E S P A R T A N O S

ESPARTANOS

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G

I

D

I C E

N A

Un rey emparedado por la Ley
Vencer o morir
De oficio, soldados
Hombres
Sabiduría
¿Mito o realidad?
Hacia las Termópilas
Matar al mensajero
Las Puertas Calientes
Traición

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E S P A R T A N O S

Un rey emparedado por la Ley
Al finalizar las Guerras Médicas, el rey espartano Pausanias, al frente de una flota de aliados
griegos, liberó del poder persa la isla de Chipre y la ciudad de Bizancio. El historiador ateniense
Tucídides nos relata qué le sucedió después a Pausanias.

Debido a la violencia de su carácter, todos los demás griegos se sintieron molestos.
Los lacedemonios llamaron a Pausanias para interrogarlo acerca de los informes que
recibían, pues era acusado de muchas injusticias por los griegos que llegaban a Esparta,
y su actuación se parecía más a una imitación de tiranía que a un mando militar. Llegado
a Esparta, fue llevado a juicio por sus atropellos contra algunos particulares, pero fue
absuelto de las acusaciones más graves; se le acusaba principalmente de simpatizar con
los medos, y parecía que el asunto era muy cierto.
Sin embargo, Pausanias, a título personal, sin el consentimiento de los
lacedemonios, cogió una trirreme de Hermíone y llegó al Helesponto; el pretexto era la
guerra que sostenían los griegos, pero en realidad su objetivo era proseguir sus
negociaciones con el Rey en la línea que ya había emprendido anteriormente movido
por su aspiración a conseguir el imperio sobre Grecia. El primer servicio que había
prestado al Rey, con el que había iniciado todo el asunto, fue el siguiente. Cuando, en su
primera estancia, después de su regreso de Chipre, hubo tomado Bizancio, le devolvió al
Rey los prisioneros que había capturado; su versión, sin embargo, fue que se le habían
escapado. Envió además una carta al Rey, cuyo contenido, como más tarde se
descubrió, era el siguiente: “Pausanias, caudillo de Esparta, queriendo hacerte un favor,
te devuelve estos hombres capturados con su lanza. Tengo el propósito, si te parece
bien, de casarme con tu hija y de someter a tu poder Esparta y el resto de Grecia. Creo
que soy capaz de lograrlo si me entiendo contigo. Por consiguiente, si alguna de mis
proposiciones te satisface, envía a la costa a un hombre de confianza, por medio del cual
podamos seguir comunicándonos.”
Jerjes se alegró con la carta y envió a la costa a Artabazo, hijo de Farnaces, con una
carta de respuesta para que la hiciera llegar cuanto antes a Pausanias, en Bizancio; debía
mostrarle el sello, y si Pausanias le daba algún encargo tocante a sus propios intereses,
debía llevarlo a cabo del mejor modo y con la mayor fidelidad. La respuesta estaba
escrita en estos términos: “El Rey Jerjes dice a Pausanias lo siguiente: En cuanto a los
hombres que me has salvado sacándolos de Bizancio, al otro lado del mar, el servicio te
queda registrado en nuestra Casa para siempre; y tus proposiciones me complacen. Que
ni la noche ni el día te entretengan hasta el punto de cejar en el cumplimiento de alguna
de las promesas que me haces; y que no surja ningún obstáculo por el gasto de oro y
plata o por el número de tropas, si es necesario que acudan a cualquier sitio.” Al recibir
esta carta, Pausanias se hinchó y ya no pudo vivir de la forma habitual; salía de Bizancio
ataviado con vestidos persas, y una escolta de medos y egipcios lo acompañaba en sus
viajes a través de Tracia; se hacía servir la mesa al estilo persa; se hacía inabordable y
mostraba un genio tan difícil con todo el mundo por igual que nadie podía acercársele.

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Cuando llegó un informe a los lacedemonios de que estaba intrigando con los
bárbaros y de que su permanencia allí no obedecía a nada bueno, entonces ya no
esperaron más: los éforos le enviaron un heraldo con la escítala; le decían que no se
separara del heraldo, y que, si no obedecía, los espartiatas le declaraban la guerra. Él,
queriendo resultar lo menos sospechoso posible y confiando en librarse de la acusación
con dinero, regresó por segunda vez a Esparta. En realidad, los espartiatas no tenían
ningún indicio evidente en el que poder basarse con seguridad para castigar a un
hombre que era miembro de la familia real y que en aquel momento desempeñaba un
cargo. Así, procedieron a examinar atentamente todas sus actuaciones, por si alguna vez
se hubiese apartado de las costumbres establecidas, y se fijaron sobre todo en que una
vez, en el trípode que los griegos habían consagrado en Delfos como primicia del botín
arrancado a los medos, se había considerado con derecho a grabar por su cuenta el
siguiente dístico:
Tras destruir el ejército medo, el capitán de los griegos,
Pausanias, consagró a Febo este recuerdo.
Entonces los lacedemonios se habían apresurado a borrar este dístico del trípode y
habían grabado los nombres de todas las ciudades que, después de contribuir a vencer
al bárbaro, habían dedicado la ofrenda. Averiguaron, asimismo, que estaba tramando
algo con los hilotas y así era realmente, pues les prometía su liberación y los derechos
de ciudadanía, si se levantaban con él y le ayudaban a alcanzar todos sus objetivos. Pero
ni aun así quisieron dar crédito a algunos delatores hilotas y tomar medidas serias
contra él, ateniéndose al procedimiento acostumbrado cuando se trata de ellos mismos,
esto es, no precipitarse en tomar una decisión irreparable acerca de un espartiata sin
contar con pruebas irrefutables; hasta que, según se dice, el que debía llevar a Artabazo
la última carta para el Rey se convirtió en su delator; le había entrado miedo al caer en
la cuenta de que en ningún caso había regresado ninguno de los mensajeros que le
habían precedido; falsificó el sello a fin de evitar que Pausanias llegara a descubrir su
treta, abrió la carta y encontró que estaba escrito que lo mataran.
Luego que les mostró el documento, los éforos ya estuvieron más seguros; pero
quisieron todavía que sus oídos fueran testigos de las palabras del propio Pausanias; así,
según un plan premeditado, el mensajero se fue al Ténaro como suplicante y levantó
una cabaña dividida en dos compartimentos por una pared; en su parte interior
escondió a algunos éforos. Cuando Pausanias acudió a encontrarse con él y le preguntó
el motivo por el que se había hecho suplicante, pudieron enterarse de todo claramente:
el mensajero le reprochaba lo que había escrito sobre él y Pausanias, admitiendo todo
aquello, pretendía que no se irritara, le daba garantías para salir del santuario y le pedía
que se pusiera en marcha cuanto antes y que no obstaculizara las negociaciones.
Una vez que lo hubieron oído todo sin perder detalle, los éforos, de momento, se
fueron, pero, al saberlo ya con certeza, procedieron a su detención en la ciudad. Se
cuenta que, cuando iba a ser detenido en la calle, se fijó en la cara de uno de los éforos
que se acercaba y comprendió para qué iba; luego otro, por amistad, le alertó con un
imperceptible movimiento de cabeza, de modo que se dirigió a todo correr al santuario
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de Atenea Calcieco y se refugió allí antes de que lo alcanzaran. Entró en un pequeño
edificio que pertenecía al santuario y se quedó allí. Primeramente, los éforos quedaron
atrás en la persecución, pero después quitaron el techo del edificio y, cuidando de que
estuviera dentro, tapiaron las puertas y lo redujeron por hambre. Cuando estaba a
punto de expirar, se dieron cuenta y lo sacaron del templo todavía con vida y, una vez
que estuvo fuera, murió al instante. Su primera intención fue arrojarlo al Céadas, donde
suelen arrojar a los criminales, pero después decidieron enterrarlo en un sitio cercano.
Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso 1.94-134 (trad. Juan José Torres Esbarranch)

