidar, de nuestra
visita a Río de Janeiro.
Sus famosas y amplias playas, en forma de conchas, con blancas arenas, sus morros
diseminados en diversos sitios de la ciudad y su famoso Pan de Azúcar, son recuerdos que
siempre están aflorando en mi memoria.
Igualmente el funicular que transporta a los turistas hasta el restaurant que existe en el
Pan de Azúcar, con sus servicios de atenciones y souvenirs que todos procuramos.
El ascenso hasta lo alto de la montaña donde está el monumento al Cristo Redentor,
de enormes proporciones y que domina toda la ciudad, especialmente durante las noches,
produciendo un espectáculo inolvidable por su destacada iluminación.
Todos los que han visitado la capital carioca, por regla general se trasladan hasta Pe-
trópolis, ciudad enclavada en las montañas aledañas, lugar que fuera residencia de la corte
imperial durante la monarquía que gobernó este extenso territorio brasileño.
La ciudad se convirtió luego en sitio de atracción turística, con un hotel monumental, en
el cual existían salas de juego y diversiones de que gozaron varias generaciones de brasileños,
hasta que la austeridad gubernamental prohibió toda clase de juegos de azar, desapareciendo
los casinos y con ello decayendo la afluencia de turistas.
Sin embargo, se aprovecha todavía un hecho ocurrido en la historia de la ciudad, a la
cual se llega por una escarpada carretera, llena de curvas y precipicios, cuando el destronado
Rey Carol de Rumania, se hospedó en su flamante hotel, en una suite de gran lujo, con su
esposa morganática, que luego se unió a ella en matrimonio, y en la cual se conservan esos
recuerdos que la curiosidad de los humanos mantiene todavía vivos.
En una de mis visitas a México conocí la bella ciudad de Cuernavaca y mi sorpresa fue
grande al admirar un bello edificio de tipo colonial, de sorprendente parecido a nuestro
Alcázar de Colón, conocido como el Palacio de Cortés, en donde ahora funciona el Ayun-
tamiento de la ciudad.
No hay que dudar que fuera inspirado por el mismo arquitecto que diseñó nuestro
Alcázar.
Una visita a los jardines flotantes de Xochimilco, con sus canales y lanchas adornadas de
flores, es otro espectáculo del cual tengo siempre recordación preferente. No puedo negar
que hasta nos retratamos en sus canales, según la costumbre turística.
Otra sorpresa la recibí al visitar la ciudad de Taxco, en cuya catedral dedicada a Santa
Prisca, hay un cuadro de nuestra Señora de Las Mercedes, idéntica a la venerada por los do-
minicanos, después de su aparición en el Santo Cerro y que ahora es patrona de la República.
Una leyenda en su parte inferior informa que fue traída a Taxco por un antiguo oidor de la Real
Audiencia, supremo tribunal que funcionó en nuestra ciudad primada de América, en los días
de la colonización y que estuvo asentada temporalmente en la Casa del Cordón, hoy oficina
central del Banco Popular Dominicano, después de su reconstrucción y actualización.

187
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

La catedral de Santa Prisca en sí es una joya de arquitectura colonial, en la cual la pro-


fusión de adornos de plata llaman a admiración. No se puede imaginar otra decoración que
contenga más cantidad de ornamentos de este precioso metal.

Honores
Cuando cumplí 25 años de asistencia semanal ininterrumpida en mi club Rotario, se me
quiso premiar mi labor y perseverancia, con un homenaje que significó para mí un estímulo
para continuar mi dedicación al servicio. En la sesión celebrada en octubre de 1969, mi club
me impuso un botón de asistencia perfecta de 25 años, que ostenté con orgullo todo el año
y que sólo he retirado de mi solapa en los años siguientes, cuando he continuado dicha
asistencia, hasta completar los treinta años que ahora poseo.
Además se me obsequió con una bella bandeja de plata para perpetuar dicho homenaje,
que conservo en mi hogar entre otros muchos que he recibido en diversas ocasiones, entre los
que se destaca otra bandeja, también de plata, que me fue obsequiada en Monterrey, México,
en 1963, durante mi asistencia a la conferencia de distrito en que llevé la representación del
Presidente internacional; otra de bronce que se me presentó en Guanajuato, también en 1963;
otra que me ofrecieron en Johnstown durante mi asistencia a la conferencia de distrito en que
representé al Presidente Serratosa Cibils, de Rotary International; una bella bandera mexi-
cana, y la llave de la ciudad, de oro macizo, obsequios que me fueron ofrecidos en Mexicali,
B. C. La bandera mexicana, primorosamente bordada en hilos de oro, es una preciada joya
artística del arte mexicano.
Todos estos objetos constituyen un verdadero museo de recuerdos rotarios, que adornan
mi hogar.
En la conferencia del distrito rotario dominicano, celebrada en La Vega Real en
1972, a iniciativa del Dr. Eligio Mella Jiménez, se me otorgó un magnífico reconocimien-
to, que me produjo honda emoción, consistente en un Diploma de Honor, firmado por
todos los presidentes de los clubes rotarios nacionales, declarándome ROTARIO POR
EXCELENCIA.
Este diploma, junto a otros reconocimientos y títulos que poseo, adornan mi oficina
particular, como testigo de mis inquietudes profesionales durante mi vida médica, que ahora
llega a sus bodas de oro.
En otro orden de ideas, pero siempre en reconocimiento de mi labor como médico, el
Ayuntamiento de esta ciudad, en acto público celebrado en septiembre de 1971, conjunta-
mente con mis colegas Dr. Fabio A. Mota y Dr. Héctor Read, fuimos galardonados en el día
de San Cosme y San Damián, declarado Día del Médico por disposición gubernamental, con
sendos pergaminos que nos fueron entregados con gran solemnidad en la Sala Capitular,
ante numeroso público y entre los cuales hubo profusión de médicos que se asociaron a
nuestro honor. Este reconocimiento a mi labor es de gran orgullo para mí, pues pocos han
sido los médicos premiados con distinción semejante.

Academia Dominicana de Medicina


En 1971, a iniciativa de un grupo de médicos de reconocida capacidad y honestidad,
y después de muchas luchas y alternativas, fue fundada la Academia Dominicana de

188
ARTURO DAMIRÓN RICART  |  MIS BODAS DE ORO CON LA MEDICINA

Medicina, institución para el adelanto de la ciencia médica, sin filiación ni ideología


política, que se ha mantenido en un plano de dignidad a través de su corta, pero fruc-
tífera existencia.
Mis colegas me eligieron para Presidente de la primera directiva, que se dedicó con gran
entusiasmo a desarrollar actividades científicas con gran repercusión en todos los ámbitos
profesionales.
La elección que hicieron mis colegas de mi persona es un honor que ha colmado todas
mis ambiciones de mi vida médica.
Recuerdo con gran orgullo y satisfacción las conferencias que se han pronunciado en
mi año académico, todas de gran altura y resonancia, pero por sobre todas las actividades
académicas de ese período, se destaca el cursillo sobre actualización de enfermedades del
corazón, dictado por un numeroso y prestigioso grupo de cardiólogos mexicanos, todos
miembros de la Sociedad Mexicana de Cardiología, reputada como una de las escuelas más
importantes del mundo, y en la cual han estudiado la mayoría de nuestros especialistas en
enfermedades del corazón. Esta misión científica, presidida por su Secretario, Dr. Hurtado,
dictó durante cuatro días, en sesiones en la mañana y la tarde, un cursillo sobre esta no-
vedosa especialidad, a una concurrencia de casi cien médicos, que recibieron diploma de
reconocimiento oficial de dicha entidad médica. Este cursillo ha sido considerado como el
acontecimiento más destacado de los últimos años, por la calidad de sus profesores y los
temas tratados.
Al finalizar mi mandato como presidente y después de un descanso de un año, en 1973
se me volvió a escoger para la Presidencia de la Academia, el cual terminará precisamente
en octubre de 1974, coincidiendo con la celebración de la fecha en que cumplo mis cincuenta
años de haber recibido mi título de Médico.
Esta coincidencia, que parece obra del destino, es el colofón de mis inquietudes profesio-
nales y la culminación de mi misión médica, ejercida con dedicación, y que espero todavía
poder continuar hasta que Dios disponga otro destino a mis preocupaciones, llamándome
a su servicio.

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No. 53

AMELIA FRANCASCI
MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO
Prólogo
Mons. Hugo Eduardo Polanco Brito
Idealismo. Perfiles de la obra de Amelia Francasci
Enrique de Marchena Dujarric
prólogo
Hace sesenta y nueve años que dejó esta vida uno de los dominicanos más ilustres de
todos los tiempos: Monseñor Fernando Arturo de Meriño. Su nombre llena páginas en la his-
toria de la República y de la Iglesia. Brilla como escritor y como orador cívico y sagrado.
Los dominicanos hemos estado acostumbrados a conocer al Meriño de los discursos
altisonantes, de las palabras apocalípticas, de las invectivas a todos aquellos que debían ser
advertidos en momentos en que la Patria podía sufrir.
Pero casi nunca se ha dado a conocer la vida íntima del preclaro sacerdote, que ostentara
sobre su pecho prócer la Banda Presidencial y la Cruz Prelaticia. Tanto es así, que al conocer
mi conferencia: El Arzobispo Meriño a través de sus cartas, muchos me han dicho que no sabían
nada de esa faceta de su vida.
Sin embargo, hay un libro que lo retrata a maravilla. Y una mujer es su autora: Doña
Amelia Francasci, nacida Amelia Francisca de Marchena y Sánchez, una de nuestras mejores
prosistas. Por tener el libro toda la dulzura de Doña Amelia, y expresarse el Arzobispo con
los mismos sentimientos con que Dante Amaba a Beatriz, muchos lo leyeron con la sonrisa
en los labios.
En estos momentos en que la Patria dominicana necesita enfilarse hacia rutas de verda-
dero y legítimo progreso, superando abismos que separan a tantos dominicanos en lo político
y en lo social-ideológico, la reimpresión de Monseñor de Meriño Íntimo deberá traer sobre el
país adolorido una brisa refrescante que limpie las mentes y fortifique los corazones para la
empresa gigantesca de auparlo hacia el cenit de su gloria.
Los que lean esta obra abrirán un camino luminoso en sus vidas, si pueden inspirarse
en Meriño, a quien Doña Amelia considera “bondadoso, tierno, amable, desinteresado, fiel
a la amistad, íntegro en todo. Firme y hasta altivo también. Tan altivo, como sabía ser manso
con los sencillos y con los humildes”.
Meriño escribió miles de cartas en su vida. Contestaba a todo el que le escribía. El Padre
Romualdo Mínguez, Cura de Moca, le dice: “He visto ha puesto en duda me sea deudor de
una carta”. Así era Meriño de cumplido. La primera colección de sus cartas que se publica
la constituyen las cincuenta y nueve que inserta Doña Amelia en su libro, escogidas de las
muchísimas que le escribió el Gran Prelado. Para conocer a Meriño, hay que estudiarlo a
través de su correspondencia. Me propongo publicarla en un futuro no muy lejano.
Cuando Doña Amelia habla de Meriño, lo eleva casi a la condición de ídolo, por que
es el “consumado político, orador eminente, hombre de mundo distinguido y de todo lo
demás”.
Para ella Meriño es el hombre de la “admirable elocuencia”; del “refinado trato social”;
de “gran valor cívico”, “raro denuedo que demostrara al defender las libertades patrias
y su propia independencia”; el hombre que tenía “un corazón verdaderamente noble, un
corazón sencillo”.
En el mundo literario existen muchos libros, que se han hecho famosos al narrar el
encuentro de dos almas que han sabido ligarse con un amor que trasciende los límites de
lo puramente material y se eleva a las altas regiones del espíritu. Amor que ennoblece y
dignifica la la condición humana.
Así es Monseñor de Meriño Íntimo. De haber sido escrito en los momentos cumbres de la
literatura romántica de una gran nación europea, de seguro que sería conocido en los más

193
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

escogidos ámbitos de la cultura universal. Pero se ha quedado reducido a los limitados muros
que alza el Mar Caribe alrededor de esta isla, que fue predilecta de Colón.
Esa amistad fue alta y noble. “El afecto que nos ligó –dice ella– de índole tan especial,
duró hasta la muerte de él, por muchos años, y en mi corazón perdura en forma de culto a
su memoria”.
Y en verdad, la amistad que existió entre los dos literatos debería ser un ejemplo a imitar
por los dominicanos de hoy, para que pueda gozar de paz y concordia esta Patria nuestra,
cuyo futuro vio tantas veces con pesimismo el gran orador.
“Esa amistad tan rara que nada alteró jamás; amistad excepcional, porque fue de alma,
por completo desinteresada e inmaterial, llena de paternal entusiasmo por parte de él por mí;
de veneración filial y de santa ternura de la mía a él. El mundo ha celebrado muchas amistades,
pero ninguna fue más hermosa que la que Monseñor de Meriño y yo nos profesamos. Jamás vio él
en mí a una mujer joven..., sino un alma de mujer de la más pura esencia... mi fragilidad
física le hacía admirar más mi espíritu”.
Otro de los rasgos de la vida de Meriño que Doña Amelia ha querido resaltar fue su
nobleza: “Era su alma la que inspiraba entusiasmo de veneración: sí, el alma de ese hombre
que fue grande, no por un capricho de la fortuna, sino porque nació para serlo; porque para
ello le dotó Dios de tan relevantes prendas, que pudo pecar en su vida, porque ¿qué ser
humano formado de vil arcilla, condenado por la culpa original a una mísera condición,
ha dejado de pecar alguna vez? Pero, en medio de su pecado, fue noble siempre, porque la
nobleza era innata en él”.
La reimpresión de Monseñor de Meriño Íntimo, repito, hará conocer mejor a nuestro
pueblo joven, parte importante de la vida humana del gran Meriño; pero al mismo tiempo
hará revivir la memoria de una gran mujer dominicana, gloria de las letras nacionales. Él
la describe así: “las naturalezas puras de artistas como es la suya, deberían ser libres y no
celebrar otras nupcias que las santas del espíritu con la luz que las seduce y las cautiva”.
Llevando en su sangre la reciedumbre de los De Marchena hispánico-holandeses, venidos
desde Curazao y herederos de las tradiciones sefarditas, Amelia nació en Santo Domingo,
apenas seis años después del grito de Independencia. La cuarta entre nueve hermanos,
supo conjugar la mezcla de la sangre hebrea de su padre con la dominicana de su madre,
Justa Sánchez. Así vino al mundo en la Primada de América, Amelia Francisca de Marchena y
Sánchez, que ella convirtió en Amelia Francasci.
Mirándola al través de lo que parece ser una especie de diario íntimo de su vida, cuan-
do ella describe a Meriño, también se nos retrata como una mujer liberada, sobre todo en
aquella época, en la que tan pocas cosas se concedían al sexo femenino. Su educación en
Colegio Católico de Curazao le dio una formación que pocas mujeres dominicanas de su
tiempo pudieron adquirir.
Casada con el caballero Don Rafael Leyba, supo entregarse con tesonero afán a las labores
que les permitieron mantener abierto un comercio en momentos difíciles de la vida económica
de la República. Meriño hubiera querido que se dedicara sólo al cultivo de las letras. Le dice
en la carta n.o 12: Amelia, mi inspirada amiga: ¡Ha trazado usted ahí dos páginas bellísimas
que valen la novela! Siga su interesante trabajo con mayores alientos, aprovechando los
ratos que su delicada salud le permita dedicar a él, y no haga caso de los ligeros rasguños
que, por tener yo la mano demasiado bronca, puede llevar su hermosa producción. Líbrela
Dios de críticos que van envejeciendo”.

194
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

De su talento de escritora fueron saliendo diversas obras que enriquecen la literatura


nacional. Comienza a escribir en las páginas de El Eco de la Opinión, que fundara el íntegro
Don Francisco Gregorio Billini; presta su pluma a los Lunes del Listín Diario, y a La Cuna de
América.
Fue una mujer de larga vida. Pudo contemplar diversos e interesantes episodios del
acontecer dominicano, asimilarlos, sentirse compenetrada con ellos, e intervenir desde su
casa en la vida política, tratando de llevar algún sentido de grandeza y elevación a la lucha
por la libertad de la Patria. Sus noventa y un años de existencia la dieron la oportunidad de
ver, meditar y sufrir las congojas que ha padecido el país. Cruzó todo el charco de la tiranía
lilisiana; vio horrorizada la tragedia de 1911, cuando caía bajo las balas el Presidente Cáceres,
en quien la ciudadanía había puesto su confianza en mejores días, ultimado por uno de los
que asistía de vez en cuando a su tertulia literaria; sintió el peso de las botas de ocupación,
al llegar la noche de la intervención americana de 1916; vio el comienzo y la caída de la
Tercera República; y le tocó vivir, en el retiro del Callejón de los Curas, la última tragedia
del pueblo dominicano, con el inicio de la dictadura de Trujillo, de la cual tuvo que tragarse
once años, cuando el 27 de febrero de 1941 dejaba este mundo.
Publica su primera novela, Madre Culpable, de los pocos libros que para 1911 tuvieron dos
ediciones dominicanas. La crítica la recibe con halagadoras alabanzas, y Meriño le suplica,
antes de terminarla, que no mate a la protagonista.
Publica Recuerdos e Impresiones (Historia de una novela), en 1901; después la siguen
Duelos del Corazón; Francisca Martinoff; Cierzo en Primavera; Impenetrable; Monseñor de Meriño
Íntimo, Merceditas. Pero muere escribiendo, con una lucidez pasmosa para sus años, y deja
sin terminar Cuentos y Anecdotario para Niños.
Al escribir sobre la génesis de sus obras, Doña Amelia reconoce que la inspiración, el
consejo, las correcciones de Meriño, las hicieron posibles, porque él siempre estuvo empu-
jándola para que se dedicara al trabajo literario.
A él le debemos parte de las obras de Doña Amelia, por el estímulo que le brindó. Muy
bien lo expresa en su carta 46 A: ...Con un compañero como yo, pasearía usted dándole
besos a las flores, a la luz, a la naturaleza; a todo, y cantaría cánticos alegres, rivalizando en
arpegios con los ruiseñores.
Así debemos leer a Monseñor de Meriño Íntimo, y un rayito de sol vivificará nuestro espíritu
para apreciar mejor la vida dominicana y ver qué aportamos para que una luz esplendorosa
brille sobre la Patria.

Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito


Arzobispo Coadjutor de Santo Domingo

Santo Domingo, 24 de abril de 1975


Ciento Diez y Nueve
Aniversario de la Ordenación Sacerdotal de Meriño

195
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

idealismo
Perfiles de la obra de Amelia Francasci
Trabajo de ingreso académico

En esta solemne ocasión, cuando el afecto y la bondad corren paralelos con la condescen-
dencia, justificado este evento por una relevante generosidad humana, debemos sinceramos
con nosotros mismos para expresar que sentimos el peso de enorme responsabilidad, nunca
antes experimentada en nuestra vida intelectual –literaria o artística– y por tanto, nos es
indispensable la reciedumbre y solidez de bases sobre las cuales deberemos comenzar a
“edificar en la parcela que me habéis concedido” en esta Casa, como dijese en ocasión semejante
un ilustre académico.
En ya lejana oportunidad accedimos a inmerecido sitial cuando la infortunadamente
aniquilada “Academia Nacional de Artes y Letras” de Cuba, nos elevó a sus cuadros como
Académico Correspondiente, constituyendo nuestro trabajo de ingreso aquel publicado bajo
el rubro de “Brindis de Salas en Santo Domingo”. Pero, gran diferencia ocurre con el presente,
para nosotros emotivo y altamente honrador, por su inesperado acaecer y por encontrarnos
rodeados de conspicua representación de la cultura de nuestra Patria, entre quienes recono-
cemos a Maestros, mentores, consejeros y amigos, todos apreciadísimos.
Entre vosotros, y no podríamos excluirnos, sigue viviendo el sincero y grandioso afán
de servicio que animó la acrisolada capacidad intelectual y artística, de rancio abolengo,
del Académico Dr. Maximiliano Henríquez Ureña, dormido ya en el eterno sueño de los
grandes, y cuyo asiento venimos a ocupar por una decisión que nos enaltece y que parecería
dictada por el todavía inescrutable destino de nuestras vidas.
¿Cómo entretejer el panegírico de quien fue tan cercano a quien os habla…? En las
intrincadas labores y deberes de nuestro servicio exterior, nuestro Maestro; más que ésto,
compañero durante los años iniciales de la Organización de las Naciones Unidas en los días
de Lake Succés y de Flushing; junto a él, en una casi diaria y versátil exploración por los
senderos de nuestra literatura y la cultura universal, la pureza de nuestra lengua que tanto
amó y supo atesorar como llama votiva al recuerdo de Salomé Ureña, la ilustre progenitora;
pero sobre todo, por el cariño y respeto al nombre y la obra del hermano Pedro, de quien
hablaba con una modestia que le hacía honor a Max.
Junto a él, lo repetimos, transcurrieron largas horas de estudio, crítica, consulta y ob-
servación, cubriendo amplios campos de la política mundial, manifestaciones académicas
en Harvard, Princenton, Columbia, la Academia de Ciencias Políticas en Filadelfia, sus
conferencias en el Instituto Hispánico newyorquino o en el círculo dirigido por el Profesor
Tannenbaum; luego, la asistencia muy constante a conciertos y recitales, óperas y teatro,
¡algo que se convirtió en una apreciable fuente de placeres intelectuales que no volverán,
pero que viven con toda frescura en nuestro corazón, rememorando al hombre, al escritor,
al artista…!
Max Henríquez Ureña fue, sin quererlo, un hombre polifacético, envuelto y dotado por
ese elegantismo que hoy parece haber perdido adeptos. Cubría con sobriedad la oportuna
intervención en la conversación de grupos o en el diálogo. Para él no había preferencias
entre literatura, música, filosofía, matemáticas y las numerosas corrientes que han venido
manifestándose de siglo en siglo.

196
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Se ha comentado que Max no escaló la altura olímpica de Pedro Henríquez Ureña, pero
en cambio, brilló en su carácter el admirable don de la comunicación humana, y por lo tanto,
fue grandioso en la amistad, en el culto a lo bello, en la preservación de las formas del lega-
do hablado y escrito de nuestra hispanidad; en el apacible amor hacia la familia. Nunca se
revistió de actitudes negativas, las mismas que han privado a muchos intelectuales el vivir
con las evoluciones de su tiempo. Antes que todo, dominicano auténtico, y prueba de ello
sus obras de contribución a nuestra historia o acervo cultural o su columna en el Listín Dia-
rio, cátedra abierta a las presentes generaciones. Germinó en él un americanismo singular y
pleno en comprensiones. A Cuba le amó como la segunda patria en la cual nacieron sus hijos;
no por ello dejó de sentirse en casa propia cuando su carrera diplomática le llevó a residir
en Argentina, Brasil, Perú y otros países hermanos. El corazón universalista que latía en él
fructificó en una permanente cosecha de lazos fraternos, discípulos y admiradores.
Nació Maximiliano Henríquez Ureña el 16 de noviembre de 1885 en Santo Domingo,
vástago del ilustre matrimonio de Salomé Ureña y el Dr. Francisco Henríquez y Carvajal.
Falleció como muchas veces nos confesó era su deseo –temiendo que ocurriese en playas
extrañas– en su ciudad natal, apenas no hace un lustro. Su trayectoria es bastamente cono-
cida por los Señores Académicos y por toda nuestra América para extendernos. Innecesario
es pues enumerar los triunfos de este dominicano ilustre, caballero del mundo, nutrido de
cultura; los pulmones henchidos por todos los aires de nuestra tierra y mente abierta a todos
los caminos de la imaginación. Todavía no hemos ofrecido a su memoria el homenaje que
merece este nombre preclaro… ¡Ese día se sentirá satisfecha la Patria que él añoró grande
e inmortal…!
Su recuerdo nos alienta, nos vivifica, nos induce a cuidarnos del pecado intelectual; nos
fuerza a poner en marcha todo cuanto signifique la eternidad de su obra. Con estas palabras
no pretendemos generar el halago espiritual que los Señores Académicos podrían aguardar
de un nuevo compañero, acostumbrados al máximo rigor de una tribuna tan honrosa como
ésta. Oficiar en ella no es tarea fácil. Fieles devotos a las formas de la estética, creemos que
sólo una comprensiva recepción –como la hubiéramos encontrado en Max Henríquez Ure-
ña– ha de ayudarnos en los obligados e ineludibles preceptos de la Academia que hoy nos
acoge, ligada por razones institucionales al supremo organismo que en la Madre Patria lleva
el nombre de Real Academia de la Lengua Española.
Como dijimos en nuestra misiva de aceptación a la elección recaída en nuestra persona,
reiteramos que nuestra comunión espiritual con el Dr. Max Henríquez Ureña hará más lle-
vadera esta distinción. Por ello, trataremos de dignificar el asiento que dejó el físico vacío
producido por la inesperada llamada a lo infinito, pero no así inaprovechables los surcos
que abrieron las ideas y las luces del eminente Académico dominicano.
Aceptad pues, éstas palabras, como acto de fe y de propósitos en nuestra colaboración
al trabajo de este Templo de la Cultura.

Idealismo y exotismo en la literatura de América Francasci


El panorama de la literatura americana ha atraído en diversos ciclos de estudio a
críticos, bibliógrafos y amantes de la cultura. Para ser parcos en este aspecto de las letras
castellanas en el Continente descubierto por Colón, orgullosos de haber conservado y
contribuido a la evolución y el desarrollo de la lengua de Cervantes, no es ya un secreto

197
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

el hecho –admirablemente razonado por Pedro Henríquez Ureña– de la tardía aparición


de la novela en el ámbito de nuestra América. Afirma el insigne pensador que el régimen
colonial dispuso lo necesario para que en tierras de misión no fuese posible introducir obras
de especulación filosófica, social o ya de fantasía, exigencias cabalmente observadas por los
Gobernadores españoles, vedando el que ni nativos ni europeos pudiesen leerlas y menos
reproducirlas, contribuyendo tal prohibición a la ausencia de toda literatura semejante, sobre
todo en un momento en el cual, después del nacimiento del Siglo de Oro de la literatura
española, pareció ser posible la adopción de una forma más amplia y libérrima de expresión,
con sus sensibilidades y consecuencias.
Se está de acuerdo con el característico movimiento poético que dio paso a una lírica in-
mortal en la historia de nuestra lengua escrita. Son numerosos los analistas que han concluido
en tal sentido, mientras aguardaban descubrir el primer respiro de la literatura de ficción o
costumbrista en los países hispano-americanos. Abigail Mejía –por ejemplo– nuestra acuciosa
escritora y docta pedagoga, afirmó después de Henríquez Ureña que jamás tuvimos –en la
mayoría de los países de nuestro Hemisferio– ningún nombre que “representase lo que el
coloso Andrés Bello fue para la lengua madre en la América Hispana, Rodó en los estudios
de filosofía o Darío, Hostos o Lugones en otros campos del pensamiento americanista”.
Abigail llegó a concretar en Jorge Isaacs, el ilustre colombiano creador de la novela María,
el ejemplo singular de la excepción, aún cuando las trabas del régimen colonial forzaron al
olvido, en los dominios conquistados tras la epopeya colombina, muchas creaciones de la
literatura española.
La poesía no fue enemiga –ni lo sigue siendo– de la prosa. Ambas forman un haz de
proyecciones y vibraciones jamás extinguidas. No fue tampoco Europa la dueña del exclu-
sivismo de las formas de expresión del pensamiento antes ni después del comienzo de la
Era Cristiana. Más allá de los Urales y los Himalayas, floreció el intelecto trasmutándose
gradualmente hasta los tiempos modernos. El libro complementó con su evolución, el mi-
lagro de la transmisión de ideas. La filosofía fue la piedra angular del estudio de la razón
de ser de todo lo natural y humano, y finalmente, aquellas formas fueron tan expandidas y
variadas como el concepto del firmamento o las constelaciones.
Mientras en aquello que llamamos el Viejo Continente la literatura en prosa guiada por
instintos eminentemente sensoriales trazó senderos y conformaba estructuras, la literatu-
ra americana se alimentaba de las experiencias iniciales y comenzaría a dar los primeros
pasos en nuestras tierras caldeadas de sol, pletóricas de verde, en donde se asentaba una
humanidad nueva, ansiosa de vida, progreso, perfección, análisis, compenetración y sobre
todo… cultura.
Desde el Siglo XVIII al XIX, nuestra América contempla el nacimiento de la literatura
estilizada por el fantasismo, el cuento, la novela, el anecdotario, los primeros hálitos del
costumbrismo, o en oposición a éste el recurso al exotismo; elementos todos que contribui-
rán a agrupar los nombres de los escritores americanos. Isaac, Villaverde, Nicolás Heredia,
Horacio Quiroga, José Mármol, Alberto Gana y muchos, recibirán un día en el templo de los
elegidos a nuestros escritores dominicanos. Creciente será el intercambio entre venezolanos,
cubanos y dominicanos, acentuando por el drama político de nuestras patrias, los exilios
voluntarios o forzosos y la solidaridad con las ideas liberales entre los de allá y de aquí.
Cuba, con un pensador como José Martí y Puerto Rico con el grupo de sus intelectuales-
patriotas, no quedarán rezagadas.

