ROMANOS CONTRA ROMANOS

ROMANOS CONTRA ROMANOS

ÍNDICE

PÁGINA
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MONARQUÍA Y REPÚBLICA

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TIBERIO GRACO

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JULIO CÉSAR

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DE LA REPÚBLICA AL IMPERIO

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PAX ROMANA

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Según la tradición, Roma fue fundada en el siglo VIII antes de Cristo por Rómulo, quien
la habría gobernado como rey. Después de él reinaron sucesivamente otros seis reyes, hasta
que en el año 509 a. C. Lucio Tarquino el Soberbio, el último de ellos, fue expulsado por un
grupo de aristócratas encabezado por Lucio Junio Bruto. Desde entonces, los romanos
albergaron un profundo odio contra la monarquía, forma de gobierno que consideraron
propia de pueblos atrasados (los “bárbaros”), ya que por lo general cada rey había
gobernado sobre su territorio como si éste fuese de su propiedad, es decir, un asunto
privado (res priuata).
Cuando abolieron la monarquía, los romanos consideraron que el territorio de Roma
debía ser tratado como un asunto público (res publica), es decir, como una propiedad
compartida por todos los hombres nacidos dentro de la ciudad, los ciudadanos (ciues). Eso
significaba que los terrenos de la ciudad, sus calles, sus plazas, sus acueductos, sus cloacas y
sus templos ya no pertenecían a una sola persona y a sus parientes o amigos, sino a todo el
pueblo romano (populus Romanus).
Sin embargo, eso sólo era la teoría. Lo cierto es que el poder pasó a manos de las
mismas personas que habían pertenecido al círculo del rey, es decir, a los ciudadanos más
ricos, los patricios (patres). Los patricios, probablemente no más de un millar, estaban
organizados en varias grandes familias o clanes (gentes): los Junios, los Claudios, los
Sempronios, los Cornelios, los Julios, los Emilios, los Calpurnios, los Domicios, los Horacios,
los Fabios, los Porcios, los Sergios, los Servilios, los Lucrecios, los Valerios y algunos más.
Cada clan (gens) se consideraba descendiente de un héroe, y por tanto, de linaje divino. Así,
la familia de los Junios, a la que pertenecía Bruto, se hacía descender de la diosa Juno, y la de
los Julios, de la que saldría el futuro César, se decía descendiente de Julo, el hijo de Eneas,
hijo a su vez de la diosa Venus.
Los patricios se repartieron en exclusiva el poder no sólo porque se consideraban los
únicos que eran dignos de ello, sino también porque eran los únicos que podían: dedicarse a
la política requiere dinero y tiempo libre, y sólo quienes vivían de la renta de sus tierras
disponían de ambas cosas.
Los demás ciudadanos, los plebeyos (plebeii), estaban demasiado ocupados en
trabajar, y la mayoría de ellos sólo para sobrevivir. Dado que no disponían de dinero ni de
formación para protegerse de rivales y enemigos, no tenían más remedio que ponerse al
servicio de las familias patricias, ofreciéndoles fidelidad y ayuda a cambio de protección y
asistencia jurídica. Esta relación se denominaba clientela (clientela). Los patricios
despreciaban a sus clientes no sólo porque éstos no tenían sangre noble, sino además
porque se ganaban la vida con el trabajo manual, que era mal visto incluso por los propios
plebeyos, sobre todo si estaba relacionado con el comercio (el oficio de mercader o tendero
se equiparaba al de gladiador, actor o prostituta).

