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COLECCIÓN

PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN V

Historia
COLECCIÓN
PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN V

Historia
américo lugo  |  antología
emiliano tejera  |  antología
bernardo pichardo  |  resumen de historia patria
carlos larrazábal blanco  |  los negros y la esclavitud en santo domingo
manuel arturo peña batlle  |  obras escogidas. cuatro ensayos históricos - tomo primero
pedro troncoso sánchez  | estudios de historia política dominicana
manuel arturo peña batlle  | la rebelión del bahoruco
antonio hoepelman y juan a. senior  | documentos históricos

IntroducciÓN: Frank Moya Pons

Santo Domingo, República Dominicana


2009
Sociedad Dominicana
de Bibliófilos

CONSEJO DIRECTIVO
Mariano Mella, Presidente
Dennis R. Simó Torres, Vicepresidente
Antonio Morel, Tesorero
Juan de la Rosa, Vicetesorero
Miguel de Camps Jiménez, Secretario
Sócrates Olivo Álvarez, Vicesecretario

Vocales
Eugenio Pérez Montás • Julio Ortega Tous • Eleanor Grimaldi Silié
Raymundo González • José Alfredo Rizek

Narciso Román, Comisario de Cuentas

asesores
Emilio Cordero Michel • Mu-Kien Sang Ben • Edwin Espinal
José Alcántara Almanzar • Andrés L. Mateo • Manuel Mora Serrano
Eduardo Fernández Pichardo • Virtudes Uribe • Amadeo Julián
Guillermo Piña Contreras • María Filomena González
Tomás Fernández W. • Marino Incháustegui

ex-presidentes
Enrique Apolinar Henríquez +
Gustavo Tavares Espaillat • Frank Moya Pons • Juan Tomás Tavares K.
Bernardo Vega • José Chez Checo • Juan Daniel Balcácer
Banco de Reservas
de la República Dominicana
Daniel Toribio
Administrador General
Miembro ex oficio

consejo de directores
Lic. Vicente Bengoa Albizu
Secretario de Estado de Hacienda
Presidente ex oficio

Lic. Mícalo E. Bermúdez


Miembro
Vicepresidente

Dra. Andreína Amaro Reyes


Secretaria General

Vocales
Sr. Luis Manuel Bonetti Mesa
Lic. Domingo Dauhajre Selman
Lic. Luis A. Encarnación Pimentel
Ing. Manuel Enrique Tavares Mirabal
Lic. Luis Mejía Oviedo
Lic. Mariano Mella

Suplentes de Vocales
Lic. Danilo Díaz
Lic. Héctor Herrera Cabral
Ing. Ramón de la Rocha Pimentel
Dr. Julio E. Báez Báez
Lic. Estela Fernández de Abreu
Lic. Ada N. Wiscovitch C.
Esta publicación, sin valor comercial,
es un producto cultural de la conjunción de esfuerzos
del Banco de Reservas de la República Dominicana
y la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.

COMITÉ DE EVALUACIÓN Y SELECCIÓN


Orión Mejía
Director General de Comunicaciones y Mercadeo, Coordinador
Luis O. Brea Franco
Gerente de Cultura, Miembro
Juan Salvador Tavárez Delgado
Gerente de Relaciones Públicas, Miembro
Emilio Cordero Michel
Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Asesor
Raymundo González
Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Asesor
María Filomena González
Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Asesora

Los editores han decidido respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores
en las ediciones que han servido de base para la realización de este volumen

COLECCIÓN
PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN V

Historia
américo lugo  |  antología
emiliano tejera  |  antología
bernardo pichardo  |  resumen de historia patria
carlos larrazábal blanco  |  los negros y la esclavitud en santo domingo
manuel arturo peña batlle  |  obras escogidas. cuatro ensayos históricos - tomo primero
pedro troncoso sánchez  | estudios de historia política dominicana
manuel arturo peña batlle  | la rebelión del bahoruco
antonio hoepelman y juan a. senior  | documentos históricos

ISBN: Colección completa: 978-9945-8613-96


ISBN: Volumen V: 978-9945-457-16-2

Coordinadores
Luis O. Brea Franco, por Banreservas;
y Mariano Mella, por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Ilustración de la portada: Rafael Hutchinson  |  Diseño y arte final: Ninón León de Saleme 
Revisión de textos: Juan Freddy Armando y José Chez Checo  |  Impresión: Amigo del Hogar
Santo Domingo, República Dominicana.
Noviembre, 2009

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contenido

Presentación
Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición................................... 11
Daniel Toribio
Administrador General del Banco de Reservas de la República Dominicana
Exordio.......................................................................................................................................... 15
Reedición de la Colección Pensamiento Dominicano: una realidad
Mariano Mella
Presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Introducción
Historiadores y patriotas .............................................................................................................. 17
Frank Moya Pons

américo lugo
antología
Introducción . ............................................................................................................................. 29
Vetilio Alfau Durán
emiliano tejera
antología
(Prólogo) Emiliano Tejera .............................................................................................................. 111
Manuel Arturo Peña Batlle
bernardo pichardo
resumen de historia patria
Bernardo Pichardo. Noticias biográficas . ............................................................................................ 203
Emilio Rodríguez Demorizi
carlos larrazábal blanco
los negros y la esclavitud en santo domingo
Notación preliminar . ..................................................................................................................... 421
manuel arturo peña batlle
obras escogidas. cuatro ensayos históricos –tomo primero–
Unas palabras .............................................................................................................................. 517
pedro troncoso sánchez
estudios de historia política dominicana
Intención .................................................................................................................................... 609
manuel arturo peña batlle
LA REBELIÓN DEL BAHORUCO..................................................................................... 687
ANTONIO HOEPELMAN y juan A. senior
Documentos históricos
Introducción............................................................................................................................... 797
Semblanza de Julio D. Postigo, editor de la Colección Pensamiento Dominicano........... 969

9
presentación

Origen de la Colección Pensamiento Dominicano


y criterios de reedición
Es con suma complacencia que, en mi calidad de Administrador General del Banco de
Reservas de la República Dominicana, presento al país la reedición completa de la Colec-
ción Pensamiento Dominicano realizada con la colaboración de la Sociedad Dominicana de
Bibliófilos, que abarca cincuenta y cuatro tomos de la autoría de reconocidos intelectuales
y clásicos de nuestra literatura, publicada entre 1949 y 1980.
Esta compilación constituye un memorable legado editorial nacido del tesón y la entrega
de un hombre bueno y laborioso, don Julio Postigo, que con ilusión y voluntad de Quijote
se dedica plenamente a la promoción de la lectura entre los jóvenes y a la difusión del libro
dominicano, tanto en el país como en el exterior, durante más de setenta años.
Don Julio, originario de San Pedro de Macorís, en su dilatada y fecunda existencia ejerce
como pastor y librero, y se convierte en el editor por antonomasia de la cultura dominicana
de su generación.
El conjunto de la Colección versa sobre temas variados. Incluye obras que abarcan desde
la poesía y el teatro, la historia, el derecho, la sociología y los estudios políticos, hasta incluir
el cuento, la novela, la crítica de arte, biografías y evocaciones.
Don Julio Postigo es designado en 1937 gerente de la Librería Dominicana, una de-
pendencia de la Iglesia Evangélica Dominicana, y es a partir de ese año que comienza la
prehistoria de la Colección.
Como medida de promoción cultural para atraer nuevos públicos al local de la Librería
y difundir la cultura nacional organiza tertulias, conferencias, recitales y exposiciones de
libros nacionales y latinoamericanos, y abre una sala de lectura permanente para que los
estudiantes puedan documentarse.
Es en ese contexto que en 1943, en plena guerra mundial, la Librería Dominicana publica
su primer título, cuando aún no había surgido la idea de hacer una colección que reuniera
las obras dominicanas de mayor relieve cultural de los siglos XIX y XX.
El libro publicado en esa ocasión fue Antología Poética Dominicana, cuya selección y pró-
logo estuvo a cargo del eminente crítico literario don Pedro René Contín Aybar. Esa obra
viene posteriormente recogida con el número 43 de la Colección e incluye algunas variantes
con respecto al original y un nuevo título: Poesía Dominicana.
En 1946 la Librería da inicio a la publicación de una colección que denomina Estudios,
con el fin de poner al alcance de estudiantes en general, textos fundamentales para comple-
mentar sus programas académicos.
Es en el año 1949 cuando se publica el primer tomo de la Colección Pensamiento Domini-
cano, una antología de escritos del Lic. Manuel Troncoso de la Concha titulada Narraciones
Dominicanas, con prólogo de Ramón Emilio Jiménez. Mientras que el último volumen, el
número 54, corresponde a la obra Frases dominicanas, de la autoría del Lic. Emilio Rodríguez
Demorizi, publicado en 1980.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Una reimpresión de tan importante obra pionera de la bibliografía dominicana del


siglo XX, como la Colección Pensamiento Dominicano, presenta graves problemas para edi-
tarse acorde con parámetros vigentes en nuestros días, debido a que originariamente no
fue diseñada para desplegarse como un conjunto armónico, planificado y visualizado en
todos sus detalles.
Esta hazaña, en sus inicios, se logra gracias a la voluntad incansable y al heroísmo
cotidiano que exige ahorrar unos centavos cada día, para constituir el fondo necesario que
permita imprimir el siguiente volumen –y así sucesivamente– asesorándose puntualmente
con los más destacados intelectuales del país, que sugerían medidas e innovaciones ade-
cuadas para la edición y títulos de obras a incluir. A veces era necesario que ellos mismos
crearan o seleccionaran el contenido en forma de antologías, para ser presentadas con un
breve prólogo o un estudio crítico sobre el tema del libro tratado o la obra en su conjunto,
del autor considerado.
Los editores hemos decidido establecer algunos criterios generales que contribuyen a
la unidad y coherencia de la compilación, y explicar el porqué del formato condensado en
que se presenta esta nueva versión. A continuación presentamos, por mor de concisión, una
serie de apartados de los criterios acordados:

d Al considerar la cantidad de obras que componen la Colección, los editores, atendien-


do a razones vinculadas con la utilización adecuada de los recursos técnicos y financieros
disponibles, hemos acordado agruparlas en un número reducido de volúmenes, que
podrían ser 7 u 8. La definición de la cantidad dependerá de la extensión de los textos
disponibles cuando se digitalicen todas las obras.

d Se han agrupado las obras por temas, que en ocasiones parecen coincidir con algunos
géneros, pero ésto sólo ha sido posible hasta cierto punto. Nuestra edición comprenderá
los siguientes temas: poesía y teatro, cuento, biografía y evocaciones, novela, crítica de
arte, derecho, sociología, historia, y estudios políticos.

d Cada uno de los grandes temas estará precedido de una introducción, elaborada por
un especialista destacado de la actualidad, que será de ayuda al lector contemporáneo,
para comprender las razones de por qué una determinada obra o autor llegó a conside-
rarse relevante para ser incluida en la Colección Pensamiento Dominicano, y lo auxiliará
para situar en el contexto de nuestra época, tanto la obra como al autor seleccionado. Al
final de cada tomo se recogen en una ficha técnica los datos personales y profesionales
de los especialistas que colaboran en el volumen, así como una semblanza de don Julio
Postigo y la lista de los libros que componen la Colección en su totalidad.

d De los tomos presentados se hicieron varias ediciones, que en algunos casos mo-
dificaban el texto mismo o el prólogo, y en otros casos más extremos se podía agregar
otro volumen al anteriormente publicado. Como no era posible realizar un estudio
filológico para determinar el texto correcto críticamente establecido, se ha tomado
como ejemplar original la edición cuya portada aparece en facsímil en la página pre-
liminar de cada obra.

12
PRESENTACIÓN  |  Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas

d Se decidió, igualmente, respetar los criterios gramaticales utilizados por los au-
tores o curadores de las ediciones que han servido de base para la realización de esta
publicación.

d Las portadas de los volúmenes se han diseñado para esta ocasión, ya que los plan-
teamientos gráficos de los libros originales variaban de una publicación a otra, así como
la tonalidad de los colores que identificaban los temas incluidos.

d Finalmente se decidió que, además de incluir una biografía de don Julio Postigo y
una relación de los contenidos de los diversos volúmenes de la edición completa, agregar,
en el último tomo, un índice onomástico de los nombres de las personas citadas, y otro
índice, también onomástico, de los personajes de ficción citados en la Colección.

En Banreservas nos sentimos jubilosos de poder contribuir a que los lectores de nuestro
tiempo, en especial los más jóvenes, puedan disfrutar y aprender de una colección biblio-
gráfica que representa una selección de las mejores obras de un período áureo de nuestra
cultura. Con ello resaltamos y auspiciamos los genuinos valores de nuestras letras, ampliamos
nuestro conocimiento de las esencias de la dominicanidad y renovamos nuestro orgullo de
ser dominicanos.

Daniel Toribio
Administrador General

13
exordio
Reedición de la Colección Pensamiento Dominicano:
una realidad
Como presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, siento una gran emoción al
poner a disposición de nuestros socios y público en general la reedición completa de la Co-
lección Pensamiento Dominicano, cuyo creador y director fue don Julio Postigo. Los 54 libros
que componen la Colección original fueron editados entre 1949 y 1980.
Salomé Ureña, Sócrates Nolasco, Juan Bosch, Manuel Rueda, Emilio Rodríguez Demorizi,
son algunos autores de una constelación de lo más excelso de la intelectualidad dominicana
del siglo XIX y del pasado siglo XX, cuyas obras fueron seleccionadas para conformar los
cincuenta y cuatro tomos de la Colección Pensamiento Dominicano. A la producción intelectual
de todos ellos debemos principalmente que dicha Colección se haya podido conformar por
iniciativa y dedicación de ese gran hombre que se llamó don Julio Postigo.
Qué mejor que las palabras del propio señor Postigo para saber cómo surge la idea o la
inspiración de hacer la Colección. En 1972, en el tomo n.º 50, titulado Autobiografía, de Heriberto
Pieter, en el prólogo, Julio Postigo escribió lo siguiente: (…) “Reconociendo nuestra poca
idoneidad en estos menesteres editoriales, un sentimiento de gratitud nos embarga hacia
Dios, que no sólo nos ha ayudado en esta labor, sino que creemos fue Él quien nos inspiró
para iniciar esta publicación” (…); y luego añade: (…) “nuestra más ferviente oración a
Dios es que esta Colección continúe publicándose y que sea exponente, dentro y fuera de
nuestra tierra, de nuestros más altos valores”. En estos extractos podemos percibir la gran
humildad de la persona que hasta ese momento llevaba 32 años editando lo mejor de la
literatura dominicana.
La reedición de la Colección Pensamiento Dominicano es fruto del esfuerzo mancomunado de
la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, institución dedicada al rescate de obras clásicas domi-
nicanas agotadas, y del Banco de Reservas de la República Dominicana, el más importante del
sistema financiero dominicano, en el ejercicio de una función de inversión social de extraordinaria
importancia para el desarrollo cultural. Es justo valorar el permanente apoyo del Lic. Daniel
Toribio, Administrador General de Banreservas, para que esta reedición sea una realidad.
Agradecemos al señor José Antonio Postigo, hijo de don Julio, por ser tan receptivo con
nuestro proyecto y dar su permiso para la reedición de la Colección Pensamiento Dominicano.
Igualmente damos las gracias a los herederos de los autores por conceder su autorización
para reeditar las obras en el nuevo formato que condensa en 7 u 8 volúmenes los 54 tomos
de la Colección original.
Mis deseos se unen a los de Postigo para que esta Colección se dé a conocer, en nuestro
territorio y en el extranjero, como exponente de nuestros más altos valores.

Mariano Mella
Presidente
Sociedad Dominicana de Bibliófilos

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introducción
Historiadores y patriotas
Frank Moya Pons

Me complace mucho haber sido escogido por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos y


el Banco de Reservas de la República Dominicana para escribir esta breve introducción a
este volumen que recoge varias obras de historia publicadas inicialmente en la Colección
Pensamiento Dominicano que dirigía el inolvidable Julio Postigo desde la irrepetible Librería
Dominicana.
Para formar este libro los editores general de esta nueva colección han escogido varias
obras que marcaron hitos intelectuales en la época en que fueron publicados. Sus autores,
bien conocidos entonces, no han sido olvidados todavía, sino todo lo contrario pues fueron
escritores y pensadores seminales que dedicaron gran parte de sus vidas a reflexionar sobre
el acontecer nacional y dejaron numerosos escritos que han contribuido a la construcción de
la conciencia nacional dominicana.
Los que conocimos a Julio Postigo lo recordamos como una persona de hablar suave que
derramaba naturalmente una humildad cristiana, siempre dispuesto a servir y afanosamente
dedicado a administrar aquella inolvidable gran librería, la mejor del país, especializada en
literatura evangélica pero que contenía, al mismo tiempo, un extenso inventario de obras
seculares procedentes de los mejores catálogos editoriales de España e Iberoamérica.
Jovencito yo, apenas comenzando mis estudios universitarios, empecé a frecuentar la
Librería Dominicana y siempre me impresionaba que desde que yo asomaba a la puerta
Don Julio se levantaba solícito de su escritorio o se desplazaba de cualquier punto en que
se encontrara para venir a mi encuentro. Ese gesto siempre me pareció desmedido pero me
complacía mucho. Yo no era más que un adolescente, y Don Julio me hacía sentir que alguien
importante, como él, apreciaba mi interés por los libros.
A pesar de mi escaso presupuesto, le compré muchas obras a la Librería Dominicana en
el curso de los años pues Don Julio siempre insistía en que yo aprovechara las oportunidades
y no las dejara para un futuro en que ya no aparecerían. Una de sus mayores insistencias fue
tratar de que yo adquiriera, a crédito, la gran Enciclopedia Espasa-Calpe. Corría entonces
el año 1968 y yo me encontraba de vacaciones en el país pues entonces estudiaba en Was-
hington, D.C., con una beca Fulbright. Ya Don Julio había dejado la Librería Dominicana
y había fundado la Librería Hispaniola, en la calle José Reyes, en un pequeño local cedido
por la Logia Cuna de América.
Me dijo que esa gran enciclopedia de casi cien tomos estaba esperándome y que él ne-
cesitaba hacer espacio en sus estanterías. Me pidió que me la llevara al fiado por un precio
de 622 pesos. Le dije que no los tenía, y comenzamos una pequeña amistosa discusión, él
diciendo que la llevara y yo resbalando con el argumento de que no tenía el dinero y que,
además, estaba viviendo fuera de país y no tendría dónde colocarla.
En realidad, yo le tenía miedo al endeudamiento pues en aquellos años mi dinero era
escaso y yo debía pensar en mis gastos de sustentación mientras duraran mis estudios en el
extranjero. No compré la enciclopedia y Don Julio quedó frustradísimo. Yo también, pero

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

salí de allí con una sensación de alivio porque no me había endeudado por esa “enorme”
suma. Pasados los años lamenté mucho no haber tenido la valentía de haberle aceptado
aquel fiado a Don Julio Postigo, y él ocasionalmente me lo echaba en cara pues mantuvimos
siempre una gran amistad hasta sus últimos días en este lado del mundo.
Don Julio continuó publicando su serie de autores dominicanos desde su exilio empresa-
rial en la Librería Hispaniola pues consiguió que los socios de la antigua Librería Dominicana
le reconocieran la propiedad de la marca “Colección Pensamiento Dominicano”. Publicó en
aquellos años varios títulos bajo el sello editorial de “Julio Postigo e hijos, editores”.
De ellos, cuatro están contenidos en este volumen que hoy presentamos. Son éstos los
Estudios de Historia Política Dominicana de Pedro Troncoso Sánchez; unas Obras Escogidas y
La Rebelión del Bahoruco de Manuel Arturo Peña Batlle; y una reedición de los famosos Docu-
mentos Históricos que se refieren a la Intervención Armada de los Estados Unidos de Norte-América
y la Implantación de un Gobierno Militar Americano en la República Dominicana, recopilados por
Antonio Hoepelman y Julio A. Senior. Este último título salió bajo el sello de una Editora
Educativa Dominicana.
Los demás libros que han sido incluidos en este volumen fueron publicados mientras
Postigo era gerente general de la Librería Dominicana. El más antiguo de esta nueva com-
pilación que hoy nos ocupa lo preparó Vetilio Alfau Durán con varios ensayos y estudios
de Américo Lugo, y lo tituló, apropiadamente, Américo Lugo: Antología. Le sigue otra obra
similar preparada y prologada por Manuel Arturo Peña Batlle, titulada Emiliano Tejera:
Antología. Además de ésas, este nuevo volumen recoge el conocidísimo Resumen de Historia
Patria, de Bernardo Pichardo, en uso obligatorio en las escuelas dominicanas durante más
de tres décadas, y un pequeño libro que adquirió gran popularidad por la novedad de su
tema en aquel entonces, Los Negros y la Esclavitud en Santo Domingo, de Carlos Larrazábal
Blanco. Acerca de estos libros vamos a hablar a continuación.
Comencemos con la obra de Hoepelman y Senior. Este libro fue publicado en 1922 con la
intención de mostrar otra cara de la intervención militar norteamericana, distinta a aquella
que presentaban los estadounidenses. Para entonces ya habían salido a la luz pública nume-
rosos artículos en revistas noticiosas y académicas que presentaban una versión civilizadora,
modernizadora y constructiva de la intervención militar norteamericana. Para balancear esa
perspectiva Hoepelman y Senior utilizaron una fuente norteamericana de impecables cre-
denciales: el informe que rindió al Congreso de los Estados Unidos una comisión senatorial
que visitó el país en diciembre de 1921 para indagar acerca de los hechos del gobierno y
determinar si era atendible la demanda nacionalista dominicana de poner fin a la ocupación
militar. El título en inglés de ese informe, traducido y comentado por Hoepelman y Senior
es: Inquiry into the Occcupation and Administration of Haiti and Santo Domingo. Hearings Before
A Select Committee on Haiti and Santo Domingo, 67th Congress (Washington, D. C.: Government
Printing Office, 1922).
En ese informe aparecen las declaraciones de numerosos testigos dominicanos así
como de algunos informantes norteamericanos, y el retrato que surge de la lectura de esas
declaraciones y de los documentos que les acompañan es muy distinto al que presentaban
algunos publicistas que defendían la obra modernizadora del gobierno militar que estaba
a cargo del Departamento de Marina de los Estados Unidos.
Aun cuando todos los textos de esta obra son igualmente necesarios para entender el
proceso histórico que ella retrata, hay varios que han quedado en la memoria nacional como

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INTRODUCCIÓN  |  HISTORIADORES Y PATRIOTAS  |  Frank Moya Pons

ejemplos de la clarísima inteligencia y valentía de los líderes cívicos del país en aquellos mo-
mentos decisivos en que la República se debatía entre seguir ocupada por tropas extranjeras,
como ocurrió en Haití, o lograr una desocupación negociada, como ocurrió finalmente con
la instalación de un gobierno provisional, la celebración posterior de elecciones libres, y la
instalación de un gobierno constitucional de corte liberal.
Sin restar mérito a los demás documentos, deseo llamar la atención de los lectores
hacia la famosa “Carta del Monseñor Nouel al Ministro Americano Russell”, fechada el 29
de diciembre de 1920, y el “Informe del Licenciado Francisco J. Peynado a los Honorables
Miembros de la Comisión Especial del Senado de los EE.UU. para Investigar los Asuntos
de Haití y Santo Domingo”. Ambos documentos resumen, mejor que cualesquiera otros, la
visión dominicana acerca de los resultados de la primera ocupación militar norteamericana.
Sin ser exhaustivas, porque no podían serlo, estas piezas argumentan con gran realismo las
poderosas razones que tenían los dominicanos para exigir la pronta retirada de las tropas
norteamericanas de este país.
Como los dominicanos de hoy, comienzos del siglo XXI, particularmente los jóvenes,
conocen muy poco acerca de los comienzos del siglo anterior, este libro editado originalmente
por Hoepelman y Senior es una fuente indispensable para conocer la estatura histórica de
los hombres más influyentes de aquella época, cuyos nombres llenan la lista de informantes
de la referida comisión senatorial, y cuyos testimonios no tienen desperdicio alguno.
Es de aplaudir que esta obra sea recogida hoy conjuntamente con otra casi contempo-
ránea que estudia la acción política de algunos de estos protagonistas durante los primeros
tres lustros del siglo XX. Me refiero al Resumen de Historia Patria, de Bernardo Pichardo,
publicada por primera vez en Barcelona en 1930, escrita por un destacado publicista que
participó activamente en las luchas cívicas y políticas de aquella época.
El Resumen de Pichardo fue obra de texto obligatorio para el estudio de la historia domini-
cana durante más de treinta años, y sirvió para informar a dos generaciones de dominicanos
acerca de la historia política nacional anterior a la Era de Trujillo. Menospreciada hoy por
algunos debido a su precaria estructura formal, pues está compuesta de fichas muchas veces
inconexas que rompen la continuidad de la narración y de los acontecimientos, esta obra era
detestada por los escolares que se veían obligados a memorizar sus datos. No obstante, este
libro es una rica mina de datos cronológicos y políticos que se va haciendo más interesante
a medida que su narración se acerca y se adentra en el siglo XX.
Bernardo Pichardo fue testigo de muchos de los acontecimientos que narra y llegó a ser
Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Juan Isidro Jimenes, derrocado por Desi-
derio Arias en 1916. Creo que los dominicanos que desechan hoy esta obra están perdiendo
la oportunidad de contar con una visión inmediata y objetiva, aunque a veces interesada,
de la política dominicana en las primeras dos décadas del siglo XX.
Pienso que la obra de Pichardo, leída conjuntamente con la de Hoepelman y Senior,
permite a las personas interesadas captar mejor cómo fue aquella época conocida como
de “Concho Primo”. Aquel fue un tiempo en que las pasiones políticas y contradicciones
de los partidos llevaron al colapso de la soberanía en 1916. El Resumen de Pichardo ha
sido sobrepasado desde hace más de treinta años por varias obras generales de historia
dominicana escritas por autores más modernos, pero es todavía útil para entender aquel
difícil período de inestabilidad política, revoluciones e ingerencia extranjera en la Repú-
blica Dominicana.

19
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Recuerdo que los muchachos rechazábamos este libro en la escuela secundaria porque
los profesores nos hacían aprender las fichas de memoria sin conexión unas con las otras, y
sin explicarnos la dinámica de los acontecimientos. El libro servía a los profesores de enton-
ces como guía de un anecdotario nacional que a veces llegaba a los límites de lo fantástico.
Los estudiantes se quejaban mucho entonces de que no entendían la escritura de Bernardo
Pichardo, pero una nueva lectura de la obra, particularmente del período posterior a la
Guerra de la Restauración, nos dice que Pichardo realizó un esfuerzo loable por presentar la
historia política intentando una objetividad difícil de alcanzar en medio de tantas pasiones
partidarias.
Muerto Trujillo, Julio Postigo quiso publicar una cuarta edición del Resumen de Pichardo
y pidió a Emilio Rodríguez Demorizi una actualización de esta obra cuya narrativa terminaba
en 1916. Rodríguez Demorizi acometió la tarea y compuso una “Síntesis Cronológica” que
fue incorporada a modo de Apéndice, manteniendo la misma estructura del texto dividido
en fichas encabezadas por un título. Hoy esta forma de escribir historia está completamente
desfasada y obras como éstas corren entonces el destino de ser más útiles como anecdota-
rios y ficheros que como narraciones estructuradas conforme a la propia dinámica de los
acontecimientos.
Recuerdo que algunos críticos le señalaron a Rodríguez Demorizi haber utilizado
este Apéndice para desvincularse del trujillismo que este prominente historiador abrazó
durante gran parte de su vida. Comoquiera que fuera, la obra de Pichardo quedó “actua-
lizada” y sirvió brevemente en las escuelas hasta que apareció la Historia de Santo Domingo
de Jacinto Gimbernard, en 1966, la cual gozó de varias ediciones y sirvió de puente en la
enseñanza de la historia nacional por más de diez años, siendo a su vez sucedida por obras
más modernas.
La apertura democrática que tuvo lugar en el país después de la Era de Trujillo estimuló
un interés más amplio por la historia dominicana. A finales de la Dictadura circuló breve-
mente una obra de historia dominicana que pudo haber sustituido la de Pichardo de no ser
porque su autor, Ramón Marrero Aristy, importante colaborador del régimen de Trujillo,
fue asesinado por el Dictador casi al mismo tiempo en que terminaba de imprimirse su obra
en tres volúmenes titulada República Dominicana: Historia del Pueblo Cristiano Más Antiguo
de América (1957-58).
La muerte de Marrero Aristy hizo que el régimen detuviera la circulación de esta obra
y casi toda la edición quedó guardada por años en los almacenes del Archivo General de la
Nación. Su tercer tomo comprendía la Era de Trujillo y contenía una interpretación trujillista
de la historia dominicana que, según me contó César Herrera, no fue escrita por Marrero
Aristy, sino por el mismo Herrera ya que Marrero tenía entonces muchas ocupaciones como
Secretario de Estado de Trabajo.
Narro esta versión para dar a conocer que entre 1961 y 1967 la historiografía dominica-
na o, dicho de otra manera, los textos generales de historia dominicana en uso eran los de
Bernardo Pichardo y Marrero Aristy pues aunque la obra de Marrero permanecía guardada
en el Archivo General de la Nación, los directores de esta institución y algunos empleados
regalaban libremente esta obra a todo el que la requería. La obra de Gimbernard, que sus-
tituyó la de Pichardo, se nutrió de ambas y significó un paso de avance en la historiografía
escolar dominicana aun cuando este autor no era historiador profesional sino músico e
instrumentista clásico.

20
INTRODUCCIÓN  |  HISTORIADORES Y PATRIOTAS  |  Frank Moya Pons

La historiografía trujillista enfatizó mucho una interpretación de la formación socio-


cultural del pueblo dominicano basada en la noción tradicional, construida por la élite
intelectual capitaleña, de que los dominicanos eran una colectividad fundamentalmente
blanca, católica e hispana.
Las raíces de esta concepción son bastante antiguas y han sido estudiadas amplia-
mente por muchos intelectuales dominicanos que han señalado sus orígenes coloniales y
la reafirmación de una identidad socio-racial distinta al pueblo vecino de la República de
Haití. Las invasiones haitianas (1801-1805), la dominación haitiana (1822-1844), la guerra
dominico-haitiana (1844-1859), la ocupación haitiana de tierras fronterizas (1865-1937), así
como la continua disputa diplomática por la definición de la frontera dominico-haitiana
(1874-1936), sirvieron de estímulo a la reafirmación de esa identidad socio-racial construida
por los intelectuales dominicanos.
Dos eventos vinieron a conmover este bloque de creencias sustentado en la blancura,
hispanidad y catolicidad dominicanas. Uno de ellos fue la publicación del libro Los Negros y
la Esclavitud en Santo Domingo, de Carlos Larrazábal Blanco, dentro de la Colección Pensamiento
Dominicano, en 1967, y el otro fue la celebración de un “Primer Coloquio sobre la Influencia
de África en las Antillas y en el Caribe”, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo,
en 1973. En esos años aparecieron las obras Los Negros, los Mulatos y la Nación Dominicana
(1969), de Franklin Franco, y Vodú y Magia en Santo Domingo (1975), y La Esclavitud del Negro
en Santo Domingo, 1492-1844 (1980), de Carlos Esteban Deive.
A partir de entonces surgió una nueva tradición antropológica e historiográfica de
cuestionamiento a los supuestos raciales de la historiografía trujillista. Esta tradición se ha
enriquecido con numerosas obras en los últimos cuarenta años, pero es de justicia señalar
que comenzó con la aparición de la obra de Larrazábal Blanco que editaba Julio Postigo
desde la Librería Dominicana.
La obra de Larrazábal Blanco se incorpora, muy tardíamente, a un movimiento historiográ-
fico, de larga data en América Latina, que intentaba buscar las raíces africanas en sociedades
tropicales inicialmente colonizadas por España y Portugal como Venezuela, Brasil, Hondu-
ras, Cuba, Santo Domingo y Panamá, en adición a las zonas costeras de México, Ecuador y
Colombia que también contienen grupos significativos de población de origen africano.
Me vienen a la mente las obras del Fernando Ortiz, Miguel Acosta Saignes y Gilber-
to Freyre, entre otras, que sirvieron de estímulo a Larrazábal Blanco para proponer a los
dominicanos que, aparte de la mirada tradicional, también había otra forma de percibir la
sociedad dominicana: explorando la trata de esclavos y la introducción de miles de personas
procedentes de distintas tribus, castas, naciones y culturas africanas, y buscando en la cultura
dominicana aquellos rasgos de origen africano enterrados en el folklore y las costumbres.
La primera parte del libro de Larrazábal Blanco recuerda bastante a la clásica obra de
José Antonio Saco, Historia de la Esclavitud de la Raza Africana en el Nuevo Mundo publicada
casi un siglo antes (1875) y poco conocida en el país entonces, pero su aparición causó una
gran sorpresa en el medio intelectual dominicano y abrió una compuerta que ha creado un
torrente de revisiones de las tesis tradicionales sobre la identidad dominicana.
Muchas de esas tesis fueron recogidas en estas obras que hoy comentamos. Dos de sus
autores más destacados son Américo Lugo y Manuel Arturo Peña Batlle. En ambos los domi-
nicanos de todas las tendencias reconocen dos vigorosos pensadores que dejaron implantadas
ideas sociológicas e historiográficas que todavía hoy perduran y se discuten apasionadamente

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

porque dieron lugar a una tradición de pensamiento que algunos intelectuales llaman “el
gran pesimismo dominicano”, pero que examinadas más profundamente revelan hondas
preocupaciones patrióticas por el destino del pueblo dominicano.
Américo Lugo fue, ante todo, un patriota ejemplar, como lo retrata con elocuente precisión
Vetilio Alfau Durán, el concienzudo compilador de sus escritos en la Antología publicada
por Postigo. Lugo fue también historiador y literato, aun cuando se ganaba la vida como
abogado. Como historiador dejó dos obras de mucha importancia, agotadas hoy, pero que
influyeron notablemente en su discípulo Manuel Arturo Peña Batlle, de quien hablaremos
más adelante. Esas obras son su breve estudio titulado Baltasar López de Castro y la Despobla-
ción del Norte de la Española (1947), y la Historia de Santo Domingo, 1556-1608: La Edad Media
de la Isla Española (1952), que incorpora el anterior estudio.
Lugo también escribió otros trabajos históricos como fueron sus estudios de rectificación
de la historia eclesiástica, y dejó una inmensa colección documental recogida en archivos
españoles y franceses pertinentes a los siglos XVI, XVII y XVIII, en la cual se destaca la co-
rrespondencia entre los gobernadores de las colonias francesa y española de la isla de Santo
Domingo en el siglo XVIII. Esta “Colección Lugo” fue publicada in extenso en el Boletín del
Archivo General de la Nación en el curso de varios años.
La obra patriótica de Lugo aparece consignada en varias publicaciones periódicas, entre
ellas el periódico Patria, desde el cual combatió arduamente la primera ocupación militar
norteamericana y demostró su activismo político a favor de la desocupación pura y simple
del territorio por las tropas estadounidenses.
La Antología de Vetilio Alfau Durán es una excelente muestra de dos aspectos de la
multifacética personalidad de Américo Lugo: el historiador y el activista patriótico. También
retrata esta compilación al fino escritor que sus contemporáneos reconocían como consumado
estilista y crítico literario.
Del jurista, Alfáu Durán recoge una de las obras más citadas y discutidas de Lugo: El
Estado Dominicano ante el Derecho Público, su tesis para graduarse de doctor en Derecho. A
pesar de su brevedad, esta es una de las reflexiones más dolorosas y demoledoras realizadas
por pensador alguno acerca del pueblo dominicano. Valiéndose de argumentos postulados
por otro pensador igualmente influyente, José Ramón López, en su obra La Alimentación y
las Razas (1899), Lugo realiza un diagnóstico pesimista acerca de la capacidad del pueblo
dominicano para constituirse en nación, pero no lo hace con la intención de quedarse en el
retrato, sino de llamar la atención de los líderes de su tiempo hacia la necesidad de despertar
del letargo, invitándolos a constituirse en un partido que luchara por el desarrollo del país
infundiéndole a éste “nueva sangre” mediante la inmigración.
Las ideas de López y Lugo fueron asimiladas por el pensador político más orgánico que
dio la República Dominicana en el siglo XX: Manuel Arturo Peña Batlle. Abogado de pro-
fesión y político por obligación, puede decirse que todo lo que escribió Peña Batlle estuvo
dirigido a defender las “esencias de la dominicanidad” (hispanidad, catolicismo, blancura),
amenazadas, creía él, por la vecindad y la penetración haitianas, por un lado, y por el racio-
nalismo y el positivismo hostosiano, por el otro.
Peña Batlle fue a la historia a buscar elementos con los cuales definir los orígenes de la
nacionalidad e identidad dominicanas, así como los peligros que las asechaban, entre ellos el
nacimiento del Estado haitiano y la presencia haitiana en el territorio dominicano. Todas sus
obras estuvieron dirigidas en esa dirección, desde sus tempranos y magníficos estudios sobre

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INTRODUCCIÓN  |  HISTORIADORES Y PATRIOTAS  |  Frank Moya Pons

Las Devastaciones de 1605 y 1606: Contribución al Estudio de la Realidad Dominicana (1938), La


Isla de la Tortuga (1951), y El Tratado de Basilea y la Desnacionalización del Santo Domingo Español
(1952), hasta resumir sus ideas en los sólidos prólogos a la obra de Emilio Rodríguez Demorizi,
Antecedentes de la Anexión a España (1955), a la historia de Antonio Valle Llano, La Compañía
de Jesús en Santo Domingo durante el Período Hispánico (1950), y a la Antología de Emiliano Tejera
(1951) que preparó el mismo Peña Batlle para la Colección Pensamiento Dominicano.
En esos escritos están las piedras angulares del pensamiento nacionalista dominicano que
dominó todo el siglo XX. Este fue un nacionalismo conservador, dolorido por la conciencia
que tenían sus sustentadores de que el país no había avanzado al ritmo de otras naciones,
como por ejemplo Cuba. Los ideólogos de este nacionalismo buscaron en la historia las
causas del atraso nacional que ellos percibieron como fracaso de la nación dominicana.
Como pruebas de ese fracaso señalaban las constantes asonadas militares y el permanente
gavillerismo rural, así como la incapacidad de las élites urbanas de mantener en orden las
finanzas públicas. La más grande y dolorosa evidencia del fracaso de la nación fue para ellos
el derrumbe de la soberanía en 1916.
Terminada la ocupación militar norteamericana, estos ideólogos, patriotas sin lugar a
dudas, muchos de ellos procedentes de los sectores medios, anhelaban un régimen de orden
que diera continuidad a la estabilidad y modernización experimentadas durante el gobierno
militar, y por ello muchos se alinearon desde temprano con el Jefe del Ejército, Rafael Trujillo,
pues este soldado prometía la construcción de una patria nueva que surgiera de las cenizas
del ciclón de San Zenón que devastó la ciudad capital el 3 de septiembre de 1930.
Peña Batlle no estuvo entre ellos. Para entonces su perfil profesional estaba claramente deli-
neado como un abogado nacionalista que había combatido la ocupación militar y que trabajaba
para resolver otro de los más amenazantes problemas para la nación dominicana: la indefinición
de la frontera con Haití. Peña Batlle dirigió los trabajos que culminaron con el Tratado de Límites
con Haití en 1929, pero no era un joven trujillista como otros de su generación.
Circunstancias muy bien estudiadas en las obras de Juan Daniel Balcácer, Andrés L.
Mateo, Danilo Clime y Manuel Núñez, entre otros, acerca de Peña Batlle, dan cuenta de
la transición política de este autor hacia el trujillismo, así como de sus esfuerzos por dar
sustancia ideológica a un régimen que en 1937 intentó poner fin, de manera cruenta, a un
problema territorial y político que arrastraba la nación dominicana desde antes de 1844: la
ocupación de tierras nacionales por inmigrantes haitianos ilegales.
A partir de su famoso discurso de Elías Piña, en 1942, Peña Batlle emerge en la escena
intelectual y política dominicana como el ideólogo de una generación de intelectuales que
buscaba entender y explicar la construcción de una nueva patria dominicana por un dictador
sangriento de origen haitiano que, al tiempo que abrazaba los postulados del nacionalismo
hispanista, católico y racista, también se proponía industrializar y modernizar el país.
Dos de los escritos donde más claramente se ve el hispanismo de Peña Batlle es en su
ensayo de juventud El Descubrimiento de América y sus Vinculaciones con la Política Internacio-
nal de la Época (1931), y en su controversial obra La Rebelión del Bahoruco (1948), reproducida
por Julio Postigo en 1970 en la Colección Pensamiento Dominicano. Este libro le valió no pocos
disgustos a Peña Batlle con Fray Cipriano de Utrera, pues le discutió con gran vehemencia al
fraile franciscano sus tesis sobre el cacique Enriquillo y sus ideas y datos sobre la temprana
historia colonial dominicana. Si se ve en detalle, este fue un debate entre “españoles hispa-
nistas”, más que entre historiadores dominicanos. Le tomó a Utrera muchos años contestar

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

adecuadamente a su interlocutor, muriendo antes de lograrlo, siendo así que su obra Polé-
mica de Enriquillo vio la luz en 1973 como edición póstuma ejecutada por Emilio Rodríguez
Demorizi en un intento de revindicar a Utrera ante las acusaciones de Peña Batlle.
Como puede verse, aquellos fueron tiempos de mucho fermento intelectual, contraria-
mente a lo que piensan algunos intelectuales que creen hoy que la Era de Trujillo fue un
periodo de total oscurantismo. Es cierto, como ha demostrado muy bien Andrés L. Mateo,
en su obra Mito y Cultura en la Era de Trujillo (1993), que la mayoría de los escritores de en-
tonces no tenían el vuelo intelectual de Peña Batlle y sus escritos no eran más que una jerga
repetitiva de ditirambos dedicados al Dictador, pero no es menos cierto que en las obras de
otros varios escritores importantes como Joaquín Balaguer, La Realidad Dominicana (1947),
Emilio Rodríguez Demorizi, Invasiones Haitianas 1801, 1805, 1822 (1955), César Herrera, De
Harmont a Trujillo (1953) y Las Finanzas de la República Dominicana (1955), y Ramón Marrero
Aristy, República Dominicana: Historia del Pueblo Cristiano Más Antiguo de América (1957-58),
las ideas de Peña Batlle son el soporte ideológico e historiográfico de sus argumentaciones,
como lo fueron de otros escritores trujillistas.
Con estos antecedentes intelectuales no es de sorprender que Peña Batlle fuera el encar-
gado de preparar, en 1951, la Antología de Emiliano Tejera que recoge este volumen. Tejera
fue, en su época, un modelo de rectitud y patriotismo. Actuó en la política después de la
dictadura de Ulises Heureaux, y luchó, como otros de su generación, por salvar al país de
la ruina en que lo sumió la pesada deuda externa dejada por Lilís. Fue durante varios de
esos años Secretario de Estado de Relaciones Exteriores en el gobierno de Ramón Cáceres y
recibió uno de los mayores impactos de su vida cuando su hijo, el General Luis Tejera, jefe
militar de Santo Domingo, asesinó al Presidente Cáceres el 19 de noviembre de 1911.
Abogado de profesión e historiador de vocación, Emiliano Tejera fue altamente respetado
y hasta venerado en vida. Fue testigo del descubrimiento de los restos de Cristóbal Colón en
la Catedral de Santo Domingo en 1877. Para defender la autenticidad de ese descubrimiento
escribió una obra que todavía constituye un monumento a la verdad y al método histórico.
Guardó una amplia colección de documentos coloniales que sirvieron mucho a José Gabriel
García, el Padre de la Historia Dominicana. Su hermano Apolinar Tejera también practicó
la crítica histórica, realizando numerosas rectificaciones a muchas tradiciones históricas y
despejando leyendas que anteriormente se aceptaban como verdades.
En adición a su clásico libro Los Restos de Colón en Santo Domingo (1878), completado
luego en 1926 y 1928, Emiliano Tejera dejó también una obra muy útil titulada Palabras
Indígenas de Santo Domingo (1935) que fue luego ampliada por su hijo Emilio Tejera en un
monumental trabajo titulado Indigenismos, rescatado del olvido y publicado por primera vez
por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos en 1977.
La Antología de Emiliano Tejera que hoy recoge esta compilación de obras históricas
de la Colección Pensamiento Dominicano contiene varios escritos que Peña Batlle consideró
de importancia para la posteridad. Uno de ellos es un argumento a favor de la autentici-
dad del hallazgo de los restos de Colón en 1877. Otro es un ensayo biográfico acerca del
Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, para solicitar y justificar ante el Congreso Nacional
la erección de una estatua del Fundador de la República. Otros dos documentos son frag-
mentos de sus memorias como Ministro de Relaciones Exteriores durante los años 1907 y
1908, piezas éstas que demuestran la calidad de estadista de Emiliano Tejera. Dos piezas
más cortas acerca de la educación religiosa y la crianza libre en Santo Domingo completan

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INTRODUCCIÓN  |  HISTORIADORES Y PATRIOTAS  |  Frank Moya Pons

esta Antología. La última retrata a Tejera como un agudo observador sociológico y es una
lástima que no cultivara más esa forma de mirar la realidad porque es probable que hubiera
dejado algunos trabajos a la altura de los que nos legó Pedro Francisco Bonó, el Padre de
la Sociología Dominicana.
Concluimos esta presentación con el libro de Pedro Troncoso Sánchez, el amable his-
toriador y filósofo que dedicó varios años de su vida a biografiar y rescatar la figura del
Fundador de la República, Juan Pablo Duarte, quien dejó una biografía hagiográfica de
Ramón Cáceres, y quien también combatió públicamente la tesis de quienes sostienen que
los restos de Cristóbal Colón no están en Santo Domingo.
Conocí muy bien a Don Pedro Troncoso Sánchez. Fue mi profesor de Introducción a la
Filosofía y de Teoría del Conocimiento en la universidad en los años 1962 y 1963, y desde
entonces nos unió una gran amistad. Juntos estuvimos en la fundación y dirección de la So-
ciedad Dominicana de Bibliófilos inspirada y motorizada por el filántropo Gustavo Tavares
Espaillat, y juntos también compartimos tareas en la Academia Dominicana de la Historia,
de la cual él llego a ser tesorero y yo secretario.
Hablábamos con mucha frecuencia, y recuerdo que a él le impresionaba mucho que
yo me dedicara más a la historia socioeconómica que a la historia política o a la biografía,
campos que él cultivaba con dedicación como se observa en sus obras. Por lo que recuerdo
de sus cátedras, Don Pedro Troncoso Sánchez era un filósofo moralista, creyente en una
escuela que tuvo muchos cultivadores en una época: la axiología de Max Scheller. Esta le
venía muy bien a su formación y creencias religiosas pues era un católico practicante, muy
dedicado a su familia.
Julio Postigo le publicó en 1973 un libro que hoy es reeditado en este volumen: Estu-
dios de Historia Política Dominicana. Estos son realmente varias conferencias que Don Pedro
pronunció en su madurez, producto de sus reflexiones acerca de la vida dominicana en el
siglo XIX, aunque la primera, “Una Sinopsis de la Historia Dominicana”, es un esfuerzo
por recoger en una sola mirada la evolución política del país desde Cristóbal Colón hasta
la guerra civil de 1965.
Don Pedro Troncoso Sánchez era un abogado conservador, pero era un historiador
liberal y sus escritos lo reflejan, según se ve en su ensayo titulado “Santana en la Balanza”.
Su dedicación a la defensa de Duarte se convirtió en un activismo misionero. Una de sus
grandes preocupaciones fue reivindicar la figura de Duarte como un hombre activo, com-
bativo y viril muy distinto al ser angelical y pusilánime que proyectaban algunos escritores
contemporáneos de Troncoso Sánchez, como Joaquín Balaguer. Por eso Don Pedro escribió
“Faceta Dinámica de Duarte”.
Troncoso Sánchez también quiso rectificar la óptica provinciana de algunos historiadores
y muchos intelectuales dominicanos que tienen la tendencia a pensar que la historia nacional
ha ocurrido independientemente de la evolución general de la humanidad como si la isla
fuese un territorio aislado. Por ello Don Pedro escribió los ensayos “Las Guerras Europeas
de Santo Domingo” y “La Restauración y sus Enlaces con la Historia de Occidente”.
Su último ensayo, “Posiciones de Principio en la Historia Política Dominicana”, fue un
esfuerzo para mostrar que a pesar del cinismo y del pesimismo intelectual, y a pesar de la
larga dominación de las dictaduras y los regímenes corruptos, siempre ha habido sectores
nacionales que han enfrentado el autoritarismo y la corrupción desde la fundación de la
sociedad secreta La Trinitaria hasta nuestros días.

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No. 2

AMÉRICO LUGO
Antología
Selección, introducción y notas de
Vetilio Alfau Durán
Introducción
La personalidad de don Américo Lugo es muy bien conocida en su patria y fuera de ella;
de modo, pues, que estas líneas liminares son menos necesarias de lo que parecen. Quien
en medio de aquel largo ciclo de cuarteladas, alzamientos y contralzamientos que llevó al
país por la más tortuosa calle de amarguras hacia el calvario de la Ocupación extranjera,
tuvo, como Eugenio Deschamps, la visión radiante de una patria libre, próspera, íntegra y
respetada; quien dice a sus conciudadanos que “gobernar es amar” y desde la alta tribuna
de la Cuarta Conferencia Panamericana grita, con unción evangélica, que “el ideal es más
necesario que el pan”; quien comparece ante una Alta Comisión Militar impelido sólo por la
fuerza y silencia como Jesús en el Pretorio, cuando los jueces le ordenan defenderse, señalando
así el camino de la dignidad y del honor que debe trillar siempre el verdadero patriotismo;
quien ha consagrado su vida a la patria, al amor hermoso, a lo bueno, a lo bello, a lo noble
y a todo cuanto dignifica y engrandece, no necesita de palabras para que su nombre y su
obra irradien perpetuamente con relieve inconfundible.
De su actitud frente a la Alta Comisión Militar, habla con precisión un periodista dis-
tinguido: H. Blanco Fombona, en la página publicada en la revista Letras, de esta ciudad, en
su edición núm. 170, correspondiente al 12 de septiembre de 1920. La escogemos de entre
los muchos trabajos que se escribieron entonces, porque su autor fue de los que sufrieron
prisión y ruina por la misma causa. La Alta Comisión Militar, ante la dominicana entereza
del Doctor Lugo, se desconcertó, aplazó la causa y el fallo no fue pronunciado.
He aquí la palabra del ya fenecido periodista cuya memoria nos merece respeto:

Lugo ante la Comisión Militar


Américo Lugo es un hombre maduro. El respeto que se le profesa en la República
no es, pues, nada a priori; es algo a posteriori, granjeado, con dificultad, aunque sin
proponérselo, por su vida vivida altamente, pulcramente, fructuosamente. El talento y el
donaire para expresarse por escrito, son dones que, al nacer, le otorgaron las hadas. Pero
el uso que ha hecho de estas cualidades no comunes obra es de su conciencia. Centro de
un hogar todo honorabilidad; doctorado en leyes, autor de estudios literarios y científicos
de gran interés; cuando la patria ha necesitado el consejo de sus hijos más eminentes, la
voz de Américo Lugo se ha dejado oír, no como la de un profesional de la política, que
busca medro para bastardos intereses, sino como la de un probo pensador, que ama por
sobre todas las cosas, a su patria, que tiene, a toda hora, presentes, para defenderlos con la
fogosidad de un buen tropical, los intereses permanentes de la nacionalidad dominicana.
Cuando la patria no reclama el concurso de sus capacidades, él se aleja a su gabinete de
trabajo, y reconstruye benedictinamente, el pasado de esta isla que es también el pasado
de América o cincela una página de amena literatura o busca soluciones legales a los inte-
reses en conflicto que se le han encomendado. Fuera de su hogar y de su oficina es difícil
hallarlo en parte alguna.
Acordóse de él la República cuando quiso mandar a un hombre bien preparado a la
Cuarta Conferencia Panamericana reunida en Buenos Aires, en donde con honradez y sin-
ceridad, que algunos creyeron poco diplomáticas, denunció ante el mundo al imperialismo
norteamericano.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Hombre de carácter, no rehúye responsabilidades, llama a las cosas por su nombre, da


la cara al conflicto.
Iniciada hace poco en el país una campaña doctrinaria que contaba para ser respetada,
solamente con su propia respetabilidad, ya que según la ley de censura que se ha impuesto
a la prensa dominicana no se tolera sino una propaganda complaciente, es decir de complici-
dad; Américo Lugo salió a la palestra armado de todas las armas: de un conocimiento cabal
del caso dominicano y de una copiosa doctrina jurídica, a llamar las cosas por su nombre
dentro de un plan científico de propaganda doctrinaria nacionalista. Esa campaña lo condujo
a donde se encuentra hoy: ante una Comisión Militar. Al convocar estas Comisiones se les
indica el máximum de pena que pueden aplicar. La Comisión que conoce de la causa que
se sigue contra Américo Lugo, puede llegar según expresa la convocatoria, hasta a la pena
de muerte. Los artículos doctrinarios de Lugo fueron reproducidos por toda la prensa del
país a título de aprobación y contribuyeron grandemente a triplicar la venta del diario Las
Noticias en donde aparecían. Se le redujo a prisión y se le permitió la libertad mediante una
fianza de $3,000.
Juzgados el exdiputado Castillo y el poeta Sanabia, y condenados por supuestos deli-
tos de prensa a un año de presidio y mil quinientos pesos de multa; juzgado Fabio Fiallo y
condenado a un año de presidio y dos mil quinientos pesos de multa; juzgado el diarista
Flores Cabrera, y pendiente la causa de sentencia, toca a don Américo su turno. Comparece
en juicio público ante la Comisión Militar. (Los anteriores juicios habían sido secretos).
El país esperaba ansioso algo importante en la defensa de don Américo. Y el país se
sintió alborozado, dignificado cuando el supuesto reo dijo:
“Señores: No estoy listo para ser juzgado. Al escribir el artículo por el cual se me
imputa un delito, he entendido que cumplía un deber de dominicano. En mi calidad de
ciudadano dominicano, no puedo reconocer en la República Dominicana la existencia de
otra soberanía sino la de mi patria. Toda suplantación de esta soberanía, sea cual fuera
el principio invocado, no es ni será a mis ojos sino un hecho de fuerza. Por consiguiente,
y puesto que creo que no he cometido ningún delito y que no puedo reconocer ninguna
jurisdicción sobre mí a este tribunal, no he venido a defenderme: he comparecido sola-
mente obligado por la fuerza”.
Es esta una muralla más inaccesible que la china, tras la cual se coloca el reo, y coloca
también al país al colocarse él. Este desconocimiento, escapado de las especulaciones teóricas,
se irgue vivificado, concreto, preciso, en un acto, con un valor de suma trascendencia. En
el proceso de la Ocupación Militar esta declaración tan categórica hecha por tan conspicua
personalidad, se levanta como un faro para sus compatriotas contemporáneos. La historia
dominicana guardará amonedada esa contestación para enseñarla a las generaciones veni-
deras cuando tengan que hacer gala de sus magnos gestos. Esa tabla de mármol le hablará
al porvenir de patriotismo, de dignidad, de valentía.
El Dr. Américo Lugo es desde 1913 Consejero de las Legaciones Dominicanas en los
Estados Unidos de Norteamérica y en Europa y Comisionado Especial para el estudio de
los archivos extranjeros; y está, desde 1909, adscrito a la Sección Tercera de Washington,
que fue una de las siete Secciones que se constituyeron en el Congreso de Delegados de
todas las Repúblicas de América reunido en Río de Janeiro con el fin de preparar un Código
de Derecho Internacional Público y otro de Derecho Internacional Privado que reglen las
relaciones de todos los Estados del Nuevo Mundo.

30
américo lugo  |  antología

Nació en esta ciudad, en la amada calle del Conde de Peñalva, en la casa marcada con
el número 75 el 4 de abril del año 1870, hijo legítimo de D. Tomás Joaquín Lugo (1836-1921)
y de Da. Cecilia Herrera y Veras (1841-1924). Es primer nieto de D. Nicolás Lugo (1807-1845),
nacido en Maracaibo, Venezuela, a donde se establecieron sus padres, cuando de nuestra patria
emigró la flor de las familias dominicanas por causa del maldecido Tratado de Basilea, y quien
no solamente figura en nuestros anales como maestro de varios próceres distinguidos, sino
que fue de los firmantes del Manifiesto de la Independencia y de los legionarios del Baluarte
en la noche redentora del 27 de Febrero de 1844, y de Da. Juana María Alfonseca; segundo
nieto de D. José Joaquín Lugo, rico propietario, dueño de tierras y de esclavos en los días de la
Colonia, y de Da. Felipa Yépez. Contrajo matrimonio en la blasonada ciudad de Puerto Plata
el 12 de abril de 1893 con la distinguida señorita Dolores Romero y Correa, de origen cubano;
y de cuya feliz unión es único y vigoroso fruto Américo Lugo Romero (n. en 1894).

Bibliografía
1. ¿Es arreglada al derecho natural la investigación de la paternidad? Tesis para la Licenciatura en Derecho,
S. D., 1889.
2. A punto largo, S. D., 1901. Segunda edición, París, 1910.
3. Heliotropo, S. D., 1903. Segunda edición: C. T., 1939. (Aumentada con una segunda parte).
4. Defensas, Litis Alfau-Vicini, Dos tomos, S. D., 1905.
5. La concesión Ros, S. D., 1905.
6. Ensayos dramáticos, S. D., 1906.
7. Bibliografía, S. D. 1906.
8. Flor y lava, (Antología de Martí), París, 1909.
9. La Cuarta Conferencia Internacional Americana, Sevilla, 1912.
10. El Estado dominicano ante el derecho público, S. D., 1916. (Tesis para el Doctorado en Derecho).
11. La intervención americana, S. D., 1916. (Las núm. VI, IX, X y XV de la serie de cartas al Listín).
12. Asuntos prácticos, S. D., 1917, tomos I y II. (Litis Minier-Grangera-Hihlt & Co.).
13. Camafeos, La Vega, 1919.
14. Por la raza, Barcelona, 1920.
15. El plan de validación Hughes-Peynado, S. D., 1922.
16. Lo que significaría para el pueblo dominicano la ratificación de los actos del Gobierno Militar Nor-
teamericano, S. D., 1922. (Conferencia dictada en Santiago el 25 de junio de 1922. Hay tres ediciones
hechas el mismo año).
17. El nacionalismo dominicano, Santiago, 1923.
18. Declaración de principios, S. D., 1925.
19. Colección Lugo, S. D., 1927. (Separata del semanario Patria).
20. Los restos de Colón, C. T., 1936.
21. Manifiesto… al pueblo y al gobierno de España, C. T., 1938.
22. Minas en la Española, C. T., 1940.
23. Recopilación diplomática relativa a las colonias española y francesa de la Isla de Santo Domingo
(1640-1701), C. T., 1944, Tomo 13 de la Colección Trujillo, dirigida y nominada por el Lic. Manuel A.
Peña Batlle.
24. Baltasar López de Castro y la despoblación del norte de la Española, México, D. F., 1947.
25. Emilio Prud’Homme, Esbozo, C. T., 1948.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Fuera de volumen
Colección Lugo. (97 libretas. Documentos, relaciones, cartas, notas bibliográficas, etc., copiadas en
archivos de España, Francia y de los Estados Unidos). Publicada en el Boletín del Archivo General
de la Nación, desde el núm. 1, que apareció en 1938, y continúa aún. En la Colección Trujillo, que
apareció en 1944 con motivo del Centenario de la República, bajo la dirección del Lic. Manuel A.
Peña Batlle; en las revistas La Cuna de América y Letras, publicados y anotados por Don Emiliano
Tejera; en Renacimiento, publicados y anotados por el propio Dr. Lugo; en su semanario Patria; en
la revista Clío, órgano de la Academia Dominicana de la Historia, publicados y anotados por Don
Emilio Tejera, han sido publicados documentos pertenecientes a esta Colección).
Cómo murió la Primera República. (Serie de artículos publicados en el semanario El Progreso, en el año
1915).
Historia eclesiástica de la Arquidiócesis de Santo Domingo. (Serie de artículos, rectificativos y ampliativos,
consagrados al primer tomo de la Historia eclesiástica del canónigo Carlos Nouel, publicados en
el semanario El Progreso, en el año 1914).
La Española en tiempo de Fuenmayor. (Ensayo histórico publicado, fragmentariamente, en la revista Clío,
órgano de la Academia Dominicana de la Historia, núm. 27-29, 35, 36, 38 y 39).
Historia colonial de la Isla Española o de Santo Domingo. (De esta obra, inconclusa, se publicaron varios capí-
tulos en Clío, números 40-42, 44, 45 y 47. Cuando la publicación iba por el núm. 45 de la mencionada
revista, el autor modificó el título así: Historia de la Isla de Santo Domingo, antigua Española).
Patria. (Periódico fundado y dirigido por el Dr. Lugo en San Pedro de Macorís en 1922 y trasladado
después a esta Capital, donde se publicó hasta mediados de 1928. Los editoriales de este sema-
nario, debidos a la pluma de su director, pueden compilarse en varios volúmenes).
Artículos. (En el Listín Diario, en el Nuevo Régimen, en El Progreso, en La Cuna de América, en Letras, en
El Tiempo, así como en otras publicaciones nacionales y extranjeras, hay dispersos numerosos
artículos literarios, jurídicos, políticos e históricos que tenemos anotados en nuestros ficheros
bibliográficos).

Algunas opiniones de la crítica dominicana y extranjera


Opiniones generales
Pedro Henríquez Ureña: “Es la primera figura de nuestra juventud literaria. El primer prosador de la
juventud antillana, estilista fino, intenso en el decir, docto y elegante –dice Rubén Darío– perito
en cosas y leyes de amor y galantería, y al mismo tiempo serio analista de cuestiones sociales”.
(Horas de estudio, París, 1910). “El gran representante de nuestras tradiciones castizas, en quien
los dioses infundieron el don de la palabra perfecta”. (Listín Diario, no. 13729, de 19 de mayo de
1932). “Nuestro gran investigador y admirable escritor”. (La cultura y las letras en Santo Domingo,
Buenos Aires, 1936). “En prosa es particularmente rico en palabras y giros clásicos el lenguaje de
D. Américo Lugo” (El español en Santo Domingo, Buenos Aires. 1940).
Pedro de Répide: “Príncipe de las letras”. (La saeta de Abaris, Madrid-Buenos Aires, 1929).
José D. Corpeño: “Es uno de los hombres de letras que más honran la lengua de Cervantes”.
L. E. Villegas: “Es el más clásico de los escritores jóvenes de América”.
Arturo R. de Carricarte: “La primera figura literaria de la juventud dominicana. Si Rodó y Juan P. Echa-
gue y Francisco Castañeda se suman a Torres, Caicedo, a Francisco G. Calderón Roy, a Américo
Lugo, entonces, ese don raro y divino de la crítica honda y artística ¿cómo podría negársele a
nuestra América?”.

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américo lugo  |  antología

Max Henríquez Ureña: “Escritor eminente y uno de los pensadores más hondos de mi tierra. Maneja
el lenguaje con arte supremo”.
Tulio M. Cestero: “Esta carta es un homenaje rendido a tu espiga plena de granos de oro, la más alta
en el huerto patrio; a tu blanco penacho lírico que prócer y victorioso, ondea al sol de la gloria.
Cuantas veces escribo tu nombre en carta a algún compañero de América, expreso que eres el
primero de cuantos escritores han nacido en tierra dominicana. Y lo digo con la sinceridad mía
que ninguna palabra ni acción desmiente”.
Félix E. Mejía: “El más alto, altivo, activo y docto. La primera pluma del país”.
Miguel Ángel Garrido: “Uno de los príncipes de la prosa en América”. “Reina en el concierto de las
letras patrias”. “Ha tomado de los clásicos maestros del habla castellana la corrección de la forma,
y es el primero entre la juventud literaria de la República”.
A. R. Nanita: “Es el príncipe de nuestros escritores y autoridad innegable en cuestiones de crítica
literaria”.
Horacio Blanco-Fombona: “Héroe civil dominicano. Capaz de continuar la inconclusa obra de Martí”.
“Cumbre del pensamiento en Santo Domingo”.
Manuel A. Peña-Batlle: “Paradigma de dominicanidad. Maestro y guía de su generación”.
Carlos Thomson: “La pluma más fina de la nación”.
Federico García Godoy: “Ha escrito páginas admirables dignas de figurar en la mejor Antología”.
Manuel Arturo Machado: “Puede afirmarse que no hay entre los prosadores dominicanos, quien le
supere por el vigor de la frase emotiva y por la frase brillante y numerosa. Como artista de la
palabra escrita no hay entre nosotros quien logre aventajarle”.
Luis Armando Abreu: “Galván y Lugo son nuestros dos más excelsos prosistas. Por la técnica en la
adjetivación, por la sobriedad y belleza de las imágenes, por la gracia y claridad de la sintaxis,
por el profundo conocimiento filológico que se advierte, por la musicalidad del estilo, por
lo personal de la disposición, la prosa de Lugo debe ser considerada, universalmente, como
'arte mayor ̓”.
Manuel Fernández Juncos: “Escritores de la cultura, estilo y valentía de pensamiento de Américo Lugo,
bien merecen ser leídos, comentados y estimados por nuestros más competentes pensadores y
hombres de letras”.
Jacinto López: “Es un escritor artista, un talento auténtico, un poeta genuino”.
Eugenio María de Hostos: “Dominicano de los mejores por la cultura, la doctrina y la razón. Es uno de
los mejores hijos del pueblo dominicano. Agrega a la elocuencia de las ideas la de los sentimientos
elevados. En sus escritos es de notar que el movimiento, la viveza, la elocuencia, resultan de la
correspondencia entre la forma clausular de su estilo y la precisión de sus ideas”.
Samuel Montefiore Waxman: “Don Américo Lugo está generalmente reconocido como el más grande
hombre de letras de Santo Domingo entre los vivientes. Es un historiador y al mismo tiempo
artista creador y crítico”.
Enrique Henríquez: “Ilustre por su culminante significación universal como pensador y hombre de
letras, ilustre asimismo por su tenaz y férvida proceridad nacionalista”.
Juan José Llovet; “Lugo no necesita de la historia. Es hombre de leyenda”.
F. X. Amiama Gómez: “Ocupa el sitial de príncipe de la prosa”,
Gabriel B. Moreno del Christo: “Verdadero príncipe entre los intelectuales”.
Osvaldo Bazil: “Es el primero en mi tierra. Américo Lugo es el maestro de la juventud mental de estos
días. Nadie como él realiza obras perdurables de belleza en mi tierra”.
Gustavo Adolfo Mejía: “El primer escritor dominicano de todos los tiempos”.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Manuel de Jesús Goico: “Galván y Américo Lugo han sido en nuestro país los estilistas que más impecabilidad
y belleza han logrado en sus sonoras prosas exornadas con clásico lirismo”.
Mariano Lebrón Saviñón: “El hombre más admirable y puro que he conocido”.
Alberto Baeza Flores y Franklin Mieses Burgos: “Representa para la República lo que Romain Rolland
para Francia o lo que Unamuno para España”.
Domingo Moreno Jimenes: “Gran escritor, poeta y esteta, patriota de alma de acero, maestro de la juven-
tud, hombre de justicia y de fe, cuyas provechosas enseñanzas han germinado en mi espíritu”.
Emiliano Tejera: “Los documentos que se principian a publicar hoy son las primicias de los muchos
e importantes beneficios que producirá el trabajo del señor Américo Lugo en los ricos archivos
de España. Ya era tiempo de que esa labor se iniciase. No tenemos realmente historia antigua.
Creo finalmente que es dinero bien gastado el que se emplee en copiar fielmente en España los
documentos que deben constituir nuestro archivo histórico antiguo. Me parece que sería bien
que por quien tenga facultad para ello, se ordenase al Sr. Lugo que hiciese copiar exactamente
todos los documentos relativos a Santo Domingo, del 1548 en adelante: que esos documentos se
remitiesen a esta capital tan pronto como estuviesen copiados, i que aquí se publicasen, inme-
diatamente, empleando para ello un medio parecido al que se siguió para publicar los informes
geológicos del Sr. W. Gabb. Queda entendido que el Ejecutivo debía recabar del Congreso los
medios necesarios para realizar obra tan útil i conveniente”.
Samuel Montefiore Waxman: “En experto consejo y orientación, debo mucho al Sr. D. Américo Lugo,
reconocido generalmente como el más grande entre los hombres de letras vivos de Santo Domingo.
Como muchos hispano-americanos, es un historiador al par que un artista creador y crítico, y
tiene varios volúmenes manuscritos que aún aguardan editor. Es de esperar que algún Mecenas
o alguna sociedad ilustrada de los Estados Unidos se presente y le ofrezca la ayuda financiera
que permita la publicación de esas inapreciables contribuciones a la antigua Historia domini-
cana… Como bibliografías existentes, las Notas sobre nuestro movimiento literario, de Lugo, en su
libro intitulado Bibliografía, y más recientemente, su prólogo a Pinares adentro (1929) de Pedro
Archambault, son las más valiosas en la literatura dominicana”. (A bibliography of the belles-lettres
of Santo Domingo, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 1931).
Erwin Walter Palm: “Permítame que le diga que he quedado profundamente conmovido por la lectura
de sus manuscritos. Porque es raro que en estos tiempos de puro afán documental se cristalice un
estilo monumental como Ud. lo ha encontrado, restableciendo el equilibrio entre lo que hay de
científico y lo que hay de artístico en la obra del historiógrafo. ¡Qué placer en transformar en his-
toria definitiva lo que fue recuerdo vivo! ¡Qué envidiable don! ¡Y qué cerca de los antiguos!”.
Monseñor Adolfo A. Nouel: “Lugo es el Solís dominicano”.
José María Chacón y Calvo: “Don Américo Lugo, autor de una excelente historia documental de Santo
Domingo en los dos primeros siglos de la colonización, es un investigador formado de la mejor
escuela, que concierta armoniosamente el tenaz esfuerzo erudito con el espíritu de la creación
artística”.
Eugenio M. de Hostos: “El asunto de las intervenciones está muy bien tratado; tan bien tratado, que su
autor, como nosotros desearíamos, para darle una prueba de confianza en su juicio, en su talento
y su doctrina, podría seguir desarrollando el tema”.
Manuel Ugarte: “Es una obra (A Punto Largo) que se sale del nivel general y denuncia en su autor un
gran espíritu generoso y alto. Si me entusiasma el fondo, no me agrada menos la forma: ésta
muestra un buen escritor, aquél un buen ciudadano”.
Contreras Ramos: “El hombre que dice, ’Gobernar es amar ̓, ya está juzgado”.

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américo lugo  |  antología

Manuel Arturo Machado: “Heliotropo no tiene, en su género, émulos en la literatura nacional, y puede
resistir, con ventaja, la comparación con cualquiera obra análoga de Hispanoamérica”. (1903).
Federico Henríquez y Carvajal: “Es un raro nido de pétalos, de astros y de alondras. Es un nido de celestes
melodías”. (1903) “El paralelo que hago entre la primera y la segunda parte del renovado volumen
de Heliotropo, no es óbice a la confirmación del concepto emitido por Machado. Digo, pues, que los
nuevos poemas incluidos en el renovado volumen de Heliotropo superan, en emoción y en estilo,
a los insertos en el pequeño volumen publicado hace siete lustros; y confirmo que Heliotropo no
tiene, en su género, émulos en la literatura nacional… y puede figurar en el primer plano de la
literatura américo-española. La flor del jacinto es el mejor regalo que ofrece a sus lectores el nuevo
breviario y florilegio”. (1939).
Pedro René Confín Aybar: “A principios del siglo un nuevo libro reanimó nuestra poesía. Era un libro
en prosa: Heliotropo… Ningún libro nuestro de poesía contiene tanta corrección, tanta belleza, tal
pulcritud. Los poemas de Heliotropo son bellos todos. ¿Preferencias? Las preferencias nacen del
gusto personal. Yo selecciono Sor Teresa y Las hojas. Pero Sor Teresa y Las hojas no son las mejores.
No hay mejor en Heliotropo”.
Enrique Deschamps: “Es (Heliotropo) el libro más bello que se ha escrito en la República Dominicana”.
Arturo B. Pellerano Castro (Byron): “No puedo poner en mi verso toda la poesía que hay en tu prosa”.

Américo Lugo fue apreciado por el ilustre crítico Pedro Henríquez Ureña (Horas de
Estudio, París, 1910), como “el primer prosador de la juventud antillana”; y el alto poeta
Osvaldo Bazil, en su interesante ensayo Movimiento intelectual dominicano, Washington, D.
C., 1924, estimó que “si dentro del actual ambiente de las letras dominicanas, discurriéramos
por una escala de estricta selección, podría la República presentar al juicio extraño la suma
de una trilogía consagrada, compuesta por los escritores Américo Lugo, Pedro Henríquez
Ureña y Tulio M. Cestero, en la seguridad de que con ella obtendría Santo Domingo puesto
de honor en la conciencia literaria de América y de España”. Hoy es don Américo Lugo,
sin disputa alguna, el primer escritor dominicano; y si recorremos las páginas de nuestra
historia cultural, evidenciamos que no ha tenido igual en nuestra tierra. Es el príncipe de
nuestras letras.
Vetilio Alfau Durán

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¿Es arreglada al derecho natural


la prohibición de la investigación de la paternidad?
Al Señor Don Eugenio María de Hostos, como prueba de que el discípulo no olvida al maestro.
Américo Lugo.

Señor rector. Señores miembros del Consejo. Señores jurados:


“¿Es arreglada al derecho natural la prohibición de la investigación de la paterni-
dad?”
El azote de la sociedad, el monstruo social, la investigación de la paternidad. Lo han
anatematizado conciencias repletas de impurezas: Napoleón, Cambacérès… Lo condenan
aun los representantes de una sociedad muerta. La república de Santo Domingo también lo
ha pisoteado. ¿Qué más hay que hacer?
Pobre legislación la que echa sus cimientos en el polvo podrido de los tiempos, la que
recoge en el pasado decrépito los elementos de su vida como la joven raíz alimento en secas
rocas; aunque el pasado brotó genios y aunque la decrepitud del genio es sublime, la legislación
pretérita, la mejor, la legislación romana no puede servir como legislación moderna. Legislación
es expresión social, y, ¿puede ser la expresión social del siglo XIX la misma de los tiempos del
Digesto? ¿Es el hombre de hoy el mismo para quien Justiniano compilaba? El cristianismo,
las revoluciones de sentimientos y de ideas, las inmensas revoluciones de las necesidades y la
potente acción de la gota de tiempo cayendo incesantemente, ¿no han cambiado la faz de la
humanidad?
Nuestro código es hijo del francés. Tiene todos sus vicios, sólo que, al ser adoptado
por la joven antilla, tuvo que conformarse a sus estrechos límites. Títulos hay que son
leyes muertas. La oscuridad que ya es grande en el padre, es completa en el hijo, y las
materias que el legislador francés dejó truncas aparecen en el código dominicano más
mutiladas todavía. Pero hacemos notar la superioridad de nuestra parte penal respecto
de la francesa.
Busquemos, pues, siempre que se trate de la historia, de la causa, del objeto, de la razón
de nuestras leyes civiles, en el arsenal francés, no en el dominicano. El código dominicano
no tiene antecedentes. Árbol trasplantado de muy lejos a nuestra región, nada nuestro nos
dará el motivo de dar más sombra aquí, menos allá. Obra octogenaria que sobrevive entera
por la fuerza de unidad que le dieron los hombres que la formaron, lucha aquí algo más de
lo que en Francia lucha por retratar tiempo, ideas, sentimientos que ya no son los suyos. Un
siglo nunca pasa impunemente. La legislación de 1804, con todas sus reformas francesas y
dominicanas, se ha quedado detrás del derecho que avanza siempre, como avanza todo, por
la ley del progreso. Ya no organiza, sino que en vez de organizar, perturba.
¿Y ha sido acaso buena legislación la de 1804, aun en el año mismo de 1804? ¿Se con-
formaba con su tiempo, con las ideas que la revolución prendió en el seno de la sociedad
francesa, con los principios de igualdad y de equidad que hervían en el fondo de la razón?
¿Le dio el legislador el derecho natural como base, la moral como objeto? Compárese el
código Napoleón con el código frustrado de la Convención, y se verá qué abismo media

*Tesis exigida para la Licenciatura en Derecho por el Reglamento del Instituto Profesional de Santo Domingo.
Publicada en folleto, S. D., 1889. Escrita a los 19 años, mereció un juicio crítico de D. Eugenio María de Hostos, en el
cual éste transcribe “por su mérito literario,” el párrafo “Sólo hay un hogar, un hogar inmenso, de techo azul”, etc.; y
también el párrafo relativo al análisis del Código Napoleón, “por su mérito lógico.”

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entre los dos, abismo que, en todo un siglo de incesante moverse y adiestrarse, no ha podido
salvar el código militante.
Puede servir, y en efecto sirve para juzgar una obra cualquiera, el examen de sus autores:
el hombre jamás está oculto, y su maldad o su bondad se imprime claramente dondequiera
que deja la huella de su paso. Podríamos juzgar esa legislación haciendo comparecer a los
que la amasaron: el primer Cónsul, el segundo, Portalis, Tronchet, Bigot de Préameneu,
Maleville, Treilhard, Thibaudeau, Réal, Emmery, Albisson, Duveyrier… Pero ya que hay
otros medios, dejemos dormir los muertos, si es que duermen.
Para juzgar el código Napoleón basta examinar un solo artículo, el 340, que dice así:
“Queda prohibida la investigación de la paternidad. En caso de rapto, cuando la época en
que se hubiere realizado corresponda próximamente a la de la concepción, podrá el raptor
ser declarado padre del niño, a instancia de los interesados”. Digamos ante todo que esta
disposición se refiere al hijo natural, al triste hijo natural expuesto al abandono de su padre
y sometido aun antes de nacer al abandono de la ley: el legítimo, por provenir del lazo legal
del matrimonio, el mal llamado legítimo exclusivamente, pues que no hay más razón de lla-
marlo así que al hijo natural, puede muy bien indagar cuando le plazca quién es su padre.
Considerando al hijo natural como el producto de una falta, la ley castiga en el inocente
la falta de su padre, dando a éste la careta de la sombra ante la sociedad y la de la impuni-
dad ante el hijo.
¿Es eso justo? No. El hijo no merece reproches de la ley por el hecho de no haber nacido
del matrimonio de sus padres; si la ley ve en la ausencia del matrimonio una falta, culpe al
padre, pero no haga sufrir las consecuencias al hijo que tiene, por ser hijo natural, más de-
recho a la protección de la ley que el hijo legítimo, porque, si en ambos casos hay un deber
igual en el padre, en el caso primero el deber acrece con la falta.
¿Es moral? No. La ley sustrae al padre del deber que ser padre conlleva; priva al hijo
del inapreciable consuelo de conocer a quien le dio el ser; rompe lazos naturales que son los
verdaderos lazos de la familia, y todo eso es inmoral. La ley niega al hijo el ejercicio de un
derecho que la moral le reconoce; hace suyo el abuso cometido por el padre en la madre de su
hijo; fomenta instintos depravados, pasiones vergonzosas con el acicate de una escandalosa
presunción en obsequio del escándalo, y todo eso es inmoral. La ley consiente en el matri-
monio del padre con la hija, del hijo con la madre, del hermano con la hermana; el artículo
340, prohíbe formalmente la investigación de la paternidad. He ahí el amontonamiento de
escándalos que la ley sustenta con el pretexto de evitar escándalos.
La ley admite una excepción: el caso de rapto, cuando este corresponda a la concepción.
Esta disposición no se refiere a la violación. Napoleón dijo que la ley debía castigar la vio-
lación, pero que no debía ir más lejos. El artículo 340, según un autor francés, establece la
presunción juris et de jure, de que la mujer violada lo ha sido por otro que el violador.
¿Merecen mención los pretextos que se alegan para justificar la ley?
Si se niega la existencia de pruebas, niéguese para todos los casos. Si se teme el escándalo,
prohíbanse la denegación de paternidad y todas las acciones del mismo género.
La distinción que hace la ley entre el hijo legítimo y el hijo natural no tiene razón de ser
ante el derecho natural. Para éste todos los hijos son iguales y todos tienen iguales derechos.
¿Qué importan edad, condición, sexo, ante la naturaleza? La legitimidad consiste en el hecho
de ser hijo, no en serlo bajo determinadas condiciones. Si todos los derechos del hijo fundados
en los deberes del padre son de derecho natural, la investigación de la paternidad, permitida

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por la ley a unos y negada a otros, es de derecho natural y la prohibición es absurda, pues
todos los hijos son iguales. Para el derecho natural no puede haber privilegios: quédense
éstos para el derecho civil, que siempre invoca la moral para apartarse del derecho natural.
El principio de la moral es la libertad. La legitimidad del derecho positivo está en el derecho
natural. El derecho positivo es la aplicación de todo el derecho natural posible a las relaciones
humanas para hacerlas morales siendo libres. En cuanto se separe del derecho natural, todo
régimen que establezca es inmoral y abusivo.
Todos los hijos tienen derecho a ser reconocidos por sus padres porque la paternidad im-
pone a éstos el deber del reconocimiento. Es el primero de los deberes paternos. ¡Y la ley que
organiza la familia comienza por decir al padre: “Puedes renegar de tus hijos. Entre aquellos
que son iguales ante tu corazón, puedes rechazar los que tu conveniencia te aconseje. Tu ini-
quidad quedará cubierta porque haré mía la responsabilidad de tus hechos”! Y la misma ley
divide la familia estableciendo dos hogares: uno, para la familia que ella llama honrada, el
otro, para la otra familia, para la no honrada. Absurda distinción. Sólo hay un hogar, un hogar
inmenso, sin puertas, de techo azul, de una lumbre sola: el sol, de una sola autoridad: el amor.
Allí van todos los hijos que vienen a la vida; todos llegan gritando, desnudos, con frío, y todos
encuentran un puesto al sol, un pedazo de la lumbre común, y un pedazo de amor que los
recoja. ¿Qué importa la fragua legislativa? La ley no puede imperar sobre la naturaleza.
Los hijos crecen. Un día el mundo se acerca a ellos, a los inocentes, y les dice: “Vosotros
no sois iguales. Habéis venido por el mismo camino, bebisteis en el mismo seno la leche de
la vida, es cierto, pero ¡existe algo que se llama privilegio, que la moral impone! Los que
tengan el privilegio de legítimos ejercerán todos los derechos que el nacimiento da. A los
que no lo tengan se les restringirá el ejercicio de sus derechos, se les llamará hijos naturales,
y por la tremenda falta de ser naturales, será potestativo a sus padres cumplir sus deberes
respecto de ellos. Los hijos naturales pueden disputar:
—¿Pero qué hemos hecho nosotros para que así se nos castigue?
—Vosotros, nada. Pero vuestro padre pudo casarse con vuestra madre y no lo hizo. No
sois pues de unión legítima.
—Nuestro padre cometió, no casándose, una falta para la ley. Nosotros hemos nacido
después. ¿Por qué hemos de sufrir las consecuencias de faltas que no cometimos?
—Porque es justo.
—Y ¿por qué es justo? ¿Es justo, acaso, que los hijos sean castigados por la falta de su
padre? Si alguien merece castigo es nuestro padre, porque abusó de nuestra madre: ¿por
qué la ley le premia permitiéndole sustraerse a sus obligaciones?
—Porque es moral.
—¿En qué consiste, entonces, la moral? ¿En seducir mujeres y tener hijos, y, amparándose
en la ley, negar a las madres indemnización del daño, y a los hijos la cualidad de padre para
hacer ilusorios los deberes más sagrados?
Noción de justicia, moral, razón, naturaleza, todo lo atropella el artículo 340. Ese artículo,
el 335, la teoría entera del hijo natural, deshonran el código que los contenga.
La legislación clama reformas. Es menester adelantar, pero no lo es quedar estacionados.
Permanecer quietos cuando todo el mundo avanza, es lo mismo que marchar hacia el pasado.
La idea del derecho brotó en el siglo XVIII. No se ha pasado de ahí. ¿Por qué? Busquemos las
razones en Francia porque nuestro derecho es el francés, y porque la Francia ha sustentado los
obstáculos que en todas partes harían imposible la creación de la ciencia del derecho.

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La gran revolución estableció en Francia un régimen de libertad, régimen que murió a


manos de Brumario, la primera caída de la libertad. Se trata de nuevo de hacer leyes, mas no
para consagrar el principio, caído, sino para desconocerlo: es innegable que el código Napo-
león es un código restrictivo de libertad. Sin duda que había en Francia un espíritu guerrero
semejante al romano. Y la Francia se puso a retroceder en el pasado, y trajo del pasado los
elementos de su obra. No podemos negar que era difícil prescindir de ello: la misma Con-
vención no pudo prescindir, pero se apartó, especialmente en el estatuto personal, de todo
lo que era inferior a la concepción nueva del derecho. Mientras que Napoleón puso afán en
recordar las formas angostas en que el hombre no cabe desde el siglo XVIII, la revolución
buscó en el porvenir, y realizó en parte la libertad. Napoleón perseguía un objeto; la cons-
titución Siéyes se prestaba, con una ligera enmienda. Los hombres relativamente liberales,
Benjamín Constant, Ganilh, J. B. Say, y otros, fueron expulsados del laboratorio de la ley.
Hecho con materiales de opresión, amasado por hombres de opresión, y respondiendo a
un objeto de opresión, el código Napoleón fue promulgado. No era el producto de la revolu-
ción filosófica del siglo XVIII, siglo que en el camino de la libertad dejó huellas adelantadas y
profundas; era la obra del despotismo que se cernía en Francia con el siglo XIX para borrar esas
mismas huellas. ¿Qué mucho que el derecho no haya adelantado en Francia, que no haya podido
formarse la doctrina, que la ciencia esté todavía en pañales? El decantado código, el adoptado
por varias naciones, el adoptado en 1884 por la República Dominicana por considerarlo una obra
monumental de legislación, no merece siquiera nombre de leyes. La ley del privilegio no es ley. El
código Napoleón es un sistema de privilegios. Basta un ligero análisis para demostrarlo.
Objeto primero de la ley civil: la familia. En el matrimonio, privilegio en obsequio del
marido; en vez de la igualdad de derechos que la razón predica, la autoridad marital. Privile-
gio en obsequio de los ascendientes respecto de los contrayentes: en vez de fijar a la misma
época en que el hombre adquiere el libre ejercicio de sus derechos el del derecho de casarse,
la teoría del consentimiento, que falsea el matrimonio, porque aleja de él lo que siempre debe
ser norma de la vida social: la conciencia plena de la responsabilidad de sus hechos en el
que los ejecuta. En vez de declarar que los esposos son libres de reglamentar como quieran
sus intereses pecuniarios, la ley establece regímenes matrimoniales, enmarañado sistema de
privilegios absurdos a favor de cualquiera de las dos partes, y en el régimen de derecho
común establece como base la desigualdad.
En filiación, privilegio en obsequio de los hijos legítimos: en vez de declarar igual lo que
igual es ante la razón y la conciencia, la teoría del hijo nacido fuera del matrimonio, el artículo
335, la prohibición de la investigación de la paternidad.
En tutela, privilegio en obsequio de los incapacitados ordinarios, respecto de los nacidos
fuera de matrimonio no reconocidos…
Pero la extensión del análisis se sale de los límites de una tesis y basta lo aducido para
probar de sobra que la obra que examinamos ni es legislación racional, ni es principio de
libertad, ni puede tampoco servir para fundar ciencia del derecho. La filosofía de éste está
por crearse; los fragmentos de una sociedad cuyo sepulcro se pierde en las nubes del pasado,
la tradición romana y la del antiguo derecho están por abolirse; el verdadero espíritu de doc-
trina está por formarse; las bases de una buena codificación por discutirse, y la refundición
de la legislación actual por intentarse.
El hervidero inmenso que, en el fondo de las sociedades, estrecha y golpea, y deshace y
funde los elementos de bronce del progreso, consume en vano su fuego en fundir la arenosa

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piedra humana: húmedos de sudores, y hasta de lágrimas y sangre, salen de la eterna gesta-
ción los difíciles productos, y el régimen representativo junto con los derechos individuales
y la federación aumentan la comunidad; pero el hombre no se funde con el hombre, y la
verdadera igualdad nunca rompe el broche del ideal.
¿Será un dulce sueño irrealizable el que la ley corresponda a la noción más elevada
del derecho que la razón concibe? En el pasado sólo se lee una palabra: abuso. Es la misma
que se lee en el presente. ¡Rompamos, pues, la tradición, salgamos de nosotros mismos, e
internémonos en el porvenir a fabricar la ley para nuestros hijos! He dicho.

El Estado dominicano ante el derecho público*


A mi Padre.
El país. El pueblo. La historia
La isla de Santo Domingo está compartida por dos Repúblicas: la Dominicana, dueña de
las dos terceras partes de ella, y la de Haití, poseedora de la otra tercera parte. Haití es hija
de Francia: el fundador de la parte Francesa fue Bertrand d’Ogeron, en 1664, ayudado de los
filibusteros y bucaneros que desde 1629, tal vez desde 1627, se habían establecido en la isla
de la Tortuga. Reconocida por España desde el tratado de Nimega, gobernada a veces por
hombres eminentes como Ducasse, llegó a constituir una gran colonia cuyos límites fueron
fijados en 1777 por el tratado de Aranjuez. En 1795 la isla entera fue cedida a Francia; pero
arrastrados los negros de la primitiva parte de ésta por el mal ejemplo de la Revolución
Francesa, concluyeron por matar a los blancos, destruir la colonia y declararse en 1804 en
Estado independiente con el nombre de Haití. La República Dominicana es hija de España:
el fundador de la parte española de la isla es el propio Cristóbal Colón, el cual la descubrió
y colonizó. Después de haber alcanzado con Ovando y Fuenleal breve esplendor, la colonia
decayó para siempre bajo el restrictivo y suspicaz sistema político español, el cual la aisló
del comercio del mundo, dejándola a merced de los piratas, hasta que tras larga y gloriosa
pero infecunda resistencia contra la creciente ocupación francesa, sirvió de refugio a los
franceses después de la cesión de la isla a éstos. Permanecieron los franceses en la antigua
parte Española bajo el mando del General Ferrand hasta 1809, en que Juan Sánchez Ramírez
reincorporó dicha parte a España. El 1 de diciembre de 1821 fue proclamada por primera vez
la independencia por José Núñez de Cáceres; pero pocas semanas después el nuevo Estado
cayó inerme bajo la soberanía haitiana. En 1844 Francisco del Rosario Sánchez proclamó de
nuevo la independencia, la cual se sostuvo en pie de guerra contra Haití hasta que, cansado
de la lucha, el General Pedro Santana, imitador de Juan Sánchez Ramírez, lo incorporó de
nuevo a España el 18 de marzo de 1861. Mas, convencida ésta de que los dominicanos no
deseaban la anexión, se retiró el 11 de julio de 1865, dejando en la Historia un ejemplo digno
de imitación. Proclamada por tercera vez la República Dominicana, desde el 16 de agosto de
1863, comparte hoy con Haití, como se ha dicho al comenzar, el señorío de la isla, invocando
para la delimitación de las fronteras, el antiguo tratado de Aranjuez, cuyos límites dejaron
de ser coloniales para convertirse en soberanos el 1 de diciembre de 1821, fecha de nuestra
primera independencia. ¿Qué valor tiene, desde el punto de vista del Derecho Público mo-
derno, este pequeño Estado dominicano que tantas veces ha declarado y afirmado con las
armas su voluntad de ser independiente?

*Tesis sustentada en la Universidad de Santo Domingo para el Doctorado en Derecho. Publicada en folleto, S. D., 1916.

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El país
El Estado dominicano ocupa un territorio insular. Nada más favorable que las islas para
la formación de los Estados. Basta citar a Grecia. Y entre las islas del mundo la situación de la
de Santo Domingo es envidiable. Parece el corazón del Nuevo Continente, y la reina del Archi-
piélago.1 Su extensión es de 50,070 kilómetros cuadrados, mayor que la de Bélgica, Holanda o
Dinamarca,2 pero poca en realidad para esta época tan desfavorable a los pequeños Estados,
cuya existencia es cada día más azarosa ante los absorbentes intereses de los grandes Estados
imperialistas. La igualdad entre éstos y aquéllos es relativa. A la disgregación de los tiempos
medios ha sucedido la agregación de pequeñas fracciones en vastas unidades. Las pequeñas
fracciones aisladas representan un papel desairado, sólo por mera cortesía son consultadas y
su vida misma pende, en las grandes conmociones, de un cabello. Aun los Estados pequeños
mejor organizados descansan hoy sobre el acuerdo o la protección tácita de los grandes Estados.
Su papel será siempre secundario en política, aunque no sea imposible que se convierta en
gran factor de civilización, como lo fue Grecia, gracias a su incomparable unidad intelectual. El
camino señalado por la razón y la historia para la República Dominicana es el de las alianzas:
con Haití, su aliada natural, en primer término; y luego, siguiendo la geografía y el origen,
guías seguros, con la República de Cuba. La poca extensión ofrece, en cambio, incontestables
ventajas para la descentralización y el ejercicio de la democracia directa.
El clima es cálido y húmedo. A las lluvias suceden las sequías, y frecuentes huracanes
y ciclones destruyen las cosechas. El sol tropical es potente generador de pereza. Bajo sus
terribles dardos el hombre se acoge instintivamente a la sombra de los árboles. A causa del
clima, el estadista dominicano debe estimular el trabajo e inclinarse al proteccionismo. Con-
dición adversa, también, es la fertilidad del suelo. El clima enerva; la fertilidad hace inútil
el esfuerzo. Cesa la necesidad. Sólo actúan las pasiones. No existe el ahorro. La despropor-
ción entre los patrimonios es excesiva. No hay barreras. El pueblo es un montón informe.
Jornaleros y obreros son alta clase, porque no existe clase media. El territorio, en cambio, es
montañoso: Haití significa tierra alta. El valle de la Vega Real es “cosa de las más admirables
del mundo”.3 Una multitud de ríos y lo vasto del litoral marítimo, son, también, excelentes
condiciones. Pero la falta de vías de comunicación mantiene la separación. El provincialis-
mo reina en las regiones. La ignorancia se perpetúa en lo interior. El producto no paga su
transporte. No hay mercado, ni existe la ley de la oferta y la demanda.

El pueblo
Los primitivos habitantes de la Española, a pesar de sus caciques, nitaínos y buitios,
no parece que hayan tenido más aptitud política que los demás indios. Los descubridores,
pueblo mezclado, menos ario que semita, aunque incomparablemente superior a la raza
conquistada, no eran los más perfectos representantes del espíritu público en Europa. Ade-
más, el fervor político de la metrópoli se enfriaba con la travesía del Atlántico, y bastardeaba
bajo la influencia del ambiente americano. La fuerza de la poderosa mano central hería casi

1
“La nature a placé notre isle presque au milieu de toutes les autres qu’on diroit n’etre qu autant de Dames
d’atour qui l’ accompagnent par honneur et qui semblent lui faire la Cour comme a celle qui merite un jour de leur
commander”. (Persel, P. Le Pers., mission. a St. Dom. Histoire Civile Morale et Naturelle de l’ Isle de St. Domingue. Ma-
nuscrita en la Sala Mazarin de la Biblioteca Nacional de París).
2
C. Armando Rodríguez, Geografía de la Isla de Santo Domingo o Haití, p.226.
3
Las Casas, Hist. de las Indias.

