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Lalia

Ensayos de estudio lingüístico de la Sociedad

siglo veintiuno editores,sa

GABRIEL M ANCEHA, 6 9 M ÉX ICO 12, D. F.

siglo veintiuno de españa editores,sa

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] EMILIO RUBÍN, 7

M A D R ID -33

ESPAÑA

sigb veintiuno argentina editores, sa

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Primera edición, 1973

©

Agustín García Calvo

 

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SIGLO

X X I DE ESPAÑA EDITORES, S .

A.

Emilio Rubín, 7. Madrid - 33

DERECHOS RESERVADOS CONFORME A LA LEY

Diseñó la cubierta: Diego Lara Printed and made in Spain I. S. B. N. 84-323-0090-X Depósito legal: M. 7.421 -1973 Impreso en Ediciones Castilla, S. A. Maestro Alonso, 21. Madrid-28

Brindo este libro

a

y

al público

Indice

Presentación

1

I. Estalín

acerca del lenguaje

23

II. Apuntes para una historia de la traducción

39

III. El fonema y el soplo

77

IV. De la génesis del Fin y de la Causa

91

V. Enfasis de la racionalidad en un texto económico

107

V I. De la Totalitariedad

135

VII. Sobre la Realidad, o de las dificultades de ser ateo

157

V III.

De la confusión entre método y objeto, a propósito de los grados de realidad de los colores

187

IX.

Cosas y palabras, palabras y cosas

225

X.

*Nos amo, *me amamos

269

X

I. Tú y yo

 

303

X II. De la cerveza, la poesía y la manipulación del

alma

313

X III. ‘Estar en la luna’, o sobre las funciones de lamística y la magia

347

Addenda

385

El epigrama que se pone a modo de lema en la página de enfrente estaba en su

primera redacción escrito sobre la puerta del centro de estudio libre de filología

que funcionó algunos años como esto:

decir tugo

en la Facultad de Letras de Sevilla y viene a

Las palabras, pues, camarada, cojámoslas y vayamos descuartizándolas una a una con amor, eso sí, ya que tenemos nombre de ‘amigos-de-Ia-palabra’; pues ellas no tienen por cierto parte alguna en los males en que penamos día tras día, y luego por las noches nos revolvemos en sueños, sino que son los hombres, malamente hombres, los que, esclavizados a las cosas o dinero, también como esclavas tienen en uso a las palabras. Pero ellas, con todo, incorruptas y benignas: sí, es cierto que por ellas este orden o cosmos está tejido, engaños variopintos todo él; pero si, analizándolas y soltándolas, las deja uno obrar como libres alguna vez, en sentido inverso van destejiendo sus propios engaños ellas, tal como Penélope por el día apacentaba a los señores con esperanzas, pero a su vez de noche se tomaba hacia lo verdadero.

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P R E SE N T A C IO N

1. Parece ser que las ciencias eran en principio una modalidad

del lenguaje humano que versaba acerca de las cosas, así la Biología,

por ejemplo, un discurrir acerca del fenómeno llamado substantiva­ mente vida; la Física, uno acerca de los seres y procesos naturales; la Psicología, otro sobre el alma, humana principalmente, y otro la Historia o la Sociología sobre los hechos y comportamientos o pú­ blicos o típicos de los hombres; dejada aparte la Gramática, que no

pretendía tener por objeto otra cosa, sino tomar como objeto el len­ guaje mismo, así como las Matemáticas, cuyos objetos eran sin más y exactamente los significados de sus formulaciones, sin colocarlos, salvo por veleidades de las mentes platónicas, como objeto exterior

a ellas. Pero va haciéndose evidente que lo que domina en las formas

de ciencia más avanzadas entre nosotros es una cierta conversión de esa situación tradicional, en el sentido de que no sea ya la ciencia lenguaje acerca de un objeto, sino que objeto de ella sea la relación

entre su objeto y su lenguaje (el de la ciencia y el del objeto mismo, según como se mire), y ella, por lo tanto, al no versar ya sobre cosas

o fenómenos, o fuerzas o ideas, o ni siquiera causas, sino más bien

sobre relaciones ehtre lenguaje y cosas, venga a ser una especie de metalenguaje. Es como si la mala conciencia de la ciencia hubiera venido a hacer que apenas pueda interrogar a su objeto sin interro­ garse a sí misma al mismo tiempo, y aquello que en la situación tra­ dicional podía recluirse a un prólogo, a título de observaciones me­ todológicas o filosofía de la ciencia, parece que va invadiendo todo el cuerpo de la ciencia misma. Y dicho de otro modo: que la cuestión del significado, apenas en otro tiempo sección de las disciplinas gra­

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Agustín García Calvo

maticales, descuidada, por otra parte, prudentemente, está viniendo a ser la cuestión por excelencia de las ciencias todas: la pregunta de qué hay o qué sucede, en vez de glosarse con las de dónde, cuándo y hasta por qué, va configurándose en un qué quiere decir, qué signi­ fica; y esto en su doble cara de preguntarse por el significado de los conceptos y aseveraciones establecidos por la ciencia previa y de pre­ guntarse por el significado de los hechos, los sociales y aun los fí­ sicos, que así de algún modo se trasmutan de hechos mudos, objeto inerte del saber, en cosas elocuentes, en dichos factuales, en todo caso interpretables para la ciencia como si fueran una especie de lenguaje.

2. Por

ejemplo, en los estudios biológicos las investigaciones

parecen ante todo venir a dar en un cuestionamiento de la antítesis ‘orgánico’/ íinorgánico’, y las teorías que trataban de describir la vida en términos de absorción de entropía negativa y revelaban, de hecho, una contradicción entre la vida misma y el ser vivo parecían a veces no ser sino una glosa de la dialéctica heraclitana, que denun­ ciaba la oposición de ‘muerto'/'vivo’ en el sentido de que la vida de los muertos es la muerte de los vivos y viceversa; o qué cosa más en candelero en esas ciencias que los estudios de Genética (donde por cierto no dejará de ponerse oído al empleo de una expresión como ‘código genético’, venida de los ámbitos jurídicos y semioló- gicos), objeto de los cuales estudios apenas es otro más que el aná­ lisis de la oposición entre los conceptos de herencia y de influencia (cuestión, por otra parte, debatida paralelamente en los estudios de lingüística histórica en el intento de explicación de la diversidad y semejanzas mutuas de las lenguas), análisis ése en que es el concepto mismo de causa el que arrostra su subversión. Y en cuanto a la Física, el proceso de que hablamos se nos antoja más avanzado todavía: to­ pamos aquí tal vez con la piedra clave de la cuestión en el momento en que se dice que la Matemática es el lenguaje de la Física, o que, in­ versamente, el lenguaje de la Física es la Matematica: pues parece que de lo que se trata cuando se piensa en la Matemática hablando de la Realidad es de si una realidad de naturaleza numérica (en la que habría literalmente números, esto es, cuantías cualificadas, a la manera de la constante de Planck) desarrolla como expresión suya la Matemática, o si es, por el contrario, la Matemática la que configura una realidad que sin ella no sería nada, en el sentido de que no se daría como tal objeto de la ciencia, o si de tan apretado dilema cabe hallar un tertium o salida, en cuya búsqueda justamente estaría deba­

Presentación

3

tiéndose la ciencia; ya que, si no, en el primer caso la verdad de la formulación física se obtendría a costa de su reducción a tautología, y en el segundo se estaría renunciando a la pretensión misma de verdad,

a

favor de una función meramente práctica y estética de la ciencia;

o

sea, siguiendo aproximadamente una formulación del propio Ein-

stein, que una proposición teórica es verdadera en la medida que no se refiere a la realidad, y en la medida que se refiere a la realidad no es verdadera; y las teorías mismas de la relatividad (prescindiendo de su elemento — digamos— conservador o reaccionario, que es el man­ tenimiento de la entidad en sí, llamada ‘velocidad de la luz’) tienen más que nada su fascinación en la manera en que practican la reduc­ ción de las cosas y medidas absolutas al carácter de convenciones,

dependientes del sistema de referencia; lo cual en algún modo las confunde con los signos lingüísticos, con aquéllos mismos, por ejem­ plo, con que la teoría estaba acerca de ellas discurriendo.

3. Pero volvámonos hacia los estudios llamados, según la boga,

históricos, humanos o sociales, aunque sea con la advertencia de que si aquí a ellos nos volvemos y mayormente nos reducimos, ello no será más que por malhumorada cesión a la injusta ley del non omnia possumus omnes, y en modo alguno porque respetemos ni reconoz­ camos a su vez legitimidad a esa distinción entre lo natural y lo social, sobre la que algún esfuerzo de denuncia se hace en varios de los ensayos que en el presente volumen incluimos. Pues bien, en los estudios sobre la Sociedad o las sociedades humanas es notorio cómo en los últimos decenios la preocupación por las interrelaciones entre los hechos lingüísticos y los sociales está en el primer plano del in­ terés, así entre los lingüistas como entre los antropólogos y soció­ logos (de modo análogo se daba en los decenios anteriores el entre­ cruce de intereses entre la Lingüística y la Psicología, del que fueron el más maduro fruto las teorías de K. Bühler), y esa función de los intereses sobre el punto de lo socio-lingüístico o lo lingüístico-social se refleja en una cierta tendencia al oscurecimiento de la diferen­ ciación entre ambos tipos de especialistas: así, en las universida­ des norteamericanas, aparte de las escuelas de puros gramáticos o de gramáticos-lógicos, llamados también semánticos, una gran parte de los estudios lingüísticos florecen dentro de las secciones de Antro­ pología, y a su vez en estos centros ninguna disciplina suele impo­ nérseles a los aprendices de antropólogo con más rigor y claridad

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Agustín García Calvo

que la de los estudios de lingüística (considérese, como buen ejemplo de compendio de textos para preparación de antropólogos-lingüistas, el volumen Language in Culture and Society, a Reader in Linguistics and Anthropology, editado por Dell Hymes y publicado en Nueva York, Londres y Tokio en 1966), como si también en el plano prag­

mático de las instituciones pedagógicas quisiera venirse a una especie

de

componenda, en que el interés exterior por el Hombre como obje­

to,

venido a la Antropología —y a la Sociología— por tradición de las

ciencias históricas o culturales, se armonizara de diversos modos con

el interés interno por el Hombre como sujeto, esto es, como palabra,

propio de los estudios gramaticales, una visión conjunta en que el gramático aportaría la precisión y la ‘objetividad’ que su arte recibe

de su identificación con su objeto mismo, y se encontraría con el in­

‘palpitante’ que las ciencias sociales y la Antropología sacan

del hecho de que en ellas el hombre se ocupa del hombre como de un ‘animal’, esto es, de un ser entre los seres.

terés

4. Pero, por supuesto, la raíz de esa tendencia a la fusión está

en un plano más profundo, en la condición de los estudios mismos, y

precisamente en la percepción de la ambigüedad esencial con que el lenguaje se presenta, el cual, prestándose por un lado a ser exa­ minado como hecho social o parte de la cultura, por otro lado, en el hecho de ser él el instrumento que practica dicha examinación, se de­ muestra prácticamente como ‘anterior’, ‘superior', exterior’ o en

algún otro modo discoincidente con los hechos culturales o sociales.

Y así también las ciencias sociológicas, al ir alcanzando su punto de

madurez y decadencia, por así decirlo, no han podido menos de desarrollar aquella rama que en Norteamérica se llama Sociología del Conocimiento, en que el más avanzado de los expertos en saber lo que los hombres saben tiene que incluir ese saber de lo que saben los hombres en el objeto de su saber, al mismo tiempo que no puede incluirlo sino a costa de que su Sociología pierda la condición de ciencia: «To include epistemological questions concerning the vali­ dity of sociological knowledge in the sociology of knowledge is somewhat like trying to push a bus in which one is riding»; de lo cual sólo cabe una salida jurisdiccional: «all we would contend here is that these questions are not themselves part of the empirical discipline of sociology. They properly belong to the methodology of the social sciences, an enterprise that belongs to philosophy and

Presentación

5

is by definition other than sociology»; esto es, una remisión a¿

ph'tlosophiam, que es como una remisión ad Kalendas Graecas: pues

o bien ‘filosofía’ significa también alguna especie de ciencia, meto­

dológica por ejemplo, caso en el cual aquella implicación va a pre­ sentársele lo mismo que a la Sociología del Conocimiento (y que

el hombre, fiando todavía en el esquema de la división del trabajo,

se ponga el hábito de filósofo o el de sociólogo, qué poco le va a ser­

vir para escapar de un contrasentido que no como a sociólogo ni a filósofo sino como a hombre le amenaza) o bien no es ciencia, y no siendo tampoco, por supuesto, ninguna otra forma de religión, no es propiamente nada, esto es, que no forma parte alguna ni de la estructura de la realidad ni de sus instancias supraestructurales sustentadoras de sí misma, y entonces malamente va a poder ninguna ciencia confiar en ella para la colaboracion y la repartición de los problemas. De todos modos, quiero hacer notar de paso que, por ejemplo, el libro de cuya página 13 están tomadas las dos citas que preceden, el de P. L. Berger y Th. Luckmann, The Social Cons- truction of Reality, a Treatise in the Sociology of Knowledge, Nueva York, 1967, que se declara inspirado sobre todo por las teorías de G. H. Mead y de A. Schutz, y que nosotros por cierto sólo hemos

leído después de escritas las especulaciones del presente, resulta que efectivamente toca casi todos los asuntos principales que se tocan en nuestras especulaciones, coincidencia sin embargo que apenas

el lector desprevenido quizá percibiría; hasta tal punto la diferencia

del modo de análisis o de visión parece convertir en otros los mis­ mos temas; allí, en efecto, se trata todavía de un discurso cientí­

fico acerca de objetos, mientras aquí lo que más probablemente se da es un intento multifariamente renovado de quebrar la ilusión de que haya tales objetos dados ni, por tanto, se pueda discurrir científicamente acerca de ellos.

5.

Pero,

volviendo

todavía

a

nuestro

examen

somero

de

la

situación de las ciencias actuales, observamos que aquel entrecruce

o confusión de la sociedad y de la lengua como objeto de estudio se

presenta con diversas manifestaciones: en una de ellas se trata de usar las expresiones lingüísticas de un pueblo como medio para el conocimiento de las formas de la cultura correspondiente (de un modo análogo a como el psicoanálisis puede usar de las peculiari­ dades de la expresión lingüística del paciente para el estudio de sus

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Agustín García Calvo

en otra, se reconoce por el contrario que el

lingüista que pretenda conocer la lengua de una nación india, por ejemplo, de Norteamérica apenas podrá avanzar un paso cierto sin estudiar simultáneamente las costumbres, instituciones y formas cul­ turales de la misma (como que el léxico es, en un sentido, insepa­ rable de la gramática, y el estudio semántico a su vez no podría hacerse sin apelación al denotandum o realidad de los semantemas); en otro aspecto, se investiga hasta qué punto los conceptos o con­ cepciones dominantes en un tipo de cultura determinada, por ejem­ plo la occidental, hoy en trance de conversión en Cultura por anto­ nomasia, dependen de las estructuras de una lengua determinada, así, en ese ejemplo, el griego de los tiempos de Aristóteles; en otro más, son las nuevas sedicentes necesidades prácticas las que obligan a plantear los problemas del lenguaje con un desconocido modo de inserción en la práctica misma de las ciencias y actividades cultu­ rales, ello principalmente con motivos como la telecomunicación (las nuevas operaciones semiológicas y sintácticas que gustan de desig­ narse con el nombre de Informática), la traducción y los intentos de mecanización de la traducción'entre lenguas relativamente diver­ sas (de lo cual apenas puede declararse independiente el desarrollo de las gramáticas generativas) y las utilizaciones impresivas del len­ guaje en la industria publicitaria (que vienen a producir tratados de Estilística o Retórica de nuevo cuño), situaciones todas que se ca­

racterizan por que el movimiento teórico en ellas, abandonando toda pretensión de investigación causal, se reduce simultáneamente a una pura descripción y a una operación práctica; en otro aspecto, en fin, sucede que el sociólogo-antropólogo trata de aplicar los métodos desarrollados por la Gramática (y en especial la Fonología) para el estudio de la gramática de las lenguas a la consideración de otros fenómenos y estructuras de las instituciones sociales (así, por ejem­ plo, reglas de vestimenta, organización de los cultos y los mitos, estructuras familiares), ínirados por tanto como sistemas de signos, es decir, lenguas, terreno éste en que Lévi-Strauss alcanzara tan brillantes resultados, especialmente en algunos planos de la orga­

nización social más asequibles a tales métodos;

mientras por otra

parte, sin embargo, la persistencia de la división entre ciencias gra­ maticales y ciencias, por así decir, socio-lingüísticas (y también psico- lingüísticas) parece que sigue imponiéndonos una especie de criterio tácito, según el cual la lengua propiamente dicha, en el sentido so-

estructuras psíquicas);

Presentación

7

siriano, o más precisamente lo que en el sistema de la lengua hay de regularidad sería un ente en sí, en tanto que las irregularidades serían el reflejo (y por ende, la vía para el estudio) de la sociedad en el lenguaje, o más distintamente todavía, según ya más o menos formulaba A. Meillet, que las anomalías en el sistema indicarían la sociedad en la lengua, así como las infracciones en la realización de la lengua en el habla indicarían el hablante individual.

6. Ahora bien, toda consideración de relaciones entre lenguaje

y sociedad parece que habrá de extraviarse necesariamente, no por lo demasiado heterogéneo de sus dos objetos, sino por la dudosa

forma de su dualidad;

satisfacción de los estudios de la interrelación entre lenguaje y so­ ciedad estriba en la forma misma del planteamiento del problema, que, al preguntarse por la relación entre ambos hechos, respeta y ratifica con ello mismo la «existencia» como realidades del uno y del otro, siendo así que acaso los dos «existen» solamente, como hechos independientes, en cuanto están constituidos como objeto de dos modos de lenguaje científico, que son por cierto y pese a todos los esfuerzos incompatibles entre sí. Una vez más, la analogía de la situación en el plano individual nos ayudará tal vez a entender me­ jor: estudia la Psicología el Yo (o ‘alma individual humana’ o ‘per­ sonalidad’ uel sim ilia) como una realidad en sí, esto es, indepen­ diente de las normas y prácticas de uso del pronombre personal Yo (y del sistema de los pronombres) en las diversas lenguas y en la lengua humana en general, sobre el supuesto de que ese vocablo sea el designador de la realidad que le corresponde estudiar a la Psicología; por otro lado, estudia la Gramática los pronombres per­ sonales y las normas de su uso en una o en las varias lenguas, alu­ diendo como punto de partida para su exposición (pero dejándolas fuera de cuestión enteramente) a unas realidades extragramaticales a cuya designación los pronombres sirven; es entonces como si la Gramática y la Psicología se hubieran rigurosamente repartido el estudio del vocablo Yo, dedicándose la primera a su significante y la segunda a su significado (dejando aquí de lado que en este caso hablar de significado del elemento deíctico yo ni siquiera tiene sen­ tido, por lo cual se hace forzoso, para hablar de su significado, sus­ tantivarlo previamente en la forma el yo), y así la división del tra­ bajo, inherente a la noción misma de trabajo, mantiene la separación

o dicho de otro modo:

que la perpetua in­

8

Agustín García Gilvo

de significado y significante, en cuya inseparabilidad insistía deses­ peradamente la crítica sosiriana, que en el hecho mismo de insistir en que en verdad no había más que uno reconocía que en realidad ese uno estaba obligado a presentarse como dos. Pues de modo aná­ logo en lo que respecta a las relaciones entre lenguaje y sociedad:

hay por un lado un lenguaje científico metalingüístico, la Gramática, que se ocupa del lenguaje mismo (de una lengua o, lo que es lo mismo para el caso, de la comparación entre varias, ya coexistentes, ya temporalmente ordenadas) como si fuera una cosa en sí, como si el algo que las palabras de éste mencionan o del que sus frases ha­ blan quedara para el estudio abstraído al mismo tiempo que conti­ nuamente dado por supuesto; y hay por otro lado un lenguaje científico (no metalingüístico esta vez, sino en el mismo plano del

lenguaje habitual o práctico), el de la Historia, la Sociología o la Antropología, que versa sobre la Sociedad o sobre una sociedad como sobre una realidad objetiva, esto es, muda (o, lo que es igual, expresión de sí misma), de modo que sea el propio lenguaje de la ciencia el que tenga que hablar por ella (interpretarla o manifes­ tarla), haciendo una abstracción inversa a la de la Gramática, tan completa que no sólo las instituciones o los sucesos dejan de ser hechos lingüísticos (significativos, referenciales), sino que el lenguaje en sentido estricto de la tribu o de la Humanidad, mirado, por así decir, desde fuera, pasa a agruparse como una institución más entre los rasgos descriptibles de la sociedad objetivizada. Todo ello refe­ rido a la situación tradicional entre las ciencias gramaticales y no gramaticales, contra la que justamente, como arriba señalábamos,

parece estarse rebelando la reflexión científica más viva:

contra aquella forma de la especialización científica consistente no en atender a parcelas, por así decir, espacialmente delimitadas del objeto, sino en repartirse la atención a su significado y a su signi­

ficante.

esto es,

7. Pero ¿me atreveré a recordar que, en cuanto a haber, no hay

tales dos cosas como significante y significado, sino sólo el signo, del que el significante se separa justamente sólo cuando se le trata como cosa, esto es, no como significante, sino como significado, y que, en cuanto a ser, preguntarse qué es la cosa a la que el signo alude, sin el signo, es contradecirse en la formulación de la pre­ gunta misma? Ello es que no parece que haya tales dos cosas como

Presentación

9

Sociedad y Lengua, sino solamente un Todo de carácter social, en

el sentido de ‘lingüístico’, esto es, significativo;

el lenguaje sociológico como el metalenguaje gramatical no pueden menos de ser erróneos, en cuanto que versan sobre meras abstrac­ ciones parciales de ese Todo, pero que ocupan el puesto de verda­ deras realidades por el mismo hecho de ser objeto de esas dos for­ mas de lenguaje. Podría describirse la situación general del siguiente modo: hay 1) Personas que hablan y se entienden; 2) Cosas acerca

de las que hablan; 3) una Sociedad que resulta de ese trato lin­ güístico entre las Personas a propósito de las Cosas, y 4) el instru­ mento por el que ese trato se practica y la Sociedad se constituye, el Lenguaje, comprendiendo en él la actividad lingüística y el sis­

tema o código que la rige;

representarse por un esquema relativamente simple (donde P y P ’ indican las Personas, como hablante y como oyente, O el Objeto de su trato, S el vínculo mismo de ese trato o Sociedad, y L el ins­ trumento lingüístico, dibujado con doble trazo, uno que representa la realización actual del habla, y otro la convención permanente que entre los hablantes rige):

y hasta podría la situación así pensada

y que por tanto, así

Pues bien, se equivoca de raíz quien imagina de este modo, como cuatro zonas separadas y relacionadas sobre el mismo plano, las relaciones entre los cuatro supuestos elementos del esquema: basta con considerar que, abandonando el plano y adoptando en cambio

cuatro puntos de vista sucesivos, o sea cuatro modos diferentes, pero

los cuatro recomendables para

científica, de concebir las cosas,

cuatro elementos

sentido común y la legitimidad

el

resulta que

los

10

Agustín García Gilvo

están,

por

así

decir,

contenidos

en

cada

uno

de

los

cuatro,

a

saber:

P

S

L

O

desde el punto de

desde el punto de

desde el punto de

desde el punto de

vista egocéntrico,

vista público o so­

vista de la

Len­

vista de la Natu­

que la necesidad general impone a cada cual como

cialmente vigente, que es también el de cualquier con­

gua misma, la vi­ sión que podría llamarse idealista

raleza misma, que es el que preten­ dería una visión

realista:

cepción histórica o

en la Sociedad es­

o

platónica, pero

materialista rigu­

en la Cosa están,

en la Persona es­ tá la Lengua, que ella maneja, las

sociológica riguro­ sa:

que es la vulgar, para la que las

palabras «tienen»

rosa:

por supuesto, So­

Cosas, que conci­

tá la Persona, en

 

un significado:

ciedad, Personas y

be y de las que

su manifestación

en la Lengua es­

Lenguaje, ya que

trata, y la Socie­

plural como per­

la Persona, en

todos ellos son mo­

dad entera, que sólo ‘internaliza­ da’, esto es, sub

sonas, la Lengua, que ella ha crea­ do como vínculo

forma de los pro­ nombres persona­ les y sus normas

dalidades o evo­ luciones de la Na­ turaleza, presocial,

sp e c ie personae

y

expresión suya,

de uso, la Socie­

extralingüística,

puede a la Perso­

y

las Cosas, que

dad toda, que só­

impersonal.

na presentársele;

sólo en su interés

lo como lenguaje

y

construcción so­

está constituida y

cial tienen su rea­

se

manifiesta, y las

lidad;

Cosas, de las que

 

las palabras son la

única faz visible;

De manera que con este múltiple salto de la visión (salto a su vez que — P — lo da el que esto escribe y su benévolo lector, — S — es una operación social supraestructural que las condiciones económi­ cas del momento permiten y hasta exigen, — L — es una pura combinación lingüística, y —O— es un esquema impreso aquí con tinta en estos frágiles papeles) basta para que la concepción teórica plana’ se desintegre y se suma en la duda toda visión o social o lingüística del Todo, convicta de no menos parcialidad que las otras dos visiones, más en descrédito hoy en día, la egocéntrica o la na­ turalista.