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Este desprecio se manifestaba en un hecho que marcaría la historia de Roma durante
los siguientes siglos: la separación tajante entre los nobles y la plebe (plebs). Llegó a existir
durante un tiempo una ley que prohibía el matrimonio entre patricios y plebeyos, y cuando
esta ley quedó derogada, muchos patricios siguieron negándose no sólo a casarse con
plebeyos, sino a relacionarse con ellos de cualquier otro modo, por eso era muy extraño
verlos compartiendo espacios, tales como el comedor o la calle (lo normal es que un patricio
se desplazara en litera, oculto tras unas cortinas, evitando el contacto con el suelo y las
miradas de los “bribones”, como despectivamente llamaban a los plebeyos).
En ciertos aspectos, los plebeyos eran casi esclavos de los patricios. Además de la
fidelidad que como clientes les ligaba a ellos, muchos se habían convertido en sus siervos, ya
que, debido a su pobreza, les habían solicitado préstamos y, al no poder pagarlos,
contrajeron deudas que les sumieron en la ruina y la servidumbre. En la práctica, sólo dos
diferencias separaban a los plebeyos de los esclavos (serui): eran personas libres y tenían
derechos políticos. Esto último significaba poder participar en la asamblea popular para
votar, por ejemplo, a favor o en contra de la guerra, y también para elegir a sus
representantes, los magistrados (magistratus).
Las magistraturas eran cargos políticos que habían sido creados después de la
expulsión del último rey para gobernar y administrar la ciudad juntamente con el Senado y la
Asamblea Popular (Senatus populusque Romanus). Estos tres órganos de gobierno se
controlaban mutuamente, pero además su poder quedaba limitado por varias razones. En
primer lugar, todos eran colegiados, es decir, estaban formados por más de un miembro. Por
ejemplo, había dos cónsules: si uno de ellos ordenaba la detención de un ciudadano, ésta no
se hacía efectiva hasta que su colega (collega) diese su conformidad. En segundo lugar, la
duración del cargo era generalmente de un año, al término del cual el magistrado debía
rendir cuentas de su actuación, pudiendo ser llevado a juicio si había actuado en contra de la
ley. De este modo, el magistrado se lo pensaba bien antes de excederse y en todo caso, si
intentaba acaparar demasiado poder apoyándose en su ejército, la finalización de su
mandato lo impedía.
La única magistratura no colegiada era la dictadura: de manera excepcional, cuando la
seguridad de la República estaba en riesgo, se nombraba un dictador legal (dictator) para
que durante un período máximo de seis meses reuniese poderes ilimitados. Por ejemplo, en
el siglo V a. C., Lucio Quincio Cincinato fue nombrado dictador para que salvara a la ciudad
del ataque de un pueblo vecino y, tras cumplir con su misión, abandonó la vida pública y
regresó al campo. Cincinato pasó a la historia como modelo de hombre honrado: aunque
pudo aprovechar la dictadura para hacerse fuerte y satisfacer sus intereses personales,
prefirió servir exclusivamente a su patria y continuar viviendo en su sencillo retiro.
Como decíamos, los plebeyos tenían derechos políticos, por ejemplo, para elegir a
estos magistrados, pero ellos mismos no podían llegar a ocupar ningún cargo, lo que les
acarreaba grandes desventajas. Por ejemplo, si un plebeyo denunciaba a otro plebeyo o a un
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patricio, el juicio era presidido por un magistrado llamado pretor (praetor) y la sentencia
decidida por un juez, y tanto uno como otro eran patricios, por lo que no dudarían en
beneficiar al plebeyo o patricio denunciado si eran respectivamente cliente o amigo suyo. La
indefensión que padecía la plebe y su situación de servidumbre se hicieron hasta tal punto
insoportables, que en el año 494 a. C., en lo que se puede considerar la primera huelga de la
historia, los plebeyos salieron armados de Roma, declarando que crearían un Estado aparte y
que regresarían sólo si se atendían sus peticiones.
Gracias a esta secesión, la plebe obtuvo una serie de concesiones, entre ellas el acceso
a algunas magistraturas y la creación de una específicamente plebeya, el tribunado de la
plebe. Los tribunos de la plebe (tribuni plebis) se encargarían de defender los intereses de los
plebeyos y para ello serían reconocidos por los patricios como inviolables (sacrosancti). No
obstante, la propia amenaza de separación y sus consecuencias no pudieron ocultar una
realidad que no dejaría de hacerse patente durante cinco siglos más: en Roma había dos
mundos, el de los patricios y el de los plebeyos. Y dos mundos tan enfrentados entre sí que
acabarían provocando una cruenta guerra civil (bellum ciuile), una guerra entre ciudadanos
(inter ciues), de romanos contra romanos.
Los libros suelen dar rodeos a la hora de explicar el origen de esta guerra que enfrentó
entre sí a los ciudadanos romanos, pero lo cierto es que había una sola causa y bien sencilla:
la lucha por la posesión de la riqueza. Sin embargo, sí sería una simplificación afirmar que la
guerra enfrentó a patricios y plebeyos por esa posesión. En una fase avanzada de la
República, la riqueza se hallaba casi exclusivamente en manos no sólo de los patricios, sino
de los nobles (nobiles), clase formada por los patricios y por un gran número de plebeyos
que se habían enriquecido gracias a actividades como el comercio, tanto que muchos de
ellos superaban en riqueza a los patricios más acaudalados. Estos plebeyos acomodados ya
no se identificaban con los plebeyos pobres, porque de hecho vivían exactamente igual que
los patricios. Por otro lado, no es cierto que todos los nobles lucharan contra los plebeyos, ya
que algunos de los principales defensores de los pobres fueron incluso patricios.
Uno de esos líderes patricios defensores de la plebe fue Tiberio Sempronio Graco,
quien en el año 133 a. C. fue víctima del mismo odio que ochenta y cuatro años después
acabaría estallando en forma de guerra civil. Su historia nos la cuenta el biógrafo Plutarco.
Graco nació en el seno de una de las familias patricias más ricas e influyentes de Roma. En el
138, cuando aún no tenía 30 años, inició su carrera política como cuestor, acompañando al
cónsul Gayo Hostilio Mancino en una expedición contra Numancia. Allí, el ejército
comandado por Mancino cayó en una emboscada de los numantinos, que sólo aceptaron
negociar con Tiberio por la alta estima que le tenían a su padre. El cuestor salvó la vida de los
soldados a cambio de reconocer bajo juramento la “igualdad de numantinos y romanos”.
El Senado, liderado por el pontífice máximo Publio Cornelio Escipión Nasica, consideró
humillante un tratado que aceptaba como iguales a los rebeldes numantinos, de modo que
se negó a ratificarlo. En un gesto que equivalía a la ruptura de la paz, Mancino fue enviado
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desnudo a Numancia y como sus habitantes no lo aceptaron, pudo regresar a Roma, pero
deshonrado. Tiberio también perdió el prestigio dentro de Roma, factor indispensable para la
carrera política, y fuera de ella, su credibilidad. Sin embargo, cuando llegó al foro, los
familiares de los soldados le aclamaron como a un héroe y tal vez entonces concibió la idea
de recuperar el prestigio apoyando la causa del pueblo llano, que vivía abrumado por la crisis
de las tierras.
En esta época, mientras los pequeños propietarios, acuciados por las crecientes
deudas, vendían sus parcelas a bajos precios a los nobles, éstos se enriquecían cada vez más
con los botines de las conquistas. La mayor parte de ellos, representada por Nasica,
consideraba que los beneficios del imperio, principalmente las tierras conquistadas, debían
ser para quienes lo habían planificado, los nobles, gracias a cuya buena voluntad y generosa
ayuda las clases inferiores recibían como siempre sus beneficios en forma de edificios
públicos, planes de alimentación y entretenimiento.
La parte minoritaria de la nobleza, representada por el senador Apio Claudio Pulcro,
sostenía que la crisis amenazaba la armonía entre el Senado y el pueblo y era necesario
solventarla con una reforma agraria. Tiberio, animado por las consignas que la plebe
garabateaba en las calles, se asoció a Pulcro, casándose con su hija, y en el año 133 se
presentó a las elecciones para tribuno con un plan de reforma. La ley que pretendía proponer
preveía crear una comisión que se encargara de investigar qué terrenos públicos habían sido
ilegalmente ocupados por los nobles excediendo el límite permitido de 125 hectáreas y
redistribuyera estos terrenos públicos entre los ciudadanos sin tierras.
Tiberio fue elegido uno de los diez tribunos de la plebe. El Senado, compuesto por
latifundistas, no estaba dispuesto a renunciar a su porción de los terrenos públicos, pero la
autoridad para aprobar leyes era de la Asamblea Popular, guiada ahora por un magistrado
que rompía con la acostumbrada colaboración entre el Senado y el pueblo. Los ofendidos
senadores no podían hacer nada al respecto, salvo presentar como candidato para el
tribunado a Marco Octavio, un plebeyo propietario de una gran extensión de terreno y
deseoso de hacerse un lugar en el Senado, el cual se lo había atraído con promesas. Octavio,
que era amigo de Tiberio desde la infancia, también fue elegido. Tiberio no tardó en actuar.
Contraviniendo la tradición, presentó directamente la propuesta ante la plebe, sin consultar
previamente al Senado ni buscar su aprobación. No menos incendiario fue el discurso que
pronunció al subir a la tribuna de los oradores:
“Las fieras que vagan por los bosques de Italia tienen guaridas y agujeros para
esconderse, pero los hombres que luchan y mueren por Italia sólo poseen el aire y la luz,
y ninguna otra cosa, pues sin casa y sin techo andan errantes con sus mujeres e hijos. Y
mienten y se burlan nuestros generales cuando exhortan a los soldados antes de la
batalla a defender del enemigo las tumbas de sus antepasados y sus templos, pues son
muchos los romanos que no poseen ni altar ni sepulcro de sus mayores. La verdad es