41
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

siempre en el vacío. Los negros contribuyeron a la relajación de las costumbres públicas. El


establecimiento de los franceses en la parte occidental habría podido señalar algún progreso;
pero la parte española no les imitó en el trabajo agrícola y continuó el pastoreo. Al crearse
el Estado dominicano, de estos elementos antropológicos habíase formado una variedad
predominante: el mulato. Esta variedad constituye hoy el elemento criollo por excelencia.
Los negros ocupan el segundo y último lugar. La raza blanca pura está representada casi
exclusivamente por extranjeros. Entre éstos abundan los turcos, los cocolos, los chinos y los
haitianos. El pueblo dominicano es tan mezclado como los pueblos que más han figurado en
la historia; pero es de dudarse que saque verdaderos a los antropólogos cuando afirman que
“cuanto más mezclado es un pueblo, tanto más fecundo y apto es para la civilización”.4
Un pensador dominicano que en el primer período de su vida tuvo tendencias a producir
obras maestras,5 describe en un folleto admirable la vida de nuestros campesinos, raza de
ayunadores que vegetan sin higiene, presa de las enfermedades más repugnantes, que a causa
de su imprevisión, su violencia y su doblez son, por lo general, incestuosos, jugadores, alco-
hólicos, ladrones y homicidas. Explica López cómo la raza conquistadora perdió, al arraigarse
en Santo Domingo, la costumbre de comer lo suficiente, por la frugalidad de los vencidos y la
resistencia física del negro.6 Para la época de la Independencia, las guerras, que antes habían
sido concausa de la degeneración, vinieron a ser su efecto permanente, destruyendo la riqueza
y habituando a la delincuencia.7 Desde el punto de vista político, la violencia resuelve las cues-
tiones públicas en el campo de batalla, como las personales por el revólver o el puñal. “Cuando
el interés de la República y el particular suyo le exigen más cordura y más comedimiento,
sigue la bandera del primero que lo embulla… Jamás da su verdadera opinión si la tiene… En
elecciones, en guerras, casi todos los jefes rurales se comprometen con ambos contendientes,
reciben mercedes de ellos, les prestan por mitad su gente; y sólo se deciden formalmente por
uno cuando ven al otro completamente perdido o inexplorable”.8
En cuanto a la población urbana, no existe la clase media, granero de ciudadanos, orden
político perfecto, centro de las masas, contrapeso y equilibrio de los unos, guía y defensa de
los otros. Todo es clase elevada y clase inferior. Esta carece de freno, aquella de seguridad.
Llámanse estas clases sociedad de primera, y sociedad de segunda. De primera son los ricos,
los gobernantes mientras gobiernan, los hombres muy instruidos, los profesionales sobresa-
lientes. Para esta elevación importa poco la clase de medios empleados; el apellido apenas
cuenta; los antecedentes no se consultan, la solidaridad no existe, la reputación no es timbre,
la edad no se respeta y el crimen mismo no es mancha perdurable. De segunda clase son los
obreros, excluidos en general de la primera y que no constituyen ninguna fuerza colectiva;
los jornaleros y los proletarios. Amparada en las frecuentes conmociones revolucionarias,
irrumpe violentamente en las más altas esferas de la vida social y política y por un momento
las domina y señorea, a la manera de la encrespada ola sobre el peñasco inaccesible al mar
sereno. Esta clase y la de los agricultores, que nunca deberían ser clases gobernantes sino
gobernadas, han dado altos funcionarios y aun jefes del Estado. Inútil es decir que estos
han sido los peores. El habitante de las ciudades, casi tan frugal como el de los campos, es

4
Altamira, Hist. de Esp. t. 1.
5
José Ramón López.
6
La Alimentación y las razas.
7
Ibídem.
8
Ibídem.

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américo lugo  |  antología

imprevisor, perezoso, sensual, orgulloso y violento. La clase elevada no carece de cultura


literaria; pero su cultura científica y artística es muy deficiente.
¿Qué aptitud para el Estado se derivan de tales condiciones? Oigamos al estadista más sabio
y de más templanza de la República: “esa masa caótica de crímenes y de sangre” que se llama
sociedad dominicana, como la definió un día el senador norteamericano, no se depurará definiti-
vamente sino por el buen sentido junto al continuo esfuerzo vigoroso de los buenos dominicanos,
que por desgracia no son muy numerosos. No lo son efectivamente, porque la mayor parte de
los dominicanos son seres enfermos, inficionados de vicios morales o de ilusiones que falsean
completamente su esfuerzo intelectual…9 Planta exótica, la libertad, en nuestra tierra, en donde
todas las condiciones biológicas parecen serle adversas, clima, medio social, tradiciones, leyenda,
raza, confusión de elementos étnicos, educación incipiente o violada, desarrollo individual exiguo,
desenvolvimiento mental reducido; cuánto esmero no reclama su cultivo para que no perezca
en el ensayo de aclimatación…”10 ¿Queréis que un pueblo que ha vivido en la atmósfera de la
inmoralidad pública y la injusticia, que está inficionado de vicios, de errores fundamentales, que
no conoce más prácticas gubernativas que las que en estas tierras han podido perdurar, las de la
tiranía; que está revuelto siempre por ideas subversivas contra el orden gubernativo instituido,
sea éste bueno o malo, poco importa; queréis que un pueblo semejante, que carece en absoluto
de tradición aprovechable y de educación se convierta de un día a otro, surgiendo de la noche
de los horrores todo estropeado, harapiento, hambriento, con el rostro pálido y demacrado a la
mañana deliciosa de un despertar inesperado, se convierta, lo repetimos, en un pueblo adulto,
robusto y sano, lleno de vigor moral, con ideas justas, con nobles propósitos, con hábitos sociales
y políticos que le permitan dar en su nuevo género de vida la misma notación de los pueblos que
como Suiza, Inglaterra y los Estados Unidos de América, no sólo necesitaron siglos para llegar
ahí, sino que contaban con elementos étnicos superiores por una preparación y una adaptación
lenta y natural al medio geográfico y al medio internacional?11

La Historia
La Española no tenía representante en las Cortes12 y su Gobierno reposó siempre en la
voluntad del monarca, cuyo órgano inmediato era el Real Consejo de Indias, el más vasto
tribunal que recuerda la historia, con jurisdicción completa y absoluta sobre la administra-
ción de las Indias, y al cual estaba subordinado el ministerio mismo de Indias. Ejercíase la
autoridad real en la Colonia por medio de un Gobernador y Capitán General y Presidente
de la Real Audiencia de la isla Española, cargo que recaía por lo común en militares, aunque
fue desempeñado aun por obispos. Este funcionario proveía sólo a lo militar, ayudado por
un Comandante de Armas que lo reemplazaba en ocasiones; asesorándose para el buen
gobierno y policía de las ciudades, de la Audiencia, a la cual competía la administración de
justicia. La de las finanzas correspondía a tres Oficiales Reales. No parece que los cabildos
y regimientos, compuestos de dos alcaldes y doce o seis regidores, hayan tenido una vida
brillante y eficaz, aunque elevaban representaciones a S. M. en los casos graves y a veces con
valor y decisión. Entre las excelencias del sistema colonial español merecen ser señaladas la
temporalidad de los cargos y el pase de una Audiencia a otra; la residencia o examen de la

9
Francisco Henríquez y Carvajal, El Liberal, 24 de oct. 1900.
10
Edición del 26 de oct. del 1900, El Liberal.
11
Ibídem.
12
El 21 de febrero de 1813 fue nombrado diputado a Cortes por Santo Domingo Don Francisco Xavier Caro.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

conducta de todo funcionario cesante; el favor acordado a la prueba testimonial, el derecho


de constatación por la Audiencia de los servicios prestados y la democrática costumbre de
escribir el súbdito libremente al rey. Regíase la colonia por las famosas Leyes de Indias, per-
fumadas por el aliento de Las Casas. Si permanecían mudas, hablaban las de Castilla. Del
rey emanaban nuevas leyes y cédulas, ésas para seguir al derecho en su evolución; éstas
para explicar leyes preexistentes.
Muy temprano fueron declarados comuneros los terrenos de la isla, daño que aún hoy
surte sus efectos. El habitante fue pastor cuando pudo haber sido agricultor. La prohibición
del comercio con los extranjeros era absoluta. La Casa de la Contratación hizo de Sevilla la
heredera de los beneficios del Descubrimiento, adjudicándole el monopolio del comercio colo-
nial, que luego pasó a Cádiz. Las necesidades de la isla no podían ser satisfechas. La piratería
perturbó entre la metrópoli y la colonia relaciones que la decadencia de ésta hacía cada vez
menos frecuentes. Comenzaron los rescates, y, para impedirlos, el gobierno español no vaciló en
destruir las poblaciones del litoral. Este crimen mató la isla. El establecimiento de los franceses
en ella dióle nueva vida. El ganado tuvo un mercado. Organizóse el contrabando y la colonia
española se levantó de nuevo ayudada por el enemigo mismo que procuraba suplantarla. La
cruzada contra el usurpador proseguía sin cesar, atizada por las declaraciones o rumores de
guerra entre las metrópolis, pero nunca extinguida por los tratados de paz. Sólo hubo tregua
hasta cierto punto cuando subió al trono de España un príncipe francés. Así se formó el genio
belicoso que aún anima hoy al pueblo dominicano, cuyos arreos y descanso fueron siempre
las armas y el pelear. A cada acto de usurpación de terreno de parte del francés, respondía el
español con otro de sonsaca de esclavos franceses, con los cuales se fundaron pueblos como
el de Los Minas. Montero, lancero y contrabandista, el criollo español, bajo un gobierno semi-
patriarcal que toleraba y hasta encubría sus fechorías contra los franceses, desarrolló las ten-
dencias individualistas de la raza española y los torpes instintos de la raza africana. Valiente,
fino y leal en yendo de España, solía mostrarse cruel, jactancioso y servil con sus vecinos, a
quienes no perdonaba ocasión de vengarse por la usurpación del territorio.
El tratado de Aranjuez puso paz al fin entre ambas colonias; pero la Revolución Francesa
repercutió en la de Francia con nuevos y no imaginados horrores. La alta y sombría figura
de Toussaint L’Ouverture se alzó y lo dominó todo, recibiendo al cabo las llaves de la invicta
y, por decirlo así, sagrada ciudad de Santo Domingo. Con esto emigró la flor de las familias
para siempre; que no lograron que volviesen los resonantes triunfos de la Reconquista.
Reducida a escombros la que antes era modelo de colonia, pasmo de naciones y delicia de
su metrópoli, estableciéronse los franceses en la antigua parte española cuyos negros había
preservado del contagio revolucionario la prudencia del gobernador Don Joaquín García y
la noble templanza del carácter español. Echólos de allí para colocar de nuevo a España, un
precursor de Santana el Anexador. Mas ¿a qué repetir lo ya dicho en la introducción? ¡Grande
debió de ser la incapacidad para el Estado del pueblo que soportó durante un cuarto de siglo
yugo tan ominoso como el haitiano! Pero aun los pueblos degradados tienen su libertador.
La víspera misma de caer en manos de Haití, Núñez de Cáceres había levantado el suyo al
cielo de la independencia. Juan Pablo Duarte recogió esta aspiración de Núñez de Cáceres y
Francisco del Rosario Sánchez la selló con el cuño de su alma en las piedras del Baluarte.
El Estado dominicano no nació viable. Murió asfixiado en la cuna. Proscriptos salieron los
padres de la patria, condenados por el crimen de haberla creado. Un valiente hatero –hijo de
un soldado de Palo Hincado– se apoderó del poder. Uno de sus amigos, hombre ilustrado, pero

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américo lugo  |  antología

adversario de la idea de independencia, se lo disputó. Ambos se rodearon de facciones; ambos


defendieron contra Haití el territorio; ambos buscaron ansiosamente el protectorado o la anexión;
ambos ensangrentaron el país; ambos provocaron o consintieron humillaciones para la República.
Los rasgos más salientes de la época son el ejercicio absoluto de la fuerza, el abuso de la pena
de muerte, la insolencia de los cónsules extranjeros, las misiones con propósito de anexión, la
ingratitud hacia los fundadores de la República, la absoluta falta de conciencia nacional. Santana
creyó extinguir con las ejecuciones de 1845, 1847, 1855 y 1861, la idea de la independencia, flor
de la solitaria mente de Núñez de Cáceres, recogida y cultivada por Juan Pablo Duarte; pero la
idea brilló un instante en la frente de los hombres del 7 de julio de 1857. Santana se apresuró a
suplantarlos, envió al General Felipe Alfau ante S. M. Católica, a Don Pedro Ricart y Torres a La
Habana y entregó la República a España. Séame permitido detenerme en el umbral de la historia
contemporánea, campo movedizo cruzado de senderos todavía sin término. Basta decir que
este segundo período de independencia es una repetición del primero. El personalismo llevó a
la antigua República de error en error, al 18 de marzo de 1861. El personalismo nos llevará de
nuevo, de error en error, a la pérdida de la nacionalidad. El 29 de noviembre de 1869 se firmó
un nuevo tratado de anexión que no tuvo efecto. El 9 de agosto de 1897 se agregó sin causa, ni
objeto ni motivo un millón quinientas mil libras a la deuda. La influencia americana apareció
al fin con la Improvement en 1892 y ha dado por fruto la Convención de 8 de febrero de 1907
y el gran empréstito de 1908. La importancia y delicadeza de nuestras actuales relaciones con
los Estados Unidos de América no han menester encarecimiento. La proximidad de esta gran
nación, la triunfante doctrina de Monroe, su política panamericana, su expansión imperialista,
su culpable apartamiento de sus generosos fundadores, la ocupación de Puerto Rico, su control
en Cuba, la dolorosa situación presente de Haití, todo mueve a la reflexión y a la cordura. Sin
embargo, la República Dominicana corre a su ruina.
De la lección atenta de la historia se deduce que el pueblo dominicano no constituye
una nación. Es ciertamente una comunidad espiritual unida por la lengua, las costumbres
y otros lazos; pero su falta de cultura no le permite el desenvolvimiento político necesario a
todo pueblo para convertirse en nación. El pueblo en que él se opera, aunque no constituya
Estado, está en vísperas de formarlo, va a fundarlo. Aquel en que todavía no se ha operado,
aunque proclame el Estado y lo establezca y organice, no logra constituirlo. La infancia no
puede ser adulta por su propio querer. El Estado dominicano refleja lo que puede, la variable
voluntad de las masas populares; de ningún modo una voluntad pública que aquí no existe.
El pueblo dominicano no es una nación porque no tiene conciencia de la comunidad que
constituye, porque su actividad política no se ha generalizado lo bastante. No siendo una
nación, el Estado que pretende representarlo no es un verdadero Estado.

Conclusiones
Por la posesión de un territorio demasiado fértil bajo un clima tórrido, la deficiencia de
la alimentación, la mezcla excesiva de sangre africana, el individualismo anárquico, y la falta
de cultura, el pueblo dominicano tiene muy poca aptitud política. El hombre de Estado debe
dirigir sus esfuerzos a aumentar esta aptitud contrarrestando esas causas. Aun con su corta
extensión y sus defectos naturales, el país podría servir de asiento a un Estado, siempre que
una reforma constitucional que ya comienza a ser tardía, restringiese la enajenación de la pro-
piedad territorial en manos extranjeras. Aunque el concepto del imperium sea esencialmente
distinto del dominium, en los Estados pequeños la pérdida de la propiedad privada implica la

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pérdida de la soberanía. Lo que con sus actuales defectos de ningún modo puede servir para
la formación de un Estado, es el pueblo dominicano. Hay que transfundirle nueva sangre. La
inmigración tiene aquí la importancia de los cimientos en el edificio. Las leyes deben tener un
carácter tutelar. Puesto que el pueblo es incapaz de gobernarse y que no quiere después de
cincuenta años de independencia, ser gobernado por un Estado extranjero, la minoría ilustrada,
que es su más noble elemento, que forma un embrión de Estado, debe constituirse en partido
político, menos para aspirar a gobernar las masas que con el propósito de educarlas y suplir
la de otro modo inevitable intervención extranjera. En vez de ser lo que hoy disgregada es,
puente echado a los pies del primer jornalero audaz victorioso en las luchas fratricidas, esa
minoría, suerte de transitoria aristocracia, sería valladar indispensable contra la clase inferior
que vive sin freno asaltando el poder a toda hora. Los partidos políticos no deben tener aquí
por objeto el gobernar, sino preparar al dominicano para el ejercicio por ahora imposible del
gobierno republicano, democrático y representativo, a fin de ir realizando poco a poco este
ideal de nuestra Constitución.

Defensa de S. Williams*
Un hombre cualquiera comete un delito, es aprehendido, se le instruye proceso y se llama
a un abogado para que lo defienda. ¿Por qué se busca un hombre honrado e ilustrado que
represente a un bribón, un asesino, un bandolero? ¿Por qué la ley, dudando de sí misma y de
los jueces que ella misma escoge, declara sagrado el derecho de defensa? ¿Por qué se viene
aquí, en el instante supremo, a presentar ante la sociedad, control anónimo pero respetable,
el severo plenario de una causa secretamente instruida? Se busca, se declara, se hace todo
esto, por el mismo motivo que hace que el abogado mire con respeto aun al acusado del peor
de los delitos, que al juez le tiemble el corazón si no la mano, al firmar la sentencia del mal-
hechor más convicto y confeso. Este motivo poderoso, insuperable, es la duda, la tremenda
y silenciosa duda que surge lentamente de la conciencia humana, muralla formidable contra
los asaltos de las pruebas, tanto más formidable cuanto estas parezcan más convincentes
y expresivas. Esta duda es sagrada. Honra al género humano. No es la duda de un hecho,
que se tiene por cierto; nace de la certidumbre misma del hecho cometido. Es el saludo res-
petuoso de la razón ante la responsabilidad de un juicio, de la libertad ante la ejecución de
un hecho. Es la protesta callada y solemne que el corazón eleva, pugnando por ausentarse
de estos sitios donde la fragilidad se convierte en resistencia para el que juzga, la resistencia
en fragilidad para el juzgando, y la falibilidad, pensión invencible del entendimiento, se
convierte, a usanza papal, en arma para el poderoso en vez de escudo para los miserables.
Es la plegaria del alma dolorida ante las miserias del mundo, perfume purificador, humo
sagrado que busca las azules y serenas regiones del perdón y del olvido.
El ánimo fuerte, el pecho varonil, el espíritu vigoroso se rebelan, ¿por qué no decirlo?,
contra este aparato teatral combinado y preparado con antelación, que constituye la justicia

*A Punto Largo, S. D., 1901, pp.83-90.


Con esta defensa ocurrió lo que sigue: “En la audiencia de S. Williams, del Tribunal de Primera Instancia de Monte
Cristy, que tuvo lugar hacia 1895 más o menos, siendo yo Alguacil de estrados, sucedió que cuando el licenciado Lugo acabó
de leer la defensa, en el momento en que iba a formular las conclusiones, fue interrumpido por los aplausos del público
que llenaba la sala, de tal manera, que por fin el Juez de Primera Instancia que era Don Ezequiel García, el secretario que
era Salvador Dionisio Carvajal y el Fiscal que era Francisco Emilio Reyes, se levantaron y unieron sus aplausos a los del
público y yo también, de modo que todo el Tribunal aplaudió”. Euclides González. Ciudad Trujillo, enero 12, 1946.

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américo lugo  |  antología

penal moderna, con sus códigos de cien años ha, con sus procedimientos siempre bárbaros
por lo subrepticio y dudoso, donde como si no fueran hombres, es decir, barro frágil y lodo y
podredumbre, los hombres vienen a representar una tragedia de Shakespeare, o a realizar un
sacrificio parecido a los sacrificios humanos con que los salvajes apagan la cólera de los dioses
o imploran su misericordia. Cuanto más no valía, antes que ejercer una pública venganza
de un agravio particular, dejar que el juicio de Dios decidiera entre el ofensor y el ofendido.
Al menos esta venganza resultaba más legítima, dejaba independencia y personalidad al
culpable, y se desplegaba ante la curiosidad pública con todos los atavíos de las armas y
con todo el esplendor de la gloria. ¡Pero hoy…! Para castigar un delito, cometido tal vez en
hora súbita, se reúnen los hombres a fraguar despacio, tranquilamente, otro delito mayor,
porque si el malhechor arriesga la vida en cada uno de sus pasos, la omnipotencia de la ley
no arriesga nada y gana, en cambio, aplausos y condecoraciones.
Bentham se disgustó del ejercicio de la profesión de abogado, dedicándose luego a
mejorar las leyes. Si hubiera sido juez, habría preferido sentarse junto al acusado antes que
juzgar a sus semejantes. El banquillo es el único puesto humilde donde la sabiduría, libre de
la presunción y errores terrenales, y la prudencia, libre de toda pasión mundana, encontra-
rían su más cumplido asiento. Un filósofo entrando a este recinto, Sócrates, el dios pagano
o Platón el divino, dudo mucho que escogiera el sitio de donde se descargan los rayos de
la ley. Imaginaos una paloma blanca batiendo sus alas puras en este ambiente: después de
revolotear sobre nuestras cabezas orgullosas, iría a posarse junto al acusado, es decir, al lado
de la debilidad y la ignorancia, porque la ignorancia y la debilidad constituyen la inocencia,
inocencia no menos digna de respeto cuando produce crímenes, que cuando sólo exhala el
aroma estéril de la continencia o el fecundo aroma de la virtud.
Si la historia de la pena es una abolición perpetua, las ciencias contemporáneas han cavado
ya el ancho sepulcro donde irán a sepultarse, en breve, los restos de ese andamiaje siniestro
sobre el cual se yergue la justicia penal con todos sus errores. Con la mano sobre el corazón,
más de un juzgador de sus semejantes, heridos los ojos por la ley de los estudios sociales,
herida el alma de pesar inmenso, está preguntándose a sí mismo con qué derecho condena
a la cárcel dura o envía a la horca infame a quienes no son ni pueden ser esclavos suyos ni
esclavos de la ley, cuando la ley ni los mantiene, ni los instruye, ni los salva de la mordedura
rabiosa de la herencia; con qué derecho pone su inteligencia al servicio de la severidad en vez
de ponerla al servicio de la piedad; con qué derecho se va a agostar voluntariamente las fuen-
tes de la vida humana en vez de abrirles ancho y venturoso curso; con qué derecho detiene
la corriente del trabajo, del amor y de la dicha, y lleva a un calabozo un ideal, y amordaza
las energías del espíritu, y abate el vuelo de las almas; con qué derecho, en fin, dispone de lo
que no es suyo, confiscando, multando, encarcelando, matando, obligando a retractaciones
que ofenden el honor, hiriendo así a título de castigo, como un legionario de César, sobre las
frentes inmaculadas de la libertad y la justicia misma cuyo nombre invoca?
Si en tu nombre, Libertad, se cometen tantos crímenes, ¡cuántas injusticias, oh, Justicia,
se cometen en tu nombre! Innúmeras, como las estrellas del cielo, como la arena de las playas
dilatadas, como los pasos del tiempo, como las olas que causan los naufragios; irreparables,
como el choque ciego y violento de las fuerzas de la pujante, salvaje naturaleza; avasalla-
doras como el remordimiento que provocan, son las sentencias que el hombre ha pronun-
ciado sobre el hombre desde que pudo creerse no mejor sino más fuerte que aquel a quien
condenaba. El castigo sustituyó a la venganza como los dorados reflejos de un incendio a

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las ondas impetuosas de una inundación. Mal por mal, preferible es al castigo la venganza,
más personal y sincera y por tanto más humana. El hombre es animal que no escarmienta:
el castigo es flor siniestra que ha necesitado para brotar que el hombre haya aguzado sus
instintos y educado sus pasiones sin corregirlas, formando la trama en que viven enredados
los malvados. La venganza es la flor, a menudo bella, de la tumba, que espontáneamente
brota así para los dioses como para los pecadores y en cuyo perfume insiste a las veces el
aliento del heroísmo y la nobleza.
No es la venganza, y menos el castigo, lo que necesita el delincuente y lo que el hombre
que se llama juez y la ley que se llama obligatoria deben proporcionarle. Es la corrección,
mediante la instrucción sana y vigorosa que mejora el alma con el entendimiento. El nivel
del corazón no se levanta de la jurisdicción del vicio hasta las regiones donde reina la pu-
reza, sino llevado de ese lazarillo que llamamos inteligencia. La vida afectiva tiene que ser
necesariamente defectuosa, allí donde la vida intelectual sea casi nula. Los movimientos del
afecto son siempre provocados por un destello de razón que da la medida de su valer. Esta
luz, antorcha de la vida, faro de nuestro destino, es estrella que guía al alma al cielo de la
virtud, que el alma sigue y no abandona sino con la muerte, dispuesta a ser así su víctima
como su protegida. Castigue quien se atreva en una época en que no hay padres que no se-
pan que no deben castigar a sus hijos; castigue el juez que quiera trocar su misión de padre
por la de verdugo. Mas, si la razón le guía tanto como el reflejo dudoso de leyes muchas
veces faltas de toda razón, absténgase de castigar, en lo posible; trate de que su ministerio
sea fecundo en buenos consejos y buenas obras; piense que más vale una palabra persuasiva
para el corazón empedernido, que el más fiero castigo que martirice esta noble entraña sin
conmoverla. Mientras el hombre no se despoja de esa arma fratricida que se llama ley penal,
mientras lo que se gasta en cárceles no se consuma en escuelas de corrección, busque el juez
con ánimo celoso en el tenebroso bosque de los artículos del Código, no la encina sino el
arbusto donde ahorque los principios y naturales derechos que la ley le manda colgar arre-
batándolos a un miserable para servir de escarmiento a otros miserables. No aplique nunca
pena máxima, sino pena mínima, defienda al reo de las asechanzas de la ley y regálese el
corazón con las atenuaciones que su inteligencia sepa hallar. ¡Todo lo que pueda mejorar la
condición del reo, es una perla que el juez ostentará orgullosamente en su birrete, una cinta
de honor que ostentará en el ojal de su toga, toga y birrete que simbolizan al hombre sabio,
al hombre piadoso, al hombre prudente, al hombre justo!

De la intervención en Derecho Internacional*


Existe una sociedad natural de naciones como existe una sociedad natural de individuos
en la familia, una sociedad natural de familias en el municipio, una sociedad natural de mu-
nicipios en la provincia y una sociedad natural de provincias en la nación. Indudablemente
el individuo es el sujeto primordial de cuantas sociedades naturales existen; mas como en
cada una de las sociedades enumeradas va desarrollando facultades y aplicándolas en la

*A Punto Largo, S. D., 1901, pp.103-141. Trabajo leído en el Liceo de Puerto Plata, el 11 de diciembre de 1897. En
esta obra sólo reproducimos un fragmento.
Este trabajo fue uno de los que escribió el autor “a la hora de la Contienda de Cuba con España”. En él se toca
la hoy palpitante manera de cómo debería ser organizada la vida de relación entre las naciones. De lo expuesto aquí
se deduce cuán anticientífica es la actual organización de la ONU.

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américo lugo  |  antología

sociedad inmediatamente superior, resulta que el espíritu individual en la familia es ya dife-


rente al espíritu individual en sí, como en el municipio es ya distinto al que informa la familia,
elevándose gradualmente, tanto mejor cuanto mejor organizados constitucionalmente estén
los medios sociales naturales, hasta formar el espíritu nacional que, comprendiendo todas las
facultades del individuo, le presenta como sujeto de la sociedad internacional. Cada asocia-
ción natural forma, pues, un ser complejo con vida propia y particular que viene a ser como
laboratorio de otra vida social más comprensiva. Sendas series de instituciones diversas van
realizando las funciones cada vez más complicadas de la vida de esas asociaciones, y todas
juntas bastan a realizarlas por completo dentro de los términos de la nación, que constituye así
uno como laboratorio inmenso de vida universal. El conjunto de instituciones políticas deno-
minado Estado es también el encargado de poner en la comunidad del mundo el espíritu vital
de la nación, expresión de toda su actividad interna, y ello, desde luego, no de conformidad a
un plan constitucional sino arbitrariamente. Lo que podría llamarse gobierno internacional se
cumple como función accesoria de gobierno nacional. De todos modos, la organización actual
del mundo, muchísimo mejor que la del mundo antiguo, en que la actividad interna no salía
afuera sino en son de conquista o atropello, ha creado cierta comunidad de derecho entre las
naciones y hecho de cada una de éstas un ser jurídico igual a todas. Así, la suma de naciones
constituye la familia humana, como la suma de asociaciones que integran la nación constituye
la familia nacional. La misma capacidad de realizar por medio de funciones propias el destino
nacional de los individuos ciudadanos, da a toda nación derecho absoluto para ejercer todos los
derechos nacionales naturales de la vida internacional al modo que, en la corporación nacional,
el ciudadano ejerce sus derechos individuales naturales sin restricción de ninguna especie.
Aunque aquellos no aparezcan o no estén bien definidos, como están éstos, en las constituciones
de los pueblos, no habría razón para desconocerlos: la nación constituye el elemento primero
de nuevas asociaciones, las confederaciones, realizadas hasta hoy sólo excepcionalmente en
la historia, por no haber llegado los pueblos a su completa organización jurídica interna.
Para que el derecho de las naciones pueda existir, se necesita que el derecho reine en su
interior. La fuerza individual, dice Ihering, engendró el derecho: dijera el poder individual y
sus palabras representarían mejor su idea profunda e intensa. El derecho individual engendró
el derecho de la ciudad; el derecho de la ciudad, el derecho de la nación: el derecho de la nación
es, pues, el que puede engendrar el derecho internacional. El derecho positivo internacional
será obra del derecho positivo nacional público y privado. Definidos y consagrados derechos y
deberes de la vida internacional, ejercidos los nacionales naturales directamente por el gobierno
nacional, los demás por delegación de función gubernativa internacional propia y distinta de las
funciones de gobierno nacional, mediante ampliación de la función electoral, creación de una
segunda cámara legislativa para fines internacionales, refundición completa del actual sistema
diplomático en función ejecutiva internacional y ejercicio de la función judicial internacional
por arbitraje electivo y temporal, las intervenciones, producto de la fuerza, consecuencia del
estado de desorganización de la vida interna y externa de las naciones, desaparecerán ante el
ejercicio constitucional del poder internacional. Hay en las palabras fuerza y poder un abismo:
fuerza no es medio de derecho para individuos ni naciones; poder es medio de organización
jurídica tan eficaz para éstas como para aquellos: mas es cierto que mientras la fuerza pueda
introducirse por los resquicios de la organización jurídica interna para disputar al poder el
ejercicio del derecho, será utopía, no ideal, pensar en la capacidad de la sociedad internacional
para anular las tentativas de fuerza de cualquiera nación aislada.

49
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

La intervención no es un derecho ni un principio, sino un derecho y un principio de fuerza


admitidos en la práctica y teorías internacionales ya como derecho común, ya como derecho
excepcional que encuadra bien en el régimen general de conducta egoísta y brutal que aquella
acusa y estas aconsejan; un modus procedendi, al cual apelan casi siempre los fuertes para abu-
sar de los débiles, casi nunca los débiles contra los fuertes; una puerta de Jano por donde toda
nación puede penetrar a voluntad en el templo que Rómulo erigió a la paz y que los romanos
dejaron abierto para que no lo cerrara nunca la posteridad. Grocio, escritor de genio y padre del
derecho internacional, condena las intervenciones. Mientras no aparezca otro escritor de genio
en tal materia, mientras no estalle una como nueva Revolución francesa, mientras la fuerza rija
las relaciones internacionales, el principio de intervención no podrá ser rechazado como arbi-
trio capaz en casos determinados, como todo arbitrio, de eficacia y salvación. A medida que el
derecho y el poder vayan sustituyendo a la arbitrariedad y a la fuerza, las intervenciones irán
perdiendo la virtud funesta que también tiene todo arbitrio, de servir al interés egoísta de las
naciones. Las intervenciones jurídicas vendrán. Así como los individuos capaces de su derecho
terminan por no auxiliarse para despojar de él a nadie, por el mismo caso las naciones acabarán
por no intervenir sino en defensa del derecho. Las intervenciones están, pues, llamadas no a
pisotear las nacionalidades sino a desarrollar el sentimiento de solidaridad entre los pueblos.
Sirvieron de herir a Polonia en el corazón, llagado ya de las heridas profundas que esta nación
suicida se infiriera; pues han de servir para curar a su propia víctima, y en no lejano día. Louis
Blane, levantando la bandera polaca al tiempo que hablaba sobre la emancipación de las nacio-
nalidades en la Asamblea francesa, es para mí imagen de la posteridad reparadora. Comienza
apenas la aurora de otro siglo; en el cielo europeo esplenden nuevas estrellas; mil esplenden
también, algunas de primera magnitud, en el cielo americano y no las únicas: levantad vues-
tras cabezas y veréis, señores, el nacimiento de otra estrella. Esta época, en la que los Estados
poderosos hacen los mayores alardes de fuerza, es, sin embargo, época de renacimiento de
nacionalidades: de la fuerza misma brotan, como de fragua ciclópea, las armas del derecho.
Anhelo serenidad de juicio para observar los grandes sucesos: el entusiasmo ciego es nube que
empaña la mirada de las almas. El espectáculo que Cuba ofrece no es desconsolador: Cuba
no está completamente sola. Está con ella el espíritu republicano de los pueblos americanos y
europeos, espíritu sagrado, que está salvando a la especie humana de la ruin vergüenza que
han querido arrojarle encima sus gobiernos, hasta los sedicentes democráticos cuya ausencia
dice solamente cuánto dista el mejor gobierno actual de representar con fidelidad el espíritu
nacional. La intervención respecto de Cuba y España podría hacer obra buena en servicio del
derecho: la teoría internacional moderna faculta y hasta prescribe la intervención cuando una
de las partes contendientes la solicita, cuando una metrópoli es impotente a sofocar una insu-
rrección, cuando se perjudica considerablemente a otro Estado y en interés, por último, de la
humanidad ultrajada. Si la intervención tampoco sirve para la defensa del derecho en Cuba,
¡cuánto debemos apresurarnos a sustituir arbitrios por medios orgánicos!
Un escritor francés aboga calurosamente por la práctica de las convenciones (demandas)
extranjeras intentadas por las potencias del Viejo Mundo contra los Estados americanos según
el bárbaro procedimiento de la regla inglesa, como único medio de asegurar los derechos de
vida y propiedad de los europeos en América. Para él, la América hispana, asolada por la
anarquía, debe hallarse sometida al dominio eminente de la Europa civilizada. Revoluciones
incesantes, barbarie popular, debilidad gubernativa, todo está haciendo de estos pueblos
unos enemigos irreconciliables del género humano. Pero Thiers fue político sin principios e

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américo lugo  |  antología

historiador sin dignidad: al hablar del Nuevo Mundo, no había de honrar al derecho ni a la
libertad sino al interés y al despotismo. Francia ha tenido casi en vida de Thiers once cam-
bios de forma de gobierno y con ellos reyes, emperadores, presidentes: presa de los déspotas,
entre los cuales figura el mismo Thiers, ¿hubiera admitido nunca éste la aplicación de la regla
inglesa, para salvar de atropellos los intereses extranjeros? En cuanto a barbarie popular, no
era ningún pueblo americano a quien se refería el hijo de un obrero marsellés cuando, orador
y ministro, hablaba de la “vil multitud”. Las clases populares, sumergidas en la ignorancia, no
tienen la culpa de “su vileza”, cuando ministros inmorales no aplican toda la capacidad de que
se hallan investidos a adaptar el medio social al mayor desarrollo y a la mejor satisfacción de
las necesidades afectivas e intelectuales. Y, finalmente, nuestra debilidad gubernativa implica
descentralización republicana, ideal hacia el cual se arrastra, adonde no acabará de llegar nunca
la Francia, mientras no le quebrante por completo la cabeza a esa unidad política que hace de la
práctica de las instituciones libres una farsa en cualquier latitud, americana o europea. Desde
su advenimiento a la vida internacional, las sociedades hispano-americanas se constituyeron
en Repúblicas, forma de gobierno que no han abandonado a pesar de esfuerzos franceses. El
publicista llama instabilidad de instituciones a la instabilidad de personal gubernativo; pero
ningún personal más instable que el gubernativo en Francia, aparte la instabilidad misma de
las instituciones. La anarquía que alega para someternos a la regla inglesa, en ninguna parte ha
hecho más estragos que en el territorio francés. Anarquía existe en todas partes; pero la nación
que ejerce la función social judicial mediante la aplicación de leyes preestablecidas, no puede
ser tildada de anárquica. Todo lo que puede exigir el mundo civilizado es que los extranjeros
merezcan en el territorio que pisen igual amparo que los ciudadanos. Ninguna nación europea
ha consentido nunca en otra cosa. Pues bien: los extranjeros son tratados en América sobre
el mismo pie que los nacionales; y, en algunas partes, como la República Dominicana, con
marcado interés y deferencia, resultado del afán de población y de la índole nuestra, sociable
además. Pero la enorme desproporción de fuerzas entre ciertas Repúblicas hispanoameri-
canas y ciertas potencias europeas, despertando en éstas la ambición y la concupiscencia,
convierte a aquéllas en víctimas de sus propias virtudes afectivas. Hasta el crimen, cometido
por extranjeros, viene entonces a servir de pretexto para reclamaciones internacionales con
aplicación de la regla inglesa. Envalentonados con el fácil oído prestado a sus quejas por los
representantes de sus gobiernos, franceses, ingleses y alemanes se cuidan poco de respetar las
leyes de esas Repúblicas, viven amenazando a cada paso con “su cónsul” a los empleados de
policía y hasta a los magistrados judiciales, y sólo aspiran a que el azar les ponga en la trilla
internacional para “salir de pobres”. La lotería no es medio tan anhelado y socorrido de “hacer
fortuna” en estos pueblos como las reclamaciones internacionales con que muchos emigrados
europeos sueñan noche y día. ¡A tal punto llega la perversión del sentimiento de solidaridad
internacional bajo la práctica de los abusos de fuerza preconizados por publicistas inmorales!
América tiene estatuas y recuerdos para más de un francés: para Augusto Thiers sólo debe
tener desprecio y olvido.
Mientras no llegue para el mundo la era definitiva del derecho, ¿cómo evitar las inter-
venciones injustas? Trabajando cada nación, especialmente las que hoy son víctimas de la
fuerza, por la mayor consagración del derecho. No de otro modo. La libertad de un Estado
es una parte de la libertad humana. Ninguna nación, por débil que sea, deja de crecer y cen-
tuplicar su poder cuando logra organizarse jurídicamente de modo que todas las energías
individuales y sociales estén constantemente promovidas hacia la busca y consecución de la

51
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

utilidad general de la nación entera. Las fuerzas con que la nación más pequeña cuenta, son tan
grandes, si bien se considera, que se puede asegurar, sin temor de equivocarse, que la que después
de cien años de vida independiente no constituye potencia respetable, no ha sabido, en ese tiempo,
gobernar sus destinos con acierto y discreción. Si la evolución es ley biológica internacional, el
establecimiento de una colonia no debe mirarse sino como preparación de un Estado indepen-
diente. Todas las Repúblicas hispano-americanas fueron colonias: si consiguieron independizarse
fue porque al fin se amayoraron a pesar del mal régimen gubernativo de la metrópoli. Sin caudal
propio ninguna nacionalidad subsistiría: la aspiración suprema, en toda función de gobierno, debe
ser el aumento del caudal nacional. Este se compone de tesoros de tres clases: materiales, morales
e intelectuales. Dirigir el esfuerzo al acrecentamiento del caudal material es la aspiración de los
gobiernos egoístas; propender a la vez al desarrollo de la riqueza moral e intelectual es el objetivo
de gobiernos verdaderamente previsores. Porque las riquezas morales e intelectuales aumentan
mucho más presto la riqueza material que ésta aumenta a aquéllas. Mucha razón de nuestra lenti-
tud se esconde en lo pasado; pero la gran falta política de los Estados hispano-americanos estriba
en no mirar con preferencia hacia lo porvenir, y no otra es la causa de su perpetua debilidad. Si
el más infeliz de todos ellos, tirando sólo a lo presente líneas de economía previsora, acudiese
con el grueso de sus energías y recursos a preparar convenientemente la generación juvenil para
una vida moral e inteligente, no en ésta tal vez, mas en la generación subsiguiente comenzaría
a palpitar la realidad de una nacionalidad grande y poderosa. El culto interno por el derecho, lo
vuelvo a decir, es el único contingente verdaderamente eficaz que toda nación puede prestar a
la formación del culto por el derecho externo o internacional. Por supuesto, culto por el derecho
interno implicaría propósito serio y sostenido de formar de la sociedad nacional un medio inte-
lectual y moral tan grande, tan benéfico, tan puro como lo sueñan los poetas bien intencionados,
como lo anhelan los hombres de buena voluntad, como lo vislumbran los espíritus vigorosos que
beben, libres de prejuicios, en las claras fuentes de las ciencias contemporáneas. ¿Cómo se quiere
que haya solidaridad internacional si ni siquiera la hay en la vida de familia? La patria potestad, al
desconocer el derecho del hijo; el centralismo, al vulnerar los derechos de municipios y provincias,
ahogan en flor las esperanzas, los esfuerzos individuales, y circunscriben la eficacia del gobierno
nacional al círculo reducido de la conservación egoísta. Para que un pueblo levante su espíritu a
la cumbre de la evolución, mirando a sus pies, respetuoso y sumiso, el globo de los pueblos; para
que, desbordando la áurea copa de la civilización fuera de sus propias fronteras, lleve al seno
doliente de la vida internacional el aliento de la solidaridad, necesita dar resueltamente la espalda
a lo pasado e internarse en lo porvenir, guiado sólo por los principios rigorosamente científicos,
rayos primeros de un sol moral que alumbra hoy las inteligencias privilegiadas, porque ningún
sol ilumina, en su aurora, sino las partes sobresalientes de la naturaleza.

Sobre Política*
A Fabio Fiallo
I
Si el tiempo me viniera holgado, yo escribiría a los amigos que me asedian, que me
excitan y hasta me reprochan de egoísta, una larga carta. En ella expondría despacio, sose-
gadamente, mis impresiones, mi pensamiento, mis anhelos en estos instantes supremos para

*A Punto Largo, S. D., 1901, pp.7-30. Se publicó en 1899, en varias ediciones del periódico El Nuevo Régimen.

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américo lugo  |  antología

la patria y su felicidad. Desgraciadamente sobre mí pesan agobiadoras responsabilidades


profesionales; sobre mí ruedan, gastando juventud y fuerza, ocupaciones incesantes que no
me dan punto de reposo.
Política es amor y tolerancia. Gobernar es amar, porque gobernar es dirigir la educación
de un pueblo; y no educa quien odia, ni gobierna quien no pone sobre su cabeza a unos,
junto a su pecho a otros y en sus rodillas a la generación naciente. Gobernar es tolerar, por-
que es armonizar las partes que forman el todo; y no armoniza quien segrega, ni gobierna
quien no suma los intereses, afectos y opiniones del ciudadano más humilde a los de todos
los demás interesados.
Para oír claramente la voz de un pueblo, es necesario dejar que pasen los momentos de
cobardía o excitación. Pueblo privado ayer de todo, hoy lo quiere todo, así en la medida de
lo que le conviene, como en la largueza del exceso.
Cuando se aplica un régimen cualquiera a un organismo, durante algún tiempo la ten-
dencia a la práctica del régimen sobrevive al régimen. El primer deber del patriotismo ha de
ser modificar la vida instintiva cuando fuere mala, impulsarla cuando fuere buena.
La sustitución de un régimen por otro, es uno de los actos más serios y delicados de la
vida política. Un cambio completo de personal puede dejar en pie un sistema de gobierno,
mientras que un cambio de sistema puede dejar en pie una parte del personal gubernativo.
Demostración cumplida de esta verdad es la corta pero edificante vida de la administración de
Figuereo. Figuereo tenía, como Júpiter, en la mano el rayo; pero ni la venganza en el corazón,
ni desapoderadas ambiciones. Amayorado por la experiencia, fue cómplice voluntario de la
evolución y se vistió de gala con las insignias de la libertad, para caer dignamente.
Funciones que se ejercen por delegación, menester es, para ejercerlas eficazmente, progra-
ma definido que aleccione a los funcionarios todos y les sirva de pauta general. Ese programa
debe ser como un resumen de las necesidades y aspiraciones legítimas del pueblo.
La elección del personal debe ser tal que responda a los propósitos del programa, a fin
de que el espíritu de solidaridad entre los funcionarios, impida la creación de obstáculos
dentro del seno mismo del gobierno.
La condición suprema para la fundación de un Estado de derecho, es un profundo con-
cepto del derecho. Las falsas, empíricas ideas jurídicas, que flotan en las alturas del poder,
causan tanto daño como la falta de honradez. No basta la voluntad de gobernar: se necesita
la capacidad de hacerlo real y efectivamente.
Hay una fuente, que la ninfa Egeria guarda, a donde ir a beber cordura y sabiduría gu-
bernativas: la iniciativa individual. Sociedades comerciales, industriales, agrícolas, benéficas,
artísticas, recreativas, instituciones complementarias son de todo Estado jurídico. La prensa
discreta e ilustrada, la callada opinión de los hombres de valer dominicanos y extranjeros,
el ejemplo de la lucha por la vida jurídica en la historia y en el mundo, son auxiliares pre-
ciosísimos que el hombre de Estado puede y debe aprovechar.
......................................................................................................................................................

IV
He afirmado que el Gobierno Provisional ha dejado en pie el antiguo régimen, acatando
una Constitución que lo condena, y doy paso a la prueba.
El antiguo régimen es el centralismo: y el centralismo está en pie. Centralismo es predo-
minio del Poder Ejecutivo sobre las demás funciones de gobierno: el Poder Ejecutivo invade

53
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

legalmente la jurisdicción de lo electoral, legislativo y judicial; pone la mano en todo; es dueño


exclusivo de la fuerza pública; y en virtud de discrecionales facultades, tiene la ciudadanía
a merced, a merced las arcas nacionales, y la honra y la dignidad nacionales a merced.
El antiguo régimen es el centralismo.
Causa de todos nuestros males, causa hoy mismo de los desaciertos del Gobierno Pro-
visional, tiene hondas raíces en las costumbres y en la tradición, sanción cumplida en las
leyes. El personalismo, el falso principio de autoridad, el apócrifo Orden Público, meras
manifestaciones son de esa enfermedad política mortal.
Combatir un síntoma, el personalismo, por ejemplo, no es emprender una acertada cura-
ción. Para sustituir el antiguo por el deseado nuevo régimen político no basta hacer cumplir
las leyes. El centralismo es legal, insisto en decirlo. Dentro de nuestras leyes cabe, pues, un
déspota, lo que solemos llamar tirano solamente, y vive holgadamente un tirano, por la falta
de responsabilidad que ellas exigen y por la falta de sanción que ellas conllevan.
El antiguo régimen es el centralismo: ciudadanos cuyos incompletos derechos individuales
pueden ser suspensos sin apelación; ayuntamientos sin autonomía ni personalidad jurídica,
en cuanto instituciones integrantes del Estado; gobernaciones que no saben siquiera los fines
para que han sido creadas, ni responden a verdaderas necesidades regionales, ni son más
que ciegos instrumentos del Ejecutivo; tribunales donde el poder judicial yace postrado de
debilidad y de impotencia, desautorizado y hambriento de justicia para sí propio, de tal modo
que ni parece poder en el sentido técnico de la palabra, ni representa en realidad sino el valor
de un cero a la izquierda de la suma de los poderes del Estado; congreso que comparte sus
atribuciones propias con el Ejecutivo, que legisla los tres primeros meses para todo el año y
cede luego el puesto a los refrendados decretos del Presidente de la República; electorado
nulo y de ningún valer; Ejecutivo servido de Secretarios irresponsables que el Presidente de la
República escoge, sin asesores, entre los ciudadanos que le son adictos; y, finalmente, delega-
ciones que por todas partes reproducen la imagen presidencial, no la impersonal imagen del
gobierno, aplastando con el número y diversidad de sus atribuciones así a la ciudadanía como
al gobierno mismo de la ciudadanía. Decidme ahora, en presencia de esta exacta descripción
de nuestro sistema de gobierno, ¿cuál es el antiguo régimen?, ¿quién el tirano?, ¿quién el
déspota? Decidme si hay en el mundo un hombre noble y justo que jurando la Constitución
y las leyes que tales abominaciones jurídicas consagran, pueda darnos con ellas libertad y no
la esclavitud, paz y no la guerra, prosperidad y no miseria; decidme, en fin, si es nombre de
persona el sujeto que causa los males de la patria o si es nombre de institución anti-jurídica,
y si puede ser alguna persona quien la salve, o el cambio radical de institución.
El antiguo régimen es el centralismo: sólo la descentralización podría salvarnos.
......................................................................................................................................................

VI
Tal vez sí.
No hay que forjarse ilusiones sobre el valer moral del pueblo dominicano. El valer moral
alcanza siempre el límite de la capacidad intelectual, y nuestra capacidad intelectual es casi
nula. Una inmensa mayoría de ciudadanos que no saben leer ni escribir, para quienes no
existen verdaderas necesidades, sino caprichos y pasiones; bárbaros, en fin, que no conocen
más ley que el instinto, más derecho que la fuerza, más hogar que el rancho, más familia que
la hembra del fandango, más escuelas que las galleras; una minoría, verdadera golondrina de

54
américo lugo  |  antología

las minorías, que sabe leer y escribir y de deberes y derechos, entre la cual sobresalen, es cierto,
personalidades que valen un mundo, tal es el pueblo dominicano, semi-salvaje por un lado,
ilustrado por otro, en general apático, belicoso, cruel, desinteresado. Organismo creado por el
azar de la conquista, con fragmentos de tres razas inferiores o gastadas, alimentado de prejuicios
y preocupaciones funestas, impulsado siempre por el azote o el engaño, semeja, mirado en la
historia, uno de esos seres degenerados que la abstinencia de las necesidades fisiológicas lleva
al cretinismo, y la falta de necesidades morales lleva a la locura, en cuya frente no resplande-
cen ideales, en cuyo pecho yacen, secas y marchitas, las virtudes; estatua semoviente que no
recuerda nunca la de Amón. Pero semejar no es ser: el pueblo dominicano no es un degenerado,
porque, si bien incapaz de la persistencia en las virtudes, tira fuertemente hacia ellas; porque
aunque falto de vigor y vuelo intelectuales, tiene todavía talento y fuerzas para ponerse de pie
y dominar gran espacio de la bóveda celeste; porque aun postrado y miserable, está subiendo,
peregrino doliente, el monte sagrado donde el águila de la civilización forma su nido.
Este peregrino doliente necesita reposo, comida, abrigo.
Este degenerado aparente necesita salud. Esa mayoría ignorante necesita instrucción.
Esa minoría ilustrada necesita ideales patrios. La hermosa Revolución de julio trajo en su
bandera el alma de la minoría ilustrada, un pedazo del alma de la patria. La ha colocado
en el palacio de gobierno, y allí flota todavía sostenida por un grupo de hombres de bien, y
desde allí envía, ondeante y libre, besos de paz que van en alas del viento al último confín de
la República. ¡Que la mayoría ignorante no derribe, como otras veces, esa bandera sagrada,
para plantar la negra enseña de la iniquidad, bajo cuyo imperio puede medrar el hombre,
pero sólo a costa de los más caros intereses sociales!
Y la mayoría puede derribarla si la minoría no procede con prudencia y con firmeza.
Elegido está el personal del gobierno definitivo: el Gobierno Provisional está despidiéndose
del poder, sin haber dado vado a la concupiscencia.
De dos modos puede la mayoría ignorante asediar al gobierno: por petición o por rebe-
lión. El primero es el más peligroso de ambos modos.
La mayoría carece de patriotismo y desinterés. Falta de bienes de fortuna, sin hábitos de tra-
bajo e inclinada a la disipación, querrá continuar su vida de siempre. El contrabando, la vagancia,
el juego, la empleomanía, la vida de expedientes, el fraude, el peculado, la impunidad, la mentira,
el fiado, son cauce por donde gusta de correr hacia su subsistencia, su lujo y su holganza. No hay
un solo dominicano falto de hombría de bien que, a esta fecha, no se haya acercado a Jimenes
para “colocar su piedrecita”, por el mismo caso que todo hombre de bien le habrá dicho: “Señor,
sólo los servicios previstos y efectivos deben ser remunerados. No dé entrada a la concupiscencia
pública y acalle en su pecho la lástima que han de inspirarle los paniaguados que, sorprendidos
por la enfermedad o la vejez, contaban con seguir viviendo del presupuesto, y sea fuerte y ani-
moso para barrer del templo de la República a quienes ni en su casa ni en la calle le rindieron
culto de trabajo, de honradez y de orden. Ahogue así mismo el temor de verse derrocado por el
segundo modo de asediar que tiene esta gente, la rebelión. Billini, Espaillat, González, cayeron del
solio, es cierto, aplastados por esa mayoría brutal; pero cayeron porque no tocaron fuertemente
en la conciencia del país; porque no asumieron una actitud completamente enérgica; porque no
pusieron a su lado la juventud, que es la fuerza y la esperanza; porque no pusieron de su parte la
fuerza de los intereses particulares, el aliento de la opinión pública, la estimación de los extraños;
porque, finalmente, no se sustrajeron de toda influencia del personalismo, impersonalizándose
ellos también para que la autoridad de las leyes surgiera omnipotente, como el sol. Mire que

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ninguno de ellos llegó al poder en hora tan solemne como esta, en que toda la parte sensata del
país está dispuesta a sostener un buen gobierno…”.

VII
Mi pluma es lo único que hay de amable en mi persona: su iridio derrama caudal de
tolerancia que sorregando el campo de la crítica, mitiga el calor que lo fecunda, y deja que el
rosal crezca al lado de la ortiga. Nunca rasgó la tersura, nunca el blancor manchó del papel
en que escribe, porque antes que ella detenga el vuelo sobra el vacío ideal de una hoja en
blanco, he colmado el vacío con mi propio corazón. Sus picos no recuerdan el del águila,
pero buscan, sin embargo, el cielo, y es en lo azul y no en el fango donde va a perderse el
ramo de ensueños, esperanzas e ilusiones que desprendió del árbol de mi vida.
Al dirigirme al público, nunca fue el lazarillo de mi inteligencia el gusto sino la necesi-
dad: la vocación literaria no palpita en mí, ni la afición florece. Ante el espectáculo de una
revolución que presenta todos los caracteres de una evolución verdadera, sentí la alegría
del náufrago que, al hundirse el bajel que lo sustentaba con su familia, amigos y patrimo-
nio, vislumbra la salvación de su familia, de sus amigos y de su patrimonio. Quise decir
de mis alegrías, de mis esperanzas; deseo perdonable en quien haya tenido puesta el alma
en los sufrimientos de su patria, en quien la ame con reflexivo amor, en quien haya tenido
en cuenta que la grandeza nacional se mide y aprecia solamente por el valer individual de
cada ciudadano. He aquí por qué, sin justificación ninguna, estoy hablando de política, en
sentido universal, pero con aplicación al estado y necesidades actuales del país. Porque la
política es una ciencia cuyos principios se aplican a toda porción de humanidad, dominicana
o extranjera. Precisamente por haberse apartado de los principios científicos, por haberse
pretendido inventar “una política práctica” dizque adecuada a los dominicanos, es que
hemos sufrido tantas vejaciones y quebrantos. Los dominicanos deben gobernarse confor-
me al derecho, que es como todos los hombres deben gobernarse: las líneas generales de la
política científica no pueden ser alteradas acá como en ninguna parte, si bien todo pueblo,
como todo organismo individual, adolece de defectos y enfermedades sociales que le son
propios y que son para tenidos en cuenta al gobernarse.
......................................................................................................................................................
1899.

Reflexiones*
Si la lucha común por la vida exige la concurrencia de virtudes apreciables en el indivi-
duo, la lucha por la patria exige la aplicación de virtudes supremas. El bien de la patria es
alta y noble empresa: acometerla acusa nobleza en la cuna, cultura en la educación, mora-
lidad en el hogar, tolerancia en sociedad, consecuencia en la amistad. El avaro, el borracho,
el mentiroso, el inculto, el libertino, el egoísta sólo excepcionalmente podrán ser buenos
ciudadanos; y cuerdo se muestra y sabio el primer magistrado de una nación cuando mide
la capacidad política por las virtudes domésticas y sociales. Todo funcionario es, en el ejer-
cicio de su cargo, padre de familia; y éste ha de ser en todo caso prudente y moderado. Los
desórdenes, irregularidades, inconsecuencias que suelen acompañar al genio, no cuadran

*A Punto Largo, S. D., 1901, pp.31-33.

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a la felicidad pública, cuya base y sustento es el orden que priva en las organizaciones que
respiran la rara salud del talento modesto.
Las virtudes privadas son la leche de la vida social. El amor al trabajo, el ahorro, el estudio,
labran cauce de oro, amplio y profundo, a la reputación. Más vale un pueblo de trabajado-
res entusiastas y más adelante llega y el sello imprime y fija la bandera de su nacionalidad
más clara y firmemente, que lo pudo ni pudiera nunca un pueblo de conquistadores. Las
armas han sojuzgado siempre menos mundo que el trabajo: el hombre pierde al morir todo
cuanto ganó por la violencia y gana todo aquello de que se despojó en vida por su caridad
y tolerancia. La muerte no tolera la injusticia, y despojando a los reyes de su corona para
colocarla en la frente de los humildes, vive corrigiendo a la fortuna y haciendo perpetuos
legados a la vida. Obscuro, paciente, virtuoso, el obrero que viste a los héroes triunfa de los
héroes, y la gloria sólo es campo sin tinieblas cuando guarda en su seno un gran apóstol de
la ciencia. Fomentar las virtudes privadas, elevarlas hasta convertir en costumbres cientí-
ficas las buenas costumbres, es la mayor hombría de bien que pueda mostrar un estadista;
y un buen modo de fomentarlas y elevarlas es confiar a la mayor competencia, a la mejor
conducta, el desempeño del servicio administrativo, público y privado.

Debemos defender nuestra patria*


I
Sea cual fuere el grado de aptitud política alcanzado hasta ahora por el pueblo dominica-
no, es indudable que existe una patria dominicana. Los españoles, al mando, al principio, del
Gran Almirante, descubrieron, conquistaron, colonizaron y civilizaron las Indias, y primero
y muy principalmente esta maravillosa Isla Española. Entre nosotros, pues, ha brillado la luz
del Evangelio, e impreso su belleza el arte y derramado la ciencia sus inapreciables dones,
siglos antes que en Washington, Boston y Nueva York. Fuimos y somos el mayorazgo de la
más grande entre las nacionalidades de la Edad Moderna. La incipiente nacionalidad luca-
ya puede simbolizarse en la frágil y como etérea constitución fisiológica del dulce lucayo:
pereció y se extinguió con éste sin dejar siquiera un solo monumento artístico o literario
que la historia pudiese colocar sobre su tumba. Ovando y Ramírez Fuenleal poblaron nues-
tro suelo de monasterios e iglesias que desde la cumbre de tres siglos miran altivamente a
Trinity Church y San Patricio; y de palacios y alcázares soberbios, cuando todavía América,
medio sumergida en el seno de los mares y velada la faz por el velo del misterio, casi no era
sino un fabuloso cuento de hadas. Santo Domingo de la Mar Océana fue el brazo potente que
sacó de las saladas ondas a esta encantadora mitológica Venus del planeta, servicio tan notable
ciertamente, y más, si cabe, para la humanidad, y tan español, como la detención del turco en
Lepanto, porque ese brazo estaba animado y fortalecido por corazón, cerebro y alma iberos.
Ya estaban bien caracterizados los elementos que, andando el tiempo, debían constituir la
nacionalidad dominicana, cuando los bravos lanceros del conde de Meneses dieron al traste
con el ejército traído por la poderosa flota inglesa de Venables, vengando de terrible modo el
ultraje que sesenta años antes había hecho a sus hogares el príncipe de los piratas, sombrío
inspirador de la Dragontea. La lucha secular entre las posesiones españolas y francesas de la
isla, no hizo sino afianzar en aquellas el espíritu propio, estrechar la comunidad de intereses

*Patria, revista, primer editorial.

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e ideales y acendrar el amor al terruño. En vano hacían las paces España y Francia allá en la
lejana Europa; perpetuaba el estado de guerra en la isla, el odio de los habitantes de la parte
española a los intrusos franceses. La primera afirmación incontestable y notable proeza de
la nacionalidad o sea del pueblo dominicano como personalidad propia y diferenciada de
todo otro pueblo, aun del mismo que es su progenitor insigne, fue la Reconquista, efectuada
contra los franceses en 1809: con ella borró con su espada el caudillo dominicano Don Juan
Sánchez Ramírez una cláusula festinada y complaciente del tratado de Basilea e impuso a la
Madre Patria su amorosa y heroica voluntad. Ese mismo espíritu dio en 1821 un paso hacia
la independencia política, aspiración necesaria a toda nacionalidad en formación y que luego
de realizada se convierte en condición vital sin la cual el espíritu nacional decae, languidece
y muere. La dominación haitiana no logró modificar el genio dominicano ni quebrantar la
unidad espiritual; y cuando Duarte preparó los ánimos, el libertador Francisco del Rosario
Sánchez dio a su pueblo la independencia política a que aspiraba. Del breve eclipse de la
anexión a España, la nacionalidad salió con mayor pureza y brillo, y de entonces a hoy una
más prolongada comunidad de ideales, sentimientos e intereses, ayudada por una mayor
cultura y unida al vivo amor al suelo, ha acrecentado en nosotros la solidaridad, vigorizado
el carácter, y creado, en fin, aquel modo de ser peculiar que es sello inconfundible y propio
de toda personalidad individual o nacional. Aunque abierta la mente del dominicano a toda
sana influencia extranjera (v. g. la adopción de la legislación civil y comercial francesa), el
fondo de su cultura, aunque todavía deficiente desde el punto de vista político, por el sentido
práctico e ideal de la vida permanece siendo española, basada en la lengua, en el culto, en las
costumbres, en la herencia, en la historia, en las tradiciones y recuerdos. Asociados en cierto
modo a España, si puede decirse así, en la obra, sin igual, del descubrimiento, población y
colonización del Nuevo Mundo, desde los primeros días de la invención de América, nuestra
misión histórica ha sido gloriosa y útil a la humanidad. De nuestros sentimientos dan cuenta
nuestra ejemplar fidelidad a la madre patria, nuestra conducta, tan fina y leal con ella, que
poníamos sobre el corazón sus victorias y reveses, y el carácter heroico, noble y desinteresa-
do que se refleja de modo claro y visible en la historia de la República Dominicana. Hemos
conservado la civilización que nos trasmitió la nación que era, al crearnos, la más adelantada
de Europa, y podemos afirmar, nosotros los dominicanos, que somos fieles depositarios y
guardianes de la civilización española y latina en América; que somos, por consiguiente,
como nacionalidad, superiores en algunas cosas a los norteamericanos ingleses que ahora
pretenden ejercer sobre nosotros una dictadura tutelar; y que debemos, finalmente, defender
nuestra patria, fundada con crecientes elementos propios de cultura en suelo fértil, hermoso
y adorado, con todas las fuerzas de nuestros brazos y nuestras almas.
Abril de 1921.

II
El hombre que no es ciudadano de una patria libre carece de todo valor legal. La perso-
nalidad política es tronco y raíz de la personalidad civil. El Estado da un nombre nacional
al ciudadano. El pueblo que se inscribe como tal en los inmortales registros de la Historia,
asume el augusto carácter de nación, consagra su personalidad internacional y se eleva desde
la baja e insegura situación gregal hasta las dominadoras cimas de la potestad soberana.
Setenta años hace que Francisco del Rosario Sánchez estampó con el troquel de su alma
el nombre de la República Dominicana en el cielo de las nacionalidades libres; setenta años

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américo lugo  |  antología

hace que el dominicano tiene un suelo libre en que plantar su bandera, un suelo firme en
que pisar con seguridad y confianza; un suelo propio para su disfrute y sustento; un suelo
patrio, donde levantar sus templos, donde enterrar y honrar a sus muertos, donde formar
sencillos y felices hogares que la virtud y la alegría animan y presiden, donde cultivar tran-
quilamente sus tradiciones, su vocación y su genio.
“Hebreos”, es decir, “extranjeros venidos de lejos”, que en su propio país todavía no
constituyen nación porque sus inmigrantes no hablan el inglés, nos despojan de la corona
de la soberanía ganada en luchas heroicas, y nos reducen a la condición de colonos, y nos
quitan la tierra feracísima, acaparándola toda por medio de exorbitantes impuestos y de
rapaces corporaciones todopoderosas. Verdaderas Compañías de Indias, que se apoderan
de los terrenos ajenos y desalojan a los infelices propietarios indemnizándoles después con
un fajo de sucias papeletas; y finalmente, y para colmo de desdichas, se intitulan hermanos
nuestros, salvadores nuestros, regeneradores nuestros, tutores nuestros, maestros nuestros,
cuando, en realidad, nos desprecian profundamente…, ¿qué nos falta, decid, para morirnos de
pena y de vergüenza, si no ponemos nuestros cinco sentidos, y toda la luz de nuestra mente,
en defender lo muestro, lo que Dios nos dio con infinita bondad para que lo gozáramos en
santa paz y lo transmitiéramos incólume a nuestros descendientes?
Guardar los estatutos nacionales, he ahí la divisa. Nada de partidos, no haya divisiones,
abajo banderías. Sólo son dignas de vivir las naciones que proceden con honor. La única
fuerza suprema es el derecho, la fuerza injusta no es nada, ni puede nada, ni vale nada, sino
ante hombres o pueblos corrompidos o imbéciles. Mejor armado está desarmado, y más
invencible es un solo hombre de bien, con sólo la pureza de su corazón, que mil canallas.
No hay cañones bastante potentes para destruir la fortaleza de una conciencia. Adquiramos
la de nuestro derecho, y sigamos la senda de la dignidad y el decoro, desasidos de todo vil
interés, puesta el alma entera en la patria adorada.
Hay que predicar paciencia a los débiles, a los pobres de espíritu, a los impacientes, a los
transigentes, a los que contemplan la posibilidad de renuncias de irrenunciable orden público:
esta clase inferior de ciudadanos es la única calamidad temible y verdadera para la República.
En estos momentos difíciles para la honra de ésta y su futuro destino, un ratón de casa podría
causarnos más daño que el águila de fuera: sus dientes nos roerían en poco tiempo las entrañas,
mientras que el ave de rapiña, con todo su poderío, no ha podido hacer otra cosa, durante un
lustro mortal, sino revolar inútilmente sobre nuestras desnudas cabezas.
Grave, solemnemente, la pública voluntad de la nación dominicana ha resonado al
fin y por la vez primera, por órgano del Presidente Henríquez y Carvajal, en los ámbi-
tos mismos del Capitolio de Washington: Independencia absoluta, desocupación inmediata.
¿Cómo es posible que haya todavía Juntas Consultivas? ¡Funesta cooperación la de los
jefes de partido que ayudan al poder Extranjero de Ocupación a poner mano sacrílega
sobre nuestra Constitución y nuestras leyes! ¡Actitud vergonzosa la de aquellos otros jefes
que, sin valor para dar la cara, apoyan a la Consultiva! ¡Debilidad inexcusable la de un
prelado, notable como tal, que presta su innegable valer representativo a la realización
de las abusivas e ilegales pretensiones de Wilson! ¡Evidente falta de claridad de concepto
jurídico sobre el caso dominicano y de energía, la de un presidente que hasta ahora había
considerado y aun propuesto soluciones incompatibles con el Credo Nacional! ¡Obstinada
ceguera de la legendaria Vega Real…! Ya tarda el apartarse resueltamente de toda cola-
boración con nuestros interventores. Esta colaboración es la única cosa que no acertamos

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

a comprender. Al cabo de cinco años, no podemos ver a un soldado de la Ocupación sin


que se nos enciendan las mejillas de rubor.
A pesar de las promesas del nuevo rey de la imperial democracia anglo-americana,
nuestra gloriosa República, cubierta de altas sombras, aún no ilumina la triste frente de sus
hijos con sus divinos resplandores. Tengamos, pues, el valor del sufrimiento; sacrifiquemos
sacrificios de unión y solidaridad. Depongamos a las puertas del templo de la patria, temor,
odio, egoísmo, ambición, interés, y armémonos de fe, de amor y de bondad. Oremos a Dios
para ser fuertes y no doblegarnos al poder de las potencias codiciosas e injustas. Y luego
juremos no renunciar a lo propio por temor de que nos lo quiten. Resistamos con todas
nuestras fuerzas; y si caemos, que sea de un modo digno de nuestros antepasados.
Mayo de 1921.

III
Si no tuviésemos, nosotros los dominicanos, un abolengo más ilustre que los yanquis;
si Santo Domingo no fuese la cuna en que se meció la infancia de esos mismos Estados
Unidos que desvanecidos con sus montones de oro nos desprecian hoy; si nuestra tierra, la
predilecta de Colón, la primera en poblarse, colonizarse y civilizarse en el Nuevo Mundo,
no hubiese iluminado y presidido el alumbramiento de cuantas son las sociedades civiles
que ahora constituyen naciones en América, tanto con el caudal de sus arcas y el tesoro
de sus venas, cuanto con las aulas de su Universidad, los talentos de sus capitanes y la
piedad de sus prelados; si Colón mismo, y Cortés y Pizarro y mil guerreros, argonautas
y misioneros dignos de ser cantados por Homero e historiados por Plutarco no hubieran
concebido y organizado sus empresas en esta isla Española, sacando del corazón de ésta
el oro, la firmeza evangélica y el brío heroico necesarios; si Vázquez de Ayllón no hubie-
se encontrado entre nosotros recursos y elementos para poblar la primera Colonia en el
entonces solitario seno de las tierras que habían de ser, andando los siglos, los Estados
Unidos de América; si la magnificencia de la ciudad de Santo Domingo no hubiera sido
tal que se pudo decir a Carlos V que ella poseía palacios superiores a aquellos en que él
se aposentaba; si nosotros no hubiéramos combatido, vencido y rechazado a los abuelos
anglosajones de estos mercaderes anglo-americanos, cuando desembarcaron, trescientos
años ha, en cantidad de ocho o diez mil hombres, en el mismo sitio en que recién des-
embarcó su gente Caperton; si nuestra historia no fuera tan dramática, tan heroica, tan
hermosa, tan pródiga en grandes y fecundas enseñanzas; si no hubiésemos conquistado
nuestra independencia derramando nuestra sangre a torrentes y arrojando, con patricio
gesto, bienes de fortuna, patrimonio de las familias, ciudades enteras en la pira ardiente
en que se forja, para la frente de los pueblos varoniles, la corona de la libertad; si Sánchez
y Duarte y Mella no estuvieran mirándonos desde el cielo con adusto ceño y austero
continente, y señalándonos, con diestra extendida e índice severo, la ruta del honor y el
deber; cuando tanta gloria, tanto servicio a la comunidad de los pueblos, tanto sacrificio,
tanto heroísmo, tanto ejemplo ilustre nada significasen ni valiesen a nuestros ojos; cuando
después de casi un siglo de marcha, independiente y gallarda, hacia el cumplimiento de
nuestro destino nacional, nos fuese dado hacer alto bruscamente, ante el grosero “¡quien
vive!” de una nación intrusa y extraña, para deponer ante ella, cobardemente, el cetro
de nuestra soberanía; cuando, finalmente, fuera posible aceptar la dictadura tutelar que
los Estados Unidos de América pretenden ejercer, a todo trance, sobre nosotros, Patria

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américo lugo  |  antología

aconsejaría, exhortaría, conminaría a no aceptarla jamás, primero, porque nuestro espíritu


es diferente, segundo, porque la dirección de nuestra educación y cultura es diferente y
tercero, porque nuestro carácter es diferente. Poner nuestro gobierno político en sus ma-
nos sería darles nuestra dirección espiritual. Hay diferencias características y esenciales
entre nosotros y ellos: la adopción de sus leyes, costumbres, etc., nos mataría con la peor
de las muertes, la muerte por medio de una lenta degradación, porque para modificar en
nosotros el elemento espiritual, que es el verdadero patriotismo, se necesitan siglos. Re-
sistamos, pues, con todo nuestro aliento vital, a la dictadura de Washington. La resistencia
es el comienzo de la libertad. Oigamos en el fondo de nuestra conciencia la voz que nos
dice: “Sois un pueblo libre ante Dios y ante los hombres, y tenéis el derecho y el deber
indeclinables de continuar siéndolo. No os dejéis sobrecoger de temor y cobardía ante el
poderío de vuestros dominadores. Rechazad la protección que éstos os ofrecen; aceptarla
sería la confesión y la prueba de vuestra total depravación moral. Las naciones sólo pueden
aceptar la protección de Dios. La soberanía de vuestra República es un depósito sagrado
que habéis recibido de sus manos. No os pertenece el disponer de ella, mutilándola en un
vergonzoso tratado, sea por temor, sea por utilidad. Al temeroso, cuando os diga “que los
americanos no nos la devolverán completa”, respondedle que no se trata de que quieran
devolvérosla o no, sino de que vosotros no tenéis facultad para cederla, ni para dejar que os
la quiten sin defenderla como hombres; que si los americanos no quieren devolvérosla toda,
se habrán convertido en ladrones de aquella parte de soberanía que retuvieren, y que si los
dominicanos de la generación actual no tienen la contextura de Sánchez y Duarte, deben
al menos comprender que su más elemental deber es protestar contra el robo y acusar al
ladrón de su soberanía, hasta que en lo porvenir otra generación más viril reivindique, con
la ayuda de Dios, aquello de que ahora con dolo, engaño, fraude y violencia habéis sido
despojados. Y a los utilitaristas y gente práctica que os proponen resolver con un criterio
de utilidad la usurpación de vuestra soberanía, es decir, un caso de conciencia, de moral,
de honor y dignidad nacional, contestadles que ese criterio estaría bien para aplicarlo a la
usurpación de los derechos de propiedad de un ingenio de azúcar, verbigracia, pero que
resulta mezquino, improcedente y bochornoso aplicarlo a la independencia y soberanía de
la República, y que si el caso de ésta hubiese de ser resuelto con un criterio de utilidad, el
país se perdería irremisiblemente”.
Mayo de 1921.

Historia de la Isla de Santo Domingo


Introducción
I
1. España. 2. Cisneros. 3. Carlos V. 4. América en general. 5. Valer de la Isla Española.
6. Crónicas e historias americanas. 7. Cortés, organizador y político. 8. Magallanes.
1. España. Para ayudarnos a comprender los sucesos de que ahora se trata, será bien referirnos
antes al estado en que se hallaban las Indias Occidentales y a la situación particular de la isla
Española, después de echar una ojeada sobre España, reflejando en algunos rasgos de la época
el carácter del pueblo español y del monarca que lo regía. Era éste Carlos V de Alemania y I de
España, que llegó flamenco a ésta en 1517, viniendo de Gante, para salir español de Barcelona en

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

1529 rumbo a Italia, después de haberse fundido su alma en el crisol ibérico con la dura prueba
de las Cortes de Castilla y Aragón y, sobre todo, con el hecho que ha debido de revelar mejor a su
preclara mente el temple del pueblo español como instrumento para su aspiración a la supremacía
europea: me refiero a la resistencia contra los vejámenes de los favoritos extranjeros por parte
de los Comuneros dirigidos por Juan de Padilla, uno de los más grandes españoles de todos los
tiempos, el cual, abandonado, herido y prisionero, antes de morir decapitado en Villalar el 24
de abril de 1521, escribió una carta a la ciudad de Toledo en que decía: “A ti, corona de España y
luz del mundo; a ti que fuiste libre desde el tiempo de los godos y que has vertido tu sangre para
asegurar tu libertad y la de las ciudades vecinas, tu hijo legítimo, Juan de Padilla, te hace saber
que tus antiguas victorias van a ser renovadas con la sangre de su cuerpo”. Otra enseñanza fue
la rebelión de los agermanados de Valencia. Autorizados por Carlos en 1520 a armarse contra
los argelinos, volvieron sus armas contra la nobleza, después de constituir una junta dirigida
por el cardador Juan Lorenzo y en que figuraban tejedores, alpargateros y labradores, plebeyos
que toman el castillo de Játiva al mando de un confitero y derrotan al virrey Diego Hurtado de
Mendoza al mando de un terciopelero, el heroico Péris, y conmueven durante más de dos años
al país. Y en 1538, por último, la voluntad de Carlos se estrella ante la entereza de las Cortes de
Toledo, negadas a aceptar la imposición del tributo de la sisa.
2. Cisneros. Al rayar el alba del siglo XVI, la España que otrora había dado a Roma
emperadores y filósofos, se había impregnado de Oriente, y por otra parte, la religión cris-
tiana, adoptada por los godos a fines del siglo VI y para la cual la guerra de la Reconquista
sirvió de precioso cultivo, había producido esa flor de catolicidad que fue Cisneros, “en
quien Castilla admiraba un político y santo”13 y cuya palidez y austeridad recordaban a
los Pablos e Hilariones”.14 La teoría del grande hombre está con razón hoy desacreditada,
porque éste depende esencialmente del medio en que se ha formado; pero esta dependen-
cia prueba, sin embargo, que sólo es grande quien expresa con más fuerza y claridad los
rasgos fundamentales de su medio social. En tal sentido, el carácter de Cisneros refleja el de
su pueblo. “Observaba Cisneros rigurosamente, en medio de la grandeza, la regla de San
Francisco, viajando a pie y mendigando su alimento. Menester fue una orden del Papa para
obligarlo a aceptar el arzobispado de Toledo y para forzarle a vivir de modo conveniente
a la opulencia del más rico beneficio de España. Se resignó a llevar abrigos preciosos, pero
por encima del sayal; amuebló sus aposentos con magnífico lecho, pero siguió durmiendo
en el suelo; vida humilde y austera que le dejaba intacta, en los negocios públicos, la altiva
grandeza del carácter español. Los nobles que él aplastaba, no podían dejar de admirar
su valer. Una acta habría puesto en malos términos a Fernando con su yerno: Jiménez osó
romperla. Atravesando una plaza durante una corrida de toros, soltóse el animal furioso
e hirió a algunos de sus acompañantes, sin hacerle apresurar el paso”.15 Individualista
el español y, por tanto, ciudadano primario en su tierra, era cosmopolita por su sentido
religioso. Siete siglos de lucha le habían dado maestría en valor y audacia, y la enseña de
la cruz, opuesta a la de la media luna, la fe como ideal. La unión, por fin, de castellanos y
aragoneses, entregó a España, durante un siglo, el imperio de dos mundos. Grande había
de ser para un rey de tan extraordinarios talentos como Carlos V, el fruto de la adhesión,
siempre más personal que teórica, de pueblo tan bien preparado.

13
Michelet.
14
Petri Martyris Anglerü, opist.
15
Gomecius, de Rebus gestis a Fr. Ximenio Cisneric 1569, fol. 2, 3, 7, 13, 64, 66, cit. por Michelet.

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américo lugo  |  antología

3. Carlos V. En cuanto a Carlos V, reflejar aquí en un párrafo las ondas dilatadas y profun-
das de su glorioso reinado, sería reducir al hueco de la mano la cuenca del océano. Inflexible
hasta la crueldad en los primeros tiempos, dulcificó después de 1526 su prístina dureza. Sabía
que las fábricas del amor son más duraderas que las del odio, y trató siempre de prevenir la
guerra con la conciliación. Ante los avances y la resistencia de la Reforma, engendrada por
la emancipación política del Estado llano, desatada por mero pretexto de unas indulgencias
plenarias, sostenida por el incentivo de la secularización de los bienes de la Iglesia y creadoras
de luchadores tales como Lutero, Melanchthon, Zuinglio y Calvino, proclamó la libertad de
conciencia en la dieta de Spira y en la de Ausburgo; e insistiendo en la reconciliación, a su
iniciativa convocó Paulo III el Concilio de Trento, del cual fue esforzado defensor: ocasión
señalada de mostrar, una vez más, sus grandes dotes políticas. En su rivalidad con Francisco I
mostró noble consideración, y de su guantelete férreo salió ileso el honor del Rey Caballero. Antes
de Cervantes, nadie encarnó como él la antigua caballería española, cuando propuso partir
el campo, ante Paulo I, en términos que parten límites con el exquisito furor de Don Quijote:
“Yo prometo a Vuestra Santidad, delante de este sacro colegio y de todos estos caballeros que
presentes están, si el rey de Francia se quiere conducir conmigo en armas de su persona a la
mía, de conducirme con él armado, o desarmado, en camisa, con espada o puñal, en tierra, o
en mar, en un puente, o en isla, en campo cerrado o delante de nuestros ejércitos, o doquiera, o
como quiera que él querría y justo sea”. Se llenó de gloria combatiendo al Turco. Utilizó en sus
campañas, algunas de las cuales dirigió personalmente, a grandes capitanes extranjeros como
el Condestable de Borbón y Andrés Doria; y entre sus generales se cuenta al navarro Antonio
de Leyva, el defensor de Pavía, a quien honró figurando como simple soldado, con una pica
en la mano, en una revista, diciendo en alta voz al pasar ante el maestre de campo: “Carlos
de Gante, soldado del tercio del valeroso Antonio de Leyva”. No confundía los límites de la
firmeza con los de la obstinación, y en 1552, ante la viril defensa de Metz por Guisa, y en cuyo
sitio perdió 30,000 hombres, se retiró exclamando melancólicamente: “La fortuna es como las
doncellas; sólo se enamora de los jóvenes, y vuelve la espalda a los viejos”. Finalmente, joven
todavía, aunque desengañado y enfermo, reunió en Bruselas a príncipes, princesas, reinas,
grandes, magistrados y señores; les narró su vida épica, enumeró sus viajes, sus luchas y sus
triunfos, señaló sus obligaciones y tratados, rememoró sus aspiraciones y deseos, exhortó a
su hijo y a sus pueblos, y abdicó en Felipe los estados de Flandes y Brabante; y abdicando en
el mismo, al año siguiente, la corona de España y la de Nápoles, con los dominios de Amé-
rica, y luego el imperio en su hermano Fernando, murió en 1558, en el monasterio de Yuste,
adonde se había retirado desde 1556 y donde celebró en vida sus exequias, después de pasar
el resto de sus días en aquel sitio amenísimo, rodeado de numerosa servidumbre y ocupado
moderadamente en ejercicios devotos, sin abdicar de su interés por los negocios del mundo ni
de los placeres de la mesa. César por naturaleza y por la cuna, orgulloso y ambicioso, nieto de
Fernando el Católico, que no es sino un felón afortunado en opinión de Maquiavelo, y cuya
tradición política siguió sin recurrir a medios reprobables y elevándose del estiércol político de
la edad precedente hasta encarnar en el trono la grandeza y seriedad del siglo XVI, preocupóse
en todos los problemas políticos del mundo, aunque no pudo comprender los balbuceos de
los pueblos, políticamente recién nacidos, y aplastó las libertades de Castilla, reprimió cruel-
mente el movimiento de las clases populares en Valencia y en Mallorca, obligó a los moriscos
al bautismo, combatió la Reforma, y dejó impune el asesinato del gloriosísimo descubridor del
Mar del Sur; pero fue hombre de Estado antes que guerrero, diplomático antes que fanático.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Educado en Flandes, llegó a España sin hablar el castellano; dio la espalda a Cisneros, se
rodeó de una corte de flamencos, abusó, con exacciones, de las Cortes, que conservaron, no
obstante, su firmeza; despilfarró los recursos de la península y el oro de América, inagotable
como el tesoro de los adorables cuentos árabes; pero el espíritu español señoreó su espíritu. De
la estirpe de Carlomagno, habiendo reinado al mismo tiempo que Francisco I y Enrique VIII,
es él el prototipo del monarca moderno. Inferior sólo a su excelsa abuela materna, superior a
Fernando el Católico y a todos los reyes de España, austrias y borbones, ejerció en la suerte de
ésta influencia decisiva, y es una de las grandes figuras de la historia universal.
4. América en general. Cabría relatar aquí, a grandes rasgos, el descubrimiento de América
por Cristóbal Colón, los viajes posteriores de éste en que descubrió la América del Sur que
él llamó Nuevo Mundo, y la América Central; las expediciones de Ojeda y Nicuesa, en las
que del fondo de un barril del barco de Enciso surgió inesperadamente el futuro descubridor
del Mar del Sur, Vasco Núñez de Balboa, prototipo de conquistadores que tuvo rasgos de
rey y a quien luego todos imitaron; las expediciones de Juan Ponce de León a la Florida, y
la conquista de México, en la cual Cuauhtémoc salvó en el Nuevo Mundo el concepto de la
dignidad humana ultrajado luego en su persona por Cortés.
5. Valer de la isla Española. Esta conquista de México y la del Perú, de la que ahora habla-
remos, y la conquista y colonización de la isla Española son los tres hechos más notables de
la historia de las Indias Occidentales. México y Perú resplandecen por su respectiva civi-
lización autóctona, por su extensión y gran potencia minera; la Española, por su primería,
su fertilidad copiosísima y su clima acogedor, que hicieron de ella cabeza, granero, arsenal
y centro de aclimatación de España en el Nuevo Mundo. El historiador mexicano Carlos
Pereyra dice con razón: “En gran parte la isla Española fue la conquistadora de México, de
la América Central, de Venezuela, de la Nueva Granada, del Bajo y el Alto Perú, de Chile y
hasta de algunas zonas tributarias del Río de la Plata”.16
6. Crónicas e historias americanas. Entre las historias de la conquista de México y del Perú
conviene dejar las que tiran sus líneas a atribuir todo el mérito al caudillo principal. Dice Solís
de Bernal Díaz del Castillo que “en el estilo de su historia se conoce que se explicaba mejor
con la espada”;17 pero en el estilo de la suya, se advierte que la pluma pulcra, conceptuosa
y poética del más elegante de los cronistas de Indias, maneja mejor el panegírico. Y así en
Gómara. En la de estas apasionantes conquistas, Bernal Díaz del Castillo, en lo que a México
respecta, se lleva los sufragios de Carlos Pereyra y de Ballesteros Beretta: para ambos la crónica
de aquél es el mejor relato de la conquista. Menos acordes, en cambio, están ambos autores
al señalar el mejor relato de la del mayor de los imperios de las Indias: para el historiador
español, el más notable de los historiógrafos del Perú es Pedro Cieza de León, mientras el
formidable publicista mexicano parece inclinarse al inca Garcilaso de la Vega.
7. Cortés, organizador y político. Tan pronto como venció a los aztecas en 1522, Cortés se ocupó
con gran actividad en la integración territorial y organización de Nueva España, revelándose
como hombre capaz de fundar y regir imperios. Desafortunada, con la temprana cesación de
sus funciones, estuvo América. En 1526 fue nombrado para residenciarlo Luis Ponce de León,
el cual murió antes de dar comienzo a su encargo y lo mismo le ocurrió a su sustituto Mar-
cos de Aguilar. La opinión pública había rodeado siempre el nombre de Cortés de sombrías

16
Historia de América Española, Madrid, 1925, t. V, p.41.
17
Historia de la Conquista de México, Madrid, Gaspar y Roig, 1851, p.21.

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sospechas; se le acusaba de haber asesinado a su primera mujer y tenido participación en la


muerte de Francisco de Garay. Bajo el peso de nuevas acusaciones partió seguido a España el
gran conquistador, de donde regresó en 1530 confirmado en su título de Capitán General, y con
nuevo título de marqués, pero sin ejercicio de gobierno. Durante su ausencia se había creado
la Audiencia en 1528. En 1535 fue nombrado Antonio de Mendoza primer virrey de Nueva
España y Presidente de la Audiencia. El conquistador de México murió en 1547 en Castilleja,
lugar de Sevilla, pobre y olvidado. Carlos V, que llamaba padre a Andrea Doria, fue ingrato
con el más grande de sus capitanes como había sido ingrato con el Cardenal Cisneros.
8. Magallanes. No era, sin embargo, Carlos V incapaz de comprender y admirar a Her-
nán Cortés. Como éste, era su rey, en gran manera activo, capitán y político. Incesante era
la actividad del hombre que realizó en su época, nueve viajes a Alemania, seis a España,
siete a Italia, cuatro a Francia, dos a Inglaterra, diez a Flandes y dos a África. Solía dirigir
personalmente sus campañas al frente de sus tropas, como el magno rey de los antiguos
francos; y su habilidad diplomática vertió casi ininterrumpidamente a sus pies el favor de
la fortuna. Pero la profusión de asuntos que solicitaba su atención, le hizo desatender no
pocas veces los negocios de España y dilatar algunas demasiado la solución de los proble-
mas de América, aunque en las grandes ocurrencias obró con la prontitud y perspicacia de
Isabel I, cuya tradición siguió en punto a descubrimientos. Así lo prueba el viaje propuesto
por Magallanes, el más importante en la historia de la navegación después del primero de
Colón, y que no vaciló en acoger y decidió sin demora; del cual puede decirse que es la más
preclara hazaña heroica conocida y, con más propiedad que lo dijo Cervantes de la batalla
de Lepanto, “la más alta ocasión que vieron los siglos y esperan ver los venideros”.

Ojeada retrospectiva sobre la Iglesia en Santo Domingo


Capítulo II
4. El obispo Geraldini. 5. Disposiciones relativas a Geraldini. 6. Fray Luis de Figueroa.
7. D. Sebastián Ramírez de Fuenleal. 8. Ramírez de Fuenleal pasa a México.
9. Juicio sobre Ramírez de Fuenleal.
4. Geraldini. Antonio de León Pinelo trae el dato siguiente: “Libro General de 1516 a 1517.
Posesión del obispado de Domingo se dé a don Alejandro Geraldini, presentado y proveído
por León 10, en lugar y por muerte de don fray García de Padilla. A 13 de febrero (115). Esta
provisión está refrendada del secretario Pedro de Torres (7). Humanista y poeta italiano, Geral-
dini había sido llamado junto con su hermano Antonio por Isabel la Católica a España, donde
fue diplomático y preceptor de los príncipes. Vino Geraldini, ya obispo de Vulturara desde
1496, a su nueva diócesis de Santo Domingo en febrero de 1520, y nos trajo, en ánforas latinas,
mieles del Renacimiento. Puso en 1523 la primera piedra de la Catedral de Santo Domingo;
pero fatigado por los servicios prestados a la corona española. ‘Agobiada su naturaleza por
la inclemencia del clima tropical, libre la mente de menoscabo consecutivo, sorprendióle la
muerte cuando estaba entregado de lleno a la obra material de su Iglesia’”.
5. Disposiciones relativas a Geraldini. En 9 de marzo de 1519 “se dio a Geraldini, obispo de
Santo Domingo, la mitad de la vacante, y la otra mitad a la iglesia, y no se dice en la cédula
que es por merced, sino que el Rey tiene por bien que se le acuda con ella”. (9) Y en 29 de
septiembre de 1526, por muerte de dicho obispo, se hizo a la iglesia limosna de sus espolios

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

y de lo que rentase, y la sede vacante, hasta que se provea de obispo, cumplidas las limosnas
que sobre lo susodicho estuviesen hechas”.
6. Fray Luis de Figueroa. A la muerte de Xuarez Deza, que ha debido de ocurrir el 25 de
diciembre de 1522, fue proveído por el obispo de la Concepción de la Vega, fray Luis de Fi-
gueroa, aquel antiguo prior de la Mejorada y gobernador gerónimo de la Española en 1516;
el cual había sido proveído también el 27 de marzo de 1523 para la Abadía Jamaiquina por
no haber tenido efecto la presentación del licenciado Andrés López de Frías, hecha a prin-
cipios de marzo de 1522, cuando ocurrió la muerte del primer abad D. Sancho de Matienzo.
A la muerte del obispo de Santo Domingo, Alejandro Geraldini, verificada el 8 de marzo de
1524, uniéronse los obispados de Santo Domingo, y de la Concepción; “y el propio fray Luis
de Figueroa fue presentado nuevamente para la Concepción, para Santo Domingo y para la
Abadía de Jamaica, después de la muerte de Geraldini; pero murió sin haberse consagrado,
cuando preparaba el viaje, año de 1524”.
7. Ramírez de Fuenleal. Enriquillo. Piratería. D. Sebastián Ramírez de Fuenleal fue pre-
sentado en substitución de fray Luis de Figueroa para ambos obispados. Sus ejecutorias
son de fecha 28 de junio de 1527. Natural de Villaescusa de Haro (Cuenca), colegial de
Santa Cruz, e inquisidor de Sevilla, Ramírez de Fuenleal era a la sazón oidor de Granada.
Tan pronto como llegó a Santo Domingo a principios de 1529, electo obispo y presidente
de la Audiencia, emprendió con el receloso cacique Enriquillo las gestiones de arreglo que
culminaron más tarde en el restablecimiento de la paz en la isla. Trató también de remediar
la novedad de la piratería, por el peligro que había en ello, para lo cual hizo junta; y ésta,
después de estudiar bien el problema, informó al rey que no había cosa poblada de asiento
en todas aquellas partes, sino en Santo Domingo; que el robo del oro, el anegarse los navíos,
el riesgo que estos corrían, la falta de respeto a los mandatos reales y los desacatos consi-
guientes de los gobernadores de aquellas provincias, todo, finalmente, mantenía a éstas en
absoluta confusión; para cuyo remedio propuso que la Española fuese la feria y comercio
de todas las Indias, y única puerta por donde entrase y saliese la gente, el oro, la plata, los
bastimentos, las mercaderías; y ello por concurrir en dicha isla las mejores circunstancias y
condiciones marítimas y terrestres, comprobadas cuando de donde ella partieron todos los
descubrimientos y pacificaciones de todas las Indias; y poblada y abundante de todo con
infinitas maderas e innumerable ganado; “siendo cosa clara que estando poderosa la isla
Española, aquello estaba más firme y seguro, ni México podía gobernar lo de la navegación
como la Española”.
8. Ramírez de Fuenleal pasa a México. Mientras gobernaba Ramírez de Fuenleal con sin-
gular tino y eficacia en la Española, todo hacía presagiar una sublevación en México; los
desmanes de la Audiencia, las arbitrariedades y excesos de Ñuño de Guzmán, las acusa-
ciones contra Cortés, el extraordinario prestigio y poderío de éste. La Corte, después de
dirigirse inútilmente al conde de Oropesa y don Antonio Mendoza, determinó enviar al
obispo de Santo Domingo a Nueva España, para lo cual la Emperatriz, que en ausencia
del Emperador gobernaba, le escribió de su propia mano, “que se diese priesa en dejar
compuesta las cosas de la Española, para que no se detuviese”; y como se excusase, se
le reiteró, en febrero de 1531 “que fuese luego, porque de ninguna persona tenía tanta
confianza”. Dejó el sabio prelado y presidente, antes de partir una instrucción a la Real
Audiencia de Santo Domingo, formada por Zuazo, Infante y Vadillo, en la cual encargaba
a estos, “que sentenciasen sin pasión ni amor y que guardasen el secreto del acuerdo”.

66
américo lugo  |  antología

Para el 11 de marzo de 1531, ya Don Sebastián Ramírez de Fuenleal se encontraba al frente


de la nueva Audiencia.
9. Jucio sobre Ramírez de Fuenleal. No podemos seguir a este triunfador en su incomparable
actuación en México. Ya rebosa los bordes de una ojeada lo apuntado sobre la vida de este
hombre extraordinario, uno de los grandes estadistas que España envió en todo tiempo a
América, y el más grande honrador de nuestra patria dominicana, y confirmador de las altas
calidades que Colón en ella adivinó. Parece mentira que en el corto tiempo que estuvo en
Nueva España hiciese obra tan útil, que fuese permitido decir sin gran hipérbole, como decía
Alcedo en 1787, “que a él debe la Nueva España toda su felicidad”. Era D. Sebastián Ramírez
de Fuenleal flor de la prolongada, brillante, recia y paradójica estirpe medieval, mitad siervos
de Dios, mitad siervos del mundo, que produjo a Cisneros y a La Gasca y al gran capitán
místico Loyola que puso en manos del Papa, en nuevo y más vivo fuego templada, la antigua
espada con que Roma hería a la vez en todo el universo. En el obispo Ramírez de Fuenleal el
hombre de Estado eclipsa al prelado, puesto que fue piadoso, fundando en México un colegio
donde doctrinar quinientos niños y un convento de dominicos en el lugar de su nacimiento.
Acabado ejemplar de ministros, y no sólo para aquella época en que éstos eran las manos y
en ocasiones la cabeza de príncipes distantes y desorientados, sino para todas las épocas, fue
Ramírez de Fuenleal bondadoso aunque severo si lo exigía la ocasión: manso, prudente; leal
y desinteresado: de buenas costumbres, que en el gobernante son cimiento y fianza de todo
buen gobierno; de mucha delicadeza y recato; vigilante, fuerte, sabio y de gran autoridad.

Baltasar López de Castro


y la despoblación del norte de la Española
1. Memoriales del arbitrio de despoblación
La desacertada orden de despoblar los puertos de Plata, Bayahá y la Yaguana en la isla
Española, fue determinada por virtud de un Memorial de arbitrio para el remedio de los rescates
de dicha isla, presentado a S. M. por Baltasar López de Castro y fechado en Madrid a 20 de
noviembre de 1598. Con esta misma fecha presentó al rey un segundo Memorial de arbitrio. En
el primero había propuesto “los medios que le parecieron más eficaces para que se estorben
los rescates que en la Isla Española se hacen con los herejes”.18 El segundo es aclaratorio y
complementario del primero.

2. Idoneidad del arbitrista


El autor y solicitante de este formidable arbitrio contaba a la sazón 38 años de edad.
Desde los 21 servía el oficio de escribano de cámara de la Audiencia, en el cual sucedió a su
padre Nicolás López Cornejo, que lo había servido, a su vez, durante 35; y servía, asimismo,
los oficios de alférez mayor y regidor de la ciudad de Santo Domingo, por venta que de ellos
le había hecho el Presidente de la Audiencia Lope de Vega Portocarrero. Repite que “ha más
de sesenta años que su padre y él sirven los oficios de escribano de Cámara, de civil, criminal
y gobierno”.19 Habla de su continuo estudio y de su larga experiencia en estas cosas. “En
su oficio de escribano –dice– habían pasado casi todas las causas contra rescatadores; casi
18
Archivo General de Indias. Escribanía de Cámara. 7. B. Segundo Memorial de López de Castro al rey.
19
Id. Primer Memorial al rey. Súplica primera al rey.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

siempre había residido en dicha ciudad, había visto mucha parte de aquella isla; y por papeles
que se han hecho por jueces de comisión y por otros autos e informaciones, ha entendido
el exceso grande que hacen los vecinos de ella que rescatan con corsarios herejes”.20 Aunque
haya escrito y firmado sus memoriales en Madrid, se ve que aderezó aquí el primero. Con
las fuerzas que tuvo como regidor prominente, “procuró –dice– que hubiese carne de vaca
continuamente en la ciudad… y como se estorbaban estos rescates, hizo este discurso con
que mediante Dios, se remediarán todos estos daños”.21 “Con trabajo y estudio de muchos
años –añade– halló y dio la traza con que tan grande mal se cure”.22 Era natural de aquella
tierra, según Osorio. ¿Qué mucho, si no lo fuera? Estaría en la línea, precursora del carácter
nacional, como el obispo Bastidas, Miguel de Pasamente, el bígamo don Luis Colón o el mag-
nate don Rodrigo Pimentel, moradores de la isla en los cuales se observa la huella territorial,
hábito o costumbre, bastardeando unos o bien purificándose; sin mencionar a otros, como
Cristóbal Colón, al filántropo Las Casas o el benefactor Hernán Gorjón, a quienes se les ve
la huella en el corazón, clara e indeleble, cautivados de particular y profundo amor por ella.
Considerando los memoriales en que nos ocupamos, López de Castro escribe bastante bien,
pero con desleimiento y redundancia; juzga el estado presente por antecedentes apropiados;
enumera los inútiles esfuerzos de la corona y de la Audiencia. Exagera la gravedad del mal,
abona su parecer dando por seguro probables resultados. Insiste en los aspectos seductores,
abrillanta los detalles, desecha objeciones. Sostiene la excelencia e infalibilidad de su peligroso
instrumento con el arte de un experto sofista. Encubre su ambición en una traza de modestia,
y muestra preocupación religiosa y celo por la grandeza del reino y la gloria del monarca.

3. Particularidades biográficas23
Baltasar López de Castro, hijo legítimo de Baltasar López Cornejo y María Cataño, fue
bautizado en la catedral de Santo Domingo el día 15 de junio de 1559. Aunque sin la edad
requerida fue nombrado con facultad de sustitución, tres años después del fallecimiento de
su padre, escribano de la Audiencia, en consideración a que éste lo había sido. Pero no pudo
entrar en posesión de su oficio sino en 1580, ya en edad legal; y con tan poca suerte, que
fue suspendido dos años después por el visitador D. Rodrigo de Ribero, lo que le desalentó
hasta pensar en mudarse a otro lugar de Indias, y aun efectuó algunas diligencias al respecto;
mas al fin se quedó. En 1586, cuando las velas de Francis Drake desembarcaron en Jayna,
López de Castro fue del pequeño grupo de jinetes que salió de la ciudad de Santo Domingo
a hacer rostro al enemigo. El 20 de agosto de 1592 recibió de manos del factor real Juan de
Castañeda, a quien más tarde suspendió el visitador Juan Alonso de Villagra o Villagrán,
la dignidad del alferazgo mayor de la ciudad; pero como si viviera entonces bajo signo de
infortuna, en 1596 se vio suspendido de nuevo del oficio de secretario, probablemente por
el visitador que acabamos de mencionar, aunque éste se encontraba a la sazón en México;
“mas en caso de no haber sido el licenciado Villagrán, dice fray Cipriano de Utrera, lo fue D.
Diego Osorio, que entró a gobernar en 1597, con encargo de visitar la Audiencia”,24 si bien
no hay correlación entre el año de la suspensión y el de la entrada de Osorio en el gobierno.
20
Id, Primer Memorial al rey. Súplica primera al rey.
21
Ibídem.
22
Ibídem.
23
Basadas en la interesante noticia biográfica por Fr. Cipriano de Utrera en Relaciones históricas de Santo Domingo.
Colección y notas de Emilio Rodríguez Demorizi, Vol. II, pp.161 y s., nota 2.
24
Utrera, ibídem.

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américo lugo  |  antología

Como se ve, “no se ha podido dar con el juez cuya pesada mano cayó sobre Baltasar”.25 La
historia es Minerva cautiva del dato. Humillado pero no vencido, el alférez real de Santo
Domingo dio consigo en la metrópoli, donde había de tocar a sus puertas la mano de la
ventura. Allí, después de proponer al Consejo arbitrios sobre repoblación de la Española,
viró en redondo, presentando uno de despoblación, como medio de suprimir en ésta los
rescates; el cual naufragó en el olvido, de donde no habría debido volver, pero desgracia-
damente dicho cuerpo recogiólo al cabo de tres años, a consecuencia de haberle el porfiado
arbitrista señalado la inutilidad del envío de una costosa armada con el fin de remediarlos;
y consultado al rey, su ejecución fue decretada.

4. Aprobación del arbitrio


En efecto, cuando López de Castro, separado de su familia y caído de su estado, presentó
sus memoriales para remedio de rescates en la Española, nadie paró en ellos la atención. El
presidente Paulo Laguna los dejó dormir en el seno del Consejo Supremo de Indias. Este
cuerpo gubernativo y judicial dictaminó favorablemente sobre el proyecto de López de Castro
en fecha 23 de abril de 160326 bajo la presidencia de don Pedro Fernández de Castro, conde
de Lemos, Andrade y Villalva, marqués de Sarriá, aquel mecenas para quien Cervantes, con
las ansias de la muerte, escribió su última maravillosa carta; y que fue virrey de Nápoles
como su padre y luego presidente del Consejo de Italia, es decir, uno de los numerosos re-
presentantes de la política española de opresión que sofocó el libre espíritu del genio italiano
en el siglo XVII, haciéndole caer del pináculo del Renacimiento a baja esfera de decadencia
y mal gusto literario.