Vencer o morir
Unos años antes de la muerte de Pausanias, otro rey espartano, Demarato, se había enemistado
con su colega Cleómenes I y hubo de exiliarse. Buscó refugio en la corte del rey persa Darío y más
tarde guió a Jerjes en su campaña contra los griegos. El historiador Heródoto cuenta cómo Jerjes
intenta obtener de Demarato información acerca de los griegos.

Demarato, por su parte, le respondió diciendo: “Majestad, ¿debo hablarte con
sinceridad o halagarte?” El monarca, entonces, le mandó que hablara con sinceridad,
asegurándole que no por ello le iba a resultar menos simpático que antes. Al oír estas
palabras, Demarato dijo lo que sigue: “Majestad, sólo tengo elogios para todos los
griegos que habitan por aquellas tierras, pero mis próximas palabras no voy a aplicarlas
a todos ellos, sino exclusivamente a los lacedemonios: has de saber que jamás
aceptarán tus condiciones, que representan esclavitud para Grecia; pero además es que
saldrán a hacerte frente en el campo de batalla, aunque los demás griegos abracen en
su totalidad tu causa. Y respecto a su número, no preguntes cuántos deben de ser para
poder adoptar semejante actitud; pues si se da la circunstancia de que son mil quienes
integran su ejército, esos mil lucharán contra ti y lo mismo harán tanto si son menos
como si son más. En combates singulares no son inferiores a nadie, mientras que en
compacta formación son los mejores guerreros de la tierra. Pues, pese a ser libres, no
son libres del todo, ya que rige sus destinos un supremo dueño, la Ley, a la que en su
fuero interno temen mucho más, incluso, de lo que tus súbditos te temen a ti. De hecho,
cumplen todos sus mandatos y siempre manda lo mismo: no les permite huir del campo
de batalla ante ningún contingente enemigo, sino que deben permanecer en sus
puestos para vencer o morir. Ahora bien, si esto que te digo te parece un disparate, de
acuerdo, pero de ahora en adelante, prefiero reservarme mis opiniones (es más, en esta
ocasión he hablado porque me lo exigías). No obstante, ojalá todo se desarrolle
conforme a tus deseos, Majestad.”
Heródoto, Historia 7.101.3-104.5 (trad. Carlos Schrader)

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De oficio, soldados
El biógrafo Plutarco, que vivió unos seis siglos después de las Guerras Médicas, nos transmite en
sus Obras morales numerosas anécdotas, centradas principalmente en reyes, que ilustran el
estilo de vida de este pueblo, completamente entregado, desde la más tierna infancia, a la
disciplina, la lucha, el valor, la lealtad y el honor.

Agesilao, cuando oyó que los aliados estaban enojados por las frecuentes
campañas, como eran muchos los que seguían a unos pocos espartanos, quiso mostrar
el número de éstos y ordenó a todos los aliados sentarse mezclados unos con otros y a
los espartanos aparte separados de los demás; entonces dio orden mediante heraldo de
que, en primer lugar, se levantaran los alfareros, y cuando éstos estuvieron en pie,
ordenó que se levantaran, en segundo lugar, los herreros, después los carpinteros y, a
continuación, los albañiles, y así oficio por oficio; como resultado, casi todos los aliados
quedaron en pie, pero ningún espartano. Pues les estaba prohibido ejercer un oficio y
aprender trabajo artesanal alguno. Por esto dijo Agesilao con una sonrisa: “¡Mirad,
hombres, cuántos más soldados nosotros enviamos de expedición que vosotros!”
Al preguntársele en una ocasión hasta dónde llegaban las fronteras de Esparta,
dijo blandiendo la espada: “Hasta donde esto llegue.”
Cuando otro intentaba saber por qué Esparta estaba sin murallas, señaló a los
ciudadanos armados y dijo: “Éstos son los muros de los espartanos.”
Al ver a un espartano cojo que salía a la guerra y buscaba un caballo, le dijo: “¿No
te das cuenta de que la guerra no tiene necesidad de los que huyen, sino de los que
permanecen?”
Agis, el joven, cuando Demades dijo que los prestidigitadores se tragaban las
espadas espartanas por lo pequeñas que eran, dijo: “Y, sin embargo, los espartanos
alcanzan a los enemigos con sus espadas.”
Arquidamo, el hijo de Zeuxidamo, cuando uno le preguntó quiénes estaban al
frente de Esparta, respondió: “Las leyes y los principios acordes con las leyes.”
Demarato, cuando uno le preguntó por qué estaba exilado de Esparta, siendo así
que era rey, le respondió: “Porque sus leyes son más poderosas que yo.”
Leónidas, hijo de Anaxándridas, cuando los éforos le dijeron: “¿No has decidido
hacer otra cosa que impedir la entrada de los bárbaros?”, respondió: “Eso de palabra,
pero de hecho morir en defensa de los griegos.”
Cuando alguien dijo: “Por las flechas de los bárbaros no es posible ver el sol”,
respondió: “Será, ciertamente, agradable, si luchamos a la sombra contra ellos.”