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que combaten y mueren para proteger la riqueza y el lujo de otros. Y aunque se dice que
son señores de la tierra, ni siquiera un terrón es verdaderamente suyo.”
El día de la votación, los senadores desplegaron su arma secreta: Marco Octavio.
Cuando se anunció la ley de tierras, éste se puso en pie, gritó “Veto” y la votación se
suspendió. Día tras día se convocaba la asamblea y Octavio seguía bloqueando el proyecto
de ley. Tiberio llegó a ofrecerle una indemnización de su propio bolsillo por la tierra que
pudiera perder, pero su colega rechazó la oferta. Finalmente, Tiberio hizo lo que nadie antes
había intentado: proponer una votación para destituir a Octavio. Al día siguiente se reunió de
nuevo la asamblea para votar la destitución y cuando ya habían votado 17 de las 35 tribus,
Tiberio pidió que se interrumpiera la votación y trató de convencer con súplicas y abrazos a
su viejo amigo, que permanecía callado “con los ojos arrasados de lágrimas”. Octavio, por el
miedo a perder el respeto de los senadores que observaban desde las escaleras del Senado,
siguió firme.
La ley fue aprobada por aplastante mayoría, pero cada vez que los comisarios
solicitaban fondos para llevar a cabo su trabajo, el Senado se negaba a financiarlo. Por
entonces, Átalo de Pérgamo había nombrado heredero al pueblo romano y Tiberio propuso
utilizar ese dinero para financiar la reforma. Los enemigos de Tiberio extendieron el rumor de
que quería convertirse en rey con el apoyo del pueblo, alegando que habían visto entrar en
su casa embajadores de Pérgamo con una corona y una túnica púrpura. Tiberio recibió
amenazas de muerte y tuvo que rodearse de una escolta.
El Senado estaba esperando a que expirara su cargo para poder llevarlo a juicio por
haber destituido a un magistrado sacrosanto. Para evitarlo, Tiberio se presentó a la
reelección. A pesar de que era inconstitucional ostentar el cargo dos años consecutivos,
confiaba en que la asamblea sentara un nuevo precedente. El día de las elecciones estuvo a
punto de desistir porque todos los auspicios eran desfavorables: se rompió una uña del pie al
salir de su casa, una piedra cayó de una azotea ante sus pies y los pájaros destinados a tomar
los auspicios ni siquiera salían de la jaula.
Mientras se desarrollaba la votación, un senador le comunicó que el Senado estaba
reunido tramando su muerte. Cuando Tiberio anunció esto a sus partidarios, éstos se
repartieron las lanzas con las que los ordenanzas apartaban a la muchedumbre. Como los
que se hallaban más lejos se sorprendían de lo que estaba ocurriendo y hacían preguntas,
Tiberio se tocó la cabeza con la mano, indicando con la mirada el peligro. Sus enemigos,
cuando vieron el gesto, corrieron hacia el Senado con la noticia de que Tiberio estaba
pidiendo la corona. Nasica gritó al cónsul Publio Mucio Escévola que salvara la República y
matara al tirano, pero el magistrado se negó a autorizar la ejecución de un hombre sin juicio
previo. Nasica se levantó y dijo: “Puesto que el cónsul traiciona a la ciudad, seguidme los
que queráis ayudar a las leyes.” A la manera de un sacerdote antes del sacrificio, se cubrió la
cabeza con la toga y salió del Senado.

