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De la contratapa

La Primera Guerra Mundial, heraldo mortífero de una nueva era, sigue

cautivando a los lectores. En este libro intenso, Michael Neiberg ofrece una

historia concisa, basada en las últimas investigaciones y deteniéndose en los

soldados, los mandos, las batallas y la actividad diplomática durante la Gran

Guerra. Neiberg analiza la guerra paso a paso, desde Verdún a Salónica,

desde Bagdad al Africa Oriental Alemana, para explicar la naturaleza global

del conflicto. Fueron cuatro años de una carnicería sin sentido en las

trincheras del frente occidental, pero la Primera Guerra Mundial también es

el primer conflicto bélico en tres dimensiones: por aire, en el mar y mediante

la guerra terrestre mecanizada. Nuevos sistemas de armamento conformaron

el entorno bélico. Con el afán de superar la imagen habitual de los generales

de la guerra como «carniceros e ineptos», Neiberg nos ofrece una exposición

matizada sobre unos oficiales presionados por la enorme envergadura de tan

complejos acontecimientos. Los diarios y las cartas de soldados que

lucharon en el frente reproducen las historias personales y las brutales

condiciones —desde las nieves alpinas a las arenas de Mesopotamia— en

las que aquellos hombres vivieron, lucharon y murieron.

Ampliamente ilustrado y con muchas fotografías inéditas, este libro es una

combinación impresionante de análisis y narración. Una delicia para todo

lector interesado en la historia militar de la guerra que todo el mundo deseó

que fuera la última.

Michael S. Neiberg

La Gran Guerra

Una historia global (1914-1918)

PAIDOS

Barcelona • Buenos Aires • México

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ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

© 2005 by the President and Fellows of Harvard College

© 2006 de la traducción, Martín Rodríguez-Courel Ginzo

© 2006 de todas las ediciones en castellano,

© 2014 Edición digital por Capitán Cavernícola

Ediciones Paidós Ibérica, S. A.,

Mariano Cubí, 92 - 08021 Barcelona

ISBN: 84-493-1890-4

Depósito legal: B. 6.753/2006

Impreso en A & M Gráfic, S. L.

08130 Santa Perpetua de Mogoda (Barcelona)

Impreso en España - Printed in Spain

Sumario

Agradecimientos

Lista de abreviaturas

Introducción: un intercambio de telegramas

Una desilusión cruel: la invasión alemana y el milagro del Marne

Sueltos como fieras salvajes: la guerra en Europa oriental

El territorio de la muerte: el estancamiento del frente occidental

Enviados a la muerte: Gallípoli y los frentes orientales

Los nudos gordianos: la neutralidad norteamericana y las guerras por el imperio

Francia desangrada: la agonía de Verdún

Una guerra contra la civilización: las ofensivas de Chantilly y el Somme

La expulsión del demonio: el desmoronamiento del Este

Salvación y sacrificio: la entrada de los norteamericanos, la cresta de Vimy y el Chemin des Dames

Unos pocos kilómetros de barro líquido: la batalla de Passendale

Una guerra como no conocíamos: la amenaza de los U-booten y la guerra en Africa

El turno de Jerry: las ofensivas de Ludendorff

A cien días de la victoria: de Amiens al Meuse-Argonne

Conclusión: un armisticio a cualquier precio

Lista de ilustraciones

Cronología de los principales acontecimientos

Personalidades

Fuentes principales

Indice analítico y de nombres

Agradecimientos

Empecé la etapa de escritura de este libro poco después de dos estimulantes experiencias intelectuales. En junio de 2003

asistí a la II Conferencia Europea de Estudios sobre la Primera Guerra Mundial, celebrada en la Maison Francaise de

Oxford. Pierre Purseigle organizó y dio cobijo a la conferencia más estimulante, intelectualmente hablando, de cuantas

haya asistido jamás. Como él y Jenny Macleod habían hecho en Lyon en 2001, Pierre reunió a un increíble elenco de

eruditos de todas las disciplinas y nacionalidades. Tengo que agradecer a Pierre y a Jenny, y a todos los asistentes a esa

conferencia —incluidos Nicolás Ginsburger, Adrián Gregory, Keith Grieves, Heather Jones, Jennifer Keen, Gary

Sheffield, Dennis Showalter, Len Smith, Hew Strachan, Jeffrey Verhey y Vanda Wilcox—, que compartieran sus ideas

conmigo.

Poco tiempo después de la conferencia, Dennis Showalter y yo recorrimos en coche el frente occidental, empezando en

Ypres y terminando en el cementerio norteamericano de Bony, en la Línea Hindenburg. Desde que lo conocí en 1998,

Dennis ha sido para mí un maestro, un estudioso, un colega y un amigo ejemplar. Aceptó con generosidad leer este

manuscrito y poner a mi disposición su erudición inigualable. Por todo lo que ha hecho por mí y por toda una generación

de estudiantes de la Universidad de Colorado, de la Academia del Aire de Estados Unidos y de la Academia Militar de

Estados Unidos, le dedico este libro con el mayor de los respetos.

Hubo varios otros estudiosos de la Primera Guerra Mundial que me ayudaron a elaborar este libro, y, entre ellos, mis

colegas John Abbatiello, Bill Astore y Mark Grotelueschen, con quienes he compartido el placer de

enseñar y trabajar.

Robert Bruce y yo hace mucho tiempo que mantenemos correspondencia a través del correo electrónico, gracias a lo cual

he llegado a comprender mejor algunos matices sutiles de la guerra. William Philpott y Martin Alexander actuaron como

magníficas cajas de resonancia mías durante nuestra estancia conjunta en París. También he de hacer extensivo mi

agradecimiento a Emmanuel Auzais, Virginie Peccavy y Hugues y Joélle de Sacy, del Ejército del Aire francés; a Bobby

O. Bell de la American Battle Monuments Commission; y a Laurent Henninger y a André Rakoto, por su amistad y

generosa hospitalidad durante mis estancias en Francia. Entre otros amigos que me ayudaron a lo largo del camino están

Jeremy Black, Lisa Budreau, Jeannie Heidler, John Jennings, Michelle Moyd, Betsy Muenger y John Shy. Gracias

también a Debbie Oliner, por su trabajo cartográfico, y a la familia Rolfe por compartir una casa y un perro en Gran

Bretaña y por proporcionarme algunas de las fotos.

El personal del Liddell Hart Centre for Military Archives, del Imperial War Museum y del Service Historique de

l’Armée de Terre de Vincennes fueron de una ayuda sin tacha, y agradezco profundamente el permiso de estas

instituciones para citar su material. Me siento especialmente agradecido a Sabine Ebbols, del LHCMA, y a Stephen

Walton y a Tony Richard, del IWM. Elwood White, John Beardsley y Marie Nelson me proporcionaron la misma ayuda

maravillosa que siempre he recibido de la Biblioteca McDermott de la Academia del Aire. Este libro no habría sido posible

sin el apoyo de Kathleen McDermott, de la Harvard University Press, y de mis colegas de la Academia del Aire de Estados

Unidos, incluido el director de mi departamento, el coronel Mark Wells, y el subdirector, el teniente

coronel Vanee

Skarstedt. Holger Herwig y Edward M. Coffman son autores de eficaces informes que mejoraron el libro; si subsiste algún

error, la responsabilidad es mía.

Y como siempre, el mayor agradecimiento va para mi familia. A mi esposa, Barbara, y a mis dos hijas, Claire y Maya,

que soportaron con alegría las visitas a los campos de batalla y a los archivos, aunque me parece que París fue sólo un

sacrificio menor. Mi familia, Larry, Phyllis y Elyssa Neiberg, y mi familia política, John, Sue, Brian Michele y Justin

Lockley me han dado su apoyo incondicional en todos mis empeños. Gracias a todos.

Lista de abreviaturas

Abreviaturas utilizadas en las notas:

IWM

Imperial War Museum, Londres.

LHCMA

Liddell Hart Center for Military Archives, Kings College, Londres.

SHAT

Service Historique de l'Armée de Terre, Cháteau de Vincennes.

Introducción

Un intercambio de telegramas

El 29 de julio de 1914 el zar Nicolás II de Rusia envió un telegrama a su primo, el kaiser Guillermo

II de Alemania,

pidiéndole ayuda:

En este momento tan grave, apelo a ti para que me ayudes. Se ha declarado una guerra innoble a un país débil. La

indignación en Rusia, que comparto por completo, es inmensa. Preveo que muy pronto la presión a la que me veo sometido

acabará abrumándome y me veré obligado a tomar medidas extremas que conducirán a la guerra. Con

la única intención de

evitar una calamidad de tal magnitud como sería una guerra europea, te suplico que, en nombre de nuestra antigua amistad,

hagas cuanto esté en tus manos para impedir que tus aliados vayan demasiado lejos.

Este telegrama fue el primero de una serie de diez que los dos monarcas europeos se intercambiaron durante los tensos

días entre el 29 de julio y el 1 de agosto. La crisis de la que hablaban los dos hombres no era consecuencia del asesinato en

Sarajevo, el 28 de julio, del archiduque austrohúngaro Francisco Fernando, sino del ultimátum lanzado por

Austria-Hungría a Serbia el 23 de julio. En Europa fueron pocos los que pensaron en ese momento que el asesinato

conduciría a la guerra. Las ideas políticas del archiduque no eran bien vistas en la corte vienesa, y las monarquías europeas

habían desairado con frecuencia a Francisco Fernando a causa de su matrimonio con una mujer de condición social

inferior. Aunque ella murió también a manos del mismo asesino y dejaba tres hijos de corta edad, la monarquía austríaca se

negó a colocar su cuerpo al lado del de su marido en la cripta de la familia real.

Ninguno de los principales militares ni de las figuras políticas europeas consideraron que el asesinato fuera un

acontecimiento lo bastante relevante para asistir al funeral o cancelar sus vacaciones estivales. Al principio, el Imperio

austrohúngaro minimizó su significado; el propio emperador ni siquiera asistió al funeral de su sobrino. El clima de

indiferencia pareció hacerse patente en todo el continente. El general ruso Alexei Brusilov, a la sazón de vacaciones en

Alemania, observó que la gente del balneario donde veraneaba «se había mostrado indiferente» a los acontecimientos de

Sarajevo1. Durante un tiempo, pareció que Europa podría sobrevivir a otra crisis más; o que, si tenía que estallar la guerra,

ésta podría constreñirse a los Balcanes.

Sin embargo, el ultimátum cambió la situación en Europa de manera espectacular. La resolución establecía unas

condiciones de gran severidad contra Serbia, un país que, según creía la mayoría de los austrohúngaros, había precipitado

el asesinato. Entre ellas, se incluía la exigencia de que se permitiera participar a los oficiales austrohúngaros en la

investigación serbia del asesinato. Las condiciones eran una bofetada en pleno rostro tanto para Serbia como para Rusia, la

autoerigida protectora de aquélla. Con la esperanza de que Serbia rechazaría las condiciones y, por tanto, les daría la

excusa para la guerra, los austrohúngaros habían empezado a movilizarse aun antes de que hubiera vencido el plazo fijado

para que los serbios respondieran. Brusilov consideró que el ultimátum había cambiado lo suficiente la situación para

obligarle a poner fin a sus vacaciones antes de lo previsto y volver a su unidad. Al pasar por Berlín, se encontró con

manifestaciones multitudinarias que pedían la guerra contra Rusia.

La tensión siguió en aumento cuando las multitudes serbias y bosnias quemaron banderas austrohúngaras, y en Viena

la muchedumbre hizo otro tanto con las serbias. En esta última ciudad, una turba cifrada en unas mil

personas intentó

asaltar la legación serbia. Como medida precautoria, la Royal Navy (Armada Británica), que por casualidad realizaba unas

prácticas programadas de movilización, se hizo a la mar el 29 de julio. La crisis internacional repercutió incluso en Nueva

York. El 30 de julio la Bolsa registró su primer cierre no programado en cuarenta años. El mismo día, Gran Bretaña

interrumpió sus conexiones telegráficas con Alemania, y el gobierno alemán exigió a Rusia que expusiera sus intenciones

antes de veinticuatro horas. La situación ya había alcanzado un punto de suficiente tensión para que los estadistas y

militares de toda Europa cambiaran sus planes y volvieran al trabajo a toda prisa. Las tropas fueron acuarteladas, se

cancelaron los permisos, y se advirtió a los reservistas que no se alejaran de sus hogares. Podía ocurrir cualquier cosa.

El asesinato del archiduque Francisco Fernando y el subsiguiente ultimátum austrohúngaro no tenían por qué haber

1Alexei Brusilov, A Soldier's Notebook, 914-1918 (1930), Westport, Connecticut, Green Press 1 V71 pág. 4.

provocado la guerra. La serenidad había prevalecido durante dos incidentes acaecidos en Marruecos (1905 y

provocado la guerra. La serenidad había prevalecido durante dos incidentes acaecidos en Marruecos (1905 y 1911), en la

anexión de Bosnia por Austria-Hungría en 1908, y en las dos guerras de los Balcanes (1912-1913). Cualquiera de estas

crisis podía haber conducido a una guerra generalizada, pero todo había discurrido pacíficamente. En 1914, sin embargo,

tanto alemanes como austrohúngaros habían decidido que la guerra convenía más a sus intereses que la paz. El año

anterior, el embajador francés en Alemania, Jules Cambon, había advertido de un cambio en la actitud alemana. El

diplomático informó a su gobierno que «a Guillermo II se le ha convencido de que la guerra con Francia es inevitable, y

que ésta habrá de llegar un día u otro se ha expresado en

[El jefe del Estado Mayor] el general [Helmuth von] Moltke

idénticos términos que su soberano. También ha declarado que la guerra es necesaria e inevitable»2

En 1914 Alemania y Austria-Hungría tenían decidido que el momento de aquella guerra que consideraban inevitable

ya había llegado. Ambos países temían la modernización en marcha del ejército ruso, cuya culminación estaba prevista

para 1917. Si se garantizaba el apoyo de Alemania, Austria-Hungría pensaba que la guerra podía incrementar su influencia

en los Balcanes y terminar con la amenaza paneslava representada por Serbia. Por su parte, Alemania confiaba en reducir

a uno de sus principales rivales continentales, con toda probabilidad Francia, a una condición de mediocridad; pero esta

última había realizado también reformas militares recientes. La más destacable, aprobada en 1913 en respuesta a la

segunda crisis marroquí, ampliaba el período de prestación del servicio militar obligatorio de dos a tres años. Una vez

aplicada en su totalidad, la ley de los tres años prometía aumentar el número de soldados franceses en activo en casi un

tercio.

Por consiguiente, los oficiales alemanes ya habían dado todo su apoyo a sus aliados austrohúngaros el 5 de julio, aun

cuando semejante actitud implicaba la amenaza de guerra con Rusia. Incluso mientras los soberanos de Rusia y Alemania

buscaban una forma de evitar la guerra a través de su correspondencia telegráfica, los militares de sus países se estaban

preparando para el conflicto armado. El kaiser Guillermo se reunió con su general de mayor rango, Helmuth von Moltke,

sobrino del legendario general que había conducido los ejércitos prusianos a brillantes victorias sobre Dinamarca, Austria

y Francia entre 1864 y 1871. El kaiser pidió a Moltke que se preparara ante la contingencia de una guerra con Rusia.

Moltke informó al kaiser de que no era posible una contienda sólo con Rusia, toda vez que los planes de guerra alemanes

exigían primero enfrentarse con Francia, a fin de eliminar al principal aliado de aquélla. El plan requería también un ataque

a través de Bélgica para amenazar los flancos de las defensas francesas, lo que supondría una amenaza de guerra con Gran

Bretaña, a la que preocupaba mantener limpio de barcos alemanes el litoral británico del canal de la Mancha.

Los reservistas alemanes se dirigen al frente en 1914 entre las aclamaciones de la multitud. Los planes de guerra alemanes

se apoyaban en la utilización de las reservas en las operaciones ofensivas, a fin de colocar el mayor número posible de

hombres en Bélgica y Francia durante las primeras semanas del conflicto. (National Archives)

Las aspiraciones globales de Alemania y la torpe diplomacia del kaiser habían colocado a Moltke y

a sus predecesores

en la difícil posición de tener que encarar una guerra de múltiples frentes en inferioridad numérica, tanto por tierra como

por mar. Los enfrentamientos bélicos previos de prusianos y alemanes se habían visto favorecidos por los objetivos

2 Cambon, citado en Francis Halsey, The Literary Digest History of the World War, vol. 1, Nueva York, Funk and

Wagnalls, 1919, pág. 101.

limitados de sus generales y las rápidas victorias. Bajo el reinado de Guillermo II, Alemania

limitados de sus generales y las rápidas victorias. Bajo el reinado de Guillermo II, Alemania se había hecho poderosa, pero

sus ambiciones habían sobrepasado su poder. La firma en 1907 de la Triple Entente (Rusia, Francia y Gran Bretaña) había

unido a los tres rivales más poderosos de Alemania. Por tanto, Moltke daba por sentado que la guerra con uno significaba

la guerra con todos. Por consiguiente, le dijo al kaiser que él no podía preparar una guerra sólo con Rusia, ni siquiera podía

desviar el grueso de las tropas germanas hacia el este para combatir con los rusos primero. Si Alemania iba a ir a la guerra,

tendría que empezar por combatir en Bélgica y en Francia. El kaiser le respondió, diciéndole: «Tu tío me habría dado una

respuesta diferente». La reprimenda llevó a Moltke a confiar a su esposa que se había sentido «un hombre deshecho y he

vertido lágrimas de desesperación semejante estado de

Mi confianza e independencia han sido destruidos»3 . Con

ánimo, Moltke partió hacia el campo de batalla al mando de los ejércitos alemanes.

La situación de París —objetivo de las operaciones alemanas en 1914— la hacía en buena medida indefendible. Los

estrategas franceses, confiando en asumir la ofensiva, habían preparado la defensa de la capital de manera inadecuada.

(United States Air Force Academy McDermott Library. Colecciones especiales).

En Rusia, el primo del kaiser se enfrentaba a un dilema parecido. El zar había ordenado a sus generales que preparasen

sólo la movilización de los cuatro distritos militares que tenían frontera con el Imperio austrohúngaro. Nicolás II confiaba

en que el optimismo que se desprendía de los telegramas del kaiser pudiera conducir a las negociaciones o, en el peor de

los casos, a una guerra sólo entre Austria-Hungría y Rusia. El ministro de la Guerra ruso, Alexander Sazonov, no tardó en

hacer añicos esas ilusiones. Advirtió al zar que una movilización parcial crearía un peligroso estado de confusión. Rusia

necesitaba tiempo para organizarse a lo largo y ancho de su enorme territorio y, en comparación con Alemania, sus activos

ferroviarios eran limitados. Si Rusia no ordenaba una acción total, no tardaría en encontrar indefendibles sus fronteras con

Alemania. El zar se avino a regañadientes, y el 30 de julio ordenó una movilización general.

Aunque ninguno de los dos comprendió del todo las consecuencias de sus acciones, el zar y el kaiser habían dado los

primeros pasos hacia su propia desaparición. En contraste directo con su triunfal historia militar, Alemania estaba a punto

de embarcarse en una guerra general contra la fuerza conjunta de tres enemigos poderosos. Sus únicos aliados eran el

tambaleante Imperio austrohúngaro, que se abocaba a su extinción, y una nada fiable Italia, que no tardó en cambiar de

bando. El alto mando alemán sabía que cuanto más durase la contienda, más se inclinarían las posibilidades de victoria del

bando enemigo. Tendrían que ganar la guerra en Bélgica y Francia con rapidez o se arriesgarían a no

ganar nada.

En noviembre de 1918 tanto Nicolás como Guillermo habían pagado caro la guerra que iniciaron. En marzo de 1917 la

revolución y la derrota militar condujeron a Nicolás a abdicar del trono; los bolcheviques lo asesinarían, junto con su

familia, en julio del 1918. El reinado de Guillermo se prolongó sólo algunos meses más. El 10 de noviembre de 1918,

pocas horas antes de que el nuevo gobierno alemán firmara el armisticio que ponía fin a la guerra que él había comenzado,

Guillermo abdicó del trono y partió al exilio en Holanda. Los monarcas de Austria-Hungría y del Imperio otomano

correrían suertes parecidas.

Los vencedores de la Primera Guerra Mundial fueron los estados democráticos de Gran Bretaña, Francia y Estados

3 Moltke, citado en Robert Asprey, The First Battle of the Mame, Filadelfia, Lippincourt, 2, pág. 34.

Unidos. Estos países, aunque aquejados de sus propias deficiencias estructurales, dependían menos de la autoridad

Unidos. Estos países, aunque aquejados de sus propias deficiencias estructurales, dependían menos de la autoridad de

anticuados regímenes monárquicos. Fueron, por tanto, capaces de modificar o cambiar de gobierno cuando las situaciones

lo exigieron, sin tener, al mismo tiempo, que desembarazarse de sistemas enteros. En consecuencia, no sufrieron

revoluciones y pudieron formar gobiernos capaces de trabajar con los generales en aras de la victoria. Cuando falló un

sistema de organización, crearon otro, hasta que terminaron por encontrar la fórmula del éxito.

Por irónico que parezca, ninguno de los tres vencedores más poderosos de la Primera Guerra Mundial había buscado el

conflicto en 1914. El gobierno francés, deseoso de evitar la guerra a menos que su territorio fuera amenazado, ordenó a sus

unidades que se retiraran casi diez kilómetros de la frontera germana y que se quedaran allí salvo que Alemania invadiera

realmente Francia. Aunque algunos nacionalistas franceses creían que la guerra con Alemania podía vengar la derrota en la

guerra franco-prusiana de 1870-1871 y recuperar las provincias que se le habían arrebatado a su país tras aquel conflicto,

lo cierto es que Francia había descartado hacía tiempo una guerra ofensiva para conseguir tales objetivos. Francia

defendería sus fronteras, pero no iniciaría ningún conflicto bélico por su cuenta.

Si la guerra iba a ser tan corta como predecían la mayoría de los expertos, el activo militar más importante de Gran

Bretaña, su poderosa armada, tendría una participación escasa. Su pequeño ejército profesional no estaba diseñado para

librar una gran guerra en el continente, y eso a pesar de la creación en 1907 de una Fuerza Expedicionaria Británica (BEF)

para facilitar su rápido despliegue. Los alemanes desdeñaban al Ejército británico y no hicieron ningún intento por hundir

los transportes que trasladaron las tropas británicas a Francia y a Bélgica. Mejor era, creían Moltke

y sus colegas, destruir

la armada británica una vez llegara al continente, si es que el gobierno británico se atrevía en realidad a enviarla.