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Cuando Jerjes le escribió: “Tienes la posibilidad, si no luchas contra los dioses y te
incorporas a mis filas, de ser el monarca absoluto de Grecia”, le replicó por escrito: “Si
conocieras la belleza de la vida, te apartarías del deseo de lo ajeno; para mí es mejor la
muerte a favor de Grecia que ser monarca absoluto de la gente de mi raza.”
Cuando de nuevo Jerjes escribió: “Entrega las armas”, le contestó: “Ven a
tomarlas.”
Anunció a los soldados que desayunaran como si fueran a cenar en el Hades.
Agis, hijo de Arquidamo, al decirle en una ocasión los éforos: “Marcha con los
jóvenes contra el país de éste; él mismo te conducirá a la ciudadela”, dijo: “Y ¿cómo
puede ser bueno, éforos, confiar tantos jóvenes al que traiciona a su propia patria?”
Decía que los espartanos no preguntan cuántos son los enemigos, sino dónde
están.
Al pasar por las murallas de los corintios y ver que eran altas, con torres
fortificadas y muy extensas, dijo: “¿Qué mujeres habitan el lugar?”
Cuando los argivos, después de la batalla de los Trescientos, fueron de nuevo
vencidos con todas sus fuerzas en batalla campal, los aliados recomendaron a Polidoro
que no desperdiciase la ocasión, sino que atacara la muralla de los enemigos y tomara
su ciudad, pues sería fácil, dado que los hombres habían muerto y sólo quedaban las
mujeres. Pero les dijo: “Para mí es una acción noble vencer a los rivales de igual a igual.”
Arquidamo, hijo de Agesilao, al ver un dardo lanzado por una catapulta traída
entonces por primera vez de Sicilia, exclamó: “Por Heracles, el valor del hombre ha
desaparecido.”
Un soldado espartano, al ser herido por un arco y escapársele la vida, decía que no
le preocupaba estar a punto de morir, sino el morir a manos de un arquero afeminado.
Cleómenes, hijo de Anaxándridas, cuando alguien le preguntó por qué motivo los
espartanos no ofrecían como sacrificios a los dioses los despojos de los enemigos, dijo:
“Porque son de cobardes”.
Cuando se celebraban los juegos en Olimpia, un anciano que deseaba verlos no
encontraba asiento. Mientras iba de lugar en lugar se le insultaba y era objeto de burla y
nadie le hacía sitio, pero cuando llegó frente a los espartanos, todos los jóvenes y
muchos hombres se levantaron y le cedieron su lugar. Como todos los griegos reunidos
mostraran la aprobación con un aplauso, el anciano dijo llorando: “¡Ay de mí, qué mal!
Todos los griegos conocen la nobleza, pero sólo los espartanos la practican.”
Al preguntarle un extranjero a Geradatas, un espartano de tiempos remotos, qué
pena sufrían los adúlteros en su tierra, éste respondió: “Nadie, extranjero, es adúltero
entre nosotros.” Al replicarle aquél: “¿Y si uno lo fuera?”, Geradatas le contestó:
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“Pagaría un toro que, estirando su cuello por encima del Taigeto, bebiera del Eurotas.”
Aquél, asombrado, preguntó: “¿Cómo puede haber un toro de tales dimensiones?”
Geradatas, sonriendo, dijo: “¿Cómo puede haber un adúltero en Esparta?”
Una madre, al entregar a su hijo el escudo, le exhortó diciendo: “Hijo, con él, o
sobre él”.
Otra, en respuesta al hijo que decía tener la espada corta, le replicó: “Pues añade
un paso.”

Hombres
Las fuentes antiguas nos proporcionan datos sobre la educación recibida por los espartanos (la
agogé). Según la tradición, fue instituida en una remota época por Licurgo, un rey
semilegendario que se propuso formar no sólo hombres aptos para resistir las peores
condiciones de vida, es decir, las de la guerra, sino también mujeres preparadas para darlos a
luz. Esto último creó una imagen de las espartanas insólita dentro del mundo antiguo.

Licurgo sometió el cuerpo de las jóvenes a la fatiga de las carreras, luchas y
lanzamientos de disco y jabalina, pensando que, si el enraizamiento de los embriones ha
contado con una base sólida en cuerpos sólidos, su desarrollo será mejor, y que ellas
mismas, si se enfrentan a los partos en buena forma física, combatirán bien y con
facilidad los dolores.
Al recién nacido no estaba autorizado su progenitor para criarlo, sino que,
cogiéndolo, debía llevarlo a cierto lugar, llamado lésche, en donde, sentados los más
ancianos de los miembros de la tribu, examinaban al pequeño y, si era robusto y fuerte,
daban orden de criarlo, pero si esmirriado e informe, lo enviaban hacia las llamadas
Apótetas, un lugar barrancoso por el Taigeto.
Letras, en realidad, sólo aprendían para salir adelante; mientras que toda la
restante educación estaba orientada a la total obediencia, a tener firmeza en las fatigas
y a vencer en los combates. Y, por eso, precisamente, conforme iba avanzando la edad,
intensificaban su ejercitación, pelándolos al cero y habituándolos a caminar descalzos y
a jugar desnudos casi siempre.
Cuando el joven ha alcanzado la edad de 19 años, dirige a los más pequeños en los
combates y, en casa, los trata como sirvientes para la comida. Encarga a los más
robustos que traigan leña y a los pequeños, legumbres. Y lo traen robando: unos
dirigiéndose a los huertos, y otros infiltrándose en los banquetes comunales. Pero, si
uno es sorprendido, recibe numerosos latigazos, ya que se supone que roba
descuidadamente y sin destreza.