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Cientos de senadores, arremangándose la toga alrededor de la cintura, para poder
moverse con mayor comodidad, desfilaron por las calles empujando a cuantos le salían al
paso y causando una honda impresión, ya que no era normal ver a hombres nobles tan
resueltos a emplear la violencia. Armados con palos y patas de bancos rotos por la multitud
en su huida, golpearon primero a los que se habían apostado delante del tribuno. Mientras
éste huía, uno de los senadores le agarró por la toga, Tiberio se desprendió de ella y, vestido
sólo con la túnica, trató de huir de nuevo, pero tropezó con uno de los que habían caído
delante de él. Cuando se levantaba, uno de los atacantes le golpeó en la cabeza y el resto lo
apaleó y apedreó hasta la muerte. Los familiares de Tiberio y de unos trescientos seguidores
suyos pidieron la devolución de los cadáveres, pero los senadores les negaron la dignidad de
un entierro adecuado y arrojaron los cuerpos destrozados al Tíber.
El asesinato de Tiberio Graco no fue una excepción, sino el comienzo de una escalada
de violencia que acabó con la vida de su hermano Gayo y posteriormente con la de otros
líderes de ambos bandos. Roma pretendía gobernar su imperio, cuando ni siquiera era capaz
de gobernarse a sí misma: la Asamblea Popular y el Senado habían entrado en abierta
colisión y las diferencias políticas habían comenzado a resolverse con asesinatos,
enfrentamientos callejeros y golpes de Estado. En la década de los 60 del siglo I a. C., otro
patricio, Lucio Sergio Catilina, intentó dar un golpe de Estado, pero fue descubierto y
juzgado.
A Roma sólo le quedaban dos alternativas: sucumbir bajo el peso de su imperio y de su
caos interno o bien salvarse disolviendo la República y entregando todo el poder a una sola
persona que pusiera fin al desorden. Al final se impuso esta segunda opción, pero los
romanos tuvieron que pagar por ella un alto coste: la pérdida de la libertad.
El hombre llamado a convertirse en dueño absoluto del Estado fue uno de los patricios
más ricos de la ciudad, pero defensor de los intereses de los más pobres: Gayo Julio César.
¿Cómo consiguió aplastar por completo a sus rivales del partido de los nobles y acumular
más poder del que nadie había acumulado nunca en la historia de Roma? Con mucha astucia
y una gran visión política: apoyándose en la plebe, que formaba la inmensa mayoría de la
población, y poniéndola en contra de los nobles. En realidad, César no sentía más simpatía
por los pobres que sus rivales políticos: simplemente sabía que la plebe le daría su voto cada
vez que se presentara a unas elecciones, y si alguien no se lo daba, intentaba comprarlo con
su dinero y el de sus socios, Pompeyo y Craso.
César ganó todas las elecciones hasta obtener la más alta magistratura de la República:
el consulado. Una vez conseguida, pudo empezar a ganarse el favor del otro pilar en el que
un líder podía apoyarse para derrotar a sus enemigos cuando la vía política no funcionaba: el
ejército. En este punto, debemos hacer un paréntesis para comprender la importancia
decisiva que iba a tener esta institución en el fin de la República.