5. El arbitrante espera ser nombrado comisario. Mercedes que pide


Dos veces suplicó López de Castro mercedes por su arbitrio. La vez primera se adelanta
a la ejecución de éste como Colón en las Capitulaciones de Santa Fe, y pide enriquecerse con
una merced de mil licencias de esclavos, y un “mandato de acrecentarle sobre el acrecenta-
miento que habrá en ciertas rentas y derechos Reales, la sexta parte”; limitando la petición
de cargos al de alguacil mayor de la Audiencia. La segunda vez, después de ejecutado el
arbitrio, solicita honores y dignidades. Sin duda acarició desde el principio la esperanza de
ejecutar su arbitrio, acrecentada luego por los términos de la cédula que le rehabilitó, de 25 de
febrero de 1602; la cual ha debido de mirar como premio y promesa de singulares mercedes,
en pago de la receta propuesta para curar la dolencia de los rescates. Ejemplos había en la
historia, y él bien la conocía, en que el hombre de nada puede verse encumbrado súbitamente
al cielo de la grandeza; y tampoco ignoraba que la mano de un rey, que otorga la limosna de
la dádiva, es de la misma naturaleza que la del pordiosero que la recibe, y que unas veces
sin discernir la astucia de la magnanimidad o inclinando otras el ánimo a su capricho o a su
propio interés, recompensa el error, perdona el crimen y galardona la injusticia. Pero la es-
peranza de López de Castro de poner por obra el extraordinario medio que había propuesto,
era vana presunción. Fray Cipriano de Utrera juzga “que nunca se pensó en darle tal labor
“por no ser sujeto suficiente”. Todo lo más se le encomendó la asistencia del gobernador
Osorio, como instrumento circunstancial para actos dependientes del asunto.

25
Utrera, ibídem.
26
Resoluciones del Consejo de Indias, de 22 y 24 de septiembre de 1603. (Cfr. Cipriano de Utrera).

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6. Solicita el alguacilazgo mayor de la Audiencia


Pensando en lo futuro, pidió López de Castro ser remunerado “ejemplarmente”: el oficio
de alguacil mayor de la Cancillería de Santo Domingo, “con décimas de las ejecuciones y
con dos mil ducados anuales de salario mientras no se resolviese el pleito pendiente sobre si
aquéllas pertenecían a esos alguaciles o a la ciudad; la alcabala de la cárcel, adjunta al dicho
oficio; y que los oficios que sirve de escribano de Cámara, de civil, criminal y gobierno, fue-
sen renunciables y pudiesen ser servidos por sustitutos”. Respecto de la petición de López
de Castro, acordóse por el Consejo en 22 y 24 de septiembre de 1603 diferir la merced para
después de la ejecución del arbitrio; y que durante ésta, pueda servir por sustituto su oficio
de escribano de Cámara de gobierno.27 Es de notar, por otra parte, que López de Castro
tiende a asegurar, en su primer Memorial, la estabilidad de la despoblación, cuando previene
que el alcalde mayor “ha de ser persona de buena razón y entendimiento y práctico en los
negocios; que se le ha de dar título de alcalde mayor de toda la isla, y que se le ha de dar
facultad para que traiga consigo doce hombres bien armados y comisión para que en todas
las ciudades, villas y lugares de la isla, y en la de Santo Domingo, pueda entrar con vara
alta de justicia y sus ministros y personas que ha de traer para su defensa con sus armas,
y prender y poner presos en las cárceles, y proceder contra los culpados y castigarlos por
justicia sin que lo estorbe el Audiencia ni otra justicia”. Quería, como se ve, un alcalde con
facultades extraordinarias absolutamente inadmisibles.

7. Comisión para ejecutar el arbitrio


El nombramiento para la ejecución del arbitrio recayó en don Antonio Osorio, gobernador
y presidente de la Audiencia Real de Santo Domingo, y en el reverendo arzobispo de Santo
Domingo fray Agustín Dávila y Padilla. Encargóles el rey que diesen la orden y traza para la
mudanza de los tres pueblos mencionados, ayudándose para ello y cometiendo la ejecución
de lo que resolvieran a uno de dos oidores, Francisco Manso de Contreras o Marcos Núñez
de Toledo “y Balthasar López de Castro, mi secretario de Cámara, que, como persona tan
plática de esa tierra y de buen celo, podrá ser de provecho su inteligencia y diligencia, ha-
ciéndole la onrra y favor quando se permitiere”.28 Procedió solo al cometido el gobernador
y presidente, por fallecimiento del arzobispo; pero trató de ayudarse del oidor Manso de
Contreras, y se ayudó siempre de López de Castro. Más tarde, cuando el capitán Jerónimo
de Agüero Bardecí, Juez de Comisión en la Yaguana, fue procesado por haber dado licencia
para que se leyese ante él, en el puerto de Guanahibes, una proclama del conde Mauricio,
príncipe de Orange, Manso declinó, en defensa de su deudo, la jurisdicción que había re-
conocido en Osorio, alegando que éste carecía de la facultad de obrar solo por muerte de
Dávila y Padilla.29 Esto bastaría para juzgar a Manso de Contreras.

8. Ficción y realidad
Presentaba López de Castro la cosa al pobre rey Felipe III como una futura escena de
la feliz Arcadia que el gran pastoralista Sannazaro sublimó. “La mudanza de los lugares

27
R. Cédula de 6 de agosto de 1603, basada en la Consulta del Consejo de 23 de abril de 1603.
28
R. C. de Despoblación dada en Valladolid a 6 de agosto de 1603. S. D. 868 lib. 3, p.165.
29
Testimonio del escribano de la Yaguana, Francisco Atanasio Abreu, del 21 de enero de 1605 y Carta del gober-
nador D. Antonio Osorio a S. M., de 8 de julio de 1605. Segundo Memorial, V. Relaciones históricas de Santo Domingo,
Vol. II, pp.231 y 294.

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américo lugo  |  antología

–decía– y traer los ganados de sus vecinos, se puede hacer con facilidad y sin costa ni riesgo
alguno, porque para fabricar sus casas de madera y paja, como agora las tienen no ha de
faltar dinero, y los ganados se podrán traer en tropas o atajos sin que se las pierda una res,
por tener, como tienen, muchos esclavos, vaqueros, cabrestos y caballos; y por donde han de
venir a los nuevos sitios hay grandes prados muy abundante de buena yerba y agua”.30 Mas
¡ay! Para efectuar la mudanza fueron menester fuego y sangre; quemar hogares y haciendas
y ahorcar más de setenta personas. De las ciento diez mil cabezas de ganado vacuno manso
que había en ciento veinte hatos cuando la despoblación comenzó, no se sacaron más de
ocho mil, porque el resto se alzó con el ganado montés; en el camino hacia los nuevos sitios
murieron seis mil y sólo quedaron unas dos mil que llegaron a San Juan y San Antonio. En
cuanto al ganado bravo y cimarrón, que era lo más, todo, naturalmente se perdió. Unos
sesenta vecinos lograron pasar a Cuba con sus familias y esclavos, cuyo obligatorio regreso
parece haber sido una odisea de desgracia y martirio; y muchos de los negros (solamente
en la Yaguana y su término había más de mil quinientos), se internaron en los montes.31
Dice luego López de Castro que los lugares escogidos para la mudanza, “donde antes se
apacentaban doscientas mil cabezas de ganado, eran los mejores y desembarazados para
pastos, abrevaderos y sesteaderos, donde las vacas paren cada una en veinte meses dos
veces; y los sitios para las ciudades y villas, maravillosos, frescos y sanos, donde rara vez
se ve persona enferma”. No dudo que el fino, brillante y delicioso ambiente de aquella
región influyera en los infelices inmigrados. De la extremada virtud de nuestro suelo para
la crianza da testimonio el apodo de Pastores de la Española. Pero si una batalla puede ser
origen de un imperio, las ciudades no pueden ser creadas por decreto, efímera excrecencia
que debería ser borrada de la legislación política civil. A pesar de las cautelas y cuidados
de López de Castro, ni los hombres ni el ganado prosperaron en Bayaguana y Monte de
Plata. Don Antonio Sánchez Valverde y M. L. E. Moreau de Saint-Méry, escriben a fines del
siglo XVIII que ambos pueblos, tras breve lustre, se convirtieron rápidamente en lugares
miserables.32 En cuanto a los puertos despoblados, ellos y la islita de la Tortuga fueron la
cuna del imperio colonial francés en América.

9. Retorno a Santo Domingo


Partió de Madrid Baltasar López de Castro por orden del conde de Lemos, el día 6 de
noviembre de 1603, llevando el pliego de comisión de despoblación, las cédulas que con este
motivo habían sido formuladas y un mensaje del referido presidente del Consejo. Detúvose
en Sevilla por falta de navío, casi siete meses. Consiguió uno de cien toneladas, pero nadie
quería cargar si no fuese de doscientas y con licencia hasta Nueva España. Porque había
premura en la salida del portador de los pliegos, escribióse a la Casa de Contratación para
que el capitán que le llevase tocara en la Guadalupe, y allí recogiera la carga de una flota
perdida, prestándosele para ello a López de Castro dos mil ducados con que transportarla

30
Segundo Memorial.
31
Memorial sobre excesos... por B. Cepero y G. Xuara: Revista La Cuna de América, de Santo Domingo, años de
1913-1914, en que apareció la serie de documentos de las devastaciones de 1605-1606 en la Española, copiados por mí
en el A. G. I. y entregados a D. Emiliano Tejera para su publicación.
32
Idea del valor de la isla Española, 2a edición, 1853, p.53; Description de la Partie Espagnole de L’lsle Saint Domingue,
vol. I. pp.159-160. Esta obra de Moreau de Saint-Méry ha sido traducida al castellano por el geógrafo, historiador y
jurisconsulto don C. Armando Rodríguez: Descripción de la parte española de Santo Domingo. Editora Montalvo. Ciudad
Trujillo, Distrito de Santo Domingo, Rep. Dom., 1944.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

a Santo Domingo. Así pudo por fin tomar vela el 2 de julio de 1604, llegando a esta última
ciudad el 11 de agosto con su cargamento de mercancías de la Guadalupe.33

10. Persuade a Osorio de la ejecución inmediata


En la casa real, en presencia del oidor y del fiscal entregó el pliego de comisión y demás
papeles al presidente, don Antonio Osorio. Tres días después, como el arzobispo Dávila y
Padilla había fallecido antes del recibo del pliego, juntáronse el presidente, los oidores, el
fiscal y López de Castro. Opúsose éste al parecer sustentado por los oidores Gonzalo Mexia de
Villalobos y Francisco Manso de Contreras, y el fiscal Arévalo Cedeño, de que se consultase
a S. M. sobre la circunstancia de la muerte del arzobispo. El oidor Marcos Núñez de Toledo
apoyó al arbitrista, y se resolvió al fin proceder a la ejecución inmediata sin consulta.

11. Cómo recibe el pueblo a López de Castro


De España salió el arriesgado inventor y movedor de esta peligrosa máquina de remediar
rescates, con justificado temor de que el pueblo le tomase ojeriza y aversión. Hemos dicho
que en su presunción llegó a figurarse que sería el ejecutor, y decía al conde de Lemos “que
había de ocuparse muchos meses con excesivo trabajo de día y de noche, asistiendo por su
persona a despoblar los viejos pueblos y sitios de ganado y poblar los nuevos, y en todo
este tiempo que asistirá en el campo, ni en el que viviere en la ciudad de Santo Domingo, no
tendrá hora segura de vida, ni hay potestad en la Isla que se la pueda asegurar”.34 La confir-
mación de su recelo no tardó. Mucha gente fue a recibirle y acompañarle con regocijo a su
llegada, dice. Observa fr. Cipriano de Utrera que esto se debió a verlo llegar “hecho dueño
y propietario de tantas cosas necesitadas de todos, en donde por milagro surgía navío de
registro con mercancías de la Metrópoli”.35 Pero el gozo se trocó en odio y rencor, continúa
diciendo López de Castro, cuando la orden real que trajo fue publicada, maldiciéndole a
una y tratando de persuadirle a atajar y suspender la empresa.36 Mas él a todos se oponía,
hasta a sus propios deudos,37 contrastando la voluntad popular.

12. López de Castro endereza la vacilante voluntad de Osorio


Por las serias dificultades que ofrecía naturalmente la mudanza; por la ineficacia de la
merced de perdón hecha por S. M. a los rescatadores y ofrecida a éstos en agosto y las nuevas
venidas en septiembre, después de la publicación del perdón, de haber llegado a las costas del
norte, una armada de cincuenta y seis navíos de piratas que traía gente de guerra y materiales
de fortificación; por la resistencia sorda y firme de los habitantes de la isla, revelada en las
relaciones de decaimiento y ruina de ésta, leídas públicamente en la plaza; por la contradicción
de las Justicias y Regimientos, de eclesiásticos y seglares, con fingimiento de cartas de S. M.
y de ministros de la Corte, mandando sobreseer; por la propagación de sueños y consejas,

33
V. nota 2 de Utrera, cit. supra 6, en Relac. hist. II, p.165.
34
Memorial al Conde de Lemos y señores del Consejo sobre Suplica Primera, publicado por Utrera en Relaciones
ya cit., como texto, p.211.
35
Utrera, nota 2 cit., p.165.
36
Relación de la ejecución del arbitrio, V. Rel. hist. II, p.219.
37
Id. Carta de Manso de Contreras a S. M., fecha 18 de diciembre de 1604. Esta Relación contiene la Información
con parecer del fiscal presentada al rey por López de Castro, y la cual fue hecha por octubre de 1605 en la Española.
Ella y la Consulta del Consejo de 14 de diciembre de 1604, copiadas por Utrera. V. Relaciones compiladas por Demorizi,
tomo II cit. supra 5, p.220; carta de Manso.

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abrumadores del vulgo, en que los muertos se levantaban de sus sepulcros anunciando la
perdición de la isla, don Antonio Osorio, gobernador, capitán general y presidente de la
Audiencia, árbitro absoluto en el negocio de la despoblación, pero en quien se juntaba la
prudencia a la energía, “estándose ejecutando el arbitrio y disponiendo los nuevos sitios y
otras cosas necesarias para la reducción, sin haberse empezado a mudar cosa alguna de ellos
en cinco meses, dudó del buen fin del remedio de los rescates, pareciéndole que sin buenos
ministros de justicia y sin galeras y presidio, era imposible que éstos se acabasen”.38 Pero
Baltasar López de Castro, el escribano de Cámara, el cortesano humilde que había cifrado
en su invención la loca esperanza de convertirse en un don Gonzalo Jiménez de Quesada,
no flaqueó, y tras angustias mortales logró levantar el ánimo del comisario real, vertiendo
en él decisión y confianza hasta disipar del todo su perplejidad.

13. Justificación de la duda de Osorio


Razón tenía D. Antonio Osorio para dudar del buen éxito de la empresa, al tocar de cerca
su naturaleza y su fin. La esencia y el objeto o motivo de la medida era la terminación de los
rescates que por más de setenta años menoscababan las rentas del erario; práctica cuya causa
era la falta de empleo de marina mercante suficiente con custodia, de parte de la metrópoli,
para llevar a la colonia mercaderías bastantes para el consumo; lo que originaba la necesidad
de surtirse comerciando de contrabando con los extranjeros, y la posibilidad para éstos de
comerciar con los naturales sin riesgo. Aumentar la marina mercante y custodiarla contra la
piratería, era lo que había que hacer dentro del régimen prohibitivo imperante. Dejar, como
antes insuficiente y desamparado, el tráfico mercantil, restringido al envío anual de un par
de buques, y despoblar las poblaciones de la banda del Norte, única parte en donde se res-
piraba algún bienestar, era el más descabellado plan del mundo para eliminar los rescates
dando fin de la isla entera. El comercio ilegal no puede ser contrastado sino con medidas de
comercio legal, porque el comercio es una de las fuerzas sociales emanadas del genio mismo
de la naturaleza. Pueblos donde se gobierna con maestría la vocación comercial, como los
Estados Unidos de América, son los más pacíficos y prósperos del mundo. Osorio reconoce
que los males no se acabarán si el rey no se sirve de buenos ministros y galeras.39

14. López de Castro, hombre temerón


Baltasar López de Castro era hombre para empresas de medro, pero no de gloria. Las
almas heroicas, según Cervantes, son aquellas a quienes su estrella inclina más a las armas
que a las letras; pero también en este campo hay plumas templadas en la fragua de Vulcano,
como la de Juan Montalvo, que han ganado batallas tan famosas como las que con su espada
ganaron César y Alejandro. Alma de escribano no suele ser heroica a menos que se albergue
en el pecho de un Cortés, varón ilustre que en los ligeros planos de la fama40 con Aquiles se
codea, y para el cual lo circunstancial era la pluma, no la espada. A López de Castro, puesto
que resistió con valor la contradicción popular y sirvió personalmente y ayudó al presidente

38
Relación e Información cit. en la nota precedente, p.246 y Carta del Presidente Osorio a S. M. de 20 de diciembre
de 1604, p.247.
39
V. carta precedente, Rel. hist., II, p.245.
40
Quid levis vento?
Fama.
Séneca.

73
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Osorio con muy gran cuidado y trabajo, y a pesar de la complaciente declaración de la Audien-
cia, de “que se tiene particular noticia que ha acudido a todas las ocasiones de guerra de los
primeros”, puede tenérsele, sin embargo, por temerón y recelador constante de daño contra
su persona. Según su propia afirmación, “siempre iba y estuvo catorce meses en diferentes
partes armado y con vigilancia y cuidado, y de que no lo entendiesen los que estaban con él,
por no animar a sus enemigos”;41 “y en las poblaciones que hizo nunca durmió de noche, sino
que en pareciéndole que sus oficiales y esclavos que estaban con él, dormían, fiándose de uno
que había nacido y criádose en su casa, se armaba, demás de una cota que siempre traía, con
un arcabuz y dos pistoletes, y con los papeles de su comisión se entraba en el monte toda la
noche hasta que quería amanecer que tornaba al bohío”. A este émulo del fundador de Santa
Fe de Bogotá “representábansele” sin cesar “las muertes y daños que se podían esperar de
gente tan obstinada”. Se expresa con ridiculez y excedencia al decir “que se ofreció al marti-
rio así cuando navegó para ir de Sevilla a la dicha isla a la ejecución del remedio, y cuando
habiéndose ejecutado tornó a ella, por los muchos corsarios que andaban en el mar Océano,
y que forzosamente le habían de conocer por haber llevado a Flandes tres retratos suyos”.42
Más gracioso y fantástico se nos muestra en la inimaginada emboscada que nos cuenta, y que
según su confesor, fray Tomás de Ayala, le habían puesto cuando estaba para partir de Santo
Domingo en seguimiento de Osorio. Decíale el fraile “que en el camino le aguardaba mucha
gente en un mal paso y que a él y a los que llevase consigo matarían; y que con qué había de
resistir a mil y más personas que podían tomar armas y las tomarían contra él”. Baltasar finge
creer en la patraña de fray Tomás. “Sin embargo desto –dice– y de otras cosas semejantes que
oía, con mucho ánimo y determinación caminó las sesenta leguas de ida y vuelta, no llevando
en su compañía más de personas43 esclavos y otros porque no los hallasen descuidados. El
remedio que tenía era hacer más de ordinario noche en despoblado”.44

15. Su participación en la ejecución


Hemos visto cómo López de Castro no logró hacerse nombrar ejecutor de su arbitrio, y
que mero ayudante, aunque “con honra y favor” en la ejecución, llevó al presidente Osorio
y al arzobispo el pliego de comisión, y persuadió al primero a actuar solo sin previa autori-
zación del rey, y le apartó asimismo de la duda que le asaltó sobre la eficacia de la medida
y aun sobre la posibilidad de realizarla. Es innegable que el arbitrista ayudó y cooperó, sir-
viendo con mucha vigilancia y cuidado. Los autos en la prosecución y ejecución se pasaron
ante él, con desinterés absoluto de su parte. Osorio se valió y fió de él en todas las materias
de la reducción, tanto en despoblar como en fundar. Cuando vinieron tardíamente a Santo
Domingo, temerosos y apremiados, los procuradores que Osorio había demandado que le
enviasen las justicias y regimientos de Bayajá y Montecristi, oídas las equívocas instruc-
ciones de aplazamiento que trajeron, cometiósele a López de Castro su prisión. Fue luego
éste en seguimiento del Presidente en febrero de 1605 a Bayajá, donde permaneció casi un
mes; y después de acompañarle a quemar esta ciudad, tornó, comisionado por Osorio, el
15 de marzo siguiente, a los sitios donde habían de ser establecidas las nuevas poblaciones
“para hacer diligencias dobladas”, despoblando Osorio y poblando él. El 24 de dicho mes,

41
Relación e Información, cit.
42
Ibídem.
43
Así en la copia.
44
Relación de ejecución cit.

74
américo lugo  |  antología

encontrándose en Santiago, dispuso que no se comprase el ganado que venía de las ciudades
despobladas para las nuevas, y que se manifestase ante él el ganado que viniese. Este auto
fue pregonado en Santiago, La Vega y en la villa del Cotuí.45

16. Puebla los nuevos sitios


Se contradice en su Relación López de Castro al afirmar en una parte de ella “que empezó
a dar posesión de los nuevos sitios a la población trasladada, el 5 de noviembre de 1604, y la
última dio a 13 de enero de 1605”, al expresar más adelante “que el 27 de abril de 1605 empezó
a poblar el sitio de la ciudad de San Antonio de Monte de Plata, y en acabando esta población,
pobló la ciudad de San Juan Bautista de Bayajá”.46 Sea cuando fuere, empezó a poblar el sitio
de la ciudad de Monte de Plata “a ocho leguas y media de Santo Domingo; y para animar a los
vecinos a hacer sus casas de paja, hizo la suya, y les repartió solares a cada uno como lo hubo
menester conforme a su calidad, oficio y caudal, y las fueron haciendo, y al mismo tiempo
sus estancias y hatos de vacas… Y en acabando esta población, pobló la ciudad de San Juan
Bautista de Bayajá, a siete leguas de Santo Domingo, según la manera que la de San Antonio…
Hizo y dio las plantas de las poblaciones y entregó a las Justicias y Regimientos, y mandó que,
conforme a ellas, fuesen prosiguiendo las poblaciones. Y porque de la ciudad despoblada de
Bayajá se alzaron algunos vecinos del valle de Guaba y de la villa de la Yaguana se fueron otros
a la isla de Cuba, con parecer y orden del Presidente pobló juntas estas dos en el sitio de San
Juan de Bayajá, dejando al de San Pedro sin poblar”, y en las dos poblaciones dice “que deja
mil personas, blancos y negros, poco más o menos, y más de catorce mil cabezas y muchas
yeguas y caballos”.47 De esta manera suprimió Osorio su intención de crear en la Buenaventura
la población de San Pedro de la Nueva Villa de la Yaguana. De Montecristi no se habla, porque
se había ordenado reducirla a Bayajá desde 1579; pero fue poblada de nuevo.48 El nombre de
Monte de Plata indica a Montecristi. Además de Puerto de Plata, Bayajá y la Yaguana, fueron
despobladas también Montecristi y San Juan de la Maguana.

17. Ordenamiento y prevenciones


“Señalóles los lugares de las plazas, y calles, y iglesias, casas de Cabildo, cárceles, eji-
dos, términos y jurisdicciones; repartióles sitios para sus ganados, tierras para estancias,
ingenios y otras granjerías, todo muy bien aventajado de lo que antes tenían… Proveyó los
mantenimientos…, hizo que viniese una panadera de la ciudad de Santo Domingo para que
les cociese pan…, y que hubiese dos tabernas y tiendas de pulpería, y que se les trajesen de
Santo Domingo regalos a vender, y de los que tenía en su mesa y fuera de ella, los convida-
ba, y les rogaba que fuesen a Santo Domingo para que ellos y sus mujeres se aficionasen al
traje, comida y buen lenguaje, y para que viesen tiendas de mercaderías, a do hallarían todo
lo que venden los herejes”.49 Procuró, dice, honrarlos y favorecerlos, y les fue ganando. Por
tal modo, los vecinos de San Antonio le dieron poder e instrucción para suplicar al rey les
hiciese merced.50 Actitud indigna de parte de los recluidos, aunque humana: la masa del

45
Ibídem.
46
Ibídem.
47
Ibídem.
48
Ibídem.
49
Ibídem.
50
Relación cit.

75
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

pueblo es tierra pedregosa y fango impuro; pero en los profundos senos de esa desagradable
superficie, celestes artesanos crían deliciosa pulpa y dulce miel, y forjan el corazón de héroe,
afinan el oro del genio y visten de maravillosas galas la hermosura. Esa procuración es el
dorado marco en que López de Castro encuadró su figura.

19. Resumen de su esfuerzo


Grande fue como se ve, el trabajo realizado por López de Castro, grande su celo, grande
el ánimo con que se opuso a las dificultades y tropiezos de la despoblación. Osorio se sirvió
con libertad y confianza, para todo lo que hubo menester y pudo desear, de este hombre
cuyos ojos fueron avizores de los suyos, cuya voluntad y razones fueron para él acicate y
persuasión. Inventor y responsable de aquella medida aciaga, adelantando denodadamente
la labor, el arbitrante no dejó cejar un punto al presidente Osorio. La puso en marcha contra
viento y marea, ató voluntades, provocó maldiciones y amenazas, vistió malla, arrostró
peligros cautelosamente, sufrió enfermedades y caídas, rindió largas jornadas, atravesando
espesos bosques, caudalosos ríos, altísimas montañas, durmiendo a la intemperie en noche
obscura, arrimado a sus armas temerosamente, como caballero andante que hubiese saltado
de repente a una ínsula desconocida.

20. Resultado de su obra


El fin y paradero del esfuerzo realizado por inspiración de Baltasar López de Castro,
declinó en muerte y desolación. Su arbitrio cerró las ventanas que miraban hacia el mar en
la banda del Norte, señalada por Colón y Ovando como derrotero de la civilización desde
los primeros días, y abrió de par en par las puertas de la hermosa tierra dominicana a la
invasión extranjera. Suprimió las únicas ciudades que se desarrollaban a impulso de su
situación privilegiada, erigió dos tumbas mediterráneas a sus restos mortales y hundió la
isla toda en la ruina y la miseria.

21. Va a la metrópoli, pide mercedes y muere


“Baltasar no esperó la terminación de la empresa para volver a la Corte en demanda de
galardón”.51 Provisto de una Información de Oficio hecha por octubre de 1605 con citación fiscal;
de una carta favorable del presidente Osorio, y del parecer de la Audiencia de 21 de dicho
mes, en que ésta dice “que le parece es justo y conforme a la intención de V. M. se le haga a
Baltasar López de Castro una gran merced”, se partió a España, y en llegando, dirigió al rey
una segunda súplica. Pide ahora que el otorgamiento de todo lo solicitado anteriormente se
efectúe con la adición de una grandísima merced. “Y cuando suplicó a V. M. –dice– le hiciese
las mercedes contenidas en su Memorial, V. M. las difirió para cuando se verificase el arbitrio.
Pues ya lo está”. Y con aire de capitán indiano, continúa: “Y V. M., a los descubridores, con-
quistadores y pobladores y a otras personas que han hecho servicios de no tanta estimación
como esto en las Indias y otras partes, ha hecho y ofrecido mercedes de títulos de marqueses,
condes y adelantados, y otras muy grandes; y bien considerado esto ha sido un famosísimo
descubrimiento, conquista y población, y se han vencido muchos corsarios y otros enemigos
sin costa, y se han escusado muchas, descubrimiento que el suplicante descubrió este secreto
oculto a todo hombre… Y pues en él concurren partes para recibir una de esas mercedes,
51
Utrera, en su nota 2 cit. supra (5).

76
américo lugo  |  antología

suplica humildemente a V. M. sea servido de concederle las contenidas en el dicho Memorial


que difirió para agora, y que la sexta parte corra desde el día que pobló las dos ciudades de
San Antonio y San Juan Bautista, el uno de estos títulos perpetuo en la dicha Isla Española y
las más que hubiere lugar… Y que se saque Memorial (de todo) para que V. M. lo mande ver
y proveer, y de algunas mercedes que hubiese hecho y vuestros progenitores en las Indias, en
especial al Adelantado del Reino D. Gonzalo Jiménez de Quesada, y al capitán Diego Fernán-
dez de Serpa, y a Pánfilo de Narváez, y a Rodrigo de Bastidas, vecino de la ciudad de Santo
Domingo de la dicha Isla”.52 ¿Qué le importaba excederse en la petición de mercedes? Diría
para su capote como el Licenciado Vidriera: De los hombres se hacen los obispos. Nada de esto
fue concedido al ambicioso arbitrante, a excepción del alguacilazgo mayor de la Audiencia
para él y sus descendientes, salario de dos mil ducados anuales y perdón del pago de los dos
mil que le habían sido prestados; de lo cual vino a gozar su hijo Baltasar López de Castro y
Sandoval, porque cuando el padre alargaba el brazo para recibir la vara, mirándose ya al lado
del fiscal en las audiencias y solemnidades religiosas, la parca cortó el hilo de su vida.53

22. Sucesores de su hijo. D. Pedro Ortiz de Sandoval


Cuando el hijo falleció, de sus tres hermanas, Catalina, Manuela y Marcela, la segunda
pidió dicho alguacilazgo para su marido, D. Pedro Ortiz de Sandoval. Diósele contra el
dictamen del fiscal Prada, por auto de revista de 23 de septiembre de 1627, firmado por
Gil de la Sierpe, don Juan Parra de Meneses, don Alfonso de Cereceda y el licenciado don
Miguel de Otalora; y lo recibió de manos del gobernador y capitán general de la Española
y Presidente de la Real Audiencia de esta isla D. Gabriel Chaves Osorio, el 24 de noviembre
de 1627. El fiscal opositor debe de ser D. Francisco de Prada, quien fue en mayo de 1631 a
La Habana, entendiendo en asuntos de S. M.

23. Páez Maldonado. Caravallo. Mesa Garcés. Ortiz de Sandoval.


Litigio final
Durante la ausencia de don Pedro había usado la vara su sobrino D. Luis Ortiz de San-
doval. Pero al ocurrir su muerte, Juan Melgarejo Ponce de León, que en 1650 presidía la Real
Audiencia de la Española, como oidor más antiguo, por muerte del presidente don Nicolás de
Velasco Altamirano, nombró interinamente, el 13 de mayo de 1650, al capitán Juan Esteban Páez
Maldonado, hasta que hubiese parte legítima a quien dar el oficio, porque sólo había entonces
un varón en la familia, don Juan de Aliaga, marido de Marcela, y éste no quiso recibirla. En
octubre de 1651, Catalina casó con Bernardo Luis Caravallo, y éste, en 14 de diciembre de 1651
tomó posesión de la vara que Páez Maldonado consintió en dejar. Sucedióle el 13 de mayo de
1656 don Juan de Mesa Garcés, segundo marido de Marcela; y al fallecimiento de éste, entró
sin dificultad en el referido oficio, el 27 de agosto de 1660 un sobrino de Manuela, D. Antonio
Ortiz de Sandoval. Finalmente, el 25 de enero de 1665, Manuela pidió la vara para su sobrino D.
Alonso de Carvajal Campofrío, a lo cual se opuso el fiscal, alegando que el oficio debía venderse
porque Manuela no era persona hábil ni heredera de su hermano; y que desde 1627, en que D.
Pedro fue recibido, no tuvo confirmación, no obstante haber ido a la Corte. Triunfó el fiscal, y
el pleito terminó en el Consejo en contra de Manuela, el 5 de enero de 1668.54

52
Relación de la ejecución… cit. supra (16), (17), (18).
53
V. nota 2 de Utrera, cit.
54
A.G.I. Exp. de los sucesores de López de Castro: Escribanía de Cámara 7 A. Copia de Utrera.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

José Martí*
La refriega de Dos Ríos fue una caída continental. Hasta yo, el último de los dominicanos,
al saber la muerte del más grande de los americanos de su época, sentí que alguna cosa moría
en mí. Dice Estrada que Martí era su proveedor de ideal. ¡Lo fue de toda América!
El día que Cuba, que todavía no parece darse exacta cuenta de esa pérdida, mida a Martí
en toda su grandeza, sus lágrimas rebosarán el mar y sus ayes enternecerán la tierra.
Siempre pensé escribir sobre el Maestro algo que, aunque no fuese digno de él, mereciese
siquiera ser leído; mas quiere el cielo señalar para un trabajo que habría querido hacer con
reposo, la menos propicia de las horas.
......................................................................................................................................................

El apóstol
Por ello, el hombre culminó en apóstol.
Todos los instantes libres los consagraba a la enseñanza gratuita. Adorábanle sus discí-
pulos, y en sus clases, calificadas por Trujillo de enciclopédicas, enseñaba de todo: moral,
política, literatura.
Para instrucción y regocijo de los niños redactó La Edad de Oro. Esta hoja periódica, la
nota más pura de la prensa castellana, es un monumento de sabiduría y amor, en que la
poderosa inteligencia de Martí es sol que rinde sus rayos fulgurantes y se derrama en gotas
de suave luz sobre las adorables cabezas infantiles.
“Mientras haya un antro no hay derecho al sol”, decía, y era apóstol como se debe serlo:
“¡El apóstol, –exclama,– que lo sea a costa suya! ¡ni puede decir la verdad a los hombres
quien les recibe la carne y el vino!”.
Martí es, a través de los siglos, hermano del Padre Las Casas, a quien dio a conocer a los
niños en La Edad de Oro. Había en él “un candor angelical”, sello divino en la naturaleza
humana. Ese candor hizo de él el libertador de Cuba; ese candor le dio la fe, el don profético,
la palabra arrebatadora; ese candor le iluminó en la senda oscura, lo fortaleció a la hora de la
prueba y le dio triunfo glorioso y muerte heroica. Quien dude que los candorosos angelicales
pueden libertar pueblos, ignora la historia y la vida.
Libertó a Cuba no por mero patriotismo nacional: este afecto sagrado resulta mezquino
ante el amor que inflamaba a Martí por la humanidad entera y del cual su americanismo
y su cubanismo son luminosísimos reflejos. Se equivoca Manuel de la Cruz cuando nos lo
presenta enamorado de ideales históricos. Martí no fue un simple continuador de Washington
y Bolívar. Su amor a la patria era entrañable y ningún cubano sintió este amor de un modo
más alto y más profundo. Pero Martí era apóstol antes que patriota, y su patriotismo sin
ejemplo no es sino un aspecto de su sublime apostolado.
Dotado de sensibilidad exquisita, de portentosa inteligencia y de noble carácter, al mis-
mo tiempo que encerró su cuerpo en una mazmorra infecta. España libertó su espíritu y lo
ungió para los grandes sacrificios. Un dolor profundo y prematuro es el purificador de los
grandes corazones, cáliz de vida donde se bebe toda la experiencia del mundo, misterioso
y rebelante paso del alma hacia el conocimiento de sus recónditos destinos. Al salir del
presidio, a los diez y ocho años, Martí era ya un inspirado, un elegido.

*Fragmento del prólogo Flor y lava, la primera antología publicada sobre el magnífico escritor cubano en 1909.

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américo lugo  |  antología

Denuncia la suerte horrenda de los presidiarios cubanos, y su palabra fulgura como


la de Lamennais. Estigmatiza a España que, en la persona de los Estudiantes, fusila la ino-
cencia, la honra, la ciencia y la esperanza. Vuela a América a cuyos pies arroja el corazón,
enajenado. A los veintiocho años decía: “De América soy hijo; a ella me debo”. Al pisar en
la República Dominicana exclama: “¡El hombre tiene ya dos patrias!” Patria suya era toda
América; pero la porción más infeliz de ésta era Cuba, su patria nativa, uno de los últimos
restos del antiguo imperio colonial de España donde ésta extremaba su política de opresión
y explotación. Consagróse en cuerpo y alma a la redención de la patria esclavizada, y a este
ideal humano ofrendó juventud, riquezas, gloria y ventura. Instruyó al pueblo cubano como
a hijo, inculcándole sus propias ideas y virtudes; y cuando lo vio preparado, decidido, vi-
brante, se lanzó el primero a la lucha sagrada para escribir con su propia sangre, en el libro
de la historia de los pueblos libres, el nombre de Cuba.
París, 31 de diciembre de 1909.

Figuras americanas
Carlos Sumner
(Fragmento de un ensayo biográfico inédito)

Carlos Sumner es el más idealista de los hombres públicos norteamericanos, y la gloria


política más pura de los Estados Unidos. Es el último de los puritanos, pero es también el
último vástago de los colonizadores ingleses: con él se consumió, en el suelo de Norteamérica,
la última gota decisiva y preponderante de la preclara sangre que en el mágico lar isleño
había henchido las venas de Spencer y de Milton.
Ante el imperialismo de esta hora, su recuerdo pasa por mi memoria como águila acosada
por la tempestad, o brilla como delatora estrella en cielo sombrío. Su titánico esfuerzo marca
el fin de una época, el definitivo eclipse de la influencia de la sub-raza madre: de aquella que
ha fundado, en el peñón más amado del mar, la nación más original y auténtica del mundo
moderno, donde la púrpura senatorial romana no eclipsa al Parlamento, donde Plutarco no
impone sus patrones griegos, donde una conquista total se convirtió en total derrota, donde,
finalmente, la corteza racial es tan resistente que el Renacimiento mismo apenas pudo hacer
penetrar la cultura greco-romana en ella. Lincoln llamaba bastardos romanos a los italianos:
bastardos ingleses hizo de los norteamericanos la secular corriente de los emigrantes que
desde 1820 ha sumergido a los descendientes de las trece colonias fundadoras, permitiendo
a Toniolo negarles los caracteres de nación propiamente dicha. Sumner era un par republi-
cano que habría podido ser rey entre lores británicos, porque era un príncipe del humano
linaje. Eminentemente europeo en gusto artístico y aficiones literarias, como por sus cartas
de 1837 se ve, el más erudito de los estadistas de su patria, orgulloso y solitario, pero liberal
y tolerante, era un Fox por la diamantina pureza de su sentido moral.
Muéveme, por otra parte, a hablar de Sumner, la gratitud, que es la más rica perla que se
cría en el profundo mar del alma. Sumner, en 1870, salvó con dos discursos a la República Do-
minicana (y aún puede decirse a la isla entera), de las garras de Grant, evitando la anexión de
esta República a los Estados Unidos; con lo cual sirvió con grandeza a Hispanoamérica toda.
El primero de los escritores anti-imperialistas hispanoamericanos, Carlos Pereyra, dice
que los personajes de gran talento son sistemáticamente eliminados de las convenciones

79
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

presidenciales de los Estados Unidos. Impresionadas por el crecimiento prodigioso de és-


tos y por su material grandeza, un coro de alabanzas a sus virtudes políticas, dirigido por
Sarmiento, Hostos y otros notables directores de conciencias, se alzó candorosamente del
seno de las repúblicas de origen español. Consideróse punto menos que semidioses a los
tripulantes del May Flower; Washington obscureció a Bolívar; Lincoln al indio Juárez. Ese
coro de celebraciones excesivas nos ha sido funesto.
La presidencia de un Estado no es por sí misma fianza de grandeza, y menos la de un
Estado plutócrata. En sentido general, todo político es necesariamente mediocre, porque es
hombre restringido; y su mayor escollo sólo puede hallarse en la excelencia de su naturaleza
moral. El voto de las masas vale lo que las masas, y éstas, por irremisible sino, son ignorantes,
viciosas, codiciosas, ciegas, apasionadas, injustas, impresionables y simples. El engaño es el
resorte que las mueve; el interés particular, su aliciente. Ningún hombre verdaderamente
puro y noble se prestará jamás a halagarlas.
Horacio Mann, filántropo, el publicista Greeley, Henry Clay, anti-esclavista y anti-
intervencionista, el orador Daniel Webster, Chase, Calhoun, no fueron presidentes de los
Estados Unidos. Greeley fue derrotado en la lucha eleccionaria por Grant “cuyo estado de
embriaguez era frecuente”; Clay fue derrotado por Jackson, para quien el cargo público no
era un deber sino un botín, y por Van Burén, Harrison y Polk, y Chase, superior a Lincoln
mismo, fue derrotado por Grant.
Todos los pueblos, aun los menos felices, forjan una leyenda áurea para sustituir con
ella orígenes humildes, y acuñan en troquel de impostura la medalla que contiene la efigie
de sus hombres representativos.
Las verdaderas efigies de Washington y Lincoln distan mucho de ser las que figuran en la
moneda falsa de la historia. El primero no necesita ser retratado como un dios, trastrocando
los rasgos naturales que hacen de él justamente, como dijo Lee, “el más querido de sus con-
ciudadanos”; ni el segundo tampoco, para ser colocado al lado del primero, porque nadie, tal
vez ni el mismo Washington, tiene como él, ante los norteamericanos, los lineamientos que
tanto gustan a éstos, de semidiós político surgido, como Jesús, de un pesebre. ¿Por qué sus
biógrafos los retratan colocándolos de espalda a la luz de la verdad? Ningún historiador, hasta
ahora, ha presentado sus almas. Es tiempo ya de que sus biografías dejen de ser una colección
de anécdotas sentimentales. Es necesario que el pueblo norteamericano aprenda, para corre-
girse, a ver en sus hombres más notables sus propios defectos de utilitarismo, de egoísmo, de
conservatismo, de practicismo interesado, de patriotismo exclusivista. Es menester enseñarle
que si la Unión es gran cosa, hay, sin embargo, cosas más valiosas que ella; y que no basta ser
americano, sino que en el americano y por cima de lo americano, debe surgir y señorear el hombre
en sentido absolutamente humano y universal; que el espíritu americano no “debe elevarse
por su orgullo” como aconsejaba Randolph, sino por la virtud. Urge finalmente señalar en
los hombres que el pueblo considera más representativos, lo que pueda faltar a éstos de aquel
desinterés supremo que lleva al absoluto interés humano y que es la base de toda grandeza
moral verdadera. Las antorchas que agitan en lo alto los personificadores de meros aunque
grandes ideales nacionales, no irradian bastante luz para iluminar el mundo.
......................................................................................................................................................

Al volver de Europa, Sumner se había dado cuenta de las proporciones alarmantes y


peligrosísimo sesgo de la cuestión de la esclavitud; y como observa muy bien Storey, entró

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américo lugo  |  antología

en la liza gradualmente y sólo por su sentido del deber público. De su padre tenía el ejemplo
dado por éste en 1834, en el caso de dos esclavas fugitivas, apresadas por los esclavistas, des-
pués de haber sido libertadas, en el recinto mismo de la corte. Terció en 1841 en la discusión
entre el Dr. Chaning y Webster sobre el asunto del Creole; y replicó en 1843 al Advertiser de
Boston, demostrando que la esclavitud era un peligro nacional que debía ser removido por
la nación mediante una enmienda constitucional. El 4 de julio de 1845 pronunció en Faneuil
Hall su oración sobre la verdadera grandeza de las naciones, “la más noble contribución
hecha por ningún escritor moderno a la causa de la paz,” (Cobden). En ella afirmó que en
nuestro tiempo no puede haber paz que no sea honorable, ni puede haber guerra que no sea
deshonrosa. Como dice Grimke, “Hércules, listo para la lucha, se había puesto en marcha
para atacar la hidra de Lerma”.
Tal era, en el umbral de su vida pública, en el momento de hacer uso de los altísimos
dones que había recibido de Dios, en el momento de oír en su propia alma la voz divina
que le ordenaba actuar, el hombre que arrebatando la antorcha de las manos vacilantes
de los políticos, tomó de repente, con sobrehumana decisión, en un rincón del planeta, la
dirección de un gran pueblo descarriado de la verdadera senda; el hombre que, como los
profetas antiguos, se convirtió en heraldo de una nueva era, dando a su palabra no senti-
do doméstico, ni departamental, ni nacional, ni continental, sino sentido humano, dulce,
universal, cristiano; el hombre que después de romper con mano firme con la tradición de
los indignos compromisos en que se fundaba la dividida Unión y por los cuales Webster
abogaba todavía, levantó ésta en sus hercúleos brazos y la sentó definitivamente sobre bases
propias, verdaderas y eternas. Tal era en vísperas de la guerra civil, el hombre que fue el
único verdaderamente grande bajo la tempestad; el que desobedeciendo las leyes en nombre
de los principios, renunció a toda conciliación y sólo retuvo la fe para poner a raya el interés
concupiscente y emancipar una raza; el hombre que, terminada la guerra, con el proyecto de
ley con que coronó su incomparable vida, para borrar de las banderas del ejército nacional
el recuerdo de las batallas de la guerra civil, unió los corazones que la victoria había dejado
desunidos, e hizo que la patria perdonara como Jesucristo hubiera perdonado.
Tal era en 1850, al dormirse para siempre los falsos dioses, el hombre que abrió de par
en par las puertas de la Edad moderna a su patria; el hombre cuya grandeza se mide sólo
por su corazón. Washington y Lincoln son hombres seccionales. Su solitaria grandeza, aquél
fundando la Unión, éste preservándola, sólo es nacional. La estatura de ellos se medirá por
la sombra, alargada o minorada, que proyecte su país. Son grandes americanos, pero no son
pequeños hijos del cielo. Para convertirse en una estrella de primera magnitud; en un
“Rubí encendido en la divina frente”,
Sirio o Aldebarán; para ser polvo de mundos no basta al alma humana limitar sus
sacrificios a uno de esos mil pedazos en que la ambición de poderío ha roto nuestro mara-
villoso globo; es fuerza que el hombre cave tan hondamente su fosa, que se confunda su
polvo mísero con la ardiente lava que arroja al cielo el centro de la tierra, y su nombre, con
la purificadora sal del mar.
Tal era, finalmente, en su mocedad, Carlos Sumner, el hombre a quien, entre los hijos
ilustres de la nación que ha producido a Washington, a Hamilton, a Jefferson, a Adams, a
Otis, a Patrick Henry, a Brown, a Garrison, a Webster, a Lincoln, a Emerson, a Poe, parece
reservado, hasta lo presente, por la remota posteridad, que es la verdadera, el más alto y
firme sitial.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Emiliano Tejera*
Cuando en 1841 nació Emiliano Tejera, diéronle los Trinitarios el nombre del segundo
Escipión el Africano, porque conspiraban contra una nación de origen africano. ¡Movimiento
vanidoso y romántico del ánimo, con el cual aquel puñado de conspiradores aspiraban a un
imposible origen ario! Iberos son y han sido siempre los españoles; y el pueblo ibero, como
todos los de la cuenca del Mediterráneo, pertenece a la raza y civilización euroafricana.
En vez de la frase atribuida al gran Dumas, “el África comienza en los Pirineos”, podría
decirse que “Europa termina en el Atlas”. Ni es probable que hayan penetrado nunca celtas
en España por los Pirineos para convertir a los iberos en celtíberos, ni parece sean los celtas
mismos sino pueblo afín de los del Mediterráneo. Pero nadie quiere tener africanos por
antepasados, y el mundo todo pretende ser romano. ¿Qué mucho, pues, que los Trinitarios
también pretendiesen serlo?
De romano antiguo, sí, y en esto los Trinitarios acertaron, era el temple de Publio Esci-
pión Emiliano Tejera, más parecido ciertamente a Marco Catón que a Arístides, y en cuyo
acerado espíritu brillan no pocas de las virtudes con que en la historia resplandece el hijo
de Paulo Emilio. Suyo habría sido el renunciar a todo plazo para el pago de la dote de sus
hermanas; suyo el valor cauteloso y sereno; suya la destrucción de Cartago; suya la amistad
con Terencio. Nadie entre nosotros habría sido tan buen censor como Tejera; y al paso de su
cadáver se hubiera podido decir lo que Metelo a sus hijos ante el séquito sepulcral de aquel
romano: “Formad parte de ese acompañamiento: no tendréis ocasión de ir al entierro de un
ciudadano más ilustre”.
Su austeridad es insignia solitaria y altísima. Sus yerros son desaciertos de la mente, mas no
abdicación de su índole. Flaquezas tuvo nuestro inmaculado Duarte, el más rígido de nuestros
próceres. Sinónimo de severo es asimismo el nombre de Catón, y sin embargo, el antiguo cen-
sor romano anduvo enredado con mozuelas a altas horas de su edad. No recuerdo en el curso
de la dilatada vida de Tejera, eclipses de la fuerza y elevación de su ánimo. Su conversación
fue siempre para mí un poderoso reconstituyente moral. La juventud actual debería imitar su
ejemplo, beberle la doctrina, reverenciar su nombre, en vez de envolverlo en el desprecio con
que ella mira su pasado, y que es inequívoca muestra de decaimiento moral. El pequeño tesoro
que forma el patrimonio dominicano es herencia acumulada por el trabajo, el estudio y los
sacrificios de nuestros predecesores. Para la tierra humana agostada por la edad, la juventud,
como la aurora, trae un mensaje de esperanza, rocío, trinos, rosas; pero entendámonos, toda
niñez no es alba, ni el hombre empieza a ser joven sino cuando aprende a agradecer.
Severo, rígido, sobrio, retirado, Emiliano Tejera era enemigo de lo superfluo y del lujo,
no permitía que se hiciera ningún gasto innecesario de los fondos públicos, y de haber sido
presidente de la República, habría elevado al más alto grado el orden, la economía y el cum-
plimiento de las leyes. Por la abyección política de nuestro pueblo tan noble, por otra parte,
y tan viril, se apartó de la cosa pública a principio de su carrera, reservándose para tiempos
mejores, como se apartaron algunos otros varones justos con daño tal vez del bien común,
daño de que sólo es responsable el pueblo mismo; porque cuando el hombre ha tenido la
fortuna de recibir de su padre un nombre puro, no hay circunstancia personal ni social que
le autorice a deshonrarlo. A ese respecto escribía Tejera a Heureaux en 1885, sobre el fracaso
de su famosa Ley de Crianza: “Sólo había la satisfacción de haber hecho lo que creía útil a

*Estos fragmentos de una biografía fueron escritos en 1932-33.

82
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esta tierra, que tanto he amado, y a la que no he podido nunca servir con otra cosa, sino con
no serle carga pesada ni piedra de escándalo. Hace muchos años que comprendí que mi
papel era el de anacoreta: estar dentro de mi celda, y a eso vuelvo. He nacido a destiempo,
no sé si atrasado o adelantado; y como todo fruto fuera de sazón, carezco de la mayor parte
de las cualidades que debe tener el fruto del tiempo”. Pero como Lilís era un gran tirano,
volvía siempre los ojos hacia él en las ocasiones graves, y lo eligió como al hombre necesa-
rio, a la hora del arbitraje sobre límites territoriales. La caída de Heureaux sembró vanas
esperanzas en su alma de patriota, y abandonó por poco tiempo su retiro para servir en la
segunda administración de Vásquez y en la administración de Cáceres. Para hombres como
él, sólo la plenitud del poder justificaría el ejercicio del poder, como en el caso de Espaillat,
porque el mando es ejercicio supremo por esencia. Subordinado, y no a pares, después de
compartir inevitables responsabilidades sin haber logrado nada definitivo en bien común,
semi-asfixiado en un ambiente de personalismo y mediocridad, renunció por fin, para vol-
ver, águila herida, a las altas, abruptas y desiertas cimas del carácter, único espacio donde el
hombre es un soberano solitario. Pero no hay duda de que de ese anacoreta se puede decir lo
que de Catón el Mayor dice Plutarco: “Todos a una voz convienen en que por sus costumbres,
por su elocuencia y por sus años, gozó en la república de una grandísima autoridad”.
Veinte años solamente contaba Tejera cuando la Anexión, o sea la entrega del país por
el general Pedro Santana a España, obra casi exclusiva de este hombre ignorante y rudo,
pero hábil y tenaz, que supo explotar con un pequeño grupo el ingenuo amor del pueblo al
antiguo recuerdo colonial, sentimiento que nada significaba ante nuestra versatilidad carac-
terística; y cuya malicia campesina y férrea voluntad engañaron y dominaron a Serrano en
Cuba y a O’Donnell en Madrid, los cuales fueron meros muñecos en manos del presidente
dominicano, y simples servidores del interés, la soberbia y la ambición de éste. La facilidad
con que se dio la espalda en 1821 a la obra de don Juan Sánchez Ramírez, prueba que en 1861
el decantado amor a España no era un sentimiento profundo. Gándara lo califica de “recurso
retórico”. Nadie se opuso resueltamente en lo interior de la República al plan proditorio de
Santana: el único que de este modo habría podido hacerlo, Francisco del Rosario Sánchez, el
más heroico de los dominicanos de todas las épocas, había sido expelido del país por aquél
desde 1859, y “se hallaba en St. Thomas en el lecho del dolor”, del cual surgió, es cierto,
para caer en El Cercado en defensa de la patria que él había creado, y morir a manos de sus
conciudadanos para redimirlos de nuevo. La grandeza de su muerte no ha sido superada
por la de ningún otro mártir de la libertad de América.
Fernando Arturo de Merino trató de oponerse a la Anexión, y ayudólo Tejera, no obstante
su extremada juventud. ¡Inútil esfuerzo! Aquél no pudo conquistar a los generales Eusebio
Manzueta y José Leger; éste sopló a Santana el noble propósito del vicario, y Manzueta
pronunció a Yamasá. Santana actuó con increíble rapidez desde que se persuadió de que
el gabinete aceptaría el hecho consumado: cercenó más bien que suprimió con el filo de su
voluntad de acero el plazo señalado por O’Donnell, y proclamó la reincorporación el 18 de
marzo de 1861, cubriendo el expediente con cuatro mil firmas (el publicista Alejandro Angulo
Guridi dice que si se contaran se vería que no llegan a dos mil), arrancadas en su mayoría a
las clases civil y militar; pues el pueblo independiente “calló, que era lo que acostumbraba
a hacer siempre, a reserva de sublevarse cuando viniera el momento más oportuno”. Meri-
ño fue desterrado el 14 de abril de 1862. Perseguido por la autoridad colonial, Tejera tuvo
que salir del país, para continuar en Caracas la campaña de prensa que desde aquí, con el

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

seudónimo de Eduardo Montemar, había comenzado en España misma contra la Anexión,


demostrando allí que ésta era la obra deleznable y temeraria de un partido, que su oferta
era cosa vana, y su aceptación, incauta e inconveniente.
Parecía natural que el gobierno español dominara la situación y no se dejase sorprender
de Santo Domingo; pero era inferior al problema y no pudo resistir el ímpetu personal de
Santana. Este era un animal de presa, y saltó sobre el formidable objeto de su mira en cuanto
le consideró a su alcance. Es indudable que en la “rústica epopeya” de la Anexión, resultaron
uncidos O’Donnell y Calderón Collantes como mansos bueyes al carro del dictador antillano,
y le avino a la hidalga España, en los campos de una isla famosa del Nuevo Mundo, la más
rara, nueva, extraña y jamás vista aventura.
Restaurada la República, Emiliano Tejera regresó al país convencido de la necesidad de
robustecerla constitucionalmente. Santana, hombre absolutamente honrado, capaz de ejecutar
en campaña al soldado que robara una yagua, pero que nunca tuvo noción de derechos indi-
viduales ni de división de poderes, y que vivió derrocando juntas, rechazando constituciones,
desconociendo gobiernos y fusilando a sus conciudadanos, había humillado al primer con-
greso constitucional, aun antes de negarse a jurar la Constitución formulada por este en San
Cristóbal, mientras no se insertase en ella el Art. 210, con el cual convirtió dicha Constitución
en una carabina, y fusiló con ella, en 1845, a Trinidad Sánchez, tía del verdadero Libertador
dominicano, y en 1855, al gran patriota Duvergé. En cuanto a Báez, el pueblo dominicano,
que a pesar de sus relevantes cualidades, entre los que tienen título de nación es, con Santana,
Báez y Heureaux el más perfecto forjador de tiranía, no lo había modelado aún: opositor del
Art. 210, su primera administración, incruenta y benéfica, queda, dada la época y en cuanto a
política interior, como modelo de gobierno. En su segunda administración, cuando ya empe-
zaba a amoldarse a la pauta popular de superponer a las leyes la persona, cayó derrocado por
la revolución del 7 de julio de 1857; pero Santana le dio un puntapié en 1858 a la Constitución
mocana puesta por dicha revolución bajo su honor de soldado, y acompañó de nuevo, con
un trágico coro de descargas, sus tremebundos pasos de gobernante.
Tejera aceptó, pues, en 1865, durante el mando supremo del Protector Cabral, el cargo de
diputado por San Rafael en la Asamblea Nacional Constituyente, en cuyo seno se hallaban
Fernando A. de Meriño, Pedro Alejandrino Pina, Juan B. Zafra, Nicolás Ureña, Mariano An-
tonio Cestero, Joaquín Montolío, Carlos Nouel y otras personas notables. Dicha Asamblea
formuló “una de las constituciones políticas más liberales que han regido en la República”; y
en esa ocasión solemne, ésta tuvo la revelación súbita de que poseía en Tejera un ciudadano
cuyo criterio, elevado y profundo, hacía luz en todos los problemas.
Fue en esa Asamblea que Meriño, el príncipe de los oradores dominicanos, al juramentar
a Báez, habló a éste “el lenguaje franco de la verdad” en un discurso famoso en que esbozó
un programa de gobierno que Báez, con más lineamiento de estadista que Meriño, debió
apreciar en su justo valor; programa en cuyo cumplimiento se excedió el eminente predi-
cador cuando fue presidente él mismo en 1880, hasta el punto de asumir “en obsequio de
su partido”, como él mismo dice, la cruenta dictadura de 1881, incomportable con el estado
santo de la Iglesia a que pertenecía, “comprometiendo en el poder un pasado rico de me-
recimientos”, sin que en apariencia se turbase aquel perfecto señorío de sí mismo que fue,
sin duda, su característica más bella, y cayendo así de la firmeza moral, que es absoluta,
en la conveniencia de la política, siempre relativa y circunstancial. Meriño fue maestro de
Tejera, según se trasluce por estos episodios de la Anexión y la Asamblea Constituyente de

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américo lugo  |  antología

1865; pero el discípulo superó en carácter al maestro, y se le adelantó en liberalismo, pues


combatió la pena de muerte, al revés de Meriño que la patrocinaba.
Disuelta la Asamblea el 11 de diciembre de 1865, el presidente Báez, que ya estaba deci-
dido a emplear “los medios que tanto había condenado en Santana”, ordenó inmediatamente
la prisión del exdiputado Tejera, quien, desde el fondo de un inmundo calabozo, protestó
virilmente, el 16 de diciembre, en carta dirigida al referido presidente: “Sería yo –decía– hasta
indigno del nombre de dominicano si consintiera, sin hacer las debidas gestiones, en que
se vulnerasen en mí los derechos que el pueblo que Ud. dirige hoy recuperó a tan costoso
precio en su heroica lucha contra el extranjero; merecería ser gobernado por éstos o los que
se le asemejan, si tolerase sin reclamar que una semana después de jurada la Constitución,
las más preciosas garantías de los ciudadanos, aquellas por cuya consecución han sufrido
tanto los buenos patriotas, fuesen menospreciadas y pisoteadas por los mismos encargados
de su custodia; y eso tratándose de mí que a la circunstancia de ser un ciudadano pacífico y
honrado, reunía la de acabar de levantarme de la curul legislativa, a la que me había llamado
la confianza de gran número de mis compatriotas”.
Igual varonil actitud tuvo ante el presidente Cabral, renunciando en 1867, ante el Mi-
nistro de Justicia e Instrucción Pública, el cargo de ministro fiscal de la Suprema Corte de
Justicia, al saber que este presidente había enviado a Pablo Pujol a los Estados Unidos para
celebrar un contrato de arrendamiento de la península y bahía de Samaná: “Sabedor de que
el Gobierno de la República se agita para llevar a cabo planes que inevitablemente tienen
que dar por resultado final la pérdida de la independencia…, y no queriendo que ahora ni
en ningún tiempo se pueda ni remotamente echárseme en cara la más ligera participación
en actos de semejante naturaleza, he resuelto… elevar a Ud., para que a su vez lo haga al
Ejecutivo, mi formal renuncia…, deplorando solamente haber servido este destino bajo un
Gobierno que abrigaba el propósito de sacrificar una patria que tanto ha costado, por realizar
el sueño de cuatro especuladores de mala fe…”.
Natural era que hombre tan puntoso en materia de independencia patria, se mostrara
decidido opositor a la anexión de la República a los Estados Unidos; la cual, no obstante
los poderosos esfuerzos combinados del presidente Buenaventura Báez y del presidente
Ulises F. Grant, no pasó de laboriosa tentativa gracias a la entereza de carácter del senador
norteamericano Carlos Sumner. Tal anexión era un viejo proyecto. Cuando Báez asumió por
primera vez la presidencia en 1849, apoyado por el brazo de hierro de Santana, el lazo que
más fuertemente les unía era su común propósito de “obtener la intervención y la protección
de una nación fuerte, de aquella que más ventajas ofreciera”.
......................................................................................................................................................

“Risas y lágrimas”
La lectura de los trabajos que contiene este volumen es deliciosa. Grabada en ellos honda
huella personal, un subjetivismo condensado en lágrimas (Meseniana, En la tumba del poeta,)
o dulce y riente (En su glorieta, Mis flores,) va derramando la tristeza o la alegría en el cáliz
recóndito del alma. Por la mayor parte son cuentos, cuentos sencillos, del natural copiados
(Nuestros bautizos, La mala madrastra,) o flores desprendidas de la cabellera, siempre negra,
de la mitología (Los diamantes).

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El pensamiento nacional se ve hoy libre de las ligaduras y trabas que durante largos
años lo estacionaron. Su renacimiento perezoso se remonta en versos líricos, se desgrana en
artículos, se desdobla en dramas y novelas. El cuento mismo, de temprano germinar y tardío
crecer, ha pasado de los labios del vulgo a los de nuestros escritores, y florece en el campo
literario como esos arbustos en cuya savia palpita toda la alegría de la naturaleza.
Sintetización de la novela, el drama o la comedia, el cuento baja hasta las formas primi-
tivas del chascarrillo, y se eleva hasta las altísimas regiones del poema. Carece de dominio
propio: en el mar inmenso de la literatura universal, es la espuma que encima de las olas
cuelga su blanco y breve rizo. Enarrando dichas de las princesas, amarguras del esclavo,
virtudes del caballero, malicias de los rufianes; o el valor de los héroes, la sencillez de los
pastores, la omnipotencia de los dioses, la flaqueza de los mortales, el cuento se enseñorea
de igual modo en el Olimpo, los palacios, los castillos, las calles, las plazas, las cabañas. Y en
los bosques y florestas, del cuentista son la arena de oro que los ríos lavan, las escondidas
violetas, los nidos ondeantes, el secreto de los gnomos, los suspiros de las ninfas. Artificial
o campesa, el cuento es flor que brota en la grama de la ignorancia popular, entre el musgo
de la historia, sobre el altar de las religiones, en el cielo de la poesía, sobre las enhiestas rocas
de la epopeya. Adorna la frente de los autores graves, y su corola diminuta luce en las altas
obras de Ariosto o de Cervantes como un lunar en el rostro de una hermosa.
Cuentista, Virginia Elena Ortea es ingenua, sencilla, candorosa: satisface, por tanto, a
los requisitos del género, adulterado por el caudal de emoción y el prurito de rareza carac-
terísticos de la literatura actual. Es difícil hallar hoy un cuento sencillo, que no revele en el
autor propósito de presentarnos argumentos extraordinarios, adornados en el tocador de
esa retórica que sustituye la fuerza de las ideas con la fuerza de los sonidos; un cuento tal
como le componían nuestros bisabuelos literarios del siglo XVIII. Al leer un cuento moderno,
suelo pasar a la frase final inmediatamente después de la primera; es raro que la melodía
inicial no se repita al medio, al fin de la pieza, como los leimotivos de las óperas wagneria-
nas. Virginia Elena Ortea narra los suyos con una naturalidad que nos recuerda a Voltaire
en Jeannot et Colin.
Su libro señala nuevo rumbo a la corriente literaria nacional. Colecciones de igual género
aumentarán la gloria de las letras patrias; pero de ella será siempre el honor de haberlas
iniciado.

“Juvenilia”
A Fed. Henríquez y Carvajal

Si fuese a hablar verdad de mí, en materias esenciales, diría que hubiera querido nacer
en la época de la caballería y andar de Ceca en Meca con la lira en una mano y la espada en
la otra, repartiendo trovas y estocadas, éstas para mis rivales, ésas para mis enamoradas.
Mas ya que, por mi mal, existo ahora y no en aquellos heroicos tiempos adorados, quisiera
ser poeta lírico. Al docente, le detesto. Admiro las auroras y sueño con los sueños del Sol;
pero la astronomía me fastidia. La vista me la roban los lienzos inmortales; pero encuentro
nauseabundo el olor de la pintura. Hubo un tiempo en que despreciaba los versos, tarea que
juzgaba indigna del hombre, por ser la prosa su voz natural. Hoy creo que el verso es la forma
exacta de la idea y aquella aversión se ha desvanecido, quedando en pie una preferencia

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américo lugo  |  antología

decidida por la prosa y un horror instintivo a los poemas. Homero mismo está aguardando,
hace años, mi lectura. Todos los días lo tomo, lo abro y deposito en alguna de sus páginas
un profundo suspiro. Esos escuadrones de versos me amedrentan: mucho me temo que no
lo leeré jamás y que me quedaré con las ganas de beber en el ánfora en que Apolo apaga su
sed. En verdad soy un lector bastante perezoso. Recuerdo que antes de leer todo Cervantes
le empecé mil veces. Y ahora, cuando miro hacia la antigüedad, casi me la oculta ese escritor
con su cabeza. Tampoco he podido salir del infierno en compañía de Dante: junto a su maestro
Brunetto Latini me detuve, de lástima tocado, contemplando después, a lo lejos, su sotana
que se retuerce azotada por el viento de las pasiones al lado de la lilial vestidura de Beatriz,
como la bandera que la Edad Media tremola junto a la enseña del Renacimiento.
Gústame, en poesía, el triunfo del sentimiento sobre el pensamiento. En toda composi-
ción poética quiero hallar un corazón. Un ¡ay! del alma vale más que mil reflexiones sesudas
y cabales. El peso de las ideas debe estar como disimulado y perdido en la vaporosa forma
sensible. La sabiduría en el poeta, como la discreción en la mujer, debe ser perfume que
emerja de las obras, no de las palabras. La verdad misma necesita, en ocasiones, morir a
sus manos: la idealidad artística requiere luego elementos superiores a lo real. La ficción
es un imperio, la naturaleza no es más que un reino, y desgraciado el bardo cuyo estro
no puede volar sobre el águila negra de la locura. La realidad ha de rendir sus fuertes
lanzas ante la gracia, y la poesía puede simbolizarse en el muslo de Onfalia. La expresión
no debe costar ningún esfuerzo, como no cuesta esfuerzo el mirar. El escritor que detiene
en alto la pluma pone pararrayos a los rayos de su numen. En cuanto a la moral, la única
poética es la belleza. Si me preguntan cuál es, en el último siglo, mi poeta, contestaré que
Byron: sus obras son hijas de un subjetivismo incomparable. La naturaleza es escenario
estrecho para los movimientos de esa alma; sus gritos de dolor llenan el aire, sus lágrimas
desbordan el océano, sus ímpetus rompen el cielo, sus caídas conmueven los cimientos
de la tierra, su amor es más que el sol ardiente, su ambición es sólo a la del ángel rebelde
comparable. En cuanto a los poetas españoles, Espronceda levanta la cabeza sobre Quintana,
Olmedo, Gallego, Bello, Saavedra, la Avellaneda, Zorrilla, Heredia, Bécquer, Campoamor,
Núñez de Arce: El Diablo Mundo, mutilado, es la Venus de Milo de la poesía española. El
cantor de Teresa es el príncipe, el Garcilaso de nuestra lírica moderna. Todo pasma en él:
la fuerza del sentimiento, la grandeza del concepto, la riqueza de la imagen, la maestría
de la versificación.
Poeta lírico es aquel que tiene con la aurora amores, con la luna confidencias, con el mar
coloquios; el que con el céfiro suspira, ruge con el viento embravecido y se despeña con el
torrente fragoso; el que acompaña a las almas solitarias, consuela al que sufre y con los con-
denados pena; el que tira su corazón, como una flor, a los pies de su dama, por ella muere
y, para adorarla de nuevo, resucita; el que mira de hito en hito al sol, se roba las estrellas y
se envuelve en el manto de las nubes; el que de un salto salva los abismos, sube a los más
altos montes y se pierde en la noche de las grutas; el que escruta las entrañas de la tierra y
le arranca el oro virgen que los gnomos guardan; el que despoja a Júpiter de sus rayos para
adornar su carcaj; el que con el ariete del verso golpea y derriba las puertas del olvido. El
poeta lírico da el grito de guerra a la hora del combate, ciñe el lauro al guerrero, coloca un
ciprés junto al vencido. Recoge alegre el grano de las eras, la vid exprime, y del tardo paso
de los bueyes y del chirriar de las ruedas toma ritmo y metro. En el hogar es luz, es paz, es
bienandanza: de su lira altiva la estrofa cae ahora, mansamente, sobre la frente de sus hijos

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y juega, llena de candor, en el regazo de la fiel amada. Mas si la patria está en peligro, su
lira estalla en acentos que al Olimpo suspenden, a la tierra aterran…

d
Haces bien, poeta, en romper las ligaduras del silencio y dar al vago viento tus cantos
juveniles. ¡Feliz tú, que puedes convertir a lo pasado la mirada y hallar dentro de ti un jardín
florido donde tu alma, alondra gemidora, desgranó en notas divinas sus tristezas y sus dichas!
Tu obra llega a tiempo. La glauca ola decadente nos invade y de tu pecho brota el agua crista-
lina del sentimiento y de la gracia. A los romeros líricos que llevan la calabaza de Mallarmé, tú
les muestras tu cántaro, trasparente y frágil, como el de la niña de la fuente. Tu penacho lírico
ondea como caña de azucenas. Tu divisa es un celaje. Tu musa es una virgen, porque tu alma es
casta. De tus versos emerge una pureza única. Viven con el suave calor que anima a las rosas. Tu
canto es cántico. Tu acento causa la impresión de una flor empapada de rocío en que la elegía
besa al madrigal, o la de una arrebolada nube en que la alegría se mezcla a la tristeza…
1903.

“Cuentos frágiles”*
La publicación de un bello libro debiera celebrarse como el natalicio de un príncipe. La
vida es la expresión: las hazañas de la guerra, la palma del martirio sólo surgen a la luz del
mundo cuando el soplo eterno de la palabra pasa sobre la frente de los héroes y los mártires.
Yacen la bondad, la belleza en el fondo del corazón humano como los metales preciosos en
lo profundo de la tierra; cavan las manos de la inteligencia y las sacan arriba en forma de
teorías y doctrinas, literatura y ciencias; o esparcidas flotan en el éter, cabalgando silencio-
sas en los lomos del aire o suspensas de la lumbre de las estrellas, y nuestro oído y nuestra
mirada, bendecidos por un átomo de su polen sagrado o por un rayo de su luz celestial,
perciben el canto de la música y el encanto del color.
Es el dedo ajeno el que nos señala siempre el camino; pero no ignoro, en cambio, que no
sirvo para crítico. Dos cosas éste necesita: ciencia e imparcialidad: la primera, no la tengo;
la segunda, no la quiero. Imparcialidad es, en cierto modo, supresión de personalidad. La
simpatía es el cauce natural del alma: la antipatía, una desviación. Para ser buen crítico ha
de tener el hombre seca una parte de su ser, falto de esa irrigación constante del milagroso
Nilo de los afectos. Confieso que soy en extremo apasionado. No conozco sino una clase de
autores: los autores que me gustan. Juzgo de las obras como de las mujeres o las frutas: las
pruebo y, si no me agradan, no las paso no obstante su virtud medicinal. Fuera de esto, hay
en el crítico algo ridículo: la parte del maestro.
Tienen las líneas precedentes la ventaja de haberme puesto manos a la obra. Nunca sé
por dónde principiar. La pauta me mata: la libertad en el vuelo, la independencia del reposo,
el derecho al silencio, yo los necesito. Al entreabrir los labios no sé si es para la palabra o
para la sonrisa; y por el cielo del discurso dejo que las nubes corran impelidas por el viento

*He aquí cuán generosamente correspondió el gran poeta al envío de este prólogo: “Si yo no te hubiera dado mi
corazón desde hace mucho tiempo a trueque de la noble y leal amistad que me tienes, daríatelo ahora, todo entero, en
pago de tu prólogo “Cuentos frágiles”. Le he leído mil veces y cada nueva lectura despertó en mí un nuevo entusiasmo,
me enseñó un encanto, una gracia, un donaire, una aroma, una fibra, que no noté anteriormente, y resplandeciendo
entre todas esas cosas tu cariño por mí, tu infinito cariño, lleno de bondad y de generosidad”. Fabio Fiallo.

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de la tristeza. Mi pensamiento es como mi planta y la literatura como todo otro campo:


erro enamorado así de las montañas como de los valles profundos. Mariposa para una flor,
quisiera ser águila para un risco. Mas si veo una incitadora sombra por los espesos pinceles
de los árboles pintada; si doy con el margen de un arroyuelo tranquilo, el ocio, sueño de la
voluntad, rinde ésta a su albedrío.
Si la vida es expresión, ésta es arte. Los hombres valen por lo que dicen o por lo que de
ellos se dice. El artista es fuente de natural expresión, espejo que revela, no las cosas, sino
el alma de ellas: la obra artística es completamente distinta de la realidad porque es una
realidad. Pero el artista posee el arte como se posee la onda, quebrándola, rompiéndola, sin
poder asirla nunca: el río de belleza pasa y él, postrado a la orilla, quisiera detenerlo; mas la
corriente sigue, triscando, bailando, rebullendo, y sólo deja entre sus manos algunas gotas
cristalinas. Estas gotas cristalinas son el arte. En verdad, lo que queda en la obra, lo que
llamamos arte es la sombra del arte, no el arte mismo: el artista que lograra fijar el arte en un
lienzo, en un libro habría roto la máquina del mundo. Tal hombre moriría al tocar el fuego
sagrado: Cervantes, Shakespeare son gnomos de las profundidades celestes, enanos prodi-
giosos que van saltando de astro en astro sin que por ello estén, del cielo mismo, a menor
distancia que nosotros. Babel simboliza nuestra impotencia para realizar nada perfecto, y
San Lucas apartó la gloria del lote de los humanos cuando dijo: Gloria in excelsis Deo.
Es la poesía, entre todas las artes, la más rica en expresión. Si una nota es un vivero de notas
armónicas, una palabra contiene un poema: puede reflejar el mundo como una gota de rocío
el cielo. Poesía es voz del silencio, claridad de los antros: para ella, la ausencia es la sombra de
la presencia; el olvido, el lazo que nos une al recuerdo; la locura, la manumisión de la razón; y
recoge, a la mañana, en fragantes botones convertidos, los pétalos que las manos de la tarde
deshojan piadosas sobre las tumbas. Platón afirma que sólo hay dos bienes en este mundo: la
filosofía y la amistad; y yo digo: la poesía y el amor. Esta diferencia de pensar estriba en mi falta
de sabiduría y edad; la juventud va a caballo por el mundo; la vejez, a pie. Del amor, “capitán y
príncipe de perdición”, no quiero hablar. Sin poesía ni amor, el corazón del hombre se inclinaría
al suicidio como un árbol bajo el viento. Es más necesario el poeta que el filósofo: el ser humano
es vaso terrenal lleno de celestial rocío, y éste es más poesía que verdad. Un siglo puede carecer
de un filósofo, de un héroe; pero cada siglo, qué digo, cada hora produce su bardo. La humanidad
necesita una trompeta para ahuyentar a ese ladrón llamado tiempo, y el hombre decir cuanto
le sugiere su diablo interior. La verdad alumbra al mundo, pero también lo alumbra el arte, y
además, lo encanta. La poesía es la cantidad de mentira que el hombre añade a la verdad para
volverla agradable. El verso tiene promesas superiores a los principios; revelaciones ante las cuales
se pasmaría Alejandro, discípulo de Aristóteles y conquistador del mundo.
El hombre traza en todas sus obras su retrato y me admira oír señalar a Byron en las
suyas. Como él, todo artista está pintado por su propia mano; y cuando no acertamos a
verlo es porque no le conocemos. La obra, puede decirse, no es sino el velo que cubre al
autor; y donde las facciones no se distinguen, el latido del corazón se oye. La literatura
es, asimismo, la pintura de una época, de una edad: la antigua, rica en imágenes, pobre
de imaginación; la moderna, sobria y sabia, son dos opuestos cuadros del mismo mundo
vario y eterno. También en cada país las letras siguen la edad, los gustos, los progresos. El
sentimiento precede siempre a la inteligencia, y todo primer esfuerzo se condensa en poesía
lírica, aunque nada sea más difícil que la poesía lírica perfecta. Nuestra literatura (si puede
llamarse tal lo poco escrito entre nosotros), se reduce casi toda a versos de amor o de guerra,

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eco fiel de la vida nacional. Poetas de estro insuperable como Salomé Ureña, Corina que
vence a nuestros Píndaros; elegantes y donosos prosistas, como Galván, han producido, es
cierto, obras luminosas, en medio a un mar de odas detestables; y ahogando en mi tintero
a algunos a quienes sonríe Apolo, séame lícito señalar aquí a César Nicolás Penson, autor
de La víspera del combate, acaso el más hermoso de nuestros cantos; a José Joaquín Pérez, a
Gastón F. Deligne y a Arturo B. Pellerano Castro.
Entre la nueva generación descuella Fabio Fiallo por el corte moderno de sus versos y sus
cuentos. Poeta que no toma del refresco de Lamartine el Melancólico, ni del reconstituyente
de Hugo el Enérgico, ni las perlas de Zorrilla el Divino, ni la menta de Darío el Exquisito, sino
el veneno, el veneno de Musset el Misántropo y de Heine el Descreído: del amante de Jorge
Sand, autor de La coupe et les levres, de Namouna, de Rolla, de Les nuits; y del cisne de Dussel-
dorf, el Byron franco-germano, irónico y sentimental, que arroja disgustado la pasión que en
su pecho como divina miel se cría. No precisamente que los imite, como afirma Unamuno; por
más que esto no sería caso de menos valer, a mi juicio: dice Boileau que el que no imitare a los
antiguos no será imitado de nadie; y esos dos príncipes de la poesía moderna arrastrarían en
la antigüedad manto real. Nadie se pinta en sus obras más exactamente que Fabio Fiallo: su
poesía es delicada como él, perfumada como él, soñadora como él, enamorada como él. Dardo
es su verso que va certero al seno de las damas y el corazón les parte, como sus miradas, como
sus sonrisas, como sus palabras. Hay un punto en la obra de Cervantes, de esos en que éste
con su pluma toca el cielo, en que Don Quijote ve estorbado el paso de sus armas por una red
de verdes hilos de unos a otros árboles tendidos: en una Arcadia ideal, Fiallo tiende sus ver-
sos como red amorosa; sólo que, a la hora del ojeo, pajarillos no, zagalas quedan prisioneras.
La familiaridad es enemiga mortal de la admiración y, no obstante, admiro a este poeta
y le coloco entre nuestros grandes de primera clase, pocos en número, aunque no faltan
muchos que si no pueden habitar en el Olimpo, son capaces de hacer de su pegujal un
jardín, parecido al edénico. Carece de gran elevación de ideas y de riqueza en la palabra;
pero es gran poeta por la actitud del alma, perpetuamente inclinada hacia ese lado obscuro
y misterioso de donde viene el rayo y perciben los artistas las melodías inefables. En su
Primavera sentimental campea y se muestra una musa que, en Plenilunio y For ever, no le cede
una mínima a las del Helicón.
Como cuentista, Fabio Fiallo no ha sido superado entre nosotros; tal vez ni siquiera igua-
lado. José R. López, Virginia E. Ortea, U. Heureaux hijo son cuentistas estimados: el primero
tiene la soltura, la sal, la donosura; la segunda, gran facilidad narrativa; el último, fecundidad,
ingenio y corte nuevo. Pero la delicadeza, pero la gracia; la sobriedad, la elección del tema, el
desarrollo, triunfos son de Fiallo. Fuera del autor que lo elevó hasta el cielo en el cuento de
Adán y Eva, el más famoso entre antiguos y modernos, franceses son los reyes de este género
levantado por ellos del suelo al trono entre el aplauso y la admiración de los contemporáneos.
Como de la mujer graciosa ha podido salir la parisiense, así el cuento moderno es la parisiense
del cuento. La franca y alegre risa de La gitanilla no volverá sino con los buenos tiempos de la
incomparable España. El cuento es hoy una sonrisa del pensamiento, sonrisa refinada, diabólica,
sutil, complicada. Entre la culta Recamier y la zahareña Galatea, media un escarpín de seda.
Fabio Fiallo tiene cuentos que pueden ponerse al lado de los mejores cuentos franceses. La
inolvidable, Ernesto de Anquises, El príncipe del mar honrarían una Antología. A veces la pobreza
de su léxico compromete la forma que, en el género en que hablo, tiene valor independiente:
su palabra sale a pistos y no gusta de adornar, al revés de otros que entunican demasiado su

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américo lugo  |  antología

muñeca. En la manufactura de éstas el traje es cosa esencial y riquísima: los cuentistas extraen
de su cantera esas palabras con que embellecen sus obras, piedras preciosas como el diamante
o el rubí o flores tan hermosas como las rosas o los lirios, sin otra diferencia que dentro de las
piedras suena un corazón y, en las flores, un alma suspira. Ni cláusulas similcadentes, ni bellas
y sonoras frases, ni arcaicas matronas, ni donceles neologismos, nada aparece en Fiallo de
aquel artificio deleitoso con que los cuentistas suelen uncir la nota y el color, esclavos de otras
artes, al carro glorioso de las letras. En cambio, la pluma es, en sus manos, una varilla mágica:
todo cuanto le rodea desaparece: otro mundo, otros hombres, otras costumbres: el sentimiento
de amor, única virtud; el soplo poético, único impulso; el objetivo de la belleza, único ideal.
Escritor nefelibata, su pluma, sus alas; y mientras su cuerpo rueda entre nosotros, su alma va
perdida sobre mares y montañas. De ahí que ninguna de sus obras tenga color local, puesto
que nadie como él para bañarse en el raudal de poesía que emerge de la ciudad que vio su
cuna y le posee; ciudad de la cual puede decirse: laudandis pretiosior ruinis.
1904.

Heliotropo
A mi pluma*
¡Dulce amiga, amable compañera! Perdona mi larga ausencia de tu lado. Nunca lejos de ti
fueron fugaces las pisadas del tiempo, ni leves, ni seguras. Como deja la paloma, por el espacio
engañador, la firme rama, mi mano huyó de ti, y extendida por el aire, imploró en vano una
bendición del cielo, una caricia de la tierra. Fuiste a mis ojos grosero tronco ennegrecido; hoy
te miro como tallo de rosas coronado. A ti vuelven mis alas destrozadas; a ti vuelve mi canto
lamentable. ¡Otra vez colgaré mi nido de tu cuello, dulce amiga, amable compañera!
Escribiré, de nuevo, cartas a mi amada, tiernas como suspiros, persuasivas como lágrimas,
hirientes como denuestos. Vestiré de púrpura su nombre con la sangre más pura de mis venas.
Arrojaré a sus pies mis postreras ilusiones como un ramo de flores. Herida mi frente con tus
agudos picos, la leche de las ideas bañará mi cuerpo y acaso entonces ya aparezca puro ante
sus ojos. Mas si su mirada desdeñosa permaneciere fija ante el misterio de la castidad; si aún
prefiere las caricias de su perro a mis caricias y el aliento de las rosas a mis besos, despojaré
de mis hombros y colgaré de un sauce el manto de mi juventud para que el frío llanto de la
noche marchite sus encajes y el apetito torpe de los buitres lo desgarre.
Errante peregrino, tú serás pequeño bordón que afiance mis pasos. Contigo subiré altas
montañas: estamparé sobre sus blancas cabezas mi nombre humilde, y ancho surco abriré
para que el agua, sangre de la naturaleza, corra a fecundar las llanuras que gimen sedientas
a sus pies. Aumentaré con mis lágrimas el caudal contenido de las nubes y las veré alejarse
con fruición, pensando que irán a verter fresco llanto sobre el campo donde mi amada teje,
por las mañanas, guirnaldas para su cabeza. Y besaré la luz del sol, que da al cielo auroras,
salud al pecho de la tierra, lira al ruiseñor.
Contigo bajaré a los hondos valles, hoyuelos que ostenta en su risueña faz naturaleza.
Libarás allí la rica miel de las abejas, beberás en la corriente de los claros arroyuelos, sobre

*El ilustre poeta Arturo B. Pellerano Castro (Byron) puso en verso tres de los poemas en prosa, dos de los cuales,
Ruego y Las hojas, figuran en apéndice en la segunda edición de 1939. También el joven poeta Rafael Emilio Sanabia
ha publicado una bella poesía inspirada en el poema en prosa Siento una pena…

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las frutas maduras tus picos dejarán la golosa expresión del pico de los pájaros, recostarás
la cabeza, de botones de silvestres florecillas adornada, al pie de un árbol cuya copa detenga
al sol esparciendo grata sombra. Yo tu sueño velaré, pensando en mi amada. ¡Cómo pudiera
depositar a sus pies los felices despojos de tu larga peregrinación!
Dispondremos, con frecuencia, a los lugares sagrados, romerías. Las iglesias son lugar
de duelo: si esparcen a lo lejos el grato olor de los jardines, es porque en su recinto flota
el virginal aliento de María. En la nave recóndita, junto a un muro sombrío, te estrecharé
prosternado. La paloma del misticismo rozará con sus alas mi frente, inclinada, como la de
un santo monje, ante el misterio.
Hay lugares, más sagrados todavía, donde yace sepultada la infancia del mundo; lugares
helados donde el misterio florece; lugares de muerte palpitantes de las ansias supremas de la
vida; lugares callados cuyas voces sofocan de emoción al peregrino. Una tumba es un asilo:
allí encuentra el huérfano hogar, contento el triste, bálsamo el herido, descanso el fatigado.
De los cuatro puntos de la tierra llegan presurosos tributarios cargadas las manos de pre-
sentes: el rico lleva su fortuna; el pobre su miseria. Allí vuelca su carro la soberbia; rueda en
el polvo la ambición; la vanidad se arrodilla. Todos los ríos de la vida corren desatentados
hacia ese océano que ningún viento agita, que ninguna vela cruza. Allí te llevaré también.
Posaré mis labios sobre los sepulcros; pondré mi corazón junto a las cenizas que guardan;
escucharé su callado acento, sosegarán en mi pecho las pasiones y una luz tranquila inundará
mi espíritu. ¡Ven! Estoy sediento de paz y de verdad.

Endechas
I
Soy cantor discreto de mis propias desventuras, peregrino doliente que da a los aires
la voz de sus canciones, al mudo silencio la causa de sus quejas. Llevo de este largo viaje,
breve en dichas, destrozados los pies, desalentado el pecho, marchita en mi cabeza la flor de
la razón. Exhausto el tesoro de mi juventud, mezcladas con las muertas hojas que arrastra el
viento animador, con esta arena que piso, ardiente y dura, aquellas esperanzas e ilusiones
que al partir traía conmigo y que heridas del sol de mi fantasía brillaban en mi seno como
claros y perpetuos diamantes; petrificado mi destino, como esos árboles de ramas solitarios
y de verdura desnudos, a quien el fuego del cielo apagara en la cima el ímpetu de su savia,
yo miro a lo lejos cómo flotan gallardas y surcan raudas la corriente de la vida las gruesas y
pintadas barcas de las ajenas alegrías, cómo besa con su luz la estrella de la ventura la frente
de otras tierras, mientras son mis pasos presa mansa de la honda oscuridad.
Roto el escudo de la esperanza, blancas las armas de mis bríos, desmayada la fe en Dios
y mi dama, mi corazón es un caballero vencido. Caballero de los nobles ideales, de la blanca
divisa de la honra y de la divisa roja del amor, cuya pluma, señera y ondeante, daba sus
rizos al viento porque al cielo los enviase, ¿por qué acometiste empresas grandes, anhelaste
triunfos increíbles, ambicionaste glorias ciertas, pobre soñador? ¡Ay!, era fuerza y aun era
justicia a tu soberbia y a tu locura remedio que cayeses, fracasadas las fuerzas de tu cuerpo
y de tu espíritu. Si hubiere menester consuelo quien sólo a sus propias culpas debe remitir la
causa de sus males, sabe, ¡oh cordial caballero!, que fue tu adversario invencible la fortuna,
hada indiferente y ciega de cuyo filtro amargo Marte se retrae, Hércules se resguarda, la
flaqueza se sirve, la maldad se alegra.

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américo lugo  |  antología

Escrita está en lo azul del cielo su victoria, en las estrellas de la noche, en la espuma blanca
de la mar; escrita está en las hojas de las rosas, en el abanico de las nómades palomas, en las
menudas conchas que cría el beso de las olas; escrita está en la cima de las montañas, en la
hirviente lava del volcán, en las arenas infinitas del desierto; escrita está en las notas tristes
de la tórtola, en la luz moribunda del crepúsculo, en la nube lejana; escrita está en el duro
mármol de su pecho, en el pesado bronce de su indiferencia, en la fría piedra de su olvido;
escrita está en la hermosa luz de sus ojos, en la rosa de sus mejillas, en su sonrisa candorosa;
escrita está en su desvío, en su ingratitud, en su crueldad; escrita está en el dulce acento de
su voz, en su alba frente, en la huella leve de su paso.

II
Soy proscrito infortunado de un país sobre el sol hermoso, más que la luna melancólico,
cuyo suelo feliz bañan y doran los ríos de la ilusión, vistiéndole de perdurable manto de
esperanza y cuyas márgenes se pierden en los espacios del cielo sin haber traspuesto términos
ni límites de la tierra. Regocijada música el aire puebla, luminoso y perfumado; manzanas de
oro, fruto encantador que allí se cría, cuelgan de las ramas dóciles al viento; perlas son tus
arenas, tus moradores felices, el gnomo, la ninfa, el sueño, la quimera… El paraíso perdido
es región del pasado oscura e infeliz, el ansiado paraíso es región del porvenir triste y mise-
rable, comparados contigo, ¡oh país sobre el sol hermoso, más que la luna melancólico!
Roto el laúd en mil pedazos, muda la voz en mi garganta, derribado al pie del Olimpo
inaccesible, mi corazón es un poeta moribundo. Poeta de los cantos ideales, de las tristes
elegías delirantes, de los tiernos madrigales delicados, cuyos versos eran en alas del céfiro
férvida plegaria, y amoroso concento en los labios de las damas, ¿por qué, ay, por qué segaste
las flores de tu pecho, desviaste hacia el mar de la amargura la suave corriente de tus ideas
y atravesaste con la pluma tu propio corazón para escribir el poema doloroso de un amor
sin esperanza, sin correspondencia, sin olvido?
Escrita está en las nubes del cielo mi tristeza, en la negrura de la noche, en la comba
plomiza de las olas; escrita está en las rosas deshojadas, en el nido vacío, en la playa que el
mar besa y abandona… ¡y aquí en mi corazón!

¿Nunca más?
A Miguel Ángel Garrido, que fue en vida varón de diamantina contextura.
Ven esta noche, bien mío, a cenar de mi alma, a beber de mi boca… Tengo para ti
suspiros y besos… Quiero poner mis manos, como una diadema de lirios, sobre tu frente;
quiero aprisionarte con mis brazos en estrecho círculo de fuego; quiero estrecharte contra mi
corazón enardecido: y los alados geniecillos que custodian mi cintura, y las crueles abejas
que depositan miel hirviente en ánforas, como armiño blancas, como abismo profundas,
como misterio guardadas por mi ondeante vestidura, saltarán de alegría a tu cuello altivo,
y sangrarán tus labios con su dardo envenenado…
—Y yo ansío, ¡oh, mi adorada!, derramar ardientes lágrimas sobre tu pecho, como rocío
de ternura; deshojar sobre tu cabeza, opulenta en rizos de oro, tempranas rosas; hacer, junto
a tu oído, pendientes de mis madrigales y, junto a tu garganta, corales de mis redondillas; y
beber un mar de luz en tus ojos, y turbarme con tu aliento de flor, y quemarme en el fuego
de tu amor, dejando sobre tu blanca piel, mariposa fascinada, el polvo de mis alas; y dar mi

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cuello altivo a los traviesos geniecillos que vaguean por los altos derrames de tu talle vic-
torioso, y dar mi boca, como una roja camelia, para que expriman su jugo, a las mortíferas
abejas que llenan de miel los hoyuelos de tu cuerpo inmaculado…
Y fue y mordió como dragón insaciable, la carne de su alma; y bebió en sus labios rojos,
a raudales, del torrente del placer.
Y fue y no dejó en pie una manzana a aquel manzano exuberante, ni una florecilla a
aquel arbusto fecundo, ni una gota de agua a aquella cristalina y generosa fuente. Y fue y
vivas cayeron, a sus manos piadosas, palomas blancas con voluptuoso arrullo en los picos
bermejos y, a sus pies, afortunado cazador, una azorada pero rendida corza. Y fue y sobre
el pecho de la amada y sobre la cabellera, opulenta en rizos de oro, llovieron confundidas,
lágrimas y hojas de rosas; y sobre la nuca, do el deleite anida, aletearon madrigales y redon-
dillas; y abrillantó la piel blanca y perfumada, el polvo de oro de una mariposa consumida
en el altar candente de un seno virginal…
Y, cuando al pie de la entreabierta celosía, que separaba un nido celestial de la tierra
ingrata y miserable, ella murmuró: “Nunca más”, él apagó la frase cruel con un beso y huyó,
huyó palpitante de dicha a contar a las sombras de la noche, cómo cayó en sus brazos, en
un trasporte de la naturaleza, la más pura, la más hermosa estrella.
Mas ¡ay!, en vano fueron, otro día, los esfuerzos del amante: ruegos, quejas, desespe-
ración; halagos, promesas, dádivas; certeros dardos de la lisonja, aguda lanza de los celos,
maza pesada y formidable del insulto, todo quebró sus garras, como delgado cristal, ante
el escudo impasible de su indiferencia.
–Toma mi sangre en holocausto a tu belleza, le decía, o pídeme que riegue la tierra con la
del rey más poderoso. Incendiaré a Roma por una sonrisa de tus labios, pondré sitio a Jerusa-
lén, y alfombra será para tus pies la melena de los leones muertos a mis manos. ¡Oh tú, insólita
creación del poder de la hermosura, dulce caricia de la naturaleza, flor del cielo! Si ya no son tus
ojos negras alas a cuya sombra anestesiante se adormece algún rival afortunado; si la espuma de
tu garganta no es el vino embriagador que apuran otros labios; si las pomas de tu seno, huerto
sagrado, no atrajeron la codicia de algún otro pastor, dime, oh hermosa, cuál es mi pecado, cuál
mi crimen… Grande debe de ser y horrendo, cuando tu mano misericordiosa no me levanta
del polvo, cuando tu plegaria no intercede por mí al cielo. Pero si quieres ser señora de una
triste obra y dueña de una indigna hazaña, si quieres sumergir mi amor en el callado estanque
del olvido, apagar con tus propias manos la llama que arde, como zarza de Oreb, aquí en mi
pecho, sabe, oh pérfida! que cometes el delito más horrible… ¡Arráncame la lengua para que no
te alabe, sáltame los ojos para que no te admire, atraviésame el corazón para que no te adore:
toma mis ideales y agóstalos; toma mi juventud y marchítala; toma mi honra y mánchala, pero
no escarnezcas mis afectos, no me digas que te olvide, no me separes de tu lado…!
Como responde el duro mármol, con frío y callado acento; como la ingratitud y el ol-
vido, así ella a su reclamo. Y agotada la esperanza, exánime la voluntad, presa de un dolor
desconocido, apartóse de la entreabierta celosía, linde frágil entre un nido celestial y la tierra
ingrata y miserable.
Ha discurrido el tiempo. La distancia, la ausencia son urna que igualmente guarda el des-
engaño y la esperanza: él para la mano confiada del dichoso, ella para el pecho del que infeliz
se juzga y sin ventura. Cabe esa urna, el lastimado amante ha suspendido mil veces el deseo
de escrutar su destino… ¿Capricho? ¿Pasión, acaso dormida, cuyo primer destello el alma
sorprendió, y que habrá de despertar mañana, estallando en nuevos, anhelantes besos?

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américo lugo  |  antología

Cuando tras supremo esfuerzo el pobre amante logra sofocar el deseo de arrancar a la
urna, ya entreabierta, aquel secreto, huye, huye palpitante de dolor, a contar a las sombras
de la noche, cómo se desvaneció en sus brazos, en un adormecimiento de la naturaleza, la
más hermosa, la más fugaz estrella.

Siento una pena…


A Lico Gautier

Siento una pena infinita que no tiene nombre: la de los rosales al morir a manos del
invierno; la de las mariposas que la llama devora; la de la ola que vuelca, a los pies de la
ribera, su victoriosa arrogancia, la del viento que cuelga sus sollozos de un ciprés.
Siento una pena infinita que no tiene nombre: la del bosque que se ve talado y hasta su
virgen entraña removido; la de la tierra cuando le roban sus diamantes; la de las estrellas
cuando la nube las oculta; la del sol al caer moribundo en el ocaso.
Siento una pena infinita que no tiene nombre: la del amo a quien muerde su perro; la
del mendigo que recibe el azote de la limosna; la de la flecha que se rinde antes de llegar a
su término; la del naufragante que mira la sonrisa verdusca de la onda.
Siento una pena infinita que no tiene nombre: la del buque que se pierde a la vista del
puerto; la del pájaro que desfallece sobre el ancho mar; la de la palmera que se inclina ante
el huracán; la del fruto mordido por el gusano traidor.
Siento una pena infinita que no tiene nombre: la del beneficio olvidado y la de la palabra
empeñada ante el desagradecimiento y la mentira; la de las hojas caídas; la de la paloma sin
nido; la del cachorro que mira exhausta la fuente maternal.
Siento una pena infinita que no tiene nombre: la de la patria cuyos hijos se disponen a
luchar; la del hogar donde la virtud se torna en frías cenizas; la de la madre al expirar su
hijo; la del hombre que devuelve airado a la naturaleza la dádiva inútil de la vida.
Siento una pena infinita que no tiene nombre: la de Pompeyo en Farsalia; la de Don
Quijote de los Andes ante las ruinas de Itálica; la de Prometeo encadenado; la de Espronceda
ante el recuerdo adorado de Teresa.
Siento una pena infinita que no tiene nombre…

Sor Teresa
A las seis estaba a bordo, donde me enamoré de Sor Teresa. Sor Teresa es joven, hermosa,
alta, pálida.
Sus ojos, dos centinelas de la gloria. Sus tocas discretas y su aire angélico nada pudieron,
acostumbrado como estoy a pasar sin tocar, a meditar olvidando, a oír el silencio. Sor Teresa es
mujer y profana: el óleo no la ha purificado; en su cabeza revuelan locas mariposas, y por sus sienes
las guirnaldas suspiran. Sor Teresa gusta de sumergirse en los deliciosos lagos del ensueño.
Sor Teresa ríe y su risa suena como campanas alegres; Sor Teresa ríe y su risa canta
canciones de Beranger; Sor Teresa ríe y su risa es copa en que bebe el deseo; Sor Teresa ríe
y su risa, franca y fresca, roba el alma desde lejos. Sor Teresa ríe y su risa sería la risa de las
perlas y los corales, si corales y perlas reír pudieran; Sor Teresa ríe y su risa es peregrina flor
del movimiento, llena de gracia, de aroma y de rubor.