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Tanto cuidado ponen los niños en sus robos, que, según se cuenta, uno que había
robado ya un cachorro de zorra y lo llevaba cubierto con su manto, arañado en el
vientre por el animal con las uñas y los dientes, murió a pie firme con tal de que nadie se
diera cuenta. Y esto tampoco es desmentido por los actuales efebos, entre los que
hemos visto a muchos morir a golpes en el altar de Ortia.
Los jefes de los jóvenes, a aquellos que a primera vista eran inteligentes, los
sacaban durante cierto tiempo al campo en cada ocasión de una forma distinta, con
puñales y la comida indispensable, pero sin nada más. Ellos, durante el día, esparcidos
por encubiertos lugares, se escondían y descansaban; y por la noche, bajando a los
caminos, mataban a cuantos hilotas sorprendían.
Plutarco, Vidas paralelas. Licurgo 14.3-28-3 (trad. Aurelio Pérez Jiménez)

Gorgo, esposa de Leónidas, a un extranjero que se presentó con un vestido
adornado, lo empujó a un lado y le dijo: “Vete de aquí. No vales ni para hacer de mujer.”
Al preguntarle una mujer del Ática: “¿Por qué vosotras, espartanas, sois las únicas
que gobernáis a vuestros hombres?”, le respondió: “Porque somos las únicas que
alumbramos hombres.”
Plutarco, Obras morales 240E (trad. Mercedes López Salvá)

Cuando Jerjes decidió llevar a cabo su expedición contra Grecia, Demarato, que se
encontraba en Susa, se enteró de lo que se proponía y quiso informar a los
lacedemonios. El caso es que no podía alertarlos así como así (pues corría el peligro de
que lo pillasen), por lo que se le ocurrió la siguiente idea: cogió una tablilla, le raspó la
cera y, acto seguido, puso por escrito, en la superficie de madera de la tablilla, los planes
del monarca; hecho lo cual, volvió a recubrirla con cera derretida, tapando el mensaje, a
fin de que el transporte de la tablilla, al estar en blanco, no ocasionase el menor
contratiempo ante los cuerpos de guardia apostados en el camino. Cuando la tablilla
llegó definitivamente a Lacedemonia, los lacedemonios no acertaban a dar con una
explicación, hasta que, según tengo entendido, al fin Gorgo, la hija de Cleómenes y
esposa de Leónidas, comprendió por sí misma la treta y les sugirió que raspasen la cera,
porque encontrarían -les indicó- un mensaje grabado en la madera. Ellos, entonces,
siguieron sus indicaciones y pudieron descubrir y leer el mensaje, por lo que, acto
seguido, informaron de su contenido a los demás griegos. Así es, en definitiva, como,
según cuentan, sucedieron estos hechos.
Heródoto, Historia 7.239.2 (trad. Carlos Schrader)

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Sabiduría
Hasta ahora, por la información que sobre los espartanos nos proporcionan los autores antiguos,
se podría afirmar que este pueblo, a diferencia del resto de los griegos, vivía en la más absoluta
tosquedad, lejos de intereses como la filosofía y la retórica, convencidos de que la mayoría de
las palabras sobraban. Y, en efecto, ya para los propios griegos, la brevedad y concisión de los
espartanos era proverbial, lo que dio lugar al término lacónico. Sin embargo, detrás de su
proverbial laconismo, los espartanos encerraban una sabiduría ejemplar para los demás griegos.

Enseñaban a los niños a expresarse con cierta mordacidad mezclada de gracia y de
gran profundidad, pese a su brevedad. La expresión simple y concisa la hizo apropiada
para una idea seria y profunda, ingeniándoselas para que, a base de mucho silencio,
fueran sentenciosos y estuviesen bien informados cara a las respuestas. Yo observo que
la frase lacónica aparentemente es breve, pero llega muy bien a las cuestiones y se
ajusta al pensamiento de los oyentes.
Plutarco, Vidas paralelas. Licurgo 19 (trad. Aurelio Pérez Jiménez)

El amor por la ciencia es muy antiguo y muy grande entre los griegos en Creta y en
Lacedemonia, y hay numerosísimos sofistas en aquellas tierras. Pero ellos lo niegan y
fingen ser ignorantes, para que no se descubra que aventajan en sabiduría a los demás
griegos, y aparentan, en cambio, ser superiores en el combatir y en el coraje. Ahora,
pues, ocultándolo, tienen engañados a los laconizantes de las otras ciudades, y éstos se
desgarran las orejas por imitarlos, se rodean las piernas con correas, hacen gimnasia y
llevan mantos cortos, como si fuera con estas cosas como dominaran los lacedemonios
a los griegos. Podéis daros cuenta de que digo la verdad y de que los lacedemonios se
hallan óptimamente educados en la filosofía y los discursos en esto: si uno quiere
charlar con el más vulgar de los lacedemonios, encontrará que en muchos temas parece
algo tonto, pero luego, en cualquier punto de la conversación, dispara una palabra digna
de atención, breve y condensada, como un horrible arquero, de modo que su
interlocutor no parece más que un niño.
De eso mismo ya se dieron cuenta los antiguos, de que laconizar es más bien
dedicarse a la sabiduría que a la gimnasia. Entre ésos estaban Tales de Mileto, Pítaco de
Mitilene, Bías de Priene, nuestro Solón, Cleobulo de Lindos y Misón de Quenea, y como
séptimo del grupo se nombra al lacedemonio Quilón. Todos ellos eran admiradores y
apasionados discípulos de la educación lacedemonia. Puede uno comprender que su
sabiduría era de ese tipo, al recordar las breves frases dichas por cada uno, que ellos, de
común acuerdo, como principio de la sabiduría dedicaron en inscripción a Apolo en su
templo de Delfos, grabando lo que todo el mundo repite: “Conócete a ti mismo” y
“Nada en demasía”.
Platón, Protágoras 342b-343b (trad. Carlos García Gual)