198
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Nuestra literatura se ve intervenida, sin quererlo, por situaciones sociales inesperadas;


cambios de estructuras políticas y el doloroso ahogo de las esperanzas, destinos imposibles
de definir. Todo ello inducirá –a nuestro juicio– a estancamientos o tropiezos, y ha de incidir
necesariamente en el pensamiento de quienes hubieran podido realizar con continuidad y
pertinencia la tarea de dotar de colorido dominicanista las letras nacionales, es decir, esta-
blecer una escuela autóctona de y para los literatos dominicanos.
El fenómeno no es únicamente nuestro; se advierte en otras latitudes de América con
mayor o menor entusiasmo por el atrayente jardín de la literatura francesa y su romanticis-
mo; ya causa de las transformaciones que se evidencian en Italia durante los ochocientos
y novecientos, así en el panorama de la España del Siglo XIX, período en el cual emergen
escritores que plasmaron nuestro idioma de riquezas y caracteres inimaginables.
El estudio realizado por Pedro Henríquez Ureña sobre La Novela en América, publicado
en Argentina en 1927, coloca al estilo desde la época del movimiento independentista. El
Maestro afirma lo que transcribimos: “No hay razones para que en América no hayamos
escrito novelas durante tres siglos, en los –que escribíamos profusamente versos, historia,
libros de religión. Ni razones psicológicas ni sociológicas, lo cual dio motivo al contrabando
literario, como ocurrió con El Quijote. Por otra parte, la ausencia de editoriales tuvo su efecto
y su causal en este campo de la literatura, no ocurriendo su presencia hasta muy entrado
el Siglo XIX”.
De repente regístrase un vuelco en aquella situación y surgen en el ambiente los elegidos
en dones, virtudes y ansias de superación. La novela comienza a ganar adeptos y nombres.
La República Dominicana tiene el privilegio de recibir del intelecto de Manuel de Jesús
Galván su Enriquillo, tildada la novela por el Apóstol José Martí como “la epopeya del pueblo
dominicano”. No por ser autor del “libro único” –como acontecería a menudo– y considerado
así por Pedro Henríquez Ureña, ha de dejar de alcanzar la cima de la eternidad y alentar a
otros a trabajar en una forma u otra dentro de los patrones del estilo.
Enriquillo se aparta notablemente del impulso de personalismos que abunda entre los
escritores de la época; el realismo no ha llegado a ser lo que constituyó más adelante, acicate
de rebeldías y de digresiones en la historia de las lenguas y el pensamiento humanos. España
y Francia atraen con sus ediciones y tesis a los literatos de este lado del mar. Víctor Hugo,
inmenso, altisonante; Goethe y Shakespeare, representativos de razas y de pueblos reflexivos
y poderosos; más atrás, muy atrás, queda aún el renacimiento italiano con sus transformacio-
nes en todos los órdenes; el arte barroco en lo musical; los libros sacros, las luchas religiosas
y los reajustes sociales, y en fin, en el más remoto de todos los testimonios Grecia y Roma,
Platón, Aristóteles, Sócrates, y aún más lejos, Espinoza, Maimónides, Confucio.
El progreso de la filosofía como ciencia encargada de a auscultar y señalar la razón de
las cosas, la conducta del ser humano y lo infinitésimo del universo, tenía determinado su
inescapable sitial en el campo de las letras y las artes. Sacudió las mentes de todas las épocas,
cada vez que se mencionaba una nueva inclinación o tendencia, fuese aquella la de un Berke-
ley, Kant, Nietsche, George Locke, Leibnitz, Shopenhauer, Royce, Mac. Taggart o Benedetto
Crocce. Tocó sutilmente a las puertas de seres creadores y espirituales selectísimos como Juan
Sebastián Bach, Chopin, Beethoven, Mallarmé, Hugo, Balzac, Tolstoy, Dostoievski, Turgeniev,
Wagner, Ricardo Strauss. En muy grande escala influyó en las obras de Michellangelo, Da
Vinci, Rodin, Picasso, Stravinski, Elgar, Turina, Mariano Benliure, Gaade, Bjierson, Gustavo
Mahler, y en cuantos cientos de inmortales pertenecen a la Gloria.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

El mismo proceso lo advertimos en la España conservadora y amada, la admirablemente


inquieta en su Siglo XIX, en el cual emergen hombres y nombres como los de Castelar, Una-
muno, Galdós, De Falla, la Condesa de Pardo Bazán, Zuloaga, Moreno de Torres, estrellas
cuya luz jamás declinará en el firmamento. Cuántos nombres más acrecentarían esta escasa
mención que es en sí un respetuoso recuerdo a la obra, al arte, a la ciencia, a la vida misma.
Posiblemente como consecuencia de un mayor flujo de comunicación entre Europa y la
República Dominicana, el Santo Domingo ya emancipado en 1844, bebe la linfa eterna de
la latinidad con las ilusiones de una cultura alentada por el movimiento intelectual francés
del Siglo XIX. Nuestros jóvenes se alimentan con los anhelos de un París real o imaginario.
En Puerto Rico y en Cuba ocurre lo contrario. Son Madrid o Salamanca el faro perseguido
para iluminar los senderos del saber. Entre nosotros parece lucharse entre dos bandos, pero
no abandonaremos por nada la tradición y los méritos de la lengua castellana. Todo esto
parecería justificación para que las tendencias filosóficas nos alcancen al través de prismas y
corrientes diversas, pero lo hispano revelará indudable fortaleza de formas en la expresión
escrita. El proceso o el fenómeno será chispa motora en las revoluciones provocadas por el
romanticismo, el realismo, idealismo, iluminismo, humanismo, y cuantas innúmeras facetas
rodean la ciencia que estudia el fundamento de casos y cosas naturales.

Amelia Francasci: la escritora


Ubicados en este cuadro de causas y efecto, aparece en el panorama de las letras domini-
canas –cuando ya Galván, Emiliano Tejera, Meriño, Billini y otros habían sido ungidos como
escritores ilustres– una figura frágil, vaporosa, casi etérea, sencillamente introvertida, que al
nacer el 4 de octubre de 1850, en Santo Domingo, o según versión no confirmada, acciden-
talmente en Ponce, Puerto Rico, abraza desde la adolescencia la carrera literaria, temerosa
de tal atrevimiento; inquieta con sólo pensar que podría romper con normas impuestas
por costumbres familiares de su tiempo; tímida, preocupada si esto llegase a quebrantar
sentimientos o rutinas del hogar.
Perteneciente a una familia en la cual regía un planificado ordenamiento; levantada con
el orgullo del origen sefardita paterno y en el concepto de la hidalguía española heredada
de línea materna, tuvo la suerte de gozar de liberalidad en ciertas facetas de la educación.
Aquella niña llegó a ser mujer sin dejar por ello de poseer un alma blanca y generosa, pero
con voluntad para traspasar los muros del ortodoxismo y sorprender al hermano mayor
con los manuscritos de su amanecer literario, para que éste, dotado de una privilegiada
sabiduría, experiencia y humanismo, fuese su primer crítico. Aquel hermano comprensivo
fue el mismo que mereció una póstuma ofrenda altamente elocuente, suscrita por Eugenio
María de Hostos en 1895 desde su residencia de Santiago de Chile; el mismo que revisando
los primeros capítulos de Madre Culpable en 1890, le expresó a Amelia reservas, y le suplicó
no publicarlos. Eran los pasos iniciales de la novelista; el comienzo de la obra que iba a
colocarla en el plano de la intelectualidad de su época y a popularizar su pseudónimo de
“Amelia Francasci”, sustituyendo así el nombre de pila de Amelia Francisca de Marchena y
Sánchez, más tarde esposada al caballero Don Rafael Leyba.
Adopta ese pseudónimo intuitiva y románticamente, no por llamarse Francisca, sino
porque en ella va a encontrar terreno propicio un curiosísimo exotismo que no la abandonará
ni en los últimos años de su larga existencia. Uno de los dramas que le apasionaron desde

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AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

su temprano aletear literario, –inclinación mantenida en secreto impenetrable por lustros–,


fue el de Francesca de Rímini y Paolo Malatesta, inmortalizado por el Dante en los poemas
del Infierno.
Los elementos que persisten en su personalidad van a incidir en algunas de las arma-
zones de la literatura de Amelia, quien por admiración a la pasión y tortura espiritual de la
noble dama de la Italia del Siglo noveno, agrega al nombre de pila, el de Francasci. Galván
escribe que “por un momento, al pensar en el nom de guerre de la escritora recién advenida
al conocimiento público (1893), cree que con el pseudónimo opuesto a una obra inicial, se
ocultaba una de tantas plumas extranjeras, de aquellas que corrían por tierras de América,
acosadas por ajustes de ambientes y malas traducciones…” (De Crítica Subjetiva).
Quien primero descubre a Amelia Francasci como escritora es ciertamente su hermano
Eugenio, cultivador él mismo del humanismo. El Eco de la Opinión, aquel venerable periódico
fundado por Don Francisco Gregorio Billini, ofrece y acoge en sus columnas las páginas de
la escritora. Colaboradora asidua en Los Lunes del Listín y La Cuna de América recibe tributos
consagratorios de hombres de letras nacionales y extranjeros.
Esta aparentemente huraña mujer, exquisitamente romántica y suave, de hablar pausado,
fluido, y al mismo tiempo melódicamente sincronizado y ausente de estridencias o poses
artificiales; hablar salpicado de expresiones francesas por la irresistible atracción que le causa
el idioma de Racine que domina a la perfección, perfila su personalidad, paso a paso.
Cuando va adentrando en la adultez cuenta con los consejos y alientos de muchos
preclaros intelectuales dominicanos, pero en particular, Meriño y Galván. ¡Y es que ambos
acércanse a su intelecto como hadas madrinas de sus ideales literarios…!
Sus contactos con Don Emiliano Tejera se convierten en episodios anecdóticos; luego en
continuos análisis del ambiente político nacional, puesto que a Amelia Francasci le toca vivir
en medio del torbellino de pasiones de nuestro país; aquellas ocasiones cuando el Pueblo
entusiasmado glorifica a Luperón; ofrece respeto místico hacia Francisco Ulises Espaillat, y
en fin, alcanza a observar cómo acrecenta el abismo de la incomprensión e injusticia durante
los años en los que la figura predominante del Estado lo es Ulises Heureaux, cuyo nombre
–por razones familiares conocidas– estaría proscrito en el seno de la familia De Marchena
a causa del infausto suceso de “Las Clavellinas”, en Azua. Tanto es su repulsión a la tiranía
personalista de Lilís que con habilidad y discreción, la escritora conviértese en cierta etapa
de su vida en rebelde, abogando por los principios de libertad y democracia. Así, contempla
y comenta en su libro Monseñor de Meriño Íntimo los eventos que se inician con el episodio
del 26 de julio de 1899 y las consecuencias de aquellos, extendidas hasta varios años des-
pués. ¡Amelia vivirá lo suficiente para meditar sobre el destino de la República, marcado
con distintos cuños en 1908, 1911, 1915, 1924 y 1930…!
Sus años de juventud transcurren entre el dilema de los ideales literarios y la necesidad
de formar un hogar propio y organizar la vida, golpeada a destiempo por la muerte –en
1895– de aquel buen hermano Eugenio que dejóla virtualmente a cargo de una madre ancia-
na y de tres hermanas con salud precaria y temperamentos melancólicos, alejados de toda
frivolidad. Escuchando el reclamo amoroso escogió al compañero y esposo. Éste no poseía
como ella un espíritu de artista o de hacedor de ensueños, pero, para su fortuna, revelóse
capaz de auxiliarla y realizar sacrificios que permitieron la publicación de uno y otro libro,
convirtiéndose además en amable mensajero para llevar a prensas de diarios y revistas sus
manuscritos. Rafael Leyba fue también el primero en alentar la amistad con aquel grupo de

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escritores y pensadores dominicanos que visitarían con frecuencia el hogar matrimonial. El


vínculo conyugal, entristecido por enfermedades frecuentes, lo recordará ella con ternura
en las páginas de su último libro.
Amelia Francasci entra en el campo de la novela a una edad madura. Cuando tiene
cuarenta años se conocen los primeros capítulos de Madre Culpable en forma de folletines
aparecidos en El Eco de la Opinión por allá en el 1893. El libro alcanza en 1901 su segunda
edición, realizada por García Hermanos, y cuya introducción es la Crítica Subjetiva que firma
el autor de Enriquillo el 8 de mayo de 1896, para cumplir aunque póstumamente, con la
promesa hecha a su íntimo amigo Don Eugenio de Marchena, preocupado como estuvo por
los personajes, situaciones y temáticas del pensamiento literario de Amelia.
Es limitada su producción aunque copiosa la colaboración en revistas y periódicos de su
tiempo, presente hasta muy cerca de la fecha de su deceso a edad nonagenaria. El fenómeno
es el mismo advertido en Santo Domingo en la reducida, pero privilegiada colonia de escri-
tores de prosa. Amelia Francasci llega a una meta fijada por sí misma y lega a la posteridad
estos títulos: Madre Culpable (1893-1901), notoria su aparición por la reacción que provoca
en la sociedad e intelectualidad dominicana, así como por la crítica extranjera; Recuerdos e
Impresiones (Historia de una Novela), 1901; Duelos del Corazón, separada de la anterior; Fran-
cisca Martinoff; Cierzo en Primavera; Impenetrable; Monseñor de Meriño Íntimo; Merceditas; Mi
Perrito (inédita y cuyo manuscrito perdióse durante el huracán del 3 de septiembre de 1930);
un Epistolario con el exquisito Pierre Lotí, nombre de valer en las letras europeas, Miembro
de la Academia de Francia; y los apuntes para sus Cuentos y Anecdotarios para Niños, cuyo
manuscrito quedó inacabado al fallecer en 1941.
El mundo de Amelia Francasci, la atmósfera que le rodea –aire y cielos de su
Santo Domingo– es sin embargo transmutado, por un fenómeno explicable a otras
latitudes allende el mar antillano. Su “salón curiosité”, si es que de tal guisa podemos
llamar su estudio, ubicado por mucho tiempo en aquellos cuarteles de la Plazoleta de
los Curas, precisamente aledaños a nuestra centenaria Basílica Catedral, no es menos
concurrido que el original, montado por ella cuando reside en la calle “El Conde” de
nuestro Santo Domingo, muy cerca de “La Canastilla”, el comercio del primogénito de
la familia, que no llegó a ver en floración su obra literaria ni menos ya enjuiciada por
nuestros críticos o por escritores foráneos; opiniones convergentes sobre cuánto fue ella
capaz de imprimir en sus personajes y ambientes, afectados ambos por dos corrientes
cuasi permanentes: el idealismo y el exotismo, elementos que influyen en su manera de
pensar, expresar y escribir.
Durante los primeros años de adultez la mujer es idealista y soñadora a la vez cuidando
por sí misma de los más íntimos detalles de su cotidiano afán y, en cuanto le rodea, se es-
conderá siempre el alma flexible y cristalina de la artista. Refinadamente exótica lo revelan
sus gustos, la selección de lecturas, nombres y conceptos estéticos. Le preocupan el conjunto
de los movimientos filosóficos que inducen al estudio y la consideración de los fenómenos
naturales. El modernismo que surge en América con Rubén Darío le es tan atractivo –sin
alarmarla– como el exotismo que analiza tan admirablemente Pedro Henríquez Ureña en
Horas de Estudio. Pero es distinguible que la escritora se inclina a un romanticismo sui-
géneris; pondera las escuelas de aquellos procurados escritores franceses del Siglo XIX y
esto provoca en ella natural impacto, impacto en su formación y en sus exploraciones del
ser humano, revelado en la psicología, conducta y destino de los personajes de sus novelas.

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AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Se mantiene un indudable paralelismo entre Madre Culpable y Francisca Martinoff al través


de esa figura sublime bautizada por ella con el nombre de María en la primera y Francisca,
en la segunda.

Idealismo y exotismo
Al analizar el idealismo, George Berkeley (1685-1753) desarrolla una tesis que no pre-
tenderíamos encontrar en la literatura de Amelia Francasci sobre todo en el origen y causas
de los problemas sociales, la presentación de la personalidad o la ordenación de sus clasi-
ficaciones. Recordemos que Platón entendió el idealismo, al ser el primero de los filósofos
que utiliza e impone el término IDEA, como algo universal y no particular. Por lo tanto,
consideró que la belleza y el temperamento constituyen ideas y no cosas. Descartes, fundador
de otra escuela, defiende la tesis de que la idea es representativa de la mente humana.
Al discurrir de los tiempos va aclarándose esta última y por igual lo que se entiende por
materia pura. De ahí las tendencias filosóficas que ya para el Siglo XIX –el de Amelia Fran-
casci– tiene remozada importancia cuando se estudia la obra de tal o cual autor, pensador
o artista, en fin, los responsables de cuanto ha significado el ser humano por sus logros o
fracasos intelectuales.
No pretendemos –porque incursionaríamos en un campo en el que una substancial
especulación filosófica sería atrevimiento de nuestra parte– establecer con delineamientos
definidos la presencia en la literatura de la novelista dominicana de un estilo o escuela re-
gida por las normas del pensamiento kantiano, hegeliano, de Locke o de un Josiah Royce,
éste, uno de los últimos defensores del idealismo absoluto (El mundo y el individuo, 1901). Pero
es que Amelia Francasci fue una sencilla y quizás involuntaria exponente de ese idealismo.
En toda su obra se comprende de inmediato que existe un algo íntimo que la guía a crear su
protagonista María, en Madre Culpable, tan traída y llevada en las analíticas de Galván, Lotí,
Deligne, Garrido; el Pepe, de Cierzo en Primavera, y aún en los rasgos crecidos de admiración
hacia el centro de aquel gran episodio intitulado Monseñor de Meriño Íntimo. En las páginas
de esta obra no hay salpiques de exotismo; por el contrario, sitúa al ilustre Mitrado como
un personaje muy cerca de lo sobrenatural, visionario, purísimo en su patriotismo, altísimo
en sus virtudes ciudadanas, civilista, pastor de almas y en fin, el prototipo de una amistad
idealista.
En ocasiones varias –especialmente en ese drama crudo que contiene Madre Culpa-
ble, Amelia Francasci yuxtapone el idealismo de María, su heroína purísima y abnegada,
al realismo inevitable de su progenitora y pecadora, aquella Isabel fogosa, enamorada,
locamente enamorada; dueña de una voluntad férrea y decidida, por encima de todos los
eslabones que pudiesen contener sus instintos y pasiones. Galván no culpa una sociedad
en particular –porque el ambiente de la obra transcurre en Europa– sino las conciencias
encerradas en prisiones no sujetas a reglas ni ordenamientos. Con esto significa que la
ubicación del personaje no importa, sea en Madrid –como en el caso–, París, Tokio o Santo
Domingo.
Con ribetes de exquisita fragancia que adornan la amistad y admiración, el idealismo
de su vida de escritora, lo confirma sin rebuscamientos la correspondencia asidua que man-
tiene con Louis Marie Julien Viaud, el autor de Madame Chrisantemo, Aziyadé y El Pescador
de Islandia, el Pierre Lotí de las letras francesas. Esta unión espiritual la revela una frescura

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de propósitos, el sincero tratamiento entre compañeros de un mismo oficio, respetuosos


mutuamente de las ideas y los estilos; epistolario escrito en un francés impecable por la no-
velista dominicana. Hasta una de nuestras tragedias nacionales conservóse este manojo de
cartas, el cual por disponerlo así en vida Amelia, lo conservó un dilecto amigo, perdiéndose
infortunadamente, sin dejar huellas de su destino.
Pierre Lotí fue de los primeros en alentar su admiradora dominicana desde su estudio
de París o el refugio alpino de Hendaya, en los Pirineos galos. Lo patentizó con motivo de la
publicación de Madre Culpable al leer el trabajo crítico de Galván que sirve de introducción
a la edición de 1901. La novela Francisca Martinoff fue dedicada a Lotí con una sencilla y
emotiva oración dirigida al amigo fiel. Así también tuvo ella oportunidad de corresponder-
se con Edmundo Goncourt, uno de los dos hermanos escritores, Mecenas de la literatura
francesa y quienes legaron el preciado reconocimiento que hoy día es orgullo de viejos y
jóvenes literatos de la Patria de Voltaire y George Sand.
El idealismo lo encontramos en varias apuntaciones de la que debió ser su última pro-
ducción: Mi Perrito, inspirada en el inteligente animalito que fuese alegría de algunos años,
el mismo que ella quiso homenajear y quizás sí inmortalizar; que ya conocemos cómo estos
seres vivientes provocan reacciones sentimentales en el alma de artistas, poetas o escritores,
y para ello el ejemplo de Juan Ramón Jiménez con su Platero y Yo nos basta.
Las linfas de este culto idealista en Amelia Francasci pueden clasificarse dentro de los
patrones de Rudolph Hermann Lotze, cuando el filósofo y fisicopsicólogo alemán afirma
cómo “las aspiraciones del corazón humano, el contenido de nuestros sentimientos y de-
seos, las metas del arte y los muchos propósitos de la religión, deben ser hacinados para
con todo esto calmar la idea de lo absoluto y aparejarla al significado de las cosas…” En la
trayectoria de la escritora dominicana existen muchas facetas que nos llevan a la afirmación
de ese idealismo a veces dentro de la escuela de lo absoluto, otras con la de los expositores
de la original tesis filosófica, tan discutida por los maestros ingleses; tan vapuleada por las
críticas actuales de mediados de esta centuria, hasta afirmar que ha perdido su posición de
eminencia, y por lo tanto disminuyen sus defensores en los círculos académicos. Pero, pre-
cisamente, en todas las ocasiones en que sitúa a un personaje frente al otro, cuando dibuja
la atmósfera que le rodea, el círculo en que lo mueve, la sociedad escogida como escenario,
Amelia da paso al idealismo, identificado por las conclusiones formales de las tesis. Pudo
ella negar, junto a los idealistas menos ortodoxos, aquello que conocemos como ubicación
del tiempo y la realidad de tal fenómeno, porque en verdad su vida transcurrió amando un
“nirvana” íntimamente suyo, edificado por ella y para ella.
Si pensamos en el Santo Domingo de ayer, e imaginamos la recámara de la escritora;
aquella delicada figura envuelta en vaporosas y blancas túnicas adornadas con cintillos de
azul claro –colores y tonalidades preferidas desde la infancia–; las persianas de la estancia,
entreabiertas sólo para permitir atravesar torpemente la luz del sol; el perfume de claveles
y jazmines, el velo de novia y gardenias –que nunca faltarían en los vasos de fina porcelana
oriental– y sobre todo, el ordenamiento de sus libros, el escritorio de trabajo, el diván; en
ocasiones, un bronceado y humeante pebetero intencionalmente colocado para provocar
en la estancia la ilusión de lo que luego nos señalará su exotismo; ensimismada a menudo
con la lírica leída en el original bajo las rúbricas de Verlaine o de Pierre Louis – Les Chanson
de Bilitis que jamás permanecieron ignoradas (qué infortunio, diríamos, el pensar que ella
jamás escuchó su musicalización por Claude Debussy); o ya, nutriéndose con fervor en los

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AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

trazos vigorosos de Víctor Hugo o con los chispazos de Honorato de Balzac; todo ello nos
impulsa hacia la comunicación exterior y cuasi geláxica, aunque temerosa, que genera el
idealismo en Amelia Francasci; influyente en la temática y en cuanto desdobló la reacción
de uno y todos los personajes movidos en sus cientos de páginas caligrafiadas pulcramente:
su literatura.
Nos sería permisible afirmar que tal idealismo tuviese origen en la propia femineidad
de Amelia Francasci desde su adolescencia, hasta conservarlo como un tesoro en el ocaso
de su luenga vida. ¡Ese ego generó constantemente las ondas apaciblemente despiertas de
su mente clarísima y de su alma de artista, comúnmente extasiada ante la belleza de la na-
turaleza o dominada por los extravíos del ensueño…!
Con menos esfuerzo visualizamos y observamos los perfiles que caracteriza en su lite-
ratura, el exotismo. Esta tendencia, que abundará en su producción con la excepción de su
ya histórico libro Monseñor de Meriño Íntimo, la aumentó con inequívoca justificación que se
encontraría antes de ir más lejos, en su propia educación y cultura; inclinación no adoptada
adrede, como en el caso de muchos escritores de su tiempo.
Fuente inagotable de saber, Pedro Henríquez Ureña nos ha dejado dos páginas admi-
rables y hermosísimas a la vez que profundas como todo cuanto de él proviene, sobre el
exotismo. En ellas se lee lo siguiente: “El amor a lo pintoresco y exótico que el romanticismo
despertó en las literaturas de la Europa occidental, las únicas mundiales de entonces, ha sido
fecundo en resultados. Si de una parte dio origen a la invención de artificiosos moldes de
color local muy socorridos –la España de Hugo y Musset, la Turquía de Theophile Gautier, la
Rusia de Bryon, la Persia de Thomas Moore, hasta dar en el Japón de Pierre Lotí y la Nueva
España de Lorrain– en cambio suscitó las reconstrucciones fieles y laboriosas cuyo tipo es
la Cartago de Flaubert”.
En el mismo trabajo, nuestro gran humanista entiende que “el gusto por lo exótico pro-
duce –a veces– el paradójico efecto de renovar o despertar el amor a las letras antiguas”.
Nosotros le vemos en literatura y en música, como ansias por volver a los patrones inmortales
de las letras y las artes, aquello que llamamos “el ritornello” y que es hoy día una trampa
que bien sirve para descubrir los valores auténticos y los falsos. En pintura y música lo han
manifestado victoriosamente Salvador Dalí, Picasso, Stravinski y el norteamericano Samuel
Barber.
Henríquez Ureña agrega que “el exotismo dejó un sedimento definitivo, un interés per-
manente aunque de intensidad variable por toda revelación de vidas y mundos diversos
de los habitualmente representados en las literaturas que todavía sirven como normativas
en los países de civilización europea”.
Este concepto induce pensar que Amelia Francasci, rehuyendo las absorciones mentales,
afincada a un humanismo innato más tarde desarrollado por estudios y lecturas, deja que la
mente y el corazón deambulen en un escenario extranjero, –España en el caso de Madre Cul-
pable o un país de América– en el de Francisca Martinoff. En la última de estas dos obras no
escapa a esa influencia cuando el principal personaje se queja de “las miserables ciudades de
provincia”, puesto que no ofrecen a personas educadas en París nada atractivo; la vida de
la Ciudad Luz ribeteada de música y colores, artificios, cocottes, apaches, midinettes y sobre
todo, los encantos de los grandes boulevares y las orillas del Sena.
La escritora medita y escribe desde su recinto místico o íntimo de Santo Domingo; cuando
no ha olvidado sin embargo el gozo de reír y cantar y correr frente a las aguas del Caribe, sobre