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Sor Teresa ríe y su risa son dos culebrillas que se separan sesgueando; Sor Teresa ríe y
las abejas toman por una flor su boca; Sor Teresa ríe y es su boca como granada murciana,
como dulce y roja cereza; Sor Teresa ríe y las fuentes festonan de aljófar su lecho; Sor Teresa
ríe y los dioses despiertan de su sueño milenario.
Sor Teresa ríe… Si Sor Teresa llorara, los ruiseñores olvidarían sus cantos, su suave ru-
mor los arroyuelos; el cielo se ataviaría de sus más densas nubes, el mar se despojaría de su
manto azul y sus encajes, y el corazón de la naturaleza, enajenado, arrojaría un grito.

La Flor del Jacinto


A Marta y a Carmencita

Oigo tu canto, melodioso ruiseñor. Vives solitario; con la noche suspiras… ¡Flor mágica!
Aún palpitas con la timidez con que brotaste. En ti bullen los gérmenes, semilla que te has
vuelto corazón, empapada aún del frescor de la cuna. El impetuoso viento que desgaja las
altas ramas del árbol, se convierte en céfiro ante ti. Tu belleza exquisita, rebelde, inaccesible,
vierte dulzura en la luz. En ti derrama el cielo el rocío de sus gracias. Amor se oculta en tu
perfume. Ensueños despiertas en el alma. ¿No es sueño amor?
Es un silfo, no un ruiseñor… ¡Flor divina! Un silfo canta en tu cáliz. Tienes alma y alien-
to de mujer. El alma humana es también un silfo que canta encerrado en pesado caracol.
Pero ¡cuánta tristeza en su canto! El tuyo anuncia el rocío; el suyo, lágrimas. Tú cantas al
cielo, al sol; anuncias la lluvia, el fruto, la frescura; tu canto es cántico de fe, de bondad y
de esperanza.
Amo los sitios desiertos. Subo a la montaña agreste; me refugio en el valle escondido.
Amo la soledad del océano, la más cara a Dios. Amo la soledad del silencio, sílaba de ver-
dad, pausa de eternidad, única expresión digna del espíritu. Me gusta la sociedad de las
estrellas, de los árboles, de las olas y del viento; pero caigo arrodillado ante la rosa radiante
que oculta su seno como virgen pudorosa. Nada hay más grato en la tierra que un jardín.
Después del niño, es la flor la expresión más bella y noble de la vida. No hay veneno en su
copa ni en sus pliegues la doblez de la traición.
¿Por qué surges, flor hechicera, de la región de la paz, del dulce misterio, de la vívida
penumbra, de la gracia secreta, de la perenne belleza, a este día sin amor, sin serenidad,
sin ilusión? Han huido los ángeles del cielo, y el manto de púrpura y de oro ha caído de
los hombros del florido verano. Adorable joyel de seda y perla, peregrino, leve, milagroso;
morada de un genio por la mano de una diosa fabricada, ¿quién te cuidará…?
Como tú, también nació a la vida. De la misma tierra que da flores, brota la mujer. ¡Flor
encantadora! ¿Por qué viene su recuerdo a mi memoria? Ella tuvo como tú, un proceso de
formación delicioso. ¡Pequeña mensajera de la naturaleza, apacible voz del viento, criatura
candorosa! Tenía trece años. Nunca más la he vuelto a ver. En toda niña casta y pura como
vosotras, percibo un destello de mi adorado bien perdido.
¡Viaje funesto! ¡Cruel separación! Mi paso desvió su rumbo. Ausencia vertió su escarcha.
Fuimos dos gotas cristalinas juntas en la cima, separadas por siempre al caer. Su recuerdo
convierte la luz del sol en luz de estrella… ¡Flor cautivadora! Difunde en el aire tu suave
olor. El tiempo, a tu lado, es un minuto de cielo. Las tempestades han destrozado mi bajel;
pero mi alma flota aún… Mi alma la desea.

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américo lugo  |  antología

Discurso sobre el bienestar general*


“En la primera sesión de este Congreso, al discutirse la modificación del artículo 69 del regla-
mento, un honorable colega propuso que la comisión relativa a bienestar general fuese compuesta
de un miembro por cada delegación, a causa de la importancia que dicha sección entrañaba.

*Este discurso, que tuvo repercusión universal, lo hemos tomado del opúsculo La Cuarta Conferencia Interna-
cional Americana, Sevilla, 1912, pp.29-31. El gran diario La Nación, “el periódico de más autoridad intelectual y moral
de la República Argentina”, en edición correspondiente al 21 de julio de 1910, o sea al día siguiente de haber sido
pronunciado, se expresó así:
“Desde el comienzo advirtióse que aquello tomaba un nuevo sesgo, y que no se trataba de una iniciativa más
de agasajos y cumplidos. Quizá era la primera palabra que se pronunciaba en la vasta y sorda sala con un concepto
de interés moral. Alguien que simpatiza con el pensamiento insinuado por el señor Lugo recordó luego, oponiendo
a una crítica protocolaria el clásico ejemplo, que el delegado dominicano, hablando en representación de un pueblo
modesto y pobre y rompiendo con la tesitura convencional de las sesiones, podía ser allí tan inoportuno y, sin embargo,
tan elocuente como lo fuera en el célebre congreso de París de 1857, aquel humilde delegado del reducido reino de
Cerdeña que se llamaba el conde Cavour...
“El señor Lugo habló con franqueza... Puso de relieve la falta de un ideal, de un objetivo superior, en el plan o programa
de trabajos de la conferencia. Y como asumió espontáneamente la representación de los pequeños, se llevó de calle los cora-
zones. Hubo una gran expectativa, y aun cierta inquietud. Los que allí están para desempeñar un papel en la escenografía
política del mundo, y no para meterse en honduras, se preguntaron adonde podía llevar las cosas semejante actitud”.
El día 22 expresaba el mismo diario:
“En la tranquila placidez que caracteriza las sesiones del panamericano, ha resonado, como una amenaza
detonante contra los formulismos del protocolo, el discurso pronunciado por el delegado de Santo Domingo, señor
Américo Lugo, sobre la cláusula del programa referente al bienestar general. No es que el distinguido orador se pro-
pusiera romper con proposiciones demoledoras la parsimoniosa severidad de la asamblea; y acaso sus colegas no
habrían pasado por las tribulaciones con que los agitó su palabra ardorosa y vibrante, si hubieran podido conocer de
antemano el texto íntegro del inquietante discurso”.
Y comentando los trabajos de la Conferencia, que fue inaugurada el 12 de julio de 1910 y clausurada el 30 de
agosto siguiente, en edición del 2 de septiembre concluía el gran rotativo rioplatense:
“Pero esto no quita que en esas reuniones se formule el ideal. Así lo hemos visto en la que acaba de terminar, y
por cierto con noble altura de elocuencia. De la hoya del Caribe lejano, como otrora el palo florido al encuentro de las
carabelas descubridoras, vino boyando a la azarosa libertad de las corrientes, un indicio de las Américas futuras”.
La prensa de toda Hispanoamérica comentó con especial interés el discurso del doctor Lugo, así como otro, com-
plemento de este, en el cual el delegado dominicano puso de relieve el precario resultado de los trabajos de la Asamblea,
que terminó sin entusiasmo, pues la palabra del hijo de la patria de Duarte puso de manifiesto la ausencia de un ideal.
De El Diario Español, Buenos Aires, 28 de agosto de 1910, son los siguientes conceptos editoriales referentes a la
actitud de nuestro delegado y a su segundo discurso:
“Inmediatamente hizo uso de la palabra el doctor Américo Lugo, representante de la República Dominicana,
quien con llaneza digna de todo aplauso y dejando a un lado las severidades del protocolo, pronunció un discurso
digno de toda consideración por la trascendencia de sus palabras.
Censuró la parcialidad con que se ha procedido en toda esa larga gestación de la idea panamericana, subordi-
nándolo todo al capricho de los más fuertes, como si temieran represalias. Criticó acerbamente el hecho de haberse
rechazado la propuesta de la delegación paraguaya sobre bienestar y pronunció estas palabras, dignas de tomarse en
cuenta: “Al separarnos, quedamos, no ya unidos por nuevos vínculos, sino tan separados como antes”.
Dijo el doctor Lugo que esas conferencias no tenían ningún resultado práctico sino el de servir los intereses de
un cierto número de naciones, y atacó de lleno al expansionismo yanqui.
Su discurso fue recibido con frialdad, justo es decirlo; pero, también hay que decir que por debajo de esa frialdad
latía el entusiasmo que provocan las grandes verdades. Algunos delegados aplaudieron. Otros censuraban esa actitud
“hiriente” y se manifestaban en contra suya; pero, en el fondo, la verdad se imponía.
Aplaudimos la energía y la decisión del doctor Américo Lugo, de quien ya por diversas veces hemos tenido el
placer de ocuparnos, celebrando su actitud franca, leal e independiente en este Congreso, sobre el cual ha pasado la
mano de hierro de una voluntad superior, ajena a nuestra raza.
Nos ocuparemos de este asunto con mayor detenimiento y más amplio espacio, limitándonos por hoy a consignar
el hecho revelador de un temperamento enérgico y de una voluntad decidida”.
“Saluda a su ilustre amigo, el valeroso defensor del ideal americano, y le adjunta ese suelto, (Lo Oportuno y
lo anacrónico) en el que nuestro Leopoldo Lugones, coincidiendo con la mayoría del periodismo de mi país asegura
que su discurso es “lo más respetable y lo más elevado” que se ha dicho en la conferencia. Se complace por ello y le
estrecha cordialmente la mano su affo. Carlos M. Múscari, Director de El Diario”.
“Es indudable que, de cuanto se ocupó la Conferencia, nada ha apasionado tanto la prensa y la opinión, como
la proposición de la delegación dominicana, sobre bienestar general, estimándosela más oportuna que la insinuada
declaración sobre la doctrina de Monroe. Mucho más valiosa, más positiva y elevada que esa adopción, por lo menos
inútil, a un americanismo que nadie discute ya, es la proposición formulada ayer con enérgica elocuencia de concepto

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

“Fijóse con tal motivo en este punto mi atención, algo distraída ante un programa sin
ideal como el que sirve de pauta a nuestras tareas, y buscando la expresión que en los labios
del señor delegado paraguayo había vibrado en mi alma, halléla, no en el seno mismo del
programa, sino en el reglamento que lo rige y completa.
“Mas al leer la frase, una duda asaltó mi ánimo. Esas palabras ambiguas pueden decirlo
todo o pueden no decir nada. ¿Qué se quiere expresar con los términos bienestar general? ¿Se
trata simplemente de la comodidad y provecho de las delegaciones? ¿O debe entenderse en
el sentido de la consecución de cuanto propenda a la dicha de los pueblos?
“En apoyo de la primera interpretación podría argüirse con el lugar que la frase ocupa,
figurando como figura en el reglamento y no en el programa, y siguiendo como sigue inme-
diatamente después de la sección de publicaciones, la cual sólo tiene por objeto la realización
de actos materiales.
“Mas tal interpretación de la frase bienestar general me pareció que implicaría la condenación
del espíritu que presidiera a la redacción del programa, y quise ver cómo la habían entendi-
do los hombres que figuraron en las conferencias anteriores. Y aunque parece que nada de
efectivo realizó la comisión a que estuvo encomendada la sección de bienestar general, de las
actas de 1906 pude extraer estas palabras pronunciadas por el grande y llorado Nabuco en su
calidad de presidente: “He abierto tres excepciones al sistema de no colocar las delegaciones
unipersonales sino en las comisiones en que fuera obligatoria la presencia de un delegado de
cada país. La primera es relativa a la comisión de bienestar general, a la que atañen todas las
ideas de carácter, por decir así, unánime suscitadas en beneficio de nuestro hemisferio”.
“Conforme, pues, a este criterio debería interpretarse la expresión bienestar general en un
sentido ideal, correspondiendo en consecuencia a los miembros de la comisión 14ª. la tarea
de estudiar los medios conducentes a la felicidad de los pueblos americanos.
“Esta tarea, tan grata cuanto delicada, animaría el frío espíritu de estas reuniones e
iluminaría con una luz radiante, ante los ojos de la América entera, el recinto en que nos
hallamos congregados.
“¡Qué campo tan vasto y tan fecundo! El bienestar general del nuevo continente exigiría la
declaración del respeto absoluto a la independencia de cada una de las naciones de América. Este
respeto conllevaría, como soluciones previas, el sometimiento obligatorio e inmediato de todas
las cuestiones de límites al principio americano de arbitraje; la consagración del principio de no
intervención en los asuntos interiores de ningún estado americano, así de parte de los estados
europeos como de parte de ningún otro estado americano; y la expresión de un voto perpetuo
para que una pacífica evolución política en América devuelva algún día a su propia raza y natural
destino aquellos países que han sido anexados por el pretendido derecho de la guerra.
“El bienestar general, así entendido, nos llevaría como de la mano al cultivo asiduo de los
elementos étnicos originarios que constituyen el espíritu peculiar de cada una de las naciones
americanas, para lo cual bastaría guiarse por la naturaleza y la historia que han dividido el
nuevo mundo, uno, por otra parte, no sólo en la identidad fundamental humana, sino por el
superior sentido del ideal panamericano invocado en estos congresos, no en veintiún pueblos,

y de verdad por el delegado dominicano, para que el congreso declare la integridad del dominio territorial de cada
nación y su permanencia intangible. De todo lo que ha tratado y va a tratar el congreso, la proposición del delegado
de Santo Domingo, señor Lugo, es lo más práctico y superiormente americano. El ideal de justicia efectivado, “el ideal
más necesario que el pan” como lo dijo con valerosa elocuencia. Sea o no la voz del débil, eso es lo más respetable y
elevado que se ha dicho en la conferencia”. (Lo Oportuno y lo Anacrónico, editorial de El Diario, 21 de julio).

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américo lugo  |  antología

sino en tres y sólo en tres únicos pueblos: el grande y próspero pueblo anglo-americano, y los
no menos grandes aunque menos prósperos pueblos hispano-americanos y luso-americano;
porque ese culto asiduo es esencial al bienestar del nuevo mundo para conservar la fuerza y
el vigor orgánicos que subordinan y nacionalizan las corrientes migratorias que acrecientan
y robustecen el organismo nacional.
“El bienestar general necesitaría transformar en deber de legación el derecho de legación
entre todas las naciones americanas, con la obligación de propender no sólo a un comercio
intelectual científico, artístico y literario sino a la propagación eficaz, en América y en el
mundo, del espíritu de América.
“Tales, entre otros, serían, señores, los objetivos luminosos de la comisión 14a. del pre-
sente congreso, de interpretarse la expresión bienestar general en un sentido ideal. Propongo,
pues, que antes de pasar adelante en nuestro trabajo, se defina el carácter de la comisión de
bienestar general y se precise el alcance de su título.
“Siempre es conveniente definir y a veces, definir es salvar. Si entra en nuestro programa,
sin necesidad de alteración e iniciativa particular, cuanto interesa verdadera y profunda-
mente a América; si está en la mente de los que nos han precedido aplicar, sin violencia, un
remedio a los graves males que nos afligen; si preocupados estos congresos, no ya sólo con
la obtención de recíprocas ventajas materiales sino también con un alto y desinteresado afán
de bienestar moral, buscan la solución pacífica del problema americano, entonces, señores,
nuestra misión acrecerá en utilidad y grandeza.
“Por mi parte, desearía que así fuera. Sin esa interpretación ideal, el programa de la
Cuarta Conferencia es ciertamente estimable, pero no corresponde al pensamiento ni a la
aspiración actual del continente. Es necesario tener el valor y la hombría de bien de decirlo,
porque la América está sedienta de verdad. Las naciones constituidas, prósperas y ricas bus-
can mercados; pero las que no lo están y son débiles y pobres, antes que mercados, buscan
paz, estabilidad y libertad.
“Yo no creo en la riqueza, sino en la virtud. El ideal es más necesario que el pan. Pensar
una cosa y disimularla, deshonra a la diplomacia. La sinceridad es el pudor de las naciones.

Carta a D. José María Chacón y Calvo*


Ciudad Trujillo
Distrito de Santo Domingo, Rep. Dom.
28 de mayo de 1946
Señor
Dr. D. José María Chacón y Calvo
La Habana.
Mi querido amigo:
He recibido la amable carta de Ud., de fecha 21 de los corrientes, en la cual me expresa
que quisiera que al través de unas breves cuartillas, yo cerrara la sesión del Ateneo de La
Habana en memoria de Pedro Henríquez Ureña.

*Esta excusa fue leída, sin embargo, en la velada, por Chacón y Calvo; y publicada luego por este insigne ensayista
en El Diario de la Marina el 13 de junio de 1946. Chacón, Lizaso, Don Federico Henríquez y Carvajal y otros consideran que
este original no ha sido superado por cuanto ha sido escrito sobre Pedro Henríquez Ureña con motivo de su muerte.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Mucho me honra esta petición de Ud., pero me impiden complacerle quebrantos de


salud y esta jíbara costumbre que está convirtiéndose en mi segunda naturaleza.
Me arredra, por otra parte, el eminente valer de Pedro, cuyo nacimiento diríase apo-
línea inspiración. Su padre fue Francisco Henríquez y Carvajal, brazo derecho del señor
Hostos, privilegiado entendimiento dominicano que supo apropiarse, para su desarrollo,
de más luz acaso que ningún otro de sus coetáneos, y en quien encarnó profundamente el
noble espíritu científico de la época. Fue su madre Salomé Ureña, dulce alondra como la
que Shelley cantó.
Pedro creció bajo profético influjo. Fluctuó primero entre dos mundos: la poesía y la
ciencia. Pagó tributo a la estirpe materna, y fue musageta en Lo inasequible y Al mar, en Flores
de otoño y Mariposas negras; pero rindióle al fin el pujante temperamento paterno, y ya en
1905 era el más notable crítico dominicano.
Predije su alta nombradía cuando para justificar la aparición de su nombre juvenil en las
Notas sobre nuestro movimiento literario, insertas en Bibliografía, escribí al poeta Bazil en carta
de 21 de enero de 1907: “Confieso que siento admiración por Pedro Nicolás. No me gustan
las profecías, por más que sólo en las de esta clase sean tolerables las equivocaciones; pero
dudo mucho que no le saque verdadero a quien de él afirmara que llegará a ser el primer
hombre de letras de la República”.
Juzgadores idóneos, Rubén Darío entre ellos, opinaban que Max, hermano de Pedro, era
superior a éste como escritor y, sin duda, es más ágil y brillante. Como humanista y erudito,
como filólogo y crítico, Pedro Henríquez Ureña no tenía par entre nosotros, y era uno de los
valores más respetados y aplaudidos de toda América. Llegado a la cima del pensamiento
crítico en hora oportuna como Petrarca, señaló, igual que éste en el trecento, cauces nuevos
a las corrientes de la sensibilidad e inteligencia en Hispanoamérica, y, en tal sentido, ésta le
debe unánime homenaje.
Pero lo que más aprecio en él es su dominicanidad. Desterrado voluntario a causa del
imperativo vocacional, es cierto; pero de los de su generación, nadie amó más a su patria.
Escribí en 1943: “Pedro Henríquez Ureña no tiene por oficio el periodismo sino la cátedra,
desde la cual su enseñanza irradia luz continental. Félix Lizaso, el mejor discípulo de
Martí, acaba de llamarle en Cuba “gran ciudadano de América”. Su nombre es glorioso,
su modestia, ejemplar; su patriotismo, conmovedor. Ninguno de nosotros, fuera de su
patria, suspira por ella como él, ninguno trabaja para ella como él, ninguno tal vez, desde
lo extranjero, la honra tanto como él. Conozco su corazón. Sé que ni honores ni riqueza
compensarán jamás en él el efecto de la ausencia del suelo natal. Es tan dominicano, si
cabe decirlo, como nuestra iglesia catedral, con quien podría comparársele. Sé que su de-
seo más profundo será volver, callado; pegarse a los muros de la ciudad sagrada que fue
su cuna, besar sus ruinas, y devolver al seno generoso de la tierra patria, cuando su alma
pase dulcemente, el maravilloso terrón que la contuvo”. Si sus ojos recorrieron alguna
vez estas palabras, ¡cómo debió recordarme al cerrarlos para siempre en tierra extraña!
Su alto espíritu al cielo pertenece; pero la dulce tierra dominicana ansiosamente espera,
para guardar por siempre sus restos venerandos.
Abraza a Ud. cariñosamente,

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américo lugo  |  antología

Carta a Georgia
(Fragmento inédito)
I. Ha querido el cielo mover la voluntad de tus padres a que mi torpe mano fuese la
primera en abrir las páginas de tu álbum, e imagino que esta singularísima honra me coloca
en el sitio preeminente que a tu esclarecido abuelo, por derecho y amor, habría correspon-
dido. ¡Cuánto siento no poseer su prudencia y sabiduría, y aquella elocuencia con que él
transformaba en preciada joya el árido consejo! Desearía, de cuanto el alma siente y guarda
el corazón, formar para ti un hacecillo de lirios ideales, en vez de ofrecerte una obsequiosa
flor de galantería, primor y obligada delicia de los álbumes. No es para mí el tuyo libro
abierto a finos cumplidos y desusada urbanía, sino libro íntimo para toda la vida, en el cofre
de tus más queridas prendas preservado; que hojearás con reserva cuando instintivamente
busques consuelo ante el amargor momentáneo y la nube ligera que aun al día más claro y
feliz suelen mezclarse; que te servirá, finalmente, de espejo de tu pasado, en el cual, como
advertencia y guía de lo futuro, verás reflejados la opinión que mereciste, las esperanzas
que hiciste concebir, el afecto que inspiraste.
II. Pon, ante todo, tu corazón en Dios. “Ante todas cosas conosced a Dios, –decía Gutiérrez
Díaz de Gómez– e después conosced a vos e después a los otros. Conosced a Dios por fe. ¿Qué
es fe? Fe es certidumbre muy firme de la cosa non vista”.55 Practica cosas celestes en la tierra.
Vive en lo ideal, laborando en lo real. Haz con tu ser como el agricultor “que a los árboles
cubiertos por la sombra les abre el cielo” (Séneca). El alma es sagrada: oféndenla los hábitos
profanos. La elevación es su ambiente; bajeza y vulgaridad la matan. En cambio, no puede ser
vil el hombre si le gobierna el alma. La salud de ésta es el asunto de la vida. La religión nos
enseña que lo verdaderamente moral es lo absolutamente benéfico y no lo meramente útil, que
es una expresión del egoísmo. Sólo el bien es moral. Muy parco se muestra mi amado maestro,
el Sr. Hostos, al considerar en su Tratado de Moral, la doctrina de Jesús de Nazareth: “La moral
de éste, a quien siempre tributará homenaje la razón, –dice–, es particularmente atractiva e
insinuante, porque trata de apoderarse de los hombres por la sensibilidad”. N ̒ o hagas a otro
lo que no quieras para ti mismo’… no pasa de ser una amonestación a nuestro egoísmo. ’Ama
a tu prójimo como a ti mismo’… también es un poderoso llamamiento para nuestro egoísmo.
Cuando hacemos resaltar esta peculiaridad de la moral de Jesús no intentamos deprimirla…
Por lo demás, junto a los estímulos egoístas brillan, en los preceptos del maestro galileo, las
admoniciones altruistas más expresivas. Por ejemplo: ’No sepa tu mano izquierda lo que da tu
derecha’”.56 Funda el Sr. Hostos el orden moral “en las leyes eternas de la razón y la conciencia,57
con exclusión de los principios mitológicos y de dogmas religiosos,58 pero reconoce la limitación
de nuestra razón y el sentimiento de amor y gratitud hacia la Causa Indemostrable”.59 Si la razón es
insuficiente para conocer a Dios, no basta la moral fundada en ella; el doble deber de amor y
gratitud hacia Él, buscará siempre, con victoriosa parcialidad, la causa que lo inspira, sin que
pueda considerarse, por tanto, como deber moral, “el deber de abstención, de afirmación o
negación”,60 deber impuesto por el Sr. Hostos en nombre de una razón limitada.

55
Crónica del Conde Pero Niño, Cap. IV, 1a. parte.
56
Tratado de Moral, por Eugenio M. de Hostos.– La Habana, 1939, p.28.
57
Id., p.49.
58
Id., p.61.
59
Id., p.61.
60
Id., p.60.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

III. La potencialidad religiosa característica del pueblo judío, la interpretación de la Ley


por los sabios rabinos; el gobierno en manos de los ancianos; la perenne creencia popular
en el reino mesiánico; la doctrina de los divinos atributos, los Salmos, los Proverbios, las
Profecías, y, sobre todo, la del precursor de los Evangelistas, Isaías, todo preparó y anunció
la venida al mundo de Jesús. Nacido en Belén, en un pesebre, el más grande y humilde de
los hijos de los hombres, recibe el bautismo de Juan el Bautista, carpintero de profesión,
discutía de niño en el templo con los doctores de la Ley; a los treinta años de su edad retírase
al desierto; comienza luego su predicación en Cafarnaúm; junta a sí a algunos pescadores;
y apellidándose Hijo de Dios, pasa a Jerusalem, atrae a las muchedumbres, y se concilia el
odio de los grandes. Al pueblo, que quiere proclamarle rey, le responde: “Mi reino no es
de este mundo”. Sólo exige del hombre pureza de corazón. De regreso de Fenicia vuelve a
Jerusalem; expulsa del templo a los mercaderes; y en víspera de la Pascua, cena por última
vez con sus discípulos, anunciándoles su próxima muerte y su resurrección; y finalmente,
mientras oraba en el huerto de Getsemaní, es hecho prisionero, acusado de falso Mesías, vio-
lador de la Ley y aspirante a rey. Condenado a muerte por el delito de rebelión, es crucificado
en la colina del Gólgota; y allí expira pidiendo gracia y perdón en favor de sus verdugos.
En su Sermón de la Montaña había explicado cual es “el reino de Dios”. Al despedirse de
sus discípulos les había prometido la asistencia perenne “del Espíritu Santo”. Si de cuantos
han dejado en la historia huella de su paso, alguien ha poseído poder milagroso, es él, cuya
vida misma es toda ella una suma de milagros. Nadie para el ejercicio de esa facultad de
imperio y autoridad ilimitada, superior a las fuerzas naturales y humanas, como aquel que
ha completado con la ley del amor la antigua ley, enseñándonos a amar a nuestros enemigos,
a sufrir la injuria y el maltrato, a perdonar a nuestros verdugos; como aquel que infundió
la ley de la gracia en la naturaleza, despojándola de su amargura, su inexorabilidad y su
fiereza, de la ley de la gracia, que es la caridad, la verdad, la paz por el equilibrio entre el
sentimiento y la razón, entre la autoridad y la tolerancia; como aquel cuyo imperio sobre
sí mismo no tiene paralelo, y sobre los demás sólo se vierte en dulzura y mansedumbre;
como aquel cuya inconmovible resistencia a las circunstancias le presentan como modelo
soberano y eterno del carácter. Más grande que Abraham, que Moisés, que Salomón, que
San Juan Bautista, ¿qué ademán habría podido ser tan creador como el suyo, qué sonrisa
tan benéfica, qué bendición tan milagrosa?
IV. Jesús de Nazareth, o sea Jesucristo, fundador de la religión cristiana, es el modelo más
perfecto que las páginas de la historia universal ofrecen a la consideración de la humanidad. Su
personalidad histórica y su incomparable vida, relevadamente auténtica en los Evangelios, Epís-
tolas y Actas, constituyen el suceso conocido más notable de cuantos han ocurrido en el globo;
suceso que concuerda con la general cronología en sus partes esenciales y del cual dan, por otra
parte, testimonio Tácito, Suetonio, Plinio el Joven y, sobre todo, Flavio Josefo. De su doctrina
emana una moral suprema que es el más puro alimento de la vida terrenal; aunque él decía que
su reino no era de este mundo, el ejemplo de esos varones de carácter que se llaman santos, más
valerosos que los héroes y más fuertes que la muerte, prueba que dicha doctrina es practicable
entre nosotros. Es el Evangelio ley de fuerte y dulce amor, de amor perseverante y desinteresado.
Jesús se nos presenta como hombre santificado por el soplo mismo de la Divinidad. Iluminado con
la luz que aclara los misterios, conocedor de las intenciones de Dios, depositario de los secretos
eternales, su virtud es la fe, la revelación su verdad, su consejo la pureza, la caridad su práctica,
su castigo el perdón, su medicina la gracia. Ninguna especulación religiosa, filosófica o científica

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américo lugo  |  antología

superará su doctrina, la cual, en síntesis es esta: “Dios es nuestro Padre; el hombre, representado
por Jesús, es su Hijo; y el Espíritu Santo, el lazo de amor que une al Hijo con el Padre. Además de
los Evangelios y las Epístolas Sagradas, lee los Salmos, los Proverbios de Salomón y los Profetas,
anunciadores y en cierto modo, anticipantes. Fíjate en lo que se dice en los Proverbios sobre la
mujer de valor; no menosprecies el Antiguo Testamento. Y cuando hayas terminado su lectura,
lee a Séneca, el más cristiano de los gentiles, cuyo libro De la Vida Bienaventurada está considerado
por Barthio, “lo más excelente que tenemos después de los de la Sagrada Escritura”. ¿Qué mucho,
pues, que los Evangelios representen “el más grande prodigio de la historia y la suprema ley entre
todas las que norman el espíritu”.61
V. Encierra este leve y minúsculo territorio de barro, sangre y lágrimas que llamamos ser
humano, dos soberanos, dos tesoros, dos cosas celestiales: espíritu y amor. Es el espíritu su
parte inmaterial; el amor es el vínculo de unión sustancial entre el alma y el cuerpo; y esa unión
produce la vida, cuyos deseos en toda ocasión deben ser limpios, honestos y elevados, como
los de la pastora Marcela, uno de los personajes del Quijote, en cuya boca pone Cervantes
estas simbólicas palabras: “Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen
es a contemplar el cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera”.62 En cuanto al
amor, “amor no es esa violenta aspiración de todas las facultades hacia un ser creado; es la
santa aspiración de la parte más pura de nuestra alma hacia lo desconocido. No nos bastan
las emociones de los sentidos; la naturaleza nada tiene en el tesoro de sus sencillos goces,
capaz de apagar la sed de felicidad que experimentamos; sería preciso el cielo, y el cielo
no le tenemos. Por eso buscamos el cielo en una criatura semejante a nosotros, y gastamos
en ella esa sublime energía que se nos dio para más noble uso. Necesitamos amar, y nos
engañamos todavía, hasta que al fin, desengañados, ilustrados y purificados abandonamos
las esperanzas de una afección permanente sobre la tierra, y elevamos a Dios el homenaje
entusiasta y puro que jamás hubiéramos debido dirigir sino a él solo”.63
VI. En la inspirada sabiduría de los Santos Padres y los Doctores de la Iglesia cristiana,
cuyas obras eran lectura favorita de un Leopardi, hallarás la explicación fundamental de los
misterios y la ley. Natural era que esta tuviera carácter de severidad, excesivo a veces: así
lo requería el establecimiento de la Iglesia y su propagación en los tiempos primitivos, por
medio de los primeros decretos de los pastores, de los primeros cánones conciliares y, sobre
todo, de los primeros escritores eclesiásticos, como Tertuliano, de quien dice Chapman: “Su
estilo es comprimido como el de Tácito; pero este maravilloso hacedor de frases es eclipsado
por su sucesor cristiano en sentencias como gemas que serán citadas mientras el mundo
exista; o como el elegantísimo Minucio Félix, cuyo diálogo Octavius no envejecerá jamás;
o como San Cipriano “cuya belleza de estilo –según el citado escritor– raramente ha sido
igualada entre los Padres Latinos, y jamás sobrepasada, excepto por San Jerónimo”; o como
Lactancio, llamado el Cicerón cristiano, título que luego compartió con San Juan Crisósto-
mo. El fuego de esas almas encendió las de los fundadores de las órdenes monásticas y las
de los exégetas subsiguientes. Dice Tertuliano que “en la moral evangélica nada se lleva en
exceso fuera de razón”; pero él mismo aspira a un ascetismo impracticable, fijando reglas
que contrarían abiertamente las leyes de la naturaleza, como si la humanidad sólo debiera
profesar el cenobitismo y hacer del mundo un monasterio. La doctrina del pecado original,

61
José Vasconcelos, Nota Preliminar a las ediciones de la Sec. de Ed. Pública de México.
62
Don Quijote de la Mancha, Ed. de Rivadeneira, p.282.
63
Jorge Sand: Lelia, cit. por Fed. Torralba en Cristo y la civilización.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

según aquellos escritores, estableció un concepto de inferioridad para la mujer, a quien Ter-
tuliano llama “puerta del demonio”. Tal exageración ha desaparecido. El que quiera conocer
el verdadero concepto que de la mujer tiene la Sagrada Escritura, lea a Fray Luis de León,
que sólo en ésta se inspiró para escribir La perfecta casada.
VII. La inmarcesible elocuencia de aquellos escritores ha debido de ser de gran provecho
para la conversión de los gentiles. Los monumentos primitivos de la iglesia cristiana forman
una floresta divina donde el árbol de la filosofía y el arte florece perpetuamente en frescura
y lozanía. En su fronda nos parece percibir una música lejana y pura que tiene acentos de
plegaria, emanados de las ideas que son eco del texto sagrado, como la de esotros burilado-
res en la onda y el viento, cabalgadores de estrellas, avasalladores de nuestra inconsciencia,
cuyas melodías individuales al fin se alternan, se contraponen y superponen, primero en
la conservadora polifonía litúrgica palestriniana, luego en el arte peculiarísimo del gran
predicador de la cantata coral y emperador de la fuga; arte que fue el punto de partida de
la transformación efectuada siglos después por Mozart e impulsada por Beethoven.
VIII. Perdida en el silencio augusto de un pasado inaccesible la verdadera expresión de la
música antigua, la maravilla de la música moderna brotó como divina planta, de los ejercicios
litúrgicos, en el seno de la iglesia cristiana, bajo la inspiración de los Ambrosios, los Gregorios
y los Dámasos. Hijos de la fe fueron las misas de Palestrina, los motetes de Lasso; las cantatas
y pasiones de Bach, que en la Matthaus-Passion realizó el ideal soñado por San Felipe de Neri;
y los oratorios handelianos. Hasta dónde puede conducirnos, y elevarnos el impulso que la
inteligencia cultivada recibe de una sensibilidad exquisita, nos lo muestra la evolución del
espíritu humano, desde la primera misa litúrgica, salmódica e hímnica del insigne creador del
canto gregoriano, producto espontáneo de la palabra sagrada, hasta las tres misas grandiosas
de Bach, Mozart y Beethoven, monumentos excepcionales del arte religioso cuya ejecución en
el templo quisieron prohibir algunos escritores eclesiásticos, sin considerar que si no se ciñen
a las condiciones, característicamente ortodoxas, de santidad, bondad y universalidad de la
música gregoriana y palestriniana, señaladas por Pío X como propias de la música litúrgica, su
belleza en cambio sienta admirablemente a la belleza literaria del texto sagrado y a la belleza
arquitectónica de las grandes catedrales, y se acerca cuanto es posible, al sublime misterio del
incruento sacrificio de la ley de la gracia. Como eres artista, nos detendremos un instante ante
el reflejo de aquella evolución en los referidos monumentos.
......................................................................................................................................................

D. Manuel de J. Galván
Acaba de herir una encina el rayo de la muerte; se ha desplomado una columna del
templo de la verdad y la belleza; acaba de ponerse en el cielo de América un astro refulgente.
Escribo esta carta a impulsos del dolor: la amistad es a veces más respetable que la sangre;
la admiración, sentimiento tan puro en ocasiones como el amor mismo; y mi corazón sabe
guardar luto por la muerte de los grandes hombres.
Don Manuel de J. Galván era el dominicano de más talento, el primero de nuestros escri-
tores, el príncipe de nuestros diplomáticos, el más reputado de nuestros jurisconsultos, el más
galante de los caballeros, el más cariñoso de los amigos. Pertenecía a esa generación, reclinada
ya casi toda en la tumba, que ha dado a la República el más rico florón de hombres ilustres; serie

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de cumbres que arranca en Meriño y termina en Emiliano Tejera. Comenzó a destacarse en el


escenario político en la época de la Anexión. Vino a Europa la vez primera como secretario en
una misión diplomática; volvió poco después a consecuencia, según creo, de un lance personal
en que dio pruebas de valor, y pasó dos años aquí en París compartiendo su tiempo entre la
Sorbonne y la Biblioteca Nacional, en donde concibió la idea de escribir Enriquillo.
Fue ministro de Relaciones Exteriores de Espaillat, a quien acompañó hasta el fin; de Heureaux,
a quien sólo pudo acompañar breves momentos, y en la segunda y efímera presidencia de Woss
y Gil; quedando las tres veces alta muestra de su entereza en el Palacio de Gobierno, ya cuando el
incidente del Tybee en que ejerció la República sus prerrogativas soberanas no obstante las protestas
de la poderosa Confederación Norteamericana; o bien renunciándole irrevocablemente la cartera
al temido Heureaux; ora formulando el proyecto de Aguas Neutrales y Puerto Franco, una de las
pocas ideas grandiosas que han surgido en la mente de los estadistas dominicanos.
Negoció un tratado de libre-cambio entre la República y los Estados Unidos de América; falló
como árbitro en el caso de la Improvement Company; combatió más que nadie la cláusula del
primer proyecto de Convención Dominico-Americana que atribuía injerencia política al Gobierno
norteamericano en nuestro país; y, finalmente, prestó a éste muchos y señalados servicios.
En 1882 publicó su obra maestra. Escrita en la hermosa lengua y en el noble y castigado
estilo de los clásicos de la literatura castellana que como ningún otro dominicano dominó
siendo en ella príncipe y maestro, Enriquillo es aún, al cabo de treinta años, la perla más va-
liosa y la más alta cima de las letras patrias. Traza Galván el cuadro de la colonización de la
Española en los primeros años, y coloca como figura central al cacique Enriquillo, el primer
capitán americano y el primer libertador; con lo cual esa leyenda encantadora constituye por
sí misma un acto de inequívoco, profundo y sincero patriotismo que infiltró en mí indefinible
encanto por aquella época en que agonizaba una raza para que naciese un mundo y en que
una isla amamantaba dos continentes a sus pechos; encanto que, a través de los años, me
inspiró Higuenamota y tiene suspensos de mi pluma los Episodios coloniales.
En el género epistolar reinó sin rivales. Era un goce incomparable la lectura de sus cartas,
modelos de naturalidad, fluidez y gracia. Entre mis manos está, recién llegada, la última que
me escribió el 22 de noviembre, que no podré contestar y que comienza con estas líneas que la
muerte me permite liberar de la oscuridad y el silencio a que condenó inexorablemente todo
elogio privado, para dar idea de la soltura y gallardía de sus misivas: “Ante todo, mi entusiasta
felicitación por el lucimiento que Ud. supo dar a su representación de nuestra patria en el Congreso
Panamericano de Buenos Aires. Brilló por ende la República Dominicana más que ninguna otra
de sus opulentas hermanas, porque el brillo de las riquezas es transitorio como ellas mismas; el
lauro de las grandes acciones pasa a la Historia y perdura en las edades. ¡Así sea respecto de su
gran gesto de verdadero patriotismo en la solemne ocasión del Centenario Argentino!
“De tanta altura, fuerza es descender a las miserias de la realidad. ¡Qué estrecha cárcel,
la del espíritu, en la bajeza de las necesidades humanas!”.
¿Quién como él, que era él solo una gloria, para el cariño y la alabanza? Celebrando un
pobre juicio mío sobre el delicioso poeta Fabio Fiallo, dijo a su hijo Rafael Octavio en Nueva
York, y luego a mí aquí: “Le traspaso mi pluma”. Su pluma era un cetro y, oídlo bien, jóve-
nes que gustáis de conferir supremacía: caído el pontífice, es todavía uno de su generación,
Don Emiliano Tejera, quien empuña el cetro literario en la Atenas del Nuevo Mundo por
la claridad de su inteligencia, por la profundidad de sus conocimientos, por la altura de su
criterio y por la austera nobleza de su estilo.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

El admirable prólogo a los Escritos de Espaillat, última producción de aliento de Galván,


es una página de nuestra historia, llena de fecundas y no aprovechadas enseñanzas.
Como si presintiera la proximidad de la muerte, durante el postrer invierno, pasado aquí
en el seno de la colonia dominicana que le mostró gran respeto y cariño, preparó su testamen-
to y lo depositó en manos de su antiguo amigo, Don José J. Silva. Veíale yo a menudo, y en
vano insistí para que, acallando su modestia, me diera las notas para su biografía, tarea que
corresponde hoy a alguno de sus hijos, entre los cuales hay artistas y escritores distinguidos;
que era muy vivo y generoso el fuego de su portentosa inteligencia para consumirse en sí
mismo sin comunicarse a sus descendientes.
Todos los pueblos ilustrados veneran a sus grandes ancianos: olvidan sus faltas si las
tuvieron para no acordarse sino de su talento y virtudes; ponen su vida a salvo de las con-
tingencias y naufragios del trabajo; rodeándolos de tanta honra y consideración que una
como divina aureola los circunda, y la muerte los sorprende felices, amados, admirados,
semidioses. Pero nosotros, olvidando nuestros más altos deberes, combatimos a veces en-
carnizadamente la vejez gloriosa, la acosamos hasta sus últimas trincheras, le negamos un
pedazo de pan a la hora del hambre y un pedazo de tierra a la hora de la muerte, sin ver que
la patria se deshonra cuando un Peña y Reinoso arrastra penosamente en suelo extranjero
el manto de su gloria.
Ha muerto en tierra extraña el grande hombre que en sus últimos años sólo tuvo un
deseo: morir en su patria, al lado de los suyos. Objetábanle respetuosamente sus amigos
que no estaba él desterrado; que el Gobierno actual había demostrado imparcial deferencia
a hombres de mérito que figuraron en administraciones públicas sostenidas por partidos
contrarios, enviando, por ejemplo, al Dr. Henríquez y Carvajal a La Haya o confiando a D.
Juan E. Moscoso hijo la dirección de la secretaría presidencial; pero él respondía: “No temo
nada de parte del general Cáceres, que parece dotado de condiciones superiores a las de
los pro-hombres del partido en cuyo nombre gobierna; pero no quiero exponerme a que,
considerándome caído, me inflija ultraje la chusma”.
El país debe justicia a la memoria de Galván, que le dio señales evidentes de su amor
aun en la época en que su espíritu superior volaba del solar nativo hacia la cuna gloriosa de
la raza. Galván fue un patriota. Por hombre menguado e hijo ingrato tengo al hispanoame-
ricano que insulta a España; por insensible e ignorante, al que no la amare; y por grandeza
moral y patriotismo verdadero el santo amor de los que ven en ella la madre, la razón de
ser, la tradición gloriosa, la savia de vida, el apoyo desinteresado y la esperanza.
Si me fuese permitido hablar de mí, sabría decir que me siento cada día más español,
cada vez más orgulloso de pertenecer por origen –¡y por el porvenir!– a un pueblo que, con
sólo conocerle, ha resucitado en mi alma aquel ya casi perdido amor que de niño me inspiró
mi madre hacia la humanidad por lo que ésta tiene de noble, de hidalga, de hospitalaria, de
desinteresada; a una nación que es el último refugio y abrigado asilo del ideal, proscrito hoy
de la tierra por la prepotente panza victoriosa; y que si algún día, trastornada la naturaleza
y mutilados todos los brazos que manejaran una espada, la República Dominicana dejase
de ser, y si yo pudiera sobrevivir a tan tremenda desgracia, buscaría mi único consuelo en
el regazo de España, mi patria por la raza, el habla y la historia.
¡Duerma en paz el amigo preclaro, el noble estadista, el escritor eminente!
París, 24 de diciembre de 1910.
Listín Diario n.º 6492.
Santo Domingo, enero 31 de 1911.

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américo lugo  |  antología

Ulises Heureaux*
Hay una isla deliciosa como una fruta, fresca como el rocío, noble como una princesa,
bella como una flor; hay una isla creada el séptimo día, después de terminado el mundo, sólo
para embellecerlo y adornarlo, si ya no es una piedra preciosa caída de la corona de Dios
esta casi divina perla que orgullosamente en su agitado pecho el mar ostenta; hay una isla
abrigada como un nido, alta como una estrella, espléndida como un tesoro de los adorables
cuentos árabes; hay una isla encantadora, llena de luz y de armonía, beldad de la naturaleza,
novia del cielo, cuyo dulce nombre no lo diré: callado queda, guardado lo llevo, oculto está,
escrito en letras de oro, aquí en mi corazón.
En la más linda, suave y amena parte de esta isla cuya historia es tan maravillosa como
ella, hubo una vez un tirano, más tirano que los Treinta, a quien espada, valor y audacia
franquearon el poder rápidamente. Negro por los sentimientos y el color, blanco por los
modales y la mente, un héroe en la batalla, sufrido en la adversidad, activo sin ejemplo,
afable y discreto en sumo grado, ambicioso sin límites, generoso sin tasa, pulquérrimo de
su persona, sensual hasta el exceso, conocedor profundo del corazón humano, supersticio-
so pero ateo, ajeno a todo escrúpulo, de sobriedad y frugalidad espartanas, un Sila para el
disimulo y la venganza, tal era Ulises Heureaux, cuerpo de hierro, carácter de acero, alma
de bronce, conciencia plutónica, espíritu plutoniano, verbo parabólico, voluntad soberana,
dominadora de hombres, pueblos y acontecimientos de esas que empujan el carro del mundo
y se imprimen indeleblemente en el libro de la historia.
Y este hombre extraordinario a todos engañó, a todos venció, a todos gobernó con ili-
mitada autoridad. Partidos destruyó, pacificó aterrando, sofocó el pensamiento, que es la
niñez de la acción, aherrojó la acción, que es la victoria de la mente, y por todas partes im-
puso su fuero, su criterio, su capricho, sus instintos, sus pasiones, estableciendo finalmente
un centralismo monstruoso en que el senado, los tribunales, la plaza pública, la escuela, el
hogar mismo, todo cayó bajo el argivo y briareo control presidencial; aunque presidente no
fue, que el nombre no suele ser sino la máscara de la realidad, sátrapa sí, un Ciro, Cambi-
ses o Artagerges, acaso el más completo y curioso de América, y sin duda uno de los más
notables por su capacidad política, por su autoridad personal, por su don de gentes, por su
heroica naturaleza, por su fortaleza casi sobrehumana, por el sello mismo de grandeza que
puso a sus crímenes.
Veinte años, poco menos, mantuvo bajo su planta el país entero, estremecido éste y vi-
brante, como Hércules bajo Anteo, hasta que un día, asesinado por un grupo de conjurados
que tal vez creyeron salvar así la patria, cayó del solio y de la vida como árbol centenario a
los golpes de cortante hacha derribado, causando profunda conmoción a la tierra, estrépito
horrible en el aire, espanto en los corazones.
De la rica mina de la vida de este hombre singular que fue patriota ante los españoles
e infiel a la patria ante los haitianos, ha extraído Víctor M. de Castro el oro de sus breves e

*Prólogo al libro Cosas de Lilís, S. D., 1919, de Víctor M. de Castro (1871-1924). Periodista nacido en esta ciudad,
quien desde que salió de las aulas del colegio San Luis Gonzaga se encaminó a la región oriental de la República, donde
pasó largos años como maestro en Higüey, como juez en el Seybo y luego, en 1912, como gobernador de Macorís. Vivió
mucho en Puerto Rico, alejado de la patria por causas políticas, y en Caracas residió desde 1914 hasta su muerte, como
representante diplomático de la República. Dio a la estampa los siguientes opúsculos: Desde el Duey hasta el Ozama, S.
D., 1899; Del ostracismo, Mayagüez, 1906; y Cosas de Lilís, S. D., 1919. Sus Cartas francas, sus Interdiarias y Mi esfuerzo en
Caracas, otros trabajos suyos, no fueron recogidos en volúmenes. Sus restos fueron trasladados algunos años después
al patrio suelo.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

interesantes narraciones. ¡Inagotable cantera! Las cosas de Lilís podrían formar volúmenes.
Voy a relataros una, aunque sin la donosura con que lo haría De Castro: se refiere a mi
inolvidable maestro D. Eugenio María de Hostos, el más formidable adversario que tuvo
nunca Heureaux.
Envíale éste a llamar y le recibe sin quitarse el gorro, visto lo cual, el Sr. Hostos, que se
había descubierto la cabeza al entrar, se puso tranquilamente el sombrero.
—Señor Hostos, le dijo Lilís, yo le recibo como recibía Napoleón a Talleyrand.
—General Heureaux, le respondió el Sr. Hostos descubriéndose de nuevo, ni usted es
Napoleón ni yo soy Talleyrand.
El general se quitó el gorro.
De las páginas de este libro emerge toda íntegra la figura brillante y sombría a la par
del terrible dictador. De Castro ha sabido evocarla con naturalidad y gracia, sin esfuerzos ni
erróneas exageraciones. En toda la obra no hay una palabra que no sea verdad. Mézclanse
en ella, en justa proporción, lo cómico y lo serio, que en Ulises Heureaux la comedia de la
vida está circundada por un inevitable velo trágico.

108
No. 5

emiliano tejera
Antología
Selección, prólogo y notas de
Manuel Arturo Peña Batlle
Emiliano Tejera
I
Emiliano Tejera es figura de difícil biografía. Su vida no tiene valor anecdótico. Hombre
predominantemente introspectivo, sólo a ratos compareció en la arena pública para enca-
rarse con los demás. Sin embargo, cuando lo hizo, dejó huella profunda de su paso por los
caminos comunes.
Político y escritor, no se entregó con calidad de profesional ni a la política ni a las letras.
Por eso pudo conservar sin menoscabo la independencia con que se distinguió en toda su
vida pública. Hombre apasionado y decidido, no se movió nunca sino después de reflexionar
con hondura sobre los problemas en que iba a participar y siempre con miras objetivas. Pero
una vez convencido de la procedencia de su actitud próxima la seguía invariablemente con
incontrastable fuerza temperamental. Ni se arrepentía ni titubeaba. Sus convicciones eran
sagradas y le merecían respeto religioso.
Antes que toda otra cosa Emiliano Tejera fue un pensador, pero como corresponde a
todo pensador verdaderamente constructivo, su pensamiento siempre fue apasionado.
Alma solitaria y aislada, no formó escuela propiamente dicha ni dejó discípulos, aunque
por varios decenios el reflejo de su pensamiento político y patriótico sirvió de guía en los
momentos más difíciles y en los problemas más complejos de nuestra vida nacional. Nadie
dudó nunca de la sinceridad de sus actitudes, y hasta sus propios enemigos respetaron en
él la fuerza de sus ideas y de sus sentimientos. Combatirlo era honroso y ninguno lo hacía
sino en el entendido de que sus equivocaciones eran honradas. Muy pocos dominicanos
han desempeñado la función sibilina de Emiliano Tejera y a muy pocos se les ha tenido en
la estima en que se tuvo a este honesto y recto hombre público. “El Tabernáculo de la Fe
Nacional”, lo llamó alguien, no sin dejo de ironía.
La causa de esta situación es fácil de encontrar: nunca se desplazó de la vida privada ni
del mundo de sus elaboraciones mentales a impulso de interés personal o de necesidades
ocultas. Como escritor sólo movió su pluma para satisfacer el interés general. Sus estudios
sobre el descubrimiento de los verdaderos restos de Colón, sus monografías sobre la cuestión
fronteriza, la Exposición que redactó para que la sometiera al Congreso la Junta Directiva del
Monumento a Duarte, toda su labor de investigación histórica, fueron trabajos que realizó no
para regalo de sus propias inclinaciones, sino para darles sentido concreto y tangible a anhelos
y sentimientos de tipo colectivo que solamente encontraban forma en las recámaras de aquella
mente de selección. Como hombre de gobierno asumió responsabilidades y ocupó posiciones
oficiales cuando se lo requirió una necesidad pública en la que tuvieran puestos con ansiedad
los ojos del alma nacional. Entonces se sentaba tranquilamente en el sillón que le asignaban
las circunstancias y de allí no lo movían ni el miedo, ni la desesperanza, ni la falta de fe. Hacía
con imperturbable firmeza lo que tenía que hacer y se iba cuando ya sólo algún móvil personal
pudiera mantenerlo en el puesto. No fue un político profesional, ya lo he dicho.
Al enjuiciar la vida de Tejera se debe tener en cuenta, no obstante lo escrito más arriba,
que toda ella estuvo dirigida por las vías de la publicidad. Nació y vivió para hombre público
en el mejor sentido de la expresión. Cuando estaba en su casa –y allí pasó la mayor porción
de sus días– no hacía otra cosa que observar cuidadosamente el curso de los sucesos y el
ritmo de la vida nacional del que estuvo siempre impregnado su espíritu y del que no se

111
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

apartaba su pensamiento. No rehuyó el contacto con alguno de los grupos disidentes y por
algún tiempo fue, en los últimos años de su vida activa, la Ninfa Egeria de los dos dirigentes
de aquel bando.
Dominicano por los cuatro costados, vivió para su país. Sus virtudes y sus defectos
fueron los de un dominicano típico. Las raíces de su alma y la esencia misma de todo su
pensamiento se nutrieron de los jugos de la tierra en que nació y se formó. Emiliano Tejera
no hubiera podido vivir ni sentir en forma distinta de la del dominicano. No se le concibe
en otra función. Por eso la característica de su formación es puramente nacionalista. Lo
comprueba su actitud cerrada e intransigente en el problema fronterizo, el amor que puso
en la modelación de la figura de Duarte, su gusto nunca desmentido por la historia de Santo
Domingo y el fervor con que defendió la autenticidad de los restos de Colón hallados el 10
de septiembre de 1877 en la Catedral de Santo Domingo.
En política mantuvo sentimientos liberales, aunque muchas veces guardó reserva sobre la
finalidad de ciertos procedimientos excesivamente individualistas. Era enemigo acérrimo de la
vagancia improductiva y antisocial. Su proyecto de ley de crianza de 1895 descansó sobre una
concepción clara de la utilidad social de la propiedad. Cuando estuvo de Ministro de Hacienda,
a la caída de Jimenes, se empeñó mucho en mantener en su Departamento una férrea discipli-
na presupuestaria y un sentido restrictivo de la distribución de los fondos públicos. Aunque
liberal auténtico, Emiliano Tejera no sacrificó nunca su concepto del orden y de la disciplina
social a meros postulados teóricos de la libertad individual. Conocedor profundo del medio
social dominicano, sabía muy a ciencia cierta cuáles eran los defectos fundamentales de nuestra
organización democrática y las deficiencias del pueblo dominicano como entidad colectiva.
Llama la atención también el sentido con que ejerció la Cartera de Relaciones Exteriores
a principios de siglo. Comprometido en importantes asuntos de interés inmediato, como
fueron el reajuste de la deuda y la conversión que de ella se hizo por el convenio financiero
del 1907, no perdía oportunidad de estudiar materias de orden diverso pero de grandísimo
interés nacional. En su Memoria del 1908 dedica un párrafo muy enjundioso al examen del
perjudicial sistema que se usaba en la preparación de nuestros productos para su venta en el
extranjero, al examen de las posibilidades del cultivo del arroz en Santo Domingo y al exa-
men de las posibilidades de establecer en el país sistemas científicos para utilizar las fuerzas
hidráulicas con fines agrícolas e industriales. “¡Cuántos millares de pesos, quizás millones,
no ha perdido la República por enviar al extranjero su cacao, su azúcar, su café i su tabaco
en las pésimas condiciones en que se han exportado esos productos hasta hace poco tiempo!
¡Cuántos en la elaboración de la caoba i otras maderas preciosas, en la que por no usar la
sierra, quedaban reducidas a astillas en los montes la mayor i mejor parte de los nogales,
caobas i sabinas! ¡Y saber que con un poco de más cuidado e inteligencia ingresarían en la
fortuna pública millares de millares de pesos que necesitamos en nuestra pobreza i que, sin
embargo, no obtenemos por pura desidia e ignorancia!”.
Para apreciar debidamente a Emiliano Tejera como hombre de gobierno es necesario
haber conocido y vivido el mundo del gobierno, haber pasado por esa escuela de acción
amarga y decepcionante. Desde el limbo de un aislamiento dorado, aunque siempre falso,
no es posible apreciar con exactitud el temple de un hombre que no temió el contacto con
las responsabilidades públicas más caracterizadas de su tiempo. Las desgarraduras y los
fracasos no debilitaron en ninguna forma su fe en el porvenir de la República ni amenguaron
su certidumbre de que este país cumple un destino glorioso.

112
emiliano tejera  |  antología

Su vida entera transcurrió en la más azarosa época de la historia nacional. Nació bajo el sino
de la ocupación haitiana y murió bajo el de la ocupación de los Estados Unidos. Entre esos dos
momentos, el de su nacimiento y el de su muerte, ¡cuántos motivos tuvo para desesperar de
la suerte de la República y para perder la fe en su viabilidad! Sin embargo, la reciedumbre de
su alma no cedió jamás a la desesperación ni al escepticismo. No era un iluso. Realista hasta la
médula, no despegó nunca los pies de la tierra. Conocía bien el barro de que está hecha muchas
veces la conciencia humana y nunca le exigió a los hombres la luz de las estrellas.
No era comunicativo ni simpático. Amaba la soledad de su pensamiento, sin dedicarse,
con estudiada solicitud, al cultivo de la opinión ajena. La fuerza de su carácter provenía de
su activo retraimiento, que todos, amigos y enemigos, respetaban por igual. No fue hombre
amado, pero sí hombre respetado.
La formación cultural de Emiliano Tejera sirvió con amplitud su gestión pública. No fue,
propiamente hablando, especialista en ninguna rama del saber, pero esa misma circunstancia
favoreció su influencia en los destinos del país. Hombre de cultura general, estuvo preparado
para afrontar el examen de múltiples cuestiones de casi ninguna conexidad. Era un espíritu
curioso e inquieto, de tipo enciclopédico. Lo mismo que investigaba la autenticidad de los restos
del Gran Almirante, produciéndose como historiador de primer orden, cuyos trabajos no han
sido superados en tres cuartos de siglo, estudiaba la estructura del idioma taíno usado por
los indígenas en el momento de ser descubierta la isla. Así como construía la argumentación
jurídica que sostuvo la República contra Haití en su litigio fronterizo, echaba las bases financie-
ras del arreglo domínico-americano del 1907 para dilucidar el intrincado problema de nuestra
deuda pública. Lo mismo comparecía a una Asamblea Constituyente a defender con brillantez
un sistema constitucional, que enseñaba Literatura o Química en el Seminario o en el Colegio
de María Nicolasa Billini. La profesión ordinaria de su vida fue la de las ciencias naturales, y
como farmacéutico creó el patrimonio de su familia y la tranquilidad de su vejez.
Vivió en la mejor época del positivismo en la América Hispana y no fue un positivista.
Hombre de ciencia, espíritu profundamente observador, mente lúcida y sin ninguna tangencia
con lo romántico ni mucho menos con lo místico, no perdió, sin embargo, la expresión de sus
sentimientos en los senderos del materialismo ni del ateísmo. Conciencia dedicada al servicio
incondicionado de su país y al esclarecimiento de las raíces espirituales de la nación dominicana,
comprendió a fondo que éstas viven prendidas de la tradición y de la historia. Emiliano Tejera no
fue un historiador sino para ser un sociólogo. La historia no tenía sentido para él sino en cuanto
de la historia de nuestro país se desprenden su característica y su fisonomía sociales. Fue, sin
duda, nuestro primer ensayista en la interpretación del pasado como elemento esencial de la
actualidad social dominicana. No dispuso de grandes ni abundantes instrumentos de trabajo
pero suplió con su formidable intuición la escasez de las fuentes que estuvieron a su alcance.

II
Consecuente con esta clarísima visión de los destinos de su pueblo, Emiliano Tejera
conservó invariablemente como punto de partida de sus preocupaciones y de sus elabora-
ciones de hombre público, estas dos posturas: la hispánica y la católica, en la medida en que
entrambas han influido en nuestro devenir histórico. Esta afirmación la saca verdadera el
espíritu entero de los escritos de Tejera, que pueden hojearse al azar para fines de compro-
bación: “Los dominicanos –entendiendo por este nombre los habitantes de la parte española
de Santo Domingo– estuvieron por siglos bajo el dominio de la noble nación que enlazó el

113
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Nuevo Mundo con el Antiguo. Más bien que vivir vegetaban contentos, porque el gobierno
era paternal, i todos, gobernantes y gobernados, libres i esclavos, formaban casi una familia.
España daba de corazón a su colonia lo que a su juicio era mejor, i Santo Domingo no pa-
recía echar de menos ni aun siquiera la libertad comercial, pedida desde los comienzos de
la conquista, i que probablemente habría variado a la larga las condiciones de su existencia
social i política. Así se vegetó por siglos entre peripecias de todo género”.
Aunque sin acritud, Emiliano Tejera criticó el paso de Núñez de Cáceres y, cuando
menos, lo juzgó imprudente en razón de la imposibilidad en que estaban los dominicanos
del 1821 de conservar, frente a Haití, el sentido hispánico de su independencia. El siguiente
párrafo, que transcribo íntegramente a pesar de su extensión, contiene, en mi concepto, la
más profunda y clara síntesis de todo el pensamiento político dominicano:
“¡Ah! contrista el ánimo el solo recuerdo de época tan luctuosa. ¡Cuánto horror! ¡Cuánta ruina!
¡Cuánta amargura devorada en las soledades del hogar! ¡Nunca la elegía animada por intenso i
legítimo dolor, produjo quejas más lastimeras que las exhaladas por las madres dominicanas en
sus eternas horas de angustia! Pena causaba el nacimiento del niño, pena verlo crecer. ¿Para qué
la hermosura de la virgen, sino para que fuera más codiciada por el bárbaro dominador? ¿Para
qué el fuerte brazo del varón, si no iba a servirle sino para sostener el arma, que debía elevar en
las civiles contiendas, no al más hábil, ni al más liberal, sino al mejor representante de las preocu-
paciones populares de raza? ¿Para qué la inteligencia del joven, sino para hacerle comprender en
toda su fuerza la intensidad de su degradación? ¡Qué dolor el del padre al despedirse de la vida,
dejando a sus hijos en aquel mar sin orillas, más sombrío i pavoroso que los antros infernales del
adusto poeta florentino! ¡Nada grande, nada útil quedaba! Las enredaderas silvestres crecían a
su antojo donde antes el cafeto doblaba sus ramas al peso de las rojas bayas, o donde el prolífero
cacao encerraba en urnas de oro o púrpura el manjar de los dioses. El grito de los mochuelos
interrumpía el silencio de los claustros, que habían resonado un día con los viriles acentos de
los Córdobas, Las Casas i Montesinos, i la araña cubría de cortinas polvorientas la cátedra de los
sabios profesores que con su ciencia, habían conquistado para su patria el honroso calificativo
de Atenas del Nuevo Mundo. Los templos iban convirtiéndose en ruinas, o en cuarteles de los
sectarios del Vodoux, i los conventos eran morada de lagartos i lechuzas. La iglesia, oprimida
en Occidente por la autoridad civil, no podía llenar con entera libertad su misión civilizadora,
i los buenos pastores, o tomaban el bordón del peregrino, o debían resignarse, por amor a sus
feligreses, a soportar prácticas sociales contrarias a las buenas costumbres antiguas. Las fami-
lias pudientes huían de Santo Domingo como se huía antes de Sodoma i Gomorra, i con ellas
los capitales, el saber, la ilustración, las prácticas agrícolas. Las confiscaciones legales hacían
bambolear el derecho de propiedad, i se preveía la llegada del momento en que el color fuese
una sentencia de muerte, i el nacimiento en el país un crimen imperdonable. ¡I esa situación la
soportaban los descendientes de los conquistadores de América! ¡Los que habían vencido o los
franceses en cien combates! Los que rechazaron virilmente los ataques de Penn i Venable! ¡A qué
abismo se había descendido! ¡Esclavos de los sucesores de Cristóbal i Dessalines, cuando antes,
en mar i tierra, los dominicanos habían paseado enhiesto el pabellón de la victoria, i su sangre
había corrido a torrentes, para que la tierra que cubriese sus restos no fuese profanada por la
sombra de una bandera extraña?”.

La independencia dominicana obedeció, antes que a ninguna otra consideración, a un


definido sentimiento de cultura. Contrariamente a lo sucedido en los demás países americanos,
con la sola excepción de Haití, los dominicanos no fuimos a la independencia impulsados
únicamente por un ideal político, sino más bien obligados por necesidades apremiantes
de preservación cultural, para resguardo y defensa de las formas de nuestra vida social
propiamente dicha. Téngase presente que la palabra cultura se usa aquí en su más estricta
acepción sociológica.

114
emiliano tejera  |  antología

Los países americanos llegaron a sus actuales expresiones de organización política si-
guiendo sin entorpecimientos sensibles la misma trayectoria de cultura que habían recibido
de sus respectivas Metrópolis. Cuando la influencia social europea llegó en cada uno de
aquellos países a un punto conveniente de madurez, la conciencia de sus pueblos se abrió
al ideal de la independencia en una última etapa de su formación colectiva: la etapa de la
organización política. Esta, sin embargo, se alcanzó mediante la evolución de los mismos
factores culturales que puso en actividad el país de la conquista.
En Santo Domingo las cosas sucedieron de otra manera. La ocupación haitiana de la parte
española de la isla creó un complejo esencialmente social determinado por la incompatibilidad
de los dos tipos de cultura –de formas sociales– que enfrentó el hecho político de la ocupación.
El dominicano no podía vivir ni comportarse como vivía y se comportaba el haitiano. El uno
y el otro procedían de formaciones muy distintas. No es necesario detenerse en distingos
raciales para seguir adelante en este orden de ideas. El dominicano había construido su sen-
tido de grupo en un mundo de valores y jerarquías sociales de carácter netamente español; el
haitiano, por el contrario, representa, como tipo social, la negación de todos aquellos valores.
La independencia de Haití tiene toda su base en un profundo problema de manumisión. El
haitiano libre del 1804 vivía obseso por sentimientos y preocupaciones de igualitarismo que
sólo tenían explicación como consecuencia del desbordamiento que produjeron en el alma
de los esclavos oprimidos la luz de la libertad y el deseo de no perderla.
Es evidente que de haberse perpetuado o prolongado largamente la ocupación haitiana
en Santo Domingo, los dominicanos hubiéramos perdido la esencia misma de la naciona-
lidad de que hoy disfrutamos y que se funda en el idioma que hablamos, en la religión
que profesamos, en los hábitos y las costumbres que nos hacen sociables, en el modo como
construimos nuestras poblaciones, explotamos nuestra riqueza, acatamos el principio de
autoridad y en otras cosas más, todas resultados inmediatos de la civilización y de la cul-
tura que trajo España a la isla. Estados Unidos, el Brasil y las repúblicas sudamericanas son
hoy la continuación espiritual y social de Inglaterra, Portugal y España, pero nosotros por
ninguna razón podíamos confundirnos con Haití para sacar de la fusión los elementos de
una nacionalidad. Era un problema de vida o muerte: de vida por vías de la hispanidad, o
de muerte por obra de la corrosión que con muy buen sentido político inició Boyer contra
los valores básicos de la nación que él encontró hecha cuando nos invadió en 1822.
Cuando se examinan con cuidado el pensamiento y la vida de Juan Pablo Duarte, el
verdadero y único fundador de la conciencia nacional dominicana, cae uno en la cuenta,
junto con Emiliano Tejera, de que cuando aquel joven de 21 años regresó a su país desde
España en 1834 trajo consigo un sedimento de cultura típica de la hispanidad capaz de poner
en movimiento las ansias independentistas de los dominicanos. Así se explica también el
binomio Duarte-Gaspar Hernández como simple expresión del hecho hispánico en Santo
Domingo en uno de los momentos más tenebrosos de su historia. Eso no arguye nada, desde
luego, contra la integridad del ideal independentista de Duarte, sostenido contra España en
1864, pero sí aclara la hispanidad del Fundador y su firmeza en usar los elementos históricos
de la formación colectiva del pueblo dominicano para amasar con ellos, frente a Haití, el
contenido cultural de nuestra independencia.
Nunca he creído, por otra parte, que los hombres públicos dominicanos que en los al-
bores de la República sustentaron el criterio de la alianza con un poder europeo hasta caer
en el protectorado o en la anexión fueran ni traidores ni malos hijos de la tierra. Aquella

115
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

actitud tiene una explicación lógica y, si se quiere, hasta plausible. Los dominicanos que
así pensaban lo hacían presionados por circunstancias de índole social. Ellos se movían
impulsados por una serie de consideraciones y sentimientos previos al planteamiento del
ideal de la independencia pura y simple, pero que envolvían, sin disputa, todo el complejo
de cultura y de civilización a que me he referido anteriormente. El coeficiente de todos los
grupos dirigentes entre la Independencia y la Restauración, el elemento básico de todos sus
programas, incluso el de los duartistas, era el de no seguir viviendo al estilo haitiano. Todos
deseaban liberarse de los sistemas haitianos de cultura a que estuvimos sometidos, directa
o indirectamente, desde el Tratado de Basilea (1795). Los sentimientos independentistas
descansaban sobre las raíces del Tratado de Aranjuez. Queríamos volver al régimen de la
frontera, a la efectividad de la división del 1777 –France-España– para lograr, con la separa-
ción, el resguardo de los valores que aquella línea demarcadora aseguró a la parte española
de la isla de Santo Domingo después del sangriento y patético drama social en que, por cerca
de doscientos años, se formó la nación dominicana.
Los dominicanos que no tuvieron fe en la independencia absoluta en razón de la con-
sistencia de la amenaza haitiana, trataron de asegurar la conquista cultural que envolvió la
separación de Haití mediante el contacto efectivo de nuestra cultura con la de otra nación
europea, preferentemente España, a fin de salvar los peligros que necesariamente implicaba
para el hecho social y cultural dominicano la fusión con Haití. Juan Sánchez Ramírez, Gas-
par Hernández y Pedro Santana son los tres grandes representativos de esta posición. Es
necesario al opinar sobre estos tres personajes hacerlo con mucha serenidad y con mucho
dominio de la situación en que vivieron.
Sobre la memoria de don Pedro Santana y Familia se ha acumulado mucha injusticia.
Generación tras generación los dominicanos hemos mantenido sobre aquella figura un juicio
peyorativo que no se compadece con la función que cumplió en el drama de la independencia.
A esto han contribuido visiblemente las opiniones de sus enemigos, como la del General La
Gándara, cuyo libro sobre Santo Domingo es parcial y muy enjuto de criterio. Hasta ahora
no se ha hecho un estudio psicológico de Santana ni se han enfocado con sentido objetivo su
vida y su obra. Da miedo penetrar en el examen de la literatura antisantanista. Toda ella está
plagada de retórica, lugares comunes y sutilezas. Su contenido es puramente declamatorio.
Cuando Santana hizo la anexión a España tenía 61 años y hacía 17 que alternaba en el
poder luchando al mismo tiempo contra los haitianos. Conocía como nadie las condiciones
de estabilidad de la República. Político y guerrero de primer orden, en mi concepto mejor
político que guerrero, o para hablar con más propiedad, guerrero en función de político, no
pudo dar un paso como el de la anexión sino por vía intuitiva, presionado por circunstancias
vitales y sin sujeción a ningún principio abstracto preestablecido; el de la independencia
absoluta no había adquirido todavía carácter definitivo en la realidad dominicana. No hay
duda posible de que Santana hizo la anexión con gran repugnancia personal. Es error gra-
vísimo atribuirle a aquel hombre miras de conveniencia personal en el acto de la anexión.
A los 61 años de su edad y a los 17 de su influencia política no es posible que se decidiera
él a realizar la experiencia de un cambio tan radical en la configuración de su propia vida.
Tampoco nos está permitido pensar que lo hiciera para granjear ventajas económicas cuando
siempre vivió pobre y fue la honradez virtud esencial de su carácter. Santana se comprome-
tió con España en acto sustancialmente político e imbuido por razones políticas. Algunos
escritores eminentes llegan hasta el extremo de afirmar que Santana engañó y sorprendió a

116
emiliano tejera  |  antología

España con sus ardides zorrunos al inducirla por la anexión. Esto raya en candidez. España
supo muy bien lo que hizo al volver a Santo Domingo en momentos en que el destino todo
de la política mundial se debatía en la Guerra de Secesión.
Si Lincoln hubiera perdido esa guerra se dividían los Estados Unidos bajo la influencia
de Inglaterra y lo más probable es que España no se hubiera retirado de Santo Domingo tan
rápidamente como lo hizo. La doctrina de Monroe, con la derrota de Lincoln, perdía sentido
y eficacia. La influencia de Europa en América se perdió en los campos de la Guerra Civil.
Contra los que piensan que Santana engañó a España, creo yo que fueron los políticos espa-
ñoles quienes se valieron de la genuina e intuitiva postura hispánica de Santana para realizar
en 1861 –momento oportuno– el acto de la reincorporación que desde 1844 diligenciaba el
caudillo sin que el Gabinete de Madrid diera oído a sus instancias.
La anexión no fue un acto esporádico realizado por Santana contra un sentimiento uná-
nime de la conciencia pública dominicana. Esta, unánime solamente frente a la unión con
Haití, estaba dividida –profundamente dividida– en cuanto a la viabilidad de la indepen-
dencia absoluta. Santana no mantuvo en ningún momento de su vida esta última disyuntiva
ni la mantuvo tampoco una gran parte del pueblo. No hay que hablar de traición puesto
que el político dominicano no ocultó nunca su disposición al entendido con una potencia
europea. Gobernó el país bajo la premisa de aquel entendido, al que jamás desposeyó de
las posibilidades de anexión.
Si se coloca el fondo de la independencia dominicana en su justo sentido social de
reconquista contra la influencia de Haití y de regreso a la valoración hispánica de nuestra
nacionalidad, necesariamente se llegará a la conclusión de que el caudillo no sólo no traicionó
a su país sino que trató de consolidar sus cimientos sociales con la anexión a España.
Lo cierto es que contra la actitud de los anexionistas se levantó el pendón de la inde-
pendencia pura. Sin la influencia intelectual de Duarte no se explica el triunfo de los que se
aliaron a sus ideas políticas. Por eso creo que fue él quien descubrió y fundó la conciencia
nacional dominicana. Contra toda consideración de tipo objetivo, el Apóstol mantuvo el
principio intangible de la soberanía total. No admitió una sola limitación en este punto.
Con gran limpidez expuso él mismo, en carta dirigida el 7 de marzo del 1865 al Ministro de
Relaciones Exteriores del Gobierno de la Revolución dominicana, su ideario nacionalista.
Los últimos párrafos de esa carta son concluyentes: “Visto el sesgo que por una parte toma
la política franco-española, y por otra la anglo-americana, y por otra la importancia que en
sí posee nuestra Isla para el desarrollo de los planes ulteriores de todas cuatro Potencias, no
deberemos extrañar que un día se vean en ella fuerzas de cada una de ellas peleando por lo
que no es suyo. Entonces podrá haber necios que, por imprevisión o cobardía, ambición o
perversidad, correrán a ocultar su ignominia a la sombra de esta o aquella extraña bandera;
y como llegado el caso no habrá un solo dominicano que pueda decir: yo soy neutral, sino
tendrá cada uno que pronunciarse contra o por la Patria, es bien que yo os diga desde ahora,
más que sea repitiéndome, que por desesperada que sea la causa de mi Patria, siempre será
la causa del honor, y que siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre”.
En estos párrafos están reconocidos, sin embargo, todos los elementos que en Santo
Domingo se oponían entonces al propósito de la independencia total: elementos externos de
política internacional y elementos internos concernientes a la poca disposición de los domi-
nicanos por la causa de la soberanía perfecta. Esta carta la escribió Duarte en marzo del 1865,
cuando ya estaba ganada la Restauración y casi al terminarse la guerra dominico-española. Es

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

verdaderamente sorprendente el espectáculo que se produjo a raíz de terminarse la guerra.


Lo describe Emiliano Tejera con tristeza: “Once años estuvo Duarte en espera de mejores
tiempos en su país; años interminables, de angustias infinitas, de dolores profundos. La
miseria i las enfermedades se le vinieron encima, como precursoras de la muerte, i la Patria
entretanto se desgarraba las entrañas, como poseída por vértigo infernal. Los héroes de la
Restauración que habían escapado de los cadalsos, vagaban en su mayoría por el extranjero,
o perecían en las fronteras, esgrimiendo unos contra otros armas que la inmortalidad había
marcado ya. La independencia se veía al borde del abismo, i una bandera extraña flotaba
amenazante en un extremo del territorio, codiciado desde antiguo”.
La concepción de Duarte hizo escuela. En medio a las continuas dificultades en que se
sostuvo el vacilante ideal de la autonomía irrestricta, siempre hubo hombres dispuestos a
mantenerlo; por una República absolutamente libre y soberana corrió la sangre de Francisco
del Rosario Sánchez y la de sus compañeros en el patíbulo de San Juan; por una patria libre
corrió a torrentes sangre dominicana en la guerra de la Restauración; por eso se le enfrentó
Meriño a Santana y a Báez y murieron en el exilio hombres tan puros como Pedro Alejandrino
Pina, Juan Isidro Pérez, José María Serra, Juan Nepomuceno Ravelo y otros más, víctimas de
sus convicciones políticas; por el ideal de la República inmaculada luchó y afanó la genera-
ción intelectual que siguió a la Restauración: Emiliano Tejera, José Gabriel García, Francisco
Gregorio Billini, Federico Henríquez y Carvajal, Mariano Antonio Cestero, Salomé Ureña,
José Joaquín Pérez, César Nicolás Penson, Francisco Henríquez y Carvajal y otros tantos que
aunaron sus inquietudes patrióticas y literarias en las tertulias de la Librería de García o en
las reuniones de la Sociedad Amigos del País.
Es evidente, sin embargo, que por razones históricas innegables la independencia domini-
cana no hubiera logrado la viabilidad sin la contribución del gran partido de los que apoyaron
sus sentimientos políticos antes de la anexión a España en la alianza con una nación europea.
Me refiero exclusivamente al grupo que así funcionó durante la primera República porque
sólo a este le concedo sinceridad en su actitud. Los programas mediatizantes posteriores a la
Restauración no tienen ningún sentido constructivo. Duarte fue un desarraigado en la política
dominicana y sólo así, renunciando totalmente a la lucha de los partidos por el poder, pudo
conservar inalterado su ideario patriótico. En ese movimiento de su espíritu estriba su gran-
deza. Pero cuando el ideal político trasciende a la realidad y se convierte en elemento activo
enfrentándose con las pasiones y las deformaciones humanas no logra satisfacer sus propios
fines sino dentro de la lucha social por las ideas, siempre larga y cruenta. En este sentido el brazo
guerrero y la formación política de Santana y Sánchez Ramírez, españolizados, fueron tan útiles
al ideal de independencia en Santo Domingo como la fundación de La Trinitaria y la Guerra de
la Restauración, factores sociales culminantes del ideal duartista de la República pura.
Para comprender bien este aserto no debe olvidarse el sentido preponderante de
recuperación social y cultural que tuvo la independencia dominicana. Ese mismo sentido
de rescate caracterizó la vida colonial dominicana desde mediados del siglo XVI contra el
contrabando calvinista que al fin nos obligó, con las devastaciones de Osorio, a abandonar
medio país a principios del XVII; contra el establecimiento de los bucaneros en La Tortuga
y la costa noroeste de la Española; contra el contenido económico de la colonia francesa
de Saint Domingue, en todo el siglo XVIII; contra la liberación de los esclavos a principios
del XIX. El ideal de independencia de los dominicanos, convertido en realidad social y en
agente de lucha de ideas, no podía de ninguna manera prescindir de aquel proceso de siglos,

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emiliano tejera  |  antología

porque toda el alma de la nación se forjó en la contienda colonial. Nosotros no somos hijos
de la Revolución Francesa ni del positivismo francés. Voltaire y Rousseau no tienen nada
que ver con nosotros. La Reforma, los enciclopedistas y el positivismo fueron los enemigos
esenciales de la nación dominicana, que únicamente a las fuerzas morales y bélicas de la
Contrarreforma española debe su razón de ser. La constitución de la nacionalidad dominicana
es un proceso de tragedia paralelo al de la desintegración del Imperio español. Nada es más
español en América que el Santo Domingo de Fray Agustín Dávila y Padilla, Juan Francisco
Montemayor de Cuenca y José Solano y Bote. El primero luchó contra las devastaciones de
Osorio; el segundo recuperó La Tortuga en 1654 con vivo sentido de reconstrucción hispánica;
y el tercero negoció y trazó la frontera de Aranjuez en 1776.

III
Emiliano Tejera nació el 21 de septiembre del 1841. Según informa Américo Lugo, lo bau-
tizaron los trinitarios, por ser hijo de uno de ellos, Juan Nepomuceno Tejera, con el nombre de
Escipión el Africano, Publio Escipión Emiliano, para simbolizar en el nombre del recién nacido
la lucha contra el sentido exótico de la ocupación haitiana. El símil tiene mucha fuerza. Los
trinitarios quisieron encarnar en el niño el espíritu latinista, que en este caso era español, con
que conspiraban para deshacerse del gobierno africanista de Haití. En 1841 estaban adelantados
los trabajos de Duarte y formada la conciencia de la conspiración. Antes de cumplirse tres años
nació la República. Junto con ella nacieron a la vida política Santana y Báez. El primero con
44 años de su edad y el segundo con 32. A poco, antes de que se fundara el primer gobierno
estable y constitucional del país, surgió en el seno de los grupos dirigentes la gran cuestión
ideológica que los dividió con profundidad: independencia absoluta o libertad dirigida. Inspi-
raba a los primeros el ideal impoluto del Fundador y dirigía a los segundos el sentido realista
de Santana. El historiador García los clasifica como liberales y reaccionarios.
Cuando Emiliano Tejera abrió los ojos de la razón se encontró preso en el oscuro panorama
moral y cultural que nos habían dejado los haitianos. En esos cuadros no podía formarse nin-
guna mente ni siquiera de mediocres aptitudes. La luz atenuada de una cortísima educación
sólo la recibían los dominicanos de la buena voluntad de los pastores de la Iglesia. Después
del regreso de Duarte en 1834 se inició una nueva corriente de ideas, favorecida también por
los entusiasmos del Padre Gaspar Hernández. Pero todo aquello era escaso.
En 1848, cuatro años después de la República, se fundó el primer centro estable de
enseñanza en el país desde que Boyer clausuró la Universidad en 1823. Los esfuerzos del
Arzobispo Portes e Infante restablecieron en aquel año el Seminario Conciliar, como pro-
videncia preparatoria de la restauración de la Universidad. El Seminario Santo Tomás de
Aquino se fundó en virtud de la ley que con tal fin votó el Congreso Nacional el 8 de mayo
del 1848. La ley en sí, dadas las condiciones sociales prevalecientes entonces, es una obra
maestra. Se asignó el Convento de Regina, con sus dependencias, como asiento del plantel
y a éste se le dio el doble carácter de centro canónico y seglar de enseñanza. La enseñanza
pública para externos era gratuita. Por la misma ley mencionada se designó Rector del Se-
minario al Arzobispo Portes, pero ejerció efectivamente el Rectorado el Dr. Elías Rodríguez,
con la ayuda de Gaspar Hernández y del Clérigo Ildefonso Ten, “gran latinista y hombre de
profunda humildad, que nunca quiso ordenarse de sacerdote, sino que permaneció como
simple clérigo tonsurado”, según apunta el Padre Hugo E. Polanco en su apreciable obra
sobre el Seminario Conciliar Santo Tomás de Aquino.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

La ley que instituyó el Seminario fijó el cuadro de las asignaturas que se cursarían en el
mismo y determinó los textos de estudio: “Los libros que han de servir de texto en las cátedras
que por ahora se establecen, son los siguientes: para el latín, la gramática de Araújo o el arte
de Nebrija; para el castellano la gramática de Salvá o el compendio de ella por Gemala; para
la lógica y la metafísica, formará el profesor extractos de la ideología de Desttut-de-Tracy;
para la moral se extractará de Lugdunense; para la física, se adoptará la de Bendut; para las
matemáticas, los elementos publicados por Lista, o el curso de Don Mariano Vallejo; para
la teología moral y la dogmática, se deja a elección del Prelado; para el derecho canónico,
las instituciones de Cabalano; para la historia eclesiástica la de Bevaul de Belcastes; para
el derecho patrio, el profesor formará extracto de los códigos franceses de la restauración
por Rogrón del año de treinta, arreglándose las modificaciones que en ellos se hicieren; y
finalmente para la ciencia administrativa, la obra de Bonin”.
El 3 de mayo del 1852 expidió el Congreso un Decreto sobre Instrucción Pública. El 20 de
octubre siguiente dispuso el Presidente Báez, en ejecución de aquella providencia legislativa,
la fundación de dos Colegios Nacionales, uno en la Capital y otro en Santiago. El primero se
instaló con el nombre de San Buenaventura. Funcionó tres años solamente. El de Santiago no
llegó a instalarse. El plan de estudios de estos dos colegios era muy ambicioso; no colidía sino
más bien se completaba con el del Seminario y descansaba, desde luego, sobre la universalidad
de los conocimientos de entonces, tanto humanísticos como experimentales. Mientras mantuvo
sus aulas abiertas el Colegio San Buenaventura, profesaron en él con brillante aureola Javier
y Alejandro Angulo Guridi, recién llegados al país, y Félix María del Monte. Los alumnos del
Seminario frecuentaban el Colegio Nacional para oír las lecciones de sus profesores.
En 1855 fundó la señorita Manuela Calero un Instituto de Niñas en el Convento de Regina
que no usó el Seminario. El Instituto funcionó por algunos años, aunque con intermitencia.
En 1859 había en la Capital cuatro escuelas: una pública y tres privadas. En 1858 nombró
Santana Vicerrector del Seminario al Padre Meriño, que entonces tenía 25 años de edad, por
muerte del Dr. Elías Rodríguez (1857) y del Arzobispo Portes (1858). Meriño sustituyó en
esa función al Padre Gaspar Hernández, quien, provisionalmente, y por muy poco tiempo,
desempeñó el Vicerrectorado y el Gobierno Eclesiástico a la muerte de Portes. Poco después
se fue del país y murió en Curazao, el 21 de julio del 1858. El Padre Meriño fue nombrado al
año siguiente, 1859, Gobernador Eclesiástico y Vicario General, a diligencia y demanda de
Santana, que, en ese mismo año, nombró a Manuel de Jesús Galván su Secretario Particular.
En mayo del 1860 se pusieron de acuerdo el Vicerrector del Seminario y el Ministro de Justi-
cia e Instrucción Pública para que en el Convento de Regina funcionaran simultáneamente
el Seminario y la antigua Universidad, cuyo restablecimiento había ordenado el Presidente
Santana. No tuvo efecto la disposición relativa a la Universidad.
Emiliano Tejera, ocho años más joven que Meriño y su discípulo brillantísimo, entró
a trabajar en el Seminario, junto con su maestro, como Secretario, luego como profesor de
Literatura Castellana y más tarde como Vicerrector. Con la sola ausencia que le impuso la
expulsión de que lo hicieron víctima a él y a Meriño los promotores de la anexión, se man-
tuvo en el Seminario hasta 1871.
Estas fueron, expuestas someramente, las condiciones en que se desenvolvió el programa
educacional de la primera República. Lo reforzaron más adelante los profesores españoles
que trabajaron durante la reincorporación y el Arzobispo doctor Bienvenido Monzón y
Martín. Después de la retirada de los españoles, volvieron Meriño y Tejera a la dirección del

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emiliano tejera  |  antología

Seminario, restablecido por el Presidente Cabral. Entre 1869 y 1874 funcionó un curso de
Medicina bajo la cátedra del doctor Manuel Durán, que logró graduar ocho médicos, entre
ellos a Juan Francisco Alfonseca (Alfonseca de París), José de Jesús Brenes, Pedro Ma. Garri-
do e Higinio Díaz Páez, profesionales activísimos por muchos años en esta ciudad. En 1866
fundó el Padre Billini el Colegio de San Luis Gonzaga, alma mater, durante largo tiempo, de
la instrucción en Santo Domingo. En 1875 fusionó Monseñor Roque Cochía el Seminario y el
Colegio del Padre Billini, designándolo a éste Rector del plantel mancomunado. La unión se
mantuvo hasta 1880. En 1866 se fundó el Instituto Profesional, con carácter completamente
laico, pero no funcionó hasta 1880, cuando lo organizó el Gobierno de Meriño.
Si se observa el curso de la organización docente de la República, se notará de inmediato
que toda ella descansó sobre un sentido de conjugación laico-religiosa, no positivista, hasta
1880, año en que el señor Hostos fundó la Escuela Normal. Los grandes promotores de
aquella corriente pedagógico-política fueron, sin duda, Juan Pablo Duarte, el Padre Gaspar
Hernández, el Arzobispo Portes, el Padre Elías Rodríguez, el Padre Meriño y el Padre Billini.
De esa escuela salieron formadas figuras preponderantes de la cultura dominicana: las de
todos los trinitarios, las de Fernando Arturo de Meriño, José Gabriel García, Manuel de Jesús
Galván, Carlos Nouel, Manuel Rodríguez Objío, Mariano A. Cestero, Emiliano Tejera, Fran-
cisco Gregorio Billini, Federico Henríquez y Carvajal, Casimiro N. de Moya, Rafael Abreu
Licairac, Salomé Ureña, Amelia Francasci, Apolinar Tejera, César Nicolás Penson, Federico
García Godoy, Francisco Henríquez y Carvajal, Gastón F. Deligne, Enrique Henríquez, el
Padre Borbón, el Padre García Tejera, el Padre Billini, el doctor Alfonseca, el doctor Brenes,
el doctor Garrido y tantos otros más, nacidos antes de la anexión a España y formados con
anterioridad a la implantación del sistema hostosiano en la enseñanza oficial. Sólo se men-
cionan los hombres de letras nacidos antes del 1861, o en este año, por considerarlos ajenos a
cualquier influencia positivista y teniendo en cuenta principalmente que aquella generación
cultural no ha sido superada todavía en Santo Domingo, y que sigue siendo ínsita del ideal
de independencia en el país y de toda la corriente liberal de nuestra formación política. Sin
esa escuela no se concibe la República misma.

IV
De esa escuela, cuya ascendencia ideológica, según tengo dicho, debe buscarse en el pen-
samiento político del propio Duarte, surgió Emiliano Tejera a la vida pública. Cuando regresó
del exilio después de la Restauración compareció en la Asamblea Nacional Constituyente
del 1865 como diputado por el distrito de San Rafael. Allí estuvo también el Padre Meriño,
elegido por Neiba. El Congreso puso sobre sí la enorme tarea de reconstruir la vida jurídica
del país después del colapso de la anexión. El momento era decisivo, de profundo sentido
nacional. Dice Rodríguez Objío que nunca antes del día en que se inauguró la Asamblea
“un Jefe del Ejecutivo Dominicano (lo era entonces el General Cabral) había iniciado tan
trascendentales reformas. Muchos patriotas se dieron a trabajar de buena fe, y viéronse en
los bancos de la Asamblea reunidos y agrupados los hombres de todos los partidos políticos
anteriores a la Restauración. ¿Por qué, pues el genio de la ambición inspiró el alma de algu-
nos malvados? La Asamblea no debía terminar su obra sino bajo el imperio de un motín, y
bien presto todas las ilusiones se disiparon”. Entonces se perdió la oportunidad de modelar
con verdadero impulso constructivo el carácter político de la nación. Las deliberaciones de
los constituyentes, iniciadas bajo los auspicios de un sentimiento solemne de recuperación

121
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

patriótica, se clausuraron al servicio de un partido. El mismo Cabral, proclamado poco


antes Protector de la República, y llevado a la función ejecutiva con aquella comprometida
designación, no tuvo fuerzas de carácter suficientes para cumplir el histórico papel que le
depararon las circunstancias y se entregó sin reservas al bando de la reacción. La Asamblea
Constituyente, presionada por el General Protector, nombró a Báez Presidente de la Repú-
blica para que éste, como primer acto oficial de su nuevo gobierno, desconociera y anulara
la Constitución votada por la misma Asamblea que lo designó. Pocos días después, dio el
constituyente Tejera con sus huesos en la cárcel, por orden de Báez. Tenía 24 años en este
momento. Ni él ni Meriño firmaron la Constitución.
Las ilusiones y los entusiasmos juveniles de Tejera debieron de recibir entonces muy dura
prueba. Pero el ánimo robusto del joven no estaba hecho para la derrota. Sus convicciones
eran profundas. En 1874, después del triunfo de la revolución que dio fin al régimen de los
seis años, volvió a la Asamblea Nacional Constituyente en representación de la provincia de
Santo Domingo. Se trató también en aquella oportunidad de reafirmar por vía constitucional
la vocación dominicana a la independencia absoluta después de las gestiones del Presidente
Báez para anexar el país a los Estados Unidos. Dice Federico Henríquez y Carvajal que tanto
en la Constituyente del 1865 como en la del 1874 fue Emiliano Tejera “mantenedor bizarro de
las aspiraciones de la juventud adscrita al liberalismo, con las orientaciones nacionalistas de
Duarte, ganoso de vivir la verdadera vida del Derecho y la Libertad y la Justicia”. Lo cierto es
que de aquellas dos deliberaciones resultaron sistemas constitucionales impecables en cuanto
a su expresión teórica y al contenido doctrinario de los mismos. Contra la eficacia práctica
y orgánica del primero se interpusieron la incapacidad de Cabral y el espíritu reaccionario
de Báez; contra el segundo se levantó el fementido espíritu liberal del Presidente González,
quien desconoció y anuló también la Constitución del 24 de marzo del 1874, para darle paso
a la reacción. Hizo inútil con el cuartelazo la obra de los liberales.
En 1874 inició Emiliano Tejera su contacto con la cuestión fronteriza. En junio de ese año
llegó a Port-au-Prince como miembro de la primera delegación designada para negociar el
Tratado de Paz, Amistad, Comercio, Navegación y Extradición con Haití. Esta primera ple-
nipotencia compuesta por Carlos Nouel, José Gabriel García y Juan Bautista Zafra, además
de Tejera, no tuvo éxito en sus gestiones. Fue lástima porque de haber llevado el tratado las
firmas de estos primeros negociadores dominicanos es seguro que no hubiera sido el funesto
instrumento que luego, en noviembre del mismo año, convinieron sus sustitutos. Emiliano
Tejera no negoció el tratado ni fue parte de la segunda Asamblea Nacional Constituyente
de González que lo aprobó.
En 1883, cuando vino el General Charles Archin como plenipotenciario haitiano a Santo
Domingo con el encargo de negociar el restablecimiento del tratado del 1874, desconocido
en Haití desde 1876, fue cuando Emiliano Tejera, en unión de José de Jesús Castro y Mariano
Antonio Cestero, elaboró la tesis dominicana sobre la interpretación del tan llevado y traído
artículo 4o. de aquel convenio. Las negociaciones fracasaron como era de esperarse, porque
puesto el interés nacional en manos de estos hombres, no cedieron ni una sola pulgada de
su intransigente actitud frente al deseo haitiano de convertir la frase posesiones actuales en
norma del régimen fronterizo domínico-haitiano. En 1895 volvió Tejera al asunto con motivo
de las nuevas negociaciones que organizaron el arbitraje de León XIII. Esta vez también fue
consecuente con su criterio básico del 83, y al fin logró el fracaso del arbitraje por no consi-
derarlo ajustado a aquel criterio. Es necesario tener en cuenta que en esta cuestión fronteriza

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emiliano tejera  |  antología

trabajaba Tejera no en vista de la elaboración de una postura dominicana propiamente dicha,


adoptada ya por el constituyente del 1844, sino para deshacer el error gravísimo del 1874, en
el que está envuelto nada menos que el crimen de falsedad en la escritura misma del tratado.
Esta circunstancia hace mucho más apreciable la labor de Tejera. Luchaba contra un hecho
concreto que nos era adverso y que fue nuestra propia obra. Con motivo del arbitraje viajó
a Roma en 1896 y tuvo ocasión de tratar y conocer a los grandes dignatarios de la Iglesia
Católica, incluso a León XIII, uno de los papas más conspicuos de estos tiempos.
La posición de Tejera en el diferendo fronterizo, independientemente de su contenido
práctico, tuvo una enorme significación espiritual. Al oponerse resueltamente a la tesis hai-
tiana del uti possidetis (posesiones actuales) satisfacía un profundo reclamo de la conciencia
nacional dominicana: el de que se hiciera valedera su legítima estirpe hispánica. No era el
derecho de España a la línea de Aranjuez lo que realmente exigíamos los dominicanos en el
litigio fronterizo; lo que movía nuestros pasos en aquel complicado asunto era el deseo de
que el establecimiento de una doble nacionalidad en la isla de Santo Domingo no se fundara
sobre la tesis haitiana de la ocupación, sobre el triunfo del uti possidetis, porque eso equivalía
a despojarnos del mejor sentido de nuestra nacionalidad. No queríamos desprendernos del
proceso de nuestra formación social. Eso lo defendió con insuperable maestría el gran do-
minicano que fue Emiliano Tejera. Sus mejores méritos de hombre público están vinculados
a la defensa que hizo de las raíces de nuestro espíritu frente al criterio haitiano de la pene-
tración. Nosotros los dominicanos hemos luchado por la frontera y al fin la trazamos como
elemento fijador de la dualidad, pero nunca hemos dejado de afirmar que las jurisdicciones
que limita aquella línea de demarcación descansan sobre bases sociales, históricas y jurídicas
muy diferentes e incompatibles por necesidad.
Desde 1865 hasta la muerte de Heureaux (1899) Emiliano Tejera, aunque factor importante
varias veces en el Partido Azul, no fue elemento activo de la lucha política de los partidos.
En 1867 renunció la función de Ministro Fiscal de la Suprema Corte de Justicia, porque se
enteró de que Cabral había enviado a Pablo Pujol a negociar el arrendamiento de Samaná
con el Gobierno de Washington. Hizo entonces una renuncia airada y espectacular. Con Báez
no transigió nunca. Sus simpatías estuvieron siempre con los azules, hasta el punto de no
negarse a colaborar con Heureaux, procedente de aquellas filas, cuando de su colaboración
dependía algún asunto de interés nacional. Con Heureaux mantuvo una especie de neutralidad
benévola, pero no se ligó por ningún medio al interés político de este gobernante.
El período más movido de la vida pública de Emiliano Tejera es el que corrió entre 1899
y 1916: el 26 de julio y la ocupación americana. En ese lapso desempeñó la Cartera de Ha-
cienda, en 1902, con el Presidente Vásquez, y la de Relaciones Exteriores del 18 de diciembre
del 1905 al 31 de julio del 1908, con Morales y Cáceres. Con el primero estuvo muy pocos
días. “Doloroso fue para sus mejores amigos, dolorosísimo, que él no perseverase en su
alejamiento –en cuanto a su no participación en la función ejecutiva– pues esa actitud suya
había llegado a ser lauro para sus sienes al frisar en edad sexagenaria”. Conceptos son éstos
de Federico Henríquez y Carvajal. Pero el varón recio no tiene derecho a sustraerse de la
lucha sólo para resguardar sobre sus sienes el lauro personal de un retraimiento calculado.
Bien hizo Tejera en dedicarle al país los últimos años de su vida activa en uno de los períodos
más tristes y desolados de la historia nacional.
Puesto que entonces descendió de cuerpo entero a la arena de las pasiones, es ese el más
discutido momento de toda su actuación pública. De allí le vinieron acerbas amarguras y

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dolores sin cuento. Los apuró todos con estoica resignación y sin desdecir de su fortaleza
de ánimo ni de sus convicciones nacionalistas. Quiso darle sentido político trascendental
al movimiento que abatió al General Heureaux, pero las circunstancias fueron más fuertes
que sus intenciones. No pudo sobreponerse a los intereses en pugna y tuvo la debilidad
de convertirse en agente de la división de los partidos. Entonces rayaba en la ancianidad.
Cuando hizo la Convención estaba en los 66 años. En medio del tráfago en que vivió estos
últimos tiempos conservó, sin embargo, el prestigio de su nombre, porque jamás dejó de
actuar con un levantado concepto de su misión personal en el gobierno, ni de inspirarse en
un propósito de bien común. Por más que se busque en el panorama de aquellos días aciagos
sólo se encuentran dos figuras con relieve de estadistas: Francisco Henríquez y Carvajal y
Emiliano Tejera. Ambos fracasaron porque ni el uno ni el otro tuvieron consigo el respaldo
incondicionado de la opinión pública. El espíritu sedicioso de los dominicanos, negado a
toda acción constructiva, hundió en el desorden los esfuerzos de aquellos dos hombres, que,
por otra parte, nunca estuvieron unidos. Hace falta una historia del período comprendido
entre la constitución de la Improvement y la ocupación americana (1893-1916). Cuando se
haga la historia científica de esa época se verán situaciones sorprendentes.
Colocado Emiliano Tejera en la Secretaría de Relaciones Exteriores desde diciembre del
1905 hasta julio del 1908, tuvo que echar sobre sus hombros la inmensa responsabilidad de
conducir las relaciones de la República con los Estados Unidos en uno de sus momentos más
comprometidos: aquel en que el Gobierno de Washington se decidió a encarar abiertamente
el problema dominicano. Todos los esfuerzos realizados hasta entonces para normalizar la
desastrosa situación financiera que le creó al país la política mancomunada de Heureaux y
la Improvement habían resultado inútiles. El Presidente Cáceres llegó al poder cuando ya
estaba en ejecución el Modus Vivendi establecido por Morales, que no difería de la Convención
propuesta por Dillingham desde principios del 1905. Era, por lo tanto, muy difícil obtener
de Washington el cambio de un sistema ya en marcha. Las bases de la Convención estaban
fijadas desde hacía un año, y de ellas no era directamente responsable Tejera. Es evidente, sin
embargo, que éste estuvo desde 1900 inspirando y dirigiendo la política del partido horacista.
Este compromiso obligó al firme hombre público a asumir la responsabilidad del acuerdo fi-
nal con los Estados Unidos. No podía hacer otra cosa. Tuvo, además, muy poderosas razones
para proceder como lo hizo. No obró ingenuamente. “La razón dirá a los hombres de buena
fe que abrigan desconfianza, pero que estudian desapasionadamente nuestros asuntos, que el
Gobierno americano no procede con entero desinterés al ayudarnos: al contrario, tiene como es
natural, un interés grande i poderoso. Las conveniencias de su política exigen que los poderes
europeos no sienten su planta en América, i para evitar eso es que nos ayudan”.
El enorme fracaso de la Convención no fue solamente dominicano. Los Estados Unidos
se equivocaron tanto como nosotros respecto de los fines y los efectos de aquel inútil ins-
trumento financiero.
Ninguna cosa resulta más cierta en el asunto que la sinceridad con que Emiliano Tejera
defendió la Convención. En esa defensa expuso todo su prestigio personal y su influencia.
Pero también es cierto que por primera vez en su vida encauzó aquella influencia por los
discutidos y muchas veces tortuosos caminos de la bandería. No se justifica que el hombre
independiente y liberal que fue siempre Tejera no colaborara con Jimenes en la solución del
grave problema económico y financiero que legó al país el Presidente Heureaux. Jimenes
le ofreció la Cartera de Hacienda que no aceptó. En aquel momento la unificación de las

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emiliano tejera  |  antología

opiniones era una suprema necesidad nacional. La división de los partidos nos condujo a
la encrucijada del arreglo del 1907, mucho más peligroso que el que se proyectó en 1901
y malogró la impremeditada oposición que se le hizo en el Congreso. Es muy difícil que
esto hubiera sucedido, de estar Emiliano Tejera fuera de la lucha política. De todos modos
,siempre se recordará con respeto su rasgo de lealtad con la causa en que se vio envuelto y
la inquebrantable firmeza de ánimo con que asumió, llegado el momento, las responsabili-
dades que le impuso su postura. En 1908, tan pronto como entró el contrato en la vía franca
de su ejecución, se retiró del gobierno.
Con ello no se ganaría, sin embargo, la tranquilidad que, para ciertos hombres, sólo es
regalo de la muerte. Aquel espíritu estaba todavía llamado a sentir muy profundas conmo-
ciones y a vivir momentos de sabor shakespereano. Su templanza no se amenguó con el
dolor, y en la callada resignación cristiana con que soportó la adversidad dio muestras de
su estirpe moral.
La ocupación militar del 1916 cerró un ciclo de la historia dominicana. Para los acon-
tecimientos que la siguieron ya no tuvo Emiliano Tejera sino supervivencia simbólica. La
gloriosa ancianidad de aquella figura tan genuinamente vernácula sólo un último servicio
podía prestar a la República: el de permitir que con su nombre se encabezara el reclamo
del patriotismo contra el ultraje de la gran nación, que no lograba comprender ni amparar
las necesidades de este pequeño y miserando país. A eso no se negó nunca el anciano repú-
blico, y desde el primer momento de la reacción cubrió con el manto de su limpio nombre
la protesta del pueblo dominicano. ¡Murió el 9 de enero del 1923 sin ver el desenlace de la
última tragedia que le tocó vivir!
Manuel Arturo Peña Batlle
Ciudad Trujillo, noviembre 16 del 1950

125
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

La predestinación. Los dos restos. ¿Cuáles son los verdaderos?