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Cierto espartano, a un orador que se extendió mucho en su discurso y pedía las
respuestas para comunicar a sus ciudadanos, le dijeron: “Pues bien, comunícales que a
duras penas cesaste de hablar y nosotros de escucharte.”
Cleómenes, hijo de Anaxándridas, a los embajadores de Samos que insistían en
que hiciera la guerra al tirano Polícrates y pronunciaban, para ello, largos discursos, les
dijo: “Respecto a lo que habéis hablado, de lo del principio no me acuerdo, por esto no
comprendo lo del medio, y lo del final no lo apruebo.”
Anaxándridas, a uno que decía cosas necesarias a los éforos, pero más de las
suficientes, le dijo: “Amigo, donde no hay necesidad, tú la creas.”
Agis, hijo de Arquidamo, al decir un sofista: “La palabra es lo más importante de
todo”, le respondió: “Entonces, si tú estás en silencio, no tienes ningún valor.”
Α Lisandro, cuando consultaba el oráculo en Samotracia, el sacerdote le ordenó
decir cuál era la hazaña más ilegal que había realizado en su vida. Éste preguntó: “¿Debo
hacer esto porque lo ordenas tú o porque lo ordenan los dioses?” Se le contestó: “Los
dioses”. Dijo: “Pues bien, tú quítate de delante de mí y yo se lo diré a ellos en caso de
que me lo pregunten.”
Antálcidas, cuando un sofista se disponía a leer un encomio a Heracles, dijo:
“¿Pues quién lo censura?”
Arquidamo, como dos personas lo aceptaran como árbitro, los condujo al recinto
de Atenea Calcieco y les hizo jurar que permanecerían fieles a su fallo; y, cuando
aquéllos así lo hubieron acordado, les dijo: “Pues bien, yo resuelvo que vosotros no
saldréis del recinto antes de que hayáis resuelto vuestras discrepancias.”
Leotíquidas, hijo de Aristón, como una serpiente estuviese enroscada en torno a la
llave de la puerta vecina y los adivinos lo interpretaran como un prodigio, dijo: “A mí no
me lo parece. Sería, en cambio, un prodigio que la llave estuviera enroscada en torno a
la serpiente.”
Demarato, como un persa con su continua venalidad sedujera a su amado y le
dijera: “Espartano, he cautivado a tu amado”, le contestó: “Por los dioses, tú no, sino
que, más bien, lo has comprado.” Al preguntársele en una reunión si guardaba silencio
por necedad o por falta de palabras, dijo: “Un necio no podría guardar silencio.”
Cuando Esparta mantenía una tropa mercenaria y necesitaba dinero para la
guerra, Agesilao fue a Egipto, invitado por el rey de los egipcios, por una remuneración.
Por la sencillez de su vestido les pareció a los indígenas despreciable, pues esperaban
que se vería al rey de Esparta engalanado suntuosamente en su persona como el rey de
Persia. Tal era la pobre opinión que tenían de los reyes. Pero les mostró entretanto que
la grandeza y la dignidad conviene adquirirlas con entendimiento y valentía.
Plutarco, Obras morales (trad. Mercedes López Salvá)
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¿Mito o realidad?
Sobre todo a raíz de la batalla de las Termópilas, los espartanos se ganaron una fama
imperecedera de guerreros y ciudadanos obedientes al Estado. Sin embargo, dado que los
antiguos eran muy proclives a mitificar las cosas, es posible que en este caso la fama superara a
la realidad. Dos historiadores contemporáneos de Heródoto nos cuentan sendos hechos que
tuvieron lugar tan sólo tres o cuatro generaciones después de las Guerras Médicas: por un lado,
la rendición de 292 hoplitas espartanos que habían sido sitiados por los atenienses en la isla de
Esfacteria; por otro, un juicio amañado del que Esfodrias salió absuelto de una acusación de alta
traición.

Éste fue para los griegos el hecho más inesperado de los acaecidos en el curso de
la guerra, pues estimaban que los lacedemonios no depondrían nunca sus armas, ni por
hambre ni por ninguna necesidad, sino que morirían empuñándolas y combatiendo
hasta llegar al límite de sus fuerzas. Se ponía en duda que los que habían depuesto las
armas fueran de la misma condición que los muertos.
Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso 4.40 (trad. Juan José Torres Esbarranch)

Los éforos mandaron llamar a Esfodrias y lo acusaron con petición de la pena de
muerte. Sin embargo, no compareció por temor; no obstante, quedó absuelto sin
comparecer. Ese juicio fue para muchos el más injusto de los fallados en Esparta. La
causa fue la siguiente. Esfodrias tenía un hijo, Cleónimo, recién salido de la infancia, el
más hermoso y famoso de entre sus compañeros. Se daba la circunstancia de que lo
amaba Arquidamo, el hijo de Agesilao. En consecuencia, los amigos de Cleómbroto,
por ser de la facción de Esfodrias, eran propensos a absolverlo, aunque recelaban de
Agesilao y sus amigos, e incluso de los que no eran de una ni de otra facción, pues era
evidente que había hecho algo horrible. Por esto Esfodrias dijo a Cleónimo: “Hijo, tú
puedes salvar a tu padre, si pides a Arquidamo que Agesilao sea benévolo conmigo.” Al
oírlo, se atrevió a ir ante Arquidamo y le pidió salvar a su padre. Al ver a Cleónimo
sollozando, Arquidamo lloró con él poniéndose a su lado. Al oírle insistir, respondió:
“Cleónimo, has de saber bien que yo no puedo mirar de frente a mi padre y cuando
quiero conseguir algo en la ciudad, lo pido a cualquiera antes que a mi padre; sin
embargo, puesto que tú lo ordenas, cree que pondré todo mi valor para llevarlo a
cabo.” Precisamente entonces estaba descansando en casa después de llegar del
fiditio. Al levantarse por la mañana procuró que su padre lo viera al salir. Después que
le vio salir, si venía algún ciudadano dejaba que hablara con él primero, luego si venía
algún extranjero, luego incluso al criado que lo pedía. Por fin, después que Agesilao
viniendo desde el Eurotas entró en casa, marchó sin acercarse. Al otro día hizo lo
mismo. Agesilao sospechaba por qué se hacía el encontradizo, pero no le preguntó
nada, sino que lo dejó. Por su parte Arquidamo deseaba ver a Cleónimo, como es
natural, pero no se atrevía a venir ante él sin haber hablado antes con su padre sobre
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lo que le pidió. El grupo de Esfodrias, al ver que no venía Arquidamo cuando antes lo
hacía con frecuencia, temieron que Agesilao lo hubiera reprendido. Pero al fin
Arquidamo se atrevió a acercarse y le dijo: “Padre, Cleónimo me manda pedirte que
salves a su padre, y también te lo pido yo, si es posible.” Él respondió: “Bien, yo te
concedo el perdón, mas no veo cómo podría yo incluso conseguir perdón de la ciudad
si no condeno a un hombre que ha agraviado a aquellos con los que comerció en
beneficio propio en perjuicio de la ciudad.” Entonces no dijo nada más, sino que se
marchó ganado por la justicia del argumento. Pero más tarde al volver, o porque él se
dio cuenta o alguien le aconsejó, replicó: “Padre, sé, por supuesto, que absolverías a
Esfodrias si no hubiera cometido ninguna falta, con todo tiene que conseguir tu
perdón, aunque haya cometido alguna por nuestra causa.” Él contestó: “Naturalmente
así será si es bueno para nosotros.” Al oír esto se marchó muy desesperado.
Un amigo de Esfodrias hablando con Etimocles le dijo: “Creo que todos vosotros,
los amigos de Agesilao, vais a condenar a muerte a Esfodrias.” Etimocles replicó: “Por
Zeus, claro que no haremos lo mismo que Agesilao, pues él siempre dice lo mismo a
todos con los que habla, que es imposible que Esfodrias no haya incurrido en culpa,
pero que a cualquiera que pasa la infancia, adolescencia y juventud cumpliendo bien
todo, es triste tener que dar muerte a tal hombre, pues Esparta necesita tales
soldados.” Él, pues, comunicó a Cleónimo lo que oyó. Éste, muy contento, vino
inmediatamente ante Arquidamo y dijo: “Ya sabemos que se preocupa por nosotros;
pero has de saber bien, Arquidamo, que nosotros procuraremos también molestarnos
para que tú jamás te avergüences de nuestra amistad.” Así se libró Esfodrias.
Jenofonte, Helénicas 5.4.25-33 (trad. Orlando Guntiñas Tuñón)