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los farallones, respirando el aire salitroso que en días de canícula entraba sus pulmones para
dejarle alivios… Este ambiente simplista de su dominicanidad lo conserva en los relatos de
Historia de una Novela, al escribir como si en comienzo de sus cincuenta años desease auto-
biografiarse: “Cuando tenía dos lustros de edad, era una chica bastante crecida, bastante fea
(al menos para mi gusto), con unos ojos verde mar muy grandes y cabellos castaños, rizados
(a mi juicio, horribles), y que me hacían rabiar ante el espejo, razón por la cual estuve reñida
con semejante clase de mueble; de una viveza de imaginación notoria y de movimientos
extraordinaria; llamábanme en casa la volatinera. A pesar de esto, reflexiva, estudiosa, y en
el concepto de quienes se tenían por parientes y amigos, inteligente…”
Más adelante continúa el relato: “Desde mi viaje a una isla vecina –Curazao– donde
realicé estudios básicos de cultura e idiomas, dejé de ser huraña y mi viveza se manifestó
de un modo asombroso pues rayaba en petulancia…” Del convento fue sacada para volver
a Santo Domingo y según su confesión, “para encerrarse en casa”.
“Una temporada en el campo –Güibia, San Gerónimo, El Algodonal– sería halagüeña…
La palabra campo era una, mágica, que encerraba cuanto mi exaltada fantasía de niña so-
ñadora concebía de bello y seductor en el mundo; la síntesis de toda la hermosura creada,
sinónimo de paraíso terrenal, anticipo del cielo en la tierra. ¿Acaso vivir allí no era abrirme
las puertas del Edén prometido…? ¡Yo, pobre pájaro enjaulado y hasta entonces, sediento
de libertad y de espacio, ávido de independencia…!
Amelia Francasci se regocija con el recuerdo de la adolescencia y exclama: “Irme a co-
rrer a mi antojo; saltar cuanto quisiese; escoger las flores que me agradasen teniéndolas en
profusión en el jardín ambicionado; comer las frutas al caer del árbol, cosa tan apetecida por
mí y jamás hasta entonces disfrutada; contemplar los pájaros en vuelo de rama en rama o
elevándose en el infinito espacio como yo soñaba haberlos visto; oírlos regalándome con sus
trinos su dulce música natural… y aún otra cosa que por sí sola me fascinaría: EL MAR. Ese
mar al que podría yo contemplar a todas horas, cuanto quisiera sin que nadie me estorbara.
Ese mar, uno de mis grandes amores, mi amigo desde que pequeñita le conocí, ese mar que
me fascinaba de un modo indescriptible por cuanto había más allá de él…”
Con el correr de los años, ya adulta; dueña de hogar y de un cariño distinto al de la fa-
milia, relata que en uno de los pocos viajes que hiciera, había estado su embarcación a punto
de naufragar: “Y no temía al mar”, afirma con indudable fatalismo. “Amábale al extremo de
desear morir en él. Envidiaba la suerte de los marinos que viven casi siempre entre el mar,
cielo y estrellas. Viajar, recorrer el mundo, conocer lejanos países cuyos nombres exóticos
y raros complacíame en buscar en el mapa, era mi mayor codicia. Mi exaltada imaginación
más enardecida aún en esos días, por las maravillas que admiraba –las de su propia tierra–
representábame esos países encantados como la misteriosa patria de los mágicos ensueños…”
y, ya sintiéndose escritora y sabiéndolo a conciencia nos dice con una sinceridad meridiana:
“para describir las emociones debería poseer la pluma de Pierre Lotí, el narrador de los sueños por
excelencia…” Esta reflexión salía de su pluma cuando contempla el horizonte; ella que no
tuvo jamás la oportunidad de visitar la ansiada y lejana Europa.
Apropiado es afirmar que el escritor francés fue su brújula en el culto el exotismo. No
solamente porque la cautivó al leer por la vez primera su Roman d’un enfant, sino porque sin
vulgarismos ni fantasiosos episodios que pudiesen llegar a ser interpretados como actitudes
psico-melancólicas, le hace descubrir un mundo de visiones dormidas –como ella misma
lo llama– “sensaciones que en medio de mi alma atormentada había casi olvidado; porque

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AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

las sensaciones que le hacen experimentar ciertas cosas exteriores son las mismas que me
inspiran esas tales exterioridades; la tristeza indefinible e incalculable de que él –Lotí– se
queja y que por así decirlo forma el fondo de su carácter. Esto se instaló en mí tan profunda,
tan extensa, tan misteriosamente, como en él…” En un arranque de éxtasis o de angustia Amelia
no vacila en expresar: “Yo soy muda; para desahogar lo profundo de mi sentimiento sólo me es dado
gemir alguna vez…” (Historia de una Novela). Todas estas revelaciones alcanzan significación
al hablar de su idealismo, pero aún más del exotismo que reflejará el ciclo de las actividades
literarias de la escritora y novelista.
En el desarrollo del argumento de Francisca Martinoff, Amelia Francasci retrata a uno de
sus personajes dentro del mundo y la vida europea; el concepto caballeresco de la época y
las intrigas de amor entrelazadas con hidalguía y gentileza. Su “Don Francisco” es hijo de
europeos que deben emigrar en busca de nuevos horizontes y lo dota de un temperamento
reformador y liberal. A Ferreti y Francisca Martinoff los mueve también “a la europea”,
aspirando la autora a que un Paul Bourget, el notable psicólogo autor de Cruel Enigma y El
Discípulo hubiese podido analizar el alma de aquellos dos caracteres empleando para ello lo
más sutil de su ciencia y conocimientos. Se dirige Amelia a Lotí y le pide –como soñador y
dibujante de almas– auxiliar con su pluma ágil el rasgo humano y personal de la Martinoff,
aquella mujer que se debate en “un tumulto de sensaciones digna de un artífice de la literatura…”
¡Pareciera como si la protagonista fuese la propia autora…!
En Madre Culpable, como en otras obras, aparece otro elemento de notable singularidad,
y es la continua insistencia en atribuir a uno cualquiera de los actores las ansias de liber-
tad y de igualdad humanas, evocando el ejemplo de la Francia republicana. Es cierto que
Amelia vivió durante toda la etapa histórica y oscura de Heureaux; que éste trató por todos
los medios de alcanzar simpatías de una familia resentida por el suplicio y fusilamiento de
uno de sus miembros distinguidos. Se aprovecha de Francisca Martinoff para anatematizar
la tiranía, si no con la crudeza de vocablos de Víctor Hugo cuando defiende los derechos
del hombre, por lo menos con un vigor poco común en una mujer tenida por “introvertida,
silenciosa, parca, alejada del mundo, mirando siempre hacia tierras extrañas…”
En dos ocasiones el estilo es vertical y tajante ante los sangrientos episodios de nuestra
política. En Francisca Martinoff –no obstante su ambientación foránea– y en Monseñor de
Meriño Íntimo encontramos párrafos vibrantes. Cuando ella, Amelia, se refiere a las reali-
dades del país aherrojado por un régimen omnímodo, se entristece ante las vacilaciones
del liberalismo y lo difícil que resulta el establecimiento de una democracia funcional.
“Sueños patrióticos, sueños literarios, sueños de amor legítimo y puro o cuando menos,
la tranquilidad, habían desaparecido en pocos meses. Las negras sombras de la deses-
peranza, del completo desencanto habíanse añadido a su alma…” Así era su queja y al
contenerla, miraba hacia el mundo de los imaginarios seres felices, la paz de los bosques
de Fontainebleau o la belleza de los rosales de un gigantesco parque hermoseado con
fuentes cristalinas y rumorosas.
El sentido de lo exótico no desaparece ni siquiera en la obra que a nuestro juicio con-
tiene la dosis más auténticamente dominicanista de su literatura. El cuadro espontáneo
que presenta en un volumen que pasa de cuatro centenares de páginas, para encuadrar la
vigorosa personalidad del Ilustrísimo Arzobispo de Santo Domingo, y ex-Presidente de la
República, Monseñor Fernando Arturo de Meriño, contiene un trozo de historia dominica-
na, estructurado con versatilidad agradable, teniendo en cuenta que su producción ocurrió

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entre 1910 y 1920, cuando la autora alcanzaba ya setenta y seis años. Los manuscritos fueron
acumulándose durante todo este período, observándose que Amelia cuida celosamente de
los comentarios, intercalados entre el epistolario con Monseñor y la descripción de estados
anímicos, ambientes, incidencias o anecdotario histórico.
Esta obra sintetiza la larga y paciente relación de amistad entre ambos. Es hermoso
y delicado el momento de reflexión cuanto el impulso espiritual que la provoca. Amelia,
siempre receptiva a las reacciones delicadas, envía en una ocasión –junto a una de sus car-
tas– un obsequio al mentor constante, uno de los jarroncillos auténticos japoneses recibidos
de París –monería muy de moda entonces en la urbe donde Lotí había hecho furor por sus
narraciones de Lejano Oriente y a causa de ello Monseñor la regala con una esquela que
ella considera, entusiasmada, como “una breve joya literaria…” El texto no nos llega, pero su
efecto lo recoge un párrafo del libro.
Meriño no es presentado como un mortal apegado a las cosas terrenas, sino en interesan-
tes e innúmeros aspectos de su pensamiento grandioso y profundo. Con él, los nombres de
Galván, Deligne, Federico Henríquez y Carvajal, José Joaquín Pérez, Bryon, Miguel Angel
Garrido, prominentes hijos de Quisqueya, constituyen parte del selecto círculo intelectual
de la Francasci.
Monseñor fue nervio motor del estilo de la escritora, y crítico finísimo y certero de sus
novelas. Observó el idealismo de Amelia con las reservas lógicas de quien, conocedor de los
dogmas religiosos se permitía descubrir las inevitables colisiones con la filosofía. Lo segun-
do, porque lejos de apartar a la escritora de sus sensibilidades, de sus íntimos enfoques –ya
sociológicos, nacionales, familiares– la dejó divagar sobre las fronteras geográficas e intelec-
tuales sin interferir en su afán de vivir dentro de aquel refugio espiritual que la alentaba en
horas de amargura o indecisión; que la hacía feliz en momentos de ensoñación y que en fin,
fue este último estado de ánimo alargado por días y años hasta su muerte. La desaparición
del prelado, gloria dominicana, provocóle tristezas y dejóle imborrables huellas y vacíos,
pero también la discretísima sensación de que seguía gozando aún en la ausencia definitiva
del amigo, del favor y el privilegio de algo imperecedero. Amelia evoca el lúgubre tañir de
las campanas santodomingueses, y cierra las páginas de su libro postrero con esta oración
funeral en la cual sumerge su dolor:
“Creí percibir la voz de Dios, que invisible en su inmensurable altura, clamaba potente a la Patria
Dominicana: llora, sí, llora la pérdida de tu hijo más preclaro. Vierte tu amargo llanto sobre su
cadáver aún no yerto; mas, sabe que el alma que yo di a ese bueno está contigo; que en el seno
de mi Gloria reposa desde que ha entrado en la inmortalidad…”

La crítica y Amelia Francasci


Tócanos ahora, de manera somera y porque no es justo abundar en rasgos y contornos
conocidos, adentrarnos en la crítica más relevante provocada por la obra literaria de Amelia
Francasci.
Quizás sea pertinente afirmar aquí que la escritora dominicana no alcanzó los relieves de
perfección de aquellas altas figuras y valores permanentes de nuestras letras. Amelia Francasci
no fue purista, en el sentido estricto del idioma, como tampoco clasificó en el escaso grupo
de grandes novelistas americanos. En los tiempos de Amelia Francasci la novela no tenía
atractivos entre las mujeres escritoras, aún cuando numerosos títulos ya conocidos brotaron

208
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

del intelecto de Emilia, Condesa de Pardo Bazán, prototipo del naturalismo, autora de Madre
Naturaleza; Mercedes Cabello con su Blanca Sol; Ofelia Rod Acosta, la de La Vida Manda; en
Francia, Aurora Dupin (George Sand), creadora de Indiana y La Charca del Diablo –antes que
ella Madame Staël con su Delfina Corinna, el jugoso libro De Alemania– y para no ser muy
prolijos, María Teresa de la Parra, hija de Venezuela, autora de Ifigenia; y Concha Espina, la
de La Esfinge Maragata y quien nos cautivase conocerla y tratarla en los días inolvidables de
juventud, aquí en la Vieja y Colonial Primada de las Américas.
A todas ellas, pilares de una evolución literaria y puente espiritual entre el Siglo
XIX y el XX –con la excepción de la Staël– les aprisionó Amelia Francasci en su corazón
de artista y en los tramos de su biblioteca. La lírica altisonante del autor de la Oda al
Niágara y la escuela de Andrés Bello, el maestro inolvidable, tuvieron efecto de metas de
superación, a veces inalcanzables, debido al afán de no abandonar su propio ego. Blasco
Ibáñez le fascinó por su afición a la escuela de Zolá, y luego –por su imaginismo e idea-
lismo. La pluma de Palacio Valdés, su contemporáneo, le hacía reflexionar, gustando de
escanciar sus páginas gota a gota, tratando de encontrar alientos. Cuando en nuestro
Santo Domingo tuvimos las visitas de aquellos ilustres españoles como Villaespesa, Tomás
Navarro y Tomás, Pedro de Répide, Eugenio Noel, García Sanchíz, Benavente, Zamacois
y otros, la Francasci –ya entrada en años– los recibiría en su “petit-salón” de la plazoleta.
Así también tuvo asiduamente la presencia de Pedro René Contín y Aybar, crítico y poeta,
departiendo con él horas y horas que sabemos les rodeó de un sutil encanto. ¡Fue aquel
amigo su último refugio espiritual…!
El crítico más acucioso y señero de Amelia Francasci lo es Manuel de Jesús Galván. Es él
quien nos presenta a la autora como “excepcional, si no original”. Sobre Madre Culpable afirma
que “son excepcionales las circunstancias fisiológicas, de la inspirada autora; excepcional el argu-
mento; excepcionales si bien verosímiles y reales los caracteres de la protagonista y de los principales
personajes que concurren en el proceso de la obra…”
Refiriéndose al estilo, Galván lo tilda de “correcto, castizo y elegante”, y se asombra de
que una escritora bisoña, como el caso de Madre Culpable, estudiosa e instruida, no deja
de ser –por lo juvenil, por el retraimiento a que la obliga la extrema sensibilidad de su
temperamento nervioso, y por la atmósfera de idealidad en que la ha dejado envuelta la
delicada adoración de su digno compañero– un ser inexperto, en su aspecto físico una
niña candorosa, en quien nadie podía suponer el conocimiento intuitivo puede decirse,
del corazón humano en general, del corazón femenino, en particular, y especialmente del
variado caleidoscopio que ofrecen a la observación del psicólogo las versátiles pasiones de
la mujer de mundo…
El autor de Enriquillo se declara de acuerdo con Rafael Deligne –otros de nuestros
grandes escritores– en el diagnóstico de la obra de Amelia Francasci, pero discrepa de él
en ciertos aspectos de su crítica “al echar de menos las descripciones que absorben la mitad de
las obras naturalistas más celebradas, haciéndonos aburrir con páginas enteras en las que describe,
por ejemplo, las mil evoluciones que el capricho del viento realiza con las hojas secas desprendidas
de los árboles”.
Para defender a Amelia Francasci, Galván considera que “no olvida, al contrario, que
Walter Scott, el rey de los novelistas, –quien recogió censuras en su tiempo a causa preci-
samente de las difusas descripciones de su Ivanhoe o El Anticuario– poseyó una riquísima
imaginación y el hechicero estilo que todo vestía con ropaje poético…”

209
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

“El renombrado Víctor Hugo, en todo su portentoso genio –expresa Galván– no alcan-
za a hacerse perdonar las idas y venidas, vueltas y revueltas, vacilaciones y embestidas
súbitas de aquella” “carronada”, el cañón fantástico que se soltó de sus amarras a bordo
del buque de guerra en su novela El 93. Amelia describe sobriamente, pero quizá por esto
escribe bien y en la medida de lo necesario, para que la acción que relata adquiera toda la
vida, toda la realidad que ha logrado imprimir a Madre Culpable. De Amelia Francasci se
puede citar con toda propiedad, lo que ella misma ha dicho en un precioso opúsculo en
defensa de Pierre Lotí, el joven marino que con raro talento de escritor forzó las puertas de
la orgullosa Academia de Francia: “Se inspira en la naturaleza; por eso es naturalista e idealista
a un tiempo. De ahí viene que todo lo cante, como dice de los poetas…” Este juicio lo firmaba
Galván el 8 de mayo de 1896.
El gran filólogo y crítico borincano Ramón Marín, que con el pseudónimo “Fausto” fue
reconocido en el mundo literario hispánico y francés, progenitor de la compañera del pa-
tricio Muñoz Rivera, se pregunta en su columna de un diario puertorriqueño de entonces:
“¿…la novela de Amelia Francasci es una historia o una novela propiamente dicha…? y
al concluir afirma: ¡Es clásica…! ¡Es romántica…! ¡Es idealista…! ¡Es realista…! Las cuatro
escuelas juegan en ella sin choque, sin rozamientos y sin que resalten en sus episodios ni
el clasicismo de Madame Staël ni el romanticismo de Emile Zolá. La joven más angelical y
púdica lo devorará sin que sus mejillas de rosas se enrojezcan…
Es precisamente Ramón Marín quien hace mención al “nacimiento casual” de Amelia
Francasci en Ponce, cabe las ninfas del Becuní y el Portugués, junto a la Ceiba, llamando a
Madre Culpable la novela ponceño-quisqueyana –afirmación precipitada–, decimos nosotros,
al ser irrefutable que la autora desarrolló su niñez, adolescencia y adultez en su Santo Do-
mingo y aquí pensó y escribió la novela… Marín rinde un tributo a su estilo, a su firmeza,
a sus sincerismos y sobre todo a su facilidad literaria.
Emiliano Tejera decía comúnmente que Amelia Francasci le había conquistado. La
afirmación tiene significado, conociéndose que este insigne dominicano poseyó siempre
un carácter de contornos dificilísimos y severos. Para ella fue él “tierno, a pesar de su seque-
dad…” queriendo decir con ello que el amigo no era pródigo en sus preferencias. “Mi afecto
hacia él”, –que iba desde la sencilla recomendación de medicinas para sus quebrantos hasta
las intrincadas facetas de la política dominicana– “era un reflejo del que le inspiré”. El estoico
dominicano, para muchos el primer gran Ministro de Relaciones Exteriores de nuestra
historia, dijo de Amelia Francasci que era “como una hermanita, como una hija, pensando que
no temo quererla demasiado y que mi amistad la importuna”. Excéntrico y caprichoso como era,
elogió, sin embargo, su obra, y le acompañó en la formación de una vida literaria sin muros
infranqueables, “gratamente satisfactoria la bondad que le demostró” según ella reitera, desde el
primer día de sus entrevistas e intercambios, que debían perdurar hasta el deceso del vene-
rable ciudadano. Igual ocurrió con Don Francisco Gregorio Billini y Federico García Godoy,
el primero acogiendo en las columnas de Ecos de la Opinión los iniciales y sucesivos escritos
de Amelia no compilados en libro alguno, algo que llegará a ser de interés para la historia
de la literatura dominicana; el segundo, al catalogarla en sus trabajos y colaboraciones de la
Revue Hispanique sobre literatura nacional, publicados en 1916, y luego, Miguel Angel Garri-
do, quien dióle calor y entusiasmos en las páginas de La Cuna de América bajo su dirección
entre 1903 y 1905 o ya en La Revista Ilustrada de los años 1898 al 1900. Este gallardo escritor
dominicano recibió el reconocimiento de Pedro Henríquez Ureña y de todos los intelectuales

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AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

dominicanos, fue uno de los fieles visitantes de Amelia Francasci, y aunque más joven que
ella, ambos alcanzaron un común denominador en sus posiciones ideológicas, patriotismo
o nacionalismo, en el idealismo y el exotismo de la novelista o en el realismo de la prosa
fustigante del periodista y crítico.
Fue también favorable la opinión de José Joaquín Pérez, el poeta que ella estimó “do-
tado de todos los entusiasmos literarios, cantor insigne de Quisqueya”, poeta nacional que
conquistase su admiración junto a la inmortal Salomé Ureña, admiración cultivada desde
los años de la adolescencia. Pero es Meriño –en la fructífera atmósfera de una amistad sin
paralelos– el personaje más atrayente y apreciado. No sabemos por qué, al adentrar en esas
relaciones, Amelia Francasci llega a afirmar que “en la literatura, quería él proporcionarme un
derivativo a mi mal moral: distraerme de mí misma”. Meriño llega, por ejemplo, a suplicarla que
no mate a la protagonista de Madre Culpable –a María– sublimizada en la novela, y esto lo
hace el mentor en un agudo y sentimental envío y reenvío del epistolario –cuidadosamente
encerrado en un cofre que a diario y por años, iba y retornaba a casa de la escritora. Ya en
su lecho de enfermo, moribundo, el insigne Arzobispo le confiesa que “María gozó de la
eternidad con la gracia de los elegidos…” Es así como llegaríamos a comprender el proceso de
las profundas y supersensitivas características de un alma enamorada de lo desconocido,
lo ideal y lo exótico.
Alcanzamos el final de un estudio ausente de pretensiones, pero que por grato nos
ha sido posible realizarlo para ésta oportunidad inolvidable. Muchas aristas de esa figura
que desde el comienzo hemos dibujado como frágil, vaporosa, exquisitamente oculta en
su debilidad física para no obstante buscar y mantener fuerzas con qué sostener su vigor
intelectual, no podrían ser detectadas fácilmente. Ha sido duro el proceso de atesoramiento
de los testimonios y pruebas concretas de su paso dentro de la generación literaria en la cual
tuvo un puesto muy especial. La recordaremos como un ser colocado en un rincón aparte y
silencioso del Santo Domingo de ayer; allí, sahumerio de sándalo y jazmines para transportar
la imaginación al Cosmos y husmear su espíritu tiernamente escondido en el resquicio de
los ventanales coloniales de esta Ciudad Primada.
La literatura de Amelia Francasci, que años después, ya en nuestros días, se hace llevadera
por la simpleza de formas y de estilo, por el atrevimiento de su vivencia, por el animado
fervor y desinterés con que fue legada a la posteridad, la consideraríamos como muchas
otras del período del ochocientos, un mágico divagar de inquietudes y esperanzas.
Si pareció frágil en sus años de infancia; si en la adolescencia despuntó inusitadamente
su intelecto; ya mujer aparejada, supo combinar la lealtad y el cariño a su cónyuge con las
libertades que le sugerían el amor a las letras y las escuelas filosóficas de su tiempo; si des-
pués, aún en la ancianidad, mantuvo vivos los anhelos y las ilusiones mecidas por el idea-
lismo y el exotismo, el flujo y reflujo de las corrientes literarias paradójicamente inyectadas
en páginas, personajes y trama de sus novelas –en el fondo, un sincero intimismo– Amelia
Francasci recibió los lauros de una crítica que en su medio, como la de su época, no era ni
conformista ni complaciente.
Se nos fue de este mundo el 27 de febrero de 1941. En el Listín Diario del 1ro. de marzo
la poetisa María Patín Pichardo añora el “hogar literario” de Amelia y escribe: “Allí, como
en los templos orientales, había que descalzarse al llegar; dejar todo lo vulgar, lo mezquino, y entrar
unciosamente a escuchar, admirar la Suprema Sacerdotista de la belleza y el arte, alma noble, soñadora
y predestinada…”

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Los motivos del tema de este trabajo no son otros que la aspiración de que sea acogido
con comprensiva apreciación. Lo cual no nos exime afirmar que, desde ahora, quedamos
adheridos con modestia y respeto a los cánones de estudio e investigación que exige la labor
académica, y prioritariamente, el prestigio de esta Institución que tan benévolamente nos
recibe.
Gracias, muchas gracias, si se nos libera reclamar excusas y perdones.

Enrique de Marchena y Dujarric


Sesión Solemne de la Academia Dominicana de la Lengua
Correspondiente de la Española.
Biblioteca Nacional, Santo Domingo, D. N.
26 de junio de 1972.

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AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Amelia Francasci
Monseñor de meriño íntimo
I Parte
I
Atravesaba yo una de esas crisis morales que tantas veces, en el curso de mi vida, me
han llevado casi al borde de la tumba; de tal modo me abaten, de tal modo consumen mis
fuerzas, a tal extremo quebrantan todas mis vitales energías.
La de esa vez era intensa.
Prolongábase, por tiempo, sin prestar esperanzas de reacción.
La serie de disgustos, de contrariedades y de decepciones que la provocara, habíame
encontrado anémica y extenuada por exceso de fatigas. Negra melancolía envolvía en sombras
mi espíritu; y mi alma, toda, estaba como sumergida en una onda profunda de amargura.
Sentía un cansancio tal de la vida, que no me permitía gozar de nada en ella. No dormía, y
mis noches sin sueño, hacían mis horas más crueles porque me mantenían en un estado de
pesadez y de irritación grandísimas.
En mi alrededor, todo el que me profesaba algún afecto, sufría al verme cada mañana
más postrada; más inapta para cosa alguna.
Llamóse uno y otro médicos para consultarle. Cada cual prescribía un régimen
particular, aunque todos estuvieran acordes en recetarme reconstituyentes, calmantes
y otras drogas.
Yo, de ninguno hacía caso, porque en ninguno tenía fe, como tampoco voluntad para
seguir las indicaciones que me hicieran.
El ejercicio en la mañana, los baños de mar, una larga temporada en el campo; todo se
me proponía; pero yo nada aceptaba, por sentirme incapaz de todo esfuerzo.
Ya mi decaimiento físico iba inquietando a todos los de mi casa. Temían que, de conti-
nuar ese estado mío, mi vida peligrara; y principiaron a lamentarse, reprochándome el poco
empeño que ponía yo en mejorar.
Esas quejas, al parecer, me irritaban, pero la verdad era que me hacían sufrir
horriblemente.
Encontrábalas fundadas y mi conciencia me mortificaba, pero mi voluntad era nula y
por eso me hallaba impotente para tratar de dominar mi mal.
Dejaron de quejarse, al ver que yo me molestaba y sufrieron en silencio; pero la tristeza
que comprendía en todos, comenzó a torturarme más que las quejas anteriores.
Un día fue tan grande mi tormento que me desesperé.
La vida me pesó demasiado y dije para mí ¿a qué vivir?…
¡Y el pensamiento de la muerte se impuso en mi cerebro! Veleidades de suicidio me
venían a la mente por instantes. Principié a concebir varios proyectos de súbita y voluntaria
desaparición…
¡Estaba casi loca!…
Por suerte siempre en esas crisis, al comenzar el desvarío, algo, que me ha parecido
providencial, ha venido a detenerme en el camino de la locura.
Esa vez fue un sueño.

213
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

II
Después de una gran excitación mental que me dejara el cerebro excesivamente fatigado, y
todo el cuerpo sin fuerzas, caí en un estado de sopor profundo. Y soñé que yo estaba rodeada
de tinieblas, pero que, en un punto cercano, aparecía una luz sobrenatural iluminando un
abismo espantoso, en el cual, por manos invisibles, fui precipitada repentinamente, sin que
yo me diera cuenta de ello; y que los esfuerzos que hiciera por no hundirme en el terrible
precipicio, no servían sino para descender más a su fondo.
Un sudor frío me inundó, y el terror me hizo despertar. Miré a mi alrededor y comprendí
que había soñado. Entonces reflexioné sobre mi sueño y esa reflexión me hizo reconocer que
mis ideas eran sanas; que ya el desvarío había desaparecido y que lo que yo soñara era una
revelación. Dios se había apiadado de mí, a pesar de haberlo yo casi olvidado; en medio de mis
locos pensamientos me había inspirado el sueño para que pudiera yo salvarme. ¿No era, acaso,
la luz que yo veía durmiendo, la de mi razón recuperada? ¿Y el abismo que tanto temor me
había causado, aquel de la locura en que estaba a punto de precipitarme ciegamente? ¡Era
preciso, era urgente que yo tratara de reaccionar contra mi peligroso estado mental! Así me
lo propuse, y en mi alarmado espíritu principié a buscar los medios de lograr el resultado
que ya apetecía. ¿Qué podía yo hacer? Los medios materiales habían sido ineficaces, era
necesario recurrir a un remedio moral, puesto que moral era en su origen el mal que venía
consumiéndome. Y pensé en la religión. ¡Deseé confesarme, presentarme humildemente ante
un ministro de Dios! Pero ¿quién sería ese ministro? ¡A ninguno conocía yo, por digno que
fuera, de llenar la delicada misión que quería encomendarle! ¿A cuál escoger?
¡Aquí me detuve incierta, cuando un nuevo rayo de luz inspiradora brilló en mi mente!
¿Cómo no había pensado antes en lo que se me ocurría en aquel instante? ¡Mi confesor estaba
hallado! ¡Su nombre y su figura se destacaban en mi cerebro y los ponía Dios ante mi vista,
como si de lo alto los hiciese surgir! ¡Ese nombre y esa figura no pertenecían a otro que a su
señoría ilustrísima, el gran arzobispo de Santo Domingo, el noble, el admirado, monseñor
Fernando Arturo de Meriño!