En agosto de 1914 los oficiales británicos condujeron a su pequeño ejército contra el grueso del avance alemán en Francia

y Bélgica; en la acción sufrieron un gran número de bajas. En 1916 un periodista comentó que el Ejército británico de antes

de la guerra no era más que un «recuerdo heroico». (© Corbis)

Ni Gran Bretaña ni Francia acabaron de comprender en 1914 cuáles eran sus objetivos bélicos ni la forma de

ejecutarlos. En ese mismo año, Brusilov creía que Francia estaba «muy lejos de estar preparada»

para la guerra4. La

descripción que hace Douglas Porch del Ejército francés como «incapaz de decidir en qué época histórica vivía», podría

aplicarse también a Gran Bretaña5. Las unidades de élite del Ejército francés fueron a la guerra en 1914 luciendo uniformes

4 Brusilov, op. cit,, pág. 1.

5 Douglas Porch, Marcb to the Mame. French Army, ISH-1914, Cambridge, Cambridge University Press, 1981, pág.

ISH-1914, Cambridge, Cambridge University Press, 1981, pág. de llamativos colores, más propios de sus colonias

de llamativos colores, más propios de sus colonias africanas que de la moderna guerra de acero. Los británicos, por su

parte, seguían comandados por héroes coloniales con una escasa comprensión de las complejidades de la política del

continente, como era el caso del secretario de Estado para la Guerra, Horario Kitchener, y de sir William Robertson, que

hablaba seis dialectos hindis, pero ni francés ni alemán. El Ejército británico no había combatido en el continente desde la

guerra de Crimea de 1854-1856. Tanto británicos como franceses pagaron un precio muy alto por las elevadas curvas de

aprendizaje que sufrieron desde 1914 a 1917.

El teniente Benjamín Foulois (izquierda) y un instructor de Wright Aviation guían el único avión que poseía el Ejército

norteamericano en 1910. Al cabo de una década, estos modestos inicios habían dado paso a una nueva forma de hacer la

guerra, y Foulois se había convertido en el jefe del Servicio Aéreo de la Fuerza Expedicionaria Norteamericana. (United

States Air Force Academy McDermott Library. Colecciones especiales)

Hacia finales de 1917, sin embargo, aquella curva de aprendizaje casi se había completado. Francia, Gran Bretaña y

Estados Unidos habían desarrollado unas estructuras industriales, políticas y militares que les ayudaron a sobrellevar la

crisis de 1918. La victoria fue fruto de la combinación del perfeccionamiento en la destreza militar y de la evolución de un

sistema de apoyo administrativo, económico y social que condujo al éxito en el campo de batalla. Se había avanzado

mucho desde agosto de 1914, cuando el general Henry Wilson hizo su comentario acerca de la reunión en la que la máxima

autoridad británica se había decidido por la guerra. La describió como «una reunión histórica de unos hombres que, en su

mayoría, ignoraban por completo lo que estaban tratando»6. En 1917-1918 su descripción ya no encajaba con los máximos

dirigentes civiles y militares de las potencias aliadas7. Unos dirigentes que supervisaban unos enormes aparatos militares,

con la infraestructura para mantenerlos. Como consecuencia de la creación aliada de un sistema conjunto civil y militar, en

noviembre de 1918 el mariscal francés Ferdinand Foch condujo a los representantes del nuevo gobierno alemán hasta un

claro en el bosque cerca de Compiégne. Allí, en un vagón de ferrocarril, el gobierno alemán se rindió, poniendo fin así a la

guerra en cuyo desencadenamiento había desempeñado un papel tan significativo.

Capítulo 1

Una desilusión cruel La invasión alemana y el milagro del Mame

VII.

6. Wilson, citado en Asprey, op. cit., pág. 40.

7 La Triple Entente hace referencia al acuerdo diplomático entre Gran Bretaña, Francia y Rusia. En septiembre de 1914

estos países firmaron el Pacto de Londres, en virtud del cual se creaba la Alianza de la Entente. A partir de entonces, estas

naciones y las que lucharon a su lado fue ron conocidas como los aliados.

El soldado francés no ha perdido ninguna de las cualidades militares de su estirpe; conserva todo su valor y ardor atacante,

pero estas mismas cualidades han de ser dirigidas con prudencia sobre el moderno campo de batalla o conducirán a un

rápido desgaste de fuerzas.

Boletín de operaciones francés del cuartel general del general Joffre a los jefes de las unidades, 21 de septiembre de 19148

Dado que los planes de guerra alemanes asumían que el enfrentamiento con uno de los miembros de la Triple Entente

implicaba la guerra con todos ellos, las primeras operaciones de importancia que realizaron los alemanes se dirigieron

hacia el oeste, contra Bélgica y Francia, dos países involucrados sólo de manera indirecta en la crisis precipitada por el

ultimátum austrohúngaro. Para Alemania, el único delito de Bélgica era su desafortunada posición geográfica, y las

condiciones de la Triple Entente obligaban a Francia a movilizarse sólo en el caso de una movilización alemana, y a atacar

si Alemania atacaba a Rusia. Francia no tenía que haberse visto involucrada en absoluto en la crisis de julio. Aunque

resulte irónico, el inicio de la guerra por parte de Rusia —el principal problema diplomático de los alemanes durante dicha

crisis— supuso únicamente una preocupación secundaria para Alemania; mientras siete ejércitos alemanes se dirigieron

hacia el oeste, sólo el octavo se encaminó hacia el este.

Combatir según lo previsto

Los planes de guerra alemanes siguen siendo objeto de una intensa controversia histórica, aunque los estudiosos han

alcanzado un consenso general sobre tres puntos. Primero, que los alemanes asumieron la necesidad de derrotar a Francia

antes que a Rusia porque suponían que aquélla se movilizaría con más rapidez que ésta. Segundo, que Alemania asumió

que tenía que flanquear las fortificaciones francesas violando la neutralidad de Bélgica siempre que fuera para derrotar a

Francia con la suficiente rapidez para volver al este y enfrentarse a los rusos. Tercero, que Alemania supuso o que Gran

Bretaña no lucharía por la neutralidad belga (con la memorable alusión del kaiser al tratado de 1839 como «un pedazo de

papel»), o que, si lo hiciera, los alemanes derrotarían a la pequeña Fuerza Expedicionaria Británica (BEF) en cualquier

parte del continente. Para los estrategas alemanes, la posible intervención del Ejército británico no suponía, por tanto, un

desafío de importancia.

Para conseguir este ataque relámpago sobre Bélgica y Francia, el 2 de agosto los alemanes empezaron a desplegar siete

de sus ocho ejércitos hacia el oeste. Las unidades responsables del principal avance a través de Bélgica fueron el I y II

Ejército, con 320.000 y 260.000 hombres, respectivamente. Dos ejércitos más, el III y el IV, prestaban su apoyo

atravesando Luxemburgo y el sur de Bélgica, mientras que al V, VI y VII se les encomendó la defensa de Alsacia y Lorena.

Moltke estableció su cuartel general en Luxemburgo, que resultó hallarse demasiado lejos de sus ejércitos para ejercer un

control real sobre ellos, y demasiado lejos de Berlín para conservar una comprensión cabal de la situación general.

Aunque la acción violaba un tratado firmado por Alemania, un ataque a través de la neutral Bélgica ofrecía diversas

ventajas de importancia. La línea más poderosa de fortificaciones de Francia discurría a lo largo de la frontera alemana,

desde Verdún a Toul y desde Epinal a Belfort. A excepción de Maubeuge, los fuertes existentes en el noroeste de Francia

se hallaban en un estado de deterioro general, puesto que los franceses habían concentrado su gasto militar en armas

ofensivas. Además, las fuerzas francesas se concentraban a lo largo de la frontera con Alsacia y Lorena. Si los alemanes

eran capaces de moverse con rapidez, los ejércitos franceses podrían estar demasiado lejos de París para evitar que los

alemanes tomaran o rodearan la capital.

Bélgica parecía propicia para la ocupación. Tenía una fuerza militar pequeña, que ascendía a 117.000 hombres, una

cifra que no era ni la mitad de la del II Ejército alemán. Carecía, además, de muchas de las armas de guerra modernas, y la

preparación de su Estado Mayor y de sus servicios auxiliares se situaba muy por debajo de los niveles de sus vecinos más

poderosos. Celosa de su neutralidad, Bélgica no había mantenido negociaciones de importancia antes de la guerra ni con

Francia ni con Gran Bretaña. Algunos alemanes habían esperado, incluso, que los belgas tal vez permitieran a los ejércitos

alemanes atravesar libremente su país, en lugar de intentar resistirse.

En contra de tales expectativas, y pese a la abrumadora desigualdad a la que se enfrentaban, los belgas se prepararon

para resistir. Sus esperanzas resultaron ser una serie de ciudades fortificadas que protegían los principales ríos, carreteras y

líneas ferroviarias del país. Entre las más fuertes se encontraba Lieja, con doce fuertes

independientes, 400 piezas de

artillería y capacidad para mantener a una guarnición de 20.000 hombres. Namur, al sudoeste de Lieja, tenía nueve fuertes

que, según creían los comandantes belgas, podrían resistir durante nueve meses sin refuerzos. Tanto Lieja como Namur se

levantaban en la línea de avance del II Ejército alemán. La más impresionante de todas las fortificaciones belgas se erigía

8 El epígrafe está extraído del Boletín de Operaciones de 21 de septiembre de 1914 «Opérations du 2 au 25 aoüt 1914»,

SHAT fondos BUAT 6N9, caja 8, exp. 5.

2 au 25 aoüt 1914», SHAT fondos BUAT 6N9, caja 8, exp. 5. más al norte

más al norte y protegía a la ciudad portuaria de Amberes. Sus defensas estaban integradas por más de 43 km de líneas

exteriores, 17 fuertes independientes y casi 13 km de murallas interiores.

Los alemanes no pretendían asediar las fortificaciones belgas; lo que planeaban era arrasarlas con artillería moderna

fabricada con ese propósito. Los obuses de 280 mm alemanes podían disparar sus proyectiles hasta una distancia de casi 10

km, un alcance que sobrepasaba con creces la capacidad de respuesta de los cañones de las

fortalezas belgas. Los

proyectiles de estos obuses pesaban 336 kg y viajaban a una velocidad de 345 m/s, produciendo una energía de choque de

más de seis mil toneladas. Una batería alemana experta podía disparar hasta veinte proyectiles por minuto.

Soldados alemanes en su avance a través de Bélgica. Las prisas excesivas y el miedo provocado por las acciones de los

partisanos pusieron nerviosos a los jóvenes soldados alemanes, lo que llevó a cometer atrocidades y represalias contra la

población civil belga. (Library ofCongress)

Lieja defendía los accesos que cruzaban el río Mosa y era el primer gran obstáculo para el avance alemán a través de

Bélgica; estaba situada también junto a la principal línea ferroviaria que unía Colonia con Bruselas y, en consecuencia, era

crucial para las rutas de suministro alemanas hacia Francia. Su posición tenía una significación estratégica de tal calado,

que el jefe del Estado Mayor de la movilización alemana había visitado la región en 1909, haciéndose pasar por turista.

Cinco años después, el general Erich Ludendorff hizo buen uso de la información adquirida durante aquel recorrido

turístico como jefe de la XIV Brigada, a la que se le había encargado la toma de la fortificación. Ludendorff se

vanagloriaba de que su artillería podía obligar a Lieja a rendirse en cuarenta y ocho horas. Además de los obuses de 280

mm, disponía de cinco cañones de 420 mm, fabricados específicamente para destruir las fortificaciones de Lieja, y de

cuatro baterías de morteros de gran ángulo de tiro de 305 mm. A esta potencia de fuego se sumaron los zepelines, que

convirtieron a Lieja en la primera ciudad de Europa en ser bombardeada desde el aire9.

Lundendorff estuvo a punto de cumplir su promesa cuando sus hombres, tras una sucesión de ataques audaces, se

infiltraron en Lieja. El mismo condujo varias de las cargas, y el 7 de agosto golpeaba las puertas principales de la ciudadela

de Lieja con la empuñadura de su espada, exigiendo su rendición. El éxito en Lieja convirtió de la noche a la mañana a

Ludendorff en héroe de Alemania, y lo catapultó a un meteórico ascenso que no tardaría en conducirlo a responsabilidades

mucho mayores. Pero el problema inmediato de Alemania subsistía. Pese a la pérdida de la ciudadela, los fuertes a ambos

lados del río Mosa seguían estando en manos belgas, aunque el intenso fuego de artillería alemán estaba ocasionando

enormes daños en las fortificaciones y tremendas bajas entre las guarniciones belgas. Las últimas fortalezas de los

alrededores de Lieja no se rindieron hasta el 16 de agosto. Namur apenas supuso un problema y se rindió apenas dos días

después.

Pero el problema mayor para los alemanes, tan preocupados por la rapidez, lo constituyeron el Ejército y las fuerzas

irregulares belgas, los franctireurs [francotiradores], con su negativa a someterse al mayor poderío y contingente del

Ejército alemán. Las acciones de los franctireurs enfurecieron de manera especial a los jefes de las unidades alemanes, que

se acordaban de los tremendos problemas que los irregulares franceses les habían ocasionado en la guerra franco-prusiana

de 1870-1871. Los jóvenes reclutas alemanes, aterrorizados por aquel fuego de fusiles, que llegaba desde cualquier ángulo

9 Ilew Strachan, The First Wold War, vol. 1, To Arms, Oxford, Oxford University Press, 2001, (trad. La Primera

Guerra Mundial, Barcelona, Crítica, 2004).

y en el momento más inesperado, estaban cada vez más asustados y nerviosos. Temeroso del

y en el momento más inesperado, estaban cada vez más asustados y nerviosos. Temeroso del impacto que producía entre

sus hombres y de los trastornos ocasionados a su preciado calendario bélico, el Ejército alemán reaccionó con una

campaña premeditada de Schrecklichkeit, o terror, contra la población civil belga, política que había sido aprobada por los

máximos responsables tanto del ejército como del gobierno.10

La ciudad de Lovaina padeció todo el peso del Schrecklichkeit. Los alemanes fusilaron al burgomaestre, al rector de la

universidad y a todos los oficiales de policía de la ciudad. Luego, prendieron fuego a la biblioteca de la universidad, y

destruyeron los preciosos edificios y los irreemplazables manuscritos góticos y renacentistas que contenían. Los alemanes

deportaron a miles de ciudadanos belgas a campos de trabajo y fusilaron a otros tantos miles, la mayoría por motivos

intrascendentes. A finales de agosto, detuvieron a una enfermera británica Edith Cavell, y la acusaron de espionaje, una

acusación a todas luces injusta, incluso para muchos alemanes. Los oficiales germanos se negaron a revelar las pruebas en

las que se habían basado para detenerla y no permitieron la presencia de abogados u observadores británicos durante el

juicio. Fusilaron a Edith Cavell en octubre de 1915, provocando la indignación de la Entente y de las naciones neutrales,

así como el mayor número de alistamientos en Gran Bretaña desde el estallido de la guerra. Los intentos alemanes de

justificar sus acciones como actos de legítima defensa sonaron falsos. «Estamos en un estado de necesidad —proclamó el

canciller alemán Theobald von Bethmann Hollweg—, y la necesidad no sabe de leyes.».11

El gobierno británico declaró la guerra a Alemania en cuanto las tropas de ésta entraron en Bélgica. La crueldad con

que había violado la neutralidad de un país que no representaba ninguna amenaza razonable para ella conmocionó a los

británicos, aunque en un plano más práctico; lo que llevó a Gran Bretaña a actuar fue el temor de que Alemania se hiciera

con el control de la costa meridional del canal de la Mancha. Cuando las historias (tanto reales como exageradas) de las

acciones de los alemanes en Bélgica se difundieron, la causa de los belgas no tardó en convertirse, según un escritor de la

época, «en una manera conveniente de referirse a los problemas morales de la guerra».12 La defensa de los derechos de

Bélgica se identificó enseguida con el honor de Gran Bretaña y, al menos durante los primeros meses de la guerra, llevó a

miles de jóvenes británicos a alistarse como voluntarios en el servicio militar.

La ejecución de la enfermera británica Edith Cavell en octubre de 1915 a manos de los alemanes originó un repentino

aumento del reclutamiento en Gran Bretaña y proporcionó a los aliados un importante instrumento en la guerra de

propaganda, (Imperial War Museum, propiedad de la Corona, 86/28/2)

Mientras se procedía al alistamiento de jóvenes por toda Gran Bretaña, 100.000 soldados profesionales y reservistas de

la Fuerza Expedicionaria Británica desembarcaron en el continente entre el 11 y el 17 de agosto, aunque los alemanes no

10

John Horne y Alan Kramer, Germán Atrocities, 1914: A History of Denial, New Haven, Yale University Press,

2001, pág. 53.

11 Bethmann Hollweg, citado en Francis Halsey, The Litera/y Digest History ofthe World War, vol. 1, Nueva York,

Funk and Wagnalls, 1919, pág. 255.

12

Sophie de Schaepdrijver, «The Idea of Belgium», en Aviel Roshwald y Richard Suites (comps.), European

Culture in the Great War: The Arts, Entertainment, and Propaganda, 1914-1918, Cambridge, Cambridge University

Press, 1999, págs. 267-294, cita en pág. 268.

fueron conscientes por completo de su presencia hasta el 22 de ese mes. El soldado Reeve, de la Real Artillería de

Campaña británica, recordaba más tarde que, mientras avanzaban por las carreteras del norte de Francia, los soldados

británicos «recibimos en todo momento una bienvenida frenética [,] la gente se volvía loca de alegría. En todas las

estaciones nos recibían con banderas, cigarrillos, tabaco, fruta y vino».13 No obstante este entusiasmo, la integración de

los Ejércitos francés y británico se reveló como un proceso de extrema dificultad. Antes de la guerra apenas había existido

una planificación conjunta, y sí muchas suspicacias mutuas entre los altos mandos de los respectivos ejércitos. El jefe del

Ejército francés destacado más al norte (el V), Charles Lanrezac, desconfiaba de los británicos tanto como el comandante

de la BEF, sir John French, desconfiaba de los franceses. Nada más llegar la BEF, el jefe del Estado

Mayor de Lanrezac

recibió a su homólogo inglés con frialdad, diciéndole: «Por fin han llegado lo deberemos a

ustedes». 14

Si nos derrotan, todo se

A pesar de tales problemas, la BEF avanzó hacia Bélgica desde una línea que se extendía entre la fortaleza francesa de

Maubeuge y la ciudad de Le Cateau. Los hombres de la BEF eran duros, tiradores expertos y estaban bien entrenados.

Todos se habían presentado voluntarios para el servicio militar; y venían de una tradición de los regimientos británicos que

exaltaba la lealtad a la unidad, lo que garantizaba que los hombres lucharían, y que lo harían con denuedo. En todos los

sentidos, se trataba de algunos de los mejores soldados de Europa, y el kaiser no tardó en lamentar su despreocupado y

desdeñoso comentario de que la BEF era un «pequeño ejército despreciable».

La principal debilidad de la BEF provenía de lo más alto. El mariscal de campo sir John French debía más su

nombramiento como comandante de la fuerza expedicionaria a su renuncia por cuestiones de conciencia durante un conato

de amotinamiento militar en el Ulster, que a su aptitud para encargarse de una misión tan seria. La mayoría de sus colegas

de alto rango creían que era de una lamentable ineptitud para semejante puesto. Uno de ellos, el general Douglas Haig, se

había quejado infructuosamente del nombramiento directamente al rey. Apuesto oficial de caballería en las colonias

durante su juventud, sir John contaba 64 años en 1914 y había permanecido en el servicio activo desde su alistamiento

como guardiamarina en la Royal Navy en 1866. En ese momento, llegaba a Francia con un ejército cuyos jefes de

divisiones y cuerpos no acababan de creer en él para combatir junto a un aliado que tampoco lo tenía en alta estima.

El 22 de agosto el V Ejército francés tomó las ciudades belgas de Dinant y Charleroi; lo que quedaba del Ejército belga

se estableció al sur de Namur, y la BEF avanzó hasta la ciudad de Mons. Al día siguiente, el II Cuerpo de la BEF, integrado

por 30.000 hombres, se encontró directamente en la línea de avance de todo el I Ejército alemán en un área abandonada por

un general de brigada que no se sintió «favorablemente impresionado por sus posibilidades de defensa».15 El comandante

del II Cuerpo al mando de este sector, Horace Smith-Dorrien, había sido uno de los cinco únicos oficiales que

sobrevivieron en 1879 a la masacre de 1.750 europeos en la batalla de Isandhlwana, durante la guerra Zulú. Había ido

ascendiendo hasta convertirse en uno de los más respetados comandantes de campaña del Ejército británico, y en Mons no

fue presa del pánico. Como tampoco sus soldados. A pesar de las escasas posibilidades que tenían, los profesionales

británicos del II Cuerpo utilizaron sus fusiles con pericia, y sufrieron 1.500 bajas, aunque mantuvieron el frente.

Pese a estos actos heroicos, la BEF se encontraba en una posición peligrosa. A primeras horas de la mañana siguiente,

sir John se enteró de que el V Ejército de Lanrezac, situado a su derecha, empezaba a retirarse. La retirada dejaba el flanco

derecho del II Cuerpo peligrosamente al descubierto. Furioso con Lanrezac y cada vez más descorazonado acerca del

futuro de su ejército, sir John ordenó al II Cuerpo que se retirara. Al mismo tiempo, el jefe del I Ejército alemán, Alexander

von Kluck, intentó rodear a las fuerzas británicas y aislar a Smith-Dorrien del cercano I Cuerpo de Douglas Haig. El

movimiento estuvo a punto de tener éxito. Al ver la amenaza que se cernía sobre el II Cuerpo, sir John ordenó a

Smith-Dorrien que se retirara. Sin embargo, cuando llegó la orden, el II Cuerpo se encontraba combatiendo de manera

desesperada por sobrevivir. Los hombres de Smith-Dorrien, ya agotados desde Mons, ocupaban un área cuyo terreno

ofrecía muchas dificultades de defensa y no podían contar con fuerzas de reserva que acudieran en su auxilio. Incapaz de

dejar de combatir a los alemanes que tenía enfrente, Smith-Dorrien desobedeció la orden de French y siguió combatiendo.

La subsiguiente batalla de Le Cateau, librada el 26 de agosto, se convirtió en la de mayor envergadura en la que hubiera

intervenido el Ejército británico desde la de Waterloo, acaecida cien años antes. Bajo una lluvia torrencial, los hombres del

II Cuerpo combatieron en una dura acción de retirada contra 140.000 alemanes. Los británicos perdieron 8.000 hombres;

pocos para los parámetros posteriores de la Primera Guerra Mundial, pero un número enorme para un ejército con un

contingente inferior a 100.000 hombres y que ya había derramado abundante sangre en Mons. El duro combate de Le

Cateau permitió que los demás elementos de la BEF se retirasen al interior de Francia y se reorganizaran. La decisión de

13 Diario de A. Reeve, IWM W/21/1, pág. 1.

14 Citado en Robert Asprey. The First Beittk of the Mame, Filadelfia, Lippincourt, 1962, pág. 42.

15 General sir Henry de Beauvoir de Lisie, «My Narrative of the Great German War», 1919,

LIICMA, Colección de Lisie,

Parte I, pág. 5.