Hacia las Termópilas
En el año 480 a. C., Jerjes intentó lo que no había conseguido su padre Darío en Maratón una
década antes: someter Grecia. Para que su ejército cruzara el Helesponto, estrecho que separa
Asia de Europa, mandó construir un doble puente de embarcaciones. La magnitud de la obra da
idea de la megalomanía de Jerjes.

Construyeron dos puentes: los fenicios tendieron uno con cables de esparto, y los
egipcios el otro con cables de papiro. Pero cuando el doble puente había sido ya
tendido, estalló una violenta tempestad que rompió todos los cables y dispersó los
navíos.
Al tener noticias de ello, Jerjes montó en cólera y mandó que propinasen al
Helesponto trescientos latigazos y que arrojaran al agua un par de grilletes, y además
ordenó que les cortaran la cabeza a quienes habían dirigido la construcción de los
puentes sobre el Helesponto.
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E S P A R T A N O S

Y, mientras quienes habían recibido esa ingrata misión cumplían con su deber,
otros ingenieros procedieron a tender los puentes, haciéndolo de la siguiente manera.
Tras abarloar más de trescientas naves para sustentar cada uno de los puentes, echaron
al agua unas enormes anclas y tendieron desde tierra los cables. Cuando el armazón de
los puentes estuvo terminado, cortaron troncos de dimensiones iguales a la anchura de
los puentes formados por las naves, los colocaron cuidadosamente sobre el tendido de
los cables y reforzaron su ensamblaje con traviesas. Hecho esto, los recubrieron con
planchas de madera que a su vez recubrieron de tierra. Finalmente apisonaron la tierra
y, a ambos lados, levantaron unas empalizadas, para evitar que las bestias de carga se
espantaran al ver el mar desde la plataforma.
Una vez que hubo pasado a Europa, Jerjes estuvo contemplando el paso del ejército,
que lo hizo a latigazos. (Sus tropas cruzaron el estrecho en siete días y siete noches, sin
un solo instante de respiro.) Fue entonces, cuando, según cuentan, un lugareño
exclamó: “¡Zeus! ¿Por qué quieres asolar Grecia, al frente del mundo entero,
precisamente bajo la apariencia de un persa y con el nombre de Jerjes en vez del de
Zeus? Pues hasta sin todo esto podrías hacerlo.”
Heródoto, Historia 7.34-37 y 56 (trad. Carlos Schrader)

Matar al mensajero
Jerjes no despachó heraldos a Atenas y Esparta para exigir la tierra por la siguiente
razón: años atrás, cuando Darío envió a sus heraldos con idéntica misión, los atenienses
y los espartanos los arrojaron a sendos pozos, instándoles a que sacasen de allí la tierra
y el agua. En ese sentido, no puedo especificar qué desgracia llegó a sucederles a los
atenienses por haber tratado así a los heraldos, como no sea que su territorio y su
ciudad fueron saqueados. Sobre los lacedemonios se abatió la ira de Taltibio, el heraldo
de Agamenón. A raíz de aquel incidente, no conseguían obtener presagios favorables, de
ahí que se reunieran en asamblea y lanzaran un bando para saber si algún lacedemonio
estaba dispuesto a dar su vida por Esparta. Entonces Espertias, hijo de Anaristo, y Bulis,
hijo de Nicolao, unos espartiatas de noble familia, se ofrecieron voluntariamente.
Una vez llegados a Susa, los guardias del Rey intentaron obligarlos a que se
prosternaran de rodillas ante el rey. Ellos se negaron en redondo a hacerlo, aunque los
guardianes los arrojaron de bruces al suelo, pues no tenían por costumbre –indicaron–
prosternarse ante un hombre. Al escuchar el motivo de su visita, Jerjes, dando muestras
de magnanimidad, les dijo que no iba a imitar a los lacedemonios; pues si ellos habían
conculcado las normas vigentes entre todos los humanos al acabar con unos heraldos, él
no incurriría en el crimen que les imputaba.
Heródoto, Historia 7.134-136 (trad. Carlos Schrader)
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E S P A R T A N O S