8. Pero tratemos todavía de entender mejor, por medio de un

ejemplo típico, cómo la realidad lingüístico-social, por designarla de algún modo, resulta un todo indisoluble y cómo practicar en él una abstracción para estudiarla separadamente, como si fuera un objeto, supone perder el objeto mismo del estudio. Tomemos para el ejem­ plo una abstracción realizada de frecuente uso en casi cualquier tipo

de sociedad y que se halle en un estadio intermedio de materiali­

Presentación

11

zación, por así decir; sea, por ejemplo, el Honor. A nuestra pri- \ mera pregunta acerca del fenómeno que designamos como honor, a saber, a. cuál de las dos instancias que llamamos Lenguaje o Socie­ dad debemos referirlo, o —mejor— a cuál de las cuatro distingui­ das en el § 7, Persona, Objeto, Lenguaje o Sociedad, no podremos obtener una respuesta, sino cuatro, igualmente afirmativas: en efec­ to, pertenece a la Persona, puesto que «el Honor / es patrimonio del alma» y, como cualquier experimento ético mostraría, esencial­ mente constitutivo de ella; pertenece igualmente a la Sociedad, tan necesaria para darle al Honor una entidad real como necesario el Honor para la subsistencia de la Sociedad misma; es asimismo del Lenguaje, en el doble aspecto de que es el ejercicio lingüístico lo que le da al Honor el ser y lo sustenta (ved cómo vive y se alimenta al pasar por las lenguas de los poblados norteafricanos el monstruo en que Virgilio personificó la infamia de Didó en Eneida, IV, 173- 194), y en el de que el ser mismo de la cosa parece consistir en la acuñación del concepto honor en la convención del sistema socio-lin- güístico establecido; para la demostración, en fin, de que se trata realmente de una Cosa, basta con la consideración de que es algo que figura en el mercado y admite enajenación por dinero, que es el representante de las cosas todas. Pero el punto decisivo está en nuestra segunda pregunta, cuando inquirimos en cuál de los cua­ tro sitios «nace» el Honor, en cuál es una realidad primaria, de la que su aparición en los demás no fuera sino reflejo o consecuencia:

pues en la imposibilidad de contestar a esa pregunta (o —mejor di­ cho— en la posibilidad de darle cuatro respuestas verdaderas desde los cuatro puntos de vista respectivos) descubrimos el pecado ori­ ginal de la investigación, el de tomar como objeto unos puros as­ pectos, pero que quedan equivocados con realidades en sí al ser tomados como objeto (ni redime para nada aquel pecado el que después se hable de la relación, «dialéctica» aunque sea, entre los aspectos separados: pues no hay más relación dialéctica entre los tér­ minos de un esquema que la anulación real de la oposición entre los términos y por ende del esquema mismo), al tiempo que quizá barruntamos en lo posible el modo de realidad del Todo socio- lingüístico a través del modo de realidad de uno de sus elementos, el Honor.

9. Ni se piense que, porque el caso del Honor resulta especial­

mente manejable y elocuente, sea menos representativo y hayamos

12

Agustín García Calvo

de él sacado en el análisis algo específico suyo y no propio del Todo

al que pertenece. Nos parece, por el contrarío, un buen represen­

tante de la Realidad socio-lingüística en general. Se trataba de una

abstracción relativamente materializada: estamos sugiriendo pués que la Realidad toda tiene ese carácter de abstracción relativamente materializada, y que al caso del Honor se dejan reducir los demás elementos de la Realidad, en primer lugar las realidades en estadio semejante de abstracción y materialización; entre las cuales, por

cierto, tenemos que destacar en estos prolegómenos las de ‘Lengua­ je’ y ‘Sociedad’, a que precisamente veníamos refiriéndonos, así como también — en un plano distinto— las de ‘Persona’ y ‘Cosa’, que tam­ bién secundariamente manejábamos más arriba: tenga a bien el lector volver a someter los hechos ‘Lenguaje’ y ‘Sociedad’ al mismo expe­ rimento a que en el § 8 sometíamos el de ‘Honor'; pero también

al

caso típico del Honor se reducen otras realidades más abstractas

o

más materiales: como ejemplos extremos de lo primero, las de

Velocidad, Presente de Indicativo, uno cualquiera de los Dones del

Espíritu Santo, Cantidad, Realidad, Relatividad, Abstracción; como extremos de lo segundo, las de orégano, tortuga, sol, 9 de junio,

y más allá todavía (o más acá) las de este guisante, aquel susto,

Aquiles, Mar de las Tinieblas. Claro está que cada uno de los casos de realidad enumerados requeriría operaciones diversas y más o me­ nos complicadas para la evidencia de su reducción al caso medio y típico del Honor (operaciones, por cierto, tan empíricas como gra­ maticales); pero su cuidadosa realización no haría sino confirmar

— no sólo teóricamente, sino de hecho— la naturaleza abstracta y

material de la Realidad en cualesquiera de sus elementos; o, diná­ micamente hablando (que no es, por cierto, lo mismo que «dialéc­ ticamente», como parecen creer los que presumen «hablar en dia­ léctica» de ordinario), se evidenciarían los varios grados de abstrac­ ción o materialidad alcanzados por cada uno de esos elementos:

ya que la ley de la dinámica social, una especie de ‘tendencia al cen­

tro de equilibrio’, impone una progresiva reducción a abstractos de las cosas que se suponen nacidas como materiales, mediante, por ejemplo, el proceso de la compra-venta, especialmente dineraria, y una progresiva materialización de los que se suponen originariamente abstractos, así la Velocidad, al principio no más que relación entre abstractos previamente materializados, y que hoy, a fuerza de compu­ tarla y casi verla con los ojos, está en trance de poderse confundir, como la locución vulgar anuncia, con el tocino, o bien el abstracto

Presentación

13

aristotélico ‘Materia’, que hoy tiende, con la creación de las materias plásticas, a alcanzar una especie de realización palpable. En todo caso, la diferencia entre unos y otros casos de realidad se revelaría meramente cuantitativa o gradual, ya en el sentido de la materia­ lidad, ya en el de la abstracción. Este diferente grado de realidad (tanto social como lingüística), más bajo cuanto más puramente abstractos o puramente materiales los elementos, puede compro­ barse por diversas observaciones desde los cuatro puntos de vista utilizados en §§ 7-8 (por ejemplo, por estadísticas de frecuencia de su aparición como nombres sustantivos en textos de varios estra­ tos sociales de una lengua), pero tal vez de la manera más breve por la consideración de los valores de esos elementos de la Realidad en el Mercado: se comprobaría aquí (a la vez que se precisaba el carácter reversible o tautológico de la comprobación) de qué manera cosas como la transformación de Lorentz o la longanimidad, por un lado, o como, por otro, este guisante, el sol o don José-Luis Iturbe quedaban reducidos a bajísimas cotizaciones (en algunos de estos casos la costumbre es decir, con una hipocresía y ambigüedad muy reveladora, que son inestimables, queriendo compensar en el Empí­ reo la falta casi total de precio en el Mercado), y cómo, en general, tanto valen menos los elementos de la Realidad en el Mercado cuanto más se alejan hacia los polos de la abstracción o la materia­ lidad. El límite al que esa escala gradual de las realidades tiende está representado por los elementos puramente deícticos o mostra- tivos (el Esto, el Eso, el Aquello) y especialmente por el que es como núcleo de todos ellos, el Yo; nótese pués cómo los dos polos de la abstracción y la materialidad, hasta este punto aparentemente opuestos, en ese límite se confunden en uno mismo, y aquello que es caso límite de la Realidad (por tanto, en cierto modo, exterior a ella) es al mismo tiempo lo más material y lo más abstracto.

10. Trato pués de sugerir, más con la manera de hablar que

con lo que digo, cómo, no siendo el objeto del estudio ni lingüístico ni social, sino ambas cosas (pero no en cuanto dos caras de lo mis­ mo, sino en cuanto la oposición entre ‘lingüístico’ y ‘social’ se pier­ de), ni el tratamiento metalingüístico o gramatical ni el lingüístico o sociológico pueden menos de ser falsificaciones de nuestro tema. Mas puede que convenga todavía intentar alcanzar más evidencias en el planteamiento de la dificultad por medio de un ataque diverso de la cuestión, en cierto modo complementario del anterior, en

14

Agustín García Calvo

cuanto que parte de una consideración espacial, por así decir, más bien que lógica de la relación entre lenguaje y sociedad. Surgió con especial acuidad semejante consideración con ocasión de que, hace unos tres años, en reunión con algunos amigos, que por entonces intentábamos vanamente entender en común las relaciones entre los hechos lingüísticos y sociales, se planteó la cuestión del papel, en la interpretación del mensaje lingüístico, del contexto extralingüístico, del ambiente de la comunicación; percibíamos entonces cómo a lo largo del examen las fronteras entre contexto lingüístico y extralin­ güístico, y por ende entre 'lenguaje' y ‘realidad’, entre el decir y el tema del decir se difuminaban. Las observaciones son por cierto bien triviales: que en una predicación como «Trabajaba en el auto» la situación en que se produce — supuesto que esté al alcance del cono­ cimiento de los interlocutores— contribuye a su cabal entendimiento exactamente lo mismo que elementos lingüísticos que la suplemen- taran («de procesamiento», «sacramental» «-móvil»), y ello no sólo para el significado de la palabra auto, sino para el sentido de la relación indicada por en, y en fin para el significado a su vez de trabajaba; que en el «Vixerunt» con que anunciara Marco Tulio la ejecución de los conjurados tan sólo la situación informaba a sus oyentes así del sujeto de la predicación como del valor aspectual que el Perfecto tenía en ese caso; que el letrero «Gambas a la plancha» en una vidriera, la frase «H a llovido» que uno dice al entrar en casa, la nota «Lluvioso» señalada por la aguja de un barómetro, la eufemística indicación «Aquí» con que algún propietario sustituía la de «W .C.» nos presentan otros tantos casos en que el ambiente supuestamente real, organizado en convenciones lo bastante riguro­ sas, suplementa la información: del semantema verbal y el comple­ mento locativo en el primer caso; la del sujeto (identificable con un localizador, según la visión de Bühler) en el segundo, juntamente con la del valor temporal-aspectual (como sucede en la enunciación de todo Perfecto castellano); la del sujeto y la indicación temporal- modal en el tercero; la del sujeto y la del predicado — salvo que admitamos la deixis como una forma de predicación— en el último; y nótese que el ambiente pués, al igual que el resto del lenguaje, aporta indicaciones tanto deícticas como semánticas como gramaticales. Pues bien, todo ello parece evidenciar una continuidad indisoluble, en cuanto al carácter de formalizado, estructurado, convencional, que abarca indiferentemente al lenguaje en sentido estricto y a la realidad social (por hablar redundantemente) en que se produce; indiferen­

Presentación

15

temente: pues ¿con qué criterios, ni social- ni gramaticalmente vá­ lidos, distinguir un deíctico del tipo aquí de la manilla del baróme­ tro?; ¿es algo ni siquiera metafórico decir que se lee en el traje, por ejemplo, del hablante algo como un determinante de la palabra auto?; la luz encendida o la puerta abierta, ¿no son una especie de verbos del tipo se trabaja o está abierto (para la venta) o pueden pasar los clientes? No es pués que la Realidad (e. e. el significado de las palabras) yazga ‘detrás’ ni ‘debajo’ de la lengua, sino en el mismo plano y colaboración con ella, ni la lengua dentro de esa Realidad, como no fuera, por así hablar, como uno de los núcleos de ella de máxima concentración de rasgos de estructuración y con- vencionalidad; de manera que la exfoliación de ese único plano en dos sería a su vez una mera convención para el uso práctico de los mecanismos sociales y gramaticales y para la división del trabajo de la teoría; y un poco al revés que en la situación metalingüística, en que la lengua se hace significado de sí misma, resulta que el am­ biente se nos vuelve significante de sí mismo.

11. Pero puede que aún convenga, para más evidencia de la di­

ficultad, afrontarla por otro ángulo, utilizando, como en el párrafo anterior, no el camino del «Qué es», sino el del «Dónde está», que es la forma de cuestión definitoria más elemental, en cuanto la más

cercana a la pura deixis localizadora, pero esta vez no refiriéndola

a manifestaciones actuales de la información, sino al sistema mismo de la lengua establecida. Si preguntamos pués que dónde está la Lengua o que dónde la Sociedad (y ello lo mismo si nos referimos

a una sociedad determinada y a su lengua correspondiente que si,

haciendo abstracción de las diferencias étnicas o idiomáticas, pre­ guntamos por la sociedad humana en total y por el fenómeno único de la lengua), parece que los intentos de respuesta en ambos casos habrán de seguir por rutas análogas al mismo tiempo que contra­ puestas: pues, una vez descartado, como es fácil hacer desde que la ciencia del último siglo lo ha venido haciendo cumplidamente, que la Lengua pueda estar, residir o consistir en la Persona o individuo ni que pueda estar en la Naturaleza, en la voz humana como hecho pretendidamente natural, se vendrá a caer en la idea de que la Len­ gua esté en la Sociedad, en el sentido de que sea ésta la depositaría de las palabras y otros elementos y de las normas del sistema con­ vencional, y ella la que dictamine sobre lo admisible o no de los sucesivos usos que lo vayan alterando; pero paralelamente, la pre­

16

Agustín García Calvo

gunta por la ubicación de la Sociedad o de una sociedad, una vez que se eliminen la concepción de que pueda residir en la plura­ lidad de los individuos y cada uno de éstos posea su parte congrua de sociedad, así como aquélla otra que la hiciera consistir en la condición natural, esto es, en cosas tales como la adscripción geo­ gráfica o los caracteres raciales y biológicos, habrá de venir a dar en la sospecha de que firmemente asentada no puede estar la socie­ dad en otro sitio sino en la lengua. Y las dos contestaciones com­ plementarias, tomadas en serio simultáneamente, implican, al pare­ cer, la identificación del objeto con su localización misma. Pero esto no vuelve inútiles nuestras preguntas, sino, antes bien, reve­ ladoras. El objeto de nuestro estudio parece columbrarse ahora como una especie de senado o — mejor dicho— asamblea, que poseyera las leyes y decidiera de su aplicación, pero cuya constitución a su vez y funcionamiento residiera en esas leyes y se determinara en cada momento por la aplicación que se hiciera de ellas. Es justa­ mente esa asamblea la que entre otras disposiciones ha dispuesto que distingamos entre cosas y palabras; pero la asamblea que tal dispone ni es palabra ni es cosa, y la investigación acerca de ella misma requiere una infracción a esa disposición que tiene esta­ blecida; requiere — esto es— la invención de un modo de trata­ miento que no fuera ni lingüístico ni metalingüístico, que al mismo tiempo que tratara como un hecho social la lengua, tratara como un mecanismo gramatical la sociedad. Que tal invención sea o no realizable, es decir, si es perfectamente infrangibie o no la ley que impone la diferencia y oposición entre el mundo de su lenguaje y el lenguaje de su mundo, es una preocupación que no tiene por qué apagar la impenitente fiebre de conocimiento que lengua y sociedad padece acerca de sus falsedades.

12.

En

cambio, consideraciones

como

las

expuestas

se

com­

prende que habrán de habernos desanimado para cualquier estudio

que se planteara a la manera habitual, como investigación de las relaciones entre lenguaje y sociedad; y gran desencanto sufriría el lector que en los ensayos que aquí siguen buscara teorías sobre di­ chas relaciones; cierto que tampoco querríamos colaborar aquí al

lectores, sino tal vez a su desencantamiento. Ello

encanto de los

es que, por el contrario, puede quizá decirse que, si algo hay que dé una cierta continuidad y congruencia a esta serie de especulacio­ nes, heterogéneas y descabaladas, así por lo dispar de sus temas

Presentación

17

como por la diferencia de ocasiones y ánimos en que se concibieron (y pese a que los últimos diecisiete meses se han dedicado a escri­ birlas o reescribirlas una tras otra con notable continuidad), ello no será otra cosa que la pertinacia con que todas ellas tratan de poner en evidencia, con motivo de muy varios incidentes, la falsedad real de las concepciones de la dualidad de lo social y lo lingüístico. Si me pregunto —y es difícil borrar del todo tal pregunta— para qué puede servir un libro como éste, repasando los ensayos en la me­ moria uno tras otro, me parece ahora que todos ellos más o menos están realizando una faena doble: una de carácter negativo, con lo que dicen, en cuanto intentan sembrar la duda sobre varios aspectos de esas relaciones entre este mundo con su lenguaje y este lenguaje con su mundo; otra de carácter positivo, con la manera de decirlo, en cuanto representan una búsqueda de esa manera de hablar, por inventar aún, que no fuera ni lenguaje ni metalenguaje, nuevo modo de discurso del que acaso algunos de sus pasajes más afortunados pudieran ser un balbuceo. Tendría que explicar aquí, para mejor manejo de tal libro, algo sobre ciertos procedimientos retóricos y trucos lógicos, sobre las ocasionales repeticiones desde ángulos di­ versos, sobre algunas minucias, como el empleo que se hace de las

mayúsculas honoríficas

me aquí en hablar sobre este libro? ¿Es que ya desde aquí, desde dentro del libro mismo, va a empezar a colaborar el propio libro, con esto de hablar de sí mismo como objeto, en el proceso inevi­ table de su reducción a objeto, a mero producto cultural, que ya no habla, sino que se habla de él? Demasiado ya su propia condi­ ción de libro lo condena a tal destino. No insisto pués en intentar salvar al libro de su destino, y me limito a una somera descripción

argumental de los sucesivos componentes de la serie.

Pero ¿qué estoy haciendo, entreteniéndo­

13. Con Estálín acerca del lenguaje se trata de examinar lo

que sucede al querer encajar en el esquema de la dialéctica histórica el hecho del lenguaje, y contraponiendo las antítesis de ‘lenguaje/so- ciedad’ y ‘base/supraestructura’, se sugiere algo sobre los modos en que se ensancha y multiplica la concepción del lenguaje como mediación. En Apuntes para una historia de la traducción, al paso que se derruye, por un intento de análisis ahistórico o ‘metafísico’ de la historia, una dualidad como la de ‘Grecia/Roma’, se muestra cómo la doble aparición de la traducción en el s. III a. J. C. implica la aparición de la Cultura, como objetivación de los productos de

18

Agustín García Calvo

la conciencia, y del concepto de ‘una lengua’, o sea la posibilidad de existencia de lo mismo en lo otro y de lo otro en lo mismo, pero sobre todo cómo en el establecimiento de la traductibilidad entre lenguas está el nacimiento de hechos como la idea o los conceptos, sustancia de la falsa realidad de nuestro mundo. E l fonema y el soplo, después de quejarse de cómo le está negada la experimenta­ ción científica al estudio que toma como objeto a los sujetos o que trata como sujeto a sus objetos, aprovecha un incidente en la fase de aprendizaje lingüístico de una niña para sembrar nuevas dudas

sobre la relación genética o jerárquica entre la técnica y la gramática

y por ende entre lo histórico y lo natural. De la génesis del Fin

y de la Causa propone un esquema para el establecimiento de esos dos hechos o relaciones en nuestro mundo, esquema en que juegan las tres instancias de los nexos sintácticos, los núcleos semánticos

y las necesidades prácticas. El ensayo siguiente, Enfasis de la ra­

cionalidad en un texto económico, tomando como muestra trivial

de discurso público un artículo-entrevista del periódico ABC, trata de precisar el sentido de la falsificación de la realidad por medio de la logicidad de su lenguaje: se fija en la diferencia entre los ele­ mentos cuantitativos del lenguaje y los de significado definido, y al paso que expresa la duda sobre los métodos de investigación de la verdad y falsedad, ahonda en la oposición entre poder evocador y significación, y empieza a concebir la mentira, aparentemente lógica, como una acción; en tanto que un Apéndice al ensayo, partiendo del intento de distinguir entre la función de los elementos meta- lingüísticos del discurso y la de los otros, constatando el fracaso de ese intento, propone una división de los elementos racionalizantes en ‘absolutizadores’, ‘semantemas técnico-científicos’ y ‘nexos orde­ nadores’, y especula sobre el ser del mundo como un hacerse, sugi­ riendo cómo el lenguaje lógico puede surgir del práctico o evocativo

y qué relación —paralela a la del dinero con las cosas— se establece

entre uno y otro. El De la Totalitariedad insiste todavía en consi­ derar los elementos absolutizadores del discurso, primero en sí mis­ mos y luego (aprovechando un segundo artículo del mismo coti­ diano) aplicados a la Guerra, para pasar a preguntarse por las fun­ ciones que la retórica de la guerra total o totalitaria cumple, a cuyo propósito se establece la analogía con la idea de la Muerte, de la que el Armagedón se presenta como no supérfluo desarrollo, y se ganan así algunas observaciones sobre la antítesis ‘guerra/paz’. Des­ arrollo escrito de una conferencia, Sobre la Realidad, o de las difi­

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19

cultades de ser ateo expone el más probable origen del concepto ‘realidad’, confundido naturalmente con la Realidad misma, aduce después algunas pruebas del carácter moral y teológico de la Reali­ dad y el realismo, trata luego de evitar que la realidad llamada natu­ ral se escape de la crítica referida a la social o propiamente dicha, ejemplificando a continuación con el fenómeno del Tiempo, y termina con alguna alusión a cómo los términos razón y vida apelan a dos modos de no ser, en común enfrentamiento con el Ser vigente. De la confusión entre método y objeto, a propósito de los grados de realidad de los colores, al tratar de describir la operación de la dialéctica, se encuentra con que la pregunta por el ser, «¿Qué es x ?», y la pregunta por el haber, «¿Hay x?», compiten en jerarquía, en ser la última (o primera), y que en esa competencia se da el momento en que el objeto del método dialéctico surge como dialéc­ tico él mismo, e. e. que el método muestra su condición de objeto, lo cual lleva a examinar en los colores (después de razonar cómo los colores, donde el ser cualitativo rechaza el haber cuantificable, pero, por la noción de ‘matiz’, coesencial con la de color’, el haber in­ vade el ser mismo, constituyen la aparición por excelencia del objeto) la relación entre la organización de sus antítesis y su más o menos haber o grado de realidad, para terminar volviendo a ejercitar el mismo método (con el uso de la oposición fundamental ‘bueno/malo’ como criterio) sobre los hechos o nociones del ‘ser’ y el ‘haber’ mismos, y observando cómo el haber de las cosas se determina por la solidez o resistencia a la aplicación del método. Las páginas del ensayo siguiente, Cosas y palabras, palabras y cosas, aparte de un prefacio y un final, en que se presentan las dificultades de hacer una descripción y se alaba, con sus limitaciones, la nueva forma geo­ métrica que aquí se usa, constituyen una especie de recortable y deben pegarse una tras otra hasta formar una cinta de Moebius, a lo largo de cuya única cara se desarrolla una descripción de los elementos y la dinámica del mundo y sucesivamente de la lengua, en tanto que en las dos aparentes caras de la cinta se contraponen punto por punto las descripciones de lo referente a la lengua y lo referente al mundo, sugiriéndose pues que esta ambigüedad o con­ tradicción en la ordenación de las descripciones reproduce en algún modo la de su objeto. Los dos ensayos siguientes se dedican al campo de los pronombres personales: el de *N os amo, *m e amamos descubre con sorpresa la prohibición, hasta aquí desapercibida, de esos dos sintagmas (y sus transposiciones a las Segundas Personas),

20

Agustín García Calvo

examinando los cuales comprueba que no se trata de una prohibi­ ción propiamente gramatical (ni desde luego impedimento real de las situaciones a las que aludirían), y sometiendo a crítica las nocio­ nes de ‘Primera de Singular’ y ‘Primera de Plural’, con utilización del caso de la Primera Persona Coral, tras un estudio del hecho lingüístico-real de la reflexividad, observa cómo dicha interdicción debe de consistir en la imposición necesaria de dos convenciones de la Persona contradictorias entre sí, juntamente con la imposibilidad del uso simultáneo de ambas, no sin que esta consideración de la simultaneidad, lingüística y real, lleve a ver asimismo que reina una relación profunda entre aquella imposición de la clave YO y la clave NOS, incompatibles, y la imposición de las nociones, mutuamente necesarias y contradictorias, del tiempo y la mismidad. El de Tu y Yo está dirigido en segunda persona a la Segunda Persona, intenta con ella la sustantivación o proceso análogo al realizado con el Yo, y en vista de la imposibilidad, examina la antítesis Sujeto/Objeto (parándose a hacer la historia del Sujeto mismo), y al ver cómo esa antítesis excluye de la Realidad la otra, la de Primera/Segunda Per­ sona, apela inversamente a la presencia negativa de esta Segunda Persona contra la subsistencia de aquella antítesis y su síntesis en el YO. Sigue el ensayo De la cerveza, la poesía y la manipulación del alma, el cual, después de observar la distinción que en los procedi­ mientos de transformación de la comunicación en acción suele hacerse entre los que operan «por debajo de» las instancias lógicas o in­ formativas y los que operan a través de la información, estudia so­ bre una serie de anuncios murales de una cerveza la actuación de algunos procedimientos estilísticos o retóricos (hipérbole, ironía, personificación, ‘confabulación’), y no sin utilizar la propia cerveza para algunas consideraciones sobre la Masa a que los mass-media se aplican, pasa a investigar las instancias subracionales' del alma, en que los mecanismos retóricos funcionan y se da la transforma­ ción del lenguaje en actividad, para descubrir una identidad entre el núcleo más íntimo del alma individual, la Voluntad, y el núcleo de la Masa misma, que, como principio de su organización, es tam­ bién racional al fin y al cabo, de modo que «también el corazón miente», aunque por otra parte también la disuasión de las ideas establecidas no pueda practicarse sino en el mismo sitio en que se practica la persuasión. En fin, en el ensayo que cierra la colección, Estar en la luna, o sobre las funciones de la mística y la magia, se hacen repetidas tentativas de atacar las manifestaciones de la irra­

Presentación

21

cionalidad que en el mundo, racional, se presenta y vende como tal irracionalidad, primero tomando la locución ‘Estar en la luna’ como ejemplo de frase hecha o idea fija de la Sociedad y al mismo tiempo como referencia a la luna misma, lo cual lleva a una breve historia del proceso de alunización de la locura y de cómo el enloqueci­

miento de la

viceversa,

pudieran significar una situación, ajena o exterior al orden estable­ cido, de éxtasis o, inversamente, de ensimismamiento, a saber, los ensueños, la locura, el amor, bajo un triple aspecto, la muerte misma, para pasar finalmente a los procedimientos místicos y má­ gicos de ‘salirse de esto’, con atención especial a su condición de interioridad o exterioridad (que trata a su vez de ser examinada no sólo exteriormente, sino también desde el interior de esos pro­ cedimientos mismos), de manera que al fin es la misma relación de ‘dentro/fuera’ lo que se convierte en objeto del discurso, y se ad­ vierte el mecanismo paradójico por el que la pretensión de estar fuera de esto viene a ser el procedimiento de integración en ello, viendo que, si lo anómalo ó misterioso, al proclamarse inefable o inasequible al lenguaje o la razón vulgar, se condena a su racionali­ zación como irracionalidad, ello es seguramente en pago de que tal actitud implica el reconocimiento de que la realidad vulgar en cambio es efectivamente racional y debidamente representada por

normalidad implica la normalización de la locura y

examinando

sucesivamente

los

fenómenos

que

después

las palabras de su lenguaje.