III
¡Sí! ¡Monseñor de Meriño! ¡Yo no podía vacilar! ¡Era él el único capaz de realizar lo que
yo misma juzgaba un milagro; que no otra cosa me parecía el hecho de restablecer el equili-
brio de mis facultades, de devolverme mis pasadas energías, de restaurar mi antigua fe, de
reconciliarme en todo, en una palabra, con la vida normal!
Y no vacilé. Con una decisión, que hubiérase creído imposible en quien algunas horas antes
no tenía voluntad ni para querer, es decir, ni para desear nada en el mundo, determiné llamar al
día siguiente al que había resuelto que fuera mi confesor, el ideal confesor que yo necesitaba.
Sin que en mi casa lo supiera nadie, hice venir a mí a un deudo del noble prelado, que
era, al mismo tiempo, uno de mis amigos más sinceros; uno de los que más confianza y mejor
estimación me merecían. Este amigo también se hallaba apenado por el estado en que me
viera; así fue que no bien le hube comunicado mi pensamiento y mi súbita resolución, la
aplaudió complacido y prometióme satisfacerla sin tardar, manifestando a su ilustre deudo
mi formal deseo de confesarme a él. Y haciéndole conocer mi especial condición de enferma
y de penitente, cumplió mi buen amigo su palabra, tan fielmente que, al siguiente día, recibía
yo las dos esquelas que voy a transcribir, firmadas, la primera por el mismo monseñor de
Meriño; la segunda por mi afectuoso comisionado.

214
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

La que me dirigiera, escrita por él toda, el gran arzobispo, decía así:


“Noble hija mía:
“Permítame darle este título del alma y sepa que tendré suma complacencia al corresponder
a los deseos que Vd. me ha expresado, por medio de mi buen A… Iré muy pronto a verla.
“Obsecuentemente, a sus órdenes,
“b.s.m. Padre Meriño”.
Esta corta misiva, con la cual inició la larga serie de billetes y cartas que recibiera yo de
Monseñor de Meriño, me dejó de tal modo impresionada, que tardé en leer la segunda que
me enviaba mi amigo.
El tenor de ella era el siguiente:
“Amiga mía estimada:
“Puede Vd. estar satisfecha porque anoche mismo vi a Monseñor y le hablé de Vd.
largamente. Él está profundamente interesado por Vd. y me pidió que le excusara de no ir
hoy mismo a verla por hallarse sumamente ocupado. Excúsome yo también de no llevarle
la respuesta que Vd. anhela, por mí mismo, siendo el motivo de ello, una gran aglomeración
de trabajo.
“Monseñor le suplica le aguarde dos o tres días, hasta que él pueda dedicarle largo rato.
“Yo también iré cuanto antes.
“Su afectísimo amigo, A. L.”
¡Cuánto agradecí a Dios de todo corazón el haberme inspirado en ideas que principiara
a realizar tan felizmente! Ese besa sus manos de Monseñor de Meriño, y ese Padre Meriño,
me encantaron; siempre se despidió él así de mí en sus cartas que firmó del mismo modo
invariablemente.
¡Oh noble espíritu! Lo que quisiste siempre fue enaltecerme a mis propios ojos, mostrán-
dote conmigo el más modesto de mis relacionados. ¡Cuánto bien me hiciste con ello! ¿Cómo
no bendecirte en mi memoria?
Llamé a mis familiares, les revelé lo que había hecho la víspera y les presenté las esque-
las que acababa de recibir. ¡Cuán grande fue el alborozo de todos, al ver en ese acto mío un
principio de resurrección moral! ¡Desde el momento en que yo tenía voluntad para llevar
a cabo una determinación como esa, tenía esperanza de salvarme, también físicamente! El
anuncio de la próxima visita de Monseñor de Meriño les halagó en el extremo y comenzaron
a considerarle como mi ángel salvador y a anhelar su presencia.

IV
Debo decir aquí por qué motivo me pareció una inspiración divina mi pensamiento
y sobre todo mi resolución de escoger al ilustre prelado por confesor y amigo y por qué
fue para los de mi casa una sorpresa tan grata la noticia de mi llamamiento. Era que yo,
antes de ese día, jamás mostré deseo de acercarme al gran Meriño sino que, por el con-
trario, voluntariamente me mantenía a distancia suya. Nada me hubiera sido más fácil
que entrar en relaciones amistosas con él, por estar ligado, hacía tiempo, un miembro
inmediato de mi familia a un deudo muy cercano suyo, lo cual establecía entre él y yo
casi un parentesco.
Apenas le conocía personalmente. Una vez le había encontrado en casa de mi madre,
Doña Justa Sánchez Vda. de Marchena, esposa de Rafael de Marchena, en donde cambiamos

215
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

solamente algunas frases de mera cortesanía. Fue él a visitar a la anciana, casi oficialmente,
con motivo del acto que le ligara a uno de los míos.
¿Por qué había sido esto? ¿Por antipatía inconsiderada o por alguna otra razón reservada
de un orden cualquiera? Absolutamente. ¡Debo confesar aquí que sólo un orgullo, que más
tarde juzgué tonto, fue el que me alejó de ese hombre a quien después debía yo querer y
venerar tanto! Una desconfianza estúpida no me permitía darle la menor muestra de aten-
ción y mucho menos de simpatía.
Cuando, más tarde, se lo confiaba yo, él reía bondadosamente, burlándose de mí.
Su grandeza intimidaba mi pequeñez. Ofuscabame su alto renombre de consumado
político; de orador eminente; de hombre de mundo distinguido y de todo lo demás. ¡Vivía
yo tan retraída! ¡Condenada a la oscuridad por mi modestísima posición y recluida en mi
casa casi siempre por mi precario estado de salud! Temía parecer demasiado humilde y
sobre todo muy insignificante al gran mitrado, a quien yo en mi interior admiraba y rendía
homenaje, lo mismo que en mi casa lo hicieran todos; como lo hacía la generalidad.
Después de recibir su esquela, olvidando mi pasada desconfianza, quería yo ahora confiar con
absoluta fe en él, ¡esperar que con su alta ciencia supiera devolverme la paz del alma e inspi-
rarme alientos para soportar la vida! Ni un instante se me ocurrió dudar de que Monseñor de
Meriño poseyera, además de su admirable elocuencia que tantos triunfos le valiera en su patria
y fuera de ella, de su vasta erudición y de su refinado trato social que le permitieron brillar en
las más cultas sociedades extranjeras, y de su gran valor cívico que le había hecho acreedor de
la admiración de la posteridad, por el raro denuedo que demostrara al defender las libertades
patrias y su propia independencia, el ilustre arzobispo debía poseer, repito, un corazón ver-
daderamente noble, un corazón sencillo, lo bastante, para poder apreciar el mío sencillísimo,
mi pobre corazón demasiado afectuoso, demasiado leal y desinteresado, y mi espíritu recto,
ese espíritu que tan elevadas aspiraciones tuviera y al que tan pocos sabían estimar, ¡enfermo
por el daño que le hicieran la injusticia, el egoísmo y la falsía de otros! Sí, él debía compren-
derme, yo me confesaría y, segura como estaba de su absolución le pediría, luego, que no me
abandonara, que me prestara su asistencia para no recaer en mi temible tentación.
Pronto debía probarme la experiencia la pureza de mi fe, lo justo de mi esperanza en la
alta capacidad, en la gran bondad de alma de Monseñor de Meriño.
Si narro todos estos detalles, que precedieron a mi amistad con el anterior arzobispo
de Santo Domingo, es para que pueda comprenderse mejor por qué razón fue esa amistad
tan grande, al conocerse la base religiosa que ella tuvo y las circunstancias particulares de
su origen. El afecto que nos ligó, de índole tan especial, duró hasta la muerte de él, por
muchos años, y en mi corazón perdura en forma de culto a su memoria. En mí vivirá su
recuerdo mientras yo exista. Y si he emprendido este trabajo que, aunque humilde, es árido
para mí por mil razones, ha sido únicamente con el objeto de rendirle homenaje. Lo que
me propongo es reproducir una parte de la correspondencia que sostuvo él conmigo, casi
diariamente en ocasiones, y que conservo piadosamente. Las cartas que publicaré son de
carácter íntimo, cartas sencillas que le pintan entero, tal como yo le conocí, quince años antes
de su desaparición eterna, tal como yo le amé. En su correspondencia se revela tal como era
él en esa época: bondadoso, tierno, amable, desinteresado, fiel a la amistad, íntegro en todo.
¡Firme y hasta altivo también, cuando se pretendió imponerle algo, como quien jamás, pero
verdaderamente jamás, se dejó avasallar por nadie! Tan altivo como sabía ser manso con los
sencillos y con los humildes.

216
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Mi Monseñor de Meriño Íntimo, como auténtico. En este retrato que de él hago, cuantos
le conocieron y le amaron le reconocerán.

V
Fue una tarde. Tarde muy hermosa cuyo recuerdo he conservado inalterable en mi me-
moria, por lo que ella marcaría en mi vida.
Hacía tres días que yo aguardaba el cumplimiento de la promesa que el ilustre, arzobis-
po me hiciera, en un estado de exaltación creciente. Después de mi acto atrevido, –que así lo
consideraba en mi interior– sentíame ansiosa por momentos, anhelando y temiendo, alterna-
tivamente, el resultado de mi determinación. Sin embargo, trataba de disimular mi ansiedad
al ver a los demás tan esperanzados, tan contentos por lo que yo había hecho. Y para que lo
estuviesen más, esforzábame en tomar los alimentos y en presentarles un semblante mejor.
Doliente y muy débil, siempre, me encontraba en mi habitación particular, recostada en una si-
lla larga, rodeada de almohadas, como lo estaba habitualmente desde que me había postrado.
En la mañana habían puesto algunas flores en la sencilla estancia y yo las miraba distraída,
abismada en mis pensamientos, a pesar de ser ellas mi encanto. Como se pensó que ese día
podría ir Monseñor de Meriño a casa, para halagar su vista adornaron la pieza.
Serían las cuatro de la tarde cuando oí el ruido de un coche que se detenía en la puerta
de entrada de la casa. Sentí el corazón que me palpitaba fuertemente; y pensé sin vacilar:
“¡Es él que llega!”.
Acerqué más el oído a los ruidos del exterior y comprendí que no me equivocaba.
Alguien vino a anunciarlo.
“Monseñor está ahí”, díjome un familiar mío.
Y precipitadamente fuese para salir al encuentro del ilustre visitante. Mi corazón dejó
de latir. Un aturdimiento se produjo en mí; luego volvieron los latidos nerviosos, violentos,
hasta que pasado unos cuantos minutos, que sin duda sirvieron a los míos para explicar a
mi futuro confesor mi estado y las esperanzas que en él fundaran, sentí acercarse a mí pasos
de varias personas. Mi familiar más íntimo se presentó y abriendo la puerta de la habitación
hizo penetrar en ella al huésped esperado.
Al aparecer ante mis ojos abatidos la alta, hermosa e imponente figura de Monseñor de
Meriño, un temblor interior paralizó mis movimientos. Quise hacer un esfuerzo para levan-
tarme y no pude; apenas me incorporé en mi asiento para contestar a su saludo. Sentíame
atraída y al mismo tiempo temerosa. Y no era para menos.

VI
Conservaba Monseñor de Meriño, hasta esa época, mucho de la gallardía que en su porte
se admiró en la juventud, a pesar de que ya la nieve de los sesenta años, al caer sobre su noble
y simpática cabeza, la hubiese ceñido prematuramente, a manera de un casco, de una espesa
capa de hilos de seda tenues, compactos y bien ordenados, del color de bruñida plata. Esa ga-
llardía daba mayor realce a la gran majestad impresa en su persona, por la firmeza natural de
su carácter entero y elevado, así como por la exacta conciencia de sus deberes de alta dignidad
eclesiástica y del respeto que su ya más que proyecta edad le mereciera.
Cuando se presentaba en público, revestido del traje archiepiscopal y luciendo al aire su
plateada cabellera, ofrecía a la vista un aspecto magnífico, al echar hacia la espalda, por medio
de un gesto sobrio y elegante de su vigorosa diestra, una de las puntas de su capa pluvial;

217
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porque ese gesto permitía verle entero en la severa esplendidez del consagrado traje, en plenitud
de vida; lleno de soberana inteligencia y de vigor, y adquiriendo con él un aire verdaderamente
augusto, que tenía tanto de imperioso como de sagrado y que le prestaba poderosa seducción.
Todos mis familiares y amigos que le contemplaron en el esplendor de su gloria, háblanme de
ese gesto suyo, con sincera emoción. Dícenme que en cualquier otro que no fuera Monseñor de
Meriño, hubiera podido parecer estudiado por lo hermoso para producir efecto, para cautivar,
pero que en él era aceptado ciegamente; en él era aplaudido por saberse que estaba revestido del
sello de la más sincera y de la más indiscutible naturalidad. La noble sencillez del gran arzobispo
era una de sus cualidades más preciadas y la que tal vez le atrajera las mejores voluntades. Todo
el que trataba al noble prelado le hacía justicia al reconocer, como real, su disgusto por todo lo
afectado; su profundo desdén por toda vana ostentación. No había quien le conociera personal-
mente que no proclamara que, por sus dotes físicas, en el mismo grado que por las demás que
próvidamente le acordara Dios, era él muy digno del puesto que ocupaba, así como de figurar
en el rango de cualesquiera otras elevadas jerarquías sociales.
El ilustre autor de Enriquillo, el eminente Don Manuel de Jesús Galván, que había sido
su compañero de estudios, su amigo siempre y su entusiasta admirador después, decíame
luego:
Monseñor de Meriño tiene una figura hierática. Estoy por creer que la naturaleza le formó
expresamente para llevar la mitra y darle mayor realce ¿No encuentra Vd?
Sí, yo lo encontraba también, pero creía además que nuestro ilustre amigo era digno de
todo y apto para desempeñar los más altos cargos del mundo.
Hablando de este trabajo que, en su honor, tengo emprendido, y con algunos de los
que más le conocieron y le apreciaron, los he visto conmoverse al recordar su manera de
presentarse en público.
Han exclamado:
Sobre todo después de su muerte, es cuando más admirable nos parece el gesto suyo
con el que se mostraba entero, en toda la severa esplendidez de su traje consagrado y lleno
de vida, de soberana inteligencia y de vigor.
Yo no le vi jamás sino en mi casa y en su modesto palacio donde fui algunas veces,
acompañada de familiares; pero con eso me basta para comprender la emoción de los que
le quisieron y le admiraron.

VII
Mi profunda emoción era, pues, natural cuando le vi en mi presencia, más que todo
recordando el motivo que le llevara a visitarme.
Detúvose él un instante en el umbral de la puerta y me miró. Pareció enternecerse al
contemplarme tan pálida y tan débil y tan postrada, siendo tan joven, como él me creía. Más
tarde me habló de esta impresión suya.
Su saludo fue el siguiente:
¡Bendita sea usted, hija mía!
Su voz se hizo muy dulce para hablarme.
Echando atrás el manto episcopal, con sencillo ademán, adelantó hacia mí y me tendió
sus dos manos.
Vamos, hija mía, no se impresione. Se que está Vd. enferma. Aquí le traigo la paz con-
migo. ¡Sí, hija mía! ¡Soy Cristo que viene a usted para curarla!

218
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Esto último fue dicho como en tono de broma, como para alentarme. Tomó asiento
en la cómoda butaca que le tenían destinada cerca de mi sillón y me tomó las manos para
reconfortarme; guardándolas un rato entre las suyas, y diciendo a los demás familiares que
le habían acompañado a mi habitación:
Está yerta. ¿No tendría necesidad de alimento? Por mí no se prive…
Asegurósele que ese era mi estado hacía días y que yo acababa de tomar un poco de leche.
Unos minutos después, lo dejaron solo conmigo, por ser eso cosa convenida con mi familia.
Principió a hablarme.
Desde sus primeras palabras, el magnetismo de su voz operaba en mí y me iba
atrayendo.
¡Oh! ¡Esa voz de Monseñor de Meriño tan admirable, como su figura y como su talento!
Esa voz que tan vibrante resonara, con sus más altas notas, en las grandes catedrales, en
donde se le escuchó siempre con religioso respeto; llegando hasta los más recónditos ám-
bitos de ellas; esa voz que, tonante e imperativa, se hacía oír en la tribuna pública cuando
fulminaba anatemas contra los que hicieran oposición a sus patrióticos ideales, ¡qué suave,
qué insinuante, qué persuasiva era cuando el afecto o la piedad la conmovían!
Ambas cosas la hicieron tomar sus más delicadas impresiones, al dirigirse a mí.
Mi ilustre amigo me confesó más tarde que, en la primera visita que me hiciera, conquisté
su corazón por la compasión que le inspiré. Él no recordaba sino confusamente. Habíame
visto la vez de que he hablado, entre muchas personas de la familia y extrañas, y casi me
había olvidado. Le parecía nueva y rara, hallándose predispuesto a mi favor por lo que de
mí le había dicho mi buen amigo A…
Yo iba cobrando ánimo. Le miraba; contestaba a sus preguntas, con voz casi apagada;
más fuerte luego. Él continuaba animándome; hasta que al fin me desaté en confidencias.
Principió mi confesión. ¡Sentía que mi alma se refugiaba en la suya como se refugia un niño
enfermo en el regazo protector de su amorosa madre! ¿No era eso lo que yo había querido;
lo que anhelaba?
Sí. Y Monseñor de Meriño me miraba y me oía cada vez más enternecido. Vi asomar
lágrimas a sus azules ojos; conmoverse las fibras de su rostro sonrosado: mi compasión
le impresionaba profundamente. Nada de anormal le dije, porque nada tenía que decirle.
Hablé tan solo de mi cansancio de la vida: de mi loco intento de buscar la muerte llena de
desilusión, de disgusto y de resentimiento doloroso contra los que me habían llevado a aquel
extremo de desesperación…
Durante mi relato, continuaba él con mis manos entre las suyas robustas, estrechándo-
las, para animarme a proseguir, con la más delicada presión. Esa fue siempre su manera de
demostrarme su mayor afecto.
Escuchábame con piadosa emoción sin interrumpirme más que para exclamar a veces:
“¡pobrecita, pobrecita!”.
Callé fatigada. Y, extenuada por mi esfuerzo nervioso, me dejé caer sobre las almohadas
del respaldo del sillón.
Monseñor de Meriño habló entonces. Díjome cosas dulcísimas que fueron bálsamo para
las heridas crueles de mi espíritu.
Hija mía: la he escuchado. Es usted muy noble. Es usted pura. Estoy muy satisfecho de que
usted me haya permitido penetrar hasta el fondo de su alma, porque así podré ayudarla. Su
profunda sinceridad me la hace sumamente interesante. Tenga usted la seguridad de que la

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comprendo y de que no la abandonaré. ¡Oh no! Hizo usted bien en llamarme; yo la sostendré.
Tiene usted un alma muy delicada, demasiado sensible. Eso le hace daño a su conciencia,
porque la inclina exigir de la vida más de lo que ella puede dar de sí. Usted quisiera que
la humanidad fuera como usted. Esto es imposible, hija mía. Dios hizo al hombre frágil,
imperfecto. Voy tratar de mejorar su concepto respecto de eso, para que pueda usted vivir.
Me empeñaré en reconciliarla con la humanidad tal cual ella es, para que le encuentre algún
gusto a la vida. Yo volveré a verla pronto. Volveré con frecuencia. Pero para absolverla, para
bendecirla en nombre de Dios, necesito que usted me prometa formalmente no incurrir en
el pecado de querer morir. Trate de reponerse y de alentarse; tenga fe. Sobre todo, sí, tenga
fe y Dios la favorecerá; y yo estaré con usted.
Todo lo juré y él entonces levantándose me bendijo, poniendo sus dos manos sobre mi
cabeza.
Ya habíamos terminado nuestra conferencia. Desde afuera, los que aguardaban atentos,
entraron cerca de nosotros.
Monseñor de Meriño se despidió poco después.
Le oí hablar con los míos, mientras que, acompañado por ellos, se alejaba.
Luego el ruido de su coche me hizo comprender que no estaba en la casa.
Yo había quedado como hipnotizada por aquella presencia; por aquella conversación.
Parecíame que la voz de mi ilustre confesor resonaba aún en mis oídos.
Cuando volvieron mis familiares donde mí, me encontraron abstraída. Estaban encan-
tados de la bondad, de la gran amabilidad del noble arzobispo; y conmovidos por el interés
que se tomaba por mí.

VIII
Desde esa tarde memorable quedó cimentada la gran amistad que me ligó a Monseñor
de Meriño. Con Monseñor, a secas, como le llamé desde entonces y continuaré llamándole
aquí.
Esa amistad tan rara que nada alteró jamás; amistad excepcional, porque fue de alma
a alma, por completo desinteresada e inmaterial, llena de paternal entusiasmo de parte
de él por mí; de veneración filial y de santa ternura de la mía a él. El mundo ha celebrado
muchas amistades, pero ninguna fue más hermosa que la que Monseñor de Meriño y yo
nos profesamos.
Jamás vio él en mí una mujer joven y que muchos encontraban atrayente, sino un alma
de mujer de la más pura esencia; alma que él idealizaba; encarnada en un cuerpo frágil,
delicado, doliente, casi siempre, el cual le inspiró siempre también, afectuosa compasión.
Mi fragilidad física le hacía admirar más mi espíritu y después que yo me hube fortalecido
moralmente y que me encontró enérgica, a pesar de todas mis dolencias: “Es Ud. heroica,
hijita mía”, díjome en ciertas circunstancias especiales de mi vida. “Yo que soy un elefante,
a su lado, no soportaría lo que usted resiste”.
Otras veces me decía enternecido:
“Su alma es demasiado grande para que pueda caber en ese cuerpecito delicado, sin
lastimarlo. Esa es la causa de su enfermedad. ¡Su corazón es tan vasto que le hace desear abrir
los brazos para abarcar a la humanidad entera y unirla en un estrecho abrazo de amor!”.
Yo agradecería profundamente a Monseñor ese afecto tan puro, esa estimación tan alta y
cada día trataba de corresponder mejor a la idea que él tenía formada de mi espiritualidad.

220
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

IX
Mi ilustre amigo cumplió su promesa de volver a verme en la semana siguiente.
Esa vez me encontró sentada en un sillón, rodeada de menos almohadas, con
mejor semblante y mucho menos abatida. Al verle todos se alegraron y yo me conmoví
infinitamente.
¡Qué complacido estuvo él, al notar la mejoría innegable que en los días que no me viera
se había producido en mí!
Mostróse tan satisfecho y me felicitó tan cordialmente, que yo me alegré por él.
Esa impresión de satisfacción gratísima dominó en todo el curso de la visita.
Monseñor estuvo contento y hasta bromista. A cada cual de los que estaban conmigo, dijo
algo agradable; a mí me habló de flores, viendo el lindo ramo que lucía sobre mi mesita de
noche; como le dijeron que yo amaba el campo, extendióse acerca de las delicias campestres,
animándome para que tratara de reponerme pronto y fuera a alguna quinta a respirar aire
más puro que el de mi casa.
Estuvo encantador. Así le encontraron mis familiares, con los cuales se mostró lleno de
atenciones.
Por un momento nos dejaron solos. Él lo aprovechó para decirme dulcemente:
“Hija mía, usted me parece muy alentada. ¿Es cierto que mejora? ¿y esa tristeza, esa
misantropía no han vuelto a molestarla?”.
Le contesté que no. Yo estaba melancólica, pero no desesperada.
Hago todo esfuerzo por sobreponerme a mi mal, por corresponder siquiera de ese modo
a su bondad para conmigo, Monseñor.
¡Usted merece cuanto yo pueda hacer y cuente conmigo! Se lo repito. No la abandonaré.
Si mis muchas atenciones me imposibilitan el venir con frecuencia a inspirarle ánimo, escrí-
bame. Llámeme sin cuidado si lo cree necesario, y aquí me tendrá para sostenerla.
Prometí lo que él me pidiera, y muy luego nos dejó a mis deudos y a mí altamente re-
conocidos de esa segunda visita.
En la intimidad era el hombre más agradable, más complaciente, más fácil de contentar
por sus gustos sencillos y sus costumbres ordenadas. Como yo estaba relacionada con su
familia, sabía por ella todo esto y mayor mérito le hallaba, porque conocía a muchos que
siendo pequeños y solamente por creerse importantes, hacen expiar a los de su casa, las
complacencias que tienen con los que no lo son.

X
Continuó mi gran amigo yendo a verme, un día en cada semana, por algún tiempo.
Yo había ido mejorando, lentamente, hasta que llegué a adquirir el súmmun de fuer-
zas que podía yo alcanzar; lo cual no era mucho. Desde mi adolescencia fui delicadísima
de salud, por haber contraído una enfermedad nerviosa, que me dejó una sensibilidad
extremada, durante una gravísima dolencia de mi padre Rafael de Marchena y De Sola, a
quien yo quería mucho. Fueron tantas mis noches de vigilia cerca de su lecho que perdí,
casi completamente, la facultad de dormir. El insomnio casi constante alteró profunda-
mente mi salud.
Esa excesiva sensibilidad mía ha hecho el martirio de mi vida.
Mientras tuve seres que me amaran, a mi alrededor y aun a distancia, como el noble arzobispo
y otros muy grandes y nobles amigos míos, cuya estimación por mí fue altísima, sufrí mucho,

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

pero tuve grandes consuelos; más tarde, ¡ah! ¡mi sufrimiento ha sido horrible! ¿Hay quien
tenga conciencia de esa impresionabilidad mía, que todo lastima, que todo exaspera?
...............................................................................................................

Monseñor no me creía curada. Él había sabido comprender mi mal, y por eso no me


abandonaba.
Sus visitas eran recibidas con tanto placer por los de mi casa y por mí con tan dulce
satisfacción, que él no veía inconveniente en prolongarlas todo lo más que pudiera.
De ese modo llegó a establecerse una intimidad casi familiar entre nosotros. Le escribí
algunas veces como él me lo había pedido, muy tímidamente al principio; luego con mayor
confianza. Él me contestaba presentándose.
Mi afecto por él había ido aumentando a medida que le trataba. Lo repito. Era
su alma la que me inspiraba un entusiasmo de veneración: sí, el alma de ese hombre
que fue grande, no por un capricho de la fortuna, sino porque nació para serlo; porque
para ello le dotó Dios con tan relevantes prendas; que pudo pecar en su vida, porque
¿qué ser humano formado de vil arcilla, condenado por la culpa original a una mísera
condición, ha dejado de pecar alguna vez? Pero, en medio de su pecado, fue noble
siempre, porque la nobleza era innata en él. Jamás en Monseñor de Meriño se conoció
mezquindad de ninguna, de esas que tanto afean el carácter de muchos grandes hom-
bres. La caridad que se albergó en su alma, sobre todo después de ser consagrado, fue
una caridad sublime; una caridad que lo purificó reivindicándole, fue la verdadera
caridad cristiana la que practicara, silenciosamente; sin alarde alguno, con sencillez y
absoluta discreción. Una virtud que le inclinó a darse a todos indistintamente; a sus
amigos y a sus enemigos, cuando solicitaron sus auxilios, a los buenos y a los malos,
en la adversidad, sin lastimadoras preferencias, a ser misericordioso con los débiles de
voluntad como con los desheredados de la suerte.
Un día, oyendo hablar de los tormentos que ocasionara a un rico, muy notable, su for-
tuna, exclamó con profunda satisfacción.
“Loado sea Dios por la gracia que me ha hecho de ignorar las preocupaciones que con-
lleva la riqueza. Siempre he tenido lo necesario para gastar y ni una sola noche, por toda mi
vida, he sido desvelado por asuntos de dinero”.
Decía él esto cándidamente, olvidando que bien hubiera podido poseer un rico peculio
que le constituyeran los bienes heredados y los adquiridos noblemente, durante su larga
carrera tanto civil como eclesiástica, si cuanto le venía a manos, no lo hubiera repartido con
el mayor desprendimiento, entre los suyos, con los pobres, con todo aquel que recurrió a su
generosidad. Y esto hasta el punto de privarse él mismo de ciertas legítimas satisfacciones
por falta de dinero. Lo que digo me consta porque tuve ocasión de saberlo personalmente.
Cuando más tarde, hízome su agente para efectuar compras de cosas necesarias a su
ejercicio de caridad, o para obsequios a sus protegidos, solía yo reñirle como riñe una hijita
mimada a su papá demasiado pródigo, reía él de buena gana y apretándome las manos y
mirándome bien en los ojos, me decía:
¡No me regañe mi madrecita! ¿Qué quiere usted? Cuando yo era muchacho, no me
entraba la aritmética. Hoy… ¡soy viejo!
Supe una vez, por persona autorizada para saberlo, que una señora conocida en la so-
ciedad, fue una noche al palacio de Monseñor, muy embozada en un amplio manto negro y

222
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

aparentando la más modesta condición. Pidió una audiencia al prelado y cuando la obtuvo
le contó una historia triste, en tono lacrimoso y muy doliente. Monseñor no necesitaba más
para conmoverse. La señora solicitó de él cien pesos, diciendo que los necesitaba con urgen-
cia para salvar a su marido de una gran vergüenza. Le fueron acordados, tal vez dejando
exhausto el bolsillo del gran arzobispo.
Tres días después fue a verle la amiga que me relató el episodio y le dijo:
Monseñor: ¿sabe usted quiénes estaban muy elegantes en el baile de anoche, acompa-
ñadas por el papá y por la mamá, también lujosamente ataviadas? Las niñas de doña C., la
que vino a llorar para conseguir de usted una suma. Esa misma noche, al salir de aquí, se
fue a tiendas para hacer las compras de trajes para la fiesta.
Monseñor quedó algo mohíno, al oír lo que le referían; pero fue un instante. Luego
alzando la cabeza y con uno de sus nobles gestos exclamó:
Está bueno, sí. ¡Esa señora se burló de mí, pero eso me duele menos que si, necesitando ella
realmente del socorro que me pedía, yo se lo hubiera negado, humillándola y afligiéndola!
Ese rasgo pinta a Monseñor de Meriño. Por su extremada generosidad, por su caridad
tan noble, el gran arzobispo, al presentarse ante la justicia divina, ha debido rescatar su más
grave culpa; alcanzar la eterna redención.