Las Puertas Calientes
Cuando llegaron al Istmo, los griegos decidieron custodiar el desfiladero de las
Termópilas, ya que era la única vía de penetración existente. A la altura de Alpeno,
detrás de las Termópilas, y delante, a la altura del río Fénix, cerca de la ciudad de Antela,
el camino sólo permite el paso de un carro. Al oeste de las Termópilas se alza una
cadena montañosa inaccesible, escarpada y alta, que se extiende hasta el Eta; mientras
que, al este, el mar y unas marismas flanquean el campo. En el paso propiamente dicho
hay unas fuentes de aguas termales. El rey Jerjes acampó en la región de Traquis, en
Mélide, mientras que los griegos lo hicieron en el paso. Y por cierto, que ese paraje es
conocido por la mayor parte de los griegos con el nombre de Termópilas si bien entre los
lugareños y las gentes de los alrededores se lo denomina Pilas.1
Los griegos que aguardaban el ataque del persa en dicho paraje eran los
siguientes: trescientos hoplitas espartiatas; mil de Tegea y Mantinea; ciento veinte de
Orcómeno, en Arcadia, y mil hoplitas del resto de Arcadia. De Corinto había
cuatrocientos hombres, doscientos de Fliunte y ochenta de Micenas. Éstas eran las
fuerzas que habían llegado desde el Peloponeso, en tanto que de Beocia lo habían
hecho setecientos tespieos y cuatrocientos tebanos. Para apoyar a estos contingentes
citados acudieron los locros opuntios, con todos sus efectivos, y mil focenses. Resulta
que fueron los propios griegos quienes solicitaron su ayuda, diciéndoles, por medio de
mensajeros, que no era un dios quien atacaba Grecia, sino un hombre; y no había mortal
alguno, ni lo habría en el futuro, para quien no fuera connatural la desgracia desde el
mismo día de su nacimiento; y, cuanto más importantes son las personas, más
importantes son sus desgracias. En consecuencia, el invasor, como mortal que era,
también había de sufrir un revés en sus ansias de gloria. Al enterarse de esos detalles,
locros y focenses acudieron con socorros a Traquis. Como es natural las fuerzas griegas,
según sus respectivas ciudades, tenían sus propios generales, pero el más admirado y el
que tenía a sus órdenes a la totalidad de las tropas era el lacedemonio Leónidas (hijo de
Anaxándridas, nieto de León y descendiente de Euricrátidas, Anaxandro, Eurícrates,
Polidoro, Alcámenes, Teleclo, Arquelao, Hegesilao, Doriso, Leobotas, Equéstrato, Agis,
Eurístenes, Aristodemo, Aristómaco, Cleodeo, Hilo y Heracles).
Cuando el persa llegó a las proximidades del desfiladero, los griegos que se
hallaban en las Termópilas fueron presa del pánico y consideraron la posibilidad de
retirarse. En ese sentido, la mayor parte de los peloponesios abogaba por trasladarse al
Peloponeso y montar guardia en el Istmo. Pero, en vista de que, ante esa proposición,
los focenses y los locros protestaron airadamente, Leónidas decidió permanecer donde
estaban y enviar emisarios a las ciudades para pedirles que acudiesen en su ayuda,
alegando que contaban con pocos efectivos para rechazar al ejército de los medos.
1

Termópilas: “Puertas Calientes”; Pilas: “Puertas”.

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E S P A R T A N O S

Al amanecer, el mar empezó a picarse y se abatió sobre las naves persas un
violento temporal acompañado de fuertes ráfagas de viento de Levante que las arrastró
a la zona del Pelion, y a otros a la costa; algunos barcos fueron a estrellarse en las
inmediaciones del cabo Sepíade.
En un principio el monarca dejó pasar tres días, en la creencia de que los griegos
huirían en cualquier momento. Pero, a los cuatro días, en vista de que no se retiraban,
sino que seguían en sus posiciones, se irritó y lanzó contra ellos contingentes medos y
cisios, con la orden de que los capturaran vivos y los condujesen a su presencia. Sin
embargo, cuando los medos se arrojaron a la carga contra los griegos, las bajas fueron
numerosas, si bien nuevos efectivos sustituían a los caídos y no desistían pese a sufrir
enormes pérdidas, por lo que evidenciaron ante todo el mundo, y en particular ante el
propio monarca, que había muchos combatientes, pero pocos soldados. El caso es que
el combate se prolongó durante todo el día.
Ante el duro revés que sufrieron los medos, dichas fuerzas acabaron por retirarse,
pasando entonces al ataque, en su lugar, los persas a quienes el rey denominaba
Inmortales, plenamente convencidos de que ellos sí que lograrían fácilmente la victoria.
Sin embargo, cuando esos nuevos efectivos trabaron combate con los griegos, no
obtuvieron mejores resultados que el contingente medo, sino que sufrieron su misma
suerte, dado que luchaban en un lugar angosto y con lanzas más cortas que las de los
griegos, por lo que no podían sacar partido de su superioridad numérica.
Los lacedemonios, por su parte, combatieron con un valor digno de encomio y, con
sus diferentes tácticas, demostraron -frente a enemigos que no sabían hacerlo- que
sabían combatir perfectamente. Por ejemplo, cada vez que volvían la espalda, simulaban
huir, pero sin romper la formación, de manera que los bárbaros, al ver que huían, se
lanzaban contra ellos gritando alborotadamente; pero, en el momento en que iban a ser
alcanzados, daban la vuelta para enfrentarse a los bárbaros y, con esa maniobra,
acababan con una cantidad ingente de persas. En el curso de la refriega también se
produjeron algunas bajas entre los propios espartiatas. Finalmente, dado que no podían
apoderarse de ninguna zona del desfiladero, aunque lo intentaron atacando tanto en
formación compacta como de todas las maneras posibles, los persas se replegaron a sus
posiciones.
Según cuentan, en el transcurso de esos enfrentamientos que se dieron en la
batalla, el monarca, que asistía a su desarrollo, saltó tres veces de su trono, temeroso
por la suerte de sus tropas. Así fue como se libraron los combates durante aquella
jornada.
Al día siguiente, los bárbaros no tuvieron más éxito en sus ataques: como sus
enemigos eran poco numerosos, se lanzaron al asalto suponiendo que estarían
diezmados por las heridas y que ya no se hallarían en condiciones de ofrecer resistencia.
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E S P A R T A N O S

Sin embargo, los griegos estaban alineados por secciones y nacionalidades, y
presentaron batalla en sus respectivos puestos. Al comprobar, pues, que la situación no
presentaba un cariz distinto al del día anterior, los persas se replegaron.