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En los primeros tiempos, el ejército romano había estado compuesto principalmente
por los ciudadanos más ricos, aquellos que podían costearse el equipo militar y al mismo
tiempo tenían un mayor interés por defender las fronteras de Roma para no perder las tierras
de las que vivían. Sin embargo, conforme el Imperio Romano fue creciendo, las campañas
militares se hicieron tan largas, que los ciudadanos terminaban abandonando sus tierras o
negocios y dejando a sus familias endeudadas. Se hacía necesaria una profesionalización del
ejército, es decir, que el Estado se encargara de equipar al soldado y de darle una paga
regular.
Y, por supuesto, el número de personas dispuestas a dedicarse por entero a la guerra
era muy alto, por una razón muy simple: convertirse en soldados profesionales era, con
diferencia, la mejor salida para los pobres. Sólo en Roma había cientos de miles de plebeyos,
y muchos de ellos eran tan pobres que sólo comían el grano que el Estado repartía gratis
(annona). Encontrar trabajo era muy difícil, porque para todas las tareas se empleaba a los
esclavos. En cualquier caso, ningún trabajo que se pudiera conseguir iba a ser estable ni estar
bien considerado. En cambio, dentro del ejército, hasta el plebeyo más miserable era
respetado, tenía asegurado un sueldo mínimo e incluso, a diferencia de lo que ocurría en la
vida civil, podía ascender, si hacía méritos para ello.
La profesionalización del ejército trajo consigo una consecuencia inevitable: cada
soldado pasaba un gran número de años en su legión, tantos que ya no se sentía ligado a su
patria, sino a sus compañeros de la legión y, sobre todo, a su general (imperator), quien, a
cambio de un juramento de lealtad, le recompensaba durante las campañas con una parte de
los botines de guerra y, una vez licenciado, con la entrega de tierras.
Pues bien, César aprovechó esta circunstancia e hizo aprobar una reforma agraria por
la que se debía instalar a los veteranos del ejército en fincas de Italia como reconocimiento a
sus servicios. César salvó la oposición de los senadores valiéndose de sus poderes de cónsul:
salió de la Curia y presentó la ley directamente en la asamblea. Sus partidarios entraron en el
foro el día de la votación y lo limpiaron de enemigos de la reforma, llegando a romper en
una ocasión el cetro del cónsul Bíbulo y a vaciar sobre su cabeza un cubo de excrementos.
Pero ganarse el favor de una parte del ejército no era suficiente. Cuando expiró su
cargo de cónsul, obtuvo el de procónsul en la Galia. Allí provocó a las tribus celtas que no
estaban sometidas a Roma, entrando en guerra con ellas y derrotándolas a todas hasta
someter la Galia y Britania. César acumulaba tantas victorias, que en uno de sus triunfos hizo
desfilar un letrero con una de las frases que más conocidas se harían: VENI, VIDI, VICI
(“Llegué, vi, vencí”). Estas victorias permitieron a sus legiones enriquecerse de una manera
extraordinaria y a él repartir una gran parte del botín entre los ciudadanos más pobres de
Roma.
“La realidad era que cada hombre estaba ligado a César con todas sus fuerzas por su
celo en el trabajo, a causa del hábito de la milicia y de las ganancias que la guerra
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procura a los vencedores y de aquellas otras que recibían de César; pues ésta las daba
con prodigalidad, tratando de tenerlos adictos a sus órdenes.”1
La popularidad de César crecía entre los plebeyos en la misma medida en que crecía el
número de acusaciones que sus enemigos de la nobleza, entre ellos su antiguo aliado
Pompeyo, preparaban para poder llevarlo a juicio. César tenía ya las dos cosas que
necesitaba: el apoyo de la mayoría de la población y una excusa para declararse rebelde. Si
regresaba a Roma como un civil, sería condenado; si lo hacía como general al frente de sus
legiones, podría defender con la fuerza sus intereses y los de la plebe, si bien estaría
declarándole la guerra a la República. El 10 de enero del año 49, César atravesó el río
Rubicón confiado en la superioridad numérica de su ejército.
“Cuando llegó en su carrera al río Rubicón, que sirve de límite a Italia, se detuvo y
mirando la corriente reflexionó en su mente calculando cada uno de los males que
tendrían lugar si atravesaba el río en armas. Y, tras recuperar la calma, dijo a los
presentes: ‘Amigos, si me abstengo de cruzar el río, será el principio de mis desgracias,
pero su travesía lo será de las de todos los hombres.’ Y, hablando como un inspirado, lo
atravesó de un impulso, pronunciando la conocida frase de: ‘Que la suerte lo decida.’”2
En sólo dos meses, logró hacerse dueño de toda Italia y Roma hubo de ser
abandonada por los nobles y sus partidarios, que entre llantos partieron en barcos hacia
Grecia. Cicerón se quejaba por la indignidad de tener que vagar como un mendigo:
“Me parece que ignoras la dimensión de este desastre, pues estás todavía en tu casa,
pero no puedes hacerlo mucho tiempo contra la voluntad de los individuos más
depravados. ¿Cosa más triste, más vergonzosa que esto?: vamos de un lado para otro,
indigentes, con nuestras esposas e hijos.”3
A pesar de ello, Cicerón elogió la clemencia de César, que sistemáticamente dejaba
libres a los oficiales pompeyanos que caían en sus manos, permitiéndoles decidir en qué
bando quedarse. La guerra civil concluyó en el 48 a. C. con la victoria de César sobre
Pompeyo en Farsalia. Pompeyo huyó a Egipto, reino que se encontraba bajo el protectorado
de Roma y donde esperaba encontrar una buena acogida. Sin embargo, el rey Ptolomeo XIII,
aún niño, asesorado por su eunuco, había decidido posicionarse a favor del vencedor:
“Cuando Pompeyo vio un ejército numeroso en tierra, detuvo su barco. Para recogerlo, fue
enviado un barquichuelo miserable, bajo la pretensión de que el mar era poco profundo y
no apto para barcos de gran calado. Sempronio, un romano que entonces servía en el
ejército del rey y, en otro tiempo, bajo el propio Pompeyo, tendió su derecha a este
último, quien sospechaba de todo, del despliegue del ejército, del carácter miserable del
barquichuelo y del hecho de que no hubiera acudido el rey en persona. Sin embargo,
1