¿Cómo puede comprobarse?1
Si la observación atenta i filosófica de los hechos humanos no nos explicara el por qué de
las desgracias de ciertos hombres, que sólo en bien de la humanidad han trabajado, inclina-
ción tendríamos a reconocer que se mezcla en nuestras cosas algo parecido al Destino de los
antiguos, i que el está escrito de los mahometanos no es una frase enteramente vacía de sentido.
La predestinación para la dicha, i más frecuentemente, como es natural, para el infortunio, se
presenta de ordinario a nuestro examen superficial, como lote de ciertos seres, i engañados por
esta aparente i a nuestro juicio, inevitable injusticia, nos inclinamos erradamente a culpar la
Providencia, cuando deberíamos culpar o las ideas, pasiones i vicios de aquellos entre quienes
vivimos, o las nuestras propias en algunos casos, o las de aquellos que nos precedieron, i que
encarnadas en la generalidad de nuestros contemporáneos, i combinadas con las que a estos
son propias, constituyen en gran parte lo que se ha llamado carácter de la época.
Cristóbal Colón, el ilustre Descubridor de la América, aparece ante la historia como uno
de esos seres predestinados para la desgracia. Durante muchos años medita el gigantesco
proyecto de ensanchar el orbe conocido; emplea gran parte de su juventud en mendigar re-
cursos para su atrevida empresa, i al fin la lleva a cabo entre impedimentos de todo género.
El Nuevo Mundo, como en su admiración lo llamaron sus contemporáneos, está descubierto.
Los Reyes de Castilla podrán decir en lo adelante que el sol no se pone en sus dominios.
Emperadores e Incas poderosos se llamarán tributarios de la venturosa monarquía española.
Aventureros que sólo tenían por capital su espada, allegarán grandes riquezas, i se convertirán
en señores de vida i haciendas. E Imperios florecientes, i repúblicas poderosas, que llevan en
su seno el porvenir del mundo, se fundarán en los sitios en que la soñadora imaginación del
inmortal genovés creía ver los magníficos imperios del Oriente. ¿I qué le reservaba la suerte
al Descubridor de la América en cambio de tanta fe, de tanta constancia, de una vida entera
consagrada a la realización de ese ideal de su alma? Causa tristeza decirlo: los sinsabores del
envidiado; el dolor del que sirviendo lealmente en tierra extraña, siente pesar en todo sobre sí
el anatema de extranjero; las penalidades del náufrago que sólo en Dios confía; los desengaños
i sonrojos del pretendiente importuno; la muerte triste, solitaria, llena de amarguras, del que
después de haber dedicado su vida entera al género humano baja al sepulcro con el descon-
suelo de ver que la humanidad tiene casi siempre un Calvario para sus bienhechores. Colón
no dejó a su familia sino vanos i litigiosos títulos, que debían ser para ella origen de infinitos
desagrados; i llegó un día en que los herederos i sucesores del Descubridor de un hemisferio
no tenían en él ni un solo palmo de tierra que les recordara, que la inspiración i la constancia
de uno de sus antepasados habían convertido en realidades las predicciones de Séneca i los
sueños del divino Platón.
El mundo recién descubierto debía tener un nombre. ¿Cuál más a propósito que el de Co-
lombia, que recordaría para siempre al que lo había visto con los ojos del alma, al que había sido
apellidado loco porque hablaba de tierras ignotas en lugares que la ciencia de entonces juzgaba
inhabitables? Pero a la adversa suerte de Colón no le plugo así; e Indias llamaron primero los
españoles al Nuevo Mundo, aceptando un error del Grande Almirante, y América lo llamó todo
el orbe después, prefiriendo el nombre del que primero había descrito las nuevas tierras, al

1
Se ha respetado la ortografía del autor.

126
emiliano tejera  |  antología

del nauta sin igual que con fe inquebrantable se había lanzado entre las pavorosas soledades
del Océano para mostrar un mundo nuevo a los atónitos ojos del viejo Continente.
Doscientos ochenta i nueve años después de muerto el Descubridor del Nuevo Mundo
quiso un ilustre marino, al hacer la traslación de los restos del Almirante de una colonia
española a otra, tributarles todos los honores que les eran debidos. La posteridad quería
principiar a satisfacer la deuda de gratitud que sus contemporáneos habían negado. ¿I qué
acontece? Los exhumadores cometen un error, i los honores son tributados a un extraño,
mientras que el Grande Almirante sigue olvidado en su tumba de piedra de la Española. ¿No
ha tenido Colón igual suerte cuando descubre la América, cómo cuando va a darse nombre
a este vasto continente, cómo cuando quieren tributarse a sus despojos mortales, honores
merecidos, aunque tardíos?
Hoi puede cometerse otra grande injusticia con el insigne genovés. Sus verdaderos
restos están a punto de ser desconocidos; i de nuevo, tras centenares de años, volverán a
estremecerse los huesos de Colón, oyendo repetir hasta a sus mismos admiradores: “Tú no
eres el Descubridor de la América”. I el olvido de tres siglos i medio se perpetuará; i el desprecio
i la indignación pesarán sobre la osamenta del mártir, mientras que repitiéndose la antigua
injusticia habrá honor i respeto para el sustituidor de Colón, en tanto que las venerandas
reliquias del inspirado, de la víctima, rechazadas por el error humano, irán a confundirse
para siempre entre el polvo de las tumbas.
Dos restos se presentan hoi al mundo como los del Grande Almirante. ¿Callarán las pa-
siones para que decida la razón? ¿Habrá calma suficiente para conocer i juzgar? ¿Se desoirá
como engañadora la voz del orgullo patrio? ¿Predominará algún Vespucio segunda vez? ¿O
la hora de la justicia i de la reparación habrá llegado por fin para el Descubridor del Nuevo
Mundo?
Por lo que hemos dicho en este escrito se verá claramente que no abrigamos la menor
duda respecto de los verdaderos restos. Para nosotros lo son los que se exhumaron en 10
de septiembre de la bóveda contigua a la pared del Presbiterio de la Catedral de Santo
Domingo, i esta creencia la compartimos con cuantos habitan en la República Dominicana,
con excepción de uno o dos peninsulares. Una equivocación, hija de causas que hemos
tratado de exponer, dio por resultado que los españoles extrajesen en 1795 los huesos de
D. Diego o D. Bartolomé,* en vez de los del Primer Almirante. Pero así como nosotros no
hemos creído, sino después de haber visto i examinado, no podemos tampoco negar a
nadie el derecho de no creer, sino después de ver i examinar también. Mas, lejos de temer,
deseamos, pedimos el examen. Nuestra firme persuasión es que quienquiera que estudie
todo lo que está relacionado con este asunto, llevando en su mente, no el propósito de
buscar argumentos contra tal o cual opinión, sino el de encontrar la verdad como es en
sí, se convencerá más tarde o más temprano de que los verdaderos restos de Colón están
en Santo Domingo.
Al ver las dos bóvedas; al examinar la caja del 10 de septiembre, que en su forma, en su
tosquedad, en sus inscripciones, en su aspecto todo, dice a los ojos del más obcecado, que
los que la hicieron duermen en paz hace siglo el sueño de los sepulcros; al conocer el carác-
ter de los habitantes de Santo Domingo; al convencerse de que aquí no existía ningún interés

*Don Bartolomé reposa aún en las ruinas de la Iglesia de San Francisco, en Santo Domingo. Los restos llevados
a La Habana, i años después a Sevilla, son los de D. Diego Colón, hijo del Descubridor.

127
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

especial en poseer los restos del Almirante, ni siquiera habían pensado en ello, sino el General
Luperón i algunos de sus amigos; al recordar que en el Presbiterio estaban las tumbas de
tres Colones, i que faltaría la de uno de ellos, si se consideran apócrifos los restos extraídos
en septiembre; pues solo habrían parecido los que se suponen de D. Cristóbal i los de D.
Luis; que además habría en el Santuario de la Catedral una bóveda hecha por puro lujo,
pues no se ha encontrado nada en ella ahora, ni nunca habrá tenido nada, si se niega que
de ahí se exhumaron los huesos del Colón de La Habana; al pensar en la falta absoluta de
inscripciones en las planchas de plomo extraídas en 1795, falta inexplicable i extraordina-
ria tratándose del Gran Almirante, a quien debe suponerse que se le pusiera un título, un
nombre, una fecha, un signo cualquiera sobre la urna que guardaba sus despojos mortales,
aunque no fuera sino para distinguirlos de los de D. Diego, que se dice vinieron de España
junto con los suyos; al meditar en lo fácil de un error cuando se exhuman restos que están
en bóvedas que no tienen lápida, ni inscripción, i hai otros en el mismo lugar, al lado mismo,
sin lápidas ni inscripción también, máxime cuando es después de un olvido de doscientos
cincuenta i nueve años que se verifica semejante exhumación, i cuando de antemano existía
en la mente de los que iban a hacerla el error de creer que en ese lado solo había una tumba,
cuando había dos, i tan próximas; al pensar i considerar todo esto creemos sinceramente que
el convencimiento debe dominar en muchos ánimos, i en los que no llegue a tanto el poder
de los hechos, habrán de excitarse dudas intensas que los impulsen a profundizar las cosas
para ver dónde está el error i dónde la verdad.
Los documentos que más luz podrían dar en el caso presente serían los que se encon-
traran en los archivos de la Catedral de Santo Domingo, porque en ellos debía constar el
tiempo, modo i forma del enterramiento de los restos; el sitio preciso en que se colocaron; la
forma i clase de la caja, i las inscripciones que tenía; si fue enterrada la que vino de Sevilla,
o si en esa ocasión, o en épocas posteriores hubo que renovarla por cualquier motivo, i si
entonces se le pusieron inscripciones, i cuáles fueron estas. Pero por desgracia esos preciosos
i decisivos documentos no serán tal vez examinados en este grave i delicado asunto, pues es
fácil que estén perdidos para siempre, o tan extraviados que no se hallen en muchos años.
Parece que cuando la desocupación de la Parte española en 1801, se trasladaron todos los
archivos, tanto civiles como eclesiásticos, a la ciudad de La Habana, i que después o no los
trajeron cuando la reconquista, o si volvieron fue por corto tiempo, pues en 1822 no estaban
ya en la isla, bien porque como hemos dicho no los hubieran traído en 1809, bien porque
tornaran a llevárselos a Cuba en 1821, cuando se enarboló en esta ciudad el pabellón de
Colombia. Se nos ha asegurado que en La Habana se conservan gran número de cajas, que
encierran documentos relativos a la colonia de Santo Domingo. Tal vez entre ellos estén los
de los archivos de la Catedral, i en cualquier momento pueda algún laborioso investigador
obtener i publicar los datos que tanto nos interesan.
Entretanto lo que mejor podría suplir su falta sería el acta de traslación de los restos de
Sevilla a Santo Domingo, si como es posible, se expresa en ella el tamaño i clase de la caja,
i las inscripciones que tenía. Este documento será de suma importancia si las reliquias de
Colón han sido depositadas en la bóveda del Presbiterio en la misma urna en que vinieron
de Sevilla, i si después no ha habido renovación de la caja; pero si no ha pasado lo primero,
o ha acontecido lo segundo, poca cosa se adelantará con la publicación de dicha acta, pues
esta no podrá decirnos en qué clase de caja debían encontrarse ahora los restos, ni las señales
e inscripciones que tenía para hacerla conocida en todo tiempo.

128
emiliano tejera  |  antología

No estaría demás tampoco que se revolviesen con interés los legajos del archivo del Du-
que de Veragua. Copia del acta de Sevilla, i de la que se levantó en Santo Domingo cuando
la inhumación, debieron conservarse en él para memoria de lo que se había hecho con las
reliquias del fundador de tan ilustre casa. I si más después se pasaron los restos de una caja
a otra, es verosímil que se diera cuenta a los descendientes del Almirante de ese hecho que
tanto debía interesarles, i que quizás no se podía llevar a cabo sin consultarlos previamente.
Tal vez al practicar esas investigaciones se obtenga la prueba de si los restos de D. Diego
fueron trasladados a Santo Domingo, i por tanto se sabrá con certeza si son ellos o los de D.
Bartolomé los que reposan en la Catedral de La Habana.
Pero bien parezcan los documentos de que hemos hablado, bien sea preciso atenerse a
los que hoi se conocen, es de todo punto necesario para los que abriguen dudas respecto de
la autenticidad de los restos, i tengan que opinar en el asunto, venir a Santo Domingo para
que vean las cosas por sus propios ojos. El examen de los lugares; la vista de las dos bóvedas;
el estudio de las inscripciones; la apreciación de la edad de la caja; el conocimiento cabal del
carácter i de las actuales condiciones del pueblo de Santo Domingo, i el de los individuos que
han intervenido en el hallazgo, todo esto unido con los datos que suministre la historia, hará
que quienquiera que de buena fe busque la verdad, exclame con voz de convicción profunda:
verdaderamente los restos del Grande Almirante reposan en la ciudad de Santo Domingo.
I entonces, cuando el convencimiento esté en todos los ánimos, se podrá labrar tumba
definitiva para esas reliquias del insigne cuanto desgraciado Descubridor de la América; i
bien se le levante en una de las capillas de la noble Catedral que por tantos siglos le sirvió de
morada, bien se le alce en nuevo temple digno del héroe i de la humanidad, habremos dado
entonces paz i verdadero descanso a los huesos del eterno viajero. I cuando el peregrino de
pie en el borde de ese mar que vio con asombro por primera vez al gran navegante italiano,
dirija la vista con tristeza hacia las ruinas del antiguo Santo Domingo, teatro de una de las
mayores iniquidades que han presenciado los siglos, podrá también tornarla con satisfac-
ción al lado opuesto, i al ver sobre altiva columna el noble busto de Colón dominando el
espacio, cruzará por su mente la triste, pero también consoladora idea, de que si para los
bienhechores de la humanidad suelen tener las pasiones humanas un cáliz de amargura,
llega siempre un día de justicia i reparación, en que generaciones de buenos lamentan el
infortunio del mártir, i compensan con eterno reconocimiento la ingratitud e injusticia de
los contemporáneos.
De Los restos de Colón en Santo Domingo,
1878, reproducido en 1926.

Un fraude improbable
IV
Como el hallazgo del 10 de septiembre privaba a Cuba de una de sus glorias más pre-
ciadas, i como a la vez era una decepción para España, los apasionados de uno i otro país,
en vez de examinar detenidamente lo ocurrido en Santo Domingo, para conocer el valor
que debían concederle, acudieron a un medio más en armonía con sus sentimientos, i de
seguro más cómodo i menos trabajoso. Sentando como inadmisible la posibilidad de una
equivocación en 1795, declararon con más o menos rudeza que el descubrimiento de los
restos del Primer Almirante era una grosera superchería.

129
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

De nada valió el testimonio del digno español, Sor. D. José M. Echeverry, Cónsul entonces
de España en esta República, i testigo ocular de los sucesos;2 de nada el parecer favorable del
Sor. D. Sebastián González de la Fuente, primer comisionado secreto enviado a esta ciudad
por el Capitán Gral. de Cuba. La opinión de ambos no se avenía con los deseos de los que
a todo trance querían que el hallazgo fuera una mentira, i no sólo no fue bien recibida, sino
que bien pronto sintió cada uno de ellos que en ciertos casos conducirse bien, suele traer
tantos perjuicios, como en otros conducirse mal. Con la destitución del veraz i honrado Sor.
Echeverry indicó el Gobierno español qué clase de verdad le agradaba conocer; i de entonces
en lo adelante no faltaron cortesanos del poder, raza de agoreros que estudian las cuestio-
nes en el entrecejo de los potentados, que redujeron todo examen i discusión en asunto tan
importante, a repetir en todos los tonos, haciendo coro a los apasionados, que el hallazgo de
septiembre era un fraude realizado por los que habían tenido la buena suerte de tropezarse
con los olvidados restos del inmortal Descubridor de la América.
¿Ha podido cometerse semejante fraude? ¿I cuándo? ¿Qué interés había en ello? –Di-
gamos algo sobre todo esto.
Es perdido el tiempo que se emplee en averiguar si el supuesto fraude pudo tener reali-
zación en los años anteriores al de 1865, en que volvió Santo Domingo a recobrar su indepen-
dencia. Si alguno, francés, haitiano o dominicano hubiera hecho semejante cosa, es seguro que
no iría a efectuarlo por el solo placer de enterrar una caja con inscripciones alusivas a Colón.
Trataría indudablemente de que, o se descubriese su obra, para lograr el objeto que con ella
intentaba, o a lo menos se esforzaría en inspirar dudas respecto del acierto de la exhumación
de 1795, a fin de ir preparando los ánimos para el día en que hiciese aparecer sus falsos restos.
El no haber pasado nada de esto prueba que semejante cosa no se ha llevado a cabo, pues
sólo un demente iba a tomarse el trabajo de fabricar caja, grabar inscripciones, recoger huesos
antiguos, i enterrarlo todo, para después dejarlo olvidado para siempre. I que un demente
pudiera concebir un plan de esa naturaleza, i que engañara al realizarlo a todos los cuerdos,
es cosa tan extraordinaria que raya enteramente en lo imposible.
La conjetura de que tal obra pudo haberse llevado a cabo en alguna ocasión que la
Catedral estuviera abandonada, no tiene fundamento de ninguna especie. Del 95 acá no ha
dejado de estar en uso constante la iglesia metropolitana de Santo Domingo, sino durante
el breve tiempo que lo impidieron los efectos del terremoto de 1842, i entonces ni dejó de
ser visitada constantemente por toda clase de personas, deseosas de apreciar los estragos
del fuerte sacudimiento, ni se le quitó una sola de las losas del Presbiterio, como lo pueden
manifestar los albañiles que se ocuparon en las obras de composición, i de los cuales muchos

2
Por cartas de Santander, hemos sabido con suma pena que el Sor. D. José Manuel Echeverry, ex cónsul español
en Santo Domingo, había muerto en aquella ciudad el día 21 de julio del corriente año, agobiado principalmente por
los pesares que llovieron sobre él, a consecuencia de la conducta que observó en el asunto de los restos de Colón. El
Sor. Echeverry ha sido víctima de su honradez i buena fe. Representante de una nación franca i caballerosa, i franco i
caballeroso él mismo, creyó indigno de sí i del Estado a que pertenecía negar una verdad que se presentaba a sus ojos
con los caracteres de la evidencia i ni aun le cruzó por la mente la idea de que mientras no conociese la manera de pensar
de su gobierno, podía convenirle disfrazar esa verdad con reservas que permitiesen más tarde su negación. Se condujo,
no como hábil diplomático, sino como bueno i leal español, creyendo que su primer deber era decirle la verdad a su
hidalga patria; i la destitución, i las ofensas de toda especie, i la muerte en medio del mayor desconsuelo para sí i para
los suyos, fueron la recompensa de su recto proceder. Hoi no puede ser bien juzgado el Sor. Echeverry por muchos de
sus compatriotas; pero mañana, cuando se hayan calmado un tanto las pasiones que han hecho se vea una falta en su
noble comportamiento, su memoria será recordada con orgullo por todo buen español, i su digna conducta será citada
como ejemplo, por todos aquellos que crean que la verdad debe ser antepuesta a todo, i que es preferible perder posición
i fortuna, a gozar de una i otra, sacrificando sus convicciones, llevando gusano roedor en el corazón.

130
emiliano tejera  |  antología

existen aún; ni las tribulaciones porque entonces pasaba la Capital, permitían a nadie pen-
samientos de naturaleza tan dañada, como eran los de falsificación de restos. Aterrorizados
en gran manera, tornaban su vista hacia otro mundo mejor, en el que esperaban encontrarse
de un momento a otro. Lo grandioso e imponente del fenómeno terrestre inspiraba a todos
esa gravedad de pensamientos i esa solemnidad en los actos, que se notan aun en las almas
vulgares, cuando se ven en presencia de una catástrofe inevitable. Todos los ojos se volvían
a Dios, i no era entonces, el momento a propósito para cambiar el rosario del peregrino por
el cincel del falsario, ni la barra i el martillo del constructor de ermitas por el yunque donde
debían extenderse las planchas de plomo de la obra de la iniquidad.
Después del 65 hasta el hallazgo del 77, cuantos dominicanos se han ocupado de los
restos del insigne Descubridor, hablan de ellos suponiéndolos sepultados en la Catedral
de La Habana. No hai una sola voz que exprese la duda de que estuviesen en esta Capital.
¿I esto qué indica? Que nada había hecho aun el autor del supuesto fraude para preparar
los ánimos en favor de su obra, o hablando con exactitud, i echando a un lado hipótesis
inadmisibles, que semejante fraude no existía, pues silencio tan obstinado no es concebible,
tratándose de combatir un hecho, como la traslación del 95, que tenía en su favor el asenta-
miento de casi todos los habitantes de la República. El Sor. Carlos Nouel, que era uno de los
pocos que tenían fe en la verdad de la tradición existente en el país, de que las cenizas del
Primer Almirante se encontraban todavía en el Presbiterio de la Catedral dominicana, no
había podido aún, a principios del año de 1877, hacer prosélitos para su idea, i sólo después
del hallazgo de los restos del Primer Duque de Veragua, fue que D. Luis Cambiaso i un gran
número de personas, sintieron el deseo de que se comprobara lo que había de cierto en esa
tradición, tan antigua como poco creída.
No todos los contrarios del hallazgo de septiembre creen empero, que el fraude date de
fecha lejana. Algunos, entre ellos la Academia, parece que lo suponen de estos últimos años,
i aunque sus inculpaciones no son tan claras como fuera de desearse, dejan entrever que los
mismos que tuvieron la fortuna de hallar los restos del Primer Almirante, son, en su concepto, los
forjadores del imaginario fraude. Aunque con repugnancia tocaremos este penoso punto.
Ante todo es preciso tener entendido que no había en estos últimos tiempos una sola
persona que supiera lo que encerraba el Presbiterio de la Catedral de Santo Domingo. Los
antiguos esclavos del templo gozaban de la tranquilidad de las tumbas hacía ya muchos
años, i con ellos desaparecieron los recuerdos de una multitud de hechos llevados a cabo
por los canónigos del tiempo de la vieja España. Del Cabildo de la época de la Reconquista
no quedaba un solo miembro. El dignísimo Arzobispo, Sor. Dr. D. Tomás de Portes, que fue
el último que murió, tenía en 1877 diez i nueve años de haber bajado al sepulcro, i nada
absolutamente sabía ninguno de ellos respecto de ese particular, que de seguro mui poco
les interesaba. D. Tomás Bobadilla, que era aficionado a conservar tradiciones, solía decir
que el Presbiterio era todo una bóveda,3 lo que indica cuál era la creencia reinante entonces
sobre este punto, i a la vez el error en que se estaba, pues en ese sitio no había una sola
bóveda espaciosa, como se suponía, sino tres pequeñas; dos en el lado del Evangelio, i una
en el de la Epístola. Del Sínodo de 1683, que hablaba de las dos urnas de plomo, no había,
ni hai, que sepamos, un solo ejemplar en esta Capital. La Description de la partie espagnole
de Saint Domingue, de Mr. Moreau de Saint-Méry, que hubiera dado luz en el asunto, no

3
Véase la pág. 66 de Los Restos de Colón en Santo Domingo, carta de D. Carlos Nouel.

131
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era casi conocida aquí. El único ejemplar que de ella existía entonces era de la propiedad del
Sor. D. Manuel M. Gautier, que desde tiempos antes del hallazgo, se encontraba en Caracas,
i ni aun ese mismo ejemplar se sabía que lo hubiera en esta ciudad. La prueba de que la obra
de Mr. Moreau era casi desconocida en Santo Domingo, i se conocía poco también en otros
lugares, se halla en las referencias que de ella se hicieron entonces, tanto en Cuba como aquí,
todas inexactas, pues se atribuía a Mr. Moreau el haber descubierto la tumba i restaurado la
caja de D. Cristóbal Colón, cuando él no habla una palabra de semejante cosa. De enero del
78 en adelante fue que se copió con exactitud lo dicho por el escritor francés, i por ese mismo
tiempo también (3 de febrero) nos facilitó un amigo la copia que entonces publicamos. Es decir,
que ni por comunicación verbal, ni por recuerdos de los viejos del país, ni por el conocimiento
adquirido en las obras históricas, podría ninguno saber en estos últimos años lo que encerra-
ba el primitivo Presbiterio de la Catedral dominicana. I no era una noticia cualquiera la que
necesitaban los supuestos autores del fraude. Debían saber lo que calló o ignoró el Sínodo de
1683: la existencia de las dos bóvedas contiguas, o sean las de D. Cristóbal i D. Diego; lo que no
supieron los canónigos de 1783: el sitio preciso de la verdadera bóveda del Primer Almirante; lo
que no llegó a conocimiento de los exhumadores de 1795: el punto exacto en que reposaban los
restos del insigne marino que deseaban honrar. ¿I quién podía instruir a los supuestos autores
del fraude en una cosa que nadie sabía desde hacía siglos: la existencia de la bóveda pegada al
muro derecho, donde verdaderamente estaba Colón? ¿Cómo podían ellos saber lo que había
caído totalmente en olvido desde el último tercio del siglo XVII; lo que no estaba consignado
claramente en obra ni documento de ninguna especie? I sin saberlo ¿cómo podían cometer el
fraude que se les atribuye? ¿Cómo adivinaron la existencia de esa bóveda donde depositaron
sus falsos restos? ¿Cómo no la confundieron con la que los españoles abrieron en 1795, i que
estaba al lado de aquella, en sitio menos preeminente? Para convenir en la posibilidad de la
superchería que suponen los contrarios del hallazgo de septiembre, hai que principiar por
aceptar un hecho que nadie en Santo Domingo admitirá ni por un instante: el que hubiera
una sola persona que conociese lo que había bajo el enlosado del Presbiterio. I si no se acepta
ese casi imposible conocimiento, el fraude no pudo tener lugar.
Tal vez se dirá que en algún tiempo después del 65 pudieron practicarse indagaciones
con el objeto de conocer esa parte donde habían sido depositados los Colones. Aunque esta
hipótesis no es admisible, en razón de que nunca, después de 1795, se ha tocado el piso del
Presbiterio, como lo saben todos en Santo Domingo, hai otra cosa que dificultaba en sumo
grado tales exploraciones. Para hoyar en ese sitio era preciso quitar parte del pavimento, i este
no podía removerse, sin que todas las losas se hicieran pedazos, pues por lo antiguas que eran,
por lo adheridas que estaban a la argamasa, i por lo débil i quebradizo que es todo material
de barro, cuando tiene mucho tiempo de uso, sobre todo si el pisoteo es mui frecuente, nadie
podía abrigar la pretensión de sacar ni una sola losa entera. ¿I en dónde se encontrarían losas
iguales para reponer las rotas en semejante exploración? En la Catedral no había ninguna en
depósito, i en caso de que las hubiera habido hasta fin de siglo pasado, lo que no es difícil,
ya habían desaparecido por completo desde muchos años antes. En toda la Capital no se
encontraría tal vez una sola disponible. Ni memoria quedaba de los tejares en que fueron
hechas esas antiquísimas losas, i hasta de los que funcionaban en los últimos tiempos de la
vieja España, solo existían los hornos derruidos i los montones de ladrillos fundidos. I nadie
ignora en Santo Domingo que el piso del Presbiterio de la Catedral, al ser desenlosado a fines
de agosto del 77, para blanquear la Capilla Mayor, i utilizar en otros trabajos los fragmentos

132
emiliano tejera  |  antología

de las losas, estaba completo, i tal como lo habíamos visto siempre; que sus losas eran todas
de la misma clase, i que no tenía parte ninguna que fuera de hechura reciente. Quiere esto
decir, que la exploración no se verificó; porque de lo contrario debían haber quedado indi-
cios de ella; i si no se verificó, era imposible que nadie supiera dónde estaba la bóveda de D.
Cristóbal Colón, porque hacía siglos que se había perdido la memoria de su existencia.
Había otra dificultad peculiar a Santo Domingo, i que tal vez no podrán apreciar en su
justo valor los que no conozcan el carácter de cierta clase del pueblo dominicano, inclinado por
naturaleza a dar su parecer, i aun a intervenir en cualquier cosa que se haga en su país, aunque
sea de carácter privado, i que en las públicas lo considera como un derecho, i tal vez hasta como
un deber. Por este motivo es casi un imposible que se verificara una exploración en el Presbite-
rio, por secreta que quisieran hacerla, i a poco tiempo no fuera conocida de la mayor parte de
los habitantes de la ciudad. Si semejante hecho tuvo lugar antes de principiarse los trabajos de
reparación, tenía por fuerza que haberse notado algo en una Iglesia que se abría diariamente;
en un Presbiterio donde se celebraban misas con suma frecuencia; i en un piso que no tenía otra
alfombra que las mismas viejas i cuarteadas losas de barro. Si fue después de comenzada la re-
paración, había más motivos aun para advertirse cualquier cosa que se hubiera hecho, pues de
continuo se hallaban en el templo una multitud de operarios, ocupados en diversos trabajos, i
mayor número aun de mirones i directores oficiosos. Los que hayan efectuado cualquier trabajo
de excavación en Santo Domingo, principalmente en edificios públicos, podrán comprender el
valor de lo que decimos, sobre todo si se han tropezado con uno de esos busca-entierros, que
observan cuidadosamente la más leve diferencia en piso i paredes, i adivinan, más bien que
indagan, cuándo y cómo se ha hecho la más leve excavación en cualquier punto de la Capital.
Admitida la posibilidad del fraude ¿es de creerse que las inscripciones que se pusieran en
la falsa caja serían las mismas que tiene la exhumada el 10 de septiembre? Mucho lo dudamos.
Lo más natural es que los autores de la superchería hubieran dado a Colón sus títulos oficiales
de Almirante, Visorei i Gobernador, que eran los usados en las obras que podían consultar,
i los mismos que debían suponer, le habría puesto la autoridad que hubiere intervenido en
depositar los preciosos restos en sitio tan honorífico como era la Capilla mayor de una Catedral
de Indias. Aunque el calificativo de Descubridor correspondía mejor que ningún otro título
al insigne nauta, pues todos los demás eran precarios, como concesiones de reyes, en tanto
que ese, como expresión de un hecho personal, realizado ya, era i tenía que ser indestructible,
los forjadores de la pretendida superchería debían procurar hacer, no lo que a ellos pareciera
mejor, sino lo que juzgaran factible en el siglo a que querían perteneciese su falsa caja. I como
hasta a principios del año próximo pasado se estuvo en la creencia de que la traslación de las
reliquias del Primer Almirante a Santo Domingo había sido un acto oficial, i no un paso dado
por sus descendientes, en cumplimiento de su postrer deseo, debían los autores del fraude,
que no podían conocer la Real Cédula de 1537, publicada últimamente,4 esforzarse en poner
en la urna los títulos que calcularan hubiera empleado en semejante caso la autoridad civil,
i que era de suponerse no fueran otros que los de Visorei, Gobernador &. Bien mirado todo,
los títulos de Descubridor de la América i Primer Almirante, grabados en la caja de plomo de
D. Cristóbal Colón, parecen indicar que no fue el Gobierno, ni la familia, los que los hicieron
colocar ahí. El Gobierno habría usado de seguro el dictado de Almirante, que es el único título
4
Hemos visto después que el Sor. Harrisse había hecho referencia de esta Real Cédula en “L’histoire de Christophe
Colomb attribuée a son fils Fernand”, p.30, nota 10, París, 1875; pero ni esta obra había venido a Santo Domingo hasta este
año de 1879, ni lo que dice el docto crítico podía ser de provecho a los autores del supuesto fraude.

133
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

que se da a Colón en las Cédulas de 1537, 39 i 40; pero si se hubiera servido del de Descubridor
no habría empleado en modo alguno la palabra América, en vez de la denominación oficial
Indias. La familia en 1538, época probable de la traslación de la caja a Santo Domingo, pudo
mui bien haber puesto los que se encuentran en la urna; pero es regular que hubiera agregado
todos los demás títulos oficiales que correspondían al fundador de la ilustre casa, o cuando
menos el de Visorei, pues en ese tiempo Doña María de Toledo era llamada i se llamaba la
Vireina, i si ella usaba todavía ese calificativo, con más razón debía dárselo a aquel que lo había
obtenido, i que era la causa de que ella pudiera anteponerlo a su nombre. Parece que sólo una
persona afecta a Colón, i que mirara las cosas desde cierta altura, i como en realidad son en
sí, podía hacer grabar sobre la urna que encerraba los despojos del insigne marino esos dos
títulos, únicos salvados en el naufragio de su grandeza: el de Almirante, cuya perpetuidad él
quería i el cual los reyes le reconocían aun en las cédulas de 37, 39 i 40, i el de Descubridor, del
que nadie podía despojarlo, i que será tan duradero como el mundo. Hasta en la sustitución
de la voz Indias por la palabra América, parece percibirse un sentimiento elevado de justicia,
que prescinde de las formas, para fijarse en el fondo de las cosas. Colón era realmente el Des-
cubridor, no de las Indias Occidentales, que hablando con propiedad, sólo eran las posesiones
españolas en esta parte del globo, sino de lo que la mayoría de los hombres, a mediados del
siglo XVII, aun en algunos puntos de la misma España, designaba con el nombre de América;
es decir, esas mismas Indias Occidentales, más todo el norte del Nuevo Mundo i las demás
partes de éste en que no flotaba el pabellón de Castilla.
No parece tampoco probable que si la caja de septiembre fuera la obra del engaño se en-
contrara en su tapa i costados esa forma de letra, clasificada por algunos paleógrafos italianos
como de mediados del siglo XVII. Como los autores del supuesto fraude debían creer que el
enterramiento de los restos se efectuó en 1536, según lo decían las obras históricas que entonces
podían haber consultado, era natural que trataran de usar en las inscripciones la forma de letra
de esa época, i no la de un siglo después. Semejante cosa les era sumamente fácil, pues con sólo
recorrer el templo principal de Santo Domingo, encontraban modelos que nada dejaban que
desear. Ahí hallarían casi todas las inscripciones que hemos publicado en las pp.74, 75 i 76 del
folleto Los restos de Colón. Hasta parece regular que hubieran empleado solamente la letra romana,
mucho menos difícil de hacer en el plomo, i bastante común en las lápidas sepulcrales existen-
tes tanto en la iglesia metropolitana, como en otras de la Capital. En buena hora que quien no
conociese la forma de letra del siglo XVI, empleara la de la segunda mitad del XVII, si le vino a
mano algo de ese tiempo, i aun la moderna si otra cosa no pudo hacer; pero que los supuestos
autores del fraude, que tenían ante sus ojos tantos ejemplos de la del siglo XVI, no imitaran la
que les convenía, i fueran a trocarla equivocadamente por la de siglos posteriores, es cosa tan
inconcebible que nadie la aceptará sin gran dificultad. El empleo en la caja de septiembre de
una letra de 1650 en adelante, desechando la de la época de la traslación de los restos del Primer
Almirante, que era la que naturalmente debió usarse, indica la improbabilidad del fraude, o
más bien que no ha habido fraude de ninguna clase. En la urna de D. Cristóbal Colón aparece
la letra del siglo XVII, porque las inscripciones debieron ser hechas en 1655 o años inmediatos,
i como era natural, sus autores emplearon la forma de caracteres de esa época. No tenían para
qué imitar la de otros siglos. De mui distinto modo hubiera pasado la cosa, si el fraude no fuera
una suposición sin fundamento. Sus forjadores habrían procurado imitar la escritura del siglo
décimo sexto, que es la más común en las lápidas de nuestros templos, i para la de mano habrían
utilizado la de los libros parroquiales de la Catedral, que alcanzan hasta el año de 1589.

134
emiliano tejera  |  antología

Hai otro hecho que para un observador imparcial indica, o la verdad del hallazgo, o una
cautela tan grande de parte de los autores del supuesto fraude, que casi raya en lo invero-
símil, sobre todo si se tienen en cuenta los errores que se les atribuyen. Cuando la caja de
D. Cristóbal Colón fue extraída el 10 de septiembre, se encontró sobre la parte exterior de
su cubierta una capa de polvo i cascajo, endurecida en lo que pegaba al metal, i suelta en lo
demás. Este depósito, bastante grueso, era el producto de la aglomeración en la superficie de
la tapa, de las diversas partículas, que el tiempo i los esfuerzos de diversa clase ejercidos en
el piso del Presbiterio, hacían desprender del techo de la bóveda5. Ahora bien ¿es de creerse
que los forjadores de la superchería fuesen tan previsores que colocaran esa capa de polvo
sobre la tapa con el objeto de probar la antigüedad de su depósito? ¿Era acaso fácil semejan-
te cosa, cuando había que petrificar la parte de polvo que pegaba al metal, i hacerle tomar
al todo ese aspecto que sólo el tiempo puede dar a los objetos? I si lo lograron con algún
procedimiento desconocido ¿por qué sin causa alguna dejaron de hacer desde el principio
el mérito debido de semejante circunstancia, i ni siquiera la mencionaron en los primeros
tiempos? No poco caudal de observación i mucho espíritu previsor necesita el falsario, para
fijarse en cosas como esta, que parecen pequeñeces, i sin embargo son el sello que la verdad
imprime en todas sus obras. Si la caja de D. Cristóbal Colón reposaba en la primera bóveda
del Evangelio todo el tiempo que se la encontró, porque la parte de las piedras empleadas
en la Catedral son de tal naturaleza, que cuando están en sitios donde no circula libremente
el aire, va desprendiéndose de ellas lentamente un polvo que se asemeja mucho a la cal, i
aunque así no fuera, los menudos fragmentos de cascajo que caían de la argamasa con que
estaban unidas las cuatro piedras del techo de la bóveda, eran bastantes para formar con el
transcurso de los siglos esa capa de polvo sobre la urna. Pero ¿eran capaces de haber notado
i previsto todo esto, los que según los contrarios del hallazgo, han sido tan torpes, que han
colocado una bala entre la urna, cuando Colón nunca fue herido con proyectil de esa clase;
los que debiendo poner una inscripción, que querían pasase por del siglo XVI, i teniendo a la
vista caracteres de esa época i del siglo XVII, emplean erradamente estos últimos en vez de
los primeros? Personas que tales torpezas cometen, no son las que van a ocuparse de cómo
debía aparecer una caja depositada hace siglos entre una bóveda. Si ellos hubieran realizado el
fraude que suponen los contrarios del hallazgo, de seguro es que la caja de septiembre habría
aparecido, o sin polvo sobre su tapa, o con el poco que le hubiera caído en el corto espacio
de tiempo que debía tener de depositada allí; pero no en manera alguna con la gruesa capa,
petrificada en parte, que los años fueron depositando lentamente sobre su haz superior. No

5
A la bóveda le sirven de techo tres grandes piedras, no contando la de la boca. Al examinarla ahora interiormente
se han visto marcas de antiguas hileras de comején, que hoi no existe. Como en ese lugar no hai, ni se ha encontrado
nada de madera, i como todo demuestra que esa bóveda hace siglos que no se abre, debe suponerse que antiguamente
hubo en ella algo de madera, que atrajo a los destructores insectos. Puede pensarse que la primitiva caja de plomo que
contenía los restos del Primer Almirante, estaba entre otra de madera; que a esta fue que acudió el comején; i como la
madera al podrirse, produce ácido acético, que a su vez ataca al plomo i lo destruye, combinándose con él, es de creerse
que cuando en 1655 fue a examinarse la caja, para comprobar si tenía o no inscripciones, para en su falta ponérselas,
se encontró la caja de plomo mui deteriorada. De aquí debió provenir la construcción de la que hoi tenemos, con sus
inscripciones relativamente modernas; los fragmentos de plomo dañado que hai en la urna actual, i la planchita de
plata, puesta en previsión de otro acontecimiento semejante.
Manifiesta el Sor. López Prieto que la bóveda del Primer Almirante “no tiene el carácter de antigüedad que se le
supone”. Que “su fondo es de tierra, i sus paredes de ladrillo” –(Informe, p.81). Es mui fácil de probar a quienquiera que
lo dude, i basta para ello una simple comparación, que la bóveda de que se trata es tan antigua, como la más antigua de la
Catedral, i eso que hai muchas de 1540 en adelante; que su fondo es de piedra, i que sus paredes, por estar empañetadas,
o sea cubiertas con mezcla alisada, no se puede juzgar bien o de lo que son, aunque puede presumirse que unas tienen
piedras i ladrillos, i otras piedras solamente. La divisoria entre la primera i segunda bóveda es de piedra i ladrillos.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

puede concebirse tanta previsión en lo menos notable, i tanta torpeza en lo importante i que
debía ser objeto de observaciones escrupulosas i de largas meditaciones.
Ahora ¿qué interés tenían ni el Sor. Obispo de Orope, ni el Sor. Cónsul de Italia, en que
los restos de Colón aparecieran en Santo Domingo? ¿Se relacionaba semejante hecho con la
canonización del Primer Almirante? ¿Tenía parte en esto el deseo de que Génova poseyese
los restos de hijo tan ilustre i afamado?
Prescindiendo de que se necesita no poca corrupción de corazón para, so pretexto de honrar
más al célebre genovés, sustituir los restos que se tienen por verdaderos con otros evidente-
mente falsos, nos parece que con lo efectuado en Santo Domingo el 10 de septiembre, no se
conseguía en modo alguno el objeto que se preponían los que deseaban llevar a Génova los
despojos del ilustre Descubridor de la América. Si Santo Domingo tiene perfecto derecho para
poseer las cenizas del Primer Almirante, lo debe a la voluntad de este, reconocida por sus hijos
i sucesores, i aceptada por el mismo gobierno español; pero este derecho, fundado únicamente
en el querer del célebre marino, no es trasmisible, i desde el instante en que Santo Domingo
renunciara la honra insigne que se le hizo, cesaría en el acto de tener el más leve derecho sobre
los restos, i volverían estos a quedar a disposición de los herederos de Colón, o sea de España,
pues españoles son los Duques de Veragua, i de ellos dependería únicamente la elección del
sitio en que debían ser colocados para siempre. Ahora bien ¿qué iban a obtener los autores del
fraude con inventar unos restos de Colón en Santo Domingo? ¿Reconocían su autenticidad los
demás pueblos, incluso el mismo español? Entonces debían permanecer los restos en Santo
Domingo, pues esa fue la voluntad del Primer Almirante, aceptada por sus descendientes i
por el mismo rei. ¿Se practicaban gestiones de esta o de la otra naturaleza, i Santo Domingo
convenía en entregar los restos a Italia, para que fueran a consumirse en Génova? Entonces, al
dar tal paso, perdía Santo Domingo todo su derecho, i pasaba entero a España, que de seguro
no iba a consentir, ni en la cesión hecha sin facultad alguna por parte de Santo Domingo, ni en
renunciar ella el derecho de tenerlos, trasmitiéndoselo a Italia. Por eso no vemos qué ganaban
los pretendidos amigos de Génova con fingir esos restos de Colón. De Santo Domingo nada
pueden ahora, ni en ningún tiempo obtener, porque los títulos de este pueblo sobre los restos
están claros i perfectamente definidos; amplios, amplísimos para retenerlos i conservarlos;
deficientes del todo para disponer de ellos de un modo cualquiera. Al fenecer el derecho de
Santo Domingo principia el de España, o sea el de los sucesores del Primer Almirante, i en-
tonces volvían a encontrarse los amigos de la traslación a Génova en el mismo estado en que
antes del fraude, es decir, en la necesidad de esperarlo todo de España. I si a ese punto debían
llegar con los falsos restos ¿para qué inventarlos? ¿Por qué las diligencias que iban a tener que
hacer al fin con ellos no las hacían desde el principio con los verdaderos?
No vemos tampoco en qué puede favorecer el hallazgo de septiembre la pretendida bea-
tificación de Colón. No se necesitaba tener a la mano sus restos, para que si era merecedor de
ello, se le declarase bienventurado. En todo caso en Cuba se hallaban los que hasta septiembre
se tenían por suyos. Si al Primer Almirante, a pesar de sus innegables virtudes, de sus grandes
sufrimientos, de su martirio, puede decirse, no se le juzga digno del honor de los altares, será
debido sin duda a que fue conquistador, i conquistador teniendo bajo su mando los terribles
españoles de aquel tiempo; i sobre todo a que dio cabida en su entendimiento i realización
en la práctica, a las ideas poco cristianas de la época, que creían permitido en ciertos casos la
esclavitud i venta del ser hecho a imagen de Dios. La conquista, de cualquier modo que se
la considere, es una iniquidad, porque destruye el derecho que nunca puede perder ningún

136
emiliano tejera  |  antología

pueblo de gobernarse como bien le plazca. Ni el hombre tiene jamás derecho para esclavizar
a otro hombre, ni un pueblo para esclavizar a otro pueblo. I si la conquista del pueblo o el
esclavizamiento del hombre se hacen so pretexto de civilizar o cristianizar, la iniquidad es
mayor aun, porque al crimen que entraña el hecho en sí, se agrega el escarnio de cubrir la am-
bición o el fanatismo con el manto de la religión o de la ciencia, i el perjuicio de hacer odioso
lo bueno, queriéndolo imponer a la fuerza, como si se tratara de lo malo. La persuasión i el
ejemplo son las únicas maneras de propagar la verdad, como lo manifestó con su vida entera
el Cristo, i como lo han practicado cuantos siguiendo ese modelo de justicia no han tenido
dos criterios, como lo tienen los falsos apóstoles de la libertad, uno para el día del poder i
otro para el día de la desgracia, sino uno solo, basado enteramente en la justicia i la razón, i
aplicable sin restricciones a todos los hombres i a todos los pueblos. Algunas de las faltas que
cometió el Primer Almirante pueden ser atenuadas en cierto modo teniendo presente su sana
intención, i la influencia que en él ejercieron las ideas predominantes en aquellos tiempos en
la generalidad; pero siempre serán faltas, que probablemente dificultarán o impedirán su bea-
tificación, i no vemos cómo pueda disminuirlas en lo más mínimo el hallazgo de sus restos en
Santo Domingo. Por más que nos hemos esforzado, no encontramos el lazo que pueda unir la
santidad de Colón con el descubrimiento de sus restos; mucho más cuando el estudio de ese
asunto, poniendo de manifiesto las causas naturales que lo han producido, va despojando de
su valor a la palabra providencial, empleada al principio por casi todos en esta Capital. I si ese
pretendido lazo entre esos dos hechos no existe ¿para qué iban a inventarse esos falsos restos
por los ocultos, i por nadie conocidos aquí, partidarios de la beatificación?
Hace pensado también que el interés de engrandecer a Santo Domingo, de convertirlo en
una Jerusalén americana, ha tenido también parte en la ejecución del supuesto fraude. (Inf.
Acad., p.113) ¡Mui iluso habría sido el que tanto esperara de la amortecida fe de nuestra época!
Además ¿quién ha dicho a la Academia que en la República entera, no diremos en la ciudad de
Santo Domingo, existe el más leve deseo por la beatificación del Primer Almirante? ¿En dónde ha
encontrado hecho alguno que la autorice a suponer que la ciudad pretende florecer al abrigo del
santuario? Tal vez no se encuentre un solo dominicano que haya, no diremos pensado, pero ni aun
soñado, que Colón pueda ocupar un puesto en los altares, i mal se avendría semejante modo de
ver las cosas con el propósito de obtener beneficios con la posesión de las reliquias del beatificado.
En mui distinto camino piensan los dominicanos encontrar la prosperidad i la ventura. El silbato
del vapor no deja oír ya, sino a sus debidas horas, el sonido de las campanas de los templos, i
a la antigua indolencia colonial va sustituyéndose el fecundo esfuerzo del ciudadano libre, que
considerando el trabajo no como una afrenta sino como un medio de redención, transforma los
bosques en hacienda, i llena los puertos con los productos de su laboriosidad. Santo Domingo, por
el cual más de un colonista cortesano ha vertido lágrimas farisaicas, comparando su pretendida
decadencia presente con una soñada prosperidad antigua, sólo cierta, mientras hubo indígenas
qué sacrificar, ha principiado a vivir la vida del progreso, i puede tener esperanzas lisonjeras en
su porvenir. ¿I era en situación semejante, cuando todo se espera del trabajo, cuando la tierra,
estimulada por los cuidados del labrador, centuplica los productos, i a la vez que recompensa
al laborioso, incita con su generosidad al indolente i al tímido, era entonces, decimos, que iba
a cifrarse el engrandecimiento de Santo Domingo, en qué? ¡En los beneficios que produjera en
estos tiempos de incredulidad la posesión de las reliquias de un santo!
No debe olvidarse tampoco que los individuos a quienes se atribuye el fraude son ex-
tranjeros en Santo Domingo, i como en último resultado, si glorias i beneficios produjera el

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

indigno hecho, serían todos para este país, no se concibe cómo personas que ni para sí, ni para
su patria, obtenían ventajas de ninguna clase, iban sin embargo a llevar a cabo la superchería
por sólo el placer de dotar a Santo Domingo con las reliquias del Primer Almirante. Ni aun
agradecimiento podían esperar de aquel a quien servían tan desinteresadamente, porque ni
podía llegar nunca a conocer el tenebroso servicio, ni si lo hubiera descubierto, iría a sentirse
deudor de aquellos que lo habían asociado a un crimen. Es decir, que a la postre, i como
único premio de todos sus afanes, sólo obtenían los forjadores de la superchería el triste
convencimiento de haber ofendido a su ilustre compatriota, haciendo que sus verdaderos
restos fuesen considerados como falsos i los falsos como verdaderos. ¿I puede concebirse
que haya quien realice cosa alguna para obtener resultados de igual naturaleza?
Bajo cualquier punto de vista que se examine el hallazgo de septiembre se encontrarán
improbabilidades de toda especie al considerarlo como un fraude. Ni pueden señalarse los
móviles que impulsaron a efectuar semejante hecho, ni se encuentra la posibilidad de reali-
zarlo, ni puede decirse con apariencias de fundamento, quiénes fueron sus perpetradores, o
quiénes siquiera tenían interés verdadero en llevarlo a cabo. Los que han lanzado la acusación
la han fundado en el aire; porque presentan como pruebas del delito los puntos oscuros i de
dificultosa explicación que encierra el mismo hecho, sin advertir que son superchería i sin
ella, existirían siempre los mismos puntos oscuros, pues tiene por fuerza que tenerlos todo
hecho olvidado por siglos, mucho más cuando se han perdido o extraviado los documentos
que podían explicarlo o aclararlo.
Los cargos hechos hasta hoi al hallazgo de septiembre no autorizan en lo más mínimo
a considerar como apócrifos los restos exhumados en esa fecha. No conociéndose, ni exis-
tiendo tal vez documento alguno, que indique las inscripciones que debía tener la urna de
D. Cristóbal Colón, hai que limitarse a examinar si las que tiene la caja de septiembre, que
se presenta como tal, eran posibles antes del Sínodo de 1683, pues en esta fecha no era cono-
cida la tumba del Primer Almirante sino por tradición, i después, no aparece que se la haya
examinado, ni aun siquiera que se tuviera conocimiento del sitio preciso donde estaba. Al
contrario, todo demuestra que se tomaba el sepulcro de D. Diego por el de su padre. Hemos
visto que las abreviaturas de la urna son semejantes a las que se empleaban en esos tiempos;
que todas las palabras que hai en las inscripciones habían tenido uso, o antes del siglo XVI,
o en este mismo siglo; que en documentos dignos de todo crédito se encuentran ejemplos de
la ortografía que se ha tenido por sospechosa; que ni la clase de letra, ni la mezcla de una con
otro, pueden servir de fundamento para una objeción seria, pues se encuentran ejemplos de
una i otra cosa en lápidas antiguas; que paleógrafos entendidos han considerado los carac-
teres de la urna como de la segunda mitad del siglo XVII, lo cual puede mui bien ser exacto,
porque hai razones plausibles para creer que por ese tiempo tuvo lugar un examen de la caja
i reliquias, i entonces pudieron grabarse los mencionados caracteres; en una palabra, hemos
visto que la generalidad de los cargos no tienen importancia, i que si hai alguno que pueda
dejar restos de duda en el ánimo de un crítico suspicaz, débese a la incertidumbre que la falta
de documentos produce, i a la oscuridad que el tiempo trae consigo, sobre todo cuando se
investigan hechos que han estado sumidos por siglos en las tinieblas del olvido.
Uno de los resultados más importantes de los estudios provocados por el hallazgo de
septiembre, es el convencimiento de que los restos exhumados en 1795, i conducidos a La
Habana, no son los del Primer Almirante. A él han llegado cuantos con imparcialidad han
examinado las pruebas en que se fundaba esa exhumación i traslación. Nadie acepta que unos

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emiliano tejera  |  antología

restos encontrados en una bóveda que no tenía inscripción, i entre unas planchas de plomo
que parece tampoco tenían una sola letra, puedan ser los de D. Cristóbal Colón, cuando sólo
se alega para probar semejante cosa, que en ese sitio se sabía por tradición constante que
estaban depositados los restos del ilustre marino. No mentía en verdad la tradición al decir
que en ese lado reposaba el Descubridor de América; pero como en ese lado había dos bóvedas
i dos restos, i esto no lo sabían los exhumadores de 1795, pues la tradición no lo recordaba, su
equivocación consistió en extraer como del Almirante los restos de que tenían noticia por el
hallazgo de 1783, dejando en la otra bóveda, cuya existencia ignoraban, los verdaderos del
Descubridor del Nuevo Mundo. El error tenía un día que descubrirse, i en efecto se descubrió
en septiembre de 1877, cuando la reparación del templo permitió hacer investigaciones en
los sitios en que habían sido sepultados los Colones.
Tras la aceptación de la idea de que los restos llevados a La Habana no son los del
Primer Almirante, tiene que venir por fuerza el reconocimiento de que pertenecen a este
grande hombre los descubiertos el 10 de septiembre. Después que fueron sepultados en el
primitivo Presbiterio de la Catedral de Santo Domingo los despojos del Primer Duque de
Veragua, no se han exhumado de ese sitio más restos que los de 1795 i 1877. Si, como todo
lo demuestra, los de 1795 no son ni pueden ser los del Primer Almirante, deben encontrarse
aún los restos de D. Cristóbal Colón en el Presbiterio, o ser los que se han extraído en 1877.
En el primitivo Presbiterio no existen en la actualidad restos de ninguna especie, luego deben
ser suyos los de 1877, que han aparecido con el nombre de D. Cristóbal Colón i títulos sólo
a él aplicables. A no ser así, habría que aceptar el hecho extraordinario de que mientras las
urnas de los demás Colones han aparecido más o menos completas, i sus bóvedas pueden
mostrarse aún, la urna i la bóveda del Descubridor de América habrían desaparecido del todo,
encontrándose en su lugar una falsa caja en la bóveda más a la derecha del altar, es decir en
el sitio más preeminente del Presbiterio. El buen sentido dirá si tal suposición es admisible,
i si porque no sufra el buen nombre de los exhumadores de 1795, deben arrojarse al osario
de los desconocidos los preciosos restos del insigne Descubridor del Nuevo Mundo.
Dos años han transcurrido desde el día memorable en que Santo Domingo se estremeció
de gozo al ver surgir del seno de la tierra los despojos del grande hombre que tanto lo había
amado, i que no teniendo en la hora de su muerte sino esperanzas que dejar, lo había hecho
heredero de lo único de que verdaderamente podía disponer: de sus propios i entonces
poco apreciados restos. No había de desmentirse en esta ocasión el sino adverso del infeliz
Descubridor, i así como en vida no tuvo proyecto que no se le erizara de dificultades, ni
labor cuyo fruto gustara en paz, así el hallazgo de sus restos, en vez de ser saludado con
transportes de gozo, sirvió de despertador a las mismas malas pasiones que amargaron su
vida hace tantos siglos. Entonces el orgullo nacional encontraba duro que un extranjero
gobernase españoles; hoi se lastima, porque extranjeros poseen las reliquias del que a pesar
de tan indebido desdén, ha llegado a ser una gloria de la humanidad. Lo que falta saber es
si el siglo XIX es el siglo XVI; si las suposiciones ofensivas se aceptan como razones, i si el
dogmatismo infundado puede prescindir del examen i ocupar el puesto de la severa crítica.
La cuestión de los dos restos está sometida al juicio de los hombres imparciales e ilustrados
de todo el mundo civilizado. Veremos si su fallo no está de acuerdo con lo que un pueblo
entero, enemigo de todo doblez, tiene por una verdad incontrastable.
De Los Restos de Colón en Santo Domingo, 1878.
Reproducido en 1926.

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Monumento a Duarte
Junta Central Directiva
Exposición al Honorable Congreso Nacional,
solicitando el permiso para la erección de la estatua del ilustre patricio
–1894–

Señores Diputados:
Es lei natural de todo organismo crecer i progresar. Tiende a crecer i desarrollarse la
planta; tiende a crecer i mejorar el bruto; tiende a crecer i progresar el hombre; tienden a
crecer i progresar las sociedades, que no son otra cosa que agrupaciones de hombres, unidos
con el propósito de cumplir esa lei de progreso, mediante los beneficios de toda clase que, a
fuertes i débiles, proporcionan el poderoso medio de la reunión de esfuerzos comunes, o la
asociación, siempre que esta se halle vivificada en todas sus manifestaciones, por los eternos
principios de la equidad i de la justicia.
Pero para vivir, crecer i mejorar, necesitan, así el hombre como los pueblos, que el espacio de
terreno en que deben existir se preste a facilitarles los medios necesarios para cumplir la lei del
progreso, i que esos medios no sean disminuidos o anulados por fuerzas absorbentes propias o
extrañas. Podrá vivir, pero no desarrollarse convenientemente, el pueblo que no pueda tener toda
la expansión que su progreso exija, o que vea mermados o mal distribuidos los productos de su
actividad. Para prosperar, tanto los individuos como las sociedades, necesitan ser inteligentes,
instruidos, trabajadores y morales, i además, independientes, libres i bien gobernados.
Los hombres se vanaglorian a menudo del estado de su civilización; pero los hechos
demuestran que hombres i gobiernos obedecen con gran frecuencia al egoísmo, que es la lei
del animal, menospreciando o no acatando el derecho, que es la lei del ser racional. Muchos
siglos transcurrirán antes de que el débil, el bárbaro i el ignorante encuentren un escudo
eficaz para su derecho en la conciencia del fuerte armado e irresponsable.
Los dominicanos –entendiendo por este nombre los habitantes de la parte española de
Santo Domingo– estuvieron por siglos bajo el dominio de la noble nación que enlazó el Nuevo
Mundo con el Antiguo. Más bien que vivir, vegetaban; pero vegetaban contentos, porque el
gobierno era paternal, i todos, gobernantes i gobernados, libres i esclavos, formaban casi una
familia. España daba de corazón a su colonia lo que a su juicio era mejor, i Santo Domingo no
parecía echar de menos ni aun siquiera la libertad comercial, pedida desde los comienzos de
la conquista, i que probablemente habría variado a la larga las condiciones de su existencia
social i política. Así se vegetó por siglos entre peripecias de todo género.
Un día, el lo. de diciembre de 1821, se proclamó la Separación de la parte española de
Santo Domingo i su reunión a Colombia. El paso era mui aventurado. Escasa la población
–apenas 80,000 habitantes– mermada la riqueza pública; nulas las rentas; insignificante el
comercio; vacilante o contraria la opinión pública, arraigada a sus antiguos hábitos ¿cómo iba
a sostenerse la naciente entidad política, sin un solo ejército, contra un vecino diez veces más
numeroso, organizado, aguerrido, provisto de recursos de todo género, aguijoneado por el
vivo deseo de adueñarse por completo del territorio de la isla, i ensoberbecido con los recientes
triunfos que produjeron la unidad haitiana? Son hasta ahora un secreto para la historia las
causas que impulsaron a Don José Núñez de Cáceres a separar a su país de España en mo-
mentos tan expuestos; aunque se nota que había comprendido los peligros de la empresa en
el hecho de no proclamar la independencia absoluta –que tal vez era su anhelo– i sí, la unión

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emiliano tejera  |  antología

a Colombia, que le ofrecía más probabilidades de éxito. Pero ¿podía él contar realmente con
el asentimiento i los recursos de Colombia? ¿Podrían llegarle a tiempo para sostener su obra?
Los hechos destruyeron su esperanza, si la fundaba en semejantes bases. Boyer, que espiaba el
momento oportuno para caer sobre su presa, esparció sus agentes por todas partes, i sin más
espera, i desdeñando sabios consejos que le fueron dados por un previsor estadista haitiano,
invadió el país, dominándolo a poco a favor de dos cuerpos de tropa numerosos, que entraron
por las fronteras del Norte i del Sud. Setenta días después de proclamada la unión a Colombia
el ejército de Haití ocupaba las fortalezas de Santo Domingo, i sus hijos tenían que agregar al
dolor de verse sometidos a odiosos extranjeros, el que les causaba el sarcasmo de oír calificar
de voluntaria y solicitada esa unión, que el país entero rechazaba, i que sólo algunos pocos
esclavos habrían quizás deseado entre las amarguras de su triste condición.
Veinte i dos años gimió el dominicano en la dura servidumbre. ¿Qué ocurrió en ese lapso?
¿qué pasos se dieron en la vía del progreso? ¿qué otro beneficio, fuera de la redención de los
esclavos, se derivó de acontecimiento tan trascendental?
¡Ah! contrista el ánimo el solo recuerdo de época tan luctuosa. ¡Cuánto horror! ¡Cuánta ruina!
¡Cuánta amargura devorada en las soledades del hogar! ¡Nunca la elegía animada por intenso
i legítimo dolor, produjo quejas más lastimeras, que las exhaladas por las madres dominicanas
en sus eternas horas de angustia! Pena causaba el nacimiento del niño, pena verlo crecer. ¿Para
qué la hermosura de la virgen, sino para que fuera más codiciada por el bárbaro dominador?
¿Para qué el fuerte brazo del varón, si no iba a servirle sino para sostener el arma, que debía
elevar en las civiles contiendas, no al más hábil, ni al más liberal, sino al mejor representante
de las preocupaciones populares de raza? ¿Para qué la inteligencia del joven, sino para hacerle
comprender en toda su fuerza la intensidad de su degradación? ¡Qué dolor el del padre al
despedirse de la vida, dejando a sus hijos en aquel mar sin orillas, más sombrío i pavoroso que
los antros infernales del adusto poeta florentino! ¡Nada grande, nada útil quedaba! Las enreda-
deras silvestres crecían a su antojo donde antes el cafeto doblaba sus ramas al peso de las rojas
bayas, o donde el prolífico cacao encerraba en urnas de oro o púrpura el manjar de los dioses.
El grito de los mochuelos interrumpía el silencio de los claustros, que habían resonado un día
con los viriles acentos de los Córdobas, Las Casas i Montesinos, i la araña cubría de cortinas
polvorientas la cátedra de los sabios profesores, que con su ciencia, habían conquistado para
su patria el honroso calificativo de Atenas del Nuevo Mundo. Los templos iban convirtiéndose
en ruinas, o en cuarteles de los sectarios del Vodoux, i los conventos eran morada de lagartos
i lechuzas. La iglesia, oprimida en Occidente por la autoridad civil, no podía llenar con entera
libertad su misión civilizadora, i los buenos pastores, o tomaban el bordón del peregrino, o de-
bían resignarse, por amor a sus feligreses, a soportar prácticas sociales contrarias a las buenas
costumbres antiguas. Las familias pudientes huían de Santo Domingo como se huía antes de
Sodoma i Gomorra, i con ellas los capitales, el saber, la ilustración, las prácticas agrícolas. Las
confiscaciones legales hacían bambolear el derecho de propiedad, i se preveía la llegada del
momento en que el color fuese una sentencia de muerte, i el nacimiento en el país un crimen
imperdonable. ¡I esa situación la soportaban los descendientes de los conquistadores de América!
¡Los que habían vencido a los franceses en cien combates! ¡Los que rechazaron virilmente los
ataques de Penn i Venables! ¡A qué abismo se había descendido! ¡Esclavos de los sucesores de
Cristóbal i Dessalines, cuando antes, en mar i tierra, los dominicanos habían paseado enhiesto
el pabellón de la victoria, i su sangre había corrido a torrentes, para que la tierra que cubriese
sus restos no fuese profanada por la sombra de una bandera extraña!

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Pero es una noble raza la viril raza española, la de entidades más individualistas entre
todas las que existen en el globo. Cuando se levanta airada contra la opresión, si su tirano
es omnipotente podrá cavarle tumbas; pero imponerle cadenas, jamás. ¡Ah! si como está
poseída del sentimiento de su libertad individual, estuviera poseída del respeto que debe
tener a la de los demás, i de que, fuera de casos extremos, el derecho no debe sostenerse
sino con el derecho, i no con la fuerza! ¡Qué gran raza sería! Los pueblos que tienen siquiera
una gota de esa sangre generosa no han nacido para la esclavitud. El dominicano es el hijo
primogénito de los conquistadores de América, i no le extrañan las heroicidades de Sagunto
i de Numancia. Pueblo igual no puede ser esclavo para siempre.
Así lo comprendió Juan Pablo Duarte, al pisar en 1834, de regreso de Europa, las playas de
la patria –de la patria, no, porque entonces no tenía patria el dominicano– del suelo esclavizado
en donde perecían entre las torturas del cuerpo i del espíritu sus infelices conterráneos. Pero
en aquella raza había fermento de héroes; en aquella tierra virgen, que recordaba la antigua
Grecia, vasto campo para la actividad de un pueblo civilizado; en las ruinas, en los recuer-
dos, en la historia, mil excitantes enérgicos con que enardecer el espíritu público i convertir
los esclavos en ciudadanos. ¡La cuna de América destinada a ser un jirón de África! ¡Cuánto
dolor para su ilustre Descubridor! ¡Cuánta afrenta para la España! ¡I ellos, los descendientes
de Colón, de Garay, de Ojeda, de Oviedo, soportarían con vida esa ignominia, cuando ocho
siglos de lucha contra otra imposición africana, les mostraban, a la vez que la senda gloriosa,
las palmas inmortales que el destino concede a la virilidad i al heroísmo!
Duarte aspiró a plenos pulmones el aire de la patria, y por los poros de su cuerpo se infil-
traron sus sentimientos, sus dolores, sus aspiraciones. Hubo unificación íntima, absoluta, entre
él i aquella patria adorada. Lamentó con el hacendado la ruina de la finca paterna, obra de años
de laboriosos esfuerzos; lloró con la madre, que al recibir en sus brazos al fruto de sus entrañas,
lo bañaba con sus lágrimas, sabiendo que ese pedazo de su alma era sólo un esclavo i una
preocupación más; compartió las angustias del padre, a quien desvelaban el desquiciamiento
de la familia, el incierto i tal vez deshonroso porvenir de la hija, i el cierto i vergonzoso destino
del hijo, i hasta se enorgulleció con el antiguo esclavo dominicano que, sintiéndose superior
en todo a su dominador exótico, sufría con impaciencia su dominio, i anhelaba el momento
de probarle, que en la tierra dominicana no había división de castas ni de condiciones, i que
todos sus moradores formaban una sola familia, unida por la religión i el amor, i dispuesta a
contundir sus esfuerzos i su sangre en las luchas gloriosas por la libertad.
Desde ese momento, el destino de Duarte quedó fijado para siempre. Todo por la patria
i para la patria. ¡Nombre, juventud, fortuna, esperanzas, cuánto era, cuánto podía ser, todo
lo ofrendó en aras de la tierra de su amor! Las grandes causas necesitan grandes sacrificios,
i él, puro i justo, se ofreció como víctima propiciatoria. Amor de madre, cariño de hermanas,
afectos juveniles tan caros al corazón, ilusiones de perpetuidad, cimentadas en un heredero de
nuestra sangre i de nuestras virtudes ¡alejaos, alejaos para siempre! El destino es inexorable,
i el sacrificio se consumará. El entendimiento como que vislumbra a veces la razón de estos
hechos, al parecer llenos de injusticia; pero el corazón, que no discurre, se acongoja fuertemente,
al encontrar que la base de toda obra perdurable es el cadáver de un justo, que no participó
en las prevaricaciones pasadas, ni gozará en los festines venideros. ¿Por qué la Independencia
necesitó el sacrificio de un Duarte? ¿Por qué la Restauración el sacrificio de un Sánchez?
Pero a lo lejos brillaba la esperanza. Los errores de Boyer comenzaban a producir sus
naturales frutos, i Duarte, que deseaba utilizar en beneficio de su patria la conmoción social

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emiliano tejera  |  antología

esperada, se dio a trabajar con toda la energía de su inquebrantable voluntad. Amistades,


relaciones, conciudadanía, todo lo aprovechó en bien de su empresa. Excitó a los indolentes,
animó a los tibios, templó a los fogosos, convenció a los errados, i pronto tuvo el placer de
notar que la Patria tenía campeones decididos, i que no era un sueño su esperanza de redi-
mirla. La juventud, sobre todo, correspondió a su anhelo, i el 16 de julio de 1838 vio nacer
la Trinitaria, grupo de apóstoles que debían propagar las doctrinas del maestro i mantener
siempre encendida la antorcha del patriotismo. Los nombres de sus primeros miembros son:
Juan Pablo Duarte, Juan Isidro Pérez, Pedro Alejandrino Pina, Jacinto de la Concha, Félix
Ma. Ruiz, José Ma. Serra, Benito González, Felipe Alfau i Juan Nepomuceno Ravelo. Todos
firmaron con su sangre el juramento de morir o hacer libre la tierra de sus antepasados.
Entre las decisiones más importantes de la Trinitaria, unas tomadas en el comienzo de
su existencia i otras más tarde, figuran el nombramiento de Duarte, como General en Jefe
de los Ejércitos de la República, i Director general de la Revolución, i los de Pina, Pérez,
Sánchez i Mella, como Coroneles de los mismos Ejércitos. Estos fueron los únicos grados
militares concedidos por la Trinitaria; los demás, hasta la creación de la Junta Central, los
hizo Duarte, en uso de sus facultades, como Jefe de la Revolución.
Los antiguos paladines tenían un lema que sintetizaba sus ideales, Duarte, paladín del
derecho, tenía también el suyo, que sintetizaba sus propósitos, i que trasmitió íntegro a la
futura República: Patria i Libertad. Pero como la lucha que se iba a sostener era tan desigual,
conocidas las fuerzas i la organización del dominador, era preciso buscar en una fuerza mo-
ral la compensación que no existía en las materiales. Duarte la encontró en Dios, fuente de
justicia i de derecho, i al cual creyó desde luego de su parte, por ser tan santa la causa que
sustentaba. No se engañó en esta apreciación, que tenía fundamento sólido en el espíritu
religioso de sus compatriotas. El lema de la República Dominicana fue: Dios, Patria i Libertad,
i era tanta su influencia, que los primeros campeones de la República invocaban a Dios al
comenzar las batallas, creyendo con esto asegurado el triunfo, i con el nombre de Dios en
los labios, morían, si la suerte los había destinado a perecer en los combates.
Respira decisión i profundo amor cívico el juramento de los trinitarios, ideado por Duarte
i firmado con sangre:
“En el nombre de la santísima, augustísima é indivisible Trinidad de Dios Omnipotente, juro i
prometo, por mi honor i mi conciencia, en manos de nuestro presidente Juan Pablo Duarte, co-
operar con mi persona, vida i bienes a la Separación definitiva del gobierno haitiano, i a implantar
una República libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, que se denominará
República Dominicana, la cual tendrá su pabellón tricolor, en cuartos encarnados i azules, atrave-
sados con una cruz blanca. Mientras tanto, seremos reconocidos los Trinitarios con las palabras sa-
cramentales: Dios, Patria i Libertad. Así lo prometo ante Dios i el mundo: si lo hago, Dios me proteja,
i de no, me lo tome en cuenta, i mis consocios me castiguen el perjurio i la traición, si los vendo”.

El principio racional de la fusión de las razas, que será la salvación de la América tro-
pical, dotándola con una población apropiada a sus necesidades, encontró en Duarte un
intérprete fiel, cuando ideó el pabellón dominicano. Dessalines no quería que el elemento
blanco entrase en la composición de la nacionalidad haitiana. Duarte lo hizo figurar en la
constitución de la dominicana, como elemento civilizador, i lazo de unión respecto de los
pueblos hispanoamericanos i de los demás civilizados del globo. La bandera dominicana
puede cobijar a todas las razas: no excluye ni le da predominio a ninguna. Bajo su sombra
todas pueden crecer, fundirse, prosperar.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Sin instrucción no hai ciudadanos verdaderamente libres. Duarte trató de que sus com-
pañeros se elevasen a la altura del destino que estaban llamados a cumplir, i en esta tarea
fue ayudado eficazmente por el Presbítero Don Gaspar Hernández, peruano instruido, que
continuó la obra de los Cruzados, Moscosos, Valverdes i Cigaranes. También los hizo ejer-
citarse en las artes de la guerra, para que luchasen sin desventaja con el enemigo que tenían
que combatir. A pocos permitió la suerte medir sus armas con los haitianos; pero entre ellos
sobresalieron algunos como militares, sobre todo Mella, que en la tarde de su vida, formuló
en una circular memorable el plan de guerra que permitió a los dominicanos combatir con
éxito en la guerra de la Restauración.
Duarte i sus compañeros no se dieron tregua en sus trabajos de propaganda, i al espirar el
año de 1842 los adeptos eran numerosos i de valía. Sánchez, los Mellas, Duvergé, los Jiménez,
los Conchas, Imbert, Salcedo, los Castillos, los Santanas, Espinosa, los Valverdes, Acosta, los Ra-
mírez, Carrasco, Peña, los Pichardos, Soñé, Tabera, Álvarez, Sosa, Roca, Sandoval, los Contreras,
Galván, Lluberes, los Breas, Delmonte, los Bonilla, Perdomo, Rijo, Linares, Abreu, Santamaría,
Leguísamon, Regalado, i cien i cien otros, que sería prolijo enumerar, habían sido iniciados en
la idea redentora, i a su vez la propagaban con ardor. Teatro, asociaciones benéficas, romerías,
fiestas campestres i urbanas, trabajos agrícolas… todo se había utilizado como medio a propó-
sito para unificar voluntades i encaminarlas a la redención de la Patria. El clero era propicio i
trabajaba con ardor; las damas emulaban las varoniles matronas de Esparta, i una pléyade de
jóvenes, sedientos de gloria, ansiaban por el momento en que, a la voz del jefe amado, debían
destrozar cadenas tan pesadas e ignominiosas. De Oriente a Poniente, de Mediodía a Septentrión
corría aire de entusiasmo i libertad, que enardeciendo la sangre juvenil, hacían parecer actos
cotidianos la decisión de Daoiz i Velarde i el sacrificio sublime de Ricaurte.
Para fines del 42 estaban prestas al combate las fuerzas que debían derribar el gobierno esta-
cionado de Boyer. Duarte i sus compañeros, siempre activos i en acecho, trataron de aprovechar
esta oportunidad para el progreso de su obra, i se unieron con los liberales haitianos o reformistas,
que eran los que deseaban variar el estado de cosas existente. Ramón Mella había sido enviado
por Duarte a Los Cayos, para entenderse con los reformistas, i combinar el movimiento que debía
efectuarse en la parte española, luego que la haitiana enarbolase el estandarte de la insurrección.
Los reformistas comprendieron la importancia que tendría un alzamiento general del país, para
derribar el arraigado poder de Boyer, i convinieron con el Comisionado dominicano en ponerlo
en relaciones íntimas con los amigos que tenían en la parte española, i en los beneficios que
esta debía obtener por su cooperación en la obra revolucionaria. Con la unión a los liberales se
obtenían varios beneficios: facilidades para reunirse sin inspirar sospechas; conocimiento exacto
de las opiniones en juego, i quizás, si las cosas llegaban al terreno de la guerra, adquisición de
armas, i formación de cuerpos de tropas amigas, utilísimas en lo adelante. Un solo peligro co-
rrían: que el partido reformista triunfante cumpliese sus promesas, i esto aplazase la Separación
dominicana. Pero ¿ignoraban ellos acaso que los partidos de oposición tienen cien bocas para
ofrecer, i adueñados del mando, sólo una voluntad inactiva para cumplir?
El año 1843 fue fecundo en acontecimientos políticos. La revolución que a principios de él
estalló en Los Cayos, acogiendo el manifiesto de Praslin, tuvo fuerza bastante para obligar a
Boyer a deponer el mando el 13 de marzo del mismo año. Once días después, el 24, aún luchaba
el General Carrié en Santo Domingo, tratando de contener el movimiento de los reformistas, entre
los cuales figuraban como elemento importante Duarte i sus compañeros, que con habilidad
suma, habían logrado que los dominicanos secundaran el pronunciamiento de la Parte haitiana.

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emiliano tejera  |  antología

Al fin el General Carrié capituló el 26 de marzo, i una Junta Popular de cinco individuos,
(Duarte, Jiménez, Pina, Alcius Ponthieux i M. Morin) en su mayoría dominicanos, vino a dirigir
los asuntos públicos, en unión de la autoridad militar, confiada a un reformista.
En 7 de abril de 1843 recibió Duarte de la Junta Popular de Santo Domingo el encargo de ins-
talar i regularizar las Juntas Populares del Este de la Parte Española. No fue desaprovechada esta
oportunidad, i las Juntas fueron compuestas en gran parte de elementos favorables a la Revolución
dominicana. En este viaje se puso Duarte en relaciones íntimas con el patriota Ramón Santana, a
quien poco después dio el grado de Coronel, habiendo logrado atraerlo por completo a sus miras
de independizar el país, sin la ayuda de poder extranjero. Ramón Santana, con el desinterés carac-
terístico entonces de los verdaderos patriotas, rogó a Duarte diese el nombramiento de Coronel a
su hermano Pedro, que él se conformaba con servir bajo sus órdenes. Duarte no pudo menos de
complacer al patriota seibano, cuyo desprendimiento i rectas miras sabía tan bien apreciar.
La lucha entre el elemento dominicano i el elemento haitiano se caracterizó entonces, pues
este quería aprovecharse exclusivamente de los beneficios de la Reforma, en tanto que aquel de-
seaba utilizarlos para sus propósitos de independencia. Para este tiempo contaban los duartistas
con el valioso contingente de los Puellos, Parmantier i otros, a quienes el honor militar retenía
en las filas haitianas, i a los que la Reforma arrojó en el puesto glorioso que la Providencia les
tenía destinado. Duarte invitó entonces a una reunión en casa de su tío, Don José Diez, a los
habitantes más notables de la Capital, con el objeto de unificarlos en el pensamiento de la Sepa-
ración, i decidirlos a efectuarla cuanto antes. La mayoría, sobre todo la juventud, correspondió
entusiastamente a su propósito; pero encontró tibieza i aun oposición en algunos, debida en parte
a miras egoístas, i en parte a los temores que les inspiraba el fracaso de la tentativa de Don José
Núñez de Cáceres. Pudo él comprobar a la vez la existencia de un tercer partido, que queriendo
como el suyo la Separación de Haití, no se atrevía a efectuarla, sino con el apoyo de una potencia
extranjera. Este partido recibió más tarde de los duartistas el calificativo de afrancesado.
Cada partido creía tener razones poderosas en qué fundar sus determinaciones. La de
los tibios u opositores, que recibieron el nombre de haitianizados, eran puramente egoístas i
personales, i por tanto condenables por la historia. Como ellos no sentían la pesadumbre de
la exótica dominación, poco o ningún deseo tenían de que desapareciera, sin darse cuenta
de que querer la continuación del dominio de Haití sobre la parte dominicana era querer la
completa destrucción de ésta, máxime si los acontecimientos políticos llevaban al poder al
elemento que había predominado con Cristóbal i Dessalines.
Los afrancesados –entre los cuales había más adictos a España que a Francia– se pre-
guntaban a su vez con qué recursos iban a sostener los duartistas o independientes puros la
nacionalidad que intentaban crear, i hasta dudaban de que llegara a existir, si no se contaba
con un apoyo extranjero. Este apoyo, en forma de Protectorado, lo solicitaban de España i
de Francia, sin tal vez parar mientes en la compensación que por él había de exigírseles. Se
ha dicho que este partido había convenido con agentes franceses en la cesión a Francia de la
bahía de Samaná. Tal cargo no ha sido justificado hasta ahora con ningún documento fide-
digno, i ni aún se sabe, en caso de ser fundado, si debe pesar sobre todo el partido, que más
era afecto a españoles que a franceses, o sobre algunos de sus miembros más prominentes.
La verdad es que este partido quería de corazón la independencia de la Patria, i que ayudó
mucho a ella, tanto en Puerto Príncipe, como en la memorable jornada del 27 de Febrero,
sirviéndose en esta ocasión de la influencia del cónsul francés en Santo Domingo sobre las
autoridades haitianas que gobernaban la plaza, i de la existencia, casual o intencional, de

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buques de guerra franceses en la costa sud de Santo Domingo. Se nota que la preocupación
de los afrancesados era el fracaso de la empresa de Don José Núñez de Cáceres, i el éxito
desgraciado de las tentativas posteriores. No les faltaba razón en ello, i por esto no puede
culpárseles. Lo que sí hizo más tarde antipático el nombre de este partido, fue que de su
seno salieron varios de los individuos, que, en unión de los haitianizados, persiguieron de
muerte, i con ingratitud extrema, a los duartistas o independientes puros.
En cuanto a estos, tenían completa fe en el triunfo de su causa. Los sostenía i vivifica-
ba el varonil espíritu de la raza española, que cree radicado el triunfo en donde sienta la
planta. Para combatir a Goliat les bastaba la honda de David. I el éxito vino a justificarlos.
Lo dificultoso en su empresa era que se diese a los dominicanos el tiempo suficiente para
formar una masa capaz de resistir el empuje de las fuerzas haitianas. Las circunstancias le
dieron ese tiempo, i la resistencia de Tabera en la Fuente del Rodeo, i los triunfos de Santana
en Azua i de Imbert en Santiago, permitieron la constitución de la República Dominicana.
Pierrot i los demás enemigos de Riviére hicieron el resto.
Duarte, en vista de semejantes disidencias, se apresuró a terminar la organización del
partido separatista en los diversos pueblos de la parte dominicana, i a dotarlo con los ele-
mentos de guerra que iba a necesitar con urgencia. El momento propicio se acercaba. La
lucha por el nombramiento de las Juntas electorales, que debían elegir los Representantes a
la Asamblea Constituyente, i que él dirigió personalmente en la plaza de Santo Domingo, hoi
plaza Duarte, le mostró con el triunfo que obtuvo sobre los demás partidos, que la opinión
pública estaba a su favor, pero ese mismo triunfo alarmó a los haitianos i haitianizados,
mostrándoles a las claras el hondo abismo que tenían a sus pies. Llamóse con instancias al
general Charles Hérard (Riviére), verdadero jefe entonces de Haití, porque lo era de las armas,
i este, a la cabeza de fuerzas respetables, cruzó la antigua frontera del Norte, con el propósito
de sofocar, antes de nacer, a la nacionalidad que vivía ya en los corazones dominicanos.
A su paso por las ciudades del Cibao redujo a prisión a varios separatistas, entre ellos a
Ramón e Ildefonso Mella, Francisco Antonio Salcedo, Manuel Castillo, Esteban de Aza, Alejo
Pérez, Baltasar Paulino, los Presbíteros Peña i Puigvert, Rafael Servando Rodríguez, Manuel
Morillo, Jacinto Fabelo, José Ma. Veloz i Pedro Juan Alonso, a los cuales envió a las cárceles
de Puerto Príncipe. Gozábanse los haitianos de la Capital con la suerte que iba a caberles a los
promovedores de la Independencia, pero el 11 de julio, un día antes de la llegada de Riviére a
Santo Domingo, se ocultaron Duarte, Juan Isidro Pérez i Pedro Pina, haciéndolo Sánchez el 12
en la noche, a su vuelta de Los Llanos, a donde había ido a desempeñar una comisión, en tanto
que Pedro Pablo Bonilla, Pedro Valverde, Juan Ruiz, Narciso Sánchez, Silvano Pujol, Ignacio de
Paula, Alejandro Disú Batigni i Félix Mercenario eran reducidos poco después a prisión (el 14) i
con Antonio Ramírez, Nicolás Rijo, Manuel Leguísamon, Nolberto Linares, Pedro i Ramón San-
tana, que habían tenido igual suerte en los pueblos del Este, enviados, unos por mar i otros por
tierra, a las mazmorras de la ciudad de Puerto Príncipe. A la vez dispuso Riviére se trasladasen
a la parte haitiana los regimientos 31 i 32, formados en su mayoría de jóvenes dominicanos, sus-
tituyéndolos en esta Capital con los regimientos 12 i 28, compuestos exclusivamente de soldados
del Oeste. Los haitianos con sus medidas de represión apresuraban los acontecimientos.
Duarte, Pérez i Pina, activamente perseguidos, pudieron salvarse de sus enemigos i embar-
carse poco después para el extranjero. Pedro y Ramón Santana se escaparon en Baní, i no fueron
apresados. Sánchez, a quien una grave enfermedad retenía en el lecho del dolor, no pudo salir
del país, i para salvarlo fue preciso propagar la noticia de su muerte. Pero tan pronto como este

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emiliano tejera  |  antología

abnegado patricio pudo ocuparse de los asuntos públicos, se puso en comunicación con Duarte i
sus compañeros de destierro i activó eficazmente los preparativos para dar el grito de Separación.
El país en su gran mayoría estaba por la Independencia, i en todas las poblaciones importantes
había centros revolucionarios. Sánchez, temeroso de nuevas complicaciones, deseaba dar el golpe
en diciembre, hacerlo memorable, antes de que se promulgase la nueva Constitución, i se eligiese
Presidente, que debía ser Charles Hérard, pero tuvo que desistir de su propósito, por la ausencia
de los cuerpos de tropa dominicanos, retenidos en Puerto Príncipe, la presencia en Santo Domingo
de dos regimientos haitianos, i sobre todo, por la falta de armas i municiones suficientes para las
tropas que debían organizarse, tan luego como se proclamara la Independencia.
Duarte, a quien Sánchez escribió entonces, pidiéndole armas i municiones, aunque fuera
a costa de una estrella del cielo, se mostró a la altura de su patriotismo. Durante los nueve años
empleados en los trabajos por la Independencia, i sobre todo en los cinco i medio transcu-
rridos desde la fundación de la Trinitaria, había ido gastando poco a poco su caudal, i para
entonces mui poco o nada le quedaba. Pero existían bienes de la familia, procedentes de la
herencia paterna, aún indivisa, i él no vaciló en sacrificar la parte que le correspondía, i en
pedir a sus hermanos i hermanas sacrificasen la suya.
El único medio, les decía, que encuentro para poder reunirme con Ustedes es independizar la
Patria. Para conseguirlo se necesitan recursos, supremos recursos, i cuyos recursos son: que Us-
tedes, de mancomún conmigo i nuestro hermano Vicente, ofrendemos en aras de la Patria lo que
a costa del amor i trabajo de nuestro finado padre hemos heredado. Independizada la Patria
puedo hacerme cargo del almacén, i heredero del ilimitado crédito de nuestro padre i de sus
conocimientos en el ramo de la marina, nuestros negocios mejorarán, i no tendremos por qué
arrepentirnos de habernos mostrado dignos hijos de la Patria.

Duarte, como Alejandro el Magno, sólo se reservaba la esperanza; pero el héroe macedón ceñía
una corona, i tenía a sus órdenes un ejército sin rival: el patricio dominicano gemía en el destierro,
i sólo contaba con el aura popular, más variable que las inquietas ondas del Océano.
En el mes de enero de 1844 fueron relevados los regimientos haitianos que guarnecían a
Santo Domingo, con los dominicanos que habían sido llevados a Puerto Príncipe, habiéndose
permitido desde el mes de septiembre (el 14) el regreso a sus hogares a los dominicanos
presos en esta última ciudad. El 14 del mes de enero fue electo Charles Hérard, o Riviére,
Presidente de Haití, i el 16 se firmaba secretamente en Santo Domingo el Manifiesto, en que
los dominicanos expresaban las causas que tenían para separarse de Haití, i constituirse en
República independiente. Las circunstancias eran propicias para consumación de la obra tan
deseada. Sánchez i sus compañeros enviaron emisarios a los pueblos más importantes, i se
fijó el día 27 de Febrero para dar el grito de Separación. O surgía de él una nacionalidad, o
las cadenas de veinte i dos años quedaban remachadas por siglos.
Juan Ramírez, impulsado por Vicente Celestino Duarte, se pronunció el 26 en Los Llanos.
El 27 en la noche los coroneles trinitarios Sánchez i Mella, acompañados de un grupo de
patriotas, ocuparon el Fuerte del Conde, i proclamaron la Separación de Haití i la Constitución
de la República Dominicana. Por primera vez ondeó en una fortaleza el pabellón cruzado.
Cien vítores entusiastas saludaron su aparición, i cuando flameando a impulsos de la brisa
del mar cernióse en los aires la blanca cruz redentora, que cubría ya tierra libre, i que parecía
querer ir a redimir la esclava, cien voces, unidas en una sola voz, lanzaron el potente grito
de Dios, Patria i Libertad, i un solo juramento resonó en el espacio: el de libertar la Patria o
perecer. Dios sonrió a los héroes, i la América tuvo una nacionalidad más.

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La capitulación de las fuerzas haitianas en Santo Domingo acrecentó el entusiasmo de los


centros revolucionarios, que uno a uno iban cumpliendo sus compromisos patrióticos. Los
Santanas habían pronunciado el Seibo en la madrugada del 27. Poco después enarbolaron
la bandera cruzada San Cristóbal, Baní, Azua, Moca, Macorís, i a mediados de marzo casi
toda la parte española era independiente.
¡Qué época tan heroica la de los comienzos de la República! ¡Qué hombres! ¡qué pro-
pósitos! ¡Cuánto desinterés! ¡cuánta abnegación! Pero también ¡cuánta fuerza poderosa
desaprovechada! ¡Cuánto entusiasmo juvenil convertido en escepticismo i desengaños! El
gobierno colonial con sus miserias i grandezas había caído bajo el peso de los años; pero el
elemento egoísta, corrompido, que amargó la vida del ilustre Descubridor de América, se
mantenía siempre vigoroso, más gangrenado aun, si cabe, al pasar por los veinte i dos años
de sumisión abyecta al gobierno haitiano. ¡Y fue él quien vino a predominar en la naciente
República! ¡Fue él quien infiltró su virus deletéreo en nobles corazones que sin eso habrían
sido antorchas de patriotismo! ¡Fue él quien convirtió glorias en vergüenza, i sustituyéndose,
como espíritu nacional, al generoso i desinteresado espíritu de los febreristas, estacionó el
progreso de la Patria, la dividió en bandos encarnizados, la llenó de lágrimas i de sangre, i
la llevó con rubor de sus hijos, a tal extremo, que aun el descreído lucha por no ver en ello,
a más de las causas naturales, la acción justiciera de la providencia!
Pronto el bautismo de sangre demostró lo incontrastable de la resolución. El viento de la
libertad aventaba los opresores, i la tierra dominicana se desceñía rápidamente las ataduras
de la ignominia. La Fuente del Rodeo, Azua i Santiago vieron la espalda de los enemigos, i el
himno de victoria resonó del Atlántico al Caribe. Ya el dominicano no tendría que bajar los
ojos i sentir la sangre en las mejillas al encontrarse en presencia de un hombre libre.
Duarte, llamado inmediatamente por la Junta Central que gobernaba el país, voló a ocupar
el puesto que le indicaba el deber. Al fin llegó a su ciudad natal, antes esclava, hoi señora de su
suerte. ¿Quién puede medir la intensidad de su gozo, cuando desde el lejano horizonte divisó la
bandera cruzada, meciéndose orgullosa sobre el torreón del Homenaje, antes baluarte de la opre-
sión? Su sueño estaba realizado: había Patria. ¿Habría libertad? ¡Ah! La libertad social completa es
fruto tardío, producto del consorcio, nunca realizado, siempre en esponsales, entre la instrucción
i la moralidad. Mezcla el hombre de ángel i de bestia, será libre cuando la bestia se transforme, i
el ángel domine solo, animado por el derecho i lleno de toda ciencia. ¡Cuándo será!
Mas para Duarte había Patria, i la Patria era libre: tenía independencia. En lo adelante se
daría sus leyes; explotaría sus veneros de riqueza; abriría sus puertos al comercio de todo el
globo; permitiría la inmigración a todas las razas. Amplísimo espacio tenía, como concedido
por benéficas hadas tropicales. Bosques inmensos poblados de riquezas; prados siempre ver-
des; montañas que competían en fertilidad con los valles más afamados; ríos i arroyos para
eternizar la verdura; dos mares besando sus costas, con bahías codiciadas en todo el orbe;
sol amoroso que con su hálito de fuego renovaba en todas partes la vida; vientos amigos que
llevaban en sus alas el aliento del Océano, para convertirlo en benéficas lluvias, i ni una fiera,
ni un reptil venenoso... ¿Qué más podía hacer la naturaleza? Lo demás era obra del hombre,
i el hombre era ya libre e independiente. Su dicha o su destino estaban en sus manos.
Fue un día de triunfo la llegada de Duarte a su Patria. Las ventanas i puertas de las casas se
iluminaron al saberse que el buque que había ido a buscarlo a Curazao, por orden del Gobierno,
estaba en el puerto, i el día siguiente, 15 de marzo, fijado para el desembarque, las calles se
poblaron de banderas de todas las naciones, predominando la dominicana, como un homenaje

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al que la había hecho emblema de una nacionalidad. Una comisión de la Junta Central bajó al
muelle para recibirlo, i con ella el Prelado i todos los sacerdotes que había en la Capital. Las
tropas, formadas en línea, esperaban su llegada, i al poner el pie en tierra, el cañón lo saludó
como si hubiera sido el jefe de la República. El Prelado lo abrazó cordialmente, diciéndole:
¡Salve, Padre de la Patria! El pueblo en masa lo vitoreaba, i al llegar a la Plaza de armas, tanto
él, como el Ejército, lo proclamaron General en Jefe de los Ejércitos de la República, título
que no aceptó, por existir un Gobierno, a quien le correspondía discernir las recompensas a
que se hicieran acreedores los servidores de la Patria. Del palacio de Gobierno, a donde fue
a ofrecer sus servicios a la Junta Central, se dirigió a su casa, llevado en triunfo por el pueblo
i el Ejército, i allí, Sánchez, con aplauso de todos, i con su genial franqueza, colocó él mismo
banderas blancas en todas las ventanas, diciendo con su estentórea voz:
hoi no hai luto en esta casa: no puede haberlo. La Patria está de plácemes: viste de gala, i Don
Juan mismo (el padre de Duarte) desde el cielo bendice i se goza en tan fausto día.