14. Tiene el lector con esto una guía para hojear a su sabor

el resto del presente libro. Si la publicación de este libro, en fin,

resultare ser de algún placer y utilidad para alguien o para algo, quedaría dar aquí las gracias a los que con su ayuda generosa han permitido los escasos y saltuarios ocios indispensables para redac­ tarlo y componerlo y avivado un poco la escasa fe del escritor en las virtudes de la escritura, entre ellos a don Pablo Martí Zaro, que promovió su publicación, a don Javier Pradera, que lo ha guiado por entre procelosos temporales, a los amigos de Siglo X X I y a los pacientes tipógrafos, cuya inteligencia ha contribuido a con­ vertir un original nada fácil en un objeto, ya que objeto, por lo menos decente y esmerado; y luego, más mediatamente, en atención •—quiero decir— a las relaciones que pueda haber entre un libro

y su redactor, a don Joaquín García Gallego, que me enseñó a leer,

a don Antonio Tovar, que me inició en los estudios gramaticales,

22

Agustín García Calvo

así como a los amigos que con el calor de la conversación y la puridad de la crítica han ido ayudándolo a surgir y desmadejarse, señaladamente Rafael Sánchez Ferlosio, de cuya compañía en la reflexión sobre cuestiones como éstas he gozado a lo largo de ya trece o catorce años. Y por lo demás, disculparme por el tono afir­ mativo que, a pesar de todo, puedan conservar todavía muchos de los pasajes de este libro: sólo tal vez de la consideración de lo tortuoso de la serie de sus escritos y lo inconcluso de su conjunto pueda desprenderse alguna evidencia de ignorancia y de libertad que los redima de estos restos de fatuidad, condición ésta del hombre, por otra parte, quizá tan incurable como su miedo.

Mayo de 1969-noviembre de 1970.

ESTALIN ACERCA DEL LENGUAJE

1. Ahora que la figura de José Estalín, a fuerza de embates

contrarios sobre sus costados, comienza en el olvido, según piensan los que ponen su fe en la Historia, a cobrar sus contornos justos,

a medida que se comprueba cuán poco indispensable era su pre­

sencia en este mundo para que las cosas siguieran mal, será más

hacedero volvernos sobre alguna de sus actitudes y opiniones. Vol­ vamos pués a leer ahora aquellas decisiones dictatoriales suyas acerca de lo que el lenguaje sea; las cuales tal vez constituyan aún la base de las creencias en materia de Lingüística para la parte más seria

y fiel de los que se apellidan de marxistas; y seguramente que no

sin algunos buenos motivos para ello.

2. Desde el 9 de mayo de 1950 duró en la Pravda, que le con­

sagró dos páginas semanales, la discusión acerca del lenguaje, con intervención de especialistas y profanos, hasta que el 20 de junio publicó su artículo el propio Estalín, poniendo el punto redondo

a la discusión. Aquel artículo lo pusieron a nuestro alcance «Les

Editions de la Nouvelle Critique», A propos du marxisme en Lin- guistique, par Staline, París, 1951, 71 páginas; donde tras el tra­ bajo que da título al folleto se contienen cuatro cartas de Estalín

a varios camaradas, resolviendo sus dudas sobre algunos puntos del problema.

3. Se define allí lo que es marxista y lo que no lo es en las

cuestiones de lenguaje;

primordialmente condenando el dogmatismo reinante hasta entonces

lo cual no obstante, el trabajo se presenta

24

Agustín García Calvo

en los círculos lingüísticos rusos, donde «a causa de una actitud

crítica frente a la

gadores se veían relevados de sus puestos o degradados» (pág. 37),

y de paso manifestando que «el marxismo no admite conclusiones y

fórmulas inmutables, obligatorias para todas las mo es el enemigo de todo dogmatismo» (pág. 64).

doctrina de N. Marr, colaboradores e investi­

El marxis­

4. ¿Qué le pasaba pués a un marxista respecto del lenguaje?

A primera vista, el de la lengua era un fenómeno social que había

quedado como olvidado o mal encajado en el esquema de la dialéc­

en cuanto la dialéctica sufre la conversión

ella misma en objeto del pensamiento y como objeto se la contempla,

la lengua queda efectivamente fuera. Justamente en la publicación

citada el esquema principal de la dialéctica histórica se les vuelve

a ofrecer para recordación a los lectores en su forma más vulgari­

zada, a saber, como la conocida dualidad: a) la base, constituida por las condiciones económicas y relaciones de producción, necesarias, independientes de la voluntad de los hombres (cita de Marx en la

página 6);

tica histórica. Más aún:

b) la supraestructura, constituida por las «formas jurí­

dicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas» necesario, de la base trastorna la supraestructura:

origina una supraestructura que le corresponde; ésta, sin embargo, una vez originada, se convierte en una gran fuerza destinada a hacer

cristalizar su base y a defenderla;

puede también quedar retrasada

respecto a la evolución de su base y entrar con ella en una especie

de contradicción, que dura hasta que la nueva base se establece firmemente y la vieja supraestructura queda liquidada.

(ib .). El cambio, cada nueva base

5. La discusión de la Pravda parece haber venido a mostrar a

Estalín que la lengua quedaba fuera de ambos términos de la antí­

tesis dialéctica. Que la lengua pertenezca a la base es una posibili­ dad que ni siquiera se molesta en discutir, tan evidente parece que

la

lengua no puede ser tomada como un hecho material, una cosa

o

un producto, factor económico o fruto de la Necesidad. Y sin

embargo, aquel rasgo de la base de ser algo impuesto a los hombres

e independiente de su voluntad no puede menos para nosotros de

de las observaciones análogas formuladas por de

despertar el eco

Saussure

a propósito de la lengua.

I. Estalín acerca del lenguaje

25

6. Pero el análisis de Estalín desconoce la abstracción de la

lengua a partir del lenguaje, esto es, la consideración abstracta de lo que en el lenguaje es abstracción. Y considerado el fenómeno del lenguaje en bloque, parece que el solo modo de incluirlo en la base sería el de apelar a la forma más cruda y más antigua del ma­ terialismo, aquélla —quiero decir— en la que los factores y necesi­ dades económicas se contemplan como una evolución, como la apa­ rición histórica o humana, de la Necesidad natural; para la cual el lenguaje seguiría siendo aquello en lo que se pone su origen, el grito del mono en la selva de Federico Engels, el rugido peculiar del hombre, tal como aparece en los versos de Lucrecio (libro V, 1028-1090). Mas a pesar de que en su trabajo encuentro una vez (págs. 54-56) la sorprendente creencia de que lo fonético es indis­ pensable al lenguaje, cuando dice que el lenguaje de gestos de los sordomudos no es un verdadero lenguaje, la evidencia de lo arbi­ trario o convencional de la lengua ha apartado a Estalín sin duda de la concepción física del lenguaje, prohibiéndose así indirectamente

su inclusión como elemento de la base.

7. Por otro lado, que fuera algo de la supraestructura es la idea que a N. Marr se le había ocurrido en la primera forma de sus teorías; al cual Estalín lo censura aquí duramente como funesto para la lingüística rusa, en una palabra, como idealista. Y sus re­ flexiones sobre la imposibilidad de catalogar la lengua como supra­ estructura son de lo más sensato que pueda en materia de Lingüís­ tica escribirse: a) la lengua no es engendrada por una base: sirve igual al régimen zarista que al socialista, lo mismo a la clase de los explotadores que a la de los explotados (pág. 14), y vive mucho más que cualquier base: ¿qué importa que algunos vocablos se in­ troduzcan, se eliminen o cambien de sentido según los cambios de la base?: el fondo esencial de vocabulario y el aparato gramatical per­ sisten; b) es falso que, por ejemplo, determinadas jergas de salón

o de germanía, carentes de estructura gramatical propia, sean una

lengua de clase: «la cultura y la lengua son dos cosas diferentes.

La cultura puede ser burguesa o socialista, mientras que la lengua, como medio de comunicación entre los hombres, es siempre común

a todo el pueblo» (pág. 26);

tructura (la cultura) suele estar enlazada con la producción industrial

por el intermedio de la economía, «la lengua está directamente li­ gada a la actividad productiva del hombre, lo mismo que a todas

c) además, en tanto que la supraes­

26

Agustín García Calvo

sus otras actividades» (pág. 30), «lo mismo en el dominio de la producción que en el de las relaciones económicas, en el de la polí­ tica que en el de la cultura» (págs. 42 y s.).

8. Pero entonces, no pudiéndose adscribir el lenguaje ni a la

supraestructura ni a la base, la aporía resulta verdaderamente grave para aquella concepción rígidamente dualista; de lo cual Estalín manifiesta una conciencia perfectamente clara, cuando dice (pág. 43):

«tampoco se le puede situar en la categoría de los fenómenos ‘inter­ medios’ entre la base y la supraestructura, dado que no existen tales fenómenos ‘intermedios’».

9. Y sin embargo, la respuesta que en el texto de Estalín apa­

rece es insegura, o —mejor dicho— es en cierto modo contradicto­ ria. A lo largo del escrito, al lado de la idea, rechazada por la ne­ cesidad misma del esquema dialéctico, de fenómeno intermedio, apa­ rece una y otra vez la idea de instrumento, que sin duda mantiene con la otra ciertas afinidades, que más adelante trataremos de des­ cribir; pero nótese desde ahora que cualquier aparición de algo como un instrumento, intermedio o mediación representa en sí misma un atentado lógico contra el rigor y claridad de todo esquema antitético, dualista: el medio es el enemigo del dos; la relación misma entre los dos términos de una antítesis es pasible a su vez de cosificación; la relación dialéctica misma, en cuanto tomada como objeto de otro pensamiento, puede siempre aparecer como un tercero, que amenaza constantemente a la antítesis, no de síntesis, sino de disolución; recuérdese brevemente a tal propósito la aparición del tercer hombre en el razonamiento socràtico-platònico, o bien en la Teología el sur­ gimiento entre Padre e Hijo de la relación paterno-filial materializada como Tercera Persona.

10. Lo cierto es que, a la lectura de ios más de los pasajes del

escrito, es evidente que se inclina Estalín a considerar el lenguaje como un instrumento de producción, en un plano semejante, por ejemplo, al de las máquinas industriales. Lo cual no deja de ser ya

en sí mismo un tanto desconcertante, por cuanto los medios de pro­ ducción, a lo que se me alcanza, caen en el esquema dialéctico del lado de la base, aunque con una manera sui generis ciertamente de pertenecer a ella.

I. Estalín acerca del lenguaje

27

11. Peto, por otro lado, y acaso en parte por el motivo externo

de que N. Marr había venido a la misma idea, abandonando su concepción primera del lenguaje como supraestructura, se apresura Estalín a hacer constar en su carta a la camarada Kracheninnikova (págs. 43 y s.) que «en modo alguno» puede catalogarse la lengua entre los instrumentos de producción. La gran diferencia que se le aparece es que «los instrumentos de producción producen bienes materiales, mientras que la lengua no produce nada en absoluto, o, si

se quiere, no 'produce' más que palabras».

12. Anotaré, sin embargo, que a cualquier marxista podía asi­

mismo ocurrírsele otra diferencia, al leer, por ejemplo, lo que en la página 15 del escrito se dice respecto a que es la lengua semejante a los instrumentos de producción en cuanto que unos y otra son indiferentes respecto a la clase de sus usuarios y lo mismo sirven al régimen capitalista que al socialista. Pero ello es que no puede tampoco olvidarse la otra cara de los instrumentos, no en cuanto instrumentos, sino en cuanto parte de los bienes: esto es, que las máquinas son objeto de la relación de propiedad; que sirven a todos, sí, pero a condición de ser adquiridas por trabajo, por cambio o por violencia; en tanto que la lengua tal vez sea lo único que la sociedad les da a todos los hombres gratuitamente, si nos permitimos provi­ sionalmente emplear una expresión a todas luces inexacta, pues que la idea metafórica de que la sociedad sea como la poseedora y dona­ dora de la lengua, tomada seriamente, sería a su vez raíz de muchas

confusiones.

13. Pero, sea como sea, creo que se puede decir, partiendo del

escrito de Estalín, que para la creencia marxista recta a lo que más ha de parecerse en todo caso el lenguaje es a un instrumento o me­ dio de producción. Y entonces, puede que sea conveniente a tal propósito recordar que la misma concepción, y formulada con menos reservas todavía, viene a ser la que encontramos una y otra vez en­ tre sociólogos y lingüistas de línea más o menos declaradamente prag­ matista o behaviorista en Occidente (por emplear la inepta manera de hablar que pretende dejar fuera de Occidente a Rusia o a la Chi­ na) de comienzos de siglo o de nuestros años. Así S. Alexander en un artículo de 1911: «La vida mental es práctica de cabo a rabo:

comienza en la práctica y termina en la práctica»; con la adverten­ cia de que el autor está entre aquellos para quienes no ha entrado

28

Agustín García Calvo

todavía la duda sobre la identificación entre vida mental con inner speech. Y E. Buyssens en un coloquio celebrado en Amsterdam en

1954:

«lenguaje es un medio para actuar sobre los oyentes».

14.

Ahora bien, el carácter de medio de producción que el len­

guaje tiene es ciertamente tan innegable como cualquier otro pro­ ducto de la observación directa, cuando dos obreros situados a dis­

tancia coordinan a voces los momentos de sus acciones, cuando una serie de letreros en una máquina expendedora regulan los gestos y el orden de los gestos del posible consumidor (permítasenos que de pasada ampliemos la esfera de la producción para incluir las funciones del consumo en ella), y en casi todos los momentos de la vida cotidiana.

15. Más aún: si nos referimos a las tres funciones del lenguaje

distinguidas por K. Bühler, la expresiva, la impresiva, la enuncia­ tiva o comunicativa (o las cuatro, si separamos, como algunos pre­ feríamos, la función lúdicra o fruitiva), podríamos a primera vista decir que aquellas descripciones del lenguaje como medio de pro­ ducción se refieren solamente a la segunda de las funciones distin­ guidas, de modo que resultarían unilaterales e insuficientes. Pero no hace falta mucho para ver con qué facilidad aquella triplicidad (o cuadruplicidad) de funciones se deja integrar en una sola de ellas, y precisamente en la impresiva, en cuanto se observe cómo, por un lado, no pueden darse de hecho probablemente frases puramente expresivas, en cuanto que incluso el grito del dolor en el desierto, apenas articulado en forma mínimamente lingüística, resulta inme­ diatamente evocador de un interlocutor ausente o creador de uno ficticio; y cómo, por otro lado, la comunicación, en cuanto produce un cambio en la mentalidad de los receptores, viene a ser también un proceso de producción, así como también la producción directa del placer por medio del silabeo sin sentido o por la ordenación rítmica del habla es un aspecto del lenguaje que permite su inclusión entre los medios de producción, sobre todo si, como cada vez se nos im­ pone con más fuerte evidencia, es preciso integrar los procedimientos de consumo entre los medios de producción.

16. Pero es que todo lo referente a las funciones del lenguaje,

contémplense ya distribuidas en cuadro, ya integradas en la impre­ siva, es algo que todavía se refiere propiamente al lenguaje en cuanto

I. Estalín acerca del lenguaje

29

realizado en el habla, en cuanto realización (así cómo correspondien­ temente la frase, mínima unidad de empleo del instrumento lingüís­ tico, es un elemento propiamente de la realización de la lengua en habla). Pues bien, a tal propósito hay que hacer un par de observa­ ciones: la primera que cada acto de hablar, cada frase pronunciada, no tiene solamente el efecto sobre oyentes (o ambientes) a que las con­ cepciones de la función impresiva se referían, sino también, como B. Whorf y otros lingüistas americanos hicieron justamente notar, un efecto — llámesele secundario, si se quiere— sobre la estructura del 6Ístema mismo de la lengua (en el sentido sosiriano: de la lengua como realidad abstracta, depositada y no realizada): en efecto, cada vez que alguien dice, por ejemplo, «los dragones no vuelan» o pide en la barra «mediana, largo», no sólo está produciendo actualmente la alteración mental del mundo de los oyentes (y suyo propio) en el primer caso y la alteración de la actividad real misma en el segundo, sino que al mismo tiempo la pronunciación de esa frase, predicativa o yusiva, está alterando las fronteras semánticas en el tesoro léxico (en lo referente, por ejemplo, al concepto de dragón) o contribuyen­ do a la modificación de las reglas sintácticas vigentes.

17. Y la segunda observación, que a su vez la lengua misma, no

obstante la estaticidad con que tendemos a representárnosla, por oposición a la actuación del habla, resulta ser un instrumento de permanente actividad para la destrucción-construcción de la Realidad en el acto de su transmisión y adquisición por los hablantes nuevos, en el nunca terminado proceso de asimilación por parte de todos ellos. Es, en efecto, la lengua como sistema (así de elementos y normas gramaticales como también de vocabulario, aunque en este otro te­ rreno la infinitud de los elementos no consiente la aplicación del concepto de sistema en igual sentido), es la lengua no como actuación, sino como estructura, la que, a medida que se configura y modifica, va arrastrando consigo las modificaciones y configuraciones correspon­ dientes del mundo en la visión de sus depositarios o usuarios po­ tenciales.

18. O, dicho en lenguaje ontològico, el ser se manifiesta en acto;

este acto tiende a modificar el ámbito del ser, pero a su vez repercute sobre el ser mismo, que sufre por ello modificación; la modificación del ser, en fin, resulta un segundo modo de actuación sobre su ám­ bito. O, representado por el siguiente esquema, en que L representa

30

Agustín García Calvo

la lengua, / su realización actual, la línea quebrada la estructura de su sistema, la ondulada el supuesto objeto externo de su actuación, los conglomerados de puntos los efectos de alteración, la flecha de raya plena la actuación por el acto de habla, la de raya interrumpida la repercusión de éste y la de raya punteada el efecto de L misma, en cuanto sistema establecido y en proceso de establecimiento:

19. Una vez pués que tenemos así aclarada y enriquecida, en

la medida que se me alcanza, la imaginación de lo que puede enten­ derse por acción o actividad del lenguaje, su función impresiva, su

operación como instrumento o medio, tal vez podamos comprender un poco mejor qué quiere decir la descripción del lenguaje como instrumento y medio y las consecuencias que de ello se derivan para el uso de la dialéctica marxista.

20. Por qué el lenguaje había quedado efectivamente fuera del

esquema de la dialéctica marxista es una pregunta que se deja con­ testar de la manera más inmediata con lo siguiente: porque en ese esquema el lenguaje no estaba en otro sitio que en la operación del esquema mismo, en la propia actividad dialéctica, y no podía, por tanto, entrar a formar parte del objeto de dicha actividad, como no fuera objetivándose a su vez, para hacerse parte o bien de la base, como máquina de producción (de nada, por otra parte, o sea de palabras, como Estalín dice) y como producto de consumo, o bien de la supraestructura, como cultura y como ley, es decir dejando de ser lo que era como actividad dialéctica, para identificarse con las con­ diciones o los resultados de su funcionamiento.

I, Estalín acerca del lenguaje

31

21. Pero todavía: lo anterior está dicho como si se refiriera al

esquema dialéctico en cuanto este esquema tuviera una existencia lógica, teórica, mental; mas es claro que la gracia dé la dialéctica está en que su actividad no es un proceso ni teórico ni real, sino las dos cosas al tiempo, o —mejor aún— real simplemente, a condición de que la realidad no fuera mero objeto de la teoría, sino que in­ cluyera a la teoría. Y entonces, en una actividad dialéctica que, pre­ sentándose como teoría (como marxismo), se mantenga consciente de que no está contemplando o representando la realidad externa, sino colaborando, por así decir, en la realidad como parte de ella, es evidente que el lenguaje no puede figurar de otra manera que como figura en el total proceso de la realidad: esto es, qué si en la teoría marxista el lenguaje no tiene lugar alguno sino en el hecho de su propio funcionamiento teórico, ello será porque en la realidad total no tenga el lenguaje lugar alguno, como objeto — se entiende— , sino consistiendo él mismo en el proceso de creación y transformación de

la realidad.

22. Anotaré de paso que, si en la teoría de Hegel o de algunos

posthegelianos el lenguaje de vez en cuando, en cuanto denominado espíritu o razón, parece asomar como objeto de la teoría, esto es, dejando de ser lo que actúa teóricamente para ser lo que es, aquello de que se habla, tal aberración del proceso (rechazada justamente por la línea marxista, por más que las inculpaciones de idealismo empleadas para el rechazo sean de ordinario tan pragmáticas y vanas) no puede ser meramente una aberración teórica: es de hecho una aberración real: aquélla por la cual el lenguaje, al hacerse objeto de sí mismo (aunque sea, no para su parcial estudio, como en la Gra­ mática, sino para su divinización) se anula a sí mismo como medio de actuación sobre la realidad.

23. ¿Qué es entonces lo que en el proceso de creación o trans­

formación de la realidad hace el lenguaje? Tratemos de figurar en un esquema la operación dialéctica fundamental, tal como reseñada en el folleto que comentamos y aquí recogida en el § 4. Aquí el espacio señalado por la línea ondulada representará la base (B); el rodeado (parcialmente) por la quebrada, la supraestructura; los punteados, los fenómenos, sucesos, alteraciones; en la una y en la otra, la flecha de línea plena la acción creadora de la base en la supraestructura, y la de línea punteada la acción de ésta sobre la base, ya en cuanto ayu­

32

Agustín García Calvo

dándola a cristalizarse’, ya en cuanto entrando en conflicto con ella (podría, incluso, sin grave inexactitud, perfilarse el parecido con el esquema del § 18, añadiendo una línea de repercusión de la acción de la base sobre sí misma, cuyo efecto estaría representado por la formación en ella de las estructuras pedagógicas y las otras estructu­ ras de las industrias culturales; pero es seguramente más sano no in­ tentar forzar el paralelo):

24. Este

esquema pués de la dialéctica nos presenta frente a

frente dos aspectos o —mejor— dos modos de la realidad, supra- estructura y base, perfectamente visibles uno y otro y pasibles de análisis y descripción por dos especies de ciencia positiva, digamos grosso modo, para ejemplo, la Historia Económica y la Historia de la Cultura; es tan evidente para nosotros como lo era para Estalín que el lenguaje no se deja situar en ninguno de los dos terrenos. Y deci­ mos aquí provisionalmente que el lenguaje está situado precisamente en las flechas de relación entre ambos que en el esquema hemos trazado. Que sea o no esencial del lenguaje el servir a la formación de la supraestructura a partir de los fundamentos económicos y a la actuación de aquélla sobre la base, así confirmándola como contradi- ciéndola, o que haya o no otras actividades o procedimientos distintos del lenguaje para llevar a cabo esos procesos de interacción entre su­ praestructura y base, son cuestiones meramente horísticas, que pre­

fiero no desviarme a discutir, teniendo por más oportuno ante ellas tirar por el camino del medio, comprometiéndome inversamente a ajustar la definición del lenguaje de tal modo que comprenda todo lo que y sólo lo que cumpla la condición de realizar tales funciones de interacción.

I. Estalín acerca del lenguaje

33

25. Lo que importa aquí examinar es cómo los dos esquemas ex­

puestos en los § § 18 y 23, que proviniendo de actitudes teóricas tan dispares resultan tan semejantes, son en efecto incompatibles entre sí. Pues ello es que en el primero la lengua se enfrenta a la realidad de tal modo que no se hace en ésta distinción entre base económica y supraestructura, que la lengua igualmente se opone a y actúa sobre su ámbito si a éste se lo imagina como un complejo in­ dustrial o como tráfico rodado de una red de carreteras que si se pone como tal ámbito un código jurídico, una serie de producciones poéticas nacionales y el sistema de reglas poéticas que las rige y que de ellas se deduce; mientras por el contrario en el segundo esquema es la lengua la que está ausente, en la medida en que las líneas de las flechas no indican un tercer espacio del esquema, sino tan sólo la relación, no objetivada, entre los dos únicos espacios.

26. Ahora bien, siendo ambos esquemas tan sumamente razo­

nables, tan necesarios a la mente para la concepción teórica de las cosas, lo que de su incompatibilidad parece implícitamente deducirse es que si cada uno de ellos, en cuanto se tiene presente el otro, es incapaz de valer como verdadero (queriendo decir verdadero’ simple­ mente ‘no falso’, esto es, inasequible a la crítica en las condiciones económicas actuales), cada uno de ellos en cambio es suficiente para destruir la pretensión de verdad del otro.

27. En efecto, por lo que toca a la falsedad del primer esque­

ma, la lengua no puede ser una de las dos partes de la realidad en tanto que pretende al mismo tiempo poder versar sobre la realidad toda, sobre cualquier tipo de realidad, esto es, en tanto que pretende no ser sólo ideas, supraestructura, productos, por así decir, muertos de la propia operación lógica o lingüística, sino al mismo tiempo la lengua viva, la lengua como instrumento activo de la creación de aquellos productos mismos.

encararía

todo

del presente ensayo), y con razón haría observar que, por un lado, tal dibujo, con sus dos parcelas, tímidamente enlazadas por las fiechas, no es todo él sino un ejemplo de especulación teórica, que, como tal, íntegramente pertenece a la supraestructura; y que in­ tegrada está en la supraestructura, como mera especulación teó­

entonces con el dibujo del esquema

28.

Ante

esa

pretensión,

la

reflexión

dialéctica

se

(así como con el texto

34

Agustín García Calvo

rica, la distinción, que en él quería sustanciarse, entre lengua y rea­ lidad. En tanto que, por el lado opuesto, esta misma reflexión dia­ léctica que sobre el dibujo se está ejerciendo no era sino un caso de operación lingüística, que, puesto que sobre el dibujo versa, no estaba incluida evidentemente dentro del dibujo; situación que se repetiría indefinidamente cada vez que un nuevo sistema teórico dejara in­ cluida aquella reflexión dialéctica dentro de un esquema más com­ plejo.