APIANO, Guerras civiles 2.30 (trad. Antonio Sancho Royo).
Ibídem 2.35.
3
CICERÓN, Cartas a Ático, 8.2.3
2

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subió a bordo del bote y durante la travesía, como todos guardaban silencio, se
acrecentaron sus sospechas. Volviéndose hacia Sempronio, le preguntó: “¿No te conozco,
camarada?”, éste lo negó al punto; pero, cuando Pompeyo se alejaba, lo hirió en primer
lugar y después otros. La mujer de Pompeyo y sus amigos, al ver desde lejos este hecho,
prorrumpieron en lamentos. Los sirvientes de Potino cortaron la cabeza de Pompeyo y la
conservaron para César, en espera de una gran recompensa, pero éste se vengó de ellos
de manera digna de su impiedad.”4
Con toda la oposición militar y política descabezada, Roma quedaba a merced de
César. Al regresar a la ciudad en el año 46, llenó los puestos vacantes de senadores con
hombres nuevos de familias corrientes que le colmaban de honores y concedió regalos en
metálico a todos los ciudadanos. Hasta el año 44, con poderes de dictator, cumplió sus
promesas de otorgar terrenos a ciudadanos pobres, pero no fue ni mucho menos la revisión
revolucionaria que sus enemigos temían. El verdadero vencedor de la guerra civil fue el
soldado: cada veterano recibió un salario vitalicio y entre los años 44 y 40, medio millón de
soldados o ex-soldados obtuvieron una considerable porción de la riqueza de Italia.
En enero del 44, César rechazó la corona de rey, aunque era evidente que se
comportaba como un tirano, como el primer emperador de Roma. A mediados de marzo,
varios senadores, entre ellos Bruto, Casio, Casca y otros enemigos a quienes había
perdonado la vida, rodearon a César en la Curia y sacando los puñales que llevaban
escondidos bajo las togas lo mataron de veintitrés puñaladas.
Sin embargo, la reacción de la población no fue ni mucho menos la que los conjurados
esperaban. A los ciudadanos más pobres no les interesaban ya la República ni las libertades,
sino tan sólo disfrutar por fin de un período de paz y de lo que ésta conllevaría: comida, más
tierras para más gente y obras públicas que creasen puestos de trabajo. Por tanto, el
asesinato de César no fue recibido como la liberación de un tirano, sino como la privación de
un pacificador que amaba al pueblo. Marco Antonio y los demás socios de César,
“mientras sopesaban la situación, sintieron un impulso muy grande de vengar a César
por lo que le había ocurrido, pero tuvieron miedo de que el Senado se pusiera de parte
de los asesinos y aguardaron, por el momento, la marcha de los acontecimientos.”5
Transcurridos unos días, Marco Antonio meditó una doble estratagema para acabar con los
asesinos de César. En primer lugar, proponer nuevas elecciones:
“Aquellos que piden un voto sobre la persona de César deben conocer de antemano
que, si él era un magistrado y había sido elegido jefe del Estado, todos sus actos y
decretos tienen plena vigencia; pero que, si se decide que él se hizo con el poder
absoluto por la violencia, su cuerpo será arrojado insepulto fuera de la patria y todos