XI
Había yo recibido de París un par de jarroncillos japoneses, auténticos; monería muy de
moda entonces en la gran villa –en donde Pierre Lotí había introducido por medio de sus
narraciones sobre el Japón–. Hice obsequio de uno de los jarroncillos con un ramo de flores
primoroso a mi ilustre amigo, para su oratorio.
Agradeciómelo él en una esquela que se ha perdido; no sé cómo.
Semanas más tarde, le envié otro regalo, al que correspondió con una carta que era una pe-
queña joya literaria, la cual no he encontrado tampoco y cuyo texto no recuerdo exactamente.
El segundo obsequio fue motivado por la siguiente circunstancia: conversando en casa con
nosotros, y usando de la confianza que ya le inspirábamos, nos preguntó dónde podría con-
seguir ciertos objetos de tocador que le eran necesarios. Contestósele que nos informaríamos
para darle aviso. Pero al siguiente día los encontré tan de mi gusto, que enlazándolos entre
flores, se los envié en un bonito cesto; para hacérselos aceptar mejor. Él los halló lindísimos
y por eso escribió su bella carta. En resumen me decía que yo poseía un don admirable para
enlazar con flores los corazones de aquellos que, como él, eran honrados con mi afecto; que
el suyo era mi esclavo voluntario.
Tuvo él que hacer una visita pastoral a las provincias del Cibao. Su ausencia debía durar
algo más de un mes. Fue a anunciárnoslo y a despedirse de nosotros.
La noticia de ese viaje me entristeció tanto que hube de manifestárselo. Él se conmovió
y me dijo:
Mire, Amelia, hija mía, (desde que yo había mejorado me llamaba así) yo he pensado
mucho en usted desde que resolví esa visita inaplazable que ya debía yo haber hecho. Sí; he
pensado y crea que con toda el alma siento ausentarme por usted. Temo que recaiga usted
en sus tristezas, porque sé que no está usted curada de ellas. Su espíritu enérgico ha reaccio-
nado entre su extremada melancolía; parece usted serena, pero no dudo que ella reaparezca
a la menor contrariedad. Y pensando en ello, he buscado y creo haber encontrado un medio
de distraerla. Escuche usted bien. Pues bueno: abra para mí solo, una especie de Diario que

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usted redactará con toda sinceridad de mujer, cada día me dirá usted en él sus impresiones,
lo que le ocurra; hablará usted conmigo. De ese modo mi ausencia será más soportable para
usted y le parecerá más breve. ¿Le parece bien mi idea? ¿La pondrá usted en práctica? Diga,
hijita mía.
Sí, Monseñor, contesté tristemente. Bástame que usted lo desee y me lo aconseje; pero
¡ay! ¡qué diferencia!…
¡Es verdad, hija mía! Lo comprendo. ¡Estando lejos no podré yo asistirla, si le ocurre
algo, como si me hallara aquí! Pero hay que saber resignarse ante la necesidad de las cosas.
Ensaye usted, hija mía y se convencerá de que tengo razón.
Monseñor partió. Al día siguiente comencé a redactar mi Diario. De éste habló él mucho
en las cartas que después me escribiera y que reproduciré luego aquí; tratando de hacerlo,
lo más posible, en orden cronológico, empleando otro orden solamente si es oportuno en
mi intención.
Tuvo razón mi ilustre amigo al aconsejarme que le escribiera diariamente y hasta su
vuelta.
El tiempo me pareció menos largo. Pasó, y Monseñor volvió de su viaje.
De ese modo comenzó él a inclinarme a la literatura; halagando así mis secretas aspi-
raciones literarias.
A su regreso le envié lo que tenía escrito para él. Iba guardado el cuadernillo en una
cajita de terciopelo muy bonita. Copiaré en la segunda parte de esta obra, que principiaré
en breve, la carta por la cual correspondió él este envío.
Él quiso que yo continuara escribiéndole en esa forma indirecta y de ese modo se han
reunido muchos cuadernillos que conservo, ni sé cómo, porque hele dado tan poca impor-
tancia a lo que escribí, que jamás lo he revisado, así no hubiera sido sino por curiosidad.
Cada día, a medida que se iba interesando en la lectura de mis impresiones, me instaba
con mayor empeño para que escribiera algo para el público, encontrándome talento y gusto
estético, decía él. Ya he narrado sobradamente en mi Historia de una Novela la resistencia que
hice a ese deseo de Monseñor. Tenía miedo al público; era demasiado tímida para exponerme
a las críticas que tenía la seguridad de merecer si escribía alguna cosa. Mi ilustre amigo fue
dominando esa timidez, sin vencerla enteramente –aún perdura– ¡haciendo que mi esposo
publicara, sin mi consentimiento, lo primero que apareció firmado por mí!
Lo que se proponía Monseñor era encontrar un recurso contra mi tristeza; proporcio-
narme una distracción poderosa, por medio de un trabajo que me interesara el espíritu y le
absorbiera, si era posible.
Y lo consiguió muchas veces porque, cuando escribo, salgo un poco de mí misma. Me
identifico con el personaje que quiero retratar o crear y me olvido de mí. En los momento
actuales, desde hace casi un mes que estoy redactando en ratos desocupados estas memo-
rias, vivo, por decirlo así, con Monseñor de Meriño presente; tengo su retrato a la vista y
al escribir lo contemplo. Paréceme que en realidad veo a mi verdadero amigo; que lo estoy
oyendo; que le hablo y que él me escucha con atención afectuosa: con bondadoso interés.
Por eso me he extendido tanto hablando aquí de mí, a pesar mío, contra mi propio querer,
más dominada por mis recuerdos tan gratos y tan tristes al mismo tiempo. Mi memoria me
representa tan fielmente los detalles minuciosos que he dado sobre mis primeras entrevistas
con Monseñor, que la pluma ha corrido, ha corrido; y no he sabido detenerla.
...............................................................................................................

224
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Dedico este trabajo al Reverendo Canónigo, Don Rafael C. Castellanos;


(el querido Rafaelito de mi ilustre amigo) conozco, hace tiempo,
el amor y el reconocimiento profundos de este buen discípulo del gran arzobispo,
por el que fue su mentor y su padre espiritual.
Las cartas autógrafas de Monseñor de Meriño para mí, también las depositaré
en las manos del que hoy es mi estimadísimo amigo,
segura de que él sabrá conservarlas como preciosa reliquia.

II Parte
XII
Al principiar la segunda parte de estas memorias, debo acusarme de una grave falta de
respecto de la verdad histórica, cometida al finalizar la primera. Es cuando digo que la redac-
ción de mi Diario hizo breve para mí el tiempo de la ausencia de mi amadísimo Pastor.
Consiste mi excusa en que, en las presentes páginas había querido no presentar en lugar
importante otra figura que la del que me las ha inspirado. Pero es imposible, deseando ser
exacta al narrar una historia de la época de mi vida más accidentada. Época en la que entraron
tantos elementos distintos: el comercio, la literatura, la política; acontecimientos de familia
que cambiaron, hasta cierto punto, la paz de mi espíritu. Todo esto me obliga a hablar de
personalidades que nada quitan al relieve de la que tanto quiero honrar al escribir; antes por
el contrario, pueden contribuir aunque sea indirectamente a ponerla más de manifiesto.
La verdad es que después de la partida de mi ilustre amigo quedé tan triste que se temió
verme caer de nuevo en mi pasado estado. Principié a redactar mis notas para el ausente,
pero con una melancolía que me hacía encontrar el cielo nublado, el sol pálido, el ambiente
poco agradable, la vida sin aliciente alguno. Añadióse a esto una fuerte afección bronquial
que amenazó castigar mis pulmones siempre delicados.
El más inquieto, entre los míos, fue mi hermano Eugenio*. Tenía él nociones de medici-
na; era muy aficionado al arte de Esculapio y muchas veces servía de galeno en la familia.
Conmigo no se atrevía a tanto por creerme enferma de un género distinto a los que él curaba.
Era yo como quien dice su hija predilecta. Desde pequeñita le había yo querido en extremo,
obedeciéndole y sometiéndome a él en todo. Él me correspondía con su afecto y su alta es-
tima, lo cual era mucho, dado su carácter reservado y poco inclinado a la confianza.
Como yo no tuviera médico a decir verdad para asistirme, porque tan solo en consulta
era que aceptaba uno que otro, como sucediera en la pasada crisis, desde que, primero por
enfermedad y luego por ausencia indefinida, nos faltaba aquel que nos atendía a mi esposo
y a mí desde mucho antes de nuestro matrimonio, empeñóse él en que recibiese y conservase
en calidad de facultativo a Don Emiliano Tejera, cuyos conocimientos médicos le inspiraban
absoluta confianza.
Siendo muy amigo suyo, ya le había él consultado para mí en otras ocasiones. Así es
que Don Emiliano me conocía como enferma aunque no me hubiera visto. Aseguraba que
podía mejorarme y estaba dispuesto a cuidar de mí.
No pude negarme a la solicitud de mi afectuoso hermano y condescendí en que me
presentase a su gran amigo.

*Eugenio de Marchena, comerciante, escritor, secretario de varias sociedades comerciales, filántropo, masón de
alto grado. Muerto en 1895, a los 48 años de edad.
(Nuestro abuelo, casado con Adelaida Damirón y Burgos).

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Trátale, díjome Eugenio, como a tu médico anterior. Para lo moral y para lo físico, confía
en él. Es hombre que merece tu confianza.
Así recomendado, entró, como si dijéramos, en mi intimidad, el que debía ser, aunque
en orden muy distinto, el émulo en mi amistad de Monseñor de Meriño: sin que jamás
hiciera perder a éste un ápice de su dulce influencia sobre mí, ni la menor partícula de mi
veneración afectuosa por él.
De fama conocía yo hacía tiempo a Don Emiliano; y sabía de su carácter excéntrico y
caprichoso, de su gran reserva, dudaba mucho de serle simpática. Pensé en que nuestras
relaciones tendrían, por ese motivo, escasa duración.
¡Qué rara encontré, pues, y que gratamente satisfactoria la bondad que él me demostró
desde el primer día de nuestras entrevistas! ¡Cuánto interés le merecí!
¡Sí! Don Emiliano Tejera, el sabio, el así llamado hasta en el extranjero por su extraordi-
naria inteligencia, por sus vastísimos estudios generales, por su profunda ciencia económica
y por todo; fue para mí tan cariñoso, tan espontáneo, tan sencillo, como lo fuera el mismo
Monseñor de Meriño.
Durante mi enfermedad fue a verme diariamente, y cerca de mí pasaba horas enteras.
Al cabo de una semana, me decía, admirado él mismo al oírse:
Amelia, (su edad y sus condiciones le permitían llamarme así sencillamente) ¡qué extraño
es eso! ¡Apenas hace algunos días que la trato y me parece sin embargo que la conozco de
toda la vida! ¡Es usted una maga, de seguro! ¿Conquistarme así, a mí, un hombre tan rebelde
a la confianza y tan poco formado para inspirarla? ¡Es un prodigio este!
Y reía, con una risa que iluminaba su melancólico y sereno semblante; una risa que ha-
cía fulgurar sus ojos, que tan bellos habían sido, pero que importuna miopía velaba tiempo
hacía, y lucía su perfecta dentadura, en un rostro fresco, abierto a la expansión. Yo calificaba
esa risa de iluminadora.
Don Emiliano añadió, melancólico, otra vez:
Sí, usted me ha conquistado. Su sinceridad tan rara; la sencillez de su alma; su clara in-
teligencia; su gran corazón; toda su espiritualidad han operado el milagro. Es usted para mí
como una hermanita, casi como una hijita; no sé. Lo que sé es que temo quererla demasiado
y que mi amistad la importune. Es difícil que un ser como yo inspire gran simpatía a otro
de las condiciones de usted, muy poco afecto puedo esperar de usted y sufriría de quererla
yo mucho, porque, a pesar de mi apariencia adusta, ¡soy sensible, Amelia! Usted lo estará
comprendiendo, ¿no es verdad? ¿Lo reconoce usted?
Sí, Don Emiliano: contesté muy conmovida, compadecida íntimamente de aquella deso-
lación moral que adivinaba. ¡Sí! Lo he reconocido. Y por eso es que le prometo ser para usted
una amiga afectuosísima. No sé querer sino a los seres sensibles. La sequedad de corazón
me mortifica. Me repele, por decirlo así.

XIII
Las prescripciones médicas de mi nuevo amigo habían mejorado mucho mi salud. La
bronquitis iba pasando; mis pulmones se fortalecían en tanto y mi melancolía era dulce y
soportable, gracias al afectuoso empeño que se ponía en disiparla. Don Emiliano no hacía
ya visitas diarias, por ser innecesario, pero cada semana le veía llegar dos o tres veces en
las mañanas y permanecer conmigo conversando, largas horas. Ya era yo para él la reina
Esther.

226
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

—¿Qué tiene de común mi triste personalidad, Don Emiliano, con la de la bella esposa
escogida por el rey Asuero?
—Voy a decirle, Amelia: usted encarna, para mí, toda la poesía que puede caber en una
mujer.
—Muchas gracias.
—Y la reina Esther es uno de los tipos de los tiempos bíblicos que yo he encontrado
siempre más interesante.
—De acuerdo.
—Y como ella era judía y usted desciende de esa raza Sefardita.
—Es verdad.
—Yo creo en la transmigración de las almas y he imaginado que el alma de Esther vivía
en usted.
—Perfecto.
—¿No quiere usted que yo la llame así?
—Eso me halaga mucho, Don Emiliano, pero no lo haga delante de nadie, porque…
—Se lo que va usted a decirme. Que me llamarán ciego y no miope. Ese es su tema.
Pues no. Verdad es que mi miopía no me la deja ver enteramente natural, pero su alma está
visible en usted.
—¿Tan mal tiene usted la vista, Don Emiliano?
—Muy mal. Usted está a bien corta distancia de mí y sin embargo no la distingo sino
como al través de un velo transparente.
—Por eso me poetiza usted, dije en tono de broma, pero conmovida por la triste
declaración.
—Esta miopía, continuó Don Emiliano, melancólicamente, a pesar de su habitual estoi-
cismo, esta miopía me ha hecho daño. Yo valdría el doble sin ella. Me ha perjudicado para
muchas cosas. A corta distancia soy casi ciego.
¡Qué pena tuve! Nada dije, pero comprendí y compadecí muchas de las excentricidades
de que acusaban a mi pobre amigo reciente y que a su enfermedad debían imputarse más
que a él.
Y sentí verdadero afecto por quien era víctima de tal infelicidad.
Desde nuestras primeras conversaciones hablaba yo de Monseñor de Meriño a Don
Emiliano. Decíale el entusiasta sentimiento que el ilustre ausente me inspiraba y cómo era
correspondido.
Tan pronto pude escribir volví a la redacción de mi Diario y narraba todo lo que me
reunía a mi noble corresponsal.
“¡Qué grato es esto! le decía. ¡Y qué grato para mí!”.
Manifestábale mi impaciencia mayor de verle regresar y cómo contaba los días que fal-
taban para su vuelta. Entre él y Don Emiliano estaba yo bien sostenida. Ambos formarían,
para servirme de firme apoyo en mis venideros desfallecimientos de cuerpo y de alma, un
sólido bastón.
¡Cuánto me tardaba verles reunidos en mi casa cerca de mí!
¡Loca ilusión, como todas las formuladas y acariciadas en mi vida!
Monseñor de Meriño no podía contestarme. Hasta su regreso no vería mis comunica-
ciones; pero Don Emiliano respondió por él, echando por tierra mi vana esperanza, con un
golpe rudo.

227
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

En vísperas de la vuelta de mi amado amigo, expreséle mi contento y mi anheloso afán


de verles cuanto antes, reunidos a mi lado, tan pronto me visitara el esperado.
Eso no puede ser, Amelia; díjome él muy serio y con tristeza. Lo siento por usted.
¿Por qué don Emiliano? ¿Qué pasa? ¿Temerá usted que yo me muestre en presencia de
Monseñor menos buena amiga de usted que ahora en su ausencia?
No Amelia; no es eso. Es que el padre Meriño y yo no estamos bien.
¿Qué no están bien? ¿Qué significa?
Hace tiempo que rompimos.
Don Emiliano, usted no me había dicho nada de esa enemistad. Y sin embargo yo le
hablaba de Monseñor diariamente.
Me daba pena. Estaba usted enferma y yo temía hacerle mal, ¡la veía tan entusiasmada!
¡Sí, temía! Y que usted me quisiera mal a mí por no ser amigo de él.
Don Emiliano, Don Emiliano, cuánto sufro con lo que usted me revela; pero no me con-
formo, ¡no! ¡Qué me importa lo que a ustedes les separó! ¡Es necesario que ahora se unan otra
vez! Es necesario, si ustedes me quieren ambos, como lo decantan. ¡Yo no podría vivir sino
martirizada entre usted y Monseñor, enemigos! ¿No ha querido usted meterse de intruso en
mi corazón? Pues es preciso sufrir las consecuencias de ello. ¡Yo quiero unir en mis débiles
manos las diestras de ustedes! ¡Complázcame, Don Emiliano!
¡No se empeñe, Amelia! Sabía que usted iba a sufrir y por eso callaba. ¡Pero no tema!
¡No haré daño nunca al que usted quiere tanto! ¡Tenga usted la seguridad de ello!
Callé abatida. Don Emiliano se retiró tristemente, pensando sin duda que mi amistad
para él se resentiría de sus declaraciones.
No fue así, como tampoco que yo, derrotada una vez, me diera por vencida completa-
mente. Propúseme aguardar una ocasión favorable para volver a la carga y triunfar.
Monseñor de Meriño regresó.
Tardó días en ir a vernos. La afluencia de visitantes que iban a darle la bienvenida,
impedíale salir de palacio. Fue un expreso a saludarle y me trajo mil recados de su parte.
Encontróle rodeado, pero él le aseguró que pronto nos visitaría.
Así lo efectuó.
¡Cuánto placer tuve en recibirle! Y él ¡cuánta satisfacción en verme más restablecida y
ya ocupada en los asuntos de mi casa!
Habíale dicho mi esposo que a Don Emiliano se debía mi restablecimiento después de
una seria enfermedad. Él nada contestó. Había comenzado a leer mi Diario y ya lo sabía todo
porque yo quise, a pesar de las revelaciones de mi nuevo amigo, que Monseñor no ignorara
lo que anhelaba mi corazón respecto de él y del que era mi médico actual.
Comprendí su reserva y la imité.
¡Era tan distinto lo que ocurría de lo que yo imaginara a la vuelta de mi tan querido amigo!
Don Emiliano espació sus visitas a mi casa y luego se fue al campo como lo acostumbrara
anualmente a pasar una temporada de tres meses, salvo alguna circunstancia que le hiciera
volver antes. Decíame él que eso le daba vida por el resto del año, por convenir a su salud
delicada y a su constitución poca robusta, además de que allí se entregaba a ocupaciones
agrícolas que eran un encanto para su alma.
No me olvidaba. Aunque no escribiera, siento poco afecto a las correspondencias epis-
tolares, estaba yo convencida de que su admiración por mí no variaba. Como no disminuía
mi gratitud por él no permitiéndome su carácter especial, indiferente a toda exterioridad,

228
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

darle muestras materiales de mis sentimientos, por medio de obsequios y otras atenciones,
desquitábame con su familia. Quise ser, y lo fui, la más afectuosa amiga de su esposa, la dulce
y abnegada Doña Clara, hermosa personificación de la mansedumbre y de la bondad; la
madrinita amorosa de sus pequeñuelos que hasta a saltos me encontraron siempre maternal.
Ellos me correspondían con afecto. La confianza que les inspiraba me lo probaba así y yo
cada día les quería más sabiendo que Don Emiliano me lo agradecía, siendo un tierno en el
fondo de su corazón para los suyos y para mí.
¡Sí! ¡Un tierno, a pesar de su aparente sequedad! Creo, y con convicción muy honda
puedo afirmarlo, que su escasa vista era la causa de que se le juzgara muy otro de lo que
hubiera parecido gozando de tan preciosa facultad en toda su plenitud.
¡Pobre amigo mío! Mi afecto por él era un reflejo del que le inspiré. No nació de simpatía
espontánea; puedo decir, como el que experimenté por Monseñor de Meriño; pero mi com-
pasión por su desventura lo aumentó y el estoicismo con que él soportaba esto acrecentó la
admiración que me mereciera.
Más tarde explicaré estos dos afectos que ocupan tan gran lugar en mi corazón, sin
combatirse, siendo tan puro y desinteresado el uno como el otro.
Ahora vuelvo a Monseñor de Meriño.

XIV
Por complacerle continuaba yo redactando mi Diario para él y de ese modo sabía mi
ilustre amigo lo afanosa que era mi vida. Y como no ignorara que mis frecuentes enfermeda-
des tenían siempre por causa excesos de fatiga o grandes disgustos, y por lo regular ambas
cosas acumuladas, me escribía lo siguiente en 1891 en la que llamaré:

Carta primera
Amelia, cara y apreciada hija mía:
Esta tarde iba a tener el placer de verla. Hasta hice venir el coche, que me aguardó más de
media hora. Pero el viento era insoportable; y el polvo ahoga a uno hasta dentro de la casa.
Iré otro día.
Y como iba, leí su último cuadernillo, con la intención de llevarlos todos y de echar unos
párrafos referentes a ellos. Se los mando aunque no voy.
¡Mientras tanto, aliéntese! ¡Sacuda a plumadas la tristeza y adelante! Continúe su diario.
Cuando vi el cofrecito que lo contenía, dije para mí: ¡Es a propósito; encierra joyas del
alma!
Y ¡cuán grato me es leer esas páginas en las que usted se me viene a los ojos, tal cual
es, con la mayor naturalidad! ¡Lástima que viva usted tan llena de atenciones, no pudiendo
disponer de más tiempo para escribir! ¡Las naturalezas puras de artistas como es la suya,
deberían ser libres y no celebrar otras nupcias que las santas del espíritu con la luz que las
seduce y cautiva!
Y ¡me despido! O mejor, supóngame allá y hábleme mucho en su Diario.
Su afectísimo Q. B. S. M.
Padre Meriño.
Monseñor no exageraba al apenarse por mi condición. En realidad yo era esclava verdadera
de mil deberes, superiores a mis débiles fuerzas físicas. Pocos días antes había él estado en

229
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

casa y le dijeron que yo confeccionaba la comida de la tarde, no teniendo sirvienta. A penas


pudo verme. Retiróse por temor de molestarme en mis faenas. Supe que se había propuesto
no volver a esa hora por no molestarme, así ocupada en tareas que comprometían mi salud
y tan poco conformes a mis aptitudes naturales.
Ese día le había prometido estar libre para recibirlo antes de las cinco y por eso iba.
De nuestras primeras entrevistas, había conservado una impresión penosísima al verme
tan enferma y desesperada. El miedo de que yo recayera en aquel estado, del que con tanta
dificultad había salido, le movía a repetirme constantemente, tan pronto tuviera noticia de
que yo volvía a descuidarme para consagrar toda mi atención y mis esfuerzos al cumpli-
miento de mis compromisos abrumadores:
—¡Amelia, por Dios, cuídese! ¡No olvide que es usted muy delicada!
¡Cuídese por Dios, hija mía!

XV
Poco después recibía yo esta otra carta, a que dio motivo un asunto de familia, sobre el
cual fue él consultado y del que yo le diera parte en mis periódicas comunicaciones.

Carta segunda
Mi nobilísima y querida Amelia:
Acabo de leer las cortas páginas de su Diario de ayer tarde y de hoy.
¡Tranquilícese, hija mía! Nada hay en ellas que pueda preocuparla con razón y, menos
aún, hacerla sufrir. ¡Cuide sus nervios, amiga mía!
...............................................................................................................