El presbítero Don José Antonio Bonilla, al ver que la anciana madre de Duarte lloraba,
recordando su recién perdido esposo, le dijo:
Los goces no pueden ser completos en la tierra. Si su esposo viviera, el día de hoi sería para Ud.
un día de júbilo que sólo se puede disfrutar en el cielo. ¡Dichosa la madre que ha podido dar a
su Patria un hijo que tanto la honra!.

El mismo día 15, la Junta Central Gubernativa dio a Duarte un puesto en su seno, i le
nombró Comandante del Departamento de Santo Domingo. Duarte, henchido de esperanzas,
se preparó para ir a combatir el enemigo que persistía en su proyecto de reducir a nueva
esclavitud la naciente República. ¡Qué lejos estaba de pensar que ya había llegado a la cum-
bre de su Tabor, i que lo que se figuraba celajes de gloria, era el vaho infecto de la envidia i
la ingratitud, i lo que tomaba por palmas de triunfo, los brazos de la cruz dolorosa en que
debía ser ajusticiado por los mismos que acababan de deberle la libertad!
Dos victorias llenaron de gloria a la Patria: las del 19 i 30 de marzo. Esta última libró al Cibao
del invasor: la primera no produjo frutos tan completos, i el enemigo continuó ocupando parte
del sudoeste de la República. Duarte fue enviado a Baní (marzo 21) con un cuerpo de tropas
escogido; pero ni en Sabana Buei, en donde estuvo a la cabeza de la vanguardia del Ejército
del Sud, ni en el Cibao, adonde le ordenó la Junta pasar poco después, (junio 15) con el fin de
ir preparando los medios de resistencia contra el elemento reaccionario que dominaba en los
campamentos del Sud, logró que las cosas siguieran el curso que anhelaba su patriotismo. Sus
rivales trabajaban sordamente por perderlo, i su suerte estaba decretada ya.
A principios del mes de julio (el 3) ocurrió en Azua el primer acto de insubordinación del
ejército dominicano. La Junta Central Gubernativa había nombrado, desde meses antes, al General
Francisco del R. Sánchez, Jefe auxiliar del General Santana en el Ejército del Sud, i mientras el
General Sánchez iba a tomar posesión de su destino, dispuso en 23 de junio que el Coronel Don
José Esteban Roca fuese a hacerse cargo provisionalmente del mando de dicho Ejército, en reem-
plazo del General Santana, a quien se permitía venir a esta Capital a curarse de sus dolencias. El
Ejército, instigado por los amigos del General Santana, se negó a reconocer el nombramiento de
la Junta, i conservó a su cabeza a su primer Jefe. La impunidad de este hecho hería de muerte al
Poder supremo de la República. El verdadero gobierno era el que hacía su voluntad: el Ejército.
El 13 de julio, Santana, el vencedor de Azua, fue proclamado Jefe Supremo por las tro-
pas que tenía bajo su mando. El Ejército del Sud había levantado sus tiendas de campaña

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

en las fronteras, para venir a derrocar al Gobierno que había tenido hasta entonces la
República: la Junta Central Gubernativa. Se había entrado de lleno en la vía funesta de
los pronunciamientos contra las autoridades legítimas. La fuerza se sustituía al derecho;
el soldado al ciudadano. Para volver al camino de la legalidad, único que debe trillar la
democracia, había que malgastar muchos esfuerzos, derramar mucha sangre, sacrificarse
muchos ciudadanos.
Otra Junta Central, presidida por el Jefe Supremo, i en la cual predominaban los elementos
antiduartistas, vino a ocupar el puesto de la antigua. Los reaccionarios, que de un héroe i un
patriota habían hecho un simple Jefe Supremo, se sentían aún dominados por la fuerza de
los hechos realizados meses antes. Todavía eran un puñado de patriotas, los que el 27 de febrero
habían dado el grito de Separación. Santana, en su Proclama del 14 de julio, condena la misma
Dictadura que acepta, i no cesa de clamar por la unión i la paz, teniendo él bajo su mando
la República. Su alocución termina con estas palabras:
Os lo juro, i hasta el último instante de mi vida no me cansaré de gritaros: amigos, hermanos:
indulgencia, paz, unión.
El General Ramón Mella, Comandante en Jefe de los Departamentos del Cibao, i militar
inteligente que veía claro a través de las ficciones, trató de contrarrestar los planes liber-
ticidas que produjeron el atentado el 13 de julio, i de los cuales tenía pleno conocimiento
la Junta, con la proclamación de Duarte para Presidente provisional de la República. La
Historia, que ha condenado la insubordinación de principios de julio i el atentado del 13
del mismo mes, puede culpar en la forma el acto del 4 de julio; pero no tienen ese derecho
los que sustituyeron un gobierno legítimo por otro nacido entre las vocerías de soldados
ignorantes. Si el ejército vencedor el 19 de marzo tenía derecho para elegir un Jefe Supremo,
un Dictador, ¿por qué no iba a tenerlo también el ejército vencedor el 30 de marzo? Si las
poblaciones del Sudoeste de la República elegían, o se decía que elegían, un Jefe Supremo
¿por qué no iban a poder elegir un Presidente provisional las poblaciones del Cibao, más
numerosas aún? Herida de muerte la legalidad, sólo quedaba en pie la fuerza, expresada
por los tumultos, o por los pronunciamientos de los más audaces i de los más tímidos.
El 1o. de agosto, el Ejército libertador del Sud, pidió al Jefe Supremo i a los demás miem-
bros de la nueva Junta Central: justicia contra los asesinos de la Patria, contra el puñado de
facciosos, que deseando saciar su ambición, conspiraban contra la Patria, tratando de destruir el
Ejército i su valiente Jefe; cambiar el pabellón nacional por uno de los de la República de Colombia,
i encender la guerra civil, propagando por todos los pueblos que el país había sido vendido a una
nación extranjera, con el fin de restablecer la esclavitud. Contra esos reos de lesa-nación se pedía
al Gobierno no prestara oídos a ninguna consideración personal, i se les aplicaran las penas que
merecían para escarmiento de los que sólo se alimentan del desorden público. El 3 del mismo
mes, sesenta i ocho padres de familia de la Capital peticionaban igualmente la misma
autoridad, manifestando: que por los crímenes notorios de los antedichos reos de lesa-nación,
era de absoluta necesidad expatriarlos del país, más bien que pasar por la pena de verlos ejecutar i
condenar a muerte, medida de sus crímenes i a la que se habían hecho acreedores. Los motivos de
este rigor eran poco más o menos los mismos alegados por el Ejército. A través de la dureza
de frases de este documento se nota cierta conmiseración que causa extrañeza. La historia
sabe hoi que un grupo de ingratos ciudadanos circularon una solicitud, pidiendo la pena
de muerte contra todas las víctimas del atentado del 13 de julio, i que la solicitud de los
sesenta i ocho padres de familia fue una tentativa de salvación que hacían en favor de los

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emiliano tejera  |  antología

supuestos reos, tratando de obtener la indulgencia que tanto se les había recomendado en
la Proclama del 14 de julio.
¿Y quiénes eran esos asesinos de la Patria, esos reos de lesa-nación, ese puñado de
facciosos, esos enemigos de la nacionalidad dominicana, de su bandera, de su ejército, de
su jefe? Eran Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez, Ramón Mella, Juan Isidro
Pérez, Pedro Pina… eran los fundadores de la República; los que durante muchos años ha-
bían hecho sacrificios de todo género para librar al país de la dominación haitiana; los que
habían saludado con vítores i disparos el primer despliegue de la bandera cruzada; los que
se habían negado constantemente a pedir el apoyo extranjero, temerosos de comprometer
el suelo de la Patria; los que sacrificando su patrimonio habían dado armas a ese ejército i
libertad a ese grupo de sanguinarios ciudadanos para que ahora se sirviesen de una i otras
para infamarlos, para destruirlos. Cinco meses antes eran Libertadores de la Patria; aún no
hacía veinte días un puñado de patriotas, i ahora, sin haber faltado a lei alguna, enemigos de
la nacionalidad, reos de lesa-nación, criminales dignos de muerte.
I lo peor de todo fue que los miembros de la Junta Central, entre los cuales se hallaban los
verdaderos acusadores, se convirtieron en jueces, i sin oír a los presuntos reos, sin permitirles la
defensa, sin concederles siquiera el consuelo de recusar a los que eran autoridad ejecutiva, pero
no judicial, pronunciaron el 22 de agosto sentencia definitiva e inapelable, basada solamente en
los cargos de la acusación i en la notoriedad de los hechos. Por ella se declaraban degradados,
i traidores e infieles a la Patria a los que la acababan de fundar, desterrados a perpetuidad
del país a los que habían libertado meses antes ese mismo país del yugo ominoso de Haití, i
como si se tratara de malhechores fuera de la lei, se daba poder a cualquiera autoridad civil o
militar para aplicarles la pena de muerte, si intentaban volver a poner el pie en el territorio de
la República, independizado por ellos. I todo esto ¿por qué? Por atribuírseles lo mismo que
acababa de realizar en julio, Santana, Presidente de la Junta condenadora. Por intentar apode-
rarse del Poder supremo, i desobedecer i destruir el Gobierno legítimo del país. La consumación
del hecho era en Santana un acto de patriotismo, salvador de la nacionalidad: la tentativa no
justificada de los otros, crimen de lesa-nación, digno de cien muertos. ¡Vae victis!
Duarte pudo defenderse de sus enemigos; mas para ello era preciso encender la guerra civil,
i no fue para llegar a extremo tan deplorable, que él i sus beneméritos compañeros habían hecho
sacrificios de todo género, en los años empleados combatiendo la dominación haitiana. Para
la Patria habían trabajado; no para ellos, i la Patria podía perderse del todo si se desunían los
dominicanos. La historia dirá a su tiempo si obraron bien o mal desaprovechando la oportuni-
dad de combatir la nueva tiranía que se entronizaba en el país; pero en cualquier caso no podrá
menos de reconocer en sus actos desinterés i abnegación. Entregaron los brazos a las cuerdas
de sus enemigos, i las cárceles dominicanas, en vez de criminales, guardaron Libertadores.
La sentencia de expatriación se cumplió cruelmente. Unos tras otros tomaron el penoso
camino del destierro los próceres más notables de la Independencia, i aún varias de sus
familias. El 10 de septiembre, día de iniquidad, que la Providencia hizo más tarde día de
reparación, salió para siempre Duarte de la ciudad que le vio nacer. ¡Qué pensamientos em-
bargarían su mente al pasar por el mismo camino que, por idéntica injusticia, había recorrido
trescientos cuarenta i cuatro años antes el Descubridor del Nuevo Mundo! Mas a Colón le
esperaban al fin de la jornada las lágrimas i las bondades de la grande Isabel, en tanto que
el patricio dominicano sólo iba a recibir el helado abrazo del invierno, en la inhospitalaria
tierra escogida para su tumba por el frío cálculo de sus crueles enemigos.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Años después se preguntaban los amigos de Duarte cuál había sido la suerte de este insigne
i desgraciado dominicano. ¿Vivía aún? ¿Abrumado por la iniquidad de sus contrarios había
descendido al sepulcro? Nadie lo sabía. Al regresar de Europa hundióse en las soledades del
interior de Venezuela, i se ignoraba si había sido presa de las fieras, o víctima de las inunda-
ciones o las enfermedades. Cuando el error del 61 dio por pedestal de gloria a Sánchez las
ruinas de la nacionalidad dominicana, los patriotas lloraron a la vez la suerte infausta de los
dos héroes más notables de la Separación: el que acababa de caer, destrozado el cráneo por las
balas enemigas, pero libre e independiente, i aquel para quien la nacionalidad había sido sola-
mente una aparición; pero aparición absorbente, implacable, que le había arrebatado juventud,
riquezas, amigos, hogar, familia, reputación i hasta la vida misma, sin siquiera concederle lo
que la caridad no niega ni aun al náufrago que la tempestad arroja a playas extranjeras: tumba
humilde en el suelo de la Patria, que es jirón de paraíso para el anhelo del desterrado.
A principios del 62 (abril 10) Duarte, a quien las luchas de la Federación venezolana redujeron
a la miseria, supo en las soledades del Apure que la Patria era otra vez esclava, i que Sánchez se
había inmortalizado defendiendo la bandera de febrero. Juró de nuevo morir o salvar la nacio-
nalidad, i desde ese instante comenzó a hacer esfuerzos para combatir la dominación extranjera.
Poco después, el grito de Capotillo, resonando placentero en toda la América Latina, le llenó de
gozo, haciéndole saber que un puñado de héroes batallaba por redimir la Patria, que tan cara le
había sido. No consultó sus fuerzas ¡por cierto bien escasas ya! consultó su patriotismo, i aquel
ser, todo Patria, se juzgó obligado a acompañar a los nobles campeones de la libertad. El Cibao
volvió a recibir en su seno al Iniciador de la Independencia, i todos los patriotas consideraron
aquella resurrección como un augurio feliz, para la causa que defendían. Duarte, a su vez, se sintió
enorgullecido con los grandes hechos de sus compatriotas. En Moca, algunos valientes habían
perecido (mayo 19-61) por restaurar la recién perdida nacionalidad (José Contreras, José María
Rodríguez, Inocencio Reyes, Gregorio Geraldino, Benedicto de los Reyes, Estanislao García, José
Gabriel Núñez, Félix Campusano, José García, Manuel Altagracia i Cornelio Lisardo) (4) Sánchez
i sus compañeros se habían inmortalizado en el cadalso de San Juan (julio 4 de 1961) Perdomo,
Batista, Pichardo, la Cruz, Pierre, Lora i Espaillat habían caído a orillas del Yaque, soñando con
la Patria libre i prediciendo su restauración. Y Capotillo había sido luz i protesta; i la viril Santia-
go, cubierta de llamas, monumento eterno de decisión i patriotismo, orgullo aún de los mismos
contrarios del momento, que comprobaban que su raza no había degenerado en la Española.
Duarte permaneció corto tiempo en el Cibao, porque el Gobierno revolucionario estimó
conveniente utilizar sus servicios en Venezuela. Obediente siempre a la autoridad legítima,
salió del país para no volver a su seno jamás. Los partidos personales comenzaban a luchar
por el mando, i Duarte, que había jurado no desenvainar su espada en contiendas civiles,
esperó en Caracas que la Patria, libre otra vez, tuviera un gobierno nacional estable, que le
permitiese ir a morir en paz en la tierra de sus progenitores.
Las noticias propaladas por algunos periódicos, de que Santo Domingo se anexaba a los Esta-
dos Unidos de América, excitaron el patriotismo de Duarte, que en comunicación del 7 de marzo
de 1865, decía al Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de la Revolución dominicana:
Mucho se habla en Europa i América sobre el abandono de la isla de Santo Domingo por parte de la
España;... i de que se trata de una nueva anexión a los Estados Unidos… Otros suponen (la existencia de)
un partido haitiano, i aun hai quien habla de un afrancesado; de aquí proviene acaso que los periódicos
extranjeros, que en realidad no están mui al cabo de nuestras cosas, afirmen, sin ser cierto, que en Santo
Domingo hai cuatro o más partidos, i que el pueblo se halla, como si dijéramos, en batalla.

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emiliano tejera  |  antología

Esto es falso de toda falsedad. En Santo Domingo no hai más que un pueblo que desea ser i se
ha proclamado independiente de toda potencia extranjera, i una fracción miserable que siempre
se ha pronunciado contra esta lei, contra ese querer del pueblo dominicano, logrando siempre
por medio de sus intrigas i sórdidos manejos, adueñarse de la situación, i hacer aparecer al
pueblo dominicano de un modo distinto de cómo es en realidad. Esa fracción, o mejor dicho,
esa facción ha sido, es i será siempre todo, menos dominicana. Así se la ve en nuestra historia
representante de todo partido antinacional, i enemiga nata por tanto de nuestras revoluciones;
i si no, véanse los Ministeriales, en tiempo de Boyer, i luego Rivieristas, i aún no había sido el
veinte i siete de febrero, cuando se les vio proteccionistas franceses, i más tarde anexionistas ame-
ricanos, i después españoles, i hoi mismo ya pretenden ponerse al abrigo de la vindicta pública
con otra nueva anexión, mintiendo así a todas las naciones la fe política que no tienen, i esto,
en nombre de la Patria, ellos que no tienen ni merecen otra Patria, sino el fango de su miserable
abyección.
Ahora bien, si me pronuncié dominicano independiente desde el 16 de julio de 1838, cuando los
nombres de Patria, Libertad, Honor nacional se hallaban proscriptos, como palabras infames, i
por ello merecí en el año de 43 ser perseguido a muerte por esa facción, entonces haitiana, i por
Riviére, que la protegía, i a quien engañaron; si después, en el año de 44, me pronuncié contra
el protectorado francés, deseado por esos facciosos, i cesión a esta Potencia de la Península de
Samaná, mereciendo por ello todos los males que sobre mí han llovido; si después de veinte años
de ausencia he vuelto espontáneamente a mi Patria, a protestar con las armas en la mano, con-
tra la anexión a España, llevada a cabo, a despecho del voto nacional, por la superchería de ese
bando traidor i parricida, no es de esperarse que yo deje de protestar, i conmigo todo buen do-
minicano, cual protesto i protestaré siempre, no digo tan sólo contra la anexión de mi Patria a los
Estados Unidos, sino a cualquiera otra potencia de la tierra, i al mismo tiempo contra cualquier
tratado, que tienda a menoscabar en lo más mínimo nuestra independencia nacional, i cercenar
nuestro territorio, o cualquiera de los derechos del pueblo dominicano.
Otrosí, i concluyo. Visto el sesgo que por una parte toma la política franco-española, i por otra la
anglo-americana, i por otra la importancia que en sí posee nuestra isla para el desarrollo de los
planes ulteriores de todas cuatro Potencias, no deberemos extrañar que un día se vean en ella
fuerzas de cada una de ellas, peleando por lo que no es suyo.
Entonces podrá haber necios que, por imprevisión o cobardía, ambición o perversidad, correrán
a ocultar su ignominia a la sombra de esta o aquella extraña bandera; i como llegado el caso no
habrá un solo dominicano que pueda decir yo soi neutral, sino tendrá cada uno que pronunciar-
se contra o por la Patria, es bien que yo os diga desde ahora, más que sea repitiéndome: que por
desesperada que sea la causa de mi Patria, siempre será la causa del honor, i que siempre estaré
dispuesto a honrar su enseña con mi sangre.

Once años estuvo Duarte en espera de mejores tiempos en su país; años interminables, de
angustias infinitas, de dolores profundos. La miseria i las enfermedades se le vinieron encima,
como precursoras de la muerte, i la Patria entretanto se desgarraba las entrañas, como poseí-
da por vértigo infernal. Los héroes de la Restauración, que habían escapado de los cadalsos,
vagaban en su mayoría por el extranjero, o perecían en las fronteras, esgrimiendo unos contra
otros armas que la inmortalidad había marcado ya. La independencia se veía al borde del abis-
mo, i una bandera extraña flotaba amenazante en un extremo del territorio, codiciado desde
antiguo. ¡Años terribles para corazón tan dominicano! ¡Ah! si hubiera podido olvidar a esa
Patria ingrata, que no tenía para él, su fundador i su víctima, ni un recuerdo, ni una mirada
cariñosa! pero, el día que la olvide será el último de mi vida, decía a los que le daban tal consejo,
viendo con pesar intenso ese nuevo suplicio, no descrito por el Dante, porque el poeta vengador
no inventó castigos para los inocentes, sino para los criminales. I negándose al fin Duarte, el
consuelo amargo de estar en comunicación con su país, aunque fuera para combatir sus acerbos
dolores, se negó, por su desgracia, la única alegría que pudo tener en ese triste período de su

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

vida: la de saber que el Jefe de la Patria había vuelto al fin los ojos hacia él, i le proporcionaba
los recursos necesarios para ir a morir en el suelo que le debía su redención.
El año de 1876 le encontró en su interminable destierro, i el mes de julio, tan fecundo para
él en acontecimientos prósperos i adversos, le vio tendido en su lecho de muerte. (el 15) Dios no
le concedía el beneficio, tantas veces pedido, de morir en tierra dominicana. ¿I por qué? ¿Era tan
gran delito haber fundado una nacionalidad independiente? Podía haber sido feliz, i desdeñó la
felicidad, si no la gozaba en el suelo bendito de la Patria libre. Por ésta había sacrificado sus rique-
zas, la tranquilidad de sus padres, la dicha de sus hermanos, el amor de su juventud, el natural
deseo de verse reproducido en sus hijos. I todo ¿para qué? Su madre reposaba en tierra extraña;
sus hermanas, agobiadas por las penas i una ancianidad anticipada, quedaban en la miseria i sin
amparo; su hermano, enloquecido por los pesares, podía ser más tarde el ludibrio de los necios,
entregando a la befa de los indiscretos, un apellido que tanto había tratado de honrar; sus amigos,
los compañeros de su obra, como maldecidos por Dios, habían dejado en la senda dolorosa, donde
el menor de los males era el destierro, unos su razón, otros la vida en los patíbulos, todos su dicha
i el porvenir de sus familias; i él, agonizante en pobre i solitario lecho, descendería a la tumba
¡el 16 de julio! sin llevar el consuelo de dormir el sueño eterno en la tierra de su afecto; sin dejar
siquiera a sus desgraciadas hermanas con qué pagar la humilde cruz de su sepultura, ni el escaso
alimento que consumía en sus postreros días. Tanto castigo ¿por qué? ¿No había cumplido con su
deber, más que con su deber? Los perversos habían tenido Patria, riquezas, honores, triunfos, i él,
inocente, abnegado hasta el sacrificio sólo había recogido calumnias, olvido, miseria, proscripción
eterna. ¿Era equitativa tal repartición?… ¡Ah!, es de creerse que el ángel de la muerte no cerraría
los ojos del noble anciano sin que antes cayera de lo alto una gota de consuelo, sobre aquel co-
razón adolorido. Un rayo de amor i justicia iluminaría intensamente la triste mansión del dolor,
i el grande espíritu del patriota, libre de la misérrima cubierta terrenal, i confortado por visión
sublime y placentera, traspasaría gozoso los umbrales de la eternidad, tan temibles para el que
trilló impenitente las sendas de la perdición. Debió ver iluminada la inmensidad tenebrosa que el
tiempo aclara paso a paso, i los hechos futuros presentes ante él, como si estuvieran reflejados en
un espejo purísimo. Donde un día dominó la bandera de Occidente, ondeaba bandera respetada,
señora de los mares que bañan la extensa abra entre las dos Américas, unidas por un puente de
granito. Seis naciones ligadas por un pacto de justicia constituían la Confederación colombiana. Vio
que la libertad, el trabajo i la moralidad habían asentado su planta en aquellos pueblos hermanos,
i que cada día se daba un paso más hacia el verdadero progreso. Vio que sus campos estaban
bien cultivados; sus artes i ciencias adelantadas; sus industrias florecientes. No vio siervos ni
dueños: vio ciudadanos, esclavos de la lei, i la lei reflejo del derecho. Vio la paz reinando en todas
partes, i los pueblos que antes dominaban esas regiones, hermanados con los naturales, como si
la Confederación fuese la obra de todos, llevada a cabo por los consejos de una sabia política. I
en un punto del espacio, que su corazón le dijo era la Patria; pero que sus ojos desconocían por
completo, vio inmensa muchedumbre, que alrededor de imponente estatua, glorificaba una fecha
i bendecía un nombre. I esa fecha era la inmortal del 27 de febrero, i ese nombre era el suyo. I
con el suyo se glorificaban también los nombres de Sánchez, Mella, Imbert, Duvergé, i de todos
los patriotas que habían fundado la República Dominicana. I esa glorificación era igual en Cuba,
como en Puerto Rico, en Jamaica, como en Martinica i Guadalupe, i hasta en el mismo Haití, que
había sacudido ya el pesado fardo de su exclusivismo de razas. I entonces comprendió que la
obra de sus sacrificios no había sido infructuosa, ya que era el punto de partida de aquel glorioso
i fecundo porvenir; que el bien humano se cimenta en el dolor, i que es tan grande el poder del mal

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emiliano tejera  |  antología

en la tierra, por la perversidad, egoísmo, ignorancia i falta de unión de los hombres, que no hai
redentor que no cargue pesada cruz, ni deje de beber acíbar hasta su postrer hora en el Calvario.
El tiempo es el que convierte las penalidades del héroe en rayos de gloria, porque desaparecien-
do los perversos que lo combatían por intereses pasajeros, los buenos de las generaciones que
se suceden van rindiendo tributo al mérito, i un día esos homenajes se convierten en corona de
triunfo o en apoteosis inmortal.
La transformación de los hechos actuales en los vistos con tanta claridad por el patriota
mártir, está aún en las profundidades de los tiempos, sólo es realidad para el ojo de Dios;
pero no así la glorificación de su persona i de su fecunda labor. En agosto de 1879 (19 i 30)
el Ayuntamiento de Santo Domingo, a propuesta del regidor Domingo Rodríguez Montaño,
inició el proyecto de depositar las cenizas de Duarte en una de las capillas de la Catedral;
i el 27 de febrero de 1884 presenció ese acto de justicia, que con entusiasmo indescriptible,
llevaron a cabo el Gobierno, el Municipio y los habitantes de la Capital. Ahora el mismo Ayun-
tamiento se propone realizar otra obra de gratitud i de estímulo: la erección de una estatua de
bronce, que represente al ilustre patricio, i que será colocada en la plaza de su nombre, teatro
de su primer triunfo en 1843 contra el partido que sostenía la opresión. Obra eminentemente
nacional, la apoyan i sostienen treinta i cinco Municipios; treinta Juntas; diez i ocho periódicos,
i un sinnúmero de ciudadanos, conscientes de su deber, esparcidos en toda la República i en
el extranjero. Para este acto de reparación es que la Junta Central Erectora, compuesta por
los infrascritos, i en nombre del Ayuntamiento de Santo Domingo, tiene la honra de pedir al
Honorable Congreso Nacional, el permiso de lei para erigir la estatua en el sitio expresado, i
el óbolo con que la nación debe contribuir a obra tan justiciera i patriótica.
Sería tarea del todo innecesaria demostrar al Congreso la justicia i conveniencia de la erec-
ción de una estatua al eximio prócer Juan Pablo Duarte. Basta ser dominicano para sentir lo
necesario del homenaje, i aun no siéndolo, sólo se necesita echar una ojeada a lo que era Santo
Domingo antes de la Independencia, i a lo que es hoi, para quedar convencido de la importancia
de la obra realizada por Duarte, Sánchez, Mella, Jiménez i demás compañeros de gloria, i de
que no se equivocaron al creer radicado el bienestar de su Patria en la Separación de Haití. Los
contemporáneos del Iniciador de la idea redentora, estimaban ya en su justo valor la importancia
capital que esta tenía, i el gran mérito de Duarte por haberla concebido i realizado. El Ilustrísimo
Señor Portes llamaba a Duarte, Padre de la Patria. Igual título le discernía el trinitario José Ma.
Serra. Félix Ma. Ruiz, trinitario también, llamó a la República Dominicana:
la obra magna, la sin igual labor, el sublime engendro del desgraciado Juan Pablo Duarte, i de
sus fieles compañeros mártires, declarando igualmente que la gloria de la Separación de Haití co-
rrespondía con sobrada justicia a Duarte i a Sánchez.

El ilustre Ramón Mella, llevado de su entusiasmo, quiso a Duarte el primer Presidente


de la República. Pedro A. Pina, uno de los más activos trinitarios, decía en 1860:
Algo hai de providencial en el hecho de saberse del hombre, Fundador de la República, que to-
dos creían muerto… en circunstancias en que la Patria está a pique de perderse.

Juan Isidro Pérez, el fogoso i desgraciado trinitario, decía al mismo Duarte, en 25 de


diciembre de 1845:
Sí, Juan Pablo, la historia dirá que fuiste el Mentor de la juventud contemporánea de la Patria;
que conspiraste a la par de sus padres, por la perfección moral de toda ella. La historia dirá que
fuiste el Apóstol de la Libertad e Independencia de tu Patria; ella dirá que no les trazaste a tus

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compatriotas el ejemplo de abyección e ignominia que le dieran los que te expulsaron, cual otro
Arístides; i en fin, Juan Pablo, ella dirá que fuiste el único vocal de la Junta Central Gubernati-
va que con una honradez a toda prueba, se opuso a la enajenación de la Península de Samaná,
cuando tus enemigos por cobardía, abyección e infamia querían sacrificar el bien de la Patria por
su interés particular. La oposición a la enajenación de la Península de Samaná es el servicio más
importante que se ha prestado al país i a la revolución. Vive, Juan Pablo, i gloríate en tu ostracis-
mo, i que se gloríe tu santa madre i toda tu honorable familia.
I los oficiales del Ejército de Santo Domingo, Juan Alejandro Acosta, Eusebio Puello,
Jacinto de la Concha, Pedro Valverde, Eugenio Aguiar, Pedro Aguiar, Marcos Rojas, José
Parahoi, Ventura Gneco, Juan Erazo, Pablo García, Juan Bautista Alfonseca, i muchos otros
más decían en 31 de mayo de 1844, al solicitar para Puello, (Joaquín), el grado de General
de Brigada, i para Villanueva, Mella, Sánchez i Duarte, el de General de División, con más,
para este último, el título de Comandante en Jefe del Ejército:
que había sido (Duarte) el hombre que desde muchos años estaba constantemente consagrado
al bien de la Patria, i por medio de sociedades adquiriendo prosélitos, i públicamente regando la
semilla de Separación; que había sido quien más había contribuido a formar el espíritu de liber-
tad e independencia en el suelo dominicano, sufriendo mucho por la Patria, i que su nombre fue
invocado inmediatamente después de los nombres de Dios, Patria i Libertad, i considerándolo
siempre como el Caudillo de la Revolución, no obstante no haber asistido a la jornada del 27 de febrero
por estar expulso del país, a causa de haber sido más encarnizada la persecución contra él.

Aquí terminaría la Junta su larga Exposición, si no se hubiera lanzado al público, por


personas caracterizadas, la idea de levantar un solo monumento en honra de los héroes de
la Independencia, en vez de varios, como ha sido el propósito del Ayuntamiento de Santo
Domingo, i si a la vez no se hubieran designado a Duarte, Sánchez i Mella como los próceres
que en él debían figurar, en representación de los demás. La Junta se complace en reconocer
la sana intención de los autores del proyecto; pero supone que no han sido bien apreciadas
por ellos las dificultades, i aún la injusticia, que su realización entrañaría.
La Independencia dominicana, por causas que todos conocen, se divide, en cuanto a los
actores principales de ella, en tres períodos distintos: el período de preparación o fundación, que
comprende desde el 34 hasta comienzos del 44; el período de proclamación, del 26 de febrero
a mediados de marzo del mismo año; i el período de sostenimiento o consolidación, que puede
extenderse hasta el año de 1849. En el primer período, la figura predominante es Duarte, que
concibió la idea de Independencia i preparó los medios para llevarla a cabo; en el segundo lo
son Sánchez i Mella, que en unión de muchos otros patriotas distinguidos, dieron el grito de
Separación en el Fuerte del Conde, el acto más importante de ese período; en el tercero lo son
Imbert, Duvergé, Salcedo, los Puellos, i sobre todo Santana, héroe de la primer batalla librada
contra Haití, i Director de las operaciones militares en todo ese lapso. Representar la Indepen-
dencia en un grupo compuesto solamente de Duarte, Sánchez i Mella sería una representación
incompleta, i por tanto injusta; porque se excluirían a otros héroes que tienen perfecto derecho
a figurar como actores en esa grande epopeya nacional. I representarlos a todos en un grupo,
sería, a más de antiestético, monstruoso o injusto; monstruoso, si se comprende en el grupo a
Santana; e injusto, si se le excluye, porque la Patria le debe grandes i valiosos servicios en los
primeros tiempos de su existencia. Esa verdad incompleta no sería verdad; i el monumento,
en vez de enseñanza i galardón, sería para muchos venganza e injusticia.
Además ¿cómo podría lograrse en un grupo la representación exacta del acto, del momento
histórico en que cada héroe culminó en sus servicios a la Patria? O la obra carecería de unidad,

156
emiliano tejera  |  antología

o le faltaría la representación verdadera del instante supremo, que en toda obra escultural, digna
de este nombre, debe tratar de expresarse, para que impresione por su verdad i exactitud.
No es tampoco conveniente que sea sólo el recinto de la Capital el que dé asilo a las
estatuas de nuestros grandes hombres. Bien está que el glorioso hecho del Conde se perpetúe
en un monumento en la ciudad Capital, porque aquí ocurrió el acontecimiento que se inten-
ta conmemorar; pero ¿por qué ha de hacerse lo mismo con las proezas llevadas a glorioso
término por Imbert, Salcedo, Duvergé, los Puellos. En otros puntos inmortalizaron ellos sus
nombres; que en otros puntos los inmortalice el mármol o el bronce.
Por todo esto, la Junta ha encontrado digno i conveniente el pensamiento del Ayun-
tamiento de Santo Domingo, de erigir una estatua especial a cada uno de los principales
héroes de la Independencia. Así podrá representárseles en el instante histórico que se quiera
perpetuar, i en el sitio que se conceptúe más a propósito. Duarte estará bien en la plaza de
su nombre; teatro de su primer triunfo contra la opresión; Sánchez i Mella, en el baluarte
del Conde, pedestal digno de su gloria; Imbert, en la plaza principal de Santiago, en donde
resonaron los vítores del memorable 30 de Marzo; Duvergé, en la de Azua, noble tierra que
sembró de victorias; Salcedo, en la de Moca, cuna de uno de los más arrojados campeones
de la Independencia...; i si más tarde la posteridad decide que los méritos del héroe de Azua
i de Las Carreras son mayores que sus grandes i graves faltas, podrá erigírsele una estatua
en el punto más a propósito, para que resalten unos i se olviden las otras.
Al glorificar a Duarte se glorifica más que al hombre a la idea que aquel representa. Desde
los comienzos de la civilización han existido dos agrupaciones, grandes o pequeñas cada una
de ellas, según se las mida por el patrón del número o de la calidad: las de los que adoran la
fuerza, i la de los que son servidores o apóstoles del derecho. Al través de los siglos se ven las
huellas de sus pasos, variables, como es variable todo lo humano, pues no hai dos hombres
que sean iguales ni en formas, ni en ideas, ni en tendencias de ninguna clase. Los pueblos,
ignorantes en su mayoría, deslumbrados unas veces por el resplandor de la brillante gloria de
los conquistadores, i otras, enloquecidos por el espíritu bestial de dominio, resto del salvajis-
mo del hombre primitivo, del hombre-bestia, han endiosado a menudo a los representantes
de la fuerza, i para los del derecho sólo han tenido de ordinario desprecios, proscripciones i
cadalsos. Pero como en el mundo moral todo tiene un alma, un espíritu que vivifique, cuan-
do el alma de las sociedades ha sido el derecho, en ese hombre, como merecido galardón de
su obediencia a la lei de su organización superior, ha gozado de los beneficios de un sólido
progreso, i ha obtenido cuanta felicidad es compatible con su estado de imperfección; cuando
el alma social ha sido la fuerza, con exclusión más o menos completa del derecho, los deslum-
bramientos i los falsos esplendores no han faltado; pero tampoco han faltado a la postre las
palabras misteriosas que en el seno de la orgía amedrentaron al rei asirio, ni el galopar de los
caballos de los bárbaros, derribando como juguete carcomido el colosal imperio de Roma, ni
el triste despertar de Sedan, tan doloroso como fecundo para la noble nación francesa.
Duarte no ha sido el héroe de los combates, ni el representante de la fuerza en ninguna
de sus manifestaciones: fue un apóstol del derecho; fue de la escuela de Sócrates, de Bruto, de
Catón, de las Casas, de Washington, de Lincoln, de Juárez... de todos los adalides antiguos i
modernos de la justicia i de la libertad. Su ideal fue el derecho, i se esforzó en inculcárselo a sus
conciudadanos, i en dárselo como espíritu vivificador a la Patria que contribuyó a fundar. Ese
espíritu fue el que venció el 27 de febrero; el que impulsó a los mártires de Moca i de Santiago;
el que dio aliento poderoso a Sánchez i sus patriotas compañeros, para preferir el martirio con

157
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

gloria a la vida con ignominia; el que animó a los viriles campeones del glorioso 16 de agosto,
a lanzar a los vientos, con demencia heroica, la enseña que parecía abatida para siempre. Ese
espíritu vive aún en el corazón de los dominicanos, a despecho de pasajeros eclipses, i será el
que un día lleve a la Patria al puesto que debe ocupar en el mundo colombiano.
Medio siglo cumple hoi la República Dominicana. Ya es tiempo de que los héroes de la In-
dependencia sean honrados como lo merecen sus grandes hechos. De la Patria nada o casi
nada han recibido. Muchos de ellos han muerto en el destierro, forzado o impuesto por las
circunstancias, i ni aun tumba tienen en la tierra que redimieron. Al glorificarlos, quien se
enaltece en realidad es la República; porque ellos, en la lobreguez del sepulcro, no sentirán
conmovidos sus huesos, ni por los elogios tardíos que se les prodiguen, ni aun por el des-
conocimiento de sus grandes méritos, si existieran todavía almas ingratas que tal hicieran.
Pero la Patria sí, se engrandece, al perpetuar el recuerdo de sus acciones; porque tuvo hijos
de espíritu elevado, de abnegación ilimitada, que por su bienestar i progreso, no vacilaron
en sacrificar su fortuna, su familia, su porvenir, su vida misma. Tesoro son de la Patria tales
héroes, i enseñanza perpetua de las generaciones venideras. Pero no son las estatuas ni los
mausoleos lo que a ellos puede complacerles: es el sentimiento de gratitud i justicia que hace
surgir esos monumentos. I si algo puede conmover, en sus olvidadas tumbas a los héroes már-
tires que tuvo la Independencia, es ver a los hijos de sus perseguidores depositar una corona
sobre su sepulcro, o contribuir con sus esfuerzos a la erección de monumentos que perpetúen
su recuerdo. Tal homenaje, redentor i justiciero a un tiempo, demostraría que el reinado de la
razón i de la justicia se había cimentado en la Patria de febrero, i que en lo adelante seguiría
ésta imperturbable hacia el hermoso destino que le tiene reservado la Providencia.
De Monumento a Duarte, etc., 1894
Santo Domingo, febrero 27 de 1894.

Gobernadores
de la Isla de Santo Domingo
Siglos XVI-XVII6
Aunque esta nota fue escrita para ponerla al pie de un documento del siglo XVI, los
lectores de La Cuna de América me perdonarán que la publique en un lugar tan impropio
como es debajo de un documento del siglo diez i siete; pero como siempre temo que un
trastorno cualquiera demore la publicación de esos datos históricos, i lo importante es que
el público los conozca, espero que los aficionados a asuntos históricos excusen esa falta de
orden cronológico. La verdad la vamos conociendo a saltos.
La mayoría de los datos desde mediados del siglo XVI hasta su terminación, han sido
tomados de los documentos copiados por el Sr. Américo Lugo en los archivos de España. Aun
habrá deficiencias i errores en los que publico, pero serán siempre menos numerosos que los
que hai en las historias publicadas hasta ahora. Las Casas, Oviedo i Herrera aclararon mucho

6
Este acucioso trabajo del historiador Tejera se publicó, al pie de documentos de la Colección Lugo, en la revista La
Cuna de América, Santo Domingo, 1915, Núms. 11-15 y 17-20. Acerca del mismo tema, véase: Gobernadores de la Española,
siglos XVI-XVIII, en la obra de Fray Cipriano de Utrera, Santo Domingo, dilucidaciones históricas, Santo Domingo, 1929,
vol. 1, pp.141-161; Mandatarios del Ejecutivo en la República Dominicana, por Federico Henríquez y Carvajal, i Contribución
a la cronología de los gobiernos de la primera época colonial de la parte española de la Isla, por el Lic. Máximo Coiscou Henrí-
quez, en Clío, Santo Domingo, marzo-abril, 1938, pp.49-51; y, finalmente, el opúsculo de Julio Arzeno, Los gobiernos y
administraciones de Santo Domingo, 1492–1934, Santiago, R. D., 57 pp.(E. R. D.)

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emiliano tejera  |  antología

nuestra historia en la primera mitad del siglo XVI; pero la segunda mitad es mui oscura, i para
disipar las tinieblas que aún la envuelven hai que hacer todavía muchas investigaciones en
los ricos, pero poco ordenados, archivos españoles.
Doi ahora la lista o nota de los gobernantes de la colonia de Santo Domingo, de 1501 a
1600. Nuestros historiadores mencionan algunos individuos que, dicen, gobernaron en ese
tiempo, de los cuales no he encontrado el menor rastro. Tales son Antonio Osorio i Alonso
Arias de Herrera... Nuevas investigaciones aclararán esos puntos oscuros de nuestra inte-
resante, pero poco conocida historia antigua.
En el primer año del siglo XVI gobernaba la isla Española el Comendador de Calatra-
va, Don Francisco de Bobadilla. A fines del año anterior había enviado a España, presos i
engrillados, al Descubridor del Nuevo Mundo i a los dos hermanos de éste: Bartolomé i
Diego. La ingratitud había obtenido entonces uno de sus más grandes triunfos, i Colón, con
su martirio, redimía las faltas que había cometido como gobernante español.
La Gobernación de Bobadilla fue mala para el gobierno español i desastrosa para los
indios. Por fortuna duró poco; pues el 15 de abril de 1502 llegó a la ciudad de Santo Domingo
su sucesor, Frei Nicolás de Ovando, Comendador de Lares, de la orden de Alcántara. Con él
vinieron varios frailes franciscanos, i sobre todo, Don Bartolomé de las Casas, el que después
fue el infatigable defensor de la raza indígena de América.
En ese año, (1502), a principios de julio, la justicia de Dios resplandeció en el mar Caribe.
Colón llegó al puerto de Santo Domingo solicitando refugio contra un huracán que lo ame-
nazaba. El refugio le fue negado; pero otro puerto más abrigado de su isla amada, Puerto
Hermoso, que debía llamarse Puerto Colón, se lo concedió completamente seguro, en tanto
que Bobadilla, Roldán i cien otros enemigos de Colón, despreciadores de su bueno i noble
consejo, se hundían con sus mal adquiridos tesoros en el vengador mar Caribe, rodando
después sus cadáveres bajo las quillas de las naves de Colón. I la justicia fue completa, pues
sus destrozados cuerpos no encontraron ni aun sepultura en la tierra que tanto habían es-
candalizado i de la que habían arrojado ignominiosamente a Colón, su descubridor.
Ovando gobernó hasta el 11 de julio de 1509, en que llegó a la ciudad de Santo Domingo
Don Diego Colón, nuevo gobernador de la Colonia, acompañado de su esposa, la virreina
Doña María de Toledo i de gran número de damas i señores nobles. En los siete años de su
gobierno, Ovando pasó la ciudad de Santo Domingo a donde está hoi; fundó a Puerto Plata
i muchas otras poblaciones; edificó i dotó el hospital de San Nicolás de Bari; construyó la
Fuerza de esta ciudad, en cuyos calabozos tantos han sufrido; i a costa de la vida de millares
de indios hizo prosperar momentáneamente la colonia; pero también ahorcó injustamente
a Anacaona en Jaraguá; a Cotubanamá en esta ciudad, e hizo morir con el fuego i la espada
infinidad de indios en otros puntos, i con el repartimiento de los indígenas destruyó cientos
de millares de éstos, habiéndolos reducido antes, con los malos tratos, a la mayor desespe-
ración que han padecido seres humanos. Si Ovando no fue un hombre malo, fue un hombre
de Estado sin conciencia, que las más de las veces es cien veces peor que un hombre perverso,
que un hombre criminal. La sangre y los sufrimientos indebidos de tanto indio inocente pe-
san todavía en la balanza de la justicia divina, i sabe Dios cuánto tiempo aún tendremos, los
habitantes de esta tierra, que purgar los crímenes de Ovando i sus codiciosos compañeros.
Don Diego Colón tuvo el gobierno de la Colonia, más o menos mermado, hasta principios
del año 1515, en que se embarcó para España a defender sus derechos. En el tiempo de
su gobierno fabricó, cerca del río, el palacio que se llama del Almirante, i que algunos,

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

equivocadamente, atribuyen a su padre. La catedral fue comenzada en 1514. Los indios


siguieron sufriendo por los repartimientos.
A principios del gobierno de Don Diego Colón (1510) llegaron a esta ciudad Frai Pedro
de Córdoba, Frai Antonio Montesinos i otros frailes dominicos. Fundaron su convento, i
dieron gloria inmensa a su orden, siendo los primeros, i siempre después, los constantes
defensores de la infeliz raza indígena.
También propagaron los conocimientos que poseían, i en sus claustros se estableció la
Universidad de Santo Tomás de Aquino, que tan útil fue a esta colonia i a las circunvecinas.
Bartolomé de las Casas, Protector incansable de los indios, profesó en ese convento en 1522,
i años después fundó un convento dominico en Puerto Plata, en donde en el año de 1527,
principió a escribir su célebre i veraz Historia de las Indias.7
En el año 1513, o a principios del 1514, murió en esta ciudad de Santo Domingo Alonso de
Hojeda, el valiente de los valientes. Por humildad se mandó enterrar en la entrada de la iglesia
de San Francisco. Sus restos están hoi en la iglesia del Convento de los Dominicos.
Pocos meses después de haber salido de Sto. Domingo Don Diego Colón llegó a ella,
como Juez de Residencia, el Lcdo. Cristóbal Lebrón, (en junio 1515) i ejerció oficios de Go-
bernador, pero en 20 de diciembre de 1516 llegaron a esta ciudad, nombrados por el gran
Cardenal Jiménez de Cisneros, i con facultades para ejercer funciones de gobernadores, los
padres jerónimos Frai Luis de Figueroa, Frai Alonso de Santo Domingo i Frai Bernardino
de Manzaneda. El Licenciado Alonso de Zuazo, uno de los más grandes españoles que han
pasado a América, vino poco después de ellos para residenciar a ciertos empleados i ejercer
funciones judiciales. Los jueces de Apelación fueron suspendidos entonces.
Los padres jerónimos gobernaron lo mejor que pudieron, aunque en realidad no les
fue posible destruir todos los abusos. Fomentaron el cultivo de la caña de azúcar i de otros
frutos exportables, i se conoce que estaban llenos de buenas intenciones, tanto para con los
españoles como para con los indios. Los jerónimos ejercieron funciones de gobernadores
hasta algo más de mediados de 1519.
El Lcdo. Rodrigo de Figueroa los reemplazó en la gobernación. Este llegó a Santo Do-
mingo en agosto de 1519. En mayo de 1520 se restablecieron los tres Jueces de Apelación,
debiendo Figueroa ser 4º Juez, i presidente de esa Audiencia Don Diego Colón. Este llegó a
Santo Domingo en 1520 (según un documento en enero, i según otro en noviembre).
En ese tiempo (a fines de 1519) ocurrió por justísimas causas el alzamiento del cacique
Enriquillo, el más grande de los indios de la Española, i al fin el Libertador del resto de su
nación. Después, en 1522, hubo un alzamiento de esclavos africanos, que fue sofocada.
Don Diego Colón siguió gobernando la colonia i las demás islas hasta el 1o. de sep-
tiembre de 1523, en que se embarcó para España, en donde murió el 23 de febrero de 1526.
La Audiencia siguió gobernando entonces (1523), i en 1524 el rei nombró para presidirla,
i gobernar la colonia, a Frai Luis de Figueroa; pero este murió en ese mismo año sin haber
tomado posesión de ese cargo, ni del obispado de Santo Domingo i de la Concepción de la
Vega, para los cuales había sido electo. La Audiencia siguió gobernando. Roma, no aceptó
la unión de los dos obispados hasta 1528.
En el año de 1526 vino a Santo Domingo a residenciar a la Audiencia el Lcdo. Gaspar de
Espinosa, i durante esa residencia ejerció el cargo de Gobernador de la colonia.

7
Refiérese a la Apologética Historia de las Indias.

160
emiliano tejera  |  antología

A fines del año 1528 llegó a esta ciudad el Lcdo. Sebastián Ramírez de Fuenleal, nombrado
Presidente de la Audiencia de esta isla, i electo Obispo de Santo Domingo i de la Concepción
de la Vega. Éste fue un buen gobernante, i estuvo en el mando hasta septiembre de 1531, en
que fue a México a presidir la Audiencia de Nueva España, aunque continuó siendo Obispo
de Santo Domingo hasta el año de 1538.
Después de la partida del Obispo Ramírez de Fuenleal, gobernaron los oidores Alonzo
de Zuazo, Rodrigo Infante i Juan de Badillo. Durante ese gobierno, en 21 de febrero de 1533,
el capitán Francisco de Barrionuevo les presentó una carta de la reina i emperatriz, Doña
Isabel, esposa de Carlos V, relativa a la pacificación del Baoruco, en donde estaba alzado
Enriquillo. Ese paso de la reina de España produjo el resultado apetecido, i los indios que
quedaban fueron a vivir libres a Boyá, gobernados por Enriquillo.
En 14 de diciembre de 1533 llegó a esta ciudad, como Presidente de la Audiencia, el
Licenciado Alonso de Fuenmayor, i se hizo cargo de la gobernación. A fines del año de 1538
fue electo Obispo de Santo Domingo i de la Concepción, i continuó gobernando hasta el 1
de enero de 1544, que lo reemplazó en el gobierno, como Juez de Residencia, el Lcdo. Alon-
so López de Cerrato. Fuenmayor principió en 1542 las murallas de Santo Domingo, por la
parte de la Sabana del Rei, i según se dice, hizo tres portadas: la Puerta Grande; la de San
Diego i la de la Atarazana.
Es completamente incierto que Fuenmayor construyera todas las murallas de la ciudad
de Santo Domingo. A duras penas llegaría hasta lo que se llamaba después Palo Hincado.
El Conde de Peñalba, dicen, construyó el fuerte del Conde, otros hicieron algo, i las mura-
llas vinieron a terminarse a principios del siglo diez i ocho. Limoneros, arbustos espinosos
i zanjas eran la defensa de la ciudad de Santo Domingo en ese tiempo desde el fuerte de la
Concepción hasta Santa Bárbara.
En el gobierno de Fuenmayor, en 1540, se acabó de construir la Catedral de Santo Do-
mingo, principiada en 1514.
Don Alonso de Fuenmayor celebró el primer Sínodo que hubo en Santo Domingo. No sé
el año exacto de su celebración, pero supongo que fue del 49 al 54, cuando era Arzobispo. Cita
ese Sínodo el Arzobispo frai Andrés Carvajal, que también celebró otro Sínodo Diocesano.
En 1540 se dispuso en España nombrar a D. Luis Colón, que entonces tendría apenas
19 años, Gobernador i Capitán General de la Española; pero parece que no llegó nunca a
enviársele el título al interesado.
El Lcdo. Alonzo López de Cerrato, que fue mui buen gobernante, aunque no agradaba
a los conquistadores ni a sus descendientes, gobernó, como Juez de Residencia, hasta el año
de 1549, según creo, en que lo enviaron a Tierra Firme, como Presidente de la Audiencia de
los Confines.
En el tiempo de su gobierno, vino una Real Cédula del Príncipe, (después Felipe II) fecha
27 de diciembre de 1546, en que se decía: que no convenía pasase adelante la construcción
de la torre de la Catedral de Santo Domingo, que se había principiado en 1543. La razón
era porque esa torre era una especie de fortaleza que sojuzgaba toda la ciudad, i también la
Fuerza, construida por el Emperador. No se continuó la fábrica de la torre. En ese tiempo, el
campanario estaba, i estuvo mucho tiempo después, al lado de la Sacristía de la Catedral.
Hasta ahora no he podido ver un documento que compruebe que Cerrato dejó el go-
bierno en 1549, i que lo reemplazó en ese mismo año el Lcdo. Alonso Maldonado. En 1553,
sí, estaba ya aquí Maldonado gobernando. Esto podrá aclararse más tarde.

161
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

En 11 de mayo de 1549 murió en esta ciudad, en la casa del Almirante, la virreina Da.
María de Toledo i Rojas. Dispuso que se la enterrase en la Capilla Mayor de la Catedral de
Santo Domingo, al lado de su esposo Diego Colón; pero no en la parte alta del piso de la
Capilla mayor, sino en la baja. Allí estuvieron los restos de ambos, uno a los pies del otro,
hasta el año de 1795, en que las autoridades españolas, por error, trasladaron a la Habana
los restos de D. Diego, creyendo que llevaban los del Descubridor de la América. Hace 120
años que no se cumple el querer de la pobre virreina: de “estar juntos en la muerte como
nuestro señor quiso que estuviésemos en la vida”.
Este Lcdo. Maldonado, que ahora era Presidente de la Audiencia de la Española, fue el
que en 1545, presidiendo la Audiencia de los Confines, tuvo grandes choques con el Protector
de los Indios, Frai Bartolomé de las Casas, en ese tiempo Obispo de Chiapas. Maldonado se
portó mui mal entonces con el gran dominico, i llegó hasta insultarlo personalmente. ¡I las
Casas había sido su protector!
El Lcdo. Alonso Maldonado gobernó probablemente desde 1549 hasta mediados del año
1558. El Lcdo. Juan López de Cepeda fue nombrado Juez visitador de Santo Domingo el 19
de mayo de 1557, i comenzó a residenciar a Maldonado el 23 de noviembre de 1558.
Durante el gobierno de Maldonado, en el año de 1552, se fundó el Convento de monjas de
Santa Clara. Eran patrones de él los Pimenteles. I cuatro años más tarde, en 1556, pidieron per-
miso al rei para fundar el convento de Regina Angelorum, también de monjas, los Sres. Diego
de Guzmán, Salvador Caballero, Juan de Peña, Fernández, i Don Cristóbal Colón i Toledo.
Ese convento fue fundado en 1562, en unas casas principales que había dejado para ello,
junto con otros bienes, una viuda rica de esta ciudad llamada María de Arana. La iglesia de
Regina debe haber sido edificada en ese tiempo. El monasterio fue siempre pobre, i en 20 de
abril de 1582 era superiora, i en 6 de mayo de 1583, priora de él Leonor de Ovando, la primera
poetisa de Santo Domingo i de América. No es difícil que viviera en 1586, i que fuera de las que
tuvieron que salir huyendo de esta ciudad cuando la invasión i toma de ella por Drake.
En la noche del 24 de junio de 1557 murió en la Fuerza de esta ciudad, en donde servía
interinamente la alcaidía de esa fortaleza, el cronista e historiador de las Indias Gonzalo
Fernández de Oviedo. Maldonado comprobó el fallecimiento, i nombró a Hernando de
Hoyos para que sirviese interinamente la alcaidía de esa fortaleza hasta que fuese mayor
de 22 años Rodrigo de las Bastidas, (yerno de Oviedo) a quien el rei se la había concedido
en 10 de mayo de 1554.
Juan López Cepeda gobernó hasta fines de 1560, en que fue residenciado por el Lcdo.
Echagoyan, según mandato de la Real Cédula de octubre de dicho año. No sé si el Lcdo.
Echagoyan gobernó algún tiempo, probablemente durante la residencia, ni quien fue el que
ejerció el mando hasta la llegada del Lcdo. Diego de Vera en 1567. En la cédula de octubre
de 1560 se dice que el Lcdo. Grageda venía a ocupar el puesto de Cepeda, pero no se sabe si
era el puesto de Presidente de la Audiencia o el de oidor. Echagoyan dicen (en 1567 o 1568)
que cuando gobernaba Diego de Vera, era oidor Grageda junto con Casares i Ortegón.
Don Alonso de Fuenmayor, primer arzobispo de Santo Domingo, nombrado en el año
de 1548, murió en esta ciudad a fines de 1554 o a principios de 1555. Se dice que en su lugar
nombraron a Diego de Covarrubias, que no llegó a ser Arzobispo de Santo Domingo. Don Juan
de Salcedo fue electo para ese cargo; pero no llegó con vida a Santo Domingo, pues murió en
la Dominica en el último trimestre de 1564. Su sucesor en el Arzobispado, Frai Juan de Arriola,
o Arcola a quien se concedió el palio en 1566, murió antes de venir a Santo Domingo.

162
emiliano tejera  |  antología

El Lcdo. Diego de Vera gobernó desde mayo de 1567 hasta agosto de 1568, en que se fue
a Panamá, como presidente de esa Audiencia.
El Doctor Don Antonio de Mexia tomó residencia a D. Diego de Vera, i gobernó desde
agosto de 1568 hasta el año de 1572.
El Lcdo. Don Francisco de Vera parece gobernó desde 1572 hasta mediados de 1576.
El Doctor Don Gregorio González de Cuenca gobernó, como Presidente de la Audiencia,
desde mediados de 1576 hasta su muerte en esta ciudad a principios de 1581.
En el gobierno de Cuenca sucedió una cosa que parecía mui extraña de aquellos tiempos.
El rei de España, en 25 de mayo de 1577, ordenó a la Audiencia de Santo Domingo “haga
observación i averiguación de la ora a que avrá dos eclipses de la luna en los meses de sep-
tiembre deste año i el que viene, i la envíe al Gno”.
Las observaciones fueron hechas en esta ciudad por Don Luis de Morales el 24 de sep-
tiembre, i parece que fueron mui bien aceptadas, pues el Sr. Don Juan López de Velasco,
cosmógrafo i cronista mayor de las Indias, le escribió a Morales, de Madrid, el 8 de diciembre
de 1578, felicitándolo por dicho trabajo.
El Cabildo Ecco, de Santo Domingo, en carta a su Majestad, fechada el 11 de mayo de
1577, decía:
El arzobispo, unos días antes que muriese, hiço una disposición de sus biens, y mandó quince
mil ps. a esta santa yglesia para el edificio del sagrario questá començado, e instituyó para su
ánima una capellanía, que dotó suficientemente, y Vra. Audiencia Real a secretado todos sus
bienes, y los va vendiendo por su mandado, de suerte que nada se ha cumplido...

Supongo que el Prelado que murió entonces fue frai Andrés Carvajal, i que la Audiencia
presidida por Cuenca sería la que llevó a cabo el secuestro.
Pero también en tiempo de Cuenca murió otro arzobispo cuyo nombre ignoro. Los Ca-
pitulares Eccos, de esta ciudad, en carta a S. M. fecha 8 de marzo de 1579, decían:
el obispo desta ciudad después que la md. le hizo V M. hasta oy, que creemos que serán
pocos sus dias, por estar con una grave e sensible enfermedad de perlessía,. a dado lo mas
y mejor deste obispado a los frayles de Sancto Dgo., de adonde a resultado que V. M. no ha
podido, ni puede, proveer en clérigos, que los mas son lenguas, hijos patrimoniales desta
yglesia, mas que quarenta beneffos, i estos tales tan pobres que son en tierra fragosa y en-
ferma…”
El Arzobispo siempre murió, pues en carta de 12 de abril de 1579, decían los mismos a S. M.:
… aora que por falta de prelado está a nrto. cargo la administracion deste arzobispado...
Esta ysla se ha ido gastando y consumiendo de treynta o cuarenta años a esta parte; pero
ha ido poco a poco entreteniéndose hasta que abrá como tres años que alargando el paso, i
caminando como por la posta, hacia sus daños, ha oy llegado a lo último de toda miseria…
no valen ya diez ducados a los que pocos años ha bastaba uno, especialmente después qe
gobierna el doctor quenca, presidente desta Audiencia, el que demas del gran daño que hizo
a esta ysla con la mudanza desta moneda, con la qual se había antes con menos incomodi-
dad, ha hecho y dexado hacer, otras muchas cosas, con qué nos ha traydo al término donde
se ha dicho...

(Cuenca cambió moneda mala por moneda buena, i esto encareció las cosas).
El 7 de julio de 1576, celebró Sínodo Diocesano el Arzobispo frai Andrés de Carvajal, que,
según parece, gobernaba la iglesia dominicana desde el año de 1571, i que la gobernó hasta
el año de 1577 en que murió. Con motivo de ese Sínodo, menciona el que había celebrado
su predecesor, el arzobispo D. Alonso de Fuenmayor.

163
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Parece que entre éste i Carvajal no hubo ningún arzobispo que residiese en Santo Do-
mingo, pues frai Andrés dice que cuando él llegó a esta ciudad hacía diez i ocho años que
no había Prelado que ejerciese tal cargo. El arzobispo Alonso López de Ávila dice que las
vacantes entre Fuenmayor i Carvajal fueron de diez i seis años. Del 78 a principios del 79
hubo un prelado cuyo nombre ignoro; pero en 12 de abril del 79 i en el 80 no lo había. A
fines de 1581 había prelado; i lo era D. Alonso López de Ávila, el cual duró hasta el año de
1591. En 19 de enero de ese año le decía al rei...
con estas yncomodidades y muchas probeza he servido a V. M. diez años... si pareciere que basta
tan largo destierro, y en tan mala tierra, suplico a V. M. sea servido de mandarme alçar…

Frai Nicolás Ramos le sucedió en el arzobispado en 1593 ó 1594 hasta el 1599 o poco
antes. Frai Agustín Dávila Padilla era arzobispo en 1600 i tal vez a fines de 1599, i murió en
1604, combatido en sus últimos días por el sanguinario Antonio Osorio i sus amigos.
Pero noto que he mencionado todos los prelados que hubo en Santo Domingo en el siglo
XVI, con excepción de los dos primeros, que lo fueron: el obispo García de Padilla, que erigió
la catedral en Burgos el 26 de septiembre de 1512, aunque no llegó a venir a Santo Domingo,
i el Doctor Alejandro Geraldino, nombrado a mediados de 1516, i que llegó a Santo Domingo
en 1520, gobernando la iglesia hasta el 8 de marzo de 1524, en que murió.
El Lcdo. Arçeo, parece que gobernó interinamente desde el año 1581 hasta mediados
de 1583. Durante su gobierno ocurrió el alzamiento de la galera Capitana, en el Cabo del
Engaño, i el asesinato del jefe de las galeras, Rui Gómez de Mendoza. Don Diego Osorio,
Capitán de la galera Santiago, que se había encallado i perdido entre la Isabela i Puerto de
Plata, pudo al fin apoderarse de la Capitana.
El Lcdo. D. Cristóbal de Ovalle parece que gobernó desde mediados de 1583 hasta me-
diados del año 1587, en que murió en esta ciudad. En su tiempo, en enero de 1586, ocurrió
la invasión de Drake, i la ocupación i saqueo por éste de la ciudad de Santo Domingo. Los
daños que causó el saqueo e incendio parcial de la ciudad de Santo Domingo fueron mayores
de lo que la tradición decía. La catedral la convirtieron en lonja, cárcel i cuartel, i cuando
apeaban las campanas, para llevárselas, una de ellas cayó sobre el techo de la sacristía, que
era de bóveda, i rompió una parte de él, que se hizo después de vigas i ladrillos, i hoi es de
concreto. El campanario estaba entonces pegado de la sacristía i enfrente de la Fuerza.
Parece que el Lcdo. Aliaga sucedió interinamente a Ovalle. Estaba ya en el mando el 20
de junio de 1587.
En 23 de noviembre de 1588 el Rei, al enviar a Santo Domingo al maestro de campo Juan
de Tejeda, le decía en la instrucción que le dio:
I daréis hórden en que se cerque la dha ciudad de Sancto Domingo; por la parte de la ciudad se
hará un castillejo, como os pareciere mejor, como está dicho, y la çerca será con una trinchera de
tapias gruesas, del altura que os pareciere y con sus baluartes, como está designado en la traza,
metiendo dentro de la cerca el cerro e padrasto de Santa Bárbara.
Ese saque la tierra para las tapias de la parte de afuera de la cerca, para que se haga foso.

No consta que dicho maestre de campo Don Juan de Tejeda tuviese el cargo de Gober-
nador i Capitán General; pero es probable que se le diese la gobernación, pues Aliaga era
interino i había ocurrido el saqueo de Drake cerca de tres años antes.
En 22 de abril de 1591 era ya Presidente de la Audiencia i Gobernador i Capitán General
Don Lope de Vega Portocarrero. Puede que lo fuera un año antes.

164
emiliano tejera  |  antología

Don Diego de Osorio fue el sucesor de Lope de Vega. Fue nombrado Presidente de la
Audiencia i Gobernador i Capitán General en 16 de marzo de 1597 i ejerció estos cargos
hasta mediados de 1601 en que murió en esta ciudad.
Desde el tiempo de Cepeda hasta Lope de Vega Portocarrero hubo siempre luchas i
disensiones entre el Presidente de la Audiencia i algunos oidores. Para concertarlos enviaba
el Rei a veces Visitadores. Lo fueron el Lcdo. Rivero en junio de 1580 i el Lcdo. Villagra en
julio de 1594.
El arzobispo D. Agustín de Ávila i Padilla, en 20 de noviembre de 1601, decía al Rei con
motivo de los rescates:
El segundo remedio es conceder V. M. a los puertos de aquella banda (los del norte de la Españo-
la) el comercio libre, como lo tienen en San Lucar y en Canaria las naciones extrangeras: esto era
lo más fácil, aunque es muy desabrido para dos mercaderes de Sevilla, que son solos los que de
toda ella cargan para esta ysla; i otras veces que se ha tratado desto hicieron que el consulado de
Sevilla lo contradijese, y prevaleció el interés de dos hombres contra el bien del reyno.

El sabio parecer del arzobispo de Santo Domingo se lo llevó el viento. Si hubiera sido
atendido, como lo merecía, Santo Domingo se habría salvado económicamente; i si se hubiese
concedido el comercio libre a toda la isla i al resto de la América, el mundo de Colón se habría
engrandecido de tal modo que habría sobrepujado los sueños de los más optimistas de sus
hijos. Si España en ese tiempo hubiera concedido a las naciones del Nuevo Mundo dos de
sus derechos imprescriptibles: el del comercio sin trabas i el de gobernarse a sí mismas ¡qué
distinta sería hace siglos la situación de España i la de sus colonias! El desconocimiento de
esos dos derechos produjo la decadencia de España i el triste vivir por siglos de los pueblos de
raza iberoamericana. Si España hubiera reconocido esos dos derechos naturales, hace siglos
que sería la más grande i próspera nación del mundo. No habría habido ruptura violenta
entre ella i las comarcas de la América hispana, ligadas por el amor, no por la fuerza, i el
mundo de Colón sería ya lo que debe ser en lo futuro: la tierra del derecho, en donde todos
los hombres, sea cual fuere su raza, encuentran pan, libertad i justicia.

Gobernadores del siglo XVII


Con ayuda de los documentos copiados en los archivos de España por el Sor. Américo
Lugo; los datos suministrados por los archivos parroquiales de la Catedral de Santo Domin-
go, i lo que dicen ciertos documentos de archivos particulares, puede hacerse ya una nota
menos incompleta i menos errada de los individuos que han gobernado la colonia española
de Santo Domingo. Aún habrá errores en esta lista, i no faltarán omisiones; pero serán menos
numerosas que en años atrás, cuando acometió, la titánica labor de escribir la historia antigua
de Santo Domingo, nuestro nunca, en esta parte, bien alabado amigo D. José Gabriel García.
Doi a continuación la nota de gobernantes en el siglo 17.
Al principiar el siglo XVII gobernaba la Española D. Diego Osorio, el amigo de Simón de
Bolívar, que de esta isla fue a Contador a Venezuela. El 16 de marzo de 1597 fue nombrado
Capitán General de la colonia, i lo fue hasta mediados de 1601, en que murió en esta ciudad.
Fue un buen gobernador, i el rei concedió una suma a su hija Leonor, para que retirase a
España, en premio de los treinta i cuatro años de servicio de su padre.
Le sucedió en el mando uno de los gobernantes más sanguinarios i funestos que ha
tenido la isla: el Licenciado D. Antonio Osorio, que ya gobernaba en 22 de febrero de
1602, i tal vez antes. Con Ovando i D. Félix de Zúñiga constituye este gobernante el trío

165
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

de gobernadores más funestos que ha tenido la colonia española. Fue ejecutor de la im-
política i desastrosa disposición de destruir la mayoría de las ciudades de la costa, para
evitar los rescates, o sea el cambio de productos del país por objetos extranjeros. Parece
que gobernó hasta principios del año de 1608. No sé si entre él i su antecesor hubo algún
gobernador interino.
D. Diego Gómez de Sandoval, gentil hombre de cámara de S. M., su capitán de hombres
de armas de las guardias de Castilla, sucedió a D. Antonio Osorio, i de seguro gobernador
en 19 de julio de 1608.– Fue un buen gobernante i estuvo en su puesto hasta fines del año
1623, en que murió pobre en esta ciudad. Según lo averiguó el Sor. Américo Lugo, durante
su gobierno vivió dos o tres años en el convento de la Merced en esta ciudad, de 1615 a 1617
ó 1618 el famoso dramaturgo Tirso de Molina.
El Sor Lugo ha copiado toda la parte relativa al convento e iglesia de la Merced de la
obra manuscrita de Tirso, titulada: Historia de la orden de la Merced, existente en la Biblioteca
de la Real Academia de la Historia de Madrid. Frai Gabriel Tellez narra allí su estada en
esta ciudad, los milagros de la Virgen, cuando el terremoto de 1617, i la ceremonia de su
adopción como Patrona de la isla. También habla Tirso de su estada en esta ciudad en su
obra: Deleytar aprovechando, que fue impresa en 1635.
Asimismo en los últimos años del gobierno de Sandoval, celebró Sínodo Provincial,
en 1622, el maestro frai Pedro de Oviedo, Arzobispo de Santo Domingo. A él asistieron el
maestro frai Gonzalo de Angulo, obispo de Venezuela; el Dr. D. Bernardo Balbuena, obispo
de Puerto Rico; D. Agustín Fernández Pimentel, como Procurador del Obispo de Cuba; i
Francisco Serrano i Bernal, como Procurador de la Abadía de Jamaica. Queda, pues, aclarado
para mí, que el obispo de Puerto Rico, en 1622, se llamaba Bernardo, aunque sospecho que
se llamase Diego Bernardo.
En 8 de junio de 1628, se escribió desde Madrid a la Audiencia de Santo Domingo, que
probea conforme dho, acerca del espolio de D. bernardo de bulbuena, difunto obispo que
fue de puerto rico.
En una certificación que, en fecha 25 de enero de 1623, los miembros del Sínodo dieron
a favor del Lcdo. D. Diego de Albarado, cura de Santiago de los Caballeros, que fue el que
tradujo del castellano al latín el texto de dicho Sínodo, el obispo de Puerto Rico firmaba:
Dorberdo de barbua obispo de Puerto Rico.
También durante el gobierno del Sr. Gómez Sandoval, en 30 de junio de 1610, celebró
Sínodo Diocesano el maestro frai Cristóbal Rodríguez Suares, Arzobispo de Santo Domingo.
El Sínodo del Arzobispo Oviedo fue mui celebrado; pero no dejaba de tener algo de
exclusivismo.
Prohibía i denegaba la promoción a las órdenes sagradas “a los ijos de españoles e indios,
que son los que llaman mestizos”. El que los examinó en España dijo con razón “sigan las
costumbres, y los mestizos puedan ser ordenados de orden sacra, como lo son en el Pirú i
en la nueba España”.
Sucedió a Sandoval D. Diego de Acuña, caballero de la orden de Alcántara, a quien en
una nota anterior, llamé Domingo, por seguirme por un documento, errado en esta parte,
de la Historia de Puerto Rico por Íñigo Abad.
Acuña gobernaba seguramente en el año 1624. (Fue nombrado el 18 de noviembre de
ese año). Tuvo choques con algunos oidores, i sólo gobernó hasta el año 1627, en que se
fue de gobernador a Guatemala, i quedando en el mando interinamente D. Juan Martínez

166
emiliano tejera  |  antología

Thenorio. Entre Sandobal i Acuña i a principios de 1624 gobernó interinamente, como oidor
más antiguo, Don Juan Martínez Thenorio.
Don Gabriel de Chávez Osorio, caballero de la Religión de San Juan, fue el sucesor de
Acuña, i estaba en el mando el 13 de noviembre de 1627. Gobernó hasta el 2 de diciembre
de 1634 en que murió casi repentinamente en esta ciudad de Santo Domingo. Fue el que
hizo construir el castillo o fuerte de Santo Jerónimo, en una playa a tres kilómetros de esta
ciudad, aunque no lo vio completamente terminado.
El Doctor O. Alonso de Cereceda, como oidor más antiguo, sucedió a D. Gabriel Chávez.
Ese Gobernador interino fue el que dispuso el desalojo de la isla de la Tortuga, encomendando
el mando de la expedición al capitán Rui Fernández de Fuenmayor, natural de esta ciudad
de Santo Domingo. Este llevó a cabo su encargo con gran rigor i daño de los ocupantes, en
enero de 1635.
Según parece, Cereceda gobernó hasta el año de 1636, en que le sucedió D. Juan Bitrian
Biamonte i Navarra, caballero de la orden de Calatrava. Este fue nombrado el l°. de febrero
de 1636, i parece gobernó hasta el año de 1645.
En 18 de agosto de 1635 se expidió nombramiento de Gobernador i Capitán General de
Santo Domingo a favor de D. Íñigo Hurtado de Conçuesa; pero parece que éste no llegó a
tomar posesión de ese cargo.
Don Nicolás de Velasco Altamirano, castellano de la Fuerza de San Juan de Ulúa
sucedió a D. Juan Bitrian i Biamonte. Su nombramiento fue expedido el 2 de marzo de
1644, pero no tomó posesión hasta 1645, i estuvo gobernando hasta marzo de 1649, en
que murió en esta ciudad. Le sucedió el Lcdo. D. Juan Melgarejo, Ponce de León, como
oidor más antiguo.
En 6 de agosto de 1650 escribía el rei a “D. Luis Fernández de Córdoba, de la orden
de Santiago, mi Gov. y Cap. General de la ciudad de Santo Domingo, y Pte de mi Aud
della”. I aún por una declaración que se hizo en 1650 se comprende que ejercía funciones
de Presidente de la Audiencia en una fecha anterior al 17 de julio de dicho año. Después
he visto que el Presidente D. Luis Fernández de Córdoba murió en esta ciudad, en 16 de
marzo de 1651; que debió sucederle el Lcdo. Pedro Luis Salazar, como oidor más antiguo;
pero éste murió el 19 de dicho mes, por lo que vino a gobernar, en 28 de abril, el Lcdo.
D. Francisco Pantoja de Ayala, que era el que seguía en antigüedad a Salazar. Se ve que
Fernández i Córdoba gobernó mui poco tiempo, pues el 10 de agosto de 1651, gobernaba
ya, como oidor más antiguo, D. Francisco Pantoja de Ayala (Título de Capitán, publicado
en Ateneo de abril de 1911).
Es seguro que el general D. Luis Fernández de Córdoba tomó posesión de su empleo
de Gobernador i Capitán General, pues consta en documento fidedigno que nombró unas
compañías de nativos del país para la custodia de la frontera francesa, las cuales, habiendo
sido suprimidas por el Capitán General D. Juan Balboa i Mogrobejo, permitieran el ataque
i toma de Santiago de los Caballeros por De Lisle, el 30 de marzo de 1660. Las compañías
fueron restablecidas poco después de dicha toma.
En 18 de septiembre de 1651, el rei escribió al “Maestre de Campo D. Andrés Pérez
Franco, mi Gov. y Cap. General de la isla de Santo Domingo y Pres. de mi Audiencia”. Pero
parece que D. Andrés Pérez Franco no tomó posesión del cargo en ese tiempo; pues 18 de
enero de 1652 gobernaba aún D. Francisco Pantoja, según carta que escribió a la corte en esa
fecha. En 23 de marzo de 1652 llegó a Santo Domingo, a ocupar su puesto, D. Andrés Pérez

167
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Franco, i lo ocupó el resto de ese año, i parte del año 1653, pues el 7 de enero de este último
año expidió el título de Contador que publiqué en Ateneo, en mayo de 1911.
Partiendo de una afirmación de Charlevoix supuse que Don Andrés Pérez Franco fue
el Capitán General que según dicho autor, fue decapitado en Sevilla. Mi suposición es com-
pletamente infundada. D. Andrés Pérez Franco murió en esta ciudad, de Capitán General,
el 18 de agosto de 1653, cuando se esforzaba en hacer los preparativos necesarios, a fin de
efectuar el desalojo de la Tortuga. Cuando murió Pérez Franco, el rei le había aceptado ya
su renuncia, a causa de su mucha edad i falta de vista; pero esto no lo llegó a saber Pérez
Franco, por haber muerto antes de llegar a su poder la carta del rei. En agosto de dicho año
(1653) gobernaba la isla, como oidor más antiguo, el Doctor D. Juan Francisco Montemayor
de Cuenca, (de 29 años de edad) i gobernó hasta el 10 de abril de 1655, en que se hizo cargo
de la Capitanía General, D. Bernardino de Meneses Bracamonte i Zapata, Conde de Peñalba.
Montemayor de Cuenca envió siempre una expedición a la Tortuga, i esta isla fue ocupada
de nuevo por los españoles.
El conde de Peñalba había sido nombrado Capitán General de la colonia en 30 de di-
ciembre de 1653; pero no llegó a la ciudad de Santo Domingo sino el día 8 de abril de 1655,
después de un largo viaje. A él le cupo la gloria, auxiliado por tropas que trajo i sobre todo
por los hijos del país, de rechazar la formidable expedición de Penn i Venables, que en 23
de abril de 1655 ocupó la boca del río Jaina i sus inmediaciones, i estuvo dos veces frente
a las murallas. El rei de España dispuso en 14 de diciembre de 1655 que todos los años se
celebrase una fiesta solemne el día 14 de mayo, por ser ese día en el que se retiraron los
ingleses de Santo Domingo, para ir a atacar i a ocupar a Jamaica. Se asegura que el Conde
de Peñalba fue el que hizo construir el fuerte i la Puerta del Conde, aunque probablemente
no vio terminado ese trabajo en su gobernación.
El Conde de Peñalba duró poco en el mando: algo más de un año. Lo reemplazó el 18
de mayo de 1656 el Sr. O. Félix de Zúñiga i Abellaneda. Conde del Sacro Imperio, el cual
resultó mui mal gobernante. El Conde de Peñalba fue nombrado Presidente de las Charcas,
i salió de esta ciudad para Cartagena poco después de haber dejado el mando.
Don Félix de Zúñiga gobernó hasta la primera quincena de agosto de 1659. Mandó hacer
unas trincheras en el camino de Jaina, i tal vez para dificultar nuevas invasiones, el fuerte
que hubo cerca de la boca del río de ese nombre.
Zúñiga fue reemplazado por el Maestre de Campo, Don Juan de Balboa i Mogrobejo,
caballero de la orden de Santiago, el cual acababa de dejar el mando de la plaza de Gibraltar.
No resultó tampoco buen gobernante. Fue nombrado el 15 de diciembre de 1658, i tomó
posesión en agosto de 1659. En su tiempo ocurrió la toma de Santiago de los Caballeros por
los filibusteros franceses, capitaneados por de Lisle. Fue nombrado Presidente de Chile, pero
parece que nunca llegó a ocupar ese puesto.
Acerca de esa invasión i toma de Santiago por de Lisle hai varios errores, sobre todo en
los historiadores franceses. Algunos de ellos suponen dos invasiones, i las fijan en los años
de 1659 i 1667. No hubo más que una en ese tiempo: la de 1660, cuando gobernaba Balboa i
Mogrobejo. Un documento de la residencia tomada a ese Capitán General dice que la ocu-
pación de Santiago fue el domingo de resurrección de 1660.
El arzobispo Fernández Navarrete, en una Relación al rei, dice que fue el 30 de marzo
de 1660. No hai gran diferencia entre las dos aserciones, pues la Pascua de resurrección en
ese año fue el 29 de marzo.

168
emiliano tejera  |  antología

El Maestre de Campo Don Pedro Carvajal i Cobos sucedió en agosto de 1661 a Balboa
i Mogrobejo, i gobernó hasta el año de 1669, o principios de 1670. Fue un buen gobernante.
Lo reemplazó el Maestre de Campo D. Ignacio de Zayas Bazán.
Don Ignacio de Zayas Bazán gobernó probablemente desde fines de 1669, o principios
del 70, hasta su muerte, que ocurrió en esta ciudad el 15 de julio de 1677.
Le sucedió en el gobierno de la isla, como oidor más antiguo, el Doctor D. Juan de Padi-
lla Guardiola i Guzmán, el cual estuvo gobernando hasta principios del segundo semestre
de 1678 (en 14 agosto gobernaba), en que se hizo cargo de la capitanía General el Maestre
de Campo D. Francisco de Segura Sandoval i Castilla. Este gobernante estuvo en su cargo
hasta el 12 de junio de 1684, que lo reemplazó, interinamente, i después definitivamente, D.
Andrés Robles, nombrado General de artillería en 1685 (julio). Don Andrés Robles gobernó
hasta el año de 1690, en que lo reemplazó el Almirante real D. Ignacio Pérez Caro. D. Andrés
Robles combatió mucho a los franceses.
En julio de 1690 invadió la colonia española el Gobernador de la francesa, Mr. de Cussy,
i tomó i saqueó a Santiago de los Caballeros, retirándose días después. Los españoles, i entre
ellos casi todos los habitantes de Santiago, invadieron a su vez la colonia francesa, i el 21
de enero de 1691, (día de la Altagracia) mandados por D. Francisco de Segura Sandoval i
Castilla; derrotaron completamente a los franceses en Sabana Real o de la Limonade, matando
al Gobernador Cussy, al Tte. Gobernador Franquesnay i multitud de oficiales i soldados. En
1695, acompañados por los ingleses, invadieron de nuevo los españoles la colonia francesa,
bajo el mando del Tte. de maestre de campo D. Jil Correoso Catalán, i la asolaron.
Don Ignacio Pérez Caro gobernó el año de 1696, i le sucedió en junio de 1698, el Maestre
de Campo Don Severino Manzaneda i Salinas. Este gobernó hasta poco antes de su muerte,
ocurrida en esta ciudad el 5 de agosto de 1702. Había sido nombrado para gobernador de
Cartagena; pero murió en víspera de salir a ocupar su puesto, i le sustituyó aquí en el mando,
interinamente, Don Juan Barranco.
Se ha dicho que el Teniente de Maestre de Campo, Don Jil Correoso Catalán, gobernó inte-
rinamente en 1691; pero hasta ahora nada he encontrado que justifique ese aserto, aunque sí,
he hallado, que el Señor Jil Correoso Catalán gobernó interinamente entre Caro i Manzaneda,
es decir, desde mediados de 1696 hasta que llegó a esta ciudad, procedente de La Habana, en
donde era gobernador, D. Severino Manzaneda i Salinas, lo cual fue en junio de 1698.
(De Gobernadores de la Isla de Santo Domingo.
Boletín del Archivo Gral. de la Nación).

El artículo 4o. del Tratado de 1874


“Las Altas Partes Contratantes se comprometen formalmente a establecer
de la manera más conforme a la equidad i a los intereses recíprocos de los dos pueblos las líneas fronterizas
que separan sus posesiones actuales. Esta necesidad será objeto de un Tratado especial,
i para este efecto ambos Gobiernos nombrarán sus Comisarios lo más pronto posible”.8

Tal es el texto exacto del artículo 4o. del Tratado de 9 de noviembre de 1874, tal como lo
aprobaron las Cámaras de los dos países; i se dice, tal como lo aprobaron las Cámaras de los dos países
porque si se ha de dar fe a las actas de las Conferencias, suscritas por los Plenipotenciarios que

8
Véase Documento n.o 23.

169
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

convinieron el Tratado, el artículo 4o. tiene una modificación trascendental, que no se sabe
cuándo, ni por quién fue hecha; pues el texto convenido no decía: las líneas fronterizas que
separan sus posesiones actuales; sino las líneas fronterizas que los separan (a los dos pueblos).9
Al examinar el texto vigente se nota desde luego que todas las palabras que lo constituyen
tienen un sentido claro, preciso i determinado, con excepción de una sola: la palabra pose-
siones, que se presta a interpretaciones diferentes, no pudiendo saberse cuál es la verdadera
i exacta sino por el estudio detenido del resto del artículo.
No cabe duda alguna que este es un compromiso formal, contraído por los dos Gobier-
nos, de establecer en el más breve plazo posible las líneas fronterizas entre los dos Estados, i
felizmente está convenida i determinada con toda claridad la manera con que debe efectuarse
el trazado de esas líneas: éste debe ser, según el dicho artículo 4o., de la manera más conforme
a la equidad i a los intereses recíprocos de los dos pueblos.
¿Se deberán trazar dichas líneas fronterizas por el límite de los puntos que Haití ocupaba
en noviembre de 1874, o sea por sus posesiones en esa fecha? Evidentemente no. Se faltaría
con ello a la equidad, i no se tendrían en cuenta los intereses de los dos pueblos, sino el de
uno solo: el de Haití, i esto aparentemente; porque no se puede ser en realidad conveniente
a ningún pueblo nada que sea injusto i atentatorio al derecho de otro pueblo. Se faltaría a
la equidad, –pues un trazado conforme a la equidad es un trazado conforme a derecho–,
porque la República Dominicana tiene i ha tenido siempre como suyo, todo el territorio que
pertenecía a la antigua parte española, i siendo suyo, como lo es en derecho desde 1855,
no sería jamás equitativo que se le despojase de él, contra su voluntad, i sin compensación
de ninguna clase, para concedérselo a Haití, que no lo ha poseído sino por violación de la
equidad i del derecho. De manera que el trazado por el punto indicado –las posesiones de
1874– sólo sería equitativo en el caso de que Haití fuese el legítimo soberano del territorio en
cuestión, i no la República Dominicana, como se ha demostrado anteriormente. La equidad
en este último caso exige que se tracen las líneas fronterizas por los límites de Aranjuez.
No sería tampoco conforme a los intereses recíprocos de los dos pueblos; porque si a
Haití le conviene acrecentar su territorio con los cinco mil i pico de kilómetros cuadrados
que mide el territorio en cuestión, a la República Dominicana le conviene igualmente no
disminuir el suyo, sobre todo en tan gran cantidad, máxime cuando con él perdería para
siempre una población no pequeña de origen español, que vendría a confundirse i desapa-
recer en la haitiana, i también quedarían inseguros o perdidos los derechos de propiedad del
suelo, que casi todo pertenece a dominicanos, i del cual han dispuesto durante la ocupación
el Gobierno o las autoridades locales de Haití.
De manera que las posesiones actuales, de que habla el artículo 4o., no son las posesiones
que Haití ocupaba en 1874; porque tirando la línea por ellas se faltaría a la equidad, que es
una de las condiciones indispensables que deben observarse en el trazado de dichas líneas.
Las posesiones actuales, en ese caso, deberían ser las posesiones actuales en derecho, o sean las
de Aranjuez, porque sólo ellas satisfacen la equidad, condición indicada como precisa en el
artículo 4o. del Tratado de 1874.
Pero trazando las líneas fronterizas por la línea de equidad no se observa sino una sola
condición de las dos convenidas en el Tratado; falta llenar la otra: que el trazado sea confor-
me con lo que exijan los intereses recíprocos de los dos pueblos. Los puntos por donde esto deba

9
Véase Documento n.o 19.

170
emiliano tejera  |  antología

hacerse no están en realidad determinados en el artículo 4o.; pues debían ser resultado de
un convenio posterior, i para eso es que debían nombrarse los Comisarios que indica dicho
artículo. Así es que en último resultado, la línea fronteriza definitiva debía ser convertida i
determinada por Comisarios competentes, i debidamente autorizados, de uno i otro país, i
con sujeción a las dos condiciones convenidas de antemano, i que para Santo Domingo, al
menos, debían llevarlo obligatoriamente a la convocación de un Plebiscito.
Esa manera de entender el artículo 4o. debió ser la del Presidente de la República Do-
minicana, de 1874 a 1876; porque ni en sus proclamas, ni en sus mensajes al Congreso, ni en
ningún otro documento oficial suyo, de los que han visto la luz pública, se encuentra la me-
nor indicación de que hubiera cedido, ni tenido la intención de ceder a Haití la más pequeña
parte del territorio de la República Dominicana; cosa que a decir verdad, ni a él, ni a nadie
en la República le era posible hacer, sin que ipso facto resultara nulo el convenio en que tal
estipulación se consignase, a menos que se hubiese obtenido antes la autorización del pueblo
soberano, único que tiene poder para determinar la cesión de cualquiera parte del territorio
nacional. Empero, en este punto no hai oscuridad alguna: las instrucciones del Gobierno a
los Plenipotenciarios dominicanos son claras i terminantes, i en ellas se les ordena que, en la
cuestión límites, nada convengan que sea contrario a lo que prescribe el Pacto fundamental
dominicano, que para el caso fue declarado vigente por el Jefe Supremo de la nación.10
Esa manera de entender el artículo 4o., debió ser también la del Gobierno dominicano de
fines de 1876, i la de todos los Gobiernos i Congresos que se sucedieron desde octubre del
mismo año hasta el de 1883; pues habiendo determinado el Poder Legislativo de Haití, en la
lei de 9 de octubre de 1876 la anulación de todos los actos del Presidente Domingue, entre
los cuales estaba incluido el Tratado dominico-haitiano de 1874, no aceptaron ansiosamente
dicha anulación, en lo que concernía al Tratado antedicho, como lo hubieran podido hacer
si lo hubieran creído perjudicial a sus intereses, pues así se libraban sin trabajo alguno, de
un compromiso que les hacía perder una extensión de territorio considerable. Lejos de eso,
Gobiernos i Congresos se esforzaron a porfía en sostener la vigencia del Tratado, e insistieron
en pedir a Haití el reconocimiento de esa vigencia. ¿Qué demuestra semejante proceder? Que
en Santo Domingo no creían que ese artículo perjudicaba en nada sus derechos territoriales;
porque a haberlo creído así, hubieran aceptado con placer la anulación del Tratado, hecha por
el mismo Haití, i que habría sido perfecta con su consentimiento. Al contrario, creían que el
artículo 4o., sólo era un compromiso de establecer la línea fronteriza por donde lo exigieran la
equidad i los intereses recíprocos de los dos pueblos, i en ello no veían perjuicio alguno, sino
un medio aceptable de hacer un arreglo necesario i beneficioso para ambos países.
Esa manera de entender el artículo 4o., fue siempre la del pueblo dominicano, i de ello
dan testimonio los escritos de sus poetas, oradores, periodistas, historiadores, publicistas i de
cuantos han tenido voz pública en el país. Para todos ellos el territorio patrio es siempre el
antiguo territorio español; i la ocupación de parte de él por un pueblo extraño ha enardecido
unas veces la fibra patriótica, produciendo quejas amargas o apóstrofes sentidos, i otras ha
llevado a facilitar un avenimiento, en el que resulten hermanadas la justicia i la conveniencia
recíproca de las dos naciones que se dividen el dominio de la isla.
Esa manera de entender el artículo 4o., fue también la de la Convención Nacional domi-
nicana que aprobó el Tratado de 1874. Uno de sus miembros, inspirado por el patriotismo,

10
Véase Documento n.o 18.

171
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comprendió los peligros que entrañaba la redacción de ese artículo, i se esforzó en modificarlo,
ayudado en su empresa por algunos de sus dignos colegas. La mayoría de la Convención
encontró imaginarios los temores de aquel diputado, i no convino en la modificación pro-
puesta; pero en los largos i acalorados debates que esto produjo, varios diputados declararon
que no entendían que “por el artículo 4o., se comprometiese para nada a la República en la cuestión
límites, ni se cediese la más pequeña parte del territorio”, i otros manifestaron “que estaban en la
inteligencia de que los límites debía fijarlos la Comisión que al efecto se nombrase”. Al fin la
Convención Nacional en masa, con excepción de sólo dos diputados, i momentos antes de
aprobar el Tratado, hizo la declaración siguiente:
l°. Que al votar el artículo 4o., del Tratado domínico-haitiano no ha creído votar sobre el fondo de la
cuestión límites. 2o. Que ella cree que en ese punto nada puede haber definitivo, hasta tanto los gobier-
nos haitiano i dominicano no se hayan entendido por el medio señalado en el artículo 4o.,: un Tratado
especial negociado por Comisarios nombrados recíprocamente. 3o. Que también cree, i así lo declara:
que el statu quo establecido en el indicado artículo no expresa, ni implica ninguna clase de derechos
definitivos, por parte de Haití, sobre las posesiones fronterizas que actualmente ocupa; si bien esto
tampoco cierra la vía, por parte de la República Dominicana a un avenimiento equitativo. El diputado
Cestero, autor de la anterior manifestación, significó que lo que con ella se proponía era que quedase explicado
i bien definido un punto oscuro del Tratado en una Declaración solemne, que tendría fuerza de Lei en
caso necesario, como la consulta de un cuerpo docente respecto de un punto de derecho.11

I nuevamente ratificó la Convención Nacional su manera de entender el artículo 4o., al


determinar cuál era el territorio de la República, en la Constitución que decretó en 9 de marzo
de 1875, menos de tres meses después de haberse aprobado el Tratado domínico-haitiano;
pues no sólo volvióse a manifestar
que habiéndose dejado pendiente la cuestión límites en el Tratado, para que una Comisión es-
pecial la zanjase, debía dejarse el camino expedito a esta comisión para que pudiese hacer la
demarcación exigida por las circunstancias; sino que al declarar cuál era el territorio de la República
Dominicana, se redactó el artículo 2o. en los términos siguientes: El territorio de la República compren-
de todo lo que antes se llamaba Parte española de la isla de Santo Domingo i sus islas adyacentes.
Un tratado especial determinará sus límites por la parte de Haití.
Es decir, que el territorio de la República Dominicana era el mismo que le correspondía
en derecho desde el año 1855; esto es, toda la Parte antes española; pero que se admitía
la posibilidad de su modificación por la parte que tocaba a Haití, en virtud del Tratado
especial que se celebrase, a consecuencia de lo convenido en el artículo 4o., del Tratado de
1874, i previa, sin duda, la autorización necesaria del pueblo soberano para llevar a cabo
enajenaciones posibles de territorio.12 I en vista de esto ¿qué nombre tendría la conducta
de la Convención Nacional dominicana, si habiendo aprobado tres meses antes la cesión
del territorio fronterizo a Haití, al decretar la Constitución que debían observar i defen-
der todos los dominicanos, incluía de nuevo el territorio cedido en el perteneciente a la
Nación? ¿I cómo se denominaría el juramento que prestó días después, el Presidente de
la República, de defender los derechos del pueblo dominicano, si uno de los más princi-
pales, el de la integridad del territorio, tal como lo demarcaba la Constitución, no podía
cumplirlo, por haber cedido él mismo, según lo sostiene ahora Haití, no pequeña parte
del territorio que se obligaba a defender?

11
Véanse Documentos n.o 21 i 22.
12
Véanse Documentos n.o 24 i 25.

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emiliano tejera  |  antología

I esa misma manera de entender el artículo 4o. debió tener el Gobierno haitiano de esa
época, el General Domingue, el mismo que celebró el Tratado de 1874, pues no pudiendo
ignorar los términos en que se había redactado en la Constitución de 1875 el artículo relativo
al territorio, no hizo observación, ni reclamación alguna sobre ello al Gobierno dominicano,
con el cual estaba en relaciones mui cordiales, ni protestó tampoco contra lo expresado en ese
artículo, contrario en todo a los derechos soberanos de Haití, si era exacto que se le hubiese
reconocido como suyo el territorio que ocupaba en 1874. Igual cosa, i por la misma razón,
puede decirse de los Gobiernos haitianos subsiguientes hasta el de 1883. ¿No indica seme-
jante proceder que lo que se había convenido no era la cesión de parte alguna del territorio
en cuestión, sino el modo de arreglar más tarde esa dificultad, teniendo por norma para ello
la equidad i los intereses recíprocos de los dos pueblos?
Confirma esta manera de ver las cosas la misma redacción del artículo 4o. Si lo que en
éste se hacía era una cesión graciosa a Haití de todo el territorio dominicano que ocupaba
indebidamente ¿por qué no se expresó esto con claridad en dicho artículo? ¿Por qué no se
dijo en estos u otros términos: “la República Dominicana cede para siempre a Haití todo el
territorio de la antigua Parte española que Haití ocupa en la actualidad, i se compromete
formalmente a trazar la línea fronteriza de conformidad con esta cesión”? ¿Para qué hablar
de equidad, si se iba a faltar a la equidad? ¿Para qué de intereses de los dos pueblos, si el
interés de uno solo era el que debía predominar? Si la voluntad de las dos partes contratantes
estaba de acuerdo en realizar la cesión ¿por qué no se llamaban las cosas por su nombre? ¿A
quién se pretendía engañar? ¿Era a Haití? ¿Era a Santo Domingo? Nada de esto es probable,
ni parece posible. Hasta es absurdo suponerlo. Demasiado bien sabían los contratantes del
Tratado que el pueblo dominicano, la única víctima en este caso, no había dado facultad a
nadie para disponer de la más pequeña parte de su territorio, i que sin esa facultad, necesaria,
indispensable, todo convenio que entrañase cesión de territorio era nulo ipso facto en derecho.
Entonces ¿para qué esa tentativa absurda de cesión territorial? No. Los Señores Plenipoten-
ciarios, fieles a su deber, i atentos a proporcionar a sus respectivos países el verdadero bien,
el fundado en la justicia, convinieron en lo que tal vez debía convenirse: en que el trazado
de los límites se hiciera más tarde por Comisarios, debidamente autorizados, sirviéndoles de
regla la equidad i los intereses recíprocos de los dos pueblos. Prueba esto la comunicación
dirigida por los Plenipotenciarios dominicanos al Ministro de Relaciones Exteriores, en fecha
28 de octubre de 1874, i el artículo 3o. del mismo Tratado de 9 de noviembre. Si en éste se
convenía que ninguno de los dos Estados podía ceder la menor porción de su territorio ¿cómo
en el artículo siguiente, el 4o., iba a hacerse por la República Dominicana cesión de territorio
a Haití; esto es, lo mismo que acababan de convenir que no se hiciera, i lo que no podían
hacer los comisionados dominicanos, por estarle prohibido, tanto para sus instrucciones,
como por las leyes fundamentales de la nación, que obligaban a sus mismos poderdantes?
No, no hubo cesión. Los Plenipotenciarios dominicanos lo dicen clara i terminantemente:
ellos no convinieron sino en el statu quo, i el statu quo no es la cesión.13
Es igualmente asombroso que si la intención de los contratantes del Tratado fue convenir
en la cesión territorial antedicha, no se hubieran establecido compensaciones de cualquier clase
en favor del cedente de tantos i tan extensos territorios. Si Santo Domingo hubiera estado ocu-
pado por las victoriosas huestes haitianas; si los cadáveres de sus indómitos hijos, esparcidos

13
Véanse Documentos n.os 20, 23 i 25.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

por montes i llanuras, dijeran al mundo que el deber se había cumplido; si los escasos sobrevi-
vientes a tal desastre olvidaran que clima, bosques, aire, suelo, todo lo dominicano, rechaza i
combate con energía las imposiciones extranjeras; si el espíritu de Enriquillo cesara de flotar en
la atmósfera, i los recuerdos heroicos de la madre patria i los de los fundadores i restauradores
de la nacionalidad dominicana no tuvieran ya influencia en el apocado ánimo de los postreros
degenerados dominicanos; si en ese estado de extrema decadencia se hubiera exigido como
condición de paz, como único medio de salvación, ese desmembramiento del territorio, se
concibe entonces que este se hubiera llevado a cabo contra toda justicia i sin compensaciones
de ninguna clase; pero fuera de este caso, en plena virilidad de la nación, con ánimo i recursos
para alegar i defender sus derechos, ceder en completa paz de hecho, i sin discusión de ningún
género, territorio tan disputado, i cederlo sin compensación de ninguna especie, como quien
echa de sus hombros carga pesada que le molesta, eso es cosa inexplicable, inconcebible, i sólo
admitiendo la inexistencia de semejante cesión territorial es que vuelve el entendimiento a
encontrar en los hechos ilación lógica, naturalidad i justicia.