4
5

APIANO, Op. cit. 2.84-86.
Ibídem 2.118.

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sus actos serán anulados. Casi todos nosotros hemos detentado magistraturas bajo
César, algunos las seguimos desempeñando habiendo sido elegidos por aquél.
Precisamente es esto lo primero que opino, que vosotros debéis decidir si vais a
deponer voluntariamente esos cargos.”6
A continuación, una vez aceptada la propuesta, esperar a que se hiciera público el
testamento de César:
“Se trajo a presencia de todos el testamento de César y el pueblo ordenó que se leyera
de inmediato. En él se nombraba hijo adoptivo de César a Octavio, el nieto de su
hermana. Sus jardines eran legados al pueblo como lugar de esparcimiento, y legó a
cada uno de los romanos que aún vivían en la ciudad la cantidad de setenta y cinco
dracmas áticas. El pueblo se agitó un poco, con ira, al ver el testamento de un hombre
amante de su patria, sobre el que antes habían oído la acusación de tirano. Pero lo que
les pareció más digno de piedad fue el hecho de que Décimo Bruto, uno de los
asesinos, figuraba inscrito como hijo adoptivo en segundo grado.”7
Por último, con la plebe ya conmovida, soliviantarla durante el funeral de César, llevando a
cabo una dramática escenificación:
“Se recogió el vestido, como un inspirado, y ciñéndose para tener libres las manos, se
colocó junto al féretro como sobre un escenario, bajando la cabeza hacia él y
levantándola de nuevo. Transportado a un estado de pasión extrema, desnudó el
cadáver de César y agitó su vestido en lo alto de la punta de una lanza, desgarrado por
los golpes y tinto en la sangre del dictador. Ante este espectáculo, el pueblo, como el
coro de una tragedia, expresó conjuntamente su lamento en la forma más lastimera, y
de la pena, de nuevo se llenó de ira.”8
El plan de Marco Antonio surtió efecto:
“Nada más terminar los funerales, la plebe se dirigió con antorchas hacia las casas de
Bruto y de Casio, y luego que fue a duras penas rechazada, se encontró por el camino a
Helvio Cinna y lo asesinó, por un error de nombre, creyendo que se trataba de
Cornelio, a quien buscaba por haber pronunciado la víspera una violenta arenga contra
César; luego paseó su cabeza clavada en una lanza.”9
A Bruto, Casio y los demás asesinos no les quedaba otra opción que huir de Roma.
La ciudad quedó en manos de Marco Antonio, quien, sin embargo, no disponía
legalmente de lo más importante: la inmensa herencia de César, que éste había legado,
junto con su propio nombre, a su sobrino nieto e hijo adoptivo, Gayo Octavio Turino.