Smith-Dorrien de permanecer y luchar salvó con toda probabilidad a la BEF, aunque su comandante

Smith-Dorrien de permanecer y luchar salvó con toda probabilidad a la BEF, aunque su comandante nunca le perdonó del

todo que desobedeciera una orden.

Los británicos iniciaron entonces una larga retirada hacia París. El soldado Reeve, el artillero de campaña que había

constatado la euforia con que había reaccionado la población civil francesa ante la llegada de los británicos, escribía una

semana después que «casi todos los lugares en los que nos habían dado la bienvenida al llegar, están ahora desiertos».16

Otro soldado británico, un irlandés veterano de las guerras de la India y Sudáfrica, dejaba constancia de la trágica visión de

un ejército que se retiraba hasta 37 km cada día sin víveres, subsistiendo con las patatas que encontraban por el camino. La

mayoría de los soldados seguían vistiendo las mismas ropas que llevaban al salir de Gran Bretaña. La singularidad de la

escena se vio agudizada cuando muchos de los más veteranos de su unidad se deshicieron de sus abrigos y gorras y

sustituyeron éstas por pamelas, a fin de protegerse del insólito calor de aquel tórrido agosto. Sin embargo, escribió el

soldado, «en las ocasiones señaladas en las que esos mismos hombres agotados tuvieron que darse la vuelta y combatir, no

se abandonaron y lo hicieron bien».17 El Ejército británico estaba herido, pero no derrotado.

El avance alemán desplazó a miles de familias que tuvieron la

desgracia de verse atrapadas en el camino de los ejércitos

alemanes. Estos niños franceses se contaron entre los refugiados.

(National Archives)

El hecho de que Lanrezac no informara a los británicos de su retirada provocó que las relaciones entre los aliados se

tensaran durante meses, por más que la retirada en sí fuera perfectamente recomendable desde el punto de vista militar a la

luz de los fracasos franceses en el sudeste. Los planes de guerra franceses han recibido todo tipo de condenas por parte de

los historiadores, y con razón. Sin embargo, los estrategas galos se enfrentaron a obstáculos políticos y sociales de mucha

más envergadura que aquellos que tuvieron que encarar sus homólogos alemanes. Los políticos franceses prohibieron al

ejército que violara la neutralidad de Bélgica hasta que los alemanes lo hubieran hecho. A mayor abundamiento, Francia

carecía de la ambición continental de Alemania y, por consiguiente, no tenía más objetivo bélico evidente que el de la

legítima defensa y el de la reconquista de Alsacia y Lorena, las dos provincias en poder de Alemania desde 1871.

Aunque los objetivos bélicos de Francia fueran esencialmente defensivos, los generales franceses no tenían intención

de llevar a cabo un plan de guerra defensivo. Su análisis de la debacle de 1870-1871 había llevado a la conclusión de que

la postura defensiva de Francia en las primeras semanas de la guerra había cedido la iniciativa al enemigo y que esto, por

ende, había sido la causa principal de la derrota. En consecuencia, el Plan XVII de Francia exigía

una concentración de

fuerzas al sur de la frontera belga, a lo largo de un frente que discurría desde Sedán a Belfort. Aunque dicho plan dejaba

expuestas las regiones de Picardía y Artois, ofrecía al oficial al mando francés, Joseph Joffre, la posibilidad de escoger

entre adentrarse en Alsacia-Lorena o, si los alemanes violaban de hecho la neutralidad belga, entrar en Bélgica por el

noreste para aislar a los alemanes desde la retaguardia.18

16 Diario de A. Reeve, pág. 2.

17 Diario de John Mrflwain.IWM 96/29/1, anotación del 2 de septiembre, pág. 12.

18 Para una excelente perspectiva general del plan, véase Robert Doughty, «French Strategy en 1914:

Joffre's Own»,

Jounal of Military ¡listón- n" 67, abril de 2003, págs. 427-454.

Las motivaciones políticas, culturales y económicas convertían el avance sobre Alsacia-Lorena en la opción más

evidente para los franceses. La devolución de estas dos «provincias perdidas» era el único objetivo bélico, aparte del

evidente de la legítima defensa, que aglutinaba a la ciudadanía. Además, más de un tercio del mineral de hierro de los

alemanes procedía de Alsacia y Lorena, por lo que la toma de las minas de hierro podía paralizar la producción bélica

alemana. Desde un punto de vista militar, el control de Alsacia-Lorena llevaría a las fuerzas francesas hasta el Rin,

afectando así a la capacidad alemana para reforzar y reabastecer a sus ejércitos. Asimismo, la acción coincidía con los

acuerdos alcanzados con Rusia antes de la guerra, conducentes a presionar a Alemania lanzando ofensivas simultáneas

desde el este y el oeste.

Entre el 7 y el 14 de agosto, mientras las fuerzas alemanas cruzaban Bélgica, los franceses culminaban sus

concentraciones. El 14 de agosto Joffre y su Estado Mayor seguían pensando que carecían de la información suficiente

para juzgar las intenciones alemanas en Bélgica de manera precisa y creyeron que la situación parecía inclinarse a favor de

Francia. No podían —o no querían— descartar la posibilidad de que el avance alemán en Bélgica fuera sólo un amago, y al

mismo tiempo creían que los alemanes no tenían la fuerza suficiente para atravesar Bélgica, defenderse contra un ataque

en toda regla en Alsacia-Lorena y rechazar a los rusos en el este, todo al mismo tiempo. Además, en ese momento algunas

de las fortalezas de Lieja seguían resistiendo, y los alemanes no habían intentado todavía atacar Namur. Así pues, Joffre

subestimó la importancia de las operaciones en Bélgica y ordenó a sus fuerzas que entraran en Alsacia-Lorena.

Con la esperanza de liberar Alsacia-Lorena, los soldados más selectos de Francia se concentraron en cuatro ejércitos

frente al VI y el VII Ejército de los alemanes. Los cadetes de la academia militar francesa de St. Cyr se presentaron para la

batalla vestidos con sus uniformes de gala, dispuestos a sacrificar sus vidas por Francia. A medida que avanzaban por

Alsacia, los lugareños lanzaban vino y flores a su paso. Joffre publicó una proclama dirigida a la población de Alsacia que

rezaba así:

Después de cuarenta y cuatro años de penosa espera, los soldados franceses pisan de nuevo el suelo de esta

tierra noble. Ellos son los pioneros de la gran tarea de la venganza alentado de manera

La nación francesa los ha

unánime, y en los pliegues de sus banderas están escritas las palabras mágicas: «Ley y Libertad. ¡Larga vida a

Alsacia! ¡Larga vida a Francia».19

Los cuatro combates independientes que siguieron entre el 14 y el 27 de agosto, conocidos en

conjunto como la batalla

de las Fronteras, empezaron de forma esperanzadora para Francia, pero acabaron en un desastre lamentable. El VI y el VII

Ejército alemanes habían esperado defenderse en este sector y habían preparado el terreno en consecuencia. Las colinas,

montañas y bosques de Alsacia proporcionaban unas posiciones excelentes a los defensores alemanes, pese a lo cual los

franceses avanzaron con arrojo. El Ejército de Alsacia del manco general Paul-Marie Pau avanzó hasta Mulhouse. Al norte

de él, las formaciones francesas más poderosas, el I y el II Ejército, que sumaban un tercio de la fuerza total francesa,

avanzaron hacia el nordeste desde posiciones situadas a ambos lados del río Mosela. El III y el IV Ejército, por su parte, se

prepararon para atacar el que se suponía débil centro de los alemanes, situado en los bosques de las Ardenas.

Durante la primera semana los galos creyeron que su ofensiva estaba dando muestras de éxito. Gran parte de éste, sin

embargo, era ilusorio, ya que las fuerzas francesas no habían alcanzado todavía las posiciones principales de los alemanes.

Lo hicieron el 20 de agosto en dos sitios. El II Ejército francés atacó los cerros de Morhange, al nordeste de Nancy,

mientras que el I Ejército se encontró con las fuertes posiciones alemanas de las cercanías de Sarrebourg, entre Nancy y

Estrasburgo. Ningún soldado luchó jamás con tanto denuedo; pero, como ocurriría en tantas batallas posteriores en esta

guerra, el entusiasmo de los combatientes no podía compensar las dificultades a las que se enfrentaron. En las colinas y

valles de Alsacia, las unidades acabaron separándose, y las comunicaciones se interrumpieron enseguida. Los inexpertos

soldados, muchos vestidos con relucientes uniformes nada adecuados para la guerra moderna, cargaron contra nidos de

ametralladoras camuflados con los resultados predecibles.

Tras ser obligados a retroceder en Morhange y Sarrebourg, los franceses tuvieron que hacer frente a los decididos

contraataques del VI y el VII Ejército alemanes. Lo que éstos buscaban era aprovecharse de las bajas francesas, tomar la

trascendental ciudad de Nancy, y atravesar lo más deprisa posible el Trouée de Charmes, una región apenas fortificada al

sudoeste de Nancy, entre Toul y Epinal. Joffre tenía que manejar esta crisis además de la que tenía lugar en Bélgica, donde

los alemanes se disponían a cruzar el río Mosa y a avanzar sobre Mons. La situación se había vuelto desesperada.

El 24 de agosto, el mismo día en que la BEF mantuvo sus líneas en Mons, los alemanes atacaron Trouée de Charmes,

cuya posición Joffre ordenó que se defendiera a toda costa. El jefe del II Ejército, Edouard Noel de Castelnau, encomendó

la defensa de Nancy al inteligente y agresivo comandante de su XX Cuerpo, Ferdinand Foch. Este había abandonado el

colegio en 1870 para alistarse voluntario como soldado raso en la guerra franco-prusiana, aunque no llegó a entrar en

combate. Después de la guerra volvió al colegio en Nancy, donde se preparó para los exámenes de acceso al cuerpo de

oficiales francés, mientras las bandas de la ocupación alemana se burlaban a diario de la población interpretando el toque

19 Joffre, citado en Halsey, op. át., vol. I, pág. 279.

de «retirada». Foch conocía bien el terreno de los alrededores de Nancy y ardía en

de «retirada». Foch conocía bien el terreno de los alrededores de Nancy y ardía en deseos de venganza.20 Pero también se

veía favorecido por sus excelentes relaciones con Joffre, que disculpaba de buen grado muchos de sus defectos. A

principios de agosto de 1914, Foch había ignorado la orden del gobierno de alejar 10 km de las fronteras a sus unidades, y

en Morhange insistió en avanzar cuando Castelnau le había ordenado que se retirara. Por consiguiente, Castelnau le

culpaba en buena medida de la pésima situación que ocupaba en ese momento su II Ejército.

Foch reorganizó la retirada de las unidades francesas haciéndoles rodear una cadena de colinas boscosas de 300 a 400

metros de altura situadas al nordeste de Nany, conocidas en conjunto como la Grand Couronné. El I y el II Ejército

restablecieron entonces el contacto y se prepararon para recibir el ataque de los alemanes. El 25 de agosto éstos estuvieron

a punto de romper las líneas francesas, pero Foch reaccionó. Ordenó a su XX Cuerpo que contraatacara, con la esperanza

de que la confusión generada por su ataque desbaratara los planes alemanes. Su maniobra funcionó:

los franceses

consiguieron conservar Nancy y Trouée de Charmes tras una sucesión de sangrientos enfrentamientos que se prolongaron

hasta el 12 de septiembre.

A pesar de este éxito, los franceses no consiguieron retomar Alsacia-Lorena y pagaron un descomunal precio en vidas

humanas en la batalla de las Fronteras. Los oficiales franceses, imbuidos en la creencia de que el mando significaba estar

dispuesto a atacar y a morir con las botas puestas, dirigieron un ataque sangriento tras otro. La doctrina ofensiva francesa

se desmoronó ante la artillería de campaña y las ametralladoras alemanas. Se estima que las bajas francesas fueron de

200.000 hombres y de 4.700 de los 44.500 oficiales que había antes de la guerra. Los mejores hombres del Ejército francés

habían sacrificado sus vidas en un intento de recuperar Alsacia y Lorena, sólo para descubrir que la verdadera amenaza

estaba en otra parte.

El ingente número de heridos de las primeras semanas desbordó

por completo a un sistema sanitario carente de toda preparación

para la guerra. Esta iglesia francesa sirvió de improvisado hospital

de campaña. (National Archives)

El milagro del Mame

Joffre reaccionó ante la sucesión de emergencias coincidentes a las que se enfrentaba sin perder la calma. Aquel hombre de

físico imponente, presencia militar y una calma casi inhumana, hizo balance de las crisis simultáneas que se habían

desarrollado en Bélgica y Alsacia sin perderse ni sus descomunales almuerzos ni sus siestas diarias. Al darse cuenta

tardíamente de que la principal amenaza procedía del ala derecha alemana, que avanzaba hacia París desde el nordeste,

ordenó a sus fuerzas que permanecieran a la defensiva desde Verdún a Belfort. Reemplazó a toda prisa a una docena de

20 Para más información sobre Foch, véase Michael Neiberg, luich: Supreme Allied Covimav-'r tu the Great War, Dulles.

Virginia, Brassey's, 2003.

oficiales, incluidos Lanrezac y Pau, por considerar que no habían sabido hacer frente al desafío de las primeras semanas de

la guerra. Por otro lado, disolvió el ejército de Alsacia de Pau y envió a la mayoría de sus hombres a París, donde

contribuirían a la formación de un nuevo VI Ejército que protegería los accesos nororientales a la capital. Asimismo,

asignó a Foch al mando de otra nueva unidad, el IX Ejército, que se estaba formando en el este de París, entre el IV y el V

Ejército.

De acuerdo con el calendario previsto, los alemanes estaban cerca de una tentadora victoria en el oeste. El 31 de agosto

un piloto alemán se atrevió a lanzar sobre el mercado de Les Halles de París una bandera con la inscripción: «Los alemanes

estarán en París dentro de tres días».21 Aun así, la capital francesa empezaba a figurar cada vez menos en los planes

alemanes. Al creer que había aplastado a la BEF, Kluck decidió cambiar de estrategia y optó por no

dirigirse hacia el norte

y el oeste de París, como estaba planeado; en su lugar, cambió el eje del ataque hacia el sur y el este de la capital, con la

intención de aplastar al V Ejército francés, al que, erróneamente, consideraba el Ejército aliado menos capacitado de los

establecidos en las cercanías de París. El reconocimiento aéreo y las patrullas de caballería franceses no tardaron en

informar del cambio en los movimientos de Kluck.

El cambio de rumbo alemán fue una grata noticia para el gobernador militar de París, el general Joseph Gallieni, un

héroe de las guerras coloniales francesas al que se había devuelto al servicio activo a pesar del rápido deterioro de su salud.

El 1 de septiembre Gallieni había informado a Joffre que París no podía defenderse con los recursos de que disponía. Pero

la noticia del movimiento alemán hacia el sudeste, que Gallieni recibió el 3 de septiembre, significaba que la batalla

principal podría librarse en las afueras de París y que la capital no tendría que sufrir un sitio para el que estaba

lamentablemente preparada. Tanto Joffre como Gallieni vieron la oportunidad de aplastar la, a esas alturas, desprotegida

ala derecha alemana, aunque Joffre siguió recomendando que se evacuara al gobierno francés a la ciudad de Burdeos,

situada casi 600 km al sudoeste.

Al mismo tiempo, sir John, cada vez más desanimado, estaba considerando la posibilidad de mover a la Fuerza

Expedicionaria Británica en dirección al puerto de Le Havre, en el canal de la Mancha, de donde podría ser evacuada por la

Royal Navy. El 31 de agosto telegrafió al secretario de Estado de la Guerra británico, lord Kitchener, admitiendo que «mi

confianza en la capacidad de los mandos del Ejército francés para conducir al éxito esta campaña disminuye a marchas

forzadas».14 Kitchener, un militar de proporciones legendarias, comprendió de inmediato que si la BEF procedía a la

retirada propuesta por sir John, se abriría una peligrosa brecha entre el V y el VI Ejércitos franceses, dejando a París en una

arriesgada situación de desprotección. Por lo tanto, dio el insólito paso de dirigirse a toda prisa a Francia para convencer

personalmente a sir John de que se quedara. Aunque, a la sazón, Kitchener formaba parte del gobierno en calidad de civil,

se presentó en Francia ataviado con su uniforme de mariscal de campo, a fin de dejar bien claro ante sir John cuál era su

idea de la cadena de mando. Kitchener consiguió que sir John cambiara de opinión, y la BEF asumió las posiciones

defensivas del este de París.

El 4 de septiembre los dos ejércitos enemigos estaban desplegados, como unas tensas cintas elásticas, a un lado y a otro

de un frente de 320 km que discurría desde París a Verdún. El modificado plan alemán preveía replegar sobre sí mismos

los dos flancos de la línea aliada, comprimiendo así uno contra otro a los ejércitos aliados. La maniobra prometía destruir

a las fuerzas aliadas frente a París, pero exigía un gran esfuerzo de los soldados alemanes, que llevaban caminando y

combatiendo desde hacía un mes. El I, el II y el III Ejércitos estaban integrados por miles de hombres que ya no tenían las

fuerzas con las que habían empezado la guerra; muchas unidades habían agotado sus provisiones y estaban viviendo de lo

que les daba la tierra, y los soldados estaban cansados, hambrientos y escasos de munición.

Por su parte, los hombres de Joffre estaban tan cansados como sus enemigos alemanes, pero tenían más cerca sus líneas

de abastecimiento, y los refuerzos provenientes de las provincias francesas iban camino de París. Con la capital fuera ya

del punto de mira del I Ejército alemán, Joffre y Gallieni se la jugaron: el 4 de septiembre ordenan a

los hombres de la

guarnición de París que «mantengan el contacto con el Ejército alemán y se preparen para intervenir en la batalla que se

avecina».22 Gallieni se reunió entonces con el jefe del Estado Mayor de sir John y acordaron un plan para actuar de manera

conjunta cuyos detalles Joffre y sir John ratificaron de inmediato. El cambio de orientación revitalizó a los hombres de la

BEF, que se alegraron de seguir adelante en lugar de retroceder. «Sólo aquellos que habían intervenido de verdad en la

retirada [de Mons] -recordaba un oficial británico-, pudieron experimentar en toda su intensidad la sensación cuando se

nos dijo que íbamos a suplir nuestras carencias y a prepararnos para avanzar.23 A pesar de la fatiga, los hombres de la BEF

21 Ministére de la Guerre, Les Armées Francaises dans la Grande Guerre, serie I, vol. 2, París,

Imprimcne Nationale, 1925,

pág. 587.

22 French, citado en Asprey, op. át, págs. 80-81.

23 Les Armées Francaises, op, cit. serie I, vol. 2, pág. 627.

no habían perdido su ardor guerrero.24 . El Frente Occidental, 1914. La subsiguiente batalla del

no habían perdido su ardor guerrero.24

.

El Frente Occidental, 1914.

La subsiguiente batalla del Marne se extendió a ambos lados de todo el frente, desde el río Ourcq hasta Verdún, y, en su

momento, constituyó la mayor batalla jamás librada, con un millón de hombres combatiendo en cada bando. Lo que estaba

en juego era descomunal. Si los alemanes tenían éxito en envolver a los ejércitos aliados, el hecho podía conducir a un

desastre de una magnitud sin precedentes; si fracasaban, los alemanes se verían obligados a retirarse más allá del río

Marne, y París estaría a salvo. La orden general del V Ejército el día 5 de septiembre transmitía una sensación apremiante:

«Antes de esta batalla, cada soldado ha de saber que el honor de Francia y la salud de la Patria descansan en el vigor con

que mañana afronte la batalla. El país confía en que todos los hombres cumplan con su deber».25 El futuro de Francia

pendía de un hilo.

La mañana del domingo 6 de septiembre, los ejércitos aliados avanzaron a lo largo de todo el frente. El mismo kaiser se

había personado en el flanco izquierdo alemán con la esperanza de encabezar una marcha triunfal sobre Nancy, pero los

franceses, sin dejar de combatir sobre el Grand Couronné, le negaron la posibilidad. Tras haber aprendido la lección de

Bélgica, las fuerzas francesas abandonaron sus fortificaciones y lucharon desde trincheras y terraplenes de hasta casi siete

metros de profundidad. Los enérgicos ataques de las fuerzas alemanas llevaron a éstas a menos de 10 km de Nancy, pero

los franceses resistieron a pesar de la abrumadora superioridad alemana tanto en hombres como en piezas de artillería. El

contratiempo sufrido cerca de Nancy no sólo fue una humillación para el kaiser, sino que implicó que la pinza oriental del

doble envolvimiento alemán no había conseguido su propósito.

La clave de la batalla se produjo más al oeste, cerca de París. El I Ejército de Kluck había perdido contacto con el II

Ejército del general Bülow, de resultas de lo cual entre ambos se abrió una brecha desguarnecida de 19 km. Moltke, a la

sazón aislado en Luxemburgo, no podía recibir la información lo bastante deprisa para manejar la situación, pero Joffre,

que estaba más cerca del frente, sí. En consecuencia, éste asignó el IX Ejército de Foch para inmovilizar al II Ejército

alemán en su posición, mientras el V Ejército francés y la BEF se metían en la brecha entre los dos ejércitos alemanes. El

destino de París, y quizá el de la misma guerra, se decidiría a la mañana siguiente, el lunes 7 de septiembre.

Al amanecer, los ejércitos aliados avanzaron. Kluck vio el peligro y contraatacó hacia el oeste,

infligiendo enormes

bajas a los franceses. El jefe del VI Ejército galo, Michel Joseph Manoury, se planteó la retirada, pero la planificación de

Gallieni lo salvó. El 1 de septiembre, el gobernador militar había ordenado que todos los taxis y chóferes de París

estuvieran preparados para un eventual servicio, y el 6 de septiembre ordenó que 1.200 taxis y sus conductores se

congregaran en las estaciones de ferrocarril de la capital. En lo que acabó conociéndose como el «Milagro del Marne»,

24 Frank Pusey, «A Long and Happy Life», 1978, IWM 79/5/1, pág. \2. La cursiva es del original

25 Les Armées Francaises, op. dt., tomo 1. vol. 2, pág. 681.

Gallieni utilizó aquellos taxis para llevar a toda prisa hasta Manoury a 5.000 hombres de refuerzo recién llegados, a tiempo

de frenar el contraataque de Kluck, ganándose para siempre el título de «Salvador de París».

Al mismo tiempo que los refuerzos de Gallieni estaban salvando París, la BEF amenazaba el flanco izquierdo de Kluck.