Traición
Se encontraba el monarca sin saber qué hacer ante aquel problema, cuando un
natural de Mélide, Efialtes, hijo de Euridemo, se entrevistó con él y, en la creencia de
que obtendría de Jerjes una importante recompensa, le indicó la existencia del sendero
que, a través de la montaña, conduce a las Termópilas. A Jerjes le satisfizo lo que Efialtes
se comprometía a llevar a cabo y, exultante de alegría, hizo que Hidarnes, acompañado
de los hombres que estaban a sus órdenes, se pusiera en camino sin pérdida de tiempo,
por lo que, a la hora en que se encienden las antorchas, habían abandonado el
campamento.
Por ese sendero fue por donde los persas, después de haber cruzado el Asopo,
marcharon durante toda la noche, dejando a la derecha el macizo del Eta y a la izquierda
la cadena montañosa de Traquis; y cuando ya alboreaba el día, llegaron a la cima de la
montaña. En esa zona del monte estaban de guardia mil hoplitas focenses, que
custodiaban el sendero en defensa de su patria. Los focenses se percataron de que el
enemigo había subido por el sendero merced a la siguiente circunstancia: la ascensión
de los persas pasó inadvertida porque toda la montaña estaba llena de encinas, pero,
debido a la hojarasca esparcida por el terreno que pisaban, sus efectivos, como era
lógico, organizaban mucho ruido, por lo que los focenses se incorporaron y ciñeron sus
armas en el mismo instante en que se presentaban los bárbaros. Cuando los persas
vieron a unos soldados que estaban ciñendo sus armas, se quedaron desconcertados,
pues esperaban no encontrarse con obstáculo alguno y se toparon con un contingente
armado.
Entonces Hidarnes, ante el temor de que los focenses fuesen lacedemonios, le
preguntó a Efialtes de qué nacionalidad eran aquellas tropas, y, una vez informado con
exactitud, alineó a los persas en formación de combate. Sin embargo los focenses, en
vista de la cerrada lluvia de flechas con que eran atacados, emprendieron la huida en
dirección a la cima de la montaña, creyendo que el ataque iba dirigido expresamente
contra ellos, y se dispusieron a morir. Esto era, en suma, lo que pensaban los focenses.
Sin embargo, los persas que iban con Efialtes e Hidarnes hicieron caso omiso de ellos y
empezaron a bajar por la montaña a toda velocidad.
A los griegos que se hallaban en las Termópilas les informaron de la maniobra
envolvente de los persas unos desertores y los vigías, que bajaron corriendo de las
cumbres cuando ya alboreaba el día. Los griegos, entonces, estudiaron la situación y sus
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E S P A R T A N O S

pareceres discreparon: unos se negaban a abandonar la posición, en tanto que otros se
oponían a ese plan. Finalmente, los efectivos griegos se separaron y mientras que unos
se retiraron, dispersándose en dirección a sus respectivas ciudades, otros se mostraron
dispuestos a quedarse allí con Leónidas. Se cuenta también que fue el propio Leónidas
quien, preocupado ante la posibilidad de que perdiesen la vida, les permitió que se
fueran, mientras que a él y a los espartiatas que le acompañaban el honor les impedía
abandonar la posición que expresamente habían ido a defender. A título personal, yo
suscribo plenamente esa versión, es decir que, cuando Leónidas se percató del
desánimo que reinaba entre los aliados y de su nula disposición para compartir con los
lacedemonios el peligro, les ordenó que se retiraran, considerando, en cambio, que para
él constituía un baldón marcharse; además, si permanecía en su puesto, dejaría una
fama gloriosa de su persona y la prosperidad de Esparta no se vería aniquilada.
Los aliados que recibieron autorización para marcharse emprendieron, pues, el
camino de regreso de acuerdo con las indicaciones de Leónidas, siendo los tespieos y los
tebanos los únicos que permanecieron al lado de los lacedemonios. Entretanto, al salir
el sol, Jerjes efectuó unas libaciones y, tras aguardar cierto tiempo, inició finalmente su
ataque. En aquellos instantes, los griegos de Leónidas, como personas que iban al
encuentro de la muerte, se aventuraron, mucho más que en los primeros combates, a
salir a la zona más ancha del desfiladero, y trabaron combate fuera del paso. Los
bárbaros sufrieron cuantiosas bajas, pues, situados detrás de sus unidades, los oficiales,
provistos de látigos, azotaban a todo el mundo, obligando a sus hombres a proseguir sin
cesar su avance. De ahí que muchos soldados cayeran al mar, perdiendo la vida, y
muchísimos más perecieron al ser pisoteados vivos por sus propios camaradas; sin
embargo,
nadie
se
preocupaba
del
que sucumbía. Los griegos, como sabían que iban a morir debido a la maniobra
envolvente de los persas por la montaña, desplegaron contra los bárbaros todas las
energías que les quedaban con un furor temerario.
Llegó, finalmente, un momento en que la mayoría de ellos tenían ya sus lanzas
rotas, pero siguieron matando a los persas con sus espadas. Esa fase de la batalla se
prolongó hasta que se presentaron los persas que iban con Efialtes; pues, cuando los
griegos se percataron de que dichos efectivos habían llegado, la lucha cambió
radicalmente de aspecto: los griegos se batieron en retirada hacia la zona más estrecha
del paso y fueron a apostarse sobre la colina todos ellos juntos (La colina está a la
entrada, donde en la actualidad se alza el león de mármol erigido en honor de
Leónidas.) En dicho lugar se defendían con sus dagas quienes tenían la suerte de
conservarlas todavía en su poder, y hasta con las manos y los dientes, cuando los
bárbaros los sepultaron bajo una lluvia de proyectiles, ya que unos se lanzaron en su
persecución y los hostigaban de frente, mientras que otros, después de la maniobra
envolvente, los acosaban por todas partes.

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E S P A R T A N O S

En el transcurso de esa gesta cayó Leónidas, tras un heroico comportamiento, y
con él otros destacados espartiatas, cuyos nombres he conseguido averiguar, ya que
fueron personajes dignos de ser recordados, y, asimismo, he logrado averiguar, en su
totalidad, los nombres de los trescientos. Se asegura que el guerrero más destacado fue
el espartiata Diéneces. Según cuentan, ese sujeto pronunció, antes de que los griegos
trabaran combate con los medos, la siguiente frase: le oyó decir a un traquinio que,
cuando los bárbaros disparaban sus arcos, tapaban el sol debido a la cantidad de sus
flechas; pero él, sin inmutarse ni conceder la menor importancia al enorme potencial de
los medos, contestó diciendo que la noticia que les daba el amigo traquinio era
francamente buena, teniendo en cuenta que, si los medos tapaban el sol, combatirían
con el enemigo a la sombra y no a pleno sol.
Los griegos fueron sepultados en el mismo lugar en que cayeron, al igual que
quienes murieron antes de que se retiraran los que habían sido autorizados a ello por
Leónidas, y sobre sus tumbas figura grabada una inscripción que reza así:
Aquí lucharon cierto día, contra tres millones,
cuatro mil hombres venidos del Peloponeso.
Como digo, esta inscripción hace referencia a la totalidad de los caídos, mientras
que a los espartiatas en particular se refiere esta otra:
Caminante, informa a los lacedemonios que aquí
yacemos por haber obedecido sus mandatos.
Heródoto, Historia 7.175-228 (trad. Carlos Schrader)

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