Esos puntos suspensivos reemplazan unos párrafos en que él me hablaba del asunto que
causaba mi mortificación. Respecto del caso, dábame su opinión franca. Y continuaba:
—¡No, no! No he mencionado a usted sino como debo hacerlo y usted lo merece; para
honrarla y hacerla amar más y más de los suyos y de los extraños. ¡Sí! Confieso que hablé a
mi ahijado A. y a la esposa de éste de su novela; la que yo sólo conozco. Y ¿por qué no deja
usted que su corazón diga lo que siente? Después de haber leído esa obra suya, ¡lamento más
profundamente no haberla tratado diez años antes! ¡Juro que no sería usted una enferma, y
que ya se habrían cosechado preciosos frutos de su fecundo talento!
Suyo del alma,
Padre Meriño.
Siempre tuve que agradecer a mi amadísimo amigo esa prueba de desinterés en su
amistad. Lejos de demostrar el egoísmo afectuoso de otros que no quieren sufrir revalidar
ni aún en sentimientos de familia, él se empeñaba en hacerme querer como él me quería, en
que se me estimara y conociera de igual modo.
Así también señalaba a mi particular aprecio a aquellos preferidos de su corazón tan
noble. Por él conocí yo y estimé los altos méritos del que es hoy su sucesor en la silla archie-
piscopal; su Señoría Ilustrísima, Monseñor Adolfo Alejandro Nouel.
El padre Adolfo, decíame Monseñor de Meriño, en los últimos años de nuestra amistad;
el padre Adolfo ¿usted no le conoce, Amelia? Es para mí un hijo. ¡No sabe usted cuánto me
alegro de que sea persona grata a la corte pontificia! Así podría lograrse fácilmente que se le

230
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

nombre mi coadjutor ahora, y después el que sea consagrado Arzobispo de Santo Domino.
Son mis votos por la iglesia y por él.
Dios quiso escucharle. Túvole de compañero y muy pronto le sucedió, como él lo deseaba.
Una de las más honradoras relaciones de las que me proporcionó mi ilustrísimo amigo
fue la de Don Manuel de Jesús Galván.
A su antiguo condiscípulo hacíale él de mí grandes elogios. Cuando se dio a la luz pública
mi novela Madre Culpable envió en mi nombre un ejemplar de la obra al insigne escritor y
jurisconsulto. Don Manuel me correspondió, dándome las gracias, en una de esas cartas que,
con gracia magistral, solía él escribir. Pedíame el permiso para visitarme, a insinuación de
Monseñor, y galantemente me rindió homenaje. Su primera visita inició una amistad, para
mi gratísima, entre él y yo, durante años.
Mi querido arzobispo me decía, luego que vio el resultado de su noble iniciativa:
—Amelia, ¿se convence usted de que es una caprichosa? Por timidez se negaba a enviar
a Manuel su novela y mire cómo él le ha correspondido. ¿No le agrada el juicio que ha pu-
blicado respecto de ella? ¿Está satisfecha?
—¡Oh Monseñor! ¡Nunca esperé tanto! ¡La benevolencia de Don Manuel para conmigo
la debo a usted!
—¡Es que usted lo merece, hija mía! Usted merece esto. Y persuádase de que Manuel es
hombre capaz de apreciarla a usted. Él sabe estimarla.
Mi esposo me leyó el juicio del autor de Enriquillo, al mismo tiempo que las hermosas
páginas que Don Federico Henríquez y Carvajal dedicara a mi pobre obra. Habíanle halagado
mucho y, no pudiendo yo leer en esos días, halagóme también con dicha lectura.
—Federico, como me lo nombraba Monseñor de Meriño, al señalármelo como amigo
y antiguo discípulo suyo en más de una ocasión, fue siempre consecuente conmigo, esti-
mulándome en mis trabajos literarios. Hoy que le llamamos el Maestro de Maestros, soy su
deudora, puesto que le merezco un gran afecto y muchas atenciones.
En cuanto a Don Manuel de J. Galván, ¡cuán triste me es decir que la política puso sombra
en una amistad, llena de encantos para mí!
¡Sí! Esa política que he debido maldecir tantas veces porque ha alejado de mi lado a seres
queridos, ¡separados en bandos distintos! Por no encontrarse en mi casa con personas que la
frecuentaban y que, siendo de opinión contraria a la suya, juzgaba él como enemigos, dejó Don
Manuel de visitarme antes de su partida del país, ¡al que no volvió jamás! Él me creía enojada
por el juicio que emitiera respecto de mi novela Francisca Martinoff. A Monseñor, nuestro amigo
tan respetado, encargué yo de desengañarle y dile a él mismo muchas pruebas de lo contrario;
hasta que él reconoció mi generosidad, como decía en una de sus cartas que conservo.
En la última visita que me hiciera, confesóme lo que llevo dicho anteriormente, queján-
dose amargamente de mis amigos que tanto daño le hicieran después del 26 de Abril.
Recuerdo que lloré ese día en su presencia; por la pena que me causaron sus palabras.
No volví a verle más, porque se ausentó; y a poco murió en Puerto Rico.

XVI
Continuaré refiriéndome a lo que me escribía Monseñor en lo que llamo aquí carta
segunda.
Hablaba él de una novela. Era esta otra, aún anterior a aquella sobre la cual calqué mi Madre
Culpable extendiéndola. Escrita en plena adolescencia, le admiró por la profundidad de ciertos

231
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

pensamientos y la exactitud de algunas descripciones y por el estilo, bastante original, da-


dos mis pocos años y mi ninguna preparación. Esto lo decía él. Yo no le encontraba mérito
alguno y como contenía algunos episodios, que podían suponerse vividos y disgustase a la
familia, preferí destruirla, a pesar de la voluntad de mi ilustre amigo. De ella extraje unas
páginas que me servirían para otros trabajos ulteriores.
En cuanto a su firme creencia de que yo, consagrada desde la época en que él deseaba
haberme convertido a una vida de arte puro y sin trabas para desarrollar por completo mis
facultades intelectuales, había sido otra enteramente distinta, tanto psicológicamente como
en lo moral, esa era inarraigable. La misma absoluta convicción tenía Don Emiliano Tejera
y es posible que ellos no se equivocaran. Mi nerviosidad por amor al retiro; mi disgusto del
bullicio del mundo, todo eso ha dependido de las circunstancias que en mi existencia han
tenido curso. El ambiente respirado de continuo, hostil a mi naturaleza toda, ha venido dis-
poniéndola desde temprana edad y no se jactaba Monseñor al asegurar que él hubiera podido
influir decisivamente en mi destino de haberme conocido antes. Mi hermano Eugenio, que
hacía de jefe de la familia por la enfermedad que postraba a mi ya viejo padre, le veneraba
a tal extremo y le tenía en tal concepto que yo misma pude creerle exagerado, cuando aún
no había experimentado el magnetismo del gran Meriño.
De haber empleado éste su elocuencia persuasiva para convencerle de que era una necesi-
dad vital para mí un cambio de ocupaciones, orientaciones distintas, mi hermano, que me quería
como he dicho; que me juzgaba inteligente y había tratado de inclinarme a escribir articulillos
para periódicos y cosas ligeras, siendo por sí mismo tan aficionado a las letras que cultivaba
con amor en sus ratos perdidos, cede probablemente a las instancias del que se proponía como
mi maestro y me permite toda libertad para el estudio y para la literatura.
Así me lo escribió, después que fue publicada Madre Culpable y que se la dediqué, acusándo-
se con dolor de haberme perjudicado en mi destino; por ignorancia de mis aptitudes. Fue un
admirador de mi novela. Su carta que encontré ha poco, entre otras muchas de esa época, me
conmovió el alma por la humildad y el gran afecto que en ella demostraba el pobre Eugenio.
¡Vivió tan corto tiempo después de eso! ¡Él que se proponía resarcirme, favoreciendo mi
labor futura literaria, todo lo más que pudiera, por el daño que decía haberme hecho!

XVII
Carta tercera
Amelia, mi apreciadísima amiga: le remito lo que le ofrecí ayer: las sabrosas cartas de
George Sand a Gustave Flaubert y las de éste a ella. No dudo que gozará leyéndolas y que
así distraerá algunos ratos.
Soy su muy afectísimo
Q. B. S. M.
Padre Meriño.
La víspera en la tarde, había él ido a casa. Hablamos de literatura. Díjome él de esas cartas
que acabada de leer. Le manifesté que la popular y fecunda escritora francesa me agradaba
por muchas de sus obras que conocía, pero que como mujer la interpretaba yo muy mal;
que no la entendía. Contestóme:
—Lea esa correspondencia. Se la voy a enviar. La madre de familia y la abuela se revelan
en ella admirables. Verá usted, Amelia, como la encantan.

232
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Y así fue. George Sand es deliciosa en su vejez. Como ama de casa, como amiga:
¡como todo!
Cuando dije mi opinión a Monseñor, quedó él muy complacido. Así de ese modo cambiá-
bamos impresiones frecuentemente. Casi siempre estábamos de acuerdo sobre nuestras lecturas
de libros que yo le prestaba o con que él me favoreciera. Era un placer muy grande para mí.

Carta cuarta
—Amelia, mi muy querida y respetada hija:
Usted previó las dificultades que iba yo a tener para ir donde usted. Esta tarde no me
será posible sino llegar, verla y salir. Para eso, prefiero ir otro día. Lo que me priva del gran
placer de pasar un rato con usted es una atención impretermitible. ¡Pero aliéntese, hija mía!
¡No desmaye y levante el ánimo! ¡No puede usted imaginarse cuánto sentí ayer dejarla triste!
Su aflicción me conmovió el alma; afortunadamente, después la vi algo disipada y esto me
hizo apreciar más su carácter.
Su respetuoso amigo que tanto la distingue y admira.
Padre Meriño.
¡Sí! yo había llorado esa tarde y Monseñor se acusaba de mis lágrimas y por tal motivo, para
excusarse de nuevo, tenía tal empeño de volver a casa. Lo que dio lugar a todo fue lo siguiente:
En esa semana el presidente Heureaux había hecho ejecutar a una persona amiga de la
familia en provincia. Habíanme ocultado el caso. Monseñor lo ignoraba. Cuando llegó se
encontraban visitándome Don Francisco Gregorio Billini, el noble expresidente de la Repú-
blica, escritor y periodista notable; y Don Miguel Román, afectuosísimo amigo, respetado
como un padre de mi esposo y mío; admirador entusiasta del gran arzobispo. Ambos callaban
sobre lo ocurrido; pero en la conversación general que se entabló, su ilustrísima pronunció
el nombre de la víctima y los otros creyeron permitido decir algo. Yo que sospechaba lo que
no se me quería revelar, comprendí, y sin poderlo evitar, estallé en sollozos. Monseñor se
juzgó culpable, excusando a los demás que se confundían:
—¡Soy un torpe!, exclamó. ¡Sé que ella es sensible en extremo! ¡Debía haber pensado…!
Todos se apuraron mucho. Por tranquilizarlos supliqué me permitieran retirarme un rato
hasta serenarme. Entré en mi habitación y, dos minutos después, salí y aparenté distraerme.
Al retirarse me prometieron volver al siguiente día. Yo escribí en mí Diario a Monseñor,
excusándome de haber sido muy poco dueña de mis nervios.
Mi buen amigo Don Miguel me había pedido que le proporcionara una entrevista con
su gran ídolo, no acostumbrado a visitarle y deseando hablarle menos rodeado.
Hícelo y Monseñor me contestaba:

Carta quinta
Carísima mía y respetada:
Puede usted decir a Don Miguel que venga esta tarde de cinco a seis. No saldré. Y ma-
ñana iré a ver a Mr. Becker.
Entre tanto; ¿nota usted cómo mi letra se va pareciendo hoy a la de cierta personita que
usted y yo conocemos mucho?
Besa sus manos su muy afectísimo de corazón.
P. Meriño.

233
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Mi amado amigo se divertía dándome bromas con mi letra tan variable.


La visita que me prometía hacer a Monsieur Becker era otra de sus complacencias con-
migo. Yo se la había suplicado.
Era dicho señor un notable explorador y colonizador belga; el último que quedaba de
los cuatro enviados por el gobierno de Bélgica para la obra civilizadora en una parte del
Congo. Todos sucumbieron por etapas, debido a las fatigas de la colonización.
No sé a qué asunto había venido a Santo Domingo. Amigos de Europa le recomenda-
ron a mi esposo, así como a su única hermana, la señorita Becker, adorada por él y que le
correspondía del mismo modo.
Los dos hermanos tendrían de 38 a 40 años. Eran simpáticos, robustos, agradables; de trato
ameno. Nos visitaron. Prendáronse de mí y llegaron a proponerme acompañarles a Europa
cuando ellos partieran de regreso, a su vuelta de los Estados Unidos, a donde se dirigieran.
¡Pobrecitos! ¿Quién les hubiera dicho lo que el destino les preparaba? En Nueva York
sufrió la hermana una operación quirúrgica de la cual murió. El dolor del hermano fue es-
pantoso; según contaba el médico amigo que les acompañó. El desgraciado Mr. Becker perdió
desde entonces el equilibrio de sus facultades. Cuando volvió a Santo Domingo, no era el
mismo. Enfermó y, como Monseñor le conocía por haber estado en palacio con su hermana,
antes del funesto viaje, me empeñé mucho en que fuera a verle y tratara de alentarle. Y él
fue por compasión y bondad. Hízolo por satisfacerme también al verme tan interesada, tan
conmovida por desgracia tal.
Mr. Becker regresó a su patria casi demente. Más tarde nos dijeron que volvió al Congo,
donde había muerto.
Esa lamentable noticia impresionó casi tanto a mi ilustre amigo, como a mi esposo y a mí.
Conservo los dos volúmenes escritos por el infortunado colonizador en los que relata la
historia de esa obra de progreso civilizador; los que él me regalara en su primer viaje.

XVIII
Un duelo en la familia de mi esposo nos había afectado mucho y aumentado en éste
uno de esos quebrantos que con frecuencia le aquejaban, obligándole a vivir sometido a un
régimen severo, so pena de graves consecuencias si lo olvidaba alguna vez. Siendo joven,
debía curar su salud como si estuviera cargado de años y fuera ya un valetudinario.
Don Emiliano, vuelto a la ciudad, le asistió como médico y con mucha eficiencia, mejo-
rándole muy pronto. La fatiga que me produjeran los asiduos cuidados que su enfermedad
necesitó, deprimió demasiado mis fuerzas. Mi nuevo amigo se empeñó en que convale-
ciéramos en el campo, y tanto hizo que fue atendido. Como Monseñor siempre deseaba
verme respirar mejor aire, en medio de la naturaleza, y llevar vida más expansiva, siquiera
por algún tiempo, unió sus instancias a las de nuestro médico, y aplaudió la resolución que
tomamos de satisfacer a éste.
Mucho anhelaba yo, hacía largos años, una temporada en las afueras de la ciudad,
sin que me hubiese sido dado realizar mi anhelo. Ansiaba cambiar un tanto de género de
existencia; moverme en mayor espacio y ensanchar mis pulmones libremente, fuera del
reducido recinto de mi casa.
Mi hermano Eugenio, sabedor de lo que ocurría y solícito siempre en mejorar mi salud,
nos facilitó grandemente la ejecución de nuestro proyecto de temporada campestre, pro-
porcionándonos una quinta, o estancia, (como las llamamos por aquí) a cierta distancia de

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AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

la villa y próxima al mar. Eso era lo ideal; para mi esposo que, empleado en la ciudad, no
podía alejarse mucho de ella, debiendo tan pronto se sintiera repuesto, volver a su oficina
diariamente; para mí que imperiosamente tenía necesidad de saturar mis pulmones de
emanaciones salinas.
Eugenio me favoreció también con recursos, no ignorando que los nuestros eran escasos.
Así, ayudados, pudimos partir sin tardar.
Para corresponder a las bondades de mi hermano, quise llevarme conmigo al campo a una de
sus hijas, casi adolescente y salvada de una fiebre tifoidea que la dejó muy mal; acompañada de una
primita suya de la misma edad también sobrina mía. Ambas eran de las que yo llamaba mis hijitas
y por haberlas adoptado como tales, en mi corazón, cuando aún contaba pocos años, de las que
me tenían por su madrecita joven. Las llevé para reponerlas, para que se divirtieran en libertad,
rodeándoles de cuidados y de mimos. Y al efecto les añadí otra compañera, en la persona de
una parienta mía de edad, querida y estimada por mí, lo bastante para encargarla de represen-
tarme cerca de ellas en sus correrías, a las que mi delicada salud no me permitía asociarme. Los
recursos que me suministró mi hermano permitiéronme todo ese lujo por un mes.
¡Mes delicioso para mis acompañantes que no lo han olvidado!
¡Gozaba yo en viéndoles adquirir preciosos colores en sus mejillas, alegría en su ánimo,
lozanía de flores recién abiertas, a las menores; fuerzas mayores, a las de edad! ¡Qué apetito
devorador les daba el baño de mar y qué exuberancia de vida despertaba en ellas!
Cuando, desde el interior de la quinta, íbamos a la playa, cargaban las chicas con mi
sillón largo, todas las mañanas, de ocho a diez, antes de que el sol se hiciera sentir con fuerza
importuna y me hacían recostar en él, para que yo así en reposo las contemplara, jugando,
corriendo, saltando; insultando a las olas que nos salpicaban al estrellarse cerca de nosotros
y tan contentas que daba encanto verlas! A la parienta la obligaban a imitarlas y ella, bon-
dadosamente, se prestaba a todo por complacerlas.
En presencia del vasto horizonte, soñaba yo. ¡Esparcía, por decirlo así, mi espíritu
aspirando, con toda la fuerza de mis débiles pulmones, el aura balsámica impregnada de
perfumes silvestres y marinos...! ¡Todavía amaba mucho el mar, todavía amaba el campo con
deleite! Escribía a mi ilustre amigo mis impresiones porque él no pudo visitarnos durante
ese mes de solaz y de contemplación.
Don Emiliano estuvo una mañana a verme y quedó encantado del cuadro que ofrecimos
a su vista.
—¡Así querría yo que pasase usted un año entero, Amelia! Gozando en calma de la
naturaleza. ¡Le garantizo que su salud se restablecería!
No podía ser esto. Hube de volver a la ciudad; a mi casa; a mis faenas anteriores. Sí,
habíame fortalecido bastante; mi esposo lo mismo; y devolví a sus familias las compañeritas
que me había llevado, frescas y rosadas; en ese mes de mayo que había sido espléndido en
grado igual a la blancura que ostentaba su tez brillante de salud. Fue esa una satisfacción
para mí que compensó los cuidados que les había prestado.
Una gran pena me esperaba pocos días después de reintegrarnos al hogar.

XIX
Tuve la inesperada noticia de la muerte de una persona a quien yo había querido mucho
y de la cual me alejaran circunstancias enojosas. No obstó eso para que mi corazón sufriera
un golpe rudo, del cual tardó algún tiempo en reponerse.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

La persona fallecida era íntima amiga de Monseñor de Meriño, quien la estimaba en alto
grado y la sentía profundamente.
Escribióme él contestando a lo que yo le decía en mi Diario.

Carta sexta
¡Gracias del alma, mi apreciada Amelia, por sus demostraciones de afecto que me hon-
ran!
¡Y está bien! Recibiendo usted de las 5 en adelante, me será más fácil tener el gusto de
ir a verla.
En estos días de nuestro duelo, ¡he pensado tanto en usted...!
Hasta pronto.
Su affmo.
P. Meriño.
Don Emiliano también me acompañó en mi pena puramente por afecto hacia mí. Con
gran frecuencia fue a verme. Yo no abandonaba mi secreta idea de unir a mis dos amigos
tan íntimamente dignos de mi estimación. Al efecto, volví un día a traer ese punto con el
que ya conocía mis deseos.
—¡Usted y Monseñor son tan buenos para mí! ¡Don Emiliano, se lo suplico, por amor
de Dios! ¡Vuelva usted a ser amigo suyo, si quiere probarme mejor el cariño que me tiene!
¡Yo sufro por esa distancia entre ustedes!
—¡No insista, Amelia!, interrumpióme él. Usted me apena inútilmente. Usted quiere al
padre –así lo llamaba siempre– con todo su entusiasmo y lo comprendo, porque del mismo
modo le quise yo. Tal vez más tarde cuente a usted lo pasado entre nosotros para que usted
juzgue. Le quise con mi alma. Por él todo lo sufría. Estuve en la cárcel, fui expatriado. ¡Por él
hubiera dado la vida! ¡Era un enamoramiento el mío! Lo que poseía estaba a su disposición.
¡Para mí no había otro hombre como él! y después…
—¡Calle, Don Emiliano! ¡No me diga más! ¡Es verdad; dejemos ese asunto, porque me
hace daño! ¡Yo quiero creer en Monseñor! ¡quiero creer y por eso no puedo oír a usted!...
—¡No tema, Amelia! ¡No la disuadiré de su afecto por él! ¡Tal vez no tenga usted nunca
motivos para quejarse! Comprendo lo que le pasa. El padre es hombre que seduce; muy dife-
rente de mí. Aunque en su vida ha dado poca cabida a las mujeres, ni aun a las de su familia,
puede haber cambiado con los años y ser un buen amigo para usted que sabe cautivar.
Como yo callara, llena de tristeza, añadió:
—Por lo que le digo, no abrigue usted ningún cuidado. Si le digo que abandone la idea de
reunirnos es porque jamás podríamos él y yo volver a ser lo que fuimos. Desde que rompimos
tan solo nos hemos encontrado juntos una sola vez. Y sufrí mucho. Así, separados, estamos
mejor. Tenga usted la seguridad de que nunca le seré hostil y que en cuanto me sea posible
servirle, lo haré, así no fuere sino por amor a usted. ¡De mí no tema nada por él, Amelia!
Hube de bajar la cabeza, resignada, pero muy triste. Y puse empeño igual, al que tuviera
antes en reunirlos, en que no se encontrasen nunca en mi casa.
Sin embargo, sucedió.
Don Emiliano no solía ir a casa de tarde, sino en las mañanas. Ese día llegó como a las
tres y media de la tarde y permanecía hablando conmigo hacía más de una hora, cuando,
sin esperarlo, se detuvo en la puerta principal de entrada de la casa, el coche de mi ilustre
amigo. Oí a éste saludando fuera. Dije a Don Emiliano con precipitación:

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AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

—Ahí está Monseñor: Puede usted salir por la puerta de esta habitación, sin que él se
aperciba de que estaba usted aquí; antes de que venga donde mí.
—Sí, Amelia, contestó Don Emiliano. Pero no se movió, aunque yo me levanté para
abrirle la puerta.
Pasó un momento y no hubo tiempo para lo que yo deseaba.
Monseñor aparecía en mi habitación y veía a su antiguo amigo sentado y a mí de pie.
¿Qué pasó en ambos? Después pensé que la emoción paralizó a Don Emiliano. En el
instante me irrité interiormente contra él. Dominándome, recibí como siempre a mi amadí-
simo arzobispo, quien me correspondió.
Él saludó con la cabeza a mi otro amigo. Éste respondió con un sonido gutural, más bien
que con palabras y gesto, a aquel saludo y quedó inmóvil.
Yo estaba sobre ascuas. No pudiendo contenerme, al cabo de un buen rato, exclamé:
—Monseñor, va usted a permitirme despedir a Don Emiliano. Él se retiraba apremiado
por asunto urgente antes de llegar usted y yo le hice detener por motivo vital. Temo haberle
perjudicado grandemente. Con toda nobleza y con faz casi sonriente, hizo mi ilustre amigo
un gesto de aquiescencia con la cabeza y con la vista.
Ya ve usted que Monseñor le excusa, Don Emiliano. A mí me perdonará.
Con otro sonido casi inarticulado, pareció que el aludido contestaba: Sí.
Empero, permaneció sentado como si en el asiento le clavaran. Transcurrió otro rato de
conversación entre Monseñor y yo, después del cual levantóse éste con la mayor naturalidad
diciendo:
—Va usted a dispensarme, Amelia. Mi visita es corta porque sólo vine de paso. Tengo
otra que hacer esta tarde. Volveré pronto a verla. Tenga la bondad de saludar por mí a su
esposo.
Tendióme sus manos, como lo acostumbraba, estrechó en ellas las mías con el afecto de
siempre y, saludando otra vez cortésmente a Don Emiliano, salió. Apenas le reconduje unos
pasos volví donde mi hosco amigo.
Prorrumpí desde luego:
—Lo que acaba usted de hacerme no se lo perdono, Don Emiliano. ¡Cuánto me ha mor-
tificado! ¡Oh! He sufrido. ¡Por más que quise facilitarle la despedida, siguió usted ahí, con
su cara de miope, como sino entendiera!
—Es, Amelia, contestóme él sencillamente, aunque visiblemente conmovido, es que pensé que
el padre al comprender que yo me iba por no verle, hubiera sufrido… y preferí quedarme…
¡Oh almas grandes! ¡espíritus sublimes! ¿Por qué os conocí, tan tarde, desunidos? ¿Por
qué siendo tan estimada y querida por ambos, fueme negada la dicha de unirlos otra vez?

XX
Nada ignoraba Monseñor de mi amistad con Don Emiliano, aunque sólo de un modo
indirecto nombrara yo a éste en mis conversaciones con él. Sabía mi ilustre amigo el culto
que me rendía el otro y la adhesión con que me servía en todo. Nunca hizo alusión a ello,
sino en sus cartas, cuando repetidas veces me decía:
—¡Muchos la quieren y la estiman: pero sepa que no soy segundo en el número; que
nadie la estima más que yo!
Un día tan solo, por primera y única vez, hablóme él directamente de Don Emiliano.
Fue después de haberle encontrado en casa. Y se refirió al rompimiento que tuvo lugar entre

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ellos. ¡Ah! Ese día pude medir la capacidad afectiva del corazón de Monseñor de Meriño
y la profundidad del sentimiento que le había ligado a mi otro amigo, por el dolor que se
reveló en él.
Muchas veces tuve ocasión de ver los ojos del ilustre arzobispo arrasarse en lágrimas de
compasión por mí; pero sin que ellas brotaran. ¡El día a que me refiero dos perlas nítidas,
salidas del alma, escapáronse, a pesar de su enérgica voluntad, y surcaron el rostro hasta
los labios contraídos, en donde se perdieron! ¡Esas lágrimas me dejaban ver en el fondo la
herida no cicatrizada; la terrible desgarradura! ¡Oh, Monseñor querido! ¡Su pena inmensa
conmovió en sus íntimas fibras mi corazón como las mías conmovían el suyo! Así dolorido;
así lastimado; ¡cuánto le quise! Con voz alterada le oí decir:
—¡Amelia, yo le quería como a un hijo! ¡Conmigo vivió mucho tiempo! Supe que había
dicho de mí que yo era tan…
—¡Calle, Monseñor! estallé.
¡Calle! ¡No puedo oír más! ¡Mire como sufro! ¡Me duele el alma!
...............................................................................................................

Jamás quise indagar cuál fue, de esos dos seres que sabían amar de un modo tal y pa-
decer tanto por dejar de quererse, el culpable de lo que les separó. Preferí creer siempre que
ambos, siendo dignos el uno del otro, fueron víctimas de la fatalidad que horriblemente
pesó sobre ellos.
¿Por qué debía caberme también la desgracia de verles desunidos? Esos dos hombres de
otras épocas a mi lado, elevándome en mi propio concepto por el amor que me profesaban,
¡cuán feliz me hubieran hecho, comulgando conmigo en el altar del patriotismo, del puro
afecto, de la caridad!
¿De la trinidad que formáramos no habría podido resultar algo grande? En tanto que
desligados, trabajando aisladamente, nuestra labor fue imperfecta, estéril, ¡por mucho que
supiéramos sacrificarnos al ideal!

XXI
Comprendiendo Don Emiliano que me era doloroso cuanto me dijeran en perjuicio de
mi ilustre amigo, pareció complacerse, por el contrario, en referirme, siempre que la ocasión
se presentaba, datos ignorados sobre el pasado de Monseñor de Meriño; sobre la antigua
amistad que les hiciera inseparables; todo en honor del que yo tanto honraba.
¡Cuánto le agradecí esta delicadeza y cuánto ascendió él por ella en mi estimación!
Llegué a quererle casi en el mismo grado que a mi otro amigo, aunque ese cariño revistiera
un carácter distinto del mío por Monseñor. Con éste bogaba yo en pleno azul. Nuestra amistad
se mantuvo constantemente en las altas esferas de la espiritualidad. Tenía una poesía, una
idealidad encantadoras. Nuestras conversaciones jamás versaban sobre asuntos vulgares,
sobre materialidades prosaicas. Consecuente desde su origen, fue siempre tan noble como
se inició; delicada y sublime.
En mis relaciones con Don Emiliano entró el positivismo con pleno derecho. ¿No fue
como médico que principié a tratarle? Pues natural era que las dolencias físicas, las trivia-
lidades domésticas; las mezquindades económicas; todo lo que compone lo ordinario de la
vida, tuviesen cabida en las prolongadas pláticas que sosteníamos Don Emiliano y yo, de
acuerdo con mi esposo, para quien esa amistad era preciosa, porque tenía fe completa en la

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AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

alta sabiduría de nuestro extraño amigo y hacía que yo le consultara en todo. Era nuestro
consejero práctico, siempre dispuesto a sernos útil con su palabra, con su asistencia perso-
nal, cada vez que se le llamara; acudiendo solícito a la menor insinuación y sin ser llamado,
cuando se creía necesario. Y así le fue en los trances difíciles porque atravesamos en más
de una ocasión.
No dudo de que Monseñor de Meriño quisiera servirme de la misma manera que Don
Emiliano, como me lo dijo varias veces con toda sinceridad, pero su grandeza le condenaba
en muchos casos a la impotencia. No podía siquiera visitarme con la frecuencia que tanto
deseaba. Sus cartas lo prueban.
Las exigencias convencionales y su alto cargo atábanle como férreas cadenas que le
quitaron toda libertad.
Consciente de sus trabas, a él no acudía yo sino en las grandes perturbaciones de mi
espíritu. Comunicábame con mis dos amigos diariamente. Con Don Emiliano por medio de
su familia, que recibía las atenciones particulares que a él no podía hacerle; con Monseñor
de Meriño, de un modo más directo, porque una de mis mayores complacencias consistía
en ofrecerle cuanto me imaginaba que podía hablar de mí a su alma; flores para su oratorio;
objetos sencillos de arte; libros y mi Diario. Ese Diario que tanto le interesaba. En la carta
que sigue es fácil ver la impresión que en él produjeran mis obsequios. Algunas veces el
entusiasmo lírico con que me escribiera provocaba en mí sonrisitas de dulce ironía y me
inspiraban tiernas bromas de las que él reía bondadosamente.