El comandante del I Cuerpo, Douglas Haig, hizo penetrar a la BEF casi 13 km en la brecha abierta entre el I y el II Ejércitos

alemanes. Aunque los acontecimientos del 7 de septiembre no habían ganado todavía la batalla, sí que habían cambiado la

situación de manera espectacular. Los aliados amenazaban con cercar al I Ejército alemán; el mujeriego hijo del kaiser, el

príncipe heredero Guillermo, jefe del V Ejército, se vio obligado a aparcar su proyecto de una marcha triunfal por los

Campos Elíseos, trasunto de otra que había realizado el Ejército prusiano en 1871. París estaba salvado.

Al igual que el príncipe heredero, en la retaguardia, en Luxemburgo, Moltke comprendió que la batalla no se estaba

inclinando de su lado. Alejado de las líneas del frente, tenía una imagen de los acontecimientos mucho menos clara que la

de Joffre o sir John. El general alemán Erich von Falkenhayn, que no tardaría en reemplazar a Moltke, comentó con

mordacidad que «nuestro Estado Mayor General ha perdido definitivamente la cabeza. Las notas de Schlieffen ya no son

de ninguna ayuda, así que el ingenio de Moltke ha llegado a su fin».26 Para lograr una mejor comprensión de la situación,

Moltke envió al frente a uno de los oficiales más capaces de su Estado Mayor, el teniente coronel Richard Hentsch. Al

recorrer el frente el 8 y 9 de septiembre, Hentsch encontró a Bülow y a Kluck enzarzados en culparse mutuamente por la

brecha que se había abierto entre ellos. Los alemanes carecían de reservas para cerrarla y admitieron su incapacidad para

echar a los franceses de sus posiciones en el este. El 9 de septiembre fracasó un decidido ataque contra el centro de los

aliados, al conseguir mantener su posición el IX Ejército de Foch; entonces, éste sorprendió a los alemanes

contraatacando. Bülow decidió retirarse detrás del río Marne y, al hacerlo, ensanchó la brecha entre él y Kluck. Hentsch,

en nombre de Moltke, ordenó entonces a Kluck que se retirase también.

Durante los dos días siguientes los ejércitos aliados avanzaron con lentitud y prudencia después de cruzar el Marne.

Joffre y sir John no estaban preparados todavía para creer que los alemanes habían admitido su derrota y que, de hecho, se

estaban retirando y no reorganizándose para otra ofensiva. Más tarde, sus detractores culparon a Joffre por no perseguir a

los alemanes en su retirada, pero los que así obraron no tuvieron en cuenta las enormes pérdidas sufridas por los aliados.

En sólo unas tres semanas de combate activo, los aliados y los alemanes habían perdido más de medio millón de hombres

cada uno. Los dos ejércitos estaban agotados, escasos de suministros y sin saber muy bien qué debían hacer a continuación.

Joffre y los ejércitos aliados había detenido a los alemanes y salvado a París. Haberles pedido más hubiera excedido las

capacidades de unos hombres que ya habían sufrido demasiado.

Moltke comprendió de inmediato el significado de la retirada alemana. De manera profética, escribió a su esposa: «La

guerra que había empezado con tan buenas expectativas, al final se volverá en contra nuestra Seremos aplastados en

nuestra lucha contra Oriente y Occidente que pagar por toda la

Nuestra campaña es una desilusión cruel. Y tendremos

destrucción que hemos causado».27 La derrota en el Marne significó también el final del mando de Moltke, que, tras sufrir

una crisis nerviosa, fue sustituido por Falkenhayn el 13 de septiembre. La guerra planeada por los generales había

acabado; la guerra de la improvisación estaba a punto de comenzar.

La carrera hacia el mar

Como sucedió tan a menudo en la Primera Guerra Mundial, en los días posteriores a la batalla del Marne las ventajas se

pusieron del lado de los defensores. Los ríos Aisne y Oise, al norte del Marne, bajaban aquel septiembre con un inusitado

caudal, consecuencia de las copiosas lluvias caídas durante el verano, creando así una sólida línea natural de defensa para

los alemanes. Mientras se retiraban, éstos pusieron en práctica una política de tierra quemada, dejando tras de sí un

territorio desprovisto de pozos de agua, alimentos y líneas de comunicación. Los germanos se permitieron el lujo de

atrincherarse en un terreno de su propia elección y escogieron unas excelentes posiciones defensivas.

A mediados de septiembre, Joffre intentó rodear por la derecha la línea alemana, la cual se

encontraba desprotegida en

las cercanías de la ciudad de Noyon. La idea de una maniobra como ésta para amenazar los flancos, consiste en mover las

fuerzas alrededor de las líneas enemigas y cortarle las comunicaciones. Una vez conseguido, las fuerzas enemigas no se

pueden reforzar ni reabastecer. Los cansados soldados franceses respondieron, una vez más, a la llamada de su

comandante y atacaron. En la primera batalla del Aisne (del 14 al 18 de septiembre) los franceses tuvieron una prueba de

26 Falkenhayn, citado en Asprey, op. cit., pág. 126. El conde Alfred von Schlieffen había sido el

predecesor de Moltke

como jefe del Estado Mayor General alemán. Sus detalladas notas y planificaciones siguieron influyendo en el

pensamiento alemán, como el propio Schlieffen, a quien Moltke consultaba de manera regular hasta

la muerte de aquél

en 1913.

las dificultades a las que se enfrentaban unos atacantes que intentaban avanzar contra una línea

las dificultades a las que se enfrentaban unos atacantes que intentaban avanzar contra una línea de trincheras asentada. El

ataque fracasó y se saldó con numerosas bajas, que obligaron a Joffre a improvisar otro enfoque.

E. R. Heaton en una fotografía tomada poco después de alistarse

voluntario para servir en los Nuevos Ejércitos. El y casi otros

veinte mil británicos más murieron el primer día de la batalla del

Somme, el 1 de julio de 1916. (Imperial WarMusem, propiedad

de la Corona).

Durante el resto de septiembre y octubre, ambos bandos desplegaron sus fuerzas hacia el norte, tratando de encontrar

los puntos débiles de los flancos enemigos, mientras se esforzaban en defender al mismo tiempo los propios. Hacia el 8 de

octubre los dos bandos habían extendido sus líneas hasta Lille y la frontera franco-belga. Esta serie de maniobras,

conocidas con cierta imprecisión como «la carrera hacia el mar [del Norte]», crearon en el frente un gigantesco

abultamiento, lo que en términos militares recibe el nombre de saliente. Más o menos al mismo tiempo, los

enfrentamientos en el norte de Bélgica terminaron en la práctica. Las formidables defensas de Amberes habían resistido

los sitios a los que la habían sometido los alemanes a lo largo de las primeras semanas de la guerra. Sin embargo, el 1 de

octubre la línea exterior de las defensas de la ciudad cayó. Dos días después, 12.000 infantes de Marina británicos llegaron

en ayuda de la guarnición. El cerebro de la operación, el joven y desenvuelto primer lord del Almirantazgo [ministro de

Marina], Winston Churchill, se personó en Amberes decidido a que la ciudad resistiera. Esta no lo consiguió; Amberes

acabó rindiéndose el 9 de octubre, y la mayor parte de los infantes de Marina británicos abandonaron la ciudad por mar, tal

y como habían llegado. Lo que quedaba del Ejército belga se retiró hacia el oeste, seguido de cerca por cinco divisiones de

infantería alemanas y los terroríficos cañones de asedio que habían utilizado para destruir las defensas del puerto.

El centro de las operaciones no tardó en trasladarse a una pequeña franja de territorio belga en el mar del Norte, en los

alrededores de la ciudad de Ypres, por detrás del río Yser. Allí, un saliente aliado se introducía en las líneas alemanas.

Falkenhayn planeó atacar frontalmente el saliente y penetrar hasta los puertos del canal de la Mancha de Dunkerque,

Calais y Boulogne, este último el principal puerto de abastecimiento de la BEF. Una vez más, el kaiser apareció en las

líneas del frente, en esta ocasión esperando conducir a sus hombres dentro de Ypres. Y de nuevo, se llevaría una

decepción.

Para defender el área comprendida entre Ypres e Yser, Joffre envió a Foch al norte para que se hiciera cargo de lo que

llegó a conocerse como el Grupo de Ejércitos del Norte, que estaba compuesto por los restos desorganizados del Ejército

belga, la BEF y el X Ejército francés. De hecho, Foch tenía menos rango que sir John, que era mariscal de campo, y que el

comandante del Ejército belga, el rey Alberto I. Sin embargo, Francia tenía a sus mejores hombres en aquel sector, y Foch

conocía bien el terreno. Este se dio cuenta enseguida de que la posición aliada exigía la conservación de las ciudades

francesas de Lille y Dunkerque y la belga de Dtxmunde, situada al norte de Ypres. En consecuencia, envió rápidamente

refuerzos a las tres con la orden de que resistieran a toda costa.

Conseguir que tres ejércitos funcionaran conjuntamente suponía un reto de consideración. Las posturas británica y

belga diferían de manera sustancial. Como cabía esperar, a sir John le preocupaba la seguridad de los puertos del Canal y

quería evacuar el sector de Ypres para concentrarse a lo largo de la costa. Sin embargo, el rey Alberto estaba decidido a

aferrarse a cualquier precio a la última franja de territorio de su país fuera del control alemán. El 17 de octubre, mientras

Foch reorganizaba las fuerzas aliadas en Ypres y de sus alrededores, las fuerzas de Falkenhayn atacaron. La oportunidad

de destruir a los agotados británicos, a quien el príncipe Rupprecht de Bavaria denominó «nuestros

más odiados

enemigos», fue un estímulo añadido para la ofensiva alemana.28

La campaña resultante consistió en dos batallas coincidentes, la primera de Ypres y la batalla de Yser (del 17 de

octubre al 12 de noviembre). El terreno relativamente llano y monótono del sector de Ypres favorecía a los atacantes

alemanes, porque la presencia de capas freáticas a muy escasa distancia de la superficie hacía inútil el atrincheramiento.

Foch comprendió que sus tropas carecían de fuerza para contraatacar, así que tendrían que resistir, combatir y sobrevivir

como fuera. El combate más desesperado se produjo entre el 21 y el 29 de octubre. La situación parecía tan mala que, en un

momento dado, sir John se volvió hacia Foch y le dijo: «No puedo hacer nada más excepto acercarme y que me maten con

el I Cuerpo».29 El mismo Foch, por lo general un dechado de optimismo, era también cada vez más pesimista a causa de la

llegada inminente de las fuerzas alemanes del sector de Amberes, de la baja moral de muchas unidades belgas y de lo que

los franceses consideraban una concentración escasa de fuerzas británicas en la región.

La posición aliada resistió en buena medida gracias al valor de un grupo de zapadores belgas. El 29 de octubre este

grupo se dirigió hacia los mecanismos de accionamiento hidráulico de Nieuport, en la costa del mar del Norte. En su

avance pasaron tan cerca de las líneas alemanas que podían oír los movimientos del enemigo. A las 19:30 horas de aquella

tarde abrieron las compuertas que evitaban que el mar del Norte anegara la región de Flandes. En cuestión de pocas horas,

más de 700.000 metros cúbicos de agua inundaron toda la región, cubriendo un área de 35 km de longitud. Los zapadores

se quedaron el tiempo suficiente para cerrar las compuertas antes de que los reflujos volvieran a sacar el agua. Su acto de

audacia creó la línea de defensa temporal que los aliados necesitaban para reagruparse y mantener su

línea.30

El clima invernal llegó a mediados de noviembre, y con él el agotamiento para todos. Los dos bandos tuvieron la

oportunidad de valorar cuál era su posición. Sus planes de guerra, que habían sido preparados con tanto cuidado por las

mejores mentes militares a lo largo de muchos años, no habían conseguido producir las rápidas victorias prometidas por

sus autores. Las enormes bajas del primer año de guerra destruyeron, de hecho, los núcleos de los ejércitos europeos de

antes de la guerra. Sería necesario formar, entrenar y enviar a combatir a nuevos ejércitos de voluntarios y de recluta

obligatoria. Llegar a esta conclusión resultó especialmente doloroso para Gran Bretaña, que durante tanto tiempo se había

resistido a la tendencia general de grandes ejércitos de reclutamiento obligatorio, en lugar de una fuerza pequeña y

profesional. Esa fuerza ya no existía. Su lugar lo ocuparon nuevos ejércitos de voluntarios que vincularon de forma tan

íntima a las fuerzas armadas de la nación y a su sociedad.

Para Francia el año acabó con la ocupación alemana de la mayor parte de la zona industrial del noroeste del país. La

región incluía a la décima parte de la población de Francia, al 70 % de sus yacimientos carboníferos y al 90 % de sus minas

de hierro. Para acabar con la ocupación, Francia tendría que asumir la ofensiva en 1915, una posibilidad que los últimos

meses habían demostrado su dificultad. El daño para Francia, tanto moral como material, ya era elevado. La ciudad de

Reims, en el corazón de Champaña, había sufrido ya la destrucción de 300 edificios y la muerte de 700 ciudadanos a causa

de la artillería alemana. Hacia finales de 1914 la urbe, que había tenido 110.000 habitantes antes de la guerra, era, en la

28

Rupprecht, citado en CQG de Arniées de L'Esc, «La Bataille des Flandres> 19 de noviembre de

1914, SHAT Fondos

BUAT, 6N9, pág. 4.

29 French, citado en Martin Gilbert, The First Wold War: A Complete History, Nueva York, Henry

Holt, 1994, pág. 97

(trad. cast.: La Primera Guerra Mundial, Madrid, La Esfera de los Libros, 2004).

30 Robert Cowley, «Albert and the Yser», Military History Quarterly, vol. I, N° 4, verano de 1989,

págs. 106-117.

Quarterly, vol. I, N° 4, verano de 1989, págs. 106-117. práctica, una ciudad fantasma. Su magnífica

práctica, una ciudad fantasma. Su magnífica catedral, lugar de coronación de 27 reyes franceses, había resultado

gravemente dañada por los proyectiles, en buena medida de forma intencionada. Entre 1914 y 1918 los alemanes lanzaron

más de cien mil proyectiles sobre Reims.

Soldados franceses atrincherados cerca de Reims, en Champaña.

Adviértanse los daños en el edificio del fondo, víctima del fuego

artillero. (Library of Congress)

Pese al éxito de sus operaciones, Alemania se encontraba en una posición igual de incómoda. Toda su estrategia había

dependido de la rapidez de su victoria en el oeste. Como el propio Moltke comprendió, el no conseguirlo les exigía

combatir contra las potencias industriales de Gran Bretaña y Francia por un lado, mientras tenían que rechazar los masivos

ataques de los rusos en el este. Por otra parte, una guerra larga permitiría a los británicos establecer un bloqueo y atacar así

a la economía germana. En consecuencia, los tres países se comprometieron a seguir luchando en 1915, aun cuando poca

gente era capaz de recordar con exactitud cómo el asesinato de un impopular archiduque austríaco les había puesto en

semejante apuro.

Capítulo 2

Sueltos como fieras salvajes

La guerra en Europa oriental

No hay pueblo que no muestre la marca de la

destrucción gratuita de la vida y de la propiedad:

casas quemadas, otras saqueadas; sus muebles

sacados a la calle y destrozados una vez allí. Los

interiores de las iglesias han sido arrasados y

profanados de forma invariable.

Artículo escrito desde Polonia en octubre de 1914

por el corresponsal del Daily Chronicle

londinense, PERCIVAL GIBBBON 31

En 1914 el movimiento de las grandes potencias en la Europa oriental dependía en gran medida de la rapidez con que el

Ejército ruso concluyera la movilización. Dicho de manera sucinta, la movilización es el tiempo que transcurre entre la

decisión de un país de preparar sus fuerzas armadas para la guerra y la finalización de esos preparativos. Rusia tenía un

ejército inmenso de más de seis millones de hombres, pero estaba desplegado a lo largo y ancho de la masa continental del

Estado más grande del mundo. Las inversiones anteriores a la guerra (muchas de ellas de empresas francesas) para mejorar

la red de ferrocarriles rusos habían ayudado a incrementar su rapidez y eficacia, pero la infraestructura de transporte rusa

seguía siendo lamentablemente inadecuada para la tarea de la movilización.

Una vez organizado, el Ejército ruso siguió afrontando un sinfín de problemas. Sus mandos estaban divididos por

diferencias ideológicas, sociales y personales; varios de sus oficiales de mayor rango casi ni se hablaban. Además, las

mismas dificultades de transporte que retrasaban la movilización garantizaban que, aun cuando los

rusos tuvieran el

material que necesitaban, las armas adecuadas rara vez llegaran a las unidades correctas y en el momento debido. La

mayoría de las fortificaciones rusas estaban obsoletas, y el país seguía teniendo semejante fe en la caballería (una fe que

pronto se revelaría anacrónica), que en los primeros días de la guerra un historiador escribió: « ferrocarriles que

los

podrían haber enviado rápidamente al frente a la infantería, en su lugar fueron cargados con los caballos y su forraje».32

Rusia tenía muchos militares dignos de admiración, pero tenía muchos más que debían sus puestos a las intrigas

palatinas o a los contactos personales. Alexei Brusilov, uno de los oficiales rusos más competentes, advirtió en los años

previos a la guerra que el sistema de promoción no valoraba «ni la independencia, ni la iniciativa, ni la firmeza de ideas, ni

[la fuerza de] la personalidad». La visión del mundo del soldado de infantería ruso medio no le había preparado para

comprender la guerra o el lugar que ocupaba en ella. Brusilov advirtió que los reclutas del interior del país no tenían ni idea

de por qué estaban luchando. «Casi ninguno de ellos sabía quiénes eran esos serbios [en cuyo nombre Rusia había entrado

de manera ostensible en la guerra]; de igual manera, tenían serias dudas acerca de lo que era un eslavo.»33 A pesar de

ciertos sentimientos antigermanos en el seno del gobierno, eran pocos los soldados rusos que se dedicaban a pensar en

exceso en los alemanes, y menos aún los que los odiaban. Los miembros de los estratos más elevados de la sociedad

sentían escasa animadversión hacia los alemanes, tal y como se reflejó en el amistoso intercambio de telegramas del zar

con su primo el kaiser, y varios miembros de la corte rusa, incluida la zarina, eran demostrablemente germanófilos.

Los alemanes, por su parte, lo único que temían del Ejército ruso era su tamaño. La metáfora de Dennis Showalter

sobre el Ejército ruso, como la de un boxeador de los pesos pesados sin ningún juego de piernas elaborado ni

sincronización, es acertada. Los alemanes se veían a sí mismos como un habilidoso peso medio, capaz de aprovecharse de

31 El epígrafe está extraído de una cita en Francis Halsey, The Litmny Digest History of the World

War, vol. 7, Nueva

York, Funk and Wagnalls, 1919, pág. 40.

32 Norman Stone, The Eastern Front, 1914-1917, Londres, Penguin, 1975, pág. 36.

33 Alexei Brusilov, A Soldier's Notebook, 1914-1918 (1930), Westport, Connecticut, Greenwood

Press, 1971, págs. 22 y

37.

un contrincante que, pese a su mayor tamaño, era más lento.34 Incluso sus aliados cuestionaban la capacidad de los rusos

para proporcionar una ayuda militar significativa en caso de guerra. La mayoría de los observadores franceses y británicos

de antes de la guerra consideraban primitiva la operatividad de los rusos, así como insuficiente su estructura de apoyo, para

las exigencias de la guerra moderna.

El Ejército ruso estaba aquejado también de inmensos problemas en el frente interior. La guerra ruso- japonesa de

1904-1905 había originado la creación de un Parlamento electo, pero apenas había contribuido a compensar la fragilidad

del Estado. Mientras que en 1914 eran pocos los que predecían la magnitud de la revolución que invadiría el país en 1917,

muchos creían que la estructura del Estado ruso estaba demasiado debilitada para sobrevivir a una guerra prolongada.

Irónicamente, esta debilidad fue la que llevó a muchos miembros de la aristocracia rusa a sufragar la guerra, con la

esperanza de que una emergencia nacional pudiera congregar al pueblo ruso alrededor del zar y de la clase dirigente.

No obstante todos estos problemas, Rusia se sorprendió incluso a sí misma con un vigoroso esfuerzo en los días y

semanas que siguieron a la orden de movilización del zar del 30 de julio. Cientos de miles de rusos, procedentes en un

número desproporcionado de las ciudades, se alistaron voluntarios al servicio militar, y el número de reservistas que no se

presentó a sus unidades según lo ordenado fue sustancialmente más bajo que lo que se había esperado. Una semana

después de la promulgación de la orden de movilización, el zar recibió a los líderes de los principales partidos

parlamentarios, muchos de los cuales le habían sido hostiles sin ambages. Todos acordaron aparcar las diferencias

políticas y unirse para apoyar la guerra. Incluso los antisemitas más furibundos se refirieron elogiosamente a los judíos del

país como súbditos compatriotas con un interés común en ganar la guerra.

Desde un punto de vista geográfico, Rusia ocupaba una posición que ofrecía ventajas e inconvenientes por igual. La

frontera occidental incluía el saliente polaco, una protuberancia de unos 160 km que penetraba en la frontera de Alemania

con Austria-Hungría. Por lo tanto, se exponía a un ataque conjunto del enemigo, aunque daba también a los estrategas

rusos la opción de atacar por el norte, adentrándose en la provincia alemana de Prusia oriental, el hogar tradicional de la

aristocracia alemana, o por el sur, a través de los Cárpatos, y penetrar en el centro agrícola de Hungría. Los estrategas rusos

estaban divididos acerca de cuál de las dos opciones ofrecía las mejores posibilidades de éxito. Casi todos los rusos

pensaban que los austrohúngaros serían más fáciles de derrotar, pero el terreno montañoso de los Cárpatos era un

inconveniente. Un ataque contra Alemania, sin embargo, se revelaría como la mejor ayuda para Francia; si Alemania fuera

derrotada, lo más probable es que Austria-Hungría no tuviera otra alternativa que rendirse.

Incapaces de decidirse entre las dos opciones, los rusos se decantaron por un plan bélico flexible, el llamado Plan 19.

Este contenía dos variantes: una variante «A» contra Austria, y una variante «G», que implicaba un ataque contra Prusia

oriental. La clave del Plan 19 radicaba en una movilización por etapas. Al contrario que los alemanes, los rusos prefirieron

no esperar a que todas sus unidades se hubieran movilizado antes de empezar las operaciones ofensivas. Veintisiete

divisiones rusas estuvieron listas para el combate antes de quince días; otras 25 se prepararon para unirse a ellas ocho días

después. Menos de dos meses después de la decisión de movilización, el Ejército ruso tenía 90 divisiones en la saliente

polaca, y 20 más en la Transcaucasia, para protegerse de la contingencia de que el Imperio otomano entrara en la guerra.