29. De manera que se descubre por un lado la vanidad, como

puramente teórica, de la distinción entre realidad y lengua, desde el momento que ambas se funden en un objeto solo al someter la teoría a un tratamiento práctico; y por el otro, contradictoriamente, la per­ petua imposibilidad de incluir el lenguaje dentro del objeto de sí mismo, al menos en cuanto se recuerda que es también del lenguaje

la propia operación dialéctica:

la imposibilidad de especular teórica­

mente sobre la actividad dialéctica práctica.

30. Mas a su vez por lo que toca a la falsedad del segundo

esquema, encontramos que éste falla por el hecho de que separa arbitrariamente (e. e. lingüísticamente, de palabra) supraestructura y base como dos campos o regiones de la realidad (separación espacial

que obliga igualmente a la separación en el tiempo, esto es, a la re­ ducción a historia del movimiento dialéctico marxista: véase lo que en el § 4 se presenta como descripción de las relaciones entre base

y supraestructura), de tal manera que la mediación entre ambos

campos no puede menos de ser imaginada como corrientes de influen­

cia del uno al otro.

31. Pero que se trata de una sola realidad se hace evidente por

la consideración misma de que la lengua la

que ind iferentem ente habla de y nombra a las leyes, las abstraccio­ nes de la ciencia, los ferrocarriles, los parlamentos, los campos de guerra y de labranza. Y todo lo que no está dado por la lengua no es objeto visible para el análisis dialéctico: presentar pués así como estando sobre el mismo plano lo que es visible, lingüísticamente ela­ borado (la supraestructura, que comprendería dentro de sí a la base, como siendo su expresión visible) y lo que es invisible (la base, que comprendería dentro de sí a la supraestructura de modo análogo a como el caos comprendía al mundo) es la raíz de la falsificación real

trata como una sola:

del esquema dialéctico teórico.

I. Estalín acerca del lenguaje

35

32. Parece pués que erraba diametralmente Estalín cuando al

enfrentarse con el fenómeno del lenguaje, se sentía inclinado a reco­ nocer que hay fenómenos que no pertenecen ni a la supraestructura ni a la base, quebrando con este reconocimiento —bien se advierte toda posible gracia y penetración de la operación dialéctica, restitu­ yéndola — esto es— a la función de mera ciencia positiva, al campo de la polymathia, que, al representar la pluralidad tal como ella se

ofrece (es decir, tal como la organización lingüística previa la pre­ senta) colabora a la reproducción del Estado todo que en esa or­ ganización plural está basado; y que, por el contrario, ese enfrenta­ miento del lenguaje consigo mismo no debe conducirnos a otra cosa sino justamente a algún modo de confusión de los términos ‘supra- estructura’ y ‘base’ que pueda curar de su herejía maniquea, de su dualismo científico-positivo, al esquema teórico de la operación dia­ léctica.

33. Pero no se olvide que para curarse del dos tampoco el uno

es un remedio. Pues, partiendo la proclamación de la unidad de un mundo dividido y numérico, organizado en una red de antítesis, tampoco el uno podrá presentarse más que como un número, que en sus entrañas, en el hecho mismo de ser mentado, encierra la dualidad y por ende la organización antitética toda, de la que la unidad no será sino una trivial síntesis teórica, una especie de suma de términos infinitos, con la típica hipocresía de la entidad matemática del límite, que se ofrece como concebible (en cuanto prácticamente manejable) al mismo tiempo que teóricamente se proclama inasequible a toda concepción.

34. Para decir, como en el § 31 se insinuaba, que este mundo

no es más que este mundo, que realidad no hay más que una, base y supraestructura juntamente (ya que la oposición entre supraestruc­ tura y base no es más que una abstracción que forma parte todavía de la supraestructura, de la filosofía positiva), para decir cosas como ésas habría de ser preciso mantener simultáneamente la conciencia de que el uno, rectamente entendido, es ininteligible y de que se está, por tanto, hablando en el vacío.

35. Dicho sea con esta prevención lo que sigue ahora: que es

que lo único innegable es la contradicción, esto es, la falsedad del ser. Que el ser, no siendo, como no es (pues, si fuera, todo esfuerzo

36

Agustín García Calvo

por ser estaría excluido y el ‘movimiento’ dialéctico jamás habría comenzado), se está continuamente proclamando como siendo, pre­ tendiéndose ser; y que esa proclamación del ser acerca de sí mismo no es una pura falsificación teórica, sino el ‘movimiento’ dialéctico del ser mismo, que, no siendo, pretende ser. Y que esa falsedad, en fin, esa actividad dialéctica positiva del ser es el único objeto posible de la operación dialéctica negativa. Si no hubiera mentira, no habría lugar para el asalto negativo al ser y para la revolución; pero ello sería porque no habría siquiera ser, teniendo éste en esa falsedad toda su esencia.

36. Ahora puede que resulte más claro de entender qué quiere

decir un medio de producción y en qué viene, por tanto, a consistir el lenguaje. Pues el lenguaje, en sí, esto es, en su uso y su función analizable, lo identificamos con el medio de producción; lo volvemos a definir ad hoc (cfr. § 24) como medio de producción, y así de paso insinuamos que todo medio de producción es a su vez lingüístico en tal sentido, que toda producción artificial o humana constituye una reflexión lingüística, que el homo faher es idéntico con el homo loquens; y que si algunas formas primitivas del marxismo insistían, con la ciencia positiva en general, en la originación del hombre por la técnica, al mismo tiempo que el fenómeno del lenguaje permane­ cía ausente, en apariencia, de la teoría, ello podía ser porque afortu­ nadamente se mantenía clara (al menos en los escritos de Marx) la conciencia de que el acto fabril implicaba esa reflexión o reproduc­ ción del ser en que fijamos la definición del acto de lenguaje.

37. Veamos pués bajo qué aspectos funciona el lenguaje como

medio de producción. A) En cuanto realizándose actualmente en el habla, como fórmula impresiva, constituye literalmente la herramien­ ta, el instrumento de producción: al hacer de la supuesta naturaleza producto industrial, está dando su ser a lo que no lo tiene; ya que sólo lo que es útil para los hombres es un ser real, y la supuesta na­ turaleza previa no aparece más que como la materia de la producción industrial, es decir, una abstracción extraída del producto elaborado.

38. B) Como código de comunicación, como reglamento conven­

cional o medio de trato comercial entre los hombres, da su ser a lo que no lo tiene, en cuanto que, fundando por la necesidad misma de la comunicación convencional el proceso de la abstracción, practica la

I. Estalín acerca del lenguaje

37

reducción a entidades abstractas comparables (la catargiriosis o re­ ducción a dinero) de todas las cosas verdaderamente reales, en el sentido definido en el § 37.

39. C) Como lengua en el sentido sosiriano, como sistema de

signos total, vigente, organiza y sistematiza todo, la sociedad usuaria del sistema y el mundo pretendidamente exterior, pero que en reali­ dad le pertenece; y es así como igualmente da su ser a lo que no lo

tiene, ya que el supuesto mundo exterior a la organización y al sis­ tema no puede tener más ser que el de mero flatus uocis, y en modo alguno se puede reconocer como siendo realmente algo aquello que se proclama al mismo tiempo incognoscible por definición.

40. D) En fin, en cuanto el medio de producción es al mismo

tiempo utilizable para y por ende en cierto modo poseíble por el usuario, objeto de propiedad, el lenguaje asimismo hace ser al que no era, en el sentido de que transforma en ser humano, es decir, en ser, al pre-hombre u hombre-materia, que se impone teóricamente a la humana necesidad de concebir positivamente la historia, pero que realmente no es nada concebible. Esta última consideración, D, pa­ rece escindir al sujeto usuario, hombre, de la lengua, objeto de su propiedad; pero esto no es más que un error de lenguaje: el hombre, en efecto, no es ser ninguno más que en cuanto tal poseedor; el ser consiste solamente, como es sabido, en la propiedad.

41. Resumiendo pués por ahora con la fórmula más abstracta,

que siempre será de todos modos la menos peligrosa, que sólo de­ berá ser remplazada por otra más abstracta todavía, en cuanto ésta amenace con convertirse en una afirmación científica positiva: el ser (el hecho de que las cosas sean como son) no es nada en sí y por sí, sino que está constantemente en trance de hacerse ser (que el ser con­ sista en devenir ser anula, por ahora, debidamente la antítesis ‘de­ venir/ser’ en el sentido del heraclitano «en el mismo río nos baña­ mos y no nos bañamos; somos y no somos», al hacer saltar impar- cialmente ambos términos de la antítesis); es así que se llama supra- estructura las formas de esa proclamación de ser (cognoscibles y ana­ lizables, pero vanas, de entidad ideal o abstracta) y base los funda­ mentos de esa proclamación (reales, pero incognoscibles). En fin, el medio de producción del ser a base de lo que no es (y siendo el medio al mismo tiempo el propio proceso de producción, para anular

38

Agustín García Calvo

debidamente en la palabra ‘medio’ la antítesis entre ‘instrumento’ y ‘relación’) es aquello a lo que nos referimos como lenguaje, cosifi- cando inevitablemente en el acto de referirnos a él aquello que no es ni ser ni no-ser, sino la relación entre ambos.

42. Es así como el esquema teórico del § 23 queda superado

por el procedimiento de plegar en dos sobre sí mismo el papel en que se trazara, de modo a hacer coincidir uno sobre otro los campos de la base y la supraestructura, aplicando a continuación sobre el papel doblado una presión suficiente para confundir la masa de papel de las dos hojas, y resultando así que quedaran sin lugar alguno en el esquema las flechas de relación que entre ambos campos se trazaran, reducidas a la mera propiedad, que la hoja de papel seguiría conser­ vando siempre, de tener dos caras (el enrollamiento de la hoja en la forma de la cinta de Moebius no suprimiría esa propiedad, pero acla­ raría un tanto su sentido), de las cuales la observación no podrá menos de tomar siempre la una como haz y la otra como envés.

43. Todo esto lo decimos precisamente refiriéndonos al lenguaje

como realmente se presenta, cumpliendo sus funciones ordinarias, ya como uso actual (A), ya como regla de comunicación (B), ya como sistema (C), ya como tesoro o propiedad de hombres (D). Ahora bien, parece que el lenguaje pretende servir al mismo tiempo, en cuanto interrogativo o negativo, en cuanto operación dialéctica, no para la fabricación o construcción del ser, sino justamente para lo contrario: para la destrucción (desestructuración) de sí mismo, que, dada la simplificación de esquemas que dejamos propuesta, implica la revolución del ser. Es así que se piensa que hay una posibilidad de crítica no asimilada y una posibilidad de uso de los medios de sus­ tentación del Estado para su subversión.

44. Pero es claro que esa posibilidad, siempre tan innegable

como indemostrable, no pertenece al lenguaje tal y como funciona realmente, tal y como se le puede conocer y analizar; no pertenece al lenguaje como sistema y como norma, que para su debido funcio­ namiento se exigen definidos, inviolables y perfectos, siendo esa per­ fección ideal del lenguaje su verdadera realidad; no pertenece pués esa posibilidad a la realidad misma; no, sino a la imperfección de la realidad, que es idéntica a su vez con la imperfección del lenguaje mismo.

Zamora, 1958 — París, 1969.

II

APUNTES PARA UNA HISTORIA DE LA TRADUCCION

1. Nuestro mundo gusta de establecerse por parejas: tales son

como la de Grecia/Roma, usada por todas partes; otra de ellas, la de Lengua/Cultura, de éxito no menor en las elucubraciones cultu­ rales y la constitución de la cultura misma, que sigue siendo ele­ mento esencial para la sustentación del Estado todo que vivimos (es un decir ‘vivimos’, pero justificable, en la medida en que cualquier posible vida no es sino materia de nuestro sér, y nuestro sér, por cierto, es del Estado). No sin cierto temor, por tanto, entramos a intentar con este escrito colaborar en el desmontaje de antítesis como las mentadas.

2. De todos modos, creo meterme en el corazón de semejante

obra al dedicarme al tema de la traducción. Y constatar, para empe­ zar con ello, que hoy en nuestro mundo se considera la traducción algo perfectamente posible (dejando de lado algunas quejas y dudas rezagadas, referentes principalmente a la poesía lírica y otros fe­ nómenos marginales): se practica, en efecto, cada día la traducción de cientos de libros de ciencia y aun literatura, las agencias de in­ formación distribuyen noticias destinadas a reproducirse en docenas de diversas lenguas, se celebran congresos plurilingües con traduc­ ción simultánea, basta un sumario repertorio de equivalencias lin­ güísticas para trabar infinidad de contratos amorosos internacionales más o menos duraderos; y ¿cómo algo que se practica puede no ser

40

Agustín García Calvo

posible?; ¿cómo lo que es de hecho no va a ser la demostración de su propia posibilidad?

3. Se prepara incluso, aunque con menos vigor que hace unos

años, una técnica de traducción mecánica, y surgen los postulados previos y necesarios para ello (no ausentes de la teoría de gramá­ ticas de la escuela de N. Chomsky) referentes a los universales lin­ güísticos o elementos de estructuras y de normas comunes a las lenguas todas, esto es, propios de la Lengua humana (valga la re­ dundancia), elementos comunes en la reducción a los cuales es evi­ dente que habrá de estar la base de cualquier equivalencia.

4. Pero, ante esta evidente posibilidad de la traducción, tenemos

que dar cuenta entonces de las grandes dudas que respecto a ella han asaltado a algunas gentes que en otros tiempos se plantearon el problema. Extraigo del libro monumental de A. Borst, Der Turmbau von Babel, un par de casos: el viajero chino Hüang-Tsang, que en el siglo vil había intentado enmendar las traducciones al chino de los textos budistas, reflexionaba que «palabras y lenguas no son equivalentes, sea a causa del clima, sea a causa del hábito» (re­ produciendo, de paso, en esta última disyuntiva la cuestión del ca­ rácter natural o convencional de la fundación del lenguaje, suscitada

en las primeras reflexiones gramaticales de los griegos con la disyuntiva cpóoei / Oéoet, que, por cierto, las nuevas concepciones de los universales lingüísticos —y por tanto innatos— en el hombre nos obligan siempre a plantear bajo otras formas). Y el teólogo in­ glés Alejandro de Hales (siglo xm ) hacía expresamente notar que las palabras supuestas equivalentes de las diferentes lenguas no sólo suenan distinto, sino que realmente no significan lo mismo: así Deus no es el equivalente de Elohim (un plural originariamente la palabra hebrea, como es sabido).

5. Parece que entre nosotros, en cambio, la cuestión de la equi­

valencia ni siquiera se presenta, en el sentido de que la manera de preguntar más típica es la de «¿Cómo se dice esto en tu lengua?»

sobre la seguridad de que el ‘esto’ siempre está ahí para ser nom­ brado de varios modos. Así funcionan para nosotros las ecuaciones

del tipo «D ios = God = Deus = Iddio =

Y de una manera todavía más perfecta y limpia de toda

D ieu

duda si se trata de algo como « desintegración nuclear». Lo mismo

Got

=

(le

bon)

».

II. Apuntes para una historia de la traducción

41

con frases que constituyan fórmula consagrada: «Te quiero = ich

De modo

que naturalmente podemos contar con que no nos fallará ninguno de nuestros diccionarios usuales cuando busquemos las equivalencias de la palabra «traducción» misma: traduzione, traduction, translation, o el alemán, con el habitual purismo nacional, practicando el calco semántico, mejor que la adopción directa, del compuesto latino,

liebe dich = ia tebya lublú

=

je t'aime — I love you

».

übersétzung ( = trans-positio).

6. Mas, con todo, cabe preguntarse si esta equivalencia entre

vocabulario y fórmulas de las lenguas occidentales (aunque Occidente ya va siendo más o menos todo, y es tal vez justamente la capacidad de una lengua para producir un diccionario de equivalencias con las otras lenguas occidentales lo que indica su occidentalización, su en­ trada en el mundo actual) si esa equivalencia pués constituye alguna prueba de que la traducción entre lenguas diversas fuera en verdad posible y de que no estuvieran justificadas las dudas del teólogo in­ glés o del viajero chino. Pues en cualquier ciencia, si para la prueba de una aserción se ofrece un experimento y se sospecha que el objeto de ese experimento está preparado ad hoc para la prueba, la prueba quedará privada de validez ninguna; sólo podrá el hecho probar la posibilidad teórica cuando el hecho no esté fabricado para realizar prácticamente aquella posibilidad.

7. Ahora bien, en el caso que estudiamos, parece sumamente

probable que de lo que se trate no sea tanto de que la traducción entre lenguas sea algo realizable como de que nosotros (esto es, Occi­ dente) lo hemos realizado por operación sobre las lenguas mismas. Para quien ha tropezado alguna vez con cualquier lengua de otros ámbitos o tiempos es cosa de evidencia inmediata que todas nuestras

lenguas, en efecto, constituyen una especie de

y que es en la medida que las lenguas se ajustan al patrón común en

la medida en que sus giros y palabras resultan equivalentes y tra­ ducibles.

xotvr¡

o lengua común,

8. Este extraño fenómeno de una lengua común a las varias

lenguas occidentales está basado sin duda alguna (aunque aquí no vamos a detenernos en la historia de esta formación, que por cierto

apenas ha empezado a hacerse) sobre el funcionamiento durante si­ glos del Latín Medieval, es decir, de una lengua de cultura común

42

Agustín García Calvo

a todas las naciones y superpuesta (o incrustada) a los usos de las

lenguas vivas (es decir, prácticas o vulgares), lo mismo si éstas eran

a su vez latinas que si germánicas o de otro tipo; si bien hay que

tener en cuenta siempre que por lo que toca al ruso y otras lenguas eslavas el papel del Latín Medieval en los primeros siglos estuvo más bien a cargo del propio Griego Bizantino; aunque a continuación hay que añadir que la dualidad entre ambas lenguas de cultura es

sólo relativa (sobre ella volveremos aún en este estudio), y que desde la época más o menos de la creación de la nación rusa el pro­ ceso de formación de la xotvr) lingüística ha sido convergente en todos los países occidentales.

9. Es verdad que todo lo que venimos diciendo acerca de esa

comunidad lingüística de nuestras lenguas parece referirse más que nada a la lengua de cultura, a la lengua ‘escrita’: en efecto, en tanto

que la equivalencia y traductibilidad funcionan sin dificultad alguna en lo que se refiere a libros de ciencia y a los más usuales tipos de literatura (incluidos aquí los diálogos dle cinema), así como a los

periódicos y a la oratoria política, las dificultades aún surgen con frecuencia cuando se trata de las lenguas cotidianas, especialmente en usos afectivos o humorísticos, de donde también en parte para los usos líricos o dramáticos en el arte. Pero es ello que, desde aquella situación en que el Latín Medieval era una lengua realmente diferente de las habladas, asequible solo por el medio de la escuela, la separa­ ción entre ambas capas lingüísticas se ha venido difuminando conti­ nuamente; al tiempo que las costumbres retóricas nacionales desapa­ recen de la literatura habitual y seria, la convergencia se produce sobre todo en el sentido de que las lenguas habladas se van confor­ mando cada vez más profundamente a los módulos o clichés de la lengua de cultura, y el cultismo, que en la Edad Media tardía se pre­ sentaba con efectos de salpicadura sobre el vocabulario, llega a con­ formar hasta las, mismas estructuras gramaticales y fonémicas; de tal modo que tienden a confundirse lengua escrita y lengua hablada al mismo paso que se confunden la vida y la cultura de la vida; y el universo;'oscuramente profttizado^lpor el profesor Luhan en que la era idilios libros ha pasadb y uña ¿specie de atmósfera de cultura aüditiva 'lenvuelve "aí mundo, sólo seríá’ iha^iiiable en cuanto en el I^guaj©^Habkdtartw¡su]t*nté quedára' subsamída trida-la carga de cul-

tisiow*deftesüritoiS nw«»! n*iu r>f> .

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I I .

j u n t e s

para una historia de la traducción

43

10. Pero lo que aquí nos importa constatar sobre todo es que, a

la par con la xotvrj lingüística, las varias lenguas subsisten como lenguas diferentes; y que es esa situación la que permite, a la vez que impone, la traductibilidad entre las lenguas, y funda para ello la creencia (que a este nivel es realidad) de una especie de sustancia semántica y sintáctica que subyazga a las varias lenguas, y de la que

éstas no serían sino coberturas y manifestaciones diferentes.

11. Tratemos, en cambio, de volvernos desde esta situación a

la que dominaba en Roma en los tiempos de los comienzos de la Literatura Latina, que son aproximadamente los mismos que los del florecimiento de toda la Literatura Helenística (la primera Literatura,

en sentido estricto) y los mismos aproximadamente de la expansión de Roma fuera de Italia, de la derrota de Cartago y la invasión de Grecia, esto es, más o menos los finales del siglo m y comienzos del ii a. de J. Es evidente que en ese ámbito nos encontramos con prácticas que pueden llamarse traducción en el sentido moderno de la palabra, ya que toda la Comedia Paliata, la de Plauto y Terencio, viene a ser una traducción de ejemplares de la Comedia Nueva ate­ niense. Y sin embargo esa práctica debe de ser allí tan reciente y poco establecida que apenas si encontramos en latín palabras que puedan responder a la nuestra de traducción.

12. En dos de los prólogos de las comedias de Plauto (uno de

ellos tal vez apócrifo) aparece la mención de su versión del griego al latín con el verbo uortit ( = clásico uertit) : Maccus uortit bar­ bare, que nos sentiríamos inclinados a traducir como «Maco tradujo al bárbaro» o «en lengua bárbara». Pero ni el verbo uertere, ni el reddere o el interpretan, ni ningún otro llegan a designar de una ma­ nera precisa la actividad de traducir como nosotros la entendemos, no ya en tiempo de Plauto, sino en toda la historia del latín antiguo (pues los cultimos modernos como traducción, translation, reprodu­ cen formas medievales, traductio, translatio, de una época en que ya precisamente se fijaba el concepto de traducción y se desarrollaban para él términos precisos): la separación, en efecto, de la traducción respecto a otras actividades sociales o literarias, como, la interpreta­ ción de textos oscuros (interpretatio) o la imitación (imitatio, aemu-

Terencio o más tarde Cicerón

latio), no suele aparecer claramente;

mismo practican sin duda el trasvase de literaturas, la traducción-lite­ raria, sin tener conciencia de que se trate de algo distinto que la ope-*

44

Agustín García Calvo

ración de Estesícoro al reducir la recitación épica a materia de cantos corales (dentro del griego, aunque la diferencia de géneros implique dos dialectos poéticos diferentes) o que la de Livio cuando repite la narración ( retractat) de hechos ya narrados por los analistas ante­ riores, ya hubieran escrito en griego, ya en latín, reduciendo las his­ torias anteriores a materia de una historia nueva.

13. Y si nos volvemos a la Grecia antigua, la anterior a la época

helenística, menos aún se encuentra nada que responda a nuestro concepto de traducción: aparece en Tucídides (IV, 50) el término fj.eTcq-pácpeo&ai refiriéndose a la versión de una carta éx ’Aoaopúov Ypa¡x- jxátíov, «de letras asirías»; donde, por tanto, es claro que la ope­ ración de la traducción no se separa de la de la transcripción de caracteres (transcribere sería la traducción literal latina del verbo griego). En Heródoto encontramos varias veces el término épjiyjveóetv para referirse ya a la práctica de intérpretes o truchimanes trans­

mitiendo el mensaje entre interlocutores de diferente lengua, ya a la de aquéllos que explicaban el sentido de los jeroglíficos egipcios; pero ese verbo (cuyo equivalente ordinario en latín sería interpretan) sirve en general para cualquier modo de interpretación o explana­ ción de lo que está oscuro (descifrar la fórmula enigmática de un oráculo, poner glosas a un texto dificultoso). Y si ya en el griego im­ perial encontramos, por ejemplo, en Luciano (Quomodo historia conscribitur, 21) todavía el verbo jxeTcqpácpeiv, ello es justamen­ te hablando del intento de un historiador de ‘traducir’ al griego los nombres propios romanos. Lo cierto es que podemos recorrer toda la literatura griega, la conservada y las noticias que nos quedan de la perdida, hasta el siglo m , sin encontrar en ella nada que pueda llamarse una traducción de lenguas extranjeras.

_14- # Y, sin embargo,. debería parecemos esa ausencia bien ex­

que los griegos vivían rodeados de vecinos

de lenguas orientales’, que practicaban la escritura de siglos atrás, y que contaban con abundancia de documentos, narraciones épicas y aun escritos en cierto modo literarios, que no sólo podían llamar a a curiosidad de los griegos, sino que de hecho, por caminos que aún no podemos comprender debidamente, influyeron en la formación de las tradiciones y por ende de la poesía griega, como es bien evidente y en los últimos decenios se ha puesto de relieve para una obra como la Odisea o como la Teogonia hesiódica.

traña, si consideramos

II. Apuntes pera una historia de la traducción

45

15. De tal manera que esa ausencia sólo se explica si era el

concepto mismo de traducción entre lenguas el que faltaba. Pero cómo a su vez puede faltar la traducción entre lenguas es algo que para nosotros, crecidos en un mundo — no se olvide— en que la traducción es un hecho trivial, solamente puede concebirse si pensa­

mos que lo que faltaba entonces eran las lenguas mismas entre las que pudiera traducirse, la pluralidad de lenguas. Pues bien, éste justamente parece que era el caso entre los griegos.

16. Cuando nosotros, en nuestra tradición escolar y por ana­

logía con las otras lenguas, consideramos una lengua el griego anti­ guo, no sólo olvidamos por un lado que hasta la época helenística justamente lo que había era un mosaico de dialectos hablados y de otros de géneros poéticos (lo que suele enseñarse como griego es el ático de los prosistas de la primera mitad del siglo iv, que luego quedarían como clásicos), sino que olvidamos por otro que para los griegos no había otra lengua que las griegas, las que entraban dentro del hablar en griego; y por tanto 'hablar’ propiamente era idéntico con 'hablar en griego’, puesto que lo demás era balbucear, Papfkpt- Getv, hablar en bárbaro, que sólo impropiamente se podía decir hablar.