Carta séptima
Mi respetada y carísima Amelia:
Desde ayer tengo, por decirlo así, la pluma en la mano para escribirle; pero ¡ay amiga
mía! paso días de atraque tales, que sólo Dios sabe lo que me cuesta hacer para desembara-
zarme de las mil atenciones que se me acumulan, y lograr algún respiro.
Apreciando sobre modo la amistosa solicitud con que usted me favorece, sepa que en
el santuario de mi alma tiene altar y culto el reconocimiento que le debo.
Y permítame decirle que de lo que abunda en el corazón dieran testimonio la pluma y
la palabra si no me contuviera el respeto que tributo a su modestia y a su delicadeza.
¡Sí, mi noble hija! ¡Difícil me sería corresponder cumplidamente a sus finos obsequios!
Pero ¿para qué no confesar que me huelgo en ser un bien hallado prisionero voluntario de los
puros y tiernos afectos con que usted tiene el arte de enlazar, por admirables disposiciones
de su rica naturaleza, a los que honra con su amistad? ¡Esté usted persuadida de que, entre
los que la aman, no seré nunca segundo!
Gracias pues, muy de mi alma, por tanto empeño como el que se toma usted en servirme.
Plenamente me satisface lo que recibí de mi encargo y, como temo que por él sea usted deu-
dora, envíeme la nota de todo para que no quede usted siendo sino la nobilísima acreedora
de mi reconocimiento y de mi más sincero y respetuoso afecto.
B. S. M.
P. Meriño.
Había dado ocasión a esta carta uno de esos pequeños servicios que yo solía hacerle a mi
ilustre amigo. Algún malicioso tal vez podía juzgarle un mentís a mis repetidas afirmaciones
respecto de la pureza de los sentimientos que yo inspirara al gran arzobispo; pero bien se
equivocaría. Sabía yo interpretarle perfectamente y mucho habría tenido que ruborizarme

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y arrepentirme, si por un segundo hubiese dado cabida en mi mente a la más ligera duda
sobre el concepto que yo le mereciera. ¡No! Él estimaba mi desinterés, como yo hacía justicia
a su respeto por mí.
Después de recibir de él una de esas cartas entusiastas, no necesitaba para convencerme
de ello, más que verle llegar a mi casa, tan sencillo, tan franco, tan leve como siempre, ten-
diendo sus manos noblemente abiertas a mi esposo y a mí, olvidado de los términos en que
me escribía y satisfecho de haber sido comprendido. Si yo le daba mis cariñosísimas bromas
sobre el estilo empleado, reía de corazón. Esta vez le ataqué diciendo:
—Monseñor, debió usted nacer poeta. ¡Qué lirismo para agradecerme una simpleza!
¡Poco ha faltado para que yo encontrara su epístola ditirámbica!
—¡Cuidado con eso, no se burle usted de mí, Amelia! Bien sabe usted que lo que le digo
sale del corazón. Usted lo merece, hija mía. ¡Usted lo merece todo; no me cansaré de repe-
tírselo! Es admirable. Y a propósito de poeta, ¿no le he contado una historia con Manuel de
Jesús Galván? ¿No? Pues óigala para que se divierta más. ¡Manuel y yo éramos estudiantes
y dos mozos muy garridos, por cierto! Íntimos amigos que nos comunicábamos todo. Un
día se me ocurre a mí hacer una composición poética. Después de terminada, con bastante
aplomo, se la presento a Manuel, diciéndole:
—Lee esto y dame tu opinión. Manuel coge mi trabajo, lo lee, me mira y exclama:
¿Mi opinión, Fernando? Es que bien puedes escribir todo cuanto quieras, ¡pero versos
no! ¡Chico, resígnate! ¡No has nacido tú para poeta!
¡Mire, Amelia!, concluyó Monseñor, riendo con tanta gracia y buena voluntad, que yo
también reí: No volví a escribir versos. Quedé curado de mis veleidades de cantor lírico.
Yo contemplaba a mi ilustre amigo, ¡tan grande en su sencillez y pensaba en la elevación
que alcanzara Don Manuel! Lo que prometió la juventud de ambos ¡qué bien cumplido fue!

XXII
En apariencia el tono de mis relaciones con Monseñor de Meriño había cambiado, en
realidad no había en el fondo nada de ello. Ridículo y hasta chocante habría podido en-
contrarse el que él continuara tratándome como a una chiquilla débil y enferma, como lo
hiciera al principio, mostrándome yo a todos la dama que era, si no robusta y satisfecha de
la vida, al menos firme, enérgica y consagrada a mis deberes, sin pensar en mimarme lo
más mínimo. Mi ilustre amigo debía aceptarme así, aunque sintiera lo contrario y le apenara
mucho la dureza de mi existencia real. Seguía yo confesándome a él en mi Diario y, siempre
que veía por éste mi alma angustiada, revivía en su corazón la compasiva ternura de los
primeros tiempos.
A costa de increíbles esfuerzos, dadas las condiciones de salud de mi esposo y la mía,
nuestra situación económica había mejorado un tanto; empero yo sufría mucho, siendo
esclava de tantos deberes como los que la fatalidad de mi destino acumulaba sobre mí.
He dicho que mi esposo era un enfermo. Aunque apenas contara treinta años de edad,
y pareciera ágil y sano, tan solo se sostenía en equilibrio de fuerzas relativas, gracias a
mis cuidados y a mis desvelos por él. Aún en medio de mis mayores dolencias, debía
velar por su bienestar material y atender a que nada le faltara de las comodidades a que
estaba acostumbrado y que le eran indispensables. Su vida me estaba encomendada; esa
responsabilidad pesaba sobre mi conciencia y la abrumaba. Creíame obligada a desplegar
extraordinaria energía, cargando sobre mis pobres hombros el mayor peso de las dificultades

240
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

de nuestra existencia. Como ama de casa, como enfermera, como comerciante; como todo,
encontrábaseme siempre a la altura de un deber que tal vez yo exageraba. Todos admiraban
mi fuerza de voluntad, mi entereza casi viril. Monseñor más que ninguno. ¡Él, que conocía
mis innatas repugnancias por las ocupaciones a que estaba condenada! Él, que no olvidaba
nunca el daño que, en lo moral y en lo físico, haciánme esos excesos de fatigas materiales;
¡esa violencia que imponían ellas a mi naturaleza delicada y creada para un vivir diame-
tralmente opuesto a aquel tan complicado y enojoso para mí!
Y su pena era igual a su admiración. Él habría querido verme libre de todo compromiso,
rodeada de comodidades y entregada al puro arte, buscando en éste las nobles y elevadas
satisfacciones del espíritu.
En proporcionarme algunas de ellas, empeñábase desinteresadamente. Juzgando mi
correspondencia con Pierre Lotí una grata distracción, la alentó desde el principio. Graciosas
bromas me daba con el espiritual escritor.
Reproduzco a continuación una esquela suya de esa época, que me viene a las manos:

Carta octava
Mi queridísima amiga:
¡Cuánto agradezco su amistosa solicitud! Mi hermano José María está mejor; mis temores
por él han cesado, de lo cual doy gracias a Dios.
Y ¡ahí van Pierre Lotí y su admiradora! Yo me quedo con el espíritu de ambos.
También quiero que sepa que alzaré la voz para reclamar la custodia de sus manuscritos,
si es que de veras no quiere usted conservarlos.
A mí me corresponde. ¿Quién, si no yo, la ha instado a que escriba su Diario?
Su tan afectísimo de corazón.
P. Meriño.
“Pierre Lotí” significaban varias obras de éste que yo había enviado a Monseñor para
que las leyera. “Su admiradora”, el folleto que escribí sobre mi lejano amigo y cuya publi-
cación se debió al ilustre arzobispo. No ignoraba él cómo se iniciaran mis relaciones con el
célebre marino-poeta.
Tuvo noticias porque yo se lo confié de que, entusiasmada por el raro estilo del entonces
nuevo escritor francés, hice que mi esposo pidiera a París las obras que Lotí hubiese ya dado
al público. Eran cuatro, entre ellas Le Roman d’un enfant. La idea de expresar al autor mis
sentimientos, de admiración y de simpatía por su delicada prosa y su sentimentalidad, se
fijó en mi mente moviéndome a dirigirle una carta conmovedora.
No esperaba respuesta alguna. Tan sólo quise darle expansión, al escribir, a un impulso
del corazón, más bien que del espíritu. Monseñor no dudó un instante de que Lotí me
contestara.
Cuando, estando yo en el campo, llegó la respuesta que aguardaba él, con un ejemplar
de su última obra publicada, con respetuosa dedicatoria, mi ilustre amigo se alborozó
por mí.
—¡Oh Amelia! Bien seguro estaba yo de que Lotí es un caballero y que correspondería
a usted galantemente! Desde hoy soy su amigo también. ¡Sí! Tiene mis grandes simpatías.
Seremos dos para admirarle, al saborear sus páginas.
No varió nunca de opinión. En todo tiempo apreció a Lotí y aprobó el gran afecto que
tuve al marino soñador, animándome a escribirle e interesándose por él.

241
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XXIII
Sin intención alguna, redacté mis dos artículos sobre el autor de Aziyade.
Envíeselos, como lo hacía con cuanto salía de mi pluma y pudiera agradarle.
Escribióme después de leerlos:

Carta novena
Mi respetada y carísima amiga:
Ya he tenido el gusto de leer su Defensa de Pierre Lotí.
Ha escrito usted en honor del amigo ex abundantia corde, es decir, que da usted de la
plenitud de su corazón.
La felicito y le ofrezco aprovechar una de estas tardes para ir allá y que hablemos de
eso y de otras cosas.
Su afectísimo admirador y amigo:
P. Meriño.
Lo que deseaba decirme era que hiciera editar la tal Defensa para enviarla impresa a Pierre
Lotí. Lo dije a mi esposo y éste satisfizo su deseo, siendo él mismo entusiasta admirador de
mi admirado autor.

Carta décima
Amelia, mi estimadísima amiga:
Ahí le va su Diario. No deje de continuarlo con perseverancia; pues desde el principio le
he leído con interés y me será muy grato seguir viendo reflejado en él, el fondo de su alma.
Escriba, pues, pero, ¡cuidado! ¡No se precipite, apurando la máquina! Hágalo entre días y
en horas de inspiración. ¡Su salud ante todo y por sobre todo, mi queridísima hija!
Hoy he leído ya lo que usted me envió. El amigo Lotí anda, sin duda, viajando por Asia.
No se inquiete. Déjele y espere que vuelva de su zabullida.
Su muy adicto.
P. Meriño.
Aunque nuestra amistad databa ya de dos años; nunca había yo visitado a mi ilustrísimo
amigo. Tan solo salía para ir con poca frecuencia a casa de mi madre Dña. Justa Sánchez
de De Marchena y de otros deudos muy cercanos y cuando por prescripción médica me
obligaba mi esposo, que era casi siempre mi acompañante, a hacer algún ejercicio en coche.
A pie no andaba yo nunca en la calle.
A una de estas salidas que le anunciara yo en mi Diario aludía Monseñor en la carta
siguiente:

Carta décimo primera


Muy estimada amiga:
Siento que haya Ud. pasado malos ratos y que ayer y anoche la aquejaran su dolor en el
pecho y su dispepsia. Sin embargo, me es grato ver que se halle Ud. hasta dispuesta a salir
hoy. Debería haberlo hecho temprano, y no a las diez, como lo proyectó.
Y no, ¡no! No venga hasta aquí. No podría recibirla con sus acompañantes, como lo qui-
siera, porque precisamente de diez a doce encontrarían ustedes la turba de estudiantes que
viene para la clase de Filosofía. ¿No sabe usted que aún hago de profesor en el Seminario?

242
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Deje su visita para mañana. Espero que usted aprecie mi franqueza y que la verá como
una prueba muy grande de mi amistosa confianza con usted. En esta semana iré a su casa.
No lo he podido hacer antes, porque ¡misericordia! la gente me llueve y no me deja tiempo
para moverme de aquí.
Luego vendrá la Semana Santa y tendré que andar en la calle todos los días.
¡Pero sepa, mi amada hija, que siempre estoy pensando en ella porque la quiero con
todo el corazón!
Su muy afectísimo.
P. Meriño.

XXIV
—Amelia, es usted tan rica de alma que siempre presta a los otros lo que tiene usted de
más. Y tendrá que sufrir mucho en la vida porque siempre perderá. Le devolverán cobre
por oro de su corazón.
Esto me dijo Don Emiliano, desde el principio de nuestra amistad y en más de una oca-
sión; queriendo significar que yo, sensible y tierna y recta en todo, atribuiría siempre a otro
las cualidades que en mí abundaban y que, de continuo, recibiría decepciones.
—De muchos sí, Don Emiliano, contestaba yo, he experimentado y no dudo que seguiré
experimentando lo que usted me dice; pero espero que algunos serán leales y que honrada-
mente me corresponderán. Crea, amigo mío, que de éstos nada temo.
Pensaba yo en Monseñor, al hablar así, por lo que Don Emiliano me había manifestado
sobre él. Y añadía:
—Dígame, desde luego, si cuenta usted ser de los que traten de desilusionarme,
para dejar de quererlo, porque sería horrible para mí un desengaño que me viniera
de usted. Cuando usted se aleja, cuando usted permanece un tiempo en el campo sin
darme señales de vida, le juzgo a veces versátil; venático, como decimos por aquí, y
me apeno por ello. ¡Soy tan consecuente! No sé comprender siquiera la versatilidad. ¿Por
qué es usted tan variable, Don Emiliano? ¿Por qué no se muestra siempre igual conmigo
como lo hace Monseñor de Meriño? ¿No sabe usted que mi corazón sólo alienta por el
calor de los afectos que siente a su alrededor? El frío de la indiferencia lo aniquila. Nece-
sita ser siempre reconfortado y usted me decepciona por épocas, aunque luego vuelva a
animarme.
—Yo soy así, Amelia. Debe usted estar satisfecha por haberme visto expansivo con usted
y diferente a lo que acostumbro ser.
—¿Por qué no trata usted de imitarme, Don Emiliano? ¿Por qué no se empeña en pa-
recer amable como Monseñor? Si mi amabilidad es la que le seduce y quiere usted ser tan
querido, ¿por qué afecta usted tanta complacencia mostrándose hosco, y tan huraño, como
si lo fuera por naturaleza?
—En realidad, Amelia, yo no soy expansivo. La espontaneidad afectuosa de usted me
encanta, pero me es imposible imitarla.
—Pues con Monseñor no sufro esas alternativas de confianza y de temor. Es él siempre
el mismo. Don Emiliano, y comparando lo que experimento con ambos, ¿sabe usted qué es
lo que he encontrado como resultado de la comparación? Un símil que tal vez no sea de su
agrado, pero que es exacto, amigo mío.
—¿Cuál es, Amelia?

243
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—Paréceme que representando ustedes dos el papel de soles que iluminan mi existencia
–o que lo pretenden– es Monseñor el sol de Niza; sol esplendoroso y suave, sol germinador de
hermosas flores, de deliciosos perfumes; brillando en un cielo de un azul límpido y transpa-
rente; dulce para los tristes; ¡el sol que necesita mi alma adolorida, para ser reconfortada!
—¿Es usted el sol de… las pampas?
—¡Calle, Amelia! interrumpióme Don Emiliano, entre riente y escandalizado. ¡Eso no
es verdad!
—Sí; repliqué yo impertérrita, sin dejarle hablar. ¡Sí; sol que si bien por lo ardoroso
fertiliza, fecunda violentamente y hace prodigios, pero lo terrible es que esteriliza y mata
también! ¡Quiere usted ser eso para mí!
—¡Oh Amelia! ¡Cuidado que es usted mala conmigo! ¿Qué le ha dado? Usted no cree lo
que está diciendo. Muy segura se siente usted de mí. ¡De mi ternura para usted! Bien sabe…
—¡Nada! ¡Sino que es usted variable y que me obligará a preferir a otros! Quiere que le
cuente lo que me contestó el ángel que tiene usted por esposa en semanas pasadas, cuando
estando usted en el campo, le escribí a usted tres cartas, sin tener contestación, de lo cual
me quejé a ella. Díjome:
—Amelia, no se mortifique usted por eso. Emiliano es así. ¿Ignora usted que es algo loco?
—No juegue. Amelia, interrumpióme mi amigo, asombrado e incrédulo al mismo tiempo
y queriendo reír. ¿Clara decía eso a usted? ¡No es cierto! ¿Verdad que se lo dijo?
—Sí, señor, contesté yo, afectando casi enojo para ser creída en mi inventada historia. Sí
me lo dijo. Le extrañará, ¿eh? ¿Se imagina usted que, porque ella es una santa, no reconoce
las singularidades de su señor esposo? ¡Yo sí le aseguro, Don Emiliano, que habría quien en
lugar de ella le obligara a usted a cambiar!
Don Emiliano echó a reír de tan buena gana; se divirtió tanto con mis ocurrencias, va-
cilando entre darme crédito y dudar de mi veracidad, que se puso rojo y principió a toser.
No se cansaba de repetirme. Esta Amelia tan mala. ¡Mírenla! ¡Esta Amelia!
Y tomando mis manos, hacía que me castigaba, dándome golpecitos en ellas, con las
suyas.
Gozaba mucho con mis traits d’ esprit. Mis cariñosas malicias le alegraban tanto los ojos
como el corazón y hacíanle por momentos no solo expansivo, sino efusivo ese día.

XXV
Habíamos entrado en el año 1893.
Monseñor de Meriño se mostraba cada día menos resignado a ver desperdiciadas mis
facultades intelectuales en cosas indignas de mí.
Mi Diario robustecía más y más su fe en mi capacidad literaria.
—Sé, mi queridísima hija, sé que pedirle que escriba para el público es exigir que au-
mente sus tormentos; un cúmulo de fatigas para usted. Esto en lo material. Pero abrigo la
íntima convicción de que ese trabajo la distraería de muchas penas; que le proporcionaría
satisfacciones que hoy no tiene, porque Ud. escribirá con éxito, ¡se lo predigo! Se creará
amigos y admiradores por medio de sus obras y ello vendría a compensarla de un sinnú-
mero de sinsabores. ¡Complázcame, Amelia, y principie a escribir para los demás, sin dejar
de hacerlo para mí!
Di comienzo, al fin, a mí novela Madre Culpable.
Conócese ya el origen de esta obra.

244
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Fue convenido entre Monseñor y mi esposo y yo que se publicaría, como folletín en un


periódico local; a medida que yo fuera escribiendo. Como era semanal el periódico, seríame
permitido satisfacer al editor.
Y desde el primer número del folletín, despertó el interés general por mi producción
naciente y un interés particular en muchos literatos. Fue entusiasmo verdadero en Don F.
Gregorio Billini, dueño del periódico, escritor amable; hombre público abnegado y probo;
ciudadano sin tacha. Su conducta, cuando fue presidente de la República, merecíale los ma-
yores encomios. Supo renunciar tan alto cargo tan luego como se apercibiera de que el hábil
político que le encumbrara hasta él, no tuvo otro propósito que el de convertirle en ciego
instrumento de sus maquinaciones. Desafiando las iras del que con ese hecho grandioso,
burlaba él en maquiavélicos planes, pobre y digno, descendió del poder y se resignó a la
oscuridad, viviendo de su trabajo y siendo útil a todos sus amigos.
¡Gran Billini! ¡Ese solo rasgo tuyo no podía ser olvidado y debe merecerte la inmor-
talidad!
Otro de los intelectuales que favoreció mi obra, aún incipiente fue Don José Joaquín
Pérez, el hombre de todos los entusiasmos literarios; cantor insigne de Quisqueya;
gran poeta nacional, que conquistara mi admiración al igual de la poetisa Doña Salomé
Ureña de Henríquez, desde mis tiernos años. Sus entusiasmos eran comunicativos;
contagiosos. El que le mereció mi principiada novela tuvo por resultado alentarme
en mi trabajo.
Más tarde muchos aplaudieron la obra ya completa; más, en esos tímidos comienzos, mayor
gratitud debo a los que sostuvieron mi ánimo. Habría podido bastarme la casi colaboración de
Monseñor de Meriño, para llevar a cabo mi ardua tarea, sin desmayo. Empero, muchas veces
temí que el afecto tan grande que el ilustre arzobispo me profesaba, llegara hasta ofuscarle no
permitiéndole ver lo malo que en ella hubiera del mismo modo que a otros.
En esto, me equivoqué. Demostróme él su sinceridad en aquella ocasión, como en todo
lo hacía.
Día por día, enviábale yo mi manuscrito sometiéndolo a su censura. Él, con su alto juicio,
lo revisaba y me daba a conocer su opinión.
Principiaré a mostrarle en sus cartas como un acervo de pruebas. ¡Oh! amigo sublime,
¡qué sencillo se hacía para complacerme y por servirme! Facilitándome la tarea a que me
comprometiera, era uno de sus más caros empeños. En la literatura quería él proporcionarme
un derivativo a mi mal moral, distraerme de mí misma.

XXVI
Carta décimo segunda
Amelia, mi inspirada amiga:
¡Ha trazado usted ahí dos páginas bellísimas que valen la novela! Siga su interesante
trabajo con mayores alientos, aprovechando los ratos que su delicada salud le permita dedicar
a él, y no haga caso de los ligeros rasguños que, por tener yo la mano demasiado bronca,
puede llevar su hermosa producción.
¡Líbrela Dios de críticos que van envejeciendo!
Pero a mí me perdona, ¿no es verdad? porque sabe que soy su sincero admirador y que
la quiero mucho.
P. Meriño.

245
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Carta décimo tercera


Amelia, mi noble amiga:
Usted sigue sometiéndose a mi escalpelo, ¡a pesar de tener yo la mano pesada! ¡Bueno!
¡Sufra y no se queje!
En la primera plana, donde verá una = lo que indica la variante que propongo a lo que
está escrito, y luego verá arañazos.
¡Ah! En la segunda plana encontrará otra. Significa que me parece mejor decir: “Isabel,
por el contrario estaba espléndida. Jamás habían tenido sus ojos miradas más centellantes
ni sus labios sonrisas más seductoras”.
En las últimas planas hay ligeros rasguños.
Y, ¿sabe que ahora apura usted el trabajo? ¡Cuidado, mi querida hija! ¡No le vaya a
costar caro!
Deseo mucho verla y espero tener pronto esa satisfacción. Será en estos días.
B. S. M.
P. Meriño.
Carta décimo cuarta
Muy distinguida y amada Amelia:
Tres pruebas he revisado de anteayer acá y las he enviado a la imprenta con sus corres-
pondientes recomendaciones acarameladas.
Siga usted sin preocuparse porque el cajista ande con remilgos y Don Manuel se ponga
bravo. Nuestro buen amigo se contentará. *
Y ahí le va el manuscrito, con las enmiendas que usted verá. Trato de hacerlo copiar.
Tomaría yo poderle servir de copista. ¡Me sería tan grato! Como lo es para mí, sobre
manera, repetirme su admirador y amigo affo.
P. Meriño.

Carta décimo quinta


Mi apreciadísima: le envío las últimas pruebas que recibí ayer de la imprenta, para
hacerle notar un error de páginas que hay en ellas.
Que vean eso con cuidado. Lo señala con dos =
Su afectísimo de alma.
P. M.

Carta décimo sexta


Debo justificarme con usted. Le devuelvo la última plana para que la compare con las
pruebas. Verá anotadas en estas las faltas que no aparecen en aquellas –aunque estaban
señaladas en ambas–.
Adviértalo a Don Manuel. Mi clérigo** mismo puede llevarlas a la imprenta.
Y mientras tanto, ¿cómo sigue usted de sus quebrantos? ¡Cuídese, por Dios, mi querida
enferma! ¡No quiero que vuelva a recaer en cama!
Su muy affmo.
P. M.

* Don Manuel de Js. García, honorable impresor, amigo estimadísimo de Monseñor de Meriño y mío.
** El clérigo es hoy un reverendo canónigo.

246
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Los cajistas se quejaban de mi letra. A cada rato exigían la copia de los manuscritos que
se enviaban a la imprenta. Yo me iba fatigando demasiado con el trabajo. Hube de suspen-
der la publicación en el periódico, mucho antes de terminar la obra, y se había dado para
que fuera editada en volumen la parte ya impresa como folletín a la casa editora de García
Hermanos. Ya se resentía mucho mi salud de tales afanes, cuando recibí la carta siguiente
de mi ilustre amigo:

Carta décimo séptima


Mi apreciadísima Amelia:
Le envío los cuadernos ya revisados que no tienen de malo (dispense Ud.) sino que la letra
ofrece dificultades a los que no están acostumbrados a leerla. ¿Y sabe que me ausento?
De improviso se me presenta una ida al Sur y me embarco, esta tarde a las tres, en el
vapor americano. Voy a asuntos de curas y de parroquias.
¡Hasta mi vuelta, pues! ¡Cuídese y cuídese mucho!
¡Pero no! Yo… ¡me la llevo! Me la llevo en espíritu, amiga mía.
Ni mi ahijado A. sabe de mi repentino viaje. Usted tendrá noticias del que se suscribe.
Suyísimo,
P. Meriño.
¿Ve usted cómo sé imitar su letra?
Ese suyísimo, ¡ah! ¡significaba para mí lo muy penetrado que estaba Monseñor de la pena
que su ausencia, por corta que fuera, iba a causarme! Con su tono de afectuosa broma, al
darme la inesperada nueva, quería atenuar el mal efecto de ésta. Sentíame sin fuerzas para
continuar luchando con la imprenta, sin su asistencia. Presente él, cargaba con buena parte
del trabajo que con ella se tuviera y, además, con su voz de aliento me sostenía; distante,
¿cómo no había de faltarme?
Más adelante, reproduciré una carta suya como la más evidente prueba de la sinceridad
con que me trataba y del empeño que puso siempre en que mi obra literaria fuese digna, en
todos conceptos, de la aceptación general que iba recibiendo.

XXVII
Madre Culpable me costó esfuerzos, que creí insuperables, en más de una ocasión.
¡Cuánto sufrí por ella! Tanto al escribirla como para su publicación. Más de una vez
tuve la intención de renunciar a terminarla, agobiada por los inconvenientes que se
presentaban en mi camino. Ya enfermaba mi esposo y era yo misma la que caía extenua-
da a cada paso. Una circunstancia adversa de las que fue siempre pródigo mi destino,
obligábame a suspender el trabajo abrumador, por semanas y por meses. Prolongóse
esto más de un año. Yo me encontraba de tal manera cansada de él que llegué a aborre-
cerlo. Después del viaje al sur de Monseñor de Meriño, debió copiarse por otra mano
que la mía, el final de la obra y más atrás sobrevino lo peor de todo; ¡la partida de mi
ilustre amigo para Roma!
Su Santidad León XIII le llamaba y él debía obedecer al Santo Padre embarcándose sin
tardanza con dirección a la Ciudad Eterna.
¡Esta noticia cayó sobre mí con todo el peso de un desastre verdadero!
Dije a mi ilustrísimo amigo:

247
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

—¡Monseñor, yo no lucho más! Por usted emprendí una obra superior a mis fuerzas, sin
fe y sin voluntad. ¡Pésame ya demasiado! ¡No hay inconveniente que no surja, para impedir
la realización del propósito de usted! Va usted a faltarme ahora; ¡nada puede animarme a
proseguirla!
—¡No se desaliente así, Amelia!, contestóme él entristecido, al ver el atontamiento en
que estaba yo sumida.
—¡No! ¡Ánimo, hija mía! ¡He pensado en todo! Voy a recomendar al padre Apolinar*
que me supla cerca de usted. Queda él encargado de la Secretaría del Arzobispado y bien
puede hacerlo. Tiene talento; es literato y posee verdadero gusto estético. No dudo que
aceptará con placer mi recomendación y que le servirá en la revisión de su trabajo y para la
corrección de pruebas.
Hízolo así y yo acepté la ayuda del padre Tejera, que era hermano menor de Don Emi-
liano, por no disgustar a mi venerado amigo ya bastante apesadumbrado del estado de
desaliento en que yo había caído.
El padre Tejera me sirvió gustosamente. Con toda exactitud y complacencia iba a mi casa
varias tardes en cada semana a trabajar conmigo. Mi esposo y yo le recibíamos con agrado,
encontrándole ameno, aunque algo original de trato, y de conversación llena de atractivo.
Su erudición era ya muy vasta y daba gusto oírle. Sus visitas y su cooperación distrajéronme
un tanto de mi tristeza, sacándome de la nostalgia que me produjera el alejamiento de mi
afectísimo amigo y maestro, como yo le llamaba luego.
A pesar de la buena voluntad del padre Tejera en servirme, suspendí el trabajo, pretex-
tando mi real cansancio. Continuó mi colaborador visitándonos todos los domingos, por
mucho tiempo: Dos horas pasaba en las mañanas, cerca de nosotros, hablando de todo con
su desparpajo intelectual que divertía a mi esposo y a mí me divertía un poco.
Agradecíale sobre todo que me hablara con elogio de Monseñor.
—Es un alma muy noble, Doña Amelia. ¡Sí! Es un alma muy noble, añadía con su manía de
repetición. Temí, cuando mi hermano Emiliano rompió con él, que mi carrera eclesiástica sufriera
por ello; ser alejado o desconsiderado; y nada de ello ha resultado. Monseñor me favorece como
antes. Ya ven ustedes que me tiene a su lado y me concede su confianza. ¡Es muy noble!
Siempre me manifestó su satisfacción respecto de mi ilustre amigo, en el mismo tono
de agradecimiento.
Alejóse él de casa, dándome razones que acepté como válidas. Mucho más tarde, decían-
me que había cambiado de opinión respecto del gran arzobispo, por rivalidades de carrera.
Viósele, en su encono, abandonar el traje eclesiástico y vivir civilmente. Ha muerto fuera de
la iglesia aunque no rompiera enteramente con ella.
Mucho deploré esas circunstancias porque había llegado a cobrarle afecto. Sus relaciones
con nosotros cesaron con la muerte de mi esposo. Habíanse sostenido a distancia, por medio
de demostraciones corteses, que se le retornaban con agrado. Tengo la convicción de que él
nunca dejó de estimarme.