No obstante el éxito de la movilización, la campaña contra Prusia oriental tuvo problemas aun antes de empezar. El zar

había convencido a su tío, el gran duque Nikolai, para que asumiera el mando de los ejércitos rusos. Nikolai tenía una

impresionante carrera militar que se remontaba a la guerra ruso-turca de 1877-1878. Había sido el responsable de muchas

de las importantes reformas militares que los rusos habían llevado a cabo tras el desastre de 1904 y 1905. Sin embargo, en

1909, como consecuencia de otra de las innumerables rivalidades internas, el nuevo ministro de la Guerra, V. A.

Sukhomlinov, había relegado a Nikolai al desempeño de un papel secundario. Su marginación había sido tan absoluta, que

cuando Nikolai aceptó el puesto de comandante en jefe el 2 de agosto, tuvo que ser informado sobre el Plan 19, puesto que

no estaba familiarizado con sus detalles. Aunque se vio incapaz de declinar la petición de su sobrino, se sintió

completamente abrumado por sus nuevas responsabilidades.

Nikolai ordenó que los ejércitos rusos entraran en combate antes de que se hubiera completado la movilización,

presionando de inmediato tanto a Alemania como a Austria-Hungría. Al I y al II Ejércitos rusos se les había encargado que

invadieran Prusia oriental. El jefe del I Ejército, Pavel Rennenkampf, era oriundo del Báltico alemán; más tarde, esta

ascendencia conduciría a que fuera acusado sin fundamento de sentir simpatías por los alemanes y de que sus errores

habían sido producto de una traición y no de un mal ejercicio del mando. Rennenkampf había ido ascendiendo por el

sistema del Estado Mayor General ruso y estaba vinculado tanto al zar como a Nikolai. Por el contrario, el jefe del II

Ejército, Alexander Samsonov, era un protegido del adversario de Nikolai, Sukhomlinov. La rivalidad entre estos dos

últimos se había ido filtrando entre sus protegidos, y se había hecho tan profunda, que se había convertido en una práctica

habitual el que a un jefe de ejército nombrado por el Ministerio de la Guerra se le asignara un segundo al mando

34 Véase Dennis Showalter, Tanneberg: Clash of Empires, edición corregida, Dulles, Virginia, Brnssey's, 2003, págs.

63-65.

procedente del Estado Mayor, y viceversa, a fin de minimizar las consecuencias negativas de la

procedente del Estado Mayor, y viceversa, a fin de minimizar las consecuencias negativas de la rivalidad entre las

facciones. La muy difundida anécdota de que Rennenkampf y Samsonov se habían peleado a puñetazos en el andén de una

estación de ferrocarril durante la guerra ruso-japonesa era falsa, pero la aversión mutua que se profesaban era lo bastante

intensa para que las personas que conocían a los dos hombres se la creyeran sin dificultad.

El hombre sobre el que recayó la responsabilidad directa de superar estos problemas, el comandante del frente

noroccidental, Yakov Zhilinski, apenas podía haber sido menos idóneo para el cometido. Feroz defensor de la opción G

del Plan 19, tenía más ambición que aptitudes, y debía en buena medida su puesto al conocimiento que tenía de los planes

y necesidades de los franceses. Sin embargo, era un hombre con quien resultaba difícil trabajar y que tenía el mérito

notable de haberse granjeado la antipatía tanto de la camarilla de Sukhomlinov como de la de Nikolai. A lo largo de toda la

campaña de Prusia oriental no consiguió coordinar los movimientos del I y del II Ejércitos, con unos

resultados

desastrosos.

Los soldados alemanes establecen una línea de fuego en Prusia oriental

en 1914. Las aplastantes victorias alemanas en el este compensaron en

parte los fracasos en el oeste, aunque no tuvieron fuerza suficiente para

obligar

a

Rusia

a

abandonar

la

guerra.

Colección

Hulton-Detitsch/Corbis)

Si los alemanes hubieran enviado a siete de sus ocho ejércitos al este, en lugar de al oeste, como hicieron, lo más

probable es que estos desastres se hubieran producido antes. Enfrentado a una inferioridad numérica de cuatro a uno, el

comandante del VIII Ejército alemán, Max von Prittwitz, decidió atraer a Rennenkampf al interior de Prusia oriental e

intentar destruir allí su I Ejército. Combatir en Prusia oriental situaba a los alemanes en un territorio familiar y les permitía

ser abastecidos por sus propios trenes; algo que quedaba vedado a los rusos, cuyas líneas ferroviarias tenían un ancho de

vía diferente. La existencia de una cadena de lagos de más de 96 km, conocidos como los Lagos de Masuria, limitaba las

vías de acceso de los rusos, lo que obligó a Rennenkampf a rodear los lagos hacia el norte, mientras Samsonov se dirigía

hacia el sur, neutralizándose así la superioridad numérica de los rusos. Los alemanes habían planeado y ensayado una

defensa activa de Prusia oriental durante años; el Estado Mayor de Prittwitz conocía a la perfección lo que se suponía

tenían que hacer.

El plan era bastante sensato, pero al comandante del I Cuerpo alemán, Hermann von Francois, cuyo nombramiento se

hace difícil de comprender, eso le traía sin cuidado. Su odio hacia los eslavos anuló su sentido de la obediencia y el 17 de

agosto de 1914, desoyendo las órdenes de su superior, avanzó hacia la frontera rusa. A esas alturas, Rennenkampf se había

adentrado en Prusia oriental, pero, ante la escasez de suministros y el agotamiento de sus hombres tras una semana de

marcha, el 20 de agosto ordenó detenerse. El Estado Mayor de Francois interceptó una transmisión de radio comunicando

la orden de detención, que los rusos no se habían molestado en codificar; sobre la base de ésta, Francois convenció a

Prittwitz de que le permitiera atacar a los rusos que descansaban en la ciudad de Gumbinnen, a unos 40 km al oeste de la

frontera ruso-alemana.

Las catorce horas de combate que siguieron proporcionaron a los rusos una madrugadora, aunque efímera, inyección de

confianza. Pese al rudimentario apoyo de la artillería rusa y a las tácticas de infantería aún más rudimentarias, la

superioridad numérica de Rennenkampf se impuso, y Francois tuvo que admitir que carecía de la fuerza necesaria para

empujar a los rusos al otro lado de la frontera. Mientras tanto, el II Ejército de Samsonov continuó su avance por el sur de

los Lagos de Masuria, amenazando con envolver al VIII Ejército alemán. Prittwitz, considerando que

la situación era lo

bastante grave, se puso en contacto con Moltke, que en ese momento se concentraba en el avance alemán en Bélgica, y le

informó de que, para evitar el envolvimiento, había ordenado una retirada general del VIII Ejército de más de 100 km,

hasta posiciones seguras por detrás del río Vístula.

En retrospectiva, muchas de las decisiones que Moltke tomó en agosto de 1914 parecen erróneas, aunque no así su

reacción ante la llamada de Prittwitz. Tras relevar a éste de sus funciones de inmediato, llamó al casi septuagenario Paul

von Hindenburg, en aquel tiempo retirado del servicio después de una impresionante carrera militar de cincuenta y un

años. Hindenburg había pasado gran parte de su jubilación en una finca que tenía en Prusia oriental, entretenido en los

detalles de las diferentes posibilidades de invasión de su tierra natal por los rusos. Entusiasta, inteligente y con una

presencia física imponente, había estado esperando con impaciencia un nombramiento desde el estallido de la guerra. Era

la elección perfecta para asumir el mando del VIII Ejército. En otra decisión inspirada, Moltke ordenó a Erich Ludendorff,

el héroe de Lieja, que se uniera a Hindenburg en calidad de jefe de su Estado Mayor. Los dos hombres se encontraron por

primera vez el 23 de agosto, en el tren que los transportaba de Hannover al este.

Victoria en Tannenberg

Hindenburg y Ludendorff coincidieron en todo lo concerniente a la situación a la que se enfrentaba el

VIII Ejército. Aun

antes de encontrarse con Hindenburg, Ludendorff había asumido la responsabilidad de ordenar que dicha unidad empezara

a concentrarse frente al II Ejército de Samsonov. Nada más que una solitaria división de caballería se estableció frente al I

Ejército de Rennenkampf, el cual, en opinión de Ludendorff, había sufrido un número considerable de bajas en la batalla

de Gumbinen para impedir que se moviera con rapidez en un futuro inmediato. Hindenburg aprobó las nuevas

disposiciones enseguida, y nada más llegar al cuartel general del VIII Ejército, los dos generales descubrieron que el jefe

de operaciones, el teniente coronel Max Hoffmann, había llegado por su cuenta a la misma estrategia general y había

empezado los preparativos para una concentración frente a Samsonov.

Moltke tomó otra decisión que nunca ha perdido su carácter controvertido. En la creencia de que disponía de efectivos

más que suficientes para tomar París, retiró dos cuerpos del ala derecha del avance alemán en

Francia y los envió al este.

Ambos cuerpos servirían de protección a Prusia oriental en el caso de que las audaces operaciones ofensivas del VIII

Ejército contra los rusos fracasaran. Sin embargo, los dos cuerpos invirtieron todo el final de agosto en trasladarse del

oeste al este y, en consecuencia, no se pudo contar con ellos ni para la batalla del Marne ni para la

que se estaba fraguando

contra Samsonov.

Samsonov, por su parte, se encontraba casi a oscuras sobre los acontecimientos que se desarrollaban delante de él. Las

comunicaciones rusas eran tan primitivas, que Zhilinski tenía que enviar muchos de sus mensajes por

vía telegráfica hasta

Varsovia, donde eran decodificados y enviados al norte en automóvil, por carreteras mal pavimentadas, hasta el cuartel

general de Samsonov. El 24 de agosto, mientras los británicos resistían en Mons, Bélgica, Zhilinski informó a Samsonov

que en su sector sólo había un «número insignificante de fuerzas».35 Por lo tanto, Samsonov adelantó el centro de su línea,

exponiendo peligrosamente sus flancos a un peligro cuya existencia ignoraba.

El alto mando alemán se dio cuenta de que las fisuras geográficas y personales entre los ejércitos rusos ofrecía una

oportunidad de oro. Tras un momento inicial de duda, el 27 de agosto, el agresivo Francois condujo el ataque que cortó las

líneas de retirada al flanco izquierdo y al centro del II Ejército. Al día siguiente, y desobedeciendo de nuevo una orden, esta

vez de Lundendorff, de que ayudara a una unidad de reserva alemana amenazada, continuó el ataque contra la retaguardia

de los rusos. Con apenas información fiable sobre su situación, Samsonov se movió con lentitud y no consiguió frenar la

alarma creciente entre las filas rusas. El 29 de agosto el II Ejército estaba completamente rodeado. Al darse cuenta del

desastre al que se enfrentaba, Samsonov se desmoronó. Después de decirle a su jefe del Estado Mayor: «El emperador

confió en mí. ¿Cómo puedo mirarle a la cara después de semejante desastre?», desapareció en el bosque y se suicidó.

Sin jefe, rodeados y sin ninguna esperanza de recibir refuerzos, los rusos fueron presas del pánico. En muchos puntos,

el cerco alemán era demasiado débil para resistir un ataque decidido de los rusos, pero no se produjo ninguno. De los

135.000 rusos atrapados en la bolsa, sólo escaparon 10.000 soldados; más de 100.000 hombres se rindieron, junto a 500

piezas de su preciada artillería. A pesar de su superioridad numérica, el II Ejército ruso había

actuado de una manera

lamentable, sufriendo una derrota aplastante. El tamaño del inmenso Ejército ruso implicaba que la derrota sólo afectaba a

cuatro de los treinta y siete cuerpos del país, pero las repercusiones psicológicas de la pérdida sobrepasaron con creces las

materiales. El pesimismo se apoderó de los rusos, que empezaron a creer que no podrían contra la mayor destreza militar

de los alemanes, una conclusión que compartían muchos en Francia y en Gran Bretaña.

35 Stone, op. cit.,

El alto mando del VIII Ejército alemán propuso el nombre de la batalla de Tannenberg

El alto mando del VIII Ejército alemán propuso el nombre de la batalla de Tannenberg en recuerdo

de otra librada en las

cercanías quinientos años antes, y en la que los caballeros polacos y lituanos habían derrotado a los caballeros teutones.

Hindenburg, Ludendorff y Hoffmann creían que los alemanes habían devuelto la humillación que los eslavos habían

inferido a sus antepasados. Ninguno de los tres estaba aquejado de falta de confianza en sí mismo, así que se jactaron por

igual de haber planeado y llevado a cabo una de las mayores victorias de la historia militar, y no tardaron en convencerse

de la superioridad de la organización y métodos alemanes sobre los de un enemigo hacia quien no sentían ningún respeto

profesional ni sentimiento humanitario. Acaso, lo más importante de todo fue que el tamaño de Rusia ya no los intimidaba.

«Tenemos una sensación de absoluta superioridad sobre los rusos», proclamó Hoffmann aquel otoño. «Debemos ganar y

ganaremos.»36

El frente oriental, 1914.

36 Hoffrnann, citado en Francis Ilafscy, The Literary Digest History of the World War, vol. X New York Funk and

Wagnalls, pág 59.

Exultantes con su magnífica victoria, los alemanes decidieron girar hacia el norte y realizar de nuevo el mismo truco,

esta vez contra el I Ejército de Rennenkampf. Sin saber muy bien qué era lo que estaba ocurriendo en el sur, y con sus

líneas de suministros amenazadas por la guarnición alemana de la fortaleza de Konigsberg, situada al norte, Rennenkampf

se movió con lentitud y cautela. El 30 de agosto Zhilinski le informó de la magnitud de la derrota de Samsonov, aunque el

cuartel general ruso supuso de manera equivocada que el siguiente movimiento de los alemanes sería dirigirse al sur en

dirección a Varsovia. A fin de anular la maniobra, Zhilinski indicó a Rennenkampf que se adentrara en Prusia oriental.

Una disposición ofensiva que desguarneció temporalmente los flancos de Rennenkampf. Por tercera vez en menos de

un mes, el comportamiento agresivo y casi temerario de Francois le volvió a colocar en el centro de los acontecimientos.

Después de hacer recorrer a sus hombres más de 100 km en cuatro días, sorprendió al flanco izquierdo ruso y lo hizo

retroceder. Sin embargo, Rennenkampf, al contrario que Samsonov, no fue presa del pánico. Como veterano de la rebelión

Bóxer que se había ganado el favor del zar en 1905 al arrebatar brutalmente parte del ferrocarril transiberiano a los

revolucionarios, Rennenkampf había sobrevivido a varias quiebras personales y a cuatro fracasos matrimoniales. Las

crisis no le eran ajenas, así que mantuvo la cabeza en su sitio a pesar del deterioro creciente de sus posiciones estratégicas.

Deseoso de evitar la suerte de Samsonov, ordenó a dos divisiones que libraran una acción de retaguardia, a fin de

permitir que el resto de sus tropas escaparan sanas y salvas. Del 10 al 12 de septiembre, su ejército se retiró más de 80 km

hacia el interior de Rusia. En lo que llegaría a conocerse como la batalla de los Lagos de Masuria, el I Ejército perdió a casi

150.000 hombres y 150 cañones. Los alemanes persiguieron al I Ejército en retirada hasta el interior de Rusia, lo que les

hizo perder la ventaja del ferrocarril con el ancho de vía alemán. La abundante lluvia no tardó en darle cierto respiro a los

rusos, y permitió que Rennenkampf reagrupara sus tropas y contraatacara el 1 de octubre en el bosque de Augustow,

consiguiendo expulsar a las fuerzas alemanas de Rusia. La mala suerte del kaiser continuaba. Se había unido al VIII

Ejército demasiado tarde para presenciar las victorias de Tannenberg y de los Lagos de Masuria, pero llegó a Augustow a

tiempo de escapar de una carga de la caballería rusa.

Los primeros movimientos en el este habían desangrado a los rusos, pero éstos seguían conservando sus enormes

reservas humanas. Los alemanes les habían infligido dos grandes derrotas, pero cuando llegó el invierno, los rusos habían

conseguido redimirse limpiando su patria de tropas alemanas. Esta hazaña supuso un pobre consuelo para sus aliados

británicos y franceses, que cada vez estaban más convencidos de la incompetencia incurable de los rusos. Si los aliados

querían mantener el frente ruso activo, tendrían que proporcionar al Ejército ruso ayuda material directa y tanto

asesoramiento como los rusos estuvieran dispuestos a aceptar. Según un viejo proverbio ruso, Rusia nunca es tan fuerte

como parece, pero tampoco tan débil como deja entrever. A finales de 1914 la máxima era un fiel reflejo tanto de la nefasta

situación de Rusia en el norte como de su capacidad para soportar más castigo.

La campaña de Serbia

Los rusos confiaban en obtener más éxitos contra el Ejército austrohúngaro que contra el alemán. El Imperio

austrohúngaro estaba aquejado de tantos problemas, que incluso su emperador, Francisco José, de 84 años, albergaba

serias dudas acerca de su supervivencia. Hermano del infortunado emperador Maximiliano de México, Francisco José

ocupaba el trono desde 1848, lo que le convertía en el monarca europeo con más años de reinado. El emperador era la

cabeza visible de un imperio multiétnico, con tres ineficientes administraciones que utilizaban tres idiomas distintos: el

alemán, el húngaro y el croata. A su vez, el ejército tenía que utilizar once idiomas si quería dar cabida en su seno a las

principales minorías étnicas del imperio, muchos de cuyos miembros esperaban de forma activa su desmembración. El

antihéroe creado por el escritor y veterano soldado checo Jaroslav Hasek en su obra El soldado Schweik (escrita en la

década de 1920) reaccionaba ante la noticia del asesinato de Fernando diciéndole a su asistenta que él conocía a dos

Fernandos, uno que se había bebido por equivocación una botella de tinte para el pelo, y otro que recogía estiércol.

«Ninguno de los dos sería una gran pérdida», añadía. La sátira de Hasek captaba los sentimientos contrapuestos de tantos

austro-húngaros hacia la guerra y el propio imperio.37

La economía del Imperio austrohúngaro, en su mayor parte agrícola, obligaba a éste a mantener los gastos militares al

mínimo. Su dispendio per cápita en defensa era el más bajo de todas las grandes potencias. Esta falta de recursos, junto con

la necesidad de trabajadores agrícolas, significaba que tenía también el porcentaje más bajo de hombres en el ejército de

todas las potencias continentales. El imperio entrenaba anualmente sólo al 22 % de los hombres aptos para el servicio

militar, en comparación con el 40 % de Alemania y el 86 % de Francia.38 La famosa pulla de Napoleón acerca de que los

37 Jaroslav Hasek, The Good Soldier Schweik (1930), Nueva York, Doubleday, 1963, pág. 21 (trad.

cast.: Las

aventuras del valeroso soldado Schweik, Barcelona, Destino, 1980).

38 Holger Herwig, The First World War: Germany and Austria-Hungary, 1914-1918, Londres,

Edward Arnold, 1977, pág.

12.

austríacos eran siempre un ejército, una cosecha y un concepto demasiado tardíos, seguía siendo aplicable

austríacos eran siempre un ejército, una cosecha y un concepto demasiado tardíos, seguía siendo aplicable al imperio en

1914.

A pesar de estas deficiencias, los miembros de la élite gobernante austro-húngara ambicionaban

aumentar su poder, en

especial en los Balcanes. En 1908 el imperio se había anexionado la provincia de Bosnia- Herzegovina tras arrebatársela al

declinante Imperio Otomano. La incorporación de cerca de 500 km de costa en el mar Adriático daba

al Imperio

austrohúngaro bases navales adicionales y una lengua de tierra que era una amenaza para Serbia; no por casualidad, dejaba

también a esta última sin salida al mar. El jefe del Estado Mayor General del Ejército austro- húngaro, el general Franz

Conrad von Hotzendorf, era de la creencia de que el imperio debería haber seguido adelante hasta conquistar Serbia en su

integridad. A partir de entonces, presentaba cada año al emperador unos planes para una guerra preventiva contra Serbia

«con la regularidad de un almanaque».39

El conde Franz Conrad von Hotzendorf, jefe del Estado

Mayor General austrohúngaro, había instado durante años a

su gobierno a librar una guerra preventiva contra Serbia. El

fracaso de su plan de guerra en alcanzar alguno de los

objetivos del Estado austríaco condujo a su destitución a

finales de 1918 (© Corbis)

La guerra de los Balcanes de 1912-1913 tuvo como resultado la conquista por parte de Serbia de dos antiguas

provincias otomanas, Novibazar y Macedonia. De este modo, Serbia duplicó su tamaño y aumentó su confianza. Sus

llamamientos a la unificación de todos los eslavos en un Estado de predominio serbio se fueron haciendo cada vez más

estridentes. Tal retórica amenazaba la viabilidad interna de Austria-Hungría, donde los eslavos representaban una de las

minorías étnicas más numerosas. El ejército dependía, en buena medida, de los eslavos para la clase de tropa, aunque los

alemanes y los magiares dominaban el cuerpo de oficiales. Por consiguiente, los austríacos creyeron que el asesinato del

39 C. R. M. F. Cruttwell, A History of the Great War; 1914-1918, Oxford, Clarendon Press,

l934.pág.4.

archiduque por un grupo de eslavos, que suponían relacionados con oficiales serbios, no podía quedar

archiduque por un grupo de eslavos, que suponían relacionados con oficiales serbios, no podía quedar sin respuesta.

Conrad y otros austrohúngaros partidarios de la línea dura vieron en el asesinato una oportunidad de arreglar cuentas

con Serbia. Conrad era un oficial de Estado Mayor inteligente y capaz, pero no había conseguido nunca meterse en la

cabeza la famosa sentencia de Clausewitz de que la guerra es una prolongación de la política por otros medios; para él, la

guerra era, o debería haber sido, la fuerza rectora de la política de Estado. Sólo el ejército, había argumentado de manera

reiterada, podía unificar las muchas nacionalidades recíprocamente antagónicas del imperio en un todo leal. Mediante la

guerra contra cualquier alianza de Serbia, Rusia e Italia, confiaba en repetir el gran éxito de Otto von Bismarck durante las

guerras de la unificación alemana y crear un imperio poderoso que devolviera a Austria a la categoría de las potencias de

primer orden.

En julio de 1914 Conrad consideró que sus oportunidades se estaban desvaneciendo, mientras que el relativo poder de

Austria en Europa sólo iría a menos en los años venideros. Muchos alemanes estaban de acuerdo con

él. Cuanto más

tiempo dieran a los rusos para modernizar su ejército y construir líneas ferroviarias, más difícil se haría la labor de Austria.

Fueron muchos los que creyeron que era mejor combatir en 1914 que en 1917, cuando el programa de modernización de

los rusos preveía obtener sus frutos. La última crisis de los Balcanes provocada por el asesinato daba a los líderes

austrohúngaros la oportunidad de establecer las condiciones para la guerra. El rechazo de Serbia al duro ultimátum les

proporcionó la apariencia de justificación que necesitaban para dar los últimos pasos. Así pues, Conrad tuvo una

oportunidad para promulgar su último plan para aquella guerra que deseaba más que casi cualquier otro en Europa.