17. Conviene precisar que en Homero no parece todavía tan

cerrada la oposición, pues que aparece la metáfora fX&aoa ‘lengua’ (que para sus oyentes conservaba sin duda el carácter metafórico) para referirse a la diversidad de hablas de los varios pueblos del campo aqueo (áXXrj 5’ áXXcov ^Xóioaa, «una la lengua de unos, otra la de otros»), así como la diversidad de las del otro campo, el de los pueblos venidos en socorro de Príamo, que, troyanos (esto es, frigios), licios, tracios, etc., pertenecían a lenguajes que sin duda se reconocían como extraños a los griegos; aunque no hay que olvidar que sus hombres hablan a cada paso y se entienden sin intérprete

con los del otro campo; pero eso no es en la guerra, sino en la poesía, que, al tomarlos como personajes, no podía menos de hacerlos hablar y para ello los ha dotado naturalmente de su lengua, la de los héroes de la epopeya, que, al igual que la de los dioses mismos, es el dialecto épico griego.

18. En todo caso, en el ámbito del ático de los siglos v-iv nos

fXtbooa se emplea sólo para referirse

encontramos con que la palabra

46

Agustín García Calvo

a expresiones de hablas extrañas, desuetas, anormales (de aquí ven­ dría, a través de la composición de los glosarios o listas de términos extraños con su equivalencia normal, los primeros diccionarios, el uso moderno de la palabra glosa), y no hay en ático ninguna otra pa­ labra para decir lo que nosotros decimos «una lengua» o «las len­ guas». Por tanto, éXXyjvíCeiv no es ‘hablar en griego’, sino simple­ mente ‘hablar bien’, ‘hablar’ propiamente hablando. Todavía el ha­ bla de los beocios o los espartanos puede ser objeto de comentarios burlescos para los atenienses y de parodia en las comedias de Aris­ tófanes; pero todo lo que está más allá de esto, y no obstante la re­ lativa comunicación con bárbaros (a través de intérpretes, que eran evidentemente bárbaros que entraban dentro del griego, no al revés), todo ello sale fuera de la condición humana misma, como balbuceo de infantes o como alaridos animales; aquello que se sale del hablar propiamente dicho se confunde todo en una misma cosa, una especie en todo caso de pre-lenguaje o de tentativa de hablar; las hablas extranjeras se definen indistintamente por su propia extranjeridad, que, como en el cuento de Poe, resulta ser idéntica con el vocerío inarticulado del mono; y ahí está el coro de los argivos, al oír los lamentos de Casandra la troyana (que sin embargo en la tragedia de Esquilo no puede al fin sino hablar en griego), comparándolos con el trino de los pájaros.

19. Quien ante estas observaciones se apresurara a pensar en

una especie de nacionalismo avant la lettre y de ceguedad patriótica por parte de los griegos caería en una grave inexactitud, que me importa refutar en este punto. Es el vicio perpetuo de la visión his- toridsta, que inevitablemente aplica los conceptos de que dispone, por su propia inserción en la historia, a los mundos que teórica­ mente proclama anteriores o exteriores a la historia misma. Pues es ello que, en lo que toca a la cuestión presente, la imposición de no­ ciones como la de ‘lengua’ (nacional) o de ‘nación’ falsifican la cues­ tión toda, cuando por el contrario tenemos que hacer constar que decir que ‘para los griegos’ no había traducción ni lenguas, o más lengua que la griega significa que ‘realmente’, no ideológicamente, no había traducción ni lenguas; y que justamente en cuanto la lengua humana o lengua de cultura no era más que una, no era una siquiera, sino que faltaban simplemente tales cosas como lengua o como cul­ tura. Si quisiéramos a toda costa hacer una equiparación entre lo antiguo' y lo actual, el griego antiguo nunca podría compararse con

II. Apuntes para una historia de la traducción

47

una lengua actual cualquiera, sino en todo caso con el conjunto de las lenguas occidentales, de cuya comunidad arriba comenzábamos a ha­ blar, siendo esa analogía idéntica con la relación genética entre ambas cosas, esto es, que si el griego en su situación es comparable con la xoivtj de las lenguas occidentales en la nuestra, ello será en la me­ dida en que ésta sea la evolución de aquél, de la manera que más adelante trataremos de sugerir.

20. Lo cierto es que llega un punto, con el siglo m a. de J., en

que esa inexistencia de traducciones de los escritos bárbaros al griego

resulta de pronto extraña, de modo parecido a como puede extrañar­ nos a nosotros, una extrañeza que revela justamente que la situación ha cambiado, que ya existen las lenguas y la traducción. Testimonio de esa extrañeza lo encontramos en la Epístola de Aristeas, especie de presentación de la traducción de los Setenta, a que más abajo vamos a referimos, donde se nos cuenta cómo el rey, después de haber leído la versión griega del Pentateuco, le dice así a Demetrio:

«¿Cómo es que de una composición de tan importantes temas nin­ guno de los historiadores o de los poetas acometió hasta ahora el in­

tento de hacer recordación ninguna?»;

«Por el hecho de ser cosa sagrada (oe¡j.vy¡v) la redacción de la Ley

y estar producida por la Divinidad»; y le cuenta cómo el historiador

Teopompo (fl. en las primeras décadas del siglo m ) se había visto

impedido de poner mano a ello por una enfermedad, y cómo el trá­ gico Teodectes (fl. por la misma época, condiscípulo de Alejandro) había sido por el mismo intento castigado con la ceguera.

a

lo que aquél responde:

21. La explicación de la ausencia por prohibición religiosa que

Demetrio ofrece en este texto (y que por cierto tendría que extenderse

a la ausencia de toda versión al griego, no ya de la Biblia, sino de

todos los libros bárbaros) es bien pertinente a nuestro estudio: pues era, en efecto, Dios, en el sentido del dios hebreo, el dios de la His­ toria por excelencia, la sumisión, en fin, a la propia Ley de la Histo­ ria lo que tenía prohibido que surgiera en un mundo determinado lo que era incompatible con ese mundo, así como lo hacía surgir ahora, en el mundo helenístico, esto es, en su circunstancia propia, por guardar la distinción, bastante inepta, entre acontecimiento y circunstancia, característica de la visión historicista.

22.

Algo pués

ha cambiado

por

los

mediados

del

siglo III

a'. de-J.

de una

manera decisiva

para la

aparición

del

fenómeno

48

Agustín García Calvo

que estudiamos. No se puede menos de poner en relación con ese cambio (pero guardándonos de establecer cualquier vínculo de causa- efecto) la entrada en el ámbito del griego de numerosos e impor­ tantes hombres bárbaros, es decir, con una lengua materna distinta al griego; entrada que estaba abierta sobre todo desde el momento en que en el siglo IV Isócrates había proclamado explícitamente que ser griego no consistía en la condición natural, en raza o nacimiento, sino en la rcatSsía, esto es, algo como lo que nosotros llamamos la cultura. Así, respecto a Zenón el Estoico, natural de Chipre y de lengua materna fenicia seguramente, Pohlenz ha puesto oportuna­ mente de relieve que de esa condición lingüística precisamente debió de sacar su especial interés por la Gramática, de la que es en cierto modo fundador, en cuanto ciencia aparte específicamente destinada al estudio de las estructuras de la lengua y las funciones de las palabras.

23. Y tenemos, por otro lado, los príncipes macedonios: desde

que Alejandro I había sido admitido en los Juegos Olímpicos como heleno, el carácter semigreco de Macedonia se había acentuado, y Filipo ahora pone a educarse en Pela a su hijo Alejandro (cuya lengua materna no era griega, por más vecino que el macedonio fuera del griego, pero no tanto como para ser contado como un dialecto suyo, no mucho más sin duda de lo que podía serlo el latín mismo) y con un profesor salido de una colonia griega, Esta- gira, establecida en territorio bárbaro, con Aristóteles, que es posible ' que él mismo tuviera también una niñez bilingüe.

24. Pero hablar de bilingüismo en tal contexto es, nuevamente,

restablecer una dualidad con la que no podemos contar aún: que Alejandro el Grande o que «el mesmo Aristóteles» hubieran de aprender el griego no quiere decir sino que entraban en el mundo, en la tierra oixoujiivr), de la lengua humana y de la cultura, por hablar inexactamente con otra dualidad que en este estudio segui­ remos desmontando. Verdad es que ese proceso de entrada de los bárbaros en gran número dentro del mundo humano y la expansión de ese mundo humano sobre un área geográfica de un orden distinto, por medio de las conquistas de Alejandro, implica necesariamente la creación de una lengua uniforme y simplificada, de una lengua oficial, de un griego para bárbaros, al que naturalmente también los griegos de raigambre vieja (como las siracusanas del idilio XV

II. Apuntes para una historia de la traducción

49

de Teócrito) tendrán que acabar por adaptarse en breve plazo, la xoiv7j helenística.

25. Que esa extensión y uniformación de la lengua-cultura fuera

una condición previa para que el griego pasara a ser una lengua entre las lenguas y la traducción llegara a ser posible, no es cosa que se aparezca de inmediato, bien al contrario. Pero es que ese proceso no puede menos de acompañarse del contradictorio y com­ plementario: de una manera análoga a como decía Norden en su Ágnostos Theós, refiriéndose a esa época, que «se debe ver con cla­ ridad que la helenización de lo oriental está al menos compensada con la orientalización de lo helénico», así también podemos formu­ lar aquí que la unificación de lo griego ha de ser concomitante de la diversificación de lo bárbaro; precisamente en el siguiente sen­ tido: como si el hecho de que la lengua-cultura por antonomasia se hiciera asequible para su exterior despertara en este exterior por ello mismo un impulso de reproducción y multiplicación; como con las obras de arte en el mundo de la reproducción, que W. Benjamin tan agudamente ha estudiado, aquello que se vuelve fijo, y por ende comprensible para el profano, se escinde de su propia materia y deviene infinitamente reproductible sobre materias diversas.

26. Este movimiento puede tomar dos formas complementa­

rias y contrapuestas: A) en la una, que los bárbaros que han asimila­ do el griego y han sido por ende asimilados al griego crean poder exponer en griego cosas que estaban formuladas en sus lenguas ori­ ginarias. Así nos encontramos con escritores como Beroso o Manetón que, a lo que se nos ha transmitido, expusieron en libros griegos los mitos y tradiciones de sus pueblos de origen, fenicias o caldaicas. Pero esto dista todavía de ser una traducción; y no sabemos cuánto se acercarían a serlo algunas versiones griegas de manuales prácticos, como sobre todo el de agricultura de Magón cartaginés, de las que también para esta época se nos habla. Y si bien un escolio a Plauto del filólogo bizantino Cheches (Tzetzes), recogido y comentado por Parsons en su excelente libro The dexandrian library, pág. 109, nos cuenta cómo, en la constitución de la biblioteca de Alejandría por Ptolomeo Filadelfo «los libros eran de todos los pueblos y lenguas, y el rey los hacía traducir con la mayor diligencia en su propia lengua por excelentes intérpretes», las formas de expresión mismas nos dan a sospechar que toda la imaginación de la empresa está vista

50

Agustín García Calvo

a través de conceptos ya corrientes para la época bizantina, como

los de ‘traducir’ y ‘lenguas’ (nótese que al griego mismo se alude

con la extravagante expresión «su propia lengua»). Mas sin embargo

es justamente por esos años cuando se nos aparece sin duda el fenó­

meno de la traducción con la primera traducción verdadera de que

tenemos noticia.

27. Esta primera traducción es la de la Biblia, o más precisa­

mente los libros del Pentateuco (a los que más adelante se irían añadiendo los demás libros) por obra de un grupo de judíos griegos de la comunidad de Alejandría (la más floreciente sin duda en esa época de las comunidades judías en el destierro), la versión que se conoce con el nombre de la de los Setenta. Pero como acaso al lector puede ocurrírsele dudar de que pueda ser verdadero (esto es, aceptable para la visión histórica) un hecho tan ben trovato como

éste de que la primera traducción de un libro al griego (y por tanto

la primera traducción sin más) sea precisamente la del libro de los

judíos, aporto aquí la afirmación en tal sentido formulada por per­

sona tan poco sospechosa de especulación sobre la historia como

Hutsch, el autor del excelente artículo sobre la versión de los LXX en la Real Enciclopedia de Pauly-Wissowa: «Constituye en tiempo histórico el más antiguo intento de una traducción»; dejando de lado el sentido que pueda tener la salvedad manifestada aquí por

el autor con la curiosa expresión «en tiempo histórico».

28. La traducción de los Setenta se caracteriza por ser una ver­

dadera traducción en el sentido moderno de la palabra; es decir,

lo más alejado de una paráfrasis o de una adaptación de los temas

de los libros judaicos a las costumbres lingüísticas y literarias grie­ gas; por el contrario, una traducción literal, como suele decirse

entre nosotros: una en que a cada signo de puntuación (a cada final o inflexión de frase) hebreo corresponde un signo griego en el

mismo sitio, y a cada palabra (semantema) hebrea, salvo muy contadas

y explicables excepciones, una palabra griega. Ni importa mucho

hacer notar el especial carácter del griego de la traducción bíblica, del que ciertamente podría decirse que es un griego semitizado en

cierto modo, en cuanto al valor semántico de algunos términos y en la elección de las construcciones sintácticas que, aun siendo más raras en griego, reprodujeran más literalmente las hebreas, pero que en todo caso, como ya hizo notar Deissmann, se encuadra sin difi-

II. Apuntes pata una historia de la traducción

51

cuitad dentro de la xoivrj helenística, la cual era en general un tipo de lenguaje más laxo y más abierto a toda clase de barbarismos y solecismos, como se lo imponía el ser usado por tantas gentes de diversas procedencias y que tenían muchas veces el griego como segunda lengua. Lo importante es que se trataba de un texto al mismo tiempo inteligible para los griegos de las naciones helenís­ ticas y que al mismo tiempo reproducía realmente los libros y las frases del texto hebreo.

29. Y es justamente la aparición de un producto lingüístico se­

mejante lo que había de resultar tan nuevo y sorprendente para los propios contemporáneos, que hubieron de considerarla como una especie de milagro. Es así que Filón, que más tarde (a mediados del siglo I d. J.) nos da sobre ella las más interesantes noticias, se refiere al acto de esa traducción como a un xpocpyjxeúsiv, con el ver­ bo (derivado de Ttpocp7¡X7¡<; ‘profeta’) tan dificultosamente traducible como ‘clamar en voz de oráculo’, ‘hablar bajo inspiración divina’, que es el mismo que usa San Pablo en las epístolas a los Corintios, cuando repetidamente se refiere a una especial manifestación oral que se producía en las congregaciones comunitarias de los fieles cris­ tianos; he aquí el texto de Filón (De uita Moisis, II, 7): «tal como poseídos por la divinidad (évfrouatíbvxsQ), proclamaban en voz inspi­ rada (Ttpos<pr¡xeoov), no los unos unas y los otros otras, sino todos las mismas palabras y oraciones (ovdfiaxa xai pVj¡i.cíxa)». Y más ade­ lante, encareciendo la correspondencia de las dos versiones del mis­ mo texto, añade que cualquiera que entienda el griego y el caldeo (esto es, el hebreo) las reconocerá «como hermanas, y más aún, como una y la misma»; de tal modo que los que las comparan «se quedan pasmados considerando a aquellos hombres no como intérpretes (ép¡¿r¡véa<;), sino reveladores de los misterios (íepocpdvxac;) y profetas

(ocpo^xac)” .

30. Pero lo que nos importa sobre todo es hacer notar cómo

esta aparición de una traducción fiel, esta posibilidad de reproduc­ ción de «un mismo» texto en diferente lengua, implicaba la ratifi­ cación definitiva de la creencia en la cosa misma, en el significado abstraído, hipostasiado, realizado, que a las dos expresiones lingüís­ ticas subyaciera. A tal propósito, nada más claro que este pasaje del mismo texto de Filón, en que nos dice que «habían venido a coincidir en uno mismo, palabras propias con palabras propias, las

52

Agustín García Calvo

helénicas con las caldaicas, perfectamente acordadas con los hechos por ellas indicados o significados (8y¡Xoü|iivoi<;)». En la tradición oral que después se conservaría alrededor de la traducción de los Setenta todo esto cuajaría en la leyenda de que a los setenta intér­ pretes se les había encerrado en celdas separadas, y cuando se les sacó para que leyeran en alta voz sus versiones correspondientes, se vio que todas ellas concertaban entre sí letra por letra.

31. Es así como surgía en torno a los Setenta el mito de la

traducción posible, que es justamente el mito complementario y an­ titético (más claramente aún que el de Pentecostes, también surgido por los mismos años, como el correspondiente cristiano de este otro judaico) del viejo mito de la diversificación de lenguas en la torre de Babel. Es el mito histórico, si así puede decirse, frente al mo­ mento mítico, del que la historia arranca: la incomunicación entre gentes, la imposibilidad de un lenguaje común, que está en el fun­ damento mismo del proceso histórico, pretende resolverse o con­ cluirse y alcanzar su estado de redención, por así decir, con el adve­ nimiento de la traducción entre lenguas, con la equivalencia de las lenguas entre sí, que es el primer alborear del estado del lenguaje universal, en el que la historia habría de cerrarse, volviendo y no volviendo, sin embargo, a la situación anterior a la torre de Babel, la situación paradisíaca, en la que, no habiendo sino una lengua, no hay una lengua tan siquiera, sino la libre manifestación del espíritu sin mediación.

32. Entre tanto, y justamente por los mismos años de la se­

gunda mitad del siglo iii a. de J., con una de esas maravillosas coin­ cidencias, que no dejará de pasmar a los que siguen contemplando la historia humana con visión historicista, se desarrollaba el mismo

proceso en sentido inverso, aunque esta vez se dé no en la relación del griego ( = la lengua) con el Oriente, sino con la Barbaria occi­ dental: B) que los griegos perdidos en la nueva tierra bárbara hele- nizada lleguen a la creencia de que los propios tesoros de la lengua (griega) puedan reproducirse y expresarse en otras lenguas (bárba­ ras); que se pueda dar la traducción del griego hacia afuera, por así decirlo. Comienza en efecto la literatura latina, y comienza justa­ mente con una traducción de la Odisea, y hecha precisamente por un griego de la Magna Grecia aclimatado en Roma, Andronico, de Tarento, esclavo resultante de las guerras de Roma con Pirro por

II. Apuntes para una historia de la traducción

53

las ciudades griegas del sur de Italia, y ya en Roma liberto de la familia Livia, sin duda en premio de sus talentos musicales, poéti­ cos y pedagógicos, con el nombre, naturalmente, de Livio Andronico. De él se cuenta, en efecto, que compuso en latín, para ser cantado por doncellas romanas, un himno, sin duda del tipo del partenio (por ejemplo, el de Alemán para las doncellas espartanas, que se nos conserva fragmentariamente), y también algunas tragedias o co­ medias, vertidas sin duda de originales griegos, ya en la tradición de composición y versificación que seguirían Nevio y Plauto.

33. Pero es de su Odusía de la que más noticias y aun citas

de versos se nos conservan, y la que sin inconveniente podemos poner como primera traducción del griego al latín, esto es, primera traducción del griego ‘hacia afuera’, al tiempo que primer texto de la literatura latina propiamente dicha (por excluir las ocasionales

referencias en época literaria a manifestaciones folklóricas anterio­ res) y por tanto primer texto de todas las literaturas independiza­ das de la lengua de la primera. Nos ha llegado incluso el primer verso de la Odusía, que podemos confrontar con los dos primeros tercios del primer hexámetro de la Odisea, como el mejor ejemplo en que observar el prodigio naciente de la correspondencia literal entre las lenguas:

VIRVM MIHI, CAMENA,

i

wANAPA

HOl "FHNl: HE,

INSECE VERSVTVM

M<7 ? 5 A, H 0 AYTPO I10 H

El desvelo por conseguir una correspondencia absolutamente exacta, que revela la fe ingénua con que se espera hallar en la nueva lengua la palabra que corresponde a cada griega, se muestra bien en la elección del epíteto uersutum, que contiene como raíz la del verbo uertere, que es justamente el ‘correspondiente’ del griego xpéicoi, cuya raíz está en el segundo término del epíteto itoXóxpoxov del original; o en el empleo del verbo, ya sin duda obsoleto en tiempos de An­ dronico, insece, para traducir Svvs7ce, una forma igualmente arcai­ zante ya en el lenguaje épico griego. Y lo que es aún más revelador:

la necesidad de traducir la divinidad misma, la Musa, jioDoa, le ha obligado a creer sin duda en una divinidad correlativa que viviera dentro del latín, y allí ha encontrado la Camena (nombre, al pare­

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Agustín García Calvo

cer, de una diosa de las fuentes, como las musas también lo eran), que ha servido para traducir la Musa homérica (introducir en latín la palabra Musa, como aparece en Enio, dos generaciones más tarde, sería el fruto de una evolución de la manera de concebir la práctica de la traducción).

34. Dos cosas aún hay que poner de relieve en esta primera

traducción romana: una, que el ritmo todavía no se ha considerado literalmente traducible, y Livio ha tenido que componer su Odusía en el saturnio, el viejo verso de los faunos y los vates (uates: bar­ dos, profetas, cantores) que dice Nevio, con un esfuerzo pasmoso en dos sentidos: el de hacerse él, un griego, a una versificación completamente extraña a las convenciones rítmicas de la poesía grie­ ga, y el de habilitar no sólo ya para la poesía cultivada, sino para la literatura, un verso itálico de tradición oral, iliterato y bárbaro, usado para las fórmulas sagradas, los pregones y las sagas o narra­ ciones épicas de los latinos, sin duda semejante al que siglos más tarde encontramos aún en uso en las tradiciones poéticas orales de los pueblos celtas y germanos. Se ve pués que el ritmo del lenguaje se ha sentido como formando parte de la lengua misma y por tanto implicado en la empresa de traspaso de lengua que osaba emprender Livio, a pesar de que a nosotros se nos aparezca relativamente claro que el ritmo del lenguaje está por un lado por debajo de la estruc­ tura y convenciones de la lengua (así el ritmo de una lengua extraña, ininteligible, resulta en cierta medida perceptible para los oyentes extranjeros) y por otro lado, en cuanto regulado por las normas de una tradición poética, constituye una parte de la cultura, una con­ vención sobrepuesta a la convención lingüística. Sólo más tarde, con Enio, se escindiría de la lengua el ritmo del lenguaje (pues los versos del teatro, ya de antes naturalizados en el latín, son cues­ tión aparte) y empezaría a haber hexámetros latinos, no sin que ello implicara el proceso complementario, una notable reformación de las estructuras de la lengua por obra de los nuevos versos en ella introducidos, con toda la carga cultural que arrastra una métrica

consigo.

35. Y la otra, que seguramente el carácter con el que se tra­

duce en Roma la Odisea es el de texto pedagógico (era, en efecto, la Odisea el texto por excelencia sobre el que enseñaban a leer y a es­ cribir a los niños los maestros de primeras letras) y que por lo tanto

II . Apuntes para una historia de la traducción

55

la Odusía debió de estar destinada sobre todo a servir para enseñar las letras a los hijos de las buenas familias de Roma (a Andronico mismo se le cita como litterator o maestro de escuela), si bien ahora se tratara de las letras del alfabeto romano, del abecedario; que por otra parte no era, como es sabido, sino una variedad, ligera­ mente modificada, de los alfabetos griegos occidentales (al igual que modificaciones de alfabetos griegos eran tantos otros que de siglos atrás se habían venido creando para escribir otras varias lenguas bárbaras de Italia y de otras partes del Mediterráneo). Es decir, que con la empresa de Andronico lo que se ha traspasado propiamente es la pedagogía. La presión contradictoria que la His­ toria ejercía sobre Roma (como sobre los otros reinos marginales, semibárbaros, de lengua semigreca, del mundo helenístico), forzando por un lado a la adopción de las armas de la cultura (que eran visiblemente las que de hecho habían realizado la conquista del mundo por Alejandro) y por otro lado, por la mediación del orgullo nacional (con el consiguiente menosprecio de los griegos decaídos, de los graeculi), necesario para la cohesión y fortificación de la nación nueva, había venido a resolverse justamente en eso: en el trasvase de la cultura: enseñar a leer a los niños, sí, pero a leer en la lengua patria. Hay pues ya otras lenguas en las que se puede aprender a leer poemas, y ya la cultura es independiente de la lengua.

36. Conviene que entendamos lo mejor posible este movimiento

que el mundo griego genera en la Barbaria de su contorno:

nada menos que del proceso de reproducción de lo propio en lo extraño, de lo mismo en lo otro, que va a ser ley de toda la historia de Occidente. Mientras Grecia se apropia directamente ámbitos bár­ baros o la Barbaria se apropia riquezas e invenciones de los griegos, se trata simplemente de una ampliación del mundo (que, por su­ puesto, será la preparación evolutiva para el salto que tratamos de entender ahora); pero en el momento que entre esas riquezas ex­ portadas a la Barbaria la Barbaria importa la idea misma de la ri­ queza (la cultura, el saber, el arte, la literatura), es como si desde ese momento se dispusiera de una abstracción realizable, y como si tam­ bién aquí se hubiera dicho: «no hace falta usar las monedas de los mercaderes griegos, puesto que también nosotros hemos aprendido de ellos a acuñar moneda». De tal manera que el punto en que el nuevo ámbito (Roma, por ejemplo) se vuelve independiente respecto

se trata

56

Agustín García Calvo

al ámbito helenístico y mantiene su propia lengua es precisamente

el punto en que reproduce (y no ya continúa) esencialmente el mundo helénico. Así como el hijo de la horda originaria de Freud, en el momento que asesina al padre, comienza a reproducir al padre

en su propio cuerpo.