XXVIII
Cerca de mí nadie podía suplir a mi ilustre amigo. La falta que me hacía era especial.
Entre él y yo existían afinidades tan raras como únicamente podían encontrarse en una hija

* El que fue luego el Canónigo A. Tejera, hace poco fenecido.

248
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

y un padre, ligados por entrañable afecto, e inseparables además de serlo por lazos atávicos.
Esto lo reconoció él un día, maravillado. La escena que tuvo lugar entre nosotros fue gra-
ciosa. Y me hizo admirar más, la ingenuidad infantil que por momentos podía observarse
en ese gran carácter.
Había yo leído un libro, muy interesante, de un autor francés. Envíeselo para que gustara
de él, como solía hacerlo con toda lectura de mi agrado.
Una tarde me lo devolvió. Quiso llevarlo él mismo para que habláramos de la obra que
le pareció magnífica. Y sobre ella y sobre literatura y mil cosas más, estando solos, intrin-
cados en una conversación tal y en nuestra larguísima plática, púsose de manifiesto tan
admirablemente nuestra conformidad de gustos, de sentimientos y de ideas, que de súbito
se detiene él, me mira y dice:
—¡Amelia, se me ocurre una cosa! ¡Conversando me ha venido una idea! ¡Qué bueno
que usted y yo nos hubiéramos encontrado hace mucho tiempo; yo sin este hábito; usted
libre pero no tan joven como lo es para mí, y que nos hubiéramos casado! ¿eh? ¡Qué bien
nos hubiéramos entendido! ¿No lo cree usted?
—¡Es posible, Monseñor! Contestéle, sorprendida, pero más divertida aún de la ocu-
rrencia, aunque afectuosa, tranquila y seria.
—Sí, añadió pensativo. Y después de un rato, alzando la cabeza, continuó:
—¡Aunque tal vez no! Porque de ser así yo no la hubiera querido con el puro afecto que
le tengo, sino de otro modo; y ¿usted a mí? ¡Es posible que me quisiera menos o sabe Dios
cuántos defectos me encontraría!
Después de ponerse cabizbajo un breve instante, dirigióse a mí y mirándome con suma
ternura y apoderándose de mis manos que sacudía suavemente, terminó diciendo:
—Más vale que nos hayamos conocido así, más vale ¿no cree usted, mi querida hija?
¡Así nos queremos mejor!
—Es verdad, Monseñor, contesté.
Y no pudiendo contenerme más, porque sabía que la ocurrencia de mi ilustre amigo
necesariamente tendría esa conclusión, me eché a reír.
Monseñor rió también. Temió haberse mostrado tonto y se sonrió.
—¡Vamos, Amelia, no se ría de mí! ¡Es que nos parecemos tanto! No se burle… y reía.
—Es que le diré una cosa, Monseñor. Al hablarme usted de habernos casado, pensaba yo
en que para ello habrían existido varios inconvenientes, siendo el primero, por que cuando
usted recibió las sagradas órdenes, aquí en Santo Domingo, yo no había venido aún al mundo
en Puerto Rico. ¡Qué distantes estábamos!
¡Monseñor rió más y más!
—¡Maliciosa, maliciosa! exclamaba sacudiéndome dulcemente las manos. ¡Cómo me
llama viejo! Pero, ¡tiene usted el derecho!
—¡Delicioso carácter! ¡Sus ingenuidades, hacíanle amar más de mí! El pensamiento que
por su mente había cruzado era semejante a una ráfaga ligera de aire perfumado que, al
pasar sobre la cabeza de un niño, dejara en esta la vaga impresión de un grato frescor y de
un dulce recuerdo.

XXIX
Llegó esta carta a mis manos antes de lo que yo esperaba. Puede suponerse, después de
leerla, el efecto que produciría en mi ánimo.

249
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Carta décimo octava


New York, julio de 1903.
Mi pensada, carísima y respetada amiga:
No tengo pulso, ni cabeza. Ayer desembarqué en este puerto y he caído en un abismo
de ruidos incesantes que me tienen aturdido y, por su puesto, los nervios excitados a causa
de la irritación. El viaje me tiene bailando todo el organismo.
Pero deseaba llegar para acusarle recibo de sus gratísimas líneas y del retrato, todo lo
cual me entregó abordo, al zarpar el vapor en San Pedro de Macorís, nuestro buen amigo
Don Miguel Román. Si me lo hubiera dado diez minutos antes, no habría dejado de trazarle
unas líneas desde allá, para que supiera usted que carta y fotografía estaban en mi poder.
(Le castigué no mostrándole el retrato).
...............................................................................................................

Interrumpo la carta para señalar esta humorada de niño que corrobora lo que de él decía
yo en el capítulo anterior. ¡Cuán simpático le hacían las tales salidas!
Y continúo la reproducción.
...............................................................................................................

¡Gracias mil, amiga mía, por tan marcadas pruebas de afecto! Las expresiones amistosas
de su noble alma, han tenido eco armonioso en el santuario de la mía, siempre abierta al
reconocimiento; y su retrato, que he colocado en mi bulto de escribir y el cual tengo ahora
ante mis ojos, me la recordará a cada momento.
Y ¡qué bueno está! ¡Qué parecido! ¡Con un poquito de brillo en las miradas y un
ligero aleteo en las ventanas de la nariz, la revense es perfecta! Y note que he querido de-
cir, no soñadora, sino algo así como quien recuerda y piensa, pues tal es la expresión de la
fotografía.
Ya sabe usted, mi amada amiga, que viajará conmigo en espíritu y en imagen.
El 7 saldré de aquí para el Havre y no me detendré en París sino ocho días. De ahí seguiré,
cosa de estar en Roma el 18 ó el 20, despachar mis asuntos y regresar a París, a tiempo de
aprovechar el vapor que llegará a Santo Domingo el 26 de setiembre.
¡Viaje rápido como de quien está a la altura de la época! ¿Se ríe usted?
Y ¡créame! ¡Bien quisiera volverme de aquí! ¡Ya no siento placer en viajar! ¡La sombra
tiene su atracción y ya se proyecta bastante sobre mí! Reposar a su abrigo es lo que me pide
el cuerpo.
Pero, ¡agitemos aún los miembros fatigados y sigamos sin desmayar! Salúdeme a Don
Rafael y a toda la familia.
Cuídese mucho; haga ejercicio; ¡aliméntese y no se haga cargo de las cosas que la con-
traríen y apenen! Y, sobre todo, esté persuadida del inalterable afecto de su admirador y
¿diré apasionado amigo?
P. Meriño.
P. S. Me olvidé de dejarle su Diario, pero quedó seguro dentro de una cajita y está ence-
rrada en mi armario.
¡Ah! ¡No le he dicho que aquí estoy vestido de gentleman y que me dan ganas de retra-
tarme con bombo y todo! Creo que así tengo aire como de un ruso viejo.
...............................................................................................................

250
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Si Monseñor de Meriño encontraba sabrosas las cartas de Flaubert a George Sand, por lo
íntimas y afectuosas tanto como por su hermosa forma literaria, yo hallé a ésta suya para mí
un sabor deleitoso. El estilo, la variedad de tonos, todo en ella me cautivó. Ese viaje descrito
en algunas líneas, parecióme una maravilla. Sentíme como arrebatada con él en vuelo fan-
tástico y vuelta a tierra, saliendo de un sueño. ¡Y luego esos chistes! ¡Oh esos chistes fueron
los que más me conmovieron! ¡Los que hicieron brotar las lágrimas de mis ojos! ¡En ellos
pude apreciar la extensión del afecto que se me profesaba! ¿No se lo inspiraba a mi ilustre
amigo el deseo de distraerme?
Suficientemente me probaban que él recordaba con dolor a la pobrecita enferma de
cuerpo y de alma que, a tanta distancia, luchaba penosamente contra un destino siempre
adverso, ¡y deploraba su ausencia!
Cada párrafo de la carta estaba escrito expresamente; meditado para hacerme compren-
der que no se me olvidaba.
Hasta la forma apasionada de la despedida tenía su significación. Había sido dictada
por un corazón lleno de sublime caridad para mí. El deseo de volver pronto era otra prueba
de tierna bondad; ese deseo que yo reconocía por sincero y que sabía agradecer en lo más
íntimo del alma.

XXX
No recibí otra epístola de mi amado amigo.
El tiempo pasó lentamente a mi modo de ver; más en realidad trayendo consigo las
distintas peripecias de la vida, que lo hacen soportar. Y Monseñor regresó. En buena salud
y muy animado. Siempre amoroso, como un padre para mí.
Ya le tenía a mi alcance de nuevo. Volver a verle me fue muy grato; pero mi melancolía
perduraba. Lamentó el que se hubiese suspendido la edición de mi obra y, haciendo oposi-
ción a mi propósito de revisar mis manuscritos y de hacer en ellos correcciones, aconsejó a
mi esposo que me los quitara y me dijo:
—¡No, Amelia! Deje su novela así; que salga como está. El público gustará de ella y que
eso le baste. Su salud vale más que todo. Un exceso de trabajo volvería a hacerle daño.
El trabajo en la imprenta se reanudó, volvimos a nuestra correspondencia epistolar con
ese motivo y por otros distintos.
...............................................................................................................

En una tarjeta sin fecha:


Nada, mi buena y noble amiga.
¡Ya listo para ir donde usted, me ha llegado gente y he tenido que suplicar me permitan
un momento para trazar a usted estas líneas de excusa!
Fernando, Arzobispo de Santo Domingo.
...............................................................................................................

Carta décimo novena


¡Vaya, mi querida caprichosa!
¡La atmósfera nebulosa de ayer nos tenía a todos como ofuscados! ¿Con que le escribí
archiepiscopalmente? ¡Pues hoy, despejado y afectuoso, hago lo mismo, para bendecirla! Dí-
game, ¿está contenta?

251
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Ojalá no llueva hoy para ir allá y que me vea sin nubes, siempre el mismo, admirador
suyo y muy afectísimo,
P. Meriño.
...............................................................................................................

No sé qué carta de mi buen amigo provocaría la queja que él repite con tanta gracia y
tal cariño.
...............................................................................................................

Carta vigésima
¡Amiga mía queridísima, respetadísima y todos los ísimas que sean de su agrado!
Mande a la imprenta esa plana. Así como está quedará bien. La palabra conociera, lo
arregla todo.
¡Y doy a usted mil gracias por sus delicadas atenciones! ¡Cuán sinceramente las estimo!
Pero no siembra usted en terreno estéril, ¡pues bien sabe Dios cuánto la quiero, Amelia!
Le devolví los libros porque ya los he leído. Del otro leí lo que más me interesaba. Con
el alma le agradezco el bien que me hace proporcionándome agradables ratos de distracción
con la lectura de esas obras.
Espero tener en esta semana el gusto de ir a verla. Trate de cuidarse para que yo la en-
cuentre mejorada y contenta.
Su adicto de corazón.
P. M.
XXXI
Recordaré aquí que la novela, aunque principiada a editar hacía tiempo, no estaba
terminada. Faltaban muchos capítulos por escribir, cuando Monseñor volvió a ocuparse
ella.
Conocía él el plan de la obra porque yo se lo había revelado; pero, en el curso de mi re-
dacción, cobró tal amor a María, que un día me sorprendió por ello. Voy a relatar el incidente
conmovedor, como una prueba de la emotividad del gran arzobispo.
Habíale enviado yo el cuaderno en que la inocente víctima de la madre culpable apare-
ce a punto de morir, herida por el corazón por lo que ella cree una traición de su adorado
Alberto.
Monseñor llega sin anunciarse como lo acostumbraba. Trae el cuaderno y me lo entrega,
después de saludarme. Le noto como preocupado. Imagínome que va a señalarme en el
trabajo alguna grave incorrección y me preparo a oírle, cuando exclama:
—Amelia, ¿no sabe usted lo que me trae aquí?
—Creía, Monseñor, que era algo que deseaba usted decirme.
—¡Vengo a pedirle una gracia!...
—Diga, Monseñor.
—¡Oiga, Amelia! ¡Lo que voy a suplicarle es que no me mate a María! ¡Aquí le traigo su
cuaderno en donde usted la hace morir! Pero yo no quiero que ella muera.
Sorprendida, miré a mi ilustre amigo. Creí que bromeaba. Pero me convencí de lo con-
trario y conmovíme al notar cierta angustia en su semblante y al escucharle que añadía en
tono casi lastimero:
—¡Déjela vivir, Amelia, y que sea feliz!

252
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

—Monseñor, le contesté, confusa. ¿Qué significa eso? ¿Usted apasionarse de un


personaje ficticio, al igual que una chiquilla romántica? ¡Me parece imposible! Dejar
vivir a María es dar al traste con todo el artificio de mi obra. ¡Usted sabía que estaba ella
concebida así!
—¡Oh Amelia! ¡Es que usted no comprende!
Acercóse más a mí y, como lo hiciera siempre que quería penetrarme de su fluido, cogió
mis manos, las oprimió en las suyas y mirándome en los ojos, prorrumpió:
—¡Usted no sabe, Amelia! ¡En María heme acostumbrado a ver a usted! ¡Paréceme que
al dar muerte a esa niña interesante, a esa delicada criatura que la mente de usted forjó, es
usted misma la que se suicida y que en ello muy cruelmente se complace!
—¡Y yo no quiero que usted muera! ¿No me llamó usted para salvarla?
Al oír a Monseñor, sentíme palidecer. Mi corazón se contrajo; yo también me angustié.
Callé un momento. Luego, oprimiendo a mi vez con fuerza nerviosa las manos que enlazaban
las mías y devolviendo mirada aguda por mirada penetrante, repliqué:
—Monseñor, deje que María muera. ¡En medio de su desgracia, ella es feliz por morir en
temprana edad! ¡Ya hubiera yo querido que una mano piadosa me hubiese hecho desapa-
recer del mundo, adolescente aún! Desengáñese, Monseñor. Cuando en el corazón de una
niña tierna, el desencanto prematuro de la vida, por una causa o por otra, engendra amarga
melancolía, la muerte es lo mejor. En ese corazón el mal es incurable. Una circunstancia
venturosa puede atenuarlo un tiempo; hacerlo cesar, ¡jamás! Los seres como María, están
heridos para siempre. Pueden aparecer felices en las novelas, por conveniencia del escritor,
pero en la realidad de la existencia, ¡no! no, Monseñor. ¡Usted me clama porque mato a su
favorita! ¡Ella es más feliz así! ¡Déjela usted morir!
Monseñor bajó la cabeza. Miróme tristemente y soltando mis manos después de estre-
charlas por última vez, me dijo:
—¡Está bien, Amelia! ¡Qué muera la pobrecita! ¡Pero viva usted aunque sea la María de
la realidad! ¡Prométame vivir!
—¡Si Dios lo quiere viviré, Monseñor! ¡Aun cuando la vida me pese!
Despidióse él de mí, conformándose con lo que yo le dijera. Y María murió. Mas todavía
debía yo sufrir por mi Madre Culpable. Mi disgusto provino de mi disentimiento entre mi
ilustre amigo y yo respecto del final de la novela.
La carta que voy a reproducir dará luz suficiente acerca de este último incidente que
me apenó bastante.

Carta vigésimo primera


Mi respetada y distinguida amiga:
Acabo de leer su Diario, para mí siempre apreciabilísimo. En esas líneas que traza
usted, poniendo la verdadera expresión de su alma, se me viene usted de tal modo a
los ojos que no pueden menos que serme interesantes hasta las sombras de tristeza
que envuelven luego su discurso. ¿No son ellas también el reflejo de esa alma, llena
de melancolía?
Pero no es a nada de esto que quiero referirme. Dios sabe bien que las tristezas de us-
ted me la hacen más simpática y que yo desearía verla sanar de cuerpo, aunque tuviera el
espíritu velado por ellas; que ni las tristezas matan, ni dejan de dar sus horas de treguas al
corazón.

253
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Al escribirle es mi propósito referirme a lo que usted ha creído ver en el juicio que le


emití sobre el desenlace de su novela.
¡Cómo he comprendido que esto la ha preocupado! ¿Por qué? ¿No ha tenido usted en
cuenta que el juicio mío no constituye autoridad?
Ocurrióseme, leyendo las bellas líneas del último cuaderno de su Diario, que estaba us-
ted bajo la acción de una de esas enfermedades que bajo el cielo del alma se alzan luego.
¡Siéntese la electricidad que se enciende en relámpagos y estalla en truenos!
¡Y así ha escrito usted con admirable elocuencia!
Tornando al asunto indicado, mi deseo es convencer a mi noble amiga, muy querida,
de que mi juicio es este: que la novela es buena; que la autora muestra en ella talento, gusto
estético y alta elevación moral y que las pobres letras dominicanas ganarán crédito con su
publicación. ¡Así lo creo, y añadiré sin lisonjas que lo que sorprende es que, siendo aún tan
joven, pudiera escribirla!
¡Sin embargo, tengo para mí que en el matrimonio de Alberto con Margarita hay una
sombra!
¿Fueron culpables Isabel y Alberto? No lo dice la novela. La escena del aturdimiento y
la debilidad del desgraciado joven termina discretamente con el grito y la caída de la infeliz
María; con lo que queda velada. Si hubo falta; ¿no parecerá casi incestuoso el matrimonio
de él con Margarita? Si no la hubo, ¿una conciencia recta podría resentirse, al ver que se
alza, sobre la tumba de la desdichada niña el altar de himeneo para su novia tal vez infiel
y su hermana deshonesta? Si Isabel murió castigada y arrepentida, Alberto puede aparecer
regenerado por el dolor, pero no feliz y como premiado por el matrimonio.
Repito que no soy autoridad. Mi juicio tal vez sea errado, pero debo a mi noble amiga la
verdad del alma y se la expreso tal como la siento. Y todo porque la trato con toda sinceridad
y soy su adicto amigo,
P. Meriño.
¡Gracias por el delicado y lindísimo ramillete! ¡Qué viva mil años la artista!

XXXII
¡Sí! Sufrí mucho con ese juicio de Monseñor. Y no dudo que con elocuencia protestara
contra él. Declaré que dejaría trunca la obra, antes que trabajar más en ella. Supongo que
envié flores a mi ilustre amigo para atenuar en su espíritu la impresión que de mi resabio
recibiera. Y gané la partida porque él se enfermó con el final de la novela y Madre Culpable
vio la luz pública, tal como yo la concibiera desde el primer momento.
¡Oh! ¡El amor a María; el dolor por la muerte de ésta, era lo que ofuscaba a mi queridí-
simo mentor! ¡No podía él convenir en que otros fueran felices, habiendo ella sido víctima
de los demás!
Más tarde, luego que la obra fue aplaudida, debiendo en gran parte el éxito que obtuvo
al interés tan vivo que él pusiera en hacerla conocer; aceptóla plenamente.
La reproducción de una carta suya servirá para probarlo.

Carta vigésimo segunda


¡Sí, Amelia! Usted hizo bien, enviándome ese periódico. Es el juicio más cónsono con
mi sentir. Y lo he leído con gusto.

254
AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

¿Ve usted que hay puntos de vista en que colocarse para juzgar su Madre Culpable con
un criterio más elevado y con mayor acierto?
Supongo que usted habrá dicho (o se habrá dicho para sí) “¡Este sí me ha comprendi-
do!“
¿No es verdad?
Su muy afectísimo,
P. M.
El juicio a que se refería Monseñor de Meriño, estaba inserto en un periódico de Puerto
Rico. Agradó mucho a mi esposo que fue quien lo envió a Monseñor. Yo lo conocía por él; pero
lo había olvidado como casi todos los demás que sobre la tal obra se publicaron. Mi esposo
conservó el periódico que he encontrado últimamente entre otros muchos de aquella época.
Lo reproduciré, por parecerme oportuno, aun cuando deba excusarme por su extensión.

Juicio crítico
Por Ramón Marín (Fausto)

Madre Culpable
Así se titula un libro que acabamos de leer y de releer, saboreando sus bellezas, que son
muchas, y pasando por alto sus incorrecciones, que son ínfimas. Es un libro que no se suelta,
que no se cae de las manos, una vez abierto, por cualquiera de sus páginas.
Comenzar un capítulo es sentir el deseo de devorar, sin detenerse, sus trescientos y
más folios.
Ni el calor de la luz nocturnal que quema el rostro y enrojece la pupila rinde de can-
sancio nuestros párpados; al revés. Su lectura es de las que nos arrastran dulcemente a una
noche de vigilia.
¿Quién ha creado ese libro?
Ese libro es el fruto hermoso, delicado, tierno, de una mujer con un corazón que, sin
esos tesoros del ser humano, no lo hubiera creado, a pesar de su entendimiento claro y de
su mucha cultura.
Porque para escribir Madre Culpable la inteligencia es lo secundario; el corazón es lo pri-
mordial. No basta pensar bien; es necesario sentir mejor; y a quien ese libro ha concebido,
sóbranle aptitudes para otras y otras creaciones filosóficas y deleitables.
Y ¿quién es esa mujer?
Esa mujer es el injerto de dos floras antillanas.
Del sol abrasante de Borinquen recibió su ser los primeros efluvios de vida, y su frente
el primer beso de la patria.
Bajo la vieja Ceiba que lamen las linfas del Portugués y Becuní silenciosos, dieron las
auras a su cuna las mecidas primeras, al arrullo de las tórtolas que saludan el alba, al des-
pertar entre el verde ramaje del árbol vetusto y gigantesco.
En sus pañales de armiño y de tul acogiéronla las nereidas que con las náyades en
el Ozama juguetean, y fueron aquellas aguas el Jordán donde sació su inteligencia la
sed que la asediaba. Borinquen y Quisqueya las patrias son de la creadora de Madre
Culpable.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen III  |  BIOGRAFÍAS Y EVOCACIONES

Se nos pide el juicio crítico del simpático libro y nuestra pluma ni sabe, ni puede, ni
quiere hacer sino su elogio. Y ese camino fácil y corto lo tiene andado ya. Algunas pincelas
más y nuestro cuadro estará terminado.
¿Es una leyenda? ¿Es una historia? ¿Es una novela?
Es esto último, con imágenes de idilio.
¿Es clásica?
¿Es romántica?
¿Es realista?
Las tres escuelas juegan en ella, sin choque, sin rozamientos y sin que resulten en sus
episodios discretísimos ni el clasicismo de la Staël, ni el romanticismo que se ve en Romeo
y Julieta , ni el naturalismo descarado de Zola. La joven más angelical y púdica lo devorará
sin que sus mejillas de rosa se enrojezcan. Todos los personajes del libro enamoran por su
belleza física o su perfección moral.
La misma heroína de la novela, si como madre es un adefesio humano, como mujer tiene
todos los encantos de la de Médicis o de la de Milo, con todos los hechizos de una maja.
Isabel es la escultura de la tentación.
El único cuadro que toca los lindes del realismo sensual, el que se destaca en el gabinete,
más de una vez profanado por la mujer y por la madre.
María y Margarita, dos niñas inocentes; la una víctima propiciatoria de la que el ser
divinal le diera; la otra, fruto de infame adulterio.
Alberto de Montalván, joven rico y, más que por su fortuna, opulento por su linaje, el
que juega con el amor como lo hace el niño con los soldaditos de plomo, hasta que llega
el día como casi siempre acontece a los Tenorios en que cae rendido por el candor; por el
engendro de todas las virtudes, que tal es la María forjada por la novelista: idilio transfigu-
rado en mujer.
La Condesa de Montalván que, a pesar de sus blasones aristocráticos, no desdeña verlos
enlazados con los modestos timbres de la virtud incorruptible, es madre y contraste sublime
de la pecadora Isabel. Blanca de Montalván, criatura modelada como puede modelar el cincel
de Miguel Angel, una divinidad pagana; casta y dúctil a todos los sentimientos generosos,
por abolengo y por herencia.
¡Cuán grande es en su humildad, también Beatriz, el aya de María!
Para completar el cuadro, están el doctor Romero y Andrés de Zúñiga, dos genios del
bien, en quienes la naturaleza compartió por igual los dones de la bondad y de la justicia el
primero, anciano venerable; noble porque es un sabio; el segundo, joven abogado inteligente,
honrado. Ambos amigos del alma de María; y de Alberto, quien, aún siendo atolondrado en
el albor de sus mocedades, fue siempre caballero e hidalgo.
Estos dos últimos personajes, puede decirse que son la clave del engranaje sobre el que
se desarrolla todo el plan de la novela que nos ocupa.
Echamos de ver que hemos ido más lejos de lo que intentamos al tomar la pluma y aún
nos resta por añadir que la autora del interesante libro que nos la ha puesto en la mano, sólo
tiene un objetivo, y a él va moviendo todos los resortes del sentimiento e interesando siempre
al lector: santificar el amor en sus diversas manifestaciones y pintar los celos y la envidia en
su más reprochable execración, encarnando pasiones tan vituperables en el corazón de una
madre desgraciada que, al abrir una tumba para María, abra para ella, víctima de feroces
remordimientos, las rejas de un manicomio.

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AMELIA FRANCASCI  |  MONSEÑOR DE MERIÑO ÍNTIMO

Y ¡castigo horrendo de su horrenda culpa! ¡Dios quiso devolverle la razón para que viera,
con las claridades de su conciencia, todas las negruras de su peregrinar en la vida!
Aún se nos pregunta: ¿quién es? ¿Qué nombre tiene la que esas páginas trazó? Amelia
Francasci se llama.
¡Ésa es la novelista ponceño-quisqueyana!
¡Aplaudamos su talento y rindámosle el tributo que se ha conquistado, leyendo su libro!
Ramón Marín (Fausto).

XXXIII
¡Cuán noble me pareció Monseñor al aplaudir así un juicio que contrariaba tanto el que él
me manifestara algún tiempo antes, desalentándome por completo! ¡Y con tanta sinceridad
como la que tuvo al disgustarme! ¡Era que la obra impresa apareció a sus ojos distinta de la
que él fuera leyendo por partes interrumpidas y mal redactadas! Lo mismo le pasó a mi es-
poso. ¡Sólo yo no encontré gracia para ella! La detestaba, al extremo que un día que mi ilustre
amigo, con su voz maravillosa y su gran arte de la lectura, que pude admirar ampliamente,
quiso leerme, con todo entusiasmo, algunos capítulos de ella, para hacérmelos apreciar; a
pesar mío, cometí la grosera acción de taparme los oídos para no escucharle; diciéndole:
—¡Ya Monseñor, ya! ¡No lea más!
Fue involuntario aquello; pero luego me lo reproché, como