La aversión mutua entre Austria-Hungría y Serbia proporcionó la causa

inmediata para la guerra y alimentó la enconada campaña de los Balcanes.

Los soldados austrohúngaros, como los que se muestran en la foto, rara vez

hacían prisioneros serbios. (National Archives)

Al menos sobre el papel, el plan era bastante refinado y resolvía una contradicción del pensamiento austrohúngaro.

Conrad ansiaba en cuerpo y alma enviar a su ejército al sur para conquistar y someter a los detestados serbios. Sin

embargo, era consciente de que tenía que precaverse contra la posibilidad de un movimiento masivo de los rusos a través

de los Cárpatos. Había confiado en que Alemania pudiera aceptar la responsabilidad primordial de controlar esa

posibilidad, mientras él actuaba contra Serbia. Pero durante los años previos a la guerra las conversaciones entre los

Estados Mayores de los dos aliados habían sido limitadas; entre 1897 y 1907 no se habían reunido ni una sola vez. Y, a

partir de entonces, las conversaciones siguieron siendo limitadas, porque los alemanes sospechaban

que los espías rusos se

habían infiltrado en el Estado Mayor de los austríacos. De resultas de todo ello, tanto Alemania como Austria-Hungría

dieron por sentado que el otro se enfrentaría al gigante ruso mientras que el ejército propio iba a la caza de su presa

fundamental. La mera existencia de tan gran malentendido pone de relieve la naturaleza problemática de la alianza

germano-austríaca.

Dada su incapacidad para predecir tanto los movimientos de los rusos como la ayuda alemana, Conrad desarrolló un

plan que le permitía atacar Serbia, amenazara Rusia a Austria-Hungría o no. El plan dividía al ejército en tres grupos. El

Minimalgruppe Balkan, compuesto por nueve divisiones, avanzaría sobre la capital serbia, Belgrado, y la tomaría,

neutralizando así a los serbios. El A-Staffel, con veintisiete divisiones, avanzaría hacia el sur de Polonia, presumiblemente

con una significativa ayuda alemana, para impedir las operaciones rusas allí. El último grupo, el B- Staffel, integraba a diez

divisiones. Si los rusos se desplegaban con rapidez, esta última unidad se uniría al A-Staffel para defender los Cárpatos; de

lo contrario, se uniría a la guerra contra Serbia o se desplegaría contra Italia, en el esperado supuesto de que ese país

incumpliera los compromisos de la Triple Alianza firmada con Alemania y Austria.

Con este plan, el tambaleante Imperio austrohúngaro entró en la guerra. El Minimalgruppe Balkan marchó

Con este plan, el tambaleante Imperio austrohúngaro entró en la guerra. El Minimalgruppe Balkan marchó

amenazadoramente hacia Serbia bajo el mando del general Oskar von Potiorek, el hombre responsable del destacamento

de seguridad del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. Daba la casualidad de que la vanguardia de las fuerzas

austrohúngaras estaba integrada en su mayor parte por el VIII Cuerpo checo, de cuyos soldados el alto mando austríaco

barruntaba su «inclinación a la traición».40 Hacía mucho tiempo que los checos reclamaban mayor autonomía dentro del

imperio, y su lealtad no dejó de cuestionarse a lo largo de toda la guerra. Sin embargo, desempeñaron el papel principal

cuando la fuerza de 200.000 hombres de Potiorek entró en Serbia desde el oeste y el noroeste al mismo tiempo. Su objetivo

final, Belgrado, se levantaba cerca de la frontera austrohúngara y su deficiente fortificación condujo a Potiorek a predecir

una victoria fácil.

Enfrente del Ejército austrohúngaro estaban los 250.000 correosos soldados del Ejército serbio y 50.000 hombres más

procedentes de su pequeño aliado balcánico, Montenegro. Al contrario que los soldados austrohúngaros, los serbios habían

tenido éxitos bélicos recientes en las guerras de los Balcanes y, por consiguiente, estaban más al tanto de la naturaleza de la

guerra moderna. Su comandante, Radomir Putnik, había sido en buena medida el responsable de las grandes victorias de

las guerras de los Balcanes desde su puesto como ministro de la Guerra. No obstante, después de la segunda guerra de los

Balcanes su salud había sufrido un rápido deterioro; cuando empezó la crisis de julio, estaba recibiendo tratamiento en un

balneario austríaco. Las autoridades austrohúngaras lo habían detenido temporalmente, pero tanto Francisco José como

Conrad autorizaron su liberación, al parecer, por suponer que a su edad (67 años), y en su estado de debilidad, no suponía

ninguna amenaza.

Radomir Putnik, jefe del Estado Mayor General

serbio, modernizó el ejército durante los años

anteriores a la contienda y lo condujo a la victoria

en las guerras de los Balcanes. También lo dirigió

con habilidad en los meses iniciales de la Primera

Guerra Mundial, pero fue relevado del mando

cuando las fuerzas serbias tuvieron que huir a

Corfú. (Library of Congress)

40 John R. Schindler, «Disaster on the Drina: The Austro-Hungarian Army in Serbia, 1914», War in History, N° 9, 2002,

pág. 159.

Supusieron mal. A Putnik le quedaba todavía abundante ardor guerrero, y organizó a sus fuerzas en una sucesión

impresionante de defensas de campaña. Luego, permitió que los austríacos avanzaran, extendieran sus líneas de

abastecimiento y desguarnecieran sus flancos. Aunque la artillería y los ataques aéreos austríacos destruyeron 700

edificios en Belgrado, Putnik consiguió hacer retroceder a los invasores en un enfrentamiento conocido como la batalla del

Jadar, que tuvo lugar del 16 al 23 de agosto. Putnik había conseguido defender el territorio serbio a pesar de la inferioridad

numérica y de la carencia casi total de piezas de artillería pesada modernas, tomó, entonces, la imprudente decisión de

adentrarse en la Bosnia controlada por los austríacos, con la esperanza de hacer realidad la retórica serbia de librar una

guerra de liberación eslava y confiando en provocar una revuelta local.

Potiorek aprovechó el avance de las fuerzas serbias para volver a atacar. Durante diez días (del 10 al 17 de septiembre)

de lucha implacable, los dos ejércitos combatieron por controlar las cabezas de puente austríacas a ambos lados de los ríos

Save y Drina. Si las municiones de los serbios no hubieran empezado a escasear, lo más probable es que éstos hubieran

repetido el éxito de las operaciones de los meses anteriores. Por el contrario, Putnik tuvo que admitir que carecía de la

fuerza necesaria para hacer retroceder a los austríacos. Así que optó por la prudencia y se retiró a posiciones defensivas en

las montañas, confiando en obligar al enemigo a desgastarse en un terreno difícil. En cuanto se presentara la ocasión,

Putnik tenía planeado contraatacar y volver a perseguir a las fuerzas austrohúngaras hasta echarlas de Serbia.

En el ínterin, el plan de Conrad se había desmoronado ante la realidad de la guerra moderna. A fin de proporcionar la

máxima flexibilidad y la mayor rapidez de maniobra posibles, su Estado Mayor decidió organizar a los hombres asignados

al B-Staffel en Galitzia. La región contaba con una red ferroviaria lo bastante extensa para permitir el

despliegue de

grandes formaciones hasta casi cualquier punto del imperio. Esa decisión obligó a las formaciones subordinadas del

B-Staffel a trasladarse al extremo norte del imperio, sólo para organizarse y ser transportadas al sur cuando los fracasos de

Potiorek hicieron necesaria su presencia en Serbia; a finales de agosto, seguían intentando organizarse en Galitzia. La

niebla y los condicionamientos de la guerra impidieron que se cumplieran los complicados calendarios de los que había

dependido Conrad. En consecuencia, el B-Staffel, que se había creado para que luchara tanto en el norte como en el sur, se

pasó el tiempo en tránsito y no llegó a combatir ni una sola de las veces que se le necesitó en uno u otro sitio.

A pesar de todos sus esfuerzos, Putnik no pudo conservar Belgrado, y los austríacos entraron

finalmente en la ciudad el

2 de diciembre. Estos habían conseguido un objetivo que podría haber puesto fin a la guerra, si Alemania y Rusia hubieran

mantenido la neutralidad; a esas alturas, la toma de Belgrado tuvo escasa trascendencia en un panorama bélico mayor que

se expandía con rapidez. No obstante, para los mandos austrohúngaros la toma de la capital de Serbia representaba una

oportunidad de catarsis. Belgrado era el hogar de los enemigos más implacables del imperio y, en consecuencia, los

militares austrohúngaros la eligieron para dar un escarmiento ejemplar. Un corresponsal de guerra norteamericano que

viajaba para escribir un famoso artículo sobre la revolución bolchevique, y que se encontraba en Serbia aquel diciembre,

escribió:

Los soldados [austríacos] andaban sueltos por la ciudad como fieras salvajes, quemando y saqueándolo

todo, violando iglesia

Vimos el Hotel d'Europe después de su saqueo, y también la ennegrecida y mutilada

donde tres mil personas, entre hombres, mujeres y niños, fueron encerradas durante cuatro días sin comida

ni bebida, antes de ser dividas en dos grupos: unos fueron enviados a Austria como prisioneros de guerra; a

los otros se le hizo caminar por delante del ejército mientras éste se dirigía hacia el sur a luchar contra los

serbios.41

Aquello fue el principio de un terrible suplicio para Serbia. En 1914 el país sólo disponía de 350 médicos debidamente

cualificados, y más de cien habían servido y muerto en el ejército. Los medicamentos y los hospitales bien equipados

escaseaban en igual medida. La sanidad y la salud públicas, ya precarias de por sí, se hundieron por completo. El tifus, el

cólera y otras enfermedades no tardaron en estar fuera de control. Según un cálculo aproximado de la época, sólo el tifus

aquejaba al 65 % de la población.42

Pero si los austríacos pensaron que habían eliminado a los serbios, pronto se dieron cuenta de su error. Francia y Gran

Bretaña se apresuraron a enviar a Serbia munición y a cientos de enfermeras y médicos para contener las derrotas militares

y aliviar el sufrimiento de la población. Putnik esperó a que el río Kolubra, en la retaguardia de los austríacos, empezara a

desbordarse; entonces, el 3 de diciembre lanzó un ataque feroz contra las líneas enemigas. Con el río crecido detrás de

ellos, impidiéndoles una retirada ordenada, y un clima invernal que complicaba el reabastecimiento, los austríacos

combatieron de manera desesperada durante seis días, sufriendo un número de bajas espantoso. El 15

de diciembre las

fuerzas serbias volvieron a entrar en Belgrado mientras los austríacos lograban por fin encontrar la manera de vadear los

ríos con relativa seguridad. El plan de Conrad para aniquilar a su enemigo más odiado había fracasado.

41 John Reed, citado en Martin Gilbert, The First World War: A Complete History. Nueva York,

Henry Holt, 1994, pág.

III

(trad. cast.: Primera Guerra Mundial, Madrid, La Esfera de los Libros, 2004).

42

Halsey, op. cit., vol. I, pág. 93.

La campaña de Serbia sirvió como intenso ejemplo de la desmodernización de la guerra. Lejos

La campaña de Serbia sirvió como intenso ejemplo de la desmodernización de la guerra. Lejos del frente occidental, el

combate en la Primera Guerra Mundial se parecía más al de los siglos XVIII y XIX que a la guerra mecanizada de aquél.

La enfermedad, las largas marchas y el salvaje combate cuerpo a cuerpo dominaban esta campaña, como lo harían en

muchas otras del frente oriental. La movilidad de las líneas del frente implicaba mayores penurias para la población civil,

que no podía huir ni esconderse de la guerra. Los pueblos cambiaban de manos con frecuencia, y los mal aprovisionados

soldados cogían lo que necesitaban, incluso arrebatándoselo a la gente que se suponía estaban defendiendo.

Las pérdidas austríacas, en lo que se presumía iba a ser la más fácil de sus dos opciones de guerra, fueron atroces.

Según estimaciones recientes, las bajas austríacas durante la campaña serbia de 1914 fueron de 227.000 hombres o, lo que

es lo mismo, cinco veces las sufridas a lo largo de toda la guerra con Prusia en 1886. Conrad sustituyó a Potiorek por el

archiduque Eugen, que se estableció en los cuarteles de invierno e intentó reorganizar su nuevo ejército. Conrad decidió a

regañadientes que sus fuerzas tendrían que permanecer a la defensiva contra Serbia y buscar un desenlace contra Rusia,

donde su A-Staffel había salido poco mejor parada que el Minimalgruppe Balkan.

Las campañas de los Cárpatos y de Polonia

A mediados de agosto los rusos habían reunido en el sur a más de 400.000 hombres en cuatro

ejércitos distintos, todos bajo

el mando absoluto del jefe del frente sudoccidental, Nikolai Ivanov. Este debía su puesto al éxito

obtenido en la represión

de un amotinamiento naval en la base del mar Báltico de Kronstadt, en 1906. A pesar de su mediocre hoja de servicios en

la guerra ruso-japonesa y de su evidente carencia de ideas y entusiasmo, conservó el mando. De los

cuatro jefes de los

ejércitos bajo su mando, tres eran, siendo generosos, de una capacidad desigual. Por suerte para Ivanov y los primeros

éxitos de Rusia, el frente sudoccidental también incluía al mejor general ruso de la guerra, Alexei Brusilov, a la sazón al

mando de la unidad más meridional, el VIII Ejército.

Los planes de los rusos preveían avanzar contra la línea de fortificaciones que los austríacos tenían en el norte de los

Cárpatos, en Galitzia. Las defensas de esta región se levantaban en torno a cuatro puestos de avanzada principales. De este

a oeste, éstos eran Lemberg, Przemysl, Tarnów y Cracovia. Si los rusos eran capaces de llegar a Cracovia con un nutrido

número de efectivos, se les abrirían dos opciones tentadoras. Por un lado, podrían desplazarse hacia el sudoeste, siguiendo

las estribaciones occidentales de los Cárpatos, hasta entrar en el valle del río Oder, situado entre Austria y Hungría. Hacer

esto supondría amenazar la cosecha del granero de Austria-Hungría e imponer a su enemigo unas privaciones enormes. La

otra alternativa era desplazarse hacia el noroeste, adentrarse en las tierras bajas de Silesia, región histórica de gran riqueza

mineral, y dirigirse a Breslau. Semejante maniobra pondría en peligro el buen funcionamiento de la industria alemana y

presionaría a Alemania para que defendiera Berlín desde una dirección donde había pocos fuertes y menos defensas

naturales.

Para conseguir este objetivo, los rusos tenían que tomar primero Lemberg, la capital de Galitzia y una de las ciudades

más grandes del Imperio austro-húngaro. Lemberg estaba protegida por una sucesión impresionante de fortificaciones bien

provistas de artillería y conectadas con Austria por cuatro líneas de ferrocarril diferentes, la más importante de las cuales,

en orden al abastecimiento de la guarnición, era la que discurría hacia el oeste, en dirección a Przemysl. Lemberg había

sido también uno de los puntos en los que se había congregado el IV Ejército austrohúngaro. La

presencia de tropas rusas

en la zona obligó a efectuar otro cambio más en el plan de guerra austrohúngaro.

Para anticiparse a un avance ruso sobre los Cárpatos, Conrad ordenó una ofensiva contra la Polonia rusa. Entre el 23 de

agosto y el 1 de septiembre, el I y el IV Ejército austríacos lograron hacer retroceder a los rusos casi

160 km en distintos

lugares. Más al sur, sin embargo, el avance no fue tan bien, obligando a los austríacos a retirarse hacia la supuesta

seguridad de Lemberg. Dejando una guarnición detrás para defender la fortaleza, el II y III Ejércitos austríacos

retrocedieron a su vez casi 160 km, lo que les dejó literalmente con las espaldas contra los Cárpatos.

Rodeada y en una inferioridad numérica abrumadora, la guarnición de Lemberg conmocionó a los mandos del Ejército

austrohúngaro al rendirse sin disparar un solo tiro en su defensa. Los cálculos aproximados sobre la magnitud de las bajas

austríacas varían sobremanera: según fuentes de la época, 600.000 soldados austrohúngaros fueron hechos prisioneros de

guerra, y los rusos se apoderaron de 637 piezas pesadas de artillería. Para éstos, Lemberg era una base ideal desde la que

ejecutar las operaciones hacia el oeste, toda vez que sus líneas ferroviarias la conectaban con los centros de abastecimiento

rusos de Kiev y Varsovia. Przemysl, la siguiente fortaleza en el eje del avance ruso, se erigía a sólo

112 km al oeste.

La victoria de los rusos en Lemberg constituyó uno de los primeros éxitos de importancia de los aliados en la guerra, lo

que proporcionó a Rusia un mínimo de confianza en sí misma tras el desastre de Tannenberg. Los rusos restituyeron a la

ciudad su antiguo nombre eslavo de Lvov, eliminando así, de manera simbólica, cualquier vestigio de sus lazos con los

germanos. En un movimiento parecido, los rusos rebautizaron San Petersburgo, poniéndole el nombre ruso de Petrogrado.

La mayoría de los habitantes de Lvov recibieron a los rusos como liberadores, ya que la Galitzia oriental tenía una gran

población de rutenos [habitantes ucranianos de Polonia], que, en su mayoría, alimentaban sentimientos prorrusos.

La campaña de los Cárpatos se cobró numerosas víctimas civiles. Los numerosos judíos de la región apoyaban a

Austria-Hungría, la cual permitía —caso único entre las grandes potencias— que éstos sirvieran en el ejército como

oficiales de alto rango. Los judíos de Galitzia temieron ser víctimas del virulento antisemitismo del régimen zarista, que,

sólo en los últimos tiempos, acababa de cometer terribles atrocidades durante los bien conocidos pogromos. El grupo

étnico más numeroso de Galitzia, el polaco, carecía de Estado, después de que las tres grandes potencias del frente oriental

se hubieran repartido Polonia a finales del siglo XVIII. En consecuencia, los polacos servían en los tres ejércitos, a menudo

a regañadientes. La declaración del zar en agosto de 1914, en virtud de la cual se concedía la autonomía a Polonia dentro

del Imperio ruso a cambio de la lealtad de sus habitantes, influyó en algunos de los polacos menos cínicos. Los más cínicos

entre sus dirigentes se afanaron en encontrar el medio por el cual la victoria de un lado pudiera conducir de nuevo a la

independencia de Polonia. Así las cosas, colaboraron con y en contra de ambos bandos, sufriendo a menudo terribles

represalias cuando los pueblos y ciudades cambiaban de manos.

Tras la caída de Lemberg/Lvov, los dos bandos centraron su atención en Przemysl. El VIII Ejército de Brusilov avanzó

hasta la mitad del camino a Przemysl y se apoderó de la ciudad de Grodek el 12 de septiembre. Los alemanes se

apresuraron a enviar refuerzos a Przemysl y a Cracovia para levantar a los desmoronados austríacos

y evitar un gran

avance ruso. Las fuerzas austríacas y alemanas siguieron retirándose hasta casi 160 km más. Abandonaron la fortaleza de

Przemysl con 120.000 hombres y suficiente comida hasta la primavera. Aunque rodeada y con pocas esperanzas de llegar

a ser liberada, Przemysl resistió todo el invierno, amenazando las líneas de suministros rusas e inmovilizando a decenas de

miles de soldados rusos. En marzo de 1915 un observador británico escribió de los defensores de la fortaleza: «No he visto

escribió de los defensores de la fortaleza: «No he visto nunca una gente más abatida y

nunca una gente más abatida y desesperada».43 Przemysl acabó rindiéndose a los rusos el 22 de marzo de 1915.

Cosacos rusos en la ciudad-fortaleza austríaca de Lemberg en

1915, tras la primera victoria clara de los aliados en la guerra.

La presión rusa sobre los austríacos obligó a Alemania a

acudir en ayuda de sus atribulados aliados. (© Colección

Hnlton-Deutscb/Corbh)

El avance hacia el oeste de la ofensiva rusa no tardó en ralentizarse. Los trenes rusos y austríacos utilizaban un ancho

de vías diferente (los austríacos, como era lógico, compartían el alemán), lo que ocasionaba enormes problemas de

abastecimiento a los rusos. A la mayoría de las unidades se les estaban acabando los proyectiles de artillería, así como la

munición de bajo calibre.

La falta de ropa de invierno hizo imposible una maniobra a través de los puertos de montaña de los Cárpatos para

adentrarse en Hungría; además, los soldados magiares defendieron su patria con un ardor cada vez mayor. Las

enfermedades, las congelaciones y las privaciones se convirtieron pronto en el destino de ambos ejércitos. La ofensiva rusa

se detuvo en octubre, cuando las patrullas de su caballería llegaron a poco más de 30 km de los alrededores de Cracovia.

La campaña de los Cárpatos destruyó los ejércitos profesionales de antes de la guerra tanto de Rusia como de

Austria-Hungría. Murieron miles de oficiales y, lo que fue aún más importante, de suboficiales bien entrenados, a los que

no se pudo reemplazar. En lo referente a 1914, las bajas austríacas se estimaron en 250.000 muertos (muchos por

enfermedad) y heridos y en casi 100.000 prisioneros de guerra. Aunque no hay acuerdo con respecto al número de bajas

rusas, hay que considerar que cuando menos fueron equivalentes. Brusilov se refería a los dos ejércitos cuando describió a

los hombres que habían sustituido a los soldados de antes de la guerra de la siguiente manera: «Cada vez se parecían más

a una especie de milicia mal adiestrada cuanto a dispararlos,

Muchos soldados ni siquiera sabían cargar sus rifles; en

cuanto menos se diga al respecto, mejor». 44

Los enfrentamientos también hicieron estragos en el corazón del saliente polaco. A mediados de septiembre,

Hindenburg trasladó parte del VIII Ejército al sur de Varsovia y lo convirtió en el IX Ejército

alemán; el 28 del mismo mes,

la unidad se encontraba lista para avanzar, pese a la superioridad numérica de las fuerzas rusas que tenía enfrente.

Hindenburg había albergado la esperanza de conseguir alejar a los rusos de Varsovia, ciudad que deseaba ocupar para

establecer en ella el cuartel de invierno del IX Ejército. A mediados de octubre su avance se topó con unas fuerzas rusas

más numerosas, y ordenó prudentemente la retirada hacia el noroeste. Al marcharse, los alemanes devastaron Polonia,

quemando la tierra tras ellos tal y como habían hecho en Francia después del contratiempo sufrido en el Marne.