37. Resulta así que, cuando los latinos desarrollan un cuidado

de su lengua literaria y se hacen puristas en latín, rechazando, entre los otros barbarismos, como un barbarismo más el uso de helenis­

es

cuando de verdad están reproduciendo el griego, en cuanto es éste

(en el mundo helenístico) el inventor de la literatura, de la crítica literaria, de la reflexión de la lengua sobre sí misma y de las pres­ cripciones gramaticales y retóricas consiguientes. Y lo contradictorio de este movimiento, por el que lo griego se reproducía en lo latino,

se revela al fin de una manera casi cómica en la patriótica proclama

de Cicerón en las Tusculanas (I, 1,1), cuando justifica el intento

de poner la filosofía en latín:

y el aprendizaje de todas

vivir estuvieran contenidos en el afán de saber que llaman filosofía, consideré que era mi deber iluminar este estudio con las letras latinas; no porque la filosofía no pudiera alcanzarse por letras grie­ gas y profesores griegos; pero es que siempre fué opinión mía que todas las cosas o bien las encontraron los nuestros por sí mismos más sabiamente que los griegos o bien, recibidas de ellos, las vol­ vieron mejores, aquellas —por supuesto— que estimaron dignas de molestarse en trabajarlas»; vanagloria que suena más propia en su latín mismo (cum omnium artium quae ad rectam uiuendi uiam pertinent ratio et disciplina studio sapientiae quae philosophia dici- tur contineretur, hoc mihi Latinis litteris inlustrandum putaui, non quia philosophia Graecis et litteris et doctoribus percipi non posset,

las artes que atañen al recto modo de

«Como quiera que la razón de ser

mos, al menos en los géneros literarios más nobles

y severos,

sed meum semper iudicium fuit omnia nostros aut inuenisse per se

sapientius quam Graecos aut accepta ab illis fecisse meliora, quae

y la cual, como ya

hacía notar Bickel, está pronunciada justamente en imitación de un texto platónico tardío (Epinomis o Apéndice a las Leyes, 987 e), en donde el griego que comienza a entrar en la conciencia de sí mismo, cerca del comienzo de la época helenística, lo proclama de los grie­ gos respecto del Oriente.

quidem digna statuissent in quibus elaborarent)

II. Apuntes pata una historia de la traducción

57

38. Pero bien: una vez que la traducción ha empezado a ser

posible en los dos sentidos, con la empresa de los Setenta y con la de Andronico, y que se ha venido a admitir que las narraciones y la poesía y las ideas, las riquezas culturales, se las puede trasvasar

de lengua a lengua, veamos un poco más lo que implica tal proceso, al que hemos llamado provisionalmente reproducción. Porque es que, cuando decimos ‘trasvase de lenguas’ o ‘reproducción’, también nosotros, que vivimos en un mundo en que la traducción se da de hecho, caemos fácilmente en el error de perspectiva de pensar que lo que se reproduce puede seguir siendo la misma cosa irreprodu- cible, anterior a la reproducción; imaginamos el proceso de trasvase como pasivo, como algo que se da entre un contenido y unos con­ tinentes, sin que el proceso de trasvase afecte al contenido y a los continentes en su esencia misma. Ahora bien, esta errónea manera nuestra de pensar es sin duda justamente fruto de que en el si­ glo m a. de J. haya llegado a establecerse como posible el proceso de la traducción que comentamos. Tenemos por tanto que hacer un esfuerzo por fingir salimos de la historia para intentar concebir la historia de las cosas de una manera que no sea mera obediencia al progreso de las concepciones que la historia de las cosas exige para su subsistencia.

39. La cuestión en realidad admite un puro planteamiento me-

tafísico: se trata de la cuestión del uno y el número; el uno se

descubre como un número (como la unidad que fundamenta la serie) tan sólo desde el momento en que los números están constituidos; es entonces cuando el uno se manifiesta como el primero; pero ese primero de los números es esencialmente contradictorio: pues él no puede haber sido primero nunca; ya que el uno antes de los núme­ ros, fuera de los números, no es número ninguno, es decir, que para una realidad no numérica no es absolutamente nada. Sólo en su desdoblamiento, en su contraposición consigo mismo, en el dos, comienza a ser uno, comienza a realizar su esencia de unidad. Pero

a su vez esta realización implica el problema de lo mismo y lo dis­

tinto: pues, en efecto, para que el dos sea ya un número, para que

el número se funde (y por tanto el uno), es preciso que el dos sea lo que hemos dicho: un desdoblamiento del sí mismo, una repetición del uno (para que haya dos manzanas es preciso que ellas renuncien

a toda realidad peculiar suya y se resignen ambas a no ser sino

meras repeticiones del concepto mismo de ‘manzana'); ahora bien:

58

Agustín García Calvo

que dos cosas sean la misma cosa es algo que requiere un mundo (históricamente y metafísicamente hablando) sumamente extraño y contradictorio, que es justamente nuestro mundo (el de los hombres en primer lugar, quiero decir, y en segundo lugar el que podemos decir occidental, el regido por la realización de los conceptos, que es el que se está fundando con la realización de la traducción): pues en otros mundos cualesquiera las dos cosas serán tan diferentes entre sí y ajenas que nunca podrán ser dos cosas (ni por tanto ser una cosa cada una de ellas) o bien serán las dos tan verdaderamente la misma que nunca se las podrá separar siquiera como dos ejemplares dife­ rentes de lo mismo, sino que no habrá más que una y no habrá nin­ guna por lo tanto.

40. La dualidad ‘Grecia/Roma’, que en el momento de la tra­

ducción entre lenguas acaba de crearse, es un excelente ejemplo de

esa situación metafísica;

sino precisamente el fundamento definitivo de ese mundo regido por la ley de que las cosas diferentes son dos y son la misma; al lado de la cual podría ponerse la otra dualidad ‘Judíos/gentiles’, creada por la traducción en el sentido inverso; pero aquí vamos a seguirnos refiriendo sobre todo a la de ‘Grecia/Roma’, como terreno más claro para nosotros para el desarrollo de la cuestión. Es ello que en este momento hay ya dos lenguas, el latín y el griego, y que por tanto comienza a ser una lengua el griego. Pero ¿qué quiere decir que el latín y el griego sean dos lenguas (las dos lenguas del mundo antiguo desde ahora)? Ello querrá decir, por un lado, que no son la misma (de tal modo que sea posible y necesaria la traducción de una en otra) y, por otro lado, que son la misma, en cuanto que son ambas una lengua, tanto la una como la otra.

y sin duda, no inocentemente un ejemplo,

41. Pues bien, decimos que esto constituye una situación tan

trivial para nosotros como absurda y difícil de entender en sí misma:

en efecto, lo que un sentido común libre debería exigir es que fueran

o de verdad distintas o de verdad la misma. Y efectivamente, si

tomamos una de las dos alternativas, hallamos buenos motivos para confirmarnos que el latín y el griego, lo mismo que Roma y Grecia, son cosas entre sí tan heterogéneas que no se concibe cómo puede pensarse de ellas que sean dos cosas y que formen pareja.

42. Grecia es un conjunto de ciudades y poblados (hablo de

la Hélade prehelenística, la que va de Tales a Sócrates), sin prin-

^1. Apuntes para una historia de la traducción

59

dtoio de cohesión interno (cuando hay unidades políticas se dan dentro de su seno, como fruto de sus contradicciones interiores), con unás límites necesariamente indefinidos (cuando al final de Grecia, en el momento de su conciencia, trata Isócrates de definir quién es griego y quién no, tiene que fundarlo en la itatSeía, en el modo de educación y cultura, es decir, en definitiva, en la propia conciencia de ser griego), y es precisamente por esa indefinición un fenómeno singular, inconservable, irrepetible; ser griego se confunde con ser hombre (lo mismo que hablar griego se confunde con hablar sin más) o no quiere decir nada. Roma es desde el principio hasta el final la organización del mundo desde un centro y con unos limites precisos (el sistema de vías radiales y el trazado del limes del Im­ perio nos ofrecen sin más el esqueleto de Roma misma) y se cons­ tituye por consiguiente como el modelo de toda unidad, que tiende primero a la perpetuación y luego a la repetición eterna; ser romano consiste en un título jurídico, que puede estar inscrito en una hoja de plomo, que significa la inclusión en un censo determinado, y ni siquiera hablar latín era indispensable o definitorio, sino en alto grado conveniente, y por lo menos hablar griego (el griego hele- nístico-imperial) podía ser un sustituto suficiente, incluso para la administración gubernamental. Grecia desaparece cuando su lengua se unifica; Roma se deshace cuando, por un lado, la división lin­ güística entre el Imperio Oriental y Occidental se ahonda y, por el otro, el propio dominio del latín se fracciona en diversas lenguas. El florecimiento de la poesía griega fenece (en la época helenística) en la institución de la Literatura; la cultura poética romana nace dentro de la Literatura y nunca hasta la muerte de Roma misma vuelve a ser más que literatura. En fin, ¿a qué prolongar la enume­ ración?: cuanto más los ojos se fijan en los hechos, más crece el asombro de que todo el tiempo se haya venido hablando del latín y el griego y de Grecia y Roma como de dos cosas en algún modo equiparables; y no se concibe qué nombre común podría encon­ trarse que las abarcara a ambas como dos casos concretos de una misma cosa, puesto que ni ‘pueblo', ni ‘nación’, ni ‘sociedad’, ni ‘cultura’ ni ningún otro puede servir al mismo tiempo para el caso de Roma y para el de Grecia.

43. Pero asimismo, si tomamos la otra alternativa (v.

§ 41),

no dejamos de encontrar muy buenas razones que nos demuestran que el latín y el griego son literalmente una misma lengua, así como

60

Agustín García Calv¿

Grecia y Roma son la misma cosa literalmente (esto es, no como ejemplares de lo mismo, sino como lo mismo y único, sin separa­ ción espacial o temporal tampoco), y que probablemente la difi­ cultad para dar razón de semejante dualidad estriba en que no había razón alguna para separarlas y considerarlas como dos cosas.

44. En efecto, ¿cuál sería la forma de esa dualidad?: ¿existe

por el o por lo

menos, con una forma más imperfecta de dualidad, ¿está contenida

Grecia dentro de Roma?;

sucede: el fenómeno nuevo que llamamos Roma coexiste con la singular aparición que llamamos Grecia justamente en cuanto que Roma no es todavía Roma y en cuanto que Grecia no es ya Grecia; e! mundo respecto al cual Roma sucedería temporalmente a Grecia

o ¿Roma dentro de Grecia? Nada de eso

Roma al mismo tiempo que Grecia en ámbitos distintos?;

contrario, ¿sucede Roma a Grecia en el mismo ámbito?;

carece de toda realidad, en cuanto que justamente esa sucesión sig­

nifica la creación de otro mundo de un orden diferente;

Grecia solo podría estar dentro de Roma de la manera que los ali­ mentos forman parte de un cuerpo: asimilados al cuerpo y perdida su existencia propia; y Roma sólo estaría dentro de Grecia de la manera que el Laberinto está dentro de Dédalo, su creador: es

decir, con una manera de existencia puramente cubratoria.

y en fin,

aristotélica y elu

45. Pero todavía menos podría solucionarse la cuestión de la

dualidad diciendo que se trata de dos cosas enteramente indepen­ dientes y alejadas, sin punto de referencia común alguno, que sólo por azar reúne como dos el pensamiento, al modo que el tocino y la velocidad. Por el contrario, lo que las reflexiones del § 44 nos indican es que Grecia y Roma resultan con exactitud incompatibles

respecto a

referencias, espacial o temporal o

cualquier sistema de

jerárquico. Ahora bien, las reglas de la Fonología nos enseñan que,

cuando dos supuestos fonemas, supuestamente dos, a poca familia­

distintivos que entre sí tengan, resultan incompa­

ridad de rasgos

tibles en todos los contextos fonémicos, en los dos sentidos de la

incompatibilidad (que allí donde se presenta uno no puede presen­

tarse el otro;

mediato con el otro), se deduce sin más que ambos eran uno solo y el mismo fonema.

y que no pueden presentarse el uno en contacto in­

Ii(. Apuntes para una historia de la traducción

61

\ ^46. Roma es Grecia y Grecia es Roma. Esto es, que todo lo que tiene Roma de distintivo y original es lo que tiene de Grecia (hace sonreír la inapercibida contradicción del defensor de la origi­ nalidad de la literatura latina frente a la griega, como podría hacer sonreír el representante de la República Comunista China, cons­ tituida de raíz en la occidentalización, que enarbolara su orienta­ lismo frente a los tigres de papel del Occidente), y que, a su vez, Grecia no tiene más existencia histórica y real que aquella que le proporciona el hecho de ser Roma: en efecto, si Grecia no hubiera sido Roma, ni siquiera podría haber un concepto de ‘Grecia’; ni siquiera podría haber un mundo, un mundo histórico en el que Gre­ cia se insertara; y dado que la única forma de realidad en nuestro mundo es la realidad histórica, Grecia estaría fuera del mundo y no podría haber habido Grecia.

47. Ya sé que, de todos modos, los hábitos mentales, con su

constitución antitética, nos hacen dura de aceptar la superación de una dualidad tan recibida como la de Grecia/Roma y prácticamente imposible imaginarlas a las dos como una sola. Es la dualidad de lenguas sobre todo, latín/griego, lo que dificulta la reducción. Ima­ gínese, si no (por acudir por una vez, en tan apurado trance, a la hipótesis contrafactual), que no hubiera habido tal: que los roma­ nos, como hasta entonces había hecho buenamente todo el mundo,

a medida que entraban en la Humanidad o Civilización, hubieran

aprendido definitivamente el griego, hasta el olvido de sus lenguajes indígenas y bárbaros; imagínese que no hubiera habido traducción ni la pretensión, por tanto, de que una nueva literatura comenzaba:

a nadie se le habría ocurrido establecer semejante dualidad (como

a nadie se le ocurría establecer el mundo helenístico como una dua­

lidad frente a la antigua Hélade; y el mismo nombre ‘helenístico’ es una creación reciente, de hace un siglo apenas), sino que, en todo caso, a lo largo de un Imperio greco-hablante, se habría seguido hablando de una única o í x o o |x é v y ¡ o tierra humana, por oposición al ámbito exterior de la Barbaria.

48. Pero, a su vez, esa dualidad de lengua, que a través del

proceso de la traducción (que convierte en reproducción la conti­ nuidad) parece fundamentar la dualidad Grecia/Roma, ¿cómo se sostiene?: ¿en qué sentido son dos lenguas distintas el latín y el griego? Volvemos a encontrar aquí más o menos lo mismo: que,

62

Agustín García Calvo

en la medida que el latín no ha recibido el griego, como lenguaje bárbaro y semihumano, es algo tan heterogéneo con la lengua hu­ mana propiamente dicha, que en modo alguno puede formar con ella pareja ni ser dos; y en la medida que ha recibido el griego, lo propio es decir que el latín es el griego mismo, con mucha más razón que la que habría para decir que el griego moderno es el griego antiguo: ¿no trataban de identificar Varrón y otros filólogos romanos el latín como una especie de dialecto eolio (en relación con la derivación troyana, y por lo tanto al menos semihelénica, de Roma)? Y en efecto, el latín, convertido en lengua de cultura, con todas las adaptaciones semánticas y sintácticas que tal cosa requiere, no sería sino la forma en que el griego se ha transmitido para el Occidente, y sería el griego bajo su forma latina lo que habría ser­ vido de fundamento (cfr. § 8) a la actual xotvrj de las lenguas eu­ ropeas.

49. Bien será que, a costa de una breve excursión, recordemos

cómo se estableció y mantuvo la dualidad a lo largo del Imperio. Durante la República, una vez establecida la traducción y la exis­

tencia de una

Roma, gentes de la aristocracia, escribían sus anales en griego — como todavía escribiría sus memorias Sila— y contra esa sumisión a los graeculi tiene que levantarse Catón el Viejo), la situación permanece vacilante y ambigua: por supuesto, no se intenta siquiera que en las partes orientales del naciente Imperio sustituya el latín al griego, y aun en Roma misma, al tiempo que la mayoría de los esclavos ha­ blan griego, la buena sociedad acepta cada vez más decididamente la práctica del bilingüismo, incluso para la conversación de buen tono; y la literatura, por su parte, sigue de generación en genera­ ción un camino de helenización progresiva, de adaptación cada vez más estricta de los semantemas, las partículas, las normas sintác­ ticas y los nombres (ya los nombres de los dioses latinos no son más que mera traducción de los griegos correspondientes, y cuando la traducción no ha sido posible, se practica la transcripción: ya las Camenae son las Musae).

de

literatura

en

latín

(no

sin lucha:

los

analistas

50. Es instructivo a este propósito observar la actitud de la

propia conciencia romana al final de la República y en los años de Augusto ante el hecho de la duplicidad: pues por un lado parece

que se intenta una concepción paralela de Roma frente a Grecia

II. Apuntes para una historia de la traducción

63

(así en parte Varrón o un famoso pasaje de Tito Livio, tratando de hacer una historia de los orígenes del teatro romano calcada sobre la de los del griego), mientras por otro lado parece preferirse una visión de Roma simplemente como continuación de Grecia (así en la Epístola a los Pisones los rudos principios indígenas del drama sólo se desarrollan como género poético propiamente dicho cuando por la lectura se incorpora en ellos el teatro griego). Y además, curiosamente, esa ambigüedad se entrecruza con ciertos ensayos rudimentarios, de que nos ha llegado alguna noticia, de aplicar a la propia cultura y literatura romanas, en su interior, los esquemas de florecimiento y decadencia que la época helenística había desa­ rrollado para las griegas; contraponiéndose la idea de Varrón y de

los critici o filólogos latinos del final de la República, que tendían

a pensar que con las generaciones de Plauto-Enio hasta Terencio-

Accio (comienzos a mediados del n a. de J.) se había ya alcanzado

el apex, con la ideología progresista de la época de Augusto, desarro­

llada sobre todo por Horacio, pero antes ya por el Brutus de Ci­ cerón, según la cual toda la literatura republicana habrían sido toscos ensayos que venían a culminar en las producciones del propio Ci­ cerón y del propio Horacio como frutos maduros y consumados.

51. Convendría también hacerse alguna idea de la manera en

que el latín, entre tanto, se va convirtiendo en griego, en el sentido que indicábamos arriba. Hay ciertas partes o más bien capas de la lengua que parecen máximamente inasequibles a la modificación ‘des­ de fuera’ (esto es, por influjo social, histórico, cultural), como son la de los procedimientos morfo-sintácticos (los procedimientos para señalar en las palabras la función sintáctica o la relación de las palabras entre sí), el repertorio fonémico y su organización en sis­ tema, y en fin, un reducido grupo de vocablos fundamentales y de máxima frecuencia (deícticos, numerales, designaciones de actos y

estados elementales o de puntos de las partes más profundas de la organización social). En cambio, hay otros sectores máximamente asequibles a la modificación externa, como el vocabulario en general, los procedimientos de construcción sintáctica más compleja (sobre todo, los de síntesis de predicaciones en una sola frase: subordina­ ción, subpredicación), los elementos precisadores del valor relativo de la frase y de la relación entre frases sucesivas, que están cerca de las costumbres semigramaticalizadas de entonación, tempo y modo de ejecución rítmica de la frase. Atendiendo a la relación de la

64

Agustín García Calvo

lengua con los hablantes, diríamos que los primeros sectores son los

más inconscientes (o mejor:

superficiales y sujetos a la conciencia.

subconscientes) y los segundos los más

52. Pues bien, es evidente que el latín se mantiene como len­

gua diferente en gracia de la conservación de los elementos de la primera clase, mientras que se convierte en la misma lengua (en griego) en cuanto a la progresiva adopción de los elementos de la segunda clase, ya por préstamo directo, ya —más de ordinario y más eficazmente— por adaptación a nuevos usos semánticos o sin­

tácticos de palabras o costumbres gramaticales preexistentes. Pero ello es que al mismo tiempo hay que advertir lo siguiente: que jus­ tamente aquel terreno inasequible a la influencia es el más indife­ rente o neutro respecto a las relaciones — digamos— con la vida, respecto a las cuestiones de cambio de los pueblos, de educación, de técnicas y modas, de transmisión de la cultura (todo comienza, en efecto, por ser consciente antes de informar las estructuras más profundas); y que en cambio, aquel terreno más superficial y mo­ vedizo es justamente aquel en que la cultura, incorporada, resulta

a su vez informadora y reformadora;

y constituye, inversamente,

aquella parte de la lengua que, teniendo ya realmente un carácter de supraestructura, condiciona el ser de la sociedad de una manera más directa y poderosa. De manera que el latín se mantiene como latín en lo que tiene de más inerte, de más remotamente significa­ tivo para la sociedad (donde resulta que lo más privativo de una lengua es al mismo tiempo lo más universal a las lenguas todas), y en cambio se convierte realmente en griego, expande y continúa el griego, en todo lo que es socialmente más activo. Y anoto que la verdad de las observaciones precedentes debe de ser indenegable, en cuanto que, bien mirado, se trata probablemente de una tautología.

53. Pero sin embargo, la aparente dualidad de las lenguas se

sigue manteniendo, y ello va a tener notables consecuencias para

el Imperio y para la Historia en general. Desde el punto de vista

de las personas, el bilingüismo se generalizaba desde el i a. de J. hasta el n d. de J. en Occidente, en tanto que en Oriente (en Egipto, por ejemplo, como lo muestra la recogida de papiros) el latín no penetraba sino muy aisladamente en la administración, en los desta­ camentos militares. Así resultaba que, mientras el griego informaba

progresivamente el latín, a través de la herencia literaria y por el

II. Apuntes para una historia de la traducción

65

contacto con la xoivrj helenística, el latín salpicaba la lengua del Oriente con algunos préstamos (especialmente abundantes del n a los comienzos del m , y luego en el v y vi, según mostró F. Viscidi I prestid latini nel greco antico e bizantino, Pádua, 1944). Mante­ nida la dualidad, cuanto más inútil desde el punto de vista de la utilidad (práctica o cultural) de la lengua en sí misma, tanto más

utilizable para fines éticos o políticos, al convertirse el hablar una

u otra lengua en emblema o distintivo de algo, no deja de haber

alguna razón para hablar incluso de lucha entre las dos lenguas mun­

diales, como lo hizo V. Zilliacus en su libro Zum Kampf der Welt- sprachen im Ostr'ómischen Reich, Helsingfor, 1938.

54. Repetidos fueron los intentos para acabar con la tensión

que el aparente bilingüismo imponía en el Imperio. La primera mitad del siglo ii d. de J. representa el paso más avanzado para rendir

todo el Imperio al griego bajo su forma griega; y en ello curiosa­

mente coincidían dos sectores de la sociedad bien extraños entonces entre sí: por un lado, los círculos ilustrados y gubernamentales, el emperador Adriano y su corte, Frontón, el preceptor y hombre de letras influyente, y todavía Marco Aurelio, que escribió en griego sus memorias, que se cuentan como uno de los más viejos ejemplos de escritura intimista o de confesiones (que lo individual tendiera

a

hablar en griego refleja fielmente la tendencia de lo universal);

y

por otro lado, las comunidades cristianas, cada vez más abun­

dantes y numerosas en Occidente, pero sobre todo en la Urbe y las ciudades, donde el lenguaje de la liturgia, las homilías, pero también las conversaciones de los ágapes fraternales y de las ‘profecías’ (v. § 29), debió de ser en general el griego durante mucho tiempo; en griego había escrito San Pablo lo mismo a Efeso que a Roma, y cuando ahora justamente comienzan a hacerse las traducciones de los textos bíblicos en latín, mucho hay en el lenguaje de las más viejas, que podemos leer en parte, que nos sugiere que debieron de ser compuestas las más veces por gentes cuya lengua materna era el griego. La conquista de los campos de Occidente debió de ser lo que le costó al cristianismo renunciar a su lengua gentil originaria.

55. En

todo caso, el fracaso de la tentativa de rotura de la

tensión en ese primer sentido hubo de llevar a la tentativa de supe­ rarla en el sentido inverso: es lo que representa el emperador Cons­ tantino; el traslado de la capital a Constantinopla podría superfi­

66

Agustín García Calvo

cialmente interpretarse en el sentido precisamente equivocado; pero ya el mismo hecho de que pretendiera rebautizarla como véa Roma la Nueva (invirtiéndose así aproximadamente la situación res­ pecto a la que se cifrara antaño en el mito de Eneas, en que Roma era la Nueva Troya), revela bien que de lo que se trataba era de meter en el Oriente el centro de la romanidad. El emperador cons­

tantemente habló en latín, escribió en latín, y en latín tuvieron que explicarse sus padres eclesiásticos en Nicea. Lo que ha sucedido (sin que intente entrar aquí a desentrañar la correlación de los hechos) es que, en la medida que el cristianismo se identificaba con el Im­ perio, al mismo tiempo el Imperio Cristiano se ha identificado con el latín, y por lo tanto el griego con el paganismo condenado y re- cedente; hasta el punto de que, por ejemplo, el historiador Zonaras, hablando de Juliano el Apóstata, podrá expresarse del siguiente

modo: «Y a convertido en emperador,

más extremo helenismo» (éXXrivtojiov), que quiere decir naturalmente ‘paganismo’. Así es que, poco después, San Agustín, en contrapunto con Marco Aurelio, deberá escribir sus confesiones en latín, un latín que así a su vez se cargaba de las funciones de la retórica intimista, como de otros ‘helenismos’ se cargaba el del novelista Apuleyo.

al

punto

estalló

en el

56. En fin, separadas ya irremisiblemente las dos mitades del

mundo, cada una con su lengua, las gentes de Bizancio van a volver

aún a la actitud de sentirse los depositarios de la Cultura, justamente en cuanto conservadores del griego, y volver por ende a tratar de bár­ baros (como lo habían sido nueve siglos atrás, cuando Plauto tra­ ducía ‘en bárbaro’ la Comedia Nueva) a los latino-hablantes de Occi­ dente (si es que puede llamarse latín aún a lo que en Occidente se hablaba ya por aquel entonces). Y la reacción de los occidentales se refleja muy ilustrativamente en el siguiente texto, de un escrito del papa Nicolás I, dirigido al emperador Miguel III: «Pero, en fin, si la llamáis lengua bárbara por el hecho de que no la entendéis, considerad que es ridículo que os llaméis emperadores de los roma­

nos y que, en cambio, desconozcáis la lengua

pues, de denominaros emperadores romanos» (todo ello en un latín tenebroso, de la más profunda crisis escolar, la anterior al primer renacimiento, el carolingio: latn uero si ideo linguam barbaricam

dicitis, quotiiam illam non intelligitis, uos considérate quia ridicu- lum est uos appellari Romanorum imperatores et tamen linguam

Quiescite igitur uos nuncupare Romanos

non nosse

Dejad,

II. Apuntes para una historia de la traducción

67

imperatores). El texto, en efecto, refleja bien la identificación de nuevo de Roma (del destino imperial) con el latín (con la Cultura traducida); y también, por otra parte, cómo esa necesidad política ha obligado a dar con la fórmula que relativiza la noción de barba­ rie: «la llamáis lengua bárbara por el hecho de que no la entendéis»; esa relativización es justamente el fruto del establecimiento de la noción de traducción de lenguas.