VI
La interpretación haitiana
Sostiene el Gobierno haitiano desde el año 1883, que siendo el uti possidetis la base con-
venida en el artículo 4o. del Tratado de 1874 para hacer el trazado definitivo de las líneas
fronterizas entre los dos países, le corresponden en derecho todos los territorios que ocupaba
en 1874, i que lo que falta por hacer es trazar la línea material que demarque exactamente
dichas posesiones o territorios.
Tal es en el fondo la interpretación haitiana del artículo en cuestión. ¿Tiene fundamento
sólido después de todo lo que se ha dicho anteriormente?
Una línea fronteriza no es sino la resultante de la determinación exacta de los territorios
de dos o más países que se tocan, i para determinar i fijar esos territorios ha de haber una
base convenida de antemano. La base convenida en el caso de que se trata es la que consigna
el artículo 4o.: la equidad i los intereses recíprocos de los dos pueblos, i no la del uti possidetis, que
ni está convenida en parte alguna, ni puede derivarse lógicamente del estudio imparcial i
desinteresado del referido artículo 4o.
Para que la interpretación haitiana sea exacta es preciso, o mutilar el artículo 4o., o
cambiar la base convenida para el trazado de las líneas fronterizas. Ambas cosas hace la
interpretación haitiana.
Mutila el artículo 4o., porque suprime de él la condición o base convenida para el tra-
zado de las líneas fronterizas, que debe ser así: de la manera más conforme a la equidad i a los
intereses recíprocos de los dos pueblos. En efecto, Haití raciocina i establece sus derechos como
si el artículo 4o., dijera solamente: Las Altas Partes contratantes se comprometen formalmente
a establecer las líneas fronterizas que separan sus posesiones actuales. ¿I la manera cómo deben
establecerse esas líneas? De eso hace caso omiso.– Es como si no se hubiera convenido nun-
ca; como si las palabras no estuvieran golpeándole, para recordarle que existen i tienen un
sentido modificador profundo. No advierte que si las líneas fronterizas deben ajustarse a
la equidad, i las posesiones actuales, las del 74, no son posesiones basadas en la equidad, esas
no son ni pueden ser las posesiones por las cuales debe trazarse la línea definitiva, sino que
hai que ir a buscar entonces las posesiones o territorios que se conformen con la equidad, i
estos no pueden ser sino las posesiones o territorios que en derecho pertenezcan a las dos

174
emiliano tejera  |  antología

partes. No advierte tampoco que si las líneas fronterizas han de acomodarse a lo que exijan
los intereses recíprocos de los dos pueblos, entonces la misma línea de equidad no será en toda su
extensión la línea fronteriza definitiva, sino en el caso de que reúna a la vez la condición de
conveniencia; i si no la reúne, entonces la línea fronteriza definitiva deberá tirarse por donde
convenga a los intereses de los dos pueblos, es decir, siguiendo lo más posible la línea de equi-
dad; pero apartándose de ella en donde lo exijan los intereses de los dos pueblos; determinado
ese interés en convenio especial, llevado a cabo por quienes legítimamente tengan poder i
autorización para hacer semejante determinación.
Cambia la base convenida para el trazado de la línea fronteriza, porque encontrando en
el artículo 4o., las palabras posesiones actuales quiere hacerlas equivalentes de base de ocupación
actual o sea del uti possidetis, lo que no es exacto en el presente caso. En efecto, para llevar a
cabo el trazado de una línea fronteriza no se pueden establecer dos bases que no puedan
acordarse, mucho menos si una de ellas es o puede ser contraria de la otra; porque entonces o
la una o las dos pueden resultar anuladas, i el trazado es imposible. La base consignada en el
artículo 4o., para el trazado de las líneas fronterizas es la equidad i la conveniencia recíproca de los
dos pueblos, base convenida entre las partes i expresada clara i determinadamente, i a la cual
hai por fuerza que ajustarse. Entonces si esta base es la convenida, i es la que debe aceptarse,
no puede serlo la del uti possidetis, que pretende Haití, porque a más de no estar convenida, lo
que es suficiente para que se la deseche, tiene el gran inconveniente de que es contraria a la base
convenida; porque es contraria a la equidad. De modo que sólo en el caso de que Haití demos-
trara que es legítimo soberano, en derecho, de los territorios que constituyen las posesiones del
74 –cosa que es imposible mientras ocupación a la fuerza i derecho no sean sinónimos– sólo
en ese caso el uti possidetis se acomodaría a una de las condiciones de deslinde, quedando aún
por averiguar si se podía acomodar a la otra, o sea a la conveniencia de los dos pueblos. I si
por ventura se ajustaba a ella, reuniendo a la vez la antedicha condición de equidad, entonces
podría ser base de deslinde, no por ser uti possidetis, sino por acomodarse a la base convenida
para el deslinde, es decir, a la equidad i a la conveniencia recíproca de los dos pueblos.
¿Puede trazarse la línea fronteriza entre Santo Domingo i Haití tomando por base la
interpretación haitiana? No, si hai que observar lo convenido en el artículo 4o., del Tratado
del 1874. Las posesiones de Haití en esta fecha, no tienen en su apoyo la equidad, i no se ha
examinado aún si estarán de conformidad con lo que exijan los intereses de los dos pueblos.
A menos que se haga un convenio especial, esas líneas no podrán ir nunca exactamente por
las posesiones de hecho del 74, porque a ello se opone el mismo artículo 4o., invocado por
Haití. Esto demuestra cuál es el verdadero sentido de la frase posesiones actuales, que no es
otro que el de territorios en derecho pertenecientes a cada Estado, porque sólo dándole este
sentido es que no aparece en contradicción con la base estipulada para el señalamiento de
los confines entre los dos países. I como Haití no posee, en derecho, otros territorios que los
que le fueron cedidos por Francia en 1825, i Santo Domingo no tiene tampoco otros que los
que le transmitió España en 1855, por el límite de esos territorios, es decir, por los designa-
dos en el Tratado de Aranjuez, es por donde debería ir la línea fronteriza definitiva, si para
trazarla sólo hubiera que atender a lo que indica la equidad. Realmente deberían distinguirse
en el Derecho de Gentes, con palabras distintas i apropiadas, las tres maneras de poseer
un Estado territorios que han sido ya de otro Estado: la ocupación basada solamente en la
fuerza (posesión violenta); la posesión que tenga por fundamento un título, aparentemente
legítimo, aunque no lo sea en realidad (posesión civil o de buena fe) i el dominio o señorío,

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

fundado en un título legítimo i que constituya verdadero derecho (propiedad perfecta). En


este caso deberían llamarse ocupaciones de Haití, i no posesiones, los diversos territorios que
tiene en su poder esta nación, pertenecientes a la República Dominicana, pues no los posee
con derecho alguno, i la posesión sin título legítimo, apoyada sólo en la fuerza, no es en
realidad sino una ocupación militar.
Pero lo que sobre todo hace inaceptable la interpretación haitiana, es que traería consigo
la anulación del Tratado de 1874; i es de creerse que la intención de los contratantes de él no
fue estampar una cláusula que destruyera lo mismo que estaban estipulando. Bien sabían los
Plenipotenciarios dominicanos que ellos no podían convenir en cesión alguna territorial, por
pequeña que fuese, porque no tenían facultades para ello, i nadie puede conceder lo que no
tiene. El territorio de cualquier nación, sobre todo de las que no poseen colonias, es inalienable,
porque forma el propio cuerpo del Estado, i nadie se mutila por placer, sino en un caso de
necesidad extrema, i previo acto de voluntad deliberada. Desde su infancia el pueblo domini-
cano estableció como canon fundamental de su vida como Estado, al par de la prohibición de
la esclavitud, la prohibición absoluta de enajenar el territorio en que iba a desarrollarse en su
cualidad de nación independiente i soberana. Sólo al pueblo, reunido en solemne plebiscito,
es que compete decidir si debe o no modificar este precepto fundamental, existente en todo
tiempo, esté o no consignado en Constituciones escritas; i si él no lo decide, lo hecho a este res-
pecto por cualquier otro es nulo i de ningún valor en derecho. Los plenipotenciarios haitianos,
lo mismo que su Gobierno, debían saber hasta dónde alcanzaban las facultades de aquellos
con quienes trataban, i si no quisieron averiguarlo, a nadie pueden culpar por su omisión o
descuido, porque lo primero que debe hacer un contratante es conocer las facultades del otro
contratante, a fin de no aceptar como derechos efectivos frases vacías de sentido i sin existencia
en la realidad. Tanto derecho tenían a ceder el territorio dominicano el primer francés, inglés,
o haitiano que se le antojase hacerlo, como los Poderes dominicanos que intervinieron en la
formación i aprobación del Tratado de 1874. Ni unos ni otros tendrían facultades del único
que podía hacer esa cesión: del pueblo soberano. I sin facultades para ello ¿qué valor jurídico
tienen semejantes transmisiones de dominio? ¿No son actos puramente nugatorios?

VII
La interpretación dominicana
Cuando en el año de 1883, con motivo de la revisión del Tratado de 1874, fueron conocidas
por primera vez las pretensiones de Haití respecto del territorio fronterizo, los Plenipotencia-
rios dominicanos, Señores Don José de Jesús Castro, Don Mariano A. Cestero i Don Emiliano
Tejera, al discutir el importante punto de los límites con el ilustrado Plenipotenciario haitiano,
Señor Charles Archin, formularon con toda claridad su manera de entender el artículo 4o., del
referido Tratado, i esa interpretación, aceptada primeramente por el Gobierno dominicano,
i más después por el Congreso Nacional, es la que se llama interpretación dominicana. En esa
misma época los Plenipotenciarios dominicanos propusieron al de Haití, mientras se determi-
nara o conviniera la frontera definitiva, el establecimiento de una línea fronteriza provisional,
que pasase por los puntos que ambos pueblos ocupaban en el año de 1856, bien entendido que
este arreglo provisorio no podría lastimar en lo más mínimo los derechos que cada pueblo
tuviese o creyese tener sobre el territorio ocupado provisionalmente por el otro.14

14
Véanse Documentos n.o 26, 27, 28, 29, 30, 31 i 32.

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emiliano tejera  |  antología

El Gobierno dominicano entiende que por el artículo 4o., del Tratado de 1874 sólo se
establece el compromiso formal de nombrar Comisarios de una i otra parte, que teniendo
en cuenta la equidad i los intereses recíprocos de los dos pueblos convengan i determinen la línea
fronteriza que debe separar las posesiones o sea el territorio de los dos Estados. Por línea
establecida conforme a la equidad entiende el Gobierno dominicano la línea que se trace en
estricta conformidad con el derecho perfecto que a cada pueblo asista sobre el territorio en
cuestión. Por línea establecida conforme a los intereses de ambos pueblos entiende el Gobierno
dominicano la línea que resulte del trazado conforme a derecho, modificada, si es necesario, en
uno u otro sentido, según lo exijan los intereses de los dos pueblos, armonizados de tal modo,
por convenio especial, que ninguno de los dos sea perjudicado, i sí, ambos satisfechos en
todo lo que sea justo i conveniente.
Difiere la interpretación dominicana de la haitiana en que esta da como determinada
desde el año de 1874, la línea fronteriza definitiva, en tanto que aquella supone que está aún
por establecerse dicha línea. Según Haití, lo que falta por hacer es nombrar los Comisarios de
uno i otro país, que comprueben los puntos que él ocupaba en 1874, i trazar por esos puntos,
por medio de ingenieros competentes, la línea material divisoria. Según Santo Domingo, los
Comisarios nombrados al efecto por los dos países deben convenir los puntos que conforme a
la equidad i a los intereses de los dos pueblos, deben constituir la línea fronteriza definitiva. La
discusión que puede haber entre los Comisarios, será, según Haití, la que pueda originarse de no
estar de acuerdo ambas partes en la fecha en que tal o cual punto estuviera ocupado por Haití
o por Santo Domingo, o es más bien una averiguación que una discusión; i como tal deberán
emplearse los medios necesarios para cualquier investigación; pero serán inútiles del todo las
consideraciones de equidad, i mucho menos de conveniencia entre los dos pueblos, que no pueden
servir para fijar puntos de ocupación. La discusión entre los Comisarios, según Santo Domingo,
no debe ser sobre puntos de ocupación en 1874, que es cosa mui secundaria, sino sobre puntos
de equidad i de conveniencia, asaz difíciles de determinar, i que no podrán resolverse sin largo
i detenido examen, i discusiones prolongadas i tenaces. Lo que importa para el trazado de la
línea no es saber qué puntos ocupaban ambos países en 1874, sino qué puntos les corresponden,
según la equidad, i cuáles serían los que armonizándose con esta, convendrían más a los intereses
recíprocos de los dos pueblos. Para Haití, la línea fronteriza debe pasar exacta i rigurosamente
por las posesiones que ocupaba en el 74, i por tanto no necesita para nada investigaciones de
equidad, ni menos de conveniencia de los dos pueblos. Para Santo Domingo, la línea debe
tirarse por donde se concilie el derecho con los intereses de los dos pueblos, i si la primera de
estas condiciones lleva a los límites de Aranjuez, la segunda puede alejarla de parte de ellos,
con ondulaciones más o menos grandes; pero siempre hijas de la discusión i del asentimiento
de los Comisarios nombrados al efecto. ¿Cuál de estas dos interpretaciones es la exacta? ¿Cuál
se acomoda más a la letra i al espíritu del artículo 4o. del Tratado de 1874?
El Gobierno dominicano cree que es la suya, si se le da a la frase posesiones actuales,
el sentido que indica el examen imparcial i concienzudo de dicho artículo 4o., i si se le da
también su verdadera importancia a la base estipulada: la equidad i la conveniencia recíproca
de los dos pueblos. Con la interpretación dominicana todo es natural, todo es posible, i prin-
cipalmente todo resulta conforme con la justicia i la voluntad de las partes contratantes,
consignada en el artículo 4o. del Tratado. Lo contrario sucede con la interpretación haitiana:
es deficiente, infundada i sobre todo trae consigo la destrucción del mismo artículo 4o. por
convenirse en él, según Haití, cesiones de territorio, sólo posibles al pueblo soberano, i por

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consiguiente superiores a las facultades de los contratantes dominicanos, y por lo tanto


nulas de pleno derecho, por ser imposible que nadie transmita lo que no tiene, ni se le ha
autorizado a transmitir.
Es verdad que admitiéndose en el artículo 4o., del Tratado de 1874 la posibilidad de una
modificación en el territorio de la República Dominicana, era preciso que el Gobierno que
se propusiera cumplir dicho artículo, solicitase del pueblo, por medio de un plebiscito, las
facultades necesarias para ello, pues según el derecho constitucional dominicano, no hai,
ni ha habido nunca, Gobierno ni Poder alguno que esté autorizado a ceder, ni enajenar una
sola pulgada del territorio nacional. I como el pueblo podría conceder o no conceder esas
facultades, el artículo 4o., vendría siempre a quedar nulo, ya se aceptase la interpretación
haitiana, ya la dominicana. Pero en realidad el caso no es enteramente idéntico. Con la
interpretación haitiana el artículo era nulo, de pleno derecho, porque se había convenido i
realizado una cesión de territorio, por quien no podía convenir ni conceder semejante cosa.–
Con la interpretación dominicana el artículo 4o., podría, en el caso más desfavorable, quedar
incumplido, pero no era nulo de pleno derecho, porque no se había cedido, sino convenido en
una cosa que podía entrañar cesión. Si los Comisarios convenían en que la línea de equidad
i la línea de conveniencia iban por los mismos puntos, entonces no había cesión de territorio
dominicano i el artículo quedaba cumplido sin necesidad de poderes especiales. Si esas
líneas no coincidían en todas sus partes, entonces, sí eran necesarias para los Comisarios
dominicanos facultades especiales, i se las concedía el pueblo o no. Si se las concedía, el
artículo podía tener debido cumplimiento; si no se las concedía, el artículo quedaba in-
cumplido, asemejándose en esto a otras estipulaciones del mismo Tratado, que tampoco
han tenido cumplimiento; pero como no era una concesión, sino una oferta de concesión
que no podía llevarse a cabo, no resultaba nulo de pleno derecho el artículo, aunque sí
daba facultad a las partes, si así les convenía, para pedir su rescisión, por imposibilidad
de cumplirlo de momento.

VIII
La frontera definitiva
La frontera domínico-haitiana de 1885 i de 1874 es igual, en sus dos extremos, a la fron-
tera franco-española de Aranjuez. De la boca del río Dajabón o Massacre hasta Bayahá no ha
habido modificación en los límites que demarca dicho Tratado. De la boca del río Pedernales
o des Anses-á-Pitre hasta cerca de las fuentes de este río tampoco la ha habido; aunque las
autoridades haitianas limítrofes han intentado más de una vez traspasar dichos límites,
poniendo guardias i colocando marcas en los puntos más desiertos de esos lugares.15
En donde ha habido grandes modificaciones es en la parte central de la antigua línea
franco-española. Los haitianos ocuparon primeramente en 1808 o 1809, los pueblos, enton-
ces desguarnecidos de San Miguel i de San Rafael, con sus respectivas jurisdicciones; mas
después, en 1822, se apoderaron de toda la Parte española; en 1844, al ser expulsados de
esta, retuvieron en su poder las poblaciones de Hincha i las Caobas, y sus jurisdicciones,
con parte de la Común de Bánica i Dajabón, i últimamente, después del año de 1856, en que
cesaron las hostilidades, parte de la Común de las Matas i una que otra porción de territorio
en diversos puntos del lado dominicano de la línea de guerra.

15
Véase Documento n.o 38.

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En el Tratado de 1874 se convino que la línea fronteriza se trazase por donde lo exigieran
la equidad i los intereses de los dos pueblos. Puede suponerse, sin pasar por exagerado, que
este arreglo fue prematuro entonces, i que aún lo es en la actualidad, no obstante compren-
derse la conveniencia de fijar un linde convencional entre los dos Estados. Aún admitiendo
que Haití aceptase el artículo 4o., en el sentido que le dan los dominicanos, es mui difícil, casi
imposible, que llegaran a avenirse los Comisarios respecto de ese punto, fácil de convenir,
dificultoso de encontrar, en que la equidad se conciliara con el interés de los dos pueblos.
Los haitianos encariñados con el terreno que poseen durante tantos años, i en el cual han
fundado pueblos pequeños i establecimientos de todo género, lo juzgan de su propiedad, por
el derecho de conquista, por el de incorporación voluntaria en el año 1822, por la voluntad
de las poblaciones, título que les es favorable hoi; pero que les era contrario hace algunos
años, i que para ser equitativo debería permitir a los dominicanos una posesión igual a la
que ha tenido Haití; por todo, en fin, lo que no les obligue a reconocer derecho al pueblo
dominicano; i encuentran que sería para ellos el mayor de los sacrificios, perder la más leve
porción de territorio tan codiciado. A su vez los dominicanos consideran como atentatorio
a su derecho dejar esos pueblos en poder de Haití, sobre todo cuando a más de los títulos
históricos, tienen derecho perfecto a poseerlos por la cesión que les hizo España en 1855. En
ese encastillamiento de opiniones inflexibles ¿cómo encontrar el punto de avenencia? Sólo
un tercero imparcial puede hallarlo; i el servirse de este medio no fue estipulado, como debía
haberse hecho, en el Tratado de 1874. De las dos partes contratantes, una posee territorios
ocupados indebidamente: la otra tiene derechos legítimos, aunque sin poder ejercerlos por
ahora. ¿Qué aconsejaría la razón, si el arreglo es tan necesario, como se dice? Que una de las
partes devolviera los territorios en que no esté profundamente arraigada; que la otra cediera,
mediante compensación equitativa, aquellos derechos que la ocupación prolongada de la otra
parte haya hecho imposibles de ejercer. De otro modo no puede haber transacción posible;
i un día u otro la guerra u otra calamidad parecida, se encargarán de arreglar las cosas, al
precio que lo hace siempre la fuerza bruta; con desastres terribles siempre renacientes.
Pero ¿están preparados debidamente los pueblos dominicano i haitiano para hacer en
la actualidad, por sí mismos, un arreglo conveniente, aunque no sea del todo equitativo?
Es mui dudoso. I sin culpar a nadie podría pensarse que, a pesar del espíritu de fraternidad
reinante hoi entre los dos pueblos, i a pesar también de los deseos, más de una vez mani-
festados por Haití, de vivir en paz con la República Dominicana, casi todos los gobiernos
haitianos que se han sucedido desde el año 1856, han contribuido a hacer dudoso el propósito
de perpetuar la paz entre los dos pueblos, ya invadiendo poco a poco; pero incesantemente
el territorio dominicano, ganando terreno sobre los límites al cesar la guerra en 1856; ora
colocando recientes mojonaduras, con las cuales ha quedado probado su sistema invariable
de invadir lentamente el expresado territorio, lastimando los derechos del pueblo dominicano
i engendrando en este desconfianzas más o menos justificadas.16
De semejante proceder de parte de los gobiernos de Haití es que nace principalmente el
desagrado del pueblo dominicano en convenir en un arreglo definitivo que envuelva cesión
de territorio. Por amor a la paz, i a fin de que el progreso se arraigue en el país, podría, tal
vez, llegarse a ceder, mediante justa compensación, parte de los derechos que se tienen sobre
el territorio dominicano ocupado por Haití. Pero ¿a qué conduciría ese sacrificio, si Haití no

16
Véanse Documentos n.os 33, 34, 37 i 38.

179
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cambia de sistema? ¿si continúa invadiendo como lo ha hecho ahora? ¿si obliga a los domi-
nicanos a estar siempre rechazando sus pretensiones, si no con las armas, con las reclama-
ciones diplomáticas? Puede ser conveniente, hasta necesario, el arreglo de los límites; pero
es más necesario aun que Haití demuestre con sus obras que ha renunciado verdaderamente
a las pretensiones de otro tiempo. Si no fuere así, llegará un día en que se convenzan los dos
pueblos de que es imposible para ellos vivir en paz i armonía en el suelo que la suerte les ha
señalado, i que deseen salir, de una vez para siempre, de situación tan llena de dificultades.
La perspectiva de un duelo a muerte entre pueblos cristianos es horrorosa; i debe por
tanto mirarse como un acto civilizador de parte de los actuales Gobiernos de Haití i Santo
Domingo, el propósito de buscar en el arbitraje el medio de llegar a la resolución de las difi-
cultades fronterizas.17 Pero para que el arbitraje hubiera sido del todo beneficioso era preciso
que fuera completo; es decir, que abarcara la dificultad en toda su extensión, i la resolviera
definitivamente en todas sus partes. Dejando cualquier punto sin decidir se dejan siempre
dificultades en pie, i toda dificultad puede ser motivo de desavenencias, i aun de guerra, si es
grande su importancia. Al contrario, si la cuestión límites queda resuelta justa i definitivamente
por el arbitraje, el porvenir de los dos países depende de la conducta posterior de Haití. Santo
Domingo no ha sido nunca invasor, ni puede serlo por su inferioridad numérica i la escasez
de sus recursos; i si Haití pone linde definitivo a sus pretensiones territoriales, la actividad i
energía de haitianos i dominicanos puede aplicarse toda entera a resolver las graves cuestio-
nes, tanto interiores como exteriores, que encierra su porvenir, i que sólo a fuerza de cordura
i patriotismo podrán tener solución satisfactoria. La mayoría de los pueblos de América son
independientes i autónomos, en derecho; pero en realidad carecen de fuerza verdadera para
hacer respetar esas condiciones necesarias de su vida nacional, en circunstancias que no sean
extremas, viéndose obligados en las que no merecen este nombre, a soportar exacciones i
humillaciones indebidas. I como la fuerza impera aun más de lo que debiera en el mundo
civilizado, es preciso que los pueblos americanos busquen en la asociación de unos con otros
las garantías que necesitan, i el respeto que el derecho obtiene siempre, cuando a su fuerza
virtual, se agrega la persuasión de los demás de que podrá ser sostenido convenientemente
en todos los casos, no permitiendo en ninguno imposiciones ni atropellos indebidos.
Pero sea cual fuera la extensión que se dé al arbitraje, el Gobierno dominicano piensa
haber manifestado; ¡o Beatísimo Padre! que defiende un derecho perfecto de la nación que
rige, i que no está errado al creer:
1º. Que la porción de territorio de la antigua Parte española, ocupada hoi por Haití, per-
tenecía a España hasta el año 1855, en virtud de la retrocesión que le hizo Francia en 1814,
no habiendo perdido nunca aquella nación su calidad de propietaria por ninguna causa que
sea válida en derecho.
2º. Que Haití sólo es dueño legítimo de la antigua Parte francesa de Santo Domingo,
pues esa sola fue la que le cedió Francia en 1825, según los términos claros i precisos de la
Ordenanza Real de Carlos X, de fecha 17 de abril del año arriba expresado, no pudiendo
Haití invocar derechos de conquista, ni respecto de Francia, ni respecto de España. No res-
pecto de Francia, por no haber estipulado el Tratado de reconocimiento, equivalente al de
paz, sobre la base del uti possidetis; no respecto de España por no haber estado nunca Haití
en guerra con esta nación.

17
Véanse Documentos n.os 39, 40, 41 i 42.

180
emiliano tejera  |  antología

3º. Que por la cesión hecha a Santo Domingo por España, en el artículo 1o. del Tratado de
18 de febrero de 1855, la República Dominicana es legítima dueña, hasta el presente, de todo
lo que antes se llamaba Parte española de la isla de Santo Domingo, en lo cual está incluido
el territorio que Haití ocupa indebidamente, perteneciente a dicha antigua Parte española.
4º. Que Haití ocupa sin derecho el predicho territorio de la antigua Parte española; pues
ni Francia, ni España, ni la República Dominicana, que han sido respectivamente sus dueños
hasta el presente, se lo han cedido en ningún tiempo, ni le han transmitido ninguna clase de
derechos sobre él, poseyéndolo Haití solamente en virtud de la ocupación que de él hizo,
parte a la fuerza i parte por tolerancia, lo cual no puede ser invocado contra nadie, i mucho
menos contra quien es verdadero poseedor del derecho.
5º. Que el artículo 4o. del Tratado de 9 de noviembre de 1874, celebrado entre Haití i
Santo Domingo, no es otra cosa sino un compromiso de establecer, conforme a la equidad i a
los intereses recíprocos de los dos pueblos, las líneas fronterizas que separan a los dos Estados;
i no, como lo sostiene Haití, una cesión de los territorios de la antigua Parte española que
tenía ocupados hasta el año de 1874.
6º. Que la interpretación haitiana es contraria al texto mismo del artículo 4o.; pues con
ella no puede trazarse la línea fronteriza, según lo determina dicho artículo; es decir, con-
forme a la equidad i a los intereses recíprocos de ambos pueblos. No puede trazarse conforme a la
equidad, porque tirando la línea por los puntos ocupados por Haití en 1874 se despoja a la
República Dominicana de algunos miles de kilómetros de territorio, que le pertenecen en
estricto derecho, para concedérselos a Haití, que los ocupa contra todo derecho, lo cual lejos
de ser conforme con la equidad, es contrario a ella, i altamente injusto i desmoralizador. No
puede tampoco trazarse la línea de conformidad con lo que exijan los intereses de ambos pue-
blos; porque no es posible jamás que al pueblo dominicano le convenga la pérdida absoluta,
i sin compensación, de zona tan extensa; i en ese caso, tirando la línea por la de ocupación
del 74, sólo sería atendido el interés de un pueblo, i lastimado profundamente el del otro,
lo que sería contrario a lo estipulado en el artículo 4o., que exige se armonicen i satisfagan
los intereses de los dos pueblos.
7º. Que si fuera exacta la interpretación dada por Haití al artículo 4o., del Tratado de 9
de noviembre de 1874, entonces éste es nulo de pleno derecho; pues el pueblo dominicano,
único que tiene facultades para ello, no había dado poderes a los que en su nombre celebraron
dicho Tratado, para que hiciesen enajenaciones de territorio, prohibidas terminantemente
por la Constitución de la nación.
I 8º. Que en esa virtud, i sea cual fuere la interpretación que se dé al artículo 4o. del ex-
presado Tratado de 1874, la nación dominicana ha sido desde el año 1855, i es actualmente,
legítima propietaria, en estricto derecho, del territorio de la antigua Parte española, hoi
ocupado por Haití; i sólo está obligada a cumplir el compromiso que, según ella, contrajo
en el artículo 4o. de dicho Tratado; es decir, el de convenir en el establecimiento de las líneas
fronterizas entre los dos países, tomando por base la equidad i los intereses recíprocos de
los dos pueblos; convenio que ha de hacerse mediante Tratado especial, llevado a cabo por
quien tenga facultad expresa del pueblo para hacerlo.
¿Está errado el Gobierno dominicano? ¿Reclama lo injusto? ¿Aspira a engrandecerse
con los despojos de su vecino? –Grave, enormísima falta sería esa en el pueblo que, desde que
nació a la vida política, adoptó, como coronamiento de sus armas, la cruz i el santo libro de los
Evangelios; es decir, la paz i la verdad, la justicia i la persuasión. Pero el pueblo dominicano

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por lo mismo que es débil; por lo mismo que comprende que la corona de laurel de los
conquistadores no debe ornar la sien de ningún pueblo cristiano i civilizado; por lo mismo
que aspira a figurar en el grupo de naciones que tienden a establecer el reinado del derecho,
como el sólo digno del hombre moral; por eso mismo cree que uno de sus principales deberes
es la defensa i el sostenimiento racional i pacífico de su derecho, por más abatido que este
se encuentre; por más poderosas que sean las circunstancias que lo coarten o encadenen. Él
sabe que transigir con el abuso que se apoya en la fuerza, i aun tolerarlo sin protesta moral
o material, es engrandecer la iniquidad; porque el espectáculo del triunfo del mal i de la humi-
llación de la justicia es profundamente corruptor y deletéreo para la mayoría de los hombres,
que sólo miran a menudo lo presente i su personal utilidad, olvidándose de que si el envenena-
miento de la fuente de que se bebe sería insigne locura en el orden material, el envenenamiento
o corrupción de la sociedad en que se vive, causado por los desarreglos i perversidades, es
monstruosidad mayor aun en el orden moral, i más peligrosa ciertamente, por ser más sutiles
i menos chocantes sus efectos; pero más perniciosos i trascendentales. El hombre social no es
verdaderamente grande sino en cuanto es verdaderamente justo; i mientras las sociedades no
tengan infiltrado hasta la médula de los huesos, i predominando en todo, el espíritu de justicia,
el mundo oscilará del borde de un abismo al borde de otro abismo, impulsado unas veces por
los brillantes desvaríos de la inteligencia, i otras por los engañosos i funestos esplendores de
la fuerza. Santo Domingo, grande un tiempo, fue después pobre i esclavo, i desde el cieno de
su ergástula pudo apreciar el valor de la libertad i lo imprescindible de la justicia. Las cadenas
le hicieron amar la independencia; la dura e injusta opresión, el derecho. Allí creyó, como lo
cree todo oprimido, que el derecho, emanación de la justicia, es inmortal; que la fuerza puede
oprimirlo, amordazarlo, paralizarlo; pero aniquilarlo, jamás. Allí creyó que las obras injustas,
por potentes que parezcan, son débiles i efímeras; i que siempre, para el que sabe esperar i
sufrir, llega un día en que el derecho, que es verdadero derecho, se alza potente sobre todos los
obstáculos, i triunfa i se enseñorea de todo, sirviéndole de pedestal los mismos elementos que
antes servían para su abatimiento i opresión. I de su desdén respecto de las imposiciones de la
fuerza nació también su disposición a ceder a las influencias de la razón i de la conveniencia
bien entendida. I por eso, rindiendo parias a todo lo racional, siente gozo intenso cuando ve
sustituida la tenaz discusión interesada por el avenimiento amistoso, i las brutales i humillantes
decisiones de la fuerza por el sereno e imparcial juicio del árbitro.
¿Está errado el Gobierno dominicano en lo que sostiene con tanto tesón? En breve lo
decidiréis ¡o Beatísimo Padre! pues a vuestra grande experiencia i sabiduría, i para que lo
resolváis en conciencia i derecho, está sometido el desacuerdo existente entre Haití i Santo
Domingo, y sea cual fuere vuestro augusto fallo, el Gobierno y el pueblo dominicano lo
aceptarán i acatarán como la expresión genuina i verdadera de la imparcialidad, de la con-
veniencia i de la justicia.
De Vuestra Santidad con el más profundo respeto i reconocimiento i el más acendrado
afecto,

La Legación dominicana,
Emiliano Tejera
Justino Faszowicz, Barón de Farensbach.

De Memoria que la Legación Extraordinaria de la República en Roma presenta a la Santidad de León XI, Roma, 2 de
mayo de 1896.

182
emiliano tejera  |  antología

Fragmento de la memoria que al ciudadano


Presidente de la República, General Ramón Cáceres,
presenta el ciudadano Ministro de Relaciones Exteriores,
Licenciado Emiliano Tejera –1907–
X
Hai cierto malestar, cierto mal entendido en las relaciones entre parte del pueblo domi-
nicano i del pueblo americano, que por suerte no ha llegado hasta la esfera de las relaciones
oficiales. Varias son las causas que contribuyen a que en el país exista cierta desconfianza
respecto de los procedimientos del Gobierno Americano. Unos, los descreídos, los poseídos
del espíritu mercantil, no encuentran posible que un pueblo pueda tender la mano a otro
pueblo, sin que tenga en mientes exigirle el sacrificio de su dignidad, el cercenamiento de
su territorio, tal vez la pérdida de su independencia i soberanía. Olvidan la historia, i al-
gunas de sus más bellas páginas: el nacimiento de muchas nacionalidades, fundado en el
sacrificio sublime, i sin compensaciones de gran número de sus hijos, i el de otras, al que
han cooperado desinteresadamente pueblos i gobiernos extraños, movidos sólo por el amor
a la libertad; otros, i no son escasos, quieren hacer nacionales sus sentimientos particulares;
convertir la herida que en su corazón hayan ocasionado rozamientos debidos a causas étni-
cas, en heridas de la Patria, i que estos sentimientos i el rencor sordo que esas heridas han
causado, sean la norma de conducta de la nación; i por sobre todo cerniéndose el espíritu
de partido, que todo lo desnaturaliza i acrimina; el ansia desapoderada de volver a la épo-
ca de la formación rápida de las grandes fortunas; pero también de las grandes cargas que
abruman ahora al pobre pueblo dominicano; el apasionamiento, en fin, sustituido al sereno
juicio, tan necesario hoi para sortear los peligros que puedan amenazarnos, i no atraer con
procedimientos indebidos el mismo peligro que quisiéramos evitar.
Me agrada que el patriotismo esté siempre vigilante –ese es su deber en los pueblos
débiles–, i que llegada la hora del sacrificio lo proclame a los cuatro vientos, i repitamos las
heroicidades antiguas i modernas, no desconocidas en tierra dominicana; pero no encuen-
tro bien que asustándose con fantasmas, dé la voz de alarma cuando no hai enemigos en el
horizonte, ni que escuche estremecido las voces de los antiguos explotadores, vestidos ahora
de patriotas, cuando sólo claman para ver si hai quien compre su silencio, o les arroje un
mendrugo qué roer. La independencia nacional no está en peligro, como se dice a menudo,
porque se tome prestado para saldar compromisos antiguos, ni porque se descargue al pueblo
de la mitad de la pesada deuda con que lo habían abrumado las dilapidaciones anteriores;
ni porque se paguen en su valor nominal, sino en su valor real, actual, la mayor parte de
esas deudas, legales sí, pero no justas en su totalidad. Todo eso es beneficioso para el pueblo,
que se descarga de multitud de gravámenes indebidos, i obra patriótica de parte de los que
la realizan entre las protestas, denuestos i calumnias de los antiguos explotadores, irritados
porque no hai botín que distribuir, i por ver también que se destruye, tal vez para siempre,
el fácil medio de enriquecerse a costa del infeliz trabajador dominicano; pero, sí, se pone en
peligro la independencia con provocar divisiones i excitar a la guerra entre hermanos; con
estorbar que se ponga un cese a las antiguas explotaciones de negociantes extranjeros que, a
cuenta de derechos aduaneros, i para encender o sostener la guerra civil, prestaban diez para
cobrar mil entre el llanto, i los quejidos de las viudas i los huérfanos; con impedir o dificultar
la implantación de un sistema que permita que nos instruyamos, que nos moralicemos, que
produzcamos lo necesario para vivir; que nos civilicemos en una palabra, i no seamos en

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lo adelante un peligro i una vergüenza para los pueblos que nos rodean, los cuales tendrán
el derecho de impedirnos que continuemos viviendo en la barbarie. A dónde nos llevó el
antiguo sistema lo dice la abrumadora carga de deudas que pesa sobre el pueblo, i las mil
trabas impuestas a su progreso; a dónde nos lleva el implantado hace poco tiempo lo dice
la actual situación, en la cual no se contraen deudas, se pagan los servicios públicos; no se
enriquecen especuladores, i se labora con tesón por unificar i reducir las deudas, eliminar
concesiones gravosas e impedimentos fiscales i echar las bases de nuestro futuro progreso
nacional.
¡Ah! qué falto de sentido común se mostraría el pueblo dominicano si creyese que está
mermada su independencia, porque se dificultan o quitan a los Gobiernos malos –los buenos
no la utilizan– la facultad de echarle encima deudas pesadas para obtener fondos con que
enriquecerse ellos i enriquecer a sus protegidos! ¡qué falto de sentido común se mostraría, si
creyese cándidamente que antiguos desacreditados, cuyas frases de honradez hacen sonreír a
sus viejos cómplices, son hoi los campeones de la dignidad de la patria, de su independencia
económica, que ayer ayudaron ellos a comprometer, i que hoi comprometerían de nuevo, si
tuvieran poder para ello i les produjese utilidad! ¡Qué falto de sentido común se mostraría ese
pueblo si tuviese por traidores a los patriotas que han llevado en todo tiempo la abnegación
hasta el sacrificio; que tienen limpias las manos i la conciencia, i que hoi mismo, en vez del
descanso a que pudieran aspirar, luchan patriótica i tenazmente por aliviar de cargas a ese
mismo pueblo e impedir que se las impongan en lo porvenir.
La razón dirá a los hombres de buena fe que abrigan desconfianzas, pero que estudian
desapasionadamente nuestros asuntos, que el Gobierno americano no procede con entero
desinterés al ayudarnos; al contrario tiene, como es natural, un interés grande i poderoso.
Las conveniencias de su política exigen que los poderes europeos no sienten su planta en
América, i para evitar eso es que nos ayuda. Si nuestras locuras continúan, si no pagamos lo
que debemos a acreedores europeos, llegará un día en que, cansados de esperar i reclamar,
los Gobiernos de Europa ocupen nuestras aduanas, para cobrar esas deudas, i tal vez parte
del territorio. Llegado ese caso, el Gobierno americano tiene, o que retroceder en su polí-
tica, confesando que la doctrina de Monroe es fantasma risible, o que sostener una guerra
con naciones poderosas, o que pagar las deudas o garantizar su pago, encargándose él de
cobrarlas. ¿No es de sana política prever esas eventualidades, cuando con eso no sólo se
evitan peligros propios, sino se ayuda a salir de su crítica situación a un pueblo republicano
infeliz? ¿No es de sana política prestar esa ayuda cuando, a los bienes antedichos, se agrega
el aumento de influencia en toda la América latina, luego que esté demostrado que los Es-
tados Unidos ayudan sin exigir compensaciones territoriales; i también la preponderancia
en un mercado en donde colocar parte de los productos de la agricultura i de la industria?
Los Estados Unidos son ahora, i tendrán que ser por mucho tiempo, los protectores natu-
rales de las Repúblicas hispanoamericanas débiles, i en el corazón de los patriotas de cada
uno de esos pueblos hai una herida que sangra, cuando se recuerdan las humillaciones i
exacciones recibidas cada vez que esa protección se ha debilitado o cuando no ha podido
ser solicitada ni concedida.
Hombre honrado, debo creer en la palabra de los hombres honrados de otros países, i
no tengo derecho para dudar de la sinceridad de los que poseyendo a Cuba, cien veces más
rica que nosotros, cien veces más gobernable, se retiraron de ella voluntariamente i la alza-
ron al rango eminente de nación soberana. Tengo confianza en las afirmaciones, reiteradas

184
emiliano tejera  |  antología

más de una vez, del Presidente Roosevelt, del probo i hábil estadista Mr. Root, i hasta que
otros hechos no la desmientan tendré por verdad indiscutible la declaración que copio en
seguida, i que fue hecha en 9 de febrero de 1905 por el eminente hombre de Estado, Mr. Hay,
por indicación del Presidente Roosevelt, con motivo de una pregunta que dirigió a dicha
Secretaría de Estado el notable publicista Mr. J. N. Leger, Ministro de Haití en Washington.
Dice así:
“En respuesta a lo que V. inquirió de mí esta mañana, tengo el placer de asegurar a V. que
el Gobierno de los Estados Unidos de América no tiene la intención de anexarse ni a Haití
ni a Santo Domingo, ni tampoco desea adquirir su posesión por la fuerza ni por medio de
negociaciones, i que aun en el caso de que ciudadanos de una u otra República solicitasen
esa incorporación en la Unión americana, no habría inclinación, ni de parte del Gobierno
nacional, ni en el círculo de la opinión pública en aceptar semejante proposición. Nuestro
interés está en armonía con nuestros sentimientos en que Uds. continúen en paz, prósperos
é independientes.

XI
En junio 9 de 1906 el Poder Ejecutivo dio amplios poderes al señor Don Federico Veláz-
quez H., Ministro de Hacienda i Comercio, para que diese en los Estados Unidos los pasos
necesarios para llegar a la reducción y pago de la Deuda dominicana. Facilitaba ese arreglo,
a más del crédito que había adquirido el actual Gobierno, lo estipulado por el Doctor Don
Francisco Henríquez i Carvajal en el ventajoso contrato que celebró en 3 de junio de 1901
con los acreedores belgas i franceses, mediante el cual esos acreedores se comprometían a
aceptar el 50% de sus acreencias, como pago de todo el capital, siempre que se le pagase
en efectivo en un plazo de veinte años. I como la deuda belga i francesa era una de las más
legítimas podía esperarse que ese tipo de pago fuese aceptado por otros acreedores que
estuviesen en idénticas o peores condiciones, mucho más cuando dicha deuda representaba
cerca de la mitad de toda la Deuda dominicana.
El Señor Velázquez, ayudado por el Dr. Hollander, mui entendido en asuntos finan-
cieros dominicanos, logró después de muchos esfuerzos, contratar con la fuerte casa
bancaria de Kuhn, Loeb & Co., de New York, un empréstito de $20,000,000, oro americano,
amortizable en 50 años, i redimible en diez, con interés de 5 por ciento al año i prima de 4
por ciento. Este empréstito está destinado para pagar la Deuda dominicana, reduciéndola
por convenio con los acreedores, de treinta i pico de millones a $17,000,000, poco más ó
menos; comprar con el sobrante i lo que está depositado en New York varias concesiones
onerosas, i destinar el remanente a la construcción de ferrocarriles, puentes i otras obras
convenientes al progreso industrial del país. El Contrato está subordinado a la condición
de que Receptores nombrados por el Gobierno Americano perciban la totalidad de las
rentas aduaneras de la República, envíen a la Agencia Fiscal de esta, en New York, la
cantidad de un millón, doscientos mil pesos, oro americano ($1,200,000) anuales, para
amortización del capital e intereses del empréstito, i entreguen el remanente al Gobierno
Dominicano. También se hizo otro Contrato con la Morton Trust & Co., de New York, como
Agente Fiscal de la República i depositaria i pagadora de los fondos del empréstito. El
Poder Ejecutivo aprobó la labor del Señor Ministro de Hacienda i Comercio, i lo autorizó
a hacer Convenios con los acreedores, de acuerdo con el plan que se tuvo en cuenta al
hacer la contratación del empréstito.

185
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Como es sabido de todos, la Convención del 7 de febrero de 1905 no llegó a ser exami-
nada por el Senado americano, ni por el Congreso Nacional Dominicano. I como una de las
estipulaciones del Contrato de empréstito era que el Gobierno Americano interviniese en la
recepción i distribución de las rentas aduaneras de la República, el Presidente de los Estados
Unidos dio plenos poderes a Mr. Thomas C. Dawson, su Ministro Residente en esta Capital,
para que estipulase con el Plenipotenciario o Plenipotenciarios del Gobierno Dominicano los
términos de una nueva Convención que sustituyese la antigua. El Poder Ejecutivo designó al
Señor Ministro de Hacienda i Comercio i a mí para el desempeño de ese delicado e importante
cargo, i en ocho del corriente, después de largas discusiones, firmamos la Convención que en
su oportunidad será sometida a la aprobación del Congreso Nacional. Nuestro patriotismo
nos impulsaba a eliminar de ese Tratado cuanto pudiese lastimar el sentimiento nacional, i
creemos que bastante se logró en ese sentido; pero no se pudieron dejar de aceptar ciertas
restricciones exigidas por nuestra condición de deudores, i, con excepciones cortas de cerca
de veinte años, de malos deudores. El pueblo i el Congreso juzgarán nuestra obra, teniendo
en cuenta las circunstancias en que ha sido llevada a cabo, i no partiendo del supuesto de
que la República nada debiera, i de consiguiente estaba en libertad absoluta de no hacer
ningún Convenio, o de hacer sólo el que juzgase beneficioso.
No sé si me engañe mi amor a este país siempre tan desdichado; pero paréceme que el
empréstito que se ha convenido es el complemento de la fecunda evolución de julio de 1899.
Entonces cayó el principal sustentador del sistema que tanto dinero ha costado al contribu-
yente dominicano, ahora va a destruirse el sistema por completo. Será una resurrección a
nueva vida. Si Congreso i Ejecutivo se aúnan con espíritu patriótico, para sacar del emprés-
tito todo el beneficio que puede dar; si las sumas de que va a disponer el Poder Legislativo
se emplean en la compra de concesiones onerosas hoi, i más onerosas mañana; en llevar a
cabo ferrocarriles i carreteras que unan al Cibao con el Sur de la República, i pongan en fácil
comunicación las turbulentas regiones fronterizas con el resto del país; si se fomenta la inmi-
gración de agricultores laboriosos i entendidos; si se destruyen o modifican las trabas que al
trabajo oponen la crianza fuera de cercas i los terrenos indivisos; si se instruye al pueblo para
que obtenga de su labor todo el beneficio posible, i se modifican los aranceles, abaratando
los objetos que consume la clase trabajadora, a fin de que la vida resulte más barata, el país
está salvado; la revolución de julio habrá sido el alborear de un nuevo sol de libertad i de
progreso, i no será sueño de cerebro febril la bella esperanza de tener dentro de pocos años
una patria próspera, digna de respeto, civilizada i del todo independiente i soberana.

XII
Cincuenta i un años hace que hai paz de hecho entre Haití i la República Dominicana,
i treinta i tres que la hai en derecho, i todavía no ha podido fijarse definitivamente la línea
fronteriza entre los dos Estados. Verdaderamente no es este plazo largo, si se le compara
con el que ha corrido entre otras Repúblicas del Continente americano; pero sí, es indicador
de que en esta isla, como en todas partes, son mui dificultosos los arreglos de límites. El
sentimiento nacional se excita en esas cuestiones más que en otras de mayor importancia, i
es mui raro que la justicia i la conveniencia tengan la influencia que debía corresponderles
en las pretensiones de las partes desavenidas. Por eso el arbitraje ha sido adoptado general-
mente como el medio más eficaz para poner término a esos desacuerdos que de otro modo
serían interminables.

186
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Hai un hecho que ha dificultado, i dificultará siempre, el deslinde de nuestras fronteras;


es la ocupación por Haití durante el período de la paz de hecho, i aun después de la de dere-
cho, de algunas porciones de territorio evidentemente dominicano, pues eran parte de que
habían ocupado i defendido como suyo nuestras tropas durante el período de guerra activa.
Lastima profundamente el sentimiento nacional dominicano que regiones que no pudieron
ser dominadas por Haití, cuando ambos contendientes tenían las armas en la mano, fuesen
ocupadas después, aprovechándose de nuestras discordias intestinas, del descuido en que
se hallaban los pueblos fronterizos, i aun de la alianza que existió por algún tiempo entre el
Gobierno de Haití i algunos de nuestros partidos políticos, en lucha entonces con el partido
que ocupaba el poder en la República Dominicana.
En el año de 1895 comprendieron al fin los Gobiernos de Haití i Santo Domingo que el
único medio de arreglar las dificultades fronterizas, era sometiendo el asunto a la decisión de
un Poder imparcial. Se hizo un plebiscito en la República Dominicana; se celebró un Tratado
de arbitraje, i fue nombrado Arbitro el Pontífice reinante entonces, el sabio i justiciero León
XIII, sometiéndose a su juicio la interpretación del artículo 4o. del Tratado de 9 de noviembre
de 1874, que era el que se refería a los límites. El Santo Padre manifestó, en 12 de enero de
1897, que la dignidad de la Santa Sede i el convencimiento que tenía de no llegar con eso
al noble objeto de la pacificación de los dos pueblos, le obligaban a declinar las funciones
de Arbitro, salvo el caso de que los dos Gobiernos se resolvieran a conceder al Juez Arbitro
más extensos poderes.
En el Tratado de Arbitraje, como en casi todo lo que se hizo en esa época, se nota la in-
fluencia del espíritu de mercantilismo. Hai en él afirmaciones erróneas en puntos esenciales,
i se cometen extralimitaciones de poder de gran trascendencia. Estas extralimitaciones conti-
nuaron en Convenios posteriores, no conocidos del público por no haber sido promulgadas.
Es posible que esa cuestión de fronteras hubiera traído un conflicto en lo porvenir entre los
dos países, o se hubiera resuelto de un modo arbitrario, a no ser por el cambio de Gobierno
que produjo la revolución de 26 de julio de 1899.
El Gobierno de Haití viene insistiendo hace tiempo en que se resuelva la cuestión de
límites, continuando el arbitraje iniciado en 1896, i nombrándose los Comisionados que de-
ben representar la República Dominicana ante el Tribunal Arbitral, que es siempre el Santo
Padre. No ha podido acceder el Gobierno Dominicano a esa fundada solicitud, a causa de
las luchas civiles que ha habido últimamente, i de la cuestión financiera, que estaba en pie
i debía resolverse prontamente. En el estado de ánimo en que se ha encontrado el país en
estos últimos tiempos, intentar el arreglo de la cuestión límites, era dar armas a los enemi-
gos para combatirlo, pues la ceguedad i apasionamiento partidaristas no habrían tardado
en servirse de ese hecho para lanzar acusaciones calumniosas contra el Gobierno, i que de
seguro excitarían más los ánimos, de suyo ya mui excitados.
Pero llegar al arbitraje en las condiciones en que lo colocó el Gobierno que terminó en
1899, es doloroso para el pueblo dominicano. Es cierto que los Gobiernos son solidarios
unos de otros; pero eso debe entenderse en lo que hagan en la esfera de su capacidad
jurídica. Lo que realicen fuera de ella no puede tener vida en derecho, ni tampoco cons-
tituir una obligación para sus sucesores. Tanto en lo material como en lo moral la falta
de capacidad reduce a la inexistencia, al estado de sombras, las cosas que se pretenden
realizar sin poder; pues no se puede aceptar como hecho lo que no se tiene el poder de
hacer. En los actos realizados i convenidos por el Gobierno en 1895, 98 i 99, en el asunto

187
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arbitraje i fronteras, hai algunos evidentemente inconstitucionales, fuera de la capacidad


de ese Gobierno, i no es posible que un Gobierno honrado como el actual, se vea com-
pelido a ejecutar actos ilegales, fuera de sus facultades, porque así lo hubiera estipulado
un Gobierno anterior, excediéndose en los poderes que tenía. Creo que antes de llegar al
arbitraje hai que examinar bien las facultades que tengan ambos Gobiernos, i luego entrar
en negociación para restablecer la verdad de los hechos, eliminar las estipulaciones que
no tengan base legal, i buscar con amor el medio de llegar a un acuerdo, realmente fun-
dado en el derecho i la conveniencia, i que por lo tanto tenga la seguridad de una larga
duración. Queda siempre entendido que la resolución del diferendo fronterizo deberá
ser resuelto por medio del arbitraje.
No hai necesidad de encarecer el tacto con que debe procederse para llegar a un resultado
satisfactorio. El asunto es de una delicadeza extremada. En su resolución debe echarse a un
lado todo sentimiento egoísta; proceder con extrema cordialidad i tener siempre por norma
la equidad i la conveniencia de ambos pueblos, sin olvidar ni un instante la imprescindible
necesidad en que se encuentran los dos Estados de vivir en paz i en completa armonía, para
no atraer sobre ellos desgracias que puedan ser irreparables.
¡Ojalá que el Congreso Nacional, dada la importancia del asunto, determinase exami-
narlo, i, en su sabiduría, trazase las reglas con que debe resolverse!

Fragmento de la memoria que al ciudadano


Presidente de la República, General Ramón Cáceres,
presenta el ciudadano Ministro de Relaciones Exteriores,
Licenciado Emiliano Tejera –1908–
XI
El Congreso Nacional en fecha 12 de abril de 1907 dictó una Resolución autorizando al
Poder Ejecutivo para adherirse a las Convenciones de La Haya de 29 de julio de 1889. Estas
Convenciones son la relativa al Arreglo pacífico de los conflictos internacionales, llamada
primera Convención; la concerniente a las leyes i usos de la guerra terrestre i la relativa a la
adaptación de los principios de la Convención de Ginebra, de 22 de agosto de 1864, a la guerra
marítima. A estas dos Convenciones se les daba la denominación de segunda i tercera.
En la misma Resolución del Congreso se autorizaba al Poder Ejecutivo para que en-
viara a la Segunda Conferencia de la Paz dos Delegados i un Secretario de nacionalidad
dominicana.
En 9 de abril el Señor Ministro de Relaciones Exteriores de Holanda invitó cablegrá-
ficamente, en nombre de su Gobierno al de la República para que enviara Delegados a la
Segunda Conferencia de la Paz, que tendría lugar en La Haya el 15 de junio siguiente. En
nota de la misma fecha (9 de abril), al reiterar la invitación el Señor Ministro, decía que 45
Estados habían aceptado el Programa ruso de 1906 como base de deliberaciones, aunque
algunos con ciertas reservas, i que el Gobierno Ruso había pedido al Gobierno Neerlandés
convocar la Conferencia para el 15 de junio i que S. M. la Reina había accedido a ello. La
reunión tendría lugar en la fecha expresada a las tres de la tarde en la gran sala condal de
Binnehof.
A su vez el Señor Ministro Dominicano en Washington telegrafiaba en 10 de abril que
el Gobierno Ruso manifestaba por órgano de su Embajador en dicha ciudad, que todos los

188
emiliano tejera  |  antología

Estados habían dado consentimiento a la Primera Conferencia del Protocolo de adhesión a


la Primera Convención de La Haya.
En 12 de abril telegrafié al Ministro de Relaciones Exteriores de los Países Bajos, ma-
nifestándole que el Gobierno enviaría Delegados a la Conferencia de la Paz i declarándole
a la vez que se adhería a la 2ª. i 3ª. Convención de La Haya i eventualmente a la 1ª. Al día
siguiente (13) le repetí lo mismo por nota, rogándole a la vez de parte del Poder Ejecutivo el
envío del Programa definitivo de los asuntos que iban a tratarse en la Conferencia, si difería
del que le había sido comunicado por el Gobierno Imperial de Rusia en 3 de abril de 1906.
Telegrafié igualmente al Ministro Dominicano en Washington la disposición del Poder Eje-
cutivo de adherirse a las Convenciones i de enviar Delegados a la Conferencia de La Haya,
a fin de que lo comunicara al Señor Embajador Ruso en Washington.
En 20 de abril tuvo a bien el Poder Ejecutivo nombrar Delegados a la Conferencia de la
Paz, a los Señores Dr. Don Francisco Henríquez i Carvajal, Exministro de Relaciones Exterio-
res, i Lic. Don Apolinar Tejera, Rector del Instituto Profesional de la República. En el mismo
día fueron nombrados Secretarios de la Delegación los Señores Tulio M. Cestero, Excónsul
General de la República en Hamburgo i Emiliano Tejera, Cónsul Dominicano en el Havre.
El Poder Ejecutivo nombró dos secretarios en vez de uno por el temor de que siendo uno
solo pudiera enfermarse o inutilizarse durante la Conferencia, i la Delegación quedara sin
secretario, pues no era fácil enviar otro a tiempo teniendo que ser dominicano. Lo ocurrido en
Roma durante el Congreso Postal i lo que estuvo a punto de ocurrir en Río Janeiro, hicieron
comprender al Poder Ejecutivo el peligro que se corre siempre cuando se nombra un solo
individuo para representar la República en Congresos o Conferencias internacionales.
En 8 de mayo comuniqué al Señor Ministro de Relaciones Exteriores de los Países Bajos
el nombramiento de los Delegados i Secretarios que constituían la Delegación Dominicana
i le reiteré la adhesión de la República a las tres Convenciones de La Haya, de conformidad
con la indicación que había hecho el Gobierno Imperial de Rusia.
El lo. de mayo comuniqué también a los Señores Delegados las instrucciones que debían
tener presentes en los puntos más importantes que se iban a tratar en La Haya, dejando a
su patriotismo i conocimientos la resolución de aquellos otros asuntos de menor importan-
cia, recomendándoles estuviesen siempre de acuerdo en todo lo que fuere posible con los
Delegados de los Gobiernos americanos.
En 16 de mayo me hizo saber el Señor Ministro de Relaciones Exteriores de los Países
Bajos que el Programa de los trabajos de la Conferencia, que el Gobierno Ruso había comu-
nicado al de la República en 3 de abril de 1906, no había sufrido alteración ninguna.
Ya antes, en 17 de abril, el mismo Señor Ministro de los Países Bajos me había manifestado
que no habiendo tenido lugar el entendido de que habla el artículo 60 de lª. Convención,
para la adhesión a esta de los Estados que no habían tomado parte en ella, i por lo tanto no
pudiendo estos contribuir a la revisión de una Convención en la que no habían sido partes,
habían convenido los Gobiernos firmantes de la Convención en firmar al principio de la
Segunda Conferencia un protocolo, en virtud del cual los Estados que no hubieren estado
representados en la 1ª. Conferencia, pero que hubiesen sido invitados a la Segunda, podrían
adherirse a la 1ª. Convención por medio de una simple notificación al Gobierno Neerlandés.
Que al efecto se entendería en el Ministerio de Relaciones Exteriores de los Países Bajos un
acta de adhesión a 1ª. Convención, proponiéndole al Gobierno Dominicano encargase, si
fuese necesario, por la vía telegráfica, a uno o varios de sus Delegados de firmar dicha acta

189
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

de adhesión tan luego como llegasen a La Haya. El Gobierno Dominicano dio autorización
para ello a sus dos Delegados.
La segunda Conferencia de la Paz se abrió siempre el 15 de junio a las tres de la tarde.
Asistieron a ella los Delegados de 44 Estados soberanos. Fue un acto solemne. Nunca se habían
visto reunidos tantos representantes de pueblos independientes. Las naciones de Europa i
América estaban casi todas representadas. De Asia, muchas también. Esto indicaba que los
pueblos civilizados sienten la necesidad de la paz i buscan con anhelo, aun quizás donde no
se encuentran, los medios de conservarla i de evitar los intensos perjuicios de la guerra.
Los Delegados Dominicanos firmaron el mismo día 15 de junio el acta de adhesión de la
República a la 1ª. Convención de La Haya i desde luego quedaron capacitados para tomar
parte en las reformas que a ésta pudieran hacerse.
En fecha 22 de junio el Ministerio de Relaciones Exteriores de los Países Bajos llamó la
atención de la Delegación Dominicana acerca de la necesidad de adherirse la República a la
Convención de Ginebra de 22 de agosto de 1864, por prescribirlo así el artículo 13 de la 3ª.
Convención de La Haya. En 25 de junio telegrafié al Señor Presidente de la Confederación
Suiza, notificándole que el Gobierno Dominicano se adhería a la Convención de Ginebra
de 22 de agosto de 1864, relativa “al mejoramiento de la suerte de los militares heridos en
los ejércitos en campaña”. A la vez le pedía que comunicase esa adhesión al Gobierno de
los Países Bajos. En 28 de junio me participó el Presidente de la Confederación Suiza haber
comunicado a todos los Gobiernos la adhesión de la República a la expresada Convención
de Ginebra.
No es mi ánimo relatar lo ocurrido en la Segunda Conferencia de la Paz. Esto está hecho
en la extensa i detallada Memoria que me han presentado los Señores Delegados, i que figura
en los Anexos con el número 9. Tocar de nuevo ese asunto sería repetir lo que magistralmente
han dicho los Delegados del Gobierno en aquella augusta Conferencia.
Se ha dicho i repetido infinidad de veces que la Segunda Conferencia de la Paz había sido
un fracaso. Puede serlo para los que, rayanos en la candidez, esperaban de ella la terminación
de las guerras, el arbitraje obligatorio en todos los asuntos, o cuando menos la limitación de
los armamentos. Ninguna de estas cosas era posible que hiciese una Asamblea en que estaban
representados cuarenta i cuatro Estados soberanos, muchos con aspiraciones opuestas, i en
la cual, por consiguiente, debían tomarse las decisiones a unanimidad de votos. Pero agitar
profundamente ciertas cuestiones es medio resolverlas, i en la Conferencia de la Paz se han
movido cuestiones que han conmovido al mundo civilizado. América se ha revelado a Europa
como la tierra del Derecho. Sus Delegados, todos liberales, se han puesto en contacto íntimo
con los hombres de Derecho de Europa i del Asia, en las sociedades todas se han infiltrado
ideas i aspiraciones que serán fecundas en lo porvenir. El mundo se ha conmovido i está
aún en estado de tensión intensa. Los armamentos no se han limitado, porque el bien arma-
do no quiere desarmarse, ni tal vez le conviene hacerlo, i los no suficientemente armados
tampoco pueden aceptar no ponerse en las mismas condiciones de los bien armados; pero
los que pagan las contribuciones que permiten esos armamentos i los que van a los campos
de batalla a ofrendar su vida en aras de ambiciones desapoderadas, esos han meditado, i
sus meditaciones pueden i tienen que ser fecundas para la paz. La necesidad hará lo que
no pueden las Conferencias, i llegará un día en que sólo haya guerras defensivas contra los
ambiciosos, i aun éstas serán disminuidas en gran parte por las alianzas de los enemigos
de la guerra.

190
emiliano tejera  |  antología

El arbitraje obligatorio general no ha podido ser establecido, pero la Convención de


arbitraje entre nación i nación suplirá esa falta, i ya a la fecha se han celebrado bastantes.
Cuando se hayan reducido los casos en que se crean comprometidos el honor i los intereses
esenciales de los Estados; cuando la mediación i los buenos oficios tengan más extensión i
eficacia que al presente; cuando el obrero que no tiene nada, i el capitalista, que es poseedor
del nervio de la guerra, movidos cada cual por su interés, ejerzan presión sobre los Gobiernos
ambiciosos, las guerras serán raras, i tal vez llegue el día en que, al igual que los particulares,
haya un tribunal de naciones que decida todas las dificultades que pueden suscitarse entre
éstas. I a este benéfico fin habrán contribuido las discusiones de la Segunda Conferencia de
la Paz i las que se celebren en lo futuro, si se reúnen en ella los Delegados de todos los pue-
blos civilizados. La buena semilla ha sido regada, ha encontrado tierra fértil, i será fecunda
en beneficio para las sociedades, sedientas de paz i de justicia.
A la República Dominicana le interesaba el triunfo del arbitraje para todas las cuestiones,
por haber sido ella tal vez la primera nación que lo estableció así en su Pacto Fundamental.
I le convenía, sobre todo, el que no se emplease la fuerza para el cobro de deudas i sobre
todo de reclamaciones. La doctrina Drago trataba de impedir el empleo de la fuerza para
el cobro de deudas por empréstitos; la proposición Porter, que triunfó en La Haya, tendía a
ese mismo fin en las deudas contractuales, salvo el caso de que la parte deudora se negase
al arbitraje o faltase a lo que éste disponía; pero hai una clase, no de deudas, porque no lo
son siempre, sino de reclamaciones por perjuicios verdaderos o ficticios de extranjeros, que
son las verdaderamente peligrosas, porque casi siempre son infundadas, exageradas, i se
cobran por la fuerza, sin preceder muchas veces discusiones diplomáticas. No fue aceptada
en la Conferencia la proposición de la Delegación Dominicana de someter siempre al arbi-
traje toda clase de cuestiones, i habrá que recurrir al medio de hacer Tratados de Arbitraje
con las naciones que tienen más relaciones con la República Dominicana.
Trece Convenciones fueron ajustadas en la Segunda Conferencia de La Haya. Los De-
legados Dominicanos firmaron once; ocho sin reservas i tres con reservas, i se abstuvieron
de firmar dos por no estar de acuerdo con prescripciones de nuestra Lei Sustantiva. La
primera de éstas es la que crea una Corte Internacional de Presas que debe fallar en último
grado sobre la validez o invalidez de las presas. La Constitución Dominicana atribuye esa
facultad a la Suprema Corte de Justicia, i los Delegados, con razón, juzgaron que no podían
contribuir a la creación de un Tribunal que privase a la Suprema Corte de una de las facul-
tades que le concede la Constitución. Además, en la formación del Tribunal de Presas se
lastimaba el principio de la igualdad de los Estados, cosa que no hubieran podido aceptar
nunca nuestros Delegados.
La otra Convención que no firmaron los Delegados es la relativa a la transformación
de los buques mercantes en buques de guerra, i que está fundada en la Declaración de Pa-
rís de abril de 1856, que suprime el corso. I como el artículo 51 (inciso 4o. de la atribución
vigésima octava), faculta al Poder Ejecutivo a expedir patentes de corso, no podían los
Delegados aceptar una Convención que anulaba una de las facultades constitucionales del
Poder Ejecutivo.
Las reservas hechas por los Delegados se refieren al cobro de deudas contractuales, a
los derechos i deberes de los neutrales en caso de guerra marítima i a la colocación de minas
submarinas automáticas de contacto. El texto de estas reservas puede verse en la Memoria
que me presentaron los Delegados i que figura como Anexo n.o 9.

191
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

El Congreso Nacional examinará cuando lo tenga por oportuno las Convenciones fir-
madas por nuestros Delegados en nombre del Poder Ejecutivo, i les acordará o negará su
aprobación según lo juzgue conveniente.
Estimo que nuestros Delegados en la Segunda Conferencia de La Haya han cumplido
su deber. La República ha sido representada dignamente en esa grande Asamblea de Na-
ciones.
Antes de cerrar este capítulo debo consignar que el Poder Ejecutivo, en 14 de septiembre
último, usando de la facultad que le confiere el artículo 23 de la Primera Convención de La
Haya, ha designado como Miembros del Tribunal Permanente de Arbitraje a los Señores
Dr. Don Francisco Henríquez i Carvajal, Exministro de Relaciones Exteriores, Licenciado
Don Apolinar Tejera, Rector del Instituto Profesional de Santo Domingo, Lic. Don Rafael
J. Castillo, Presidente de la Suprema Corte de Justicia, i Don Eliseo Grullón, Exministro de
Relaciones Exteriores, personas de reconocida competencia en las cuestiones de Derecho
Internacional i que gozan de la más alta consideración moral.
Santo Domingo, 26 de mayo de 1867.

Una carta en defensa del Seminario Conciliar


Al Presidente del Congreso Nacional,
Santo Domingo.
Ciudadano Presidente. El infrascrito, encargado interinamente del Seminario Conciliar
de Santo Tomás, tiene la honra de dirigirse al Honorable Congreso Nacional en demanda
de reparación de una injusticia cometida contra aquel establecimiento.
El Honorable Congreso Nacional no ignorará tal vez que el edificio del extinguido Con-
vento de Regina Angelorum, con todas sus dependencias y anexidades, es el local destinado
para el establecimiento del Seminario Conciliar de Santo Tomás. Así lo determinó la lei de
8 de mayo de 1848, creadora del mencionado Instituto de enseñanza; así lo reconoció el
Gobierno de la República en mayo de 1860, y así lo han venido reconociendo cuantos Go-
biernos ha tenido el país desde el 48 hasta estos últimos tiempos. Y aunque es verdad que el
Seminario Conciliar, con detrimento de sus rentas, no ha podido nunca ocupar su legítimo
y verdadero local, ya porque en los primeros tiempos carecía de los fondos necesarios para
hacerle las reparaciones que su ruinoso estado exigía, ya porque cuando fue reparado en
1860 se atravesaron circunstancias que aplazaron el cumplimiento de la prescripción legal,
este hecho en nada perjudicó el derecho que el Seminario tenía sobre el edificio de Regina,
y siempre y bajo cualquier Gobierno le fue reconocido sin disputa de ninguna especie. Toda
vez que sigue existiendo un legítimo i verdadero representante del Seminario, el Exconvento
de Regina ha sido destinado en todo o en parte a usos extraños al que le señaló la lei o lo ha
sido con el consentimiento de aquel, o después de haberse practicado el recurso que queda
al débil cuando es impotente para contrarrestar la fuerza: protestar.
No obstante esto en noviembre del año próximo pasado, el Presbítero Francisco X.
Billini, que tanto como el que más sabía que el edificio de Regina Angelorum pertenecía al
Colegio Seminario, solicitó del Gobierno se lo concediese para establecer en él un Colegio
particular. El Poder Ejecutivo creyendo tal vez que la disposición de la lei del 8 de mayo
de 48 había caducado, y no habiendo reclamaciones sobre el particular, pues el Seminario

192
emiliano tejera  |  antología

no tenía entonces quién lo representase, otorgó la concesión pedida, y el Presbítero Billini


ocupó el edificio que legal y debidamente pertenecía al Seminario Conciliar. En esta ocasión
el Presbítero Billini sacrificó a su interés particular el interés de la Iglesia, que como sacer-
dote debía mirar ante todo; privó al Seminario, en el cual se había educado, del local que
legítimamente le correspondía, y lo hizo justamente cuando aquél lo iba a necesitar más;
cuando el estado de sus rentas exigía que utilizase, para sostener su precaria existencia,
el alquiler que podía producirle la casa en la cual hasta entonces se había visto precisado
a tener las clases; cuando en fin, por carecer de verdadero representante el Seminario, era
un deber de los sacerdotes unirse y combatir para evitar todo despojo en este Instituto de
enseñanza religiosa, en vez de aprovechar fatales circunstancias para privarle de una de sus
propiedades más importantes.
Sin embargo, la concesión del Gobierno no habrá en el fondo perjudicado en gran cosa
los derechos del Seminario, puesto que estando en oposición con una lei en vigor, que el
Ejecutivo no podía destruir, habría cuido sin duda alguna en cuanto se hubiesen hecho por la
autoridad competente las debidas reclamaciones. Pero el Presbítero Billini deseoso de “tener
otra concesión en toda forma para no ser interrumpido en el uso que hacía de la del Gobierno
y asegurar la estabilidad de su Colegio”, solicitó de esa H. C. en 9 de marzo próximo pasado,
se dignase confirmar la concesión que le había hecho en el año anterior el Poder Ejecutivo:
es decir, pidió se declarase por la autoridad suprema de la nación que el edificio que hasta
entonces había pertenecido al Colegio Seminario, esto es, a un establecimiento único en su
clase, de utilidad general i que había dado resultados satisfactorios al país, pertenecía en lo
adelante al Colegio de San Luis Gonzaga, esto es, a un establecimiento como el cual podía
haber muchos en el país, puramente particular, y que estaba aún por poner de manifiesto los
beneficios que podía producir. Y esta solicitud que, como lo juzgó el Rector del Seminario,
debía ocasionar un resultado contrario al que se proponía su autor, trayendo, por opuesta
a una lei vigente, la destrucción de la concesión gubernativa, no solo ha sido bien recibida,
sino que, como lo ha visto el infrascrito en el no. 88 del Monitor, fecha 11 del corriente, ha
dado origen a una resolución de ese Honorable Cuerpo en la cual, a la vez que se confirma la
concesión hecha por el Gobierno al Presbítero Billini, se habla en términos que dan a suponer
que ese Honorable Cuerpo juzga que el Exconvento de Regina Angelorum no pertenece al
Colegio Seminario, como hasta ahora, fundándose en la lei de 8 de mayo de 48, lo han creí-
do todos, i como lo ha juzgado posteriormente uno de los miembros del mismo Gobierno
concesionario, según se evidencia por el oficio aclaratorio que en 26 de marzo último dirigió
a esa Corporación el ciudadano Ministro de Justicia e Instrucción Pública.
El infrascrito no puede menos de suponer que al confirmar ese Honorable Cuerpo la
concesión hecha al Presbítero Billini, ha creído, como sin duda lo creyó también el Gobierno,
que el ex Convento de Regina Angelorum no estaba ya afecto al Colegio Seminario. No
de otro modo puede explicarse la resolución del 15 del mes próximo pasado. Si la lei de
8 de mayo de 48 está vigente, i nadie aún lo ha puesto, no podía ponerlo en duda, el Ex-
convento de Regina Angelorum pertenece al Colegio Seminario de Santo Tomás. Si esto es
así, la concesión del Gobierno al Presbítero Billini, fecha 19 de noviembre del año próximo
pasado, es nula, puesto que se basa en la falsa suposición de creer el Gobierno que podía
disponer del mencionado edificio, por estar bajo su dominio, cuando se ha visto que por
una lei, que no podía derogar el Ejecutivo, estaba afecto ya a un Instituto de enseñanza. Y si
esto es exacto como se evidencia a la simple vista ¿a qué se reduce entonces la confirmación

193
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

que ha hecho ese Honorable Cuerpo de la concesión del Gobierno? A nada absolutamente.
El Poder Legislativo no podía ni en ningún modo habrá querido confirmar una cosa nula,
una cosa que en la esfera del derecho es nada. Él sin duda juzgó válida la concesión del
Ejecutivo y estimó conveniente ratificarla. Esta concesión resulta ahora nula, porque nadie
puede legítimamente disponer de lo que pertenece a otro; la confirmación hecha por ese
Cuerpo viene a serlo también, puesto que desapareciendo la concesión tiene naturalmente
que desaparecer o reducirse a nada la confirmación de esa concesión. Y como la leí de 8 de
mayo de 48 no ha sido derogada por esa Honorable Corporación, ni siquiera le ha sido pro-
puesto semejante cosa, resulta claro, incontestable el derecho del Seminario sobre el edificio
del Exconvento de Regina Angelorum.
Tal es al menos la creencia del infrascrito; y basado en ella, y abrigando la esperanza
de que ese Honorable Cuerpo, por amor a la justicia se dignará examinar la lei de 8 de
mayo de 48; la concesión del Ejecutivo al Presbítero Billini, el citado oficio del ciudadano
Ministro de Justicia e Instrucción Pública, i cuanto más estime conveniente sobre el par-
ticular, se atreve a pedirle se digne anular la resolución de 15 de abril último, referente a
la confirmación de la concesión hecha por el Gobierno al Presbítero Billini; disponiendo
a la vez sea entregado el Exconvento de Regina Angelorum al Rector del Seminario, sin
perjuicio de lo que pueda disponerse para indemnizar al Presbítero Billini, dado caso que
así se creyere de justicia.
Penoso en extremo le es al infrascrito ocupar la atención de ese Honorable Cuerpo cuan-
do está ya tan próximo a terminar sus sesiones, i mucho más penoso le es todavía poner de
manifiesto ante el público el contraste que resulta al ver de una parte a un sacerdote, hoi jefe
de la Iglesia dominicana, trabajando por segregar y segregando al fin de las propiedades del
Seminario, ¡un Instituto de enseñanza tan necesario a la Iglesia! un edificio que ahora más
que nunca necesita, y todo por facilitar la prosperidad de una empresa particular, y de otra
a seglares, que no debía suponérseles grande interés en el engrandecimiento de la Iglesia,
luchando porque no se le disminuyan a ésta los elementos con que puede formarse un clero
nacional ilustrado… Pero el deber así lo exige, i ante semejante mandato el infrascrito debe
i no puede menos que obedecer.
Santo Domingo, noviembre 14 de 1894.
Emiliano Tejera.

Sobre crianza libre en Santo Domingo


Sr. General D. Tomás D. Morales,
Interventor de la Aduana de Santo Domingo.
Mui estimado amigo:
Doi a Ud. las gracias por el ejemplar de la Reseña de la Aduana de Santo Domingo, que tuvo
la amabilidad de dedicarme, i el cual he examinado con toda la atención que se merece.
Si hoi es casi una obligación tributar elogios calurosos a los empleados que se limitan
a cumplir con su deber, con cuánta más razón no los merecerán aquellos, que saliéndose
de la regla común, dedican tiempo, trabajo i dinero a la preparación de obras de utilidad
reconocida para la patria. Ud. ha ocupado puesto importante en ese meritorio grupo, i no
seré yo quien le escatime las alabanzas a que por ello se ha hecho acreedor. ¡Ojalá tenga Ud.
muchos imitadores!

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emiliano tejera  |  antología

Pero si he sentido grande complacencia al tener a la vista el resultado del esfuerzo


de un digno servidor del pueblo, no me ha pasado lo mismo al estudiar los Estados de
importación i exportación de la Provincia. Lejos de placer he sentido pena. Las cifras con
su abrumadora elocuencia me demuestran una vez más lo que yo sabía de antemano: que
nuestra crianza está en decadencia; que la agricultura de la Provincia se encuentra aún
en mantillas i que la parte floreciente de ella, la producción de azúcar, reposa sobre base
efímera i deleznable.
¡Cómo! La Provincia de Santo Domingo ha tenido que importar, en un año para su con-
sumo según datos oficiales siempre menores que los reales 2,938,373 lbs. de arroz; 307,929
lbs. de manteca de cerdo; 455,197 lbs. de bacalao; 209,375 lbs. de arenques ahumados;
62,300 lbs. de tocinete; 87,158 lbs., entre habichuelas, garbanzos i chícharos; 53,675 lbs.
de mantequilla; cerca de 85,000 lbs. de queso; 54,100 lbs. de tasajo de Montevideo; 42,234
lbs. de jamón; 3,456 lbs. de salchichón; 333 barriles de carne de vaca; 113½ de carne de
puerco; 404¼ barriles de macarelas; 266 quintales de maíz en grano; 517½ barriles de ha-
rina de maíz; 2,419 lbs. de salmón; 3,642 lbs. de leche condensada i hasta 437 novillas. Que
importemos harina de trigo (17,640 barriles), aceite i otros objetos que no producimos o
que no podemos producir a poco costo, pase; pero que introduzcamos para nuestra ali-
mentación habichuelas, carnes, maíz, leche i hasta animales en pie, eso es inconcebible, es
hasta vergonzoso, no habiendo habido guerra, temporales, ni nada que impida o destruya
el trabajo. ¿Para qué nos sirven entonces los excelentes terrenos del interior i del extremo
Oeste de la Provincia? ¿Para qué los extensos criadores de Boyá, Bayaguana i Monte Plata,
de la otra parte de la Cordillera? ¿Vale la pena de tener al cerdo por señor de campos i
poblados si ni aun nos produce la manteca que necesitamos para nuestra escasa población?
¿Qué importancia tiene nuestra cría de ganado mayor si ni aun campeando sin rei ni lei en
las sabanas i bosques puede libertarnos de ser tributarios del extranjero en carnes, leche,
mantequilla, sebo i demás productos que de esa crianza se obtienen? ¿O es que nuestros
agricultores i criadores son los más ignorantes, los más perezosos de todos los agricultores
i criadores de las Antillas?
No dejan de ser ignorantes ni perezosos muchos de nuestros agricultores; pero no
es esa pereza ni esa ignorancia la que mantiene estacionada o decadente nuestra agri-
cultura. No faltan muchos –i tal vez son los más– que día por día riegan con el noble
sudor del trabajo la semilla que confían a la tierra, i todos, cual más, cual menos, llevan
en sus encallecidas manos la prueba irrecusable de que la azada i el machete les son
más familiares que los dados i los naipes. Además, la campesina dominicana es como la
mayoría de las mujeres dominicanas, eminentemente trabajadora, i no es raro verla con
la pesada hacha derribando árboles seculares o con la azada i el machete limpiando el
conuco de donde obtiene el sustento de la familia i los escasos recursos con que atiende
a sus demás necesidades.
Que faltan caminos que disminuyan el costo del transporte de los objetos; que no se
emplean las máquinas agrícolas más rudimentarias; que no se atiende, como se debe, a la
elección de las semillas; que se carece de un sistema de riego que neutralice los efectos de
las inclemencias atmosféricas; que se desconocen o no se siguen las reglas de la agronomía,
que prescriben la rotación de los cultivos, la producción de los fertilizantes a bajo precio, los
medios en fin de conservar siempre el mismo pedazo de terreno fértil i productivo; que no
se acondicionan o preparan como es debido los productos agrícolas, i por eso, con vergüenza

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

nuestra, el producto dominicano, no obstante su bondad natural, es el producto que menos


precio obtiene en los mercados extranjeros, todo esto, i mucho más que puede agregarse,
es verdad, i el sentido común, el patriotismo, el interés especial de cada uno aconseja que
se remedie lo más pronto posible, a fin de que nuestra agricultura merezca algún día ese
nombre; pero ninguna de estas causas, no obstante lo poderosas que son, influye gran cosa
en el resultado que manifiestan los Estados de Aduana. Las verdaderas causas son más
potentes, más trascendentales, i cuando se las estudia con cuidado, i se aprecia en su ver-
dadera cuantía el daño que ocasionan, lo que asombra es, no que haya pocos agricultores,
sino que haya uno siquiera, i sólo teniendo en cuenta, unas veces la fuerza del hábito, i otras
lo imperioso de ciertas necesidades, es que se comprende que todavía haya en la Provincia
quien empuñe el hacha de trabajo para derribar un pedazo de monte, i dedique su tiempo
i esfuerzos a cercarlo i cultivarlo.
Porque en verdad es preciso ser optimista en grado superlativo o vestir el quién sabe con
los rientes atavíos de la esperanza para lanzarse al más insignificante trabajo agrícola, sabien-
do que existe la crianza libre o fuera de cercas, i que el cerdo con su poderosa trompa intacta,
es uno de los que disfrutan de esa libertad de vivir i comer donde le plazca. Que trabajo
hai seguro cuando lo aguijonea el hambre, sobre todo si tiene ocho o diez hijos pequeños a
quienes alimentar. I el hambre le persigue de seguro durante cuatro o cinco meses del año, i
es preciso saber lo que es el hambre en un cerdo. No hai nada al abrigo de su trompa, nada
que respete su voracidad. Crías de aves, cabras i aun de reses i bestias, insectos, gusanos,
frutos podridos, excrementos, cadáveres corrompidos, cuanta inmundicia hai en los campos,
hasta en ocasiones sus mismos hijos, todo es buen alimento para el puerco suelto hambrien-
to. ¿I qué barreras pueden oponérsele a este Heliogábalo minero, sobre todo cuando detrás
de él zapador potente o escalador audaz, se encuentra de reserva el ganado mayor presto
a suministrar sus servicios? Las únicas eficaces no están al alcance del campesino, porque
al cerdo sólo se le vence matándolo, i mal de su agrado tiene aquel que resignarse primero
a compartir el fruto de su trabajo con el voraz cuadrúpedo, i más después abandonárselo
por completo a él i sus compañeros, sabiendo sin embargo que las más de las veces el ham-
bre i la desnudez han de llegar a su puerta, i gracias que no vengan acompañadas con la
prostitución de su esposa o de sus hijas, descorazonadas por ese trabajo sin provecho, sin
esperanzas, exclusivamente en beneficio de un extraño a quien nada deben, i que nada les
dará en compensación.
¿I puede conservarse laborioso el agricultor que año tras año ve repetirse esa misma
dolorosa historia de trabajo i pérdidas innecesarias? ¿Con ese ejemplo perenne, con ese
estímulo a la pereza, pueden ser trabajadores sus hijos? ¿No es lo natural, lo lógico, que
ese campesino, defraudado en sus justas esperanzas, coja a su vez el machete de trabajo, i
en vez de emplearlo en una labor infructuosa, se lance con él al conuco ajeno, no destruido
aún, e imitando al cerdo, haga suyos los productos del trabajo de sus compañeros? ¿O
que ciego de cólera o aguijoneado por el hambre o las necesidades de su familia, llame
en su auxilio al también famélico can, i entre ambos den buena cuenta del rollizo cerdo
que calmaba los ardores de su grosura en el pantano frente a la casa arruinada por su
voracidad?
¿I los pleitos eternos entre criadores i agricultores, que a menudo terminan en heridas
o muertes? ¡I la tendencia de muchos hateros a señalar en el monte como suyas, las crías
de los animales ajenos! ¡I los daños causados a los cerdos i reses en el fondo de los bosques

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emiliano tejera  |  antología

i que después se atribuyen a la peste, a los perros jíbaros, a las inundaciones! ¡I esa incita-
ción constante al robo que hace a los necesitados o hambrientos la vista de animales que
nadie custodia, i que muchas veces entran en la propia casa para hacer daño! Todo esto,
que va rebajando el nivel moral de las poblaciones rurales, es debido a la crianza libre, que
proporciona ocasiones para cometer el mal i tiende cebos halagadores a las pasiones que no
tienen freno eficaz en una voluntad habituada al cumplimiento del deber.
No otra causa sino la crianza libre reconoce el fenómeno sorprendente de que los peque-
ños propietarios vendan sus terrenos para convertirse en jornaleros o alejarles de los centros
agrícolas. Los que son criadores lo hacen para entregarse sin molestias a la pasión que los
domina; los que no lo son, creen aprovechar una oportunidad para salir de la situación de
víctimas en que hasta entonces habían estado colocados. I unos i otros labran ordinariamente
su propia desgracia, porque buscan el remedio donde no existe, i entretanto disminuyen,
por falta de brazos, los medios de subsistencia para ellos i sus familiares o se encarecen de
un modo notable.
¿I qué razas de animales pueden conservarse con la crianza libre? Ninguna. Todas
degeneran; porque les falta el cuidado del dueño i la buena alimentación. El cerdo se con-
vierte en jabalí; la vaca cesa de servir para el ordeñe, i el caballo desmejora rápidamente.
¡Descuido, escasez, o hambre i malos reproductores, qué otro resultado pueden dar! El
caballo bueno se coge para el servicio o el pesebre, i el haragán, enfermo o defectuoso por la
edad, los achaques, o su naturaleza es el que queda suelto i sirve muchas veces de padrote.
El toro de fuerza i de bríos o conviene venderlo porque produce más, o si se deja suelto
en los montes i sabanas pronto se hace temible i es preciso sacarlo del ganado, dejando en
su lugar o animales mui tiernos o los indolentes i de poco valor, pero que tengan pintas
que se vean a distancia. La vaca no ordeñada i mal alimentada apenas da leche para criar
a su hijo. El cerdo andariego gasta en ejercicio la poca grasa que puede almacenar. I sin el
alimento suficiente o con casi ninguno en las épocas de seca, sin buenos reproductores i
sin el cuidado inteligente e interesado del dueño ¿qué razas pueden conservarse? Todas
tienen que volver a su primitivo estado, i a eso tienden las que existen en la Provincia,
sobre todo las de cerdo i caballos.
El criador de cerdos se siente envanecido cuando a los tres o cuatro años de tener sus
machos entre los bosques i con un mes o dos de pocilga en que le consume cada uno algunos
quintales de palma o maíz, le produce cada uno de ellos una botijuela de manteca ¡doce lbs.!
i yo he tenido aquí cerdos medianos, que mal aprovechada la grasa i sin habérsele dado
grano alguno, han producido 225 ó 240 lbs. de manteca. Las reses de doce o catorce arrobas
de carne las tiene por superiores el criador, i cualquier res de potrero da el doble de esa
cantidad; ¿Qué crianza es esa?
Se ha recomendado en infinitas ocasiones que el agricultor siembre cacao i café en los
conucos que hace cada dos años i a veces anualmente. Pero esta recomendación es imposible
seguirla mientras exista la crianza libre o fuera de cercados. En la común de Yamasá, donde
a lo menos se hacen anualmente doscientos conucos, de 6¼ tareas poco más o menos, acos-
tumbran sembrarlos de cacao i café. He visto crecer lozanas estas plantas uno o dos años i
aun llegar a fructificar; pero al tercer año ordinariamente todas han desaparecido, salvándose
a duras penas ocho o diez árboles de cacao. ¿Quién los ha destruido?– El cerdo i las reses.
El agricultor o conuquero ha sostenido en buen estado su empalizada durante dos años;
pero al tercero ha sido vencido por los animales, i esto tanto más pronto cuanto más fértil

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

es el terreno, porque es sabido que en las tierras feraces no se da madera de duración. Si


no existiera la crianza libre, habría cada año en Yamasá mil tareas por lo menos sembradas
de cacao i café, que al cabo solamente de diez años serían cerca de 700,000 árboles de una
i otra planta (suponiendo siembras iguales de ambas) o 10,000 quintales más agregados a
la producción general. I no se olvide que no teniendo que hacer empalizadas, los conucos
serían de diez tareas o más cada uno, porque la cerca en esos pequeños plantíos cuesta más
que todos los otros trabajos juntos. I eso pasaría en la común de Yamasá que no debe exceder
de 4,000 almas, i que es poco agricultora, no obstante ser sus terrenos de los mejores de la
Provincia.
¿I en dónde está situado Santo Domingo, podría pensar alguno que no nos conozca
bien? ¿Es en Asia en donde existen parias, donde hai aún castas condenadas fatalmente
a la servidumbre por la desigualdad de condiciones sociales? ¿O acaso se refiera este
escrito a lo que pasaba hace cientos de años en la España de la Mesta i de la agricultura
menospreciada? No habría violencia, ni exageración en ninguno de estos pensamientos.
Tenemos un canon constitucional que proclama la igualdad de los dominicanos i otros que
declaran la propiedad sagrada e inviolable, pero todo esto es una bella mentira tratándose
de los agricultores i criadores i de la propiedad agrícola. No son iguales los agricultores
i criadores; no existe la propiedad agrícola en la verdadera acepción de la palabra. El
criador o hatero es dueño absoluto, o cree serlo, de su terreno, i además lo es de los frutos
silvestres del terreno del agricultor, teniendo además el privilegio de que sus animales
recorran éste i lo ocupen como bien les plazca. El agricultor sólo es dueño del pedazo de
tierra que defiende a la usanza romana con un campo atrincherado, i aun de allí tiende a
desalojarlo constantemente el cerdo, i el toro del criador. Del derecho de usar i abusar que
tendría a ser cierto el canon constitucional, sólo tiene en realidad el de derribar un pedazo
de bosque, cercarlo i sembrarlo; pero en cuanto a los frutos de su trabajo, ¡ah! esos son
gajes del vencedor, i si no los defiende en buena lid no le corresponden: son del criador,
porque son de sus animales, si llegan a forzar los atrincheramientos en que aquel los ha
resguardado. Entonces tenemos realmente dos clases de propietarios: el criador que es
propietario de lo suyo i de lo ajeno, i el agricultor que de hecho sólo es propietario de una
parte pequeñísima de su terreno i poseedor precario de lo que en él trabaja. ¿Qué clase de
propiedad es esa? ¿i por qué esa diferencia monstruosa entre dos propietarios reconocidos
iguales por el precepto constitucional?
Asombra en verdad lo que pasa en nuestros campos, i si no fuera por el hábito que
adquirimos desde la infancia de ver la injusticia triunfante, nos indignaría que esos hechos
monstruosos se llevasen a cabo diariamente. Un agricultor, un propietario quiere aprovechar
una parte de su terreno, i al efecto lo desmonta, prepara i siembra. No habiendo animales
silvestres nada tiene que temer: puede prescindir de cercas, i con lo que éstas le hubieran
costado, aumenta si le parece, el campo que quiere cultivar. Este proceder es natural, es
lógica, es una aplicación de su derecho. Otro propietario igual, un criador, quiere también
aprovechar los frutos de su terreno, i en eso piensa bien, i al efecto trae a él cerdos i reses.
Nada teme tampoco porque hasta ese día no ha presenciado el hecho de que el maíz o la
yuca de su vecino agricultor vayan a devorarle el fruto de sus yayas i palmas. Pero los cerdos
i reses del criador no son como las plantas del agricultor: estas son estacionarias, aquellos
caminan i cambian de lugar i no entienden de linderos, i al caminar i cambiar de lugar pueden
hacer daño al agricultor que en uso de su derecho ha plantado su pequeño conuco de yucas,

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emiliano tejera  |  antología

batatas i plátanos. ¿Qué hacer para evitarlo? Lo natural, lo lógico, lo justo es que el criador
encierre sus animales en todo o parte de sus terrenos, i así ambos propietarios disfrutarán
convenientemente de los derechos de tales. ¿Pasan las cosas así?– No; el que debe cercar,
según la leí, es el que produce los objetos inmóviles; los que no pueden transportarse, i no
debe cercar el que le place tener los objetos que caminan, i que al caminar no sólo consumen
lo ajeno, sino que a veces imposibilitan al otro propietario ¡el ejercicio de sus más legítimos
derechos! ¿En dónde está la justicia, en dónde la igualdad, en dónde la lógica? ¿Por qué la
lei, para ser consecuente, no dispone que se encierren en grandes prisiones a los habitantes
del país, i con ellos sus propiedades, i que los que se dediquen al noble arte de rateros an-
den sueltos por todas partes de pie i pierna, sin menoscabarles en modo alguno el sagrado
derecho de apoderarse de lo ajeno, siempre que encuentren cabida para ello, disponiendo
además se castigue, como es natural, a los que por defender lo suyo lo lastimen en lo más
mínimo? Así estarían equiparadas las ciudades i los campos.
De esto resulta que en realidad no hai verdaderos propietarios rurales. No lo es el criador,
porque no utiliza, ni puede utilizar ordinariamente sino las yerbas i frutos silvestres de sus
terrenos, i además está cohibido en el ejercicio de sus derechos por otros criadores iguales a
él: no lo es el agricultor, porque sólo posee el pedazo de terreno cercado por él i mientras lo
tenga cercado. I no habiendo propietarios que dispongan en absoluto de su terreno i tiendan
constantemente a mejorarlo jamás podrá haber verdadera agricultura.
I no sólo habrá agricultura, sino que tampoco podrán introducirse otras mejoras
indispensables para facilitar las comunicaciones i transportes, i asegurar las cosechas.
Habiendo cerdos sueltos, ¡qué caminos carreteros pueden existir! ¡qué acequias! ¡qué nada
que no sea de cal i canto! La trompa del cerdo todo lo destruye o descompone, sobre todo
en tiempo de lluvias, i las reparaciones de esas diversas obras serían frecuentes i costosas.
Hasta los mismos ferrocarriles experimentan perjuicios con la crianza libre, siendo tal vez
el menor el tener que pagar las empresas las reses i cerdos que perecen por no retirarse a
tiempo de la vía.
I tanta injusticia, tantos inconvenientes, ¿para qué? ¿Para llegar al resultado tristísimo de
que la Provincia, en época normal, se vea obligada a traer del exterior para su consumo miles
de quintales de manteca, carne, granos, i hasta animales en pie? ¿Se puede asegurar que hai
progreso cuando no se sabe si esos objetos de consumo se pagan con el capital acumulado
de antemano o con los beneficios obtenidos del trabajo de ese mismo año?
Es tiempo ya de que termine situación tan anómala e injusta. En el corazón del Cibao,
con mui buen acuerdo i atendiendo a su verdadero interés, van destruyendo el sistema de
crianza libre; en las Yaguas i el Recodo, en la Común de Baní, hace tiempo que desapareció;
en Enriquillo (Distrito de Barahona) van surgiendo cafetales como por encanto, merced a
la prohibición de tener animales fuera de cercas, i en todos estos lugares se palpan los be-
neficios de semejante práctica, i se nota lo que un hombre sólo puede hacer cuando no está
combatido por el cerdo o las reses de los vecinos. No es esto decir que se prohíba la crianza
de animales. De ningún modo. El que le agrade o le convenga criar, que críe; pero que críe
en sus terrenos i no en los ajenos; que sepa que debe darles de comer a sus animales, i que
debe limitar el número de éstos a la cantidad de alimentos de que pueda disponer. Habrá al
principio menos animales; pero serán de mejor clase, i vendrá a ser cosa común lo que hoi
es causa de asombro: reses de 30 a 40 arrobas i cerdos que den en carne esta cantidad i otros
que lleguen a 250 ó 300 lbs, de manteca.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Lejos de que crea que la crianza debe disminuirse, me alegraría verla siempre asociada
a la producción agrícola de substancias alimenticias. Así el estiércol estaría a la mano del
agricultor, i le sería fácil conseguir el resultado a que debe tender; conservar siempre a la
tierra que cultiva el mismo grado de fertilidad, i no explotar i consumir el capital que ella
representa, como ha sucedido i sucede en muchas de las grandes empresas agrícolas que
no se cimentan en las buenas reglas de la agronomía.
Es tanto lo que podría decirse acerca de los inconvenientes de la crianza libre, que sin
advertirlo he escrito varios pliegos, i ni una palabra he dicho del otro grave mal que aqueja
a la agricultura: los terrenos pro-indivisos, llamados Comuneros. Quede esto para otros o
para otra oportunidad. Notable abuso seria tocarlo ahora.
¡Cuánta satisfacción sentiría Ud., General, si las impresiones que en mí ha causado el
estudio de los Estados de Aduana que Ud. publica las hubieran sentido ya algunos de los
altos funcionarios del país, i que esto produjera la corrección o disminución de los abusos
que he indicado! No le desearía a Ud. otra gloria por ahora su affmo, servidor i amigo.
E. Tejera.

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No. 31

BERNARDO PICHARDO
RESUMEN DE HISTORIA PATRIA
¡Nuestra historia para intensificar la resistencia de la virtud ciudadana y estimular
los nobles ademanes del patriotismo nacional en las generaciones que nos sucedan,
tiene, sin falsear la verdad, que ser escrita con espiritualidad y optimismo!
B. Pichardo.