El contraste evidente entre el comportamiento militar alemán, diestro incluso en la retirada, y los caóticos movimientos

iniciales de los austríacos, desembocó el 1 de noviembre en la creación de un mando conjunto. Hindenburg asumió el

papel de comandante en jefe de las fuerzas germano-austríacas en el frente oriental. La medida llevó a un oficial ruso a

43 Citado en Stone, op. cit., pág. 114.

44 Brusilov, op. ib., págs. 93-94.

informar a un homólogo británico que el Ejército austrohúngaro «ha dejado de existir como fuerza independiente».45 La

fusión de los dos ejércitos hirió el orgullo austrohúngaro, pero mejoró el trabajo y preparación de su Estado Mayor de

forma inconmensurable. Hindenburg entregó el mando del IX Ejército a August von Mackensen, profesional consumado y

favorito del kaiser, que había servido de manera distinguida en Tannenberg y en los Lagos de Masuria.

Con esta nueva organización, Hindenburg planificó una última ofensiva en el este para 1914. El 11 de noviembre

ordenó que el IX Ejército realizara un ataque entre el I y el II Ejércitos rusos, en ese momento reacondicionándose tras las

derrotas aplastantes sufridas en agosto y septiembre. Para entonces los rusos estaban planeando reanudar la ofensiva y

habían dejado desguarnecidos los flancos. El infortunado Pavel Rennenkampf vio en peligro una vez más a su ejército,

cuando los alemanes envolvieron al II Ejército al sur de donde él se encontraba; de nuevo, sus unidades estaban situadas

demasiado al norte para servir de alguna ayuda significativa.

El 15 de noviembre los rusos se replegaron hacia el centro de suministros de Lodz, situado a unos doscientos

kilómetros al sudoeste de Varsovia. El moverse a marchas forzadas y cierta rapidez de ideas permitieron a los rusos

congregar a siete cuerpos en torno a la ciudad antes de que los alemanes pudieran llegar allí con un número considerable de

efectivos. Ludendorff creyó por error que los rusos se estaban retirando de manera precipitada hacia Varsovia y ordenó a

sus unidades que se metieran por detrás de ellos y les cortaran las vías de retirada. Esta decisión dejó a las fuerzas alemanas

diseminadas, agotadas y lejos de las líneas de suministro. Por un momento dio la sensación de que los rusos podrían

obtener una gran victoria.

Pero la rapidez mental del comandante de un cuerpo de reserva alemán, Reinhard von Scheffer- Boyadel, cambió la

situación. Al darse cuenta de que los rusos se estaban moviendo con la intención de rodearlo, y no de retirarse hacia

Varsovia, atacó allí donde la línea rusa estaba defendida únicamente por dos unidades cansadas y mediocres. Su unidad

combatió durante nueve días en medio de una fuerte ventisca, evitando no sólo que los rodearan, sino haciendo prisioneros

a 16.000 rusos y apoderándose de 64 piezas de artillería mientras se abría paso hasta posiciones más seguras. El I y el II

hombres. Los rusos

abandonaron Lódz el 18 de noviembre y se retiraron hacia Varsovia. Los alemanes vieron frustrado su esfuerzo de tomar

Varsovia, pero alejaron lo suficiente de la frontera a los rusos para proteger su patria. Aunque en ese momento no lo sabía

nadie, las fuerzas rusas no volverían a acercarse tanto a Alemania. Las dos derrotas aplastantes significaron también el fin

de Rennenkampf. Procesado por ciertas incorrecciones relacionadas con algunos contratos de guerra, utilizó sus

influencias para evitar la cárcel, y llegó incluso a ser gobernador de Petrogrado, aunque no volvió a tener tropas a su

mando nunca más. Tiempo después, los bolcheviques le ofrecieron el mando de la Armada Roja; al no aceptarlo, lo

ejecutaron por traidor.

Los acontecimientos de 1914 devastaron Polonia, cuyo sufrimiento se vio incrementado por un invierno glacial y por

los enfrentamientos permanentes en diez de los once distritos del país. Los cálculos aproximados de la época estimaron en

doscientas las ciudades destruidas, mientras que el número de pueblos que corrieron igual suerte se cifró en 9.000

poblaciones. Más de doscientos mil polacos se quedaron sin hogar, y la pérdida de más de dos millones de cabezas de

ganado eliminó en la práctica la leche y la carne de la dieta de los campesinos.4615 Las grandes distancias de Polonia

determinaron que los sistemas de trincheras no fueran tan compactos como los de Francia, aunque la mayor fluidez de las

líneas acarreó un tremendo sufrimiento a la población civil. Al igual que en el oeste, 1914 acabó sin que los elaborados y

cuidadosos planes de los generales produjeran victoria alguna.

46 Estas cifras son de ibid, págs. 94-97.

Capítulo 3

El territorio de la muerte

El estancamiento del frente occidental

El resultado de los combates que se libran aquí [en Artois] es demostrar que se

puede obligar a los alemanes a retirarse a costa de un esfuerzo tremendo, pero

que la cosa es posible

En Gran Bretaña la gente debe prepararse para una

guerra larga, y me temo que no hay que esperar ninguna victoria brillante ni

repentina; al final, ganarán los más perseverantes.

Carta del general británico sir Charles Grant a su suegro, fechada el 15 de abril

de 191547

Al finalizar 1914 el problema al que se enfrentaban los ejércitos aliados era, al mismo tiempo, sencillo en apariencia e

inmensamente complicado. La sencillez radicaba en la necesidad evidente de expulsar a los alemanes de todos aquellos

lugares de Francia y Bélgica que ocupaban. Británicos, franceses y belgas coincidían en este objetivo bélico, lo que les

unía al menos en este único nivel. La complicación provenía de los inmensos desafíos operacionales y tácticos que

planteaba el nuevo estilo de guerra. Al finalizar el año, una sólida línea de defensas alemana se extendía desde el Mar del

Norte hasta el infranqueable terreno de los Alpes. Ya no había flancos que rodear; en consecuencia, las maniobras

envolventes estratégicas, como aquella que los alemanes habían realizado con tanta audacia en Tannenberg, eran

virtualmente imposibles. Para complicar aún más el problema, en 1914 y 1915 los aliados no pudieron contar con ninguna

superioridad en cuanto a número de efectivos ni tuvieron acceso a ningún arma que los alemanes no tuvieran también.

Estos habían decidido que su ofensiva principal para 1915 la acometerían en el este y, por ende, dispusieron la

fortificación de sus posiciones defensivas en el oeste. Conectaron y mejoraron el irregular sistema de

trincheras de

campaña que habían desarrollado durante la Carrera hacia el Mar y las protegieron con densas marañas de alambradas de

espino. Asimismo, reforzaron algunas posiciones con hormigón y enterraron las líneas telegráficas y telefónicas para

protegerlas del fuego de artillería enemigo. El sistema de trincheras típico adoptaba una disposición en zigzag, tanto para

evitar los ataques con fuego directo desde los flancos como para crear zonas de fuego entrelazadas mediante las cuales se

pudiera cubrir cualquier punto dado por más de una ametralladora, rifle o pieza de artillería. De esta manera, el terreno

entre dos sistemas de trincheras, conocido como «tierra de nadie», podía ser observado de manera permanente, y se podía

batir cualquier punto por múltiples armas al mismo tiempo. Las defensas de primera línea incluían a menudo hasta tres

líneas paralelas de trincheras diferentes, conectadas por trincheras de comunicaciones que discurrían, por lo general, en

perpendicular al frente.

La guerra de trincheras no fue una innovación del frente occidental, ni la mayoría de los europeos desconocían por

completo de qué se trataba. Tanto la guerra civil norteamericana, en sus últimas etapas, como la guerra ruso-japonesa

habían sido testigos de extensos sistemas estáticos de trincheras de campaña. Este último conflicto en especial hizo presa

en las mentes de los oficiales más clarividentes de la Gran Guerra, algunos de los cuales habían sido observadores de su

desarrollo. La mayoría de los mandos de alto rango, sin embargo, creían que la guerra de trincheras era una aberración

pasajera, y no la condición normal del combate. Para los hombres, las trincheras a principios de 1915 no eran todavía los

lugares miserables, embarrados y llenos de ratas y piojos que llegarían a convertirse, con el tiempo,

en símbolo de la

guerra. En 1914 y a principios de 1915, las trincheras ofrecían una protección vital contra las ametralladoras, la artillería y

los elementos. Un soldado alemán observaba en las primeras semanas de la guerra que la vida en las trincheras era «más

agradable que una larga marcha; uno se acostumbra a esa existencia, siempre y cuando los cuerpos de los hombres y de los

caballos no huelan demasiado mal». 48 A comienzos de 1915 las trincheras no se asociaban aún a la paralización

indefinida. Incluso en la guerra ruso-japonesa, donde se imponía a menudo la potencia de fuego defensiva, determinaron

que la infantería tomara con frecuencia las trincheras y obras de campaña del enemigo, si bien es cierto que con grandes

47 El epígrafe está extraído de LHCMA 2/1/1-41. El suegro de Grant era lord Rosebery.

48 Fragmentos del diario de un soldado alemán, CLX Regimiento de Infantería, VIII Cuerpo,

encontrado en una trinchera

cerca de Souain, SHAT 19N159, caja 1, exp. 6, anotación del 9 de septiembre de 1914.

pérdidas. Por lo tanto, en los primeros días de la guerra de trincheras en el

pérdidas.

Por lo tanto, en los primeros días de la guerra de trincheras en el frente occidental, muchos oficiales vieron éstas como

un problema por superar, aunque, sin duda, no como una dificultad insalvable. Una vez se hubieran neutralizado o evitado

las trincheras del enemigo, esperaban volver de lleno a la guerra de maniobra. Durante todo el conflicto, los planes

operacionales exigieron una y otra vez la concentración de la caballería para explotar cualquier brecha que la artillería y la

infantería abrieran en el sistema de trincheras del enemigo. Pero la realidad fue que en el frente occidental la caballería

desempeñó sólo un papel de persecución significativo en muy contadas ocasiones, aunque la exigencia permanente de su

preparación da fe de la perseverancia en la creencia de que podían romperse los sistemas de trincheras.

Aunque las trincheras empezaron como una obra irregular para proteger

a los hombres de los elementos y del fuego enemigo, no tardaron en

hacerse sofisticadas, tal y como de muestra este diagrama de un sistema

de trincheras ideal. (Imperial War Museum, propiedad de la Corona, E.

R. Heaton)

Así pues, uno no debería criticar a los generales del frente occidental sin valorar primero en toda su extensión los

problemas a los que se enfrentaban. Pocos generales aliados podían confiar en conservar sus puestos por mucho tiempo, si

se empeñaban en seguir como abogados inexorables de la guerra defensiva. Los ciudadanos y gobernantes de las naciones

aliadas esperaban de sus mentes militares, a la mayoría de las cuales seguían teniendo en gran estima, que encontraran una

solución a la paralización y liberaran las regiones ocupadas. La guerra de trincheras colocó a aquellos hombres en un

terreno intelectual que cada vez les era menos familiar. Muchos no consiguieron efectuar los cambios necesarios, y fueron

numerosos los generales ineptos que mantuvieron sus puestos durante mucho más tiempo del que deberían. Que siguieran

al mando a pesar de sus defectos fue, a menudo, cuestión de que no hubiera nadie con mejores soluciones evidentes que

ocupara sus puestos.

En los últimos tiempos, los historiadores se han esforzado en demoler el estereotipo tradicional del general insensible,

a salvo detrás de las líneas, que ignoraba alegremente las cifras de bajas que se le presentaban.49 Como en cualquier

conflicto bélico, la Primera Guerra Mundial tuvo su cuota de generales eficaces y de generales ineptos. Aquellos que

49 Véase especialmente Gary Sheffield, Porgotten Victory: The First Wold War, Myth and Realitics, Londres,

Headline, 2001, y Brian Bond, The Unquiet Western Front, Cambridge, Cambridge University Press,

2002.

Western Front, Cambridge, Cambridge University Press, 2002. triunfaron tuvieron a menudo que volver a aprender todo

triunfaron tuvieron a menudo que volver a aprender todo lo que creían que sabían sobre la guerra moderna. Los pocos

cuyas experiencias formativas habían sido adquiridas en las guerras de la unificación alemana (1864- 1871) se encontraron

tratando con tecnologías, doctrinas y escalas operacionales completamente nuevas. En cuanto a los que eran demasiado

jóvenes para haber combatido en aquellas guerras, muchos se habían hecho famosos en operaciones coloniales en Africa o

Asia, una preparación apenas adecuada para el frente occidental. Varios habían alcanzado el rango de general sin haber

oído siquiera un disparo en combate.

El comandante francés Joseph Joffre era uno de aquellos generales cuyas experiencias en Madagascar e Indochina

habían configurado su punto de vista. Su plan de librar una guerra de estratagemas en 1914 había conducido a su ejército al

callejón sin salida en el que se encontraba al finalizar el año. Nada proclive a quedarse sentado ociosamente mientras el

enemigo ocupaba una buena franja del territorio de su país, Joffre buscó un lugar en el frente en el que una ofensiva tuviera

todas las posibilidades de cambiar la situación a favor de Francia. El mayor peligro para su patria, creía Joffre, residía en el

saliente gigante que, extendiéndose desde Arras a Craonne, sobresalía hacia Compiégne y llegaba, en su extremo más

septentrional, a 10 km escasos de París. El frente de este saliente se situaba entre las ciudades de Noyon, en el lado alemán

de la línea, y Soisson, en el lado aliado.

Un avión Spad II francés patrulla el frente occidental.

Adviértase que el artillero apunta su ametralladora por detrás del

avión. En 1916 los alemanes presentaron una ametralladora

provista de un mecanismo que evitaba el disparo cuando la pala

de la hélice estaba en la línea de mira. Tal dispositivo permitía a

los pilotos disparar a través del círculo descrito por la hélice,

dando origen así al verdadero caza. (United States Air Forcé

Academy McDermott Library. Colecciones especiales)

La ofensiva de Champaña y Neuve Chapelle

El 20 de diciembre de 1914 Joffre ordenó una serie de ataques contra el saliente con la esperanza de lograr una penetración.

Los ataques por el norte se dirigieron contra Noyon, mientras que los del sur presionaron la línea entre Reims y Verdún.

Estos ataques, que no pasaron de ser unos avances mal coordinados contra unas posiciones fuertemente defendidas,

recordaron más a las frustraciones de la batalla de las Fronteras que a la fluidez de la del Marne. Su fracaso demostró que

los asaltos frontales no sólo ocasionaban unas bajas tremendas a las desprotegidas unidades de infantería, sino también que

no tenían muchas posibilidades de abrir brecha alguna en las líneas enemigas.

El 8 de enero los alemanes aprendieron una lección parecida al intentar lograr su propia ruptura en una ofensiva

lanzada contra Soissons. Aunque consiguieron hacerse con algunas pequeñas cabezas de puente al sur del río Aisne y

conservar Soissons hasta septiembre, no lograron penetrar más de lo que lo habían logrado los franceses. Una vez más, el

desventurado kaiser había sido invitado por su Estado Mayor para que se acercara al frente y fuera testigo de la toma de un

objetivo importante, esta vez la ciudad de Reims, en Champaña. De nuevo, tuvo que asistir al fracaso de las tropas

alemanas para culminar su misión. Tanto en el ataque francés como el contraataque alemán la defensa había mantenido la

supremacía, subrayando la desventaja táctica en que las armas modernas colocaban a los atacantes.

En la carta que un soldado francés escribió a un amigo en febrero de 1915, se pone de relieve el impacto que estaba

teniendo la guerra sobre la naturaleza y los combatientes:

Cuando llegamos aquí en el mes de noviembre, esta llanura era magnífica, sus campos rebosaban de remolacha

hasta donde la vista alcanzaba, había granjas prósperas diseminadas por doquier y abundaba el trigo. Ahora, es la

tierra de la muerte. Todos sus campos están reventados, pisoteados, las granjas han sido quemadas y arruinadas y es

otro el cultivo que crece: pequeños montículos coronados por una cruz o tan sólo por una botella puesta del revés,

en la que alguien ha colocado los papeles del hombre que yace allí. La muerte me ha rozado muchas veces con sus

alas cuando me arrastro a toda prisa por las trincheras o los senderos para evitar la metralla de las granadas o las

ráfagas de las ametralladoras.50

Quien escribió esto fue uno de los afortunados. Sobrevivió a la guerra. La ofensiva de Champaña demostró sin ningún

género de duda las dificultades que planteaban los ataques. «La existencia del frente sigue impidiendo realizar cualquier

maniobra», concluía un estudio interno francés sobre la campaña. «Sólo siguen siendo posibles los ataques frontales.

Prepararlos y llevarlos a cabo requiere un trabajo rudimentario.» La potencia de fuego, sobre todo de las ametralladoras,

convertía casi cualquier avance en un suicidio. «Mientras siga en acción una sola ametralladora [después de la fase de

artillería]», finalizaba el mismo estudio, «las bajas pueden ser considerables.»51 Las grandes cargas napoleónicas que los

generales habían estudiado en clase, y que emulaban en los simulacros de combate, sencillamente no funcionaban en la era

de las armas automáticas. De ahí en adelante, la guerra asistiría a los enérgicos esfuerzos por todos los lados, en especial

por el de los aliados, para neutralizar o eludir aquella potencia de fuego.

Mientras este proceso de cambio doctrinal daba comienzo, otros reformaban los ejércitos, que se convirtieron en

instrumentos de experimentación de los generales. En agosto de 1914 el secretario de Estado de la Guerra británico,

Horado Kitchener, había hecho un llamamiento en petición de voluntarios para los Nuevos Ejércitos, los hombres que

sustituirían a los soldados profesionales de la BEF. Kitchener y el gobierno británico confiaban en alistar a 100.000

hombres, pero, en su lugar, y en menos de cinco meses, en Gran Bretaña se incorporaron a filas 1.186.000 hombres. Al

finalizar 1915, 2.466.719 británicos se habían alistado en el servicio militar como voluntarios, a los

cuales se unieron

458.000 más procedentes de Canadá y 332.000 australianos.52 Dado que Gran Bretaña no tenía un servicio militar

generalizado antes de la guerra, pocos de aquellos hombres conocían siquiera los detalles más elementales de la vida

militar; muchos no sabían ni disparar un rifle.

Lo que a estos hombres les faltaba de experiencia, les sobraba de fría determinación. El periodista Philip Gibbs

describió la actitud de aquellos soldados como de menos militar que resignada. Pocos de los hombres a los que entrevistó

Gibbs afirmaron comprender la concatenación de acontecimientos diplomáticos que había conducido a Gran Bretaña a la

guerra, y algunos mostraron casi tanta desconfianza hacia Francia como hacia los alemanes. Sin embargo, a un profundo

nivel personal comprendían que su país estaba en peligro y que los había llamado a filas. La idea de que el Imperio

Británico estaba en peligro fue, advirtió Gibbs, el «verdadero llamamiento» que llevó a aquellos hombres a alistarse. Gibbs

resumía la actitud de éstos con la frase: «Detesto la idea, pero hay que hacerlo».53

Aun cuando no combatieron mucho hasta el otoño, la mera creación de los Nuevos Ejércitos cambió de manera radical

el sistema militar británico. Las guerras de Gran Bretaña habían sido, por tradición, responsabilidad de los profesionales

voluntarios, que siempre se habían mantenido distanciados de la sociedad británica. En ese momento, el ejército era una

fuerza enorme de ciudadanos con íntimas conexiones con la sociedad en general. Como tal, la ciudadanía exigía cambios

en la naturaleza de las operaciones del ejército. En 1914 Kitchener había conseguido mantener alejados del ejército a los

periodistas, pero casi no había un británico que no tuviera un amigo o un pariente en los Nuevos Ejércitos, y querían estar

informados de las actividades de aquellos a los que amaban. En consecuencia, en marzo de 1915 el Ejército británico

acreditó a regañadientes a sus primeros cinco corresponsales de guerra. Aunque Gibbs señaló que en la consideración del

cuartel general británico los periodistas «apenas estaban por encima de los espías», los generales no tuvieron más remedio

que aceptar este vínculo entre el ejército y la sociedad que lo sustentaba.54

Mientras los Nuevos Ejércitos se entrenaban y preparaban, los profesionales lo intentaron una vez más. Los británicos

50 Jean-Pierre Guéno e Yves Lapluine (comps.), Paroles de Poilus: Lettres et Carnets du Front,

1914-1918, París, Librio y

Radio Franco, 1998, pág. 90.

51 Grand Quartier General [Cuartel General] Army of the East, «The war of February to August,

1915», SHAT Fondos

BUAT 6N9, págs. 2 y 10.

52 Sheffield, op.cit., pág. 43.

53 Philip Gibbs, Now It Can Be Told, Nueva York, Harper, 1920, pág. 69.

54 Ibid., pág. 13.

cubrieron las bajas sufridas por la BEF en 1914 trasladando soldados desde la India, lo

cubrieron las bajas sufridas por la BEF en 1914 trasladando soldados desde la India, lo que proporcionó por un tiempo los

refuerzos necesarios mientras los nuevos reclutas terminaban su entrenamiento. Con estos refuerzos, el I Ejército de

Douglas Haig elaboró un plan meticuloso para apoderarse de los alrededores de la ciudad de Neuve Chapelle. El Estado

Mayor de Haig levantó una detallada cartografía de la zona para que fuera estudiada por los oficiales y la complementaron

con precisas fotografías aéreas de la topografía y de las defensas alemanas. Los preparativos británicos impresionaron

tanto a Joffre, que éste ordenó que el plan se trasladara y distribuyera entre los integrantes de su propio Estado Mayor

como modelo para seguir. De hecho, la calidad de los preparativos británicos debería arrumbar el repetido estereotipo de

que los oficiales de la Primera Guerra Mundial eran de una incompetencia manifiesta.

El plan de Haig preveía realizar una penetración no por la fuerza bruta, como había hecho Joffre en Champaña, sino

mediante toda la astucia que permitían las operaciones militares en 1915. Haig planeaba hacer de la virtud necesidad,

limitando su descarga de artillería previa al ataque a sólo treinta y cinco minutos. Un bombardeo breve daría a los

alemanes un tiempo limitado para reforzar el sector; en cualquier caso, la escasez de munición de artillería de alta potencia

impedía que la descarga fuera mucho más larga. A fin de ocultar sus verdaderas intenciones, Haig proyectó varios ataques

de diversión al norte y al sur de Neuve Chapelle. Por su parte, la aviación británica limpiaría el cielo de pilotos enemigos,

garantizando que los alemanes no pudieran observar los movimientos británicos. El ataque principal se iba a producir en

un estrecho frente de unos dos kilómetros y sería llevado a cabo por un gran contingente de 45,000 hombres con caballería

de reserva. Al ocultar la verdadera intención de su plan, Haig confiaba en concentrar sus fuerzas en una parte pequeña del

frente, algo que le permitiría conseguir una superioridad numérica local en el punto de ataque. Una vez atravesaran Neuve

Chapelle, sus hombres se dirigirían hacia el sudoeste, cruzando por la pared meridional de una elevación del terreno

conocida como la colina de Aubert.