57. Al fin, gracias también a la caída del Imperio Oriental bajo los árabes y los turcos, va a ser esencialmente a través del latín, y por Occidente, es decir, bajo su forma traducida, como la Cultura (la especial manera de humanidad que seguimos llamando aún occi­ dental) va a seguirse transmitiendo y expandiendo; sin que ello sea desconocer del todo la importancia de la transmisión bajo forma griega (eclesiástica) en los campos orientales del Occidente; si bien hay que considerar sobre qué ténue trama eclesiástica y griega la Cultura se ha reconstruido en países como Rusia por una esencial incorporación de aportes latinos, traducidos; de manera que en casos como ése u otros posteriores (el de la propia Grecia moderna, por ejemplo) ha sido la escasa base griega la que, con papel casi similar al de otras bases propiamente bárbaras (p. ej., la árabe, la hindú, la china), ha servido para trama de asimilación de la Cultura única, que era ya la griega bajo su forma latina o traducida. Ni conviene olvidar tampoco que desde la segunda fase del Renacimien­ to italiano, con el reaprendizaje del griego antiguo, vuelve a exten­ derse por Europa una conciencia del bilingüismo de la Cultura, hasta el punto de que el título del culto puede tomar la forma de doctus utriusque linguae, ‘instruido en ambas lenguas’ (concepción bilingüe que no deja de entrar en una cierta competencia con otra que trataba de incluir ya también el hebreo, de lo que es recuerdo el nombre del Colegio Trilingüe en nuestra Universidad). Pero en verdad no volvió a haber nunca en el uso práctico más que una sola lengua de cul­ tura, el latín medieval y moderno, la única forma del griego destina­ da al éxito y la perduración.

58. Confío que el anterior excursus no por apresurado haya dejado de ayudar a precisar en su apariencia histórica el planteamien­ to metafísico de la cuestión de la dualidad que el hecho de la tra­ ducción nos planteaba; es a saber, cómo resulta imposible la afir­ mación de que Roma o es otra cosa que Grecia o es la misma cosa

68

Agustín García Calvo

(de que el latín o es otía lengua que el griego o es la misma lengua). Pues ya se ve que el único tipo de afirmación aplicable al caso es precisamente el contradictorio: que es lo mismo y que no es lo mismo. Es justamente la realidad de esta contradicción lo que ca­ racteriza la situación desde el momento que la traducción es posi­ ble. El nacimiento del dos consiste en la reproducción del uno de tal manera que ese doble del uno que en la adición resulta continúa siendo el mismo uno y es al mismo tiempo un uno diferente (no hago sino aludir como ilustración al caso del conflicto de la perdu­ ración de la personalidad de la ameba en el trance de su reproduc­ ción por división). La realización de esa abstracción, que está ya ciertamente asegurada desde el punto en que aparecen las formas mas elementales de dinero (una res, en efecto, sólo puede ser mone­ da desde el momento en que simultáneamente es la misma y no es la misma que otra res), adquiere, sin embargo, un nuevo grado de intimación en la Sociedad cuando, por el fenómeno de la traducción,

se realiza tomando como entidades a las propias unidades

y lingüísticas.

sociales

59. Ahora bien, recordemos que el nacimiento del dos

tiene

que desde

ahora el uno es también un número; o dicho de otro modo: que una vez que el dos surge, no es el dos simplemente lo que surge, sino toda la serie de los números; lo que una vez ha podido ha­ cerse (la repetición de lo único) sugiere, por la esencia misma del fenómeno, que puede también hacerse otra vez y otra; la reproduc­ ción de algo reproduce también la reproducción; y el proceso que se inicia resulta infinitamente repetible. Es así que en cuanto con la Odusta de Andronico ha comenzado a poderse hablar de una se­

gunda literatura (junto a la primera, que era la única: la helenística,

o más bien la literaturización de la poesía griega), ya va a poder

haber otra literatura más y un número ilimitado de ellas; así vendrá

a haber una literatura árabe y comenzarán casi al mismo tiempo

también

la siguiente consecuencia para el uno

mismo:

las literaturas nacionales de Europa (indiferentemente en lenguas latinas o no latinas), y así también recesivamente vendrán a ser concebidas como literaturas, en el sentido propio (occidental) de la palabra, colecciones de textos extrañas o preliterarias, como la india,

la china o la egipcia. Y del mismo modo, que el latín se haya hecho capaz de la traducción, se haya convertido en lengua de la Cultura, hará que la Cultura pueda tener infinitas lenguas; todas

II. Apuntes para una historia de la traducción

69

las cuales, naturalmente, repetirán el mismo proceso que para la primera vez hemos aquí indicado: todas ellas vendrán a ser el griego (a través de su forma latina, traducida, occidental) al mismo tiempo que persisten en no ser el griego mismo.

60. Pero en este punto tenemos que detenernos para repasar

toda la consideración del proceso con otros ojos:

a lo largo de los párrafos anteriores (§§ 49-57) la misma necesidad de hacer una exposición histórica de la cuestión nos ha obligado, por la miseria y sumisión del lenguaje historicista, a seguir emplean­ do términos condicionados por el proceso mismo en el que estamos incluidos y que en este ensayo tratamos de analizar: concretamente, hemos tenido que hablar de ‘lengua’ y de ‘Cultura’ (y de lenguas y culturas) como de dos realidades independientes. Dos realidades son de hecho, en efecto, en este mundo en el que estamos y no de otro modo puede tratarlas la ideología habitual y sustentadora: es esa ideología la que las hace realidades en la misma medida en que esa forma desdoblada de la realidad es el fundamento mismo de la ope­ ración de las ideologías. Pero el análisis justamente pretende des­ cubrir el carácter de devenir que el Ser tiene y oculta (al mismo modo que, en el momento dialéctico inverso, denuncia el pretendido cambio y movimiento como ardid del Ser para su permanencia), y así, en este caso, lo que trata de hacer, al aferrarse al fenómeno de la aparición de la traducción y someterlo a interrogatorio, es descu­ brir cómo sucede que sean dos (que se hagan dos) la lengua y la Cultura, que sin la traducción no podrían ser sino una (y por lo tanto, ni una tan siquiera); en vez de consentir que la traducción se siga interpretando como el traspaso de hechos culturales de una lengua a otra, tratará de ver en la traducción el momento de creación de la cultura y de la lengua.

pues ello es que

61. Es de todos modos significativa la ambigüedad del concepto

mismo de Cultura entre nosotros. Recuerdo aún cómo hace dos o tres decenios los ámbitos cultos de la burguesía se agitaban en un vio­ lento démêlé para diferenciar dos capas en el concepto, lo que se reflejaba en el intento de atribuir dos significados precisos, por ejemplo, a los nombres cultura y civilización; tan desafortunado, que llegaron incluso a producirse atribuciones en sentido aproxima­ damente inverso y el resultado fue que el embrollo se hizo más inextricable. Con toda razón, por cierto: pues el aspecto — diga­

70

Agustín García Calvo

mos— económico y el ideológico de las estructuras sociales están de hecho implicados entre sí de tal manera que cualquier teorifica- ción sumisa al sistema no puede sino, a su pesar, mantenerse fiel

a

la implicación; y aun el análisis de línea marxista, al describir

la

interrelación entre base y supraestructura, recae siempre en una

concepción que, al tiempo que mantiene de manera tradicional la dualidad entre ambas, establece entre ellas relaciones tradicionales, causalistas. Conste, pues, que, en vista de ello, renunciamos aquí provisionalmente a introducir ese tipo de diferenciación en el con­ cepto, de manera que ‘Cultura* alude igualmente a la agricultura y otras técnicas que a la música o la historia, o que a los hechos más difíciles de inscribir en la oposición ‘supraestructura/base’, como los reglamentos de trabajo y los preceptos retóricos, el uso de nombres propios, las modas e instituciones eróticas y las artes de la cons­ trucción o la cocina. Se diría que el concepto de ‘Cultura' se identi­ fica con el de ‘Vida’ o ‘modos de vida’, desde el momento que se re­ nuncia a otras sugerencias de la palabra vida que no sean su estricto significado realista de ‘proceso de función histórica de los seres’.

62. Pues bien:

la palabra Cultura la jugamos aquí de tal ma­

nera que al mismo tiempo alude a la humanidad en general, con la consiguiente existencia de diversas culturas por el mundo, y al mismo tiempo dice que cultura no hay más que una, la que llamamos griega

u occidental, o simplemente nuestra. Añadimos incluso que, si actual­

mente hablamos de la cultura china, de la inca o de la papú, ello se hace por analogía, y que esta operación analógica es una de las con­ secuencias del establecimiento de la Cultura en sentido estricto; pero anotamos simultáneamente que este establecimiento de la Cul­ tura como tal Cultura consiste, a su vez, en su reproducción (o en otras palabras, que Grecia no es Grecia sino desde el momento en que es Roma). Se diría, pues, que estamos con ello confundiendo la

ascensión de la cultura (y de los hechos culturales, como la literatura) a la situación de consciencia, de concepto cultura, con la aparición de

la cultura misma. Y es que de eso se trata justamente: que lo que

tratamos de sugerir es que esa objección que se nos presenta, basada en la diferenciación del concepto de cultura {la palabra cultura, que es su aparición) y la cultura misma o real, es una objección (y una diferenciación) característica de un mundo en que la Cultura en

sentido estricto está establecida y reina;

renciación tan sólo pueden darse desde el momento en que la Cul­

que esa objección y dife­

II. Apuntes para una historia de la traducción

71

tura ha devenido real por obra de su reproducción, de la traductibili- dad de lengua a lengua.

63. Decimos asimismo que ese surgimiento de la Cultura es si­

multáneo y correlativo del surgimiento de la lengua; que primero no hay más que la Lengua (por oposición a la barbarie); que sólo se convierte en una lengua cuando se traduce en otra; y que es al sur­ gir las lenguas, y con ellas el concepto lengua (en el sentido de nom­ bre común aplicable a las varias lenguas), cuando al mismo tiempo surge el concepto de lengua como opuesto de Cultura. Que el griego, pues, no es una lengua todavía es una evidencia que encuentro ya sentida y expresada con relativa claridad en los ensayos de J. Loh- mann, publicados hace años en la revista Lexis (demasiado mal en­ cajada en las corrientes de la industria cultural para durar muchos

años), cuya lectura recomiendo a mis lectores; así en el siguiente texto: «Quizá tan sólo se podrá empezar a comprender el griego

cuando se haya cesado de considerarlo como ‘lengua’, y se haya visto que toda traducción a nuestras lenguas trae consigo necesariamen­

te una falsificación de lo pensado en

do en su plena realidad, no es ninguna lengua como la lengua inglesa o la francesa lo son para nosotros, sino una forma de pensar (Denkform); quizá mejor todavía, una forma de vivir (Lebensform), para la cual, mirado desde nuestro punto de vista, es en primer

término característico el hecho de estar el pensamiento de la manera más íntima e inmediata encajado en el hablar (das unmittélbare, innigste Eingebettetsein des Denkens in die Rede), en el lógos (o también diálogos) » (Lexis, III). Y así la operación de Roma se describe como desmembración de la unidad de «pensar, ser y ha­ blar», trayéndose a colación la fórmula «Ratio = lógos menos ora­ do». Sólo que no se trata de comprender el griego ni lo griego, sino de denunciar las formas de comprender la lengua en general (y la cultura) que en la reproducción de lo griego se han establecido.

El griego, toma­

64. Aprovechando nosotros que la palabra prehistoria se ha empleado ya en varios niveles para aludir a la situación anterior a un momento, que se desea señalar, de ascensión a un nuevo nivel de con­ ciencia (así, tradicionalmente, para el momento de la escritura; así, en Marx, para el momento de toma de conciencia de la clase prole­ taria como tal clase), nos permitimos también, a este respecto, hablar del siguiente modo: hay un estadio de prehistoria cultural en el que

72

Agustín García Calvo

la lengua habla de las cosas y actúa sobre las cosas, pero en que to­ davía los productos de la operación de la lengua no se han conver­ tido a su vez en cosas de las que se pueda hablar (o más precisa­ mente, no se han desarrollado los mecanismos de su conversión auto­ máticamente en cosas). Hay conversaciones, hay leyes, hay medita­ ción sobre el cielo y sobre las pasiones, se pronuncian ensalmos y conjuros, se hacen canciones y teatro, se narran las hazañas de los antepasados, se pintan escenas de la vida en las paredes o los vasos

y

por supuesto, se construyen casas y vasos y cigüeñales, imágenes

y

altares de los dioses, arados y cuchillos y agujas y collares (en otro

lugar se explicará cómo estas últimas técnicas se incluyen en las ope­ raciones del lenguaje); pero apenas si aquí y allá se van cosificando algunos de estos productos de la actuación de la lengua sobre las cosas (las primeras apariciones de la cosificación podemos verlas indicadas

probablemente por la aparición de una categoría de nombres de ins­ trumento, como los en -trom de las lenguas indoeuropeas), y hasta un

arado todavía, en el momento que no ara, deja de tener existencia alguna; y por supuesto, sólo trabajosamente aparecen los sustanti­ vos relativamente abstractos del tipo de vasija, edificio, joya, canción

o ley que atestigüen que los productos de la alfarería, de la cons­

trucción, de la orfebrería, del canto o de la dominación están cosifi- cados, esto es, han pasado del reino de las cosas que actúan al reino de las cosas que son. Y, por supuesto, está lejos el día en que los ‘verbos* de narrar, conversar, meditar han desarrollado substantivos como narración, conversación, meditación, con cuyo surgimiento po­ dríamos señalar que los procedimientos de conversión automática de los productos de la lengua en cosas, objetos de la lengua, están en marcha y que por tanto, la historia de la cultura ( ¡con toda la ambi­ güedad de esta expresión!) ha comenzado: la Cultura propiamente histórica, que coincide con la posibilidad de historiarse a sí misma.

65. Pues bien:

esa posibilidad de conciencia de la conciencia

(que implica — claro está— la cosificación de la conciencia) supone

el ascenso a un especial nivel de abstracción, que tratamos de pre­

cisar del siguiente modo: existencia del pensamiento, existencia de las ideas, existencia de los conceptos. Es a saber, que el pensar por conceptos es una aparición idéntica con el concepto de ‘pensar’; y que la aparición del concepto de ‘concepto' significa la separación de

la realidad y de la idea, al mismo tiempo que la confusión entre exis­

tencia y concepción: por fin ha aparecido, en efecto, una modalidad

II. Apuntes para una historia de la traducción

73

del ser, el concepto, para el cual existir y ser concebido son por de­ finición la misma cosa. Y sin embargo, es esa especie de hijo de la operación lingüística el que separa a su padre y madre, y al sepa­ rarlos los engendra como entes independientes: pues sólo desde el momento que la realidad del concepto se establece puede comenzarse a hablar de la lengua y de una realidad independiente de la lengua. Surgido el substantivo común lengua, surgido el concepto de ‘lengua’, tal como es de uso corriente entre nosotros, él implica a su vez el concepto de ‘cosa’, de objeto de la lengua; pero tanto la lengua como su cosa no pueden acceder a la existencia más que por la mediación de la idea y del concepto, que viene a ser así la forma fundante y je­ rárquicamente primaria de la realidad. Es así cómo la Historia pro­ piamente dicha coincide con el reinado del concepto. Ahora bien, lo que aquí nos obstinamos en descubrir es cómo el reino del concepto sólo prueba definitivamente su presencia, y al probarla la reafirma al mismo tiempo, con la aparición de la traducción de lengua a lengua.

66. Tal es la observación elemental a la que retornamos: que la

traducción supone la existencia del pensamiento cosificado (como cul­ minación de la cosificación de todos sus productos): la equivalencia entre dos palabras sólo se funda en la mediación de un concepto sub­ yacente y común a ambas, así como la identificación de dos discursos lingüísticos funda la existencia de una lógica. Así, todavía con una cierta ingenuidad, había de anotar hace pocos años Safarewicz, rese­ ñando el libro de Hartmann, Zur Konstitution einer allgemeinen Grammatik, en la revista Kratylos (1963, pág. 17): «Se ha mostrado así la etapa intermedia en los procesos de la traducción: entre el enunciado en una lengua dada y la traducción está la etapa del es­ quema lógico, consecuencia del análisis del enunciado»; donde, sin embargo, la exposición de traducción y esquema intermedio como etapas sucesivas es aún confusa y tradicional, y la confusión se revela más claramente cuando al final se presenta el esquema lógico como resultante de una operación de análisis del enunciado. Pues hemos visto más bien que el reino de las ideas surge, con la traducción, bajo la presión de la necesidad práctica de mantener la unidad en la diversidad; y si hemos expuesto el proceso sobre todo como gené­ tico, mostrando cómo en el alba de la Historia la traducción mani­ fiesta y mantiene el reino de los esquemas lógicos, ello ha sido más de tal manera que la génesis actúe como mito histórico que esclarezca en algún modo la situación actual, real, vigente: ésta en que, mante­

74

Agustín García Calvo

niéndose la diversidad de lenguas junto con el presupuesto de su equivalencia, la práctica de la traducción está continuamente testi­ moniando (teóricamente) y sosteniendo (de hecho) el reino de los conceptos y los esquemas lógicos.

67. Que este reino sea, bajo la apariencia de algo universal y

necesario («que esta ahí»), la tiranía de una concepción particular, es a saber, la griega (bajo su forma latina, se entiende), como resul­ tado de que la lengua a que esa concepción corresponde propiamente ha sido el sustrato de nuestras lenguas, es una sospecha que repeti­ damente se ha dejado enunciar durante los últimos decenios. Por poner un par de ejemplos, en 1951, en los comunicados de las se­ siones de la Sociedad de Ciencias ‘Joachim Jurgius’, publicadas como Sprache und Wissenschaft, Gotinga, 1960, se hicieron oír (entre otras voces, como las de Snell o Hartmann) estas palabras de H. Wein: «Toda ciencia de tipo europeo está de algún modo condi­ cionada por la lengua griega antigua, en cuya estructura fundamental, número, tiempo, realidad (Dinglichkeit) desempeñan un papel pre­ ponderante»; por su parte, L. Rougier, en La métaphysique et le langage (París, 1960) mostraba cómo los problemas metafísicos tra­ dicionales consisten en problemas de lenguaje, y analizaba la impor­ tancia de algunos hechos de nuestras lenguas, como el de que hu­ biera un verbo cópula que era al mismo tiempo un verbo de exis­ tencia; y en fin, W. Wieland, en Die aritotelische Physik (subtitu­ lado «Investigaciones sobre la fundación de la ciencia natural y los condicionamientos lingüísticos del estudio de los principios en Aris­ tóteles»), Gotinga, 1962, intentaba describir el proceso de substan- tivación de lo que eran en principio relaciones (como cualidad, causa, fin, esencia), fundándose así en Aristóteles los módulos del pensa­ miento científico occidental. Mientras, por otro lado, los investiga­ dores de lenguajes extraños, sobre todo los americanos, en especial B. L. Whorf, se complacían en revelar ‘mentalidades’ o concepciones y esquemas lógicos, extraños a los griegos o nuestros, que a esas otras lenguas correspondían.

68. Pero la cuestión tampoco puede plantearse ya de esa ma­

nera, desde el momento que se ha visto cómo lo específicamente griego se confunde con lo en general abstracto (con la Cultura, en el

sentido de conciencia de la conciencia), y precisamente sólo se con­ vierte en algo particular (una lengua, una cultura) en el momento

II. Apuntes para una historia de la traducción

75

en que se hace infinitamente generalizable a partir de su primera reproducción (en la traducción a lo romano), hasta el punto de que la misma descripción de otras ‘mentalidades’ y concepciones no podría hacerse sino a su vez, traduciéndolas también a ese sistema occi­ dental, único en que tienen cabida los conceptos de concepción del mundo o de ‘mentalidad’. No se trata de una crítica y liberación de lo griego en cuanto griego, sino de lo griego en cuanto universal; no de la liberación de las ideas griegas, sino de la liberación de las ideas.

69. Lo que sucede, en efecto, es que los presupuestos histó­

ricos que hemos visto fundándose y manifestándose en la aparición de la traducción, y al mismo tiempo la continuación de la práctica de la traducción entre las lenguas nos obliga a vivir, por así llamarlo, en una realidad de conceptos, en un mundo mediado continuamente por la propia concepción de sí mismo; en el que, así como las pa­ labras son mera cuestión de forma (puesto que de un modo u otro, en uno u otro idioma, se refieren a la misma cosa, y bajo ese presu­ puesto nos entendemos todos), así también y correlativamente la posible materia y la posible vida se subordinan, como mera materia inerte, a los conceptos que realmente las hacen ser algo en este mundo. Y así la comunicación entre los diversos hablantes (la posi­ bilidad de la traducción) establece universalmente la falsificación co­ mún, y la necesaria aceptación por cada uno de los mismos conceptos y esquemas mediadores trae consigo la sustitución para todos de esos esquemas y conceptos en el lugar de una posible vida felizmente

confundida con las palabras.

70. Pero ello hasta tal punto que si alguien intentara (como, de

hecho, se ha intentado repetidamente) terminar con la diversidad de lenguas (y por ende con la traducción) fundando una lengua uni­ versal, un medio general humano de comunicación, es más que de temer que esa lengua única no pudiera ser otra cosa que la ratifica­ ción y codificación de la sustancia lingüística que en la traducción entre las diversas lenguas ha tenido que establecerse; y que elevada así a plena realidad la sustancia de la lengua siguiera sirviendo igual­ mente al mantenimiento de la Sustancia en general, del reino de la Sustancia que sustituye a la libertad insustantivable, y que de ese modo la Humanidad viniera a ser como una tribu aislada que no co­

nociera más lenguas que la suya y estuviera, por tanto, condenada

76

Agustín García Gilvo

a ser la esclava irredimible de su propio código de visión del mundo,

r -• búsqueda de los universales lingüísticos a que las escuelas cy u otras varias se sienten actualmente atraídas está en último término promovida por la necesidad práctica de encontrar un fundamento a la traducción mecánica entre lenguas, y esa búsqueda,

si pudiera llegar a tener éxito, no podría dar en otra cosa sino en una

consolidación en sustancia real de la Humanidad tal y como es, tal

y como la Historia la ha hecho ser al paso que escribía ella la His­

toria, mientras que cabe a pesar de todo sospechar aún que su otro destino era justamente la negación de su destino. Y en cuanto a aquellas otras florecientes tentativas de elucubración de un lenguaje lógico o, como se dice redundantemente, de una lógica formal, es evidente que a este respecto no constituyen novedad frente al len­

guaje matemático tradicional: se trata de la lengua hecha para hablar de universos creados por ella misma, que poco tiene que ver con las funciones del lenguaje, curiosamente llamado natural, en que es esencial la contradicción con un objeto extraño e indefinido; que sólo podría hablar con exactitud del mundo (y hablar con exactitud es en un lenguaje formalizado el hablar mismo) en la aterradora perspectiva de que ese mundo estuviera reducido a ser una mera crea­ ción lingüística.

71. Difícil es de concebir —por no decir ‘imposible’—

dio por el que pueda llevarse a cabo la revuelta contra el mundo de conceptos que nos ha sustituido cualquier posible inteligencia y vida, sobre todo desde el momento en que la necesidad de entenderse entre si los dispersos hijos de Babel ha impuesto la realidad de la traduc­ ción. Sensatamente anotaba B. Willey, en la página 2 de su libro Seventeenth Century Background (Londres, 1934): « ‘Doctrinas vistas como hechos’ solamente puede verse que son doctrinas, y no hechos, a costa de grandes esfuerzos de pensamiento». Sólo que sensatamente nadie habrá que piense que ni los mayores esfuerzos de pensamiento sean capaces de semejante cosa; y más bien es de sospechar que para la destrucción de los conceptos hace falta en todo caso algo más que palabras seguramente.

el me­

III

EL FONEMA Y EL

SOPLO

1. Al que se dedica a investigar la sociedad por medio de su

lenguaje suele quedarle siempre alguna pena y secreta envidia res­ pecto a los científicos propiamente dichos por el hecho de que no encuentra la manera de que, también él, pudiera preparar experi­ mentos con la materia de su estudio y así bien por la observación y cómputo deducir leyes de su comportamiento o bien comprobar la exactitud de sus deducciones por medio de un experimento preparado ad hoc con todas las condiciones requeridas.

2. Pero ello es que, efectivamente, no se ve cómo podría aquí

aplicarse la noción de experimento: pues, por un lado, cualquier preparación de la materia, tratándose de hombres en cuanto par­ lantes o de entidades parlantes cualesquiera, resulta ser a su vez una actividad de relación social y toda observación de tal materia no puede sino ser una actividad lingüística de diálogo y consulta; y, por otro, los medios y facultades de la preparación y la observación ex­ perimentales se identifican con la propia materia experimental y son objeto precisamente por la misma razón por la que son sujeto; es algo así como si en un experimento de Genética con moscas del vi­ nagre se supiera que el acto experimental era al mismo tiempo un acto genético, que no ya tomaba los hechos, sino que los construía en una medida indeterminable, y que, naturalmente, el experimento no podía realizarlo nadie sino las propias moscas del vinagre.