Bernardo Pichardo
Noticias biográficas*
Don Bernardo Pichardo perteneció a una ilustre familia de soldados y de intelectuales,
hombres de valor y de inteligencia. De la virtud de dos de ellos habla con vivo encomio
Eugenio María de Hostos: de Paíno y de José María Alejandro Pichardo. Excelente munícipe
el primero; y el último estudiante en que fueron pares el talento y la desdicha.
El devoto autor de Reliquias históricas de la Española nació en la ciudad de Santo Domingo
el 18 de octubre de 1877, hijo de José María Pichardo Bethencourt y de doña Amalia Patín
de Pichardo. Estudió en Europa, pensionado en 1895. Volvió al país y el medio social le
impuso un doble afán común en la juventud de la época, fines de la dictadura de Heureaux:
el periodismo y la política.
Desde temprano desempeñó altas funciones públicas: Ministro de Correos y Telégrafos
del 19 de junio de 1904 al 23 de octubre de 1905, y de Justicia e Instrucción Pública,
interinamente, de julio a diciembre de 1904, durante el Gobierno de Morales; de Relaciones
Exteriores, del 5 de diciembre de 1914 al 4 de agosto de 1916, Gobierno de Jimenes y
principios de la administración de Henríquez y Carvajal; de Fomento y Comunicaciones
en abril de 1915 y de Agricultura e Inmigración en agosto del mismo año; y Enviado
Extraordinario en Misión Especial ante S. S. Pío X en 1912.
Su mejor gloria como político fue su altiva y digna actitud en el ejercicio de la Secretaría
de Estado de Relaciones Exteriores, frente a las violencias del Gobierno de Norteamérica,
en días aciagos para el patriotismo dominicano.
Fue periodista, particularmente desde las columnas de El Tiempo, y atildado escritor
y orador brillante en quien se aunaban la prestancia personal y la facilidad de la palabra,
de acento poético y atrayente galanura. Sus discursos son bellas páginas antológicas. Fue
también hombre de hogar, constante y vehemente en el culto de la amistad y la familia.
Su obra literaria es bien valiosa y orientada hacia los temas más caros al patriotismo: la
historia, la tradición, la conservación de nuestras reliquias del pasado, la enseñanza cívica.
Fue, así, autor de nuestro mejor manual de historia patria y el primero en consagrar un
libro a nuestros monumentos coloniales. Por ello, por sus merecimientos, luce el nombre de
Bernardo Pichardo una calle de su amada villa natal: en ella murió, el 8 de octubre de 1924.
Reposa en la Iglesia del Carmen, en la paz del Señor.
Si para el suscrito fue muy alto honor cumplir el gratísimo encargo de preparar la
reedición de Reliquias históricas de la Española, el nuevo encargo de la familia Pichardo-
Marchena, de reimprimir este bello libro, es más honrador aun y todavía más grato.
Emilio Rodríguez Demorizi.

*En esta cuarta edición del Resumen de historia patria han sido hechas las correcciones y adiciones más indispensables
–bien escasas por cierto–, incluso el Apéndice, que es una síntesis cronológica de los sucesos de mayor importancia del período
1916-1962. Por su Ordenanza del 30 de octubre de 1942, el Consejo Nacional de Educación resolvió declarar adecuado para
la enseñanza, como complemento de esta obra, el libro del mismo autor, Reliquias históricas de la Española, del que se hizo
una segunda edición en 1944. Totalmente agotado el Resumen, desde hace algunos años, la familia Pichardo-Marchena ha
dispuesto esta edición, cediendo al altruista propósito del Sr. Julio D. Postigo, Gerente de la Librería Dominicana, de incluir
la obra en su afamada Colección Pensamiento Dominicano. En esta edición, por razones editoriales, se han suprimido las foto-
grafías de personajes, lugares y monumentos históricos. En cambio, el Apéndice ha sido llevado hasta el año 1962.

203
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

República Dominicana
Servicio Nacional de Instrucción Pública

A-XXIII 712.– AOM/Est-JAG


Archivo

Santo Domingo, mayo 11, 1921*

Sr. Bernardo Pichardo,


Ciudad.
Señor:
La Superintendencia General de Enseñanza ha sometido al estudio de
la Comisión Técnica de esta Oficina la obra de Vd. intitulada Resumen de
Historia Patria, y tiene el placer de anunciarle que dicha obra ha merecido una
completa aprobación y que, en tal virtud, se ha decidido declararla obra de
texto en la enseñanza primaria.
De usted respetuosamente,

(Firmado) Julio Ortega Frier,


Superintendente General de Enseñanza.

República Dominicana
La Secretaría de Estado de Justicia
e Instrucción Pública

Hace Saber:
Que en virtud de instancia dirigida a esta Secretaría de Estado en fecha
12 de enero de 1922, ha sido inscrito en el Registro Público de la Propiedad
Intelectual, en fecha 13 de enero de 1922, y bajo el número 23, el derecho de
propiedad que sobre la obra intitulada

Resumen de Historia Patria

tiene el señor B. Pichardo, del domicilio de la Común de Santo Domingo.


Y para los fines del Artículo 11 de la Ley sobre protección de la propiedad
literaria y artística, expide el presente en Santo Domingo, Capital de la
República Dominicana, hoy día trece del mes de enero de 1922.

La Secretaría de Estado de Justicia


e Instrucción Pública

por (firmado) F. A. Ramsey.

*Por Circular no. 107,41, del 21 oct. del Secretario de Estado de Educación Pública y Bellas
Artes, Lic. Víctor E. Garrido, se renovó la declaración del Resumen de historia patria como “obra de
texto en la enseñanza primaria”.

204
bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

Advertencia
La carencia de un texto didáctico y sintético, calcado en los actuales programas de enseñanza,
en lo que a la Historia patria se refiere, y las constantes exhortaciones del profesorado para que
preparásemos un Resumen, que como tal careciera de notas difusas, y que, por lo tanto, facilitara
a los alumnos los conocimientos preliminares de esa importante asignatura, nos decidieron a
imprimir en el presente volumen los conocimientos que al respecto tenemos.
Metodizadas, pues, estas nociones, de acuerdo con los principios pedagógicos que encarecen
sencillez para la cabal evolución de la razón, las ofrecemos al público, deseosos de que resulten
útiles a cuantos nos favorezcan con su lectura, muy principalmente a la Escuela y, por ende, a la
República, que hoy más que nunca necesita demostrar que tuvo y tiene hombres públicos que,
desde el Ministerio, en los ardientes debates de sus Congresos, o en la austera tranquilidad de
la vida ciudadana, siempre consideraron como problema fundamental y como seguro indicio
de redención: la Educación Nacional.
No nos sorprenderá en momento alguno que la paciente observación de la crítica, o la estudio-
sa dedicación de los alumnos, adviertan en este trabajo errores cronológicos, que desde ahora
suplicamos rectifiquen con indulgencia debido a las difíciles investigaciones que esta clase de
estudios amerita y que son tanto más penosas cuanto menores son los medios de que se dispone
en nuestro país al intentarlas.
¡Acoja, pues, con serenidad este esfuerzo la sociedad en que se forman nuestros hijos y
que el beneficio intelectual y moral que se derive en las aulas de la sencilla exposición de
nuestros principales hechos históricos, sea el mejor galardón que granjee esta nueva y en-
trañable ofrenda de la gratitud y admiración que profesamos con toda sinceridad a la Patria
y a sus egregios defensores!
B. Pichardo.
27 de febrero de 1921.

Resumen de la Historia
de Santo Domingo
Capítulo primero
Descubrimiento de América por Cristóbal Colón
Precursores del Descubrimiento. No fueron pocas las arriesgadas exploraciones
realizadas durante el siglo XV de nuestra era con el objeto de poner a Europa en comunicación
directa con la India por mar, no pudiendo hacerlo por vía terrestre, en razón de que los turcos
se habían apoderado de Constantinopla y dominaban una gran parte de la misma Europa.
Los portugueses. Los portugueses se distinguieron notablemente en muchos de esos
viajes, pues eran audaces navegantes de aquella época en que se consideraba el Océano
Atlántico como un mar proceloso, en cuyo seno desaparecían todos aquellos que se
aventuraban más allá del estrecho límite que se le suponía.
Había el interés en ese entonces, de llegar a la India, rápidamente, por proceder de
aquel país las valiosas especias, perfumes y telas, que se vendían a los más altos precios.
Cristóbal Colón. Cristóbal, hijo de un negociante en lanas de la ciudad de Génova,
se distinguió desde muy joven como un marino estudioso y valiente, y concibió el proyecto
de llegar a la India, dirigiendo la proa de las naves hacia Occidente.
Apoyaba su concepción en razonamientos científicos acerca de la redondez de la tierra
y en las opiniones de algunos cosmógrafos de su tiempo.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

En Portugal casó Colón con doña Felipa Muñiz, la que pertenecía a una familia de
intrépidos marinos de Lisboa que había tomado parte en muchas expediciones a las costas
de África. Es indudable que esta circunstancia lo alentó en la realización de sus planes.
Para aquella época ya estaban perfeccionados el astrolabio y la brújula, instrumentos que
servían para conocer la latitud geográfica y la dirección que habría de seguirse en el mar.
Si bien es verdad que los conocimientos geográficos de entonces y los que poseía Colón
se aproximaban en algo a la verdad científica, no es menos cierto que le faltaba mucho para
llegar a ella.
Creía Colón, y con él muchos sabios de su tiempo, que la distancia entre el extremo
occidental de Europa y las costas orientales de Asia no era mayor de la tercera parte de la
circunferencia terrestre, cuando en realidad es mucho más considerable.
Con la vida de Colón podrían llenarse inmensos volúmenes, puesto que un hombre
como él, resuelto y de iniciativas nada vulgares, tuvo que sufrir grandes decepciones antes
de realizar su original concepción, resultando en todo momento la robustez de su resolución
firmísima y la grandeza moral de su carácter que jamás se abatieron por las necesidades
materiales que lo circundaran.
1451. Juventud de Colón. Poco se sabe acerca de los primeros años de Colón, de ese
genio portentoso que más tarde completó el planeta; pero lo que se tiene hasta ahora como
cierto es que nació en Génova, en el año 1451, y que abrazó desde muy joven la profesión de
marino. Sus lecturas, sus experiencias y sus convicciones lo impulsaron a realizar empresas
importantes y atrevidas, recibiendo en las costas de África una herida.
1473. Colón en Portugal. Su contacto en ese país con expertos pilotos y hombres
de ciencia, hizo que madurara su proyecto y que pensara aprovechar para su viaje hacia
Occidente los vientos permanentes del Nordeste.
¡Cuántas veces durante la tarde, armado de sus cartas y llevando de la mano a su hijo,
su mirada escrutadora debió esparcirse por el dilatado horizonte de los mares!
1486. Gestiones de Colón. Madurado su plan y con el designio de realizarlo, pidió
ayuda al Rey de Portugal; pero negada por éste envió Colón a su hermano Bartolomé a la
Corte de Inglaterra, encaminando sus gestiones personales para conseguir el apoyo de los
Reyes de Castilla y Aragón, Doña Isabel y Don Fernando, conocidos en la Historia con el
nombre de los Reyes Católicos.
Abandonó Colón a Portugal con ese objeto y sus primeros empeños fueron bien
acogidos, no obstante encontrarse los Reyes Católicos en guerra con los moros, que todavía
eran dueños de una pequeña parte de España.
Colón ante el Consejo de Sabios de Salamanca. Merced a influyentes personajes
de la Corte, al fin logró Colón ser recibido por Doña Isabel y Don Fernando en Salamanca,
donde sus proyectos fueron sometidos al examen de la congregación de teólogos del
Convento de Dominicos de San Esteban, habiendo obtenido una fría aprobación después
de prolongadas e interesantes discusiones en las que estos sabios llegaron a considerarle
como demente.
Nuevas dificultades. No obstante la aprobación que obtuvo para sus planes, se le
demoró durante algunos años, pretextándose que los gastos de la expedición serían muy
crecidos, y cuando, ya desesperanzado Colón, se había decidido a dirigirse al Rey de
Francia, Fray Juan Pérez, su protector, Prior del Convento de La Rábida logró convencer el
generoso y magnánimo corazón de la Reina Isabel. Los cortesanos y religiosos de la Corte

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bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

aún trataban de impedir que Colón realizase su proyecto, pero el genio se impuso y en la
entrevista que tuvo con ella en Santa Fe, le arrancó el compromiso de su ayuda.
Terminó la guerra con la toma de Granada, y la Reina Isabel le confirió plenos poderes
para proceder al viaje, nombrándole, además, Almirante y Gobernador de los mares y
tierras que pusiese bajo el dominio del cetro de Castilla.
Es fama que aquella piadosa reina sacrificó una parte de sus joyas con el objeto de
sufragar los gastos de la expedición que debía zarpar para descubrir, sin que persona
alguna lo sospechase, un nuevo mundo.

Capítulo II
El primer viaje de Colón
1492. Salida de Colón del Puerto de Palos de Moguer. Ultimados sus arreglos con
Doña Isabel la Católica y provisto de los recursos más indispensables, equipó Colón tres
embarcaciones en el Puerto de Palos de Moguer, distinguiéndolas con los nombres de Santa
María, La Pinta y La Niña. Tomó a su cargo el mando de la primera y confió el de las otras a
los marinos Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón.
Zarpó de aquel puerto el 3 de agosto de 1492.
Hay que suponer las intensas emociones que experimentó el nauta esforzado y
perseverante al verse por fin en condiciones de llevar a la categoría de ensayo la concepción
que durante tantos años había madurado su inteligencia y que a la postre le ha valido las
apoteosis y los homenajes de la posteridad.
En las Islas Canarias se demoró algunos días la expedición a causa de las reparaciones
que tuvieron que hacerse a La Pinta. Una vez terminadas, hicieron rumbo las tres carabelas al
mar de Occidente, hasta entonces, como hemos dicho, inexplorado, muy temido y poblado
de fantásticas leyendas.
El descubrimiento. Después de cinco semanas de terribles incertidumbres, de grandes
sacrificios y de tentativas de amotinamiento, y cuando ya Colón había prometido volver
proa hacia España, dentro de un plazo improrrogable, a sus amedrentados compañeros, se
dio en La Pinta la señal de tierra el viernes 12 de octubre, quedando rasgada para siempre
la oscura nebulosa que ocultaba a América.
Puso, pues, Colón la planta en tierra, creyendo todavía que se encontraba en Asia.
San Salvador. La primera isla descubierta, perteneciente al grupo de las Bahamas, que
los indígenas llamaban Guanahaní, fue bautizada por Colón con el nombre de San Salvador.
1492. En la actualidad no se sabe cuál de ese grupo de islas es aquella en que plantó la Cruz el
Descubridor del Nuevo Mundo, aunque recientes estudios de geógrafos y navegantes, guiándose
por el rumbo que siguió el Almirante, creen poder establecer que fue la actual isla del Gato.
Continuaron los intrépidos marinos su viaje, llenos del mayor alborozo por el buen éxito
que acababan de obtener, y después de descubrir a Cuba, que Colón creyó un continente,
arribaron a la parte Norte de la isla de Haití.

Capítulo III
Descubrimiento de nuestra isla
San Nicolás. El día 5 de diciembre de 1492 llegó Colón al puerto de la costa Norte que
llamó San Nicolás, el cual visitó al siguiente.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Continuó su viaje hacia el Este y, al naufragar la carabela Santa María, construyó con
sus restos el fuerte de La Navidad, donde antes de proseguir su viaje invistió de mando a
Diego de Arana, a quien dejó bajo protección del Cacique Guacanagarix, con el cual había
establecido relaciones de buena amistad.
A poco de salir de Monte Cristy se encontró con la carabela La Pinta que mandaba Martín
Alonso Pinzón, quien se había insubordinado en las costas de Cuba, debido a las informaciones
que, acerca de la riqueza de aquella isla en materia de oro, le habían sido suministradas.
1493. Reconciliados ya, continuaron su viaje de regreso a España, no sin antes haber
sostenido en Samaná un combate con los indios de esa región, que agredieron con flechas a
los descubridores, circunstancia ésta a que se debe el nombre de Golfo de las Flechas que se
dio durante mucho tiempo a la codiciada bahía.
El cacique de esa región se llamaba en aquel entonces Mayobanex.

Capítulo IV
Estado de la isla en los días de su descubrimiento
y costumbres de sus habitantes
Nombre de la isla. Los naturales de la isla, o sea, los indios, la llamaban Quisqueya o Haití,
y hay historiadores que aseveran que también se le denominaba por ellos Babeque y Bohío.
Población. La población total de la isla era de indios, sin que se haya podido precisar,
con exactitud, los millones que la constituían; pero parece que el número oscilaba de
seiscientos mil a un millón.
Costumbres. Los indios habitaban en chozas que llamaban bohíos y dormían en hamacas
y barbacoas.
Sus cultivos eran el maíz, la yuca y otros tubérculos así como el algodón y el tabaco;
practicaban la caza y la pesca, practicaban el juego de la pelota; conocían el baile, y sus
instrumentos musicales eran toscos tamboriles y flautas de caña.
Se proveían del fuego por medio del frote de dos maderos; hablaban el arauaco y sus
creencias religiosas las refugiaban, como todos los mortales, en el Turey (cielo), donde
residía Louquo, y a sus dioses lares les llamaban Cemís. Su raza era la taína.
Andaban desnudos, con sólo una especie de corto brial sujeto a la cintura.
Característica de los indios. El color de los indios era, según leemos en el diario
de Colón, blanco, destacándose la negrura de su abundante y lacia cabellera y la expresión
enigmática de sus ojos.
Cacicazgos. La Isla estaba dividida, a la llegada de los españoles, en cinco grandes
cacicazgos, que eran: Marién, gobernado por Guacanagarix; Maguá, por Guarionex; Higüey:
por Cayacoa; Maguana, por Caonabo, Jaragua, por Bohechío.
La Península de Samaná estaba poblada por indios ciguayos, flecheros, de cabellos
largos y de distinto dialecto, cuyo cacique era Mayobanex.

Capítulo V
Conquista
1493. Destrucción del Fuerte de La Navidad. Vueltos de su asombro los indios y
exacerbados sus naturales y salvajes sentimientos por los excesos a que los dominadores
se entregaron inmediatamente que se ausentó Colón, pues parece ser verdad histórica que
las razas que se consideran superiores ponen sello de crueldad en todos sus actos para

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bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

sojuzgar los sentimientos y el albedrío de los débiles, se coligaron los caciques Caonabo y
Mairení y a media noche asaltaron la fortaleza de La Navidad, mataron la escasa guarnición
que en ella se encontraba y quemaron completamente dicha construcción.
1493. Regreso de Colón. La acogida que dieron los Reyes Católicos a Colón, al darles
cuenta de su reciente descubrimiento no pudo ser más lisonjera.
Se le reconocieron todos los honores previamente estipulados, y se le puso en
condiciones para que efectuara su segundo viaje, comandando tres naos de gavia, catorce
carabelas, mil hombres a sueldo y trescientos voluntarios, con todos los aprestos necesarios
para intensificar la conquista.
Mas, ¡cuál sería su angustia cuando el 27 de noviembre de 1493, al llegar al puerto de
La Navidad, vio destruida la fortaleza del mismo nombre y aniquilado el primer núcleo que
dejó en el Nuevo Mundo a nombre de los Reyes Católicos!
Se sospechó entonces de complicidad en los acontecimientos ocurridos a Guacanagarix,
a excepción del Almirante, y teniendo aquel sitio como azaroso, hizo rumbo al Este hasta
fundar La Isabela, donde construyó los edificios de más urgente necesidad.
Se celebró allí la primera misa en tierra americana, por el Padre Boyl y doce sacerdotes
que le acompañaban.
Expediciones. Inmediatamente despachó el Almirante dos expediciones: una al mando de
Alonso de Ojeda, uno de los hombres más intrépidos de su tiempo, como veremos más adelante,
hacia el valle del Cibao, y la otra con rumbo al Este, bajo las órdenes de Ginés de Gorvalán.
Las informaciones que ambos suministraron fueron excelentes acerca de la maravillosa
riqueza de esas regiones y de la hospitalidad de sus sencillos habitantes, noticias que llevó a
España, inmediatamente, Antonio Torres, a quien despachó el Almirante con nueve barcos
cargados de madera y con el oro que había podido obtener.

Capítulo VI
Viaje de Colón al interior
1494. Fundación de dos fortalezas. Siguiendo el audaz itinerario que dejó
señalado Alonso de Ojeda en su viaje, salió el Almirante de La Isabela, fundó la fortaleza de
Santo Tomás de Jánico, confiando el mando de ella a Mosén Pedro Margarite, y ordenó la
construcción, además del fuerte de La Magdalena, en vista de las noticias que por diversos
conductos le llegaban, acerca de la actitud belicosa del cacique Caonabo.
1494. Regreso de Colón a La Isabela. Al regresar Colón a La Isabela constituyó una
Junta de Gobierno presidida por su hermano don Diego, y se embarcó seguido a descubrir
la Tierra Firme, pero limitándose entonces a explorar las costas de Cuba.
Sublevación. Durante la ausencia del Almirante, el Padre Boyl y Mosén Pedro
Margarite, que formaban parte de la Junta, se rebelaron contra la autoridad de don Diego y
se marcharon luego para España en las naves en que llegó don Bartolomé Colón.
Alonso de Ojeda sitiado. Al regresar de su viaje el Almirante, tuvo, además de la noticia
de los acontecimientos ocurridos durante su ausencia, la muy alarmante de que el bizarro e
intrépido Alonso de Ojeda se encontraba sitiado en la fortaleza de Santo Tomás por las huestes
que comandaban los valerosos caciques Caonabo y Guarionex. Inmediatamente salió con fuerzas
y levantó el sitio: obtuvo la sumisión de Guarionex y fundó la fortaleza de La Concepción.
1495. Actitud bélica de Caonabo. El indómito cacique Caonabo amaba salvajemente
su libertad y, personificando el heroísmo legendario con que la historia y la posteridad han

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

delineado los caracteres de la raza a que pertenecía, se repuso brevemente de su desastre y


hostilizó de nuevo la fortaleza de Santo Tomás, lo que obligó al Almirante a salir otra vez
a campaña y a librar la célebre y memorable batalla de La Vega Real, el 25 de marzo de 1495.
Fue allí en el sitio donde se levanta la iglesia del mismo nombre y donde antiguamente
existió un convento levantado en conmemoración del hecho que vamos a narrar; fue allí,
en aquellos lugares que cubre de verdura eterna primavera, donde no sólo se desarrolló
el sangriento e inextinguible drama de una raza que defiende su libertad frente a otra
que quiere arrancársela, produciendo el choque nuevos cantos al heroísmo y a las nobles
audacias del valor, sino que también donde la conquista dio el golpe formidable que le
aseguró la posesión de esta isla, desde la cual extendió en breve su dominación a todos los
territorios que hoy hablan con orgullo la lengua castellana.
1495. Batalla del Santo Cerro. Refieren los narradores de esa época que en el hoyo
en cuyos bordes se arrodillan anualmente millares de peregrinos, dentro del templo, y que,
a pesar de las inmensas cantidades de tierra que desde hace siglos vienen extrayéndole para
aplicaciones religiosas, no parece aumentar de profundidad, ni dar señales de derrumbe, estuvo
plantada la cruz milagrosa, alrededor de la cual siempre ventó sus tiendas la Conquista.
Empeñada la sangrienta lucha y desalojados los españoles del cerro por el asalto
bravío de los indios, comandados por Maniocatex, hermano de Caonabo, presenciaron la
“acometida tumultuosa” de que hicieron objeto los indígenas a la santa insignia de la cruz,
la que quisieron destruir a flechazos y quemar sin lograrlo.
Reaccionados los españoles por el Padre Infante, religioso de la Orden de Las Mercedes,
que los acompañaba como Capellán, se prepararon de nuevo durante las largas horas de
aquella noche memorable, en que sólo distinguieron las hogueras amenazantes y fatídicas
donde serían arrojados sus cuerpos, para librar con la aurora del nuevo día el duelo por
demás desigual a que los obligaba y provocaba su situación y el inmenso y salvaje vocerío
de esos indómitos guerreros de la selva.
Como a las nueve de la noche dicen que se observó, desde el campamento español,
merced a una luz desconocida y suave, sentada en uno de los brazos de la cruz, a Nuestra
Señora de las Mercedes, y, ante esa visión todos, absolutamente todos, desde el Descubridor
y su hermano don Bartolomé que lo acompañaba, hasta el último soldado, postrados de
rodillas, oraron con fervor.
Al fin la batalla se empeñó con denuedo y decisión y el éxito definitivo coronó los
esfuerzos de las huestes castellanas que produjeron el espanto en todas esas tribus coligadas,
cuyo número, según algunos historiadores, alcanzó al de treinta mil indios, en tanto que los
españoles sólo ascendían, poco más o menos al de doscientos.*
Consecuencias de la batalla. Amedrentados, los indios huyeron a los bosques
hasta donde fueron perseguidos con perros; se sometieron a los españoles; se les impuso
un tributo trimestral: la religión comenzó a instruir a algunos y se inició el cruento martirio
que, junto con las epidemias culminó con la desaparición de esa raza.
Nuevas fortalezas. Después de recorrer los territorios conquistados y para asegurar
su pacificación, hizo construir el Almirante dos fortalezas más: Santa Catalina y La Esperanza,
muy cerca del río Yaque del Norte.

*De acuerdo con las investigaciones del Dr. Apolinar Tejera, la célebre batalla fue probablemente en las cercanías
de Esperanza. Véase su estudio La Cruz del Santo Cerro y la batalla de La Vega Real, en Boletín del Archivo General de la
Nación, S. D., n.o 40, de 1945.

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bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

Santa Reliquia. Como consecuencia del acontecimiento que acabamos de narrar,


quedó instituido en la isla el culto de Nuestra Señora de las Mercedes, y la Cruz en que
durante la noche aciaga la vieron sentada los españoles, fue partida en trozos que se han
conservado en relicarios de oro y plata bajo la denominación de Santa Reliquia.
El níspero de donde se tomó la madera para construir la cruz existió hasta hace poco.

Capítulo VII
Alonso de Ojeda y Caonabo
1495. Captura de Caonabo. Alonso de Ojeda, cuyo espíritu levantisco, temeridad y
valor, ya se ha podido apreciar, concibió el plan de hacer preso en sus propios dominios
al belicoso e inquieto cacique Caonabo. Y allá se fue como un huésped y una mañana, en
que alejados del caserío se bañaban, ofrecióle un par de grillos que el Cacique ajustó a
sus piernas, creyéndolo un símbolo de autoridad, instante que aprovechó Ojeda, ayudado
por varios, para poner en la grupa de su caballo al cautivo y conducirle como trofeo de su
audacia ante las huestes españolas que atónitas contemplaron el prodigio.
La musa del dolor debió cantar muy hondo y muy triste en el alma de esas tribus que
personificaban en Caonabo su heroísmo; pero nosotros, los que llevamos latente en la mente
y arraigado profundamente en el corazón el tradicional orgullo de nuestros ascendientes
los españoles, tenemos que convenir en la inaudita intrepidez de aquel hombre que más
tarde descubrió parte de la Tierra Firme, para llenar la historia de nuevos hechos hazañosos,
y cuyos restos estuvieron sepultados hasta hace pocos años en la puerta principal, según
su última voluntad, del derruido monasterio de San Francisco, “para que todo el mundo
lo pisara”, de donde fueron exhumados y trasladados al ex Convento Dominico, templo
donde reposan después de haber sido gallardamente negados por el Gobierno Nacional
al de Venezuela, que los reclamó. (En 1942 los restos fueron restituidos a su primitiva
sepultura, a la puerta de San Francisco).
Se conserva la tradición de que durante su cautiverio en La Isabela, y cada vez que
Ojeda entraba al calabozo donde se le tenía encadenado, Caonabo se ponía de pie y, como
fuera interrogado acerca de ello, respondía: “Que Ojeda era el único hombre que se había
atrevido a apresarlo”.
Vencido y capturado Maniocatex, fueron remitidos a España, en cuyo trayecto murió el
bravo cacique de la Maguana.

Capítulo VIII
Regreso del almirante a España
1496. Llegada de Aguado. A raíz de los acontecimientos que acaban de ser objeto de
los párrafos anteriores, llegó de España, con el carácter de Comisario Regio, Don Juan de
Aguado, designación que indudablemente tuvo su origen en los malos informes que acerca
del Almirante llevaron el Padre Boyl y Mosén Pedro Margarite.
La actitud y altanería con que Aguado comenzó a ejercer sus funciones decidieron
al Almirante a regresar a España, en su compañía, después de dejar a su hermano, el
Adelantado Don Bartolomé, como Gobernador y a Don Diego como su sustituto.
1496. Gobierno del Adelantado. En virtud de las noticias anteriormente suminis-
tradas por Miguel Díaz respecto de la existencia de minas de oro en la margen izquierda
del río Haina, que fueron comprobadas luego por Don Bartolomé y Francisco Garay, y que

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

determinaron la construcción de la fortaleza de La Buenaventura, el primer paso que dio el


Adelantado, al hacerse cargo del Gobierno, fue trasladarse a dichos lugares para ordenar y
organizar la explotación de ellas.
Puso después la primera piedra de la Nueva Isabela (Santo Domingo de Guzmán), en la
margen oriental y casi en la desembocadura del río Ozama, en los terrenos contiguos a la
Punta Torrecilla; estuvo en Jaragua, donde sometió a Anacaona y a Bohechío, obligándolos a
pagar el tributo de que ya se ha hablado y que consistía en la entrega de un cascabel de oro
y algunas libras de algodón, per cápita; fundó a Santiago de los Caballeros; la población del
Bonao, que tomó el nombre del cacique de aquel lugar; debeló rebeliones de los indígenas;
ahorcó caciques y quemó sacrílegos.
Es indudable que el férreo Adelantado tenía grandes dotes de gobernante; pero no es
menos cierto que su recio carácter quedó confirmado más tarde cuando se realizaron los
repartimientos de los indios.
1498. Alzamiento de Roldán. Francisco Roldán, por aquellos tiempos Alcalde Mayor
de la Colonia, reunió a muchos descontentos; asaltó La Isabela, ya en plena decadencia;
saqueó los almacenes del Estado; cobró los tributos y se dirigió a Jaragua en abierta rebelión
contra la autoridad.
Como es natural, esta actitud envalentonó a los indios para una nueva insurrección que
ahogó en sangre el Adelantado, triunfando de los Ciguayos y capturando a Mayobanex que
se negó, lleno de dignidad, a obtener su perdón a cambio de delatar a Guarionex que más
tarde fue entregado por sus compañeros.

Capítulo IX
El Primer Almirante vuelve de Europa
1498. Resultado de su viaje. Durante su permanencia en España, pudo el Almirante
desvanecer, en cuanto le fue posible, los malos informes que se habían dado respecto de
su persona y sus gestiones, y tan pronto como se le puso en condiciones hizo rumbo a la
Española, donde llegó con casualidad poco tiempo después del alzamiento de Roldán.
En su deseo de concluir con los disturbios que existían en la Colonia y después de
haber fracasado varios comisionados enviados cerca del rebelde y con una debilidad que
no logrará excusa en el concepto de la energía bien entendida, se concertó por fin, en Azua,
por mediación de Alonso Sánchez Carvajal, un pacto en que Roldán se comprometió a la
sumisión siempre que se le dejase como Alcalde Mayor Perpetuo, se le dieran heredades a
él y a los suyos y se le otorgaran otras mercedes.
¡Quién sabe si de ese ejemplo de codicia y de debilidad se han derivado muchas
imitaciones en nuestra historia!
1500. Gobierno de Bobadilla. Mientras el Almirante se entregaba a la organización de la
Colonia, sus enemigos en la Corte habían obtenido el nombramiento del Comendador Francisco
Bobadilla como Gobernador, quien, al llegar en el año 1500, se apoderó inmediatamente del
mando; lo redujo a prisión junto con sus hermanos don Diego y el Adelantado don Bartolomé;
libertó a Guevara y Mojica que se encontraban detenidos por motines; colmó de distinciones a
los enemigos de Colón y envió a éste y a sus hermanos, engrillados, para España.
Colón prisionero. Colón engrillado fue conducido a la carabela Gloria, cuyo
Capitán Andrés Martín, quiso quitarle los grillos, a lo que se negó diciendo: “que si
por autoridad de los Reyes se los había puesto Bobadilla, no quería que otras personas

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bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

se los quitasen y que tenía determinado guardarlos para memoria del premio de sus
muchos servicios y para testimonio de lo que pueden dar el mundo y sus vanidades”.
A su llegada a España fue puesto en libertad, mereciendo la mayor desaprobación la
conducta inhumana de Bobadilla, pues siempre en el fondo de los más duros corazones late
un sentimiento de justicia ante la grandeza de la víctima.
1501. Gobierno de Ovando. La iniquidad cuando realiza alguna obra es deleznable, y
la que Bobadilla quiso edificar, empinándose en la ruina y en la injusticia, duró poco, pues
fue reemplazado al siguiente año por don Nicolás de Ovando, Comendador de Lares en
la Orden de Alcántara, quien llegó a la Colonia con treinta y dos bajeles, gran número de
personas, muchos animales y provisiones de boca y de guerra.
1502. Las dotes de gobernante de Frey Nicolás de Ovando son históricamente indiscuti-
bles: sus impulsos en favor del progreso de la Colonia todavía están fehacientes (la Fuerza,
el Homenaje, San Francisco, San Nicolás, etc., en la ciudad de Santo Domingo), y a sus
medidas económicas se debió el rápido florecimiento de la Española; pero la historia man-
tendrá sobre su memoria el sangriento e inapelable anatema de los repartimientos, y tendrá
que execrar su nombre, cuando consigne que hizo subir a la trágica y fúnebre tarima a la
Princesa de Jaragua: Anacaona.

Capítulo X
Cuarto y último viaje del Almirante
1502. Huracán. Un tanto mejorado de sus padecimientos físicos, pero profundamente
apenado por las injusticias de que había sido víctima, realizó el Almirante su último viaje
al Nuevo Mundo, despojado ya del carácter de Gobernador que merecidamente había
ostentado, y descubrió las costas de Honduras, Mosquitos y Veragua, hasta llegar al istmo
de Darién, convertido hoy por la inteligencia y el esfuerzo de los hombres en portentosa
arteria de comunicación entre los océanos Pacífico y Atlántico.
Al principio de esta expedición llegó a la Nueva Isabela, pues parece ser que los artífices
se encariñan con sus obras y antes de emprender la peregrinación eterna como que un
presentimiento los lleva a contemplarlas una y otra vez.
Al llegar al Placer de los Estudios solicitó permiso para guarecerse de un huracán que le
indicaban sus conocimientos y observaciones que debía presentarse, y éste le fue negado por
Ovando, quien, para justificar su negativa, consultó los pilotos de una numerosa escuadra
que iba a despachar con rumbo a España. Se burlaron de sus predicciones. Abandonaron
el puerto y dos días más tarde habían naufragado, arrebatados por el huracán, veintiuna
naves, salvándose solamente aquella en que iba Rodrigo de Bastidas con sus intereses y la
carabela Aguja que llevaba los muebles y bienes de Colón.
Perecieron ahogados: Bobadilla, el cruel perseguidor del Almirante; Roldán, prototipo
de la traición de aquellos días; y el desventurado cacique Guarionex, mientras Colón, que
se refugió en Puerto Hermoso con su flotilla, no experimentó daño alguno.
1502. Fundación de la actual ciudad de Santo Domingo. El terrible huracán
destruyó la Nueva Isabela, o ciudad de Santo Domingo, circunstancia ésta que, unida a
la aparición de una plaga de hormigas, decidió a Ovando a fundarla en el lugar donde
actualmente se encuentra.
Muchos de los históricos edificios que aún existen se construyeron a iniciativa del
Comendador, como ya en párrafos anteriores lo hemos consignado.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Matanza de Jaragua. Considerando el Comendador a los indios como incapaces


de asimilarse los principios civilizadores que creía representar, o bien respondiendo a los
crueles sentimientos de su época, se trasladó al cacicazgo donde imperaba como soberana
Anacaona, ya sometida al pago del tributo.
Las demostraciones de afectuosa acogida que se dispensaron allí a Ovando y a los
suyos fueron muchas; pero él instruyó a sus parciales en la creencia de que eran fingidas,
dándoles, además, la consigna de que en un simulacro militar que iba a efectuar cayeran
inesperadamente sobre los indios y los exterminaran, sin respetar sexo ni edad. Y así lo
hicieron, dejando ensangrentadas aquellas tierras feraces y hasta entonces felices.
Guaroa. Este valeroso indio, sobrino de Anacaona, pretendió defenderse; pero
capturado en una montaña, fue supliciado por los españoles.
Hatuey. Se salvó momentáneamente por no asistir a la fiesta y logró luego embarcarse
clandestinamente para Cuba en una canoa; pero murió violentamente más tarde, al ser
conquistada aquella isla.
Muerte de Anacaona. Prisionera del Comendador Ovando, pisó el tablado fatal de
la horca, según unos, en sus propios dominios, y de acuerdo con otras tradiciones, en el
actual Parque Duarte, de la Ciudad de Santo Domingo.
Conquista del cacicazgo de Higüey. Los indios de esa región, indignados porque
un español azuzó un perro a uno de los caciques subalternos de Cotubanamá, destripado
por la fiera, dieron muerte a unos españoles que arribaron en una embarcación a la Saona.
Enviado Juan de Esquivel a someterlos, libró varios combates, ahorcó a la anciana
Iguanamá y fundó una fortaleza en Higüey.
1503. Tan pronto como Esquivel dio la espalda, se entregaron nuevamente los
conquistadores a toda clase de excesos y tropelías, exasperando de tal modo a los indios,
que éstos dieron muerte a la guarnición y destruyeron la fortaleza, dando todo ello lugar
a que el Comendador Ovando despachara otra vez a Esquivel, quien después de reñidos
combates en que venció a los indios, organizó una persecución encarnizada hasta capturar
a Cotubanamá en la isla Adamanay (Saona).
Muerte de Cotubanamá. En aquellos tiempos de conquista la piedad era un
sentimiento que no lo inspiraban los desgraciados naturales que sólo tuvieron el delito
de repeler con la fuerza las brutales actuaciones de los que vinieron de ignorados países a
despojarlos de sus tierras y a perturbar su tranquilidad.
Conducido, pues, Cotubanamá a la ciudad de Santo Domingo como trofeo, fue
escarnecido y ahorcado.
Arribo del Almirante. Procedente de Jamaica, llegó en esa época Colón a Santo Domingo,
mereciendo de parte de Ovando, Gobernador de la Colonia, una aparente buena acogida.
1504. Cargado de pesares y de padecimientos físicos, hizo rumbo el Almirante a España,
llevando la firme resolución de no volver más a las tierras portentosas con que su esfuerzo
sobrehumano había enriquecido a su patria de adopción.

Capítulo XI
Estado de la Colonia
Pacificación. Terminada la campaña en el cacicazgo de Higüey y asegurada,
por ende, la pacificación completa de la Colonia, propendió el Gobernador Ovando a
su organización, dictando medidas de regularidad administrativa, que imprimieron el

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bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

mayor orden posible en los servicios públicos y desarrollaron el progreso. Ya para esa
época la Colonia contribuía a los gastos de la Metrópoli con la suma de 450,000 ducados
anuales, procedentes de las fundiciones.
Fundiciones de oro. Existían una en La Vega y dos en La Buenaventura.
1506. Cultivos. Además de los cultivos a que ya nos hemos referido, se hacía el de la caña
traída de las Islas Canarias y fue en la ciudad de La Vega donde primero se elaboró azúcar.
Crías. La cría de ovejas, cabras, caballos y burros se aumentaba considerablemente.
Exportaciones. Se exportaban: sebo, cueros, tocino, caoba, cedro y roble.
Estado de la instrucción.– No era muy halagüeña, digámoslo con franqueza, dadas las
ideas de aquella época.
Oficiaban de maestros los religiosos que, de ordinario, se preocupaban principalmente en
ganar prosélitos, instruyendo a los indios en los moralizadores principios de la fe cristiana.
En el Monasterio de San Francisco, por ejemplo, cuya construcción se había comenzado,
funcionaban algunas cátedras que frecuentaban en su mayoría los hijos de los hombres más
importantes de la Colonia.
Número de poblaciones. A diez y siete se elevaba el número de las que ya existían
por aquel entonces.
Muerte de Isabel La Católica. El 26 de noviembre de 1504 había muerto en la ciudad
de Medina del Campo (España) esta virtuosa Reina, y antes de cerrar los ojos recomendó a
su esposo, el egoísta Don Fernando, que aliviara la suerte de los indios, por cuya razón se
permitió la introducción de negros africanos.
1506. Muerte del descubridor. El 20 de mayo de 1506 murió en Valladolid don
Cristóbal Colón, primer Almirante y Descubridor del Nuevo Mundo, recibiendo los dulces
consuelos de la religión y el postrer beso de su primogénito Diego, quien, al heredar
sus legítimos derechos, como que también ciñó, desde entonces, sobre su frente joven,
la corona de martirio con que, ¡oh, destino implacable!, atormentaron sus enemigos las
sienes del genio portentoso que en alas de la gloria remontó la inconmovible serenidad
de lo inmortal.
Miguel de Pasamonte. Este hombre, cuya nefasta influencia en los destinos de los
Colones fue decisiva, llegó a la ciudad de Santo Domingo, nombrado por el Rey, Tesorero
general de la Colonia.
Creación de obispados. Su Santidad el Papa Julio II creó por aquel entonces una silla
Episcopal en Jaragua y dos Sufragáneas en La Vega e Hincha.

Capítulo XII
Gobierno de D. Diego Colón
1509. Reemplazo de Ovando. Don Diego Colón casó en España con doña María de
Toledo y Rojas, de la célebre casa de los Duques de Alba y sobrina segunda del Rey Don
Fernando, circunstancias éstas que determinaron el reconocimiento de los derechos que
había heredado y en virtud de los cuales asumió sus calidades de Virrey, Almirante y
Gobernador, sustituyendo a Ovando en 1509.
Le acompañaron en su viaje su linajuda consorte, sus tíos Don Bartolomé y don Diego,
su hermano bastardo don Fernando y muchos caballeros y damas nobles, inaugurando su
gobierno con el mayor esplendor, pero sin que tuviera la suficiente energía para evitar que
continuaran los repartimientos de los indios.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Intrigas de Pasamonte. Apoyado por el Obispo Rodríguez de Fonseca, desarrolló


Pasamonte, toda clase de intrigas contra el Virrey, hasta el punto de acusarlo en la Corte
de que la casa que fabricaba, y cuyas hermosas ruinas son orgullo de la ciudad de Santo
Domingo, era con el propósito de independizarse de la Metrópoli.*
Partidos que se formaron. En razón de la lucha y de las rivalidades existentes se
formaron dos partidos que el vulgo denominó: el de los servidores del Rey, que tenía por jefe
a Pasamonte, y el de los deservidores, que lo integraban los amigos y familiares del segundo
Almirante.
1511. Creación de la Real Audiencia. La lucha de estos dos partidos y las
constantes intrigas que llegaban de la Colonia determinaron al Rey a crear un Tribunal
Supremo, con atribuciones judiciales y administrativas, que disminuyó la autoridad
del Gobernador.
Principales actos del gobierno de don Diego. Despachó una expedición al mando
de Diego de Velázquez para organizar la isla de Cuba; colocó la primera piedra de nuestra
hermosa Catedral, convertida hoy en Basílica; giró una visita al interior de la Colonia y
consintió, como ya hemos dicho, en que continuara el repartimiento de los indios.
1511. Reducción de los obispados. Por disposición pontificia quedaron reducidos en
1511 a dos: el de Santo Domingo y el de La Vega, sufragáneos del de Sevilla. Para el primero
fue designado Fray García de Padilla y para el segundo don Pedro Suárez Deza. Este último
murió en su Sede, mientras García de Padilla falleció sin consagrarse, ocupando su silla
más tarde el patricio romano Fray Alejandro Geraldini.
1514. Muerte de Don Bartolomé Colón. En 1514 murió don Bartolomé Colón y
fue enterrado en una bóveda perteneciente a la familia Garay, en el Convento de San
Francisco.
Fray Bartolomé de Las Casas. Debido a las ardientes y nobles gestiones de Fray
Bartolomé de Las Casas, generoso defensor de la raza indígena, volvió a reiterar el Rey
la orden de introducir esclavos africanos para aliviar la suerte de los nativos que, ya para
aquella época no alcanzaban al número de 60,000, en razón de los abrumadores trabajos
físicos que se les imponían.
La historia tendrá siempre que recordar con respeto al Padre Las Casas, que si incurrió
en el error de recomendar la esclavitud de una raza por salvar otra, llegó a ello poseído
de un verdadero sentimiento cristiano en presencia del cruento martirologio a que vio
sometidos a los aborígenes.
1515. Viaje de Don Diego a la Corte. Con el objeto de desvanecer las imputaciones
de que era víctima, y con permiso del Rey, se embarcó el segundo Almirante, en abril de
1515, para España, dejando encargada del Gobierno de la Colonia a la Real Audiencia. No
regresó tan pronto como lo deseaba porque, cuando ocurrió la muerte de don Fernando el
Católico, aún no había ultimado todos sus asuntos.
1516. Gobierno de los Padres Jerónimos. Al año siguiente llegaron a la Española
los Padres Jerónimos Luis de Figueroa, Bernardino de Manzanedo e Ildefonso de Santo
Domingo, sustituyendo en el Gobierno a la Real Audiencia, que quedó suprimida.
1517. Epidemia de viruela. En el año 1517 hubo en la Colonia una terrible epidemia de
viruela que redujo a la cuarta parte la ya escasísima población indígena.

*La Casa de Colón, reconstruida en 1957, remeda ahora su antiguo esplendor.

216
bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

1520. Llegada del obispo Geraldini. Como anteriormente hemos consignado, Fray
Alejandro Geraldini había sido designado para ocupar el Obispado de Santo Domingo,
vacante por la muerte de Monseñor García de Padilla.
Le cupo a Monseñor Geraldini la gloria de haber impulsado grandemente la construcción
de la Catedral.
Gobierno de Rodrigo de Figueroa. Durante el Gobierno del Licenciado Rodrigo
Figueroa, se dio libertad a los indios; pero esta medida fue rectificada al poco tiempo.
Restablecimiento de la Real Audiencia. En aquellos tiempos de incertidumbres,
las medidas gubernativas no adquirían arraigo, y de ahí que la Real Audiencia fuera
restablecida.
1520. Segunda administración de Don Diego Colón. Una vez que alcanzó la
edad señalada y hubo desaparecido el Cardenal Jiménez de Cisneros, Regente, ocupó
Carlos V el trono, disponiendo casi inmediatamente la restitución de don Diego Colón
en el Gobierno de la Española, con instrucciones de reconciliarse con el Tesorero
Pasamonte, a quien escribió el Monarca en ese sentido, quedando restituido el segundo
Almirante en sus funciones.
1520. Sublevación de Enriquillo. Este cacique, que había sido educado y convertido
a la fe cristiana por religiosos Franciscanos, se levantó en armas a causa de que el español
Valenzuela, a cuyos servicios se encontraba en virtud de los últimos repartimientos, pretendió
ofender a su esposa doña Mencía.
Escogió como campo de acción las abruptas montañas del Baoruco y empleó la táctica
de cambiar incesantemente de lugar y de sólo librar combates en sitios favorables para sus
fuerzas.
Inútiles fueron los esfuerzos de su preceptor, el Padre Remigio, enviado por las
autoridades para persuadirlo a la sumisión, pues parece que el indignado cacique se
convenció de que sólo apoyado en la fuerza lograría respeto para su honra, ya que en vano
había reclamado justicia.
1522. Alzamiento de La Isabela. En un ingenio que fundaba el Segundo Almirante
en La Isabela, inmediaciones de Santo Domingo, se sublevó un grupo de esclavos; pero,
cercados en las proximidades del río Nizao, fueron totalmente exterminados.
Muerte del obispo Geraldini. En 1524 murió en la ciudad de Santo Domingo
el virtuoso Obispo Geraldini, cuyos restos reposan, desde entonces, en nuestra Santa
Iglesia Basílica.
1524. Viaje de Don Diego Colón a España. Forzado por las intrigas de Pasamonte,
emprendió el Gobernador nuevamente viaje a España, dejando al frente del Gobierno de
la Colonia a Fray Luis de Figueroa, quien más tarde fue nombrado Presidente de la Real
Audiencia y Obispo de La Vega, por fallecimiento de Suárez Deza, muriendo antes de
tomar posesión de esas dos altas dignidades.
Gobierno interino de los licenciados Gaspar Espinosa y Alonso Suazo. Con
motivo de la muerte de Fray Luis de Figueroa, asumieron estos dos letrados el Gobierno
de la Isla.
1526. Muerte del Virrey Don Diego Colón. A don Diego, que había merecido muy
buena acogida en España, le sorprendió la muerte en Montalván, sin haber terminado el
arreglo de los asuntos que motivaron su viaje a la Corte, y ¡para coincidencia!, poco más o
menos, en los mismos días, la mano fría de la muerte abatió en la ciudad de Santo Domingo

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a Miguel Pasamonte, fuente de grandes desgracias para la Colonia y para los descendientes
del Descubridor.
Refundición de los dos obispados. El Papa León X refundió, a petición del Rey de España,
en una las dos Diócesis que existían, señalándole como asiento la ciudad de Santo Domingo.

Capítulo XIII
Sucesos importantes
1528. Gobierno de Fuenleal. Nombrado Gobernador de la Colonia y consagrado
Obispo, entendió el Licenciado Sebastián Ramírez de Fuenleal que había que promover
cuanto antes el restablecimiento de la paz, perturbada con el alzamiento de Enriquillo.
Envió sucesivamente a combatirlo a Juan de Badillo, Gobernador de San Juan; al
Capitán Iñigo Ortiz y a Hernando de San Miguel, sin que se lograra otro objeto que dejar
demostrado que nada doma la voluntad y el valor cuando estas cualidades, enardecidas
por la humillación, se abrazan a las extremas decisiones del heroísmo.
Insurrección de Tamayo. Un descendiente de los Ciguayos se levantó en las montañas
de Monte Cristy, y muerto por los españoles en un encuentro, el osado e intrépido indio Tamayo
asumió la dirección de la revuelta y llenó de alarma y consternación aquellas regiones.
Enriquillo lo llamó a su lado.
1533. Tratado de paz con Enriquillo. Convencido a su vez Carlos V de lo difícil
que era someter a Enriquillo por la fuerza y de los grandes perjuicios que ocasionaba a la
Colonia el estado de guerra existente, envió a don Francisco de Barrionuevo para que, de
acuerdo con la Real Audiencia, procediera a la pacificación de la Isla.
Se trasladó Barrionuevo a Baoruco y, ayudado por la influencia que sobre el cacique
ejercían el Padre Las Casas y los religiosos en cuyo convento se educó, logró ponerse en
contacto con aquél y entregarle los documentos que el Rey le dirigía.
Por fin logró Barrionuevo celebrar un tratado de paz con Enriquillo, en cuya virtud se
abolió la esclavitud de los indios, reducidos en ese tiempo al número de 4.000, y luego se
les dio terrenos en Boyá para cultivarlos en provecho propio, bajo la condición de reconocer
y acatar las disposiciones del Rey.
Así descendió de las agrias gargantas del promontorio del Baoruco el héroe de las
altiveces quisqueyanas, para ir a morir junto con su esposa y sus compañeros en aquel
sitio desolado, donde se levantó un templo que aún existe y en el cual están sepultados sus
restos y los de su consorte, doña Mencía.
Boyá es el cementerio de los últimos restos de la extinguida raza indígena.
Allí todo es quietud, y una profunda somnolencia como que invade al turista que,
poblada la mente de los pesarosos recuerdos históricos de esa época, visita el sitio, buscando
las huellas del invencible y último cacique.*

Capítulo XIV
Estado de la isla en 1534
Despoblación. Debido a la casi completa extinción de la raza indígena, cuyos restos
acababan de refugiarse en Boyá, y a las constantes expediciones que habían salido para

*De acuerdo a las autorizadas investigaciones de Fr. Cipriano de Utrera, Enriquillo murió hacia el 27 de septiembre
de 1535, y fue sepultado en la Iglesia de Azua. Véase su estudio Enriquillo y Boyá. S. D., 1946.

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bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

Puerto Rico, Cuba y Costa Firme, la Colonia estaba muy despoblada, sin que de nada valieran
las medidas que se tomaban para impedir las últimas, pues la codicia de que estaban poseídos
los españoles salvaba o burlaba los obstáculos que en este sentido se le opusieran.
Hasta la misma doña María de Toledo pretendió, apoyada en su hijo don Luis, formar
expediciones.
Gobierno del Licenciado Fuenmayor. En este año llegó a la Española, por primera
vez, el Licenciado Alonso de Fuenmayor, con el carácter de Presidente de la Real Audiencia,
y dio principio a la construcción de las murallas de la ciudad de Santo Domingo.
Poco tiempo después fue nombrado Obispo, dignidad eclesiástica que ejerció
simultáneamente con sus otros cargos.
Era Fuenmayor amante del progreso y de gran capacidad.
1540. El Duque de Veragua. Don Luis Colón, nieto del Primer Almirante e hijo del Virrey
don Diego, cedió al Rey de España sus derechos al Virreinato, a cambio de los títulos de Duque
de Veragua y de Marqués de Jamaica, con derecho también a una pensión de mil doblones.
Terminación de la Catedral. En esa época se terminó la construcción de nuestra
hermosa Catedral, cuyos planos se debieron a la competencia del célebre arquitecto Alonso
Rodríguez, quien no concluyó su obra, pues, deslumbrado por las noticias que llegaron de
México, se trasladó a aquellos territorios, donde intervino también en la construcción de la
Catedral de la ciudad Capital del mismo nombre.
La Catedral de México está reputada como el primer edificio de ese género en América
y la nuestra como el segundo.
1544. Traslado de los restos del Primero y Segundo Almirantes. En 1544 trajo de
España doña María de Toledo los restos del Primero y Segundo Almirantes, los que fueron
inhumados en el Presbiterio de la Catedral, del lado del Evangelio. Los de don Diego, en la
bóveda abierta en 1795, y los de don Cristóbal en la que se descubrió más tarde, como veremos
al probar que los restos del Descubridor se encuentran en la ciudad de Santo Domingo.
Reemplazo de Fuenmayor. En el año 1544 fue nombrado Gobernador de la
Colonia por el Rey, el Licenciado Alonso López Cerrato, quien trajo instrucciones de dejar
completamente libres a los indios, medida ésta que benefició al reducidísimo número de
ellos que subsistía.
Durante su Gobierno una bula del Papa Paulo III erigió en Metropolitana nuestra
Catedral, Primada de Indias.
1549. Segunda administración del Licenciado Fuenmayor. Nombrado Arzobispo
y Presidente de la Real Audiencia, volvió Fuenmayor a hacerse cargo del Gobierno de la
Colonia, la que encontró en deplorable estado. Se ocupó en continuar la construcción de las
murallas de la ciudad de Santo Domingo y de iniciar la edificación de la fortaleza de San
Felipe, en Puerto Plata. Fundó, además, el Cabildo Metropolitano.
Poco tiempo después ocurrió su muerte. Sustituyóle como Presidente de la Real
Audiencia el Licenciado Alonso de Maldonado.
1557. Fallecimiento del historiador Fernández de Oviedo. Don Gonzalo
Fernández de Oviedo, Alcaide de la Fortaleza del Homenaje en la ciudad de Santo Domingo
y autor de la Historia de Indias, murió el 26 de julio de 1557. Se dio sepultura al cadáver, con
la mayor solemnidad religiosa, en la Santa Iglesia Catedral.
Instalación de la Universidad Pontificia. El año 1538 quedó señalado por la instalación
de la célebre Universidad de Santo Tomás de Aquino, que tantos frutos dio a la ciencia

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y a la filosofía, conquistando para la ciudad de Santo Domingo el merecido renombre


de Atenas del Nuevo Mundo.
En sus aulas se cursaban: medicina, jurisprudencia, filosofía y teología, y de ella salieron
hombres ilustres como los Cruzado, Bonilla, Valverde, etc., que aumentaron la cultura
intelectual de la Colonia o fueron a llevar sus luces a los territorios descubiertos.
1560. Presidente de la Real Audiencia. Al Licenciado Maldonado lo sustituyó
Cepeda. Se sucedieron después Arias de Herrera, Arias Mejía, F. de Vera, González de
Cuesta, y don Antonio Osorio.
Terremoto. El 2 de diciembre de 1562 conmovió la Isla un terrible terremoto que
destruyó las ciudades de La Vega y Santiago. La primera fue restablecida donde actualmente
se encuentra, a orillas del Camú, y la segunda contigua al río Yaque del Norte, en terrenos de
la Viuda Minaya y desde donde se divisa perfectamente la montaña de Diego de Ocampo.

Capítulo XV
Invasión inglesa
1586. Gobierno de Ovalle. En guerra España, por voluntad de su Rey Felipe II, contra
Francia, Holanda e Inglaterra, sufrió la descuidada Colonia de la Española las consecuencias
de esa actitud, pues la Reina Isabel de Inglaterra entregó el mando de una poderosa escuadra
al Almirante Sir Francisco Drake, para que hostilizara todas las posesiones españolas del
Nuevo Mundo.
El 10 de enero de 1586 se presentó la flota frente a la ciudad de Santo Domingo, con la
consiguiente alarma para sus vecinos.
Se aumentó el pánico con la noticia, que se tuvo horas después, de que una columna
desembarcada en Haina, marchaba rápidamente hacia la ciudad.
La cobarde actitud de Ovalle aterrorizó de tal modo a la población que la mayor parte
de ella huyó hacia el interior y creó el lastimoso cuadro que ofrecieron los ancianos, niños,
mujeres, monjas, frailes y particulares que precipitadamente invadieron los caminos,
cuando con un poco de energía y de valor por parte del Gobernador, que fue de los primeros
en ausentarse para La Isabela, cercanías de Santo Domingo, se hubiera podido defender la
plaza, que, como ya sabemos, tenía murallas casi inaccesibles.
Saqueó Drake la ciudad a su antojo; se llevó algunas riquezas históricas, que hoy
ostenta en sus museos la ciudad de Londres, y, después de haber obtenido como rescate
de la ciudad 25,000 ducados que reunieron en su mayor parte las damas, sacrificando sus
joyas, se marchó dueño de tan rico botín.
Se conserva la tradición de que durante los veinticinco días que Drake estuvo en la
ciudad se alojó en la Capilla de Santa Ana, de nuestra Santa Iglesia Catedral, y que el brazo
que le falta a la estatua yacente del Obispo Bastidas lo hizo desaparecer un golpe brutal que
dio al fúnebre monumento uno de los marinos del rapaz Almirante inglés.
1588. Muerte de Ovalle. Poco tiempo después murió Ovalle, a quien sustituyó
Lope Vega Portocarrero, durante cuya administración se aumentó considerablemente el
contrabando que mantenían los pueblos de la parte Norte de la Isla con los holandeses. Le
sustituyó Diego de Osorio.
1605. Destrucción de las poblaciones del norte. Durante el gobierno de Antonio
de Osorio, que sustituyó a Diego de Osorio, reinando Felipe III, y por orden de este
Monarca, se consumó el crimen de destruir las poblaciones de Monte Cristy, Puerto Plata,

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bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

Bayajá y Yaguana, en interés de impedir el contrabando que sus moradores sostenían,


como ya hemos dicho, con los holandeses. “Con los habitantes de las dos primeras se
fundó a Monte Plata y con los de las dos últimas a Bayaguana”.
Tal vez a la concentración de animales que con tal motivo tuvieron que hacer sus
dueños, se deba que estos dos sitios se distinguieran después en la crianza.
Refiriéndose don Emiliano Tejera a esa medida, exclama: “¡Cuánto no sería
el sufrimiento de los ancianos, de los niños y de los enfermos de todas clases en ese
transporte violento y lejano! Sin temor de equivocación, puede asegurarse que la cuarta
parte de los animales poseídos antes de la tiránica medida pudo llegar a los sitios a que
se les conducía…”.

Capítulo XVI
Decadencia de la Colonia y Sucesos
más importantes de esa época
1623. Los bucaneros. Habíanse sucedido en el Gobierno de la Isla, Diego Gómez
Sandoval y Diego de Acuña, sin que perturbara la paz de la Colonia acontecimiento
alguno de importancia, cuando varios aventureros procedentes de la isla de San
Cristóbal se refugiaron en la isla Tortuga, desde donde se introducían en la parte
occidental de la Española a robar ganado, cuya carne preparaban ahumada (bucán),
por lo que se les denominó bucaneros.
1627. Otros aventureros. Franceses, ingleses y holandeses.– Se dedicaban a perseguir
a los galeones españoles, y recibieron el nombre de filibusteros.
1638. Se comunicó esta grave noticia a la Corte, la que envió una escuadra que no
sólo destruyó la especie de Colonia que ellos habían fundado, sino que los extinguió casi
completamente, para volver luego a reaparecer comandados por un inglés de nombre Willis
de innegable valor y gran prudencia.
No fueron afortunados los esfuerzos que en el sentido de desalojar a los bucaneros
hicieron en sus respectivos Gobiernos don Juan Bitrian de Biamonte (1636), don Nicolás
Velasco Altamirano (1645) y don Gabriel Chávez de Osorio (1627), Caballero este último
de la Religión de San Juan, a quien cupo la gloria de construir el Castillo de San Jerónimo,
que existió hasta 1937 y que jugó un papel importante, como veremos más adelante, en la
defensa de la ciudad de Santo Domingo cuando la segunda invasión inglesa.
1655. Gobierno del Conde de Peñalva. Sucedió en el Gobierno de la Colonia a
Chávez de Osorio don Bernardino de Meneses y Bracamonte, Conde de Peñalva, a quien
parece que le estaba reservada la satisfacción, no solamente de vencer a los bucaneros, como
lo hizo, enviando al General Gabriel de Rojas a desalojar a los aventureros, lo que obtuvo
obligándolos a capitular, sino que también a borrar la huella vergonzosa que dejó en nuestra
historia la huida de Ovalle cuando la invasión de Drake.
Invasión de Penn y Venables. En razón del estado de guerra que existía entre
Inglaterra y España, envió el Dictador Oliverio Cromwell una escuadra a las órdenes del
Almirante Penn, que trajo 9,000 hombres capitaneados por el General Venables, con el
objeto, parece, de repetir los vandálicos actos de Drake en la Isla.
El 23 de abril de 1655 desembarcó Venables sus fuerzas por Haina y Najayo, las que
fueron batidas por los Capitanes de milicias Damián del Castillo y Juan de Morfa, que le
salieron al encuentro.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

Sirvió el Castillo de San Jerónimo como punto de apoyo para contener las fuerzas que,
bajo las órdenes del Coronel inglés Buller, desembarcaron en Haina y venían a marcha
forzada sobre la ciudad Capital.
En conmemoración de la victoria obtenida, abrió el conde de Peñalva, en el bastión de
San Genaro, la Puerta que luego se llamó del Conde, donde más tarde, el 27 de febrero de
1844, se dio el grito de independencia.
Gobernaron después la Colonia don Felipe de Zúñiga y Avellaneda y Balboa de
Mogrovejo.
1659. Gobierno de Mogrovejo. Durante el Gobierno de don Juan Balboa y Mogrovejo
murió Felipe IV, sucediéndole Carlos II, que tuvo como regente a Doña María de Austria.
Se señala la administración de Mogrovejo como azarosa para la Colonia por haber
aparecido durante ella las epidemias de viruela y sarampión.
1661. A Mogrovejo le sucedió el Oidor don Pedro Carvajal y Cobos.

Capítulo XVII
Se acentúa la división de la isla en dos colonias
Reconocimiento del gobierno francés. Los aventureros que desde hacía años se
habían apoderado de algunos puntos de la parte occidental de la Española y que tenían su
principal asiento en la isla Tortuga, constituyeron por aquel entonces un núcleo considerable
en Port Margot, en la costa Noroeste, obteniendo el reconocimiento por el Gobierno francés
de Bertrand D’Ogeron como Gobernador, quien invadió en 1673 la parte Este de la Isla y fue
rechazado por las medidas que con tal objeto tomó enérgicamente el entonces Gobernador
don Ignacio Zayas Bazán.
Un tanto repuesto de su fracaso, y en miras de adueñarse, como siempre lo había
soñado, de toda la Isla, organizó D’Ogeron una expedición de 500 hombres al mando del
Capitán filibustero Delisle, que desembarcó inesperadamente por Puerto Plata y se apoderó
de Santiago, cuyos moradores huyeron hacia La Vega y sus campos, lo que permitió al
aventurero saquear la ciudad y exigir un rescate, que le fue pagado, de 25,000 pesos,
reembarcándose por el mismo puerto de entrada.
1675. Viaje de D’Ogeron a Francia. El triunfo que había obtenido aumentó en
D’Ogeron su intento de adueñarse de toda la Isla y con tal objeto hizo un viaje a Francia
para pedir a la Corte recursos y apoyo con que realizar su conquista, propósito que no
mereció buena acogida.
A su muerte le sucedió como Gobernador de la nueva Colonia su sobrino Poinci.
1677. Sucesor de Zayas Bazán. A la muerte de Zayas Bazán ocupó su vacante Padilla
Guardiola, y a éste le sucedió don Francisco Segura Sandoval y Castilla.
1679. Límites provisionales. La paz de Nimega, entre Francia y España, originó,
como era natural, una pequeña tregua entre las dos Colonias, lo que permitió a sus
Gobernadores, que lo eran: de la parte española Segura y de la parte francesa Mr. Poinci, el
establecimiento de límites provisionales, señalando para ello la línea natural que demarca
el río Rebouc.
Más adelante, y en capítulo especial, dejaremos perfectamente establecida la cuestión
de límites que, desde las épocas coloniales, ha sido objeto de torcidas interpretaciones de
parte de los franceses y más tarde de los haitianos, que, junto con nosotros, se dividen la
soberanía de la Isla.

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Capítulo XVIII
Período de las invasiones francesas
1684. Gobierno de Robles. Coincidió que al asumir el Gobierno de la Colonia don
Andrés Robles había ordenado el Gobierno francés a su representante o Gobernador de la
parte occidental de la Isla, Mr. De Cussy, el que se apoderara de nuestro territorio.
Invasión de Mr. De Cussy. Cumplió, pues, Mr. De Cussy las órdenes que había recibido,
aguijoneado en gran parte por el ofrecimiento que se le hizo de conferirle el mando de toda
la Isla, invadiendo por la parte Norte.
1689. Llegó a Santiago de los Caballeros con sus huestes y tomó como pretexto la
alarmante mortalidad de sus tropas, que fingió interpretar como causa de envenenamientos,
para incendiar la abandonada ciudad, no sin cometer antes de su retirada, que fue penosa
por las emboscadas de los españoles, toda clase de excesos.
1691. Batalla de Sabana Real o de La Limonade. En vista de los anteriores
acontecimientos y como justa represalia de esas invasiones, ordenó el Rey de España a su
Gobernador en ésta, que lo era a la sazón don Ignacio Pérez Caro, el castigar esos desmanes, y,
al efecto, se alistaron fuerzas que, aumentadas con los contingentes que vinieron de México, se
pusieron bajo las órdenes del ex Gobernador Sandoval y Castilla, quien libró el 21 de enero la
célebre batalla de La Limonade, en que salieron completa y resonantemente victoriosas las tropas
españolas. Se calcularon las pérdidas de los franceses en más de 500 soldados, y ello sin contar
con que en la acción, perecieron Mr. De Cussy y el Oficial de alta graduación Franquesnay.
Contribuyó al espléndido triunfo alcanzado el Capitán santiagués don Antonio Miniel,
quien con 300 lanceros que tenía ocultos en los crecidos y secos pajonales de la sabana, cayó
de improviso sobre el ejército contrario y le produjo el mayor espanto y confusión.
En venganza del saqueo e incendio de Santiago, los españoles pasaron a cuchillo todos
los prisioneros, incendiaron poblaciones y se entregaron a toda clase de tropelías. Tan sólo
respetaron en la matanza a las mujeres y a los niños.
Tuvo el propósito Mr. Ducasse, sucesor de Mr. De Cussy en el Gobierno de la parte
francesa, de organizar una nueva invasión; pero no sabemos por qué razón desistió de
ello. Fracasado su intento, enderezó entonces sus corruptores y rapaces propósitos hacia
Jamaica, que estaba abandonada y donde causó grandes males.
De acuerdo, españoles e ingleses, invadieron con fuerzas de mar y tierra las posesiones
francesas en 1695, destruyendo muchas poblaciones y haciendo innumerables prisioneros.

Capítulo XIX
Consecuencias del Tratado de Ryswick
Gobernadores que se sucedieron. Después de mutilada la extensión territorial de
la Colonia, se sucedieron en el Gobierno de ella Don Gil Correoso Catalán, don Severino de
Manzaneda, don Ignacio Pérez Caro (segunda vez), don Sebastián Cerezeda y Girón, don
Guillermo Morfi y don Pedro de Niela y Torres.
Nada interrumpió en esos tiempos la paz entre las dos Colonias hasta 1714.
1697. Tratado de Ryswick. El Tratado de Ryswick, celebrado entre España, Holanda,
Alemania y Francia, que en nada menciona a Santo Domingo, fue tendenciosamente
interpretado por los ocupantes de la parte occidental de la Isla, en el sentido de que
autorizaba la cesión, en favor de Francia, de la citada porción de la Colonia, que de hecho

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y desde hacía muchos años ocupaban los franceses, con lo cual quedó consumada la
mutilación del territorio, cuya defensa había costado tanta sangre a la Metrópoli y a sus
súbditos de Santo Domingo.
Traidora maquinación del gobernador de la colonia francesa. En ese
mismo año de 1714, Mr. Charles Blenac, Gobernador de la Colonia Francesa, encargó al
Teniente del Rey Chanté la conquista de la parte española, quien al efecto y bajo el pretexto
de una visita oficial, llegó a la ciudad de Santo Domingo y se instaló como huésped en la
casa morada del Gobernador don Pedro de Niela y Torres.
1714. Consistía el plan del audaz y pérfido Charité en apoderarse de la ciudad Capital,
apoyado en unas balandras en que llegaron tropas francesas disfrazadas y una de las cuales,
forzada por los vientos, tuvo que anclar al lado de la Fortaleza. Cometió uno de los tripulantes
de ella la indiscreción de preguntar al centinela de tierra si ya gobernaba Mr. Charité.
Esta noticia produjo en el vecindario la consiguiente y natural alarma, y un grupo
de doscientos de sus moradores sacó de la casa del gobernador a Charité y lo obligó a
reembarcarse con todo su séquito, con lo cual quedaron frustrados sus intentos de
conquista.
1715. Gobiernos de Landeche, Constanzo, Rocha y Mazo. Fracasado el plan de
Charité, se sucedieron en el mando de la Colonia los Gobernadores don Antonio Landeche,
don Fernando Constanzo Ramírez, don Francisco Rocha Ferrer y don Alfonso Castro y
Mazo, no sin que dejara de subsistir en las fronteras un sordo malestar que al través de los
siglos perdura y que produjo aprestos bélicos en 1731, quedando desde entonces señalado
como límite de la parte Norte entre los dos países el río Massacre.
1734. Consagración del Templo de Las Mercedes. En 1734 el Arzobispo Juan de
Galavis consagró solemnemente en la ciudad de Santo Domingo el Templo de Nuestra
Señora de Las Mercedes, Patrona de la República.
1741. Gobierno de Zorrilla de San Martín. En 1741 se hizo cargo del Gobierno de la
Colonia don Pedro Zorrilla de San Martín, Marqués de la Gándara Real, en medio del más
lamentable estado de decadencia y despoblación para la parte española.
A juzgar por el Padre Valverde, la población había decrecido hasta llegar a un número
no mayor de 6,000 y se encontraban arruinadas y empobrecidas todas las ciudades.
Los corsarios. La guerra que estalló entre Inglaterra y España ofreció a los marinos
dominicanos la oportunidad de dedicarse al corso, en el cual obtuvieron grandes éxitos,
poblado como estaba el mar Caribe por buques ingleses que realizaban iguales correrías.
1748. Medidas de gran trascendencia para la colonia. No desaprovechó el
Gobernador Zorrilla de San Martín su tiempo, y se ocupó en la mejor organización de los
servicios públicos. Propendió al desarrollo del progreso, lo que, unido a la apertura de los
puertos de la Colonia al Comercio de las naciones neutrales, vigorizó la situación y encauzó
una inmigración provechosa.
Monumento conmemorativo. Como homenaje a la memoria del Gobernador
Zorrilla, existió en la cuesta del río, ciudad de Santo Domingo, cerca de la Puerta de San
Diego, una sencilla columna que fue destruida torpemente y que pregonaba la gratitud de
aquellos tiempos para quien fue ejemplo de mandatarios.
1750. Gobierno de don Juan José Colomo. Sucedió a Zorrilla de San Martín el
Brigadier don Juan José Colomo, quien murió en Santo Domingo y fue sepultado en la
Iglesia de San Francisco y a quien sucedió en el mando don José Zunnier de Bateros.

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1751. Terremoto. Gobernando don Francisco de Rubio y Peñaranda, se sintió en toda


la Isla, el 18 de octubre de 1751, un fuerte terremoto que destruyó la ciudad del Seybo e hizo
padecer la seguridad de muchos de los principales edificios públicos de la Colonia, que a
poco fueron reparados.
La ciudad del Seybo comenzó a reconstruirse en el lugar donde actualmente se encuentra
y alrededor “de una ermita donde iban los hateros a oír misa los domingos”.
1756. Días de prosperidad para la colonia. El Gobernador Rubio y Peñaranda
dictó medidas importantes que levantaron un poco la prosperidad de la Colonia, y deben
citarse entre otras; el fomento de la inmigración; el laboreo de las minas de Santa Rosa, en
jurisdicción de Santo Domingo; el impulso que dio a Monte Cristy, pues obtuvo que el Rey
lo declarara puerto neutral por diez años, y la repoblación de Puerto Plata con familias
canarias. Dejó, además, como recuerdo de sus gestiones, el magnífico Cuadrante Solar que
aún existe intacto frente al antiguo Palacio de Gobierno en la Ciudad Capital.

Capítulo XX
Continua la prosperidad de la colonia
1759. Gobierno de Azlor. En 1759 reemplazó al Brigadier Rubio y Peñaranda el
Mariscal de Campo don Manuel Azor y Urries, hombre de no escasas energías.
1762. Nueva guerra entre España e Inglaterra. Como consecuencia de la guerra que
declaró España a Inglaterra, los marinos de Santo Domingo se dedicaron nuevamente al corso.
Derivó de ello gran provecho la Colonia, puesto que se apresaron más de 60 embarcaciones
que se vendieron con sus cargamentos a precios muy reducidos, lo que despertó una corriente
de inmigración que aumentó el volumen del comercio y de la población.
1764. Fundación de varias poblaciones importantes. Durante el Gobierno de Azlor
se fundaron las poblaciones de San Miguel de la Atalaya y Baní, esta última en terrenos que
se compraron a los moradores de Cerro Gordo, el 3 de marzo de 1764.
Expulsión de los jesuitas. Carlos III ordenó la expulsión de los Padres Jesuitas de
todos sus reinos y Colonias, y, como consecuencia de ello, fueron arrojados de aquí.
1771. Reducción del derecho de asilo. Durante el Gobierno de don José Solano
y Bote, que fue quien sustituyó al Mariscal Azlor, se redujo el derecho de asilo de que
disfrutaban las iglesias para amparar a los delincuentes y se designó solamente la de San
Nicolás para la ciudad de Santo Domingo.
Consistía el derecho de asilo en que los delincuentes, al abrazarse a una cruz, o agarrarse de
una argolla, en otros casos, que existían en las puertas de las iglesias investidas de ese privilegio,
obtenían amparo que los libraba de malos tratamientos al ser entregados a la justicia.
Fundación de san Francisco de Macorís y Dajabón. Por estos años se fundaron
las poblaciones de S. Francisco de Macorís y Dajabón.
1776. Origen del Tratado de Aranjuez. En 1776 convinieron el Brigadier Solano y el
señor Víctor Teresa Charpentier, Gobernador de las islas francesas de Barlovento, la descripción
de los límites de las dos Colonias y firmaron las estipulaciones que concertaron en San Miguel
de la Atalaya, para confiar luego la ejecución de ellas a don Joaquín García, en representación
de España, y al Brigadier don Jacinto Luis, en la de Francia, quienes suscribieron el texto en
los dos idiomas de esa Convención en el Guarico, el 28 de agosto del mismo año.
El 3 de junio de 1777 fue ratificado en Aranjuez, entre los Plenipotenciarios de Francia
y España, este Tratado, que en original existió hasta hace poco en el Archivo General de

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la Nación. Es bueno consignar aquí que el Tratado de Aranjuez constituye para la actual
República Dominicana la fuente jurídica de sus derechos en la debatida cuestión de límites,
por más que los haitianos, sucesores de los colonos franceses en el disfrute de la posesión
de la parte occidental de esta isla y de sus tendencias de absorción, no solamente no lo
hayan respetado, sino que han llevado sus demasías hasta el punto de no querer aceptar la
obra rectificadora de nuestras armas cuando las campañas de la Independencia.
Este problema de la frontera ha ocupado y preocupado, como es natural, a nuestros
estadistas y diplomáticos y no ha podido solucionarse todavía, debido a las tortuosidades
de la diplomacia haitiana, pues cada vez que la República Dominicana, que jamás ha sido
detentadora, ha querido ir al fondo de la cuestión, ha pretendido Haití resolverla con
interpretaciones de artículos de tratados que conoceremos más adelante.
Nosotros creemos un gran deber patriótico el afirmar que el Gobierno Dominicano que
deje resuelto este punto conquistará la verdadera gratitud del sentimiento nacional, que
en más de una ocasión se ha puesto de pie para obtener el reconocimiento del derecho que
tiene a los territorios indebidamente ocupados por los haitianos y que nosotros heredamos
legítimamente de España.
1778. Prosperidad de la colonia. Durante el Gobierno de don Isidoro Peralta y Rojas,
que fue quien sucedió a Solano, la Colonia prosperó sensiblemente, y, como testimonio de ello,
ofrecemos el dato de que para 1785 ya se calculaba la población de ella en 152,640 habitantes.
Fundación de Los Llanos y Las Matas de Farfán. En esos tiempos quedaron
fundadas las poblaciones de Los Llanos y Las Matas de Farfán y tomó incremento Los
Minas, fundado en la margen oriental del río Ozama por negros de la parte occidental.
1787. Gobierno de Don Manuel González de Torres. A la muerte de Peralta le
sucedió interinamente en el Gobierno don Joaquín García, reemplazado a poco por el
Brigadier don Manuel González de Torres, quien edificó en 1787 la magnífica portada de la
Fortaleza de Santo Domingo.
1789. Gobierno de García. (Segunda vez). Ocupó de nuevo el Gobierno de la
Colonia, por muerte de González de Torres, don Joaquín García, a quien no sabemos si las
circunstancias o sus escasas dotes de inteligencia lo presentan con aspecto poco simpático
ante el juicio de la posteridad.
Conmoción en la parte francesa. La agitación que conmovía a la Metrópoli, donde
en 1789 se habían proclamado los derechos del hombre, estampando la consignación: “Los
hombres nacen libres e iguales en derecho, y las distinciones sociales no pueden fundarse sino
en motivos de pública utilidad”, alentaron la tendencia antiesclavista de los negros de la parte
occidental que, encabezados por Vicente Ogé, intentaron la ejecución del precepto enunciado.
Atacados por las autoridades coloniales, traspasaron, en busca de refugio, la frontera,
donde fueron arrestados y conducidos a la cárcel de Santo Domingo.
Entrega de Ogé y sus compañeros. Las autoridades coloniales francesas se dirigieron
al Gobernador García para exigirle la entrega de los prisioneros y, no obstante la opinión
digna y decorosa de don Vicente Antonio Faura, que asesoraba al Gobernador García, éste
los entregó, dejando una mancha para su nombre.
1790. Tan escandaloso atentado al derecho de asilo y a los más elementales sentimientos
de humanidad encrespó la opinión pública de tal modo que el anodino Gobernador García
hizo jurar al Comisionado francés Mr. Ligneries, en la Catedral, que se respetaría la vida de
los prisioneros entregados, no obstante lo cual fueron ejecutados en Cabo Haitiano.

226
bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

La crueldad de este procedimiento y la declaración hecha en una asamblea de


blancos, reunida en San Marcos, de que preferían morir antes que compartir sus derechos
con los negros, a los que consideraban como una raza bastarda, degenerada y estúpida,
determinaron los levantamientos de Biassou y Jean Francois, quienes, dada la inferioridad
del número de los blancos, casi los exterminaron en toda la parte Norte de Haití.

Capítulo XXI
Acontecimientos que anteceden a la desaparición
de la colonia española
Medida del gobernador García. Comoquiera que los negros sublevados en la
parte francesa cometían toda clase de depredaciones, la opinión pública de la Colonia
española estaba en expectativa y alarmada, y obligó al Gobernador García a que cubriera
las fronteras, no sólo para evitar el contagio, sino también para garantizar la neutralidad.
1793. Guerra entre la República Francesa y España. Con motivo de la decapitación
de Luis XVI, guillotinado en París el 21 de enero del 1793, estalló una guerra entre
la naciente República Francesa y la Monarquía Española, que cambió el aspecto de los
acontecimientos que se verificaban en la Colonia francesa, pues Toussaint, Biassou y Jean
Francois, a quienes deslumbraba más el esplendor de la Monarquía que la austeridad de la
República, se pusieron al servicio del Rey de España, que les concedió altas graduaciones
en sus ejércitos.
Invasión a la parte francesa. Envalentonados los españoles con el concurso que
les ofrecían esos Jefes negros, traspasaron la frontera y, con ellos siempre a vanguardia,
lograron enarbolar el pabellón español en muchos puntos de Haití, mientras los ingleses,
que también habían invadido aquel territorio, hostilizaban a los republicanos franceses.
1794. Reveses de las armas españolas. El Gobernador francés Lerveaux sonsacó
a Toussaint Louverture con el nombramiento de General, y el 4 de mayo de 1794 este
prestigioso Jefe de los negros realizó su defección; obtuvo más tarde el nombramiento de
General en Jefe de los Ejércitos; venció después a las fuerzas españolas; desmoralizó a sus
antiguos compañeros Biassou y Jean Francois; puso en jaque a los ingleses y se apoderó de
varias de las poblaciones españolas.
1795. Tratado de Basilea. El Tratado de Paz celebrado en Basilea el 22 de julio de 1795,
entre España y Francia, consumó el imperdonable error de que la Madre Patria hizo víctima a
su primera Colonia en América, al traspasar completamente a Francia el dominio de la Isla.
Este error, que constituyó un sacrificio inmerecido para los habitantes de la parte
española, no puede merecer, no obstante nuestro amor a España, una sola atenuación
que disminuya el íntimo dolor que produjo ese hecho cruel que, al través de los siglos,
anatematiza la conciencia.
Entrega de la colonia a los franceses. Establecía el Tratado de Basilea que un
mes después de publicadas sus estipulaciones se efectuaría el traspaso de la Colonia y, para
cumplir su fiel ejecución, envió la Madre Patria una escuadra bajo el mando del Teniente
General don Gabriel de Aristizabal.
Origen de la controversia acerca de los restos de Colón. En virtud de
instrucciones del Duque de Veragua, descendiente de Colón, se resolvió trasladar las
cenizas del Primer Almirante a La Habana, como para salvarlas de que asistieran a la
desnacionalización de la Colonia.

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

1795. En presencia del Arzobispo don Fernando Portillo y Torres y de todas las
autoridades, se procedió el día 20 de diciembre de 1795, a la exhumación de tan venerables
reliquias, según consta en acta levantada por el Notario don José Francisco Hidalgo, que
dice: “Se abrió una bóveda que está sobre el presbiterio, al lado del Evangelio (que es el
derecho), pared principal y peana del altar mayor, que tiene una vara cúbica, y en ella
se encontraron unas planchas, como de tercia de largo, de plomo, indicante de haber
habido caja de dicho metal y pedazos de huesos como canillas u otras partes de algún
difunto; y recogido en una salvilla que se llenó de la tierra, que por los fragmentos que
contenía de algunos de ellos pequeños y su color se conocía eran pertenecientes a aquel
cadáver”.
Es cosa clara que los restos que se exhumaron aquel día fueron los de don Diego, y no
los del Almirante, puesto que ya hemos visto que en 1541, cuando doña María de Toledo
trajo de España los restos de ambos, los de don Diego se sepultaron “en el presbiterio de
la Catedral, del lado del Evangelio”, en virtud de la orden del Rey, dictada anteriormente,
para que se hiciera entrega a don Luis Colón, de la Capilla Mayor de la Catedral, “para que
sirviera de sepultura a los restos del Primer Almirante y sus familiares”, y acabamos de
ver que el Notario Hidalgo en su acta habla de restos extraídos del lado del Evangelio.
Este error se aclaró cuando el 10 de septiembre de 1877, y con motivo de las reparaciones
que hacía en la Catedral el virtuoso Canónigo don Francisco Xavier Billini, se encontraron
los verdaderos despojos mortales de Colón, con lo cual quedó evidenciado que los restos
de algún difunto, llevados a La Habana, fueron los de don Diego.
El hallazgo providencial de los restos de don Cristóbal Colón suscitó una controversia
histórica entre la Real Academia de Historia de España, López Prieto y Colmeiro, que
calificaron de superchería el hecho, tal vez movidos por un orgullo patriótico exagerado,
y Monseñor Roque Cocchía, don Emiliano Tejera, el Dr. Santiago Ponce de León, don
César Nicolás Penson, el Dr. Alejandro Llenas y el Cónsul de España, don José Manuel
Echeverri, quien cayó en desgracia porque sostuvo la autenticidad del hallazgo. A esta hora
sólo la España oficial niega que las cenizas del Primer Almirante reposan para siempre,
cumpliéndose sus últimas voluntades, en la amada tierra que fue testigo de sus grandes
triunfos y de sus inmensos dolores.
El monumento que actualmente los atesora tal vez sea el mejor augurio del edificio a
que serán trasladadas esas reliquias venerandas, cuando los pueblos todos del Hemisferio
Colombino, poseídos de noble gratitud, lo erijan en la Plaza Colombina de la ciudad de
Santo Domingo, cerca de ese mar a quien arrancó sus secretos con prodigios de audacia y
con los destellos de su genio.

Capítulo XXII
Período colonial francés e invasión de Toussaint
Comisarios franceses. Al marcharse el Brigadier Aristizabal para La Habana,
llevándose los que se creyeron restos de Colón, y los empleados y personas que emigraron
con motivo del nuevo orden de cosas, envió el Gobierno francés al General Hedouville.
Llegó más tarde el Comisario Civil Roume, a quien instó el Gobernador García para que se
hiciera cargo del mando, cosa que no aceptó, pues carecía de tropas y temía, con razón, que
Toussaint, cuya aparente sumisión buscaba pretexto de disgusto, se rebelara y adueñara de
toda la Isla.

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bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

Se entiende Toussaint con los ingleses. Los ingleses, que habían reforzado sus
contingentes militares en la parte occidental, diezmados por las enfermedades, celebraron
al fin un pacto con el Caudillo Negro en que reconocieron la independencia de la Isla, la que
abandonaron poco tiempo después.
Tan pronto como esto ocurrió, Toussaint exigió del Comisario Roume que ordenara al
Gobernador García la entrega de la parte española a dos de sus Tenientes, los Generales
haitianos Agé y Chanlate.
Antes de dar la orden, obtuvo Roume la seguridad de parte de García de que no la
cumpliría, pues esperaba tropas europeas, y cuando llegó Agé a recibir la plaza del
Gobernador, García se negó a entregársela.
Se escoltó al General Agé hasta la frontera con el objeto de evitar que fuera víctima de
un atropello.
Al darse Toussaint cuenta del engaño, redujo a prisión a Roume y lo expulsó. Dejó,
pues, en claro sus intenciones y rompió con el Gobierno francés.
1800. Invasión de Toussaint. Desembarazado ya Toussaint de todo lo que podía
constituir para él un compromiso moral o material con Francia, y con el apoyo de los ingleses,
exigió del Gobernador García, hombre nacido, según parece, para sustanciar o presenciar
hechos políticos degradantes o desagradables, la entrega de la antigua Colonia, y a la cabeza
de numerosas huestes invadió por las fronteras del Sur, mientras otro cuerpo de ejército, bajo
las órdenes del General Moise, su sobrino, pasó la frontera Noroeste y ocupó el Cibao.
Resistencia. Inútil fue la resistencia que a las fuerzas invasoras se opusiera en Mao y
Guayubín, y de nada sirvió la bravura de don Juan Barón detrás de las trincheras de Ñaga,
en el Sur, pues la ola arrolladora y salvaje de Occidente, después de cubrir de sangre esos
sitios, constriñó al Gobernador García a entregar la Capital, de la cual emigraron cuantas
personas pudientes eran españolas o simpatizaban con la causa de la Madre Patria.
Se ha dicho que al entrar a la ciudad Capital tuvo Toussaint el propósito de pasar a
cuchillo a sus moradores; pero nos parece incierta esta versión, pues cuando doña Dominga
Núñez, en la reunión de vecinos que provocó el Caudillo y a la cual asistió toda la población
sobrecogida de espanto, en el Parque Colón, le increpó y llamó atrevido por haberle tocado
el hombro con el bastón, tuvo ocasión para desahogar su cólera contra ella y tal vez para
iniciar la matanza que el terror sospechaba que tenía la intención de realizar, de acuerdo
con la fama de sanguinario que le precedía.
1801. Constitución. Después de haber nombrado a su hermano Paul Louverture
Gobernador de Santo Domingo, regresó a Haití, donde se proclamó Jefe Supremo de la Isla
e hizo decretar una Constitución que la declaró “una e indivisible”. Revistió Toussaint su
promulgación de la simbólica formalidad de plantar en cada parque público una palma con
el gorro frigio, emblema de la Libertad.
1802. Llegada del ejército francés. La paz concertada en Amiens (Francia) permitió
al Cónsul Bonaparte enviar a fines de 1801 una escuadra y 16,000 hombres para que tomaran
posesión de la Isla.
Comandaba en Jefe esas fuerzas el General Leclerc, “a quien acompañaban su esposa,
la bella Paulina Bonaparte, Jerónimo Bonaparte y dos hijos de Toussaint que se educaban
en Francia”.
En Samaná, punto de arribo de los 80 navíos franceses, se dividieron las fuerzas en dos:
las que iban a operar en la parte española, al mando de Ferrand y Kerverseau, y las que

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iban a someter a Toussaint en la parte occidental, mandadas por Leclerc, quien tenía bajo
sus órdenes a los Generales Rochambeau, Boudet y Hardy.
Ocupación de la parte del este (Santo Domingo). No ofreció casi resistencia a las
armas francesas la antigua Colonia española, a excepción de la ciudad de Santo Domingo, en
que el Gobernador Paul Louverture y el Comandante de Armas se negaron a la entrega de la
plaza; pero para lograrlo contaron con el apoyo de los dominicanos, que lógicamente prefirieron
ser subordinados de los franceses antes de continuar dominados por los haitianos.
Fuerte de San Gil. Los dominicanos, al mando del intrépido Juan Barón, atacaron el
Fuerte de San Gil tomándolo después de un reñido combate, con el objeto de facilitar por
allí el desembarco de las fuerzas de Kerverseau, mediante señales convenidas que debían
hacerle a la flota con fanales rojos; pero el estado rugiente del mar durante esa noche
impidió que se realizara tan audaz operación.
A la mañana siguiente, atacados don Juan Barón y los suyos por fuerzas haitianas
superiores, tuvieron que abandonar la ciudad, para darse el bravo Coronel inmediatamente
a la tarea de reunir nuevos contingentes del Sur y del Este que, auxiliados por las fuerzas
francesas pusieron sitio bajo su mando a la ciudad y la rindieron, no sin antes haber
experimentado los vecinos de ella y los de la villa de San Carlos grandes atropellos y
vejámenes de parte de los haitianos.
Acontecimientos en la parte occidental. En tanto que estos acontecimientos
se desarrollaban en nuestro territorio, los que tuvieron lugar en Haití revistieron un
carácter más grave y más sangriento, pues Toussaint, Dessalines y otros resistieron tenaz
y heroicamente, librando combates gloriosos para sus armas, hasta reducir a cenizas la
ciudad de Cabo Haitiano, para después de tan denodados empeños verse obligados a la
sumisión.
Captura de Toussaint. Luego de haberse sometido, la perfidia ahogó entre sus brazos
a aquel hombre formidable que soñó con la grandeza de su patria y que tantas veces llenó
de espanto a sus contrarios en los campos de batalla.
Invitado a visitar las naves francesas, se trasladó a una de ellas, y mientras se le rendían
los honores de su rango, fue reducido a prisión encadenado, conducido a Francia e internado
en el Castillo de Joux, donde murió aterido por el frío y careciente de alimentos, en 1803.
Terrible mancha en la historia de Bonaparte, que más tarde tuvo imitadores en los
ingleses que le llevaron a él, destronado y taciturno, a la isla de Santa Elena a terminar
obscuramente aquella vida que se había deslizado entre el fragor de las batallas y las
magnificencias de un trono que deslumbró al mundo.
Perfiles biográficos de Toussaint. Amó a su patria. La soñó grande, y para realizar
su designio de hacer a Haití libre e independiente y “única e indivisible” en el dominio de
la Isla, mató blancos, venció a sus compañeros, sirvió a España y luego le dio la espalda,
desconoció a Francia, batió a los ingleses y más tarde se apoyó en ellos, invadió la Española
y combatió por último a Bonaparte a quien en una ocasión le escribió: “Al primero de los
blancos, del primero de los negros…”.
Si para nosotros, es decir, frente a nuestras glorias, nada dice la evocación del recuerdo
del Caudillo Negro, no es menos cierto que de un modo general estamos obligados a
ver en la figura de ese hombre extraordinario a un libertador de su raza y de su pueblo,
o bien, adscribiéndonos al criterio del señor Hostos, al organizador y preparador de la
independencia de Haití.

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bernardo pichardo  |  resumen de historia patria

Capítulo XXIII
Continuación del período colonial francés
Gobierno de Kerverseau. Ocupada la ciudad Capital de la parte española y
gobernados los Departamentos del Cibao por el General Ferrand, quedaron cumplidas de
hecho las estipulaciones del Tratado de Basilea, y se trasladaron las tropas haitianas y sus
Jefes a la parte occidental.
Alzamiento de esclavos. A raíz del abandono de nuestro territorio por las tropas
haitianas, un grupo de esclavos, que tal vez temieron que el alejamiento de las huestes
negras les anunciara nuevos malos tratamientos para los de su raza, se sublevaron; pero
fueron inmediatamente sometidos por el bizarro don Juan Barón, heredero del valor
legendario de la raza castellana que, al través de los tiempos y de cruentas vicisitudes,
conservamos con orgullo sus descendientes, nosotros los dominicanos.
Asesinato del batallón Cantabria. Enterado Toussaint, ya en los últimos días de
su omnipotencia, de la ayuda prestada por los dominicanos a la ocupación francesa en
interés de sacudir el humillante yugo de los haitianos, hizo asesinar el batallón Cantabria,
compuesto de dominicanos y que se encontraba de servicio en la parte occidental. De ese
cuerpo sólo se salvaron cinco soldados.
Fracaso de Kerverseau. No fueron pocos los esfuerzos que hizo este mandatario por
dar consistencia al nuevo orden de cosas; pero la escasez de recursos en que se encontraba y
las dificultades que le crearon las noticias llegadas de Haití, donde sus moradores, apoyados
por los ingleses, se habían sublevado, obligando a Rochambeau a capitular después de la
muerte del General Leclerc, lo imposibilitaron completamente en su labor, lo que tuvo en
cuenta Ferrand, que gobernaba a Santiago, para trasladarse a Santo Domingo, asumir el
mando y embarcar a su desprestigiado compañero.
Proclamación de la independencia de Haití. El lº. de enero de 1804 proclamó
Dessalines la Independencia Haitiana, asumió la calidad de Jefe Supremo y se hizo
reconocer con tal carácter en el Cibao, donde nombró como su representante en Santiago a
José Tavárez.
Recuperación del Cibao. Aumentadas las fuerzas de Ferrand, que, como ya hemos
visto, gobernaba la Colonia, con el ejército que dejó Kerverseau, el concurso de las milicias
dominicanas y con el de los colonos franceses que llegaban a Haití, confió a su ayudante
Deveaux un contingente de tropas con el cual recuperó a Santiago, ciudad que, abandonada
nuevamente, se vio al fin gobernada por el dominicano Serapio Reinoso, a raíz de una
sangrienta desavenencia entre nuestros compatriotas y los franceses.
Invasión de Dessalines. Dividido en dos cuerpos el ejército de ese feroz aliado de la
muerte, atravesó nuestras fronteras: el del Sur, al mando del mismo Dessalines, contaba en
sus filas al noble Petión, una de las legítimas glorias haitianas; y el del Norte lo comandaba
el vandálico y cruel Cristóbal.
Infructuosas fueron la heroica resistencia que, a orillas del Yaque, en el Sur, y hasta
perecer, le opusiera el bravo Coronel francés Viet, y la que en el Departamento Norte
personificaron Serapio Reinoso y los dominicanos bajo su mando.
Arrollados fueron todos por aquellas huestes que, no a nombre de la libertad, sino de
salvajes preocupaciones, profanaron con sus huellas el suelo sagrado de nuestra Patria.
Repugnantes crímenes cometidos en Santiago. Dueño ya Cristóbal de Santiago,
ordenó el asesinato de los vecinos, sin respetar sexo, edad ni condición social. Entre

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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen V  |  HISTORIA

centenares de ilustres víctimas, mencionaremos al Padre Juan Vásquez, que pereció


quemado en la sacristía de su templo, entre las herejes y grotescas burlas de la soldadesca.
En la Casa Consistorial de esa misma ciudad se colgaron, por orden de Cristóbal, los
desnudos cadáveres de notables personajes dominicanos.
Sitio de la ciudad de Santo Domingo.– Tanto las fuerzas invasoras del Norte, como las del
Sur, concurrieron al sitio de la ciudad de Santo Domingo.
Combates alrededor de la ciudad. Cuando ya la ciudad Capital tenía más de
quince días de sitiada, llegó al Placer de los Estudios la escuadra francesa al mando del
Almirante Missiesy, quien proporcionó al General Ferrand municiones y tropas, lo que dio
lugar a que se realizaran salidas para combatir a los sitiadores.
Consérvase el recuerdo histórico del asalto dado a las trincheras de San Carlos por
el valiente Coronel francés Vassimont, y del combate casi caballeresco trabado en las
inmediaciones del Castillo de San Jerónimo entre las fuerzas haitianas bajo las órdenes de
Petión y las tropas sitiadas al mando del denodado Coronel francés Aussenac, que, como
veremos más adelante, parece que tenía un pacto secreto con la Gloria, cuantas veces tuvo
que luchar cerca de esa histórica fortaleza.
En esta ocasión, como se diera cuenta el Coronel Aussenac, en el momento de la
acometida, de que los suyos flaqueaban o se mostraban reacios al avance, desenvainó
súbitamente su espada, corrió hacia los haitianos y, clavándola en el suelo, se acostó a su
lado, como diciendo a sus compañeros que moriría antes que retroceder.
Enardecidas las tropas ante aquel rasgo de máxima intrepidez, avanzaron para cubrir
el cuerpo de su Jefe y trabar el heroico combate en que las fuerzas haitianas tuvieran que
huir ensangrentadas.
Muerte de don Juan Barón. Comandadas las tropas mixtas, es decir, compuestas de
dominicanos y franceses, por don Juan Barón, salieron el 28 de marzo de 1805, en la tarde
de Santo Domingo, con el decidido intento de levantar el sitio del lado de San Carlos.
Aún no habían abandonado la Puerta del Conde, cuando comenzó con encarnizamiento el
trascendental combate sostenido durante tres horas. Al acercarse la noche, cayó mortalmente
herido don Juan Barón, a quien sucedió en el mando de las tropas el pundonoroso Capitán
Moscoso, que organizó la retirada militar en medio de los mayores peligros y con gran éxito.
En la noche de ese mismo día, y no obstante los cuidados que se le prodigaron, murió
el intrépido don Juan Barón, para cuyo cadáver se eligió como sepultura la parte céntrica
del actual Parque Colón.
Revistió el acto de la inhumación la mayor y más silenciosa pompa religiosa y militar,
pues se tuvo interés en que los sitiadores no se percataran de la irreparable pérdida que se
acababa de experimentar.
La figura de don Juan Barón merecerá siempre las rememoraciones agradecidas de la
posteridad dominicana, pues, en cuantas ocasiones se necesitó de su innegable y valerosa
bizarría, dio el frente a los acontecimientos en interés de conquistar libertad y honores para
esta tierra de sus afectos.
Levantamiento del sitio. Parece que Dessalines no quiso esperar un nue