6

Ibídem 2.128.
Ibídem 2.143.
8
Ibídem 2.146.
9
SUETONIO, El divino Julio 85.
7

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ROMANOS CONTRA ROMANOS

La negativa de Antonio a transferirle el dinero al heredero legítimo de César
provocó el primer enfrentamiento entre ambos. Octavio no dudó en aliase con Bruto y
derrotó a Antonio en Mútina. A continuación, con tan sólo 19 años, se hizo nombrar
cónsul y, consciente de que si seguía enfrentado a Antonio, Bruto sólo tendría que esperar
a recoger los restos de la guerra, declaró a los asesinos de su padre adoptivo enemigos
del Estado. De ese modo, Octavio reanudó la guerra civil, uniendo sus fuerzas con Antonio
y Marco Lépido. Los tres tenían numerosos enemigos en Roma, entre ellos Cicerón, que
había atacado duramente a Marco Antonio en sus Filípicas:
“Así pues, el pueblo romano obtiene y aguarda de D. Bruto un beneficio mayor del que
nuestros antepasados recibieron por parte de L. Bruto, el primero de este linaje y de
este nombre, que deben ser defendidos por encima de cualquier otro. Además, si todo
tipo de esclavitud es miserable, se vuelve entonces intolerable cuando hay que servir a
un sacrílego, a un desvergonzado, a un afeminado, a quien nunca, ni siquiera en los
momentos de miedo, está sobrio. ¿Qué ha hecho, en efecto, alguna vez Antonio que
respondiese a una reflexión meditada? Siempre ha sido arrastrado por donde lo han
llevado su incontinencia, su inconstancia, su frenesí y sus borracheras. Siempre lo han
dominado dos clases distintas de personas: los mercaderes de esclavas y los
ladrones.”10
Decidido a no cometer el error de César, Octavio decidió como primera medida
detener y ejecutar a trescientos senadores y dos mil caballeros:
“El texto de la proscripción era como sigue: ‘Marco Lépido, Marco Antonio y Octavio
César declaran lo siguiente: De no haber sido por la perfidia de unos hombres viles que,
gracias a sus ruegos, fueron objeto de clemencia y que, una vez la encontraron, se
tornaron enemigos de sus bienhechores y luego conspiraron contra ellos, ni hubieran
asesinado a Gayo César, no nos veríamos obligados a usar de tamaño rigor contra
quienes nos han ultrajado y declarado enemigos públicos. Al ver que su maldad no
puede ser atemperada con generosidad, hemos preferido anticiparnos a nuestros
enemigos a sufrir a sus manos. Y, en verdad, que nadie considere nuestra acción injusta,
cruel o desmedida, teniendo presente que a Gayo César lo mataron en mitad del
edificio del Senado, lugar considerado sagrado, bajo la mirada de los dioses, con saña
cruel, de veintitrés puñaladas, unos hombres que habían sido sus prisioneros y por él
salvados, y algunos inscritos como coherederos de su fortuna. Quienes los maten, que
traigan sus cabezas ante nosotros y recibirán las siguientes recompensas: el hombre
libre, veinticinco mil dracmas áticos por cabeza, y el esclavo, su libertad, diez mil
dracmas áticos y el derecho de ciudadanía de su dueño.’ Tal era el texto de la
proscripción en la medida en que pude verterlo del latín a la lengua griega.”11

10
11

Discursos contra Marco Antonio (Filípicas) 3.12 y 6.4.
APIANO, Op. cit. 4.8

12

ROMANOS CONTRA ROMANOS

Entre los proscritos se incluyó a Cicerón. Antonio envió contra él a dos de sus
hombres que, tras cortarle la cabeza y las manos, las colgaron en la tribuna de los
oradores.12 Finalmente, poco después de derrotar a los asesinos de César en Filipos,
Octavio se enemistó con Marco Antonio. En realidad, Octavio había precipitado desde el
principio todos los acontecimientos, y este nuevo desencuentro con Antonio no era más
que el resultado final de un plan concebido a largo plazo: primero le entregó la mano de
su hermana Octavia y posteriormente, cuando supo que se había casado con Cleopatra,
hizo que Octavia viajara hasta Egipto sólo para que Antonio la rechazara públicamente y el
pueblo romano supiera que repudiaba a su esposa y traicionaba a su socio. Con esta y
otras excusas, Octavio le declaró la guerra y el 2 de septiembre del 31 a. C. le derrotó en la
batalla naval de Accio. Poco después, tanto Marco Antonio como Cleopatra se quitaron la
vida, lo que permitía convertir Egipto en provincia romana. Con esta victoria, Octavio se
convertía en el único amo del imperio y de la mayor fortuna personal de toda la historia
romana. En Roma pagó a sus soldados generosas primas en efectivo y entregó pequeñas
sumas a cada uno de los ciudadanos.
La rotunda victoria de Octavio señalaba no sólo el fin de las luchas fratricidas (la Pax
Romana), sino que además representaba el viraje más importante en la historia de Roma.
Octavio no adoptó la corona de rey ni la dictadura vitalicia, sino que se autoproclamó el
“primer ciudadano” (princeps), teóricamente igual a los demás magistrados; con un calculado
golpe de escena entró en el Senado y declaró que dejaba todo su poder en manos de los
senadores y del pueblo de Roma. Pero, en realidad, Octavio inauguró un nuevo
ordenamiento: el príncipe, con el título de Augusto (Augustus), fue acaparando gradualmente
todos los poderes que en la época republicana habían estado repartidos entre magistrados,
Senado y pueblo; continuó siendo el jefe supremo de los ejércitos (imperator); podía dar
muerte, sin necesidad de juicio, a todo aquel que hubiera ejercido la violencia, vetar cualquier
decisión del Senado o los magistrados, ayudar a cualquier ciudadano amenazado por la
acción de los magistrados e incluso legislar. Podía actuar como considerase oportuno con la
sola limitación de “la costumbre y la grandeza de la República” (usus y maiestas Rei Publicae).

12

PLUTARCO, Cicerón 48-49 y, con detalles de nuevas vejaciones, DIÓN CASIO 47.8.4 (Fulvia, esposa de Antonio,
le extrajo al cadáver la lengua y le clavó repetidamente su horquilla).

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