3. Los dos intentos más notorios de un estudio experimental

en tal sentido, que son, como es sabido, los que solemos citar bajo

los nombres de S. Freud y K. Marx, nos ofrecen asimismo las dos

78

Agustín García Calvo

más flagrantes muestras de la contradicción a que el intento se con­ dena: pues ambos, en efecto, la dialéctica histórica y el psicoanálisis, pretendieron que la teoría surgía como mera interpretación de lo que decía el objeto del estudio —respectivamente, la estructura econó­ mica del Alma y las contradicciones internas de la Sociedad— , en lugar de la actitud habitual de teorificar sobre los objetos supuesta­ mente dados; pero ese mismo hecho de prestar oído —prestar, por tanto, voz— a los objetos-sujetos del estudio envolvía al estudio ne­ cesariamente en una relación pragmática (esto es, lingüística, social), de diálogo o de lucha, con su sujeto-objeto; involucración de la que tanto Marx como Freud se daban cuenta de que no podían eximirse ya, como lo muestra el hecho de que ninguno de los dos pensara ni por un momento en apartar la teoría del gabinete de consulta o los combates políticos de la calle, sino que por el contrario sólo en la continuación de la experimentación estaba la comprobación de la teoría. Pero la situación era tal que, en la medida que el experimento tenía éxito, en la misma medida la teoría se quedaba falsa (como un creyente en Dios, a quien dedicas un análisis que revela las contra­ dicciones de su creencia, tanto mejor las asume y las supera cuanto más claramente se las muestras); pues al entablar ese análisis dialó- gico con el objeto y reconocerle su rango de sujeto, lo que no pueden evitar ni Marx ni Freud es que ese objeto al que ellos oyen sea tam­ bién un sujeto que les oiga a ellos, y que, por tanto, cuanto más se da cuenta de que tienen razón en lo que dicen, tanto más se aleja de ser aquel objeto respecto al que el análisis era una interpreta­ ción verdadera, y tanto más Freud y Marx se van privando de tener razón cuanto más adquiere razón acerca de sí mismo el objeto de su análisis. Bien pronto hubo de palpar el propio Freud lo contradicto­ rio de la situación con motivo de los fenómenos de transferencia al analista o de aquellos oníricos que surgían durante el tratamiento, en que el paciente soñaba ensueños destinados a contradecir las in­ terpretaciones de su caso que Freud y él habían avanzado; y en la observación general sobre la Realidad que podemos hacer nosotros, parece bien evidente (aunque nunca determinable con precisión) la gran medida en que la asimilación del psicoanálisis y el marxismo ha contribuido a falsificar o revelar la falsedad de las interpretaciones de Marx y Freud.

4. Por supuesto que fracasos tan ilustres como éstos, lejos de

ser aptos para desanimar de tal intento, no pueden menos de desper­

III. El fonema y el soplo

79

tar la emulación y estimular a proseguir con ese tipo de investigación interpretativa o dialógica; pero ello no quita que, frente a la ciencia positiva, se tenga que experimentar como una amarga manquedad

la renuncia a la observación empírica de los objetos objetivos (inertes

en cuanto observadores, mudos, de comportamientos directos y no reflexivos) y a toda forma de prueba o demostración, no ya la demos­

tración de tipo matemático, que la Ciencia pretendía otrora aplicar ál estudio de la Realidad misma, sino también la comprobación por medio del éxito del experimento preparado e infinitamente repetible.

5. Bien es verdad que, para consuelo de esa envidia, suele ten­

der el estudioso, en venganza, a volverse sobre la propia Ciencia po­ sitiva y tomarla por objeto de su análisis, y descubrir entonces que tampoco la Ciencia positiva tiene derecho realmente a disfrutar de la comprobación de sus afirmaciones por el experimento, que también la

Ciencia en general está condenada al diálogo con su supuesto objeto

y que, si pretende tomarlo como inerte y experimentable, ello no se

hace sino en virtud de una previa abstracción, de todo punto injusti­

ficada; y esto no sólo con respecto a las ciencias positivas históricas

o sociales (donde es evidente que la consideración de los entes histó­

ricos como mudos acerca de sí mismos no es otra cosa que la creación de seres fantásticos, ajenos a la historia), sino también respecto de las ciencias que pretenden ser en esto modelo de las históricas, las

ciencias físicas o naturales.

6. Pues —afirmamos— también los seres naturales (el frío, la

flor, el aire, el astro) sólo son seres en cuanto son humanos (histó­ ricos, sociales) y sólo aptos para la observación objetiva en cuanto son también sujetos y elocuentes; de manera que cuando se pretende que se les está observando como meros, pasivos, inocentes, objetos de la observación, se está haciendo abstracción de la condición social con que necesariamente se presentan al observador; y para someter­

los al experimento como objetos naturales (exteriores y previos a la operación del experimento misma) ha de olvidarse su verdadera na­ turaleza: olvidarse que sólo están ahí, dados o puestos como datos de la cuestión, en virtud de una previa operación social, aquélla que funda la Historia y, dentro de la Historia, la Ciencia; que no son inocentes tampoco ellos, sino que saben, pues que saber y ser sa­ bido no son sino dos aspectos de lo mismo: aquello que les dio nombre no pudo menos de darles con ello mismo voz; las fases pre-

80

Agustín García Calvo

científicas que solemos nosotros describir torpemente como animistas o personificadoras de los objetos guardan mejor el recuerdo de aque­ lla operación primera; y es la Ciencia positiva la que, a fin de ga­ rantizar sus verdades con la experimentación, finge devolver a una condición de exterioridad, que no se ha dado nunca, aquello que estaba incluido desde el principio de los tiempos, por así decir.

7. En otras palabras: se afirma aquí que la Naturaleza está

dentro de la Sociedad; o más precisamente: que la idea de que la Sociedad está dentro de la Naturaleza es una idea, naturalmente, de

la Sociedad, que, lo mismo que sirve de fundamento a la Ciencia experimental y positiva, sirve de fundamento a toda la ordenación social vigente.

8. Ahora bien, ante afirmaciones como las precedentes, la Cien­

cia positiva puede a su vez vengarse exigiendo que se aporte la prueba, esto es, la experiencia confirmadora de tal afirmación como ésa de que lo natural está dentro de lo social y que toda experimen­ tación es un trato entre entidades socialmente constituidas; exigencia que no puede desecharse alegando que implica un círculo vicioso:

pues esta contestación sería la que realmente dejaría el círculo ce­ rrado.

9. Pero entonces, obedeciendo por un lado esta exigencia de la

Ciencia positiva y al mismo tiempo manteniéndonos fieles a nuestra falta de fidelidad a los principios de la Ciencia, lo que intentaremos seguramente es encontrar, para presentarlo ante la Ciencia, algún caso en que lo reconocidamente social aparezca como previo de lo reconocidamente natural y lo natural aparezca saliendo de lo social; no porque semejante tipo de prueba pueda satisfacernos a nosotros (esto es, los que no podemos permitirnos creer en los esquemas de ordenación causal o temporal de los datos ni por tanto en el valor

probatorio de semejante comprobación), pero sí para que pueda satis­ facer a la Ciencia que lo exige.

10. Y es así que, siguiendo sus costumbres, nos lanzaremos, se­

paradamente, a la busca del lugar de la experiencia por el campo de lo filogenético y por el campo de lo ontogenético, tratando de sor­

prender en el momento de la génesis de la humanidad o en el de la génesis de un hombre algo que nos informe de cuál de los dos ele­

III. El fonema y el soplo

81

mentos, el histórico o el físico, viene antes en la génesis de la entidad correspondiente y cuál de los dos se origina a partir del otro.

11. Comencemos, por ejemplo, pues, por la observación filoge-

nética, la del nacimiento o formación de la humanidad, y abordé­ mosla de la manera más rigurosamente empírica, pertrechados de los datos recogidos y los métodos desarrollados por la Historia (con la Filología y la Arqueología a su servicio), la Antropología o Etnogra­ fía, la Prehistoria, la Zoología, la Paleontología y la Biología. Pero he aquí que, cuando vamos a alzar el vuelo, al estilo de Teilhard de Chardin, hacia las síntesis, nos tropezamos desgraciadamente con una antítesis; y una de la que no podemos graciosamente desem­ barazarnos, pues que es la propia Ciencia, a la que seguimos, la que la pone, cuando establece y mantiene de hecho la oposición entre ciencias históricas y físicas, la oposición misma entre Hombre y Na­ turaleza: es a saber, la siguiente disyuntiva previa: que o bien va­ mos a encontrar datos que dicen ellos mismos algo (unas letras en una piedra, una canción, una tradición de organización familiar, un instrumento de construcción indudablemente intencionada) o bien datos que no dicen nada por sí mismos, que no traen ningún men­ saje escrito, por así decir (un cráneo, una huella de dientes en una rama fósil, unos gritos articulados de llamada, un conjunto de gestos organizados para la dirección de la búsqueda de alimento o de la emigración); y la Ciencia no puede librarse de la disyuntiva: pues es ella la que tiene organizada la división de su trabajo de tal modo que en un caso se trata de la interpretación de lo que alguien ha querido decir o realizar y en el otro del descubrimiento de las leyes a que obedece la presencia y la transformación de tales estructuras.

12. Veamos, pues, lo que sucede entonces con nuestra cues­

tión acerca de la génesis de la Historia en la Naturaleza o de la Naturaleza en la Historia; pues es por esta cuestión por la que íba­ mos tras de datos empíricos a los que poder interrogar acerca de ella. Pongámonos primero en el caso de que aquellos datos que en­ contramos son parlantes (históricos, reflexivos, manifestadores de una cierta consciencia de la situación que los produce); en ese caso podemos interrogarles directamente: «Vosotros, ¿procedéis de una situación en que no había hombres? ¿Habéis salido de los árboles o del barro o del vientre de las bestias?» Si entonces ellos (esas le­ yendas o herramientas o leyes o sistemas de nombres de familia)

82

Agustín García Calvo

nos respondieran que no, que nada de eso, que, por el contrario, eran ellos los que habían inventado y hecho los animales, árboles y tierras, el experimento estaría ya resuelto en la confirmación de la tesis que se trataba de demostrar. Pero, por motivos que no vamos a recordar de nuevo aquí, me parece que es al menos sumamente impro­ bable que escucháramos de esos datos tal respuesta. Pongamos, pues, que recibimos la contraria, como de hecho nos la dan, sin ir más lejos, el Génesis judaico (el Hombre, el último de los seres naturales y formado del barro) y la Teogonia hesiódica (los hombres después de que han surgido todos los elementos divino-naturales y también las bestias y los diversos monstruos), aunque no sin una razonable ambigüedad (entre los judíos los ángeles asoman como claros prece­ dentes del Hombre; no sólo precedentes, sino interviniendo eficaz­ mente en el comienzo de su Historia; y en la teogonia como contem­ poráneos al menos de los animales y de las montañas aparecen los Titanes, que son también prefiguraciones de los hombres, y de cuya estirpe es Prometeo y su hermano Epimeteo, que aparece al mismo tiempo como el primer hombre); pero, con todo, la respuesta que nos dan, aquí como en otras partes, las primeras voces de la Historia es cierta: la Historia arranca de la Naturaleza, de lo no-humano pre­ vio, que por tanto la contiene como parte suya. Esto es lo que pro­ bablemente nos dicen esos datos. Pero en un segundo momento nos damos cuenta de que justamente nos lo dicen ellos; y entonces ra­ zonamos, bastante científicamente, que lo dicho (pensado, creído, so­ ñado) está dentro, por así decir, de lo que lo dice (piensa, cree o sueña), que ese acto de decir es precisamente la revelación de la situa­ ción histórica o social y que el proceso de génesis de lo histórico a partir de lo físico se presenta interior y subordinado a esa situación que, de hecho, se nos revela.

13. Pongámonos, pues, ahora en la otra alternativa:

que los

datos que nos encontramos no son de condición parlante; que ellos de por sí no pueden responder ni sí ni no a nuestra pregunta, porque ellos no son aptos para la pregunta ni la respuesta, sino inertes y pa­ sivos objetos de observación, y que, simplemente, no responden. Ahora bien, ya este mismo no responder resulta ser un dato muy pertinente a la cuestión que nos traía: pues él nos asegura de que aquello, sea lo que fuere (hueso, huella, grito o gesto), es, por defi­ nición, extraño de, ajeno de (pero no necesariamente exterior a ni relacionado con) uno de los términos por cuyo modo de relación

III. EI fonema y el soplo

83

nos preguntábamos, el histórico, humano, social y reflexivo; y que,

por ende, es de por sí ajeno a la cuestión de la relación entre ambos. ¿Cómo pueden entonces aprovecharse datos tales para nuestra inves­ tigación? ¿Cómo pueden llegarnos a informar de algo pertinente a

la cuestión de la génesis de lo histórico a partir de lo natural, de la

inclusión de aquello como parte y prolongación de esto? Parece que

la respuesta está a la mano: tenemos que ser nosotros (esto es, los

entes históricos, humanos o sociales, Darwin por ejemplo) los que los estudiemos, seleccionemos, valoremos y relacionemos con otros datos para que adquieran así función de prueba o comprobación de una u otra tesis. Pero con ello nosotros los introducimos dentro de la Historia, les prestamos palabra y los hacemos hombres; de tal ma­ nera que, mientras nuestra tesis puede ser que lo humano es pos­ terior e interior con respecto a lo natural, con nuestro hecho mismo estaríamos más bien probando lo contrario, si no fuera que tampoco puede probar la verdad de un hecho algo que lo está haciendo; y así Darwin repite la situación que en Hesíodo habíamos encontrado.

14. Pasemos, en vista de ello, en busca de la experiencia con­

firmadora de nuestro aserto, al otro campo, al de la observación

ontogenética, a la posible instancia de la génesis de un hombre, ar­ mados igualmente de los métodos y materiales de la Psicología (con,

a su servicio, las artes del psicoanálisis y la conversación), la Fisio­ logía (en especial Neurología), la Patología y la Biología. Si bien

es cierto que la situación se nos presenta aquí, al parecer, tan se­

mejante a la del campo filogenético, que ello contribuye a sugerirnos el poco fundamento de la distinción misma entre los dos campos de la ontogénesis y la filogénesis. También aquí, en efecto, nos encon­ tramos sometidos a la misma disyuntiva: o bien los datos que se nos ofrezcan serán parlantes y por tanto investigables por diálogo

y consulta directa sobre la cuestión que perseguimos, o bien los datos

serán mudos y tan sólo pasibles de un estudio como puros objetos inconscientes de sí mismos.

15. Y entonces, si se trata del primer caso (algunas sílabas

inteligibles, unos ojos que ya ven, una anamnesis a lo largo de un análisis de un ensueño), podemos directamente dirigirles las mismas interrogaciones: «Tú ¿procedes de la carne y de la sangre? ¿Eres tú el que estabas en el vientre de tu madre? ¿Es verdad que tú, que hablas, vienes de uno que no hablaba?»; las preguntas, por cierto,

84

Agustín García Calvo

difícilmente serán contestadas más que por adultos ya y puestos en trances especiales, aquéllos, por ejemplo, que presumían de prestar palabra a lo que estaba por debajo de las palabras (sentimiento-sen­ sación-pasión), clasificados principalmente como poetas, o también otros del vulgo de las gentes que, bajo el miedo de la censura, se permitieran expresar sus opiniones en el lenguaje simbólico de los ensueños. Y si ellos, después de todo, contestaran que no, que por

el contrario, ellos son los inventores de su madre y que su persona

no procede de animalidad ninguna, sino que esa su animalidad es creación de su persona, tendríamos sin más un testimonio que confirmara nuestra tesis. Pero ni poetas ni soñantes saben decir que no: contestarán más bien que sí, que en efecto ellos de algún modo saben o recuerdan que proceden de un bosque, de unas entra­ ñas, de una carne, de una tierra. Mas en el momento que así nos están diciendo, no podremos menos de darnos cuenta de que eso nos lo dicen ellos; y así, nuevamente, en contra de sus palabras, el hecho es que ese proceso de lo histórico o personal a partir de lo físico o animal se presenta interior y subordinado a la situación, histórica y personal, en que ello se nos está diciendo.

16. Y en la otra alternativa:

si los datos que se nos ofrecen

son de por sí mudos y sin evidencia alguna de conciencia de sí mismos (sea un encéfalo infantil, uno de orangután, unos vagidos o

gestos de succión de leche, una serie de movimientos de respuesta

a

un test de palos encajables uno en otro por parte de un simio

y

de un infante), entonces, al no poder interrogarles, resulta que,

por definición, están fuera de la instancia histórica o social; y así, para utilizarlos como testimonio en la cuestión de la relación entre dicha instancia y la natural o irracional, tendrá que ser la Ciencia misma la que, reuniéndolos y ordenándolos, les preste significación

y voz que les permita comparecer como testigos por la una o la

otra tesis. Pero en tal caso, la Ciencia con ello mismo los hace hombres, los hace históricos y racionales; y si en su tesis los pro­ clama orígenes animales de la persona, al mismo tiempo los ha hecho personas a todos ellos y los ha hecho entrar en el juego de la His­ toria: el pitecántropo más remoto que se presenta en nuestras salas con credenciales de antecesor del Hombre es ya por ello mismo un hombre, y el infante que se titula padre legítimo del niño hablante desde ese momento ya está hablando. De manera que si ello no prueba la verdad de lo contrario, tampoco puede servir para probar

III. El fonema y el soplo

85

la tesis de que los entes históricos o reales hayan provenido de los supuestos entes naturales ni que sea la Humanidad caso particular

o culminación de la Naturaleza.

17. Hénos aquí pués, al parecer, definitivamente reducidos a

tener que renunciar a las pruebas experimentales y, por más tenta­

dores que sigan siendo los ejemplos de un Piaget o un Vygotski (reconocidos por la Ciencia como suyos, a pesar de todo el aprecio

profesemos), no podernos dedicar a las

gratas prácticas de observación y ordenación de casos de aparición

de hombres. Mas con todo, no podremos por menos de quedarnos sospechando que quizá toda esa imposibilidad proceda de una exce­

siva obediencia a la concepción de experimento en la Gencia esta­

blecida;

que ser dos por lo menos:

estuviera en un trance de la máxima indefinición respecto a la clasi­ ficación como natural o como humano (un niño en trance de apren­ der a hablar, un objeto prehistórico de muy dudosa interpretación como instrumento, un comportamiento reconocidamente instintivo en seres reconocidamente humanos, algunos nuevos niños cimarrones si pudieran volver a aparecer algunos); la otra condición, que la rela­

ción experimental

Estas tendrían

una, sorprender como objeto algo que

que también

nosotros les

que quizá bajo determinadas condiciones

se produjera justamente por sorpresa:

esto es,

que no se diera dentro de un contexto de organización científica, sino de relación práctica, ajena a la atención investigadora o com­ probatoria, de tal modo que fuera en realidad, no un experimento, sino una experiencia que sólo a posteriori y como subproducto pu­ diera reutilizarse como experimento.

18. Sea de ello lo que quiera, voy a presentar aquí, a todo

evento, el incidente de conducta semi-infantil que ha dado motivo

a todas las reflexiones que preceden.

19. El objeto-sujeto es en este caso mi sobrina Ana-María, que

en el día de autos era una niña de 20 meses. Su condición grama­ tical en aquel entonces puede describirse sumariamente, pero espero

que de un modo suficiente para el caso, con los siguientes rasgos, de los que tomé cuidadosa nota inmediatamente de producirse el in­

cidente:

86

Agustín García Gilvo

«Domina la mayoría de las oposiciones fonémicas del castellano; torio de fonemas es el que sigue:

Archifonema P ( =

/ /

II

/

b

d

f

m / n

g

p/f) / archf. T

( =

tjQ/s) /

archf. K

( =

k/x)

/

/

H

/ /

l

¡

c I

a /

archifonema R ( =

I I

n

e

¡

i (con la var.

r

/

rr)

cons. y) / o / u(con la var.cons.w).

su reper­

Gjnstruye frases con algunos tipos deoraciones subordinadas.

Maneja gerundios, incluso fuera de la locución con estar.»

20. Hallándome jugando con ella, me doy cuenta de que

se

fija con evidente interés en cómo apago de un soplo la cerilla que acabo de emplear. Entonces, como suele hacerse con los niños (lo anoto en testimonio de que la situación seguía siendo práctica y lúdicra, no de experimentación), enciendo otra cerilla y se la pongo cerca de la boca, invitándole a que la apague; observo algunos movimientos imprecisos de los labios, pero evidentemente no sabe hacerlo, y me mira; así que le digo: «Tienes que hacer así» y, unien­ do a la palabra el acto, apago la cerilla de un soplo fuerte y con los movimientos musculares bien marcados. Inmediatamente encien­ do otra, se la pongo delante y le digo: «Ahora tú». Ella entonces se dirige a la cerilla y le dice claramente «Pu», naturalmente sin el menor resultado práctico (hay que recordar que las oclusivas caste­ llanas suelen ser de realización poco explosiva; pero aun cuando hubiera empleado su otra variante del archifonema, diciendo «Fu» —v. § 19— , la expiración de la frase, pronunciada sin especial én­ fasis, nunca hubiera sido bastante para apagar una cerilla). Llevado del impulso didáctico normal en un individuo adulto, con respecto a la habilidad para el soplo, pero inconsciente todavía del carácter de experiencia lingüística de la situación, insisto con varios ensayos más, introduciendo también en las instrucciones el semantema ver­ bal soplar («Hay que soplar fuerte»; «Tienes que soplar: así»), evidentemente oscuro de significado para ella y ausente de su campo semántico exactamente en la medida en que ajeno a su práctica el acto de soplar; el resultado sigue siendo el mismo: una vez y otra le dice «Pu» a la llama (alguna vez, con la otra variante del mismo fonema, «Fu»), primero con algún aumento del énfasis persuasivo (¿o acaso sería mejor decir ‘fe mágica’?), para en seguida terminar desanimándose del intento. Le costó varios días aprender a modifi­ car la frase-sílaba-palabra pu, haciéndole perder su calidad fonémica

III. El fonema y el soplo

87

y lingüística, hasta transformarla en un soplo lo bastante eficaz como

para apagar una cerilla. Así es como ella aprendió a soplar.

21. No sé hasta qué punto se hallará repetida esta experiencia

en gentes que recuerden con precisión haberles sucedido algo análo­

go con otros niños y datos que confirmen o contradigan la validez general del caso; que sea repetible lo veo muy dudoso, por lo apun­ tado en § 17: parece que inevitablemente la repetición transfor­ maría el contexto, que dejaría de ser práctico (el aspecto lúdicro

y el didáctico los incluyo dentro de la praxis) para ser justamente

un contexto de experimentación lingüística o psicosociológica, trans­ formación que no se sabe hasta qué punto alteraría los datos del problema que queríamos someter a examen.

22. Por otra parte, no hay que dejar de advertir que la misma

situación límite o indefinida en que, según la exigencia del § 17, el incidente se sitúa lo hace también más incapaz de probar nada decididamente respecto a la cuestión de la relación entre lo histórico y lo natural. Pues ello es que tampoco puede decirse que el soplo sea un acto natural (y ni siquiera me es posible averiguar en este momento si es algo que se les enseña a los primates); se trata más bien de un gesto técnico, de algo que se sitúa en el centro mismo de la instancia a la que suele aludirse como la del homo faher; pues tiene una relación indubitable con el fuego; más precisamente: con el fuego en cuanto domesticado y domesticador.

23. Y es, por cierto, pertinente a la cuestión de la relación

entre homo faber y homo sapiens, esto es, entre técnica y lenguaje, recordar que el soplo juega por doquiera en las versiones míticas (principalmente referentes a la creación del Hombre) un papel de mediador entre el aliento (vital, respiratorio) y la fonación, entre la instancia natural y la histórica; y que en la versión hesiódica hay

una confusión visible entre el fuego mismo y la palabra, como objeto del robo de Prometeo a los dioses para los hombres (esto es, para su doble, Epimeteo), si consideramos que por un lado el don de la palabra no se cita en esa narración, que la laringe es corrientemente la fuente y lugar de la palabra (y por tanto, del ‘alma’ en varias creencias, como la de los trobriandos), y que Prometeo se lleva el fuego escondido «en una caña», que es símbolo tan apto para esa condición de interiorización y so-metimiento del fuego y la palabra

88

Agustín García Calvo

entre los hombres (ni me pesa comprobar esta lectura de la tradi­ ción recordando que es la protuberancia correspondiente a las cuer­ das vocales justamente lo que suele todavía llamarse entre nosotros con el nombre del objeto del robo a la Divinidad y regalo de la serpiente al Hombre en la versión bíblica).

24. De manera que, en todo caso, el incidente referido no

vendría propiamente a indicar nada, al menos por vía directa, sobre

la relación entre ‘social’ y ‘físico’, sino entre ‘técnico’ y ‘lingüístico’. Solamente que, como la instancia técnica, la del soplo, se considera de ordinario como la mediadora en el paso de la llamada Naturaleza

a la llamada Racionalidad, experiencias del tipo de la referida, que

tienden a sugerir una inversión de la relación entre lo técnico o prác­ tico y lo lingüístico o raciocinante (no «el fonema configuración y abstracción del soplo», sino «el soplo desfiguración del fonema para

el uso práctico»), entonces indirectamente pueden venir también a

indicar algo referente al sentido de la relación toda entre lo histórico

y lo natural.

25. Y todavía, ni aun así siquiera cabe creer que una experien­

cia como ésa confirme de ningún modo la tesis de que la Naturaleza está dentro de la Sociedad: no sólo la experiencia no es un experi­ mento, sino que tampoco la tesis misma se admite ya como cientí­ fica. Lo que sí puede tal vez decirse es que infirma la posible tesis contraria (que la Sociedad está dentro de la Naturaleza), que es tesis indudable del sentido común en nuestros tiempos y subyace implí­ citamente a las especulaciones de la Ciencia propiamente dicha. Y si acaso la infirma, es tan sólo en el sentido de que, frente al esquema dominante (el cual sería, a su vez, primero racional, en segundo lugar imaginativo, en tercero práctico, en cuarto natural o verdadero) de que el fonema sale del soplo y está dentro del soplo, contribuye a hacer igualmente imaginable la relación contraria, a concebir cómo el soplo puede nacer del fonema y estar contenido en sus posibili­ dades.

26. Quedamos pués sencillamente un poco más condenados a

de que el

tesis de que la

Historia está dentro de la Naturaleza es una tesis que está dentro de la Historia y el hecho de que lo lingüístico dependa de lo físico

problema está mal planteado;

la sospecha y la inseguridad. A la sospecha — esto es—

y de que no

sólo la

III. El fonema y el soplo

89

es un hecho que depende de lo lingüístico, sino que la misma dua­ lidad entre histórico y natural, que a lo largo del ensayo hemos fingido seguir respetando como cosa dada, es una dualidad entera­ mente relativa al sistema de referencias de la instancia social que lo plantea, y se vuelve radicalmente falsa en el momento que se pre­ tende absoluta, independiente de esa situación social y capaz de que con ella pueda esa situación dar razón acerca de sí misma.