La fuerza de la operación de Neuve Chapelle residía en sus objetivos. Haig no pretendía aplastar el frente del saliente

con la intención de matar todos los alemanes que pudiera, antes confiaba en que su penetración amenazara y acabara

cortando la línea ferroviaria que discurría de norte a sur al este de Neuve Chapelle. Toda la posición alemana en ese sector

dependía de los suministros que llegaban por aquella línea ferroviaria. Al cortar las comunicaciones alemanas con los

centros de abastecimiento de Lille y Douai, Haig esperaba obligar a una retirada general de su enemigo sin sufrir grandes

bajas.

El plan funcionó casi por completo, gracias, en buena medida, a que el I Ejército británico seguía

teniendo una dotación

bastante nutrida de profesionales, los cuales podían entender semejante serie de preparativos cuidadosamente elaborados

y, por tanto, complejos. Aunque limitada a sólo treinta y cinco minutos, la descarga de la artillería británica fue intensa. En

esa algo más de media hora, los británicos dispararon más proyectiles de artillería que los que utilizaron en toda la guerra

Bóer, en una demostración de hasta qué punto la guerra moderna había llegado a depender de la industria. A las 07:30 de la

mañana del 10 de marzo de 1915, la infantería británica empezó a avanzar en la confianza de que la artillería hubiera

destruido las alambradas de espino que los alemanes habían desplegado delante de ellos, e impedido los intentos de éstos

de reforzar el sector de Neuve Chapelle.

Los globos de reconocimiento como éste podían controlar los

movimientos de las unidades enemigas y al mismo tiempo

corregir la precisión del fuego artillero. Pronto se convirtieron

en objetivos de los cazas enemigos. (National Archives)

Al principio todas las señales indicaban que Haig y su Estado Mayor habían elaborado una obra maestra. Tal y como

Haig había esperado, sus preparativos pillaron completamente por sorpresa a los defensores alemanes, obligándolos a una

retirada precipitada. La ciudad de Neuve Chapelle cayó en manos británicas en sólo treinta minutos, un logro notable para

esta guerra desde cualquier punto de vista. En la parte oriental de la ciudad, las unidades alemanas, cogidas por sorpresa y

en inferioridad numérica, se retiraron más aprisa de lo que los británicos podían perseguirlas.

Sin embargo, a pesar de este éxito madrugador, la batalla degeneró enseguida. El refinamiento del plan para Neuve

Chapelle no tardó en volverse en su contra. La relativa escasez de proyectiles de artillería había conducido a Haig y a su

Estado Mayor a centralizar su utilización en el cuartel general del I Ejército, de manera que los comandantes locales no

podían redirigir el fuego hacia donde lo necesitaban. Por otro lado, la carencia de radios de campaña obligó a diseñar un

plan demasiado rígido, que fijaba unos objetivos para cada jefe de unidad, pero que no les dejaba ir más allá sin las

instrucciones de los superiores del cuartel general. En muchos lugares las unidades británicas avanzaron tan deprisa, que

tuvieron que esperar a que cesaran sus descargas de artillería preestablecidas antes de seguir avanzando. En otras zonas no

encontraron ninguna oposición, pero no pudieron recibir la autorización de avanzar con la suficiente rapidez para explotar

las oportunidades que se abrían ante ellos.

La demora británica dio tiempo a los alemanes a reaccionar, y a las 17:30 de la tarde, después de trasladar hombres,

artillería y ametralladoras al sector de Neuve Chapelle, consiguieron detener el avance británico a mitad de camino entre

Neuve Chapelle y la colina de Aubert. En ese momento, las fuerzas británicas quedaron expuestas en un área sin

trincheras, lo que las dejó sin posibilidad de defensa contra los contraataques alemanes del 11 y el 12 de marzo. Tales

ataques obligaron a los británicos a retirarse hasta casi la línea inicial de partida. A cambio de 13.000 bajas (de las cuales,

aproximadamente 4.000 fueron hindúes), los británicos habían estado a punto de conseguir sus objetivos, pero, en lugar de

ello, todas sus ganancias se redujeron a una franja insignificante de terreno de apenas 1 km de fondo y 3 km de largo. Las

bajas de los alemanes, alrededor de 15.000, fueron ligeramente más elevadas.

Para los británicos, Neuve Chapelle fue, por igual, una «victoria gloriosa» y un «fiasco

sangriento».55 La ofensiva

había demostrado lo que se podía lograr con unos preparativos cuidadosos, aunque también la rapidez con que un éxito

podía degenerar en fracaso. Neuve Chapelle ayudó a acabar con la ilusión de que la guerra podría concluir tras una gran

batalla como Sadowa, Sedán o Waterloo; la guerra, empezaron a creer muchos, no acabaría pronto. Después de la batalla,

uno de los generales del Estado Mayor de Haig concluyó que «me temo que Gran Bretaña tendrá que acostumbrarse a

pérdidas mucho mayores que las de Neuve Chapelle, antes de que consigamos aplastar al Ejército alemán».56 Por sutil que

fuera el plan de Neuve Chapelle, no se había traducido en la victoria que había buscado Haig.

No obstante, éste y su Estado Mayor llegaron a la conclusión, no sin justificación, de que su plan no había fracasado.

«Valoramos la operación como un éxito», recordaba uno de sus artífices, «y estábamos convencidos de que habríamos

logrado nuestro objetivo de no haber sido por la mala suerte y unos pocos errores.»57 La culpa de no haber conseguido

más en Neuve Chapelle, adujeron muchos oficiales del Estado Mayor, se había debido al suministro inadecuado de

proyectiles de artillería. Semejante análisis ignoraba la centralización de su artillería por parte de Haig una vez iniciada la

fase de infantería, pero hacía hincapié en un problema de abastecimiento. En solo tres días, los británicos habían disparado

a lo largo de un frente estrecho una sexta parte de sus reservas totales de munición artillera. A principios de mayo, la

industria británica había suministrado únicamente dos millones de proyectiles de los seis millones prometidos para

reemplazar a los utilizados en los primeros meses de la guerra. Sir John French manifestó a Charles Repington, el

influyente corresponsal de guerra del londinense Times, su frustración hacia los políticos británicos,

a quienes culpaba de

la escasez y baja calidad de los proyectiles que había recibido la BEF. Repington publicó las acusaciones, acuñando la

expresión «crisis de proyectiles», la cual contribuyó a generar una crisis de confianza en el gobierno británico.

55 Francis Halsey, The Literary Digest History of the World War, vol. 2, Nueva York, Funk and

Wagnalls, 1919, pág. 283.

56 El general John Charteris citado en Martin Gilbert, The First World War: A Complete History,

Nueva York, Henry

Holt, 1994, pág. 133 (trad. cast.: La Primera Guerra Mundial, Madrid, La Esfera de los Libros,

2004).

57 General sir Henry de Beauvoir de Lisie, «My Narrative of the Great German War», 1910,

LHCMA, Colección de Lisie,

Parte I, pág. 59.

«My Narrative of the Great German War», 1910, LHCMA, Colección de Lisie, Parte I, pág. 59.

El frente occidental, 1915.

El estancamiento y el comienzo de la guerra química

Más al norte, en Flandes, los británicos estaban convencidos de que tenían la situación bien dominada. Lo acontecido en

1915 hasta ese momento parecía demostrar que los alemanes seguirían a la defensiva en todo el frente occidental. Los

británicos aprovecharon esta aparente inactividad para mejorar su posición y, a tal fin, triplicaron el número de soldados

que tenían en el área de Ypres y tomaron el cercano Cerro 60 (llamado así porque se elevaba hasta sesenta metros de

altura), una de las escasas elevaciones del terreno de Flandes.

Estos preparativos fortalecieron el saliente de Ypres, aunque Horace Smith-Dorrien siguió considerando una

imprudencia basar allí las defensas británicas. El saliente se proyectaba hacia el interior de las líneas alemanes formando

una «C» invertida especialmente bien definida, lo que, en consecuencia, la exponía a los ataques desde el norte, el este y el

sur. Smith-Dorrien propuso retirarse hasta detrás del canal de Ypres, que discurría por la retaguardia del II Ejército

británico, y enderezar así la línea para dar a los alemanes menos opciones de ataque. Sir John, que seguía enfadado con

Smith-Dorrien por su desobediencia en Le Cateau el verano anterior, se negó a considerar la idea.

En la creencia de que los alemanes seguirían a la defensiva en Flandes, Foch invirtió buena parte de marzo y principios

de abril en planificar un ataque contra la cresta de Vimy, una cadena de colinas situada en el norte de Arras, desde la que

los alemanes podían observar todos los movimientos de los aliados en la zona. Las fuerzas alemanas habían utilizado

también esas montañas para bombardear Arras, lo que se saldó con la práctica destrucción de las dos magníficas plazas de

la población. Si los aliados eran capaces de aliviar la presión sobre la ciudad, podrían utilizarla como una base fiable de

comunicaciones y abastecimiento para las operaciones contra el este. Foch llegó a obsesionarse con tomar la cresta de

Vimy y la cercana cadena montañosa de Notre Dame de Lorette; esta pretensión hizo que ignorara las amenazas existentes

en otros sectores.

La concentración de los aliados en Arras se reveló costosa. Pronto empezaron a recibirse pruebas de que quizá los

alemanes no fueran a quedarse de brazos cruzados en Flandes. Durante una incursión a pequeña escala a las trincheras

alemanas, los soldados franceses habían capturado a un soldado enemigo que llevaba una máscara antigás rudimentaria.

Otros prisioneros habían informado a los interrogadores franceses que las máscaras estaban pensadas para proteger a las

fuerzas alemanas de los gases venenosos que éstas habían estado concentrando en la zona de Ypres. En un asalto a las

trincheras realizado por los británicos se descubrieron incluso unos cilindros que los alemanes planeaban utilizar para

lanzar el gas. Pese a todo, los cuarteles generales británico y francés emitieron sólo vagas advertencias de la posibilidad de

que se utilizaran armas químicas en el sector de Ypres.

Es probable que los mandos aliados interpretaran la información considerando que lo del gas era una añagaza. Las

armas químicas contravenían las leyes internacionales sobre la guerra, y aunque todas las grandes potencias tenían algunos

arsenales químicos, los británicos y los franceses no habían planeado utilizarlas y es probable que dieran por sentado que

los alemanes no utilizarían las suyas por humanidad. Desde un punto de vista operacional, el único sistema de liberar el gas

implicaba soltarlo de los cilindros dentro de sus propias líneas y confiar en un viento favorable que lo transportara. Los

alemanes tenían la desventaja de estar en el este, lo que les situaba de cara a los vientos,

generalmente predominantes, del

oeste.58 Por la razón que fuera, los aliados se equivocaron de manera estrepitosa al juzgar las intenciones de los alemanes

respecto a las nuevas armas. Su error les costó miles de bajas y a punto estuvo de costarles también todo el sector de Ypres.

El comandante alemán Erich von Falkenhayn tenía tres objetivos en su ofensiva. En primer lugar, esperaba reducir la

penetración del saliente de Ypres en sus líneas, que representaba un obstáculo para sus vías de comunicación. Además,

pretendía alejar la atención del traslado al este de cuatro de sus cuerpos para unirse a la gran ofensiva oriental alemana en

Gorlice-Tarnów. Y, por último, quería infligir un gran número de bajas al Ejército británico que defendía Ypres.

Falkenhayn, al igual que muchos miembros de la élite alemana, consideraba a los británicos como el enemigo más

implacable de Alemania en la lid imperialista y del comercio internacional. En palabras del canciller Bernhard von Bülow,

Falkenhayn acusaba a los británicos de negarle a Alemania una posición destacada en el mundo.

Al igual que el plan de Haig para Neuve Chapelle, los preparativos de Falkenhayn para lo que acabaría conociéndose

como la segunda batalla de Ypres pusieron de relieve cierta destreza, pero también tuvieron algunos defectos. Falkenhayn

decidió alcanzar el decisivo elemento sorpresa no acumulando grandes reservas en el sector de Ypres. En consecuencia,

los aviones de reconocimiento británicos y franceses que sobrevolaban las líneas enemigas no advirtieron ninguna

actividad inusitada. El general alemán esperaba utilizar el gas de manera coordinada con un intenso bombardeo de

artillería, a fin de abrir brechas en las líneas enemigas. Cuanta mayor conmoción y pánico provocara la novedad de la

guerra química, más posibilidades tendrían los alemanes de desguarnecer y explotar la posición del

enemigo.

El ataque se inició con una descarga convencional de fuego artillero el 22 de abril de 1915. Más tarde ese mismo día,

cuando los vientos empezaron a soplar del este, los soldados alemanes abrieron 5.000 botes de gas cloro. La nube verde

provocó que una unidad territorial africana francesa se dejara llevar por el pánico y abriera una brecha de más de 6 km en

las líneas aliadas al norte de Ypres. Los alemanes avanzaron con prudencia, ya que no querían meterse en la nube de gas y

porque temían que un cambio en la dirección del viento hiciera retroceder el gas sobre ellos. Aun así, al cabo de

veinticuatro horas habían tomado el tercio septentrional del saliente y se establecían sólo a unos 5 km de la propia Ypres.

El plan de Falkenhayn, al igual que el de Haig, albergaba la simiente de su propio fracaso. La decisión alemana de no

acumular reservas en el sector de Ypres había conseguido la sorpresa buscada; la falta de ellas, sin embargo, limitó la

fuerza de Falkenhayn para aprovecharse de la brecha provocada por el gas. Los soldados británicos aprendieron enseguida

a improvisar máscaras antigás provisionales, empapando trozos de tela en cualquier líquido que tuvieran a mano. La I

División canadiense, que contaba entre sus generales de brigada con el vendedor de pisos fracasado Arthur Currie, se

desplegó por el norte de Ypres y retrasó el avance alemán. Currie fue nombrado jefe del Cuerpo Canadiense en junio de

1917 y logró conducirlo a victorias espectaculares. Bajo su mando, el cuerpo de canadienses se convirtió, a juicio de

Dennis Showalter, en «la gran unidad de combate más perfecta de la historia moderna, en relación a sus circunstancias».59

Foch y sir John ordenaron contraataques que se saldaron con un gran número de bajas, si bien consiguieron disminuir

el ímpetu de los ataques alemanes. Nuevos ataques en mayo permitieron a los alemanes apoderarse del tercio oriental del

saliente, aunque la ciudad permaneció en manos aliadas. La segunda batalla de Ypres fue una victoria para los aliados sólo

en la medida en que lograron mantener su posición, pero había sido un combate cruento (aproximadamente 15.000 bajas

por cada bando), y el lamentable fracaso de los aliados en prepararse para la nube de gas requería una cabeza de turco.

Como era lógico, sir John ofreció la de Smith-Dorrien, al que se le informó de su destitución por telegrama.

Para ocupar su puesto, sir John, cuyos propios días estaban contados, ascendió a Herbert Plumer. A pesar de su

corpulencia y un aspecto a todas luces nada militar, Plumer tenía una mente astuta y era un estratega. Desde entonces, casi

todos los observadores del Ejército británico se han deshecho en elogios hacia él y Tim Harrington, su talentoso jefe del

Estado Mayor. Incluso Philip Gibbs, que se pasó gran parte de la guerra como periodista observando y criticando el

funcionamiento interno del generalato británico, consideraba que formaban un equipo magnífico. El ascenso de Plumer

compensó en parte la injusticia cometida con Smith-Dorrien.

Ni Plumer ni la mayoría de los oficiales británicos percibieron la trágica ironía implícita en el casi éxito de Neuve

Chapelle: la de que la acción había sido lo bastante satisfactoria para conducir a más ataques frontales contra posiciones

enemigas preparadas. Esta lección planteaba el menor de los retos para el pensamiento militar tradicional y, por lo tanto, se

58 Por lo general, la situación de los alemanes en el levante se reveló como una gran ventaja: los

ataques aliados al

amanecer avanzaban en línea recta hacia el resplandor de la salida del sol.

comunicación presentada

en la II Conferencia Europea sobre los estudios de la Primera Guerra Mundial, Universidad de Oxford, Inglaterra, 23 de

junio de 2003.

Universidad de Oxford, Inglaterra, 23 de junio de 2003. convirtió en la interpretación habitual entre los

convirtió en la interpretación habitual entre los generales aliados de mayor rango. Los más agresivos entre ellos querían

repetir el plan operacional de Neuve Chapelle, con algunas modificaciones en cuanto a la envergadura de la preparación

artillera, en otro punto de la línea. Terminada la segunda batalla de Ypres, Foch volvió a centrar su punto de mira sobre la

cresta de Vimy.

Los ataques con gas, como éste observado desde el aire, dependían

de que las condiciones climatológicas fueran favorables. La

imprevisibilidad de los vientos limitaba la utilidad y letalidad del

gas, pese a lo cual siguió provocando tremendos sufrimientos.

(National Archives)

Como en Neuve Chapelle, los Estados Mayores aliados pretendían interrumpir las líneas laterales de abastecimiento

alemanas que discurrían paralelas al frente occidental. Sin esas líneas de suministros, confiaban los aliados, tal vez los

alemanes se vieran obligados a retirarse a campo abierto, donde la caballería podía perseguirlos. En esta ocasión,

británicos y franceses planificaron coordinar dos ofensivas más o menos simultáneas y aproximadamente en la misma área

general, con la intención de impedir la capacidad de los alemanes para concentrar los refuerzos. Mientras Foch y los

franceses atacaban las colinas de Vimy, los británicos atacarían de nuevo en las cercanías de Neuve Chapelle, esta vez

frente a la ciudad de Festubert.

Los británicos introdujeron otra modificación en su doctrina. Después de haber comprobado la dificultad que

entrañaban las acciones ofensivas, desarrollaron el concepto de los ataques de «morder y resistir». La idea implicaba

apoderarse de un trozo de terreno de fácil defensa e incitar entonces al enemigo al contraataque; si éste mordía el anzuelo,

tan ingeniosa táctica le traspasaba la carga del ataque. Aunque fueron muchos los oficiales que trabajaron en la idea, es al

general Henry Rawlinson a quien hay que reconocerle su paternidad. Rawlinson, otro de los generales a los que

despreciaba sir John, había mandado uno de los cuerpos que intervinieron en Neuve Chapelle. De esta manera, Festubert

supuso una oportunidad para que los británicos empezaran a cambiar su doctrina militar.

En Festubert, Rawlinson comandó un cuerpo bajo el mando global de Haig. Aunque los dos hombres mantenían

desacuerdos, ambos compartían hasta ese momento el mismo desdén por las dotes de mando de sir John, lo que les había

acercado profesionalmente. Tras concluir que el revés de Neuve Chapelle había sido consecuencia de la deficiente

artillería, Haig y Rawlinson no estaban dispuestos a cometer dos veces el mismo error. Sin embargo, siguieron enfrentados

al mismo problema de la escasez de proyectiles, sobre todo de los de alto explosivo, necesarios para dañar las trincheras y

alambradas alemanas. En su lugar, los británicos disponían de una cantidad desproporcionada de granadas de metralla,

efectivas para matar a los hombres a la intemperie, pero inútiles para hacerlo en las trincheras y en los refugios

subterráneos. Para el ataque de Festubert, los británicos contaron nada más que con 71 cañones de más de 120 mm de

calibre; y el 92 % de los proyectiles que dispararon fueron granadas de metralla.60 La escasez de munición limitó la

preparación artillera del ataque a sólo cuarenta minutos, apenas una mejoría respecto al que habían utilizado en Neuve

Chapelle. Otras fuentes sitúan el porcentaje de proyectiles con metralla en el 75 %, pero la idea general de la excesiva

dependencia de los británicos en la metralla sigue siendo cierta.

El 9 de mayo de 1915 asistió al avance de los ejércitos francés y británico contra sus respectivos objetivos.

(Casualmente fue también el día en que los primeros hombres de los Nuevos Ejércitos embarcaron hacia Francia.) Los

británicos no tardaron demasiado en descubrir que sus escasas reservas de proyectiles eran nada más que una parte del

problema. Muchas de las piezas de artillería habían disparado más proyectiles en los primeros meses de la guerra que lo

que estaban diseñadas para disparar a lo largo de su vida útil; en consecuencia, los tubos de muchas de ellas estaban

combados y disparaban los proyectiles sin ninguna precisión. A esto vino a sumarse que mucha munición no estalló

porque era defectuosa. Un informe de la época aseguró que los soldados habían visto muchos proyectiles llenos de serrín,

y no de explosivos, aunque es posible que esta historia fuera sólo un rumor de campo de batalla, alentado para desviar las

culpas por las derrotas de 1915 hacia los saboteadores o los que especulaban con la guerra.

Como consecuencia de la mala calidad del apoyo artillero, el avance de la infantería fue incapaz de repetir el éxito

inicial de Neuve Chapelle. Además, los alemanes, que habían aprendido de su experiencia, se habían atrincherado a más

profundidad para protegerse de la artillería enemiga. Los británicos y los soldados hindúes avanzaron en una formación tan

apretada, que los mandos alemanes dieron la orden de «disparar hasta que los cañones [de las ametralladoras] revienten».

Durante la batalla, Rawlinson preguntó al jefe de una brigada la razón de que sus hombres no avanzaran. El general

contestó: «Porque yacen fuera de combate en tierra de nadie, señor, y la mayoría no volverá a levantarse». Los informes

del reconocimiento aéreo, que informaron de que los alemanes estaban reforzando el sector, indujeron a Haig a suspender

la batalla. El Ejército británico sufrió casi 12.000 bajas en un día. Y los beneficios que compensaran aquel sacrificio eran

nulos.61

Más al sur, cerca de Arras, a los franceses les había ido aún peor, a pesar de disponer de unas reservas más abundantes

de munición artillera. Tras renunciar al elemento sorpresa, Foch ordenó un bombardeo artillero de seis días, durante los

cuales los artilleros franceses dispararon más de 300.000 proyectiles contra las posiciones alemanas. Foch predijo con

seguridad que la artillería cortaría las alambradas alemanas, permitiendo así que la infantería rompiera las líneas enemigas.

También le dijo a Joffre que el éxito de su operación de la cresta de Vimy acabaría con la guerra en

el frente occidental en

tres meses.

Los franceses hicieron algunos avances, tomando temporalmente una de las tres colinas principales de la cadena de

Vimy y consiguiendo ascender por la ladera de otra cercana. El 15 de mayo las fuerzas de Foch habían movido la línea casi

5 km, pero el coste humano fue tremendo. El fracaso británico en Festubert permitió a los alemanes trasladar refuerzos

hasta las colinas de Vimy, lo que fortaleció enormemente la línea. De todos modos, Foch creyó que la línea alemana estaba

a punto de romperse y ordenó otro ataque. El general francés siguió con la ofensiva hasta junio, aunque cada vez con

menos ganas. En total, Francia sufrió unas espantosas 102.000 bajas, mientras que las que infligió a su enemigo no